Osvaldo Soriano
Osvaldo Soriano
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camino y empezó a agitar el pañuelo.
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facilitarle el avión del Emperador? En ese caso fortalecería a los Título original: A sus plantas rendido un león
revolucionarios y cuando llegara a Buenos Aires los militares lo Osvaldo Soriano, 1986
pondrían preso por complicidad con la subversión. Algo le decía que
Edición: Editorial En 2 ruedas
de un momento a otro por esa ruta desfilarían los primeros coches
huyendo hacia Tanzania o Uganda y no se equivocaba. Solo que
ninguno parecía dispuesto a detenerse para recogerlo. Quizá no tenía
el aspecto adecuado para hacer dedo a esa hora, o tal vez nadie
estaba dispuesto a cargar una valija más en el baúl. Los autos iban
repletos y a toda velocidad, sin prender las luces porque los fuegos de
artificio no habían acabado todavía. Bertoldi ocultó la valija detrás de
unos arbustos y apretó bajo el brazo el paquete con las cartas a Daisy.
Pasaron varios coches más y también un autobús fuera de línea, y
como nadie hacía caso a sus señas fue a ponerse en el medio del
pavimento, con los brazos y las piernas abiertos, calculando la
distancia para arrojarse a un lado si el conductor no frenaba a tiempo.
Desde allí vio venir, entre las ondulaciones del camino, un auto que
le parecía conocer desde siempre porque solo había uno así en
Bongwutsi. El Rolls reflejaba en su trompa cromada los colores de las
últimas bengalas que volaban sobre la ciudad.
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Comienza la Guerra de Malvinas (1982) y, en Bongwutsi, un
país africano «que ni siquiera figura en el mapa», Faustino Bertoldi, —Ahora el enemigo va a ganarnos muchas batallas y por
un olvidado diplomático argentino libra su propia batalla contra mucho tiempo —dijo Quomo—. Espero que O’Connell haya gastado
Inglaterra. Al mismo tiempo, en Europa, nace una conspiración para bien la plata. Vamos a tener que resistir hasta que los tiempos
convertir a Bongwutsi en una República Socialista. Otro argentino cambien y los blancos vuelvan a creer en algo.
participa en ella, y ambos compatriotas, junto a inolvidables
revolucionarios, confluirán en una trama delirante y conmovedora. —¿Por qué se pone pesimista ahora? Ganamos, ¿no?
—Sí, pero no es suficiente, Lauri. Todavía nos quedan por
A sus plantas rendido un león mezcla invención, realismo hacer muchas cosas más: sublevar las Malvinas, hacer cornudo al
intenso, humor delirante, mordacidad y honda ternura. El ímpetu príncipe de Gales, desalcoholizar el whisky , vender Play Boy en
narrativo de Osvaldo Soriano llega a su punto álgido en este relato Teherán, desmoralizar a los japoneses, sacarles a los pobres el orgullo
fascinante, en el que el lector podrá reconocer la característica de ser pobres…
principal de su obra: la perfecta combinación de épica y sentido del
humor. —¿Lo vamos a hacer?
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—No, ya se lo llevaron.
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—¿No ve? 1
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galería donde un grupo de nativos rezaba un responso. Se disculpó con —No tenga miedo. Voy a decir que peleó solo contra todos los
un gesto respetuoso y fue a apoyarse contra la pared. Le pesaba la ingleses.
ropa y tenía un nudo en el estómago. Pensó que la había perdido y lo
invadió una tristeza tan profunda como la letanía que murmuraban los —No le van a creer, a los comunistas no les cree nadie.
negros frente al ataúd abierto. Miró hacia el portal y la vio subir al
Rolls de la embajada. Un jeep con cuatro soldados salió de entre los —Pensé que usted había participado del sublevamiento con
árboles y fue a pegarse al paragolpes trasero del coche. O’Connell.
El cónsul se acercó a un grifo para refrescarse la cara. Los —Claro, pero a mí me estafó todo el mundo. Ese irlandés me
nativos pasaron a su lado cargando el féretro; algunos lloraban, y otros dio plata falsa. Eso aclárelo si oye decir otra cosa.
cantaban una tonada pegadiza. Bertoldi empezó a caminar hacia el —Vamos, hay que tomar el palacio.
centro, pero estaba demasiado abatido, y casi sin darse cuenta se subió
a un ómnibus que repechaba la cuesta a paso de hombre. —¿Le van a quitar el avión?
Preguntó el precio del boleto y se corrió hacia el fondo, entre —¿Al Emperador? Le vamos a quitar todo, supongo.
las cajas de bananas y las jaulas de los pájaros. Los negros lo miraban
con curiosidad, y el cónsul temió que su presencia allí fuera tomada —¿Usted va a aprovechar el vuelo?
como una provocación.
Nadie, aparte de él, llevaba pantalones largos ni usaba reloj —A mí no me quieren en otro lado.
pulsera. Cuando bajó en la plaza del mercado fue a sacar el pañuelo y
se dio cuenta de que le habían robado la billetera con los documentos —No nos quiere nadie, eso es cierto. ¿De dónde sacó que
y la poca plata que le quedaba. Miró a su alrededor y vio a los perdimos las islas?
vendedores que mojaban las verduras con una manguera. De pronto,
en medio de esa multitud de rotosos, sintió, como nunca desde la —Me lo dijo Quomo.
muerte de Estela, una incontenible necesidad de llorar.
—No le crea. Ese tipo expropió hasta los bancos de las
Cruzó la plaza abriéndose paso entre la gente, protegiéndose escuelas.
los bolsillos vacíos, y se acercó a las letrinas de madera que los
ingleses habían construido en la época de la colonia. No encontró
—Lo va a hacer otra vez.
ninguna que pudiera cerrarse por dentro y entró en la última, frente a
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—Me está poniendo en un compromiso, che. Déjeme decirle la estatua del Emperador. Se sentó sobre las tablas mugrientas, entre
que no es de buen argentino reverenciar otra bandera. un enjambre de moscas, y dejó que las primeras lágrimas le corrieran
por la cara. De pronto tuvo como un acceso de tos, una descarga de
—¿Pero cómo? ¿Justo ahora se va de viaje? Bertoldi miró la algo que llevaba adentro como un lastre. Pensó en sus cincuenta años
valija y sonrió, incómodo. cumplidos en ese miserable rincón del mundo, dejado de la mano de
—Bueno, pensaba ir al frente. Dios, y se sumergió en un sentimiento de compasión e impotencia. Se
apretó la cara con las manos y se dobló hasta triturarse la barriga
—¿A las Malvinas? mientras imaginaba que nunca más podría reunirse con Daisy en la
caballeriza de los australianos. Alguien empujó la puerta, y el cónsul
—Iba a intentarlo. Ya van para diez años que falto. tuvo que levantar un pie para trabarla mientras murmuraba un
implorante «ocupado». Entre sus zapatos flotaban cáscaras de
—Por ahí anda un oficial soviético tomándonos fotos. naranjas y papeles deshechos. Buscó el paquete de cigarrillos y contó
los que le quedaban. Sacó uno y guardó los otros tres para la noche. El
—Si usted pudiera pedirle un juego… Dígale que es para un humo lo hizo sentirse mejor. De sus ojos caían todavía unos
amigo. lagrimones espesos que le resbalaban por la cara. Las paredes de
madera estaban llenas de dibujos obscenos e insultos contra los
—Me pareció que ese hombre venía con usted. ¿Es cierto que ingleses plagados de faltas de ortografía. También había largas frases
lo acusaron de cambiar plata falsa? en bongwutsi que no pudo descifrar. En todos esos años solo había
aprendido a pronunciar algunas fórmulas de cortesía y los nombres de
—¿De dónde sacó eso? las cosas que compraba todos los días.
—Lo dijo usted por la radio. Cuando la brasa del cigarrillo llegó al filtro, se limpió los ojos y
volvió a la plaza. Cruzó la calle y buscó la delgada línea de sombra.
—No tenía con quién hablar, ¿sabe? A veces me sentía tan La plaza empezaba a vaciarse. Caminó lentamente mientras las
solo… Mi esposa murió aquí. campanas de una iglesia sonaban a intervalos largos. Atravesó el
bulevar de las embajadas, adornado de flores y palmeras, y advirtió
—Y la cancillería lo abandonó. También lo dijo. que en la otra esquina dos guardias ingleses estaban armando una
garita a un costado de la calle. Frente a la embajada de Pakistán había
—Lo siento. No cuente nada, entonces; no vale la pena. un Cadillac negro, y el cónsul se agachó para mirarse en el espejo.
Tenía unas ojeras profundas y la nariz enrojecida, y trató de
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sonreír para ablandar los músculos. Estuvo haciendo morisquetas con
los labios hasta que el vidrio de la ventanilla empezó a bajarse y una —No, qué voy a ser… Yo soy Bertoldi, el empleado.
voz de mujer le preguntó si necesitaba algo. El cónsul se quitó
mecánicamente el sombrero y retrocedió sin contestar. —Me pareció escuchar…
Iba a tomar por la calle lateral cuando vio el Lancia del —Entendió mal. El cónsul es Santiago Acosta y se borró hace
commendatore Tacchi frente al garaje de la embajada. Bertoldi pensó tiempo. Oiga, ¿no pensará colgar esa cosa al lado de nuestra invicta
que el italiano podía sacarlo del apuro con diez o veinte libras y se bandera?
acomodó el pelo antes de ir a tocar el timbre. Un negro de chaqueta
colorada abrió la puerta y le dijo que Tacchi había ido a una reunión —Lamento informarle que ya ha dejado de ser invicta.
con los demás diplomáticos en la residencia de Gran Bretaña.
—¿Qué me quiere decir?
El cónsul se alejó preguntándose por qué diablos los
embajadores habían decidido reunirse un viernes. Cuando se trataba —Que los militares se rindieron.
de un golpe de Estado, Mister Burnett convocaba a sus aliados a
evaluar la situación en su casa, pero jamás lo había hecho a la hora del Bertoldi lo vio tirar de la cuerda y estuvo a punto de golpear a
almuerzo. Esa mañana Bertoldi no había percibido clima de agitación, ese hombre que parecía un linyera, pero se dijo que el gesto sería
de manera que decidió volver a su casa y prepararse algo de comer inútil porque las fuerzas de los comunistas eran superiores.
mientras esperaba el regreso del commendatore Tacchi.
Entró en una calle angosta, de chalés y baldíos abiertos. En la —¿Usted es el que hizo el discurso por radio? —preguntó
segunda esquina estaba el consulado argentino. Durante años Estela Lauri—. Le aseguro que tuvo momentos conmovedores.
se había ocupado del jardín, pero ahora las plantas estaban marchitas y —Dígalo si alguna vez vuelve a la patria. No agregue ni quite
los yuyos empezaban a cubrirlo todo. El sendero de lajas que llevaba nada, cuéntelo nada más.
hasta el mástil estaba desapareciendo y todas las mañanas Bertoldi se
abría paso entre la maleza para izar la única bandera que tenía. —¿Eso de que nunca pudo bailar en el Sheraton también?
—¿Dije eso? No, puede olvidar esa parte, estaba bastante
Empujó con una rodilla la puerta de la cerca y recogió la alterado, imagínese. Lauri ató la bandera roja debajo de la celeste y
edición internacional de Clarín que asomaba por la ranura del buzón. blanca y las izó juntas.
El diario era la única correspondencia que recibía de Buenos Aires y Bertoldi miró a los costados.
llegaba a nombre de Santiago Acosta, el anterior cónsul. En esas
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79 pocas páginas, Bertoldi trataba de adivinar cómo habría sido su vida
en esos años si se hubiera quedado en una oficina de la cancillería.
Encendió la radio y se tranquilizó al oír que la música era la misma de
Lauri se preguntaba quién podría ser ese argentino desolado y siempre. Se quitó la ropa, se puso a calentar unos fideos y desplegó el
triunfal, envuelto en un impermeable tiznado, con los dedos de los diario sobre la mesa. Otro empate de Boca. Se detuvo un momento en
pies asomando por los agujeros de las botas, que cantaba a grito el resumen del partido. Los jugadores habían ido cambiando en esos
pelado al pie del mástil. Le extrañó que fuera un funcionario de los años hasta que las formaciones de los equipos se volvieron
militares porque un negro le había dicho que cuando tenía dinero lo conglomerados de nombres sin sentido, onomatopeyas a las que el
repartía entre los pobres. Advirtió con qué envidiable convicción cónsul daba vida con su imaginación.
entonaba el O juremos con gloria morir del final, y se dispuso a Abrió la heladera y se dio cuenta de que se había quedado sin
preguntarle si era él quién había hablado por radio después de Quomo. manteca. Contó los días que le faltaban para cobrar el sueldo y se
Antes de que Lauri pudiera decir algo, sin darse un momento de preparó los tallarines con tomate y una gota de aceite mientras la radio
respiro el hombre ya estaba cantando otra vez Oíd mortales el grito transmitía el oficio religioso del mediodía.
sagrado y tiraba de la cuerda mientras la bandera ganaba altura sobre
un fondo de destellos y explosiones fugaces. Cuando la enseña llegó al Almorzó desnudo, hojeando el diario sin poder concentrarse.
tope, Lauri sintió una rara emoción. Aunque Quomo le había ¿No sería que los servicios de inteligencia británicos habían
encargado izar la enseña del proletariado internacional, pensó que no descubierto su relación con Daisy?, pensó. Tal vez había caído en sus
tenía derecho a arriar la otra que lejos de allí había sido deshonrada manos alguna de las cartas que le escribía por las noches, a la luz de
por los británicos. Dejó que su compatriota terminara con el Himno y una vela, esperando el encuentro de los viernes en el cementerio. Pero
vio cómo se agachaba rápidamente a cerrar la valija azul, bastante ¿qué importancia tenía ahora saber de qué manera se había enterado
maltrecha, que tenía a su lado. Mister Burnett? Lo cierto era que Daisy estaba bajo custodia y no
podría volver a verla sin afrontar el despecho y los celos del marido.
—¿Así que usted es mi cónsul? —dijo.
Cuando terminó de comer lavó el plato y la cacerola, encendió
—¿Con quién tengo el gusto? —respondió secamente Bertoldi un cigarrillo y fue a la oficina a buscar un pasaporte en blanco. En el
y miró la bandera roja que el joven llevaba hacia el mástil. armario, bajo una montaña de papeles, encontró una almohadilla
reseca y un bloc de formularios. Los llevó al escritorio, apartó el
Lauri le dijo su nombre y lo miró a los ojos. calentador para el mate, y se secó el sudor del cuello con una toalla.
Iba a extender la primera renovación de pasaporte desde su llegada a
—¿Es el cónsul o no es el cónsul? Bongwutsi. Escribió cuidadosamente sus datos, puso los sellos, e
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imitó la enrevesada firma de Santiago Acosta. Burnett estaría escondido en la casa. Lamentó que Daisy no estuviera
Después frotó el pulgar en la almohadilla y lo apoyó en el lugar allí para verlo y miró a su alrededor para saber si los periodistas
indicado en el documento. Cuando terminó se dio cuenta de que le habían llegado por fin a Bongwutsi. Al único que vio cerca fue el
hacían falta cuatro fotos tres cuartos perfil, fondo blanco. Se dijo que teniente Tindemann que llevaba una Kodak de bolsillo y se ocultaba
al caer la tarde iría al centro a retratarse y de vuelta pasaría otra vez entre los pinos. Llegó hasta el pie del mástil, llamó la atención del
por la embajada italiana. ruso para que no se perdiera la instantánea y empezó a arriar la
bandera del enemigo. Mientras la tela tricolor llegaba a sus manos,
Apagó la radio y se tendió en el sofá. Sobre la pared, encima pensó que quizá era un desatino dejarse retratar por un comunista,
del armario, vio al grillo que lo despertaba por las noches. En un pero no había otro fotógrafo cerca y concluyó que su ingrata vida de
ángulo del techo había una telaraña ennegrecida por el polvo y el empleado público había quedado sepultada por una marea de
humo del tabaco. Bertoldi sabía que, tarde o temprano, el grillo caería acontecimientos que lo estaban redimiendo para siempre. Recogió la
en la trampa. enseña británica y la dobló para guardarla como un trofeo. Cuando
abrió la valija para sacar la suya, advirtió la absorta mirada de
Estaba empezando a dormirse cuando sonó el timbre. Se Carlos Gardel, el fugaz rostro de Estela sobre un fondo de
levantó, extrañado, y fue a buscar la salida de baño. En la puerta, tieso madreselvas y el sereno semblante verde de Benjamín Franklin que lo
como un espárrago, encontró a un oficial inglés flanqueado por dos contemplaba desde los billetes. Ató la bandera y se irguió para izarla
reclutas. Bertoldi siempre se preguntaba cómo hacían para no cuando oyó que alguien gritaba «a vencer o morir» y empezaba a
transpirar los uniformes. entonar, con una voz porteña, desafinada pero sincera, las primeras
estrofas del Himno Nacional. Bertoldi se dio vuelta y miró al joven
—Parte para el señor embajador de la República Argentina — desharrapado que llevaba un
dijo el militar—. Era un pelirrojo petiso, de lentes cuadrados. trapo rojo en las manos. Le sonreía, parado junto a la glorieta y
cuando olvidaba la letra de un verso la reemplazaba por un juego de
—No hay embajador. Salga del sol, hombre. sonidos que seguían los compases. El cónsul, que ya había empezado
a sentirse menos solo, besó el sol de la bandera y prosiguió la
El oficial le extendió un sobre cuadrado, igual a los que le ceremonia con un fervor que le salía del alma. Estuvieron mirándose a
traían los ordenanzas con las invitaciones a los cócteles y a los los ojos, midiéndose, mientras dos emociones diferentes y profundas
agasajos. Sin esperar respuesta, los ingleses saludaron y se fueron los ganaban en aquel jardín arrebatado al imperio británico.
caminando por el medio de la calle. El cónsul los siguió con la mirada
y tuvo la sensación de que esta vez no se trataba de una invitación.
Volvió a la oficina, buscó un cortaplumas y abrió el sobre.
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Kiko detuvo el camión y el irlandés dirigió el fuego contra el frente
del edificio mientras cantaba aires de triunfo y encomendaba al Señor AL SEÑOR CÓNSUL DE LA REPÚBLICA ARGENTINA
la suerte de la clase trabajadora. EN BONGWUTSI
Cuando estalló la bomba de retardo que había puesto unas Ante la salvaje agresión sufrida por la Corona británica, Mister
horas antes en las oficinas de la OTAN, los guardias depusieron las Alfred Burnett hace saber al señor representante de la República
armas y salieron de sus refugios con los brazos en alto. Los monos Argentina en Bongwutsi que el Reino Unido se dispone a defender
invadieron de inmediato el parque y arrojaron a los ingleses a la por todos los medios lo que por legítimo derecho le pertenece. El
piscina antes de meterse en el salón donde todavía estaba servida la honor y la virtud de la Corona serán preservados. El señor Cónsul de
cena de cumpleaños de la reina Isabel. El cónsul Bertoldi saltó del la República Argentina deberá abstenerse en el futuro de todo acto que
camión para poner a salvo la valija y tuvo la sensación de estar pudiera ser considerado sospechoso, pérfido o agresivo. Mr. Burnett
presenciando un momento histórico que enriquecería su testimonio ha ordenado a las tropas de Su Majestad que establezcan una zona de
sobre el avance del comunismo y la caída sin gloria del imperio exclusión de 200 metros en torno de la embajada de Gran Bretaña.
británico. Dentro de ese perímetro, todo súbdito argentino será declarado
Aprovechó la confusión para alejarse, aturdido por los gritos y persona no grata y tratado en consecuencia.
los cantos. Cuando vio que O’Connell apuntaba la metralla contra la
representación soviética, pensó que había llegado el momento de DIOS SALVE A LA REINA
entrar en lo de Mister Burnett para reemplazar la bandera británica por
la celeste y blanca que llevaba en la valija. Mr. Alfred Burnett, embajador de Gran Bretaña
Levantó sobre la cabeza el panamá del irlandés, porque supuso El cónsul se quedó un rato inmóvil, con la mirada fija en el
que así nadie lo confundiría con un enemigo, y fue abriéndose paso papel. Él era el único argentino conocido en cinco mil kilómetros a la
entre los monos que hacían cola para tomar asiento en el banquete, los redonda. Bruscamente se dio cuenta de que Mister Burnett no volvería
sirvientes borrachos que distribuían botellas, y los negros a llamar al Chase Manhattan Bank para autorizar el pago de su sueldo
pintarrajeados que bailaban y tocaban el tambor. Al pasar frente a la que llegaba todavía a nombre de Santiago Acosta.
piscina reconoció al oficial inglés que le había llevado el mensaje al
comienzo de la guerra. Ahora trataba de mantenerse a flote, había
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perdido los anteojos y su pelo parecía más rojo con el reflejo de los
fuegos artificiales.
—Su Majestad quiere expresarle personalmente el disgusto del —Me acuerdo. Discúlpeme.
gobierno. Cuando estemos frente al trono salude inclinando el cuerpo
y quédese con la cabeza baja. Solo hablará si el Emperador se lo —¡Si usted pudiera verse la pinta, Lauri! Parece un negro
ordena. De todos modos yo tengo que hacer lo mismo, así que no tiene rotoso.
más que imitarme. Cuidado al retirarse: no vaya a dar la espalda al
trono ni a levantar la cabeza. Retroceda siguiendo la marca de la —¿En serio va a sublevar las Malvinas?
alfombra para no chocar con la planta que nos regaló Monsieur
Giscard d’Estaing. Ahora sáquese eso que lleva ahí. —Claro que sí. Debe haber patriotas allá.
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tarde un verde que parecía arrancado de la profundidad de la selva. —Con más razón.
Los frentes de las casas parecían arder y sacudirse entre los
chisporroteos de las cometas y el estruendo de los tambores. Los El Primer Ministro le arrancó la escarapela y la arrojó al
monos avanzaron por las avenidas amontonando coches y los nativos canasto de los papeles.
que iban detrás los quemaban con antorchas y botellas de kerosene. El
jeep del ejército británico quedó encerrado en una emboscada de —Protesto, señor.
miradas oscuras y el agente Jean Bouvard comprendió que no llegaría
nunca a refugiarse en la embajada soviética. El teniente Wilson —A la salida la recoge, hombre. Vamos.
aceleró para subir a la vereda y aunque derribó algunos gorilas, quedó
aprisionado en un colchón de pelambres viscosas que olían a Atravesaron un corredor y luego dos salones infinitos y
excrementos y a tierra mojada. desiertos. Todas las ventanas estaban protegidas por barrotes. Se
detuvieron ante una puerta custodiada por dos hombres de túnicas
Quomo llegó al arsenal derrumbado y mandó sembrar el verdes y bonetes que terminaban en cabeza de serpiente. El Primer
camino de obstáculos. Lauri levantó la vista al cielo y pensó que esos Ministro habló con un secretario y señaló a Bertoldi. El cónsul se dijo
fuegos de artificio celebraban un sueño cumplido. De lejos, con el que sería mejor negarlo todo. La puerta empezó a abrirse pesadamente
sonido de los tambores, le llegó un aire de minué. Los monos y los y el Primer Ministro lo tiró de un brazo. Bertoldi bajó la cabeza y se
negros corrían calle arriba como si el agua incesante anunciara el día vio la punta de los zapatos gastados. La habitación estaba en
del Juicio final. Chemir iba sobre los hombros del gorila rubio y el semipenumbra. Una luz difusa insinuaba las columnas del trono
sultán, arrastrado por la corriente, tomaba de los brazos a los hombres talladas en oro. De reojo, vio al Primer Ministro doblado en dos y más
y mujeres que pasaban a su lado y les preguntaba a gritos la dirección allá un bulldog con un collar de diamantes. Sintió el silencio y la
de la embajada de los Estados Unidos. Desde algún lugar partieron frescura del templo hasta que desde lo alto le llegó una voz ronca y
disparos y la gente se desbandó hacia los jardines del bulevar mientras vieja.
los monos seguían avanzando por el medio de la calle. Como los
otros, Lauri se tiró al suelo y se arrastró hasta donde estaba Quomo. —Explíquese, embajador. Yo creía conocer todas las formas de
la estupidez humana, pero esta me deja perplejo.
—Lo siento —dijo el comandante—, los argentinos acaban de
perder las Malvinas. El cónsul permaneció callado hasta que el Primer Ministro lo
sacudió de un codazo.
—¿Ya?
—Mister Burnett exagera, Majestad.
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recordaba si le había pedido eso u otra cosa, pero estaba demasiado
—Reuter y Associated Press dicen lo mismo que él —un largo confuso y no quería correr el riesgo de incumplir una promesa.
rollo de télex cayó como una serpentina y se enredó a los pies del Los comunistas le ofrecían llevarlo a Buenos Aires en el avión
cónsul—. Son hijos de ingleses, hablan como ingleses, viven como del Emperador, pero primero tenían que tomar el poder y el cónsul
ingleses, ¿qué demonios busca un argentino ahí? dudaba de que lo consiguieran con gente como Kiko y el de la oreja
cortada, que un rato antes habían querido robarle el dinero. De pronto
Bertoldi mantenía la cabeza gacha pero levantaba los ojos hasta estaba riéndose solo: se acordaba de los negros que lo abandonaron a
hacerse daño. Alcanzó a ver unos pies desnudos y viejos apoyados en su suerte con el gorila, en el medio de la calle, y trataba de
un pedestal de marfiles. Sintió otro codazo. imaginarlos haciendo una revolución, aún una revolución comunista.
Vio que O’Connell se reía con él, a su lado, y le daba palmadas en la
—Alivio, señor. Un poco de paz. espalda. Al fin de cuentas, pensó, había protegido el dinero, había
pasado una noche terrible para que los otros no se apoderaran de la
—¡Ah, es una guerra santa, entonces! Sin embargo Mister valija y los subversivos tendrían que reconocérselo de alguna manera.
Burnett pide soldados, no filósofos. Voy a decirle una cosa,
embajador: no me disgusta que los ingleses reciban una lección de Estaban entrando a la ciudad por la costanera cuando el cielo se
tanto en tanto, pero al final siempre somos nosotros los que pagamos llenó de luces de colores, y oyeron, a lo lejos, un repiqueteo de
los platos rotos. Si ustedes siguen en esa condenada isla voy a tener disparos y las explosiones de bombas y cohetes.
que mandar un batallón y bien sabe Dios que mi gente no ha visto
nunca el mar… —¡Ese es Quomo! —dijo O’Connell y sus ojos bizcos se
enderezaron de júbilo mientras abrazaba al cónsul.
—Usted insinúa que…
Kiko empezó a tocar la bocina y apretó el acelerador a fondo.
El Primer Ministro le hundió el codo en las costillas. Atrás, en la caja, los otros negros daban alaridos y disparaban al aire.
Bertoldi no supo si ponerse contento o encomendarse nuevamente a
—¿Qué tiempo hace allí ahora? Dios, que lo tenía abandonado desde hacía tanto tiempo.
—¡Hombre de Falkland traer plata! ¡Festejar, festejar! —Hielo, nieve, siempre nos toca lo peor…
—¡… recuperamos las Malvinas!
Apretado entre O’Connell y Kiko, con los pies sobre la valija —¿Qué dice?
que el irlandés había dejado en el piso de la cabina, el cónsul pensaba
en el futuro. No estaba seguro de tener el coraje de soportar la entrega —¡Viva la patria, carajo!
de su bandera, ni de mirar a los ojos a Mister Burnett después de lo
que había dicho por radio. Tal vez lo metieran en la cárcel, o en un El Primer Ministro estrelló el zapato contra una pantorrilla del
sótano de la embajada británica. Se arrepintió mil veces de haber sido cónsul que gritaba como un desaforado.
tan imprudente, aunque estaba secretamente orgulloso de haber
defendido públicamente la causa argentina. —Sí, parecen inmensamente imbéciles —dijo el Emperador
con voz cansada
Ya no podía irse a Tanzania, porque ni siquiera tenía dinero —. Sáquenlo de aquí. ¡Fuera! ¡Que vengan los otros!
para el ómnibus y aún si O’Connell le facilitaba algunos billetes
falsos, tarde o temprano terminaría trabajando con los negros en un Dos hombres lo arrastraron hasta la puerta. El cónsul alcanzó a
aserradero o en una represa. Lo atormentaba la idea de volver a su dar otros tres vivas a la patria y antes de que lo sacaran escaleras abajo
casa derrotado, de ir a correr detrás del commendatore Tacchi para pudo oír que el Emperador se sonaba ruidosamente la nariz.
pedirle unas libras, o peor todavía, confesarle que nunca había sido
cónsul y tener que implorarle un empleo de mayordomo en la
embajada. Por un momento pensó que si los comunistas triunfaban,
todos los blancos correrían una suerte horrible, sirviendo en las casas 3
de los negros o barriendo las calles, como las mujeres de Rusia.
Aunque quizá, se dijo, su amistad con O’Connell lo pusiera a cubierto
de esas bajezas. ¿Por qué todas las desgracias le habían caído juntas? Calles prolijas, canales mansos, un lago cristalino. La
Él no había querido abandonar a Estela: tarde o temprano se las primavera que asoma en las macetas que adornan los balcones. ¿Qué
hubiera ingeniado para llevarla a Córdoba y sepultarla allí, en la podía importarle a Lauri esa ciudad si era un azar, un cruce de
falda de una montaña, como ella se lo había pedido. En realidad ya no caminos, un punto de fuga?
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Mientras pasaba por una callejuela solitaria, de puertas —Va a salir hombre, ya se lo dije. En el avión del Emperador.
cerradas, jugó a imaginar que Zurich no había cambiado desde los
tiempos en que Lenin tomó el tren para atravesar Alemania y sublevar Dos lagrimones largos corrieron por las mejillas encarbonadas
Petrogrado. Cuando llegó a la estación algo apareció en su memoria: del cónsul. O’Connell lo tomó de la nuca y lo atrajo contra un
«Sí… pero Lenin sabía adónde iba». hombro. El cigarrillo cayó sobre las hojas mojadas.
Fue hasta la plaza del ajedrez, se detuvo un par de veces a —Ya estamos cerca, compañero. Vamos, que el comandante
observar las caras de los que meditaban una jugada y continuó por un está esperando.
sendero de baldosas desierto e impecable. Atravesó el puente y se
agachó en la otra orilla a mirar los cisnes que se le acercaban —¿Entonces me perdona…?
deslizándose sobre el agua. De cuclillas al borde del lago, pensó que
tal vez Lenin salía de su casa por las mañanas con un pedazo de pan —Quédese con el sombrero si le gusta tanto, hombre —el
para ellos y un libro (¿cuál?) para leer en el silencio de la plaza. irlandés levantó el cigarrillo y le dio una pitada—. Deme que le llevo
la valija.
Pero Vladimir Ilich estaba terriblemente muerto y Lauri se
había dejado ganar por la melancolía. Parado al borde de la vereda, —No me quería rendir, ¿sabe?, no les quería dar el gusto.
miró a la mujer que dirigía el tránsito. Cuando vio el gesto invitándolo
a cruzar, sintió una vez más el peso de ese mundo aséptico y —¡Cómo se iba a rendir!
calibrado, tan lejano al suyo. Tomó un tranvía y se quedó parado para
observar las caras de los viejos que mostraban la indiferencia cordial El cónsul se refregó la cara con la manga del impermeable y
de los gerentes de banco. En un cruce de avenidas advirtió que se sacó la botella. Estaba tan tiznado como Al Johnson.
había pasado de parada y tuvo que rehacer a pie el camino hasta el
hotel. Caía la tarde y quería evitar el gentío que abandonaba las —No se imagina las que pasé por esa valija… —dijo y se puso
oficinas y los negocios. Preguntó al conserje si había correspondencia de pie.
para él, y subió los cuatro pisos hasta su habitación. Junto a la pared
había varios pares de zapatos para lustrar y un canasto con sábanas —Ya me va a contar. Venga que le doy las cartas.
sucias. Lauri fue hasta el baño que quedaba al fondo del corredor y
luego entró en su habitación. O’Connell caminó adelante, con la maleta, hasta que salieron
de la selva. Al otro lado de la ruta esperaba el Chevrolet con los faros
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azulada le caminaba por la nariz e iba a escarbar en las pestañas Se tiró en la cama y estuvo mirando las montañas a través de la
abundantes. O’Connell lo observó, perplejo, con el pañuelo en la ventana hasta que se quedó dormido con la ropa puesta. De repente lo
mano, y entre un estornudo y otro le preguntó si la explicación le despertaron unos gritos en la escalera: prestó atención, pero no pudo
había resultado satisfactoria. Bertoldi abrió los ojos lentamente; la entender lo que discutían porque los hombres mezclaban el inglés con
mosca se espantó y quedó dando vueltas entre los dos hombres hasta otro idioma, más colorido y rápido. Oyó que se llevaban por delante
que O’Connell se agachó para mirar al cónsul de frente y demostrarle los zapatos del pasillo y luego percibió el ruido de una llave que
que estaba diciendo la pura verdad. entraba en la cerradura. Se sentó en la cama y encendió la lámpara.
Afuera la discusión subía de tono y uno de los hombres empezó a
—Tengo sus cartas, por si no me cree. maltratar el picaporte mientras pateaba la puerta. Era la primera vez
que Lauri oía levantar la voz en Suiza. Del otro lado, uno de los que
—¿Mis cartas? gritaban cargó contra la puerta, que cedió con un chasquido de madera
astillada. Una sombra torcida trató de alcanzar la llave de la luz, pero
—Un paquete grande. No sé para qué escribía tanto; no hay no pudo mantenerse en equilibrio y se derrumbó en la oscuridad. La
nada que no pueda decirse en dos palabras. mesa se volcó y la lámpara se apagó al golpear contra el piso. El caído
se quejó, empujó la cama y se golpeó contra al duro. En el umbral
—Aquí adentro hay una bandera —el cónsul señaló la valija apareció una figura rechoncha que tapó la escasa iluminación que
temblando—. Cuando esté muerto cúbrame con ella. llegaba del pasillo.
—Ya ve, Quomo, el mundo es un pañuelo —dijo el gordo, y
—Está bien. Me emocionó con el discurso, le aseguro. ¿Dónde encendió la luz.
está Quomo?
En su cara había una ligera sonrisa de satisfacción. El borracho
—En el tren, con los monos. ¿En serio estuve bien? que se había llevado al suelo la mesa destartalada trataba de
incorporarse agarrándose de una silla. Un surco rojo le bajaba por la
O’Connell encendió un cigarrillo y lo puso en los labios del ceja derecha.
cónsul.
—Lo voy a hacer fusilar —dijo—. Se lo prometo.
—Demoledor. Hace tiempo que nadie puteaba tanto a los
ingleses. Lauri se levantó a ayudarlo. Lo tomó de los brazos y tironeo,
—Yo lo único que quería era salir de acá —dijo Bertoldi en un pero apenas alcanzó a moverlo. Tenía la piel de un marrón oscuro y
hilo de voz. brillante, como las berenjenas.
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azules, hasta que la ciudad se encendió como si fuera mediodía y por
—¡Rusos! —gritó el gordo—. ¡A quién se le ocurre confiar en las bocacalles llegó un calor de horno y un ruido de tambores: los
los rusos! primeros harapientos aparecieron blandiendo palos, hachas y
machetes, y Quomo trepó hasta lo más alto de un farol vociferando,
Se aflojó la corbata, sacó un pañuelo grande como un mantel y con las venas hinchadas, mientras señalaba con un brazo las torres del
se lo pasó por el cuello y la papada. palacio imperial.
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—Lo voy a fusilar personalmente —insistió el borracho en un
murmullo, mientras tiraba de una sábana para secarse el pelo. El gordo
Quomo, Chemir y Lauri subieron al techo de la locomotora ni caminó hasta el espejo del ropero, miró la habitación como si acabara
bien distinguieron los primeros suburbios alumbrados a kerosén. de entrar y se ajustó el nudo de la corbata.
Chemir, con el corazón apretado por la dicha del regreso, se puso a
lagrimear. Lauri pensó en sus compañeros y entonó Volver a media —Irrecuperable —dijo, y se volvió hacia el caído—. No ponga
voz, apoyándose en la escalera, mientras Quomo observaba las colinas los pies por allá, Quomo. Esta vez va en serio, si se nos cruza en el
con los prismáticos del maquinista. El tren cambió de vía y se dirigió camino se va a lamentar de haber nacido.
hacia una playa donde había una fila de vagones abandonados y dos
máquinas en reparación. Un chico desnudo y panzón cruzó delante de El gordo arrojó el cigarrillo al lavatorio y desapareció por el
la locomotora seguido por un perro rengo. Más allá de la estación corredor. Entonces el otro negro empezó a ponerse de pie. Había
Quomo distinguió las sombras del lago y algunas barcazas que perdido un botón del saco y por la camisa entreabierta se le veía el
flotaban a la deriva. Al ver que el bulevar estaba a oscuras temió una ombligo. El agua le había enchastrado el pelo corto y enrulado. A lo
emboscada y corrió sobre los techos gritando hasta que los monos se lejos empezaron a sonar las campanas de la catedral. Lauri le alcanzó
levantaron, furiosos, y empezaron a destrozar los vagones. una toalla.
Los primeros gorilas saltaron a tierra cuando la máquina entró —¿Se siente bien?
en la estación dando pitazos y arrastrando las ruedas bloqueadas por
los frenos. El rubio iba al frente haciendo sonar el timbre, corriendo El negro lo miró de arriba abajo, se secó la cara y fue a echar
por el andén desierto mientras otros volteaban la cerca de alambre y un vistazo por la ventana. Se tambaleaba.
ganaban la calle. Quomo se arrojó sobre una pila de durmientes y
Lauri fue detrás de él dando gritos. El sultán cayó de rodillas en el —Como… ¿este no es el tercer piso?
último vagón e invocó la protección de Alá y la gloria del coronel
Kadafi, que por teléfono le había ordenado ocupar en su nombre la —Cuarto.
embajada de los Estados Unidos. Chemir se deslizó por la caldera de
la locomotora y cayó lastimosamente a los pies de los ferroviarios —Ahora veo. ¿De dónde es usted?
que corrían a ponerse a salvo. Los monos invadieron la explanada de
carga y empezaron a dar vuelta los camiones y los carros repletos de Lauri recogió el botón del saco y se lo alcanzó.
mercadería. De pronto, en el cielo estalló una bengala amarilla y
luego una estrella blanca, y enseguida miles de petardos rojos y —Argentino, señor. Sudamericano.
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fusil y disparó al aire hasta que se le terminaron las balas. El irlandés
El borracho asintió, como si la precisión geográfica estuviera dio gracias a Dios por devolverle la palabra y preguntó a Kiko si
de más. Del bolsillo sacó una petaca y le dio un trago. Observó un conocía cuál era el grado de compromiso que Quomo había pactado
instante al argentino como si tratara de descubrir de qué estaba hecho con los soviéticos. El chofer lo ignoraba y propuso mantener como
y luego salió al pasillo. No estaba listo para presentarse en sociedad, rehén al teniente Tindemann para hacer frente a cualquier imprevisto.
pero podía caminar solo. Antes de irse miró la cerradura destrozada, Luego señaló el paquete y quiso saber por qué se lo disputaba tanta
levantó el pulgar izquierdo y mostró una sonrisa de dientes perfectos. gente.
—Felicitaciones por lo de las Falkland —dijo, y desapareció —Desbordes del corazón —dijo O’Connell y volvieron a la
por la escalera. cabina—. Nunca tenga amantes inglesas, y si las tiene no les escriba.
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le alcanzó una botella de agua y le indicó un cajón donde sentarse. Aunque no era diestro en materia de discursos, lo alivió pensar
que alguien, al fin, le prestaría atención después de haber sido
—Coche roto —dijo el que tenía una sola oreja. calumniado, despreciado y prácticamente arrojado en brazos de los
comunistas. Así lo dijo, de pie, apenas protegido por el panamá y el
—No. —Bertoldi movió la cabeza—. Guerra. impermeable roto por todas partes.
—¿Guerra? ¿Otra vez? —Los peones se miraron entre ellos, Anunció que hablaba desde algún lugar del Imperio donde
inquietos. había puesto a salvo el pabellón nacional y, llevado por el ritmo
sofocante de su relato, afirmó que ningún inglés pisaría nunca tierra
—No, no aquí. Guerra mía —se tocó la escarapela y sonrió al argentina, ni entraría en el reino de los cielos. Sostenía el teléfono
escucharse hablar—. Argentina invadió Malvinas. como si estuviera en una cabina pública y por momentos su voz se
entrecortaba por la emoción, sobre todo cuando evocó el triunfo de
Los negros volvieron a mirarse sin entender. El cónsul tomó un Liniers y anunció que la armada argentina hundiría a la flota real
trago y dejó que el agua le mojara la cara. como si fuera un cucurucho de papel. Al final le pareció adecuado
recordar que su bandera nunca había sido atada al carro triunfal de
—Yo, argentino. Sudamérica. Británicos rendirse. Islas ahora ningún vencedor de la tierra, y antes de colgar el teléfono dio tres
nuestras. vivas a Dios y a la patria amenazada.
—¿Sudamérica invadir islas británicas? —Los ojos del que Cuando terminó de hablar se encontró otra vez solo en la vía
tenía una sola oreja parecían a punto de reventar. que cortaba la selva, con el estómago vacío y el espíritu decaído.
Tomó la valija y se internó por el sendero de un obraje pensando que
ahora sí el mundo sabía de él y por lo tanto a nadie se le ocurriría
—Ingleses huir —asintió Bertoldi.
pensar que estaba huyendo.
El peón que hablaba inglés vaciló un momento mientras sus
compañeros seguían expectantes cada uno de sus gestos. Al cabo de El teniente Wilson recorrió con el jeep la rampa de los fuegos
un momento se dio vuelta y empezó a traducir atropelladamente. Los de artificio, saludado por una docena de soldados que esperaban la
otros lo interrumpieron, varias veces, pero él siguió su relato orden de encender la cohetería. En ese momento la voz de Quomo
acompañándolo con ademanes, ruidos e imprecaciones al cielo. Uno apareció por la radio, y aunque el militar no comprendió una sola
de los que escuchaban levantó la pala y la descargó varias veces sobre palabra de lo que decía, se dio cuenta de que la sublevación estaba en
el techo de la cabina. El camión frenó, sacó dos ruedas del camino y marcha. Estaba convencido de que algo había fallado en los planes del
se detuvo en medio de una polvareda. El conductor saltó al asfalto Estado Mayor y que el capitán Standford había sido eliminado por los
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campo popular. poniéndose el sombrero. El de una sola oreja le habló en su lengua
mientras señalaba al cónsul, que se había puesto de pie.
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imitarlo. Alguien vivó al comandante y a la revolución, y los monos de informaciones le indicaron que el comisario estaba esperándolo.
empezaron a saltar hasta que los durmientes de las vías temblaron y el
pito de la locomotora sacudió la larga noche de Bongwutsi. El comisario era una mujer de unos cuarenta años, pálida,
carnosa, con el pelo suelto. A su espalda había una reproducción del
Guernica iluminada por un pequeño spot . El argentino le dio la mano
y se sentó al otro lado del escritorio.
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—Las noticias no son buenas, señor Lauri. El resultado del
interrogatorio fue considerado negativo.
El teniente Tindemann detestaba la voz de Steve Wonder, así
que ordenó a Kiko que pusiera cualquier otra cosa. El negro pasó por Abrió la carpeta y recorrió algunas páginas.
un radioteatro británico, un noticiero sobre las actividades del
Emperador y se detuvo en Jacques Brel, que cantaba Comment tuer —A la pregunta de si militaba en un partido político usted
l’amant de sa femme . O’Connell frunció el ceño frente al fusil que contesta que no. En el renglón siguiente dice haber participado en
apuntaba y siguió recapacitando sobre la actitud del ruso que todavía huelgas y manifestaciones, pero niega haber llevado armas o asaltado
llevaba consigo las cartas de Bertoldi. No creía que lo fusilara por su cuarteles. Se le pregunta si ha incendiado automóviles y dice que no,
cuenta, sin consultar primero a Quomo, o al menos al cónsul Bertoldi, aunque reconoce haber arrojado piedras contra la policía. Eso es lo
que se había puesto a salvo durante el combate. De todos modos le que dice usted a la comisión.
pareció prudente aclarar su situación y decidió entregar al soviético el
informe que le había escrito a Quomo antes de salir del consulado. Le —Sí, señora.
pidió atención empujándolo con el codo y señaló el crucifijo hueco
que llevaba colgado del cuello. Al principio, Tindemann creyó que el Pues bien, el gobierno concluye que si en su país hay huelgas y
otro quería encomendarse a Dios, pero cuando lo vio abrir la cruz y manifestaciones en las que usted participó sin necesidad de ir armado,
sacar un papel doblado, pensó que esa noche estaba de parabienes. eso prueba que la persecución política es inexistente o casi. Por otra
O’Connell desdobló el documento y lo entregó al representante del parte en la Argentina hay demostraciones a favor del gobierno.
Ejército Rojo.
—Eso es por la guerra.
El teniente leyó dificultosamente, pero entendió que un tal
O’Connell había quedado al margen de la revolución al ser —Señor Lauri, si tanta gente desaparece o es asesinada, ¿por
sorprendido por los soviéticos en la fiesta de la reina Isabel. Allí, el qué todo lo que usted hizo fue tirar piedras a la policía?
teniente Tindemann interrumpió la lectura, bajó el volumen de la
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escucha, comandante, se escucha!», y el otro blanco, que tenía la
—Era lo único que tenía a mano. túnica puesta como un poncho, salió corriendo a contraluz,
levantando pedregullo, bendiciendo a Dios. El cónsul no entendía bien
—La comisión habría valorado algún acto de resistencia. ¿No lo que estaba sucediendo, pero cuando los negros levantaron el
es usted comunista? volumen de la radio y la voz de Quomo se entrelazó con los bramidos
de Steve Wonder y con las baterías de The Police, se dio cuenta de
—No exactamente, señora. que el dictador estaba entrando en cadena por todas las emisoras de
Bongwutsi.
—Comprenderá entonces que reservemos el derecho de asilo a
quien realmente lo necesita. Hoy dimos refugio al hombre que le El de la túnica pidió al maquinista que silenciara la locomotora.
disparó tres balazos a Pinochet. En un instante solo quedó el repiqueteo de la lluvia sobre los techos
—No sabía que hubieran herido a Pinochet. de los vagones. De espaldas al faro, encerrado por una aureola de
moscones y mariposas desconcertados por la luz, Quomo se sentó
—Está escrito aquí —señaló otra carpeta. sobre una baliza y empezó a hablar en su idioma. Al principio la voz
era amable, casi musical, y Bertoldi, que la escuchaba amplificada
Tenía unos bucles rubios que le caían sobre los hombros y un por el transistor de los ferroviarios, pensó que explicaba algo, o que
escote lleno de pecas. Lauri pensó que en otro lugar y en otra hablaba al oído de las mujeres que escuchaban las novelas de
circunstancia podía ser una mujer atractiva. trasnoche. Después el tono se hizo más rápido y las consonantes se
entrechocaron como piedras. Las pausas eran agónicas y parecía que
—Lo lamento. Pruebe en otro país —dijo poniéndose de pie—. rogaba y exigía a la vez, que ordenaba y persuadía. Los monos
Puede quedarse cuarenta y ocho horas más en Zurich. empezaron a bajar del tren, embelesados. Algunos rugían mirando al
cielo. El cónsul vio que Quomo se paraba y hacía gestos breves,
Lauri le estrechó la mano y tuvo la impresión de que la mujer precisos, como si dirigiera una orquesta ante un auditorio anhelante.
estaba sinceramente apenada por el dictamen de la comisión. Al salir El árabe estaba frente a la radio con la boca abierta, como un idiota
se cruzó con un negro bien trajeado que lo interrogó con una seña, iluminado. Las caras de los negros se torcían de sorpresa y se
como si fuera a dar examen. Lauri le deseó suerte y volvió a la calle. enderezaban de felicidad.
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atraído por la gritería y vio a una mujer enorme, vestida con una
—¿Sabe que usted se parece a Lenin? túnica violeta, que golpeaba con una cartera a un hombre acurrucado
contra la vidriera. Una mesa plegable se había volcado sobre la
—Trato de serle fiel. Ahora conecte ese cable y va a ver cómo vereda y montones de papeles estaban desparramados en el suelo.
este país salta de la cama y sale a cambiar la historia. Lauri era el único blanco que se había detenido a mirar el incidente.
Cuando el negro logró escapar de su encierro, la mujer lo empujó
hasta un banco y le cantó cuatro frescas mientras lo sacudía del saco.
Entonces Lauri reconoció al hombre que la noche anterior
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Desde el día en que llegó a Bongwutsi para hacerse cargo de la AQUÍ VUELVE EL COMANDANTE QUOMO
oficina de turismo, Bertoldi no tuvo otras noticias de lo que ocurría en PROLETARIOS DEL MUNDO UNÍOS
su país que las publicadas por el Herald Tribune . Más tarde, ya con el
cargo de cónsul, dio como ciertas las informaciones para no discutir Vio monos asomados por las ventanillas y encima de los techos
con los embajadores sobre temas tan irritantes como la política, y pensó que el calor y los disgustos lo hacían ver fantasmas; pero
aunque en el fondo siempre tuvo la sensación de que el Herald cuando pasó el furgón de cola, cargado de carbón, lo corrió y subió de
cargaba las tintas. En sus cartas a Santiago Acosta solía hacer un salto. Estaba ahogado por el calor y se dejó caer sobre el piso
referencias al injusto tratamiento que los periódicos extranjeros daban tiznado, pensando obsesivamente que debía llegar a tiempo para
a la Argentina y el daño que ello podría causar a la tarea de difundir alcanzar el ómnibus a Tanzania.
los atractivos turísticos del país. Pero Acosta nunca le respondió, y
poco a poco Bertoldi, que todavía se dirigía a él como si fuera su jefe, ¿Lo sabría la patria? ¿Se enteraría algún día de lo que hacía por
fue espaciando la correspondencia hasta circunscribirla a los saludos ella? ¿Su nombre estaría alguna vez en los libros? Por las dudas, al
de fin de año. llegar a Suiza tomaría una secretaria para dictarle sus memorias y
luego las enviaría a la cancillería de Buenos Aires.
Santiago Acosta había partido tan silenciosamente de
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Kiko dio una vuelta de manija al motor y los dos peones fueron Bongwutsi que cuando el nuevo empleado se presentó en las
a poner pasto y ramas bajo las ruedas para sacarlo del pantano. El embajadas de los países amigos, todos creyeron que estaban ante un
chofer lamentaba que su plan se hubiera arruinado con la aparición de nuevo cónsul. Halagado, Bertoldi concluyó que no valía la pena
O’Connell y la huida del hombre de las Falkland. Sabía que el regreso desengañarlos, sobre todo cuando a fin de mes en el banco no
de Quomo volvería a meterlo en dificultades, y un poco de dinero para supieron darle noticias sobre su sueldo y le pidieron que avisara a
afrontarlas no le hubiera venido mal. Lo que más temía ahora era que Santiago Acosta que podía pasar a cobrar el suyo. Fue en esos días
los soviéticos volvieran a meterlo en la cárcel, donde había pasado la cuando hizo las primeras llamadas infructuosas a la cancillería y
mayor parte de su vida. La primera vez, en la revolución de la Estela empezó a mostrar signos de nostalgia y abandono. Entonces;
independencia, los ingleses lo habían llevado, a trabajos forzados por Bertoldi, que nunca había estado en el extranjero, se dijo que la
negarse a tirar contra una manifestación; más tarde los rusos lo habían Argentina no podía quedarse sin representante en Bongwutsi y decidió
condenado por negarse a entregar la bandera roja que Quomo le había redactar su propio nombramiento.
confiado en las trincheras del puerto.
Para cobrar el sueldo tuvo que acudir a la buena voluntad del
El teniente Tindemann mandó que tiraran el cuerpo de embajador de Gran Bretaña, que en su juventud había sido escolta del
Standford en un pantano y condujo a O’Connell hasta la cabina. gobernador de las Falkland. Todos los meses, Mister Burnett llamaba
al banco y autorizaba el endoso del giro que llegaba a la orden de
—Rápido —dijo al chofer mientras cerraba la puerta—, busque Santiago Acosta. Así, Bertoldi y Estela pudieron pagar el alquiler de
un teléfono. la casa mientras abrigaban la esperanza de regresar lo antes posible a
Buenos Aires. Poco a poco, Bertoldi se fue acostumbrando a
—No teléfono en ruta —dijo Kiko, y decía la verdad—. Único presentarse como cónsul, pero cuidaba de no darse ese tratamiento en
teléfono en ramal ferroviario. los informes que enviaba por correo al Ministerio de Relaciones
Exteriores. Al cabo de unos meses, el título le era tan familiar como
—¿Dónde queda eso? ajenas las funciones que implicaba. De todos modos nunca tuvo
noticias de que otro argentino anduviera por las cercanías, ni nadie
—Caminar por vías tres kilómetros —señaló la dirección por puso en tela de juicio la legitimidad de su nombramiento. Ahora, el
donde había huido Bertoldi. propio Emperador reconocía su importancia al recibirlo en el templo y
Bertoldi hubiera querido tener un buen traje para ir a festejar la
—¿Caminar? reconquista de las Malvinas al bar del Sheraton.
—Puesto de señaleros. No poder entrar con camión. Fue a vestirse y puso la marcha Aurora en el tocadiscos.
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Encendió todas las luces de la casa y abrió las ventanas para que la valija y eso lo reconfortaba como si llevara detrás de él a diez mil
música se escuchara por todo el barrio. Afuera, las paredes y el piso soldados. Se sentó sobre una piedra, sacó la botella y tomó un trago.
conservaban el calor acumulado durante las horas de sol y los En el bolsillo del impermeable encontró los cigarrillos, pero no se
vecinos empezaban a sacar las mesas y las sillas para cenar en la animó a prender uno por temor a ser visto en la oscuridad. Miró la
vereda. Bertoldi empezó a arriar la bandera cantando a todo pulmón. hora y calculó que si caminaba siempre en la misma dirección
Los nativos que pasaban por la calle se paraban a mirarlo y algunos encontraría la ruta por la que pasaba el ómnibus para Dar-es- Salaam.
se quitaban el sombrero. De golpe, todas las luces del barrio se Todavía escuchaba tiros, y si alguien le hubiera preguntado, diría que
apagaron y el disco se frenó con un sonido ahogado. El cónsul volvió le gustaría saber que O’Connell les había dado su merecido a los
a su despacho con la bandera, encendió una vela y se sentó frente a su negros.
escritorio. Pensaba en la perfidia y la hipocresía de los nativos, cuando
llegó a un claro y encontró un terraplén que cortaba la selva en dos. La
Se preguntaba cómo responder al embajador británico, y lluvia volvió a golpearle el sombrero y se alegró de ver los nubarrones
aunque tenía atolondrado el pensamiento, lo ganó un incontenible sobre las copas de los árboles. Subió la pendiente arrastrando la valija,
deseo de llevar la enseña de la patria hasta la zona de exclusión y inclinándose para no perder el equilibrio, y cuando llegó arriba se
plantarla allí, como una estaca en el arrogante corazón de Mister encontró con las vías del ferrocarril y un cartel que decía Bongwutsi
Burnett. Station 15 Km .
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zanjón. El capitán Standford, parapetado detrás de un árbol, recargaba
la pistola y gritaba a O’Connell que pusiera en marcha el auto. El En la rotonda donde estaba la barrera, la banda escocesa tocó
irlandés recordó la promesa de Quomo de que nunca más volvería a It’s a long way to Tipperary y luego, ante una señal del embajador, se
aliarse a los rusos y se sintió decepcionado. Pese a su indignación, a la lanzó con The British Grenadiers . Los nativos que se reunieron en las
amargura de comprobar que nunca tendría un lugar entre los veredas aplaudieron la exhibición y aprovecharon que los ingleses
desposeídos de la tierra, empezó a deslizarse a espaldas de Standford, habían cerrado el tránsito para seguir la fiesta con sus propios
que estaba disparando otra vez. Una ráfaga de metralla le pasó sobre la instrumentos.
cabeza y se dijo que no había cosa más triste en este mundo que ser
abatido por los propios camaradas. Durante el recorrido, la banda escocesa repitió Tipperary en
seis puntos que el inglés consideraba estratégicos: tres avenidas por
El cónsul miró la valija abandonada por Kiko, que había ido a las que se accedía al centro de la ciudad, la torre de abastecimiento de
refugiarse detrás del camión, y creyó que O’Connell había llegado agua, el monumento al duque de Wellington y la caballeriza
hasta allí para buscar el dinero. En ese caso, cualquiera fuese el abandonada por los australianos.
resultado del combate, su vida estaba en peligro. Levantó uno de los
fusiles y con el caño atrajo la valija hasta el zanjón donde estaba Cada embajador iba acompañado por un sirviente que sostenía
escondido. Una vez que la tuvo en sus manos se internó en la selva y una sombrilla y otro que cargaba una conservadora con hielo, whisky
rogó a Dios que le permitiera salir de allí. Nunca lo molestaba con y refrescos. A la sombra de la caballeriza, recostados sobre el heno,
plegarias, y la única vez que lo había invocado, junto al lecho de los embajadores bebieron un aperitivo y evaluaron las informaciones
Estela, el Señor no había respondido a su súplica. Entonces, mientras que habían recibido de sus respectivas capitales. Exponía Herr
apuraba el paso en la oscuridad, tropezando, llevándose por delante Hoffmann cuando Mister Burnett, que removía distraídamente la
los arbustos, se dijo que el Cielo estaba en deuda con él. Trató de no hierba con la punta del zapato, vio algo que lo dejó anonadado. Allí,
alejarse demasiado del camino y anduvo hasta que advirtió que nadie perdido entre la paja seca del establo, reconoció el prendedor de
lo seguía y pudo detenerse a descansar un momento. Estaba agitado, diamantes que le había regalado a Daisy para festejar el primer
confuso, y tenía miedo de pisar una serpiente o de caer en una ciénaga. aniversario de bodas.
Hacía dos meses que vivía acorralado. Desde el comienzo de la guerra
había tratado de hacer lo que cualquier buen argentino hubiera hecho, Las piedras preciosas brillaban, tocadas por el sol que se
pero las cosas le habían salido mal porque todo el mundo se interponía filtraba entre las tablas resecas; Mister Burnett disimuló su desazón y
en su camino, y nadie estuvo nunca más solo que él. Y sin embargo dejó que el alemán terminara el análisis del conflicto sin siquiera
todavía no estaba vencido, ni se había entregado. sacarse la pipa de la boca. Luego se levantó y sugirió regresar
Había dejado el consulado, pero aún tenía la bandera en la inmediatamente al bulevar para comunicarse con Europa.
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foto enterrada en el patio. A la noche, con el apagón, la sacan y le
Ni bien salieron de la caballeriza, los negros corrieron hacia prenden una vela.
ellos con las sombrillas. Los músicos, que descansaban entre el
follaje, se pusieron de pie y esperaron órdenes. Mister Burnett se —¿Usted lo hace?
disculpó y regresó al galpón como si hubiera olvidado algo. Una vez a
solas recogió el prendedor y se sacudió la paja que se le había pegado —No, en el ferrocarril no es muy popular. Los ingleses eran
al pantalón. Una luz roja reverberaba sobre la hierba y teñía el carro mejores con los trenes: ahora ya casi no funcionan.
abandonado en el fondo del establo. Después, mientras iba hacia la
residencia con la cabeza gacha —que los otros atribuyeron a la —Ya se van a usar de nuevo —el sultán señaló la botella—.
preocupación patriótica—, Mister Burnett recordó que Daisy culpaba Van a tener que llevar tanques y tanques de esto hasta el puerto.
de las picaduras que tenía en el cuerpo a las caminatas del atardecer y
a los baños de sol al borde de la piscina. El commendatore Tacchi, —Puede ser, pero si Quomo llega al gobierno nos van a cerrar
que caminaba un paso más atrás, lo arrancó de sus pensamientos todas las aduanas. ¿A dónde van ahora con esos monos?
tomándolo de un brazo.
—A tomar el palacio imperial.
—Cuídense, Mister Burnett, los argentinos son medio italianos
y van a pelear hasta que caiga el último hombre. —¡Eso no me lo quiero perder! Dicen que el trono es de oro
macizo.
Con un gesto de disgusto, el inglés miró la mano que le
palmeaba el hombro y se preguntó si no sería la misma que acariciaba —Venga con nosotros, entonces.
a escondidas a la mujer con la que había vivido feliz durante más de
veinte años. —No, si va a estar el Emperador seguro que lo pasan por
televisión.
Daisy amaba la literatura y nadie, entre los blancos, compartía
su interés. Cada vez que el Times comentaba un libro que le
interesaba, anotaba el título y le pedía a Mister Burnett que se lo Las balas del teniente Tindemann no dieron en el blanco, pero
hiciera enviar por valija diplomática. le confirmaron a O’Connell su sospecha de que los soviéticos habían
copado la revolución. Se arrastró hasta un matorral y vio que los
La primera vez que vio a Bertoldi y su mujer, en la embajada negros tomaban las armas y se preparaban para la resistencia. Bertoldi,
de Sudáfrica, les habló de Borges por pura cortesía y se sorprendió que se había tirado cuerpo a tierra, estaba replegándose hacia un
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—¿Sorteo? —preguntó El Katar, y pensó en las asambleas cuando Estela se puso a recitar en castellano un poema que ella había
populares del desierto. leído muchas veces en inglés.
La segunda vez, en la residencia del commendatore Tacchi,
—El que hacía con la lotería. Al final es peor que andar Daisy evocó Emma Zunz y el cónsul le recomendó La intrusa , que
necesitado. había hojeado en la revista de cabina de Aerolíneas Argentinas.
—¿Quomo rifaba mujeres? Entonces empezaron a verse más seguido. Estela mostraba ya las
señales de su enfermedad y su cara bondadosa parecía estar
—Mujeres y hombres, obligatorio para mayores de catorce y despidiéndose del mundo con resignación. Las dos hablaron de Eva
menores de setenta. Uno se pasaba la semana esperando la jugada y Perón, porque la señora Burnett había visto la ópera en Londres, y
después le tocaba cada cosa que mucha gente prefería cumplir los desde entonces Daisy se las arreglaba para que los otros embajadores
treinta días de cárcel. Yo nunca tuve suerte con las mujeres. pasaran por alto el protocolo que excluía al cónsul de las recepciones
por insuficiencia de rango. A veces, por las tardes, invitaba a los
—¿Cómo lo hacían? Bertoldi a tomar el té en su biblioteca, y cuando Estela cayó enferma
se acercaba al consulado para hacerle compañía.
—Con el número de documento y un bolillero en cada barrio,
como para el servicio militar. A mi mujer le tocaron dos muchachos Después de la muerte de su amiga, la señora Burnett siguió
jóvenes y una senegalesa gordita, pero a mí me salía cada cosa invitando al cónsul a la hora del té, pero su marido aprovechaba para
terrible. El comandante lo llamaba socialismo sexual, o algo así. Los llevárselo al atelier donde construía las cometas y un día lo hizo correr
rusos terminaron con eso. por todo el bulevar arrastrando una estrella de cinco puntas. Al cónsul
no se le ocurrió pensar que en Bongwutsi no había viento suficiente
—En Libia hubiera sido mal visto —dijo el sultán. para remontar barriletes y Mister Burnett y los ordenanzas estuvieron
una tarde entera riéndose de él. Daisy se sintió avergonzada por la
—En cualquier parte. Al comandante le tocaban lindas mujeres crueldad de su marido y la ingenuidad de su amigo, a quien creía un
porque siempre tuvo suerte en el juego pero yo le aseguro que muchas intelectual, y cuando se quedaron a solas le puso entre las manos un
veces tuve ganas de dar parte de enfermo. volumen en cuero del Tristram Shandy . Súbitamente, el cónsul le dijo
que no volvería a visitarla porque estaba enamorándose de ella y la
—¿Lo quiere el pueblo? besó dulcemente, de pie, con el sombrero colgando de una mano.
—¿A Quomo? Cuando lo fusilaron hubo tres meses de duelo y Desde entonces empezaron a encontrarse los viernes en el
eso que estaba prohibido nombrarlo. Todavía hay gente que tiene su cementerio. Daisy llegaba un poco más temprano, dejaba una rosa en
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la tumba de Estela y luego caminaba hasta el panteón de los ingleses.
Fingían encontrarse al azar y conversaban paseando entre los Los negros se miraron entre ellos y el fogonero respondió como
sepulcros de los héroes de la colonia. Allí arreglaban las citas por obligación.
nocturnas a orillas del lago y los encuentros en la caballeriza de los
australianos. Desde entonces, el cónsul le escribía una carta por —Grapa —dijo, y siguió mirando la revista.
semana con la ayuda de un diccionario, describiendo las caricias y las
ternuras que le prodigaría en el próximo encuentro. —Pero sin alcohol —insistió el sultán.
Convencida de que sus sueños se estaban evaporando con el El maquinista le alcanzó la botella y con un gesto lo invitó a
calor del país y la indiferencia de su marido, Daisy se dejaba llevar probar. El Katar sintió que el líquido le quemaba el estómago y le
por el entusiasmo con que Bertoldi buscaba insuflar aliento a su remontaba el ánimo y eso lo convenció de que, como decía el coronel,
endurecido corazón. Los arrebatos sobre la hierba le hacían olvidar, el mundo sería un día de los negros. Iba a decirles que todavía no
aunque más no fuese por unas horas, que iba a cumplir cuarenta y podía superar el disgusto de haber perdido el Rolls Royce, pero temió
cinco años y que ya no tenía las exultantes ilusiones del tiempo de los que no lo comprendieran. Cuando insistió en ponerlo en la bodega del
Beatles. Boeing, pensaba que sería mucho más digno y fotogénico tomar el
palacio imperial con un Rolls que con un jeep cualquiera.
Precisamente de eso estaba hablándole a Bertoldi la noche en
que extravió el prendedor. Ganada por la nostalgia, recordaba sus Apuró otro trago y devolvió la botella con un gesto de
escapadas adolescentes a los conciertos de Liverpool y, como cerraba satisfacción. El resplandor del avión incendiado se estaba apagando y
los ojos y el cónsul le besaba los pechos, no advirtió que el broche de la lluvia entraba por las ventanillas de la locomotora. El maquinista le
diamantes caía entre el pasto, junto a la linterna que despedía una luz miró la ropa hecha añicos y señaló el vagón de los gorilas.
temblorosa.
—El comandante —dijo—, ¿habrá cambiado de idea?
—No creo —dijo el sultán—. Todo esto será una gran destilería
8 y va a haber trabajo para todos.
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sollozar como el día que le robaron la billetera. lugar bajo la pérgola y se sentó con cautela, como si la silla estuviera
ocupada.
Kiko le dio unas palmadas suaves en la espalda y le sacó la
valija sin esfuerzo, como quien le quita el reloj a un muerto. —Aquí se encontraban Lenin y Trotsky —dijo, y pidió dos
cervezas—. En ese tiempo este era un país hospitalario.
El ruso los miraba sin entender, preguntándose si debía seguir
con su misión o regresar a la embajada para pedir instrucciones. —¿No los obligaban a contar historias?
De repente, por el camino de tierra, vio aparecer al correo del —Eran blancos… Los negros tenemos que contar cosas de
Foreign Office y más atrás, al capitán Standford que llevaba una negros.
pistola. Rápidamente se agachó, tomó el primer fusil que encontró al
alcance de la mano, y O’Connell se precipitó hacia ellos con el puño —¿Y se las creen?
levantado, le disparó apoyándose en el hombro del cónsul argentino.
En un instante todos estuvieron de cara al suelo y Standford empezó a —Depende. Ayer conseguí colocar a Amos Tutuola, el
descargar su pistola contra los que se arrastraban detrás del Camión. mecánico del Emperador.
—Lo fusilaron —confirmó Lauri—, pero ahí lo tiene. —¿Ha usado armas?
—No crea —dijo el maquinista—. Cuando este hombre estuvo —¿Qué me recomienda, entonces?
en el gobierno había que hacer una asamblea por cada salida y eso era
un lío. —Lo de las Falkland nos complica un poco las cosas, pero
véame antes de irse. ¿Va a ir a sentarse con esa chica?
—¿Qué decidían?
Lauri miró a la muchacha de pelo anaranjado e hizo un gesto de
—El rumbo del tren. Quomo abolió los horarios y los destinos desaliento.
fijos porque decía que el orden es contrarrevolucionario. Entonces la
gente compraba boleto único, organizaba una asamblea y después —No hablo una palabra de alemán.
íbamos para el lado que decidía la mayoría. Yo tuve que manejar más —Lástima. Voy yo, entonces. Está sola y no tiene a quién
de cien veces hasta Uganda. contarle su historia. Se levantó y por un instante tapó el sol que se
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ponía sobre las montañas. entusiasmo. A lo lejos, diluida por la cortina de agua, el comandante
Tenía una sonrisa ancha y contagiosa, con la que se acercó a la vio la silueta negra de una locomotora a vapor.
mesa de la muchacha. Lauri pagó y fue a caminar por la costa. Las —¡El tren! —gritó—. ¡Allá está!
lanchas parecían flotar a la deriva rodeadas de pájaros. Todo el
paisaje transmitía una calma adormecedora. En alguna parte Lauri Enganchados a la máquina había tres vagones de pasajeros y
había leído que la ciudad estaba edificada sobre galerías abarrotadas uno con carbón para la caldera.
de oro y le pareció lógico que no lo quisieran allí. Entró en un
supermercado y compró queso y pan envasado para comer por la —¿Eso funciona? —preguntó Lauri.
noche. Al salir vio a una mujer que arrojaba el envoltorio de un
caramelo en un cesto. Todo parecía en orden y Lauri pensó que el Quomo se volvió hacia el gorila rubio y empezó a darle
único cuerpo extraño en Zurich era el suyo. instrucciones con muecas, ademanes y palabras incomprensibles. El
animal parecía nervioso, saltaba de un pie a otro y se rascaba la cabeza
embarrada. Varios gorilas se habían acercado y seguían la charla con
una atención crispada. En la cara de Quomo había huellas de
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cansancio, pero su mirada era serena.
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como un padre que mira jugar a sus hijos. Los moscardones volaban
desorientados por la lluvia y los sapos saltaban entre la hierba mojada. Se lavó y fue a prepararse una taza de café. Por la ventana vio
El sultán se había retirado a rezar una plegaria al borde de un arroyo pasar el furgón que recogía a los gorilas extraviados y dedujo que
de aguas cristalinas bordeado de flores y árboles enanos. pronto caerían las primeras lluvias. El sol asomaba por encima de las
colinas y las lagartijas trepaban por los frentes de las casas. Volvió
Cuando estaba agachado, invocando al Todopoderoso, advirtió con el café a su despacho y releyó el mensaje de Mister Burnett. Lo
que varios gorilas lo miraban, extrañados, desde la otra orilla. sorprendió semejante temeridad, sobre todo teniendo en cuenta que
Molesto, dio por terminada la oración y volvió a donde estaban sus los británicos se habían rendido vergonzosamente y que el pabellón
compañeros. Quomo le mostró la serpiente y El Katar la comparó con argentino flameaba victorioso en las Malvinas. Le hubiera gustado
la Viuda Azul del desierto, que el coronel Kadafi citaba siempre para pedir instrucciones a Buenos Aires, pero ahora debía tomar una
simbolizar el pecado y la maldad del imperialismo. determinación por su cuenta y decidió mostrarle al enemigo lo inútil
de su resistencia y lo absurdo de su arrogancia.
—¿Qué quiere de mí el coronel? —preguntó Quomo casi al
pasar. Dobló la bandera en cuatro y miró el retrato de San Martín,
consciente del riesgo que iba a correr. No sabía si el Libertador habría
—Que les complique la vida a los aliados. aprobado su plan, pero estaba seguro de que era lo único que podía
hacer en ese momento, sin ayuda y agobiado por la responsabilidad de
El comandante asintió, dejó la víbora, y ordenó proseguir la haber nacido argentino.
marcha. Chemir repartió algunas frutas y cruzaron el arroyo a paso
lento. Luego se internaron en una selva cerrada y ciega, apenas Buscó un listón de madera, le sacó punta con un cuchillo y fue
guiados por el sonido del timbre. Al atardecer desembocaron en una al dormitorio a revisar el baúl donde había guardado la ropa de Estela.
vasta sabana ondulante donde podía verse la lluvia golpeando la Le parecía haber visto una medalla de la Virgen de Luján que quería
hierba. Por el descampado deambulaban decenas de gorilas prender junto al sol de la bandera. Sacó una blusa escotada y se
empapados que parecían haber perdido la orientación. Giraban en arrodilló a hurgar entre los vestidos.
redondo, con los brazos colgando como tallos marchitos. Algunos se Apartó un jean, una pollera muy corta, una cartera marrón y
detenían un momento, se golpeaban el pecho, lanzaban largos encontró la medalla pinchada en un chal. Toda la habitación se había
gemidos y seguían su camino al azar. llenado de un tenue olor a naftalina. Una diminuta bombacha se
deslizó entre sus dedos, arrugada como un pañuelo. Bertoldi deslizó
El mono rubio tomó a Quomo de un brazo, lo arrastró unos una mano por el elástico y se quedó un rato mirándola: se preguntaba
metros y lo levantó de las piernas mientras daba gritos que parecían de si era la misma que Estela llevaba la última noche que hicieron el
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amor, antes de que ella cayera enferma. O’Connell dio la vuelta corriendo por detrás del auto y abrió la
puerta de Standford, que estaba juntando algunas cartas del piso.
Volvió a poner la ropa en el baúl y se levantó, avergonzado.
Durante todo ese tiempo había luchado por alejar los recuerdos Hubiera querido decirle que ya se encontraban en territorio
eróticos de su vida con Estela. Más de una vez soñó con aquel cuerpo libre de Bongwutsi, en África socialista, pero no le salió una palabra.
desnudo, delgado, que susurraba entre sus brazos, pero al despertar se De rabia, arrancó la bandera qué colgaba sobre el guardabarros, la tiró
sentía tan detestable como si acabara de profanar una tumba. al suelo y le empezó a saltar encima. Standford lo miró con una
Fue al escritorio y preparó los símbolos de la patria mientras mezcla de pena e indignación y pensó que por culpa de ese imbécil
tomaba el resto de café tibio. Ató la bandera y la envolvió alrededor tendría que volver hasta la embajada a pie y sin impermeable.
de la estaca para llevarla sin despertar sospechas. Luego se puso una
camisa limpia y cerró la llave del gas, como si fuera a ausentarse por
mucho tiempo. Cuando salió a la calle le pareció que el día no era
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distinto de otros, solo que podía ser el último para él.
El cónsul estaba posando junto a la enseña patria, rotoso y O’Connell miró otra vez y no tuvo dudas de que era el mismo
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—Kiko no poder. Tener algo que valer mucho, pero faltarle dolorido, cuando vio a Daisy, que salía al jardín de la embajada. Su
pasaporte. pulso se aceleró de solo pensar que ella se acercaba a prestarle ayuda.
Corrió a su encuentro sin advertir que entraba en territorio de Su
—¿De qué escapa usted? —preguntó el cónsul y tiró la colilla Majestad y el único soldado que había quedado en la guardia lo
en el bosque. apartó de un culatazo. Daisy gritó que lo dejaran en paz y el
—Quomo volver a Bongwutsi y Kiko estar viejo para embajador de Italia, que pasaba corriendo hacia el lugar de la
revolución. explosión, empujó al inglés que levantaba el arma. El cónsul
aprovechó la intervención del commendatore Tacchi para arrojarse
—¿De dónde sacó eso? sobre Daisy y estrecharla contra su pecho. El italiano, alarmado,
corrió a poner a salvo a la señora Burnett y el guardia apartó a
—Igual que vez pasada: llegar comandante y temblar tierra. Bertoldi agarrándolo del cuello.
—No diga tonterías. Si necesitaba un pasaporte, ¿por qué no Al fin, Tacchi consiguió levantar en brazos a Daisy, que había
me fue a ver antes? Somos amigos, ¿no? perdido un zapato, y la llevó hacia la galería. El cónsul, atropellado
por los curiosos, decidió que había llegado el momento de emprender
—Antes no tener ruso para cambiar a usted. la retirada. El negro de la Polaroid lo alcanzó y le devolvió la bandera
con una sonrisa.
—¿Qué quiere decir?
—Felicitaciones —dijo, mientras sacaba una libreta de
—Ustedes necesitar ruso para ganar guerra. Kiko mostrar. apuntes—. ¿Dónde se las mando?
El chofer salió del camión y lo invitó a seguirlo con un gesto. —¿Qué cosa?
Entonces el cónsul intuyó que había llegado al final del camino.
—Las fotos. Recuerdo de guerra —el negro señaló la cámara.
Bajó con la valija apretada contra el pecho aunque sabía que no En ese momento una ambulancia entró en el bulevar haciendo sonar la
podría defenderla. Fue detrás de Kiko, sin entender qué hacía allí, a sirena.
las dos de la mañana, lejos de su casa, de Estela, de sus papeles
inútiles, con tres negros que lo habían llevado a una emboscada. La El cónsul miró al fotógrafo, indeciso, y le dio la dirección del
baranda se volcó con un ruido de bisagras mal aceitadas y antes de consulado.
que Bertoldi pudiera echarse atrás, el cuerpo del teniente Tindemann
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—¿Qué pasó allá? —preguntó.
—Una bomba —dijo el negro, como si no le interesara. El cónsul se quedó mirándolo un momento. Kiko manejaba con
una sola mano y apenas si miraba la carretera oscura.
—¿Conoce al hombre que rescató a la dama?
—No me ofenda —dijo con voz firme y sacó un cigarrillo.
Bertoldi asintió, confuso, y nombró al commendatore Tacchi. Mientras lo prendía le pareció ver un gorila que atravesaba la ruta y se
El fotógrafo le agradeció con una reverencia y fue a dejarle su tarjeta preguntó si no sería el mismo que había encontrado la noche que salió
al guardia de la embajada británica. a cenar con O’Connell.
—¿Sheraton? —preguntó Kiko. —Lo espero a las ocho y media en el reservado del Chien qui
Boite.
—Estación —respondió el cónsul—. Voy a tomar el ómnibus.
En la vidriera del restaurante había tres cangrejos que
—Primero al hospital —dijo el chofer y señaló la caja—. caminaban sobre un piso de algas. Un gato los miraba a través del
Llevar un herido. vidrio y de vez en cuando se lamía una pata, como si se tomara su
tiempo. Lauri empujó la puerta del reservado y vio a Patik que tosía en
—De acuerdo —dijo Bertoldi que había puesto la valija entre medio de una aureola de humo azulado. Ni bien terminó de entrar, un
las piernas—. negro lo levantó de la cintura y lo sentó sobre una mesa con los
¿No sabe si sale a horario el rápido a Tanzania? cubiertos preparados. Sin darle tiempo a protestar, el hombre le estrujó
la ropa y volvió a ponerlo en el suelo mientras hacía un gesto negativo
—¿Tanzania? —Se sorprendió Kiko y arrancó por una calle en dirección de Patik. El gordo se levantó, tiró una bocanada del
que bajaba hacia el lago—. ¿Qué hacer en Tanzania? cigarro y le tendió la mano.
—Negocios —dijo el cónsul—. Reuniones de diplomáticos. —Disculpe. Este es un lugar honorable y tenemos que
asegurarnos de que lo siga siendo. No se preocupe por él —señaló al
—¿Rendirse? que acababa de revisarlo—, es sordo como una tapia.
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aparecer el maltratado uniforme del Ejército Rojo.
Se sentaron y el guardaespaldas apretó un botón de llamada. Un
jarrón con flores colocado en el centro de la mesa los obligaba a torcer Kiko, que a la caída de Quomo había pasado seis meses preso
el cuello para verse las caras. El maître tocó a la puerta y entró con de los soviéticos por infantilismo ultraizquierdista, reconoció
una fuente de ostras adornadas con rodajas de limón. Enseguida llegó inmediatamente las insignias y mandó que lo abandonaran allí.
un camarero con una botella de vino blanco en un balde de hielo y dos Cargaron las últimas armas y se disponían a dejar el lugar, cuando el
platitos con manteca decorada. peón de una sola oreja preguntó si no quedaría en Bongwutsi alguien
Patik extendió los brazos hasta dejar a la vista los puños de la capaz de dar algo a cambio de un oficial ruso. Kiko ya había puesto
camisa abrochados con gemelos de oro, y tomó los cubiertos como si en marcha el Chevrolet, pero al oír la pregunta de su compañero se le
atrapara mariposas por las alas. ocurrió que podía llamar a algún amigo y consultarlo sobre el valor de
canje actual de un agregado militar soviético.
—Así que intrigando con Quomo, ¿eh? —dijo, y chupó el jugo
de una ostra. El sordomudo le seguía los movimientos con admiración. El de una sola oreja saltó de la cabina, fue a ver si el blanco
estaba vivo todavía, y volvió a guiar a Kiko para que hiciera
Lauri empezó a imitar los gestos de Patik con un tiempo de retroceder el camión hasta donde estaba el teniente. Los peones lo
retraso. echaron a la caja y en el momento en que iban a alejarse hacia los
suburbios, el cónsul Bertoldi llegó corriendo entre las ruinas,
—Le repito que apenas lo conozco. llamando a Kiko y haciendo señas desesperadas.
—Justamente, si lo conociera ya se habría alejado de él o lo El chofer fingió no reconocerlo y lo alumbró con una linterna
hubiera apuñalado mientras duerme. en el momento en que Bertoldi se golpeaba el pecho con la mano
desocupada y decía con la poca fuerza que le quedaba:
—Si lo odia tanto, ¿por qué fue a batearlo la otra noche?
—¡Amigo! ¡Esperar amigo!
Patik hizo un gesto desdeñoso al tiempo que colocaba una ostra
sobre el pan. Kiko bajó la luz y quiso tomar la valija. El cónsul, casi sin
darse cuenta, la hizo a un lado y sonrió. Desde el panamá le caía el
—Lo encontré borracho. Es la única manera de acercársele. agua en goteras.
Hacía años que no lo veía y tenía una propuesta para hacerle. Pero es
terco como una mula. —Llevarme —dijo y metió la mano al bolsillo del pantalón,
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—¿De qué está hablando? —preguntó el sultán, perplejo. Lauri se inclinó para verlo al otro lado del florero. Tenía la cara
opaca como un pizarrón. En la solapa llevaba un prendedor finito
—En esta época del año los gorilas bajan a la ciudad por las tocado por una perla.
noches y hay un tren que los trae de vuelta a la selva. Con este se
equivocaron, porque los Nguena viven en el norte. —Yo diría que está bastante castigado —opinó Lauri por decir
algo.
El comandante se paró frente al mono e imitó el ruido de una
locomotora. El animal dio dos saltos, tocó el timbre varias veces y —Todavía vive, y eso es mucho decir. En Bongwutsi lo
corrió hacia la espesura doblado en dos. fusilaron y ahí anda, como si nada. Se escapó cuatro veces de la cárcel
y cuando los rusos le hicieron un proceso por trotskismo fueron los
—Vamos con él —dijo Quomo. jueces, los que terminaron en la cárcel. Entonces cometió el error de
confiar en ellos. ¿Sabe lo que hizo ni bien tomó el poder? Convocó al
Emperador y su familia y les anunció que había llegado la hora del
proletariado. Yo miraba a esos zaparrastrosos por la ventana y tuve
58 que contenerme para no soltar la risa. ¡Proletariado! Ese rejunte de
rufianes analfabetos le tiene más miedo al comunismo que yo al
cáncer. Pero entonces había que callarse la boca porque esos imbéciles
Cuando Kiko vio correr al cónsul tropezando con la valija entre se creían la reencarnación del Che Guevara. Usted también es de los
los escombros, ya estaba enterado de que un rato antes había estado que creen que murió como un héroe, ¿verdad?
repartiendo dinero en la plaza del arsenal. No bien oyó la noticia en el
bar, salió a buscar el camión y arrancó en dirección del puerto. El —Digamos que eligió una manera digna para terminar sus días.
ventarrón que venía del río le recordó otro día y otra gente que ya no
estaba allí. Al llegar a la plaza bajó del camión y ordenó a los dos —Pobre infeliz, lo dejaron solo en Haití, muerto de hambre…
peones que buscaran a Bertoldi entre los restos del arsenal. Cuando
encontró las armas y las municiones, tuvo la idea de cargarlos en el —Bolivia.
camión por si alguna vez le hacían falta. Al apartar los restos de una
letrina para liberar un mortero flamante, el peón al que le faltaba una —Eso. Yo lo respeto, no crea. El tipo murió por sus ideas,
oreja encontró las piernas del teniente Tindemann que asomaban bajo ¡pero las imitaciones…! Eso es como la historia del Rolls, ¿manejó
unos fardos de tabaco. Kiko se ilusionó un momento pensando que alguna vez un Rolls Royce?
habían hallado al cónsul, pero cuando tiraron de las botas vieron
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—Nunca. El sultán se había quedado con la boca abierta, atónito, envuelto en la
túnica arrugada y sucia. El gorila dio un grito largo, pero no parecía
—Ahí está. En este mundo la abundancia de comunistas esta en enojado. Quomo se golpeó el pecho con los puños y le habló en un
relación con la escasez de Rolls. Alcánceme la botella. tono manso, persuasivo. Las moscas daban vueltas alrededor del
animal y cada tanto se paraban sobre su nariz húmeda. Por entre el
Lauri llenó la copa. El gordo hizo un esfuerzo para arrancar la follaje bajaban hilos de agua que se perdían en la tierra reseca. El
última ostra sin ensuciarse la camisa y salió airoso. El camarero se gorila rubio miró caer la lluvia y se distrajo un momento. Quomo
precipitó a cambiar los platos y las migas con un cepillo. El maître extendió un brazo, recogí un poco de agua en la mano y se lavó la
acomodó las flores y puso sobre la mesa un pato deshuesado con salsa cara. El mono movió la cabeza, sorprendido, e hizo lo mismo. Una
de crema. Patik señaló una cosecha de tinto e hizo un gesto que se lagaña larga y azulada le salía de un ojo. Quomo asintió, dijo algo en
llevaran el balde del hielo. voz baja, y repitió el gesto con los dedos abiertos. El gorila dudó un
instante pero volvió a imitarlo y dejó caer el timbre redondo y
—¿Sabe lo primero que hicieron los rusos cuando Quomo tomó cromado. Quomo lo recogió cuidadosamente, mientras el mono
el poder? Le regalaron un Rolls que después resultó falso. miraba a los dos blancos con curiosidad. Al rato se dio cuenta de que
le habían quitado el juguete y lanzó un rugido amenazador; saco las
—¿Cuándo lo descubrieron? uñas, tomó a Quomo de un brazo y lo sacudió como una palmera. El
comandante protestó a los gritos y cuando pudo juntar las manos hizo
—Mucho más tarde, cuando llevó de picnic al embajador sonar el timbre varias veces hasta que el gorila se quedó quieto,
británico con su esposa y el coche se descompuso en plena selva. mirándolo hacer.
Hacía un calor de mil demonios y Quomo empezó a reprocharle al
embajador la propaganda capitalista en torno a la infalibilidad del —Eso viene de una bicicleta —dijo Chemir.
Rolls. El inglés estaba colorado de vergüenza y se deshizo en excusas
hasta que levantaron el capó y encontraron que el coche tenía un El sultán lo miró y se rio como si se tratara de un chiste.
motor Lada de lo más ordinario. Estuvieron tres días comiendo frutas
silvestres y tomando jugo de coco hasta que los avistaron desde un Quomo hizo sonar el timbre una vez más y se lo devolvió al
helicóptero. Encima la mujer del embajador estaba con la gorila que tendía la mano, ansioso.
menstruación y las picaduras de los insectos la habían afiebrado hasta
el delirio. Cuando volvieron a la capital Quomo estaba loco de ira y —Entonces el tren no puede estar lejos —dijo.
humillación y ordenó que devolvieran el falso Rolls a los soviéticos
con una carga de trotyl en el sistema de encendido, de manera que El gorila se paró y fue a unirse al grupo, como uno más.
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rama más gruesa de un árbol, brillando por el resplandor que llegaba los rusos tuvieron media docena de bajas y se quedaron con la sangre
del río, y cada tanto hacía sonar un timbre. Al principio, Lauri no en el ojo. Unos días después lo citaron al Kremlin con la excusa de
distinguió ese sonido de otros que salían de la espesura, pero luego entregar un auto de los buenos y un millón de rublos para el desarrollo
oyó con claridad el ring-ring que llegaba desde arriba. Levantó la vista de la agricultura. Fue ahí que le hicieron juicio por trotskismo. Pero,
y encontró la mirada del animal, que estaba envuelto en un enjambre claro, lo dejaron hablar y toda la corte fue a parar a Siberia.
de moscas. Tocaba un timbre metálico y luego se llevaba una mano a
la oreja, como si intentara capturar la melodía. Lauri retrocedió unos —¿Y usted qué hacía en ese tiempo?
metros sin perderlo de vista y después corrió a buscar a los otros.
—Yo estaba casado con la hija del Emperador, así que no se
—¿Dónde está? —preguntó Quomo. Lauri señaló el lugar y los animó a tocarme. Cuando empezaron a llegar los asesores soviéticos
cuatro se acercaron en silencio. Al verlos llegar, el gorila chilló, dio las cosas se pusieron feas para la gente que tenía tierras, pero se puso
unos saltos sobre la rama y se abrazó al tronco más grueso. peor para los comunistas. Los ingleses y los franceses protestaban,
pero el Emperador los convenció de que antes de echar a los rusos
—Ese no es de acá —comentó Quomo. había que dejar que acabaran con los marxistas.
Ahí teníamos prochinos, trotskistas, albaneses,
—Nguena —dijo Chemir. socialdemócratas, nacionalistas, tribalistas, de manera que los
soviéticos pusieron un poco de orden, y Quomo se fue metiendo la
—Sí, ¿pero qué hace aquí? —preguntó Quomo. soga al cuello con sus llamados a incendiar el país en nombre del
leninismo. Para colmo hizo la reforma agraria en la estación de las
El mono bajó del árbol agarrado de una liana. Parecía lluvias y la cosecha de café se pudrió completa y el algodón llegó
intimidado y se movió lentamente hasta esconderse detrás de un mojado a Europa.
matorral. Quomo gritó algo que Lauri no entendió y luego agregó un
discurso imperativo. Desde la maleza llegó otra vez el sonido del —En toda revolución se cometen errores —dijo Lauri y empujó
timbre. El sultán soltó una risita nerviosa y siguió, deslumbrado, los el último bocado con un trago de vino.
movimientos del comandante. Quomo apartó los juncos y tendió una
mano en dirección del gorila. Estuvieron mirándose un rato, juntando —Es que la revolución es en sí misma un error, señor mío.
las narices como si se olfatearan. Nadie atinó a moverse hasta que Felizmente los ingleses y los americanos se pusieron de acuerdo con
Quomo se sentó en el suelo y el animal lo imitó como si estuviera los rusos y una noche organizaron una operación comando para
dispuesto a escucharlo. Lauri se recostó contra un árbol de flores liquidarlo de una vez por todas. Se lo llevaron al medio de la selva
marchitas y buscó, en vano, los cigarrillos que había perdido en el río. para fusilarlo, pero cometieron el error de dejarlo grabar un mensaje
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de despedida que se copió de una carta del Che. Su fuerte es la claraboya del baño, y pensó que en un instante el mundo había
tozudez, no la imaginación. cambiado de Dios o de rumbo y que ahora sí, de una vez por todas,
podía salir a remontar las cometas chinas y las estrellas de cinco
—Yo me había hecho otra idea… puntas.
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comienzo de la guerra y que esos días le habían parecido los más sucediendo y que lo más prudente sería arrojarlas al lago para que
largos desde las vigilias junto al lecho de Estela. Se alejó del espejo nadie más pudiera encontrarlas. Pero era tan incómoda su posición,
para mirarse el cuerpo y descubrió que tenía moretones en las piernas acurrucado entre los fardos de tabaco, que cuando lanzó el paquete
y un raspón a la altura de la cadera. Miró el agua que subía en la hacia la borda este golpeó contra un hombro del teniente Tindemann y
bañadera y se dijo que no le vendría mal un vaso de ginebra. Fue a la cayó a los pies del coronel Standford.
heladera porque le parecía que había dejado una botella casi llena,
pero no la encontró. Tampoco estaba en la alacena, ni en el aparador Aterrorizado, Bertoldi tomó la maleta y se precipitó hacia la
de las cacerolas. escalerilla del barco tratando de divisar si los negros no lo esperaban
en la plaza del arsenal. En ese momento oyó una explosión y sintió
Miró en el congelador, pero solo encontró un atado de que la tierra temblaba. Cuando llegó al muelle vio que el arsenal
rabanitos, una banana ennegrecida y las mandarinas que empezaban a empezaba a derrumbarse y los soldados corrían despavoridos por la
cubrirse de un moho azulado. Desistió de la ginebra y se comió la plaza. En pocos minutos solo quedaron ruinas y una polvareda espesa.
banana de pie, apoyado en la heladera. Los fardos de tabaco entre los que había estado oculto Bertoldi
Después fue al baño, orinó largamente y pensó que en el cayeron al muelle, y el teniente Tindemann quedó tirado en el piso
canasto de los papeles encontraría algunas colillas para armar un como si lo hubiera volteado un rayo. Standford se arrojó del barco y
cigarrillo y fumarlo en la bañadera. Volvió a su despacho, abrió un desapareció entre las bolsas de café y las maderas amontonadas en el
postigo y se agachó a revolver en el cesto. Fue entonces que encontró, puerto. El cielo empezó a iluminarse y un viento caliente empujó los
junto al escritorio, un bolso de lona verde y un par de borceguíes. Una árboles. En el centro empezó a sonar una sirena de bomberos y la
puntada en la rodilla le hizo cerrar los ojos y trató de relacionar esos gente salió a las calles con las radios para enterarse de lo que había
objetos con lo ocurrido en las últimas horas. Al cabo de un momento sucedido. El cónsul tuvo el presentimiento de que esa mañana no
intuyó que no estaba solo en la casa. Se levantó sigilosamente y vio, habría ómnibus para Tanzania y empezó a atravesar la plaza sobre
sobre la mesa ratona, un paquete de Benson, un sombrero panamá y la escombros, armas desparramadas y heridos que se quejaban. Iba a
botella de ginebra. Entonces descubrió al hombre que dormía en el tomar por la ruta de la costanera cuando vio aparecer el camión de la
sofá. municipalidad. Kiko y los dos peones bajaron a mirar el desastre de la
plaza y enseguida se pusieron a recoger las armas esparcidas por el
Era blanco, de nariz muy grande y barba descuidada, Tenía el suelo. El cónsul los oyó gritar en su idioma y vio que se apuraban a
pelo escaso y rubio. En la mano derecha, que apoyaba en la almohada, echar en la caja todo lo que hallaban a mano. Se dijo que esa era la
sostenía una pistola reluciente que apuntaba a la cabeza del cónsul. última oportunidad que se le presentaba para alejarse de allí. Los
Bertoldi dio un paso al costado y el caño del arma lo siguió como si observó mientras levantaban fusiles y municiones y se demoró un
obedeciera a un radar. El hombre tenía la boca abierta y parecía estar momento para no tener que ayudarles. Cuando oyó la sirena que se
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en un sueño profundo. Desde donde estaba parado Bertoldi tuvo la
En la otra orilla, el fuego había ganado el follaje y podía verse impresión de ver la bala en el fondo de la recámara. Iba a hablarle,
brotar la llovizna de las nubes. pero temió sobresaltarlo y empezó a retroceder hacia el baño. Recién
cuando salió al pasillo, el intruso dejó descansar la mano sobre la
—¿Dónde está el sultán? —preguntó Quomo y buscó con la almohada, pero sin sacar el dedo del gatillo.
mirada en el río. El cónsul se deslizó hasta el dormitorio, volvió con la radio y la
puso en el suelo, frente a la puerta del despacho. El hombre cambió
En ese momento el avión estalló y la fuerza del viento los de posición para llevarse la mano libre a la frente y empezó a roncar.
arrojó contra el bosque. Pedazos de acero encendido pasaron sobre sus El cónsul giró el dial en busca de alguna música estridente hasta que
cabezas y fueron a perderse entre la espesura. El paisaje se iluminó y se detuvo, sin proponérselo, en la emisión de Radio Tirana. De
entonces vieron al sultán que salía del agua, catapultado como un pronto, la Internacional brotó del parlante apenas deformada por la
corcho de champagne. Chemir se acercó a la costa arrastrando la lejanía de la onda, y el barbudo saltó de la cama como un resorte.
pierna y le hizo señas. Tenía el puño izquierdo en alto y los ojos desorbitados por la
emoción. Estaba duro como un palo en el medio del salón, con la
—¡Acá! ¡Bienvenido a Bongwutsi, camarada! —gritó y silbó pistola en la mano derecha y un crucifijo al cuello. Bertoldi se sentía
imitando a Quomo. infinitamente cansado y tenía la impresión de que nunca más volvería
a echarse en una cama. Apagó la radio y decidió ir a hacerse cargo de
El sultán se aproximó, encorvado, trastabillando, una mano su destino.
conservaba la pistola, pero parecía más pequeño con la cabeza
descubierta. —¡Embajador, los patriotas del mundo lo saludan! —gritó el
barbudo cuando lo vio llegar. La piel cuarteada por el sol y los ojos
—Impresionante —dijo—. Nunca en mi vida había visto tantos azules, muy bizcos, le daban el aspecto de un fraile bonachón.
árboles juntos.
—Usted está violando territorio argentino —dijo el cónsul—.
Espero que pueda darme una buena explicación.
El cónsul se quedó un momento tirado tratando de leer entre las
líneas que se disolvían bajo la lluvia, mientras el teniente Tindemann El otro bajó el brazo, estornudó dos veces y dejó la pistola
y el capitán Standford seguían peleando en cubierta. Se preguntó por sobre la mesa. Parecía aliviado. Buscó en el bolso y sacó un habano de
qué las cartas estaban en manos de un oficial soviético, y como no quince centímetros, grueso como un dedo, y una caja de fósforos de
encontró una explicación valedera pensó que algo grave estaba madera. La habitación se llenó de un perfume dulce y el cónsul tuvo
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la sensación de que le acariciaban el paladar con una pluma. enfriado por las olas y la lluvia. El sultán saltó al agua de pie, y la
túnica se le abrió como un paracaídas. Quomo se sentó un instante
—Quedan pocos hombres de su estirpe, embajador. Puede sobre la trompa del avión y se ató los zapatos al cuello antes de
contar conmigo. zambullirse.
—Empiece por explicarme qué hace aquí. Nadó sin rumbo, hasta que pudo aferrarse a las raíces de un
tronco derrumbado. Entonces se dio vuelta y miró a su alrededor. El
—Mire, su política de puertas abiertas es conmovedora, pero si fuego envolvía al avión y se levantaba hacia el cielo encapotado.
no echa llave le van a robar hasta las velas. Aspiró profundamente y sintió por fin, el entrañable olor de su selva.
Reconoció uno por uno los cantos de los pájaros que revoloteaban en
—Ya me pasó. Lo escucho. la oscuridad, y los rugidos de los animales en desbandada. El agua que
lo mecía entre las ramas era tan cálida y ligera como en los tiempos en
—Mi nombre es Theodore O’Connell, pero está lleno de que atravesaba el río con un atado de ropa sobre la cabeza para llegar
irlandeses con ese apellido, así que puede llamarme como quiera. impecable a la fiesta. La primera explosión se produjo en una turbina
y Chemir se zambulló por un hueco abierto bajo el ala. Lauri fue
Hizo una pausa y tiró una larga bocanada de humo azul. detrás de él apartando lianas y arbustos que traía la corriente. Oyó que
alguien llamaba desde la orilla y avanzó a ciegas guiado por los
—Tengo el honor de solicitar formalmente refugio político en silbidos.
su embajada. Bertoldi se dejó caer en un sillón. Cuando hizo pie, gritó hasta que volvió a oír la señal. Eludió
—Ah, no, se equivocó de puerta, señor mío: esto es un una fila de juncos y fue a reunirse con los negros en una playa de
consulado. piedras. Chemir, cubierto de hollín y hojas amarillentas, lloraba entre
los brazos de Quomo y le estrujaba la camisa empapada.
—¿Consulado? Le pregunté a un tipo en el puerto. Por la
embajada de la Argentina, pregunté. ¿Correcto? —¡Volvimos, Michel! —Sollozaba—. ¡Volvimos! —Y no
atinaba a decir otra cosa.
—Lo siento. Si se corre hasta el bulevar va a encontrar todas
las que quiera. La de Suecia es buena. Quomo le puso una mano sobre la cabeza y Lauri vio en su
mirada un fulgor que no conocía.
—Estamos en la misma situación, embajador; ni usted ni yo
vamos a poder mostramos en el bulevar por un tiempo.
—Ya estamos —susurró—, ya estamos en casa.
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de los golpes. —Cómo, ¿ya se habla de mí?
Cuando empezó a salir humo del techo, Quomo mojó un —Disculpe, creo que se le está desbordando la bañadera.
pañuelo y se lo acercó a la nariz como lo había hecho en tantos otros
incendios. El sultán se golpeó la cabeza varias veces y en la rodada Bertoldi hizo un gesto de fastidio y corrió a levantar el tapón de
perdió el turbante con la piedra preciosa. En los cursos para goma. El agua empezó a bajar mientras el charco que se había
emergencias no le habían dado una sola lección que hubiera podido formado en el piso se iba por la rejilla.
serle útil esa noche. Recordó que antes de interrumpir las reuniones
para retirarse a orar, el coronel Kadafi solía decir que la fe movía —Ya sabe qué en un consulado no se puede dar asilo. ¿Tuvo
montañas siempre y cuando los hombres empujaran con todas sus problemas con el gobierno?
fuerzas.
Sintió, entonces, que había cumplido con su deber y no le —Todavía no. ¿Un cigarrillo?
importó perder el avión, ni se preocupó de cubrirse la cabeza
maltrecha. Por momentos pensaba que debía encontrar una manera de Hacía rato que el cónsul esperaba el ofrecimiento. Dejó que el
comunicarse con Trípoli y pedir nuevas instrucciones. En el enredo de irlandés le alcanzara fuego, paladeó el humo y lo tiró por la nariz.
cuerpos, cables y restos de la computadora, Quomo alcanzó a ver que Cuando el agua bajó lo suficiente volvió a colocar el tapón y entró en
el sultán sonreía y movía los labios como si dijera una plegaria. El la bañadera. De la repisa tomó un paquete de jabón en polvo y
Boeing, enloquecido, estrelló un ala en las rocas de la orilla, se esparció un buen puñado a su alrededor.
incendió y salió catapultado contra la corriente. Entonces Quomo Después revolvió el agua con un brazo y se fue sentando con
ordenó abandonar el aparato antes de que lo ganaran las llamas, y cuidado. Le ardían las raspaduras y apenas podía doblar el cuello.
buscó algún objeto capaz de romper el parabrisas. Había perdido la
pistola, pero cuando vio que El Katar recuperaba la suya se dijo que —No se ofenda, embajador, pero usted es el primer
no les sería difícil salir. Estaba seguro de que Chemir y Lauri estarían diplomático que me recibe desnudo, y el único que conozco que se
en sus puestos junto a las ametralladoras, pero no tenía idea de si el baña con jabón de lavar la ropa. No lo cuestiono, al contrario, esas
avión se detendría frente al arsenal, como él esperaba. cosas hacen más fácil la convivencia cuando el lugar es chico.
Ni bien el aparato frenó su carrera, Quomo se puso de pie y El cónsul miró al hombre que estaba apoyado en el marco de la
gritó al sultán que disparara contra el visor. Desde el piso, el árabe puerta: era más alto que él pero quizá no llegara a los cincuenta años.
hizo fuego varias veces y los restos del vidrio se esparcieron en la Era tan bizco que se hacía difícil saber hacia dónde miraba. De vez
oscuridad. El fuego empezaba a ganar la cabina y el fuselaje rugía en cuando arrugaba la nariz, como si fuera a estornudar, pero al fin se
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contenía y dejaba escapar un carraspeo ronco. Encendió otra vez el desembarcando en las Falkland y merecen el homenaje.
habano y fue a sentarse sobre la tapa del inodoro.
—¿Alguna otra orden, señor?
—No quiero que piense que soy un tipo pesado, embajador,
pero resulta que es muy importante para mí quedarme aquí, ¿sabe? —Cumpla con su deber y déjeme tranquilo, teniente. Ahora
Embajada o consulado, eso es un avatar de la burocracia, qué más da. cuelgue, que estoy esperando una llamada de Londres.
Lo que cuenta es que usted es un tipo íntegro, que hace respetar su
bandera.
La trompa del Boeing se inclinó hacia el río como si hiciera
—Eso se lo puedo garantizar —dijo el cónsul—, pero sepa que una reverencia. Quomo se afirmó en el comando y lo movió hasta que
conmigo las amenazas no corren. consiguió corregir el ángulo de aterrizaje. A la distancia vio dos luces
solitarias y tuvo el presentimiento de que se trataba de una balsa de
—¿Quién lo amenazó? —Se alarmó O’Connell— ¿Yo lo troncos que bajaba por el río. Apuntó la nariz del avión en dirección
amenacé? de los destellos y lo dejó planear. El sultán estabilizó el timón de cola
y vio desfilar por el visor los primeros árboles. La confianza en la
—Me apuntó con una pistola cuando entré a mi propia casa. victoria y el silbido de las turbinas le daban una sensación de paz y
beatitud.
—¡Ah, pero estaba dormido! Olvídelo, es un reflejo… Se
imagina que me toca dormir en cada lugar que si no ando con un poco El choque de un ala contra el agua lo sacó del asiento y le hizo
de cuidado… dar la cabeza contra el vidrio. La mole de acero crujió y todo el
instrumental se despegó del fuselaje como el revoque de una pared.
—Perdone la franqueza, pero usted tiene aspecto de guerrillero. Quomo quiso aferrarse al comando, pero salió despedido con el resto
—No sea tan esquemático… del tablero. El avión zigzagueó un rato y luego se puso a brincar sobre
el río como una piedra arrojada desde la costa. El agua se sacudió
—Si se queda acá nos van a mandar la policía. ¿Lo había como desbaratada por un ciclón y el primer remolino se tragó la balsa
pensado? de las luces y los cocodrilos que dormían en las orillas. En la bodega,
Lauri dejó de pensar en el desembarco del Gramma y trató de
El irlandés asintió con un ojo volcado hacia el cielo raso y otro permanecer encogido entre dos cajones de armas que se habían
en dirección a la puerta. trabado contra el paragolpes del Rolls Royce. Chemir hacía volteretas
aferrado a una ametralladora checoslovaca y no atinaba a protegerse
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—Adelante, hijo, hable. —Bongwutsi es neutral. Simpatiza con Inglaterra, pero es
neutral. Lo escuché por la radio.
—Bien, no me parece lo más adecuado para el cumpleaños de
Su Majestad, señor. ¿Puedo saber si usted mandó seguir a un blanco —Hay como cincuenta embajadas en el bulevar, ¿por qué se
durante la cena? metió aquí?
Mister Burnett hizo memoria un instante y anotó en la agenda: —Usted conoce la respuesta, embajador: tenemos el mismo
«ordenar que le paguen al argentino». enemigo.
—Sí, a un tipo que se hacía pasar por paraguayo. Lo trajo el —Ahora veo: usted es miembro del IRA.
embajador de Italia.
O’Connell elevó los ojos y las manos y estornudó con un ruido
—Encontramos a nuestro hombre con la cabeza rota, señor. Lo que sobresaltó al cónsul.
tiraron por una ventana.
—¡Qué fácil es para usted la vida! Si levanto el brazo soy
—Bien, ¿qué quiere que le haga, teniente? ¿Sabe que acabo de comunista y si llevo un crucifijo soy del IRA. ¡Hágame el favor!
matar a un hombre? Cuando usted llamó así, sin avisar, yo estaba por
suicidarme. —Si me disculpa voy a salir de la bañadera.
—Lo siento, embajador. El commendatore Tacchi solo tiene O’Connell se puso de pie y salió al pasillo. Llevaba el cigarro
una herida en la pierna. entre los dientes y a veces fruncía la nariz.
—No diga disparates, si le di en pleno corazón. Vamos, vaya a —El polen me tiene loco —dijo al otro lado de la puerta—. No
dormir un rato. se imagina la plata que gasto en remedios con esta alergia. Ya me tuve
que ir de Filipinas porque arruinaba todas las emboscadas.
—Necesito algunos reflectores, señor. Es posible que Michel
Quomo haya regresado a Bongwutsi. Bertoldi se envolvió en una bata desteñida, se peinó y se puso
una buena capa de desodorante. Se sentía mejor. Alguien, al fin, le
—Mande encender los fuegos artificiales, entonces. Los dirigía una palabra de afecto.
nuestros deben estar
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—Va a tener que cambiar los vidrios —dijo O’Connell—. Se
me fue la mano con la mezcla. —Ajá, y después los anduvieron repartiendo por la calle…
—Algo así, señor. Alguien dio una exhibición en el cine. Una
—¿Qué mezcla? persona que estaba allí dice que vio a un blanco cubriendo el piso de
billetes.
—Al final la garita esa era de lata. De lejos parecía acero del
bueno. —Qué me está contando, teniente…
—¿Usted se da cuenta en qué compromiso me está poniendo? —Se lo estoy pasando por escrito, señor. Tampoco aparecen
Standford ni el ruso.
—Bueno, yo lo vi en un apuro y pensé que lo mejor sería hacer
un poco de distraccionismo. —Por Dios, teniente, qué clase de servicio de informaciones
tengo.
—¿De qué?
—Es una mala noche, Mister Burnett. El francés dice que lo
—Distraccionismo; que miraran para otro lado. secuestró la guerrilla. Parece que el argentino está al frente de eso.
—Hágame el favor, salga de mi casa. A ver si piensan que soy
cómplice de un subversivo. —Vaya, muchacho, preséntese a su superior.
—No diga eso; yo le propongo una alianza para defendernos —Es el capitán Standford, señor. Perdimos contacto con él.
del imperialismo inglés.
—¿Usted vio lo que está pasando en mi casa, teniente?
—No diga disparates, cómo me voy a juntar con un terrorista.
—Afirmativo, señor.
—Eso no es justo, embajador. Yo no soy ningún mercenario.
Cuando le muestre la plata que llevo se va a convencer de que no es la —Bien, ya que usted es el jefe de la guardia, quisiera conocer
más apropiada para abrir una cuenta en el banco. su opinión.
—¿Usted quiere decir un blanco? El cónsul concluyó que le sería difícil echar a ese hombre nada
más que con argumentos.
—Sí, señor. Las tabernas están llenas y no creo que cierren esta
noche. Hay muchos billetes de cien dólares dando vueltas por ahí. —No sé. Si es cosa de un par de días, y usted se hace cargo de
los gastos, puedo tirarle un colchón en el suelo. Tampoco quiero que
—¿Quién puede estar regalando plata, teniente? ande diciendo por ahí que soy un insensible. Eso sí, me tiene que
entregar el arma.
—Me temo que no la regale, señor. Un francés de la Sûreté
dice que los comunistas le robaron una valija con un millón de El irlandés sonrió satisfecho. Bertoldi no pudo establecer si lo
dólares. miraba a él o a la foto de Gardel que estaba en la pared.
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comprender.
—Esta noche cenamos afuera. ¿Qué le parece?
En su juventud, cuando era ayudante de campo del gobernador
Bertoldi lo miró con detenimiento. No estaba seguro de que de las Falkland, había llegado a odiar el viento que no paraba nunca;
Buenos Aires aprobara su decisión. después, como una manera de desafiarlo, empezó a armar algunos
barriletes que la tempestad se llevaba enseguida. Mucho más tarde,
—¿Ya estuvo refugiado antes? cuando el Foreign Office le propuso negociar la independencia con el
emperador de Bongwutsi, creyó que se le presentaba una buena
—Seis o siete veces. Pero eso tiene que ponerlo por escrito, si oportunidad para desarrollar su vocación y se llevó a Bongwutsi todos
no después vienen los líos. los libros que los chinos habían escrito sobre el lenguaje de las
cometas y las estrellas. En ese tiempo no se le hubiera ocurrido que
Bertoldi le sacó otro cigarrillo y fue a sentarse frente a la Daisy correría a echarse en brazos de otro hombre mientras él
máquina. trabajaba con las tijeras y la cola.
—¿Le parece necesario? —dijo, y buscó el papel membretado Abatido, Mister Burnett se dejó caer en un taburete y miró la
en un cajón del escritorio. pistola que tenía en las manos. Si se suicidara allí mismo, su gesto
podría salvar de la vergüenza y el deshonor a la comunidad
—No sé a usted, pero a mí me hace falta una copia. No se diplomática, pero, dudó de que los otros europeos estuvieran
olvide que a partir de ahora estoy bajo su protección. dispuestos al arrepentirse. Por más que él se sacrificara, el
commendatore Tacchi, si se salvaba la vida, seguiría siendo socialista
El cónsul lo estudió un instante para saber si estaba burlándose y mujeriego, Herr Hoffmann y Mister Fitzgerald continuarían con el
de él. contrabando de armas y Monsieur Daladieu con el tráfico de
diamantes. De cualquier modo, no podía pegarse un tiro sin antes
—Oiga, vamos a ir presos los dos. escribir una carta contando los motivos que lo llevaban a ese acto
irremediable.
—Pero no, hombre, no se asuste. Acá estoy bajo pabellón
argentino, ¿no? Abandonó el atelier y atravesó el parque cabizbajo para no ver
lo que ocurría en la cancha de tenis. Oyó algunos gritos alocados y la
Bertoldi dejó el cigarrillo en el borde de la mesa y se levantó a risa histérica de una mujer. Sentado al borde de la piscina,
buscar la ginebra. Cuando vio que la botella estaba vacía la arrojó al remojándose los pies, encontró a un soldado que se había quitado el
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los pechos desnudos. canasto de los papeles.
Mister Burnett bajó la vista, avergonzado, y se preguntó si —De acuerdo, entonces yo soy el que manda acá. Documentos,
había valido la pena comportarse como un gentleman para preservar por favor.
el honor y la dignidad de la corona. Cuando por fin admitió que había
pasado años ignorando la inmoralidad y cerrando los ojos a la traición —Qué necesita.
de su propia mujer, sintió que se ruborizaba por haber sido tan
ingenuo y a la vez tan íntegro. Por un momento estuvo tentado de —Me basta con el pasaporte.
mandar a incendiar todo, prender un fuego gigantesco que purificara
esa ciudad corrompida por la ignorancia y la superchería. Vio pasar al O’Connell recogió el bolso, se lo puso sobre las rodillas y
italiano retorciéndose sobre una camilla y se preguntó si sería buscó en uno de los compartimentos.
oportuno continuar la velada en tales condiciones. Fue hasta la galería
para sentarse a pensar y se topó con un grupo de nativos tirados en el —Quédese con este que está más viejo.
suelo que tomaban champagne y jugaban a los dados. Iba a sacarlos a
patadas, pero uno de ellos, que le pareció el electricista, lo miró con —Es para anotar el número, nada más.
los ojos extraviados por la borrachera y lo hizo retroceder.
—No, guárdelo. Cuando uno pide refugio le sacan el
Mister Burnett dio un grito para llamar a la guardia y tomó por documento. Después usted lo tiene que mandar a las Naciones Unidas.
el sendero de piedra que llevaba a su atelier . Estaba tan abatido que
ya no se regocijaba por haber apartado de su vida al commendatore Bertoldi abrió el pasaporte, el cansancio estaba pesándole otra
Tacchi. Encendió la luz y contempló con un dejo de tristeza la vez.
colección de barriletes de todos los colores que colgaban de las
paredes. Había dejado años de su vida construyéndolos, siguiendo —Esta foto no es suya.
minuciosamente todos los cursos por correspondencia, pero nunca
había logrado remontar ni uno solo, jamás había detectado una brisa —Cómo que no es mía.
capaz de arrastrar un papel de cigarrillo. El agregado de la Royal Air
Force había hecho rastrear cada rincón del país en busca de un poco de —Mire, yo no soy de fijarme, pero usted es bizco.
viento, pero todo resultó inútil. Cuando Mister Burnett les
preguntaba a los nativos, se daba cuenta de que ni siquiera sabían de —Es que ahí estoy sin barba.
qué les estaba hablando y tenía que soplar un fósforo para hacerse
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—No se ofenda, pero la nariz tampoco es. desmoronó sobre las plantas de tabaco.
—Ese es un pasaporte irlandés, embajador. Ahora, vamos a El agua arrastró el paquete hasta donde estaba el cónsul. El
andar discutiendo la calidad de la foto. ruso y el inglés hacían grandes esfuerzos por reanudar el combate,
—Sí, pero este no es usted. pero la falta de entrenamiento y el vino de la embajada parecían
pesarles demasiado. Bertoldi tomó el paquete y la gorra del teniente
—Mister Bertoldi: eso va a las Naciones Unidas. para arrojarlos hacia otro lado y vio un papel doblado en cuatro y
sucio de tinta, que asomaba de un sobre. Con un sobresalto, reconoció
—Bueno, pero si usted no es el de la foto, ni esto es una su propia escritura, apretada y confusa. Sus dedos se crisparon sobre
embajada, ni yo soy el cónsul, alguien puede empezar a hacerse el papel al tiempo que levantaba la gorra del teniente Tindemann.
preguntas. Entonces descubrió, encima de la visera, la severa estrella roja del
ejército soviético.
—Qué importan esos detalles. Acá se viene una muy brava y
usted ya demostró de qué lado esta su corazón…
Mister Burnett tenía el brazo agarrotado por el cansancio y la
—¿Y qué es lo que se viene ahora, Mister O’Connell? cabeza a punto de reventar, pero se sentía inmensamente feliz de haber
abatido al amante de su mujer. Le llamaba la atención que nadie
—La República Socialista Popular de Bongwutsi. aplaudiera su gesto, pero cuando levantó la vista hacia la tribuna
comprendió hasta qué punto la corrupción y la barbarie habían
El cónsul se quedó callado hasta que terminó de colocar el invadido ese país desde que Gran Bretaña lo dejó librado a su propia
papel en la máquina. Parecía un autómata. suerte.
—¿Me está tomando el pelo? El coronel Yustinov, con los pantalones bajo las rodillas,
correteaba por las gradas con el embajador de Khomeini sobre los
—¡Ah!, no se habrá creído que los dos kilos de trotyl eran nada hombros. Herr Hoffmann, que siempre había detestado el alcohol,
más que para ayudarlo a usted, ¿verdad? estaba sentado sobre la espalda de un camarero y se pintaba los labios
con el lápiz de la señora Fitzgerald. Los otros diplomáticos se tiraban
—Yo no creo nada. ¿Por qué no se mete en la embajada rusa y con maníes y canapés y también volaban algunos cigarrillos y papeles
me ahorra un disgusto? encendidos. En el último peldaño divisó a la esposa del embajador
griego que tenía una mucama apretada entre las piernas y le acariciaba
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donde estaba escondido Bertoldi cuando de repente se detuvo y O’Connell sacó otro cigarro del bolso y se lo acercó a la nariz.
levantó un pedazo de soga del piso.
—Ya va a ver que tengo una buena explicación para eso.
En ese instante el cónsul vio llegar al capitán Standford y Vamos, escriba.
supuso que iba a asistir a una cita secreta. Sin embargo el teniente
Tindemann se ocultó detrás de la cabina, lanzó la cuerda al cuello del
británico, le apoyó una rodilla en la espalda y tiró con toda su fuerza.
Standford dejó escapar un bufido, disparó el revólver para cualquier 12
parte y respondió con un talonazo que dio en la entrepierna del ruso.
Desde su refugio, Bertoldi los vio moverse como borrachos. El inglés,
con la soga al cuello, anduvo un par de pasos a la deriva y derribó un Mientras volvía al hotel, Lauri trataba de darse cuenta si Patik
tambor vacío. Tindemann estaba agachado cerca del timón haciendo estaba jugando con él. En todo caso, pensó, había comido bien y al día
flexiones con la boca abierta y las manos bajo la bragueta. siguiente subiría a un tren escoltado por dos gendarmes que lo
entregarían en la frontera para comenzar con los interrogatorios y las
El primero en recuperarse fue Standford, que había perdido el huellas digitales, estaba cansado y no tenía ganas de hablar con nadie.
arma. Levantó el tambor y lo lanzó contra el soviético que trataba de Quería encerrarse y pensar, hallarle un sentido a la vida que había
alcanzar el paraguas. Lo que Bertoldi podía ver y escuchar era más dejado atrás.
confuso que en las películas, pero de inmediato tomó partido por el
adversario del británico. Cuando escuchó el ruido que hizo el tambor Cuando llegó a su habitación encontró la ropa en el suelo y la
contra la cabeza de Tindemann, sintió una vaga decepción, y todo lo cama deshecha. La puerta estaba abierta y alguien había dejado un
que pudo hacer por él fue apartar el revólver que había quedado en el chicle pegado en el espejo. Se quedó un rato parado en el medio de la
piso. Standford se había librado de la soga y fue a golpear otra vez al pieza sin saber qué hacer y sintió que lo invadía un sentimiento de
ruso, que trataba de levantarse tomándose de la borda. La patada dio inquietud. Estaba recogiendo la ropa cuando oyó a su espalda una voz
en los riñones de Tindemann que, al doblarse hacia atrás, perdió la conocida.
gorra y el paquete de cartas que había capturado en la oficina de la
OTAN. El inglés se distrajo un momento, sorprendido por el bulto que —Un tipo bien trajeado, pelirrojo —dijo Quomo—. Seguro que
fue a parar a sus pies. Su primer reflejo fue la curiosidad y se agachó a va a volver. Lauri lo estudió un momento.
mirar. El teniente aprovechó la distracción para alcanzarlo con un —¿Usted lo vio?
zapatazo en la canilla derecha. Standford hizo lo posible por
sostenerse, pero luego de dar algunos saltos en una pierna, se —Cuando se iba. ¿Por qué no se viene a mi habitación? Tengo
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café recién hecho.
O’Connell le pasó una tira de aspirinas y lo vio tan abatido que
—No quisiera molestar. no se animó a encerrarlo otra vez. Lo despidió con un apretón de
manos y lo miró alejarse tambaleando por el medio de la calle.
—Venga, traiga la valija. Cuando la silueta del francés se borró bajo la lluvia, el irlandés pensó
que el consulado argentino había dejado de ser un refugio seguro. Se
Bajaron un piso. En la cama, cubierta con una sábana, dormía sentó a terminar su informe al comandante Quomo y fumó, uno tras
la muchacha de pelo anaranjado. otro, los últimos cigarrillos. Releía cada párrafo a medida que ponía
un punto, y sentía la tranquilidad de expresarse con más precisión que
—Pase. —Quomo miró a la chica e hizo un gesto de ante el agente Bouvard. En la última página anotó que se disponía a
asombro—. Vino a pie desde Holanda para participar en una marcha tirar contra el cuartel de los ingleses, los pocos cartuchos que le
contra los misiles. ¿Se da cuenta? De Amsterdam a Zurich quedaban y, si Dios le daba ayuda, contra el propio palacio del
caminando… No tiene perdón. Espero que usted no sea de los que les Emperador. Hizo una gran firma, dobló los papeles hasta dejarlos del
gusta caminar. tamaño de un caramelo y los guardó en el crucifijo hueco que
llevaba al cuello. Luego fue hasta el ropero y se probó un saco viejo
—Pierda cuidado. del cónsul. Cerró la tapa del sótano, se echó el bolso al hombro, y
antes de salir escribió sobre la pared donde había estado la foto de
—Siéntese en la cama nomás; no hay nada que pueda Gardel, la única frase que conocía en español: Hasta la victoria
despertarla. Pasamos una noche bastante pobre, pero qué le voy a siempre.
reprochar si tenía los pies llenos de ampollas.
Sacó dos tazas del ropero y sirvió café de un termo. Un ruido en la escalerilla sobresaltó al cónsul. Estaba
acurrucado bajo las hojas de tabaco, abrazado a la valija y desde allí
—El tipo que le desarregló la pieza es un profesional. Estuvo podía ver la planchada por donde apareció el teniente Tindemann con
sentado en la escalera hasta la medianoche. Cuando el reloj de la una mano dentro de la chaqueta y la otra sosteniendo el paraguas.
catedral dio las doce, se paró y se fue. No le importaba que lo vieran.
Cuando fui a buscar el café me lo llevé por delante y el hombre se A Bertoldi le pareció haberlo visto antes, en alguna recepción,
disculpó como un caballero. En fin, usted sabrá. pero no alcanzó a distinguir a qué país pertenecía el uniforme que se
insinuaba bajo el impermeable entreabierto. El teniente miró a los
—¿Se disculpó en alemán? costados y salió del campo de luz. Hizo unos pasos hacia el lugar
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Señaló el póster de las Cataratas del Iguazú pegado en la pared
y caminó otra vez como Bertoldi. —En inglés. Una disculpa de Cambridge. De eso entiendo.
—¡Ah, claro, el argentino! —Entendió Bouvard y dejó el vaso —En una de esas me confunden con otro.
sobre el escritorio. De sus brazos chorreaba un líquido apestoso, pero
se lo veía más animado. O’Connell dibujó una hoz y un martillo y —Esa gente vuelve siempre, así que si lo quiere agarrar de
empezó a hacer como si disparara una ametralladora. sorpresa quédese acá y vigile. De paso me hace un favor.
El irlandés asintió y le puso frente a los ojos la tarjeta de —Necesito un tipo con puntería y que sea de confianza. Usted
invitación al cumpleaños de la reina Isabel. Luego repitió el me dijo que había manejado armas.
movimiento de la ametralladora.
—Sí, pero…
—No me diga que atacó a los ingleses… O’Connell movió la
cabeza afirmativamente. —Entonces es la persona indicada. Venga, mire.
—¡Increíble…! ¿Y usted…?
Lauri lo siguió hasta la ventana. Era noche cerrada y solo se
El irlandés abrió los brazos, como disculpándose, y fue a veían las luces de la ciudad y las lanchas en el lago. Quomo abrió el
hurgar en su bolso. Bouvard podía comprender cómo se sentía un vidrio.
católico del Ulster traicionado y despojado de un millón de dólares.
Pensó que si la revolución se había puesto en marcha con el dinero —¿Ve el campanario de la catedral, allá?
que Quomo le había robado en Zurich, su carrera estaba terminada. Se
puso de pie tomándose de un estante de la biblioteca y pidió un par de —Está medio nublado.
aspirinas. Le quedaban dos alternativas: recuperar la plata o pedir asilo
a los soviéticos y enterrarse para siempre en una granja de Ucrania. —Allá, allá; siga mi dedo, entre el águila iluminada y el cartel
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de Coca Cola.
—Sin aliento, de Godard —dijo el francés y se quedó
—Ah, ya veo. esperando la confirmación.
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Tiró la campera al suelo, se sentó, y puso el cañón sobre el
marco de la ventana. El soldado miró por encima de un ligustro y dijo que no
garantizaba el blanco perfecto.
—Apague la luz.
Monsieur Daladieu salió de la línea de tiro y los embajadores
Apretó un ojo contra la mira y buscó el campanario. de Gran Bretaña e Italia levantaron sus pistolas una vez más. El
—No es fácil, la caja es chica y está muy oscuro. commendatore Tacchi estaba cansado y abría la boca para respirar
mejor. Los disparos salieron casi al mismo tiempo, seguidos de un eco
—¿Le pega o no le pega? —Se impacientó Quomo, y encendió metálico, y el italiano sintió un golpe en una pierna que lo lanzó
la luz. hacia atrás. Trató de hacer pie, pero el terreno estaba demasiado
resbaladizo y cayó de espaldas, aferrado a la pistola.
—No sé, no puedo asegurarlo.
No sentía ningún dolor, pero había perdido los lentes y tuvo
Dejó el fusil sobre la cama, junto a la muchacha, y se quedó un que cerrar los párpados para que la lluvia no le golpeara los ojos. Lo
momento mirando el pezón que asomaba por encima de la sábana. que más le molestaba era la risa grosera de Mister Burnett, que saltaba
a su lado, salpicándole la cara con el barro de los zapatos. Cuando vio
—Usted no se imagina cuántas cosas dependen de ese disparo, a Monsieur Daladieu inclinado sobre él, comprendió que había
Lauri. Patik va a recibir un millón de dólares que vienen de recibido un balazo y encomendó su alma al Señor. El francés pedía
Washington. Un hombre de los servicios franceses le va a entregar la una ambulancia a los gritos, pero nadie le entendía y el commendatore
valija al lugarteniente de ese canalla cuando el carillón dé las tres. Tacchi, antes de desmayarse, tuvo que soplarle la palabra en inglés.
Ayer me enteré del asunto y pensé que no sería difícil ganarle de
mano si alguien podía hacer sonar las campanas un poco antes.
La calle del consulado estaba silenciosa y vacía. O’Connell
advirtió que Bertoldi había retirado la bandera antes de ponerse a la
—No entiendo.
cabeza de las masas de Bongwutsi, y concluyó que su plan era izarla
en el mástil de la embajada británica en el momento de la victoria. La
—¿Conoce al empleado de Patik?
casa, a oscuras, parecía abandonada, y era claro que Quomo no se
encontraba allí. O’Connell pensó, entonces, que el argentino podría
—Cuando fui a cenar había un tipo con él. Un sordomudo.
haberle dejado un mensaje, o alguna clave que lo condujera hasta el
cuartel general del comandante.
—¡Ese! ¿Se da cuenta, ahora?
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ventana del primer piso. El militar y su adjunto corrieron al salón
donde estaban los heridos y comprobaron que faltaba uno de ellos. En —No veo adónde quiere llegar.
su lugar hallaron al ayudante de cocina con la cabeza rota, que
apuntaba un dedo hacia la ventana abierta. Quince minutos más tarde, —Para ir a buscar la valija, el sordo va a controlar la hora con
cuando sus hombres terminaron de interrogar a los negros, el teniente su reloj. En cambio, el francés va a ir a la cita por las campanadas. Si
se dijo que era hora de informar a Mister Burnett de lo ocurrido. las hacemos sonar cinco minutos antes, yo me adelanto, recibo la
valija y me hago humo antes de que aparezca el sordo.
Mientras cruzaba el jardín rumbo a la cancha de tenis, advirtió
que la situación en la tribuna era delicada. A través de los prismáticos Lauri se tomó la cabeza.
pudo ver que el coronel Yustinov se había bajado los pantalones y
mostraba las nalgas al resto de los invitados. Los otros embajadores, y —Usted está chiflado.
con más entusiasmo algunas mujeres, trataban de hacer blanco en el
trasero del ruso arrojándole aceitunas, trozos de queso y corchos de —¿Por qué?
botella. Mister Fitzgerald, subido a caballito sobre uno de los
camareros, luchaba contra Herr Hoffmann, que montaba al Primer —Suponga que el francés mire el reloj.
Ministro de Bongwutsi. Al mover los largavistas, el capitán pudo
divisar a dos mujeres que se besaban en los labios. Una de ellas había —No. Póngase en lugar del tipo. Está en un auto o en una
perdido un zapato y tenía la pollera recogida encima de las rodillas. lancha amarrada al muelle. De pronto oye las campanadas. Mira el
Ajenos a cuanto los rodeaba, Mister Burnett y el commendatore reloj y ve las tres menos cinco.
Tacchi seguían disparando y recargando sus pistolas mientras ¿Qué piensa? Piensa que le anda mal el reloj, no es posible que
Monsieur Daladieu les hacía señas ampulosas y gritaba en francés. en Suiza den las tres antes de hora. Toda la industria relojera se
vendría abajo. Por las dudas el tipo va al depósito, total el único riesgo
El capitán ordenó a su adjunto que hiciera comparecer de que corre es el de llegar un poco antes.
inmediato a un tirador de élite y fue a buscar ubicación entre los
árboles, frente al embajador italiano. Alcanzaba a verlo de costado, —¿Y el otro? Los sordos oyen vibraciones.
pero el smoking lo desdibujaba en la oscuridad. El adjunto llegó con
un soldado petiso, pelirrojo, de lentes, que traía un fusil con mira —Sí, pero este es un tipo obediente. Le van a dar un reloj bien
telescópica. calibrado y por más vibración que sienta va a creer que son las
—Dele en la pierna —ordenó el capitán—. Dispare al mismo montañas que se derrumban y va a esperar a que se le hagan las tres en
tiempo que ellos. punto. Entonces me quedan cinco minutos para desaparecer con la
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valija. ¿Qué le parece?
—¿Seguimos bajando? —preguntó El Katar.
—No sé, Patik dice que usted es capaz de cualquier cosa.
—Hasta doscientos metros. Ajústense los cinturones porque
—¿Ya le contó la historia de los clítoris? vamos a volar a ras del agua.
—¿Almorzamos en París, entonces? Mister Fitzgerald se empeñaba en destapar todas las botellas de
champagne que dejaban los camareros y gozaba apuntando los
—Si usted lo dice… ¿Dónde queda Bongwutsi? corchos a la cara de los diplomáticos del Pacto de Varsovia. El
coronel Yustinov se apartó cautelosamente del sector más belicoso,
—Ni siquiera figura en el mapa. Pero desde allí vamos a pero estaba demasiado borracho para hacer caso a los consejos del
sacudir a los descreídos del mundo. agregado cultural de Checoslovaquia y se puso a orinar en una botella
vacía, a la vista de todos. El representante de Finlandia lo trató de
Sentado al borde de la cama, Lauri discó la hora oficial y dejó cosaco grosero, pero las mujeres se desternillaban de risa y la esposa
el teléfono sobre la mesa. Después de despedirse de Quomo había del embajador griego le arrojó un zapato que pasó de largo y fue a
cerrado la puerta con llave. A cada rato apuntaba el fusil hacia el caer al jardín.
campanario para familiarizarse con el blanco. A su lado, la muchacha
dormía plácidamente, abrazada a la almohada. El argentino la miró de El teniente Wilson, de la guardia británica, estaba
cerca: tenía unos pechos muy blancos, parados como vigías. Afuera, la inspeccionando la zona antiargentina cuando el cocinero vino a
ciudad era un friso cruzado de luces y las torres de la catedral se avisarle que dos blancos y un negro se habían arrojado por una
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alzaban sobre los techos, iluminadas por los reflectores.
—Pero primero aprendí cómo hacerla, en Shangai.
—Usted es desconcertante —dijo el sultán. Mientras se acercaba la hora, trató de acostumbrar la vista a la
mira. Podía ver la caja brillando junto a la campana, aunque no
—Tal vez. Fíjese si ya retomamos el Nilo. alcanzaba a distinguir sus contornos. Pensó que se estaba embarcando
en una locura, pero al fin y al cabo los sueños de Quomo eran como
—No doy pie con bola con la computadora. un fantasma de sus propios sueños, y esa noche era la prolongación
de otras noches. La voz del teléfono entraba en la cuenta regresiva.
—Vea eso usted, Lauri. Apoyó la culata en el hombro y hundió el ojo derecho en el visor.
Cerró el dedo suavemente sobre el gatillo y por un instante el mundo
El argentino hizo un gesto al sultán para que le hiciera lugar y fue para él esa vaga mancha amarilla fija en su retina. Contuvo la
se agachó frente a la pantalla. respiración, tensó los músculos y disparó con un movimiento corto y
seco.
—Si acabamos de pasar el Kilimanjaro tenemos que estar en
Tanzania. ¿Cuál es la posición de Bongwutsi respecto de Dar-es- Las campanas sonaron tres largas veces mientras Lauri dejaba
Salaam? caer su cabeza sobre el fusil. Las sienes estaban a punto de estallarle.
Una sonrisa le iluminó la cara y miró de reojo a la muchacha que se
—Unos dos mil trescientos kilómetros al suroeste. había sentado en la cama.
—Acá está la coordenada. No es tan difícil, agregue tres grados —Será en África —dijo—, pero venceremos.
y seis minutos.
—Al fin me reconoce algo. Olvídese del Nilo. En un rato más —… por lo que el señor Theodore O’Connell se manifiesta
vamos a estar sobre el lago Tanganica. fervientemente solidario con la República Argentina en su disputa con
Gran Bretaña y acude al consulado sito en la capital del Imperio de
—Ahí ya me ubico —dijo Quomo—. Tengan preparados los Bongwutsi, por mí atendido, con el propósito de ponerse al servicio de
morteros y las granadas frente a las puertas de emergencia. nuestro pabellón nacional y tomar las armas si fuera necesario para
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defender nuestra soberanía, como lo haría todo hombre de bien amante —Con un Cessna chico. Había que bajar por todas partes a
de la libertad y los ideales sanmartinianos. Al amparo de esta sede cargar combustible. Cuando pasábamos por acá se plantó una turbina
diplomática expresa que desea adoptar la nacionalidad argentina y y caímos sobre un cafetal. Estuvimos tres meses en la selva.
residir en el futuro en territorio de la República, si le fuera posible en
las recientemente reconquistadas islas Malvinas, jurando obedecer y —Dos —dijo Quomo—; hasta que nos encontró un helicóptero
defender nuestra Constitución y, agrega, los valores de la santa cubano.
Iglesia Católica a la que dice pertenecer. Visto y considerando lo
antedicho, la autoridad argentina en Bongwutsi le otorga el derecho —A mí se me hizo más largo —dijo Chemir—. Cuando
de asilo por causa de persecución política y religiosa por parte de las llegamos, los chinos habían copado la revolución.
autoridades británicas las que, dice, son indignas de considerarse
civilizadas por el atropello colonial cometido contra nuestra Patria y —¿Cómo remontaron eso? —preguntó El Katar.
por la ocupación a sangre y fuego del territorio del Ulster. Firmado:
Faustino Bertoldi, a cargo del Consulado General de la República —Los cubanos nos dieron una mano con la gente que tenían en
Argentina en el Imperio de Bongwutsi . Angola —dijo Quomo—. En ese tiempo los yanquis apoyaban a los
maoístas que nos querían meter la Revolución Cultural a garrotazos.
—Perfecto. Ahora saque fotocopia de todo y entregue el Les leían el Libro Rojo a los campesinos, pero lo que para ellos es una
pasaporte a las Naciones Unidas. Mándelo por correo, así evitamos cosa, para nosotros es otra, y había que discutir cada palabra para
discusiones. saber si quería decir lo que parecía que decía. Eso los desacreditó
mucho y les dimos una paliza inolvidable en el norte.
—Justamente, voy a necesitar estampillas. ¿Usted no me
prestaría cinco o diez libras…? —¿Usted estuvo en China? —preguntó Lauri.
—Hay libras y dólares. Las libras están bastante bien hechas, —Seis meses —dijo Quomo.
pero a los dólares habría que arrugarlos un poco. A nosotros nos
mandan los de las últimas planchas, cuando se van quedando sin tinta. —Yo fui embajador en Pekín —dijo el sultán—. ¿Qué hacía
usted allí?
—Insisto: si todo es falso vamos a tener problemas.
—Me entrenaba en la Revolución Cultural.
—Apréndase esto, Bertoldi: «Ya no se trata de comprobar si
una ecuación es verdadera o falsa, sino de saber si es agradable o —Acaba de decir que la combatió en Bongwutsi.
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le parecieron falsos, pero bien fabricados, y pensó que quizás no desagradable a la policía, útil o inútil al capital».
hiciera falta agregarlos a su informe.
—¿Y eso qué es?
Por la ruta de la costa apareció el Austin de Standford y por la
avenida un coche de la policía. Ambos se cruzaron en la plaza y el —Una observación de Marx.
patrullero fue a detenerse frente a la guardia del arsenal. El teniente se
aplastó contra el césped y vio a dos negros de uniforme que bajaban —Pero cómo, ¿no me dijo que era católico?
del auto con grandes linternas. Pensó que sería embarazoso para un
oficial del Ejército Rojo tener que explicar por qué estaba —Lo cortés no quita lo valiente. Si todo sale bien usted va a ir
chapuceando en el barro a esa hora de la noche. Buscó una vía de a Buenos Aires en el avión que la revolución le va a expropiar al
escape y se deslizó hacia el muelle, donde se topó con la escalerilla de Emperador. Es posible que le pongamos su nombre a una calle o a una
un barco del que llegaba un dulce aroma a tabaco fresco. escuela de las que vamos a construir, como usted guste.
—Mire, O’Connell, en la Argentina no simpatizamos con los
comunistas, así que le pido que me ahorre esos homenajes.
La claridad de la luna recortaba los picos de las montañas e
insinuaba los contornos de los bosques. El Boeing volaba a tres mil —Lo que podemos hacer entonces es expulsarlo como agente
metros cuando el sultán indicó la proximidad del Kilimanjaro. Quomo de la CÍA.
lo situó en el radar y giró el timón a la izquierda. Lauri aplastó la
cara contra una ventanilla y la cumbre nevada le pareció un gigantesco —Tampoco exageremos. Yo condeno públicamente al
helado de crema. Un rayo cayó sobre las montañas más bajas. El Katar marxismo y a la subversión y ustedes me echan en un avión
no se llevaba bien con la computadora, y al caer la noche cerrada cualquiera.
habían perdido el curso del Nilo. También él se había quedado
absorto con el espectáculo y despertó a Chemir para que no se lo —Délo por hecho. Alcánceme el bolso.
perdiera.
Cuando fue a levantarlo, el cónsul tuvo la sensación de que
—La otra vez nos estrellamos cerca de ahí —dijo el rengo estaba clavado en el suelo.
mientras se despabilaba.
—¿Qué lleva adentro? ¿Piedras?
—¿También vinieron en avión? —preguntó Lauri.
—El equipo completo. Como ando sin apoyo logístico tengo
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que arreglármelas solo. quitado al correo del Foreign Office.
—Así no va a llegar muy lejos. El cónsul aprovechó la confusión para levantar la valija y
deslizarse por la escalerilla de un barco cargado con plantas de tabaco
—No crea, me las he visto en más feas. En Beirut, cuando que despedían un olor penetrante y dulzón. Mientras se escondía,
rompimos el cerco de los falangistas, hicimos funcionar seis artefactos escuchó los balazos que los guardias tiraban al aire y recordó, por un
en cadena con diferencia de diez segundos. Pum, pum, pum, siempre instante, su entrada triunfal a la zona de exclusión.
solito. Eso sí, tengo un cronómetro de la NASA que le saqué a un
coronel israelí. Fíjese, vea, un Omega hecho especialmente. Solo un Los nativos se desbandaron y corrieron a refugiarse en la
novato se puede equivocar. oscuridad. Algunos chicos quedaron en medio de la plazoleta,
llorando, y las mujeres volvieron a buscarlos. El teniente Tindemann
—Pero usted no es un guerrillero solitario, me imagino. se arrojó al suelo, reptó por los canteros, entre las flores, y antes de
esconderse detrás de la base del mástil recogió otro billete que flotaba
—Ahora estoy con el comandante Quomo. Cada vez que sobre un charco. Había perdido la gorra y cuando se apartó el mechón
alguien golpea al imperialismo, ahí estoy yo. de pelo embarrado que le cubría la frente, se dio cuenta de que era la
primera vez que se encontraba bajo fuego.
—¿Por qué no se va con los rusos, entonces?
Los guardias lanzaron otra salva de advertencia y los negros
—Pregúntele a ellos. Sin ir más lejos, en Somalia íbamos bien, que se habían escondido detrás de los árboles se dispersaron por el
teníamos a los etíopes cocinándose en el desierto, estábamos a un paso puerto. El cónsul, oculto entre las hojas de tabaco, contó el tiempo que
del triunfo y ¿qué hacen los rusos? Cambian de política, voltean al faltaba para la salida del ómnibus. Calculó que habría perdido tres o
emperador en Etiopía ¡zas!, deciden que el campo popular está del cuatro mil dólares para alejar a los negros, pero lo que más le
otro lado. El apoyo que nos daban en Somalia se lo pasaron a los preocupaba era la posibilidad de que se corriera la voz y salieran a
etíopes para que nos liquidaran. Claro, los yanquis tuvieron que darse buscarlo por toda la ciudad.
vuelta también, así que nos dejaron al medio. ¿Sabe la paliza que nos
pegaron? Los americanos nos apretaban de un lado y cuando Al ver que los guardias de marina volvían a sus puestos, el
cruzábamos la frontera nos agarraban los tanques rusos. Un infierno, teniente Tindemann fue a recoger la gorra y el paraguas y se fijó si el
no se imagina. Estuve dos meses en las montañas de Eritrea hasta que cónsul seguía por allí. Sabía que con la valija a cuestas no podía llegar
bajé con unos beduinos al desierto de Sudán. Nunca pasé más sed en demasiado lejos. Se acercó al farol y sacó del bolsillo todos los
mi vida. Hice doscientos kilómetros a pie hasta que me encontré con billetes que había juntado esa noche. Tanto las libras como los dólares
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acompañarlo por las calles del centro, pero pese a sus advertencias el comandante Quomo, que me dio un camello y unas naranjas.
entraron detrás de él por los pasajes más angostos y oscuros. Sin la Entonces nos dijimos: nunca más, basta de rusos.
manija, la maleta le parecía doblemente pesada y difícil de llevar.
Tenía que ir a la parada de ómnibus, pero antes debía sacarse de —Para mí, rusos o chinos, son todos iguales. ¡Muéstreme los
encima a los negros. Varias veces les preguntó qué demonios querían, billetes!
y como no obtuvo respuesta, se conformó con insultarlos en español
hasta que llegaron a la plazoleta del arsenal. Bertoldi aprovechó la luz El cónsul esperó que O’Connell revolviera en el bolso. La
para sentarse en un banco, junto al mástil, y arreglar la manija impaciencia no alcanzaba a ocultarle un vago sentimiento de culpa.
destartalada. Los negros formaron un semicírculo y se quedaron Tomó el billete de cien flamante y se acercó a la ventana para verlo a
mirándolo, mudos, como si esperaran que les hiciera un discurso. El plena luz.
teniente Tindemann se ocultó detrás de un árbol, a espaldas del
cónsul. El argentino se dijo que tenía que alejar a esa multitud antes —¿Cómo sabe que son falsos?
de que la policía se acercara a curiosear. Entreabrió la valija y tomó
al azar algunos billetes de cien. Los miró con pena, les arrancó las —Por la trama. Además Franklin está como sonriendo ahí.
fajas selladas por el banco y los lanzó al aire como papel picado. Los
nativos saltaron como sacudidos por una corriente eléctrica. Los que —Para darse cuenta habría que compararlo con uno bueno.
lograban atrapar un billete corrían calle arriba perseguidos por los que
habían tenido menos suerte. Los demás, enredados en el —No sé. En París me dijeron que Franklin tiene que estar más
amontonamiento, se debatían y peleaban, pero cuando el billete se serio. Los que salen bien se los dan a Arafat o al Frente Saharaui. A
rompía trataban de ponerse de acuerdo para ir a recomponerlo al Quomo siempre lo tiraron al medio.
mismo bar. Los marineros que custodiaban el arsenal oyeron el
griterío y se acercaron al lugar dando voces de alerta y preparando —Pero ¿no lo habían fusilado los rusos? Yo leí en el diario…
las armas.
—Mentira. Está más joven que antes.
Dos papeles de cien, que no habían terminado de despegarse,
planearon hasta los pies del teniente Tindemann. Los negros que —Los ingleses no van a permitir que vuelva. Ni los rusos, ni
llegaban corriendo tras ellos se frenaron a tiempo para evitar el nadie, en eso va a haber unanimidad.
paraguazo del soviético y se quedaron mirándolo con envidia.
Tindemann se agacho, tomó los doscientos dólares y los guardó —Usted se olvida del pueblo.
diciéndose que tal vez serían tan falsos como las libras que le había
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—¿Qué pueblo? Si estos negros recién están aprendiendo a cónsul Bertoldi.
cepillarse los dientes…
La fila que lo seguía era larga y ordenada y los negros parecían
—Los que me trajeron por la selva tenían adoración por dispuestos a acompañarlo hasta el propio infierno. Pero lo que más
Quomo. sorprendió al irlandés fue que con ellos desfilaba también el militar
soviético que un rato antes lo había arrojado por la ventana. Por un
—No se haga ilusiones: al primer cañonazo se desbandan como momento estuvo tentado de darse a conocer, pero lo detuvo la certeza
moscas. de que si el ruso estaba allí, el cónsul había caído en una trampa.
—Bueno, para eso estoy yo aquí. Los vio descender hacia el puerto y conjeturó que Bertoldi se
disponía a atacar el arsenal de la marina. Notó, con cierto orgullo, que
—¿Para qué está usted, si se puede saber? el argentino se había puesto su sombrero, y pensó que en la valija
llevaría las armas y los explosivos con los que él había hecho las
—Para que no se desbanden. campañas de diecisiete sublevaciones.
—No me haga reír. ¿Para cuándo es su revolución? Ahora le aparecía con toda claridad que los soviéticos se
disponían, como siempre, a copar la insurrección. ¿Había aceptado
—Ni bien podamos comprar el arsenal del ejército. Quomo una alianza táctica o se trataba de una decisión del propio
Bertoldi al calor de la lucha? De cualquier manera, O’Connell
—Con esa plata va a ser difícil. No son tan imbéciles. reconoció que el cónsul había ocultado muy bien sus planes y se sintió
el más estúpido de los mortales al comprobar que estaba quedándose
—El comandante va a mandar de la buena, no se preocupe. al margen de la revolución.
—Por alguna parte hay que empezar. Al ver que lo seguían, pensó que iban a conformarse con
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La lluvia empezaba a despabilarlo, pero todavía no podía —Supóngase que me presta un poco de plata para irme. Usted
pronunciar una palabra. Tenía la lengua insensible y se dijo que se podría quedar con la casa.
debería explicarse por escrito ante el comandante. Buscó en el bolsillo
interior del smoking y encontró la lapicera con que Bertoldi había —Es que yo necesito su protección.
dibujado el plano de la embajada. Si Quomo había establecido su
cuartel de operaciones en el consulado argentino, lo más prudente —¿Y eso hasta cuándo?
sería presentarse ante él con un parte de lo sucedido para evitar
cualquier confusión. —Solo unos pocos días. Hasta que la gente se subleve. Después
no me va a ver más hasta el día que venga a llevarlo al aeropuerto.
Llegó a la plaza del mercado, cubierta por una laguna
pestilente, y vio que la estatua del Emperador seguía en su lugar, por —Yo no lo veo tan fácil.
lo que dedujo que los rebeldes no tenían aún el control de la ciudad.
—Nadie dice que sea fácil y usted lo sabe mejor que yo.
Cruzó a la recova y entrevió, en la penumbra, a los mendigos Después de todo la guerra la empezaron los argentinos y no hago más
que dormían como si no pasara nada. Tomó por una calle lateral y que colaborar para que los ingleses vuelvan a su casa con la cola entre
caminó con el agua a los tobillos. Buscaba un bar para sentarse a las patas.
escribir su informe. Desde la esquina divisó la luz roja de un farol a
kerosene y supuso que se trataba de una boîte o un club nocturno. Se —Sí, pero las Malvinas están lejos…
acercó por la vereda, chorreando agua por las botamangas y cuando
iba a saltar sobre una alcantarilla vio aparecer, al fondo de la calle, una —No se puede ganar allá si no ganamos acá, Bertoldi. En
columna que marchaba detrás de un hombre que parecía conducirla a cuanto a su metodología… El sistema kamikaze tiene un lado heroico,
los gritos. no lo voy a negar, pero también hay que ver los inconvenientes: mire
cómo lo dejaron.
O’Connell se agachó y fue a ocultarse en un corredor. Desde
allí podía verlos avanzar en la oscuridad: el que los mandaba tenía una —Justamente: estoy cansado y quisiera acostarme temprano,
valija y hablaba un idioma que el irlandés no podía comprender. así que si me va a invitar a cenar…
Parecía enojado y a cada rato se detenía para arengar a sus seguidores.
O’Connell se dijo que la voz le resultaba conocida y esperó a que el —Vamos. Hay que festejar las primeras victorias con
hombre pasara bajo una luz para estar seguro de que se trataba del humildad, pero con orgullo. Esa gente se va a acordar de usted por
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mucho tiempo. relacionados.
Retrocedió para que Bertoldi no lo viera, recogió un piloto azul
olvidado en una butaca y se abrió paso entre la gente que se
amontonaba en las puertas.
14
El impermeable le iba un poco chico, pero servía para taparle el
uniforme. Se quitó la gorra, cruzó la calle y fue a refugiarse bajo la
Lauri empujó la puerta del Procope con la maleta y miró cada marquesina de una farmacia. Desde allí vio pasar un Austin de la
una de las mesas de la planta baja. Luego fue hacia la escalera embajada británica, conducido por el capitán Standford que miraba
disculpándose en francés cada vez que la valija chocaba contra alguna hacia uno y otro lado por las ventanillas abiertas. Tindemann concluyó
silla. Durante el viaje, sentado entre dos gendarmes, había pensado que a esa altura todas las embajadas del Pacto de Varsovia estarían
que Quomo no estaría allí y que posiblemente no lo vería nunca más. vigiladas y que lo mejor que podía hacer era entrar al hotel. Pero antes
Con el tiempo tal vez leería en un diario la noticia de su triunfo o de quería saber a dónde se dirigía el argentino con el dinero.
su muerte.
Encendió un cigarrillo y esperó recostado en la pared. Al rato
Llegó al primer piso y recorrió detenidamente el salón. Había vio salir al cónsul, seguido por una multitud, como si encabezara una
varios negros comiendo, pero no el que buscaba. Bajo el óleo de procesión.
Voltaire había un africano viejo y flaco que no le sacaba la vista de Caminaba doblado, con la valija apretada contra el pecho y a
encima. Lauri miró la hora y se dispuso a esperar un poco. Iba a llevar ratos se daba vuelta y hacía gestos para alejar a los curiosos. El
la valija al guardarropas cuando el viejo se puso de pie y se le acercó. teniente esperó a que pasaran a su lado, desplegó el paraguas y se unió
Arrastraba una pierna, pero se movía con soltura. a la caravana que dobló la esquina en silencio, como hipnotizada.
—¿Mister Lauri?
Apoyándose en las paredes, O’Connell se alejó del bulevar para
El argentino sintió que el alma le volvía al cuerpo. no encontrarse con las patrullas de los sublevados. Se reprochaba el
individualismo, la ceguera y la incredulidad que le habían impedido
—De parte de la persona que usted busca. Mi nombre es advertir la maduración ideológica de las masas explotadas de
Chemir. Bongwutsi. Había estado a punto de pagar el error con su vida y hasta
que no aclarara su situación sería considerado un blanco más, un
—Mucho gusto. —Lauri le tendió la mano—. Ya oí hablar de enemigo del pueblo.
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británico ya habría dado la alarma y pensó que lo más razonable sería usted.
buscar un escondite donde el coronel Yustinov pudiera hacerle llegar
sus instrucciones. El plan de avisar inmediatamente a Moscú había —Me llamaron de Zurich, señor. ¿Alguna dificultad?
fracasado y lo importante, ahora, era poner a salvo los documentos.
Sabía que el uniforme del Ejército Rojo lo exponía a las miradas —No, el papeleo para solicitar el refugio, nada más.
indiscretas y le pareció que lo más acertado sería tomar una
habitación en el Sheraton y, desde allí, comunicarse por teléfono con —Entonces todo está en orden. Ahora, si le parece, tenemos
el coronel. que deshacernos del inglés.
En ese momento, el cine que estaba al otro lado de la calle —¿Otro más?
abrió sus puertas y la gente empezó a salir abriendo los paraguas. De
pronto hubo un revuelo y todos regresaron corriendo a la sala. El —El pelirrojo aquel. Viene detrás suyo. ¿Se enteró de que la
teniente pensó que tal vez se le presentaba una buena oportunidad para flota británica va a bombardear las Falkland?
conseguir un abrigo que le cubriera el uniforme, de modo que cruzó
la calle y se mezcló con la gente. A medida que advertían la —¿Ya?
presencia de un militar blanco, los nativos se apartaban para dejarlo
pasar. Tindemann corrió la cortina y se encontró con la gente parada El negro hizo un gesto de desazón.
sobre las butacas. Los negros habían dejado libre el pasillo donde
Bertoldi estaba de rodillas y hablaba solo. Con una mano tiraba de la —Temo que sea muy pronto, señor. Habrá que precipitar todo.
valija desvencijada y con la otra recogía los billetes como si juntara ¿Tiene algo irreemplazable en su valija?
hongos. A veces se metía bajo una butaca y volvía con un puñado de
dólares flamantes que depositaba sobre una bandera celeste y blanca. —Nada más que ropa.
Los nativos seguían sus movimientos con un respetuoso
asombro. De vez en cuando un chico se agachaba, tomaba uno de los —Bien. El comandante está en el Georges V, habitación 502.
billetes y se lo alcanzaba, como quien rinde su primer examen de Tome un taxi y avísele de dónde me llevaron. No creo que falte más
cortesía en público. de dos o tres días.
Sin agregar una palabra se dio vuelta, caminó hasta la mesa del
El teniente Tindemann nunca había visto semejante cantidad de pelirrojo, y le tiró un puñetazo a la nariz. El inglés cayó hacia atrás y
dinero y de inmediato sospechó que las cartas del Foreign Office y los con los pies volteó la mesa en la que tenía un Martini recién servido.
dólares desparramados en el piso del cine, estaban estrechamente Lauri dejó la valija y mientras las camareras llamaban a la policía,
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descendió por la escalera tratando de mantener la calma. Sobre el
boulevard Saint Germain detuvo un taxi y se hizo conducir al Georges El teniente Tindemann no estaba dispuesto a compartir con el
V. Subió al quinto piso sin detenerse en la recepción. coronel Yustinov el mérito de haber descubierto el correo del Foreign
Golpeó con suavidad en la 502 y esperó mirando a los costados Office. Al salir de la embajada británica se dijo que tenía que
para estar seguro de que no lo seguía nadie. Quomo apareció en la comunicar la novedad a Moscú antes de que regresara su superior y
puerta envuelto en una bata azul de seda; estaba bien afeitado y olía a luego pasaría la noche en vela para descifrar las cartas.
agua de colonia.
Cuando llegó a la zona antiargentina, los guardias ingleses le
—Lo felicito —dijo y le dio una palmada en el brazo—. Gran dieron la voz de alto y uno de ellos le enfocó la cara con una linterna.
trabajo. El teniente saludó con una mirada helada y un cabo le hizo la venia
antes de preguntarle, con la voz respetuosa de un subordinado, si tenía
Lauri le devolvió el gesto y entró en la habitación. En uno de novedades del duelo. En un trabajoso inglés Tindemann les contó que
los televisores había un programa de juegos y en el otro un aún no había heridos, y los guardias volvieron a la garita. El teniente
informativo. Sobre la cómoda Lauri vio una valija azul sin abrir. cruzó la calle con el paraguas abierto y cuando se dirigía a la
residencia soviética vio que el capitán William Standford estaba
—Excelente puntería —dijo Quomo y fue a buscar una botella parado frente a la puerta.
de whisky —. Ese campanario sonaba a música celestial.
Contrariado, Tindemann confirmó la excelente opinión que
—¿Salió todo bien? tenía de los servicios británicos y pasó de largo tratando de
disimularse en la oscuridad. En la primera esquina se detuvo a
—Perfecto. El francés vino como si hubiera recibido un encender un cigarrillo y comprendió que Standford empezaba a
telegrama y hasta me pidió disculpas por la demora. seguirlo. Cerró el paraguas y corrió por una calle solitaria y
resbaladiza. Con la mano libre protegía el paquete de cartas que
—¿Y el sordo? llevaba bajo la chaqueta y con la otra apuntaba el paraguas hacia
adelante por si encontraba algún obstáculo en la oscuridad. Era la
—Cuando yo salí estaba en la vereda mirando el reloj. primera vez que salía solo a esa hora y temió que alguien lo atacara
para robarle. Cuando vio las luces del Sheraton, al fondo de la calle,
—¿Qué hizo con el arma? se tranquilizó y avanzó a paso normal por el asfalto lleno de pozos y
lagunas. Al llegar a la calle comercial se volvió y supuso que
—La envolví en una bolsa de plástico y la tiré al lago. Esta Standford ya no iba detrás de él. Era seguro que a esa altura el
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El cónsul abrió el paquete de celofán y masticó lentamente los maníes mañana los gendarmes me trajeron en tren. La persona que mandó a
con la convicción de que ese gesto lo acercaba a los demás. Luego buscarme se metió en un lío por golpear a un inglés y me pidió que le
advirtió que había olvidado sacarse el impermeable y que el ruido del avisara.
nailon podía incomodar a otros espectadores. Se lo quitó con cautela,
lo acomodó en la butaca de al lado y siguió con los maníes hasta que —¿Lío de qué tipo?
las luces se apagaron y empezó la publicidad de Cinzano. Todos los
protagonistas eran blancos y al verlos tan alegres y despreocupados —Le dio un tortazo.
junto a una piscina, el cónsul se tranquilizó un poco.
—Lástima, lo vamos a necesitar para preparar el viaje.
En cambio, los héroes de la segunda película eran negros y la
acción se situaba en la selva de Vietnam. Los comunistas torturaban —¿Cuánta gente tiene?
horriblemente a los soldados norteamericanos y el único
protagonista blanco ideaba el plan para huir del campo de prisioneros. —Todo el pueblo está conmigo.
Bertoldi tomó un trago de whisky y volvió a dormirse. Abrió los ojos
cuando una música estridente acompañaba la fuga de los soldados —Gente en armas, digo.
que habían recuperado la bandera de las barras y las estrellas y uno de
los negros moría abrazado a ella. —En armas usted, yo y dos más.
Poco antes de que se prendieran las luces guardó la botella, se —Pero tropa, con qué tropa cuenta.
puso el impermeable y el sombrero, y se apuró para no mezclarse con —En eso está el irlandés. Él va a mover un poco el ambiente
la multitud. Cuando quiso levantar la maleta, sintió que la manija se le allá.
escapaba de entre los dedos. Las manos vacías empezaron a temblarle
y se agachó entre las butacas alumbrándose con la llama del —¿Es un tipo serio?
encendedor. La música siguió, épica, mientras desfilaba el reparto de
actores secundarios y la gente recogía los pilotos. Entonces Bertoldi —Lo encontré en el Sahara. Es el que organizó las columnas de
vio que el cerrojo de la valija había cedido. El tubo de dentífrico Agostinho Netto, así que es hombre de terreno. Además sueña con la
rodaba por la pendiente del pasillo y la ajada foto de Carlos Gardel revolución. El proletariado era el único espejismo que veía mientras
desaparecía bajo un manto de billetes flamantes, desparramados a los caminábamos por la arena.
pies del público.
—¿Pero estuvo en alguna?
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muelles.
—De Argelia para acá en todas. Le diría que en tantas como
yo. A veces, cuando el sol nos hacía delirar, yo me acordaba de mi Bertoldi se acercó a la rotonda del bulevar de las embajadas y
madre, de mis hijos, que a muchos no los conozco, pero él solo veía oyó a lo lejos, un aire de vals y dos detonaciones. Sé ocultó detrás de
gente en armas. Nunca me voy a olvidar cuando asaltó el Palacio de un Cadillac negro que tenía una bandera norteamericana y vio que los
Buckingham tirado en una duna, con los ojos desorbitados. guardias ingleses cubiertos con largos capotes grises, habían dejado
sus puestos para asomarse por encima de la cerca que cerraba el
—¿No va a llamar la atención por ser blanco? jardín. Bertoldi bebió otra vez y apoyó la valija sobre el paragolpes
del coche. Cuando terminó Strauss, la orquesta siguió con Suppé, por
—Ya le dije que estuvo con Netto en Angola. ¿Por qué no va a lo que el cónsul creyó que los invitados estarían bailando en las
comprar ropa nueva? Da pena como anda vestido. galerías. Hubo otros dos estampidos, pero la música continuó. Los
soldados conversaban entre ellos y de vez en cuando alguno iba a
—A mí me enseñaron que la ostentación es un vicio burgués. fumar un cigarrillo con los que estaban dentro de la nueva garita. El
cónsul temía que lo sorprendieran merodeando por allí y fue hacia la
—No confunda. Un revolucionario es elegante por respeto a los diagonal que conducía al centro. Tenía que hacer tiempo hasta la
demás, sobre todo cuando prepara la toma del poder y no quiere tener hora del ómnibus y se dijo que lo mejor sería entrar al cine. La
a la policía sobre los talones. función ya había comenzado y daban dos películas norteamericanas
con actores negros que no conocía. Sacó la entrada con un billete falso
—Es una curiosa filosofía la suya. Esa bata debe costar un y con el vuelto compró un paquete de maní tostado. El que cortaba las
dineral. entradas le dijo que estaba prohibido pasar con paquetes y valijas a
causa de los atentados, pero cambió de idea cuando
—Dos mil dólares. Bertoldi le dio unas monedas.
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—Esto es una inmoralidad —dijo O’Connell y miró a las
mujeres con los ojos descarrilados. —¡Carajo con el irlandés! —gritó al fin. Su cara había
rejuvenecido diez años.
—Costumbre del país —respondió el cónsul.
—Bombas —repitió el sultán, absorto.
Un aire suave, todavía fresco, le llegaba a la cara y empezaba a
adormecerlo. Con un gesto llamó al camarero y le dio cuatro billetes —¿Cómo sabe que fue O’Connell? —preguntó Lauri.
de cincuenta libras con el encargo de que preparara una botella de
Etiqueta Negra y dos paquetes de Marlboro para llevar. Como oyó que —¿Quién va a ser si no? Tenemos que llegar antes de que los
el irlandés suspiraba, molesto, le tiró con una miga de pan y se ingleses manden los paracaidistas. Si conseguimos eludir los radares,
arrellanó en el asiento para terminar el cognac . en un par de horas estamos allá.
—Creí que no quería darme asilo —dijo O’Connell, —Ese debe ser el Nilo —dijo el sultán señalando el otro lado
despectivo. del visor—. ¿Lo seguimos?
El cónsul pensó que al irlandés le hacía falta un baño y también Quomo miró el altímetro y se ató el cinturón de seguridad.
un corte de pelo. El camarero volvió con los cigarrillos, la botella y un
vuelto de veintidós libras. Bertoldi guardó el cambio y dejó sobre el —Baje todo lo que pueda y déjeme el mando. Si tiene algún
plato un billete de diez. mensaje para su novia transmítalo ahora, porque vamos a interrumpir
el contacto con la torre.
—¿Alguna vez se acostó con una negra? —preguntó y tiró el
humo hacia la bailarina que agitaba la hoja con una sonrisa siempre —¿No hay una ruta o algún descampado para aterrizar? —
igual. Llevaba dos aros de hueso y un collar de pelo de elefante. preguntó el sultán
—. No me gusta la idea de perder el Rolls.
—Y también con árabes, amarillas y esquimales. Pero nunca
tuve que pagar. —No lo va a perder. El capitalismo creó el Rolls para
justificarse ante la historia y nosotros le vamos a hacer un lugar
—No quise ofenderlo. Ahora, que se haya acostado con una especial en el museo de los buenos recuerdos.
esquimal, permítame que lo ponga en duda.
—¿Por qué? Estuve dos meses en el norte de Alaska trabajando
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coordenada de Bongwutsi? en un portaviones. Allí conocí a un criminal compatriota suyo, un tal
Carlos.
—Pruebe doce grados siete minutos sur, a ver si encontramos la
cuenca del Nilo, después yo me oriento solo. —Ese es venezolano.
El Katar se colocó los auriculares y apretó unos botones en la —Bueno, de por ahí. Un tipo terco: quería hacer saltar la aldea
computadora. Una larga lista de aeropuertos apareció en la pantalla. entera cuando los yanquis llegaban de franco. Hubo que devolverlo a
Trípoli atado como un salame.
—Lusaka, mil ochocientos kilómetros. ¿Le sirve el dato?
—¿Usted estaba en el portaviones?
—No, pero corrija dos grados al este a ver qué pasa. Usted,
Lauri, apague ese cigarrillo y vaya con Chemir a preparar las armas. —No, yo lo tenía que inutilizar. Me llevó dos meses, de ahí que
Hay que llegar haciendo ruido. conocí a una chica que vivía en un iglú. La diferencia, Bertoldi, está
en la mirada. Es lo único que no se puede maquillar.
Lauri aplastó la colilla en el cenicero.
—No se me había ocurrido. ¿Es cierto que esa gente ofrece la
—¿Cómo hace para adivinar los números de la ruleta? — mujer al huésped, como homenaje?
preguntó. Quomo se volvió y lo miró a los ojos.
—¿Qué le pasa? ¿No está de acuerdo con el refrán? —No sé, yo la tuve que conversar una semana y sin conocer el
idioma.
—Me pone nervioso que acierte siempre. Podríamos estar
limpiando algún casino en lugar de ir a hacernos matar en la selva. El irlandés se puso de pie, pasó la correa del bolso sobre la
cabeza y recogió el plano de la ciudad que había estado estudiando
—Disculpe —interrumpió el sultán—, pero no me autorizan a durante la cena.
entrar en el espacio aéreo de Bongwutsi. Pusieron bombas en la pista
y el aeropuerto está cerrado. —Bueno, tengo que dejarlo. No le molestará que duerma en el
despacho, espero.
—¿Está seguro? —Quomo manoteó los auriculares y pidió a la
torre que repitiera el mensaje. Estuvo un minuto escuchando con la —Vaya tranquilo. Yo me vuelvo caminando despacito.
boca abierta.
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Cuando O’Connell salió, el cónsul pidió otro café con cognac y sentado, sangrando por la nariz, el irlandés pensó que tendría que
aprovechó para cambiar un billete de veinte. Estuvo tentado de justificar ante Quomo su conducta de esa noche. Ganó la calle por la
averiguar el precio de la muchacha, pero recordó lo que O’Connell le puerta trasera y vio las limusinas de los embajadores estacionadas a lo
había dicho sobre las miradas. La joven que lo apantallaba tenía unos largo del bulevar. Pensó que lo primero que tenía que hacer era ir a
ojos blancos y duros como piedras de mar. Bertoldi se preguntó antes buscar sus armas al consulado y avisar a Bertoldi que había llegado el
de salir si también ella se sublevaría cuando llegara el momento. momento de atacar la zona de exclusión antiargentina.
Imaginó al cónsul tomando posesión de la embajada británica y
Frente al restaurante había varios taxis, pero prefirió remontar se dijo que también ese hombre humillado por el imperialismo y
la cuesta a pie, por el medio de la calle para evitar los pozos y los alejado de la mano de Dios tenía derecho a compartir los primeros
tarascones de los perros. Había pasado la jornada más difícil de su pasos que daba el hombre nuevo en ese olvidado lugar de la tierra.
vida y mientras caminaba se preguntó si era correcto lo que había
hecho hasta el momento. Estaba solo, representando a un país que lo
ignoraba, pero a los ojos de todos los embajadores, la Argentina era él. El sultán y Lauri entraron en la cabina de mando donde Quomo
Si no hubiera respondido al desafío de Mister Burnett, la patria sería estaba recostado leyendo Le Monde . El Katar controló el piloto
ahora símbolo de cobardía en todo Bongwutsi. Pero ¿había hecho bien automático, leyó los instrumentos y se instaló en el asiento del
en cobijar bajo el pabellón nacional a un guerrillero? Concluyó que sí: comandante. Se hacía de noche y el desierto tomaba un color gris
la generosidad y la grandeza de alma eran las mayores cualidades de profundo.
los argentinos.
—¿A qué aeropuerto vamos? —preguntó.
Cuando se acercaba al bulevar de las embajadas vio las barreras
que los ingleses habían colocado para desviar el tránsito a cien metros —Ningún aeropuerto —dijo Quomo y sacó los pies de encima
del lugar de la explosión. Dos soldados fumaban y charlaban junto a del tablero—. Vamos a bajar en el lago.
un jeep del ejército.
Para evitarlos tenía que dar un rodeo y caminar varias cuadras —A tanto no me puedo comprometer. No tengo experiencia en
de más, pero había comido bien y los tragos le confortaban el ánimo. amerizaje.
Volvió sobre sus pasos y fue por una calle sin faroles en la que entraba
de lleno la claridad de la luna. Cada tanto brillaban los ojos de un gato —Déjeme a mí. ¿Cuándo empezamos a ver selva?
mientras el canto de los grillos flotaba, armonioso, en el aire caliente.
De golpe, una figura enorme, sigilosa, salió de un corredor que —Para eso hay que decirle a la computadora que cambie el
separaba dos casas de madera y lo atropelló haciéndole perder el rumbo, porque en esta dirección vamos a Arabia Saudita. ¿Cuál es la
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expeditivos. equilibrio. Para evitar la caída tuvo que agarrarse de un árbol mientras
Movió las mandíbulas y trató de decir algo. Lentamente estaba tropezaba con las piernas de un hombre que dormía en la vereda.
recuperando los reflejos. Uno de los negros fue hasta una mesa, tomó
un balde de hielo y una servilleta y preparó un envoltorio que le puso Se dio vuelta para disculparse y entonces vio que tenía enfrente
sobre la cabeza. En el otro sillón, el inglés quiso ponerse de pie, pero un gorila grande como una puerta. El animal se metía un dedo en la
solo consiguió que se le cayera la venda que tenía sobre la frente. El nariz y gruñía igual que un perro abandonado. Parado a contraluz
ayudante de cocina se la colocó otra vez, fastidiado, y volvió a donde proyectaba una sombra que llegaba hasta la esquina. El nombre con el
estaba O’Connell. que Bertoldi había tropezado sacudió a dos amigos que dormían sobre
unos fardos de tabaco e inició la retirada. El que parecía mejor
—¿Inglés? —preguntó. alimentado se puso en cuclillas e hizo un gesto que pedía calma.
«Nbgwana preg, nbgwana preg», decía en voz baja. El cónsul vio
El irlandés negó enfáticamente con la cabeza y se llevó una que los negros retrocedían muy despacio hacia un camión estacionado
mano a la solapa del smoking donde tenía prendido el escudo de Boca junto a la vereda. «Nbgwana preg», repitió el más joven, que tenía
Juniors. El negro se inclinó a mirarlo y llegó a la conclusión de que se una deformación en la cadera y se movía como torcido por un ciclón,
trataba de uno de los embajadores invitados. Bertoldi fue detrás de ellos, reculando, maldiciendo los zapatos que se
le escapaban de los pies. El primero que llegó al camión abrió
—Es a pistola —dijo, y señaló hacia el jardín—. Mala puntería. suavemente la puerta y se zambulló dentro de la cabina. Los otros dos
O’Connell bajó la cabeza, abatido. Pensó que tenía que escapar lo siguieron, rápidos como lagartos, y cerraron de un portazo. El
de allí para buscar el cuartel general de los sublevados y aclarar su cónsul se quedó al lado del camión, gesticulando para que le hicieran
situación. Estiró las piernas y sintió que le volvían las fuerzas. Los un lugar, pero los negros se disponían ya a seguir durmiendo y el
negros conversaron un momento entre ellos y salieron por la puerta torcido le hacía ademanes para que se alejara de allí. Bertoldi tiró de la
principal. El irlandés intuyó que había llegado el momento y se paró. manija sin dejar de mirar al gorila, pero los negros se abalanzaron
Todavía estaba atontado, pero podía caminar. Al pasar junto a las sobre la puerta y la sostuvieron hasta que el cónsul dejó de hacer
mesas tomó una botella por el cuello y contempló la ventana abierta. fuerza. El mono se había movido tras ellos, imitando su cautela, pero
En el momento que acercaba una silla para saltar, oyó a uno de los cuando los vio entrar al camión se enojó. Fue hasta el paragolpes
negros que llegaba a la carrera. delantero y lo sacudió hasta arrancarlo. Excitado, lanzó dos rugidos y
lo estrelló contra el capó hasta que los vecinos empezaron a asomarse
—¡No caminar! ¡Esperar doctor! —gritaba, y alcanzó a tomarlo por las ventanas con faroles y linternas. El cónsul seguía allí, inmóvil,
de un brazo. De pie sobre la silla, O’Connell levantó la botella y la sin saber qué hacer. Sacó la botella, tomó un trago, nervioso, y se dijo
destrozó sobre la cabeza del ayudante de cocina. Al ver al negro que lo menos aconsejable era echarse a correr. Los nativos hacían
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comentarios en su lengua, de ventana a ventana, y al rato todos se champagne que el personal había apartado para vender en el mercado
volvieron a la cama y la calle quedó en silencio. Bertoldi advirtió, negro. Dos ayudantes de cocina que iban arrastrando al destartalado
entonces, que los grillos habían dejado de cantar. El gorila arrastró el guardián del museo lo vieron caer y se preguntaron por qué esa noche
paragolpes sobre el empedrado sacándole chispas, hasta que reparó a la gente se le ocurría arrojarse por las ventanas.
en Bertoldi, que seguía tieso como un monolito.
Estaban a dos metros de distancia y el cónsul podía sentir el Cuando el irlandés pudo moverse, sintió un dolor punzante en
aliento del animal. De la nariz aplastada le salía un moco que se las costillas y tuvo la sensación de que todo ocurría a su alrededor en
estiraba lentamente hasta cortarse por lo más fino y se renovaba cada una superposición de imágenes, como si lo viera en un televisor mal
vez que abría la boca y parecía a punto de estornudar. Debe estar ajustado. Los de la cocina dejaron al guardián en la galería y volvieron
resfriado, pensó Bertoldi y le tendió la botella. El mono la agarró, la a la vereda para mirar los destrozos causados por el blanco.
miró de cerca y al ponerla hacia abajo lo sobresaltó el whisky que se
derramaba a sus pies. Desconcertado, le acercó la lengua y la lamió La lluvia barría rápidamente la espuma del champagne y los
como si fuera un chupetín. Al cónsul le pareció que sonreía mientras vidrios estaban esparcidos sobre los mosaicos. Uno de los empleados
daba vuelta la botella tratando de averiguar por dónde salía el líquido. apartó las piernas de O’Connell y se fijó si había quedado alguna
Bertoldi levantó un brazo e hizo la mímica de beber al seco. El gorila botella sana. Hablaban en su idioma y el irlandés pensó que si no
lo miró, interesado, gruñendo bajito, aspirando los mocos, golpeando conseguía explicarse a tiempo también él sería pasado por las armas.
estruendosamente el paragolpes contra un guardabarros del camión. El Quería advertirles sobre la traición de los soviéticos, pero no
negro que parecía mejor alimentado bajó un poco el vidrio y gritó alcanzaba a articular una palabra. Los negros lo tomaron de los
«gziga dum, gziga dum» y volvió a encerrarse. «Ya me vas a venir a brazos y las piernas y lo llevaron hasta el salón donde estaba también
pedir limosna, vos», pensó Bertoldi y siguió con el ademán del tipo el agente de seguridad inglés que O’Connell había capturado en la
que bebe de pie. Al fin, el mono lo imitó, pero una parte del whisky se oscuridad del museo. Tenía un parche sobre la cabeza, el pantalón
le deslizó por el brazo. El cónsul lo observó tragar y luego lamerse los abierto hasta la rodilla y la mirada perdida. El irlandés pensó que se
pelos con más curiosidad que gusto. Miró a su alrededor, calculando trataba de un herido en combate al que estaban curando para
hasta dónde podría llegar si salía corriendo de golpe. Pero el mono ya conducirlo ante los tribunales populares. Los ayudantes de cocina lo
estaba tendiéndole la botella. Pronunciaba una suerte de «ah» larga y dejaron en otro sillón y uno de ellos le preguntó si se sentía bien.
monótona. El cónsul bebió hasta quedarse sin respiración. El animal O’Connell asintió y se dijo, al verlos vestidos de un blanco impecable,
había dejado de estrellar el paragolpes contra el camión y esperaba, que los revolucionarios habían organizado un perfecto servicio de
complacido e impaciente. Bertoldi calculó que la botella estaría por la enfermería. El salón principal estaba desierto y le pareció evidente que
mitad y volvió a ofrecerla. Los movimientos del mono fueron más los blancos habían sido sorprendidos en medio del banquete. Oyó
precisos esta vez. otros dos balazos y comprendió que los juicios eran sumarísimos y
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El coronel sintió que su corazón se aceleraba. Sonrió para los Tomó mirando al cielo, largamente apoyando el pico sobre los
demás y deslizó una pregunta casi inaudible. dientes de abajo, hasta que se atoró y empezó a toser. El cónsul
recibió una lluvia de baba sobre la cara, pero no se movió. El mono
—¿Suficiente para volver a su guarida? arrojó el paragolpes contra el frente de una casa y fue a sentarse sobre
el guardabarros abollado. Al toser hacía un ruido lastimero y la nariz
—Afirmativo —respondió el teniente y levantó la voz para mojaba el piso como una canilla mal cerrada. Bertoldi quiso sacarle la
comentar que las armas le parecían poco precisas. Un camarero pasó botella, pero el gorila cambió la tos por un rugido y le tiró una patada
por las gradas sirviendo vino y champagne . imprecisa. Estuvieron un momento en silencio, estudiándose. Los tres
nativos apoyaban las narices contra el parabrisas del camión y no se
—Vaya y revele —dijo el coronel. perdían detalle. El mono tomó otro trago y entregó la botella. Bertoldi
trató de beber sin tocar el vidrio con los labios porque lo sentía
Tindemann bajó de la tribuna, se acercó a Monsieur Daladieu húmedo y pegajoso. Cuando devolvió la botella, sintió que todo
para avisarle que iba a cruzar el campo del honor, y antes de irse empezaba a girar a su alrededor y buscó un punto de referencia para
fotografió a Burnett y a Tacchi recargando las armas. El capitán mantenerse de pie. Un foco del bulevar lo hizo sentirse de nuevo en la
Standford, del servicio de inteligencia británico, había notado la tierra. El gorila chupaba estirando la trompa y movía la cabeza como
ausencia del oficial soviético. Mientras lo miraba alejarse por el si se dejara llevar por una melodía. Bertoldi encendió un cigarrillo y
sendero de lajas desplegando un paraguas impresentable en una fiesta empezó a silbar un tango tristón. Se bamboleaba. Pasaron el whisky un
de gala, llamó al teniente Wilson. par de veces más, mirándose a los ojos y sacándose la lengua. El
mono paladeaba las últimas gotas mientras el cónsul arrancaba una y
—¿Usted no nota algo extraño? —preguntó. otra vez Sur, paredón y después , sin que el siguiente verso le viniera a
la memoria. Por fin enganchó una luz de almacén y se derrumbó hacia
—Iba a decírselo, señor. A mi juicio las miras están torcidas. adelante en brazos del gorila. Estuvieron un rato cabeza contra cabeza,
hasta que el animal lo tomó de un hombro, lo apartó medio metro y le
—Me refiero al ruso. mostró la botella vacía. Bertoldi, de rodillas sobre el empedrado, la
puso boca abajo y abrió los brazos, apenado. El mono se golpeó el
—Va mucho al baño. pecho entonando un «ah» distinto, tal vez suplicante, y empezó a
desmoronarse suavemente, como una montaña de lana. Su cuerpo
—Está bien. Hágase cargo hasta que yo vuelva. ocupaba el ancho de la calle. Estaba boca arriba, mirando las estrellas,
jadeando, agitando los brazos como si tratara de atrapar una mosca o
de agarrarse a una liana que viene y va. El cónsul había logrado
El cuerpo de O’Connell aplastó una docena de cajas de
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ponerse de pie aferrándose al radiador del camión; patinaba en nuestra En la otra línea de la cancha, el commendatore Tacchi, que
marcha sin querellas por las calles de Pompeya , hasta que encontró usaba lentes sin montura, se preguntó si el inglés no estaría tomándose
los ojos de los negros que espiaban desde el otro lado del vidrio. Les las cosas demasiado en serio. Sentía que el agua le calaba hasta los
hizo una mueca de desprecio y se acercó al mono para ayudarlo a huesos y apenas podía levantar la pistola y apretar el gatillo. Estaba
levantarse. Hizo fuerza tironeándolo de un brazo, pero también él se parado de costado, como había visto hacer en las películas, de manera
fue al suelo y se puso a cantar a toda voz hasta que se quedó dormido. de escamotear el cuerpo a los disparos de su rival. Cada vez que
El gorila le dio unas palmadas en la espalda, se levantó a buscar la recargaba el arma tenía que secar los anteojos y volver a colocárselos
botella y encaró hacia el bulevar. con la cabeza gacha para impedir que se mojaran de nuevo antes de
Caminaba de costado, haciendo eses, levantando las patas apuntar. El cuerpo de Mister Burnett era considerable, pero el
endurecidas, así llegó a la barrera antiargentina. Al verlo llegar, los commendatore Tacchi no le hubiera acertado a un elefante. Odiaba las
soldados se refugiaron en la garita y uno de ellos empezó a hablar por armas y tenía un sentimiento romántico de la vida que lo hubiera
teléfono a los gritos. El gorila aplastó la nariz contra el vidrio blindado llevado, en caso de ser el ofendido, a dar por terminado el duelo al
y lanzó un chillido que parecía de súplica. Levantó la botella vacía, primer cambio de disparos.
retrocedió trastabillando, y se la llevó a la boca con un enredo de
locos. Cada tanto la tendía hacia donde había quedado el cónsul, como Durante la media hora inicial, el coronel Yustinov siguió el
si reclamara compañía. Estuvo así un rato largo, vacilando, igual que lance con asombro, mientras vaciaba una botella de Cabernet, pero
una palmera en la tormenta, hasta que estrelló la botella contra la luego empezó a impacientarse como el resto de los invitados que
garita. Después salió a la deriva, pateando cascotes, y llegó hasta un habían tomado ubicación en la tribuna. Cuando vio llegar al teniente
boquete que conducía al patio de la embajada británica. Tindemann, se dijo que al menos podría enviar a Moscú un informe
apoyado con documentos gráficos. El teniente plegó el paraguas, besó
la mano de Madame Daladieu que estaba en el primer peldaño y
subió entre la gente mientras los adversarios levantaban sus armas y
16 disparaban al mismo tiempo. Los espectadores movieron las cabezas
hacia los lados, comprobaron que Mister Burnett y el commendatore
Tacchi seguían en pie, y se pusieron a charlar y reír en ellos. Sin el
—Parecés un príncipe, Michel —dijo la mujer del monóculo repertorio italiano, la orquesta empezó a repetirse. El teniente
mientras contemplaba a Quomo con una sonrisa fija, llena de arrugas Tindemann se sentó al lado de su superior.
y colorete. Los labios eran tan rojos y los párpados tan azules que el
resto de la cara se le esfumaba detrás del lente. Lo que dijo atrajo la —El oso tiene su comida —dijo en voz baja.
atención de un hombre alto y corpulento que tenía la cara como una
suela de zapato. Lauri calculó que veinte años atrás había sido una
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—Ya le dije: es largo de contar. Brinde por mí y vuelva a la mujer hermosa y terriblemente snob .
civilización. Inclinaba la cabeza para mirar por el monóculo, como si
La muchacha miró el dinero y calculó que había de sobra para realmente lo necesitara. El hombre de la cara marrón contemplaba con
un billete a Copenhague. melancolía la llovizna del atardecer. Cada tanto, como si fuera un tic,
levantaba las dos manos a la altura del pecho y se miraba los puños
—Usted es un espía o algo así, ¿no es cierto? almidonados. Sobre un sillón estaba echado un gato ciego. Era de un
gris claro y suave y tenía los ojos entrecerrados. Quomo se agachó
El cónsul ya estaba de pie y se acercó a besarla en una mejilla. frente a él y le tocó los bigotes. El animal se levantó y lo acarició con
todo el cuerpo.
—A su lado me estaba sintiendo James Bond.
—Ah, viejo Saturno —susurró Quomo—, mi buen oráculo, no
Le temblaban los labios mientras iba hacia la escalera de me guardes rencor.
servicio. Cuando pasó junto a la rubia, el paralítico estiró un brazo e
intentó agarrarlo del saco mientras gritaba: Luego le pasó la mano por la cabeza y se volvió hacia el
argentino.
—¡Ahí está! ¡Policía! ¡Ese es el falsificador de Moscú!
—Este me siguió en unas cuantas batallas, pero ya no está para
esas andadas. Cuando Khomeini nos echó de Teherán fue el último en
Después de cargar la pistola por sexta vez, Mister Burnett
salir. Mire qué perfil.
estuvo a punto de dejar de lado las formas y pedir los anteojos. La
lluvia le impedía ver al italiano, diluido al otro lado de la red, y temió
—Ya casi no come —dijo la mujer del monóculo.
que el azar viniera a jugar en contra de su honor. Uno de los
pistoletazos del commendatore Tacchi había destrozado una pata de la
Quomo le acercó la cara y contuvo la respiración. El gato se
mesa de arbitraje y Monsieur Daladieu tuvo que parapetarse detrás de
levantó, atento como si contara las gotas de la llovizna sobre el jardín,
una palmera. Después de cada disparo, el francés salía de su escondite,
y le acercó el hocico a una oreja.
comprobaba que los adversarios no se hubieran producido heridas y
preguntaba al inglés si su honor estaba satisfecho. Mister Burnett
—¿Ves, Florentine? Me dice que volveremos a vernos.
decía que no, pero no se animaba a pedir los anteojos. Siempre los
Tampoco esta será la última vez.
usaba en su despacho, o para salir de caza, pero esa noche, indignado
y dolido, había olvidado mandarlos a buscar.
—¿Por qué viniste? Empezaba a olvidarte…
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noche su vida sería siempre así. Acomodó la silla de la adolescente y
Hablaba con un lejano acento eslavo y Quomo parecía a punto en voz muy baja, con un billete de cien dólares en la mano pidió un
de soltar una lágrima. bouquet de rosas de Holanda. La muchacha sacó un cigarrillo y
Bertoldi le dio fuego mientras acostumbraba la vista a la oscuridad y
—Qué fácil se dice eso, Florentine. Olvidar. ¿Acaso ese infeliz el oído al ruido de la lluvia. Entonces, disimulado en un rincón,
consiguió que me olvides? detrás de la mesa de los postres, distinguió el brillo de los cromos de
un sillón de ruedas. El corazón le dio un vuelco y movió la cabeza
El hombre de la cara marrón dejó de mirar a través del vidrio y hacia el perchero donde colgaba, robusto e inconfundible, un solitario
se movió hacia el negro para mostrar su dignidad herida. Los sombrero tejano.
movimientos eran forzados, como si repitiera una comedia de la que
conocía el final. Florentine hizo un gesto imperioso con los dedos y el La adolescente advirtió que Bertoldi se había quedado
hombre se detuvo a mitad de camino. Lauri lo vio sacar una cigarrera petrificado y buscó entre la gente alguna cara de mujer alterada por los
de oro y lo imaginó tomando Martinis y bronceándose al borde de celos. Todas parecían indiferentes, salvo una rubia que mascaba chicle
una piscina. y abría las rodillas para que el paralítico arrugado como un chimpancé
—¿En qué sueño vas a meterte ahora, Michel? —dijo ella, le metiera la mano en la entrepierna. La rubia dijo «oia», sacudió el
compungida, y puso la mano para que el hombre le colocara un brazo del hombre arrugado y señaló la mesa donde el camarero
cigarrillo entre los dedos. El bronceado le dio fuego y ella besó a entregaba un ramo de rosas rojas a la adolescente casi desnuda. Los
Quomo en una mejilla. tres cowboys que acompañaban al paralítico dejaron los tenedores. El
cónsul se cubrió la cara con una mano, pero era consciente de la
—Feliz cumpleaños —susurró, y se le achicaron los ojos. inutilidad de su gesto. El tejano divisó un momento entre la
semioscuridad, sacó unos anteojos del bolsillo de la camisa y, se los
—¿Ves que te acordás? Con lluvia. Dónde sea, pero con puso sin mover la otra mano de las piernas de la rubia. Bertoldi sacó
lluvia… unos cuantos billetes y los dejó bajo una copa.
—Ya vienen las chicas, Michel. —Lo lamento —dijo—, acabo de acordarme que tengo algo
muy urgente que hacer. Ojalá nos hubiéramos conocido en otra
—No me importan las chicas. No esta vez. Quería verte. Este circunstancia.
amigo va a acompañarme en un largo viaje, Florentine.
—¿De qué huye?
—¿Cómo están tus hijos?
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—Usted parece Donald Sutherland después de un terremoto. —No sé, no he vuelto a verlos. ¿Está abierta la mesa?
¿Lo ofendo?
—Para una sola bola.
—Para nada. ¿Quiere ver el menú?
—Arriba hay un comedor más privado. ¿Nos alcanza la plata? —De acuerdo.
—Nos sobra. Podemos tirar manteca al techo, si quiere. Fueron detrás de la mujer, que caminaba lentamente con la
espalda agobiada. Saturno subió las escaleras a los saltos, con la cola
—Yo canto contra la gente rica. ¿No le molesta? levantada. Lauri se volvió a mirar los espejos y los vastos ambientes
desolados y tuvo ganas de salir de allí. El hombre de cara marrón
—¿Por qué? Me gustaría escucharla. corrió la tela que cubría la mesa e hizo girar el disco con un gesto
profesional. Tenía la cara tensa y se miraba los puños de la camisa.
—En una de esas… Cuando tomo mucho hago tonterías y
después no recuerdo nada. Sobre todo si necesito un billete de avión. —¿Cuánto, Michel?
Sentada parecía toda desnuda. El cónsul se levantó sonriendo y —Diez mil dólares.
fue a guiar el movimiento de la otra silla. Un olor fresco le llegó desde
el cabello de la muchacha y le produjo un mareo agradable y fugaz. —Es mucha plata.
Caminaron juntos, casi tocándose las manos. Al pasar frente a la barra,
Bertoldi tiró unos cuantos billetes sin contarlos y siguió, airoso, el —Si la casa no responde.
camino hacia los ascensores.
—Siempre te respondió.
Cuando llegaron al último piso ella se había dejado rozar las
yemas de los dedos y conservaba la sonrisa con naturalidad. Se detuvo —El dieciocho.
un instante a mirar el aguacero que golpeaba los cristales de la terraza
y el cónsul aprovechó la llegada del maître para tomarla de un brazo. Florentine hizo un gesto y el hombre arrojó la bola. Lauri sintió
Tuvo la sensación de estar tan lejos de O’Connell y de Bongwutsi que la respiración se le aceleraba. Hizo unos pasos silenciosos y se
como si ya hubiera atravesado el océano. Señaló una mesa que parecía acercó mientras la bola daba los últimos saltos.
suspendida entre las luces de las colinas y se dijo que desde esa
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—Colorado el dieciocho —dijo el hombre con voz amarga.
—¿El que tiene plata hace lo que quiere?
Florentine se llevó la mano a la cara con un movimiento
interminable y se quitó el monóculo. Tenía la mirada perdida en algún —Algo así.
punto de la pared.
—No le creo. Parece que viniera de la guerra. El cónsul se rio y
—Ojalá te dure la suerte —dijo. miró a los costados.
Hizo un gesto al hombre bronceado y este abrió la caja fuerte. —Soy argentino —dijo orgulloso, pero la adolescente no
Contó una pila de francos franceses y se los alcanzó a Lauri, que los parecía enterada—. Y usted, ¿qué hace aquí?
guardó en un bolsillo del saco. Florentine caminó alrededor de la mesa
y extendió un brazo, Quomo la tomó de la mano y fueron hacia la —No creo que le interese.
escalera. Ella recostó la cabeza sobre el hombro del negro y bajaron
muy despacio, sin hablarse. Lauri se demoró un momento para tomar —Me interesa.
distancia. El otro cerró el cofre e hizo girar de nuevo el tambor de la
ruleta. —Bueno… Suponga que llegué a Bongwutsi con un conjunto
de rock a buscar sonidos nuevos y que los negros se comieron a los
—No lo envidio —dijo, y se mordió los labios. otros…
—Viene cada dos o tres años a remover las heridas. Alguna vez —Suponga, si no, que tuvimos una discusión por celos, y esas
pensé en matarlo, pero no vale la pena; otro se encargará de hacerlo. cosas, y que a la baterista se le fue la mano con el whisky y con el
Trate de estar lejos, porque no van a tirarle con un simple revólver. porro. Cuando se despertó los otros habían tomado el avión sin ella.
¿De dónde sacó la plata?
—De acuerdo, siempre hay un avión que se va sin nosotros.
—No sé, no soy de preguntar.
—¿Me cree?
Cuando volvieron al salón de los espejos los encontraron
abrazados. Quomo le acariciaba los cabellos y hablaba en voz muy —Claro que le creo. ¿Qué le parece si cenamos y me cuenta
baja. Saturno había vuelto a su sillón. toda la historia? Hace tiempo que quiero probar la langosta.
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con un gesto y tomó la botella con una servilleta. Había empezado a
aflojar el corcho cuando tuvo la sensación de que desde las otras —Ahora tengo que irme, Florentine —dijo Quomo y la acarició
mesas se volvían para mirarlo. Quizá eran las ropas ordinarias o sus con dulzura. Ella esbozó una sonrisa apenada.
gestos torpes los que llamaban la atención, pero ya no recordaba con
qué movimientos se abría el champagne . Forcejeó un momento, —Un día voy a ganarte —dijo—. Entonces vas a estar viejo y
tratando de mantener la conversación y una sonrisa, hasta que el cansado y voy a ponerte tres o cuatro chicas que no te dejen salir de la
corcho saltó con un ruido que quedó flotando en el salón y los cama. A cierta edad el único sitio posible es una buena cama, Michel.
comensales volvieron a sus platos y a sus murmullos monótonos. El
cónsul llenó las copas hasta la mitad, como supuso que debía hacerse. —Prometido —dijo Quomo. Después tomó el gato en sus
Un delgado hilo de agua corrió sobre la etiqueta del Cordón Rouge y brazos y lo llevó hasta la puerta.
fue a caer sobre el pantalón, mientras la muchacha miraba al cónsul
como quien hace un hallazgo curioso. —A veces me pregunto por qué lo sabe todo —dijo, y lo dejó
en el suelo. Florentine lo besó en los labios mientras el otro hombre
—¿Hace mucho que está en este basural? —preguntó y prendió espiaba desde la escalera.
un cigarrillo largo y muy fino.
—Lo suficiente para arruinar a un hombre —respondió —Pareces un príncipe —repitió ella y cerró la puerta
Bertoldi y levantó su copa—. Permítame brindar por este encuentro. lentamente, como si temiera perderlo del todo.
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junto a la puerta, un papel doblado en dos. Reconoció el perfume y la tropezaba con bolsos y trofeos de caza mientras apartaba todas las
letra menuda de Daisy, que le pedía que se reuniera enseguida con ella maletas oscuras y se agachaba a mirarles de cerca el número de
en la caballeriza de australianos. consigna. Bertoldi recorrió la pila con ojos ansiosos hasta que
descubrió un bulto azul con el cerrojo saltado. El corazón le dio un
Se dio una ducha y cuando fue a lavarse los dientes reparó en el vuelco y mientras levantaba un dedo tembloroso para señalar el lugar,
otro cepillo y en un tubo de dentífrico que no era suyo. Entonces se sintió un súbito dolor en las muelas. El empleado se acercó, comparó
acordó de las Malvinas y del irlandés. Se sentó al borde de la el número del ticket con el de la etiqueta y empezó a tirar de la manija
bañadera, con los ojos fijos en los azulejos, y se preguntó con qué como si quisiera hacer avanzar a un elefante. Bertoldi saltó por encima
pretexto había salido Daisy de la embajada. Al mirar el reloj llegó a la de la balanza y quiso darle una mano.
conclusión de que se trataba de algo grave, más grave todavía que la
guerra, y lamentó no haber regresado a una hora más apropiada para —¡No blanco adentro! —gritó el botones y Bertoldi se mordió
recibir mensajes de urgencia. los labios pensando que era la segunda vez en la noche que un negro
lo echaba de alguna parte. Volvió al otro lado del mostrador y observó
los forcejeos del hombre con las manos crispadas. Por fin la maleta
El taxi los dejó en la puerta de Maxim’s. En el trayecto, Lauri zafó, aplastada y deforme, y el negro la echó sobre el mostrador.
no se animó a preguntar nada sobre lo ocurrido en el palacete de Bertoldi vio, con alivio, que la otra cerradura seguía en su lugar y fue
Florentine. Le entregó a Quomo el dinero que había ganado a la ruleta hasta el ascensor cargando las dos valijas.
y lo felicitó por su cumpleaños.
El gerente le dio otra vez la bienvenida, como si fuera un viejo
—No, no es hoy —dijo—. Nada que ver; ella confunde todas cliente y le ofreció una habitación con vista al lago. El cónsul pidió
las fechas. que le reservaran un lugar en el ómnibus para Tanzania y dejó que le
subieran el equipaje mientras terminaba de llenar la ficha.
Se sentaron a la mesa y Quomo pidió entrada de palmitos con
salsa golf. Mientras el camarero servía el vino, Lauri intentó abrir la Una vez en la habitación puso la ropa a secar, abrió la valija y
conversación. se sentó a mirar los billetes. Estuvo inmóvil un cuarto de hora y
luego cambió de posición para contemplarlos desde otro ángulo. Las
—La dama parecía simpática. muelas habían dejado de molestarlo y se sentía protegido y sereno.
Encendió un cigarrillo y abrió la maleta que había traído del
—Tuvimos un romance hermoso y desgraciado. Su marido consulado. Puso el retrato de Estela sobre la mesa de luz y le prometió
había muerto en la guerra y nos conocimos en un tren. Ella iba a jugar que regresaría a buscarla antes de que echaran sus restos a la fosa
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que alguna vez Moscú les había enviado la foto de ese hombre. Se al casino de Deauville y me pidió que la acompañara. Perdió
arrodilló, agitado, y le quitó el paquete; al azar tomó una de las cartas cincuenta mil dólares en un rato y después, cuando yo los recuperé,
y la leyó con la misma dificultad que siempre había tenido para el fuimos a emborracharnos y a hacer el amor en la playa. Tenía mucho
inglés. Encontró un verso en el idioma de los cubanos y algunos dinero, pero por principio se escapaba de los hoteles sin pagar.
nombres que seguramente serían seudónimos. Revisó otros Conocía todos los trucos: el incendio, la inundación, la valija
manuscritos y vio que todos estaban dirigidos a Daisy, que bien podía vacía… En ese tiempo trabajaba para la KGB y los yanquis la
ser la clave de Margaret Thatcher. Las diferentes firmas no podían agarraron en Berlín, en el 67. Después hizo algún arreglo raro y la
confundirlo: Faustino, Bebé, Gatito Goloso, le revelaban la remanida dejaron libre. Tal vez se haya retirado de la profesión, pero no podría
treta de la carta de amor. Había descifrado decenas de ellas en jurarlo. Cuando los rusos llegaron a Bongwutsi sabían demasiado de
Birmania, Irak y Angola. Guardó el paquete y revisó los bolsillos de mi vida sexual y siempre me quedó la intriga.
O’Connell. Encontró algunos restos de cables, dos relojes de cuarzo,
un plano hecho a lápiz y cincuenta libras que de inmediato reconoció —¿La ama todavía?
falsas.
—Claro que sí. Me hubiera gustado quedarme un tiempo con
Se guardó todo, recogió el revólver, y apagó la linterna con la ella, pero no estoy seguro de que no trabaje para algún servicio. Ese
convicción de que había encontrado algo que interesaría a la KGB. infeliz que regentea el casino haría cualquier cosa por dinero.
Enderezó otra vez el cuerpo desbaratado del irlandés, lamentó
sacrificar semejante fuente de información, y lo empujó por el hueco —En la mesa de al lado hay un árabe que nos mira mucho —
de la ventana. señaló Lauri.
Mientras caía, O’Connell pensó que de todos modos el cónsul Quomo levantó la vista. El hombre llevaba un turbante con una
no tendría nada que temer. A esa altura Mister Burnett ya debía estar piedra preciosa sobre la frente y aprovechó el cruce de las miradas
camino al pelotón de fusilamiento. para saludar al negro. La mujer que estaba con él era occidental y
llevaba anteojos de secretaria.
—Eso es un error grave. A Marx yo lo hacía leer en las Tindemann empezó a pensar que los búlgaros se habían
escuelas. confundido al entregarle el paraguas: tal vez en lugar de la droga de la
verdad, le habían dado el de la euforia paralizante. Para confirmarlo
—¿Y usted cuándo lo estudió? hizo a O’Connell una pregunta de respuesta obvia: ¿reconocía ser
súbdito de la corona británica? O’Connell volvió a negar con un ojo
—Cuando vine de joven a París. Me lo contó una amiga perdido en el techo y el otro apuntando al cesto de los papeles. El
ugandesa. soviético maldijo a los servicios de Bulgaria y pensó que debía bajar
de inmediato si quería llegar a tiempo para tomar una foto del duelo.
—Qué le contó.
Miró hacia la cancha de tenis donde los embajadores cargaban
—Marx, completo, íbamos al jardín de Luxemburgo a las las armas. Tenía que deshacerse del británico y le pareció que lo más
tardecitas, nos sentábamos en un banco y ella empezaba: La sagrada adecuado sería arrojarlo por la ventana. Lo arrastró por la alfombra
familia, capítulo primero. Y me lo contaba. El capital , libro primero, mientras O’Connell lo miraba, decepcionado, pensando que los
volumen tres: Génesis del arrendatario capitalista . Nos quedábamos soviéticos empezaban con las purgas aun antes de la victoria. El
hasta la noche, comíamos un bocado en un bistrot y me seguía teniente lo enderezó, le pasó las manos por debajo de los brazos y
contando. Yo la escuchaba alucinado, imagínese, nunca había oído tocó, a través del chaleco, el paquete con las cartas del cónsul
nada parecido. Después yo mismo di cursos y lo conté mucho. Bertoldi. Tuvo un momento de duda y luego una corazonada. ¿Se
había topado, acaso, con el propio correo del Foreign Office? Dejó
—¿Está seguro de que se lo contaron bien? caer el cuerpo, prendió la linterna y le miró la cara. Estaba seguro de
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se precipitó a la ventana. Apenas insinuadas por el resplandor,
distinguió dos siluetas de pie bajo las gradas de la cancha de tenis. En —No sea cínico. El conocimiento se transmite por la palabra, al
la galería varios sirvientes negros se servían champagne y vaciaban menos entre nosotros. Cuando tomé el poder fui a dar una charla sobre
las botellas de vino en cantimploras. Reían, y un camarero gritó La reproducción y la circulación del capital a la Academia de Artes y
«¡Mister Burnett se jodió!» al mismo tiempo que repartía bocaditos en Ciencias de Moscú y los expertos se reventaron las manos de tanto
la fuente de plata. aplaudir.
—¿Quién cayó? —preguntó Tindemann, y se acercó a la —Hay que cuidarse de los musulmanes. Son fanáticos del
ventana. orden.
«Se sublevaron los negros», pensó el irlandés y se deslizó al —¿Y qué pasa con usted? ¿Acaso no piensa imponer una
piso. El teniente lo sujetó de un brazo y lo acomodó contra la caja dictadura del proletariado?
fuerte. O’Connell vio, como entre sueños, que el ruso retrocedía y le
alumbraba la cara. Entonces lo ganó un sentimiento de infinito —Sí, pero contra el orden. En una revolución cada uno hace lo
bienestar y pensó en Quomo y en el levantamiento popular. Sintió que que quiere, menos explotar a los demás. Eso lo discutí mucho con los
el corazón le latía con fuerza y tuvo ganas de salir al jardín a unirse rusos.
a los revolucionarios. Imaginó que pronto comenzaría la marcha hacia
el palacio imperial y lamentó haberse quedado sin energía y sin voz —Es decir que usted propone el gobierno del desorden.
para aportar su experiencia. Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero
no supo si era de impotencia o de alegría. A su lado todo se hacía —Absolutamente.
difuso. Oyó dos disparos más, casi simultáneos, y apenas pudo
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—Pero para organizar la producción, por ejemplo, hace falta traba y la abrió. Más allá de la piscina vio las sombras apuradas de los
que las cosas estén en su lugar, que cada uno cumpla con su función, blancos que corrían bajo la lluvia. Cuando desaparecieron de su
que todo el mundo trabaje. vista, escuchó a un nativo que llamaba a otros y les avisaba,
alborozado, que por fin habían llegado las armas. Otros negros
—No señor, el que quiere trabaja, y al que no, se le garantiza la aparecieron corriendo por el parque, conversaron un momento entre
subsistencia. ellos y fueron detrás de los blancos. O’Connell miró su reloj y
comprobó que apenas había pasado media hora desde su ingreso a la
—¿Usted cree que con ese plan va a recibir ayuda de otras embajada. De pronto oyó un ruido en el despacho contiguo.
organizaciones? Avanzó en la oscuridad, levantó el seguro del revólver y
sostuvo el paquete de cartas que se le resbalaba entre la ropa. La
—No soy tan iluso. Hablé con el IRA, con el ETA, con el oficina del agregado militar de la OTAN estaba cerrada, pero
Polisario, pero son todos iguales: generosos pero solemnes, O’Connell sintió que alguien se movía al otro lado. Retrocedió, crispó
aburridísimos. En eso debo confesar que estoy solo. el dedo sobre el gatillo y abrió la puerta de una patada.
Al salir levantó la luz y descubrió la oficina del agregado naval. Lauri volvió a la mesa y aprovechó para saludar al árabe, que lo
Puso la linterna en un bolsillo, lo pensó un momento, y le pareció seguía con la mirada.
que era un buen lugar para colocar el explosivo. Entornó la puerta y
vio el resplandor de la piscina a través de un vidrio salpicado por la —Todo en orden —dijo.
lluvia. Preparó trotyl, le agregó un reloj calibrado y disimuló el bulto
bajo la biblioteca. Iba a salir de la oficina cuando percibió una luz en A Quomo se le iluminó la cara.
el pasillo. Contuvo la respiración, pero solo pudo oír la lluvia y el tic —Seguimos con suerte. Pida la cuenta.
tac de la bomba. Se preguntó si el agente de seguridad inglés podía
haberse recuperado tan rápido, o si lo habían encontrado en el jardín y
Lauri hizo una seña al maître y encendió un cigarrillo.
ahora eran otros quienes lo buscaban. Fue hasta la ventana, corrió la
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—Usted que lo puede ver de frente, ¿cuánto le parece que
pesa? —preguntó Quomo. —¿A usted le parece que Quomo va a tomar el poder?
—El qué. —El coronel le tiene fe. Vamos a entrar a Bongwutsi en Rolls,
yo al volante, usted al lado mío y los negros en el lugar de honor,
—El diamante. como corresponde. Lo que me preocupa son los mosquitos. Habrá que
andar con las ventanillas cerradas porque me dijeron que allí son
—Ni idea, pero es grande como una nuez. grandes como pájaros. ¿Conoce la selva?
Quomo dejó cuatro billetes en la bandeja y se puso de pie. —Estuve en el monte, pero supongo que no es lo mismo ¿Qué
armas traemos?
—Disculpe la intromisión, Monsieur —dijo acercándose al
árabe— pero me pregunto si no nos hemos conocido en Bagdad. Mi —Las que tenía a mano. Como los chiitas están en plena
nombre es Michel Nakuto, industrial de Bongwutsi. ofensiva nosotros nos tenemos que conformar con lo que nos
devuelven los alemanes y los vascos.
—Es posible —dijo el árabe, que no parecía sorprendido—. Si yo hubiera sabido que Quomo empezaba la campaña le
Sultán Alí El Katar, presidente de la Corte Suprema de Justicia de preparaba algo mejor. La verdadera revolución de este hombre es el
Kuwait. desalcoholizado.
—Ahora veo —dijo Quomo—. Es su fotografía en los diarios —No me diga que usted cree en eso.
que me quedó grabada. Este es el señor Lauri, encargado de negocios
de la República Argentina, desgraciadamente en guerra. Ahora le —El coronel cree. El futuro es de los negros, Lauri, lo dice el
ruego que me disculpe… Libro Verde.
—Un momento, Monsieur … ¿me concederían el honor de —Puede ser, pero es de temer que ese capítulo también lo haya
compartir un té con ustedes? escrito Quomo.
—Con todo gusto. Pero quisiera tener el placer de ser yo quien —¿Qué más da? Ahora si me permite voy a echar un vistazo al
lo invite a tomar una copa. radar: nos estamos internando demasiado en el Sahara y si seguimos
así, vamos derecho a La Meca.
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salvavidas y la ubicación de las puertas de emergencia. Durante el —No, por favor, nada de alcohol para mí.
decolaje, Lauri cerró los ojos y recordó la mirada suplicante del
Pianista de la Utopía Inconclusa. Podía oír, mientras el avión se metía —Justamente, yo iba a sugerir un lugar donde se prueba el
entre las nubes, la melodía del minué sin final que él mismo estaba mejor whisky desalcoholizado.
silbando por lo bajo. Agitó los cubitos en el vaso y bebió el último
trago. El aparato se sacudió un poco, pero el argentino estaba seguro —¿Eso existe?
de que Quomo sabía lo que hacía y se dejó llevar por la modorra.
—Por supuesto, en Place des Vosges, un rincón propiedad para
Se despertó cuatro horas después, cuando volaban sobre un un puñado de amigos.
desierto marrón que se diluía en el horizonte. El sultán estaba a su
lado, con la cara pegada a una ventanilla. Por la puerta de la cabina, —¿Sin alcohol?
Lauri vio la espalda de Quomo que iba al mando del aparato.
—Solamente queda el sabor. El Islam no prohíbe el sabor a
—Libia —dijo El Katar. Tenía una sonrisa beata y el turbante whisky, ¿verdad?
le caía sobre la frente arrastrado por el peso del diamante.
—Bueno… nunca me lo había preguntado.
—¿Conoce Libia? —preguntó Lauri y se sirvió una Coca-Cola.
Quomo abrió los brazos, miró a la mujer de anteojos y le
—¡Si conozco…! Fíjese allá, aquella mancha verde, ese oasis dirigió una sonrisa luminosa.
lo perdimos tres veces y otras tantas lo volvimos a recuperar. Apenas —Permítanme que los invite, entonces. Tengo curiosidad por
teníamos tiempo para tomar un poco de agua que ya se nos venían saber si además de haberlo visto en los periódicos, no nos conocemos
encima con los Harrier y los tanques. Diga que los beduinos como de la Guerra de los Seis Días.
tanquistas son un desastre y cuando los atropellamos con los camellos
se quedaron encajados en las dunas y se rindieron enseguida. —¿Usted estuvo allí?
—¿Estaba el tal O’Connell allí? —Como piloto voluntario, pero lamentablemente al quinto día
—No, él estaba en la columna del coronel Kadafi. Yo no lo de combate los judíos me derribaron en el Sinaí.
conocí, pero en Trípoli todavía se habla del personaje porque quiso
convertir a los bereberes al catolicismo. Creo que el coronel lo deportó —Pida el coche, Mariè-Christine —dijo el sultán—. Si los
al Chad. suizos inventaron el café descafeinado, ¿por qué este hombre no puede
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haber descubierto el alcohol desalcoholizado? rechazó la objeción y pidió a los rivales que se reunieran en el campo
de tenis. Ni bien oyeron la orden del francés, los invitados pasaron la
voz y corrieron a buscar un lugar en la tribuna.
Antes de verla con la valija, cuando la oyó decir su nombre en
la oscuridad, el cónsul supo que ese sería su último encuentro con Cuando el coronel Yustinov comprobó que hasta los sirvientes
Daisy. Más tarde, mientras hacían el amor y se buscaban los ojos a la abandonaban el edificio de la embajada, concibió la idea de que el
luz de la linterna, ella le dijo que no lo olvidaría jamás. En esa teniente Tindemann fuera a echar un vistazo a las oficinas del
caballeriza se habían contado secretos y jurado días imposibles, como agregado militar de la OTAN.
si tuvieran una vida por delante. Se abrazaban besándose las pupilas,
adivinando los contornos de los cuerpos en la penumbra y en noches Mariè-Christine los esperaba en Orly con los pasaportes, el
serenas y estrelladas murmuraban promesas que se desvanecían con brevet de piloto para Quomo y cuatro cajones sellados como valija
el último beso. A veces, ganado por la melancolía, el cónsul evocaba diplomática. En la bodega del avión había un lugar especial para el
vías y terraplenes, baldíos y amaneceres que Daisy trasladaba en su Rolls Royce y la secretaria no dejó que le vaciaran el tanque de nafta.
imaginación a los desolados suburbios de Liverpool, donde había sido El sultán entregó su plan de vuelo hasta Riad y se despidió de la
joven y rebelde. francesa besándole la mano en la que acababa de colocar un anillo con
Repetían cada vez las mismas obsesiones, remotas e inasibles, una esmeralda grande como un garbanzo.
los mismos deseos de atrapar la lejanía y el tiempo que los disecaba
irremediablemente. La última noche, recostada en la hierba seca, El interior del Boeing estaba preparado como una suite de
Daisy no pudo sofocar un sollozo y una maldición contra la vida. El hotel, con dos dormitorios y una sala de juego. Los baños eran iguales
reflejo de la luz sobre la cara le daba un aire de madona envejecida. a los de los aparatos de línea, pero decorados con sentencias del Libro
Abrazó al cónsul con todas sus fuerzas y le pidió que le enviara a de las mil y una noches. Al pasar frente a la ruleta, Lauri hizo girar el
Londres las cartas que había dejado en el buzón del consulado, tambor como al descuido. Desde la escalerilla, Quomo gritó «negro el
convencida de que para borrar de su vida al marido tenía que olvidar quince», y apareció en la puerta mordiendo una manzana. La bola hizo
también al amante. Bertoldi fingió comprenderla, pero al amanecer, una última finta y se detuvo en el número cantado. Sonriente, Quomo
mientras la acompañaba por el sendero del bosque, se dijo que nunca pasó frente al argentino, le dio una palmada en un hombro y siguió
se las enviaría, porque ella no lo deseaba de verdad. Se sentía tan hacia la cabina de mando.
abatido que cuando Daisy llamó un taxi ni siquiera le preguntó a qué
hora salía el avión. Chemir y Lauri buscaron en vano una botella de alcohol y al fin
Le dio un beso en la mejilla, ayudó al chofer a poner la valija se sirvieron una naranjada antes de ajustarse los cinturones de
en el baúl y se quedó parado en la vereda mirando el coche que se seguridad. Por el parlante, el sultán explicaba el uso de los chalecos
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mientras el agua se le deslizaba por entre las suelas de los zapatos, y alejaba.
recién entonces advirtió que había olvidado las reglas aprendidas en la
escuela de Saint-Cyr. Sabía que llovería durante varios meses pero no La caballeriza quedaba a dos kilómetros del consulado, pero
recordaba ningún duelo a pistola que se hubiera celebrado bajo techo. para esquivar la zona de exclusión Bertoldi tenía que caminar unas
Entonces le pareció que el lugar más apropiado sería la cancha de treinta cuadras. Prefirió, entonces, internarse en el bosque y bordear el
tenis, donde al menos los invitados podrían guarecerse bajo la tribuna. lago. Tenía el cuerpo pesado y el ánimo abatido. Sentía que con la
El francés hubiera preferido que Mister Burnett y el commendatore partida de Daisy, la muerte de Estela volvería a ocupar toda su vida.
Tacchi usaran la nobleza de la espada para lavar la afrenta a primera Al pasar frente al embarcadero viejo le vino a la memoria el atardecer
sangre, pero el británico se negaba a entrar en razón. Los camareros, en que subieron por primera vez a un elefante. Dos nativos que
de rigurosa etiqueta, sirvieron champagne y bocaditos en la galería. La regresaban a una aldea del norte les hicieron un lugar y se internaron
orquesta había retomado a Strauss y el tintineo de la lluvia en la selva por un camino de cazadores. Los otros animales se
desapareció detrás de los violines y las flautas. Mister Burnett se apartaban a su paso y solo los insectos de luz y las mariposas los
enjugó la frente y el cuello con un pañuelo y avisó a Herr Hoffmann acompañaban en la marcha. El andar del elefante era tan suave que
su intención de apuntar directamente al corazón del italiano. Desde el tuvieron la sensación de ir sobre una nube que se desplazaba entre el
día en que encontró el prendedor de Daisy en el establo de los follaje y las flores. En el viaje fumaron tabacos nuevos, y soñaron
australianos, sentía que algo había muerto dentro de él, aunque nunca despiertos con lo que nunca soñaban dormidos. Desde entonces Estela
supuso que su mujer sintiera tanta vergüenza como para escapar a empezó a creer, como los nativos, que las pesadillas venían del diablo
Londres. y se despertaba espantada y sin coraje para nada.
El oficial francés llegó con una caja de pistolas y Daladieu lo En ese tiempo ya conocían a Daisy, pero el cónsul no sospechó
interrogó sobre las propuestas de los padrinos. El agregado naval nunca que un día sería su amante. Estela le contó la travesía a lomo de
estimó que los veinte metros pedidos por Burnett eran menos elefante y Daisy se sorprendió de que hiciera un mundo de tan poca
mezquinos que los treinta propuestos por Tacchi, pero al mismo cosa. Los ingleses salían en safari todos los meses y la señora Burnett
tiempo observó que iluminar el parque sería como rebajarse a montar no recordaba otra cosa que el asedio de los mosquitos y la tediosa
un espectáculo de circo. Daladieu encontró las sugerencias espera hasta que aparecía la presa. Era raro que el embajador volviera
razonables y decidió hacerlas suyas. con una pieza mayor porque tenía muy mala puntería y se quedaba
dormido sobre el mantel del picnic ni bien los negros retiraban la
El inglés eligió el arma y se levantó de un salto, apurado por vajilla del almuerzo.
terminar con su adversario. El italiano, que nunca había disparado un
tiro, insistió en la cuestión de la distancia, pero Monsieur Daladieu Tal vez si Daisy le hubiera contado lo ocurrido con el gorila en
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la embajada británica, Bertoldi no habría sentido un vago sentimiento attend! —Luego puso una mano sobre el hombro del embajador
de compasión por Mister Burnett. También él conocería ahora el británico.
silencio de las piezas vacías, sabría que esos cabellos enredados en la
rejilla del lavatorio solo podían ser suyos, dejaría siempre encendida —Mister Burnett, tenga la bondad de nombrar a sus padrinos.
una luz en otra habitación, revolvería cajones en busca de fotos y El inglés estaba todavía tocándose la mejilla ofendida.
cartas que antes le hubieran parecido sin importancia. O, como hacía —Cualquiera, pero que el duelo sea a pistola —dijo—. Quiero
el cónsul, dejaría una canilla abierta en la cocina mientras andaba por terminar de una vez por todas con este aventurero.
la casa.
Bertoldi fue a la costa por un camino de piedras azules. Las El maestro de ceremonias ordenó a la orquesta que llevara los
iguanas iban a refugiarse bajo las plantas y de pronto la marea instrumentos bajo la glorieta y suprimió a Rossini del repertorio para
depositó un bulto sobre la playa. Se acercó a mirar y halló un perro garantizar la imparcialidad más absoluta en el campo del honor. El
muerto, hinchado a reventar, con la boca abierta y los ojos coronel Igor Yustinov se acercó al teniente Tindemann y le indicó que
desorbitados. Estuvo largo tiempo allí, rodeado por las olas, fuera a informar a Moscú de la desavenencia surgida entre los aliados
mojándose los zapatos, pensando que tal vez alguien lo había arrojado y al mismo tiempo, recogiera la cámara fotográfica. El coronel, que
de un barco y el animal no pudo encontrar la orilla. no había presenciado nunca una muestra tan pintoresca de la
decadencia capitalista, se abrió paso entre los diplomáticos y sus
Al llegar a su casa fue derecho al buzón donde estaba el mujeres para seguir de cerca los preparativos del duelo.
paquete que había dejado Daisy. Lo puso sobre la mesa y abrió un
postigo para que entrara la luz. Un pedazo de vidrio roto cayó al Monsieur Daladieu dejó a los rivales separados en la galería y
suelo y una lagartija asomó la cabeza por el agujero de la ventana. ordenó al agregado naval que trajera las mejores armas de su
Ahora eran varios los grillos que cantaban en la habitación. Se echó en colección. Mister Fitzgerald y Herr Hoffmann padrinos del inglés,
el sofá y cerró los ojos, pero no pudo apartar de su cabeza la imagen propusieron que los adversarios dispararan a veinte metros de
del perro ahogado. Buscó en el cesto de los papeles y encontró una distancia. El portugués Lope Carvalho y el holandés Larsen,
colilla de la que sacó un par de pitadas. Los grillos estaban apoderados del commendatore Tacchi, sugirieron el calibre veintidós
aturdiéndolo y tuvo que abrir todos los postigos para que la luz los y un largo de treinta metros sin ninguna iluminación. Monsieur
hiciera callar. Se preparó un café y lo llevó al despacho. Daisy había Daladieu pidió un tiempo de reflexión y fue a inspeccionar el terreno,
envuelto el paquete con una cinta con los colores británicos, pero más allá de la pileta de la natación. A medida que se internaba en el
Bertoldi lo atribuyó a pura distracción y empezó a desatar el nudo parque, pensó que tal vez habría sido preferible organizar el
mientras el pucho se le consumía en los labios. Dio vuelta el retrato de enfrentamiento en la cuadra de los negros. Caviló un momento,
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Estela y rompió el forro azul, pegado con scotch . Adentro encontró
—Mon Dieu, quelle catástrofe! —exclamó Daladieu. una colección completa y bien ordenada de las partituras para piano de
Bruscamente, Tacchi se puso de pie. Ludwig van Beethoven.
—Sepan disculpar, señores —se dirigía al resto de la mesa—,
no puedo permanecer un instante más en este lugar. ¡Carmella, nos Aunque seguía aturdido, no necesitó mucho tiempo para darse
vamos! cuenta de que Daisy se había equivocado de paquete y que sus cartas
seguían en la embajada británica al alcance del despechado y
Pero Carmella seguía allí, con las uñas hundidas en el mantel. rencoroso Mister Burnett.
—¿Cómo se permite…? —Tacchi dio un paso al frente y se —Personal. Con ruleta y pase inglés a bordo. Hágame servir
paró frente al inglés—. ¡Usted es un miserable! otra copa, por favor… ¿Cómo me dijo que le llaman a esto?
Agregó algunos insultos en piamontés y le cruzó la cara de una —Tzelvita, pero enseguida la gente lo confunde con el whisky .
bofetada. Los murmullos de las conversaciones se apagaron y solo
quedó en el ambiente la Novena Sinfonía. Todos los embajadores y —Yo no noto la diferencia. Si pudiéramos inscribirla como
sus esposas se pusieron de pie. El commendatore Tacchi estaba bebida sin alcohol reventamos a Coca-Cola.
orondo, como si acabara de desembarcar en Abisinia. Mister Burnett
tenía la cara roja de ira y dio gracias a Dios porque Daisy no estuviera —¿Dónde está el piloto? —preguntó Quomo.
allí para presenciar semejante bochorno. Monsieur Daladieu, que
esgrimía la foto, se volvió hacia los invitados y levantó los brazos. —El piloto soy yo. Ochenta y seis horas de vuelo. Estoy
tomando un curso para emergencias aquí en París. No sabía que le
—Arretez la musique! C’est le champ de l’honneur qui nous interesara la aviación.
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confirmaron después. Y si los franceses otorgaron el maldito crédito
—Es que tengo que llevar la destiladora a Bongwutsi y no fue para dejar en ridículo a Gran Bretaña.
quisiera pasar por la aduana. ¿Prueba el de anís?
—¡Sus servicios! —Se rio Tacchi—. ¿Qué hacían sus servicios
—¿De anís también hay? —Se sorprendió El Katar—. ¿Usted el día de la explosión en el bulevar? Casi matan a su mujer allí.
sabe el negocio que tiene en sus manos?
—Commendatore , es usted un desfachatado. Si vuelve a tocar
—Sí, pero necesito un piloto que pueda aterrizar en cualquier a Daisy voy a cortarlo en pedazos…
parte. ¡Chemir, el de anís!
Todo el mundo olvidó la centolla y el caviar. Frau Hoffmann
—Usted dice evitar el aeropuerto. tocó a su esposo con el codo.
—El aeropuerto, la luz del día, las miradas indiscretas. Un —Señores, guardemos las formas —intervino el alemán.
avión se consigue en cualquier parte, pero ya no hay verdaderos
pilotos; son computadoras, robots incapaces de hacer volar un —¿Qué pasa con su mujer? —preguntó la señora de Tacchi y
barrilete. Lo mío es una revolución en materia de bebidas y no se lo miró a su marido como si lo sorprendiera con la camisa manchada de
puedo confiar a cualquiera. rouge .
—Adonde quiera y cuando quiera —repitió el sultán y terminó —Esto va a interesarle, señora. —Mister Burnett metió la mano
el vaso. en el bolsillo
—. Tuve que enviar a Daisy a Londres con una crisis de
Chemir repartió copas y sirvió de una jarra blanca. Había depresión después que el mequetrefe de su marido intentó propasarse
cerrado las puertas del bistrot y cada tanto apartaba la cortina para con ella.
echar una mirada a la calle. Llevaba puesta una chaqueta de camarero
y cuando se movía entre el mostrador y la mesa arrastraba la pierna En la mesa se hizo un pesado silencio. El embajador británico
con cierta elegancia. Quomo lo miró e hizo un gesto de compasión. sacó la foto en la que el commendatore Tacchi tomaba a Daisy en sus
brazos y la arrojó sobre la mesa golpeando con los nudillos.
—Vea cómo quedó. En un tiempo fue el mejor baterista de
Nueva Orleans y acompañaba a Count Basie en las giras. Con las —Usted se ríe de mis servicios de inteligencia, ¿eh? ¿Qué me
piernas quebradas liquidó a los tres judíos que vinieron a rematarnos dice de esto?
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comando suicida? —intervino el Primer Ministro y se llevó la copa a después de la caída. Yo estaba ciego y escuchaba los gritos de los
los labios. soldados que se nos acercaban. Me había quemado los ojos y desde
entonces solo puedo ver en línea recta, por eso me perdonará que lo
—No veo cómo —dijo Herr Hoffmann—. El aeropuerto sigue mire tan fijo. En eso siento que Chemir me arranca la ametralladora de
cerrado. Ahora, si dice ser paraguayo y Mister Burnett asegura que la correa y empieza a tirar. El fuselaje del avión se estaba quemando y
tiene aspecto europeo, habría que vigilarlo. A ver si es el que pone las hacía un calor de infierno, así que nos dieron por muertos.
bombas… Estuvimos dos días achicharrándonos en el Sinaí hasta que
llegaron los jordanos a rescatarnos.
—Ya está hecho —dijo el inglés—. Ese hombre no habla una
palabra de español, ¿verdad commendatore ? —¿El avión lo piloteaba usted?
—No tengo idea. Ni siquiera lo he visto. —Un Mirage de descarte. Chemir lo reacondicionó en Teherán.
—¡Ah, vamos, sus farsas no engañan a nadie! El año pasado El rengo fingía leer el diario al otro lado de la barra. En el
me mandó a su jardinero disfrazado. ¿Quién es ahora? ¿Uno de esos tocadiscos giraba un disco de Armstrong.
tipos de la P-2 que andan por su embajada?
—Espero que sea una broma —dijo secamente el italiano y —Sin mala intención le pregunto, Mister Nakuto —dijo el
dejó los cubiertos. sultán y encendió un cigarrillo egipcio—, ¿qué hacía un negro allí?
Cada vez que el árabe prendía un fósforo y lo acercaba a la copa,
—Soy yo el que está harto de sus desplantes. Mañana mismo Lauri sentía un ligero estremecimiento.
voy a enviarle una protesta por escrito.
—Espíritu aventurero. Agarré el avión y me fui a pelear contra
—Quiero señalarle —Tacchi se acomodó los lentes— que su el sionismo. Hicimos dieciocho salidas antes de caer.
paranoia le valió a Europa un disgusto con la Unión Africana cuando
usted tuvo tres días lavando platos al presidente Penkoto. —Diecinueve —acotó Chemir sin levantar la vista del diario.
—Eso es cierto —intervino Monsieur Daladieu—. El crédito —¡Maldita sea, dieciocho, solo dieciocho, lo hemos discutido
para que olvidaran el desaire tuvimos que darlo nosotros. mil veces! —gritó Quomo y arrastró la silla hacia atrás. Mariè-
Christine dormitaba con la cartera entre las manos.
—Era jardinero —insistió el inglés—, mis servicios lo
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—Mis respetos, señores —la lengua del sultán empezaba a las mesas estaban distribuidas alrededor de la que ocupaban Mister
trabarse y la voz le salía empastada—: el Islam tiene una deuda de Burnett, el Primer Ministro de Bongwutsi y los demás embajadores
honor con ustedes. No sé qué decir… este anís marea un poco… con sus esposas. Entre los representantes de Francia e Italia había
¿Cómo se siente, Mariè-Christine? una silla vacía. Mister Fitzgerald, de los Estados Unidos, preguntó por
el diplomático ausente y Mister Burnett sonrió mientras miraba al
La muchacha se despabiló con la gracia de una muñeca de commendatore Tacchi.
porcelana.
—A esta altura ahora ya debe estar baldeando los pisos. ¿A
—Naufrago, Monsieur … —dijo y se humedeció los labios con usted le parece que se puede bromear en un día como este?
la lengua.
—Yo no lo tomaría tan a la ligera —dijo Monsieur Daladieu—.
—Mañana temprano llame a Orly para que preparen el avión. Los argentinos podrían intentar algo.
¿Usted tiene los papeles en regla para ser mi copiloto, Mister Nakuto?
—¿Qué vendría a hacer un argentino aquí? —preguntó Herr
—Ese es el problema: los perdí en el incendio. Hoffmann.
—Consígale lo necesario, Mariè-Christine. —Rendirse —dijo Mister Burnett, y todos rieron mientras los
camareros servían la centolla—. ¿Va a tenernos en suspenso toda la
—¿Qué equipo tripulamos, sultán? noche, commendatore ?
—De lo más clásico: 727 B. —Si quiere mi opinión, estoy de acuerdo con Monsieur
Daladieu: si aquí adentro hay un argentino que no sea Bertoldi
—Mañana es demasiado pronto. Necesito unos días para estamos todos en peligro.
preparar el equipo.
Cuando oyó nombrar al cónsul, Mister Burnett advirtió que se
—Cuando usted diga —dijo el sultán y se puso de pie había olvidado de llamar al banco para ordenar que le pagaran el
apoyándose en Mariè- sueldo y temió que el argentino pudiera acusarlo un día de no practicar
Christine. ¿Así que a Bongwutsi? ¿Y somos muchos? el fair play .
—Los que estamos aquí. Yo estoy parando en el Georges V, ¿y —¿Usted cree que esa gente podría haber enviado hasta aquí un
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—Si lo largamos despacio, no —insistió el sereno. usted?
El sereno empujó por los tobillos hasta que el cuerpo quedó Quomo pasó un brazo sobre el hombro del árabe y lo acompañó
colgando al otro lado de la ventana. hasta la salida.
—¿Lo suelto? —preguntó, agitado.
—¿Cuántas horas de vuelo me dijo que tenía, sultán?
—Todavía no, acompáñelo un poco más, que no se golpee
tanto. Eso, inclínese. Lo ayudo. —Ochenta y seis. Ya vine dos veces a Europa.
El negro había quedado con medio cuerpo a la intemperie, —¿Y cómo va ese curso para emergencias?
sosteniendo el peso muerto. O’Connell se colocó detrás de él, lo
tomó de las rodillas y empujó bruscamente hacia afuera. El sereno —Hice tormentas y otras alteraciones climáticas. ¿Qué?, ¿no
salió catapultado detrás del inglés. O’Connell oyó una exclamación de me tiene confianza?
sorpresa y luego el golpe contra la vereda. Al fondo se veían las luces
del muelle y a un costado, sobre la colina, la rampa de lanzamiento —Por supuesto que sí. En cuanto al desalcoholizado le ruego
de bengalas y cohetes que Mister Burnett había preparado para festejar estricta reserva porque todavía no hemos patentado el sistema. Ya le
el cumpleaños, de la reina y el desembarco de la flota británica en las voy a mostrar cómo la tribu de los Dnimitas extrae el alcohol con
Malvinas. plantas de mangú. ¿Conoce la selva?
—Usted me cae simpático —dijo ella y se guardó el billete—, —La idea fue suya.
avíseme cuando necesite una secretaria.
—No había pensado en mi primo, señor.
—Con mucho gusto. Llámeme mañana y cuénteme si
durmieron bien. —¿Anda de smoking su primo? —Eso sí que no. Trabaja de
cocinero.
El Rolls arrancó sin ruido y rodeó la Place des Vosges. Quomo
miró la calle desierta y volvió al bistrot donde lo esperaban los otros. —Bueno, este tiene smoking . Toque.
Con las partituras en la mano, absorto, el cónsul se paseó por su O’Connell guardó la linterna y cargó al inglés sobre un
despacho y trató de recordar cuántas cartas le había escrito a Daisy en hombro. Oyó un aire de Strauss y se dijo que era hora de regresar al
esos meses. salón antes de que notaran su ausencia. El negro abrió el ventanal y la
Varias veces le había pedido que las quemara, pero en verdad lluvia les salpicó las caras. El irlandés depositó el cuerpo sobre el
se sentía orgulloso de que ella las guardara y las releyera cuando se rellano y miró hacia el jardín.
sentía sola, a la hora de la siesta, mientras Mister Burnett se encerraba
en su atelier a armar los barriletes que copiaba del Kite Magazine . —Se va a romper todo —dijo.
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Pensó en lo que podía ocurrir cuando el embajador británico las
El negro cumplió la orden. De abajo empezó a llegar un aire de hallara en el cajón de algún armario y se le hizo un nudo en el
vals. O’Connell lo acompañó con movimientos de la cabeza y escuchó estómago: lo más probable, supuso, sería que atacara el consulado con
un ruido de pasos que subían la escalera. El sereno apagó el fósforo y el pretexto de toma de represalias por la reconquista de las Malvinas.
sacudió los dedos. El que se acercaba prendió una linterna y avanzó
hacia la llave de luz. Entró al baño, abstraído en sus conjeturas, y encontró a
O’Connell que dormía en la bañadera, con un brazo bajo la nuca y los
—Ya lo tenemos —dijo O’Connell por lo bajo. pies apoyados contra los azulejos. Tenía la boca muy abierta y la
barba aplastada contra el pecho. Una gotera caía desde la ducha y
Cuando el agente inglés vio la llama, pensó que había corría hacia el desagüe formando un hilo delgado y movedizo. Cada
encontrado al hombre que buscaba. Se acercó al interruptor, pero antes vez que se le acercaba un mosquito, el irlandés levantaba una mano y
de alcanzarlo sintió un golpe seco en una pantorrilla. Se agarró la se golpeaba la cabeza como si acabara de acordase de algo importante.
pierna creyendo que había tropezado con un mueble, y apretó los Había dejado la pistola en la jabonera y el panamá colgaba de una
dientes para no gritar. Buscó en la oscuridad una pared donde canilla, junto a la camisa recién lavada.
apoyarse y la linterna se le cayó de las manos. Entonces O’Connell le
pasó un brazo alrededor del cuello y lo ahogó antes de que pudiera Cuando Bertoldi se acercó al inodoro, O’Connell manoteó la
recuperarse de la sorpresa. Cuando el cuerpo cayó al piso, el sereno lo pistola y se sentó, rígido, con la mirada atravesada.
pateó y masculló algo en su idioma.
—Me robaron la plata —anunció el cónsul—. Esos negros de
—Voy a tener que pasar un informe —dijo O’Connell. mierda…
—Un informe no, señor. Voy a perder el trabajo. —¿No me diga? ¿Lo golpearon?
—¿Ah, sí? Y qué me sugiere, ¿que me lo coma? —Seguro, si me desperté tirado en una vereda.
—Lo tiramos por la ventana. Vino a robar y se cayó —hizo un —¡Muy bien! Yo no esperaba tanto.
gesto con el pulgar hacia abajo.
—¿Qué es lo que le parece muy bien?
—No sea estúpido, cómo va a llegar un ladrón hasta aquí.
—Que estén acumulando fuerzas. ¿No tiene idea de quién los
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manda? —No, señor —respondió el sereno, inquieto—, yo lo habría
visto.
—Qué sé yo. Son unos muertos de hambre.
—Cuando usted prendía el cigarrillo.
—De acuerdo, pero se están organizando, expropian a los
blancos. A usted ya le habían sacado los documentos, me dijo. —Le aseguro que no, señor —temblaba y la brasa empezaba a
quemarle los dedos—, aquí no entró nadie.
—En el ómnibus. La plata y el pasaporte, como ahora.
—¡Apague eso!
—¿También se llevaron el pasaporte? —El irlandés salió de la
bañadera, exultante—. ¡Me lo hubiera dicho antes, hombre! —Sí, señor —el sereno sacudió una mano y el cigarrillo cayó al
—Yo no veo ningún motivo de regocijo. Si hasta los cigarrillos suelo. O’Connell lo pisó.
me robaron.
—Vamos a buscar a ese tipo.
—Eso está mal, ¿ve? Son desviaciones criticables, ya se lo
vamos a decir. Lo importante es que están juntando documentación. El irlandés le dio un empujón y el sereno fue adelante,
lentamente. Le costaba arrastrar el pantalón largo y la chaqueta de
—¿Para qué quieren un pasaporte sin foto? botones dorados. Entraron a un gigantesco pabellón que olía a formol.
De allí, a oscuras, podían escuchar la lluvia contra las ventanas. El
—¿Sin foto? ¿El pasaporte estaba en blanco? sereno quiso encender las luces pero el irlandés lo tomó de la
chaqueta.
—Qué quiere, si no tenía plata para ir al fotógrafo.
—Deje, está bien así.
—¡Ah, pero entonces esta gente sabe muy bien lo que hace!
—Si buscamos a un negro lo mejor es prender la luz, señor.
—¿A usted le quedó algo de esa plata?
O’Connell se quedó un rato en silencio. No tenía la menor idea
—Claro, no se preocupe. de dónde se encontraban.
—Entonces no es grave. Pasaportes tengo unos cuantos. —A ver, encienda un fósforo —dijo.
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destino de mis hermanos africanos. Si quiere, incluso puedo proveer
alguna chatarra que dejan los amigos que pasan por aquí. —Necesito hablarles. ¿Dónde le parece que los puedo
contactar?
—Ya es la hora —dijo de pronto Lauri, y en seguida se escuchó
una explosión que hizo temblar los vidrios. Chemir corrió a la —Déjelos, qué van a hacer con un pasaporte…
ventana.
—Kadafi empezó con el carné del comedor escolar.
—¡Los Kruger! —gritó—. ¡Se están incendiando!
—Voy a hacer café. Si le parece habría que comprar algo para
Quomo se paró y fue a mirar. En menos de un minuto oyeron comer y llamar a alguien que ponga vidrios nuevos.
una sirena.
—Alguna ropa no vendría mal, tampoco. Si va a salir tráigame
—Esto es cosa suya —dijo, dirigiéndose a Lauri—. ¿Con qué dos camisas cuello cuarenta. ¿Qué le parece si busco a esa gente en el
les tiró? mercado?
—Estaban festejando un cumpleaños. En el altillo encontré —En su lugar yo iría al prostíbulo, en la Isla de las Serpientes.
unas estampillas cubanas, y se me ocurrió que les gustaría recibir una En cada redada la policía se lleva una docena. A los reincidentes los
caja de habanos de parte de Fidel Castro. mandan a la selva.
En la planta alta, O’Connell encontró un vasto hall desierto. Al —Esos son los que me interesan. La Isla de las Serpientes, dijo.
fondo, un sereno negro fumaba a hurtadillas. Daba una pitada y
enseguida escondía el cigarrillo detrás de la espalda. El irlandés lo —Hay una lancha que lo lleva. Se imagina que yo no puedo
tomó de sorpresa y lo encaró con un gesto de reproche. dejarme ver por ahí en un momento como este.
—Acá se metió un negro —dijo. —Comprendo. De todos modos no creo que los ingleses se
pongan pesados por ahora. Van a esperar a ver qué pasa cuando la
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flota llegue a las Falkland.
—Ya lo sé, esa noche fumaba de los míos porque estaba muy
—Los vamos a echar a pedradas. excitado. Tosía mucho, me acuerdo. A la madrugada le pasé la
libretita con los apuntes y salimos a leerlos a la luz del amanecer.
—¡Así me gusta oírlo! «Está bien», me dijo, «usted liquida de una vez por todas el argumento
—Ahora, si Mister Burnett encuentra las cartas, mi situación va de la evolución al comunismo por etapas. Déjemelo, este va a ser el
a ser delicada. segundo capítulo del libro». Después, cuando se publicó, hubo un
revuelo bárbaro y el mismo coronel salió a decir que no estaba
—¿Qué cartas? completamente de acuerdo.
—Olvídelo, es un asunto personal. —A mí, para serle franco, me parece apresurado decir que se
puede saltar por encima de la dictadura del proletariado.
—En un revolucionario las cuestiones personales son
inseparables de la política. En fin, algo así. Si vuelven a expropiarlo —Eso lo dice él. Yo puse que una revolución popular puede
trate de establecer algún contacto. Haga correr la voz de que el abolir las etapas, pero el coronel agregó por su cuenta unos cuantos
comandante Quomo está en camino. párrafos contra el marxismo y eso yo no lo suscribo. Por eso le digo
que no sé cómo está la relación de los libios conmigo. En un tiempo
—Ni lo sueñe. ¿Dónde está la plata? había lío.
O’Connell fue hasta el baño y volvió con el bolso. Del fondo —No creo. Lo del marxismo se revisó mucho y esto del
sacó un manojo de libras arrugadas y las echó sobre la mesa. desalcoholizado puede interesarle al propio coronel porque es un
golpe contra el imperialismo.
—Quería preguntarle, Bertoldi, ¿usted espera alguna
—Entonces usted nos lleva…
encomienda?
—Si aterrizamos en el valle nos vamos a encontrar con los —¿Entonces para qué quiere el avión? —El sultán parecía
pigmeos —dijo Chemir—. Acuérdese lo que pasó la otra vez. decepcionado.
—Sí, pero les construimos un hospital y tienen que estar —Para decirle la verdad, tengo prohibida la entrada en el país.
agradecidos, ¿no? Y Chemir también, porque de joven fue medio izquierdista. Encima
este amigo argentino está en guerra y no lo quieren en ninguna parte.
—No sé, los que vienen por acá hablan mal de usted. Usted me dirá por qué no pasamos la frontera disfrazados… Es que
para atravesar una frontera hay que tenerla cerca y yo, sigo hablándole
—Al sur hay un claro de cinco kilómetros. Ahí se puede con el corazón en la mano, tengo cerradas todas las aduanas de África,
aterrizar. excepción hecha de Argelia, que queda muy lejos de Bongwutsi.
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los vio conversar con la policía hasta que el patrullero se iba y ellos —Pero entonces tenemos como ocho días a pie hasta
volvían a la vereda. Durante todo el día leían Pravda y Die Welt y Bongwutsi…
hojeaban revistas de historietas que apilaban cuidadosamente sobre el —No, la larga marcha no es para nosotros —dijo Quomo—.
buzón. Todo parecía serles indiferente: el hombre que pasaba seis Nos tiramos en la selva, entonces. Acá.
veces por día a recoger la correspondencia, los barrenderos, las
máquinas que limpiaban la calle, los pasajeros que esperaban el Apoyó la punta de la lapicera sobre una línea azul.
ómnibus, los pegadores de afiches y el cartero. Cuando fumaban
echaban la ceniza en el canasto y el que comía helados se guardaba el —¿Eso no es un río? —preguntó Lauri.
envoltorio y los palitos en un bolsillo del saco.
—El Boeing flota. Si nos dejamos llevar por la corriente
Mientras los observaba desde la ventana, Lauri pensaba cómo entramos derecho al lago.
podía hacer para sacarlos del paso sin acercarse a ellos ni
comprometer el negocio de Florentine. A la mañana vio que uno de —¿Usted cree que el árabe va a poder bajarlo en el agua?
ellos llegaba con una torta adornada con velitas y que los tres las
soplaban al mismo tiempo mientras se daban codazos y se felicitaban —No, eso lo voy a hacer yo. Si confirmamos que El Katar es
con abrazos y apretones de manos. Entonces tuvo la idea de mandar a agente de Trípoli le podemos confiar el dinero, pero nunca el mando
comprar una caja de Partagás y probar la eficiencia del correo francés. del avión: los pilotos de Kadafi son un desastre.
El Katar y Mariè-Christine llegaron a las siete y media, de la —¿De dónde saca que ese hombre viene de Libia?
tarde en el Rolls y Quomo bajó a recibirlos con un ramo de flores
para la dama. —Se ve de lejos. Habló de desbancar a la Coca-Cola y en
Arabia Saudita la Coca-Cola está prohibida hace años.
—Supongamos —dijo el sultán cuando se sentaron a la mesa,
que nosotros llegamos con la destilería y el ejército se resiste a que la —¿Qué hacemos entonces?
instalemos. Hay que tener en cuenta que esto es un cambio profundo
en las costumbres de una sociedad, casi una revolución.
—Seguirle el juego hasta ver lo que quiere.
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desaparecido. —Somos ateos, Chemir. Tampoco en eso hemos cambiado.
—Un rubio, de barba, que fuma un cigarro. —Pero estamos más viejos, ¿verdad?
—Hay muchos así, señor. —Yo no. No me lo puedo permitir. ¿Recuerdas la consigna?
—Bizco. Llevaba algo en la solapa. Chemir esbozó una sonrisa nostálgica y los ojos se le pusieron
aguachentos.
—¿Como yo?
—Vencer o morir —dijo por lo bajo, y sonrió con los pocos
—No una flor. Algo, ¡otra cosa, imbécil! dientes que le quedaban.
—Sí señor. Lauri sintió que algo se movía dentro de él. Salió a la calle,
bajo la llovizna, y pensó que todavía estaba a tiempo de alejarse de allí
—Están pasando cosas raras en este país —dijo Monsieur para siempre.
Daladieu—. A mí se me perdió un agente de París.
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un diplomático argentino en tiempos de guerra y le hubiera gustado
llevar a Estela del brazo. Se había hecho cortar el pelo y lucía una El francés siguió a O’Connell con la mirada. Estaba paseándose
afeitada impecable. De alguna parte llegaba la voz de John Lennon y entre los invitados y se dirigía hacia la escalera de mármol.
una rubia lánguida masticaba chicle junto al aparato de aire
acondicionado. Dos japoneses de traje y corbata trataban de venderle —Es hora de que desembarquen —comentó—, si no van a
algo a un negro de anteojos con montura de oro, y más allá, en un perder media flota, como en Suez.
sillón de tres cuerpos, una adolescente casi desnuda firmaba
autógrafos a un grupo de turistas. Bertoldi la miró de reojo, y apuró —Es inminente, mi batallón salió anoche para allá. ¿Qué mira?
el paso hacia la galería de las boutiques .
—Al paraguayo. Va derecho al museo.
Al pasar frente a los ascensores, un chico de seis o siete años
chocó contra sus rodillas, lo hizo trastabillar fuera de la alfombra, y —Va a terminar como el jardinero que Tacchi me quiso hacer
se disculpó en un francés tan cristalino que su voz quedó un rato pasar por presidente de la Unión Africana.
flotando en los oídos del cónsul. Un botones viejo, de dentadura
impecable, esperó a que el ascensor se abriera y fue a empujar la —No era el jardinero, Mister Burnett. Recuerde los problemas
silla de ruedas de un hombre pequeño y arrugado como un que tuvimos después.
chimpancé, cubierto con una camisa a cuadros y un sombrero tejano.
La voz de John Lennon se perdió en el alboroto de una fila de negros —Tonterías, fue una jugarreta de Tacchi.
envueltos en túnicas de colores y reapareció en un final de guitarra
desencantada. —En su lugar yo haría vigilar a este; no tiene aspecto de
paraguayo.
Frente a la vidriera de Yves Saint Laurent el cónsul eligió un
traje claro, una camisa beige y unos zapatos marrones, livianos como Mister Burnett hizo una seña a un hombre fornido, con una flor
guantes. Antes de decidirse pasó por Christian Dior y por Fiorucci. en el ojal.
Dudó un instante y cuando avanzaba hacia Cacharel cruzó una vitrina
de televisores encendidos. Le pareció ver, al pasar, una columna de —Sígame a ese tipo.
soldados que desfilaban tocando la gaita. Se detuvo un instante y los
vio subir a un buque mientras la gente los despedía con pañuelos y —¿Cuál, señor?
colores británicos. De pronto la pantalla mostró una multitud
clamorosa que levantaba banderas celeste y blanco en una plaza que el El inglés levantó la cabeza y vio que O’Connell había
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La trompeta volvió a sonar y Mister Burnett dejó a O’Connell cónsul reconoció de inmediato. Por un instante olvidó el traje y trató
para recibir a de escuchar el relato del periodista a través de la vidriera. Parecía tan
Monsieur y Madame Daladieu. interesado que el vendedor se acercó al aparato y pasó la antena a un
video portátil. En el televisor apareció J. R. apretando el cuello de una
—Mes hommages, Madame —le besó la mano y volvió la mujer huesuda y de ojos verdes y el cónsul hizo un gesto de fastidio.
cabeza para mirar al irlandés—. Les prometo que la noche va a ser Entonces el vendedor le mostró a Silvester Stallone sacando a un
divertida: el commendatore Tacchi insiste en arruinarme las negro del ring y Bertoldi reculó hacia Pierre Cardin con la mirada
recepciones. Ahora con un general paraguayo. perdida en una confusión de imágenes hasta entonces olvidadas.
—¿Dónde está? —pregunto la señora Daladieu. Durante un rato deambuló por las galerías tratando de juntar
pedazos, cabos sueltos, figuras ocultas en el fondo de su memoria
—Allí, a mi izquierda. bruscamente perforada por la imagen fugitiva de la Casa Rosada. Al
fin se detuvo en la vidriera de Yves Saint Laurent y se dijo que el traje
—Qué divertido —dijo Madame Daladieu—. ¿Cómo lo era lo bastante sobrio y elegante como para presentarse ante Mister
descubrió? Burnett el día que los ingleses firmaran la rendición.
—No está en la lista de invitados. Frente al espejo, mientras se lo probaba, trató de adivinar si
Estela habría aprobado el color y si no se reiría de la solemnidad que
—Fascinante —exclamó Daladieu—. ¿Y si se tratara de un se pintaba en su cara mientras el vendedor le acercaba al cuello una
agente enemigo? Un argentino que se hace pasar por ¿cómo dijo? corbata envuelta en dos dedos. Pidió tres camisas de diferente tono y
las hizo envolver junto a las dos que le había encargado O’Connell.
—Paraguayo. No, esto es cosa de Tacchi. Ya me tiene cansado. Calculó que tenía un par de horas hasta que el vidriero terminara de
trabajar en el consulado, de manera que decidió llevarse el traje
—¿La señora Burnett participa del juego? puesto y tomar una copa en el bar del hotel. Miró el reloj y por
primera vez lo encontró viejo, golpeado, pasado de moda, incapaz de
La mirada del inglés se extravió por un instante. acompañar el atuendo que estaba eligiendo. Se lo quitó, lo puso entre
—No, está en cama con una hepatitis virósica. Las flores que la ropa que había llevado puesta y llamó al vendedor.
hay en las mesas las mandó ella.
—Hágame el favor, queme esto —dijo y guardó el dinero en el
—La pobre… —dijo Madame Daladieu. pantalón nuevo.
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gelinita, un detonador con reloj y algunos útiles que había preparado
El empleado hizo un bollo con todo y lo arrojó a al canasto. en el baño para no alarmar al cónsul. El director de ceremonial,
Bertoldi se quedó sentado en el probador, frente al espejo, esperando vestido con levita y peluca blanca, lo saludó con una inclinación de
que el sastre cortara las botamangas. ¿Daisy habría guardado bien las cabeza y le pidió la invitación para anunciarlo. O’Connell se la
cartas, o al envolver las partituras de Beethoven las habría dejado al entregó y miró a los costados mientras sacaba una caja de fósforos
descuido sobre una mesa? ¿Se comportaría Mister Burnett como un franceses. De pronto oyó que el de la peluca gritaba «Su excelencia el
gentleman o lo haría asesinar por uno de esos torvos agentes de embajador de la República del Paraguay» y daba dos golpes de bastón
seguridad que se disimulaban entre los invitados a las recepciones? contra el piso. Una trompeta sonó cerca de su oído y lo dejó sordo por
¿Qué diría esa multitud de la Plaza de Mayo si supiera que su hombre un instante. Mister Burnett salió de entre los edecanes y lo recibió con
en Bongwutsi había desafiado al enemigo en su propio terreno? una sonrisa.
Bertoldi se revolvió en la silla y pensó que al fin y al cabo el
advenimiento del comunismo le permitiría regresar a Buenos Aires —Bienvenido en nombre de Su Majestad —dijo y le miró el
como un héroe. El vendedor pasó una mano entre las cortinas del escudo que llevaba en la solapa.
probador y le alcanzó el traje y la camisa beige. Se vistió despacio: en
el espejo aparecía de a poco una figura desconocida, alguien a quien —Feliz cumpleaños —murmuró O’Connell mientras
los negros hubieran abierto la puerta del camión cuando huían del estrechaba la mano.
gorila. Se abrochó el saco, y cuando el empleado le preguntó si
pagaría con tarjeta hizo un gesto de negación displicente. Oyó la cifra Mister Burnett hizo un gesto cumplido, como si excusara una
sin alterarse: arrugó la boleta y tiró sobre el mostrador ocho billetes de broma de mal gusto.
cien. El vendedor abrió un cajón, sacó un aparato no más grande que
un despertador electrónico y el cónsul sintió, de pronto, que su —No sé si ya he tenido el honor, Mister …
gallarda compostura se derrumbaba de un golpe.
—General Fernández —dijo O’Connell tratando de imitar el
—Lo lamento, señor, los billetes no sirven. acento del cónsul.
Bertoldi empezó a sudar frío. Un rencor sordo, de perro —Un placer, general. Me será de gran utilidad conocer su
abandonado, se le mezcló con la sangre. opinión sobre la guerra.
—No entiendo —dijo, y trató de parecer firme—. ¿Qué quiere —Con todo gusto, excelencia.
decir?
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La madre había perdido un ojo cuando era soltera, al cortar un
cable de alta tensión con una tenaza inadecuada. Desde entonces, la —Con todo respeto, señor: la máquina rechaza los billetes.
policía no tuvo dificultad para identificarla como culpable de todas las
operaciones que los independentistas reivindicaban en las cercanías —¿Y quién es ese aparato para rechazar mi dinero?
del lago Neag. Theodore fue criado por su padre, que era un pésimo
cocinero y olvidaba siempre pagar las facturas de la electricidad y el —La computadora de la casa, señor. Fíjese, aquí nos indica que
gas. Cada vez que la madre salía de la cárcel, el chico tenía que ir a falta la línea de segmento, ¿ve?
pedir velas a la capilla del barrio para iluminar la casa y darle la —¿Usted insinúa que ese esperpento rechaza el dinero que me
bienvenida. A veces rezaban los tres frente al Cristo que guiaba la da el banco?
guerra, y Theodore desviaba la mirada para observar el ojo de vidrio
de su madre. Como le prohibían llevarlo a la prisión, el padre lo —Lo siento, señor. Con toda seguridad aceptará su tarjeta de
guardaba en una caja, envuelto en algodón, y esa era la primera cosa crédito.
que ella buscaba al regresar. Una noche que el padre había tenido que
huir de la ciudad, Theodore abrió la caja y confirmó una temida El cónsul miró hacia la puerta y sintió, por un momento, un
sospecha: el globo blanco y celeste se parecía a su ojo bizco como dos desesperado deseo de salir corriendo.
uvas del mismo racimo. Supo, entonces, que la policía lo perseguiría
siempre por ser el hijo de su madre aunque nunca cortara cables de
—No traje la tarjeta. Tome, pruebe estos.
electricidad ni hiciera saltar vías de ferrocarril.
Un rocío transparente brilló en la calva del empleado que se
Ahora, mientras atravesaba los jardines de la embajada
inclinaba bajo la lámpara. El hombre del sombrero tejano que Bertoldi
británica, O’Connell recibió sobre el rostro las primeras gotas de la
había cruzado en el hall
estación de las lluvias. Subió la escalinata y se mezcló con los
, entró en la silla de ruedas. Llevaba una mano en la cadera de
invitados en el enorme hall decorado con tapices y pinturas. Saludó a
la rubia que mascaba chicle.
derecha y a izquierda y encendió un cigarro de hoja. El smoking le iba
bien y se sentía tan mirado y agasajado por las sonrisas como en el
—Todos malos, señor. Lo siento. Si me permite el pase del
día de su primera comunión. Antes de salir, Bertoldi le recordó que
hotel podemos cargarlo en su cuenta.
algunos embajadores llevaban a las recepciones un distintivo de su
país y le pinchó en la solapa el escudo azul y amarillo de Boca
—Acabo de llegar.
Juniors.
Disimulados bajo la camisa, llevaba la pistola, un sobre de
—Sin problemas. Se lo hacemos llegar a su habitación.
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cruzaban por la esquina del bulevar, observó que las limusinas salían
El cónsul sintió un revoltijo en las tripas y temió ensuciar el de las embajadas, recorrían unos pocos metros, e iban a embotellarse
traje flamante. frente a lo de Mister Burnett. Pensó que era la primera vez desde su
llegada al África que faltaría a una fiesta de cumpleaños de la reina
—No tendrá inconveniente en que vaya un momento hasta la Isabel.
gerencia —dijo.
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Antes de que Bertoldi pudiera decir algo cruzó la calle y le dio —Con más razón. No me sorprendería que los rusos ya nos
un golpe de manija al Chevrolet. Los dos peones dejaron las palas y estén manejando la Reserva Federal. Vea lo que les pasó a los
uno de ellos levantó el farol. Kiko les gritó algo y volvieron al trabajo británicos por mirar para otro lado. Guarde eso.
sin mucho entusiasmo. El cónsul se había escondido en un pasillo de Bertoldi apartó las cortinas con la escasa fuerza que le quedaba
tierra, bajo un techo de zinc, y recién salió cuando el camión subió a y levantó los billetes que el empleado estaba a punto de meter en la
la vereda. El motor echaba humo por las ranuras del capó caja.
destartalado. Bertoldi abrió la puerta y se encontró con el gesto
despectivo de Kiko. —Llegará un día —dijo pausadamente, y su voz sonaba
cansada—, que toda esta mierda será expropiada. Entonces yo voy a
—¡No blancos en cabina! —gritaba. venir a buscar mi traje y usted tendrá que lavarme los calzoncillos
antes de que lo lleven al paredón de fusilamiento.
—Para eso voy a pie… —dijo el cónsul. Estaba perdiendo la
calma. —Curiosa conducta para un blanco, señor —dijo el lisiado
mientras apretaba las nalgas de la rubia—. ¿En nombre de quién se
—¿Ir al palacio? permite semejante grosería?
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Pensó un instante en O’Connell y aunque sintió un escozor de acantilados, el irlandés encontró las chozas de los negros y una
inquietud, apostó a que saldría de la embajada sano y salvo. kermesse con músicos y pista de baile. Los dos sectores estaban
unidos por calles de tierra desoladas, donde se amontonaban las
Se puso el panamá y salió sin echar llave. Pese a la lluvia, el cabañas de los pescadores y los chicos desnudos jugaban a la luz de
calor no había disminuido y el impermeable lo sofocaba. Miró hacia el las hogueras.
bulevar y vio la garita iluminada. Hubiera querido insultarlos, pero
prefirió ir a buscar un taxi sin llamar la atención. Se detuvo un Dio un rodeo y se detuvo a preparar algunos explosivos.
momento en la esquina y cuando iba a refugiarse bajo un alero Colocó el primero en un bar de hombres solos y el segundo en una
reconoció el camión de la municipalidad que lo había traído del casa de patio abierto donde se escuchaba; música de rock y las
palacio del Emperador. Recordó que aún no había pagado la cuenta en mujeres tenían las caras pintadas de blanco y los cabellos planchados.
el bar al que los negros lo llevaron a festejar y se alejó a paso rápido, Por precaución puso medio kilo de trotyl en un puesto del ejército
pegándose a la pared. Estaba a veinte metros de una bocacalle, cuando donde los oficiales miraban televisión y fumaban charutos largos
oyó un silbido largo y grosero. Se dio vuelta, cauteloso, y vio al chofer como botellas. Buscó la calle más oscura para acercarse a la kermesse
que corría a su encuentro. Cerca del camión había una luz de garrafa y antes de entrar se pintó la cara con un corcho quemado. Las mesas
y dos peones cavaban un pozo en el pavimento. eran de chapa y estaban cubiertas de botellas, latas de cerveza y
bandejas con hamburguesas. Los negros comían y bebían y se
—Ganando guerra —dijo el chofer, contento—. Radio decir hablaban a gritos. La pista de baile estaba atestada de gente. Los
que barcos ingleses a pique. guardias arrastraban a los borrachos y los cargaban en un carro tirado
por dos mulas. La orquesta, protegida por un cerco de alambre, tocaba
Se secó el pelo con un trapo sucio y se apoyó contra la pared. guitarras, trompetas y tambores y los músicos se renovaban cada vez
que caían deshidratados.
—Festejar victoria antiimperialista —agregó, e hizo seña de
que quería un cigarrillo. El cónsul se sorprendió por el lenguaje y le El irlandés buscó con la mirada el lugar más propicio para
ofreció el paquete por debajo del impermeable. lanzar el llamado a la insurrección. Entre la cantina y el palco había un
poste de electricidad perdido en la penumbra que le pareció lo
—Otro día —dijo—. Ahora estoy apurado. suficientemente alto como para hacer un discurso sin riesgo de ser
interrumpido. Evitó la pista de baile, saltó por encima de un borracho
El chofer tomó el cigarrillo y no se movió de su lugar. Miraba que se resistía a que lo llevaran al carro, y arrancó una de las antorchas
la valija. que alumbraban a la orquesta. Al poste le faltaban algunos peldaños y
tuvo que subir rodeándolo con las piernas, sosteniendo la antorcha con
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los dientes para tener las manos libres. Cuando llegó a la punta se Fue al dormitorio y tomó de encima del ropero la misma valija
arrodilló sobre el travesaño donde se bifurcaban los cables y sintió que con la que había llegado años atrás. Metió cuatro camisas, un ambo
el poste se movía como el mástil de un barco. Abrió el bolso para blanco arrugado, un pulóver que Estela había envuelto en plástico, y
sacar un puñado de pólvora y miró hacia abajo: los negros parecían fue al escritorio a preparar un pasaporte diplomático. Levantó la vela
muñecos que se movían al compás de la música. Se paró sobre un y miró las paredes descascaradas y grasientas. Todo estaba igual que
cable de acero, levantó la antorcha y gritó «¡Camaradas!», pero se dio el día de su llegada: el escudo nacional, el mapa de la República, la
cuenta de que nadie lo escuchaba. Tenía los brazos abiertos como un foto de Gardel, un póster de las Cataratas del Iguazú y dos tapices
equilibrista y su cuerpo oscilaba sobre las copas de los árboles. A lo ordinarios que había dejado Santiago Acosta. También los muebles
lejos distinguió el carro que se detenía junto a la barranca y arrojaba eran los mismos. Se dio cuenta de que en esos años no había dejado
los borrachos al agua. Dio gracias a Dios por la falta de viento y una sola huella de su paso por Bongwutsi. Apenas las borrosas copias
arrojó un puñado de explosivo sobre la antorcha. La llamarada se en carbónico de sus informes semanales, en los que había respetado el
quedó flotando un rato en el aire y desde la kermesse llegaron los estilo del último cónsul. Y a Estela en una tumba.
primeros aplausos. O’Connell buscó más pólvora en el bolso y pudo
medir la expectativa que despertaba su discurso por el silencio que se En un rincón del cielo raso vio la telaraña repleta de insectos.
producía en el patio. Al segundo fogonazo, cuando intentó dibujar una Varias veces estuvo a punto de sacarla de allí, pero por las noches,
sirena con alas, los músicos dejaron de tocar y ya todo el mundo lo cuando la araña salía a pasearse por la pared, sentía que era la única
señalaba y le prestaba atención. Las mujeres habían salido de las casas compañía que le quedaba.
a las apuradas, envueltas en batas y chales. El carro de los borrachos Pasaba largos ratos mirándola tejer y llevarse los insectos que
se detuvo a mitad de camino y las patrullas fueron a buscar caían en la trampa. Ganado por una mezcla de nostalgia y aprensión,
instrucciones. O’Connell hizo bocina con las manos y pidió atención fue a buscar las botas que había dejado sin limpiar para no llamar la
mientras arqueaba las suelas para no resbalar. Tenía los pies atención de O’Connell. Se cambió de camisa y usó las últimas gotas
acalambrados y la voz le salió llena de furia cuando se cagó en la de brillantina. Había decidido cenar en el Sheraton. Calculó que si el
reina Isabel y en el colonialismo británico. Alguien, en el palco de la banco tenía los números de los billetes (lo que después de una larga
orquesta, traducía por el micrófono y una gritería satisfecha le llegó de reflexión le pareció improbable), no los descubrirían hasta la mañana
abajo. Cuando se hizo silencio, O’Connell anunció el inminente siguiente. Y para entonces, él ya estaría del otro lado de la frontera.
regreso de Quomo; llamó a la rebelión armada y avisó que ese lugar
de perdición estaba plagado de bombas. Enseguida arrojó la antorcha, Descolgó el cuadro de Gardel, sacó la foto de Estela del
y se irguió con un jubiloso «Dios los bendiga camaradas» y un portarretrato y los metió en la valija con la bandera y una botella de
vibrante «Venceremos». whisky . Luego se calzó las botas, tomó el impermeable y, antes de
apagar las velas recorrió otra vez esa casa que no olvidaría nunca.
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Vea si puede usar la entrada del subte para que reciban las balas de El del micrófono tradujo que los británicos habían puesto
rebote. El arma está en el altillo. bombas en la isla y los negros empezaron a desbandarse, enfurecidos.
Las mujeres sacaron a los blancos de sus camas y los músicos
—No habla en serio. voltearon el alambrado para correr por el campo. La patrulla disparó al
aire y los borrachos aprovecharon la confusión para escapar del carro.
—No le digo que sea ahora mismo, pero cuando los ingleses se Alguien encontró una de las bombas y la arrojó en un aljibe.
vayan de Bongwutsi para las Falkland habrá que salir corriendo. El O’Connell escuchó la explosión cuando saltaba sobre el techo de la
sultán no puede tener el avión esperando todo el año. Le aviso para cantina. Los británicos, desnudos, corrían por las calles oscuras y los
que no lo tome de sorpresa. negros los perseguían a cascotazos y los perros les mordían las
piernas. La policía empezó con los bastonazos y las botellas
—Pensé que en una de esas nos quedábamos un tiempo en desaparecieron de los estantes.
París. Lenin lo pensó muchos años antes de largarse. Antes de escapar por los baldíos, O’Connell escuchó los otros
estallidos y vio que los negros colgaban piedras al cuello de los
—Usted mire el cartel del subte y piense. Si quiere use la ingleses y los arrojaban por el acantilado. Lo invadía una sensación de
columna del semáforo, pero no deje huellas, no quiero que Florentine gozo y recordó la noche que Michel Quomo le dijo que su pueblo
tenga líos con la policía. heroico se levantaría contra la opresión cuando alguien le hablara con
toda franqueza. Inició la retirada a través del bosque, estornudando de
nuevo, y bajó a la playa en busca de la canoa. No era la primera vez
Cuando empezó a llover el cónsul se puso el impermeable y fue que sublevaba multitudes, pero siempre sentía la misma satisfacción.
a arriar por última vez la bandera. El cielo se había, cubierto de nubes Remó unos minutos con un cigarrillo en los labios y luego dejó que él
que ocultaban las montañas y acentuaban la negrura de la noche. El bote se abandonara al capricho del agua. Estaba un poco cansado y le
agua caía a un ritmo monótono y desaparecía chupada por la tierra dolían las piernas, pero no tenía sueño. Se recostó a babor y estuvo un
reseca del jardín. largo rato mirando caer ingleses desde lo alto del despeñadero. Pensó
que ahora nada ni nadie podría apagar la cólera de los humillados y
Dejó la bandera sobre el escritorio y miró a su alrededor. El los explotados del África.
bolso y la ropa de O’Connell colgaban de una silla rota. Al pasar, el
cónsul se probó el panamá y sintió que le calzaba a la perfección. Se
dijo que bien podía llevárselo como recuerdo y que quizá un día
valdría tanto como la boina del Che Guevara.
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25 —¿A usted le parece justo abandonar a Florentine, dejar la
ruleta, y tener que levantarse temprano por una revolución en la que
nadie cree? Suponga que un día los alemanes se vayan de la esquina
El bar nocturno del Georges V estaba a media luz. En la barra y podamos ir al cine, a bares, a los museos…
había tres hombres rubios y corpulentos, vestidos de azul, que
tomaban cerveza en silencio. Al beber miraban el techo y se daban —No, no, la plata ya está en Bongwutsi. O’Connell debe haber
codazos de complicidad, como si compartieran una picardía secreta. comprado el arsenal. Para ir al aeropuerto hay que sacarse a esos
Casi todas las mesas estaban ocupadas y nadie parecía entusiasmarse asesinos de encima.
por la interpretación del pianista. Chemir miró a través del vidrio pero
ni siquiera sabía a quién buscaba. Fue a mirar al baño, por rutina, y Lauri fue hasta la ventana y miró a la calle.
luego volvió al hall.
—No comen, no duermen nunca… Parecen robots.
—Sin novedad —dijo.
—Son alemanes y tienen una orden, eso es todo —dijo Quomo.
—¿Qué hora es? —preguntó Quomo.
—Disculpe que me meta en esas cosas, pero me parece que está
—Cuatro menos cuarto —dijo Lauri. ganando demasiado y si Florentine se funde nos va a echar a la calle.
—Raro. Willie deja de tocar a las tres. —Yo no puedo perder. Esta noche vaya usted y deje veinte o
treinta mil francos a punto y banca.
Lauri tenía demasiado sueño para prestarle atención. Chemir
fue a la conserjería y se presentó como viajante de comercio. El —Ir a perder no es muy gratificante. ¿Está seguro de que la
empleado le miró la cara negra, el pulóver deshilachado y la barba revolución necesita de mí?
crecida y preguntó por el equipaje. Chemir se quedó un instante en
silencio, pensando la respuesta, hasta que recordó una frase de —¿Que si necesita? Venga, mire: ¿se anima a hacer carambola
Quomo: desde aquí? Con buena luz, claro.
—Los revolucionarios no llevan valija. El empleado levantó la —¿Quiere que tire otra vez desde la ventana?
vista, perplejo.
—Naturalmente —dijo, y le acercó el registro de pasajeros. —Sí, pero no directamente. —Quomo fue a correr la cortina—.
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Desde que Quomo y los suyos llegaron a lo de Florentine los El detective del hotel, que estaba colocándose los lentes de
Kruger se instalaron en la esquina del subte. Lauri y Chemir se contacto al otro lado del mostrador, parpadeó un momento y se quedó
turnaban para hacer guardia desde una ventana, pero al cabo de un mirando al recién llegado. Chemir hizo un garabato en la columna de
tiempo se convencieron de que los alemanes no se arriesgarían a las firmas, reclamó la llave con un gesto y fue a reunirse con los otros.
tomar la casa por asalto y solo los atacarían cuando salieran a la calle.
—Por la escalera —dijo Quomo—. Acá hay algo que huele
Las pocas noches en que dormía solo, Lauri tenía pesadillas de mal.
las que luego recordaba fragmentos: caras deshechas, el minué
inconcluso, un banco de escuela sobre el que alguien había grabado un Lauri tomó la delantera y Chemir cerró la marcha. Entre el
jeroglífico árabe. Se acostumbró, entonces, a dejar la puerta abierta y tercero y el cuarto piso se cruzaron con una camarera que llevaba una
la luz apagada. A veces se quedaba dormido y lo despertaba una pila de toallas perfumadas. La mujer se apartó para dejarlos pasar,
caricia, pero nunca sabía con quién hacía el amor. Apenas podía ver pero no respondió al saludo de Quomo.
los ojos de las mujeres cuando encendían un cigarrillo y al día
siguiente se esforzaba por reconocerlas en la mesa del desayuno. Lauri sentía una sensación de ridículo apenas atenuada por el
cansancio. Al abordar los primeros escalones del quinto piso tropezó y
Estaba habituándose a pasar el tiempo en la cama, leyendo y Quomo tuvo que sujetarlo del brazo. Sus miradas se cruzaron por un
observando a los Kruger, que ya formaban parte del paisaje. Después instante. La del negro seguía tan fresca como a la hora del desayuno.
de cenar miraba televisión y conversaba con los clientes; lentamente —Vaya y fíjese si todo está en su lugar.
había dejado de pensar en la Argentina y la revolución de Quomo le
parecía cada vez más lejana. Le sorprendió, entonces, que Quomo lo Lauri entró en la suite y encendió las luces de los dormitorios.
convocara una noche a su habitación. Después fue al balcón. Abajo, iluminada por cuatro globos, vio la
piscina desierta y una propaganda de Adidas. Volvió al living y avisó
—¿Qué posibilidades tenemos de sacar a los Kruger de allí? a los otros que podían entrar. Quomo se quitó el saco, abrió la
—le preguntó. heladera y comprobó que el dinero seguía allí. Chemir sirvió dos
vasos de whisky , los puso sobre la mesa ratona y se quedó esperando
—¿Ya nos vamos? instrucciones.
—Aquí hay alguien —dijo el argentino y buscó el encendedor —Pensé que iba a encontrarme con profesionales —dijo
que había dejado sobre la cama. Bouvard con un gesto de resignación y le entregó la tarjeta con la
corona en relieve.
Quomo cambió de fósforo y empujó la puerta con un pie. Patik,
redondo como un tambor, tenía un cable alrededor del cuello y la —¿Usted decía que los Kruger andan sueltos? —preguntó el
cabeza al revés, como los muñecos. irlandés.
El agua de una cañería rota le mojaba el traje. Lauri acercó el —Colgaron a Patik en París. ¿Le puedo dar un consejo?
encendedor y reconoció el gesto de contrariedad que le había visto en
el restaurante de Zurich. —No se moleste. Si no pudo liquidarlos Pol Pot, lo único que
queda por hacer es mantenerse a distancia.
—Esto tiene firma —dijo Quomo y tiró el fósforo sobre el agua
que corría hacia la rejilla. —¿Quiénes son los Kruger? —preguntó el cónsul.
El teléfono empezó a sonar en la pieza de Lauri. —La reencarnación de Stalin, pero todavía no sabemos de qué
lado juegan. Ahora lleve a este mercenario al sótano y consígame un
—Diga que me caí de la cama y avise a Chemir que nos vamos smoking . Todavía podemos intentar algo para recuperar esas cartas.
enseguida.
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—Seguro que están bien guardadas —dijo el francés y se Quomo estudió el lugar y concluyó que después de colgarlo de
movió hacia la puerta—. Las inglesas son muy cuidadosas. los cables habían puesto el cuerpo encima de la puerta. Mientras Lauri
atendía la llamada, revisó los bolsillos de Patik y se guardó un
—Usted se queda ahí —dijo O’Connell y le apuntó—. A ver si pasaporte de Guinea y dos cartas de crédito.
entendí bien, Bertoldi: ¿me quiere decir que usted le estuvo
escribiendo cartas y que ella las dejó al alcance del embajador? —Chemir viene para acá —dijo el argentino y empezó a
vestirse—. ¿Qué pasó?
—Versos… cosas románticas; comprenda que me sentía solo…
—Se equivocaron de negro. Deben haber llegado justo cuando
—No les quiero complicar la vida, muchachos —dijo el Patik estaba revisando la pieza.
francés—, pero si no voy a la fiesta de la reina lo van a notar en
seguida. —¿Lo buscaban a usted?
—Claro, esa fanfarronada es de los Kruger.
—¡El cumpleaños de la reina! —exclamó O’Connell—
¿Cuándo es? Chemir golpeó a la puerta con suavidad. Lauri le abrió y la luz
del pasillo iluminó el living. El rengo fue directamente al baño.
—El sábado. De paso van a festejar la reconquista de las
Falkland… A propósito: ¿usted me puede decir dónde queda eso? —Un canalla menos —dijo al regresar—. ¿Y ahora, Michel?
—Abajo, a la derecha —el cónsul señaló el mapa de la —Hay que salir del hotel antes de que se den cuenta del error
República. El francés se agachó e hizo un gesto de contrariedad. —dijo Quomo y fue a mirar por el balcón.
—¿Quién los aguanta ahora a los british …?
—¿Pido un taxi? —preguntó Lauri.
—¿Tiene idea de dónde quedaron esas cartas? —preguntó
O’Connell. —No, bajemos por acá. Chemir, alcánceme las cuerdas de las
cortinas y vaya a buscar las de su habitación.
—Entre las partituras para piano, me parece.
Chemir salió corriendo mientras Lauri se reunía con Quomo en
—Hay que ir a buscarlas enseguida, Bertoldi. Si ese tipo las el balcón.
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O’Connell.
—¿Piensa bajar los cinco pisos así?
—Hace años que no recibo correo.
—Si usted conociera a los Kruger no vacilaría en tirarse de
cabeza. Deme la valija. —Entonces este hombre no se va a poder ir. —O’Connell sacó
la pistola y apuntó al francés—. Prepare el sótano.
—No, yo no me animo. Quomo lo miró, extrañado.
—No me diga que tiene vértigo. —Cómo lo va a poner en el sótano. Está lleno de bichos.
—Lo que tengo es miedo. —Si lo dejamos ir nos va a interceptar la encomienda. Por lo
que dice ya debe estar por llegar.
—Muy bien, sepa que uno de esos tipos se cargó a Sadat y otro —Es hora de que lo sepa, O’Connell —dijo Bertoldi y se sentó,
disparó contra Reagan. O fue el mismo, nunca se supo bien. Los apesadumbrado
mandaron a la Siberia después del atentado del Vaticano. Los llaman —. Si somos aliados se lo tengo que decir.
La Demoníaca Trinidad.
—Así me gusta, que no le tenga miedo a las palabras.
—El tipo que tiró contra Reagan está preso.
—La señora Burnett es mi amante. O’Connell levantó la vela y
—¿Pero usted en qué mundo vive? Ese pasaba por ahí y la lo miró un instante, azorado.
historia de las cartas de amor a Jodie Foster se la di yo.
—¿Qué tiene que ver eso? ¿Quién es la señora Burnett?
—A mí esos tipos no me conocen.
—La esposa del embajador británico.
—¿Y qué va a hacer con el inglés? Ese no se va a quedar
conforme hasta que usted no le explique lo de las Falkland. El irlandés se llevó una mano a la cabeza.
Recuérdeme que le prepare una buena historia para eso.
—¡Eso sí que es gracioso! —dijo el francés.
Lauri miró hacia abajo. La piscina se esfumaba entre la niebla.
Chemir llegó con un montón de cuerdas rojas y desflecadas. —Ahora está en Londres, pero se olvidó mis cartas en la
embajada.
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—No sea ridículo, los Kruger están en Siberia. —Son muy cortas —dijo Quomo, y ató una a la baranda—.
Vamos a tener que ir de balcón en balcón.
—No. Andan sueltos otra vez. ¿Dónde está el dinero? Lauri miró a Chemir que temblaba como un pájaro mojado.
Apenas alcanzaba a distinguirle la cara en la penumbra.
—¿Qué dinero? —preguntó Bertoldi con un estremecimiento.
—¿Usted no dice nada?
—El millón. No se haga el distraído.
—Yo no paso delante de ellos ni loco. En Bongwutsi colgaron
—¿A quién se le extravió esa suma? —preguntó O’Connell, y a todos los compañeros.
se sentó sobre la mesa.
—¿Cómo sabe que están abajo? —insistió Lauri.
—A mí. Michel Quomo me la sopló en Zurich.
—Willie siempre deja de tocar a las tres —dijo Quomo y se
—Esa es una buena noticia. ¿Y por qué la busca aquí, si puede sacó la camisa.
saberse?
—A veces me pregunto si no se están burlando de mí.
—Los argentinos colaboran con él.
—Lo discutimos otro día. —Quomo pasó una pierna sobre la
—¿Los argentinos están con Quomo? ¿Oyó eso, cónsul? ¡El baranda—. Si viene trate de no hacer ruido.
comandante hizo un acuerdo con los argentinos!
—¿Y si voy por el ascensor?
—Yo no estoy enterado.
—Entonces invente algo para el inglés. Y de paso dígales a los
—¡Ahora entiendo por qué estoy acá! Kruger que están trabajando como amateurs . Sería una pena que los
devolvieran a Siberia antes de que se hayan tomado toda la cerveza
—Bueno —el francés se puso de pie—, por ahora ganan del mundo libre.
ustedes, pero la plata tiene que aparecer porque si no van a rodar
muchas cabezas.
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lluvias. El cónsul ya había tomado la decisión de proteger el pabellón cielo. Cuando caía una estrella, cerraba los ojos y pensaba en secreto
nacional con una retirada decorosa: como el aeropuerto seguía un deseo que los dos creían realizable. Por un instante, el cónsul tuvo
cerrado, el único medio de repliegue posible era el ómnibus a Dar-es- la sensación de que en ese tiempo eran felices porque aún creían que
Salaam. podía sucederles algo nuevo.
Habían decidido tener un hijo cuando regresaran a Buenos
A las tres de la mañana, O’Connell oyó entre sueños un ruido Aires, pero después ni siquiera volvieron a hablar de eso y fueron
en la habitación del fondo y sacó la pistola de abajo de la almohada. encerrándose en sí mismos hasta vivir como una sola persona que
Descalzo, con el calzoncillo bajo el ombligo, salió del despacho y fue repetía mecánicamente la rutina de todos los días. Estaba
hasta el dormitorio donde Bertoldi estaba escuchando la radio, preguntándole a Estela por qué no habían luchado con más fuerza, por
enfrascado en sus pensamientos. qué se habían entregado a la resignación, cuando uno de los peones se
O’Connell comprendió que el argentino, abatido por la derrota, acercó a reclamar la azada. Bertoldi le dio un billete de una libra y el
no pudiera dormir, ni siquiera darse cuenta de que alguien estaba enterrador se quitó dos veces el sombrero antes de salir corriendo
tratando de forzar la ventana. Le hizo una seña para que no hablara y hacia donde lo esperaba su compañero. El cónsul caminó hasta la calle
se agachó junto a la cama. Las bisagras saltaron casi sin ruido y afuera sombreada por las palmeras y se paseó entre las tumbas, enfrascado en
una sombra se movió recortada por la claridad de un relámpago. sus pensamientos. Al pasar frente al panteón de los ingleses, un negro
O’Connell dio un paso atrás, manoteó la radio que estaba sobre la bien trajeado, que salió de abajo de una cúpula, lo llamó por su
mesa de luz y, antes de que el cónsul pudiera decir algo, la arrojó nombre y se alejó por la vereda. El cónsul creyó reconocer la ropa y se
contra el postigo que empezaba a abrirse. quedó mirándolo, desconcertado. El desconocido entró en la capilla a
paso lento, y lo invitó con un gesto a ir detrás de él. Bertoldi dudó un
Hubo un estallido de vidrios y luego un instante de silencio. instante, se sonó la nariz, y concluyó que no arriesgaba nada con
O’Connell subió a la cama y se tiró de cabeza por la ventana, seguirlo. El hombre se arrodilló frente al Cristo, juntó las manos y
llevándose las últimas astillas y la cortina de hilo que había cosido bajó la cabeza como si dijera una oración. El cónsul se hincó a su
Estela. lado y le copió los gestos con impaciencia.
Bertoldi oyó una exclamación de sorpresa y se asomó a ver que —Hace días que vengo a buscarlo. Ya se imagina.
pasaba. Alcanzó a distinguir la silueta de un hombre de traje, que se El cónsul lo miró de reojo. Había poca luz y apenas podía
tambaleaba tomándose la cabeza, y al irlandés que le daba un distinguir que se trataba de un tipo elegante.
puñetazo en el estómago. La figura se derrumbó en silencio entre los
arbustos. —¿Usted es del gobierno? —dijo Bertoldi.
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—No me pregunte nada. Su valija está en la conserjería del
Sheraton. —Es papel pintado para él. Creo que compraron armas, o
sobornaron gente, no sé. ¿Qué hace usted con él?
Metió dos dedos entre el pañuelo que asomaba del bolsillo del
saco y le pasó un ticket amarillo. —Lo sigo. Entre lavar platos en un restaurante y tomar el
palacio imperial… Quizás un día venga a bailar con su pianista
—Perdone la demora, pero todo el mundo está nervioso por las utópico.
bombas.
—Todavía es demasiado joven para velar los sueños ¿Le
—¿Una valija? mando un par de chicas a la habitación?
—No hubo tiempo para preparar algo mejor. Le sugiero que la —Es muy generoso de su parte, Madame . Me encantaría que
retire antes de la fiesta de los británicos, pero ande con cuidado: su viniera usted misma.
casa está demasiado vigilada.
—Todavía tengo la esperanza de arrinconar a Michel. Será otra
Bertoldi miró hacia los costados. Un cura joven estaba vez, si no se ofende.
cambiando las velas de la Virgen.
Lauri le besó una mano y fue hasta el pasillo central. Al pasar
—Se va a reír pero no tengo plata para ir al hotel. junto a la última mesa vio a Quomo que recogía las fichas con un
cesto de papeles. La gente lo aplaudía.
—Está todo pago.
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—Pensé que este era un lugar de diversión; un casino, o algo —Lo había subestimado, embajador.
así.
Estuvieron unos minutos en silencio y el cónsul se dio cuenta
—Lo es. Al otro lado hay ruleta y póquer. A la derecha están de que había empezado a rezar de verdad. Completó el Padre Nuestro
las piezas de las chicas. Venga que le voy a mostrar. Lauri se dejó y se animó a preguntar:
conducir a través del salón. Le pareció que se llevaba con él la mirada
suplicante del pianista utópico. Por una puerta muy angosta entraron a —¿Por qué yo?
la sala de juego. Allí había gente de todos los continentes amontonada
contra las mesas y Lauri oyó, mientras caminaba junto a Florentine, El negro se levantó, se persignó, y lo miró por primera vez a los
que alguien cantaba el 17. ojos.
—¿Dónde conoció a Michel? —dijo ella. —Usted es demasiado modesto, Mister Bertoldi.
—En un hotel de Zurich, una noche que se confundió de Después fue hacia la salida y el cónsul lo vio caminar a
habitación. contraluz. El traje no tenía ni una arruga. Sintió deseos alcanzarlo pero
estaba tan desconcertado que siguió rezando hasta que se le secaron
—Eso no es nuevo. También yo lo conocí así y tuvimos un los labios. Salió despacio, el sombrero en la mano, tratando de darle
largo romance. Florentine se sentó en la barra e hizo una seña al un sentido a lo que había dicho aquel hombre. Luego de una larga
barman. reflexión lo relacionó con el cerrado lenguaje de los diplomáticos y
—¿Fue hace mucho? —preguntó Lauri—. Él la ama todavía. los terroristas. Entonces recordó que O’Connell le había anticipado la
llegada de una encomienda y tuvo la certeza de que el irlandés lo
—¿Qué quiere decir eso si no lo tengo conmigo? Véalo, allá estaba utilizando para recibir armas. En un arranque de furia pateó una
está, en la última mesa. Gana siempre, pero no le basta. En Baden- corona marchita que rodó hasta el portal de la capilla y salió a la calle.
Baden tuvieron que cerrar dos mesas porque no había suficientes Llamó un taxi, le dio la dirección del consulado y le explicó cómo
fichas para pagarle. Quomo decía que había que vengar al pobre esquivar la zona de exclusión. Iba con la idea de cantarle cuatro
Dostoievsky. Eso fue hace como treinta años. Me acuerdo porque frescas a su refugiado, pero de pronto advirtió que todavía no había
cuando volvimos a Francfort, se compró la mejor ropa y se fue a almorzado y tenía una habitación paga en el hotel que siempre había
pelear por la independencia de Bongwutsi. querido conocer.
Lo sorprendió encontrar en el hall al agente británico Fred —Llevan mucho tiempo juntos. Se aman y se odian y podrían
Richardson, que salía de una cabina de teléfonos. Tenía la cara matarse entre ellos por algo que quizá piensen, pero no pueden decir.
hinchada y llevaba unos anteojos negros que apenas le cubrían el ojo No pueden o no se atreven, no lo sé, no soy de ese mundo. Lo más
en compota. Bouvard se escondió detrás de una columna y lo miró ir conmovedor es que todavía sueñan, aunque ya no se hablan. Se han
hacia los ascensores. Lo había conocido en el Chad, cuando las tropas dicho todo lo que tenían que decirse, pero siguen viniendo para estar
francesas lo encontraron dormido bajo el sol con el Times abierto en la juntos, para hacer la cuenta de los muertos, de los desertores, de los
página de deportes. Estaba tan despellejado que tuvieron que fracasados. A veces traen una noticia esperanzada. El pianista es el
devolverlo a Londres en un cajón de hielo picado. Desde entonces su que soñó el sueño más hermoso, pero despertó antes de saber cómo
área de operaciones se había restringido a los países nórdicos y terminaba. Le dicen El Hombre de la Utopía Inconclusa y es el
Bouvard se asombró al encontrarlo en París. De inmediato dedujo preferido de Michel. Es el creador del minué sin final, una pieza que
que Richardson iba detrás del argentino y temió que sus movimientos abarca todo y no conduce a nada pero que los hace felices. Aquella es
alertaran a Quomo. Rosa, la terca, la que se atrevió a discutirlo todo. Es muy sexy ,
¿verdad?
Cuando el ascensor partió, el francés salió de su escondite y se
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acercó al indicador para ver dónde se detenía. Luego corrió por la
—¿Cuánto? escalera de incendios y subió hasta el quinto piso ahogándose,
jurando que al día siguiente dejaría de fumar. Recorrió el pasillo
—Cien francos, cosa de tentar la suerte. Si sale, ponga todo a alfombrado hasta que encontró una habitación con la puerta
primera docena y si se da hágame tercera columna y corone el 36. entreabierta. La empujó con cuidado y vio que el inglés se quitaba los
zapatos y salía al balcón. Desconcertado, Bouvard entró al living y se
—Si me indican dónde, yo me voy a dormir —dijo Lauri. escondió detrás de una cortina. Desde allí observó cómo Richardson
guardaba los anteojos y armaba el silenciador de la pistola. El francés
—Métase en cualquiera de las piezas desocupadas y si no pensó, con alivio, que si el inglés se encargaba del argentino, le
quiere visitas cierre con llave. allanaría el camino para sorprender a Quomo. Lo vio subir a la
baranda del balcón e inclinarse sobre el vacío. Ganado por la
—Claro que quiero. Hace meses que no toco a una mujer. curiosidad, entró al dormitorio para mirarlo de cerca y comprendió
que se proponía saltar a la suite vecina. El francés calculó que el
—Marque la cantidad y el color en la pizarra y métase en la mayor obstáculo no era la distancia de dos metros y medio, sino la
cama. Este lugar es tan caro que las mujeres son obsequio de la casa. llovizna que dificultaba la visión y humedecía el piso. Supuso, sin
embargo, que el entrenamiento de los británicos preveía esas
Lauri caminó por un pasillo guiado por el aire de un minué. dificultades y se deslizó en la oscuridad para no perderse detalle.
Hizo cincuenta metros y desembocó en un salón pintado de rojo, Parado bajo el toldo podía distinguir el patio y la piscina desierta.
iluminado con arañas de bronce y decorado con frisos fin de siécle .
La gente que estaba allí tenía al menos ochenta años. Las parejas se Richardson hizo algunas flexiones, abrió los brazos, dobló las
tomaban de las manos o se movían abrazadas al ritmo de la melodía. rodillas y dio un breve grito de guerra antes de saltar al vacío.
Mujeres con hombres, mujeres con mujeres y hombres con hombres, Bouvard lo vio perderse en la oscuridad, con el saco inflado como un
arrugados, frágiles, miopes y vestidos con sus mejores ropas de paracaídas, y no pudo contener un gesto de admiración y envidia.
juventud. La cara del pianista parecía una calavera con unos pocos
pelos blancos y sus manos lentas eran poco más que los huesos de un Mientras se deslizaba por la cuerda Lauri escuchaba las voces
esqueleto unidos por el pellejo amarillo. Lauri dio un paso atrás y se de Quomo y Chemir que susurraban en el balcón de abajo. La lluvia le
quedó observando desde el corredor. Una camarera servía champagne había levantado el ánimo y pensaba que seguramente Lenin no había
y guindado. empezado su revolución colgando de una soga sobre el patio de un
En un sillón cercano, una mujer de piel estirada y labios hotel.
pintados besaba en el cuello a otra que tenía el cabello teñido y los
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Trataba de concentrarse en ese pensamiento para nos sentirse —Nos vamos a quedar aquí por un tiempo, Florentine. No
tentado de mirar hacia el patio. En el segundo piso, el comandante lo quisiera tener que arruinarle la cara a ese rufián.
ayudó a bajar y le mostró una latas de cerveza olvidadas en el suelo.
Desde adentro llegaban los ruidos de dos ronquidos distintos. —Ojalá te quedaras para siempre. Miráte al espejo, pareces un
Abrieron las latas y brindaron con un gesto. Estaban bebiendo con las linyera. Y el pobre Chemir, todavía pensando en hacer revoluciones…
cabezas tumbadas hacia atrás cuando vieron, los tres al mismo
tiempo, la chaqueta inflada por el viento y los brazos abiertos del —No agachar más la cabeza —dijo Chemir como una letanía.
agente Fred Richardson que caía en silencio resignado a su suerte.
Cuando se estrelló en la piscina oyeron el ruido de una ola que —¡Pero a esta edad hay que ser más juicioso! Parece mentira
arrastró las reposeras. Después volvió el silencio y nadie salió al patio. que anden trepando paredes y corriendo como los chicos. Y usted,
Chemir ató la penúltima cuerda y terminó la cerveza. joven, ¿de dónde sale?
—Enseguida lo vamos a saber —dijo Quomo—. Los Kruger no —De la Argentina, qué gracioso. Vayan que el baño está
paran de hacer salvajadas esta noche. preparado.
—Los Kruger están en París, Florentine. Solo quisiera estar La valija estaba junto a la cómoda y no era más pesada que las
seguro de que la información no salió de aquí. que servían para viajar. Bertoldi se preguntó si sería prudente abrirla
como a una maleta cualquiera y temió que en la cerradura hubieran
—Estás acusándome de entregarte, Michel. Eso es muy cruel. puesto una bomba cazabobos.
——Tal vez tu galán necesitaba un poco de dinero. Fue al baño, reguló el termostato a veinte grados, y abrió las
canillas. Luego tomó varios frascos de hierbas del placard , volcó la
—Es incapaz de eso, no le da la cabeza. mitad en la bañadera y guardó el resto para llevárselos al consulado.
Mientras esperaba que subiera el agua, echó un vistazo al menú y
—En una de esas estuvo leyendo novelas. sintió un inmediato deseo de probar el pulpo de 220 dólares y la
langosta de 350. Hacía tantos años que no veía el mar, ni comía
—Lo único que ha leído en su vida son los números de la mariscos, que deseó fervientemente que en el restaurante no tuvieran
ruleta. un aparato para controlar los billetes.
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Más tarde, sumergido en el agua perfumada se dio cuenta del La toalla se le había desprendido de la cintura y temblaba como un
riesgo que corría si cambiaba más dinero falso y buscó en la carta epiléptico. Lentamente se fue doblando hasta que las rodillas llegaron
alguna cosa que no pasara de las cinco libras auténticas que tenía en el a la alfombra y levantó un billete en el que Benjamín Franklin estaba
bolsillo. Eligió un sandwich de jamón y lo pidió desde el teléfono del más serio que un monje español. Entonces tuvo un mareo y cayó de
baño. Después cerró los ojos y trató de disfrutar de su primera vez en lado, con una mejilla apoyada sobre un fajo de cien y el oído
el Sheraton. acariciado por la música funcional.
Cuando le llevaron el sandwich se envolvió en la toalla, puso Se despertó al caer la tarde con la sensación de haber navegado
música y fue a comerlo junto a la ventana. Estaba hambriento y por un ancho río, entre caballos muertos y árboles a la deriva. Los
preocupado. Debía impedir que O’Connell utilizara el consulado dólares seguían allí, pulcros como estampitas de la Virgen, Bertoldi
como centro de la subversión si no quería terminar frente a un pelotón levantó un puñado contra la luz que se filtraba entre las cortinas y
de fusilamiento. ¿Qué podía hacer? ¿Entregar la valija a la policía? estuvo así, quieto, hasta que abrió la mano y por entre las lágrimas vio
¿Pedirle con toda firmeza que se fuera cuanto antes de su casa? Le que la suerte, por fin, venía a su encuentro.
pareció que la última posibilidad era la más digna de un hombre de
bien y miró de nuevo la maleta. Entonces advirtió que una de las No se movió hasta el anochecer. Varias veces miró su nombre
cerraduras estaba abierta y que un trozo de plástico asomaba por un en la etiqueta de la valija y lo repitió con la garganta apretada. Luego
costado. Dejó el sandwich y colocó la valija sobre la cama. Tiró con se levantó y comió el resto del sandwich . A medianoche se vistió en
cuidado del nailon, como si desenredara un ovillo, y se dijo que si un rincón, recogió la plata y la puso en la maleta, cuidadosamente. La
hubiera una bomba ya habría estallado. De pronto, algo duro se trabó cerradura le dio un poco de trabajo, pero al fin oyó el clik y se
contra el cierre. Ganado por la curiosidad acercó una lámpara y sacó tranquilizó. Llamó a la recepción y preguntó el horario de los aviones
el plástico de un tirón. El primer volumen del Libro Verde de para Europa. Con voz de circunstancias, el empleado le informó que la
Muhamed El Kadafi cayo sobre la colcha y el cónsul se quedó un pista acababa de ser inutilizada por una bomba, pero que las líneas
instante perplejo, mirando la tapa de cuerina con el título en letras de aéreas se harían cargo de los gastos de hotel. Preguntó a qué compañía
oro. debía cargar su cuenta, pero Bertoldi colgó sin responder y deseó a
Fuera de sí, se puso de rodillas y tironeó hasta que el cerrojo O’Connell los peores males del infierno. Aturdido, fue a lavarse la
cedió con un golpe seco. Una montaña de billetes relucientes cubrió la cara y se quedó unos minutos con los ojos fijos en el espejo. Cuando
cama y algunos, envueltos en fajos cayeron al suelo. se sintió más tranquilo tomó la valija y bajó para dejarla en depósito.
El cónsul retrocedió con la boca abierta y un temblor en los Le dieron un ticket celeste y el gerente salió a estrecharle la
labios. Balbuceó un «carajo» y una puteada sin destinatario preciso. mano otra vez, apesadumbrado por lo de la pista. Bertoldi volvió al
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