¿Y Si Lo Único Que Necesitamos para Ser Felices Es Descubrir El Brillo de Las Cosas Intangibles?
Primera
Primera edición:
edición: noviembre
enero de
marzo de 2021
de 2023
2023
Depósito
Depósito legal:
legal: B.
B. 15.956-2021
22.033-2022
2.361-2023
ISBN:
ISBN: 978-84-08-24985-6
978-84-08-26681-5
978-84-08-26928-1
Composición:
Composición: Realización
Realización Planeta
Planeta
Impresión
Impresión yy encuadernación:
encuadernación: Unigraf,
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como dos rebanadas de un sándwich de huevo. Ocurrió duran-
te el invierno de 1989, cuando Vivien y Jim heredaron la vieja
casa de un tío lejano y decidieron asentarse en Maine porque,
en realidad, los Aldrich nunca habían pertenecido a ningún
lugar, así que podían elegir dónde echar raíces y el destino
quiso que, a tan solo unos metros de distancia, tras una valla
recubierta de espesa hiedra, viviesen los Jackson. Después, su
amistad surgió con tanta facilidad y naturalidad como la llega-
da de la primavera. Y colorín colorado...».
Pero, como no se trata de un cuento, seremos más precisos.
Pese a ser inseparables, las dos familias eran muy distintas.
El matrimonio Jackson tenía dos hijos: River y Maddox. Ge-
neración tras generación, todos habían nacido en Maine, ha-
bían vivido en Maine y habían muerto en Maine. Poseían un
vínculo especial con el mar y, pese a la inestabilidad de la zona,
podían predecir el tiempo echándole un vistazo rápido al cielo.
El padre, Sebastian, se dedicaba a la pesca de la langosta, tal
como había hecho su propio padre, su abuelo y su bisabuelo.
La madre, Isabelle, regentaba un acogedor restaurante, El An-
zuelo Azul, que tenía clientela durante todo el año y alcanzaba
su esplendor en verano, durante la temporada turística.
Las personalidades de sus hijos parecían adaptarse a los cá-
nones establecidos. Maddox, que era un año mayor que su her-
mano, era responsable y sereno, pero también un poco tacitur-
no y reservado. Era observador como un halcón y le irritaban
los halagos. Por el contrario, a River le gustaba gustar. Era im-
pulsivo y nunca pensaba en las consecuencias, embaucador
cuando tenía en mente un propósito y tan activo que no podía
mantenerse quieto ni cinco minutos (le empezaba a picar el
cuerpo o se mordía las uñas).
A la gente del pueblo le llamaba la atención que se parecie-
sen tanto físicamente y tan poco en todo lo demás; porque era
innegable que habían heredado el cabello oscuro del padre y
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los ojos azules de la familia materna. Pero ahí terminaban sus
semejanzas.
En la casa de los Jackson reinaba el orden. Sebastian era
metódico y pragmático, mientras que Isabelle se esmeraba por
colocar cada cosa en su lugar y no soportaba ver hilitos sueltos
en la ropa o que las motas de polvo se asentasen sobre los mue-
bles. Y tenían relojes por todas partes: en la cocina, en el salón
y en las muñecas.
En cambio, los Aldrich vivían en las nubes y más allá.
Vestían ropa colorida, tenían pocas normas y eran muy
creativos. Absurdamente creativos. Lo mismo les daba por pin-
tar macetas con diseños étnicos que por hacer velas aromáticas
o tejer bufandas. Cada vez que surgía algún conflicto, como
decidir qué cenar o si Nicki se enfadaba porque su hermana
Heaven le había roto un juguete, se organizaba una asamblea
familiar y todos se reunían en el salón para hablar y ejercer su
derecho a voto. Por cuestiones jerárquicas, la abuela Mila se
encargaba de moderar.
A Nicki y Heaven se les permitía pintar las paredes de sus
habitaciones, porque sus padres consideraban que ese lugar les
pertenecía. No tenían un horario fijo para irse a la cama, les de-
jaban meter los dedos en el bote de la mermelada y elegían su
propia ropa, algo que resultaba de lo más pintoresco, porque
mezclaban colores y texturas sin orden ni concierto. Sin embar-
go, esa libertad no era ilimitada y para ver la televisión tenían
que conseguir puntos haciendo tareas del hogar que luego can-
jeaban por valiosos minutos delante de la pantalla.
Cuando las dos familias se juntaban, cosa que ocurría casi a
diario, era como mirar a través de un caleidoscopio. Al princi-
pio resultaba caótico, pero pronto todo adquiría nitidez y los
tres espejos enfrentados que formaban un prisma triangular
daban lugar a una explosión de colores y formas que sobreco-
gían por su belleza.
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—¿Habéis pedido un deseo? —preguntó Vivien.
—Creo que River ha soplado antes las velas.
—No es verdad, Nicki —protestó el aludido.
—Venga, no discutáis en vuestro cumpleaños.
Se comieron su ración de pastel antes de salir al jardín. Se-
bastian Jackson había construido para sus hijos una casa de ma-
dera en un árbol de gruesas raíces que serpenteaban entre las
malas hierbas. Nicki y River subieron por el tronco agarrándo-
se a los tablones de madera que servían de escalera. La casita
era maravillosa. Tras mucho insistir, River había permitido que
Nicki la decorase, así que por todas partes colgaban carruseles
de hilo con conchas de la playa y bellotas, en la ventana había
una cortina floreada que tiempo atrás había sido un vestido de
la abuela Mila, y la mesa de madera estaba llena de palitos y
vasitos de arcilla en los que Nicki guardaba cosas.
River cogió uno que contenía semillas ovaladas.
—Mi hermano dice que todo esto es basura.
—Maddox no tiene ni idea. Son pociones mágicas, River.
Mira, esta de arena de la playa te hace superfuerte y, si te comes
los pétalos de las campánulas, te salen plumas azules por todo
el cuerpo —dijo emocionada.
—¿Y para qué querría tener plumas?
—¡Pues para volar, tonto!
—No las necesito. Atenta.
River se asomó por la ventana y, con una sonrisa desdenta-
da iluminando su rostro, se sujetó a una rama del árbol que era
fina y estaba un poco arqueada.
—No deberías hacer eso. Si tu madre te ve...
—Bah. Ya tenemos siete años. Es nuestro día. ¿Y sabes una
cosa, Nicki? —Cogió impulso y se balanceó como un mono—.
Deberíamos hacer algo prohibido en cada cumpleaños. Se me
ocurren un montón de cosas.
—River, ten cuidado. Podrías caerte.
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Él puso los ojos en blanco y fanfarroneó:
—Si hasta puedo solo con una mano.
—Uy, mira, qué gusano tan bonito...
—¿Gusano? ¿Qué? ¿Dónde?
Un segundo después, River perdió el equilibrio. Las hojas
del árbol parecieron agitarse con cierta alegría taimada mien-
tras él se precipitaba al vacío. Hubo un golpe seco. Pum. Y lue-
go un silencio profundo.
Nicki se asomó con el corazón en la garganta.
—¡Mamááá! ¡Papááá! ¡River se ha matado!
Años más tarde, al recordar aquel momento, él siempre se
burlaría de la frase de ella diciendo: «Qué exagerada. Solo me
rompí la pierna derecha. Y la muñeca. Y el dedo índice. Y me fi-
suré una costilla. ¿A quién no le ha ocurrido alguna vez?».
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RIVER, AGOSTO DE 1998
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—La torre está curvada —le dije señalando el castillo de
arena.
—Claro. Es porque un dragón le ha lanzado una bola de
fuego.
La observé mientras ella hundía piedrecitas alrededor de
las ventanas del castillo. El sol se reflejaba en su cabello pelirro-
jo y enredado. Tenía la piel frágil, así que Vivien la embadurna-
ba con crema solar cada hora, sobre todo en las mejillas y la
nariz, justo el punto en el que un puñado de pecas intentaban
abrirse paso como estrellas en las noches despejadas. Sus cejas
y pestañas eran rubias, algo que odiaría años más tarde, y po-
seía una belleza extraña porque tenía los ojos demasiado sepa-
rados. En realidad, toda ella era rara. O eso decían nuestros
compañeros de clase. Quizá fuese debido a su aspecto, aunque
la extravagancia que rodeaba a los Aldrich ayudaba tan poco
como la fascinación que Nicki sentía por la magia, las brujas y
los mundos de fantasía.
—Estoy cansado —dije al cabo de cinco minutos—. ¿Nos
bañamos?
—No. El agua está muy fría.
—Vale, pues tú te lo pierdes.
Lancé la pala al suelo y me encaminé hacia la orilla. El mar
estaba en calma cuando me metí en el agua helada. Hundí la
cabeza de golpe y, tras salir a la superficie, me quedé mirando
las gaviotas que sobrevolaban el cielo. Semanas atrás, mi padre
me había contado que, como los pingüinos, pueden beber
agua del océano porque poseen una glándula de sal. Y luego
lloran, literalmente. Las gaviotas expulsan lágrimas lechosas
para eliminar el exceso salino. Sus glándulas tienen más poten-
cia que un riñón.
Di unas cuantas brazadas hasta que me aburrí y regresé so-
bre mis pasos. Todo era mucho menos divertido sin Nicki. A
medio camino, vi un trozo rojizo de vidrio marino.
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—Mira lo que acabo de encontrar.
—¡Es precioso! ¿Dónde estaba?
—Cerca de la orilla. Te lo regalo.
—Lo guardaré en mi caja de los tesoros que brillan. —Me
miró con seriedad mientras me daba el rastrillo—. Venga, te
dejo hacer el camino del castillo. Es un honor.
«Desde luego», quise replicar en tono burlón, pero no lo
hice. Aunque el resto del mundo lo ignorase, a mí me parecía
que Nicki tenía algo magnético, una fuerza que irradiaba de
dentro hacia afuera y que me invitaba a seguirla a ciegas.
Entonces todavía no era consciente de que aquello era recí-
proco y, con el paso del tiempo, nos uniría tanto como nos se-
pararía, porque ella siempre se dejaría arrastrar por mis locu-
ras y yo estaría constantemente rendido a cada una de sus
fantasías.
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