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Reflexiones sobre el Grado de Compañero

Este documento analiza el grado de Compañero en la masonería. Explica que cada grado es importante y complementario para el desarrollo espiritual. Aunque el grado de Compañero puede parecer menos impresionante que otros, en realidad enseña sobre el sentido interior y la concentración, lo cual es fundamental. El objetivo es estimular la intuición sobre principios universales más allá de los sentidos externos.

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Reflexiones sobre el Grado de Compañero

Este documento analiza el grado de Compañero en la masonería. Explica que cada grado es importante y complementario para el desarrollo espiritual. Aunque el grado de Compañero puede parecer menos impresionante que otros, en realidad enseña sobre el sentido interior y la concentración, lo cual es fundamental. El objetivo es estimular la intuición sobre principios universales más allá de los sentidos externos.

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Algunas reflexiones sobre el

«Grado de Companero»

Franco Peregrino

Si la vía masónica fuese considerada, de acuerdo con cuanto puede sugerir a primera
vista el mismo «Cuadro de Logia» de «Compañero», como una escalera
deliberadamente construída para permitir a quien sepa valerse de ella remontar de las
«tinieblas» a la «luz», se comprendería al instante que la efectiva presencia de cada
peldaño resulta determinante para triunfar en el intento. En efecto, si bien es verdad
que cada «grado» masónico posee su específica diversidad y es de por sí completo, lo
cierto es que si uno solo de estos «grados» llegara a faltar - es decir que no fuese
encarado como es debido - derivaría de ello un impedimento para la prosecución del
«recorrido», pues a cada uno de los otros le faltaría a su vez algo, debido a que en su
conjunto los diferentes «grados» se integran recíprocamente. No es por lo tanto sin
algún asombro que constatamos una cierta tendencia a tratar los contenidos del
«grado de Compañero» un poco a la ligera, casi como si se lo considerase un simple
relleno, una suerte de «entremés» concedido a la espera de lo que se juzga como el
verdadero «plato fuerte». En un primer momento podría pensarse que esta postura
derive del hecho de que las modalidades que configuran el «aumento de salario» no se
muestran capaces de impresionar la imaginación del sujeto con la misma intensidad
con la que evidentemente llegan a hacerlo tanto la «iniciación» como la «exaltación».
Con todo, aunque esta observación en cierto sentido no erra el tiro, conviene aclarar
sin titubear que de cualquier manera no basta para explicar acabadamente la actitud
mental de la que se habla, ni mucho menos sirve para justificarla.

Y no basta porque, si se consideran las cosas con más detenimiento, se cae en la


cuenta de que esta actitud nace, en realidad, de un defecto de criterio, que en
resumidas cuentas no es sino el de contentarse con juzgar de cualquier asunto
exclusivamente en base a las impresiones que el mismo puede haber suscitado en el
propio ánimo, en lugar de recurrir a más altas facultades de discernimiento. Quien así
se comporta, en definitiva, no hace más que demostrar una pereza intelectual ante la
cual haría bien en reaccionar a tiempo, antes de que ella eche raíces a tal punto que se
convierta en una especie de segunda naturaleza. Y al respecto nos parece que el primer
paso a dar debiera ser el de tener siempre presente que nada de lo que acontece en la
Logia puede ser considerado insignificante, dado que en ella todo debe corresponder
necesariamente a un motivo bien preciso.

Dicho esto, se puede estar seguros de que las enseñanzas no faltan en absoluto en la
«Cámara de Compañero» y que, ni más ni menos como en cualquier otro «grado»
masónico, la única verdadera dificultad consiste en saberlas hallar. Sin embargo, debe
quedar bien claro que, si en efecto puede hablarse de dificultad, ésta radica
exclusivamente en los defectos de la propia capacidad de comprensión, puesto que es
en ellos donde verdaderamente reside todo lo que por el momento se interpone para
complicar las cosas. En general, se puede afirmar que quien abriga la esperanza que se
le sirva en bandeja un conjunto de nociones dispuestas de forma tal que él pueda
grabarlas con toda comodidad en su memoria se equivoca, pues a diferencia de la
enseñanza «profana», respecto de cuyos métodos manifiesta así el propio
condicionamiento, la enseñanza iniciática y esotérica apunta sustancialmente a
estimular la intuición del sujeto, induciéndolo a comprender las cosas en sí y por sí
mismo.

No obstante, al menos ante ciertos puntos que por de pronto pueden resultar en mayor
o menor medida inexplicables, como el que se refiere a los cinco sentidos del hombre,
en fin de cuentas es comprensible que el propio empeño, sobre todo al principio, no
sea suficiente como para resolver satisfactoriamente la cuestión y persista, en
consecuencia, alguna desorientación. En este caso será por lo tanto conveniente tratar
el argumento por lo menos de un modo suficiente como para indicar en que dirección
conviene encaminar los propios esfuerzos a fin de superar la dificultad.
Ante todo, hay que poner en evidencia que la enseñanza en cuestión, al incitar al
«Compañero» a estudiar personalmente los sentidos externos, en realidad pretende
llevarlo a ocuparse de su «sentido interior», a falta de lo que, por lo demás, no tendría
siquiera la posibilidad de emprender el examen del modo de obrar de aquellos, y hay
que agregar además que ello implica como consecuencia indefectible un
desplazamiento de la propia atención de la esfera exterior a la interior. Tan sólo así
podrá llegar a darse cuenta de cuales son las limitaciones de su actual estado de
conciencia, que debe esforzarse en superar. Aprenderá a desconfiar de las
sensaciones, juicios y sentimientos que pueden despertar en él los diversos estímulos
exteriores, en cuanto haya logrado comprobar en alguna ocasión que aquellas pueden
muy bien verse alteradas por algún trastorno de su actual estado, y así se ocupará de
ejercer el control de esas reacciones a las que podría estar instintivamente
predispuesto. Por lo cual, el que, por medio de este método, haya aprendido poco a
poco a sopesar atentamente las cosas, difícilmente se dejará engañar por no importar
que pudiera caer bajo sus sentidos, como por el contrario sucede con aquellos que, en
ausencia de esto, manifiestan un comportamiento voluble que los lleva a sentirse ahora
alegres y ahora tristes, ahora amigos, ahora enemigos; tal inestabilidad es síntoma de
un estado caótico y dispersivo del cual debe absolutamente lograr zafarse quien se
halle formando parte de una organización iniciática, cuyos miembros se reconocen por
añadidura como «hermanos». ¿Por lo demás, no es justamente esto lo que se persigue
cuando se insta al «Compañero» a «pulir» esa «piedra», ya «desbastada» al menos
virtualmente como «Aprendiz», para obtener finalmente una «piedra cúbica» que esté
en condiciones «de integrarse perfectamente en el Edificio que los Masones tienen que
construir»?

Pero si el esfuerzo de concentración que, repetimos, la enseñanza en cuestión trata de


estimular, no puede dejar - como hemos señalado - de tener repercusiones en la esfera
de la acción, es porque el mismo obra en lo profundo del ánimo oponiéndose a toda
dispersión de las potencias del ser y así cumple un papel fundamental en el desarrollo
de la inteligencia. Ahora bien, hasta que esta última se aplique exclusivamente a los
objetos de los sentidos, el conocimiento resultante, aunque fuese el más elevado, es
decir el racional, no va de cualquier modo más allá de las formas y nunca podrá
alcanzar el ámbito de los principios universales, tal como lo afirma el mismo
Aristóteles. Para ir más allá del «saber» analíticamente distintivo es necesario, pues,
cerrar las puertas de los sentidos y concentrar todas las propias potencias en la
«cámara secreta del corazón», vale decir en ese punto simbólico que, en lo que
concierne al individuo, todas las tradiciones, incluída la Griega, coinciden en señalar
como la morada de la Inteligencia universal, morada en la que la misma reside en cierto
modo en estado potencial, como un germen o un grano. Cuando, a causa de un efectivo
«despojamiento de los metales», se llegue a transferir la propia conciencia en el mismo
«corazón» del propio ser, entonces se producirá como un germinar de ese «grano» y se
alcanzarán estados de conciencia superiores al individual, merced a la actividad directa
de esa Inteligencia, que en definitiva es el único y verdadero Conocedor de todo lo
conocible. Es este conocimiento, el cual no puede ser sino intuitivo, que conforme a
derecho puede llamarse intelectual, puesto que el mismo es propiamente
«suprarracional», aunque esto - que quieran, que no quieran los sostenedores de lo
irracional - no significa de ninguna manera que se contrapone a la razón, de la cual al
contrario se sirve cada vez que debe expresar, de una manera u otra y en la medida en
que ello sea posible, los resultados de su actividad.

Antes de abordar otro punto, queremos todavía señalar, en apoyo de estas últimas
reflexiones, que cuando el «Compañero» se pone al «orden» es precisamente sobre el
corazón donde coloca, «en forma de garra», su mano derecha. Y que la «palabra de
pase» del «grado», masónicamente hablando, indica al mismo tiempo un curso de agua
y un grano o espiga de trigo, los que, así relacionados, son considerados emblemas de
«abundancia». A juzgar por el siguiente comentario relativo a una «instrucción» de
fuente anglosajona, esta «abundancia» parece aludir precisamente a esa «intuición
intelectual» de la que hablábamos poco antes: «El Compañero ha pasado de las
tinieblas a la luz; masónicamente, ya es un hombre adulto. Luego de haber subido una
escalera de caracol se encuentra ahora en espera de acceder a la Cámara del Medio.
Pero el hecho de entrar en este sagrado lugar no quiere decir penetrar simplemente en
una pieza: el auténtico acceso requiere que esté en condiciones de unir mente y
espíritu en la búsqueda de la resolución del misterio simbolizado por la letra G. La
Masonería parece corroborarlo indiscutiblemente: “En el punto en que os encontráis -
dice la «instrucción» -, (aquello que os hace falta) es la abundancia para descifrar el
misterio y conocer todo lo que un hombre puede conocer sobre el significado de esta
letra, que es un símbolo del Altísimo”. [...] Dichoso ese Compañero que, habiendo
aprendido a pronunciar correctamente [ la «palabra de pase»], en el [pasaje de las
aguas] logra recibir sobre sí de veras la “abundancia” [que le permite el acceso a la
Cámara del Medio]».

Ahora bien, así como la referencia a los cinco sentidos del hombre implica un tácito
encaminamiento a facultades superiores de cognición, también los otros casos, que se
refieren respectivamente a los «Ordenes arquitectónicos», a los «Sabios» y a las
«Ciencias y artes liberales», si se toman como otros tantos puntos de partida aptos
para orientar la propia búsqueda, servirán entonces como soporte para elevarse a
verdades de orden superior que es en efecto lo que cada uno de ellos implica. Y si las
cosas se presentan de este modo por cierto no es a causa de alguna imperfección sino,
simplemente, porque esto es lo propio de un verdadero método de enseñanza
iniciática; por otra parte, basta pensar en el particular modo de transmisión de la
«palabra sagrada» del primer «grado», para darse cuenta de que el «Aprendiz» ya está
advertido al respecto, y más bien abiertamente, desde el inicio. Por eso, conforme al
precepto que dice que «para conocer verdaderamente las cosas hay que descubrirlas
por sí solos», nos abstendremos aquí de brindar más aclaraciones, limitándonos a
señalar solamente que el número de datos que componen cada una de estas «listas»
no tiene una particular relación con tales cuestiones, pero en cambio se halla
relacionado con otra enseñanza simbólica del «grado».

En efecto, hay que tener en cuenta que cada uno de los tres «grados» de la Masonería
simbólica está contraseñado por un número peculiar que, indicando la «edad»
simbólica propia del «grado», se repite prácticamente por doquier en los diversos
elementos que forman parte del mismo; tales números deben ser entendidos por otra
parte de acuerdo con la ciencia tradicional de los números, es decir, interpretados en
sentido analógico y simbólico. En el caso del número cinco, característico de la
«Cámara del Compañero», señalamos, siguiendo a Plutarco - pero sin apartarnos de
cuanto enseña ya sea la forma de «llamar a la puerta» como la «batería», los «pasos» y
el «toque» propios del «grado» -, que el mismo nace de la unión del dos, primer número
par o «femenino», con el tres, primer número impar o «masculino»; de esta manera no
debería ser difícil comprender que dicho número representa sustancialmente la idea de
armonía, dado que esta última en efecto resulta de la fusión de los opuestos o, mejor
dicho, de los que nos parecen tales a pesar de que en realidad son complementarios, y
precisamente por eso el cinco era considerado un «número nupcial» por los
Pitagóricos. Lo que por este medio se le recuerda al «Compañero» es, pues, el
cometido de realizar en sí mismo la unidad, para lo cual deberá combatir en sí todo
irrupción de impulsos desordenados y centrífugos que se contraponen a ella; dicha
unidad debe ser perseguida ante todo en el campo del pensamiento, desde donde,
poco a poco, descenderá luego al campo de la acción, ya que evidentemente es la
calidad de la mentalidad la que determina el comportamiento. En otros términos, es
exhortado a llevar a cabo el desarrollo de todas las potencialidades implícitas en la
naturaleza humana a fin de poder así acceder al mundo intelectual, y es también y
sobre todo en atención a este desarrollo que el «Compañero» debe ahora insertarse
activamente en la obra colectiva de la Logia.

En qué dirección, en fin, le toque proceder para observar el objetivo así prefigurado es
algo que se trasluce de los «pasos» de este «grado»: en efecto, la marcha ritual del
«Compañero» requiere que se desplace primero hacia «Mediodía» y, a continuación,
retome su eje originario, es decir el eje equinoccial. Ahora, en la correspondencia
analógica del ciclo diurno con el anual, el «Mediodía» equivale al solsticio de verano, es
decir al signo zodiacal de Cáncer que, recordamos, los griegos ponían en relación con
la «puerta de los hombres»; este signo, astrológicamente hablando, está representado
por un germen en estado de semidesarrollo, lo cual indica una etapa en todo caso
intermedia, que en el hombre corresponde precisamente al ámbito psíquico o sutil. El
«Compañero» debe por lo tanto ocuparse en esta etapa del proceso iniciático de
sopesar la propia componente sutil, sin perder nunca de vista que en definitiva es
precisamente de aquí que proceden las desarmonías, por lo cual hay que considerar
que lo mejor que se puede hacer es aplicarse a superar lo más pronto posible tales
dificultades prosiguiendo así su camino, tal como sugiere por lo demás la trayectoria
que describen los «pasos» del «grado».

Hemos aludido anteriormente a una determinada relación que se puede establecer


analógicamente entre los diversos «grados» de la vía iniciática masónica y las que se
consideran las edades de la vida humana: en el Convivio de Dante hallamos algunas
observaciones concernientes a la «juventud», o segunda «edad», que, en efecto, vienen
de perillas - a nuestro entender - para con el «grado de Compañero», por lo cual quizá
pueda ser de algún provecho presentar aquí una breve síntesis. Dante sostiene que en
esta «edad» el cometido fundamental es el de perseguir la propia perfección y, al
respecto, considera necesario cultivar cinco «virtudes»: templanza, fortaleza,
fraternidad, cortesía y lealtad; templanza y fortaleza para estar en condiciones de
dominar los propios apetitos desordenados; fraternidad, ya que corresponde a quien se
halla en el «mediodía» de la vida mirar «atrás y adelante», y amar a sus mayores, de
quienes ha recibido doctrina, pero también a sus menores, a los que está obligado a
impartir sus benéficas admoniciones; cortesía, que conviene desarrollar máximamente
en esta edad, dado que si así no fuese su carencia representaría un obstáculo
irremediable para alcanzar luego la perfección propia de la tercera «edad»; lo mismo
puede decirse de la lealtad - que quiere decir seguir y poner en práctica lo que las leyes
estipulan - ya que, si bien es cierto que en la «edad» precedente las faltas se
consideran con alguna indulgencia, en la sucesiva, ya no es tanto cuestión de seguir la
regla cuanto de ser justos. Tales son, para Dante, las condiciones necesarias para
acceder efectivamente a esa otra perfección que es atributo de la «madurez», y a través
de la cual se llega a ser capaz de iluminar a los demás.

Ahora bien, dado que en los «catecismos» de segundo «grado», a la pregunta «Sois
Compañero? sigue la respuesta: «He visto la Estrella Flamígera», la cual, según un
antiguo ritual, «es el símbolo del Masón resplandeciente de luz en medio de las
tinieblas», podría llegarse a pensar que la función «iluminadora» deba ser atribuida al
«Compañero», en contraste con lo que acabamos de referir. Pero no es así, porque este
último todavía no es el «hombre regenerado»; en su proceso de regeneración el
«Compañero» ha, sí, alcanzado un grado de desarrollo que lo ha llevado -al menos
virtualmente- a aproximarse a la «Luz», es decir a ver la «Estrella Flamígera», pero esto
no quiere decir que se haya identificado con ella. Obsérvese que en el «aumento de
salario» la «Estrella Flamígera» es encendida solamente después que el
«recipiendario» ha concluído su quinto y último «viaje»; y, especialmente si se tiene en
cuenta que estos «viajes» representan una ascensión por una escalera de caracol,
donde «aquel que sube no ve el siguiente peldaño ni sabe qué se esconde tras la
vuelta», hay que concluir al fin que hasta tanto no se haya alcanzado efectivamente la
perfección del «grado» la «Estrella Flamígera» permanece imperceptible, y que tal
perfeccionamiento en cierto modo preanuncia, aunque sea virtualmente, el «grado de
Maestro».

Por otra parte se dice que el «flamear» de la «Estrella» alude «al despertar del “fuego”
en el iniciado», y es sabido que el fuego se manifiesta no solo como luz sino también
como calor. Es más, luz y calor, como señala René Guénon, «en su manifestación se
hallan, por así decirlo, inversamente proporcionados entre sí; y es notorio que, incluso
desde el simple punto de vista de la física, una llama resulta efectivamente tanto más
caliente cuanto menos luminosa sea» (1). En el iniciado, este «calor» es el resultado de
la acción de ese «fuego interior» que, quemando sus «cortezas», consume todo lo que
en él constituye un obstáculo para una realización espiritual, motivo por el cual hay que
estimar que solo después de un cierto grado de «purificación» le será posible percibir
también la «Luz». Ahora, en el caso del hombre es posible hallar algo análogo a los dos
aspectos complementarios del fuego, como sostiene Guénon en la prosecución del
pasaje citado: «Del mismo modo, el sentimiento es verdaderamente un calor sin luz
[por eso los antiguos representaban ciego al amor], y se puede hallar [en él] también
una luz sin calor, aquella de la razón, que no es más que una luz refleja, fría como la luz
lunar que la simboliza. En cambio, en el orden de los principios, los dos aspectos se
reconcilian y se unen indisolublemente, como todos los complementarios; tal es, pues,
la inteligencia pura, que pertenece propiamente a este orden principial [...]. El fuego que
se halla en el centro del ser es justamente tanto luz como calor, pero si se quieren
traducir estos dos términos con inteligencia y amor, por más que en el fondo sean
solamente dos aspectos inseparables de una sola e idéntica cosa, para que tal
traducción sea aceptable y legítima, habrá que agregar que el amor en cuestión es tan
diferente del sentimiento al que se da el mismo nombre como la inteligencia pura lo es
de la razón» (2).

Vale la pena notar como estas consideraciones nos hayan vuelto a llevar, en definitiva,
a ese mismo «conocimiento del corazón» al cual ya habíamos llegado durante nuestro
examen de la cuestión de los «cinco sentidos del hombre». Al respecto podríamos
agregar aún que, de acuerdo con lo que atestigua un ritual de 1735, antiguamente la
«Estrella Flamígera» marcaba el «Centro» del «Pavimento de la Logia», lo cual, hechas
las debidas transposiciones en el nivel individual humano, constituye una ratificación
de la congruencia de esta lectura. Además, la distinción entre luz y calor y las
consideraciones que de allí hemos derivado de una manera u otra se ven confirmadas
por ciertos textos antiguos, en los que se sostiene que «el Centro de donde proviene la
verdadera Luz» es esa «letra G» que se halla inscrita en la «Estrella Flamígera»; esta
indicación permite comprender por qué, en esos mismos «catecismos» a los que nos
habíamos referido antes, a la segunda pregunta, «Porqué os habéis hecho recibir
Compañero?», la única respuesta correcta sea: «Para conocer la letra G». La tercer
pregunta, que se refiere al significado de tal «letra», recibe , sucesivamente, dos
respuestas, siendo la primera: «La Geometría, vale decir la quinta ciencia», y la
segunda: «El Gran Geómetra del Universo»; es muy probable que, tal como refiere un
texto de 1745 (l’Ordre des Francs-Maçons trahi), las respuestas convengan en realidad
a «grados» distintos, una al de «Compañero» y la otra, con las oportunas
modificaciones, al de «Maestro». Como quiera que sea, e independientemente de las
antedichas respuestas, las que a nuestro entender reflejan dos visiones
complementarias correspondientes a niveles diversos de ahondamiento de la realidad,
lo cierto es que en general se juzga que la «letra G» sea una «letra sustituída», que ha
tomado el lugar de un iod hebreo. En efecto, hay que reconocer que el iod se presta
eficazmente para simbolizar ese «Centro de donde proviene la verdadera Luz», ya que
«El iod es la más pequeña de todas las letras del alfabeto hebreo, y sin embargo de allí
es que derivan las formas de todas las otras letras. Con este doble aspecto se relaciona
por otra parte el doble sentido jeroglífico del iod, como “principio” y como “germen”:
en el mundo superior, es el principio que contiene todas las cosas; en el mundo
inferior, es el germen, que está contenido en todas las cosas» (3).

Cerramos aquí estas consideraciones referidas a algunos puntos pertenecientes al


simbolismo del «grado de Compañero», mas no sin antes volver a repetir una vez más
que, si nos hemos detenido a poner en evidencia la particular coherencia con que todas
las cosas se hallan entrelazadas en él, a partir de la «palabra de pase» que permite el
acceso al mismo hasta llegar a esa «letra G» que representa su meta final, ha sido
sobre todo con el propósito de aportar un mínimo punto de partida que esperamos
sirva de ayuda para encarar las enseñanzas iniciáticas de este «grado» como es
debido, vale decir como algo que debe ser efectivamente realizado por medio del
propio trabajo interior, si es que se quiere evitar de quedarse indefinidamente
atrampados en los umbrales de una vía iniciática a la cual, seguramente, para fines de
muy otra envergadura se ha tenido la singular oportunidad de ser «llamados».

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