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Historia de Un Perro Llamado Leal

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HISTORIA DE UN PERRO

LLAMADO LEAL

001-096_Historia de [Link] 3 18/03/16 10:51


1.ª edición: mayo de 2016

© Luis Sepúlveda, 2016


Publicado por acuerdo con Literarische Agentur Mertin Inh.
Nicole Witt e.K., Frankfurt am Main, Alemania.

© de las ilustraciones: Marta R. Gustems, 2016


Diseño de la colección: Guillemot-Navares
Reservados todos los derechos de esta edición para
Tusquets Editores, S.A. - Av. Diagonal, 662-664- 08034 Barcelona
[Link]
ISBN: 978-84-9066-281-6
Depósito legal: B. 5.878-2016
Fotocomposición: Moelmo, S.C.P.
Impresión: Liberdúplex, S.L.
Impreso en España

Queda rigurosamente prohibida cualquier forma de reproducción,


distribución, comunicación pública o transformación total o par-
cial de esta obra sin el permiso escrito de los titulares de los dere-
chos de explotación.

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Índice

Dungu. Palabras . . . . . . . . . . . . . . . . . . 11
Kiñé. Uno . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 13
Epu. Dos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 19
Küla. Tres . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 25
Meli. Cuatro . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 33
Kechu. Cinco . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 41
Kayu. Seis . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 49
Reqle. Siete . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 59
Pura. Ocho . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 69
Aylla. Nueve . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 75
Mari. Diez . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 81

Glosario . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 89

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Dungu
Palabras

Este libro es una deuda mantenida duran-


te muchos años. Siempre he sostenido que
gran parte de mi vocación de escritor vie-
ne del hecho de haber tenido unos abuelos
que contaban historias, y de que, en el lejano
sur de Chile, en una región llamada Arauca-
nía o Wallmapu, tuve un tío abuelo, Ignacio
Kallfukurá, mapuche (nombre que confor-
man dos palabras unidas: «mapu», que signi-
fica Tierra, y «che», gente, y cuya traducción
correcta es «Gente de la Tierra»), que al atar-
decer les contaba historias a los niños mapu-
che en su idioma, el mapudungun. Yo no
entendía lo que los demás mapuche decían en
su lengua vernácula, pero sí entendía las his-
torias que narraba mi tío abuelo.

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Eran historias que hablaban de zorros,
de pumas, de cóndores, de loros, y mis favo-
ritas eran las que contaban las aventuras de
wigña, el gato salvaje. Yo entendía lo que mi
tío abuelo narraba porque, pese a no haber
nacido en la Araucanía, en la Wallmapu,
también soy mapuche. También soy Gente
de la Tierra.
Siempre he querido contarles una his-
toria a los niños mapuche al atardecer, jun-
to al río, mientras comemos los frutos de
la araucaria y bebemos jugo de manzanas
recién recolectadas.
Ahora que me acerco a la edad de mi tío
abuelo Ignacio Kallfukurá, voy a contarles
una historia de un perro crecido junto a los
mapuche. De un perro llamado Leal.
Les invito, pues, a la Araucanía, a la
Wallmapu, al país de la Gente de la Tierra.

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Kiñé
Uno

La manada de hombres tiene miedo. Lo


sé porque soy un perro y el olor ácido del
miedo me llega al olfato. El miedo huele
siempre igual y da lo mismo si lo siente
un hombre temeroso de la oscuridad de la
noche, o si lo siente waren, el ratón que
come hasta que su peso se convierte en las-
tre, cuando wigña, el gato del monte, se
mueve sigiloso entre los arbustos.
Es tan fuerte el hedor del miedo de los
hombres que perturba los aromas de la tierra
húmeda, de los árboles y de las plantas, de
las bayas, de los hongos y del musgo que el
viento me trae desde la espesura del bosque.
El aire también me trae, aunque leve-
mente, el olor del fugitivo, pero él huele

13

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diferente, huele a leña seca, a harina y a
manzana. Huele a todo lo que perdí.
—El indio se oculta al otro lado del río.
¿No deberíamos soltar al perro? —pregunta
uno de los hombres.
—No. Está muy oscuro. Lo soltaremos
con la primera luz del alba —responde el
hombre que comanda la manada.
La manada de hombres se divide entre
los que se sientan en torno al fuego, que
encienden maldiciendo la leña húmeda, y
los que con sus armas de matar en las manos
miran hacia la oscuridad del bosque y no
ven nada más que sombras.
Yo también me echo sobre las patas,
alejado de ellos. Me gustaría estar cerca del
calor, pero evito el fuego que han encendi-
do, pues el humo me nublaría los ojos y mi
olfato no percibiría los cambiantes olores.
Han encendido un mal fuego y se les apaga-
rá muy pronto. Los hombres de esta mana-
da ignoran que lemu, el bosque, da buena
leña seca, tan sólo hay que pedírsela dicien-
do mamüll, mamüll, y entonces el bosque

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entiende que el hombre tiene frío y autoriza
a encender un fuego.
Llega hasta mis orejas, que siempre están
alerta, el croar de llüngki, la rana, oculta
entre las piedras de la otra orilla de leufü,
el río que baja de las montañas. A ratos,
konkon, el búho, imita al viento desde lo
más alto de los árboles; y pinüyke, el mur-
ciélago, bate las alas mientras vuela y devo-
ra insectos nocturnos voladores.
La manada de hombres teme los ruidos
del bosque. Se mueven inquietos y yo sien-
to el penetrante hedor del miedo que no les
deja descansar. Intento alejarme un poco de
ellos, pero me lo impide la cadena que llevo
al cuello y que han atado, por el otro extre-
mo, a un tronco.
—¿Le damos algo de comer al perro?
—pregunta uno de los hombres.
—No. Un perro caza mejor cuando
está hambriento —contesta el jefe de la
manada.
Cierro los ojos, tengo hambre y sed, pero
no me importa. No me importa que para la

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manada de hombres yo no sea más que el
perro, y de ellos no espero otra cosa que
el látigo. No me importa, porque desde la
oscuridad me llega el tenue aroma de lo que
perdí.

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