Poemas de Catulo: Amor y Pérdida
Poemas de Catulo: Amor y Pérdida
II
III
IV
Esa barca (10) que veis, huéspedes, presume de que fue la más rápida
de las
naves y de que el empuje de ningún navío sobre las ondas pudo
dejarla atrás, bien se
tratara de volar a remo o a vela. Y dice que esto no lo niegan la costa
del amenazador
Adriático o las islas Cícladas ni la famosa Rodas ni la espantosa
Propóntide Tracia o el
terrible golfo del Ponto, donde ésta, luego barca, fue antes melenudo
bosque: pues, en la
cumbre del Citoro (11) a menudo silbó con su habladora cabellera.
Amastris del Ponto y Citoro que produces bojes, para ti esto fue y es
conocidísimo -presume la barca-. Desde su más lejano origen dice que
se asentó en tu
cumbre, que empapó sus remos en tu superficie y de allí avanzó como
dueña por tantas
inmoderadas corrientes, ya el viento la empujara por izquierda o
derecha, ya Júpiter
hubiera soplado favorable sobre ambas escotas; y que, en su interés,
no se hicieron
votos a los dioses de la costa cuando volvía hace nada del mar a este
cristalino lago.
Pero estas cosas ocurrieron antes; ahora, en oculta quietud, descansa
vieja y se
consagra a ti, gemelo Cástor, y al gemelo de Cástor (12).
VI
VIII (22)
IX
Mi amigo Varo (27), como estaba yo sin hacer nada, me había llevado
desde el
foro a ver a su amor, una putilla, según me pareció al pronto, nada
sosa ni falta de
encanto.
En cuanto llegamos allí, tocamos conversaciones diversas, entre las
cuales
hablamos de cómo era en ese momento Bitinia (28), qué tal se estaba
allí, con cuánto
dinero me había yo beneficiado. Respondí tal y como era: que ni ellos
mismos ni los
pretores ni la cohorte habrían sacado nada con lo que volver con la
cabeza mejor
perfumada, sobre todo si tenían por pretor a un mamón a quien le
importaba un bledo
la cohorte. «Pero, al menos, -me dicen- comprarías lo que se dice es
típico de allí: para la
litera de un hombre (29).»
Yo, para hacerme el más feliz del mundo delante de la chica, dije: «No
me fue
tan mal, porque hubiera caído en una mala provincia, como para no
poder comprar
ocho hombres de buena planta.» (Y la verdad es que yo no tenía ni
uno, ni aquí ni allí,
que pudiera echarse al hombro la pata rota de un catre viejo).
Entonces ella, como corresponde a una más que pendón, dijo: «Por
favor,
querido Catulo, préstamelos un rato, pues quiero que me lleven al
templo de
Serapis (30).» «Aguarda -dije a la chica-, respecto a eso que hace poco
te había dicho que
yo tenía… me he equivocado: mi compañero -o sea, Gayo Cina (31)-, él
es quien los
compró para sí. Pero, sean de él o míos, ¿a mí qué? Me sirvo de ellos
igual que si los
hubiera comprado para mí. Pero tú andas por la vida hecha una
desgraciada y una
impertinente, y contigo no puede uno descuidarse.»
XI (32)
XII
XIII
XIV
XIV a (53)
XV
Mi persona y mis amores te los confío a ti, Aurelio (54). Te pido un
discreto
favor: si en tu corazón has anhelado guardar un deseo casto y puro,
presérvame
púdicamente a este muchacho (55), no digo de la gente (nada temo a
los que pasan de
largo por las calles de acá para allá ocupados en sus asuntos), de ti
tengo miedo y de tu
pene, peligro para los muchachos, tanto honrados como disolutos. A
ése tú menéalo
por donde quieras, como quieras, cuanto quieras, cuando esté fuera
preparado: a éste
solo lo exceptúo, discretamente, según creo. Porque, si un mal
pensamiento o una
insensata locura te empujan, canalla, a tan gran desatino como para
acosar mi cabeza
con tus trampas, entonces ¡ay de ti, desdichado y de mala estrella, que,
con las piernas
separadas, por la puerta abierta, te acosarán rábanos y mújoles (56)!
XVI (57)
XVII
Oh colonia (60), que ambicionas jugar en un puente largo y tienes
pensado
brincar en él, pero temes las endebles patas de ese puentecillo
sostenido en unos
ejecillos reutilizados, no vaya a irse patas arriba y a caer en las
profundidades del
pantano. ¡Ojalá se construya para ti un buen puente a tu gusto en el
que incluso se
aguanten las danzas de los salios (61)!
Concédeme, colonia, este regalo que da muchísima risa: cierto paisano
mío
quiero que se precipite desde tu puente y entre hasta el fango de pies
a cabeza, pero por
donde de todo el lago y del fétido pantano el remolino está más
encenagado y es más
profundo. Es un hombre completamente necio y tiene menos
inteligencia que un niño
de dos años que duerme en los acunadores brazos de su padre.
Porque, estando casada
con él una muchacha en la flor de la edad (una muchacha más delicada
que un tierno
cabritillo, a la que hay que guardar con más celo que a las uvas más
maduras), la deja
divertirse a su gusto, y no le importa un bledo ni se altera por su parte,
sino que, tal
como un aliso está tendido en un hoyo cortado por un hacha lígur (62),
apreciándolo
todo como si ella no existiese, este tal asombro mío nada ve, nada oye,
quién sea él
mismo, o si es o no es, ni eso sabe.
Ahora a éste quiero enviarlo desde tu puente de cabeza, a ver si es
posible
arrancarle de golpe su estúpida modorra y que deje en el espeso cieno
su indolente
espíritu, como una mula deja en un hoyo pegajoso su herradura (63).
XXI
Aurelio (64), padre de las hambres, no sólo de éstas sino de cuantas
han sido,
son y serán en los años venideros, quieres dar por el culo a mis amores.
Y no a
escondidas: pues estás a su lado, bromeáis juntos y, pegándote a su
costado, lo intentas
todo. En vano: porque a ti, que me tiendes emboscadas, te haré yo
primero que me la
chupes.
Y, si lo hicieras estando harto, me callaría; pero ahora me lamento por
eso
mismo, porque mi niño va a aprender a pasar hambre y sed. Por eso,
déjalo mientras te
sea posible hacerlo decentemente, no sea que pongas fin a ello pero
después de
chupármela.
XXII
Ese Sufeno (65) que conoces muy bien, Varo (66), es un hombre guapo
y
simpático y educado, y, además, hace muchísimos versos. Yo creo que
tiene escritos mil
o diez mil o más, y no como suele hacerse, transcritos en un
palimpsesto: hojas de lujo,
libros nuevos, varillas nuevas, correas rojas para pergamino, todo ello
con líneas rectas a
plomo y pulido con la piedra pómez (67). Cuando te pones a leerlos,
ese guapo y
educado Sufeno te parece, en cambio, sólo un ordeñador de cabras o
un enterrador: tan
distinto es y tanto ha cambiado.
¿Qué pensaríamos que es eso? Quien hace nada parecía un hombre de
mundo,
o si hay algo más refinado (68) que eso, ese mismo es más grosero que
un grosero
campesino en cuanto pone la mano en los versos, pero ese mismo
nunca es igual de
feliz que cuando escribe un poema: tanto se deleita en sí mismo y
tanto se admira. No
es extraño: todos metemos la pata por igual, y no hay nadie en quien
no puedas ver en
cierto sentido a un Sufeno. A cada cual se le concedió un defecto, pero
no vemos el
seno de la alforja que llevamos a la espalda (69).
XXIII
XXIV
Tú que eres la flor de los Juvencios (73), no sólo de los de ahora sino
de cuantos
han sido y serán luego en los años venideros, preferiría yo que
hubieras dado las
riquezas de Midas (74) a ese que no tiene ni esclavo ni arca (75) a que
te dejaras querer
por él. «¿Por qué? ¿No es un hombre guapo?», dirás. Lo es: pero este
guaperas no tiene
ni esclavo ni arca. Esto tú déjalo aparte y dale toda la poca importancia
que quieras: es
igual, ése no tiene ni esclavo ni arca.
XXV
XXVI
XXVII
Muchacho escanciador del añejo falerno (81), sírveme copas de vino
más fuerte,
como manda la ley de la reina Postumia (82), más cargada que los
cargados hollejos. Y
vosotras, marchad de aquí a donde os plazca, aguas claras, perdición
del vino; emigrad
junto a los serios: aquí hay tioniano puro (83).
XXVIII
XXIX
¿Quién puede ver esto, quién puede aguantarlo, a menos que sea un
crápula, un
devorador y tahúr, que Mamurra (87) posea lo que antes poseía la
Galia Cabelluda (88) y
los confines de Britania?
Rómulo julandrón (89), ¿verás y soportarás esto? Y él ahora,
ensoberbecido y
empavonecido, ¿recorrerá los cuartos de todos como un blanco
palomo o un
Adonis (90)? Rómulo julandrón, ¿verás y soportarás esto? Eres un
crápula, un devorador
y tahúr.
¿Y con esas credenciales, general sin igual, estuviste en la más lejana
isla de
occidente para que esa vuestra fláccida minga devorara doscientos o
trescientos mil
sestercios?
¿Qué otra cosa es que funesta generosidad? ¿Derrochó poco o acaso
poco
dilapidó? Lo primero, acabó con los bienes paternos; luego, con su
botín del Ponto; en
tercer lugar, con el ibérico, que conoce el aurífero Tajo; ahora se teme
por la Galia y por
Britania.
¿Por qué protegéis a este malvado? ¿Qué puede hacer éste más que
devorar
pingües patrimonios? ¿Y con esas credenciales, dueños y señores de la
ciudad, suegro y
yerno (91), habéis echado todo a perder?
XXX
XXXI
XXXII
XXXIII
XXXIV (102)
XXXV
XXXVI
XXXVII
XXXVIII
XXXIX
XL
¿Qué mala idea, pobrecito Rávido (117), te lleva de cabeza contra mis
yambos (118)? ¿Qué dios no bien invocado por ti te lanza a provocar
una discordia
insensata? ¿Acaso para andar tú de boca en boca? ¿Qué quieres?
¿Deseas que te
conozcan a toda costa? Lo serás, puesto que has pretendido querer a
mis amores a pesar
de un largo castigo.
XLI
XLII
Acercaos, endecasílabos (123), todos cuantos hay por todas partes,
todos
cuantos hay. Una desvergonzada adúltera me toma a broma y dice que
no me devolverá
nuestras tablillas, creyéndose que podéis aguantarlo. Vamos a
perseguirla y a pedírselas
con insistencia.
¿Preguntáis quién es? La que veis andar indecentemente, la que, como
una actriz
de mimos, con desfachatez se ríe, con una boca de cachorro galo (124).
Rodeadla y
pedidle con insistencia: «Corrompida adúltera, devuélvenos los
escritos. Devuélvenos
los escritos, corrompida adúltera.» ¿Que te importa un bledo? ¡Ay,
fango, lupanar, o
algo más corrompido si puede haberlo! Pero no hay que confiar en
que esto baste. Si no
puede ser de otra manera, saquémosle los colores en su férrea cara de
perro. Gritad a
coro otra vez con voz más alta: «Corrompida adúltera, devuélvenos los
escritos.
Devuélvenos los escritos, corrompida adúltera.»
Pero, no hacemos ni un progreso, sigue como si tal cosa. Tenemos que
cambiar
el método y la forma, a ver si podéis progresar un poco: «Virtuosa y
honrada,
devuélvenos los escritos.»
XLIII
XLIV
Finca mía, seas sabina o tiburtina (pues aseguran que tú eres tiburtina
los que no
tienen en su corazón herir a Catulo; pero quienes sí, se empeñan con
cualquier clase de
prueba en que eres sabina (127)); pero, seas sabina, o, con más razón,
tiburtina, me sentí
estupendamente en tu quinta de las afueras y expulsé del pecho la
mala tos que me
produjo mi estómago no sin merecerlo, mientras asisto a espléndidas
cenas. Pues, por
querer ser convidado de Sestio, he leído su discurso contra el
candidato Ancio (128),
lleno de veneno y de pestes. Por culpa de esto, un escalofriante catarro
y una frecuente
tos me sacudieron de inmediato, hasta que huí a tu refugio y me curé
con descanso y
ortigas (129).
Por ello, repuesto como estoy, te doy las más profundas gracias,
porque no me
has hecho pagar mi delito. Ya ni te pido que, si acepto los nefastos
escritos de Sestio, el
frío haga agarrar catarro y tos no a mí sino al propio Sestio, que sólo
me invita cuando
he leído su mal libro.
XLV
XLVI
XLVII
Esos ojos tuyos de miel, Juvencio (138), ¡quién me diera besarlos sin
parar! Sin
parar los besaría trescientas mil veces, y me parecería que nunca
quedaría satisfecho, ni
aunque la mies de nuestros besos fuera más apretada que las espigas
maduras.
XLIX
LI
LII
LIII
LV
LVI
¡Ay, cosa risible, Catón (153), y cachonda y digna de tus oídos y de tus
carcajadas! Ríe, Catón, tanto como quieres a Catulo: la cosa es risible y
muy cachonda.
Hace poco pillé a un chaval que se estaba tirando a una chica: a él yo,
con perdón de
Dione (154), le aticé de un golpe con la mía tiesa.
LVII
LVIII
LVIII a (157)
LIX
Rufa, la de Bolonia, esposa de Menenio, se la mama a su Rufito (160),
esa a la
que habéis visto a menudo en los cementerios robar comida del
túmulo mismo, cuando,
yendo tras un pan que caía rodando del fuego, se dejaba golpear por
un medio rapado
incinerador (161).
LX
¿Acaso una leona de los montes de Libia, o Escila (162), que ladra
desde la parte
más baja de sus ingles, te parió con tan dura y abominable alma como
para que
despreciaras los gritos de un suplicante en esta recentísima desgracia,
ay, tú, de corazón
demasiado cruel?
LXI (163)
Vecino del monte Helicón, raza de Urania, que arrebatas para el esposo
a una
tierna doncella. ¡Oh Himeneo Himen, oh Himen Himeneo (164)!
Ciñe tus sienes con flores de la suavemente olorosa mejorana, toma el
velo.
Alegre aquí, aquí ven, calzando la sandalia color de azafrán en tu níveo
pie.
Y animado en este día jovial, cantando con tu sonora voz los cantos
nupciales (165), golpea el suelo con tus pies, agita con tu mano la
antorcha nupcial de
madera de pino (166).
Pues Vinia viene a Manlio igual que Venus, que habita Idalio, vino al
juez
frigio (167). Con favorable presagio se casa una buena muchacha,
resplandeciente como los mirtos de Asia de floridas ramas, que las
diosas
hamadríades (168) crían con húmedo rocío para su disfrute.
Por eso, ¡ea!, encaminando tus pasos hacia aquí, apresúrate a
abandonar las
grutas aonias de la roca tespia, que la ninfa Aganipe riega por arriba
refrescándolas (169).
Y llama a casa a la dueña, atando con el amor su corazón ávido de su
reciente
esposo, como tenaz hiedra que aquí y allá se enreda errante al árbol.
Y vosotras también a un tiempo, castas doncellas, a quienes espera un
día
semejante, llevad el ritmo, cantad: «¡Oh Himeneo Himen, oh Himen
Himeneo!»,
para que con más ganas, al oír que se le llama para su obligación, dirija
aquí sus
pasos el guía de la propicia Venus, el enlazador del buen amor (170).
¿Qué dios deben buscar más los amantes amados? ¿A qué habitante
del cielo
venerarán más los hombres? ¡Oh Himeneo Himen, oh Himen Himeneo!
Tembloroso te invoca para los suyos el padre, en tu honor las doncellas
dejan
libre de ceñidor su regazo. Inquieto, acecha tu llegada, con anhelante
oído, el reciente
marido.
Tú mismo pones en las manos del joven fiero a la muchachita
adornada de
flores, apartándola del regazo de su madre. ¡Oh Himeneo Himen, oh
Himen Himeneo!
Sin ti Venus no puede obtener ningún provecho que la buena tradición
apruebe:
pero puede, si tú quieres. ¿Quién se atrevería a compararse a este dios?
Ninguna casa puede sin ti dar hijos, ni padre hallar apoyo en su linaje:
pero
puede, si tú quieres. ¿Quién se atrevería a compararse a este dios?
No pueda la tierra que carezca de tus ritos dar protectores a sus
fronteras: pero
que pueda, si tú quieres. ¿Quién se atrevería a compararse a este dios?
Abrid los cerrojos de la puerta, la doncella se acerca. ¿No ves cómo las
antorchas agitan sus espléndidas cabelleras? ¿Por qué te entretienes?
El día se va:
¡adelante, recién casada!
No vuelvas los ojos a la casa que fue tuya, ni a tus pies (171) los retrase
un
natural pudor. Y ella, prestándole demasiada atención, llora porque hay
que ir.
Deja de llorar. No hay peligro para ti, Aurunculeya, que ninguna mujer
más
hermosa ha visto llegar un día tan brillante del Océano (172).
Tal suele erguirse en el variopinto jardincillo de un dueño rico la flor
del jacinto.
Pero te entretienes, el día se va: ¡adelante, recién casada!
¡Adelante, recién casada!, si ya te parece, y escucha nuestras palabras.
Mira cómo
las antorchas agitan sus cabelleras de oro: ¡adelante, recién casada!
Tu inconstante esposo, inclinado a malos adulterios o a andar
buscando
vergonzosas deshonras, no querrá dormir solo lejos de tus tiernas
tetillas,
sino que, igual que la flexible vid se enreda en los árboles plantados al
lado, se
enredará en tu abrazo. Pero el día se va: ¡adelante, recién casada!
Oh estancia que, digna de todos los amores, ha adornado Tiro con
purpúrea
colcha y la India sostiene con blanco pie del lecho marfileño (173),
¡lo que viene para tu dueño, cuántas alegrías, lo que puede disfrutar en
el
transcurso de la noche, en medio del día! Pero el día se va: ¡adelante,
recién casada!
Levantad las antorchas, esclavos: veo venir el velo. ¡Ea!, cantad todos a
una: «¡Io
Himen Himeneo io, io Himen Himeneo!»
Que no calle por más tiempo la procaz chanza fescenina (174) y que no
niegue
nueces a los esclavos el favorito al oír que su señor ha abandonado su
amor.
Da nueces a los esclavos, favorito holgazán: ya te has divertido
bastante tiempo
con las nueces; ya es el momento de servir a Talasio. Favorito, reparte
nueces (175).
Las campesinas te resultaban despreciables, favorito, hoy y ayer. Ahora
al
peluquero le toca afeitarte la cara. Desdichado, ay desdichado favorito,
reparte nueces.
Dicen que tú, perfumado marido, dejas de mala gana a tus depilados
esclavos:
pero, déjalos. ¡Io Himen Himeneo io, io Himen Himeneo!
Sabemos que tú has conocido sólo los placeres lícitos (176), pero para
uno que
ya es marido ni ésos lo son. ¡Io Himen Himeneo io, io Himen Himeneo!
Y tú, novia, lo que tu hombre te pida no se lo niegues, no vaya a ir a
buscarlo a
otro sitio. ¡Io Himen Himeneo io, io Himen Himeneo!
Ahí tienes la casa -¡cuán poderosa y rica!- de tu hombre: deja que ella
te sirva –
¡Io Himen Himeneo io, io Himen Himeneo!-
hasta que tu canosa vejez, moviendo trémulas tus sienes, diga sí a todo
para
todos (177). ¡Io Himen Himeneo io, io Himen Himeneo!
Haz a tus pies de oro traspasar el umbral con augurio propicio y entra
por la
pulida puerta. ¡Io Himen Himeneo io, io Himen Himeneo!
Mira cómo tu único hombre, recostado en el sitial tirio (178), se
abalanza todo
entero sobre ti. ¡Io Himen Himeneo io, io Himen Himeneo!
A él no menos que a ti le arde en lo más profundo del corazón una
llama, pero
más a lo hondo. ¡Io Himen Himeneo io, io Himen Himeneo!
Suelta el bien torneado brazo de la muchachita, joven acompañante.
Que se
acerque ya al lecho del marido. ¡Io Himen Himeneo io, io Himen
Himeneo!
Vosotras, honradas mujeres (179), de reconocida fidelidad a vuestros
ancianos
maridos, poned en su sitio a la muchachita. ¡Io Himen Himeneo io, io
Himen Himeneo!
Ya puedes pasar, marido: tu esposa está en el tálamo con su cabeza
llena de
flores, resplandeciente como la blanca manzanilla o la roja amapola.
Pero tú, marido, -¡válganme los dioses!-, no eres menos guapo ni
Venus te hace
de menos. Pero el día se va: apresúrate, no te entretengas.
No te has entretenido mucho, ya vienes. La propicia Venus te ayude
puesto que
abiertamente deseas lo que deseas y no ocultas tu honrado amor.
Que saque antes la cuenta de las arenas de África y de las brillantes
estrellas el
que quiera contar los miles y miles de vuestros juegos (180).
Jugad como os plazca y pronto dadnos hijos. No está bien que un
apellido tan
antiguo se quede sin hijos, sino que por siempre continúe
reproduciéndose.
Quiero que un pequeño Torcuato (181), tendiendo sus tiernas manos
desde el
regazo de su madre, ría dulcemente a su padre con su boquita
entreabierta.
Que sea igual que su padre Manlio y fácilmente lo reconozcan los
desconocidos,
y que en su rostro muestre el pudor de su madre.
Que, gracias a su honrada madre, una gloria tal pruebe su linaje, como
una fama
incomparable dura para Telémaco (182), el hijo de Penélope, por su
excepcional madre.
Cerrad las puertas, doncellas (183): ya hemos jugado bastante. Y
vosotros,
honrados esposos, vivid bien y aprovechad vuestra robusta juventud
en vuestro deber
continuado.
LXII (184)
(Muchachos)
Véspero (185) se acerca. ¡Muchachos, levantaos! Véspero, desde el
Olimpo, eleva
apenas por fin sus luces, tanto tiempo esperadas. De levantarse es ya
tiempo, ya de dejar
las colmadas mesas; ya va a venir la novia, ya va a cantarse el himeneo.
Himen oh Himeneo, ven, Himen oh Himeneo (186).
(Muchachas)
¿Veis, doncellas, a los jóvenes? ¡Levantaos en contra! Claramente el
Lucero
vespertino muestra sus fuegos desde el Eta (187). Así es en verdad: ¿no
ves con qué
vivacidad se han puesto en pie? No por casualidad lo han hecho:
cantarán porque les
interesa vencer.
Himen oh Himeneo, ven, Himen oh Himeneo.
(Muchachos)
Compañeros, no se nos ha puesto fácil la victoria: daos cuenta de
cómo las
muchachas rememoran lo que han cavilado en su interior. No cavilan
en vano; tienen
algo que puede ser digno de recuerdo. Y no es de extrañar, que ellas
se esfuerzan con
ahínco con toda su alma.
Nosotros hemos separado a un lado la cabeza y a otro los oídos; así
que nos
vencerán con justicia: la victoria ama el esmero. Por eso, ahora al
menos fijad vuestra
atención: van a empezar a cantar ya, habrá que responder de
inmediato.
Himen oh Himeneo, ven, Himen oh Himeneo.
(Muchachas)
Héspero, ¿qué fuego se mueve en el cielo más cruel que tú, que serías
capaz de
arrancar a una hija del regazo de su madre, arrancar del regazo de su
madre a una hija
que a él se aferra y regalarla casta muchacha a un fogoso joven?
¿Hacen algo más cruel
los enemigos tras tomar una ciudad?
Himen oh Himeneo, ven, Himen oh Himeneo.
(Muchachos)
Héspero, ¿qué fuego luce en el cielo más portador de dicha que tú,
que sellas
con tu llama los esponsorios prometidos que pactaron los
varones (188) y, de antemano,
pactaron sus padres, aunque no los ataron antes de levantarse tu
fulgor? ¿Qué cosa más
deseable conceden los dioses que esta hora feliz?
Himen oh Himeneo, ven, Himen oh Himeneo.
(Muchachas)
Héspero, compañeras, se llevó a una de nosotras. Con su llegada,
verdaderamente, nos trae a todas peligros. De noche todos lo temen
excepto los que
persiguen lo ajeno, a quienes tú, Héspero, te apresuras a aguijonear
con tus persuasivos
rayos. Pero les toca a los muchachos ensalzarte con injustos elogios.
¿Qué, si te elogian
a ti, de quien pronto todos tendrán miedo?
Himen oh Himeneo, ven, Himen oh Himeneo.
(Muchachos)
Héspero, ahora las muchachas te atacan con falsas imputaciones (189).
Pues con
tu llegada la guardia está siempre vigilante. De noche se esconden los
ladrones a los que
tú a menudo, en tu retorno, Héspero, sorprendes cambiando tu
nombre en Lucero
matutino (190). Pero ¡cuánto gusta a las muchachas, con fingidas
quejas, zaherirte! Pero,
¿qué importa, si zahieren al que andan buscando con intenciones no
confesadas?
Himen oh Himeneo, ven, Himen oh Himeneo.
(Muchachas)
Como una flor nace oculta en cercados jardines, inaccesible para el
ganado, por
ningún arado herida, y que acarician las brisas, fortalece el sol, hace
crecer la lluvia;
muchos muchachos la desean, y muchas muchachas. Pero, cuando
arrancada con fina
uña se ha marchitado, ningún muchacho la desea ni muchacha alguna:
así, la doncella,
mientras permanece pura, mientras, es grata a los suyos; cuando ha
perdido, tras
manchar su cuerpo, su casta flor, ni resulta encantadora a los
muchachos ni grata a las
muchachas.
Himen oh Himeneo, ven, Himen oh Himeneo.
(Muchachos)
Como una viña solitaria que nace en un campo yermo nunca crece,
nunca
produce dulce uva, sino que, doblando su leve cuerpo por el peso que
la empuja hacia el
suelo, ya casi toca con su raíz lo más alto del sarmiento, y ningún
campesino, ningún
novillo la cultivan; pero, si por suerte ella misma está unida en maridaje
con un olmo, la
cultivan muchos campesinos y muchos novillos: así, la doncella,
mientras permanece sin
que nadie la toque, mientras, envejece sin cultivo; cuando ha
conseguido un casamiento
adecuado a su debido tiempo, es más grata a su marido y menos
enojosa para su padre.
Y tú, doncella, no luches con un esposo de tal valía. No es justo luchar
contra
aquel a quien tu propio padre te entregó, tu propio padre con tu
madre, a quienes debes
obedecer. Tu virginidad no es completamente tuya, en parte es de tus
padres: un tercio
es de tu padre, otro tercio corresponde a tu madre, sólo un tercio es
tuyo (191); no
luches con los dos, que entregaron a un yerno sus derechos
juntamente con la dote.
Himen oh Himeneo, ven, Himen oh Himeneo.
LXIII
LXIV (203)
Cuentan que pinos nacidos antaño en la cumbre del Pelión surcaron las
líquidas
olas de Neptuno hasta la corriente del Fasis y los territorios de Eetes,
cuando jóvenes
escogidos, flor y nata de la juventud argiva, que deseaban arrebatar el
vellocino de oro a
los de Cólquide (204), se atrevieron a navegar el salobre mar con su
rápida popa,
barriendo la azulada superficie con su remos de abeto. A ellos la diosa
que tiene su
bastión en lo más alto de las ciudades (205), ella misma, les hizo un
carro que volaba con
ligera brisa, uniendo maderas de pino entretejidas a la combada quilla,
la cual, la primera,
inició en la navegación a la inexperta Anfitrite (206); y, en cuanto
hendió con el espolón
el mar movido por los vientos y las olas erizadas por el remo
encanecieron de espumas,
emergieron del brillante torbellino unos rostros serenos, las marinas
Nereidas, que se
admiraban del prodigio. Aquel día y no otro vieron los mortales con
sus ojos a las
Ninfas marinas (207) con el cuerpo desnudo, que emergían hasta el
pecho del blanco
torbellino. Se cuenta que entonces Peleo se encendió de amor por
Tetis, que Tetis
entonces no desdeñó la boda con un humano, y el Padre
mismo (208) pensó entonces
que Peleo debía unirse a Tetis.
¡Oh héroes nacidos en la más añorada época de los siglos, salud,
estirpe de
dioses, noble descendencia de madres nobles, salud otra vez, salud! A
vosotros, a
vosotros, sí, a menudo en mi canto invocaré, y muy especialmente a ti,
encumbrado por
felices nupcias, Peleo, columna de Tesalia, a quien el propio Júpiter, el
propio padre de
los dioses te concedió a su amada. ¿No fue acaso tu dueña la bellísima
Tetis, hija de
Nereo? ¿No te autorizó Tetís a que te casaras con su nieta y
Océano (209), que abraza la
tierra entera con el mar?
Tan pronto como llegaron esos días deseados, cumplido el plazo,
Tesalia entera
llena en tropel la casa, de alegre reunión se colma el palacio: llevan en
sus manos regalos,
muestran la alegría en su rostro. Queda desierta Cíeros, abandonan
Tempe de Ptía, las
casas de Cranón y las murallas de Larisa; van juntos a Farsalia, pueblan
las casas de
Farsalia (210). Nadie cultiva los campos, los cuellos de los novillos se
aflojan, no se
limpia la viña a ras de suelo con los curvos rastrillos, el toro no
remueve los terrones
con la inclinada reja del arado, la hoz de los podadores no amengua la
sombra del árbol,
una sucia herrumbre se cría en los arados abandonados. En cambio, la
morada de Peleo,
por dondequiera que se extiende el opulento palacio, resplandece con
el fulgor del oro y
de la plata. Brilla el marfil en los suelos, relucen las copas de la mesa, la
casa entera goza
con las espléndidas riquezas reales. Se coloca en medio del palacio el
gran lecho nupcial
de la diosa, que, limado con colmillos de la India, cubre una púrpura
teñida con el
rosáceo jugo de la concha. Este cobertor, en colores bordado con
antiguas imágenes de
hombres, muestra las cualidades de los héroes con admirable arte.
Mirando desde la rumorosa playa de Día (211), Ariadna (212), con una
incontenible locura en su corazón, observa que Teseo se aleja con su
rápida flota, y ni
siquiera todavía cree estar viendo lo que ve, porque entonces, nada
más despertar de un
engañoso sueño, la desdichada se comprende abandonada en la arena
solitaria. Por su
parte, el joven, dándola al olvido, golpea, en su huida, las olas con sus
remos,
entregando vanas sus promesas al proceloso viento. A él, desde lejos,
de entre las algas,
con ojillos tristes la Minoida (213), como la imagen de piedra de una
bacante, lo mira –
¡ay!-, lo mira y se agita a merced de las grandes olas de sus cuitas, sin
sujetar en su rubia
cabeza el transparente tocado, sin cubrir su velado seno con el ligero
encaje, ni sujetar
sus pechitos blancos como la leche con el bien torneado sostén. Todo
lo cual, por
doquier caído de su cuerpo, ante sus propios pies, era juguete de las
olas del mar. Pero
ella, en vez de preocuparse entonces de la suerte de su tocado ni de su
velo a merced de
las olas, con todo su corazón, con toda su alma, con todo su ser,
perdida, pendía sólo de
ti, Teseo. ¡Ay, desdichada!, fuera de ti con constante llanto te puso la
Ericina (214),
sembrando en tu corazón punzantes cuitas desde el momento en que
el fiero Teseo
hubo salido de las sinuosas costas del Pireo para atracar junto al
palacio gortinio del
injusto rey (215).
Pues cuentan que antaño Cecropia (216), obligada por una peste cruel
a expiar la
muerte de Androgeón (217), solía dar como festín al
Minotauro(218) jóvenes escogidos
y la flor de las doncellas. El propio Teseo, como su estrecho recinto
amurallado estaba
oprimido por estos males, eligió entregar su cuerpo en defensa de su
querida Atenas
antes que se llevaran a Creta tales cortejos fúnebres de Cecropia sin
cadáveres. Y así, en
su ligera nave y con las suaves brisas, llegó junto al magnánimo Minos
y a su imponente
morada.
En cuanto lo contempló con ojos de deseo la todavía doncella hija del
rey, a la que
un casto lecho que exhalaba delicados olores alimentaba en el tierno
regazo de su
madre, como los mirtos que crían las corrientes del Eurotas (219) o los
variados colores
que la brisa primaveral hace brotar, no apartó de él sus ojos ardientes
antes de recibir
hasta lo más hondo en todo su cuerpo la llama y encenderse toda ella
en lo más
profundo de sus entrañas.
¡Ay, tú, que, desgraciadamente, avivando locuras con tu inflexible
corazón,
sagrado niño (220), mezclas con las penas las alegrías de los hombres;
y tú que reinas en
Golgos y en la frondosa Idalio (221)!: ¡a qué oleajes habéis arrojado a
esa niña de alma
ardiente, que suspiraba día a día por su rubio huésped! ¡Cuántos
temores sufrió ella en
su abatido corazón! ¡Cuánto más pálida se quedó muchas veces que la
amarillez del oro,
en tanto que Teseo, ansioso por luchar contra el cruel monstruo,
andaba buscando o la
muerte o el premio de la gloria! A los dioses hizo promesas y votos
que, aun con labios
callados, no fueron infructuosos ni vanos.
Pues, igual que en la cumbre del Tauro (222) a una encina que bate sus
ramas o a
un pino de resinosa corteza cargado de piñas un indomeñable
remolino, doblando con
su soplo su resistencia, los sacó de cuajo (arrancados de raíz, caen a lo
largo en un
vuelco, quebrando cualquier cosa que haya por delante); así, Teseo
echó al suelo,
domeñando su corpulencia, al monstruo, que en vano lanzaba
cornadas a los vacíos
vientos. Luego, a salvo y con inmensa gloria, desanduvo el camino,
guiando sus errantes
pasos con un hilo transparente, no fuera a ser que, mientras salía de los
recovecos del
laberinto, lo engañaran los rodeos inobservables del palacio.
Pero, ¿a qué, apartándome de mi primer canto, voy yo a recordar más
cosas?:
cómo la hija, renunciando a la presencia de su padre, a los abrazos de
su hermana (223),
en fin, a los de su madre que, desorientada, se alegraba por su pobre
hija, antes que
todas estas cosas prefirió el dulce amor de Teseo. O cómo en una nave
llegó a la
espumante playa de Día y, vencidos sus ojos por el sueño, su
prometido, de ingrato
corazón, la abandonó alejándose.
Cuentan que ella, enloquecida, con el corazón abrasándosele, muchas
veces
profirió resonantes gritos desde lo más profundo de su pecho; y que
unas veces, triste,
subía a los escarpados montes y, desde allí, dirigía su mirada al
inmenso oleaje del
piélago; y que otras se lanzaba corriendo contra las olas del
estremecido mar que le
salían al paso, subiéndose el ligero vestido hasta las pantorrillas
desnudas; y que llena de
pena dijo con queja postrera dejando salir helados sollozos de su
rostro humedecido:
«¿Así a mí, arrancada de los altares paternos, traidor, me abandonaste,
traidor, en la playa desierta, Teseo? ¿Así, marchándote tras despreciar
la voluntad de los
dioses, ay, ingrato, llevas a tu casa funestos juramentos falsos? ¿Es que
nada pudo hacer
cambiar la decisión de tu alma cruel? ¿No pudiste echar mano de un
poco de
compasión como para que tu inflexible corazón quisiera apiadarse de
mí? Pero no eran
ésas las promesas que un día me hiciste con cariñosa voz: ¡desdichada
de mí!, no me
mandabas esperar tales cosas sino unas bodas alegres, un deseado
himeneo, cosas todas
que dispersan vanas los aéreos vientos. ¡Que ya ninguna mujer confíe
en el juramento
de un hombre, que ninguna espere que las palabras de un hombre
sean leales!. Mientras
su pasión ardiente desea vivamente obtener algo, no temen jurar, no
ahorran en
promesas; pero, en cuanto el antojo de su ansioso corazón ha quedado
satisfecho, lo
dicho nada les inquieta, nada les preocupan sus falsos juramentos. En
verdad yo te
arranqué, cuando te debatías en medio del torbellino de la muerte, y
decidí perder a mi
hermano (224) antes que abandonarte a ti, traidor, en una situación
límite. Por ello se me
entregará como botín, para ser despedazada, a las fieras y a los buitres,
y, muerta, no me
sepultarán con tierra encima. ¿Qué leona te parió al pie de una roca
solitaria; qué mar te
arrojó, una vez concebido tú, de sus espumantes olas; qué Sirtes, qué
rapaz Escila, qué
inmensa Caribdis (225), a ti, que en lugar de una vida dulce devuelves
tales premios? Si
no eran de tu agrado nuestras bodas porque temías las órdenes
crueles de tu anciano
padre, pudiste sin embargo llevarme a tu morada para que te sirviera
como esclava con
alegre celo, acariciando tus blancas plantas con aguas claras o
cubriendo tu lecho con
vestiduras purpúreas.
«Pero, ¿a qué quejarme en vano, desquiciada por la pena, a las brisas
que
nada saben, y que, por no estar dotadas de ningún sentido, no pueden
oír ni devolver
los gritos proferidos? Él, por su parte, se halla ya casi en medio de las
olas, en tanto que
ningún mortal aparece en las algas vacías. Así, la Suerte (226) cruel,
demasiado burlona
en esta situación límite, no ha prestado siquiera oídos a mis quejas.
«¡Júpiter omnipotente, ojalá nunca sus cecropios navíos hubieran
tocado
las playas de Cnoso, ni, portador de funestos tributos para el
indomable toro, el traidor
navegante hubiera atado su soga en Creta, ni este malvado, ocultando
sus crueles planes
bajo una dulce apariencia, hubiera descansado como huésped en
nuestro palacio (227)!
«Pues, ¿adónde me volveré?, ¿en qué esperanza me apoyo, perdida
como estoy? ¿Me dirigiré a los montes del Ida (228)? ¡Ay!,
separándome con su ancho
torbellino, la amenazadora llanura del mar ¿dónde me aleja? ¿Esperaré
la ayuda de mi
padre?; ¿acaso no lo abandoné yo misma por seguir a un joven
manchado con la muerte
de mi hermano? ¿O es que me puedo yo consolar con el amor fiel de
mi esposo?: ¿no es
quien huye hundiendo sus tenaces remos en el torbellino? Además, la
playa sin ningún
cobijo, la isla sola; no hay salida por rodearme las olas del piélago:
ninguna posibilidad
de huir, ninguna esperanza: todo está mudo, todo desierto, todo
señala a la muerte. Y,
sin embargo, no languidecerán antes mis ojos con la muerte ni mis
sentidos se separarán
de mi cuerpo agotado antes de que, por haber sido traicionada,
reclame de los dioses un
castigo justo y ruegue en mi último momento el compromiso de los
seres celestiales.
«Por eso, vosotras que castigáis las acciones de los varones con
vengador castigo, Euménides (229), cuyas frentes coronadas con
cabellos de serpientes
muestran las iras que escapan de vuestro pecho, aquí, venid aquí, oíd
mis quejas, que yo,
¡ay desdichada!, me veo obligada a echar de lo más profundo de mis
entrañas,
impotente, abrasada, ciega por una loca pasión. Como ellas nacen
verdaderas de lo más
profundo de mi corazón, vosotras no dejéis que se pierda en vano mi
llanto, sino, con el
propósito con que a mí me dejó sola Teseo, con ése, diosas, lleve a la
perdición a sí
mismo y a los suyos.»
Después que profirió de su abatido corazón estos gritos, reclamando,
ansiosa,
castigo para las acciones crueles, el que rige a los dioses asintió con
inquebrantable
movimiento de cabeza. Con este movimiento la tierra y las erizadas
superficies del mar
se estremecieron y el firmamento hizo estremecerse a las brillantes
estrellas. Y el propio
Teseo, sembrada su alma de sombrías tinieblas, dejó escapar de su
distraído
pensamiento todas las órdenes que mantenía antes con recuerdo
firme, y no mostró que
llegaba sano y salvo al puerto de Erecteo izando las señales queridas
para su afligido
padre.
Pues cuentan que antaño, cuando Egeo confiara a los vientos a su hijo,
que
abandonaba con su flota las murallas de la diosa (230), abrazándolo, le
dio al joven estas
órdenes:
«Único hijo mío, que me alegras mucho más que la vida, hijo, me veo
obligado a enviarte a peligrosos destinos a ti, que me has sido
devuelto hace nada en el
límite último de mi vejez, precisamente cuando mi suerte y tu ardiente
valía te me
arrancan sin quererlo yo, que todavía no tengo saciados mis abatidos
ojos con la querida
presencia de un hijo (231); no te enviaré yo, gozoso, con el ánimo
alegre, ni te dejaré
llevar señales de fortuna próspera, sino que, primero, sacaré de mi
alma mis muchas
cuitas manchando mis canas con tierra y derramando polvo encima;
luego colgaré del
errante mástil lienzos teñidos para que el oscuro lino ibero señale con
su color de
púrpura mi luto y el fuego de mi alma. Por eso, si la habitante del
sagrado Itono (232),
que consiente en proteger nuestra estirpe y el palacio de Erecteo, te
concediere bañar tu
diestra con la sangre del toro, entonces en verdad has de procurar que
estas órdenes
estén vivas bien guardadas en la memoria de tu corazón y que el
tiempo no borre
ninguna, de modo que, en cuanto tus ojos avisten nuestras colinas, las
antenas dejen
caer completamente su vestidura funesta y las torcidas escotas icen
velas blancas, para
que, nada más yo verlas, me permita gozar con espíritu alegre cuando
un día feliz te
traiga de regreso.»
Estas órdenes abandonaron a Teseo, que antes las retenía con
recuerdo
constante, como las nubes empujadas por el soplo de los vientos
abandonan la elevada
cumbre de un monte nevado. Y su padre, como desde lo alto de la
ciudadela dirigía sus
miradas, consumiendo sus ojos ansiosos en un llanto continuo, en
cuanto vislumbró los
lienzos de la hinchada vela, se lanzó de cabeza desde lo más alto de las
rocas, creyendo
que había perdido a Teseo por culpa de un hado inflexible. Así, al
entrar bajo el techo
de su casa, desolada por la muerte del padre, el orgulloso Teseo sufrió
en su persona un
dolor tal como el que había producido, por su ingrato corazón, a la
Minoida, quien,
entonces, abatida, viendo de lejos la marcha de la nave, herida, revolvía
en su alma
múltiples cuitas.
Pero, desde otra parte, Yaco (233), adornado con flores, revoloteaba
con el
cortejo de Sátiros y de Silenos nacidos en Nisa, buscándote, Ariadna, y
encendido por tu
amor. Y las Bacantes, moviendo sus cabezas al grito de ‘evohé, evohé’,
eufóricas, por
todas partes iban en arrebatado delirio. Unas blandían tirsos de punta
cubierta de hojas;
otras agitaban en sus manos los miembros de un novillo despedazado;
otras se ceñían
con serpientes retorcidas; otras ritualizaban en cóncavas cestas los
misterios secretos,
misterios que en vano anhelan oír los no iniciados; otras golpeaban los
tímpanos con
sus palmas extendidas o hacían salir del redondeado bronce suaves
tintineos; muchas,
soplando en cuernos, les arrancaban roncos sones, y la flauta
extranjera chirriaba con un
sonido que producía horror.
El cobertor, magníficamente adornado con tales figuras, envolviendo el
sitial
nupcial, lo cubría con su tela. Después que la juventud tesalia se sació
de contemplarlo
ansiosamente, comenzó a dejar sitio a los sacrosantos dioses. Entonces,
igual que el
Céfiro (234), encrespando el sosegado mar con su soplo matutino,
levanta empinadas
olas, al salir la aurora bajo los umbrales del Sol (235) errante, y las olas,
primero
lentamente, empujadas por un leve soplo avanzan y resuenan
suavemente con golpeteo
de carcajada, y, después, con el crecer del viento más y más van en
aumento y, mientras
nadan, desde lejos refulgen de luz purpúrea: así entonces,
abandonando los regios
techos del zaguán, cada uno partía hacia su casa desde todas partes
con paso errante.
Después de su marcha, el primero, desde la cumbre del Pelión, llegó
Quirón (236) con
dones de los bosques: pues todas las flores que producen los campos,
las que cría la
región tesalia en sus grandes montañas, las que el soplo fecundo del
tibio Favonio (237)
hace brotar cerca de las ondas del río, ésas, tejidas en entrelazadas
guirnaldas, las trajo el
propio Quirón, y la casa, rociada con ese gozoso olor, rió. Enseguida
llega Peneo (238),
abandonando la lozana Tempe (Tempe, a la que ciñen los bosques que
se elevan sobre
ella (239)), y no de vacío. En efecto, trajo él hayas de profundas raíces y
altos laureles de
recto tronco, no sin un cimbreante plátano y la flexible hermana del
abrasado
Faetonte (240) y un ciprés elevado. Los colocó entretejidos,
ampliamente, alrededor de la
casa, para que el zaguán, cubierto por la muelle fronda, adquiriese
verdor. Detrás de él
llega Prometeo (241), de inteligencia sagaz, trayendo las huellas
diluidas del antiguo
castigo que antaño, con sus miembros atados con pétrea cadena, pagó
colgado de
escarpada cumbre. Luego el padre de los dioses con su sagrada esposa
y con sus hijos
llegó, dejándote a ti solo, Febo, en el cielo, y además a tu gemela,
habitante de los
montes del Idro (242): pues, contigo, también tu hermana despreció a
Peleo y no quiso
celebrar el banquete nupcial de Tetis.
Después que éstos hubieron acomodado sus miembros en blancos
sitiales, se
prepararon mesas con muy variados manjares, cuando, entretanto, las
Parcas (243),
agitando sus cuerpos en un vacilante movimiento, comenzaron a
cantar cantos llenos de
verdad. Un vestido blanco con cenefa de púrpura, que les envolvía
completamente el
tembloroso cuerpo, las ceñía hasta los tobillos, y en su cana cabeza
había rosadas cintas,
y sus manos iban recorriendo según el rito la eterna labor. La izquierda
sostenía la rueca,
llena de suave lana; la derecha, bien moviéndose con ligereza con los
dedos hacia arriba
iba formando los hilos, o bien retorciéndolos en el pulgar vuelto hacia
abajo movía el
huso nivelado con el redondeado tortero, y, así, los dientes, mordiendo
la labor, la
igualaban continuamente, y a los labios resecos se pegaban mordiscos
de lana que antes
habían quedado sobresalientes en la superficie del hilo. Ante sus pies,
los cestillos de
mimbre guardaban los blandos vellones de la lana que caía. Entonces
ellas, mientras
iban arrancando los copos, con sonora voz profirieron esta clase de
hados en un
profético canto, en un canto que después ninguna época acusará de
falto a la verdad:
«¡Oh tú, que aumentas tu insigne nobleza con grandes cualidades,
defensa de Ematia (244), tú, el preferido para el hijo de Ops (245)!,
escucha el verdadero
oráculo que en este día alegre te revelan las hermanas. ¡Pero vosotros
corred llevando la
trama que siguen los hados, corred, husos!
«Vendrá ya Héspero (246) trayéndote las cosas deseadas para los
maridos, vendrá con estrella propicia tu esposa para inundarte el
corazón con su amor
irresistible y disponerse a compartir contigo apacibles sueños,
poniendo sus delicados
brazos alrededor de tu cuello robusto. ¡Corred llevando la trama,
corred, husos!
«De vosotros nacerá Aquiles (247), desprovisto de miedo, conocido
para
el enemigo no por su espalda, sino por su valiente pecho, quien muy a
menudo,
victorioso en la incierta liza de la carrera, aventajará las llameantes
huellas de una cierva
veloz. ¡Corred llevando la trama, corred, husos!
«A él ningún héroe se comparará en la guerra cuando las llanuras
frigias
manen con sangre teucra y cuando, sitiando las murallas de Troya en
una guerra larga,
las devaste el tercer sucesor del perjuro Pélope (248). ¡Corred llevando
la trama, corred,
husos!
«De él eximias cualidades y famosas hazañas muchas veces
proclamarán
las madres en el entierro de sus hijos cuando suelten de su cana
cabeza su desaliñada
cabellera y manchen de ceniza con sus débiles manos sus pecho
marchito. ¡Corred
llevando la trama, corred, husos!
«Pues igual que el segador, cortando apretadas espigas, siega los
campos
que amarillean bajo un sol ardiente, él derribará con su hierro hostil los
cuerpos de los
nacidos en Troya. ¡Corred llevando la trama, corred, husos!
«Serán testigos de sus grandes cualidades las aguas del Escamandro,
que
en desorden van a desembocar en el rápido Helesponto (249), cuyo
curso, estrechado
por montones de cadáveres, entibiará las profundas corrientes con
sangre mezclada.
¡Corred llevando la trama, corred, husos!
«Finalmente será también testigo el botín otorgado a su muerte
cuando
su cónica pira, amontonada en un elevado túmulo, reciba los blancos
miembros de una
doncella inmolada. ¡Corred llevando la trama, corred, husos!
«Pues, tan pronto como la Suerte (250) haya concedido a los agotados
aqueos desatar las cadenas de Neptuno de la ciudad dardania (251), su
elevado sepulcro
quedará rociado con la sangre de Políxena (252), quien, cual víctima
que se desploma por
el hierro de doble hoja, dejará caer su cuerpo roto doblando las
rodillas. ¡Corred
llevando la trama, corred, husos!
«Por eso, ¡ea!, juntad los deseados amores de vuestra alma. Que el
esposo reciba a la diosa con alianza dichosa, que se le entregue al
marido, que la desea
desde hace tanto, la novia. ¡Corred llevando la trama, corred, husos!
«La nodriza, al volverla a ver cuando despunte el día, no habrá podido
rodear su cuello con el hilo de la víspera (253). ¡Corred llevando la
trama, corred, husos!
«Ni la desasosegada madre, entristecida porque su disconforme hija ha
estado apartada del lecho, abandonará la esperanza de tener queridos
nietos. ¡Corred
llevando la trama, corred, husos!»
Profetizando antaño tales felices presagios de Peleo, los cantaron las
Parcas
de pecho profético. Pues los habitantes del cielo solían visitar antes en
persona las
castas moradas de los héroes y mostrarse en las reuniones de los
hombres, cuando el
amor a los dioses aún no había sido despreciado. A menudo el padre
de los dioses,
cuando volvía de nuevo a su brillante templo, al haber llegado los
sagrados ritos
anuales de los días de fiesta, contempló cómo caían en tierra cien
toros. A menudo
Líber, vagando por lo más alto del Parnaso, condujo a las Tíades, que
gritaban
¡evohé!, con los cabellos sueltos, cuando en Delfos, saliendo a porfía en
carrera de
toda la ciudad, recibían alegres al dios con sus altares humeantes (254).
A menudo
Mavorte (255), en la mortífera disputa de la guerra, o la señora del
rápido Tritón (256)
o la doncella Ramnusia (257) en persona han arengado a grupos de
hombres armados.
Pero, después que la tierra se llenó de nefandos crímenes y todos
desterraron la
justicia de su ambicioso corazón; los hermanos bañaron sus manos con
la sangre del
hermano; el hijo dejó de llorar a sus padres desaparecidos; el padre
deseó la muerte
de su hijo en lo mejor de la vida para, libre, gozar de la flor de una
madrastra virgen;
la sacrílega madre, acostándose con su hijo ignorante, no temió,
sacrílega, mancillar a
los dioses familiares; todas las cosas lícitas mezcladas por una dañina
locura con las
ilícitas han apartado de nosotros el corazón justiciero de los dioses. Por
eso no se
dignan en visitar tales reuniones ni permiten que la clara luz los toque.
LXV (258)
LXVI (267)
El que distinguió una por una todas las lumbres del gran firmamento,
el que
descubrió la salida y el ocaso de las estrellas, cómo se oscurece el
llameante resplandor
del rápido sol, cómo los astros se retiran en momentos fijos, cómo un
dulce amor,
alejando a hurtadillas a Trivia bajo las rocas de Latmo (268), la hace
descender de su
ronda aérea; ese mismo, el famoso Conón (269), por voluntad celestial,
me vio
resplandeciendo de claridad a mí, cabellera de la cabeza de Berenice, a
quien ella
prometió, alzando sus delicados brazos, a muchas de las diosas, en
aquella ocasión
cuando el rey, lleno de vigor por unas bodas recientes, había ido a
devastar los
territorios asirios, llevando las dulces huellas de la pelea nocturna que
había sostenido
por el botín de la virginidad.
¿Es acaso la pasión motivo de odio para las recién casadas? ¿No se
burlan ellas
de las alegrías de sus padres con lágrimas falsas que derraman con
abundancia tras el
umbral de la habitación nupcial? ¡Que los dioses me asistan!: no son de
verdad sus
gemidos. Eso me lo enseñó mi reina con sus muchas quejas cuando su
reciente marido
iba a iniciar fieros combates. ¿No es verdad que tú, abandonada, no
lloraste por tu lecho
huérfano, sino por la lamentable partida de tu querido hermano (270)?
¡Cómo devora la
preocupación hasta lo más profundo tus apesadumbradas entrañas!
¡Cómo entonces tú,
con la angustia dueña de toda tu alma, arrebatados los sentidos,
perdiste la cordura!
Pero yo, bien es cierto, te sabía valiente desde que eras pequeña. ¿Te
has olvidado acaso
de la brillante acción por la que conseguiste una boda real, y a la que
no se ha atrevido
ninguno más fuerte? ¡Qué palabras tristes dijiste entonces al despedir a
tu marido! ¡Por
Júpiter, cuántas veces te secaste los ojos con tus manos! ¿Qué dios tan
grande te ha
cambiado? ¿Es porque los amantes no quieren estar lejos del cuerpo
que adoran?
Y entonces me prometiste a todos los dioses por tu dulce esposo no
sin el
sacrificio de un toro, si obtenía el regreso. Él, en no largo tiempo, había
añadido el Asia
conquistada a los territorios de Egipto. Yo, entregada por esas acciones
a la asamblea
celestial, cumplo los votos de antaño con el regalo reciente. De mala
gana, oh reina, me
separé de tu cabeza, de mala gana: lo juro por ti y por tu cabeza, y
todo el que jure en
vano que se lleve su merecido; pero, ¿quién pretenderá ser igual al
hierro? También fue
derribado aquel famoso monte, el mayor en las tierras, sobre el que
pasa la célebre
descendencia de Tía (271), cuando los medos descubrieron un nuevo
mar y cuando la
juventud extranjera navegó con su flota por en medio del Atos (272).
¿Qué pueden
hacer unos bucles cuando cosas tales ceden ante el hierro? ¡Júpiter!,
que perezca toda la
raza de los cálibes (273) y el que primero se aplicó a buscar venas bajo
tierra y a modelar
la dureza del hierro.
Recién separadas, trenzas hermanas lloraban mi destino, cuando el
hermano del
etíope Memnón (274), impulsando el aire con el batir de sus alas, se
presentó, caballo
volador de la locria Arsínoe (275); y él, llevándome, alza su vuelo por
las etéreas sombras
y me deposita en el casto regazo de Venus. La propia Cefirítide había
enviado allí a su
criado, ella, habitante griega de las costas de Canopo. Para que en la
divinidad del cielo
no sólo estuviera fija la corona de oro de las sienes de Ariadna (276),
sino que también
refulgiera yo, devotos despojos de una cabeza rubia, la diosa a mí, que
llegaba a los
templos de los dioses algo humedecida por el llanto, me colocó como
un nuevo astro
entre los antiguos. Pues tocando los luceros de la Virgen y del feroz
León, junto a
Calisto, la hija de Licaón, me dirijo hacia el ocaso, como guía delante
del lento
Boyero (277), que con dificultad se sumerge tarde en el profundo
Océano. Pero, aunque
de noche me pisan las huellas de los dioses (278), el día, sin embargo,
me devuelve a la
cana Tetís (279) (con tu permiso se me consienta hablar ahora, virgen
Ramnusia (280),
pues yo no ocultaré la verdad por ningún temor, ni siquiera aunque los
astros me
desgarren con sus palabras hostiles para que no descubra yo los
secretos de mi pecho).
No me alegro tanto por estas cosas como me atormento porque
siempre estaré lejos,
estaré lejos de la cabeza de mi dueña, con la que yo, mientras fue
doncella en otro
tiempo, desconocedora ella de toda clase de perfumes de una casada,
bebí muchos
vulgares (281).
Ahora vosotras, a las que unió en el día deseado la antorcha nupcial,
no
entreguéis vuestros cuerpos a los enamorados esposos desnudando
vuestros pechos al
arrojar lejos el vestido, antes que el ónice (282) derrame para mí
gozosos dones, vuestro
ónice, vosotras que cultiváis vuestros derechos en casto lecho. Pero la
que se ha
entregado a un deshonesto adulterio, ¡ay!, que el polvo ligero beba
vanos sus regalos ,
pues yo no busco, de las indignas, ningún premio. Más bien, recién
casadas, quiero una
cosa: que siempre la armonía, siempre el amor habite todos los días
vuestras casas.
Y tú, reina, cuando contemplando las estrellas aplaques a la diosa
Venus los días
de fiesta, no permitas que yo, que soy tuya, me quede sin perfumes,
sino hazme
participar de generosos regalos. Sigan su curso los astros, vuelva yo a
ser cabellera
real (283): ¡Orión brillaría al lado del Acuario (284)!
LXVII (285)
(El poeta)
Oh agradable para un delicado marido, agradable para un padre, salud,
y que
Júpiter te favorezca con su buena mano, puerta, que -dicen- has
servido
beneficiosamente a Balbo (286) antaño, cuando él mismo, anciano,
poseyó la casa, y que
-cuentan, en cambio- has servido dañinamente a su hijo, después que
te has convertido
en casada, una vez enterrado el anciano. ¡Anda!, dime por qué se
cuenta que,
transformada, has abandonado la antigua lealtad hacia tu dueño.
(La puerta)
(Válgame Cecilio, a quien ahora se me ha entregado). No es culpa mía,
aunque
se dice que lo es, ni nadie puede decir que yo he cometido falta
alguna, pero para la
gente todo lo hace la puerta (287) y, dondequiera que se encuentra
algo no bien hecho,
todos gritan contra mí: puerta, la culpa es tuya.
(El poeta)
En ese punto no es bastante que tú lo digas con sólo las palabras, sino
que hagas
que cualquiera lo sienta y lo vea.
(La puerta)
¿Cómo puedo? Nadie pregunta ni se molesta en saberlo.
(El poeta)
Yo lo quiero: no dudes en decírmelo.
(La puerta)
Primero, pues, eso que se cuenta de que se me ha entregado una
doncella es
falso. A ella no la habrá tocado el primero su marido, cuyo puñalito,
que le cuelga más
lacio que una acelga tierna, nunca se le levantó ni a la mitad de la
túnica; dicen, en
cambio, que fue el padre quien violó el lecho de su hijo y mancilló la
desgraciada casa,
bien sea porque su perverso corazón ardía de ciego amor, bien porque
el hijo era
impotente y de semen estéril y se tuvo que buscar por donde fuera
algo con más garra
que pudiera desatar el cinturón virginal.
(El poeta)
Me hablas de un padre extaordinario por su admirable amor filial, ya
que él
mismo ha meado en el regazo de su hijo.
(La puerta)
Pero no sólo eso dice que tiene conocido Brixia, situada al pie de la
atalaya
cicnea, por la que corre el dorado Mela con su suave corriente, Brixia,
amada madre de
mi Verona, sino que habla de Postumio y del amor de Cornelio (288),
con los que ella
cometió un vil adulterio. A esto dirán una cosa: «¿Cómo? ¿Sabes tú
esas cosas, puerta,
tú, que nunca has podido alejarte del umbral de tu dueño ni escuchar a
la gente, sino
que aquí fijada a la viga no haces otra cosa que cerrar y abrir la casa?»
A menudo la oí
contar entre cuchicheos, sola con sus esclavas, sus pecadillos y decir
por su nombre a
los que he dicho, porque fiaba ella en que yo no tenía ni lengua ni
oreja. Además, añadía
a otro de quien no quiero decir su nombre para que no levante el rojo
entrecejo; es un
hombre alto a quien antaño el falso parto de un vientre mentiroso
acarreó un gran
proceso.
LXVIII (289)
El hecho de que me envíes esta pequeña carta, escrita con tus lágrimas,
abrumado tú por una suerte y una desgracia amarga, para que, como a
un náufrago
zarandeado por las espumantes olas del mar, te salve y te arranque del
umbral de la
muerte, pues ni la sagrada Venus te deja descansar con muelle sueño,
abandonado en
lecho célibe, ni las Musas te deleitan con el dulce canto de los viejos
escritores, cuando
tu corazón angustiado anda en vela: eso me es grato, porque me
consideras amigo tuyo
y, en consecuencia, me pides los dones de las Musas y de Venus.
Pero, para que no te sean desconocidos mis pesares, mi querido Alio,
ni creas
que yo aborrezco el deber de hospitalidad (290), entérate en qué
vaivenes de la fortuna
me debato yo mismo, para que no pidas en adelante de este
desdichado que soy felices
dádivas.
En el tiempo en que por primera vez se me entregó la vestidura
blanca (291),
cuando mi edad en flor disfrutaba de una primavera radiante, jugueteé
bastante con el
amor. No me desconoce la diosa que mezcla con las cuitas una dulce
amargura (292);
pero la aflicción por la muerte de mi hermano me arrancó todo el
empeño. (¡Oh
hermano, arrancado a mí, para mi desdicha!; tú con tu muerte has roto
mi sosiego, tú,
hermano; al tiempo que tú ha quedado enterrada nuestra casa entera,
al tiempo que tú
han perecido todas nuestras alegrías, que, en vida, alimentaba tu dulce
amor (293). Pues,
con tu desaparición, he ahuyentado yo de mi alma entera estas
aficiones y todos los
goces del espíritu). Por ello, eso que escribes (294) de que es
humillante para Catulo estar
en Verona, porque, aquí, cualquiera de alcurnia puede entibiar sus
helados miembros en
la habitación que ha abandonado, eso, mi querido Alio, no es
humillante, es más una
desgracia. Me perdonarás, pues, si los dones que mi aflicción me
arrancó, ésos, no te los
proporciono porque no puedo. Pues, el no tener conmigo una gran
cantidad de libros se
debe a que vivimos en Roma: aquélla es mi casa, aquélla mi residencia,
allí se consume
mi vida; hasta aquí me sigue, de mis muchos, un solo cofrecillo. Como
esto es así, no
querría que te hicieras la idea de que yo obro con mala intención o con
un espíritu no
demasiado noble, porque a ti, que me lo has pedido, no te he
proporcionado ninguna de
las dos cosas: espontáneamente te las ofrecería si tuviera alguna
posibilidad.
No puedo callar, diosas, en qué asunto me ayudó Alio ni con cuán
grandes
servicios me ayudó, no sea que la fugacidad de la vida con el olvido de
las generaciones
cubra con ciega noche estos desvelos suyos; sino que os lo diré a
vosotros, vosotros
luego decídselo a muchos miles y haced que este papel, de viejo,
hable, para que viva en
mis versos incluso después de la muerte (295) y que, muerto él, se
haga conocido más y
más, y la araña que teje en lo alto su tela transparente no cumpla su
tarea sobre el
nombre, desconocido, de Alio. Pues sabéis qué preocupación me trajo
la doble diosa de
Amatunte (296) y en qué tipo de fuegos me abrasó cuando ardía yo
tanto como la roca
Trinacria y el manantial del golfo Maliaco en las Termópilas del
Eta (297), y, afligidos,
mis ojos no dejaban de consumirse en un llanto continuo ni mis
mejillas de
humedecerse con triste lluvia de lágrimas.
Como límpido en la cumbre de un elevado monte brota de una piedra
musgosa
un arroyo, y, cuando ha rodado entre las peñas desde un valle
inclinado, atraviesa por el
medio de un camino de frecuente gentío, dulce alivio para el fatigado
viajero en su
sudor, cuando agobiante el verano agrieta los campos abrasados; o
como, zarandeados
en negro remolino, en ese momento a los marinos les llega una brisa
favorable que
sopla muy suavemente, implorada ya con preces a Pólux, ya a
Cástor (298): un socorro
tal fue para mí Alio. Él abrió con ancha linde un campo vallado, y él me
dio una casa y
una dueña junto a la cual entregarme a amores recíprocos. Hacia allí se
dirigió mi blanca
diosa (299) con delicado pie y, apoyando su resplandeciente planta en
el gastado umbral,
se detuvo sobre sus parlanchinas sandalias, como en otros tiempos,
ardiendo de amor
por su esposo, llegó Laodamía (300) a la casa de Protesilao, en vano
comenzada, cuando
una víctima con su sagrada sangre aún no había apaciguado a los
señores celestiales.
(¡Que nada me agrade en absoluto, virgen Ramnusia (301), lo que se
emprende contra la
voluntad de los dioses!) Hasta qué punto un altar ayuno puede desear
una sangre
piadosa lo aprendió Laodamía, tras perder a su marido, obligada a
dejar escapar el cuello
de su reciente esposo antes que la llegada de sucesivos inviernos
hubiese saciado en sus
largas noches su ávido amor hasta el punto de poder vivir con su
matrimonio roto:
porque las Parcas (302) sabían que desaparecería en no largo tiempo,
si se iba como
soldado a la muralla iliaca; pues entonces, por el rapto de Helena,
Troya empezaba a
traer hacia sí a los principales varones de los argivos, Troya -nombre
maldito-, sepulcro
común de Asia y Europa, Troya, amarga ceniza de varones y de todas
las valentías, que
incluso acarreó a mi hermano una deplorable muerte. (¡Ay, hermano
arrancado a mí,
para mi desdicha; ay, luz gozosa que te han arrancado, pobre
hermano! Al tiempo que
tú ha quedado enterrada nuestra casa entera, al tiempo que tú han
perecido todas
nuestras alegrías, que, en vida, alimentaba tu dulce amor (303). A él
ahora tan lejos, no
entre sepulcros conocidos ni cerca de cenizas de parientes enterrado,
sino en la siniestra
Troya, en la funesta Troya, lo retiene sepultado en el confín del mundo
una tierra
extraña). Cuentan que, por dirigirse entonces hacia ella desde todas
partes en tropel, la
juventud griega abandonó los hogares familiares, para que Paris, ufano
con el robo de la
adúltera, no pasara un pacífico descanso en un tálamo sosegado. Esta
desgracia, a ti,
bellísima Laodamía, te arrebató entonces un marido más dulce que tu
vida y tu alma: la
pasión del amor, tragándote en tan gran torbellino, te había arrastrado
hasta un
desgarrado abismo, como el de Féneo, cerca de Cilene, que -dicen los
griegos- seca el
fértil suelo, evaporado el pantano, y que -es fama- en otro tiempo
excavó, horadando las
entrañas del monte, el falso hijo de Anfitrión, en la época en que, por
mandato de un
amo inferior, mató con su certera saeta a los monstruos de Estinfalo,
para que la puerta
del cielo fuese hollada por más dioses y Hebe no tuviera una larga
soltería (304). Pero tu
profundo amor fue más profundo que aquel abismo, amor que te
enseñó a ti, entonces
indómita, a soportar el yugo.
Pues ni para un abuelo de avanzada edad tan querida es la presencia
de un nieto
tardío que cría su única hija, nieto que, encontrado por fin para heredar
las riquezas del
abuelo, apenas ha incluido su nombre en el registro del testamento,
quita al pariente
burlado las perversas alegrías y hace alejarse al buitre de la cana
cabeza. Ni tanto ha
gozado de un blanco palomo ninguna compañera que -dicen- le
arranca siempre besos
con su mordiente pico con menos vergüenza que la que es mujer
especialmente
insaciable. Pero tú sola has superado los grandes arrebatos de éstos,
en cuanto te uniste
a tu rubio esposo. Digna rival entonces en todo o casi de ti, la luz de
mis ojos (305) se
refugió en mis brazos; y corriendo a menudo Cupido a su alrededor de
acá para allá,
refulgía radiante, con su túnica de azafrán. Aunque ella no se contenta
sólo con Catulo,
soportaremos las escasas traiciones de mi reservada dueña para no ser
demasiado
enojosos a la manera de los necios: a menudo incluso Juno, la más
grande de los
habitantes celestiales, cuece la ira encendida por los pecados de su
esposo, sabedora de
los muchísimos amoríos del insaciable Júpiter (306). Pero no es justo
comparar a los
hombres con los dioses (307). No vino, sin embargo, ella, guiada hasta
mí por la diestra
paterna, a una casa que exhalaba perfume asirio, sino que me dio sus
furtivos regalillos
una noche maravillosa, robados de los brazos mismos de su propio
marido. Por lo cual,
ya es bastante si a mí solo se me concede ese día que ella señala con
piedra más
blanca (308).
Este regalo, el que he podido, compuesto en verso, te lo ofrezco, Alio,
en
agradecimiento a tus muchos favores, para que tu nombre no lo toque
con sucia
herrumbre ni este día ni mañana ni otro ni ninguno. A esto que añadan
los dioses los
presentes, cuantos más mejor, que Temis (309) antaño solía conceder a
los hombres
piadosos de antes. Que seáis felices tú y tu vida y tu casa, en la que
hemos jugado al
amor mi dueña y yo, y el que desde el principio, como huésped, nos
ofreció su
tierra (310), de quien especialmente han nacido todas las cosas buenas,
y, sobre todo, por
delante de todos la que me es más querida que yo mismo, mi lucero,
que, porque ella
vive, me es dulce vivir.
LXIX
LXX
La mujer mía (312) dice que prefiere no entregarse a nadie más que a
mí, ni
aunque el propio Júpiter se lo pida. Lo dice: pero lo que una mujer dice
a su amante
ansioso, debe escribirse en el viento y en una corriente de agua.
LXXI
LXXII
LXXIII
LXXIV
Gelio (315) había oído que su tío solía censurar a todo el que hablara
de sus
goces o se dedicara a ellos.
Para que eso no le pasara a él mismo, se dedicó a sobetear a la propia
esposa de
su tío y lo convirtió en un Harpócrates (316).
Consiguió lo que quería: pues, aunque ahora se la dé a chupar a su
propio tío,
éste no dirá una palabra.
LXXV
LXXVI
LXXVII
LXXVIII
Galo (318) tiene dos hermanos, de los cuales uno tiene una esposa
muy atractiva,
el otro un hijo atractivo. Galo es un hombre primoroso, pues une
dulces amores,
cuando acuesta con el muchacho primoroso a la muchacha primorosa.
Galo es un
idiota, y no cae en la cuenta de que él es un hombre casado que, en su
faceta de tío, llega
a mostrar el adulterio a costa de un tío.
LXXVIII a (319)
… Pero ahora lamento esto: que tu sucia saliva haya meado los besos
puros de
una muchacha pura. Pero eso no te lo vas a llevar sin castigo: pues
todos los siglos te
conocerán y la vieja fama dirá qué clase de hombre eres.
LXXIX
LXXX
¿Qué voy a decir, Gelio (321), de por qué esos rosados labios tuyos se
vuelven
más blancos que la nieve de invierno, cuando de mañana sales de casa
y cuando la hora
octava (322) te saca de la muelle tranquilidad en los días largos?
No sé qué hay de cierto: ¿o es verdad lo que susurran las habladurías
de que tú
devoras la crecida tiesura de la entrepierna de un hombre? Es cierto, sí:
lo gritan los
costados, rotos, del pobrecito Víctor (323) y tus labios marcados con
suero ordeñado.
LXXXI
¿Es que entre tanta gente, Juvencio (324), no pudo haber ningún
hombre guapo
del que te fueras tú a enamorar, en vez de este huésped tuyo, del
moribundo lugar de
Pisauro (325), más pálido que una estatua amarillenta? Ese que ahora
es tu delirio, a
quien te atreves a anteponer a mí: no sabes lo que haces haciendo eso.
LXXXII
Quintio (326), si quieres que Catulo te deba sus ojos o algo, si lo hay,
más
querido que sus ojos, no le arrebates lo que le es mucho más querido
que sus ojos o lo
que pueda ser más querido que sus ojos.
LXXXIII
Lesbia, en presencia de su marido (327), echa un montón de pestes
contra mí:
eso a ese insensato le produce la máxima alegría. ¡Mulo!, no te enteras
de nada: si, por
haberse olvidado de mí, callase, estaría curada; en realidad, como
gruñe e injuria, no
sólo se acuerda de mí, sino, lo que es mucho más revelador, está
encolerizada: o sea,
se quema y lo cuenta.
LXXXIV
Jarto (328) cuando quería decir harto y por hambre jambre, decía
Arrio (329), y
pretendía que había hablado maravillosamente cuando había dicho
jarto cuanto más
podía.
Creo que así hablaba su madre, así su tío por parte de madre, así su
abuelo
materno y su abuela.
Desde el momento en que lo enviaron a Siria, los oídos de todo el
mundo
habían descansado. Esas mismas palabras las oían suave y ligeramente
pronunciadas y
no temían para sí tamañas barbaridades en adelante, cuando, de
repente, se anuncia una
noticia horrible: el mar Jónico, tras haber ido Arrio hasta allí, ya no es
Jónico sino Jojónico.
LXXXV
Odio y amo. Por qué hago eso acaso preguntas. No sé, pero siento que
ocurre y
me atormento.
LXXXVI
LXXXVII
Ninguna mujer puede decir que la han querido de verdad tanto como
yo te he
querido a ti, Lesbia. No hubo nunca en ningún pacto una lealtad tan
grande como la
que yo he puesto de mi parte en mi amor por ti.
LXXXVIII
¿Qué hace, Gelio (331), el que se quita los picores con su madre y su
hermana y
pasa la noche en vela con la túnica quitada? ¿Qué hace el que no deja
ser marido a su
tío? ¿Sabes qué gran delito precisamente comete? Comete uno tan
grande, Gelio, que ni
la lejana Tetís ni Océano (332), el padre de las Ninfas, pueden lavarlo:
pues no hay delito
que vaya más lejos ni aun devorarse uno a sí mismo con la cabeza
gacha.
LXXXIX
Gelio (333) está consumido: ¿cómo no? Si a él le vive una madre tan
buena y tan
robusta, y una hermana tan atractiva, y un tío tan bueno, y todo su
entorno está tan
lleno de primas mozas, ¿cómo va a dejar de estar demacrado? Aunque
no atiente más
que lo que no está permitido tentar, encontrarás todas las razones que
quieras de por
qué está magro.
XC
XCI
XCII
XCIII
XCV
XCVI
XCVII
XCVIII
Contra ti, si contra alguien, podrido Victio (350), puede decirse eso que
se dice a
los charlatanes y a los fatuos: que con esa lengua, si se te llegara el
caso, podrías lamer
culos y sandalias de cuero basto. Si quieres perdernos totalmente a
todos nosotros,
Victio, abre la boca: lograrás completamente lo que deseas.
XCIX
CI (358)
CII
CIII
O devuélveme, por favor, los diez mil sestercios, Silón (361), y luego sé,
cuanto
quieras, cruel e insufrible, o, si te gusta el dinero, deja -te lo ruego- de
ser un alcahuete y
al tiempo cruel e insufrible.
CIV
CV
CVI
CVII
CVIII
CIX (369)
Gozoso, vida mía, me haces ver que será este amor nuestro e
imperecedero.
¡Grandes dioses!, haced que pueda ella prometerlo de verdad y que lo
diga sinceramente
y de corazón, para que nos esté permitido mantener durante la vida
entera este eterno
pacto de sagrada amistad.
CX
CXII
Muy hombre eres, Nasón (372), pero no es contigo muy hombre el que
se te
agacha: Nasón, eres también un gran mamón (373).
CXIII
CXIV
CXV
CXVI
A pesar de buscar una y otra vez para ti, con empeñado ánimo de
cazador,
versos que poder enviarte del Batíada (384), con los que te ablandaras
conmigo y no
trataras de lanzar contra mi cabeza constantemente dardos hostiles,
ahora veo que me
tomé ese trabajo en vano, Gelio (385), y que desde ese momento no
han servido mis
ruegos. Por contra, evito esos dardos tuyos con el manto, pero tú,
atravesado por los
míos, llevarás tu castigo.