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Análisis del Decamerón de Boccaccio

Este documento es el prólogo de la obra Decamerón de Giovanni Boccaccio. En él, Boccaccio explica que su intención al escribir la obra es brindar consuelo a aquellos que, como él, han sufrido de amor no correspondido en el pasado y han encontrado alivio en la compañía y palabras de amigos. Ahora, desea devolver el favor brindando ese mismo consuelo a través de sus cuentos a aquellos que lo necesiten, especialmente a las mujeres que suelen pasar más tiempo en soledad y melancolía.

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Análisis del Decamerón de Boccaccio

Este documento es el prólogo de la obra Decamerón de Giovanni Boccaccio. En él, Boccaccio explica que su intención al escribir la obra es brindar consuelo a aquellos que, como él, han sufrido de amor no correspondido en el pasado y han encontrado alivio en la compañía y palabras de amigos. Ahora, desea devolver el favor brindando ese mismo consuelo a través de sus cuentos a aquellos que lo necesiten, especialmente a las mujeres que suelen pasar más tiempo en soledad y melancolía.

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de Giovanni Boccaccio, Decamerón, trad,

María Hernández Esteban, Barcelona,


Altaya, 1995.

OMIENZA EL LIBRO LLAMADO 0ECAMER.ÓN ', DENOMINADO


C PRÍNCIPE GALEOTO', EN EL QUE SE CONTIENEN CIEN
CUENTOSJ NARRADOS EN DIEZ DÍAS POR. SIETE SEÑ[Link] Y POR.
TRES JÓVENES.

• Según las exigencias literarias medievales, el título debía sintetizar


el contenido y el significado primordial del libro, como parte inicial de
su estructura. El autor, siguiendo el tipo de título adoptado por san Am­
brosio, que a su vez seguía a san Basilio, para aludir a los seis días de la
creación (H,xammm, deformación de «hexaémeron») parece haber que­
rido subrayar en su título la duración de diez días (6Éxtt r¡µEpwv) que los
jóvenes del marco habrían vivido narrando, creando con su narración
en esos días un determinado tipo de vida, un ideal de conducta que se
presenta aquí, con el título, como la base ideoló[Link] libro.
2 Si atendemos a los muchos servicios que por amistad el caballero
Galehaut le hizo a Lancelot, el significado de este subtítulo apuntaría a
la ayuda consolatoria que el libro pretende prestarle a las mujeres ena­
moradas. Si en cambio atendemos a la función de intermediario que Ga­
lehaut cumplió en los amores entre Lancelot y Ginebra, el subtítulo
apuntaría a la función de estímulo que el libro podría tener para las lec­
toras en sus asuntos amorosos, tal como Dante interpretó mencionando
a Galeoto el /11/mro, V, vv. 137 ss., donde Paolo y Franceses se habrían
dejado estimular por la lectura del Úl1KtkJI d11 /« que habría funcionado
de intermediario amoroso. A estas dos funciones (ayuda y consuelo, por
un lado, y estímulo y acicate por otro) se une la función polémica y más
compleja con que L Battaglia Ricci ha interpretado el sentido de este ­
subtítulo. Ver «Cognominato prencipc Galcotto», en su R.4gi""4rr ,u/
giardi110, Roma, Salerno ed., 1987, págs. 179­198.
3 Como recuerda P. Zumthor (Essai tÚ poltit¡111 1'1Ídii1Jak, París, Ou
Seuil, 1972, pág. 392), el término francés -1w es frecuente en el fran­
'°"''•
cés del siglo x11 como calificativo (de ,Ótlluolt, o términos semejan­
tes). Y en el provenzal del siglo XIII el término sess se sustantiviza para
designar un relato tradicionaT remozado. Oc aquí vendría el italiano 110-
111"4 que ya se adopta en el titulo de la más antigua colección de cuentos
medievales italianos, el Nw,Ui,,o, y de aquí su adopción por Boccaccio
para designar el nuevo género que él forja y que yo, no obstante, traduz­
co no por ,,_14 (para evitar equívocos de géneros) sino por nm,to.

(107)
PROEMIO

cosa es tener compasión de los afligi- 2

H
UMANA
dos; y aunque les conviene a todos sentirla, se
les exige especialmente a aquellos que en al-
gún tiempo tuvieron menester de consuelo y
lo encontraron en los demás4; y si alguien
hubo alguna vez necesitado de él o le fue grato o logró obte-
ner sus beneficios, yo soy uno de ésos. Porque desde mi tern- 3
prana juventud hasta ahora, habiendo estado sobremanera
encendido de elevadísimo y noble amor, acaso mucho más
de lo que a mi baja condición parecía convenirle, aunque lo
diga yo mismo, si bien quienes eran discretos y llegaron a sa-
berlo me elogiasen y me tuviesen por [Link] alta estima 5, no
dejó de ser para mí grandísimo esfuerzo sufrirlo, no cierta-
mente por la crueldad de la amada, sino por el excesivo fue-
go que el desordenado apetito concibió en mi mente; el cual,

4 Este solemne párrafo que abre el libro adecuadamente, y que ya


analizara P. Bembo en sus Prose della volgare ling11a (libro XV, pág. 333, ed.
M. Marti, Florencia, ansoni, 1961 ), se reproduce casi literalmente al
inicio del capítulo 355 del Tiran/ lo Blanc, en la «Réplica que dio Placer-
demivida a Tirante», como una de las muchas muestras de intertcxtuali-
dad que de modo literal se producen en el texto de Martorell.
5 Uno de los preceptos recogidos y razonados en el tratado De amorr
de Andrés el Capellán es precisamente la posibilidad que el hombre tie-
ne de amar a una mujer de más elevada condición social, apoyándose en
cómo el hombre no noble de nacimiento puede por su nobleza de espíri-
tu llegar a hacerse merecedor del amor de una dama, con el consiguiente
elogio de los demás. Ver los epígrafes «Loquitur plebcius nobili» (pági-
nas 44 y ss.) y «Loquitur plebeius nobiliore ferninaes (págs. 60 y ss.) de la
ed. de S. Battaglia, Roma, Perrella, 1947, por la que cito:
como en ningún razonable límite me dejaba estar satisfecho, ben cuán mayor fuerza poseen que las visibles 7; y además,
muchas veces me hacía sentir más dolor del que era necesa- obligadas por los deseos, los gustos, los mandatos de sus pa-
rio. En este dolor me procuraron entonces tanto alivio las • dres, de sus madres, de sus hermanos y de sus maridos, pasan
., gratas consideraciones de algún amigo y sus loables palabras la mayor parte del tiempo encerradas en el pequeño recinto
que creo firmemente que gracias a ellas ha sido por lo que no de sus alcobas, sentadas y ociosas, queriendo y a la vez no
he muerto. Mas según quiso Aquel que, siendo infinito, les s queriendo, y cavilando sobre diversos pensamientos que no
dio a todas las cosas mundanas por ley inmutable el tener fin, siempre pueden ser alegres. Y si a causa de éstos les invade la 11
mi amor, más ferviente que ningún otro y al que ninguna mente alguna tristeza provocada por un ardiente deseo, con
fuerza de voluntad ni de consejo ni de vergüenza evidente ni gran dolor debe permanecer en ella si no la desplazan nuevos
peligro que pudiera seguirle le había podido ni romper ni do- pensamientoss; sin contar con que ellas son mucho menos
blegar, por sí mismo con el paso del tiempo disminuyó de tal fuertes soportando que los hombres; lo cual no les sucede a
suerte que ahora sólo me ha dejado de sí en la memoria ese los hombres enamorados, ..como podemos ver abiertamente.
placer que suele ofrecer a quien, navegando, no penetra de- Ellos, si alguna tristeza o pensamiento penoso les aflije, tie- 12
masiado en sus más profundos piélagos; por lo que si antes nen muchas maneras de aliviarlo o superarlo, ya que a ellos,
resultaba doloroso, al despejarse todos sus afanes, siento que si quieren, no se les priva de ir de un lado a otro, de ver y oír
se ha vuelto agradable. muchas cosas, practicar la cetrería, cazar, pescar, cabalgar,
Pero aunque el dolor haya cesado, no por ello se ha desva- 6 jugar o comerciar; por cuyos medios todos logran distraerse
necido el recuerdo de los bienes entonces recibidos, otorga- y, parcial o totalmente, liberar su ánimo del doloroso pensa-
dos por quienes al ofrecerme su benevolencia se apiadaron miento al menos por algún tiempo, tras el cual, de un modo
de mis males; y creo que nunca se borrará, salvo con la muer- u otro, o acude el consuelo o el dolor disminuye".
te. Y como la gratitud, según creo, es la más elogiable de to- 1
das las virtudes, y su contraria la más reprobable, para no pa- 7 Era precepto del amor cortés el mantenerlo oculto para avivarlo y
recer ingrato me he propuesto a mí mismo, en lo poco que evitar que con la notoriedad se disipara; pero aquí el autor, una vez apo-
me sea posible, a cambio de lo que he recibido, ahora que yado en la tradición literaria, se desliza enseguida hacia un plano más
real, sumergiéndose de lleno en la realidad social de la época al enfocar
puedo decirme libre, prestarles algún alivio si no a quienes al tipo de mujer elegida como receptora ideal del libro en su realidad his-
me ayudaron, ,que por ventura gracias a su buen juicio o a su tórica y cotidiana.
buena suerte no lo necesitan, al menos a aquellos que lo pre- ij Denunciando una situación social [Link] la mujer, y despla-

cisan. Y aunque mi apoyo o consuelo, si queremos llamarlo s zándose a sus sentimientos, el autor convierte al hipotético lector implí-
así, pueda ser y sea muy poco para los necesitados, no obstan- cito que todo texto posee en una lectora mucho más real, que casi ad-
quiere rango de protagonista, enfocada casi en primer plano en la sole-
te creo que debe ofrecerse más bien cuando la necesidad pa- dad de su alcoba, en su necesidad de consuelo afectivo. Con ello se con-
rece mayor, porque será más útil y también porque resultará sigue un gran avance semiótico, que activa con fuerza el canal de comu-
más preciado. nicación entre el autor y el lector, que encuentra en esas lectoras un ade-
cuado modelo de recepción.
¿ Y quién negará que, sea como sea, no convenga mucho 9 9 A la vida ociosa a la qu� se condenaba a la mujer en la época se opo-
más ofrecerlo a las bellas señoras6 que a los hombres? Ellas, 10 ne la gran actividad .que el hombre podía en cambio desplegar; con este
en sus delicados pechos, por temor o por vergüenza tienen brusco contraste de situaciones sociales, tomado de un pasaje ovidiano
las amorosas llamas ocultas, que quienes las han probado sa- casi idéntico (Heroidas, XIX), el autor establece uno de los más sólidos
pilares de su ideología social, su marcado feminismo, que no es sólo fru-
to de la lectura de Ovidio o de María de Francia, sino un sentimiento
6 Ver lo que ya he dicho en mi introducción a los criterios de esta muy arraigado en su moderna mentalidad, y por donde además canaliza
traducción. su deseo retórico de conectar con sus receptores.

(no] (m]
Por consiguiente, para enmendar al menos por mi parte I
en algo el error de la fortuna que fue más parca de ayuda
donde menos debía, tal como vemos en las delicadas señoras,
para socorro y refugio de las que aman, pues a las otras les
basta la aguja, el huso y la devanadera w, pretendo narrar cien
cuentos, o fábulas, o parábolas o historias como queramos
llamarlos 11, narrados en diez días por un honesto grupo de
siete señoras y tres jóvenes en el pestilencia! tiempo de la pa-
sada mortandad, y algunas cancioncillas cantadas por dichas
señoras a su elección 12. En esos cuentos se verán agradables y 14 OMIENZA LA PRIMERA JORNADA DEL Ü[Link]ÓN EN LA 1
ásperos casos de amor y otros fortuitos acontecimientos su-
cedidos tanto en los tiempos modernos como en los anti-
C [Link], TRAS LA EXPLICACIÓN [Link].A POR EL .AUTOR SOBRE
LA RAZÓN POR LA QUE .ACAECIÓ QUE [Link] PERSONAS QUE .AHO·
guos; de los que las mencionadas señoras que los lean podrán RASE PRESENTAN SE REUNIERAN .A CONVERSAR ENTRE SÍ, BAJO
tener tanto deleite de las cosas placenteras mostradas en ellos EL [Link] DE PAMPINE.A SE TRATA DE .AQUELLO QUE .A CAD.A
como útil consejo para poder distinguir lo que hay que re- UNO MÁS LE .AGRADA'.
huir y lo que igualmente hay que seguir O; lo cual no creo que
pueda ocurrir sin que cese su dolor. Y si ello sucede, que 1s
Dios quiera que así sea, le den gracias a Amor, que liberan-
dome de sus ataduras me ha concedido poder atender a sus
deseos 14•
111 Parecen ser dos los objetivos de esta distinción: diferenciar niveles
sociales (las que trabajan y las que cultivan los sentimientos, el artesana-
do y la burguesía) y connotar positivamente a las que se dedican a amar,
calificando en cambio como pobres de espíritu a las que sólo se ocupan
de las faenas domésticas.
11 Como en el prólogo al Roma tÚ Rmard, esta diversidad de denomi-
naciones que permitía el género «relato» denuncia la inestabilidad
terminológica y la amplitud del �nero, manejado con toda libertad,
12 El término ca1cyJ11tJJa, en realidad, debe designar a la canción de
arte menor, que era una alternativa más ligera a la solemne canción de I Esta primera jornada, como la novena, tienen tema libre, y esa li-
endecasílabos. Pero aquí el término es sinónimo de composición, en bertad cumple una clara función de distensión en dos momentos espe-
sentido amplio, porque además la forma métrica utilizada es la de la ba- cialmente relevantes de la estructura, como son el inicio y el final casi
lada, no la de la canción. Y, como señala Branca, sólo siete las cantarán del libro; pero un análisis más preciso y global de sus cuentos nos permi-
las jóvenes, y el resto lo harán los jóvenes. Esta imprecisión podría de- te señalar como tema a�lutinador el arte de narrar que es clave del éxito
berse a un proyecto inicial del libro aún no bien perfilado. de la actuación humana, adelantándose al planteamiento de la VI Jorna-
u La tradicional fusión deleite-placer no podía estar ausente en este da; de hecho lo confirma explícitamente el enunciado de sus rúbricas:
proemio donde se sintetiza con toda exactitud el programa ideológico- «con una falsa confesión», l; «con un cuento», 3 y 7; «reprendiendo
estético-literario del libro. oportunamente», 4; «con unas amables palabritas», 5; «con un dicho
14 Dentro de la función estructural
que se le asigna a este proemio, ocurrente», 6; «con sutiles palabras», 8; «al reprenderle», 9, y todo ello
está su sintetizar contenidos, su precisar la duración de los hechos, la dentro de la fuerte crítica anticlerical que esta jornada predominante-
alusión a sus protagonistas, a los temas abordados en el libro, con la mente supone. Ver la valoración de la jornada de M. Picone, «L'autore
mención a su utilidad para el receptor, apuntando pues a los elementos allo specchio .dell'opera», en Stllái 111/ Bo«a«io, XIX, 1990, pági­
esenciales que después se van a desarrollar en él, nas, 28-36.

[112]
e
UANTO más .reflexiono, graciosísimas señoras, sobre 2
lo compasivas que sois todas por naturaleza, mejor
comprendo que la presente obra tendrá, a vuestro
juicio, penoso y triste principio, como lo es el do-
loroso recuerdo de la pestífera mortandad pasada, universal-
mente dañina para todo el que la vio o supo de ella de otro
modo, que ésta lleva en su comienzo. Mas no quiero que os 3
asuste por ello seguir leyendo, como si tuvieseis que ir leyen-
do siempre entre suspiros y entre lágrimas. Este horrible co- •
mienzo os resultará como una montaña áspera y empinada
para los caminantes, tras la cual se halla oculta una hermosí-
sima y deleitable llanura que será tanto más grata cuanto ma-
yor haya sido la dureza de la subida y del descensos, Y como s
al final de la alegría llega el dolor, así las desdichas se acaban
con el gozo que les sigue3. A esta breve molestia (digo breve 6
pues se contiene en pocas palabras) le sigue de inmediato la
dulzura y el placer que antes os he prometido y que tal vez no
se esperaría de un inicio semejante si no se hubiese anuncia-

2 Se instala aquí, y se repite en lugares decisivos del libro, una esté-


tica e ideología muy particular de lo alto/bajo, donde lo bajo sería lo
connotado positivamente, de espaldas a una larga tradición folclórica;
con ello el autor valora lo terrenal, lo material, en oposición, consciente
o no, a la simbología tradicional de lo elevado como espacio trascenden-
te e imagen simbólica del cosmos. Ver para esto último, M. Eliade, El
"1Ílo del 1/m,o rr/on,o, Barcelona, Planeta-De Agostini, 1984, en especial
págs. 14 y SS.
3 Se sigue la sentencia bíblica de Prw,rl,ios, XIV, 13: «Aun en la risa
hay aflicción de corazón, y a la alegría sucede la congoja» (Las citas bíbli-
cas proceden siempre de la ed. de E. Nacar y A. Colunga, Madrid,
B.A.C, 1988). El tópico de comenzar con algo triste para llegar a lo agra-
dable está también al inicio de la Di11Í114 C"""",dia (V. Branca).
do. Y en verdad, si hubiese podido guiaros adecuadamen cualquier enfermo y se dieran muchos útiles consejos para
por otra parte a donde deseo, en vez de por un sendero tan ás- mantener la higiene, y no valieran tampoco las humildes ro-
pero como será éste, lo habría hecho gustoso; pero como la gativas que elevaran las personas devotas de Dios hechas con
razón por la que sucedió lo que se leerá a continuación no se procesiones no una sino muchas veces y con otros medios,
podía demostrar sin este recuerdo, casi obligado por necesi- casi al principio de la primavera de dicho año comenzó ho-
dad me dispongo a escribirlos. rriblemente y de manera sorprendente a mostrar sus doloro-
Digo, pues, que los años de la fructífera Encarnación del sos efectoss, Y no como había sucedido en Oriente, donde a 10
Hijo de Dios5 habían llegado ya al número de mil trescientos todo el que le salía sangre de la nariz era para él signo evidente
cuarenta y ocho, cuando a la. egregia ciudad de Florencia, de muerte segura, sino que en su comienzo a los varones e igual-
más hermosa que ninguna otra de Italia, llegó la mortífera mente a las hembras les nacían en la ingle o bajo las axilas
peste; que o por obra de los astros celestes o por nuestras ini- unos bultos, algunos de los cuales crecían como una manzana
quidades, enviada por justa ira de Dios sobre los mortales mediana, otros como un huevo, unos más y otros menos, que
para nuestra enmienda6, tras comenzar unos años antes en las gentes llamaban bubas 9. Y desde las dos partes del cuerpo 11
los países orientales, y tras privarles de una innumerable indicadas, en poco tiempo, las ya dichas mortíferas bubas co-
cantidad de vidas, propagándose sin cesar de un lugar a otro, menzaron a nacer y a crecer indistintamente en cualquier
se había extendido miserablemente 7. Y como no valía contra parte del cuerpo; y tras esto los síntomas de dicha enferme-
ella saber alguno o remedio humano, aunque limpiaran la dad comenzaron a convertirse en manchas negras o lívidas
ciudad de muchas inmundicias quienes habían sido oficial- que a muchos les salían en los brazos o por los muslos y en
mente encargados de ello y se prohibiera entrar en ella a cualquier otra parte del cuerpo, a unos grandes y escasas y a
otros pequeñas y abundantes 111• 'Y como el bubón había sido 12
4 Tanto en el Proemio como en esta Introd11"ión el ritmo de la pro-
sa y su configuración sintáctico-melódica son el resultado de un cuidado H A lo largo de la historia será habitual que la ignorancia y el fanatis-
trabajo de auténtica marquetería en función de la solemnidad y elocuen- mo popular contribuyan a la propagación de estas epidemias masivas.
cia que el momento requieren, aunque muchos de estos aspectos se pier- Siglos después de esta peste florentina, en la Andalucía de 1800 y duran-
r..::n en la traducción. te la epidemia de fiebre amarilla que se extendió por Sevilla y Cádiz, «los
5 «Según el estilo florentino, el año se hacia comenzar no en la Nati- indigentes quedaban en la ciudad sin más recurso que implorar el auxi-
vidad sino en la Encarnación o Anunciación (25 de marzo): la peste co- lio divino organizando procesiones y rogativas que, por las aglomera-
menzó en Florencia al inicio de abril» (V. Branca). Para las posibles ciones que fomentaban, no hacían sino propagar más el contagio». Cfr.
fuentes literarias de la peste, sobre lo que tanto se ha escrito, ver sobre A. M. Berna), «Hacia la formación de la Andalucía actual», en Historia de
todo V. Branca, «Un modelo medievale per l'Introduzione», en su /J«. Andal11ría, vol. VII, Madrid, Cupsa-Planeta, 1981, pág. 102.
caaia medina/e, Florencia, Sansoni, 1970, págs. 301-307, además de la •1 El autor describe con gran exactitud los síntomas y proceso de la
amplia anotación de su edición. peste bubónica o ganglionar, que constituye el 80 por 100 de los casos de
6 Como nos recuerda L. Battaglia Ricci los predicadores desde el púl- peste y cuyo primer síntoma evidente es, en efecto, la hinchazón de los
pito debieron insistir en esta idea de considerar la epidemia un azote di- ganglios linfáticos regionales en axilas e ingles (ver las noticias médicas
vino contra la maldad humana. de todo ello, por ejemplo, en P. Ferreras Valentí, Mediana interna. Com·
7 Es sabido que este tipo de epidemias se había venido
contagiando a pendio prátlko de patología mldka, Barcelona, ed. Marín, S.A., 6.• ed., págs.
Europa desde la India, el sur de China, etc., donde eran más frecuentes 1650-1651 ). La exactitud descriptiva del escritor ratificaría, además de
los focos endémicos. Y la vía de contagio fue, sobre todo, el comer- su apoyo en textos literarios (la Histori4 langobardonmt, 11,4-5, de P. Diáco-
cio marítimo, a través de los barcos (y en especial de sus ratas) que, atra- no) la visión directa que el autor tuvo del desolador espectáculo.
_cando en otros puertos, propagaban vertiginosamente la enfermedad. 111 En el cuadro sintomático de la enfermedad, «la difusión del agente
Esta epidemia parece ser que se transmitió a Europa desde unas naves desde los ganglios a las vías linfáticas de la piel determina en el 5 por 100
que, procedentes de Siria, desembarcaron en puertos sicilianos en 1346, de los casos el brote de manchas cutáneas hemorrágicas, rojoazuladas»,
y hacia marzo del 48 la enfermedad se extendía por toda Florencia. Ver P. Ferreras Valen tí, op. at., pág. 1651.

[n6] [nj]
al principio y era aun indicio seguro de muerte futura, tam• día, entre otros, semejante experiencia: que estando tirados
bién lo· eran éstas a quienes les aparecían. los harapos de un pobre muerto de esta enfermedad en la vía
Para curar tal enfermedad ni consejo de médico ni poder pública y al tropezarse con ellos dos cerdos y éstos, según
de medicina alguna parecía que sirviese ni aprovechase; ca acostumbran, cogiéndolos primero con el hocico y luego con
más, o porque. la naturaleza del mal no lo permitiese o por- los dientes y sacudiéndoselos en el morro, poco tiempo des-
que la ignorancia de quienes medicaban (cuyo número, apar- pués, tras algunas convulsiones, como si hubiesen tomado
te de los médicos, se había hecho grandísimo tanto de muje- veneno, ambos cayeron muertos al suelo sobre los funestos
res como de hombres que nunca habían recibido enseñanza harapos 12•
alguna de medicina) no supiese de dónde procedía y por con- Por estas cosas y por otras muchas semejantes a éstas o más 19
siguiente no se le pusiese el debido remedio, no sólo eran po­ graves, a los que quedaban vivos les asaltaron varios temores
cos los que sanaban, sino que casi todos hacia el tercer día de y suposiciones, y casi todos tendían a un mismo fin muy
aparecer los mencionadossíntomas, quien antes y quien des- cruel, el de esquivar y huir de los enfermos y de sus cosas; y
pués y la mayoría sin fiebre alguna u otra complicación, mo- haciendo esto cada cual creía lograr salvarse a sí mismo.
rían. Y esta pestilencia fue más virulenta porque prendía de Y había unos que opinaban que vivir moderadamente y abs- 20
los enfermos en los sanos con los que se comunicaban no de tenerse de todo lo superfluo ofrecía gran resistencia a este
otro modo a como lo hace el fuego sobre las cosas secas o mal; y reuniendo a su grupo 13 vivían apartados de todos los
grasientas cuando se le acercan mucho. Y el mal fue aún mu- 1 demás, recogiéndose y encerrándose en las casas donde no
cho más allá porque no sólo el hablar y el tratar con los en- había ningún enfermo y se podía vivir mejor, tomando ali-
fermos les producía a los sanos la enfermedad o les causaba el mentos delicadísimos y óptimos vinos con suma templanza y
mismo tipo de muerte, sino que el tocar las ropas o cualquier huyendo de todo exceso, sin dejar que nadie les hablara y sin
otra cosa tocada o usada por los enfermos parecía transpor- querer tener noticia alguna de fuera, ni de muerte ni de en-
tar consigo la enfermedad al que tocaba 11• Lo que voy a decir fermos, se distraían con la música y los placeres que po-
es tan asombroso de oír que si los ojos de muchos y los míos dían. Otros, llevados por una opinión diferente, afirmaban 21
no lo hubiesen visto apenas me atrevería a creerlo, y menos a que el beber mucho y el gozar y el ir por ahí cantando y dis-
escribirlo, aunque lo hubiese oído de alguien digno de fe. frutando y el satisfacer el apetito con todo lo que se pudiese y
Digo que el tipo de pestilencia descrita fue de tal virulencia I reírse y burlarse de lo que ocurría, que esa era la medicina
al contagiarse de unos a otros que no solamente se transmitía más eficaz para tanto mal; y tal como lo decían lo llevaban a
de hombre a hombre, sino, lo que es más, y esto ocurrió mu- cabo si podían, yendo de día y de noche de una taberna en
chas veces y de manera visible, si la cosa del hombre que ha- otra, bebiendo sin tiento y sin medida, y haciéndolo sobre
bía estado enfermo o había muerto de esta enfermedad la to- todo por las casas ajenas, con sólo sentir que algo les agradaba
caba otro animal distinto a la especie humana no sólo le con- o se les antojaba. Y podían hacerlo fácilmente, pues todos, 22
tagiaba la enfermedad sino que en muy poco tiempo lo mata- como si no fuesen a vivir más, habían abandonado tanto a sí
ba. De lo cual mis ojos, como se acaba de decir, tuvieron un mismos como a sus cosas; por lo que la mayor parte de las ca-

12 Por la transmisión a través de la piel y de los parásitos de que nos


11 La ignorancia que se tenía sobre la enfermedad, que ha persistido hablan los tratados médicos se confirma plenamente esta posibilidad.
casi hasta el siglo pasado, la confirma el propio escritor al omitir las cau- 13 El original dice «fatta loe brigata». Esta costumbre de reunirse en
sas reales de su propagación, que se produce sobre todo por contagio a grupos o pandillas de amigos era algo muy arraigado en los hábitos so-
través de los esputos y mediante las ratas u otros roedores y parásitOI ciales florentinos, del mismo modo que se atestigua también en la obra
como la pulga de la rata, con sus picaduras y sus heces fecales. juvenil de Boccaccio (Fil«olo) en la sociedad napolitana.

[118)
sas se habían vuelto comunes, y las usaban los extraños, con Y aunque .no todos los que opinaban diferentemente mu- 26
sólo tropezarse con ellas, como las habría usado su propio [Link] poi ello todos se salvaron; es más, como muchos
dueño; y a pesar de ese comportamiento bestial, siempre que de cada una de estas opiniones enfermaron por todas partes,
podían huían de los enfermos 14• Y en tanta aflicción y deso- al haber dado ellos mismos ejemplo cuando estaban sanos a
lación para nuestra ciudad estaba la respetable autoridad de los que quedaban sanos, casi abandonados se consumían por
las leyes, tanto divinas como humanas, casi toda abatida y doquier. Y dejemos a un lado que un ciudadano esquivase a 21
destrozada por los ministros y ejecutores de las mismas que, otro y que casi' ningún vecino se ocupase del otro 16 y que los
igual que los demás, todos estaban muertos o enfermos o se parientes se visitasen pocas veces o nunca, y de lejos; t;on tal
habían quedado tan faltos de servidumbre que no podían de- espanto esta tribulación había entrado en el pecho de los
sempeñar oficio alguno, por lo que a todos les era lícito ha- hombres y de las mujeres, que un hermano abandonaba al
cer lo que les venía en gana. Otros muchos, entre los dos ya otro y el tío al sobrino y la hermana al hermano y muchas
dichos, observaban una vía intermedia, sin privarse de los veces la esposa a su marido; y lo que es más grave y casi in-
manjares corno los primeros ni excederse en las bebidas y en creíble, los padres y las madres evitaban visitar y cuidar a sus
otras libertades como los segundos, sino que se servían de las hijos, como si no fuesen suyos. Por lo que a los que enferma- zs
cosas lo suficiente según sus apetitos y sin encerrarse iban de han, que eran una multitud incalculable, tanto varones como
un lado a otro, llevando en la mano unos flores, otros hier- hembras, no les quedó más auxilio que o la' caridad de los
bas aromáticas y otros diversos tipos de especias, y se las lle- amigos (y de éstos hubo pocos), o la avaricia de los criados
vaban con frecuencia a la nariz creyendo que era muy bueno que servían por elevados salarios y abusivos contratos, a pe-
tonificar el cerebro!' con esos olores, por la razón de que sar de todo lo cual no muchos se dedicaron a esto; y los que
todo el aire parecía impregnado y maloliente por el hedor de lo hacían eran hombres o mujeres 17 de tosco ingenio y la ma-
los cuerpos muertos y de las enfermedades y de las medici- yoría no avezados en tales servicios, pues casi no servían más
nas. Algunos eran de parecer más cruel, aunque fuese tal vez que para llevarles a los enfermos algo que pidiesen o para ver
más seguro, diciendo que no había una medicina mejor ni cuándo morían; y al servir en tal trabajo muchas veces se per-
tan buena contra la peste que el huir de delante de ella; e im- dían ellos con la ganancia 1s. Y de este abandono de los enfer- 29
pulsados por este razonamiento, sin ocuparse de nada más mos por los vecinos, por los parientes y por los amigos y con
que de sí mismos, muchos hombres y mujeres abandonaron escasez de criados, se extendió un hábito jamás antes oído:
su propia ciudad, sus propias casas, sus posesiones, a sus pa­ que a ninguna señora, por muy encantadora o bella o noble
rientes y sus cosas, y buscaron las ajenas, o al menos el carn- que fuese, si enfermaba, le importaba tener a su servicio a un
po, como si la ira de Dios para castigar las iniquidades de los hombre, dando igual que fuese joven o no, ni enseñarle sin
hombres con aquella pestilencia no fuese a caer donde estu- vergüenza alguna todas las partes de su cuerpo igual que ha-
viesen, sino que, excitada, fuese a azotar solamente a los que
se encontraban dentro de las murallas de su ciudad, o como
16 Como anota V. Branca, el vínculo entre los vecinos de los dis-
si pensasen que no iba a quedar nadie en ella y que había lle· tintos barrios en que se dividía la ciudad era mucho más fuerte por en-
gado su última hora. tonces, dada la especial conformación de la vida ciudadana, familiar y
política.
14 Es decir, que pese a ese comportamiento bestial generalizado, el 17 En relación con lo dicho en nota 6 del Proemio, ver el uso en este
hombre no había perdido el sentimiento humano del miedo, que le ha· parágrafo 28 de «rnaschi e fernine» y «uornini e fernine», el primero con
cía huir de los enfermos. connotación sexual, el segundo para aludir a hombres y mujeres de baja
15 «Al cerebro se le consideraba la sede de los espíritus vitales» (V, condición.
Branca). 18 Es decir, que también ellos morían.

[120) [121)
bría hecho con una mujer, con sólo requerirlo la necesidad mujeres, olvidando en gran parte la compasión femenina, se
de su enfermedad; y a las que se curaron tal vez esto las hiz.o habían aprendido muy bien esta costumbre en beneficio pro-
ser menos honestas en lo sucesivo. Y a esto le siguió además pio. Y eran pocos aquellos a cuyos cuerpos les acompañaba a 35
la muerte de muchos que si acaso se les hubiese ayudado se la iglesia más de diez o doce vecinos; y les llevaban a hom-
habrían salvado; por lo que, entre la falta de adecuados servi- bros no los honorables y apreciados ciudadanos sino una es-
cios, que los enfermos no podían recibir, y la fuerza de la pes- pecie de sepultureros salidos de la gente baja (que se hacían
tilencia, era tanta la multitud de los que de día y de noche llamar faquines-? y cobraban por sus servicios); y con pasos
morían en la ciudad, que causaba estupor no sólo ya verlo, presurosos la mayoría de las veces lo llevaban no a esa iglesia
sino oírlo contar. Por lo cual, casi por necesidad, entre los que él había dispuesto antes de la muerte sino a la más cerca-
que quedaban vivos surgieron hábitos contrarios a las cos- na, detrás de cuatro o seis clérigos con pocos cirios y a veces
tumbres primitivas de los ciudadanos. sin ninguno; y éstos, con la ayuda de los susodichos faquines,
Era usanza, como aún hoy vemos que se hace, que las pa- sin cansarse en un oficio demasiado largo o solemne, lo me-
rientas y vecinas se reuniesen en la casa del muerto y allí llo- tían en la primera sepultura desocupada que encontraban.
raran con las que eran familia más cercana de éste; y por otra El espectáculo de la gente baja y quizá en gran parte de la 36
parte, ante la casa del muerto, sus vecinos y otros muchos clase media era mucho más miserable, porque éstos, reteni-
ciudadanos se reunían con sus allegados 19, y según el rango dos en sus casas la mayoría o por la esperanza o por la pobre-
del muerto así acudía el clero; y a hombros de sus iguales, za, al permanecer en sus barrios, enfermaban a millares por
con pompa fúnebre de cirios y de cánticos, se le llevaba a la día, y como no se les cuidaba ni ayudaba en nada, casi sin re-
iglesia que él antes de morir había elegido. Pues estos hábi- misión alguna todos morían. Y había muchos que finaban 37
tos, cuando comenzó a aumentar la virulencia de la peste, en la vía pública de día o de noche, y muchos que aunque
casi desaparecieron en todo o en gran parte y en su lugar sur- acabasen en sus casas les hacían saber a sus vecinos que ha-
gieron otros nuevos. Por lo que las gentes morían no sólo sin bían muerto con el hedor de sus cuerpos corrompidos antes
tener muchas mujeres alrededor, sino que eran muchos los que de otro modo; y de éstos y de los otros que por doquier
que pasaban de esta vida sin testigos; y eran muy pocos a los morían, todo estaba lleno. La mayoría de los vecinos obser- 38
que se les concedían los piadosos llantos y las amargas lágri- vahan una misma costumbre, movidos más por el temor a
mas de sus parientesw, mientras que en su lugar la mayoría que la corrupción de los muertos les perjudicase que por la
solía gastar risas y chanzass! y un alegre compadreo; y las caridad que sintieran por los difuntos. Ellos por sí solos o 39
con la ayuda de algunos porteadores, cuando podían tenerla,
9 sacaban de sus casas los cuerpos de los difuntos y los ponían
1 En la Edad Media, en los duelos, se reunían por un lado las mujeres
de la familia a llorar al muerto dentro de la casa, y los hombres se agol-
paban afuera con los familiares varones para formar el cortejo fúnebre.
De esta costumbre se habla más adelante en IV,8, 30, etc. pio nomine appellari dicta voluerunt".» Cfr. �- l:J: Marinone, Turíi:i,
zo El autor suele distinguir el llanto de las lágrimas, siendo el primero U.T.E.T., 1967, págs. 316 y ss. Tras esta explicación (cuya referencia
más intenso y más grave. [Link] mi colega la profesora Consuelo Granados) en es�e epi�io
. 21. Con el término «morro», que aquí traduzco por «chanzas, Boccac- de los Sat11malia Com,illia, los personajes se dedican a relatar «dichos inge-
c10 incorpora el concepto que el mundo clásico designaba con dkhutl, niosos», o «chanzas», o bien «ocurrencias», términos a los que iré acu-
c�yo contenido explica muy bien por ejemplo, Macrobio, siguiendo a diendo para traducir «motto» en los distintos contextos.
Cicerón, en sus Sat11malia COftlli11ia, 11, 1, 13-14: «locos enim hoc gcnus ve- 22 El término original «becchinos en la traducción castellana antigua
teres nostri dicta dicebat. Testis idem Cícero qui in libro ,pistolaf'JI"' oJ se traduce por «beguino• que en esa época tenía una connotación reli-
Co1'11#/i11m N,pot, secundo sic ait: "ltaque nostri, cum omnia quae dixisse- giosa que aquí no encaja bien. Opto por traducir «faquines•, que eran
mus dicta essent, quae facete et breviter et acute locuti essemus, ea pro- una especie de mozos de carga.

[122] [123]
delante de sus puertas, en donde, sobre todo por la mañana, bienes ni de sus asuntos; es más, como si todos esperasen que
quien hubiese pasado por allí habría podido ver muchísimos; les llegase la muerte ese día en el que estaban, trataban por
y hacían llevar allí los ataúdes y por falta de éstos hubo algu- todos los medios no de ocuparse de los frutos futuros de las
nos a los que les pusieron sobre una tabla. Y no fue un solo bestias y de las tierras y de sus pasados trabajos, sino de con-
ataúd el que llevó a dos o tres a la vez, y no ocurrió sólo una sumir los que tenían a mano. Por lo que ocurrió que los bue- 45
vez, sino que se habrían podido contar muchos que llevaron yes, los asnos, las ovejas, las cabras, los cerdos, los pollos, y
a la mujer y al marido, o a dos o tres hermanos, o al padre y al los mismos perros tan fieles al hombre, al echarles de sus
hijo, y así sucesivamente. E infinidad de veces ocurrió que, propias casas iban libremente por los campos donde las mie-
yendo dos curas con una cruz a buscar a alguno, se pusieron ses estaban abandonadas, no ya sin recoger sino aún sin se-
tres o cuatro ataúdes, llevados por los porteadores, detrás de gar; y muchos, como si fueran racionales 23, tras haber pasta- 46
ella, y si los curas creían que tenían que enterrar a un .muer- do bien durante el día, de noche se volvían a sus casas, sacia-
to, tenían seis u ocho y a veces más. Y no por ello se les hon- dos, sin guía de pastor alguno. ·
raba con alguna lágrima o cirios o cortejo, sino que la situa- Y dejando el campo y volviendo a la ciudad, qué más pue- 47
ción había llegado a tanto que se ocupaban de los hombres de decirse sino que entre marzo y el julio siguiente, por la
que morían lo mismo que hoy se ocuparían de las cabras; por fuerza de la pestífera enfermedad y por ser muchos enfermos
lo que resultó muy evidente que si el natural curso de las co- mal atendidos y abandonados en sus necesidades por el te-
sas con pequeñas y pocas desgracias no había podido ense- mor que tenían los sanos, se cree por cierto que a más de cien
ñarles a los sabios a soportarlas con paciencia, entonces la mil criaturas humanas dentro de las murallas de la ciudad les
gran magnitud del mal les volvió a los simples conscientes y fue arrebatada la vida, y quizás antes del mortífero suceso no
resignados. A la gran multitud de cuerpos mencionada que se habría estimado que hubiese dentro tantas. ¡Oh, cuántos 48
llegaba a cada iglesia cada día y casi a cada hora, al no bastar- grandes palacios, cuántas hermosas casas, cuántas nobles
les la tierra sagrada de las sepulturas y al querer, sobre todo, moradas repletas de sirvientes, de señores y de damas, queda-
darle a cada uno un lugar propio según la antigua costumbre, ron vacíos hasta del más humilde criado! ¡Oh, cuántas me-
como todo estaba lleno, por los cementerios de las iglesias se morables estirpes, cuántas amplísimas fincas, cuántas famo-
les hacían fosas enormes en las que se metían a los que llega- sas riquezas se vieron quedar sin el debido sucesor! ¡Cuántos
ban a centenares, y apilándolos como se cargan las mercan- ilustres hombres, cuántas bellas damas, cuántos apuestos jó-
cías de los barcos por estratos, los recubrían con poca tierra venes a los que el propio Galeno, Hipócratcs o Esculapio>
hasta que se llegaba al borde de la fosa. les habrían considerado sanísimos, comieron por la mañana
Y para no ir rebuscando más cada detalle de nuestras pasa-
das miserias ocurridas por la ciudad, diré que como corría un
tiempo tan hostil para ella, no por eso el campo circundante
23 A lo largo de toda esta realista descripción de los efectos morales de
se libró algo. En el cual, dejando a un lado los burgos que en la peste, el autor introduce la analogía hombres/animales desencadena-
su pequeñez eran semejantes a la ciudad, por las aldeas espar- da por la tan expresiva descripción del contagio por las ropas de un
cidas y por los campos, los míseros y pobres labradores y sus muerto a unos cerdos, en 18. Tras ello se dice a continuación que los
familias, sin cuidado alguno de médico o ayuda de sirviente, hombres se comportaban como bestias (en 22), o que los vecinos se des-
preocupaban de los muertos como si se tratara de cabras ( 41 ), hasta lle-
por los caminos y por sus cultivos y por sus casas, tanto de
gar a equiparar aquí a los animales con los seres racionales, invirtiendo
día como de noche, morían no como hombres sino casi expresivamente la comparación.
como bestias; por lo que éstos, al relajarse sus costumbres 24 Médicos de la antigüedad citados proverbialmente por toda la lite-
tanto como las de los ciudadanos, no se ocupaban ni de sus ratura medieval y por el propio Boccaccio en varias ocasiones.
con sus parientes, compañeros y amigos y luego al llegar la discretas y de sangre noble y bellas de aspecto y adornadas de
tarde cenaron con sus antepasados en el otro mundo! 25 buenas costumbres y de gentil honestidad. Y o diría sus norn- so
E disgusta a mí mismo irme deteniendo en tantas mise- 49 bres verdaderos si justa razón no me lo impidiese, y es ésta:
M rias; por lo que, queriendo dejar ya esa parte de las que
puedo evitar adecuadamente, diré que estando nuestra ciu-
que no quiero que alguna de ellas en lo sucesivo pueda aver-
gonzarse de las cosas relatadas por ellas, que se siguen, ni de
dad en estos términos, casi vacía de habitantes, sucedió, tal lo escuchado v, al estar hoy bastante más restringidas las le-
como le oí después a una persona digna de fe26, que en la ve- yes del placer, mientras que entonces, por las razones ya se-
nerable iglesia de Santa María Novella27, un martes por la ñaladas, eran amplísimas no ya para su edad sino para una
mañana, cuando no había allí nadie más, vestidas de luto tras mucho más madura; ni tampoco darles pie a los envidiosos,
oír los santos oficios, como tal ocasión requería, se encontra- dispuestos a criticar cualquier vida respetable, a disminuir en
ron siete jóvenes señoras2s todas unidas entre sí o por amis- modo alguno la honestidad de las ilustres señoras con des-
tad o por vecindad o por parentesco, de las que ninguna pa- consideradas habladurías. Por ello, para que en lo sucesivo 51
saba de veintiocho años ni era menor de dieciochow, todas pueda comprenderse sin confusión lo que cada una dijo, pre-
tendo llamarlas con nombres en todo o en parte apropiados a
la índole de cada una>'; a la primera de las cuales y a la que
25 Este procedimiento exclamativo, en la línea de las Lam111ta+iofles de
Jeremías, tan eficaz desde el punto de vista retórico, es casi equivalente
era de más edad la llamaremos Pampinea32 y a la segunda
al recurso del 11bi s11fll en su expresividad, y pone punto final a la detalla- Fiammetta P, Filomena>' a la tercera y a la cuarta Ernilia>, y
da y calculada narración de los horrores de la peste, que siempre es inte-
resante contrastar, por ejemplo, con la visión de cronistas como Villani. císimas, sino más bien adultas, rasgo importante para los fines del marco
26 El autor pone un especial cuidado en hacernos creer que todo lo
respecto a la ideológica y a la función del libro.
sucedido en el nivel del marco es real, y que él lo conoce indirectamente 30 Hasta tal punto el autor cuida la honestidad de las jóvenes del mar-
porque alguien le informó, logrando así un distanciamiento con el que co, que los cuentos más atrevidos los cuentan los jóvenes; Dionco, por
culmina todo un conflictivo proceso de acercamiento/alejamiento res- ejemplo, cuenta 1,4, 11, 10, IU, 10 y IX, 10; Pánfilo 11, 7 y IX,6, y Filóstra-
pecto al contenido y a la ficción de sus textos, iniciado por él ya desde to cuenta 111,1, V,4, y VIl,2.
sus obras juveniles. .11 El autor ofrece aquí una clara explicación de su acudir a nombres
27 La iglesia de Santa María Novella se comenzó a construir por ar-
ficticios para estos supuestos personajes históricos y de su manejo de
quitectos de los dominicos en 1278, y se acabó en 1360; sus dimensio- nombres significantes que transmiten los rasgos más destacados del per-
nes, su majestuosidad, su peculiar belleza, son testimonio, además, del sonaje al que designan, como ya había venido haciendo desde la época
enorme poder social de la orden dominica, allí instalada. Para una valo- juvenil. Además de poder apoyarse en la retórica clásica («nomina sunt
ración de la iglesia como púlpito de los más notables predicadores de la consequcntia rcrum», se dice en las TNI,11/alfa.t) o en el valor de la etimo-
época y su defensa de la penitencia como actitud vital, donde J. Passa- logía isidoriana, su empico podría estar también en la línea del s111hai
vanti predicó desde 1340 y de donde llegó a ser prior, ver L. Battaglia provenzal (Bon Esper, Bel Veyr), donde se trataba de concentrar en el
Ricci, «La peste a la cultura della penitenzas, op. dt., págs. 45 y ss. nombre lo que la amada significaba para el trovador que lo acuñaba. Es-
28 Por el tipo de vida que se le permitía hacer a la mujer por entonces tos nombres se apoyan en etimologías clásicas casi siempre imprecisas, y
sólo sus visitas a la iglesia o a su ir a llorar o a velar a los muertos eran son nombres que el autor traslada de obras juveniles, todos salvo Dio-
ocasión para salir de casa, y poco más; por esto ya desde su etapa juvenil nco. Para un panorama global de este empico onomástico, ver L. Sasso,
(Fil«olo, Filostrato, Fiammtlla, etc.) el encuentro con la amada ocurría en «"L'intcrprctatio nominis" in Boccaccio», en Stlllii 1111 B«,a+do, XII,
el interior de una iglesia, como desencadenante de la ficción posterior. 1980, págs. 129 y SS. •
Y respecto al número siete la crítica ha señalado ya su posible corres- 32 Pampinca (llena de pámpanos, luego exuberante, o bien orgullosa,
pondencia con los días de la semana, con los siete planetas, con las siete según la acepción del término en la época anti�a) había aparecido en el
virtudes teologales y cardinales, o incluso con las siete artes liberales 811,oliíllm ,ar111m, 11, y en la Commedia del/e ,,;,,¡,, XXXV (V. Branca).
(ver V. Branca). 33 Del Fil«olo a la Elegía el nombre de Fiammctta le había servido al
29 Si tenemos en cuenta que la mujer en la época se casaba entre los autor para designar a la amada, o más'bicn a la encadenada sucesión de
catorce y los dieciocho años, veremos que estas jóvenes no son ya joven- amadas que van asumiendo todas esta denominación tan personal, de

[126] [127]
a continuación llamaremos Lauretta s a la quinta, y a la sexta queridas señoras, vosotras, lo mismo que yo, ha- 53

M
IS
Neifile-", y a la última no sin razón la denominaremos béis podido oír muchas veces que a nadie ofende
Elissa38• quien honestamente hace uso de su derecho. Es na-
Las cuales, llevadas no ya por algún propósito, sino reuni- sz tural tendencia de todo el que nace tratar de conservar y de-
das por azar en una de las partes de la iglesia, tomando asien- fender su vida cuanto pueda; y esto se acepta tanto que algu-
to casi en clrculo-", tras dejar de decir los padrenuestros con na vez ha sucedido que, para defenderla, sin culpa alguna se
varios suspiros, se pusieron a comentar entre ellas muchas y ha matado a hombresw, Y si esto lo admiten las leyes, entre 54
diversas cosas de los sucesos de entonces. Y tras algún tiem- cuyos fines está el bienestar de todos los mortales, ¡con cuán-
po, callando las demás, Pampinea comenzó a hablar así: ta mayor razón, sin ofender a nadie, nos es lícito a nosotras y
a cualquier otro poner los remedios posibles para conservar
nuestra vida! Cada vez que vuelvo a considerar nuestros ac- 55
tos de esta mañana e incluso los de otras muchas pasadas,
posible procedencia clásica (ya Meleagro denominó «llamita» a una de
pensando cuántas y cuáles son nuestras reflexiones, com-
sus amadas). Frente a la beatitud que evoca el nombre de Beatrice, o la prendo, y de igual modo vosotras lo podréis comprender,
gloria del laurel de la Laura de Petrarca, aquí Fiammetta podría aludir al que todas temamos por nosotras mismas; y esto no me asom-
brillo de la mirada enamorada, a la llama encendida de amor de sus ojos, bra nada, pero sí me asombra advertir que cada una de noso-
que además el escritor suele siempre descriptivamente señalar. Para tras, teniendo sentimientos femeninos41, no adoptemos al-
A. Prieto «la encendida llama de amor de Boccaccio, no es una determi-
nada mujer, sino la necesidad de amar, de sentirse amor de Boccaccio gún remedio a lo que cada una de nosotras fundadamente
( ... ), es el nombre que va cubriendo distintos amores (frente a la unici- teme. Me parece que permanecemos aquí como si quisiése- 56
dad de las amadas de Dante y Petrarca) siempre vestidas de verde, apor- mos o tuviésemos que dar testimonio de cuántos cuerpos se
tando ese sabor distinto de cada mujer y de cada tiempo del que ama».
Cfr. Ensayo mniológico de sistemas literarios, Barcelona, Ensayos/Planeta,
nos llevan a enterrar, o escuchar si los frailes de aquí dentro,
1972, págs. 82 y SS. cuyo número se ha reducido casi a cero, cantan sus oficios a
34 Filomena (la amante del canto) había aparecido en el Filos/ralo las horas debidas, o a demostrarle a todo el que se nos pre-
como la destinataria inmediata del libro; se la describe aquí como muy ente, con nuestras vestiduras, la calidad y la cantidad de
bella, discreta y algo tímida.
.'5 Emilia (la cariñosa) había aparecido en el Tesada, en la Amorosa Vi­
nuestras miserias42• Y si salimos de aquí, o vemos cadáveres 51
sione y en la Commedia del/e ninfa, es decir, en las obras de la etapa florenti- enfermos transportados por ahí, o vemos a los que la auto-
na del escritor (V. Branca) . ridad de las leyes públicas les ha condenado por sus delitos al
.,<> Lauretta, tal vez en recuerdo de la amada de Petrarca, es, en efecto, xilio, que se mofan de ellas porque saben que sus ejecutores
el nombre que explícitamente Petrarca en Ca,r.q¡niert, 5, y el propio Boc­
caccio así, en diminutivo (ver su Vita Petraah: y sus Rime, V), le dan
tán muertos o enfermos, y con ímpetu desenfrenado van
siempre a la protagonista del Can,:pnitre.
.n Neifile es la nueva en amor, la más inexperta y por ello la más ver-
gonzosa de todo el grupo; también se manifiesta alegre, bromista, po- 40 «Sin culpa», es decir, sin ser culpados, porque entonces matar en
sitiva. ti fcnsa propia no estaba penado.
38 Elissa era también el nombre con el que se conocía a la Dido virgilia- 41 Boccaccio considera innato en el carácter femenino la prudencia,
na, símbolo, por excelencia, de la mujer enamorada (V. Branca). Se tras- la astucia y la practicidad (V. Branca).
luce también el carácter enérgico de su personalidad. 42 Así como en 1348, en el comune de Siena se había prohibido el
39 Como se ratificará en otros cuentos, era costumbre en la época que luto a sus ciudadanos (salvo a las viudas) para evitar que la tribulación
las mujeres tomaran asiento en el suelo dentro de la iglesia, y no sólo lucra aún mayor, también se hizo en Venecia por la misma razón, lo que
para el acto de la confesión; no obstante veremos que también en círculo n ocurrió en cambio en Florencia, como aquí se atestigua. Cfr. C Mer-
se sientan los diez jóvenes en el campo cuando se disponen a narrar, en k 1, Co1'1t 11UlnJa110 gli 11omit1i del DtC41'1tron, Roma, Insubria, 1898,
actitud simbólica de máxima comunicabilidad. . 110.

[128]
de correría por la ciudad, o las heces de nuestra ciudad, de- carla?4_5• Nos equivocamos, estamos engañadas; ¿qué bestiali- 64
seosas de nuestra sangre, se hacen llamar faquines+' y para dad46 es la nuestra si creemos eso? Siempre que queramos
ultraje nuestro van cabalgando y metiéndose por todas par- acordarnos de cuántos y quiénes han sido los jóvenes y las
tes, echándonos en cara con deshonestas canciones nuestros damas arrebatados por esta cruel pestilencia, veremos en ello
males; y no oímos más que «los tales han muerto» y «los cua- una demostración clarísima. Y por ello, para no caer por re- 65
les se están muriendo», y si hubiese quien pudiese emitirlos, pugnancia o por excesiva confianza en lo que, si quisiéra-
por todas partes oiríamos doloridos llantos. Y si volvemos a mos, acaso podríamos evitar de alguna manera, no sé si a vo-
nuestras casas, no sé si a vosotras os ocurre como a mí, que, sotras os parecerá lo que a mí me parece; yo estimaría muy
de mucha servidumbre, no encontrando en ella a nadie más adecuado que, en esta situación, tal como muchos antes que
que a mi criada, me aterro y siento que se me erizan casi to- nosotros han hecho y hacen, saliésemos de nuestra ciudad, y
dos los cabellos pues a cualquier parte que vaya o donde huyendo como de la muerte de los deshonestos ejemplos aje-
quiera que esté me parece ver las sombras de los que han nos, fuésemos a quedarnos honestamente." en nuestras pose-
muerto, y no con aquellos rostros que tenían, sino con un as- iones en el campo, que todas poseemos en abundancia, y allí
pecto horrible que no sé de dónde lo han sacado de nuevas, disfrutásemos de la fiesta, la alegría y el placer que pudiése-
me asustan. Por lo que aquí y fuera de aquí, y en casa, me en- mos, sin traspasar en acto alguno el tope de la razón. Allí se 66
cuentro a disgusto, y mucho más porque me parece que na- oyen cantar a los pajarillos, se ven verdear las colinas y los
die que tenga alguna posibilidad y adonde poder ir, como te- llanos, y los campos de mieses ondear como el mar, y unas
nemos nosotras, se ha quedado, salvo nosotras. Y varias ve-s mil especies de árboles, y el cielo más abiertamenre ", que,
ces he visto y oído que si ha quedado alguien, sin hacer dis- aunque esté aún enojado, no por ello nos niega sus bellezas
tinción alguna entre las cosas honestas y las que no lo son, eternas, que son mucho más bellas de conternplarw que las
sólo con que el apetito se lo pida, tanto solos como acompa-
ñados, de día y de noche, hacen lo que más deleite les produ-
45 Según las normas de la retórica tradicional, se aplica aquí el
ce; y no sólo las personas libres+, sino incluso las recluidas proce-
en los monasterios,.llegan a creerse que está bien en ellas y dimiento de cerrar un largo pasaje con una extensa cadena de fórmulas
exclamativas o interrogativas para culminar adecuadamente esta especie
sólo está mal en los demás, y rompiendo las leyes de la obe- de arenga que decidirá a las jóvenes al retiro.
diencia, entregándose a los placeres carnales, creyendo así 46 Este término aparece sólo cinco o seis veces en el libro,
por lo que
salvarse, se han vuelto lascivas y disolutas. Y si es así, como IIC evidencia su exprevisidad y el matiz fuertemente negativo con que lo

manifiestamente se ve, ¿qué hacemos nosotras aquí? ¿A qué emplea el escritor, que lo dosifica, para aludir a una actitud irracional,
en las antípodas del ideal de vida humano e inteligente que defiende
esperamos? ¿Con qué soñamos? ¿Por qué somos más lentas y iempre en su libro. Ver, por ejemplo, en X, 10,3, en boca del incisivo
perezosas para salvarnos que el resto de los ciudadanos? ¿Nos Oioneo.
47 Ya por afirmaciones como ésta
consideramos menos valiosas que todas las demás? ¿O cree- queda perfectamente clara la oposi-
mos que nuestra vida está atada a nuestro cuerpo con cade- ión honestidad/deshonestidad ubicadas respectivamente en la vida del
marco y en el interior de la ciudad; de aquí su presencia clave y su repetí-
nas más fuertes que las de los demás, y que por lo tanto no ión casi obsesiva referida a la actitud de los jóvenes.
debemos ocuparnos de nada que tenga el poder de perjudi- 4H Se sobreentiende siempre el «se ven» anterior.
49 Este bellísimo paisaje de la campiña toscana, plasmado, entre
otros, por A. Lorenzctti en sus Effitti d,J b#o11gowrno ;,, ,itta , 11,J ,011/aao
43 Como ya se ha dicho (ver parágrafo 35, nota 22) a este trabajo de aca- (hoy en el Palacio Público de Siena), con la suavidad de sus colinas y el
rrear y sepultar a los muertos se dedicaban las gentes moralmente más romatismo verdcamarillo de sus campos, más que un tópico literario
bajas de la ciudad. , sobre todo, el reflejo de una realidad paisajística aún hoy consta-
44 Se entiende libres de votos religiosos. table.
murallas vacías de nuestra ciudad; y allí, además; el aire es hombre alguno. Nosotras somos volubles, alborotadoras, 75
mucho más fresco y hay más abundancia de esas cosas que suspicaces, pusilánimes y rniedosas=; por lo que mucho me
son necesarias para la vida en estos tiempos, y es menor el temo que si no tomamos más guía que la nuestra, que esta
número de. molestias. Por lo que, aunque allí mueran los compañía= se disuelva mucho antes y con menos honor para
campesinos como aquí los ciudadanos, el disgusto es menor nosotras de lo que se requeriría; y por ello conviene proveer
porque las casas y los habitantes son menos que en la ciudad. a ello antes de comenzar.
Y aquí además, si no me equivoco, nosotras no abandona- Dijo entonces Elissa: 76
mos a nadie, sino que con razón podemos decir que más bien -Verdaderamente los hombres son guía para las mujeres
hemos sido abandonadas; porque los nuestros, al morir o al y sin su mando pocas veces alguna obra nuestra logra un loa-
huir de la muerte, nos han dejado solas en esta aflicción ble final 54; pero ¿cómo podemos conseguir nosotras a 'esos
como si no les perteneciéramos'", No hay pues nada de re-10 hombres? Todas sabemos que de los nuestros la mayor parten
prochable en seguir tal consejo; y no siguiéndolo podría so- ha muerto, y los demás que han quedado vivos están unos
brevenimos dolor y tristeza y tal vez muerte. Y por ello, si os 11 aquí y otros allá en distintos grupos, sin que sepamos dónde,
parece, pretendo que haciéndonos acompañar por nuestras y van huyendo de lo que nosotras tratamos de huir; y tomar a
criadas y por las cosas necesarias, creo que esté bien que hoy extraños no sería conveniente porque si buscamos nuestro
en este sitio y mañana en aquél disfrutemos de esa alegría y bienestar, nos conviene hallar el modo de organizarnos de
placer que este tiempo puede ofrecernos, y permanecer así tal forma que, ya que vamos por deleite y descanso, no tenga-
hasta que, si antes no nos llega la muerte, veamos qué final el mos disgustos y escándalo. ·

M
cielo le reserva a estas cosas. Y recordad que no es peor para 12 IENTRAS de este modo razonaban las señoras he aquí 78
nosotras marchar honestamente que para gran parte de las que entraron en la iglesia tres jóvenes», aunque no
demás quedarse deshonestamente. demasiado pues el más joven de ellos tendría menos
Las demás señoras, tras oír a Pampinea, no sólo alabaron 73 de veinticinco años; en los que ni el tiempo adverso ni la
su consejo sino que, deseosas de seguirlos, habían comenzado pérdida de amigos o de parientes ni el temor por sí mismos
ya a considerar para sí el modo, como si levantándose de habían podido no ya apagar sino enfriar su amor=. De los 79
donde estaban sentadas fuesen enseguida a ponerse en ca-
mino. ' 52 Esta valoración negativa del carácter femenino traslada un topos re-
Pero Filomena, que er:1 muy prudente!', dijo: 1+ petido desde Ovidio a Andrés el Capellán, además de ser reflejo de una
-Señoras, aunque el razonamiento de Pampinea sea per- realidad social donde la mujer estaba al servicio del hombre, que valora-
ba negativamente su mucho hablar, que la distraía de sus obligaciones
fecto, no por ello hay que correr a hacerlo como parece que aseras, o su debilidad de carácter, que podía ser un pretexto fomentado
queréis hacer. Os recuerdo que nosotras somos todas muje- por el hombre para brindarle protección a cambio de sumisión.
res, y no hay ninguna tan niña que no sepa bien que las muje- 53 Mantengo el término de «compañía» que en el original se alterna
res no saben organizarse entre ellas sin la colaboración de con el de «brigata», y que son términos muy específicos que reflejan un
hábito social muy particular, como ya he dicho (ver nota 13). En Flo-
rencia era un arraigado hábito burgués, ciudadano y propio de los árnbi-
I s mercantiles, por el cual se formaban estos grupos o peñas de amigos
sn En estas últimas palabras de Pampinea se ratifica la situación de para divertirse en reuniones, comidas y juegos de todo tipo, sin olvidar
dependencia de la mujer de los miembros masculinos de su familia; de la bromas, como iremos viendo (Ver, por ejemplo, VI, 9, nota 3).
aquí que las jóvenes busquen el apoyo y acompañamiento masculino. 54 Esta idea se retoma y explica mejor en IX,9, 3-4.
51 Pampinea es tal vez la más decidida y emprendedora del grupo; Fi- 55 Para la posible simbología del número 7 y 3, cfr. J. E. Cirlot, A die­
lomena es la prudente y sensata, como se irá viendo en la contenida ca- tionary of rymbols, Londres, 1967, págs. 223 y 269 y ss. (V. Branca).
racterización que de ellas se irá haciendo. 56 Nuevo rasgo de la fuerza del amor que el autor defiende como tesis
que uno se llamaba Pánfilo, Filóstrato el segundo y el último que están enamorados de algunas de nosotras59, temo que si
Dioneo, todos muy agradables y corteses-": e iban buscando los llevamos se nos difamará y se nos reprochará, sin culpa
para su mayor consuelo, entre tanta turbación de cosas, ver a nuestra o de ellos.
sus amadas que por ventura estaban las tres entre las dichas Dijo entonces Filomena: a..
siete y algunas de las otras estaban directamente emparenta- -Eso no importa nada; allá donde yo viva honestamente
das con alguno de ellos. sin que de nada me remuerda la conciencia, hable quien
Y nada más verlas ellos, a su vez ellas les vieron; por lo • quiera en contra; Dios y la verdad tomarán las armas por mí.
que entonces Pampinea, sonriendo comenzó: Ahora, si ellos estuviesen dispuestos a venir, realmente, 85
-He aquí que la fortuna es favorable a nuestros comien- como ha dicho Pampinea, podremos decir que la fortuna es
zos, y nos ha puesto delante a discretos y valiosos jóvenes que favorable a nuestra marcha.
gustosamente nos serán guía y ayuda si no renunciamos a to- Las demás, al oírla hablar de este modo, no sólo se calla- 86
marles para este menester. ron sino que de común acuerdo todas dijeron que se les lla-
Neifile entonces, con el rostro todo sonrojado por la ver- 81 mase, se les dijese su intención y se les rogase que les fuese
güenza, pues era la amada de uno de los jóvenes'", dijo: grato servirles de compañía en semejante marcha 6(>. Por lo 87
-Pampinea, por Dios, mira lo que dices. Sé perfectamen- 112 que, sin más palabras, poniéndose en pie Pampinea, que es-
te que sólo cosas buenas pueden decirse de cualquiera de taba unida a alguno de elloss' por consanguinidad, se dirigió
ellos, y los creo capaces de cosas mucho mejores que ésta; e hacia ellos que estaban parados mirándolas y, saludándoles
igualmente los considero buena y honesta compañía para con rostro alegre, les transmitió su intención y les rogó en
ofrecerla no ya a nosotras sino a otras mucho más bellas y nombre de todas que con puro y fraternal ánimo quisiesen
agradables que nosotras. Pero ya que es del todo manifiesto al disponerse a servirles de compañía. Los jóvenes primero se 88
creyeron burlados, pero cuando vieron que la señora hablaba
en serio, respondieron con alegría que estaban dispuestos; y
de principio a final del libro; no obstante a lo largo del marco veremos in más dilación, antes de partir de allí, dieron orden de lo
que la vida sentimental de los jóvenes sólo es algo aludido en afirmacio- que debían hacer para la marcha. Y mandando preparar or- 89
nes de este tipo y poco más. denadamente todo lo necesario y enviándolo a donde pre-
57 Pánfilo, el «todo amor», es nombre de claras resonancias literarias
clásicas y boccaccianas (Pánfilo se llamaba también el amante de doña tendían ir, a la mañana siguiente, es decir el miércoles, al da-
Fiammetta en la Elegía); Filóstrato, con errónea etimología, pretende ser
«el vencido por el amor», y había sido ya el protagonista del poema ho-
mónimo de la etapa napolitana. Y de Dioneo, «el lujurioso», aparece ex- SIJ En el desarrollo argumental del marco nada nos permite saber
plicada su etimología «de Diona sucísimo dionea» Epistok, II (en Tstt« quién está enamorado de quién; estas veladas alusiones funcionan de es-
le op,re di Gi011a1111i B<K,tUúo, Milán, Mondadori, 1992, tomo V, pág. 515), timulo permanente de algo apuntado pero no desarrollado, como de-
y se le cita también en el Amtlo. Los tres podrían muy bien representar mostración de que el autor no quiere privar a los diez personajes de una
tres distintas etapas del mundo sentimental del autor: la impulsiva ju- vida afectiva propia, que él, no obstante, renuncia a comunicar para ha-
ventud de quien todo lo entrega (Pánfilo), la sucesiva experiencia que cer funcionar al marco respecto a los. cuentos. Branca valora estas men-
dan el sufrimiento y el desengaño amorosos (Filóstrato), y el cinismo y ciones «como un motivo de gentileza y de galantería» (ed. cit., pág. 39,
la desenvoltura de la subsiguiente madurez. Ver para esta triple valora- nota 1), a lo que creo hay que añadir su función respecto a la estructura
ción, A. Prieto, [Link] smnológko ... , cit., págs. 93 y ss., y ver también para loba! y a la ideología del libro. .
el valor alusivo de estos nombres el citado trabajo de L. Sasso. "º Antes se ha calificado ya a Filomena de prudente, lo que explicaría
58 Véase que en realidad de estos personajes del marco sólo se desve- el acato general y sin reservas de su propuesta.
lan los rasgos más expresivos de su carácter que tienen que ver con su 61 Recordemos que en la iglesia los hombres solían ocupar un lugar
función de emisores-receptores. De aquí la insistencia en la timidez de diferente al de las mujeres para evitar, precisamente, lo que de hecho era
Neifile. frecuente, que la iglesia fuera lugar de citas y encuentros.

[135]
rear el día, las señoras con algunas de sus criadas y los tres jó- A lo que Pampinea, como si también hubiese arrojado de 94
venes con tres de sus sirvientes, saliendo de la ciudad, se pu- sí todas las suyas66, respondió alegre:
sieron en camino; y no se habían alejado de ésta más de dos -Dioneo, dices bien; hay que vivir con alegría, y ningu- ss
millas62 escasas cuando llegaron al primer lugar que habían na otra razón nos ha hecho huir de las tristezas. Pero como
decidido. las cosas que no tienen orden no pueden mucho durar-", yo,
Estaba dicho lugar sobre una pequeña colina, algo alejado que fui la iniciadora de los razonamientos de los que ha sur-
por todas partes de nuestros caminos, con diversos arbustos gido esta tan agradable compañía, pensando en que siga
y plantas pobladas de verdes hojas de agradable aspecto; en nuestro gozo, estimo que sea necesario acordar que haya en-
cuya cima había una villa con un hermoso y amplio patio tre nosotros alguno más destacado al que respetemos y acate-
central, con pórticos y con salas y alcobas a cual más bella y mos como a un superior, en cuyo pensamiento esté organi-
decorada con agradables pinturas dignas de admiración, con zarnos para vivir alegremente. Y para que todos prueben el 96
pequeños prados y con maravillosos jardines y con pozos de peso de la responsabilidad junto al placer del mando, y de
agua fresquísima y con bodegas de preciados vinos=: cosas este modo, probando ambos, nadie pueda sentir envidia al-
más propias de refinados bebedores que de sobrias y honestas guna, digo que a cada uno se le atribuya durante un día el
damas. Y el grupo, al llégar, con no poco placer lo halló todo 91 peso y el honor; y todos elijamos quién debe ser el primero, y
bien barrido, y hechas las camas en las alcobas, y todo lleno los sucesivos, cuando se aproxime la hora del atardecer, lo
de las flores propias de la estación y alfombrado de jun- serán aquel o aquella que le plazca a aquel o aquella que haya
cos64. ejercido ese día su mandato; y éste, con su criterio, ordene y
Y al reunirse y sentarse nada más llegar, Dioneo, que era 92 disponga en el tiempo que va a durar su mandato el lugar y el
el joven más agradable y lleno de ocurrencias, dijo: modo en que hemos de vivir.
-Señoras, vuestro buen juicio más que nuestra cautela STAS palabras agradaron enormemente, y a una voz la 97
nos ha conducido aquí; no sé qué pretendéis hacer con vues-
tras inquietudes; yo he dejado las mías a la puerta de la ciu- 9J
dad cuando hace poco salí de ella con vosotras. Y por ello, o
vosotras estáis dispuestas a disfrutar y a reír y a cantar con-
E eligieron a ella para mandar el primer día; y Filome-
na, corriendo prestamente hacia un laurel (pues había
oído hablar muchas veces de cuánto honor eran dignas sus
frondas y de cuán digno honor le hacian a quien le corona-
migo (en la medida, digo, que a vuestra dignidad le convie- ban merecidamente con ellas), cogiendo algunas ramas, hizo
ne), o me dais licencia para que regrese a mis inquietudes y con ellas una guirnalda honrosa y vistosa que, poniéndosela
me quede en la atribulada ciudad=. sobre la cabeza, todo el tiempo que duró aquella compañía,

62 La milla toscana equivalía a unos 1.650 metros (V. Branca). Oioneo resulta tajante y casi agresivo (en sintonía, creo, con rasgos del
6.l Comienza aquí a perfilarse el paisaje tan peculiar en el que se van a carácter del autor), y se irá haciendo cada vez más evidente que a través
mover en lo sucesivo los jóvenes del grupo. Aunque se han querido ver de sus opiniones se canalizan en el libro las ideas más atrevidas del esen-
ecos biográficos en estas descripciones (pues el autor poseía una villa en cial vitalismo del autor. Al personaje se le caracteriza habitualmente
Maiano, Poggio Gherardi), Branca precisa que «mientras parece ofrecer como «lleno de ocurrencias», y encarna, por antonomasia, el modelo de
detalles exactos y realistas, se abandona en cambio a un dibujo conven- ejemplar y hábil narrador, con rasgos, además, de esencial perturbación.
cional o mejor aún, todo literario e ideal» (ed. cit., pág. 41, nota 1). 66 Se refiere a las inquietudes, a las que Dioneo acaba de hacer
M Es esencial en la vida de los jóvenes el orden, el control que regula mención.
sus actos de manera civilizada y sosegada, frente al caos ciudadano; sólo <>7 El concepto estético de orden, sinónimo de medida, equilibrio,
sobre esa base de control se hace posible su existencia y el valor simbóli- control, jcrarquización, etc., preside de un modo obsesivo toda la estruc-
co que ésta adopta en la estructura del libro. tura, como reflejo, a su vez, de uno de los conceptos estéticos más esen-
65 En su incondicional defensa de la diversión, ya desde el principio, ciales del pensamiento medieval.
fue signo manifiesto a todos los demás de real señorío y auto- Y dadas sumariamente estas órdenes que todos alabaron, 102
ridad 611. se puso en pie alegre y dijo:
AMPINEA, coronada reina 69, ordenó que todos callasen, 91 -Aquí hay jardines, aquí hay prados, aquí hay otros mu-

P habiendo hecho llamar allí a los sirvientes de los tres


jóvenes y a sus criadas,.que eran cuatro; y al callarse
todos, dijo:
-Para que primero os dé yo ejemplo a todos vosotros por
chos lugares deleitosos, por donde cada uno puede solazarse
a su placer; y hacia las nueve de la mañana 12 estén todos aquí
para comer con el fresco.
RAS despedir la nueva reina al grupo, los jóvenes junto 103
el cual, yendo de bien en mejor nuestra compañía viva y dure
cuanto nos agrade con orden y con placer y sin vergüenza al-
guna, yo en primer lugar nombro a Pármeno, criado de Dio-
neo, mi mayordomo, y le encomiendo a él el cuidado y la res-
T a las bellas señoras, hablando de agradables cosas, con
lento paso 73 se encaminaron por un jardín haciéndose
bellas guirnaldas de diferentes hojas y cantando amorosa-
mente. Y tras demorarse en esto el tiempo que les había con- 104
ponsabilidad de toda nuestra servidumbre y de lo relativo al cedido la reina, volvieron a casa y encontraron que Pármeno
servicio dé mesa. Sirisco, criado de Pánfilo, quiero que sea 99 diligentemente había dado inicio a su trabajo, por lo que, al
nuestro administrador y tesorero y que siga las órdenes de entrar en una sala de la planta baja vieron allí las mesas con
Pármeno. Tíndaro esté al servicio de Filóstrato y de los otros manteles blanquísimos y con vasos que parecían de plata 74, y
dos en sus alcobas, cuando los otros, entregados a sus obliga- todo cubierto con flores de retama; por lo que, dada el agua a
ciones, no puedan atenderlos. Misia, mi criada, y Licisca, de 100 las manos 75, como quiso la reina, todos fueron a sentarse se-
Filomena, estarán continuamente en la cocina y prepararán gún el criterio de Pármeno. Llegaron los manjares delicada- ros
diligentemente los manjares que Pármeno les ordene. Qui- 101 mente hechos y finísimos vinos fueron aprestados; y sin más,
mera, de Lauretta, y Stratilia 7º, de Fiammetta, queremos que
se ocupen del"gobierno de las alcobas de las señoras y de la lado para los diez jóvenes, y un mundo claramente diferenciado', opuesto
limpieza de los lugares donde estemos. Y queremos y orde- al de la ciudad que se ha dejado atrás, presidido en cambio por el desor-
namos que todos en general, si estiman nuestra gracia, allí den y el caos moral frente al orden estético y moral que ellos instauran
donde vayan o desde donde vengan, oigan y vean lo que sea, en su retiro campestre.
72 En la época el tiempo se computaba del alba al ocaso, dividiéndolo
se guarden de traernos de fuera ninguna noticia que no sea en doce horas reagrupadas en cuatro periodos de tres horas cada uno
agradable 71• {tercia, sexta, nona, vísperas), que no se pueden equiparar con exactitud
a horas concretas por las oscilaciones solares en las diferentes estaciones
<>11 También en el Fil«olo, en el episodio IV, 18 de las «quistioni d'amo- {V. Branca). No obstante puede decirse que de manera global la tercia
re», se había acudido a la corona de laurel para refrendar el mandato del (como aquí se dice en el original) se iniciaría hacia las nueve de la maña-
rey del grupo, y allí, como aquí, podría estar latente algo de la simbolo- na, la sexta a las doce, la nona a las quince y las vísperas a las dieciocho,
gía del laurel que Petrarca había recordado en su Collatio la11rralionis, de con cuyas equivalencias aproximadas iré sustituyendo el uso antiguo que
134 1, y había utilizado en sus églogas y en su cancionero. aparece en el original.
69 Como Branca señala,
hay que observar que el autor utiliza el térmi- 73 Este «lento paso», que se irá repitiendo casi como motivo recurren-
no «reina» sólo tras llevarse a cabo la coronación. te en este tipo de descripciones, define muy bien la atmósfera de relajada
70 Se trata de nombres de criados ya aparecidos en el teatro de Plauto, complacencia y contemplación del marco, adecuado contrapunto tanto
Terencio, en las obras de Virgilio, Juvenal, Marcial, Horado, y que por de la descripción de la peste como de la agitada y vital actividad de los
su connotación y procedencia establecen una brusca oposición con el personajes de los cuentos.
sistema de denominar a los personajes de los cuentos, y contribuyen a 74 Los vasos solían ser de estaño o de cristal. Cfr. Vl,2, 11 (V. Branca).
crear esa atmósfera ideal del marco, tan contrapuesta a la vital de los 75 Por la falta de algunos cubiertos y por el tipo de comida, este hábito
cuentos (V. Branca). Y respecto a algunos de estos nombres, recorde- se hacía especialmente necesario incluso a veces entre plato y plato. La
mos que Pármeno se llama también el criado de Calixto en La CtlestiNI. expresión se utiliza idéntica en El ,ú Lll,anor, XXXV, ecl. J. M. Blecua,
71
Se reafirma aquí la voluntad del autor de establecer un mundo ais- Madrid, Gredos, 1983, pág. 287.
calladamente, los tres criados sirvieron las mesas. Y alegrán- u� las señoras las suyas; por lo que, desvistiéndose, se fueron a
dosc por todas estas cosas que eran bellas y ordenadas, co- descansar.
mieron con agradables ocurrencias y con diversión 76. Y le- o hacía mucho que habían dado las tres, cuando la 109
vantadas las mesas 77, por la razón de que todas las señoras sa-
bían ejecutar las danzas de carola, y también los jóvenes, y al-
gunos de ellos tocar y cantar espléndidamente, la reina orde-
nó que llevasen los instrumentos; y por orden de ella toman-
N reina, levantándose, hizo levantar a todas las demás,
y lo mismo a los jóvenes, afirmando que era
nocivo dormir demasiado de día; y así se fueron a un prade-
cillo donde la hierba era verde y alta y el sol no entraba por
do Dioneo un laúd y Fiammetta una viola 1s, comenzaron a ninguna partest; y allí, sintiendo que hacía un suave viente-
interpretar suavemente una danza; por lo que la reina junto 101 cito, según quiso la reina se sentaron todos en corro112 sobre
con las demás señoras y con los dos jóvenes, tras mandar los la verde hierba, y la reina les dijo así:
sirvientes a comer, formando un círculo con lento paso ini- OMO podéis ver el sol está alto y el calor es grande, y no 110
ciaron la carola 79; y una vez acabada, comenzaron a 'cantar
agradables y alegres canciones. Y así estuvieron hasta que le 1oe
pareció a la reina que debían ir a dormir. Por lo que, dando a
todos la licencia, los tres jóvenes se fueron a sus alcobas, se-
C se oye más que las cigarras sobre los olivos, por lo que
ir ahora a algún lugar sería sin duda una necedad.
Aquí es agradable estar al fresco y hay, como veis, tableros y
piezas de ajedrez, y cada uno puede deleitarse según lo que le
paradas de las de las señorasw, y las encontraron con las ca- plazca más a su ánimo. Pero si se siguiese mi parecer en esto, 111
mas bien hechas y llenas de flores como la sala, y lo mismo transcurriríamos esta cálida parte del día no jugando, pues el
ánimo de una de las partes tiene que turbarse sin demasiado
placer para la otra o para quien mira, sino contando cuentos,
76 El topos del banquete está ya presente en la obra juvenil del autor, y pues mientras uno narra puede ofrecer deleite a toda la com-
.1
en el Dtcamtror, asume una fuerza excepcional tanto en el marco como en
numerosos cuentos, que se explica por ser «la institución que agrupa por pañía que escuchav. Al acabar de decir cada uno su cuento,
excelencia, que encuentra su razón de ser en el encuentro humano y el sol habrá declinado y el calor disminuido, y podríamos ir a 112
donde los sentidos y el espíritu actúan y gozan del placer todo humano donde más os agrade deleitándonos; y por ello, si lo que os
de la comunicación verbal». De este modo el banquete «se sitúa en el digo os place, hagámoslo, y si no os gusta cada uno hasta el
pleno centro de la arquitectura y de la ideología del D«a111mi,,1 evolucio- atardecer'" haga lo que más le plazca.
nando hasta convertirse en elemento de fundamental importancia, en
emblema de una determinada visión de la vida». Cfr. L. Sanguinetti
White, La Kma cor,11i11iak t la Jll(l f11r,vor,t fltl mor,do dtl Boaaaio, Florencia,
Olschki, 1983, págs. 6-11. HI Es esencial ese parapetarse del sol en las horas calurosas, como há-
17 Esta expresión alude a_l acto real de levantar las mesas, pues enton- bito que se repite en el marco; en ello y en la búsqueda de fuentes y para-
ces no existía un lugar fijo para comer y las mesas se formaban con borri- jes húmedos se desvela el hedonismo y el sibaritismo del escritor.
queras y tableros, de forma que en el Libro dt b#m amor, por ejemplo, mesa 82 A lo dicho ya en la nota 39 hay que añadir que esta postura, que se
y tablero son sinónimos. • verá mantenida a lo largo de todo el libro, contrasta con la colocación
711 «El laúd y la viola eran instrumentos musicales áulicos» alineada de los diez jóvenes que aparecen en el fresco del Tri11r,fa dt la
(V. Branca). m11trlt pisano del que habla L. Battaglia Ricci en su obra citada.
79 Hay que advertir que incluso los bailes ejecutados permiten, como IIJ Buscando un criterio democrático, participativo, que ya hemos
en este caso la carola, la participación colectiva de todos los componen- visto en los bailes y en las canciones, narrar es el sistema más idóneo
tes del grupo cogidos de la mano; más adelante veremos que también las para hacer participar al unisono a todo el grupo, que podrá escuchar
canciones se prestan a este fin, al tratarse de baladas en las que el coro re- mientras el narrador de turno cuenta. El autor fija así ese acto de erni-
plica al solista. ión-recepción tan esencial como modelo ideal que no sólo hace verosí-
110 Esta precisión inicial es básica en el ambiente de honestidad que mil el libro como estructura, sino que justifica los resortes más íntimos y
preside la conducta de los jóvenes; el autor, como vemos, no omite un más eficaces de su función comunicativa.
solo detalle para lograr ese objetivo. 114 Las vísperas se rezaban al atardecer, hacia las seis de la tarde.
Las señoras e igualmente los jóvenes alabaron todos el 11
contar cuentos.
-. Por consiguiente -dijo la reina- si esto os place, 11
quiero que para esta primera jornada cada cual sea libre de 1
relatar sobre la materia que más le agradess.
Y dirigiéndose a Pánfilo, que estaba sentado a su derecha, 11s Mker Cepparello ,on """ falsa '°"ftsión engaña a 11n santo fraile y se 1
amablemente le dijo que con uno de sus cuentos diese princi- 11111ere,·y habiendo sido 11n pésimo hombre en 11ida, de 11111erlo es rep11tado
pio a los demás; por lo que Pánfilo, al oír el mandato, escu- por santo y llamado San CiappelleJJo 1•
chándole todos, prestamente comenzó así:

s conveniente, queridísimas señoras-, que todas lasco- 2

E sas que el hombre hace las dé principio en el admira-


ble y santo nombre de Aquel que fue hacedor de todo.
Por lo que, teniendo que ser yo el primero que dé inicio a
vuestro relatar, entiendo comenzar por una de sus maravillo-
sas cosas, para que, oyéndola, nuestra esperanza en El, que es
inmutable, se afirme y sea siempre por nosotros su nombre
alabado.
s manifiesto que, como las cosas temporales son todas 3
E transitorias y mortales, en sí y fuera de sí están llenas de
tristeza, de angustia y de dolor, y sujetas a infinitos peligros;
nosotros, que vivimos mezclados con ellas y que formamos
parte de ellas, sin duda alguna ni podríamos soportarlas ni
defendernos de ellas si la especial gracia de Dios no nos pres-
tase fuerza y cautela. Y no hay que creer que ésta descienda a •

Desde la antigüedad (por ejemplo en Salustio, De ,011i11ratio11t Catili­


1
NU, que el autor conocía), el tema de la vida de algún personaje canalla e
hipócrita, como parodia de la hagiografía, está muy difundido por toda
la cuentística, como lo constatará también Juan de Mariana en su Histo­
ria tk España. A este tema se fueron añadiendo, como estímulo, las noti-
cias llegadas de Francia sobre la mala vida que allí llevaban los presta-
mistas italianos, y que el autor atribuye aquí a un personaje histórico y
real. Ver V. Branca, y G. Padoan, «Sulla genesi e la publicazione del De­
carncron», en su JI Bo"'Kdo k M111, il Pamaso t l'.Amo, Florencia, Olschki,
1978, págs. 113-111, para la fuente en Salustio.
85 Para un análisis global de los mecanismos compositivos de toda 2 Para la función de estos apelativos, véase mi Introducción. Con esta
esta jornada, ver M. Cottino-Jones, «Saggio di lettura della prima gior- presentación de Pánfilo, que ocupa los paráfragos 2-6, y con su �onclu-
nata del D«(llffffl»I», en Ttona t mtka, 1, 1972, págs. 111 y SS.; y A. Mar- sión (parágrafos 89-91) se enmarca adecuadamente el relato, ofreciendo a
chese, «Strutture narrativc della I giornata del "Decameron?», en Metodi la vez claves decisivas de interpretación del mismo, según la voluntad
, prrwe st1111t11raii, Milán, Principato, 1979, págs. 23 7 y ss. explícita del autor, que irá utilizando la voz de los diez narradores.
nosotros y en nosotros por algún· mérito nuestro, sino movi- cuenta pues que Musciatto Franzesi 7 de riquísimo y gran 1

S
E
da por su propia benignidad e impetrada por los ruegos de mercader habiéndose hecho caballero en Francia, como
quienes, al igual que nosotros, fueron mortales y siguiendo debía venir a Toscana con micer Carlos Sin Tierra 8, herma-
bien sus_ designios mientras tuvieron vida ahora se han vuel- no del rey de Francia, llamado y solicitado por el papa Boni-
to con El bienaventurados y eternos; a los que nosotros mis- facio, sabiendo que sus negocios, como ocurre la mayor par-
mos, tal vez no osando formular nuestros ruegos en presen- te de las veces con los de los mercaderes, estaban muy enre-
cia de tan gran juez, como a procuradores> informados por dados aquí y allá y no se podían ni fácil ni inmediatamente
experiencia de nuestra fragilidad, les solicitamos las cosas desenredar, pensó encomendarlos a varias personas y lo con-
que consideramos oportunas 4. Y mucho más en Él, lleno des siguió con todos9; pero solamente le quedó la duda de a
piadosa liberalidad hacia nosotros, discernimos que, no pu- quién podría dejar encargado de cobrar los créditos que les
diendo en modo alguno la agudeza del ojo mortal traspasar había hecho a varios borgoñones. Y la razón de la duda era 8
en el secreto de la divina mente, puede ocurrir que a veces, porque sabía que los borgoñones eran hombres conflictivos
engañados por una falsa opinión, hacemos procurador ante y de mala condición y desleales; y a él no se le ocurría quién
su majestad a quien ha sido arrojado por ella al destierro eter- podía haber tan malvado para depositar en él su confianza y
no; pero no obstante Aquél, a quien nada se oculta, aten- que pudiera oponerse a la maldad de éstos 111• Y tras pensar 9
diendo más a la pureza de quien ruega que a su ignorancia o largamente en este asunto le vino a la memoria un tal micer
al destierro de aquel a quien se ruega, como si ése gozase de Cepparello de Prato, que paraba mucho en su casa de París 11;
s.u presencia, escucha a quienes le ruegan s. Lo que manifies- 6 el cual porque era pequeño de estatura y muy acicaladito, al
tamente podrá verse en el cuento que pretendo relatar; ma-
nifiestamente, digo, no según el juicio de Dios, sino el de los 7 Del florentino Musciatto Franzesi habla el cronista Villani como
hombres 6.
de un gran comerciante que acumuló riquezas con sus negocios en Fran-
cia; otro cronista, Compagni, le tacha de malvado y de corrupto. Mus-
ciatto debió morir antes de 1310, y hay documentos que atestiguan sus
relaciones comerciales con Ccpparello y la actividad de este último
. -' Proc_ur�dor es el término jurídico que se aplica a los que sirven de como recaudador en Borgoña (V. Branca).
intermediarios, a los que interceden en una gestión, transvasando el tér- 8 Carlos de Valois, en efecto, llegó a Florencia en 1301 para desgra-
mino de lo jurídico a lo religioso. cia de la facción de los Blancos, entre los que se encontraba Dante, que
4
Aunque sabemos que en la época las canonizaciones no las hacía recuerda el episodio histórico en Purgatorio, XX, vv. 70 y ss. El ambiente
aún la Curia pontificia, y que para las santificaciones no eran necesarias histórico, en el cuento, se halla bien precisado, aunque no ocurre lo mis-
tantas gestiones, sabemos también que por entonces se levantaron polé- mo con la más difusa localización geográfica.
�icas sob�e este há�ito generalizado de venerar a alguien sin que la Igle- 9 Para las intensas relaciones comerciales entre Italia y Francia por
sia lo hubiese autorizado. El autor, con su cuento, se añadiría a la polé- entonces, V. Branca remite, entre otros, a R. Davidsohn, Storia di Firt�,
mica, y entraría a la vez, de lleno, en la más amplia polémica antiecle- Florencia, 1965, vol. VI, págs. 649 y ss.
sial, tan destacada ya en esta primera jornada, donde al menos seis cuen- 10 También en el ambiente mercantil francés los borgoñones tenían
tos están en esa órbita. mala fama, calificados, en la literatura, de «felones». De este aspecto, y
� El narrador quiere decir que a veces el hombre elige mal en sus ple- del hábito generalizado de la usura (ver también 1,3 y notas), este cuento
garias al santo al que le reza, aunque no obstante Dios hace más caso de resulta un elocuente documento, que debemos imaginar especialmente
quien ruega que de la índole moral del que se ha elegido como interme- grato en los ambientes mercantiles florentinos donde el libro tuvo tantí-
diario. simo éxito.
6 Como podremos ir confirmando en la lectura deeste tipo de intro- 11 Documentos de finales del siglo xm constatan la existencia de un
ducciones, el narrador de turno reflexiona de forma generalizada sobre Cepperello o Ciappcrello Dietaiuti da Prato, que aún vivía en 1304, y de
una determinada faceta de la conducta o la condición humana, y al su- quien se conserva su libro de cuentas considerado como uno de los do-
brayarla orienta al lector sobre la interpretación del cuento. cumentos más antiguos del romance italiano (V. Branca). ·

(145)
no saber los franceses qué significase Ccpparello, creyendo hombre ruin ts. Habría hurtado y robado con la misma con-
que viniese a decir «capelo», o sea «guirnalda» en su lengua ciencia con que un santo varón habría dado limosna. Gran
romance, como era pequeño como dijimos, no Ciappello glotón y bebedor, tanto que alguna vez le hacía daño de un
sino Ciappclletto le llamaban; y por Ciappelletto se le conocía modo desmedido. Era perfecto jugador y trocador de dados.
por doquier, mientras pocos le conocían por Ccpperello 12• Pero, ¿por qué me alargo yo en tantas palabras? Él era el peor rs
Este Ciappelletto llevaba la siguiente vida: como era nota- 10 hombre que tal vez jamás naciese. El poder y la posición de
rio, sentía una grandísima vergüenza cuando uno de sus ins- micer Musciatto sostuvieron durante largo tiempo su mal-
trumentos 13, aunque hiciese pocos, no resultase falso; de és- dad, por lo que muchas veces le salvó tanto de los particula-
tos habría hecho todos los que le hubiesen solicitado, y más res, a los que muy a menudo injuriaba, como de la justicia, a
gustoso si eran de regalo que si eran generosamente compen- la que lo hacía constantemente.
sados. Daba falsos testimonios con sumo placer, se le pidiese 11 Acordándose pues micer Musciatto de este micer Ceppa- t6
o no; y COII}O en Francia en aquellos tiempos se le concedía rello tr,, del que conocía perfectamente su vida, pensó el di-
grandísima fe a los juramentos, sin importarle hacerlos en cho micer Musciatto que éste debía ser justo lo que la maldad
falso, vencía malvadamente tantos pleitos cuantas veces se le de los borgoñones requería; por lo que haciéndose llamar
llamase a declarar y a decir la verdad bajo palabra!'. Sentía 12 así le dijo:
un especial placer, y ponía un gran empeño, en provocar en- -Micer Ciappelletto, como sabes voy a marcharme de 11
tre amigos y parientes y cualquier otra persona mal entendi- aquí definitivamente, y como debo entenderme entre otros
dos y enemistades y escándalos, y cuanto mayor mal veía que con los borgoñones, hombres llenos de engaños, no sé de na-
se seguía de ellos tanto más se alegraba. Invitado a un horni- 1J die más adecuado que tú a quien pueda encargar que les co-
cidio o a cualquier otro criminal asunto, sin negarse nunca, bre lo mío. Y por ello y por la razón de que en la actualidad
iba de buen grado, y a menudo se encontró hiriendo y ma- no haces nada, si quieres ocuparte de esto, pretendo procu-
tando hombres con sus propias manos gustosamente. Era rarte el favor de la corte 17 y entregarte la parte de lo que co-
grandísimo blasfemador contra Dios y los santos, y por la bres que convenga.
más mínima cosa, más iracundo que nadie. A la iglesia no 14
iba jamás y escarnecía todos sus sacramentos como algo vil IS También al protagonista de V,10 se le acusa de sodomía, un vicio
con palabras abominables; y en cambio las tabernas y los de- º.º muy frecuente en el libro y mal visto por el autor, que lo suele rela-
más deshonestos lugares los visitaba gustoso y los frecuenta- cionar, sobre todo, con los hombres de la Iglesia (ver 1,2, 19).
16
Esta descripción, como ha visto la crítica, es más bien un catálogo
ba. A las mujeres era tan aficionado como lo son los perros a de culpas, «una lista completa de todo aquello que se puede hacer con el
los palos, de lo contrario se deleitaba más que cualquier otro fin explícito de ofender por sistema todos los preceptos cristianos»
(G. Barberi Squarotti, «Quattro confessioni», en JIpotm della parola, Ná-
poles, Federico & Ardia, 1983, pág. 98). Esta cadena de maldades, rela-
12 «Ghirnalda» es d,aptkt en francés; y obsérvese cómo esta alternan- tada con aparente objetividad, es ya buena muestra del tono irónico tan
cia de dos nombres, el original y el erróneo, alude ya a los dos planos, al contenido que el autor va a manejar en el libro. Así se logra el primer re-
de lo verdadero y al de lo falso que se van a instalar en el cuento, entre trato que en el cuento se da del personaje, que nace del recuerdo que de
otros posibles significados que se le dan a estos nombres. Cfr. L. Sasso, él tiene micer Musciatto (ver parágrafo 16) y que va dirigido al lector: este
«L' "interpretatio nominis" in Boccaccio», cit., págs. 161 y ss. retrato es el único fiel al original, de los tres que se dan del personaje.
t J En lenguaje jurídico, documento. Ver F. Fido, «Vita morte e miracoli di san Ciappelletto: risarcimenti di
H Resulta evidente que el hábito de falsear es lo primero que se desta- una semiosi imperfetta», en JI rrgime delk simmetrie imperfttte, Florencia,
ca y lo que más se reitera en la índole del personaje; de aquí que su últi- Angcli, 1988, págs. 45 y ss.
17
mo acto, la confesión, sea, como se dice en la rúbrica, una «falsa confe- Se refiere a la corte real, ya que Musciatto debía pagar impuestos
sión». por su actividad a la corona (V. Branca).
Micer Ciappelletto, que se veía desocupado y mal provisto 11 querrá confesar ni recibir ningún sacramento de la Iglesia, y
de bienes materiales, viendo que se marchaba quien había al morir sin confesión, ninguna iglesia querrá recibir su
sido por largo tiempo su defensor y sostén, sin ningún titu- cuerpo, es más, se le echará a los fosos como a un perro.
beo y casi obligado por la necesidad: se decidió y dijo que Y aunque se confiese, sus pecados son tantos y tan horribles zs
aceptaba gustoso. Por lo que, llegados a un acuerdo, recibió 19 qu� sucederá lo mismo, pues no habrá ni fraile ni cura que
micer Ciappelletto el poder y las cartas de recomendación quiera o pueda absolverle; por lo que, sin absolución, será
del rey, y al marcharse micer Musciatto se fue a Borgoña tambi_én arrojado a los fosos 19. Y si esto sucede, la gente de 26
donde casi nadie le conocía; y allí, de modo contrario a su esta ciudad tanto por nuestro oficio, que les parece muy ini-
naturaleza, comenzó benigna y mansamente a tratar de co- cuo y lo maldicen todo el día, como por el deseo que tienen
brar y a hacer aquello a lo que había ido, como si la ira se la de robarnos, al ver esto se sublevarán y gritarán: «A estos pe-
reservase para el final. rros lombardos, a los que no se les quiere recibir en la iglesia,
Y actuando así, mientras se hospedaba en la casa de dos 20 no queremos tolerarlos más aquí»20. Y correrán a nuestras ·
hermanos florentinos que prestaban con usura allí y que a él casas y es posible que no sólo nos roben la hacienda sino que
le honraban mucho por amor a micer Musciatto, sucedió nos quiten incluso la vida, por lo que de cualquier modo si
que enfermó. Los dos hermanos hicieron ir de inmediato_ a éste muere estamos en peligro.
médicos para él y criados que le sirviesen y todo lo necesario Micer Ciappelletto que, como dijimos, yacía cerca de don- 21
para recobrar la salud. Pero toda ayuda era inútil, pues el 21 de éstos así razonaban, al tener el oído fino, como la mayoría
buen hombre, que ya era viejo y había vivido desordenada- de las veces ocurre con los enfermos, oyó lo que decían de él;
mente, según decían los médicos iba de día en día de mal en y les hizo llamar y les dijo:
peor porque estaba enfermo de muerte, por lo que los dos _-No quie_r� que ten�is ningún temor por mí, ni tengáis
hermanos estaban muy afligidos. • miedo de recibir por rru culpa daño alguno. He oído lo que
Y un día, muy cerca de la alcoba donde micer Ciappelletto 22 habéis hablado de mí y estoy segurísimo de que ocurriría
yacía enfermo, comenzaron a razonar entre sí: como decís si las cosas fuesen como habéis previsto. Pero
-¿Qué vamos a hacer con él? -le decía el uno al otro-. irán de otro modo. Y o en mi vida le he hecho tantas ofensas 28
Tenemos un mal asunto entre manos por su causa; porque a Dios Nuestro Señor que, por hacerle una más a la hora de
echarlo de nuestra casa tan enfermo sería un gran despresti- mi muerte, dará lo mismo; y por ello procurad que venga un
santo y valioso fraile, el mejor que podáis conseguir, si hay
gio para nosotros y signo evidente de poco juicio, al ver la
gente que primero lo habíamos recibido y luego lo habíamos alguno21; y dejadme hacer a mí, que me ocuparé firmemente 29
atendido y cuidado de un modo tan solícito, y ahora sin que de vuestros asuntos y de los míos de forma que resultará bien
haya podido hacer nada que nos deba disgustar, verlo echar y tendréis que estar contentos.
fuera de nuestra casa así de repente y enfermo de muerte 18• Los dos hermanos, aunque no confiaran mucho en esto, 30
Por otro lado él ha sido un hombre tan malvado que no se no obstante se fueron a un convento de frailes y preguntaron

19 Era costumbre entonces enterrar a los suicidas, a los herejes, a los

18 Trataré de mantener los anacolutos del original cuando ello no di- excomulgados y a los usureros en los fosos de alrededor de la ciudad
ficulte la comprensión de la traducción, para tratar de respetar una de fuera por lo tanto del lugar sagrado (V. Branca). '
las características destacadas de la sintaxis boccacciana. Para otros mu- � �mbardo era _d_enominaci?.n generalizada en Francia para todos
chos aspectos lingüísticos y valorativos �el cuento, ver el pormen�riza- los italianos, y se utilizaba también para referirse específicamente a los
do análisis de G. Getto, «Struttura e linguaggio nella novella d1 Ser usureros y a los prestamistas (V. Branca).
21 Ver la contenida ironía en este drástico ataque a la Iglesia.
Ciappelletto», en su Vita di forme... , cit., págs. 34- 77.
por algún santo y sabio hombre que escuchase en confesión a Estas palabras le gustaron mucho al santo varón y le parecie- 36
un lombardo que estaba enfermo en casa de ellos; y les die- ron prueba de una mente bien dispuesta; y tras haberle alaba-
ron un fraile anciano de santa y buena vida, gran maestro en do mucho a micer Ciappelletto esa costumbre suya, comenzó
las Escrituras y hombre muy venerable, por quien todos los a preguntarle si había pecado alguna vez de lujuria con algu-
ciudadanos tenían grandísima y especial devoción, y lo lleva- na mujer. A lo que Ciappelletto respondió, suspirando: 37
ron con ellos. El cual, al llegar a la alcoba donde yacía micer 11 -Padre mío, me avergüenza deciros la verdad en ese as-
Ciappelletto y sentándose a su lado, primero comenzó benig- pecto>, no vaya a pecar de vanagloria.
namente a consolarlo, y luego le preguntó cuánto tiempo ha- A lo que el santo fraile dijo: 38
cía que no se había confesado. Y Ciapelletto, que nunca se 12 -Di con confianza, porque diciendo la verdad ni en la
había confesado, respondió: confesión ni en otro acto se ha pecado jamás.
-Padre mío, mi costumbre suele ser confesar al menos Dijo entonces micer Ciappelletto: 39
una vez por semana, aunque hay muchas que me confieso -Y a que en esto me tranquilizáis, pues os lo diré: soy tan
más; la verdad es que, desde que enfermé, de lo que hace virgen como salí del cuerpo de mi mamá 2s.
ocho días, no me he confesado, tanto ha sido el malestar que -¡Oh, Dios te bendiga! -dijo el fraile-. ¡Qué bien has 40
la enfermedad me ha dado. hecho! Y, al hacerlo, pues si hubieras querido, tenías más li-
Dijo entonces el fraile: 33 bertad de hacer lo contrario, has tenido mucho más mérito
-Hijo mío, bien has hecho y así hay que hacerlo en lo su- del que tenemos nosotros o cualquiera que esté obligado por
cesivo; y veo que, si tan a menudo te confiesas, poco trabajo alguna regla>,
tendré en escuchar o preguntar. Y tras ello le preguntó si en el pecado de la gula había dis- 41
Dijo micer Ciappelletto: 34 gustado a Dios. A lo que, suspirando mucho, micer Ciappel-
-Señor fraile, no digáis eso; a pesar de que tantas veces y letto respondió que sí y que muchas veces; pues como fuese
tan frecuentes me haya confesado, siempre he querido hacer que además de los ayunos de la cuaresma que hacen al año las
confesión general de todos los pecados que pudiera recordar personas devotas 21, él cada semana solía ayunar al menos tres
desde el día en que nací hasta el que me he confesado; y por días a pan y agua, se había bebido el agua con tal deleite y con
ello os ruego, mi buen padre, que puntualmente me pregun- tal deseo, y especialmente tras haberse fatigado o rezando o
téis por todas las cosas como si nunca me hubiese confesa-
do22; y no miréis que esté enfermo, pues prefiero con mucho 3S
disgustar a estas carnes mías a que, haciendo su gusto, haga 24 En la técnica para construir la confesión destaca este sembrar falsas

algo que pudiese ser la perdición de mi alma, que mi Salva- expectativas desorbitando así la distancia entre lo que se espera oír y lo
que en realidad se oye, con un magistral domino del funcionamiento se-
dor rescató con su preciosa sangre-'. miológico del relato.
25 Este es el primero de una serie de diminutivos que contribuyen con
eficacia a la hilaridad y a la comicidad del relato; con ellos se buscan
22 Es interesante la precisión de M. Cottino-Joncs, art. cit., págs. 131 connotaciones afectivas, de inocencia, de pureza, de bondad, según el
y ss., que señala como posible referente para los lectores coetáneos u� caso.
difundido texto de devoción, el Sp«,hio di wra pmilnr.(11 de J. Passavanu, 26 Como ya la crítica ha señalado, en realidad Ciappellctto no se con-
cuyas normas sobre la confesión se irían aquí sistemáticamente infrin- fiesa, sino que finge y miente en el acto que se supone de mayor sinceri-
giendo, con el consiguiente disfrute del lector conocedor. dad del hombre consigo mismo, y miente tan bien que obliga al fraile a
23 Otro rasgo es el lenguaje devoto que Ciappellctto usa («que mi Sal- confesarse él y a confesar los pecados de los hombres de la Iglesia.
vador rescató con su preciosa sangro) acudiendo a una retórica frecuen- 27 Además del ayuno en cuaresma, el autor se refiere a otros de'la épo-
te en ámbitos religiosos, que aquí se parodia con su uso en boca de este ca de Adviento, cte., por lo que el uso de «cuaresma» tiene un valor ge-
gran pecador, rozando la blasfemia. nérico. De estos ayunos se habla también en 11,10 (V. Branca).
yendo de peregrinación, como hacen los grandes bebedores los pobres de Dios, gastando mi mitad en mis necesidades, y
con el vino; y muchas veces había querido tomar esas ensala- dándoles a ellos la otra mitad; y a ello me ha ayudado tan
ditas de hierbecitas que hacen las mujeres cuando van al bien mi Creador que siempre he resuelto mis asuntos de bien
campo, y alguna vez le había parecido mejor el comer de lo en mejor. .
que le parecía que tuviese que parecerlev a quien ayuna por -Bien hiciste -dijo el fraile-; pero ¿con qué frecuen- 47
devoción, como ayunaba él. A lo que el fraile dijo: 42 cia te has dejado llevar por la ira?
-Hijo mío, estos pecados son naturales y son muy leves, -¡Oh! -dijo micer Ciappelletto- eso os aseguro que lo 48
y por ello no quiero que aflijas tu conciencia más de lo nece- he hecho muy a menudo; ¿y quién podría contenerse viendo
sario. A cualquier hombre, por muy santo que sea, le ocurre continuamente a los hombres hacer cosas indecorosas, sin
que después de un largo ayuno le parece bueno el comer y observar los mandamientos de Dios, sin temer sus juicios?
tras el cansancio el beber. Han sido muchas veces al día las que habría preferido estar 49
-¡Oh! -dijo micer Ciappelletto- padre mío, no me di- 43 mejor muerto que vivo, al ver a los jóvenes ir tras las vanida-
gáis eso para consolarme. Bien sabéis que yo sé que las cosas des y oyéndoles jurar y perjurar, ir a las tabernas, no visitar
que se hacen para servir a Dios deben hacerse todas limpia- las iglesias, y seguir más bien los caminos del mundo que los
mente y sin ninguna mancha en el ánimo, y quien lo hace de de Dios.
otro modo, peca. Dijo entonces el fraile: so
El fraile contentísimo dijo: 44 -Hijo mío, esa ira es buena, y yo por mi parte no sabría
-Y yo me alegro de que así te quepa en el ánimo, y mu- imponerte por ello penitencia; pero ¿en algún caso la ira te
cho me place tu pura y buena conciencia en ello. Pero dime: habría podido inducir a cometer algún homicidio o a insul-
¿has pecado de avaricia deseando más de lo conveniente o te- tar a alquien o a decir alguna otra injuria?
niendo lo que no debías tener? A lo que micer Ciapelletto respondió: s1
A lo que micer Ciapelletto dijo: 45 -¡Ay de mí! Vos, señor, que me parecéisun hombre de
-Padre mío, no quisiera que sospechaseis porque esté en Dics, ¿cómo decís semejantes palabrasr " Si yo hubiese teni-
casa de estos usureros; yo no tengo nada que ver con ellos, es do siquiera un ligero pensamiento de hacer alguna de esas
más, había venido aquí con la intención de amonestarlos y cosas que decís, ¿creéis que crea." que Dios me hubiese con-
reprenderlos y apartarlos de esta abominable ganancia; y entido tanto? Ésas son cosas que las hacen los malandrines y
creo que lo habría logrado si Dios no me hubiese visitado de los criminales, y siempre que he visto alguno de ellos, siem-
esta manera 29. Pero debéis saber que mi padre me dejó rico y 46 pre he dicho: «Vete, y que Dios te ampare».
cuando él murió de sus bienes di la mayor parte de limosna; y Dijo entonces el fraile: s2
luego para sustentarme y poder ayudar a los pobres de Cristo, -Ahora dime, hijo mío, y que Dios te bendiga: ¿alguna
he hecho mis pequeños negocios, y en éstos he deseado ga- vez has dicho algún falso testimonio contra alguien o dicho
nar. Y siempre lo que he ganado lo he partido por medio con

:1() Aquí se llega a un punto donde Ciappellctto incluso reprende al


28 Vcr el uso plconástico de «parcccD, que constituye un rasgo propio confesor; estamos pues a mitad de camino en el proceso de engañar al
del estilo del autor en pasajes especialmente irónicos (V. Branca). fraile, donde se comienza a insinuar la aparente superioridad moral del
29 Como ya he dicho, hay en la confesión un empico puntual y siste- onfcsado.
mático'de la retórica religiosa; este término, evisitars, es «propio del len- 31 Mantengo siempre que es posible este tipo de repeticiones y juegos
guaje devoto para indicar que lastribulaciones son una gracia de Dios y verbales que en el original tienen .un claro valor estilístico. V er también
medio de perfeccionamiento moral» (V. Branca). 11,9,17; III,6,20; Vl,5, 14-15; VIII,7, 97-101.

[152) [153)
mal del prójimo o quitado cosas ajenas sin consentimiento de barrer la casa a mi criado, y no tuve al santo domingo en la
su dueño? debida reverencia>.
-Desde luego que sí, señor -respondió micer Ciappel- s -¡Oh! -dijo el fraile -hijo mío, ésta es cosa leve. 59
letto- he hablado mal de los demás; porque tuve un vecino -No -dijo micer Ciappelletto- no digáis cosa leve, 60
mío que, con la mayor injusticia del mundo, no hacía más porque el domingo hay que honrarlo mucho pues en él resu-
que pegar a su mujer, por lo que una vez hablé mal de él a los citó de la muerte a la vida Nuestro Señor».
parientes de ésta, tanta pena me produjo aquella pobreci- Dijo entonces el fraile: 6t
lla, a la que, cada vez que había bebido demasiado, la dejaba -¿ Y has hecho algo más?
cómo sólo Dios sabe32. -Sí, señor -respondió micer Ciappelletto- que yo, sin 62
Dijo entonces el fraile: S4 darme cuenta, escupí una vez en la iglesia de Dios.
-Ahora bien, me dices que has sido mercader; ¿Has en- El fraile comenzó a sonreír y dijo: 63
gañado alguna vez a alguien como suelen hacer los merca- -Hijo mío, por eso no hay que preocuparse; nosotros,
deres? que somos religiosos, escupimos en ella constantemente.
-¡Qué caray! -dijo micer Ciappelletto- sí, señor, pero ss Dijo entonces micer Ciappelletto: 64
no sé a quién. Porque al llevarme uno dinero que tenía que -Pues hacéis gran ofensa, porque nada hay que tener
pagarme por un paño que le había vendido, como lo puse en más limpio que el santo templo, donde se ofrece sacrificio a
un cofre sin contarlo, de ahí a un mes encontré que había Dios 36.
cuatro reales v de más de lo que debía haber; por lo que, En poco tiempo de hechos así le dijo muchos; y por últi- 65
como no volví a verle y tras haberlos guardado durante un mo comenzó a suspirar y luego a llorar mucho, pues sabía
año para devolvérselos, los di de limosna. hacerlo demasiado bien cuando quería.
Dijo el fraile: Dijo el santo fraile: 66
-Eso fue insignificante, e hiciste bien en hacer lo que hi- S6 -Hijo mío, ¿qué tienes?
ciste. Respondió micer Ciappelletto: 67
Y además de esto, el santo fraile le preguntó por muchas s -¡Ay de mí, señorl, que me ha quedado un pecado del
otras cosas, y a todo respondió de este modo, y al querer pa- que jamás me confesé, tanto me avergüenza tener que decir-
sar a la absolución, dijo micer Ciappelletto: lo; y cada vez que lo recuerdo lloro como véis, y estoy abso-
-Señor, aún tengo algún pecádo que no os he dicho.
El fraile le preguntó cuál, y él dijo:
34 Como la hora nona que se precisa en el original sería hacia las seis
-Recuerdo que un sábado después de mediodía le hice de la tarde, el supuesto pecado de Ciappelletto habría consistido en ha-
er trabajar al criado unas horas antes del final del sábado, día en que la
Iglesia obligaba a descansar a partir del mediodía para predisponer me-
,or a los fieles a honrar el domingo. Ver S. L. Thrupp, «La industria me-
dieval», en A. M. Cipolla, Historia eronómi&a de E11ropa (1) Le Edad Media,
32 La. táctica consiste en sembrar primero la expectativa de un gran Barcelona, Ariel, 1979, págs. 272-273.
pecado, y confesar después algo que es, en realidad, una virtud, una obra 35 Este empleo de la retórica eclesial señalado en las notas 23 y 29 es
piadosa; gracias a este mecanismo semiológico se activa la comunica- n realidad una apropiación del lenguaje del fraile, al que incluso supera.
ción con el receptor. .fr. G. Barberi Squarotti, cit., pág. 107.
33 La lira se dividía en veinte sueldos, y el sueldo en pi&doli (que tra- 36 Por lo ya visto en la nota 26, tal vez el mayor resorte de I� ironía
duzco por «reales») de muy escaso valor tras la desvalorización que se e tá en la confesión casi paralela que Ciappelletto le obliga a hacer al
hizo, en 1252, en Florencia de la moneda pequeña al acuñarse el florín anto de sus propias culpas y de las de los hombres de la Iglesia, que re-
de oro (V. Branca). sultan ser poco castos, poco pulcros, poco respetuosos, etc.
lutamente seguro de que Dios no tendrá nunca compasión -¡Ay de mí, padre mío!, ¿qué decís? ¿Mi dulce mamá38
de mí por este pecado. que me llevó en su cuerpo nueve meses de día y de noche y
Dijo entonces el santo fraile: me .llevó en brazos más de cien veces! Hice muy mal al mal-
-Vamos, hijo, ¿qué es lo que dices? Si todos los pecados [Link] y es _un pecado demasiado grande, y si no rogáis a
que todos los hombres han cometido, o han de cometer Dios por mi, no me será perdonado.
mientras el mundo dure, estuviesen todos en un solo hom- Viendo el fraile que no le quedaba más que decir a mi- 74
bre, y éste estuviese arrepentido y contrito como a ti te veo, cer Ciappelletto, le dio la absolución y su bendición, tenién-
tanta es la benignidad y la misericordia de Dios que, si él lo d?lo por santísimo hombre, al creer que era absolutamente
confesase, se los perdonaría de buen grado; y por ello dilo cierto lo que micer Ciappelletto le había dichow, ¿ Y quién
con toda confianza. no lo creería, viendo a un hombre hablar así en trance de
Dijo entonces micer Ciappelletto sin dejar de llorar muerte?
inucho: Y luego, después de todo esto le dijo: 1s
z:-¡Ay de mí!, padre mío, el mío es un pecado demasiado -Micer Ciappelletto, pronto con la ayuda de Dios esta-
grande, y apenas puedo creer, si vuestros ruegos no se lo pro- réis buenow; pero si ocurriese que Dios llamase así a vuestra
ponen, que Dios me lo pueda perdonar nunca. bendita y bien dispuesta alma, ¿querríais que vuestro cuerpo
A lo que el fraile dijo: fuese sepultado en nuestro convento?
-Dilo con confianza, que te prometo rogar por ti a A lo que micer Ciappelletto respondió: 76

Dios. -Sí, señor, es más, no quisiera estar en otro sitio, después


Micer Ciappelletto seguía llorando y no lo decía, y el fraile 7 de que me habéis prometido rogar a Dios por mí, además de
seguía animándole a que lo dijera; pero después de que micer que yo siempre he tenido una especial devoción por vuestra
Ciappelletto estuvo llorando un grandísimo rato teniendo al orden. Y por ello os ruego que, al llegar a vuestro convento,
fraile así en suspenso, pues lanzó un gran suspiro y dijo: hagáis que venga a mí ese veracísimo cuerpo de Cristo que
-Padre mío, puesto que me prometéis rogar a Dios por por l� mañana consagr�is. sobre el altar; porque, aunque no
mí, pues os lo diré: sabed que, cuando yo era pequeñito, mal- soy digno, pretendo recibirlo con vuestra licencia, y luego la
dije una vez a mi mamá. santa extremaunción para que, si he vivido como un peca-
Y dicho esto comenzó a llorar amargamente. . dor, muera al menos como un cristiano+',
El fraile dijo: · El santo hombre dijo que mucho le complacía y que decía 77
-¡Oh, hijo mío! ¿Consideras éste un pecado tan grande?
Los hombres maldicen a Dios constantemente37, y El perdo- . 38 Estos di�i�utivos, propios del lenguaje infantil, tratan de transmi-
na de buen grado a quien se arrepiente de haber blasfemado tir la pretendida inocencia y pureza del personaje, pero-resultan enorme-
contra él; ¿Y tú no crees que te perdone esto a ti? No llores, mente grotescos en boca de quien el lector sabe que es tan malvado.
39 Hasta aquí el
segundo retrato de Ciappelletto, que esta vez es un au-
consuélate, porque con toda seguridad, aunque tú hubieses [Link] fingido y dirigido al fraile. Este retrato, «que invierte como el
sido uno de los que le crucificaron, con la contricción con negativo de una fotografía al primero, provoca la inversión de roles en-
que te veo, Él te perdonaría. tre el confesor y el penitente». Cfr. F. Fido, «Vita morte e miracoli ... »,
cit., págs. 47 y 60.
Dijo entonces micer Ciappelletto: 40 Adviértase el paso del tratamiento del «tú» al «vos» tras la confe-

sión, que tanto ha impresionado al fraile; a partir de aquí se inicia el pro-


37 Al hacerse más estrecha la comparación entre Ciappelletto y los ceso ascendente hacia la santificación.
41 Después del de la confesión, Ciappelletto se burla
demás hombres, evidenciándose la falsa superioridad de éste, se van sen- aquí también de
tando las bases de su santificación. otros sacramentos, como la comunión y la extremaunción.

(157]
bien, y que haría que se lo llevaran en . seguida; y así fue. noche, yendo todos a donde yacía el cuerpo de micer Ciappel-
Los dos hermanos, que temían muchísimo que micer letto, le hicieron una gran y solemne vigilia; y por la maña-
Ciappelletto les engañase, se habían puesto junto a un ta- na, todos vestidos con las albas y las capas pluviales, con los
bique que dividía la alcoba de otra donde micer Ciappelletto libros en la mano y las cruces delante, cantando, fueron por
yacía, y escuchando podían oír y entender fácilmente lo que el cuerpo y con grandísima alegría y solemnidad lo llevaron
micer Ciappelletto le decía al fraile; y alguna vez les daban a su iglesia, seguidos por casi todas las gentes de la ciudad,
tantas ganas de reír oyendo las cosas que confesaba haber he- hombres y mujeres. Y depositándolo en la iglesia, el santo 85
cho, que casi estallabanv; y a veces comentaban entre fraile que lo había confesado, subiendo al púlpito comenzó a
ellos: predicar cosas maravillosas de él, de su vida, de sus ayunos,
-¿Qué hombre es este, al que ni vejez ni enfermedad ni de su virginidad, de su sencillez, de su inocencia y santidad,
miedo a la muerte, de la que se ve cercano, ni siquiera de narrando, entre otras, lo que micer Ciappelletto, llorando, le
Dios, ante cuyo juicio espera tener que encontrarse de aquí a había confesado como su mayor pecado, y cómo él apenas
poco tiempo, han podido apartarle de su maldad ni hacer había podido meterle en la cabeza que Dios se lo iba a perdo-
que no quiera morir como ha vivido? nar, volviéndose después a reprender al pueblo que escucha-
Pero viendo que había hablado de tal modo que se le habría ba, diciendo44:
podido sepultar en la iglesia, no se ocuparon del resto. -Y vosotros, malditos de Dios, por cada brizna de paja
Micer Ciappelletto poco después comulgó; y al empeorar • con que os tropezáis, blasfemáis de Dios y de su madre y de
sin remedio recibió la extremaunción y al atardecer, ese mis- toda la corte celestialo,
mo día que había hecho su buena confesión, murió. Por lo Y además de esto dijo otras muchas cosas de su lealtad y de 86
que los dos hermanos, gastando de lo de él 43, dispusieron su pureza; y en seguida con sus palabras, a las que las gentes
todo lo necesario para que fuese sepultado honrosamente, de la comarca les daban fe absoluta, les metió tales cosas en la
mandándolo a decir al convento de los frailes para que fue- cabeza y en la devoción de todos los que allí estaban, que al
ran de noche a velarle, según la usanza, y por la mañana a acabar el oficio en enorme multitud fueron todos a besarle
por el cuerpo. los pies y las manos y le arrancaron todas las ropas que lleva-
El santo fraile que le había confesado, al saber que había ba encima, sintiéndose feliz quien lograba algún trozo; y
muerto, se fue al prior del convento; y haciendo llamar a ca- hubo que tenerle así todo el día, para que pudiese ser visto y
pítulo les mostró a los frailes reunidos que micer Ciappellet- visitado por todosv. Luego, a la noche siguiente, fue sepulta- s1
to había sido un santo, según había podido saber por su con- do honrosamente en una urna de mármol en una capilla; y
fesión; y esperando que Dios Nuestro Señor hiciese muchos
milagros por él, les convenció para que con grandísima reve-
rencia y devoción se recibiese su cuerpo. En lo que el prior y 44 Este sermón del fraile es el tercer retrato que se hace de micer
los demás frailes, crédulos, estuvieron de acuerdo. Y por la iappelletto, como recapitulación de todo lo confesado por él; con ello
confirma que el engaño ha dado resultado, y lo falso se presenta como
verdadero, en un juego realmente excepcional.
42 El autor maneja el espacio con toda destreza, acudiendo a recursos 45 La ira del fraile confirma su sincero convencimiento de la santidad
propios de la representación que permiten aplicar con soltura la oposi- del muerto; con esta airada exclamación culmina el proceso de compa-
ción saber/no saber entre los personajes; así los dos hermanos, desde su r ción entre Ciappelletto y la humanidad que lleva a la santificación de
escondite, oyen y saben tanto como el lector, y participan, como el lec- é
te.
tor, de la comicidad. 46 Este ciego fanatismo de las masas, manipuladas y enfervorecidas
43 Este detalle no parece superfluo tratándose de usureros. Algo aná- por el sermón, es una circunstancia que el autor ataca con violencia,
logo entre gentes del comercio se precisa en VII,8, 22. orno también veremos en VI, 10, 54-55.
de inmediato al día siguiente comenzaron a acudir las gentes
y a encender velas y a venerarlo, y a continuación a hacer vo-
tos y colgar imágenes de cera según la promesa hecha.
Y tanto creció la fama de su santidad y de la devoción hacia él,
que casi no había nadie que estuviera en alguna adversidad
que hiciese votos a otro santo que no fuese él, y lo llamaron y
llaman San Ciappelletto; y dicen que Dios ha hecho muchos
milagros por él y los hace todos los días a quien devotamente
a él se encomienda.
Así pues vivió y murió micer Cepparello de Prato " y llegó
a ser santo como habéis oído. Y no quiero negar que sea po-
sible _que esté entre los bienaventurados en presencia de
Dios, pues aunque su vida fue desenfrenada y malvada, en el
último extremo pudo arrepentirse de forma que acaso Dios
tuvo misericordia de él y le acogió en su reino; pero como
esto nos es oculto, deduzco por lo que se ve y digo que él
debe estar más bien condenado, en manos del diablo, que en
el Paraíso. Y si es así hay que reconocer que la benignidad de so
Dios hacia nosotros es grandísima, pues no mirando nues-
tro error sino la pureza de la fe, al hacer mediador nuestro a un
enemigo suyo, creyéndolo amigo, nos escucha como si hu-
biésemos acudido a alguien verdaderamente santo como me-
diador de su gracia. Y por ello, para que a nosotros se nos
preserve en las presentes adversidades y en esta compañía
tan agradable sanos y salvos, alabando su nombre en el que la
hemos iniciado, reverenciando al Señor, nos encomendare-
mos a él en nuestras necesidades con la certeza de ser escu-
chadosv.
Y aquí callów.

47 Fórmula solemne con la que habitualmente se concluían las leyen-


das y vidas de santos (V. Branca).
48 En estos dos parágrafos 89 y 90, Pánfilo razona sobre lo narrado y
señala su utilidad para los jóvenes del marco; es un momento de fuerte
control sobre lo narrado, además de sugerir posibles vías de interpreta-
ción del cuento. Esta participación explícita del autor a través del narra-
dor, a lo largo del libro, se da muy pocas veces, de las que habría que des- h y que remitir al pasaje análogo de C11V11án de Alfar(l(he, donde el pícaro
tacar ésta y el final de X, 1 O, que son momentos de marcada relevancia y II ga a ser considerado santo por el fraile confesor. Ver G. Getto, Vita di
cuentos especialmente conflictivos y poliédricos, y contrapuestos inclu- forme e forme di vita ne/ Decameron, Turín, Petríni, 1973, págs. 67-68, para
so en la simbología que aportan sus respectivos protagonistas. un cotejo genérico entre los dos relatos y para el valor de la palabra
49 En el capítulo de posibles relaciones con nuestro ámbito literario I orno arma de defensa.
dos, se iban recreando; y estas cosas, además de los otros
ceres, añadieron un placer aún mayor",
Pero después de que, viendo ahora esto y ahora eso, hubi
ron estado bastante, haciendo poner las mesas alrededor 1
la bonita fuente, y tras cantar seis cancioncillas y ejecutar a
gunos bailes, cuando la reina quiso, fueron a comer; y serv Mase/lo de Lamportcchio se finge m11do y entra como hortelano de Nn I
dos con gran, elegante y pausado orden y con buenos y de monasterio de monjas, y todas se disp11tan el acostarse con 111•
cados manjares, se levantaron más alegres y se entregaron
nuevo a la música y a los cantos y a los bailes, hasta que a
reina, por el calor que hacía, le pareció hora de que, qu · señoras, hay muchos hombres y mujeres que 2

B
ELLÍSIMAS
quisiese, se fuese a dormir. Y UOOS se fueron y otros, V son tan necios que están convencidos de que, cuando
dos por la hermosura del lugar, no quisieron irse, sino q . a una joven se le pone en la cabeza la toca blanca y se
quedándose allí, mientras los demás dormían, se dedica I coloca encima la cogulla2 negra, que ya no es mujer ni
quien a leer novelas, quien a jugar al ajedrez y quien a las i nte más los femeninos apetitos, como si al hacerla monja
blas", le hubiese hecho volverse de piedra; y si acaso oyen algo 3
Pero cuando, pasadas las tres se levantaron, y se hubie I ntra esa creencia suya, se enojan como si se hubiese come-
refrescado el rostro con el agua fresca, yéndose al prado, ce tido un grandísimo y depravado delito contra la naturaleza ',
ca de la fuente, como quiso la reina, y sentándose en él segú in pensar y sin querer considerar que ni a ellos mismos les
el modo habitual, se estuvieron a Ia·espera de narrar sobre puede saciar la plena libertad de hacer lo que quieran, y sin
argumento propuesto por la reina. Y el primero de ellos t ner en cuenta la gran' fuerza del ocio y de los estímulos.
quien la reina impuso tal encargo fue a Filóstrato, que h igualmente hay muchos de esos que están convencidos de 4
menzó de este modo: que la azada y la pala y las comidas toscas y los si�sabores les
I rivan por completo a los [Link] los apetitos concu-
I i cibles, y que les vuelven muy rudos de entendimiento y
tucia. Pero ya que la reina me lo ha ordenado, sin salir de la s

I El motivo argumental bási�o de este cuento, desd� s1;1 origen folcló-


II o, tiene una marcada presencia en la narrativa rom�mca, desde elfa-
�ia11 «De l'abcsse qui fut grosse» a Francesco da Barberino o a las baladas
pulares del siglo xiv, Pero no es posible <;>lvid�r·.ª?emás, la _probable
lica que el autor se propuso de las difundidísimas teorías sobre
• amore monacharum» y «De amere rusticorurn» que ocupan los ca-
l' tulos VIII y XI del libro I del De amo� �e Andrés el C�pcllán. .
2 La cogulla podía referirse tanto a la tutuca con c�[Link] que servia
hábito a las monjas, como a la sola capucha del habito. Pero, aunque
8 Si la descripción del paisaje se ha mantenido entre lo natural y trata de una prenda concreta, el autor la mencio�a! como a la toca,
artificial, la aparición de estos animales se inscribe entre lo salvaje y ra aludir de forma genérica a las ropas de las religiosas.
doméstico, como un síntoma más de la esencial comunicación que: J Como en los dos últimos cuentos, se sigue insistiendo también aquí
produce entre los jóvenes y todos y cada uno de los componentes de n la fuerza de la naturaleza y en la valoración del instinto amoroso
entorno. srno algo natural, y desde luego positivo, frente a otras valoraciones so-
9 Juego de dados y fichas con dos participantes. iales convencionales,
propuesta que nos ha hecho, os quiero aclarar con un bre nía a alguien a mano que sirviese para eso, que se lo manda-
cuentecillo cuánto se engañan los que creen eso. e, y se lo prometí; pero ya le puede curar Dios de los riño-
esta� tierras nuestras hubo y hay aún un monasterio nes", porque desde luego yo no le proporcionaré ni le man-
E
N

monjas- muy famoso por su santidad (que no nomb daré a nadie.


para �o mancillar en nada su fama), en el cual, no hace A Masetto, al oír las palabras de Nuto, le entró un deseo 11
cho tiempo, como entonces no había más que ocho mon tan grande de estar con aquellas monjas que todo se derretía,
con una abadesa, y todas jóvenes, había un buen hombr comprendiendo, por las palabras de Nuto, que podía lograr
llo, hortelano de un hermosísimo jardín que tenían; · lo que deseaba; pero como advirtió que no lo conseguiría si
descontento del salario, haciendo la cuenta con el admi le decía algo a Nuto, le dijo:
trador de_ las monjas, se volvió a LamporecchioS, de do -¡Ah, qué bien has hecho al venirte! ¿Qué hace un hom-
era. Y allí entre otros que le acogieron alegres hubo un jo bre estando con mujeres? [Sería mejor estar con diablos!
labrador, fuerte y robusto y aunque .hombre de campo Ellas, seis de siete veces, no saben lo que quieren.
buena presencia, cuyo nombre era Masetto· y le pregu Pero luego, cuando .acabó la conversación, Masetto se 12
dónde había estado t��to tiempo. El buen hombre, que puso a pensar qué tenía que hacer para estar con ellas; y
llam�ba Nuto, se lo d1106 y Masetto le preguntó que en q
! como sabía que conocía bien los trabajos que Nuto decía, no
trabajaba en el monasterio. A lo que Nuto respondió: dudó en fracasar por eso, pero temió que no le fueran a acep-
. -Labraba un hermoso y gran jardín que tienen, y ade tar porque era demasiado joven y aparente. Por lo que, pla-
iba a��na �ez al bosque P?r leña, sacaba agua y hacía ot neando en su interior muchas cosas, se imaginó: «El lugar
trabajitos as.1; pero las monjas me daban tan poco salario q está muy lejos, y allí nadie me conoce; si logro fingirme
apenas podía pagarme las calzas 7• Y además ellas son t mudo me admitirán sin duda.»
jóvenes y me parece que tienen el diablo en el cuerpo, por Y aceptando esta idea, con un hacha al hombro, sin decir- 13
�ue no se logra hacer nada a su gusto. Es más, cuando tra le a nadie adónde iba, como un pobre hombrer se fue al mo-
Jaba alguna vez en el huerto, una decía: «Pon aquí eso», y nasterio; y al llegar allí entró y encontró por suerte al admi-
otra: «Pon aquí eso», y la otra me quitaba la azada de J nistrador en el patio, a quien por señas, como hacen los mu-
man�s y decía: «Esto no está bien», y me enojaban tanto q dos, trató de pedirle de comer por amor de Dios y_ que, si ha-
yo dejaba la faena y me salía del huerto; por lo que, entre u cía falta, le partiría la leña. El administrador le dio de comer 1•
cosa y otra, no he querido quedarme más y me he veni complacido, y después le puso delante unos troncos que
Y es más, el administrador me rogó, cuando me vine, que si Nuto no había podido partir, y éste, que era muy fuerte, los
partió todos en poco tiempo. El administrador, que necesita- is
• El original habla de «monasterio de señoras», como en otros e ba ir al bosque, lo llevó consigo y allí le hizo cortar leña: lue-
t?s � [Link] de «se_ñoras monjas» (ver IX,9), siguiendo no sólo un
h��1st1co generalíeadoen la época, sino para subrayar, además, la
go, poniéndole el asn_o delante, le dio a entender por señas
dición d� mujeres que sigue estando detrás de las monjas, según la
que lo llevase a casa. El lo hizo muy bien, por lo que el admi-
que sostiene el cuento. nistrador le tuvo varios días para mandarle hacer algunos
5
Sería una pequeña aldea en la zona del Pistoiese, al pie del A trabajos que allí hacían falta; y uno de esos días sucedió que
no, en Toscana.
6
Masetto es deformación del diminutivo de Tomaso (Tomasctto)
Nuto es el apócope de Bcnvenuto.
7
Con el significado_aquí de medias con sucia de goma que servían s Expresión popular que arranca de la deformación de pasajes de las
calzado, aunque el sentido medieval más difundido de «cal�as,. se rcfi escrituras; por ejemplo, «Ponme a prueba, ¡oh Javél, y examíname; acri-
a una prenda de vestir, unas medias que usaban los hombres. la mis riñones y mi corazón» (Salmos, XXVI,2).

[368]
la abadesa le vio y le preguntó al administrador quién era. Pero sucedió que como un día él había labrado mucho y .21
Y éste le dijo: estaba descansando, dos monjas jovencillas, que iban por el
-Mi señora, éste es un pobre hombre mudo y sordo, que jardín, se acercaron a donde él estaba haciéndose el dormido,
uno de estos días vino a pedir limosna, por lo que le he soco- y comenzaron a mirarlo; por lo que una, que era algo más
rrido y le he mandado hacer muchas cosas que hacían falta. atrevida, le dijo a la otra:
Si supiese labrar el huerto y quisiese quedarse, creo que nos -Si creyese que me guardabas el secreto, te diría un pcn-
serviría bien, porque lo necesitamos, y es fuerte9 y podría ha- amiento que he tenido varias veces, que tal vez a ti también
cer lo necesario; y además de esto no habría que preocupa podría servirte.
de que bromease con estas jóvenes vuestras. A lo que la aba La otra respondió: 22
desa dijo: -Dilo con confianza, que seguro que no se lo diré jamás a
-¡Por Dios que tienes razón! Entérate de si sabe labrar 1 nadie.
trata de retenerle con nosotros; dale algún par de calzas, al- Entonces la atrevida comenzó: 23
gún capote viejo 10 y halágale, mímale, dale bien de co- -No sé si has pensado cómo nos tienen de vigiladas, que
mer. jamás hombre alguno osa entrar aquí dentro si no es el admi-
El administrador dijo que lo haría. Masetto no estaba muy nistrador, que es viejo, y este mudo; y he oído decir muchas
lejos, pero haciendo que barría el patio lo estaba oyendo todo veces, a varias señoras que han venido, que todas las demás
y, alegre, decía para sí: «Si me metéis ahí dentro, os labraré dulzuras del mundo son una broma comparadas con la de
de tal manera el huerto como nunca os lo labraron» 11• cuando la mujer se une al hombre. Por lo que más de una vez 24
Entonces, al ver el administrador que sabía labrar perfec- me he propuesto probar si es así con este mudo, ya que no
tamente y preguntándole por señas si quería quedarse allí, puedo con otro; y él es el mejor del mundo para eso, pues,
éste le respondió por señas que haría lo que él quisiese, y aunque quisiese, no podría ni sabría decirlo; ya ves que es un
aceptándole, le ordenó que labrase el huerto y le enseñó lo jovenzuelo tonto que le ha crecido el cuerpo más que el seso.
que tenía que hacer; luego se fue por otros asuntos del mo- Me gustaría saber qué te parece a ti.
nasterio y le dejó. Y, labrando un día tras otro, las monjas co- -¡Ay de mí! -dijo la otra- ¿Qué es lo que dices? ¿No 25
menzaron a molestarle y a burlarse de él, como sucede a me- abes que le hemos prometido nuestra virginidad a Dios?
nudo que se hace con los mudos, y le decían las palabras más -¡Oh! -dijo esa- ¡Cuántas cosas se le prometen cons- 26
depravadas del mundo, creyendo que no las entendía; y a la tantemente y no se cumple ninguna! Si nosotras se la hemos
abadesa, que puede que creyese que él estaba sin cola como prometido, que se busque otra u otras que se la cumplan! 21
sin habla 12, no le preocupaba esto ni poco ni mucho. A lo que la compañera dijo:
-Y si quedamos preñadas, ¿qué ocurriría?
Entonces la otra dijo: 28
9 Frente a la vejez del hortelano que; le había precedido, este desplie-
-Tú te pones a pensar en el daño antes de que te llegue 13;
gue de la fuerza física de Masctto abre expectativas que se �umplirán des- cuando esto suceda, entonces habrá que pensarlo; habrá mil
pués en lo relativo a su potencia sexual. Y la «fuerza», unida al «labrare,
tan reiterados, introducen el sistemático empico de equívocos con los
que se va desvelando la ironía del escritor, aquí muy acusada.
10 Prenda de abrigo que podían usar también los más pobres. 13 Suelen ser frecuentes estos diálogos previos a una decisión que, en
11 En 11, 10,32, se empica esta expresión con el mismo sentido equí- materia erótica, toman muchos personajes, una dialéctica que sirve para
voco con el que se da también en nuestra tradición popular. terminar de convencer a quien ya estaba casi convencido; el episodio se
12 Para el empleo de esta expresión equívoca, ver J,,1rod11"ió11 a cierra con una expresión análoga a nuestro «ponerse la venda antes de
IV,33; o también VII,1,27, etc. tener la herida».

(370)
modos de hacer para que nadie lo sepa jamás, siempre q las otras tres, por distintas circunstancias y en distintos mo-
nos_otras no lo digamos. . mentos, fueron a hacerles compañía. Por último la abadesa, 3,4
. Esta, al oír eso, teniendo ya más deseo que la otra de p que aún no se había dado cuenta de estas cosas, yendo un día
bar qué clase de animal era el hombre, dijo: completamente sola por el jardín, como hacía mucho calor,
-Entonces, ¿cómo haremos? e encontró con Masetto, que como de día con nada de es-
A lo que la otra respondió: fuerzo tenía bastante, por el excesivo cabalgar de la noche,
-Ves que van a dar las tres 14; creo que las hermanas esta« dormía echado a la sombra de un almendro; y como el vien-
rán todas durmiendo, salvo nosotras; miremos por el huert to le había levantado las ropas de delante, estaba todo al des-
si hay alguien, y si no hay nadie, ¿qué tenemos que hacer cubierto 16• La señora, al ver tal cosa, encontrándose sola, 35
sino cogerle de la mano y llevarle a esa cabaña donde se res· cayó en el mismo apetito en que habían caído sus monjitas; y·
guarda de la lluvia, y allí que una se esté dentro con él y 111 despertando a Masetto se lo llevó a su celda 11, donde, con
otra haga guardia? Es tan tonto, que hará lo que queramos. gran pesar por parte de las monjas porque el hortelano no iba
' Masetto oía todo este razonamiento, y dispuesto a obede- a labrar el huerto, le tuvo varios días, probando y volviendo
cer no esperaba mas que una de ellas le cogiera. Estas, traa a probar esa dulzura que antes solía recriminarles a las
comprobar bien por todas partes y ver que desde ningún sitio demás. t

podían verlas, acercándose la que había iniciado la conversa- Por último le devolvió de su celda a su estancia, requirién- 36
ción a Masetto, le despertó, y él de inmediato se puso en pie; dole muy a menudo y pretendiendo además de él más de una
por lo que ella, tomándole con carantoñas de la mano, y él parte 18; y como Masetto no. podía satisfacer a tantas, enten-
fingiendo reírse corno un tonto, le llevó a la cabaña, donde dió que ser mudo, si se quedaba más, le podía acarrear un
Masetto, sin hacerse demasiado de rogar, hizo lo que ella daño demasiado grande 19; y por ello una noche, cuando esta-
quería. Y ella, al obtener lo que quería, como fiel compañera ba con la abadesa, soltando la lengua comenzó a decir:
dio paso a la otra y Masetto, siempre haciéndose el simple, le -Mi señora, tengo entendido que un gallo se basta muy 37
hizo su gusto; por lo que, antes de marcharse de allí, cada una bien para diez gallinas, pero diez hombres mal o a duras pe-
quiso probar más de una vez cómo el mudo sabía cabalgar; y
luego, comentándolo entre ellas varias veces, decían que es- a las �otes poderosas d�l campesino sintoniza con ese lenguaje equívoco
taba bien esa cosa tan dulce, y más de lo que habían oído; y que gira en torno a la idea de «labrar», clave en la comicidad del texto.
aprovechando las horas oportunas, iban a regocijarse con el 16 Es decisiva la importancia funcional del
tiempo atmosférico, en
mudo. este caso el fuerte calor del mediodía que, como en otros casos, es un cla-
ro estímulo de los sentidos de los personajes, avivando su sensualidad.
Sucedió un día que una compañera de ellas, desde un 17
Es reiterado este «llevarse» a Masetto, al que vemos traído y llevado
ventanita de su celda, advirtió este hecho y se lo mostró por las monjas, y complacido de haber abandonado, aparentemente, su
otras dos; y primero decidieron juntas que había que acusar voluntad.
18 Es [Link] la abadesa lo quería todo
las a la abadesa, pero luego, cambiando de idea y poniéndo para ella, en vez de confor-
de acuerdo entre ellas, compartieron la finca de Masetto 1 !11�r�c con la parte proporcional que le habría correspondido. Desde el
1n1c1? ?el cuento se alude al salario, a los «beneficios» compartidos, al
administrador, y se concluye precisando la riqueza de Masetto, para
transmitir esa atmósfera de intereses económicos que está también,
14 En el original se precisa la hora canónica, la nona, que correspon como resorte de actuación, en el interior del cuento. ·
19
de a las tres de la tarde. El mutismo de Masetto en relación con su intensa actividad sexual
15 Como también en 1,4, al descubrirse el pecado, primero se pie [Link] mutismo ?e Alatiel d� 11,7; sólo que en Masetto es fingido y
en la denuncia pública, pero luego se decide pasar a participar del botf voluntario, y en [Link] real e impuesto por la barrera lingüística que
obtenido por el pecador descubierto; y la expresión «finca» para referí la separa de sus conquistadores.

[373]
nas pueden satisfacer a una mujcr20, y yo tengo que servir Masetto casi viejo y descoso de volverse rico a su casa; lo
nueve; esto por nada del mundo podría resistirlo, es más, ual, al saberse, se le permitió fácilmente.
lo que hasta aquí he hecho, he llegado a tal punto que Así pues Masetto viejo, padre y rico, sin tener que criar a 43
puedo hacer ni poco ni mucho; así es que o me dejáis ir los hijos o gastar en ellos, habiendo sabldo por su ·cautela
Dios, o le encontráis remedio a esto. provechar bien su juventud, se volvió al lugar de donde ha-
La señora, al oírle hablar cuando le creía mudo, se atu bía salido con un hacha al hombro, afirmando que así trata-
toda y dijo: ba Cristo a quien le ponía los cuernos en la coma>.
-¿Qué es esto? Creía que fueses mudo.
-Mi señora -dijo Masctto- lo era completamen
pero no de nacimiento, sino por una enfermedad que
quitó el habla, y sólo . por vez primera esta noche sien
que me ha vuelto, por lo que le doy gracias a Dios cuan
puedo.
La señora se lo creyó y le preguntó qué quería decir eso
que tenía que servir a nueve. Masctto se lo dijo; y la abad
al oírlo, advirtió que no había ninguna monja que no fu
mucho más lista que ella; por lo que, como era discreta, si
dejar marchar a Masctto, decidió buscarle solución a est
hechos con sus monjas, para que Masctto no difamase el m
nasterio!'. Y como en esos días había muerto su adrninist
dor, de común acuerdo, confesando todas lo que a espal
de las demás habían hecho, decidieron con el agrado de M
setto que las gentes de alrededor creyesen que por sus oraci
nes y por los méritos del santo al que estaba consagrado
convento, a Masetto, que había estado mucho tiempo mud
le había sido devuelta el habla 22; y le hicieron administrad
y repartieron de tal modo sus esfuerzos que él lo pudo sobre
llevar. Y como con éstos23 él engendró muchos frailccit
no obstante las cosas se hicieron tan discretamente que n
se supo hasta después de la muerte de la abadesa, estando

20 La analogía mujeres ::::::: gallinas la hemos visto ya en 1,5 con el ml


mo valor y la misma expresividad.
21 La ocultación del pecado se valora siempre de manera positiva, y
quienes la practican se les califica de sabios, discretos, etc.
22 También es frecuente este irreverente cinismo en busca de la e
ciclad, con esta mezcla de lo sacro y lo profano ampliamente activada 24 La mención a los «frailecitos» se suprime en la censurada traduc-
en la �ntificación de· Ciappelletto, en I, 1. ción castellana antigua, como también la mención de los «cuernos de
23 «Estos» tiene como antecedente «los esfuerzos» del párrafo Cristo» que cierra con irónica e irreverente eficacia el desarrollo del
terior. cuento.

(374] (375] .
quiero contar de un marqués no una cosa magnífica sino una
descabellada bestialidad, aunque al final le resultase bien; y
no le aconsejo a nadie que la imite, porque fue una verdadera
10 lástima que a él le resultase bien.'.
ACE ya mucho tiempo fue el jefe de la casa de los mar- 4
El marqués de Sanluz;r.o, obligado por los ruegos de sus hombres a tomar I
esposa, para hacerlo a su modo elige a la hija de un campesino, de la q111
H queses de Sanluzzo4 un joven llamado Gualtieri que,
estando sin mujer y sin hijos, no dedicaba su tiempo más que
tiene dos hijos, y le hace creer que los ha matado; luego, fingiendo que # a la cetrería y a cazar, y no tenía ninguna intención ni de to-
ha cansado de ella y que ha tomado otra esposa, haciendo regresar a Sii mar esposa ni de tener hijos; por lo que había que conside-
casa a su propia hija como sifuese su esposa, tras echarla a ella en camisa rarle muy cuerdo. Y como esto no les gustaba a sus súbditos, s
y viéndola paciente en todo, haciéndola regresar a casa más querida q111 le rogaron varias veces que tomase esposa, para que ni él se
nunca, le muestra a sus hijosya m'!Yores, la honra y la hace honrar como quedase sin heredero ni ellos sin señor, brindándose a en-
marquesa 1• contrarle una de tal padre y madre que ofreciese buenas ga-
rantías y a él le satisfaciese mucho.
Y Gualtieri les respondió.' 6
el largo relato del rey, tras dar muestras to- J -Amigos míos, me obligáis a lo que había decidido fir­

A
CABADO
dos de que les había gustado mucho, Dioneo dijo memente no hacer jamás, considerando lo difícil que es po-
riendo: der encontrar quien se amolde bien a las propias costumbres
-El buen hombre que esperaba bajarle la cola tiesa al y cómo abunda lo contrario, y lo dura que es la vida de quien
fantasma a la noche siguiente, no habría dado ni dos centa- se tropieza con una señora que no le es apropiada. Y decir 7
vos por todas las alabanzas que le hacéis a micer Torello-, que creéis conocer a las hijas por las costumbres de sus pa-
Y a continuación, sabiendo que sólo quedaba él por con- dres y de sus madres, por lo que argumentáis que me la bus-
tar, comenzó: caréis de mi agrado, es una tontería, por la razón de que no
ANSAS, señoras mías, por lo que me parece, este día del sé en qué podéis conocer a sus padres ni cómo los secretos de
M hoy se ha dedicado a reyes y sultanes y a gente seme-
jante; y por ello, para no separarme demasiado de vosotros,
sus madres; además, aún conociéndolos, las hijas a menudo
son diferentes de sus padres y de sus madres s. Pero ya que, no 8
I Es inmensa la
bibliografía sobre las posibles fuentes de este cuento,
no bien precisadas pese a la búsqueda tan pertinaz; por limitarse a los úl- 3 Dioneo no se separa del tema propuesto, y de hecho la conducta de
timos y más útiles estudios, véase sus conexiones tanto con posibles pre- Griselda es una elevada muestra de ejemplaridad; pero oponiendo a ella
cedentes folclóricos como hagiográficos en G. Barberi Squarotti, la conducta negativa de Gualtieri, tanto aquí como en su conclusión
«L'ambigua sociología di Griselda», en II poter« ... , op. at., págs. 193-230; (cfr. 68-69) el narrador está dando una nueva lección de habilidad, ade-
G. Savelli se ha ocupado de aspectos estructurales: «Struttura e valori más de valorar de forma negativa el espíritu global de la j�rnada. ,Y en
nella novella di Griselda», en Studi su/ Boaaaio, XIV, 1983- 1984, págs. relación con los apelativos novedosos que aparecen en esta ¡ornada (ho-
278-301; y L. Rossi lo ha visto en relación con el Lai d11 frtsne: «Das De- norables, espléndidas, magnificas, etc. en consonancia con la ideología
kameron und die romanische Tradition: die auserordentliche Geduld también nueva) en este caso no descartaría la ironía de Dioneo al em-
der Griselda», en Vox Romani<a, 1985, 44, págs. 16-32. Ver, sobre todo plear este «mansas» que es la única vez que aparece en el libro.
ello, la amplia documentación de V. Branca. 4 Se trata de un marquesado piamontés que perduró desde 1142
2 Recuperando el lenguaje obsceno de VII, 1 (ela cola tiesa del fantas- cuatro siglos, regentado por miembros de una rama de la familia Ale-
rna»), Dioneo da un brusco giro al nivel ideológico de la jornada, reafir. rami, donde el nombre de Valterius se dio, al parecer, con frecuencia
mando sus preferencias cómicas y subrayando la enorme distancia que le (V. Branca).
separa de la ideología que se ha defendido en esta jornada. 5 En este solemne discurso el protagonista incorpora un clarísimo
obstante, queréis atarme a esas cadenas, quiero complaceros; rían su señora y la honrarían en todo como tal; y tras esto se.
y para no tener que culpar a nadie más que a mí, si resultase pusieron todos a preparar_ una bonita, alegre y gran fiesta, y
mal, quiero ser yo mismo quien la busque, asegurándoos lo mismo hizo Gualtieri. El mandó preparar unas bodas muy 14
que, quienquiera que elija, si no la honráis como señora, sa- suntuosas y bonitas e invitar a ellas a muchos de sus amigos,
bréis para vuestro gran mal todo lo que lamento haber toma- parientes, a grandes gentileshombres y a otros de alrededor;
do esposa contra mi voluntad por vuestros ruegos». y además de esto hizo cortar y coser varios vestidos bonitos y
Los buenos hombres respondieron que estaban satisfechos lujosos a la medida de una joven que le parecía de la misma
con tal de que se decidiese a tomar esposa. estatura que la jovencita con la que había decidido casarse; y
Hacía bastante tiempo que a Gualtieri le habían gus- , además de esto preparó cinturones y anillos y una rica y bella I
tado los modales de una pobre jovencita que era de una aldea corona y todo lo necesario para una novia.
cercana a su casa, y pareciéndole muy bella consideró que Y al llegar el día fijado para las bodas, Gualtieri, al alba 7 i s
podría vivir muy felizmente con ella. Y por eso, sin seguir montó a caballo, con todos los que habían ido a honrarle; y
buscando, se propuso casarse con ella; y haciéndose llamar habiendo preparado todo lo necesario, dijo:
al padre, convino con él, que era muy pobre, tomarla por -Señores, es el momento de ir por la novia.
esposa. Y poniéndose en camino con todo su séquito, llegaron al 16
Hecho esto, mandó Gualtieri reunir a todos sus amigos de 10 pueblecito. Y al llegar a casa del padre de la muchacha la en-
la comarca y les dijo: contraron que volvía con agua de la fuente, con muchas pri-
-Amigos míos, habéis querido y queréis que me dispon- sas para ir luego con las demás mujeres a ver llegar a la esposa
ga a tomar esposa, y me he dispuesto a ello más para compla- de Gualtieri8; cuando éste la vio, llamándola por su nombre,
ceros que por deseo que tuviese de esto. Sabéis que me pro- 11 o sea Griselda, le preguntó dónde estaba su padre; y ella con
metisteis que estaríais de acuerdo y que honraríais como se- vergüenza le respondió:
ñora a quienquiera que fuese la que eligiese; y por esto ha lle- -Mi señor, está en casa.
gado el momento de cumpliros la promesa y quiero que vo- Entonces Gualtieri, desmontando y ordenando a todos 11
sotros cumpláis la vuestra. He encontrado a una joven de mi 12 que le esperasen, entró solo a la pobre casa, donde encontró
agrado muy cerca de aquí, a la que pretendo tomar por espo- al padre de ella, que se llamba Giannucole", y le dijo:
sa y llevármela de aquí a pocos días a casa; y por esto ocupa- -He venido a casarme con Griselda, pero antes quiero
ros de que la fiesta de las bodas sea bonita y de cómo podéis saber en tu presencia algo de ella.
recibirla honorablemente, para que pueda estar satisfecha de Y le preguntó si al tomarla por esposa trataría siempre de rs
vuestra promesa, como vosotros lo estaréis de la mía. complacerle sin enfadarse por nada que él dijese o hiciese, y
Los buenos hombres, todos satisfechos, respondieron que u si sería obediente y otras muchas cosas semejantes, y ella le
eso les agradaba y que, fuese quien fuese, ellos la considera- respondió a todas que sí.

ataque al concepto de nobleza de sangre, mezclando el tono más solem- 7 El texto dice hacia mitad de tercia, es decir, una hora y media des-
ne con expresiones de tono más coloquial (ees una tonterías) para plas- pués del amanecer.
mar con toda adecuación la burla que aquí se hace a los convencionalis- 8 Se inicia aquí una especie de juego de intercambio de personalidad
mos de la nobleza. Con ello Boccaccio establece una de las tesis más no- al que va a someter a Griselda, que pasará de espectadora a protagonista,
vedosas del cuento. alternativamente: aquí se cree espectadora, sin saber que va a ser prota-
6 Con estas precisiones iniciales queda muy claro
que lo que aquí se gonista.
ataca abiertamente es el matrimonio de conveniencia buscado por razo- 9 Diminutivo de Giovanni. En el texto italiano fluctúan Giannucole
nes de sucesión. y Giannuccolo.
Entonces Gualtieri, tomándola de la mano, la llevó afuera t amase más que a sí y la honrase con agrado, y todos rezaban
y en presencia de todo su séquito y de todos los demás la hizo por su bien, por su felicidad y por su prosperidad, y quienes
desnudar por completo; y con aquellos vestidos que había solían decir que Gualtieri había sido poco discreto al haberla
mandado hacer, la hizo vestir y calzar de inmediato, y sobre tomado por esposa, decían que era el hombre más discreto y
sus cabellos, así desordenados como estaban, hizo ponerle el más sagaz del mundo, pues nadie más que él habría podido
una corona 10; y después, ante el asombro de todos por esto 2111 jamás adivinar la elevada virtud que ella escondía bajo las po-
dijo: bres ropas y el vestido de campesina. Y en resumen, al poco 26
-Señores, ésta es quien pretendo que sea mi esposa, si tiempo, no sólo en su marquesado sino en todas partes supo
ella me quiere por marido. . comportarse de modo que hizo que se comentara su virtud y
Y luego, volviéndose a ella, que avergonzada de sí misma su buen hacer y se cambiase de opinión si por su causa se ha-
e insegura estaba, le dijo: bía dicho algo contra su marido al casarse con ella 12.
. -Griselda, ¿me aceptas por marido? No había estado mucho con Gualtieri cuando quedó pre- 2;
Y ella le respondió: 21 ñada, y a su tiempo parió una niña, por lo que Gualtieri se
-Mi señor, sí. alegró mucho. Pero poco después, entrándole una extraña
Y él dijo: 22 idea en el ánimo, o sea, querer poner a prueba con una larga
-Pues yo te acepto a ti por mi esposa. experiencia y con cosas intolerables la paciencia de ella, pri-
Y en presencia de todos la desposó; y haciéndola montar mero la molestó con palabras, mostrándose enfadado y di-
en un palafrén, honorablemente acompañada la llevaron ciendo que sus hombres estaban tremendamente desconten-
a su casa. Allí las bodas fueron bonitas y suntuosas, y la 2l tos de ella por su baja condición y especialmente porque
fiesta fue como si se hubiese casado con la hija del rey de veían que ella traía hijos al mundo, y muy desconformes no
Francia 11• hacían más que murmurar de la hija que había nacido.
Pareció que la joven esposa con las vestiduras cambiase a 24 Y al oír la señora estas palabras, sin cambiar su expresión 2ij
la vez su índole y sus costumbres. Ella era, como ya dijimos, o su buen propósito en ninguno 'de sus actos, dijo:
hermosa de cuerpo y de rostro; y lo mismo que era bella se -Mi señor, haz de mí lo que creas que es mejor para tu
volvió tan �gradable y tan educada que no parecía haber sido honor o tu dicha, porque yo estaré conforme con todo, pues
hija de Giannucole y pastora de ovejas, sino de algún noble sé que soy más humilde que ellos y que no era digna de este
señor, por lo que se asombraba todo el que de antes la cono- honor al que tú, por tu cortesía, me condujiste.
cía; y además de esto era tan obediente a su marido y tan ser- Esta respuesta agradó mucho a Gualtieri, al ver que no se 2<J
vicial que él se consideraba el hombre más feliz y satisfecho había vuelto nada soberbia por el honor que él o los demás le
del mundo. E igualmente con los súbditos de su marido era 2s hubiesen rendido.
tan amable y tan complaciente que no había quien no la Poco tiempo después, habiéndole dicho a su esposa con Jo
palabras genéricas que sus súbditos no podían soportar a esa
10 En su versión del cuento al latín, Petrarca censura esta escena, ha-
niña nacida de ella, dando instrucciones a un siervo suyo, se
ciendo que las comadres rodeen a Griselda y oculten su desnudez; tam- lo envió, y éste con el rostro muy afligido le dijo:
bién la iconografía renacentista seguirá en esto a Petrarca: ver, por ejem- . -Mi señora, si no quiero morir debo hacer lo que mi se-
plo, el arcón conservado en la pinacoteca Estense de Módena, o los fres-
cos del Castello Sforzesco de Milán.
11 Es evidente el relieve casi escénico que adquieren estos cuadros, al 12 La fuerza que cobra la opinión de los demás, de los súbditos, de los
ser situaciones que más que vivirse se representan ante los demás, con amigos, etc., es una de las pruebas más evidentes del planteamiento tea-
toda la espectacularidad y el lujo que la ambientación del cuento requiere. tral que entiendo que domina en la estructura del relato.
ñor me ordena. Me ha ordenado que tome a esta hija vuestra ciéndole creer igualmente que lo había hecho matar, lo en-
y que ... -y no dijo nada más u. vió a Bolonia, como había mandado a la niña; de lo que la se- 38
La señora, al oír estas palabras y ver el rostro del siervo, JI ñora ni cambió de expresión ni dijo otras palabras que lo que
como se acordaba de las palabras que se le habían dicho, había dicho con la hija 14, por lo que Gualtieri se asombraba
comprendió que le había ordenado que la matase; por lo que mucho y afirmaba para sus adentros que ninguna otra mujer
tomándola enseguida de la cuna y besándola y bendiciéndo- podría hacer lo que ella hacía; y si no fuese porque la veía
la, aunque sintiese un gran dolor en el corazón, sin cambiar muy amante de sus hijos, hasta donde él lo permitía, habría
de expresión la puso en brazos del criado y le dijo: creído que lo hacía para no preocuparse más de ellos, por lo
-Ten, haz cumplidamente lo que tu señor y el mío te ha 32 que entendió que actuaba juiciosamente. Sus súbditos, como 39
ordenado, pero no la dejes de modo que las bestias y los pája- creían que había hecho matar a sus hijos, le recriminaban
ros la devoren, salvo que él te lo ordenase. mucho, le consideraban un hombre cruel y le tenían una
Tras tomar el siervo a la niña y hacerle saber a Gualtieri lo n muy gran compasión a la señora. La cual con las señoras que
que la señora había dicho, asombrándose éste de su firmeza, se lamentaban con ella por sus hijos muertos de ese modo,
le mandó con ella a Bolonia con una parienta suya, rogándo- dijo que a ella sólo le complacía lo que le complacía a quien
le que, sin decir nunca de quién era hija, la criase con dili- los había engendrado.
gencia y la educase. Pero como habían pasado varios años del nacimiento de la 40
Sucedió después que la señora quedó de nuevo preñada y a 34 niña, pareciéndole a Gualtieri el momento de someter a la
su debido tiempo parió un hijo varón, lo que fue muy grato a última prueba la paciencia de ella, les dijo a muchos de los
Gualtieri; pero no bastándole lo que había hecho, hirió a la suyos que en modo alguno podía soportar tener por esposa a
señora con un dolor mayor, y con semblante airado un día le Griselda, y que sabía que había actuado mal y con ligereza al
dija . elegirla; y por ello, si podía, quería lograr del papa que le dis-
-Señora, después de tener tú este hijo varón, no he podi- Js pensase para tomar otra esposa y dejar a Griselda; por lo que
do vivir con los míosde ningún . modo, tan duramente se la- muchos buenos hombres le reprendieron; y no les respondió
mentan de que un nieto de Giannucolo vaya a sucederme; más que era necesario que fuese a í. La señora, al oír esto, 41
por lo que, si no quiero que me echen de aquí, me temo que como le parecía que debía esperar regresar a casa de su padre
debo hacer Jo que hice otra vez, y al final dejarte y tomar es- y guardar las ovejas como antes había hecho y ver que otra
posa. señora tenía a quien ella quería muchísimo, se lamentaba
La señora le escuchó con paciente ánimo y no respondió J6 mucho en su interior; pero no obstante, igual que había so-
más que: portado los demás ataques de la fortuna, así con firme gesto
-Mi señor, piensa en satisfacerte y satisfacer tu deseo, y se dispuso a soportar éste.
no te preocupes para nada por mí, porque no me agrada más No mucho tiempo después Gualtieri hizo llegar de Roma 42
que lo que veo que te complace. unas cartas falsificadas y les hizo creer a sus súbditos que el
A los pocos días Gualtieri, exactamente del mismo modo J7 papa le otorgaba con éstas la dispensa para poder tomar otra
en que había mandado por la hija, mandó por el hijo; y ha-
14 La contenida gestualidad de la protagonista, además de eficaz ins-
13 Como la muerte de los hijos no es una acción real, sino simulada, y trumento para la escenificación, es tal vez el rasgo más caracterizador
como el autor trata de mantener la coherencia del personaje masculino, del personaje, rasgo que ya estaba presente en la protagonista del Lai du
ni aquí ni más adelante él habla explícitamente de muerte (ver «palabras fresne de María de Francia, considerado como posible precedente de al-
genéricas», etc.) gunos motivos argumentales de este relato.

[ u4 5)
esposa y dejar a Griselda; por lo que, haciendo que fuese ante cada día este suceso, le había guardado las ropas que se había
él, en presencia de muchos le dijo: quitado aquella mañana que Gualtieri se casó con ella; por lo
-Señora, por concesión que me ha hecho el papa puedo e que llevándoselas y poniéndoselas, se entregó a los humildes
tomar otra esposa y dejarte; y como mis antepasados han sido trabajos de la casa paterna como solía hacer, soportando con
grandes gentileshombres y señores de esta comarca, mientras fuerte ánimo el feroz asalto de la adversa fortuna.
que los tuyos han sido siempre campesinos, pretendo que no Cuando Gualtieri hubo hecho esto les hizo creer a los su- 49
seas más mi esposa, sino que te vuelvas a casa de Giannucolo yos que había elegido a la hija de uno de los condes de Pana-
con la dote que me trajiste, y yo luego me traeré aquí a otra go; y mandando hacer grandes preparativos para las bodas
que he encontrado adecuada a mí. envió por Griselda, para que fuese a él; y al llegar le dijo:
La señora, al oír estas palabras, no sin muy gran e fuerzo 44 -Me caso con esa señora a la que he elegido de nuevo y so
superior a la naturaleza de las mujeres, contuvo sus lágrimas pretendo honrarla en su primera llegada; sabes que no tengo
, y repuso: en casa señoras que me sepan preparar las alcobas ni hacer
-Mi señor, yo siempre supe que mi baja condición no se muchas cosas que se requieren en una fiesta semejante; y por
amoldaba a vuestra nobleza de ningún modo, y lo que he ello tú que mejor que nadie sabes estas cosas de la casa, ocú-
sido con vos se lo agradecía a Dios y a vos, y como se me ha- pate de lo que hay que hacer, y haz invitar a las que te parezca
bía regalado nunca lo hice o lo tuve como mío, sino que y recíbelas como -si fueses la señora de aquí; luego, una vez
siempre lo consideré prestado; como queréis volver a tener- 45 celebradas las bodas, podrás volverte a tu casa.
lo, pues debe complacerme y me complace devolvéroslo; Aunque estas palabras fuesen todas puñales para el cora- 51
aquí está vuestro anillo con el que me desposasteis, tomadlo. zón de Griselda 15, porque no había podido olvidar el amor
Me ordenáis que me lleve la dote que traje; para hacerlo ni que le tenía como había querido la buena fortuna, respondió:
vos deberéis pagar ni yo necesitaré bolsa o bestia de carga, -Mi señor, estoy dispuesta y preparada. ·
porque no se me ha olvidado que me tomasteis desnuda; y si Y entrando con sus ropillas burdas y bastas en aquella casa 52
juzgáis honesto que este cuerpo en el que he llevado a los hi- de la que poco antes había salido en camisa, comenzó a ba-
jos que vos habéis engendrado lo vean todos, yó me iré des- rrer las alcobas, a ordenarlas, a hacer poner tapices y paños
nuda; pero, como premio a la virginidad que traje y no me por las salas, a hacer preparar la cocina y a organizarlo todo,
llevo, os ruego que al menos una sola camisa además de la como si fuese una pobre criadita de la casa H,, y no paró hasta
dote dejéis que pueda llevarme. tener todo dispuesto y ordenado todo lo necesario. Y des- 53
Gualtieri, que tenía más ganas de llorar que de otra cosa, 46 pués de esto, tras hacer invitar de parte de Gualtieri a todas
estando no obstante con el rostro firme, dijo: las señoras de la comarca, se quedó esperando la fiesta; y al
-Pues llévate una camisa.
Cuantos estaban alrededor le rogaban que le regalase un 47 15 En la dualidad sacro-profana en la que se puede interpretar el per-
vestido para que quien había sido su esposa trece años o más sonaje de Griselda, esta imagen del corazón apuñalado por el dolor la
conecta V. Branca con la iconografía de I� Dolorosa que se representa a
no fuese vista salir de su casa tan pobre e ignominiosamente veces con siete cuchillos en el corazón. Esta es, además, la única pero
como era salir en camisa; pero los ruegos fueron en vano; eficacísima mención a los sentimientos de Griselda, y en especial al sen-
por lo que la señora, en camisa y descalza y sin nada a la ca- timiento de los celos, que implican amor.
beza, encomendándoles a Dios, salió de la casa y se volvió 16 Antes, en el epígrafe 50, se había dicho «como si fueses la señora de

con su padre con lágrimas y con llanto de todos los que la aquí» para fijar esta fluctuación de Griselda entre su ser criada/ser seño-
ra a que la somete el marido, reforzada por el constante cambio de
vieron. Giannucolo, que núnca había podido creer que fuese 48 vestuario que va estructurando con toda claridad el significado del
verdad que Gualtieri tuviese a su hija por esposa, esperando relato.
llegar el día de las bodas, aunque tuviese puesta la ropa po- la amargura que imaginaba que, bajo el rostro firme, tenía es-
bre, recibió con ánimo y modales señoriales a todas las seño- condida; por Jo que, haciéndola ir ante él, en presencia de to-
ras que fueron, y con rostro alegre. dos sonriendo le dijo:
Gualtieri, que había hecho criar diligentemente a sus hijos -¿Qué te parece nuestra prometida? 59
en Bolonia por su parienta que estaba casada con uno de la -Mi señor -respondió Griselda- a mí me parece muy
casa de los condes de Panago, siendo ya la niña, de doce años bien; y si es tan discreta como bella, según creo, no dudo en
de edad, la cosa más bella que jamás se hubiese visto (y el absoluto que vayáis a vivir con ella como el señor más feliz
niño tenía seis), había mandado a Bolonia a rogarle a su pa- del mundo; pero os ruego encarecidamente que esas heridas
riente que fuese con su hija y con su hijo a Sanluzzo y que dis- que antes le causasteis a la otra, que fue vuestra, no se las cau-
pusiese que llevasen un buen y honorable séquito consigo y séis a ésta, pues dudo que pudiese soportarlas, porque es más
les dijesen a todos que se la llevaba a ella como su esposa, sin joven y porque ha sido educada con refinamiento, mientras
decirle nada a nadie de quién, en cambio, era hija. El gentil- ss que la otra desde pequeñita había vivido en constantes pena-
hombre, haciendo lo que el marqués le rogaba, poniéndose lidades 18.
en camino, tras varios días, con la muchacha y con su her- Gualtieri, al ver que ella creía firmemente que ésta iba a 60
mano y con noble séquito, hacia la hora de la comida llegó a ser su esposa, y no por ello dejaba de hablar con bondad, la
Sanluzzo, donde encontró a todos los lugareños y a otros mu- hizo sentarse a su lado y le dijo:
chos vecinos de alrededor esperando a la prometida de Gual- -Griselda, por fin ha llegado el momento de que obten- 61
tieri. A la que, al recibirla las señoras y al llegar a la sala don- 56 gas el fruto de tu larga paciencia, y de que quienes me han
de estaban puestas las mesas, Griselda, así como estaba, se juzgado cruel, inicuo y bestial sepan que lo que hacía lo lleva-
hizo alegremente a su encuentro diciendo: ba a cabo con un fin premeditado, al querer enseñarte a ser
-¡Bienvenida sea mi señora! esposa, a ellos a saber tenerla, y a mí procurarme una paz
Las señoras, que mucho, aunque en vano, le habían roga- eterna mientras fuese a vivir contigo; pues cuando fui a to-
do a Gualtieri que, o hiciese que Griselda se estuviese en una mar esposa tuve mucho miedo de no lograrlo, y por ello,
alcoba, o que le prestase alguno de los vestidos que habían para tener pruebas, te herí y te apuñalé de todas las maneras
sido suyos, para qu� no fuese así delante de sus invitados, que sabes. Pero como he advertido que ni en palabras ni en 62
fueron sentadas a las mesas y se comenzó a servirles 17. Todos 57 obras jamás te has desviado de mi deseo, pareciéndome que
miraban ,l la muchacha, y todos decían que Gualtieri había recibía de ti ese consuelo que deseaba, pretendo devolverte
hecho buen cambio; pero entre todos Griselda la alababa de golpe lo que durante mucho tiempo te quité, y restañar
mucho, a ella y a su hermanito. con gran dulzura las heridas que te causé. Y por ello recibe 63
A Gualtieri, que creía haber visto cumplidamente todo lo ss con alegría a ésta a quien crees mi esposa, y a su hermano,
que deseaba de la paciencia de su esposa, viendo que las no- como tus hijos y los míos; son aquellos a los que tú y otros
vedades de los acontecimientos no la cambiaban en nada, y muchos durante mucho tiempo habéis creído que yo les
estando seguro de que por insensatez no sucedía, porque sa- mandé matar cruelmente; y yo soy tu marido, que te amo
bía que era muy discreta, le pareció el momento de sacarla de
18 Griselda habla de sí como «la otra», en tercera persona, como má-
11Como se ha venido viendo en la jornada (en, 1, 2, 4, 6, 9) el ban- xima prueba de su acatamiento del repudio de Gualtieri; y esta ternura,
quete funciona de espléndido escenario para la anagnórisis y reconcilia- esta consideración hacia la presunta nueva esposa podria explicarse,
ción final; en éste confluyen además las líneas esenciales que han estruc- además, como reflejo inconsciente del interrumpido instinto maternal
turado el cuento. Cfr. L. Sanguinetti White, La sana... , op. at., págs. 56-63. de la protagonista.

[1149)
sobre todas las cosas, creyendo poder jactarme de que no sometido? A quien tal vez no le habría estado mal empleado 1,9

hay nadie que, como yo, pueda estar más satisfecho de su haber tropezado con una que, cuando la hubiese echado de
esposa. casa en camisa hubiese hecho que otro se la cepillase." de tal
Y dicho esto la abrazó y la besó; y con ella, que lloraba de modo que se hubiese ganado un bonito vestido-'.
alegría, levantándose se fueron a donde su hija estaba senta-
da, toda estupefacta oyendo estas cosas, y abrazándola tierna-
mente y lo mismo a su hermano, a ella y a otros muchos que
allí estaban les sacaron del error19• Las señoras, contentísi- 65
mas, levantándose de las mesas, se fueron con Griselda a su
alcoba y quitándole sus ropillas con mejor presagio volvie-
ron a vestirla con un noble vestido de los suyos; y como se-
ñora, aunque también lo parecía en los harapos, volvieron a
llevarla a la sala. Y allí, alegrándose muchísimo con sus hi- 66
jos, estando todos muy felices por esto, multiplicaron la ale-
gría y la fiesta y la prolongaron durante varios días; y a Gual-
tieri le juzgaron muy discreto aunque considerasen muy du-
ras e intolerables las experiencias que había tenido su esposa,
pero más discreta que a nadie juzgaron a Griselda.
El conde de Panago tras algunos días se volvió a Bolonia; 67
y Gualtieri, quitando a Giannucolo de sus faenas, le situó
como a su suegro en un estado en que honorablemente y con
gran felicidad vivió y acabó su vejez. Y después, casando no-
blemente a su hija, vivió feliz mucho tiempo con Griselda,
honrándola siempre lo más posible. 21 En esta valoración negativa, Dioneo retoma el lenguaje obsceno
UÉ se podrá decir ahora 20, sino que también en las ca- c,11 («que otro se la cepillase») e insiste en la metáfora del «vestido» para ce-
¿Q sas pobres llueven del cielo espíritus divinos, así
como en las regias quienes serían más dignos de cuidar cer-
rrar adecuadamente la estructura vertebral del relato.
22 La proyección europea de este cuento es realmente impresionante,
favorecida de forma decisiva por la libre versión al latín de Petrarca, que
dos que de señorear sobre los hombres? ¿Quién, sino Grisel- circuló por todo el Renacimiento y dio pie a sucesivas vulgarizaciones
da, habría podido soportar con el rostro no sólo seco, sino (ver una muestra en la contribución de G. Albanese al Catálogo de Codici
Latini del Pe/rarea, Florencia, Le Letrere, 1991 ). Para un análisis y cotejo
alegre, las rígidas e inauditas pruebas a que Gualtieri la había de ambas versiones, remito a mi artículo «Lecturas del relato de Grisel-
da: Decamerán, X, 10 y Seniles, XVÜ,3», en Rioista di Letteratura italiana,
1991, IX,3, págs. 373-399. Desde la versión latina el cuento se tradujo al
19 Griselda rompe su contenido hieratismo con las lágrimas de alegría francés, de ahí al inglés (ver «El cuento del erudito» de Chaucer, págs.
y los abrazos a sus hijos sólo en esta anagnórisis final. 257 ss. de la ed. cit.), v siempre desde el latín pasó a la versión catalana
20 En el códice Hamilton no se separa este párrafo final mediante la de ·B. Metge (Historia de Va/ter e de la pacient Griselda escrita en /latíper Francesch
capitular, pero es evidente que se pasa aquí al nivel del marco de los na- Petrarca, e arromancada per Berna/ Metge, Barcelona, 1883); en castellano
rradores, y que es Dioneo quien retoma la palabra para dar además una destaca dentro de la prosa descarnada del Patrañuelo la versión amplifica-
opinión muy iconoclasta y muy negativa de lo sucedido en el cuento y de da y con nuevas invenciones de Tímoneda, que sigue también a Petrar-
la conducta del protagonista, una de las opiniones más llamativas de ca, y en el teatro Lope toma su argumento para El ejemplo de casadas, ade-
todo el libro y el ejemplo más claro de todos de falta de sintonía entre la más de poderse destacar su presencia en la iconografía (incluso en los di-
ideología del cuento y la del narrador que se ha encargado de relatarlo. bujos de los juegos de cartas), y en muchos ejemplos más.

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