Poe.
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Colección Poesía del Mundo
Serie de Poesía y de Poetas
Ensayos y críticas
Caracas – Venezuela
2017
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Edgar Allan Poe
Ensayos y críticas
Traducción de
Emilio Olcina Aya
Carlos María Reyles
Julio Cortázar
Ministerio del Poder Popular para la Cultura
Fundación Editorial el perro y la rana
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© Fundación Editorial el perro y la rana, 2017 (digital)
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Hecho el depósito de Ley
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Colección Poesía del Mundo
ISBN: 980-376-319-9
Ensayos y críticas
ISBN: 978-980-14-3937-0
Rediseño de portada:
Fundación Editorial el perro y la rana
Diagramación:
Raylú Rangel
Presentación
Poesía del Mundo, de todas las naciones, de todas las
lenguas, de todas las épocas: he aquí un proyecto editorial sin
precedentes cuya finalidad es dar a nuestro pueblo las muestras
más preciadas de la poesía universal en ediciones populares a un
precio accesible. Es aspiración del Ministerio de la Cultura crear
una colección capaz de ofrecer una visión global del proceso
poético de la humanidad a lo largo de su historia, de modo que
nuestros lectores, poetas, escritores, estudiosos, etc., puedan
acceder a un material de primera mano de lo que ha sido su
desarrollo, sus hallazgos, descubrimientos y revelaciones y del
aporte invalorable que ha significado para la cultura humana.
Palabra destilada, la poesía nos mejora, nos humaniza y,
por eso mismo, nos hermana, haciéndonos reconocer los unos a
los otros en el milagro que es toda la vida. Por la solidaridad entre
los hombres y mujeres de nuestro planeta, vaya esta contribución
de toda la Poesía del Mundo.
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Sobre la presente edición
Más conocido como poeta y narrador que como ensa-
yista y crítico, Edgar Allan Poe cultivó tenazmente la escritura,
caracterizada además por su riqueza metodológica y espíritu in-
quisidor. La presente edición ofrece una muestra de la escritura
ensayística y crítica de Edgar Allan Poe, con una nota introducto-
ria de Charles Baudelaire –asiduo lector y traductor de la obra de
Poe–, seguida de cinco textos: La filosofía de la composición, El
principio poético, Longfellow, Hawthorne y Marginalia.
El primero de ellos, La filosofía de la composición, es una
conferencia de Poe sobre la génesis de su poema “El cuervo”. El
segundo de los ensayos, El principio poético, fue utilizado por
Poe para diversas conferencias; los poemas citados fueron tra-
ducidos casi literalmente, “sin atender a su ritmo ni rima”, según
las palabras del traductor, Julio Cortázar. Las reseñas de Ballads
and other Poems, por Henry Wadsworth Longfellow, y Twice-
Told Tales, por Nathaniel Hawthorne, gozaron de extraordinaria
fama, siendo la fuente de numerosas controversias. La colección
de fragmentos y comentarios, titulada Marginalia, tiene un triple
origen: proviene de anotaciones al margen de sus libros; extrac-
ciones de pasajes de reseñas y ensayos; “otros, finalmente, son
rápidos apuntes nacidos de una frase o un verso que habían lla-
mado la atención de Poe, y que esperaban turno para incorporarse
a algún trabajo extenso”. A través de estas apuntaciones, el lector
podrá retratar un Edgar Allan Poe repleto de ideas e intenciones
inacabadas, de agilidad y sensibilidad.
Los editores
IX
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Nuevas notas sobre Edgar Allan Poe1
¡Literatura decadente! Palabras vacías que a menu-
do oímos salir, con la sonoridad de un bostezo enfático, de
las bocas de esas esfinges sin enigma que velan ante el portal
sagrado de la Estética Clásica. Cada vez que retumba el
irrefutable oráculo, podemos estar seguros de encontrarnos
ante una obra más divertida que La Ilíada. Se trata sin
ninguna duda de un poema o de una novela donde todas
sus partes están hábilmente ordenadas para la sorpresa,
cuyo estilo está magníficamente trabajado, donde todos
los recursos del lenguaje y de la prosodia están utilizados
por una mano impecable. Cuando oigo rugir el anatema
–que, dicho sea de paso, recae generalmente en algún poeta
preferido–, me entran siempre deseos de responder: “¿Me
tomáis por un bárbaro como vosotros, me creéis capaz
de aceptar diversiones tan tristes como las vuestras?”. Se
agitan entonces en mi cerebro comparaciones grotescas;
imagino que me presentan a dos mujeres: la primera, una
matrona rústica, repugnante de salud y de virtud, sin clase
y con una mirada vacua, en suma, “que nada debe más
que a la sola naturaleza”; la segunda, una de esas bellezas
que dominan y oprimen el recuerdo, uniendo a su encanto
profundo y original una elocuente forma de vestir, dueña de
1 Este texto se publicó por primera vez como presentación del volumen
titulado Nuevas Historias Extraordinarias de Edgar Poe, publicado por
Michel Lévy hnos. en 1857. Se reprodujo en las sucesivas ediciones del
volumen: 1859, 1862, 1865.
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sus movimientos, consciente y reina de sí misma, con una
voz que suena como un instrumento afinado, con una mirada
llena de ideas de las que sólo deja traslucir las que quiere.
No tendría ninguna duda para elegir, y, sin embargo, esfinges
pedagógicas me reprocharían delitos contra el honor clásico.
Pero dejando a un lado las parábolas, creo tener derecho
a preguntar a esos hombres sensatos si comprenden toda
la vanidad, toda la inutilidad de su sensatez. La expresión
“literatura decadente” implica que hay una gradación de
literaturas: una lloriqueante, otra pueril, otra adolescente, etc.
Ese término, quiero decir, supone algo fatal y providencial
como un decreto ineluctable; y es absolutamente injusto
que nos echen en cara el cumplimiento de la misteriosa ley.
Todo lo que puedo comprender de la frase académica es
que es vergonzoso obedecer a esta ley con placer, y que nos
convertimos en culpables disfrutando con nuestro destino.
Este sol que hace algunas horas aplastaba todas las cosas
bajo su luz directa y blanca pronto inundará el horizonte
occidental de colores variados. En la magia de este sol
agonizante algunos espíritus poéticos encontrarán delicias
nuevas; en ella descubrirán columnatas deslumbradoras,
cataratas de metal fundido, paraísos de fuego, esplendores
tristes, la voluptuosidad de la añoranza, todas las fantasías
del sueño, todos los recuerdos del opio. Y el crepúsculo
de la tarde se les aparecerá como la maravillosa alegoría
de un alma llena de vida que cae tras el horizonte con una
magnífica provisión de pensamientos y de sueños.
Pero aquello que no han pensado los profesores
empedernidos es que en las agitaciones de la vida tal com-
plicación, tal combinación puede presentarse, de una forma
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completamente inesperada para su sensatez escolar. Es
entonces cuando su limitado idioma se hace impotente,
como en el caso –fenómeno que quizá se multiplicará con
variantes– de que una nación se inicie con la decadencia y
empiece por donde otras terminan.
Si dentro de las inmensas colonias del siglo actual
se forman nuevas literaturas, sin ninguna duda se produ-
cirán en ellas accidentes espirituales de una naturaleza
desconcertante para el espíritu escolar. América, joven y
vieja a la vez, balbucea y chochea con una volubilidad
sorprendente. ¿Puede alguien contar el número de sus
poetas? Son innumerables. ¿Sus “medias azules”? Atestan
las publicaciones. ¿Sus críticos? Dispone de pedantes que no
desmerecen de los nuestros, que recuerdan incesantemente
a los artistas la belleza antigua, y que interpelan a un poeta o
a un novelista acerca de la moralidad de sus fines y el cariz
de sus intenciones. Hay allí, igual que aquí, pero todavía
más que aquí, literatos que desconocen la ortografía; una
actividad pueril e inútil; compiladores a mansalva; escri-
tores de repetición, plagiarios de plagios y críticos de
críticos. En ese hormiguero de mediocridades, en ese
mundo enamorado de los perfeccionamientos materiales
–escándalo de una nueva especie que permite comprender
la grandeza de los pueblos holgazanes–, en esa sociedad
ávida de sorpresas, amante de la vida, pero ante todo de una
vida llena de excitantes, ha surgido un hombre, grande no
sólo por su sutileza metafísica, por la siniestra o encantadora
belleza de sus concepciones, por el rigor de su análisis, sino
grande también, y no menos grande, como “caricatura”. Mi
explicación tendrá que ser cuidadosa, porque hace poco un
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crítico imprudente utilizaba, para denigrar a Edgar Allan
Poe y para quitar valor a mi sincera admiración, la palabra
“malabarista”, que yo mismo había aplicado al noble poeta
casi como un elogio.
Desde dentro de un mundo glotón, hambriento de
materialidades, Poe se elevó hasta los sueños. Asfixiado por
la atmósfera americana, escribió en el encabezamiento de
Eureka: “Ofrezco este libro a los que han puesto su fe en
los sueños como en las únicas realidades”. Fue pues una
admirable protesta; lo fue, y la realizó a su modo, in his own
way. El autor que, en el Coloquio de Monos y Una, desata
torrencialmente su desprecio y su asco por la democracia,
el progreso y la “civilización”, es el mismo autor que,
para seducir la credulidad, para arrobar la cretinez de los
suyos, ha asentado más enérgicamente la soberanía humana
y ha inventado los bulos más halagadores para el orgullo
del “hombre moderno”. Bajo este punto de vista, Poe se
me representa un ilota que quiere avergonzar a su amo.
Finalmente, y para afirmar lo que pienso de una manera
todavía más nítida, Poe fue siempre grande, no sólo en sus
concepciones nobles, sino también como farsante.
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¡Porque nunca se engañó a sí mismo! No creo que el
virginiano que escribió tranquilamente, en pleno desborda-
miento democrático: “El pueblo no tiene que hacer con las
leyes, como no sea obedecerlas”, fuera nunca una víctima
de la sensatez moderna; y: “Las narices del populacho son
su imaginación; y es por esas narices por donde se le podrá
siempre llevar fácilmente”; y otros cien pasajes en los que el
sarcasmo cae como densa metralla, pero de forma indolente
y altanera. Los swedenborguistas lo aclaman por su “Reve-
lación magnética”, como esos iluminados ilusos que en su
tiempo esperaban tener en el autor del Diablo enamorado2
a un revelador de sus misterios; le agradecen las grandes
verdades que proclaman, ya que han descubierto (¡oh veri-
ficador de lo inverificable!) que todo cuanto ha enunciado
es absolutamente cierto; por mucho que al principio, con-
fiesa esta buena gente, sospecharan que podía tratarse de
una simple ficción. Poe contesta que, en lo que a él se refie-
re, jamás ha dudado de que lo fuera. Quizá habrá que citar
también este breve pasaje que me salta a la vista hojeando
por centésima vez sus divertidos Marginalia, que son como
la alcoba secreta de su espíritu: “¡La enorme proliferación
de libros en todas las ramas del conocimiento es uno de
los grandes azotes de estos tiempos! Porque es uno de los
más serios obstáculos para la adquisición de cualquier co-
nocimiento positivo”. Aristócrata por naturaleza más aún
que por nacimiento, ese virginiano, ese hombre del Sur, ese
2 Jacques Cazotte.
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Byron extraviado en un mundo infame, conservó siempre
su impasibilidad filosófica, y cuando define las narices del
populacho, se burla de los fabricantes de religiones o se ríe
de las bibliotecas, sigue siendo lo que fue y será siempre
el auténtico poeta, una verdad vestida extrañamente, una
paradoja manifiesta, que no quiere codearse con el vulgo y
corre hacia el Oriente cuando los fuegos de artificio estallan
por el lado del Poniente.
Pero hay algo que importa más que todo: advirtamos
que este autor, producto de un siglo engreído, hijo de una
nación más engreída que ninguna otra, vio claramente,
afirmó imperturbablemente la maldad natural del hombre.
Hay en el hombre, dice, una fuerza misteriosa que la filosofía
moderna no quiere tener en cuenta; y, sin embargo, sin esta
fuerza sin nombre, sin esta inclinación primordial, una
infinidad de acciones humanas permanecerán inexplicadas,
inexplicables. Estas acciones sólo atraen porque son
malas, peligrosas; poseen la atracción del abismo. Esta
fuerza primitiva, irresistible, es la perversidad natural, que
lleva al hombre a ser incesantemente a la vez homicida
y suicida, asesino y verdugo; puesto que, añade con una
sutileza considerablemente satánica, la imposibilidad
de encontrar un motivo razonable suficiente para ciertas
acciones malas y peligrosas podría llevarnos a creer que
son el resultado de sugerencias del Diablo, si la experiencia
y la historia no nos enseñaran que muchas veces Dios logra
con ellas el establecimiento del orden y el castigo de los
bribones; ¡después de utilizar a estos mismos bribones
como cómplices! Esto, lo confieso, es lo que se insinúa
en mi espíritu como un sobreentendido tan pérfido como
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inevitable. Pero no quiero, por ahora, tener en cuenta más
que la gran verdad olvidada –la perversidad primordial del
hombre–, y no puedo evitar cierta satisfacción viendo restos
del naufragio de la antigua sensatez regresando de un país
de donde no se esperaban. Resulta agradable que algunas
explosiones de viejas verdades salpiquen la cara de todos
los cumplimenteros de la humanidad, de todos los mimosos
arrulladores que repiten en todas las posibles variaciones
de tono: “¡Nací bueno, y también vosotros, y todos, todos
nosotros nacimos buenos!”. Olvidando ¡No! Fingiendo
olvidar, todos esos igualitarios del contrasentido, que todos
hemos nacido marcados para el mal.
¿Con qué mentira podía engañarse a sí mismo aquel
que a veces –dolorosa necesidad del ambiente– tan bien las
ensamblaba? ¡Qué desprecio por la filosofería en sus
buenos tiempos, en aquellos tiempos en que, por así decirlo,
estaba iluminado! Este poeta, algunas de cuyas ficciones
parecen hechas para abonar la supuesta omnipotencia del
hombre, quiso a veces purificarse. El día en que escribió:
“La certidumbre está sólo en los sueños”, comprimía su
propio americanismo en la región de las cosas inferiores;
otras veces, volviendo a la ruta auténtica de los poetas,
y obedeciendo sin duda a la ineluctable verdad que nos
ronda como un demonio, profería los ardientes suspiros
del “ángel caído que recuerda los cielos”; su desconsuelo
volaba hacia la edad dorada y el Edén perdido; lloraba toda
esa magnificencia de la naturaleza “retorciéndose con el
ardiente aliento de los hornos”; y finalmente engendraba
aquellas páginas admirables: Coloquio de Monos y Una,
que hubieran fascinado y turbado al impecable De Maistre.
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Él fue quien dijo, refiriéndose al socialismo, cuan-
do éste todavía no tenía nombre, o al menos cuando ese
nombre todavía no estaba divulgado: “El mundo está
actualmente infestado por una nueva secta de filósofos,
que todavía no han admitido que constituyen una secta y
que en consecuencia no han adoptado esta designación. Se
trata de los creyentes en toda antigualla (como quien dice:
predicadores a lo antiguo). Tienen como gran sacerdote en
el Este a Charles Fourier, y en el Oeste a Horace Greely; y
grandes sacerdotes lo son en toda la acepción del término.
El único ligamen común a toda la secta es la credulidad;
llamemos a esto demencia y dejémoslo de lado. Preguntad
a cualquiera de ellos por qué cree esto o lo otro; y si es
concienzudo (en general los ignorantes lo son) le dará
una respuesta análoga a la de Talleyrand cuando se le
preguntó por qué creía en la Biblia. “Creo en ella –dijo–
ante todo porque soy obispo de Autun, y luego porque no la
entiendo en absoluto”. Lo que todos esos filósofos llaman
“argumento” es su forma particular de “negar lo que es y de
explicar lo que no es”.
El progreso, esa gran herejía de la decrepitud, no
podía tampoco escapársele. El lector irá viendo, en dife-
rentes pasajes, qué términos utilizaba para caracterizarlo.
Realmente se diría, viéndole emplear tanto ardor, que ha-
bía de vengarse de él como de un mal público, como de
un azote callejero. Cuánto se hubiera reído, con esa risa
despectiva del poeta, si hubiera caído, como a mí me ha
ocurrido hace poco, sobre esta frase mirífica que recuerda
las bufonescas y voluntarias barbaridades de los payasos,
y que vi pavoneándose pérfidamente en un periódico más
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que severo: “El incesante progreso de la ciencia ha permiti-
do muy recientemente volver a descubrir el secreto perdido
y hace tanto tiempo buscado de… (fuego cretense, temple
del cobre, sea lo que sea desaparecido), cuyas más logradas
aplicaciones se remontan a una época BARBARA y anti-
quísima (!!!)” He aquí una frase que puede considerarse
como un verdadero hallazgo, un brillante descubrimiento,
incluso en un siglo de “incesante progreso”; pero creo que
la momia Allamistakeo3 no omitiría preguntar, con el tono
dulce y discreto de la superioridad, si también era gracias al
incesante progreso –a la ley fatal e irresistible del progreso–
que se había perdido ese secreto. Además, para dejar ya el
tono de farsa, en un asunto que contiene tanto llanto como
risa, ¿no es algo que deja completamente estupefacto ver a
una nación, a varias naciones, y pronto a toda la humani-
dad, decir a sus sabios, a sus hechiceros: “Os querré y os
engrandeceré si lográis convencerme de que progresamos
sin querer, inevitablemente, durmiendo; desembarazadnos
de la responsabilidad, escondednos la humillación de las
comparaciones, falsificadnos la historia, y podréis llamaros
sabios entre los sabios”? ¿No resulta sorprendente que esta
idea tan sencilla no estalle en todos los cerebros: que el pro-
greso (en la medida en que haya progreso) perfecciona el
dolor proporcionalmente al refinamiento de la voluptuosi-
dad, y que, mientras la epidermis de los pueblos va hacién-
dose cada vez más delicada, no hacen evidentemente más
que perseguir una Italiam fugientem4, una conquista que se
3 Protagonista de Breve discusión con una momia, de Poe.
4 “Italia que huía ante ellos”. Virgilio, Eneida, V, 629.
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pierde a cada instante, un progreso que no cesa de negarse
a sí mismo?
Pero estas ilusiones, por otra parte interesadas,
tienen su origen en un fondo de perversidad y de mentira
–meteoros de las ciénagas– que empuja hacia el desprecio
a las almas enamoradas del fuego eterno, como Edgar Allan
Poe, y exaspera a las inteligencias obtusas, como a Jean-
Jacques, en quien una sensibilidad herida e irritada ocupa el
lugar de la filosofía. Que este último tuviera razón en contra
del animal depravado es incontestable; pero el “animal
depravado” tiene derecho a reprocharle que invoque a la
sola naturaleza. La naturaleza no hace más que monstruos, y
toda la cuestión está en ponerse de acuerdo sobre la palabra
“salvajes”. No habrá filósofo que se atreva a proponer como
modelos a esas desdichadas hordas putrefactas, víctimas de
los elementos, pasto de las bestias, tan incapaces de fabricar
armas como de concebir la idea de un poder espiritual y
supremo. Pero, ¿y si se quiere comparar al hombre moderno,
al hombre civilizado, con el hombre salvaje, o mejor dicho
a una nación llamada civilizada con otra llamada salvaje,
es decir, desprovista de todos los ingeniosos inventos que
eximen al individuo de heroísmo, que no se da cuenta de que
todo está a favor del salvaje? Por su misma naturaleza, por
necesidad incluso, es enciclopédico, mientras que el hombre
civilizado se ve confinado en las regiones infinitamente
pequeñas de la especialización. El hombre civilizado inventa
la filosofía del progreso para consolarse de su abdicación y
de su degradación; en tanto que el hombre salvaje, esposo
temido y respetado, guerrero obligado al valor individual,
poeta en la hora melancólica en que el sol crepuscular invita
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al canto a los tiempos antiguos y a los antepasados, está
más cerca de rozar las fronteras de lo ideal. ¿Qué es lo que
nos atreveremos a decir que le falta? Tiene al sacerdote, al
hechicero y al médico. ¡Qué digo! Tiene al dandy, encar-
nación suprema de la idea de lo bello transportada a la
vida material, aquél que dictamina las formas y regula los
modales. Sus vestidos, sus adornos, sus armas, su pipa,
prueban una facultad de inventiva que desde hace tiempo
nos ha abandonado. ¿Podemos comparar acaso nuestros
ojos perezosos y nuestros oídos ensordecidos a esos ojos
que hienden la niebla y a esos oídos “capaces de escuchar
la hierba que crece”5? ¿Y a la mujer salvaje, con un alma
simple e infantil, bestia obediente y cariñosa que se entrega
toda ella sabiendo que no es más que la mitad de un destino,
la declararemos inferior a la dama americana, a la que el
Sr. Bellegarigue6 (¡redactor del Moniteur de l’épicerie7!)
ha creído elogiar diciendo de ella que era el ideal de la
entretenida? Esa mujer, cuyas costumbres excesivamente
5 Claude Pichois (en Baudelaire, Op. cit.) piensa que la fuente de esta
imagen podría estar en Mme. De Staël, que, en un pasaje dedicado a
Richter, alude a un personaje de cuento de hadas que «oía crecer las
plantas». Quizá podría recordarse, de todos modos, que Baudelaire,
igual que su ídolo Balzac, admiraba mucho a Fenimore Cooper,
los indios de cuyas novelas son capaces de percibir los más ligeros
cambios y movimientos del bosque.
6 Autor de Les femmes d’Amérique (Las mujeres de América).
7 “Monitor de la especiería”. Pese a su burla, parece ser que Baude-
laire había tratado de escribir para esta publicación en 1853,
“para singularizarse y hacerse notar», según Champfleury, cit. en
Baudelaire, Op. cit., p. 1239. Para ello se había dirigido, preci-
samente, a Bellegarigue.
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positivas inspiraron a Edgar Allan Poe –que era tan galante,
tan respetuoso ante la belleza– las tristes líneas siguientes:
“Estos enormes bolsos, parecidos a un pepino gigante, que
están de moda entre nuestras bellezas, no tienen, como se
cree, un origen parisino; son absolutamente indígenas. ¿A
qué vendría semejante moda en París, donde una mujer no
pone en su bolso más que su dinero? ¡Pero lo que es el bolso
de una americana! ¡Ese bolso ha de ser lo bastante grande
para que encierre en él todo su dinero, y junto a él toda su
alma!”. En cuanto a la religión, no hablaré de Vitzliputzli8
con tanta ligereza como Alfred de Musset; no me avergüenza
confesar que prefiero, y con mucho, el culto de Teutates9 al de
Mammon10; y el sacerdote que ofrece al cruel extorsionador
de hostias humanas víctimas que mueren honorablemente,
víctimas que quieren morir, me parece un ser totalmente
justo y humano si lo comparo con el financiero que inmola
a las poblaciones sólo por su propio interés. De vez en
cuando estas cosas todavía se entrevén, y una vez encontré
en un artículo del Sr. Barbey d’Aurevilly una exclamación
de tristeza filosófica que resume todo lo que quisiera decir
al respecto: “¡Pueblos civilizados que no cesáis de arrojar
8 Divinidad bélica mexicana, mencionada como “Widzipudzili” por
Musset en un fragmento inédito al que Baudelaire tuvo tal vez
acceso, según declaración de Maurice Allem a J. Crépet (cit. en
Baudelaire, Op. cit., y en las Op., de Baudelaire de Col. L’Integrale,
Ed. Du Seuil, París, 1968, a cargo de Marcel A. Ruff).
9 Principal dios de los galos, que presidía la vida comunitaria
(comercio, palabra, guerra). Igual que el dios mexicano anterior,
exigía sacrificios humanos.
10 Dios sirio de la riqueza.
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piedras a los salvajes, pronto no mereceréis tan siquiera ser
idólatras!”.
Un medio así –ya lo he dicho, pero no puedo
resistirme al deseo de repetirlo– no conviene a los poetas.
Aquello que un espíritu francés, supongamos que el más
democrático, entiende por Estado no tendría sitio en un
espíritu americano. Para cualquier inteligencia del Viejo
Mundo, un Estado político tiene un centro de actividades
que es su cerebro y su sol, recuerdos antiguos y gloriosos,
interminables anales poéticos y militares, una aristocracia
a la que la pobreza, hija de las revoluciones, no puede sino
añadir un paradójico lustre; ¡pero esto! ¡Este revoltijo de
vendedores y compradores, esta cosa indesignable, este
monstruo sin cabeza, este deportado de más allá del océano,
eso un Estado! Estaré de acuerdo en el caso de que una
enorme taberna, a la que afluyen consumidores que tratan
de negocios ante mesas sucias en medio de un estruendo
obsceno, pueda asimilarse a un Salón, a lo que antes
llamábamos Salón, república del espíritu presidida por la
belleza.
Será siempre difícil ejercer, de una manera noble y
fructuosa, la función de literato sin exponerse a la difamación,
a la calumnia de los impotentes, a la envidia de los ricos
–¡esta envidia que constituye su castigo!–, a las venganzas
de la mediocridad burguesa. Pero aquello que resulta difícil
en una monarquía moderada o en una república normal se
hace casi impracticable en una especie de cafarnaún donde
cada uno de los agentes de policía de la opinión la regula en
provecho de sus vicios –o de sus virtudes, tanto da–; donde
un poeta o un novelista, en un país esclavista, es un escritor
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detestable a los ojos de un crítico abolicionista; donde no se
sabe si el mayor escándalo está en el descaro del cinismo
o en la imperturbabilidad de la hipocresía bíblica. Quemar
negros encadenados, culpables de habérseles subido a sus
negras mejillas el rubor de la dignidad; disparar un revólver
en un patio de butacas; establecer la monogamia en los pa-
raísos del Oeste, que los salvajes (esta palabra suena como
una injusticia) no habían manchado todavía con esas
vergonzosas utopías; fijar en los muros carteles anunciando,
sin duda para la consagración del principio de la libertad
ilimitada, la “curación de las enfermedades de nueve
meses”; éstos son algunos de los rasgos sobresalientes,
algunas de las ilustraciones morales del noble país de
Franklin, el inventor de la moral de mostrador, el héroe de
un siglo consagrado a la materia. Vale la pena hacer que
los ojos se giren incesantemente hacia estos prodigios de
brutalidad en una época en que la americanomanía se ha
convertido casi en un apasionamiento de buen tono, hasta
el punto de que cierto arzobispo ha podido prometernos, sin
bromear, que pronto la Providencia nos llamaría al goce de
este ideal trasatlántico.
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3
Un medio social como ese engendra necesariamente
errores literarios que le corresponden. Fue contra esos errores
que reaccionó Poe tantas veces como pudo, y con todas sus
fuerzas. No debe, pues, sorprendernos que los escritores
americanos, aun reconociéndole una fuerza singular como
poeta y como narrador, hayan pretendido siempre quitarle
valor como crítico. En un país donde la idea de utilidad,
la más hostil del universo a la idea de belleza, se antepone
y domina a todo lo demás, el crítico perfecto será el más
“honorable”, es decir aquel cuyas tendencias y aspiraciones
se acerquen más a las tendencias y aspiraciones de su público,
aquel que, confundiendo las facultades y los géneros de la
producción, asigne a unas y otros un único objetivo, aquel
que busque en un libro de poesía medios de perfeccionar la
conciencia. Naturalmente, estará en la misma proporción
menos preocupado por la belleza real y positiva de la poesía;
le molestarán proporcionalmente menos las imperfecciones
e incluso los errores en la ejecución. Edgar Allan Poe, por el
contrario, dividía el mundo del espíritu en “intelecto puro”,
“gusto” y “sentido moral”, y ajustaba su crítica según su
objeto perteneciera a una u otra de estas divisiones. Era
sensible ante todo a la perfección del planteamiento y a la
corrección en la ejecución; desmontaba las piezas literarias
como si fueran artefactos mecánicos defectuosos (según el
objetivo que quisieran alcanzar), señalaba cuidadosamente
sus vicios de fabricación y, cuando entraba en el detalle de
la obra, en su expresión plástica –en su estilo, en suma–,
detectaba, sin ninguna omisión, los defectos de prosodia,
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los errores gramaticales y todo ese amasijo de escorias que,
en los escritores que no son artistas, manchan las mejores
intenciones y deforman las más nobles concepciones.
Para él, la imaginación es la reina de las facultades;
pero con esa palabra designa algo más grande de lo que
comprende el lector común. La imaginación no es la fantasía;
ni tampoco la sensibilidad, aunque es difícil concebir a un
hombre imaginativo que no sea sensible. La imaginación es
una facultad casi divina que percibe de forma inmediata, al
margen de los métodos filosóficos, las relaciones íntimas y
secretas de las cosas, las correspondencias y las analogías.
Los honores y las funciones que confiere a esta facultad
le dan tanto valor (al menos cuando se ha entendido bien
el pensamiento del autor) que un sabio sin imaginación no
puede ya parecer otra cosa que un sabio impostor, o por lo
menos un sabio incompleto.
Entre los terrenos literarios en los que la imaginación
puede lograr los más extraños resultados, puede obtener
si no los más ricos, los más preciosos de los tesoros (que
pertenecen a la poesía), sí al menos los más abundantes
y variados, hay uno por el que Poe siente una inclinación
particular: la narración. Posee sobre la novela de grandes
proporciones la ventaja de que su brevedad intensifica el
efecto. Su lectura, pudiendo hacerse toda de una vez, deja en
el espíritu una huella mucho más poderosa que una lectura
fragmentada, varias veces interrumpida por toda clase de
asuntos y por la preocupación por los intereses mundanos.
La unidad en la impresión, la totalidad del efecto, son una
ventaja enorme que puede dar a este tipo de composición
una superioridad absolutamente particular, hasta el punto de
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que una narración demasiado corta (cosa que sin duda es un
defecto) es aún mejor que una narración demasiado larga. El
artista, si es hábil, no adaptará sus ideas a los incidentes, sino
que, después de concebir, deliberadamente, pausadamente,
el efecto a producir, combinará los acontecimientos más
adecuados para conseguir el efecto deseado. Si no se redacta
la primera frase preparando la impresión final, la obra se
frustra desde el comienzo. En toda la composición no debe
deslizarse ni una palabra que no constituya una intención,
que no tienda, directa o indirectamente, a consumar el
designio premeditado.
En un aspecto la narración es superior incluso
al poema. Es necesario el ritmo para desarrollar la idea
de la belleza, que es el objetivo más grande y más noble
del poema. Pero los artificios del ritmo son un obstáculo
insuperable para ese minucioso desarrollo de ideas y de
expresiones que tienen sólo por objetivo la verdad. Ya
que la verdad puede ser con frecuencia el objetivo de la
narración, y el razonamiento el mejor de los instrumentos
para construir una narración perfecta. Es por esto que ese
género de composición, que no está situado a tanta altura
como la poesía pura, puede proporcionar productos más
variados y más fácilmente apreciables para el común de
los lectores. Además, el autor de una narración tiene a su
disposición una multitud de tonos y matices de expresión,
el tono razonador, el sarcástico, el humorístico, que la
poesía repudia y que son como disonancias y ultrajes a la
idea de la belleza pura. Y por eso mismo el autor que en
una narración intenta conseguir simplemente un objetivo de
belleza actúa en contra de sí mismo, puesto que no dispone
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del más útil de los instrumentos, el ritmo. Ya sé que en todas
las literaturas se han hecho esfuerzos, a veces con éxito,
para crear esa especie de cuentos puramente poéticos; el
mismo Edgar Allan Poe hizo algunos bellísimos. Pero son
luchas y esfuerzos que sólo sirven para poner en evidencia
la fuerza de los medios adecuados, adaptados a los objetivos
que les corresponden, y no estoy lejos de pensar que en
algunos autores, los más grandes entre los que se elijan,
esas tentaciones heroicas provienen de la desesperación.
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“Genus irritabile vatum!11 Que la raza de los poetas
(entendiendo la palabra en su más amplia acepción, com-
prendiendo a todos los artistas) sea irritable, eso está claro;
pero por qué, eso ya no me parece tan generalmente conoci-
do. Un artista no es un artista más que por su exquisita sen-
sibilidad por lo bello, una sensibilidad que le proporciona
placeres embriagadores, pero que al mismo tiempo implica,
encierra una sensibilidad igualmente exquisita ante toda de-
formidad y toda desproporción; de forma que el daño y la
injusticia infligidos a un poeta que realmente sea un poeta lo
exasperan hasta un punto que, para la manera ordinaria de
juzgar las cosas, parece estar en una desproporción comple-
ta respecto a la injusticia cometida. Los poetas descubren la
injusticia, nunca donde no la haya, pero sí muchas veces allí
donde miradas no poéticas pueden no ver ni rastro de ella.
La célebre irritabilidad poética no tiene pues nada que ver
con el “temperamento”, tal como vulgarmente se entien-
de, sino con una clarividencia supranormal ante lo falso y
lo injusto. Esa clarividencia no es más que un corolario de
la intensa percepción de lo verdadero, de la justicia, de la
proporción, en una palabra, de lo bello. Pero lo que sí está
claro es que aquél que no es (según la apreciación vulgar)
irritabilis, no es poeta en absoluto”.
Así habla el propio poeta, al iniciar una excelente e
irrefutable apología de todos los de su raza. Esta sensibilidad,
Poe la introducía en los asuntos literarios, y la extraordinaria
11 “La raza irritable de los poetas”. Horacio, Epístolas, II, 2, 102.
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importancia que concedía a todo lo relativo a la poesía le
inducía frecuentemente a adoptar un tono en el que, según
el juicio de los débiles, la superioridad se hacía demasiado
evidente. Creo haber ya dicho que muchos de los prejuicios
contra los que tenía que luchar, de las ideas falsas, de los
enjuiciamientos vulgares que circulaban en torno suyo, han
infectado desde hace tiempo lo que se imprime en francés.
No será, pues, inútil dar cuenta sumariamente de algunas de
sus principales opiniones acerca de la composición poética.
El paralelismo de los errores las hará de fácil aplicación.
Debo decir, ante todo, que tras admitir la parte que
le corresponde al poeta por naturaleza, a lo innato, la que
Poe daba a la ciencia, al trabajo y al análisis parecerá exor-
bitante a los fatuos no eruditos. No sólo empleó enormes
esfuerzos en someter a su voluntad el demonio fugitivo de
los momentos felices, en recobrar cuando quisiera esas sen-
saciones exquisitas, esas apetencias espirituales, esos esta-
dos de salud poética tan poco frecuentes y tan preciosos que
se les podría realmente considerar como estados de gracia
externos al hombre y como visitaciones; sometió también la
inspiración al método, al análisis más severo. ¡La elección
de los medios! Incesantemente se remite a esto, insiste con
sabia elocuencia en la adecuación del medio al efecto, en
la utilización de la rima, en el perfeccionamiento del estri-
billo, en la adaptación del ritmo al sentimiento. Afirmaba
que quien no sabe captar lo intangible no es un poeta; que
poeta lo es sólo aquel que es dueño de su memoria, sobe-
rano de las palabras, registro de sus propios sentimientos a
punto siempre para ser hojeado. ¡Todo para el desenlace!
repite frecuentemente. El mismo soneto necesita un plan, y
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la construcción, el armazón, por así decirlo, es la principal
garantía de las producciones del espíritu.
Me remito, naturalmente, al artículo titulado: El
principio poético, y encuentro en él, desde el comienzo,
una vigorosa protesta contra lo que podría llamarse, en el
terreno poético, la herejía de la longitud o de la dimensión,
el valor absurdo atribuido a los poemas de gran tamaño.
“Un poema largo no existe; lo que se llama un poema largo
es una perfecta contradicción en los términos.” Efectiva-
mente, un poema sólo merece este nombre si excita y rapta
el alma, y el valor positivo de un poema viene dado por esa
capacidad de excitación, de rapto del alma. Y por necesidad
psicológica todas las excitaciones son fugitivas y transito-
rias. Ese estado singular al que el alma del lector ha sido,
por así decirlo, arrastrada a la fuerza, no será sin duda de
tanta duración como la lectura de un poema que sobrepase
la tenacidad en el entusiasmo de que es capaz la naturaleza
humana.
Queda condenado, evidentemente, el poema épico,
ya que una obra de esas dimensiones no se puede considerar
poética más que en la medida en que se sacrifique la condi-
ción vital de toda obra de arte, la Unidad. No me refiero a la
unidad en la concepción, sino a la unidad en la impresión,
a la totalidad en el efecto, como ya he dicho al comparar la
novela con el relato. De manera que el poema épico se nos
aparece, estéticamente hablando, como una paradoja. La
antigüedad quizá produjo series de poemas líricos, que pos-
teriormente fueron reunidos por compiladores en poemas
épicos; pero toda intención épica es evidentemente produc-
to de una sensibilidad artística imperfecta. Ha terminado el
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tiempo de esas anomalías artísticas, y es incluso muy du-
doso que un poema largo haya podido nunca ser realmente
popular en todo el sentido del término.
Debe añadirse que un poema demasiado corto, que no
proporcione un pabulum que baste a la excitación suscitada,
que no iguale el apetito natural del lector, es también muy
defectuoso. Aunque su efecto sea brillante e intenso, no es
duradero; la memoria no puede fijarlo; es como un sello
aplicado con ligereza y con excesiva prisa, sin tiempo para
imponer su forma a la cera.
Pero otra herejía, gracias a la hipocresía, la torpe-
za y la bajeza de los espíritus, es todavía más temible y
tiene mayores posibilidades de duración –un error de piel
más dura–; me refiero a la herejía de la enseñanza, que lle-
va como corolarios inevitables la herejía de la pasión, la
verdad y la moral. Mucha gente se figura que la finalidad
de la poesía está en alguna enseñanza, que debe fortalecer
la conciencia, refinar las costumbres o demostrar lo que
sea, algo útil. Según Edgar Allan Poe los americanos han
patrocinado especialmente esa idea heterodoxa; desgra-
ciadamente no es necesario llegarse a Boston para encon-
trar la herejía en cuestión. Aquí mismo nos asedia, y día
tras día le da batalla a la verdadera poesía. La poesía, por
poco que nos atrevamos a adentrarnos en nosotros mismos,
a interrogar a nuestra alma, a revivir recuerdos entusias-
tas, no tiene más finalidad que ella misma; no puede tener
otra, y no existirá ningún poema tan grande, tan noble, tan
verdaderamente digno del nombre de poema, como aquel
que se escribe únicamente por el placer de escribir un poema.
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No quiero decir que la poesía no ennoblezca las
costumbres –no quiero ser mal interpretado–, ni que su
resultado final no sea elevar al hombre por encima del nivel
de los intereses vulgares; sería evidentemente absurdo.
Lo que sí digo es que si el poeta ha pretendido lograr un
objetivo moral su fuerza poética habrá disminuido; y no
será ninguna imprudencia apostar a que su obra será mala.
La poesía no puede, bajo pena de muerte o de mutilación,
asimilarse a la ciencia o a la moral; no tiene a la Verdad
por objetivo, sólo se tiene a sí misma. Las formas de
demostrar la verdad son otras y están en otras partes. La
verdad no tiene qué hacer con las canciones. Todo aquello
que constituye el encanto, la gracia, la irresistibilidad de
una canción, quitaría a la verdad su autoridad y su poder. El
humor de la demostración, frío, sereno, impasible, rechaza
los diamantes y las flores de la Musa; es, pues, exactamente
lo inverso del humor poético.
El intelecto puro apunta a la verdad, el gusto nos
hace ver la belleza, y el sentido moral nos enseña el deber.
También es cierto que el sentido del justo medio tiene
conexiones íntimas con los dos extremos, y sólo lo separa
del sentido moral una diferencia tan ligera que Aristóteles no
vaciló en clasificar entre las virtudes algunas de sus delicadas
operaciones. En definitiva, lo que sobre todo exaspera al
hombre de buen gusto ante el espectáculo del vicio es la
deformidad, la desproporción. El vicio atenta contra lo
justo y lo cierto, subleva al intelecto y a la conciencia; pero,
en la medida en que representa un ultraje a la armonía, una
disonancia, será particularmente una ofensa contra ciertos
espíritus poéticos; y creo que no debería escandalizar que
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se considerase cualquier infracción a la moral, a la belleza
en lo moral, como una especie de delito contra el ritmo y la
prosodia universales.
Ese admirable, ese inmortal instinto de lo bello es
el que nos lleva a considerar la tierra y sus espectáculos
como un vislumbre, una correspondencia del Cielo. La sed
insaciable de todo lo que está más allá y que la vida revela es
la más viva prueba de nuestra inmortalidad. Es a la vez con
la poesía y a través de la poesía, con la música y a través de
ella, que puede el alma entrever los esplendores de más allá
de la tumba; y cuando un poema exquisito llena de lágrimas
los ojos, esas lágrimas no indican exageración en el goce;
son más bien la señal de una melancolía irritada, de una
postulación de los nervios, de una naturaleza desterrada a la
imperfección y que quisiera apoderarse inmediatamente, en
este mundo, de un paraíso revelado.
El principio poético es entonces, estricta y
simplemente, la aspiración humana a una belleza de orden
superior, y la manifestación de ese principio un entusiasmo,
una excitación del alma, completamente independiente de
la pasión, que es la embriaguez del corazón, y de la verdad,
que es el pasto de la razón. Ya que en la pasión es natural,
demasiado natural para no introducir un tono hiriente y
discordante en los dominios de la belleza pura, demasiado
familiar y violenta para no escandalizar a los puros deseos,
las delicadas melancolías y las nobles desesperaciones que
habitan en las regiones sobrenaturales de la poesía.
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Esa elevación extraordinaria, esa delicadeza ex-
quisita, ese acento de inmortalidad que Edgar Allan Poe
exige de la Musa, lejos de llevarle a descuidar las técnicas
de ejecución, le empujaron a afinar cada vez más su talento
de virtuoso. Muchos, sobre todo aquellos que hayan leído
ese poema singular titulado El Cuervo, se escandalizarían si
yo analizara el artículo en que nuestro poeta, con aparente
ingenuidad, pero con cierta impertinencia que no me dis-
gusta, explica minuciosamente el tipo de construcción que
empleó, la adaptación del ritmo, la elección del estribillo
–lo más breve posible, y lo más susceptible de aplicaciones
variadas, y al mismo tiempo lo más representativo posible
de la melancolía y de la desesperación, adornado por la más
sonora de las rimas (nevermore, nunca más)–, la elección
de un ave capaz de imitar la voz humana, pero de un ave
–el cuervo– estigmatizada en la imaginación popular por un
carácter funesto y fatal, la elección del más poético de los
tonos, el melancólico, del más poético de los sentimientos,
el amor a una muerta, etc. “Y no quiero situar –dice– al
héroe de mi poema en un ambiente pobre, porque la pobre-
za es trivial y contraria a la idea de belleza. El refugio de
su melancolía será una habitación amueblada de una forma
magnífica y poética.” El lector encontrará en varias narra-
ciones de Poe curiosos síntomas de este gusto inmoderado
por las hermosas apariencias, sobre todo por las hermosas
apariencias singulares, por los ambientes ornamentados y
las suntuosidades orientales.
Ya he dicho que este artículo me parecía impreg-
nado de una ligera impertinencia. De cualquier modo, los
partidarios de la inspiración no podrán dejar de encontrar
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en él una blasfemia y una profanación; pero creo que se es-
cribió destinado a ellos precisamente. En la misma medida
en que ciertos escritores hacen ostentación de abandono,
apuntando a la obra maestra con los ojos cerrados y llenos
de confianza en el desorden, suponiendo que las letras arro-
jadas contra el techo caerán ordenándose en poema sobre el
suelo, Edgar Allan Poe –uno de los hombres más inspirados
de los que yo tenga noticia– se dedica a ocultar la esponta-
neidad y simula sangre fría y deliberación. “Creo poder jac-
tarme –dice con orgullo divertido que no encuentro de mal
gusto– de que ni una letra de mi producción ha sido produc-
to del azar, y de que toda mi obra ha ido avanzando, paso a
paso, hacia la precisión y la lógica rigurosa de un problema
matemático.” Sólo, como ya he dicho, los aficionados del
azar, los fatalistas de la inspiración y los fanáticos del verso
blanco podrán considerar extravagantes estas “minucias”.
En el arte no hay minucias.
En lo que se refiere a los versos blancos, añadiré que
Poe concedía una enorme importancia a la rima y que, en
su análisis del placer matemático y musical que el espíritu
obtiene de la rima, emplea tanta meticulosidad, tanta sutileza
como en todos los temas relativos al trabajo poético. Igual
como demostró que el estribillo puede tener aplicaciones
infinitamente variadas, trató también de rejuvenecer, de
aumentar el placer de la rima añadiendo ese elemento
inesperado, lo “extraño”, que es como el condimento
indispensable de todo lo bello. Con frecuencia utiliza acerta-
damente repeticiones del mismo verso o de varios versos,
obstinadas reiteraciones de frases que simulan las obsesiones
de la melancolía o de la idea fija –del estribillo puro y
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simple, pero puesto en juego de varias maneras distintas–,
del estribillo-variante que afecta indolencia y distracción, de
rimas redobladas y triplicadas, y también de una especie de
rima que introduce en la poesía moderna, aunque con mayor
precisión e intención, las sorpresas del verso leonino.
Lo que valen todos esos medios, evidentemente sólo
puede verificarse cuando se aplican; y traducir poesías que
resultan hasta tal punto de la voluntad, tan concentradas,
puede ser un sueño atrayente, pero sólo un sueño. Poe
compuso pocas poesías; se dolió a veces de no poder
entregarse, no ya más a menudo, sino exclusivamente a esa
clase de trabajo que consideraba el más noble. Pero su poesía
tiene siempre efectos poderosos. No hay en ella la ardiente
efusión de Byron, ni la melancolía blanda, armoniosa,
distinguida de Tennyson, por el cual, digámoslo de paso,
sentía una admiración casi fraterna. Tiene algo de profundo
y reverberante como el sueño, de misterioso y perfecto
como el cristal. No hará falta añadir, me imagino, que muy
frecuentemente los críticos americanos han denigrado esta
poesía; hace poco encontré en un diccionario de biografías
americanas un artículo donde se le aplicaba el veredicto de
“extraña”, donde se admitía que era de temer que esa musa
tan elegantemente vestida hiciera escuela en el glorioso
país de la moral útil, y donde, finalmente, se lamentaba que
Poe no hubiera empleado su talento expresando verdades
morales en vez de aplicarlo a la búsqueda de un ideal extra-
vagante y de prodigar en sus versos una voluptuosidad
misteriosa, sin duda, pero sensual.
Ya conocemos esa limpia esgrima. Los reproches de
los malos críticos a los buenos poetas son los mismos en
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todos los países. Cuando leí ese artículo me pareció leer la
traducción de una de esas numerosas requisitorias contra
aquellos de nuestros poetas que están más enamorados de
la perfección. Será fácil adivinar los que prefiero, y todas
las almas que aman la poesía pura me entenderán si digo
que dentro de nuestra raza antipoética se admiraría menos a
Victor Hugo si fuera perfecto, y que sólo ha conseguido que
le perdonen todo su genio lírico introduciendo, a la fuerza
y brutalmente, en sus poesías aquello que Edgar Allan Poe
consideraba la herejía moderna capital: la enseñanza.
Charles Baudelaire
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La filosofía de la composición
o
Método de composición
Hace algún tiempo hice un análisis del mecanismo
de la composición de Barnaby Rudge, y Charles Dickens,
refiriéndose a este análisis en una nota que ahora tengo ante
mí, dice: “Entre paréntesis ¿se ha dado usted cuenta de que
Godwin escribió su Caleb Williams al revés? Comenzó su
obra creando una situación llena de dificultades a su héroe:
este episodio forma el segundo volumen; y luego, en el
primero, inventa algún modo de explicar lo que ha hecho”.
No creo que éste haya sido exactamente el procedi-
miento empleado por Godwin, y, en verdad, lo que él mis-
mo reconoce no concuerda del todo con la idea que sobre el
particular se ha formado Mr. Dickens; empero, el autor de
Caleb Williams era un artista en toda la acepción de la pala-
bra, y, por lo tanto, no podía dejar de notar las ventajas que
tal sistema, aunque sólo fuese parecido, pudiera reportarle.
Nada resulta más claro que el hecho de que todo argumento
que merezca el nombre de tal, debe ser planeado desde el
comienzo hasta su desenlace, antes de que nada sea someti-
do a la pluma. Sólo cuando no perdemos de vista el desen-
lace, podemos dar al argumento la semblanza indispensable
de consecuencia o causalidad, haciendo que los incidentes,
y especialmente el tono, contribuyan en todo momento al
desarrollo de la intención.
Ami parecer, cuando se “construye” un relato, atenién-
dose al procedimiento corriente, se comete un error garrafal.
O bien la historia proporciona una tesis, o ésta es sugerida por
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un incidente ocurrido en la actualidad, o, en el mejor de los
casos, el autor trata de combinar los sucesos más conspicuos
a fin de que constituyan la base de su narración, llenando
generalmente con descripciones, diálogos o comentarios
cualquier grieta o vacío que, tanto en los hechos como en la
acción, pueda presentarse al correr de las páginas.
Prefiero comenzar con una consideración concer-
niente al efecto. Sin perder de vista por un momento la
originalidad –pues se engaña a sí mismo quien se aventura
a pasar por alto una fuente de interés tan fácil de alcanzar–,
me digo a mí mismo, en primer lugar: “De los innumerables
efectos a los cuales el corazón, el intelecto, o (considerado
de una manera más general) el alma, son más sensibles,
¿cuál elegiría yo en la ocasión presente?” Habiendo elegido
en primer lugar una novela y, luego, un efecto intenso, entro
a considerar si este último podrá lograrse mejor mediante la
acción o el tono, o dicho con otras palabras si será más fácil
lograrlo recurriendo a incidentes corrientes o mediante un
tono particular o a la inversa, o bien gracias a la particularidad
tanto del incidente como del tono. Después de lo cual echaré
una mirada alrededor de mí (o más bien dentro de mí) a fin
de lograr aquellas combinaciones de sucesos y de tono que
resulten más eficaces para la obtención del efecto.
A menudo me he puesto a pensar que cualquier autor
podría escribir un artículo muy interesante para una revista
si quisiera o pudiera detallar, paso a paso, los procesos
que permitieron completar sus composiciones. No puedo
explicarme por qué no ha aparecido aún ese artículo, pero
no sería de extrañar que la vanidad del autor fuese la causa
principal de la omisión. La mayoría de los escritores –los
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poetas en particular– prefieren hacer creer que el éxtasis
intuitivo, o algo así como un delicado frenesí, es el estado
en que se encuentran cuando realizan sus composiciones, y
se estremecerían de pies a cabeza si dejaran que el público
echase una mirada tras los bastidores y presenciase las
escenas de la elaboración y las vacilaciones del pensamiento
que tienen lugar en el proceso de la creación, que notase los
verdaderos propósitos, captados sólo a último momento,
los innumerables vislumbres de la idea que no llegó a
madurar plenamente, las fantasías rechazadas por rebeldes,
las cautelosas selecciones y exclusiones, las dolorosas
raspaduras e interpolaciones, en pocas palabras, las ruedas
y los piñones, los aparejos para cambiar las escenas, que en
noventa y nueve de cien casos constituyen las cualidades
del histrión literario.
Bien me doy cuenta, por otra parte, que de ninguna
manera es frecuente el caso de que un autor esté en condi-
ciones de desandar el camino que le ha permitido llegar a
sus conclusiones. En general, dado que las sugestiones han
surgido caprichosamente, se las cultiva y se las olvida de
una manera similar.
Por mi parte, no siento ninguna simpatía por esas
reservas de los escritores, ni tengo tampoco inconveniente
alguno en mostrar las fases progresivas de cualesquiera de
mis composiciones, y, dado que el interés de un análisis,
o de una reconstrucción, que he considerado como un
desideratum, es completamente independiente de cualquier
interés real o imaginado que pueda inspirar la cosa
analizada, no deberá considerarse como una falta de decoro
el que yo muestre el modus operandi que me permitió
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componer uno de mis poemas. Elijo The Raven (El Cuervo)
precisamente porque es el más conocido. Me propongo,
desde ya, manifestar claramente que en ningún momento
esta composición se debe, ya al azar, ya a la intuición: la
obra fue adquiriendo forma gradualmente con la precisión
y la consecuencia rígida de un problema matemático.
Descartemos, por ser ajeno al poema, per se, la cir-
cunstancia –o mejor dicho la necesidad– que, en primer
término, dio lugar a la intención de componer un poema
capaz de satisfacer, a la vez, el gusto del público y el del
crítico.
Por lo tanto, empecemos por considerar esa intención.
La primera condición que tuve en cuenta era la que se
refería a la extensión. Si un trabajo literario es demasiado
largo para que pueda ser leído de una sola vez, debemos
resignarnos a no aprovechar el efecto importantísimo que
deriva de la unidad de la impresión; pues si es necesario
leerlo en dos ocasiones, los asuntos del mundo intervienen
en el ínterin, y, como consecuencia, se pierde todo aquello
que se asemeja a una impresión total. Pero dado que, ceteris
paribus, ningún poeta puede renunciar a nada que secunde
su propósito, sólo queda por verse si la extensión implica
alguna ventaja que compense la pérdida de la unidad. Por
mi parte contesto categóricamente que no. Lo que llamamos
un poema largo no es otra cosa que una sucesión de poemas
cortos –esto es, de efectos poéticos breves–. Resulta inútil
demostrar que un poema sólo es tal cuando, al elevar el
alma, determina cierto grado de exaltación; y que todas las
exaltaciones intensas son, por necesidad física, breves. Por
esta razón, cuando menos una mitad de El Paraíso Perdido
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es esencialmente prosa –una sucesión de exaltaciones poé-
ticas entremezcladas, inevitablemente, con depresiones
correspondientes– y, en consecuencia, la obra, debido a su
extensión exagerada, ha perdido ese elemento artístico de
importancia primordial, la integridad, o sea la unidad del
efecto. Parece, por lo tanto, evidente que, en todas las obras
de arte, existe un límite en lo que atañe a la extensión –el
límite correspondiente a la circunstancia de poderlas leer
de un tirón– y que, aun cuando en ciertas composiciones
de prosa, como es Robinson Crusoe (que no exige unidad),
quizá resulte conveniente pasar por alto dicho límite,
ese procedimiento de ninguna manera puede aplicarse al
poema. Dentro de este límite la extensión del poema puede
guardar una relación matemática con su mérito, o sea con su
grado de exaltación o elevación, o, expresado de otro modo,
con el grado del efecto poético auténtico que sea capaz de
transmitir; pues resulta claro que la brevedad debe estar en
relación directa con la intensidad del efecto buscado, aun
cuando con una condición: y es que cierto grado de duración
se requiere para la producción de cualquier clase de efecto.
Teniendo en cuenta estas consideraciones, así como
el grado de exaltación que decidí no debía rebasar la capa-
cidad del lector corriente, aun cuando debía dejar satisfecho
al crítico, llegué de inmediato a concebir la extensión con-
veniente para mi poema proyectado: una extensión de cien
líneas más o menos. En realidad, el poema tiene ciento
ocho. Después mi pensamiento se concentró en la elección
de la impresión, o sea del efecto que debía comunicarse
al lector; y aquí cabe observar que en todo el proceso de
la construcción no perdí de vista el propósito de que mi
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obra pudiese ser universalmente apreciada. Si tratara de
demostrar un punto sobre el cual he insistido en diversas
ocasiones, y que, dentro de lo poético, no necesita ser de-
mostrado de ninguna manera, esto es, que la Belleza es la
única provincia legítima del poema, ello me apartaría de mi
tema inmediato. Empero, dado que algunos de mis amigos
se inclinan a tergiversar el significado de lo que antecede,
diré algunas palabras para aclarar este punto. El placer que
a la vez es el más intenso, el más elevado y el más puro,
se encuentra, según creo, en la contemplación de lo bello.
Cuando los hombres hablan de Belleza quieren significar no
precisamente una cualidad, como en general se cree, sino
un efecto. Para expresarlo en pocas palabras, se refieren a la
elevación intensa y pura del alma –no a la del intelecto o a
la del corazón– que ya he comentado y que se experimen-
ta como consecuencia de la contemplación de lo “bello”.
Ahora bien, designo a la Belleza como provincia del poe-
ma simplemente porque es una regla evidente del arte que
los efectos deben surgir de causas directas; que el objeto
debe alcanzarse recurriendo a los medios mejor adaptados
para su consecución; y nadie ha sido todavía lo suficiente-
mente débil como para negar que la elevación particular
aludida se logra más fácilmente en el poema. Ahora bien,
el objeto Verdad, o la satisfacción del intelecto, y el objeto
Pasión, o la exaltación del corazón, pueden ser alcanzados,
hasta cierto punto, mucho más fácilmente en el dominio de
la poesía que en el de la prosa. De hecho la Verdad exige
cierta precisión, y la Pasión cierta sencillez (los verdade-
ros apasionados me comprenderán), que son absolutamente
antagónicas a esa Belleza que, lo sostengo, es la exaltación
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o la elevación gozosa del alma. De ninguna manera ha de
inferirse, partiendo de lo que acabo de decir, que la pasión,
o aun la verdad, puedan no ser introducidas ventajosamente
en un poema, ya que suelen servir para la elucidación o bien
ayudan al efecto general, tal como las disonancias en la mú-
sica: por contraste. Pero el verdadero artista tratará siempre
de subordinarlas, en primer lugar, al fin predominante, y,
en segundo lugar, de rodearlas, en todo lo posible, de esa
Belleza que es la atmósfera y la esencia del poema.
Considerando, por lo tanto, a la Belleza como a mi
provincia, el problema siguiente se refería al tono de su
manifestación más alta, y toda la experiencia ha demostrado
que ese tono es el de la tristeza. Toda forma de Belleza en
su desarrollo supremo, invariablemente, hace derramar
lágrimas al alma sensible. Por lo tanto la melancolía es el
más auténtico de los tonos poéticos.
Habiendo, de esta suerte, determinado la extensión,
la provincia y el tono, recurrí a la inducción corriente con
el propósito de lograr cierta acrimonia artística que pudiera
servir de base a la construcción del poema; un eje sobre
el cual la estructura pudiera dar vueltas. Al examinar
detenidamente todos los efectos artísticos corrientes, no
dejé de percibir inmediatamente que ninguno de ellos
gozaba de tanta aceptación universal como el del estribillo.
La universalidad de su aplicación bastó para convencerme
de su valor intrínseco y me ahorró la necesidad de someterlo
a un análisis. Empero, consideré la posibilidad de mejorarlo
y pronto me di cuenta de que se encontraba en un estado
primitivo. Tal como se le emplea corrientemente, el estribillo
no sólo está limitado al verso lírico, sino que también
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[Link] 35 11/9/08 10:41:39
depende, en lo que atañe a la intensidad de la monotonía,
tanto del sonido como del pensamiento. El placer se deriva
solamente del sentido de la identidad y de la repetición.
Resolví, por lo tanto, diversificarlo y realzar el efecto,
ateniéndome en general a la monotonía del sonido, en tanto
que variaría constantemente el significado; es decir, que me
propuse producir continuamente efectos nuevos mediante
la variación en la aplicación del estribillo, aun cuando el
estribillo mismo no cambiase nunca.
Habiendo resuelto estos puntos, me aboqué a la
tarea de determinar la naturaleza del estribillo. Dado que
su aplicación debía variar en repetidas ocasiones, resultaba
claro que el estribillo debía ser breve, pues la aplicación
frecuente de la variación en cualquier oración larga hubiera
presentado dificultades insalvables. La facilidad de la
variación debería estar en relación con la brevedad de la
oración. En consecuencia, para lo que yo me proponía el
mejor estribillo sería aquel que estuviese contenido en una
sola palabra.
Y ahora se presentó la cuestión que consistía en
determinar el carácter de esa palabra. Habiendo aceptado la
idea del estribillo, ello me obligaba, por lo tanto, a dividir
el poema en estrofas: el estribillo constituiría el final de
cada estrofa. Si deseaba que la palabra final tuviese vigor
y énfasis prolongado era menester que fuera sonora; y esas
consideraciones inevitablemente me llevaron a la o larga
como la vocal más sonora en relación con la r como la
consonante de más efecto.
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[Link] 36 11/9/08 10:41:39
Habiendo de esta suerte determinado el sonido del
estribillo, fue necesario elegir una palabra que incorporara
ese sentido y al mismo tiempo evocara con la mayor intensidad
posible el sentimiento de melancolía que, tal como yo lo
había predeterminado, debía ser el tono del poema. En esa
búsqueda no hubiese sido posible pasar por alto la palabra
“Nevermore”12. En verdad, fue la primera palabra que acudió
a mi llamado. Lo que se necesitaba después era un pretexto
para poder usar continuamente la palabra “Nevermore”.
Al notar las dificultades que de inmediato encontré al
inventar una razón que me permitiera repetirla una y otra vez,
no dejé de percibir que esa dificultad se debía únicamente al
hecho de suponer que la palabra debía ser continuamente
repetida, y en forma monótona, por un ser humano; no dejé
de percatarme que la dificultad estribaba en la conciliación
de la monotonía con el ejercicio de la razón por parte de
la criatura que repetía la palabra. Este reconocimiento de
inmediato dio lugar a la idea de una criatura no razonable
capaz de hablar, y, como es natural, lo primero que evoqué
fue un loro, pero de inmediato lo reemplacé por un cuervo,
ya que éste asimismo es capaz de pronunciar palabras, sin
contar que se adapta infinitamente mejor al tono que me
había propuesto adoptar.
Ya había llegado, por lo tanto, a la concepción de
un cuervo, pájaro de mal agüero, el cual repetiría en forma
monótona la palabra “Nevermore” al terminar cada estrofa
en un poema de tono melancólico y de unas cien líneas de
extensión. Ahora, sin perder de vista el objeto, la perfección
12 “Nunca más” (en inglés). Se pronuncia nevermoor. N. del T.
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[Link] 37 11/9/08 10:41:39
en todo momento, me pregunté a mí mismo: “De todos los
temas melancólicos ¿cuál es, según el entender humano, el
más melancólico?” La muerte, fue la respuesta inevitable.
“Y ¿cuándo –me pregunté– es éste, el más melancólico
de los temas, asimismo el más poético?” Por lo que ya he
explicado detalladamente, la respuesta en este caso también
es inevitable: “Cuando más se asemeja a la Belleza: por
lo tanto la muerte de una mujer bella es indudablemente
el tema más poético del mundo, y asimismo tampoco cabe
dudar de que los labios mejor adaptados para expresar ese
tema son los de un amante desolado”.
Era necesario ahora combinar dos ideas: la de un
enamorado que llora la muerte de su amada y la de un cuervo
que repite continuamente la palabra “Nevermore”. Debía
combinar esas ideas, teniendo en cuenta mi propósito de variar
en toda ocasión la aplicación de la palabra repetida, pero el
único modo inteligible de llevar a cabo esa combinación
consistía en imaginar que el Cuervo pronunciara la palabra
mencionada al contestar las preguntas del enamorado. Y
aquí vi la oportunidad que me brindaba el efecto del cual yo
dependía, es decir el efecto de la variación de la aplicación.
Me di cuenta de que podía convertir la primera pregunta
formulada por el enamorado –la primera pregunta a la
cual el Cuervo contestaría “Nevermore”– en una pregunta
común, la segunda lo sería algo menos, la tercera menos
aún, y así sucesivamente, hasta que, a la larga, el enamorado,
sorprendido por el carácter melancólico de la palabra,
por su repetición frecuente y recordando la reputación
agorera del pájaro que la pronunciaba, se sentiría invadido
por un sentimiento supersticioso y formularía preguntas
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de un carácter muy distinto, preguntas cuya solución lo
conmovería en lo más profundo de su ser; formularía esas
preguntas movido, en parte, por la superstición, y en parte
por esa forma de desesperación que se deleita torturando a
la criatura desesperada, que se interroga de esa suerte no
porque esté convencido del carácter profético o demoníaco
del pájaro (pues la razón le dice que éste repite una lección
aprendida de memoria), sino porque experimenta verdadera
fruición al formular preguntas que reciben como respuesta
el esperado “Nevermore”, tanto más delicioso por lo mismo
que constituye la más intolerable de las penas. Percibiendo
la oportunidad que se me presentaba, o, para hablar con
más exactitud, que me era impuesta en el desarrollo de
la composición, comencé por establecer en mi mente la
pregunta final –esa pregunta a la cual “Nevermore” pudiera
ser en último término una respuesta–, esa pregunta en
respuesta a la cual la palabra “Nevermore” implicara la
pena y la desesperación más agudas concebibles.
Puede, por lo tanto, decirse que éste es el momento
en que comienza el poema; es decir, con el final, allí donde
deberían comenzar todas las obras de arte, pues fue a esta
altura de mi preconsideraciónes que me puse a componer
esta estrofa:
“Prophet!” said I, “thing of evil! Prophet still if bird or
devil! By that Heaven that bends above us, by that God we
both adore,
Tell this soul wit sorrow laden, if within the distant Aidenn,
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It shall clasp a sainted maiden whom the angels name
Lenore”.
Quoth the Raven — “Nevermore”.
Compuse esta estrofa, en primer lugar con el pro-
pósito de establecer el momento de mayor intensidad, lo cual
me permitiría variar y graduar, en lo que atañe a la seriedad y
la importancia, las preguntas subsiguientes del enamorado,
y segundo, a fin de poder establecer el ritmo, el metro, la
extensión y la disposición general de la estrofa, así como
graduar las estrofas que vendrían después de manera que
ninguna de ellas pudiera sobrepasar a la primera en lo que al
efecto rítmico se refiere. Suponiendo que en la composición
subsiguiente hubiese sido capaz de haber construido estrofas
más vigorosas, no hubiera tenido escrúpulos en debilitarlas,
con toda intención, a fin de que no afectaran el efecto cli-
mático.
Y aquí no está de más que diga algunas palabras
sobre el arte de versificar. Lo primero que tuve en cuenta al
construir mi poema (como de costumbre) fue la originalidad.
Hasta qué punto esta cualidad ha sido descuidada en la
versificación es una de las cosas más inexplicables de
este mundo. Admitiendo que existan pocas posibilidades
de introducir variedad en el ritmo, resulta empero claro
que las variedades posibles del metro y de la estrofa son
absolutamente infinitas, y, no obstante, durante siglos,
ningún hombre, en los dominios del verso, ha logrado hacer,
o parece haber intentado hacer, una cosa original. El hecho
es que la originalidad (a menos de tratarse de inteligencias
excepcionalmente vigorosas) no es de ninguna manera un
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asunto, como muchos se inclinan a creerlo, del impulso o
de intuición. En general, para encontrarla, hay que buscarla
afanosamente, y aun cuando se trata de un mérito positivo
del orden más alto, se requiere, para lograrlo, menos inven-
tiva que negación.
Desde luego, no pretendo que el ritmo o el metro de El
Cuervo sean originales. El primero es trocaico y el segundo
es el octametro acataléctico alternado con el heptámetro
cataléctico repetido en el estribillo del quinto verso, que
termina con el tetrametro cataléctico. Expresado en forma
menos pedante, los pies empleados (troqueos) consisten
de una sílaba larga seguida de otra corta; la primera línea
de la estrofa tiene ocho de esos pies, la segunda, siete y
medio (en cuanto al efecto, dos tercios), la tercera, ocho;
la cuarta, siete y medio; la quinta, lo mismo, y la sexta,
tres y medio. Ahora bien, cada una de esas líneas tomadas
por separado ha sido empleada antes, y la originalidad que
puede corresponderle a El Cuervo reside en su combinación
en estrofas. Nunca se ha intentado nada que remotamente se
asemeje a esa combinación. El efecto de esta originalidad
de combinación está realzado por algunos efectos poco
conocidos y por otros totalmente nuevos que se deben a la
extensión de la aplicación de los principios del ritmo y de
la aliteración.
A renglón seguido había que resolver cuál era
la manera más adecuada de reunir al enamorado y al
Cuervo, y la primera consideración que se imponía era la
del ambiente local. Todo sugería que éste fuese una selva
o el campo –pero siempre me ha parecido que un espacio
reducido y circunscrito es absolutamente necesario para el
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efecto del incidente aislado; es lo mismo que el marco para
el cuadro. Tiene un poder moral indiscutible por el hecho de
mantener la atención concentrada, lo cual, desde luego, no
debe confundirse con la mera unidad del lugar.
Determiné, por lo tanto, situar el amante en su cuar-
to; en un cuarto sagrado para él porque su amada había
estado allí muchas veces. El cuarto, según mi descripción,
está ricamente amueblado. De esta manera soy consecuente
con la idea que ya he explicado, de la Belleza considerada
como la única tesis poética auténtica.
Habiendo, pues, determinado el ambiente local, sólo
me faltaba introducir el pájaro; y la idea de introducirlo por
la ventana era inevitable. La idea de que, en primer lugar,
el amante confundiera el batir de las alas del pájaro contra
la persiana con pequeños golpes dados a la puerta, tuvo su
origen en un deseo de aumentar –mediante la prolongación
de la expectativa– la curiosidad del lector y también el
deseo de producir un efecto cuando el enamorado al abrir
la puerta se encuentra con la oscuridad y cae a medias en
la fantasía de creer que era el espíritu de su amada quien lo
había llamado.
Imaginé una noche tempestuosa, en primer lugar,
para explicar que el Cuervo trataba de encontrar un refugio
y, luego, por el efecto del contraste con la serenidad (física)
que reinaba en el cuarto.
Hice, asimismo, que el pájaro se posara en el busto
de Palas buscando el efecto del contraste entre la blancura
del mármol y las plumas negras del Cuervo, debiendo
entenderse que el busto era absolutamente sugerido por
el pájaro. El busto de Palas fue elegido, en primer lugar,
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porque estaba de acuerdo con la erudición del enamorado y,
luego, por la sonoridad de la palabra Palas.
Más o menos al llegar a la mitad del poema recurrí
nuevamente a la fuerza del contraste con el propósito de
dar mayor intensidad a la impresión final. Por ejemplo,
planteé una sensación fantástica –casi ridícula hasta donde
era posible–, cuando el Cuervo hace su aparición en el
cuarto. Entra “with many a flirt and flutter”. (Con bastante
revoloteos y coqueteos).
Not the least obeisance made he — not a moment stopped
or stayed he,
But with miren of lord or lady, perched above my chamber
door.
En las dos estrofas que siguen, la intención se lleva
a cabo en forma más clara:
Then this ebony bird, beguiling my sad fancy into smiling
By the grave and stern decorum of the countenance it wore
“Though thy crest be short and shaven, thou, “I said” art
sure no craven
Ghastly grim and ancient Raven wandering from the Nightly
shore —
Tell me what thy lordly name is on the Night’s Plutonian
shore?”
Quoth the Raven — “Nevermore”.
Much I marvelled this ungainly fowl to hear discourse so
plainly
Though its answer little meaning — little revelancy bore;
For we cannot help agreeing that no living human being
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Ever yet was blessed with seeing bird above his chamber
door —
Bird or beast upon the sculptured bust above his chamber
door,
With such a name as “Nevermore”.
Habiendo así obtenido el efecto requerido para el
desenlace, substituí inmediatamente el tono fantástico
por otro profundamente serio. Este tono comienza en la
estrofa que sigue a la que vengo de citar, con esta línea:
But the Raven, sitting lonely on that placid bust, spoke
only, etc. Desde ese momento el enamorado ya no bromea
y ni siquiera se da cuenta de que la conducta del cuervo
es harto insólita. Se refiere a él diciendo que es un “pájaro
desgarbado, horrible, flaco y siniestro de los tiempos
remotos”, y siente que sus “ojos de fuego” arden en “lo
más profundo de su pecho”. Esta revolución o fantasía
del pensamiento por parte del enamorado tiene por objeto
suscitar otra parecida en la mente del lector; es decir, colocar
la mente en el marco apropiado para el desenlace, que ahora
va a tener lugar directamente y lo más pronto posible.
Con el desenlace propiamente dicho, con la res-
puesta del Cuervo, “Nevermore”, a la pregunta final
del enamorado que quiere saber si podrá encontrar a su
amada en otro mundo, puede decirse que el poema ha
sido completado. Hasta entonces todo está dentro de los
límites de lo que puede ser explicado; es decir, de lo real.
Un cuervo que ha aprendido de memoria una sola palabra,
“Nevermore”, escapa a la custodia de su dueño, pero es
sorprendido por una tormenta y llevado lejos del lugar
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donde estaba confinado. A medianoche alcanza a ver una
ventana iluminada y trata de que le abran, golpeando con
sus alas los vidrios, a fin de encontrar un refugio seguro. Es
la ventana del cuarto de un estudiante entregado a medias
a la lectura de un libro y a medias perdido en el recuerdo
de su amada desaparecida. El estudiante, al oír el ruido que
hace el pájaro, abre la ventana; éste penetra en la habitación
y se posa en el punto más conveniente, fuera del alcance
del estudiante, el cual, divertido por el incidente y por la
insólita conducta del visitante, le pregunta, en broma, y
sin esperar respuesta alguna, cómo se llama. El cuervo
contesta con la única palabra que conoce: “Nevermore”,
palabra ésta que encuentra de inmediato un eco en el cora-
zón melancólico del estudiante, el cual, expresando en
voz alta ciertos pensamientos sugeridos por la ocasión, se
siente sobrecogido por la repetición constante de la palabra
fatídica. El estudiante, ahora, hace conjeturas sobre el
extraño episodio, pero se siente impelido, como ya lo he
explicado antes, por la sed humana de torturarse a sí mismo
y en parte también por la superstición, a formular preguntas
al pájaro, preguntas que le proporcionarán todos los matices
del dolor mediante la respuesta anticipada, “Nevermore”.
Con la descripción, llevada al extremo, de la tortura de sí
mismo, la narración de lo que he dominado su fase primera
o evidente, termina con naturalidad y no traspasa hasta
entonces los límites de lo real.
Pero en los temas así tratados, aun cuando lo sean
con habilidad o con un despliegue vistoso de episodios, se
nota siempre cierta dureza que desagrada a la sensibilidad
del artista. Invariablemente se necesitan dos cosas; en
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[Link] 45 11/9/08 10:41:40
primer lugar cierto grado de complejidad o, mejor dicho,
de adaptación; y segundo, cierto grado de sugestión, algo
así como una corriente profunda, aun cuando indefinida, de
significado. Es este último en particular lo que imparte a la
obra de arte esa riqueza (si hemos de tomar del coloquio un
término eficaz) que nos sentimos demasiado inclinados a
confundir con el ideal. El exceso del significado sugerido, el
confundir la corriente superficial del tema con la profunda,
es lo que convierte en prosa (y por cierto del género
más chato) a la así llamada poesía de los así llamados
trascendentalistas.
Dado que mantengo esas opiniones, agregué las dos
estrofas finales del poema. Lo que sugieren, por lo tanto,
ejerce influencia sobre todo lo que se ha dicho antes. La
corriente profunda del significado se manifiesta en esta
línea:
“Take thy beak from out my heart, and take thy form from
off my door!”
Quoth the Raven “Nevermore!”
Podrá observarse que las palabras “fuera de mi
corazón” contienen la primera expresión metafórica del
poema. Estas palabras, junto con la respuesta “Nevermore”,
ponen a la mente en disposición favorable para buscar un
significado a lo que se ha narrado previamente. El lector
comienza ahora a considerar al Cuervo como un símbolo.
Empero, sólo en la última línea de la última estrofa puede
apreciarse distintamente la intención de hacer de ese pájaro
el símbolo del Recuerdo, triste e imperecedero:
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And the Raven, never flitting, still is sitting, still is sitting
On the pallid bust of Pallas just above my chamber door;
And his eyes have all the seeming of a Demon that is
dreaming
And the lamplight o’er him streaming throws his shadow
on the floor;
And my soul from out that shadow that lies floating on the
floor
Shall be lifted — nevermore.
Traducción de Carlos María Reyles
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El principio poético
Al referirme al principio poético no me propongo
nada completo ni profundo. Al discutir, sin plan precon-
cebido, lo esencial de lo que denominamos Poesía,
mi propósito principal consistirá en llamar la atención
sobre algunos de esos poemas menores, ingleses o
norteamericanos, que mejor se adaptan a mi gusto o que
han impresionado más hondamente mi imaginación. Por
supuesto que, al decir “poemas menores”, aludo a poemas
de corta extensión. Y aquí, desde el comienzo, permítaseme
decir dos palabras sobre un principio un tanto peculiar que,
con razón o sin ella, ha influido siempre en mi estimación
crítica de un poema. Sostengo que no existe poema extenso.
Afirmo que la expresión “poema extenso” no es más que
una contradicción de términos.
Apenas necesito hacer notar que un poema merece
esta denominación en la medida en que estimula y eleva el
alma. El valor del poema se halla en relación con el estímulo
sublime que produce. Pero todas las excitaciones son, por
necesidad psíquica, efímeras. El grado de excitación que
hace a un poema merecedor de este nombre no puede ser
mantenido a lo largo de una composición extensa. Pasada
media hora como máximo, flaquea y cae; se produce una
reacción, y el poema deja de ser tal en sus efectos y en su
realidad.
Muchos, sin duda, se habrán visto en dificultades para
conciliar la sentencia crítica de que El Paraíso perdido debe
ser admirado en su conjunto, con la absoluta imposibilidad
de mantener durante la lectura la suma de entusiasmo que
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[Link] 49 11/9/08 10:41:41
dicha sentencia crítica demanda. En realidad, esta gran obra
sólo debe ser considerada poética cuando, dejando de lado
el requisito vital de todas las obras de arte: la Unidad, la
contemplamos como una serie de poemas menores. Si a fin
de preservar su unidad (su totalidad de efecto o impresión)
la leemos de una sola vez como sería necesario, su resultado
será una continua alternancia de excitación y depresión.
Después de un pasaje en el que reconocemos la verdadera
poesía, sigue inevitablemente otro lleno de insipidez que
ningún prejuicio crítico podrá forzarnos a admirar; pero
sí, terminada la obra, la leemos de nuevo, omitiendo el
libro primero para entrar directamente en el segundo, nos
sorprenderá encontrar admirable lo que anteriormente
condenábamos, y condenable lo que previamente habíamos
admirado tanto. De esto se sigue que el efecto final y
acumulado, el efecto absoluto de la mejor epopeya jamás
publicada, equivale a cero; y de esto precisamente se trata.
Con respecto a La Ilíada, a falta de pruebas positivas
tenemos muy buenas razones para creer que consistía en
una serie de poemas líricos; de todos modos, aceptando su
intención épica, sólo puedo decir que la obra se basa en
un sentido imperfecto del arte. La epopeya moderna no es
más que una irreflexiva y ofuscada imitación de un dudoso
modelo antiguo. Pero el tiempo de esas anomalías artísticas
ha pasado. Si en ciertas épocas algunos poemas muy
extensos fueron realmente populares –cosa que dudo–, por
lo menos resulta evidente que ningún poema largo volverá
a serlo jamás.
Que la extensión de una obra poética sea, ceteris
paribus, la medida de su mérito, parece una afirmación
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harto absurda apenas la enunciamos; sin embargo, se la
debemos a las revistas trimestrales. Nada puede haber en
el mero tamaño, considerado abstractamente, y nada en el
mero bulto, si se refiere a un volumen; sin embargo, he ahí
lo que provoca de continuo la admiración de esas saturninas
publicaciones. Una montaña nos comunica la sensación
de lo sublime por el mero sentimiento de magnitud física
que provoca; pero nadie reacciona en esa forma frente al
tamaño material de la Columbiada13. Ni siquiera las revistas
trimestrales nos han enseñado a dejarnos impresionar por
ella. Nos han insistido, hasta ahora, en que juzguemos a
Lamartine por pies cúbicos o a Pollock por libras; pero, ¿qué
debemos inferir de su continua parlería sobre «el sostenido
esfuerzo”? Si cualquier buen señor ha completado una
epopeya mediante “un sostenido esfuerzo”, encomiémoslo
francamente por dicho esfuerzo –si, en realidad, se trata de
algo encomiable–, pero no alabemos una epopeya a cuenta
de tales esfuerzos. Es de esperar que, en tiempos venideros,
el sentido común preferiría pronunciarse sobre una obra de
arte por la impresión que causa, por el efecto que logra, y
no por el tiempo que requiere para imprimir ese efecto o por
el monto del “sostenido esfuerzo” necesario para obtener
esa impresión. La cuestión está en que la perseverancia
es una cosa y el genio otra muy distinta; todas las revistas
trimestrales de la cristiandad no lograrían confundirlos.
Poco a poco esta afirmación, junto con otras que acabo de
hacer, se volverán evidentes. Por el momento, su verdad no
13 Hay varios poemas épicos que ostentan este nombre, entre otros el
de Joel Barlow.
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[Link] 51 11/9/08 10:41:41
sufrirá esencialmente por el hecho de que en general se las
condene como falsas.
Por otra parte resulta claro que un poema puede ser
inapropiadamente breve. La brevedad indebida degenera
en lo epigramático. Un poema muy corto puede producir
a veces un efecto brillante y vívido, pero jamás profundo o
duradero. Es necesario que el sello presione firmemente la
cera. Béranger ha producido innumerables composiciones
tan vivas como estimulantes, pero, en general, demasiado
imponderables para estamparse profundamente en la
atención pública; como muchas plumas de la fantasía,
fueron solapadas hacia lo alto tan sólo para que se las llevara
el viento.
Un notable ejemplo de cómo la indebida brevedad
perjudica un poema, alejándolo de la sensibilidad popular,
lo proporciona esta pequeña y exquisita serenata:
I arise from dreams of thee
In the first sweet sleep of night
When the winds are breathing low,
And the stars are shining bright.
I arise from dreams of thee,
And a spirit in my feet
Has led me —who knows how?—
To thy chamber-window, sweet!
The wandering airs they faint
On the dark, the silent stream—
The champak odours fail
Like sweet thoughts in a dream;
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The nightingale’s complaint,
It dies upon her heart,
As I must die on thine,
O, beloved as thou art!
O, lift me from the grass!
I die, I faint, I fail!
Let thy love in kisses rain
On my lips and eyelids pale.
My cheek is cold and white, alas!
My heart beats loud and fast:
Oh! Press it close to thine again,
Where it will break at last!14
14 Tras de soñar contigo me levanto/ En el primer sueño, tan dulce, de
la noche/ Cuando los vientos alientan suaves/ Y las estrellas brillan
esplendorosas./ Tras de soñar contigo me levanto/ Y un espíritu que
guía mis pasos/ Me lleva — ¿quién sabe cómo? — / ¡Oh dulcísimo,
a tu ventana!
Las brisas errantes desfallecen / En la corriente oscura y silenciosa…/
Los perfumes del champak se pierden/ Como los dulces pensamientos
en un sueño;/ La cantílena del ruiseñor/ Muere en su corazón,/ Como
muero yo en el tuyo,/ ¡Oh, tú, la bienamada!
¡Oh, álzame del césped!/ ¡Muero, desfallezco, me consumo!/ Que tu
amor llueva en besos/ Sobre mis labios y mis pálidos párpados./ ¡Ay,
frías y blancas están mis mejillas! / Mi corazón late precipitadamente
y sonoro:/ ¡Ah, oprímelo contra el tuyo otra vez,/ Donde habrá al fin
de romperse!
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[Link] 53 11/9/08 10:41:41
Pocos, quizá, conozcan bien estos versos, cuyo autor
es nada menos que un poeta como Shelley. Su imaginación
tan cálida –aunque delicada y etérea– habrá de ser
apreciada por todos, y sobre todo por aquel que alguna
vez se ha levantado al despertar de dulces sueños de amor,
para bañarse en el aromático aire de una noche sureña en el
estío.
Uno de los mejores poemas de Willis –el mejor que
haya escrito nunca, en mi opinión– sufre, indudablemente,
del mismo defecto de indebida brevedad, que lo ha relegado
de la posición que le correspondía tanto en la opinión crítica
como en la popular.
The shadows lay along Broadway,
‘Twas near the twilight-tide—
And slowly there a lady fair
Was walking in her pride
Alone walk’d she; but, viewlessly,
Walk’d spirits at her side.
Peace charm’d the street beneath her feet,
And Honour charm’d the air;
And all astir looked kind on her,
And call’d her good as fair—
For all God ever gave to her
She kept with chary care.
She kept with care her beauties rare
From lovers warm and true—
For her heart was cold to all but gold,
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[Link] 54 11/9/08 10:41:41
And the rich came not to woo—
But honour’d well are charms to sell
If priests the selling do.
Now walking there was one more fair—
A slight girl, lily-pale;
And she had unseen company
To make the spirit quail—
‘Twixt Want and Scorn she walk’d forlorn,
And nothing could avail.
No mercy now can clear her brow
For this world’s peace to pray;
For, as love’s wild prayer dissolved in air,
Her woman’s heart gave way!—
But the sin forgiven by Christ in Heaven
By man is cursed always!15
Resulta difícil reconocer en esta composición al
Willis que ha escrito tantos “versos de sociedad”. Los que
he leído no sólo contienen un rico idealismo, sino que están
llenos de energía, a la vez que respiran esa convicción, esa
evidente sinceridad de sentimiento que en vano buscaríamos
en las demás obras del autor.
15 Las sombras caían sobre Broadway,/ El crepúsculo se acercaba,/
Mientras una hermosa dama/ Avanzaba orgullosa./ Sola se movía,
pero, invisibles,/ Los espíritus iban a su lado.
La Paz hechizaba la calle que pisaba,/ Y el Honor hechizaba el aire;/
Y aquellos que pasaban mirábanla afectuosa,/ Y la llamaban buena y
hermosa…/ Pues todo lo que Dios le había dado / Lo guardaba con
cuidadoso celo.
55
[Link] 55 11/9/08 10:41:42
Mientras la manía épica –la idea de que la prolijidad
es indispensable al mérito poético– se ha ido borrando
gradualmente de la opinión pública por el solo hecho de ser
absurda, la vemos reemplazada por una herejía demasiado
falsa para que se la tolere largo tiempo, aunque en el
breve período que lleva de actividad ha hecho más por la
corrupción de nuestra literatura poética que todos sus otros
enemigos combinados. Aludo a la herejía de lo Didáctico.
Se ha supuesto, tácita y confesadamente, en forma directa
e indirecta, que la finalidad de toda Poesía es la Verdad.
Cada poema, se afirma, debería inculcar una moraleja, y
el mérito poético de la obra habrá de juzgarse conforme a
aquélla. Nosotros, los norteamericanos, hemos patrocinado
tan feliz idea, y los bostonianos, muy en especial, la hemos
llevado a su completo desarrollo. Nos hemos metido en la
cabeza que escribir un poema simplemente por el poema
mismo, y reconocer que ésa era nuestra intención, significa
confesar una falta total de dignidad poética y de fuerza.
Pero la verdad es que, si nos atreviéramos a mirar en el
Guardaba con cuidado su peregrina belleza / De los amantes
ardientes y sinceros; / Pues su corazón era de hielo salvo para el
oro, / Y los ricos no la cortejaban; / Pero los encantos en venta son
bien pagados / Si la venta la hacen los sacerdotes.
En tanto, pasaba una joven más hermosa, / Débil, pálida como
el lirio; / La acompañaba una escolta invisible / Capaz de hacer
temblar el espíritu… / Entre la Indigencia y el Escarnio caminaba,
abandonada, / Y nada podía salvarla.
Ninguna misericordia puede despejar su frente / Y hacerla rogar
por la paz del mundo; / Pues cuando la ansiosa plegaria del amor
se perdió en el aire, / ¡Su corazón de mujer cedió! / ¡Mas el pecado
que Cristo perdona en el Cielo / Maldito es siempre por el hombre!
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fondo de nuestro espíritu, descubriríamos inmediatamente
que bajo el sol no hay ni puede haber una obra más digna ni
de más suprema nobleza que ese poema, ese poema per se,
ese poema que es un poema y nada más, ese poema escrito
solamente por el poema en sí.
Con una reverencia por la Verdad tan profunda como
la que puede sentir cualquier corazón humano, quisiera sin
embargo limitar en alguna medida sus modos de inculcación.
Quisiera limitarlos a fin de darles más fuerza. No quisiera
debilitarlos por prodigalidad. Las exigencias de la Verdad
son severas. No tiene ninguna simpatía por los mirtos. Todo
lo indispensable a la Poesía es precisamente aquello con
lo cual la Verdad nada tiene que ver. Adornarla con gemas
y con flores es hacer de ella una ostentosa paradoja. Para
reforzar una verdad, necesitamos un lenguaje severo antes
que florido. Debemos ser sencillos, precisos, sucintos.
Debemos ser fríos, serenos, desapasionados. En una palabra,
debemos hallarnos en ese estado de ánimo que representa,
de manera casi absoluta, el reverso del estado poético. Ciego
tiene que estar aquel que no perciba las radicales y abisales
diferencias entre los modos de inculcación de la verdad y la
poesía. Tiene que estar incurablemente atacado de la manía
teórica aquel que, a pesar de tales diferencias, persista en la
tentativa de reconciliar esos contrarios, el agua y el aceite
de la Poesía y la Verdad.
Si dividimos el mundo del espíritu en sus tres
distinciones más inmediatamente evidentes, hallamos el
Intelecto Puro, el Gusto y el Sentido Moral. Coloco el Gusto
en el medio, pues es la posición que ocupa en el espíritu.
Mantiene íntimas relaciones con ambos extremos; pero la
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diferencia que lo separa del Sentido Moral es tan leve, que
Aristóteles no vaciló en incluir algunas de sus operaciones
entre las virtudes mismas. No obstante, encontraremos
que las funciones de ese trío aparecen suficientemente
separadas. Así como el Intelecto se ocupa de la Verdad, así
el Gusto nos informa sobre lo Bello, mientras el Sentido
Moral se preocupa del Deber. Con respecto a este último,
la Conciencia nos enseña su obligación, y la Razón su
conveniencia, mientras el Gusto se contenta con manifestar
sus encantos, librando batalla al vicio tan sólo porque es
deforme, desproporcionado y porque está en contra de lo
digno, de lo apropiado, de lo armonioso –en una palabra,
de la Belleza.
Un instinto inmortal, profundamente arraigado en
el espíritu del hombre: tal es, claramente, el sentido de lo
Bello. Es él quien contribuye a deleitarlo en las múltiples
formas, sonidos, perfumes y sentimientos en medio de los
cuales vive. Y así como el lirio se refleja en el lago, o los ojos
de Amarilis en el espejo, así la mera repetición oral o escrita
de esas formas, sonidos, colores, perfumes y sentimientos
constituye una duplicada fuente de deleite. Pero esta mera
repetición no es poesía. Aquel que se limite a cantar los
suspiros, sonidos, perfumes, colores y sentimientos que lo
acogen al igual que a todos los hombres, no alcanzará con
ello a probar que merece tan divino título, por más ardiente
que sea su entusiasmo o vívida y verdadera su descripción.
Hay algo a la distancia que aún no le ha sido posible alcanzar.
No nos ha mostrado todavía las cristalinas fuentes donde
podremos saciar nuestra sed inextinguible. Esta sed es propia
de la inmortalidad del hombre. Es a la vez consecuencia e
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indicación de su existencia perenne. Es el ansia de la falena
por la estrella. No se trata de la mera apreciación de la Belleza
que nos rodea, sino un anhelante esfuerzo por alcanzar la
Belleza que nos trasciende. Inspirados por una extática
presciencia de las glorias de ultratumba, luchamos mediante
multiformes combinaciones de las cosas y los pensamientos
temporales para alcanzar una parte de esa Hermosura cuyos
elementos, quizá, per-tenecen tan sólo a la eternidad. Y así
cuando gracias a la Poesía o a la Música –el más arrebatador
de los modos poéticos– cedemos al influjo de las lágrimas,
no lloramos, como supone el abate Gravina, por exceso
de placer, sino por esa petulante e impaciente tristeza de
no poder alcanzar ahora, completamente, aquí en la tierra,
de una vez y para siempre, esas divinas y arrebatadoras
alegrías de las cuales alcanzamos visiones tan breves como
imprecisas a través del poema o a través de la música.
La lucha para aprehender la Hermosura celestial
librada por aquellas almas preparadas para semejante lucha,
ha dado al mundo todo lo que era capaz de comprender y
sentir a la vez como poético.
El Sentimiento Poético puede, como es natural, de-
sarrollarse en diversas modalidades: Pintura, Escultura,
Arquitectura, Danza, muy especialmente en Música, y, de
manera muy peculiar y con mucha amplitud, en la com-
posición de Jardines Decorativos o de Paisajes. Nuestro tema,
sin embargo, consiste solamente en sus manifestaciones
verbales. Aquí se me permitirá referirme brevemente al
ritmo. Contentándome con la certidumbre de que la Música
–en sus diversos aspectos: metro, ritmo y rima– tiene tanta
importancia en la Poesía, que no sería sensato rechazarla,
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y que su ayuda es tan vitalmente importante que sólo un
tonto la declinaría, no me detendré a afirmar su absoluta
esencialidad. Quizá sea en la Música donde el alma alcanza
de más cerca el alto fin por el cual lucha cuando el Sentimiento
Poético la inspira: la creación de Belleza celestial. Puede
ser que tan sublime fin sea realmente alcanzado por ella
alguna que otra vez. Con frecuencia nos ocurre sentir
con estremecedor deleite que de un arpa terrenal surgen
notas que no pueden ser extrañas a los ángeles. No cabe
duda, pues, de que en la unión de Poesía y Música, en su
sentido popular, encontraremos el más vasto campo para el
desarrollo poético. Los antiguos bardos, los Minnesingers,
poseían ventajas que hoy nos faltan, y cuando Thomas
Moore cantaba sus propias canciones, las perfeccionaba
como poemas de la manera más legítima.
Recapitulemos. Brevemente, definiría la Poesía
verbal como la Creación Rítmica de Belleza. El Gusto es
su único árbitro. Con el Intelecto o con la Conciencia, sólo
guarda relaciones colaterales. Como no sea incidentalmente,
no tiene nada que ver con el Deber ni con la Verdad.
Expliquémonos en pocas palabras. Sostengo que
ese placer, a la vez el más puro, el más exaltante y el más
intenso, se deriva de la contemplación de lo Bello. Sólo en
la contemplación de lo Bello podemos alcanzar esa grata
elevación o excitación del alma que reconocemos el como
Sentimiento Poético, y que tan facilmente se distingue de la
Verdad, que es la satisfacción de la Razón, o de la Pasión,
que es la exitación del corazón. Considerado por tanto la
Belleza –incluyendo en el término lo sublime– como el
dominio del poema, simplemente porque una obvia regla
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del Arte indica que los efectos deben derivarse lo más
directamente posible de sus causas, y nadie hasta hoy ha
sido tan tonto como para negar que la peculiar elevación
que nos ocupa se logra –por lo menos más pronto– en el
poema. Esto no significa, empero, que los alicientes de la
Pasión, o los preceptos del Deber, o incluso las lecciones de
la Verdad, no puedan ser introducidos ventajosamente en un
poema, ya que son capaces de servir incidentalmente y de
diversas maneras a los propósitos generales de la obra; pero
el verdadero artista buscará siempre amortiguar su tono en
adecuada sujeción a esa Belleza que constituye la atmósfera
y la esencia real del poema.
Las obras que someteré a vuestra consideración
no podrían ser mejor presentadas que mediante la cita
del proemio de The Waif (El abandonado), poema de
Longfellow:
The day is done, and the darkness
Falls from the wings of Night,
As a feather is wafted downward
From an Eagle in his flight.
I see the lights of the village
Gleam through the rain and the mist,
And a feeling of sadness comes o’er me,
That my soul cannot resist;
A feeling of sadness and longing,
That is not akin to pain,
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And resembles sorrow only
As the mist resembles the rain.
Come, read to me some poem,
Some simple and beartfelt lay,
That shall soothe this restless feeling,
And banish the thoughts of day.
Not from the grand old masters,
Not from the bards sublime,
Whose distant footsteps echo
Through the corridors of time.
For, like stains of martial music,
Their mighty thoughts suggest
Life’s endless toil and endeavour;
And to-night I long for rest.
Read from some humbler poet,
Whose songs gushed from his heart,
As showers from the clouds of summer,
eyelids start; or tears from the
Who through long days of labour,
And nights devoid of ease,
Still heard in his soul the music
Of wonderful melodies.
Such songs have power to quiet
The restless pulse of care,
And come like the benediction
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That follows after prayer.
Then read from the treasured volume
The poem of thy choice,
And lend to the rhyme of the poet
The beauty of thy voice.
And the night shall be filled with music,
And the cares, that infest the day,
Shall fold their tents, like the Arabs,
And as silently steal away.16
16 El día termina, y la oscuridad / Cae de las alas de la noche / Como
una pluma que desciende, perdida / Por un águila en su vuelo.
Veo las luces del pueblo / Brillando entre la lluvia y la niebla, / Y me
invade una tristeza / Que mi alma no puede resistir;
Una sensación de tristeza y anhelo, / Que no se asemeja al dolor, / Y
sólo recuerda la tristeza / Como la niebla recuerda la lluvia.
Ven, léeme algún poema, / Un canto simple y cordial, / Que calmará
este inquieto sentir / Y desterrará los pensamientos diurnos.
No leas nada de los grandes maestros de antaño,
Ni de los sublimes bardos / Cuyos pasos distantes resuenan / En los
corredores del tiempo.
Pues, como acentos de música marcial, / Sus intensos pensamientos
evocan / El interminable trabajo y esfuerzo de la vida; / Y esta noche
ansío descansar.
Léeme algún poeta más humilde, / Cuyas canciones manaron del
corazón, / Como las lluvias de las nubes estivales, / O las lágrimas
de los ojos manan;
Un poeta que, en largos días de trabajo / Y noches privadas de
reposo, / Aún escuchaba en su alma la música / De maravillosas
melodías.
Canciones tales saben aquietar / El agitado pulso del afán, / Y llegan
como la bendición / Que sigue a la plegaria.
Lee, pues, del precioso volumen / El poema que prefieras, / Y presta
a las rimas del poeta / La belleza de tu voz.
Y la noche se llenará de música, / Y los cuidados que infestan el día /
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[Link] 63 11/9/08 10:41:44
Aunque carentes de una gran amplitud de imagi-
nación, estos versos han sido justamente admirados por la
delicadeza de su expresión. Algunas de sus imágenes son
muy efectivas. Nada podría superar a
…The bards sublime,
Whose distant footsteps echo
Through the corridors of Time.
La idea contenida en el último cuarteto es también
sumamente efectiva. El poema, no obstante, debe ser
admirado en conjunto por la graciosa insouciance de su
maestro, que tan bien se acuerda con la naturaleza de los
sentimientos, y en especial por la facilidad del tono general.
Esta “facilidad” o naturalidad de un estilo literario fue
considerada largo tiempo, siguiendo la moda, como una
facilidad sólo aparente, y de muy difícil obtención. Pero no
es así; la manera natural sólo es difícil para aquel que jamás
debería intentarla, es decir, para quien no es natural. Resulta
de escribir con la noción o con el instinto de que en toda
composición el tono debe ser el que adoptaría el grueso
de la humanidad, y, por tanto, debe variar continuamente
según el caso. El autor que, siguiendo la moda de The North
American Review, se muestre “tranquilo” en todos los casos,
tendrá necesariamente que mostrarse tonto o estúpido en
muchos casos; y no tendrá más derecho a ser considerado
“fácil” o “natural” que un dandy del suburbio o la Bella
Plegarán sus tiendas, como los árabes / Y en silencio, como ellos,
se alejarán.
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[Link] 64 11/9/08 10:41:44
Durmiente del bosque en un museo de figuras de cera.
De los poemas menores de Bryant, ninguno me ha
impresionado tanto como el que su autor titula June (Junio).
Sólo citaré una parte:
There, through the long, long summer hours,
The golden light should lie,
And thick, young herbs and groups of flowers
Stand in their beauty by.
The oriole should build and tell
His love-tale, close beside my cell;
The idle butterfly
Should rest him there, and there be heard
The housewife-bee and humming bird.
And what, if cheerful shouts, at noon,
Come, from the village sent,
Or songs of maids, beneath the moon,
With fairy laughter blent?
And what if, in the evening light,
Betrothed lovers walk in sight
Of my low monument!
I would the lovely scene around
Might know no sadder sight nor sound.
I know, I know I should not see
The season’s glorious show,
Nor would its brightness shine for me,
Nor its wild music flow;
But if, around my place of sleep,
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[Link] 65 11/9/08 10:41:44
The friends I love should come to weep,
They might not haste to go.
Soft airs, and song, and light, and bloom
Should keep them lingering by my tomb.
These to their soften’d hearts should bear
The thought of what has been,
And speak of one who cannot share
The gladness of the scene;
Whose part in all the pomp that fills
The circuit of the summer hills,
Is—that his grave is green;
And deeply would their hearts rejoice
To hear again his living voice.17
17 Allí, durante las largas, largas horas estivales, / Brillaría una luz de
oro, / Y espesas plantas nuevas y macizos de flores / Se alzarían en
su hermosura. / La oropéndola anidaría, cantando / La historia de su
amor, junto a mi nicho; / La errante mariposa / Descansaría allí, y se
escucharía / A la abeja hacendosa y al colibrí.
¿Y si a mediodía, alegres gritos / llegaran desde el villorrio / O
canciones de doncellas bajo la luna, / Mezcladas con risas de hadas?
/ ¿Y si bajo el resplandor nocturno / Los amantes prometidos se
pasearan a la vista de mi humilde monumento? / Yo quisiera que
el hermoso escenario que me circunda / No conociera visiones o
sonidos más tristes.
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[Link] 66 11/9/08 10:41:44
La fluencia rítmica es hasta voluptuosa; nada podría
tener más melodía. El poema me ha impresionado siempre
de manera notable. La intensa melancolía que parece brotar
por fuerza hasta la superficie de todas las alegres palabras
que dice el poeta acerca de su tumba, nos emociona hasta el
alma, y en esa emoción se halla la más auténtica elevación
poética. La obra nos deja una impresión de agradable
tristeza. Y si en las restantes composiciones que he de leer
se nota la presencia más o menos clara de un tono semejante,
permítaseme recordar que, sin que sepamos cómo ni
porqué, este tinte de tristeza se vincula inseparablemente a
las más altas manifestaciones de la verdadera Belleza. Es,
no obstante,
A feeling of sadness and longing
That is not akin to pain,
And resembles sorrow only
As the mist resembles the rain18
Ya sé, ya sé que no vería / El magnífico espectáculo de la estación, /
Que su brillo no brillaría para mí, / Ni manaría su ardiente música; /
Pero si, en torno a mi lugar de sueño, / Los amigos que amo vinieran
a llorarme, / Quizá no se apresurarían a marcharse. / La suave brisa,
las canciones, la luz y los capullos / Los harían demorarse junto
a mi tumba. / Y todo eso llevaría a sus aquietados corazones / El
pensamiento de lo que fue, / Y les hablaría de uno que no puede
compartir / La alegría de esa escena; / De uno cuya parte en toda la
pompa que llena / El circuito de las colinas estivales, / Es tan sólo…
el verdor de su tumba; / Y sus corazones se alegrarían hondamente /
Al escuchar otra vez su voz viviente.
18 Una sensación de tristeza y anhelo / Que no se asemeja al dolor / Y
sólo recuerda la tristeza / Como la niebla recuerda la lluvia.
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[Link] 67 11/9/08 10:41:45
El tinte de que hablo se percibe claramente hasta
en un poema tan lleno de brillantez y brío como Health
(Brindis), de Edward Coote Pinkney:
I fill this cup to one made up
Of loveliness alone,
A woman, of her gentle sex
The seeming paragon;
To whom the better elements
And kindly stars have given
A form so fair, that, like the air,
’Tis less of earth than heaven.
Her every tone is music’s own,
Like those of morning birds,
And something more than melody
Dwells ever in her words;
The coinage of her heart are they,
And from her lips each flows
As one may see the burden’d bee
Forth issue from the rose.
Affections are as thoughts to her,
The measures of her hours;
Her feelings have the fragancy,
The freshness of young flowers;
And lovely passions, changing oft,
So fill her, she appears
The image of themselves by turns,—
The idol of past years!
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[Link] 68 11/9/08 10:41:45
Of her bright face one glance will trace
A picture on the brain,
And of her voice in echoing hearts
A sound must long remain;
But memory, such as mine of her,
So very much endears,
When death is nigh my latest sigh
Will not be life’s, but hers.
I fill’d this cup to one made up
Of loveliness alone,
A woman, of her gentle sex
The seeming paragon—
Her health! and would on earth there stood,
Some more of such a frame,
That life might be all poetry,
And weariness a name.19
19 Lleno esta copa en honor de una mujer / En quien todo es encanto, /
Y de su amable sexo / El ostensible dechado; / A quien los elementos
mejores / Y las estrellas propicias dieron / Forma tan bella que, como
el aire, / Es más del cielo que de la tierra.
Cada uno de sus acentos pertenece a la música, / Como los de los
pájaros matinales, / Y algo más que melodía / Mora siempre en sus
palabras; / Llevan el sello de su corazón, / Y nacen de sus labios
/ Como puede verse a la cargada abeja / Brotar del interior de la
rosa.
Los afectos, como los pensamientos, son para ella / la medida de
sus horas; / Sus sentimientos tienen la fragancia, / La frescura de los
pimpollos; / Y las gentiles pasiones, cambiando con frecuencia, / La
invaden tanto, que parece / Cada vez la imagen de una de ellas… /
¡El ídolo de los años pasados!
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[Link] 69 11/9/08 10:41:45
La desgracia de Pinkney consistió en haber nacido
demasiado al Sur. Si hubiera pertenecido a New England,
probablemente hubiese sido considerado el primero de los
poetas líricos norteamericanos por la magnánima camarilla
que durante tanto tiempo controló los destinos de las letras
nacionales a través de esa triste publicación llamada The
North American Review. El poema que acabo de citar es
especialmente hermoso, pero la elevación poética que
produce debemos referirla principalmente a nuestra simpatía
por el entusiasmo del poeta. Le perdonamos sus hipérboles
por la evidente seriedad con que son proferidas.
Pero mi intención no consiste en explayarme sobre
los méritos de lo que estoy presentando. Las obras hablarán
necesariamente por sí mismas. En sus Consejos del Parnaso,
Boccalini cuenta que, cierta vez, Zoilo presentó a Apolo
una crítica muy cáustica sobre un libro admirable. El dios
le preguntó cuáles eran los méritos de la obra, respondiendo
Zoilo que sólo se preocupaba de los errores. Al oír esto,
Apolo le ofreció una bolsa de trigo sin cernir, y le ordenó
que como recompensa tomara de él toda la paja.
De su brillante rostro, una sola mirada trazará / La imagen en la
mente, / Y de su voz, en el eco de los corazones / Largamente durará
el sonido; / Pero el recuerdo que guardo de ella, / Me hace quererla
tanto, / Que cuando la muerte venga, mi último suspiro / No será de
la vida, sino de ella.
Llené esta copa en honor de una mujer / En quien todo es encanto, /
Y de su amable sexo / El ostensible dechado… / ¡Brindo por ella! Y
quisiera que en la tierra / Hubiese otras de su especie, / Para que la
vida fuera toda poesía, / Y el hastío una mera palabra.
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[Link] 70 11/9/08 10:41:45
Esta fábula se presta muy bien como réplica mordaz
a los críticos, pero no estoy nada seguro de que el dios
tuviera razón. Me pregunto si no se comete un grosero error
sobre los verdaderos límites del deber crítico. La excelencia,
especialmente en un poema, puede considerarse a la luz de
un axioma que, bien expresado, es tan claro como obvio: “La
excelencia no es tal si hace falta demostrar que lo es”. Vale
decir que al destacar con demasiado detalle los méritos de
una obra de arte, se está admitiendo que no hay tales méritos.
Entre las Melodies de Thomas Moore hay una cuya
eminencia en cuanto poema parece haber sido extrañamente
descuidada. Aludo a los versos que comienzan: Come, rest
in this bosom. Nada en la obra de Byron sobrepasa la intensa
energía de su expresión. Dos de sus versos comunican un
sentimiento que corporiza el todo en todo de la divina
pasión del Amor; sentimiento que, acaso, ha hallado eco en
más apasionados corazones que cualquier otro sentimiento
jamás expresado en palabras:
Come, rest in this bosom, my own stricken deer,
Though the herd have fled from thee, thy home is still here;
Here still is the smile, that no cloud can o’ercast,
And a heart and a hand all thy own to the last.
Oh! What was love made for, if ‘t is not the same
Through joy and through torment, through glory and
shame?
I know not, I ask not, if guilt’s in that heart,
I but know that I love thee, whatever thou art.
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[Link] 71 11/9/08 10:41:46
Thou hast call’d me thy Angel in moments of bliss,
And thy Angel I’ll be, ‘mid the horrors of this,—
Through the furnarce, unshrinking, thy steps to pursue,
And shield thee, and save thee,—or perish there too!20
En estos tiempos ha estado de moda negar ima-
ginación a Moore y reconocerle fantasía –distinción que
tiene su origen en Coleridge, precisamente el hombre que
mejor comprendió las grandes facultades de Moore. Lo
que ocurre es que la fantasía de este poeta sobrepasa de
tal manera el resto de sus facultades (y la fantasía del resto
de los hombres), que ha llevado naturalmente a la idea de
que es su única fuerza. Nunca pudo incurrirse en error más
grande. Nunca se ofendió más groseramente la fama de un
auténtico poeta. En todo el ámbito del idioma inglés no
encuentro poema más profundo, más fantasmagóricamente
imaginativo –en el mejor sentido del término– que los versos
de Thomas Moore que empiezan: I would I were by that dim
lake–. Lamento que me sea imposible recordarlos.
Thomas Hood fue uno de los más nobles y, hablando
de fantasía, uno de los más singularmente fantásticos poetas
20 Ven, descansa en mi pecho, pobre gacela herida; / Aunque el rebaño
te huya, tu hogar está aún aquí; / Aquí está aún la sonrisa que nube
alguna puede cubrir, / Y un corazón y una mano tuyos hasta el fin.
¡Oh! ¿Para qué habría sido hecho el amor, si no fuera idéntico / A
través de la alegría, a través del tormento, a través de la gloria y la
vergüenza? / No sé, y no pregunto si hay culpa en tu corazón, / Sólo
sé que te amo, seas lo que seas.
Me llamaste tu ángel en momentos de felicidad, / Y tu ángel seré
entre los horrores de esta hora… / Para seguir tus pasos, impávido,
en la hoguera, / Y protegerte, salvarte,… ¡o perecer contigo!
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[Link] 72 11/9/08 10:41:46
modernos. Su Fair Ines (La bella Inés) tuvo siempre para
mí un inexpresable encanto:
O saw ye not fair Ines?
She’s gone into the West,
To dazzle when the sun is down,
And rob the world of rest:
She took our daylight with her,
The smiles that we love best,
With morning blushes on her cheek,
And pearls upon her breast.
O turn again, fair Ines,
Before the fall of night,
For fear the moon should shine alone,
And starts unrivall’d bright;
And blessed will the lover be
That walks beneath their light,
And breathes the love against thy cheek
I dare not even write!
Would I had been, fair Ines,
That gallant cavalier,
Who rode so gaily by thy side,
And whisper’d thee so near!
Were there no bonny dames at home,
Or no true lovers here,
That he should cross the seas to win
The dearest of the dear?
73
[Link] 73 11/9/08 10:41:46
I saw thee, lovely Ines,
Descend along the shore,
With bands of noble gentlemen,
And banner wav’d before;
And gentle youth and maidens gay,
And snowy plumes they wore;
It would have been a beauteous dream
—If it had been no more!
Alas, alas, fair Ines,
She went away with song,
With Music waiting on her steps,
And shoutings of the throng;
But some were sad and felt no mirth,
But only Music’s wrong.
In sounds that sang Farewell, Farewell,
To her you’ve loved so long.
Farewell, farewell, fair Ines,
That vessel never bore
So fair a lady on its deck,
Nor danced so light before—
Alas, for pleasure on the sea,
And sorrow on the shore!
The smile that blest one lover’s heart
Has broken many more!21
21 ¡Oh! ¿No veis a la hermosa Inés? / Se ha marchado hacia el Oeste, / Para
deslumbrar cuando se pone el sol / Y privar al mundo de su reposo; /
Se llevó con ella la luz del día, / Las sonrisas que más amábamos, /
Con los rubores matinales en sus mejillas / Y perlas en su seno.
74
[Link] 74 11/9/08 10:41:46
The Haunted House (La casa encantada), del mismo
autor, es uno de los más auténticos poemas jamás escritos;
uno de los más auténticos, intachables y más cabalmente
artísticos, tanto en el tema como en la ejecución. Es,
además, de una rara fuerza ideal e imaginativa. Lamento
que su extensión lo haga inadecuado a los fines de esta
conferencia. Se me permitirá que, en su lugar, lea el tan
universalmente apreciado Bridge of Sighs (El puente de los
suspiros):
One more Unfortunate,
Weary of breath,
Rashly importunate,
Gone to her death!
Take her up tenderly,
Lift her with care;—
Fashion’d so slenderly,
Young, and so fair!
¡Oh, vuelve, hermosa Inés, / Antes que caiga la noche, / No sea que
la luna brille a solas, / Y las estrellas luzcan sin rival. / Feliz será el
amante / Que pasee bajo su luz, / Y contra tu mejilla murmure un
amor / Que ni a escribir me atrevo!
¡Que no haya sido yo, hermosa / Inés, / Ese noble caballero, /
Que tan alegre cabalga a tu lado, / Y tan cerca de ti susurra! / ¿No
había hermosas en su país, / Ni amantes fieles aquí, / Que debió
cruzar los mares para ganar / A la más amada de las amadas? /
Te vi, hermosa Inés, / Bajar hacia la playa, / Rodeada de
caballeros / Y precedida de estandartes; / Y nobles jóvenes y
alegres doncellas / Adornados con níveas plumas; / ¡Hubiera
sido un espléndido sueño... / Si sólo hubiera sido un sueño!
75
[Link] 75 11/9/08 10:41:47
Look at her garments
Clinging like cerements;
Whilst the wave constantly
Drips from her clothing;
Take her up instantly,
Loving, not loathing.—
Touch her not scornfully;
Think of her mournfully,
Gently and humanly;
Not of the stains of her,
All that remains of her
Now, is pure womanly.
Make no deep scrutiny
Into her mutiny
Rash and undutiful;
Past all dishonour,
Death has left on her
Only the beautiful.
Still, for all slips of hers,
¡Ay, ay, hermosa Inés, / Partió entre canciones, / La música le seguía
los pasos / Y todos los aclamaban; / Mas había quienes estaban
tristes y no sentían la alegría / Sino sólo el error de esa música, /
En los acentos que cantaban: “Adiós, adiós / A la que tanto habéis
amado.”
Adiós, adiós, hermosa Inés, / Aquel navío jamás llevó / Tan bella
dama sobre su puente, / Ni nunca bailó tan livianamente... / ¡Ay, al
placer en el mar, / Y la tristeza en la playa! / ¡La sonrisa que colma
un corazón de amante, / Cuántos otros ha destrozado!
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[Link] 76 11/9/08 10:41:47
One of Eve’s family—
Wipe those poor lips of hers
Oozing so clammily.
Loop up her tresses
Escaped from the comb,
Her fair auburn tresses;
Whilst wonderment guesses
Where was her home?
Who was her father?
Who was her mother?
Had she a sister?
Had she a brother?
Or was there a dearer one
Still, and a nearer one
Yet, than all other?
Alas! For the rarity
Of Christian charity
Under the sun!
Oh! It was pitiful!
Near a whole city full,
Home she had none.
Sisterly, brotherly,
Fatherly, motherly,
Feelings had changed:
Love, by harsh evidence,
Thrown from its eminence;
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[Link] 77 11/9/08 10:41:47
Even God’s providence.
Seeming estranged.
Where the lamps quiver
So far in the river,
With many a light
From window and casement
From garret to basement,
She stood, with amazement,
Houseless by night
The bleak wind of March
Made her tremble and shiver;
But not the dark arch,
Or the black flowing river:
Mad from life’s history,
Glad of death’s mystery,
Swift to be hurl’d—
Anywhere, anywhere
Out of the world!
In she plunged boldly,
No matter how coldly
The rough river ran,—
Over the brink of it,
Picture it,—think of it,
Dissolute Man!
Lave in it, drink of it
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[Link] 78 11/9/08 10:41:48
Then, if you can!
Take her up tenderly,
Lift her with care;
Fashion’d so slenderly,
Young, and so fair!
Ere her limbs frigidly
Stiffen too rigidly,
Decently,—kindly,—
Smooth and compose them
And her eyes, close them,
Staring so blindly!
Dreadfully staring
Through muddy impurity,
As when with the daring
Last look of despairing
Fixed on futurity.
Perishing gloomily,
Spurred by contumely,
Cold inhumanity,
Burning insanity,
Into her rest,—
Cross her hands humbly,
As if praying dumbly,
over her breast!
Owning her weakness,
Her evil behaviour,
79
[Link] 79 11/9/08 10:41:48
And leaving, with meekness
Her sins to her Saviour!22
El vigor de este poema es tan notable como su dra-
matismo. Aunque la versificación lleva la fantasía hasta el
borde mismo de lo fantástico, se adapta, no obstante, admi-
rablemente a la exaltada locura que constituye el fondo del
poema.
Entre las obras menores de Lord Byron, he aquí una que
no ha recibido de los críticos el elogio que indudablemente
merece:
Though the day of my destiny’s over
And the Star of my fate hath declined,
Thy soft heart refused to discover
The faults which so many could find;
Though thy soul with my grief was acquainted,
It shrunk not to share it with me,
And the love which my spirit hath painted
22 ¡Otra infortunada más, / Cansada de respirar, / Temerariamente, antes
de tiempo / Entregada a la muerte!
Tomadla tiernamente, / Alzadla con cuidado;... / ¡Era tan menuda, /
Tan joven y hermosa!
Mirad sus vestidos, / Pegados como una mortaja; / Y el agua que sigue
/ Goteando de ellos; / Tomadla en seguida, / Con amor, no con odio… /
No la toquéis con escarnio; / Pensad en ella tristemente, / Gentil,
humanamente; / No reparéis en su máculas; / Todo lo que de ella
queda / Ahora, es la feminidad pura.
No escrutéis hasta lo hondo / Su rebelión / Temeraria y culpable; /
Más allá de todo deshonor, / La muerte ha dejado en ella / Tan sólo
la hermosura.
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It never hath found but in thee.
Then when nature around me is smiling,
The last smile which answers to mine,
I do not believe it beguiling,
Because it reminds me of thine;
And when winds are at war with the ocean,
As the breasts I believed in with me,
If their billows excite an emotion,
It is that they bear me from thee.
A pesar de sus errores, / De la progenie de Eva... / Limpiadle los
pobres labios / Que rezuman viscosos.
Recoged sus trenzas, / Libres ya del peine, / Sus hermosas trenzas
de color castaño; / Mientras con asombro se piensa: / ¿Dónde estaba
su hogar?
¿Quién era su padre? / ¿Quién era su madre? / ¿Tenía una hermana? /
¿Tenía un hermano? / ¿O hubo alguien aún más querido, / Alguien
aún más próximo / Que todos los otros?
¡Ay! ¡Cómo es de rara / La caridad cristiana / Bajo el sol! / ¡Oh,
cuán lamentable! / ¡Una ciudad tan enorme, / Donde no tenía ningún
hogar!
Para la hermana, el hermano, / el padre y la madre, / Los sentimientos
habían cambiado; / El amor, ante la dura prueba, / Fue arrancado de
su eminencia; / Hasta la providencia de Dios / ¡Parecía inaccesible!
Donde la lámpara tiembla / Tan lejos en el río, / Con tantas luces /
En todas las ventanas, / En lo alto, en lo bajo, / Ella estaba allí,
azorada, / Sin refugio por la noche.
El helado viento de marzo / La hacía temblar y estremecerse; / Mas
no el arco tenebroso / O el negro río fluyente; / Huyendo, loca, de
la historia de su vida, / Alegre del misterio de la muerte, / Pronta
a ser arrebatada / A cualquier parte, a cualquier parte / ¡Fuera del
mundo!
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Though the rock of my last hope is shivered,
And its fragments are sunk in the wave,
Though I feel that my soul is delivered
To pain—it shall not be its slave.
There is many a pang to pursue me:
They may crush, but shall not of contemn—
They may torture, but shall not subdue me–
‘Tis of thee that I think– not of them.
Though human, thou didst not deceive me,
Though woman, thou didst not forsake,
Though loved, thou forborest to grieve me,
Though slandered, thou never couldst shake,—
Though trusted, thou didst not disclaim me,
Though parted, it was not to fly,
Though watchful, I’ was not to defame me,
Nor mute, that the world might belie.
Yet I blame not the world, nor despise it,
Nor the war of the many with one—
If my soul was not fitted to prize it,
Arrojóse osadamente, / Por más helado / Que el río corriera… /
Desde el parapeto; / Imagínalo,… piénsalo, / Hombre disoluto / ¡Y
luego lávate en esas aguas, bébelas / Si eres capaz!
Tomadla tiernamente, / Alzadla con cuidado; / ¡Era tan menuda,
/ Tan joven y hermosa! / Antes que sus helados miembros / Se
pongan rígidos, / Con pudor,... y con bondad,... / Dadles una actitud
tranquila, / Y cerrad esos ojos / ¡Que tan ciegamente miran!
Terrible mirada fija / A través de la impureza del légamo, / Como
una osada / Mirada final de desesperación / Fija en el futuro.
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‘T was folly not sooner to shun:
And if dearly that error hath cost me
And more than I once could foresee,
I have found that whatever it cost me,
It could not deprive me of thee.
From the wreck of the past, which hath perished,
Thus much I at least may recall,
It hath taught me that which I most cherished
Deserved to be dearest of all:
In the desert a fountain is springing,
In the wide waste there still is a tree,
And a bird in the solitude singing,
Which spearks to my spirit of thee.23
Si bien el ritmo aquí empleado es de los más difíciles, sería
difícil superar la versificación del poema. Jamás tema más
noble ocupó la pluma de un poeta: la idea, exaltante para el
alma, de que ningún hombre puede creerse con derecho a
quejarse del Destino si en la adversidad conserva el inque-
brantable amor de una mujer.
Muerta en la lobreguez, / Acuciada por la contumaz, / Fría
inhumanidad, / La ardiente insania, / Hasta en su descanso,… /
Cruzad humildemente sus manos, / Como en una muda plegaria /
Sobre su pecho / Confesando su debilidad, / Las faltas cometidas, /
Y confiándose con sus pecados / ¡Humildemente, a su Redentor!
23 Aunque el día de mi destino ha pasado, / Y declinó la estrella de mi
lado, / Tu tierno corazón se negó a descubrir / Las faltas que tantos
otros hallaban; / Aunque tu alma conocía mi pena, / No vaciló en
compartirla conmigo, / Y el amor que mi espiritu había pintado, /
Nunca lo encontró salvo en ti.
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De Alfred Tennyson –a quien, con toda sinceridad, conside-
ro el más noble poeta que haya jamás vivido– sólo habré de
citar un ejemplo muy breve. Lo llamo y lo pienso el más no-
ble de los poetas, no porque las impresiones que produzca
sean, en todo momento, las más profundas, y no porque la
excitación poética que logra sea, en todo momento, la más
intensa, sino porque esa excitación es, en todo momento la
más etérea –en otras palabras, la más exaltante y la más
Así, cuando la naturaleza a mi alrededor sonríe / Una última sonrisa
que responde a la mía, / No creo que me esté engañando, / Porque
me recuerda la tuya; / Y cuando los vientos luchan con el océano /
Como los corazones en quienes creí luchan conmigo, / Si sus olas
alcanzan a conmoverme / Es porque me alejan de ti.
Aunque la roca de mi última esperanza se ha quebrado, / Y sus
fragmentos se hunden en las aguas, / Aunque siento que mi alma es
entregada / Al dolor… no será su esclava. / Muchos sufrimientos han
de perseguirme: / Podrán aplastarme, pero no me despreciarán... /
Podrán torturarme, pero no me subyugarán… / Porque yo pienso en
ti, y no en ellos,
Aunque humana, no me decepcionaste, / Aunque mujer, no me
abandonaste, / Aunque amada, no me infligiste daño, / Aunque
calumniada, nunca flaqueaste,… / Aunque confié en ti, no renegaste
de mí, / Aunque distante, no huiste, / Aunque vigilante, no era para
difamarme, / Ni callaste para que el mundo pudiera acusar.
Empero, no condeno al mundo, no lo desprecio, / Ni desprecio la
guerra de los muchos contra uno… / Si mi alma no estaba hecha
para valorarla, / Locura fue no renunciar antes. / Y si el error me ha
costado caro, / Mucho más de lo que alguna vez pude prever, / Sé que
por más caro que me haya costado, / No ha podido privarme de ti.
Del naufragio del perdido pasado, / Puedo al menos acordarme de
esto, / Me ha enseñado que lo que más quería / Merecía ser lo más
querido: / Una fuente mana en el desierto, / En la vasta desolación
hay todavía un árbol, / Y en la soledad canta un pájaro / Que habla a
mi espíritu de ti.
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[Link] 84 11/9/08 10:41:49
pura–. Ningún poeta pertenece tan poco a la tierra, es tan
poco terrenal. Lo que voy a leer procede de su último poe-
ma extenso, The princess (La princesa):
Tears, idle tears, I know not what they mean,
Tears from the depth of some divine despair
Rise in the heart and gather to the eyes,
In looking on the happy Autumn-fields,
And thinking of the days that are no more.
Fresh as the first beam glittering on a sail,
That brings our friends up from the underworld,
Sad as the last which reddens over one
That sinks with all we love below the verge:
So sad, so fresh, the days that are no more.
Ah, sad and strange as in dark summer dawns
The earliest pipe of half-awaken’d birds
To dying ears, when unto dying eyes
The casement slowly, grows a glimmering square;
So sad, so strange, the days that are no more.
Dear as remember’d kisses after death,
And sweet as those by hopeless fancy feign’d
On lips that are for others; deep as love,
Deep as first love, and wild with all regret;
O death in Life, the days that are no more.24
24 Lágrimas, vanas lágrimas, cuyo sentido ignoro, / Lágrimas desde
lo hondo de alguna divina desesperanza / Nacen en el corazón y se
agolpan en los ojos, / Cuando se contemplan los apacibles campos
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[Link] 85 11/9/08 10:41:49
Aunque de manera muy breve e imperfecta, he
tratado así de comunicaros mi concepción del Principio Poé-
tico. Era mi propósito sugerir que mientras este principio es
en sí, estricta y simplemente, la aspiración humana hacia
la Belleza celestial, la manifestación del mismo es siempre
una excitación exaltadora del alma, por completo indepen-
diente de esa Pasión que es la embriaguez del corazón, o
de esa Verdad que es la satisfacción de la razón. Pues, por
lo que respecta a la Pasión, su tendencia, ¡ay!, es la de de-
gradar antes que elevar el alma. El amor, en cambio, Amor,
el verdadero, el divino Eros, la Venus Urania, distinta de la
Venus Dionea, es incuestionablemente el tema poético más
puro y más auténtico. Y, en cuanto a la Verdad, si es cierto
que al alcanzarla llegamos a percibir una armonía donde
antes no distinguíamos ninguna, y de inmediato experimen-
tamos el auténtico efecto poético, dicho efecto, empero, se
refiere solamente a la armonía, y para nada a la verdad, que
tan sólo ha servido para hacer manifiesta esa armonía.
otoñales / Y se piensa en los días idos para siempre.
Frescos como el primer rayo que ilumina un velamen, / Que hace
surgir a nuestros amigos del averno, / Tristes como el último rayo
que empurpura el navío / Hundiéndose con todo lo que amamos; /
Así de tristes, así de frescos, los días idos para siempre.
Ah, tristes y extraños como en las sombrías albas estivales / El primer
gorjeo de los pájaros soñolientos / Para los oídos del moribundo,
cuando sus ojos agonizantes / Ven iluminarse lentamente la ventana;
/ Tan tristes, tan extraños, los días idos para siempre.
Caros como los evocados besos de alguien ya muerto, / Y dulces
como aquellos que la fantasía sin esperanzas imagina / En labios
que son de otros; profundos como el amor, / Profundos como el
primer amor, y exaltados de nostalgia; / Oh muerte en vida, días idos
para siempre.
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[Link] 86 11/9/08 10:41:50
Alcanzaremos de inmediato una concepción más
precisa de lo que es la verdadera Poesía, refiriéndonos a
algunos de los simples elementos que producen en el poeta
mismo el auténtico efecto poético. El poeta reconoce la
ambrosía que nutre su alma en los brillantes astros que lucen
en el cielo, en las volutas de las flores, en la densidad de los
sotos, en el ondular de los trigales, en los altos e inclinados
árboles orientales, en las distantes montañas azuladas,
en los concilios de nubes, en el destello de los arroyos a
medias escondidos, en el resplandor de ríos argentados, en
el reposo de lagos escondidos, en la profundidad de fuentes
solitarias donde se reflejan las estrellas. La percibe en el
canto de los pájaros, en el arpa eólica, en el suspirar de la
brisa nocturna, en la voz quejumbrosa de la floresta, en la ola
que cuenta sus quejas a la playa, en el aliento fresco de los
bosques, en el olor de la violeta, en el voluptuoso perfume
del jacinto, en la sugestiva fragancia que al atardecer le
llega desde remotas islas desconocidas, por sobre sombríos
océanos, inexplorados y sin límites. La reconoce en todos
los pensamientos nobles, en los motivos desinteresados,
en los impulsos sagrados, en todos los actos caballerescos,
generosos y abnegados. La siente en la belleza de la mujer,
en la gracia de su andar, en el brillo de sus ojos, en la melodía
de su voz, en su suave reír, en sus suspiros, en el armonioso
susurro de sus ropas. La siente más hondamente en su
encantadora ternura, en sus ardientes entusiasmos, en sus
dulces caridades, en su humilde y piadosa paciencia. Pero,
sobre todo, ¡ah, sobre todo!, se postra ante esa revelación,
la adora en la fe, en la pureza, en la fuerza, en la divina
majestad de su amor.
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[Link] 87 11/9/08 10:41:50
Permítaseme terminar con la recitación de otro poema
breve, de muy distinto carácter de los que cité anteriormente.
Su autor es Motherwel, y se titula The Song of the Cavalier.
Con nuestras ideas modernas– y perfectamente racionales–
sobre lo absurdo e impío de toda guerra, carecemos ya del
estado de ánimo más apropiado para simpatizar con los
sentimientos que expresa el poema, y apreciar, por tanto, su
excelencia. Para lograrlo, debemos permitir que la fantasía
nos identifique con el alma del viejo caballero.
Then mounte! Then mounte, brave gallants, all
And don your helmes amaine:
Deathe’s couriers, Fame and Honour, call
Us to the field againe.
No shrewish tear’s shall fill our eye
When the sword-hilt’s in our hand,—
Heart-whole we’ll part, and no with sighe
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For the fairest of the land;
Let piping swaine, and craven wight
Our business is like men to fight.
And hero-like to die!25
Traducción y notas de Julio Cortázar
25 ¡A caballo, a caballo, los bravos, / Calad con vigor vuestros yelmos! /
Los correos de la muerte, Fama y Honor, / ¡Nos llaman otra vez a
la liza!
No habrá en nuestros ojos lágrimas de despecho / Cuando las manos
empuñen las espadas,… / Libre el corazón, partiremos sin un suspiro /
Por las bellas de esta tierra; / Que el pastor en su caramillo, y el
cobarde / Lloren y se lamenten; / ¡Nuestro oficio es de luchar como
hombres, / Y morir como héroes!
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[Link] 89 11/9/08 10:41:50
[Link] 90 11/9/08 10:41:50
Longfellow
“Il y a à parier –dice Chamfort–, que toute idée pu-
blique, toute convention reçue, est une sottise, car elle a
convenue au plus grand nombre.” Lo cual quiere decir que
toda idea pública puede considerarse con toda seguridad
errónea, puesto que está sometida al clamor de la mayoría.
Esta afirmación, estrictamente filosófica aunque de un tono
un tanto francés, se aplica sobre todo a lo que se da en lla-
mar máximas y proverbios populares, nueve décimos de los
cuales son la quintaesencia de la tontería. Uno de los más
deplorablemente falsos es el antiguo adagio, De gustibus
non est disputandum, sobre gustos no se discute. La idea
contenida en esta frase es que cualquiera tiene tanto dere-
cho como otro a considerar que su propio gusto es el verda-
dero; que el gusto, en suma, es algo arbitrario, irreductible
a una ley, imposible de medir mediante reglas fijas.
Preciso es confesar que la vaguedad y la ineficacia
de los pocos tratados existentes al respecto tienen en gran
parte la culpa de este error generalizado. Uno de los más
importantes servicios que la humanidad deberá en el futuro
a la frenología ha de ser quizá el análisis de los verdaderos
principios del gusto y la formulación de las leyes resultan-
tes. Estos principios pueden ser trazados y sistematizadas
sus leyes con la misma claridad y facilidad que en otros
órdenes.
Entretanto, el estúpido adagio antes mencionado
continúa siendo citado, no menos estúpida que pertinaz-
mente, por los admiradores de lo que se da en llamar “el
bueno y viejo Pope”, o “la buena y vieja escuela poética
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de Goldsmith”, por contraste con las composiciones mucho
más audaces, más naturales y más ideales de autores tales
como Coëtlogon y Lamartine, en Francia26; Herder, Körner
y Uhland, en Alemania; Brun y Baggesen, en Dinamarca;
Bellman, Tegnér y Nyberg, en Suecia27; Keats, Shelley, Co-
leridge y Tennyson, en Inglaterra; Lowell y Longfellow,
en Norteamérica. Degustibus non, dicen estos defensores
de las “buenas y viejas escuelas”, y no dudamos de que su
traducción mental del adagio es: “Deploramos vuestro gus-
to… Deploramos todos los gustos, salvo el nuestro”.
Nuestro propósito es el de refutar la idea vulgar
de que los poetas que acabamos de mencionar deben a la
novedad, a ciertos efectos o triquiñuelas de expresión, y a
otros recursos de mal gusto, la estima que les guardan ciertos
lectores; queremos demostrar (pues puede ser demostrado)
que esa poesía, y solamente ésa, ha cumplido plenamente
el legítimo mandato de la musa, y que ha colmado en su
totalidad el ansioso e insaciable deseo que existe en el
corazón del hombre.
El presente volumen de Baladas y Relatos incluye,
junto con varias obras breves originales, una composición
de Tegnér traducida del sueco. Al abordar, como no debería
hacerse nunca, una versión tan literal de las palabras como
el metro de este poema, el profesor Longfellow no ha hecho
justicia ni al autor ni a sí mismo. Se ha esforzado por lograr
lo que jamás hombre alguno hizo bien, y que a causa de
26 Aludimos especialmente al David de Coëtlogon, y solamente a La
Chute d’un Ange, de Lamartine.
27 C. Julia Nyberg, autor de Dikter von Euphrosyne.
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[Link] 92 11/9/08 10:41:51
la naturaleza misma del lenguaje no podrá jamás lograrse.
A menos que, por ejemplo, operemos una instilación de
espondeos en la lengua inglesa, será imposible construir un
exámetro inglés. Raros son nuestros espondeos o, mejor,
nuestras palabras espondaicas. En sueco abundan casi
tanto como en latín y griego. Nosotros tenemos solamente
compound, context, footfall y unas pocas más. He ahí la
dificultad; y que ella existe, saltará a la vista al leer Los niños
comulgantes, cuyos únicos versos legibles son aquellos
donde encontramos nuestras rarísimas palabras espondaicas
bisílabas. Legibles, queremos decir, en cuanto a exámetros.
Pues aparte de eso se leen muy bien como meros versos
dactílicos ingleses con ciertas irregularidades.
Por mucho que admiremos el talento de Mr.
Longfellow, vemos con toda claridad sus múltiples errores
nacidos de la afectación y la imitación. Su habilidad
artística es grande, y alto su idealismo. Pero su concepción
de las finalidades de la poesía es por completo errónea,
como lo probaremos alguna vez, por lo menos a nuestra
satisfacción. Su didáctica está por completo fuera de lugar.
Ha escrito brillantes poemas… por accidente; vale decir,
toda vez que permitió que su genio sobrepasara sus hábitos
convencionales de pensar, hábitos derivados de sus estudios
germánicos. No pretendemos sostener que un sentido
moral y didáctico no pueda ser empleado como corriente
subterránea de una tesis poética; pero sí que no es posible
colocarlo tan importunamente a la vista, como en la mayoría
de sus composiciones…
Hemos dicho que la concepción de Mr. Longfellow
acerca de las finalidades de la poesía es errónea, y que
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así, al obrar con desventaja, daña gravemente su altísimo
talento. Cabe preguntar ahora: ¿cuáles son sus ideas sobre
las finalidades de la musa, según se deducen de la tendencia
general de sus poemas? Inmediatamente se advertirá que,
imbuido del espíritu propio de la lírica alemana (y de la
manera más convencional), considera esencial inculcar
alguna consecuencia moral. Repetimos que esto se refiere
tan sólo a la tendencia general de sus composiciones, pues
hay en su obra algunas magníficas excepciones, toda vez
que, accidentalmente, ha permitido que su genio superara
sus prejuicios convencionales. El didactismo, empero, es el
tono dominante de su poesía. Su invención, sus imágenes,
todos sus recursos están sometidos a la elucidación de algún
punto o puntos (pero por lo general uno solo) que el poeta
considera una verdad. El hecho de que este procedimiento
encuentre defensores obstinados no deben sorprender, por
cuanto el mundo está lleno hasta rebosar de gazmoñería y
conventículos. Hay hombres que se arrastrarían a cuatro
patas en las más inmundanas charcas del vicio, con tal de
recoger una sola manzana de virtud. Hay seres llamados
hombres que, mientras el sol siga girando, acogerán con
gangosos hurras toda figura que tenga la apariencia de la
verdad, aunque esa figura, un simple maniquí, se halle tan
fuera de lugar como una toga en la estatua de Washington, o
tan fuera de estación como los conejos en la canícula…
Afirmamos esto sin temor de ser contradichos.
Empero, el espíritu de nuestra afirmación debe ser tenido en
cuenta más que su letra. La humanidad parece haber definido
la poesía de mil maneras antagónicas. Pero la guerra está
solamente en las palabras. La inducción puede aplicarse
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tan bien a este tema como al más palpable y utilitario; y
gracias a su sobria operación descubrimos que en todas
las composiciones realmente aclamadas como poemas, tan
sólo las partes imaginativas, o, para decirlo en forma más
popular, las partes creativas, son las que han asegurado
esa recepción a la obra. Empero, una vez que dichas obras
fueron consideradas y llamadas poemas gracias a esas partes,
ocurrió, natural e inevitablemente, que otras porciones
totalmente apoéticas no sólo llegaron a ser consideradas por
el consenso popular como poéticas, sino utilizadas como
falsos cánones de perfección en la jerarquía de las restantes
calidades poéticas. Todo lo hallado en cualquier poema, una
vez consagrado como tal, fue considerado ciegamente como
ex estatu poético. Y enfrentamos aquí un grosero error que
difícilmente hubiera podido abrirse camino en una materia
menos intangible. De hecho, en todas las indagaciones
sobre el carácter de la poesía se ha considerado decoroso y
hasta sagaz consentir esas licencias que son privativas de la
musa en sí…
La poesía es una respuesta –insatisfactoria, en
verdad, pero siempre respuesta– a una demanda natural
e incontenible. Siendo el hombre quien es, jamás existió
un tiempo desprovisto de poesía. Su primer elemento
es la sed de una BELLEZA suprema, una belleza que
ninguna combinación existente de formas terrenales puede
proporcionar al alma, una belleza que quizá ninguna
combinación posible de esas formas alcanzaría a producir
plenamente. Su segundo elemento es la tentativa de
satisfacer esa sed mediante nuevas combinaciones de las
formas de belleza ya existentes, o por nuevas combinaciones
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[Link] 95 11/9/08 10:41:52
de aquellas que nuestros predecesores, esforzándose por
cazar el mismo fantasma, han realizado ya. Deducimos así
claramente que la novedad, la originalidad, la invención, la
imaginación, o, el suma, la creación de BELLEZA (pues
los términos, según se los emplea aquí, son sinónimos),
constituyen la esencia de toda poesía.
Ahora bien, esta noción no está tan alejada del
concepto ordinario como podría parecer a primera vista.
Una vez despojados de toda especulación extrínseca, se
verá que una cantidad de antiguos dogmas sobre este tema
se resuelven fácilmente en la definición que acabamos de
proponer. Lo único que hacemos es presentar tangiblemente
las vagas nubes de la idea universal. Reconocemos esta idea,
flotante, incierta, indefinida, en todas las tentativas que se
ha hecho por circunscribir con palabras la concepción de la
“Poesía”. Un notable ejemplo lo da el hecho de que no hay
definición que no señale “lo bello”, o alguna de las otras
cualidades que hemos considerado sinónimas de «creación»,
como el atributo principal de la Musa. En la gran mayoría
de los casos se insiste especialmente en la “invención” o en
la “imaginación”. La palabra misma, poihsid (creación),
es harto elocuente en este sentido. Ni tampoco estará fuera
de lugar citar aquí la definición del conde Bielfeld de la
poesía: “L’art d’exprimer les pensées par la fiction.” Esta
definición (cuya filosofía tiene una relativa profundidad),
coincide total y notablemente con los términos alemanes
Dichtkunst, el arte de la ficción y Dichten, fingir, inventar,
que se emplean para designar la “poesía” y el “hacer
versos”. No obstante, creemos que la novedad y la fuerza
de nuestras afirmaciones se basa en la combinación de esas
ideas universalmente predominantes.
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[Link] 96 11/9/08 10:41:52
Los elementos de esa belleza, que se aprehende en el
sonido, pueden ser la herencia mutua o común de la Tierra
y el Cielo. Contentándonos con la firme convicción de que
la música –en sus modificaciones, ritmo y rima– es tan
fundamental para la poesía que jamás será descuidada por
un verdadero poeta, y una fuerza tan poderosa para alcanzar
la alta finalidad propuesta, que sólo un insensato rechazaría
su ayuda; contentándonos con ello, decíamos, no nos
detendremos a sostener su absoluta esencialidad por el mero
deseo de redondear una definición. Nos preocupa muy poco
que nuestra definición de la poesía excluya necesariamente
mucho de lo que, gracias a un negligente tolerancia, se ha
considerado hasta ahora como poético. Nos dirigimos a
los que piensan, y sólo nos interesa su aprobación –y la
nuestra–. Si estas sugestiones son verdaderas, “después de
muchos días” serán entendidas como tales, aunque se vea
que estaban en contradicción con todo lo que hasta ahora se
tuvo por verdadero. Y sin son falsas, ¿no seremos acaso los
primeros en exigir su olvido?
Por todo ello, no consideramos poesía una obra
tan odiosa como Armstrong on Health, el Ensayo sobre
el hombre, de Pope, que debería contentarse con el título
de Ensayo de rimas, el Hudibrás, y otras composiciones
meramente humorísticas. No negamos los méritos
peculiares de todas estas obras, pero sí la jerarquía que
se les ha dado. En una reseña de los poemas de Brainard
aprovechamos ya para mostrar que el uso común de cierto
instrumento (el ritmo) había contribuido más que ninguna
otra cosa a confundir el verso humorístico con la poesía.
Esta observación puede corroborar ahora lo que decíamos
sobre el profundo efecto y la fuerza de la melodía en sí,
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efecto que puede inducir a una momentánea confusión y
dar la apariencia de altos poemas a composiciones tales
como la mayoría de las sátiras o poemas burlescos.
Queda sentada así la base de nuestras objeciones
a los temas generales del profesor Longfellow. Junto con
todos aquellos que reivindican el sagrado título de poetas,
debería limitar sus esfuerzos a la creación de nuevas formas
de aprehensión de la belleza, en la forma, el color, el sonido
y el sentimiento, pues la poesía verbal domina sobre toda
esta amplia esfera. El resto puede ser confiado con toda
tranquilidad y seguridad a lo que el mundo llama prosa.
El artista que dude de esta tesis puede resolver su duda
preguntándose simplemente: “Este tema, ¿no quedaría tan
bien o mejor si lo tratara en prosa?”. Si así fuera, dicho
tema no es poético. Nos contentamos con el sentido general
del término Belleza, limitándonos tan sólo a sugerir que
el mismo, tal como lo entendemos, abarca también lo
sublime.
De las composiciones que constituyen el presente
volumen, sólo una o dos responden plenamente a las ideas
que acabamos de proponer –aunque el volumen en conjunto
no esté tan cargado de didactismo como la obra precedente
de Mr. Longfellow–. Mencionaremos como poemas
aproximadamente verdaderos, The Village Blacksmith (El
herrero del lugar), The Wreck of the Hesperus (El naufragio
del Hesperus) y, especialmente, The Skeleton in Armour (El
esqueleto en la armadura). En el primero encontramos una
tesis auténtica, la de la belleza de la candidez, y dicha tesis
es admirablemente presentada hasta la estrofa final, donde
la poesía se ve ofendida por la antitética deducción de una
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moraleja. En El naufragio del Hesperus encontramos la
belleza de la confianza infantil y la inocencia, junto con
la del rudo coraje y el afecto paterno. Pero, salvo ligeras
excepciones, los detalles de la tempestad consignados no son
temas poéticos. Su espeluznante horror pertenece a la prosa,
donde pueden ser expuestos de manera mucho más efectiva,
como puede comprobarlo el profesor Longfellow si hace la
experiencia. Hay ciertos elementos de una tempestad que
ofrecen tema poético de lo más alto y verdadero, elementos
donde reside la pura belleza o, mejor aún, donde la belleza
llega a lo sublime por el terror. Pero cuando, entre otras
cosas similares, leemos que
The salt sea was frozen on her breast,
The salt tears in her eyes,28
sentimos, si no franca repugnancia, por lo menos una
desapacible sensación de algo inapropiado.
En El esqueleto en la armadura hay una tesis tan
pura como perfecta, artísticamente tratada. Se encuentran
allí la belleza del valor audaz y la confianza en sí mismo, del
amor y la devoción virginales, de la desenfrenada aventura
y, finalmente, del dolor que desprecia la vida. Combinados
con todo esto, encontramos numerosos elementos de
belleza aparentemente aislados, pero que ayudan al efecto
o impresión principal. Siente uno su corazón movido, y la
inteligencia no lamenta que la dejen mal instruida. El metro
28 El salado mar se helaba sobre su seno, / Las saladas lágrimas en sus
ojos,
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es simple, sonoro, bien equilibrado y se adapta perfectamente
al tema. En conjunto, hay pocos poemas más auténticos que
éste. Su único defecto, empero, es importante. Las notas en
prosa que preceden la narración son necesarias; pero toda
obra de arte debería contener en sí misma lo necesario para
su propia comprensión. Y esto se aplica especialmente a las
baladas. En los poemas extensos, la inteligencia del lector
no está siempre en condiciones de abarcar de una ojeada las
proporciones y el adecuado ajuste del todo. Se complace en
episodios aislados, y la suma de su placer se compone de la
suma de los sentimientos placenteros inspirados por dichos
pasajes aislados en el curso de la lectura. Pero, en obras de
menor extensión, el placer es único, en la justa acepción
del término; el entendimiento se aplica sin dificultad a la
contemplación del cuadro en su conjunto. Y así, su efecto
dependerá en gran medida de la perfección de su acabado,
la fina adaptación de sus partes integrantes y, sobre todo,
de lo que justamente llama Schlegel la unidad o totalidad
de interés. Ahora bien, la práctica de preceder la obra con
párrafos explicativos está en abierta contradicción con
dicha unidad. El prefacio nos pone en conocimiento del
tema del poema, o bien alude a algún hecho histórico o a
cualquier elemento que no se halla incluido en el cuerpo
de la composición, la cual, sin dicha alusión, resultaría
incomprensible. En este último caso el lector se ve obligado
a remitirse (por lo menos mentalmente) al prefacio, a fin
de hallar la explicación necesaria. Y en el primero de los
casos, como el poema es una mera paráfrasis del prefacio,
el interés queda dividido entre éste y aquél. En ambos casos
la totalidad de efecto se ha destruido.
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De los restantes poemas originales que contiene
el volumen que reseñamos no hay uno solo donde el
designio instructivo, la verdad, no haya sustituido de
manera demasiado obvia la finalidad legítima, que es la
belleza. Ya hemos tenido ocasión de decir una moraleja,
una didáctica, pueden ser felizmente empleados como
corriente subterránea de un tema poético, y nos hemos
ocupado en detalle del asunto en una reseña del Alciphron,
de Moore; pero la intención moral resulta invariablemente
negativa como efecto poético, cuando surge por sobre la
corriente superior de la tesis misma. Quizá el peor ejemplo
de esta intromisión nos la ofrezca nuestro poeta en su Blind
Bartimeus (El ciego Bartimeus) y en The Goblet of Life (La
copa de la vida), donde se observará que el único interés de
la corriente superior de significación depende de su relación
con la corriente subterránea o de su referencia a ella. Lo
que leemos en la superficie sería vox et pretera nibil, si
faltara la moraleja más profunda. El final a la griega de
Blind Bartimeus constituye una afectación inexcusable. La
menuda pedantería de segunda mano, a lo Gibbon, que puso
de moda Byron, es indigna de la imitación de Longfellow.
Apenas creemos necesario referirnos a sus
traduccio-nes. Lamentamos que nuestro poeta persista en
ocuparse de esas tareas. Su tiempo estaría mejor empleado
en la creación original. La mayoría de sus versiones están
viciadas por el error que ya señalamos. Este error es, en
esencia, germánico. Empero, The Luck of Edenhall (La
suerte de Edenhall) es un poema verdaderamente hermoso,
y lo decimos con toda la deferencia que nos merece la
opinión de la Democratic Review. Esta composición nos
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parece una de las más hermosas. Tiene ese movimiento
libre, cordial, natural, de la verdadera balada que cuenta
una leyenda. El lenguaje más vigoroso se combina en él
con la más rica imaginación, que actúa en sus dominios
más legítimos. Todo bien considerado, la preferimos aun
a la Sword-Song, de Körner. El agudo sentido moral que
se desprende de su conclusión es tan natural, fluye tan
perfectamente de los incidentes, que apenas nos permitimos
declararlo de mal gusto. Cabe observar en esta balada, a
manera de conclusión, que su tema es más “físico” de lo
acostumbrado en Alemania. Sus imágenes tienen mayor
belleza física que moral. Y esta tendencia, en la poesía lírica,
es la verdadera. Si no nos engañamos, principalmente entre
las formas de hermosura física (usamos la palabra “formas”
en su sentido más amplio, abarcando modificaciones de
sonido y de color) es donde el alma busca la relación de sus
sueños de BELLEZA. Y el poeta sensato responderá con
mayor frecuencia y mayor hondura en sus demandas en ese
sentido.
The Chidren of the Lord’s Supper es, fuera de duda,
un auténtico y hermosísimo poema en su mayor parte,
mientras en otros detalles resulta demasiado metafísico
para aspirar a ese nombre. Ya hemos objetado brevemente
su metro, el hexámetro latino o griego ordinario, o sea,
dáctilos y espondeos al azar, con un espondeo final.
Sostenemos que el hexámetro no puede ser introducido en
nuestra lengua, por la naturaleza misma de ésta. Para los
oídos ingleses este ritmo requiere una preponderancia de
espondeos naturales. Y nuestra lengua posee muy pocos. En
cambio, no solamente el latín y el griego, así como el sueco,
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abundan en ellos, sino que los oídos griegos y romanos se
habían habituado (por qué y cómo es cosa desconocida) a la
admisión de espondeos, vale decir, de palabras espondaicas
formadas en parte por una palabra y en parte por otra, o por
una parte de determinada palabra. En resumen, los antiguos
se contentaban con leer según escandían, o poco menos.
Puede profetizarse con toda seguridad que jamás haremos
nosotros tal cosa, y, por lo tanto, nunca admitiremos
hexámetros ingleses. Esta tentativa de introducirlos, después
de los repetidos fracasos de sir Philip Sydney y otros,
habla quizá un tanto desfavorablemente de la erudición del
profesor Longfellow. Al decir que éste ha triunfado sobre
las dificultades de dicho ritmo, la Democratic Review se ha
engañado por la facilidad con que algunos de dichos versos
pueden leerse. Pero al observar el poema no encontramos
un solo verso que pueda ser leído a un oído inglés como
un hexámetro griego. Muchos, sí, pueden leerse muy
bien como meros dactílicos ingleses; por ejemplo, los del
conocido poema de Byron, que empieza:
Know ye the | land where the | cypress and | myrtle29
29 ¿Conocéis el país donde el ciprés y el mirto…?
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Estos versos, aunque llenos de irregularidades, están
formados por tres dáctilos y una censura, exactamente como
si truncáramos así el verso inicial de las Bucólicas:
Tityre | tu patu | læ recu | bans —
El myrtle, al final del verso de Byron, es una doble
ritma y debe ser considerado como una sola sílaba.
Ahora bien, gran cantidad de los hexámetros del
profesor Longfellow no son más que estos versos dactílicos
continuados por dos pies. Por ejemplo:
Whispered the | race of the | flowers and | merry on |
balancing | branches30
También en este ejemplo, branches, que tiene un
doble final, debe ser considerado como la cesura, o sea, una
sílaba, pues sólo posee la fuerza de una.
Puesto que hemos aludido una o dos veces a una
reseña de este libro aparecida en la Democratic Review,
aprovecharemos para agregar algunos comentarios sobre
el artículo en cuestión, con cuyo tono general nos alegra
coincidir.
La Review habla de Maidenhood (Doncellez) como
un poema “que sólo puede ser entendido con más tiempo y
esfuerzo del que un poema lírico tiene derecho a reclamar”.
Esta opinión de Mr. Langtree nos sorprende tanto como su
condenación de The Luck of Endenhall.
30 Susurró la estirpe de las flores, y, alegre, sobre mecidas ramas…
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Maidenhood sólo nos parece defectuoso en su tema,
que tiene algo de didáctico. Pero su sentido es la simplicidad
misma. Una doncella, al borde de la plena madurez femenina,
vacila en gozar de la vida (hacia la cual se siente fuertemente
impulsada) a causa de una falsa noción del deber; el poema
la incita a no temer nada, puesto que su corazón es puro,
como en el caso del león de Una.
Lo que Mr. Langtree llama “infortunada peculiari-
dad” de Mr. Longfellow, resultante de su “adhesión a un
falso sistema”, nos ha parecido siempre uno de sus méritos
característicos. “En cada poema –dice el crítico– hay tan
sólo una idea, que se va desarrollando gradualmente con
el poema, hasta alcanzar su pleno desenvolvimiento en los
últimos versos; esta sencillez de pensamiento podría llevar
a un crítico severo a sospechar una esterilidad intelectual.”
Pues bien, a nosotros nos lleva a apreciar plenamente la
fuerza y el conocimiento artístico del poeta. Confesamos
que es la primera vez que oímos objetar como un defecto
la unidad de concepción. Ocurre que Mr. Langtree parece
haber incurrido en el singular error de suponer que el poeta
sólo tiene una idea en cada balada. Empero, ¿cómo puede
“una sola idea” alcanzar a desarrollarse gradualmente sin
otras ideas? Misterio de misterios. Con toda propiedad, Mr.
Longfellow tiene sólo una idea conductora que constituye
la base de su poema; pero para ayudarla y desenvolverla
concurren innumerables otras, cuya excelencia consiste
en que todas son adecuadas; ninguna podría ser omitida,
y cada una tiende al efecto general. No parece necesario
agregar más nada sobre este tema.
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Hablando de Excelsior, Mr. Langtree (si no nos
equivocamos al atribuir a su vigorosa pluma la aludida
reseña) parece obrar bajo un concepto igualmente erróneo.
“Lleva consigo –dice– una falsa consecuencia moral que
disminuye grandemente su mérito a nuestros ojos. El
principal mérito de una pintura, sea hecha con pincel o con
pluma, es su verdad, y este mérito no se encuentra en el
esbozo de Mr. Longfellow. Los hombres de genio pueden
hallar, y probablemente hallan, mayores dificultades en sus
luchas con el mundo que sus semejantes menos dotados;
pero, en cambio, tienen mayor capacidad para superar los
obstáculos, y el resultado de tan laborioso sufrimiento no es
la muerte, sino la inmortalidad.”
Que el mérito principal de un cuadro sea su verdad
nos parece una afirmación deplorablemente errónea. Aun en
la pintura, que, más esencialmente que la poesía, es un arte
mimético, no se puede defender esa aserción. La verdad no
es ni siquiera la finalidad de la obra. Hasta resulta curioso
observar cuán poco de verdad se requiere para contentar el
espíritu, que se muestra satisfecho a pesar de la ausencia
de numerosos elementos esenciales en la cosa pintada.
Con frecuencia una silueta conmueve más agradablemente
el sentimiento que una pintura muy elaborada. Basta
solamente pensar en las composiciones de Flaxman o de
Retzch. Todos los detalles son aquí omitidos; nada puede
estar más lejos de la verdad. Aun prescindiendo del color
se alcanzan los efectos más electrizantes. En las estatuas, la
falta de ojos produce más agrado que disgusto. El cabello
de la Venus de Médicis era dorado. ¡Vaya verdad! Las
uvas de Zeuxis, así como los cortinados de Parrasio, eran
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consideradas como pruebas indiscutibles de la habilidad
de aquellos artistas para reproducir algo verdadero…, pero
jamás fueron incluidos entre sus pinturas. Si la verdad es la
máxima finalidad de la pintura o de la poesía, entonces Jan
Steen era un artista más grande que Miguel Angel y Crabbe
un poeta más noble que Milton.
Pero hemos citado la observación de Mr. Langtree
a fin de negar su validez filosófica; queríamos mostrar
simplemente que ha comprendido mal al poeta. Excelsior
no tiene la menor intención que corresponda a la inter-
pretación que ha hecho de él el crítico. Pinta el profundo
impulso ascendente del alma, impulso que ni siquiera
la muerte puede subyugar. A pesar del peligro, a pesar
del placer, el joven que lleva el estandarte, donde se lee
“¡Excelsior!” (“¡Más arriba!”), lucha contra todas las
dificultades hasta llegar a una vertiginosa altura. Cuando
se le advierte que se contente con la elevación alcanzada,
su grito sigue siendo: “¡Excelsior!”, y aun al caer muerto
en el supremo pináculo su grito es: “¡Excelsior!” Queda
todavía por alcanzar una altura inmortal: el ascenso a la
Eternidad. El poeta sostiene la idea de un avance jamás
interrumpido. Si no ha sido comprendido es por culpa de
Mr. Langtree más que de Mr. Longfellow. Hay un viejo
adagio que habla de lo difícil que resulta dar al mismo
tiempo al lector un tema a comprender y el seso necesario
para que lo comprenda.
Traducción y notas de Julio Cortázar
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Hawthorne
La reputación del autor de Twice-Told Tales (Cuentos
contados otra vez) se ha limitado hasta hace muy poco a los
círculos literarios; quizá no me equivoqué al citarlo como
el ejemplo par excellence, en nuestro país, del hombre de
genio a quien se admira privadamente y a quien el público
en general desconoce. Es verdad que en estos últimos dos
años uno que otro crítico se ha sentido impulsado por una
honrada indignación a expresar su más cálido elogio. Mr.
Webber, por ejemplo, a quien nadie supera en el fino gusto
por ese tipo de literatura que Mr. Hawthorne ilustra en primer
término, publicó en un reciente número de The American
Review un cordial y amplísimo tributo a su talento; desde
la aparición de Mosses from an Old Manse (Musgos de una
vieja morada) no han faltado críticas de tono parecido en
nuestros periódicos más importantes. Pocas reseñas de obras
de Hawthorne puedo recordar antes de Mosses. Citaré una
en Arcturus (dirigido por Matthews y Duyckink) de mayo
de 1841; otra en The American Monthly (cuyos directores
eran Hoffman y Herbert) de marzo de 1838; una tercera, en
el número 96 de la North American Review. Estas críticas,
sin embargo, no parecieron influir gran cosa en el gusto
popular –por lo menos si nuestra idea de dicho gusto debe
fundarse en la forma en que lo expresan los diarios o en
la venta de los libros de nuestro autor–. Hasta hace poco,
nunca se estiló hablar de él al mencionar a nuestros mejores
escritores.
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En ocasiones tales nuestros críticos cotidianos dicen: “¿No
tenemos a Irving, Cooper, Bryant, Paulding y… Smith?”;
o bien: “¿No tenemos a Halleck y Dana, a Longfellow,
a… Thompson?”; o: “¿No podemos señalar triunfalmente
a nuestros Sprague, Willis, Channing, Bancroft, Prescott
y… Jenkins?”; pero estas preguntas, a las que no se
puede contestar, jamás fueron cerradas con el nombre de
Hawthorne.
No cabe duda de que esta falta de apreciación por
parte del público nace principalmente de las dos causas que
he señalado –del hecho de que Mr. Hawthorne no es ni un
hombre rico ni un charlatán–; pero resultan insuficientes
para explicarlo todo. No poca parte debe atribuirse a la muy
especial idiosincrasia del mismo Mr. Hawthorne. En cierto
sentido y en gran medida, destacarse como hombre singular
representa una originalidad, y no hay virtud literaria más
alta que la originalidad. Pero ésta, tan auténtica como
recomendable, no implica una peculiaridad uniforme, sino
continua; una peculiaridad que nazca de un vigor de la
fantasía siempre en acción, y aún mejor si nace de esa fuerza
imaginativa, siempre presente, que da su propio matiz y
su propio carácter a todo lo que toca, y especialmente que
siente el impulso de tocarlo todo.
Suele decirse irreflexivamente que los escritores
muy originales no llegan a ser populares, que son demasiado
originales para alcanzar la comprensión de la masa. Los
términos que se usan son siempre: “demasiado originales”,
“demasiado idiosincrásicos”. Y, sin embargo, la excitable,
indisciplinada y pueril mentalidad popular es la que más
agudamente siente la originalidad.
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En cambio, la crítica de los conservadores, los
trillados, los cultivados viejos clérigos de la North American
Review es, precisamente, la única crítica que condena la
originalidad. “No sienta a un alto escritor –dice Lord Coke–
tener espíritu ígneo y parecido a la salamandra.” Como su
conciencia no les permite conmover ni mover nada, estos
dignatarios tienen un horror sagrado a ser conmovidos y
movidos. Dadnos quietud, encarecen. Abriendo la boca con
las debidas precauciones, suspiran la palabra: “Reposo”.
Y, por cierto, es lo único que debería permitírseles gozar,
aunque más no fuera siguiendo el principio cristiano de
toma y daca.
La verdad es que si Mr. Hawthorne fuese realmente
original, no dejaría de llegar a la sensibilidad del público.
Pero ocurre que no es en modo alguno original. Los que
así lo califican quieren decir solamente que difiere en tono
y manera, y en la elección de temas, de cualquiera de sus
autores conocidos –siendo evidente que este conocimiento
no se extienda hasta el alemán Tieck, algunas de cuyas obras
tienen un tono absolutamente idéntico al que es habitual en
Hawthorne–. Claro resulta que el elemento de la originalidad
consiste en la novedad. El elemento de que dispone el lector
para apreciarlo es su sentido de lo nuevo. Todo lo que le da
una emoción tan novedosa como agradable le parece original,
y aquel capaz de proporcionársela será para él un escritor
original. En una palabra, la suma de esas emociones lo lleva
a pronunciarse sobre la originalidad del autor. Me permito
observar aquí, dejar de ser fuente de legítima originalidad
si juzgamos a esta última como es debido por el efecto que
pretende; ese caso se produce cuando lo novedoso deja de
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ser nuevo; el artista, para preservar su originalidad, incurre
en el lugar común. Me parece que nadie ha advertido que,
por descuidar este aspecto, Moore fracasó relativamente
en su Lalla Rookh. Pocos lectores, y ciertamente pocos
críticos, han elogiado este poema por su originalidad, pues
de hecho no es la originalidad el efecto que produce; y,
sin embargo, ninguna obra de igual volumen abunda en
tan felices originalidades, individualmente consideradas.
Tan excesivas son que, al final, ahogan en el lector toda
capacidad de apreciación de las mismas.
Una vez bien entendidos estos puntos será posible
justificar al crítico que, no conocedor de Tieck, lee un
solo cuento o ensayo de Hawthorne y califica a su autor
de original; pero el tono, la manera o la elección del tema
que provoca en este crítico la sensación de lo nuevo no
dejará de provocarle, a la lectura de un segundo cuento, o
de un tercero y los siguientes, una impresión absolutamente
antagónica. Al terminar un volumen, y más especialmente
al terminar todos los volúmenes del autor, el crítico
abandonará su primera intención de calificarlo de “original”
y se contentará con llamarlo “peculiar”.
Por cierto que yo podría coincidir con la vaga
opinión de que ser original equivale a ser impopular
siempre que mi concepto de la originalidad fuera el
que, para mi sorpresa, poseen muchos con derecho a ser
considerados críticos. El amor a las meras palabras los ha
llevado a limitar la originalidad literaria a la metafísica.
Sólo consideranoriginales en las letras las combinaciones
absolutamente nuevas de pensamiento, de incidentes, etc.
Claro resulta, sin embargo, que lo único merecedor de
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consideración es la novedad del efecto, y que ese efecto se
logra mejor a los fines de toda obra de ficción –o sea, el
placer–, evitando antes que buscando la novedad absoluta de
la combinación. La originalidad como la entienden aquéllos
agobia y sobresalta el intelecto, poniendo indebidamente en
acción las facultades que en la buena literatura deberíamos
emplear en menor grado. Y así entendida, no puede dejar de
ser impopular para las masas que, buscando entretenimiento
en la literatura, se sienten marcadamente molestas por toda
instrucción. Pero la auténtica originalidad –auténtica con
relación a sus propósitos– es aquella que, al hacer surgir
las fantasías humanas, a medias formadas, vacilantes e
inexpresadas; al excitar los latidos más delicados de las
pasiones del corazón, o al dar a luz algún sentimiento
universal, algún instinto en embrión, combina con el
placentero efecto de una novedad aparente un verdadero
deleite egotístico. En el primero de los casos supuestos
(el de la novedad absoluta) el lector está excitado, pero al
mismo tiempo se siente perturbado, confundido, y en cierto
modo le duele su propia falta de percepción, su tontería
al no haber dado él mismo con la idea. En el segundo
caso su placer es doble. Lo invade un deleite intrínseco y
extrínseco. Siente y goza intensamente la aparente novedad
del pensamiento; lo goza como realmente nuevo, como
absolutamente original para el autor… y para sí mismo. Se
imagina que, entre todos los hombres, sólo el autor y él han
pensado eso. Entre ambos, juntos, lo han creado. Y por eso
nace un lazo de simpatía entre los dos, simpatía que irradia
de todas las páginas siguientes del libro.
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Hay un tipo de composiciones que, con alguna
dificultad, cabe admitir como un grado inferior de lo que he
denominado auténticamente original. Al leer estas obras no
nos decimos: “¡Cuán original es!”, ni: “He aquí una idea que
sólo al autor y a mí se nos ha ocurrido”, sino que decimos:
“¡Vaya una fantasía tan evidente y tan encantadora!”, y
también: “He aquí un pensamiento que no sé si se me ha
ocurrido alguna vez, pero que, sin duda, se le ha ocurrido
a todo el resto de la humanidad”. Este tipo de composición
(que pertenece todavía a un orden elevado) suele calificarse
de “natural”. Tiene poco parecido exterior, pero grandes
afinidades internas con lo auténticamente original, a menos
que sea, como ya lo he sugerido, un grado inferior de este
último. Entre los escritores de lengua inglesa, sus mejores
ejemplos los hallamos en Addison, Irving y Hawthorne.
La “naturalidad”, que suele describirse como su rasgo
distintivo, ha sido considerada por algunos como solo
aparentemente fácil, aunque en realidad de muy difícil
obtención. Este criterio debe ser recibido, sin embargo, con
cierta reserva. El estilo natural sólo es difícil para aquellos
que jamás deberían intentarlo, es decir, para aquellos que
no son naturales. Nace de escribir con la conciencia o con
el instinto de que el tono de la composición debe ser aquel
que, en cualquier punto o en cualquier tema, sería siempre
el tono de la gran mayoría de la humanidad. El autor que, a
la manera de los americanos del Norte, se limita a mostrarse
tranquilo en todo momento, no es, en la mayoría de los casos,
sino tonto o estúpido, y tienen tanto derecho a considerarse
“simple” o “natural” como el que podría tener un dandy de
arrabal o la bella durmiente del museo de cera.
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La “peculiaridad”, uniformidad o monotonía de
Hawthorne bastarían con su simple carácter de “peculia-
ridad” (sin referencia a lo que ésta sea) para privarlo de
toda estimación pública. Pero ya no podemos asombrarnos
de su fracaso en este terreno cuando lo vemos incurrir en
monotonía en el peor de los puntos posibles, en ese punto
que por ser el más alejado de la naturaleza se halla más
lejos del intelecto popular, de su sentimiento y de su gusto.
Aludo a la corriente alegórica que sumerge por completo la
mayoría de sus temas y que, en cierta medida, infiere en el
desarrollo directo de todos ellos.
Poco puede aducirse en defensa de la alegoría, sea
cual fuere su objeto o su forma. La alegoría apela, sobre todo,
a la fantasía, es decir, a nuestra aptitud para adaptar lo real
a lo irreal –para adaptar, en suma, elementos inadecuados–;
la conexión así establecida es menos inteligible que la de
“algo” con “nada”, y tiene menos afinidad efectiva de la
que pueden tener la sustancia y la sombra. La emoción más
profunda que nos produce la más feliz de las alegorías, en
cuanto alegoría es sólo una vaga, muy vaga satisfacción ante
el ingenio del escritor que ha superado una dificultad que a
nuestro parecer hubiese sido preferible no tratar de superar.
La falacia de la idea de que la alegoría, en cualquiera de
sus modos, puede reforzar una verdad –que la metáfora,
por ejemplo, ilustra tanto como embellece un argumento–
puede ser prontamente demostrada; con muy poco trabajo
puede probarse que la verdad es justamente lo contrario,
pero estos temas son ajenos a mi actual propósito. Una cosa
es clara: si alguna vez una alegoría obtiene algún resultado
lo obtiene a costa del desarrollo de la ficción, a la que
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trastrueca y perturba. Allí donde el sentido alusivo corre
a través del sentido obvio en una corriente subterránea
muy profunda, de manera de no interferir jamás con la
superficial a menos que así lo queramos, y de no mostrarse
a menos que la llamemos a la superficie, sólo allí y entonces
puede ser consentida para el uso adecuado de la narrativa de
ficción. En las mejores circunstancias, siempre interferirá
con esa unidad de efecto que, para el artista, vale por todas
las alegorías del mundo. Pero lo que ofende de manera más
vital es ese punto de máxima importancia en la ficción: la
seriedad o verosimilitud. Que The Pilgrim’s Progress sea
un libro ridículamente sobrestimado, que debe su aparente
popularidad a esos accidentes de la literatura crítica que los
críticos comprenden de sobra, es una cuestión en la que todas
las gentes bien pensantes estarán de acuerdo; pero todos los
placeres derivados de su lectura estarán en relación directa
con la capacidad del lector para dejar de lado su verdadero
propósito, en relación directa con su capacidad para
quitarse de encima la alegoría –o con su incapacidad para
comprenderla–. Undine, la obra de De la Motte Fouqué, es
el mejor y más notable ejemplo de alegoría bien manejada,
en visiones sugestivas, acercándose a la verdad en una
oposición nada importuna y por tanto no desagradable.
No obstante, las evidentes razones que han impedido
la popularidad de Mr. Hawthorne no bastan para condenarlo
a ojos de los pocos que pertenecen propiamente a los
libros, y a los cuales los libros, quizá, no pertenecen tan
propiamente. Esos pocos estiman a un autor no a la manera
del público, fundándose tan sólo en lo que aquél hace, sino en
gran medida –incluso en la más grande– por la capacidad de
116
[Link] 116 11/9/08 10:41:56
hacer que evidencia. Desde este punto de vista, Hawthorne
ocupa entre los literatos de Norteamérica una posición muy
parecida a la de Coleridge en Inglaterra. Esos pocos a que
aludo, además, sufren de cierta deformación del gusto que
el largo estudio de los libros como menos libros no deja
jamás de producir, y no se hallan en condiciones de encarnar
los errores de un literato docto. En todo momento esos
caballeros se muestran propensos a pensar que el público
está equivocado antes de suponer que un autor educado
lo éste. Pero la simple verdad es que todo escritor que se
propone impresionar al público está siempre equivocado si
no consigue obligar al público a que sufra esa impresión.
Naturalmente, no me toca a mí decidir en qué medida Mr.
Hawthorne se ha dirigido al público; sus libros proporcionan
una marcada evidencia interna de haber sido escritos para el
propio autor y para sus amigos.
Durante largo tiempo ha habido un infundado y
fatal prejuicio literario que nuestra época tendrá a su cargo
aniquilar: la idea de que el mero volumen de una obra
debe pesar considerablemente en nuestra estimación de
sus méritos. El más mentecato de los autores de reseñas
de las revistas trimestrales no lo será al punto de sostener
que en el tamaño o el volumen de un libro, abstractamente
considerados, haya nada que pueda despertar especialmente
nuestra admiración. Es cierto que una montaña, a través de
la sensación de magnitud física que provoca, nos afecta con
un sentimiento de sublimidad, pero no podemos admitir
influencia semejante en la contemplación de un libro, ni
aunque se trate de La Columbiada. Las mismas revistas
trimestrales no lo admitirán; sin embrago, ¿qué debemos
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[Link] 117 11/9/08 10:41:57
entender en su continuo parloteo sobre “el esfuerzo
sostenido”? Admitiendo que tan sostenido esfuerzo haya
creado una epopeya, admiremos el esfuerzo (si es cosa
de admirar), pero no la epopeya a cuenta de aquél. En
tiempos venideros el buen sentido insistirá probablemente
en medir una obra de arte por la finalidad que llena, por
la impresión que provoca, antes que por el tiempo que le
llevó llenar o por la extensión del “sostenido esfuerzo”
necesario para producir la impresión. La verdad es que la
perseverancia es una cosa y el genio otra muy distinta; y
todo el trascendentalismo pagano no podrá confundirlos.
Los trozos incluidos en el volumen llamado Cuentos
contados otra vez se hallan en su tercera publicación, y,
naturalmente, son cuentos contados tres veces. Además, no
todos son cuentos, tanto en el sentido ordinario como el más
lato del término. Muchos son ensayos; por ejemplo: Sights
from a Steeple (Vistas desde un campanario), Sunday at
Home (Domingo en casa), Little Annie’s Ramble (El paseo
de Anita), A Rill from the Town Pump (Un arroyuelo de la
bomba comunal), The Toll-Gatherer’s Day (La jornada del
portazguero), The Haunted Mind (La mente acosada), The
Sister Years (Los años fraternos), Snow-Flakes (Copos de
nieve), Night Sketches (Apuntes nocturnos) y Foot-Prints
on the Sea-Shore (Huellas en la playa). Menciono estos
detalles, sobre todo, por su discrepancia con la señalada
precisión y acabado que distingue el cuerpo de la obra.
De los ensayos que acabo de citar no diré mucho.
Todos y cada uno son hermosos, sin caracterizarse por el
pulimento y el ajuste tan visible en los cuentos propiamente
dichos. Un pintor advertirá en seguida su rasgo principal,
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[Link] 118 11/9/08 10:41:57
predominante, y lo calificaría de reposo. No se busca allí
ningún efecto. Todo es tranquilo, pensativo, amortiguado.
Y, sin embargo, este reposo puede darse simultáneamente
con una alta originalidad de pensamiento; Mr. Hawthorne
lo ha demostrado. A cada momento encontramos nuevas
combinaciones, aunque jamás sobrepasan los límites de
la calma. Nos tranquilizamos al leer, y al mismo tiempo
nos asombra que ideas tan aparentemente obvias no se
nos hayan ocurrido o no nos hayan sido comunicadas con
anterioridad. En esto nuestro autor difiere esencialmente
de Lamb, Hunt o Hazlitt, quienes, a pesar de la vívida
originalidad de sus modalidades y expresión, poseen un
pensamiento menos novedoso de lo que suele suponerse, y
cuya originalidad, en el mejor de los casos, revela una rareza
tan chillona como penosa, colmada de efectos sorpresivos
sin fundamento natural, y que induce a reflexiones de
insatisfactorio resultado. Los ensayos de Hawthorne tienen
mucho del carácter de Irving, con mayor originalidad y
menor acabado, mientras que superan ampliamente y en
todo sentido a los del Spectator. Los tres tienen en común
esa modalidad tranquila y amortiguada que he optado por
denominar reposo, pero que en el caso del Spectator y de Mr.
Irving se logra, sobre todo, por la ausencia de combinaciones
nuevas y de originalidad, por ser la expresión tranquila,
serena y modesta de pensamientos comunes, formulados
en una lengua castiza y libre de toda adulteración. En
dichos ensayos se ha logrado, mediante un gran esfuerzo,
darnos la impresión de que éste no existe. En los ensayos
de Hawthorne la ausencia de todo esfuerzo es demasiado
evidente como para no sentirla, y una marcada corriente
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subterránea de sugestión corre de continuo bajo la capa
superior de la tranquila tesis. En síntesis, las efusiones de
Mr. Hawthorne son producto de un intelecto auténticamente
imaginativo, restringido y en cierto modo reprimido por la
exquisitez del gusto, por una melancolía constitucional y
por la indolencia.
Pero de sus cuentos deseo hablar en especial. Opino
que en el dominio de la mera prosa, el cuento propiamente
dicho ofrece el mejor campo para el ejercicio del más alto
talento. Si se me preguntara cuál es la mejor manera de
que el más excelso genio despliegue sus posibilidades, me
inclinaría sin vacilar por la composición de un poema rimado
cuya duración no exceda de una hora de lectura. Sólo dentro
de este límite puede alcanzarse la más alta poesía. Señalaré
al respecto que en casi todas las composiciones, el punto
de mayor importancia es la unidad de efecto o impresión.
Esta unidad no puede preservarse adecuadamente en pro-
ducciones cuya lectura no alcanza a hacerse en una sola vez.
Dada la naturaleza de la prosa, podemos continuar la lectura
de una composición durante mayor tiempo del que resulte
posible en un poema. Si este último cumple de verdad las
exigencias del sentimiento poético, producirá una exaltación
del alma que no puede sostenerse durante mucho tiempo.
Toda gran excitación es necesariamente efímera. Así, un
poema extenso constituye una paradoja. Y sin unidad de
impresión no se pueden lograr los efectos más profundos.
Las epopeyas fueron producto de un sentido imperfecto del
arte, y su reino ha terminado. Un poema demasiado breve
podrá lograr una impresión vívida, pero jamás intensa o
duradera. El alma no se emociona profundamente sin cierta
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continuidad de esfuerzo, sin cierta duración en la reiteración
del propósito. Hace falta la gota de agua sobre la roca. De
Béranger ha creado brillantes composiciones, punzantes
y conmovedoras, pero como a todos los cuerpos carentes
de peso, les falta impulso de movimiento y no alcanzan
a satisfacer el sentimiento poético. Chispean y excitan,
pero por falta de continuidad no llegan a impresionar
profundamente. La brevedad extremada degenera en lo
epigramático; el pecado de la longitud excesiva es aún más
imperdonable. In medio tutissimus ibis.
Si se me pidiera que designara la clase de composición
que, después del poema tal como lo he sugerido, llene mejor
las demandas del genio, y le ofrezca el campo de acción
más ventajoso, me pronunciaría sin vacilar por el cuento en
prosa tal como la practica aquí Mr. Hawthorne. Aludo a la
breve narración cuya lectura insume entre media hora y dos.
Dada su longitud, la novela ordinaria es objetable por las
razones ya señaladas en sustancia. Como no puede ser leída
de una sola vez, se ve privada de la inmensa fuerza que se
deriva de la totalidad. Los sucesos del mundo exterior que
intervienen en las pausas de la lectura, modifican, anulan
o contrarrestan en mayor o menor grado las impresiones
del libro. Basta interrumpir la lectura para destruir la
auténtica unidad. El cuento breve, en cambio, permite al
autor desarrollar plenamente su propósito, sea cual fuere.
Durante la hora de lectura, el alma del lector está sometida
a la voluntad de aquél. Y no actúan influencias externas o
intrínsecas, resultantes del cansancio o la interrupción.
Un hábil artista literario ha construido un relato.
Si es prudente, no habrá elaborado sus pensamientos para
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ubicar los incidentes, sino que, después de concebir cuida-
dosamente cierto efecto único y singular, inventará los inci-
dentes, combinándolos de la manera que mejor lo ayude a
lograr el efecto preconcebido. Si su primera frase no tiende
ya a la producción de dicho efecto, quiere decir que ha fra-
casado en el primer paso. No debería haber una sola palabra
en toda la composición cuya tendencia, directa o indirecta,
no se aplicara al designio preestablecido. Y con esos me-
dios, con ese cuidado y habilidad, se logra por fin una pin-
tura que deja en la mente del contemplador un sentimiento
de plena satisfacción. La idea del cuento ha sido presentada
sin mácula, pues no ha sufrido ninguna perturbación; y es
algo que la novela no puede conseguir jamás. La brevedad
indebida es aquí tan recusable como en la novela, pero aún
más debe evitarse la excesiva longitud.
Ya hemos dicho que el cuento posee cierta superi-
oridad, incluso sobre el poema. Mientras el ritmo de este
último constituye ayuda esencial para el desarrollo de la más
alta idea del poema– la idea de lo Bello–, las artificialidades
del ritmo forman una barrera insuperable para el desarrollo
de todas las formas del pensamiento y expresión que se
basan en la Verdad. Pero con frecuencia y en alto grado el
objetivo del cuento es la verdad. Algunos de los mejores
cuentos son cuentos fundados en el razonamiento. Y por
eso estas composiciones, aunque no ocupen un lugar tan
elevado en la montaña del espíritu, tienen un campo mucho
más amplio que el dominio del mero poema. Sus productos
no son nunca tan ricos, pero sí infinitamente más numerosos
y apreciados por el grueso de la humanidad. En resumen, el
escritor de cuentos en prosa puede incorporar a su tema una
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variadísima serie de modos o inflexiones del pensamiento
y la expresión (el razonante, por ejemplo; el sarcástico, el
humorístico), que no sólo son antagónicos a la naturaleza del
poema sino que están vedados por uno de sus más peculiares
e indispensables elementos: aludimos, claro está, al ritmo.
Podría agregarse aquí, entre paréntesis, que el autor que
en un cuento en prosa apunta a lo puramente bello, se verá
en manifiesta desventaja, pues la Belleza puede ser mejor
tratada en el poema. No ocurre esto con el terror, la pasión,
el horror o multitud de otros elementos. Se verá aquí cuán
prejuiciada se muestra la habitual animadversión hacia los
cuentos efectistas, de los cuales muchos excelentes ejemplos
aparecieron en los primeros números del Blackwood. Las
impresiones logradas por ellos habían sido elaboradas dentro
de una legítima esfera de acción, y tenían, por tanto, un
interés igualmente legítimo, aunque a veces exagerado. Los
hombres de talento gustaban de ellos, aunque no faltaron
otros igualmente talentosos que los condenaron sin justas
razones. El crítico auténtico se limitará a demandar que el
designio del autor se cumpla en toda su extensión, por los
medios más ventajosamente aplicables.
Poseemos pocos cuentos norteamericanos de
verdadero mérito, y hasta diríamos que ninguno, a excep-
ción de The Tales of a Traveller (Relatos de un viajero),
de Washington Irving, y estos Twice-Told Tales, de Mr.
Hawthorne. Algunas de las composiciones de Mr. John
Neal abundan en vigor y originalidad, pero en general sus
relatos son excesivamente difusos, extravagantes y revelan
un sentimiento artístico imperfecto. Aquí y allá, al azar,
se encuentran en nuestros periódicos trozos que podrían
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compararse ventajosamente a las mejores producciones de
las revistas británicas; pero en general estamos muy atrás de
nuestros progenitores en este campo de la literatura.
Diremos enfáticamente de los cuentos de Mr. Haw-
thorne que pertenecen a la más alta esfera del arte, esa esfera
que sólo se somete al genio en su expresión más cumplida.
Habíamos supuesto –con buenas razones– que el autor
había llegado a su situación actual por obra de una de esas
descaradas cliques que acosan a nuestra literatura, y cuyas
pretensiones habremos de denunciar en otra oportunidad;
pero, afortunadamente, nos engañábamos. Muy pocas obras
conocemos que un crítico pueda elogiar con mayor honradez
que Twice-Told Tales. Como norteamericanos, nos sentimos
orgullosos de este libro.
Los rasgos distintivos de Mr. Hawthorne son la
invención, la creación, la imaginación y la originalidad
–rasgos que, en la literatura de ficción, valen acentuadamente
más que todo el resto. Pero la naturaleza de la originalidad;
por lo menos en lo referente a su manifestación en las letras,
suele ser mal entendida. La inteligencia inventiva u original
se manifiesta tanto en la novedad del tono como en la del
tema. Mr. Hawthorne es original en todos los sentidos.
Resultaría un tanto difícil señalar el mejor de estos
cuentos; repetimos que son bellos sin excepción. Wakefield
nos parece notable por la habilidad con que una antigua
idea –un episodio harto conocido– ha sido elaborada o
debatida. Un individuo antojadizo decide abandonar a su
esposa y residir de incógnito, durante veinte años, en su
vencidad inmediata. Un episodio de este género aconteció
en Londres. La fuerza del cuento de Mr. Hawthorne reside en
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el análisis de los motivos que impelieron o pudieron impeler
al marido a semejante locura, y las posibles causas de que
perseverara en ella. El autor ha trazado sobre esta tesis un
cuadro de fuerza singular. The Wedding Knell (Doblan a
bodas) está llenos de audacísima imaginación –que el buen
gusto gobierna plenamente–. El crítico más quisquilloso
no encontraría una sola falta en este relato. The Minister’s
Black Veil (El velo negro del ministro) es una composición
maestra, cuyo único defecto reside en que para el vulgo su
exquisita habilidad será tan desagradable como el caviar
para sus gustos. Parecerá que el sentido evidente del relato
ahoga el que se insinúa. La moraleja puesta en boca del
ministro moribundo será considerada como el mensaje
verdaderamente importante de la narración; y el hecho de que
se haya cometido un tenebroso crimen (que se vincula con
la “joven señora”) es cosa que sólo las mentes afines a la del
autor habrán de percibir. Mr. Higginbotham’s Catastrophe
(La catástrofe de Mr. Higginbotham) es muy original y
ha sido construido con máxima habilidad. [Link]’s
Experiment (El experimento del Dr. Heidegger) nace de una
excelente concepción, ejecutada con notable destreza. Se
siente respirar al artista en cada frase. The White Old Maid
(La solterona blanca) es más objetable por lo que respecta
a su misticismo que The Minister’s Black Veil. Incluso las
mentes reflexivas y analíticas hallarán grandes dificultades
para aprehender su total significación.
The Hollow of the Three Hills (El valle de las tres
colinas) merecería ser citado en detalle, si tuviéramos es-
pacio; no porque revele mayor talento que cualquiera de
los otros trozos, sino porque ofrece un excelente ejemplo
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de la especial capacidad del autor. El tema es vulgar. Una
bruja somete la Distancia y el Pasado a la contemplación de
un doliente. En casos así, es costumbre describir un espe-
jo donde aparecen las imágenes de los ausentes, o bien se
ven sus imágenes recortándose en una columna de humo.
Mr. Hawthorne ha acrecentado maravillosamente su efecto
utilizando el oído y no la vista como medio de evocación
fantástica. La cabeza del doliente queda envuelta por el
manto de la bruja, y de sus mágicos pliegues brotan sonidos
cuya comprensión es suficiente. También en este cuento se
advierte la presencia conspicua del artista, tanto en sus mé-
ritos positivos como en los negativos. No sólo se ha hecho
allí todo lo que debía hacerse, sino que (y esto es quizá aún
más difícil) no se ha hecho nada que no debiera hacerse.
Cada palabra expresa, y no hay ninguna que no lo haga.
En Howe’s Masquerade (La máscara de Howe)
notamos algo que se asemeja a un plagio, pero que puede
ser una halagadora coincidencia de pensamiento. Citamos
el pasaje en cuestión:
“Con el semblante arrebatado de furor, el general
desenvainó la espada y enfrentó a la figura embozada antes
de que esta última hubiera dado un solo paso. ‘¡Miserable,
desenmascárate –gritó–, o no seguirás adelante!’ Sin recular
un solo milímetro frente a la espada que le apuntaba al pecho,
el desconocido hizo una solemne pausa y bajó el embozo de su
capa, aunque no lo bastante como para que los espectadores
pudieran ver su semblante. Pero, evidentemente, Sir William
Howe alcanzó a ver lo suficiente.
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La severidad de su rostro dio paso a una mirada de extraña
estupefacción, si no de horror, y, retrocediendo varios pasos,
dejó caer su espada al suelo”. (Véase vol. II, pág. 20.)
La idea del cuento consiste en que la figura embo-
zada es el fantasma o el doble de sir William Howe; ahora
bien, en un relato titulado “William Wilson”, que figura en
Cuentos de lo Grotesco y Abaresco, no sólo hemos empleado
la misma idea, sino que esa idea aparece de idéntica manera
en varios aspectos. Citamos lo que sigue, para que nuestros
lectores puedan comparar con lo que antecede. Hemos
destacado en bastardillas las semejanzas particulares más
inmediatas:
“El breve instante en que había apartado mis ojos
parecía haber bastado para producir un cambio material en
la disposición de aquel ángulo del aposento. Donde antes
no había nada, alzábase ahora lo que tomé por un gran
espejo. Y cuando avanzaba hacia él en el colmo del terror,
mi propia imagen, pero con las facciones pálidas y bañadas
en sangre, avanzó con pasos inciertos y tambaleantes a mi
encuentro. Digo que así parecía, pero no era mi imagen;
era Wilson, de pie ante mí y agonizante. No había un solo
rasgo en las marcadas y singulares facciones de aquel rostro
que no fueran exactamente los míos. Su máscara y su capa
yacían donde los había arrojado, sobre el piso” (vol. II,
pág. 57).
Se observará que no solamente las dos concepciones
son idénticas, sino que hay varios detalles similares. En los
dos casos la figura vista es el espectro o doble del que la
ve. En los dos casos la escena ocurre en el curso de una
mascarada. En los dos casos la figura está embozada.
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En los dos casos se produce una querella, es decir, que
los dos personajes intercambian agrias palabras. En los
dos casos el contemplador se enfurece. En los dos casos
la capa y la espada caen al suelo. La frase: “¡Miserable,
desenmascárate!”, de Mr. H., tiene un paralelo preciso en
la página 56 de William Wilson.
Me apresuro a terminar este artículo con un resumen
de los méritos y deméritos de Mr. Hawthorne.
Nuestro autor es peculiar y no original, salvo en
esas circunstanciadas fantasías y pensamientos aislados que
su falta de originalidad general no permitirá apreciar como
lo merecen, impidiéndoles alcanzar jamás el conocimiento
del público. Mr. Hawthorne ama excesivamente la alegoría
y mientras persista en ella no puede esperar ninguna po-
pularidad. Pero no habrá de persistir, pues la alegoría se
halla en contradicción con su naturaleza, que nunca se
explaya mejor que cuando deja de lado los misticismos de
sus Goodman Browns y sus Solteronas Blancas, para en-
tregarse al sano, jocundo, aunque atemperado clima de sus
Wakefields y de los Paseos de Anita. En verdad, su tendencia
a la “locura” metafórica ha sido bebida inequívocamente
en la atmósfera de falange y de falansterio donde durante
tanto tiempo ha luchado por respirar una bocanada de aire
puro. Todo lo que ya tiene de universal, le falta todavía de
personal, de exclusivo. Posee el estilo más puro, el gusto más
fino, erudición, humor delicado, dramatismo conmovedor,
imaginación radiante y el más consumado ingenio; con todas
esas buenas cualidades, se ha mostrado un buen místico.
Pero, ¿acaso alguna de esas cualidades puede impedirle ser
doblemente bueno dentro de un mundo de cosas sencillas,
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honestas, sensatas, tangibles y comprensibles? Que Mr.
Hawthorne enmiende su pluma, se procure una botella de
tinta visible, abandone su Vieja Morada, rompa con Mr.
Alcott, cuelgue (si es posible) al director de The Dial, y
tire a los cerdos todos los números que tenga de The North
American Review.
Traducción de Julio Cortázar
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Marginalia
Introducción
Al adquirir libros he procurado siempre que tuvieran
amplios márgenes, no tanto por amor a los bellos volúmenes
como por la facilidad que ofrecen para anotar allí los
pensamientos que surgieren, coincidencias y desacuerdos
de opinión o breves comentarios críticos en general. Si
lo que debo anotar excede de los estrechos límites de un
margen, lo escribo en una tira de papel que coloco entre
las páginas, cuidando de fijar con ayuda de una mínima
cantidad de goma.
Todo esto puede pasar por un capricho; será una
práctica no sólo trillada, sino inútil. Persisto en ella, sin
embargo, y me proporciona placer, lo cual es un beneficio,
a pesar de lo que diga Mr. Bentham apoyado por Mr. Mill.
Esta redacción de notas no es una redacción de
simple memoranda, costumbre que indudablemente
tiene sus desventajas. “Ce que je mets sur papier –decía
Bernardin de St. Pierre– je remets de ma mémoire, et par
conséquent je 1’oublie”. De hecho, si desea usted olvidarse
instantáneamente de alguna cosa, haga una nota para
acordarse de ella.
Las anotaciones puramente marginales, que no
apuntan a la libreta de memorándums, tienen carácter propio,
y su claro propósito consiste en no tener propósito alguno;
es esto lo que les da valor. Su puesto se encuentra algo más
arriba de los comentarios casuales y desordenados de las
charlas literarias, pues éstas no pasan con frecuencia de
“charlas por la charla misma”, que brotan irreflexivamente
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de la boca. La marginalia, en cambio, nace de apuntaciones
deliberadas, porque la mente del lector desea descargarse
de un pensamiento, por más petulante, tonto o trivial que
sea; de un pensamiento, sí, y no meramente de algo que
hubiera podido llegar a ser un pensamiento con el tiempo
y bajo circunstancias más favorables. En la marginalia,
además, nos hablamos a nosotros mismos, y, por tanto, lo
hacemos con soltura, con audacia, con originalidad, con
abandonnément, sin afectación, siguiendo la manera de
Jeremy Taylor, sir Thomas Browne, sir William Temple, el
anatomista Burton31, el supremo analogista lógico, Butler,
y otros autores de los viejos días, que tenían demasiadas
cosas que decir para preocuparse por la manera de decirlas,
gracias a lo cual su manera, al quedar de lado, resultaba una
manera magnífica, un modelo de maneras lleno de un rico
aire marginálico.
La limitación del espacio en estas anotaciones
resulta más ventajosa que inconveniente. Nos obliga (por
más amplia que sea la idea que abrigamos secretamente) a
escribir como Montesquieu, como Tácito (exceptuando la
parte final de los Anales) y aun como Carlyle –aunque en
este último caso se me ha dicho que no hay que confundir
con la mera afectación y la mala gramática. Digo “mala
gramática” por una obstinación, pues los gramáticos (que
deben saberlo) insisten en que no debería decirlo. Pero
sostengo que la gramática no es lo que dichos gramáticos
afirman; y, como consiste meramente en el análisis del
lenguaje, el resultado será bueno o malo, según que el
31 Anatomista, por ser autor de la Anatomía de la melancolía.
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analista sea sensato o tonto, según sea un Horne Tooke o
un Cobbett.
Pero volvamos a nuestro tema. Una tarde lluviosa,
no hace mucho tiempo, sintiéndome con muy poco
ánimo para un estudio continuado, busqué distraerme del
ennui buceando aquí y allá al azar en los volúmenes de
mi biblioteca, que, por cierto, no es muy grande, pero sí
suficientemente variada; incluso, me complazco en decirlo,
suficientemente recherchée.
Quizá fuera lo que los alemanes llaman la “dispersión
mental” del momento; pero, mientras lo pintoresco de mis
numerosas apuntaciones a lápiz reclamaba mi atención, lo
misceláneo de aquellos comentarios me divirtió mucho. A
la larga me sorprendí deseando que alguna otra mano que
la mía hubiese sido la responsable del embrujamiento de
aquellos libros, pues en ese caso me hubiera producido
grandísimo placer hojearlos en detalle. Partiendo de esta
idea, el pensamiento de transición (como lo denominarían
Mr. Lyell, Mr. Murchison o Mr. Featherstonhaugh) era
perfectamente natural: aun en mis garrapateos podía haber
alguna cosa que, como mero garrapateo, interesara a los
demás.
La principal dificultad residía en trasladar las notas
de los volúmenes –el contexto del texto– sin detrimento de la
fragilísima malla de inteligibilidad sobre la cual estaba bor-
dado el contexto. Además, con todas sus referencias al texto
impreso situado junto a ellos, mis comentarios se parecían
demasiado a los oráculos de Dodona, a los de Licofrón el
Tenebroso o a los ensayos de los alumnos del pedante, en la
obra de Quintiliano, que se consideraban “necesariamente
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excelentes, puesto que ni siquiera él (el pedante) era capaz
de comprenderlos”. ¿Qué quedaría, pues, de mis contextos
si los extraía de sus márgenes, si los trasladaba? Trasladar…
¿no sería más bien traduire (traducir), que es su sinónimo
francés, o overzezet (poner patas arriba), su equivalente en
holandés?
Decidí, por fin, confiar en la inteligencia y la sensi-
bilidad del lector, como regla general. En algunos casos,
empero, donde ni siquiera la fe hubiese movido las montañas,
me pareció más seguro remodelar la nota de manera que,
por lo menos, se tuviera un asomo de lo que pretendía decir.
Allí donde el texto fuera absolutamente necesario, podía
citarlo; si se requería el título del libro comentado, podía
nombrarlo. En suma, como en el dilema de un héroe de
novela, me decidí a «dejarme guiar por las circunstancias»
a falta de reglas de conducta más satisfactorias.
Por lo que respecta a las numerosas opiniones ex-
presadas en el fárrago siguiente, mi acuerdo actual con las
mismas o mi disentimiento, así como la posibilidad de haber
cambiado de opinión en algunos casos o a la imposibilidad
de no haberlo hecho con suma frecuencia, son cuestiones
sobre las cuales no diré nada, porque nada sensato puede
decirse de ellas. De todas maneras, cabe observar que así
como la bondad de un juego de palabras se halla en razón
directa de su intolerancia, del mismo modo el desatino
constituye el verdadero tino de toda nota marginal.
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I
Uno de los ejemplos más felices, en pequeña
escala, de un cierto tipo muy especial de lógica, puede
hallarse en un semanario londinense llamado The Popular
Record of Modern Science; a Journal of Philosophy and
General Information. Esta publicación circula muchísimo
y merece el respeto de personas eminentes. En noviembre
de 1845 tomó del Columbian Magazine, de Nueva York,
un artículo mío un tanto arriesgado que llevaba por título
“Revelación mesmérica”. Sumó a su robo la desvergüenza
de echar a perder este título convirtiéndolo en “La última
conversación de un sonámbulo”, frase que no tiene nada que
ver con el tema, puesto que la persona que “conversa” no
es un sonámbulo. Se trata de un hipnotizado (sleep-waker),
no de un sonámbulo (sleep-walker); pero supongo que el
Record pensó que una “ele” no hacía mucha diferencia. De
lo que me quejo principalmente, empero, es de que el editor
londinense prologó mi artículo con estas palabras: “El
siguiente artículo fue comunicado al Columbian Magazine,
periódico tan respetable como influyente de los Estados
Unidos, por el señor Edgar A. Poe. Sus páginas contienen
en sí mismas la evidencia de su autenticidad” (!)
No hay tema sublunar que haya dado origen a ideas
tan graciosas como este de la “evidencia interna”. Obsérvese
que en materia intelectual decidimos por “evidencia interna”.
Pero volvamos al Record. Apenas publicado mi Caso del
señor Valdemar, dicho periódico lo robó como si fuera lo
más natural, mejorándole el título como en el primer caso,
135
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y también de la manera más natural. Pero los comentarios
previos merecen calificarse de profundos. Helos aquí:
“El siguiente relato apareció en un reciente número
del American Magazine, calificado periódico de los Estados
Unidos. Procede, como se notará, del autor de La última
conversación de un sonámbulo, publicado en el Record
del 29 de noviembre. Al resumir este caso, el Morning
Post, del lunes pasado adopta una actitud que considera
prudente, observando: ‘Por nuestra parte, no creemos en
él: varias afirmaciones allí formuladas con referencia a la
enfermendad del paciente prueban de inmediato que se trata
de una ficción o de la obra de alguien poco familiarizado
con la tuberculosis’. El relato, no osbtante, es maravilloso y
por lo tanto, lo publicamos.”
El editor no señala cuáles son las afirmaciones
inconciliables con lo que sabemos de la tuberculosis, y
como pocas personas de gustos científicos pensarán en
nutrir sus conocimientos de patología, y mucho menos su
lógica, en las páginas del Morning Post, las observaciones
del editor no habrán de pesar mucho en su juicio. La razón
alegada por el Post para publicar el artículo es harto extraña,
pues lo mismo podría aplicarse a una de las aventuras del
Barón de Munchausen: ‘Es maravilloso y, por lo tanto, lo
publicamos’”.
“El caso en cuestión es de los que no pueden ser
aceptados sino después de los testimonios más sólidos, y los
que se aducen en su texto distan de serlo. Las circunstancias
más favorables para su confirmación consisten en que,
según nuestros informes, el caso se considera como autén-
tico en Nueva York, a pocas millas del lugar donde se
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produjo, y, por tanto, en condiciones de fácil verificación
o desmentido. Las iniciales de los médicos y del joven
estudiante de medicina deben bastar, en dicha localidad,
para identificar a dichas personas, especialmente cuando
Mr. Valdemar era bien conocido y había estado enfermo
tanto tiempo que no se podía ignorar el nombre de los
médicos que lo trataban. Del mismo modo, las enfermeras
y los criados, que forzosamente conocían el caso en el curso
de los siete meses de su desarrollo, podrían ser interrogados
con todo detalle. Se advertirá, pues, que hay demasiadas
personas implicadas como para el engaño pueda mantenerse
por mucho tiempo. La colérica excitación y los diversos
rumores que han obligado finalmente a que se formulara una
declaración pública son asimismo suficientes para probar
que algo extraordinario ha debido suceder. Por otra parte,
no hay razones fundamentales para mostrarse incrédulos.
Como lo dice el Post, las circunstancias son ‘maravillosas’,
pero así lo parecen siempre las que se presentan por primera
vez, y en el campo del mesmerismo todo es nuevo. Se podrá
objetar que el artículo tiene un aire de cuento para revista;
pero es evidente que Mr. Poe lo ha escrito para provocar
cierto efecto y excitar, en vez de calmar, el vago apetito
por todo lo misterioso y lo horrible que un caso parecido
provoca bajo cualquier circunstancia; aparte de esto, nada
hay que pueda disuadir a una mente científica de continuar
las averiguaciones. Se trata de una cuestión que depende
por completo de los testimonios (así es.). Por ello, haremos
lo necesario para obtener de algunas personas residentes
en Nueva York, tan inteligentes como responsables,
las pruebas necesarias sobre este asunto. Hasta el 3 de
137
[Link] 137 11/9/08 10:42:01
febrero no saldrá ningún vapor de Inglaterra con destino
a Norteamérica, pero pocas semanas después de esa fecha
estamos seguros de poder proporcionar a los lectores del
Record las informaciones que les permitirán llegar a una
exacta conclusión”.
Sí…, y no dudo de que al final llegaron a una
exacta conclusión. Pero todo este galimatías es lo que la
gente llama probar una cosa por su “evidencia interna”.
El Record insiste en la verdad del relato fundándose
en ciertos hechos: primero, “porque las iniciales de los
jóvenes deben bastar para identificar a esas personas”;
segundo, “porque las enfermeras podrán ser interrogadas
con todo detalle”; tercero, “porque la colérica excitación
y los diversos rumores que han obligado finalmente a que
se formulara una declaración pública, son suficientes
para probar que algo extraordinario ha debido suceder”.
¡Perfecto! La historia queda probada gracias a esos hechos,
vale decir, los hechos concernientes a los estudiantes,
las enfermeras, la excitación, el crédito dado al relato en
Nueva York. Y ahora todo lo que tenemos que hacer es
probar esos hechos. ¡Ah! ¡Pero los hechos están probados
por el relato! En cuanto al Morning Post, muestra ser más
débil con su incredulidad que el Record con su credulidad.
Lo que dice sobre sus dudas acerca de la exactitud de los
síntomas de la tuberculosis es un mero alarde para hacer
que unos pocos chiquillos se convenzan de que él, el Post,
no es tan perfectamente estúpido como proverbialmente lo
es todo post…e. El pobre casi sabe tanto sobre patología
como sobre gramática inglesa, y confío en que no se sentirá
obligado a sonrojarse por el cumplido. Ni qué decir que
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yo describí los síntomas de Mr. Valdemar como «graves».
Representé un caso de tuberculosis en último grado, pues
era necesario que el lector no dudara de que la muerte tenía
que producirse sin intervención del hipnotizador; pero
esos síntomas podían haberse presentado, pues síntomas
idénticos se han presentado y se presentarán muchas veces.
Si el Post hubiera sido tan honesto como es ignorante, o por
lo menos la mitad, hubiera reconocido que su incredulidad
no tenía otra razón que aquella que lleva a descreer a todos
los gaznápiros: hubiera reconocido que dudaba del caso
simplemente porque era un caso «maravilloso» y porque
jamás había sido impreso antes en un libro.
II
Entre innumerables equivocaciones, Mr. Hudson
atribuye a sir Thomas Brown la paradoja de Tertuliano en
su De Carne Christi: “Mortuus est Dei filius, credible est
quia ineptum est; et sepultus resurrexit, certum est quia
imposible est”.
III
Después de leer todo lo escrito y de pensar todo lo
pensable sobre el tema de Dios y el alma, el hombre con
derecho a decir que piensa se encontrará cara a cara con
la conclusión de que, en estos tópicos, el pensamiento más
profundo es aquel que menos puede ser distinguido del
sentimiento más superficial.
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IV
Todos están de acuerdo en que la puntuación es
importante. ¡Cuán pocos, empero, comprenden la magnitud
de esa importancia! El escritor que la descuida o la aplica
erradamente se presta a ser mal entendido; y esto, conforme a
la idea popular, es la suma de los males nacidos del descuido
y la ignorancia. No siempre parece saberse que, aun cuando
el sentido sea perfectamente claro, una frase puede perder
la mitad de su fuerza, de su espíritu, de su agudeza por una
puntuación inapropiada. La falta de una mera coma hace que
con frecuencia un axioma parezca una paradoja, o que un
sarcasmo se convierta en un sermoncete. No existe tratado
alguno sobre el tema, pero no hay tema que requiera con
más urgencia un tratado. Parece dominar la noción vulgar
de que esta cuestión es meramente convencional, y que no
se la puede reducir a los límites de una regla inteligible
y coherente. Sin embargo, basta mirarla con atención; la
cosa es tan sencilla que sus fundamentos lógicos pueden ser
aprehendidos con toda facilidad. Si alguien no se anticipa,
trataré de publicar en alguna revista “La filosofía del
punto”. Por el momento se me permitirá decir unas palabras
sobre el guión. Todo aquel que escribe para la prensa y
que tiene algún sentido de la pulcritud se habrá irritado y
mortificado muchas veces al advertir la deformación que
sufrían sus frases por la sustitución que operaba el tipógrafo
de sus guiones poniendo en su lugar un punto y coma o una
coma. El total o casi total abandono del guión procede del
hartazgo ocasionado por el abuso que de él se hacía hace
unos veinte años. Los poetas byronianos eran todo guiones.
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En sus primeras novelas, John Neal exageró su uso hasta lo
grotesco, aunque dicho error derivó del espíritu filosófico e
independiente que siempre lo distinguió, y que, si mucho no
me engaño, lo llevaría todavía a hacer algo por la literatura
del país, que éste “no querrá ciertamente”, y no puede “dejar
morir”.
Sin entrar a preguntar el porqué, se me permitirá ha-
cer notar que el tipógrafo puede asegurarse siempre de si
el guión ha sido usado correctamente o incorrectamente; le
bastará recordar que ese signo representa un segundo pen-
samiento –una enmienda–. Al usarlo como acabo de hacer
doy un ejemplo de lo que digo. Las palabras “una enmien-
da” se hallan en aposición (sintácticamente hablando) con
las palabras “un segundo pensamiento”. Una vez que hube
escrito estas últimas, pensé si no sería posible aclarar aún
más su sentido mediante otras palabras. Pero, en vez de bo-
rrar “un segundo pensamiento”, que tenía su utilidad y que
parcialmente expresaba mi idea, lo cual significaba un paso
adelante en mi propósito, lo dejé tal como estaba, y, luego
de trazar un guión, agregué las palabras “una enmienda”.
El guión proporciona al lector una elección entre dos, tres o
más expresiones, una de las cuales puede ser más vigorosa
que otra, pero que en conjunto ayudan a expresar la idea.
Está allí para aislar esas palabras –o bien para aclarar lo
que quiero decir–. Tal es su fuerza, que no tiene ningún otro
signo de puntuación, ya que éstos poseen funciones bien
conocidas y por completo diferentes. Por eso no es posible
prescindir del guión. Posee sus distintas fases –su variación
dentro de la fuerza descrita–, pero el principio único –el del
segundo pensamiento o enmienda– será siempre la base de
su empleo.
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[Link] 141 11/9/08 10:42:02
V
Hasta que no analicemos una religión o una filosofía
según sus atractivos, independientemente de su racionalidad,
jamás estaremos en condiciones de medir dicha religión
o dicha filosofía por el mero número de sus adherentes.
Desgraciadamente,
Nunca príncipe indio tiene tantos acompañantes
Para ir a su palacio, como un ladrón para ir al
cadalso.
VI
“Si en algún punto me he desviado de lo que
habitualmente merece aceptación –dice lord Bacon– ha
sido con el propósito de proceder melius y no in aliud”.
Pero el camino que sigue en general la “reforma” moderna
es simplemente el de la oposición.
VII
Un vigoroso argumento a favor del cristianismo
es el siguiente: los pecados contra la “Caridad” son
probablemente los únicos que, en su lecho de muerte, los
hombres llegan a “sentir” –y no meramente a comprender–
como “crímenes”.
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[Link] 142 11/9/08 10:42:02
VIII
El efecto derivable de una rima bien manejada
ha sido muy imperfectamente entendido. La “rima”
convencional implica meramente una estrecha similaridad
de sonido en los finales de los versos, y es curioso observar
cuánto tiempo la humanidad se contentó con esta idea tan
limitada. Lo que ante todo y principalmente agrada en la
rima se refiere al sentido o a la apreciación de la igualdad
–elemento común, como fácilmente podría demostrarse, de
todo el placer que extraemos de la música en su sentido
más amplio, y muy especialmente en sus modificaciones
de metro y de ritmo– Vemos un cristal, por ejemplo, y de
inmediato nos interesa la igualdad entre los lados y los
ángulos de una de las caras; pero al mirar otra de éstas,
similar en todo sentido a la primera, nuestro placer se
multiplica al cuadrado; al observar una tercera, se eleva
al cubo, y así sucesivamente. No dudo de que si el deleite
experimentado fuera mensurable, se vería que posee las
exactas relaciones matemáticas que sugiero, por lo menos
hasta un cierto punto, más allá del cual se produciría un
decrecimiento, siempre dentro de relaciones similares. Aquí,
como resultado final del análisis, alcanzamos el sentido de
la mera igualdad, o más bien el deleite que en el hombre
produce este sentido. El instinto, más que una comprensión
clara de este deleite como principio, es lo que llevó al poeta
a intentar por primera vez una intensificación del efecto
que nacía de la mera similaridad (vale decir, la igualdad)
entre dos sonidos; lo llevó, digo, a intensificar este efecto
mediante una igualación secundaria, al colocar las rimas a
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distancias iguales, vale decir, al final de versos de la misma
longitud. De esta manera, la rima y la terminación del verso
se fundieron en las nociones humanas, convirtiéndose en
algo convencional, mientras su principio se perdía por
completo. Y si más tarde aparecieron rimas a distancias
desiguales, ello fue simplemente porque antes de la época
de que hablo habían nacido los versos pindáricos, vale decir,
versos de longitud desigual. No hubo ninguna razón más
profunda para ello. La rima llegó a ser considerada como
elemento que por derecho pertenecía al final del verso; y si
de algo nos quejamos, es de que las cosas hayan quedado
en este punto. Por supuesto, había muchas otras cuestiones
a considerar. Hasta entonces, sólo el sentido de la igualdad
condicionaba este efecto; si dicha igualdad variaba
ligeramente a veces, se debía tan sólo a un accidente: el
de la existencia de metros pindáricos. Se advertirá que las
rimas estaban siempre anticipadas. Al distinguir el final de
un verso, fuera largo o corto, el ojo esperaba una rima para
el oído. El gran elemento que constituye lo inesperado no
era ni siquiera concebido; no se contaba con la novedad,
con la originalidad. “Pero –dice, (¡cuán justamente!),
Lord Bacon– no hay belleza exquisita sin algo extraño en
las proporciones.” Suprimamos este algo extraño, esto de
inesperado, de novedoso, de original –llamémosle de cual-
quier manera–, y todo lo que hay de etéreo en la belleza
se pierde instantáneamente– Perdemos lo desconocido, lo
vago, lo incomprendido –lo que se nos había dado antes de
haber tenido tiempo de examinar y comprender–. Perdemos,
en suma, aquello que asimila la belleza de la tierra a lo que
soñamos de la belleza del cielo. La perfección de la rima
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sólo se alcanza en la combinación de ambos elementos, la
Igualdad y lo Inesperado. Pero como el mal no puede existir
sin el bien, así lo inesperado debe nacer de lo esperado.
No tratamos de imponer una mera arbitrariedad de la rima.
En primer término debemos tener rimas equidistantes,
que se repiten regularmente, a fin de constituir la base, lo
esperado, de lo cual habrá de nacer lo inesperado mediante
la introducción de rimas, no arbitrarias pero sí tendientes a
lograr que lo inesperado se dé con su máxima fuerza. No
deberíamos colocarlas, por ejemplo, en esos puntos donde
el verso entero es un múltiplo de las sílabas que preceden a
dichos puntos. Cuando, por ejemplo escribo:
“And the silken, sad, uncertain rustling of each purple
curtain”, produzco un efecto mayor, pero no mucho mayor
que el ordinario de las rimas que aparecen regularmente al
final de los versos; y esto se debe a que el número de sílabas
del verso es múltiplo del número de sílabas que preceden a
la rima situada en medio del mismo, y por lo tanto puede
preverse allí un cierto grado de espera. A decir verdad, el
elemento inesperado se dirige solamente al ojo, pues el oído
divide el verso en dos versos ordinarios, en esta forma:
And the silken, sad, uncertain
Rustling of each purple curtain.
En cambio obtendré el pleno efecto de lo inesperado
si escribo:
Thrilled me, filled me with fantastic terrors never felt
before.
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N. B. –Suele suponerse que la rima, tal como existe de
ordinario, es una invención moderna. Véase, sin embargo
Las Nubes, de Aristófanes. Los versos hebreos no la
incluían; las terminaciones de los versos, allí donde pueden
apreciarse con mayor claridad, no contienen nada que se
parezca a la rima.
IX
Paulo Jovio, que vivía en esos tiempos ignaros en los
cuales los estilos de punta de diamante eran desconocidos,
consideró, sin embargo, oportuno hablar de su pluma de
ganso como aliquando ferreus, aureus aliquando –lo cual,
naturalmente, no pasaba de una figura–; y entre la clase de
autores modernos que sólo escriben con acero y oro, no hay
duda de que algunos dejarán que sus plumas, viceversa,
desciendan a la posteridad bajo la designación de “ansari-
nas”; lo cual, naturalmente, será siempre una mera figura.
Infinidad de errores se abren camino en nuestra
filosofía por la costumbre del hombre de considerarse tan
sólo ciudadano del mundo –de un planeta individual– en
vez de contemplar ocasionalmente su posición como
cosmopolita, como habitante del universo.
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XI
Hablando de retruécanos: “¿Por qué no nos sirven
codorniz en la cena, como de costumbre?”, preguntó el otro
día el conde Fessis a H…, el clasicista y deportista. “Porque
en esta temporada –repuso H…, que estaba amodorrado–
qualis sopor fessis.” (Quail is so poor, Fessis: “La codorniz
es tan mala, Fessis.”)
XII
Un francés –probablemente Montaigne– dice: “La
gente habla mucho de pensar, pero por mi parte no pienso
nunca, salvo cuando me siento a escribir”. Este nunca
pensar, salvo cuando nos sentamos a escribir, es la causa de
tanta mediocre producción. Pero quizá en la observación del
escritor francés haya algo más de lo que los ojos alcanzan.
Resulta evidente que el mero acto de redactar tiende en gran
medida a la racionalización del pensamiento. Toda vez que me
siento insatisfecho a causa de lo vago de alguna concepción
mental, apelo inmediatamente a la pluma, para que me
ayude a lograr la forma, importancia y precisión necesarias.
¡Con cuánta frecuencia oímos decir que tales y
cuales pensamientos están más allá del alcance de las
palabras! No creo que ningún pensamiento, que merezca
este nombre, se halle fuera del alcance del lenguaje. Pienso
más bien que allí donde se advierte dificultad de expresión,
el intelecto que la advierte carece de suficiente reflexión
y método. Por mi parte, jamás pensé nada que no pudiera
expresar con palabras y en forma todavía más clara que mi
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[Link] 147 11/9/08 10:42:03
primera concepción; como ya he observado, el pensamiento
se racionaliza por el esfuerzo que exige la expresión escrita.
Hay, empero, cierto tipo de fantasías, exquisitamente deli-
cadas, que no son pensamientos, y a las cuales, hasta ahora,
me ha sido imposible adaptar el lenguaje. Uso al azar la
palabra fantasía, y sólo porque debo usar alguna palabra,
pero la idea que este término connota por lo general no
se aplica ni remotamente a las sombras de las sombras en
cuestión. Creo que éstas son más psíquicas que intelectuales.
Nacen en el alma (¡ay, cuán rara vez!) cuando ésta pasa por
un momento de intensa tranquilidad, cuando la salud física
y mental es perfecta, y en esos instantes del tiempo en que
los confines del mundo de la vigilia se mezclan con los del
mundo de los sueños. Tengo conciencia de esas “fantasías”
tan sólo cuando estoy a punto de dormirme, y sé que voy
a dormirme. Me he asegurado de que esta presencia se da
sólo en ese reducidísimo punto del tiempo, que sin embargo
está colmado de “sombras de sombras”; en cambio, el
pensamiento exige una duración de tiempo. Estas “fantasías”
producen un arrobo placentero, más intenso que el más
agradable de los arrobos que puedan darse en el mundo de
la vigilia o de los sueños, así como el cielo de la teología
escandivana está situado más allá del infierno. Contemplo
esas visiones, aun mientras surgen, con un temor reverente
que en cierta medida modera o serena el arrobo; las contem-
plo con la convicción (que parece parte del arrobo mismo)
de que éste es de carácter sobrenatural para la naturaleza
humana, que es una entrevisión del mundo exterior del
espíritu; y llego a esta conclusión –si puede aplicarse el
término a una intuición instantánea– al percibir que el
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deleite que experimento nace de su absoluta novedad. Digo
absoluta, pues en esas fantasías –que se me permitirá llamar
ahora impresiones psíquicas– nada hay que se aproxime
siquiera a las impresiones que recibimos ordinariamente.
Es como si los cinco sentidos fueran sustituidos por cinco
miríadas de otros sentidos, ajenos a la mortalidad.
Pues bien, tan completa es mi fe en el poder de
las palabras, que he creído a veces posible encarnar las
vaporosas fantasías que me esfuerzo por describir. En
mis experiencias para ello llegué lo bastante lejos como
para dirigir (cuando la salud física y mental era buena)
la existencia de la condición; vale decir, que a menos de
sentirme enfermo puedo tener la seguridad de que el esta-
do, la condición, habrán de darse si lo deseo en el punto
del tiempo ya descrito, mientras que, hasta hace muy poco,
jamás podía tener seguridad de ello aun en las condiciones
más favorables. Quiero decir solamente que ahora dispon-
go de la seguridad, si las condiciones son favorables, de
que el estado habrá de producirse, y que me siento capaz de
inducirlo o forzarlo. Empero, las condiciones favorables son
muy pocos frecuentes; de no ser así, ya habría trasladado el
cielo a la tierra.
En segundo término, he llegado lo bastante lejos
como para mantener en suspenso el lapso que va desde el
punto mencionado –el punto donde se funden la vigilia y
el sueño–, y mantener dicho lapso alejado del dominio del
sueño. No quiero decir que pueda mantener el estado, es
decir, que el punto llegue a ser más que un punto en el tiempo;
pero sí que me es posible saltar del punto a la plena vigilia, y
transferir así el punto mismo al reino de la memoria; puedo
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[Link] 149 11/9/08 10:42:03
desplazar sus impresiones, o más justamente sus recuerdos,
a un estado en que (si bien por muy breve plazo) puedo
examinarlos con el ojo del análisis. Por estas razones –vale
decir, por ser capaz de tanto– no desespero completamente
de corporizar en palabras al menos una parte de las fantasías
en cuestión, que lleven así a ciertos tipos de mentalidad una
vaga concepción de su carácter. Al decir esto no deberá
entenderse que me creo único depositario de estas fantasías
o impresiones psíquicas, o que dudo, en una palabra, de que
sean comunes a la humanidad; no puedo formarme una idea
a este respecto, pero nada es más seguro que una crónica,
aun parcial, de estas impresiones sobresaltaría al intelecto
universal por la suprema novedad de los materiales allí
empleados y sus consiguientes sugestiones. En una palabra:
si alguna vez llego a escribir un artículo sobre este tópico, el
mundo se verá obligado a reconocer que, por fin, he hecho
algo original.
XIII
Cualesquiera sean en general los méritos o demé-
ritos de la literatura de revistas en Norteamérica, no puede
cuestionarse ni su extensión ni su influencia. El tema,
pues, tiene cierta importancia. Dentro de pocos años se
verá que esta importancia habrá aumentado en progresión
geométrica. La tendencia global de la época apunta a las
revistas trimestrales jamás fueron populares. No sólo son
demasiado afectadas (para mantener la debida dignidad),
sino que por la misma razón se imponen como deber el
discutir solamente tópicos inabordables para la mayoría
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y que en su generalidad son poco interesantes aun para la
minoría. Estas revistas aparecen a intervalos demasiado
grandes; sus temas, pues, se enfrían antes de ser servidos.
En una palabra, su pesadez no guarda ya relación con el
ímpetu de nuestra época. Lo que pedimos hoy es la artillería
ligera del intelecto; necesitamos lo breve, lo condensado,
lo agudo, lo fácilmente difundible, en vez de lo verboso,
lo detallado, lo voluminoso, lo inaccesible. Por otra parte,
la liviandad de la artillería no debería degenerar en la mera
cerbatana –término con el cual cabe designar el carácter de
la gran mayoría de la prensa, y sobre todo de los diarios–;
el único objeto legítimo de esa artillería liviana debe ser
la discusión de cosas efímeras de una manera efímera.
Cualquier talento que domine hoy en nuestros diarios –y en
muchos ese talento es grandísimo– la imperiosa necesidad
de atrapar, calamo currente, cada tema mientras pasa
volando ante el ojo del público, tiene naturalmente que
reducir en gran medida los límites de su poder. El volumen
y la periodicidad de las revistas mensuales parece adaptarse
exactamente, si no a todas las necesidades literarias del día,
por lo menos a las mayores y más imperiosas, así como a su
porción más transcendente.
XIV
La imaginación es la nariz de la multitud. Basta to-
marla de ella para llevarla tranquilamente a cualquier parte.
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XV
La pura imaginación sólo elige, tanto la Belleza co-
mo de la Fealdad, las cosas más combinables y que no han
sido combinadas hasta el momento; en general, el compuesto
resultante participa de la belleza o la sublimidad en razón de
la respectiva belleza o sublimidad de las cosas combinadas
–las cuales deben ser consideradas a su vez como atómicas,
es decir, como combinaciones previas–. Pero, al igual de
lo que suele suceder analógicamente en la química, no es
infrecuente que en esta química intelectual la mezcla de dos
elementos dé por resultado algo que no posee ninguna de las
cualidades de uno de los elementos y aun de ambos. Así, el
ámbito de la imaginación resulta ilimitado. Sus materiales se
extienden por todo el universo. Incluso de la fealdad, de la
deformidad, logra esa Belleza que es al mismo tiempo su único
objeto y su inevitable prueba. Pero, en general, la fuerza de
las materias combinadas, la facilidad de descubrir novedades
combinables que merezcan la operación, y especialmente la
“combinación química” absoluta de la masa completa, son los
elementos a considerar en nuestra estima de la Imaginación.
La armonía de una obra imaginativa lleva con frecuencia a
los irreflexivos a subestimarla, dado el carácter obvio que se
añade a ella. Nos ocurre preguntarnos por qué semejantes
combinaciones no habían sido imaginadas antes.
XVI
Al examinar detalles triviales corremos el riesgo de
descuidar generalidades esenciales. Así M…, al hacer gran
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[Link] 152 11/9/08 10:42:04
alharaca por los “errores tipográficos” en su libro, permitió
que el impresor escapara a la reprimenda que realmente
merecía, una reprimenda por un “error tipográfico” de vital
importancia: el error de haber impreso el libro.
XVII
En el cuento propiamente dicho –donde no hay
espacio para desarrollar caracteres o para una gran profusión
y variedad incidental–, la mera construcción se requiere
mucho más imperiosamente que en la novela. En esta última,
una trama defectuosa puede escapar a la observación, cosa
que jamás ocurrirá en un cuento. Empero, la mayoría de
nuestros cuentistas desdeñan la distinción. Parecen empezar
sus relatos sin saber cómo van a terminar; y, por lo general,
sus finales –como otros tantos gobiernos de Trínculo–,
parecen haber olvidado sus comienzos.
XVIII
Lo exquisito, dentro de límites razonables, no sólo
no ha de considerarse afectado, sino que puede colaborar
eficazmente en un efecto fantástico. Miss Barrett32 me
proporcionará dos ejemplos. En unos versos a un perro,
dice:
Leap! Thy broad tail waves a light.
Leap, thy slender feet are bright,
32 Elizabeth Barrett, más tarde esposa de Robert Browning.
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[Link] 153 11/9/08 10:42:04
Canopied in fringes.
Leap! Those tasselled ears of thine
Flicker strangely fair and fine
Down their golden inches.33
Y en la “Canción de un espíritu arbóreo”:
The Divine impulsion cleaves
In dim movements to the leaves;
Dropt and lifted —dropt and lifted—
In the sun-light greenly sifted—
In the sun-light and the moon-light
Greenly sifted though the trees.
Ever wave the Eden trees
In the night-light and the moon-light,
With a ruffling of green branches
Shade off to resonances
Never stirred by rain or breeze.34
Aquí los pensamientos pertenecen al más alto orden
poético, pero no hubieran podido expresarse de manera
33 ¡Salta! Tu ancha cola balancea una luz. / ¡Salta! Tus finas patas bri-
llan, / Adornadas con flecos. / ¡Salta! Esas orejas tuyas con borlas /
Flamean extrañamente, hermosas, / A lo largo de sus áureas pulgadas.
34 El impulso divino penetra / En confusos movimientos hasta las
hojas / Caídas y levantadas... caídas y levantadas... / En la luz solar
tamizada de verde… / En la luz solar y la luz lunar / Tamizadas de
verde a través de los árboles. / Siempre se balancean los árboles
del Edén, / En la luz nocturna y en la luz de la luna, / Con un
estremecerse de ramas verdes, / Protegidas de toda resonancia, /
Jamás movidas por lluvia o la brisa.
154
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efectiva sin la utilización de esas repeticiones, de esas
frases insólitas; en una palabra, de esas exquisiteces que
durante demasiado tiempo ha estado de moda censurar
indiscriminadamente, reuniéndolas bajo la denominación
general de “afectaciones”. Ningún poeta dejará de sentirse
complacido por los dos fragmentos que acabo de citar;
pero sin duda habrá algunos que encontrarán difícil la
imposibilidad psíquica de no admirarse, con la demasiado
inmediata convicción mental de que, desde un punto de
vista crítico, no hay allí nada que admirar.
XIX
Las “especies de nada” son tan razonables, después
de todo, como cualquier “especie de algo”. Véase la Crea-
ción, de Cowley:
An unshaped kind of something first
appeared.35
XX
Si a algún hombre ambicioso se le ocurriera revo-
lucionar, con un solo esfuerzo, el mundo del pensamiento
humano, de la opinión humana y del humano sentimiento,
la oportunidad está al alcance de su mano; el camino del
renombre inmortal es directo y se abre sin obstáculos a sus
35 Apareció primeramente una informe especie de algo.
155
[Link] 155 11/9/08 10:42:04
pies. Todo lo que ha de hacer es escribir y publicar un librito.
Su título será sencillo, unas pocas y llanas palabras: “Mi cora-
zón al desnudo”. Pero este librito deberá ser fiel a su título.
Ahora bien, ¿no es muy singular que con la rabiosa
sed de notoriedad que distingue a tantos humanos, a tantos
a quienes se les importa un ardite lo que se piense de ellos
después de muertos, no sea posible encontrar uno solo lo
bastante temerario como para escribir este librito? Digo:
escribir. Hay diez mil hombres que, una vez escrito el
libro, se reirían a la sola idea de que su publicación pudiera
molestarlos en vida, y que ni siquiera concebirían por
qué su publicación póstuma habría de ser vedada. Pero
escribirlo… ahí está la cosa. Nadie se atreve a escribirlo.
Nadie se atreverá. Nadie podría escribirlo, aunque se
atreviera. El papel se arrugaría y ardería a cada toque de la
ígnea pluma36.
XXI
Todo lo que el hombre de genio demanda para
exaltarse es materia espiritual en movimiento. No le
interesa hacia dónde tiende el movimiento –sea a su favor
o en contra–, y la materia en sí carece por completo de
importancia.
36 Parece oportuno recordar cómo este admirable pasaje de Poe
influyó en Baudelaire, quien registró numerosos textos íntimos y
confidenciales bajo el título de Mon Cœur mis à nu.
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XXII
Para conversar bien necesitamos el frío tacto del
talento; para disertar bien, el brillante abandon del genio.
Empero, los hombres de altísimo genio disertan a veces muy
bien y a veces muy mal; bien, cuando tienen tiempo sobrado,
amplio campo y un oyente comprensivo; mal, cuando temen
las interrupciones y los fastidia la imposibilidad de agotar el
tema en una conversación. El genio parcial es intermitente,
fragmentario. El auténtico genio tiembla ante lo incompleto,
la imperfección y, por lo regular, prefiere el silencio antes de
decir aquello que no es todo lo que debería decirse. Está tan
colmado por su tema que se queda callado, primero por no
saber cómo empezar, allí donde parece haber eternamente
un comienzo detrás de otro, al percibir que su verdadero
fin se halla a distancia tan infinita. A veces, abordando una
cuestión, se equivoca, vacila, se interrumpe, se apresura,
y como ha sido arrollado por la rapidez y la multiplicidad
de sus pensamientos, sus oyentes sonríen irónicamente
ante su inhabilidad para pensar. Un hombre tal se halla en
su elemento en esas “grandes ocasiones” que confunden y
humillan el intelecto medio.
De todos modos, la influencia del conversador
sobre la humanidad, mediante su conversación, es más
marcada que la del disertante con su disertación; este último
diserta invariablemente mejor con la pluma. Y los buenos
conservadores son más raros que los disertantes respetables.
De estos últimos conozco muchos, pero sólo cinco o seis de
los primeros, entre los cuales recuerdo en este momento a
Mr. Willis; Mr. J. T. S.; Sullivan, de Filadelfia; Mr. W. M.
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[Link] 157 11/9/08 10:42:05
R., de Petersburg; Va., y la señora S…d, en un tiempo en
Nueva York. La mayoría de los conversadores nos inducen
a maldecir nuestra estrella por no habernos hecho nacer en
el pueblo africano mencionado por Eudoxus, el de aquellos
salvajes que, por carecer de boca, no lo abrían jamás,
naturalmente. Y, sin embargo, si a ciertas personas que
conozco les faltara la boca, se las arreglarían para charlar lo
mismo…, tal como lo hacen hoy: por la nariz.
XXIII
“Era una pila de ostras que contenían las preciosas
perlas del Sur, y el artista había pintado hábilmente algunas
con los labios separados, mostrando el precioso fruto por
cuya obtención la codicia española se había mostrado capaz
de arrostrar cualquier peligro y cometer cualquier crimen.
Verdadero y poético a la vez, ningún comentario hubiera
podido ser más severo…”, etc. La Damisela del Darién,
por Mr. Simms.”
¡Cuerpo de Baco! ¡Pensad en belleza poética frente
a una ostra boquiabierta!
“Y cuán natural era creer, en una edad tan fantasiosa,
que las estrellas y constelaciones que por primera vez
contemplaba en el Nuevo Mundo el nativo del Viejo estaban
consagradas a su gobierno y protección.”
Pues bien, si por el Viejo Mundo alude al Este, y por
el Nuevo el Oeste, mal puedo comprender cuáles son las
estrellas vistas en uno que no puedan verse igualmente en
el otro. Mr. Simms comete –o cometía– abundantes faltas;
entre ellas un inglés inexacto, la tendencia a las imágenes
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repulsivas y a las frases favoritas. De todos modos, apar-
te de Brockden Brown y Hawthorne (que constituyen cada
uno un género), es con mucho el mejor escritor de ficciones
en Norteamérica. Tiene más vigor, más imaginación, más
movimiento y mayor capacidad general que todos nuestros
novelistas (salvo Cooper) combinados.
XXIV
All in a hot and copper sky
The bloody sun at noon
Just up above the mast did stand,
No bigger than the moon.
Coleridge
¿Es posible que el poeta ignorara que el diámetro
aparente de la luna es mayor que el del sol?
XXV
“Esa sonrisa dulce y serena, esa sonrisa que sólo
puede verse en el rostro de los moribundos y los muertos.”
(Bulwer Lytton, Ernest Maltravers).
Bulwer no es hombre de mirar los hechos cara
a cara. Prefiere sentimentalizar sobre un error grosero
aunque pintoresco. ¿Quién ha visto, en realidad, otra cosa
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que el horror en la sonrisa de los muertos? Pero deseamos
ardientemente imaginarla “dulce”, y ésa es la fuente del
engaño, si es que en el fondo hay engaño.
XXVI
El mal uso de las citas es prueba de ingenio, y de
excelente efecto cuando se lo aplica adecuadamente, pero
lord Brougham carece de la especial capacidad que la
cosa requiere. Uno de los mejores aciertos en este sentido
proviene de Tieck y he visto recientemente cómo una revista
británica se lo apropiaba con gran complacencia. El autor
de Journey into the Blue Distance habla de ciertas señoritas,
no demasiado bellas, a quienes sorprendió in mediis rebus,
haciendo su tocado. “Estaban rizando sus monstruosas
cabezas –dice– tal como dice Shakespeare de las olas en
una tempestad.”
XXVII
Sobre ella se derramó el aplauso entusiasta del más
severo buen gusto y de la más profunda sensibilidad. El
triunfo humano, en todo lo que tiene de más exaltante y
delicioso, no sobrepasó jamás el que ella obtuvo –con la
sola excepción, quizá, de la Taglioni–. Pues, ¿qué son las
forzadas adulaciones que se prodigan al conquistador?
¿Qué son los amplios honores del autor popular, su dilatada
fama, su alta influencia, la más devota apreciación de sus
obras, al lado de esa arrebatadora aprobación de la mujer
allí presente, ese aplauso espontáneo, inmediato, palpable,
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esas incontenibles aclamaciones, esos elocuentes suspiros
y lágrimas que la idolatrada Malibrán oía, veía y sentía
profundamente al mismo tiempo, sabedora de que los
merecía? Su breve carrera fue un maravilloso sueño, pues
aun los muchos intervalos penosos no fueron más que polvo
en el total de su gloria. Mucho se habla en este libro37 de
las causas que abreviaron su existencia; y, sin embargo, tal
como se las menciona, parece flotar en torno a ellas una
vaguedad que la memorialista trata en vano de iluminar.
No parece alcanzar nunca la entera verdad. No parece darse
cuenta de que aquella temprana muerte fue sólo la condición
de su arrebatada vida. Nadie que haya escuchado cantar a la
Malibrán pudo dudar de que moriría en la primavera de sus
días. Concentró épocas enteras en pocas horas. Abandonó
el mundo a los veinticinco años, después de haber vivido
durante miles.
XXVIII
En mi respuesta a la carta firmada por “Outis”, que
defiende a Mr. Longfellow de ciertos cargos que se supone
le hice, aproveché para manifestar que, “entre los plagiarios
deliberados, nueve de cada diez son autores reputados,
que saquean libros ocultos, descuidados u olvidados”.
Llegué a esta conclusión a priori, pero la experiencia me
la ha confirmado. He aquí un plagio sufrido por Channing,
y como fue perpretado por un escritor anónimo en una
revista mensual, el robo parece contradecir mi afirmación,
37 Memoirs and Letters of Madame Malibran, por la condesa de Merlin.
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hasta que se comprueba que la revista en cuestión es el
New Monthly, de Campbell, de agosto de 1828. En esta
época Channing era relativamente desconocido, y además
el plagio apareció en otro país, donde era poco probable
que lo descubrieran. En su ensayo sobre Bonaparte, dice
Channing:
“Deberíamos observar que el talento militar, aun del
más alto orden, está lejos de ocupar el primer lugar entre
los dones intelectuales. Constituye una de las formas más
inferiores del genio, pues no coincide con los fines más altos
y ricos del pensamiento… La principal tarea de un general
consiste en aplicar fuerzas físicas, eliminar obstáculos
físicos, proveerse de ayudas y ventajas físicas, obrar sobre
la materia, superar ríos, murallas, montañas y músculos
humanos; y nada de ello constituye el objetivo más alto de
la inteligencia, ni demanda una inteligencia de primer orden;
por lo tanto, nada es más común que encontrar hombres
eminentes en este género, a quienes faltan casi enteramente
las energías más nobles del alma, en imaginación y gusto,
en la capacidad de gozar de las obras de los genios, en los
criterios más amplios de la naturaleza humana, en las ciencias
morales, en la aplicación del análisis y la generalización
a la mente humana y a la sociedad, y en concepciones
originales sobre los grandes temas que han absorbido a los
entendimientos más gloriosos”.
El ladrón del New Monthly dice:
“El talento militar, aun del más alto grado, está muy
lejos de ocupar el primer puesto entre los dones intelectuales.
Constituye una de las formas más inferiores del genio, pues
nunca se le hace coincidir con las operaciones mentales más
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delicadas y abstrusas. Se le usa para aplicar fuerzas físicas,
eliminar obstáculos físicos, proveerse de ayudas y ventajas
físicas; y nada de ello constituye el objetivo más alto de
la inteligencia, ni demanda una inteligencia de primero
y raro orden. Nada es más común que encontrar hombres
eminentes en la ciencia y práctica de la guerra, a quienes
faltan enteramente las energías más nobles del alma, en
imaginación, en gusto, en dilatados criterios de la naturaleza
humana, en las ciencias morales, en la aplicación del análisis
y la generalización a la mente humana y a la sociedad; o en
concepciones originales sobre los grandes temas que han
ocupado y absorbido a los entendimientos humanos más
gloriosos”.
El artículo del New Monthly se titula La situación de
los partidos. Lo subrayado es mío.
Los plagios aparentes suelen producirse con frecuencia
por las repeticiones que un autor hace de sus propios textos,
si descubre que algo ya publicado ha caído en el olvido, o
fue descuidado, o se presta particularmente para otro tema
en discusión. Introduce, pues, dicho pasaje, con frecuencia
sin mencionar que ya había sido impreso; a veces lo emplea
en un artículo sin firma. De ahí que una y otra vez algún
autor anónimo sea injustamente acusado de plagio, cuando
el pecado no pasa de una repetición. Pero en el presente caso
se trata de un plagio deliberado, de la especie más estúpida
y más indigna. Confiado en la oscuridad del original, el
plagiario se dejó tentar por la idea de matar dos pájaros de un
tiro, de evitarse todo disfraz aparte de los adornos. Channing
dice “orden”, y el escritor del New Monthly dice “grado”.
Aquél dice que dicho orden “está lejos de ocupar, etcétera”, y
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éste dice que está “muy lejos de ocupar”. El uno afirma que el
talento militar “no coincide, etc.”, y el otro que “nunca se lo
hace coincidir”. El uno habla de “los fines más altos y ricos”,
el otro de los “más delicados y abstrusos”. Channing habla
de “pensamientos”; el ladrón, de “operaciones mentales”.
Channing menciona la “inteligencia de primer orden”, y el
ladrón, “de primero y raro orden”. Channing observa que, con
frecuencia, el talento militar “falta casi enteramente, etc.”; el
ladrón sostiene que “falta enteramente”. Channing alude a “los
criterios más amplios de la naturaleza humana”; el ladrón no
se contenta con menos de “dilatados criterios”. Finalmente,
después que el autor norteamericano ha quedado satisfecho
con una referencia a “los grandes temas que han absorbido a
los entendimientos más gloriosos”, el ladrón inglés pretende
avergonzarlo mediante “los grandes temas que han ocupado
y absorbido a los entendimientos humanos más gloriosos”,
como si uno pudiera estar absorbido sin estar ocupado por
un tema, y como si existiera el riesgo de que el lector pueda
imaginarse por un momento que los entendimientos en
cuestión son los de las ranas, los asnos o los Johnny Bulls.
Dicho sea de paso: en un caso como éste, donde se
plantea la cuestión de quién es el autor y quién el plagiario,
la solución puede hallarse casi invariablemente si se observa
cuál de los pasajes aparece amplificado o exagerado. Para
disimular el caballo robado, el ladrón iletrado le corta la
cola; pero el ladrón educado prefiere atar otra cola sobre la
verdadera y pintar ambas de color celeste.
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XXIX
Creo que los olores poseen una fuerza sumamente
peculiar, afectándonos mediante la asociación; su fuerza
difiere esencialmente de la de los objetos que apelan al tacto,
el sabor, la vista o el oído.
XXX
Hubiera sido decoroso, según pienso, que Bulwer
reconociera –por lo menos al pasar– la gran deuda
contraída con La vida privada de los romanos, de Arnay38,
que con tan pocos escrúpulos utilizó en Los últimos días de
Pompeya. Si no me equivoco, reconoce en cambio lo que
debe a Pompeiana, de sir William Gell. ¿Por qué a éste y
no aquél?
XXXI
No puedo decir que haya comprendido plenamente
la fuerza del término “insulto” hasta cierto día en que un
miembro de la clique de la North American Review me dio
a entender que dicha revista no sólo estaba dispuesta, sino
ansiosa por hacerme la justicia que me había sido hecha
ya por la Revue Française y la Revue des Deux Mondes,
pero que se veía impedida por mi “invencible espíritu de
antagonismo”. Deseo que la North American Review “no”
exprese la menor opinión sobre mí, pues no me interesa un
ardite. Entretanto, como veo que su página inicial carece de
38 1764.
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lema, le recomendaré uno extraído de la Carta de Francia,
de Sterne. Helo aquí: “Mientras cabalgábamos por el valle
vimos una recua de asnos en la cima de una montaña. ¡Cómo
nos miraban y ‘remiraban’!.39
XXXII
Von Raumer afirma que Enslen, óptico alemán,
tuvo la idea de proyectar una figura de sombra en la silla
de Banquo valiéndose de lentes. Lo puso fácilmente en
práctica, logrando un gran efecto. No dudo de que un
público norteamericano quedaría electrizado por semejante
cosa, pero nuestros directores teatrales no sólo carecen de
invención propia, sino de energía para aprovechar la ajena.
XXXIII
He aquí una buena idea para un artículo de revista;
veamos si alguien lo “cocina” adecuadamente. Un petulante
pretendiente a la cultura universal, un supuesto Chrichton,
ocupa durante una o dos horas la atención de un vasto cír-
culo, muchos de cuyos miembros quedan profundamente
impresionados por sus conocimientos. Muéstrase especial-
mente ingenioso a expensas de un modesto joven que no se
atreve a replicar, y que finalmente se marcha del salón como
abrumado y confundido, mientras el pseudo Chrichton ce-
lebra su fuga con una risotada. Poco después el joven regre-
39 Juego de palabras: “review” (mirar de nuevo) vale también por
“reseñar” o “criticar”.
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sa seguido por un lacayo que coloca una cantidad de libros
sobre la mesa. Entonces el joven, consultando ciertas notas
a lápiz tomadas durante el despliegue de erudición del pseu-
do Chrichton, repite una por una las afirmaciones de éste,
refutándolas por turno con referencia a las mismas autori-
dades que había citado el egotista, con lo cual su ignorancia
en todos los puntos queda plenamente demostrada.
XXXIV
Podríamos imaginar dos plausibles derivaciones
del epíteto “llorón” aplicado al sauce. Cabría decir que la
palabra se origina en la forma colgante de las ramas más
largas, que sugieren la idea del agua que se vierte; o bien
afirmar que el término procede de un hecho vinculado con
la historia natural del árbol. Éste posee una transpiración
muy intensa que, al enfriarse bruscamente la atmósfera, se
condensa y a veces se precipita en forma de lluvia. Ahora
bien, muy fácilmente podrían determinarse las tendencias y
valores del sentido de la causalidad en un hombre observando
cuál de estas dos derivaciones adopta. La primera, fuera de
toda duda, es la correcta, por la razón de que los epítetos
vulgares y comunes son universalmente sugeridas por cosas
comunes u obvias, sin mayor cuidado de la exactitud de su
aplicación; pero la segunda sería ávidamente aceptada por
nueve filólogos de cada diez, por la simple razón de que
es epigramática, de que el hecho singular parece coincidir
ajustadamente con el término. He aquí, pues, una sutil
fuente de error que lord Bacon ha descuidado. Se trata de
un Ídolo del ingenio.
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[Link] 167 11/9/08 10:42:07
XXXV
“Cuantas más grandes excelencias encuentro en un
libro, menos me sorprende encontrar grandes deméritos. Si
me dicen que un libro tiene muchas faltas, no me parece
definitivo, y no puedo juzgar por eso si es excelente o
execrable. Se dice de otro que no tiene la menor falta; si
ello es cierto, la obra no puede ser excelente”. –Trublet.
El “no puede” es aquí demasiado fuerte. Las
opiniones de Trublet prevalecen de manera asombrosa, pero
no por ello son menos demostrablemente falsas. Sólo la
indolencia del genio les ha dado difusión. La verdad parece
ser que el genio de la más alta especie vive en un estado de
perpetua vacilación entre la ambición y el desprecio hacia
ella. La ambición de un gran intelecto es, en el mejor caso,
negativa. Lucha, trabaja, crea, no porque la excelencia sea
deseable, sino porque ser superado cuando siente que tiene
la fuerza de superar le resulta insoportable. No puedo dejar
de pensar que los intelectos más grandes (que perciben con
mayor claridad el risible absurdo de la ambición humana)
permanecen con gran contentamiento “mudos y oscuros”. En
todo caso, la vacilación de que hablo es el rasgo prominente
del genio. Alternadamente inspirada y deprimida, sus
diferencias temperamentales aparecen estampadas en sus
trabajos. Tal es la verdad en general, pero es una verdad
muy diferente de la afirmación involucrada en el “no puede”
de Trublet. Dad a un genio un motivo suficientemente du-
radero y el resultado será armonía, proporción, belleza,
perfección –todas ellas, en este caso, sinónimas–. Sus
supuestas irregularidades “inevitables” no se manifestarán,
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[Link] 168 11/9/08 10:42:08
pues claro resulta que la susceptibilidad a las impresiones
bellas (esa susceptibilidad que constituye el elemento más
importante del genio) implica una sensibilidad y aversión
igualmente exquisitas hacia la deformidad. El motivo –el
motivo duradero– le ha tocado hasta ahora muy rara vez al
genio; pero podría nombrar varias composiciones que, “sin
la menor falta”, son, sin embargo, “excelentes” en grado
supremo. Por lo demás, el mundo está en el umbral de una
época en la cual, con ayuda de una filosofía ecuánime, tales
composiciones serán el resultado ordinario del trabajo del
auténtico genio. Uno de los pasos primeros y esenciales
para franquear dicho umbral servirá para expulsar de un
puntapié esta idea de Trublet, esta insostenible y paradójica
idea de la incompatibilidad del genio con el arte.
XXXVI
Cabe perfectamente dudar de si en el Koran de
Lawrence Sterne o en el Lacon de Colton hay un solo
párrafo meritorio cuyo origen (o, por lo menos, cuyo
germen) no pueda encontrarse en Séneca, Plutarco (a través
de Maquiavelo), Maquiavelo mismo, Bacon, Burdon,
Burton, Bolingbroke, La Rochefoucault, Balzac, el autor
de La manière de bien penser, o Bielfield, el autor alemán
que escribió en francés Les Premiers Traits de l’Erudition
Universelle.
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[Link] 169 11/9/08 10:42:08
XXXVII
Si a un hombre no se le permite elegir su propio tema,
los resultados literarios serán peores que si careciera de talento.
Y aquí ¡cuán imperiosamente vigilado está! Naturalmente,
puede escribir para sí mismo…, pero sus editores imprimen
también para sí mismos. Dada la naturaleza de nuestras leyes
sobre propiedad intelectual, carece de fuerza individual. En
cuanto a su libertad de acción, es casi la misma que la del
deán y el Capítulo de la catedral en una elección británica de
obispos, elección convocada por un documento real o congé
d’élire…, que especifica la persona a quien debe elegirse.
XXXVIII
Ver con claridad la maquinaria –las ruedas y
engranajes– de una obra de arte es, fuera de toda duda,
un placer, pero un placer que sólo podemos gozar en la
medida de que no gozamos del legítimo efecto a que aspira
el artista. Y, de hecho, con demasiada frecuencia sucede
que toda reflexión analítica sobre el arte equivale a reflejar
a la manera de los espejos del templo de Esmirna, que
representan deformadas las más bellas imágenes.40
XXXIX
Ciertamente M… no puede quejarse por la forma en
que ha sido recibido su libro, pues el público le ha dado la
40 To reflect: reflexionar y reflejar.
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misma seguridad con la cual Polifemo tranquilizó a Ulises
mientras se comía a sus camaradas delante de él: “Su libro,
Mr. M… –dice el público– será, bajo palabra de honor, el
último que devoraré”.
XL
La moderna filosofía reformista que aniquila al
individuo a fin de ayudar a la masa, y la reciente legislación
reformista, que prohíbe el placer a fin de aumentar la felicidad,
parecen astillas de un viejo tronco, de esa ley feudal francesa
que, para evitar que se molestara a las perdices, castigaba a
quienes empleaban la azada o cortaban las malezas.
XLI
No puedo dejar de pensar que, en general, los nove-
listas podrían recibir una que otra vez su merecido si se
inspiraran en los chinos, quienes a pesar de construir sus
casas de arriba hacia abajo tienen suficientes sensatez como
para empezar sus libros por el final.
XLII
La Harpe (que no era crítico) hizo no obstante estricta
justicia al fino gusto y al minucioso acabado de Racine, en
todo lo referente a los rasgos secundarios de la literatura.
En esto Racine sobrepasa por mucho a Pope, así como éste
a los más grandes bobalicones en su Dunciad.
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XLIII
Me he entretenido a veces tratando de imaginar cuál
sería el destino de un individuo dueño (o más bien víctima)
de un intelecto muy superior a los de su raza. Naturalmente
tendría conciencia de su superioridad, y no podría impedirse
(si estuviera constituido en todo lo demás como hombre)
de manifestar esa conciencia. Así se haría de enemigos
en todas partes. Y como sus opiniones y especulaciones
diferirían ampliamente de las de toda la humanidad, no cabe
duda de que lo considerarían loco. ¡Cuán horrible resultaría
semejante condición! El infierno es incapaz de inventar una
tortura peor que la de ser acusado de debilidad anormal por
el hecho de ser anormalmente fuerte.
De la misma manera es evidente que un espíritu muy
generoso –que sintiera de verdad lo que todos fingen sentir–
debería ser mal juzgado en todas partes, y mal interpretados
sus motivos. Así como el colmo de la inteligencia sería
considerado fatuidad, así el exceso de caballerosidad no
dejaría de ser entendido como bajeza en último grado; y
lo mismo todas las virtudes restantes. Que ciertos hombres
hayan sobrepasado el nivel de su raza es cosa de la que
apenas cabe dudar; pero al buscar en la historia las huellas
de su existencia deberíamos dejar de lado las biografías
de los “buenos y los grandes”, mientras examinamos
cuidadosamente los escasos datos sobre ciertos miserables
que murieron en la cárcel, el manicomio o el patíbulo.
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XLIV
Si se me pidiera una definición sumamente breve
del término “Arte”, diría que es “la reproducción de lo
que perciben los sentidos en la naturaleza a través del velo
del alma”. La mera imitación, por ajustada que sea, de lo
que hay en la naturaleza, no confiere a nadie el nombre
sagrado de “artista”. Denner no lo era. Las uvas de Zeuxis
eran “inartísticas”, salvo para los ojos de un pájaro, y ni
siquiera la cortina de Parrasio podía ocultar su falta de
genio. He mencionado el “velo del alma”. Algo así resulta
indispensable en el arte. En cualquier momento podemos
duplicar la verdadera belleza de un paisaje real, entornando
los ojos cuando lo miramos. Los sentidos desnudos ven
a veces demasiado poco; pero, en cambio, ven siempre
demasiado.
XLV
¡Con qué inexplicable obstinación persisten nuestros
mejores escritores en hablar de “coraje moral”, como si
pudiera haber algún coraje que no lo fuera! El adjetivo se
aplica impropiamente al sujeto, y no al objeto. La energía
que domina el miedo –sea miedo de un mal que amenaza a la
persona o a las circunstancias impersonales entre las cuales
existimos– es, claro está, una energía simplemente mental,
simplemente “moral”. Pero al hablar de “coraje moral”
implicamos la existencia del físico. Igualmente razonable
podría ser una expresión como “pensamiento corporal”, o
“imaginación muscular”.
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XLVI
Tengo gran fe en los locos. Mis amigos le llamarían
confianza en mí mismo.
Dicho sea de paso, con la nueva luz eléctrica y otras
parecidas, la idea de Béranger no es tan descabellada.
Si demain, oubliant d’éclore,
Le jour manquait, eh bien! demain
Quelque fou trouverait encore
Un flambeau pour le genre humain.
XLVII
“La filosofía –dice Hegel– es completamente inútil
y estéril, y, por esa razón, la más sublime de todas las
actividades la que merece mayor atención y la más digna
de nuestro celo”. Esta jerga debió de nacer sin duda de
aquello de Tertuliano: Mortuus est Dei filius; credibile
est quia ineptum—et sepultus resurrexit; certum est quia
impossibile.
XLVIII
No es en absoluto ilógico imaginar que, en una
existencia futura, consideramos esto que creemos nuestra
existencia actual como un sueño.
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XLIX
El artista pertenece a su obra, no la obra al artista.
Novalis
En nueve casos sobre diez, tratar de extraer sentido
de un apotegma alemán es perder el tiempo; a decir verdad,
se puede extraer cualquiera y todos los sentidos. Si en la
frase citada se intenta afirmar que el artista es esclavo de su
tema y debe conformarlo a sus pensamientos, no me atrae la
idea, que en mi opinión nace de un intelecto esencialmente
prosaico. En manos del artísta auténtico, el tema, la “obra”,
no es sino una masa de arcilla, con la cual –según el
tamaño de la masa y la calidad de la arcilla– puede hacerse
cualquier cosa a voluntad o de acuerdo con la habilidad
del artesano. La arcilla, pues, es el esclavo del artista. Le
pertenece. Claro está que el genio de éste se manifiesta
claramente en la elección de la arcilla. No debe ser ni fina ni
gruesa, en teoría, sino lo bastante fina o gruesa, lo bastante
plástica o rígida, como para servir mejor a los fines de la
cosa a crear, de la idea a realizar, o, más exactamente, de la
impresión a producir. Hay artistas, empero, a quienes sólo
agrada el material más fino, y que por tanto sólo producen
los vasos más finos. Por lo regular son muy transparentes y
excesivamente frágiles.
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L
¡Cuán radicalmente mal entendida ha sido Undine!41
Por debajo de su significación obvia fluye una corriente
subterránea, sencilla, perfectamente inteligible, artística-
mente guiada y de una rica filosofía. Partiendo de la
evidencia interna que ofrece la obra misma, deduzco que el
autor sufría las desdichas de un matrimonio mal avenido, y
que las amargas reflexiones nacidas de aquéllas lo indujeron
a imaginar la fábula.
En el contraste entre el carácter ingenuo, irreflexivo
y descuidado que demuestra Ondina antes de llegar a
tener un alma, y su manera de ser tan seria, concentrada
y anhelosa, aunque feliz, que adquiere después de llegar
a poseerla, condición que, a pesar de sus múltiples
desvelos, prefiere a su estado original, Fouqué ha pintado
bellamente la diferencia entre el corazón que no tiene
el hábito del amor y el que ha recibido su inspiración.
Los celos que siguen al matrimonio, inspirados
por la conducta de Bertalda, son los conflictos naturales
del amor; pero las persecuciones de Kuhleborn y los
demás espíritus acuáticos que se encolerizan por el trato
que da Huldbrand a su esposa, intentan describir ciertas
dificultades que nacen de la intervención de los parientes
en las cuestiones conyugales –dificultades que el autor
experimentaba por si mismos. La advertencia de Ondina a
Huldbrand: “No me hagas reproches cerca del agua, porque
nos separaremos para siempre”, quiere encarnar la verdad
41 Ondina, de La Motte Fouqué.
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de que las querellas entre marido y mujer son pocas veces
irremediables, a menos que se produzcan en presencia de
terceros. El segundo matrimonio del caballero, su olvido
gradual de Ondina y el profundo dolor de ésta al borde de
las aguas son detallados tan patética y apasionadamente,
que no puede dudarse de las opiniones del autor sobre un
segundo matrimonio, ni de su profundo interés personal
en la cuestión. El pasaje que citaremos, ¡cuán hondamente
expresa en sus pocas y simples palabras la opinión personal
de Fouqué de que la mera muerte de una esposa adorada
no implica una separación tan radical y tan completa como
para justificar una unión con otra mujer! Dice el autor:
“El pescador había amado a Ondina con profunda
ternura, y le resultaba dudoso creer que la mera desaparición
de su amada niña pudiera ser considerada propiamente
como su muerte…”.
Este pasaje se halla en la parte donde el anciano trata
de disuadir al caballero de que se case con Bertalda.
Imposible me resulta decidir qué debe admirarse más
en esta obra, si la novedad de su concepción, la elevación y
pureza de su idealismo, la intensidad de su pathos, el rigor
de su simplicidad, la gran habilidad artística con la cual
todos esos rasgos se combinan en una permanente, en una
total y absoluta unidad de efecto.
¡Cuán delicadas y graciosas son las transiciones de
un tema a otro! Hay un punto que somete a severa prueba la
habilidad del autor; ocurre cuando, a los efectos del relato,
se hace necesario que el caballero descienda el Danubio
con Ondina y Bertalda. Un novelista común se hubiera
atormentado a sí mismo y a sus lectores buscando una razón
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suficiente para dicho viaje. Pero en una fábula como Ondina,
¡cuán pertinente aparece el sencillo motivo aducido!:
“En esta grata unión de amistad y afecto, el invierno
vino y se alejó; y la primavera, con su follaje de tierno verde
y su cielo de suave azul, vino a alegrar los corazones de los
tres habitantes del castillo. ¿Cómo asombrarse, pues, de que
sus cigüeñas y sus golondrinas les inspiraran igualmente
un deseo de viajar?”
LI
Acabo de terminar Los misterios de París, obra de
indiscutible fuerza, museo de novedosos e ingeniosos in-
cidentes, paradoja de pueril tontería y de consumada ha-
bilidad. Tiene en común con todas las ficciones “convulsi-
vas” que los incidentes son consecuentes con las premisas,
mientras éstas son ridículamente increíbles. Si admitimos,
por ejemplo, la posibilidad de un hombre como Rodolfo y
un estado social que tolere sus continuas intromisiones, no
tendremos dificultad en admitir la posibilidad de que lleve a
cabo todo lo que hace. Otro detalle que distingue la escuela
de Sue es la falta absoluta del ars celare artem. En efecto, el
escritor está siempre diciendo al lector: “Ahora, dentro de
un instante, verá usted lo que verá. Me dispongo a provocar
en su ánimo una tremenda impresión. Prepárese, excite su
imaginación o su piedad en el más alto grado”. Los hilos
no sólo no están ocultos, sino exhibidos como cosas a ad-
mirar, al mismo tiempo que las marionetas que ponen en
movimiento. El resultado es que al leer un capítulo patético
de Los misterios de París nos decimos sin verter ninguna
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lágrima: “Pues bien, he aquí algo que, sin duda, moverá a
las lágrimas a todos los lectores”. Los motivos filosóficos
atribuidos a Sue son completamente absurdos. Su primera
y única intención consiste en producir un libro excitante y
que, por lo tanto, se venda bien. La jeringoza (implícita o
directa) sobre el mejoramiento de la sociedad, etc., es un
truco usual entre los novelistas, gracias al cual confían en
agregar un tono de dignidad o utilitarismo a sus páginas y
dorar la píldora de sus licencias. Este astuto recurso se em-
plea aún más para injertar un sentido en lo que de otro modo
sería ininteligible. En este último caso, empero, la astucia
constituye una idea posterior que se manifiesta en forma de
moraleja, como en Esopo, o ensamblada en el cuerpo de
la obra, trozo por trozo y cuidadosamente, pese a lo cual
jamás deja de verse que se trata de una inserción posterior.
La traducción de C. H. Town es muy imperfecta,
y al verter demasiado literalmente los modismos destruye
el tono del original. Quizá debiera decir que ha traducido
demasiado literalmente las peculiaridades locales del
texto. Hay una cuestión a considerar obviamente en toda
traducción –aunque no creo que se la haya advertido hasta
ahora. Deberíamos verter el original de manera que la ver-
sión impresionara a los lectores a quienes está destinada,
tal como el original impresiona a los lectores para quienes
fue escrito. Ahora bien, si traducimos rigurosamente los
simples rasgos locales del texto (por no decir nada de los
modismos) deformamos inevitablemente la impresión
buscada por el autor. Seguramente produciremos un
efecto extraño, por no decir ridículo, ya que en este caso
las novedades resultan incongruencias, rarezas. Debería
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distinguirse, claro está, entre las peculiaridades idiomáticas
correspondientes a la nación y las que son propias del autor
mismo –puesto que estas últimas tendrán un efecto similar en
todas las naciones y deben ser traducidas literalmente–. La
desatención general del principio aquí propuesto es la sola
causa de la gran depreciación internacional –ya que no el
desprecio– de la literatura. Los críticos ingleses, por ejemplo,
aluden abundantemente a lo que llaman “frivolidad” de las
letras francesas, idea derivada principalmente de la impresión
que produce el estilo francés –estilo que no tiene en sí nada
esencialmente frívolo, pero que provoca esa impresión en
todos los extranjeros (especialmente los ingleses) a causa de
la rareza resultante de la traducción y que acabo de explicar–.
El francés devuelve a su turno el cumplido, quejándose de
la gaucherie del estilo británico. La fraseología de cada
nación tiene un tinte de rareza para los oídos de las naciones
que hablan diferentes lenguas. Para transmitir el verdadero
espíritu de un autor, dicho tinte debería ser corregido en
la traducción. Sería bueno enorgullecernos menos de la
literalidad, y más de la destreza en la paráfrasis. ¿No está
claro que, mediante esa destreza, se puede traducir de manera
de proporcionar a un extranjero una concepción más justa
de un original de lo que el original mismo podría darle.
La distinción que he hecho entre meros modismos
(que, claro está, no deben traducirse jamás literalmente) y
“peculiaridades locales del texto” puede ejemplificarse con
un pasaje en la página 291 de la versión de Mr. Town:
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Never mind! Go in there! You will take the cloak of
Calebasse. You will wrap yourself in it, etc.42
Estas palabras las dirige un enamorado a su amante,
y, aunque imperiosas, quieren ser amables. Revelan una
peculiaridad local, francesa, y para oídos franceses no
contienen nada de dictatorial. Para los nuestros, en cambio,
suenan como las órdenes de un oficial a su subordinado,
produciendo así un efecto absolutamente opuesto al buscado.
En este caso la traducción debería ser una resuelta paráfrasis.
Por ejemplo: “Permíteme insistir: debes embozarte en la
capa de Calebasse…”.
La versión de Mr. Town, empero, no sólo es
objetable por su excesiva literalidad, sino que abunda en
malentendidos acerca del sentido original. Uno de los más
extraños errores aparece en la página 368, donde leemos:
“De un malvado y brutal salvaje, de un villano matón,
ha hecho de mí un hombre honesto con sólo decirme dos
palabras; pero esas palabras, voyes vous, fueron mágicas”.
Según la versión, «voyez vous» vendrían a ser las
dos palabras mágicas. La traducción debería decir: «Pero
esas palabras, ¿sabe usted?, fueron mágicas.» Las verdaderas
palabras que habían producido el efecto mágico eran “cora-
zón” y “honor”.
Similar es otro curioso error en la página 245.
“Es un gueux fini, y un ataque no lo intimadará”
–agregó Nicolás.
“Un… sí” –dijo la viuda.
42 ¡No te preocupes! ¡Entra allí! Tomarás la capa de [Link]
embozarás en ella, etc.
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Sin duda, muchos lectores de la traducción de
Mr. Town se habrán quedado perplejos al no poder com-
prender la razón de que la viuda conteste: “Un… sí”. No
tengo el original ante mí, pero doy por seguro de que dice
aproximadamente lo que sigue: “Il est un gueux fini et un
assaut ne I’intimidera pas”. “Un… oui!”, dit la veuve.
Cabe observar que en un coloquio vivaz en francés
el oui implica raramente asentimiento literal a lo que se
dice, sino al espíritu de la proposición. Así, un francés
dice habitualmente “sí” allí donde un inglés diría “no”. La
respuesta de este último, por ejemplo, a la frase “un ataque
no lo intimidará” sería “no”, vale decir: “Por supuesto
que no lo intimidará”. El francés en cambio, contesta
“si”, dando a entender: “Coincido con lo que dice usted:
no lo intimidará.” Ambas respuestas, naturalmente, llegan
al mismo punto, aunque por caminos opuestos. Por eso,
sabiéndolo así, la verdadera versión del “uno… sí” de la
viuda debería ser: “Un ataque, en efecto, no servirá”, y
la prueba de que ésta es la versión correcta surge cuando
leemos las palabras que siguen de inmediato: “¡Pero cada
día…, cada día es un infierno!”.
Un ejemplo de otro tipo de error aún más reprensible
se hallará en la página 297, cuando Bras-Rouge dice a un
oficial de policía: “No importa; no me quejo de eso; cada
oficio tiene sus discordias (disagreements)”. Sin duda, el
texto francés debe decir “désagréments)”, inconvenientes,
desventajas, cosas desagradables. Pero désagréments está
tan lejos de indicar discordia como religio, en latín, de
implicar religión.
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Al hojear este libro me he quedado no poco sorpren-
dido al encontrar el admirable, tres veces admirable relato
titulado Gringalet et Coupe en Deux, que PiqueVinaigre
cuenta a sus compañeros en La Force. Pocas veces he leído
algo cuya exquisita destreza me deleitara más. Me resultaría
imposible señalar allí la menor falta –salvo, quizá, que la
intención de narrar una historia muy patética resulta un
tanto transparente.
He dicho que me sorprendí ante este relato, y es
así, pues uno de sus rasgos le ha sido sugerido a M. Sue
por uno de mis propios cuentos. Coupe en Deux posee un
mono, notable por su tamaño, fuerza, ferocidad y aptitudes
imitativas. Deseoso de cometer un asesinato de manera tan
sagaz que no puedan descubrirlo, el amo enseña al animal a
imitar los gestos de un barbero, y lo induce a degollar a un
niño, convencido de que al descubrirse el asesinato todos
creerán que el mono lo cometió por cuenta propia.
Al leer esto sentí cierta aprensión de que algunos
de mis amigos me acusaran de haberlo plagiado en mi
cuento Los asesinatos en la calle Morgue; pero no tardé en
recordar que éste se publicó por primera vez en el Graham’s
Magazine de abril de 1841. Años después, el París Charivari
reprodujo mi relato con elogiosos comentarios, objetando
sin embargo que la Rue Morgue no existía (a juicio del
Charivari) en la ciudad de París. No quiero, claro está,
considerar la adaptación que ha hecho M. Sue de mi relato
sino como un cumplido hacia mí. La similaridad puede
haber sido completamente accidental.
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LII
De todas las gentes posibles, los razonadores a
priori sobre el gobierno son los más ridículos. Arguyen con
demasiada inteligencia y no puedo creerlos lo bastante tontos
como para dejarse engañar por sus propios argumentos.
Sin embargo es posible, pues algo hay en la vanidad de la
lógica que echa a perder el cerebro de los hombres. Con el
tiempo el auténtico lógico termina por logicizarse, y desde
entonces, por lo que a él concierne, el universo pasa a ser una
palabra. Una cosa, para él, deja de existir. Estampa en una
hoja de papel cierta reunión de sílabas, y se imagina que su
sentido queda remachado por el acto de estamparla. Opino
seriamente que semejante proceso mental se produce en el
lógico “avezado” mientras elabora la tesis que se propone.
No advierte que piensa en esa forma, pero inconscientemente
piensa así. Las sílabas escritas adquieren para él un carácter
nuevo. Mientras flotaban en su cerebro, podría habérsele
hecho admitir que representaban exponentes variables de
diversas fases del pensamiento; pero no querrá admitirlo
apenas las haya fijado en el papel.
En una sola página de Mill encuentro la palabra
“fuerza” empleada cuatro veces, y la idea varía en cada
caso. No hay duda de que un argumento a priori es peor
que inútil, salvo en las ciencias matemáticas donde existe
posibilidad de precisar el sentido. Si hay algún tema para
el cual resulta total y radicalmente inaplicable, ese tema
es el Gobierno. Argumentos idénticos a los empleados
para defender los criterios de Br. Bentham pueden usarse
para refutarlos con poco gasto de ingenio; introduciendo
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[Link] 184 11/9/08 10:42:10
pequeños cambios en las palabras “pierna de carnero” y
“nabo” (cambios lo bastante graduales como para escapar
a la observación), podría yo demostrar que un nabo es, y
debería en rigor ser, una pierna de carnero.
LIII
La maldición de cierto tipo de inteligencia reside en
que jamás está satisfecha con la conciencia de su aptitud
para hacer alguna cosa. Ni siquiera se contenta con hacerla.
Tiene que saber y mostrar a la vez cómo fue hecha.
LIV
Nunca puedo leer un párrafo insultante en los
periódicos, sin recordar la pertinente pregunta hecha por
Johnson a Goldsmith: “Mi querido doctor, ¿qué daño puede
hacerle a un hombre que lo llamen Holofernes?”.
LV
Al leer ciertos libros nos ocupamos principalmente de
los pensamientos del autor; frente a otros, sólo nos interesan
los nuestros. Y éste43 es uno de los “otros”. Se trata de un
libro sugestivo, pero hay dos clases de libros sugestivos: los
positivos y los negativos. Los primeros sugieren a través de
lo que dicen; los segundos, por lo que pudieron y debieron
haber dicho. En esto hay poca diferencia, después de todo.
43 L’an deux mille quatre cents quarante, de Mercier.
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En cualquier caso, el verdadero propósito del libro se ha
alcanzado.
LVI
Es mil veces de lamentar que las mezquinas inge-
niosidades de unos pocos impugnadores profesionales
tengan fuerza suficiente para impedir –al menos durante
un año más– la adopción de un nombre para nuestro país.
Está claro que actualmente no tenemos ninguno. No debería
vacilarse en escoger el de “Apalacha”. En primer término,
es distintivo; “América”44 no lo es, y jamás lo será. Podemos
legislar todo lo que nos plazca y adoptar para nuestro país el
nombre que nos parezca adecuado, pero para nosotros ése
no será nombre, en la medida en que se necesita tenerlo, a
menos que lo arrebatemos a las regiones que lo emplean
actualmente. Sudamérica es “América”, e insistirá en seguir
siéndolo. En segundo término, “Apalacha” es un nombre
indígena, y nace de uno de los rasgos más distintivos y
magníficos del país. Tercero, empleando esta palabra
honramos a los aborígenes, a quienes hasta ahora he-
mos despojado, asesinado y deshonrado despiadadamente.
Cuarto, el nombre nace de una sugestión del más eminente,
quizá, de todos los pioneros de la literatura norteamericana.
Es justo que Mr. Washington Irving designe al país cuyo
nombre ha asentado en la literatura. Pero la última y más
44 En una sesión de la New York Historical Society, Mr. Field propuso
que tomemos el nombre de “América”, confiriendo al continente el
de “Columbia”.
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importante de todas las razones reside en la música de la
palabra “Apalacha”; nada podría ser más sonoro, más
líquido o más rotundo, mientras su longitud tiene dignidad
suficiente. Resulta difícil concebir cómo por un momento
se pudo preferir la gutural “Allegania”. Por mi parte, confío
aún en que se acepte el nombre de “Apalacha”.
LVII
En Antígona, como en todas las obras teatrales
antiguas, me parece advertir cierta pobreza, resultado de
inexperiencia artística, pero que los pedantes pretenden
presentarnos como resultado de una estudiada y suprema
simplicidad artística. La simplicidad, sin duda, es un rasgo
importante en todo arte auténtico; pero no la simplicidad
que encontramos en el drama griego. La que impera en
la escultura griega es el colmo de lo deseable, pues aquí
el arte mismo es simplicidad en sí y en sus elementos. El
escultor griego cincelaba sus formas partiendo de lo que
veía diariamente en torno con una belleza más próxima a la
perfección que cualquier obra de cualquier Cleomenes del
mundo. Pero en el drama, los directos, simples y no-alemanes
griegos carecían de una naturaleza lo bastante presente para
copiarla. Hacían lo que podían, pero no vacilo en afirmar
que su valor es de poca monta. El profundo sentido de uno
o dos elementos trágicos –o mejor melodramáticos–, como
la idea del destino inexorable, llameando a intervalos desde
la tiniebla del escenario antiguo, sirve para mostrar, en la
imperfección de su desarrollo, no la habilidad dramática,
sino la inhabilidad dramática de los antiguos. En una palabra,
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las artes simples alcanzan la perfección desde sus orígenes;
las complejas, demandan la larga y penosamente progresiva
experiencia de los tiempos. A los griegos, sin duda, su
drama les parecía perfecto, pues respondía plenamente a su
finalidad dramática, la emoción. Este hecho suele emplearse
como prueba de la perfección del drama griego en sí mismo.
Sólo cabe replicar que el arte y el sentido del arte de los
griegos se hallaban, necesariamente, al mismo nivel.
LVIII
No es valiente de verdad el hombre que tema parecer
o ser un cobarde cuando le convenga.
LIX
Si algún mortal “descargó sus pensamientos en la
expresión”, ése fue Shelley. Si algún poeta cantó como
canta un pájaro, profunda, impulsivamente, con total
abandono, y sólo para sí mismo y por la mera alegría de
su canción, ese poeta fue el autor de la Sensitiva. De arte
–excluido el instinto en el genio– tenía poco o lo desdeñaba
por completo. Desdeñaba realmente la regla que emana de
la ley, porque su alma era su ley. Sus rapsodias son apenas
apuntes, notas estenográficas de poemas, notas que bastaban
para su propia comprensión y que él no se preocupaba en
desarrollar plenamente con destino a la humanidad. En toda
su obra no encontramos una sola concepción plenamente
arquitecturada. Por este motivo es el más fatigante de los
poetas. Nos fatiga, sin embargo, por decir demasiado poco
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y no por decir muchísimo. Lo que en él parece prolijidad
de una idea, es la conglomerada concisión de muchas;
es esta concisión la que lo vuelve oscuro. Frente a un
hombre semejante, toda imitación quedaba descartada.
De nada habría servido, porque él hablaba solamente para
su espíritu, que no hubiera comprendido otra lengua. Así,
su originalidad es profunda. Su exquisita rareza nació de
la percepción intuitiva de una verdad que sólo Bacon ha
expresado claramente: “No hay belleza exquisita sin algo
extraño en sus proporciones”. Pero fuera oscuro, original o
exquisito, Shelley carecía de afectación. En todo momento
se mostró sincero.
De las ruinas de Shelley surgió a la existencia y
ofendió a los cielos una tambaleante y fantástica pagoda,
cuyos ángeles salientes, adornados con cascabeles de locura,
eran las fallas típicas del modelo –fallas que no pueden ser
juzgadas tales en vista de sus propósitos, pero que resultan
monstruosas cuando consideramos sus obras dirigidas a la
humanidad–. Surgió una “escuela” –si cabe emplear tan
absurdo término–, un sistema de reglas fundado en un Shelley
que no tenía ninguna. Innumerables jóvenes, deslumbrados
por el resplandor y confundidos por la bizarrie del relámpago
que atravesaba las nubes de Alastor, no tuvieron dificultades
en amontonar vapores imitativos, pero en cuanto al rayo,
debieron contentarse con su spectrum, en el cual aparecía la
bizarrie, pero faltaba el fuego. Las mentes maduras tampoco
dejaron de impresionarse por la contemplación de otra más
grande y más madura, y así, gradualmente, en esta escuela
de la Licencia, de la oscuridad, rareza y exageración, se
entretejieron el didactismo intempestivo de Wordsworth y
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el prurito metafísico de Coleridge. Todo iba así de mal en
peor, y por fin, con Tennyson, la inconciencia poética llegó
a su extremo. Pero precisamente este extremo (ya que la
mayor verdad y el mayor error son apenas dos puntos en un
círculo) siguió la ley de todos los extremos, provocando en
Tennyson una natural e inevitable revulsión, llevándolo a
condenar primero y a investigar después su primitiva manera
de escribir, para lograr finalmente, con esos magníficos
elementos, debidamente cernidos, el más auténtico y puro
de todos los estilos poéticos. Pero el proceso no está todavía
completo; y en parte, por esta razón, pero principalmente por
lo fortuito de esa combinación mental y moral que unirá en
una persona (si los une alguna vez) el abandono shelleyano
y el sentido poético tennysoniano con el arte más profundo
(basado simultáneamente en el Instinto y el Análisis), y
con una acendrada voluntad capaz de mezclar y dirigir
rigurosamente el todo; principalmente por eso, repito, ya
que semejante combinación de aparentes antagonismos será
sólo un “feliz azar”, el mundo no ha contemplado todavía el
más noble poema que pueda posiblemente ser escrito.
LX
No es propio (para usar una palabra suave) ni me
parece valeroso atacar a nuestros enemigos de manera tal que
el mundo entero se dé cuenta de quién se trata, mientras nos
decimos: “No he pronunciado el nombre de dicha persona,
ni he violado la letra de la ley”. Sin embargo, ¡cuántas veces
son culpables de esta bajeza ciertos hombres que se titulan
caballeros! Necesitamos reformar en este punto nuestra
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moralidad literaria; y también, urgentemente, otro punto: el
sistema de las reseñas anónimas. No pueden aducirse una
sola palabra respetable en defensa de esta práctica desleal,
la más despreciable y cobarde de todas.
LXI
Vilipendiar a un grande hombre es el camino más
fácil por el cual un hombrecillo puede alcanzar grandeza.
El cangrejo no habría llegado a ser jamás una constelación
si no hubiera tenido el coraje de morder a Hércules en el
talón.
LXII
Entre los moralistas que se mantienen erguidos
gracias al sistema de tragar atizadores está de moda condenar
las novelas “a la moda”. Estas obras tienen sus deméritos,
pero hasta ahora no se ha considerado debidamente la vasta
influencia positiva que ejercen. “Ingenuos didicisse fideliter
libros, emollit mores nec sinit esse feros.”Ahora bien, las
novelas a la moda son precisamente los libros de mayor
circulación entre las clases fuera de moda; y su efecto al
suavizar las peores callosidades y limar las asperezas más
repulsivas de la vulgaridad, es prodigioso. Para el rebaño,
admirar y pretender imitar es todo uno. ¿Qué importa si en
este caso las maneras que imitan son frívolas? Mejor es la
frivolidad que la brutalidad. Después de todo, poco peligro
hay de que el valor intrínseco del hierro más sólido se vea
afectado por una capa de dorado, por más diáfana que sea.
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LXIII
El autor de Cromwell logra mejores resultados como
escritor de baladas que de prosa. Tiene imaginación y una
bella concepción del ritmo, pero sus historias románticas
poseen toda la efervescencia de sus versos, sin su sabor. No
podría inventarse nada peor que su tono: ampulosamente
sentencioso, intrincado, esforzándose espasmódicamente
por lograr efectos. Y para colmo, tan unilateral como el
cardenal Chigi, quien se jactaba de haber escrito durante
medio siglo con la misma pluma.
LXIV
Nuestras marisabidillas están aumentando a gran
velocidad; habría, por lo menos, que diezmarlas. ¿No
tenemos un crítico con suficiente coraje como para colgar a
una o dos docenas, in terrorem? Tendría que usar, claro está,
una soga de seda, como hacen en España con los grandes45,
con los de “sangre azul”46.
LXV
Entre sus eidola de la caverna, la tribu, el foro, el
teatro, etc., Bacon podría haber ubicado muy bien el gran
eidolon del salón (o del ingenio, como lo he llamado en una
45 Grande de España: persona que tiene el grado máximo en la nobleza
española.
46 Juego de palabras con «blue stockings», marisabidillas, y «blue blood»
sangre azul.
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marginalia previa), ídolo cuya adoración ciega al hombre
para la verdad al deslumbrarlo con lo apropiado. Pero, ¿qué
nombre inventar para un ídolo que quizá ha propagado más
groseros errores que todos los otros juntos? Me refiero a
aquel que exige a sus fieles que permuten la causa y el efecto,
que razonen en círculo, que se alcen del suelo tirando hacia
arriba sus pantalones y que se lleven a sí mismos sobre la
cabeza, en una cesta, de Beersheba a Dan.
Toda, absolutamente toda la argumentación que he
visto acerca de la naturaleza del alma o de la Divinidad no me
parece otra cosa que adoración de este ídolo innominable.
Pour savoir ce qu’est Dieu –dice Bielfeld, aunque nadie
escuche esta solemne verdad– il faut étre Dieu même; y
razonar sobre la razón de todas las cosas es el colmo de
lo irrazonable. Sólo está capacitado para discutir el tópico
aquel que, al menos, percibe de una sola ojeada lo absurdo
de la discusión.
LXVI
Creo que es Montaigne quien dice: “La gente habla
de pensar, pero por mi parte jamás empiezo a pensar hasta
que me siento a escribir”. Mejor le hubiera convenido
el método de no sentarse jamás a escribir hasta no haber
acabado de pensar.
LXVII
“ ¿Qué es lo que aprende un hombre viajando?”
–preguntó cierto día el doctor Johnson, lleno de cólera–.
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“¿Qué aprendió en sus viajes lord Charlemont, como no
sea que había una serpiente en una de las pirámides de
Egipto?”.
Pero si el doctor Johnson hubiera vivido en los días
de los Silo Buckinghams47 hubiera visto que, lejos de ad-
vertir que había una serpiente en una pirámide, su viajero
hubiera estado pronto a jurar sin vacilación que había en-
contrado una pirámide en una serpiente.
LXVIII
Mucho se ha dicho recientemente sobre la necesidad
de mantener una nacionalidad apropiada en las letras
norteamericanas, pero jamás se ha entendido claramente
qué es esta nacionalidad o qué se gana con ella. Que un
norteamericano se limite a temas norteamericanos o que los
prefiera es una idea antes política que literaria, y en el mejor
caso resulta discutible. Haríamos bien en tener en cuenta que
“la distancia da más encanto al panorama”. Ceteris paribus,
un tema extranjero es preferible en un sentido estrictamente
literario. Después de todo, el mundo entero es el legítimo
escenario del histrio que escribe.
De lo que no puede haber sombra de duda es de
la necesidad de esa nacionalidad que defiende nuestra li-
teratura propia, sostiene a nuestros hombres de letras,
exalta nuestra dignidad y depende de nuestros propios
47 Parlamentario inglés (1786-1855), autor de un libro de impresiones
sobre los Estados Unidos. Poe se burla de él en Mellonta Tauta y
Conversación con una momia.
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recursos. Empero, es justamente en esto donde somos más
negligentes. Nos quejamos de la falta de una ley internacional
de propiedad intelectual, sosteniendo que esa falta permite a
nuestros editores inundarnos de opiniones inglesas en libros
ingleses; pero cuando esos mismos editores, corriendo un
riesgo evidente y una pérdida no menos obvia, se animan a
publicar un libro norteamericano, levantamos la nariz con
supremo desprecio (esto como criterio general), hasta que
el libro es declarado “legible” por algún crítico analfabeto
del otro lado del mar. ¿Será demasiado decir que, entre
nosotros, la opinión de Washington Irving, de Prescott,
de Bryant es perfectamente nula si se la compara con la
de cualquier anónimo sub sub director del Spectator, del
Atenæum o del Punch de Londres? Decir esto no es afirmar
demasiado. El hecho es rotunda y horriblemente cierto.
Todo editor de nuestro país admitirá lo que afirmamos. No
hay espectáculo más repugnante bajo el sol que nuestro
sometimiento a la crítica británica. Es repugnante, primero,
por aduladora, servil y pusilánime, y segundo, por su grosera
falta de sensatez. Sabemos que los ingleses no tienen mala
voluntad; sabemos que en ningún caso dejan de manifestar
opiniones tendenciosas sobre los libros norteamericanos;
sabemos que en las pocas oportunidades en que nuestros
escritores fueron decentemente tratados en Inglaterra se
trataba de aquellos que habían rendido público homenaje a
las instituciones británicas o que escondían en sus corazones
una secreta enemistad hacia la democracia. Sabemos todo
esto y, sin embargo, día tras día ofrecemos nuestros cuellos
al degradante yugo de las más bastas opiniones emanadas de
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[Link] 195 11/9/08 10:42:12
la madre patria. Si debemos tener una nacionalidad, que sea
una nacionalidad que se desprenda de ese yugo.
El jefe de los plumíferos, que así nos condena
a muerte como el Viejo de la Montaña, es el ignorante y
egotista Wilson. Usamos el término plumífero con toda
intención, pues, exceptuados Macaulay, Dilke y un par
más, no hay en toda Gran Bretaña un solo crítico merecedor
de este nombre. Los alemanes y aun los franceses son
infinitamente superiores. En cuanto a Wilson, jamás hombre
alguno escribió peores críticas o mejores baladronadas.
Que es “egotista” nadie puede dejar de advertirlo por más
al vuelo que lo lea. Que es “ignorante”, lo prueban sus
absurdos y continuos errores de colegial sobre Homero. No
hace mucho señalamos una serie de sandeces similares en
su reseña de los poemas de Elizabeth Barrett, y esa serie
de groseros errores nacía de su completa ignorancia; lo
desafiamos y desafiamos a cualquiera a que refute una sola
sílaba de lo que en dicho artículo exponíamos.
Empero, éste es el hombre cuyo simple dictum (para
nuestra vergüenza sea dicho) tiene fuerza suficiente para
imponer o ahogar cualquier reputación norteamericana.
En el último número del Blackwood continúa con su
pesado artículo sobre Ejemplos de los críticos británicos,
y aprovecha protervamente para insultar a uno de nuestros
más nobles poetas, a Mr. Lowell. La técnica de este ataque
consiste en el uso de epítetos en slang y de frases de la
más crasa vulgaridad. “Reventar” es uno de los términos
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preferidos; “¡Puah!” es otro48 “¡Somos escoceses hasta la
medula!” –dice Sawney49, como si la cosa no fuera más
que evidente—. En el artículo en cuestión llama “urraca”,
“mono” y “cockney yanqui” a Mr. Lowell, cuyo nombre ha
sido deliberadamente falseado como John Russell Lowell.
Ahora bien, si estas indecencias fueran perpetradas por un
crítico norteamericano, la prensa entera de nuestro país se
alzaría para declararlo loco; pero como quien insulta es
Wilson, no solamente nos sometemos al insulto, como el
deber lo manda, sino que lo festejamos como una excelente
broma desde un extremo al otro del país. ¿Quamdiu
Catilina? Lo que exigimos es la nacionalidad del respeto
hacia nosotros mismos. Tanto en las letras como en el
gobierno, requerimos una Declaración de Independencia.
Mejor todavía sería una Declaración de Guerra, y que
lleváramos inmediatamente la guerra “al África misma”.
LXIX
Estas doce cartas50 se ocupan en parte de proporcionar
minuciosos detalles de las atrocidades cometidas por los
ingleses durante su permanencia en Charleston, tales como
las chanzas hechas a Mrs. Wilkinson y el robo de las hebillas
48 Squabash, aplastar (especialmente por la crítica); Faugh!, expresión
despectiva o de asco.
49 Sawney, escocés; pero también zany, bufón o payaso.
50 Cartas de Eliza Wilkinson, durante la invasión y posesión por los
ingleses de Charleston, S. C., en la guerra revolucionaria. Editadas
por Caroline Gilman.
197
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de sus zapatos; el resto está ocupado por los indignados
comentarios de la propia Mrs. Wilkinson.
Muy cierto es, como nos lo asegura el prefacio,
que “pocos documentos poseemos sobre la mujer nor-
teamericana, antes o durante la Revolución, y que aquellos
conservados por la historia carecen del encanto de la
narración personal”. Suerte tenemos, en ese caso, de habernos
librado de encantos semejantes a los que encontramos en
esta narración personal. El único mérito presumible de la
compilación es el tono obstinadamente genuino con que
la autora relata la lamentable historia de sus desventuras.
En vano he buscado las “útiles informaciones” que se
anuncian, a menos que se encuentren en un pasaje donde
se nos informa que la autora de las cartas es “una viuda
tan joven como hermosa; su escritura es clara y femenina;
las cartas fueron copiadas por ella misma en un álbum en
cuarto, cuyo extravagante precio de venta señala una de
las características de la época”. Sin embargo, existen otros
precios de venta no menos extravagantes que el aludido:
estas Cartas me costaron setenta y cinco centavos. Por lo
demás las encuentro tontas, y no alcanzo a concebir por qué
Mrs. Gilman creyó adecuado darlas a conocer al público.
Resulta bastante lamentable el estilo con que alude a la
“recolección de las reliquias de la historia pasada” y al
“flotar en las corrientes del tiempo”.
En cuanto a Mrs. Wilkinson, me alegro de que
perdiera las hebillas de los zapatos.
198
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LXX
No creemos que ninguna mente reflexiva pueda
dudar de que por lo menos la tercera parte de la reverencia
o el cariño con que consideramos a los antiguos ingleses,
debe ser acreditado a algo que nada tiene que ver con la
poesía, vale decir, al simple amor a lo antiguo; y que el
sentimiento poético que nos inspiran esas obras debería
ser adscripto a un hecho que, si bien se halla estrictamente
vinculado con la poesía y con esos poemas en particular,
no debe ser considerado como mérito propio de los autores
de dichos poemas. Si se les preguntara su opinión sobre
esas obras, casi todos los devotos lectores de los viejos
bardos ingleses mencionarían vagamente, aunque con toda
sinceridad, cierto sentimiento de deleite tan soñoliento
como extraño e indefinido; llegarían incluso a reconocer que
les es imposible definir lo que sienten. De pedírseles que
señalaran la fuente de tan nebuloso placer, hablarían de lo
exquisitamente extraño de la fraseología y de lo grotesco del
ritmo. Como hemos tratado de mostrarlo en otro lugar, esta
rareza y esta grotesquería resultan auxiliares muy eficaces
y muy admisibles –si se los administra bien– de la idealidad
poética. Pero en este caso nacen independientemente de
la voluntad de los autores y son elementos por completo
ajenos a su intención.
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LXXI
El título de este libro51 nos engaña. No era para nada
una “conversación” tal como la entienden los hombres,
ni tampoco esa auténtica disertación que tuvo en Boswell
su mejor historiógrafo. En una palabra, no es una charla,
inmejorablemente definida por Basil, quien la llama “hablar
por hablar”, y admirablemente comprendida por Horace
Walpole y Mary Wortley Montague, quienes hicieron de ella
una profesión y una finalidad. Abrazándolo todo, carece de
principio, medio y fin. Así, no es correcto haber dicho del
charlante que “empieza su discurso saltando in medias res”.
Está claro que nuestro charlante no empieza en absoluto.
Ya ha empezado. Y por lo que respecta a la terminación,
es indefinido. Y gracias a ello lo reconoceréis como uno de
los Césares, porphyrogenitus, de auténtica sangre azul. En
cuanto a las leyes, sólo conoce una: la invariable ausencia
de todas las otras. Con respecto a su senda, aunque fuera
tan recta como la Vía Appia y tan ancha como aquella “que
lleva a la destrucción”, lo mismo se sentiría él descontento
si no saltara a cada momento sobre los setos e invadiera las
tentadoras praderas de la digresión. Tal es el charlante, y
sólo a ellos corresponde la verdadera conversación. Pero
cuando Coleridge preguntó a Lamb si alguna vez lo había
oído predicar, la respuesta de éste fue felicísima: “Jamás
le he oído hacer otra cosa”. La verdad es que “Discurso
en la mesa” podría haber convenido como título para este
libro; pero su carácter sólo podría mostrarse si se llamara
51 Table-Talk (“Conversaciones en la mesa”), de Coleridge.
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“Sub sermones después de yantar”, o “Tres sermonoides
embotellados”.
LXXII
Los hombres de talento abundan mucho más de lo
que se supone. De hecho, apreciar plenamente la obra de
lo que llamamos talento equivale a poseer el mismo talen-
to gracias al cual fue aquélla producida. Pero las personas
apreciadoras pueden ser incapaces de reproducir la obra, u
otra similar, y ello tan sólo por falta de lo que cabe llamar
aptitud constructiva –cuestión por completo independien-
te de lo que entendemos por “talento” en sí–. Esa aptitud
se funda en gran parte en la facultad analítica, que permi-
te al artista aprehender toda la maquinaria de los efectos
que se propone y actuar en consecuencia para regularla a
su antojo; pero una gran parte depende también de propie-
dades estrictamente morales, de la paciencia, por ejemplo,
de la concentración –o poder de concentrar continuamente
la atención en el propósito central–, de la independencia y
el desprecio de toda opinión que no pasa de tal, y especial-
mente de la energía o laboriosidad. Tan vitalmente impor-
tante es esta última, que cabe preguntarse si alguna de las
que llamamos habitualmente “obras de talento” se cumplió
sin su auxilio; y puesto que esta última cualidad y el talento
son casi incompatibles, he ahí la razón de que las “obras
de talento” sean tan pocas, mientras los hombres de talento
abundan tanto. Los romanos, que nos sobrepasaban en la
agudeza de la observación, mientras eran inferiores a noso-
tros en las inducciones nacidas de los hechos observados,
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[Link] 201 11/9/08 10:42:14
parecen haberse dado plena cuenta de la relación insepara-
ble que existía entre la laboriosidad y la “obra de talento”,
al punto de haber incurrido en el error de creer que aquélla
era en gran medida el talento mismo. El mayor cumplido
que puede hacer un romano a una epopeya, o composición
similar, es decir que está escrita industria mirabili, o incre-
dibili industria.
LXXIII
Todo hombre debe regocijarse al percibir la declina-
ción de las miserables vociferaciones y la jerga empleada
contra la originalidad, tan de moda hace unos años entre
cierta clase de críticos microscópicos y que en un momento
dado amenazó con reducir la literatura norteamericana al
nivel del arte flamenco.
Se ha dicho de los retruécanos que aquellos que los
detestan son siempre los incapaces de hacerlos; pero mu-
cho más verdaderamente podría afirmarse que las invecti-
vas contra la originalidad proceden sólo de personas a la
vez hipócritas y vulgares. Digo hipócritas, porque el amor
a lo novedoso es un elemento indiscutible de la naturaleza
moral del hombre; y puesto que ser original significa sim-
plemente ser novedoso, el mentecato que detesta la origina-
lidad en la literatura o en cualquier otra cosa no prueba su
aversión a la cosa en sí, sino tan sólo ese odio vergonzante
que surge siempre en el corazón de un envidioso frente a
una excelencia que se siente incapaz de alcanzar.
202
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LXXIV
Cuando me acuerdo de los ridículos “apartes”
y soliloquios de los dramas en las naciones civilizadas,
las mutaciones empleadas por los dramaturgos chinos
me parecen altamente respetables. Si un general, en un
escenario de Pekín o Cantón, debe iniciar una campaña,
“blande un látigo –dice Davis– o aferra unas riendas y, luego
de dar tres o cuatro vueltas a una plataforma, en medio de
terrible resonar de gongos, tambores y trompetas, se detiene
bruscamente y dice al público el lugar al cual ha llegado”. Un
héroe del teatro europeo se vería en no pequeña dificultad si
tuviera que “decir al público dónde ha llegado”. La mayoría
de ellos tienen una concepción sumamente imperfecta de su
paradero. En La mort de César, por ejemplo, Voltaire hace
que el populacho vaya de un lado a otro, gritando: “Courons
au Capitole!” ¡Pobre diablos, si estaban en el Capitolio todo
el tiempo! Con sus escrúpulos acerca de la unidad de lugar,
el autor no los ha dejado salir de allí ni una sola vez.
LXXV
Hace mucho que hemos aprendido a reverenciar el
magnífico intelecto de Bulwer. Leemos cualquier obra de
su pluma con la plena certidumbre de que las más exaltadas
pasiones de nuestra naturaleza, los pensamientos más
profundos, las visiones más brillantes de la fantasía y las
más excelsas y ennoblecedoras aspiraciones se implantarán
una tras otra en nosotros. Tenemos la seguridad de que
al terminar la lectura seremos más sabios, si no mejores.
203
[Link] 203 11/9/08 10:42:14
Jamás nos sentimos defraudados. Desde el cuento breve
–el Monos y Daimonos de nuestro autor– hasta su más
abultadas y elaboradas novelas, todo es rica y brillantemente
intelectual, todo es enérgico, astuto, brillante o profundo.
Puede ser que haya hoy personas con la misma fuerza de
Bulwer, pero evidentemente muy pocas han manifestado
esa fuerza tan palpablemente. Por nuestra parte, no
conocemos ninguna. Tomándolo como novelista (punto
de vista sumamente desfavorable, si nos atenemos a la
acepción común de “novela”) para estimar propiamente su
genio, cabe decir que no hay escritor vivo o muerto que
lo supere. ¿Por qué vacilaríamos en afirmarlo, si estamos
profundamente convencidos de que es la verdad? Walter
Scott lo ha sobrepasado en muchos aspectos, y La novia
de Lammermoor es un libro más bello que cualquier obra
individual del autor de Pelham, así como Ivanhoe es quizá
comparable a cualquiera de ellas. Descendiendo a los
detalles, digamos que D’Israeli tiene una imaginación más
brillante, alta y delicada (pero no más exaltada). Lady Dacre
ha escrito Ellen Wareham, historia amorosa de una pasión
más intensa. En ciertas formas de ingenio, Theodore Hook
rivaliza con él, y en humor caudaloso, nuestro Paulding lo
supera. El autor de Godolphin lo iguala en energía. Banim
es mejor pintor de carácter. Hope es un colorista más rico.
El capitán Trelawney es tan original como él, Moore tiene
su misma fantasía y Horace Smith su saber. ¿Pero quién
puede unir en una sola persona la imaginación, la pasión, el
humor, la energía, el conocimiento del corazón, la mirada
del artista, la originalidad, la fantasía y el saber de Edward
Bulwer Lytton? En el vívido ingenio, en la profundidad,
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en la gótica solidez del pensamiento, en el estilo, en la
serena certidumbre y firmeza de propósitos, en la industria
y, sobre todo, en el poder de dirigir y regular a voluntad
sus ilimitadas facultades mentales, Bulwer es inigualado, y
nadie puede aproximársele.
LXXVI
La enorme multiplicación de libros en cualquier
rama del conocimiento es uno de los grandes males de la
época, puesto que constituye uno de los mayores obstáculos
a la adquisición de informaciones correctas, poniendo en el
camino del lector enormes pilas de trastos, entre los cuales
debe abrirse camino a tientas, en busca de fragmentos útiles
diseminados aquí y allá.
LXXVII
Las palabras –sobre todo las impresas– son armas
asesinas. Keats murió (o no) de una crítica52; Cromwell, a
causa del panfleto de Titus Killing no Murder, y Montfleury
pereció por Andromache. El autor del Parnasse Réformé lo
hace hablar así en el infierno: “L’homme donc qui voudrait
savoir ce dont je suis mort, qu’il ne demande pas s’il fût de
fievre ou de podagre ou d’autre chose, mais qu’il entende
que ce fut de L’Andromache.” En cuanto a mí, me estoy
muriendo rápidamente de Sartor Resartus53.
52 Leyenda difundida por un verso del Don Juan de Byron y com-
pletamente errónea.
53 Obra de Carlyle.
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LXXVIII
El carterista común hurta una cartera y la cosa acaba
ahí. Jamás irá a jactarse abiertamente de haberla robado,
ni someterá a la persona agraviada a la acusación de ser
ella quien ha cometido el robo. Por eso resulta mucho
menos odioso que el ladrón de bienes literarios. Nos
parece imposible imaginar espectáculo más repugnante
que el del plagiario que se pasea entre los hombres con aire
arrogante y que siente latir orgullosamente su corazón ante
los aplausos que, en su conciencia, sabe que corresponden
a otro. La pureza, la nobleza, la espiritualidad de la justa
fama y su contraste con la grosera vulgaridad del robo
muestran el pecado de plagio bajo su luz más detestable.
Horroriza descubrir en un mismo pecho la sed exaltadora de
la fama y la degradante propensión al robo. Tal anomalía,
tal discordancia ofenden groseramente.
LXXIX
Les anges –dice Madame Dudevant, dama que
esparce más de un admirable sentimiento en un caos
de informe y objetable ficción– ne sont plus purs que le
coeur d’un jeune homme qui aime en vérité. “Los ángeles
no son más puros que el corazón de un joven que ama
verdaderamente”. La hipérbole está apenas por debajo de
la verdad. Sería la verdad misma si se aplicara al amor
de un hombre que fuese al mismo tiempo joven y poeta.
El amor poético de la adolescencia es indisputablemente
el sentimiento humano que más de cerca realiza nuestros
sueños de la purificada voluptuosidad del cielo.
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En cada alusión del autor de Childe Harold a su
pasión por Mary Chaworth corre una vena de ternura y
pureza casi espirituales, en abierto contraste con el tono
groseramente terreno que domina y desfigura sus poemas
amorosos ordinarios. The Dream (El sueño), donde los
incidentes de su separación de la amada antes de salir de
viaje parecen haber sido delineados o al menos parafraseados
de la verdad, no fue nunca superado (al menos por él) en
esa mezcla de fervor, delicadeza, verdad y celestialidad
que lo subliman y lo adornan. Por estas razones cabe
dudar de si Byron ha escrito alguna otra composición tan
universalmente popular. Tenemos todos los motivos para
creer que su afecto hacia esta “Mary” (en cuyo nombre
mismo parecía existir para él un “encantamiento”) era
profundo y duradero. Quedan cien pruebas de ello, no sólo
dispersas en sus poemas y cartas, sino en las memorias
de sus parientes y contemporáneos. Mas el hecho de ser
profunda y duradera no invalida en modo alguno la opinión
de que se trataba de una pasión (si así cabe llamarle
propiamente) del más romántico, vaporoso e imaginativo
carácter. Nació de la hora, de la necesidad juvenil de amar,
y se alimentó de las aguas, las colinas, las flores y las
estrellas. No concernía de manera especial a la persona,
al temperamento o al efecto recíproco de Mary Chaworth.
Byron hubiese amado a cualquier otra doncella –que no
fuese manifiestamente desagradable– bajo las mismas
circunstancias de continua e ilimitada comunión, como
lo simbolizan siempre los grabados sobre el mismo tema.
Los enamorados se encontraban y veían sin restricciones
y sin reserva. Como meros niños jugaban juntos; en la
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[Link] 207 11/9/08 10:42:15
adolescencia leían los mismos libros, cantaban las mismas
canciones o erraban tomados de la mano por las tierras de
sus dominios contiguos. El resultado no era meramente
natural o probable; era tan inevitable como el destino.
Frente a una pasión así engendrada, Miss Chaworth
(a quien se describe como poseedora de notable belleza
y dotada de algunas cualidades) no podía dejar de servir
suficientemente bien para esa encarnación del ideal que
obsesionaba la fantasía del poeta. No obstante, quizá fue
mejor para el mero romanticismo de los episodios amorosos
entre ambos que su vinculación se rompiera tempranamente
y no se reanudara nunca de manera ininterrumpida en años
posteriores. Todo el calor, toda la pasión del alma, toda la
esencialidad del romance manifestados en aquella juvenil
relación deben ser atribuidos íntegramente al poeta. Si ella
sintió algo fue porque el magnetismo de su presencia la
obligaba. Si respondió a su pasión fue porque la nigromancia
de sus palabras de fuego exigían imperiosamente una
respuesta. En la ausencia, el bardo conservó naturalmente
vivas las fantasías que formaban la base de su fuego –fuego
que la ausencia misma servía para mantener encendido–,
mientras que el afecto menos ideal, pero al mismo tiempo
menos sustancial de su amada, se desvanecía de inmediato
y por completo al faltarle ese elemento cuya fuerza le
había dado el ser. En suma, para ella Byron era un joven
no desprovisto de belleza y de nobleza, pero no lo bastante
dotado, algo excéntrico y un tanto cojo. Para él, ella era la
Egeria de sus sueños, la Venus Afrodita que surgió, llena de
hermosura sobrenatural, de la brillante espuma que hacían
nacer las tormentas en el océano de sus pensamientos.
208
[Link] 208 11/9/08 10:42:15
LXXX
Mill afirma haber “demostrado” sus proposiciones.
De la misma manera Anaxágoras demostraba que la nieve
era negra (como quizá lo sería si pudiéramos contemplarla
a la luz adecuada), y también de la misma manera el aboga-
do Linguet, con Hipócrates bajo el brazo, demostraba que
el pan era un veneno lento. Lo malo de la cuestión es que
afirmaciones semejantes raras veces duran el tiempo sufi-
ciente como para llegar a ser plenamente comprendidas.
LXXXI
En su Elocuencia presbiteral Scott habla de esa
“antigua y no muy conocida fábula” según la cual el
cuclillo y el ruiseñor compitieron en el canto eligiendo
como árbitro al asno. Cuando cada pájaro hubo cantando
lo mejor posible, el árbitro declaró que el ruiseñor cantaba
admirablemente, pero que “para una buena canción sencilla
preferiría al cuclillo”. En este caso, el juez de largas orejas
es un excelente ejemplar de esa tribu de críticos que insisten
en lo que llaman “serenidad” como suprema excelencia
literaria, esos caballeros que se mofan de Tennyson y exaltan
a Addison hasta la apoteosis. Dicho sea de paso, en la Carta
de Francia, de Sterne, hay un pasaje que la Down-East
Review debería adoptar como lema: “Mientras cabalgámos
por el valle vimos una recua de asnos en la cima de una
montaña. ¡Cómo nos miraban y remiraban!”.54
54 Ver XIX.
209
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LXXXII
Si fuera necesario, quizá no me costaría mucho
defender cierto aparente dogmatismo al cual me siento
inclinado en materia de versificación.
“¿Qué es la poesía?” Pese al galimatías en que
incurrió Leigh Hunt al tratar de contestarla, esta pregunta
puede acaso ser respondida de manera que satisfaga en parte
a algunos intelectos analíticos –siempre que se proceda con
gran cuidado, y poniéndose previamente de acuerdo sobre
el sentido de ciertas palabras capitales–; ahora bien, en el
estado actual de la metafísica dicha pregunta jamás podrá
ser contestada para satisfacción de la mayoría. En efecto, el
problema es puramente metafísico, pero esta ciencia se halla
actualmente en pleno caos, dada la imposibilidad de fijar el
sentido de las palabras que su naturaleza misma le obliga a
emplear. Por lo que respecta a la versificación, la dificultad
es sólo parcial; si bien un tercio del tema puede considerarse
como metafísico y debatido conforme al parecer de esta
o de aquella persona, los dos tercios restantes pertenecen
innegablemente a las matemáticas. Las cuestiones que por
lo regular se discuten con tanta gravedad acerca del ritmo,
metro, etc, son susceptibles de una verificación práctica.
Sus leyes constituyen una mera parte de las leyes inflexibles
de la forma y la cantidad –de la relación–. Por eso, frente
a cualquiera de esas preguntas ordinarias, de esos puntos
tontamente controvertidos que con tanta frecuencia surgen
en los artículos críticos, el periodista no debería incurrir en
la debilidad de decir que “esta afirmación es probablemente
cierta, o posiblemente así o asá”, pues sería lo mismo
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[Link] 210 11/9/08 10:42:15
que si un matemático dijera que, en su humilde opinión y
salvo error, la suma de dos lados de un triángulo es mayor
que el tercero. Debo agregar, sin embargo, a modo de
excusa de las discusiones mencionadas y de las frecuentes
objeciones irónicas que se hacen a “las teorías individuales
de versificación, sólo válidas para sus autores”, que en
realidad no existe ninguna obra que pueda considerarse una
Prosodia razonada. Las prosodias de las escuelas son meras
compilaciones de vagas leyes –como sus excepciones no
menos vagas–, que no se fundan en ningún principio, sino
que han sido extraídas de manera puramente teórica de las
obras de los antiguos– que no tenían otras leyes que las
de sus oídos y sus dedos. “Pero éstos bastaban –se dirá–,
puesto que La Ilíada es más melodiosa y armoniosa que
cualquier obra moderna”. Admitámoslo; pero ni escribimos
en griego, ni las posibilidades inventivas de los tiempos
modernos están agotadas. Un análisis basado en las leyes
naturales que el bardo de Chíos ignoraba sugeriría múltiples
perfeccionamientos de los mejores pasajes, aun de los de
La Ilíada; del supuesto hecho de que Homero halló en sus
oídos y sus dedos un sistema satisfactorio de reglas (cosa
que acabo de negar), no se sigue que las reglas que nosotros
deducimos de los efectos homéricos deban desalojar esos
inmutables principios de tiempo, cantidad, etc., que son
en suma las matemáticas de la música y que se hallaban
frente a dichos efectos homéricos en la relación de causas
–causas mediatas, de las cuales los “oídos y los dedos” eran
simplemente los intermediarios.
211
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LXXXIII
Sería posible crear una filosofía sumamente poética
y sugestiva, aunque quizá no muy sólida, suponiendo que
en el más allá los virtuosos siguen viviendo, mientras los
malvados son aniquilados; y que el peligro de esta aniqui-
lación (que se hallaría en relación con el pecado) puede ser
indicado por el sueño nocturno, y a veces, aún más clara-
mente, por los desmayos. El grado de peligro que corre el
alma de aniquilarse estaría, por ejemplo, en proporción con
la falta de ensueños durante el sueño. De la misma manera,
despertar de un desmayo sin la menor conciencia de que el
tiempo ha transcurrido durante el síncope demostraría que
el alma se halla en un estado tal que, de producirse la muer-
te, habría quedado aniquilada. Por otra parte, si al despertar
quedara algún recuerdo de visiones (como suele suceder al-
gunas veces), el alma podría ser considerada en condiciones
que aseguraran su existencia después de la muerte corporal;
y la beatitud o el horror de esa existencia se vería indicada
por el carácter de las visiones.
LXXXIV
Cuando atendamos menos a la “autoridad” y más a
los principios, cuando miremos menos los méritos y más
los deméritos (y no lo contrario, como sugieren algunos),
seremos mejores críticos de lo que somos. Debemos des-
cuidar nuestros modelos y estudiar nuestras capacidades.
Los insensatos elogios de lo que alguna que otra vez se hace
bien en literatura, nacen de nuestra imperfecta comprensión
212
[Link] 212 11/9/08 10:42:16
de lo que podríamos hacer mejor. “El hombre que nunca vio
el sol –dice Calderón– no puede ser culpado si piensa que
no hay espectáculo comparable al de la luna; el hombre que
nunca vio el sol ni la luna, no puede ser culpado por expla-
yarse sobre el incomparable fulgor de la estrella matutina”.
Pues bien, corresponde al crítico remontarse hasta ver el
sol, aunque su esfera se halle muy por debajo del horizonte
ordinario.
LXXXV
El rasgo dominante de Tienda de antigüedades55
es su pura, vigorosa y admirable imaginación. He aquí el
todopoderoso encantamiento, que bastaría para compensar
muchísimo más errores de los que Mr. Dickens haya podido
cometer. No sólo se lo ve en la concepción y planteo general
del relato, o en la invención de los personajes, sino que
penetra cada frase del libro. Reconocemos su prodigiosa
influencia en cada palabra inspirada. Es esto lo que induce
al lector plenamente idealista a detenerse con frecuencia a
releer ciertas frases exquisitamente raras, a meditar lleno
de incontenible delicia sobre esos pensamientos que se
maravilla de no haber tenido jamás, pero admitiendo al
mismo tiempo que no le son extraños ni hostiles. En suma,
obra aquí la varita mágica del encantador.
Si tuviéramos espacio para entrar en detalles
mostraríamos que los pasajes que más claramente revelan el
idealismo de Tienda de antigüedades son la descripción de
55 The Old Curiosity Shop, novela de Charles Dickens.
213
[Link] 213 11/9/08 10:42:16
la tienda misma, el repentino deseo del mundano caballero
por la paz de los verdes campos, su carácter y su conducta;
el maestro de escuela, con su vida desolada, buscando el
afecto de los niños, y también los vagabundos de Quilp entre
los rondadores de muelles, el bullicio de los saltinbanquis
cerca de las tumbas, la admirable escena en que el forjador
escudriña el terrible fuego a medianoche, así como la entera
concepción de su carácter; y, finalmente, pero también en
primer lugar, el lento avance de Nell hacia la muerte, su
desmejoramiento progresivo durante el viaje al pueblo
–tan hábilmente aludido, pero no descrito–, su meditación
premonitoria, el acceso de extraña tristeza que se apodera
de ella cuando ve por primera vez la casa donde va a morir;
la descripción de esta casa, de la vieja iglesia y de su
cementerio, todo ello en estricta consonancia con la única
impresión que se busca lograr; el profundo, inexplicable
pozo, los comentarios del sepulturero sobre la muerte y
sobre la seguridad de su propia vida, y todo este mundo de
ideas lúgubres y apacibles a la vez, condensándose por fin en
la muerte de la niña Nell y en la incontenible desesperación
del abuelo. Estas escenas finales han sido trazadas de modo
tal que el lenguaje humano, movido por el pensamiento
del hombre, no podría ir más allá en la provocación de
sentimientos. Y el pathos pertenece a ese elevado orden
que la idealidad purifica en gran medida. En esto la obra no
ha sido jamás igualada, y no hay otra que se le aproxime,
salvo en un caso: aludo a Undine, de De la Motte Fouqué.
Quizá la imaginación es igualmente grande en esta última
obra, pero el pathos, aunque auténticamente hermoso y
profundo, pierde mucho de su efecto por el material del cual
214
[Link] 214 11/9/08 10:42:16
ha sido extraído. Como el personaje principal está dotado
de atributos puramente fantásticos, no puede alcanzar toda
la simpatía que provoca en nosotros un simple habitante de
la tierra. Cuando decíamos, hace poco, que la muerte de la
niña provocaba una impresión demasiado penosa, y hubiera
debido ser evitada, debe entenderse que aludimos a la obra
en general, con respecto a su apreciación y popularidad.
Tal como está contada, la escena de la muerte es de las
más altas de la literatura; pero nadie podrá negar el hecho
de que muy pocas personas desearían releer esos pasajes
finales.
En conjunto, consideramos que Tienda de antigüe-
dades es con mucho la mejor obra de Mr. Dickens. Resulta
imposible hablar de ella todo lo bien que merece. Por don-
de se mire constituye un relato que asegurará a su autor la
admiración de todo hombre de talento.
LXXXVI
No cualquiera sabe hacer “algo bueno”, pero es
posible que una vez hecho, una persona de cada diez que
lo vea se muestre capaz de concebirlo y de apreciarlo.
Personalmente, no podemos creer que en la composición
de un “artículo breve” realmente bueno se requiera menos
capacidad que para una novela “a la moda” de dimensiones
normales. No hay duda de que la novela exige lo que se da
en llamar esfuerzo sostenido; pero esto es materia de mera
perseverancia, y sólo guarda relación colateral con el talento.
Por otra parte, la unidad de efecto, calidad difícilmente
apreciada o comprendida por una inteligencia común, y
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desiderátum rara vez alcanzable –aun para aquellos capaces
de concebirlo– se hace indispensable en el “artículo breve”,
mientras que no lo es en la novela común. Esta última, si
merece alguna admiración, lo será por pasajes aislados, sin
referencia a la obra total o a cualquier designio general que,
si existió en alguna medida, ocupó apenas la atención del
escritor, y no puede ser apreciada en conjunto por el lector,
dada la longitud de la narración.
LXXXVII
No estoy seguro de que Tennyson no sea el más
grande de los poetas. Sólo lo incierto de la concepción ge-
neral del término “poeta” me impide demostrar que lo es.
Otros bardos logran efectos que una y otra vez se alcanzan
por medios distintos de lo que llamamos poemas; Tenny-
son, en cambio, alcanza los efectos que sólo un poema es
capaz de dar. Sólo los suyos son poemas idiosincrásicos.
El placer derivado de la lectura de la Morte d’Arthur o de
Œnone me serviría para probar el sentido de lo ideal de
cualquier persona. Hay en sus obras pasajes que me confir-
man en una convicción muy antigua, la de que lo indefinido
es un elemento de la verdadera ποιησς ¿Por qué algunas
personas se fatigan intentando descifrar obras de fantasía
tales como The Lady of Shalott? Lo mismo daría desenredar
el vetum textilem. Si el autor no se propuso deliberadamente
que el sentido de su obra fuera sugestivamente indefinido,
a fin de lograr –y esto muy definitivamente– un efecto tan
vago como espiritual, dicho efecto nació por lo menos de
esas silenciosas incitaciones analíticas del genio poético,
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que, en su supremo desarrollo, abarca todos los órdenes de
la capacidad intelectual. Sé que lo indefinido es un elemen-
to de la verdadera música –quiero decir, de la verdadera
expresión musical–. Désele cualquier precisión indebida,
cualquier tono excesivamente determinado, e instantánea-
mente se la habrá privado de su carácter etéreo, ideal, in-
trínseco y esencial. Se habrá dispersado su lujo de sueño,
disuelta la atmósfera mística en la cual flotaba. Se la habrá
privado de su aliento encantado. Se convierte en una idea
tangible, fácilmente apreciable, en algo de la tierra, terre-
nal. No ha perdido, claro está, su poder de agradar, pero sí
todo lo que considero privativo de ese poder. Para el talento
no cultivado o la comprensión imaginativa, esta carencia de
su rasgo más delicado será con frecuencia un mérito más.
La expresión determinada suele buscarse como una belleza
en vez de rechazarla como un defecto, y quienes lo hacen
así suelen ser compositores que deberían pensarlo mejor.
Por eso nos llegan, de las más altas fuentes, tentativas de
crear una música completamente imitativa. ¿Quién podría
olvidar la estupidez de La batalla de Praga? ¿Qué hombre
de buen gusto dejaría de reír ante los interminables tam-
bores, trompetas, cañonazos y trueños? “La música vocal
–dice el abate Gravina, quien pudo decir lo mismo de la
instrumental– debería imitar el lenguaje natural de los sen-
timientos y las pasiones en vez de los gorjeos de los cana-
rios que nuestros cantantes tratan tan abundantemente de
remedar con sus gorgoritos y sus alabadas cadencias.” Esto
es cierto en alguna medida, pero si la música debe imitar
algo, mejor sería que limitara su imitación como lo sugiere
Gravina. Las composiciones breves de Tennyson abundan
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en menudas faltas rítmicas, suficientes para asegurarme que
–en común con todo poeta vivo o muerto– ha descuidado
investigar minuciosamente los principios métricos; pero tan
perfecto es su instinto rítmico en general que, como el viz-
conde de Canterbury, parece ver con el oído.
LXXXVIII
Hay ciertos hechos en el mundo físico que presentan
una analogía realmente asombrosa con otros del mundo de
los pensamientos, y parecen así dar cierto tono de verdad
al (falso) dogma retórico según el cual la metáfora o símil
puede servir tanto para reforzar un argumento como para
embellecer una descripción. El principio del vis inertiæ,
por ejemplo, con la suma de impulso proporcional y
consecuente, parece ser el mismo en física y en metafísica.
Si en la primera es cierto que hay más dificultad en mover
un cuerpo grande que uno pequeño, y que su ímpetu
subsecuente está en relación con dicha dificultad, no me-
nos cierto es en la segunda que los intelectos de mayor
capacidad, si bien más vigorosos, constantes y amplios en
sus movimientos que aquellos de grado inferior, son, sin
embargo, más difícilmente movibles y se muestran más
embarazados y vacilantes en los primeros breves pasos de
su avance.
LXXXIX
Thomas Moore, el más hábil artista literario de
su tiempo, y quizá de todo tiempo, se halla en la singular
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y asombrosa coyuntura de verse subestimado a causa
de la profusión con la cual ha derramado excelentes
producciones. La brillantez de cada página de Lalla Rookh
hubiera bastado para establecer una reputación que, en gran
medida, se ve apagada por el brillo como de la vía láctea
del libro entero. Parecería que ni los poetas inspirados
pueden evitar las hórridas leyes de la economía política,
y que una versificación perfecta, un estilo vigoroso y una
fantasía incesante pueden, a semejanza del agua sin la cual
moriríamos y que, sin embargo, desdeñamos, ser derramados
con tal profusión como para perder todo valor.
XC
Si bien Defoe podría haber tenido justo derecho a la
inmortalidad, aunque no hubiera escrito Robinson Crusoe,
de todas maneras sus excelentes obras se han borrado casi
frente al brillo superior de las aventuras del marino de York.
¿Qué mejor reputación podría haber deseado el autor para
su libro que la que viene gozando desde hace tanto tiempo?
Se ha convertido en un artículo doméstico para casi todas
las familias de la cristiandad. Y, sin embargo, nunca hubo
admiración universal tan indiscriminada e inapropiadamente
conferida. Ni un lector entre diez –digamos mejor, ni uno
en quinientos– lee Robinson Crusoe con la noción de que
esta obra requirió para ser creada alguna partícula de genio
o, por lo menos, de talento ordinario. Los hombres no la
juzgan a la luz de una composición literaria. No piensan
para nada en Defoe: Robinson los absorbe. ¡La fuerza que
produjo esa maravilla ha sido arrojada a la oscuridad por lo
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estupendo de la maravilla que había creado! Leemos, y nos
convertimos en perfectas abstracciones por la intensidad
de nuestro interés. Cerramos el libro y nos quedamos tan
satisfechos como si lo hubiéramos escrito nosotros mismos.
Todo esto nace de la potente magia de la verosimilitud. No
hay duda de que el autor de Crusoe debió poseer, por sobre
toda otra, lo que se ha llamado la facultad de identificación,
ese dominio ejercido por la voluntad sobre la imaginación,
que permite a la inteligencia perder su propia individualidad
y asumir otra ficticia. Esto requiere en grandísimo grado
un poder de abstracción; y con estas llaves podemos
abrir parcialmente el misterio del encantamiento que
durante tanto tiempo ha prestigiado la obra. Pero eso no
nos permitiría analizar completamente nuestro interés por
ella. Defoe es en gran medida deudor de su tema. La idea
de un hombre en estado de absoluto aislamiento, si bien
concebida muchas veces, jamás había sido realizada tan
comprensivamente. Incluso la frecuencia de su repetición
en el pensamiento de la humanidad demuestra su enorme
influencia en sus simpatías, mientras el hecho de que jamás
hasta entonces se intentara corporizar aquella concepción
prueba las dificultades de la empresa. Pero el auténtico
relato de Selkirk en 1711, que produjo en el público una
impresión profundísima, bastó para inspirar a Defoe el
valor necesario para su trabajo y darle plena confianza en su
triunfo. ¡Cuán maravilloso fue el resultado!
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XCI
El aumento, en estos últimos años, de la literatura
de revistas no debe entenderse de ninguna manera como
indicador de lo que algunos críticos suponen, vale decir, de
una tendencia regresiva en el gusto norteamericano o en sus
letras. No es más que una señal de los tiempos, indicación
de una era en que los hombres se ven obligados a lo conciso,
lo condensado, lo bien abreviado, en vez de lo voluminoso;
en una palabra, al periodismo en vez de la disertación.
Necesitamos la artillería ligera del intelecto antes que sus
pacificadores. No estoy seguro de que los hombres actuales
piensen más profundamente que los de hace medio siglo,
pero no cabe duda de que piensan más rápidamente, con
mayor destreza, tacto y método, y con menos excrecencias
mentales. Aparte de esto, el material pensante ha aumentado
mucho; hay más hechos, más cosas que pensar. Por esta
razón estamos dispuestos a amontonar la mayor cantidad
de pensamiento en un espacio mínimo y difundirlo con la
máxima rapidez posible. De ahí el periodismo de nuestro
tiempo; de ahí, en especial, las revistas. Cabe decir en
general que cuantas más haya mejor será; pero requerimos
que posean méritos suficientes para destacarse al comienzo
y que vivan lo suficiente como para permitirnos estimar
justicieramente sus valores.
XCII
La mitad del placer que se experimenta en el
teatro nace de la simpatía del espectador hacia el resto del
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público, nacida de su creencia de que éste simpatiza con él.
El excéntrico caballero que no hace mucho, en el Park, se
encontró siendo único ocupante de la platea, los palcos y
la galería, hubiera gozado muy poco de su permanencia si
le hubieran permitido quedarse. Echarlo constituyó un acto
piadoso. La entusiasta moda actual por las conferencias se
basa en el mismo sentimiento. Ensayos que no leeríamos ni
aunque nos pagaran por hacerlo, tan trillado es su tema, tan
débil su ejecución (aparte de que conseguiríamos mucho
mejores datos sobre el asunto en cualquier enciclopedia de
la cristiandad), son tolerados e incluso, ¡ay!, aplaudidos en
su décima o vigésima lectura pública, por la sola fuerza
de nuestra simpatía con la multitud. De la misma manera
escuchamos un relato con mayor interés cuando hay otras
personas presentes. Conscientes de esto, algunos autores
irreflexivos han intentado repetidamente infundir en sus
relatos el interés de la simpatía, fingiendo que los narran a
un círculo de oyentes. A primera vista la idea puede parecer
plausible. Pero en el primer caso existe una simpatía real,
personal, palpable, que se expresa en miradas, gestos y
breves comentarios, una simpatía de personas vivientes
hacia las cuestiones que se debaten, pero, especialmente,
de unos hacia otros. En el segundo caso se pretende que
nosotros, a solas en nuestro gabinete simpaticemos con la
simpatía de oyentes ficticios que, lejos de hallarse presentes,
frecuentemente son mantenidos fuera de vista durante dos
o trescientas páginas. Se trata de una simpatía doblemente
diluida, la sombra de una sombra. Innecesario es agregar
que la intención del autor fracasa invariablemente.
Traducción y notas de Julio Cortázar
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Índice
Sobre la presente edición IX
Nuevas notas sobre Edgar Allan Poe 1
La filosofía de la composición
o método de composición 29
El principio poético 49
Longfellow 91
Hawthorne 109
Marginalia 131
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Edición digital
Octubre, 2017
Caracas - Venezuela
[Link] 228 11/9/08 10:42:18