Vacaciones con mi jefe
Comédia Romántica New adult
Elena Martin
Derechos de autor © 2021 Elena Martin
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Todos los derechos reservados Copyright © Elena Martin.
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propiedad intelectual.
Titulo original: Vacaciones con mi jefe
Autora: Elena Martin © 2021 Elena Martin
Portada: Like My Book – Isabel de Campos
Obra protegida por Derechos de Autor, con número de registo en Safe Creative: 2105207874916
Primeira Edicción: Mayo de 2021
Diseño de la portada de: Isabel de Campos
Los personajes y eventos que se presentan en este libro son ficticios. Cualquier similitud con
personas reales, vivas o muertas, es una coincidencia y no algo intencionado por parte del autor.
A todos mis fieles lectores, que han sido el motor de esta gran aventura.
¡¡¡Y a todos los que tuvieron, como yo jefes odiosos, incluso los que eran demasiado buenos para ser
tan malos!!!
Y a todos esos jefes... a veces la tortilla da la vuelta... y somos nosotros los jefes de nuestra propia
vida....
Este libro es una comedia romántica y los personajes son de diferentes nacionalidades, por lo
que en el libro se mezclan diferentes idiomas y pronunciaciones, como ocurre en muchos de mis
libros. De este modo, podemos aprender más sobre las diferentes culturas y lo bonito que es
comunicarse con los demás. Espero que puedas disfrutar de su lectura.
Además, el contenido tiene, en algunas partes, lenguaje fuerte, soez, modismos y lenguaje sexual
explícito (no visual), lo que puede herir la susceptibilidad de algunos lectores. Si eres una de estas
personas, no hay problema, tengo más libros que te pueden gustar más.
Asimismo, quiero agradecerte tú interese por esta obra y tu opinión es siempre bienvenida.
Recordad todo el trabajo que he puesto en hacer este libro y os pido que seáis buenos conmigo. No
me dejes comentarios que no sean constructivos o que sean agresivos si no te gusta el trabajo. Pero
tu opinión vale mucho para mí, por eso no dejes de darla. Por mi parte, puedo prometerte que
siempre estoy trabajando para ofrecerte lo mejor de mí. Gracias
¡Feliz lectura!
Elena Martin
Puedes ver el BOOKTRAILER de este libro en Youtube, donde me puedes encontrar como Elena
Martin Escritora.
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ElenaMartinEscritora
Y si tienes alguna consulta, charlamos por allí. ¡Nos vemos!
Elena Martin
Contenido
Página del título
Derechos de autor
Dedicatoria
Epígrafe
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Epílogo
Agradecimientos
y si te gustó este libro...
Capítulo 1
Un mes después de empezar este trabajo y ya había llegado a la
conclusión de que estaba harta. ¡¡Me tiene harta!! La tensión habitual
comenzó a introducirse de nuevo en el aire. Y hoy, en particular, mi jefe
estaba imposible.
Alexander era un hombre que había empezado de cero cuando llegó a
España. Argentino de cuna, tenía varias especializaciones y cursos de
gestión empresarial, marketing y publicidad y sabía dirigir una agencia de
modelos mejor que nadie. Ese mérito no se lo podía quitar ni un alma: había
creado una empresa millonaria en el mercado; y de paso, también se ganó la
fama de duro. Pero esa no fue la única fama que se ganó. Se unió a las de
mujeriego, imbécil, arrogante, engreído, cruel, estúpido, y no se me ocurren
más ofensas que ofrecerle. De momento. Cuando escuché su voz gritar mi
nombre por vigésima vez esa mañana, prometo que otra bandeja de motes
estaba saliendo del horno de mi cabeza, listos para clasificar este tirano con
perfil de sanguijuela.
No tuve más remedio que tragarme mi orgullo y entrar en su despacho.
Cuando lo vi en su silla, mirándome fijamente con esos penetrantes luceros
marrones que en lugar de otorgar a sus ojos una expresión cálida, les daban
un carácter frío y vigilante, entonces mis manos empezaron a temblar.
—Señorita García. —Odio cuando dice mi nombre con toda la
arrogancia del mundo. Y con ese acento argentino que le da un cierto
sonido desconcertantemente sensual— ¿No le estoy pagando un sueldo para
que lleve mi agenda al día?
Tragué en seco. Mantener su agenda al día y anotar todas las citas,
cambios de ideas y estrategias que le surgían de la nada en el transcurso de
un día de trabajo era una tarea casi imposible. Así que, no, no podía
mantener su agenda al día. Después de varias semanas de trabajar con él,
todavía no podía entender cómo su antigua secretaria seguía respirando.
—Sr. Ruiz, ¿hay algún problema? —Inmediatamente asumí que algo no
estaba bien. Nada lo estaba para él.
Empezó a reírse a carcajadas. Me sentí como una mierda, ¿cómo no?,
allí delante de él. Una diana para sus ataques de ira, como siempre. De
repente, se levantó y se acercó a mí para colocarse a unos centímetros de
distancia; dejó de reír y sustituyó la expresión cómica por una muy seria.
Mi mirada permaneció fija en los grandes ventanales que mostraban una
exuberante vista de la ciudad.
—¿Si hay algún problema, señorita García? Por supuesto que sí, che. Tú
eres el problema. No sé qué tenía en la cabeza para contratar a una persona
tan ineficiente como tú —hizo una mueca, e involuntariamente yo también
—. Mariana Romero, esa diosa de mujer, con cuerpo de sirena y futura
modelo de esta agencia, me llamó para concertar una cita conmigo. Por
negocios, claro —Se ajustó la corbata al cuello y ese gesto me pareció
extremadamente altivo—. Y no veo esa cita en mi calendario. ¿Hay alguna
razón para eso, señorita García?
—¡Em!... Sí... Quiero decir... No. —En ese momento ya me había
lanzado esa mirada asesina que tanto me aterrorizaba. Por muy odioso que
fuera, necesitaba el trabajo y si eso significaba tragarme a este idiota
durante otros cuatro o cinco meses, lo aguantaría.
—¿Qué pasa, me estás tomando el pelo? —Sacudí la cabeza en sentido
negativo. Él siguió mi gesto.
—Sí, llamó, pero no especificó una hora, dijo que llamaría más tarde.
Por eso no anoté la cita, porque no hay cita, concretamente… eso tengo
entendido.
—Tiene entendido. Dice usted, ¿sabe qué? TÓMATELAS —gritó.
Cuando hablaba demasiado español rioplatense, era porque estaba molesto.
Con su mano me empujó fuera de su despacho como si fuera un bicho
malparido. Y me cerró la puerta en la cara con un portazo. Toda la oficina
me miró con los ojos muy abiertos. Pero en cuestión de segundos, todo el
mundo estaba mirando sus quehaceres. Nadie quería involucrarse en las
formas y actitudes del todopoderoso jefe.
Me senté de nuevo en mi escritorio. Me puse a trabajar en todas las
tareas que tenía pendientes. Ser secretaria y ayudante de un jefe como
Alexander Ruiz era un coñazo. La agenda de ese hombre estaba ocupada en
microsegundos y el teléfono no paraba. Había miles de correos electrónicos
y casi todos los días hacía horas extras porque estaba ocupada con cosas
inútiles. Después de todo, siempre llegaba tarde a casa y no tenía vida
propia. Ni siquiera tenía tiempo para mis propias citas o para tener un
novio. No me había dejado vivir desde que empecé a trabajar en esa
empresa. Antes de conseguir este trabajo en la agencia de modelos, estaba
saliendo con un chico que conocí mientras asistía a un curso de gestión. Fue
muy amable y paciente, porque a pesar de que no pude sacar tiempo para
una cita completa, seguía insistiendo en verme y estar conmigo. Incluso los
fines de semana, el gilipollas de mi jefe me tenía atascada de mierda:
interminables informes y hojas de cálculo que nunca se paraba a mirar o
confirmar.
Pobre Pierre, un pequeño trozo de pan dulce, o mejor dicho, un
verdadero croissant. Francés, de París, me encantó su acento y su forma
romántica de hablar. Habíamos dado un buen pirulo unas cuantas veces y en
algunas de ellas acabamos en mi apartamento, follando como perras. No
estuvo nada mal. Fue un poco aburrido, pero si tuviéramos más tiempo para
practicar, estoy convencida de que podríamos llegar a algo más serio. Claro,
si mi jefe me dejara tener vida sexual, porque hacía tres semanas que Pierre
no lograba mojar su churro, o mejor dicho: croissant.
No puedo decir lo mismo de él, que cada noche me hacía concertar citas
en hoteles y clubes con diferentes modelos. Algunas de las cuales
trabajaban o trabajaron para nosotros. Tenía acceso a su correo electrónico y
a sus mensajes personales y la mayoría de ellos no quería leerlos. El
contenido era inapropiado para los menores. Me tocaba cubrir sus historias,
facilitar sus aventuras amorosas que no tenían nada que ver con el trabajo.
No obstante, tengo que admitir que el idiota era bueno. Pero no era
bueno para ser una buena persona, que no lo era. Era bueno para comerlo
entero. Era un hombre alto, de pelo castaño claro, rasgos masculinos y muy
sexys, ojos que penetraban hasta el alma del anticristo, una sonrisa que
dejaba a cualquiera a sus pies, y un cuerpo... ¿Qué decir de su cuerpo?
Sencillo: ningún modelo masculino que hubiera pasado por esa agencia
podía ni siquiera acercarse a su talón. Alexander Ruiz era la perfección
misma. Al menos en cuanto a su aspecto físico, porque por lo demás era el
diablo personificado. La perfección de ser imperfecto.
Cuando pienso en todas las conversaciones que he tenido con él en las
últimas semanas, dejo de molestarme la cabeza. Todos ellas acabaron en
una (in)esperada disputa cuyo trasfondo se me escapa. Salgo de mis
divagaciones cuando mi teléfono empezó a vibrar silenciosamente. El
nombre de mi mejor amiga Adriana apareció en la pantalla.
—Hola, Paola, cómo estás, ¿te pillo en mal momento?
—Hola, Adri. ¿Hay un buen momento en mi vida? No, así que nada...—
dejé escapar un suspiro, rendida—. Lo siento, no estoy de humor para
bailar, pero dime... Siempre tengo un pequeño huequito para ti —dije,
mientras terminaba unas tareas.
Dicen que las mujeres tienen la capacidad de hacer varias cosas a la vez.
Nunca he entendido por qué dicen eso. Ya que, mi salario y mi cuenta
bancaria se multiplican muy poco. Todo lo contrario. Siempre estaba en
números rojos. Sí, porque trabajar en una agencia de modelos me obligaba a
cuidar mi imagen al máximo. Siempre tenía que ir bien vestida, maquillada
y peinada según el lugar. A menudo me confundían con otras modelos o
con alguien que trabajaba en la moda, pero estaban lejos de saber lo torpe
que era. En casa, prefiero llevar un chándal, calcetines de lana gruesos o ir
descalza con una taza de chocolate caliente como compañía. Mucho mejor
que la ropa de alta gama, los tacones de diseñadores famosos y el champán
para desayunar, como le gustaba a la mayoría de la gente que circulaba por
la oficina.
— Y hoy, ¿tienes tiempo para comer? Estoy cerca y he pensado que
podríamos ir al sushi de la esquina. ¡Está buenísimo! —me invitó.
—Adri, solo tengo media hora para comer. Mi jefe me tiene, vamos…,
sin aliento. Y ya me soltó una bronca esta mañana y hoy ya no tengo ganas
de escucharlo—dije, resoplando.
—Tienes que ser más egoísta. Ponte en primer lugar en tu vida, piensa
más en ti. Vives demasiado para los demás, preocupándote por los demás,
por su bienestar y por lo que piensan los demás. Deja el altruismo a un lado.
Céntrate más en tus objetivos, como la mujer realizada que quieres ser. —
Adriana tenía la capacidad de ser una gurú zen. Pero tenía sentido, era
coach de desarrollo personal e instructora de yoga.
—Me parece estupendo, pero díselo a mi jefe. Más allá de eso, estoy
centrada en mi objetivo: mejorar mi currículum en los próximos cinco
meses y encontrar una agencia en la que me guste trabajar y en la que me
aprecien. Y, a ser posible, una en la que no tenga que ser asistente de
alguien tan turbio, despreciable y soberbio.
—SEÑORITA GARCÍA —Levanté mis ojos, ya temblorosos, y vi a mi
jefe, con los brazos cruzados frente a mí. A saber cuánto tiempo llevaba allí
y qué parte de la conversación había escuchado, pero por su expresión
facial, demasiado. Casi se me cae el teléfono de las manos—, NO LE
PAGO PARA ESTAR AL TELÉFONO EN LLAMADAS PERSONALES.
—Te llamo luego, Adri —le dije a mi amiga, ya colgando. Lo miré,
temblando de pies a cabeza. Provocar ese animal en un día como este era
suficiente para estar de patitas en la calle—, Señorrrrrr Ruiz, yo... es que...
Lo siento....
—Sí, ya sé que lo sientes —dijo interrumpiéndome—, pero lo
lamentarás mucho más si no te levantas de esa silla ahora mismo y
empiezas a correr para traerme el almuerzo al estudio. Estaré supervisando
la sesión de fotos en la planta baja. Así que váyase usted a comprar mi
ensalada de siempre y, esta vez, intenta hacer algo bien —se acercó,
poniendo los puños sobre la mesa y estirando el pescuezo hasta que su
rostro estuvo casi encima de mi nariz—, con una bocha de salsa rosa, de la
que me gusta. Me encanta la altivez de los pecados, especialmente los que
duelen... mucho. Como la gula, por ejemplo. Los demás, los dejo a su
imaginación.
Se pasó la lengua por los labios y su gesto fue tan sensual, con tanta
connotación sexual en sus palabras que no supe si mojar mis bragas por
delante o por detrás. Ese era el gran problema de Alexander, al mismo
tiempo que te hacía temblar hasta los pelos del culo, también te hacía sudar
en todos los canalillos que tuvieras.
Y sin más, se alejó dejando tras de sí el olor a hombre, a animal en celo
y a gilipollas engreído.
Me levanté en el mismo momento, cogí mi bolso y salí a la calle a
comprar la ensalada que pedía todos los días. No sé si era una especie de
conejo, pero parecía que estaba haciendo la dieta del cucurucho: comer
poco y follar mucho. O al menos la lechuga tuvo que darle algo de poder
para hacer funcionar ese cuerpecito, ya que tenía todas las mujeres a sus
pies. A mí me tenía harta. Como dije al principio: estaba hasta las narices
de él y ojalá tuviera el valor de decirle algún día algunas verdades, pero de
momento me quedaba sola con las ganas.
Capítulo 2
Otro día más y allí estaba, casi a las ocho de la noche y atada al trabajo.
Otro viernes más, mejor dicho. ¡Qué rabia! ¿Qué tenía de importante un
mísero informe sobre los gastos de transporte de las modelos durante el
mes? Para hacerme pasar un mal rato un viernes por la noche y hacerme
perder el tiempo con esto. Recibí un mensaje en mi teléfono móvil. De
Pierre. Estaba tratando de convencerme de que nos reuniéramos esta noche
hace media hora. Después de tantas semanas esquivando, no quería
postergarlo más.
“¿Por qué insistes en ser una niña buena? Compórtate, mantente
siempre dentro de los límites, aborrece el error, la lujuria y cualquier tipo
de pecado, pero esta noche quiero pecar contigo. Te echo de menos".
Su extraña forma de pronunciar y la manera incorrecta de hablar el
español me ponía muy cachonda. Intentaba provocarme y yo quería decirle
que sí, que a la mierda el informe, que a la hora que fuera, nos veríamos
hoy. Pero ni siquiera yo sabía a qué hora me iba.
"¿Sabes cuando estás dotado de una voluntad gigantesca, pero tu
conciencia la comprime hasta convertirla en una migaja? Esa soy yo ahora
mismo. Realmente quiero estar contigo, pero no sé a qué hora me iré y no
es justo hacerte esperar".
Otro mensaje llegó al mismo tiempo que yo envié el mío. Lo abrí. Era de
Alexander.
"Envíame este mensaje al número que pongo abajo: Te veré esta noche
en el vestíbulo del Hotel Central. No hay lugar a dudas, seré yo quien
quiera y desee estar contigo más que nadie".
¡Joder! Estaba hasta el pirri de enviar mensajes personales a sus ligues y
mierdas. Poco sabía yo que el mísero sueldo que me pagaba incluía también
el papel de sujetavelas para sus follamigas. Hice lo que me pidió. Igual de
poco debería usar el número del trabajo para hablar con Pierre, pero no
quería liarme con dos números a la vez.
Al cabo de un rato recibí otro mensaje de Pierre.
"No puedo aguantar más, te esperaré todo el tiempo que necesites. No
puedo soportar seguir sin tu calor. Siento que estoy soñando despierto.
Necesito tus gemidos de placer, tus manos en mi cuerpo desnudo. Sentir tu
piel deslizándose sobre el sudor de nuestro sexo".
Me quedé mirando el mensaje. Sí, mi amigo Pierre se estaba tirando al
vacío y déjame decir que se estaba luciendo. Leí la última frase e hice una
mueca. Bueno, ¿quería ser descarado y sucio? Podría jugar a ese juego.
Empecé a teclear.
"El deseo que siento de tener tu cuerpo dentro del mío es vorazmente
destructivo. Quiero, desde lo más profundo de mi alma, como si mi lucidez
dependiera de ello, que me penetres profundamente hasta que no pueda
más. Quiero agarrar tus nalgas con ambas manos y sentir tu dura polla
desgarrándose dentro de mí. Y espero que me hagas correr una, dos, tres,
veinte veces hasta que me deshidrates por completo".
Escribí el mensaje, imaginando ya su cara hirviendo. Se iba a quedar a
cuadros. Esto era prometedor. Hice clic en enviar y seguí terminando el
informe. Quería apresurarme para poder salir lo antes posible. Después del
calentón que estábamos pillando los dos, no quería esperar demasiado.
Recibí otro mensaje y miré a mi alrededor por si alguien estaba viendo
las innumerables veces que tocaba mi teléfono y me iba a denunciar.
"Sí, eso me llama la atención. Mucho. ¿Puedes decirme más cosas que te
gusten? Me gusta conocer los detalles".
¿Eso es todo lo que escribió? Si ya estaba como chocolatinas a casco de
saber lo que me gustaba. Bueno, estaría ralentizando el juego. Le gustaba
que le hablara sucio, y si ese era el caso, tenía más trucos bajo la manga
preparados para él. Volví a enviarle un mensaje, pero esta vez mucho más
intenso.
"Quiero que me bajes las bragas y empieces a acariciar mi sexo con tus
dedos, sintiendo cómo me chorreo más y más. Hazme sentar en tu gruesa
polla y hazme gemir como una loca. Ponme de rodillas en el extremo de la
cama y azótame el culo mientras me follas como un animal".
Miré el mensaje. Puede que haya exagerado un poco, pero vamos, la
cuestión era que, en ese momento concreto, se olvidaría de todo y acabaría
corriéndose en cinco minutos. Como siempre. Me gustaría que todos estos
mensajes salieran de la pantalla algún día. Pero si estábamos en modo
fantasía, pues a toda mecha. Lo envié.
Pasaron cinco minutos y recibí otro mensaje.
"Lo siento cariño, como no he recibido respuesta tuya me fui a duchar.
Espero que mi lenguaje no te haya molestado, ¿a qué hora quieres
coincidir?"
Miré la pantalla. Vuelvo a leer el mensaje. ¿¿Cómo que no he
contestado?? Abrí los mensajes enviados. Mi corazón se detuvo. El teléfono
estuvo a punto de romperse, si en lugar de dejarlo caer sobre la mesa, lo
hubiera dejado caer en el suelo. ¡Joder! ¡Joder! Estaba jodida. Y no en el
buen sentido. Acabo de enviar todos esos mensajes a Alexander. Me
equivoqué. A eso dio lugar toda la multitarea y la mezcla de la vida
personal y profesional. ¡Maldita sea! Solo esperaba que no lo hubiera leído,
pero ni siquiera eso me daba esperanza, porque podía ver totalmente los dos
“vistos buenos” junto a los mensajes leídos. Los dos. Espera... espera... Pero
si había leído las dos cosas, ¿quién me envió el mensaje que...? Hijo de
puta, sabía que estaba mal. Él fue quien envió el último mensaje que pensé
que era de Pierre. Que si le decía lo que me gustaba... ¡Baboso! Lo que no
me gustaba era estar en el paro o en busca activa de empleo, eso sí. Por lo
demás, ya sabía lo que me gustaba. Dios, ¿qué iba a hacer? Estaba dentro de
la oficina y aún no había salido a gritarme, así que había algo sospechoso,
algo raro. Me senté en silencio a revisar el informe, temblando como un
palo verde.
Treinta minutos después, abrió la puerta y se apoyó en el pilar. Pude
verlo por el rabillo del ojo, aunque no levanté la vista del ordenador.
—Señorita García, venga a mi despacho, por favor. Rapidito —dijo con
su habitual tono exagerado. Allí estaba él, comenzando el fusilamiento. Me
levanté y ni siquiera sé cómo me las arreglé para encontrarme con mi
verdugo.
Se sentó en su sillón detrás de su escritorio y colocó una carpeta sobre la
mesa. Me pidió que la recogiera.
—En esa carpeta, están todos los gastos de las instalaciones y
suministros de limpieza que utilizamos en los baños del edificio. Quiero un
informe completo sobre esto para mañana por la mañana y espero recibirlo
en mi correo electrónico. Así que va a tener que trabajar un poco más por
hoy, Sra. García.
Lo miré con incredulidad. Ni siquiera sabía qué decir. Si pensaba que
solamente iba a regañarme, ¡no! Aunque, sinceramente, preferiría que
hubiera hecho eso a que me dijera lo que ha dicho. Tenías que estar de
cachondeo con mi cara. Hoy no. ¿Se podría ser más escolimoso? Me sentí
tan enfadada con él que no pude controlarme.
-–Siento decírselo, pero hoy no va a ser posible, Sr. Ruiz. Puedo recoger
la carpeta, hacerlo durante el fin de semana y traer el informe el lunes —
dije, levantando la barbilla, asumiendo mi confianza.
Sonrió. Se levantó. Contuve la respiración y me mordí el interior de la
mejilla, con los dientes apretados. La forma en que caminaba, al igual que
los felinos, me ponía nerviosa. Lento y depredador. Cuando se acercó a mi
hombro izquierdo, fue cuando sentí su aliento en mi oído. Habló en voz
baja.
—¿Tú crees? —El cálido aliento que sentí en el lóbulo de mi oreja me
obligó a dejar salir el aire de mi interior y empezar a jadear—. No me digas
que tienes algo más... cómo decirlo... más extático que hacer esta noche.
—Mi vida personal es asunto mío —entendí su indirecta, pero no iba a
dejar que me tratara así—. No tiene derecho a meterse en mi vida.
Dejó escapar una risa irónica. Podía sentirlo, justo ahí a mi lado, pero no
podía mirarlo. Me quedé mirando al frente.
—Mientras seas mi asistente y te encargues de mi agenda y de las
cuentas de la empresa, tu vida personal es importante y me incumbe. Eso y
lo que haces con el teléfono de la empresa en horario laboral. —Lo sabía,
estaba esperando una oportunidad para echarme en cara lo que había leído
—, porque por lo que sé....
—Ya lo sé, no tiene que decir —me rebelé y lo miré directamente,
interrumpiéndolo, y él abrió los ojos, sorprendido—, no me paga por ello.
No se preocupe, no crea que esto se convertirá en un hábito. Ni usar el
móvil de la empresa ni quedarme en horas extras que no me pagan y que no
están en mi contrato.
Bien, ya está. «¡¡Te has lucido, so pava!! Ahora podrás salir felizmente a
la calle». El lunes pasaría a recoger mis cosas y hablaría con RRHH, pero
ahora, tenía una cita esperándome. Su mirada era tan penetrante y
dominante que me sentí como una pulga frente a él. Pero no daría un papel
débil.
—No te preocupes, no sea por esto —se sentó de nuevo en su silla y me
relajé un poco más—, te pagaré muy bien por estas horas, pero ahora quiero
el informe en mi correo electrónico mañana por la mañana sin falta. Ahora,
si no te importa, ¿no tienes trabajo que hacer? —Señaló la puerta. Su rostro
exudaba algo entre la rabia y la victoria, ¡canalla! ¡desgraciado miserable!
—Con su permiso —me di la vuelta para salir y continuar con mi trabajo
—. No iba a perder mi trabajo por impulso. Además, sabía que había
cometido una falta y que podía despedirme con causa precedente, y eso no
me favorecería con un currículum o una recomendación. Lo único que iba a
significar era que todo lo que había tragado de él hasta la fecha se quedaría
en agua de borrajas. Me tenía en sus manos, el muy cabrón. Y lo sabía.
Justo antes de salir por la puerta, lo oí hablar a mis espaldas.
—Por favor, mándame un mensaje al número que te di antes, y esta vez,
sin tonterías. Dile que estoy en camino. Tengo cosas que hacer esta noche y,
además, creo que me he inspirado lo suficiente como para pasarlo bien.
Cerré la puerta tras de mí, maldiciendo a toda su familia, que para mí
pesar no era culpable de tener semejante monstruo en su descendencia.
Envié el mensaje que pidió a su cita y me aseguré de enviar el mensaje
correcto a Pierre.
"Lo siento mucho, cariño. No podremos vernos esta noche. Tendremos
que remarcar, pero créeme, no puedo esperar a verte, las ganas no me las
quita nadie".
Y eso es exactamente lo que sentí cuando pensé en mi jefe. No iba a
poder quitarme las ganas de vivir, solo porque estaba amargado.
Lo vi salir de la oficina a toda prisa. Ni siquiera se molestó en despedirse
o darme las buenas noches. Y allí me quedé, casi hasta las dos de la
mañana, repasando los gastos que me pedía. Cuando terminé, el guardia de
seguridad había venido a visitarme varias veces. Era un hombre muy
agradable. Me trajo la pizza que había pedido para cenar y la compartí con
él mientras charlábamos un ratito. Me hizo compañía, aunque él estaba en
su horario de trabajo y yo no. Ya no había nadie en el edificio en ese
momento, solo yo y los guardias de seguridad que se encargaban de todo
durante la noche. Antonio estaba acostumbrado a verme allí a deshoras. No
era la primera vez que Alexander me obligaba a reunirme con él tarde o
quedarme, pero sí era la primera vez que lo hacía de una forma tan
escandalosa e hija de puta. ¿La cuenta contable de los gastos en los baños?
¿De verdad? Hubiera preferido contar los rollos de papel higiénico. Habría
sido más rápido.
Y mientras yo estaba entre hojas de cálculo y números, él estaría entre
las piernas de alguna modelo. No era justo que el dueño de la empresa que
ganaba millones se llevara la mejor parte. Y yo, que ya tenía poco, recibiría
aún menos. Todo es culpa suya. Me gustaría que se pillara ladillas en el
pene.
Capítulo 3
El lunes, intentaba luchar contra mis propios demonios para quedarme
en el trabajo después de todo lo ocurrido. Cuando Alexander llegó, su
sonrisa iluminó todo el edificio. A diferencia de la mía. Hoy era el día de la
sesión con esa famosa modelo que Alexander tanto quería contratar, para
hacer una campaña publicitaria para unos clientes muy importantes para la
empresa. También imaginé que parte de su alegría se debía a que en menos
de una semana se iba a ir de vacaciones durante quince días. Se rumoreaba
que era la primera vez en mucho tiempo que lo hacía. Y solo por eso, ya
estaba más emocionada. Aunque sabía que no tenerlo cerca sería una gran
carga de trabajo, el simple hecho de no tener que verlo me hacía feliz.
A las tres de la tarde, bajamos todos para la sesión de fotos. Allí estaba
yo con mi cuaderno en medio del estudio, con el fotógrafo de turno y varias
personas más: la maquilladora, la persona de vestuario, la encargada de que
las modelos estuvieran cómodas, toda una parafernalia de personas y
materiales. Pero a la chica que debía venir a fotografiarse, ni verla. Llegaba
tarde y eso solía enfadar mucho a Alexander. Lo miré.
Permaneció sentado en la misma silla, sin moverse, con los ojos fijos en
su teléfono. Entonces le vi levantar la cara y ofrecerme una enorme sonrisa.
No había duda de que tenía un atractivo absolutamente cautivador, pero no
podía olvidar que era una persona sin un rastro de empatía en su cuerpo.
—Imagino que Mariana está atascada en el tráfico, así que voy a por un
café y vuelvo enseguida —algo no iba bien. Él seguía sonriendo y no era de
esas personas que veían todo color de rosa cuando las cosas no le iban bien,
y menos en una situación como esta. Además, nunca fue a buscar su café.
Lo hacía yo misma, diez veces al día. Por eso flipé con la tranquilidad con
la que se disfrazó, que me pareció un poco rara. La típica postura de alguien
que está hirviendo por dentro y va a explotar en cualquier momento.
Los demás estábamos esperando y mientras tanto el fotógrafo, que era un
tipo muy simpático con unos ojos verdes tremendos, se puso a hablar
conmigo.
—Paola, ¿nunca has pensado en ser modelo? —dijo, mientras disparaba
su cámara para hacerme fotos. Empecé a reírme torpemente y a coquetear.
Y me tapé la cara con el brazo para evitar que me fotografiara.
—¡No, qué va! Ya ves... yo como modelo —empecé a reírme, nerviosa.
El chico era muy guapo.
—En serio, eres muy bonita. Serías mejor modelo que muchos que he
conocido. Además, tu sonrisa es genuina. Quédate aquí. Vamos a intentarlo
—me empujó tan rápido que no tuve tiempo de negarme. Cuando di por mí,
estaba sentada en la silla del escenario y él se colocaba para fotografiarme,
como si fuera una modelo famosa.
—No, por favor, no lo hagas. Si nos pillan aquí, vamos a tener
problemas. —Intenté quitarle la loca idea de la cabeza, pero no había nadie.
La gente estaba dentro preparando las cosas mientras Mariana no llegaba.
Así que dejé que el fotógrafo jugara un poco conmigo.
—No seas aguafiestas. Ahora dame tu mejor sonrisa —comencé a
sonreír muy tímidamente. Me daba un poco de vergüenza estar allí expuesta
a su mirada. Sabía que ese era su trabajo y que ya estaría acostumbrado a
ver mujeres impresionantes. Pero yo no era ese tipo de mujer, no tenía ese
encanto—, perfecto. Eres muy guapa. Ahora, quiero tu pose más
provocativa... eso... levanta la cabeza... pon una mano en la cintura. No...
así.
Se acercaba y recolocaba mi cuerpo y mis manos donde le apetecía.
Estaba tan cerca y era tan dulce que dejé que me asesorara. Nunca se me
ocurriría hacerme modelo, porque no me gustaba nada ese mundo, pero el
trabajo en sí me fascinaba. A los cinco minutos de lo que parecían diez mil
fotografías tomadas, me cegaba la luz de los flashes que inundaban mis
ojos.
—Ya está, paremos, antes de que venga alguien —asintió y apagó las
luces. Se acercó a mí y me besó la mejilla.
—Estabas tremenda. Te enseñaré las fotos más tarde. Van a tener un
aspecto increíble. Eres guapísima. Si alguna vez cambias de opinión sobre
querer ser modelo, házmelo saber —guiñó un ojo y se volvió, mirando a su
cámara. Todavía estaba avergonzada con mi sonrisa más tonta. Cuando se
apartó de mi camino y miré al frente, Alexander estaba sentado en su silla y
me miraba con una expresión tan neutra y tranquila que casi me caigo del
asiento.
Dios mío, sabía que esto era una mala idea. Cogí rápidamente mi
cuaderno del suelo y me dirigí corriendo a su lado. El fotógrafo seguía a lo
suyo y ni siquiera se movió para ver a su jefe. A él le daba igual, pero a mí
no. Aunque seguía callado, ya estaba esperando la reprimenda que me iba a
echar.
Pasaron dos minutos insoportables, en los que el silencio fue el rey en
todo el estudio. El sonido de una llamada entrante interrumpió el ambiente.
Respondió Alexander. Y cuando colgó, pude ver cómo su rostro adoptaba
una expresión de pura ira. Se levantó, con calma, metió las manos en los
bolsillos del pantalón y, mirando al fotógrafo y a algunas personas que
entraron en la sala, habló. Su voz salió tan arrastrada y siniestra que me dio
escalofríos.
—La sesión se cancela. Todo el mundo puede volver al trabajo. Mariana
Romero no viene. Gracias a todos por vuestros esfuerzos.
¡Oh, mierda! ¡Oh, mierda! Eso era una mala señal. Muy mal. Esta
campaña era algo realmente importante para él y sabía que tenía que estar
muy molesto por lo que estaba pasando. Entonces, ¿por qué fingía estar tan
tranquilo? Siempre era muy transparente con sus actitudes y estados de
ánimo. Demasiado transparente. Me sorprendió verlo tan tranquilo.
Cuando pasó junto a mí, me miró de arriba abajo y me sentí como un
guisante, de pequeña.
—Señorita García, si ya se ha divertido lo suficiente esta tarde, tenemos
que repasar un informe. La espero en mi despacho —dijo.
—¿Lo que ya hemos repasado dos veces? —Me arrepentí, nada más
decir la última palabra, porque me miró tan inexpresivamente que supuse
que sería yo quien se salpicaría con su mal humor, muy pronto. Habló en
voz tan baja y tan cerca de mí que hizo que se me erizara el vello de la
nuca.
—Sí... el que repasaremos tantas veces como sea necesario. Que para
eso... —se calló y vi por la forma en que se movía su manzana de Adán que
tragaba en seco—, eres mi asistente y no mi modelo.
—Sí, Sr. Ruiz. Cogeré los informes enseguida y estaré allí. —Fue todo lo
que pude decir, tratando de evitar que me aniquilara con el hecho de que
había estado allí haciendo de modelo. Ya había dejado entrever que no le
hacía ninguna gracia.
—Señorita García, me gustaría darle un consejo. Ya que ha sido mi
asistente durante más de un mes en este papel, déjeme explicarle algo:
nunca le digas a un argentino que vas a «coger» algo, lo que sea.
Simplemente «lo coges». O a agarrarlo por el lado de los tomates, como
decimos por allá. No se detenga mucho con los demás empleados —dijo,
mirando al fotógrafo con desdén.
Me quedé helada mientras subía en el ascensor de vuelta a su despacho.
◆◆◆
Durante esa semana los ánimos estuvieron en el filo de la navaja.
Faltaban apenas dos días para el viernes, y el lunes Alexander se iba de
vacaciones al Caribe. Fui yo quien organizó todo para su viaje y preparó su
agenda. Estaba contando los minutos.
De todos modos, lo veía en un estado muy extraño. Desde que Mariana
Romero faltó a la sesión, Alexander estaba en punto de caramelo. Y por lo
que tengo entendido, ella dijo que estaba enferma y que no podía hacer
campaña. Y lo sé porque lo escuché discutir con los clientes y cuando lo
amenazaron con entregar el trabajo a la competencia si no encontraba la
manera de hacer las fotos en una semana.
Y, en mis adentros, rezaba para que el lunes llegara y se fuera. Durante la
semana siguiente, Aurora, la jefa del departamento, lo sustituiría. En todo:
los encargos, los contratos, las sesiones, las contrataciones, todo. Al menos,
mientras él estuviera de viaje. Aurora era una persona agradable y humana
y siempre se dirigía a nosotros con la máxima consideración. Me alegré de
tenerla como jefa, aunque solo fuera por quince días. Mi contrato de
sustitución por maternidad bajo la tutela del ogro estaba llegando a su fin,
poco a poco.
La anterior secretaria se había quedado embarazada y Alexander la envió
a casa en el quinto mes de embarazo. Dijo que tener una mujer embarazada
allí podría traer mala suerte a los demás. Especialmente para él, que tenía
aversión a los niños. Al menos eso es lo que me dijeron. Todavía le
quedaban seis meses de baja por maternidad, y así es como entré en la
ecuación. Estaba bien cualificada para el puesto y buscaba experiencia en
un lugar como esa agencia para poder ascender y encontrar un trabajo que
fuera mío y estable. Así que ese reemplazo había llegado en el momento
adecuado. Pero no quería ser secretaria o asistente toda mi vida. De hecho,
aspiraba al puesto de Aurora, para el que tanto había estudiado. Así que
tenerla como jefa durante los próximos quince días iba a ser mucho más
inspirador y productivo para mí que el mes y medio que había pasado
trabajando con Alexander Ruiz. Puede que incluso sea el mejor profesional
del mundo. Es cierto que nunca dejaba un trabajo sin hacer, nunca fallaba
con sus predicciones y era un as de los negocios, pero no sabía tratar con la
gente.
El teléfono sonó. Era él. Podía ver la luz de su oficina parpadeando en la
máquina. Cada vez que la veía casi me daba un ataque epiléptico. Y no
tenía epilepsia.
—Paola, ven a mi oficina, por favor. Y tráeme tu agenda —colgó, como
siempre. Nunca me daba tiempo para hablar o respirar. ¿Mi agenda? ¿Qué
agenda? No tenía agenda, ni vida, ni nada. Creo que se refería a mi lista de
tareas. Sin embargo, ya me imaginaba que el gigantesco correo electrónico
que me había enviado con las cosas de las que tenía que ocuparme cuando
él no estuviera, no era suficiente. Me iba a llenar de más cosas. ¡Bastardo!
Entré en su despacho, con mi pequeña libreta, donde anotaba todo lo
importante.
—¿Quería verme, señor Ruiz? —pregunté al ver que no quitaba los ojos
del ordenador. Fue entonces cuando levantó la vista.
—Si quisiera verla, iría a la base de datos de fotos que algunos dejan
colgadas. —Me iba a mandar la sesión de fotos a la cara para el resto de mi
vida. Qué vengativo era.
No dije nada, solo asentí. ¿Qué decir a alguien como él? Lo mejor era
ignorarlo. Volvió a teclear en su ordenador, pero empezó a hablarme al
mismo tiempo.
—Seguro que tiene un pasaporte válido —dijo.
–Lo siento, Sr. Ruiz, no entiendo. ¿Su pasaporte? Por supuesto que está
válido y conforme para viajar el lunes. Lo he comprobado y confirmado yo
misma. —Concretamente cinco veces.
—No estoy hablando del mío. Estoy hablando del suyo.
—¿Mi pasaporte? ¡Uhm!, supongo que sí. ¿Por qué? —No entendía el
rumbo de la conversación.
—Porque lo va a necesitar. Puede empezar a organizar toda su agenda. Y
compre sus billetes de avión para el lunes.
Estaba petrificada. ¿Qué significa eso para mí? ¿Billetes?
—¿Billetes para dónde, Sr. Ruiz? —Por fin levantó la vista y me miró a
la cara. Sus ojos se abrieron de par en par como si hubiera hecho la
pregunta más estúpida del mundo.
—¿Y dónde podría ser, señorita García? Al Caribe, conmigo. Usted se
va de vacaciones conmigo.
Por desgracia, eso fue lo último que oí antes de sentir que las piernas me
flaqueaban, que el corazón se me aceleraba, que aparecían pequeños puntos
negros en mi visión, que un mareo se apoderaba de mí y que acababa
desmayándome, cayendo al suelo.
Capítulo 4
Cuando abrí los ojos, lo primero que vi fue la cara de mi jefe. Durante
unos momentos, estuve a punto de volver a sufrir otro desmayo.
—Doctor, está despierta. —El doctor Ernesto, que era el médico que
teníamos de la mutua y que pasaba consulta a los trabajadores de la
empresa, se acercó y empezó a mirarme a los ojos, apuntándome con la
linterna.
—¿Estás bien, Paola? ¿Cómo se sientes?
—¿Qué pasó? Sí. —pregunté aturdida. Alexander se paseaba de un lado
a otro en el pequeño despacho que teníamos para las urgencias y el
tratamiento. Yo estaba sentada en una camilla.
—Te has desmayado. ¿Has comido hoy? —asumió el médico.
—Sí —respondí.
—¿Crees que puedes estar embarazada? —En ese momento abrí mucho
los ojos y Alexander hizo lo mismo. Nos miramos con una extraña tensión.
—¿Yo? No, en absoluto —empecé a reírme nerviosamente. Los ojos de
Alexander se ablandaron, pero seguía alerta. Comprendí su preocupación:
peor que una secretaria embarazada eran dos. No estaba en mis planes
dejarlo colgado con el trabajo—. Además, para poder tener hijos primero
debería tener una vida que me permitiera hacerlos. Una vida sexual. —
También podría haber mantenido la boca cerrada; el médico me estaba
poniendo el manguito para medirme la tensión.
—No es por falta de posiciones —murmuró Alexander. Pero lo escuché
bien, y también el médico. Y ahora ambos lo estábamos mirando. Se sintió
incómodo con sus palabras y empezó a ponerse nervioso. Pude ver cómo se
alteraba su lenguaje no verbal—. Será mejor que espere fuera. Sra. García,
cuando esté mejor, venga a mi despacho. Si no tiene ningún impedimento
importante —miró la zona de mi vientre—, entonces tenemos que preparar
un viaje.
Dicho esto, salió de la pequeña habitación.
—Bueno, Paola —dijo el médico ahora que estábamos solos—. Tu
presión arterial es normal, en este momento. Sé que vas al Caribe, así que te
pido que comas y tengas cuidado con el sol. Y cuida tu salud. El estrés
suele ser la peor enfermedad de todas.
«También mi jefe», pensé, y él era la causa de mi estrés.
Después de la consulta con el Dr. Ernesto, terminó recetándome algunas
vitaminas y pastillas para el estrés y para ayudarme a dormir mejor. ¡Hasta
dónde había llegado! Pero conocía el problema que me había llevado hasta
allí, lo había escuchado perfectamente. Alexander me dijo que me iba de
vacaciones con él al Caribe. Estaba como una cabra. Eran sus vacaciones
personales, ¿qué coño estaba pasando? ¿Cómo pudo exigirme tanto?
¿Estaba chiflado o qué? Creo que el único que necesita atención médica es
él.
Volví, tan rápido como pude a su despacho y ni siquiera me molesté en
llamar a la puerta antes de entrar. Acabo de hacerlo. Mal momento, porque
estaba colado a una modelo que trabajaba con nosotros en una campaña.
Los dos estaban lo suficientemente cerca como para que no fuera una cosa
de trabajo. Estoy seguro de que si hubiera entrado unos minutos después, lo
habría pillado con los pantalones bajados hasta las rodillas.
—¡Vaya! Parece que ha superado el achaque ese —dijo muy
avergonzado, mientras se ajustaba la ropa y hacía un gesto para que la chica
saliera. No sé cómo se las arreglaban para que con un solo gesto, supieran
que las sacaba de la habitación. La chica salió como un perrito. Con la cola
entre las piernas.
—Disculpe que lo interrumpa, señor Ruiz, pero creo que tenemos una
conversación pendiente —dije, entrando en la sala y sentándome en la silla
frente a su escritorio sin siquiera pedirle permiso. Después de lo que me
había dicho, mi vergüenza se había ido al garete.
Me miró con clara sorpresa, hizo una mueca y se sentó de nuevo en su
silla.
—Está bien, así me gusta. Seamos prácticos: espero que se sienta mejor.
Este lunes nos vamos al Caribe, donde voy a pasar mis vacaciones. Por eso
quiero que prepare todo para que pueda acompañarme en este viaje.
—Sr. Ruiz, la primera vez creí haberlo escuchado mal, tanto que mi
cerebro se apagó. Pero ahora lo escucho perfectamente y no puedo entender
a qué se refiere con lo de ir de vacaciones con usted. No tengo intención de
ir a ninguna parte con usted.
La expresión de su rostro cambió sustancialmente y se volvió oscura y
peligrosa. No me importaba porque no iba a dejarme intimidar por este
hombre.
—Me vale madres sus intenciones —abrí la boca hasta el suelo. Qué
hombre más grosero.
—Creía que era usted argentino, no mexicano —cambiaba de expresión
cada dos por tres, ya no sabía de qué parte del mundo era, parecía una
mezcla de idiomas.
—Porque si fuera una secretaria competente y hubiera leído un poco
sobre su jefe, sabría que nací en Argentina y me crié en México. Y que de
joven estudié en Estados Unidos. Pero eso, me imagino, se le ha pasado,
¿no es así, señorita García?
—Lo siento, no se nota en absoluto que tenga acento extranjero, así que
no recordaba ese detalle. —No estaba siendo irónica, aunque lo pareciera,
solo intentaba disimular mi desconocimiento.
—Eso es porque llevo más de diez años en España, señorita García. Otra
cosa que debía saber. De todos modos, no estoy aquí para discutir con usted
sobre mis orígenes. Como le dije, necesito que venga de vacaciones
conmigo.
—Pero, señor Ruiz, no puedo dejar todo así, mi trabajo, mi vida... No lo
entiendo. ¿Por qué no llama a una de esas modelos para que se vaya de
vacaciones con usted? Estoy segura de que estarán encantadas. —Creo que
he dicho demasiado, porque su mirada casi me crucifica. Tragué con fuerza.
¿Qué tenía este hombre que siempre lograba intimidarme?
—En primer lugar, Paola —me estremecí cuando me tuteó—, esto es
trabajo, así que no hay razón para llamar a nadie más. En segundo lugar,
necesito tus servicios. No quería tener que trabajar en mis vacaciones, y
menos así, pero no voy a cancelarlas por esta situación en la que nos
encontramos. Tengo visitas programadas con mi familia y no voy a cambiar
mis planes. Así que no tengo más remedio que llevarte conmigo.
—Pero… ¿por qué yo? —yo seguía intentado razonar otra opción. ¡Oh!
Esto era una pesadilla.
—Es sencillo: Mariana Romero no se presentó ni se presentará a la
sesión de fotos porque está enferma. Y yo no tengo ninguna otra opción
válida para esta campaña. La otra opción sería quedarme esta semana y
buscar una alternativa y no voy a perder esta campaña por culpa de esa
gentuza. Me ha quedado de a seis cuando me lo dijeron. El gerente de la
marca está decidido a dejar de trabajar con nosotros, así que tengo una
semana para encontrar otro modelo y tengo que hacer varios contactos, pero
no voy a perderme las vacaciones. Así que te encargas tú de ayudarme
mientras estamos en el Caribe. Considéralo un trabajo extra.
—¿Trabajo extra? Señor Ruiz, estar con usted quince días en una isla
olvidada de la mano de Dios y para allá del quinto pino es lo mismo que
trabajar seis meses seguidos —hablé más de lo que debía.
—¿Tienes algo mejor que hacer? Te invito a que vengas conmigo a una
playa paradisíaca en medio del Atlántico, con todos los gastos pagados
durante quince días, para que hagas algunos contactos por mí. ¿Te parece un
sacrificio? ¿O tu novio echará de menos tus noches de viernes?
—No tengo novio, Sr. Ruiz. Y a este paso, ni siquiera tendré uno. No
puedo irme durante quince días, sería como trabajar 24 horas al día para
usted.
—¿Te crees muy acá, ¿no? —Lo miré desconcertado—, no tienes que
estar trabajando veinticuatro horas al día. Tus funciones no implican
trabajar fuera del horario laboral.
—¡Oh, eso está mejor! De repente pensé que también se incluía algún
servicio extra. —Creo que mi boca me iba a matar. Me he aguantado todo
este tiempo para no tener que decirle nada. Soporté todas sus mierdas,
abusos y órdenes, ahora ya no podía mantener la boca cerrada. Su rostro
adoptó una expresión muy seria y pude ver un tic nervioso en sus ojos.
—Señorita García... no me dé ideas —dijo con una voz grave y
peligrosa, y yo hice una mueca de horror—, la mitad de este edificio estaría
encantada de servirme las veinticuatro horas del día.
—No soy la mitad del edificio. Solo soy yo.
—Exactamente. Y tú eres mi asistenta, por lo que sé, así que intenta lo
que te dé la gana, pasa el fin de semana en revolcones con tu novio, de
despedida o lo que te dé la gana. Pero el lunes te quiero en el aeropuerto, a
tiempo, con mi agenda y mis contactos listos para poder trabajar los
próximos quince días. Quiero y necesito descansar. Y tú necesitas este
trabajo. Así que no veo por qué seguimos teniendo esta conversación.
Puedes retirarte.
Ya sabía que iba a farolear mi trabajo, pero no tenía por qué aceptarlo.
Era mucho más de lo que estaba dispuesta a hacer para conseguir un trabajo
decente. Prefiero lavar los platos en un restaurante de comida rápida.
—Sr. Ruiz —me levanté y él hizo lo mismo involuntariamente. Nos
quedamos un momento mirándonos—, que tenga usted unas buenas
vacaciones. No se preocupe, sé dónde están los recursos humanos, así que
antes de irme me pasaré por allí.
Dicho esto, me dirigí a la puerta, dejándolo con la boca abierta. Apenas
con ver la estúpida mirada con la que quedó, merecía todo el espectáculo.
Acabo de renunciar a mi trabajo, pero al menos me iba con la cabeza bien
alta. Consiguió atraparme antes de que pudiera girar el pomo de la puerta y
me sujetó por el brazo. Me hizo enfrentarme a él y fue entonces cuando me
di cuenta de lo cerca que estaba. Había pena en su rostro.
—Aguántame un cacho, Paola —dijo con su intensa mirada. No pude
evitar un escalofrío cuando escuché mi nombre en sus labios y su mano en
mi brazo. Estaba fuerte y fornido, el muy cabrón—, ya fue, me tiro a la
pileta. Te necesito, por favor no me hagas esto —su voz era tan desesperada
y suplicante que por un momento me sentí mal por hablarle mal. Pero todo
eso se borró inmediatamente cuando recordé que estábamos hablando de
Alexander Ruiz, mi despiadado, cruel y desvergonzado jefe.
—Lo siento, Alexander, ya no trabajo para ti. —Utilicé la misma
confianza que él utilizó conmigo, porque no me iba a sentir mal con él en
absoluto. Ya no. Intenté liberarme de él, pero lo único que conseguí fue un
empujón suyo, y acabé atrapada entre la puerta de salida y su cuerpo.
Reprimí el impulso de apartarme. Me instinto me decía que era mejor
quedar quieta. La tensión en la sala aumentó al máximo. Ahora me agarraba
los brazos con las dos manos y no tenía escapatoria.
—¿Qué estás haciendo? —chillé.
Él mantuvo la mirada fija en mí y yo pensé, furiosa, que no iba a
permitir que se siguiera saliéndose con la suya. En cuanto tuviera la
oportunidad iba a decirle cuatro cosas, pero sentía miedo y no sabía cuáles
eran sus intenciones. ¿Iba a hacerme daño? No esperaba eso de él.
—Cálmate. No voy a hacerte daño —dijo en voz muy baja y tranquila.
Me relajé un poco y miré sus manos. Comprendió mi mirada y me soltó los
brazos—. Lo siento. No quería asustarte, solo quiero hablar. Y eso es todo.
Por favor, reconsidera, piénsatelo bien. Este trabajo es muy importante para
mí, para la agencia. Pero también lo son estas vacaciones. Hay alguien a
quien tengo que ver y no puedo cancelarlo. Te lo pido por favor. Te haré
una carta de recomendación personalizada cuando dejes la empresa, seguro
que te dan trabajo en algún sitio. ¿No es eso lo que querías? Lo dijiste el
otro día por teléfono —levanté una ceja—. Estoy dispuesto a darte la carta e
incluso a recomendarte a dos o tres contactos importantes. Con toda la
certeza que al día siguiente estarás trabajando en una buena empresa.
Además, te pagaré muy bien tus honorarios durante los próximos quince
días. Lo haré con mi propio dinero, personalmente. Te pagaré el equivalente
a tres de tus salarios. ¿Te parece bien?
—Cuatro.
—¿Perdón? —preguntó atónito.
—Perdonado. Pensando mejor en cinco. Cinco sueldos y no más horas
extras hasta el final de mi contrato.
Se quedó sorprendido, sin apartar sus ojos de los míos. Finalmente,
aceptó, moviendo la cabeza afirmativamente. Antes de volver a hablar, se
metió las manos en los bolsillos y levantó la barbilla.
—Ocho horas en el aeropuerto, ni un minuto más. Que tengas un buen
fin de semana.
Giré mi cuerpo, abrí la puerta y salí. Cuando llegué a mi escritorio y me
senté, empecé a temblar. ¡¿Qué acaba de pasar realmente?! ¿De verdad iba
a ir al Caribe en un par de días? ¿Con mi odioso jefe? «Oh, Dios mío, ¿qué
he hecho?»
Capítulo 5
No sé qué pesaba más: mi maleta o mi conciencia. Mientras arrastraba
mis pertenencias por el pasillo del aeropuerto, pensé en lo que estaba a
punto de ocurrir. Iba a subir a un avión con mi jefe, rumbo a una playa
paradisíaca en el Caribe. Pero no era un jefe cualquiera: era Alexander
Ruiz. El implacable y temido argentino, mexicano con toques americanos y
españoles o lo que sea. Lo único que nació con un único propósito: hacer de
mi vida un infierno.
El domingo lo pasé fatal, tuve que hablar con mi familia y amigos y
explicarles por qué demonios me iba de viaje sin avisar, elegir qué ropa me
iba a poner para ir a un lugar caluroso y húmedo y todo el popurrí de cosas
que necesitaba. Encima, mi casa estaba hecha un desastre. Cuando llegase a
casa, me tomaría un día libre para limpiar todo el desorden que quedó en el
suelo. Menos mal que vivía sola y no tenía a nadie que me regañara.
Lo peor fue elegir la ropa. No tenía nada en mi armario exactamente
adecuado para un lugar como este. En Madrid hacía mucho calor, pero
obviamente para ir a trabajar me llevaba algunas piezas más formales.
Como no tenemos playa en la capital, no tenía muchas posibilidades de
elegir entre las cosas que tenía. He conseguido encontrar algunas cosas de
cuando fui de vacaciones con Adri a Málaga el verano pasado. No entraba
en mis planes ir toda cubierta y asar en medio del Caribe, pero tampoco
quería ir enseñando y alardeando todas las carnes. Especialmente bajo la
juiciosa y estrecha atención de mi jefe. Sin muchas opciones ni tiempo para
comprar nada más, tuve que ingeniármelas para hacer magia con lo que
tenía y esperar que fuera una buena elección.
Cuando llegué a la puerta de embarque, después de pasar por una
enorme cola de seguridad y de que me obligaran a abrir las maletas dos
veces para explicarme qué coño eran las pastillas que el médico me recetó
como vitaminas, por fin pude respirar. Pero fue un sol efímero, porque una
voz detrás de mí consiguió quitarme la paz:
—Señorita García, no creí que llegara a tiempo. Estaba a punto de enviar
a mi chófer a recogerla a su casa. Si pudiera encontrarla en su casa, claro.
—¡Gilipollas! Donde pasaba mis noches no era de su incumbencia. Lo
decía para provocarme. Y para quedar por encima. La imagen de Alexander
encima de mí me dio un calor instantáneo. Sacudí la cabeza, apartándola de
mi mente.
—Me he visto obligada a abrir las maletas, si no, hubiera llegado antes.
Sabía que tenía tiempo de sobra —respondí malhumorada.
Miró mi equipaje de mano. Había traído una maleta de cabina y otra que
había facturado. Y mi mochila con mi ordenador y todas mis cosas de
trabajo. Parecía un canguro con una bolsa que era una extensión de mi
cuerpo. La llevaba a todas partes.
—Espero que no traigas ninguna sustancia ilegal al viaje. No me apetece
pasar la noche en un calabozo de quinta categoría con algún Judas frotando
su vergüenza en mi trasero.
—Eso, se lo digo yo, señor Ruiz. No sé cómo lo dejan pasar con las
pastillas azules —dije; estaba de muy mal humor y no estaba dispuesta a
escuchar sus improperios. El aeropuerto era tierra de nadie, neutro como
Suiza, y yo no estaba en su territorio. Me miró con los ojos entrecerrados y
un ojo crispado, como siempre hacía cuando se ponía nervioso.
Con calma, metió las manos en los bolsillos del pantalón beige que
llevaba, muy coloquial, con sus zapatos náuticos y su polo blanco. Iba muy
de fin de semana, pero se veía elegante. Alexander no siempre vestía de
traje, sino que a menudo llevaba otros atuendos muy a la moda. Era un
hombre que, se pusiera lo que se pusiera, siempre tenía buen aspecto y era
guapo.
—Paola... —Volvemos a ser coloquiales. Eso era bueno, pero era un
arma de doble filo.
—Alexander... —respondí y eso hizo que sus ojos se entrecerraran aún
más.
—Creo que me confundes con tus amigos. No necesito nada azul, a no
ser que sea algo de encaje que sea azul o... —apretó su boca contra mi oído
para que no le oyeran los demás que nos rodeaban y me puse nerviosa—,
algún pelo atrevido en tonos azules. —Tragué en seco. Me agarró un
mechón de pelo—. Pero me gustan más las morenas… o las rubias… o
pelirrojas, me gusta todo el arco iris. No soy racista ni xenófobo, para nada.
De hecho, odio a las personas que lo son. Y el odio no es algo bueno,
¿verdad, señorita García?
Eso es exactamente así. Justo lo que sentía por él ahora. Di un paso atrás.
La azafata de tierra empezaba a llamar a los pasajeros.
—Nos están llamando, será mejor que nos pongamos a la cola.
—Vuelo en clase preferente, no necesito esperar en la cola. Nos
encontraremos en el aeropuerto de Nassau, en las Bahamas. Que tengas un
buen viaje. Y por cierto... Paola, relájate. No todo es trabajo en esta vida.
Me dejó en la fila de la plebe mientras la realeza se dirigía a su zona VIP.
Me enfurecí ante su arrogancia y soberbia, pero tenía razón en una cosa: me
iba a ir quince días de vacaciones al Caribe. Por trabajo, es cierto, pero
nunca había estado allí y quería ver las islas. Además, Alexander era una
persona a la que le gustaban las cosas refinadas y lujosas. Por lo tanto, iba a
alojarse en los mejores hoteles, cada uno más impresionante que el otro.
Pude ver las fotos y las descripciones cuando hice las reservas, y en esa
ocasión estaba lejos de imaginar que iba a ser una invitada más en estos
lugares. Iba a estar en el mismo hotel que él y seguir sus pasos como si
fuera su sombra. Pero podría ser peor: podría estar encerrada en una oficina.
Así que respiré profundamente y empecé a relajarme un poco.
Cuando subí al avión, estaba claro de que no se trataba de una clase
preferente. Iba a tener que compartir las dieciocho horas de vuelo con otras
tres personas que estaban a mi lado, y tenía mucho rato por delante. Los
aviones intercontinentales eran enormes, pero seguía siendo un vuelo en
clase económica. Miré la zona privada donde se suponía que iba Alexander,
¡Malasombra! Al menos podría haber comprado un billete de clase business
con él. ¡Tacaño! Yo era la que debía ir allí, no él. Lo demás son pamplinas,
al fin y al cabo, yo era la que iba a trabajar y él iba a hacer de turista, así
que en mi mente tenía mucho más sentido que fuera así.
El vuelo no era directo. Haríamos escala en Miami y luego cogeríamos
otro avión a Nassau. Nos quedaríamos allí unos días y luego
continuaríamos nuestro viaje a la isla principal de Bahamas. Allí nos
alojaríamos en el Ocean Club, uno de los mejores hoteles de la isla, como
todos los demás. También era exclusivo. El itinerario tenía algunas paradas
más, pero en realidad viajábamos a capricho de mi jefe. En un momento
dado, me dijo que había quedado con un familiar. No sabía que tenía familia
allí. Era un hombre muy misterioso, hablaba poco de sí mismo y apenas
mencionaba a su familia o su pasado. Aparte de eso, era la primera vez que
se iba de vacaciones, aparentemente, desde que abrió la empresa. Incluso
pensé que era huérfano. Durante el tiempo que llevo trabajando con él
nunca le he visto hacer una llamada personal a un familiar ni mencionar
nada relacionado con el tema. Pero de nuevo: Alexander Ruiz era una bestia
extraña que no quería entender. Únicamente quería hacer bien mi trabajo,
sacar todo lo que pudiera de la instancia y volver a casa sana y salva. Y de
una pieza, preferiblemente.
Tres horas después de que el avión saliera de Madrid, estaba recostada
en mi asiento leyendo mi lector de libros electrónicos. Por fin podía hacer
algo que me gustaba: leer. Nunca tenía tiempo. O más bien, desde que
empecé a trabajar en la agencia, empezaba una novela y nunca la terminaba.
Así iba yo, dando tumbos por la vida.
—¿Qué lees? —Salté en mi asiento del susto que me llevé al oírlo hablar
tan cerca de mi oído. ¡Joder! Era un puto gato, caminando con almohadillas
en las patas.
—¡Ah!, una novela —dije, bajando el aparato y mirándolo. Se apoyó en
mi silla, agachado de cuclillas a mi lado, ya que yo estaba en el asiento más
cercano al pasillo del avión y de esa forma se quedaba casi a mi altura para
hablar.
—Imaginé que fuera una novela, no iba a ser un informe de la empresa,
aunque no te vendría mal —le levanté las cejas. Puede que estuviéramos en
horario de trabajo, pero que yo sepa estábamos en las nubes y allí tampoco
era su territorio. A menos que fuera Dios. Bueno… había algo de Dios en
él… «¡Para Paola!»—. Lo que quiero saber es qué tipo de novela es:
¿horror, drama, ensayo?
—Oye, es una novela de ficción —siguió esperando que continuara, pero
no me apetecía hablar con él de nada casual—. Es una novela romántica.
Me gusta el género.
—Ya imaginaba —no me gustó ese comentario—, predecible. Pareces la
típica chica que se cree todas las patrañas y clichés que ponen en las
novelas románticas: amor a primera vista, hombres maravillosos, guapos y
galantes, siempre dispuestos a todo para salvar a la damisela en apuro. En
resumen: una verdadera mentira. No existen tales hombres.
—Lo que no existe es gente como tú —¿Qué me pasaba? ¿Había
desayunado lengua? También irguió una ceja.
—Exacto, ya no hay mucha gente como yo: realista, sincera y
trabajadora. Además, tampoco hay muchos hombres como yo en esa mierda
que lees.
—Porque te acabo de decir que son novelas de romance, no historias de
terror —fue muy petulante y lo quería callar.
—Si llamas horror a ser un hombre capaz de satisfacer los deseos más
profundos de una mujer —bajó el tono y empezó a hablarme de nuevo en
voz baja y al oído para que solo yo pudiera escucharlo. Y no sé qué me
pasaba, pero cuando lo hizo, sentí que la humedad me subía por las piernas
y se instalaba en un territorio que no era el Caribe—, o a ser un hombre que
trata a las mujeres como realmente deben ser tratadas: con adoración y
devoción. Y no con falsas promesas y compromisos insensatos que apenas
sirven para arruinar y fastidiar todo.
Giré la cabeza para mirarlo y, al hacerlo, su boca se acercó a escasos
centímetros de la mía. Ambos nos quedamos quietos en esta inusual
proximidad. Él miró mis labios y yo miré los suyos. ¡Dios! Qué guapo era.
Y cretino.
—Supongo, entonces, que no debes pensar en mí como una mujer. Ya
que este tratamiento del que hablas parece digno de una novela, sí, sin
embargo, por mi experiencia diría que eres más bien un protagonista de
thriller psicológico.
Sonrió con una sonrisa muy perversa y sensual. Acercó aún más su boca
y su aliento cálido y mentolado rozó mis labios, haciéndolos cosquillear
sutilmente, lo que me hizo cerrar los ojos involuntariamente.
—Eso es porque nunca fuiste mi mujer. Hay una diferencia sustancial
entre ser la mujer que ocupa mis noches y la que ocupa mis días. Igual que
hay un mundo de diferencia entre las mujeres a las que doy placer y las que
doy empleo.
—Cuando lo pones así, parece que los dos no se confunden —volvió a
entrecerrar los ojos. Sabía perfectamente lo que estaba insinuando. No
podía decir eso cuando se llevaba a la cama a todas las modelos que
trabajaban para él.
—Sé lo que dije y lo sigo diciendo. He dicho las mujeres a las que doy
placer, no las que me dan placer a mí.
Mis mejillas ardían como dos clavos ardientes. Y a esos me iba a agarrar
mientras se reía en mi cara. Se levantó y terminamos la íntima, pero
estúpida conversación. Solo confirmó lo que ya sabía de él: se creía el rey
del mundo y el Dios del sexo, que cualquiera podría caer a sus pies.
Lástima que yo no fuera cualquiera. Y yo solo me había rendido a su sueldo
y a su carta de recomendación.
Durante el vuelo hablamos un par de veces más mientras él "bajaba" a la
zona de los que no podían permitirse el tratamiento preferencial. Si fuera mi
aerolínea le habría incluido un servicio de conversación privado con la
azafata para no tener que molestarme con sus comentarios sexistas y tontos.
Cuando llegamos a Miami, me sentí desolada. No es de extrañar que una
persona tuviera que alojarse en un hotel con spa durante quince días
después de ese largo viaje. Demasiadas horas para mi culo y mi paciencia.
Cuando llegamos debía ser alrededor de la una de la madrugada en Madrid,
pero aquí todavía eran las siete de la tarde del día anterior. Básicamente
habíamos viajado en el tiempo. Me gustaría que fuera cierto, porque quería
viajar a la época en la que pensaba que este trabajo iba a ser algo bueno…,
y no lo aceptar. No podía haber estado más equivocada cuando hice esa
escoja.
Alexander sugirió que fuéramos a buscar algo decente para comer
además de la comida que servían en el avión. Por supuesto, sabía que la
comida que le habían servido no se parecía en nada a la que me habían
servido a mí, aunque parecía lo suficientemente maravillosa como para ser
"comida de avión". El viaje fue magnífico en cuanto a servicio y atención
del personal. No tenía nada de qué quejarse en ese sentido.
Estuvimos en el aeropuerto de Miami unas cuatro horas, hasta las once
de la noche. Y desde allí cogemos (¡¡perdón!!), tomamos otro avión a
Nassau. No llegamos a ver nada de Miami, pero durante la cena me contó
varias cosas sobre la ciudad. Se notaba que era una persona muy culta y
viajada y hablar con él, a veces, resultaba muy agradable e inspirador. En
un momento dado, incluso me sentí cómoda estando allí con él: parecía una
persona muy diferente fuera de la oficina. No es que haya cambiado, en
absoluto; simplemente parecía más relajado y sonreía más a menudo.
Hablaba de nimiedades y cosas triviales de la vida, lo cual era raro para mí
verlo hablar de algo que no fuera trabajo, especialmente conmigo, que
siempre me trató como si fuera invisible.
Durante el viaje a la isla dormí todo el tiempo y lo necesitaba, porque
cuando llegamos todavía tenía sueño.
Capítulo 6
Atravieso el vestíbulo del hotel y me enorgullezco de haber reservado yo
misma el lugar. Era impresionante. Una cosa es cierta, el “Rosewood” no
era un hotel cualquiera en las Bahamas, era una joya junto al mar. Desde las
habitaciones se podía abrir la ventana y solo se veía el mar del Caribe. Un
lugar privilegiado. Y no es de extrañar, porque cuesta la módica suma de
mil euros por noche. Es decir, casi lo que gano en un mes de trabajo. En los
días siguientes, Alexander pagaría más por todas sus vacaciones que lo que
yo ganaría en un año trabajando para él. No era justo: unos con tanto y otros
con tan poco, pero era su dinero personal, no el de la empresa. Podía hacer
con él lo que quisiera. Iba a pagar mi estancia con su propio capital, porque
aunque era su empresa y yo estaba allí para trabajar, era un hombre muy
honesto con las cuentas, de eso no cabía duda. Nunca lo vi hacer nada ilegal
ni nada que perjudicase su negocio o imagen.
—Así que no me vengas a decir que no te trato bien —dijo con total
descaro al verme mirar a todos lados. Lo miré y vi su cara de suficiencia,
pero al mismo tiempo de sintonía con el lugar. Coincidía con todas las cosas
de la belleza. Un espectáculo para los ojos, sin duda—. Te he alojado en el
mismo hotel que yo. Espero que lo disfrutes, como es mi intención. Ahora,
una cosa es cierta, en cuanto termines de ducharte, dormir y acomodarte,
puedes empezar a leer todos los correos que te envié mientras estabas en el
avión.
¿Sería un infeliz? Estaba loco. Ya estoy imaginando lo que ha estado
haciendo durante las veinte horas de vuelo: buscar formas de torturarme.
No mandarme a contar los guijarros de la playa sería suficiente. Todo lo
demás, ya estoy esperando lo que iba a venir. Con suerte, antes de llegar a
casa, podría ver el color del agua, de cerca.
—No se preocupe, señor Ruiz, conozco mi lugar y estoy aquí para
trabajar. No es que tenga ganas de pasar tiempo con usted, así que mejor
que tenga algo útil que hacer. —Se limitó a dedicarme una sonrisa burlona.
—Mi habitación está por ahí. Si necesitas algo, te enviaré un mensaje
con las indicaciones y el número de la puerta, cuando llegue. Asegúrate de
que tu teléfono móvil está siempre en la red correcta y activa. Así podré
mantenerte informada en todo momento. Y por cierto... deja de llamarme
Sr. Ruiz. Estamos a casi 7.000 kilómetros de la oficina. Aquí no hay nadie
que nos escuche.
Eso es lo que me temía. A siete mil malditos kilómetros de mi refugio
seguro. Acababa de poner una borrada de distancia entre yo y mi seguridad,
para ahora estar allí a merced de este loco demente que me tenía hasta los
ovarios. «Aguanta, Paola. Solo quedan cuatro meses y a tomar viento». De
los cuales una quincena estaría en el paraíso y el resto en el infierno.
Esperemos que no acabe siendo al revés.
Fui a mi habitación, que estaba en el mismo pasillo que la suya. De
hecho, en la misma fila, la única diferencia era que la suya estaba a unos
cuartos de distancia. Cuando entré por la puerta, me quedé blanca. Toda mi
sangre se dirigió a mis pies y volvió lentamente a mi cabeza. ¡Oh, Dios
mío! Era la habitación más impresionante que había visto en mi vida. No es
que frecuentara mucho los hoteles, como era obvio; algún que otro motel,
sí, para darme algún capricho sexual. Pero lo que mis ojos vieron fue algo
sorprendente. No tanto por la decoración en sí, ni por su tamaño totalmente
exagerado, sino por sus grandes ventanales de cristal que enseñaban un
idílico paisaje de revista. A esa hora no se veía el mar porque era de noche,
pero estaba ahí y se veía una parte; todo el complejo estaba iluminado con
lucecitas y era una imagen preciosa. Me sentí como si acabara de
embarcarme en Las mil y una noches. Me imaginé cómo sería despertar por
la mañana y ver un mar tan hermoso.
No pude evitarlo: me tiré en la cama gritando de alegría como si fuera
una niña en esas películas románticas. Aquellas en los que la pobre y
miserable protagonista se hace rica por un día. De rana a princesa en pocas
horas. Eso es lo que sentí. Estaba allí, ensalzando mi momento de diva,
cuando mi teléfono empezó a sonar. Mi cerebro estaba monitorizado al son
del trabajo y no pude relajarme hasta ver de quién era el mensaje. ¿Y quién
iba a ser sino? Alexander Ruiz, el pesado de mi jefe.
El primer mensaje era para comunicarme su número de habitación y
pedirme que le dijera el mío. Anoté solo los números y los envié. La
primera respuesta estaba enviada. El siguiente mensaje era para decir que
mañana, o más bien esta mañana, me esperaba para desayunar a las siete.
Pero ¿sería perturbado? ¿Quién en su sano juicio está de vacaciones y se
levanta a las siete de la mañana? Un fanático del control. Le dije que sí, que
estaría en el vestíbulo del hotel a esa hora. El tercer mensaje era una
pregunta: ¿Si había traído un bikini o un bañador? No entendía, ¿por qué
demonios quería saber si había traído uno u otro? En realidad quería haber
traído un birkini, que era un burka con bikini, pero no los vendían en el
Occidente, era más bien en Dubái y en los Emiratos Árabes. La próxima
vez le sugiero que se vaya allí. ¿Cómo qué, «la próxima vez»? No iba a
haber una próxima vez, ni próxima ni leches, al menos no conmigo.
Empecé a ordenar todas mis cosas en su lugar. Aunque solo íbamos a
estar allí unos días, me gustaba tenerlo todo organizado, pese a que
supusiera más trabajo a la hora de empacar todo otra vez. Una vez que la
habitación se quedó arreglada, empecé a relajarme. Revisaría mis correos
electrónicos, me ducharía y me iría a la cama temprano. Eran casi las dos de
la mañana y mi jefe quería despertarse con las gallinas, lo que implicaría
que sufriría jetlag durante todo el puto viaje. El desfase horario era brutal,
esperaba que no me afectara tan rápido. No quería enfermar, como pasaba a
mucha gente.
Antes de encender el ordenador, decidí abrir una de las enormes puertas
que daban al balcón. Con forma de luna creciente, parecía más bien una
terraza por su gran tamaño y desde ella se podía ver todo el hotel por fuera.
Al salir, sentí una brisa cálida y húmeda que me tocaba la cara, pero era
agradable. La habitación tenía aire acondicionado, así que no hacía calor,
pero la noche era cálida y las temperaturas afuera altas. Respiré
profundamente, puse las manos en el balcón y miré a mi alrededor. No
podía creer lo que veían mis ojos. La semana pasada estaba enclaustrada en
una oficina, trabajando hasta altas horas de la madrugada, y ahora estaba en
medio del Mar Caribe, un paraíso en la tierra.
Levanté la cabeza, cerré los ojos y volví a respirar profundamente ese
aire sensorial. El olor de la brisa marina era el mejor del mundo. Al sentir
esas nuevas y agradables sensaciones, me relajé y me sentí más feliz. El
hotel también hacía una especie de media luna y desde mi posición podía
ver todos los balcones de las otras habitaciones. Cuando giré la cabeza
hacia la derecha, lo vi. Alexander estaba en su balcón, igual que yo, y podía
verme perfectamente. Pude ver que acababa de ducharse y que llevaba el
torso desnudo. Creo que era apenas el pecho, porque aunque los balcones
tenían una pared en la parte inferior, supuse que llevaba una toalla envuelta
en sus partes, no estaría desnudo. Pienso yo… ¡Santa Madre Iglesia! Por
favor, envíenme un exorcista ahora mismo porque necesito expulsar los
demonios de mi cuerpo. ¡Santo Dios! Ese hombre era perfecto. Un adonis.
Lástima que fuera un cabrón, si no... «Por lo demás, nada, Paola». Me
dedicó una de sus perfectas sonrisas. Y tuve la actitud de una niña de doce
años cuando ve a su ídolo, que fue correr hacia adentro y encerrarme en la
habitación. Obviamente, ignorando el hecho de que me había visto
perfectamente.
Escuché otro mensaje en el teléfono.
"No respondiste a mi último mensaje y no me gusta esperar. Espero que
disfrutes de tu habitación tanto como de la vista desde tu balcón".
¡Satán! Eso es lo que era. Envié un mensaje, explicando lo que me
parecía pertinente:
"En cuanto a su pregunta: he traído las dos cosas. Nunca se sabe. En
cuanto a la habitación: me gustó mucho. Gracias por la estancia".
Quise parecer agradecida, pero al abrir el correo electrónico, recordé que
todo tiene un precio. Había más correos electrónicos entrantes que en un día
normal. Decidí ducharme primero y luego me ponía a ello.
Cuando entré en el baño estaba, por segunda vez esa noche, con la boca
abierta. Era más grande que toda mi casa. Una cosa increíble. Estaba
cautivada. Una enorme bañera ocupaba el centro y había dos duchas en una
pared que eran muy amplias. Muchos armarios y espacio de
almacenamiento para toda la división. La decoración era minimalista pero
bonita en tonos blancos, madera y verde. Ideal. Me quedé un buen rato bajo
la ducha con esa agua maravillosa que ejercía la presión justa sobre mis
músculos cansados. ¡Bendita gloria!
Cuando por fin conseguí salir de la ducha, estaba tan relajada y
desmayada para sentarme a hacer los deberes que no pude hacer otra cosa
que tumbarme un rato en la cama para recuperar fuerzas. O eso creía,
porque el único que tuvo algo de fuerza fue Morfeo, que se encargó de mis
ojos y me transportó a su tierra, allí en medio del océano Atlántico.
Cuando sonó la alarma de mi móvil, sentí ese sonido como un mortero
en mis oídos. Di un salto casi olímpico de la cama y me levanté. Por la
noche, me quedé dormida y no pude ver nada del trabajo que me envió
Alexander. ¡Oh, mierda! Miré el reloj: eran las seis y media. Tenía media
hora para vestirme, arreglarme y revisar algunos correos electrónicos para
no parecer un completo desastre. Primer día y esto no auguraba nada bueno.
De repente, fue cuando miré por la ventana y todo se detuvo. Nada más
importaba. Delante de mí estaba el paisaje más impresionante que jamás
había visto. Mirara donde mirara, lo único que veía era el azul acuático del
mar que se unía al azul del cielo en el horizonte. Despertar con esa imagen
era algo que quería mantener en mi retina por el resto de mis días. Como un
fotograma. Con eso en mente, tomé una foto con mi teléfono móvil y lo
envié a mis amigas, con un mensaje:
"Aquí está, envidiosas, la recompensa por todo mi esfuerzo en este
trabajo. Espero que tengáis un buen día, queridas, porque yo... lo tendré
seguro y lo voy a disfrutar como una marrana".
Una sucia mentira. Lo que iba a tener era a mi jefe gritando en mis oídos
durante todo el desayuno y Dios sabe qué otras comidas del día. Si es que
vuelvo a comer. Pero mis amigas se alegrarían mucho por mí y yo me
alegraría que pensaran así, aunque no fuera todo eso.
A las siete menos dos minutos estaba en el vestíbulo del hotel.
Alexander ya estaba allí esperándome. Tenía el mismo aspecto que el día
anterior, pero hoy llevaba unos pantalones cortos azul marino y una camisa
blanca abierta que dejaba ver una camiseta de tirantes azul claro por debajo.
Llevaba zapatillas de deporte y gafas de sol y eso le daba un aspecto muy
fresco y atrayente, como siempre.
—¿Ha tenido un buen descanso, señorita García?
—Perfectamente, gracias —no iba a rendirme inmediatamente. Mientras
no sacara el tema, mantendría la boca cerrada.
—Vamos, me muero de hambre. —Éramos dos. Se estaba muriendo de
hambre y yo iba a morir con sus gritos en poco tiempo.
Nos sentamos en una mesa de uno de los restaurantes del hotel, que me
di cuenta de que estaba cerrado exclusivamente para nosotros porque no se
veía a nadie allí, ni turistas ni huéspedes. Paredes blancas, mesas blancas,
sillas doradas y suelos de mármol negro. La luz natural entraba por los
grandes ventanales y una zona estaba completamente abierta al exterior. Las
lámparas de cristal colgaban del techo, iluminando lo que ya estaba
iluminado de forma natural. Desde nuestra mesa podíamos ver el mar. Era
un espectáculo precioso poder desayunar con esas vistas.
Nos sirvieron de todo y pensé que iba a reventar. Alexander me dijo que
comiera un poco de cada cosa, porque era importante estar nutrido e
hidratado. Sobre todo después de lo que me había dicho el médico. Parecía
mi padre o un novio y no el jefe habitual. O era eso o se aseguraba de que
no me enfermara para poder seguir trabajando.
—Quieres asesinarnos a base de comida cara —me reclino en la silla y
resoplo con el estómago lleno—. Admítelo.
—Tendría métodos más eficaces si me interesara asesinar a alguien —
tragué en seco. Sí, y estaba a punto de descubrir cuales eran. Mala
observación, pensé—. Hablando de eso, ¿has visto los correos electrónicos
que te envié? Tenían notificación de lectura y yo no recibí ninguna.
Mierda. No me lo creo que pusiera una notificación para certificarse de
que había leído los correos, era demasiado retorcido.
—¡Ahhhh! Yo... es que... a ver... yo iba a...
—Todavía no los has leído, ¿verdad? —dijo con voz tranquila. Tan
tranquilo, que creo que prefiero que me grite.
—Me quedé dormida, lo siento. Estaba tan cansada que quería leerlos,
pero luego me fui a duchar y cuando salí de la ducha, mi cuerpo no
obedecía... y...
—Paola... Para. No escuchas. Ese es tu gran problema. No escuchas. Te
he pedido que pares desde que soltaste la tercera palabra —tragué fuerte y
lo miré con asombro—. Está bien. Ayer llegamos muy tarde y yo también
estaba muy cansado. Los dos lo estábamos. Espero que hayas podido
descansar bien. Ahora, cuando tengas la oportunidad, te agradecería que
leyeras los correos electrónicos. Me voy a dar un paseo por la isla, pero
tendré el móvil conmigo en todo momento por si necesitas algo.
Asentí, pero siempre con la boca cerrada. A los tontos no se les da una
oportunidad dos veces. Así que me quedaría con esta y sería feliz.
Cuando volví a la habitación, dejé salir todo el aire que tenía almacenado
en mis pulmones. No me había gritado. El Caribe lo había cambiado. Era
una persona normal. No podía creerlo. Sonreí y abrí el ordenador. Ahora
tenía la fuerza de espíritu para pasar un día de trabajo. Más aún con ese
paisaje en mis ojos.
Capítulo 7
Me puse a trabajar en lo que me había pedido para el resto del día. La
cantidad de llamadas internacionales que había hecho era sobrenatural. Hice
contactos con todas las agencias de modelos con las que trabajamos, los
contactos más selectos de los modelos más exclusivos, pero ninguno de
ellos estaba disponible para hacer la campaña, que además tenía que ser
fotografiada esta semana. De este modo, no cumpliríamos los plazos. El
problema era que todo esto se hacía con antelación y encontrar una sustituta
igual, con los niveles de demanda requeridos, era muy difícil.
Entre la búsqueda de una aguja en un pajar y el intento de cumplir con
todas las tareas que me había enviado, dentro de mi habitación lo único que
podía oír era el sonido de mis dedos golpeando las teclas del ordenador.
Sonaba como uno de esos memes locos de gatos tecleando. A pesar de la
magnífica vista desde las ventanas de la habitación, mis ojos estaban rojos
por la pantalla del ordenador; no habían visto nada más en toda la mañana y
parte de la tarde. Ni siquiera me paré a comer. Mi teléfono empezó a sonar
por enésima vez y en la pantalla apareció un nombre que conocía bien:
JEFE.
Respondí a la llamada después del primer timbre.
—Buenas tardes —mi voz sonó más agitada de lo que quería—. ¿Cómo
va el paseo?
—Depende. ¿Has encontrado ya la modelo? —murmuró sin
presentación. Quizá algún día pueda decirle que era un idiota.
—Estoy en ello, jefe. La Agencia New Age me dijo que podría tener un
modelo que encajara en la campaña. Se quedaron que darme una respuesta
mañana por la tarde. Además...
—PAOLA —su voz casi me rompe el tímpano inferior. El impacto del
sonido en mis oídos me hizo alejar el teléfono unos centímetros. ¡Genial!
Estaba a punto de llegar a Madrid, blanca como la cal cuando afuera hacía
treinta grados, y además sorda de un oído—. ¡¿Te sirvieron las horas que
dormiste anoche?!
No estaba segura de querer que respondiera. La mayoría de las veces, las
preguntas de Alexander Ruíz eran retóricas. Cuando intentabas responder a
lo que te preguntaba, te soltaba una sarta de improperios y te pasaba un
atestado de estupidez. Me quedé callada, esperando a que cediera a la razón.
—Paola, ¿te has dormido en los laureles? Estoy hablando contigo y no
me contestas —levanté una parte de mi labio superior como un perro
rabioso; aquí estaba él en su mejor momento—. Supongo que el vuelo debe
haber interferido con tu frecuencia. Céntrate y vuelve al planeta Tierra. Me
vale madres lo que diga New Age, sus modelos son una mierda. Encuentra
a alguien que realmente valga la pena y no me hables hasta que lo hagas.
Para eso te pag... —se calló. Después de unos diez segundos, dijo la última
palabra—. Che, ya fue.
Y sin más, me colgó el teléfono al oído. Me quedé con la duda de si
había ido a dar un paseo por las hermosas playas del Caribe o si había ido a
cazar escorpiones y alacranes a la selva. No sé qué puto bicho le había
picado para que se enfadara tanto, lo único que sabía era que, para variar,
sobraba para mí.
Miré mi reloj. Eran las siete de la noche. Todavía se podía ver el sol en
todo su esplendor. He tardado más de nueve horas seguidas en trabajar,
habiendo desayunado solamente. Al día siguiente tenía que acordarme de
poner más comida en mi estómago para pasar esos días de ayuno. Con la
diferencia horaria tendría que volver a hacer llamadas telefónicas por la
noche, porque a esta hora sería imposible. Cerré la tapa del portátil y lo
puse en el escritorio que tenía en la habitación. Decidí ponerme unas
sandalias bajas y salir a caminar. Me sentía agotada. Por ahora no podía
hacer nada más en mi trabajo, por eso despejar un poco la cabeza me
ayudaría a recuperar energía y volver al trabajo que me esperaba toda la
noche. Me puse una túnica de seda que me serviría de vestido y me
ayudaría a protegerme del sol, aunque las horas ya no eran calurosas, seguía
siendo peligroso exponerse a una radiación tan alta. Yo estaba más blanca
que un bote de Nivea y lo último que quería era cambiar el color y pasar a
ser una gamba roja.
Elegí un pequeño bolso en el que metí el teléfono y la cartera; en la cara
me puse las gafas de sol, el protector solar y salí de la habitación,
llevándome la tarjeta de acceso.
Al pasar por la entrada del hotel, vi a varios turistas deambulando por la
zona. Ver a toda esa gente, allí de vacaciones, mientras yo estaba encerrada
en una habitación trabajando, me hizo sentir mal. Al principio pensé que el
lugar sería una inspiración para trabajar, pero ahora le vi las orejas al lobo y
el peligro de estar en un lugar tan increíble y no poder disfrutarlo. Era como
morir de sed en la orilla de un lago. Se podía ver, pero no tocar. Estaba allí,
pero no estaba. Al menos no para mí. Igual que Alexander, pensé.
Inmediatamente, aparté mi mente de esa imagen.
Salí al interior del complejo, por los caminos que llevaban a las playas y
a las piscinas exteriores. Y mientras caminaba, el ambiente se apoderó de
mis sentidos y de mi mente. Me dejé deslumbrar por los colores, el olor de
la brisa marina con el aroma que podía distinguir de las flores de gardenia y
tiaré. Era mi aroma favorito en todo el mundo. Todos mis perfumes eran un
intento de imitar esa fragancia. Me trajo paz y me hizo sentir bien. Así que
dejé de lado la tensión del día y me relajé mientras caminaba por el paraíso
terrenal. Marché a través de los setos y los senderos floridos,
enderezándome para llegar al tramo de playa que teníamos delante.
Llevaba un rato caminando por la orilla. Algunas personas tomaban el
sol en la fina y ligera arena, otras se bañaban en aquel remolino de azul y
verde caribeño. Algunos, como yo, estaban paseando. La mayoría eran
parejas cogidas de la mano y disfrutando de la compañía del otro. Me
imaginé lo bonito que sería estar en un paraíso como ese con un novio o
pareja. Lo más lejos que había llegado con un novio fue en mi viaje de fin
de curso del instituto, con un churri que tenía en ese momento. Nos fuimos
todos a Ibiza, con toda la clase, por supuesto. Así que ni siquiera dimos un
polvo romántico, casi siempre estábamos borrachos o con resaca.
Avisté unas rocas al fondo junto al mar y me pareció un lugar estupendo
para ver la puesta de sol. Aprovecharía para llamar a mis amigas en España.
En Madrid eran seis horas menos, por lo que serían doce del mediodía.
Cuando regresase al hotel tenía que volver al trabajo, así que tenía tres
horas de una ventana de oportunidad para descansar un poco.
Mientras guiaba mis pasos hacia lo que sería mi retiro temporal, puse el
pie equivocado en una roca y sentí que se torcía un poco. Gruñí de dolor y
me agarré al tobillo. En ese momento, sentí una mano en mi hombro y alcé
la vista para encontrar a un chico joven que me miraba con una sonrisa en el
rostro.
—¿Te encuentras bien? —me preguntó en inglés.
—¡Oh!, sí. —Miré a esos ojos azul aguamarina que parecían parte del
mar que ondulaba detrás de él. ¡Madre de Dios, qué ojos más bonitos! El
chico se agachó y me agarró el tobillo con las manos, levantando mi pie.
Ese gesto me obligó a poner una mano en su hombro para no caer, ya que
me sentí desequilibrada por la sorpresa del contacto—. No fue nada. Me
torcí el pie, pero no ha pasado nada —comenzó a masajear la zona afectada
y sus manos se sintieron bien. Estaban frescas en comparación con el calor
que hacía. Especialmente el calor que sentí cuando me tocó. El chico era
guapo y parecía inglés o algo así.
—No creo que esté roto ni nada, pero hay que vigilarlo. A veces un
esguince puede ser peor que la rotura de un hueso —levantó la vista y me
dedicó una sonrisa.
—Gracias... —No sabía qué decir—. ¿Eres médico?
—Soy fisioterapeuta y osteópata.
—¡Eso es genial! Se nota que tienes unas manos magistrales. —No sé
cómo se me ocurrió esa estúpida frase, pero entre el cambio de idioma, algo
se perdió en la traducción. Lo mejor era que al menos me había ganado una
sonrisa descarada y estaba un poco avergonzada.
—¿Estás aquí de vacaciones? —Señaló el hotel al fondo.
—Sí, estoy aquí por trabajo, pero me quedaré unos días más, creo.
—Me alegro. Trabajo como masajista en el spa del hotel. Ven mañana o
pasado mañana y te daré un masaje relajante y descontracturante. Te
ayudará con el tobillo —continuó masajeando suavemente mi tobillo, y fue
entonces cuando me di cuenta de que me había quitado los zapatos y mi pie
estaba ahora encajado entre sus mágicos dedos. Eso me produjo escalofríos.
—¿Algún problema, chava? —La voz de Alexander era inconfundible,
sobre todo cuando mezclaba acento castellano con argentino y mexicano. Y
desde que llegamos a la isla parecía haber cambiado el chip y ahora hablaba
mucho más en su lengua materna.
Aparté los ojos del simpático joven que aún me sujetaba el pie para
mirar a mi jefe.
—No. Estaba caminando por aquí y me torcí el pie. Este joven me
ayudó. Es un terapeuta.
—Qué conveniente —dijo, sin importarle si me ofendía o no. No sé qué
intentaba insinuar con eso. Miré al chico y le dije en inglés:
—Lo siento, no he preguntado tu nombre, pero gracias por tu ayuda. Por
cierto, me llamo Paola. Creo que estoy bien ya —intenté quitarle el pie de
las manos, con suavidad.
No quería ser una borde con el chico que me había ayudado. Me sentí
observada por Alexander, que ahora descansaba a mi lado, sin hablar, como
un perro guardián. El chico me soltó el pie y se enderezó con la misma
sonrisa de siempre. Extendió la mano y lo saludé.
—Soy Peter. Es un placer conocerte. Como he dicho, ven mañana y te
echaré un vistazo al pie. Si necesitas algo, llama a la recepción del hotel y
pide para hablar conmigo. —Me guiñó un ojo y le dediqué una sonrisa
avergonzada. Justo cuando iba a responderle, Alexander se anticipó,
dejándome perpleja.
—Muchas gracias —habló en inglés y puso una mano en el hombro del
chico, girándolo en dirección contraria a la mía—. Si necesitamos algo,
iremos a un especialista.
El chico asintió con una expresión seria y se fue sin mirarme. Debió
pensar que era mi marido o mi novio y se sintió intimidado. ¡Pero sería un
hombre miserable y grosero! Se estaba volviendo arrogante porque se sabía
intocable, pero yo estaba harta de su petulancia. Cuando el chico se alejó lo
suficiente, me volví hacia él y puse los brazos en jarras.
—¿Qué ha sido eso? —Estaba alterada, cansada, hambrienta, y
Alexander nunca había visto mi lado oscuro.
—No sé de qué estás hablando —dijo en voz baja y juguetona.
—No deberías haberle hablado así al chico. Solo estaba siendo amable y
tratando de ayudarme.
—¿No deberías estar trabajando? —respondió con brusquedad a mi
comentario.
Estaba fuera de mi horario de trabajo y él mismo dijo antes de venir que
no me había traído aquí para estar trabajando las veinticuatro horas del día.
Sin embargo, eso era lo que estaba ocurriendo. Y por un momento de pausa
no le daría el derecho de hablarme así.
—Y así fue. Todo el día, sin comida, sin nada. Todavía tengo que hacer
llamadas. Lo que no podré hacer hasta más tarde, porque los horarios en
Europa son diferentes. He estado trabajando nueve horas seguidas y apenas
he venido a desahogarme un poco. ¿Qué pasa, no te ha ido bien el día?
—Eso es lo que te pregunto. Vengo en son de paz de mi paseo y te veo
aquí, tan tranquila, haciendo de Cenicienta de un Príncipe Azul. ¿Qué ha
pasado? ¿Se te ha caído la zapatilla de cristal?
—Eres... eres —la ira se apoderó de mí y no pude soportar más sus
ofensas y desplantes. Levantó una ceja, esperando desafiante que continuara
con lo que iba a decir. Estoy seguro de que pensó que no sería capaz de
devolver el insulto. No podía estar más equivocado. Esto no era Madrid. Y
no era una princesa o una Cenicienta. El único que estaba a punto de
convertirse en una calabaza era él—, eres una persona fría e inconmovible.
No tienes alma.
—¿De verdad? —Se burló de mi respuesta, y eso me enfureció aún más.
Mi semblante se volvió serio. Me ardían los ojos—. Puede que sí. Tu nuevo
amigo, ese sí que parecía realmente emocionado y entusiasmado. Te vio ahí
con cara de pedidora —abrí los ojos como platos, ¿me estaba llamando
ofrecida, el muy cabrón?—, y ya estaba a tus pies. Lo siento, no soy el tipo
de persona que cae a los pies de cualquiera así como así.
—Escúchame bien, Alexander —me acerqué a su rostro y vi su
expresión de sorpresa ante mi acercamiento. Le apunté con un dedo a la
cara—. ¿No te cansas de decir gilipolleces? Podrías aprovechar las
vacaciones para darle un descanso a esa boca perversa que tienes y dejar de
tratar a la gente de esa manera. Las modelos que se pavonean en tu oficina
es que tienen cara de pedidoras.
Sus ojos se entrecerraron y se acercó un poco más hasta quedar a menos
de cinco centímetros de mi rostro. El sol ya había empezado a moverse y
los reflejos rojizos que inundaban el Edén se reflejaban en sus ojos
marrones como los míos; la diferencia era que a él lo hacían parecer aún
más sensual y exótico. Ojalá fuera posible ser más así. Me estremecí
cuando se pasó la lengua por los labios y levantó ligeramente el labio
superior con una sonrisa traviesa. Mantuve mi semblante desafiante.
—¿Sabes lo que realmente pienso, Paola? —dije mi nombre, haciendo
rodar las sílabas con fuerza, y ese sonido se grabó en otra parte de mi
cuerpo que ahora se humedecía. ¡Joder!— Que lo que necesitas es un buen
polvete —abrí la boca escandalizada, él sonrió aún más—, porque así
dejarás de envidiar lo que hacen las modelos en mi despacho. Pero como tu
novio lo hace fuera del bacín y tú no estás satisfecha, te amargas por ello. Y
me vale verga eso. No soy yo quien salvará tu pie o tu coño. Así que,
¡despabílate!
No cabía en mi asombro, ¿realmente lo había soltado todo? Mis ojos se
llenaron de lágrimas. Odiaba exponerme así delante de ese imbécil. Esto ha
sido, en gran medida, lo peor que me han dicho. Lo odiaba. Podía ser sexy,
podía ser magnífico, podía hacer que las chicas se corrieran con solo
mirarlo, pero me tenía hasta el coño, y no era en el buen sentido.
—¡Que te den, Alexander! —le dije antes de irme al hotel, dejándolo allí
parado. Pero cuando estaba a dos metros de distancia, me volví y le grité
una última frase—. Vas a tener que buscarte otro recurso al que cargarle el
muerto, porque yo me voy. Y por cierto, no todas las mujeres se mueren por
bajarte la bragueta. Yo, por mi parte, prefiero morir a tener que hacerlo. ¡Me
das asco!
Capítulo 8
Esa misma noche, me quedé en mi habitación haciendo el trabajo que me
quedaba por hacer. Hice todas las llamadas que tenía programadas, aunque
fueran inútiles. No conseguí ningún progreso, y sabía que eso únicamente
haría que Alexander se enfadara más. Probablemente ya estaría trabajando
en mi renuncia, así que no me importó. Lo poco que había sido de
considerado durante unas horas se fue por la ventana en poco tiempo. Era
una persona horrible, arrogante, prepotente y con una enorme falta de
empatía. No había nada que pudiera cambiarlo. Lo que merecía era estar
solo el resto de su vida. La única suerte que tenía era esa belleza genética
que hacía que sus rasgos fueran agraciados, porque por lo demás sus
entrañas estaban podridas. De lo contrario, nadie le habría prestado
atención. Estaba harta. La catequesis se daba a los niños que iban a hacer la
primera comunión, y yo ya había tomado la hostia, no necesitaba tomar
hostias de nadie más. Y mucho menos los sermones de un idiota.
A las tres de la mañana mi estómago no podía más. Llamé al servicio de
habitaciones y les pedí que me trajeran algo de comer. Con todo lo que
pasó, no comí y no cené. Estaba desnutrida y hambrienta. Fui a darme una
ducha rápida, me puse algo ligero para dormir, y cuando estaba lista, oí que
alguien llamaba a la puerta. Eso sería mi comida.
La abrí y lo que vi no fue el servicio de habitaciones, sino a Alexander
con las manos apoyadas a ambos lados de la columna de la puerta y la
cabeza gacha. Cuando abrí la puerta del todo, levantó la vista para mirarme.
Tenía un aspecto extraño, ¿estaba borracho o algo así?
—¿Qué quieres? —solté—. Estoy cansada.
—No quiero molestarte… más —dijo en voz baja, arrastrando las
palabras. Parecía haber estado bebiendo. Me miró intensa y seriamente. Nos
quedamos en silencio durante un rato y se convirtió en un momento
incómodo para ambos.
Afortunadamente, llegó el hombre que me traía la comida y Alexander
tuvo que desviarse para dejarlo pasar. El hombre dejó el carro en medio de
mi habitación. Dejé la puerta abierta y fui a buscar mi cartera para darle una
propina al señor que salió de la habitación, dándome las gracias, y dejando
las bandejas de plata con un agradable olor a algo comestible. Mi estómago
gruñó. Supongo que se habrá oído en toda la isla.
—¿No has cenado todavía? —Ya podía percibir el timbre acusador de su
voz, y no iba a discutir.
—Me dio un poco de hambre, nada más.
Entró en mi habitación y cerró la puerta. Me quedé atónita, mirándole
fijamente. Acaba de invadir mi espacio sin ser invitado. Especialmente
después de todo lo que nos habíamos dicho.
—Eso no es lo que te he preguntado.
—Pero eso es lo que dije.
—A veces sos un poco pelotuda —entrecerró los ojos.
—No entiendo lo que dices, no me trago todos los diccionarios del
mundo —dije, cruzando las manos sobre el pecho. Tenía hambre. Quería
comer, dormir y acabar con esta tontería—. ¿Te importa si empiezo a
comer?
—¿Me importa? Eso es lo que he dicho: pelotuda. Que es lo mismo que
decir: tonta —abrió las tapas de las bandejas y me sirvió la comida. Me
quedé allí mirándolo, mientras lo hacía. No parecía muy coordinado y
estaba segura de que había estado bebiendo. Pero no dije nada.
Puso mi plato en la mesa del balcón y lo seguí. Me senté y empecé a
comer lo que me había preparado. Estaba tan desquiciada por la comida que
no pensaba en nada más.
Se sirvió una copa y se sentó en la silla de enfrente. No fue hasta que lo
miré que me di cuenta de que se había servido un whisky del minibar de la
habitación. Si hubiera sido en cualquier otra circunstancia, me habría
sentido mal por tenerlo allí, pero ahora, no podría importarme menos.
Mejor aún: lo ignoré. Y se dio cuenta. Cuando terminé, me recosté en la
silla y dejé escapar un largo suspiro.
—No puedes estar tantas horas sin comer, eso no es sano. El médico te
advirtió sobre eso. Me lo dijo cuando lo llamé a saber de ti. Y yo te dije que
una de las condiciones para estar acá era que te alimentaras. De primeras
has fallado. De hecho, hoy me has fallado en muchas cosas.
Tragué en seco y bajé los ojos. No quería discutir. Estaba demasiado
cansada.
—¿Hablabas en serio cuando decías que ibas a volver a Madrid? —Su
voz era tan tranquila y suave que me hizo estremecer el alma. Levanté los
ojos para encontrarme con los suyos. No pude saber lo que pensaba, su
expresión era seria y neutra.
Asentí con la cabeza. No podía hablar. No sé qué me pasaba, pero
Alexander aún tenía el poder de intimidarme. Estuvimos en silencio
durante mucho tiempo. Cerré los ojos y cuando vi que el cansancio se
apoderaba de mí, hablé.
—Quiero ir a dormir. Estoy cansada. No he parado de trabajar. Y siento
decirlo, pero no he podido encontrar una solución para ti. Me voy mañana.
Estoy segura de que encontrarás a alguien más capaz que yo para hacerlo.
Me levanté y volví al cuarto, dejándolo solo en la terraza. No me
importaba si quería quedarse o no. Lo único en lo que podía pensar era en
meterme en la cama e irme a dormir. Justo cuando iba a hacerlo, sentí sus
manos en mis brazos. Menos mal que llevaba un albornoz de seda sobre los
pantalones cortos del pijama, porque eso me hacía sentir menos expuesta.
—Paola —Una y otra vez mi cuerpo me enviaba señales contradictorias.
Mi nombre en su boca me provocó escalofríos y morbo—. Quiero
disculparme por lo que pasó.
Abrí los ojos como si me hubieran golpeado con un cubo de agua fría y
me hubieran quitado todo el sueño que tenía antes. ¿Alexander Ruiz se
estaba disculpando conmigo? Nooooo. Por favor, déjame coger mi teléfono
un segundo y grabar este momento. Sin editar. Era inédito.
—Esta tarde me he comportado como un verdadero... —tragó en seco.
Podía sentir su aliento caliente mezclado con alcohol y sus ojos de
compasión sobre mí. Por un breve momento sentí pena por él. Así, delante
de mí, rendido. Pero después de unos segundos, recordé quién era y me
cerré de nuevo a la consideración que tenía por él, que era ninguna—,
gilipollas, como tú mismo dijiste. Supongo que te debo una disculpa. Me da
pena que no hayas comido y que hayas pasado el día....
Se quedó callado. Miré hacia abajo. Volvió a producirse un pequeño
silencio entre nosotros, pero ahora cargado de una leve tensión que se
extendía por la habitación y hacía aflorar diferentes luces de las sombras
que se habían apoderado de ambos. Sentí que su mano me tomaba de la
barbilla para obligarme a mirar hacia él. Estábamos demasiado cerca el uno
del otro. Cualquiera que entrara en esa habitación en ese momento podría
pensar cualquier cosa excepto que éramos jefe y empleada. O mejor dicho,
jefe y esclava.
—Mírame —me indicó, con voz muy suave. De repente, la piel me
escuece por todo el cuerpo—. Te propongo una tregua. No quiero que te
vayas. Te necesito. Eres buena en lo que haces y me gustaría que te
quedaras.
La sensación que se apoderó de mi cuerpo iba más allá de mi
razonamiento. Que se disculpara era suficiente para mí. Ahora, diciéndome
que no quería que me fuera, que me necesitaba, que era buena en lo que
hacía... ¡Joder! Me estaba desarmando por completo. ¿Quién era? ¿Cuánto
tuvo que beber? Estoy seguro de que mañana, cuando se despertara y
recordara la figura que había hecho frente a mí en ese mismo momento,
saldría corriendo por el balcón hasta golpearse la cabeza con el jardín
tropical. O irrumpiría en mi habitación y me llamaría todos los insultos del
diccionario argentino, mexicano, español o lo que sea. Y si dudaba, incluso
en la lengua nativa de la isla.
—¿Estás borracho? —No pude evitar preguntar. Tenía miedo de que
dijera que sí, pero sabía la respuesta de antemano. Vi que su cara adoptaba
una expresión divertida. Ahí estaba. Era una broma. Claro, todo este tiempo
se ha burlado de mí y me ha hecho quedar como una idiota.
—Sí, estoy. He bebido un poco, lo siento —dijo con su intensa y
atractiva sonrisa en la cara—, pero es cierto lo que te dije. Y es la verdad.
No quiero que te vayas. Por favor, quédate.
Rodé los ojos por la habitación, buscando en el fondo de mi cerebro una
vía de escape de este insólito momento en el que no sabía dónde meterme.
—Paola —me llamó, y apenas conseguí devolverle la mirada—, ¿me vas
a decir algo?
—Sí —dije, armándome de valor—. ¿A qué hora es el desayuno de
mañana?
¿Qué? ¿Hablas en serio, Paola María García del Valle? Tu jefe te pide
disculpas después de dos meses y medio de insultos y malos tratos, en pleno
Caribe, y lo único que puedes decirle es “¿A qué hora es el desayuno?"
«Tírate por la ventana, bellaca», me reprendí. No vales nada.
Alexander se apartó de mí, se metió las manos en los bolsillos del
pantalón y me sonrió.
—Mañana me gustaría llevarte a un lugar conmigo. Trae tu traje de baño
o lo que lleves puesto para bañarte. Te espero en el desayuno a las diez.
Se dirigió a la puerta y la abrió para marcharse, pero antes de hacerlo,
dejándome con la boca abierta por el asombro, se despidió:
—Por cierto, deja el móvil y el portátil en el hotel. No los necesitarás.
Mañana es tu día libre. Buenas noches, Paola.
Capítulo 9
A las diez estaba sentada en la zona de desayunos, esperando a
Alexander. Esta vez fue él quien llegó tarde. Después de unos cinco
minutos lo vi entrar con su típica calma. Iba muy fresco y relajado con sus
pantalones cortos azul marino y una camiseta blanca. En los pies llevaba
unas chanclas que le daban un aspecto muy informal, divertido y juvenil.
Cuando se acercó, casi me dejó sin aliento cuando me saludó con un beso
en la mejilla. Me sonrojé tanto ante su inesperado contacto que él lo notó y
me dedicó una alegre sonrisa antes de sentarse frente a mí.
—Siento llegar tarde, pero acabo de dejar todas nuestras cosas en el
coche, así que cuando terminemos de desayunar podremos seguir nuestro
camino. —Empezó untando una tostada con mermelada. Un camarero se
acercó a él y, tras preguntarle si quería café, llenó la taza de porcelana vacía
que había sobre la mesa.
—No te preocupes, acabo de llegar —mentí—. Parece que tienes todo
bajo control.
—Siempre tengo todo bajo control, Paola. Por eso soy un hombre
exitoso —sonrió aún más, y me pregunté si era posible ser tan guapo al
levantarse por la mañana. Le sonreí de vuelta, completamente drogada por
ese perfume intenso y masculino que llevaba y su poder de seducción.
«Mierda, reacciona. No hace falta que le demuestres tan pronto que eres
una gilipollas», me reprendí. Al final asentí con la cabeza y seguí
comiendo.
Hablamos de cosas triviales, pero no de contratos. Me sorprendió su
autocontrol. Sabía perfectamente que Alexander era un adicto al trabajo, y
el hecho de que no me hubiera preguntado nada ni me hubiera hecho pasar
un mal rato hasta el momento era muy, muy impropio de él.
—¿Estás preparada para una aventura en medio del Mar Caribe? —
Preguntó en tono entusiasta después de tomar su último sorbo de café.
Levantó la copa para que el camarero la rellenara. Por lo visto, le gustaba
mucho el café. Era eso o quería estar despierto para lo que fuera que tenía
planeado para el día.
—Nunca se está totalmente preparado para las sorpresas. Me da un poco
de ansiedad que no me digas a dónde vamos. —Alexander dejó claro que
no iba a divulgar sus planes sobre dónde íbamos a pasar el día.
Sus ojos centellearon con un brillo burlón. Eso lo divertía. Me mordí
ligeramente el labio inferior. Sus ojos marrones bajaron lentamente para
parar en mi boca. No pude evitar fantasear un poco sobre cómo sería
besarlo, pero su voz me sacó de mi ensueño.
—No tienes más remedio que confiar en mí. De la misma manera que
confío en ti.
—¿Confías? —Cada día me arrepiento de decir mis pensamientos en voz
alta. Una costumbre que tenía que dejar, porque terminaría matándome
como un maldito cigarrillo.
—Tienes mi calendario personal, mi agenda de citas y contactos, las
claves de toda la empresa. Supongo que eso deja claro quién confía en
quién.
—Bueno, es que si llevaras mi agenda personal, verías que tengo un jefe
que no me deja tener vida propia.
Se puso serio y tragué con fuerza. Vale, me he pasado diez pueblos.
Hablo en serio cuando digo que no puedo cerrar la boca. Al instante, su
expresión se suavizó y pareció deleitarse con mi estupidez. ¡Alguien que lo
hiciera, esto me pasa por bocazas! Por si acaso, decidí que estaba bien con
mis dosis de estupidez, hasta próximo turno.
—Bueno, pues cambiemos eso, aunque sea por hoy. Vamos, que el día se
pierde.
Ambos salimos del comedor del hotel y subimos al coche que él había
alquilado. Pero antes de eso, me encontré con Peter, el chico que me había
ayudado con mi tobillo el día anterior. Que, por cierto, estaba un mucho
mejor y apenas sentía dolores.
—Hola, Paola, ¿cómo está tu tobillo, todavía te duele? —preguntó,
saludándome con dos besos en la mejilla. Alexander extendió de mala gana
su mano para saludarlo también.
Esta vez, guardó silencio durante este breve encuentro. Por lo que me
sentí interiormente agradecida.
—Mucho mejor, gracias, Peter.
—Todavía recuerdas mi nombre.
—¿Cómo podría olvidarte? —Ambos me miraron con los ojos muy
abiertos. Tal vez hubiera sido una buena idea tomar, como Alexander, una
taza extra de café. Porque me sentía como si aún estuviera en el planeta de
la fantasía. Me apresuré a corregirme—. Quiero decir... tu ayuda fue crucial.
No duele ni un poco, nadita, nada de nada, en absoluto. Estoy fenomenal.
Estoy muy bien. Magnífica.
Cuantos más adjetivos decía, más se desprendían los ojos de ambos. Fue
en ese momento cuando me di cuenta del ridículo que estaba haciendo.
—Me alegro —dijo Peter, despejando el extraño clima que quedó en el
aire—. Como te dije ayer, pásate más tarde por el spa si te viene bien, te
daré un masaje que te hará sentir como nueva.
—Muchas gracias. Lo tendré en cuenta. Gracias, Peter. Nos vemos
entonces —hicimos un gesto de despedida el uno al otro y acto seguido
Alexander cruza los brazos sobre el pecho, señal evidente de su enojo.
—¿Ves lo que te decía? ¡Un sentido de oportunidad perfecto! —dijo,
cuando Peter ya se había apartado el suficiente para no oírnos.
—¡Siempre quejándote!
—Sí, sí, claro… Yo, ¿eh?
Empezamos a caminar en dirección al coche. Una vez dentro y de
camino a un destino desconocido, al menos para mí, se hizo el silencio y así
permanecimos durante varios minutos del viaje. Alexander era claramente
raro. Se ponía en la radio de vez en cuando, cambiando la frecuencia e
indeciso sobre qué canción quería dejar sonar. Después de todo, pensé que
decir algo podría ayudar a aliviar la tensión que había quedado en el aire.
Todavía no estoy entrenada ni física ni mentalmente para tenerlo tan cerca
con todo este clima rodando. Siento que no.
—¿Qué tipo de música te gusta?
—Un poco de todo, no tengo ninguna preferencia específica. Es lo
mismo que con las mujeres, me gusta todo.
No sé por qué dijo eso. De todos modos, fue bastante claro en lo que
decía. En menos de dos meses he visto pasar por su oficina a todo tipo de
chicas. Y a través de sus mensajes y citas. Desde las rubias hasta las
pelirrojas y las calvas, no se ha perdido nadie. Lo único es que todas eran
modelos y guapas. No dejaba mucho espacio para el común de los mortales,
como yo. Sin embargo, eso tampoco me interesaba en absoluto.
—A mí me gusta la música romántica, el pop internacional y nacional.
También me gusta la música española en general.
—¿Cómo no? A las chicas como tú les gusta ver corazones por todas
partes, fantaseando con el amor eterno y los hombres llenos de clichés. Sois
ridículas.
Si soy sincera me molesta mucho que él coloque todas las mujeres en la
misma balda. En primer lugar, no era de las que me decían cómo era o
daban por sentado mi personalidad y lo tomaba a la ligera; en segundo
lugar, me llamaba tonta porque tenía una forma de pensar en las relaciones
diferente a la suya. ¿Quién se creía?
—No veo cuál es el problema de ver corazones en todo, aunque
sinceramente no lo veo así. Creo que te equivocas un poco conmigo.
—¿Yo? No, en absoluto. Lo he visto.
—¿Qué has visto? —Empecé a irritarme por su actitud. Algo que ya se
había convertido en recurrente.
Me miró de reojo evaluándome y cuadra una sonrisa torcida. Tardó unos
segundos en contestarme.
—Te veo completamente desmayada por un tipo que solo hace lo suyo.
Te aseguro que, en el mejor de los casos, solo intentaba ganar un cliente. Es
muy listo.
—¿Qué quieres decir? No estás hablando de Peter, ¿verdad? —No podía
creerlo.
—¿Quién más? Por supuesto que estoy hablando de él. Tiene toda la
pinta de ser uno de esos listillos que van por ahí haciendo todas las cosas
bonitas necesarias para las mujeres, intentando meter las narices donde no
debe, y entonces, ¡zaaaas! —golpeó el volante con tanta fuerza que salté en
el asiento asustada y abrí mucho los ojos. Pero Alexander ni siquiera se
inmutó—. Antes de que te des cuenta, están en la madriguera del conejo. Al
igual que los zorros.
Juro por Dios que no podía entender qué pasaba por la cabeza de ese
hombre. ¿De qué coño estaba hablando? Estaba haciendo juicios muy
extraños. Volvió a mirarme y yo seguía atónita con la boca abierta. Levanta
una ceja suspicaz y arruga la nariz.
—Vamos, no seas tan ingenua. Es la verdad. A vosotras os gusta ese tipo
de virus. Se presentan con toda su fuerza y luego te abandonan a la
enfermedad. Y son contagiosos: infectan tu forma de pensar y tu forma de
mirar a los demás hombres. Os gusta esa plaga. Y a eso llamáis amor. Yo lo
llamo "pandemia".
—Alexander, realmente creo que te equivocas conmigo. En realidad,
creo que te equivocas con la mayoría de las mujeres, pero también, para ser
sincera, entiendo... con el tipo de mujeres con las que sales, no se puede
pedir más —murmuré esa última parte, casi inaudible, pero él la oyó
perfectamente.
—Salgo con el tipo de mujeres con las que cualquiera saldría si pudiera
—era muy presumido—, pero soy honesto con ellas. Nunca les hago
promesas que no puedo cumplir, no muestro un lado romántico que
realmente no tengo ni digo estupideces solo para llevar a una mujer a la
cama. Soy claro cuando digo lo que quiero y cómo lo quiero. Y lo que sigue
a continuación. Y, por regla general, todos salimos ganando. Porque
entonces no hay más que libertad. Eso es todo lo que hay.
—Hablando de madrigueras... —Dejó escapar una carcajada seca como
si se sintiera ofendido por mi comentario.
—Por lo que tengo entendido, a ti también te gusta ser directa e ir al
grano... hablando de madrigueras, como dices tú....
—No salgo con medio edificio.
—¿Vas a decirme que el francés es tu novio? Según recuerdo, me dijiste
que no tenías tiempo para una vida privada.
¿En qué momento del día, tan temprano, la conversación entre nosotros
pasó de los informes de negocios y los contratos a una discusión sobre
nuestras vidas privadas? Esto se nos estaba yendo de las manos. Además,
¿cómo sabía que Pierre era francés? No recuerdo haber dejado esa
información en los mensajes. Pero, de nuevo, quién sabe qué mensaje
podría haber interceptado.
—No salimos exactamente. Es más preciso decir que nos acostamos
cuando nos apetece, pero...
—Pero se complicó. —Acabó la frase por mí—. Lo que decía...
corazones y promesas.
–No es lo que piensas. Nada de eso. —Yo también solté una pequeña
carcajada.
—No estoy pensando en nada, solo expongo los hechos. Y algo me dice
que estás buscando una de esas relaciones pegajosas y románticas llenas de
falsas promesas. Aunque debo decir que lo disimulas bien. —¿Qué carajo
quiso decir con eso?
—No busco nada. Tal vez solo estoy buscando una vida algo normal. —
A ver si se da por aludido y me deja tener una vida propia. Ya había tenido
suficiente con su intromisión en todo lo que me concernía.
—Tranquila, con la edad cambias de opinión, pasas a ser un poco más
pragmática y dejas de soñar con historias de amores ideales con hombres
perfectos que saben hacer de todo en un hogar, que nunca salen por la noche
con sus amigos, nunca miraran los culos de las otras, te proporcionan
orgasmos múltiples todas las noches y cuando te duele la cabeza te traen el
desayuno a la cama y te regalan flores. Y están jodidamente buenos,
mejores que los maridos de tus amigas.
Nuestras miradas de nuevo se cruzan y pude ver su mandíbula
endurecida y en sus ojos un brillo de furia. ¡Se le ha ido la pinza! Puse los
ojos en blanco y me giré hacia delante una vez más.
Empezó a sonar una música romántica en la radio y subió el volumen
para escucharla, zanjando el tema y dejándonos allí escuchando "3 Doors
Down" y su "Here without you", una canción que me gustaba mucho. El
ambiente se puso raro entre nosotros otra vez.
—Mira, aquí está una canción que estoy seguro de que te va a encantar.
Corazones...
Me callo y la escucho. No hablamos más hasta que llegamos al destino
incógnito.
Sabía que íbamos a hacer algo cerca de la playa porque nos detuvimos
en una zona de navegación. Salimos del coche y nos dirigimos al puerto
donde estaban los barcos. Había varios tipos, desde veleros hasta pequeñas
embarcaciones a motor pasando por yates. Había un poco de todo. Habló
con algunas personas que estaban cerca de un yate que era bastante grande.
Tenía unos treinta metros de largo, estaba segura. Ocupaba una buena parte
de la superficie del embarcadero. Algunos hombres subieron al yate y
empezaron a mover cuerdas y cosas variadas. Me quedé quieta, esperando a
Alexander y sin saber qué íbamos a hacer.
—Vamos, súbete, nos vamos. Ya está todo listo —informó.
—¿Adónde vamos?
—A dar un paseo. —Antes de que pudiera responder, me agarró la
mano, y la sensación hizo que mi brazo se agitara de arriba abajo.
—Pero, Alexander, ¿a dónde vamos? No te entiendo...
—Confía en mí, valdrá la pena.
«Confía en mí…» Para fastidiarme y destornillarse de la risa. No
pensaba acompañarlo a ninguna parte. Ni a la Tierra de Nunca Jamás. Se
detuvo en las escaleras del barco y me hizo un gesto para que subiera.
Ahora me di cuenta de que íbamos a navegar en ese monstruo marino. No
dije nada más y empecé a subir por la escalera telescópica que daba acceso
al interior del yate. Tenía un poco de miedo, porque aunque parecía seguro,
era un poco miedicas y temía caerme. Pero me agarré a la barra de hierro
que sostenía los escalones y logré entrar. Al otro lado, dentro del barco
había un marinero o un ayudante o lo que sea, que me ayudó a pasar
apretando mi mano.
—Raúl, cuando quieras podemos navegar. Estoy seguro de que hoy
tendrás un gran día.
Alexander siempre estaba seguro de muchas cosas, yo es que no estaba
segura de que mi presencia a su lado era lo correcto, pero en ese momento
no tenía más remedio que dejarme llevar.
Capítulo 10
Alexander me enseñó el barco, que era enorme y tenía muchas zonas
diferentes. Era la primera vez que estaba en un yate. Casi olvidé que
estábamos en el mar Caribe, lejos de la costa, disfrutando desde una
perspectiva diferente un paisaje de mar abierto en pleno océano Atlántico
tropical. Mis ojos solo veían las aguas del mar Caribe que son de color azul
turquesa por su claridad y el color claro de sus arenas. Según la física,
cuando la luz solar incide en el agua se refleja y parte de ella penetra en el
agua interactuando con sus moléculas. En este factor también influyen los
microorganismos presentes en el mar, por lo que en algunos lugares se
vuelve verdoso al entrar en contacto con materia orgánica de color amarillo,
es decir, la mezcla de azul con amarillo. Estaba deslumbrada por las
imágenes del Caribe más idílico, de corales, aguas turquesas y playas de
arena dorada sin fin. Era un postal autentica. Pero estaba allí delante de mis
narices.
—¿Has viajado alguna vez en barco? —me preguntó mientras nos
sentábamos en dos tumbonas en una zona de descanso en la popa del yate.
También se podía saltar al agua desde allí.
—Depende de lo que se llame barco. No uno como este. Viajé en
catamarán como transporte público cuando fuimos a Ibiza.
—Cuando dices "fuimos" a Ibiza ¿a quién te refieres? —No sé por qué
hoy ha insistido en saber y preguntarme cosas sobre mi vida personal.
Incluso parecía preocuparse por mí, cuando ambos sabíamos que no le
importaba en absoluto.
—Mi viaje de fin de curso fue a Ibiza. Cosas de adolescentes, ya sabes.
—No, no lo sé. Nunca he estado en un viaje escolar. A esa edad ya
estaba trabajando para convertirme en quien soy. Siempre estaba estudiando
y trabajando al mismo tiempo, así que no era posible hacer ciertas cosas.
Se quitó la camiseta y los pantalones cortos que llevaba, y quedó solo en
traje de baño; tuve que apartar la vista antes de que necesitara un
salvavidas, la respiración asistida o un desfibrilador. ¡Joder, madre de Dios!
Ya había visto a Alexander con distintas ropas, incluso sin camiseta, pero
esto, en nada más que un traje de baño era la primera vez. Además, era de
lycra, tipo bóxer; le cubría hasta la mitad del muslo, así que lo hacía lucir
unas piernas torneadas, musculosas y atrayentes. Por norma, no me
gustaban los trajes de baño de hombre tipo slips para la playa, me parecían
raros. Estaba más acostumbrada a ver los chicos de bermudas, pero debo de
admitir que su opción a sido de lo más acertado, porque con su cuerpo ideal
rectangular, le quedaba divino. Aparte era tan ajustado y revelador que
empecé a sudar. Que Dios me ayude, el hombre era realmente bueno.
¡¡Malditos sean los fuegos del infierno!!
—Siento mucho que no hayas podido disfrutar de tu juventud como el
resto de nosotros —dije, a duras penas, tragando saliva varias veces,
intentando apartar la secuencia de imágenes que me pasaban delante de los
ojos. Necesitaba beber algo, aunque fuera agua de mar salada. No me
importaba, ya me estaban torturando por la vista, así que ¿qué sentido tenía
que me torturaran por la boca?
—Disfruté mucho de mi juventud. Sigo disfrutando, como puedes ver —
señaló con un gesto todo lo que nos rodeaba. Sin duda estaba disfrutando de
su vida y del dinero que tenía, que no parecía ser poco—. Además, me
alegro de no haber hecho ese tipo de viajes. Acabaría desflorando a una o
dos chicas.
Comenzó a reírse y yo sonreí, tratando de seguir su broma o insinuación
sexual. Aquello me hizo sentir ansiedad, el rostro se me había hundido por
la vergüenza e intenté apartar la mirada de la suya. Más aún cuando hablaba
de desflorar chicas. Casi me dieron ganas de volver a ser virgen y hacer un
viaje con él. Pero yo estaba de viaje con él. «¿Qué estás haciendo, idiota?»,
me reprimí.
—¿Fue entonces cuando perdiste la vergüenza?
Busqué su mirada, perpleja por lanzarme una pregunta tan íntima y
privada. Entendí que se había sentado en la tumbona justo al lado de la mía.
Ambos nos quedamos inmóviles por instantes. Yo seguía acostada en la mía
y para poder verlo tuve que poner una mano delante de los ojos y cerrarlos
un poco para no cegarme por el reflejo del sol que no me dejaba ver bien.
Me arrepentí al segundo de mirarlo. Tenía que dejar de fantasear con ese
hombre. Era el diablo, tuve que recordarme a mí misma. Un lobo con piel
de cordero.
—¿Ah? ¿Yo? Vergüenza... No entendí.
—¡Oh, Vamos!, no te hagas la mojigata conmigo. He leído tus mensajes
y lo sabes —declaró, asumiendo que había leído mis mensajes con Pierre.
¡Qué caballero! Solo que en lugar de llegar galopando en un caballo blanco,
iba montado en un dragón dispuesto a escupir fuego y quemar todo lo que
encontrara.
—No. No fue en aquella ocasión.
—¿Y cuándo fue eso? —dije, aún aferrado al tono socarrón. Le gustaba
verme cohibida con sus ataques indiscretos.
—¿Qué te pasa, realmente lo necesitas para ponerlo en mi carta de
recomendación? —traté de imprimirle a mi voz un tono de indiferencia,
como si la respuesta no me importara en exceso.
Se echó a reír.
—Bien, entiendo que no quieras contarme. No pasa nada, era una
pregunta inocente —inocente es el que no necesita dar explicaciones. Y esa
era yo ahora mismo, no sus preguntas trampa. Él me miró con fijeza durante
unos segundos, luego dijo—: Quítate la ropa.
—¿Qué? —Me lo quedé mirando desconcertada y eso habrá sido el
detonante que hizo que Alexander acercara su torso a mi tumbona y se
acercara a escasos centímetros de mi cuerpo. Yo estaba temblando como un
palo verde. Y no había viento.
—¿Vas a llevar esa ropa vestida todo el día? Por alguna razón te dije que
trajeras un traje de baño. Vamos a tomar el sol, a empaparnos de vitamina D
y luego a bañarnos en algún lugar impresionante. Te va a encantar —acercó
su boca a mi rostro—. No temas, Paola. No muerdo. No siempre.
Se recostó en su tumbona y, poniéndose bien las gafas de sol, se llevó las
manos a la cintura, me ignoró por completo y se extendió tomando el sol.
Miré mi ropa. Me había puesto un bikini y no un bañador. Hacía tanto calor
que no quería tener ninguna marca rara en mi cuerpo. Pero ahora me
arrepiento de no haber traído un traje de neopreno. No me sentía cómoda
estando casi desnuda delante de mi jefe. Y mucho menos uno que estaba de
rechupete. Me puse ligeramente de espaldas a él y empecé a deshacerme de
mi ropa. Hasta que me quedé con las pequeñas partes que cubrían poco más
que mi vergüenza. No me sentía acomplejada con mi cuerpo, pero con él
allí me sentía como una hormiga, pequeñita, chiquitita. Era muy imponente.
Cuando me acosté, levanté la vista hacia él y vi sus ojos sobre mí.
Rápidamente volví a mirar al cielo para no darme cuenta de que me estaba
radiografiando.
—Así estás mucho mejor... bastante mejor —su voz salió baja y ronca, y
tuve esa acústica vibrando en mis oídos durante unos buenos minutos.
Me relajé tanto que me dormí. Al menos hasta que escuché la voz de
Alexander en mis oídos. No sabía si estaba soñando o si me hablaba en
realidad, estaba absorta en un limbo temporal, con los ojos cerrados.
—Despiértate Paola —vociferaba—. Despierta, te estás friendo al sol.
Paola...
Sus palabras son bálsamo para mi alma y melodía para mis oídos. Se me
secó la boca y su sonido hizo vibrar cada parte de mi cuerpo.
—Paola... —Lo oí exclamar de nuevo mientras su mano tocaba mi cara,
sacudiendo mi mejilla.
—Estoy aquí... me tienes aquí... —dije, murmullando con dificultad y
dormida.
—Si no te despiertas inmediatamente, me tendrás en lugares que no
puedes ni imaginar… —su voz ronca maulló en mis oídos y fue entonces
cuando me di cuenta de que realmente me estaba hablando. Di un salto en la
tumbona, sacudiéndome la vigilia. Levanté la vista hacia él con una mirada
aturdida y vi su cara de burla con una sonrisa lateral malvada. Joder, ¿qué
habría dicho en sueños? Recuerdo haber soñado que me tocaba .... Dios
mío, qué situación más embarazosa.
—¿Qué pasa? —grazné. Mi voz salió demasiado alta. Tragué en seco.
Me llevé la mano a la garganta, que se estaba cerrando por la sequedad.
Debió de darse cuenta, porque cogió un vaso lleno de un líquido naranja
con un paraguas de papel en el lateral y una media luna de naranja apoyada
en él, decorándolo.
—Toma esto. Es un zumo de frutas tropicales. Tienes que mantenerte
hidratada. Pensé que te ibas a secar al sol como un lagarto.
—Me quedé dormida. El jetlag todavía me desconcierta.
—Sí, lo he visto. Estás muy desconcertada —su boca voló de arriba a
abajo para mirarme por todo el cuerpo. Sentí que me ardían las mejillas. No
sabía qué pensar de su declaración, pero no parecía ir en la misma dirección
que mis palabras. Pude verlo en su sonrisa matrera.
Asqueé el rostro mientras daba un largo trago al zumo que me dio.
—¿Qué has puesto en el zumo? Tiene un sabor extraño.
—¡Ah! se me olvidó decirte que tiene un poco de veneno —dijo con
toda tranquilidad. Me puso rabiosa y al verlo chasqueó la lengua con una
expresión risueña—Es bromita, no te enfades, será ron y quizás alguna otra
mezcla. No sé, los cócteles son la especialidad de Raúl. Le pedí que nos
preparase algunos.
El alcohol, ¡qué bien! Además de ponerme en situaciones de asfixia,
quería emborracharme con él. Veneno, lo pondría yo en su comida a la
primera oportunidad. Y también quería llevarme a nadar. Miré hacia el mar.
Era posiblemente la cosa más hermosa que había visto en mi vida.
Estábamos en una zona rocosa, que parecía formar parte de alguna isla con
impresionantes calas. Pequeñas aberturas en las rocas dejaban entrever una
zona secreta por la que entraba el mar. Tenía curiosidad por saber qué
habría dentro. Aunque no podría verlo con mis propios ojos.
—Vamos, convirtámonos en corsarios en busca de un tesoro. En esta isla
hay cuevas subterráneas junto al mar en las que podemos bañarnos y ver
maravillosos paisajes.
—Hablas como si las conocieras. —Miré las cuevas formadas por la
acción de las olas y era realmente impresionante.
—Las conozco bien, solía venir aquí cuando era pequeño, con mi
padrino. Era pescador y a menudo cruzábamos estos mares durante días.
Así es como conocí este paraíso.
Por alguna razón desconocida, me gustaba que me hablara de sí mismo.
Sobre su vida o su juventud. Nunca hablaba de él mismo y en estas
vacaciones ya sabía más sobre él que en todo el tiempo que estuvimos en la
oficina, trabajando juntos. Comprendí que estaba de vacaciones y que eso
invitaba a relajarse un poco y quizá a bajar la guardia, pero era Alexander,
el jefe misterioso. Y cuando quería, se encerraba de nuevo en banda.
—Debe ser un lugar muy especial. Me encantaría verlas de cerca, pero
no puedo. Disfrútalas por mí —dije, mirando de nuevo el mar cristalino, tan
claro que se podían ver los pececitos nadando.
—¿Qué dices? Si los dos vamos a nadar por ahí, está cerca. Son solo
unos pocos metros.
—No, no puedo... yo... no puedo —comencé a sentirme sin aliento y me
puse una mano en el pecho.
—¿Qué pasa, Paola? ¿No sabes nadar? —preguntó incrédulo.
—No, no es eso —mantuvo la ceja alzada, esperando que le aclarara el
asunto. Miré hacia el mar y parpadeé rápidamente, tratando de enfocar mi
visión.
—¿Me vas a decir qué pasa o tengo que adivinar? ¿Estás con la regla o
algo así? —Lo miré con los ojos muy abiertos. A veces me hablaba como si
fuéramos novios o con una confianza total que me incomodaba.
—Tengo fobia... a los tiburones —balbuceé en voz tan baja que creo que
no me oyó. Seguí mirando hacia el mar para ver si había algún tiburón
cerca. Estaba seguro de que lo había. Tenía claro que nunca nadaría en esos
mares. Sabía que estaban llenos de tiburones.
—¡No mames! —Lo miré incrédula—. No me jodas. Vamos, Paola,
vamos, a darle que es mole de olla. Vamos a nadar y no me vengas con esas
tonterías. Aquí no hay tiburones.
—¿Qué quieres decir con que no hay tiburones? ¿No has visto nunca
documentales en la televisión? Sí que hay, un montón de ellos. Estos mares
están así —hice un gesto con la mano, abriendo y cerrando los dedos contra
el pulgar— de grandes peces. De tiburones blancos y de todo tipo. No voy a
poner un pie en el agua.
—Vamos, Paola. ¿Me estás tomando el pelo porque te dan miedo los
pececitos? Tienen más miedo de ti que tú de ellos. Aquí no hay tiburones
así, te lo aseguro. Como mucho un tiburón peregrino que no hará daño a
nadie o una manta raya. Pero no se acercan a esta zona.
—¿Un tiburón peregrino? —Empecé a temblar.
Me alejé del borde del barco y me abracé a mi propio cuerpo por
seguridad ante la idea de encontrarme con un tiburón. Me daba igual,
peregrino o creyente, hijo de Dios o del Diablo, no iba a pisar su territorio y
acabar en la orilla con una sola pierna o un solo brazo o incluso llegar a la
orilla viva pero faltando varias piezas.
—Vamos, señorita. —Me arenga Alexander, tirando de mí de la mano y
arrastrándome hasta el límite de la barca; sin poder siquiera inhalar aire, nos
arroja por la borda.
La adrenalina que sentía, el miedo y la angustia se apoderaron de todos
mis sentidos. Cuando sentí que mi cuerpo se sumergía en el agua, lo
primero que hice fue menear los brazos lo más rápido que pude para salir
del agua y escapar. Cuando por fin llegué a la superficie, mi boca se abrió
mientras intentaba inhalar una gran cantidad de aire. Mi corazón se aceleró.
Casi me ahogo porque no podía controlar el pánico que sentía. En ese
momento sentí dos manos en mi cintura y la cabeza de Alexander se me
vino encima mientras gritaba a todo pulmón porque sentía que algo me
tocaba y no sabía qué era. Ya no sabía si eran sus manos o mi paranoia.
Cualquier cosa que me tocara en el agua era el principio del fin. Me abrazó
mientras yo seguía agitando los brazos sin sentido.
—Cálmate, te tengo. ¡Chuu! Cálmate —su cara húmeda, sus ojos
marrones ahora de color miel a la luz del sol, sus labios a menos de cinco
centímetros de los míos, lo último que hicieron fue calmarme.
—¡No puedo creerlo, Alexander! No puedo creer que me hayas hecho
esto, ¡te odio!
Miré a mi alrededor mientras él seguía sujetándome por la cintura.
Involuntariamente envolví mis brazos alrededor de su cuello para evitar que
me ahogara. Quería trepar por su cuello, solo para que mi cuerpo no
estuviera en el agua. No podía ver lo que había debajo de nuestras piernas y
me daba pánico. Tenía ganas de llorar. Mis ojos se aguaron de rabia y
miedo. Lo miré desesperadamente, rogándole que me sacara. Su sonrisa se
volvió seria. Me agarró por debajo de las piernas y las rodeó a su cintura.
¡Oh, Dios mío! Este hombre me abrazó por completo en el agua. Podía
sentir sus piernas moviéndose debajo de nosotros para mantener nuestros
cuerpos flotando. Tenía mucha fuerza y se movía literalmente como un pez
en el agua.
—Bueno... Te dije que no muerdo, pero el único tiburón que puedes
encontrar por aquí soy yo —sus ojos se posaron en mis labios, pero no
estaba de humor para tonterías.
Aun así, no pude evitar sentir un pequeño escalofrío que me recorría la
espalda. Me aferré más a su cuello. Si alguien nos veía en ese momento
pensaría en todo. No podías acercarme más. Todo mi pecho estaba contra el
suyo en el agua. Podía sentir sus duros pectorales soportando mi miedo. Su
mano alrededor de mi cintura, mientras la otra se contoneaba para nadar.
Había una extraña tensión.
—Relájate, Paola. Estoy aquí. No va a pasar nada. Tienes que relajarte.
¿Tienes miedo? —me preguntó y buscó mis ojos, que no dejaban de mirar a
todas partes, tratando de estar alerta por si veía una aleta fuera del agua.
Solo de pensarlo me dieron ganas de gritar y eso fue lo que hice en silencio.
Ahogué un grito y cerré los ojos con fuerza por el miedo. Me acobardé en
sus brazos.
—Alexander, por favor, te lo ruego, llévame de vuelta al barco... No
puedo... No puedo —dije rápidamente, con los ojos suplicantes y las
lágrimas cayendo al mar.
—¿Sabes qué? —dijo acercando su boca a mi oído, lo que hizo que
volviera a sentir escalofríos en mi columna vertebral—. De donde yo vengo
dicen esto: el miedo lo agarraron tragando pinole. Y lo mismo tiene que
ocurrirte a ti para que dejes de tener miedo a esas tonterías.
Sus palabras en mis oídos me causaron confusión. No sé qué quiso decir
con eso. Estaba muy bien para su psicología barata, pero no iba a
enfrentarme a un miedo irracional que llevaba arrastrando desde que me
conocía como persona. O eso pensaba. De repente, sentí sus labios sobre los
míos. Abrí los ojos rápidamente y cuando me encontré con los suyos, los
volví a cerrar. El impacto de su beso me obligó a gemir. De sorpresa, de
shock, de lo bien que se sentía. Quería hablar con él y abrí los labios para
hacerlo:
—Alexander, ¿qué estás haciendo? —dije con sus labios aún sobre los
míos. Aprovechó que abrí la boca para hablar y me metió la lengua. No
pude resistirme, porque si no lo abrazaba y me soltaba, me quedaría sola en
ese mar. No sé si era un tiburón, pero su beso me impactó como un tsunami.
Me besó con tal ferocidad e intensidad que olvidé dónde estaba. ¡Gloria! Su
boca era la gloria. Qué bien besaba. ¡¡Maldito follador de labios!! Sentí la
humedad entre mis cálidas piernas en contraste con la humedad del frío
mar. No sé cuánto tiempo estuvimos envueltos en ese beso, pero por muy
impetuoso y repentino que fuera, como ha venido, se fue. Sus labios
abandonaron los míos y abrí los ojos. Lo vi jadear, de verdad. Y entonces
una pequeña sonrisa de lado apareció en su rostro. Mis pestañas se abrían y
cerraban como alas de mariposa.
—¿Más relajada? No pensaste en los tiburones mientras te besaba,
¿verdad? —Se mofó de mis temores.
—No deberías haber hecho eso. No estuvo bien.
—Estuvo muy bien, confiesa —se rio y yo hice una mueca furiosa.
Quería soltarme.
—Vamos, suéltame —dije sin pensar. Y lo hizo. Al sentir su abandono,
comencé a agitar los brazos para mantenerme a la deriva.
—Ahora, vas a venir conmigo a ver las cuevas, porque me muero de
ganas de verlas. Y a partir de ahora, ya sabes... si te cagas por los tiburones,
siempre te besaré y tus fobias cambiarán de especie. ¿Te queda claro?
Sacudí la cabeza, asumiendo en silencio lo que quería decirme. Me había
besado como una amenaza. Para que mi miedo a que lo haga de nuevo
supere mi miedo a esos bichos. Pero lo que Alexander no entendía era que
tal vez no me había asustado tanto como creía. Su terapia no era la mejor,
pero por si acaso decidí tragarme mi orgullo y empezar a nadar tras él,
rezando para que nada me tocara las piernas. Poco a poco, empecé a desviar
mi atención de los peces y a disfrutar del paisaje.
Entramos por unos túneles que nos llevaron a unas cúpulas de roca
sensacionales. La imagen que tenía ante mis ojos era impresionante y
sobrecogedora. Quería mantenerlo todo en lo que sabía que eran momentos
posiblemente únicos. Alexander estaba deslumbrado y nostálgico. Habló de
varios detalles geográficos e historias que conocía y vivió allí y me
mantuvo cautiva de sus palabras mientras lo visitábamos.
Capítulo 11
Pensé que una mañana así no era suficiente para ver todas las maravillas
que encontramos. Tal vez una semana no fuera suficiente para todo lo que
estábamos descubriendo. Como dijo Alexander, iba a ser una búsqueda del
tesoro. Y yo también quería atesorar ese tiempo con él, ese lugar, ese
recuerdo. Y el recuerdo de su boca. Cuando lo miré, miré sus labios, mi
mente fue directamente a su tacto. Estaba demasiado fresco en mi memoria
para olvidarlo.
Volvimos al barco y nos tumbamos para secarnos. Más tarde, bebimos
más zumo de Raúl y hablamos de cosas de la isla y de sus historias de
cuando viajaba con su padrino. Parecía alguien a quien tenía mucho respeto
y afecto, por la forma en que hablaba de él. Tenía curiosidad por
preguntarle más cosas, pero no lo hice. Lo dejé hablar lo que quería y seguí
respondiendo y preguntando solo las cosas relacionadas con el tema del que
hablaba.
Nos sentamos en una mesa que era más grande de lo que creía que podía
caber en un barco. El interior del yate era espacioso, dentro de lo que cabía
esperar para las dimensiones del barco. Se unieron a nosotros los restantes
miembros de la tripulación, que hasta entonces parecían inexistentes. Nos
habían dejado completamente libres y en nuestra "intimidad" por así
decirlo. Tenía entendido que Raúl se encargaba de la comida y la bebida y
de que todo estuviera perfecto. Estaba Jones, que era el capitán o la persona
que conducía el yate. Y junto a él estaba Francisco, un joven que parecía ser
una especie de asistente a bordo. También asistía en la sala de máquinas y
ayudaba en la navegación. Todos hablaban español, inglés y francés.
Aunque había captado que vivían en la isla donde estábamos y que eso era
su negocio. Alquilaban barcos a turistas ricos, como Alexander.
Comimos entre risas y historias de piratas modernos y empecé a
relajarme un poco más. Tras la intensa mañana que no olvidaría. Después
de comer, los chicos estuvieron hablando de cosas náuticas y otras cosas en
las que no quería entrar. Apoyé la cabeza en la pared de al lado y cuando di
por mí estaba dormida de nuevo. No había dormido una siesta desde que era
pequeña.
—Paola, despierta —Esta vez pude escuchar perfectamente la voz de
Alexander en mi oído. Abrí los ojos, pero ya no estaba en el lugar donde me
había dormido. Estaba en una cama. Me senté rápidamente, sobresaltada.
—¿Dónde estoy?
—En una de las habitaciones del yate. Te quedaste dormida en la mesa y
te traje aquí para que pudieras descansar mejor. Ibas a quedar sin cuello allí.
—No sé qué me pasa. Me duermo todo el tiempo.
—¿Estás segura de que no estás embarazada? —Abrí los ojos
sorprendida por la pregunta. Ponía su habitual cara de sátira.
No solo parecía dispuesto a cabrearme, sino que encima arqueó una ceja
en actitud provocadora como si quisiera desafiarme a seguir contando más
para que él pudiera escribir los guiones para los culebrones que se
inventaba en aquella cabeza retorcida.
—No lo sé, mientras no sea de un tiburón. —Moviendo mis piezas en el
tablero de ajedrez. Poco a poco fui ganando un poco más de confianza para
poder contestarle sin pudor. Alexander seguía sentado a mi lado en la cama.
—Si tienes tanto miedo de acercarte a hombres como a ese pez, debes
ser la Virgen María —hizo un chasquido con la lengua—. Lo siento, hago la
corrección, ya sabemos que no eres virgen en absoluto —podría haber
jurado que estaba más roja que pimentón de vera.
—Entonces, siguiendo tu raciocinio, tendrás que ser como Jesús en las
bodas de Caná, con la diferencia de que en lugar de convertir el agua en
vino y multiplicar los panes, conviertes a las mujeres en paridoras y
multiplicas los niños.
Soltó una carcajada. Me alegro de que le divirtiera mi estupidez. Si
seguía diciendo cosas así, acabaría desatando al monstruo de la parte
posterior de mi lengua.
—¡Oh, Paola! ¡Oh! A veces era muy divertida. Me gusta tu humor —al
menos algo que le gustaba de mí—, pero no quiero tener hijos por ahí como
dices, soy muy cuidadoso con eso. No quiero ser padre en absoluto. Prefiero
ser virgen.
—Esa última parte no se lo cree ni Dios.
Todavía se reía mientras se levantaba y entraba en la habitación de al
lado. Pero unos segundos después, volvió a asomar la cabeza por la puerta y
me habló desde allí.
—Voy a ducharme y a cambiarme de ropa. Quitarme esta sal. Siéntete
libre de hacer lo mismo —me guiñó un ojo y se quitó la camiseta que se
había puesto para comer.
La tiró sobre la cama. Y entró. Un poco más tarde oí el sonido del agua
corriente de lo que debía ser una ducha. Todavía estaba roja como un
tomate. No podía creer lo que acababa de insinuar: que me fuera a duchar
con él. Quería ducharme, pero no con él allí. Salí de la habitación y
bicheando un poco, encontré otra cabina que también era un dormitorio con
baño. Así que aproveché y tras cerrar la puerta con llave, me aseé allí, sola.
Cuando volví a salir, Alexander ya estaba vestido y duchado, en la popa
del barco. Llevaba una cámara y hacía fotos del horizonte y del paisaje. Me
asomé a su lado, pero no dije nada para no molestarlo. Solo miré el
horizonte. Era realmente algo para fotografiar. Estábamos en el final de la
tarde y las luces y colores del cielo al atardecer eran increíbles. Me quedé
mirando, apoyada en la barandilla. Podía oír a Alexander disparando fotos.
—Mírame —oí su voz llamándome en un susurro. Cuando lo hice,
disparó una foto. Por reflejo e involuntariamente me llevé una mano a la
cara, tímida ante su observación—. No. Quita tu mano. Finge que no estoy
aquí.
—Alexander, no me hagas fotos. Es embarazoso.
—Espero que no. —Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba
jugando con mis palabras. Embarazoso, no embarazada.
—No, quiero decir…, que me da vergüenza, no lo hagas —se enfadó.
—No puedo tomar fotos inocentes tuyas para mi álbum de vacaciones,
pero mis fotógrafos pueden hacerte todas las fotos que quieran y adularte de
la manera que les salga de los cojones, que se merecen todas tus sonrisas.
¡¡¡Tienes una moral!!! ¡Qué injusticia, yo que vengo en son de paz. Pero,
vamos, no pasa nada, algo tendrá el agua cuando la bendicen.
Alexander era muy dramático, ¡¡Oh, Argentinito teatral!!!, se hacía el
mártir hasta conseguir lo que quería, parecía un niño haciendo una rabieta.
No sabía cómo manejarlo en este momento o de esta manera. Era tan
diferente al Alexander que estaba acostumbrada a ver.
—Lo siento, no era mi intención, eso no es lo que quería decir. Está bien,
vale. Son solo unas fotos… me da igual —sonrió como si fuera un niño que
acabara de ganar una piruleta. Siempre conseguía lo que quería.
Hizo una cantidad desmesurada de fotos. No dije nada, solo miré el
paisaje e ignoré el hecho de que estaba allí. No quería mirarlo, porque me
daba mucho palo. Cuando por fin se detuvo, se puso a mi lado y ahora los
dos mirábamos el sol poniéndose en el horizonte. En silencio apenas
intercambiamos nuestro desconcierto bajo lo que fue posiblemente el
momento más hermoso que he presenciado: el atardecer del Caribe.
—Gracias por venir. Espero que te estés divirtiendo —lo miré, pero él
seguía mirando al horizonte y tenía los ojos entrecerrados.
—Gracias por obligarme a venir. Está siendo inolvidable —La verdad es
que desde que llegué a la isla, las cosas han sido inolvidables. Me miró y
sentí que sus ojos me atravesaban el alma.
—Definitivamente inolvidable. —Vi que una ligera sonrisa se dibujaba
en su rostro.
Nos quedamos allí un ratito más mientras el barco volvía a puerto para
dejarnos en tierra firme. Cuando llegamos y mientras íbamos en el coche de
vuelta al hotel, me volví a quedar dormida. Empecé a imaginar que la
mosca tsé-tsé me había picado o algo así. Yo bien intentaba frotarme la cara
un par de veces con la esperanza de despejarme un poco, pero era inútil.
Hasta que volviese a coger la rutina, era inútil. Llegamos al hotel unas dos
horas antes de la cena. Alexander me dijo que tenía que hacer algunos
contactos y que comería algo en la habitación. Tal vez iría a dar un paseo
por el hotel. Le dije que también me tomaría el día libre para descansar y le
agradecí de nuevo el maravilloso paseo que habíamos dado.
—Espero que lo hayas disfrutado. Y que hayas superado parte de tu
miedo a los tiburones.
—Confieso que apenas pensé en ellos después de lo ocurrido, pero no
digo que no me den miedo esos animales. Mentiría si lo hiciera.
—Entonces, ya sabes, podemos seguir practicando el control de fobias
—me sonrojé con fuerza, y él lo notó—. Que pases una buena noche, Paola.
Y me dejó allí de pie en la puerta de mi habitación. Entré y respiré
profundamente. Justo cuando me estaba haciendo relajar, tenía el don de
dejarme muy nerviosa. Recordé algo que podía hacer y llamé a la
recepción. Me dijeron que Peter estaba en el balneario y que le pasarían la
llamada a su sala.
—Hola.
—¿Peter? Es Paola, ¿recuerdas?
—¿Cómo podría olvidarlo? —Su voz era cálida y me hizo gracia su
respuesta, igual que la que yo había dado—. ¿Estás preparada para ponerte
en mis manos?
—Para eso te llamaba. —Había llamado solo porque recordaba su oferta,
y ahora mismo me vendría bien un masaje relajante. Pero al oírle sugerirlo
de esa manera, me sorprendió un poco. Quedamos en encontrarnos en
media hora. Confieso que estaba un poco nerviosa. Iba a dejar que ese chico
me tocara todo el cuerpo. Cuando lo pensé, ya era demasiado tarde, la
sesión ya estaba programada. Bueno, no tuve más remedio que relajarme y
aprovecharlo.
Bajé al balneario. Una chica de la recepción me indicó cómo llegar a una
habitación individual donde podía dejar mis cosas en una taquilla adecuada
y segura. También me dijo que tenía que desnudarme por completo, y llevar
una braga de papel que tapaba, vamos, menos que nada. Y ponerme el
albornoz. Me explicó que como el masaje se hacía con aceites esenciales,
era lo mejor para no manchar mi ropa. Cuando terminé de vestirme, o más
bien de desvestirme, la misma chica me guio hasta la sala de masajes. Me
pidió que me tumbara boca abajo en una camilla y que esperara al
masajista. Y salió de la habitación dejándome sola.
La habitación en la que estaba era espaciosa. En el centro había una
camilla; la decoración era muy bonita y zen. Había una verdadera cascada
en una pared y su sonido daba una maravillosa sensación de relajación y
serenidad. Me quité la bata un poco intimidada y la dejé sobre una silla, me
cubrí los pechos desnudos con las manos, mirando a mi alrededor por si
había alguien escondido observándome. Lo cual era absurdo. Me tumbé en
la camilla colocando mi cara en el hueco destinado a tal fin. Me sentí muy
expuesta. La música zen que llenaba el ambiente no me relajaba, sino que
me ponía más tensa.
Después de unos cinco minutos oí que alguien llamaba a la puerta.
Desde mi posición expresé que podían entrar. Y entonces oí la puerta
abrirse y cerrarse. No podía ver quién estaba en la sala, pero sentía la
presencia de alguien.
—Hola, Paola, me alegro de que hayas venido —tragué en seco al oír la
voz de Peter—. ¿Cómo está tu tobillo?
—Hola —dije, con la voz temblorosa. La idea de que me mirara
completamente desnuda en un tanga que no dejaba nada a la imaginación
me estaba poniendo nerviosa de nuevo—. Mi tobillo está mejor, ya casi no
me duele.
—Perfecto. Ahora relájate porque voy a darte un masaje muy sensorial y
quiero que disfrutes cada segundo —su voz tenía un efecto hipnótico
porque era lenta y suave.
—Bien —respondí.
Sentí que se movía por la sala, recogiendo y dejando cosas. Unos
minutos después, bajó la luz y subió la música. Cuando sentí el primer
toque de sus manos empapadas de aceite, casi salté de la impresión inicial.
—Relájate y déjate llevar. Confía en mí.
Lejos de mí el saber que era yo en quien no podía confiar. Era un peligro
para mí misma. En los últimos meses había acumulado demasiado estrés en
mi cuerpo, así que decidí rendir homenaje a mi torturado cuerpo. Con
música suave de fondo y una iluminación tenue, comenzó a masajear
suavemente mis hombros, cuello, cuero cabelludo, brazos...
Concentrándome en el tacto de sus manos sobre mi piel, pude disipar
todo lo demás de mi mente. Solo visualizaba mentalmente sus dedos, el
aceite calmante que los ayudaba a deslizarse, y lo bien que iba a dormir esa
noche. Ahora sentí su toque en los pies, un masaje magistral que me erizó
por todo el cuerpo y luego por las pantorrillas y los muslos. Cuando llegó a
mis nalgas, tragué en seco, ¡vaya! Con gran profesionalidad continuó
masajeando mis glúteos, luego mi espalda, hasta llegar de nuevo al fondo
de mi espalda. La cantidad de tensión que puedo acumular en esa zona es
inimaginable; él se dio cuenta y trabajó la zona con una suave firmeza.
Estaba muy relajada... Mi mente empezó a divagar, el masaje me estaba
aflojando, pero también excitando. Imaginé que los dedos de mi hábil
masajista se deslizaban accidentalmente entre mis nalgas, mis caderas se
levantaban sutilmente como si le invitasen a repetir el accidente, esta vez
con la intención de que hubiera más fricción. Y lo sentí, tal vez me estaba
leyendo la mente, pero sus dedos, al masajear mi culo, lo abrieron
suavemente y sentí que sus manos ralentizaban el movimiento, como si
estuviera disfrutando de la vista. Posiblemente lo estaba. Me quedé quieta,
tímida y morbosa. Le dejo que lo haga y lo disfrute. De repente sentí su
boca cerca de mi oído.
—¿Quieres relajarte aún más? —¿Qué quiso decir con eso?
Estaba excitada por su voz en mis oídos y tan necesitada de su tacto que
no sabía qué responder. Por un lado, quería soltarme, por otro, estaba allí
con un desconocido y no sabía qué hacer. De cualquier manera, era una
mujer libre, sin ataduras. Pierre no era mi novio ni nada parecido. Y estaba
emocionada y dispuesta a dejarme llevar a toda velocidad. Finalmente
suspiré y confesé mi fantasía.
—Sí, me gustaría relajarme completamente.
—¿Quieres darte la vuelta? Para que pueda seguir con mi masaje por
todo tu cuerpo —insinuó su frase. La atracción de su voz sensual y las
intenciones que tenía de que esto fuera más que un masaje, sino algo con un
final mucho más feliz... ¡Dios!
—Sí, por favor —fue todo lo que pude responder o suplicar, más bien
dicho.
Me pidió que me diera la vuelta, y me sentí tan cómoda con este hombre
tan guapo que casi esperaba que me pusiera una mano en los pechos
desnudos cuando los viera. No lo hizo. En ese momento. Ahora estaba boca
arriba y cerraba los ojos con fuerza. De esta manera, sentía que al no ver, no
era consciente de lo que acababa de hacer: dar luz verde a un masajista
desconocido en medio del Caribe para que me toque desnuda. Empezó por
mis pies, una vez más, subiendo por mis piernas. La excitación que recibí
de esas manos expertas con un tacto perfecto fue indescriptible. Sin duda,
una experiencia altamente sensorial. Subió por mi cintura y comencé a
agarrar la camilla. Se dio cuenta y me susurró:
—Relájate, no voy a hacer nada que no quieras hacer. Cuando quieras
dejar de hacerlo solo tienes que decírmelo. Por ahora, déjate llevar. Te
prometo que te va a gustar. Mucho —eso es lo que me temía.
Tenía miedo de que me gustara mucho. Volví a respirar profundamente y
asentí con los ojos aún cerrados. Solté la mesa. Avanzó, masajeando mis
pechos. ¡Oh, Dios, Dios, Dios! Por una vez en mi vida, un hombre que
sabía cómo sostener los pechos de una mujer. Porque algunos que han
pasado por mi vida, vamos, creen que esto es plastilina y están haciendo
figuritas con ella. Por no hablar de los que creen que los pezones tienen una
flexibilidad infinita. Tengo un poco de todo en el reportorio. Pero Peter era
un profesional y uno bueno. Le dejo que lo haga y lo disfrute. Con ambas
manos consiguió bajar lentamente las braguitas de papel que llevaba,
dejando al descubierto todo mi sexo. Empecé a ponerme roja como un
tomate. Una de sus manos tomó mi vulva, la acarició y deslizó un par de
dedos entre mis labios, para luego entrar en mi vagina lubricada. Abro las
piernas ligeramente, tratando de que parezca casual. Siguió estimulando mis
orificios, suavemente, con maestría, haciéndome soltar pequeños gemidos
imposibles de ocultar. Moví mis caderas como si quisiera bailar con él,
pidiéndole más, pidiéndole todo. Empujó dentro de mí, todo a un ritmo
lento y aumentó el ritmo del masaje, asegurándose de que tuviera una buena
estimulación del clítoris todo el tiempo. No podía creer que estuviera a
punto de tener un orgasmo en esa habitación, a manos de un desconocido.
Me agarré al borde de la camilla con las manos y empecé a susurrarle lo
cerca que estaba, rogándole que no se detuviera. Bajó su boca hasta mi
pezón y lo mordió con fuerza, sin dejar de mover sus manos rítmicamente,
provocando la explosión entre mis piernas y una serie de convulsiones
placenteras. Di un salto con la última convulsión.
—¿Estás bien? —preguntó. Por suerte, siguió hablando antes de que
pudiera responder—. Espero que hayas podido relajarte como te prometí.
—Sí, es que... tienes muy buenas manos y me relajé mucho... —
respondí, aún con los ojos cerrados y sintiéndome sobreexpuesta. No era
una mentira, solo que en mi mente sus manos habían hecho mucho más por
mi relajación. Por suerte, se apresuró a decir:
—Bueno, te dejo para que te recompongas y cuando estés lista, solo
tienes que llamar a la puerta y vuelvo —asentí y apenas pude agradecer.
—Gracias.
—De nada —murmuró—, ha sido un placer.
Cuando oí cerrarse la puerta, abrí lentamente un ojo para asegurarme de
que se había ido. Miré a mi alrededor. Ahora me preguntaba si todo era mi
imaginación, o si acababa de tener un orgasmo proporcionado por este
hombre. Me apresuré a ponerme el albornoz, aunque todavía me temblaban
las piernas por el tratamiento. Cuando me sentí preparada para salir, llamé a
la puerta y él volvió. Antes de dejarme en el pasillo fuera del balneario, me
habló de nuevo.
—Oye, ¿quieres tomar algo cuando salga del trabajo?
—No sé, hoy estoy muy cansada. —Me sentí mal que después de todo lo
que me había ofrecido le decía que no, pero estaba muy cansada del día—.
Tal vez otra noche. Antes de irme, te diré y nos tomamos algo, ¿de acuerdo?
—¿Por qué no?, así podemos... eh... hablar de algunos ejercicios que te
gustarán —añadió con una sonrisa traviesa—, para mejorar tu tobillo, por
supuesto.
—Claro, seguro —sonreí. El chico me gustaba, era guapo, tenía manos
de oro y era discreto.
En cuanto terminé la frase, todavía en bata y en la puerta de la habitación
para cambiarme, vimos a dos personas que se acercaban al mismo lugar.
¡Maldita coincidencia! Alexander, también con una bata blanca,
acompañado de una chica que estaba tan roja como yo. Parecía ser una
masajista como Peter, porque iba vestida con el traje negro que llevaban. La
diferencia era que la camisa tenía más botones abiertos de lo que imagino
que sería apropiado y de ella salía un escote donde sus pechos casi gritaban
por saltar. Debe de ser una práctica habitual los masajes especiales en ese
balneario a juzgar por la mirada de Alexander, que se quedó perplejo al
verme allí con Peter.
—¿Estás por aquí? —fue todo lo que dijo con voz crítica.
—Puedo decir lo mismo. Parece que hemos tenido la misma idea —miró
a Peter con desdén.
—Sí, la diferencia es que la mía no tenía intenciones concretas —volvió
a ser tajante y directo. No se andaba con rodeos delante de nadie. En eso
nos parecíamos, aunque él me ganaba por mucho.
—Bueno, iba de vuelta a la habitación. Si me disculpan.
Me despedí de Peter y dejé a los tres allí. Alexander estaba quieto como
una estatua, sin moverse, observando mis movimientos. Cuando me fui, tras
vestirme, ya no pude verlo. Volví a mi habitación, todavía flotando en las
nubes.
Capítulo 12
El lejano timbre de mi teléfono me devolvió momentáneamente a mi
escritorio en la agencia, donde las llamadas entrantes eran constantes.
¡Joder! Poco a poco, me di cuenta de que era mi teléfono móvil el que
sonaba junto a mi cama. Me desperté sobresaltada y cogí el maldito aparato.
¿Quién me llamaba a las seis de la mañana? Pude ver quién era en la
pantalla, así que no fue una sorpresa: Alexander.
—¿Sí? —Mi voz aún estaba agitada por el sueño.
—Paola, prepara tus cosas, nos vamos de la isla.
—¿Y eso? —Abrí los ojos intentando concentrarme en algo ¿Salir de la
isla? ¿Qué ha pasado? ¿Se estaba quemando algo?
—Que nos vamos a la otra isla y por eso nos vamos temprano. No tengo
nada más que hacer por aquí.
¡Qué extraño! Ayer por la tarde me dijo que le había gustado el viaje a la
isla y que quería ver más cosas el resto de los días. ¿Por qué este repentino
cambio de planes? ¡Qué pregunta más estúpida, Paola!, pensé. Así es
Alexander Ruiz: imprevisible, autoritario y controlador.
—¿A qué hora tengo que estar lista?
—A las siete de ayer. Te espero en la recepción. Desayunaremos en el
camino. Apúrate, Paola. No tengo paciencia con tus retrasos.
Colgó el teléfono y sin más, a las seis de la mañana, después de un día
magnífico como el de ayer, mi jefe volvió a ser el troglodita de siempre.
Trastorno de identidad disociativo, ahora lo tenía claro. Tenía múltiples
personalidades. Y si él no recibía ayuda rápidamente, acabaría obligándome
a visitar al psiquiatra con frecuencia.
Una hora más tarde estaba, como me indicó, en el vestíbulo del hotel,
esperando a Alexander, que afortunadamente aún no había llegado. Pensé
en Peter. No iba a poder verlo más. ¡Qué lástima! O quizás no. Alexander
acababa de darme una forma de no tener que enfrentarme al chico después
de lo ocurrido. Me habría muerto de vergüenza al verlo. Pero, al menos,
habría disfrutado de la despedida. Fui a la recepción y pregunté si podía
dejar un mensaje para entregárselo. Me dieron una hoja de papel con un
sobre. He escrito una pequeña nota de agradecimiento. Y le deseé mis
felicitaciones. Sellé la carta en el sobre y puse su nombre. Se lo entregué al
hombre de la recepción justo a tiempo de ver a Alexander por encima de mi
hombro.
—¿Faltaba pagar algo?
—No —respondí aturdida. Qué manera tenía de acercarse a la gente—.
Solo estaba dejando un mensaje, nada más.
—Bueno, si ya has tirado barra el suficiente, vámonos —me dio la
espalda, claramente molesto. Es evidente que alguien no se ha despertado
con todos los pies en la sábana.
Salimos y comenzamos nuestra marcha para el traslado a la isla de las
Bahamas. Cuando llegamos a la nueva isla, Alexander seguía con la cara
enfurruñada con la que había salido de la otra recepción. El hotel en el que
nos íbamos a alojar era impresionante. La isla era magnífica. Las Bahamas
son mundialmente famosas por sus increíbles playas. En las islas se puede
explorar todo, desde el golf, la vida nocturna, los parques naturales y las
playas vírgenes. Todo esto lo había leído antes de venir, pero ahora que lo
tenía delante de mis narices, no podía estar más maravillada y emocionada.
Al parecer, era la única. Y supuestamente no era yo quien estaba de
vacaciones. No lo entendía, estábamos en un paraíso de playas estelares,
aguas azules y transparentes y una hospitalidad y servicio local sin igual. Y
sin embargo no se quitó la cara de pedo que siempre llevaba. Si no fuera
porque era tan guapo, parecería el pitufo gruñón.
—Es maravilloso, nunca imaginé que vería esto con mis propios ojos —
dije, encantada con el ambiente.
—Vamos, señorita, esto es una isla como otra cualquiera, esto no es el
paraíso terrenal —se carcajea el idiota y empecé a sentirme mal y a quedar
de mala leche. Al fin y al cabo con él todo era contagioso.
—Me dirás entonces qué es para ti el paraíso —respondí, sin ganas de
sonreír más.
—Mi cama, por ejemplo. Algunas dicen incluso haber visto a Dios en
ella —comenzó, riéndose burlonamente. No se puede ser más engreído que
ese hombre, ¡qué soberana gilipollez! Sin embargo, esta vez no iba a dejarlo
pasar sin darle mi estampa.
—¿Oh sí? Bueno, como se dice, la guerra solo la cuentan los vencedores.
Me imagino que los perdedores tendrían algo diferente que decir.
—¿Qué, por ejemplo? —Todo esto era bastante divertido para él.
—Como, por ejemplo, ver al diablo. Algunas personas vieron a Dios en
tu cama, otras vieron al demonio. Porque, vamos, me imagino la versión del
infierno, por lo poco que sé.
—Eso es porque no has estado en mi cama, como te dije, podrías
cambiar de opinión —dijo con picardía. Y volvía a insinuar la misma
estupidez. Nunca iba a estar en su cama en su puta vida. Podría soñar
despierto o estar en una tumba.
—No desearía una maldición así —contesté.
—No te preocupes, Paola, que yo con aguantarte a ti ya tengo bastante
maldición —dijo como si fuera una verdad como un templo.
—¡¿Aguantarme?! ¡Ja! ¿Te refieres a mí? No te preocupes, solo tienes
que aguantarme otros cuatro meses. Tendrás que aguantarte el resto de tu
vida. No me gustaría vivir en tus zapatos.
—Llevo la vida excusando tus errores, acarreando nada más que tus
desgracias y tu falta de acción. Eres temeraria y no haces más que lloriquear
a todas horas con tus amigas de que no te gusta tu trabajo, pero no haces
nada por aprender y ser humilde. Deberías darme las gracias —su voz se
volvió mucho más agresiva y mis mejillas ardieron de humillación.
—Eres el peor jefe que alguien podría tener —En este punto parecíamos
dos críos discutiendo en el vestíbulo del hotel. La gente pasaba por delante
de nosotros y nos miraba como si fuéramos una pareja en medio de una
discusión—, y es cierto lo que dije, solo trabajo para ti porque no tengo otra
opción. Eres deshumanizado y no tienes tacto con la gente. Me llamas
imprudente, pero eres tú el que no sabe conducir en la mitad de las
situaciones.
—Me va a estallar el seso con tanta mierda que dices.
—Tu cerebro va a explotar, pero es con la mierda que tienes dentro.
—Tú, como siempre, aportando.
—Y tú lo contrario, restando. ¡Que te den, Alexander! Estoy harta de ti.
Le di la espalda, pasé por la recepción, cogí las llaves y me fui a mi
habitación. No sé qué pasó en ese vestíbulo. Estaba cansada por el viaje,
por haber dormido poco, pero a pesar de todo eso, estaba feliz de estar allí y
ese idiota no tenía otra cosa que hacer que ser estúpido. Siempre se las
arreglaba para destruir las buenas ganas de los demás. Lo odiaba como
nunca había imaginado que odiaría a nadie. Tenía sentimientos abruptos por
él. Sacaba la peor versión de mí. Y ya no podía quedarme quieta. No me
importaba que me despidiera. Que haga lo que quiera. Me tenía harta y
había llegado a mi límite. No iba a aguantar más mierda de ese pedazo de
troll. Me tiré en la cama y me puse a llorar. De la rabia que sentía y de la
humillación que me hacía pasar. ¡Qué vergüenza!
Diez minutos más tarde, con cuatrocientos pañuelos gastados y la cara
hinchada como un juguete acuático hinchable flotante, oí sonar mi teléfono
móvil. Solté un gruñido tan fuerte que debió de oírse en todo el hotel.
Agarré el teléfono, queriendo lanzarlo contra la pared. Mensaje de
Alexander, ¡qué pesado!
“Espero que estés de mejor humor para trabajar. Mientras yo descanso
en mis merecidas vacaciones, espero que tú hagas tu trabajo. Tienes
veinticuatro horas para encontrarme un modelo o puedes despedirte de tus
prácticas. Si ni siquiera puedes hacer lo que te propongo, no me sirves. Y
eso lo digo yo, que sigo siendo el jefe y no importa si me ves como el diablo
o no. El único infierno que conocerás será el que vivirás si no encuentras a
alguien para este trabajo. No te pongas en contacto conmigo hasta que
tengas lo que te he pedido.”
Los sollozos en mi garganta se hicieron aún más fuertes. No podía dejar
de llorar. ¿Cómo puede una persona ser tan horrible? Un día casi me pide de
rodillas que me quedara y al siguiente me amenazaba con echarme. Era
bipolar. Y no había nada malo en ello. Siempre y cuando decida tratarse a sí
mismo y no hacer de la vida de los demás un infierno, como dijo.
Tardé más de una hora en calmarme. Apenas podía abrir los ojos cuando
encendí el ordenador. Tenía que ponerme a trabajar o podía esperar por el
escarmiento de aquel subnormal. Y ya no estaba dispuesta a soportar sus
arrebatos mientras estuviéramos allí. Cuatro horas después, miles de
llamadas telefónicas y correos electrónicos y seguía sin encontrar el
modelo. La cosa se ponía fea y complicada. No sabía dónde diablos iba a
encontrar una chica que estuviera dispuesta a hacer ese trabajo. Necesitaba
ayuda divina. No tuve más remedio que rezar a todos los santos. Mientras
hacía el trabajo, mi amiga me llamó. Charlamos un rato, lo que me ayudó a
tranquilizarme.
—Espero que sepas lo que estás haciendo —me dijo Adriana.
—Ya he decidido que, cuando vuelva a Madrid, me dimitiré y dejaré la
empresa. No puedo soportarlo más.
—Paola, creo que os incendiáis los dos. Estás nerviosa por el trabajo, por
no encontrar el maldito modelo, y todo el asunto está siendo una prueba
para ti y para él. Tal vez deberías pensarlo bien. Seguro que con el paso de
los días las cosas se calman. Tú mismo me dijiste que se disculpó contigo el
otro día. Estoy segura de que él hará lo mismo cuando se dé cuenta de que
ha sido un imbécil contigo.
—Por mí, que se pudra en la isla, no volveré a aceptar sus pedidos de
disculpas. Es un mentiroso. No creo que se disculpara con la intención de
hacer las paces conmigo, sino por su forma obsesiva de controlarlo todo.
Incluso a quién follo y a quién no, tiene que meter las narices.
—Explícamelo mejor. — Había olvidado que no le había contado a
Adriana mi encuentro furtivo con el masajista.
—No ha sido nada de especial. Conocí al masajista del hotel que me dio
un masaje, vamos, con final feliz. Y tan feliz —suspiré con nostalgia. Al
menos eso que me llevaba del viaje.
—¡No jodas! Y todavía te quejas. Pasas unos días de puta madre
superiora en una isla paradisíaca, en hoteles de lujo que valen más a la
semana que nuestro sueldo del año y tienes la suerte de que un chico te dé
un masaje en el clítoris. No entiendo ni jota, ¿serás gilipollas? ¿Quieres
cambiar de lugar? Tu das clases de yoga y yo haré posiciones de perro feliz
en la isla. Tu jefe me da lo mismo. Puedo con él y con diez más.
—No es porque me están tratando a cuerpo de rey aquí que voy a
aguantar las mierdas de Alexander. No vale eso.
—Sinceramente, Paola, te lo he dicho muchas veces. Creo que estás a
empezar la casa por el tejado. Con Alexander hay que seguir una estrategia
diferente. No puedes enfrentarte a él.
—Lo siento, por lo poco que recuerdo estudié administración, no
recuerdo haber hecho un curso sobre «Cómo lidiar con tu jefe idiota» o
«cómo arrancarle las pelotas a tu jefe antes de que te arranque el pelo». No,
mejor: «tratado de cómo llegar a un acuerdo con alguien que solo escucha
lo que le conviene».
—Bien, Paola, ya sé por dónde vas. Pero eso no significa que no puedas
seguir otro camino con él. Tienes que pensar en una manera de tratar con
Alexander de forma que os podáis entender.
—¡Ah!, pero para eso ya conozco mi camino. De eso no hay duda.
Meterse en su cama es el primer paso para la reconciliación con mi jefe. Al
menos, eso es lo que hacen todas en la oficina. Me imagino que debe ser de
algún beneficio. —La ironía ya había llegado a mi punto más alto—. O soy
la única que fue timada allí y pensó que debía tomar el trabajo en serio.
—Te han timado por pringada, eso sí. Si es que lo llevas escrito en la
frente, su tonta. Deja de buscarle cinco patas al gato y haz lo que te digo,
piensa y vas a decirle a Alexander cuantas son cinco. Tu eres capaz. Eres
una mujer hecha y derecha. No te dejes intimidar por un hombre así.
—Me sé al dedillo la lección, Adri, no haz falta que me cuentes el cuento
otra vez. —Si iba a empezar con sus tertulias pseudointelectuales de
espiritualidad zen, prefería abrirme la cabeza tirándome por el balcón. O
escuchar a Alexander toda la noche en mis oídos, lo que equivaldría a lo
mismo.
—Haz lo que te digo y verás cómo encuentras una solución, y luego me
lo cuentas, con pelos y señales.
—Vale, Adri. Lo haré. Hablamos más tarde, porque ahora tengo que
seguir buscando a alguien para el trabajo. Creo que sería más fácil llevar el
anillo de Frodo a Mordor.
—Desde luego. Un beso, cari. Da noticias.
Colgamos. Me quedé un buen rato pensando en todo lo que habíamos
hablado. ¿De dónde iba a sacar otra estrategia para abordar a Alexander? En
ese momento ni siquiera sabía si tenía ganas de volver a hablar con él. En
primer lugar, él no quería hablar conmigo. Esa parte ya la había dejado muy
clara. Y en segundo lugar, no tenía a nadie que hiciera el trabajo, lo que lo
haría enfadar más. Tenía que pensar en alguna solución, pero no se me
ocurrían más ideas. Por el momento, lo único que me quedaba por hacer era
continuar con la labor de rastrear todas las posibilidades. No iba a rendirme
antes arar los cestos de la cosecha.
Pero después de haber estado toda la tarde en el mismo proceso, de
nuevo sin comer ni respirar, el resultado seguía siendo el mismo. No había
nadie más. Con la diferencia horaria, me estaba quedando sin opciones de
contacto y el plazo de Alexander no se iba a cumplir. No tenía a nadie que
hiciera la campaña y podía empezar a hacer la maleta, que, por cierto, aún
no había deshecho. Era lo mejor. No tendría que volver a hacer la maleta.
Ya estaba hecha y preparada para volver a Madrid. Y yo también.
Me quité la ropa y decidí darme una ducha rápida. Para quitarme el
sudor de la cara, el peso del viaje y la carga sobre los hombros de un día de
trabajo sin parar. Entré en el baño de la habitación, que era algo así como
surrealista. Un lujo, una decoración refinada, una maravilla de la que quería
empapar mis ojos antes de que fuera lo último que viera de aquella isla.
Mientras mi cuerpo recibía aquella cascada de agua sobre mi espalda, miré
un cuadro que decoraba una de las paredes. Había una chica sonriente,
joven y de belleza convencional en una playa que debería ser alguna de la
isla. Y de repente, tuve una epifanía y se me ocurrió una idea. Tal vez haya
una forma de resolver la cuestión. Solo esperaba que Alexander aprobara
mi idea. De repente me sentí con energía de nuevo.
Capítulo 13
Decidí dejar de sentir lástima por esa persona que me miraba
lastimosamente desde el otro lado del espejo y me puse un bikini. Me tapé
con un pareo y decidí que daría un paseo por la zona de la piscina y quizá
me zambulliría en esas maravillosas aguas que forman parte del mar. La
parte buena es que las piscinas, aunque naturales, estaban valladas. Por lo
tanto, no había tiburones. Estaba animada de haber podido encontrar una
solución, entusiasmada con la idea. Luego llamaría a Alexander y le
explicaría todo. Si me escuchara.
Bajé a la zona de la piscina exterior. Volvía a ser atardecer y todavía se
veía mucha gente. Pedí indicaciones a un chico que estaba por allí y me dijo
que podía utilizar las tumbonas todo lo que quisiera. En un aparato
electrónico muy moderno, digitó el número de mi habitación y me confirmó
que teníamos barra libre, así que podía consumir lo que quisiera. Y eso es lo
que hice. Decidí darme un chapuzón en las piscinas. Hacía mucho calor y el
agua fresca me ayudó a sentirme más ligera. Antes de tumbarme al sol, pasé
por el bar que había en la propia piscina. Una casita de paja donde servían
varios cócteles. Pedí algo con alcohol, un ron, con batida de coco y con
zumo de piña. Aunque no estoy acostumbrada a beber, una bebida dulce no
iba a matarme y realmente necesitaba relajarme. Tenía derecho a hacerlo.
Ya había trabajado más horas que el recuento.
Me tumbé al sol y ese momento fue lo mejor de mi día. Unos quince
minutos después oí la voz de un caballero que me llamaba. Habló en
español.
—Hola. Perdona que te moleste, pero he oído cuando has pedido tu
bebida y me ha parecido oír un acento español. Soy Mario. Vivo en Madrid.
¿Estás de vacaciones aquí?
¿Pero qué ocurría en esa isla? Ni siquiera si fuera Beyoncé o Jennifer
López. Estaba yo más concurrida que el pito de la perra.
—¡Oh, qué bien! Sí, yo también soy de Madrid –me enderecé para
quedarme sentada—, no estoy de vacaciones, he venido a trabajo. Aunque
no lo parezca. —Me puse a reír mirando mi ropa. Estirada al sol en bikini,
no parecía mucho ser trabajo.
Se sentó en la tumbona de al lado. Miré bien al hombre. Parecía de
mediana edad, no viejo, pero tampoco muy joven. Yo le daría unos cuarenta
años, más o menos. No me atraían especialmente los maduritos, pero tenía
que ser sincera: el hombre era bastante aceptable. No era un dios griego, ni
Alexander Ruiz, pero no estaba mal. Y era guapo.
—Qué curioso que ambos seamos de la misma ciudad y que nos
encontremos aquí, al otro lado del océano, en una playa paradisíaca. Parece
algo sacado de una película.
Era él quien hacía una película en esa cabeza suya con un cliché tan
malo. Si todos sabemos que la mayoría de los españoles vienen al Caribe
porque aquí hablan español. No es que el inglés fuera algo con lo que nos
lleváramos bien de forma natural. Así que, si pudiéramos, siempre iríamos a
lugares donde el idioma no fuera una barrera. Resumiendo, me estaba
tirando las tejas a lo grande. Y yo de boba no tenía nada. Puede que a veces
fuera una tonta, pero no era tanto como para no ver sus intenciones. De
todos modos, me sentí bien al hablar con alguien de mi país y que además
hablaba castellano y no argentino mezclado con mexicano y gilipolleces.
Aunque soy sincera y sigo pensando que el acento de Alexander haría
mojar las bragas a cualquiera. Tenía cierta predilección a todos los acentos
sudamericanos. Todos ellos me parecían calientes y sexys. Ya me había
enrollado una vez con un chico de Colombia y vamos, solo con recordarlo
ya me ponía a mil. Levanté mi vaso y di un largo sorbo a mi bebida.
Nos quedamos allí hablando de asuntos mundanos y cosas sin
importancia. Me dijo que estaba de vacaciones allí con otro amigo y que al
final de la semana volvía a Madrid. Al cabo de media hora ya estábamos
charlando, riendo, bromeando con anécdotas y de buen humor. No hace
falta decir que ya me había invitado a dos cócteles más. Y ya iba un poco
acelerada. El otro amigo del que me habló apareció diez minutos después y
casi se me cae la baba al ver lo bueno que estaba. ¿Es posible que solo
cuando estaba en Madrid no aparecieran estos bombones? Me pareció que
la estancia iba a ser al menos interesante. Un par de números de teléfono,
que ya habíamos intercambiado entre nosotros y la cosa iba muy animada.
Era casi la hora de cenar y casi no quedaba nadie en la piscina.
—Paola, ¿quieres venir a cenar con nosotros? Vamos a un restaurante de
la ciudad más cercana que nos han aconsejado y dicen que hay un delicioso
pescado fresco —dijo Manu, que era el otro chico. Debía tener unos treinta
y pocos años. Parecía más joven que Mario.
—Confieso que hoy no he comido nada y tengo hambre, pero aún tengo
trabajo que hacer.
—¡Ostras!, pero no puedes quedar sin comer, no puedo creer que tu jefe
te haya sometido así. Seguro que puedes tomarte un par de horas para ir a
cenar con nosotros. Vamos, no seas aguafiestas.
—Además, iremos en coche y volveremos pronto —añadió Mario.
«Sí, que te dejaré conducirme en tu coche… ¡Cuando las gallinas
meen!» Ambos habían tomado no sé cuántas copas de alcohol. Estaban
locos si pensaban que iba a subir a un coche con alguien borracho. El
programa de la fiesta sonaba interesante, pero tuve que descartarme.
—Lo siento, chicos. No quiero dar el coñazo, pero de verdad que mi jefe
me mata si no termino el trabajo —uno de ellos hizo un puchero con la
boca, que pareció muy fingido.
—Y tanto que la mato —Oí la voz de Alexander detrás de mí y se me
pusieron los pelos de punta. Los dos chicos me miraron a mí y luego a él;
estaban serios, sin hablar—. Paola, ¿podemos hablar en privado?
—Sí, claro —Tragué con fuerza. No sé qué me pasaba, pero cada vez
que hablaba me sentía como un insecto a su alrededor. Por mucho que
quisiera ser fuerte, siempre me intimidaba. Esa seguridad en su voz, esa
firmeza era algo poderoso—. Chicos, lo siento, dejaré los planes para otro
momento. Ha sido un placer conoceros. —Los saludé, dándoles dos besos a
cada uno como cortesía. Me sentó mal salir así, con esa figura detrás de mí,
como un perro guardián.
—No pasa nada. Si te libras del trabajo —Manu miró de soslayo a
Alexander—, nos llamas y vamos a por ti. O te diremos dónde estamos y
vendrás. Lo que prefieras.
—Gracias. Pasarlo pipa, chicos. —Empecé a caminar hacia el hotel, me
imaginé que Alexander me seguía por detrás, porque no había dicho ni tus
ni mus. Al cruzar el vestíbulo, me volví hacia él para confirmar que
efectivamente venía tras de mí. Tenía la misma cara neutra de siempre—.
¿Dónde quieres que hablemos?
—¿En mi habitación?
—¿Perdón? —Me quedé anonadada con la invitación directa. ¿A qué
estaba jugando?
—O más bien, creo que pasaremos primero por la tuya y podrás ponerte
algún traje más apropiado. No voy a tener una reunión de negocios contigo
desnuda.
Los ojos de Alexander no dejaban de escudriñar mi cuerpo de arriba a
abajo y parecía que tardaba más de lo debido en mirarme las tetas.
—Estamos en una playa, eres perfectamente bienvenido a hablar
conmigo de todos modos. No es relevante lo que llevo puesto. Trabajo con
mi cabeza, no con mi cuerpo.
—No me digas que soy bienvenido cuando no quieres que lo sea.
Además, ya me he dado cuenta de que cualquier don nadie que te encuentre
es más bienvenido que yo.
—No quieres comparar gente civilizada con ignorantes de las cavernas
—Ahí estaba yo, todo el deseo de tener una conversación decente con él se
había ido al traste. No había forma de mantener una conversación con ese
hombre, siempre estaba atacando.
—Sácale brillo a esa bola de cristal que tenés por cabeza, a ver si te
ocurre cómo parar a estos gallegos de su recontraputísima madre. Que te
dejas llevar por la canción de cualquiera. — Alexander empezaba a mostrar
sus garras argentinas.
—No entiendo ni jota de lo que dices, coño. Háblame en Castellano.
¡Joder! —le chillé. Otra vez enzarzados en la recepción del hotel. Ya
empezaba a ser un ritual.
—¿Quieres que te hable en Castellano? Tengo una mejor manera de
hablarte. —Me agarró del brazo y empezó a arrastrarme por el hotel hacia
las habitaciones. Pero era un verdadero troglodita.
—¿Me estás tomando el pelo? Déjame en paz, suéltame. No tienes el
derecho de tratarme así, no eres quien para hablarme de esa manera. Para,
Alexander. Se te está yendo de las manos.
Me paró de golpe en el pasillo y tiró de mi muñeca para estar a escasos
centímetros de su boca. Me quedé sin aliento.
—A mí se me está yendo de las manos y se me escapa, pero esos dos
estaban a punto de meter las manos donde hasta un ciego puede ver. —Me
miró a mí, que aún llevaba la parte superior del bikini y el pareo enrollado
en la cintura. De repente me sentí demasiado expuesta ante sus ojos.
—¿Y qué te importa a quién me ponga las manos, los ojos o la verga? Te
dije que dejaras de meterte en mi vida privada. No eres mi padre. —Ya me
estaba cabreando de sobremanera.
Podía sentir que salían chispas de sus ojos. Comenzó a hacer un gesto
nervioso con la nariz, involuntariamente como si fuera un perro rabioso. Lo
que lo hacía parecer bastante malo, pero sexy al mismo tiempo.
—No soy tu padre, soy tu jefe. Y para tu información, has venido aquí
bajo mi tutela y como mi empleada. Es mi deber velar por la seguridad de
mis empleados. Así que mientras estés a mi cargo, eres mi responsabilidad.
¿Te queda claro?
—Bueno, entonces no será por mucho tiempo, todavía no he encontrado
el modelo, así que tu responsabilidad hacia mí está a punto de cesar.
—¿Sabes qué más está a punto de cesar? Mi paciencia contigo. No me
vaciles, Paola.
—A ver eso. —Ahora era una cuestión de honor. Éramos dos toros en
una sangrienta pelea de cuernos, enfrentados y viendo quién era más fuerte.
Sentí su aliento tan rápido que entró en mi boca como un huracán; estaba
separada de la suya por poco más de dos centímetros. Sus ojos penetraron
en los míos con rabia y algo más que no pude descifrar. Pero sentí que la
tensión entre nosotros estaba a punto de romper la barrera del sonido.
—Tienes suerte de que esté de vacaciones y no tenga ganas de
molestarme. Eso es lo que te asiste hoy. Porque si no... —resopló de lado
colocando los ojos en blanco. ¿En serio?
—Suerte dices... quieres decir mala suerte. La que me toca por trabajar
para ti…, imbécil —la última palabra la dije en voz baja de espaldas a él.
Volví a sentir su mano en mi brazo y me tiró para que volviera a estar
frente a él.
—¿Cómo me has llamado? —Su cara estaba blanca. Sus ojos se abrieron
como platos y vi su semblante de incredulidad—. Repite. Vamos, Paola,
dime a la cara cómo me has llamado.
Pero no pude decir nada. Soñé mil veces con decírselo cara a cara, pero
ahora que lo tenía allí delante y a pesar de todas las estupideces que ya nos
habíamos dicho, no podía hacerlo. Las lágrimas asomaron a mis ojos y sentí
el impulso de salir corriendo, pero cuando lo intenté me sujetó más fuerte y
una de las lágrimas se escapó por mi cara. Odiaba que me viera así,
vulnerable. Lo vi tragar saliva. Un sollozo escapó de mis labios.
—Cámbiate de ropa, tienes media hora para prepararte. Te espero en el
bar del hotel. No me hagas esperar. Y hazme otro favor. Cuando vengas,
será mejor que solo traigas lo que realmente quieras contarme. Lo que no
puedas decirme a la cara, déjalo en tu habitación o en el mismo lugar donde
tus amigos querían meter la verga.
¡Hijo de puta! ¡Gilipollas! Ahora era yo la que tenía la cara de asombro.
No podía creer que tuviera el valor de decirme eso. Le di la espalda y corrí
a mi habitación.
Capítulo 14
Con el tiempo que me dio, solo pude darme una ducha rápida, ponerme
unos vaqueros y una blusa blanca. Que, por cierto, mostraba demasiado de
mi escote, pero a estas alturas no me importaba. Había estado mirando
descaradamente mis tetas todo el tiempo. No es que vaya a ver nada ahora
que no haya visto antes. Ya no me importaba nada. Me acerqué al bar del
hotel justo después de los treinta minutos que me había indicado. No estaba
de humor para escuchar a Alexander aullar más esta noche. Además, tenía
mucha hambre y quería terminar la reunión cuanto antes y cenar, volver a la
habitación y descansar un poco. Aunque esa fuera mi última noche.
Cuando llegué, ya estaba sentado esperándome. Y ¿cómo no?, seguro
que habrá bajado en cuanto lo dejé colgado en el pasillo. Se habrá ido a
tragar con la bebida la pena de que le llamara imbécil.
—Buenas noches, otra vez. —Me senté con malas pulgas.
—Buenas noches, Paola. Vayamos al grano. ¿Qué es eso de que no hay
modelo? —Su voz era serena. Por el momento. Ya estaba atenta al
momento en que iba a soltar a los perros. Y una vez más lo sorprendí
mirando mi escote. ¿Qué le pasa? Estaba receloso de sexo. Su problema, no
el mío.
—Llamé a todas las agencias, contacté a diestro y siniestro. Busqué en
Narnia, incluso —me miró con una ceja erguida—, y no hubo forma de
encontrar a alguien que estuviera disponible. Lo siento, Alexander, no he
podido realizar el trabajo que me pediste. No hay ningún modelo
disponible, al menos no con los criterios que buscas.
—Y ¿cuáles son los criterios que busco? A ver si al menos me conoces
tan bien como dices. —Ya tardaba en ponerse irónico.
—Diosas de la fertilidad, la belleza y la feminidad, todas juntas en una
sola mujer, preferiblemente de dos metros de altura y delgada como una
brocheta. —Si quería ser irónico, podía seguir el juego.
Vi perfectamente cómo casi esbozaba una sonrisa, pero no iba a
delatarse. Empezó a mirarme, callado y a hacerme una radiografía. Si
intentaba hacerme sentir mal, lo estaba consiguiendo a lo grande. Mientras
Alexander me medía con la mirada, vi pasar por la barra un plato de papas y
salsa, en la mano de un camarero. Mi estómago estuvo a punto de saltar al
cuello del hombre para robarle el plato. ¡Qué hambre tenía, por Dios! Este
gesto no pasó desapercibido para mi jefe, que volvió al ataque.
—¿Has comido hoy? —Su voz volvió a tener el timbre autoritario que
tanto le caracterizaba.
—No tuve tiempo. Y antes de que digas nada, sí, me muero de hambre.
Así que si puedes darte prisa con lo que tienes que decir, hazme ese favor,
porque necesito comer. De todos modos, no te preocupes, mis maletas están
hechas, mañana estaré en el primer vuelo de vuelta a Madrid.
Su rostro parecía un poema. Tendría que estar ahora mismo mordiéndose
la lengua para no soltar una tanda de improperios. Se levantó de la mesa, se
acercó a la barra y empezó a hablar con el camarero. Poco después volvió a
sentarse.
—Espero que no te importe, pero me he encargado de pedirte la cena.
Antes de que digas que soy prepotente —cómo leía mis pensamientos, era
espeluznante—, solo quiero que comas antes de continuar nuestra
conversación. Ni siquiera voy a comentar que me saca de mis casillas la
gente que es irresponsable consigo misma. Hazme un favor y no vuelvas a
quedarte sin comer. Es la segunda vez que te aviso. A partir de mañana,
llevaré la cuenta de tus comidas.
—Menos mal que ya estaré en Madrid —dije a regañadientes.
—¡Ya querías estar en Madrid! Pero no, estarás aquí conmigo, que es
donde te dije que estuvieras. No recuerdo haberte dado ninguna otra
directriz. Puedes avisar al francés que tendrá que esperar más tiempo para
ver tu espalda.
—¿Eres siempre tan indiscreto e intrusivo? —Cinco minutos es lo que
duró nuestra paz. Ya estábamos discutiendo. Y no podía imaginarse el
hambre que tenía, porque esas dos palabritas no eran todos los motes que
podía ponerle. Yo hambrienta era peor que un animal salvaje enjaulado.
—¿Y tú siempre eres irresponsable e infantil?
Nos quedamos retando con la mirada.
—¿Para qué quieres saberlo? —le pregunto de malas maneras— ¿Te
importa lo que soy o lo que no soy? Llevo dos meses siendo invisible para ti
en esa empresa, más cuatro, menos cuatro, no pierdes nada.
—La única que no perderá nada por callar eres tú. Tú tampoco sabes
nada de mí. Y a diferencia de ti sé un montón de cosas sobre tu persona.
Algunas de las cuales ni siquiera las conoces.
¡Hijo de puta!, no se inmutaba con toda la mierda que decía. Perdida por
cien, perdida por mil, pensé, y la puta al río. Hoy, Alexander iba a ver de
qué estaba hecha.
—Es posible que lo único que no sé de mí y que tú conozcas mejor sean
las medidas de mis tetas. Por la cantidad de veces que las miras a ellas en
lugar de a mí. —Estaba cansada de sentirme humillada. Adriana tenía
razón, la única manera de hablar con Alexander era darle a probar del
mismo veneno.
—A diferencia de tu novio, que probablemente no tiene ni idea. —Vi
cómo aparecía en su rostro una pequeña y malvada sonrisa. Le encantaba el
juego, pero espero que estuviera dispuesto a perder.
Me di cuenta de que me esforzaba en hablar con claridad, como si la
lengua se me pegara al paladar. ¡Malditos cocktails de piña colada! Colada
estaba yo ahora. Su voz sonaba todavía más grave que de costumbre. Al
carajo con esto. Qué empiece el juego! Si esto no eran los juegos del
hambre, no lo sé, pero que yo me moría de hambre, eso es cierto.
—Es muy posible, porque mi novio está más ocupado en tocarlas que en
tomar medidas. Puedes mirar, pero no puedes tocar. Eso es exclusivo de
algunas personas.
—¿Exclusivo, dices? Después de lo que he visto esta tarde, tu
exclusividad debe ser tan selectiva como la entrada para un partido de
fútbol.
—Eres vulgar y sin escrúpulos. —Me estaba empezando a poner de los
nervios. Gracias a Dios que el camarero llegó con la comida. Miré todo y
afortunadamente Alexander, en eso acertó mucho, porque ordenó todo lo
que me gustaba. Cuando el chico se fue, no quise ser borde—. Pero, gracias
por la comida. ¿Te apetece un poco?
—No, gracias, que aproveche. —Sonrió y durante un buen rato estuve
comiendo en paz. Tenía tanta hambre que ni siquiera lo miré. Lo vi
levantarse, volver a sentarse y no sé qué más, porque estaba tan atragantada
con la comida que solo levanté la vista del plato cuando lo terminé todo.
Cuando lo miré, seguía sonriendo con esa cara de dios griego y de
repente me sentí tan avergonzada que sentí que mis mejillas se ponían rojas
de calor. Y como si hubiera adivinado mis pensamientos, para variar, no
dejó de comentarlos.
—Estás más guapa cuando tienes color en el rostro. —Bajé los ojos con
vergüenza—. Este viaje está siendo muy revelador. Creo que estoy
empezando a conocerte mejor. —Volví a mirarle y pude ver cómo sus ojos
se entrecerraban. Dios mío, sería porque ya tenía la tripa llena de comida y
estaba a gusto, pero por alguna razón, aquel hombre me parecía cada vez
más guapo.
—¿Y qué descubriste de mí que es tan revelador? —me atreví a
preguntar. Aunque no sabía si quería escuchar la respuesta.
—Te enciendes si te miro las tetas, pero en cambio te avergüenzas si te
digo que estás guapa. Eres una caja de sorpresas y realmente me fascina
cómo actúas de forma tan desigual. De todos modos... te he llamado para
preguntarte por el trabajo que te encargué, porque me doy cuenta de que la
situación es crítica.
—He pensado en una solución y quería compartirla contigo, pero
después de todo lo que se ha dicho, no sé si es lo mejor.
Me repasó con la mirada una vez más, recorriendo mi cuerpo de arriba
abajo con los ojos llenos de desprecio. Cambió el semblante por una
expresión gélida. Me provocó un escalofrío.
—Paola, ¿desde cuándo te ha impedido hablar sobre temas de trabajo por
iniciativa? De hecho, te dije varias veces que te faltaba iniciativa para varias
cosas. Si hay una solución alternativa, quiero escucharla. Yo decidiré si eso
es relevante o no.
—¿Me vas a tratar mal? —Lo vi tragar en seco y negar con la cabeza.
Comprendí que se sintiera mal por mi comentario, pero era la realidad.
¿Quería la verdad? Esa era la verdad. Siempre me trataba mal.
—Pensé que tal vez podríamos elegir un modelo diferente para esta
campaña y presentar otra propuesta a los clientes. —paré y lo miré
esperando la bronca.
—Continúa. Te escucho —dijo serio.
—Vi un anuncio en el baño del hotel. —Miré su expresión para ver si
me guiaba de cuando metía la pata, pero se mantuvo neutral y no esbozó ni
una arruga—. Había una foto con un anuncio de una playa con una chica
joven, guapa, pero convencional, no una modelo, sino una mujer real, como
todas nosotras. Parecía más creíble que una mujer tan prototípica. Y
entonces pensé que podíamos proponer a los clientes, utilizar un modelo no
tan perfecto, sino todo lo contrario. Alguien con quien el público pudiera
identificarse. Puede ser bella, pero que sea natural y real. Y podríamos
fotografiarla en entornos reales.
Seguí esperando el insulto fácil. Incluso yo había pensado en algunos
mientras ensayaba lo que quería decirle. Por lo menos había desahogado
todo y me sentía más ligera. No dijo nada, solo me miró. De repente, cogió
el teléfono y empezó a mirar cosas durante un buen rato. No entendía lo que
estaba haciendo. Sin más, hizo una llamada a alguien. Escuché lo que dijo
cuando contestaron al otro lado: era el cliente al que teníamos que presentar
las fotos. ¡Dios mío!, peor que decirme que lo que dije era una mierda, era
ignorarme por completo. Iba a decirle al cliente que no teníamos nada para
él. ¡Qué fuerte!
—Juan Ramón, soy Alexander Ruiz. Tengo una propuesta para hacerte y
te la mandaré hoy mismo por correo. Vamos a cambiar la campaña. Ya
tengo la modelo ideal. —esperó que la persona del otro lado le contestase.
¿Ya teníamos la modelo? Ahora soy yo quien no lo entiende. ¿Tenía a
alguien y me hacía quedar como una tonta diciendo todas esas estupideces?
Mi corazón empezó a latir como un loco—. La tuve delante de mis narices
todo el tiempo, pero ya sabes cómo es. A veces la belleza te ciega. Y a
veces eres tú quien ciega la belleza, pero de todos modos, puedes estar
tranquilo. Es la persona perfecta. Tu campaña será un éxito. Por alguna
razón soy el mejor. Hablaremos más tarde. Te enviaré fotos de ejemplo hoy
y te explicaré todo. Pero bueno, en tres días tendrás tus fotos.
Se despidieron y él colgó. Me temblaba las piernas. Dejó lentamente el
teléfono sobre la mesa. Llamó tranquilamente al camarero y le pidió dos
copas de champán. Antes de que pudiera volver a decirme algo, se excusó y
se levantó para ir al servicio. Esto me permitió hacer ejercicios de
respiración para controlar la ansiedad que tenía instalada en el pecho. ¿Qué
estaba pasando? No entendía nada. El camarero volvió y depositó las dos
copas de champán sobre la mesa. Me quedé mirando las burbujas del
líquido, hipnotizada y en estado de shock hasta que volvió. Cuando llegó,
me dijo que cogiera mi vaso y tenía una gran sonrisa en la cara. Me
temblaban las manos y ni siquiera yo sé cómo conseguí sostener la taza.
—Hagamos un brindis. Ya tenemos un modelo para la campaña. Buen
trabajo, Paola. Nos quedamos con este trabajo por los pelos. Pero estoy
contento con el resultado. Va a quedar perfecto.
Si me hubiera dicho que le había tocado la lotería le creería más, creo
que me estaba tomando el pelo. Estaba a punto de darme el mayor sermón
de mi vida. Lo conocía, sé cuándo era irónico y cuando lo hacía solamente
se preparaba para masacrar a alguien con insultos. Ahora sí, me iba a ir al
paro en menos que canta un gallo. Levantó la copa para chocar con la mía.
Mi voz salió en un hilito.
—Alexander, pido disculpas por mi ignorancia, pero no entiendo nada.
¿Quién es el modelo que hará la campaña?
Tomó un sorbo de champán, tras golpear mi copa. Hice lo mismo y me
llevé el líquido a la boca.
—¿Y quién podría ser Paola? ¡La modelo ideal de que tu hablaste: tú!
La única razón por la que no le escupí encima fue porque conseguí que
el champán se fuera hacia el otro lado, lo que me llevó a otro problema.
Empecé a ahogarme con tanta fuerza que pensé que iba a morir allí mismo.
Capítulo 15
Recuerdo que leí en alguna parte que «La vida es un 10% lo que te pasa
y un 90% cómo reaccionas ante eso», casi tengo la certeza que lo dijo
Charles S. Windoll, acerca del papel activo que es necesario tener para
considerarse realmente libre. En ese mismo momento estaba luchando por
un papel activo para seguir viva. Porque, como dice esa frase, el 10% de mí
acaba de pasar por una situación muy inusual y el otro 90% no ha
reaccionado bien. Así que, matemáticamente hablando, el 90% de mí estaba
en ese mismo momento luchando por no morir ahogada con una copa de
champán.
Alexander, un empleado del hotel y otro hombre que ahora no recuerdo
quién podría ser, me llevaron en brazos a una habitación, donde tras varios
intentos, lágrimas y salivación pude recuperar mis funciones vitales. Parecía
que habían llamado a un médico o a uno enfermero, alguien que llevaba una
bata blanca y que ahora me estaba haciendo una revisión. Alexander estaba
apoyado en una pared con el rostro acosado por la preocupación. Cuando el
médico terminó todas las comprobaciones y volvió a salir de la habitación,
me quedé, ya mucho más recuperada, a solas con Alexander.
—Empiezo a sentirme mal porque siempre acabo contigo en la consulta
del médico. A este punto no vas a terminar tus prácticas en mi empresa ni
en ninguna empresa.
—Alexander…, yo —Me costaba hablar por el esfuerzo que hice al toser
para recuperar el aliento.
—Paola, por favor — Levantó la mano para pedirme que dejara de
hablar y me examina durante un breve instante—, mantén la calma. No
quiero que te pase nada malo hoy. Ni hoy, ni nunca. Y mucho menos por mi
culpa. Siento no haber tenido más tacto a la hora de comunicarte mis
decisiones. No pretendía llegar hasta estos límites.
—Entiendo…
—Ya tendremos tiempo de hablar más tarde. Ahora solo quiero que te
preocupes por descansar y tranquilizarte. Ya hemos encontrado una
solución al problema, así que estate tranquila. No tienes que seguir
buscando contactos. Estás liberada de esa función.
—Pero no estarías hablando en serio lo de yo ser la modelo para la
campaña, ¿verdad? —aún seguía escandalizada. Carraspeé nuevamente.
—Venga, dame un voto de confianza, tú fuiste quien sugirió que
buscáramos a alguien de verdad. Una mujer real. Eres perfecta para el
trabajo.
—Pero yo no hablaba de mí. Yo no tengo perfil para ser modelo. Es más,
lo odio —se extraña con mi comentario—, sé que me arrepentiré de esto
toda mi vida. No puedo hacerlo.
—¡¿Qué dices, Paola?! ¡¿Qué parte no entiendes de que eres la mujer
perfecta para hacerlo?! —me encogí de hombros y me sonrojé muchísimo.
No estaba acostumbrada a tener Alexander soltándome cumplidos—. He
visto todas tus fotos, desde las que te hizo ese fotógrafo en el estudio, hasta
las que te hice yo en el barco, todas son perfectas. No hay ninguna foto
incorrecta, todas son naturales, auténticas. Estoy seguro de que la campaña
será un éxito. De hecho, podrías ser perfectamente una modelo tan buena
como Mariana Romero.
La sangre se me hiela al instante. ¡¡¡Toma bombazo!!! Alexander acaba
de decirme que soy tan buena como Mariana Romero, la mujer a la que
llamó diosa. Estoy a punto de tener un ataque de nervios. O es el mayor
mentiroso del mundo, capullo, o me ha estado tocando los ovarios todo este
tiempo.
—¿Me estás vacilando, Alexander?
—Se lo he dicho muy clarito, sí. ¡No seas ingenua, joder! —me
reprendió—. Esto no es ninguna broma, tomate la vida en serio. Quiero que
hagas este trabajo, por favor. Eres tan valida como cualquier otra modelo de
elite, es más, eres mil veces mejor que cualquier persona que estuviera
buscando. Por favor, acéptalo.
—¡Venga ya! —protesto—. Lo siento, pero me cuesta creerlo. ¿Y qué
propones? Ya lo sabes, no entiendo nada de ser modelo ni nada de eso.
Podría resultar una mierda y ambos acabaríamos haciendo el ridículo. No
quiero que eso ocurra y luego me acusas de que es mi culpa y...
Se movió tan rápido que ni siquiera tuve tiempo de prever lo que iba a
hacer, me sujetó el rostro con ambas manos y me besó. Como lo hizo
cuando estábamos en el agua. Un beso voraz, intenso. Casi sentí que me
ahogaba de nuevo. Por suerte, sus besos son algo fuera de este mundo.
¡Dios mío! ¿Cómo puede una persona ser tan buena besando, además de ser
tremendamente guapa? Me dejó ir cuando quiso y porque quiso. No tenía
nada que decir al respecto. Ya estaba en otro planeta.
—La que no entiende nada, por lo visto, eres tú. Parece que voy a tener
que hacer terapia de shock contigo cada vez que empieces a hiperventilar
con alguna tontería.
—¿Me estás amenazando? Creo que eso podría ser abuso de autoridad,
¿no? —dije, estremeciéndome y no solamente de horror. Una parte de mí
temblaba de puro deseo.
—¡Qué quilombo! ¿Abuso de autoridad, dices? Te diré lo que es el
abuso de autoridad…
Me besó de nuevo, solo que ahora no fue como la primera vez. Fue un
beso intenso. Sentí cómo su lengua exploraba mi boca concienzudamente,
como si quisiera saborear cada lugar por el que pasaba. No era un beso de
castigo, ni de terapia, ni de miedo, era un beso apasionado. Y con él
llegaron sus manos a mi cintura que acariciaron mi piel por encima de la
ropa. Envolviéndome en un abrazo que me dejó absolutamente rendida. Lo
que sea que estaba ocurriendo allí, entre nosotros dos, estaba pasando
definitivamente la barrera de la locura y la demencia. Pero era tan delicioso,
tan placentero. Ese hermoso hombre, ese cuerpo fuerte y atractivo, esa boca
de Dios... Y fue entonces cuando recordé que había dicho que le llamaban
dios y me aparté del beso como si fuera una tormenta eléctrica. No, no
podía sucumbir a las garras de Alexander Ruiz. O acabaría como todas las
demás. No. Me miró jadeante y desesperado cuando mis manos apartaron
su beso y lo empujaron.
—¡No tienes derecho a hacer eso! Para de besarme. Yo no soy tus
modelos. —Salté de la camilla y, aun tambaleándome, salí de la sala médica
y corrí a mi habitación. A mis espaldas podía oír a Alexander llamándome.
—Paola, espera, por favor. Déjame hablar. No es así.
Llego a mi habitación y pego un portazo tras de mí. Parece que soy la
única que tiene dos dedos de frente en esta situación y ya estoy cansada de
que la tónica de mi vida sea la misma constantemente: siempre soy yo la
que tiene que saber parar a tiempo. Sí, porque ahora mismo, todas las
células de mi cuerpo me están culpando por ser una energúmena y no haber
follado a Alexander Ruiz allí mismo en aquella camilla de sala médica.
¡Joderse con el puritanismo! ¡Dios mío! Aquella boca. Creo que voy a tener
pesadillas de por vida con aquella boca. Eso o sueños eróticos muy
avanzados. «¡Cálmate, Paola!, es tu jefe», y más ahora que iba a hacer una
campaña para él. Esa era otra: una campaña de modelo para un cliente. Esta
es la prueba de que cuando te levantas por la mañana no tienes ni idea de
cómo puede acabar tu día y, en mi caso, fue bastante imprevisible. Pero, si
Alexander se piensa que voy a marcharme con el rabo entre las patas, lo
lleva claro. Voy a coger el toro por los cuernos. Sí, ahora iba a dormir en la
cama de un hotel de lujo, a descansar de un día muy largo, agotador y lleno
de sorpresas, y mañana sería otro día, el día en que me enfrentaría a lo que
tuviera que enfrentarme.
Me duché tranquilamente, me aseé, me puse el pijama y salí un poco al
balcón, me senté y me quedé divagando. He recibido un mensaje de Mario.
Preguntándome si había cambiado de opinión y quería salir con ellos. Le
dije que no, que todavía tenía trabajo que hacer y no podía salir hoy. Me
puse al teléfono con mi madre y mi padrastro para contarles cómo iban mis
vacaciones de trabajo en el Caribe. Tuve que omitir la mayoría de los
detalles. Cuando terminé la llamada tenía otro mensaje, de esta vez de
Alexander.
“Espero que te sientas mejor. Mañana te espero a las 10 de la mañana
para tomar el desayuno y luego podemos programar la sesión de fotos. Si
todavía estás dispuesta a cooperar, que espero que lo estés. Siento lo de
hoy, no quería que te sintieras mal otra vez. En cuanto a lo que ocurrió
dentro de la sala médica, no me disculparé. No lo siento. Espero que tú
tampoco. Pero no te preocupes. Sé cómo comportarme.”
¿Qué quiso decir con «sé cómo comportarme»? ¿Qué podía estar segura
de que no volvería a besarme en un arrebato? Ya ves que sabía cómo
comportarse. De cualquier manera, es mejor así. Lo mejor sería que
siguiéramos con nuestra relación estrictamente profesional. Además, lo
odiaba. Cada día más. Aunque sus besos eran de todo menos odiosos. Pero
eso no hace que todo lo demás esté bien. Decidí devolverle el mensaje. No
quería parecer maleducada.
“Alexander, no tienes que preocuparte. Todo está bien. Solo fue la
sorpresa inicial. De todas formas, puedes contar conmigo para la campaña
y gracias por pensar en mí como alternativa. No me lo esperaba, pero me
alegro de ser parte de una solución. En cuanto al resto, podemos olvidarlo
y pasar a la siguiente página. Mañana será otro día.”
Cuando me levanté, miré involuntariamente hacia su balcón y vi cómo
estaba de pie con las manos en los bolsillos y mirándome. Nos quedamos
unos segundos con los ojos clavados en la distancia. Cuando finalmente
rompí el contacto y entré en mi habitación, por reflejo me llevé la mano a
los labios. Y recordé su boca en la mía. Le había dicho que era fácil, que se
olvidara y ya está. Pero eso era mentira, porque ahora estaba segura de que
olvidar un beso de Alexander Ruiz es imposible. Me fui a la cama, en un
intento de borrar esas imágenes de mi cabeza, pero tras vuelta y vuelta,
descubrí que la noche iba a ser larga en esa lucha.
Aproveché la mañana, mientras me preparaba para bajar a desayunar,
para llamar a Adriana. Necesitaba el consejo y la orientación de mi amiga.
Le conté todo lo que había pasado, tal y como me pidió, con pelos y
señales.
—Adriana, no sé cómo afrontar esta situación.
—Puede ser la oportunidad de tu vida, todo lo que querías era tener
buenas referencias.
—En mis planes no estaba posar para fotografías y tener mi rostro
adornando una campaña para clientes. Yo estudié gestión, nunca quise ser
modelo ni me gusta ese mundo. Me fascina y me parece bonito, pero no
para mí.
— Sí, pero el hecho de que Alexander te haya elegido para la campaña
significa que piensa más en ti de lo que tú crees.
—No es cierto, simplemente ha visto una oportunidad de solucionar
algo, y sinceramente, incluso me alegro de que le gustara mi idea y
adjudicara el concepto, pero de ahí a querer que lo haga yo hay una gran
diferencia. Sin embargo, lo voy a tener en cuenta.
—Te voy a creer porque sé que es una excelente profesional y harías lo
que fuera por ese proyecto, pero prométeme que irás con calma y
disfrutarás del proceso. Te lo debes a ti misma —escuché su voz
motivadora del otro lado.
—Puedo prometer que lo intentaré.
—Paola, ya sabes lo que te digo siempre: intentar no llega. Hazlo y hazlo
bien.
—En eso te doy la razón, pero debes tener en cuenta que me será difícil
concentrar con Alexander mirándome tras una camera. Todavía estoy muy
afectada por el beso que me dio.
—Mi amiga, ve con cuidado, igual acabas enamorada de tu jefe y eso es
peligroso. Ya sabes cómo es: una mosca cojonuda del panadero. Pica por
todos los pasteles y no come ninguno.
Me puse a reír a carcajadas. Adriana tenía la capacidad de ser una
persona súper asertiva, siempre la consejera ideal y muy tranquila, y sus
palabras siempre te hacían reír. Tenía un humor muy particular, pero eso la
hacía una persona especial. Y yo la adoraba. Me alegraba tener a alguien
con quien desahogar toda esta locura. Lo que nadie cree cuando lo cuentas,
como si tu vida hiciera parte de un culebrón. Nos despedimos y terminé de
arreglarme. Bajé a desayunar a tiempo de encontrarme con Alexander en la
entrada del buffet.
Esta mañana parecía estar de mejor humor. No me dijo más que buenos
días con una sonrisa muy abierta y entramos a sentarnos en una mesa.
Empezamos a comer y me fue explicando cuál era su idea para la sesión de
fotos. He seguido todas las directrices con la máxima atención. Lo último
que quería era meter la pata en algo tan importante. Pero todavía no estaba
del todo convencida de que yo fuera la mejor solución.
Capítulo 16
Así que el plan para esta mañana y esta tarde sería que diéramos un
paseo por la isla y que Alexander llevara todo el equipo de fotografía que
había traído. Dijo que la cámara que traía estaría bien, cualquier cosa,
utilizaríamos algún software de edición para el tratamiento de la imagen.
Imaginé que necesitarían varias horas para ello. Ya que, según mi visión, mi
imagen necesitaba un tratamiento de arriba abajo.
Pasamos la mañana en San Andros, donde visitamos a los lugareños de
la zona. Me impresionó la cantidad de gente pobre y sin condiciones básicas
que había en la isla. Algo que me entristeció mucho. Acabé comprando
algunos dulces locales y repartiéndolos entre los niños de la zona, que no
dejaban de rodearme. Algunas chicas me dijeron que era muy guapa y me
tocaron el pelo. Todas me parecían bonitas y las animaba diciéndoles que si
estudiaban y luchaban mucho podrían ser grandes profesionales y
emprendedoras muy importantes. Me hubiera gustado hacer algo más por
ellos, pero Alexander se apresuró a decirme que estaban acostumbrados y
que el turismo era su gran fuente de ingresos. Parecía conocer esa vida
mejor que nadie. Seguía siendo una persona misteriosa que a veces parecía
un hombre humilde y humano y otras veces el más hipócrita y arrogante
sobre la faz de la tierra.
Alexander me iba sacando fotos por donde pasábamos. Su rostro, aunque
esperaría ver el ceño fruncido como siempre tenía, casi siempre estaba
sonriente. En ningún momento me pidió que posara de esta o aquella
manera. No. Hacía fotos con tanta naturalidad que, al cabo de un rato, me
olvidé de que me estaba fotografiando y casi parecíamos una pareja normal
de vacaciones, paseando por la isla y guardando recuerdos del viaje. Me
ayudó a relajarme y a disfrutar de los momentos y ahora era yo la que
efectivamente se sentía de vacaciones. Mientras él se dedicaba a su trabajo.
Estábamos paseando por una preciosa playa, cuando una ráfaga de
viento me cruzó el rostro. Sentí un escalofrío. Llevaba puesto un bikini y un
vestido muy revelador. Alexander me había pedido que me pusiera algo lo
más veraniego posible. A juego con el ambiente; sin embargo había traído
más ropa en una mochila, por si necesitaba cambiarme de atuendo.
—¿Tienes frío? ¿Quieres que vaya al coche y te traiga algo de ropa? —
Esa repentina preocupación por mi bienestar, su voz suave y sensual seguía
desconcertándome. Definitivamente no era mi jefe. Empezaba a
preocuparme que hubiera sido abducido y que ahora dentro hubiera una
fuerza extraterrestre controlando sus palabras.
—Ya que lo mencionas, ¿podemos ir al coche?, quiero cogerme algo, sí.
—Al decir la frase me miró con cara de asombro. Me asusté. ¿Y ahora qué,
qué le pasaba?
—Paola, creo que ya te dije —tragó saliva—, que no usaras la palabra
"coger" muy a menudo. menos en ese tipo de contexto.
Aparté la mirada de la suya y me puse más roja que un pimiento.
¡Mierda! Ahora me había dado cuenta de lo que había dicho. Sinceramente,
qué mente más retorcida.
—Estoy de broma, chiquilla —empezó a reírse, de cachondeo con mi
cara. Hice una mueca—, deberías haber visto la mirada en tu cara. Fue
épica.
Me encogí de hombros. Inhalé profundamente y suspirando acabé por
reírme también.
—Bueno, también será épico el resfriado que cogeré, perdón, pillaré, si
no me pongo una chaqueta o algo. ¿Vamos a hacer más fotos aquí?
—No por el momento. Volvamos al hotel, cenemos y descansemos. Ha
sido un día largo y hemos conseguido algún material bueno, pero hay más
mañana. Aparte de eso, tengo que hacer algo personal mañana. Pero puedes
venir conmigo y mientras tanto podemos hacer algunas fotos.
—Me parece bien, lo que tú digas. De todos modos, puedo ir a mi
habitación, si quieres cenar por ahí o hacer otro programa...
—Más vale que sea lo que yo diga. Y si no recuerdo mal, dije que
llevaría tus horarios de comida y pienso cumplir mis promesas.
Me quedé un poco sin palabras. Ahí estaba de nuevo tratándome como si
fuera mi padre.
—No he dicho eso, solo he pensado que podrías tener otros planes. Estás
de vacaciones, no a trabajo. Hoy has trabajado más que nada. Pensé que
querías disfrutar de la noche, por lo menos.
—Querida Paola, muchas gracias por tu consideración hacia mí, pero
como bien sabes me ocupan demasiado las noches cuando estoy en Madrid.
Cuando vengo de vacaciones, estoy de vacaciones para todo. Noches
incluidas. —Ahora mis mejillas volvían a tener el color de un pimiento rojo
—. ¿Ves lo que quiero decir? Te avergüenzas de cualquier cosa que diga,
patético. Es curiosamente delicioso.
Empecé a caminar hacia el coche, no iba a seguir allí de pie en aquella
conversación irracional. La mejor manera de detener sus ataques verbales
era ignorarle. Como se solía hacer con los niños que se portaban mal. Antes
de subir al coche, busqué un jersey en mi mochila y me lo puse encima.
Automáticamente, al sentir el calor de la prenda, me sentí mejor.
—¿Y tú, tienes planes para esta noche? —Me preguntó cuando
llevábamos mucho tiempo conduciendo.
—No. Al menos por el momento. Nunca se sabe —no estaba de humor
para contarle lo que había o no había pensado hacer, pues ya tenía muy poca
intimidad como para hacerlo.
—Si no quieres decírmelo, no pasa nada. No lo he pedido por despecho.
Solo me preocupo por ti. Si vas a salir con gente que no conoces de ningún
sitio, puede ser peligroso. Al menos alguien debería saber dónde estás.
Lo miré de reojo con cara de tonta. Ya me estaba poniendo de los nervios
otra vez con ese discurso machista. Habíamos pasado bien el día para que
se callara con las tonterías de siempre.
—No entiendo qué quieres decir con eso. Creo que soy mayor de edad y
sé lo que hago. También has venido solo, o mejor dicho, al menos has
querido venir solo, inicialmente, a una isla, de vacaciones y no veo que te
preocupe demasiado andar por ahí solito, como haces.
—Es distinto.
—Esa observación dice mucho de ti. ¿No crees? —Estaba empezando a
hervirme la sangre de nuevo. Vi perfectamente cómo esbozaba una pequeña
y malvada sonrisa.
—No, no dije nada malo. Eres única para ver cosas fascinantes que el
resto de la humanidad no ve.
—Por supuesto. Ahora mismo me parece fascinante tu comentario
sexista, en pleno siglo XXI. Para ser una persona tan estudiada, me dejas
con la boca abierta. —Ya estábamos otra vez metidos hasta el cuello en una
discusión, pero él no cejaba en su empeño. Era imposible. Si hay algo que
me echa para atrás es la gente con desigualdades de cualquier tipo.
—Sé lo que te pasa, tienes el síndrome premenstrual —me diagnosticó.
Abrí la boca para contestar, pero, antes de que pudiera hacerlo, respondió
—. Como sabes, trato con muchas mujeres. Puedo detectar esas cosas a una
milla de distancia. Además, tienes las tetas más grandes. Tiene que ser eso.
La mayoría de las mujeres en ese momento del mes están despotricando sin
ninguna razón.
Y ya está, así es como mi jefe abrió el grifo de la mierda que tenía
metida entre la nuca y la lengua y ahora tenía permiso para dar rienda suelta
a lo que siempre pensé de él. Me importaba una mierda lo que pensara. Si él
podía decir lo que le salía de los cojones, yo iba a decir lo que me salía del
santo pirri.
—Escucha lo que voy a decirte, Alexander, pero escúchame con
atención. Puedes ser mi jefe y todo lo que quieras, pero no permitiré que me
hables así. Tienes la cabeza más pequeña que un alfiler y hablas de las
mujeres como si todas fuéramos vacas lecheras, pero te equivocas conmigo
y con todo el mundo. La mayoría de ellas te habrán chupado la polla porque
quieren tu lugar, nada más. —Ma-dre mí-a d-el a-mor her-mo-so… este
viaje iba a ser mucho más duro de lo que pensaba.
—Yo soy lo que soy —dijo orgulloso—Siempre he sido así, sé saber
estar y voy por la vida con la cabeza bien alta. No tengo nada de lo que
avergonzarme.
—Ni yo tampoco, así que deja de decirme qué es lo que tengo que hacer
y cómo me tengo que comportar.
Entreabrió los labios y sacudió la cabeza.
—No te digo lo que tienes que hacer, lo único que quiero es que nuestras
vacaciones vayan bien.
—No son "nuestras vacaciones" y tú no tienes nada que ver con mi vida.
No eres mi padre, ni mi novio, ni nada. Te lo he dejado claro.
Con toda esta historia acabamos de llegar al hotel y Alexander ya había
aparcado. Apagó el motor y se volvió hacia mí. Se quitó el cinturón de
seguridad y me agarró del brazo para obligarme a mirar hacia él. Se acercó
tanto a mi boca que se me puso la piel de gallina por todo el cuerpo. Eso y
la mano caliente en mi cuerpo.
—Es muy sencillo, y te aclaro una cosa. Es obvio que no soy ninguna de
esas cosas que has dicho. No quiero ser padre, ni soy el tutor de nadie, ni se
me da bien ser novio y por eso no tengo novia, pero puedo decirte algo
sinceramente. —Sus ojos penetraron en los míos con una intensidad
sorprendente—. Si fueras mía nunca en mi vida te dejaría en peligro y
mucho menos saldrías por la noche con dos tipos con pinta de querer
montar una orgía a costa de las niñas tontas.
—Excepto que ni soy tuya, ni soy una niña tonta y no puedes juzgar el
carácter de los demás por lo que tú harías si estuvieras en su lugar.
Me acercó a él más aún ipso facto y dijo:
—Hay mucho gilipolla suelto. Te acuestas con quien quieras y cuando
quieras; pero sí, son imbéciles.
—Sé defenderme sola. No seas gilipollas tú también.
—¿Por quién me tomas? Te digo algo por tu bien y la único que me
juzga aquí, de nuevo, sin conocerme eres tú.
—¿Sin conocerte? No me hagas reír, Alexander. Creo que soy la única
persona de todo el edificio que te conoce de verdad. ¡Has debido follarte ya
a todas las madrileñas y me temo que no te ha escapado ninguna comunidad
autónoma.
—Pillado. —Alza las manos enseñando las palmas—. ¿Sientes no estar
en esa lista?
Puse los ojos en blanco, me echo para tras en el asiento, escapándome de
su agarre y bufo. Ahora sí. Ya no pudo contener las carcajadas y, tras un
segundo de conmoción, se parte de la risa en mi cara. Gilipollas,
definitivamente.
—Contigo no se puede hablar en serio —me dio un beso en la mejilla tan
rápido que me quedé atónita—. ¿Qué haces, insensato? —grito mientras él
sigue soltando risas; sale por la puerta del coche. Hago lo mismo. Me dirijo
al maletero y recojo mi mochila. Lo cierro con fuerza y antes de largarme a
grandes zancadas hacia el interior del hotel tengo la fuerza para decirle: —
Te jodes, cabronazo. Ojalá te exploten los sesos de tanto reír.
Refunfuño y entro en el hotel, pero Alexander me pilló en el pasillo de
las habitaciones casi a punto de llegar a la mía.
—Mañana me reprocharás que no haya sido un caballero y te haya dicho
las buenas noches. Así que, buenas noches, que descanses, princesita.
Me detuve en la puerta del dormitorio y lo miré. Su rostro, todavía con
esa expresión burlona, y su astuta sonrisa superaban toda mi buena voluntad
y paciencia. Me dieron ganas de abofetearlo en toda esa linda carita. ¡Qué
odio!
—¿No me hablas? Vale, muy bien. Pues me voy a la cama. Mañana a las
nueve para el desayuno —bajó la voz al máximo y añadió—: Toma una
pastilla. Ya sabes, para estos días premenstruales.
—Que te den —lo dejé plantado a la puerta de mi habitación y entré
dando un portazo. Lo podía escuchar carcajear por todo el pasillo.
¡Gilipollas!
Capítulo 17
Cuando amaneció y por fin conseguí levantarme, me dieron ganas de
volver a tumbarme y no salir de las sábanas en todo el día. La sola idea de
tener que estar con Alexander todo el día me ponía enferma. Ahora entendía
por qué no tenía novia. Nadie podría soportar a ese hombre durante más de
dos horas, y mucho menos vivir con él durante veinticuatro horas. Solo
llevábamos unos días juntos y ya no nos soportábamos. Podríamos ser
felices si no acabáramos matándonos uno al otro. Uno de nosotros iba a
acabar en las noticias como un cadáver encontrado en el Mar Caribe.
¡¿Qué les pasa a los hombres?! ¿Creen que todas queremos comerles la
polla como algo glorioso? Pues no. Yo que pensaba que ya había conocido a
todos los gilipollas que tenía que conocer, para acabar con el listón bien alto
al haber empezado a trabajar para Alexander Ruiz.
Empiezo a arreglarme para salir. Decido ponerme la ropa suficiente para
pasar el día, otra muda de bikinis y algo de ropa ligera para acompañar, para
las fotos. Hasta que estaba contenta con el resultado de las fotos del día
anterior. No me dijo nada, si estaban bien o mal. Cuando le pedí que me
enseñara unas pocas, no quiso hacerlo, dijo que el material era de trabajo,
no para ser visto. Tenía mierda muy rara en esa cabeza suya. Y como si eso
fuera poco, me dijo que hoy íbamos a ir en cosas del ámbito personal.
Teniendo en cuenta que de personal solo conocía su faceta de liarse con
alguien, me la suda si piensa que voy a hacer de sujetavelas todo el día.
¡Vaya chorrada me esperaba!
Miro la pantalla del móvil para comprobar que son las nueve de la
mañana y doy por sentado que Alexander ya está en la mesa del desayuno.
Me no he equivocado. Teniendo en cuenta lo que pasó ayer, no pienso
dirigirle la palabra. Nada más que dos o tres frases cordiales, para no ser
apodada de maleducada. Antes de sentarme en la silla, doy el veredicto
matutino.
—Buenos días, jefe.
Me miró serio y se encogió de hombros.
—Buenos días, señorita García.
Un joven camarero se acercó rápidamente a tomar mi pedido. No tenía
ganas de comer mucho. Se me hizo un nudo en el estómago y decidí tomar
un café. Antes de que el chico se fuera, Alexander le llamó y le dijo:
—La señorita también querrá unas tostadas con mantequilla y
mermelada y una ensalada de frutas. Gracias. Ah! Y por cierto, trae también
un zumo de naranja y más café para mí, si eres tan amable.
Mirando al camarero, me quedé de piedra con aquella intervención. Si
esperaba empezar el día con mal pie, no iba a darle el gusto. Si eso era lo
que quería, iba a tener que buscar en otra parte. No lo obtendría de mí.
—Espero que tengas hambre, porque no voy a comer nada de lo que
acabas de pedir. Solo para advertirte. Voy a tomar café, como he pedido.
Creo que todavía tengo uso de razón para saber qué quiero desayunar.
—¿Te has tomado las pastillas como te dije? Te pones muy al brinco
cuando estás así. Acabas de decir una parida, es increíble.
Saqué mi teléfono del bolso y decidí consultar mis redes sociales y dejar
que hablara solo. Miré mi teléfono y con el pulgar iba poniendo corazones
en fotos que veía.
—Te he hecho una pregunta —su tono tan tranquilo me decía que estaba
todo menos eso.
—¿Puedes repetirla? No te prestaba atención —dije sin levantar la
mirada del móvil.
—Muy bien, te lo diré de nuevo. ¿Cuándo tendrás la regla? —levanté la
mirada.
—¿Qué preguntas son esas?
—Venga, sé sincera. ¿Qué ocurre? Crees que no sé cómo funciona el
cuerpo humano femenino. Te apuesto 100 euros a que tengo razón. Que
estás de mal humor por el síndrome premenstrual. Porque si no, tendría que
decir que eres una pava todo el tiempo.
—¿Pero qué estás diciendo? Ahora te has ido de la raya. La única
persona con síndrome aquí eres tú. Se llama el síndrome de la estupidez
convulsiva o el síndrome de ser un idiota mental. ¿Por qué no puedes
dejarme en paz?
—Okey, hasta ahora no eres transparente.
—Yo… Yo…
—Suéltalo. ¿Qué es lo que te cuesta decir? ¿Te avergüenzas de mí?
—No es eso. Es solo… —No quiero escucharlo más, así que termino de
tirarme a la piscina y me la juego—. No tendré la regla hasta dentro de dos
semanas. Normalmente no tengo esos achaques que tienen la mayoría de las
mujeres y una vez más: deja de confundirme con todo el mundo.
—¿Te dolió decirlo? ¿Te he arrancado un trozo? Deberías ser más abierta
y transparente. Así evitarás que la gente te confunda con algo.
No le contesto. Pasan un puñado de minutos (o tal vez no, no lo sé; a mí
se me hace eterno) y no dice nada, así que…, su silencio lo dice todo y no
tengo intención de quebrarlo.
—Vale. Supongo que eso es un no.
El camarero llegó con toda la comida que Alexander había pedido. Y la
colocó directamente delante de mí, lo que me enfadó mucho.
—No voy a comer. Que lo sepas —dije a regañadientes. Me acordé de
cuando mi madre me hacía comer un bocadillo enorme de mantequilla y
jamón todas las mañanas antes de ir al colegio y lo odiaba cuando lo hacía.
—Y te lo he explicado…
—Ni de coña voy a hacer lo que tu digas. —Me levanté para salir de la
mesa tirando la servilleta que tenía en el regazo encima de la mesa, con
mala gana.
Alexander se levantó al mismo tiempo y se puso delante de mí,
agarrándome un brazo. Me quedé atónita. Todo el mundo nos miraba.
Menudo pollo estábamos montando otra vez. Íbamos a ser famosos en todos
los hoteles por los que pasáramos. Bajó la cabeza para hablarme al oído.
—¡Una última norma, si quieres seguir trabajando conmigo! —Él rebufa
cansado—. Nunca, jamás rechaces la comida cuando estés delante de mí.
Hay que comer y comer bien para estar sano. Como bien viste el otro día,
aquí hay niños que no tienen nada que comer y darían el mundo por estar en
tu lugar, así que deja de ser una niña mimada y come. O te juro que lo único
que vas a comer hoy es lo que no quieres. Pero no me importa pasar el día
en tu habitación alimentándote lentamente.
Las lágrimas amenazaban con salir de mis ojos que ardían de ira,
vergüenza y humillación. No podía creer que me hubieran aleccionado
hasta tal punto. Las emociones se arremolinan dentro de mí y un nudo crece
y crece en mí interior. Quizás me de vergüenza y no quiero admitir que
tiene razón, pero no esperaba que me hiciera algo así. Rendida, decidí
sentarme y desayunar.
—Lo que tú digas.
«Venga. No pasa nada. Termina», me digo. Que te basta con eso después
de toda la que has liado. Te puedes ir contenta, que bastante tienes.
La cabeza me da vueltas cuando me senté en el coche. No hablamos más
hasta que llegamos al destino. Salimos del coche y comprendí que
estábamos de nuevo en una zona de playa (¿cómo no?), pero bastante lejos
de la parte turística. Parecía más bien una playa de pescadores. Había varios
barcos de pesca antiguos y otros más modernos, redes en el suelo y objectos
varios; se veía que aquella playa no estaba tan bien cuidada como otras de
la región. Caminamos hasta que nos detuvimos frente a una casita blanca y
azul que era muy pintoresca y tenía un hermoso jardín alrededor. Estaba
casi dentro de la playa. Alexander me pidió que esperase junto al muelle y
yo asentí. Luego entró en la zona que daba acceso a la casa.
Un minuto después, seguía plantada en la orilla sin moverme, en la
misma posición que él me había dejado. Me había descalzado las chanclas;
las olas se habían llevado la arena de la base de mis pies y me estaba
hundiendo, pero no me importaba quedar enterrada hasta el cuello. Total, ya
estaba de mierda hasta arriba, de agua era más bien una bendición.
Otros cinco minutos después, Alexander volvió a mi presencia y se puso
a mi lado mirando al mar. Estuvimos unos cinco minutos así, en silencio,
disfrutando del maravilloso paisaje. Las aguas turquesas acariciaban las
arenas blancas, las suaves olas se encontraban con la pequeña bahía. Me di
la vuelta para verlo. Era tan lindo como el resto del paisaje. Eso y que no
podía negarlo: por muy estúpido que fuera, era el hombre más atractivo
sobre la faz de la tierra y sus besos aún me traen recuerdos muy intensos.
Su sonrisa arrogante, sus músculos, la forma en que me tocaba, todo eso se
había quedado conmigo mucho después de que se hubiera ido. Por mucho
que tratara de odiarlo, mi mente volvía una y otra vez a esos recuerdos. De
sus labios.
—Paola —repitió. Al parecer, llevaba tiempo llamándome.
—Sí, lo siento, estaba distraída…
—¿Alguna otra novedad? —dijo él con sorna.
—¿Qué pasa? —He pensado que es mejor restarle importancia.
—Me gustaría que vinieras conmigo a conocer a alguien. E... —Por un
momento lo vi poner una extraña expresión de preocupación, nada propia
de él. Como si fuera un pez fuera del agua. Sentí curiosidad—. Esta persona
es muy importante para mí. Y es quizás la razón principal de mi viaje aquí.
Me gustaría pedirte que cualquier cosa que veas durante este viaje, por
favor que quede entre nosotros.
Me quedé con la boca abierta. Alexander Ruiz pidiéndome algo. Parece
que la persona que mencionaba era realmente importante. ¿Sería una mujer?
¿Habrá alguna relación? Quizás estaba casado y tenía hijos y llevaba una
vida paralela en Madrid. ¡Dios mío! Él estaba metido en el coño de la
Bernarda! Y yo iba a ser la única con sus secretos en manos. Ahora, sin
duda alguna tenía la mosca detrás de la oreja y estaba ansiosa por saber qué
escondía aquel hombre.
—Cuenta conmigo, no te preocupes por nada. Soy bastante discreta. Tus
secretos están a salvo conmigo. Ya lo sabes, ¿no? —le guiñé un ojo y el
enmarcó las cejas con una expresión sorprendido—. Además, todo es
confidencial... Ya sé cosas de tu vida privada, así que no te preocupes.
Me miró estupefacto durante un rato.
—¡Eh!... no lo entendí del todo, pero bueno... aún mejor. Así que, como
te decía, esta persona es muy importante en mi vida y me gustaría que mi
presencia aquí fuera lo mejor posible; así que me gustaría volver a pedirte
que, pase lo que pase, me sigas el rollo. ¿Me harías ese favor?
—Claro que sí, cuenta conmigo.
Empezamos a andar en dirección a la casa. No pude dejar de vislumbrar
un poco más lo que mis ojos veían. La isla, de variados contrastantes
paisajes: playas de alegre sol y cálidas olas, pueblos pesqueros que recogen
los alimentos que el mar ofrece para ser enviados a todos los rincones de la
isla, zonas turísticas donde habíamos estado, donde las personas van y
vienen en un ritmo vertiginoso. Y como un gran vigilante de todo lo que
ocurre en esta exótica tierra, gigante, majestuoso, imponente, querido a la
vez que temido, se levanta en mi mirada el increíble mar del Caribe.
La que también es increíble es la casa en la que ahora entramos. Una
preciosa casa, de planta baja, hecha de piedra y madera, nos saludaba dentro
de la finca. La casa está rodeada de un pequeño jardín muy rural, podría
decir que casi silvestre, pero muy apañado. Algunos acogedores rincones
me llamaron particularmente la atención, donde sentarse a descansar y
disfrutar del entorno. No sé por qué motivo, el ambiente me inspiró paz.
Algunos tortuosos escalones de madera, desgastados por el lento desgranar
de las pisadas durante muchos años conducían a una puerta que está pintada
al aceite en un estridente color azul que quiere imitar una madera imposible.
La puerta estaba entreabierta y Alexander nos hizo pasar a los dos.
Dentro, había un saloncito empapelado con flores de lis gigantes azul
marino y oro. Estaba desgastado por el tiempo, pero otrora se tendría que
ver bonito. Era una típica casa de pescadores. Humilde, pero original y llena
de colorido. Nos sentamos en un sofá de piel sintética que en la visión se
adivina color amarillo tostado con cojines de pasamanerías azules, ante la
mesita de mármol artificial sobre la que se abre un esplendoroso centro de
flores silvestres.
Súbitamente detrás de una cortina de contas divisoria, surgió la figura de
un señor. Alexander se apresuró a ponerse en pie y yo hice lo mismo que él.
—Siéntense, siéntense criaturas, los invitados no deben estar de pie. —
Alexander salió al encuentro del anciano y lo ayudó, sujetándolo por el
brazo para que nos siguiera hasta el sofá.
Estrecho de complexión, chupado de carnes, de piel amarillenta y
arrugada y mirada lánguida, así era el hombre mayor que tenía delante de
mis narices. En su rostro apagado, yacía una sonrisa genuina y dígase de
una vez aunque sea prematuro, que parecía ser de una excelente persona por
doquiera que se le mirara. Me miró al sentarse, con sus ojos de añil lavado y
sus cabellos de lacia plata brillante. Definitivamente, tenía aspecto
bonachón, pero no tardé en darme cuenta, al ver sus manos moradas,
probablemente por las guías de tratamiento y las intravenosas, de que aquel
señor estaba o había estado enfermo.
—¿Cómo te llamas, bonita? —Me preguntó con una expresión de don
juan.
—Paola, me llamo Paola, señor. Encantada de conocerlo. Gracias por
recibirme en su casa. — Intenté ser lo más educada posible.
—Me llamo Matías. Puedes llamarme como tal y tutearme. No soy
mucho mayor que vosotros —soltó una risita y vi Alexander esbozar una
sonrisa cálida.
—Matías es mi padrino. Y fue él quien me enseñó dónde estaban las
cuevas que visitamos. ¿No es así, padrino?
—Así es, mi querido ahijado. Le he enseñado eso y mucho más. Cómo
echar un polvo, cómo ser un hombre y cómo elegir a la mujer adecuada
para llevar a casa. —Me sorprendió una afirmación tan atrevida de un señor
mayor, pero miró a Alexander y continuó—. Lo cual, aparentemente, has
acertado. Es una chica caliente la que tienes ahí, hijo. Buena elección.
—Papi, por favor no empieces con tus cosas. Intimidarás a la chica.
Alexander lo dejó en el sofá y volvió a sentarse a mi lado. Después de
todo lo que había conjurado en mi cabeza sobre lo que podía esconderse en
aquella casa, el escenario que tenía delante estaba muy alejado de la
realidad que había imaginado. Definitivamente, Alexander Ruiz era un
hombre muy misterioso y yo estaba, ahora mismo, ante la oportunidad de
conocerlo mejor.
Capítulo 18
Matías resultó ser un hombre muy divertido, gracioso y despabilado para
su edad. En pocos minutos, creo haber comprendido a quién había ido a
buscar Alexander, ese genio coqueto y mujeriego. El hombre tenía el
aspecto de alguien que, en su época, no se perdía una falda.
—Niños ¿no tomáis nada? Jodaaa… ¡tienes duro el achote! Esa es la que
te cae. Trae el tequila y el limón, maldita sea. Esa no es forma de tratar a tus
invitados. Y mucho menos una dama tan hermosa. Estás hecha un bollo —
me dijo él, pero me costaba mucho entender las expresiones locales de los
caribeños.
— No le hagas caso. Es un viejo verde. Mi padrino viajó por muchos
mares y fue marinero de muchas tierras, por lo que lleva muchas lenguas
juntas, un poco como yo. Pero para ser más directo, dice que eres muy
hermosa y estoy totalmente de acuerdo.
El comentario me sonrojó bastante. Alexander se levantó y se dirigió a la
cocina, al parecer para coger lo que le había pedido su padrino. Así que, por
un breve momento, estuve a solas con él.
—Dime, muchachita, ¿cómo conociste al mujeriego de mi hijito?
No pude contener una pequeña carcajada ante esa pregunta. Nunca mejor
dicho. Oh, Dios mío. ¿Qué coño iba a decirle al señor su padrino? Ahí
estaba Alexander echándome a los leones. Maldito sea.
—Trabajamos juntos. —La verdad siempre fue la mejor de las mentiras.
—Alex trabaja duro, se lo digo todo el tiempo. Me alegro de que haya
encontrado a alguien que le ocupe más tiempo que el trabajo y las zorras
que persiguen su madriguera.
Hablando de madrigueras, volvíamos al tema. Después de todo, no me
había equivocado demasiado con él.
—¿No lo visitas en España? —pregunté curiosa.
—No, mi niña. Estoy viejo y enfermo. No puedo salir de aquí. Alexander
quería venir más a menudo, pero no se lo permití. No quiero que venga
cuidar a un anciano enfermo. Un anciano enfermo molesta a todo el mundo.
Hay que visitarlo; está malhumorado, se queja de la casa, del dolor, de la
medicación, de los efectos secundarios, del abandono, de la dependencia;
uno se siente culpable por las pocas visitas o por el deseo irreflexivo de que
se muera pronto. Y prefiero que no.
Me entristeció mucho lo que dijo. Me dio mucha pena. Todavía tenía a
mis abuelos vivos, pero solo imaginar que estaban lejos o que les pasaba
algo hacía que se me estrujara el corazón. Pensé en Alexander. Nunca
hablaba de su familia, pero parecía que ese señor era muy importante para
él. Y me dio pena imaginar que no podía estar tan cerca. De todos modos,
con el dinero que tenía, no sé por qué no lo llevaba para Madrid. No pude
evitar sentirme intrigada por todo eso.
—No digas eso. No creo que las personas mayores sean aburridas o
fastidiosas, simplemente creo que los jóvenes tenemos poca paciencia para
todo a esas edades.
—El anciano se queja de la vida y dice que quiere irse pronto, de aquí al
otro lado. Pero cuando la muerte amenaza con acercarse, se aferra a la vida
con desesperación. Un anciano enfermo es incoherente.
—De todas formas, ¿qué quiere el viejo enfermo? Le hemos cuidado con
dedicación, le hemos dado todo lo que quiere, y nunca está satisfecho —
regañó Alexander, entrando en el salón con la tequilla, tres vasos, el limón y
la sal. Cuando Matías lo vio, alargó una sonrisa.
—Ahora sí hablamos serio, y que empiece la fiesta, lo demás ¡no vale
mondá! Échale fuerte.
Alexander sacudió la cabeza y empezó a reír. Mientras tanto, sirvió
varios chupitos de tequila, con sal y lima, como manda la buena tradición.
Me recordó a las noches de los viernes con mis amigos cuando
terminábamos la noche tomando chupitos en el bar de algún tío que
conocíamos de fiesta. Me quedé de piedra cuando ofreció una de las copas a
su padrino. Evidentemente, el hombre no parecía estar en las mejores
condiciones para beber, pero ¡¿quién era yo para dictar esa sentencia?!
Aquel hombre, que ya había cruzado varios mares y vivido mil vidas, no
parecía ser alguien que se dejara arrebatar esta vida en vano.
—Un brindis, chiquis. A burro viejo pasto biche —elevó su vaso hasta el
medio, poniéndose de pie, para brindar con nosotros—. Un viejo enfermo
está loco y parece un bebé, con sus caprichos y manierismos. Nada es
bueno para él, excepto un buen trago. No hay nada que un poco de tequila,
limón y sal no pueda curar. Nada. A nosotros, a los que nos quieren y que se
jodan los demás.
Brindamos todos y confieso que le iba a plagiar ese brindis, porque creo
que fue el mejor que he escuchado hasta la fecha. No hay duda de ello.
–Ninguno de mis hijos se parece a mí. Alexander que no es de mi sangre,
pero es como si lo fuera, es el más cercano. Y lo que más orgullo y alegría
me ha dado en esta vida. En primer lugar, todos tienen más energías que yo,
parecen siempre más decididos, no están acostumbrados a dudar. Esteban es
el más huraño. Todavía no sé a quién se dirige su resentimiento, pero lo
cierto es que parece un resentido. Creo que me tiene respeto, pero nunca se
sabe. Blanca tiene por lo menos algo de común conmigo: también es una
triste con vocación de alegre. Por lo menos es demasiado celosa de su vida
propia, inmanejable, como para compartir conmigo sus más arduos
problemas. Es la que está más tiempo en casa y tal vez se sienta un poco
esclava de nuestro desorden, de nuestras dietas, de nuestra ropa sucia. Sus
relaciones con los hermanos están a veces al borde de la histeria, pero se
sabe dominar y, además, sabe dominarlos a ellos. Una pena que ya no esté
tan a menudo. ¿Mi niña. La echas de menos, Alexander?
—Papi, ¿ha venido el señor que envié a arreglar tu puerta trasera? Acabo
de ver por la ventana que todo sigue estando una ruina. ¿Qué ocurre? —Vi
lo incómodo que se quedó con ese comentario y rápidamente cambió de
tema.
—Estás en lo cierto, hijo mío, ese constructor de pacotilla se ha quedado
corto con el tiempo. Empezó bien, pero fue muy lento. Pronto llegó la
temporada de lluvias tropicales y ya sabes cómo es. Ya no se pudo hacer
nada. Además, ¿qué importa ahora? No importa.
Le lanzó unos rayos catódicos con los ojos y dijo alterado:
—A mí me la trufa eso. Le pagué para que hiciera bien el trabajo. Sabes
que eso me enoja. Volveré mañana y te arreglaré la puerta yo mismo. No
vas a mantener esa puerta así otro invierno.
—¿Pero qué otro invierno? ¿Escuchas lo que dices? ¡A veces tienes cada
cosa, hijo mío!
Vi perfectamente que el semblante de Alexander se entristecía y se
quedaba mudo. Bajó los ojos y respiró con dificultad. Había algo que no
entendía, pero no era bueno.
—A veces eres tú quien no sabe lo que dice, papi —dijo Alexander con
voz entornada.
—Sé más de lo que crees, cariño. Paola, mi hijo tiene la lengua muy
larga, ¿sabes? —En ese momento me dio ganas de echarme a reír, pero me
contuve, solamente dejando una suave sonrisa en el rostro. ¡Sí que lo sé,
señor Matías! ¡Y tanto que lo sé!— Estoy seguro de que no te contó todos
sus líos. Es todo un don juan. En eso, desgraciadamente, aprendió conmigo.
No lo juzgo. Pero me alegro de que hayas traído una chica a casa, por fin.
¿Para cuándo la boda? No esperes demasiado, porque si no, no me verás en
ella.
Empecé a toser de tanto ahogarme con la saliva que tragué. Maldita sea.
¿Qué coño se había metido en la cabeza? ¿Qué éramos novios o algo? Me
cago en todos los muertos. No, joder. En los muertos no. Que acaba de decir
que no llega a la boda. ¿Pero qué boda? Estoy loca, ¿o qué? Alexander me
miró con los ojos abiertos. Y fue cuando sucedió lo que no debía suceder.
Volvió a mi lado en el sofá y me abrazó por la cintura.
—Cuando encuentre, y si encuentro, al momento indicado, serás el
primero en saberlo, papi —Me besó en la mejilla y su radiante sonrisa
iluminó la habitación. Sentí todo el calor del tequilla subirme al rostro e
hice una mueca.
—Los jóvenes de hoy... ¿a qué esperan? La vida es corta, mis niños, es
inútil retrasar lo inevitable. Se nota que estás enamorado de ella. Esa mirada
nunca me engañó.
Alexander carraspeó y se sirvió otro chupito de tequila y se lo bebió de
un solo trago. Luego volvió a verter el líquido en los tres vasos. Confieso
que hasta yo me lo iba a beber del tirón, pero me limité a dar pequeños
tragos y chupar limón. Ácido por ácido, la conversación no estaba mejor.
—No soy exactamente lo que espera de un novio, padrino. Así que lo
mejor es que lo tomemos con calma.
Me sorprendió su autoanálisis. Tal vez Freud podría explicar mejor lo
que quería decir. «Querido señor Matías, tu sobrino mete la polla en todo lo
que se mueve y tiene ojos, no me extraña que no sea material de novio. Para
nadie. Siento ser yo quien te lo diga». Firmado: su asistente, a quien tu
sobrino le hace la vida imposible.
—Ya me gusta un poco más esa chica —se rio. No obstante la
circunstancia y el motivo, me encantaba escuchar el sonido de su risa—.
¿No lo sabe todo sobre ti y nuestra familia, ¿a qué no? —Arqueó una ceja.
—No, no le hablo a nadie sobre nosotros, Matías.
—Las costumbres están hechas para ser cambiadas. Necesita conocer al
Alexander que yo conozco. ¿Vas a convertirla en tu esposa o no? —
preguntó.
—Eso es lo que intento hacer —¿De dónde coño se saca esas estúpidas
frases?
—Ah, también es una chica inteligente. Alexander no le pidas en
matrimonio por medio de un mensaje, que ya te conozco, su gilipollas.
Necesita escuchar tu voz cuando lo pidas. Es algo que nunca lo entenderá
—ahora me dirigía la palabra—. Se creó entre hombres, eso es lo que da. A
veces se pierde la sensibilidad. Aunque mi querida esposa fallecida,
Valentina, que Dios la tenga en su gloria, aún pudo enseñarle algunos
modales. Oh, mi querida Valentina. —De repente se volvió nostálgico y me
sentí mal al ver que la alegría que tenía se desvanecía.
—Vamos, papi, es hora de una pequeña siesta antes del almuerzo. Vamos
a descansar y luego te llamaré para comer.
Matías ya no ha no dijo nada más. Alexander lo ayudó a levantarse. Era
tan fuerte y musculoso que casi llevaba al hombre en brazos por sí mismo,
pero caminó lentamente con él hasta la habitación. Me quedé sentada con
un nudo en la garganta por todo lo que acababa de pasar.
Me levanté para ir al baño y sin querer al pasar por la puerta de la
habitación donde estaban Matías y Alexander escuché la conversación.
—Alexander, sé el hombre que eres. Sé que has protegido tu corazón
después de Bianca, pero tienes que abrirte de nuevo en algún momento.
Necesitas encontrar alguien a que te anime a confiar en la vida. ¿Te gusta
esa chica?
—Papi, apenas la conozco.
—Calla, calla… Estás protestando demasiado. —le dio un golpecito
cariñoso en la espalda—. ¿Y qué pasa con ella?
—Es diferente, no es una chica para cosas tontas, es para algo serio, pero
no pienso apurar las cosas.
—¿Y estás locamente enamorada de mi niño? —colocó una sonrisa
traviesa y me dio un aprieto en el pecho.
—No parece estar muy interesada, no lo sé. No quiero que quiera algo
serio conmigo.
—¿Qué? ¿Por qué? —Se apoyó en la encimera, cruzando los brazos—.
Eres perfecto.
Si no hubiera estado detrás de la puerta escuchando a escondidas, juro
que me habría caído al suelo de la risa. Perfecto, dijo. Sí, el colmo de la
perfección. La perfección del egoísmo.
—Papi… de verdad… déjalo ya. He venido aquí para verte. No quiero
hablar de mí. Cuanto a Paola, su corazón es puro, pero su camino en la vida
ha sido diferente del mío. Se merece un hombre de verdad.
—Y yo no conozco ningún más verdadero que tú. Dale tiempo. El
tiempo lo cura todo. Simplemente no cura la vida. Pero esa es la ley del
Creador. En la ley del amor, la paciencia, la tolerancia y el roce lo hacen
todo. Dale tiempo y podrá ver el gran hombre que eres. Y que también
merece ser muy feliz. ¡Ay mi niño!
Se entrelazaron en un abrazo tan conmovedor que yo misma tuve que
salir corriendo de allí, antes de que las lágrimas y los mocos salieran por
todos los agujeros de mi cara. Me senté rápidamente en el sofá y hasta
olvidé que quería ir al baño.
Capítulo 19
Cuando Alexander salió de la habitación, se metió las manos en los
bolsillos del pantalón y me miró. Respiró profundamente y luego habló.
—¿Te apetece dar un paseo? Puedo enseñarte un poco de la zona que hay
por aquí.
—Sí, creo que será mejor que vayamos a dar un paseo. Después del
tequila, si me siento aquí, puede que no me levante nunca más.
Salimos de la casa. Al doblar la calle suspiré aliviada, me sentí como si
hubiera quitado un gran peso de encima. Descubrí que, después de todo,
también me costaba mucho lidiar con las emociones fuertes. Metí las manos
en los bolsillos de mi vestido y paseé con tranquilidad. Seguía un poco
mareada por la tequilla, pero el aire me estaba sentando de muerte, mi
pequeña cogorza había dejado paso a una placentera paz.
Iba mirando por las casas y Alexander iba sonriendo a todo el que nos
surgía por el camino y saludando. Cuando llegamos a una intersección y
paró para decidir por qué vía íbamos a continuar, lo vi mirando el infinito,
pensativo.
—¿Iba a invitarte a tomar algo, pero después de esta tarde imagino que
es lo último que quieres. Entonces propongo otra cosa. ¿Qué tal si me paso
por el bar de al lado, cojo un par de refrescos y nos sentamos a tomar algo
en algún sitio especial?
—Me parece perfecto —Como decía tu padrino de ti.
Le seguí con los ojos mientras se dirigía al bar. Poco después volvió con
dos botellas de las bebidas en la mano. Me dio una de ellas. Y nos pusimos
en marcha nuevamente.
Después de pasar por algunos caminos tortuosos, subiendo una especie
de pequeña montaña junto a la playa, llegamos a una especie de cueva que
también conducía a un desfiladero desde donde se podía ver todo el paisaje
desde arriba. Desde donde estamos se puede ver la playa. Esta playa está
cercada a ambos lados por un suave monte, en el cual hay bonitas casas y
mucha vegetación, se destacan unos árboles color oliva, en medio está el
pueblo, ligeramente inclinado en la ladera del monte. En la playa se puede
distinguir un mar azulado y cristalino, en su orilla hay muchas piedrecitas
de colores blancas, grises y negras. También hay unas palmeras grandes y
robustas. Hacía un día espectacular: un hermoso cielo azul con algunas
nubes blancas, un sol radiante.
—Nos sentamos aquí. — Nos sentamos en una roca que estaba protegida
por el sol dentro de la cueva y como podíamos ver todo lo que nos rodeaba
era una imagen impresionante. Nos quedamos callados durante unos
segundos mirando aquella maravilla—. Este fue durante mucho tiempo mi
lugar favorito en el mundo.
Lo miré y vi su mirada perdida en el horizonte. No pude evitar sentir
curiosidad por la vida de Alexander. Más ahora después de todo lo que
había oído. Volví el rostro al mismo punto para donde él miraba.
—Supongo que te estarás preguntando a qué viene toda esta historia de
Matías.
—Confieso que tuve un poco de curiosidad, pero no tienes que
explicarme nada. Es tu vida.
—Ante nada, quiero darte las gracias por no haber dicho nada sobre lo
nuestro.
—Como te comenté antes en el coche, no existe "lo nuestro", pero
entiendo la situación. No quiero que Matías se sienta mal por decirle una
verdad que no quiere escuchar. Entiendo que no lo está pasando muy bien.
—Se está muriendo.
En mi vida había experimentado el escalofrío y los nervios que sentí en
ese momento, ante esa mirada. Tuve que apartar la vista para evitar
quedarme ahí, sin reaccionar.
—Lo siento —fue lo único que pude decir.
—Tranquila, no te preocupes, ahí como lo ves, es más feliz que tú y yo
juntos. Es un viejo costroso y gruñón, pero está conformado con su
sentencia. Más que yo.
—Se nota que es una persona muy especial para ti. ¿Cuánto tiempo le
queda?
—No tengo ni puta idea. Se le ha diagnosticado cáncer de piel. Los
médicos dicen que su caso ya estaba muy avanzado cuando lo detectaron y
que ya se ha expandido a otros lugares. Le dieron seis meses. Han pasado
casi nueve. El oficio del pescador implica pasar largas jornadas laborales
bajo el sol. Esta situación les convierte en uno de los colectivos con mayor
exposición a lo largo de su vida activa. Un de los efectos dañinos de la
exposición continuada al sol.
—¡Joder! Imagino que no es fácil para ti. No quiero ni imaginarme
perder a alguien de mi familia.
—Todos acabaremos perdiendo a alguien en esta vida. Es una condena
que tenemos desde el día en que nacemos. De hecho, el único que te dan.
Ya sabes que vas a morir y ya sabes que vas a ver morir a la gente. Suena
como el puto juego sádico de algún lunático, para ser honesto.
Las palabras le salieron con la rabia y la impotencia de la gravedad de la
situación. Quería distraerle de ese pensamiento durante un rato. Imaginé
que le causaba mucho dolor. Si en menos de media hora que llevaba con el
señor Matías ya estaba triste por todo lo que me estaba contando, no me lo
podía imaginar lo que estuviera pasando él.
—Cuéntame un poco sobre tu infancia. Algo de bueno habrá en esto
todo.
—Y tanto que hay. Pero la historia no es del todo bonita y no quiero
darte el coñazo de escupir tanta mierda junta. No tienes el porqué de
escuchar mis mierdas.
—Tal vez debería decidir por mí misma sobre eso, ¿no crees? Tienes que
dejar de ser tan pesado y dejar de pensar por los demás. Relájate. Quiero
escuchar lo que quieras contarme.
¡Okey! Acababa de soltarle una bronca y me soltaba una sonrisa que me
dejó paralizada al toparme con aquellos ojos que habían dejado tamaña
huella en mí.
—Como te dije, nací en Argentina. Más concretamente en la Villa 31,
cerca de Buenos Aires. No es el mejor lugar para esperar una vida mejor. Y
la esperanza no ayudó cuando crecí y me di cuenta de que mis padres tenían
vidas muy complicadas. Mi padre era alcohólico, se metía en todo tipo de
mierdas. Así que apenas trabajaba. Mi madre era la única que trabajaba día
y noche limpiando y costurando en la fábrica para alimentarme.
—¿Tienes hermanos?
—No, afortunadamente no. Y digo afortunadamente porque si ya era
difícil alimentar una boca, imagínate las demás. Valentina, mi madrina me
dijo que mi madre parecía tener algún problema para tener hijos. Este
problema se confirmó años después, cuando murió de cáncer de ovario.
Ahora sí que no me cago en todos los muertos, pero estoy flipando en
colores con todo lo que me está contando. Cuál fue el momento en que
pasamos de estar de vacaciones en un lugar paradisíaco a entrar en una
historia de terror. Y lo que es peor, esa historia era la verdadera historia de
su vida. Sentí que mi corazón se ponía del tamaño de un guisante.
—Si no quieres hablar sobre esto, de verdad, no tienes que hacerlo.
—Tranquila, eso es el pasado y hace tiempo que pasó. Como te decía:
cuando tenía siete años, mi madre decidió que estaba cansada de los abusos
de mi padre y de toda la miseria que vivíamos a diario y habló con mi
madrina Valentina, que en ese momento vivía en México. Ambas eran
compañeras de trabajo en una fábrica que existía antes de ser despedidas y
cerrar y así fue como esta señora se convirtió en mi madrina.
—¿Así es como terminaste en México?
—Más o menos. Mi madre consiguió los papeles y huimos.
Literalmente. Esa fue la última vez que vi a mi padre. Más tarde supe que
fue asesinado por alguna banda o alguien a quien seguramente debía dinero.
No se sabe al cierto. Pero da igual. Murió con sus convicciones. Cuando
llegamos a México mi madre, ayudada por mi madrina Valentina consiguió
un trabajo de costurera. Mi madrina estaba casada con Matías, que siempre
estaba fuera en sus viajes de pesca. Y así es como nos convertimos en una
gran familia. Tuvieron un hijo, Esteban, el mayor, y cuando yo tenía nueve
años nació Bianca. Crecimos juntos.
—Así que serían como tus hermanos, ¿no?
—Podría decirse que sí, pero no del todo. Otra historia.
—¿Cómo vive Matías aquí en las Bahamas? ¿Se han mudado aquí?
—Hemos mudado. Cuando tenía trece años, los padres de Matías
fallecieron y le dejaron esta casita. Cansado de la vida en México, mi
padrino nos sugirió que nos mudáramos aquí. En ese momento, yo estaba
estudiando, pero le ayudaba siempre que podía con el trabajo de pesca.
Entonces mi madre me propuso venir con ellos y ella se quedaría en
México, donde tenía su trabajo fijo y seguiría enviando dinero para mis
estudios. Viví aquí desde los trece años hasta los diecisiete, cuando mi
madre enfermó. Cuando eso pasó, volví a México para cuidarla y ya no
volví aquí. Después de eso, vendí todo lo que era nuestro, junté dinero con
mi trabajo y con la ayuda de Matías me fui a estudiar a Estados Unidos.
—¿Por qué los hijos de Matías no lo cuidan? No entiendo por qué está
solo. Siento ser entrometida, pero no lo entiendo.
—Esteban siempre fue estúpido. Desde pequeños éramos rivales. Por
alguna razón me ponía de los nervios e hizo todo lo posible para estar
siempre dándome por saco. Me comí todos los marrones y castigos por su
culpa. Cuando crecí empecé a ir con mi padrino en el barco para ayudar.
Más tarde lo convertí en mi trabajo durante algunos años. Gané un buen
dinero. Ese dinero me sirvió para pagar mis estudios e invertir en la bolsa.
Donde gané el primer dinero para abrir mi primera empresa. Algo que le
molestó mucho. No estaba contento con el hecho de que mi padrino me
quisiera tanto como si fuera su hijo. A la primera oportunidad se largó y
nunca más volvió. Vive en Estados Unidos, tiene una buena vida, familia,
pero le importa más bien una mierda lo que le pase a su padre. Alguna vez
vino de visita, pero creo que fue más porque quería presumirse de unas
vacaciones que otra cosa.
—Vaya. Menudo idiota —solté sin pensar. He estado en mi mejor
comportamiento desde hace un tiempo—. Lo siento, no quise ser ofensiva.
—No pasa nada, es un auténtico idiota. De eso no hay duda. Lo único
que hay que lamentar es él.
—¿Y Bianca? ¿Qué pasó con Bianca? —la curiosidad me pudo.
—¿Cómo sabes que pasó algo?
—No lo sé. Acabas de decirlo tú.
—Ah sí.
Volvió a guardar un extraño silencio. Lo entiendo y no soy tan tonta
como para saber que hay algo extraño ahí. Me pregunto qué pasó con la otra
hija. Qué extraño que una hija, además de más joven, abandone también a
su padre. ¿Será que Matías era una persona agresiva o algo así?
—No me dijiste lo que pasó con Bianca. ¿Por qué una chica de casi la
misma edad que yo abandonaría a un padre así?
—No fue a su padre a quien abandonó.
—¿Entonces?, no entiendo.
—Se fue para no verme. —Mi boca casi tocaba el suelo—. Pero antes de
que preguntes y empieces a hacer juicios rápidos sobre mí, tengo que decir
que no fue mi culpa. No del todo.
—No iba a decir nada, pero bueno.
—Ya te conozco un poco Paola, sé perfectamente que pensarás la peor
versión de la historia.
—¿Yo? Eres tú quien me hace pensar eso. Vamos, que hay muchos que
se creen o aparentan ser unos mujeriegos y no lo son. Tú eres de los que sí
son. —Volteé los ojos.
—Eso mismo. Lo soy. ¿Alguna vez he ocultado la verdad? Eso no te da
derecho a pensar que soy un hijo de puta en cada historia.
—¿Y cómo alguien como tú no está casado o tiene hijos?
—¿Y por qué debería de estarlo o tenerlos? —Arqueó la ceja en modo
amenazante, pero bromeando, obvio, esa sonrisilla…
—No sé, por tu edad.
—¿Qué le pasa a mi edad? —sonrió, arqueando la ceja de nuevo.
—Nada, nada, que veo que te voy a tocar la fibra sensible.
—Para nada, considero que los años que tengo son los que he vivido y
disfrutado.
—Por supuesto.
—¿Entonces?
—No sé, solo pienso que si tuviera tu edad y tu dinero, querría tener una
familia y dejar algún legado en el mundo.
—¿Y has pensado alguna vez que tal vez ese sea tu sueño y no el mío?
¿Por qué debería querer lo mismo que tú? Soy feliz con la vida que llevo.
Tengo las mujeres que quiero y el dinero que necesito para vivir. ¿Por qué
iba a arruinar todo eso por estar con alguien las veinticuatro horas del día,
machacándome en la oreja por todo, teniendo histeria premenstrual y
acusándome de no cambiar los pañales de los diez bebés que quiere tener?
A estas alturas su rostro casi rozaba el mío y no sé por qué tuve la
sensación de que el mensaje era para mí.
—Una pequeña corrección: no consigues todas las mujeres que quieres,
porque no todas las mujeres quieren estar contigo. Tal vez algunas solo
quieran a alguien, que también es muy válido, para divertirse como tú u
otras quieran, con todo su derecho, tener un amigo, compañero y hombre de
familia que les apoye en todo lo que necesiten, que quiera ser el padre de
sus hijos y que les dé masajes y mimos en los momentos más difíciles del
mes que todas tenemos que pasar solo por el arte de haceros padres.
—Ya lo sé —me guiñó un ojo—. No tengo ganas de discutir contigo. Y
no quiero sermones de nadie. Vamos a disfrutar del día y vamos a pasarlo
bien. Punto y final del análisis.
—Creo que por primera vez, estamos de acuerdo. Vamos a pasarlo bien.
Y es que no se puede pasar mal con este paisaje idílico.
—Definitivamente idílico. —Miré por el rabillo del ojo y me di cuenta
de que seguía mirándome. Decidí que la tensión ya estaba aumentando
demasiado.
—¿Vamos? Tu padrino ya se habrá levantado de su siesta, y a mí me
empieza a dar hambre. Y me dijiste que tenía que comer.
Me levanté apresuradamente y me quedé un poco descolocada sin saber
qué hacer. Debió de darse cuenta, porque se echó a reír e inmediatamente
empezó a caminar hacia la salida. Lo seguí. Cuando ya estábamos casi en la
casita, empezó a hablar.
—En esa cabaña se pasa unos días llenos de felicidad ya que se está
rodeado de la naturaleza, montañas increíbles, un mar de agua azul como el
cielo, se pueden apreciar plantas de distinta clase y unas flores de bellos
colores. Allí solo se escucha el cantar de los pájaros, se ven lindas
mariposas y por la noche se observa el cielo con sus espectaculares estrellas
que alumbran desde lo más alto. Lástima que no pueda enseñarte todo eso.
—Es un lugar maravilloso, estoy muy feliz de haberlo conocido. Ojalá
pudiéramos estar más tiempo, es cierto.
—O sea, que ya no te arrepientes de haber aceptado venir conmigo.
—No —sonreí.
—Me alegro, porque yo también lo estoy pasando bien.
Capítulo 20
Cuando entramos en la casa, el Sr. Matías ya estaba dando vueltas.
—Papi, ¿por qué no me esperaste? Te habría ayudado.
—¿Tú también? Ya estoy harto de la vieja que no me suelta el culo,
ahora tengo que escucharte a ti también.
—Se refiere a doña Bernardita, la señora que viene todos los días a
cuidarlo —me dijo.
—No, señor. Me refiero a esa vieja carcamal, decrépita que tiene los días
más contados que los míos. Además que es de la cofradía del puño cerrado,
¿sabes? —me sujetó el brazo, hablándome en confidencia—. Me tiene
harto, mi niña. Es una rata. Me esconde los pastelitos que me trae una prima
lejana mía, para que no me los coma. Seguro los comerá ella, la vieja gorda
esa. Yo creo que su marido le pone los tochos y ella para vengarse le hace
celos conmigo. ¿Cómo lo ves?
—Papi, para de decir esas cosas a Paola. Se va a ir de aquí con mala
impresión.
—Pero si es la verdad, si no está bien del tarro, hijo mío.
No podía parar de reírme. Me había aguantado todo lo que he podido,
pero es que ese señor era una joya.
—Va, papi, vamos a arreglarnos y a comer. Te voy a llevar a tu
restaurante favorito.
—Ve tu a buscarme mi bastón al cuarto. Que me quedo yo aquí
esperando con mi nuera.
Alexander abrió los ojos como platos, giró sobre sus talones y huyó
hacia el dormitorio.
—Me alegro mucho de que Alexander esté contigo. Veo que eres una
chica muy buena y que harás muy feliz a mi querido hijito.
No hemos coincidido las veces necesarias como para entablar una
amistad, ni siquiera una relación de conocidos. Y suspiro, pensando que
ahora, tampoco lo podríamos hacer. Porque cada día ya era una bendición
en su vida. O lo poco que restaba de ella. Me sabía mal mentirle, pero no
pude hacer otra cosa, dadas las circunstancias.
—Gracias por invitarme, Señor Matías. No se preocupe con nada.
—Pero me preocupo, mi niña. Me preocupo por Alexander. Escúchame,
antes de que venga. Supongo que a ti no puedo mentirte. Me quedan días,
horas quizás, no lo sé. Me queda lo que me queda. Y yo estoy muy
tranquilo con eso, ¿sabes? Hice todo lo que tenía que hacer en esta vida.
Creo que fui un buen marido y padre. Pero, con Alexander fracasé. Tendría
que haber sido más duro con él, no dejarle perseguir a todas las mujeres. Y
después de lo ocurrido con mi hija Bianca, se encerró en sí mismo. Pero es,
sin duda, el mejor hombre que he conocido en mi vida. El más intachable,
horado, honesto y trabajador. Hazme un favor, hija mía. Cuando muera, no
lo dejes solo. Estará muy triste, sé que lo estará, pero no quiero. Así que lo
obligo a no venir aquí. No quiero verlo sufrir, pero sé que lo hace.
Alexander ha aprendido a ocultar sus emociones, pero quizá alguien como
tú pueda romper el hielo de su corazón. ¿Me prometes que lo cuidarás?
Tragué con fuerza. Muy bien, Paola. ¿Te estás dando cuenta ahora de la
repercusión de las mentiras? ¿Por qué no eres guionista de culebrones? Te
daría mejor que el papel que ahora tendrás que hacer, su gilipollas, me
maldigo a mí misma. Y por cierto, hablando de verdad, aparece con una
sonrisa radiante y me mira con aquellos ojitos temblorosos. ¡Me cago em la
leche, Merche! ¡Joder! No puedo mentir a un viejito adorable como el señor
Matías. ¿Cómo coño voy a mantener yo una promesa de esas a un hombre
en su lecho de muerte?
—Matías —sus ojos expectantes no me dejaron alternativa. Más tarde
iba a recordar este momento como: «Paola, eres una mierda pinchada en un
palo»—. Ten por seguro que te prometo que cuidaré de tu hijo lo mejor que
pueda. Y que me permita.
Afortunadamente, salvada por el gong. Apareció Alexander con el
maldito cayado y después de salir y ayudar al Sr. Matías a subir al coche,
llegamos al restaurante. Nos bajamos todos y fue a sentarlo a una mesa del
chiringuito. Aproveché la ocasión para ir al baño. Como antes no había
podido ir, casi me meo por las piernas abajo. Cuando salí del servicio
encontré a Alexander en el mismo pasillo. Parecía haber salido también del
baño. Me miró con cara de desconcierto. Abrí los ojos confundida por esa
inspección.
—¿Qué te pasa? —Encojo los hombros y suspiro fuertemente.
—Nada.
—Venga, habla. Te conozco tan bien como tú a mí.
—A veces me da la sensación de que me equivoqué aceptando este
trabajo. —Confesé.
—¿Y qué te hace pensar eso?
—Creo que acabo de cometer un gran error.
—¿Qué pasó con Matías? ¿Te ha dicho algo?
—¿Tengo que contestar a eso?
—Te convendría. —Asiento con la cabeza.
—Oh, lo siento. Soy una bocazas… No ha sido nada. Estupidez mía.
—Bueno, sí es cierto de que eres una bocazas, pero si te sirve de
consuelo, quiero que sepas que tu boca tiene otros usos mucho más
interesantes y todos ellos me fascinan.
—Eres demasiado perverso. No necesitaba saber ese dato.
—Pues no vuelvas a quejarte.
—¡Me quejo si me da la gana! Y si no quieres escuchar, pues creo que…
creo que…pues te aguantas —dije por fin, ya sin vergüenza ninguna.
—Vale. Me aguanto, pero creo que… Creo que… —me estaba vacilando
aposta, hijo puta—, con un beso a cambio por tu audacia ante tu jefe —
contesta como si fuera obvio.
—No serías capaz, estás a una broma de que te mande a freír espárragos,
Alexander.
—Puedes decirme que fría lo que quieras. Ya estoy hirviendo con ganas.
Nunca lo he negado.
Sonríe y me da un beso en los labios, con lengua incluida.
—¿Qué ha sido eso?
Comienza a reírse y mi boca se desencaja. Me quedo de piedra y trago
con dificultad. No puedo moverme. Quiero, por favor, que me trague la
tierra y me queme con su núcleo, más de lo que me está quemando ahora,
los residuos de sus labios en los míos. Me da un pellizco en el culo y le doy
un codazo en el costado.
Una hora más tarde descansamos de la comida que estaba deliciosa. Un
pescado fresco increíble como nunca había probado en mí vida. Y eso que
dicen que el mejor pescado, marisco y demás va directo a Madrid antes de
cualquier otro sitio de España. Puede ser, pero este era pescado, acabado de
salir del mar caribeño. De hecho ni sé qué tipo de pescado era, pero estaba
buenísimo. Como si fuera tiburón, me daba igual.
Pasamos un poco más de la tarde en compañía de Matías. Alexander
insistió en que quería volver para arreglar la puerta, pero fue redundante al
decir que ni siquiera se atreviese a poner un pie allí. Dijo que quería que
disfrutáramos de nuestras vacaciones y que nada interferiría en ello. Cuando
llegó la señora Bernardina, nos despedimos para volver. Fue quizás el peor
momento que he vivido en los últimos tiempos. Peor que cualquier insulto
de Alexander.
Pero no fue por el drama, sino todo lo contrario. Se me partía el corazón
al ver a esos dos hombres que se querían tanto, estrechar sus corazones y
despedirse con besos y abrazos tan cariñosos, como si no pasara nada.
Mientras admiraba su fuerza, sentía que la mía se me salía de los pies.
«¿Cuál es esa fuerza? ¿Qué fuerza es esa? ¿Que llevas en tus brazos?
¿Eso solo te sirve para obedecer? ¿Que solo te manda obedecer? ¿Qué
fuerza es esa?» Todas esas preguntas asombraban mi espíritu en ese
momento. Me hizo preguntarme cosas en las que nunca había pensado. A
Alexander lo veía trabajar todo el día. Construir los proyectos para los
demás. Llevando sueños a todo lado, desperdiciando su tiempo. Demasiada
fuerza para tan poco dinero, que ahora mismo no pagaba la salud de quien
más amaba. ¡Joder! Con el corazón en la garganta me despedí de Matías. Le
ofrecí, no sé cómo, mi mejor sonrisa, mi mayor abrazo y le dejé mi gratitud.
Me guiñó un ojo en señal de confianza y yo asentí con un gesto tan nuestro.
Guardando los secretos que solo nosotros habíamos compartido. Y nos
fuimos. Cuando subimos al coche, ninguno de los dos fue capaz de decir
nada. Alexander arrancó el motor, pero al cabo de unos kilómetros, cuando
ya habíamos salido de aquel pueblo, detuvo el coche en un campo abierto.
No conseguía casi respirar del ahogo de sentimientos que tenía por dentro.
No imaginaba lo suyo.
—¿Estás bien? —Ni puedo seguir guardándome la preocupación para
mí.
Él me mira y sonreí, pero la sonrisa no le alcanza los ojos.
—Sí, me quedaré bien —dice de manera poco convincente—. No pasa
nada. Solo necesito un minuto.
Me quedé quieta en el asiento. Mi respiración se volvió más pesada y las
lágrimas asomaron a mis ojos.
—¡Joder! Eso no es cierto. Sí que pasa. No me digas que no me
entiendes, cuando los días se vuelven amargos, como hoy. No me digas que
nunca has sentido, una fuerza que crece en tus dedos y una rabia que crece
en tus dientes. No soy capaz. ¿Cuál es esa fuerza que tienes? Eso te hace
quedar bien con los demás y no estás bien contigo mismo. ¿Cómo lo haces?
Las lágrimas caían por mi cara salvajemente, los sollozos eran
incontrolables. Me sentí desolada al pensar que el hombre que acababa de
conocer y al que en pocas horas le había cogido tanto cariño, hoy podía dar
su último adiós.
—Tienes razón, perdona. —Se pone serio y me acaricia la mejilla con el
dedo corazón, limpiando algunas de mis lagrimas—. Ahora voy a hacer que
sientas mejor. Lo hago tanto por ti como por mí.
Sonríe y se inclina y me da un beso suave y lento. Su lengua penetra en
mi boca con ternura. Yo me derrito con un suspiro.
—Uno no vale para nada cuando está herido —dijo.
De repente apoya la frente contra la mía con los ojos cerrados. Parece
estar sufriendo.
—Hay algo entre nosotros —susurra—. No son imaginaciones mías ni
de Matías.
No, no lo son. Sentí como si me hubiese electrocutado, todo tipo de
reacciones extrañas azotaron mi mente y mi cuerpo. Aquello no era normal,
y me alivia saber que no fui la única que lo sintió. Mientras clava la mirada
en la mía, se le escapa un gemido de su boca.
—¿Sabes qué, Paola? Todo sucede por una razón.
—No creo en esas chorradas. En realidad, estoy empezando a pensar en
algo muy triste. Creo que me has manipulado.
«Mierda, mierda, mierda», grito sin cesar para mis adentros.
Mi explicación no parece satisfacerlo, porque él continúa
contemplándome con cara de incredulidad.
—¿Qué dices?
—Confiesa, dime la verdad. Dime que solo me has traído para que tu
padrino te vea con alguien y no se deprima tanto. Dime que te has dado
cuenta de todo esto desde el principio. Que traerme aquí era solo una
estratagema para encubrir tu vida sin sentido.
—Paola, pensaba que me conocías mejor. —Su tono es de cautela, como
no podría ser de otra manera después de la que armó. Ni yo sé porque he
contestado—. No tengo ni idea que pasa por tu cabeza en este momento.
Sería incapaz de hacer algo así. Además, yo no podía imaginar que Mariana
me iba a dejar tirado en el último minuto con una campaña. Y si así no
fuera, tú no estarías aquí. ¿Te acuerdas de eso?
—Lo único que me acuerdo es que tú eres un maníaco del control, aparte
de engreído.
Me coge la nuca para acercarme su boca nuevamente y hago uso de
todas mis fuerzas para liberarme y fracaso miserablemente. Estoy sin
aliento.
—¿De qué coño estás hablando? Y vigila esa boca. O te vuelvo a besar
hasta lavarte esa lengua sucia que tienes.
—Suéltame. —Me retuerzo para soltarme, pero me abraza con más
fuerza y aprieta mi pecho contra el suyo sin perderme la mirada. ¡Si las
miradas matasen!
—No voy a soltarte. Sé que estás herida y triste por todo lo que ha
pasado hoy y lo siento. Lo sé y siento haberte hecho ver todo esto. Pero eso
no te da derecho a desconfiar de mí y dudar de mi confianza.
—No me fío de ti, ni entiendo por qué ibas a confiar en una persona a la
que solo conoces desde hace un par de meses, la verdad.
—No es una cuestión de confianza, sino de energía y tiempo. Eres una
excelente asistente ejecutiva. La mejor que he tenido...
—Ya lo tengo, Alexander, puedes parar con el teatro. Gracias. —No
hacía falta que lo repitiera, pensé con amargura; no era estúpida.
Tenía que salir de allí. Tenía que dedicarme un tiempo a mí misma,
recuperar la cabeza. Las cosas con Alexander se estaban complicando y
empezaba a tener sentimientos encontrados cada vez que estaba cerca de él.
Y con él siempre besándome cada dos por tres no ayudaba mucho. «No te
hagas esto», pensé. «No conviertas esto en algo que no es».
Y hablando de eso, intentó besarme de nuevo.
—Pero ¿qué te pasa? Para de intentar besarme.
—Oye, dejemos una cosa clara, señorita. Tú no decides cuándo u dónde
te beso o durante cuánto tiempo —Lo dice muy en serio.
—¿Te has vuelto loco Alexander? ¿Has terminado la botella de tequilla
tú solito?
—Tú sí que me vuelves loco —me sonríe, misterioso—. Y no entiendo
el porqué.
—Yo sí que lo entiendo. ¿Por qué no pagas otra sesión de masaje para
que te la chupen?, y así liberas toda la tensión que llevas acumulando y que
quieres pagar conmigo.
Frunce el ceño y me mira inquisitivo. Me suelta a regañadientes, vuelve
a encender el motor y arranca con el coche a todo el gas. Está muy
cabreado. Y no entiendo el por qué. Tampoco ha dicho nada que no fuera
cierto. Sentí el ímpetu de saberlo.
—¿Qué ha pasado? El gato te ha comido la lengua, ¿verdad?
—Vaya, hoy quieres guerra, te doy guerra, su tonta. A mí no me ha
comido la lengua nadie sino tú. Muy diferente de tu coño que se lo come
cualquiera. ¿Verdad?
Él no podía ni mirarme y yo menos, porque estaba aturdida por su
ataque. Hijo de puta, ¿cómo lo sabía? Lanzo un bufido y callo la boca. No
me puedo creer lo que el cabrón arrogante acaba de hacer. Y con todo lo
que tengo que aguantar, solo me faltaba el bonus añadido de Alexander
intentando besarme todo el rato, mis hormonas revolucionadas por tal hecho
y encima sabía cosas que me ponían como una furcia delante de su mirada.
¡Vaya tela marinera!
Capítulo 21
Cuando llegamos al hotel no dijo nada, se fue directamente a su
habitación. Al cabo de unas horas me envió un correo electrónico. Ni
siquiera un mensaje telefónico, no. Un email, eso fue todo. Dijo que
desayunaríamos al día siguiente y me dejó el horario, como siempre y que
pasaríamos el día en la sesión de fotos. Que, en un principio, tendríamos
suficiente material para entregar. También dijo que iba a seguir mi consejo
esa noche y que no quería que le molestaran. Eso me dejaba tiempo libre
para hacer lo que quisiera. Desgraciado. Me estaba vacilando. Para soltar
semejante bosta mejor no decía nada. Más le vale que se encuentre
entretenimiento esta noche y así logrará dejarme en paz de una vez y para
siempre. Gilipollas.
Pero ¡¡¡Ah!!! ¡Ya lo tengo! Me corazón palpita a mil por hora de la rabia
que me subió con su despechado email. ¿Cómo era que él había dicho?
¡Ah! Sí. Quería guerra, yo le daría guerra también.
Entré en la ducha, dispuesta a dejar mi piel bien limpita de todo el día y
de sus ataques. Cuando salí, intenté buscar la ropa más sexy que tenía en
mis maletas, aunque no tenía mucho, conseguí improvisar un conjunto bien
apañadico. Cogí el móvil y salí al balcón. No tardó mucho hasta ver
Alexander a salir también al suyo en la diminuta toalla de baño. En este
hotel, aunque estábamos a unos dos balcones de distancia, sabía
perfectamente que si hablaba alto se me oiría bastante bien. Por ello, no me
faltaron agallas a la hora de marcar el número de Mario.
—Vaya, vaya, pero si no es la desaparecida en combate —dijo él del otro
lado.
—No tan desaparecida. Lo que ocurre es que he cambiado de hotel y
ahora estoy mucho más lejos. Es una pena. Me encantaría cenar con
vosotros.
—¡Hostias! Pero ¿en qué hotel estás?
—Uno muy cerca de donde estábamos antes. Nos mudamos ayer.
—Danos la dirección, hablaré con Manu y te recogeremos. ¿Qué te
apetece hacer? Estábamos pensando en ir a un club aquí en la isla, bailar el
cuerpo, ya sabes cómo es. La última vez no viniste y no sabes la movida
que te perdiste.
—Oye, ese plan me parece bien. Hoy me apetece mucho coger una moña
e ir cocía como un piojo —Mario soltó una carcajada y me reí también.
—Así se habla, maja. Vamos a dar una vuelta chachi pirulo. Ya te mando
mensaje con noticias. Un beso, guapi.
Colgamos. La suerte estaba echada. Si Alexander pensaba que iba a
escuchar sus sermones de peligro y ser una chica sola en una isla cuando él
iba por ahí a terminar lo que dejó interrumpido en Madrid, perfecto. Me la
traer fresca, porque ahora mismo, me voy a ir con dos desconocidos a
donde se me salga del coño. Ya que no tuvo ningún problema en
recordarme que todo el mundo aquí se caía de morros. El morro iba yo a
echar esta noche. Terminé de vestirme. Me maquillé como una puerta y me
cogí (sí, me cogí y lo que me dé en gana) el pelo en una cola de caballo bien
estirada que me hacía parecer más alta y con la piel más joven. Cuando me
miré en el espejo, me sorprendió gratamente el resultado. No está mal para
una improvisación.
Ya había recibido el mensaje de mis dos compañeros de parranda esa
noche diciendo que me recogerían en una hora y media. Les dije que
entraran y se reunieran conmigo en el bar del hotel.
Cuando estaba lista, bajé al bar del hotel y pedí un kir royal. Les dije que
lo pusieran en la cuenta de Alexander Ruiz, con los saludos de la casa. Y no
era el único que pensaba beber esa noche. Antes de irme, había planeado al
menos tres. Cuando estaba a punto de ir por el segundo y ya un poco
torcida, debido a la falta de comida por no haber cenado aún, tuve la mala
suerte de encontrarme justamente con la última persona que quería ver esta
noche: Alexander.
Pero no estaba solo. A su lado había una rubia despampanante que, si no
era modelo, lo parecía. Ella iba vestida con un elegante vestido de cóctel
negro y él llevaba un traje muy escaso. Muy bien, qué rápido encontró un
lugar para poner su polla. Al entrar, todo él sonrisas, su semblante alegre
cayó al verme sentada en el bar del hotel. Sus ojos se detuvieron en mis
piernas desnudas bajo la minúscula falda negra que llevaba. Noté su
desesperación y su fragilidad. Fue a sentarse con la rubia en una mesa muy
cercana a la mía, pero no dijo nada ni me saludó. Mejor para los dos.
Cuando pedí el tercer cóctel mi cabeza daba vueltas. Tanto es así que al
intentar incorporarme mejor me desequilibré y casi me caigo del taburete
alto en el que estaba sentada. Por suerte, en ese momento pasaba un
camarero que me sostuvo. Empecé a sonreír automáticamente. Supongo que
estaba un poco borracha. Un poco mucho, por decirlo de alguna manera.
Vi Alexander levantarse y venir en mi dirección.
—¿Qué te pasa, Paola? ¿Has bebido? —venía con cara de pocos amigos.
—El quid de la cuestión es: ¿y eso a ti que te importa? —solté una risa.
—No hagas esto, Paola, por favor. Ya te he dicho que lo sentía antes.
—¿No tienes tu amiga esperándote en la mesa? Qué borde,
sinceramente, hacer esperar a una dama.
—No es mi amiga.
—¿Y se puede saber quién es la nueva afortunada?
—Paola, por favor, no seas así. Lo siento, de verdad que lo siento.
Renata es una modelo y un posible contacto para la empresa. Tenía una
reunión programada con ella mientras estuviese en la isla, desde que salí de
Madrid.
—No sigas —murmuré—. Quiero estar sola. Déjame estar sola, por
favor.
—¿Qué te pasa, coño? No te entiendo.
—¿Quieres saber la verdad? Pero no debes ofenderte.
—Vale.
—Júralo.
—Lo juro.
—Tu imagen, tu modo de comportarte…
—¿Qué quieres decir?
—Que salta a la vista que eres… que eres…
—¿Qué soy?
—Usando tus propias palabras, un mujeriego… Estudias las frases más
efectivas para impresionar, las he visto en inúmeros mensajes tuyos, te
vistes para te recuerden, eres afable cuando quieres algo, y educado con
todas las personas para ver quién te muerde el anzuelo…
—¿Ah, sí? ¿Y no piensas que quizá te equivocas?
—Sí tú lo dices.
—Claro, yo lo sabré ¿no? Además, ¿qué tiene de malo ser amable con
las mujeres? ¿Hacer que se sientan guapísimas, tenidas en consideración, el
centro de las atenciones? Ya te contesté a esto antes, yo no soy un
mujeriego. Tal vez sea el último de los adoradores de mujeres, eso sí.
—Ah, tienes razón… Qué tonta soy, ni siquiera se me ocurrió. Pues de la
misma forma como tu acabas de recordarme esas palabras, deja que te
recuerde las mías. No estoy en tu lista de mujeres a las que puedes someter
y tener lo que quieras de ellas.
—Eso desde luego.
—Entonces hazme un favor y déjame en paz, ocúpate de tus asuntos y
déjame vivir.
—Pero ¿me estás escuchando?
—¿Debería?
En ese momento, entraron en el bar, Manu y Mario, todos elegantes y
vestidos para salir de fiesta. Me vieron con Alexander y Mario hizo un
mohín al acercarse.
—¿Ves? —Miro con cara de desprecio a Alexander, que de repente
parece haberse quedado sin sangre en el cuerpo—. El peligro ha pasado.
—¿Estás lista para la mejor noche de tu vida? —He saludado a los
chicos que venían con el ánimo por las nubes.
—Nunca he tenido más ganas de salir que hoy.
—Así que, no perdamos más tiempo, vamos —contestó Manu mirando a
Alexander con malas pulgas.
—Claro, chicos. ¿Me dais un minuto y esperáis afuera por mí? —ambos
asintieron y salieron del bar. Miré a Alexander que seguía en el mismísimo
sitio.
—¿Qué coño has hecho? ¿Vas en serio con esto? Después de todo lo que
te he hablado, vas a jugar a la niña mimada y a salir con dos tipos que no
conoces de nada. ¿Quieres acabar violada en algún rincón de la isla?
—¿Violada por qué? Por lo que sé, solo es violación cuando no es
consentido o forzado. Lo cual no es el caso.
—Eso te gustaría, ¿a qué sí? —indica, y me suelta una carcajada
horrible, hueca y amarga a la cara—. Por fin alguien que te corresponde.
—Ah, vale. Qué mono, ¿verdad? Qué halagador. Todo un caballero. ¿Te
mando ya o vas solo?
— ¿Puedes al menos enviarme un mensaje y decirme dónde estarás?
—Qué mensaje ni qué ochos cuartos… mañana nos vemos al desayuno.
Llegaré un poco antes del alba, así que no te preocupes.
Me alejé y lo dejé allí plantado, bien hecho. Me daba rabia que tuviera
que ser así, pero al menos podría aprender a no meterse tanto con todo el
mundo. ¿Quién se creía que era?
◆◆◆
Llegamos al club y el lugar estaba lleno de gente. Pero el ambiente era
espectacular y entramos. Una hora después bailábamos en la pista y yo me
lo estaba pasando pipa con ellos. Manu se acercó a mi oído y me preguntó
si quería descansar y tomar algo fuera. Los dos salimos a por dos copas y
nos dirigimos a la zona exterior del club. Era una especie de lounge, estilo
chill out, para relajarse. La parte trasera del club daba a la arena de una
playa. En ella pusieron varias camas con dosel que servían para que la gente
se tumbara allí, bebiendo y charlando. Elegimos una cama y nos sentamos
en ella como budas.
—¿Te puedo hacer una pregunta? —lo miré expectante—. ¿Por qué coño
sigues quedando con ese imbécil? —preguntó por fin con desdén.
—¿De quién estás hablando?
—Lo siento Paola, no es de mi incumbencia, ni nos conocemos de nada,
pero pareces una chica genial y desde la primera vez que nos encontramos y
te vi con ese hombre me dio malas vibraciones.
—Ya te lo he dicho, es mi jefe. Es muy mandón y tiene la manía que es
controlador.
—Ese tipo es un idiota de campeonato. Vamos ¿quién coño se cree que
es para decirte qué hacer? Ni que fueras su novia.
—Ya, pero no es así tan mala persona. Es muy protector y a veces un
poco imbécil, eso sí. —Me sorprendió la facilidad con la que salí en su
defensa—. Trabajo con él, así que no me queda otra.
—Pues no deberías. Es un idiota. Eres demasiado buena para él. Ni
siquiera entiendo lo que ves en él.
—Como ¿qué veo en él? No veo nada. Es mi jefe. No hay nada entre
nosotros —me apresuré a corregir.
—Paola, perdona que te lo diga, una vez más no soy quién para decirte
esto, pero me gusta ser frontal y directo con las personas. Pareces una chica
interesante, incluso pensé que estaría guay invitarte a salir y todo, pero la
verdad es que desistí de la idea cuando me di cuenta de lo obvio.
—¿Lo obvio?
—No puedes andar por ahí sufriendo por él. Puedes encontrar a alguien
mucho mejor. Está claro que estás enamorada de él.
—Ni siquiera sé de qué estás hablando —le digo.
—Ya… Paola. Olvídalo. A lo mejor eso es lo quieres tú.
—¿A Alexander?
—También. Y a negarte a ti misma la verdad.
—¡Joder! ¿Qué os pasa a todos?
—No soy ciego, aparte de eso, estoy casi seguro de que él también siente
algo por ti. Pero lo único que digo es que mereces a alguien que te diga lo
que siente. Alguien que no tenga miedo al rechazo. Alguien que no tenga
miedo de decirlo todo.
—Odio admitirlo, pero eso es justo lo que quiero. —Eso era exactamente
lo que quería de Alex en ese entonces. No quería que solo fuera mi jefe,
haciéndome que me cuestionara mis sentimientos por él. Sí, me había
enamorado de Alexander. No lo vi a venir, pero sé que costará a salir.
—Sé lo que es perder alguien por estupidez.
—¿También te has enamorado de la persona equivocada?
—No, me enamoré de la persona adecuada, pero estaba tan seguro de
tenerla para mí, y me la cagué. Por eso, no vi las señales y acabé
perdiéndola de forma estúpida.
—¿Qué significa eso?
—Mi exnovia, siempre quiso pasar a algo más serio, pero nunca fui
capaz de decirle lo importante que era para mí y que yo también quería esas
mismas cosas; quizás no en ese momento, pero definitivamente quería que
fuera con ella. Después de cinco años de relación no me lo tomé en serio.
Un día me puso los cuernos con otra persona. Hoy está casada con él y
tienen un hijo juntos. Todo lo que podría haber tenido, si no hubiera sido un
cobarde.
—¡Lo siento! Gracias por contármelo y espero que encuentres alguien
que valga la pena. Habrá alguien para ti en el mundo que te hará muy feliz.
Estoy segura de ello. Pero ¿tú crees que decirle tus sentimientos hubiese
cambiado su forma de ser? Y ¿estás tú seguro que eso era lo mejor para ti?
—Si lo hubiera hecho, si le hubiera contado antes lo que sentía por ella,
antes de nuestra terrible ruptura, entonces me habría lanzado de cabeza. —
Bajó la mirada dándose un trago en su bebida—. Y después de esa larga y
dolorosa ruptura, no estaba preparado para una relación.
—Te entiendo, pero yo estoy confusa. Y ahora no sé qué coño hacer con
todo esto, excepto irme de la empresa.
—Por supuesto, no puedo decirte que opción debas tomar.
—Y tú, no puedes andar por ahí sufriendo por ella. Puedes encontrar a
alguien mucho mejor. Estabas con tu ex y ella solo andaba por ahí
esperando y esperando. Nunca te dijo que quería que las cosas fuesen
diferentes. Nunca te hizo ninguna demonstración.
—Eso me da igual —me dijo—. Estábamos en el momento equivocado
para el otro. No tenía que ser, pero podría haber sido.
—No existe el momento perfecto.
—Entonces ¿qué esperas a decírselo? ¿Cuándo va a saber que te has
enamorado de él?
—La vida es lo que tú haces de ella, Manu. Tú tienes el control de tu
vida. Yo quiero tener el control de la mía. No quiero estar con una persona
así. Y es por eso por lo que prefiero olvidarlo a declararme. No funcionaría.
—No lo sabes.
—Quizás prefiero no saberlo en absoluto.
Los dos sacudimos la cabeza ante todas estas confesiones.
—¡Eh! Chavales, ¿qué hacéis aquí, coño? ¿Estáis ligando o algo? —
Mario acaba de encontrarnos.
—¡Qué va! —replicó Mario ya saliendo de la cama. Yo lo copié y me
levanté—. Estábamos tomando la fresca, pero nuestras copas se acabaron.
¿Cómo es? ¿Nos invitas a la próxima ronda?
—¡Y una mierda! Os invito a unos chupitos, ¡vamos! Y tú calla que aún
me debes copas de la noche que salimos….
Yo los contemplo mientras siguen discutiendo quien paga el qué.
Estuvimos en el club casi hasta las seis de la mañana, cuando le pedí, sin
descanso, que me llevasen al hotel, porque no iba a dormir esa noche y las
fotos iban a quedar horribles. Los chicos me dejan en mi hotel antes de
volver al suyo. Estábamos compartiendo taxi, así que pagué mi parte. Iban
tan ciegos que no podían conducir el coche. Así que lo dejaron en el club y
lo recogerían mañana. Al menos les agradecí que tuvieran la conciencia de
no conducir en esas condiciones. Tenemos previsto volver a vernos en
Madrid. Eran buenos chicos y me alegré de haberlos conocido. Resultó que,
después de todo, no eran violadores. Pero Alexander sigue teniendo razón.
Fue un poco imprudente por mi parte.
Cuando llegué a la habitación estaba súper cansada, pero tenía que
levantarme en un par de horas y dormir no era una buena idea. Ya sabía que
si dormía, nadie me despertaría. Así que decidí darme una ducha para
refrescarme, espabilar un poco y salir al balcón. Estaba mirando al mar, de
brazos cruzados desde la barandilla. Tampoco me apetecía tumbarme para
no caer en la tentación de dormirme. Miré, de soslayo a la habitación de
Alexander y vi una sombra. Volví a mirar mejor. Sí, era él y me había
pillado mirando su balcón. ¿Qué hacía levantado tan temprano? Me
pregunto si me había estado esperando. No, no puede ser. Estaría loco si me
esperara toda la noche. Decidí que lo mejor era andar un poco hasta la hora
del desayuno.
Bajé en el ascensor y cogí el camino que llevaba a la terraza junto a la
piscina. Me senté en una mesa. No podía quitarme de la cabeza por qué
Alexander estaba despierto a estas horas. Podría haberme quedado arriba,
pensé. Pero no era así, había bajado allí para tener un poco de intimidad.
Seguí mirando el teléfono y al cabo de unos minutos, vencida por el
cansancio, me levanté y fui a tumbarme en una tumbona que había por allí.
No sé cuándo perdí la conciencia o el sentido del reloj.
Capítulo 22
—Vaya, qué sorpresa —dijo Alexander a mi oído haciéndome despertar
de inmediato.
—¿Qué, qué pasa? —Me desperté sobresaltada y me di cuenta de que
debería haberme quedado dormida, porque el sol ya estaba en lo alto, me
daba en el rostro y tuve que poner la mano delante de los ojos para
tapármelos. Esto se llamaba tapar el sol con los dedos, literalmente. Nunca
mejor dicho. Cuando bajé todavía era de noche. Frente a mí estaba
Alexander con su pose altiva y las manos en los bolsillos mirándome con un
gruñido despectivo.
—Supongo que pasabas por aquí por casualidad —bromeé.
—No. En realidad me he sentido obligado a decirte que llegas más de 10
minutos tarde al desayuno. Pero todo bien. Estás avisada.
—¿Cómo…? —Di un respingo, impactada. Bajé la falda del vestido y
negué con la cabeza. Curiosamente Alexander hacía lo mismo con la suya.
Podía ver su cara de asco.
—La próxima vez podrías acabar en la cama de algún de los chicos. Al
menos dormirás en unas sábanas y no tendrás que despertarte con esa
horrible cara.
—Supongo que aún puedo decidir con quién me acuesto o no. Pero,
gracias, acabas de subirme la autoestima.
—¿Por qué? ¿La tenías baja? —Me observó con atención y asintió
lentamente—. Ayer parecía en altas.
—¿Estamos hablando de mi autoestima o de otra cosa cualquiera? Solo
para saber si respondo en un sentido o en otro.
Se quedó helado. No creo que esperase un comentario tan bajo.
—No me contestes. Me estoy metiendo en lo que no me importa en
absoluto.
—De hecho, te estás metiendo en varias cosas que no deberías, eso es
una verdad como un templo.
Estábamos caminando hacia la parte del desayuno del hotel, cuando se
paró en seco y casi me choco con él. Se volvió y lo miré como un conejo
cegado por los faros de un coche, debido al puto sol que me dio en la cara.
¡Joder! También podría tener algunos semáforos en el culo la próxima vez
que quiera hacer una parada de emergencia.
—No sabes por lo que estoy pasando ni lo que he pasado esta noche, así
que solo te voy a decir esto una vez: ¡cállate la puta boca! No quiero
escucharte todo el día. Estamos haciendo fotos para un trabajo y tienes un
aspecto lamentable. Te has comprometido a ello, así que ocúpate de tus
tareas. Realmente no tienes el perfil de un modelo. No tienes un perfil para
nada. Eres una niña mimada, acostumbrada a que te hagan todos los
caprichos. Madura y compórtate como una persona profesional.
Seguía pasmada por lo que había dicho, con los ojos en lágrimas y la
terrible humillación de estar de nuevo en el vestíbulo de otro hotel dando el
espectáculo habitual. Toda la gente nos miraba, porque Alexander no se
cortó un pelo a la hora de gritarme delante de todos. Me sentí humillada e
indignada. Sin embargo, decidí callar y rezar para que el día terminara.
Después de todo, olvidarlo iba a ser mucho más fácil de lo que pensaba.
Terminamos de desayunar sin mirarnos a la cara. Después subí a la
habitación y vi que Alexander me había enviado un mensaje con las
directrices de lo que debería llevar puesto. Volvimos a hablar con las
mismas formas de siempre. Llegamos a una playa casi vacía, alejada de la
zona turística. Se podía ver a algunas personas caminando en la distancia,
pero la zona donde estábamos estaba casi desierta. Alexander me dijo que
podía caminar tranquilamente por la playa y que él se quedaría allí para
hacer fotos. Me dijo que actuara con calma. Así lo hice y lo agradecí en mis
adentros. Caminé por la arena mojada lentamente, dejando que las olas me
bañaran los pies.
Cuando volví del paseo las cosas empezaron a ponerse muy feas entre
nosotros. Alexander empezó a darme órdenes con su típica arrogancia. La
única diferencia era que esta vez estaba siendo realmente un tirano conmigo
y me sentía fatal por su culpa. Las palabras que salieron de sus labios
instantes más tarde podrían haberme matado de puro dolor si, en lugar de
frases, hubieran sido flechas. Lo que me pareció lo mismo.
—Quiero que te abras la túnica y empieces a caminar descalza por la
arena. Todas las veces que lo diga; seguiré haciendo fotos. —Miré hacia la
arena. A esa hora es muy posible que haya 35 grados centígrados. La arena
estaba en llamas. Alexander estaba fuera de sí.
—La arena está ardiendo. No puedo ir descalza sin las chanclas. —Se
acercó a mí con una mirada de disgusto en su rostro.
—¿Te he pedido tu opinión? Por lo que sé, yo soy el fotógrafo aquí, no
tú. Aquí no mandas tú.
El horror debió reflejarse en su cara; nunca me había dado bien mentir,
ni siquiera cuando no había palabras por medio. Tendría que trabajar en
ello. Así que intenté hacer ver que lo que decía no me afectaba.
La sonrisa desapareció al instante de su cara.
—Te doy dos minutos para que te prepares. Cuando termines, quiero
verte caminar por la arena.
Me dio la espalda y me quedé de pie sin saber qué hacer. No obstante,
pese a ser consciente de que esa era la decisión más estúpida que había
escuchado en mi vida, decidí no darme por vencida. Quité las chanclas de
los pies y el primer contacto con la arena casi me obliga a gritar. Estaba
muy caliente. Era imposible caminar sobre la arena en esas condiciones.
Tragué en seco. «Tú puedes, Paola. Con esto y mucho más. Eres una mujer
fuerte».
Cuando empecé a caminar y él ya me estaba apuntando con la cámara,
no fue exactamente caminando lo que me vio hacer. Me puse a dar saltos
hacia delante como un saltamontes. Un saltamontes cojo de las patas de
atrás está claro. Brincaba por la arena deseando llegar a la orilla y ponerme
los pies en el agua, pero la poca distancia se me hizo enorme. Era
perfectamente consciente de que parecía que estaba en una película hindú
actuando en Bollywood, de esas en las que la gente baila todo el tiempo.
Eso o un musical de Rey León. Era evidente quién hacía de suricata y quién
de hiena.
Cuando llegué al agua y metí los pies, sentí el escozor de la quemadura
bajo mis pies por la sal del mar. Casi lloré de dolor. Llevé un tiempo así,
intentando que el agua haga la curación de mis pies. Alexander apareció
unos instantes después con la cámara en la mano.
—¿Qué estás haciendo? —me preguntó.
—¡No te atrevas a decirme nada, me estoy quemando los pies! ¿Te
importaría traerme las chanclas —le pedí.
—Oh, sí. ¡Claro! Y un agua de coco, princesa. ¿Por qué lo haría?
Estaba cansada y asqueada de todo el estrés que él me estaba causando.
—Porque, si no lo haces, es más probable que no te lo perdone nunca —
me limité a decirle.
Alexander sonrió.
—Resulta que tú perdón me vale madres. —No había ni un ápice de
piedad en su expresión. Solo el odio.
Bajé la vista. Las lágrimas se precipitaron a mis ojos, pero me obligué a
detenerlas y me prometí que no lloraría, no delante de Alexander.
—Quítate la ropa —ordenó fríamente.
La afirmación me pilló de sorpresa y me quedé sin palabras por un
momento. No sabía si contestar o si le dar un tortazo en toda la cabeza.
—¿¿¿Qué???
—Lo que has oído, quítate la ropa y quédate en bikini. No pensaste que
te había pedido que estuvieras desnuda. No confundas la noche con el día.
Eso debió ser ayer, hoy vinimos a trabajar. A menos que quieras ofrecer tus
fotos a alguna campaña del calendario Pirelli.
No sé si iba a poder aguantarme, pero lejos de tener ganas de darle una
hostia que le haga temblar los carrillos, solo quiero salir corriendo de la
humillación que me está propinando. Los nervios me sacuden las tripas,
pero mantengo la compostura. Nuestros ojos seguían mirándose el uno al
otro. Sin apartar la vista, me quité el cinturón y la túnica que llevaba puesta
y la dejé en el suelo allí mismo. Me quedé en un diminuto bikini que me
dejó aún más expuesta a la atenta mirada de Alexander, que me miraba
descaradamente con la lentitud de una tortuga.
—Para el calendario Pirelli quizá te falte algo de glamour, pero para
calendario de taller de mecánica, estás perfecta. Palabra de profesional —
hizo un gesto como el juramento de un boy scout.
Estaba furiosa y dolida por dentro. Pero comprendí perfectamente que él
también estaba furioso y que solo lo hacía para darme un escarmiento.
Típico del señor Alexander Ruiz, dar los castigos magistrales que tanto le
gustaban. No era más que un sádico perverso. Empezó a hacer fotos y a
pedirme cosas de nuevo; una y otra posición. Probablemente llevaba más de
media hora cuando ya estaba cansada. Ahora bien, una cosa es cierta. La
sonrisa iba a tener que meterla con Photoshop, porque no la mostré en todo
momento. Si se suponía que era para ser real, entonces esta era la verdadera
Paola. Enfadada hasta los huesos.
—Muy bien. Está perfecto, especialmente con esa cara tan alegre que
tienes. Hemos terminado con esta sesión, solo queda la última.
—¿Qué última? —la voz me salía arrastrada por el cansancio físico y
anímico.
Alexander se acercó a mí y se puso a muy poca distancia de mi boca.
Comprendí que intentaba provocarme, pero no iba a tener suerte conmigo.
—Me faltan las fotos principales para las portadas de la campaña. Y para
ello necesito que estés... mojada. Toda mojada.
Los puños me tensaron automáticamente, la única señal de rabia que yo
sabía que estaba sintiendo. Intentaba asimilar lo que acababa de oír.
Alexander pasó la lengua entre los labios. Y de repente no era ira lo que
sentía, sino un calor insoportable, más grande que la arena, en medio de mis
piernas.
—No voy a entrar en el agua, Alexander. Y tú lo sabes.
—Lo único que sé es que tengo una campaña que terminar y te quiero en
el agua ahora.
—Joder —refunfuño ya con lágrimas a caerme por el rostro de la rabia
—. Su puta madre. No voy a entrar en el agua.
—Cuida esa boca, niña malcriada. —De pronto, camina hacia mí, con
las manos aun en los bolsillos del pantalón. Su camisa blanca permanece
entreabierta y deja ver un pequeño fragmento del espectacular pecho que
siempre me ha fascinado. Está tan cerca que llega hasta mí el odioso
perfume que usa desde que entré en la empresa y que consigue que
despierte el aturdimiento que me provoca su cercanía. Colocó una sonrisa
jodidamente sensual y se pasó nuevamente la lengua por el labio inferior.
¡Dios! Qué impacto he recibido en pleno estómago! ¡No lo entiendo! He
visto esa sonrisa cientos de veces y estaba más que acostumbrada. ¿Cómo
es posible que esa visión me haya producido el calor que siento ahora
mismo en el vientre? Mientras mis lágrimas que el mismo provocó siguen
cayendo. Por un segundo, un mero segundo, he deseado ser una de esas
mujeres que han tenido la suerte de follarlo y tocarlo. He tenido la
necesidad visceral de acercar mi cara a su cuello y lamerlo mientras me
hundo en su piel; de sentir sus brazos alrededor de mi cuerpo y vivir la
maravillosa anticipación de saber que va a besarme. Pero ese segundo ya ha
pasado.
—Me resulta bastante desagradable que desobedezcas a mis ordenes —
me soltó con tranquilidad—. Te lo digo una última vez: entra en la puta
agua y mójate toda antes de que la humedad que imagino que tengas entre
las piernas te acabe mojando aquí fuera.
Hice ademán para largarme de allí de una puta vez y dejarlo plantado
con sus gilipolleces. Pero me sujetó el brazo con la fuerza suficiente para
hacerme recular un paso y quedar con la boca casi colada a la suya.
—Si te comportas como una capulla conmigo y me dejas tirado en este
trabajo, te lo juro, que me pasaré por el forro toda mi cordura y mandaré al
carajo toda tu vida. Puedes olvidarte de tu puesto de trabajo, tu
recomendación y dudo que consigas trabajo en esta industria. Yo mismo me
certificaré que no.
—¿Me estás amenazando, Alexander? ¿Hablas en serio? —Yo estaba
estupefacta. Lo he notado algo sorprendido, no sé si con mis palabras o con
su actitud. Perfecto. Que no se vaya a creer que, por muy irresistible que
sea, podía mandar en mí o que me voy a arrastrar por su temperamento de
mierda.
—Nunca he hablado tan serio en mi vida, entra en el agua. Estoy
perdiendo la paciencia contigo.
Llevo tantas horas con la mandíbula apretada, fingiendo sonrisas y
comportándome de forma requerida, que la tensión que sentía en mi rostro
me estaba desfigurando. Y Alexander había pasado todos los límites de la
sanidad.
—¡¿Se puede saber de qué coño vas?! —le pregunto completamente
exaltada—. ¡¿En qué cojones estás pensando para jugármela de esta
manera?! Dime…
—No sé de qué me hablas… solo quiero el trabajo terminado.
—¡Vamos, Alexander, admítelo! —Tiré tan fuerte de mi brazo que me
dolió y tuve que agarrarlo por donde estaba su mano antes. Miró la zona,
ahora magullada—. Deja de comportarte como un imbécil o de hacerme
creer a mí que lo soy. Me refiero a que sabes perfectamente que tengo fobia
de entrar ahí, joder.
—Oh —contesta con toda su odiosa tranquilidad—, te refieres a eso.
Pues parece que no te ha ido tan mal. Si todo lo que necesitabas eran mis
tratamientos de shock, solo tenías que pedirlo.
—Y una mierda a tus tratamientos de los cojones. — empezó a
encenderse. Probablemente por el lenguaje que solté. Pero la culpa es suya,
que me ha sacado la verdulera y cutre de dentro.
—Joder, Paola —murmuró con una carcajada—, eres la hostia.
—La hostia te la voy a dar yo. Ahora lo entiendo todo, solo estás así por
despecho. No puedo creer que seas tan cruel como para tirarme al mar
sabiendo que me da pánico, solo por haberte apretado los cojones ayer y por
tu manía de ser un macho alfa controlador.
—Se puede saber de qué coño vas? —estaba irado—. ¿Te crees que,
porque vengas de desintoxicarte de tus mierdas, puedes llegar aquí y
cambiar mi vida? —hice una mueca de sorpresa. ¿de qué hablaba? ¿Yo
cambiar su vida? ¿En qué sentido?—. Anoche, su tonta no pude dormir por
tu culpa. ¿Te preocupa nadar y que te coma un tiburón? ¡Genial! Porque
ayer estuve nadando en pajas mentales toda la noche preguntándome qué
podrían estar haciendo esos otros tiburones terrestres contigo. Y es más…
—Volvió a estar a escasos centímetros de mi cara empapada de lágrimas—.
Ayer descubrí que me importan una mierda tus fobias, porque a ti te
importan una mierda las mías.
—A ti no te debe importar un carajo —le suelto ya rendida, deseando no
escucharlo más—. Lo único que temes es perder el control sobre la gente.
Pero no tienes control sobre mí ni sobre mi boca.
—Entiendo que tu problema es con mi boca, ¿es eso? ¿Qué ocurre?
¿Cuántas bocas pasaron por tu coño ayer?
No me lo pensé, mi mano voló directamente a su perfecta cara y lo
abofeteé con todas mis fuerzas. Tal fue el efecto que hizo girar su cara y
cuando la orientó de nuevo hacia mí sus ojos podrían haberme crucificado
si no hubiera actuado a tiempo.
—Paola…
Cuando vi que se mordía el labio con rabia, no me lo pensé dos veces y
corrí hacia el agua. Entre él y los tiburones, prefería a los tiburones. Ni
siquiera se movió. Y empecé a nadar hasta alejarme un poco. Cuando vi que
no me perseguía y que se quedaba en la arena con los brazos cruzados con
cara de impaciencia, decidí volver a nadar más cerca de la orilla. Nadé un
poco hasta llegar a una zona en la que podía estar de pie. Aunque en este
punto estaba lo suficientemente profundo como para tener el agua hasta el
cuello. Tenía la cabeza asomada y lo miraba intentando averiguar cuándo
era el momento de que se calmara y saliera. ¿Cómo coño hemos llegado a
este punto? Oh, Dios mío. Parecíamos dos niños discutiendo todo el tiempo
entre ellos en un concurso para ver quién decía más gilipolleces.
—¿Vas a quedarte ahí para siempre? —gritó desde la orilla.
—Puedo —contesté. Vi cómo sonreía y volvía a morderse el labio. ¿Por
qué tenía que ser tan jodidamente sexy, el muy cabrón?
—Pero si te montas las películas tú solita, ven, sal del agua.
—«Paola, entra en el agua», «Paola, sal del agua», pero ¿tú que te has
creído? Controlador, engreído, salgo cuando me salga del pirri, ¡vete a la
porra!
—¿Ah, sí? No lo harás por las buenas, ¿verdad? No pasa nada —subió
en la arena y se fue a sentar en la toalla y me gritó—, no pasa nada. Tú
misma. Niñata cabezona.
Durante un minuto estuvimos allí, yo en el agua inmóvil y él sentado.
Fue entonces cuando Alexander utilizó el truco más sucio de todo el juego.
Y cuando yo más lo odié a muerte. Se levantó sobresaltado y yo me sentí
aprensiva. ¿Qué ha pasado?
—Paola, no te muevas, hay algo detrás de ti. Una sombra.
Hijo de gran perra, lo iba a matar. Esa tan sencilla frase fue el suscitar
del pánico en mi rostro y en mi ser. Empecé a mirar en todas las direcciones
y por todas partes, buscando una sombra en medio de aquel mar verde y
transparente y, probablemente inducida por el pánico, empecé a ver atisbos
de cosas que pasaban en el agua. Comencé a gritar a pleno pulmón. Quería
nadar, pero lo único que se me ocurría era poner los pies en el suelo y
caminar. Pero cuando había dado dos pasos, completamente abrumada por
el pánico, sentí un fuerte dolor en el pie y grité todo lo que nunca había
gritado en la cama de nadie.
¡¡¡Ahhh!!! ¡Joder! —grité—. Socorrooooo. ¡Ahhhhh! —intenté correr
dentro de agua, pero cuando apoyé el pie en el suelo, casi muero. Doble la
pierna hacia atrás y me la agarré por la espinilla. No lo podía soportar,
parecía que me habían disparado con una pistola eléctrica. Me puse a
lloriquear. Algo me había picado. Empecé a entrar en pánico.
Podía ver Alexander en la orilla, mirándome a la distancia con cara de
sorna. Estoy segura de que se creía que estaba haciendo un numerito para
hacerme la víctima.
—Déjate de tonterías Paola, no pasa nada, sal de ahí —gritó Alexander
con voz divertida. Estaba disfrutando de verme morir, porque ahora mismo
no podía imaginar otro destino.
En mi mente estaba segura de que había un animal peligroso suelto por
ahí, y si ya me había mordido o picado, lo haría por el resto de mi cuerpo.
No podía nadar, no podía contener el pánico, literalmente empecé a
ahogarme. Yo pedía ayuda y ese idiota no hacía nada, lo veía con los brazos
cruzados en la orilla riéndose de mi figura. Me metí en el agua tantas veces
que parecía que no sabía nadar, pero no podía coordinar mis movimientos.
En una de mis subidas, y en un último intento de salvarme, grité pidiendo
ayuda, rezando para que Alexander me ayudara.
—Alex, por fav… —y fue lo último que dije antes de sumergirme en el
agua y dejar de luchar. Dicen que la vida pasa delante de ti en una fracción
de segundo cuando estás entre la vida y la muerte, pero yo no vi nada de
eso. Lo único que mi cabeza podía ver era el pánico a que algún animal me
comiera viva. Cerré los ojos con todas mis fuerzas y esperé lo peor. Pero
sentí que unos brazos tiraban de mí y ese contacto me asustó tanto
interiormente que creí perder el conocimiento. Lo siguiente que supe fue
que estaba intentando no morir sin aliento en una lucha entre la tos y el
escupir agua. Y cuando pude abrir los ojos con desesperación, vi los ojos de
Alexander encima de los míos. Su rostro estaba tan cerca que su imagen me
perdió por un momento.
—Las mierdas que haces para que te ponga la boca encima, tonta de
remate. Me vas a matar. No sé qué hacer contigo. — Entre que no podía
respirar y que sentía el agua salada en cada poro, las palabras de Alexander
llegaban a mis oídos con dificultad y apenas podía pensar en lo que decía.
Se agachó un poco, pasó una mano por detrás de mis piernas y me cogió
en brazos. Me quedé mirándolo embobada, con los brazos alrededor de su
cuello. Dios mío! Su pelo mojado, su piel salada y brillante, su físico
absolutamente perfecto de quitar la respiración y sus labios sensuales
jadeando, no me dieron un orgasmo allí mismo, porque el dolor hablaba
más alto. Me dejó en el suelo sentada en la toalla que trajo.
—¡Joder! Paola, habla conmigo. ¿Qué te ha pasado?
—¡Me ha picado algo! —no podía dejar de llorar, aun sin casi poder
respirar.
—A ver…, ¿dónde? Enséñamelo.
Me incorporé un poco y subí la pierna ayudándome con la mano. Tenía
la zona del tobillo llena de unas líneas rojas torcidas como si me hubiesen
dado latigazos.
—Te ha picado una carabela portuguesa.
—¿Qué dices? ¿Un barco? —exclamé.
—A ver, no, Paola. Una medusa. Se llaman así. —Una pequeña sonrisa
se dibujó en su rostro—. Veo que te va mejor, vuelves a decir tonterías.
—¿De veras? —Empecé a respirar con dificultad, pero conseguí
mantenerme sentada. Él seguía arrodillado a mi lado sujetándome por la
espalda— ¿Casi me muero y solo tienes afán de ofenderme? —Sentí que las
lágrimas volvían a invadir mis ojos.
Alexander, de pronto, clava sus ojos en mí, tan intensamente que creo
que siento el pinchazo en cada una de mis córneas. A continuación, se
acercó a mi boca y me dijo.
—Hazme un favor, por Dios. Para de hablar y déjame besar esa
maravillosa boca tuya.
Un deseo explota en mis venas en cuanto sus labios se posan en los míos
y abre mi boca para introducir su lengua, húmeda y caliente. Recorre con
ella cada rincón de mi boca mientras me abraza fuertemente. Sus brazos me
rodean e inexplicablemente, no puedo decirle que yo lo deseo igual. La
vida, a veces, se comporta como una cabrona y te deja sin ganas de seguir
adelante…, pero, luego, cuando contemplas tan de cerca la muerte, decides
que merece la pena continuar, aunque tengas que hacerlo a base de hostias y
golpes.
Capítulo 24
Con un dedo, Alex me acaricia la mejilla con delicadeza y a
continuación me besa levemente los párpados.
—Perdóname, chata, me siento culpable por haberte pedido para… —
Me estrechó entre sus brazos y respiró con la cabeza hundida en mi pelo. Yo
seguía temblando. Me sentía frágil, pequeña y solo quería que él quedase
allí conmigo, protegiéndome del mundo. Sin problemas, y sin dudas y se
entregase a mí en cuerpo y alma. Me abraza más fuerte y me susurra—: lo
siento por haberte hecho daño.
Y a continuación se aparta y es cosa de un instante, de ese instante.
Porque la duda fue desentrañada: Alex no sentía nada por mí, solo el
sentimiento de culpabilidad. Todavía ignoré lo que él acabó de decirme,
porque a veces las decisiones, poco importa que sean graves o pequeñas, se
toman por las razones más variopintas y nadie sabe verdaderamente cuál ha
sido el instante, la sensación, la molestia o la conmoción que nos ha
empujado a hacerlo. Y, no obstante, ocurre. Como en su caso.
—Alexander... no tienes que sentirte culpable. No fue más culpa tuya
que mía. Creo que ambos tenemos una personalidad muy encendida y una
mecha muy corta. Lo importante es que me has salvado la vida y te estoy
muy grata por ello. De verdad que sí.
—Te propongo una tregua, basta de discutir —dijo. Asentí y él me
regaló una sonrisa—. Y hay otra cosa que quería proponerte. Me gustaría
invitarte a cenar mañana. Para celebrar la campaña que hicimos juntos, para
poder tener una cena tranquila en este maravilloso paraíso. Pero sobre todo
para celebrar la vida. Y hoy, después de todo lo que pensé que me había
perdido ayer... —Vi cómo tragaba en seco, lo que fuera que quería decir, no
le salía—. Y ya está, creo que nos merecemos una celebración después de
todo lo que pasó. ¿Qué te parece?
Estoy bastante asustada. Un cúmulo de sentimientos me aprisionan el
pecho. Esto es exactamente de lo que llevo tanto tiempo huyendo. Esto es,
justamente, lo que no quería que pasara. Esto es lo que tanto miedo me da.
Vuelvo a quedar sin respiración. Noto como mi boca se seca y una roca de
varios kilos aplasta mi pecho. No quiero enamorarme de Alexander, no
quiero. No quiero, pero ya lo estoy. Terriblemente, irremediablemente
enamorada del mayor cabronazo del planeta. Muy bien, Paola. ¡Te has
ganado el premio “imán de gilipollas” del año!
—Claro que sí, me parece una idea estupenda. ¿Nos vamos? Tengo
mucha sed —«¡En el lío que te estás metiendo, chiquilla!» Lo que necesitas
no es agua, sino cianuro.
Volvimos al hotel. Me sujetaba por la cintura para asegurarse de que no
me cayera en los primeros diez metros; yo me dejaba llevar porque ya había
perdido las fuerzas para luchar en esta guerra. Estaba a punto de levantar la
bandera blanca. O lanzarme a una trinchera y quedarme allí para siempre.
Cuando llegamos a la recepción, llamó a los paramédicos para que
revisaran mi pie, que ahora ardía como mil demonios. No sé si me picó una
carabela, pero me sentí como si me hubiera picado un portaaviones. Todo
un hangar de cruceros. Qué rabia tienen esos putos bichillos de los cojones.
Pero no pude evitar pensar que la medusa se parecía un poco a Alexander:
transparente, cruel e increíblemente bella. Y cuando rozan tu piel dejan su
marca y cicatrices para el resto de tu vida. Y un dolor constante y agudo
para que nunca olvides que han pasado por ahí. Alexander es
definitivamente una medusa. Después de los apósitos, me inyectaron algo
para el dolor y me dejaron un pequeño vendaje que no era nada especial.
Ahora el dolor era menor y la hinchazón bajó poco a poco. No hacía falta
nada más, a no ser esperar a que el dolor desaparezca. Sí, conocía bien el
proceso, estaba a punto de emprenderlo.
Alexander me llevó de vuelta a la puerta del dormitorio. Me dijo que iba
a revisar todas las fotos y elegir las mejores para la campaña; y por otro
lado enviar todo al cliente y zanjar el tema. Todavía teníamos cinco días
más en las islas y había tiempo para todo. Me sentí mal porque sus
vacaciones estaban siendo algo totalmente distintas de lo que seguro se
pensó inicialmente, pero ni siempre las cosas salen como las programamos.
Y yo que lo diga.
—Te llamo luego, ¿vale? Para saber cómo estás —me dijo colocándose
las manos en los bolsillos de los pantalones. Se veía cansado.
—De acuerdo. Gracias por todo.
—No me des las gracias. ¿Sabes lo que tienes que hacer con el pie? ¿Has
entendido todas las instrucciones del médico? ¿Quieres que venga a
ayudarte?
—Lo sé. Sé exactamente qué tengo que hacer —le digo.
—Pues no parece que lo sepas —me contesta serio.
—Lo tengo controlado, señor controlador.
Mi #pecadoquemevaallevardirectaalinfierno agacha la cabeza, suspira y
se masajea la sien. Parece preocupado… casi derrotado.
—Alexander, estoy bien. Quédate tranquilo. Va en serio.
—Estás temblando otra vez, ¡joder! Vete adentro y acóstate. Mañana
descansa durante el día y cuídate. Y si quieres, dime algo, por si vienes a
cenar conmigo como te dije. Pero solo si estás mejor.
—Vale.
—Te llamo más tarde.
—Ya me lo has dicho dos veces, Alexander.
—Eso.
Se alejó de mí con sus ojos fijos en los míos hasta que finalmente se dio
la vuelta y se fue por el pasillo. Abrí la puerta de mi habitación y me apoyé
en ella un rato. La tensión entre nosotros era palpable. Estaba muy cansada;
los acontecimientos del día eran tan abrumadores que no tardé en irme a
dormir. El dolor de mi pie fue disminuyendo a medida que pasaban las
horas. Ya tumbada en la cama, me miré el tobillo hinchado y enrojecido.
Me pasé la crema antiinflamatoria que me dieron y me tomé la pastilla para
el dolor que me dijeron que me tomara antes de acostarme. Durante unos
segundos pensé en todo lo que había pasado. El momento en que casi me
ahogo, la sesión de fotos, el beso de Alexander, sus palabras cuando me
salvó. Cerré los ojos y antes de dormirme me vino un pensamiento a la
cabeza:
«Intenté no pensar en este día para que no afectara a mi rutina diaria,
pero inevitablemente cuando me acuesto mis pensamientos van hacia ti,
vienen hacia mí, como olas del mar que intentan destruir el castillo de arena
que construiste entre nosotros, sin que yo lo vea. ¡Qué sensación!... esta de
quedarme, de repente, sin suelo que pisar, viéndote y no pudiendo tocarte
como me gustaría. No olvido ni un solo abrazo que me diste... las palabras
que salieron de tu boca; que me salvaste la vida, antes de me lanzares al
abismo. ¿De qué sirve eso ahora? Dame un minuto, déjame reiniciar mi
mente... Me falta asimilar todo esto que está pasando. Todo se convirtió
rápidamente en una historia con olor a un nosotros que no existe. Poco a
poco es demasiado doloroso, para inventar una razón más, para tratar de
encontrar una respuesta a mis preguntas. ¿Pero qué sentido tiene? Tienes tu
vida, convencido, seguro de ti mismo. ¡Ojalá tuviera esa convicción! Esa
facilidad. Vivirás otra historia, esta vez con un olor que no es el mío. Como
siempre lo haces. Y yo estaré aquí... sufriendo por ti y por este sentimiento
que ahora sé que tengo dentro de mí. ¡Odio quererte! ¡Odio estar enamorada
de ti, Alexander Ruiz! Llegaste sin avisar y rompiste mis instintos. A veces
pienso se vale la pena vivir esto… si vale la pena vivir para conocer, oler,
saborear y vivir a personas como tú!»
Y con este pensamiento… me dormí.
Por la mañana mi pie estaba mejor. Apenas me dolía y estaba mucho
menos hinchado. Me levanté y fui a ducharme. Me pongo algo ligero y
cómodo de vestir. Decidí pedir el desayuno y me lo trajeron todo a la
habitación. La pequeña terraza del cuarto tenía una mesa y desde ella se
podían ver las vistas al mar. No podría haber sido un plan mejor.
Han pasado siete días desde que salí de mi apartamento en Madrid, pero
tengo la sensación de que en esta semana han sucedido más cosas que en
todo el resto del año. Nunca me he enamorado de verdad. Tuve mis
enamoramientos universitarios, me gusta tener mis aventuras y novios, pero
nunca pensé en tener una relación seria. Últimamente, creo que he pensado
más en ello, quizá por el hecho de que no tengo tiempo para tenerlo. Ahora
estaba enamorada de Alexander y, sinceramente, mi cabeza no terminaba de
asimilarlo, porque ni siquiera yo sabía lo que quería de él. Lo único que
sabía era que Alexander no era alguien que quisiera nada serio, aparte de las
relaciones de una noche. Lo vi hacer eso con todas las de esa empresa y
conmigo, si lo dejara, sería lo mismo. Tal vez no quería una relación con él,
pero ¿quería ser un rollo de una noche? No lo sé. ¿O no? ¿O sí? ¡Argh! Mi
teléfono sonó. Adriana. Salva por la amiga. Cogí la llamada y, tras
saludarnos, empecé a contarle todo lo que había pasado y a ponerla al día.
No sé quién de las dos estaba más conmocionado.
—¿Qué? —Estoy confundida acerca de a qué se refiere.
—Díselo. Creo que es el momento de que se lo digas, necesitas apoyo en
todo lo que está ocurriendo y callarlo no va a ayudarte.
No tardo en darme cuenta de que se refiere a contarle la verdad a
Alexander.
—No. Te lo he dicho mil veces, si de mí se trata, Alexander nunca lo
sabrá.
—¿Por qué, Paola? La comunicación es siempre la vía más fácil.
Deberías decirle lo que sientes por él. No sabes si es mutuo.
—¿Mutuo? No sabes de qué estás hablando. No conoces a Alexander.
No estoy dispuesta a escuchar cómo se ríe en mi cara y decirme que quiere
probar otras aguas, que es un chico malo.
—Un chico mal que te pone muchísimo. La única agua del que hablamos
aquí es el que deja en tus bragas, amiga, asúmelo.
—Jódete. Eso no es ni un poco gracioso, nada en esta puta situación es
graciosa.
—No seas una jodida mártir. No tendrías que cargar con todo sola, pero
compartes lo que te suceda y aquí estoy para te aconsejar.
—¡Gracias, coach! ¿Crees que no lo sé? ¡No me la paso riendo de esta
mierda! Casi no puedo dormir, comer, pensar. ¡No puedo hacer nada bien!
¿No tengo derecho a intentar una condenada broma que me ayude a
sentirme mejor?
—Te lo dije. Y soy tu mejor amiga, por supuesto que voy a ayudarte,
pero no soy la Superwomen. Tienes que poner de tu parte. No te dejes caer
en el vacío.
—Ahora mismo, me encantaría irme a casa.
—Cuando vuelvas, empezaremos las sesiones de terapia con varias
series de comedia, una cantidad absurda de chocolates, gominolas y varios
pañuelos. Puede que no te olvides de Alexander, pero al menos ganarás
unos cuantos kilos y te darán ganas de cambiar tu vida.
—Me cago en la puta, Adriana, ¿para eso cobras a tus clientes?
—Te sorprendería saber por qué mis clientes me pagan.
—No quiero saber, amiga, de verdad. Ya me ha picado una medusa, no
me pica la curiosidad.
Paso las manos por mi rostro. ¡Jesús! Justo ahora soy un jodido desastre
física y mentalmente.
Terminamos de hablar más tonterías por teléfono y colgamos. Llamé a
mi familia y estuvimos charlando un rato. Y después de desayunar y tomar
pastillas para el dolor, me volví a acostar un poco más. Me quedé dormida.
Cuando me desperté eran aproximadamente las cuatro de la tarde. Oh,
mierda. ¿Cuánto había dormido? Entré en el cuarto de baño y, tras hacer
mis cosas, miré la enorme bañera y pensé que un baño de burbujas sería
ideal. Había varias sales y geles de baño encima del armario, así que me
preparé un buen baño. Cuando entré sentí el calor del agua penetrar en cada
poro de mi piel. Qué bien. ¡Bah! Eso es todo lo que necesitaba. En unos
minutos entré en relajación y eché la cabeza hacia atrás. Estaba medio
dormida.
Cuando una voz atravesó mis tímpanos, solo tuve tiempo de gritar de
miedo.
—Me cago en los cojones de un grillo —grité sobresaltada cuando me
doy cuenta de que Alexander estaba de pie, en el baño, mirándome con la
boca abierta—, puedo saber qué coño haces aquí? ¿Estás loco?
No respondió. Estaba como en shock. ¡Lo que me hacía falta! Entra en
mi habitación sin permiso, casi me da un susto de muerte y él es que queda
en shock. ¡Santa paciencia!
—¿Vas a decir algo? ¿Qué te pasa? ¿Estás empeñado en matarme? —
Creo que mis gritos deben oírse en todo el hotel.
Fue entonces cuando miré hacia donde él miraba. ¡La madre que lo
parió! Cuando miro hacia abajo, me doy cuenta de que al incorporarme a la
bañera me he quedado con todas las tetas al aire, solo cubiertas por trozos
de espuma aquí y allá. Mi piel mojada por el agua brillaba. Me abracé
rápidamente al pecho para cubrirme y me arrastré hasta el cuello en el agua.
Miré hacia abajo, pero gracias a Dios había suficiente espuma para cubrir el
resto.
—Chiss, no digas nada —pedí avergonzada.
—No iba a decir nada. —Su voz salió finita en un hilito.
—¿Qué ha sido eso?
—¿El qué? —Se mantuvo en el mismo lugar como una estatua.
—Explícame qué ha pasado, ¿por qué estás en mi habitación? ¿Te has
vuelto loco? ¿Más aun? —volvía a moverme de nerviosismo con los brazos
y la voz me salía más chillona que lo normal.
—Deja de moverte —se plantó delante de mí. Había algo extraño en sus
ojos, podría jurar que era lujuria y deseo, pero no quería malinterpretarlo y
además no me apetecía provocarle en las condiciones en las que estaba—.
Dame un segundo y te lo explico.
Parecía una tonta esperando. Le vi tragar en seco y nos miramos durante
unos segundos. Accidentalmente, puse mis ojos en la parte inferior de su
cintura y encontré la explicación de su estado aletargado. Sencillo: estaba
empalmado y de qué manera. Y por lo que pude ver en el bulto de sus
pantalones, ¡Dios mío!, había un Godzilla ahí debajo listo para atacar.
Respiré profundamente e intenté cambiar la conversación. No me apetecía
tener a un hombre con su polla a pedir a gritos para ser liberada, delante de
mí ,cuando estaba desnuda e indefensa en una bañera.
—Vas a hablar o ¿vamos a esperar a que me ahogue en la bañera? Si
estás esperando eso solo para poder salvarme de nuevo, paso.
Parece que eso fue suficiente para sacar a Alexander del estado de
pleitesía en el que se encontraba.
—¿Qué coño pretendes con esas mierdas, Paola? —bramó, dando un
paso hacia mí, mirándome fijamente—. Te llamé un montón de veces, te
envié mensajes de texto, y nunca me devolviste la llamada. Obviamente me
preocupaba que te hubiera pasado algo. Tuve que pedirles la tarjeta de
acceso a tu habitación en la recepción para poder entrar y ver si estabas
bien. Pensé que estabas desmayada o Dios sabe qué.
He notado su voz de preocupación. Era cierto. No vi el teléfono porque
me quedé dormida y antes de ir al baño no lo comprobé. No se me ocurrió
avisarlo.
—¡Joder! No había necesidad de eso. Estoy bien.
—Puedo verlo, pero eso solo tú lo sabías. A veces eres una inconsciente.
—¿Has venido aquí para seguir ofendiéndome y diciéndome gilipolleces
como haces siempre?
—Pues que dejes de comportarte como una cría y que aceptes que los
demás se preocupan contigo te guste o no —replicó sin achantarse un
segundo, enfrentándose a mi mirada turbia—. Es más, que me agradezcas
encarecidamente que te haya venido a ver.
—¿Qué… qué? —farfullé, sin ocultar extrañeza.
—Veo que no lo has entendido. No estás en posición de decirme nada.
Recuerdo que sí te he salvado el culo y al menos estoy más atento a ti que
tú a mí. Ya que ni un mensaje fuiste capaz de enviarme para sosegarme.
—¡¡Eres un jodido cabronazo!! —exploté, mirándolo con rabia.
—He aprendido con los mejores —soltó.
Miró hacia abajo a mis piernas. Me sonrojé, recordando que estaba
desnuda por debajo de la espuma. Él esbozó una amplia sonrisa mientras
me miraba, dándose cuenta de lo que estaba pensando. ¡Desgraciado! Sabía
que me tenía atrapada en la bañera.
—¿Cómo tienes la picadura? ¿Te sigue doliendo? —me preguntó y se
sentó en el borde de la bañera. Tragué en seco.
—No mucho, las pastillas ayudan.
Agarró mi pierna y la giró un poco para mirar la picadura. Al retirar la
mano lo hizo de manera lenta, con una caricia, y se me aceleró el corazón.
No levanté la vista de mi pie que ahora reposaba en el borde de la bañera,
porque si descubría que él me estaba mirando iba a desear que me tocase en
otros sitios y no sabía si sería capaz de resistir a la tentación.
—Apenas se nota —indicó él, volviendo a mirarme a los ojos, mientras
que yo de reojo le seguía la mirada. Parecía que hablaba a regañadientes,
sin ocultar ni un segundo lo enfurruñado que estaba.
—¿Qué? —No sé porque me salió esa pregunta.
—¿Qué el qué? —Ya está, ahora parecemos dos idiotas hablando en
código Morse. Se frotó la cara, sin dejar de sonreír.
No sabía explicarlo, porque jamás me había sucedido algo así; era
extraño, inconcebible. Igual de insólito como todo lo que había ocurrido
esta semana. Mi corazón bombeaba muy rápido, no sé ni como no provocó
un tsunami en la bañera. Me tenía que frenar los impulsos de cogerlo del
cuello y besarlo. Su boca carnosa, mirándome, me estaba torturando. Y
espasmos de deseo azotaban mis entrañas.
—Te tengo que dar una mala noticia —anunció en tono jocoso.
—Como si te ocurra decirme algo de trabajo y juro que…
Me callé cuando lo vi doblar su cuerpo y ponerse con su cara frente a la
mía, a escasos centímetros de mi boca.
—Sabes que tenemos una cita para cenar esta noche, ¿verdad? —Asentí
con la cabeza con la boca seca y apenas podía respirar. ¡¡Ese hombre me iba
a volver loca!! Dios mío, pero si estaba para comérselo enterito.
—Me alegro de que te acuerdes. Y sabes… yo también tengo que
ducharme —añadió y bajó los ojos hacia el agua. Con una mano recogió un
poco de espuma del agua, la miró y sopló, haciendo saltar pequeños trozos
de espuma como si fuera lluvia, que cayeron encima de mí—. He oído que
es bueno ducharse dos personas juntas para… ahorrar agua —indicó,
haciendo que abriese los ojos como platillos, sorpresa por su mirada repleta
de intenciones, provocándome—. ¿Necesitas ayuda para pasar jabón?
—Está todo controlado —dije—. Gracias por la oferta, pero creo que me
las puedo apañar sola.
—Es lo menos que puedo hacer después de casi intentar matarte dos
veces.
—Como ves no todo gira en torno a ti —le provoqué.
—Tienes toda la razón. Ahora mismo me interesan más las cosas que
giran en torno a ti y no solo...
—Cada vez mientes peor… —La conversación se estrelló de forma
peligrosa. Me agarró un mechón de pelo que me caía por delante, mojado, y
su proximidad me produjo un escalofrío.
—También mientes fatal, como por ejemplo, ahora estoy seguro de que
me ves atractivo y no puedes decirlo...
—Cada vez me pareces menos atractivo, sobre todo cuando te pones en
plan machito conmigo, como si te perteneciera, como si tuviéramos algo.
Siempre he odiado esa actitud, Alexander. No soy nada tuyo y tú no eres
nada mío, que te quede claro. Soy tu asistenta, no tu esclava. Y mucho
menos sexual —sentencié con rotundidad, dejando claro mi punto de vista.
Era mi oportunidad de aclarar las cosas.
—Mejor… yo tampoco quiero nada serio. Y no… nunca te haría mi
esclava sexual… más bien sería al revés.
—No estoy interesada, ¡gracias! —¡Idiota, subnormal, pedazo de
energúmena! Ya tendrás toda la eternidad en el infierno para recordar este
momento. El momento en que rechazaste el sexo fácil y plácido con un dios
griego. En realidad, estar al borde de la muerte cambiaba a la gente, para
mal.
—Es una lástima —dijo antes de mordisquearse el labio inferior,
dispuesto a rendirse al cometido.
—¿El qué? —dije a duras penas, sin perder el contacto visual. La
coherencia me había abandonado hace tiempo. Acercó su boca a la mía y
cerré los ojos. Pasaron unos segundos y cuando no pasó nada, abrí uno y vi
que me miraba con cara de desesperación.
—Jo… der… Paola —susurró mientras se apartó de la bañera,
poniéndose de pie y avanzando la dirección a la puerta—. No te asustes. No
voy a hacer nada que no quieras. Te espero para cenar a las 8:30. Ponte
guapa, iremos a un sitio bonito.
Antes de salir del baño, miró hacia atrás y dejó un último comentario,
mientras sacudía la cabeza negativamente.
—¡Qué pena! Ahora que te he visto las tetas…
—¡¡¡Hijo de puta!!! – Empecé a lanzarle agua furiosa, pero salió
corriendo por la puerta justo a tiempo. Pude oírle reír antes de que saliera de
la habitación. ¡Sería un sinvergüenza! ¡Ahhh!
Capítulo 25
Me puse un vestido negro corto que era sencillo, pero que había traído
porque era muy socorrido para cualquier ocasión que pudiéramos tener más
formal. Con mis tacones altos, estaba lista para salir con Alexander.
¿Realmente íbamos a cenar juntos? ¿Como una noche de cita? Esto no iba a
funcionar. Sobre todo después de lo que había pasado esta tarde y de que
todavía estaba temblando. Bajé al vestíbulo y ya me estaba esperando,
como siempre, tan puntual. Iba vestido con un pantalón y una camisa
formales y tenía un aspecto muy atractivo. Su pelo mojado y recién
duchado me recordó su oferta de ducharse conmigo. Joder... Todavía no
había llegado a él y ya estaba divagando. ¡¡Ay, Dios mío, ayúdame a salir
viva de esta noche!! De hecho, ¡Ayúdame a salir viva de este viaje!, porque
ya había visto de cerca algunas formas de morir y no quería descubrir más.
—Humm… Paola… estás muy guapa… —me miró de alto abajo con
una sonrisa perversa— Ahora que las veo dentro del vestido, no puedo
evitar recordar esta tarde... —susurró, provocando que me quedase muy
coloreada. Me quedé seria y él no pudo contener una carcajada.
—No tienen ni puta gracia —dije mirando adelante.
—Un poco, sí —se defendió mientras nos encaminábamos a la salida.
Súbitamente me cogió de la mano y intenté detenerlo.
—¿Qué haces? —pregunté atónita.
—Nada —murmulló el muy canalla, sin quitar la mano y apretando más
—, certificarme de que no te matas.
No volví a abrir la boca y dejé que me llevara de la mano hasta el coche.
Llegamos a nuestro destino de esa noche. Alexander dio la vuelta al coche y
me abrió la puerta como un auténtico caballero. Si quería impresionarme,
iba a tener que esforzarse mucho más. Me dio la mano para salir y no
volvió a soltarla hasta que llegamos a la mesa. Había césped hasta la
entrada del restaurante y el local estaba en un lugar elevado con unas vistas
impresionantes. El sol se ponía y el cielo se cubría de tonos rojos y naranjas
en una danza romántica simplemente espectacular. Mientras hundía mis
largos y carísimos tacones de Manolo Blahnik en el césped, pensé en lo que
me esperaba esta noche. Entramos en el local. Parecía un restaurante muy
elegante e incluso me atrevería a decir que demasiado romántico. Cuando
nos sentamos a la mesa, Alexander me miró muy seriamente. Extendió una
mano hacia mi cara y el gesto me dejó inmovilizada. Entonces, me quitó
una pestaña cerca de la sien, calvándome la mirada. «Dios mío, ¿estará
ligando?», pensé, sacudida pela esperanza que se empeñaba en instalarse
dentro de mí. Al retirar la mano, recordé lo que me dijo esa tarde. «Déjate
de mierdas, Paola. Solo le interesa follarte, como a todas».
—Si me disculpas, voy a ir al baño un momento, a lavarme las manos.
—Cuando vuelvas haré lo mismo, mientras tanto, si te parece bien,
¿puedo pedir un vino para los dos?
—Lo que tú digas —Me importaba una mierda todo. Estaba más
nerviosa que el día que hice mi primer examen de selectividad. Creo que
estaba aún más nerviosa que en mi primera visita al dentista y eso es algo
difícil de superar.
Cuando volví de refrescarme, le tocó levantarse e ir al servicio. El
camarero ya había dejado allí dos copas de vino y me llevé la mía a la boca
para probarla. Estaba delicioso. No sabía nada de vinos, pero podía beberlos
bastante bien. Pensé que debía tener cuidado con el alcohol esta noche,
porque no iba a arriesgarme a pasarme una mala jugada y despertarme en
medio de una bacanal en honor a Baco o a sabe Dios quién. Alexander
volvió. Agarré rápidamente la carta del menú y me escondí detrás de la
elección de la cena.
—No he elegido tu comida para que no digas que soy un machista
controlador que tiene que decidir por ti, pero si quieres puedo darte algunas
sugerencias.
—Lo que tú digas —Levanté mis ojitos sobre la carta y contesté.
—La próxima vez que digas «lo que tú digas», te arrepentirás de haberlo
dicho—y, la próxima vez, pensarás dos veces antes de invitarme a cenar,
estúpido. No le contesté, pero pude ver su mirada provocadora. Me estaba
vacilando.
Empecé a tener hambre. Seguí la sugerencia tácita de Alexander y pidió
la comida. Poco después trajeron varias cosas para degustar y todo parecía
delicioso. Él volvió a comportarse como un caballero y empezó a
explicarme todo sobre los platos. Recordé que había vivido allí y, por lo
tanto, conocía bien la región y sus maravillas gastronómicas. Había un poco
de todo: ceviche, picadillo cubano, empanadas, tamales, bolitas de yuca.
¡Madre mía! Me quería matar a comida.
—Veo que insistes en que me estire la pata. ¿Cómo se supone que voy a
comer todo esto? —él comenzó a carcajadas y confieso que se veía
guapísimo. ¡Ay virgen santísima!
—No te preocupes, todo es comida maravillosa y tenemos toda la noche.
Además, estás acostumbrada a comer de todo... por Madrid — comenzó a
reírse a carcajadas. Qué curioso, me estaba tirando fichas y yo no era tonta.
—¡Qué te folle un pez! —dije haciendo una mueca de desagrado.
—Esa boca, su porca. Solo porque te cogió un pez, ahora quieres que me
coja uno también, joder. Muchas gracias.
—Pensé que no decíamos la palabra «coger».
—Yo pensé que nunca te vería las tetas, ya míralo, aquí estamos.
—Para, Alexander. Es que te haces la picha un lío. —Me confundía con
sus múltiples idiomas.
—Bueno, supongo que será mejor que empecemos a comer, para no
tener que explicarte lo que hago con mi picha.
Los dos nos callamos y empezamos a comer. Se sirvió un poco de todo.
Estaba muy relajado y no hacía muchas ceremonias. Algunos de los
alimentos los tocó con las manos y eso me hizo gracia. Durante las
vacaciones vi que Alexander tenía una forma de vivir más terrenal. Bueno,
a veces. Me serví de ceviche y unas empanadas. Cuando los probé, cerré los
ojos saboreando esa exótica mezcla de sabores. Qué delicia, eran increíbles.
—¿Está bueno? –Al abrir los ojos, me encontré con que me miraba la
boca con la suya abierta. Luego la cerró, tragando en seco y llevándose el
vino a la boca.
—Es todo maravilloso, muchas gracias por la cena... no podías haber
elegido mejor.
—Sin duda. A empezar por la compañía.
—¿Funciona?
—¿El qué? —respondió, con otra pregunta.
—Tus frases para ligar.
—Suelo ser más directo. ¿Acaso no sabes eso? Sueles concertar mis
citas.
—Ni me lo recuerdes.
Los dos empezamos a reírnos al mismo tiempo. Realmente, cuando
estaba relajado era una persona muy divertida y bastante agradable. Era
agradable estar con él. «Cállate, pava. Te metes en todos los fregados y
después te dan morcilla». O era el vino o su sonrisa canalla, sus chispeantes
ojos, su increíble cuerpo…o, mejor aún, debía arrancarlo de mi ser, de mis
sentidos, ya que hasta el sabor de su boca lo tenía gravado a fuego. Ese
hombre era puro fuego y sentir sus manos por mi cuerpo me recordaban el
cuanto me incendiaba por completo y en tiempo récord. Negué con la
cabeza, desechando esos pensamientos. ¡No quería pensar en él en esos
términos! Ya tenía suficiente con tenerlo allí delante, digno de provocarme
orgasmos solo con mirarlo. Además, debía tener cuidado con ese dichoso
juego que él había empezado, para sumarle el hecho de que mi mente, la
muy traicionera, parecía que se recreaba rememorando con todo lujo de
detalles nuestros encuentros fugaces y peligrosos, excitándome de paso.
¡Parecía una estufa y esto que hacía casi cuarenta grados!
—Paola… —Me di cuenta de que estaba viajando de nuevo cuando me
llamó a tierra. Esbozó una sonrisa cuando probablemente me vio sonrojar
—. Algún día me dirás dónde viajas tan a menudo.
—¿Me sirves más vino, por favooorrr? —casi grité, contenta por
cambiar el asunto. Él llenó mi copa. Y la suya. Después llamó el camarero y
le pidió otra botella.
Seguimos la cena. Alexander me contó más cosas sobre la isla y el
tiempo que pasó allí en su juventud. Tenía muchos registros increíbles de su
tiempo en aquel paraíso. La primera botella de vino se convirtió en la
tercera. Estaba más caliente que la manta de una anciana. Esto no iba a
terminar bien, ya veía todo un poco borroso. Y no podía dejar de reírme de
todo lo que decía. En resumen, estaba a camino de una borrachera cierta.
—Pídeme un poco de agua, por favor, antes de que me emborrache.
—No mames, ¡te vas a armar un show! —empezó a reírse en sus
modismos mexicanos.
—No te hagas el santo como si hubieras bebido agua bendita, porque ya
estás caliente —ataqué. Que no hiciera el ridículo, porque él tampoco
estaba mejor que yo.
—¡Cómo crees! Sí que estoy caliente, no te imaginas cómo.
Él estaba disfrutando de mi figura. Luché por decir algo más, pero estaba
aturdida. Una parte de mí hubiera gritado para que me llevara de una
maldita vez hasta su cama, pero la otra, la que se mantenía quieta esperando
su siguiente paso, suplicó para tener su piel ardiente sobre la mía. «Joder,
Paola, que te has dado con un canto en los dientes. Ahora aguántate». Él
pidió agua y ambos nos sorbimos un poco. Inmediatamente me sentí mejor.
—¿Siempre eres tan romántico? No sé cómo te siguen el juego. Qué mal
gusto.
—Todo lo que hago es romántico y con mucho amor —susurró,
arrimándose hasta mi rostro. Estaba jugando conmigo. Quería saber hasta
dónde era capaz de llegar con él. Así que mordí el labio inferior y su
semblante se quedó más oscuro. Lo vi tragar fuerte y esbozar una sonrisa
con dificultad. No lo dejaba indiferente.
—¿Te da tiempo para todo eso? No me lo creo. Imagino que cuando
vuelvas a Madrid, ¿tienes a cien chicas esperándote?, más menos. ¿Cómo te
da tiempo para ser romántico?
—Quizás me haya expresado mal. No soy de los que se enamoran,
Paola, soy de los que follan y el romance consiste en eso —aquella palabra
en su boca me transportaba directamente al infierno.
—¡Qué romántico! —bufé con sarcasmo, notando cómo él introducía la
mano entre su melena y su cuello para alzarla, haciendo que jadeara.
—Llevo el puto día pensando en ti, ¿te parece eso lo suficientemente
romántico? —sentenció, haciéndome quedar con la boca abierta. ¡¡Llevaba
todo el día de fantasía conmigo!! Ay, Dios mío—. Entre la respiración boca
a boca que te di y que casi soy yo que me muero cuando vi tus...
—Ya… ya… ya sé lo que viste. No lo digas otra vez… por favor. —sentí
las mejillas ardieren.
—¿Por qué? Perdona que me eche a reír —se burló, sin poder disimular
una sonrisa sardónica—. Sabes que estoy acostumbrado a ver de todo…
pero… lo que vi hoy… entre lo que ya me imaginaba… fue solo una
confirmación.
Estoy a punto de saltarme todos mis códigos éticos, morales, sexuales…
«¡Paola, reacciona, coño!», me zarandeo mentalmente.
—¿Confirmación de qué? —mi cara de idiota debe ser todo un poema,
ahora mismo—. Es que hablas tan raro, a veces, que no te entiendo, que
quieres decir con eso.
—¿Quieres que te hable clarito? Nada me gusta más, como te dije antes,
me gusta ser directo: ¡Tú no eres real! Eres producto de mi imaginación;
una fantasía. Tiene que ser eso, porque desde que te vi entrar por mi
despacho la primera vez que me tiene intrigado lo que tienes debajo de esos
trajes que llevas al trabajo. —Lo tengo claro, me despido. ¡¡¡Ah!! No sé si
quiero escuchar esto—. Ahora lo sé que no era fantasía, porque una fantasía
no puede estar tremendamente buena, eso sí; debo felicitarte porque no he
visto yo una mujer tan apetecible como tú. Y real.
Me examina de arriba abajo. Comienzan a darme espasmos. No sabía si
correr, saltar, agarrarlo, tirarlo al suelo y follarlo allí mismo; meterme en el
baño hasta volver a Madrid, o volver al mar y dejarme comer por un
tiburón. ¡No, eso no! Definitivamente, nao. Ni siquiera me da tiempo a
contestarlo, porque se dirige a mí y me dice:
—Lo siento, voy a tener que ir al servicio y calmarme un poco. Lamento,
no quería dejarte sin palabras, pero me pediste que fuera sincero, estoy
siendo sincero. Y por cierto, respondiendo a tu pregunta, sí... tengo al
menos cien mujeres esperándome en Madrid, pero la única madrileña que
me interesa está aquí delante. Piensa en ello. —Me apunta con un dedo
justo en medio del pecho y casi me caigo de espaldas si no estuviera
sentada.
¡Por Dios, me va a dar algo! Acaba de decirme con toda claridad que lo
que ocurra a partir de ahora está en mis manos. Yo trato por todos los
medios de calmarme y pensar con el seso y no con el chocho. «Manda
huevos que se tire las tejas así, cuando estoy media torta», pienso mientras
vuelvo a coger el agua y me la bebo todo de un golpe. Me estaba tendiendo
una trampilla. Nota mental: mantener la cordura. Decido levantarme para
dar a entender que deberíamos irnos. Cuando Alexander vuelve, con las
manos en los bolsillos muy tranquilo, me pongo a imaginar que habrá hecho
en el baño. ¿Se habrá hecho una paja pensando en mí para aliviarse la
tensión? No, no puede ser, no daba tiempo. ¿Oh sí? Tenía que acabar con
este perreo. Menudo marrón me estoy comiendo.
—¿Te apetece dar un paseo antes de volver al hotel? Tengo calor y así
podríamos estirar las piernas y coger un poco de brisa. Comí demasiado,
¿sabes? —Y bebí, pensé.
—¿Tienes seguro de vida? —me preguntó serio.
—¿Ah, yo? Creo que sí, ¿por qué?
—Es que no pienso ir contigo a lado alguno, sin saberlo. —se echó a
reír, el muy cabrón. Se partía la risa conmigo.
—¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Muy gracioso, tonto. Tira pa’allá —dije y salimos.
Cuando íbamos a pagar le sugerí pagar, visto que él había pagado todo hasta
ahora. Me miró con tal mirada que recogí la cartera al instante. Seguía
siendo el Alexander de siempre: controlador, pesado y engreído.
Dimos una vuelta por el área. Casi no intercambiamos palabras. Después
volvimos al hotel. El ambiente estaba tenso. Me ponía nerviosa. «No te
pone nerviosa, mentecata, te pone cachonda», mi subconsciente me azota
inmediatamente. Llegamos a la entrada del hotel y paramos mirándonos
intensamente. Un silencio se apodera de todo y siento la obligación de
romperlo, antes de que pase algo raro.
—¿Quieres un café o algo más? —pregunté intentando distraernos.
—¿Quieres pasar un rato conmigo? —él había dicho que era directo. No
me engañó en absoluto. Pero yo tampoco podría seguir engañándome a mí
misma. «Mantener la cordura», pensé.
—Alexander, no. No podemos. Lo siento. No está cierto.
—¿Qué es que no está cierto? ¿Yo, tú o esto?
—¿A qué te refieres con esto?
Cogió mi mano y me obligó a mirarlo. Estaba muy cerca.
—Te mereces a alguien mejor que yo. Una persona dispuesta a tenderte
todos sus sentimientos y no dudar un instante de nada. —No tardó en llevar
sus manos a mi cabeza y en acariciar mi cabello para tener más cerca su
boca de la mía. Jadeé cuando dejó caer sus manos hasta mi trasero y
abrazarme hasta quedar colada a él—. Sé perfectamente que sientes lo que
está pasando entre nosotros. No puedo controlarme. Te deseo, Paola. Deja
de luchar. Entrégate a mí, mi diosa.
—¡Joder! Su gilipollas… Su… —gruñí.
—Por favor.
Llevó su mano detrás de mi cuello y posó sus labios en mi frente.
—Lo siento. No quiero acabar mal.
—Eso no va a pasar. Te lo prometo.
Cerré los ojos y disfruté de la calidez de sus labios sobre mi piel, antes
de salir corriendo, dejándolo plantado y que cada uno volviera a su
habitación.
Capítulo 26
Llego a mi habitación más sin aliento que una gacela tras escapar de una
pantera. Sudaba por todo lado. Joder, ¡qué va! Lo único que me sudaba era
la cascada que se parecía a la del Iguazú, que ahora se había trasladado para
mi entrepierna. Estoy hecho un lío. Me siento una traidora desleal, estúpida
y caprichosa y rumio mi rabia mientras me dirijo al aseo. Me iba a dar una
ducha fría. Dos duchas, mejor. Una para bajarme el calentón que me había
pillado sus palabras y la otra por castigo. Era eso o la flagelación. Sí,
merecía azotarme la espalda con la misma cantidad de latigazos que me
estaba dando ahora en otro sitio. Todo por su culpa. Un único nombre acude
a mi mente. Lo pronuncio.
—Alexander, basta de juegos, estoy jodida. Muy jodida. No me fastidies.
Enciendo la luz del baño. Me quito toda la ropa, pero de repente, me
acuerdo de que había entrado en mi habitación por la tarde y vuelvo a la
puerta para cerrarla con el cerrojo. No fuera él irrumpir por la habitación.
Como había programado, me duché dos veces, pero una con agua caliente.
Y mientras sentía que el agua se deslizaba por mi cuerpo, más calor tenía.
Estaba perdida. ¡Joder! Deseaba a ese hombre como no había deseado a
nadie antes y él me había dejado el camino bien abierto. Solo una idiota
como yo podría rechazarlo. Puse ropa interior nueva y me tapé con mi bata
de seda negra. Respiro lentamente, siento una sensación opresiva en el
estómago y un peso en mi alma. Miedo. No sabía que hacer. De momento,
decido salir a la terraza y respirar un poco de aire. Siento que me falta el
aire.
Me aferro al balcón y respiro profundamente un par de veces. La
pequeña brisa que pasa, aunque cálida, me ayuda a relajarme. Estuve así
durante unos minutos, con la mirada perdida en el paisaje, en ese
maravilloso lugar. «Lo que pasa en el Caribe se queda en el Caribe», pensé.
El puto cliché se ha convertido de repente en mi vida. Fue entonces cuando
tuve la sensación, esa sensación que tenemos, extraña, cuando sentimos que
alguien nos observa, incluso sin ver. Y no me equivoqué, el instinto nunca
lo hace. Y el mío en vez de decir huye, dice tírate al mar y di que te han
empujado. Me quité el pensamiento de la frase, muy poco sabía. Miré hacia
la terraza de Alexander y estaba de pie mirándome. Vestido como había ido
a la cena, igual. Sostengo su penetrante mirada. Su tensión me inquieta,
pero no consigo desviarla. No sé que pasó, pero me extendió una sonrisa,
no sé, diferente. Como si fuera una invitación. Al infierno, estaba claro. Y,
sin pensarlo, estúpida, asentí. Entonces lo vi moverse y entrar en la
habitación con las manos en los bolsillos.
¡A tomar por culo! Era ahora o nunca. «Decídete, Paola». Quédate o
vete, pero haz algo. ¡Qué hipócrita eres, Paola! Lo quieres, lo sabes y no
vas a poder vivir contigo si pierdes esta oportunidad. Entro en la habitación,
dispuesta a llevar el caso al extremo. Me visto mejor, dejando la bata
cerrada con solo las prendas interiores por debajo. Y salgo de la habitación
hacia la suya. ¡Sea lo que Dios quiera! ¡O el diablo! El primero que llegue
se gana la palma.
Avanzo hasta su puerta. Las manos me tiemblan. De hecho, toda yo
tiemblo, de pies a cabeza. Cuando mis nudillos iban a tocar la puerta, esta
se abrió. Me quedé espantada mirándolo con la mano en el aire.
—¿Cómo sabias que iba a venir? —pregunté con la voz temblorosa.
Podría permanecer contemplándolo toda la noche, venerándolo y
postrándome a sus pies. Que guapo estaba, con la camisa abierta, dejando
entrever todos sus músculos abdominales. Aquel pecho ancho perfecto, su
piel agraciada por el tono que el sol fue dejando y que lo daban un aspecto
ligeramente tostado y dorado.
—No sabía. Pero me alegro de que lo hayas hecho. Porque estaba a
punto de hacer lo mismo.
Extendió la mano para hacerme entrar. Miré a ambos lados del pasillo y
le cogí la mano. Tiró suavemente de mí hacia el interior. Cerró la puerta.
Me di cuenta de que él también estaba nervioso, lo que me relajó un poco,
curiosamente. Entró en la habitación.
—¿Quieres tomar algo? Hay un minibar ahí —negué con la cabeza—.
Muy bien. ¿Por qué has venido? Pensé que lo tenías claro.
—Esto no es fácil para mí —anticipé, contrayendo levemente mis labios.
Su semblante parece desesperado, suplicante y algo más que no puedo
identificar.
—Paola… nada has de temer de mí, no haré nada que no quieras. Si es
eso que te preocupa. Conmigo estás a salvo. No soy un gilipollas, como
siempre me dices.
Cierro los ojos, quizás para contener las lágrimas que asoman a ellos. Es
un gesto fútil, la humedad brota empapando mis largas pestañas. El se
acerca y las seca con un ademán furioso y su proximidad me descontrola.
—Sé que eres distinta desde que te puse los ojos encima —dijo casi
susurrando—. Pero, tu desconfianza hacia mí me llega a doler, aunque
entiendo, no sé porque te fuerzas tanto a lo que quieres. Sé que quieres estar
conmigo.
—Eres mi jefe, intento preservar ese estatuto, alejándote.
—Invéntate otra mierda, ¿vale? No sé que es lo que te traba conmigo,
pero no me hagas de tonto, que de eso no tengo nada.
Sin pensarlo, lo abrazo. Me fundo contra su pecho como si quisiera
encastrarme allí. Eso lo desconcierta.
—Ey, preciosa, ¿Qué ocurre?
Soy incapaz de alzar la mirada, los sentimientos se me desbordan e
intento constreñirlos infructuosamente.
—Ocurre que te… —iba a decir algo que no era listo—. Que te deseo.
Me alza el rostro con la mano y me contempla con semblante perspicaz y
con una sonrisa muy atractiva.
—Y yo a ti, muchísimo.
Me besó. Sus manos acarician mi espalda, siento su aroma y me siento
tan reconfortada que las lágrimas asoman de nuevo. Tal vez sea la primera y
la última vez que esté en sus brazos. Mis hombros se sacuden, tiemblo.
—Cariño —murmura él, alarmado—, ¿sucede algo? ¿Quieres que pare?
Niego con la cabeza y las lágrimas pierden timidez y ganan atrevimiento
de forma súbita. Él me abraza con fuerza y me dejo ir. Me acaricia el rostro,
me da suaves besos en el cuello, tan suaves, que me dejan sorprendida.
Esperaba que fuera más bruto, no sé, mas carnal, pero no. Estaba siendo
muy cariñoso conmigo. Dejo que despliegue sobre mí todo su cariño,
aunque cada gesto, cada mimo sean en este momento agujas que se clavan
en mi alma. ¡Joder! Estaba muy enamorada de él. Me iba a romper el
corazón. Pero era demasiado tarde. No había nada que hacer. Sus manos
controlaban mis instintos de sobrevivencia. Si antes me habían salvado,
ahora me tiraban al infierno.
Tenía unas manos fuertes, lo aprecié cuando apretó mis nalgas, pero lo
que él no sabia era que, en efecto, yo no tenía nada de mojigata en lo que
tocaba al sexo. Mordí un par de veces su labio inferior y lo vi ponerse a mil.
Mis caderas acompasaban ese suave movimiento de la lengua y mis manos
acariciaban el final de su perfecto pelo. Llevó una de sus manos a mi
cintura y me agarró con fuerza. Sus manos eran grandes y me podía rodear
casi la mitad de aquella parte sin problemas.
—Voy a quitarte da ropa —me dijo entre labios y lenguas.
Separó mi cuerpo, lo suficiente para sacar mis prendas. Primero el
sujetador, dejando mis tetas al aire. Lo siguiente que sentí fue su lengua
alrededor de los pezones, chupándome los pechos con frenesí.
—Me ha visto en esta escena toda la tarde, después de mirártelas. —
Confesó. Y me lo creo.
Bajó mi vientre a besos hasta quedar de rodillas con el rostro frente a mi
sexo. Bajó lentamente mis braguitas. Saboreando cada momento de la
visión que le daba mi cuerpo.
Me abrió las piernas y sin más me agarró el sexo con la boca.
—¡Ah! —solté sorprendida. Él levantó la mirada.
—¿Te he hecho daño? ¿No te gusta? Tengo ganas de probarte, mucho.
—Es que no me lo esperaba. No pasa nada. —La verdad, ante todo.
El clítoris me palpitaba, y nunca había estado tan mojada en mi vida.
Bajé la vista y ¡Oh, Dios mío! Visión del infierno en llamas. El puto diablo
me comía de sobremanera. Se hundió la lengua una vez más, impactando
contra el punto más sensible, y me las arreglé para conseguir mantenerme
de pie. Mis piernas temblaban, aunque él me las sujetaba, sosteniéndome
por la cintura. Me sentía levitar.
Notaba escalofríos subiendo y bajando por mi columna vertebral;
faltaban apenas unos segundos para que me corriera, pero no soltaba la
boca. Él seguía mirándome para ver mi reacción y yo rogaba en mis
adentros que me llevase a la locura.
—Alexander, si no paras me voy a correr.
Paró. Jadeé y gemí por el abandono y por todo. Se levantó y me besó.
—Hoy puedes correrte lo que quieras y decirlo las veces que quieras. Así
podré hacer realidad mis fantasías de todas las veces que te he oído decirlo
en mi despacho.
Asentí con la cabeza, sin saber que decir. Perverso, así que había estado
fantaseando conmigo. ¿Quién lo iba a decir? Por la forma en que me
trataba, no lo sabrías. Él se apartó de mí.
—Ahora vengo, quédate aquí.
Entró en el baño y pasado un ratito volvió. Entendí que llevaba un
condón en la mano.
No he sido una mujer pudorosa en mi vida, pero verme expuesta de esa
manera con un hombre tan atractivo como Alexander y que además era mi
odioso jefe y pensar que me la iba a meter hasta el fondo, o eso esperaba
yo, hacía que mi respiración se acelerara más de lo normal.
—Creo que quizás deberías quitarte algo de ropa ¿no? —Él seguía
vestido con la camisa y los pantalones.
Sin emitir un solo sonido, en menos que canta un gallo, sacó todas sus
prendas. Se colocó el condón, mientras yo miraba estupefacta para lo que
tenía en manos.
—¿Te gusta lo que ves?
—¿Tú que crees? —me salió casi de inmediato y el echó una carcajada.
Sentí sus brazos pasando por debajo de las piernas y me irguió. Me tuve
que sujetar a su cuello. ¡Hostias! Estaba fuerte, como me recordaba.
—La ultima vez que te tuve así acabé haciéndote la respiración asistida,
ahora lo único que deseo es que me asistas en esto que siento.
—¿Y qué es eso que sientes? —tragué con fuerza.
—Unas ganas de follarte de todas las formas humanamente posibles.
—Vale —Lo siento, no me daba para más la cosa.
Me puso en la cama. Me hizo girar para que me pusiera a cuatro patas y
se puso detrás de mí. Era mejor así, porque si tuviera que mirarlo, me
molestaría aún más. Sentí su sexo rozándome. Me acarició la espalda y con
su mano empezó a masajear mi clítoris de nuevo. Me hizo tener espasmos y
agacharme. Me metió un dedo dentro y, ¡oh, maldita sea!, ahora dos dedos
se introducían en mi cuerpo buscando un punto que, aunque sabía que
existía, ningún hombre logró encontrarlo.
—Me gusta tu coño. Lo sientes —si se refería al hecho de que me estaba
llevando a otra dimensión, sí, lo sentía. Y de qué manera.
—Si no te calmas, pronto estaré cayendo en picado.
—Me muero de ganas de hacerte correr de todas las formas, desde la
primera vez que te vi, así que no es necesario que me lances más indirectas.
Y una y otra vez decía esas cosas que me desconcertaban. Me estaba
llevando al límite. Joder, ahora entendía por qué todas daban vueltas a su
alrededor, el hombre era increíble. El dios del sexo.
—Más fuerte… —Jadeó, siguiendo el ritmo con los dedos—. Ahora —
susurró—. Alex… ¡joder!
Con la mano libre, me dio un azote en la nalga, haciendo que gimiera
todavía con más fuerza y no aguanté. Me corrí en su mano como una loca.
—¡La hostia! Ha sido jodidamente perfecto.
—Esa boca, su perversa. No te irás de aquí hoy hasta que te enseñe a
hablar correctamente. Pero ahora, al carajo con eso, necesito follarte —me
dijo.
—Y yo necesito que me folles. Te quiero dentro de mí.
—Tranquila… bájale un tantito… ¿crees que solo lo vamos a hacer una
vez esta noche? —Me dio la vuelta y me miró serio.
Me quedé de espaldas en el colchón y él se posicionó encima de mí. Me
cogió por la cintura.
—Abre las piernas.
Cuando separé los muslos, se colocó el pene entre mis piernas. Volvió a
devorarme la boca, a chuparme el labio inferior. Quería que me follara. De
una vez. Aparté las manos con las que me acariciaba los pechos.
—Alexander, folláme.
—Lo haré.
—Ahora.
Sonrió como si quisiera torturarme. Usó la rodilla para abrirme más las
piernas. Estábamos tan pegados que mis pechos se le clavaron en el torso.
—Los hombres somos bestias horribles y asquerosas, es verdad. Pero tú
eres un ángel precioso y no te quiero hacer daño —me miraba con morbo
—, pero cuando empezar no voy a poder parar, es un aviso. Así que tienes
cinco segundos para cambiar de opinión o se acaba tu tiempo.
No dije nada. Estaba tan caliente que creía que podría soportar cualquier
dolor, si ya estaba en el infierno de todos modos, así que perdidos al río.
Empezó a empujar la punta de su miembro hacia dentro y fue entonces
cuando me di cuenta de lo que quería decir. Cuando ya lo estaba intentando
un poco más, empecé a sentir el dolor. ¡Qué animal!
—¡Sácalo!, Alexander. ¡Joder! —gemí yo.
Me plantó una mano en la boca y con el rostro divertido dijo:
—No. Ahora eres mía. —Y empujó.
Me penetró hasta el fondo, haciéndome gemir de placer. Y de dolor.
Ahora se explicaba qué tenía de especial y por qué era consciente de que la
competencia no le impedía sentirse como un Dios.
—Ahhhhh… —Subí la mano y le sujeté la nuca mientras me embestía
sin descanso. Sentirlo dentro es algo que no puedo explicar ni con palabras.
Ni mímica, ni ningún lenguaje universal. Cerré los ojos con fuerza cuando
él enterró la cabeza en mi cuello.
—Che loca, que bonita sos, te quiero solo para mí.
Entrelacé las piernas alrededor de su cintura y lo atrajo a mi pecho.
Entonces, lo rodé por el colchón y me elevé a horcajadas sobre él para que
su sexo me penetrara hasta… hasta el alma. Tenerlo dentro era lo más
jodidamente delicioso que había sentido nunca y aunque quise disfrutar con
calma de ese momento, no pude. Perdí el control y lo cabalgué hasta que el
éxtasis nos dejó sin fuerzas y unidos el uno al otro por un abrazo que
esperaba, en secreto, que fuera eterno. Pronto, me penetró una y otra vez,
llenándome, haciéndome explotar un volcán entre mis entrañas. Él perdió el
control y se rendió al clímax. No sé cuánto a él, pero yo había tenido el
orgasmo más intenso que había experimentado jamás. No podía creerlo.
Había sido maravilloso. Durante unos segundos, me aferré a él, disfrutando
del momento. Un rato después salió de dentro de mí y se quitó el condón.
Tras eso, volvió a acercarse a mí.
—Paola… —llamó jadeando aun, descontrolado por el esfuerzo.
Levantó mi mirada y se juntó a mi boca. Dejó que nuestros labios se
unieran y que el sabor de ambos se mezclase, disfrutando de todo lo que se
habían intercambiado. Sus manos me tocaban en caricias suaves y lentas,
casi como si me adorase cada rincón de la piel. Entonces, paró. Y me miró
con intensidad.
—Eres… preciosa —susurró.
—Tú también. —No sabía que decir.
—¿Te gustó follar conmigo? —preguntó sin rodeos.
—Sí, demasiado. —irguió una ceja.
—Explícame eso.
—Ha sido espectacular. Por eso lo digo. Una pena que… —no quería
decirlo.
—¿Una pena que qué? —a ver como coño salgo de esto ahora.
—Que eso, que me gustó.
—Esa no es la respuesta. Responde.
Ignoré los acelerados latidos de mi corazón, pero como mi pecho estaba
colado al suyo, él no los ignoró.
—Me gusta… solo eso.
—Y no quieres renunciar a ello, ¿es eso?
—No… Es solo que… —Aspiré una bocanada de aire al sentir que
ahuecaba la mano sobre mi pecho y lo apretaba…
—¿Es solo que…? —Metió los dedos entre mis piernas y me rozó la
entrepierna empapada en mí.
—¿Qué haces, Alexander? ¿Qué quieres que te diga?
—¿No es obvio? Dime la verdad… quiero saber la verdad…. Confiesa
que te mueres por estar conmigo.
—¡Joder! De verdad piensas que es excitante decir esas cosas?
—Al parecer, tú también lo piensas. —sus dedos me excitaban
demasiado.
—Que esté mojada solo significa que no soy capaz de controlar la
reacción que tiene mi cuerpo ante ti, no quiero mantener relaciones sexuales
contigo continuamente.
—Lo dice después de me follar de esa manera, señorita García. No estás
siendo muy convincente, ya te digo yo… entonces… me vas a decir lo que
piensas y lo que quieres.
—Sí, te deseo, pero no pienso volver a acostarme contigo, sino tendré
que presentar mi dimisión. Creo que debemos poner fin a esta situación. No
quiero estar con nadie que esté interesado en nada más que mi coño.
—También me interesa tu boca.
—No vales nada. —repliqué cuando sus dedos empezaron a masajearme
y dejarme loca otra vez—. ¡Joder! Alexander, para con eso.
—¿Quieres que pare? ¿Estás segura? Creo que te equivocaste cuando
entraste en esa puerta, yo no soy francés, soy argentino.
—Eres muy cabrón. —de nuevo me tiraba en cara lo de Pierre. Hijo
puta.
—Lo soy y tú lo sabes, pero me quieres igual, ¿correcto?
—No sé a qué te refieres con querer, pero sí, quería follar contigo, te
deseaba, pero eso es todo.
—¿Significa eso que me has utilizado para tu placer y quieres
descartarme? ¿Es eso? ¿Y si quiero algo más? ¿Dónde nos deja eso?
—En el Caribe, Alexander. Nos deja aquí. Lo que pasa en el Caribe se
queda en el Caribe. —Le lancé el mismo cliché que me estaba tirando a mí
misma.
—Recuérdame porque nos apuntamos a esto…
—Porque nos deseamos uno al otro. Porque hemos bebido demasiado.
Por eso.
—¿Es eso lo que sientes de verdad?
Parpadeó. Entonces, de repente, me cogió de nuevo entre sus brazos y
aplastó los labios contra los míos.
—¿Porqué eres tan mentirosa, Paola? —masculló.
Se colocó encima de mí y sentí su excitación de nuevo en mi vientre. Sin
apartar los labios de los míos se posicionó en mi entrada.
—Alexander —lo empujé un poco—el condón, por favor. —No hacía
falta ser inconscientes, ya éramos gilipollas, lo resto sobraba.
—Me la saco a tiempo —me dijo consumido por la lujuria.
—¿Estás loco? No quiero pillarme una enfermedad venérea. Si eres la
puta del barrio, te las llevas todas.
—¡Joder! Gracias. Yo también te quiero mucho —tragué en seco ante su
frase, pero entendí que era un decir—. Antes de venir de vacaciones hice
exámenes, si quieres te los enseño en mi ordenador. Estoy limpio, y no
estuve con nadie después de hacerlos. ¿Confías en mí? Al mejor, soy yo el
que tiene que desconfiar de ti, a saber que cosas te ha hecho “La petite bête
de Paris” (la pequeña bestia de París).
—Nunca he follado sin condón. Estoy más limpia que un váter después
de le echares lejía.
—¡A huevo! Tú sí que sabes cómo excitar a un hombre con esa forma
tan romántica que tienes.
No le respondí. Le cogí el cuello y lo acerqué a mi boca. Él me sonrió.
—¿Por qué no te calles de una puta vez y me follas?
—¿Ya me echas de menos? —me dijo mientras empujaba su excitación
dentro de mí.
—No es suficiente para echar nada de menos…
Me penetró con fuerza, sacándome un aullido antes de echarse atrás y
mirarme.
—Por la mañana cambiarás de ideas.
Definitivamente cambiaría de opinión. Volvió a sujetarme por la cintura,
como no queriendo dejarme escapar, yo dejé mis manos apoyadas en
aquellos pectorales duros como piedras y comencé a moverme de manera
acompasada con él. Cerraba los ojos, eso era que estaba cerca del orgasmo,
y sus manos me apretaban fuerte. Estaba a punto. En una de esas sacadas y
metidas se mete toda su verga dentro de mí con la misma fuerza, duele un
poco... me mira porque ha visto mi cara de dolor, pero le digo que siga, lo
hace con menos fuerza y más lento, le veo en su cara que le gusta... Sigue
más rápido y empieza a gemir con intensidad. Me doy cuenta de que si está
corriendo dentro de mí.
—Alexander —grito rápido—. No te corras dentro de mí. —Cuando se
da cuenta, la saca y se corre en mi vientre. Espero que haya sido a tiempo.
—Deja que te limpie—me dijo, después de se haber levantado para
coger pañuelos y limpiarme. Volvió y se acurrucó conmigo. Nos quedamos
encajados el uno en el otro y su boca estaba en mi cuello mientras me
acariciaba el pecho y el vientre.
—Gracias.
—No me des las gracias, chata. Va a ser una velada para que la recuerdes
para siempre —sentí sus labios besar mi cuello.
—Todo el viaje lo ha sido —le contesté y tomé su mano para besarla—.
Estar contigo ha sido lo mejor.
—Quiero más —me dijo—. Dame más.
—¿Nunca te cansas?
—Ya sabes la respuesta, pero en cuanto duermas un poco, te la hago
saber, porque va a ser una noche larga.
Cuando estaba casi dormida, rendida por el cansancio, casi podría jurar
que escuché a Alexander decir: «Voy a extrañarte». O fue mi locura la que
habló más fuerte.
Capítulo 27
Me desperté dolorida en lugares donde nunca lo había estado. No
obstante, si me volvieran a preguntar, repetiría. Lo que no iba a repetir era
la sandez de creer que esto tenía sentido fuera de lo que pasó. Lo miré
durmiendo. Era tan guapo. No pude evitar preguntarme cómo sería si todo
fuera diferente. Si no fuera mi jefe, si no fuera quien soy, si no tuviera cien
mujeres esperándole a la vuelta. Si no fuera una gallina y solo quisiera
aceptar el sexo, pero no podría.
Respiré un par de veces antes de volver a poner en orden mis
pensamientos, Estaban dando demasiadas vueltas en mi cabeza. «Sigue lo
tuyo, acéptalo, nunca serás nada para él», yo interiorizo. ¡Ya! Y esta vez
estaba segura de que era lo mejor. Me levanté, con cuidado de no
despertarle, lo que imagino que no era difícil. Habíamos dormido, ¿qué, un
par de horas? Tenía que estar echo mierda. Si yo estaba en carne viva, él
tenía que haber despellejado la polla. Encontré mi ropa, me vestí y conseguí
salir de la habitación sin que se despertara. Antes de irme, lo miré por
última vez. Quería guardar esa foto en mi memoria. Él tenía miles de fotos
mías y yo solo quería esa. La que más me jodería viva.
Cuando llegué a mi habitación, pensé en ducharme, pero quería
mantener el olor de su cuerpo en mí un poco más, así que me acosté así,
toda sucia. Pero feliz. Y me quedé dormida. Pero no antes de llorar todo lo
que quería. Cuando me desperté era tarde. Me levanté, fui a ducharme y
pedí algo de comer en la habitación. Hice todos los contactos pertinentes.
También llamé a Adriana. Le conté todo lo que había pasado y le dije que
iba a volver pronto. Antes de llamarla había decidido adelantar el vuelo;
conseguí un vuelo para el día siguiente a primera hora de la mañana. No
quería quedarme allí otra semana, casi, con Alexander, después de lo que
había pasado. Además, la campaña estaba hecha, mi trabajo allí había
terminado.
He tenido el teléfono en la mano durante casi diez minutos tratando de
enviarle un mensaje y no he podido hacerlo. Cada vez que empezaba a
escribir, no podía pasar de la primera palabra: «hola». Respiré hondo y
decidí dejar de ser cobarde y afrontar la realidad.
“Hola Alexander. Siento escribirte por mensaje, pero imagino que estés
disfrutando de tu día de vacaciones y no quería molestarte. Como la
campaña ya ha terminado y mis obligaciones aquí también, volveré a
Madrid mañana. He adelantado el vuelo. Así que te veré a la vuelta, en la
oficina, como siempre. Si necesitas algo, no dudes en ponerte en contacto
conmigo.”
La respuesta no llegó enseguida, solo me contestó casi una hora después.
“Paola, sé que me estás evitando y yo eso me lo esperaba. Quiero que
sepas que siempre me has gustado y que me he encariñado contigo, pero
también sé que nunca te pondré un compromiso. Cuando tú quieras las
puertas de mi casa están abiertas, pero si decides nunca regresar, lo
entiendo y solo me conformaré con recordar esos bonitos momentos. Buen
viaje, mañana.”
Cuando algo ya ha terminado, las buenas o malas palabras no suponen
ninguna diferencia.
Al final de la tarde, di un último paseo por la zona. Realmente habían
sido unos días intensos y locos, pero me llevaba bonitos recuerdos. Soy una
verdadera privilegiada por poder disfrutarlo. Me senté en una roca cerca de
la playa. No había casi nada merodeando por allí. Aquel entorno debía ser
capaz de curar cualquier daño interno o externo. Pero, yo no tenía nada que
curar. Al menos eso pensaba yo antes de llegar allí y entender que ese
mismo entorno no me iba a curar, sino que a condenarme. Mi vida no era
perfecta, pero era fácil. No quería complicarla. Había tenido mis mierdas,
mis cosas, mis ligues, mis parejas, evidentemente, pero todo relajado. En la
adolescencia, salí con algunos chicos de la pandilla durante varios meses,
hasta que llegaba el momento en el que los echaba de mi vida tras darme
cuenta de lo poco que me aportaban, Cuando entré en la Universidad, un
compañero obtuvo el título de ser mi relación sentimental más larga. Justo
nueve meses, que fue lo que duró el segundo curso. Desde primero me dejó
claro que le gustaba. Ahí sí, estuve atenta a las señales. Pero sé a ciencia
cierta de que no estuve enamorada de él. Me gustaba sí, pero no era eso. No
era lo mismo que estaba sintiendo ahora. A pesar de la belleza del paisaje y
la majestuosidad de todo lo que me rodeaba, no pude dejar de sentirme una
mierda. ¿Por qué coño tuve que enamorarme del hombre más mujeriego de
la historia de la humanidad? Empecé a llorar copiosamente. «¿Si no puedes
con un corazón como el mío, para que te metes en estas mierdas?» «Si no
soportas sangrar, si no soportas la asfixia, los mordiscos del amor, vete a
casa, tonta».
Volví al hotel hecha un guiñapo. Algo desilusionada con la vida y con mi
mundo, pero totalmente adaptada a él. Me adaptaba a las situaciones por no
crear enfrentamientos. Por esa forma de ser acepté que me tratara así desde
el principio. Porque odiaba el conflicto y la lucha contra la corriente. De
todas formas, imaginaba el drama que estaba a punto de protagonizar con
esta tontería toda. Volví al hotel, cené en el restaurante, pero no estaba
Alexander. Estaría disfrutando del tiempo. Cuando volví a la habitación
decidí que me acostaría pronto para poder descansar cuando cogiera el
avión. Hice la maleta y dejé todo preparado para el viaje. Así que por la
mañana solo tenía que ducharme y marcharme.
Estaba recostada en la cama viendo cosas en mi teléfono y en las redes
cuando oí que llamaban a la puerta del dormitorio. ¿Será la recepción? Ya
les había avisado de que dejaría la habitación por la mañana, quizá faltaba
algo. Fui a abrirla. Cuando vi a Alexander, de pie con las manos en los
bolsillos, tan atractivo como en el momento en que lo dejé entre las sábanas
de aquella cama, mi corazón se disparó y casi me caí al suelo. No esperaba
verlo. No sé que hacía allí, me quedé a cuadros sin entender nada.
—¿Qué quieres? —pregunté.
—Hola, Paola, necesito hablar contigo.
Le hice un gesto para que entrara y pasó. Cerré la puerta y esperé a que
me dijera a qué venía.
—¿Podemos ser sinceros?
—¿Por qué? ¿Hasta ahora estabas fingiendo? —me miró con el rostro
serio.
—Pues no, la verdad, pero bueno, quizás tú sí.
—Vaya. Has venido a aprovechar mi última noche aquí para echarme
más mierda. ¿No te cansas nunca, Alexander?
—Eres una niñata consentida y sin respeto alguno por los demás.
—Bueno, bueno… Lo que me faltaba, que me vengas tú a mí a dar
clases de moral ahora. Mira, sal de aquí, que no quiero ni verte ni oírte más.
—Volví a llorar a lágrima viva.
—Pues ahora apechugas con lo que hiciste, no voy a callarme y créeme
que me da igual si estás arrepentida o no, haberlo pensado antes. Y no
llores. —No sé cuál de las cosas que me decía me dejaba más impactada.
—Lloro lo que me salga de las narices, gilipollas. No eres quién para
decirme lo que hacer. Ya he tenido suficiente de ti.
—Pero no he tenido suficiente de ti. Y maldita sea, si me jodes de esta
manera. ¿Crees que puedes enviarme un puto mensaje y quedarte así de
entera, sin tenerme en cuenta?
—¿Considerarte para qué? ¿Qué quieres que haga, pasar el resto de tus
vacaciones chupándote la polla? Cortesía de Paola, ¿eh? Para que usted,
señor, tenga las mejores vacaciones del mundo.
—Eres una cobarde. ¡Cobarde! —gritó mientras yo me quedaba sin
palabras.
—Si crees que puedo ser tu única puta aquí, estás equivocado.
Rápidamente encuentras una substituta o una prostituta. No me hagas
perder el tiempo a mí. No soy tu juguete…
No me dejó hablar más, y casi mejor, acercó sus labios a los míos y, sin
pedir permiso, su lengua se atrevió a entrar en el interior de mi boca,
impregnándola de su sabor. Un beso posesivo, que no me dejaba margen.
Cuando por fin me dejó respirar, le grité:
—¿Qué haces?
—Lo que te prometí, lavar esa sucia boca tuya de la que solo sale
mierda. Si repites lo que has dicho una vez más, aunque sea con el
pensamiento, te juro que no responderé por mí mismo.
—¿Ah, sí? Guau, estoy muerta de miedo, tigre. Qué vas a hacer, ¿sacar
las garras? No olvides que estoy acostumbrada a tus gilipolleces.
Comenzó a reírse siniestramente y un escalofrío recorrió mi columna
vertebral y se instaló en mi nuca como advertencia. Luego, su mano libre
me agarró con fuerza por la cintura y me giró hasta quedar bocabajo. Me
llevó a la cama, me sentó y con una rapidez impresionante, me bajó los
pantalones del pijama, dejándome en su regazo con el culo levantado, como
si fuera una niña pequeña.
—¿Qué te juegas que te doy un castigo del que nunca te olvidarás
jamás?
—¡¡¡Ni se te ocurra, Alexander!!! Te juro que te denunciaré por
violencia. Lo juro.
—¿Violencia? Violencia es lo que me hiciste, enviándome un mensaje de
despedida después de follarme toda la noche como si fuera la puta. Si me
hubieras dejado un fajo de billetes, me habría sentido menos ofendido.
¿Quién es la puta ahora?
—Venga ya, no es para tanto, Alexander, joder, suéltame.
—¿No es para tanto? Me jodes, juegas conmigo, pones mi mundo patas
arriba y piensas que te esquivas sin consecuencia. Pues no. Pídeme
disculpas ahora mismo o no te suelto y mañana vas a parecer un mandril.
—¡Qué te den!
—O me pides disculpas o te ato a la puta cama y mañana vas a ver pasar
los aviones desde la orilla de la playa.
—Argh! Disculpa, ya está, disculpa. No quise hacerlo por eso.
—Ya lo sé. — me puso la ropa de nuevo y me sentó con la espalda recta
para que pudiera mirarle fijamente. Carajo. Tenía fuerza, me giraba a su
antojo con una facilidad increíble—. Pero tu castigo no ha terminado.
Quiero que me beses, que me des un beso de despedida en condiciones. Lo
que tenías que haber hecho de primeras.
—Te la estás buscando. Te voy a escupir en toda la cara, eso sí. — Le
hice una peineta en la cara y se echó a reír nuevamente. ¡Tarado! Me estaba
cabreando de sobremanera.
—¿Por las buenas o por las malas? —dijo soltándome y me tiró sobre la
cama, para se colocar a horcajadas sobre mí, inmovilizándome.
—Siempre por las malas —me eché a reír también.
Empezó a aflojarse el cinturón y estaba a punto de sacarse la polla,
cuando di un grito.
—Vale. ¡Hijo de puta! —me salió del alma.
—¡Esa boca!, te juro que ahora mismo te la voy a poner en toda esa
sucia boca tuya.
—Todo bien, has ganado, ya no te digo más nada. Ahora suéltame.
—Ni de broma, ya verás todo lo que harás —dijo de forma pícara.
Me encierra la cara entre sus manos mientras sus labios rozan
suavemente los míos, saboreándolos y jugando conmigo. Se mete mi labio
inferior en la boca, succionándolo, y gimo. Luego abro la boca,
permitiéndole un acceso total, y su lengua se introduce dentro.
—Joder, Paola. —Mueve la lengua contra la mía, mordiendo y lamiendo
mis labios. Hundo mis dedos en su pelo, y respondo a sus caricias. No
puedo controlarme; abandono todas mis reservas y me entrego a lo que
siento.
Sus manos bajan por todo mi cuerpo y recorren el interior de mis muslos.
Coloca la mano dentro de mis pantalones, desliza los dedos por el borde de
mis bragas mientras sus ojos se encuentran con los míos. Mirarlos me
resulta caso hipnotizador. En menos de nada, me quita la ropa. Toda. Y se
quita la suya. No luché, no quise, aunque mi mente me decía que aquello no
estaba bien. Pero para buenas el pedazo de sacudidas que estaba dando mi
cuerpo por aquel hombre.
—Estás muy mojada y jodidamente sexy. —Mueve los labios por mi
cuello, mientras sus dedos hacen magia dentro de mí. Jadeo contra él y me
arqueo bajo sus caricias—. ¿Te gusta, amor?
¡Su puta madre! Aquí estaba la pequeña grande palabra que se clavaba
como una daga afilada. Joder, iba a salir de esta mierda directamente al
psiquiatra. Inconscientemente cerré las piernas como si quisiera detener
toda aquella locura.
—No me cierres las piernas —carraspeó, mientras me metía el miembro
entre ellas.
—Joder, Alexander, me vas a volver loca.
—¿Me lo dices o me lo cuentas? —dijo segundos antes de fundirse en
mi interior.
Lo que ocurrió después no necesita presentación. Se nos fue la pinza a
los dos. ¡Y de qué manera! Nos follamos como locos no sé ni qué maneras
o formas porque en un momento dado dejé de pensar humanamente.
Cuando terminamos, agotados y abrazados, esperando que nuestras
respiraciones volvieran a la normalidad, le pedí algo.
—No te vayas de mi lado. ¿Podrías abrazarme durante la noche?
—Sí. Ahora duerme.
—Gracias. Por el abrazo y por el polvo.
—¿Paola?
—Sí, Alexander.
—Te voy a echar de menos. Lo digo en serio.
—Pues apechugas.
—Estúpida.
—Duerme o me pierdo el avión.
—Mejor…
◆◆◆
Intentaba arrastrar la maleta por las calles empedradas sin demasiado
éxito. El taxista me comentó que era imposible llegar hasta mi destino e iba
a dejarme lo más cerca posible de él. Había habido un accidente y estaba
todo parado en el tráfico. A duras penas, logré entrar en el aeropuerto.
Ahora solamente tenía que esperar horas, porque tendría que hacer dos
escalas. Pero cualquier cosa era mejor que trepar por las paredes o escalar
otras cosas.
Capítulo 28
Llevaba tres días en Madrid. ¿Quién te ha dicho que esto del amor es
fácil? ¿Quién te mintió tan cruelmente? ¿Quién te dijo que las rosas no
tienen espinas? ¿Qué puedes caminar descalzo sin lastimarte los pies? Amar
me duele. Duele horrores. Si quisiera otra forma de pensar, sé muy bien que
me mataría. ¿Por qué? Porque dentro de mi inconformismo, ¡ya he aceptado
que la línea de mi vida no es recta! Hay historias que tienen un espacio, un
tiempo y una dimensión extraña. Llegué a la conclusión, una conclusión
feliz, de que esas historias que no entendemos muy bien cómo van y vienen,
son las más bonitas de vivir. Creo que nuestra historia empezó un poco así.
Sé que él estaba vagando en otros espacios, en otros momentos, pero
paralelamente yo también estaba vagando. Me alegro de que en un solo
punto, en esta encrucijada de constelaciones, haya sido la estrella que más
brilló en su cielo. Nuestra historia puede haber tenido una extraña
intersección, dentro de este universo loco, pero dejó una huella demasiado
profunda en mí para olvidarlo tan fácilmente. Amar a Alexander Ruiz era
todo menos fácil. Era una mierda. Eso es lo que era.
Claro que lo amaba, pero él tenía atrás una historia muy complicada y
me metió en ella. Y yo, solo por amor, me había dejado llegar aun más lejos
de lo que me hubiera gustado. Pero, tampoco podría ser cínica, lo había
disfrutado. Quizás sea eso lo que me corrompía por dentro, ahora mismo.
Al día siguiente volví a trabajar. Aurora seguía al frente de la empresa y
no supe nada más de Alexander hasta su regreso, que fue casi una semana
después. No estaba preparada para verlo o a lo que fuera que ocurriera allí,
pero iba a intentar fingir que no había pasado nada y volver al simple lugar
que me correspondía. Ser su asistente. Durante cuatro meses más. Por otro
lado, había tomado una decisión: no iba a ser la amante de Alexander, ni la
siguiente ronda de su vida. Por mucho que quisiera y por mucho que lo
intentara, se lo iba a dejar muy claro. De paso ya había empezado mi terapia
con Adriana.
La fuerte y masculina voz de Alexander retumbó por toda la sala cuando
entró al trabajo esa mañana. Las piernas me temblaban como un palo verde
debajo del escritorio y, sin poder levantar la vista, fundí mis ojos en el
ordenador. Quizás porque la distancia que existía entre ambos me hacía
sentir a salvo, o porque me era más fácil hablar con él sin tener que mirarlo
a los ojos. Sentí su presencia frente a mi escritorio. ¡Maldita sea! «Sabías
que esto pasaría, ¡ahora aguanta!», asumí a duras penas.
—Buenos días, Señorita García. He vuelto. Espero que todo esté
conforme para mi regreso. ¿Cómo se encuentra? —preguntó en voz baja,
pero firme. Sin levantar la mirada le contesté.
—Buenos días, Sr. Ruíz. Está todo listo para su regreso. Yo… estoy muy
bien, gracias por preguntar. Muy amable.
Se quedó en silencio y cuando vi que no se movía me atreví a levantar la
mirada. Maldita sea la hora en que lo hice. Allí estaba, guapo como
siempre, esa boca que aún me hacía llorar y me miraba con una mirada que
no podía identificar. Tragué con fuerza.
—Cuando me hable, señorita García, míreme a los ojos, como una
persona seria. Y como le dije una vez, soy todo menos amable. Sobre todo a
los cobardes.
Se dirigió a la puerta y antes de entrar, dando un portazo como de
costumbre, miró por encima del hombro y soltó:
—Quiero que convoques una reunión de toda la junta a las 10:00 y estés
presente. Con tu cuaderno de notas.
Y así fue como todo volvió a la normalidad en esa oficina y en mi vida.
No puedo decir que no estuviera contenta. Al menos era una señal de que
no me había equivocado. Lo que ocurrió en el Caribe tendrá que quedarse
en el Caribe. Por el bien de todos y de mi propia cordura.
Decidida a tomar el toro por las astas, (¡nunca una comparación más
apropiada!), entré en la sala de juntas para sentarme a su lado, como
siempre. No tardó mucho en que Alexander apareciera, caminando con paso
tranquilo. Luego, sin que mediara razón, se sentó en la silla de la
presidencia. Poco después comenzó la reunión dando directrices sobre
asuntos internos. En un momento dado empezó a hablar de la sustitución de
Aurora.
—Quiero agradecer a Aurora el excelente trabajo que hizo en mi lugar,
no esperaba menos. Es una profesional impecable. ¡Gracias, Aurora! —
todos aplaudieron y yo también lo hice con una gran sonrisa. La muchacha
estaba muy feliz y se veía agradecida. Se merecía el reconocimiento. Era
una buena jefa—. También quiero dar las gracias a mi asistente, la señorita
Paola García, que tuvo la perspicacia de encontrar una solución para salvar
nuestra campaña y al haber sido elegida para protagonizarla, no podría
haber sido una decisión mejor. Los clientes están muy satisfechos con los
resultados y yo también. Gracias, Paola. Tu intervención fue absolutamente
crucial. Y sin ti, no habría sido lo mismo.
Me estaba mirando fijamente y tuve la sensación de que ese mensaje
tenía más de un significado. Sentí que me ardían las mejillas en la cara y les
di las gracias a todos. Del mismo modo, me aplaudieron. Él también lo
hizo. Nunca había sentido tanta vergüenza en mi vida. Aunque me alegré
por el reconocimiento, no lo voy a negar. Cuando terminó la reunión y antes
de irme, Alexander me sujetó por el brazo y me habló suavemente al oído.
—No sé cómo estar cerca de ti —se confesó—. No sé si puedo estarlo.
—Yo… —no sabía que decir—, creo que no comprendo exactamente a
qué te refieres… ¿quieres que me vaya de la empresa?
—No quiero que te vayas —masculló y prosiguió—. Debería haberme
alejado hace mucho de ti, debería hacerlo ahora, pero no sé si soy capaz.
—Tendrás que serlo —solté de inmediato y me miró con el ceño
fruncido—. No va a pasar nada entre nosotros y tenemos que ser fuertes.
Poner nuestro profesionalismo ante las ganas.
—Hasta el más fuerte de nosotros puede sufrir una recaída, ¿no te
parece? —me preguntó con aire de fragilidad. Tuve la sensación de que
intentaba encontrar una laguna donde poder seguir cometiendo ese crimen
que éramos nosotros.
—Tienes razón, podría pasar. Y debería ponértelo más fácil, sin duda.
Pero resulta que no soy un títere en tus manos. Y ahora mismo tengo una
cosa clara: solo quieres insistir en esto porque te estoy rechazando, porque
te sientes tan omnipotente como siempre y no eres capaz de perder. Porque
probablemente nadie haya dicho nunca que no al Sr. Alexander Ruiz, pero
te voy a contar algo nuevo. No eres el único hombre en el mundo, y tu polla
tampoco.
Hizo una mueca de dolor y dio un respingo que lo apartó de mí.
—¿Es eso lo que piensas de mí? ¿De verdad? O más bien, ¿es eso lo que
piensas de ti misma? —la dureza en su tono de voz sonaba a sarcasmo.
—Te conozco y no cambias.
—También te conozco como te dije, mejor de lo que crees y te diré algo,
querida, no me conoces en absoluto. Y verás que no. Lo que tú digas.
Apenas tardó unos segundos en desaparecer de mi frente con aquella
amenaza. Lanzando indirectas que yo entendía bien. Yo quería hallar
palabras todavía más fuertes, palabras que pudieran describir con exactitud
en qué se había convertido él para mí, pero justo por ese motivo no podía.
Si vacilaba ahora con Alexander iba a entrar en una espiral que solo me
arrastraría hacia abajo. Ahora el placer le hablaba más fuerte, pero pronto lo
único que hablaría era mi conciencia reprochándome.
Los dos días siguientes transcurrieron con cierta normalidad. Podía sentir
que Alexander estaba demasiado sombrío y eso no era bueno. Apenas
habló. Todo lo que hizo fue dar información de las tareas, sobre todo por
correo electrónico. Y pasaba el día en la oficina sin mucha conversación.
Mejor así.
Una tarde, cuando estaba terminando un trabajo, recibí un correo
electrónico suyo. Con un archivo adjunto. El correo electrónico
simplemente decía lo siguiente:
“Señorita García, como usted sabe todos los gastos y costes de su viaje
al Caribe fueron asumidos en mi cuenta personal. Pero hay uno en
particular que no pienso pagar. Tengo mis razones para ello. Hazte cargo
del asunto. Acepto todo tipo de pagos. He subrayado el punto que le
corresponde. Muchas gracias.”
Parecía una idiota mirando la pantalla. He abierto el archivo. Era la
factura detallada de uno de los hoteles que habíamos estado. Subrayada en
verde fosforito estaba una línea específica del gasto del que él hablaba.
¡¡¿Quéeeeee?!! ¡¡Madre del amor hermoso!! ¡Ah la mala suerte! Mi
acérrima enemiga. Dicen que si repites tres veces «Mátate, Paola» delante
del espejo aparece la parca y te lleva. ¡Ojalá! A ver si funciona con el
espejo que llevo en el bolso. Me tapo la cara. ¿Se puede morir de vergüenza
sola? Mi sentencia de pago decía así en buen inglés:
“Lingam and Tantric Massage with ultimate intimate experience — 1
hour —500 dollars”
Que es lo mismo que decir:
"Masaje lingam y tántrica con la máxima experiencia íntima - 1 hora -
500 dólares"
Que a buen entendedor es lo mismo que decir en la jerga popular: un
masaje sexual con final feliz. ¿500 dólares? ¡Joder! Sí, se ganan bien la vida
los hijos de puta. Sinceramente me importaba una mierda el dinero que
tenía que pagar, que aunque me parecía un atraco, estaba bien cobrado. Solo
de recordarlo se me hace la boca agua. Lo que no me hacía particular
ilusión era el hecho de que Alexander lo hubiera visto. ¡Joder, no he pasado
tanta vergüenza en mi vida! Ahora mismo solo me consigo lamentar por
dentro. No sabía qué decirle, así que pensé en dejarlo para otra ocasión.
Más tarde lo vi salir del despacho varias veces, pero no me dijo nada.
Incluso me pidió que hiciera algunas fotocopias y ni tus ni mus. Y yo
calladita que me veo más bonita. Al final del día, ya era un poco tarde,
pasada mi hora de salida, empecé a organizar las cosas para volver a casa.
Me había quedado un poco más tarde para terminar unos correos
electrónicos y no quedaba nadie en la oficina. Entonces sonó el teléfono y
vi la lucecita de la sala de Alexander parpadear ante mis ojos. ¡Bah! ¿Qué
quería ahora?
—Sí —contesté.
—Ven a mi despacho ahora mismo —ordenó con su voz seca y oscura.
Entré en su despacho ya de mal humor. Me quedé en medio de la
habitación esperando a que se dignara a levantar los ojos del ordenador y
me dijera lo que quería. Sus ojos parecían relajados.
—Señorita García —Ese su acento me mataría. Inspiré hondo intentando
controlarme—. Me pregunto si te perturbaría… enviarme un par de correos
antes de irte. Tengo algo agendado y no quiero retrasarme.
—Creo que teníamos claro que ya no iba a hacer horas extras... —Quería
dejar claro lo que habíamos acordado porque si empezaba a hacer
excepciones volveríamos a lo mismo.
—Claro que lo entiendo y tienes toda la razón, no quiero convertirlo en
un hábito, considéralo parte del pago de tu gasto. El que te envié por correo
electrónico y todavía no me has dicho cómo ibas a pagar.
Sabía que había sido un farol para sacar el tema y que no le iba a poner
fácil, pero decido no abrir el pico. Se levantó y rodeó el escritorio para
acercarse a mí. Mantuvo su boca pegada a centímetros de mi oreja y no dijo
nada. Nada. Empecé a ponerme nerviosa. Luego se dirigió a la puerta y la
cerró con llave. Cuando oí lo que estaba haciendo, me giré automáticamente
para mirar a tiempo y ver cómo se metía la llave en el bolsillo del pantalón.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté perpleja.
—¿Qué crees que estoy haciendo? —gruñó.
—No puedes encerrarme aquí —Retrocedí unos pasos hasta chocar con
su escritorio con las piernas. Oh, mierda. Estaba atrapada.
Se acercó rápidamente y se quedó con las manos en los bolsillos
mirándome con una expresión siniestra que me hizo sentir miedo.
—¿Tienes tendencias suicidas, correcto?
—Empiezo a creer que sí —tragué saliva para responder, pero me
costaba.
Tan rápido que ni siquiera pude seguir los movimientos, con un brazo
arrastró todo lo que había sobre el escritorio, me agarró con ambas manos
por la cintura y me hizo sentarme encima de ella. Juro que parecía algo
sacado de una película. Se metió entre mis piernas y con una mano me
agarró los brazos por la espalda. ¡Caray! ¿Había aprendido artes marciales o
qué? Puto Jackie Chan de los cojones.
—Alexander, suéltame —grité aturdida con todo aquel espectáculo. Lo
peor ni siquiera fue eso, sino que decidí ponerme una falda vestida justo
hoy que él tenía los cuernos al aire. Así pude sentir su erección contra mis
bragas.
—¿Parezco un tonto? No, no me lo digas. Sé que soy el pedazo de
mierda que crees que soy, pero ¿realmente crees que soy tan estúpido?
Apretó más mi cuerpo contra el suyo y yo cerré los ojos con una
expresión de desconcierto. Su olor me envuelve y siento que me estoy
perdiendo. Pero es imposible que me pierda porque… ¡ya estoy perdida!
Completamente extraviada en un maremágnum de sentimientos y
sinrazones.
—No pienso que seas estúpido.
—¿Sabes? Nadie me había hecho sentir así.
—Así, ¿cómo?
—Vulnerable, nervioso… —tragó en seco.
—Celoso —añadí.
—Pues sí. Lo admito. Sí. Y ¿sabes lo que más me revienta? —Sentí que
las lágrimas acudían a mis ojos—. Es el hecho de que siempre me acusas de
ser un gilipollas y desconsiderado mujeriego, pero cuando eres tú... haces lo
mismo... y… la madre que me parió.
Se mete la mano, que antes estaba en mi cintura, entre mis piernas y con
el dedo me aparta las bragas y me mete un dedo. Al tener las piernas
abiertas y las manos inmovilizadas, no puedo hacer otra cosa que
retorcerme, pero cuanto más lo hago, más me golpean sus dedos de forma
indecible. Me sonríe al verme gemir, pero no es una sonrisa cualquiera. Es
de posesión, de vencedor y ¡maldita sea!, con ella se podría iluminar la
Puerta del Sol y toda la ciudad en Navidad. Eres la cosa más bonita que he
visto en mi vida. No, bonito no: guapo a rabiar, atrativo, morboso,
masculino, Caballero… Folla como lo haría un dios, besa como hay que dar
los besos, te agarra sin contención… ¡Me va a matar! Sí, soy una suicida.
—¿Es así como lo hizo? —provocó. Estaba siendo un verdadero capullo.
—No te lo voy a decir… tendrás que imaginarlo —Quería hacerle daño
porque me estaba haciendo lo mismo y no me iba a quedar de brazos
cruzados.
Soltó una carcajada tan siniestra que retumbó por todas las paredes.
—¿No crees que me lo he imaginado? —mordió su labio inferior con
furia.
Niego con la cabeza a la vez que un jadeo se escapa de mis labios. Me
empieza a masajear el clítoris.
—Pienso darte el mismo masaje que te ha dado él, pero no me voy a
cansar de ti, nunca lo haré. Y después de eso querré más —me pellizca el
clítoris y casi brinco de placer. Contengo la respiración. Pienso arrancarte la
ropa, acostarte en mi escritorio y follarte hasta que supliques que pare
porque ya no puedes más —susurra, sensual y con voz grave, junto a mi
oído—, pero no pararé. ¿Sabes por qué?
Las lágrimas caen por mi cara mientras intento controlar el impulso del
orgasmo. No quiero darle esa rendición.
—Al igual que tú no olvidarás ese masaje, yo nunca olvidaré tu cuerpo
encima de mi oficina mientras estoy trabajando. Y antes de correrme en ti,
te lamerá, chuparé y morderé tu zona más sensible —me vuelve a pellizcar
sobre la misma— a la vez que yo grito y doy un pequeño respingo—. Sé
perfectamente lo que te hago sentir, chata. Estás húmeda y resbaladiza —
sigue masajeándome y ni Peter le pisa los talones. Me besa y jadeo en su
boca. Quiero más, pero él se aparta. Me está torturando. El corazón me late
desbocado y una fina cinta de sudor le cubre la frente—. ¿Quieres correrte?
No puedo contestarle y asiento con la cabeza tras unos segundos.
—Cuando termine de lamerte y follarte, te llevaré a mi casa y te follaré
en todas las instancias, contra la pared, en el suelo, en mi cama… —
introduce un dedo en mí y contengo la respiración— ¿Te parece bien?
¿Crees que puedes pagar tu deuda con estas horas extras? ¿Ha valido la
pena?
Me importa una puta mierda lo que valió la pena, yo solo quiero que
haga todo lo que ha dicho que haría, pero quería que me hiciera correr.
¡Dios! Estaba a punto de morir en sus manos.
Me besó más intensamente y sus movimientos muy estudiados me
estaban volviendo loca.
—Alex… no pares por favor… —sentí que estaba a punto de explotar.
—¿Cómo fue que me dijiste otro día? Ah, sí. Tenemos que ser fuertes.
No eres la única mujer del mundo y ni tu coño.
Después de tirarme a la cara mis propias palabras se quitó los dedos de
dentro, se los chupó delante de mí mientras yo lo miraba perpleja y añadió:
—Aunque sigues siendo el coño más dulce que he probado en mi vida.
Pero ahora si me disculpas, como te dije, tengo algo importante que atender.
Buenas noches, Paola. Cierra la luz al salir.
Abrió la puerta con la llave que llevaba en el bolsillo y salió dejándome
allí sentada sobre su escritorio con las piernas abiertas y completamente
jodida. Y no en el buen sentido. Hijo de un gran...
A la mañana siguiente a ese día turbulento, todo volvió a la normalidad.
Estuve a punto de faltar al trabajo y decir que estaba enferma, pero no iba a
darle la satisfacción de estar encima de la situación. Como resultado, el
ambiente se volvió a quedar pesado y él volvió a ser el estúpido de siempre.
Volvió a hablarme mal y pedirme cosas con arrogancia y estupidez. Todo
esto porque me estaba castigando por ser como él, según sus palabras. Tenía
un morro que se le caía.
Por la tarde me había dejado un informe para que lo terminara y me
había indicado expresamente que cuando lo finalizase lo dejara en su
despacho, estuviera él dentro o no. Terminé el maldito informe y me levanté
a tomar un café antes de entregarlo. Cuando volví, recogí las hojas de papel
y me apresuré a entrar en el despacho. Pero, por desgracia, la escena que vi
ante mis ojos era de todo menos profesional. En el mismo lugar en el que
estuve sentada el día anterior, había una chica, que debía ser modelo, muy
guapa y Alexander estaba apoyado en ella con las manos en sus piernas,
una a cada lado. Aunque estaban vestidos, no había duda de lo que estaba
pasando allí. Desafortunadamente, en el mismo lugar. Para dejar claro que
todas somos iguales para él. Para mí estaba muy claro, no hacía falta
decírmelo más a menudo ni ver nada más. Para mí se acabó. El asunto entre
nosotros estaba zanjado.
Los tres nos quedamos de piedra, sorprendidos por esta casualidad. Miré
su rostro con atención e intenté pensar algún modo de hacer que el futuro
fuera tolerable. No podía soportar esto. ¿Significaba que mi única opción
era marcharme del trabajo? No era justo.
No era de extrañar que hubiese aceptado las cosas con tanta facilidad: él
nunca cambiaría. Y yo lo sabía. Estaba cierta. Siempre lo supe. Bueno,
tampoco era culpa suya. Él no podía cambiar su naturaleza y yo nunca
había reconocido la mía. Salí apresuradamente de la sala y cuando llegué a
mi escritorio empecé a recoger mis cosas para salir a toda prisa. Me
temblaban las manos y se me cayó todo. «Reacciona», pensé.
Cuando estaba a punto de salir, la puerta de su despacho se abrió y la
miré. Lo vi apoyado en la puerta con una sonrisa maquiavélica en el rostro.
Me giré para irme y lo oí decir a mis espaldas:
—Lamento estropearte la ilusión.
Me paré en seco sin girarme. «¡Paola, reacciona, por segunda vez, coño.
Reacciona!».
—Para soltar semejantes mierdas, mejor te callas, pendejo. Y ahora si
quieres despedirme, hazte tú la ilusión. O no me jodas hasta que termine mi
sustitución. Si no quieres encontrar una nueva asistente.
Le dejé plantado y me dirigí a la salida con las lágrimas corriendo por mi
cara. Pero al menos no lo miré a la cara. «Ni siquiera te mereces eso,
desgraciado».
Capítulo 29
Tres semanas más tarde, la pregunta de Alexander no dejaba de aparecer
en mi cabeza: ¿cuándo tendrás la regla? Así es. Exacto. Y la respuesta,
ahora mismo, era esta: supuestamente, hace una semana, cuando me di
cuenta de que estaba con retraso. Para confirmar lo que no quería imaginar
y temía, me hice una prueba de embarazo y ¡voilá!... qué sorpresa que el
«me la saco a tiempo» de Alexander, residía ahora en mi vientre. Y dentro
de ocho meses le vería la carita.
A esto se añaden las horribles náuseas, los mareos y la sensibilidad por
todo el cuerpo. Por no hablar del pánico y la desesperación que sufrí.
Tampoco voy a mencionar los tres días que lloré sin parar y que me hicieron
ir al trabajo con dos escarabajos en los ojos, algo que no pasó desapercibido
para mi jefe. Debió de pensar que eran las noches que pasaba follando con
Pierre en lugar de lo que realmente era: las noches que no podía dormir
pensando en lo mucho que me había jodido la vida.
—¿Has pensado en lo que vas a hacer?
Si no fuera por Adriana habría optado realmente por el suicidio, pero
gracias a mi amiga pude conservar mis cabales y al menos pude levantarme
y afrontar la vida. Sin embargo, seguía teniendo un dilema en mi mente.
Seguir adelante con el embarazo o no. Todavía no me había decidido.
—Todavía no.
—Lo siento, ya sabes que no estoy de acuerdo, pero te respeto. Lo que tú
decidas, será lo mejor para ti. O eso espero.
—Perdona, ¿qué decías?
—Ya no me escuchas, ¿o qué? A ver si el embarazo te está poniendo
lerda.
—Lo siento, Adri, es que me estoy pasando verdaderamente mal con
esto de las náuseas.
—Aguanta que tú puedes, amiga. Mañana paso y te dejo unos tés que te
ayudarán con eso.
—¿No es supuesto no beber tés? No lo sé, digo yo. Creo que algo he
leído sobre eso… —ya estaba yo dándole vueltas otra vez—, ves lo que te
digo, Adri, no sé nada de bebés ni de embarazos, ni de nada en este
momento.
—Ya llegarán tiempos mejores.
—Sí tu lo dices, gurú.
—Oye, por cierto, has hablado con tus amigos del Caribe.
—Amigos del caribe…. ¿Cuáles? ¿Los madrileños o los que me dan
orgasmos con consecuencias?
—Joder… sí que te sienta mal el ácido en el estómago…
—Manu y Mario ¡¿dices?! Me quedé de concertar fecha parar la cena.
Pero con todo esto que me está pasando…
—Sí, pero no te me vayas a rajar ahora ni te me pongas más melancólica
de la cuenta, ¿eh?
—Creo que alguien también está buscando familia... —dije de
cachondeo.
—Sí, cariño estoy buscando sustituir mi familia de vibradores por una
monoparental. De preferencia de polla única. Eres muy tonta, pero te quiero
mucho.
—Venga, me voy a trabajar, que si no con las hormonas como tengo y yo
que ya soy de lagrimilla fácil, nos vamos a poner tontas del todo.
Nos despedimos y me apresuré a arreglarme para llegar a horas. Con
todo esto ya había logrado llegar tarde alguno que otro día. Y no era plan
que Alexander sospechase de nada. Pese a ello, la idea de verlo todos los
días y saber que esperaba un hijo suyo no me dejaba dormir por las noches.
Cuando llegué a la oficina seguía con el cuerpo raro. En menos que dura
un chupachups Alexander ya me estaba llamando a su despacho.
—Aquí estoy, Sr. Ruíz. ¿En qué le puedo servir?
Había decidido hace algún tiempo tratarlo de forma muy restricta. Toda
esa imagen tiránica y dictatorial de jefe me estaba volatilizando. No sabía ni
como podría mirarlo a la cara después del numerito que se montó. Cada vez
que echaba vista en su escritorio me lo recordaba.
—¿Qué te pasa? —tenía una expresión de asco en el rostro—pareces
escapada del Circo del Sol. Tienes mala pinta.
—Sí, soy la payasa de servicio. No es algo tan creativo como otras
atracciones del circo, igual pierdo puntos a vuestros ojos, pero es lo que
hay, Sr. Ruiz. Es lo que hay.
—¿Cómo se puede ser tan malpensada? —ya estamos—. Me preocupo
por ti —¿Quién diría?— ¿No tendrás las defensas bajas y el sistema
inmunológico a punto de colapsar. ¿Te tienes alimentado?
Me miró con una incógnita en su frente.
—Agradezco mucho tu preocupación por mí, pero estoy bien. ¿Hay
alguna otra pregunta en la que pueda ayudarle?
El semblante duro tras cada una de mis palabras seguía formando el
contorno de su expresión.
—Tengo una reunión importante con un cliente esta mañana, así que
cuando llego hazlo pasar sin avisar. Y no quiero que nadie me interrumpa.
—Sí, señor. ¿Algo más?
Se levantó y se puso delante de mí. Se me desboca el corazón mientras
elaboro mentalmente una lista de motivos por los que no debo empezar a
llorar. Me estudia con atención. Me seguía mirando de aquella manera que
tanto me incomodaba y me dejaba ansiosa.
—Creo que ya es suficiente por hoy. Sin embargo me gustaría de decirte
que… Me siento mal por este clima entre nosotros. Pensé que tal vez
podríamos intentar un enfoque más amistoso, no sé. Podemos ser amigos,
hablar, hablar de cosas...
—Apenas me conocer, no tenemos nada del que hablar…
—Tú y yo tenemos que hablar de muchas cosas. Cosas que quiero
decirte desde el mismo día en que te conocí.
—Entre nosotros está todo dicho. No hay nada más que aportar.
—Lo nuestro no fue un rollete de una noche y lo sabes: fue una profunda
dedicación de mi parte, y la más absoluta indiferencia por la tuya.
Me quedé desarmada por el reproche. Tenía razón. De alguna manera lo
había usado. Por miedo a pensar que él me usaría a mí también.
—No, me parece que no. Pero tengo trabajo ahora mismo y no creo que
podamos ser nada más que jefe y empleada. Así que si me das permiso —
me giré hacia la puerta, pero me sujetó suavemente el brazo para que lo
mirase. Lo hice. Y su rostro estaba muy cerca del mío. Sentí un ligero
mareo y cerré los ojos.
—Quiero algo más que eso —dije con tono sibilino—. No soy un
hombre que pueda ofrecerte demasiado, pero tengo la sensación de que algo
bueno podía salir de una amistad contigo.
—No te equivoques. Me lo pusiste a huevo y yo caí. Fui yo la que me
dejé llevar por ti. Fuiste lo más parecido a un amigo, por breves momentos,
pero ahora no tengo nada para ofrecerte. Lo siento.
Los dos nos callamos durante unos segundos.
—No me importa, pero también me has hecho estúpidamente feliz.
Me aparté por un instante tras sentir una arcada asomarse y temiendo que
me viera vomitando en el suelo de su salón o que sospechara algo, me
apresuré a salir, excusándome y dejándole solo. Tras salir del baño, donde
resulta que acabé vomitando el desayuno, volví a mi asiento y apoyé
cansadamente la espalda. Cerré los ojos unos instantes y respiré
profundamente. Cuando volví a abrir los ojos, vi a una chica frente a mí.
Sabía perfectamente quién era: la diosa con cuerpo de sirena, como decía
Alexander, de Mariana Romero.
—Buenos días, vengo hablar con Alexander Ruiz —dijo, esbozando una
sonrisa de anuncio dental.
La miré. Era perfecta. Yo quería estar en el lugar de ella. Se la veía tan
segura de si misma, tan tranquila. Su larga y ondulada melena enmarca su
rostro. Su nariz, perfectamente delineada, es tan diminuta que me pregunto
cómo podrá respirar, en mi opinión, está ahí solo de adorno. Sus pechos son
tan firmes, abultados y redondos, que se nota que fueron esculpidos por un
cirujano experto. Me invade una sensación de inferioridad absoluta. La
presencia de esta muchacha me produce un carrusel de emociones como si
estuviera montada en un tiovivo. Salí de mi ensoñación y meneé la cabeza.
—La está esperando, señorita Mariana Romero. ¿La acompaño? —me
puse de pie tan rápido que me mareé y tambaleé. Ella lo notó.
—No hace falta, sé el camino. ¿Puedo darte un consejo?
Me encogí de hombros. En realidad, deseaba más quedarme dormida en
casa y que me pasase el malestar que recibir un consejo de una desconocida
que acababa de cruzarse en mi vida.
—Como azúcar por las mañanas, una galletita o algo. Son ideales para
las nauseas matutinas. Créeme.
Entró por la puerta del despacho de Alexander y me dejó allí acordonada
con su comentario. ¿Cómo sabia que yo estaba embarazada? Hostias, ¿tanto
se notaba? Tenía que ser más cauta y no hacerme notar así.
Al cabo de unos veinte minutos empecé a oír la voz de Alexander
gritando. Me sorprendió que se pusiera a vociferar, más aún con Mariana, a
la que tanto admiraba. ¿Qué estaba pasando? Los gritos iban en aumento y
me di cuenta de que cuando ella entró había dejado la puerta entreabierta,
así que me levanté para cerrarla. Pero antes de que pudiera hacerlo con la
mano en el pomo, oí una frase y no pude evitarlo. Me arriesgué a ser
descubierta, pero necesitaba mejor visibilidad, así que eché el rabillo del ojo
por la puerta para poder escrutar mejor cada una de las cosas que se decían.
Estaban tan absortos en discutir que ni se percataron de mí.
—Ni se te ocurra, Alexander. Te haré añicos. Te harás cargo de este bebé
y punto. Y ¿quieres sentarte, por favor? Me estás poniendo nerviosa y no
puedo. Pareces una mosca nadando en el vino.
Alexander andaba de un lado al otro del despacho, nítidamente cabreado.
—¿Qué quieres? ¿Dinero? ¿Fama? ¿A mí? Los dos primeros te puedo
dar, le último no.
—Lo único que quiero es que asumas la responsabilidad de tu hijo. Del
hijo que esperamos juntos. No quiero que mi bebé nazca sin padre.
—Y ¿cómo puedes estar tan segura de que soy el padre de tu bebé? Eso
es imposible, Mariana.
—Ya te lo he dicho, ¿por qué crees que no pude asistir a la sesión de
fotos. Estaba pasando mal con nauseas. Y la última persona con quien
estuve antes de eso fuiste tú, unas semanas antes.
—Mariana, he usado preservativo, no soy idiota. Nunca he estado con
una mujer a pelo y no me engañas tan fácilmente.
Este fue el momento en el que casi me caigo de espaldas. Sí, estuvo con
otras personas a pelo entre otras cosas. Yo incluida. ¿Se puede ser tan
mentiroso? No podía creer lo que estaba oyendo. Alexander había dejado
embarazada a Mariana Romero. Y a mí también. ¡¡Por amor a la santa
Virgen!! Esto ni siquiera es una telenovela mexicana, pero empezaba a
parecerse a una.
—Alexander, accidentes pasan.
—Mariana —frunció el ceño acercándose más aun a ella con desdén—,
accidentes no pasan. Me ha certificado de que eso no fuera así. Te lo puedo
asegurar. Tengo buena memoria. Ese hijo no es mío. Ve a cargarte el muerto
a otro.
—Muy bien, te doy una semana para que hagas a la idea. Pasado ese
tiempo, hablaré con la prensa. Estoy segura de que no querrás un escándalo.
Corrí directamente al baño, donde de nuevo tuve que usar el váter para
vomitar. La diferencia era que esta vez las náuseas estaban justificadas,
porque estaba asqueada de todo lo que acababa de escuchar. No puedo
creerlo. Estoy en shock. Cuando conseguí recuperarme y tras asearme un
poco, volví a mi asiento. Unos diez minutos después, Alexander abrió la
puerta y empezó a gritarme. Ahora pagaba yo, ¿quieres ver?
—¿Quién dejó entrar a esta mujer sin avisar? —me reprochó mientras
abrí los ojos como platillos.
—No entiendo, me dijiste que dejara entrar a tu cliente cuando llegara...
—puso una cara de asco.
—Exacto. Mi cliente… esa mujer no es mi cliente. No es nada. NADA
—chilló—, ¿te ha quedado claro? Si vuelve a entrar aquí, llamas a
seguridad y la echas, ¿entendido? No la quiero aquí.
—Sí, claro. ¿Pasa algo? —pregunté ofuscada pela forma como estaba. A
pesar de saber el por qué.
—Dar explicaciones sobre mi vida no entraba en tu contrato. Haz lo que
te pido y piensa con la cabeza.
Salió y cerró la puerta ante mi rostro.
Muy bien. Esta mañana quería que fuéramos amigos, y ahora me trataba
como una bruja. No me apetecía formar parte del aquelarre de preñadas de
Alexander Ruiz. ¡Que le den!
El jueves tuve la mañana libre de Alexander. Así que estaba tranquila
haciendo mis cosas. A la hora de la comida aun no había llegado y decidí
salir para comer fuera. A la salida, encontré al simpático fotógrafo que me
hizo las fotos y después de saludarnos y charlar un poco, me preguntó si
quería ir a comer con él, ya que él también tenía que volver a la empresa
para una sesión de fotos, tras la comida. Dije que sí y nos fuimos. Cuando
llegamos al restaurante, me sorprendió encontrar a Alexander sentado en
una mesa con una chica. Bueno, no me sorprende. Siempre estaba con
mujeres. Era su naturaleza. Lo sorprendente fue la cara que puso cuando me
vio entrar con Jorge.
La comida fue fantástica y descubrí más cosas interesantes de Jorge. Una
de ellas me dejó con la boca abierta al saber que él y Mariana Romero
fueron una vez novios. Vi como se sentía angustiado con el hecho de que se
hayan separado. Parecía ser algo reciente. Si cruzarse con un exnovio ya no
era agradable, no quise ni imaginar lo que podría ser tener un ex con el que
se mantiene un vínculo laboral. Y tener que fotografiarla. Y si él soñase que
su querida exnovia estaba embarazada de su jefe, aquí la mierda iba a llegar
a todos los cuellos, era una cuestión de tiempo. Las hostias las estoy viendo
venir por todas partes. Y no estoy por la labor de comerme estos marrones
todos. Yo también tenia decisiones que tomar en mi vida y creo que ya las
tenía claras. No iba continuar con el embarazo.
Capítulo 30
Volví a las oficinas. Antes de salir del baño, donde me lavé la cara y me
cepillé los dientes me miré al espejo y vi que no tenía buena cara. Otro día
en el que las nauseas y los mareos no me dejaban. ¿Iba a ser todo el rato
así? Pues no. Porque no iba a haber mucho más rato. Podría decir que no
me importaba un comino, pero no era bien así. No era una decisión fácil
que se tomaba a la ligera, pero en mi caso infringida por el miedo, el dolor
y la incertidumbre. Cuando salgo del servicio, encuentro a Alexander con
las manos en los bolsillos apoyado en la pared frontal, como si me estuviera
esperando. Lo miré y rápidamente me arrastró de nuevo al baño, cerrando la
puerta tras él para que nadie pudiera entrar o salir. Por desgracia, no podía
hacer nada, salvo quedarme allí y poner cara de aburrimiento y
exasperación. Él fijó los ojos en mí. Y a pesar de su iris de color cálido
castaño, ahora tenía un tono tan frio como un frente polar. ¡Maldito cambio
climático!
—¿Qué coño ha sido eso, Paola?
—Eso ¿el qué? No sé de que hablas. Casi nunca lo sé. —Estaba siendo
honesta. ¿Qué le pasaba ahora? Empiezo a creer que el embarazado era él
que lo llevaba, porque estaba siempre con cambios hormonales.
—No te hagas la sosa. Te he visto. ¿Te estás liando con Jorge?
¿También?
—¿De dónde has sacado eso? Y, por cierto, ¿qué quieres decir con
«también»? ¿Qué tipo de chica piensas que soy?
—El tipo de chica que se acuesta con alguien por el simple placer de
hacerlo sentir nada por la otra persona.
—Por suerte me importa una mierda tu opinión.
—Aun no me has contestado. ¿Qué pasa con Jorge? Se nota a leguas que
tenéis algo muy especial.
Hay un pequeño silencio antes de que me decida a contestarle. Me pilla
en un mal día y sin humor para bailar.
—No tienes ni puta idea. De nada —dije y él me mira con una intensidad
que me marea.
—¡Pues explícamelo, joder! —gritó indignado.
—Eres mi jefe, Alexander, no mi novio. No tengo nada que explicarte.
No quiero dejar el trabajo, pero empiezo a pensar que tal vez tenga que
hacerlo.
—Bueno, antes de llegar a ese extremo, veamos si podemos llegar al
fondo de esto. ¿Has follado a Jorge?
Noto el estómago revuelto. Hago una mueva y respiro hondo.
—No. —No sé porque me molesto en contestarle, pero estoy cansada—.
Pero si no estuviera enamorado de su exnovia Mariana Romero, pensaría en
eso. Por cierto, enhorabuena, me consta que vas a ser papá. Eso significa
que, tal como dijiste en el yate, tu plan de ser virgen se fue al garete.
Me atraviesa con la mirada y me quedo estupefacta. ¿Pero esto va en
serio? Arg, ¡cuánto lo odio! Cuánta belleza ha desaprovechado la madre
naturaleza con él. Pensar que yo lo deseé a rabiar y ahora no me apetecía
tocarlo ni con un palo. Como mucho asesinarlo, descuartizarlo y tirar sus
trozos en el acuario del zoo para dar de comer a los tiburones.
—No vuelvas a meterte en terreno que no te corresponde, sigue las
normas de la empresa y cumple con tu trabajo. Todos nos beneficiaremos
—concluyó—. A diferencia de ti, yo sé exactamente dónde pongo la polla y
no voy por ahí haciendo niños a diestro y siniestro.
—Eres una mierda de persona, el mayor gilipollas que conocí. Renuncio.
Me tienes harta. Te odio. No sabes lo cuánto —Empiezo a tambalearme y él
casi corre hacia delante para sujetarme antes de que me caiga, pero consigo
mantenerme en pie y le grito que se aleje—. No te atrevas a tocarme con un
solo dedo, pedazo de mierda.
—¿Mierda yo? ¿Te has visto? Tú es que te ves como una mierda. Estás
pálida y demacrada, y tienes bolsas bajo los ojos, ¿tan entretenida te tiene tu
amigo Pierre? O al mejor es otro, es que ya me perdí con los nombres… al
mejor son tus amigos que conociste en el Caribe, ¿han vuelto ya? —Cuanto
más veneno escupía más me mareaba.
Su evaluación es dolorosa de escuchar y empiezo a llorar sin parar. No
puedo controlarlo. Putas hormonas.
—Tus celos irracionales ya están pasando los límites de lo normal. Eres
toxico, Alexander. Eres demente. Apártate de mí. Quédate con la madre de
tu hijo —no propiamente—, y se feliz. Pero, por favor, déjame en paz. Te
odio.
—Y tu eres una niña mimada y mentirosa. Cobarde. ¡Tu juguete se
cansará de ti pronto, y entonces no tendrás a nadie, como te mereces!
Empiezo a ver todo turbio, me pongo la mano en la cabeza, pero no
puedo equilibrarme. ¡Dios mío, siento que me voy a desmayar! No. No. No.
Antes de caer al suelo, Alexander me coge en brazos y me estrecha contra
él.
—Paola, ¿te encuentras bien?
Sigo mareada y aunque no he perdido totalmente la consciencia, me
siento tonta. En todos los sentidos.
—Estoy un poco… tonta.
—Que eres tonta de campeonato ya lo sé, su burra. ¿Quiero saber si
puedes levantarte? ¿Qué te ha pasado? Estás empeñada en matarme de
ataque cardiaco. —Su voz salía divertida, pero podía entender el tono
preocupado de trasfondo.
Al ver que no reaccionaba, me llevó en brazos a la consulta del médico.
Una vez allí me pusieron en la cama y pude recuperarme un poco. Cuando
me levanté tenía un par de ojos mirándome: el doctor y Alex.
—Paola, ¿Cómo te sientes? —preguntó el médico, mirándome.
—Me siento un poco mal, no es nada, ya me pasará. —Sé que he usado
una excusa equivocada, ya que la cara de Alexander palidece.
—¿Nada?, nada hasta el punto de desmayarse, está claro que nada no es
—dijo Alexander con malas pulgas.
—¿Sientes nauseas otra vez? ¿Dolor de cabeza?
—No… estoy mejor… he estado un poco mal y me encuentro un poco
débil.
El médico me coloca el termómetro y me mide la tensión. Mientras
esperamos, por pocos minutos que sean, el ambiente se queda pesado y
irrespirable.
—Tu temperatura y presión sanguínea están un poco altas. Solo para
descartarlo, nuevamente, Paola, ¿hay alguna posibilidad de que estés
embarazada?
Me callo, no soy capaz de contestar. Alexander sigue delante de mí con
los ojos abiertos, tal como la otra vez, solo que en esta ocasión hay un
motivo valido. Y él tendrá que saberlo, ya que el bebé sería suyo. Aunque
ya haya decidido no continuar con la gestación.
—Paola, ¿Estás embarazada? —el doctor volvió a hacer hincapié en la
pregunta.
Las lágrimas salieron a tropezones por mis ojos. Asentí con la cabeza. La
cara de Alexander era un cuadro de impresionismo. Abre a porta de golpe y
sale del consultorio. Me quedé un poco más hablando con el médico hasta
que me recuperé por completo. Cuando salí de la consulta estaba mucho
mejor, pero las lágrimas seguían cayendo por mi cara. Al cerrar la puerta, vi
a Alexander apoyado en la pared junto a ella, esperándome. Al pasar, me
agarró por los brazos con la fuerza suficiente para ponerme contra él y la
pared. Menos mal que no había nadie pasando por allí, porque estábamos
dando un espectáculo terrible.
—¿Por qué lloras?
—Hormonas —jadea y apoya su frente sobre la mía.
—¿Hace cuanto tiempo lo sabes?
—Hace como una semana.
Joder, debería habérselo dicho en ese momento. Tenía derecho a saberlo.
O eso pensaba, hasta que lo escuché hablar.
—¿Puedo saber quién es el padre?
Nuestros ojos estaban fijos el uno en el otro. Cuando estás enamorado de
una persona te parece que ninguna palabra, ninguna sorpresa pueden bastar
para dárselo a entender. Su respiración es entrecortada, irregular, ansiosa.
Me dio pánico, miedo, terror, pero me cogí del último rasgo de coraje que
me quedaba y lo dije de golpe.
—Tú. Tú eres el padre.
—¡Hala! Otra que se cree que soy tonto. Menudo farol. Soy tan padre de
tu hijo como todos a los que te montas.
Le di una bofetada y vio las estrellas. Loca que quedé con la respuesta.
Tragué con fuerza, pestañeé varias veces, y así fue como evité que las
lágrimas salieran como si de cataratas se trataran. Cuando me miró con esa
sonrisa maquiavélica que tiene, le dije antes de salir corriendo y dejarlo
perplejo:
—De todos modos, no tienes que preocuparte por nada. A diferencia de
Mariana, no voy a llevar el asunto a los medios de comunicación. Y más te
digo… pronto, no habrá problemas que tratar. He decidido qué hacer. Y no
voy a tener tu hijo. No, a no ser que estuviera loca. Yo no lo soy tanto.
◆◆◆
A partir de ahí las cosas fueron muy sencillas: esa misma tarde me fui a
casa y al día siguiente decidí pedir cita con el médico y falté por motivos
obvios. Para no coger una baja médica, ese mismo día envié mi carta de
dimisión a recursos humanos, con fecha a partir del próximo lunes. No iba a
trabajar más y no quería ver la cara de Alexander. Y mucho menos ser el
hazmerreír de la empresa. Así que pasé el fin de semana en casa, muy
tranquila, intentando olvidar toda la mierda que había pasado durante la
semana, que bastante tenía ya con el malestar general que me acompañaba
de mañana hasta la noche. Pero no todo fue tan fácil. Como Alexander
había insinuado lo que dijo y ver su cara me hizo pasar la mayor parte del
tiempo llorando como una mártir. Ya sabía que era una canalla, pero nunca
pensé que dudaría de mi palabra. A pesar de todo estaba enamorada de él y
eso me dolía.
Domingo por la tarde, estaba sentada en el sofá de mi salón pensando en
él y me dije a mi misma que no debía ser una tonta romántica. El amor no
tenía que ser tierno para ser auténtico. ¿Acaso no sabía desde el principio
que, en lo referente a Alexander, sus emociones nunca serían simples ni
corrientes? Tampoco deseaba que lo fueran. Aun así, me hubiera gustado
poder tener su mano sobre la mía, oír una palabra que me diera pie a
confesar la profundidad de mis sentimientos y cuánto estaba dispuesta a
darle. Pero no, él había sido muy directo, como siempre decía, no contaba
con su corazón. Lo que más contaba era su orgullo y su carácter. Debía ser
realista y comprender que, porque lo amase, él no tenía que amarme
igualmente. Lo deseaba como jamás había deseado a nada en toda mi vida.
Pero ¿qué sentía él? ¿Tan mal me quería? Maldición, ¿qué pensaría? Como
sería mi vida, y la de él, una vez todo esto hubiese terminado. Porque una
cosa era cierta. Yo nunca más iba a poder olvidar Alexander. Llevaba su
hijo dentro y estaba prestes a dejar los dos en el mismo sitio: en el abismo.
Pero no en el olvido.
Volví a llorar copiosamente. Habían pasado casi tres días y él no fue
capaz de decirme nada. Ni saber como estaba, ni contestar a mi renuncia.
¿Tan poco significaba para él? ¿Aceptaba lo que ocurría entre nosotros con
tanta displicencia, que ni siquiera se dignaba a hablar?
Recibo un mensaje en el móvil y di un salto. Lo cogí apresuradamente,
creyendo que pudiera ser él, pero no. Era un mensaje de mi hermano
diciendo que iba a pasar por mi casa en un par de horas para visitarme.
Suspiré. Sería bueno verlo, pero no dejaba de sentirme desolada por todo lo
que estaba pasando. Cuando llegó Oscar me alegré mucho de que hubiera
venido. Mi hermano y yo siempre nos dimos bien y echaba de menos su
abrazo. Ya no lo veía desde antes de irme de vacaciones. Le conté sobre mi
decisión de salir del trabajo, pero no le dije nada del bebé. No era sensato
hablar sobre el tema. Cuanta menos gente supiese de esta historia, mejor
para todos.
—Lo llevas lo suficientemente bien como para descansar un par de días.
Es más, aún no lo hemos hablado, pero no tienes por qué seguir trabajando
si no quieres.
—Ya he renunciado, Oscar. El pasado jueves.
—Creí que aceptaste ese trabajo porque deseabas trabajar en el sector.
Que querías algo más en la vida que ser una asistente.
—Sí, entré en la empresa por eso, pero las cosas cambiaron. Yo cambié y
ahora busco otros horizontes.
—Me alegro —aseguró ensanchando la sonrisa—. La mayoría de las
mujeres que conozco no son tan valientes como tú. Tengo mucho orgullo en
ti, hermanita.
—La mayoría de las mujeres que tú conoces están borrachas, porque
solo conoces personas cuándo sales de fiesta. Pero te agradezco el halago.
—Él se encogió de hombros.
—En la realidad estás equivocada. Estoy tratando de elegir una mujer
decente —aseguró—, pero la mujer en cuestión no deja de rechazarme.
—Joder, Oscar, ¿quieres tú ver que esto es un problema genético?
¡Entonces los dos estamos jodidos! El tema no tiene vuelta atrás, los dos
estamos jodidamente condenados.
—¡Hostias! Habla por ti. Y soy una persona positiva y tengo esperanza.
—Bueno, seguramente tengas razón, pero es la realidad. Sin adornos ni
medias tintas, y no es un sermón de la mamá que seguramente nos entraría
por una oreja y saldría por la otra. Nunca es pronto para que sepas las
consecuencias reales que provoca estar enamorado de la persona
equivocada.
—Hablas con propiedad. ¿Qué me estás escondiendo? Desde que te
fuiste al Caribe ya no me cuentas nada. Vamos. Cuéntamelo todo.
—Lo que pasa en el Caribe se queda en el Caribe. Punto y pelota.
Nos reímos los dos de tanta tontería junta que decíamos. Estábamos
hechos tal para cual.
—Muchas personas me han hecho proposiciones, me han cortejado, me
han hecho reír, han halagado mi vanidad femenina… Pero la cosa no ha
pasado de ahí. ¿lo entiendes?
—¿Y se puede saber quiénes son esos tipos?
—Una tanda de gilipollas sin interese. Pero bueno, ahora lo único que
me importa es saber quién es esa mujer que te tiene encaprichado.
—Una compañera de trabajo. Pero es complicado…
—Oscar, te conozco y no posees lo necesario para retenerla; eres un
chaval demasiado mundano para asentarse. Además, tú llevas mucha
mierda en esa cabeza y ella no querrá cargar con eso. Tienes que cambiar,
mi hermano. Es cuestión de tiempo. Deja de ser así, antes de que te haga
daño. Antes de que te quedes pillado de tal manera que no podrás ni respirar
y ahí… te jodes.
—¿Por qué me da la sensación de que no estamos hablando de mí? Estás
jodida, pero no lo conviertas en asunto mío.
—Vete a cagar —Oscar se echó a reír.
Continuamos a charlar alegremente, intimando nuestras cosas y tanto él
como yo seguíamos intentando sonsacar información. Me daba palo tener
que mentirle. Eché un vistazo al reloj, apenada de que ese rato con él
tuviera que concluir pronto. Qué rápido pasó la tarde. He oído el timbre de
la puerta. ¿Quién podría ser? No esperaba invitados.
—No te muevas, voy a ver quién es —dijo mi hermano, levantándose y
dirigiéndose a la puerta. La entrada conducía directamente al salón y desde
allí podía ver la puerta.
Cuando se abrió, oí hablar a una voz masculina que conocía bastante
bien: Alexander.
—Hola, perdona, ¿está Paola?, quería hablar con ella. —Sus ojos
entraron en mi casa y se encontraron con los míos en el sofá. Mi hermano
nos miraba alternativamente.
Me levanté inmediatamente y me dirigí a la puerta. Todavía en estado de
asombro, le pregunté:
—Alexander, ¿qué haces aquí?
Busqué la respuesta correcta en mi mente y dirigí una breve mirada en su
dirección al tiempo que tomaba aire a toda prisa. Miró a mi hermano y
cuando volvió la vista hacia mí, su expresión era recelosa, suspicaz.
—¿Podemos hablar los dos... en privado? —preguntó por fin con tono
cortante.
Consciente de que algo allí había gato encerrado, mi hermano se
apresuró a decir:
—Bueno, mi amor, me voy. Ya hablaremos otro día. Por favor, dime
algo. No me dejes preocupado —Oscar se dirigió a la consola para coger la
cartera, el móvil y las llaves del coche para marcharse. Mientras tanto, hice
un gesto con la mano para que Alexander entrara y lo hizo. Se quedó como
una estatua a menos de un metro de distancia.
Capítulo 31
Al salir, mi hermano me dio un fuerte abrazo y me besó el cuello y luego
la punta de la nariz. Una costumbre que teníamos desde que éramos niños.
De reojo, pude ver Alexander que nos miraba. Por un momento, creí que le
iba a dar un infarto, pues se ha quedado tieso y el ojo derecho ha
comenzado a temblarle.
—Conduce con cuidado y llámame, ¿vale? —me despedí de Oscar que
hizo un gesto y saludó en el aire a Alexander que solo se limitó a sacudir la
cabeza en retorno.
Cuando cerré la puerta y lo encaré, se me quedó mirando con una
expresión muy difícil de interpretar. De forma repentina, tuve la seguridad
de este solo era el principio de una discusión que no quería. Suspiré y lo
invité a entrar. Se sentó en una punta del sofá y yo en la otra punta.
—Has venido… dijiste que querías hablar conmigo... —no sabía bien
por donde empezar a entablar una conversación.
Había esperado, quizá con cierta ingenuidad, que se mostrara más
complacido de verme. Incluso había esperado ver su característica media
sonrisa, el oscuro brillo de diversión en sus ojos, o sentir la caricia de sus
dedos en mi mejilla. Sabía que estaba pensando de nuevo como una
estúpida, de modo que me concentré en bajar la mirada.
—¿Te encuentras bien? —subí los ojos y vi su rápida mirada de
preocupación.
—Dentro de lo que cabe… sí.
—¿Siempre eres tan cabezota?, ni que hayan estado torturándote o
matándote de hambre, no eres capaz de dar el brazo a torcer. Ya te pueden
dar todos los argumentos del mundo que no hay manera de convencerte.
—Lo siento, tienes razón, ¡¡¡qué maleducada soy!!! ¿Quieres tomar
algo? ¿Una taza de café, una taza de té, una cerveza, un chupito de cianuro?
El salón se sumió en un repentino silencio. Él exhaló una bocanada de
aliento.
—He venido a decirte que no acepto tu renuncia. Puedes presentarte al
trabajo mañana —soltó a secas.
—Ya he tomado mi decisión, no eres nadie aquí, no sé qué te crees —
contesté furiosa.
—¿Por qué quieres irte? —arqueé la ceja. De verdad ¿me hacía esa
pregunta? ¿No era obvio?
—No tengo ganas de seguir trabajando para ti no espero ascender a base
de polvos y mamadas. Te has equivocado de asistente.
—Paola, necesito que te quedes. He venido aquí en son de paz.
Encima chulo, vamos, que este no sabía con quién había venido a hablar,
le iba a quitar esa chulería y bien pronto.
—No tengo ni puta idea de adónde sacaste esa idea de que me necesitas.
¿Tienes la memoria corta? Me trataste peor de que a un perro, me trataste
como una mierda, como si fuera basura... ¡¿Qué parte no entiendes de que
no trabajo más para ti?!
—De momento —dijo él manteniendo una calma suprema. Yo parecía
una verdulera soltando palabrotas por lo alto y él allí impávido y sereno—.
Vas a volver al trabajo sin poner objeciones y dentro de cuatro meses te
quedarás en casa hasta que el bebé nazca.
Tragando saliva para deshacer el nudo que tenía en la garganta, lo miré
como si fuera un cometa de estos que pasan de siglo a siglo.
Completamente pasmada. Mi expresión en la realidad oscilaba entre el
asombro y el horror.
—A ti te tiene que importar una mierda lo que yo decida con mi vida, ¿te
ha quedado claro? —vociferé.
—¿Y por qué no iba a importarme?
—Me lo dijiste cuando insinuaste que era una furcia, una zorra caza
marido o que me acuesto con toda la peña.
—Paola, eso ya da igual —insistió con la misma calma que ya me estaba
dando más los nervios—, ahora debemos centrarnos en arreglar todos los
problemas que tenemos, que no son pocos. De nada nos sirve discutir.
—Perfecto. Estoy totalmente de acuerdo. Pues, tú puedes irte por donde
viniste y así no hay discusión. Por lo demás, estate tranquilo, porque ya te
dije que no va a haber ningún problema. No va a haber nada.
—¡Y una puta mierda! —salté y me encojo de hombros con el grito que
dio. Ya sabía yo que estaba demasiado calmo—. Te has hecho la guaje con
esto, ahora te voy a dar una novedad… no vas a sacar ese bebé ni yendo a
bailar a Chalma.
—¡¡¿¿No jodas que ahora crees que pintas algo en el asunto??!! Vete a
tomar por culo, Alexander.
Se levantó del sofá y se sentó a horcajadas encima de mí. Me agarró la
cara con las manos y me lo dijo a escasos centímetros de mi boca.
—Te dije que cuidaras tu sucia boca. Cargas a mi hijo y deja de hablar
tanta mierda, él lo oye todo. Los dos tenemos que parar. Y si no, ya te dije
que tengo formas muy concretas de lavarte la boca.
—¡Hazlo! —rugí ya fuera de mí—. Ya me da igual todo. ¡A tomar
viento! Ya estoy cansada de ti y de tus mierdas.
—La boca… —me besó con furia y haciendo la fuerza suficiente para
entenderlo como un castigo. Aunque para mí era un castigo de doble moral.
—Pero ¡¡tú eres tonto!!, llegas aquí sin avisar, sin invitación, crees que
puedes dar una de macho alfa y asumir lo que antes no querías ni saber…
en serio, Alexander. Tú no sabes lo que quieres de la vida, pero yo sí sé lo
que quiero de la mía. Y no te metas.
—Es cierto que estaba aturdido. ¡Joder! En menos de dos días me hacen
padre de dos hijos. ¿Qué querías que pensara?
—Simple, no pongas la polla en todo el agujero como me dices a mí y ya
no te pasa eso.
—A ver… señorita… que cuando uno no quiere dos no pueden. ¿Acaso
te ha hecho un hijo solo?
—No, pero soy yo que lo cargo, como bien has dicho y eso me da el
derecho de saber lo que hacer con mi cuerpo, alfo que no es de tu
incumbencia.
—Te equivocas. Tu cuerpo es tuyo, cuando no es mío —su brillo
perverso en los ojos me sacaba de las casillas, siempre tenía que estar de
broma. ¡Maldito sea! No llevaba nada en serio—. Pero el hijo que esperas
es de los dos. Y yo quiero ser el padre de tu hijo. ¿Cómo quedamos?
—No vas a conseguir engatusarme con tus pajas mentales. Te he
escuchado mil veces decir que no querías ser padre, incluso lo negaste y
dijiste lo mismo a Mariana. ¿Y ahora me dices que quieres ser el padre de
mi hijo? ¿Has bebido o qué?
—Si no quieres ser madre, lo entiendo, pero no puedes negarme a mí el
derecho a ser padre.
—Ese derecho te lo negaste tú. En mi cara.
—Creo que está claro que esa no es mi posición. Por una última vez,
quiero ser el padre de tu hijo y no voy a abdicar de eso. Haga lo que tenga
que hacer.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Simple: te secuestro, te llevo a una isla desierta, que conozco varias
hasta que tengas el niño, te lo quito y te dejo allí para que te coman los
tiburones.
¿Lo piensa de verdad? Su voz sonaba áspera y me provocó un escalofrío.
Me miraba serio. Cuando pasados unos segundos de retarnos con la mirada
arqueó una sonrisa en los labios, entrecerré los ojos. Hijo de puta. Me
estaba sacando de quicio aposta.
—¿Ya podemos hablar como adultos, ahora? —preguntó y mis mejillas
se sonrojaron de vergüenza.
—Lo que tú digas.
—Luego dices que tengo mala memoria... No sé qué hacer contigo. ¿No
te dije que no repitieras esa frase?
Su aliento me acarició el rostro. Tragué saliva. Deseaba matarlo. Pero
también deseaba más que eso. Ambos deseos se me antojaban igual de
peligrosos; luchaban entre sí en mi interior, sin descanso. Lo deseaba y a la
vez lo odiaba. Suspiré.
—Eres insufrible y te odio.
—Pues yo creo que tú sientes algo por mí, de lo contrario, no cuadra
nada, que te pongas tan nerviosa cuando estoy por cerca o cuando hicimos
el amor. ¿Me equivoco?
—Me lo paso bien, es solo sexo. Nada más. Ahora con las hormonas me
he vuelto más cachonda.
Cambié el tema, porque me estaba poniendo seria y no era plan. Duró
unos minutos en el que el silencio, las miradas y nuestros labios, lo dijeron
todo, pero permanecimos callados.
—¿Y si te pruebo lo contrario?
Justo cuando su boca se acercó a la mía empecé a marearme. No me
salían las palabras, así que tan solo asentí, pero en ese momento, mi cabeza
empezó a dar vueltas y involuntariamente puse una mano en el vientre. Él la
miró y colocó la suya por encima.
—Paola, ¿te encuentras bien? Estás pálida —me dijo, y lo encontré
preocupado por mí realmente.
—Creo que me está dando una bajada de tensión —contesté,
agarrándome a su brazo—. Me puedes traer un poco de agua, por favor —le
pedí, y él fue corriendo, pero literalmente. Cuando llegó con el agua, me la
tomé mientras me temblaban las manos, y me recompuse como pude.
–¿Mejor?
—Pienso que sí.
Me quitó el vaso de las manos, me cogió en brazos con una espectacular
fuerza y agilidad. Y me preguntó:
—¿Tu habitación? —le señalé el camino y nos llevó adentro. Me recostó
en la cama y se acostó a mi lado abrazándome.
—Sos preciosa —susurra, inclinándose para dejar un cálido beso en mis
labios.
—No deberíamos hacer esto, Alex… —no me dejó hablar. Me volvió a
besar y con los labios posados en los míos refutó.
—Lo es cuando se trata de mi mujer y la futura madre de mi hijo.
—Las mierdas que dices solo para follarme.
—En realidad no pensaba follar contigo esta noche, pero dado que lo
dices así… y ante la posibilidad, no puedo dejarla pasar.
Con una velocidad y maestría de experto me quitó los vaqueros y la
camiseta que llevaba. Quitó la suya también, dejando desnudo su pecho
increíble. Se posicionó a mi lado otra vez y me empezó a acariciar la piel
del vientre, de las piernas, con suaves toques. Su contacto me producía una
sensación maravillosa.
—Me encanta tu piel —susurró bajito a mi oído.
Su voz se había convertido en un murmullo hipnótico. Mientras seguía
tocándome con las manos, gemí, cedí a la tensión que me torturaba el
cuerpo, deseando su toque. Jadeé de placer al sentir su tacto en mi sexo.
Con calma deslizó las manos a mis pechos y me quitó el sujetador. Me
acarició con los pulgares presionando con cautela. Estaba siendo
considerado con mi estado, pero mal sabía que eso me daba más excitación.
Suavemente pellizcó un pezón para, al oír mi gemido de placer, colocarlo
en la boca y succionarlo con delicadeza. Si se le ocurría seguir haciendo
eso, todo terminaría incluso antes de empezar. Paró y subió a mis labios. Y
se apoderó de mi boca. Enterrando los dedos en mi pelo, me apretó con
fuerza hacia mí.
—Te he echado de menos. Te lo dije. Te iba a extrañar. Mucho.
Noté una ligera presión en mi vientre. Tenía todo el cuerpo en llamas por
la manera como me tocaba, era caliente y sexy, y hacía arder mis sentidos.
Me sujetó por las nalgas y rozó su sexo en el mío.
—Alex…
—Lo sé…
—Me alegro de que hayas venido a verme…
—Y yo…
Se frotaba en mi y sé que había llegado al máximo de su excitación.
—A ver qué podemos hacer con esta visita inoportuna…
—No quiero ser una visita…
—¿No? —nos besábamos con locura entre frases sin nexo y
declaraciones.
—No. E quiero cerca.
—¿Y eso? ¿Para qué?
—Para follarte todas horas. Te deseo… No puedo pensar en otra cosa
que en hacer el amor contigo, desde que te tuve en aquella cama en el
Caribe… e incluso antes…
Abrí los ojos con una mirada de curiosidad ante sus palabras.
—Me gusta estar dentro de ti. Me vuelves loco… Eres tan sumamente
perfecta…
—Entiendo… solo soy sexo para ti…
—Te prohíbo a decir eso, ya te lo dije… ya te he dicho muchas veces
que eso es algo que no me gusta, ya estés enfadada o no conmigo.
—¿Por qué? ¿No es la verdad?
—¿Quieres saber la verdad?
Contuve el aliente cuando él me miró serio.
—Me he enamorado de ti.
Yo tenía el corazón desbocado, el estómago hecho un nudo de nervios y
el coño palpitando por él. ¡Qué romántica soy! Espera. ¿Ha dicho que se
había enamorado de mí? La madre que lo parió.
Capítulo 32
Lo empujé con todas las fuerzas. Estaba furiosa. Me levanté mientras él
se quedó atónito y me vestí la camiseta que no tapaba mucho, pero de
momento funcionaba. Él se quedó de rodillas, vestido apenas con los
vaqueros y mirándome con sorpresa.
—Claro que sí. ¿Por quién me tomas? —ataqué con rabia en la voz.
Lo que más odiaba eran los hombres que decían palabras bonitas solo
para follarte o convencerte de algo.
—Ya chole, chava. ¿Qué pasa ahora?
—Pasa que eres un verdadero gilipollas —puso los ojos en blanco—,
toda tu cháchara que no haces promesas que no puedes cumplir, que no
dices lo que quieren oír, todo eso se te pasó por el forro cuando me dijiste
esa mentira.
—A ver… Paola… de verdad… ya me tienes hasta el queque. Ya ni la
amuelas…
—¡¡¡EN CASTELLANO COÑO!!! —chillé.
—Te vas a dar un ranazo si sigues siendo así, pero todo bien. Estás
cuestionando mis sentimientos, ¿es eso?
Comienzo por llorar. ¿Pero qué me pasa? ¿Qué no controlo mis
emociones?
—No te creo, Alexander.
—Nunca, jamás te hubiera hecho daño diciendo eso. Lo que has dicho es
cierto. Yo no hago promesas. Lo siento —se levanta y se acerca a mí.
Mi yo insensato le da un empujón, sin éxito, porque es muy fuerte y no
se mueve. Me abraza. Lo quiero tanto que me aterra que lo que diga sea
mentira o manipulación. Si, ya lo sé, estoy muy quemadita del coco.
—Yo también lo siento… —Consigo murmurar.
De repente, como si hubiera tenido una epifanía, se apartó un poco y me
levantó la barbilla con una mirada escrutadora.
—Ahora lo entiendo todo. No digas nada más. No quieres escucharme y
no te importa lo que siento porque estás con otra persona. ¿No es así?
«Joder con los celos, otra vez». —Yo hablando de cosas serias y él a
botarse la canica.
—¿Cómo pude ser tan idiota y no ver que sigues siendo un engreído?
No tengo remedio, siempre me las apaño para sabotearme a mí misma, pero
¿por qué? Tú no cambias. Y dale con el de macho alfa. Esto no tiene nada
que ver con otras personas. Es entre tú y yo.
—¿Dime por qué lo hiciste? ¿Qué pretendías invitando a ese idiota aquí?
—Mira, aquí el único idiota eres tú, ahora por favor, vete de mi casa. Y
si te refieres a Oscar… es un señor, un caballero, mucho más integro de que
tú.
Él se acercó muy rápido y me asustó al sujetarme por los brazos con
fuerza atrayéndome hacía su cuerpo.
—¿Qué me vas a decir, hain? ¿Qué te estás acostando con ese imbécil?
¿Para qué? Para darme celos, ¿es eso?
—Eso no es de tu incumbencia, con quién me acuesto o dejo de acostar.
Puede ser que sí.
—No te creo —me sujetó la nuca y acercó mi boca a la suya cuando lo
dijo. Intenté zafarme, empujándole por el pecho—. No serías capaz. Mucho
menos en tu estado.
—Tú mismo has dicho que yo no pasaba de una oportunista. Tal vez
haya visto una oportunidad con él que no vi contigo. Al final, mi bebé va a
necesitar de un padre —quería herirlo y mandarlo a tomar viento. No tenía
ningún derecho a exigirme nada.
—Paola vete en cuidado con lo que dices, tú no me conoces.
—Y tú menos. Y tampoco quiero conocerte, quiero que te vayas.
—Pues si me conocieras sabías perfectamente que no concibo traición.
No voy a aceptar que me engañes de esta manera o que me uses.
—¿Engañar? ¿Traición? ¿Usarte? —empecé a reír a carcajadas. Estaba
de broma, solo podía—. ¿Crees que soy tu espejo? Mírate, Alexander.
Él estrechó los ojos felinos y su semblante se convirtió en algo
amenazador, solo que yo no le tenía miedo. Mis risas se interrumpieron por
su contacto en mi boca. Se apoderó de mis labios de forma a callarme y
ahogarme cualquier gana de reír. Un beso agresivo, posesivo, castigador.
Casi me dejo aturdir por aquella boca sensual, su lengua experta, pero
pude reaccionar a tiempo. Lo empujé para poder apartarme.
—No vuelvas a tocarme sin mi permiso. Eres un animal, un engreído, un
bastardo… ¿tú que te crees?
—¿Sabes lo que soy? Probablemente el único hombre que te dio placer
en toda tu vida. El único por el cual te mojas las bragas solo de pensarme —
él esbozó una sonrisa irónica y yo me quedé de boca abierta. ¿Se podía ser
más arrogante y creído?
Volvió a avanzar para cogerme con los brazos, pero logré huir hacía tras
y dar la vuelta a la cama. Él me perseguía. Cogí un libro que estaba encima
de la mesita de noche y lo erguí para amenazarlo.
—No te acerques de mí. —No me hizo ni puto caso porque avanzó más
en mi dirección. Y le lancé el libro contra su cabeza que, por suerte, logró
bajarla y conseguir que el objeto se desparramase en el suelo, sin tocarlo.
—Ven aquí, deja de huirme… Paola…
—Pero ¿tú que te crees? ¿Qué puedes con todas? Eres un machista. Tú
no me has querido más que a las demás, eres un desgraciado…
—Me puedes acusar de todo lo que quieras, menos de eso… —consiguió
alcanzar un brazo mío y me tiró de la muñeca para quedar otra vez pegada a
su pecho.
—Suéltame.
—¿Y si no quiero soltar? Primero que me vas a decir que tienes con ese
petulante…
—Lo que tú nunca podrías darme… lo que tengo con él es algo que tú
nunca vas a poder ser.
En un gesto muy rápido, me cogió a brazos y me depositó en el cama,
quedándose encima de mi cuerpo, atrapándome por completo e
inmovilizándome. Sus labios colados a los míos y su mirada desesperada,
me estaban dejando muy confundida.
—Mientras más me lo dices, menos te lo creo. No serías capaz de hacer
eso, menos al padre de nuestro hijo.
Cerré los ojos al escucharlo decir aquello de esa forma. Me estrujaba el
corazón cuando asumía su paternidad y hablaba del bebé como nuestro. Me
besó suavemente y no conseguí moverme. Me dejé ser besada. La cabeza
me iba a explotar de un momento a otro y era por culpa de mi malestar y de
su conducta.
Nada bueno ocurriría a continuación. Lo presentía. Sin pronunciar una
sola sílaba dejé que me quitase la ropa nuevamente, me desnudase y vi
aterrorizada como se quitó los vaqueros. Sentí vergüenza extrema por no
conseguir decirle que no. Porque mi cuerpo se lanzaba al suyo como agua
en el desierto. Sediento, seco, ansioso. Sus manos paseaban por todo mi
cuerpo de forma delicada, mientras su boca seguía consumiendo la mía con
posesividad.
—Oscar es mi hermano, estúpido —me miró serio y esbozó una sonrisa
de vergüenza.
—Lo siento. Me dejas muy celoso. Todo esto es nuevo para mí, tiene
paciencia conmigo.
—Y para mí ¿qué te crees? Tienes a las mujeres más lindas del mundo a
tus pies… —no me dejó terminar.
—Paola, te tengo dicho que estás siempre infravalorando tu atractivo —
Alexander hablaba con voz seria y profunda—. Eres muy guapa, tienes una
melena muy bonita, una boca de sueño, un cuerpo de diosa. Además tienes
unos ojos muy misteriosos y es muy inusual tener los ojos castaños con un
aspecto tan sensual. Pero, lo que más me gusta de ti es que eres una mujer
real.
—¡Yep! Una real tonta. —Hice un puchero con los labios.
—Te deseo, eso es innegable. Me cuesta mucho no tocarte no poder estar
lo más cerca posible de ti —Su mano descendió hasta mi mejilla y se quedó
allí—. Pero te quiero y quiero que estés conmigo porque te apetezca, no
porque te sientas obligada.
—Tus promesas pierden valor cuando no van acompañadas de
honestidad. Te pregunté si me quería para ser tu amante, tu juguete y te
fuiste por las ramas.
Él hizo una mueca.
—Tienes razón, pero no volverá a pasar. No volveré a dejar tus dudas
por contestar. Pero a eso no te voy a contestar, porque es ridículo. De
verdad crees que te querría para eso, ¿teniendo como tu dices a las mujeres
que quiera? —Al final, las verdades duelen. ¡Joder!
—Los hombres se cansan de todo en seguida.
—Pero yo no quiero ser tu amante. Quiero ser tuyo y quiero que seas
mía. Quiero estar contigo.
Su abrazo es cálido, fuerte y protector. No es el abrazo de un hombre que
busque a una mujer a la que meter en su cama, es el abrazo de alguien que
sabe lo que quieres. Sonrío al pensar que él pueda estar siendo honesto. Se
aparta un poco y sus manos cogen mis mejillas y secan mis lágrimas, que
ahora inundan mi rostro, se inclina y me besa en la frente.
—No quiero que llores, mi amor. Eres una mujer muy fuerte y no quiero
que te sientas triste. Estoy aquí y quiero estar aquí contigo.
Sus palabras em calman. Asiento, sonrío y de nuevo me envuelve en un
abrazo que me hace sentir en casa.
—No quiero hablar más al respecto… —dijo, cuando su boca subió
desde la mía hasta el pómulo de mi oreja para chuparlo y provocarme
escalofríos—. Quiero hacerte el amor y no me apetece discutir contigo.
Vuelve a secarme las lágrimas y me besa despacio a continuación. Nos
besamos pausadamente. Sin prisas. Enredando nuestras lenguas,
entreteniéndonos en saborearnos. Mueva la cabeza de lado a lado. Me
agarra la nuca con ambas manos y me retira el pelo de la cara.
—Adoro tu fereza. Tu forma loca de ser, cuando te encrespas con
cualquier cosa. Tu forma impulsiva y torpe de actuar. Eres especial para mí.
Te amo tanto… Estar lejos de ti me está matando.
Yo también lo amo. Y merece que se lo diga, pero como él mismo dijo,
soy una cobarde y el miedo me puede. Sigo en llanto, mi pecho sube y baja
sin control. Él me abraza fuerte y me acaricia los hombros y los brazos
suavemente. Me besa el cuello.
—Aun llevas las bragas puestas y te las voy a quitar —tuerce la boca en
una sensual y caliente sonrisa capaz de inmovilizarme como veneno de
serpiente. Baja la vista hacia mi sexo, agarra mis bragas y tira fuerte.
—¿Qué haces? —me derrito un poco más.
—Lo que te dije antes: demostrarte que te amo.
Me atrae hacia él y me besa el pubis. Con las manos abre mis piernas
suavemente. Lo ayudo, dejando acceso pleno a mi sexo. Hundió la lengua
todo lo que pude en mi coño, reclamando cada rincón, como suyo. No sé si
me demostraba el amor, pero si eso era entre el cielo y el paraíso, lo había
encontrado. Porque amaba lo que me hacía. Me cogió el clítoris entre los
labios y succionó, haciéndome cerrar los ojos al sentir que hinchaba en su
boca. Después hundió sus dedos en mi interior. Solté un gemido de susto,
pero no me dio la oportunidad de protestar. Me succionó con más fuerza al
tiempo que me penetraba repetidamente con los dedos hasta que empecé a
gritar su nombre. ¡¡Dios del inframundo!! ¡Gloria bendita! Era un dios y un
demonio a la vez. Sin poder contenerme más grité de locura y de placer.
Cuando subió a mi rostro aun extasiado e intentando recuperar del
orgasmo que me dio, vi su sonrisa victoriosa.
—¿Has podido sentir un poco lo que siento yo cuando estoy contigo?
—¡Joder! ¿Qué te corres por verme?
—Que te amo, so boba.
Se agarra la polla y la introduce en mí. Bajo un poco las caderas y dejo
que se introduzca en mí hasta el más profundo de mi ser. Él suelta un
brusco jadeo. Quería sentirlo dentro de mí. Comienzo por moverme al
compa de sus embestidas. Gimo. Enreda su lengua en la mía. Me muerde el
labio inferior y tira.
—Hablando de correr. Quiero correrme todo dentro de ti como he
querido hacerlo desde el primer momento en que te tuve.
Él sigue entrando y saliendo sin parar. Rápido. Fuerte. Duro. Nuestros
jadeos cada vez más intensos y su miembro erecto y duro en su auge, acaba
por llenarme todo, en un éxtasis que sentimos los dos a la vez.
Nos quedamos abrazados sin decir nada, solo recuperando la respiración.
Cuando recuperamos, se mueve de espacio, sale y se tira a mi lado,
atrayéndome hacía él. Me besa despacio. Con deleite. Pero después para y
me mira todo el cuerpo.
—¡Ey! Me siento un poco expuesta. —Él me miró a los ojos.
—Lo estás —frunció el ceño y preguntó—. ¿No puedo mirarte?
—No —respiré varias veces—. Es que me miras como si… como si me
estuvieras examinando o así.
—No quiero perderme nada —bajó rápidamente a mi vientre y lo besó
—. Eres preciosa y vas a ser una embarazada muy linda.
Su sonrisa de niño malo y pervertido me enciende.
—Aun queda.
—Vale. Mientras esperamos, te follo de nuevo —se mueve y de nuevo
me empala. Se incorpora, sentándose sobre la cama y arrastrándome con él.
Vuelve a apoderarse de mi boca, mientras cabalgo encima de él.
¡¡¡Este hombre me va a matar!!
Y fue eso lo que hicimos, todo el día. Lo hacemos en la cama, sobre el
sofá, después en la ducha de mi habitación donde él nos llevó después de
correrse dentro de mí enumeras veces. Locos e incapaces de contener el
deseo que teníamos guardado uno por el otro. Éramos como dos putos
adolescentes con las hormonas revolucionadas. Yo sí que las tenía gritando,
pero no me servían de escusa.
Pero la cabeza tiene ratoneras que desconocemos y encuentra formas de
eludirte como por arte de magia. Empiezo a recordar que va a tener un hijo
con otra persona, que todo esto es una locura, que solo es sexo, que él y yo
no tenemos nada en común sino toxicidad y el miedo me consume
irremediablemente. Empiezo a odiarlo de nuevo, en esa delgada línea entre
el amor y el odio. Entonces me di cuenta de la situación en la que me había
dejado caer, quise salir de la cama, pero él me sujetó un brazo.
—Paola, ¿qué te pasa? —me miró genuinamente preocupado.
—No me pasa nada. Quiero quedarme sola.
—No te sientas mal por lo que pasó. Aunque te parezca muy extraño, los
dos lo deseábamos con la misma intensidad. Me gustó mucho volver a
hacerte el amor.
—No me importa si te gustó o no —le contesté duramente. Vi su
semblante quedar serio y sus ojos suplicantes con una ligera tristeza de
rechazo—. Te odio, no quiero verte, no quiero hablarte, menos hacerte el
amor. Vas a engatusarme con tu charme y tus encantos como lo haces con
todas. Porque así eres tú, pero ya no más. No quiero más. Quiero que te
vayas, por favor.
—Paola, no hables así, entre nosotros hay algo… tenemos un lazo fuerte,
un bebé… vamos a ser papás y eso nos coloca en una situación distinta de
la de antes. Tú no eres las demás, ahora lo sé.
—Pero ahora es demasiado tarde —hice ademán para salir nuevamente y
otra vez me paró los pies, tirando de mi brazo para quedar más cerca de él.
—No me rechaces, por favor, Paola, vamos a hablar… dame un
chance…
—Se acabó Alexander, tus oportunidades se acabaron… no quiero saber
de ti. Vete. Por favor. Te lo pido, por mí y por el bebé.
Me miró, sin soltarme, en silencio buscando en mis ojos un rasgo de
esperanza que le diese una luz sobre nuestra situación, pero la vela que
prendía la llama de lo que yo sentía por él, ya se había apagado. Y ahora,
era muy difícil volver a prenderle fuego. Aun habiendo acabado de pasar
por el infierno en llamas.
Poco a poco fue soltando su agarre el suficiente para que pudiese salir de
sus brazos y cerrarme en el baño. Cuando salí, pasado un largo rato, él ya
no estaba en la habitación. Ni en ningún lugar de la casa. Se había ido.
Mejor así.
Estoy como una cabra. Me ha golpeado la realidad de que realmente se
fue. Llorar era una cosa, yo tenia diluvios a salir de mis ojos. No sabía que
un ser humano tuviera tantas lágrimas en su interior. «¡¡Ahora llora,
petarda!!»
Capítulo 33
Llega un momento en nuestra vida en el que podemos dejar a la gente
atrás, en el que no vamos a permanecer tanto tiempo en algunos lugares (en
los que pensábamos que íbamos a ser felices) y en los que no importa lo que
quede sin conquistar. Creo que el gran secreto de la vida es ser feliz con lo
que tenemos y estar agradecidos por lo que está por venir. Y tal vez esa sea
la única manera de lograr nuestra paz interior.
Y que se jodan los príncipes. He nacido para ser reina. Reina de mi
propia vida y de mis propias decisiones. Os príncipes lindos y maravillosos
vienen llenos de «no lo sé». Y luego están los que te gustan. Los que llegan
sin avisar y no tienen prisa por irse. Los que se quedan un poco más y los
que te dicen que todo va a ir bien. Los que siempre tienen tiempo para
quedar. Los que te piden que envíes un mensaje cuando llegues a casa y los
que te dicen que te echan de menos. ¡Esos son los que te quieren! ¿Los
otros? A los demás probablemente ni siquiera les gusten ellos mismos. No
basta con tener la intención de llamar, de querer tomar un café, de querer
decir que les gustas, que les echas de menos, de querer quedarse un poco
más, de querer enviar un mensaje. Las intenciones no viven en el corazón
de las personas, las actitudes sí. Llega un momento en nuestra vida en el
que dejamos de ser la opción de alguien para convertirnos en nuestra
prioridad.
Y en la raíz de todos estos pensamientos, viene la máxima que se ha
convertido en la tónica de mi vida en la última semana: Alexander no ha
vuelto a dar señales de vida. Lo dicho: que se jodan los príncipes. Ser una
buena persona no significa aceptar todo (y a todos). De hecho, la vida me
ha enseñado que debemos ser buenos con nosotros mismos, con los demás
debemos ser recíprocos. Elige lo que quieres ser para mí y sabrás cómo seré
para ti.
Así que si no quería llamar o decir nada más, no iba a ser yo a dar el
primer paso. Sin embargo, tomé otras decisiones y eso cambiaba mi vida.
Había decidido quedarme con el bebé. Era una decisión reciente, pero era
mi decisión y todavía estaba aprendiendo a lidiar con ella. Es difícil creer
en el futuro cuando es el presente el que se nos escapa. Es injusto que no
podamos tocar, oler o incluso conocer la forma, el color o el contorno de lo
que tenemos que creer. Es difícil renunciar a los cinco sentidos que tenemos
para confiar en un sexto sentido que ni siquiera sabemos exactamente cómo
funciona. Aceptar que cada uno solo da lo que puede, que no todos tienen la
misma esencia y que muchos no se quedarán en nuestra vida, me hizo ver
que la paz interior es solo eso. Valorar a los que se quedan y ser recíproco
con los que se van. Y con ese pensamiento en mente, hoy había decidido
llamar a una persona especial. Alguien que merecía conocer mi decisión. Y
así cumplir mis promesas.
Como todavía tenía el número de teléfono de la empresa y conseguí los
datos de contacto de la cuidadora de Matías, la llamé y ella me dio su
número y pude llamarlo. Esperé el momento adecuado e hice la llamada.
Escuchar su voz al otro lado me hizo sentir muy feliz.
—Matías, hola. Soy Paola. ¿Te acuerdas de mí? —le pregunté sin saber
si me recordaba.
—Mi niña, ¿cómo iba a olvidar un pibón como tú? —empecé a reír. Sí,
ese era el Matías que conocía. —Después de oírle reír también, empezó a
toser y me preocupé.
—¿Estás bien? ¿Estás enfermo?
—No… —noté que le costaba respirar—. Son las lluvias estas, el clima
está todo cambiado, mi niña… me pilló la garganta. Esta vieja que abre
todas las ventanas con corrientes de aire y quiere matarme...
Volví a reírme.
—Bueno, cuídate, por favor. Te llamé porque quería contarte algo muy
importante.
—Cuéntamelo. Quiero saberlo. Si mi hijito te ha hecho algo, dime que
cojo el avión y le retuerzo el cuello... Todavía tengo fuerza en las manos, en
la verga ya no, pero estas manos cuidado. Han atado muchos nudos.
¡Madre de Dios! Este señor era la hostia. Si él supiese de la misa la
media, creo que obligaba a su ahijado a casarse de penalti.
—No te preocupes, está todo bien —«Sí, no te preocupes, que a mí se
me da de perlas mentir, últimamente»—. Te quiero contar una buena
noticia.
—¡Ay! Ya voy a por la tequilla.
—Creo que hoy tienes motivos para eso: vas a ser abuelo —solté sin
rodeos. Los largos segundos de silencio al otro lado me hicieron pensar que
la llamada se había cortado. Miré el teléfono varias veces. Dios mío, me
pregunto si me ha caído del susto. Podría entender si esa fuera su reacción.
Era casi como la mía cuando lo supe—. Matías ¿estás ahí? Di algo.
Matías…
Los gritos del otro lado me hicieron comprender de nuevo que Matías
seguía vivo y en buen estado.
—¡Ayy! La madre que lo parió, el semental ese… ¡chiiii!! Ay… mi niña,
que alegría, que me has hecho el hombre más feliz del mundo.
Se me saltaron las lágrimas de la emoción y la sonrisa que no se me
quitaba de la cara al oír la alegría de aquel hombre.
—Me alegro tanto de que te haya hecho feliz la noticia —dije.
—¿Feliz? No. Ahora ya puedo morir en paz. Sabes, Paola, la vida me ha
enseñado que no son las personas las que nos decepcionan. Lo que
decepciona son las expectativas que depositamos en ellos. Pero siempre
tuve fe en que mi hijo tomaría un buen camino en la vida y haría lo
correcto. Espero que te haga una mujer muy feliz junto a mi nieto, porque
serás una gran madre, como mi Valentina... que pronto me reuniré con ella
de nuevo. La echo de menos, ¿sabes?
Tomé una respiración profunda y intenté clarear la voz, porque en este
momento estaba empapada en lágrimas.
—Sí, te entiendo, el amor nunca se olvida —No tuve más fuerza para
decir nada más.
—Pero lo nuestro, lo de Valentina y yo no fue un amor cualquiera, mi
niña. Fue el amor de mi vida. Podría haber sido una historia de amor, como
cualquiera. También tenía promesas, compromisos, todo por escrito. Solo
que la vida habló y me enseñó lo qué era el fin. Pero para mí no fue así. Era
una historia interminable, pero uno de nosotros se quedó en el pasado. Sin
embargo, yo fue feliz. Lástima que ahora solo sea yo. Pero ese amor llenó
mi vida hasta hoy. Hasta el fin.
—Que historia más linda, Matías, gracias por contarme. —Todo yo era
mocos, lagrimas y desastre.
—Me gustaba estar casado con ella. No he tenido una compañera con la
que vivir desde hace mucho tiempo, solo la vieja esta que no me deja vivir,
pero esa no cuenta. Valentina y yo encajábamos el uno con el otro. Ella se
pasaba enferma mucho tiempo, lo cual era preocupante, pero no me dio
sustos demás, me llenó la vida de dos maravillosos hijos y cuidó de
Alexander como si lo hubiera parido ella misma. Disfrutábamos de la
compañía del otro y también del increíble sexo. —Sin dudas eran tal para
cual: padrino y ahijado—. Después de que ella se fue, tuve muchas mujeres,
más de la cuenta. Pero ninguna es igual que la madre de tus hijos y ninguna
es igual que tu primero amor. Ninguna. Por eso, su lugar no ocupó nadie.
—Bueno, pero ahora serás abuelo y estoy segura de que tendrás mucho
para enseñarle aún. Y tu vida aun tiene mucho amor para rellenar.
—No —dijo con la voz vencida. Me dio pena—, mi niña, ya no. Harás
eso por mí. Y gracias por cumplir tu promesa y cuidar a mí hijo —tragué en
seco, sintiéndome la mayor mierda del mundo.
—Alexander será un gran padre, estoy segura. —Intenté desviar el tema,
pero fue inútil.
—No soy bobo, Paola. Sé que mi hijo y tú tenéis vuestras cosas —me
quedé perpleja. El señor Matías era más astuto de lo que se hacía ver—, mi
hijo tiene un carácter complicado. Y tú también. Pero las cosas no siempre
son lo que parecen, todo el mundo necesita el beneficio de la duda. Todo el
mundo merece ser escuchado y solo te pido que le des una oportunidad.
—Le estoy dando, Matías. Es complicado.
—Conozco mi hijo y sé que lo que siente por ti es algo grande. Algo
como lo que yo siento por mi Valentina. Más aun de lo que sintió por
Bianca.
Tenía curiosidad por preguntar sobre esa historia, pero no pude entrar en
ella así. No con Matías. No sería correcto.
—No lo sé. Estoy confusa —soy sincera.
—Prueba y si no vale la pena, no lo vale, pero si sí, te lo voy a decir una
vez más: ¡¿a qué esperas, niña?! Vamos, vamos, vamos. Tu eres una mujer
cautivadora, inteligente, con carácter fuerte, y tienes unos pechos que
podrían gobernar el planeta —abrí los ojos, menos mal que no me podía ver
—, vas a ser una gran madre.
—Gracias, Matías. ¿Te puedo decir algo?
—Mujer, aquí tienes un hombro amigo, siempre. Y la puerta abierta para
cuando quieras.
—Te quiero. Te tengo mucha estima. Sé que no nos conocemos mucho…
—la voz se me cortó de la emoción. Y él se dio cuenta.
—Y yo a ti… también te quiero, os quiero y espero que seáis muy
felices. Y ahora, voy a celebrar con dos tragos de tequilla. A ver si la vieja
esta no me pilla….
Con un par de frases más y una emocionante despedida, colgué. Había
hecho lo correcto. Estaba contenta. Echa mierda, pero feliz por haber dado
la noticia a Matías y por oír su alegría. Solo deseaba que mi hijo o hija
llegase a tiempo de conocerlo. «Tomate un trago por mí, Matías. A tu salud
y a la de mi hijo», pensé.
Los días pasaron y a continuación, una encrucijada. El miedo. La
soledad. Y una decisión. Esa decisión. Drástica. Que tomé con
determinación después de varias noches de llantos y incertidumbres.
Todavía no se lo había dicho a mi familia. Pero era temprano. Quería que
pasaran los tres primeros meses, que todos sabíamos que eran cruciales.
Esta semana tenía agendada mi primera cita con el ginecólogo para
comprobar el estado del bebé. Adriana se había dispuesto a ir conmigo,
pero decidí que iría sola. Ella estaba siendo mi único apoyo en todo esto.
Recibí una llamada de Aurora. Me dije que quería que fuera a la empresa
para firmar unos papeles que faltaban y entregar el dispositivo y demás,
ahora que ya estaba fuera de mis funciones. Le dije que sí que pasaría esa
tarde. También le pregunté si Alexander estaría allí. No quería ser
demasiado explícita para no insinuar nada, pero tampoco era ningún
misterio que lo odiaba. Me dijo que no, que Alexander estaría toda la tarde
en reuniones y que estaríamos tranquilas.
Y estaba en lo cierto. Cuando llegué a las oficinas, Aurora me recibió y
me llevó a una sala de reuniones. Me sentía incomoda de volver allí, tras
haber salido de la forma que lo hice. Le entregué todas las cosas y nos
quedamos un ratito más hablando. Cuando estaba a punto de salir, segundos
después de este pensamiento, alguien llama a la puerta.
—Adelante —dije Aurora a tono.
Alexander entra con una carpeta en la mano. Cuando se da cuenta de que
estoy allí me mira con sorpresa.
—¿Qué pasa? —le pregunta ella.
—La reunión terminó más temprano y… quería enseñarte esto… ¡Eh! —
estaba nervioso—. Unas cosas de…
—Ah, sí, si me das un momento, ya estaba terminando con Paola.
Alexander sonríe y sale del despacho. Aurora retoma la conversación
conmigo y pocos minutos después salimos las dos de la sala. Al llegar a la
intercepción del pasillo, veo Alexander, con las manos en los bolsillos,
esperando.
—Ah, ¿ya estás por aquí? ¿Quieres que nos reunamos? —le preguntó
Aurora.
—En un momento, ahora tengo un asunto para tratar con la señorita
García, si no te importas. Te aviso en cuanto tenga terminado —dijo,
mirándome. No dije nada.
—Muy bien. Paola, gracias por venir y felicidades. Espero que te vaya
bien el nuevo trabajo.
—Gracias a ti, Aurora, tuve mucho gusto en conocerte. Te deseo lo
mismo. Fue muy agradable trabajar contigo. —Lo dije aposta. Al contrario
de unos y otros que por ahí circulan.
Aurora se fue y nos quedamos los dos solos.
—Perdona, ¿decías? —le provoqué.
—Sí… Perdona, no quería molestarte, ¿tienes unos minutos para venir a
mi despacho?
—No tengo mucho tiempo, pero sí, unos minutos creo que puedo
regalarte.
Alexander se sentó en su escritorio, mientras yo me quedé de espalda
plantada a la puerta del despacho. Como plan de fuga, por si acaso.
—¿Cómo estás?
—Bien.
—¿Has comido?
—Corta el rollo, Alex. ¿Qué quieres de mí? Ya no tienes que preocuparte
con mis comidas.
—Pero me preocupo por ti y por el bebé.
—Y un cojón. Te preocupas por ti mismo. Si te preocupases me hubieras
contactado y preguntado directamente.
—Pensé que no querías hablar conmigo.
—Y no quiero, así que si era esto lo que querías decirme, tengo más que
hacer. —Me giré para salir, pero él me habló.
—No quiero discutir. Por favor, no te marches. —Me dijo en voz baja,
en tono suplicante.
Puse los ojos en blanco, no me encontraba del todo bien y tampoco me
apetecía discutir.
—Bien. ¿Qué quieres, al final, Alexander?
—Estás muy guapa.
Lo miré frunciendo el ceño, aquello me había sorprendido.
—¿Cómo?
—Que eres guapísima. Si nuestro hijo salir a ti, será perfecto.
—Bueno, entonces tendrás dos hijos perfectos, porque si bien recuerdo,
la diosa con cuerpo de sirena de Mariana también espera un hijo tuyo.
—Te he echado de menos, Paola. Tu y a tu boca sucia —me dijo así, de
repente, a bocajarro, dejándome todavía más descolocada. «¡Joder, este
marrano!».
—Me estás haciendo perder el tiempo. Si no tienes nada que decirme…
—El hijo de Mariana no es mío —dijo, interrumpiéndome.
—¡Eh! Ya… Ya me lo has dicho treinta veces, pero no creo que ella
piense lo mismo.
—Fue ella que me lo dijo.
—Si no es tuyo, ¿es de quién? Del ¿papi chulo? —él se rio.
—Casi. De tu amigo fotógrafo, Jorge. Que por cierto, han vuelto a estar
juntos. Siento mucho por ser el que te dé la noticia y te deje sin una
oportunidad con él.
Arrugué el ceño ¿De qué iba este ahora?
—Bien para ti, eso no me interesa lo más mínimo.
Se levantó de la silla y se posicionó delante de mí. Estaba precioso,
como siempre y yo sentó removerse algo en mi pecho. Lo que tuvimos fue
muy intenso, fugaz, pero intenso, demasiado, y tenía claro que nunca podría
dejarlo de lado, romper con esos recuerdos, sacar la historia en la que Alex
era protagonista de mi vida.
—¿Cómo te va el embarazo? —fue tan rápido en colocar la mano en mi
tripa que no me di cuenta.
—Ah… bien, es decir… mejor. Tengo menos nauseas. Tengo cita esta
semana con el ginecólogo.
—Quiero ir.
—¿Perdona? —lo miré entrecerrando mis ojos y tragué saliva, haciendo
subir y bajar la nuez de mi garganta—. No recuerdo haberte invitado.
—No necesito invitación en lo que concierne a mi hijo. Voy a ir a la
consulta contigo. Y punto.
¿Dónde quedaba mi determinación ahora? ¿No querías seguir el
embarazo? Aquí está la consecuencia.
—Alexander, por favor, no creo que sea el momento… —Me cabreé
porque mis piernas se volvían gelatina en su presencia.
—Me da igual lo que te apetezca o no, quiero hacer parte de la vida de
mi hijo.
—Pero ¿qué narices te pasa de repente? Ni querías ser padre… ahora te
ha surgido el ímpetu de la paternidad, ¿es eso?
—Ajá. —Él sonríe con una sonrisa lenta y sexy y se acerca para apartar
mi cabello de mi cara. —Quiero ser padre y no solo…
Arrugo la frente.
—Me importa una mierda que quieras tener hasta una guardería, si te
apetece, solo quiero que no te metas en mis asuntos. Decidamos las
cuestiones del bebé con un juez.
—Déjame aclárate una cosita, el único juez al que iremos juntos será el
que nos case.
¿Se puede entrar en shock cuando se está embarazada? No quepo en mi
asombro y no esta el horno para bollos.
—¡¡Se te ha ido la olla de vez!! —me está poniendo una mala uva que
no veas—. Alexander, vete al médico. Tú no estás bien. Te has pasado tres
pueblos.
—¡No, te estoy diciendo la verdad! —Él niega con la cabeza y se reía a
la vez—. Ha sido bastante sincero cuando dije que te amo.
Mi corazón me duele en el pecho, lo que me obliga a exhalar
profundamente. Y sin saber que contestar, simplemente, giré sobre mis
talones y salí de su despacho corriendo. Me siento abrumada por la emoción
de lo que acabo de oír y no sé que hacer o pensar. Así que solo me ocurrió
fugir.
«Esto es ridículo», «Nunca funcionará» «Pobre niño, con dos padres
locos» «¿Me ha pedido en matrimonio?» «No, sería un decir», mi mente no
paraba de preguntarse cosas. Y lo peor, no encontraba respuestas para nada,
porque el dueño de la verdad sobre ellas, lo dejé plantado.
Capítulo 34
Aquella noche, mucho más tarde, cuando me fui a dormir y volvía a
estar sola, con la única compañía de los recuerdos del día, la imagen de
Alexander vino a asaltarme de manera rompedora. Estaba decidida a pensar
en una estrategia y estudiar con detenimiento cómo afrontar la situación.
Cómo afrontarlo, cada vez que tuviera que verlo. ¡¡¡Dioooos!!! ¿Qué hacía?
Una persona por la que tengo profundos sentimientos desde hace tiempo,
pero que, hasta hace poco, nunca creía que estuviera a mi alcance, es ahora
el futuro padre de mi hijo y acaba de decirme que se quiere casar conmigo.
Hace tres meses golpeé el pie en el suelo, firme de que quería más y
estar en una empresa que me impedía crecer no estaba en mis planes. Y
trabajar para un jefe horrible como Alexander era lo peor que me había
pasado. Pero no, estaba lejos de saber que eso no era lo peor que me iba a
pasar.
¿Casarme con él? No. Pensar en ello me asusta. Casarme era lo último
en mi lista, pensar que compartiría mi vida con alguien que conozco poco
fuera del trabajo, me da prácticamente pánico. Lo amaba, es cierto, pero no
sé si eso seria lo mejor. El matrimonio era algo que por mucho tiempo
estuvo fuera de mis planes, claro que hace unos años pensé en la
probabilidad de entrar a la iglesia vestida de blanco y compartir el resto de
mi vida con el chico que creía amar. Pero nunca he querido a nadie hasta
ese punto, esa era la realidad. Hasta que Alex llegó a mi vida.
Conclusión de mis ensoñaciones: eran las tres de la mañana y no podía
pegar ojo. Me levanté y fui a la cocina a preparar un vaso de leche caliente,
para ver si me dormía. Me senté en el sofá y, cuando terminé, fui a lavarme
los dientes y a prepararme para ir a la cama de nuevo, pero oí el timbre de
la puerta. ¿Qué? ¿Quién podría ser a estas horas? No sabía se abrir si no,
pero la persona que estaba al otro lado insistió. Fui directamente a la puerta
y me asomé a la mirilla para ver quién era. ¿Alexander? ¿Qué carajo?
Abrí la puerta y lo que vi me dejó sin sangre.
Frente a mí había un hombre completamente acabado, con los ojos
hinchados de haber estado probablemente llorando y con un aspecto
espantoso. Mi corazón dio un salto y empecé a sentir pánico. ¿Qué podría
haberle pasado?
—Alex, ¿qué ha pasado? Entra. —No dudé en invitarlo a entrar. Él quitó
las manos que se apoyaban a cada lado de la puerta y entró arrastrándose.
Parecía alcoholizado. Cerré la puerta. Él miraba hacía al suelo—. Alex,
habla conmigo. ¿Has bebido?
Se hizo silencio. Levantó la mirada y sus ojos me penetraron hasta el
alma, pero era como si no hubiese alma dentro de ellos. No me contestó.
Empecé a quedar muy preocupada.
—¡¡Joder, Alex!! Habla algo, por Dios.
Vi las lágrimas en sus ojos y estremecí.
—Se acabó. Se ha ido. Matías ha muerto.
Levé una mano al pecho casi de forma instantánea. ¡¡¡No!!! No me lo
puedo creer. No puede ser. Hablé con él hace unos días. ¡¡¡No!!! Sin dudar
un solo segundo salté en sus brazos y lo apreté fuerte. Él me abrazó de
vuelta. Lloré mucho. Él lloró mucho. Allí de pie, abrazados, sin medir el
tiempo.
—Lo siento. No debería haber venido. Ven, siéntate. —Me dio la mano y
tiró de mí hasta que ambos estuvimos sentados en el sofá de nuevo
abrazados—. Estás embarazada y no debería darte una noticia así. ¿Estás
bien?
Puso su mano en mi vientre y acarició el lugar donde crecía nuestro hijo.
—Estoy bien… es decir… estamos bien… Alex… lo siento…
—No sabía qué hacer. Sabía que esto iba a pasar, tarde o temprano,
pensé que estaba preparado para esto, pero no es así. No lo estoy.
Fue en ese momento que me di cuenta de lo que no quise ver en aquel
entonces, que eso es lo que pasaba, ninguno de los dos estaba preparado
para todo lo que surgió en los últimos tiempos, pero, fue ver sus ojos, y
nuestros destinos estaban unidos para siempre. No había vuelta. Estábamos
en un punto sin retorno. Él era, indubitablemente el amor de mi vida y llegó
justo después del error de mi vida, que es él igualmente. Dicen que se
aprende de los errores. Tal vez sea eso. Él y yo teníamos mucho que
aprender el uno del otro. En este momento, tenía ante mí a una persona que
nunca había visto antes: triste, frágil, humana y entregada a las
consecuencias naturales de la vida.
Empecé a llorar sin poder parar, por todo lo que me estaba abrumando.
No dejé de llorar en todo el tiempo que me acariciaba el rostro, el vientre,
los brazos, como si estuviera consolándome. Cuando era el quién necesitaba
consuelo. Mientras él me secaba las lágrimas con los pulgares, me dejaba
besos cortos en los labios y me susurraba:
—Te quiero, mi amor. Te quiero mucho.
Yo también lo amaba, no se podía imaginar cuánto. Y creo que este era
el momento perfecto para decirlo. Era ahora o «cállate para siempre».
—Alex —me besó los ojos, pero le coloqué una mano en su mejilla para
que me mirase—. Yo también te quiero, te amo y quiero estar contigo.
Él pasó los dedos de su mano izquierda por mi mandíbula hasta mi sien y
colocó una mecha de pelo detrás de mi oreja. Me acarició el rostro y cerré
los ojos por instantes. Cuando los abrí le dije:
—¿Vas a besarme? —«Ya era hora»
—Entre otras cosas.
¡Ay! madre, otras cosas…
—Pero primero quiero decirte algo también. —Asentí—. Hoy he perdido
a la que probablemente era la persona más importante de mi vida. Sin él no
era nada. Sin él nunca me habría convertido en el hombre que soy. Lo
quería como un padre, un padrino, un hermano, un gran hombre que era. Le
quería y le seguiré queriendo. Si no fuera por él, nunca habría llegado hasta
aquí, nunca te habría conocido y nunca me habría enamorado tan
terriblemente de una loca como tú.
Lo miré con los ojos y la boca abierta. ¿Loca, yo? Loco era él. No. En
realidad, éramos los dos. Sonrió, guapo a rabiar como era. Hasta hinchado
de llorar era bello, el capullo. ¡Qué suerte la mía! Me tocó el mejor. El
prosiguió el discurso.
—Paola, quiero que creas esto que te voy a contar, por mí, por nuestro
hijo, por Matías, créeme. La primera vez que te vi entrar en mi despacho
pensé que eras preciosa. De hecho, no estaba seguro de querer que fueras
mi asistente porque era demasiada tentación. Cuando vi que eras un manojo
de nervios y que parecías una oveja apenas muerta cada vez que te hablaba,
lograste sacarme de mis casillas. Y poco a poco me di cuenta de que te
deseaba. Mucho. Pero no pude proponerte nada, como hice con otras
personas, lo cual no es importante ahora, porque tú eras diferente. Especial.
—Me trataste súper mal, Alex. No lo merecía. —Lo dije con sinceridad,
pero me estaba gustando su confesión.
—Lo sé y lo siento. Hay algo que quiero decirte, pero por favor, no te
enfades conmigo, por favor. Prométemelo.
¡¡Me cago en todo!! Viene mierda, la puedo oler desde aquí.
—Dímelo —dije firmemente.
—Prométemelo.
—No hago más promesas que tú, así que dime. Vas a tener que confiar
en mí.
Lo vi tragar en seco.
—He visto casi todos tus mensajes con tus amiguitos. —lo dijo haciendo
una mueca de desagrado.
—Lo sabía. Sabía que interceptabas los mensajes. No sabía cuáles.
Gracias por decírmelo.
—Entonces, ¿no estás enfadada? —preguntó en un hilito.
—Estoy. Y mucho.
—Okey.
Se rascó el pelo de la nuca.
—Por eso dices que me deseabas. Por leer mis mensajes eróticos con mis
ligues.
—Y una mierda —se encrespó—. Por eso me tenías celoso perdido,
estúpida.
—Te pillé.
—¿Qué? Nunca lo negué —colocó las manos en el aire en señal de
defensa.
—No, pero al menos asumes que eres enfermo. Alex, no te voy a
aguantar esas mierdas. Como me montes películas y escenas de celos y se
acaba, ¿te ha quedado claro?
Asintió como los niños pequeños. Me daba ganas de echarme a reír. Pero
me puse seria.
—No es mi culpa. Ya te lo dije. Me nace.
—Te va a nacer la soltería de nuevo si se te ocurre pasarte de la raya
conmigo.
—Vale… Vale… —se puso enfurruñado con los brazos cruzados en el
pecho.
—Hablo en serio.
—Muy bien, pero que no se te olvide que nadie es más que nadie, ni
siquiera tú, por mucho que te adore… y si te pillo cambiando mensajes,
fluidos —hice una cara de asco—, o tan solamente aire con el «la baguete
francesa», con fotógrafos, con tus amiguitos del Caribe o con la madre que
me parió… te juro que conocerás un parte de tiranía mía que aun no has
visto.
—¿Ah, sí? —provoqué—. Y ¿cuál es que no ha visto?
—La que te trasporta directamente al siglo pasado y te hará recibir unos
latigazos.
—Y cómo si te ocurra tocarme con un dedo, Alexander. Te reviento.
—¡Uhhh fiera! ¿Pero quien habló de tocarte con un dedo? Voy a tocarte
todo el día con mis dedos, mi lengua, mi polla y todo lo que pueda hasta
que sientas latigazos de placer por todo tu cuerpo y recuerdes quién manda
aquí.
—Y mandas tú ¿no?
—En tú cuerpo sí.
—Cada día eres más capullo y más loco. De eso nada.
—¿Apostamos?
Me levanta en brazos y me lleva al dormitorio.
—¿Qué haces?
—Probar mi teoría.
Me tumba en la cama y se acuesta a mi lado dándome besos descarados.
—Alex, no. —Paró y se acostó de espaldas con las manos detrás de la
cabeza.
—¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de que tenga razón? Acostúmbrate. Yo
siempre tengo razón.
—Tengo que ir al baño. El embarazo tiene de estas cosas… me hago pis
cada dos por tres.
—¿Te acompaño?
—No te muevas —Se echó a reír y escondió la cara en la almohada.
Cuando volví, me tumbé y él se sentó a horcajadas sobre mí y me puso
de espaldas a él para envolverme por completo. Me acarició el vientre.
—Es muy tarde y ese bebé tiene que dormir, y su madre también, así que
te dejaré en paz. Pero tengo buena memoria. Voy a cobrar mi apuesta —dijo
bajito a mi oído.
Me volví hacia él de forma que mi cara quedó pegada a la suya. Me dio
un beso.
—He dicho que duermas. No seas descarada.
—Deja de ser un idiota. Yo también tengo algo que decir.
—No volverás a poner los ojos en ninguna modelo, diosa o mujer del
planeta. Ya has alcanzado la cuota disponible por ser humano. ¿También lo
tienes claro, o quieres apostar?
—Qué cosas tienes, me haces reír —me soltó automático y me quedé
parada por si había escuchado mal—. ¿Yo? Tú misma has dicho… y lo
sabes… yo no hago promesas.
Es como si acabara de llevar con un jarro de agua fría. ¡Maldito sea! Me
dejó patidifusa.
—Vamos, mi amor, no seas así —continuó al ver que me quedé afónica
—. Es mi trabajo, no puedo hacer nada.
—Ni trabajo ni leches, Alex. No me tomes el pelo. —Empezaba a
cabrearme en serio.
—Pero, nena, soy un hombre enamoradizo, esa es la verdad. Me he
enamorado pocas veces en mi vida, pero tengo mucho amor para dar y no
puedes ser tan egoísta.
—¿Egoísta?
—Sí —me miró serio y empecé a hiperventilar. Mi respiración era muy
agitada y solo quería mandarlo a freír espárragos de por vida.
Empezó a reírse a carcajadas y yo me volví loca. Igual que había llegado
a mi casa llorando de tristeza, ahora lloraba de tanto reírse en mi cara. ¡Este
cabronazo!
—¿Qué es lo gracioso? Para ver si yo también me río.
Parece que solo he conseguido divertirle más. Puse una cara hosca.
—Mi amor —«Mi amor», decía el caradura. Me sujetó el rostro entre las
manos y se quedó serio—. Acabo de demostrarte que eres tan celosa como
yo y que estás tan guapa cuando te pones en modo bestia que solo quiero
burlarme de ti. Eres tonta de remate. ¿Pero crees que querría estar con otra
mujer que no fueras tú? Guapísima, maravillosa, perfecta, tú vales por todas
las mujeres del mundo. Ahora sé y admito que el casting fue largo —le
pegué un codazo con la presunción—. ¡Auch! Fiera… Eres la única mujer
que quiero. No quiero estar con nadie más. No necesito a nadie más, te
necesito a ti. Necesito escuchar que me quieres una vez más.
—Te quiero casi tanto como te odio, a veces —le dije con una sonrisa
boba.
—Yo te quiero, de todo mi corazón, Paola, te quiero como no pensé que
se pudiera querer a nadie. Y lo sé porque tu ausencia me dolió más que
cualquier otra cosa en esta vida. Más aun de lo que pasó hoy.
Lo abracé y así en esa complicidad y en nuestras estupideces nos
dormimos los dos.
Capítulo 35
Al día siguiente. Alexander me dijo que el funeral de Matías sería en tres
días. Le dije que me iba con él, aunque no le parecía buena idea. Empezó
con la historia de que estaba embarazada, eran demasiadas horas, tenía
miedo de que me pasara algo a mí o al bebé. Estaba muy emocionado y eso
no era bueno. Parecía un viejo hipocondríaco. Sé que era una situación muy
emotiva, pero peor hubiera sido no ir. No iba a hacerle eso a Matías. Me
dejó ir después de todo. Al menos esta vez me compró un billete en
preferente.
Confieso que cuando llegamos estaba agotado. Nos quedamos en casa de
Matías. Ya lo habían llevado a la morgue, pero Alexander quería encargarse
de todo. El hijo mayor de Matías, Esteban, no iba a venir al funeral. Dijo
que no encontró un vuelo directo y que era imposible para él. Me dio pena
por Matías. No se merecía ese desprecio.
En el día del funeral, Alex estaba muy nervioso. Y abatido. Me dolió
verlo así. Bianca, la hija menor de Matías, que había acudido al entierro con
su supuesto marido y una pequeña hija que debía tener unos dos años,
también parecía abatida. Me di cuenta de que no dejaba de mirarlo todo el
tiempo. Pero Alexander evitaba estar en su presencia. Era evidente. Y todo
el tiempo se aferraba a mí. Al final de la ceremonia, que fue bastante
emotiva y sencilla, ella se acercó a saludar y despedirse de él. Iba a dejarlos
solos, pero Alex no me dejó.
—Hola, Alex. Gracias por venir. Mi padre te tenía en mucha estima.
—Hola, Bianca. Sí, y yo a él. Sabes que era como un padre para mí. El
verdadero.
—Lo sé —contestó ella, bajando la mirada.
—¿Es tú hija? —preguntó mirando la jovencita que iba de la mano con
ella.
—Sí, se llama Cristina.
Alexander se quedó mudo de repente. Y el ambiente se volvió tenso.
Para salir de esa situación, hablé yo.
—Hola, Cristina. Eres muy guapa. ¿Cuántos años tienes? —La niña
estaba toda avergonzada, escondida en las piernas de su madre, pero
extendió sus deditos y puso dos en alto para indicar su edad.
—¡¡Qué mayor eres!! —la niña sonrió y su madre también. Alex seguía
callado y petrificado como una estatua.
—Y tú ¿tienes hijos? —me preguntó la chica.
—Si todo va bien, nacerá en pocos meses —puse una mano en la tripa.
—¡Bendiciones! Alabado sea el señor. Te deseo muchas felicidades. Os
deseo a los dos. Un hijo es una bendición.
—Sin duda. —Fueron las únicas dos palabras que salieron de la boca de
Alex casi hasta la noche, cuando llegamos a casa.
Alex fue a buscar el tequila, un vaso, lima y sal. Por mucho que quisiera
acompañarlo, ya no podía beberlo, así que opté por una limonada que había
dejado fresca y preparada en la nevera. Después de verlo dar tomarse dos
chupitos de golpe, pensé que era mejor intervenir.
—Alex… ¿me vas a decir qué te pasa? O ¿vas a quedar ahí
emborrachándote sin criterio?
—Podría…
—Sí podrías, pero no te conviene.
—O sí…
¡¡¡Vaya tela!!! No estaba mucho por la labor de hablar, así que tenía que
usar la técnica kamikaze.
—Estoy embarazada —me miró serio—. Y si te vas a poner ciego y me
pasa algo, ¿cómo hago para llegar a un hospital?
Me lo estaba sirviendo en bandeja de plata, pero para contestarme iba a
tener que tomarse unos cuantos lingotazos esos de tequilla que ahora
dudaba en beber.
—Lo siento. —Se levantó de la silla donde estaba y se sentó a mi lado en
el sofá. Me abrazo—. Soy un idiota.
—Ambos lo tenemos claro. Pero te perdono, porque te quiero. Te
queremos —se bajó y me dio un beso en la tripa. Y se quedó ahí con la
cabeza en mi regazo. Como un niño. Le acaricié el pelo.
—He sido padre una vez —me quedé sin respiración. Parece que íbamos
a entrar en el momento de la confesión de los pecados y de los secretos.
Intenté permanecer calma—. Pero eso fue únicamente hasta que descubrí
que en realidad nunca lo fui.
—¿Hablas de Mariana Romero?
—No. Hablo de Bianca.
Bien, aquí es donde la misteriosa historia que involucra a esos dos iba a
salir. Él tendría que desembuchar sí o sí, no podía soportarlo más. ¡A la
mierda con esto! Algo pasó y quiero saberlo. Algo que lo dejaba muy
molesto. Y eso, me estaba molestando también.
—Yo, no sé cómo explicarte bien todo lo que pasó, pero te prometo
que…
—¿Qué me prometes?
—Que lo quiera que te diga es la más pura verdad y que no quiero que
haya secretos entre nosotros o historias. Contigo quiero ser trasparente y
quiero que puedas serlo conmigo. Lo necesito.
Asentí y el se enderezó para hablarme. Pero antes se sirvió otro trago de
tequilla. Fruncí el ceño, pero él se apresuró a disculparse.
—Ha sido un día largo, dame un descuento. Es el último, lo prometo.
—Espero que cuando termines de hablar no sea yo la que va a necesitar
de un trago. Porque no puedo. Así que, en homenaje a Matías, antes de que
bebas, brindemos —erguí mi vaso de limonada y él el suyo de tequilla—. A
nosotros, a los que nos gustan, y que se jodan los demás.
—Y a ti —levantó el vaso al cielo—, mi padre, donde estés.
Nos miramos con los ojos en lágrimas y bebemos nuestros recuerdos.
Me besó. Le limpié una lágrima que caía por su mejilla. Y yo sacudí las
mías con el dorso de la mano.
—Pero me iba a contar algo…
—Sí —respiró profundamente—. Te dije que a los diecisiete volví a
México con mi madre.
—Sí, me lo contaste.
—Tras el fallecimiento de mi madre, me fui a estudiar a Estados Unidos
y todas las vacaciones académicas volvía aquí, para estar con mis padrinos
y con Esteban y Bianca. Esteban también había ido a estudiar a Estados
Unidos, aunque estaba en un estado diferente al mío. Poco a poco dejó de
venir. Así que nos quedábamos Bianca y yo. Crecimos como hermanos. Un
verano, cuando volví, me encontré con una Bianca diferente. En aquella
época ella tendría unos quince años y yo veinticuatro. Era una chica muy
guapa, como pudiste ver, y muy atractiva. Y empezó a insinuarse cada vez
más. Lo vi como una chica, tonta, con un crush adolescente. Y traté de
mantenerla alejada de esas cosas. Pero ella no se rendía. Al año siguiente,
cuando volví para las vacaciones de verano, ella ya estaba loca y no sé qué
pasó, pero se me insinuó tanto que nos liamos. Sé que no estuvo bien, por
todo tipo de razones, pero sucedió.
—A ver… es normal… no te recrimines por eso. —Eran dos jóvenes, era
normal. Por lo menos lo veía así.
—Ya… lo que no fue normal fue el encantamiento que tuve por ella.
—No entiendo… ¿encantamiento? Te has enamorado de ella, ¿es eso?
—Eso pensaba hasta que te conocí. Fue entonces cuando me di cuenta de
que estaba me gustaba como un rollo de adolescente, algo estúpido
comparado con lo que siento por ti. Pero fue esa estupidez que nos mantuvo
juntos durante un año. Estábamos tan enamorados el uno del otro que me
encontré haciendo todo por estar con ella. Estuve a punto de dejar la
universidad solo para volver con ella. No podía esperar a verla. Había
imaginado una vida con ella. Todo.
—Me gustaría haber conocido ese Alexander tan romántico.
Él bajó la cabeza.
—Ese Alexander es el que ella mató. Y por eso no quiero hablar con
ella. Supongo que todavía estoy resentido por todo lo que pasó. Pero ella
también lo sabe, así que cuando se fue, nunca volvió. Solo lo siento por
Matías que no merecía perder una hija por ser tan...
Se calló.
—Has sido súper valiente en contarme esto, pero si no quieres seguir, no
tienes el porqué.
—Quiero contártelo. Porque ella es la razón por la que no quería tener
hijos, no quería tener una relación con nadie.
Tragué en seco.
—¿Qué pasó, Alexander?
—Ese último verano, cuando ella tenía diecisiete años, nos enrollamos
demasiado. Unas semanas después me dijo que estaba embarazada. Tal vez
sea difícil de creer para ti y quiero disculparme por cómo te traté, pero en
ese momento, yo me quedé muy feliz. Quería tener una familia con ella.
Tanto es así que hicimos mil planes.
Confieso que sentí una punzada de envidia.
—Empezó a insistir en que tenía que llevarla a Estados Unidos con ella,
pero le dije que no, que era una locura. Que iba a dejar la universidad y
volver para estar con ella. Haría lo que fuera, volvería a mi trabajo de
pescador. Cualquier cosa. Pero ella insistió en ir conmigo y no pude
entender por qué. Me negué a llevarla y le pedí que me diera tiempo hasta
Navidad para arreglar todo y que hasta entonces no le dijera nada a Matías.
Aunque sabía que estábamos juntos. Total que serían tres meses, nada más.
—Y Matías sabía de vuestra relación.
—Sí y siempre nos apoyó. Le dije nada más darme cuenta de que la
quería y como siempre me miró como a un hijo, para él yo era el hombre
indicado para su hija. Resultó ser que ella es que no era la mujer indicada.
Yo entendía que la chavala quisiera ponerle sobre aviso, pero a mí me
dio la sensación de que la historia iba a terminar mal. Es mejor, sabía que
terminaba mal, porque él estaba conmigo. Y no con ella.
—Durante tres meses he querido a un hijo con todas mis fuerzas. Estaba
flipando de ser padre. No te lo imaginas. Como lo estoy ahora. —Sonreí—.
La llamaba casi todos los días, le preguntaba por el bebé, me contaba mil
milongas, ¡bah!...
—¿Qué pasó con el bebé? ¿Lo perdió? ¿Ha nacido?
—Nunca hubo ningún bebé, Paola. Bianca me mintió todo el tiempo. Se
inventó esa historia para que la llevara al extranjero. Todo fue una estrategia
desde el principio para engañarme, engatusarme, hacerme quedar como un
tonto y conseguirme que yo fuera su pasaporte para irse. Yo no era más que
un medio para un fin.
¡¡¡Joder, la niña!!! No me lo esperaba. ¡¡¡Qué fuerte!!! Ostras, parecía un
programa de Ana Rosa, de Telecinco. Oh, sí, aquí había drama.
—Ni sé que te decirte.
—No hay nada que decir. Lo mejor está por llegar. Cuando volví en
Navidad, muy ilusionado, Matías me dijo que se había escapado con un
chico del pueblo a Europa. ¿Cómo lo ves? Ahora puedes imaginar la cara
que puse cuando me enteré de que me había abandonado. Y fue cuando
Matías me dijo que la había apretado contra la pared y que ella le confesó
todo, que ni siquiera estaba embarazada, que nunca había sentido nada por
mí. Solo quería salir de esa pobre vida.
Me quedé a cuadros. Esperaba todo menos esto. No admira que sea tan
reacio a los compromisos.
—Hoy fue la segunda vez que la vi desde aquella situación. La otra fue
cuando se enteró de que Matías estaba enfermo y volvió para ayudarlo. He
venido a verlo y nos hemos encontrado aquí. La llamé de todo. Solo que no
la llamé santa. Y nunca tuvo el valor de volver a aparecer. No le deseo mal,
quiero más es que sea feliz. Pero, me jodió vivo.
—¿Esa es la razón por la que no querías una relación seria?
—En su mayoría. Entonces entré en esta industria llena de mujeres
hermosas dispuestas a ascender en la vida por cualquier medio. Y me
enfurecía este tipo de conductas. No confiaba en ninguna mujer. Para mí,
todas eran unas trepas.
—Pero siempre me dijiste que confiabas en mí...
—Y por eso eres la madre de mi hijo y ninguna otra. Por eso eres la
mujer que amo y por eso creo en una relación seria de nuevo.
—¿Por qué yo?
—Porque fuiste la única capaz de desafiarme, capaz de rechazar todo lo
que te di y capaz de ver en mí a alguien que ni yo mismo vi. Cuando te traje
aquí con Matías, supe que eras la mujer con la que quería estar. Creo que
desde entonces asumí que estaba completamente enamorado de ti.
—Matías… siempre lo supe. De los dos.
—Mi papi… Me da mucha pena pensar que no tuve tiempo de decirle
que iba a ser abuelo. Me rompe el alma.
—Bueno, creo que fui más rápido que tú en eso.
—¿Y eso? —me miró con ojos expectantes.
—Cuando estábamos aquí, me habló aparte y me pidió que le prometiera
que cuidaría de ti. No fui capaz de decirle nada. Me sentí mal por mentirle,
pero no quería defraudarle, así que le prometí que lo intentaría.
—Por eso estabas tan enfadada el día que fuimos al restaurante, recuerdo
que dijiste algo al respecto.
—Exactamente. Hace unas semanas, tras nuestra discusión...
—¿Cuál de ellas? —me interrumpió y sonrió. Yo devolví la mirada.
—Pues… tienes razón. En eso tenemos que trabajar los dos.
—Después de eso, decidí llamarlo y contarle todo. Fue entonces cuando
me dijo, por los motivos que sea que sabía lo que pasaba entre nosotros.
—Vieja rata astuta. —se rio con las lágrimas en los ojos. Verlo así me
emocionó.
—Me dijo que saber que iba a ser abuelo era la mejor noticia que había
recibido y que se sentía el hombre más feliz del mundo, sobre todo
sabiendo que era de su hijo querido. Y sé, por instinto maternal, que ahora
empieza a crecer dentro de mí, que estaba muy orgulloso de ti. Y yo
también estoy. Te quiero Alex.
Me abrazó. Y los dos volvimos a llorar en los brazos uno del otro.
—Lo que le prometiste a Matías...
—Sí…
—¿Es cierto? ¿De verdad quieres cuidar de mí?
—Por supuesto que sí. Espero poder cumplir mi promesa.
Metió la mano en el bolsillo del pantalón, sacó un anillo y me lo mostró.
Era un anillo antiguo de oro amarillo con unas varias piedras adornando:
aguamarinas, zafiros, diamantes y topacios. Era absolutamente increíble.
Nunca había visto nada así.
—Dios mío, es precioso.
—Era de mi madrina, Valentina. Matías se lo ofreció cuando se casaron.
Siempre decía que había viajado por todos los mares y diferentes tierras
para encontrar el anillo perfecto, porque de todos los lugares en los que
había estado y todo lo que había encontrado, nunca había visto nada tan
precioso como Valentina, su mujer. Cuando estuve aquí me dijo que la
forma en que te miraba era la misma que cuando él la veía a ella. Así que
me dio este anillo y me dijo que en el día correcto, no te dejase escapar,
porque había encontrado la joya de mi mar.
Se me saltaban las lágrimas. Y ni siquiera puedo culpar a las hormonas.
Es que tienen a un hombre diciéndome estas cosas, ¿cómo se supone que
me voy a quedar seria?
—Alex… —no me salían las palabras.
—Por lo tanto, por lo que a mí respecta, nunca fallarás esa promesa. A
cambio, yo también te haré una promesa. Una que solo se cumple cuando se
ama alguien como te amo a ti: prometo serte fiel, amarte y respetarte todos
los días de mi vida. Paola, ¿quieres casarte conmigo?
—¡¡No jodas!! ¡¡Me cago en la mar!! ¿Es de coña?
—Solo contéstame se sí o si no, porque a la continuación te voy a lavar
esa boca.
—¡¡¡SÍÍÍ!!!
—¿Has dicho sí? —estaba perplejo—. A la mierda con lavarte la boca,
voy a comerte la torta antes del recreo, eso sí.
Si tuviese que definir nuestra relación con un adjetivo, sería
«obscenidad». Y por eso no voy a contar lo que pasó después, porque haría
sonrojar hasta a los propios pimientos.
Epílogo
El sonido de las voces me despierta, todavía estoy cansada, pero no
como cuando cerré los ojos. Los abro lentamente, la luminosidad de la
habitación me molesta un poco, pero pronto me acostumbro. Siento la
garganta seca. Miro a mi alrededor y encuentro a Adriana junto a mis
padres, y ellos sonríen mirando mi pequeño paquete rosa en sus brazos, mi
hija. Óscar habla con Alexander cerca de la cama y es el primero en darse
cuenta de que estoy despierta.
—Por fin la bella durmiente se ha despertado —bromea, haciendo que la
atención de todos se vuelva hacia mí.
—Traer un bebé al mundo es muy agotador —le digo.
—Me alegro de no tener nunca hijos —dice.
—Llegas demasiado tarde con esa opción —digo y me vuelvo hacia mis
padres—. Mamá, dámela aquí —pido estirando los brazos para coger a mi
hija, la acomodo con cuidado en mis brazos; tiene los ojos cerrados y
duerme tranquilamente.
—Dentro de un rato se despertará y necesitará tomar el pecho —dice mi
madre.
—¿Cómo te sientes? —pregunta mi padrastro.
—Estoy bien.
—Tu padre está afuera. Vamos a salir para que pueda entrar a verla. —el
aforo estaba completo en la habitación. Había venido toda la peña.
—Es tan bonita —dije mirando a mi bebé.
La piel es blanca, con pocos pelos rubios en la cabeza, los labios son
idénticos a los míos y sonrío porque ha sacado algo de mí y no solo de
Alexander, porque aparte de eso, es una copia de su padre. Se sienta en la
cama y me alejo un poco para que pueda apoyarse en mi cabecera; mi
espalda se encuentra con su pecho, me besa la cabeza y hace una pequeña
caricia en la mano de nuestra hija; los demás se despiden y salen de la
habitación, antes de que entren los nuevos visitantes.
Le sonrío.
—Es tan pequeña que parece que se va a romper en cualquier momento
—dije.
—Es perfecta, como tú —dijo Alexander, sonriendo. Ella se retuerce y
abre los ojos, llorando a mares, y yo la mimo, calmándola y tratando de
alimentarla.
Bajo los ojos hacia mi hija y, tras ver que ya se había apoderado bien de
mi pecho, miro a Alex, que me sonríe desconcertado observando la escena.
Me besa la cara.
—Gracias —le digo bajito.
—Soy yo quien tiene que darte las gracias —responde sonriendo—, tú
me lo diste todo, me enseñaste lo que es amar a alguien y me diste a nuestra
hija. Siempre te agradeceré que me enseñaste que la vida es mucho más que
quedarse en tu zona de confort. Te quiero Paola y quiero a nuestra hija.
Sonrío, conteniendo las lágrimas, mi hija me chupa el pecho con avidez
y vuelvo toda mi atención hacia ella. Elegir estar con Alex fue la mejor
decisión de mi vida y elegir tener a mi hija fue otra decisión de la que nunca
me arrepentiré. Son las que me han convertido en la mujer feliz que soy
hoy. Miro a Alex y le doy las gracias por haberme dado esta maravillosa
familia.
Dos años después
—¿Llevamos la bolsa de la bebé con nosotros en el avión?
Alexander se rio.
—No saldría de casa sin ella —dijo mientras entró en la habitación
donde yo estaba terminando de hacer la maleta de María Valentina. El
nombre de nuestra hija era igual a las tres abuelas: María, como mi madre y
la suya y Valentina como su madrina.
Un par de años después yo ya había recuperado mi figura de antes de ser
mamá, pero ahora no seguiría así mucho tiempo.
—¿Cómo te encuentras? —me preguntó él.
Me giré para él y hacia mi hija de trece meses, y sonrió.
—Bien. Nerviosa.
—¿No tienes náuseas matutinas?
—Es extraño, pero esta vez me siento maravillosamente bien.
—Dicen que cada embarazo es diferente.
—Con dos creo que puedo ver las diferencias perfectamente. Cierro
tienda.
—¿Qué dices?
—Alex, no me jodas, te lo digo en serio.
—Calla, so porca. Que está aquí la niña, no digas palabrotas. Eres muy
boca sucia. No has aprendido nada.
—Tú tampoco has aprendido nada. «Ay, chava, no pasa nada, me la saco
a tiempo» —intentaba copiar su acento argentino—. Manda huevos,
literalmente.
—¿Ya te ha dicho que te amo?
—Diez veces, por lo menos. No cambies de asunto.
—Pues te amo, y no te preocupes, si te quedas más tranquila podemos
ver más de cerca estos métodos anticonceptivos. Prometo no fallar.
—Vale, estaba pensando en la castración.
—¡¡¡Y UNA MIERDA!!!
—¡¡Chuuuu!! La niña, hostias… no digas esas palabrotas.
—Oh sí, Paola, tú sí que eres un ejemplo. Muy bien, Paola, muy bien.
Nos miramos con hosquedad. Los años pasaron, pero las cosas entre
nosotros no habían cambiado mucho. Seguimos viviendo y discutiendo
como el perro y el gato. Pero nos queríamos mucho y estábamos
construyendo una familia muy bonita.
—Y hablando de ejemplo, coge las bolsas y vete a meterlas en el coche,
que para eso tienes esos brazos tan musculados.
—¿Te he dicho alguna vez lo que me excita que hables en ese tono tan
profesional?
Lo miré con una mirada sensual, y le respondí:
— ¿Por qué crees que lo empleo tan a menudo?
—Siempre has sido una mujer muy astuta. Boca sucia, pero astuta —dijo
él, y se rio cuando yo hice además de pegarle un tortazo el todo el culete.
—Ya te doy la boca sucia.
—Oh, sí dámela…
—ALEX…
Estas artimañas entre nosotros eran tema delicado. Alex tragó salida, se
lamió los labios y sus ojos parecieron arder. Yo también lo deseaba. Mucho.
—Tira… tira… que no llegamos al vuelo… —le dije ya sospechando lo
que estaba pensando. Con Alexander Ruiz no se podía vacilar. Y como dije
desde un principio: me tenía harta. De amor.
Agradecimientos
Gracias a todos mis lectores que han hecho posible dedicarme a escribir
historias que realmente me gustan. Gracias a ti por darme una oportunidad y
por leerme. Espero que esta historia te haya gustado y haya sido, por lo
menos, entretenida y emocionante.
Si te ha gustado, estaría grata del corazón si me dejases tu opinión
constructiva y que te ha parecido. Me ayuda a crear más obras y hacerlo
más y mejor.
Te mando un fuerte abrazo con mi mayor sonrisa.
Elena Martin
P.D. No te olvides de seguirme en todas las redes como: Elena Martin
Escritora. ¡Gracias!
y si te gustó este libro...
EN BREVE TENDRÁS NOTICIAS DE OTROS PERSONAJES QUE
APARECEN EN ÉL. ¿TE APETECE SABER QUE PASÓ CON SU
AMIGA ADRIANA? ¿O SUS NUEVOS AMIGOS MARIO Y MANU?
SIGUEME... PORQUE HABRÁ ESCENAS DEL PRÓXIMO
CAPÍTULO...
ELENA MARTIN