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El retrato oval: vida y muerte en arte

Este documento presenta un resumen de la vida y obra del escritor estadounidense Edgar Allan Poe. Nació en 1809 en Boston y quedó huérfano a los 2 años. Tuvo una vida inestable que lo llevó a la universidad, empleos varios y la academia militar. Comenzó su carrera como escritor en Nueva York, donde obtuvo premios por cuentos como "El escarabajo de oro". Publicó también "El gato negro". Se casó con su prima Virginia pero ella murió en 1847, sumié
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El retrato oval: vida y muerte en arte

Este documento presenta un resumen de la vida y obra del escritor estadounidense Edgar Allan Poe. Nació en 1809 en Boston y quedó huérfano a los 2 años. Tuvo una vida inestable que lo llevó a la universidad, empleos varios y la academia militar. Comenzó su carrera como escritor en Nueva York, donde obtuvo premios por cuentos como "El escarabajo de oro". Publicó también "El gato negro". Se casó con su prima Virginia pero ella murió en 1847, sumié
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El retrato oval

Edgar Allan Poe nació en Boston en 1809. Hijo de actores ambu-


lantes, quedó huérfano a los dos años y fue adoptado por John Allan,
un rico terrateniente de Richmond. Su vida agitada e inestable lo llevó
sucesivamente a la Universidad de Virginia, a empleos diversos y a la
Academia Militar de West Point. En busca de fortuna, se trasladó a Nueva
York donde comenzó su carrera como escritor. En 1843 obtuvo un premio
por su cuento “El escarabajo de oro”. Un año más tarde publicó “El gato
negro”. Por esa época era propietario de un periódico en Broadway, y
publicó su poema “El cuervo”, donde reacciona contra el lirismo román-
tico. El casamiento con su prima Virginia Clemm le proporcionó algunos
momentos de felicidad y calma, pero la muerte de la joven en 1847 lo
sumió en la desesperación. Dueño de un temperamento poderoso, irri-
table pero pobre, buscó en el alcohol el olvido de su vida signada por
la muerte de los seres amados y la miseria. Poseía una amplia cultura.
Esto le permitió escribir, hacia el final de su vida, Eureka, un ensayo so-
bre el universo material y espiritual. Su narrativa incluye una novela fan-
tástica, Aventuras de Arthur Gordon Pym, y algunos cuentos célebres:
“El pozo y el péndulo”, “La caída de la casa Usher”, “Los crímenes de
la calle Morgue” y “La carta robada”, entre muchos otros. Estos dos úl-
timos títulos lo ubican en la historia de la literatura como el creador del
género policial. Poe se interesó por los aspectos formales del cuento,
problemas que expuso en el “Método de composición”. Murió solo y ol-
vidado en 1849.

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El retrato oval

E l castillo en el cual mi criado había decidido entrar a la fuerza,


para evitar que yo, que me encontraba desesperadamente herido,
pasara la noche al aire libre, era uno de esos grandes edificios, mez-
cla de tenebrosidad, melancolía y grandeza que desde hace tanto
tiempo fruncen el ceño entre los Apeninos, no menos en la realidad
como en la fantasía de Mistress Radcliffe1. A juzgar por su aparien-
cia, había sido recientemente abandonado en forma temporal. Nos
instalamos en una de las habitaciones más pequeñas y menos sun-
tuosamente amuebladas. Estaba ubicada en una torre remota del
castillo. El decorado era opulento, aunque andrajoso y antiguo. Sus
paredes estaban recubiertas de tapices y adornadas con diversos y
variados trofeos heráldicos2, junto con una inusual cantidad de pin-
turas modernas encuadradas en marcos dorados con lujosos arabes-
cos3 de oro. Sentí un profundo interés por aquellas pinturas –que col-
gaban no solo de la superficie principal de las paredes, sino también

1 Radcliffe, Ann (1764-1823): escritora inglesa, pionera de la novela gótica. En sus obras
describe lugares siniestros, exóticos y misteriosos. Obras: La novela del bosque (1791),
Los misterios de Udolfo (1794).
2 Heráldico: perteneciente o relativo a los blasones o escudos de nobleza.
3 Arabesco: dibujo de adorno, compuesto de combinaciones de figuras geométricas,
follajes y cintas.

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Edgar Allan Poe

de los numerosos recovecos que la bizarra arquitectura del castillo


requería– a causa, quizás, de mi incipiente delirio. Le pedí enton-
ces a Pedro que cerrara los pesados postigos de la habitación –ya
era de noche–, que encendiera los altos candelabros ubicados jun-
to a la cabecera de mi cama y que abriera de par en par las corti-
nas de terciopelo negro que envolvían el lecho. Deseaba que Pedro
hiciera todo eso para resignarme, si no podía dormir, a contem-
plar las pinturas y a leer atentamente un pequeño volumen que
habíamos hallado sobre la almohada y que contenía la crítica y la
descripción de cada obra.
Durante un largo, muy largo rato, leí, y devotamente, con sin-
cera devoción, observé los cuadros. Las horas transcurrieron rápida
y gloriosamente, y llegó la profunda medianoche. No me agradaba
la posición del candelabro4 y estirando mi mano, con gran dificul-
tad, para evitar molestar a mi criado que dormía, lo ubiqué de tal
forma que su luz diera de lleno sobre el libro.
Pero esta acción produjo un efecto completamente imprevisto.
Los rayos de las numerosas velas –eran muchas–, cayeron sobre un
nicho de la habitación que hasta entonces había permanecido ocul-
to en las sombras que proyectaba una de las columnas de la cama.
Entonces vi un cuadro, vivamente iluminado, que hasta aquel mo-
mento me había pasado inadvertido. Era el retrato de una joven que
apenas comenzaba a ser mujer. Miré la pintura rápidamente, y luego
cerré mis ojos. Por qué hice tal cosa, al principio fue inexplicable
incluso para mí. Pero mientras mis párpados permanecían cerrados,

4 Candelabro: utensilio que sirve para mantener derechas las velas o candelas, con dos
o más brazos.

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El retrato oval

busqué en mi mente la razón. Fue un movimiento impulsivo para


ganar tiempo y pensar –para asegurarme de que mi visión no me
había engañado–, para calmar y dominar mi fantasía y volver a ob-
servarla más certera y serenamente. Luego de algunos momentos vol-
ví a mirar fijamente la pintura.
No podía dudar, ni lo hice, de lo que entonces vi; el primer res-
plandor de las velas sobre el lienzo disipó el soñoliento estupor que
arrebataba mis sentidos, y me devolvió a la vigilia.
El retrato, ya lo he dicho, era de una joven. Ilustraba solo su ca-
beza y sus hombros y estaba pintado con el estilo que técnicamente se
denomina vignettte5; al estilo de las cabezas favoritas de Sully6. Los
brazos, el busto e incluso los extremos de su radiante cabellera se fun-
dían imperceptiblemente en la vaga aunque profunda sombra que com-
ponía el fondo del conjunto. El marco era ovalado, lujosamente dorado
y afiligranado de arabescos. Como pieza de arte, nada podía ser más
admirable que la pintura en sí. Pero no habían sido ni la ejecución del
trabajo ni la inmortal belleza lo que tan repentinamente me había con-
movido. Mucho menos que mi fantasía, sacudida de su duermevela,
hubiera confundido aquella cabeza con la de una persona viva. Noté
enseguida que las peculiaridades del diseño, el estilo vignette y el mar-
co, habrían disipado instantáneamente semejante idea, incluso hubie-
ran evitado una distracción momentánea. Meditando seriamente sobre
estas cuestiones, permanecí, quizás durante una hora, entre sentado y
acostado, con la vista fija sobre el retrato. Finalmente, satisfecho con el

5 Vignette (viñeta): dibujo o estampa que se pone para adorno en el principio o el fin
de los libros y capítulos.
6 Sully, Thomas (1783-1872): pintor inglés, famoso por sus retratos.

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Edgar Allan Poe

verdadero secreto del efecto que producía en mí, me acosté de espaldas


sobre la cama: el encantamiento de la pintura consistía en una absolu-
ta semejanza con la vida en su expresión, que al principió me estreme-
ció y finalmente me desconcertó, me dominó y me espantó. Con pro-
fundo y reverente temor, volví a poner el candelabro en su posición
original. Cuando la causa de mi profunda agitación desapareció de mi
vista, busqué ansiosamente el volumen que contenía el análisis de las
pinturas y su historia. Di vuelta las páginas hasta encontrar el número
que designaba al retrato oval. Allí leí las imprecisas y singulares pala-
bras que siguen:
“Era una joven de extrañísima belleza y no menos amable que
llena de alegría. Maldita la hora en que amó y se casó con al pintor.
Él, apasionado, estudioso, austero, ya tenía una esposa en su Arte;
ella, una joven de rara belleza y no menos amable que llena de ale-
gría: toda luz y sonrisas y traviesa y cariñosa como un pequeño cier-
vo, amaba y era afectuosa con todas las cosas. Odiaba solo el Arte,
que era su rival; temía solo a la paleta, los pinceles y otros instru-
mentos hostiles que la privaban de la presencia de su amante. Fue
terrible para ella oír al pintor hablar de su deseo de retratar incluso
a su joven esposa. Pero era humilde y obediente y posó dócilmente
durante varias semanas en la oscura y elevada habitación de la torre,
donde la luz solo iluminaba el lienzo desde arriba. Pero él, el pintor,
ponía todo su talento en la obra que avanzaba hora tras hora, día
tras día. Y era un hombre apasionado, salvaje y caprichoso que se
perdía en fantasías; es por eso que no quería ver que la luz fantasmal
que caía sobre la solitaria torre marchitaba la salud y el espíritu de
su esposa, que se consumía a los ojos de todos, excepto los suyos. Sin
embargo, ella sonreía siempre, sin quejarse, porque veía que el pintor

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El retrato oval

–que tenía mucho renombre–, experimentaba un ferviente placer en


su tarea y se esmeraba día y noche en el retrato de la que tanto ama-
ba, pero que cada día se encontraba más débil y desanimada. Y, en
verdad, cualquiera que contemplaba el retrato hablaba en voz baja
de su semejanza, como de una imponente maravilla y prueba no solo
del poder del pintor, sino del profundo amor que sentía por aquella
a quien retrataba tan prodigiosamente bien. Pero luego de un tiem-
po, cuando la obra ya estaba casi terminada, ya no se admitía a nadie
dentro de la torre porque el pintor había enloquecido en el ardor de
su trabajo y rara vez levantaba los ojos del lienzo, ni siquiera para
mirar el rostro de su esposa. Y no quería ver que los colores que des-
parramaba sobre el lienzo, los arrancaba de las mejillas de la que se
sentaba frente a él. Y cuando ya habían pasado varias semanas, y
quedaba muy poco que hacer, excepto por un toque sobre los labios
y una pincelada en los ojos, el espíritu de la joven vaciló, como una
llama a punto de extinguirse. Y el toque y la pincelada fueron he-
chos, y por un instante el pintor se detuvo extasiado frente al traba-
jo que acababa de terminar. Pero un momento después, mientras
aún contemplaba el retrato, se estremeció, se puso pálido, y gritó
horrorizado con voz desgarrada, ‘¡en verdad esto es la vida misma!’
y volvió bruscamente el rostro hacia su amada: ¡estaba muerta!”

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