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Estrategias de Comprensión Lectora

Este documento discute el proceso de lectura. Explica que la lectura es una actividad interactiva entre el lector y el texto que permite al lector construir su propia comprensión del texto basada en sus propios conocimientos y experiencias. También señala que diferentes tipos de textos requieren diferentes enfoques de lectura dependiendo del propósito y contexto. Finalmente, proporciona una guía sobre cómo abordar un texto a través de tareas como parafrasear, asociar ideas y reconocer el tono y perspectiva del autor.

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Estrategias de Comprensión Lectora

Este documento discute el proceso de lectura. Explica que la lectura es una actividad interactiva entre el lector y el texto que permite al lector construir su propia comprensión del texto basada en sus propios conocimientos y experiencias. También señala que diferentes tipos de textos requieren diferentes enfoques de lectura dependiendo del propósito y contexto. Finalmente, proporciona una guía sobre cómo abordar un texto a través de tareas como parafrasear, asociar ideas y reconocer el tono y perspectiva del autor.

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Leer el texto y leer la situación de comunicación

De acuerdo con la antropóloga francesa Michèle Pètit (1999: 42), “...al experimentar,
en un texto,tanto la propia verdad íntima como la humanidad compartida con los
demás, cambia la relación con el prójimo. Leer no aísla del mundo. Leer introduce en el
mundo de forma diferente. Lo más íntimo puede alcanzar en este acto lo más universal
[...]” Pero, además, la lectura supone una aventura en nosotros mismos, la posibilidad
de encontrarnos al final del camino. “Leer le permite al lector, en ocasiones, descifrar
su propia experiencia. Es el texto el que `lee ́ al lector, en cierto modo el que lo revela;
es el texto el que sabe mucho de él, de las regiones de él que no sabía nombrar. Las
palabrasdel texto constituyen al lector, lo suscitan” (Pètit, 1999: 35).
Cuando uno lee, realiza una búsqueda de información tentativa, selectiva y
constructiva.

Construimos un texto realizando “transacciones” entre nuestras competencias


(conocimiento de lalengua, de los textos, de convenciones culturales, etc.) y el texto
impreso, y en ese proceso, nuestros propios esquemas se transforman porque en todo
proceso de conocimiento tanto el sujeto que conoce como el objeto se modifican.
Entonces, en tanto lectores estamos construyendo un texto paralelo, aunque muy
relacionado con el publicado. El texto original sigue siendo el mismo, pero
puede ser uno diferente para cada lector. Ningún texto puede estar tan bien
construido que no necesite la participación de un lector que trate de darle sentido,
porque no solo expresa el significado que pretende transmitir el autor, sino también el
que es comprensible para los lectores. En este sentido, el escritor debe usar
efectivamente las formas y estructuras de la lengua escrita si pretende expresar ideas
bien formuladas, comprensibles y adecuadas a la audiencia probable (Goodman,
1996).

Por supuesto que esto no significa que se pueda decir cualquier cosa, ni que todas las
interpretaciones sean posibles o equivalentes; lo que estamos diciendo es que, como
propone Tzvetan Todorov (1975: 17), “la lectura es un recorrido dentro del espacio del
texto” (que tiene características específicas) y, por lo tanto, puede haber más de un
recorrido posible.
El semiólogo italiano Umberto Eco (1993: 80) sostiene que cada texto construye
un “lector modelo”, un lector que no debe ser confundido con el sujeto real que tiene
el libro o las fotocopias en sus manos. El escritor construye un tipo de lector; es decir,
el texto supone ciertas estrategias de interpretación. En este sentido, un lector
hipotetiza, a partir del texto y de la situación de comunicación, qué lector modelo
presupone ese texto.
En el marco de este proceso interactivo entre lector y texto, el sujeto formula (y
verifica) hipótesis antes y durante la lectura y, a medida que avanza −en función del
propósito que lo llevó a leer− va incorporando información nueva que, como se vincula
con sus conocimientos previos, adquiere sentido. Cualquier explicación dada acerca
del significado de un fragmento textual puede aceptarse en tanto se confirme con
algún otro segmento. Mientras lee, el sujeto hace inferencias basadas en sus propios
esquemas, es decir, repone o completa información (rellena “huecos”) que el texto da
a entender o presupone. Volveremos pronto sobre estos mecanismos de lectura.

Agreguemos que las representaciones que las personas tenemos acerca de lo que es
leer difieren en los distintos espacios de la actividad humana; en este sentido, la
lectura se entiende como una práctica social. Esto modifica, en buena medida, la
manera en la que la gente encara sus lecturas, los fines que persigue cuando lee, lo
que elige para leer y las operaciones cognitivas que realiza al hacerlo. Es evidente que
no leemos de igual manera un diario, una historieta, un manual de instrucciones, una
novela, un contrato de alquiler o un apunte. Las características diferentes que
presentan cada uno de estos tipos de textos no es lo único importante, también
importan nuestros
propósitos: cuando abordamos cada una de estos discursos, lo hacemos con fines
diversos: enterarnos de novedades, entretenernos, armar o arreglar algún artefacto,
estudiar para rendir un examen... y por ello realizamos diferentes operaciones. Es
importante tener en cuenta esto para saber “qué” hay que leer y “cómo” hay que
hacerlo cuando, en determinada circunstancia, abordamos cierto objeto de lectura.

La universidad, en particular, es un espacio en el que los textos que circulan exigen un


sujeto que, especialmente, controle el proceso cognitivo involucrado en la lectura y
para ello necesita conocer las características comunes a los textos del ámbito
académico así como los rasgos del lenguaje que les son propios (géneros, estructuras,
temas, vocabulario, etc.). Si no, nos arriesgamos a terminar afirmando que no
podemos concentrarnos, que leemos varias veces un fragmento y no lo entendemos,
nos arriesgamos a empezar a garabatear el apunte, el banco o la mochila para soportar
el aburrimiento frente a un tema o en una clase. Escenas de las que todos hemos sido
protagonistas alguna vez.
En líneas generales, es necesario que intentemos dar cuenta de la situación de
comunicación en la que se enmarca el texto: ¿en qué ámbito de actividad humana
circularía el texto que estoy leyendo? ¿En qué época y dónde fue producido? ¿Qué
características de la época (arte, ciencia, ideología...) se perciben? ¿A qué clase de
lector, de destinatario, se dirige? ¿Qué espera de él? ¿Se presupone que conoce el
tema? ¿Qué conocimientos, en general, debería tener? Al mismo tiempo, cada
destinador (cada emisor) de acuerdo con la situación en la que se encuentra, se
presenta de modo más formal o más informal, puede citar a otros autores, ser más o
menos didáctico, buscar mayor o menor complicidad con su lector... Entonces, ¿qué
imagen construye de sí mismo el enunciador? ¿Qué variedades lingüísticas elige para
comunicarse?

Una vez situados en el contexto, abordaremos el texto y realizaremos varias tareas


mientras leemos, como, por ejemplo, parafrasear, es decir, reconocer significados
equivalentes en dos o más oraciones; asociar, esto es, distinguir la ausencia de
conexiones temáticas; comparar entre sí las ideas del texto; reconocer diferentes usos
del lenguaje (que refleja diferencias en el tono y en la perspectiva comunicativa del
autor); reconocer la ambigüedad de los enunciados para decidir cuál es la
interpretación más adecuada al texto y al contexto... Todo esto nos permitirá controlar
nuestro
proceso de lectura, es decir, asegurarnos de que estamos “comprendiendo” el texto. A
partir de esto seremos capaces de seleccionar o formular las ideas más importantes y
distinguirlas de los detalles y organizar secuencias cronológicas o causales.

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