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El cordero
envidioso
Cuento El cordero envidioso: adaptación de la fábula de Godofredo Daireaux. (1839-1916)
E
sta pequeña y sencilla historia cuenta lo que sucedió a
un cordero que por envidia traspasó los límites del
respeto y ofendió a sus compañeros. ¿Quieres
conocerla?
E
l corderito en cuestión vivía como un marqués, o mejor
dicho como un rey, por la sencilla razón de que era el
animal más mimado de la granja. Ni los cerdos, ni los
caballos, ni las gallinas, ni el resto de ovejas y carneros mayores
que él, disfrutaban de tantos privilegios. Esto se debía a que era
tan blanquito, tan suave y tan lindo, que las
tres hijas de los granjeros lo trataban como
a un animal de compañía al que malcriaban
y concedían todos los caprichos.
C
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ada mañana, en cuanto salía el sol, las hermanas
acudían al establo para peinarlo con un cepillo especial
untado en aceite de almendras que mantenía sedosa y
brillante su rizada lana. Tras ese reconfortante tratamiento de
belleza lo acomodaban sobre un mullido cojín de seda y
acariciaban su cabecita hasta que se quedaba profundamente
dormido. Si al despertar tenía sed le ofrecían agua del
manantial perfumada con unas gotitas de limón, y si sentía frío
se daban prisa por taparlo con una amorosa manta de colores
tejida por ellas mismas. En cuanto a su comida no era ni de lejos
la misma que recibían sus colegas,
cebados a base de pienso corriente y
moliente. El afortunado cordero tenía su
propio plato de porcelana y se
alimentaba de las sobras de la familia, por
lo que su dieta diaria consistía en
exquisitos guisos de carne y postres a base de cremas de
chocolate que endulzaban aún más su empalagosa vida.
C
uriosamente, a pesar de tener más derechos que
ninguno, este cordero favorecido y sobrealimentado
era un animal extremadamente egoísta: en cuanto veía
que los granjeros rellenaban de pienso
el comedero común, echaba a correr
pisoteando a los demás para llegar el
primero y engullir la máxima .
Obviamente, el resto del rebaño se
quedaba estupefacto pensando que
no había ser más canalla que él en
todo el planeta.
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U
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n día la oveja jefa, la que más mandaba, le dijo en tono
muy enfadado:
– ¡Pero qué cara más dura tienes! No entiendo cómo
eres capaz de quitarle la comida a tus amigos. ¡Tú, que vives
entre algodones y lo tienes todo!… ¡Eres un sinvergüenza!
– Bueno, bueno, te estás pasando un poco… ¡Eso que dices no
es justo!
– ¡¿Qué no es justo?!…Llevas una
vida de lujo y te atiborras a diario de
manjares exquisitos, dignos de un
emperador. ¿Es que no tienes
suficiente con todo lo que te dan?
¡Haz el favor de dejar el pienso para
nosotros!
E
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l cordero puso cara de circunstancias y, con la
insolencia de quien lo tiene todo, respondió
demostrando muy poca sensibilidad.
– La verdad es que como hasta reventar y este pienso está
malísimo comparado con las delicias que me dan, pero lo
siento… ¡no soporto que los demás disfruten de algo que yo no
poseo!
L
a oveja se quedó de piedra pómez.
– ¿Me estás diciendo que te comes nuestra humilde
comida por envidia?
E
l cordero se encogió de hombros y puso cara de
indiferencia.
– Si quieres llamarlo envidia, me parece bien.
A
hora sí, la oveja entró en cólera.
– ¡Muy bien, pues tú te lo has buscado!
S
in decir nada más pegó un silbido que resonó en toda la
granja. Segundos después, treinta y tres ovejas y nueve
carneros acudieron a su llamada. Entre
todos rodearon al desconsiderado
cordero.
– ¡Escuchadme atentamente! Como ya
sabéis, este cordero repeinado e inflado
a pasteles se come todos los días parte
de nuestro pienso, pero lo peor de todo
es que no lo hace por hambre, no… ¡lo
hace por envidia! ¿No es abominable?
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l malestar empezó a palparse entre la audiencia y la
oveja continuó con su alegato.
– En un rebaño no se permiten ni la codicia ni el abuso
de poder, así que, en mi opinión, ya no hay sitio para él en esta
granja. ¡Que levante la pata quien esté de acuerdo con que se
largue de aquí para siempre!
N
o hizo falta hacer recuento: todos sin excepción
alzaron sus pezuñas. Ante un resultado tan aplastante,
la jefa del clan determinó su expulsión.
– Amigo, esto te lo has ganado tú solito por tu mal
comportamiento. ¡Coge tus pertenencias y vete!
E
ran todos contra uno, así que el cordero no se atrevió
a rechistar. Se llevó su cojín de seda oriental como
único recuerdo de la opulenta vida que dejaba atrás y
atravesó la campiña a toda velocidad. Hay que decir que una
vez más la fortuna le
acompañó, pues antes del
anochecer llegó a un enorme
rancho que a partir de ese día
se convirtió en su nuevo hogar.
Eso sí, en ese lugar no encontró
niñas que le cepillaran el pelo,
le dieran agua con limón o le
regalaran las sobras del asado. Allí fue, simplemente, uno más
en el establo.
Moraleja: Sentimos envidia cuando nos da rabia que
alguien tenga suerte o disfrute de cosas que nosotros no
tenemos. Si lo piensas te darás cuenta de que la envidia
es un sentimiento negativo que nos produce tristeza e
insatisfacción. Alegrarse por todo lo bueno que sucede a
la gente que nos rodea no solo hace que nos sintamos
felices, sino que pone en valor nuestra generosidad y
nobleza de corazón.