PROHIBIDO SUICIDARSE EN PRIMAVERA
PERSONAJES:
CHOLE – SABRINA ROCHA
ALICIA – SOFIA ARIAS
LA DAMA TRISTE –JULIANA BELLO
CORA YAKO – DELFINA VELEZ
FERNANDO – DARIO SIQUICH
JUAN – BAUTISTA ARIÑO
DOCTOR RODA – LUCIA MANGALAVITE
HANS – JULIETA COLAZO
EL AMANTE IMAGINARIO – DANIEL GONSALES
EL PADRE DE LA OTRA ALICIA – ELIMINADO.
ACTO PRIMERO
DOCTORA.- Desengaño de amor, 8. Pelagra, 2. Vidas sin rumbo,
4. Catástrofe económica… cocaína… ¿no teneos ningún caso
nuevo?
HANS.- El joven que llego anoche. Esta paseando por el parque
de los sauces, hablando a solas.
DOCTORA.- ¿Diagnostico?
HANS.- Dudoso. Problemas de amor. Parece de esos curiosos de
la muerte que tienen miedo cuando la ven de cerca.
DOCTORA.- ¿Ha hablado usted con el?
HANS.- Yo si, pero no me ha contestado. Solo quiere estar solo.
DOCTORA.- ¿Decidido?
HANS.- No creo: muy pálido, temblándole las manos. Al dejarle
en el jardín he roto detrás de él una rama seca, y se volvió
sobresaltado, con cara de espanto.
DOCTORA.- Miedo nervioso. Muy bien; hay peligro todavía.
¿Su ficha?
HANS.- Aquí esta.
DOCTORA (Leyendo).- Sin nombre. Empleado de banca.
Veinticinco años. Sueldo, doscientas pesetas. Desengaños de
amor.
HANS.- ¿La dama triste? Está en el jardín de Werther.
DOCTORA.- ¿Vigilada?
HANS.- ¿Para qué? La he venido observando, visito todas
nuestras instalaciones pero no acaba de decudirse por nada. Solo
le gusta llorar.
DOCTORA.- Dejala. El llanto es tan saludable como el sudor, y
mas poetico.
HANS.- Pero es igual a otro paciente. Perdoneme doctora, pero
creo que ninguno de nuestros pacientes tiene el propocito serio de
morir. Temo que estamos fracasando.
DOCTORA.- Paciencia, Hans. La casa del suicida esta basada en
un absoluto respeto a sus acogidos, y en el culto filosofico y
estetico de la muerte. Esperemos.
HANS.- Esperemos.(Entra la sama triste por el jardin de la
meditacion)
DAMA, DOCTORA Y HANS
DAMA TRISTE.- Perdóneme, doctora…
DOCTORA.- Señora…
DAMA.- He seguido sus consejos con la mejor voluntad: he
llorado toda la mañana, me he sentado bajo un sauce mirando
fijamente el agua… y nada. Cada vez me siento más cobarde.
HANS (Animándola).- ¿Ha visto usted nuestro muestrario último
de venenos?
DAMA.- Si, los colores son preciosos, pero el sabor debe ser
horrible.
HANS.- Puedo añadirle un poco de menta, espliego…
DAMA.- No se… El lago me gustaría, pero esta tan frio. No sé,
no sé qué haces… ¿Qué pensara usted de mí, doctora?
DOCTORA.-Por dios, señora; le aseguro que no tenemos prisa
alguna.
DAMA.- Gracias. ¡Ah, morir es hermoso, pero matarse!...
Dígame, doctora: al pasar por el jardín he sentido un mareo
extraño. Esas plantas, ¿no estarán envenenadas?
DOCTORA.- No; todavía no hemos descubierto la manera de
envenenar un perfume.
DAMA.- Lastima, ¡sería tan bonito! ¿Por qué no lo ensayan
ustedes?
DOCTORA.- Es difícil.
DAMA.- Inténtelo. Yo tampoco tengo prisa: puedo esperar.
DOCTORA.- Siendo así, lo ensayaremos.
DAMA.- Gracias, doctor, es usted muy amable conmigo.
(La Dama va a salir pero se detiene al ver entrar al amante
imaginario.)
AMANTE.- Buenos días…
DOCTORA.- ¿Ha elegido usted ya su procedimiento?
AMANTE.- No, todavía no. Pensaba.
HANZ.- Tenemos un sauce especial para enamorados, un lago de
leyenda… si le gustan los clásicos, podemos ofrecerle el ramo de
rosa con áspid, modelo cleopatra, el baño tibio, la cicuta
socrático…
AMANTE.- ¿Para qué tanto? Cuando la vida pesa basta con un
árbol cualquiera.
HANS (apresurándose a tomar nota en su cuaderno).-Ah, muy
bien. ¿Número de cuello?
AMANTE.- Treinta y siete, largo.
HANS.- Treinta y siete. ¿Tiene preferencia por algún árbol?
AMANTE (con reacción brusca).- ¡Oh, cállese, no puedo oírle!
Tiene usted la frialdad de un funcionario. Es odioso oír hablar así
de la muerte. (Pausa) Perdón… (Va a salir por la galería del
silencio)
DOCTORA.- Un momento. No lo ha decidido aún… esa galería
no debe atravesarse más que en la hora decisiva. Al jardín de la
meditación, por aquí.
AMANTE.- Gracias.
DOCTORA- ¿Necesita alguna cosa?
AMANTE- Nada, gracias… (Saluda a la dama triste inclinando
la cabeza)
(Sale Hans. Se oye un grito de una mujer. Por la galería del
silencio sale Alicia)
ALICIA Y LA DOCTORA
ALICIA.- ¡No! ¡No quiero morir…, no quiero morir!.. (Al ver al
doctor, que acude a ella) ¡Paso! ¡Déjeme salir de aquí!
DOCTORA.- Calma, muchacha. ¿Adónde va usted?
ALICIA.- No se: ¡al aire libre otra vez!..., ¡a la vida otra vez!...
¡déjeme! (volviéndose sobresaltada) ¿Quién nada ahí?
DOCTORA.- Nadie.
ALICIA.- He visto una sombra. La he oído reír…
DOCTORA.- Alucinaciones.
ALICIA.- (se siente aliviada y pasa una mano por su frente)
¿Quién es usted?
DOCTORA.- Doctora Roda, director de la casa. Tanquilicese.
ALICIA.- ¿Por qué hacen ustedes esto?¡Es horrible!
DOCTORA.- No lo crea. ¿ Quiere usted volver conmigo?
ALICIA.- ¡Volver, no! Quiero salir de aquí.
DOCTORA.- Nadie la detiene. Ahí esta el parque; al otro lado de
las montañas se ve, lejos, la cuidad. ¿Por qué ha venido aquí?
¿Sabe donde esta?
ALICIA.- Si, fue en un momento de desesperación, no podía más.
El hambre…, la soledad…
DOCTORA.- ¿Ha vivido siempre sola?
ALICIA.- Siempre.
DOCTORA.- ¿Qué fue lo que la decidio a venir aquí?
ALICIA.- Fue anoche. No podia mas. Estaba sin trabaja y tenia
hambre…
DOCTORA.- Comprendo
ALICIA.- No, no lo comprende usted. El hambre y la soledad
verdaderos dolo existen en la cuidad. ¡Alli si que se siente uno
solo entre millones de seres indiferentes y de ventanas
iluminadas! Nunca le he pedido demasiado a la vida. Pero… ¿ y
la soledad? ¿Sabe usted por que he venido aquí?
DOCTORA.- Eso es lo que no acabo de comprender.
ALICIA.-Es natural; en un momento de desesperación. Yo
siempre he vivido sola, ¡nl queria morir sola también!
DOCTORA.- ¿ Trato usted de buscar a ese compañero?
ALICIA.- ¿ Para que? Cuando llegue aquí me parecio ver una
sombra extraña que me buscaba… entonces comprendi mi
tremenda equivocación; venia huyendo de la soledad… y la
muerte.
DOCTORA.- ¿Querria usted quedarse en esta casa? No tenga
miedo. En el fondo esto intenta ser un sanatorio. Usted que solo le
pide a la vida una mano amiga y un rincon caliente, aquí tiene la
fortuna. Ayudenos a salvarlos.
ALICIA.- Pero ¿que puedo yo hacer?
DOCTORA.- Sea aquí nuestra enfermera de almas. ¿quiere
aceptar tambien mi mano amiga?
ALICIA.- Gracias…
DOCTORA.-Y no pierda su fe. Algun dia la vida le dara una
sorpresa maravillosa. (salen de escena)
CHOLE Y FERNANDO
(Entra Chole y Fernando a la casa.)
CHOLE.- Mira Fernando, mira qué lindo todo esto Fernando.
FERNANDO.- Wow. Que maravilloso lugar.
CHOLE.- Mira esas montañas con sol y nieve, un lago, un hotel
confortable, y nosotros. Mira que nombres tan hermosos...
“Galería del Silencio”… “Jardín de la Meditación”... y el parque,
¿has visto? “Sauce de los Enamorados”, con cuerdas colgadas…
para los columpios. Dame las gracias Fernando
FERNANDO.- Gracias Chole… ¡Que aspecto extraño tiene todo
esto!
CHOLE.- ¡Encantador!
FERNANDO.- Encantador pero extraño.
CHOLE.- Lo que nos hacía falta. ¡Ay, que vacaciones, Fernando!
¿Ves? Siempre debes dejarme conducir a mí. Me dijiste: tenemos
una semana de vacaciones en el periódico; vámonos a florecer
nuestro amor en cualquier rincón tranquilo y feliz. Aquí lo tienes.
FERNANDO.- ¿Nos quedaremos aquí?
CHOLE.- ¿Dónde mejor? Además no podríamos seguir aunque
quisiéramos. Tome esta carretera porque no figuraba en el mapa y
justo al llegar se nos acabó la gasolina.
FERNANDO.- ¡Nos quedaremos! Pero ¿Es que no hay nadie en
este hotel? (llama a gritos hacia un lado) Nadie…
CHOLE.- Mejor ¡La montaña y nosotros! ¿Qué más nos hace
falta? ¿Cómo llamaremos este rincón feliz?
FERNANDO.- ¿Cómo se llaman todos los lugares de la tierra en
las que estamos tú y yo?
CHOLE.- ¡El paraíso!
FERNANDO.- El paraíso…
(Entra la Dama Triste y la pareja se distancia al verla)
DAMA.- Pobres… ¿ustedes también?
FERNANDO.- Señora…
DAMA.- ¡Qué pena! Tan jóvenes, con toda una vida por delante y
queriéndose así… novios ¿verdad?… ¡qué pena, señor, qué
pena!... (Sale de escena.)
FERNANDO.- ¿Porque le dará pena a esa señora que estamos
jóvenes?
CHOLE.- No lo habrá sido nunca
FERNANDO.- Lo siento por ti Chole. Me prometiste el paraíso
pero creo que me has metido en un balneario.
CHOLE.- Pues tampoco es un balneario. Mira estos cuadros… ¿y
esto? Sobre el arco “Ven, muerte tan escondida/ que no te sienta
venir/ porque el placer de morir/ no me vuelva a dar la vida”
Santa teresa. (Se miran confundidos)
FERNANDO.- ¡A que nos hemos metido en un convento!
CHOLE.- ¡Un convento! ¡Será magnifico!
FERNANDO.- Para el turismo. Pero no parece adecuado para dos
novios en vacaciones.
(Hans grita de fondo “sala de la cicuta”)
HANS.- ¿Ha dicho sala de cicuta?
(Fernando mira el escritorio del doctor y toma un libro)
FERNANDO.- ¡Demonios! ¡Mira esto! ¡Este libro! “El suicidio
considerado como una de las bellas artes”
CHOLE (Disponiéndose a huir).- ¿Dónde pusiste el maletín?
FERNANDO.- ¡Ey, no! No tenemos que huir. Somos periodistas,
Chole. Un periodista no retrocede.
(Entra la doctora a la casa y los ve)
DOCTORA.- ¿Los atienden a ustedes?
CHOLE.- No gracias. Solo dábamos un vistazo.
FERNANDO.- ¡Chole!... calma (ella se arma heroicamente y se
acerca al doctor). Señor, me presento, Fernando Zara, periodista
y chole, mi compañera, mi novia y mi estrella polar. La pareja
más feliz de la tierra.
DOCTORA.- Mucho gusto. Doctor roda, director de esta casa.
(Mientras se dan un apretón de mano). Pero ¿Qué están haciendo
aquí, si son tan felices?
CHOLE.- Venimos a investigar los pacientes del hogar. Creemos
que hay mucho potencial aquí.
FERNANDO.- ¿Sabe usted lo que es recorrer un mundo de temas
agotados?
DOCOTRA.- ¿Y creen haber encontrado aquí lo que buscan?
FERNANDO.- Lo sospechamos
DOCTORA.- Está bien, veamos ¿son ustedes, en efecto, una
pareja feliz?
FERNANDO.- ¡Por supuesto!
CHOLE.- ¡Un amor torrencial!
DOCTORA.- Envidiable. En este caso puede facilitarles su
trabajo. Pero a cambio pueden prestarme a mí un gran servicio.
LOS DOS.- A sus órdenes.
DOCTORA.- Prométanme que no escribirán nada hasta conocer
el fondo de la institución… ¿conocieron ustedes al doctor Ariel?
FERNANDO.- El doctor Ariel... si
CHOLE.- Sí, sí, el doctor Ariel.
DOCTORA.- El doctor dejo escrito un libro maravilloso.
FERNANDO.- Sí. “el suicidio considerado como una de las
bellas artes”.
DOCTORA.- ¡Ah! Ya lo conocía usted…
FERNANDO.- No hace mucho pero si. Mientras, ¿Nos permite
mientras tanto hablar con sus pacientes?
DOCTORA.- Bien. Pero generalmente son desconfiados y no
abren su corazón a un extraño.
CHOLE.- Aquel joven ¿es un enfermo?
DOCTORA.- Ah, sí: un muchacho romántico. Le llamamos aquí
el amante imaginario. Llego anoche.
(Entra el amante imaginario)
CHOLE, FERNANDO Y EL AMANTE
AMANTE.- Perdón… ¿compañeros?
CHOLE.- Funcionarios…
AMANTE.- Ah, funcionarios… (Intenta salir de la habitación,
desilusionado)
FERNANDO.- Quédese un momento. ¿Porque no se sienta?
Tiene usted un aspecto muy fatigado. (El amante toma asiento).
¿Ha elegido ya su procedimiento?
CHOLE.- No se decida sin consultarnos: tenemos los mejores
venenos, un lago de leyenda, celdas individuales y…
AMANTE.- ¡Ah, ustedes también! ¡Cállense! todo es tan frio
aquí, odiosamente frio. Yo esperaba encontrar un corazón amigo.
CHOLE.- Cuente con ese corazón. Hemos visto su ficha.
Desengaño de amor. Nos gustaría tanto conversar de su historia.
AMANTE.- ¿Deberás? ¿La oirían ustedes? No sé si valdría la
pena.
CHOLE.- ¿Cómo qué no? ¿Quiere usted contárnosla?
AMANTE.- Gracias… yo era un empleado en una casa de banca.
Una noche fui la opera. Cantaba cora yako el papel de margarita
¡una mujer esplendida! Ella canto toda la noche para mí. No era
ilusión, no: sus ojos se clavaron en los míos. ¡Cantaba, lloraba y
moría para mí solo!.. Al día siguiente volví y me enamoro una vez
más… en el banco, el dinero pasaba por mis manos. Cogí una
cantidad; mi sueldo de dos meses. Y le envié un ramo de
orquídeas y una tarjeta. Después...
CHOLE.- Después ¿Qué?… diga
AMANTE.- Después…. Después ¡fue la felicidad! los barcos y
los grandes hoteles. Viena, el Cairo, Shanghái. Nos besamos un
día en el desierto, entre los sicomoros y al día siguiente en un
jardín de lotos.
FERNANDO.- Enhorabuena. ¿Y qué más?
AMANTE (Seco).- Nada más.
CHOLE.- ¿Nada más? ¿Entonces?
AMANTE.- ¿Qué? ¿Porque me miran así? ¿No me creen? ¡Les
juro que es verdad! yo he sido el amor de Cora Yako ¡es verdad,
es verdad! ¿Porque no habría de serlo? ¿Qué tengo yo que no me
quiera una mujer?
FERNANDO.- No es usted. Seguramente es un gran muchacho.
Pero ha contado su historia de un modo tan extraño…
CHOLE.- ¿Por qué ha mentido usted? Háblanos sin miedo, como
a dos amigos.
AMANTE.- Tienen razón. Para que mentir, si nadie me cree…
pero es verdad que he destroce mi juventud en mi empleo. Es
verdad que cora me miraba cantando. Y es verdad que robe…
pero el amor y los viajes… solo los he soñado. Al día siguiente
cuando volví al teatro, el vestíbulo estaba lleno de baúles y
decorado. Mi ramo tirado en un rincón y la tarjeta sin abrir. La
verdad era una desgracia… pero nadie debía saberlo. Déjenme
contar esta historia al mundo. Que lo crean y luego creerlo yo
también... y después morir. El doctor viene. No le digan nada, él
es viejo y no entiende estas cosas…
DOCTORA.- Sus habitaciones ya están listas ¿Quién pasar a
verlas?
CHOLE.- Claro que sí. Fernando ve a buscar las maletas.
ALICIA, DOCTORA, JUAN, CHOLE Y FERNANDO
(Alicia entra corriendo y grita llorando)
ALICIA.- ¡Doctora… doctora!
(Acude a la doctora)
DOCTORA.- ¿Qué ocurre?
ALICIA.- ¡allí! (señalando la galería del silencio)
DOCTORA.- Pronto… ¡Hans! ¡Deténgalo!...
(Suena un disparo. Alicia se tapa la cara con las manos. Entra
Hans forcejeando con juan, que lucha desesperadamente por
desasearse y recobrar su arma.)
JUAN.- ¡Déjenme! ¡Suelte!
DOCTORA.- ¿Qué ha sido?
HANS.- Nada ya. He conseguido desviarle la pistola a tiempo.
Aquí esta.
DOCTORA.- Pronto Hans, calma a los demás. Que no acuda
nadie.
(Sale Hans. Alicia queda al fondo y escucha sin hablar en toda la
escena. Juan traía ahora de arrebatarle la pistola al doctor.)
JUAN.- ¡Déjenme! ¡Es mía!
DOCTORA.- ¡Quieto!
JUAN.- ¡Mía!
DOCTORA.- ¡No! (Juan cae sobre una butaca y esconde su
cabeza entre los brazos. La doctora guarda lentamente el arma
en el escritorio.) ¡Que iba usted a hacer!
JUAN.- Morir. Necesito morir. ¡Mañana puede ser tarde!
DOCTORA.- ¿Y por qué?
JUAN.- Si no muero yo, acabare matando. Lo se… y no quiero
matar
DOCTORA.- ¿Por qué había de matar usted a nadie?
JUAN.- Matare. Ya he sentido la tentación una vez. La siento
mordiéndome la sangre ahora mismo. Y es horrible, porque él es
bueno. Porque el e quiere… ¡y no sabe siquiera todo el daño que
me hace!
DOCTORA.- ¿Quién es él?
JUAN.- Es mi hermano… todo lo que yo hubiera querido, todo
me lo ha quitado el sin saberlo. Primero el cariño de mi madre,
luego la inteligencia y salud que quería y a la única mujer que
podía haberme hecho feliz. Él ha conseguido sin esfuerzo, riendo
todo lo que yo he deseado dolorosamente, en silencio, y
trabajando. Pero él no tiene la culpa: él es bueno. ¡Además es mi
hermano! libéreme de esta pesadilla doctor… no quiero matarlo…
¡no quiero matarlo!
(Entra chole y Fernando)
CHOLE.- ¿Ha ocurrido algo, doctora? (sorprendida al verlo)
¡Juan!
JUAN.- ¿Vosotros?
DOCTORA.- ¿Se conocían ustedes?
FERNANDO.- Es mi hermano…
TELON
SEGUNDO ACTO
CHOLE.- ¿Queda bien así?
ALICIA.-Si, muy bien. Loa cuadros eran tan tristes.
CHOLE (disponiendo un florero).- ¿y estas flores? ¿Le gustan?
ALICIA.-Mucho ¿de dónde son?
CHOLE.- Del sur.
ALICIA.- La nuestras no han florecido aun.
CHOLA.- No tardaran; mañana es el primer día de primavera.
Cuando florezcan las pondré en todas las habitaciones.
ALICIA.- Gracias.
CHOLE.- ¿Por qué me da las gracias?
ALICIA.- Porque es una idea bonita. Los otros cuadros, ¿Dónde
se han de llevar?
CHOLE.- Al sótano… Esta usted muy sonriente, Alicia
ALICIA.- Estoy contenta.
CHOLE.- No se… se ha reído usted toda la mañana. No había
tenido nunca a nadie que se riera junto a mí.
CHOLE Y LA DOCTORA
DOCTORA.- Señorita Chole…
CHOLE.- Buenas tardes, doctora. ¿Nota usted algo nuevo aquí?
DOCTORA.- No se… ¿esas flores? (volviéndose) ¡los cuadros!
Por fin los ha arrancado usted.
CHOLE.- Eran demasiados sombríos. No hacían ningún bien a
esta pobre gente.
DOCTOR.- Es curioso. Y está usted atravesando las mismas
etapas que ellos. El primer día entro aquí como un golpe de
viento, ansiosa de encontrar algo original para lanzarlo a la
publicidad. Después, ha ido penetrando en las almas, buscando su
verdad en el silencio. Esta usted en plena etapa de meditación y
de ternura.
CHOLE.- Algunas de estas historias íntimas, me han llegado muy
hondo.
DOCTORA.- Además, trabaja usted seriamente. Anoche sé que
ha estado en mi biblioteca hasta la madrugada.
CHOLE.- Me interesan sus libros, sus estadísticas. He descubierto
en ellos cosas que no hubiera imaginado nunca. Esa contradicción
del suicida con la lógica de la vida. ¿Por qué se matan más los
triunfadores que los fracasados? ¿Y porque se matan al amanecer
más que, de noche, y en la primavera más que en el invierno?
DOCTORA.- Difícil explicar para una mujer feliz. Pero la
observación es científicamente exacta.
CHOLE.- Matarse es siempre una negación brutal.
DOCTORA.- El dolor… He aquí el motivo supremo. Me parece
que, sin darse cuenta, acaba usted de contestar a sus dudas de
antes. Ojala piense usted siempre así.
CORA YAKO Y FERNANDO
(Entra Cora Yako, mira curiosa a su alrededor. Después avanza
hacia Fernando.)
FERNANDO.- Señora…
CORA.- ¿Es usted empleado de la casa?
FERNANDO.- Secretario y cronistas.
CORA.- Espero que no me habré equivocado. Es aquí la…
FERNANDO.- La fundación del doctor Ariel.
CORA.- Exactamente. Yo tenía miedo de que fuera una broma
¿tiene usted un sitio libre?
FERNANDO.- Siempre. ¿Caso muy urgente?
CORA.-No… debo confesarle que yo no traigo el menor
propósito de matarme.
FERNANDO.- Ah, ¿no?
CORA.- Soy artista, ¿sabe? He triunfado en cien países;
desdichadamente los años van pasando, las facultades
disminuyen… y cuando disminuyen las facultades no hay más
remedio que amentar la propaganda. No sé si me comprende.
FERNANDO.- Creo que sí. Usted necesita un suicidio-
propaganda y desde luego sin peligro.
CORA.- Me parece que nos vamos a entender bien. En cuanto al
precio, no me importa.
FERNANDO.- Ni a mí. ¿Me permite tomar unos datos para abrir
la ficha? Profesión: artista.
CORA.- Cantante de ópera.
FERNANDO.- Cantante. ¿Española?
CORA.- Internacional. Nací en un barco
FERNANDO.- Edad… ¿le parece bien veinticuatro?
CORA.-Gracias
FERNANDO.- ¿su nombre?
CORA.- Cora Yako.
FERNANDO.- Cora Yako. (Recordando de pronto) ¡Cora
Yako!... Pero… ¿es usted Cora Yako en persona? ¡Oh, déjenme
estrechar esas manos!
CORA.- ¿Me ha oído usted cantar?
FERNANDO.- ¡Nunca! ¡Qué gran idea la suya de venir aquí!
¿Me perdona que la deje sola un momento? Hay alguien en la
casa que tendrá en mayor gusto en atenderla. Voy por él. ¡Cora
Yako, Cora Yako! (sale.)
CORA (mirándole ir).- Simpático muchacho… (Mira
curiosamente al amante que entra por el otro extremo.
Deshojando una margarita. Se sienta y suspira.)
CORA YAKO Y EL AMANTE
CORA.- Perdón… ¿usted es empleado de la casa? (En la mira y
niega con la cabeza) Ah entonces es un… un... (El afirma del
mismo modo) ¡Que interesante! Da escalofríos… ¿y por qué?
AMANTE.- ¡Amor! He amado mucho; he sido todo lo feliz que
puede ser un hombre. No es fácil comprenderme. ¡Tendría usted
que haberla conocido a ella!.. La ví por primera vez en el fausto.
CORA.- ¿Era cantante?
AMANTE- ¡Era una voz de plata enredada a un alma! Yo era un
muchacho pobre, pero tenía juventud, hacia versos… Cora no
necesitaba más.
CORA.- ¿Se llamaba Cora?
AMANTE.- Cora Yako.
CORA.- Ah, Cora Yako… ¡Que interesante!
AMANTE.- Yo estaba en lo más alto de la galería; pero toda la
noche canto para mí.
CORA.- ¿Para usted solo?
AMANTE.- Me lo decían sus ojos, que no me dejaban un
momento. Volví al día siguiente. Le envié un ramo de orquídeas.
Aquellas flores costaban más de lo que ganaba. Pero no podía
negárselas… robe dinero.
CORA (interesada).- ¿Robo usted?
AMANTE.- ¿Qué no hubiera hecho por ella?
CORA.- ¿Tanto llego a quererla en una noche?
AMANTE.- A veces cabe toda la vida en una hora.
CORA.- ¿y ella?
AMANTE.- Ella comprendió. Beso las flores despacio,
mirándome… y así empezó el amor. Una semana en Viena… El
Danubio… Salimos para El Cairo.
CORA.- El Cairo…, ya recuerdo. ¿Es aquel pueblo grande, tan
sucio, que tiene el hotel frente al teatro?...
AMANTE.- No recuerdo el hotel.
CORA.- Sí. Y que riegan las calles con un odre.
AMANTE.- No se… Pero, ¿Cómo conoce usted el oriente?
CORA.- No se…, he estado allá; pero creo que no me he enterado
bien. Dígame… ¿usted ha estado de verdad? ¿De verdad, de
verdad?
(Ella se acerca hacia el atraída y curiosa)
AMANTE.- ¿Por qué me lo pregunta?
CORA.- Porque ahora me doy cuenta de que yo no he visto nada.
Me gustaría que volviéramos juntos. También yo se cantar…
AMANTE (con una emoción violenta, casi de miedo, cogiéndole
las manos).- ¿Por qué me mira así? Esos ojos… esos…, esos
ojos… ¿Quién es usted?
CORA (Tranquila).- Cora Yako.
AMANTE.- ¡No! ¡No es posible!
CORA.- No me apriete tanto. Tiene usted que contarme despacio
todos esos viajes que hemos hecho juntos.
AMANTE.- ¡Cora!... ¡Cora!... (Sale detrás de ella,
deslumbrando, atragantada la voz)
CHOLE Y JUAN
(Entra Juan. Se hunde en el sillón. Silencio. Vuelve Chole.)
CHOLE.- ¿Has visto a Fernando?
JUAN.- No creo que se vaya a perder.
CHOLE.- Te pregunto por tu hermano y me contestas como si te
hubiera hecho daño.
JUAN.- Era yo el que estaba aquí.
CHOLE.- Pero yo lo buscaba a el
JUAN.- Si, ya se, siempre a él. Todavía soy yo el áspero. Ya
estoy acostumbrado.
CHOLE.- ¡Juan!... No acabare de entenderte nunca. ¿Qué guardas
ahí contigo, que te está molestando siempre?
JUAN.- Nada.
CHOLE.- ¿Por qué te escondes de tu hermano?
JUAN.- ¡Bata Chole! Háblame de ti… o del mundo… o calla.
¡Deja ya a Fernando!
CHOLE.- Es tu hermano.
JUAN.- ¿Y para que lo ha sido? El nació sano y fuerte; él era el
orgullo de la casa. Tenía gracia y talento, yo tenía que conseguir
dolorosamente la mitad de lo que él conseguía.
CHOLE.- Pero eso no significa nada, Juan.
JUAN.- Si, esta angustia ha ido creciendo conmigo hasta
envenenarme toda la vida. ¡No he servido nunca!
CHOLE.- No eres justo.
JUAN.- ¿Yo? ¡Yo soy el que no es justo! ¡La vida si lo ha sido!,
¿verdad? Y Fernando también. ¡Y tú!
CHOLE.- ¿Yo?
JUAN.- ¡Tu!... Pero, ¿Es que no lo has visto? ¿Es que no sabes
que, después de mi madre, no ha existido en mi vida otra mujer
que tú? ¿Qué te he querido lo mismo que a ella, que te he
contemplado de rodillas lo mismo que a ella… y que tampoco he
sabido decírtelo? Ese Fernando se me ha atravesado siempre en el
camino. Él no tiene la culpa, ya lo sé. ¡Ah, si la tuviera! Si la
tuviera, este drama mío podrá revolverse…
CHOLE.- ¿Qué estás diciendo? ¡Juan!
JUAN.- Pero no la tiene; por eso tengo que morderme las
lágrimas, y ver como él es feliz robándome todo lo mío.
CHOLE (Con un grito desesperado).- ¡Calla! ¡Por el recuerdo de
tu madre, Juan!...
JUAN.- ¡No callo más! Ya he callado toda la vida. Quiero que
sepas todo lo desesperadamente que te quiero.
CHOLE (suplicante).- ¿No ves que es odioso lo estás diciendo?
¿Qué te estas destrozando a ti mismo, y estas haciendo imposible
nuestra felicidad?
JUAN.- Óyeme un consejo, Chole: si eres feliz, escóndete. ¡No se
puede pasear una felicidad como la vuestra por un mundo de
desgraciados! Es muy amargo todo esto. Yo también quiero a
Fernando. ¡Si no fuera tan feliz! Chole, te he hecho sufrir, pero
tenía que decírtelo. Se me estaba pudriendo aquí dentro.
Perdóname.
CHOLE.- Perdónanos tú, Juan. Perdónanos a los dos…
JUAN.- Adiós, Chole… (Sale juan.)
CHOLE.- Imposible… Volverán a ser unidos, pobre juan. Yo
estaba en medio de ellos sin saberlo… pero ya no lo estaré más.
Esa galería va al lago… dicen que la muerte en el agua es dulce,
como olvidar….
ALICIA, DOCTORA, FERNANDO, JUAN Y CHOLE
(Entra Alicia, aterrada, a gritos)
ALICIA.- ¡Doctora, doctora…, Fernando!
DOCTORA.- ¿Qué ocurre?
ALICIA.- Ha sido la señorita Chole… ¡En el lago!
FERNANDO.- ¿Chole?
DOCTORA.- ¿Cómo? ¿Qué quieres decir? ¿Qué significa esto
Hans?
JUAN.- ¡Chole!... ¡Chole!... (Entra con Chole en brazos,
húmedos los dos. La conduce a un asiento) ¡Pronto, doctora…,
pronto!
DOCTORA.- ¿Qué ha sido?
JUAN.- No tiene pulso… no la oigo respirar… ¡Doctora!
FERNANDO.-Pero ¿Qué ha sido?
JUAN.- La vi caer. No sé si he llegado a tiempo.
FERNANDO.- ¿Vive?
DOCTORA.- Silencio… Esta salvada.
FERNANDO.- ¡Chole!... ¡Mírame, Chole!
CHOLE.- ¿… Has sido… tú…? Gracias, Fernando…
JUAN.- Fernando… ¡Siempre Fernando!
TELON
ACTO TERCERO
CHOLE.- ¿Qué música era esa, Alicia? ¿Beethoven?
ALICIA.- El Himno a la naturaleza. ¡Es el primer día de la
primavera! (Pausa) ¿Estas mejor?
CHOLE.- ¡Si no ha sido nada! ¿Te pasa algo a ti? Tienes los ojos
muy cansados.
ALICIA.- No he podido dormir en toda la noche.
CHOLE.- ¿Por mí?
ALICIA.- Por ti. Tú eras la risa, el amor, la juventud… ¡Pensar
que todo eso ha podido desaparecer en un momento! No podía
creerlo.
CHOLE.- ¿Por qué te lo dijeron?
ALICIA.- No me lo dijo nadie; lo vi. Yo estaba a la orilla cuando
te caíste.
CHOLE.- ¿Por qué dices “cuando te caíste”?
ALICIA.- Porque fue así. ¡No puede ser de otra manera! ¿Verdad
que fue así, Chole?
CHOLE.- Si… así fue.
ALICIA.- Al oír aquel grito, yo me quede sin sangre... ¡Tú
estabas allí, a mi lado, luchando con la muerte, y yo no podía
moverme! Hasta que llego él.
CHOLE.- El… ¿Tú lo viste?
ALICIA.- Sí.
CHOLE.- Dime una cosa, Alicia. Quiero saber… (Se detiene del
miedo.) No, no me digas nada. Tengo miedo que no sea.
ALICIA.- ¿Qué?
CHOLE.- Nada.
CHOLE Y LA DOCTORA
DOCTORA.- ¿Qué tal van esas fuerzas?
CHOLE.- Bien ya; del todo.
DOCTORA.- He ido a buscarla a su cuarto, creí no se iba a
levantar hoy. Le llevaba estas flores.
CHOLE.- Preciosas. Gracias, doctora.
DOCTORA.- De nada. No son mías.
CHOLE.- ¿De Fernando?
DOCTORA.- Tampoco.
CHOLE.- Ya… ya se, Juan.
DOCTORA.- No se ha atrevido a traértelas el mismo. Pobre
muchacho; toda la noche la ha pasado detrás de su puerta,
temblando, escuchando su aliento. ¿Respira usted ya bien?
CHOLE.- Todavía me cuesta un poco. Parece espeso el aire.
DOCTORA.- ¿No está a gusto entre nosotros?
CHOLE.- No, sinceramente. Perdóneme doctora; pero me parece
que usted y el doctor Ariel se han equivocado. Crearon un refugio
para almas vacilantes pero no cuentas con que el ambiente puede
contagiar a otros. Se burlan de la muerte pero ella es más hábil; y
en momentos débiles se presenta tan hermosa y fácil… es un
juego peligroso.
DOCTORA.- Tal vez.
CHOLE.- Piénselo doctor: si me hubiera matado ayer, yo sería un
gran culpable pero usted tampoco podrían mirarme tranquilo.
DOCTORA.- Perdón…
CHOLE.- Cierre esta casa, doctora. Emplee su conocimiento
donde los hombres viven y trabajan. Pero hoy la vida está
empezando otra vez, cierre todo… ¿Lo hará usted?
DOCTORA.- Acaso.
CHOLE.- Hágalo por mí, por todos…
DOCTORA.- Tal vez, tal vez…
CORA YAKO Y EL AMANTE
CORA.- ¿Dónde se esconde mi cachorro?
AMANTE (Sobresaltado).- ¡Tú!
CORA.- Mi héroe, mi lobezno. Alégrate, corazón: salta, grita,
aúlla. ¡Ya me tienes aquí!
AMANTE.- Te esperaba.
CORA.- Nadie lo diría; con esa cara… parece que huyes.
AMANTE.- Te he estado buscando por toda la mañana.
CORA.- ¿Por dónde, mi jilguero? Me he levantado cantando,
recorrí las montañas gritando tu nombre… después he tirado
piedras a tu ventana. ¿Tan dormido estabas? Hasta rompí los
cristales. Después tire un ramo de violetas ¿Tampoco las viste?
AMANTE.- Tampoco
CORA.- ¡ah cruel; estabas dormido! Cora que te buscaba; que te
necesitaba. ¡Cora Yako, lobezno, Cora Yako! ¿Eres feliz? ¿Has
pensado en mí? ¿Soy como tú me soñaste? ¿Es que no vas a
hablar?
AMANTE.- ¡Es que no me dejas!
CORA.- ¿Qué es lo que te gusta de mí? No, todo no; siempre hay
algo…
AMANTE.- Los ojos. Los ojos sobre todo. ¡Son los de aquella
noche!
CORA.- Mira esos ojos, lobezno; aquí lo tienes, son tuyos… ¿no
me besas?
AMANTE.- Si
CORA.- ¿Por qué estas temblando? ¿Te doy miedo? Ay, que
pobre muchacho, mi héroe, mi poema… ¿Estas triste? Yo te
imaginaba vibrante, apasionado… ¡subiendo por las paredes al
verme, arrancando las retamas al correr, saltándome en los
hombros! No estés tristes. Te quiero como eres; pequeño,
acobardado, soñador… ¿Por qué has leído tanto? No sabes que
eso te debilita, pobrecito mío. ¡Ahora vamos a vivir!, a recorrer el
mundo juntos.
AMANTE.- ¡Cora!
CORA.- Ahora vas a tener conmigo todo lo que soñaste. Y tantas
cosas más que tú no sabes… ¿Tú me quieres? ¿Me quieres, me
quieres?
AMANTE.- ¡Te quiere como un cosaco!
CORA.- ¿Dispuesto a todo?
AMANTE.- ¡A todo!
CORA.- ¿Por qué no nos vamos ahora mismo?
AMANTE.- ¿Ahora?
CORA.- Ahora, ahora… ¿A que esperamos? El coche está
dispuesto en un momento. ¿Tú sabes conducir?
AMANTE.- No
CORA.- Bien, conduciré yo.
AMANTE.- Pero, Cora…, espérate un poco mujer.
CORA.- ¿Qué?
AMANTE.- Vamos a salir así… ¿Sin despedirnos?
CORA.- ¿De quién? Yo no me he despedido nunca.
AMANTE.- De la doctora, de los compañeros… y luego hay que
pensar en el dinero.
CORA.- ¿No tendrás encima treinta mil pesetas?
AMANTE.- ¿Yo? Yo no tengo ni un céntimo. No robe nada más
que para las flores.
CORA.- ¡Nada más!... Bueno, es lo mismo. Ya encontraremos un
caballo blanco… Nos vamos.
AMANTE.- Es que no tengo ni pasaporte…
CORA.- Sin él; ya se arreglara eso en el camino. Tengo muchos
amigos ingleses ¿Sabes inglés?
AMANTE.- No
CORA.- Es lo mismo. Todos saben francés.
AMANTE.- Tampoco se francés
CORA.- Pues te callas; te callas en todos los idiomas. ¿Vamos,
que esperas?
AMANTE.- Voy… voy.
FERNANDO Y EL AMANTE
AMANTE.- ¿No está?
FERNADO.- ¿Cora?... En el jardín; preparando el coche.
AMANTE.- Que mujer, Fernando…, es terrible. ¿Por qué habrá
venido? ¡Tan bella como yo la soñaba!
FERNANDO.- Y sin embargo es la verdadera. La que cantaba
para usted aquella noche.
AMANTE.- ah no; la mía es otra cosa: una ilusión, un poema sin
palabras. Los ojos, si: son los mismos de aquella noche.
FERNANDO.- Puede ser para usted la gran aventura.
AMANTE.- una aventura peligrosa. Usted no la conoce: esa
mujer me mata en quince años.
FERNANDO.- Es el amor
AMANTE.- ¡pero que amor! Yo soñaba con los besos de mujer
como una caricia suave. Cora n es eso. ¡Ella muerde! Ahora me
estoy acostumbrando… Pero ayer… el primer beso que me dio,
me tiro al suelo. ¡Es un temblor, Fernando, es un temblor!
FERNANDO.- Le ha tomado usted miedo.
AMANTE.- Miedo, miedo no. La quiero, me gustaría verla
siempre. Pero un poco desde lejos.
FERNANDO.- Pero, ¿No se iban a marchar ustedes juntos?
AMANTE.- Si… que no tengo más remedio. Loa minutos van
pasando ¡Y que no sé qué hacer!
FERNANDO.- La gran aventura no se presenta más de una vez en
la vida. Piénselo bien.
AMANTE.- ¡Si tan solo pudiera quedarme solamente con los
ojos! Soñar es otra cosa… No, no puedo (se sienta, desfallecido)
FERNANDO.- En ese caso, hay otra solución. Renuncie a la Cora
Yako autentica. Quédese con la que usted ha soñado. Y dedíquese
a escribir.
AMANTE.- ¿a escribir?
FERNANDO.- Si, las novelas nunca las han escrito los capaces
de vivirlas.
AMANTE.- ¿Cree usted que serviré?
FERNANDO.- ¿Por qué no?
AMANTE.- Es que nunca he salido de mi casa de huéspedes.
FERNANDO.- ¿Y qué importa eso? El arte no es cuestión de
experiencia. (Suena en el jardín el primer bocinazo)
AMANTE.- ¡Ahí esta! ¿Qué hora es?
FERNANDO.- ¡Las once en punto!
AMANTE.- Al tercer bocinazo, arranca. ¿Qué hago, Fernando,
que hago?
FERNANDO.- ¡Va uno! No lo piense más. O se va usted por ahí
a vivir aventuras… o se va por ahí a escribirlas.
AMANTE.- Pero no tengo un céntimo…
FERNANDO.- ¡Pero es una mujer la que lo llama!
AMANTE.- No tengo más que dos camisas…
FERNANDO.- ¡Es Cora Yako! ¡El amor! (Suena otro bocinazo)
¡Dos!
AMANTE (A gritos).- ¡Voy! (Va hacia el jardín. Se detiene antes
de llegar a la puerta. Se vuelve, nervioso y urgente.) Fernando…,
Qué es una caballo blanco artísticamente?
FERNANDO.- Es un viejo que paga…
AMANTE.- Un viejo que paga… (Reacciona con violencia y a
gritos) ¡No voy! (Suena la tercera llamada.)
FERNANDO.- ¡Y tres!
AMANTE (En un impulso de arrepentimiento).- Cora… ¡Cora!
FERNANDO.- Ya se fue.
AMANTE.-Soy un pobre hombre…
FERNANDO.- Déjala marchar en paz y recuérdala. Es mejor. Son
dos vidas que no podrán fundirse nunca. Y ahora, ve a escribir…
Vamos. (Salen de escena)
FERNANDO Y CHOLE
FERNADO.- Chole, ¿Estas mejor? ¿Te sientes débil todavía?
CHOLE.- Ya pasó todo.
FERNANDO.- ¿Todo?
CHOLE.- El dolor… el peligro… Lo otro se resolverá tarde o
temprano. ¿Por qué te escondes, Fernando? No me has visto
desde ayer. Hay algo delante de nosotros, una verdad cruel que no
se borra con cerrar los ojos
FERNANDO.- No pienses en eso ahora. No te he visto porque la
doctora me lo prohibió. Tenías fiebre; necesitabas reposo y
soledad.
CHOLE.- ¿No me viste anoche?
FERNANDO.- Sí. No respirabas todavía. Cuando te caíste al
lago…
CHOLE.- ¿Tú también dices cuando me caí? Deja de mentirte a ti
mismo. No me caí; así lo quise yo.
FERNANDO.- ¡No, Chole, no es posible!
CHOLE.- También me lo parece a mí ahora. Pero ayer… dime
Fernando; hay una cosa que necesito saber, que no he querido
preguntar por miedo a la verdad. Dime, anoche... Cuando me
caí…, hubo un hombre que arriesgo su vida por mí. ¿Fuiste tú,
verdad?
FERNANDO.- No.
CHOLE.-No eras tú…
FERNANDO.- Hubiera querido serlo. Pero fue juan.
CHOLE.- Pobre Juan… Toda la noche ha estado sin sueño, oído
pegado a mi puerta, oyéndome respirar. Ha sufrido más que yo.
FERNANDO.- Lo es todo. La doctora me conto.
CHOLE.- Y ¿Ha pensado en alguna solución?
FERNANDO.- ¡Salir de aquí…, huir!
CHOLE.- ¿Y adonde? ¿Dónde podríamos escondernos para que el
recuerdo de juan no esté con nosotros? No, Fernando…, no hay
felicidad posible.
FERNANDO.- ¿Y qué podemos hacer? ¿Era la solución que tú
pensaste anoche? Sabes que tu muerte nos hubiera separado más,
convirtiendo en odio lo que ahora es dolor.
CHOLE.- Es posible. Pero desde anoche no he dejado de pensar.
Juan no ha tenido nada suyo. Ha estado siempre solo entre todos
nosotros. ¡Ya no puede seguir solo! Vete tú si puedes. Yo me
quedo.
FERNANDO.- ¿Con él?
CHOLE.- Yo seré a su lado la madre que no lo supo comprender,
la hermana que nunca tuvo. ¡Que haya en su vida la ilusión de una
mujer!
FERNANDO.- ¡Pero eso no puede ser, Chole! ¡No es así como te
quiere Juan!
CHOLE.- Lo sé; se lo oí decir al mismo.
FERNANDO.- No puede ser, Chole. Ahora es cuando estas ciega,
por culpas que no existen.
CHOLE.- No; ciegos estábamos antes, cuando no había más que
nuestra felicidad. Ni una vez se nos ocurrió mirar alrededor,
donde siempre estuvo Juan.
FERNANDO.- Pero, ¿Crees que el corazón de mi hermano no me
duele a mi también? Pero es nada podemos hacer que no sea
engañarte. Salgamos de aquí. Nunca podrás ser feliz por él.
CHOLE.- No se trata de mi felicidad. ¡Siempre la tuve! Ahora lo
que importa es el.
FERNANDO.- ¿Por qué te salvo la vida?
CHOLE.- Porque me ha entregado la suya.
FERNANDO.- No, no es posible. Te estas tendiendo una trampa.
Y Juan mismo tiene que impedirte caer en ella. Que nos perdone o
nos mate junto… ¡pero engañarlo, no! (Llamándolo) ¡Juan…,
Juan!
(Juan aparece. Chole pálida al verle, lanza una rápida mirada
suplicante a Fernando, y se dirige a él.)
CHOLE.- ¡No lo escuches, Juan, no lo escuches!...
(Juan, mirando a su hermano, se acerca hacia Chole sin
mirarla.)
JUAN.- ¿Para qué me llamas con tanto grito?
FERNANDO.- No. Lo único que quiero es que no quede nada
oscuro entre nosotros. Ahora necesito la verdad.
JUAN.- ¿No la has oído ya? ¿O crees que Chole, iba a presentar
esa vieja farsa cruel? ¿Te la imaginas tratando de pagar un
verdadero amor con las migajas de su felicidad?
FERNANDO (Retrocede al comprender que juan ha oído).-
Juan…
JUAN.- No, Fernando, no voy a aceptar que ella caiga en una
mentira piadosa. ¿Quieres la prueba? Ahora mismo te la va a
dar… ¡Y con los ojos de frente! ¿Verdad, Chole? Vamos, ¿Qué
esperas? Ahí tienes a Fernando. El hombre feliz, que no tiene que
luchar jamás, porque la vida se lo ha dado todo. Aquí solo está el
pobre Juan, con su miseria y con su amor. Elige, Chole. ¡Para
siempre! (Chole suplica a Fernando con un gesto y avanza
dolorosamente hacia juan.)
CHOLE.- Juan…
JUAN.- ¡La ves, Fernando! ¡En mis brazos! También Juan puedo
triunfar alguna vez. Pero también… por una vez…, soy más
fuerte que tú, más generoso. Llévatela lejos. Ahora podéis ser
bueno como tú y feliz como tu… y te he visto llorar.
FERNANDO.- ¡Juan!
JUAN.- ¡Hermano! Gracias, Chole… ya sabía que no podía ser.
Pero gracias por intentarlo. Llévatela, Fernando. Váyanse a vivir
lejos. Déjenme gozar el único día feliz de mi vida…
(Chole, estrecha conmovida la mano de Juan. Recoge luego sus
flores, apretándolas contra el pecho y sale reclinada en el
hombro de Fernando. Juan agotado por el enorme esfuerzo. Se
domina. Tiene ahora una expresión fría. Va al escritorio, lo abre
y toma una pistola. Pasa Alicia. Al verla, esconde el arma.)
ALICIA Y JUAN
ALICIA.- Buenos días, Juan… (Corre el cerrojo de la galería del
silencio, y coloca en lugar bien visible un cartel que
dice:”Prohibido suicidarse en primavera”) Es una orden de
Chole… ¿Le ocurre algo, Juan?
JUAN.- Nada…
ALICIA.- Esta usted temblando.
JUAN.- Un poco de fiebre quizá.
ALICIA.- Es el día… ¿Oye usted esa música?
JUAN.- ¿Qué es?
ALICIA.- Beethoven: un himno de gracias a la primavera.
También él estaba solo y con fiebre cuando lo escribió. Pero el
sabía que la primavera traer siempre una flor y una promesa para
todos.
JUAN.- ¿Lo cree usted así?
ALICIA.- La doctora me dijo un día: “No pidas nada a la vida. Y
algún día la vida te dará una sorpresa maravillosa.”
JUAN.- ¿y espera usted?
ALICIA.- Siempre… ¿Quiere hacerme el favor, juan? Hoy es el
día de vida y de muerte… ¿quiere darme eso que esconde ahí?
JUAN (entregando su arma).- Perdón…
ALICIA.- Voy a tirarla al estanque. (Va a salir)
JUAN.- Alicia… espere…, tengo miedo de quedarme solo. ¿Me
permite que la acompañe, Alicia?
ALICIA.- Gracias… (Le ofrece su brazo. Avanzan juntos hacia el
jardín. Va cerrando lentamente el telón.)
TELON
FIN DE “PROHIBIDO SUICIDARSE EN PRIMAVERA”