Defensa de La Escuela Una Cuestión Pública: Jan Masschelein Maarten Simons
Defensa de La Escuela Una Cuestión Pública: Jan Masschelein Maarten Simons
Jan Masschelein
Maarten Simons
SUMARIO
Introducción
I. Alienación
II. Consolidación del poder y corrupción
III. Desmotivación de la juventud
IV. Falta de eficacia y de utilidad
V. La exigencia de reforma y la posición superflua
¿Qué es lo escolar?
VI. Una cuestión de suspensión (o liberar, separar, desatar, colocar entre paréntesis)
VII. Una cuestión de profanación (o hacer algo disponible, convertirlo en un bien público o
común)
VIII. Una cuestión de atención y de mundo (o abrir, crear interés, traer a la vida, formar)
IX. Una cuestión de tecnología (o practicar, estudiar, disciplina)
X. Una cuestión de igualdad (o ser capaz de empezar, in-diferencia)
XI. Una cuestión de amor (o diletantismo, pasión, presencia y maestría)
XII. Una cuestión de preparación (o estar en forma, estar bien entrenado, estar bien
preparado, probar los límites)
XIII. Y por último, una cuestión de responsabilidad pedagógica (o ejercer la autoridad, traer a
la vida, traer al mundo)
La domesticación de la escuela
XIV. Politización
XV. Familiarización
XVI. Naturalización
XVII. Tecnologización
XVIII. Psicologización
XIX. Popularización
XX. Profesionalización
XXI. Flexibilización
INTRODUCCIÓN
1
El título en inglés de este libro, «In defence of school», alude al diálogo platónico que trata del juicio de
Sócrates. Por eso el modo jurídico en que se formulan, en esta introducción, sus objetivos y sus
planteamientos fundamentales. Ese diálogo se titula en castellano «Defensa de Sócrates» o, más
frecuentemente, «Apología de Sócrates». De ahí que la defensa de la escuela que se hace aquí pueda
también ser tomada como una apología, como un elogio, como un discurso que argumenta a favor de un
acusado. De ahí también que el título del libro pudiera haberse traducido como «Apología de la escuela»
(nota del traductor).
10
¿QUÉ ES LO ESCOLAR?
σxολή (scholè): tiempo libre, descanso, demora, estudio, conversación, aula, escuela, edificio
escolar.
A primera vista puede parecer extraño investigar sobre qué es lo escolar. ¿No es obvio que la
escuela es la institución educativa inventada por la sociedad para introducir a los niños en el
mundo? ¿Y no es evidente que la escuela pretende equipar a los niños con el conocimiento y las
habilidades propias de una ocupación, de una cultura o de una sociedad? Este equipamiento
ocurre de un modo específico: en un grupo, con profesores frente a una sala de clase, y
basándose en la disciplina y la obediencia. La escuela, entonces, como el lugar donde los
11
jóvenes (según un método específico) reciben todo cuanto deben aprender para encontrar su
lugar en la sociedad. ¿No resulta obvio que lo que tiene lugar en la escuela es el aprendizaje? ¿Y
que dicho aprendizaje es, por una parte, una iniciación al conocimiento y a las habilidades y,
por otra, una socialización de los jóvenes en la cultura de una sociedad? ¿Acaso esta iniciación
y esta socialización no están presentes de algún modo en todos los pueblos y culturas? ¿Y acaso
la escuela no es sencillamente la forma colectiva más económica para alcanzar este objetivo,
que se torna necesaria cuando la sociedad alcanza un cierto nivel de complejidad?
Estas son, en cualquier caso, las percepciones comunes y generalizadas acerca de lo que
la escuela hace y lo que la escuela es. En contraste con este punto de vista es importante señalar
que la escuela es una invención (política) específica de la polis griega y que la escuela griega
emergió como una usurpación de los privilegios de las élites aristocráticas y militares de la
Grecia arcaica. En la escuela griega, la pertenencia a la clase de los mejores y sabios ya no se
justificaba por el origen, la raza o la «naturaleza» de cada cual. La excelencia y la sabiduría se
desvinculaban del origen, de la raza y de la naturaleza. La escuela griega tornó inoperante la
conexión arcaica entre las propias marcas personales (raza, naturaleza, origen, etc.) y la lista de
ocupaciones aceptables correspondientes (trabajar la tierra, hacer negocios o comerciar, estudiar
y practicar). Evidentemente, desde el principio hubo muchas operaciones para restaurar las
conexiones y los privilegios, para salvaguardar las jerarquías y las clasificaciones. Pero para
nosotros, el acto principal y más importante que «hace escuela» tiene que ver con la suspensión
de un presunto orden natural desigual. En otras palabras, la escuela ofreció tiempo libre, es
decir, tiempo no productivo, a quienes por su nacimiento y por su lugar en la sociedad (por su
«posición») no tenían derecho a reivindicarlo. O, para expresarlo de todo modo, lo que la
escuela hizo fue establecer un tiempo y un espacio en cierto sentido desvinculado del tiempo y
del espacio tanto de la sociedad (en griego: polis) como del hogar (en griego: oikos). También
fue un tiempo igualitario y, por lo tanto, la invención de la escuela puede describirse como la
democratización del tiempo libre.5
Precisamente por ese carácter democrático e igualitario, la élite privilegiada trató la
escuela con gran deprecio y hostilidad. Para la élite, y para aquellos que estaban satisfechos con
permitir que la organización desigual de la sociedad continuara bajo los auspicios del orden
natural de las cosas, esta democratización del tiempo libre era como una bofetada. De ahí que no
sólo son las raíces de la escuela las que se hunden en la antigüedad griega, sino también una
especie de odio dirigido hacia la escuela. O, al menos, el constante intento de domesticarla, es
decir, de restringir su carácter potencialmente innovador e incluso revolucionario. Incluso en el
presente parece haber intentos de eliminar la escuela en tanto que «tiempo libre» situado entre la
unidad familiar por un lado, y la sociedad y el gobierno por el otro. Son muchos, por ejemplo,
los que dicen que la escuela, en tanto institución, debería ser una extensión de la familia, esto es,
debería proporcionar un segundo «entorno de crecimiento» suplementario al ofrecido por la
familia. Y otra variante de la domesticación afirma que la escuela debería ser funcional para la
sociedad, ser meritocrática en sus procesos de selección y, por tanto, reforzar el mercado laboral
y producir buenos ciudadanos. Lo que a menudo sucedía y continúa sucediendo -y volveremos a
ello enseguida- es que la esencia de la escuela queda muchas veces completamente erradicada
5
En este contexto es interesante señalar que Isócrates, que se dice que jugó un importante papel en esta
invención, ofreció «el don del tiempo» al arte de la retórica, que estaba encerrado en las prácticas jurídica
y política: «Lejos de los tribunales y fuera de la asamblea general, la retórica ya no estaba limitada por el
sentido de la urgencia y, en ausencia de esa limitación, no tenía que sacrificar su integridad artística a las
eventuales exigencias de los intereses del cliente». (POULAKOS, T. (1977): Speaking for the Polis.
Isocrates' Rethorical Education. Columbia. University of South Carolina Press, p. 70).
12
de la escuela. En realidad, podemos leer la larga historia de la escuela como la historia de los
esfuerzos perpetuamente renovados de arrebatarle su carácter escolar, es decir, como la historia
de los intentos de «desescolarizar» la escuela –unos intentos que se remontan en el tiempo
mucho más allá de lo que los autoproclamados desescolarizadores de los setenta eran capaces de
percibir. Estos ataques contra la escuela derivan del impulso por convertir de nuevo en
productivo el tiempo libre ofrecido por la escuela, paralizando así su función democratizadora e
igualitaria. Queremos subrayar que estas versiones domesticadas de la escuela (es decir, la
escuela entendida como una extensión de la familia, o la escuela entendida como una institución
productiva, aristocrática o meritocrática) no deberían confundirse con lo que realmente significa
estar «en la escuela» o «dentro de la escuela»: tiempo libre. De hecho, lo que a menudo
llamamos hoy «escuela» es (total o parcialmente) una escuela desescolarizada. Por lo tanto,
queremos reservar la noción de escuela para la invención de una forma específica de tiempo
libre y no productivo, indefinido, al que no se puede tener acceso fuera de la escuela. El tiempo
de afuera -en casa, en el mercado laboral- estaba y a menudo está «ocupado» de modos
diversos. Además, no entendemos el tiempo libe como una especie de tiempo de descanso tal
como a menudo se lo comprende hoy. En realidad, el tiempo de descanso se transforma en
tiempo productivo y se convierte en la materia prima de su propio sector económico. Así,
frecuentemente, el ocio se concibe como algo útil en el sentido de que repone nuestras energías
o nos permite emprender actividades que conducen a la adquisición de competencias
adicionales. La industria del ocio es, señaladamente, uno de los sectores económicos más
importantes.
Por otro lado, la escuela surge como una concreta materialización y espacialización del
tiempo que literalmente separa o saca a los alumnos del (desigual) orden social y económico (el
orden de la familia, pero también el orden de la sociedad en su conjunto) y los lleva al lujo de
un tiempo igualitario. Fue la escuela griega la que dio una forma concreta a ese tipo de tiempo.
Y eso significa que esta -y no, por ejemplo, la transferencia de conocimiento o el desarrollo del
talento- es la forma de tiempo libre gracias a la cual los alumnos pueden salir de su posición
social. La forma escolar es la que permite precisamente que los jóvenes se desconecten del
tiempo ocupado del hogar o del oikos (el tiempo de la oiko-nomía) y de la ciudad/estado o polis
(el tiempo de la polí-tica). La escuela proporciona la forma (es decir, la particular composición
de tiempo, espacio y materia de estudio que configuran lo escolar) para el tiempo liberado, y
quienes moran en ella trascienden literalmente el orden social (económico y político) y sus
(desiguales) posiciones asociadas. Y esta forma de tiempo libre es la que constituye el vínculo
común entre la escuela de los atenienses libres y la variopinta colección de instituciones
escolares (facultades, escuelas secundarias, escuelas técnicas, escuelas vocacionales, etc.) de
nuestro tiempo. En las páginas siguientes no examinaremos la rica historia de la forma de la
escuela en su conjunto, sino que nos detendremos en algunos de sus elementos y en su
funcionamiento. Nuestra ambición, sin embargo, no es esbozar lo que pudiera ser la escuela
ideal, sino tratar de explicitar lo que hace que una escuela sea una escuela y, por lo tanto, lo que
hace que sea diferente de otros entornos de aprendizaje (o de socialización, o de iniciación). Y,
una vez más, nuestro objetivo no es la salvaguarda de una vieja institución, sino la elaboración
de una piedra de toque6 para una escuela del futuro.
6
Una «piedra de toque» (touchstone en inglés) es una piedra que ya se utilizaba en la antigüedad griega
para probar la autenticidad y el grado de pureza de los metales preciosos. Al rayar la piedra con una pieza
de oro, el color de la muesca indicaba la composición de la aleación (Nota del traductor).
13
¿En qué nos hace pensar el primer día de escuela? A regañadientes, los padres llevan a sus hijos
a la escuela, quedándose un minuto extra para asegurarse de que todo está bien, dejándolos
marchar. Los más jóvenes abandonando el nido familiar. Hay un umbral y hoy hay quien
considera que ese umbral causa una experiencia casi traumática. De ahí el ruego de mantenerlo
tan débil como sea posible. Pero ¿no es acaso ese umbral precisamente el que permite
independizarse? ¿No es el permite a los jóvenes entrar en un mundo en el que dejan de ser
«hijo» o «hija»? ¿De qué otro modo podrían dejar la familia, el hogar? Es muy simple: eso
significa que la escuela da a la gente la oportunidad (temporalmente, por poco tiempo) de dejar
atrás su pasado y su entorno familiar para convertirse en un estudiante, como todos los demás.
Tomemos, por ejemplo, la escuela hospital, que ofrece a los niños una tregua, aunque sea breve,
en su papel como paciente enfermo. Como aseguran sus profesores, estas escuelas «trabajan»
hasta el último día, incluso para pacientes con enfermedades terminales. Estas escuelas son
transformadoras: «Fuera, ellos son el paciente; dentro, son el estudiante. Dejemos que el papel
de "estar enfermo" se quede fuera».7 Lo que hace la escuela es producir un tiempo en el que las
necesidades y las rutinas que ocupan la vida diaria de los niños -en este caso, una enfermedad-
puedan dejarse a un lado.
Una suspensión similar se aplica tanto al profesor como a la materia de estudio. La
enseñanza no es una profesión seria. El profesor se sitúa parcialmente fuera de la sociedad o,
más bien, es alguien que trabaja en un mundo no productivo o al menos no inmediatamente
productivo. Muchas de las cosas que normalmente se piden a los profesionales -respecto a la
productividad, la prestación de cuentas de resultados y, por supuesto, las vacaciones- no se
7
«Voordoen met het normale, dat geeft deze kinderen kracht», De Morgen, 10 de septiembre 2011, p. 6.
14
aplican al profesor. Podríamos decir que ser profesor implica desde el principio una especie de
exención o inmunidad. Los profesores no trabajan al ritmo del mundo productivo. Del mismo
modo, el conocimiento y las habilidades aprendidas en la escuela no muestran un vínculo claro
con el mundo: derivan de él, pero no coinciden con él. Una vez que los conocimientos y las
destrezas llegan al currículum escolar, se convierten en materias y, en cierto modo, se separan
de la aplicación diaria. Evidentemente, las aplicaciones de los conocimientos y de las
habilidades pueden tener su lugar en un escenario escolar, pero sólo después de haberse
presentado como materias. Esos conocimientos y esas habilidades quedan así liberados, es decir,
desvinculados de los usos convencionales y sociales asignados como apropiados para ellos. En
ese sentido, la materia siempre consiste en unos conocimientos y unas habilidades separados,
desconectados. En otras palabras: el material abordado en una escuela ya no pertenece a una
generación o a un grupo social particular y ya no puede hablarse de apropiación; ese material ha
sido apartado -liberado- de la circulación regular.
Estos ejemplos nos acercan a un primer aspecto de lo escolar: que el hacer de una
escuela implica suspensión. Cuando se produce la suspensión, las exigencias, las tareas y los
roles que gobiernan lugares y espacios específicos como la familia, el lugar de trabajo, el club
deportivo, el pub o el hospital dejan de aplicarse. Sin embargo, eso no implica la destrucción de
esos aspectos. La suspensión, tal como la entendemos aquí, significa tornar algo
(temporalmente) inoperante o, en otras palabras, retirarlo de la producción, liberarlo, sacarlo de
su contexto de uso normal. Es un acto de desprivatización, es decir, de desapropiación. En la
escuela, el tiempo no se dedica a la producción, a la inversión, a la funcionalidad (o al
descanso). Por el contrario, hay una renuncia a esos tipos de tiempo. Hablando en general,
podemos decir que el tiempo escolar es un tiempo liberado y un tiempo no productivo.
Esto no quiere decir que la suspensión que hemos descrito anteriormente sea realmente
operativa en la educación de hoy. Es lo contrario lo que parece ser cierto. Tomemos, por
ejemplo, la continua tendencia a etiquetar a los alumnos con las características de su ambiente
social y cultural, o el impulso para configurar a los profesores según el molde de un «verdadero
profesional» sensible a las exigencias de la productividad y resuelto a convertir las materias en
(económicamente) relevantes. Como examinaremos más tarde, estas tendencias pueden
derivarse del temor a la suspensión y pueden ser concebidas como un intento de domesticar el
tiempo escolar.
Creemos que la forma concreta de la escuela puede desempeñar un importante papel en
la posibilidad de aligerar el peso del orden social -suspensión- en aras de producir tiempo libre.
La forma específica de las aulas y de los patios de recreo presenta, como mínimo, la posibilidad
de separarse literalmente del tiempo y del espacio del hogar, de la sociedad o del mercado
laboral, y de las leyes que los gobiernan. Esto puede lograrse no sólo a través de la forma
construida del aula (la presencia de un pupitre, la pizarra, la disposición de los bancos a fin de
facilitar la interacción táctil, etc.), sino también a través de todo tipo de métodos y herramientas.
Y, por supuesto, el profesor también juega un papel importante.
A este respecto, Daniel Pennac es especialmente instructivo en su libro Mal de escuela.
Ahí subraya esta suspensión afirmando que el profesor (al menos si «trabaja» con éxito una
clase) lleva a los estudiantes al tiempo presente, es decir, al aquí y ahora.8 Mal de escuela es una
obra literaria en la que Pennac cuenta sus interminables infortunios como estudiante
desencantado, desmotivado y difícil. A ello le sigue el relato de su (exitosa) carrera como
profesor de francés en las escuelas de los suburbios -en las que se encontraba constantemente
8
DANIEL PENNAC, (2010): School Blues. Londres. MacLehose Press.
15
con el tipo de estudiante que él mismo había sido. Su relato contiene observaciones muy
precisas sobre la capacidad de la escuela y del profesor para «liberar» a los estudiantes, es decir,
para permitir que los estudiantes se separen del pasado (que los lastra y los define en términos
de su [falta de] capacidad/talento) y del futuro (que se presenta bien como no existente o bien
como predestinado) y, por lo tanto, que se desconecten temporalmente de sus «efectos». La
escuela y el profesor permiten a los jóvenes reflexionar sobre sí mismos, desvinculados del
contexto (antecedentes, inteligencia, talentos, etc.) que los ata a un lugar particular (un itinerario
de aprendizaje especial, una clase para estudiantes con dificultades, etc.). Pennac lo expresa
diciendo que el profesor debe hacer que «suene un despertador» en cada lección. Ese
despertador, esa alarma, ha de lograr sacudir a los estudiantes de lo que llama «pensamiento
ilusorio», es decir, de ese pensamiento que «los atrapa en cuentos de hadas» y que planta la
semilla de la incompetencia en la mente de los estudiantes: «no valgo para nada», «todo esto es
para nada», «¿para qué intentarlo siquiera?». Esa alarma, o ese despertador, también disipa los
cuentos de hadas inversos: «tengo que hacerlo», «así es como tiene que ser», «esas son las cosas
de las que soy capaz», «eso es lo que me conviene»...
«Tal vez enseñar sea eso: acabar con el pensamiento mágico, hacer de modo que en cada curso suene la hora del
despertar.
¡Oh!, ya veo lo que este tipo de proclama puede tener de exasperante para todos los profesores que cargan con las
clases más penosas de las barriadas de hoy. La ligereza de estas fórmulas comparada con las pesadeces sociológicas,
políticas, económicas, familiares y culturales, es cierto... Pero cierto es también que el pensamiento mágico
desempeña un papel nada desdeñable en el empecinamiento que el zoquete pone en permanecer agazapado al fondo
de su nulidad. Y desde siempre. Y en todos los ambientes.»9
« Nuestros «malos alumnos» (de los que se dice que no tienen porvenir) nunca van solos a la escuela. Lo que entra en
clase es una cebolla: unas capas de pesadumbre, de miedo, de inquietud, de rencor, de cólera, de deseos insatisfechos,
de furiosas renuncias acumuladas sobre un fondo de vergonzoso pasado, de presente amenazador, de futuro
condenado. Miradlos, aquí llegan, con el cuerpo a medio hacer y su familia a cuestas en la mochila. En realidad, la
clase solo puede empezar cuando dejan el fardo en el suelo y la cebolla ha sido pelada. Es difícil de explicar, pero a
menudo solo basta una mirada, una palabra amable, una frase de un adulto confiado, claro y estable, para disolver
esos pesares, aliviar esos espíritus, instarlos en un presente rigurosamente indicativo.
Naturalmente, el beneficio será provisional, la cebolla se recompondrá a la salida y sin duda mañana habrá que
empezar de nuevo. Pero enseñar es eso: volver a empezar hasta nuestra necesaria desaparición como profesor.»10
Así pues, la escuela es el tiempo y el espacio en el que los estudiantes pueden abandonar todo
tipo de reglas y expectativas relacionadas con lo sociológico, lo económico, lo familiar y lo
cultural. En otras palabras, dar forma a la escuela -hacer la escuela- tiene que ver con una
especie de suspensión del peso de todas esas reglas. Una suspensión, por ejemplo, de las reglas
que dictan o explican por qué alguien -y su grupo o su familia- cae en cierto peldaño de la
escala social. O de la regla que afirma que los niños de los barrios de viviendas protegidas no
tienen interés en las matemáticas, o que a los estudiantes de la formación profesional les distrae
la pintura, o que los hijos de los industriales prefieren no estudiar cocina. Queremos resaltar que
por medio de esta suspensión los niños aparecen como estudiantes, los adultos como profesores
y los conocimientos y las destrezas socialmente importantes como materias escolares. Es esta
suspensión y esta producción de tiempo libre la que liga lo escolar con la igualdad del
comienzo. Esto no quiere decir que concibamos la escuela como una organización que asegura
que todo el mundo alcanza los mismos conocimientos y las mismas destrezas una vez
9
DANIEL PENNAC, p. 142-143.
10
DANNIEL PENNAC, p. 50-51.
16
completado el proceso, o que todos adquieren todos los conocimientos y todas habilidades que
necesitarán. La escuela crea igualdad precisamente en la medida en que produce tiempo libre, es
decir, en la medida en que logra suspender o postergar (temporalmente) el pasado y el futuro,
creando así una brecha en el tiempo lineal. El tiempo lineal es el tiempo de la causa y el efecto:
«Eres esto, por lo que tienes que hacer aquello», «Puedes hacer esto, por lo que tienes que ir
allí», «Lo necesitarás más tarde en la vida, por lo que esa es la elección correcta y la materia
apropiada». La posibilidad de romper con este tiempo lineal y con esa lógica causal viene de
esto: de que la escuela lleva a los jóvenes al tiempo presente («el presente de indicativo», en
palabras de Pennac) y los libera tanto del lastre potencial de su pasado como de la presión
potencial de un futuro ya proyectado (o ya perdido).
La escuela, como una cuestión de suspensión, no sólo implica la interrupción temporal
del tiempo (pasado y futuro), sino también la eliminación de cualquier tipo de expectativas,
exigencias, papeles y deberes conectados a un espacio determinado fuera de la escuela. En este
sentido, el espacio escolar es abierto y no fijado. El espacio escolar no se refiere a un espacio de
paso o de transición (del pasado al presente), ni a un espacio de iniciación o de socialización
(del hogar a la sociedad). Más bien debemos concebir la escuela como una especie de medio
puro. La escuela es un medio sin un fin y un vehículo sin un destino determinado. Imaginemos
un nadador que intenta cruzar un ancho río.11 Parece que nada simplemente de un margen al otro
(es decir, de la tierra de la ignorancia a la tierra del conocimiento). Pero esto significaría que el
propio río no tiene ningún sentido, que sería una especie de medio sin densidad, un lugar vacío,
como volar por el aire. Eventualmente, es claro que el nadador llegará a la orilla opuesta, pero lo
más importante es el espacio entre los márgenes -el medio, un lugar que incluye todas las
direcciones. Este tipo de «espacio del medio» no tiene orientación o destino pero hace que sean
posibles todos los destinos y todas las orientaciones. Quizá la escuela sea otra palabra para este
espacio del medio donde los profesores llevan a los jóvenes hacia el presente.
11
MICHEL SERRES (1997): The Troubadour of Knowledge. Ann Arbor: The University of Michigan
Press.
17
12
CRONELISSEN, G. (2010): "The public role of teaching: To keep the door closed." en M. SIMONS &
J. MASSCHELEIN (comps.): Rancière, Public Education and the Taming of Democracy (pp. 15-30).
Oxford: Wiley-Blackwell.
18
como espacio intermedio, un lugar y un tiempo para las posibilidades y para la libertad. Para
ello querríamos introducir el término profanación.13
Un lugar y un tiempo profanos, pero también las cosas profanas, remiten a algo
desvinculado del uso regular (ya no sagrado u ocupado por un sentido específico) y por lo tanto
algo en el mundo que es accesible para todos y, al mismo tiempo, susceptible de (re)apropiación
del sentido. Lo profano es todo aquello, en ese sentido general (no religioso), que ha sido
expropiado o, en otras palabras, algo que se ha tornado público. Por la profanación, el
conocimiento, por ejemplo, pero también las destrezas que cumplen una función particular en la
sociedad, se liberan y se ponen a disposición de todos para su uso público. Las materias de la
escuela presentan exactamente este carácter profano: los conocimientos y las destrezas son
activamente suspendidos de los modos en que la generación más vieja los dispuso para su uso
en un tiempo productivo. Y, al mismo tiempo, esas materias aún no han sido apropiadas por los
representantes de la generación más joven. Lo importante aquí es que precisamente esas cosas
públicas -que, por ser públicas, están disponibles para un uso libre y novedoso- proporcionan a
la generación más joven la oportunidad de experimentarse a sí misma como una nueva
generación. La típica experiencia escolar -la experiencia que la escuela hace posible- es
exactamente esa confrontación con cosas hechas públicas y disponibles para un uso libre y
novedoso. Es, por ejemplo, la confrontación con una prueba matemática tomada del mundo y
escrita en la pizarra para que todos la vean. O con el libro de texto abierto encima del pupitre.
En principio, esa pizarra o ese pupitre no son instrumentos para disciplinar a los jóvenes, como
sostiene la crítica al uso. Son algo que hace posible que las cosas lleguen a sí mismas, separadas
y liberadas de su uso regular, y por lo tanto públicamente disponibles. Por esta razón, la escuela
siempre significa una relación con el conocimiento por el conocimiento mismo, y a esto lo
llamamos estudio. En la escuela, el lenguaje de las matemáticas se sostiene por sí mismo –las
formas de su incorporación social quedan suspendidas- y, precisamente por ello, se convierte en
materia de estudio. Del mismo modo podemos hablar de las destrezas, en la escuela, como
práctica de las destrezas por sí mismas. Por eso la escuela es el lugar y el tiempo para el estudio
y para la práctica: actividades escolares que pueden alcanzar un significado y un valor en sí
mismas. Pero esto no quiere decir que la escuela, como si fuera una especie de isla o de torre de
marfil, se refiera a un tiempo y a un espacio fuera de la sociedad. Lo que se aborda en la escuela
está arraigado en la sociedad, en lo cotidiano, pero ha sido transformado por actos sencillos y
profundos de suspensión y de profanación (temporales). En la escuela, nos centramos en las
matemáticas por las matemáticas, en la lengua por la lengua, en la cocina por la cocina, en la
carpintería por la carpintería. Así es como calculamos una media, como conjugamos en inglés,
como elaboramos una sopa o como construimos una puerta. Pero todo eso sucede
independientemente de cualquier objetivo exterior que tenga que ser alcanzado inmediatamente.
Ejemplos de objetivos exteriores e inmediatos serían: qué media dará a ese cliente una visión
prospectiva y de conjunto de las tasas de interés esperadas; has usado un inglés gramaticalmente
correcto para formular una carta de reclamación a tu casero; hay que llevar esta sopa a la mesa
7; hay que instalar esta puerta en una casa de la calle Baldwin. Es evidente que ciertos aspectos
de esas cuestiones se pueden abordar en clase, pero siempre como ejercicio y como estudio. En
cada caso, es la «economía» lo que se suspende (activamente) de las destrezas, conocimientos,
razonamientos y objetivos, esa “economía” que los penetra en el tiempo «normal».
13
Hacemos un uso «educativo» de esta idea tal como ha sido «filosóficamente» elaborada por Agamben:
AGAMBEN, G. (2007): Profanations. Nueva York: Zone Books.
19
Ella ha visto estos animales muchas veces. A algunos los conoce por su nombre. El gato y el
perro, claro: pululan por la casa. También conoce a los pájaros. Podría distinguir a un gorrión
de un herrerillo y a un mirlo de un cuervo. Y, por supuesto, los animales de granja. Nunca
pensó mucho en ello. Era simplemente así. Todos los de su edad sabían estas cosas. Era de
sentido común. Hasta ese momento. Una lección sólo con grabados. Ni fotografías, ni películas.
Hermosos grabados que convertían la clase en un zoo, salvo que no había jaulas ni barrotes. Y
la voz de la profesora que pedía nuestra atención porque dejaba hablar a los grabados. Los
pájaros tienen pico y el pico una forma, y la forma revelaba el tipo de alimentación: comedores
de insectos, de semillas, de pescado... Se sumergió en el mundo animal, que se tornó real. Lo
que una vez le pareció obvio se le hizo extraño y seductor. Los pájaros hablaron de nuevo, y de
pronto ella pudo hablar de ellos de otra forma. Que algunos pájaros emigran y otros se
quedan. Que el kiwi es un pájaro, un pájaro sin alas de Nueva Zelanda. Que los pájaros pueden
extinguirse. Le presentaron al dodo. Y todo esto en una clase, con la puerta cerrada, sentada en
su pupitre. Un mundo que no conocía. Un mundo al que nunca había prestado mucha atención.
Una mundo que surgía como de la nada, invocado por los mágicos grabados y por una voz
hechizante. No sabía qué la sorprendía más: este nuevo mundo que le había sido revelado o el
creciente interés que descubría en sí misma. No importaba. Caminando a casa aquel día, algo
había cambiado. Ella había cambiado.
Se acusa reiteradamente a la escuela de estar alejada del mundo. Que fracasa a la hora de
abordar lo que es importante en la sociedad; que se ocupa de destrezas y conocimientos
obsoletos y estériles; que los profesores se preocupan demasiado por minucias sin importancia y
por la jerga académica. En respuesta a esas acusaciones, nosotros queremos argumentar que la
profanación y la suspensión hacen posible abrir el mundo en la escuela y que en realidad es el
propio mundo (y no los talentos de los alumnos, o sus necesidades individuales de aprendizaje)
lo que se revela. Por supuesto, los críticos comprenden de otra forma lo que es «el mundo».
Para ellos el mundo es un lugar de aplicabilidad, de utilizabilidad, de relevancia, de concreción,
de competitividad y de rendimiento. Asumen que la «sociedad», la «cultura» y el «mercado
laboral» son (y deben ser) las piedras de toque definitivas que nos indican qué es este mundo.
Pero nosotros nos atrevemos a responderles que esas entidades, más que ninguna otra cosa, son
ficciones. ¿Realmente sabemos lo que espera la «sociedad» (mucho menos la así llamada
«sociedad del cambio acelerado») o lo que resulta verdaderamente útil? ¿Acaso las listas de
competencias a la moda no son más que quimeras que han perdido toda relación concreta con la
realidad? La insistencia en la relevancia y en la utilidad práctica, ¿no resulta profundamente
pretenciosa, engañosa e incluso falsa para muchos jóvenes? Eso no quiere decir que las
competencias y las prácticas en la sociedad o en el mercado laboral no sirvan para nada. Pero
aunque formen las instrucciones operativas o los puntos de orientación, la escuela hace algo
más. La escuela no está separada de la sociedad, pero es única en tanto que es el lugar esencial
de la profanación y de la suspensión a través de las que el mundo es abierto.
En Tren nocturno a Lisboa, una novela filosófica de Pascal Mercier, el profesor y
protagonista, Gregory, recuerda a su profesor de griego. Lo que escribe se aplica tanto a un
profesor de lenguas como a uno de matemáticas, de geografía o de carpintería:
21
«La tarde había comenzado con la clase de griego. El director impartía la clase (...). Tenía la caligrafía griega más
bonita que alguien pueda imaginar, dibujaba las letras ceremoniosamente, y particularmente las redondeces -como
hacía, por ejemplo, cuando trazaba las figuras de omega o theta, o cuando dibujaba la eta hacia abajo- eran hijas de la
más pura caligrafía. Amaba el griego. Pero lo amaba de la forma equivocada, pensaba Gregory, sentado al fondo del
aula. Su manera de amarlo era vanidosa. No le importaba tanto celebrar las palabras. Si hubiera sido así, a Gregory le
habría gustado. Pero cuando aquel hombre escribía virtuosamente las formas verbales más recónditas y difíciles, no
celebraba las palabras, sino a sí mismo como alguien que las conocía. Entonces, las palabras se convertían en
ornamentos para él, se engalanaba a sí mismo con ellas, se transformaban en algo emparentado a su pajarita de
lunares blancos, la que utilizaba un año sí y otro no. Fluían de su mano, que escribía con el anillo de sello, como si
ellas también fueran de la índole de los anillos, un adorno engreído y superfluo. Y así, las palabras griegas dejaban de
ser realmente palabras griegas. Era como si el polvo dorado del anillo corroyera su esencia griega, esa que sólo se
manifestaba a quienes las amaban por sí mismas. Para el director, la poesía era algo así como un mueble exquisito, un
vino fino o un elegante fondo de armario con trajes de noche. Gregory tenía la sensación de que con esta
autocomplacencia el director le arrebataba los versos de Esquilo y de Sófocles. No parecía saber nada de los teatros
griegos. O no, más bien lo sabía todo acerca de ellos, había estado en Grecia muchas veces, dirigía incluso algunos
viajes de estudios, de los que siempre había regresado bronceado por el sol. Pero no comprendía nada de todo
aquello, aunque Gregory no habría podido explicar qué quería decir con eso».14
Este pasaje es especialmente expresivo por muchas razones, y volveremos a algunas de ellas en
otro lugar. Aquí es importante señalar con claridad lo que sucede exactamente en la escuela
cuando «trabaja» como una escuela, y lo que se pierde como resultado del egoísmo y de la
arrogancia del director del ejemplo. Lo que se deduce ex negativo de la cita es que algo se torna
real y llega a existir en y por sí mismo. Las palabras griegas llegan a ser verdaderas palabras
griegas. Y aunque eso significa que no pueden concebirse inmediatamente en función de su
utilidad, eso no significa que sean superfluas (como «joyas engreídas»). Llegan a existir en sí
mismas: no hacen nada (es decir, nada en especial), pero son, en sí mismas, importantes. El
lenguaje se convierte en verdadero lenguaje y en lenguaje en sí mismo, así como en otras clases
la madera se transforma en verdadera madera y los números en verdaderos números. Esas cosas
empiezan a formar parte de nuestro mundo en un sentido real, empiezan a generar interés y a
«formarnos» (en el sentido del concepto holandés de vorming). El ejemplo citado también deja
claro que este acontecimiento formativo no sólo tiene que ver con la clase y con el profesor,
sino también con el amor (una idea a la que volveremos).
Así pues, entendemos la formación no como una especie de actividad auxiliar de la
escuela, no como algo que ocurre fuera de las materias reales de aprendizaje y que tendría que
ver con los valores de uno u otro proyecto educativo. En lugar de ello, para nosotros la
formación tiene que ver con la orientación de los estudiantes hacia el mundo tal como ha sido
llevado a la existencia en la asignatura o en la materia de estudio. Y esa orientación tiene que
ver fundamentalmente con la atención y con el interés por el mundo, y también con la atención
y el interés por el sujeto en relación con ese mundo. Recordando a sus propios profesores,
Pennac intenta articular lo que ocurre durante las clases:
«Sólo sé que los tres estaban poseídos por la pasión comunicativa de su materia. Armados con esa pasión, vinieron a
buscarme al fondo de mi desaliento y sólo me soltaron una vez que tuve ambos pies sólidamente puestos en sus
clases, que resultaron ser la antecámara de mi vida. (...) La imagen del gesto que salva al ahogado, el puño que tira de
ti hacia arriba a pesar de tu gesticulación suicida, esa ruda imagen de vida de una mano agarrando firmemente el
cuello de una chaqueta es la primera que me viene a la cabeza cuando pienso en ello. En su presencia -en su materia-
nacía yo para mí mismo: pero un yo matemático, si puedo decirlo así, un yo historiador, un yo filósofo, un yo que,
durante una hora, me olvidaba un poco, me ponía entre paréntesis, me libraba del yo que, hasta el encuentro con
aquellos maestros, me había impedido sentirme realmente allí».15
14
PASCAL MERCIER (2007): Night Train to Lisbon. London: Atlantic Books, p. 39-40.
15
DANIEL PENNAC, p. 24-25.
22
Aquí, el (en este caso desalentado) «yo» queda suspendido (elidido, puesto entre paréntesis) en
la confrontación con el mundo, lo que permite que surja y tome forma un nuevo «yo» en
relación con ese mundo. A esa transformación queremos referirnos como formación. Este nuevo
«yo» es ante todo un yo de experiencia, de atención y de exposición a algo. Hay que distinguir
entre formación y aprendizaje. O, dicho de otro modo, la formación es típica de las formas de
aprendizaje que se dan en la escuela. Aprender implica el reforzamiento o la expansión del yo
existente, por ejemplo, a través de la acumulación de destrezas o de la ampliación de la propia
base de conocimientos. El proceso de aprendizaje sigue siendo introvertido: un reforzamiento o
una extensión del ego, y por lo tanto el desarrollo de la identidad. En la formación, sin embargo,
ese yo y el propio mundo vital se ponen en juego constante desde el principio. Así pues, la
formación implica salir constantemente de uno mismo o trascenderse a sí mismo: ir más allá de
sí mismo y del propio mundo vital por medio de la práctica y del estudio. Es un movimiento
extrovertido, el paso que sigue a una crisis de identidad.16 Aquí, el yo no se añade al
conocimiento previamente adquirido, y eso es así precisamente porque el yo está en proceso de
formación. El yo del estudiante queda así suspendido, escindido: es un yo puesto entre
paréntesis, o profano, y un yo que puede ser formado, es decir, al que se le puede imprimir una
forma o una configuración específica.
Queremos subrayar una vez más que esto es lo que hace posible que la escuela, en la
medida en que tiene éxito, abra el mundo al estudiante. Esto significa, literalmente, que algo
(unas palabras griegas, una pieza de carpintería, etc.) pasa a formar parte de nuestro mundo e
(in)forma el mundo. Informa nuestro mundo en un doble sentido: forma parte del mundo (que
entonces podemos compartir) y lo informa, es decir, comparte algo con él, con el mundo
existente (y en este sentido añade algo al mundo y lo amplía). Que algo pase a formar parte del
mundo no quiere decir que se convierta en objeto de conocimiento (en algo que sabemos del
mundo), que de algún modo se añade a la base de nuestro conocimiento previo, sino que más
bien pasa a formar parte del mundo en y por el cual estamos inmediatamente comprometidos,
implicados, interesados, intrigados. Y de ese modo algo se transforma en un inter-esse (en algo
que ya no es de nuestra propiedad sino es compartido entre nosotros). Podríamos decir que ya
no es un «objeto» (inanimado) sino una «cosa» (viva).
Eso es, literalmente, lo que vemos que ocurre en la película El hijo, de los hermanos
Dardenne. Observamos a un profesor en acción, Olivier, un profesor común, «ordinario», más o
menos lo opuesto al profesor anteriormente descrito por Gregory. Olivier logra despertar el
interés por la carpintería en uno de sus estudiantes problemáticos y completamente «vencidos»
(un joven delincuente condenado por asesinato que aprende una «ocupación» en la esperanza de
poder regresar a la sociedad). Observamos cómo la madera se transforma en madera real para
este estudiante, y no sólo en algo con lo que fabricar armarios o sillas, o utilizar como
combustible en la chimenea e, incluso, en algo que lo conduce a una ocupación, que «lo lleva a
alguna parte» (aunque ese parezca ser el caso). Como antes, aquí la madera se desvincula de su
lugar propio; se transforma en madera real, en sí misma, y por lo tanto se transforma, en un
sentido fuerte, en parte del mundo de este estudiante. La madera empieza a pertenecer a ese
mundo, a lo que le interesa y le ocupa. Y es algo que empieza a formarlo, que induce cambios
en él, que cambia el modo en que su vida y el mundo se le presentan, y que le permite empezar
de nuevo «con» el mundo. Abrir el mundo no sólo significa llegar a conocer el mundo, sino que
también alude al modo en que el mundo cerrado -es decir, la forma determinada en la que el
16
PETER SLOTERDIJK, (2011): Je moet je leven veranderen. Boom: Amsterdam, p. 198-199.
23
«Eran artistas en la transmisión de su materia. Sus clases eran actos de comunicación, claro está, pero de un saber
dominado hasta el punto de pasar casi por creación espontánea. Su facilidad convertía cada hora en un
acontecimiento que podíamos recordar como tal. Podía pensarse que la señorita Gi resucitaba la historia, que el señor
Bal redescubría las matemáticas, que Sócrates hablaba por boca del señor S. Nos daban clases tan memorables como
el teorema, el tratado de paz o la idea fundamental, que aquel día era el tema. Enseñándolo, creaban el
acontecimiento.»17
Podríamos formular esos «acontecimientos» como algo que nos hace pensar, que despierta
nuestro interés, que hace que algo se torne real y significativo, que se convierta en una materia o
en un asunto que importa. Una demostración matemática, una novela, un virus, un cromosoma,
un bloque de madera o un motor: todas estas cosas se vuelven interesantes y significativas. Ese
es el acontecimiento mágico de la escuela, ese movere -ese movimiento real- que no hay que
remontar a una decisión, a una elección o a una motivación personal. Mientras la motivación es
una especie de asunto personal y mental, el interés es siempre algo que está fuera de nosotros
mismos, algo que nos toca y nos conmueve y nos impulsa a estudiar, a pensar y a practicar. Nos
lleva fuera de nosotros mismos. La escuela se convierte en el espacio/tiempo del inter-esse, de
eso que compartimos entre nosotros: el mundo en sí mismo. En ese momento, los estudiantes no
son ya individuos con necesidades específicas que eligen dónde quieren invertir su tiempo y su
energía; ellos se exponen al mundo y son invitados a interesarse en él. Es un momento en el que
la verdadera comun-icación es posible. Sin un mundo no hay interés ni atención.
17
DANIEL PENNAC, p. 225-226.
24
A veces tengo que arrastrarme a mí mismo al pupitre. Los deberes y las otras tareas me
aguardaban sentados allí, siempre impacientes, siempre causa de una lucha constante.
Intentaba obligarme a mí mismo y, cuando era necesario, me seducía a mí mismo para estudiar
conjurando el infierno o prometiéndome el cielo. Pero esas conversaciones interiores no
siempre surtían efecto. Conocía mi propia debilidad demasiado bien. Sabía cuál era la
distracción que era capaz de tentarme. ¿Qué me persuadía para estudiar, para practicar y para
empezar las cosas? Siendo sincero, nada y nadie. Se trataba de una orden extraña: no sólo
tienes que estudiar, no sólo tienes que asumir la tarea, que tomar la tarea, sino que también
tienes que dedicarte a la tarea, tienes que ponerte a ti mismo en relación a la tarea. No fueron
las exigencias de mis padres o del profesor que trataban de hacerme ver la importancia de un
diploma. Sus advertencias eran, en el mejor de los casos, un fastidio. Nunca encontré una
explicación para este imperativo, para este mandamiento. Tampoco más tarde, cuando era
estudiante de filosofía. La exigencia de estudiar y de practicar no es un imperativo hipotético,
no está vinculado a condiciones o a propósitos. Pero tampoco es un imperativo categórico: no
es una exigencia derivada de la pura voluntad. Un pensamiento salvaje: quizá mi punto ciego
sea el punto ciego de toda filosofía. Una filosofía por y para adultos. ¿Y si la escuela da el
tiempo para traer al mundo a la vida, para generar curiosidad y para hacer posible la
experiencia de ponerse la vida en las propias manos e inspira el impulso de lograr algo? Se
trata del nacimiento de la conciencia pedagógica y del imperativo pedagógico. Una persona
que puede interesarse, que tiene que estudiar y practicar, que se moldea y se configura a sí
misma. «Hazlo lo mejor que puedas», «persevera», «mira de cerca», «presta atención»,
«inténtalo de nuevo», «empieza», esos son los pequeños gestos de la gran filosofía de la
escuela. ¿Y de dónde viene el amor a la escuela? Tal vez primero deberíamos explicar nuestro
olvido de la escuela, y quizá nuestro odio hacia ella.
No hay curiosidad e interés sin el mundo -pero eso también significa que la curiosidad y el
interés han de tornarse posibles, así como que el mundo ha de configurarse como tal, es decir,
ha de ser presentado. En este punto entramos en la dimensión técnica de la escuela (que existe
en paralelo al papel del profesor, que abordaremos más tarde). Escuela y tecnología pueden
parecer una extraña combinación a primera vista. De hecho, desde un punto de vista humanista,
a menudo se asume que la tecnología es fundamentalmente de interés para el mundo productivo
y para el dominio de la naturaleza y del hombre. Se dice que la autorrealización tiene lugar en el
ámbito de la cultura, de las palabras y el sentido, del contenido, del conocimiento fundamental.
La tecnología, por el contrario, pertenece al ámbito de la producción y de la manufactura, al
ámbito de lo aplicable, de la lógica instrumental. Desde una perspectiva humanista, la
tecnología es algo que debería mantenerse apartado de la escuela o, al menos, algo a lo que
habría que aproximarse cuidadosamente en términos de medios que permiten a la así llamada
persona bien formada alcanzar sus fines humanos: primero, la adquisición de un conocimiento y
una comprensión básicos, y segundo, la traducción de eso en técnicas y aplicaciones concretas.
No obstante, dar forma a la escuela, es decir, estimular el interés creando y presentando el
mundo cuidadosamente, es inconcebible sin tecnología.
25
«¿Reaccionario, el dictado? Inoperante, en cualquier caso, si lo practica un espíritu perezoso que se limita a descontar
puntos con el único objetivo de decretar un nivel. (...) Siempre he concebido el dictado como una cita al completo con
la lengua. La lengua tal como suena, tal como se cuenta, tal como razona, la lengua tal como se escribe y se
construye, el sentido tal como se precisa en el meticuloso ejercicio de la corrección. Pues no hay más objetivo para la
corrección de un dictado que el acceso al sentido exacto del texto, al espíritu de la gramática, a la magnitud de las
palabras. Si la nota debe medir algo, ese algo es la distancia recorrida por el interesado en el camino de esta
comprensión. (...) Fueran cuales fuesen mis terrores infantiles al acercarse un dictado -¡y sabe Dios que mis
profesores practicaban el dictado como una razia de ricos en un barrio pobre!-, siempre sentí la curiosidad de su
primera lectura. Todo dictado comienza por un misterio: ¿qué van a leerme ahora? Algunos dictados de mi infancia
eran tan hermosos que seguían deshaciéndose en mí, como un caramelo ácido, mucho tiempo después de la nota
infamante que, sin embargo, me habían costado.»18
El dictado, tal como lo describe Pennac, muestra acertadamente dos aspectos de la tecnología
escolar. Un dictado es un acontecimiento en el que se comunica el mundo -«un encuentro
frontal con el mundo»- y un acontecimiento que estimula el interés. Un dictado también es algo
parecido a un juego. El texto se aparta de su uso común y se ofrece al acto de la escritura en sí
mismo, es decir, al ejercicio y al estudio de la lengua como un todo. En este sentido, siempre se
juega algo: se pone en juego la lengua y también a los estudiantes. Ellos ocupan una situación
inicial (o están en el punto de partida) -«en este viaje hacia la comprensión».
Al igual que cualquier otro método de enseñanza, el dictado explicita el lugar del
profesor como mediador que conecta al estudiante y al mundo. Este encuentro permite al
estudiante abandonar su mundo vital inmediato y entrar en el mundo del tiempo libre. En este
sentido, un método de enseñanza ha de estar constantemente conectado con el mundo vital de
los jóvenes, pero precisamente para apartarlos de su mundo de experiencia. Las reglas para un
18
DANIEL PENNAC, p. 113-115.
26
dictado son claras, todo el mundo sabe lo que es y cómo funciona. Un dictado es un dictado. Es
un puro método de enseñanza. Pero la «eficacia» de los métodos de enseñanza escolares se basa
especialmente en los pequeños -a menudo muy pequeños- detalles que despiertan la curiosidad
de los jóvenes, proclaman la existencia de nuevos mundos y alientan a los estudiantes a ponerse
a sí mismos en el inicio de algo (esto es, a practicar y a estudiar). Hay detalles mínimos que
pueden hacer que la curiosidad se convierta en inseguridad, que los estudiantes se nieguen a
jugar el juego y que el encuentro con el mundo no se produzca. En semejante situación, el
encuentro con un dictado es experimentado por los estudiantes como una proclamación pública
de su incompetencia o de su ignorancia. Pero un método de enseñanza escolar no se centra en la
incompetencia o en la ignorancia del alumno. Si así fuera, el dictado sería otra forma de test o
de prueba y situaría a los estudiantes en una posición de culpabilidad e de incompetencia hasta
que demostraran lo contrario. Ante todo, el método de enseñanza escolar hace posible la
experiencia de la acción y del aprendizaje -la experiencia de «quiero ser capaz de hacer esto o
aquello»- despertando idealmente una nueva dedicación a la práctica o al estudio. También
podríamos llamarlo «confianza en uno mismo» o «creencia en uno mismo», pero con el
importante añadido de que en la escuela esta fe o esta confianza siempre implican algo (del
mundo). En consecuencia, la experiencia escolar siempre es una experiencia de punto de
partida, la experiencia de ser capaz de hacer algo. Evidentemente, la duda sobre uno mismo
puede manifestarse también una vez alcanzada esa experiencia de ser capaz de hacer algo.
Siempre existe la tentación de resignarse a la incompetencia a partir de previos intentos fallidos.
Pero un método de enseñanza exitoso, como un dictado exitoso, implica cortar este vínculo con
el pasado (y sus experiencias negativas de incapacidad e ignorancia), para permitir así que la
práctica pueda comenzar. Existe una experiencia escolar habitual que puede describirse como la
experiencia de «ser capaz de hacer algo». El dictado y cualquier otro método de enseñanza
recuerdan precisamente esto a los jóvenes en la medida en que hacen o realizan la escuela. El
riesgo de que una experiencia inicial emancipadora derive en una claudicación en la
incompetencia existe en todas las técnicas escolares. El tiempo, el espacio y los recursos se
organizan para hacer posible la experiencia del punto de partida y el acontecimiento del
encuentro. Permiten la experiencia de implicarse en prácticas y en estudios interesantes pero no
la fabrican. La aplicación correcta de una técnica no garantiza que los estudiantes se pondrán
automáticamente a practicar y a estudiar. El registro de la tecnología escolar es en este sentido
más mágico que mecánico, más cercano a lo alquímico que a una reacción química en cadena.19
Pero eso no quiere decir que todo esto sea sólo cuestión de fe ciega o de esperar para ver qué
pasa. Significa que las tecnologías escolares son experimentales por naturaleza, siempre
mejorables por ensayo y error, una y otra vez. Enseñar, estudiar y practicar son un trabajo.
Encontrar la forma y formarse a uno mismo requiere esfuerzo y paciencia.
Hay numerosos ejemplos de métodos de enseñanza. Consideremos la presentación en
clase de un tema asignado o elegido. No sólo el momento mismo de la presentación es
importante, también lo es el proceso de preparación. Se trata de un ejercicio de selección y de
locución pública, pero también de estudio y de escritura. Frecuentemente los estudiantes se fijan
en algo de su propio mundo (una afición, por ejemplo) y lo convierten en el objeto de estudio
elegido. Asumen el rol del profesor, pero no plenamente. Observando atentamente a la víctima
frente a la clase, los otros alumnos se transforman en una audiencia de profesores sentados, pero
19
ISABELLE STENGERS (2005); "The Cosmopolitical Proposal", en LATOUR, B. & P. WEIBEL
(comps.) (2005): Making Things Public. Atmospheres of Democracy (p. 994-1003).
Londres/Cambridge/Karlsruhe: MIT Press/ZKM.
27
no del todo. Sigue siendo un juego en el que los propios estudiantes y algo del mundo empiezan
a ponerse en juego. Eso también se aplica a la escritura de redacciones: ¿hay otra palabra con
una mayor connotación escolar? Aquí también podemos hablar de un «encuentro frontal con el
lenguaje» que al mismo tiempo es un encuentro frontal con las propias capacidades (de
escritura). Es un ejercicio y por lo tanto tiene que ver, en parte, con hacer algo por el hecho
mismo de hacerlo. Una vez los jóvenes abandonan la escuela ya no tienen que escribir
redacciones escolares. Sin embargo, tendrán que ser capaces de escribir en una amplia variedad
de estilos y sobre muchos temas. Pero en la escuela la escritura tiene que ser practicada y la
redacción es, posiblemente, el mayor significante de ese ejercicio total. Las pruebas (integradas)
en programas educativos más técnicos y profesionales son ejemplos adicionales de tecnología
escolar. Aquí, evidentemente, la aplicación, el diseño y la realización de cosas concretas tienen
prioridad. Pero a los estudiantes técnicos y profesionales también se los sitúa en esa situación
inicial que les permite comenzar algo. Dan forma a algo, a la vez que se dan forma a sí mismos.
El mundo productivo se pone a distancia para que el diseño, el desarrollo, la creación, la
invención y la presentación sean importantes en sí mismos. Se trata fundamentalmente de un
ejercicio para probar las propias capacidades y conocimientos: una tecnología escolar donde el
simple hecho de intentarlo es central. Los trabajos, los apuntes y las series de problemas son
otra forma típicamente escolar de enseñanza. Con frecuencia los trabajos se presentan como la
forma ideal de hacer tangible la asignatura, de demostrar su aplicabilidad y de cimentarla como
el último paso hacia una aplicación real a la vida. Pero su función escolar ejerce su influencia en
algo más. Los trabajos traen el mundo a la clase pero también lo dejan fuera. Ofrecen la
posibilidad del reconocimiento pero al mismo tiempo concentran la atención en algo. Y son
ejercicios precisamente por eso. Al completar los trabajos -y por lo tanto al afrontar algo
concreto- los estudiantes se enfrentan, ante todo, a sí mismos. El énfasis no está en la resolución
de problemas reales concretos -y la presión y las expectativas que vienen con ellos. Al contrario,
cuando la frontera entre los trabajos escolares y los problemas reales concretos se desvanece, los
trabajos dejan de ser ejercicios. En ese momento, de pronto, los alumnos son tratados como
especialistas y los trabajos, apuntes, conjuntos de problemas, preguntas hipotéticas, etc., pierden
su función escolar. Ya no sitúan a los estudiantes en la posición de intentar, de probar y de
practicar. O formulado de forma más afinada: en la escuela no hay problemas, sólo preguntas.
También hay tecnologías escolares menos obvias. Consideremos la memorización, por
ejemplo. O recitar un poema, o copiar un texto. La aritmética mental y las tablas de multiplicar
son otros ejemplos. Desde la perspectiva de la aplicabilidad, estas actividades son inútiles. Es
posible, evidentemente, defenderlas señalando alguna utilidad, aunque sea traída por los pelos:
la aritmética mental es útil y eficaz porque tu cerebro siempre está a tu disposición y no
necesitas recurrir inmediatamente a la calculadora. Pero a la hora de buscar el significado de
estas tecnologías escolares sería bueno mirar en otra dirección. Tal vez tienen un significado
eminentemente formativo, en especial si consideramos que formación significa «formarse a uno
mismo». Pasan entonces a ser ejemplos de una especie de gimnasia escolar. Los seres humanos
practican y estudian por medio de estas tecnologías, que tuvieron una dilatada historia y un
lugar prominente desde la antigüedad griega. Son técnicas básicas para la persona
experimentada y cultivada que procura alcanzar y mantener un cierto nivel de fortaleza mental,
así como las técnicas de educación física mantienen el cuerpo en movimiento.20 Podemos hablar
aquí de «técnicas del yo», porque los propios estudiantes -no el profesor- las utilizan para
20
Véase también: JORIS VLIEGHE (2010): Democracy or the flesh. A research into the meaning of
public education from the stand point of human Embodiment. Tesis doctoral KU Leuven.
28
21
Para una historia de estas técnicas (aunque sus sentido formativo y pedagógico no se subraye tanto
como su sentido ético), véase: MICHEL FOUCAULT (2001): L'hermeneutique du sujet, París,
Gallimard. Y Peter Sloterdijk, 2011.
29
del examen? Probablemente también haya otros medios pedagógicos de ejercer presión y otros
modos de rematar una carrera escolar con un gesto de finalización.
Un concepto que aún no hemos mencionado en esta defensa de la tecnología escolar es
la disciplina. Es un término que no recibe una cálida acogida en los círculos educativos de hoy
en día. Junto a palabras como autoridad, la disciplina parece pertenecer a una terminología
pedagógica que preferiríamos dejar atrás. Parece que vinculamos inmediatamente la disciplina a
la opresión, la subyugación, la represión, el control y la vigilancia, la sumisión y la obediencia.
A pesar de ello, queremos re-apropiarnos el término asignándole -como era de esperar- un
significado escolar positivo que exprese un componente fundamental de las tecnologías
escolares. La práctica y el estudio son imposibles sin alguna forma de disciplina, es decir, sin
seguir cierto número de reglas. Las reglas escolares no son reglas de vida (reglas para vivir una
buena vida) y tampoco son reglas políticas (estándares de comportamiento o leyes para el orden-
amiento- de la sociedad). Y en este sentido no están diseñadas para iniciar a los jóvenes en un
grupo o en una sociedad por medio de la sumisión. Con la expresión “reglas escolares” nos
referimos a las reglas específicas de un determinado método de enseñanza, como el dictado por
ejemplo, pero también a las reglas establecidas por el profesor -tanto explícitas como implícitas-
y dirigidas a mantener a los estudiantes implicados en la clase. No son reglas que se formulen
por amor a las reglas, y por lo tanto no exigen obediencia por la obediencia misma. Las reglas
escolares contribuyen a hacer posible la presentación del mundo de una forma comprometida:
intentan centrar la atención, minimizar la distracción y mantener (o, cuando es necesario, evitar)
el silencio. Son también las pequeñas reglas personales que guían a los estudiantes durante el
estudio y la práctica. ¿Cómo podríamos escribir o leer sin esas reglas y formas de disciplina?
Queremos, por lo tanto, reservar el término «disciplina» para el seguimiento de las reglas que
ayudan a los estudiantes a alcanzar esa situación inicial en la que pueden empezar o mantener el
estudio y la práctica. En otras palabras, abandonar el propio mundo vital y elevarse por encima
de uno mismo requiere un esfuerzo sostenido que viene facilitado por el apego a las reglas. En
este sentido, una tecnología escolar y las reglas adheridas a ella hacen posible que los jóvenes se
conviertan en «discípulos». Esta es la disciplina en tanto que tecnología escolar, aunque es
evidente que la sociedad y la política se han interesado gradualmente en utilizar esta tecnología
para someter y domesticar a sus ciudadanos.
Las tecnologías escolares, como las hemos descrito anteriormente, no son en ningún
caso herramientas que, utilizadas correctamente, produzcan jóvenes bien formados, como
productos acabados y salidos de una línea de montaje. No son tecnologías desplegadas por la
vieja generación para manipular a la generación joven, aunque ciertamente ese peligro existe
aún: tanto los reformadores conservadores como los progresistas han acumulado un vasto
arsenal de tecnologías escolares para servir a su imaginación política. Las tecnologías escolares
son técnicas que, por un lado, implican y comprometen a los jóvenes y, por otro, presentan el
mundo, es decir, centran la atención en algo. Sólo de esta forma la escuela es capaz de generar
interés y hacer que la «formación» sea posible. Una tecnología escolar está dirigida a hacer
posible el tiempo libre. Más específicamente, es una técnica que permite el propio «ser capaz» o
que hace posible la experiencia de «puedo hacerlo/soy capaz». En este sentido, no es una
técnica que el hombre aplique a la naturaleza a fin de manipularla. Es un artefacto técnico
inventado por el hombre para ser aplicado en el hombre, a fin de permitirle ejercer influencia
sobre sí mismo, configurarlo y permitirle adquirir su propia forma, por así decirlo. En este
contexto, también necesitamos de la tecnología escolar: de una teoría de aquellas técnicas cuyo
único potencial es inducir atención e interés y presentar o abrir el mundo.
30
Los conoce todos. Las estadísticas y los artículos de prensa. Inmigrantes que fracasaron antes
incluso de poner el pie en la escuela. Hijos de padres solteros -sigue siendo un riesgo. El
diploma de la madre. ¡Atención! El estatus socio-económico: la expresión “riesgo de
exclusión” habla por sí misma hoy en día. Pero él sabe que son correlaciones, no relaciones
causales. Son posibilidades y promedios. También sabe que los periódicos son rápidos en
designar culpables y en dar nombres a las cosas. Conoce las cifras. Pero no reconoce a sus
estudiantes en ellas. Tal vez podría si lo intentara realmente, o si todo se volviera insoportable,
demasiado agotador, o si se separara de su papel de profesor y dejara de ser él mismo. Stevie
tiene problemas en clase: uno de esos estudiantes con una mala situación en casa. Naomi da
problemas: no hace otra cosa que pasar el tiempo, esperando a salir y a encontrar un trabajo,
como hicieron sus hermanos y hermanas, sus primos y sus padres a su edad. Y también sus
abuelos. Y luego está Amir, el inteligente marroquí: la excepción que demuestra la regla. Pero
si se permite ser su yo bien preparado, no piensa en términos de estadística; no se deja atrapar
por las reglas, los patrones y los indicadores. Le molesta la perspectiva a vista de pájaro que
insiste en establecer el promedio de sus estudiantes y de sí mismo, de su trabajo, confinándolo
en una estadística. Eso rompe su concentración. Como si alguien mirara por encima de su
hombro, obligándolo a contemplar su trabajo y a sus estudiantes desde otra perspectiva. Un
mundo de marionetas; capital social y otros tipos de capital frívolamente acumulados y que
reproducen despiadadamente la desigualdad. En el aula, durante la clase, ese mundo no existe.
Ingenuo. Pero le gusta pensarlo así. No puede evitarlo. Los estudiantes merecen ser llamados
por su nombre. Sigue fiel a su creencia de que interesarse no es innato, y de que el talento y la
inteligencia no pueden tomarse como puntos de partida. Esas cualidades tienden a mostrarse
más tarde. Hasta donde a él le compete, se trata de estar ahí para todos en general y para
nadie en particular. Y eso significa que a veces tiene que asegurarse de que Stevie, Naomi e
incluso Amir se concentran en la lección. Pero la lección no versa sobre ellos. Tiene que ver
con la materia, con llamar la atención sobre las cosas, con ofrecer un sabor, con insistir en el
estudio y en la práctica, con despertar el interés. En este mundo también hay diferencias;
después de todo, el estudio y la práctica requieren esfuerzo. Estas diferencias tienen nombre:
Stevie, Naomi y Amir. Cuando se trata de ofrecer nuevas oportunidades, se aferra a su
ingenuidad contra el (supuesto) mejor juicio de otros. Tanto la materia que enseña como sus
alumnos se lo exigen. La igualdad de oportunidades y la igualdad social están más allá de su
poder. No es un titiritero.
Que la escuela desactiva temporalmente el tiempo ordinario también significa que desempeña
un papel específico en la cuestión de la (des)igualdad social. En este sentido, tal vez ninguna
otra visión sobre la escuela ha sido más escrutada científicamente que la reiterada afirmación de
que la escuela no hace sino perpetuar -y quizá incluso reforzar- las desigualdades sociales
existentes. De hecho, desde los años sesenta se han publicado una oleada de estudios que
«demuestran» que la escuela reproduce las desigualdades sociales existentes e incluso que crea
otras nuevas. En este sentido se hace difícil refutar la acusación de corrupción y consolidación
del poder. En nuestra opinión, esto es una tergiversación. La afirmación de que la escuela
31
reproduce las desigualdades sociales pervierte y malinterpreta el concepto de escuela como tal.
En realidad, tal vez no existe invención humana más volcada a crear igualdad que la escuela. El
sueño de la movilidad, del progreso y de la emancipación social -que en todas las culturas y
contextos ha arraigado en la escuela desde su invención- se alimenta precisamente de este
(re)conocimiento. (Re)conocer esta función también explica nuestra eterna fascinación por las
incontables películas realizadas desde el nacimiento del cine que retratan la escuela y
especialmente al profesor como agentes capaces de ayudar a los estudiantes a escapar de su
mundo vital y de su (aparentemente predestinado) lugar y destino en el orden social. Tal vez no
sea coincidencia que estas películas sean casi tan populares como las historias de amor. En
cierto sentido, como pronto veremos, realmente son historias de amor. En verdad, (re)conocer
este efecto explica parte de las sospechas e incluso del odio dirigido hacia la escuela. Si la
escuela puede tener ese efecto, entonces también es capaz de frustrar y alterar los planes que
padres/abuelos y madres/abuelas tienen para sus hijos/nietos e hijas/nietas, así como inhibir y
amenazar los planes que los líderes religiosos y políticos (tanto si son socialmente
conservadores o innovadores, hombres de Estado o revolucionarios) hayan diseñado para sus
ciudadanos o sus seguidores. En realidad, la escuela casi siempre tiene éxito en eso, pese a todos
los esfuerzos de padres, madres, líderes religiosos, hombres de Estado y revolucionarios de
utilizar la escuela para sus propios propósitos e ideales. En este sentido, la escuela siempre tiene
que ver con la experiencia de la potencialidad.
Los elementos que «hacen» la escuela -suspensión, profanación, el mundo, atención,
disciplina, técnica- están conectados (o pueden estar conectados) a la experiencia de la
capacidad y de la posibilidad. Pennac se refería a ello al afirmar que el profesor debía intentar
conducir a los estudiantes al «presente de indicativo» a fin de liberarlos del peso de las
dinámicas sociológicas o de otro tipo que los hunden en una psique de inutilidad. Traerlos al
presente de indicativo o llamar su atención hacia algo puede suscitar una situación en la que este
peso quede suspendido, creando una experiencia de capacidad o de disponibilidad en los
estudiantes y permitiendo al profesor asumir que todo el mundo «tiene la capacidad de...». En
otras palabras, el espacio escolar surge como el espacio «par excellence» en el que se verifica la
igualdad para todos. Esta igualdad se convierte en el punto de partida, un supuesto que se
verifica una y otra vez. La igualdad de cada estudiante no es una postura científica o un hecho
demostrado sino un punto de partida práctico que sostiene que «todo el mundo es capaz» y que,
por lo tanto, no hay motivos o razones para privar a alguien de la experiencia de la capacidad,
esto es, de la experiencia de «ser capaz de».22 Esta experiencia no sólo quiere decir que alguien
puede separarse de su posición normal (los niños se convierten en estudiantes/escolares) sino
también que algo puede separarse de su uso normal (la materialidad se convierte en materia, es
decir, en material de estudio y en material para la práctica). Pennac describe esto último con
mucha eficacia. Muestra que el profesor que «hace» escuela la produce a través de una doble
maniobra: él (el profesor) dice «esto es importante, y considero mi deber o responsabilidad
presentároslo», pero precisamente al presentarlo -al hacerlo presente- también dice «y no puedo
deciros y no os diré cómo usarlo más tarde (en la sociedad)». Así, el profesor libera la materia
de su uso y es precisamente esa liberación la que hace que las cosas se tornen públicas,
presentes, presentadas, compartidas. Como ya hemos señalado, la escuela es un lugar que
convierte algo en objeto de estudio (en conocimiento por amor al conocimiento) y en objeto de
práctica (en habilidad por amor a la habilidad). El estudio y la práctica son actividades que ya
22
RANCIÈRE, J. (1991): The ignorant Schoolmaster: Five lessons in intellectual emancipation, K. Ross.
trad. e introducción. Stanford, CA, Stanford University Press.
32
no sirven (como medio) para un fin o para un propósito final, sino que más bien posibilitan
nuevas conexiones precisamente porque son apartadas de ellos. Esta situación en la que algo se
separa de su supuesto propósito y se abre a nuevas conexiones es, en otras palabras, esa
situación inicial que hemos discutido anteriormente. Es una situación en la que se experimenta
la capacidad y la posibilidad de hablar (de una forma nueva y novedosa que traza nuevos
vínculos entre las palabras y las cosas), de actuar, de ver, etc.
Actualmente, se ha desarrollado un aparato de detección y de clasificación de alcance
cada vez más amplio a fin de asegurar un futuro para nuestros hijos (y para nosotros mismos).
Este aparato convierte a los niños y a los jóvenes en objetos de clasificación e intervención y los
encierra en su presunta individualidad y en sus diferencias mutuas (su aptitud típica, su talento
único, su particular nivel de desarrollo, sus limitaciones, su condición cerebral, etc.). Utilizar la
singularidad de cada uno y las diferencias mutuas entre niños y jóvenes como punto de partida
presume, en uno u otro sentido, una desigualdad efectiva en las capacidades. Sin embargo, la
escuela y el profesor que pretenden mantener la mente de los estudiantes centrada en la lección
parten del supuesto de que todos los estudiantes tienen la misma capacidad. En este supuesto, la
escuela y el profesor ponen algo encima de la mesa: algo que se convierte en «bien público» y,
en consecuencia, algo que sitúa a cada cual en una situación inicial igualitaria y ofrece a todos la
oportunidad de comenzar. Para la escuela y para el profesor, la igualdad del estudiante es una
hipótesis práctica -no una certeza científica- que se procura verificar mientras se enseña.
Naturalmente, al llevar a cabo esta verificación el profesor podrá tomar en consideración al
estudiante individual, su situación y sus problemas. Pero esta atención a las diferencias
pertenece al ámbito de la propia enseñanza y es independiente de la construcción de un sistema
educativo basado en las presuntas diferencias y desigualdades naturales o fácticas.
Esto no quiere decir que no pueda haber ninguna diferenciación en el interior de la
escuela. Lo problemático es una diferenciación impuesta por la sociedad a la escuela en nombre
de una necesidad natural o de otro tipo. Lo específico de las formas escolares de diferenciación
es que siempre son de carácter artificial. Son convenciones escolares, no imposiciones sociales.
No son absolutas y no predeterminan la posición y las oportunidades de los estudiantes.
Consideremos, por ejemplo, una de las bases más comunes y en cierto modo más «naturales» de
la diferenciación: la edad. Es, fundamentalmente, una cuestión convencional. Obviamente,
resulta tentador legitimar esta convención en términos de un proceso de desarrollo biológico y
cognitivo -la madurez- de los jóvenes. Pero la naturaleza no sigue el calendario humano, y lo
que resulta más importante, el carácter puramente convencional del criterio de edad, se hace
evidente cuando consideramos cómo interfiere en las oportunidades del estudiante. El carácter
artificial de las distinciones escolares es tal vez más evidente en las conocidas y emocionantes
historias sobre la escuela: la historia de los alumnos difíciles que perseveran y triunfan contra
toda probabilidad y previsión; la historia del profesor cuyo comentario conmueve
profundamente a un estudiante y le anima a seguir acudiendo a clase; el estudiante que de
pronto se interesa y se supera a sí mismo. Desde un punto de vista estadístico, estas excepciones
no son significativas. Pero la razón por la que continúan interpelándonos es porque estos relatos
expresan el carácter único de la propia escuela. Nuestros sentidos sufren una conmoción, y de
pronto comprendemos que lo que una vez consideramos un hecho inconmovible o una
determinación natural no era más que prejuicio. Nos recuerda que los criterios, clasificaciones y
diferenciaciones son convenciones -convenciones que hemos de atrevernos a cuestionar
constantemente. En otras palabras, debemos evaluar y tal vez rediseñar el funcionamiento de la
escuela utilizando estos acontecimientos significativos o estas «historias de éxito» como telón
de fondo: bajo su luz, ¿es mejor aferrarse a ciertos tipos de clasificaciones? Y esto en contraste
con la tendencia a considerar las historias de éxito como casos estadísticamente insignificantes
33
que legitiman la estructura y las convenciones vigentes. Nos permitimos sugerir que la escuela
tiene el deber de continuar creyendo en el potencial de la próxima generación: cada estudiante,
independientemente de sus antecedentes o de su talento natural, tiene la capacidad de interesarse
en algo y de desarrollarse a sí mismo de forma significativa. En este sentido, lo que ocurre en la
escuela siempre es «antinatural», «improbable». La escuela opera contra las «leyes de la
gravedad» (por ejemplo, la «ley natural» que dice que los estudiantes de un determinado estatus
socioeconómico no tienen interés en una determinada materia o asignatura) y se niega a
legitimar diferencias basándose en la «gravedad» específica de los estudiantes. Y no porque la
escuela, en su ingenuidad, niegue la existencia de la gravedad, sino porque la escuela es una
especie de vacío en el que los jóvenes y estudiantes reciben tiempo para practicar y para
desarrollarse. Y si las «historias de éxito» narradas en una infinidad de películas sobre escuelas,
profesores y estudiantes, siguen interpelándonos, es porque nos recuerdan a todos el sentido de
la escuela. Un sentido relacionado con la hipótesis práctica de la igualdad como parte del
funcionamiento de la escuela.
34
«¿Yo? Soy un profesor.» Y luego silencio. Sé lo que significa ese silencio: vacaciones
generosas, seguridad laboral pero monotonía, un trabajo ideal para gente con hijos.
Admiración, también. Tienes que sostenerlo día lectivo tras día lectivo, y con la juventud de
hoy, que ya es decir. Pero también detecto incomprensión: ¿quién regresa voluntariamente a
aquel lugar maldito después de dieciocho años de escolarización, consciente de que asumirías
el papel de alguien que como estudiante no siempre respetabas, por decirlo suavemente? Lo
que ahora sé -y es una constatación inmune a los habituales comentarios sutiles y no tan
sutiles- es que este es una trabajo diferente a los demás. Amo mi profesión, a mis estudiantes. A
veces me supera. ¡Por supuesto que sí! En esos momentos llego a pensar: si tan sólo me
pagaran por horas, o me pagaran doble las horas extra, y triple el trabajo en fin de semana.
Pero a ese pensamiento le sigue inmediatamente este otro: no lo hago por dinero. Obviamente.
¿Cómo podría? Vivo en un lugar donde la comunidad aparta a sus hijos, ofreciéndome tiempo
para hacer cosas interesantes con ellos, mientras sus padres están siendo productivos en casa o
en el trabajo. El primer día de clase: es un día especial no sólo para los niños y los jóvenes sino
también para nosotros los profesores. Ese día nunca deja de fascinarme; despierta algo, parece
vincular todas las cosas. Es una especie de celebración, con discursos y promesas de todo tipo,
y también excitante; las cosas suceden, pero nunca totalmente bajo control. Soy plenamente
consciente de que los padres me confían a sus hijos, y de que la sociedad confía en que soy un
buen profesor. Pero también advierto que es una confianza frágil. Tal vez eso explica el anhelo
de seguridad, las garantías de calidad, las estrictas obligaciones de presentar cuentas, el
impulso obsesivo por la innovación, los estándares y los perfiles laborales mensurables: la
profesionalización del profesor como un medicamento contra las violaciones de la confianza,
una píldora para prevenir los ataques de ansiedad de una sociedad competitiva que insiste en
la máxima explotación de los talentos. Me doy cuenta de que no existe la confianza ciega. Pero
también sé que las medidas inspiradas en la desconfianza, la sospecha o el temor, tanto si
vienen o no envueltas en las retóricas de la profesionalización y de la calidad, son maneras
infalibles de curarme de mi amor.
La escuela como forma de tiempo libre se construye y debe ser construida. Ya hemos señalado
que esta forma se crea a través del establecimiento de umbrales y reglas: por el tiempo escolar
(la campana) y la disciplina escolar, cerrando las puertas, pero también gracias a tecnologías
como pizarras, pupitres, libros, aulas, etc. Todas esas cosas permiten la apertura del mundo y la
posibilidad de compartirlo, eso hay que experimentar para de «ser capaz de comenzar». Sin
embargo, como muestran muchos de los ejemplos que hemos usado anteriormente, hay que
reservar un lugar importante para la figura del profesor. En la actualidad, al profesor se le
considera, evidentemente, un experto, es decir, alguien cuya pericia se basa en el conocimiento
(científico) y/o alguien que actúa metódicamente y de forma competente. Y no hay duda de que
eso juega un papel importante. Pero para nosotros hay algo más. Para elucidar lo que podría ser,
volvamos primero a Pennac. Lo que sigue es una conversación entre un profesor y un alumno de
esos a los que se llama «difíciles»:
35
«No son métodos lo que faltan, sólo habláis de los métodos. Os pasáis todo el tiempo refugiándoos en los métodos
cuando, en el fondo de vosotros mismos, sabéis muy bien que el método no basta. Le falta algo.
-¿Qué le falta?
-No puedo decirlo.
-¿Por qué?
-Porque es una palabrota.
-¿Peor que «empatía»?
-Sin comparación posible. Una palabra que no puedes ni siquiera pronunciar en una escuela, un instituto, una facultad
o cualquier lugar semejante.
-¿A saber?
-No, de verdad, no puedo...
-¡Vamos, dilo!
-Te digo que no puedo. Si sueltas esta palabra hablando de educación, te linchan, seguro.
-...
-...
-...
-El amor.»23
23
DANIEL PENNAC, p. 257-258.
24
ILSE GEERINCK, (2011): The Teacher as a Public Figure. Three Portraits. Tesis doctoral. KU
Leuven.
25
Un «amateur» es alguien que hace algo por afición, por amor, sin ningún interés práctico o económico.
Se podría usar también la palabra diletante. Cuando los autores convierten esa palabra en adjetivo hablan,
a veces, de «loving teacher». En ese caso lo hemos traducido por «profesor amador» (Nota del traductor).
36
objeto de estudio o de práctica, ya sea matemáticas, lengua, carpintería o dibujo. Así, el profesor
logra poner en contacto a los estudiantes con la materia y les permite perder la noción del
tiempo; es decir, logra apartarlos del tiempo ordinario y llevarlos a un punto en el presente
donde se solicita su atención –a una presencia en el presente, podríamos decir. Este entusiasmo,
esta manera de asumir una relación específica con la materia, está vinculada al hecho de que la
materia se desencadena, se libera, se separa del uso que le estaba destinado y, precisamente por
eso, puede convertirse en un objeto de estudio o de ejercicio, tanto para el profesor como para el
alumno. Como señalaba Gregory, es así como las palabras llegan a ser verdaderas palabras.
Varios elementos convergen en el amor por la materia: respeto, atención, devoción, pasión. El
amor se revela en una especie de respeto y atención por la «naturaleza del asunto» o por el
material con el que el profesor se compromete. La madera, por así decirlo, pide ser trabajada de
cierta forma, así como el profesor solicita la atención de sus estudiantes a la lengua y a las
matemáticas. Este respeto y atención por la materia también implica devoción. Alguien se da a
sí mismo a la madera de una determinada manera, o a la lengua inglesa, o a las matemáticas o a
cualquier otra materia. Además, una forma de pasión acompaña a esa relación de respeto,
atención y devoción. El profesor amateur está, en cierto modo, inspirado, o más bien -para
decirlo explícitamente en una forma pasiva- es inspirado por su asignatura o su materia.
¿Cómo reconocemos al profesor amateur? En palabras sencillas, esto se revela en la
dimensión en la que una persona está presente en lo que hace: en el modo en que demuestra
quién es y qué representa a través de sus palabras y sus acciones. Eso es lo que podríamos
llamar la maestría de un profesor. Mientras el conocimiento y la competencia garantizan un tipo
de pericia, son cosas como la presencia, el cuidado y la devoción las que dan expresión a la
maestría del profesor. El profesor, de cierta forma, encarna la materia y la hace presente en el
aula.
«Si lo que espero es su plena presencia mental, necesito ayudarles a instalarse en mi clase. ¿Los medios de
conseguirlo? Eso se aprende sobre todo a la larga y con la práctica. Una sola certeza, la presencia de mis alumnos
depende estrechamente de la mía: de mi presencia en la clase entera y en cada individuo en particular, de mi
presencia también en mi materia, de mi presencia física, intelectual y mental, durante los cincuenta y cinco minutos
que durará mi clase.»26
«La presencia del profesor que habita plenamente su clase es perceptible de inmediato. Los alumnos la sienten desde
el primer minuto del año, todos lo hemos experimentado: el profesor acaba de entrar, está absolutamente allí, se
advierte por su modo de mirar, de saludar a sus alumnos, de sentarse, de tomar posesión de la mesa. No se ha
dispersado por temor a sus reacciones, no se ha encogido sobre sí mismo, no, él va a lo suyo, de buenas a primeras,
está presente, distingue cada rostro, para él la clase existe de inmediato.»27
«¡Oh, el penoso recuerdo de las clases en las que yo no estaba presente! Cómo sentía que mis alumnos flotaban,
aquellos días, tranquilamente a la deriva mientras yo intentaba reavivar mis fuerzas. Aquella sensación de perder la
clase... No estoy, ellos no están, nos hemos largado. Sin embargo, la hora transcurre. Desempeño el papel de quien
está dando una clase, ellos fingen que escuchan.»28
26
DANIEL PENNAC, p. 105.
27
DANIEL PENNAC, p. 106-107.
28
DANIEL PENNAC, p. 105.
37
Quizá se pueda reconocer al profesor amateur por la forma en que se prepara. No sólo prepara la
clase sino que se prepara también a sí mismo. Es alguien que se carga a sí mismo, y a su trabajo,
de energía, alguien que trabaja su atención, su concentración y su devoción a fin de permanecer
encarnado29 e inspirado ante la clase. Esta preparación no garantiza por sí misma una clase
lograda, pero es necesaria para conseguirla. Tiene que ver con equiparse, literal y
figuradamente. Y tiene que ver también con las pequeñas y, vistas desde la distancia, a menudo
ridículas costumbres y hábitos -sí, incluso rituales- que los profesores observan antes de entrar
en clase; las pequeñas cosas que les inspiran, les llevan al presente y les ayudan a estar
presentes.
¿Cómo se relaciona con sus estudiantes el profesor amateur? Precisamente la maestría,
el interés, y el compromiso inspirado por parte del profesor son lo que le permite interesar,
inspirar y comprometer a sus estudiantes. De hecho, como ocurre con un niño, el alumno no
quiere a alguien que esté (únicamente) interesado en él o en ella, sino a alguien que esté
interesado en otras cosas y por lo tanto sea capaz de generar interés por ellas. Peter Handke
cuenta cómo odiaba ir a la escuela en sus años jóvenes y cómo estaba completamente
desinteresado por lo que el profesor decía. Su atención sólo era atrapada en los momentos en
que el profesor hablaba como si hubiera olvidado a sus alumnos -cuando no se dirigía a nadie en
concreto-, arrebatado por sus palabras. En esos momentos no estaba ausente sino increíblemente
presente en lo que decía, y eso es lo que permitía que sus estudiantes se interesasen.30 Tal vez
Handke habla aquí del profesor amateur que muestra amor por su asignatura o materia y, al
hacerlo, ama a sus estudiantes. En ese momento, el amor por su materia y el amor por sus
estudiantes estaban inextricablemente entrelazados. En otras palabras: para el profesor, el
aspecto formativo de la enseñanza atravesada por el amor es la sombra radiante de su maestría.
La formación no es una responsabilidad secundaria; no es una tarea o una competencia
adicional. Es más bien algo que forma parte de cada lección y que se invoca en el curso de
cualquier asignatura y de cualquier tipo de contenido. Es la posibilidad del interés, de la
atención y, por lo tanto, de la formación lo que se ofrece una y otra vez en cada lección dada
con maestría, y no el resultado de algún tipo de intención -por ejemplo, «y ahora atenderé a la
formación en lugar de a los conocimientos y a las habilidades relacionadas con la materia».
En ese sentido, el profesor amateur sabe muy bien que el «amor por la asignatura» no
puede ser enseñado. El profesor puede pedir a los alumnos que practiquen, que se preparen, que
intenten implicarse. Puede dar instrucciones, definir reglas, exigir a sus alumnos estudio,
práctica, perseverancia y dedicación. Y en este sentido también podemos hablar de una especie
de disciplina. Una disciplina que permite que algo suceda y que trae al profesor y al alumno al
presente, cerrando la puerta del aula por un rato para hacer que esa temporalidad sea posible.
«¡Tienes razón, mis colegas me toman por un profe del siglo diecinueve! Creen que colecciono las muestras de
respeto exterior, que formar filas, los muchachos detrás de la silla, ese tipo de cosas, se deben a una nostalgia de los
tiempos antiguos. Fíjate que un poco de cortesía nunca ha hecho daño a nadie, pero en este caso se trata de otra cosa:
instalando a mis alumnos en el silencio, les doy tiempo para aterrizar en mi curso, para comenzar con calma. Por mi
parte, examino sus rostros, advierto los ausentes, observo los grupos que se hacen y deshacen; en resumen, tomo la
temperatura matutina a la clase.»31
29
La palabra inglesa es «embodied». El profesor no sólo sabe de su materia y la transmite sino que, de
algún modo, la incorpora en sus palabras y en sus actos (Nota del traductor).
30
PETER HANDKE (2002): Der Bildverlust oder Durch die Sierra de Gredos. Frankurt am Main:
Suhrkamp, p. 102.
31
DANIEL PENNAC, p. 111-112.
38
Muchos de los ejemplos del libro de Pennac evidencian que las necesidades individuales no
ocupan un lugar central: eso, afirma, cae fuera de la materia de estudio. Los profesores se
limitan al material, a las técnicas escolares y a las reglas de juego que imponen la práctica y el
estudio de la asignatura. Estas reglas de juego forman el núcleo de la disciplina escolar. Para el
profesor amador, esa disciplina no es una concha vacía o una especie de armadura que le
protege contra la «imposible» nueva generación. Son las reglas que fluyen del amor por la
materia y por los estudiantes y, por lo tanto, renacen constantemente, están encarnadas en sus
actos y en sus palabras, y son necesarias tanto para hacer posible la lección como para dar a los
estudiantes la oportunidad de estar presentes y atentos. Cuando asumen una vida propia, y se
hacen independientes del profesor, entonces se convierten en reglas «del siglo XIX»: pierden su
fuerza, surge la necesidad de nuevas reglas con el fin de desprenderse de las antiguas, y así
sucesivamente. Cuando esto ocurre, la disciplina escolar se transforma en un sistema de
reprimendas y recompensas o –dicho de una forma más contemporánea- en una gestión del aula
basada en incentivos y contratos. Pero el tipo de disciplina que hace posibles la práctica y el
estudio y que es mostrada por el profesor amador y por su asignatura es de un orden diferente.
Es sobre la base de las técnicas escolares y de la disciplina escolar que se hacen posibles
el interés y la atención, y que las acciones del profesor amador se conciben en términos de
igualdad. Limitarse a la disciplina exigida por la práctica y el estudio -y por lo tanto, no dejarse
despistar por las necesidades individuales- en realidad significa que el profesor, una y otra vez y
a veces contra su propia opinión, concede una nueva oportunidad a los estudiantes -incluyendo a
los así llamados estudiantes «imposibles».
«No es que se interesaran por mí más que por los otros, no, tomaban en consideración tanto a sus buenos como a sus
malos alumnos, y sabían reanimar en los segundos el deseo de comprender. Acompañaban paso a paso nuestros
esfuerzos, se alegraban de nuestros progresos, no se impacientaban por nuestras lentitudes, nunca consideraban
nuestros fracasos como una injuria personal y se mostraban con nosotros de una exigencia tanto más rigurosa cuanto
estaba basada en la calidad, la constancia y la generosidad de su propio trabajo.»32
«Esos profesores no compartían con nosotros sólo su saber, sino el propio deseo de saber. Y me comunicaron el gusto
por su transmisión. Así pues, acudíamos a sus clases con el hambre en las tripas. No diré que nos sentíamos amados
por ellos, pero sí considerados, sin duda (respetados, diría la juventud de hoy), consideración que se manifestaba
hasta en la corrección de nuestros exámenes, donde sus anotaciones sólo se dirigían a cada uno de nosotros en
particular.»33
El foco está en cualquiera y en nadie en concreto. Y esto no quiere decir que los problemas y
necesidades individuales se descuiden o no se tengan en cuenta, quiere decir que no pueden ser
el punto de partida para el profesor amador. El punto de partida es el amor por la asignatura, por
la materia y por los estudiantes; un amor que se expresa en el hecho de abrir y compartir el
mundo. A partir de aquí no se puede hacer sino asumir la igualdad, es decir, actuar desde el
supuesto de que todos son capaces de atención, de interés, de práctica y de estudio. Así pues, el
profesor amador no empieza por el supuesto de que ciertos individuos difieren desde el
principio, y no observa en los resultados de los exámenes una evidencia objetiva para confirmar
ese supuesto («¿lo ves? no puede hacerlo; no lo lleva dentro»). El amor por la materia y por los
estudiantes no permite esa resignación, así como el profesor amador no permite que los
estudiantes se escondan detrás de los relatos de fracaso que se cuentan sobre sí mismos o que
32
DANIEL PENNAC, p. 224.
33
DANIEL PENNAC, p. 226-227.
39
otros cuentan a propósito de ellos. En pocas palabras, el profesor amador ama su asignatura y
cree que a todo el mundo se le debería conceder, una y otra vez, la posibilidad de implicarse en
la materia que él ama.
¿Y cómo responden los estudiantes al profesor amador y “maestro”34? Aquí queremos
invocar un aspecto a menudo descuidado de la escuela: es típico de lo escolar el hecho de que
implique a más de un estudiante. La educación individualizada, o el centrarse exclusivamente en
los así llamados itinerarios de aprendizaje individual, no forma parte de la educación escolar.
Esto es así porque, como Quintiliano escribió hace siglos, el profesor no puede expresarse con
tanta fuerza, habilidad e inspiración a un público formado por uno solo como puede hacerlo a un
grupo. La razón de ello es simple pero profunda: sólo al dirigirse al grupo el profesor está
obligado, por así decirlo, a estar atento a cualquiera, a todos en general y a nadie en particular.
El profesor habla a un grupo de estudiantes y, al hacerlo, no habla a nadie de forma individual;
no le habla a nadie en concreto y por lo tanto habla a todos. Una relación puramente individual
no es posible, o está constantemente interrumpida. Por eso el profesor está obligado a hablar y a
actuar públicamente. Estas son las reglas del juego. Esa es la disciplina escolar impuesta por el
grupo al profesor, y lo que asegura que todo aquello que se ponga encima de la mesa se
convierta en un bien común. Y eso también significa que la típica experiencia escolar por parte
de los estudiantes -la experiencia de «ser capaz de...»- es una experiencia compartida desde el
principio. Es la experiencia de pertenecer a una nueva generación en relación a algo que, desde
el punto de vista de los estudiantes, pertenece al viejo mundo.35 Así es como ese “algo” genera
interés, requiere atención y consideración, y hace posible la «formación». Una comunidad de
estudiantes es una comunidad única; es una comunidad de personas que (aún) no tiene nada en
común, pero en la confrontación de lo que es puesto sobre la mesa, sus miembros podrán
experimentar lo que significa compartir algo y podrán activar su capacidad para renovar el
mundo. Evidentemente, hay diferencias entre estudiantes, ya sea en la vestimenta, en la religión,
en el género, en los antecedentes personales o en la cultura. Pero en el aula, al concentrarse en
lo que se pone encima de la mesa, esas diferencias se suspenden (temporalmente) y se
constituye una comunidad a partir de una implicación compartida. La comunidad escolar es, en
este sentido, una comunidad profana (secular). Los referentes comunes que definen la
comunidad (como la identidad, la historia, la cultura, etc.) se tornan inoperantes -pero no se
destruyen- y las cosas aparecen como bienes comunes, abriéndose a todos y haciéndose
disponibles para nuevos usos y para nuevos sentidos en el estudio y en la práctica. Esta es la
razón por la que deseamos subrayar que la escuela no debería, en ningún caso, ponerse al
servicio de la construcción de la comunidad en proyectos políticos de cultivo o de socialización.
El modelo escolar contribuye a la construcción de la comunidad en sí y constituye el tiempo y el
lugar donde la propia experiencia de comunidad se pone en juego. Y esto nos lleva a la cuestión
del así llamado sentido social de la escuela.
34
La «maestría» (mastery) del profesor se muestra, como los autores han desarrollado anteriormente, en
su forma de estar presente en lo que hace, en su cuidado por la materia, en la manera como la encarna y la
hace presente en la escuela. Aquí hemos traducido «masterful teacher» por «profesor maestro», pero con
la connotación artesana de la palabra. El profesor es un «maestro» porque tiene la «maestría» propia de su
oficio, como se diría de un maestro de obras, o de un maestro artesano. (Nota del traductor)
35
HANNAH ARENDT (1961): "The crisis in education". En: Between Past and Future. Nueva York,
Londres: Penguin, pp. 170-193.
40
¿La misión de la escuela? Es una extraña pregunta para un directivo de empresa. Con
sinceridad, un directivo no puede responderla plenamente. Por supuesto, podría hacer una lista
de cosas que mi personal debería conocer, y podría ser capaz de diseñar un currículo
basándome en ello. Pero eso significaría que cada empresa debería abrir su propia escuela. Y
no sólo cada empresa, sino cada grupo en la sociedad. Eso, a su vez, sería malinterpretar el
papel de la escuela en la sociedad. Enseñar competencias específicas: esa es nuestra
responsabilidad. Es una cuestión de adiestramiento o, sencillamente, de aprendizaje en el
trabajo. Y seré honesto: lo que mi negocio necesita y a quién necesita cambia tan rápido que
engañaría a los jóvenes si insistiera en las competencias específicas que se enseñan en la
escuela. Cuando completen su educación, todas esas competencias serán inútiles. Si me
peguntas cuál es la misión de la escuela, te diriges a mí no como directivo sino como miembro
de esta sociedad: como ciudadano. Y si observo mi empresa desde el punto de vista de un
ciudadano -y en realidad, si observo en su conjunto el mundo de los negocios y lo que se
extiende más allá de él- debo decir: lo que busco son jóvenes que encarnen un cierto número de
competencias clave, sí, pero fundamentalmente jóvenes ejercitados, que sean estudiosos, y que
estén realmente interesados en una u otra cosa. Ni cabezas huecas que lo saben todo, ni
cabezas bien equilibradas pero que carecen de competencias. Habitantes del mundo, personas
acabadas, personas que estén comprometidas en algo. Tal vez como directivo tenga algo útil
que decir acerca de la educación escolar precisamente porque soy muy consciente de que la
escuela no está al servicio de mi empresa. Es la escuela la que deposita una responsabilidad en
mí: la de añadir mi voz a la conversación acerca de aquello con lo que, en tanto que sociedad,
creemos que los jóvenes deben comprometerse.
agentes de estos dos ámbitos (el ámbito empresarial y el ámbito social) los que deberían tener
algo que decir a la hora de identificar las competencias deseables. Estas competencias tienden a
ser conocimientos, destrezas y actitudes que pueden utilizarse de forma concreta y efectiva. La
«utilizabilidad», al parecer, es la palabra en torno a la que gira el discurso y el pensamiento
sobre la escuela en el presente. Y esto se aplica no sólo a los alumnos sino también a los
profesores y a los administradores.
Deberíamos considerar hasta qué punto se ha creado y perpetuado aquí una gran ilusión
a partir de la falsa premisa de que realmente es posible establecer un vínculo efectivo entre el
conocimiento y las destrezas escolares, por un lado, y el mercado laboral y la sociedad por otro.
La masiva desilusión tanto por parte de los titulados como por parte del «lado de la demanda»
parece dotar a esta cuestión de cierto peso. En nuestra opinión, esa ilusión no constituye un
fundamento para exigir una reforma aún más radical de la escuela (que en realidad derivaría en
su desmantelamiento) sino que más bien, y alternativamente, podría ser el punto de partida
fundamental para elaborar de una forma más precisa cuál es el sentido de la escuela. En nuestra
opinión, el problema es que el énfasis en la utilizabilidad o, en otras palabras, en la
maximización del potencial productivo de la educación, en realidad vacía de sentido la forma de
lo escolar. O, al menos, presenta un mensaje ambiguo: ciertamente hay algo que se pone sobre
la mesa (conocimientos, destrezas) pero, en realidad, eso nunca es cedido, liberado. El mensaje
subsiguiente es, después de todo: es importante saber, pero tienes que hacerlo de esta manera y
de esta otra, y lo que aprendas debe conducir a tal competencia y a tal otra, porque de otro modo
jamás te convertirás en un miembro de pleno derecho de la sociedad ni encontrarás un lugar en
el mercado laboral. La oportunidad o la experiencia de renovar el mundo (la experiencia del
interés y de «ser capaz de») ya no está presente o, por decirlo de otra manera, desaparece una
vez invocadas las estrictas necesidades exigidas por la sociedad y por el mercado laboral. La
educación se convierte, así, en una forma de entrenamiento y de aprendizaje específicos, y de
aprender a aprender, y no en una cuestión de formación.
La formación -como una especie de auto-modelado o de «puesta en forma»- tiene que
ver, en realidad, con la preparación. Ciertamente, puede adoptar la forma de una preparación
para aspectos muy específicos de la educación superior o del mercado laboral, pero ésta no es la
principal preocupación de la escuela. Lo importante, más bien, es la preparación en sí misma.
Dicha preparación tiene que ver con el estudio y con la práctica y, para definirse realmente
como estudio o como práctica, hay que neutralizar o poner entre paréntesis la orientación hacia
la productividad, la eficiencia y la utilizabilidad. La escuela, podríamos decir, es la preparación
por la preparación. Esta preparación escolar significa que los jóvenes «se ponen en forma», y
esto quiere decir que son habilidosos y que están bien educados. Pero esa habilidad y esa
capacidad no están vacías, no son competencias formales, sino que, al contrario, siempre
adoptan su forma en relación a algo, es decir, a una materia.
Por lo tanto, si hemos de tomar el modelo escolar en serio, no necesitamos preguntar
cuál es la función o el significado de la escuela para la comunidad, sino, por el contrario, qué
significado puede tener la sociedad para la escuela. Y eso significa preguntarnos qué nos parece
que es importante en la sociedad, y cómo hacer que esas cosas se «pongan en juego» en la
escuela. No se trata ni de mantener la sociedad (o el mercado laboral) fuera de la escuela ni de
convertir la escuela en una especie de isla a fin de protegerla contra influencias perniciosas. En
cierto sentido, la escuela carga a la sociedad con el deber de determinar lo que puede y debería
definirse como la materia adecuada para la práctica, el estudio y la preparación de la joven
generación. Esto quiere decir que la escuela obliga a la sociedad, en cierto modo, a reflexionar
sobre sí misma. Es decir, que la sociedad asume, por así decirlo, la responsabilidad de
identificar “representantes” de las cosas que son importantes en esa misma sociedad. A estos
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El maestro sonríe.
El maestro: Así que nos negamos a instruirnos, señor mío.
Ernesto mira un buen rato al maestro antes de contestar. Ay, la dulzura de Ernesto.
Ernesto: No, no es eso, señor maestro. Nos negamos a ir al colegio, señor maestro.
El maestro: ¿Por qué?
Ernesto: Digamos que porque no vale la pena.
El maestro: ¿Qué es lo que no vale la pena?
Ernesto: Ir al colegio (pausa). No vale para nada (pausa). Los niños en el colegio están abandonados. La madre mete
a los hijos en el colegio para que sepan que están abandonados. Así se libra de ellos para lo que queda de vida.
Pausa.
El maestro: A usted, don Ernesto, no le ha hecho falta el colegio para saber...
Ernesto: Sí, señor maestro, precisamente. Aquí fue donde lo entendí todo. En casa me creía las letanías de la burra de
mi madre. Luego, en el colegio, me encontré frente a la verdad.
El maestro: ¿A saber...?
Ernesto: La inexistencia de Dios.
Pausa larga y densa.»36
Cuando Ernesto se enfrenta a la verdad «de que Dios no existe», pensamos que eso significa que
ha comprendido que no hay una finalidad o un destino fijado (natural). Pero eso no quiere decir
que la escuela no tenga sentido. Muy al contrario. Lo que la escuela hace posible es «formar»
mediante el estudio y la práctica, pero esta formación no se deriva de una idea preconcebida de
una «persona bien formada». La formación es, precisamente, un acontecimiento abierto de pura
preparación, es decir, de una preparación sin ningún propósito predeterminado aparte de estar
preparado y «en forma» o, en un sentido más tradicional, alcanzar una madurez bien educada,
puramente habilidosa (o practicada). Así pues, estar preparado debe distinguirse de ser
competente y de las reivindicaciones de utilizabilidad que están asociadas con eso. En este
sentido, no resulta sorprendente que la función más básica de la escuela consista en impartir
«conocimiento básico» y «destrezas básicas» como lectura, escritura, aritmética, dibujo y
también cocina, carpintería, educación física, etc. Estos son los ejercicios y el estudio que nos
preparan y nos ayudan a «ponernos en forma».
Hay un elemento final que deberíamos mencionar en conexión a esta preparación escolar,
concretamente la acción de probar los límites:
«Te sientas en un banco y propinas un codazo a alguien, sólo para ver qué hará. Y luego le empujas el hombro, le
propinas un golpe en la cabeza; ¿te lo devuelve? Le quitas algo a alguien, se lo arrancas de las manos; no por rencor
contra el muchacho sino porque sí; por probar. Y si tú fueras el objetivo de un ataque así, empezarías a gritar
inmediatamente, para ver lo que pasa. O tu vecino ha girado la cabeza a un lado, tú aferras un rotulador, lo alzas en la
postura apropiada y esperas hasta que gire su cabeza y hacerle una pintada en la mejilla. Tiras el lápiz o la regla de
alguien al suelo, una y otra vez, hasta que recibes una bofetada; entonces te paras -por un momento tan sólo, hasta
que tu víctima cree que has cambiado de opinión y has pasado a otra cosa- y entonces empiezas otra vez. A veces las
trastadas no se dirigen a un compañero de clase. Alguien masca un trozo de papel y escupe la bola húmeda contra el
techo, donde permanece durante semanas. Se trataba de probar los límites. Primero con los demás y luego con los
profesores. (...) La escuela era un enorme laboratorio social, extravagantemente configurado, donde poder
experimentar a más no poder; era el terreno ideal para explorar los cambios que habíamos experimentado en los
últimos años.»37
36
MARGUERITE DURAS, (1990): Zomerregen. Amsterdam: Van Gennep, pp. 59-60. (trad. cast. La
lluvia de verano. Madrid: Alianza, 1990).
37
STEPHAN ENTER, (2007): Spel. Amsterdam: G. A. Oorschot, p. 171.
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Evidentemente, la escuela no es el único lugar donde tiene lugar esa prueba de los límites. Hoy
en día esto se ha diseminado parcialmente en los medios sociales, lo que quiere decir que en este
sentido los medios han asimilado un elemento de lo escolar. Y eso mientras la escuela se ve
progresivamente atrapada en una red de herramientas y prácticas diagnósticas y terapéuticas que
inmediatamente consideran la prueba de los límites como una señal («el estudiante necesita esto
o aquello») o como un síntoma («el estudiante está afligido por esto o aquello»). Pero la
comprobación escolar de los límites, como acertadamente señala Stephan Enter, tiene lugar
«porque sí; sólo para ver qué pasa». No se lleva a cabo para dejar atrás a alguien, o para señalar
a alguien, o para subrayar algo o para enviar una señal. Es una prueba sin objetivo. Es una
investigación de la verdadera capacidad de hacer.
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Y sí, la escuela del hospital trabaja hasta el último día, también para los pacientes terminales.
Hay gente que dice: «Dejad tranquilo a un niño terminal, que vea la televisión o que lea algo si
le interesa». Pero la escuela cree que hay que tomar a ese niño en serio. Incluso si sus días
están contados. Y sabe que hay pocos niños, si es que hay alguno, que estén demasiado
enfermos como para usar sus mentes. La escuela no debe parar, aun cuando los médicos han
hecho ya cuanto pueden y todo lo que queda es decir adiós. Un niño enfermo terminal tiene
derecho a un tiempo con un profesor. Tiempo para implicarse juntos. El profesor sabe que,
aunque acabará en lágrimas, sus padres lo conciben como alguien que produce tiempo para su
hijo y, en ese tiempo, el tema de conversación no es la enfermedad sino el álgebra, la gramática
y cómo pintar un oso. Para él, el niño no es un paciente sino un estudiante. Espera que se
comporte como si estuviera en clase; incluso un niño enfermo puede comportarse correcta y
educadamente. Y el «no me apetece» no es una opción. Aunque la salud del niño empiece a
desvanecerse y amenace la muerte, a él el álgebra, la gramática y la pintura le parecen
importantes. Y los padres están de acuerdo. Su hijo tiene días buenos y días malos, pero algo es
seguro: la escuela le abre el mundo; la escuela le permite dejar su enfermedad atrás.38
38
Libremente basado en «Voortdoen met het normale, dat geeft deze kinderen kracht», De Morgen, 10 de
septiembre, 2011, p. 6.
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Tampoco tiene que ver con desarrollar los talentos del niño. No decimos eso porque la
socialización o el desarrollo del talento no sea importante -ciertamente lo son- sino más bien
porque formar y educar a un niño tiene que ver con algo fundamentalmente diferente. Tiene que
ver con abrir el mundo y con traer el mundo a la vida (las palabras, las cosas y las prácticas que
lo configuran). Esto es exactamente lo que sucede en el «tiempo escolar».
Normalmente concebimos la educación como algo orientado hacia un objetivo y que
ofrece una dirección o un destino. Eso implica que los adultos dictan lo que los niños o los
jóvenes deberían hacer. Pero la educación también tiene que ver con no decir a los jóvenes lo
que tienen que hacer; tiene que ver con transformar el mundo (las cosas, las palabras, las
prácticas) en algo que les hable. Tiene que ver con encontrar un camino para hacer que las
matemáticas, el inglés, la cocina y la carpintería sean importantes, en y por sí mismas. De
hecho, en neerlandés la palabra «autoridad» (gezag) deriva del verbo «decir» (zeggen): ejercer
esta autoridad permite que las cosas nos digan algo, permite que nos interpelen. Podemos
identificar un sentido similar en la palabra inglesa «autoridad» (authority), porque eso es lo que
«escribe» (authors) el mundo, es decir, lo que lo convierte en algo que nos habla y que exige
nuestra atención. La educación consiste en dotar de autoridad al mundo, no sólo hablando del
mundo, sino también y especialmente dialogando (encontrándose, implicándose,
comprometiéndose) con él. En pocas palabras, la tarea de la educación es asegurar que el mundo
hable a los jóvenes. En consecuencia, el tiempo libre en tanto tiempo escolar no es un tiempo
para la diversión o para la relajación, sino un tiempo para prestar atención al mundo, para
respetarlo, para estar presente en él, para encontrarlo, para aprenderlo y para descubrirlo. El
tiempo libre no es tiempo para el yo (para satisfacer necesidades y desarrollar talentos), sino un
tiempo para comprometerse o implicarse en algo que es más importante que las necesidades, los
talentos y los proyectos personales. Al abrir el mundo a los niños y a los jóvenes (y, como
hemos dicho antes, eso no equivale a hacer que les resulte familiar; es traer el mundo a la vida y
hacer que les hable y les interpele), esos niños o jóvenes podrán experimentarse a sí mismos
como una nueva generación en relación al mundo y como una generación capaz de un nuevo
comienzo. En el tiempo libre que la escuela hace, los niños y los jóvenes experimentan un
compromiso o una implicación con el mundo (con las matemáticas, el lenguaje, la cocina, la
carpintería) y no sólo descubren que tienen que ser iniciados en el mundo, sino que también son
capaces de empezar. El elemento democrático -y político- de la educación se sitúa en esa doble
experiencia: en la experiencia del mundo como bien común y en la experiencia del «yo puedo»
(como opuesta a la experiencia del «yo debo»). Es la apertura de un mundo fuera de nosotros
mismos y la implicación de los niños o de los jóvenes en ese mundo compartido. No se trata,
por lo tanto, de partir del mundo inmediato del niño o del joven, sino de llevarlos a un mundo
más amplio, de introducirlos en las cosas del mundo (matemáticas, inglés, cocina, carpintería) y,
literalmente, de ponerlos en contacto con esas cosas, de ponerlos en su compañía, de modo que
esas cosas -y con ellas el mundo- empiecen a ser significativas para ellos. Eso es lo que permite
a un joven experimentarse a sí mismo como ciudadano del mundo. Pero eso no quiere decir que
se experimente a sí mismo como alguien con derechos y obligaciones formalmente definidos.
Por el contrario, eso significa interesarse en el mundo (en algo) y sentirse comprometido e
implicado en algo que va más allá de uno mismo en tanto que es un bien común. El significado
político, democrático, de la educación no se basa en el hecho de que transmite ciertas
competencias cívicas predefinidas o ciertos conocimientos de política. El sentido político de la
educación radica en «liberar el mundo» (las cosas y las prácticas) de un modo tal que cada uno
(como ciudadano) se sienta comprometido con el bien común. Esto implica que se está
dispuesto tanto a la obligación de cuidado que adviene junto a ese compromiso como a la
libertad que implica.
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Eso es otra forma de decir que la educación tiene que ver con el tiempo libre. Los
expertos y los profesionales no están familiarizados con el tiempo libre. El suyo es el tiempo del
desarrollo y del crecimiento. Es decir, su tiempo es un tiempo predeterminado, que tiene un
destino o una función específica, y que se mide tan precisamente como es posible (por ejemplo,
como fases apropiadas para una determinada función, como etapas de crecimiento, como
umbrales de aprendizaje, etc.). Eso se expresa, entre otras cosas, en una mentalidad de
diagnóstico y de inminencia: «hay que comprenderlo a tiempo antes de que...»; «hemos de
trabajar preventivamente para evitar...»; «si lo hubiéramos visto antes, podríamos haberlo
remediado...». Esta mentalidad es evidente en muchos de los instrumentos de diagnóstico
utilizados para determinar dónde está cada uno en relación al resto y cuánto ha progresado. Sin
embargo, el profesor en tanto pedagogo es quien hace tiempo allí donde antes no había tiempo
(para perder) -piénsese aquí en la escuela del hospital para pacientes terminales. Este tiempo no
es un tiempo personal sino un tiempo para que sea usado implicándose en algo que va más allá
de uno mismo (el mundo). Y hacer tiempo a menudo significa «hacer algo que es importante en
sí mismo» (álgebra, gramática, cocina...), perder la noción del tiempo (ordinario) y de su destino
y, al hacer eso, permitir que respire algo significativo o valioso. El tiempo libre no es tiempo de
calidad; no es un tiempo reservado con antelación y del que haya que sacar provecho o al que
haya que someter a ciertas exigencias. El pedagogo, o el profesor en tanto pedagogo, deshace
cualquier pre-apropiación y cualquier asignación del tiempo. Al actuar así crea la oportunidad
para que surjan el amor y el interés por el mundo. Sin ese amor e interés, un «ciudadano del
mundo» no es más que otro nombre para un consumidor o para un cliente, es decir, para alguien
que sitúa sus talentos o necesidades individuales en primer lugar. Esa persona concibe el mundo
como no siendo otra cosa que una fuente para la gratificación de sus necesidades o para el
cultivo de sus talentos individuales, y por lo tanto es esclavo de ellos.
Y esto nos lleva al grave y a menudo lastrado término de «responsabilidad». A la luz de
lo que hemos examinado hasta este punto, ahora podemos decir que la responsabilidad
pedagógica o escolar de los profesores no (sólo) se basa en el hecho de que son responsables por
el crecimiento y desarrollo de las vidas jóvenes. También se basa en el hecho de que comparten
el mundo con ellos en sus diversos aspectos y particularidades. Esta responsabilidad se traduce
en dos tareas.
En primer lugar, el profesor debe liberar al niño de cualquier saber experto que atribuya
una función, una explicación o un destino inmediatos a lo que el niño hace. En cierto sentido,
«dejar que un niño sea un niño» no es un eslogan vacío. Significa dejar que un niño olvide los
planes y las expectativas de sus padres, y también las de los empresarios, políticos y líderes
religiosos, a fin de permitir que ese niño sea absorbido por el estudio y la práctica. Significa
dejar que un niño se olvide del mundo ordinario, donde todo tiene una función y una intención.
Significa mantener a distancia el mundo ordinario de los expertos -para los que cualquier
conducta es una petición de ayuda o el síntoma de algo que tiene que ser remediado. Significa
suspender la cuestión de la utilidad o del valor y eliminar las propias intenciones egoístas
respecto a los alumnos.
La segunda tarea es estimular el interés, y eso significa dotar de autoridad a las palabras,
a las cosas y a los modos de hacer las cosas que son independientes de nuestras necesidades
individuales y que contribuyen a formar todo lo que compartimos «entre nosotros» en nuestro
mundo común. La responsabilidad pedagógica no reside en apuntar directamente al (a las
necesidades del) niño o al estudiante, sino a las cosas, y a la relación de uno mismo con ellas, es
decir, a la relación que el profesor, en tanto pedagogo, mantiene con esas cosas. El modo en que
un profesor trata con las cosas y las prácticas, el modo en que les da una forma concreta y las
encarna, muestra lo que para él es valioso y «tiene autoridad». Sólo entonces podrá comunicar y
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compartir el mundo de modo que los niños y jóvenes se interesen y se impliquen, sólo entonces
las cosas adquieren autoridad, y sólo entonces el mundo se vuelve interesante. (En realidad, en
latín, inter-es significa, literalmente, algo que existe entre nosotros.) Sólo podemos crear interés
por el mundo común mostrando nuestro propio amor hacia ese mundo. ¿Y cómo podríamos
suscitar interés en el mundo si el mensaje que se transmite continuamente a los jóvenes es que
ellos son más importantes y por lo tanto más interesantes?
Al asumir la responsabilidad por el mundo de esa manera («en tanto generación más
vieja, esto es lo que nosotros encontramos valioso»), el profesor también asume la
responsabilidad por los niños y los jóvenes en tanto que estudiantes. No traer nada a la mesa (no
poner nada encima de la mesa) y transmitir el mensaje de que «no sé lo que es importante, no
puedo decíroslo y no os lo diré, así que averiguadlo por vuestros vosotros mismos», significaría
abandonar a la generación más joven a su destino y privarla de la oportunidad de renovar el
mundo. En realidad, ¿cómo podrían renovar el mundo -cómo podrían experimentar la
«novedad»- si nadie los introduce en el viejo mundo y nadie lo trae a la vida? Pero esto también
significa que el profesor debe dejar fluir y liberar lo que pone encima de la mesa. Debe permitir
a los niños y a los jóvenes renovar el mundo a través del estudio y la práctica -mediante el modo
en que interactúan con el mundo y en que le atribuyen su propio sentido. No hacerlo así -y decir
«esto es importante, hay que manejarlo así»- significaría privar a la joven generación de la
oportunidad de renovar el mundo. Esto es precisamente lo que Hannah Arendt urge a que los
profesores recuerden cuando de forma elocuente y precisa declara que el profesor actúa por
amor al mundo («Esto es importante para nosotros, la vieja generación») y por amor a los niños
(«Te compete a ti, la nueva generación, dar forma al nuevo mundo»).39 Eso es lo que constituye
la responsabilidad pedagógica del profesor. Por lo tanto, tiene más que ver con el amor que con
ser capaz de proporcionar explicaciones o justificaciones de lo que hace, cosa que a menudo se
espera de los profesores de hoy día. Y más aún, podríamos preguntar si ese amor -y, junto a él,
nuestro interés por el mundo e incluso nuestra preocupación por los niños- no se pierde ante la
creciente presión de cumplir las expectativas de la contabilización40. Esta preocupación nos
llevará a un examen más detallado de cómo, hoy en día, la escuela (y por lo tanto la pedagogía)
está siendo domesticada.
39
HANNAH ARENDT, "The Crisis in Education" (1958), en Between Past and Future: Eight Exercises
in Political Thought. Nueva York: Penguin, 1977, pp. 170-193.
40
La palabra en inglés, de claro origen empresarial, es «accountability». Podría traducirse por «prestación
de cuentas», «presentación de resultados» o, simplemente «contabilización» en el sentido de que se
refiere al imperativo de cuantificar y de rendir cuentas, es decir, de hacer que algo sea contable, que
pueda ser objeto de contabilidad y, por tanto, de cálculo de la relación coste-beneficio. Un análisis más
detallado de este término en las actuales políticas sobre el profesorado puede encontrarse en la sección
titulada «flexibilización» (Nota del traductor).