LIAM
Hermanos Turner
Vol. 1
Dos mundos que van a
colisionar.
Pasión, erotismo y romance
asegurados.
MAYA R. STONE
Uno.
LIAM.
—Es una vista maravillosa, señor Turner, no me canso de apreciarla.
Desde aquí es fácil imaginar que uno es dueño del mundo.
La voz alta y chillona del Director de Marketing sacó a Liam de su
distraída apreciación del horizonte tras el cristal. Asintió, casi como por
inercia; sus ojos habían estado mirando la noche brillante sin verla,
ignorando el espectáculo de los edificios y avenidas totalmente vestidos en
luces amarillas y rojas, y la impresionante posibilidad de tener a Los
Ángeles a sus pies.
Ser el dueño de uno de los edificios más altos de la ciudad y tener
esa vista todos los días la había vuelto rutinaria, por lo que le sorprendía la
admirada apreciación que todos los invitados desplegaban.
—Espero que esté disfrutando de esta celebración—señaló,
procurando que su voz denotara una amabilidad que no sentía.
Socializar sin objeto lo aburría, como casi todo últimamente. El
entusiasmo que lo embargaba al tener un desafiante proyecto entre manos
se había diluido al cerrar el contrato que hoy celebraban, por lo que el tedio
había regresado como un manto frío.
—¿Cómo no hacerlo? La fiesta es un éxito .Agradezco la invitación.
—Lo merecen, todos ustedes. El trabajo que han realizado estas
semanas ha sido notable y mi empresa se congratula de tener empleados así.
La voz ronca, la leve sonrisa de circunstancias que no llegaba a sus
ojos, las frases armadas, todo mostraba amable frialdad; había un inevitable
desapego en el trato que el mayor de los hermanos Turner prodigaba a sus
subalternos. El hombre que había interrumpido las cavilaciones de Liam
entendió que esas frases serían todo lo que podría arrancar del gran jefe esa
noche.
Ya era extraño que no le hubiese respondido con monosílabos, no
era poco habitual que sus interacciones se limitaran a miradas y gruñidos o
a memos que llegaban por correo electrónico. Liam Turner era un hombre
parco y directo, uno que apenas dejaba entrever una faceta más social en el
fragor del trabajo, aunque esto se expresara en órdenes imperativas y
férreas orientadas a dirigir el conglomerado de varias empresas de las
cuales era el CEO y principal accionista.
Un millonario exitoso y pujante, un líder implacable, un soltero más
que codiciado, eran los títulos que los periódicos y revistas solían escribir
sobre él.
Liam dio un sorbo a su whisky y dejó vagar apreciativamente su
vista por el enorme espacio que era el ático del edificio más alto del
Downton de la ciudad, tope de las oficinas y hoy transformado en sala de
recepción y por el que deambulaban, reían y bebían los activos más
importantes de su compañía y los socios más emblemáticos, así como los
clientes más selectos de su cartera.
Una risa se elevó por encima del bullicio general y le hizo ver que
Melody trataba de atraer su atención. Suspiró. Su madre, una vez más, se
empeñaba en restregar en sus narices a la que consideraba la candidata ideal
para que su primogénito se casara y formalizara, en un gesto que lo
convirtiera en un hombre “con visión familiar”.
Elevó uno de las comisuras de sus labios con desdén; por supuesto
que para su frívola madre esa muñeca de clase alta que era Melody Hunt,
con su cuerpo de gimnasio y quirófano, vestida en impecable vestido de
diseño y zapatos que gritaban Loubouin, era la mujer ideal para un hombre
como él.
Dejó que su vista recorriera a la platinada con apreciación,
decidiendo que esa noche la follaría sin piedad, con esos tacones de quince
centímetros como único atuendo. ¿Cómo podía desairar el hambre que se
notaba en la mirada que lo fulminaba sin sutilezas? No había nada de eso en
Melody, aunque su madre creyera que era una correcta mujer de clase alta.
A la rubia le gustaba el sexo y lo disfrutaba sin tapujos.
De todos modos, no se engañaba, sabía que ella también apostaba
por el compromiso y un anillo. Como carnada, ese cuerpo de escándalo y
ser la hija de uno de los clientes más importantes de Liam. No tenía
intenciones de proponerle algo tan serio. Tal vez en un futuro, podría ser la
correcta. Una mujer de clase alta, que sabía cómo comportarse, que tenía
claro lo que era ser una linda imagen al lado de un hombre de éxito. Parecía
lo correcto, pero no lo haría pronto o sin pensarlo más.
El toque sutil en su brazo le hizo mirar al costado y al ver a su
hermana Avery sonrió abiertamente. Ella, su pequeña hermana, no tan
pequeña ya a sus dieciocho, era una de las pocas que lograba que sus ojos
verdes se avivaran y enternecieran.
— Hola, pequeña—la saludó con un abrazo y un beso en la frente
—. ¡Qué bueno que pudiste venir!
Ella sonrió y devolvió el abrazo. La diferencia de quince años se
hacía notar entre ambos. Avery era el resultado de uno de los últimos
empujes del viejo Turner sobre su aristocrática mujer, cuando ya esta
pensaba que con cuatro hijos varones era más que suficiente para dar por
cumplido su rol.
Avery había sido la niña mimada por sus hermanos, ignorada por su
padre por su condición de mujer y poco apreciada por su madre, como no
fuera para martirizarla por su peso, su poca habilidad para socializar o su
escasa dedicación a las compras y los artículos de lujo.
Liam siempre la había sentido frágil y expuesta, su protegida,
aquella que merecía su cariño y su tutela. La adoraba, sentimiento que el
resto del mundo no podría creer, si fuera visible. A los ojos de la mayoría,
Liam Turner era un despótico y ambicioso bastardo que solo veía y
reconocía a los demás si esto le resultaba beneficioso para sus negocios.
No es que a él le importara transmitir esa u otra imagen, le era
indiferente el resto, mientras pudiera cuidar de su familia. Aunque sus
hermanos, ya mayores, despotricaran por su constante monitoreo y se lo
hicieran saber con fastidio, él era único que podía guiarlos y mantenerlos
por un camino saludable.
Así había sido desde que tenía memoria: él había sido más padre de
sus hermanos de lo que nunca podría haber sido su progenitor biológico, el
canalla de Steven Turner, un adicto al trabajo, al sexo y a hostigar a sus
hijos. Como cada vez que lo pensaba, la furia le recorrió. Con una mueca
buscó quitar al bastardo de su cabeza, sabedor de que esto lo conducía a la
tristeza y el dolor.
No había dinero que quitara el mal sabor que los recuerdos traían de
tanto en tanto. El cansancio extremo del trabajo, el sexo duro y el
entrenamiento físico parecían ser los únicos que lo alejaban de pensar en
ese pasado.
—Liam, ¿cómo no venir? Es un gran momento para la empresa,
para ti—La voz de Avery lo ayudó a volver a su realidad—. Me alegro que
hayas cerrado ese trato tan bueno, nuestra madre está fascinada, y algo
preocupada también.
Él rodó sus ojos y sonrió.
—¿Por dónde pasan esta noche las preocupaciones de nuestra
madre?
—Tu soltería. Debes asentarte, crear tu propia familia, eso es lo que
dice—sonrió ella—. Y tal parece que Melody es la candidata ideal para ti.
—¿Lo crees?—la miró retador y con una semi sonrisa, a sabiendas
de que ella no podía tolerar a las mujeres como la rubia.
—No dudo de que nuestra madre lo vea así. Melody es una mujer
que vive de las apariencias y agrega valor a un hombre de empresa. Sería
“un gran activo para Liam”—imitó a la inefable Beth Turner, su madre, con
una voz impostada que lo hizo reír.
—¿Crees que nuestra progenitora está interesada en tener nietos?
—¿Que le recuerden que envejece y debe pasar más seguido por el
quirófano? No creo—Avery le guiñó un ojo, para luego quedar pensativa.
No dejaba de ser triste que bromearan sobre la superficialidad de su madre,
porque era algo que había herido a todos—. ¿Tú crees que es la mujer para
ti, Liam?
—No lo sé, tal vez—dijo él, sin convicción.
—¿Alguien tan vacío y sin sentimientos reales? ¿Qué hay del amor?
Parece que todo se reduce a tratos.
—Ay, hermanita—meneó la cabeza—. No existe eso que llamas
amor verdadero. Tú sueñas con el romance, esas novelas que lees te han
proyectado una idea del mundo y los hombres que no existe.
—Que tú no creas en ello porque te has construido esa pared que es
una coraza para tu corazón no implica que no exista alguien perfecto que te
pueda querer por quién eres en verdad—defendió ella su postura.
—¿Quién se acercaría a mi sin pensar en quién soy o qué puedo
hacer por ella? Seamos honestos—su voz destilaba incredulidad.
—Alguien que te vea de verdad—dijo ella con cariño.
Liam era un hombre bueno que no podía o no quería dejarse ver en
verdad, lo tenía claro.
—Eso del amor para siempre y las parejas que comen perdices es
una tontería, Avery.
—Melody es una perra—dijo ella, volviendo al punto.
—¡Vocabulario, hermanita!—fingió escandalizarse él.
—No hay ropa, maquillaje sofisticado o outfit de moda que pueda
disfrazar cuán vana y vacía es. Jamás podría satisfacer tu necesidad de
cariño.
—Supones que tengo algo así—bufó él y ella sonrió.
—Sé que es así, soy tu conciencia.
—Hermana menor, no tengo conciencia. No me puedo dar ese lujo,
soy un tiburón en aguas oscuras. Mis rivales verían a la conciencia como
sangre sobre la que precipitarse.
—Tan frio y estoico como te muestras, tan grandote y musculoso
como eres, tan lejano como quieres mostrarte, te conozco—le divirtió ver la
seria exposición de Avery—. Llegará el día en que alguien rompa esa pared
y te sacuda.
—Parece que lo disfrutarías—arrugó el entrecejo.
—Claro que sí. Veré con alegría que una mujer te mueva el piso.
Una de verdad. No le des lugar en tu vida a Melody—sentenció.
—Anda, ve. Disfruta de la fiesta y no te pongas en tren de rezongar
a tus hermanos—le dio una palmadita en su espalda y le sonrió—. Allá
están Alden y Ryker y necesitan tus reprimendas más que yo.
Dos.
LIAM.
Sus dos hermanos se veían serios y aburridos, aunque factiblemente
a la caza de algunas chicas que quisieran entretenerlos más allá de la fiesta.
Suspiró. Estaba cansado y si bien el motivo del festejo lo satisfacía, pues
era el cierre de uno de los negocios más importantes de los últimos años y
como tal debía ser anunciado con bombos y platillos a la prensa y a los
rivales, no veía la hora de que todo terminara. Follar, descansar, dormir,
esas eran sus prioridades ahora mismo. Comenzaba a hastiarse de sonreír y
hablar sin mayor sentido.
—Liam, querido—se volvió para recibir a su madre, que se había
acercado con Melody a su lado.
La blonda lo miraba sin pudor, recorriendo cada uno de los
músculos de su cuerpo, adivinándolos con lascivia. Sonrió en respuesta y
deslizó su vista deleitándose con esos senos enhiestos y levantados, dos
bolas inmóviles que hacían un escote fenomenal y que eran la mejor
promoción de la opulencia de un bisturí de primera.
La falda del vestido apenas cubría la mitad de sus muslos y daba
vista a sus piernas kilométricas, unas que se hacían más largas con esos
tacones con los que su miembro ya había comenzado a fantasear. Ella
sonrió con placer ante el escrutinio y su vista hambrienta se posó con
descaro en la carpa evidente de su pantalón. Su madre continuó hablando
mientras ambos se devoraban.
—Melody me dice que la tienes un tanto abandonada. Le he
comentado que sin duda este éxito que hoy coronas ha de ser la principal
explicación.
—Madre— le sonrió con cierta frialdad—. Dices bien.
Le encantaba el sexo y ella era una mujer sin inhibiciones, aunque
algo en él se rebelaba ante el juego. Le hastiaba la facilidad y la falta de
desafío que implicaba Melody. Su cuerpo reaccionaba con obvia facilidad al
físico privilegiado de la hembra, su miembro la quería ya, pero su mente no
parecía acompañar el deseo.
Una noche con ella sería una gimnasia sucia, sudorosa y apasionada,
pero vacía de sentimientos. Bufó ante los desvaríos de su mente.
¿Sentimientos? Avery lo había impresionado más de lo necesario. Buscó
concentrarse y vio que la rubia platinada pasar la lengua con cadencia por el
labio superior para luego morder el inferior.
—Extraño tu compañía. Nuestras salidas tan divertidas.
En el momento en el que ella levantó su brazo aparatosamente para
arreglar su cabello, una bandeja inoportuna se interpuso y las copas que
portaba se deslizaron, volcando el contenido sobre la persona que servía,
salpicando unas gotas a Melody. Esto provocó el exagerado grito de fastidio
y rabia de la mujer, que dio paso a la transformación de su rostro en una
máscara fría y desdeñosa. Su voz se elevó:
—¡Es inaudito que una persona tan torpe pueda servir en un lugar
tan selecto! —increpó a la moza—. ¿Sabes el valor de este vestido? No
alcanzaría toda una vida de tu salario para pagarlo. Aunque imagino que
mover todo ese cuerpo con fluidez debe ser imposible.
—Yo… Mil perdones, fue un mal paso—la voz temblorosa y baja,
llamó la atención de Liam, que en un principio había torcido la vista para no
aguantar la perorata destemplada de Melody.
No le gustaba que esta mostrara su carácter caprichoso en público y
menos aún que hostigara sin necesidad a quienes trabajaban. Al mirar a la
mujer implicada en el incidente, se vio impactado por el rostro arrebolado y
los ojos aterrados de una mujercita de mediana estatura y de curvas
rotundas que el uniforme apenas podía contener.
La diatriba venenosa de Melody continuó, pero para Liam fue
evidente que si alguien había sido afectado por el encontronazo era la
pequeña moza. Sus ojos se concentraron en los senos traslúcidos por la
camisa empapada. Su masculinidad se sacudió al notar esos globos
abundantes y gloriosos, pesados y con los pezones como roca por el frio
líquido.
No podía despegar la vista y sin duda ella, aún en su confusión,
percibió su mirada porque el tono rojizo de sus mejillas aumentó. Liam se
regodeó con esas cumbres y luego de unos segundos, con pesar, elevó su
vista y la clavó en esos ojos de una negrura casi insondable, aunque
aguados, probablemente al borde del llanto por los insultos y la misma
situación.
Tenía una cara hermosa de nariz recta y unos labios gruesos y
pulposos. que suplicaban ser besados. Al menos esa fue la convicción que
le atravesó como una flecha. En el medio de un salón en el que había
mujeres de una riqueza espectacular, impactantes en su brillos y joyas, con
estados físicos impecables, él sintió el deseo furioso y urgente de besar a
esa desconocida y sentir sobre sí el peso de sus pechos opulentos. Debían
sentirse deliciosos entre sus manos.
Hizo una mueca y procuró esconder la monumental erección y el
dolor que sintió en sus testículos, obvias reacciones de deseo primario y
urgente. Reacción que le dejó sin aliento al someterla a la razón implacable.
Tenía que estar muy mal para pensar así.
La aparición del maître calmó los ánimos y las disculpas exageradas
y untuosas hacia Melody fueron el momento en que la protagonista de su
fantasía usó para salir de la vista de la furiosa rubia. Sin poder evitarlo, la
siguió. La vio colarse en uno de los baños y como un vulgar espía fue tras
ella, como un autómata que no pudiera dejar de seguir las imperiosas
órdenes de una libido desbocada.
Por la puerta entornada, obvia evidencia del aturdimiento de la
mujer, vio cómo se quitaba la camisa con agitación tratando de secar el
estropicio del líquido con el secamanos. Por el reflejo del espejo pudo
apreciar los senos cremosos, que parecían rogar ser acariciados. Imaginó
sus dedos deslizándose hasta tocar esos pezones que se transparentaban tras
el encaje del corpiño. Su garganta seca y sus ojos no perdieron detalle.
El movimiento más atrás y las voces hicieron que retrocediera con
renuencia, desalentado de que la imagen desapareciera de sus ojos. Pero se
obligó, no correspondía que lo sorprendieran fisgando a una mujer en un
baño, cual si fuera un adolescente calentón.
Justo cuando salía se encontró con el maître, que se acercó para
pedir disculpas, tal vez pensando que estaba molesto, pero él sacudió la
cabeza. No quería explicaciones, no era necesario. La vio aparecer y notó
que palidecía al verlo, probablemente creyendo que estaba siendo
expulsada. Nerviosa, se acercó con rapidez, su timidez y nervios
probablemente sobrepasados por la necesidad del empleo:
—No volverá a suceder, me disculpo nuevamente por la torpeza.
Mas que las palabras, le traspasaron la urgencia y la emoción de sus
ojos intensos. Se obligó a hablar, urgido por la necesidad de tranquilizarla.
—No es nada grave—dijo, en tono bajo.
¿Qué coño le pasaba? La cabeza le decía que esto era un absurdo.
¿Por qué preocuparse por alguien que no conocía? Mientras lo pensaba, las
palabras del jefe fueron duras, más de lo necesario.
—Has sido descuidada y sin duda has desaprovechado la
oportunidad que la empresa te ha dado.
—Fue un accidente sin importancia—medió, buscando frenar el
tono inflexible del hombre, que tan complaciente como era con él y
Melody, se volvía duro para sus subalternos. <<Excesivo>>, pensó.
—No es el primero—el maître pretendía congraciarse con él y
maldita gracia que le hacía.
Había una desesperación tan profunda en los ojos aguados que Liam
sintió que lo sacudían esas emociones, algo que no solía pasarle: él no se
preocupaba por nadie más que por sus hermanos.
—Por supuesto que la limpieza del vestido de la señorita Melody
será descontado de tu salario.
La palidez y las lágrimas que se escaparon de sus ojos bellos
desarmaron a Liam, que convirtió sus manos en puños para evitar que sus
dedos viajaran hasta esas mejillas suaves para enjugar esas lágrimas que
traicionaban la orgullosa necesidad de contenerse.
—No creo que eso sea necesario.
—Así es la política de nuestra empresa—contestó el hombre—. La
satisfacción del cliente es lo primordial.
Liam hubiera querido decir que su satisfacción en este momento
sería que ella no llorara y lo dejara abrazarla, pero fue tan ridículo que solo
pudo darse vuelta y dejarlos atrás, enfurecido por su propia estupidez.
Estaba claro que estaba más cansado de lo que creía.
Regresó a la fiesta, pero esta había perdido todo interés para él.
Revisó el ático con su mirada mientras fingía interés en las conversaciones
inocuas y agotadoras y miró a cada uno de los integrantes del staff que
servían, pero la joven ya no se encontraba entre ellos. Luego de un rato, se
acercó al maître y le indicó de manera autoritaria que quería saber el
nombre de la joven que había protagonizado el incidente. Este se amedrentó
y pretendió deslindar a la empresa de cualquier mal paso, cosa que él
rápidamente aceptó.
—Es una empleada temporal, normalmente no trabaja en este tipo
de eventos, mas estamos escasos de personal. Usted sabe— dijo nervioso.
—El nombre—demandó.
—Amelia Sanders—contestó con rapidez.
—No debe preocuparse—Liam le sonrió, procurando diluir su
ansiedad—. Esta empresa ha trabajado durante mucho tiempo con nosotros
y lo ha hecho de manera excelente. Esto fue simplemente un percance
menor— le sonrió con frialdad.
—Por supuesto. De todas maneras, ella ha sido despedida y su paga
de esta noche retenida para pagar por el estropicio.
Liam asintió, como si concordara con la medida, aunque a la interna
pensó que era un castigo muy duro para alguien que evidentemente
necesitaba ese empleo. Su palidez y desesperación habían sido evidentes.
Ella había trabajado toda la noche y unas gotas de champagne la convertían
en una paria sin empleo ni paga. Era demasiado. Decidido, tomó su teléfono
y contactó a su amigo Jett.
—Jett, necesito que ubiques a una persona.
—Buenas noches a ti, genio—contestó con sorna—. Veo que tus
habilidades sociales mejoran.
—Ya deja eso. Amelia Sanders. Quiero saber todo sobre ella. Y lo
necesito para mañana.
—Dame algún dato más. ¿Sabes la cantidad de personas que puede
haber con ese nombre? ¿Es cliente, familiar de uno de tus colaboradores?
—Estuvo trabajando en la fiesta esta noche en la empresa de cáterin.
La que te perdiste-sindicó.
—Sabes que detesto ese tipo de reuniones de la egolatría. No me
van. Y sé que tú las odias también, así que no entiendo cómo sigues
participando de ellas.
Había un dejo de reconvención en la voz de su único amigo, un tono
que dejó pasar.
—Te paso de inmediato el nombre de la empresa.
—¿Qué ocurrió con esa mujer? ¿Algo que deba saber?
—Esa mujer me movió el mundo hoy, sin siquiera hablarme-
confesó, llanamente. Su confianza con Jett era extrema-. Es la primera que
lo ha logrado en años. Mi cerebro y mi pene están de acuerdo en que deben
explorar este misterio.
—Hablas como un maldito loco—rio el otro.
No desconocía la intensidad y la cruda personalidad de Liam, pero
esto parecía mucho.
—Esa mujer va a ser mi amante. Debo ubicarla.
—Wooow, no acierto a saber si estás muy borracho o te han
abducido y transformado. No pareces tú.
—Lo sé—suspiró—. Por eso debo encontrarla. Sacarme las ganas y
drenarla del sistema.
—Claro, muy metódico. ¿Has pensado que tal vez no quiera?
El tono de chanza le fastidió.
—No se me ha negado nadie hasta ahora.
—En buena hora podría ser la primera.
—Creí que eras mi amigo.
—Lo soy. Por eso quiero que esa veta bastarda tuya tenga su
merecido. Tranquilo, lo haré.
—Para mañana al mediodía; Jett. Quiero saber dónde vive, con
quién, qué secretos tiene.
—Sabes que no puedes tener todo lo que quieres, ¿no es así?
Sin responder, le cortó. Ohhh, sí que tendría a esa mujer. No había
tenido deseos de follar a alguien con tanta urgencia. Era imperativo que la
encontrara, no había límite que no cruzaría para hacerlo, decidió.
Suspiró y se dirigió a su oficina, dejando atrás la fiesta. En la
soledad de su gran despacho, alejado del ruido, esbozó una sonrisa de
satisfacción. Por fin un desafío o al menos la posibilidad de uno. Esperaba
que esa mujer de cabello cobrizo y curvas de escándalo estuviera a la altura.
No habría Melody esa noche, no había posibilidad de que pudiera
concentrarse en satisfacer a la esbelta platinada sin pensar en la
desconocida. <<Amelia>>, musitaron sus labios deleitándose en el recuerdo
de su busto. Y sin poder evitarlo la excitación lo ganó y le hizo descubrir su
miembro, tomándolo con fuerza y cerrando los ojos mientras lo acariciaba y
se masturbaba con la imagen de esas tetas tal y como las había visto en el
espejo, imaginando que esos labios pulposos gritaban su nombre al
correrse.
Su descarga fue intensa y satisfactoria, más de lo que el sexo le
venía brindando hacía un tiempo ya largo. Si la mera imagen lo ponía así,
daba por descontado que la realidad sería magnífica. Necesitaba a esa mujer
y la tendría, se empecinó mientras se lavaba las manos y la cara. Cuando
una idea o un deseo se apoderaba de su cabeza estaba perdido hasta que no
la concretaba.
Tres.
AMELIA.
Llegó a su pequeña casa en la zona oeste de la gran ciudad, agotada
y dolida, sin energías. Lo único que quería era arrebujarse en el sillón de la
entrada, envuelta en su cobertor favorito, y fingir que era un fuerte que la
protegería de toda su maldita realidad. Sin desvestirse ni seguir su habitual
ritual para ir a dormir, solo quería llorar y sacarse el amargo regusto de la
derrota que la envolvía como una ajustada piel.
<<Ya deberías estar acostumbrada, nena>>, se instó, <<nada parece
ir bien hace años, ¿por qué debería ser distinto esta noche?>>. Hubiera
querido gritar su frustración, pero no pudo más que llorar apagando el ruido
al morder el almohadón, para que su desesperación no llegara al dormitorio
superior en el que su tía y su hermana Tina descansaban. Tenía que dejarlas
dormir, su tía lo hacía poco y siempre con dolor, no podía dejar las afectara
la rabia, tristeza y desesperación en el que esa oportunidad de trabajo la
habían sumido.
¡Qué ilusa había sido el día anterior, expectante y nerviosa por la
oportunidad! Era la primera vez que la empresa le permitía trabajar en un
evento de tanta categoría, normalmente asistía en reuniones familiares de
clase media o empresariales de corporaciones pequeñas.
Trabajar en uno de los principales rascacielos del Downtown, en ese
ático del Imperio Turner implicaba una mejoría notable en su salario. El
comienzo de la noche había sido soñado: el lugar era de alta alcurnia y la
fiesta una selección de lo más granado de la sociedad de Los Ángeles y de
California.
Todo había ido de maravilla la primera hora de la recepción; ella
había logrado adaptarse al ritmo del resto del staff, que eran ágiles y
eficientes, y había servido tragos desplazándose entre los vestidos Gucci,
Calvin Klein, Prada y más, diseños maravillosos que reconocía de las
revistas de alta costura que solía devorar. Su pasión era el diseño y aunque
su condición económica le había impedido continuar sus estudios, el
conocimiento práctico que su tía le había impartido y el amor por la costura
le permitían maravillarse ante las telas, los cortes y los brillos.
Tal vez fue eso lo que la distrajo por un segundo y la hizo fallar en
su labor cuanto más atenta debió estar. Un paso en falso, apenas un error de
centímetros la llevó a chocar la bandeja con el brazo en alto de una rubia
adinerada que charlaba justo con el multimillonario dueño de todo el
edificio y la empresa.
Ese momento fatal había sido el fin del sueño. Con estupor, había
tratado de controlar la bandeja, sin éxito, y las copas del más fino
champagne, probablemente cientos de dólares en líquido burbujeante y frío,
se habían derramado sobre sus pechos, dejando en evidencia su posición y
torpeza.
La ostentosa y bella rubia apenas había sido salpicada por unas
gotas, mas sus chillidos escandalosos hicieron del incidente algo más grave
de lo real. No había sido rápida en reaccionar, estupefacta; debió haberse
mostrado más amable y ayudarla, pero se sintió tan inerme que no pudo.
Al horror por su descuido se sumó el calor de sentirse expuesta, algo
que se acentuó al notar la mirada intensa y voraz en los ojos de ese hombre
impresionante de metro noventa que era Liam Turner.
Lo había observado en varias ocasiones mientras controlaba que las
mesas estuvieran rebosantes de manjares y las copas servidas. Sus colegas
le habían contado que era el mayor de los hermanos Turner y lo había
admirado con cautela. Ese era el tipo de hombre que la derretía, aunque ¿a
quién no?
La masculinidad se filtraba por cada poro de ese cuerpo ancho y
musculoso que se adivinaba con claridad ceñido como un guante por el
impecable traje oscuro de tres piezas de diseño. La tela abrazaba sus
miembros y ella había pensado que no podía haber un hombre más
hermoso. La mandíbula cuadrada y con una sombra de barba, los labios
gruesos como cincelados, el cabello castaño impecablemente peinado. Todo
él era el epítome del éxito, la masculinidad y la belleza. Era un Dios griego,
habían suspirado en la cocina varias. Un hombre millonario en la cima del
mundo. Un hombre inalcanzable.
Había desnudado su torpeza justo a su frente, mostrándose absurda e
inútil, cuando debía estar escondida de su vista o siendo invisible, que era lo
que correspondía. Y, sin embargo, hipó, metida de pleno en el repaso del
incidente, él la había recorrido con sus ojos con una expresión diferente al
fastidio. Él había fijado sus ojos como saetas en sus senos, sin despegarlos
mientras la rubia hacía su pataleta y ella temblaba. Con lujuria.
O al menos eso imaginó. Lo más factible era que estuviese
conteniendo los deseos de echarla del lugar sin más. Cuando pudo
despegarse y el maître llegó, ella había escapado, musitando torpes
disculpas y había procurado secar la camisa. Sabía que debía regresar
raudamente a su tarea si quería conservar su empleo. No podía seguir
alelada ante la visión del hombre, era absurdo creer que un millonario sexy
y sin límites como ese podría fijarse en una mujer de clase tan baja como
ella, con sobrepeso y cuya torpeza acababa de ser apreciada por los más
encumbrados y favorecidos seres de Los Ángeles. Su mente lo volvió a
considerar al recordarlo, mientras se tapaba más y los hipidos suaves eran
sustituidos por sollozos.
¿Quién o qué era ella? Nadie. Una fracasada poca cosa que vivía
como podía en un barrio bajo del Oeste de Los Ángeles, una honesta pero
quebrada mujer de veinticinco años que sostenía como podía a su familia.
Alguien que solo podía soñar con estar al lado de un hombre como aquel, y
¡vaya si lo había hecho bien!
Su intento de risa no fue más que mueca. Tenía que dormir,
recomponerse, no podía hostigarse y golpear su herida autoestima más. Era
más fácil pensarlo, claro. Las palabras del maître volvieron a ella: <<Eres
un desastre, una mala empleada. Nos has puesto en ridículo>>, había
espetado mientras le exigía la inmediata devolución del uniforme y la
despedía sentenciando que no tendría paga pues la empresa debería hacerse
cargo de la limpieza del traje de esa rubia platinada. Así que aquí estaba,
despedida y más pobre que antes.
En el preciso momento en el que más necesitaba ese dinero para
hacerse cargo de las interminables cuentas que la enfermedad de su tía
implicaban, además de sostener los estudios de Tina. Lo había arruinado
por soñar despierta, por apreciar la riqueza cuando lo único que tenía que
hacer era servir bebidas. ¡Tonta, mil veces tonta! Hipando y volviendo
sobre esa mirada cuando se le derrumbaba la vida. ¿Por qué no podía quitar
de su mente esos ojos que la habían hecho sentir deseada?
<<Espabila, Amelia>>, se dijo en voz alta, dándose toques en las
mejillas para reaccionar. <<Estás en graves aprietos, tu situación económica
apesta y no puedes darte el lujo de creer que alguien te va a rescatar de
ella>>. No sería ese millonario y magnífico en su apostura el que vendría
por ella a solucionar las urgencias de su bolsillo. Ese corazoncito romántico
y soñador suyo, alimentado por tantas series y libros de príncipes
encantadores le había arruinado el cerebro, bufó.
La realidad era grave como para perderse en fantasías imposibles.
<<Recuerda, Amelia. Soñar es para ricos, ninguna frase de autoayuda va a
pagar la electricidad, el gas, los alimentos, las medicinas. Repite tu mantra:
soñar duele>>. Respiró, mientras su contestataria mente decía que a pesar
de todo, soñar seguía siendo gratis.
Buscó recomponerse y pensar qué hacer. El empleo en la empresa
de cáterin había sido bastante constante en el último año y le había dado la
posibilidad de ganar el dinero necesario. Pero estaba perdido y no tenía caso
llorar sobre la leche derramada. O el champagne, se corrigió.
No tenía otra posibilidad que pedir doble turno en la cafetería de
mala muerte en la que trabajaba y rogar que el maldito de su jefe, Bratt, le
concediera esas horas extras. Se regodearía con su necesidad, eso lo tenía
claro, se lo haría difícil y buscaría aprovechar para volver con sus
asquerosas insinuaciones. Resistiría, lo rechazaría, esquivando sus
manoseos.
¿Como su vida no había ido más que en bajada los últimos años? Le
dolía rememorarlo, sentía que nadaba en las profundidades de un mar
oscuro sin llegar a la superficie, boqueando por aire, sin éxito. Un día sí y
otro también. No era solo su vida laboral, la amorosa también era un
desastre. Y todo eso comenzaba a pesar en su autoestima. Más de lo
habitual.
Hubo un tiempo, cinco años atrás, en el que se había imaginado una
vida: sería una pequeña empresaria de la moda, independiente, con planes
para convertir sus modelos en papel en tendencia. Usaría las redes para
promocionarlos, el boca a boca de los clientes. Su tía tenía muchos y
algunos podían ayudar. Mas todo se había desvirtuado cuando la querida tía
Meg enfermó y el dinero comenzó a ser cada vez más escaso y las cuentas
más elevadas.
Por supuesto que cuidar a su familia era prioritario y aliviar el
sufrimiento de Meg había sido lo primero en sus tribulaciones. Era la madre
que no habían tenido, las que las había criado y enseñado, con amor y
paciencia, asumiendo el rol que la muerte temprana de su hermana, madre
de Amelia y Tina, había dejado.
El cáncer era una enfermedad terrible, deterioraba el cuerpo y la
mente, carcomiendo con dolor a quien lo sufría, haciendo que los que los
amaban sufrieran impotentes. Se hacía más complicado cuando el dinero no
alcanzaba. << ¿Qué podría saber de rigores esa muñeca de fantasía que era
la tal Melody, esa rubia elevada en sus imponentes zapatos?>>, pensó con
rabia.
El mundo era injusto, el atuendo de una sola de aquellas mujeres de
la fiesta equivalía a años de salario y de agachar su espalda y cansar sus
tobillos. Y bastaba un grito destemplado por unas gotas de bebida para
quitarle ese dinero a Amelia, una propina para cualquiera de esos
ricachones. Unas gotas, unos gritos, su torpeza, la precipitaban más abajo
de lo que estaba.
Sintió que el pánico la invadía de a poco y se obligó a respirar y
acompasar su mente con su corazón, para que la primera calmara al
segundo. No podía darse el lujo de caer, tenía que fortalecerse. <<Inhala,
exhala, Otra vez. Tranquila, tú puedes. Tú puedes. Resiste. Debes dormir un
poco. Respira, otra vez>>, se aleccionó hasta que sintió que el peso en su
pecho se alivianaba.
A las 6:00 tenía que estar en pie para dejar dispuesto el desayuno y
el almuerzo para Meg y Tina. Su turno en la cafetería comenzaba a las 8:00
y tendría un largo día por delante. Si conseguía convencer a Bratt, podría
hacer alguna hora extra. No podía darse el lujo de arruinar su única fuente
de ingreso.
Parecía que no estaba tan lejos de la verdad su ex, Ben, cuando le
decía que siempre se podía estar más abajo y que ella se empeñaba en
comprobarlo. <<Torpe, gorda, romántica empedernida, frígida>>, solía
decirle. La mujer de la fiesta, Melody, había asumido que su torpeza se
debía a su físico voluptuoso. Cuando el río suena, agua trae, eso decía el
refrán. Si había constantes en su vida, esos eran los epítetos que la
denostaban. Esta noche su propia voz interna la castigaba aceptando que no
era más que eso. Solo unos ojos verdes, por unos segundos intensos,
parecían decirle que era atractiva. Y eran un sueño, una fantasía.
Cuatro.
LIAM.
Disminuyó la velocidad y dejó que su auto de alta gama se acercara
a la acera, el motor ronroneando con suavidad, hasta detenerse totalmente.
Miró en derredor con escepticismo no exento de preocupación; el lugar no
era de los mejores y el barrio aún menos, pero era el sitio que su amigo Jett
había sindicado como el trabajo de Amelia y aquel no solía cometer errores.
Era muy bueno en buscar información y personas, no en vano era
quien se encargaba de la seguridad digital de su empresa y muchas otras. Se
había mostrado más que interesado en Amelia, varias de tus fotografías
ahora en su celular, y le hizo saber que le gustaba. No lo dudó, ambos
compartían gustos en relación a las mujeres voluptuosas.
De todas maneras, le dijo que veía su accionar exagerado y él
mismo no acertaba a saber con claridad que era lo que lo llevaba a actuar
como lo estaba haciendo, molestándose en ir a por alguien que había visto
apenas un rato. Alguien que lo había impresionado de forma evidente,
sacudiendo su mundo, de habitual estructurado y reglado.
Que ella no llevaba una vida fácil, se desprendía de la información:
trabajaba mucho y en dos empleos. Se corrigió, uno; le quedaba uno como
consecuencia de lo que había pasado en su ático la noche anterior. Tenía una
tía y una hermana adolescente y al parecer la enfermedad de la primera la
obligaba a constantes y costosos tratamientos médicos. De eso daba cuenta
el drenaje constante de dinero que había sufrido una única cuenta bancaria
que hoy estaba casi vacía.
Era increíble todo lo que podía averiguar Jett, desnudando la más
cruda intimidad de cualquiera que fuera su objetivo. Él, se corrigió, era él
quien había transformado a esa bella chica en objetivo, reconoció sin pudor.
No solía tenerlo cuando algo le interesaba.
Había pasado por su casa en ese barrio espantoso y la pequeña
residencia evidenciaba el desgaste y la necesidad de pintura y reparaciones,
aunque no contrastaba notablemente con el resto del vecindario. Poca gente
circulaba a esa hora y no había evidencia de actividad en la casa. Ella
estaría trabajando, sin dudas.
Había sentido la necesidad de saber todo de ella y conocer su
entorno para poder aproximarse con seguridad. Detestaba moverse a ciegas,
en lo personal o profesional, contar con datos le permitía controlar las
variables y los riesgos. Sacudió la cabeza, casi divertido. Su mente trataba a
esa bonita mujer como un blanco y respondía como estaba adiestrada:
convirtiéndola en presa, acechando y considerando caminos aptos. Se sintió
como un acosador y la idea no le gustó.
Tamborileó con dos dedos sobre el volante mientras alisaba su
camisa, en forma automática. Con la cafetería a pocos metros, se preguntó
si era inteligente bajar o debía pasar de todo y olvidar a la mujer. Era lo que
su lógica le imponía, pero esta estaba algo embotada por las urgentes
oleadas que venían del sur de su cuerpo, alentadas por las fantasías que le
sacudían desde la noche anterior.
No era un hombre inseguro ni cobarde, solía confrontar lo que lo
preocupaba. Y la pulsión no se quitaba; había estado intentándolo por horas.
Corrió sus habituales diez kilómetros, masacró su piña de boxeo hasta que
los nudillos le dolían, sin éxito. Al ducharse, había tenido que aliviarse sin
remedio, volviendo a imaginarla entregada a él y enterrado hasta sus
testículos en su coño tibio, entre sus rotundos muslos.
Cómo alguien podía meterse tan adentro suyo, volverlo tan duro y
mantenerlo así, sin provocarlo expresamente, era un misterio. <<No es ella,
eres tú>>, se increpó. Y supo que tenía que hacer algo al respecto. Tomar
control de la situación.
Se había vestido en lo que consideraba un elegante sport y a pesar
de eso supo que estaría fuera de tono con el ambiente. No lo pensó con
vanidad, sino por practicidad, sabía el precio de lo que vestía. Incluso su
auto era una tentación en este lugar, estaba seguro, pero no tenía previsto
demorar demasiado. Apenas lo suficiente para echar a andar su plan.
Uno que había ido hilando en el correr de la mañana y que no era
más que la pantalla tras la cual se escondían sus deseos. No podía ir a ella
con la verdad, cruda y dura, de que la quería entre sus brazos y sus piernas.
De algún modo y sin conocerla, supo que esto la espantaría de él sin más.
No podía esperar a que dejara su turno, no tenía claro cuando sería y
no estaba acostumbrado. Él imponía los tiempos, no al revés. Por lo que
entrar al sitio era lo más rápido. Decidido, se apeó con tranquilidad y se
dirigió a la cafetería. A esta hora la asistencia debía ser menor; ya había
pasado el momento en que la gente iba por el desayuno y no era momento
para almorzar. Seguro habría tranquilidad suficiente como para que ella
pudiera escuchar lo que tenía para proponerle.
Ya adentro, buscó una mesa lejos del mostrador, en el que de reojo
vio a un hombre de facciones distendidas que de inmediato le desagradó,
por instinto. Procuró darle la espalda al sentarse, sintiendo que sus lo
atravesaban de seguro preguntándose quién era y qué hacía por el lugar.
Barrió el local con la mirada hasta dar con ella, Amelia. Atendía a
dos hombres, tomando su pedido con simpatía, para luego moverse con
gracia en procura de sus bebidas. Liam fue consciente de las miradas
apreciativas que ellos deslizaron por su trasero y sus senos, envueltos en un
uniforme que los potenciaba.
La lujuria se alimentó al ver sus curvas y algo similar a los celos
apretó sus puños. Detestó esas miradas, esos vistazos de apreciación y
murmullos que supo la ponderaban. Ella era demasiado para ese par que la
miraba como si fuera un objeto, alguien a quién follar. << ¿No es lo que
buscas tú?>>, sindicó su mente.
Tenía claro que sí, pero había más. Una mujer así tenía que ser
apreciada, considerada, catada como una fina joya. Apretó los dientes al
notar que uno tocaba su brazo y ella se ponía dura y alerta. Esa mujer era
suya, no podía dejar que cualquiera sintiera que podía siquiera rozarla.
Se sorprendió de la insensatez de su pensamiento y trató de
relajarse. Su intensidad a veces era sobrecogedora, incluso para él mismo.
Volvió a recuperar sobriedad al ver que ella lidiaba bien y sin problemas
con los imbéciles. Chica lista.
Cuando vio que quedaba libre, levantó su brazo llamándola, con
cierto imperio en el gesto. Solo cuando se acercó y le sonrió, dispuesta a
tomar su pedido, le reconoció y la variación de colores de su rostro le hizo
preguntarse qué pensaba en realidad. ¿Le temía, le preocupaba que él
estuviera aquí?
No estaba acostumbrado a hacerse ese tipo de interrogantes. Las
mujeres solían mostrarse solícitas y encantadas en su presencia, coquetas.
Amelia le miraba fijo y nerviosa, y le encantó ver que enrojecía y su boca
se abría en una adorable O, sin emitir palabra. Sus pequeñas manos se
restregaron en la falda y por fin, luego de varios segundos de mirarlo y
hacer gestos con su boca, le saludó.
—Ehhh, buenos días. Bien … Bienvenido
—Buenos días, Amelia—ella boqueó al escuchar su nombre y él
sintió una punzada placentera.
Dios, se veía tan inocente, tan transparente, que sus sentidos
bramaron.
—Señor… Yo... Buenos días.
—Tal vez me recuerdas, soy Liam Turner—ensayó una presentación
que supo era innecesaria.
Ella sabía quién era él, lo tenía claro.
—Lo sé—contestó bajito, batiendo sus pestañas tupidas de manera
rápida y mordiendo su labio inferior en un gesto de nervios que resultó ultra
sensual.
Estaba convencido de que cada uno de los gestos de esa mujer,
involuntarios y espontáneos, eran divinas expresiones de una sensualidad
escondida. No había nada de artificio en ese rostro de muñeca y en ese
cuerpo lujurioso y exuberante que lo excitaba como hacía tiempo nadie lo
hacía. Ella era como una fruta plena y madura, mal presentada y rodeada de
un contexto que impedía apreciarla en su plenitud. Pero él era capaz de
distinguirla y se encargaría de dotarla de aquello que necesitaba para que
brillara. Solo para él. Si aceptaba. Y tenía que aceptar.
—Señor Turner.
—Dime Liam. Solo Liam.
—Solo Liam…Perdón— Ella se disculpó por la repetición y volvió
a enrojecer y él sonrió ante su aturdimiento—. ¿En qué puedo ayudarle?
—Voy a tomar un café y quiero que te sientes conmigo.
Ella se sorprendió, mirando alternativamente a él y al hombre de la
barra, que la observaba con ojos entrecerrados.
—No puedo. Mi jefe…
—Seguro podrá entender que te tomes unos minutos.
—No…No es un hombre que entienda—la convicción de su voz lo
sacudió.
De seguro era un bastardo que la hacía trabajar sin descanso por un
salario miserable.
—Lamento escucharlo. Tengo una propuesta que hacerte. Una que
puede cambiar tu vida—si tenía poco tiempo, debía aprovecharlo para
generar la suficiente intriga como para motivarla.
Ella lo miró con perplejidad. Claro, ¿qué esperaba? No lo conocía
prácticamente.
—¿Una propuesta?—repitió, mirándolo con sus enormes ojos llenos
de asombro.
—Así es—reafirmó él, sin apartar la mirada de su boca túrgida—.
No me parece que te pueden pagar mucho aquí.
—No, es verdad—dijo ella, con gesto evidente de no entender nada
—. Su visita… ¿Tiene que ver con lo que pasó anoche?
—Digamos que en parte sí
—No puedo pagar por el estropicio, pero el maître me descontó el
sueldo, supongo que…—se apuró ella, con temor.
—No tienes que preocuparte por eso—buscó contener su
preocupación.
No quería que lo asociara con estrés o problemas.
—El vestido de esa señorita, no fue tanto—la voz se elevó apenas,
en una queja minúscula que dio cuenta de lo frustrada que estaba.
—Claro que no lo fue, querida—no pudo evitar el tono
condescendiente. Ella despertaba su deseo de protección—. Claramente la
más afectada fue tu camisa… Y tú
Su voz, naturalmente grave, se había vuelto ronca y su mirada clara
la miraba con fijeza, procurando que no delatara el deseo que lo llenaba y
hacía doler su bajo vientre. Sintió el impulso de doblar a esa mujer sobre la
mesa y acariciarla sin fin hasta arrancarle gemidos desesperados y que le
pidiera que la hiciera suya. Ella no podía ver la excitación que le producía
cada vez que movía sus caderas y meneaba su trasero, o una parte de su
escote bajaba.
—Iré por un café. Debe tomar algo si va a quedarse—pareció
reaccionar para moverse hacia el mostrador y servir el líquido,
probablemente debatiéndose entre la curiosidad por sus palabras, lo extraño
de su presencia y la necesidad de su trabajo.
Vio que el hombre que indicó como jefe la tomaba de un brazo y se
lo apretaba y su rostro se demudó, sintiendo que una ola de furia fría subía
desde su estómago hasta su rostro. Era palpable la violencia en la actitud
inquisidora y en el apretón del que ella se deshizo con brusquedad. Cuando
volvió unos minutos más tarde, la notó nerviosa y le dijo:
—Ese hombre te hizo daño. Eso es violencia laboral—su voz era
fría y demandaba respuesta.
—No es nada que no pueda manejar. Quiere que trabaje más rápido
y sin distracciones. Necesito…—había súplica en su voz.
—No quiero provocar más complicaciones—sentenció con
brusquedad—. Esta es mi tarjeta. Te espero hoy a las 17 en mis oficinas.
Tengo una propuesta que puede ayudarte. Sé que atraviesas problemas
económicos graves y un trabajo como este no te ayudará a resolverlos. Y
nada puede hacerte soportar a un hombre abusivo como evidentemente es tu
jefe.
—¡Espere! —ella le tocó el brazo cuando ya se levantaba y luego lo
quitó, sonrojada por el gesto—. ¿Cómo sabe…? ¿Qué tipo de propuesta?
—Lo sabrás. A las 17:00. Te estaré esperando.
Había casi una promesa en su voz. Necesitaba…Se corrigió, quería
que ella aceptara, pero no quería asustarla. Él estaba en una posición de
poder y ella en una de necesidad. Había una asimetría obvia en el trato que
pretendía ofrecerle.
Mas él no era un maldito cobarde que necesitara escudarse en su
dinero para ganarla. No le pediría nada que no pudiera darle. No tomaría
nada que ella no quisiera entregarle. El suyo era un juego algo torcido, pero
tan jodidamente excitante que lo tenía en vilo. Apenas podía esperar a
tenerla frente a sí y ver su cara cuando le contara lo que había pensado para
ella.
Cinco.
AMELIA.
Se sentó a dar cuenta de su almuerzo en un costado de la estrecha
cocina de la cafetería, el menos poblado de trastos. Agradeció estar sola y
sin cháchara alrededor, pues Bratt había llamado al encargado de la cocina
para increparle, como era usual. El abusivo utilizaba cualquier excusa nimia
o queja de algún cliente para descargar su ira sobre alguno de ellos. No
había estado ajena a eso.
Suspiró, masticando con lentitud. Tenía una bola en el estómago
provocada por la ansiedad. Su vida parecía haberse convertido en una ruleta
rusa de emociones. Necesitaba ese tiempo para recomponerse y lograr que
su mente razonara y dejara de estar en las nubes. ¡Él había venido hasta
aquí, a este sitio que de seguro ni sabía podía existir, a verla! Liam Turner
quería verla y tenía algo para proponerle.
Parecía tan descabellado, un sueño. Ese hombre se había colado en
sus retinas apenas al verlo anoche, cada vez que había podido sus ojos
volvían a él y su apostura, en medio de la fiesta, como un gran imán. Solo
respirar cerca de él era de locura.
¿Qué querría de ella? ¿Sería posible que el incidente de la noche
anterior tuviera consecuencias posteriores? Tal vez quería resarcimiento por
los estropicios causados al vestido. Aunque él le dijo que no era grave.
Querida, la llamó, recordó, boqueando. Y si… ¿Y si era el novio de la tal
Melody y buscaba vengarse por ella?
Una vendetta, entrecerró los ojos. No, sacudió la cabeza. Un
millonario moviéndose a un barrio bajo, a una cafetería mugrosa para
reclamar venganza por un vestido. Mal argumento para cualquier film. Ella
no tenía nada para darle, no podía pensar en algo que él pudiera querer con
ella. Ese tipo de personas estaban acostumbrados a salirse con la suya.
¿Podría ser que su torpeza hubiera resultado en problemas para la
imagen de esa gente? Hoy día los periodistas estaban siempre alertas para
dar a conocer todo lo que les pasaba a las celebridades, a los ricos y
famosos. Su mente imaginó la foto que haría la cara de Melody y sus gritos
en fotografías. La ridiculizarían, sería objeto de chanzas. Se alarmó y casi
se sintió enferma.
La culparían, la llevarían a juicio por … por algo. Tomó su celular y
buscó en las redes sociales, primero el perfil de la empresa de Turner. Su
mano temblaba. Encontró de inmediato las fotografías de la gala, hermosas
y vibrantes, y las pasó con desesperación esperando que no hubiera ninguna
que la incriminara. No la había, se tranquilizó, para luego razonar que la
empresa jamás publicaría algo así.
Si había algo malo, sería en las publicaciones de los tabloides y
revistas que solían retratar las vidas y fiestas de los famosos. Encontró
varias fotografías en ellos, pero ninguna que evidenciara nada incorrecto.
Respiró y trató de recomponerse. La visita de ese hombre la había
desestabilizado y no podía seguir así. Tenía que concentrarse en el trabajo
actual y en su familia, en sus preocupaciones.
¿Cómo haría para mantener la casa, pagar las facturas y las
medicinas necesarias, además que lograr que Tina pudiera seguir
estudiando? Esto la hizo volver en sí y tomó el celular para atender lo
importante. Envió mensaje a Sharon, bendita fuera su mejor amiga. Se
conocían desde pequeñas, habían sido compañeras en el colegio y la
secundaria, atravesando juntas las buenas y también las amarguras de ser
adolescentes marginadas por no corresponder a los estándares promedio de
inteligencia y belleza.
Sharon era enfermera, se había graduado, continuando sus estudios,
lo que ella no había podido hacer. Su amistad no había medrado, por el
contrario, era bastón que la sostenía una y otra vez. Solía pasar todas las
mañanas antes de su trabajo para cerciorarse del estado de su tía Meg y
aliviar sus dolores de ser necesario, así como ayudar a Tina en alguna tarea.
Era un ángel, la hermana de la vida con la que el destino la había premiado.
Siempre podía contar con ella y eso era invalorable. Sabía que también era
así al revés, ella estaba para contener las inseguridades y preocupaciones de
Sharon cuando era necesario. Aunque menudo par hacían ambas en ese
sentido.
La respuesta que sonó de inmediato la tranquilizó: todo estaba bien
en su casa.
<<¿Cómo estuvo el trabajo anoche?>>, el nuevo mensaje daba
cuenta de la curiosidad de Sharon por la fiesta. Normalmente tendrían
mucho cotilleo sobre los personajes famosos, sus vestidos, sus alhajas, sus
zapatos. Sharon adoraba los zapatos.
<<No te haces una idea de lo mal que fue. Te cuento en la noche, el
imbécil de Bratt me llama>>
<<Pizza y vino en casa>> fue la respuesta inmediata.
Vaya si necesitaba a su amiga y desahogarse con ella, contarle lo
que le había pasado. Reirían, maldecirían, sollozarían y se emborracharían
sin remordimiento. Su garganta se cerró al pensar qué otras novedades se
acumularían de aquí a la noche, en especial si pensaba ir a esa cita… No era
cita, era… ¿Qué era lo que tenía a las 17, exactamente? Que la mataran si
entendía. Pero iría, claro que iría, no podía mentirse fingiendo que lo iba a
pensar.
La urgencia hizo que sus manos temblaran al lavar su taza. No tenía
nada elegante que ponerse, nada para cambiarse. Debería ir con el uniforme
de trabajo. No había traído una muda alternativa y era impensable comprar
algo, no podía permitirse un gasto superfluo más. Rio con burla. Nunca
hacia gastos innecesarios, hacía meses que no compraba nada que le
alegrara las noches.
Por otro lado, ¿por qué habría de hacerlo? No trabajaba para él, ¿qué
podía ir mal por presentarse con indumentaria de trabajo? No es como que
él no hubiera adivinado que era una mujer sin recursos. Una que acababa de
recibir una invitación intempestiva que aún no sabía bien por quéaceptaba.
Lo único claro para ella es que iba a ir y no tenía que ver exclusivamente
con el tono con el que el señor Turner…Liam, había utilizado en la
cafetería, sino que su propia pulsión la obligaba a ir y estar un poco más de
tiempo en su cercanía. Como una polilla pequeña que no puede despegarse
de la luz. <<Esas que mueren de un manotazo>>, se burló.
¿Qué podía buscar un millonario que lo tenía todo? Si fuera algo
simple lo harían sus secretarios, guardaespaldas, directivos, toda la gente
que danzaba alrededor de alguien como él. Esto era algo distinto, tenía que
serlo. A ver, no era tonta, había visto su mirada de lujuria sobre ella, aunque
luego había desechado esa posibilidad. Pero ella podía reconocerlas, las
veía a menudo en los clientes que se insinuaban con asquerosa mala
intención, dejándole saber todo lo que harían con sus senos. El mismo Bratt
no dejaba de mirarlos y lo había descubierto más de una vez…tocándose. El
recuerdo le hizo estremecer con disgusto.
Se acomodó el cabello con nervio. ¿Tal vez Liam Turner era de esos
hombres a los que le gustaban las mujeres con curvas? Bufó. ¿Por qué
siquiera lo pensaba? Se enojó, sabiendo que sus fantasías volvían a
enredarla. <<Vamos, Amelia, reacciona y vive tu realidad. ¿Cómo podría
Liam Turner verte de ese modo? Si quisiera a alguien con curvas, podría
llamar a cualquiera de esas modelos de tallas grandes que son una
belleza>>.
Ella estaba acostumbrada…No, no podía ponerlo así. ¿Cómo se
acostumbra una al desprecio y al doble sentido que muchos hombres
utilizaban? O las mismas mujeres. Las palabras hirientes para referirse a su
físico. Su anatomía era irreductible, y así lo había demostrado; incluso en
los momentos en los que había procurado castigarla sometiéndola al
hambre, su cuerpo había permanecido estoico. Era su naturaleza, una que
hubiera sido adorada en los años cincuenta, pero que en el presente la
arrojaba a la penumbra.
Debía agradecer que su tía la hubiera defendido a ultranza, siempre
sosteniendo que era bella y que tenía que estar orgullosa. <<Tu cuerpo de
sirena, en forma de reloj de arena, tal vez no condice con los cánones
actuales en los que esas muertas de hambre se aprietan>>, sostenía. <<Pero
eres tú y debes alzarte sobre tus prejuicios y lo de los otros. Llegará alguien
que te quiera por quién eres, por cómo eres, alguien que disfrutará
intensamente de lo que puedes entregar,>>. Si no había caído del todo en
pozos depresivos por los disgustos y malas experiencias amorosas había
sido por ella, que había sostenido su mano.
Había sido especialmente necesario ese cariño y apoyo
incondicional, de ella, de Tina y de Sharon, para superar el amargo sabor
que le había dejado el fiasco asqueroso y removedor que había sido su falso
noviazgo con Ben. Esa víbora malnacida que la había engañado, se había
burlado de ella sin piedad, por una simple apuesta. Había confiado en él
tanto como para entregarle aquello que guardaba para el “verdadero amor”.
Su virginidad, pensó con amargura. Había sido una simple moneda
de cambio para que Ben ganara su pulseada con sus amigos. ¿Se podía ser
tan canalla? Sip, él era la prueba. Y ella el resultado. En el camino había
arrasado con su ingenuidad, con los sentimientos que había depositado en
él, con la confianza en los otros. Ella se había entregado como una tonta y
su corazón había sido vapuleado. De nada valía que luego él se hubiera
mostrado contrito y le dijera que había disfrutado del tiempo juntos.
La traición había sido mayúscula, dolorosa. La había sumido en
noches de interminable auto desprecio y llanto, hasta que pareció que
quedaba seca por dentro. Había llorado mucho, tanto. Por su ingenua visión
del amor y de los hombres, por su credulidad, por su escaso orgullo que la
hizo aceptar lo inaceptable. Por negar lo que su corazón sentía; que era
agraviada, disminuida, desdeñada y usada. Se había aferrado a la ilusión del
cariño dejando de lado todo sentido de preservación.
Reconocerlo fue duro y la llevó al límite; lloró por todo. Tal vez más
por su propia actitud que por Ben en sí mismo, eso podía reconocer hoy, en
la lejanía. Se había enamorado del hecho de que alguien se detuviera a
mirarla, de que alguien la considerara bella, deseable. ¡Cuánta razón tenía
su tía! Creyó haber encontrado a un príncipe, pero no era más que un sapo.
<<Tienes que recordarlo Amelia. Cuando algo parece demasiado
bueno, tiene trampa>>. Tenía que reforzar sus defensas y mostrarse entera.
No podía claudicar frente al primer hombre que mostrara algo de interés.
Empero, no era fácil cuando este era alguien que se parecía a un ángel
musculoso, con ojos como un mar verde y dinero para tapar buena parte de
la ciudad de Los Ángeles.
No es que esta última parte la conmoviera como punto central. Por
más que necesitara dinero, para ella lo primero era la persona, sus dotes, su
humanidad. Era lo que aspiraba que vieran en ella. La voz de su jefe
recordando que su tiempo libre finalizaba la trajo a la realidad, esa gris y
monótona que la envolvía como un manto.
La intensidad de la labor la sumergió hasta las 3:30 de la tarde en la
que sus pies ya no resistían. Se sentía cansada y agobiada, deseosa de
retornar junto a sus afectos. Y todavía tenía por delante el encuentro con
Liam, lo que la ponía de los nervios. Lo más sensato era correr y esconderse
en su casa, suspiró. Como una cobarde, escapar de cualquier situación
compleja que él quisiera adjudicarle. No podía ser bueno, no creía que fuera
a serlo, se repetía.
De todas formas, se dirigió al baño y trató de mejorar su aspecto
para dar una impresión menos mala, no tan decadente como la que el espejo
mostraba. Se refrescó y peinó, dando brillo a su cabello cobrizo que ató en
una cola de caballo alta. El delineador que siempre llevaba en su bolso le
permitió avivar sus ojos y disimular en parte las ojeras. Aplicó labial, uno
discreto qué más que colorear daba brillo a sus labios y esparció un poco
por sus pómulos. No podía hacer más, decidió. Con inquietud y expectativa
se dirigió a la salida y tomó el primer taxi que encontró. Tentada estuvo en
dos ocasiones de pedirle que diera vuelta y la llevara rauda a su casa, pero
se contuvo. <<El mundo es de los valientes, Amelia>, se dijo.
Cuando estuvo frente al enorme rascacielos, punto central de las
empresas Turner, sitio que la noche anterior la había visto irse llorando
desconsolada, un estremecimiento eléctrico recorrió su columna vertebral y
la hizo detenerse, dudando. Estaba a tiempo de volverse atrás. Si lo hacía,
no vería más a ese hombre, probablemente. No sabría qué quería de ella,
que propuesta tenía para hacerle. ¿Una oportunidad de cambiar su vida, de
mejorar? ¿Un golpe más, problemas?
Nada parecía anunciar esto último, no tenía sentido el miedo. Tomó
aire y con decisión se dirigió a la entrada, donde un portero tomó su nombre
y le habilitó la entrada tras comprobar que estaba en su lista. No pareció
sorprenderse de su ropa o ,si lo hizo, tuvo la suficiente decencia como para
no hacerlo ver.
Amelia estaba segura de que no era nada común que una mujer tan
mal vestida atravesara la entrada de este edificio. El hombre la dirigió a la
recepción, donde un guardia corpulento y trajeado la recibió y la guio hasta
un ascensor que no había visto la noche previa. Aunque el servicio de
cáterin había entrado por la puerta de servicio, claro, no había forma de
haberlo visto, pensó nerviosa.
—Toque el botón rojo y la dirigirá a las oficinas del señor Turner—
le hizo saber y ella asintió.
No había como perderse, había pocos botones y ninguno
correspondía a pisos específicos. Exhaló con fuerza, aunque mantuvo su
postura estoica. Debía haber cámaras por todos lados en este sitio. No sabía
que esperar y por dentro temblaba por la inminencia de tener enfrente, otra
vez, a Liam Turner.
Seis.
LIAM.
Se sintió aliviado al desprenderse de la presencia de su hermano
Alden quien, como si supiera sus intenciones, se había presentado esa tarde
de sábado en las oficinas con intenciones de trabajar, algo que de habitual
no realizaba los fines de semana. Su hermano solía tomar los sábados y
domingos para resguardarse a solas, como el ermitaño que era desde hacía
cinco años.
La razón de esta presencia y de su ánimo de conversación
preocupada era laboral: quería dejar en evidencia sus reticencias,
preocupado por las implicancias de los cambios estructurales que los
nuevos clientes exigían a sus diseños arquitectónicos.
Alden era un artista, un consumado arquitecto que diseñaba lugares
hermosos y le costaba mucho aceptar cambios. Lo escuchó tanto como
pudo, consciente de que su metódico hermano necesitaba que reforzaran su
convicción de que ningún detalle importante se perdería en el camino hacia
la concreción de sus maquetas. Al mirar su Rolex y ver que apenas
quedaban quince minutos para la hora en la que había citado a Amelia, lo
despidió sin mayores contemplaciones ni más trámites, impaciente,
ganándose una mirada entre fastidiada y curiosa de Alden.
Había impuesto un ímpetu extra en su tono y probablemente se filtró
un dejo de ansiedad en su expresión, no habitual en él, que no solía perder
la línea ni la sangre fría. Debía reconocer que la inminencia del nuevo
encuentro con Amelia lo ponía un tanto… No sabía cómo definirlo. No era
nervioso, estaba acostumbrado a manejar el estrés y hablar con una mujer
no se lo generaba. Expectante, motivado, deseoso, serían expresiones más
ajustadas. Y eso no le disgustaba, lo hacía sentir más vivo, más humano.
Se había debatido toda la tarde entre dos ideas contrarias: la de que
sería mejor que no viniera y la urgente necesidad de que lo hiciera.
Justificaba la primero en la convicción de que no era momento para dar
inicio a una relación de la que pudiera arrepentirse. La segunda idea tuvo
mayor peso, en definitiva, pues a esas alturas era obvio que nada le gustaría
más que arrepentirse de involucrarse con ella. <<Tonterías>>, farfulló. <<
Me muero por hacerle cosas de las que no me arrepentiría para nada>>.
Además, que no se presentara no le haría bien a su ego. No toleraba bien el
rechazo.
Se echó atrás, piernas sobre el escritorio y brazos detrás de la nuca,
en actitud de relax. Se volvió a preguntar si no estaba yendo demasiado
lejos, si lo que había decidido no era una total locura. ¿Qué pensaría esa
mujer, a todas luces ingenua y honesta, de la cruda oferta que pensaba
hacerle?
No es como si fuera la primera vez que un hombre importante le
ofrecía algo así a una mujer. Pero él jamás lo había hecho. Nunca había
tenido la necesidad o el deseo. ¿Por qué ahora, por qué con ella? Porque lo
había impactado, no había otra explicación y no se detendría a analizarlo
mucho más.
Había estado sopesando, eso sí, una forma de presentar sus deseos
que no fuera dura o insensible, buscando endulzar la que podía sonar como
una pregunta ofensiva. No estaba en su espíritu hacerla sentir mal o menos.
Por el contrario. Desearla tanto no hacía más que enaltecerla ante sus ojos.
Mas como su propia cabeza no estaba clara al respecto, temía sonar como
un ruin depredador que usaba su posición para ganarse a una mujer.
No obstante, no encontraba otra forma que la verdad para
expresarse. No le gustaba mentir, no lo hacía con sus clientes ni con su
familia. Su honestidad, a veces brutal, era uno de los baluartes que defendía
a ultranza. Uno de los valores que lo destacaban y él mismo era consciente
de que no eran muchos los que poseía.
El sonido del intercomunicador le hizo saber que ella había llegado.
Bien, asintió, con una sonrisa canalla desplegándose. Llegaba puntual,
probablemente transida de curiosidad. Se preguntó si ella adivinaría sus
intenciones. Qué más daba ya, si no lo había hecho, la sorpresa la haría
insultarlo e irse con rapidez, o, si la había juzgado mal, aceptaría sin más.
No lo creía, pero la gente era una caja de sorpresas. Las mujeres, en
particular.
Se incorporó y se dirigió a la entrada del ascensor que comunicaba
directamente con su oficina. Era su escape privado y le aseguraba la
intimidad en este lujoso conglomerado. Al abrirse las puertas, la visión de
Amelia, algo encogida y con evidente cara de duda lo sobrecogió. Estaba
hermosa, aun cuando vestía el uniforme de la cafetería.
<<El mismo atuendo>>, consideró con sorpresa. Él estaba
acostumbrado a que las mujeres se prepararan para la guerra y usaran todas
las armas de seducción que tenían para confrontarlo. Era poco usual que
una mujer ingresara en su edificio con una vestimenta tan insulsa. Las
empleadas de sus empresas ganaban muy bien y lo hacían notar en sus
trajes o vestidos de diseño. Levantó una ceja como expresión del
pensamiento tan irónico que lo atravesó. Tantas mujeres habían procurado
impactarlo con aparatosidad y lujo y esto lo lograba espontáneamente una
mujer con su naturalidad y su exuberancia.
Amelia esbozó una sonrisa nerviosa y se quedó quieta, sin saber
muy bien qué hacer, por lo que él adelantó una mano con caballerosidad,
procurando que se sintiera bienvenida a su lugar. <<Indefensa, tímida,
soberbia>>, esos tres adjetivos se colaron en su mente mientras la conducía
a uno de los sillones y la invitaba a sentarse.
—Bienvenida, Amelia—le sonrió con amabilidad, una que no solía
brotar a menudo pero que para ella nacía sin forzar.
Ella se aclaró la garganta y trató de gesticular. Era probable que se
sintiera fuera de lugar y nerviosa ante su presencia. Luego sonrió y Liam
sintió que salía el sol. Así, tal cual. Raro, decidió, pero tenía la cualidad de
disipar cualquier tensión, que no fuera la sexual, obvio.
—Lo siento, es probable que esté fuera de lugar con esta ropa, pero
no tenía opción de cambiarme. Lamento presentarme así. Los tiempos—
ensayó una disculpa.
Él se sentó a su lado y le sonrió de vuelta.
—No tienes que disculparte por nada—le aseguró, dando una
palmadita a su mano. Quería tranquilizarla, que se sintiera a gusto y segura
con él—. ¿Qué te puedo ofrecer de beber? ¿Un café, refresco, algo más
fuerte?
—No, no. Si usted desea la puedo traer—ella intentó incorporarse.
—No estás aquí para servirme, Amelia—acotó, mientras pensaba al
menos tres formas en que podía hacerlo.
—Sí, bien, perdón. Es la costumbre—bajó la cabeza y él no pudo
evitar tomar su barbilla con dos dedos y elevarla, para que lo mirara, con el
respingo subsecuente.
Parecía que no estaba habituada a gestos de ese tipo. <<Eres un
desconocido, idiota, un hombre poderoso que le pide venir y tiene un
planteamiento para hacerle, luego del incidente en este mismo edificio, el
que hizo que la despidieran. La citas en tu oficina con grandilocuencia,
genio. Ha de estar que no cabe en sí de ansiedad>>. No le gustó pensarlo,
quería que pensara en él de otra forma.
—Estoy… algo nerviosa—dijo ella, sus mejillas arreboladas, los
ojos brillantes y los pequeños dientes mordiendo el labio inferior de esa
boca tentadora, gesto mecánico, pero sumamente excitante.
Liam sintió que la libido endurecía su miembro, sin control de la
fantasía que colocaba a esa boca envolviendo su hombría, mientras esos
ojos grandes y profundos lo miraban con fijeza, por lo que se incorporó con
agilidad, dirigiéndose al bar. Tenía que lidiar con la excitación que tenerla
allí le provocaba y su hábito de hombre dominante e impositivo que
buscaba obtener lo que quería sin dilaciones.
Nada de eso iba a funcionar con una mujer tan sensible y genuina
como era ella. Lo sentía en sus huesos, lo percibía con mirarla: su actitud
modesta con las manos cruzadas sobre su falda, esos ojos que bajaban y no
sostenían su mirada, probablemente disminuidos por el lujo y autoridad que
emanaba de su oficina y el edificio todo. No hacía valoraciones
egocéntricas, era lo que era.
El sitio estaba diseñado para impresionar y mostrar al mundo el
éxito y la riqueza del conglomerado Turner. Hombres muy poderosos se
sentían inquietos aquí. ¿Como no lo haría una mujer de clase trabajadora?
Ella no podía saber que, para él, lo más impactante de esta habitación era
ella, eso lo entendía él.
—Quiero que estés tranquila, no estás aquí porque hayas hecho nada
mal. La propuesta que tengo para ti es simple, pero antes debo explicarte
algunas cosas.
Ella se enderezó atenta y Liam no pudo evitar deslizar su vista hacia
el escote moderado que su camisa armaba, un sugerente canal entre esos
senos que lo traían loco desde la noche anterior. Era un hombre de pechos,
no cabía duda, y los de ella lo llamaban a apreciarlos de mil formas. Dio
vuelta para servirse el whisky y se obligó a enfocarse y apartarse de esa
mirada honda que parecía calarlo.
—Eso…Me parece curioso y no acierto a entender qué puede querer
de mí—ella agregó, un tanto más suelta.
—Entiendo tu confusión. Soy un hombre importante y con mucho
dinero, eso ya lo sabes y no lo digo con ostentación. Mucha gente trabaja
para mí y me congratulo de ser un jefe serio, en ocasiones, muy severo.
Pero trato de ser justo. Sé que lo que ocurrió contigo anoche no lo fue.
Ella volvió a morderse los labios y asintió.
—Fue una torpeza, pero necesitaba ese dinero—murmuró.
—Tal vez esto te sonará mal y habla de mi como un desconsiderado
absoluto, pero también sé que ese incidente jugó a mi favor.
—No lo entiendo—ella desmesuró sus ojos, confundida.
—De no haber sido por esas copas derramadas, no hubiera detenido
mi mirada en ti—de inmediato se corrigió, maldiciéndose por su
comentario, que la ruborizó—. No lo tomes a mal, esas fiestas suelen
aburrirme hasta el delirio. Demasiados brillos, demasiada gente haciendo
ostentación de su riqueza y sus logros. Todo me parece igual y solo deseo
que termine.
Ella asintió, una vez más.
—Tú debes tener una visión bastante ácida de las fiestas de los ricos
y famosos.
Su rubor le confirmó que acertaba.
—La suma del líquido que derramé anoche podría alimentar a una
familia por días—musitó.
—Siempre es bueno recibir la visión externa. Solemos estar dentro
de una burbuja y olvidarnos del resto del mundo. En fin, el asunto es que te
vi. Y me gustó mucho. Ese champagne tan caro nunca se vio tan exquisito
—su tono bajó algunas décimas para volverse ronco.
El leve sonido que ella emitió, sus ojos más abiertos y la deliciosa
abertura de sus labios en forma de O le hizo ver cuánto la sorprendió.
—Yo... Esto...
—Descuida, no digas nada. Puedo entender perfectamente que estés
sorprendida. No suelo ver mujeres como tú a mi alrededor.
<<Deja el tono grandilocuente y soberbio si quieres ganarte su
voluntad>> se advirtió.
—No tiene que decirlo, puedo entender eso— el tono de voz de ella
bajó y algo indefinible cruzó su rostro. Una mueca un tanto triste.
—No me malentiendas. Es un halago—ella lo observó con
incredulidad—. Las mujeres que trabajan o pululan en mi círculo son
muñecas perfectas en su exterior. El dinero compra muchas cosas.
—Y la carencia del mismo prohíbe muchas—sentenció ella con
amargura.
—No lo sé con certeza, me temo.
—Apuesto a que no—sonrió ella, sin dureza.
—Noto en ti actitudes que no son comunes y me gustan.
Naturalidad, expresión fiel de sentimientos, vergüenza. Me gustan mucho
tus ojos, transparentan lo que sientes.
—Y mis senos—ella lo miró fijo, casi severa—. No tiene que ser tan
sutil, suele ser lo primero y a veces casi lo único que ven de mí.
Su cruda declaración lo desarmó. Ella no se lo decía provocativa ni
expectante, simplemente parecía querer desnudar su sentir, casi como si
pensara que todo lo dicho era una mascarada para tapar un deseo procaz.
—¿Estoy siendo tan evidente? Vaya, me jactaba de ser un jugador
más hábil—sonrió, sin acercarse ni mostrarse ansioso—. Claro que me
encantan tus senos, soy un hombre de gustos elevados. No te confundas, lo
que dije antes es verdad, mucho. Y también me provoca tu boca, la curva de
tu cuello, tus caderas y tu cola. Toda tú eres una deliciosa combinación de
curvas de infarto. Adoro las curvas, la Naturaleza lo es.
Ella pareció haberse quedado sin palabras ante la descripción,
abriendo y cerrado su boca, para finalmente optar por un simple:
—Vaya.
—Espero que esa sea una expresión de conformidad.
—Bueno… No sé bien qué decir ahora mismo.
—¿Gracias? Son piropos, algo impropios y directos, pero muestran
mi admiración.
—El caso es… Que no sé bien adónde va esta conversación y…. No
tengo buenas experiencias. Odiaría que…
—No dudo que la mayoría de los hombres adore tu silueta.
—No lo hacen—contestó mecánicamente—. No soy el modelo en
onda.
—Muchos no suele apreciar la verdadera belleza. No me considero
por encima de esos hombres, Amelia. Confieso que la visión de eso globos
turgentes me ha tenido en vilo desde anoche—su discurso derrapaba, pero
no pensaba volver atrás—. Empero, no es lo único que vi en ti, como te dije
antes. No estarías aquí solo por eso. No es que sea poca cosa, hermosa.
Cualquier hombre con dos dedos de frente daría mucho por estar contigo y
disfrutarte.
La verdad, desnuda de matices, sonó cruda y ella se sonrojó con
intensidad; su rostro se tensó y comenzó a incorporarse.
—No quiero que te vayas—él se acercó y se puso enfrente—. No te
he propuesto nada aún.
—Puedo suponer por dónde va su propuesta y debo decirle que se la
puede meter donde mejor le quede.
Su tono alto y algo histérico lo preocupó, aunque su postura digna le
encantó. No tanto ver que dos lágrimas se deslizaban por sus mejillas. De
pronto se sintió un bastardo completo, no mejor que los ejecutivos de alto
vuelo que solían pagar por sexo o usar su poder para obtener placer. Como
su padre lo había sido. No podía desdecirse, pero si explicarse mejor y lo
intentaría. Ella no escuchaba aun lo que tenía para pedirle.
—Amelia…—la atajó cuando se dirigía a la salida, con toda la
dignidad que podía—. Solo escucha. Entiendo que estás enterrada en una
situación jodida, sé de la enfermedad de tu tía, de cómo sostienes a tu
hermana, cómo trabajas sin cesar por salarios magros. Necesitas ayuda.
Intuyo, por tu reacción, que estás más allá de lo cansada de que traten de
usarte como un objeto. No es lo que pretendo
—¿No? ¿En verdad? ¿No es eso lo que quiere usted también?
¿Pretende compadecerse de mi situación, como dice tan livianamente?
Supongo que para que caiga y pueda joderme, follarme hasta que se canse y
luego arrojarme rápidamente al cesto de las olvidadas, apenas su veleidoso
corazón millonario encuentre una nueva diversión—la voz sonó dolida y
supo que ella se arrepentía de su exabrupto al instante.
—Quiero follarte hasta el desmayo, no hay ninguna duda de eso—
Se acercó y acarició sus antebrazos, ante lo que ella se echó atrás—. Pero
no quiero tenerte como un juguete. Me gustas como hace mucho tiempo no
me gustaba una mujer. Esas curvas tuyas me han vuelto loco y los rasgos de
carácter que veo en ti también me atraen. No quiero una muñeca, quiero a
una mujer sensual que se anime a una relación libre y sin compromisos. Y
por la forma en la que me miraste ayer y lo haces ahora no me parece que te
sea indiferente. Dime, ¿qué fue lo que te atrajo hoy aquí? ¿Qué pensabas te
iba a proponer?
Ella posó sus manos en su pecho, procurando imponer distancia.
—No tenía idea. No soy una mujer tan abierta como para hacer eso
que pretende, no quiero algo que me quiebre en más pedazos.
—No quiero jugar contigo, Amelia. No te endulzaré la verdad.
Quiero disfrutarte, pero también quiero que goces entre mis brazos. Quiero
que seas mi amante. Y quiero ayudarte. Es un trato justo. Que recibas tanto
como yo al satisfacer el deseo que me corroe.
La palidez de ella y la falta de palabras le hicieron ver qué
probablemente había ido demasiado lejos.
—¿Me está pidiendo que sea su amante y pretende pagarme?— La
incredulidad era palpable en su tono y en el intenso restregar de sus manos.
—¿No te gustaría? No me considero un hombre mal parecido.
Tenía claro que no lo era y si bien el dinero solía ser el aliciente para
que muchas mujeres se acercaran a él, no eran indiferentes a su cuerpo
tallado por el ejercicio diario y el boxeo.
—¿Bromea? Usted es el sueño de cualquier mujer—dijo ella, sin
perder su expresión mortificada.
Liam sonrió. Hasta en eso ella era especial, incapaz de jugar o
utilizar lo que él le estaba diciendo en su favor. Otra mujer estaría haciendo
planes y gozando de la posibilidad de conseguir beneficios económicos o
profesionales por poder acercarse a él.
—Pero yo no soy una prostituta—su barbilla se elevó altiva y digna.
—Jamás pasó por mi cabeza, te lo aseguro.
—¿Por qué me propone algo así? ¿Por qué a mí? —la voz titubeante
y la forma en qué mordía su labio inferior le mostró que ella contenía el
llanto.
—¿Es tan extraño que me gustes y que te pida que nos conozcamos
más?
—No quiera jugar conmigo. Estoy segura de que no sería tan cruel y
crudo con alguien de su misma posición económica.
Le molestó qué pensara que era capaz de algo así, y luego se calmó.
Ella no lo conocía. No podía saber que esta era la forma en la que procedía
en la vida y en los negocios. Era directo, frontal, tomaba lo que quería o
necesitaba. Ella ameritaba ir con calma; su lógica era diferente, tal vez
acostumbrada al destrato y a las inseguridades.
—Te equivocas. No me conoces, pero esto es lo que soy. Cómo soy.
No pienses mal, te juro que a cualquier otra mujer que me hiciera sentir lo
que tú le estaría haciendo la misma propuesta, así fuera la persona más
importante de la ciudad o del mundo. Voy por aquello que me gusta.
—Como un niño rico que no puede dejar de tener el juguete que
desea—completó ella—. Con el que se encapricha.
Era dura dentro de su ingenuidad y pegaba con acierto, mas eso no
lo arredró.
—Esto es simple. Me atraes, mucho. Y aspiro a que puedas sentir lo
mismo, explorar esto.
—Esta…atracción. Es algo impensable. Somos dos personas
distintas y muy alejadas.
—Pensé que yo sería el racional y tú la sentimental, pero esto parece
ir al revés. ¿Puedes decirme con total honestidad que no estás interesada en
mí? ¿Qué no te sientes mínimamente atraída por lo que te propongo?—El
silencio fue mejor que una respuesta y le dio más argumentos—. Tu cuerpo
despierta una indescriptible fascinación en mí. Quiero explorarte. Quiero
que seas mía, aunque no te voy a engañar. Esta intensa sensación física que
me provocas no implica emociones ni compromisos posteriores—Procuró
ser honesto y claro. No estaba en él generarle falsas expectativas.
—Es…algo que parece tan vacío, tan exento…—murmuró ella, más
para ella misma.
—Quiero una respuesta—el tono fue casi perentorio.
—No, no puedo dar una sin más. Tengo que pensar…—le contestó,
firme y sin permitir que la sobrepasara con su energía y mando.
—El lunes, entonces. Espero tu respuesta, te daré mi tarjeta—Se
movió para conseguir una de ellas y se la entregó—. No te voy a pedir tu
teléfono, no quiero que pienses que tienes ninguna presión extra. Créeme
que puedo ser intenso en mi afán de que aceptes, por eso me freno. Si,
como deseo, acuerdas con la posibilidad de explorar la pasión y la
sexualidad, espero que me lo hagas saber pronto.
La tomó del brazo con suavidad y la acompañó hasta el ascensor.
Ella parecía haber perdido la capacidad de hablar, parpadeaba sin parar y el
rojo de sus mejillas había cobrado mayor fuerza. Cuando desapareció de su
vista, sonrió. Era más deliciosa de lo que había pensado en primera
instancia, una perla genuina. Deseó que el tiempo pasara rápido y que ella
fuera capaz de ver a través de la niebla de prejuicios y pruritos de una
educación tradicional.
Ambos tenían mucho para ganar. No todos los días se recibía una
propuesta de un multimillonario, aunque no había querido dar énfasis a ese
aspecto. Si aceptaba, se aseguraría de rodearla de facilidades y apoyarla
para que pudiera salir de esa situación económica que la oprimía. Si fuera
un hombre más honorable, uno de verdad, lo haría igual, de hecho.
Probablemente lo hiciera aun si se negaba. Pero necesitaba probarla,
saciarse, quitarse esa incertidumbre y el desasosiego que le provocaba el
rememorar sus curvas y sus labios.
Siete.
AMELIA.
Se tambaleó apenas las puertas del elevador se cerraron frente a ella
y demoró unos segundos en pulsar el botón para descender; temblando. Le
parecía estar dentro de un sueño o una película, tan extraña era esa situación
inesperada. Hasta le había quitado la capacidad de hablar claro o decidir. Si
al ingresar no había tenido idea de cuál podría ser la oferta de Liam, al
escucharle mientras la planteaba con tanta claridad y casi desapego, como si
fuera una decisión de negocios más, ella se sintió asediada por emociones
encontradas.
La convicción de que no se había equivocado al medir la lujuria en
la mirada de ese hombre, el sentirse deseada, la sorpresa de que entre tantas
bellas y elegantes mujeres era ella la que tenía un lugar de privilegio en el
pensamiento y en las fantasías de alguien tan poderoso como Liam Turner,
todo se unió para que se sintiera liviana y encendida, casi como si por sus
venas corriera lava.
Por otro lado, la certeza de que él quería disfrutar de su cuerpo y que
no había ni un solo interés en el compromiso emocional o deseo de
involucrarse con ella a otro nivel que el físico, así como la sombra de la
ayuda económica que sobrevoló, aunque no fue expresamente desarrollada,
la hicieron sentir sucia. Él la deseaba sí, había sido claro, tan claro con sus
términos que ella por momentos pareció derretirse, embelesada. No
obstante, ese deseo era imperioso y la arrinconaba, él era tan intenso al
expresarse que temía perder control y caer como una muñeca rota, sin
defensas. No podía exponerse a algo así, ¿no? Era demasiado directo, falto
de la delicadeza necesaria para un acercamiento efectivo entre dos personas
que querían intimar.
<<Vamos, Amelia, nena, ¿en qué piensas?>>, se dijo mientras salía
del lugar. <<¿Crees que a él le interesa el cortejo, los detalles románticos
que a ti te molan y que hacen a la esencia de un noviazgo? No es lo que te
está ofreciendo. Es sexo puro y sin envoltorios, por eso fue por ti a la
cafetería y por eso te citó hoy. Nada de adornos, nada de flores, nada de
velas. Desea estar contigo y no se corta con aquello que desea. Punto. Lo
tomas o lo dejas>>.
Su mente era un caos y en el pecho su corazón palpitaba acelerado y
con una convicción firme: deseaba a ese hombre como no había deseado a
nadie antes. Todo él la derretía, la provocaba y la encendía. No era para
menos, parecía perfecto, el epítome del macho alfa: alto, musculoso, con
rasgos varoniles y una masculinidad a tope que parecía llevarse todo por
encima. Ella incluida.
Con todo lo equivocado e inmoral que la propuesta parecía contener,
la emoción de que se dirigiera a ella y la mirara como lo había hecho, como
si quisiera comerla, la había dejado casi sin fuerzas. No supo de dónde sacó
carácter para no entregarse allí mismo, como pudo mirarlo firme y decirle
lo que era necesario y correcto: que debía reflexionar, pensar, considerar. Y
no lo lamentaba, bastante mal lo había pasado en las oportunidades en que
se lanzaba sin paracaídas a relaciones que la habían lastimado. Salvo que él
no le proponía una. Quería un ligue, nada más.
Se dirigió con lentitud a la acera en procura de un taxi que la llevara
rápidamente a su casa. No estaba en condiciones de esperar al transporte
público, quería estar ya en el refugio que era su dormitorio, con su familia y
allí pensar. El poco tráfico del sábado operó en su favor y cuando estaba ya
en camino, recibió el mensaje de Sharon para recordarle que se reunían hoy
en su casa. Contestó de inmediato para confirmar, con alivio.
Agradecía la posibilidad de verse, necesitaba alguien a quien contar
todo y de quien pudiera obtener consejo, el de una amiga como Sharon, que
podía entenderla y hacerle ver lo que ella no y guiarla. Qué hacer, qué
camino tomar con lo que Liam Turner le ofrecía. No era algo que pudiera
soltar frente a su tía o a su hermana Tina. Esta tenía dieciocho años y era
una joven realista, pero ante sus ojos seguía siendo su pequeña hermanita, a
la que no podría contar la turbia oferta que ese millonario le había hecho. Y
peor, que ella estaba considerando.
Estar inmersa en esta inquietud cuando tenía problemas graves de
otra índole le pareció mezquino. ¿Cómo era posible que pesara más la
figura de Liam que las implicaciones de haber perdido uno de sus trabajos,
con la subsecuente complicación económica y riesgos para los suyos? Él
había dicho que sabía todo, ¿la había hecho investigar? Había incluso
sugerido que la podía ayudar y esto le hizo sentir mal sabor de boca. Si
fuera una mujer menos limitada, más abierta, tomaría la posibilidad que le
ofrecía sin dudar y sacaría todo el jugo, exprimiendo ese deseo en su
beneficio. Probablemente él esperaba algo así de ella.
Al llegar, se sintió feliz. Tina y su tía estaban en el living mirando
una serie policial y se las veía animadas y contentas. Les dio un beso y la
recibieron con cariño. Tina vio su cara y la hizo sentar, para luego traerle un
café y un trozo de tarta que había hecho siguiendo una receta de la TV. Le
encantaba cocinar y experimentar tanto como los números.
—Hija, te ves agotada—se preocupó la tía Meg—. Trabajas
demasiado.
Amelia sonrió de vuelta y negó. Verla sin dolores y levantada le
hacía sentir bien y valía cualquier esfuerzo que hiciera.
—Nada que una ducha y una noche de diversión con Sharon no
quiten.
—Esa bendita niña, tan buena como tú—se emocionó Meg.
—¿Cómo estuvo la noche? Debe haber sido una fiesta muy
importante, en el centro y en ese edificio—inquirió Tina, curiosa.
—Sí, fue buena—dijo ella, sin más detalles. No les diría que había
perdido el trabajo, no tenía sentido preocuparlas—. ¿Cómo va todo?—
inquirió.
—Bien, la verdad, estoy encantada—sonrió con ilusión su hermana
—. Cada vez me gusta más. No te negaré que debo esforzarme, hay algunos
cursos complicados.
—Nada que no puedas manejar—sonrió confiada—. Eres el
cerebrito de esta familia.
—Pues entonces tú eres el corazón—respondió Tina, con amor en su
voz.
Se adoraban y complementaban en las tareas y en el cuidado de su
tía y Amelia aspiraba a que pudiera hacer una carrera que le permitiera
depender de sí misma y no sufrir las limitaciones de trabajos mal pagos y
jefes horribles. Bien podía pasarle a ella, pero le había prometido a su
madre al morir que la cuidaría.
La nostalgia de pensar que hacía once años que estaban sin su
querida mami la desanimó, pero se recuperó enseguida. Meg las había
adoptado como suyas y a su vera habían crecido, con cariño y cuidado
constante que había hecho que las presiones económicas se sintieran menos.
Todo esto había cambiado desde que su pobre tía se enfermó. Frenó sus
pensamientos, negándose a adentrarse en la nostalgia.
—No sé cómo pueden mirar eso—se quejó al ver la disección de un
cadáver en una mesa de autopsia.
—Es muy entretenido—defendió Tina y su tía rio.
—Amelia, no vamos a mirar esas series melosas insufribles hoy—su
tía le hizo una pulla suave y ella rio.
Le encantaban las historias románticas, que le iba a hacer. Un rato
más tarde, luego de una ducha larga, eligió ropa agradable que le hiciera
pensar que salía a celebrar la vida. Un vestido algo ajustado y zapatos de
tacón, perfume y buena energía para salir. Esperó que Sharon pasara por
ella en su pequeño auto y se dirigieron al coqueto restaurante que solía ser
su lugar de encuentro, pegado a la zona de locales de baile. Si no estaban
muy cansadas, podrían bailar y disfrutar un poco más de lo habitual. Lo
necesitaba, desconectar.
Sharon la envolvió en un abrazo afectuoso y la buena energía de su
personalidad la hizo recuperar las ganas de salir y divertirse. Era una mujer
alegre por naturaleza y estar a su lado era una buena forma de sobreponerse,
toda ella era una inyección de optimismo. Sharon era un poco más alta que
ella, dotada de similares curvas sinuosas que Amelia, aunque su
musculatura era mucho más evidente como consecuencia de las caminatas,
la bicicleta y sesiones de gimnasio, al que acudía por gusto y con pasión.
Era generosa y vivaz, criada en un ambiente cariñoso, alguien que
no dudaba en ayudar y en comprometerse con causas que a veces parecían
perdidas o difíciles. En muchos casos la propia Amelia se había
considerado así, una causa perdida, por más que Sharon le indicara, con
severidad, que no se valoraba en su justa medida. Tampoco ella lo hacía en
verdad, eso pensaba Amelia. Era una mujer hermosa, abnegada y a pesar de
eso, nada de suerte en el amor. Pasar con ella algunas horas luego de tanto
que había acontecido entre el viernes y el sábado era una liberación. Con
Sharon podía mostrarse auténtica, sin caretas.
Mientras manejaba no dejó de hacerle preguntas, deseosa de saber
qué había pasado y cómo había estado la fiesta de la noche anterior.
—Me has tenido en ascuas, niña. Sabes lo curiosa que soy, me
muero porque me cuentes algo de los ricos y famosos que conociste anoche.
—Pues sí que fue toda una nochecita—asintió Amelia—. No lo
sabes bien.
—De hecho, vamos a empezar por ahí, nada de realidades duras,
que por tu cara se nota son varias—estacionó y bajaron, caminando con
tranquilidad al pequeño restaurante.
La noche estaba fresca, pero era agradable caminar entre las
múltiples personas que deambulaban y entraban a los bares y lugares de
comida dispuestos a disfrutar del sábado. Se sintió una más, despreocupada,
al menos de momento. Tomaron asiento en una de las mesas cerca de la
ventana y Sharon se apresuró a pedir una botella de vino.
—Tus mensajes crípticos me han tenido de cabeza—se adelantó
sonriendo, sus bellos ojos grises iluminados y a tono con su vestido blanco
—. Nada, nada—le indicó—. Primero, lo primero—miraron como la moza
destapaba el vino y llenaba dos copas. Sharon tomó uno e indicó a Amelia a
hacer lo mismo—. Por nuestra amistad y el futuro que tenemos y que ya nos
llegará—sonrió y Amelia hizo lo mismo—. No tengo actividad mañana y
deduzco que tú tampoco. Así que hoy se bebe y se baila, amiga.
—Sí, señora—asintió Amelia, sonriente—. Menos mal que me
paraste, venía dispuesta a echarte por delante todas mis cuitas, pero vamos a
divertirnos. Nada como el alcohol para apagar dolores. O amortiguarlos por
un rato.
—Eso, y mucha pizza. La combinación no será muy chic, pero
como mola—se rio.
Llamó a la moza para solicitar la comida.
—Sabes que se va directo a nuestras caderas e igual insistes—se
quejó Amelia.
—Ya nos lamentaremos mañana, mientras nuestras cabezas estallen
por la resaca. Vamos a lo nuestro. ¿Fotos de anoche?
—En las redes sociales encontré varias. Las estuve mirando hoy
temprano, ya sabrás por qué.
—Veamos—aplaudió Sharon encantada—. Quiero ver zapatos. Por
cierto, ¿ya viste estos?
Elevó sus pies y Amelia sonrió al ver las hermosas sandalias rojas
de pulsera y tacón de 10 centímetros que su amiga llevaba. Ya los había
visto, pero dejó que ella los mostrara y describiera. Sabía cuánto adoraba
hacerlo.
—¡Son Jimmy Choo! Claro que de otra temporada y en rebaja, pero,
aun así—suspiró y su rostro denotó el placer que sentía.
—¡Divinas! —concordó Amelia.
Su amiga ahorraba por meses para darse un lujo así cada tanto y, a
falta de ocasiones de fiesta, las usaba sin culpa y con gusto para salir con
ella. Ella sentía lo mismo por los vestidos, aunque en su caso pensar en un
diseño exclusivo era una utopía. Hacía su propia ropa y amaba la
confección, aunque las telas más hermosas estuvieran fuera de su
presupuesto.
—Dime, ¿cómo estuvo? ¿Había muchas mujeres despampanantes?
Estuve mirando qué Empresas Turner ES un conglomerado de negocios de
la construcción, no me digas que en su mayoría eran hombres aburridos y
viejos.
—Había de todo. Fue una fiesta muy selecta y te morirías si supieras
el precio total de todo. Caviar del mejor, champagne, etc.
—¿Cómo era el lugar?
—Un ático gigantesco en el edificio. La familia Turner posee todo el
edificio.
—Suena muy importante—sentenció Sharon.
— No lo sabes tú bien—agregó.
Ocho.
AMELIA.
Algo en su tono llamó la atención de su amiga que la observó
esperando a que se explicara. Amelia se había perdido momentáneamente
en el recuerdo del principal de las empresas, en su mente perfectamente
perfilado ese hombre alto y musculoso, de mirada impactante que esa
misma tarde le había dicho las frases más lascivas que hubiera escuchado,
en un tono de deseo tal que todavía la hacía vibrar.
—Había unos diseños espectaculares— recuperó el habla—. Tan
exquisitos que no podía dejar de mirar. Gucci, Balenciaga, Dior. Lo más
sofisticado del mundo de la moda estaba presente.
—Veamos esas fotos.
Desbloqueó su teléfono y buscó las imágenes, algunas de las cuales
había guardado, tanto le habían gustado los vestidos. Le señaló algunos de
los modelos y aprovecharon a cotillear de telas, peinados y apliques. Sharon
acertó en casi todos los diseñadores de zapatos y no era raro, los conocía de
memoria por estar horas extasiada frente a las vidriera virtuales y físicas de
exposición de las grandes galerías. En una de las fotos apareció la imagen
de Melody y Amelia bufó.
—¡Esta es la mujer por la que me echaron! —sentenció.
Así dicho parecía demasiado serio.
—¿Te echaron?-la mandíbula de Sharon pareció desencajarse-. ¿Qué
pasó? Cuéntame todo, detalle por detalle.
—Me distraje, ante tanto brillo, debo ser honesta. Iba con una
bandeja de copas y me acerqué a ofrecerlas a un grupo en el preciso
momento en que esta rubia hacía un gesto con el brazo. Tocó mi bandeja y
las copas de champagne se volcaron.
—¿Dom Perignon?—Sharon chilló.
—Exacto, lo mejor del mundo para esos millonarios. Muchos
dólares líquidos encima de mi camisa y de mis senos. Y algunas gotas en su
vestido.
Sharon desorbitó sus ojos.
—¡Debe haber hecho un escándalo! Tiene todo el aspecto de bruja
—la miró más de cerca, haciendo zoom a la foto—. Esas rubias esqueléticas
con hambre siempre están a la busca de alguien sobre quien descargar su
estrés.
Amelia sonrió ante la obvia subjetividad de su amiga, que pretendía
animarla.
—Pues sí que gritó y se molestó de tal forma que el maître estuvo
con ella en un segundo. Pedí disculpas y corrí a recomponerme como pude,
pero me despidieron de inmediato. Y sin paga, porque me descontaron el
dinero para pagar los gastos de tintorería.
—¡Qué mal momento debes haber pasado!—Sharon tomó su mano.
—Sí, la verdad es que me sentí torpe. Además, me dijo cosas
bastante feas.
—¿Qué cosas?
—Que mi aspecto ya denotaba que no podría hacer el trabajo con
agilidad. Ya sabes, lo clásico.
—¡Perra! —empinó su copa y luego la miró—. Te prohíbo ponerte
mal por eso.
—No, eso ya no me importa. El problema es que perdí una fuente de
ingreso que me solucionaba mucho. La agencia de cáterin no era un empleo
constante, pero me servía. No sé qué voy a hacer ahora.
—No te desanimes, algo vas a conseguir.
—Le pedía a Bratt algunas horas más en la cafetería, pero ya sabes
cómo es.
—¡Ese cretino inmundo! —hizo un gesto de odio. Lo conocía y lo
detestaba, siempre con algún comentario insidioso o chabacano en la boca
—. No debes dejarte caer. Vales mucho y llegará tu momento de brillar— la
confortó y ella asintió, aceptando el mimo.
—No es todo lo que tengo para contarte. Ni siquiera lo más grande
—dijo, dando un gran mordisco a su pizza y masticando, mientras Sharon la
observaba con expectativa.
Cuando pareció que no terminaba de masticar, la atosigó.
—¡Cuenta ya!
—Hoy en la mañana Liam Turner fue por la cafetería.
—¿Ese es…? —La miró expectante—. ¿Te refieres a uno de los
dueños de la empresa?
—El jefe máximo.
—¿Y qué quería? No te habrá ido a amenazar… Esos millonarios
son increíbles. ¿Es que fue a increparte por el vestido de la tal Melody? ¿Es
su novia? —Sharon tendía a hablar sin parar cuando se ponía tensa o algo la
sacaba de su tranquilidad.
—Tranquila, tranquila—la calmó, pues había elevado la voz y
algunos rostros se volvían hacia ellas—. En realidad, fue a hacerme una
propuesta.
—¿Una propuesta? —estaba perdida.
—Pensé lo mismo que veo en tu cara. Bueno, como no podíamos
hablar en la cafetería porque Bratt estaba insufrible, me citó en su empresa
y fui hoy por la tarde.
—Ay, Dios, qué nervios me estás dando. ¡No pares, dime más!
—Empezó por decirme que no tenía que preocuparme por nada y
que sabía que el despido fue un exceso.
—¡Claramente!
—Yo había estado preocupada, pensé que me podrían demandar. Si
había fotos de esa mujer en mala postura en las fiestas en las redes, no iba a
ser bueno. Luego me dijo que se había interesado en mí, y sabía de mis
problemas económicos. Dijo que le gusto mucho y…
—¿Y?—la instó a completar la frase, con los ojos entrecerrados.
—Que quiere que sea su amante.
—¿Qué?—gritó y ella le apretó la mano, sonrojada hasta las orejas,
haciendo un gesto para que bajara el tono. Sharon cerró los ojos y respiró,
para luego seguir—. ¡Esto es inaudito, increíble! Están rodeados de lo más
importante, tienen casi todo a su alcance y creen que pueden conseguirlo
todo. ¡Qué desfachatez! ¿Qué dijo cuando lo rechazaste?
Amelia bajó la cabeza.
—Bien, en verdad...
—¿No le dijiste que no? —agregó, con sorpresa, pero ahora
interesada.
—Fue dulce y no me hizo sentir mal. Por el contrario…
Amelia sentía que era verdad. Liam había sido amable, honesto y
sumamente sensual. No podía sustraerse a la atracción enorme que ejercía
sobre ella.
—Cuéntame punto por punto todo—Sharon sirvió más vino.
—Anoche mismo, creía haber sentido su interés . El …bueno…
—Me imagino, te miró los senos.
—Fue más que eso. Hoy, en la cafetería y en su despacho. Me miró,
me vio. No es solo una mirada de deseo, aunque me hizo saber con claridad
y hasta con palabras muy gráficas, que le gusto y mucho.
—Sí, me hago una idea, amiga. Muchos hombres te miran así, y ni
te detienes a considerarlo. ¿Por qué con él?
—Te confieso que estoy tan azorada y sorprendida de que un
hombre como él se haya molestado en venir por mí y me mire como lo
hace.
—No deberías. Eres una mujer preciosa, mucho más que cualquiera
de esas que estaban anoche, te lo puedo asegurar. Te has acostumbrado a
infravalorarte y te has creído el discurso que algunos imbéciles, tu ex
incluido y tu jefe actual, te han tirado encima. ¿Te gusta este hombre?
—¡Claro que sí! Es impresionante. Es un hombre formidable,
atractivo, te juro que por un momento me sentí un pajarillo frente a una
serpiente, no en el mal sentido— se corrigió.
Sharon la escuchaba mientras tipeaba en su móvil, obviamente
buscando hacerse una idea gráfica del dechado de virtudes.
—¡Aquí está! Woww, Santa María de los hombres sexys! Te
entiendo—la miró—. Es un espécimen abrumador.
Le mostró las imágenes que aparecían en línea, cada una de ellas
mejor que la otra.
—Ese es.
—Yummy. Si un hombre así viniera por mí no tendría que rogarme
para que me quitara las bragas.
Amelia sonrió, mordiendo su labio inferior.
—Estoy a medias entre la incredulidad, el halago y el terror. Sé que
lo que me propone es inmoral.
—¿Se atrevió a ofrecerte dinero? ¿Te trató como a una cualquiera?
—No, no. Dejó entrever que conoce mis problemas económicos. Se
movió con rapidez para saber de mí.
—Esos hombres son objetivos de muchas cazafortunas, de ambos
sexos. No es extraño.
—Me hizo saber con meridiana claridad sus intenciones. Te va a
sonar horrible, pero casi me derrito cuando me dijo que me desea, que
quiere hacerme suya. No sé, me hizo sentir…Mujer.
—Amiga, ¡cómo no entenderte! Tú y yo hemos pasado mierda
juntas, ¿no es así? Desprecio y ninguneo, más desengaños—terció Sharon,
con un dejo de tristeza en su voz.
—Lo sé. También fue muy enfático al aclarar que no tiene
intenciones de involucrarse sentimentalmente.
—Práctico y al blanco. Un tiburón de los negocios. Su honestidad es
algo a valorar.
—Me sentí extraña, como si no fuera yo. Le escuché sin inmutarme,
en el momento me pareció hasta algo natural. Como si una parte de mi
creyera que …Anhelara aceptar. No quiero que me juzgues mal.
Sharon la observaba con seriedad y Amelia sintió que se ruborizaba.
Sabía que estaba dando consideración a una oferta que no era más que sexo
vacío, pero no podía dejarlo atrás.
—Vamos, Amelia, soy yo. Jamás vería mal que hagas algo que te
llene. Te detendría si fuera una locura total, si estuviera tu vida en peligro.
¿Qué puedes perder en esta propuesta? ¿Años de celibato, tiempo con tu
consolador, las telarañas de tus zonas íntimas?
Rieron y apuraron la bebida.
—¿En serio lo piensas?
—No veo mal disfrutar del sexo, más si es con alguien así. Aquí lo
que importa es lo que tú sientes y quieres. Y doy por sentado que lo deseas
a rabiar. De no ser así, le hubieras abofeteado cuando te lo propuso y te
hubieras ido rápido de ese lugar sin mirar atrás, sin siquiera plantearte la
duda.
—¿Cómo no me va a gustar? ¿Cómo no me voy a sentir halagada de
que un hombre así, alguien que puede tener a quien quiera con un
chasquido de dedos, me desee a mí?—afirmó.
—Cariño, te has acostumbrado, por la fuerza de los hechos, a hacer
el gusto y el bien a los otros. ¿Por qué no tomar lo que se te ofrece con tanta
libertad? ¿Dar cabida a tu deseo, tener algo solo para ti?
—Porque está mal. Porque no puede durar.
—¿Según quién? Además, si te convences de antemano de que será
sexo y nada más, podrás disfrutarlo sin etiquetas, sin esperar más. Podrás
dejar que las cosas fluyan.
—Sabes que no soy así. Tampoco tú lo eres. No somos chicas para
un rato, no queremos eso. Queremos todo.
—¿Nos ha ido bien? No—su voz se elevó un tanto para afirmar lo
obvio—. Cambia el objetivo. Deja de pensar en el felices para siempre.
¿Por qué no liberar tu mente de ataduras y apostar por algo que puede ser lo
más lindo que te puede pasar?
—Porque no va a durar.
—Tal vez no. Tal vez sea algo breve. No obstante, ¿si es de tal
intensidad que te deja el mejor recuerdo de tu vida?
—No quiero que piense que quiero algo de él.
—Está clarísimo que quieres algo de él—guiñó el ojo con picardía.
—Algo económico, me refiero.
—Lo pensará y se va a desengañar. No necesitas tomar ni pedir nada
que no sea el disfrute de su cuerpo y algunos regalos. Un hombre así se
mueve en otros estratos, está acostumbrado a lo mejor del mundo. Vino por
ti, amiga. Da una bofetada a ese ego maltrecho que tienes y menéalo para
que todas las perras lo vean.
Volvieron a reír de manera ruidosa, ajenas a las miradas.
—Pensarme en esa situación me hace sentir vértigo, me consume de
nervios… Y de deseo—reconoció, bajito.
—Amelia, me pasaría igual—tocó su mano y le sonrió con aliento
—. Estás en un momento de tu vida en el que apenas puedes superar las
funciones básicas. Trabajas sin descanso, te desvelas por Tina y tu tía, te
preocupa el futuro de ambas. No has pensado en ti hace mucho, en lo que
anhelas, en tu futuro. Sé cuánto amas a tu familia, pero también mereces
tener algo. Esto puede ser algo, grande, disfrutable.
Amelia sabía que tenía razón.
—Me muero por tener algo con ese hombre—confesó.
—No lo dudes, ve por él. Llámalo ya—la instó, tomando su móvil
—. Dile que sí, que estás dispuesta a tener una relación con él. Y entonces,
haz todo lo que puedas para disfrutarlo al máximo. Él quiere gozar de ti, tú
has lo mismo. Hazte valer.
—¿Cómo hacer para no comprometer mi corazón? —expresó su
reticencia más grave. Amelia jamás había tenido sexo por el simple placer
del mismo.
—Sabiendo que no puedes hacerlo. O pagando el precio—le
contestó con crudeza—. Si al final te dejas llevar y te destroza, será porque
decidiste ser valiente. ¿De verdad quieres vivir los próximos años pensando
qué hubiera pasado si?
Amelia supo que Sharon tenía razón.
—Amiga, no sé qué haría sin ti. Tenía miedo de que me juzgaras. Yo
misma no he dejado de hacerlo.
—Nunca haría eso. De la misma forma que sé que tú no lo harías
conmigo. Quiero que seas feliz. Que disfrutes. Y este es un primer paso,
uno que reafirme tu confianza y te haga ver lo hermosa y bravía que eres,
para que en un tiempo te sientas confiada y decidas que mereces más de lo
que tienes y ese… Ese será el momento en que te comerás el mundo y
dejarás atrás a todos los que te hicieron pelota. ¡Por las mujeres anchas y
buenorras, amiga! ¡Para que haya más millonarios sabrosos para ellas!
Amelia rio y levantó su copa. Estaba decidida. Lo estaba.
Nueve.
LIAM.
Avanzó los últimos metros por el camino arbolado que conducía a la
lujosa mansión familiar en pleno corazón de Beverly Hills. La casa refulgía
como una joya en su blanca elegancia, orlada por la miríada de
bajorrelieves austeros que le daban carácter y prestancia. Cómo era habitual
cada domingo, la familia se reunía impulsada por la batuta de su madre, a
quien le gustaba juntar a todos sus hijos en un ritual que se había vuelto aún
más cerrado luego de la muerte de su padre, hacía de eso cinco años.
No había excusa que eximiera a ninguno de los cinco si estaban en
la ciudad, y eso era más que habitual en él, salvo las contadas ocasiones en
que viajaba por negocios. No es que a Liam le disgustara esta reunión, por
el contrario, la consideraba su tiempo de desconexión con el exigente
mundo en el que se movía. Estar con sus hermanos era retrotraerse en el
tiempo, pues las pullas y chanzas no habían cambiado mucho desde que
eran niños y aún discutían y peleaban por lo más tonto.
Eran hombres, con vidas independientes, para bien o para mal, pero
conservaban el cariño y el instinto de protección con el que se habían
apiñado desde pequeños para defenderse del destrato y violencia física y
verbal de su progenitor. Ese sentimiento era en particular fiero para con
Avery, la más pequeña. Y como el mayor que era se había acostumbrado a
mantener un ojo atento en los suyos, expectante a sus novedades y sus
inquietudes. Como el bastardo controlador que era, a decir de Ryker. Como
si este no fuera igual
Aparcó justo al lado de los vehículos de Alden y Ryker, extrañado
de que este último estuviera allí temprano. Viernes y sábados solía dormir
hasta entrada la mañana para descansar de su cacería nocturna, que le
llevaba por los clubs en onda, en procura de quien calentara su cama. Claro
que los domingos era infaltable en la mansión Turner, único reducto donde
se sentía en casa, como él.
El único que no estaría era Ethan, como siempre en viaje por el
mundo en alguna de esas aventuras deportivas de alto riesgo que tanto lo
desafiaban y alejaban. Ethan y Avery, los más pequeños y quienes más
preocupaban a Liam. Temía escuchar alguna vez que su tozudo y alocado
hermano se hubiera roto la crisma en alguna montaña nevada perdida del
mundo. Aver Era su pequeña. La había protegido siempre y tenía especial
cuidado de que se sintiera feliz y contenida, que pudiera crecer para olvidar
el dolor de su niñez.
Suspiró, mientras descendía y cerraba la portezuela de su deportivo.
Cada domingo lo mismo, sentirse en casa, pero también la espina de
recordar un pasado de privaciones emocionales y violencia. Se recompuso y
elevó sus hombros, para ingresar. El saludo y la voz de Avery desde un
costado del jardín le detuvieron y su boca se distendió en una sonrisa
cariñosa.
—¡Liam, espera por mí, hermanito!
Traía consigo un ramo de flores con las que imponer un toque más
cálido a las mesas habitualmente aristocráticas que su madre solía presidir.
A su hermana le gustaba lo sencillo y más austero, en especial lo natural.
Así se vestía y funcionaba, siempre al borde de sacar a su madre de quicio.
—¡Hermanita, estás radiante!
Le dio un beso en la mejilla y la tomó por la cintura para subir con
ella las escaleras que conducían al salón central, escuchando las voces que
daban cuenta de que el aperitivo había comenzado temprano. Liam no pudo
evitar el gesto de fastidio al notar que no estaban solos. Su madre, porfiada
y calculadora como era, no había tenido mejor idea que invitar a Melody al
almuerzo de la familia.
Era una afrenta y un gesto de descuido de su parte, uno que le
fastidió de manera particular. Traer a esa chica a una instancia íntima era
demasiado. Una cosa es que no tuviera problema en follarla en su
apartamento de tanto en tanto, algo casual. Que se la quisieran imponer por
fórceps era mucho. La rubia pasó de su gesto serio, probablemente sin
considerarlo, así de liviana era. Le sonrió con artificio, y se meció para
alcanzarlo, seguida por la mirada desinhibida y voraz de Ryker, que sonrió a
Liam con sorna. Sabía lo que este sentía.
Enfundada en un vestido más propio de una celebración de alfombra
roja que de un domingo, Melody se acercó a él dejando que sus senos lo
rozaran al darle un beso en la mejilla. Era tan cruda en su exhibicionismo y
tácticas que no entendía cómo su madre la consideraba un buen partido. Ah,
sí, los millones y millones de su padre justificaban y perdonaban su pose de
zorra. Contuvo la acidez de su juicio, molesto con ella sin razones reales, y
compuso el gesto a pesar del fastidio. Podía fingir, pero no daría cabida a
esta niñata acostumbrada a tener lo que quería.
—Madre—tomó la mano extendida y la besó.
No solía aceptar con gusto los besos en la mejilla, estropeaban su
maquillaje. Lo habían aprendido desde pequeños.
—Querido, te ves algo cansado.
—Normal, trabaja tanto para el bien de todos—la voz de Melody,
nasal y molesta, se hizo oír.
—Tan cierto. Hijo, no deberías dedicar tantas horas…
—Estoy bien—cortó de plano la habitual perorata con la que su
madre pretendía mostrar algo de interés en el rol materno.
—Trabaja demasiado, pero así son los excelentes resultados que
obtiene—la voz chillona de Melody se hizo sentir, otra vez.
—Si, nuestro hermanito es un dechado de virtudes. Necesita una
mano femenina que lo sostenga—el tono irónico de Ryker lo pinchó e hizo
que lo mirara con advertencia implícita en sus ojos.
Esperaba que se comportara y no iniciara una de sus habituales
discusiones. Le encantaba sacar de quicio a su madre con su vocabulario,
además de poner a Alden de malas, tanto como a él.
—Iré a saludar a Beatrice— indicó, pasando por alto el gesto
fastidiado de su madre.
Beatrice era el ama de llaves, una institución dentro de la casa y
algo así como el alma de esa mansión pomposa. Era la mujer que en
realidad les había criado, brindándoles amor y contención cuando las largas
ausencias de sus padres, siempre en viajes de negocios o placer, se hacían
sentir en la vida de los cinco hermanos. La que curó sus raspones, enjugó
sus lágrimas, escuchó sus maldiciones y les abrigó cuando la violencia se
hacía dura y marcaba a todos. ¿Qué hubiera sido de ellos sin Beatrice? No
soportaba pensarlo. La encontró en la cocina, su reducto, cuidando el punto
de los alimentos y dando instrucciones al personal con la voz y trato cálido
que la caracterizaban.
—Beatrice—llamó su atención y ella distendió su boca en una
sonrisa amorosa, extendiendo sus brazos.
Había sido una mujer hermosa y a pesar de la edad conservaba la
voluptuosidad de sus caderas y la amplitud en sus senos. Apretada a su
pecho, cuando niño, había llorado y maldecido, había contado sus
humillaciones y despechos. En su oído atento había desgranado sus sueños
y ambiciones. Ella había actuado del mismo modo con todos y era adorada
sin límites por los cinco.
Hoy era la que cuidaba y trataba de orientar y ayudar a Avery, la
única mujer y por ello, a juicio de Liam, la más indefensa. Su madre todavía
seguía demasiado imbuida en su vida social como para preocuparse de los
suyos de manera profunda. No había considerado jamás que sus hijos la
necesitaran, que su niña podría tener preguntas, miedos, desafíos. Para ella,
Beatrice había sido la empleada ideal, aunque la detestara, en el fondo, con
sentimientos que Liam no podía entender.
Su madre no era una mala mujer, pero Liam pensaba que no había
sido feliz y eso la había amargado y vuelto egoísta e incapaz de amar de
verdad. Ninguno de ellos había sido feliz a la sombra de un padre
obsesionado con su trabajo y la perfección, que castigaba sin control el
error y que no tenía tiempo para la familia. Un hombre que veía en su
esposa un adorno bello y un vientre para procrear la estirpe. Solo así se
podía entender que hubiera tenido cinco críos.
—Estas ojeras bajo tus ojos demuestran que duermes poco, mi niño.
Mucho trabajo y poca vida real no es bueno, Liam—le dijo con cariño,
acariciando su mejilla.
—Descanso poco, es verdad—solo a ella podía reconocerle su
cansancio.
—Escuché del éxito de tu último negocio. Tu madre estaba
exultante ante tanto despliegue de glamour y poder en la fiesta del viernes
—Él rodó sus ojos y ella sonrió—. Debes tomarte tiempo y restablecerte.
¿Sigues solo?—le preguntó en tono más bajo mientras tomaba su brazo y se
dirigían al jardín.
—Así es.
—Muchacho, necesitas a una mujer que te quiera a tu lado, una que
te mime como te mereces. Una mujer de verdad, no ese patético saco de
huesos que invitó hoy tu madre.
La voz y la expresión seca hicieron ver la profunda desaprobación
hacia Melody.
—Es una mujer bella—terció Liam, sin convencimiento.
—Y vacía. Un envase vacío. Tan triste. Lo peor es que tu madre está
empeñada en metértela por los ojos—el rictus de su boca mostró a las claras
lo que opinaba sobre las elecciones de su madre.
—No me interesa. Deberías saberlo—sonrió.
—Lo sé, pero a veces la soledad y el cansancio son malos
consejeros. Tienes que divertirte más, disfrutar de la vida. Llevas demasiada
responsabilidad sobre tus espaldas, casi como si te castigaras. Sé que los
negocios son importantes, pero si los haces el foco de tu vida siempre habrá
otros, más grandes, otros que no puedes dejar pasar. Y cuando quieras
pensar, estarás viejo.
—Calma, calma, viejita, me pintas un futuro gris y no es mi
intención.
—Búscate una buena mujer. Dale oportunidad a alguien.
—En eso estoy—sonrió y le dio un beso.
—¡Liam!—la voz chillona desde la puerta acristalada indicó que
Melody lo había encontrado y le llamaba con un gesto imperioso.
Beatrice suspiró.
—No muerdas esa carnada.
—No lo haré—prometió.
Pasó al lado de la rubia sin darle mayor entidad y ella hizo un gesto
de fastidio, enfurruñada, siguiéndole de cerca. Fue un almuerzo agradable, a
pesar de ella y sus intentos de monopolizar la conversación con sandeces,
que fueron cortadas una y otra vez por los hermanos, hasta casi deslucirla al
final. Incluso fue bueno a pesar de que Alden parecía más melancólico y de
mala cara de lo habitual.
No parecía recuperarse de la decepción amorosa sufrida dos años
atrás y eso le preocupaba. Alden siempre había sido el más callado y
retraído, a pesar de su brillante intelecto. Liam lo veía frágil y desengañado
y no le gustaba. Les hizo un gesto a los otros y estos asintieron. Deberían
tratar de hacer algo por él. Al promediar la tarde, luego del café y la
habitual charla de sobremesa, decidió que era hora de marcharse.
Cortó, sin paciencia, el intento de Melody de ir con él y aprovechó
el salvavidas que Ryker le brindó al ofrecerse a llevarla a su casa. El muy
sinvergüenza no tendría ningún remordimiento en tomar ventaja del factible
enfado de la platinada, pero le importaba menos que nada. Esperaba que su
actitud de desapego fuera suficiente muestra de su desinterés y alejara a esa
mujer de él.
Si le parecía hueca antes, luego del incidente del viernes su opinión
había caído más. No la quería cerca de él ni de sus hermanos, más estos
eran adultos y, en el caso de Ryker, alérgico a cualquier compromiso que
implicara más de un polvo. No habría mujeres trofeos en las camas de los
hermanos Turner; el matrimonio de sus padres había sido demasiado
evidencia de lo mal que eso acababa.
Antes de salir de la propiedad el recuerdo de Amelia hizo que
revisara su teléfono. Le resultaba llamativo que ella no le hubiera
contactado. Habían pasado menos de veinticuatro horas, pero su expectativa
lo carcomía, como no le había pasado con ninguna mujer anterior. Su falta
de respuesta inmediata lo había impactado más de lo que pensó, y en varias
oportunidades posteriores a su encuentro se había reprochado su promesa
de no llamarla. No era como si no pudiera conseguir su teléfono, empero,
mostraría demasiada ansiedad.
Tenía que darle espacio, ella no parecía una mujer que considerara
ofertas sexuales. Aunque su cuerpo invitaba al pecado, eso era obvio. Le
gustaba a rabiar, era el tipo de mujer que lo ponía sin más: perfecta en su
voluptuosidad, sensual en el desconocimiento de lo que sus sinuosas curvas
le provocaban. No podía, no quería perder la chance de tener sexo con ella,
de disfrutarla hasta saciarse y más.
Beatrice tenía razón; se sentía solo. No había encontrado una mujer
que lo movilizara tanto como para hacerla su novia o para que pensara en
formar una familia. Era curioso que la primera que lo hiciera detener la
mirada y lo hiciera gastar energías en buscarla estuviera tan alejada del
ideal de mujer que su madre o Melody representaban. En todo caso, Amelia
era la que había logrado conmoverlo físicamente tanto como para su simple
recuerdo lo enervara y sirviera de fantasía para correrse en soledad.
Esperaba que lo llamara. Había dejado en ella la decisión. Se
preguntó qué haría si pasaba el lunes, plazo que él mismo había establecido,
y no tenía una respuesta favorable. Lo lógico sería dejarlo pasar, avanzar.
Pero se conocía, era un hombre de obsesiones. Y el rostro de esa mujer
comenzaba a acercarse peligrosamente a una.
Encendió el motor y justo cuando retrocedía, el sonido del mensaje
entrante de su celular le hizo mirar la pantalla, y entonces, una enorme
sonrisa se plasmó en su rostro. Un número desconocido que le enviaba un
mensaje revelador, casi como si su mente lo convocara:
DESCONOCIDO Soy Amelia. He estado pensando en tu oferta. Me
gustaría...
Abrió el cuerpo del mensaje, pero aparecía incompleto. Antes que la
curiosidad se abriera paso, un nuevo mensaje trajo el resto de la idea.
DESCONOCIDO Perdón, estoy algo nerviosa y apreté enviar sin
querer, antes de terminar de escribir. Acepto tu proposición. Pero me
gustaría establecer algunas reglas
La voz de Alden lo distrajo entonces:
—Lo único que te puede arrancar una sonrisa así es la perspectiva
de un negocio desafiante.
Le sonrió.
—Algo así.
Completó la maniobra de salida y aceleró, para dejar la propiedad
con apuro. El domingo acababa de mejorar, se dijo. Estaba exultante,
excitado. Debía responderle, era muy factible que escribir esos mensajes le
hubiera costado bastante y no podía correr el riesgo de que se arrepintiera.
Detuvo el vehículo un poco más adelante, fuera de la vista y el camino de
sus hermanos y antes que nada, agendó el número con el nombre Dulce
Amelia, para luego tipear la respuesta:
LIAM. Me hace muy feliz tu respuesta. Estaba esperando que te
decidieras. Estoy dispuesto a que charlemos lo que sea necesario y no
quiero más que tu tranquilidad. ¿Te parece reunirnos hoy?
Podía parecerle demasiado pronto y lo mostraba ansioso, pero ¿qué
más daba? Ya sentaría las bases él, una vez estuvieran frente a frente.
DULCE AMELIA. Estoy libre
LIAM. ¿A las 18?
Ella tardó unos minutos en responder:
DULCE AMELIA. Está bien. Te enviaré la dirección en la que
estaré.
Probablemente no quería que viera su casa o su entorno. O que su
familia lo viera e inquiriera en qué se metía. Si eran muy cercanos, podrían
juzgarla o interponerse, aunque era una mujer adulta. De todos modos, le
dejaría claro que no debía ver lo que comenzaba entre ellos como algo
deshonesto o inmoral. Eran dos personas independientes y solteras que
buscaban disfrutar. Esperaba que no hubiera nadie importante en su vida,
pensó entonces. No lo había considerado, tendría que averiguar mejor.
Aunque no lo creía, ella no aceptaría estar con él si fuera así.
LIAM. Perfecto. Un vehículo te recogerá a esa hora. Me encanta
poder verte otra vez.
DULCE AMELIA. Okey, gracias
<<Gracias a ti, hermosa>>, pensó. <<Se me va a hacer agua la boca
mientras te espero>>. Dejó el móvil a un lado y tomó el volante con
satisfacción, volviendo a conducir.
Diez.
AMELIA.
Guardó su teléfono en su bolso, nerviosa y alterada por la
conversación virtual. Era oficial, había pasado de imaginarse y fantasear
con Liam a confirmarle que quería ser su ligue. Ese era el término para una
relación sexual sin aspiraciones a enseriarse, ¿no? Había pasado buena parte
de la noche del sábado y la mañana del domingo pensando qué hacer, qué
decisión tomar, si aceptar o no la oferta, la agridulce proposición de Liam
Turner de dormir juntos.
Dormir, vaya eufemismo, rezongó. Finalmente, cediendo a lo que en
verdad quería, se había decantado por obedecer a sus deseos, apoyada en las
expresiones de Sharon. Esfuerzo aparte había sido armarse del valor para
escribirle. Se debatió ante la idea de que él la viera como una descocada
atrevida o que se hubiera arrepentido de hacer una propuesta. Aunque nada
en él sugería que esa acción fuera espontánea, lo percibía más como un
estratega, alguien que consideraba seriamente lo que quería y sus riesgos.
Había escrito varios mensajes para borrarlos de inmediato, hasta que
los nervios en sus dedos le hicieron apretar y enviar uno de ellos, uno
incompleto. Fue la señal de que no había marcha atrás La respuesta rápida y
entusiasta del otro lado le dio valor y la tranquilizó. Una vez estuvo
concertado el encuentro, pasó varias horas pensando cómo vestirse para no
parecer una triste mujer sin mundo ni sofisticación.
Pero, en especial, consideró cómo plantear sus límites para marcar
el terreno con algunas reglas propias que le dieran control. Quería seguridad
de que al ingresar al territorio de Liam y meterse solita en la boca del lobo,
pudiera actuar acorde a la decisión que había tomado en frío. No tenía
leñador que la salvara, eran ella solita y su alma. No podía dejar fluir la
relación sin asegurarse de que los términos estaban claros para ambos. Solo
sexo, nada de compromiso, nada de regalos que parecieran sobornos o
sustitutos de una paga que la haría sentir indigna y sucia.
Él la estaba esperando y en verdad eso le imponía un nivel de
nervios y de excitación extra. Era un hombre de mundo, acostumbrado a lo
mejor. De seguro había una larga cola de mujeres ansiosas por meterse en
su cama y formar parte de su vida. Mujeres más hermosas, sofisticadas,
mundanas y con todas las armas de seducción a sus pies. Ella no tenía
mucha experiencia sexual y en su lista de ligues eran más las cruces que los
tics.
Sus relaciones habían sido bastante lamentables y en honor a la
verdad, pocas veces había logrado tener un orgasmo. Y nada de fuegos
artificiales ni campanas. Temía que él se decepcionara y el encuentro se
convirtiera en una frustración. Una que de seguro la hundiría en el hondo
agujero negro de la auto conmiseración. Pasó su mano por el rostro para
borrar toda negatividad y le envió mensaje a Sharon, quien le respondió de
inmediato:
SHARON. Amiga, te ves nerviosa.
AMELIA. Acepté. Ya envié el mensaje y tengo una cita. Quiero
decir…
Se ruborizó. No podía cometer el error de considerar su próximo
encuentro sexual como una cita normal.
SHARON. Bien, bien por ti-emoticones de aplausos-. ¡No puedes
echarte atrás!
AMELIA. Lo sé
SHARON. Tenemos que enfocarnos
La imaginó con expresión decidida en su rostro
SHARON. Ese hombre vio la superficie, esa bella fachada tuya,
Amelia. Y le gustó tanto como para ir por ti y asediarte. Debes darle más.
Tienes conocer a la Amelia verdadera.
AMELIA. No sé si eso no será un buen afrodisíaco.
SHARON. No te me vengas abajo. Tú vales y eres una mujer
divertida, sensual y quieres vivir. No lo dejas traslucir, pero lo anhelas. No
harías esto de no ser así.
AMELIA. Cierto
Su amiga lograba que su coraje y su esperanza renaciera, que su
confianza se afirmara y no se hundiera en el fango del auto sabotaje.
SHARON. Debes lograr que compruebe que lo que imaginó contigo
es diez veces menos de lo que en verdad tienes para él.
AMELIA. Ay, Sharon, que me sobrevaluas. Soy bastante insulsa.
La respuesta demoró en llegar y veía que su amiga escribía.
SHARON. Para nada. Lo fuiste con esos remedos de hombre con los
que te relacionaste, que te absorbieron y chuparon tu energía. No hay
estrella que pueda brillar en un cielo nublado. Piensa en ti como en un
astro brillante que estuvo tapado por nubarrones grisáceos. Y ahora tiene
el cielo despejado para que sus destellos se noten fuertes y claros.
AMELIA. No te recuerdo tan poética.
SHARON. Estoy tomando un curso de escritura creativa. No
preguntes. Ya lo hablaremos cuando sea el momento.
Asintió con solemnidad. Sharon era un amor de persona y siempre
estaba haciendo algo para mejorar la vida de otro, así que era probable que
tuviera que ver con eso.
AMELIA. ¿Te molesta si voy por tu casa y me preparo ahí? Liam
enviará un coche por mí y no quiero que mi tía o Tina me vean en esto.
Sintió algo de remordimiento, pero no quería mentir o faltar a la
verdad si le preguntaban, prefería que se mantuvieran por fuera.
SHARON. Genial. Deseaba que me pidieras que te ayudara con tu
look.
AMELIA. No podría hacerlo sin ti
Lo dijo con cariño y profundo agradecimiento.
SHARON. Vamos a hacer de ti la mujer que cause el mayor impacto
que el señor Turner recuerde. Debes elegir la ropa interior más sexy que
tengas.
AMELIA. No es que tenga mucho.
SHARON. Un tanga y un sostén de encaje que levante a tus chicas.
AMELIA. Sí. Tengo algo así.
Fue y rebuscó en un cajón. Había comprado un hermoso conjunto de
bragas hacía mucho tiempo, cuando todavía el romance con su ex parecía
destinado al éxito.
SHARON. Tienes que ponerte el vestido negro qué trajiste a mi
fiesta de cumpleaños. Es hermoso y muestra lo mejor de ti. Es sexy y te
representa bien.
Amelia había pensado justamente en ese, diseñado y cosido por ella
misma. Le encantaba, con el orgullo que el creador siente por un logro.
SHARON. Y tienes que usar las sandalias de tacón más altas que
tengas.
AMELIA. ¿Tú crees? No estoy acostumbrada
No quería hacer el ridículo y rodar o torcerse un tobillo.
SHARON. No puedes ir a un encuentro sexual con esa ropa interior
y ese vestido sin tacones agujA. Ese hombre va a alucinar.
AMELIA. Ojalá tuviera la mitad de confianza que tú tienes.
SHARON. Tengo confianza en ti y en tus atributos. ¡Estoy tan
emocionada por ti! Oye, ahora que lo pienso, ¿no tendrá un amigo para mí
tú señor Turner?
AMELIA. No sé nada de él-Grabó un audio, mientras acomodaba su
ropa-. Es increíble que haya tomado una decisión tan importante sin
ninguna consideración. ¿Y si es un asesino serial? ¿Y si lo que quiere es
aprovecharse de mí y después se deshace de mi cuerpo? Seguro que muchas
víctimas tienen la misma actitud incauta que yo.
SHARON. Veo que te ha estado mirando esas series de forenses que
le encantan a Tina. Todo irá bien, ya lo verás. Te estaré esperando para
ayudarte. Te voy a maquillar y peinar.
AMELIA. No quiero ir demasiado recargada o sentirme como si no
fuera yo.
SHARON. Tranquila. Algo natural y suave que realce tus facciones
y limpie el cansancio de tu cara. Tampoco soy una profesional en esto de la
belleza.
AMELIA. Eres una amiga incondicional y te quiero mucho.
La respuesta fueron muchas caritas con besos.
Se puso en actividad y seleccionó la ropa y los implementos que
necesitaría, doblándolos y guardándolos en su bolso. Después se duchó,
tomando más tiempo del habitual, apostando a que el agua la tranquilizara y
diera reposo a su mente, que no cesaba de crear imágenes de alto contenido
erótico. No recordaba haber experimentado esta ansiedad sexual antes, esta
expectativa.
Si no se calmaba se iba a congelar por fuera al verlo, mientras ardía
por dentro. Cuando estaba muy nerviosa no pensaba bien y tendía a parecer
infradotada. Cuando tuvo todo listo se despidió de Tina y de su tía
contándoles que iba a casa de Sharon pues habían quedado de ver una
película juntas. No debería haberles mentido, pero se sentía un poco
culpable. Por supuesto que no preguntaron nada extra y la despidieron con
cariño.
Sharon la esperaba, todo dispuesto en su departamento para hacer la
transformación de rana a princesa, para lo cual su amiga se puso manos a la
obra de inmediato. Dejó que peinara su cabello que, libre de la cola de
caballo y producto del mimo del cepillo, pronto brilló con tonos cobrizos.
Sus bucles naturales se formaron más prolijamente merced al serum
especial que le extendió, de un delicioso aroma cítrico. Luego de varios
intentos por hacer un peinado más complejo, terminó dejando que su
cabellera cayera libre sobre sus hombros y espalda.
—Así, natural y exótico—dijo Sharon para sí.
Luego se dedicó a maquillarla, perfilando sus ojos y aplicando
máscara a sus pestañas, que parecieron engrosarse. Delineó sus labios y usó
un labial rojo sangre que ella quiso eliminar, por sugerente, pero Sharon se
mostró inflexible al respecto. Cuando la sesión terminó, Amelia se miró con
apreciación y sonrió. Le gustaba lo que veía y Sharon se mostró satisfecha.
Fue al baño y se vistió con cuidado para no estropear el look y se
calzó las sandalias. Al reaparecer, se miró al espejo y Sharon la rodeó,
como la maníaca de los detalles que era, observándola, hasta que le dio el
veredicto:
—¡Estás preciosa!—sonrió complacida—. ¡Pero estás temblando,
tan dura como una piedra! Relájate, tienes que disfrutar el momento que se
avecina. Es la decisión que tomaste y estoy feliz por ti, porque elijas hacer
algo que deseas. Recuerda que aceptaste, pero nada te obliga y puedes
detenerlo cuando quieras. No puede haber dos interpretaciones en esto. Tú
elegiste y puedes cambiarlo. No dejes que nadie te haga pensar lo contrario.
Amelia asintió. Necesitaba esto, que le infundieran confianza extra,
que alguien la acompañara y le dijera que todo estaba bien y no hacía mal
en dejarse llevar.
—Estoy super nerviosa. Espero no arruinar nada, voy a sudar tanto.
¿Crees que…? —la idea de no gustarle, de que fuera un juego la cruzó.
—Recuerda que te mereces lo mejor del mundo y eres una mujer
maravillosa—La abrazó y Amelia agradeció el gesto, que devolvió
redoblado.
—Es casi la hora. Enviará un coche. ¡Tengo una mezcla de ansiedad
con nervios, con expectativa y miedo! Un cóctel, vamos.
—Anda, disfruta. Es un sueño, algo mágico, como en las
telenovelas.
—Espero que no devenga en un thriller—dijo, mordiéndose el labio
inferior—. Con la suerte que tengo…
—Nada de eso. Y no te culpes ni te obligues a nada. Se tú misma y
no te obligues a aceptar mierda ninguna. Ningún hombre puede imponerte
nada, por más hermoso, millonario o sexy que sea.
—Es todo eso—suspiró—. Lo sé, lo sé.
El sonido en el teléfono la sorprendió y abrió el mensaje.
—Está afuera.
—Pues ve, ¿a qué esperas? Estaré observando desde tras las
cortinas. Quiero que te contactes conmigo una vez cada hora. Respóndeme.
Un << estoy bien>>, una carita, algo. No estaré tranquila si no lo haces.
—No te preocupes.
Tomó su bolso y se obligó a caminar con elegancia sobre los
tacones, luego de trastabillar la primera vez. Observó en derredor y en la
esquina vio el auto de vidrios negros que esperaba por ella. Tragó hondo y
se obligó a avanzar, paso a paso. La comían los nervios.
Cuando estaba a unos metros un chofer de impecable traje se apeó y
le hizo una reverencia mientras le abría la puerta trasera. Sonrió con timidez
y agradeció, introduciéndose en el lujoso vehículo. Había una división que
separaba la sección trasera de la delantera y su primera percepción fue que
era enorme, con dos asientos largos enfrentados.
Se quedó sin aliento de inmediato al ver que Liam la esperaba en
uno de ellos, con una enorme sonrisa. Los ojos brillantes y penetrantes
parecieron quemarla; la miraba con lenta apreciación y asintió al final. No
pudo más que maldecir su timidez que se manifestó en la sequedad de boca
y tenazas en su garganta. Esa mirada… Esa mirada encendía fuego adentro
suyo y sus pezones fueron los primeros afectados, duros y prietos como
nunca. Rogó que la tela del brasier lo disimulara.
—Amelia, buenas noches—la voz de barítono sonó clara y
profunda, inyectando vibraciones en sus oídos.
¿Se podía ser tan sexy? Dios, si solo verlo y escucharlo le hacía esto
a su cuerpo, seguro que colapsaría apenas la rozara.
—Buenas noches—pudo articular, y sonrió con debilidad.
<<Razona, mujer, muéstrate compuesta o va a creer que eres una tonta sin
cerebro>>—. No pensé que vendrías.
—Un gesto de caballerosidad, pero también de temor de mi parte—
la miraba, no le daba tregua y ella estaba inmóvil y muy recta.
—¿Temor?—se extrañó.
—De que te arrepintieras. Si no aparecías en un rato, seguro que
hubiera aporreado esa puerta. Aunque me temo qué tal vez no sería bien
recibido.
—Es la casa de mi amiga Sharon.... Ella es como una hermana.
—Estás hermosa. Mucho—dijo, acercándose a ella.
Se ruborizó. Él tomó su mano y la besó con suavidad. Una
sensación eléctrica recorrió su brazo y fue directo a sus pezones otra vez,
para ponerlos como diamantes. Qué decía, como adamantio. Ese era el
material durísimo en las garras de Wolverine, ¿no? <<Céntrate, Amelia,
atiende, no divagues>>.
Él se movió para sentarse a su lado y de inmediato la envolvió el
olor de su loción; masculina, poderosa y exquisita. Era un pecado oler tan
bien. Sus antebrazos rodearon su cintura y ella lo dejó hacer. Ahí iba su
voluntad, huyendo por motus propio ante las primeras expresiones
corporales.
Se sumó la calidez del aliento masculino rozando su mejilla y todo
fue un combo casi mágico. Su mirada, su toque, su olor y su aliento: todo
eso le estaba proporcionando la experiencia más sensorial y alucinante que
hubiera tenido. <<¡Qué mierda de relaciones has vivido, Amelia!>>,
reconoció. <<Nadie antes te conmovió tanto con tan poco>>.
—Quiero que te sientas tranquila y segura conmigo. Sé que quieres
que hablemos antes, pero si me permites, haré algo que he deseado desde el
primer momento en que te vi.
Ella levantó la vista con curiosidad y pestañeó cuando los labios de
él se acercaron y aprisionaron los suyos en un gesto primero suave que
pronto se tornó caliente y devorador y que la atrapó sin más, incitándola a
responder. Él había tomado su nuca para apretarla contra sí y su otra mano
se deslizó para acariciar su mejilla, lo cual la movilizó y sin pensarlo más,
envolvió sus brazos sobre su cuello y le devolvió el beso con ardor,
abriendo la boca para que su lengua la explorara.
Nunca la habían besado así, como si quisieran arrebatarle el aliento,
con hambre, comiéndole la boca sin pausa. Respondió del mismo modo
hasta qué pareció quedarse sin respiración. Cuando se separaron, se miraron
por varios segundos, él aun rozando su rostro con un dedo, delineando sus
labios y sonriendo con gesto tan seductor que sintió que era otro golpe a su
confianza.
—Intuía que eras intensa y este beso acaba de confirmarlo—dijo, sin
dejar de mirarla.
—Yo…—buscó recomponerse y que no se trasluciera cómo estaba
de afectada—. Quiero que sepas que no ha sido fácil para mí aceptar esto…
Dar este paso. Supone ir en contra de varias cosas que daba por sentado.
—¿Como cuáles? —él atrapó una de sus manos y la acarició con un
dedo, haciendo vibrar a su piel.
—Bien… Eh…—Él tenía un efecto muy fuerte sobre ella, tanto que
le costaba articular y dejar de seguir esa mano que hacía círculos en su
palma y se extendía a su brazo, enviando mensajes sensoriales directos a su
bajo vientre—. En principio, nunca he tenido una relación que tenga que
esconder a mi familia y que solo me comprometa a nivel físico.
—Si te conforta saberlo, yo tampoco—susurró en su oído,
mordiendo el lóbulo de su oreja para arrancarle un respingo y un
estremecimiento.
La distraía, la enervaba. Pero se concentró.
—No puedo creer que no estés acostumbrado a los ligues
ocasionales.
—Sí, a eso sí. No es exactamente lo mismo que te propuse.
Volvió a acercar sus labios a su lóbulo, esta vez para pasar su lengua
y toda ella tembló ante el contacto.
—Piensa en esto como en una exploración, Amelia. Una bonita,
excitante, sensual exploración de nuestros cuerpos. Una que puede
llevarnos un tiempo largo, si nos sentimos bien, si, como creo, nos
complementamos. No poner etiquetas es dar rienda suelta a las
posibilidades, ¿no lo crees?
Ella puso la mano en su pecho, con suavidad. Necesitaba decir lo
que creía, sin la distracción que él imponía a sus sentidos.
—Necesito una etiqueta, una que me proteja. Una que le ordene a
mi mente qué pensar y qué creer. No he tenido buenas experiencias. No
quiero que esto me estalle en la cara y termine lastimándome.
—No está en mí hacerlo—él detuvo sus caricias y la miró a los ojos
—. Quiero que ambos la pasemos bien. Quiero tener todo contigo, todo lo
sexual. No haré nada que no quieras. No te pediré nada que vaya contra tus
deseos. Una negativa tuya será la premisa qué detendrá cualquier acción de
mi parte.
—No quiero nada que no sea tu tiempo. Esta no será una relación
con regalos o que incluya nada extra de tu parte.
Él la observó, un tanto más serio.
—Okey—él asintió—. Entiendo lo que tratas de hacer. No veo mal
regalar algo bonito a alguien que está dentro de mis afectos.
—No es lo que soy o seré—le dijo con seriedad—. No nos
engañemos o usemos eufemismos.
—Bien—señaló.
Sin más, atrapó otra vez su boca y la embistió, esta vez dejando que
sus manos se deslizaran por sus curvas, delineando su cintura, su cadera,
atrayéndola hacia él para finalmente sentarla sobre su falda con facilidad,
como si no pesara nada. Hizo que estirara sus piernas sobre el asiento y las
acarició, con un dedo tocando sus sandalias.
—Sexy, muy sexy—musitó, deslizando otra vez hacia arriba,
acariciando su muslo y luego la curva de su cola, sin detenerse.
Ella lo dejó hacer, sin poder emitir sonido, cada trazo sobre ella se
sentía como una cinta de calor que llevaba humedad a su pelvis. Era casi
vergonzoso. Casi, si no fuera tan bueno. El vehículo comenzó a enlentecer
la marcha y Amelia pudo ver que se acercaban al edificio donde hacía
menos de cuarenta y ocho horas había pasado mal.
—¿Ahí vamos? ¿A tus oficinas?—se sorprendió.
En verdad no había pensado adonde la llevaría, supuso que a un
hotel.
—Anexo a ellas tengo un departamento muy cómodo y bien
provisto. Paso ahí buena parte de mi tiempo. Estaremos tranquilos y
tendremos la intimidad necesaria.
Ella asintió, cada vez más tensa, y él lo percibió, masajeando su
cuello y rozando sus labios.
—No estés nerviosa. Veo que tiemblas y tus mejillas están
encendidas.
—Solo necesito distenderme. Estoy decidida y no voy a dar un paso
atrás—aseguró.
—¿Me deseas, Amelia?
La acercó, ojos y labios a un palmo, sus alientos confundidos.
—Sí— contestó ella muy quedo.
Claro que lo deseaba, tanto que ahora fue ella la que buscó su boca.
Él la envolvió en sus brazos y la atrajo hasta fundirla en su pecho,
deslizando luego una mano para que se posase brevemente en su barbilla y
luego dirigirse hacia sus senos, que acarició por encima del vestido,
haciendo foco en uno de los pezones. La sensación de urgencia de esa
caricia tan íntima fue directa a su entrepierna. Entonces, él abandonó sus
pechos para tomar su mano y la dirigió hacia su pelvis mientras le decía:
—Mira cómo me pones, mira lo que provocas en mí, Amelia.
La dureza de su miembro, que apretaba el pantalón y lo elevaba, le
cortó la respiración. Sin poderlo evitar acarició su miembro haciendo que
este latiera contra ella y creciera aún más.
—Vamos a detenernos—susurró él—. No quisiera que tu primera
impresión de mí se asemejara a la de un adolescente cachondo que no puede
contenerse.
Por primera vez Amelia sonrió, seriamente satisfecha de que Liam
le demostrara que tenía poder sobre él y que se sentía cautivado y
apasionado por ella. Si había tenido dudas al respecto, estas comenzaban a
disiparse con rapidez, sustituidas por la necesidad de entregarse a él de
todas las formas posibles.
Once.
AMELIA.
El automóvil los condujo a un estacionamiento subterráneo, desde el
que el ascensor privado los llevó a las oficinas de Liam. Él no dejó de
abrazarla y acariciarla, besándola con pasión durante todo el breve trayecto.
Ya en el interior, la condujo con suavidad al sillón en el que la tarde anterior
habían hablado con mucha más formalidad. Parecía que hacía más tiempo
de eso, Amelia sentía que habían pasado mucho más de veinticuatro horas.
Aquí estaba, pegada al cuerpo de Liam, cuyos dedos se deslizaban
con habilidad por su espalda, sin perder tiempo en tonterías, directo al
punto, buscando la cremallera del vestido. La bajó con calma y dejó su
espalda expuesta, a la vez que la giraba para apreciar su piel desnuda y
acariciarla. Su piel parecía despertar bajo su toque sutil y enervante.
—Bonito tatuaje—le dijo al dejar expuestas la frase que hacía tres
años se había hecho grabar: Amar es vivir—. Imagino que tiene un sentido
específico—señaló mientras su boca encendía su clavícula y sus dedos iban
ahora hasta sus senos, mientras la recostaba contra su pecho.
—Lo tiene—dijo, sin ahondar, cerrando sus ojos y mordiendo sus
labios, a la vez que dejaba escapar un suave gemido al sentir la presión de
sus dedos en sus pezones.
Se regodeó con ellos, rozándolos con las yemas de sus pulgares,
absorbiendo contra sí los temblores de Amelia y permitiendo que su cabeza
reposara en su hombro. En la base de su espalda ella sintió la dureza de su
miembro presionando y tragó saliva. Estaba pasando, se estaba entregando
a él y disfrutando de algo que era mucho más que un polvo rápido. Él se
tomaba su tiempo con ella, la exploraba y buscaba sus reacciones y sus
puntos erógenos, a tal punto que ella creía estar en las nubes.
—Hermosa, sabes que lo eres, ¿verdad? Tan suave, tan llena—
susurró él.
Ella no lo creía, pero sus palabras le permitían soñarlo. La giró entre
sus brazos y besó sus labios, mordiéndolos y lamiéndolos con placer, para
luego tomar la tela que reposaba en sus caderas y deslizar la prenda con
suavidad hasta sus tobillos La piel se erizó al paso de sus dedos que
parecían dejar surcos de fuego. Él se separó un palmo para apreciarla con
ojos entrecerrados, que parecieron volverse más oscuros.
—Eres la perfección hecha mujer— anunció y ella se mordió los
labios, impactada y emocionada—. Mírate. Si el pecado tuviera expresión
física, tú lo serías.
—No me considero bella—corrigió ella, avergonzada.
La mayoría del tiempo detestaba sus imperfecciones y que él se
tomara tanto tiempo para observarla la ponía tensa. ¿Cuánto podría tardar
en darse cuenta de que era más ancha de lo habitual?
—Debes creerlo, eres mi tipo de hembra. Rotunda—su mano se
pegó a un pecho, amasándolo, y la otra recorrió sus nalgas, haciendo igual
—. Llena, voluptuosa. Me excitas de una manera increíble.
Sus dos manos, grandes y no tan suaves como pudo pensar dado su
trabajo de escritorio, acunaron y sacudieron sus senos, elevándolos,
amasándolos. Con urgencia nacida de la lujuria, se sumergió en el escote,
deslizando su lengua. Se apresuró a desprender el brasier, dejando libres los
pesados globos.
—Naturales, suaves, gloriosos—dijo y de inmediato uno de sus
pulgares pellizcó de una manera enloquecedora el pezón expuesto, mientras
su boca se ocupaba del otro, lamiendo y chupando, logrando que Amelia
vibrara—. ¡Tan bellos, tan exquisitos!—. La punta de su lengua se movía
con pericia, mientras sus ojos disfrutaban de las expresiones de éxtasis que
ella dibujaba—. ¿Cuánto hace que un hombre no disfruta de tu cuerpo?
Quiero que me cuentes, quiero que me digas lo que sientes.
—Yo…— Dio un gritito al sentir mordisco, que le provocó
sensaciones a medias entre el dolor y el placer.
—¿Cuánto hace que no sientes sobre ti las manos de un hombre,
Amelia? ¿Cuándo fue la última vez que te entregaste con esta pasión?
—Hace demasiado. Pero no así—pudo farfullar, doblemente
excitada porque los dedos de él se colaban bajo el elástico del tanga y
comenzaban a explorar sus zonas más íntimas.
—No quiero que nadie más que yo pose sus manos ni su boca sobre
ti—demandó.
—Solo tú—asintió, sin dudar.
—Mientras estés conmigo, mientras nos veamos, eres mía. Me
perteneces. Estos gemidos estos suspiros—deslizó sus dedos y recorrió sus
pliegues íntimos, para luego hundir uno de sus dedos en su coño, haciendo
que diera un saltito y echara la cabeza atrás, gimiendo más profundo—.
Esta humedad es solo mía—aseguró, retirando el intimo contacto, y a
continuación, para sorpresa absoluta de Amelia, chupó el dedo que brillaba
húmedo, con fruición, con la sonrisa más canalla del mundo—. Este es el
sabor más jodidamente delicioso que he probado.
Los ojos desmesurados por la sorpresa, la boca semiabierta, la
actitud de abandono, toda ella era la imagen de la sensualidad.
´—Estás tan preparada.
Con un movimiento brusco rompió el elástico de sus bragas,
apoderándose de la ínfima prenda y llevándola hasta su nariz, aspirando,
para luego guardarla en el bolsillo de su pantalón, ante su mirada atónita.
—Un souvenir—sonrió.
Se quitó la camisa, pero permaneció con el pantalón en el cual se
evidenciaba claramente la excitación de su miembro, al que Amelia miró
como embobada. Entonces, la tomó por las caderas con ambas manos y la
elevó y ella dio un grito:
—¡Peso demasiado!
—Tonterías. Eres perfecta y yo no soy un alfeñique. ¿De qué me
serviría tanto gimnasio y boxeo si no puedo levantar a una mujer? Soy un
hombre bien desarrollado.
—Lo noté—dejó escapar ella.
<<El ejemplar masculino más jodidamente hermoso que he
conocido. No sé qué hago aquí>>, pensó.
Él se sentó en un sillón y la puso sobre su falda, abriendo sus
piernas y dejándola expuesta a sus dedos, que empezaron a moverse
lentamente, el índice rozando de manera circular el clítoris mientras el
mayor, pícaro explorador se introducía en su vagina.
—Estás tan mojada tan excitada— Ella suspiró con abandono
mientras se permitía olvidar todo límite y dejaba que él la sumergiera más y
más en el placer—. Voy a arrancarte todos los orgasmos que tienes
acumulados. Te voy a hacer gozar como no lo ha hecho nadie y voy a
marcar cada uno de tus rincones, con mi boca, con mis dedos, para
finalmente hundirme en ti y sacudir todas tus inhibiciones—recitó.
—Eres de los que hablan mucho—susurró Amelia con un esbozo de
sonrisa mientras su bajo vientre parecía arder ante la invasión, a la que se
rendía sin lucha.
—No lo sabes bien, pequeña.
—No tengo nada de pequeña.
—Tienes todo muy bien puesto y en su justa medida para hacer un
conjunto extraordinario—sentenció.
Aumentó el ritmo de sus presiones hasta que ella sintió que en su
vientre se formaba una bola de placer que crecía sin remedio hasta explotar,
expandiendo calor y placer en ramificaciones abruptas hacia sus miembros,
todo lo que dejó escapar en un grito crudo que anunció, entre temblores, un
orgasmo de magnitud extrema.
—¡Eso, nena, córrete para mí! —dijo él con voz ronca, excitado
ante el espectáculo mayúsculo de esa hembra abierta y palpitante por y para
él.
Cuando su cuerpo se calmó, la elevó entre sus brazos, con premura,
colocándola sobre su hombro y avanzando para abrir la puerta que conducía
al dormitorio. Allí, la dejó caer sin ceremonias sobre el colchón, en el que
rebotó, asombrada por la exposición cruda de hombre de las cavernas de
Liam.
Sin dejar de mirarla se quitó los pantalones y el bóxer con rapidez,
dejando a la vista su miembro duro y grueso, excitado entre sus largas y
musculosas piernas separadas, en una de las cuales apreció un tatuaje qué
hizo aún más sensual la imagen. Él tomó su pene y lo masturbó,
descubriendo el glande brilloso de líquido pre seminal.
La imagen era de un erotismo mayúsculo y el miembro pareció
crecer ante los ojos de Amelia, que tragó saliva sin poder desprender la
vista de esa maravillosa exhibición de masculinidad depredadora que la
volvió a poner en órbita, el dolor del deseo otra vez instalándose en su
coño. Cuando él se movió y avanzó con lentitud se llevó las manos a la
cara, que parecía arder.
Liam, cerniéndose sobre ella, pero apoyado el peso de su cuerpo en
los brazos, le hizo abrir las piernas con sus rodillas y sin más preliminares,
colocó el glande entre sus pliegues. Sus ojos brillaban tumultuosos.
—¿Estás lista para mí, Amelia?—Ella asintió—. No seré gentil, ni
suave. En estos momentos te deseo tanto que solo quiero penetrarte y
hacerte volar alto, ¿entiendes? Quiero llenarte, hundirme en ti.
No podía más que afirmar con su cabeza, incapaz de articular
palabra; parecía que su garganta se había cerrado. Le observó estirarse para
abrir un cajón de su mesa de noche y tomar un condón, que extendió con
pericia en toda la extensión de su falo, en un movimiento que por sí solo fue
demoledor por lo erótico.
Luego, sin más prolegómenos, sintió que ingresaba en ella. Fue
consciente de cada porción de su vagina que se llenó de él, al principio de
forma incómoda, su estrechez abrazando el gran pene con dificultad. Él
estuvo quieto unos segundos, dejando que las paredes de su vagina se
acostumbraran a esa maravillosa calidez y tamaño y luego comenzó a
empujar, lento y rápido y otra vez lento hasta que su cara comenzó a
mostrar que no podía detener el placer, lo que le excitó doblemente.
—Respira, abre ese precioso y apretado coño para mí. Deja que mi
verga lo acaricie—le dijo.
Ella asintió y se acomodó, envolviendo las caderas de Liam con sus
piernas para darle paso, dejándose llevar alto, a punto de explotar de
tensión, sintiendo que sus dedos se concentraban en su clítoris y este la
ponía otra vez a cien. Nuevamente el calor de un orgasmo maravilloso se
gestó en ella y cuando él vio lo que sucedía, le dijo:
—Córrete otra vez para mí, muéstrame lo mucho que te excito,
cuánto te gusta mi verga en ti.
Sus estocadas, sus caricias, su lenguaje sucio, todo la elevó; el
éxtasis la alcanzó, sintió que su cuerpo se despegaba y volaba y una
maravillosa bruma la envolvió, a la vez que escuchaba el gruñido de Liam
en su empuje final de liberación.
Les costó unos minutos recomponerse, durante los cuales ambos
respiraron agitados y en silencio. Él se retiró de ella, con renuente lentitud,
para tenderse a su lado.
—Wooww—dijo ella, quedo, conmovida y exhausta, sin poder creer
que el sexo pudiera sentirse tan impresionante.
—Esto ha sido mucho mejor de lo que me había imaginado, Amelia
y te confieso que ya me había hecho muchas expectativas. Has superado
con nota todas mis fantasías.
Ella se ruborizó y dejó escapar una sonrisa nerviosa, buscando algo
con que cubrirse. Él rio, divertido, agregando:
—Un poco tarde para la timidez. Uno de los rasgos que te hace tan
encantadora.
Se incorporó para ayudarla, alcanzándole el corpiño y el vestido,
acariciando su mejilla, para luego decirle, mientras se dirigía al baño.
—No te apures en vestirte, hermosa. Quiero disfrutarte más.
Tomemos tiempo para eso. Luego cenaremos y te regreso a tu casa. Estoy
muy satisfecho de que hayas aceptado, Amelia. Esto va a ser muy bueno—
prometió.
—Ya lo es— dijo ella, ruborizada.
—Tu sinceridad tu pasión y tu belleza son bálsamos refrescantes,
hermosa Amelia—señaló.
Doce.
AMELIA.
Bostezó una vez más, vez mientras dejaba la orden de la mesa 6 en
el pincho para que el cocinero preparara la comida. La voz de Bratt,
insidiosa y chillona, la interpeló.
—¿Estás descansando poco? Tal vez sales demasiado. ¿O es que has
conseguido algún hombre que te folle?
Desagradable y guarro, eso era él, entre otras cosas. Odiaba las
licencias que se tomaba con ella, cada vez más.
—No es asunto tuyo—cortó seca y brusca.
—Me preocupo por ti—él chasqueó su lengua—. Sabes que estaría
encantado de tenerte en mi cama, estoy a tu disposición.
Lo ignoró esta vez y se movió ante el ladrido de Sean, el cocinero,
para tomar la orden y llevarla al grupo de mujeres que se apiñaban en una
de las mesas. Estaba cansada, aunque esto no tenía que ver con agotamiento
laboral exclusivamente. Era el sexo, practicado en cantidad y calidad, que le
hacía doler músculos que no recordaba tener. <<Liam>>, pensó. Ese
hombre había logrado despertar todos sus sentidos, acariciando y besando
todo a su paso, como un terremoto que arrasaba hasta dejarla agotada de
pasión, para volver a encenderla poco después. Desprenderse de su
presencia había sido difícil y, conseguido, había sido inútil; la necesidad de
volver a estar entre sus brazos había regresado de inmediato.
Había dormido poco el resto de esa noche, encerrada en su
dormitorio y rememorando con delicia e incredulidad cada momento, cada
beso y caricia, volviendo a sentir calor ante las más osadas. Sus pezones, su
coño, su garganta, los lóbulos de sus orejas, sus labios, todo tenía su marca.
Su olor, su calor. Revivió cada instante, buscando que quedara grabado en
su mente.
Sus frases, sus palabras, a veces sucias y excitantes, otras tiernas y
admirativas, habían vuelto a sonar en la soledad de su dormitorio. Vaya si
sabía cómo colarse en el pensamiento y en la libido de una mujer Eso era
seguro. Un cuerpo esculpido, atlético y musculoso, forjado para abrazar,
envolver, levantar. Se deleitó una y otra vez en la memoria de sus dedos
recorriendo el pecho amplio, su pack de abdominales tan marcados y esas
largas piernas, tatuadas.
Había sido todo un espiral de emociones, deseos y acciones y
volvían una vez y otra también, dificultando su sueño y ahora su trabajo. No
importaba qué pudiera decir Bratt ni cuantas veces bostezara, valía mil
veces la pena no dormir para vivir, para disfrutar un hombre como él. Le
parecía un milagro que alguien tan impactante como Liam, un diez en todos
los sentidos, la deseara cómo le había demostrado que lo hacía.
No había dobleces en la forma en que la tomaba y en las expresiones
de su mirada. Eran lujuria y deseo puro los que lo empujaban a explorarla y
a hacerla correr sin parar. Todo nervio, toda indecisión y duda se habían
disuelto entre sus brazos, durante las horas que habían compartido. La había
hecho sentir enaltecida, valorada, atesorada. Algo invaluable para ella,
acostumbrada a ir detrás y recibiendo conmiseración y burlas.
No es que fuera la constante, en verdad. Era el remanente de años de
burlas y no apreciación en su adolescencia, cuando los chicos iban por las
esbeltas y perfectas y ella era alguien de quien burlarse. O el premio
consuelo de quien la deseaba, pero no quería exponerse al ojo del público.
El mensaje de Sharon cortó sus pensamientos. Con emoticones y
muchos signos admirativos le recordaba que había olvidado la consigna de
conectarse cada hora, luego de hacerlo al comienzo de la noche.
AMELIA. ¡¡Lo lamento!! Es que fue una noche tan particular, tan
mágica, que perdí toda referencia, contestó de inmediato.
Había visto la serie de mensajes de Sharon por la mañana, los
últimos breves, y había respondido entonces con un breve Estoy bien.
Ahora, su amiga comenzó a encadenar demandas de detalles. Sabía que de
no haber tenido que trabajar en el hospital la hubiera tenido a primera hora
en la cafetería. Debía estar en un momento de tranquilidad de su guardia,
pues los mensajes llegaron sin descanso.
SHARON. Quiero detalles. Jugosos, exhaustivos, escabrosos. ¿Es
tan imponente como se ve?
Supongo, por el silencio de tu celular toda la noche, que debe haber
sido espectacular. ¿Sexo sin parar? ¿No te pidió nada raro? ¿Nada de tríos
o hamacas sexuales o juguetes?
Se ruborizó y contuvo su sonrisa. Sharon leía demasiado BDSM
para su salud mental. Comenzó a escribir rápido, aprovechando los minutos
de descanso en la cafetería y que Bratt estaba enzarzado en una de sus
habituales discusiones con Sean.
AMELIA. Nada raro, amiga. Fue maravilloso, apenas tengo
palabras para describirlo
Sharon escribiendo. No la desanimaría tan rápido:
SHARON. ¿Estuvo a la altura de lo que imaginaste?
Se mordió el labio, súbitamente conmovida.
AMELIA. Fue mucho más
La respuesta tuvo muchos corazones.
SHARON. Me alegro nena. Estuve un poco ansiosa y nerviosa por
ti. Temí que ese hombre no fuera más que otro de los sapos con los que
solemos encontrarnos. Un ególatra acostumbrado a que le sirvan en todo
sentido. Ya me entiendes.
¿Cómo no hacerlo? Ambas tenían una larga historia de toparse con
especímenes desagradables, irrespetuosos y egoístas.
AMELIA. Es un hombre de una masculinidad impresionante.
Demandante, aunque generoso, si entiendes lo que quiero decir.
La loca de su amiga no cejó:
SHARON. Entiendo, y por eso quiero saber más. Detalles. Me lo
debes, vivo a través tuyo y este romance de novela me tiene loca.
No, no irían por ese lado. No romance, debía aclararlo cada vez que
esa palabra apareciera:
AMELIA. No es un romance. Los términos entre ambos están claros.
Es un vínculo de mutuo acuerdo para disfrutar del sexo.
Quería evitar que la ilusión de una relación romántica se filtrara en
su mente y en cualquier conversación que tuviera que ver con Liam. No
quería olvidar que había especificado con claridad en qué consistía y no
había compromiso sentimental. No podía darse el lujo de pensarlo siquiera
como remota posibilidad.
SHARON. Vale. Pero no te exonera de contarme. Tenemos que
juntarnos.
AMELIA. Tengo una semana complicada. Bratt se ha propuesto
llenar los huecos y me ha asignado horarios cortados.
SHARON. ¡Ese cabrón! Deberías renunciar.
AMELIA. Necesito trabajar. Es lo que hay. Al menos por ahora.
SHARON. También tengo unos días complicados. Algunas
compañeras han enfermado y tuve que asumir sus guardias. Cuando nos
veamos tendremos los ojos detrás de la nuca. Pero, dime, ¿en qué
quedaron?
No habían hablado de eso.
AMELIA. Nada. Cenamos, tuvimos, mucho sexo, luego me envió a
casa.
SHARON. Hay que dejarlo fluir. Si, como imagino, lo impactaste,
será él quien mueva sus fichas de inmediato.
AMELIA. Me dijo que no me considera un simple ligue de una
noche.
SHARON. Eso es bueno. Alégrate. Tus fines de semana serán mucho
más intensos de aquí en más.
No podía más que esperar que así fuera, que la honda impresión que
él había dejado en ella fuera al menos la mitad en él. Imaginaba que tendría
una vida ajetreada y llena de compromisos, en cualquiera de los cuales
podría conocer a una mujer varias veces mejor que ella. De la misma forma
que se había sentido prendado por ella en un evento, podía pasar con otras.
La conciencia de esto la hizo entristecer. Era demasiado bueno para durar.
¿Pasaría Liam de ella sin dificultad, como una página insulsa? Tenía que
bajar sus expectativas o iba a darse un golpe grande, decidió.
Al llegar el viernes se sentía agotada, su mente un mar de dudas,
deseando saber de él y esperando un mensaje que la llevara otra vez al lugar
donde había sido tan intensamente feliz, hacía cinco días. Cinco largos días
en los que había chequeado su móvil de manera constante, para
decepcionarse cada vez.
Su parte racional trataba de aterrizar sus emociones y hacerle ver
que era casi seguro que se hubiera hecho ilusiones falsas, equivocadas,
gestadas por las dulces palabras y el néctar que ese millonario había
derramado sobre ella, fruto de una pasión momentánea. Su mente le decía
que tenía que estar preparada para el desengaño.
No obstante, su cuerpo respondía sin pudores a las fantasías que los
recuerdos despertaban. Había recurrido a masturbarse, deseando que el
vibrador, su amigo durante tantos años, fuera el miembro de Liam
insertándose en ella sin piedad para llevarla a la cima. Le fascinaba y
detestaba por partes iguales esa sensación extraña de sentirse parte de un
juego amoroso que no tenía posibilidades de concretarse. Se forzó a
mantener su libido en orden en horas del trabajo, que era mucho y agotador.
En su casa se dedicó a compartir tiempo y conversar con Tina por
horas, obligándose además a mirar los realities de cocina y alta costura que
a su tía Meg le encantaban. Estos últimos los devoraba ella también y le
hacían sentir más cerca de lo que amaba. Notaba a su querida tía un poco
más pálida, aunque, como de costumbre, ella sonrió y la disuadió de
preocuparse. Tina estaba cada vez más ocupada en la preparación de sus
exámenes y pruebas y a Amelia le gustaba que por las noches tuviera
momentos para ella. No tenía amigos más que virtuales y era callada y
responsable.
Dios sabía que su hermana se encargaba de la casa sin queja. Sabía
que, con su actitud humilde, su vestimenta ancha y sus lentes de montura
debía ser considerada una nerd, pero a ella no le importaba. Era lo mejor
que podía pasar, esa actitud prescindente de cualquier cosa que no fuera su
familia y su estudio. Eso la ayudaría a progresar, a alcanzar lo que le
proveería de un futuro mejor. Eso deseaba. Ojalá pudiera hacerle las cosas
más sencillas.
Cuando ya había perdido ilusión, llegó el mensaje de Liam y esto la
sumió de nuevo en la niebla de la ansiedad y la tensión sexual. Era increíble
que unas pocas palabras anunciaran tanto. Para ella, eran el paraíso.
LIAM. ¿Nos vemos hoy? ¿Puedo enviar coche por ti?
Suspiró extasiada y un dejo de alivio la recorrió. Por una vez le supo
bien que su mente lógica hubiera sido batida: él la había vuelto a llamar y
ella deseaba estar con él, disfrutar de sus caricias y de su cuerpo más de lo
que creía posible. No dudó.
AMELIA. A las 19:00 termina mi turno en la cafetería. Tal vez es un
poco tarde.
<<Que no lo sea, que diga que no importa>>, rogó, esperando la
respuesta
LIAM. Para nada, es perfecto. Nos vemos.
Un estremecimiento la recorrió, sin poder evitarlo. Cerró sus ojos y
se imaginó ante sí a Liam y el calor subió a su cara, tensa y deseándolo: sus
abdominales duros y tallados, su boca que incitaba al pecado y que la había
comido sin pudor, esa voz ronca que tanto la ponía. No podía esperar a estar
con él.
Lamentó que el mensaje no hubiera llegado unas horas antes, pues
podría haber traído alguna ropa diferente. Se había despertado sobre la hora
esa mañana, con escaso tiempo para otra cosa que no fuera una ducha, un
café y correr por el transporte. La razón de eso: su agitada imaginación, que
no tenía otro tema que él. Lo veía, lo recordaba, lo soñaba despierta. <<Voy
a verlo una vez más>>, sonrió.
Serían ella y su uniforme ingresando a ese lujoso edificio. No era
importante, considerando que era una Cenicienta moderna. Salvo que ella
era una versión menos idealizada: curvy, sin hermanastras malvadas, sin
expectativa de casamiento con el príncipe. Liam tenía toda la estampa, él sí
se apegaba al esquema. Supuso que habría alguna princesa dorada para él.
No le sentó bien pensarlo, así que frenó su imaginación. Algo de magia
había, para ella. Y la disfrutaría tanto como pudiera, decidió.
Las horas se le volvieron interminables, sus manos cada vez más
tembleques al avanzar la tarde. A las 18:30 su trabajo finalizó y fue con
rapidez al precario baño para el personal e hizo lo que pudo para mejorar su
aspecto cansado y sudoroso. Lo único que le gustaba era su ropa interior:
nueva y osada. Le gustaba sentirse sexy. Pensó que su lencería de muerte
combinaba terrible con sus zapatillas, pero tendría que funcionar.
El mismo vehículo y chofer la esperaron esta vez, aunque él no
estaba adentro, lo que la decepcionó un tanto. Viajó tratando de relajarse,
descansando su cuerpo, disfrutando de la música funcional y del olor
agradable del cuero. Cuando arribaron, el chofer descendió presto a abrirle
la portezuela y ella le sonrió. Él permaneció serio y le dijo:
—El señor Turner espera que se comunique por el intercomunicador
para habilitar el ascensor.
Ella asintió y obediente, se dirigió al aparato, anunciándose cuando
escuchó la voz sensual de Liam. Apenas tuvo que esperar unos instantes
para que el elevador abriera sus puertas y se sorprendió sobremanera al
encontrarse con su figura alta y vestida en impecable traje de tres piezas. Su
aspecto quitaba la respiración, parado con sus piernas separadas y sus
manos en los bolsillos, mirándola de arriba abajo con una expresión que
solo pudo calificar como hambre Sintió que sus bragas se mojaban sin
remedio ante la visión y apretó su bolso para encontrar algo de seguridad.
—Bienvenida otra vez, Amelia—Le tendió la mano y ella se
adelantó para ingresar y pararse justo a su frente, dudosa.
Él se acercó, alzando su mano sobre ella para tocar el botón del
ascensor correspondiente y el intenso olor de su fragancia, a cuero, madera
y cítrico, impactó sus sentidos y le invitó a morderse los labios De
inmediato, con el elevador en movimiento, él también lo hizo,
envolviéndola y arrinconándola contra la pared, tomando sus dos brazos y
llevándolos arriba, sosteniéndolos con una de sus grandes manos mientras
la otra recorría sin pudores cada una de sus líneas.
Se rindió de inmediato a ese toque que la quemaba, sensación que se
redobló cuando él inclinó su cabeza y tomó su boca con ardor,
mordisqueando sus labios e introduciendo su lengua en ella en un beso de
reclamo al que respondió sin censura. La mano que jugaba y exploraba se
cernió sobre su camisa y la desabotonó con habilidad y sin prisa, dejando
expuesta su parte superior. Entonces dejó de besarla y se concentró en mirar
y moldear sus senos por encima de la tela, sin piedad, pellizcando sus
pezones. Amelia gimió conmovida y caliente, adelantando su torso para que
continuara con esas caricias que la volvían loca.
—Extrañé estas bellezas, estas nenas preciosas—aseguró él,
tomándolas por la base y elevándolas, para dejarlas expuestas a su
observación, para luego besar la piel y quemarla con su lengua. Ella gimió
con abandono—. Deja tus brazos arriba, Amelia—le dijo con una sonrisa y
desprendió el corpiño con delicadeza. Libres de su cárcel, los senos se
mecieron y sus aureolas destacaron, duras y excitadas.
No tardó nada en deslizar su boca hacia ellas, usando la punta de su
lengua para lamerlas y luego chuparlas, degustándolas, sorbiéndolas,
haciendo que pequeños relámpagos, corrientes placenteras viajaran por todo
el cuerpo de Amelia, directos a su pelvis, mojándola, dejándola sin voluntad
de nada que no fuera disfrutar de él y entregarse a sus deseos.
Él recorrió cada porción de sus senos, dibujando sus lados y
protuberancias con su aliento cálido y su saliva, hundiéndose en la uve de
su escote, mordiendo con suavidad la piel, para curarla con la lengua.
—Este es el mejor par de tetas de toda California, Amelia, no puedo
dejar de devorarlas, de tocarlas—la observó con seriedad no exenta de
lujuria, una extraña combinación—. Soy un hombre de senos, me gustan,
los disfruto. Contigo esto se hace glorioso. Tan suaves, cremosas y pesadas,
deseando ser besadas y adoradas. No voy a decepcionarlas, bella. No quiero
que nadie más que yo las tenga, las disfrute. Son mías, tan mías—continuó
acariciando y chupando un poco más.
Ella solo pudo asentir, en total rendición. ¿Ante quién otro podía
brindarse de esta forma? ¿Qué otro podría arrancarle tantos jadeos y
gemidos encadenados y encenderla con sus palabras? El ascensor se había
detenido hacia un buen rato, pero era evidente que no tenía intenciones de
abandonarlo hasta que su lujuria estuviera contenida. Sus manos
abandonaron los senos para dirigirse al vuelo de su falda, que elevó hasta
sus caderas para dejar en evidencia las bragas que apenas cubrían su sexo.
—Bella, traviesa y tan cachonda que me hace arder—gruñó,
cubriendo con su mano el pubis, que apretó sobre la tela, para luego
apartarla con dos dedos, colándose a la cálida intimidad de su sexo.
Amelia sentía sus piernas débiles y se sostuvo de sus hombros
mientras él exploraba sus pliegues con la punta de sus dedos, recorriendo
toda la extensión de su raja y enviando punzadas de placer que hicieron
cerras sus ojos y apretar sus labios.
—Lo que temía—susurró él en su oreja, su cálido aliento
estremeciendo su oído. Ella le miró sobresaltada—. Sufre usted un severo
caso de humedad y calentura. Y solo hay un remedio para eso.
—¿Cuál? —musitó ella su voz estrangulada.
Él sonrió, sin responder y deslizándose con suavidad y
enloquecedora lentitud, se arrodilló. Separó sus piernas y pronto tuvo su
cabeza sumergida entre su coño, lamiéndolo sin piedad, deleitándose en el
clítoris con pequeños círculos, separando sus pliegues con sus dedos hasta
que ella sintió que se ahogaba de placer. Sus grandes manos acariciaban sus
nalgas y la apretaban más contra su boca. Nunca le habían hecho un
cunnilingus tan voraz, tan abrasador. Nunca nadie la había probado de esta
forma, comiéndosela con gula. La ansiedad desesperada hizo que sus brazos
bajaran y procurara meterlo más en ella, si esto era posible. Él se separó y la
miró, reprobatorio:
—No, no, no. Brazos arriba. Estás a mí merced y yo tomo las
decisiones. Piernas muy abiertas.
Algo en ella quiso rebelarse, pero luego se abandonó a la idea de
que Liam impusiera el qué y el cómo. Y también el cuándo. Todo lo que
quería era a él en ella, sobre ella, con ella. Supuso que más adelante tendría
tiempo para tocarlo y disfrutarlo.
—Este es el coño más dulce y delicioso que he probado nunca. Tan
rosa, tan jugoso, chorreando para mí—la lamía sin parar, el ruido de su
lengua audible al chasquear sobre sus fluidos.
Él se deleitaba con su intimidad, tomando su excitación e
imponiendo con su ritmo sensaciones crecientes que preludiaban un intenso
desenlace. Las vibraciones eléctricas que logró arrancar de su clítoris
comenzaron a formar un nudo denso de energía devastadora que amenazaba
expandirse y estallar.
Sus pezones le dolían, necesitados, y fue desobediente al llevar sus
manos a ellos y acariciarlos con lentitud, totalmente abandonada a la
sensación de éxtasis, marea que nació en su bajo vientre y se extendió hasta
cada uno de los rincones de su piel impactado su cerebro como una onda
expansiva. Se encontró vibrando y temblando mientras él retiraba su boca
para seguir estimulándola con sus dedos mientras la miraba fijo y le decía:
—¡Córrete, dame toda tu miel!
Sintió que se elevaba, qué perdía noción de su cuerpo en un
orgasmo tan brutal que fue un encadenamiento de varios. Sintió que gritaba
su nombre y sus brazos se apoyaban en su pecho, mientras él rodeaba su
cintura con sus fuertes brazos, impidiendo que cayera redonda una vez que
los espasmos fueron cediendo. Pareció que había corrido varios kilómetros,
su pecho jadeante, su corazón palpitando, su respiración agitada.
—¡Dios! —dijo en un murmullo.
—Me han dicho que soy muy bueno, pero no creo que tanto como él
—le sonrió—. Pensé que era buena idea recibirte de una manera que te
convenciera de que a mi lado tienes asegurada una velada espectacular.
—No lo dudé nunca—contestó, buscando su ropa.
<< ¿Quién no lo pensaría? Tu sola presencia es la imagen de un
sueño húmedo>>, pensó.
Trece.
—¿Pensaste en mí estos días?—le preguntó mientras le alcanzaba su
ropa.
—Tal vez—dijo, algo críptica, mientras se vestía prestamente.
A ella le daba algo de pudor estar expuesta frente a él. Ridículo, si
atendía a que se había entregado sin barreras y sus dedos y lengua habían
escaneado su cuerpo. Tal vez no le gustaba estar en desventaja, después de
todo, él no había perdido una solo prenda.
—Apuesto a que sí lo hiciste. No obstante, frente a esa respuesta tan
poco convincente, me esforzaré al máximo hoy para evitar que la siguiente
vez que te pregunte tengas otra contestación vaga—Sonrió, divertido,
seguro de que lograba el impacto que buscaba—. Empecemos por cenar.
Me apetece que me acompañes. Has tenido una larga jornada y me imagino
que estás muy cansada y con hambre.
—Eso creo—asintió.
—Trabajas demasiado.
—No hay otra alternativa—contestó Amelia, elevando sus hombros,
sin queja.
—Hay un pequeño restaurante aquí mismo, en el edificio. Es muy
privado, he pedido que nos preparen la mesa y un menú que te va a
encantar. ¿Qué dices?
¿Qué decía? No podía evitar estar muy sorprendida de que él
quisiera hacer algo más que follar y que además pudieran tener algo de
público, testigos que los vieran. Desde el punto uno imaginó la suya como
una aventura despojada de magia, con encuentros secretos. Un hombre tan
poderoso debía cuidar su imagen, lo entendía.
No podía ser bueno que le conectaran con alguien tan por debajo de
su target habitual. Seguro esto generaría habladurías; toda ella era muestra
de alguien de una escala social inferior. No es que se considerara menos que
él u otros como él, pero la realidad no podía esconderse. Y Amelia no era
afecta a tapar el sol con un dedo.
—No creo que mi ropa pueda ubicarse bien en un restaurante—dijo,
con timidez—. Solo tengo mi uniforme.
—Mi error no haberte avisado antes. Pero soy un hombre de
recursos y planear de antemano. Ven.
La condujo hasta el dormitorio y ella se dejó guiar. El olor a él, a su
colonia, a su masculinidad, trepó de inmediato a su nariz. La habitación era
gigante, en colores oscuros y sobrios. La enorme cama reinaba en el espacio
y encima vio un vestido hermoso, de un corte impecable, en un color pastel
muy claro. La visión le quitó el aliento y se adelantó, sin poder evitarlo, a
apreciarlo en detalle. Levantó la percha y tocó la tela, dibujando con un
dedo los trazos de la costura y supo que era de un diseñador exclusivo. Se
percibía en el vuelo, la caída, la tela.
—¡Precioso, una belleza! Tan elegante en su corte.
—Es tuyo—le dijo él.
—No, no, no puedo aceptarlo—negó, dejándolo en su sitio.
—¿Por qué no? Está aquí, tú estás aquí, te he invitado a cenar y no
tengo la menor duda de que te sentará como un guante.
—No puedo aceptar este regalo. Es demasiado y no es necesario.
—¿Demasiado, querida? —esbozó una sonrisa de incredulidad—.
No es nada, un capricho. El mío. Me encantaría que lo uses. Y estoy seguro
que mueres por vestirlo—incitó, apostando a su debilidad.
—No estoy segura, Liam. Claro que me fascina.
—Es hermoso, realmente bello. Se verá perfecto en ti.
La férrea negativa a aceptar nada se vio removida por la ilusión que
vio sus palabras. La vocecita malévola que conspiraba en su mente le
susurró que no era tan terrible. Un vestido, un regalo. ¿Era tan malo?
—De todos modos, sería un sacrilegio vestir algo tan bello con mis
zapatillas—agregó, encontrando la excusa perfecta.
Él elevó una de sus cejas, mirando sus All Star con diversión,
asintiendo y guiñando un ojo. Todo lo que lo hacía ver más joven y
distendido, ergo, más sexy, si cabía, pensó ella.
—¿No creerás que no pensé en los zapatos?
Se dirigió a un mueble sobre el que había una caja. La tomó y se la
tendió. Ella la abrió y dio un gritito al descubrir las delicadas sandalias
nude, de tacón altísimo, que hacían perfecto juego por el vestido. No era
una especialista en calzado, como Sharon, pero la suela roja le permitió
reconocer de inmediato que eran Louboutin. Si su amiga las viera estaría en
el cielo de los zapatos.
—¿Te gusta? ¿Son adecuados?—él estaba a su lado y la miraba, sus
facciones casi inexpresivas.
—Nunca había tenido en mis manos algo tan bonito. Pero hablamos
de que…
—Solo es ropa y se verá adecuada en el restaurante. Tú lo dijiste, no
viniste preparada.
—Debería asearme—ella habló más para sí, confundida.
No podía vestir eso luego de haber trabajado horas. Era pecado.
—Esa sí que es una idea condenadamente buena—él elevó su voz y
ella lo miró. Su rostro mostraba a las claras su intención—. Me aseguraré de
que cada rincón de tu cuerpo esté impoluto para ese vestido.
La mirada era oscura y punzante y ella tragó saliva, otra vez presa
de sus ojos y deseando sentirlo en su interior. Liam se adelantó para pegarse
a ella, que no podía más que dejarlo hacer, perdida toda inhibición por el
deseo que experimentaba. Dejó que le quitara la camisa, otra vez, con
lentitud exasperante, cada botón una tortura, pues se las ingenió para tocar
mucha piel cada vez. Cuando sus pechos quedaron expuestos, él se apresuró
a tomarlos y sopesarlos, con lujuria creciente.
—¿Me permites?—ella puso sus manos en el pecho y él la miró.
Amelia se aseguraría de estar en igualdad de condiciones esta vez.
Se acercó y le quitó el chaleco, desabotonando la camisa para dejar su
pecho libre. Era majestuoso, un conjunto de músculos perfectamente
dibujados. No pudo evitar tocarlo, palparlo, dibujar sus abdominales con
sus palmas. La tentación la pudo y acarició el borde de sus pectorales con la
punta de su lengua, bajando por la línea del esternón. Sintió su
estremecimiento y le encantó.
—Eres demasiado bien formado y musculoso para ser un hombre en
un despacho y con un teléfono todo el día.
—Me encantan los deportes. Tengo mi propio gimnasio. Practico
boxeo—él le contestó mientras repetía su acción en sus senos, dejando hilos
de fuego sobre ella.
Azuzada por el deseo, ella descendió su mano, por la uve que se
perdía hacia el bajo vientre, para chocar con su pantalón. Lo miró y le vio
expectante, esperando sus movimientos, por lo que desabotonó el pantalón,
haciendo que corriera por sus caderas, empujando impaciente la tela que se
pegaba en su trasero, acariciándolo, sintiéndolo duro como piedra.
Tiró hacia abajo la tela, urgida, arrastrando bóxer y pantalón hasta
los tobillos, dando libertad a su polla, que se bamboleó frente a ella, gruesa
y larga, un mástil elevado. Jadeó, nerviosa y con su boca hecha agua. No
pudo resistir la tentación de lamer las gotas de líquido preseminal con un
lengüetazo, lo que hizo que Liam gimiera en aprobación.
—Envuelve tu mano en la base —la guio—. Y acarícialo. Así—le
vio echar la cabeza atrás, complacido, mientras ella hacía correr la piel y
liberaba el glande—. Eso, más fuerte. Ahora, tómala con tu boca, esos
labios calientes y húmedos. ¡Ay, nena, no sabes cómo he esperado esto! Tu
boca tomando mi verga de esta forma, succionando y haciéndome ver las
estrellas.
Amelia hacía su mejor esfuerzo por tomar todo su miembro, tanto
como podía, pero qué diablos, era enorme. Y suave, tan suave. Era
poderoso sentir que él gemía por lo que le hacía. El pensamiento redobló su
accionar y el lenguaje sucio la motivó más. Cosa que no solía, pero estaba
visto que todos sus límites se movían con él.
—Chúpame fuerte, eso. Envuelve mi glande en tu lengua, acarícialo
con tus labios—él casi rugió—. ¡Cómo me pones! Voy a follar tu boca,
nena—se movió en estocadas firmes, pero no violentas, y ella lo dejó hacer,
acariciando sus testículos.
El ritmo fue ganando intensidad y ella no se amilanó, sabiendo que
le proporcionaba un placer ingente pero también disfrutando la manera en la
que él le follaba la boca.
—Amelia, me voy a correr—buscó sacar su miembro de ella, pero
Amelia estaba más allá de lo poseída y apretó sus glúteos para mantenerlo
envuelto.
Al tener vía libre, él incentivó sus empujes y con un grito se corrió
duro y abundante. Amelia tragó el semen, caliente y amargo, buscando que
cada gota contara, desesperada por sentirlo, saborearlo. Jamás había hecho
eso antes, lo había pensado como algo feo, desagradable. Mas nada lo era
con él, no con él. Otra de sus paredes que caía bajo el paso arrollador de
Liam Turner.
—Eres una mujer, espectacular, Amelia—él susurró en su oído—.
Tan sexy, tan femenina—. La ayudó a incorporarse y la besó, haciendo que
sus labios y sus lenguas mezclaran los sabores de ambos. ¿Qué podía ser
más íntimo?-. Ambos necesitamos ese baño.
Catorce.
AMELIA.
Abrumada. Sobrepasada por las sensaciones, por la lujuria.
Confundida y asustada. Así estaba. Lo que le provocaba la cercanía con este
hombre no dejaba de sorprenderla. Toda ella se transformaba en un cúmulo
de sensaciones expuestas y a flor de piel con él. Bastaba su tono de voz, un
roce de su piel, su lengua y sus labios para convertirla en una antorcha
incandescente.
Sus relaciones anteriores le habían mostrado el sexo como algo
anodino, un mundo que ahora podía sólo calificar como gris y deslucido.
Liam, en apenas dos encuentros, estaba logrando que conociera lo que de
verdad eran la pasión y el placer, empujando todas sus barreras, logrando
que aflorara su sensualidad.
El sexo era más que el misionero y las posturas fijas que solo
beneficiaban al hombre. Liam era generoso, daba tanto como tomaba. Para
ser exacta, la había elevado a las nubes y ahí la mantenía. La hizo sentir
muy bien haber devuelto ese placer. Tragó saliva y le siguió al baño.
Él ya estaba bajo la ducha, el agua corriendo por su cuerpo
cincelado. Ver su perfil, la curva firme de su trasero y su pene todavía
erguido, volvió a jaquear su mesura. Sus ojos se hicieron una fiesta con él y
su boca se hizo agua. Los ojos verdes que la instaban a otra ronda la
llamaron y como un autómata, sin otra voluntad que la de ser suya, se
dirigió hacia él, su hambre recrudecida.
Era asombrosa la facilidad con la que ese hombre la ponía una y otra
vez en estado de excitación. No se había considerado alguien
particularmente sexual. Nada de lo que había vivido la había preparado para
esta colosal relación.
El agua tibia y el vapor la envolvieron y se sintió jalada y envuelta
por los brazos poderosos de Liam, que la puso de espaldas a él y la apretó
contra su pecho. Sintió su miembro firme presionando su trasero y abrió sus
piernas por inercia, movimiento que él amplió con su mano izquierda,
mientras la derecha la empujaba por la espalda y ella lo dejó hacer.
Obedeció el impulso de adelantarse y colocó sus brazos contra la pared.
Sentir sus dedos en sus pliegues íntimos volvió a ponerla a cien, cosquillas
y electricidad recorriendo su coño, que se mojó otra vez, pulsando casi
doloroso por su toque.
—Por favor…—jadeó
—¿Por favor qué, Amelia? —su susurro ronco la invitaba a hablar
claro, a hacerle saber qué sentía.
—Quiero más…
—¿Quieres más de mis caricias? ¿Quieres mis dedos adentro de tu
coño? ¿Follándote duro?
—Sí—gimió.
—¿O quieres mi boca? ¿O mi polla enterrada en ti hasta las pelotas?
—mordió levemente su cuello.
—Dios…—arqueó su espalda. ¡Cómo la ponía que él le hablara
sucio!—. ¿Estoy muy mal si quiero todo? —cerró los ojos, avergonzada de
mostrarse tan abierta a su crudeza.
—Nena golosa—rio él complacido—. No puede haber maldad en
desear. Y todo vas a tener, preciosa. No es que no esté loco por dártelo.
Sus dedos se colaron en su vagina y la exploraron, abriéndola,
tocando su punto G una y otra vez, provocando que gimiera sin detenerse.
Luego y por un breve segundo la abandonaron y fue su miembro el que se
colocó en la entrada de su coño y de un solo envión se incrustó en ella, para
comenzar a embestirla con fuerza, haciendo que su cuerpo se tensara y se
sacudiera por la fuerza de sus empujes.
—¡Tan apretada, tan buena, tan rica! —gruñó él, sin detenerse.
El agua corriendo entre ambos, las pieles mojadas en contacto y
sonando con fuerza al chocar, el coro de gemidos y murmullos llenando la
habitación, todo creaba una atmósfera de sexualidad extrema. Liam tocaba
su clítoris sin desmayo y hundía con fuerza su miembro presionando su
vagina en un ángulo que hacía maravillas sobre su punto G.
Todo complotó para que Amelia se rindiera y se elevara en un
increíble tercer orgasmo, que la atravesó como un rayo. El prosiguió su
ritmo demoledor, tocándola sin parar, y cuando su pene pareció latir en
preparación, lo retiró rápido, derramando su semen en la parte baja de su
espalda y en su trasero, como una marca que, aunque el agua fue lavando,
permanecería como una sensación indeleble en su piel.
Él la soltó y procedió a poner jabón en gel en sus manos,
distribuyéndolo con suavidad sobre ella, restregando con suavidad y
cuidado cada rincón de su piel. Amelia lo dejó hacer, embriagada por lo
recién vivido y por las tibias manos que ahora la recorrían con morosidad.
Luego se volvió a él e hizo la mismo, sintiéndose pequeña ante su tamaño,
en puntas de pies para enjabonar su torso y su espalda, disfrutando de cada
trazo de piel que sus dedos recorrieron, mientras él la observaba y dejaba
hacer.
—Tienes los músculos de un luchador—le dijo.
—Practico mucho. Trabajo y entreno, esas son mis actividades—
susurró, él, acariciando su mejilla para luego darse vuelta y alcanzar las
toallas limpias.
La visión de su trasero de dios griego la perturbó y se puso roja
hasta las raíces cuando él la descubrió.
—¿Te gusta lo que ves? —se aproximó, con una sonrisa suficiente y
la envolvió en la tela seca, haciéndola girar y dando una nalgada que la hizo
saltar—. Ni siquiera se acerca a lo delicioso que se ve tu culito, Amelia.
Venga, apresurémonos a vestirnos para poder disfrutar de esa cena. Si te
miro otra vez, mi vena cavernícola va a surgir y no te dejaré salir de esta
cama por horas.
Sintió su mirada mientras se vestía. Había algo muy erótico en
hacerlo frente a un hombre que parecía devorarla con los ojos. Sentir la tela
lujosa deslizarse sobre su piel fue una maravilla y cuando se observó de
cuerpo entero en el gran espejo, se asombró. Claro que había un mérito
indudable en el lujo: ¿quién podría lucir mal con esa ropa y esas sandalias?
—Eres una obra de arte—sentenció él mientras se incorporaba y
también se vestía.
Por un momento, la intimidad de vestirse juntos y prepararse hizo
que Amelia sintiera que parecían un matrimonio bien avenido en tránsito a
un evento, casi una cita. Entonces, se obligó con fuerza a eliminar cualquier
idea de ese tipo. No podía cometer el error de imaginar una intimidad que
significara más que sexo. Del bueno, del que hacía vibrar. Se miró otra vez
en el espejo y arregló su cabello con sencillez.
-Esto es demasiado-le dijo, mirándolo seria-. Este vestido estos
zapatos. No tienes que comprarme nada.
-Lo sé, pero me gusta verte así, envuelta en algo tan exclusivo que
no hace más que resaltar que tú lo eres. Única. Piénsalo como un capricho
de mi parte.
-No puedo darme esos lujos.
-Aprovecha entonces. Es mi gusto.
Sonrió y asintió con timidez cuando él se acercó para tomarla por el
brazo, para conducirla afuera. Tal como había dicho, el restaurante era
pequeño y no había más nadie. El ambiente era majestuoso, aunque sobrio.
La música suave y la iluminación incitaban a la conversación.
Él retiró la silla para que ella se sentara y ella suspiró. Un detalle
encantador de un hombre que era un caballero. A ella, autosuficiente como
era, le gustaban esos pequeños gestos, que no adjudicaba a machismo y si a
galantería.
-Ordené el especial del día, espero no te moleste que haya tomado
esa decisión por ti.
-Claro que no-sonrió ella.
Se sentía un poco descolocada, como si estuviera en un sitio
diferente al que le correspondía, fingiendo ser algo que no era. Lo de ella
hubiera sido la cocina, no el gran salón. Algo de eso debió traslucirse en su
actitud, porque él tomó su mano y le dijo.
-Somos dos personas charlando y comiendo. El entorno puede ser
formal, pero no hay más que eso, Amelia. La idea es que lo disfrutes y que
puedas contarme algo de ti.
Se mojó los labios y asintió.
-No hay mucho por decir. ¿Qué quieres saber?
-Sé dónde trabajas, sé que tienes una familia muy pequeña.
Cuéntame de tus sueños.
Hizo un mohín. Esa era una buena pregunta.
-Mis sueños están a la espera de que la realidad se modifique-
señaló, pensativa.
-¿Qué quieres decir? Lo bueno de soñar es romper la barrera de lo
que es para imaginar cómo cambiarlo.
-Sí, pero bueno, ya sabes, las obligaciones, las dificultades,
posponen pensar y proyectarse.
-¿Qué es lo que deseas, Amelia?
Ella suspiró y se encogió de hombros.
-Hubo un tiempo en el que pensé que me podría dedicar al diseño de
modas.
-¿En verdad? Eso explica tu fascinación por el vestido, la tela y cada
uno de los detalles. Entiendo que a las mujeres les gusta la ropa y los
zapatos, pero la manera en que apreciaste cada uno de los lados del vestido
pareció extrema.
-Nunca creas que una mujer tiene demasiado de observar un vestido
hermoso. Pero sí, me encanta diseñar y coser. Soy más bien autodidacta, he
pasado años accediendo a todo blog, curso gratis y revistas que hable o
enseñe sobre ello. Te podría hablar sin parar de las colecciones, de las
semanas de la moda-el entusiasmo la ganó-. Mi tía Meg me enseñó a coser
y a usar su máquina. Comencé con un plan de trabajo hace algunos años.
Quería crear mi marca, usar las redes para atraer clientes.
-¿Y qué pasó con eso?
-La realidad, como te decía. La enfermedad de mi tía trastocó todos
mis planes-la tristeza se coló en su voz.
-¿Es grave?
-Tiene cáncer. La han operado varias veces, ha tenido épocas
mejores y peores. Lamentablemente, las metástasis no han dejado de
producirse
-Lo lamento mucho-le dijo, en verdad afectado por la tristeza que se
notaba en su voz.
-Si, es horrible ver cómo alguien a quien amas se deteriora y no
poder hacer demasiado para evitarlo.
-Tienes a tu hermana, también.
-Sí, Tina-su rostro se iluminó-. Mi pequeña…Bueno, no así. Tiene
dieciocho, aunque para mí siempre será mi hermanita.
-Te entiendo a la perfección. Me pasa con los míos, pero en especial
con Avery.
-Ella estudia Ciencias Económicas y quiero darle una oportunidad
para que sea alguien.
-Así que eres el sostén de tu familia.
-Un pobre sostén-hizo un gesto de pesar-. Pero no hablemos más de
esto. Cuéntame de ti.
-Bien, suena justo. Soy el mayor de cinco hermanos. Dirijo las
empresas de la familia y me encargo de las decisiones.
-Debe ser sumamente estresante y complejo.
-Lo es-afirmó-. Pero al morir mi padre, era obvio que yo debía
asumir esa función. Alguien tiene que hacerlo. De todos modos, Alden y
Riker, dos de mis hermanos, trabajan a mi lado.
-¿Este era tu sueño?-indagó ella y él se quedó meditabundo.
-Eso supongo, Amelia. Mi realidad tampoco me permite moverme
demasiado, aunque parezca raro. Gran fortuna, grandes decisiones. Amelia-
tomó su mano-. Esto que tenemos. Me gusta, me hace sentir cómodo y me
satisface de muchas formas.
Ella le sonrió de vuelta
Quince.
LIAM.
Luego de despedir a la dulce mujercita que había encendido su
noche, se acercó a la acristalada superficie del ventanal, perdiéndose en la
magnífica vista de las luces de Los Ángeles a sus pies. Bebió un largo sorbo
de su vaso de whisky y lo paladeó con placer. Tanto como le gustaba, no
podía compararse con el sabor que aún guardaba su boca, el embriagante e
íntimo de Amelia.
No se había equivocado cuando la había visto, su ropa empapada y
su cara abochornada en aquella fiesta, cuando supo que tenía que tenerla en
su cama. El sexo con ella no se igualaba a nada que hubiera tenido antes.
Bien estaba que ninguna relación anterior, más o menos larga, había sido
algo serio, pero esto que acababa de vivir con Amelia era intenso, superaba
sus expectativas más altas.
La pasión y entrega que esa mujer le regalaron, la forma sublime en
la que gimió cuando la acariciaba, sus quejidos cuando sus dedos rozaron
sus zonas más erógenas, esas que lo llamaban como el agua a un sediento,
sus grititos lujuriosos cuando se corrió, todo había sido de una sensualidad
impactante. Había logrado multiplicar sus propias sensaciones y que
sintiera hambre de ella apenas la despedía y no la tenía a su merced, su boca
añorando sus pechos y su dulce y apretado coño.
Su miembro volvió a tensarse, inquieto y voraz como si desdeñara el
hecho de que hacía apenas minutos que terminaba de disfrutar de las
profundidades cálidas de la boca y vagina de Amelia. Esta sensación de
permanente calentura que lo atosigaba era lo que su hermano Ryker
esgrimía en su defensa cuando él le reprochaba sus constantes devaneos y
amoríos, su ir y venir sobre las relaciones, su actitud de picaflor constante.
Suspiró, intentando justificarse. En su caso era algo que solo Amelia
generaba, solo ella había conseguido que su presencia y su recuerdo lo
enervaran sin pausa. Suponía que esto iría remitiendo una vez que sus
encuentros se volvieran repetidos y la novedad que representaba en su vida
desapareciera. Sorbió otro trago de su whiskey, pensativo. Eso esperaba.
Tanto como disfrutaba de su presencia y su sensualidad, sentía que estar con
ella le hacía perder objetividad y que el eje racional que de habitual lo
mantenía en su sitio se conmovía. Y eso no era bueno.
Lo había asombrado e intrigado por partes iguales su entrega, sin
exigencias materiales; tan desconfiado como era, sabía que no se podía
fingir la expresión de sorpresa de ella al ver el vestido y los zapatos, como
si fuera algo de otro mundo que él tuviera el gesto de regalarle objetos.
Cualquier mujer en su posición vería natural recibir regalos costosos,
incluso lo habría sugerido. Joyas, viajes, una tarjeta dorada.
No obstante, ella había abierto sus ojos y su boca con total
confusión e incertidumbre. Eso no era nada para él, simples detalles, pero
supuso que para alguien que trabajaba arduamente durante toda la semana y
que conocía el valor monetario de esos objetos, era algo obscenamente caro.
Lo había pensado de manera mecánica y había solicitado a su asistente que
lo adquiriera y había hecho un buen trabajo. Ese vestido estaba hecho para
ella, le sentaba como un guante y envolvía de maravilla sus líneas sensuales
y curvas, dotándolas de elegancia y sofisticación. No es que esas cualidades
no estuviesen en ellas, pero se destacaban plenamente.
Tener diálogo y cenar juntos había sido mejor de lo esperado. Había
dudado al planearlo; después de todo, la idea era follar sin consecuencias.
Algo en ella, empero, le hacía querer retenerla un poco más. O tal vez era
algo en él, suspiró. Soledad, demasiada. En definitiva, había sido una buena
idea, la velada había sido de una calidez y sencillez como las que no
recordaba. Habían hablado sobre todo de ella, de su familia y eso le
permitió conocerla un poco más. Poco había hablado sobre su propia vida,
mas había dejado entrever la unión con sus hermanos.
Había pensado despedirla desde el restaurante, mas ella le había
pedido volver para recuperar su uniforme, ya que lo necesitaría al otro día.
No esperó que le pidiera unos minutos y saliera cambiada y con el dichoso
uniforme puesto. Le había sonreído, argumentando lo que pareció lógico:
ella no quería volver a su casa con una vestimenta que no podía justificar.
Le había dicho que quería mantener esto para sí y que su familia no lo
supiera. Supuso que tal vez la juzgarían. Pensó que llevaba el vestido en su
gran bolso, pero al encontrarlo junto a los zapatos, prolijamente arreglados
sobre su cama, se había desconcertado. ¿Por qué no los había tomado? Eran
suyos, se lo había establecido claro. Luego vio la nota garabateada a un
lado:
Ha sido una noche hermosa... Pero esto no es algo que pueda
llevarme. Es demasiado y no busco nada extra en esta relación. Puedes
guardarlo para otra ocasión, me encantaría vestirlo para ti. No significa
que no aprecie el bello gesto. Me sentí una princesa y eso, créeme, no es
poco.
Gestos como este lo desconcertaban. Por Dios Santo, eran objetos,
un vestido, zapatos. No haría ningún mal llevándoselo. Él quería que los
tuviera. Esa obsesiva necesidad de Amelia, en el discurso y en las acciones,
de marcar a cada paso el que estaba consciente de los límites que él había
impuesto a su vínculo le molestaba. Extraño, él sabía qué debía
agradecerlos.
Implicaban que no se hacía falsas ilusiones, que no esperaba más,
las que eran sus preocupaciones al esbozarle su propuesta. ¿Cuál era su
problema? Lo pensó un rato, dando vueltas, hasta que decidió que era
relativamente simple: el que Amelia no aceptara su regalo lo hacía
consciente de que era él quien más tomaba en la relación y eso la hacía
mejor que él. Al descartar con delicadeza lo que quería darle, ella era la que
le daba un vuelco al trato. Le imponía su dignidad y le hacía ver que estaba
en su cama porque así lo decidía y sin intenciones ulteriores.
No era necesario, no lo era, meditó. Le encantaría que ella disfrutara
de los beneficios de acostarse con un hombre rico como era él. Eso podría
poner la relación en un esquema cómodo que podría manejar sin
remordimientos. ¡Carajo! ¿Por qué demonios no podía tomarse las cosas
con liviandad, como su padre o Ryker? ¿Por qué tenía que problematizar y
analizar cada paso que daba?
No le pasaba con los negocios o las relaciones con sus pares, era el
terreno que mejor lidiaba. Pero cuando las cosas pasaban al terreno
personal, cuando se acercaban un poco a su esencia, se volvía un condenado
freekie, susceptible y temeroso. <<Miedo>>, pensó con disgusto. Siempre
estaba el miedo. A perder pie, a dar un paso en falso que lo precipitara por
el camino que su progenitor había transitado sin complejidades.
Esa senda que lo había convertido en un ser frío y materialista, que
tomaba todo de los demás, hiriendo y creyendo que el dinero podía
solucionar cualquier desmán o carencia. Suspiró. Su peor escenario,
volverse un cerdo sexista y sin sentimientos por el entorno, familia incluida,
no era algo cercando, tenía que calmarse. Se castigaba demasiado: él amaba
a los suyos, se preocupaba. Evitaba herir a las mujeres que le gustaban.
Lo cierto es que ninguna lo había movilizado como Amelia lo
lograba, a pesar de no tener nada en común. Era una mujer dulce y una
amante de poca experiencia, pero deseosa de complacerlo. Se entregaba sin
dobleces y lo que más quería era que la pasara bien, colmar su pasión y que
no tuviera miedo con él. Él se sentía renovado con ella, era justo que
obtuviera algo a cambio.
Notaba en sus ojos, transparentes como cristal, que ella atesoraba
sus frases y palabras de admiración al desnudarla y rozar cada una de sus
curvas. Que sonreía con placer cuando él se encendía y la embestía con
fuerza y casi de manera cavernícola, fruto del deseo que ella despertaba.
Que disfrutaba del sexo, pero en especial de sentirse anhelada. No había
nada impostado en sus miradas y en sus expresiones. Tampoco las había en
las de él: cada palabra de admiración, cada suspiro satisfecho, sus gruñidos
de disfrute, no eran más que verdades como puños. Ella era perfecta,
deseable, sublime en su voluptuosa sensualidad.
Por lo que intuía, sus relaciones amorosas previas habían sido
desastrosas. El mohín de contrariedad al mencionar a su ex, uno que
pretendió disfrazar de indiferencia, no logró disimular sus ojos velados y el
rictus triste de su boca. Eso, sumado a sus palabras, habían sido más que
reveladores: <<No he sido inteligente, me dejé llevar por mis emociones
con mi última relación. Dejé que me usara y me convirtiera en vertedero de
sus miserias y con ello apagué mi personalidad. Hirió la percepción que
tengo de mí misma. Pero es pasado>>, se había recuperado rápidamente y
le había sonreído.
Había que ser muy bastardo para herir a esa mujer gratuitamente,
pensó. Había hombres que se complacían en romper y desdeñar a las
mujeres y eso, a su juicio, era temor. Ningún tipo bien plantado y seguro
podía más que sentirse bendecido de que alguien como Amelia lo hiciera
foco de su interés. Estaba decidido a no dejar un recuerdo así en la mente de
Amelia. No importa cuán corto fuera su vínculo, cuán laxo fuera este, haría
lo que estuviera en sus manos para no ser recordado con un amargo sabor
de boca.
Por lo pronto, quería más, necesitaba más de ella y manejarse con la
verdad no solo era de rigor de acuerdo a su ética, sino que era
imprescindible para que se sintiera cuidada. Varias cosas eran seguras: ella
le gustaba a rabiar, la quería en su cama con cruda pasión y quería gozar y
que ella se encendiera entre sus brazos y sus piernas. No sabía cuánto
podría durar su relación, cuánto se mantendría así de urgido y necesitado de
poseerla, pero iba a asegurarse de que ella mantuviera su autoestima e
incluso la superara.
Haría su deber ratificarle cada vez que se encontraran, con su pasión
y su lenguaje, lo magnífica que era. Porque una mujer tan exquisita merecía
ser adorada, idolatrada. Ella tenía que ser consciente de lo bella que era y de
que tendría la oportunidad de un amor verdadero en otros brazos menos
egoístas que los suyos. Cuando su vínculo terminara, estaría fortalecida y
podría superarlo incluso a él. Aunque ahora mismo no le hiciera ninguna
gracia pensar que otro pudiera poner un dedo sobre ella, era claro que esta
fascinación pasaría y ambos deberían seguir con sus vidas.
Debía hacer su misión buscar la manera de que ella pudiera aceptar
algo más que su tiempo y sus caricias en el tiempo que compartieran. Algo
que mejorara su situación económica y le permitiera orientarse a cumplir
sus sueños. Eso era, esa era la clave, decidió: encontrar una fisura en su
postura que le permitiera premiarla sin tocar su orgullo. Sin sentir que la
compraba.
Encontrar un objetivo le hizo sentir aliviado. Podría volver a ella sin
pensar que abusaba de su posición. Se aflojó la camisa y se dijo que era
tiempo de descansar. Tenía varias ocupaciones en la mañana siguiente, entre
ellas lidiar con la mierda que Alden parecía dispuesto a dejar caer en el
proyecto que lideraba. Su hermanito estaba insufrible y no sentía que
tuviera energía para confrontarlo sin ayuda.
Texteó a Ryker; él sabía cómo convencer a Alden de deponer sus
armas y colaborar. Y ya que estaba en el tema familiar, recordó que era
tiempo de hacer algo para lograr que Ethan regresara y finalizara con esa
actitud de rebelde sin causa ni pausa que ostentaba. Era tiempo de que se
hiciera cargo de alguna de las responsabilidades del conglomerado Turner.
Era tiempo de que volviera con ellos.
Pensar en esto lo decidió a dar un paso que no había considerado
antes, pero que se abrió paso como una luz. Avery. Avery también tenía que
estar al tanto de todo, participando. La había visto caída este último tiempo.
No había pensado que le podría interesar participar en los negocios, pero
tampoco le había preguntado. Ella era tan dueña de todo como ellos. No le
gustaba la forma en que su madre la dejaba de lado y sabía que tanto tiempo
libre no podía ser bueno. Ella no parecía encontrar un lugar, había dejado de
buscar qué estudiar o en qué trabajar. Era momento de sacudirla. La
mayoría de las mujeres trabajaba y mucho. Amelia era un buen ejemplo de
esto.
Descansó mejor de lo que venía haciendo durante las últimas
semanas, plenas de trabajo y preocupaciones. El intenso ejercicio físico, la
liberación de la ansiedad y endorfinas que significó el sexo con Amelia
obró de maravillas en su ánimo y le insufló buen humor. Más puntos para
agregar a la lista de pros que se acumulaban para mantener a esa mujer en
su cama y en sus brazos, entre sus piernas o en su boca, fantaseó.
Recibió a sus hermanos con una actitud bastante menos compuesta
de lo habitual, con una sonrisa abierta que Alden fue el primero en recibir,
aunque no modificó la mirada ceñuda y actitud enfurruñada que parecía
pegada a él hacía un tiempo. De lo que Liam no se salvó, sin embargo, fue
del comentario sarcástico de Ryker, que lo observó:
—Algo te pasa, es definitivo. Estás diferente. Casi pareces…feliz. Si
no te conociera, podrías pasar por un ser humano.
—Tonterías—trató de cortar.
Sabía que una vez que una idea se plantaba en la cabeza de Ryker,
no cejaba hasta encontrar la razón o explicación. Y no quería hablar de
Amelia con ellos. Era suya, su secreto. Su dulce y apasionado secreto,
decidió.
—No, no, no. Ya lo noté el domingo anterior. Estás diferente—
gruñó Alden, sumándose al escrutinio con una mueca calculadora—. ¿Qué
es?
—También lo vi—escuchó la voz de Avery, que ingresaba en ese
instante.
—Vamos, hermanita, no tú— Eres mi defensora—ella le dio un beso
y una sonrisa cariñosa.
—Tienes algo escondido, campeón—insistió Ryker—. No tiene
nada que ver con los negocios.
—Es cierto—Avery hizo un mohín, su ceño algo fruncido, con
curiosidad.
Liam sabía que a ella le encantaría enterarse de lo suyo con Amelia,
pero no había nada que detallar, en realidad. Esa mujercita era una estrella
fugaz, aunque placentera, en su mundo. Quería mantenerla alejada.
—Dejen sus teorías locas. Lo último que deseo es lidiar con tu
paranoia, Ryker. Tenemos que definir varias cosas. Avery está aquí porque
creo que es hora de que se integre a los negocios.
—A tiempo—asintió Ryker.
—Claro que sí, bienvenida al emocionante mundo de la Corporación
Turner, hermanita. ¡Yupiii!—sentenció Alden, rodando sus ojos.
—Alden, deja de ser tan idiota—señaló Liam, fastidiado.
—Me tomó por sorpresa que me llamaras. No voy a pegar una, pero
estoy feliz de estar con ustedes. Me ahogo en casa—confesó.
El brillo de sus ojos hizo ver que Liam no se había equivocado al
hacerla venir.
—Creo que es necesario que empieces a involucrarte en los
negocios de la familia. Debí habértelo pedido antes.
—Pensé que no me querías aquí—confesó ella.
—Claro que sí, pequeña, simplemente quería darte tu espacio.
—Lo agradezco, aunque me resulta difícil encontrar mi norte ahora
mismo.
—Pasas demasiado tiempo con mamá—chasqueó su lengua Alden.
—Eso es imposible— dijo Ryker—. Nuestra madre no tiene tiempo
para nada que no sea su ajetreada vida social.
—No, pero la presiona—sentenció Alden—. Lo único que mamá
considera conveniente para Avery es un casamiento glamoroso con un
hombre que la pueda lucir a su costado.
—Jamás seré algo así—dijo ella, envalentonada—. No seré el
adorno de nadie.
Liam sabía que ese era su mayor temor. No quería jugar el mismo
rol que su madre había tenido por años. No importaba cuánto dinero
manejara su madre, cuán elegante fuera su vida. Todos tenían claro que por
décadas había sido un accesorio bonito para su padre. No había tenido
tiempo ni ganas de ser una madre. Era la cruda realidad.
—Estar presente en las reuniones e involucrarte en las distintas
funciones de nuestras empresas te permitirá encontrar lo que deseas hacer.
Quiero que te sientas cómoda y valorada hermanita—le sonrió.
—Puedes empezar trayendo café—sugirió Ryker, recibiendo la
mirada furibunda y el empujón de Avery, que le hizo soltar una risotada,
tras la cual la abrazó con calidez.
—Bien, comencemos—Liam les señaló las sillas y todos se
dirigieron a la mesa redonda—. Necesitamos una definición del proyecto
del centro de convenciones y hotel de lujo del centro. Alden, tus pruritos
están retrasando la ejecución de las obras.
—Me resisto a que decisiones externas a las técnicas modifiquen
algo en lo que puesto tanto tiempo y energías—Alden cruzó sus brazos en
actitud defensiva.
—No se trata de indicaciones caprichosas, hermano. Entiendo tu
postura y valoro el trabajo que realizas. Estos clientes quieren tu diseño.
Apenas señalan algunas contingencias vinculadas a cuestiones de seguridad.
—Realizar esos ajustes implicaría modificar el diseño.
—Pues hazlo—señaló Ryker—. Eres lo suficientemente creativo
como para realizar algo bueno aceptando las disposiciones externas. Si no
te sientes capacitado para ser flexible, podemos pedirles a otros arquitectos
que lo realicen.
Alden sintió que había desafío en la voz de Ryker.
—¡Nadie va a tocar mi proyecto!
—Pues hazlo tú. Y rápido—dijo Liam.
—Si alguien puede ajustar un diseño hermoso y convertirlo en algo
mejor, ese eres tú, Alden—intervino Avery con cariño—. Dales lo que
desean en el envoltorio que a ti más te guste.
—Es poco tiempo.
—Te conseguiré alguna semana más si consideras los cambios.
—Está bien—aceptó gruñendo.
Liam suspiró, aliviado y miró a Ryker y Avery. Formaban un buen
equipo.
Estuvieron juntos por casi dos horas, revisando contratos,
determinando futuras inversiones y prospectos de negocios. Al finalizar,
decidieron ir a comer juntos, pero Liam desechó la invitación.
—No me digas que te quedarás otra vez en la soledad de tus
dominios—dijo Ryker.
—Tengo planes—dijo, tratando de ser vago.
Su hermano entrecerró los ojos y sonrió aviesamente.
—Claro que los tienes. Y deben ser condenadamente sexys para que
deseches la oportunidad de decirnos cómo vivir nuestras vidas. No puedo
esperar a ver lo que estás guardando.
—No hay nada que debas saber.
—¿Hay una mujer?—preguntó Avery.
—Hay algo, nada serio.
—¡Cómo si pudieras hacer algo que no lo fuera!—se burló Ryker.
—Me alegro tanto—Avery sonrió alegre.
—No es nada que vaya a prosperar—Liam trató de atajar cualquier
esperanza de su hermana de verlo con novia.
—Que estés follando ya es un milagro—rio Ryker—. Estabas por
volverte monje de clausura.
—Oh, de seguro se encargaría de dirigir los negocios y nuestras
vidas desde un monasterio—gruñó Alden, aunque menos serio.
Los despidió sin decir más y luego llamó a su secretaria para
establecer algunos puntos de su agenda de la próxima semana. Cuando
finalmente dio por terminada la jornada de trabajo, decidió que era tiempo
de pensar en un plan que le permitiera disfrutar de Amelia esa noche. No
era para nada un monje, solo bastante más discreto que Ryker. Tampoco era
un adicto al sexo, pero la miel de Amelia le atraía tanto que no podía parar
de pensar en ella y su miembro no tenía descanso. Esperó impaciente la
respuesta de ella a su mensaje invitándola.
La contestación demoró un rato y no fue tan satisfactoria como
quisiera. Ella tenía que trabajar hasta tarde. Había tomado un turno extra en
la cafetería. Un esfuerzo grande para ella, pensó. Algo necesario al haber
perdido ingresos extras. Ella necesitaba el dinero y eso era algo que él
podría solucionar sin mayores esfuerzos, mas estaba fuera de toda
consideración. Insistió con otro mensaje, sin querer parecer incomprensivo,
pero cada vez más urgido de tenerla a él.
LIAM. Si me lo permites, te espero con mi vehículo. Entiendo que
vas a estar cansada, pero tengo un jacuzzi en mi apartamento. Es ideal
para evaporar el agotamiento y me encantaría que pasemos juntos algunas
horas. Disfruto estar contigo.
La respuesta no tardó en llegar y fue finalmente positiva, lo que le
produjo satisfacción. Su invitación implicaba que la llevaría a su
apartamento, algo que no había hecho con mujer alguna. Sus conquistas o
ligues solían conocer su oficina o un hotel, pero nunca su casa. Amelia, sin
embargo, bien valía la pena. Ella era diferente.
Dieciséis.
AMELIA.
No había exagerado nada al decir a Liam que estaba agotada, pero
parecía que bastaba la perspectiva de encontrarse con él para desvanecer
buena parte de su cansancio. Al final de la labor, a su cansancio se sumaba
el fastidio con su jefe. Bratt se tomaba más licencias, como si el hecho de
que ella dependiera de este único trabajo le hiciera tener derechos sobre
ella. Podía contenerlo, aunque sus manos se volvían cada vez más
impertinentes y desagradables.
Si esto continuaba así era cuestión de tiempo para que tuviera que
abofetearlo y con ello llegaría el despido que tanto temía. Había decidido
que era necesario volver a empezar la búsqueda de otros empleos, patear las
calles y las agencias con su currículo. Tina le insistía una y otra vez en lo
importante que era que promocionara sus habilidades de diseño de ropa y
entendía que tenía razón. No perdía nada con intentarlo, con ofrecer sus
servicios en línea.
Si tuviera más tiempo. Las clientas de su tía, incluso sus hijas o
sobrinas bien podían dar referencias de su labor. Comenzaría con ello
mañana mismo, decidió. Podía hacer algo con la vieja máquina de su tía y
con sus manos. Ahorrar para comprar una profesional. Crecer, proyectarse.
Soñar.
Ver a Liam apoyado en el capó del vehículo, con las piernas
cruzadas y las manos en los bolsillos de sus jeans, mirándola con fijeza, le
hizo dar un vuelco al corazón. Era un hombre tan viril, tan apuesto;
desplegaba encanto y todo él gritaba riqueza, tanto que parecía un absurdo
que estuviera en las afueras de esta cafetería, en un barrio tan externo a su
círculo, esperándola.
Sacudió su cabeza agitando ideas negativas que probablemente el
cansancio traía y dejó filtrar el mantra que Sharon había picoteado en su
cerebro por años: <<Te mereces todo lo bueno que te pase. Ama la vida y
disfruta lo que tiene para ti>>. La sonrisa se coló en sus labios y en sus
ojos; él la hacía sentir bien.
Al acercarse al automóvil Liam se despegó para estrecharla en un
abrazo y besarla con ardor, con el que lavó cualquier pensamiento que no
fuera sobre él, sobre ambos, y la metió de lleno en la marea de deseo que
inexorablemente la invadía cuando lo veía. Su boca la devoró, succionado,
mordisqueando sus labios, acariciando su interior con la lengua que
quemaba, sus manos a ambos lados de su cara, con sus dejos acariciando
sus pómulos y sus ojos a un palmo. Casi sin aliento se separaron y él sonrió.
—Deliciosa. Gracias por aceptar venir conmigo. Espero no haber
sido demasiado demandante.
—Está bien. Aunque en verdad voy a tener que traer algún cambio
de ropa.
—Creo que te ves aún mejor sin ellas—él había acercado su boca a
su oreja y le susurraba, provocando que su piel se enervara—. Desnuda,
llena de mí, es como mejor te ves.
Sus palabras la hicieron temblar. Lo notó encendido y esa sensación
de sentirse plena y dueña de la lujuria que le provocaba la volvió a
envolver. Podía parecer absurdo, no tenía ningún derecho sobre él, no podía
esperar demasiado, pero cuando estaban juntos, se sentía poderosa.
La tomó de la mano y la condujo a su lujoso auto deportivo,
abriendo con caballerosidad su portezuela. Amelia se sintió envuelta por el
intenso olor a cuero y confort, los que se asociaron al de su perfume.
Afrodisíaco, él lo era.
—Lo prometido es deuda, preciosa. Tengo todo listo. Comida china,
jacuzzi, una noche para mimarte.
—Suena fantástico-suspiró, llevándose la mano al cabello. Él
conducía con pericia y muy rápido, algo que de habitual la ponía nerviosa.
Claro que quién podría ir lento en un vehículo de esta clase—. Bonito auto.
—Te ves cansada—la miró de reojo.
—Es normal, son muchas horas. Me siento bien, de todas formas.
No quería que su realidad opacara las horas que compartían. Ya era
bastante triste tener que sobrellevarla. Liam representaba un espacio de
libertad y disfrute para ella, no quería involucrarlo en su pobreza. Una que
no podría entender o interesar. Ella quería que el mundo real quedara afuera
con él, vivir la aventura que representaba, la ilusión de no tener cargas. Con
él podía fingir que los problemas e inquietudes no existían.
—Así que me llevas a otra de tus casas. Eres un hombre de recursos.
—En verdad este es mi departamento, el lugar donde vivo. Mi
reducto.
Le extrañó que lo dijera de esa manera, como si fuera un sitio
exclusivo. Sin embargo, la invitaba a él.
—No quisiera molestar.
—No eres molestia, Al contrario. Es mi placer mostrártelo. Confío
en poder liberarte de todo tu cansancio para poder disfrutarte como te
mereces.
Recorrieron la distancia hasta el lujoso edificio en Beverly Hills,
uno que le quitó la respiración. Se internaron en el aparcamiento y desde
allí al pent-house. Era enorme, decorado de manera austera y muy
masculina, dominado por los tonos oscuros de maderas excelentes y
pinturas en estilo de vanguardias. La visión de la ciudad, extraordinaria.
—Eres dueño de las alturas de Los Ángeles—se dio vuelta para
mirarlo, luego de admirar la vista.
—Ser la tercera generación en la dirección de una empresa de
constructores tiene sus beneficios—sonrió él—. Ven.
La hizo avanzar y tomar asiento en un sillón tan maravilloso que
sintió que cada uno de los puntos de su espalda y de sus piernas estaban
sobre una nube.
—El paraíso—susurró, cerrando los ojos con deleite.
—Descansa unos minutos. Tendré lista la cena en menos de lo que
esperas.
De inmediato se escuchó música de fondo, relajante. Lo observó
moverse con agilidad por la cocina. El sitio tenía dos niveles, supuso que la
escalera guiaba a los dormitorios. Estaban en una estancia enorme en la que
los espacios se determinaban por escalones. Era lujoso, aunque sin
extravagancias. Como él, pensó, cerrando sus ojos otra vez, sumida en un
agradable sopor.
—Despierta—sintió el cálido susurro en la oreja y dio un respingo.
Se había dormido, vergonzosamente.
—Lo lamento.
—No te disculpes conmigo. Me dijiste que estabas cansada. Pero
debes comer.
Su estómago había estado cerrado buena parte del día, pero ante el
olor y la visión de los alimentos, se le hizo agua la boca. Dio buena cuenta
de lo que él le sirvió y cuando vio que la observaba embelesado, se llevó la
mano a su boca.
—Lo lamento. Debo parecer una glotona.
—Para nada. Me encantan las mujeres que no tienen problemas en
mostrar sus emociones y deseos. Que ríen con ganas, que comen, que follan
—ella se ruborizó—. Y tú todo lo haces así—sonrió y extendió su mano
para limpiarle algo de su labio superior—. ¿Cómo estuvo tu día, además de
agitado?
Lo observó. Él estaba más relajado que otras veces y con ganas de
conversar.
—Igual que siempre—se encogió de hombros—. Nada especial. No
es un trabajo para nada desafiante.
—Puedo imaginarlo. ¿Qué tal tu jefe?
—Con manos demasiado largas—se le escapó y luego se arrepintió,
al ver que su gesto de desagrado.
—¿Te acosa?
—Lo intenta, pero no te preocupes, lo tengo a raya. Puedo lidiar con
él, aunque no significa que me guste.
—Estoy seguro de que podrías conseguir algo mejor.
—No es tan sencillo, créeme lo he intentado de todas las maneras.
Hasta que me desanimé. No obstante, estoy decidida a hacerlo una vez
más.
—Sabes que podría ayudarte.
—No, no es lo que quiero. No hablemos de eso. ¿Tú estás bien?—
le preguntó con candidez.
—Muy bien—respondió.
Liam no tenía costumbre de dar detalles de su vida y, sin ser a
Beatrice o sus hermanos, no tenía a quien darlas. Ni se molestaba en
hacerlo; se había habituado a lidiar con su mierda o sus alegrías solo. A
nadie más le interesaba saber qué pasaba en verdad por su mente o su
corazón, acorazado como estaba.
El mundo solía dar por sentado que estaba bien. En una posición
como la suya, con tanto dinero y poder, ¿qué podría ir mal? Mucho, pero no
era adecuado o inteligente mostrarlo. Las debilidades se trataban en secreto.
No es que él se quejara, era algo que venía con el paquete. Lo había
entendido muy joven.
Ella asintió ante la breve frase, entendiendo que fuera reacio a
confesiones, sin cuestionarlo. Una vez terminaron, Liam tomó su mano y la
llevó a una habitación extraordinaria, con un jacuzzi espectacular que
burbujeaba de manera deliciosa. La vista a las luces y los brillos de la noche
de la ciudad daban un marco extraordinario; de hecho, el lugar parecía
flotar en el espacio.
—Es…—ella había quedado sin palabras y él la miró sonriente.
—Déjame ayudarte, bonita. Esta noche quiero atender cada una de
tus necesidades—la voz era baja y grave, insinuante.
La puso con su espalda contra su pecho y desprendió los botones de
su camisa uno a uno, sin evitar rozar su piel, tocando sus senos en el
camino, masajeándolos y rozándolos cuando estuvieron expuestos, primero
a través de la tela del corpiño y luego desabrochando este para ocuparse
activamente de cada uno.
—No puedo saciarme de ti. Tus pechos me enloquecen. Estas tetas
maravillosas tuyas están fijas en mis retinas.
Sus pulgares rozaron los pezones, que se volvieron piedra y
absorbieron las caricias, trasladándolas directas a su coño y a su cerebro,
humedeciendo el primero y derritiendo al segundo. Gimió sin poder
evitarlo. Él recorrió su piel, dibujando su clavícula y bajando a su cintura,
luego a sus caderas, para desprender el cierre de la falda y bajarla,
arrastrando las bragas en el proceso. Desnuda, expectante, llena de su toque,
sintió que le soltaba el cabello y con suavidad se pegó a él, saboreando los
besos y mordiscos que bajaron a lo largo de su cuello, desde el lóbulo de su
oreja hasta su escote.
La tomó de un brazo y la hizo girar, para pegar todo su frente a él,
sus senos contra su pecho duro, su estómago y pelvis contra su miembro
rígido, que pugnaba por atravesar el jean. La miró con hambre y antes de
que ella hiciera nada, le tomó la boca y la besó con ansia devoradora. Luego
y suspirando, se separó de ella para tomar su mano y llevarla al jacuzzi,
donde la ayudó a entrar. Ella dio un gritito de gozo al experimentar la
tibieza del agua, así como los chorros dirigidos estratégicamente para
aliviar su espalda.
Se sentó y se estiró complacida, mientras de reojo miraba como él se
quitaba toda su ropa y se apresuraba a unírsele. Se puso detrás, moviéndola
contra sí y ella quedó presa entre sus piernas. Él acarició sus muslos y
caderas, jugando con sus senos, para luego dirigir sus dedos a su centro,
tocándolo desde el clítoris a su roseta, para luego concentrar su roce circular
en el puñadito de nervios que era su clítoris, haciendo que ella arqueara su
espalda.
—La dulzura de tu embrujo está haciendo que mi cuerpo te extrañe
cada vez más, que quiera tener muy cerca—le susurró—. No puedo dejar de
pensar en tus pechos, coronados por estos pezones rosados que tanto me
gusta acariciar. Imaginarme entre tus pliegues, mojándome con tus fluidos,
me pone tenso varias veces al día y acompaña mis sueños húmedos. ¿Te
tocas recordándome? —la incitó.
—Sí, sí—contestó con su voz estrangulada.
La presión del dedo mayor sobre su clítoris se hizo más intensa y los
eléctricos deseos se ramificaron e hicieron aumentar la temperatura de su
bajo vientre.
—Dime qué quieres.
—Quiero…sentir. Quiero gritar de placer. Quiero olvidarme de todo
en tus brazos.
—Todo te daré y más, mucho más. Incorpórate—le ordenó y ella se
paró sin dudar.
Apenas estuvo en pie sintió que le separaba las piernas con cuidado.
El riesgo de resbalar no era menor. Liam se movió y de rodillas, enterró su
rostro en su coño, con decisión y maestría. Su lengua comenzó a haces
estragos en ella y se dobló, impulsada por inenarrable placer, apoyando sus
manos en sus hombros.
En ningún momento dejó de comerla, su lengua se movía firme,
redondeando su punto neurálgico y desplazándose por sus hinchados labios
vaginales. Sentía que se mojaba más y más y él se regodeaba con sus jugos,
lamiéndola sin piedad, agitando toda su sangre y enviando ondas a sus
músculos, que se volvieron gelatina.
Comenzó a temblar ante la inminencia del orgasmo y él no paró,
impiadoso, haciendo que sus gemidos se volvieran quejidos y luego gritos y
cuando los espasmos alcanzaron su clímax, su mente pareció estallar,
envolviéndola en una niebla, donde no veía nada, donde solo sentía y
jadeaba, su respiración entrecortada y todos sus sentidos pulsando
desesperados. Cuando pudo recomponerse, él la sostenía.
—Es extraordinaria la manera en que respondes a mis caricias.
—Me llevas hasta el cielo y desde ahí caigo—dijo ella al calmar su
respiración, sus pezones todavía duros y clavados en la masa de músculos
que eran el tórax y los abdominales de su amante.
Su miembro palpitaba y horadaba su estómago, de tal forma que
debía doler. Consciente de ello, supo que era tiempo de atenderlo, y
descendió de manera natural. Lo miró y vio sus ojos turbios clavados en
ella. Abrió su boca, sin dejar de observarlo y extendió su lengua, rozando su
glande con la punta, para luego tomar todo su grosor y hacer que su
miembro avanzara hasta la garganta, su lengua trabajando sin piedad sobre
el largo. Con su otra mano tomó los testículos y los apretó y acarició.
Disfrutó de su sabor, su boca y su lengua, arriba y abajo sin piedad, cada
tanto liberándolo para hacer que su lengua lamiera por toda la extensión.
Amelia nunca había sentido la urgencia de dar sexo oral; las veces
que lo había hecho habían sido pocas y desagradables. Nada se acercaba a
esto ni por asomo; sentía la necesidad de darle placer, su verga en su boca la
encendía y la hacía sentir poderosa, fuerte. Ver la expresión de placer
intenso en él, su cabeza hacia atrás, fue liberador. Mientras mamaba su
miembro, llevó su mano a su clítoris para masturbarse. Quería que ambos
llegaran juntos.
—Amelia, sal, me voy a correr—gruñó él, pero ella apretó su boca y
aumentó el ritmo.
Sintió la descarga cálida y poderosa de él corriendo por su garganta
cuando el orgasmo lo sacudió, demoledor. Ella se corrió entonces, sin
desprender su boca del pene, quitando todo vestigio de semen mientras
temblaba.
—¡Diablos, Amelia! Eso fue lo más sexy que he visto. Eres
maravillosa.
Pasada la adrenalina del momento, ella se retrajo un poco y se
sonrojó. No podía creer que se hubiera atrevido a tanto. Él percibió su
vergüenza y sonrió, tomando su barbilla.
—Eres la contradicción en persona. La cosita más bonita y sexy,
tímida y atrevida a la vez. Te prometí qué te relajarías. Pensemos en esto
como una terapia de shock. Masajes relajantes y el mejor sexo. La noche es
larga y te deseo tanto, hermosa. Te dejaré descansar un rato, pero pretendo
arrancarte todos los orgasmos posibles.
Ella suspiró y se refugió en su abrazo, recostándose a él mientras los
chorros de agua y las caricias de él la relajaban y la envolvían. Era el
paraíso. Breve, acotado, con fecha de caducidad, pero lo era.
Diecisiete.
LIAM.
Era increíble lo rápido que habían transcurrido esos dos meses;
lapso pleno de buenos momentos y el mejor sexo de su vida. Amelia era
una mujercita, apasionada sexy y dulce, absolutamente diferente a todas las
mujeres que hubiera tratado antes. Trabajadora y orgullosa, incapaz de
aceptar o tomar nada extra, esquivando con una sonrisa lo material,
entregándose a él por entero.
No sólo disfrutaba de su cuerpo, de su sensualidad; charlar, cenar,
bailar, escuchar música o mirar el cielo se volvían planes increíbles con
ella. En más de una ocasión se inquietó ante la posibilidad de estar yendo
demasiado lejos; él no había considerado tener algo más que una relación
casual. Sin embargo, no dudaba en invitarla a sus lugares más íntimos sin
sentirse invadido.
Había noches en que sentía necesidad física y mental de su
compañía, de detenerla solo para él y disfrutarla, y no dudaba en esquivar
sus previsiones o excusas con pequeños chantajes. Nada material
funcionaba con ella, pero ofrecerle una noche estrellada en las alturas de
Los Ángeles o una película romántica era un plan que solía funcionar. A
Liam esto le volaba la cabeza; con ella, solo tenía que ser él.
Era más sencillo convencerse a sí mismo de que no estaba dando un
paso demasiado grande que convencer a Amelia. Ella trabajaba
prácticamente toda la semana en horarios de locos, cubriendo su turno y el
de otros, cada vez que su jefe le ofrecía. Además, se movía incesante por
agencias de trabajo presentando su currículum. Hubiera resultado sencillo
adjudicarle un puesto en alguna de sus empresas, algo sencillo como
asistente, pero jamás se lo permitiría.
La sola mención de esa posibilidad había resultado en que ella se
había cerrado y se había negado sistemáticamente a recibir cualquier ayuda.
Era porfiada y cabezona, más que él mismo; empero, entendía que
necesitaba aferrarse a la idea de que no le debía nada, de que podía hacer
las cosas a su manera, que era la forma difícil.
Lamentaba que tuviera que sostener así a su familia y que hubiera
debido abandonar sus sueños; el mundo podía ser bastante injusto, si
consideraba que personas como su madre y sus amistades vivían con lo
mejor sin mover un dedo. Se reprochaba ver a su madre o a sus pasadas
amantes de esa forma, pero no había otra realidad. Él mismo había recibido
todo servido, aunque hoy día se desgastara en mantenerlo. Como fuera,
cada instante, cada noche con ella valían mucho y era un hombre que
entendía de placeres. Ella era una mujer para saborear lento y sin prisas.
Una noche no le bastaba, su cuerpo comenzaba a sentir que la quería más.
Por ello pensó que disfrutar de su casa de playa en Santa Mónica era
el contexto ideal. Era su refugio, al que escapaba cada vez que necesitaba
un impasse, despegarse de lo laboral y distenderse. Invitar a Amelia se
sintió correcto. Ella lo apreciaría, era un sitio privilegiado con una
maravillosa vista, con acceso directo a la arena y el mar. No había llevado a
ninguna mujer allí antes. Era casi un santuario, pero Amelia encajaría bien
en él. Junto a él.
Extendió la invitación por el fin de semana, procurando ensalzar las
virtudes del sitio, foto incluida. Sabía que para ella implicaría no trabajar y
con ello una quita económica, pero también estaba convencido que debía
desconectar. Se estaba haciendo daño con la falta de descanso y él quería
asegurarse de que lo tuviera. Con él.
Quería ser el culpable de otro tipo de agotamiento en ella, el que
deviene del placer. Recibir su respuesta positiva, luego de algunas horas de
negociación en la que él no dudó en jugar con todo lo que tenía (promesas
de masajes, caminatas en la playa, enseñarle a surfear y más), lo hizo sentir
más satisfecho que nunca. Y hasta ansioso, entusiasmado.
Era extraño que un hombre que podía tener cien mujeres con el
golpe del meñique se sintiera orgulloso de que esa mujercita aceptara una
cita por la que muchas matarían. No obstante, él solo la quería a ella. Y ella
le daba su tiempo y sus caricias. Era mucho más de lo que podía decirse de
la incontable cantidad de mujeres que pululaban en los altos ambientes
buscando un esposo que las mantuviera, un amante que las encumbrara, la
influencia que les diera un trabajo o una posición económica favorable que
las dejara bien paradas.
AMELIA.
La casa era absolutamente hermosa en un estilo sobrio y de líneas
limpias, sin por ello dejar de dar cuenta de la fortuna y posición de su
propietario. Contuvo la respiración al mirar atrás y observar el maravilloso
paisaje en el horizonte, cielo azul y verde mar uniéndose en una línea. El
aire fresco y la tibieza del sol en su piel la hicieron cerrar los ojos con
deleite.
Habían sido contadas las oportunidades en que ella y su familia
habían disfrutado de la playa, por supuesto en zonas menos exclusivas que
esta. Un chispazo de nostalgia trajo a su mente las excursiones realizadas,
los aprontes de comida en una canasta, las risas, los juegos en el agua, los
castillos en la arena. Ella, Tina y su tía. Esos tiempos alegres habían
quedado muy atrás; las emergencias económicas y de salud habían hecho de
su vida algo mecánico. Los últimos años apenas si había tenido tiempo para
disfrutar.
La invitación de Liam le había tomado por sorpresa y en un
principio estuvo tentada de desecharla. La primera excusa fue que no podía
dejar su trabajo y eso tenía bastante de verdad. Bratt era un miserable
negrero y aunque ella disponía de días que no había sacado en su favor, la
necesidad de dinero la había hecho trabajar sin cesar. Otro punto que la
había echado un tanto atrás había sido la creciente intimidad con Liam. El
acceso que le daba a espacios que él mismo declaraba como exclusivos y
suyos creaba una cercanía y un aparente avance en su relación que, solo de
permitirse considerarlo, daba alas a sus esperanzas y eso no era nada bueno.
Amelia creía que era bueno tener sueños, tener expectativas, mas hasta un
cierto límite. No era inteligente construir sobre bases tan endebles como
eran las que existían entre ella y Liam.
La tentación, sin embargo, había sido demasiada y la insistencia del
hombre era proverbial. Casi podría pensarse que había bipolaridad en el
discurso de ese millonario que defendía a capa y espada la idea del sexo por
el sexo en sí mismo y, no obstante, pugnaba constantemente por compartir
momentos que lo trascendieran. Tan obnubilada como la tenía, Amelia se
daba cuenta y temía.
De no haber tenido a Sharon detrás instándole a vivir cada instante y
atesorarlo, hubiera desechado la posibilidad. Pero no tenía tanta fuerza de
voluntad. Pasar dos días afuera de su casa era todo un hito y no había forma
de hacerlo sin hacer saber a su familia lo que pasaba. Algo había dejado
entrever hacía unas semanas, ante la obviedad de que las noches del sábado
para el domingo habían pasado a pertenecer a ese hombre. Había
introducido su figura de manera ambigua, sin dar más detalle que su
nombre y habían respetado su reserva. Confiaban en ella.
No les dijo la verdad, pero tampoco les mintió, aunque sabía bien
que la omisión podía contar como una mentira o una verdad a medias.
Consideró que era suficiente que supieran que se veía con alguien, que se
estaban conociendo. Alguien que la hacía feliz, pero sobre el que no tenía
altas expectativas de mantener. Incluso en su intimidad, donde no las
necesitaba, alzaba barreras de protección.
En el fondo sabía que pretendía mucho más que algo físico con él,
pero no era posible. Tomaba lo que él quería ofrecerle. Si Tina escuchara la
descarnada verdad se preocuparía y tacharía de inmoral y aprovechado a
Liam. La confrontaría para que viera lo bajo que la hacía caer. Desde afuera
se debía ver así, lo intuía. Pero ella había comenzado a conocerlo y sabía
que detrás de ese frío exterior él era un hombre que se interesaba por ella y
sus asuntos, que podía ser dulce y galante, además de era un amante
excepcional.
No había hecho nada para engañarla, nada le había prometido que
no fuera sexo. Y, aun así, quería darle más. No aceptaba sus joyas o su ropa,
sus ofertas de ayuda laboral, que todo eso hubo. Sí tomó todo el tiempo y
oportunidades de encuentros que le propuso, disfrutando de una intimidad
que era mucho más que sexo.
Sabía todo de ella y algo de él había fluido en las conversaciones,
aunque le costaba abrirse. Cuando hablaba de sus hermanos, los ojos se
volvían más cálidos, en especial al mencionar a su hermana Avery o incluso
cuando bromeaba sobre lo inconstantes, demandantes o gruñones que eran
sus hermanos. Le había hablado de Beatrice, algo así como una nana
todoterreno que los había criado.
Casi no había hablado de sus padres y la mirada se había endurecido
al mencionarlos. Él había reconocido que adoraba a Beatrice y en ese
momento deseó ser como ella. Amada. Esa palabra sonaba tan bien en sus
labios. Cuando sus charlas derivaban a facetas tan íntimas e interesantes
ella disfrutaba, pero sabía que cada uno de estos apuntes de su personalidad
solo contribuían a complicar todo.
Y ahora, acá estaba, en su casa en la playa, en ese paradisíaco y
cotizado lugar de Santa Mónica, a punto de pasar dos días con él. Ansiedad
a full era lo que la llenaba. Se apresuró a volver la vista a la casa y
pretendió cargar su bolso, tarea que Liam se apresuró ejecutar.
—Permíteme ser el caballero que necesitas—su sonrisa seductora la
sonrojó y la hizo parpadear.
Una ráfaga de aire limpio empujó la falda de su vestido arriba y ella
la alisó, tratando de contener el revoloteo. Era un modelo bonito que había
diseñado ella misma y que no había tenido oportunidad de usar. La tela era
sutil y adecuada para la temperatura. Se sintió bonita, libre, sin pesos. Liam
la hacía sentir así. Cuando la miraba con apreciación, cuando la piropeaba y
no se cortaba en decirle todo lo que le hacía sentir y experimentar, ella
brillaba. Así lo sentía.
—Te vas a divertir y la vamos a pasar muy bien—sintió el brazo de
él que la tomaba por los hombros y la conducía desde el aparcamiento hasta
la entrada principal, una puerta majestuosa de madera labrada y oscura.
—No lo dudo—ella sonrió y lo miró, volviendo a pensar que la
fortuna le sonreía, aunque fuera por tiempo limitado.
Playa, el hombre más seductor que había conocido, los mejores
orgasmos del mundo. Era bastante más de lo que había tenido en años. El
romance no estaba en el esquema, pero sí la galantería y el buen trato. De
haber podido sumar el amor a eso hubiera sido el paraíso y nadie vivía allí,
todo el mundo cargaba mochilas pesadas y situaciones imperfectas.
—Eres mi invitada y tendrás toda mi atención estos dos días. Me
alegra mucho que hayas aceptado.
—¿Bromeas?—agregó—. Soy yo quien está agradecida, este es un
lugar maravilloso.
—Espero que hayas traído bañador. No puedo esperar a verte con
poca ropa, preciosa—dijo en tono ronco mientras la abrazaba por la cintura
y la pegaba a sí para darle un beso devorador, al que ella respondió de la
misma forma, abrazándose a su cuello y apretando su cuerpo contra él para
disfrutar de la tibieza del contacto.
Liam se despegó al cabo de unos segundos, con renuencia, y tomó
su mano para conducirla adentro. La habitación a la que accedieron era un
salón muy amplio y luminoso, con preciosa vista al agua y al atardecer.
Luego, la dirigió escaleras arriba para ingresar al que supuso el dormitorio
principal, dominado por una cama enorme con un maravilloso dosel labrado
en madera y hierro forjado que le quitó el aliento. La decoración y los
muebles eran en tonos oscuros y crema y de alguna forma Amelia podía
conectar la personalidad de Liam con esta casa. Era sobria, intensa, con
clase, pero sin ostentación.
—Me encanta—giró sobre sí misma y se acercó al ventanal.
Los brazos musculosos la envolvieron y Liam le susurró al oído:
—Tengo pensado un maravilloso fin de semana. Buena comida,
paseos en la playa, el descanso que necesitas y mereces. Y mucho, mucho
sexo—Ella se estremeció. Notaba sobre si la dureza del miembro de Liam
casi insertándose en la parte baja de su espalda—. No puedo esperar a poner
mis manos en tu cuerpo, mi mente me ha jugado malas pasadas todos estos
días.
Se apresuró a subir la falda del vestido y ella le dejó hacer, sintiendo
como su mano se introducía en sus bragas y apartaba el elástico hasta llegar
a su coño, deslizando las yemas de sus dedos por sus pliegues, logrando que
ella jadeara excitada.
—Liam…—gimió, doblándose con placer.
—Tan tibia, siempre tan deliciosa—hundió uno de sus dedos en la
intimidad de su vagina, pero de inmediato se retiró, despegándose de ella,
que se sobresaltó.
Él se dirigió hacia la puerta contigua, que era un enorme vestidor, y
luego de unos segundos reapareció, con una sonrisa canalla que paralizó el
corazón de Amelia. Era un hombre tan seductor que no podía evitar sentir
un vuelco cada vez que lo veía acercarse y la miraba, toda ella se enervaba.
—Preparé algunas sorpresas para ti—le dijo, con destellos en sus
verdes ojos.
—¿Qué tipo de sorpresas?—contestó intrigada.
—De esas que entusiasman y permiten jugar.
—¿A qué te refieres?
Todo lo que hizo fue mostrarle un pequeño objeto redondo, que no
reconoció.
—En el sexo hay muchas formas de disfrutar. Algunas incluyen
juguetes—le dijo, observando su reacción.
—No es lo mío—contestó Amelia, nerviosa.
—Tranquila, jamás haré nada que te incomode, pero te puedo
asegurar que esto es placentero.
—¿Qué es?—la curiosidad pudo más.
—Es un juguete sexual. Un pequeño vibrador que se inserta en el
coño. Puede proveerte sensaciones maravillosas.
—¿Y a ti en qué te beneficia?—no pudo evitar preguntar.
Amelia no desconocía lo bueno que podía ser un vibrador en
ausencia de un hombre, mas era reacia por principio a cualquier novedad
que no hubiera sido introducida por ella misma o que conociera
previamente.
—Esto se trata de ti, de tu placer. Pero también es algo egoísta. Cada
vez que te acabas entre mis brazos es un espectáculo maravilloso. Me
perturba y me transporta ver tu cara y escuchar tus gritos. Esto agregará
diversión. Te lo puedo colocar ahora y puedes disfrutarlo mientras
comemos, mientras damos un paseo.
Amelia consideró unos instantes la propuesta, mordiendo sus labios.
Podía imaginar las sensaciones, la mirada de él sobre sí, pero tenía límites.
—No me atrevería a exponerme a la vista de otros de esta manera.
—Eso le agrega picardía al asunto—guiñó un ojo, seductor—.
Imagínate, tu coño temblando y tú intentando no mostrar el placer. Nadie,
salvo yo, tiene que saberlo.
—¿Y qué pasa si me corro en presencia de alguien?
—Solo pensarlo me pone a mil. Tu corriéndote, yo mirando y
viendo cómo te contienes—susurró Liam, tomando su mano y haciendo que
envolviera y acariciara su miembro por encima del pantalón.
Su enorme erección pugnaba por escapar y sintió el calor. Sin hablar
más, él la empujó con suavidad sobre el lecho y la hizo recostar sobre su
espalda.
—Abre tus piernas para mí—ordenó, su mirada entornada,
evidentemente excitado.
Amelia asintió, sintiendo como las manos grandes la acariciaban
desde los tobillos y subían luego por sus muslos, mientras su boca iba
dejando besos que fueron encendiendo su sangre. Los labios se abrieron
para dar paso a la lengua, que se dirigió en círculos hacia su pelvis.
Con un rápido movimiento, rompió su tanga y dejó al descubierto su
intimidad, lubricada por la charla y las caricias. Con suavidad la tomó de las
pantorrillas e hizo que sus rodillas se elevaran. Alternó su lengua
atravesando en canal desde su clítoris hasta su roseta y de ahí de vuelta,
distribuyendo sus fluidos y haciendo que rogara, elevando sus caderas hacia
él.
—Por favor... Liam… Quiero…
—Sé muy bien lo que quieres y te lo voy a dar. Más tarde. Ahora
vamos a probar—él usó sus dedos y ella sintió de pronto la sensación de
algo firme y duro que se introdujo en su coño, por lo que dio un respingo—.
Con calma—susurró él mientras soplaba su cálido aliento y la elevaba con
sensaciones increíbles.
De pronto, Amelia sintió un cosquilleo que la dejó sin aliento. Los
ojos de Liam la observaban, chequeando cada una de sus reacciones. Sonrió
abiertamente cuando la vio estremecerse a instancia de los impulsos
placenteros que las vibraciones en el interior de su vagina despertaban,
extendiéndose por las paredes y trasladándose por todos sus nervios. Sus
pezones se endurecieron. Entonces, la vibración se apagó y comenzó a
recomponerse. Pero cuando estaba por recuperarse, volvió a reaparecer.
—Es un juguete muy interesante—él se acercó reptando, quedando
sobre ella, comiendo su boca y hundiendo su lengua, lamiendo,
mordisqueando—. Este pequeño control lo opera—le mostró un botón entre
sus dedos—. Esto enciende y apaga a voluntad el dispositivo. ¿Te gusta? —
Ella contuvo el aire y luego asintió, cediendo a su evidente lujuria—. Así
que, preciosa, tengo tu coño a mi merced.
Amelia pensó que no necesitaba eso para hacerlo. Él se levantó y
operó el control para que se encendiera. Su mirada la recorrió mientras
temblaba y se sacudía, sus talones hundiéndose en el colchón al aumentar la
vibración, sus dientes mordiendo su labio inferior, sus manos buscando
sostén. Él observaba cada gesto, cada rasgo de su cara que se conmovía y se
crispaba ante los empujes del pequeño vibrador, hasta que evidentemente la
imagen de ella se volvió tan dolorosa que bajó el cierre de sus jeans y liberó
su enorme polla, que emergió dura y plena.
Amelia sintió que su deseo se potenciaba y se incorporó sin mediar
palabra, para tomar el miembro en su boca tan profundo como pudo. Quería
darle placer, disfrutar del cuerpo de ese hombre del que se confesaba adicta.
Él apagó el aparato, seducido por la idea de ella haciéndole un oral. Amelia
redondeó la corona de su glande con la punta de su lengua, para luego
recorrer toda la extensión, lamiendo con gula, y luego la tragó hasta la
garganta, para volver atrás una vez más, acariciando con sus labios y sus
dientes, suavemente, cada milímetro del grueso miembro. Él había llevado
su cabeza atrás mientras adelantaba aún más su polla. Entonces, otra vez
encendió el vibrador y la presión en su coño hizo que apretara el pene y lo
succionara aún más duro.
—¡Voy a follarte la boca mientras tu coño vibra como poseído! —le
dijo, tomando su nuca para aplicar suave presión y no dejarla ir—. ¿Me
dejarás correrme en tu boca?
El suave gesto con el que ella asintió, su boca llena sin poder emitir
sonido, hizo que el ritmo de los embates creciera, como si el permiso lo
hubiera enloquecido. Amelia lo tomó, acomodándose, sintiendo su
desesperación, que era también la suya. El gruñido de Liam fue el aviso de
que se corría y su semen brotó caliente. Lo tragó gota a gota, mientras cedía
a su propia liberación, empujada por el intenso erotismo del momento y al
placer que el vibrador había provocado en su interior.
Abrió su boca para liberarlo y se tendió atrás, los últimos espasmos
todavía sacudiéndola. Mientras la bruma aún la cubría, se sintió
repentinamente vacía cuando Liam quitó el juguete de su coño.
-Ya tendremos oportunidad de volver a probarlo.
De inmediato, dos de sus dedos pujaban dentro de ella, penetrando
hasta tocar su punto G, volviendo a encenderla. Esto acompañado por la
lengua, qué trabajó con calma, alternado fricción y suaves mordiscos sobre
su clítoris, en pocos minutos más la hicieron correrse duro. Comenzó como
un nudo apretado en la base de su espalda, uno que se desató y pareció
estallar disolviéndose en miles de vibraciones que alcanzaron cada una de
sus células y le volaron la cabeza.
Gritó, sus manos hundidas como garras en el colchón, sus caderas
en el aire, su boca sin poder parar de gemir. Liam no dejó de lamerla hasta
que los últimos estertores la agitaron. Cuando se incorporó para mirarla una
sonrisa satisfecha atravesaba todo su rostro, haciéndolo ver más guapo, si
cabía.
Dieciocho.
AMELIA.
Se tapó la cabeza, con vergüenza sintiendo que sus piernas
temblaban sin fuerzas. Había sido tan intenso, tan crudo, tan abiertamente
se había expuesto ante él que temió que él pensara lo peor.
—No te cubras, no te ocultes de mí. Este ha sido el sexo más
hermoso de toda mi vida—le dijo, quitando la sábana de su rostro con
firmeza, mientras le tomaba ambas mejillas y la besaba con suavidad—. Me
fascina tu belleza y tu entrega. Dulce Amelia—se incorporó y ella casi llora
de felicidad al notar su mirada reconfortante, [Link] te recuperes,
puedes prepararte para ir a la playa. Vamos a aprovechar las últimas horas
de sol.
Asintió, mordiéndose los labios. Le vio irse y se acostó sobre un
lado, todavía débil y conmovida. Luego de algunos minutos se decidió y se
preparó, higienizándose para colocarse su traje de baño y un vestido
camisero abierto de gasa. Él la esperaba escaleras abajo y le tomó la mano,
para llevarla fuera. Sentir la arena bajos sus pies descalzos, tibia y húmeda,
fue un placer reconfortante.
—Es un lugar maravilloso—sonrió, mirando en derredor.
—Lo es—dijo él.
Con su bañador como única pieza de ropa él lucía espectacular y
parecía más joven. Musculoso, bronceado, con todo su cuerpo tonificado y
su perfil recostado en el horizonte, era un perfecto dios o vikingo. Lo que
estuviera mejor, decidió ella. Su belleza masculina imponía. Amelia se
sintió tímida al exponer sus atributos y sus curvas a plena luz. Cuando había
empacado deseó haber tenido un bañador enterizo, pero en verdad las pocas
veces que había ido a la playa en los últimos años había sido para disfrutar
del sol en todo su cuerpo, en especial en su estómago y espalda. Las dos
piezas habían sido buenas entonces.
Ahora, frente a ese hombre de porte perfecto, su escueto triángulo
cubriendo su zona baja era bastante revelador. Lo mismo ocurría con el
torso, pero de esa parte de su cuerpo se sentía un tanto más orgullosa. No
hubo, empero, más que miradas de deseo y frases agradables de parte de
Liam, que no dejó de comerla con los ojos. Eso se sintió bien y entibió su
autoestima, haciendo que se relajara y disfrutara.
Alternaron entre caminata y baño y se divirtieron, casi en plan de
amigos. O como si fueran novios, metidos en la charla intrascendente o en
aspectos más hondos. Sentirse a gusto y en confianza los llevó a descubrirse
y a bajar barreras. Liam le inquirió sobre sus relaciones amorosas y ella le
desgranó sus decepciones, en especial de la última, sin rencor o tristeza. Le
habló de todo lo que quería para su hermana Tina, de sus miedos por su tía,
de sus esperanzas laborales, de sus problemas constantes con Bratt, de su
amistad con Sharon, a la que describió como su loca amiga plena de
recursos buena voluntad y dispuesto hacer todo para que ella estuviera bien.
Liam se abrió para describir a su familia, mostrando con sus frases a
cada uno de sus cuatro hermanos, describiéndolos con anécdotas y citando
como Beatrice les había incentivado y ayudado a crecer y estar unidos. El
día pasó entre paseos, baños, conversaciones. Cuando llegó la noche y las
estrellas coparon la oscuridad del cielo nocturno, la charla continuó entre
comida y bebida. Amelia no recordaba haber estado tan en paz y feliz,
sintiendo que podía ser ella, dejándose llevar. Y cuando la hora de la cama
arribó, nuevamente se vio inmersa en el deseo y la novedad
Liam parecía decidido a hacerle conocer todo lo que lo hacía
disfrutar. Cuando le mostró las esposas la hizo temblar. Había leído sobre el
bondage, pero jamás había pensado experimentar la sensación de estar atada
al dosel de la cama mientras su amante tomaba y disfrutaba de cada
centímetro de su piel. La sensación de inmovilidad, de estar constreñida, no
hizo sino aumentar el placer. Esa noche él le arrancó la mayor cantidad de
orgasmos que recordaba. En verdad, si juntaba las veces que este hombre la
había hecho correr, superaban ampliamente toda su experiencia amorosa.
Lo que hablaba mal de estas, por lo que Amelia prefería pensar que
esto daba cuenta de la pasión y el deseo que Liam despertaba en ella. Nunca
había sentido algo tan intenso por otro hombre. Si tuviera que elegir lo que
más le gustaba de estar con él, a pesar de lo difícil que sería, pues todo era
una gozada, serían su actitud dulce con ella, la certeza de la conexión entre
ambos y el hecho de sentirse deseada.
Cuando él le decía lo hermosa que era, ella sentía que estaba en la
cúspide. Si a esto le agregaba que Liam era el hombre más sexy que hubiera
visto y además la escuchaba y se preocupaba por lo que sentía, le pareció
que era mucho. Trataría de disfrutarlo todo lo que pudiera, haciendo atrás
sus reparos, dejándose llevar para descubrir todo lo que podía brindarle.
Con una gran taza de café, sentada en el enorme balcón, bañada por
la luz del amanecer y el arrullo del agua que rompía a pocos metros,
trabajaba sin cesar en sus bocetos. Se había levantado tan temprano como
acostumbraba, a pesar del agotamiento físico provocado por las sesiones
amatorias que habían hecho de su noche una delicia.
Liberada del bloqueo que la había asolado estos últimos meses en
los que el cansancio y el trabajo excesivo habían bloqueado su mente, esta
parecía fresca y su mano se movía con pericia trazando imágenes que
originaban indumentaria. El saber que era poco factible que algún día
pudiera convertirlas en algo real no medraba el deleite que le producía
plasmar sus sueños en el papel. Lo que para otro podía ser una falda, un
pantalón, un vestido, para ella era mucho más.
No se consideraba una artista, pero se sabía creativa y tenía claro
que le gustaría lograr: una línea de ropa bonita, sensual, elegante, para
mujeres como ella. Las referencias técnicas que tenía las había logrado de
su tía y de un breve curso que había podido realizar hacía algunos años.
Leía y veía tutoriales de manera constante, llevando a la práctica muchos
durante los años. Había dejado de hacerlo sin poderlo evitar. Liam había
traído con él la inspiración. En este momento creaba por la satisfacción de
hacerlo.
—Estas muy concentrada—la voz ronca de Liam llamó su atención
y miró un costado, sonriendo al sexy hombre que aún en bata mañanera
lucía como un millón de dólares.
—No hay que hacer esperar a la inspiración.
Él se adelantó y observó sus bocetos, tomando varias de las hojas
que yacían en desorden en la mesa.
—¿Esto es lo que quieres hacer? De poder emprender algo, ¿esto es
lo qué harías?
Había curiosidad en su pregunta y ella asintió.
—Un sueño simple el mío.
Al lado de lo que eran sus empresas y sus edificios, lo suyo podía
ser risible. Mas él la miró con seriedad.
—No hay sueños simples, Amelia. Es lo que nos impulsa a seguir.
—Sí. Parece un poco lejano ahora—luego de decirlo se arrepintió.
No podía permitir que la realidad se colara en lo que vivía ahora,
que era una fantasía de corto plazo.
—Hay muchas posibilidades para emprendedores. Lo sabes,
¿verdad?
—Sí, es probable. No es tan fácil para aquellos que no disponemos
de capital o gente con buenas conexiones.
—Puedo contactarte con gente que te facilitaría
—Te agradezco—le interrumpió—. De veras, pero no es eso lo que
nos une.
-No pretendo que lo sea—él se sentó a su lado—. No es malo
dejarse ayudar cuando uno lo necesita.
—Eso lo sé. Pero en el contexto que nos une, no es algo que esté
dispuesta a aceptar—su voz y expresión seria le hicieron ver que era un
tema sellado.
El no insistió. Era probable que su ofrecimiento fuera sincero, pero
coincidía con ella en no dejarse llevar por nada más que la pasión que los
conectaba. Se sirvió un café y se sentó frente a ella, observándola. Contrario
a lo que hubiera creído, no se sintió molesta ni coartada. Él le permitió
volver a reconcentrarse un rato. Luego, con un respingo recibió el repentino
beso en la base de su cuello y las manos que la rodearon tomando sus senos
le hicieron soltar el lápiz.
—Déjame ver cuán creativa puedes ser en otras áreas—le susurró él
con ardor.
LIAM.
El fresco de la noche movía suavemente las cortinas y el murmullo
del agua que rompía en la playa elevaban la sensación de paz. Lejos de la
rutina y con el calor de Amelia contra su cuerpo, envuelta en su brazo, se
sentía en total calma. De seguro esto era por lo menos extraño;
normalmente su posición era alerta, chequeando debilidades propias y
ajenas, buscando grietas por donde colarse para hacer el mejor negocio,
pendiente de las fluctuaciones de los mercados, del cumplimiento de los
contratos.
Aquí no, con ella no. Podía aflojarse y mostrarse sin dobleces, lo
que era tan bueno como preocupante. Se estaba amoldando a ella y a las
sensaciones que le provocaba y eso sólo haría las cosas más difíciles.
Cuando llegara el momento ineludible de dejarla atrás, de terminar esto tan
intenso que tenían, este tipo de pensamientos solo haría las cosas más
difíciles para ambos. <<¿Es así? ¿Es ineludible que todo termine?>>, se
animó a cuestionarse.
Ella se movió en sueños, volviéndose hacia él, y no pudo evitar
maravillarse ante esos rasgos perfectos: esos labios pulposos que tanto le
gustaba sentir sobre sí, la suavidad de su piel, el cabello esparcido como un
manto sobre la almohada y cubriendo una parte de su mejilla. Lo apartó con
suavidad, con un dedo, despejando el rostro. Este era el momento de más
intimidad que recordaba haber vivido con una mujer.
Y le asustó. Retiró su mano rápido y se levantó, inquieto. Estaba
pensando demasiado, dejándose llevar. Necesitaba ejercitar, quemar
energías hasta que su cerebro dejara de pensar lo que no debía. Con
decisión, bajó al gimnasio del subsuelo y se aprestó a agotarse. No supo
cuánto tiempo pasó azotando la bolsa de boxeo, saltando la cuerda,
haciendo flexiones y sentadillas. Fue el agotamiento el que finalmente le
hizo desistir y moverse arriba. Amelia estaba en la cocina tomando café y le
sonrió al verlo.
—Hace un rato que me desperté. Te busqué, exploré todo y te vi. No
quise molestarte interrumpiendo.
—Estaba ejercitando—le dio un beso suave-. Tú no me molestas,
Amelia-le dio un suave beso en los labios.
Ella respondió de la misma manera y deslizó un dedo por sus
pectorales, dibujando cada músculo.
—De esa forma has esculpido tu cuerpo. Me preguntaba cómo
mantenías cada uno de estos deliciosos abdominales—había tímida picardía
en su voz y él se sintió movilizado por su actitud.
—Amelia, todo este cuerpo sueña con tenerte. Una vez que me
bañe.
—¿Por qué esperar?— La voz de ella sonó ronca—. Debo confesar
que verte así me enciende.
La abrazó y avanzó, tomándola por los glúteos para posarla sobre el
mostrador. Levantó su falda y vio que no vestía bragas.
—Nena traviesa—gruñó.
—Tenía la esperanza de que vinieras por mí—se sonrojó.
—Te voy a devorar sin piedad—se sumergió entre sus muslos y
acarició sus pliegues con hambre devorador.
Ella gimió, dejándolo hacer, retorciéndose complacida. Cuando los
jadeos le mostraron lo excitada que estaba, la abrazó y la movió hacia la
pared, empotrándola con suavidad, pero urgido, colocando su pene en su
entrada húmeda, haciendo entonces una pausa para mirarla a los ojos.
—Pensé que todo este ejercicio mataría mi dureza matinal, pero tú
logras que sea permanente-Se enterró en ella de una, calando hondo y sin
pausa, la embistió en estocadas constantes—.Tal vez parezca un
adolescente, pero no voy a durar mucho—rugió, sintiéndose al borde de
venirse.
—Siento lo mismo—dijo ella entre estertores, lo que hizo aún más
duro sus empujes.
Apenas segundos transcurrieron hasta que ambos sintieron que se
encendían y sus cuerpos se elevaban disolviéndose, sus mentes en la niebla
placentera del éxtasis sexual. <<Mía, mía para follar, mía para disfrutar>>,
pensó mientras se derramaba en ella, tan hondo como podía, queriendo
quedarse a vivir en su calor, en su placer.
Diecinueve.
LIAM.
Era difícil que Amelia saliera de su sistema, pues cada encuentro,
cada intimidad compartida, cada vez que follaban, él se sumergía más y más
en el universo de su sonrisa, en la suavidad de sus caricias y en la
inquietante profundidad de sus ojos. Cada vez que la tomaba, que
derramaba su pasión en ella y disfrutaba de la concreción de su lujuria en
todas las formas imaginables, se comprometía más. Lo entendía y eso lo
retraía.
Luego de su fin de semana en Santa Mónica, todo pareció
precipitarse. Había esperado algunos días para volver a contactarla,
esperando que todo decantara y su buen juicio prevaleciera, pero eso había
resultado imposible. Al cabo de menos de lo que hubiera sido razonable,
estaba deseando tenerla a su lado. Como si su cuerpo la necesitara y no
pudiera mantenerse ajeno a ella, como si fuera un adicto y ella su sustancia,
la que le quitaba buena parte de su lógica y hacía que su cuerpo y su mente
se desfasaran. Cayó una y otra vez en la tentación, semana tras semana, a
veces logrando resistir un poco más.
Mas cuando la abstinencia se volvía prolongada, Amelia aparecía en
su retina en el medio de las reuniones más serias y aburridas. Acostada
sobre su mesa, abierta para él, con sus grandes ojos incitándola a tomarla, a
que la poseyera sin descanso y gozara de su sexo tibio y delicioso. Estas
distracciones no habían pasado desapercibidas para sus hermanos, que le
observaban, picados y asombrados. Por fortuna, a pesar de su insistencia
por saber qué o quién lo afectaba así, aún lograba conservar el secreto de
Amelia. Era suya, su secreto. No sabía por cuánto tiempo lo sería: suya para
disfrutar, suya para compartir momentos, para no estar solo y sentir que la
vida tenía otro sentido además de hacer dinero y entrenar.
Amelia y sus hermanos lo ataban a tierra y le daban lo que
necesitaba para no caer en una espiral de desasosiego. Estaba agotado y
comenzaba a perder la fuerza y la convicción que lo habían mantenido
durante tanto tiempo a cargo de los negocios de la familia. Esta realidad se
le hacía cada vez más evidente. En verdad, el contacto y la presencia de ella
lo habían sensibilizado. Los años inmersos en la férrea conducción del
conglomerado Turner lo habían vuelto más agrio de lo que deseaba y lo
habían alejado de la naturalidad de las relaciones. Esa que sentía recuperaba
en las charlas y los encuentros con Amelia. Pensar en perder esto era duro y
retrasaba la decisión.
Que esto había impactado en su humor era evidente y también para
sus hermanos. Fue claro que los tres habían intercambiado impresiones y se
lo hicieron notar en la comida dominical. A las pullas de Ryker se sumó la
intriga de Avery, que le preguntó directamente si estaba viendo seriamente a
alguien.
—Por favor, que no sea Melody—le dijo.
Se rio. Sabía que ella esperaba su negativa y por eso se lo preguntó
sin su presencia, que parecía haberse vuelto una constante los domingos, lo
que hablaba a las claras de que su madre tenía un plan.
—No te preocupes—le guiñó un ojo—. No está en mi agenda tener
algo ahora ni nunca con esa mujer.
—Por Dios, guiñó un ojo—dijo Alden—. ¿Quién eres tú en el
cuerpo de Liam?
Lo miró condescendiente.
—¿Estás viendo a alguien, entonces? —volvió a la carga Avery.
Le hizo sonreír esa ansiedad por saber. Tenía claro que venía desde
las mejores intenciones.
—Podría decirse.
Fue deliberadamente ambiguo. ¿Cómo cuenta uno lo satisfecho y
completo que se siente por tener a una mujer que hace de sus noches y de
sus horas un deleite? Alguien que es tan encantador y honesto que no
parece tener cabida en su mundo. Alguien a quien no puede dejar de tocar o
cuya sonrisa le llena. Alguien a quien ha dado un plazo en su vida. Alguien
que le da tanto y que se ha colado hondo, que parece tener poder sobre él.
Uno que no podía permitir que tuviera. Liam comenzaba a notar que
la relación trascendía el deseo y lo veía también muy claro en los ojos
bellos de Amelia. No podía permitirse generar falsas expectativas, en ella ni
en él. Sabía que había sido claro desde el inicio, pero todo había sido tan
bueno que comenzaba a trascender los objetivos iniciales.
—¿Cómo así? —dijo Avery.
—Puedo decirte que estoy viendo a alguien, pero no es importante.
—Es extraño. Ha logrado cambiarte y mejorar tu ánimo. Distraerte
—sentenció Alden.
—Mi ánimo no tenía ningún problema.
—Claro. No es importante, pero ya no gruñes, no se te ve amargado
ni a punto de estallar. La piel y el rostro se tensan de lo bien que estás. Pero
no es nadie, seguro—dijo Ryker—. ¿Me puedes pasar el teléfono de ese
alguien? Si no planeas que sea algo permanente. Podría disfrutar de lo
mismo. El tratamiento que da parece muy bueno.
La sola idea de que alguien tocara a Amelia hizo que una pesada
bola se instalara en su estómago y miró a Ryker con encono. Le molestaba
siquiera imaginar que otro la acariciara, la besara o la penetrara como lo
hacía él, para recibir sus gemidos de pasión. Sabía que era un maldito
bastardo, pero no podía evitarlo. Ella era suya.
—Tranquilo, no me saltes a la yugular—se retiró su hermano—. Esa
relación que tienes, esa mujer, no es alguien tan liviano como nos quieres
hacer creer—sentenció con una carcajada.
—¿De qué mujer hablan, Liam?
La pregunta de Melody, que había llegado sin que se percataran,
interrumpió la conversación y el fastidio se hizo patente en todos, pero la
blonda pareció inmune.
—Nada que pueda interesarte—contestó Liam, sin dar espacio para
más interrogatorio.
—De seguro nadie importante, querida—intercedió la mujer mayor,
haciendo un gesto a su hijo para exigir compostura, que él ignoró.
—Deseaba verte hoy. Has estado ausente—sonrió Melody, sin
insistir en el tema. Liam no contestó-. Hay un gran evento en la empresa de
mis padres, la semana próxima. Va a ser una fiesta súper exclusiva y me
encantaría tenerte a mi lado.
—Por supuesto que irá. Liam es un caballero—intercedió su madre,
contestando por Liam como si fuera un pequeño, lo cual lo molestó más.
No había hecho bien su tarea cuando era niño, ¿a qué venía su
interés por su futuro?
—Es muy importante para mí. Mi padre ha decidido darme más
responsabilidades y soy la organizadora. He tomado la decisión de que la
fiesta será de estricta etiqueta. Dorado y negro—dijo, con seriedad.
—Impresionante responsabilidad—dijo Alden, con malicia, a lo cual
Melody no contestó.
—Será maravilloso. No dudo que lograré que acuda lo más granado
del Estado. No puedes faltar a mi lado, Liam.
Este no se molestó en contestar. Ni se le ocurría acudir. Prefería
estar con Amelia que ahogarse toda una noche en alcohol para evitar la
cháchara insoportable de Melody.
—Siempre cuentas conmigo si Liam no puede ir—argumentó Ryker,
haciendo una reverencia.
Melody lo miró y le sonrió, pero era evidente, que su presa era
Liam. Hizo un gesto coqueto y tocó a este en el hombro, haciendo que la
cadera se posara en su costado, gesto que este rápidamente evitó,
caminando hacia el comedor.
—Lamento decir que tengo planes para ese día. No creo poder ir.
Ahora, ¿les parece si comemos?—apuró el paso.
El rostro de Melody mostró su contrariedad, pero la madre de Liam
le hizo un gesto y lo dejó pasar.
Veinte.
AMELIA.
Se apresuró, descendiendo del coche con rapidez y sin esperar a que
el chofer le abriera la puerta, como era habitual. Bratt la había demorado,
otra vez molestándola con sus insinuaciones. Se volvía más atrevido y ella
comenzaba a temer que sus constantes intentos de contacto físico
degeneraran en cuestiones más serias. Ella estaba resistiendo y le fastidiaba
que él no pudiera dejar el acoso de lado. Sus esfuerzos por acceder a otro
empleo no habían tenido éxito hasta el momento, por lo que debía seguir.
Suspiró con ruido, intentando sacar el malhumor y disgusto de su
sistema. Se detuvo por un segundo para alisar su vestido. Al menos había
podido cambiarse de ropa y se sentía bonita con ella. Estaba orgullosa de
esta prenda, que era un diseño propio, producto de uno de los bocetos
producidos en Santa Mónica. Había conseguido una tela hermosa en oferta,
en un color limón que le sentaba y la hacía sentir elegante y fina. Digna de
Liam, apropiada. Su relación continuaba y se maravillaba que ya hubieran
transcurrido tres meses desde su primer encuentro. Para ella, al menos, era
algo significativo y alentaba la esperanza de poder disfrutarlo más.
Hacía varias semanas que se encontraban en el departamento del
centro, dejando atrás las primeras citas en el edificio de la empresa. Cada
vez se sentía más segura junto a él; que la mimaba con sus miradas de deseo
e interés, que se solazaba con las caricias en su piel, con sus besos, todo lo
que alimentaba su autoestima. Por otro lado, su constante interés por su
sueño y el estímulo que le daba para ir por él la habían hecho considerar
con seriedad el investigar opciones para poder lanzarse como una pequeña
empresaria.
Él incluso la había sorprendido un día con un plan de negocios a
pequeña escala, hecho exclusivamente para ella, que señalaba costos,
posibles fuentes de financiación, una de las cuales quedó descartada de
inmediato, por ser él mismo. Y lo más dulce y genial que había hecho, a lo
que no pudo resistirse, fue regalarle una máquina de coser industrial, que
encontró instalada un día en su casa, al arribar.
Tina y su tía la habían esperado ansiosas y extasiadas, curiosas y
desesperadas por que hiciera uso de ella. No había podido decir que no a
eso, aunque luego había insistido hasta la saciedad que era lo único que iba
a aceptar y solo porque no podría ver la cara de dolor de su tía si la
devolvía. Ella misma estaba emocionada y reconocía que le daba otras
posibilidades. Había amado ese gesto de impulso de Liam, que en definitiva
planteaba que se preocupaba por su bienestar y su futuro.
Ya en el edificio, se montó distraída en el ascensor, pensando en él.
Al abrirse las puertas, se dirigió al pent-house con decisión, sabiendo que él
la esperaba, anhelando que borrara la semana de pura mierda que Bratt le
había hecho pasar. A pocos pasos, se detuvo. Su corazón dio un salto al ver
a la magnífica mujer que golpeaba con insistencia la puerta del
apartamento. Amelia la reconoció sin necesidad de hacer mucha memoria,
era Melody, la rubia platinada con quien había tenido el conflicto la noche
que había conocido a Liam.
Con un vestido maravilloso y joyas que hubiera dejado ciego a
cualquiera, vestida y peinada de infarto, golpeaba la puerta con
impaciencia. Parecía la imagen de la riqueza y el glamour. A su lado, con el
vestido del que se había sentido tan orgullosa hasta ahora, ella parecía la
nada. Frenética, nerviosa, no supo que hacer y luego trató de volver atrás,
pero justo en ese instante la blonda se dio vuelta y la vio. Posiblemente
hubiera pasado inadvertida ante ella en otro contexto, pero este piso solo
tenía dos apartamentos. Y Melody la conocía, al menos la había visto bien
al insultarla cuando derramó su champagne.
—Tú…Te conozco, ¿no es así? —la mujer entrecerró los ojos,
buscando en su memoria—. ¿Quién eres? —Se acercó a Amelia, que
parecía haber quedado clavada en el lugar y no podía soltar palabra, aunque
su mente pugnaba porque sus labios dijeran algo inteligente—. ¿Vienes a
ver a Liam? ¿Eres la mujer que se está follando?
La vulgaridad y desprecio de su voz, rápidamente devenido de
cuidadosa a chillona, hicieron que Amelia se sonrojara. De algún modo
parecía que Melody sabía algo de ella.
—No voy…—comenzó a responder, pero la rubia se le vine encima.
—¡Te reconozco ahora, pájara! Eres la que me derramó champagne
en aquella fiesta. ¡Veo que lo hiciste con toda intención! Te follas a Liam y
crees que puedes ser rival para mí, ilusa—rio con un desagradable sonido
—. Está claro lo que eres y debes ser buena si lo has entretenido hasta
ahora. Pero se te termina el tiempo, putita. Liam es mío, es cuestión de
tiempo que nos comprometamos oficialmente y nos casemos.
Amelia boqueaba, impactada por la violencia en las palabras y los
ojos de Melody, que parecía haber perdido la compostura. No pudo
contestar, sentía que su garganta se había hecho un nudo. En ese momento
Liam abrió la puerta, envuelto apenas en una toalla, evidencia de que estaba
duchando. Su mirada de estupor las recorrió a ambas, desconcertado.
Amelia temblaba, pero Melody se recuperó de inmediato, poniendo su
mejor cara, como si nada hubiera ocurrido.
—¡Liam, querido! —le dio un beso—. ¿Cómo es posible que no
estés listo aún? —hizo un frenético aspaviento—. Vamos tarde, amor.
Si no hubiera visto la mirada de desconcierto de Liam y hubiera
recordado que él mismo le había pedido que viniera, Amelia hubiera creído
el teatro de Melody. Se hubiera dado vuelta sin pensar, para irse.
—¿Qué haces aquí, Melody?
La confusión en sus ojos era evidente y su boca hizo un rictus que
Amelia reconoció como contrariedad.
—¿Qué hago aquí? —Melody elevó una ceja y su voz se elevó,
nerviosa—. ¿No recuerdas nuestro compromiso, la fiesta de mi padre?
Prometiste a venir conmigo. Es nuestra noche, tú dijiste...
—No—cortó seco él, pasando la mano por el cabello—. Tú hablaste
y yo te dije que tenía planes.
—Tú madre dijo… ¡No puedes dejarme plantada de esta manera!
—¿A ti te parece que mi madre decide por mí? —dijo él, frío y
fastidiado—. Lo lamento, pero esto no funciona así. Deberías haber tomado
la oferta de Ryker. Llámalo, es probable que esté disponible. Hazlo rápido.
Su rostro se dirigió a Amelia, cambiando la mirada de frialdad por
una cálida, una que hizo que Amelia se aflojara.
—¡No puedo creer que me dejes de lado por esta…! Por esta... ¿Este
es tu plan? ¿Un revolcón con una mesera? —la voz de Melody se hizo dura
—. Es totalmente ofensivo que prefieras pasar el rato con esta gorda. Oh, no
dudo te la debe chupar muy bien, pero mírala…Ni un atributo destacable.
Los hombres que se dejan gobernar por sus penes pierden, Liam.
Amelia sentía su cuerpo arder de furia y humillación, temblando,
aunque incapaz de articular palabra. Era esa la forma en la que
desgraciadamente había respondido al acoso, en el pasado y parecía que
nada cambiaba. El dolor le quitaba toda capacidad de defensa. Fue Liam el
que, frío y con su cara vuelta una máscara, cortó finalmente a Melody:
—Debes irte, Melody. Deja de decir tonterías. No tengo
compromisos con nadie. Y eso te incluye.
La rubia apretó sus dientes y lo miró con rabia, para luego recobrar
su compostura.
—Espero que recapacites. No estaré esperándote. No puedo creer
que tengas tan poca clase.
—Vete.
El taconeo furioso y el subsecuente empujón a Amelia dieron cuenta
de la explosiva salida, y Amelia sintió que los ojos quemaban su espalda
cuando las puertas del ascensor se cerraron. Se sentía incapaz de moverse o
pensar con claridad. El ataque había sido arrogante y doloroso.
—Amelia…—él se acercó y la abrazó.
Ella trató de contener sus lágrimas, pero las palabras habían calado
hondo y no fue posible. Otra vez volvía a sentirse la adolescente
acomplejada. ¿Qué era ella, con su absurdo vestidito casero, frente a
Melody? Ante Liam. Nada. Así se había sentido. Como si la realidad se
derramara con violencia, para despertarla. Era imposible que saliera ilesa.
Acababa de abrir la puerta a sus sentimientos y estos decían, sin
sombra de dudas, que amaba a ese hombre que la miraba sin entender por
qué estaba inmóvil y parecía no reaccionar. Ella, la poca cosa y con poca
clase, la que había aceptado ser la amante de Liam, sin vínculos
sentimentales, lo amaba. Él había sido muy claro, nada de sentimientos. Y
Melody, en su horrible clasismo, tenía razón. La que estaba equivocada era
ella.
—Liam, creo que… Esa mujer tiene razón. No tiene caso— dio la
vuelta y con pesar se dirigió a las escaleras, pero los brazos de Liam la
detuvieron.
—Amelia, no te alejes de mí. No dejes que Melody te afecte. Que
afecte lo nuestro. Nada de lo que dijo es cierto. Es contigo que quiero pasar
la noche. No le prometí nada y no me interesa. Anda, ven—le sonrió y la
condujo otra vez a su apartamento.
Amelia se dejó llevar, sabiendo que estaba mal, que estaba jodida,
que le iba a doler pronto el ser tan débil. Pero lo quería, quería estar con él.
Y de algún modo, hoy, esta noche, era suyo. Este hombre bello, poderoso,
sexy, había despedido a la elegante Melody para estar con ella. Eso tenía
que valer. Cedió. Se equivocaba, lo sabía, pero no podía evitarlo. Lo
necesitaba. Lo que pudiera darle.
Veintiuno.
AMELIA.
Salió del sitio con rapidez, procurando compensar el tiempo
perdido. Había pasado la noche entera en el apartamento de Liam y se había
dormido esa mañana. Él se había ido temprano y le había dicho que podía
quedarse tanto como quisiera, lo que agradeció. Pero había dormitado y se
retrasaba para el trabajo. Cerró los ojos y un estremecimiento le trajo el
recuerdo de la pasada noche, otra más en la que habían compartido esos
instantes abrumadores e íntimos que se acumulaban.
El episodio con Melody la pasada semana no había roto la magia: la
forma en la que él había revertido sus palabras, como la había acariciado y
besado, con fuego y pasión, la habían convencido de que podía funcionar.
Claro que era riesgoso, estaba comprometiéndose en cuerpo y alma en algo
que se volvía cada vez más incierto. Suponía que él tenía algunos
sentimientos hacia ella; tenía claro que no era solo sexo lo que vivían, pero
no le había expresado nada.
Y Amelia había decidido que prefería el riesgo, lo había
considerado: escapar de él por miedo a sufrir no tenía sentido. Estaba hasta
las manos por ese hombre; el dolor que sentía cuando no estaba con él, la
forma en que lo extrañaba, hacía que corriera cada vez que la llamaba.
Ya en el estacionamiento, a diez metros del vehículo, la figura de las
dos mujeres la hizo detener en seco. Una de ellas era Melody, perfectamente
vestida, como si fuera asistir a una fiesta a primera hora de la mañana. A su
lado y no menos compuesta, una mujer de una elegancia innata, aunque
mayor, la miraba con frialdad, midiéndola con una mirada que Amelia no
pudo clasificar sino como intimidante. Melody se adelantó, pero fue la
mujer mayor la que habló:
—Tenemos que hablar.
—No sé qué…—Amelia murmuró nerviosa.
La voz de Melody, chillona, la sobresaltó:
—Liam, querida, Liam pasa. ¿Crees que vamos a permitir que lo
sigas enredando?
—Te confundes…
—Deja el teatro, sabemos perfectamente quién eres. La puta que
mantiene y que parece creer que puede obtener algo de él, además de una
buena follada.
—Melody— la voz de la mujer sonó dictatorial y llevaba implícita
una reprimenda.
—Disculpa mi lenguaje, querida—Melody la miró y ensayó una
disculpa, pero luego volvió su mirada aviesa a Amelia—. Este tipo de
mujeres solo entiende cuando alguien es directo.
—No sé qué es lo que quiere ni tampoco…—dijo Amelia.
—Soy la madre de Liam—cortó la otra—. Tengo entendido que, de
algún modo, él se ha enredado contigo. No sé qué clase de artimañas has
usado, mas te puedo asegurar que no permitiré que te sigas beneficiando de
su gentileza. Ni siquiera puedo entender que ve en ella—miró a Melody con
extrañeza y luego su desprecio se volcó en Amelia.
—Ni siquiera una pista—Melody pareció estremecerse.
—Tan falta de clase, evidentemente sobrealimentada.
Amelia se sintió tan herida; hablaban como si no estuviera, como si
fuera un elemento de estudio. No podía emitir sonido, conteniendo la
respiración, su pulso acelerado parecía enviar sangre por su cuerpo a
velocidad inusitada. Las miradas, la actitud, el desprecio era tal que deseó
que un agujero negro la tragara.
—¿Cuánto quieres por dejar a mi hijo en paz? —la mujer mayor
había sacado una chequera y, bolígrafo en mano, la miraba.
Amelia sacudió su cabeza, sin poder creerlo.
—Vamos una cifra. Las de tus clases solo entienden ceros.
—No te excedas. No lo vales—sentenció Melody.
Amelia levantó su cabeza con toda la dignidad que pudo y se aclaró
la garganta. Estas dos podían ser el ejemplo más claro de elegancia,
sofisticación y dinero, podían tener el glamour del mundo, pero no
pisotearían su dignidad.
—No las escucharé más. No tengo nada que decirles, salvo que me
dan pena. Usted—se dirigió a la mujer mayor—, no tiene siquiera una idea
de lo maravilloso que su hijo. Con todo el poder que tiene, jamás ha
actuado de la forma tan baja que usted lo ha hecho.
—Mi hijo es un tonto sentimental—hizo un mohín despectivo—. Es
mi deber sacarle de encima a las arribistas escaladoras que creen en mejorar
su estatus a través del sexo.
—Se equivoca, pero no importa. No me conoce.
—Ni siquiera me interesa.
—Estamos iguales. No se preocupe. Su hijo está seguro conmigo,
tenemos nuestros asuntos muy claros.
Sin más y a pesar del temblor de sus piernas, se obligó a caminar y
las rodeó, pasando también de largo al vehículo que la esperaba, dejando
detrás al chofer, que la miró desconcertado. Amelia nunca había necesitado
tanto respirar aire puro. Esas dos…No la conocían, no sabían cómo era y
tenían la peor imagen de ella. No tenía que importarle, pero eran parte del
círculo de Liam. Uno que jamás la aceptaría.
No es que él siquiera se hubiera planteado introducirla en él. De
todas maneras, venían a ella, para expulsarla, para hacerle ver que era
inadecuada. Era una ilusa si creía que él en algún momento querría algo
más que sexo. En su afán por tener algo de él, por compartir horas, había
dejado que el fantástico sexo compartido la engañara, haciéndola pensar
que le pertenecía. Era una falacia y de nuevo se lo recordaban. Como esa
manecilla que golpea la puerta, cada tanto, le decían que despertara de su
fantasía. Ella era nadie. Él pronto la dejaría atrás. Y se llevaría su corazón
con él. O mejor, lo dejaría quebrado, devastado, en pedazos.
Tenía que ser fuerte y romper el hechizo, decidió, caminando sin
parar y dando vueltas a las ideas sin parar. Era preferible un desengaño a
tiempo que el rechazo y la patada cuando él se cansara de ella. No podría
soportarlo, no podría soportar su indiferencia y el abandono. Limpió sus
lágrimas, sentada en un banco. Se sentía cansada, sin esperanzas. Ni
siquiera tenía ganas de trabajar.
Ya se había hecho tarde, de todas formas. Sus pensamientos
atormentados la habían hecho caminar por dos horas. Necesitaba descansar,
desconectar. Se lo merecía. Merecía estar en su casa y con su familia,
protegida. En el refugio que era su espacio. Sacó su móvil y envió un
mensaje a Bratt, y luego tomó el transporte para ir a su casa. Ignoró
sistemáticamente los mensajes de su jefe despotricando y amenazando con
despedirla. Que lo hiciera. No podía soportarlo más.
Apenas llegó se dirigió a su habitación, pasando rápido frente a Tina
y su tía, diciendo que se sentía cansada y probablemente estaba por
engriparse. Era imposible que no notaran sus ojos rojos e hinchados, pero
nada dijeron. En su habitación, finalmente, lloró en silencio, ahogando sus
sollozos con la almohada.
Comenzó lento, pero pronto se volvió una catarata. Dolía mucho
querer sin ser correspondido. Dolía entregarse queriendo dar todo sabiendo
que el otro devolvía una parte. Dolía ser poca cosa y no encajar. Dolía tener
que tomar una decisión tan difícil cuando todo le gritaba que no lo hiciera,
que no arrancara de su vida lo único que le daba calor y la completaba. El
golpe en la puerta y la voz preguntando si estaba bien la hicieron
reaccionar. Sus seres queridos no merecían que ella se desmoronara.
—Estoy agotada—contestó.
—Sé que hay algo más—su hermana entró y se sentó a su lado,
acariciando su mano.
Se mantuvo en silencio unos minutos.
—He estado saliendo con alguien.
—Lo sé, es obvio. Tu ánimo cambió, pasas noches afuera, el fin de
semana en la playa. Esa persona te hizo muy bien. Pero eso parece haber
cambiado.
—No me ha hecho mal. Él no cambió. Pero me he concientizando
de que soñé demasiado alto. Y la caída es dolorosa.
—Hermanita…
—No te preocupes por mí, Tina. Estaré bien. Esto no mata a nadie.
—Duele.
—Sí. Es parte de vivir.
Tina le sonrió, aunque esto no alcanzó a sus ojos. La vio rara.
—¿Qué pasa, Tina?
—La tía no se ha sentido bien—susurró—. No quisiera decirte esto
justo ahora, pero me temo que los dolores están volviendo y eso no son
buenas noticias.
Amelia se secó las mejillas y se incorporó.
—Tenemos que llevarla al médico, que le hagan chequeos.
—Amelia, sabes lo que dijeron los especialistas la última vez.
—No podemos…
—Ella está cansada. No quiere ir. Ha sufrido mucho y sabe que es
inútil. Su enfermedad ha estado controlada, pero no ha remitido.
—Con otros medicamentos y sesiones de quimioterapia—esgrimió.
—Sufriría, Amelia, sin posibilidad real de cura. No quiere terminar
su vida en una cama, dolorida.
Se derrumbó, abrazando sus rodillas.
—No quiero que sufra.
—No podemos hacer demasiado. Contenerla, disfrutar de ella. Sabes
cómo es. Terca hasta el final.
—Lamento tanto que hayas tenido que llevar la casa y ayudarla.
Debí…
—No has podido hacer más. Te has roto la espalda para darnos lo
que necesitamos—le dijo Tina con énfasis, abrazándola.
Amelia se recostó y cerró los ojos, agotada.
—Y, aun así, todo se diluye en nuestras manos. No manejamos nada.
—Si empeora la llevaremos, claro. Para que le den calmantes. Pero
ella está en paz con la idea de morir.
—No lo puedo aceptar—sollozó.
—Tampoco yo. Pero hemos de tener esperanza de que podrá
disfrutar sus últimos meses.
La esperanza era algo que Amelia sabía que duraba poco, pero se
aferró a esa idea. Confrontada a la inevitabilidad del decaimiento de su tía,
a la inminencia de uno de sus temores más grandes, su sufrimiento por
Liam parecía algo fuera de lugar.
+++
El correr de los días hizo que los pronósticos más tristes se fueran
concretando. Su tía fue consumiéndose con rapidez y Amelia no podía
soportarlo, verla deteriorarse le partía el corazón en dos. Aferrada a la idea
de estar con ella y ayudar a Tina, desestimó las llamadas de Liam y sus
mensajes, respondiendo con evasivas y luego directamente, para hacerle
saber que había desistido del trato. Escribir ese mensaje fue una de las cosas
más dolorosas que recordaba, pero no podía distraerse de lo importante.
Había tomado la decisión antes de saber lo de su tía, pero esto había
reforzado la idea.
AMELIA. Liam, te agradezco infinitamente el tiempo vivido, las
risas, el apoyo, el placer. Me sentí contenida y halagada, intensamente feliz
por tu interés y tu pasión. Pero ambos, tal vez tú más que yo, sabíamos que
tenía tiempo de finalización. He decidido ser la que termine con esto. Te
confieso que has significado mucho para mí. No puedo seguir, a riesgo de
romperme, de quebrar este que ha sido el mejor trato que alguna vez he
hecho. No he podido mantener mis sentimientos ajenos, aunque lo intenté.
Espero que no te quedes con un mal recuerdo mío. Tengo el mejor de ti.
Apretar enviar fue todo un esfuerzo y aguantar impasible la serie de
mensajes de vuelta, inquiriendo razones y pidiendo hablarlo personalmente,
casi la quebró. Durante varios días, se sucedieron los ramos de flores, las
notas, los mensajes, en una andanada que no esperó y que hizo todo más
difícil. Las palabras dulces y la inesperada necesidad de él por
explicaciones la desarmaron.
Resistió como pudo, con el corazón en la mano, amparada por Tina
y Sharon, que no decían nada. No se atrevían, su cruda decisión tomada. Lo
que Liam experimentaba era sorpresa, incredulidad, dedujo. Era un hombre
acostumbrado a tener la última palabra, a ganar. Pero este no era un juego.
Era su vida, su corazón. Se concentró en su familia, dejando de lado su
trabajo, pues Tina no podía lidiar sola con la situación cada vez más difícil.
Una que al final se tornó irreversible y las obligó a hospitalizar a la
tía. Con esta decisión llegaron los apremios económicos. Sin un seguro
médico bueno que cubriera la permanencia y el tratamiento hospitalario, los
gastos médicos se fueron acumulando y esto desesperó a Amelia.
No saber cómo resolverlo le llevó a pedir un préstamo a Bratt, ya
que Sharon no tenía el dinero. Mas las condiciones que este impuso fueron
tan dantescas e inmundas que las desechó de inmediato, horrorizada por su
falta de humanidad y de límites. Lo único que pudo pensar, aunque la sola
idea le costaba el mundo, fue pedir dinero a Liam.
Su orgullo no podía ponerse en el medio del tratamiento paliativo de
su tía, decidió. Darle la mejor muerte posible era lo único que podía hacer.
No tenía nadie más a quien recurrir, a quien pedirle dinero, no tenía
expectativa. ¿Qué valía su orgullo frente a la posibilidad de que su tía
pudiera pasar su último tiempo cuidada y muriera con dignidad? La idea de
esto la llevó finalmente a enviarle un mensaje. Esperaba que él entendiera.
AMELIA. Liam, espero de todo corazón que no malinterpretes este
mensaje. He luchado para tratar de evitar esto. Pero no tengo otra
posibilidad. Eres mi última esperanza. Se que no me debes nada, y esto va
en contra de lo que muchas veces proclamé.
Necesito con urgencia la suma de dinero que ves en esa imagen que
adjunto; es para cubrir los gastos médicos de mi tía. Ella está viviendo los
últimos momentos de su enfermedad y sin seguro médico los cuidados
paliativos no serán posibles. ¿Podrías hacerme un préstamo? Sé cómo debe
sonar, y lo lamento tanto. Trataría de devolverte esa suma a la brevedad, te
puedo firmar los documentos que me pidas. Entenderé si no puedes
considerarlo.
La respuesta no se hizo esperar y suspiró con fuerza, sollozando, al
recibirla. Escueta, pero clara.
LIAM. Lamento saber que tu tía está en tan mala situación. Sé
cuánto la amas. Por supuesto que tienes ese dinero a tu disposición,
Amelia. ¿Cómo podría no considerarlo? Pásame todos los datos del seguro
médico y todo estará cubierto.
Temblando, llena de agradecimiento, le contestó.
AMELIA. Gracias. No sabes lo que significa para mí.
Veintidós.
LIAM.
Liam sentía el peso del mundo sobre sus hombros. Habían pasado
tres meses, tres largos y solitarioS meses desde la última vez que había visto
Amelia, del último momento en que la había besado y le había hecho suya,
en que habían compartido la más dulce y apasionada intimidad. Jamás
imaginó, al abandonar el lecho de su departamento aquel aciago lunes a
hora muy temprana, luego de besar sus suaves labios, que sería la última
vez.
El desconcierto regía su vida desde entonces, volviendo miserable lo
que había sido hasta hacía bien poco su normalidad. La ruptura había sido
inesperada y se había precipitado sobre él con la velocidad de una tormenta
de verano, pero lo había sumido en la oscuridad. Esa era su sensación, pura
y cruda. Como si todo fuera un antes y un después de Amelia.
Recibir el sucinto mensaje de abandono lo había sorprendido. Sin
ninguna advertencia, sin ningún desencadenante, sin nada que hiciera
prever el desenlace. Al desconcierto y perplejidad había seguido la rabia.
¿Cómo se atrevía a dejarlo? ¿No era capaz de ver cómo se
complementaban? ¿Todo lo que él había cambiado por ella?
Luego, la ironía de la situación se había hecho obvia. Lo que Amelia
había hecho era lo que él pretendía hacer en algún momento más adelante,
algo que había venido posponiendo porque le dolía pensar en un adiós. ¿Por
qué le impactaba tanto? Sí, su orgullo estaba herido, pero no pasó mucho
hasta que fue entendiendo que lo que sentía iba más allá de un sentimiento
de vanidad.
Comenzó por extrañarla físicamente, empero, pronto la cruda
realidad se evidenció: le partía en dos no tenerla, toda ella. Sus risas, su
charla, cenar y mirar TV, la intimidad, compartir. No guardó su reacción, no
se comió sus sentimientos, pues no paró de enviar mensajes y detalles que
la trajeran de vuelta. La necesitaba. Quería recuperarla.
Solo luego de una semana pudo entender, pasada su tormenta
interna, lo que el mensaje de adiós significaba. Ella terminaba todo porque
había empezado a sentir algo por él. Involucró sus sentimientos. Esos que
él, como el auténtico bastardo manipulador que era, le había dicho que no
podían entrar en juego. Esos que él mismo había sido el primero en
incorporar, rompiendo, sin intenciones y sin demostrarlo, lo que había sido
la esencia del trato inicial. <<Sexo sin sentimientos mis pelotas>>, se dijo
entonces. No se podía estar más comprometido.
Esta convicción le asustó. No estaba acostumbrado a manejar estos
sentimientos. Y si se equivocaba. ¿Si lo que sentía en verdad era
abstinencia de ella? Su química era tan buena, tan vibrante, que era posible.
No podía ceder a la tentación de ir por ella y confesar algo de lo que no
estaba seguro, que suponía. El tiempo decantaría las cosas, decidió.
Cuando algunos domingos después de lo ocurrido su ánimo se
encontraba peor de lo previsto y nada parecía mejorar, su madre le dio a
entender que estaba preocupada por él. La escuchó sin mover un músculo y
no emitió palabra.
—Has cambiado mucho. Te has vuelto débil. Si tu padre estuviera
aquí…
—Madre…—quiso cortar Ryker.
Sus hermanos pretendieron frenar el discurso, pero fue inútil.
—Si mi padre estaría aquí, tú no podrías vivir con libertad,
derrochando dinero en idioteces y maquinando para que tus hijos se casen
con quienes tu club de bridge considere candidatas—interrumpió Liam, con
frialdad.
—No te permito. Te he criado…
—Permíteme discrepar ahí—se involucró Alden—. Beatrice nos
crio.
—Coincido—dijo Liam—. Ya que estamos en esto, en confesiones,
te diré fuerte y claro que no tengo intenciones de comprometerme, casarme
o siquiera estar cerca de Melody.
—¿Esto tiene que ver con esa mujerzuela con la que te revuelcas en
tu apartamento? De verdad, Liam—los ojos de su madre se desmesuraron,
mostrando su furor.
Liam la miró con ira:
—Lo que haga de mi vida es asunto mío.
—Eres la cabeza de la familia Turner. Lo que hagas nos impacta.
—No veo que nos haya impactado mucho. De ser así, la vida
amorosa de papá nos hubiera sumido en el oprobio—sentenció Ryker,
ganándose la furibunda mirada de su madre.
—Puedes elegir mejor, hijo. Es terrible la falta de clase y aspecto de
esa mujer.
—No hables de ella.
—Mira, ya comencé el tema y pienso seguir. Tienes a una mujer
exquisita dispuesta a comprometerse contigo. Melody es todo lo que un
hombre querría para sí.
—No me interesa.
—¿Y si lo hace esa desarreglada, obesa y aprovechada? Melody me
habló de ella.
—¡No quiero que hables de ella!
—¡Traté de sacártela de encima! Esas fulanas hablan el idioma del
dinero.
Liam sintió que veía rojo. ¿Había pago a Amelia para que lo dejara?
¿Ella lo había aceptado?
—¡Ella no es así!
—Su numerito de digna lo hizo bien. Pero es cuestión de tiempo
para que acepte. Seguro que si le ofrezco una cifra más alta…
—¿A eso te acostumbraste con las amantes de nuestro padre? —fue
Ryker el que intervino.
Liam respiraba con furia. Se había atrevido a confrontar a Amelia, a
ofrecerle dinero. ¿Qué pensaría de él, de ellos? Claro que había sido digna,
ella era la mujer más integra, más entera que conocía. El viejo sentimiento
de desilusión lo invadió, ese que siempre lo rodeaba cuando su madre
actuaba.
—No puedes dejarnos ser, ¿verdad? Tienes que juzgar a todos por tu
torcido sentido de la vida.
—Hijo, esa mujer es todo lo que detesto. Va contra lo que somos.
—Lo que eres—intervino Avery, con desprecio—. Tú eres la que
cree que nuestro dinero nos da derecho a todo. Y que lo que mostramos es
lo que somos. Tú eres la que cree que ser feliz es lucir ropas y joyas. No
nosotros.
—Espero que tu acción no sea la que precipitó el que Amelia tomara
la decisión de…—cortó su frase y la miró furibundo—. Te juro por lo que
más quiero que si fue así, no pisaré esta casa nunca más. No me verás más,
si es que eso te importa. Y de paso te digo que es la mujer que me enamoró,
la única que ha logrado conmoverme. He sido tan obtuso como para no
considerarla en todo su valor. Pero eso va a cambiar. Haré todo lo que sea
posible para tenerla a mi lado.
—¡No puedes hacer eso! ¿Qué dirá Melody, su familia, nuestros
amigos?
—No es algo de lo que me voy a hacer cargo. Y tú tampoco
deberías. Aunque sé que eso es mucho pedir.
Su tono era tenso; la ira lo envolvía y sus hermanos le rodearon para
atemperar la discusión. De continuar, diría cosas que lamentaría de por
vida. Su madre era así, no tenía cura ni jamás comprendería. Avery lo
abrazó por la cintura y lo llevó a la sala contigua al jardín, pidiéndole que se
sentaran. Miró preocupada a Alden y Ryker y estos le devolvieron la mirada
de consternación. Este no parecía Liam, no el que conocían; el tranquilo,
frío y calculador que hacían las veces de árbitro entre ellos.
—Es increíble… Atreverse a juzgarla y humillarla—dijo—. Todo
para conseguir que me comprometa con alguien tan vacío como Melody.
Esa mujer no vale siquiera la mitad de Amelia. ¿La perdí por ellas, por lo
que le dijeron? —se tomó el rostro con las manos y suspiró, cansado y
aturdido.
Los tres hermanos se miraron, Alden y Avery haciendo un gesto a
Ryker, para que procediera a hablar, pero este parecía sin discurso,
probablemente impactado por la reacción temperamental, el vacío de su
mirada y por su actitud de derrota. Poco a poco Liam comenzaba a tener la
convicción de que su madre y Melody, esas dos artificiales mujeres, habían
tenido el atrevimiento de ir a por Amelia y la habían tratado como una
cualquiera, como una mujerzuela.
Sabía lo sensible que era, su aversión a ser considerada una
escaladora, su constante lucha porque él no le diera nada que significara que
su nexo era más que disfrute y tiempo compartido. ¿Cuán tocada y
vilipendiada se habría sentido ante la injusticia y la prepotencia?
—Liam, debes calmarte. No se puede esperar más de nuestra madre
que insensibilidad y superficialidad.
—No dudó en herirme al atacar a Amelia.
—A su modo, egoísta y cobarde, debe haber pensado que protegía a
la familia. Pero no puedes pensar que esa mujer está perdida. Si la quieres,
si…
Suspiró, desalentado, haciendo la cabeza hacia atrás y estirando los
pies. Era la imagen de la insatisfacción.
—Culpo a mamá por esto, que fue grave. Estoy seguro que precipitó
la decisión de Amelia. Pero también tengo mucho por lo que culparme.
No dijo más, sus pensamientos eran turbulentos. No había sido más
benevolente que su madre. No había sido sincero con Amelia, había estado
en guardia siempre, levantando paredes que frenaran lo que sentía por ella,
tratando con desesperación que nada se le fuera de las manos. En su
obsesión por controlar, no le había dado nada que no fuera sexo y algunos
momentos de apertura.
No la había hecho saber lo que sentía, ni siquiera lo había confesado
ante sí mismo y ahora se le presentaba con meridiana claridad. Se daba
cuenta de cuánto la amaba cuando la había perdido. No la merecía, él no
merecía a alguien como Amelia en su vida. Y ella había decidido que no iba
más.
¿Cómo no iba a hacerlo? Él era un bastardo con dinero, no muy
diferente a su padre. Se levantó con agitación y se dirigió a la salida, sin
hacer caso a lo que sus hermanos le decían o recomendaban. Necesitaba
estar solo, procesar esto que era una herida abierta, algo que le dolía desde
lo más hondo. Necesitaba estar en la soledad, lamer sus heridas sin testigos.
Veintitrés.
LIAM.
Si la revelación que le atravesó como un rayo ese domingo lo
impactó, el tiempo que siguió no hizo nada por atemperar su desasosiego.
Los días transcurrieron lentos y vacíos, y nada de lo que hizo lo arrancó de
la tristeza. Ni siquiera el trabajo agotador, en el que buscó sumergirse, lo
ayudó. Entre jornadas llenas de gente y papeles que cada vez detestaba más
a noches trágicamente desoladas, los días fluyeron.
Nada era igual, no podía serlo. Sin la sonrisa y la mirada de esa
mujer sobre él, nada valía la pena realmente. Trató de llegar a Amelia, pero
no contestaba sus mensajes ni llamados. No pudo verla de salida en el café,
no estaba trabajando y eso lo confundió. Sabía que necesitaba el dinero.
¿Habría conseguido algo más adecuado? Deseó que así fuera. La idea de
que ella lo hubiera sacado de su vida totalmente lo sumió en la
desesperanza.
Entonces, el mensaje de texto le trajo el crudo y desesperado pedido
de dinero. En las pocas palabras fue capaz de entrever la magnitud de su
desesperación. Necesitaba dinero y él le daría todo lo que pidiera y más.
Imaginaba cuánto debió costarle atreverse a contactarlo para algo así. Su
primera intención, luego de hacer todo para agilizar la transferencia que
cubriera los costos del seguro médico, fue ir hacia ella. Luego, lo pensó
mejor.
Amelia estaba sufriendo, pasando momentos familiares delicados.
No podía ir ante ella con su egoísta pedido de tiempo y atención, como si
fuera un chico malcriado. Tanto como quería consolarla, abrazarla y decirle
que todo estaría bien, no tenía ese lugar en su vida, tristemente. Lo había
perdido por cretino.
Darse cuenta de esto lo hundió más y por primera vez en su vida, su
coraza se resquebrajó, dejando que su tarea y su función se vieran
sacudidas. Su labor como CEO del conglomerado Turner dejó de ser el
timón de su vida y si no trascendió más de lo deseado fue porque tanto
Alden como Ryker se convirtieron en sus bastones. Unos contra los que
despotricó, a los que insultó, a los que negó sistemáticamente información
sobre sí mismo y sus sentimientos. El dolor de perderla era solo suyo y lo
corroía.
El único consuelo real que encontró fue el alcohol, que pasó a ser un
amigo que no preguntaba ni reprochaba, que adormecía y no permitía sentir.
Era débil y lo aceptaba. Solo con Avery pudo abrirse un poco más; su
hermana era insistente y se preocupaba por él. Solo ante ella reconoció que
amaba a Amelia y que la había tratado como un bastardo. Que no la había
sostenido ni defendido, que no la había reconocido ni tratado como la mujer
que tenía su corazón en su mano.
—¿Es Amelia la persona que hizo esos bocetos tan hermosos que
me mostraste?
Asintió.
—Nunca aceptó nada de mí. Ni ropa, ni joyas, ni viajes. Apenas mi
tiempo, momentos, charlas. Nunca entendí, hasta hoy, la riqueza de eso. Me
dio amor a manos llenas y fui tan imbécil que no lo pude reconocer. Hasta
que me dejó. Es probable que en parte esto lo alimentó la actitud de nuestra
madre.
—Aún no perdono a mamá por hacer algo así. Sumarse a esa cabeza
hueca de Melody—dijo Avery.
—La perdí. La perdí—repitió, con su rostro desolado, la viva
imagen de la desazón.
—Si eres un hombre de verdad, el que nos ha dirigido todo el
tiempo desde que tenías conciencia, no aceptarás eso como una verdad—
Ryker entró en ese momento—. Te levantarás e irás a por ella. Vas a luchar.
No es de un Turner entregarse de esta cobarde forma que has elegido.
—No voy a …
—Ryker tiene razón—Alden también había ingresado—. Y te
vamos a apoyar, en lo que sea. Esa tal Amelia debe valer mucho si tu
cabeza y tu corazón colapsaron por su ausencia.
—Lo vale, claro que lo vale—afirmó Liam, aturdido—. Pero no sé
qué podría hacer. He intentado…
—Has hecho lo que acostumbras. Negociar, tratar de darle cosas.
Cosas que, por lo que dices, no esta dispuesta a tomar—Ryker le contestó
—. Debes pensar con mayor claridad y ver qué necesita de ti, de verdad.
—Ella no quiere lo que puedo darle—contestó—. Quise mimarla,
consentirla, ayudarla…De la forma que sé.
—De la forma que viste a nuestro padre proceder—sentenció Avery
—. La misma que detestas. Por lo que entiendo, Amelia no quiere más que
tu amor.
—Es probable que sea tarde. No sé qué siente por mí de verdad.
Dijo que me liberaba, que había comprometido sentimientos. Cuando me
acerqué a ella por primera vez—confesó—, le dije que quería sexo sin
compromisos.
—Normal—dijo Ryker.
—¿Normal?-chilló Avery-. ¿Cómo va a ser normal? ¡Las mujeres
queremos mucho más que eso!
—Ella aceptó, ¿o no?
—Probablemente porque era la manera de acercarse a ti—dijo
Avery—. Mírate, eres guapo, sexy, ¿quién no querría? Tal vez creyó que era
lo que podía tener contigo y lo aceptó. Y cuando vio que quería más, lo que
no podías darle, decidió cortar. Debe ser doloroso darse cuenta de que la
persona que queremos nunca va a tomarnos en serio.
—¡No jugué con ella!
—No digo eso. Trato de ponerme en su lugar. Quizás lo hizo como
una medida de protección. No involucrarse más para no terminar con su
corazón roto sin remedio.
—Eres una sentimental, hermanita—suspiró Ryker—. Y me temo
que nuestro hermano más rudo, o el que parecía serlo, es igual que tú. Por
fortuna me tiene a mí—sonrió con suficiencia, ganándose las miradas
airadas de los demás.
—Tú eres el cinismo hecho hombre—agregó Alden.
—Por eso me necesitan. Soy su protección. La voz de la razón.
—¿Qué dice tu voz, oh, gurú de la racionalidad? —inquirió Alden
con sorna.
—La única manera de recuperar a nuestro CEO y hermano es lograr
que la tal Amelia vuelva con él. Y eso implica ir por todo. Se me ocurre que
Amelia es un desafío. Y si esa mujer lo quiere, si puede aceptar toda su
mierda, hay que traerla a nuestro lado. Tienes que luchar por ella.
—Ella está pasando mal. Su tía está muriendo. Hizo el enorme
esfuerzo de pedirme dinero para pagar su seguro—elevó la vista para
confrontar las miradas—. Sé que les parece raro, que parece un pedido
lógico de alguien que busca aprovecharse, pero…
—Sé que solicitaste a tu asistente que hicieran un giro de mucha
cantidad y me llamó la atención. Te confieso que lo investigué—señaló
Alden, sin hacer caso de la mirada indignada—. No se puede ser lo
suficientemente precavido. Tú conoces a esa mujer, nosotros no. Y
comprobé que fue con tal fin.
—¿Cómo te atreviste?
—Tenía que saber si había algo de verdad en las palabras de nuestra
madre. Me preocupo por ti. Mírate, hombre. Eres nuestro hermano mayor,
el que siempre nos sostuvo, el hombre fuerte e implacable tiburón de los
negocios y estás convertido en un bebé llorón—increpó Alden.
—Maldito seas—se levantó y le tiró un puñetazo, pero falló.
—Y estás debiendo demasiado.
Se volvió a sentar.
—Como sea. Es cierto que su tía está moribunda. Está quebrada.
Trabajó sin cesar hasta hace unos días, en que perdió el empleo.
—Por eso no la vi. Ese jefe suyo es un …
—Es un bastardo, sí. Lo comprobé de primera mano. Así como
estuve en el hospital. Esa pobre mujer tiene los días contados. Su hermana,
bonita, por cierto—guiñó un ojo Alden, ante la exasperación de todos—,
estudia Ciencias Económicas y le va bien. Pero depende del trabajo, ahora
inexistente, de Amelia.
—Tenemos un plan—dijo Avery, cortando el discurso de sus
hermanos, que tenía a Liam en vilo—. Los diseños que me mostraste son
muy buenos. Entiendo que quizá podría comenzar una pequeña empresa
con presencia a través de las redes y que podemos potenciar con algo de
capital. Nada demasiado elaborado ni grande. Nuestra corporación sustenta
muchos proyectos y microemprendimientos. Vi mucho potencial en sus
diseños. Estoy segura de que puede tener éxito.
—Ella jamás aceptará nada mío.
—No tiene por qué hacerlo. Sería un ofrecimiento que se le haría a
través de alguien de su entorno, alguien que nos ayude a llegar a ella.
— Ella solo tiene a su hermana Tina y a su tía.
Liam comenzaba a pensar que podía haber una chance y se sintió
entibiado. Por primera vez sentía que eran sus hermanos los que lo
sostenían. Los vapores del alcohol comenzaron a evaporarse.
—Su amiga Sharon. Son íntimas. Amelia la considera casi una
hermana. La ha ayudado siempre.
—Me contactaré con ella—dijo Avery—. Nos encargaremos de la
logística. Tendrás que tener paciencia. Esto va a llevar un tiempo. Debes
darle espacio. Va a sufrir. Tenemos que darle una salida que le permita
recomponerse. Y una vez que su vida comience a resolverse, deberás tomar
el toro por los cuernos. Ella debe saber que la amas y estás dispuesto a todo
por ella. Como en las novelas-guiñó su ojo y él suspiró, recordando la lata
que le había dado denostando los dramas románticos.
Y él estaba hasta el cuello en uno.
—Lo único que tengo claro en este momento es que amo a esa
mujer.
—Nunca pensé escuchar algo así— Ryker levantó las manos al cielo
y rodó los ojos—. Y que seríamos parte de ello.
—Gracias—los ojos de Liam estaban vidriosos. Avery lo abrazó.
Veinticuatro.
AMELIA.
Día tras día abría los ojos con pesadez y trataba de movilizarse de la
cama. Se sentía tan cansada. Le costaba emprender la rutina, el simple
hecho de levantarse y tratar de conducirse de manera normal en el actual
contexto era demasiado. Su corazón y su cabeza se encontraban agotados.
La muerte de su querida tía, luego de días de espera y cuidados, había sido
extenuante para ella.
Sabía que debía sobreponerse y que su tía Meg se encontraba en
paz, descansando por fin luego de años de dolor. Empero, no podía evitar
extrañarla y compadecerse a sí misma por su egoísmo. Debería estar
sosteniendo a Tina y sin embargo era su hermana menor la que la
movilizaba.
La primera semana había sido de inmovilidad. Su mente se había
cerrado, como si demasiadas cosas se hubieran acumulado para que pudiera
funcionar. Se sentía como una diminuta hoja en un vendaval. Sin trabajo,
con su familia reducida y con el amor de su vida lejos, parecía que caía en
un abismo sin fin.
Con tristeza podía aceptar la inevitabilidad de la muerte, pero la
separación física y sentimental de Liam corroía como ácido, dolía sin parar.
Sabía que él no había entendido lo repentino de su accionar. Le había
exigido explicaciones una y otra vez, mensaje tras mensaje, llamándola
repetidamente, e hizo su mejor esfuerzo para no contestar.
Su decisión no se mantendría si lo escuchaba, lo sabía, por eso trató
de evitar su voz, su mirada. Se sentía vacía de esperanzas a la vez que llena
del amor que sentía por él, que se le desbordaba en el pecho. Esa era
justamente la razón de su huida, ese era el problema. Ella lo amaba, él la
deseaba. Por fin había entendido que la pasión de Liam era también la suya,
pero no le bastaba.
Él no lo entendía así, sus mensajes la interpelaban, la envolvían,
apelaban a su vínculo, a lo que habían compartido:
LIAM. ¿Por qué no me respondes?
LIAM. Te extraño. ¿No sientes lo mismo?
LIAM. ¿Puedes decir con franqueza que no me quieres a tu lado?
LIAM. Pensé que teníamos una relación. Hablemos.
Era factible que la desazón e incomprensión que los mensajes
denotaban, a pesar de su brevedad, tuvieran que ver con el orgullo herido de
ese hombre acostumbrado a tenerlo todo. No podía responderle. ¿Qué
decirle? ¿Que su cuerpo extrañaba sus caricias, el sexo, los momentos de
intimidad? Claro que lo quería a su lado. Tenían una relación adulta y
consensuada, pero ya no era suficiente para ella.
Tenía que reconocer que aquellas dos mujeres frías y elegantes que
la habían interpelado y humillado con sus miradas y palabras tenían algo de
razón. Estar juntos hacía mal, pero a ella. Para él era algo circunstancial, y
se engañaba a sí misma si no lo reconocía. Tenía que reordenarse y avanzar,
con sus dientes apretados, desobedeciendo a los latidos del corazón que
apelaban a ir por él y atendiendo a su cabeza para seguir, para recuperarse.
Con el correr de las semanas y siempre con la sombra de su hermana
detrás, empujándola, instándola a levantarse, logró levantarse. Fue Tina
junto a Sharon las que se sentaron con ella frente al ordenador y la
obligaron a reconocer lo que quería hacer, de verdad, con su vida
profesional. La ayudaron a ordenar sus carpetas y sus bocetos, a depurarlos,
a emplear el ingenio para adecuar ropas de segunda mano con buenas telas
para acercarse a sus diseños.
Tina la ayudó a crear su perfil profesional en las redes sociales, a
diseñar una marca y un logo, a interactuar con los interesados que
comenzaron a aparecer. Esto le fue dando perspectiva y pudo canalizar su
energía y su tristeza en lo creativo y en lo manual. Pronto comenzó a
llenarse de la idea de que una parte de su vida debía enderezarse.
El resto de las cosas las hacía mecánicamente; en su mente la
tristeza y la nostalgia estaban presentes desde que amanecía hasta que
cerraba sus ojos en la noche. Y eso lo sabían Tina y Sharon. Al principio no
lo cuestionaron, pero pronto comenzaron a buscar que se desahogara.
Sharon era de las que creía que lo que no se dice envenena y Tina podía ser
muy persistente:
—Vamos, hermana. Eres fuerte y puedes hacer lo que desees. Lo
estás demostrando al aventurarte con tu sueño. Pero sé que te carcome el no
estar con ese hombre. ¿Por qué no respondes sus mensajes? Soy consciente
de que lo amas.
—Claro que sí—aseguró—. El problema no es ese—le dijo con
tristeza—. No puede haber una verdadera relación entre nosotros.
—¿Eso lo decidiste tú?
—Claramente no, no estaría tan desgarrada. Liam no ha dicho que
me ama ni que quiere volver conmigo. Simplemente me extraña, extraña la
pasión que compartimos, la cama—se sonrojó al reconocerlo, pero Tina
rodó los ojos.
—Tengo la mayoría de edad y no soy lerda, aunque te comportes
como si estuviera en el kínder. Sé lo que es la piel entre dos personas.
—Hay mucho, mucho de eso entre nosotros—reconoció—. Pero
para mí, es más. Él dice que desea verme. Sé que lo que desea es tener sexo.
—Lo estás dando poco crédito. Podría tener a cualquiera en su
cama. Lo googlé. Es mega guapo y millonario.
—Lo es—su mente se perdió en la añoranza.
—Esos ramos de flores que no dejan de llegar y esas tarjetas
parecen pedir más que sexo—argumentó Sharon, que había escuchado en
silencio, sabedora de que no podía apurar a Amelia o se cerraría de plano a
hablar.
—No puedo hacerme ilusiones.
—¡Debes hacerte ilusiones! ¿Cómo vas a superar esto si no lo
haces? Tienes que poner el corazón en algunas de las áreas de tu vida,
hermanita. Si no vas dar una chance a Liam, déjalo atrás, no vuelvas una y
otra vez a él en tu mente. Concéntrate en conseguir tus sueños.
—Lo hago.
—Mira, Amelia—Sharon dijo con cautela—. Con respecto a eso,
tengo una novedad que puede ayudar—Amelia y Tina la miraron, con
curiosidad—. Hace unos días conocí a una mujer que es una inversionista
interesada en promover nuevas ideas. Muy simpática, joven, entusiasta. Y
con mucho dinero. Le conté de ti. Le interesaron tus bocetos.
—¿Cómo…?
—Le envié fotos—señaló Tina.
—Y miró tus redes. Leyó tu visión y lo que quieres hacer con tus
diseños. Todo eso de crear para una mujer real, para dar belleza y
sensualidad a las mujeres con curvas. Quedó encantada. Quiere financiar tu
empresa y convertirla en algo más grande.
Amelia miró con sorpresa. Era difícil creer que una oportunidad así
apareciera de pronto. Pero la vida era dulce y amargo. ¿no era así? Había
caído tan bajo que solo podía ir hacia arriba otra vez, la escalera era de
subida.
—Dinos que lo considerarás. Tengo los datos de contacto.
Asintió. Lo pensaría.
—Sí, muy bien—aplaudió.
Amelia sabía que ambas estaban más allá de lo preocupada por ella.
Tenía que levantarse de esta situación. Suspiró. Las tareas más sencillas le
llevaban un buen tiempo y le costaba concentrarse. Rememoraba cada uno
de los instantes vividos con Liam. Releía sus mensajes, que no cesaban,
como si él hiciera su cruzada reconquistarla por el móvil.
Él no parecía cansarse y debía reconocer que la entibiaba que
siguiera preocupándose o interesándose a pesar de que ella permanecía en
silencio. El tenor de sus palabras parecía ser muestra de un interés que
trascendía placeres del encuentro sexual, pensaba a veces, aunque cuando
ese tipo de ideas la llenaban, procuraba desmontarlas.
LIAM. Te extraño. Quiero pensar que te pasa lo mismo. ¿Nos
encontramos?
LIAM. Quisiera que me dijeras que pasó entre nosotros para que
decidieras unilateralmente dejarme.
LIAM. Lamento muchísimo lo que ha ocurrido con tu tía. Espero
que puedas superarlo. Tienes la fuerza para hacerlo.
LIAM. Amelia, añoro nuestros encuentros. Te confieso que en la
soledad de mi apartamento falta tu presencia y tu risa.
LIAM. Estoy en mi casa de Santa Mónica. ¿Recuerdas lo bien que la
pasamos? Como si eso fuera posible.
LIAM. No dejo de pensar en ti. ¿Alguna vez vas a volver a darme la
oportunidad? No desisto de lo nuestro, Amelia. Aunque te escondas detrás
de tu dolor, que entiendo, o detrás de esas paredes que levantaste. Lo que te
puedan haber dicho no cuenta. Contamos nosotros y lo que sentimos.
Este último fue el único mensaje que contestó, alterada por el tono y
lo que dejaba entrever:
AMELIA. Lo nuestro nunca dejó de ser encuentro de cuerpos. Lo
entendí desde el principio, como pediste. Ahora, es momento de movernos
adelante.
Había contestado procurando mostrar un desapego que no sentía y le
había costado lágrimas. Tenía que reconocer su persistencia. Pero ella tenía
que levantarse y rehacer su vida, tenía que deshacerse de las esperanzas de
que algo real ocurriera entre ambos. Suponía que él se había acostumbrado
a eso: a su cuerpo, a sus encuentros, que habían establecido una intimidad
que para él era cómoda. Eso es lo que Liam extrañaba.
Ella no podía fingir que eso era suficiente. Le había sido arrojado a
la cara, con brutal desprecio, lo poco que era para Liam. El hecho de que
jamás la aceptarían en su círculo, y no es que él se lo hubiera ofrecido.
Tenía que seguir por ella, por Tina, por Sharon, que se desvivía porque su
situación mejorara. Debía hacer todo lo posible para lograr superarse. Si
fracasaba no sería porque no lo había intentado.
Veinticinco.
LIAM.
Habían transcurrido dos largos y solitarios meses. Cinco desde que
había tocado por última vez a Amelia. Su vida se había precipitado por un
largo tobogán de nostalgia y tristeza, de solitarias noches y fines de semana
y no había forma de que los encuentros con sus hermanos lo mejoraran, a
pesar de que se notaba que estaban inquietos por él e intentaban distraerlo.
Ni siquiera era factible que otra mujer pudiera aliviar esa constante
necesidad física que sus fantasías y sus recuerdos alimentaban.
Era Amelia a quién necesitaba, no podía haber nadie más. Lejos
habían quedado el orgullo y la vanidad de pensar de que podía trascenderla
o de que tener sexo pudiera quitarla de su sistema. Si cabía, habían hecho
que se insertara más bajo su piel. La forma en la que habían compartido sus
cuerpos y su tiempo no habían hecho más que cerrar su relación puntada
por puntada y acercarlos. A estas alturas, tenía bien claro que lo suyo no
había sido solamente un crush, un deseo sexual, la necesidad del desahogo.
Ella había calado profundo, en su mente y en su alma. No solo extrañaba
disfrutar de ella y enterrarse en su dulce intimidad extrañaba todo. Quería
todo.
Por eso, había desahogado su frustración y su ansiedad en los
mensajes de texto que envió sin parar, producto de su soledad y su
nostalgia, deseando que llegaran a ella, que dieran cuenta de lo que sentía.
Solo tendría descanso cuando Amelia entendiera que estaban hechos el uno
para el otro. Sabía lo absurdo que esto le hubiera sonado 6 meses atrás, tan
ridículo cómo sonaría para su madre, pero esta era hoy su realidad
ineludible.
Porque estaba convencido de que quería todo el paquete, aceptó y
fomentó lo que en principio pensó que era una idea destinada a morir, el
plan de Avery y Ryker de ayudarla a sostenerse económicamente y
potenciar sus diseños. Este plan había funcionado y logró horadar la barrera
inexpugnable que Amelia sostenía contra apoyos económicos que vinieran
de él. Por eso es que el nombre de las empresas Turner no figuraba en los
contratos y Amelia no tenía idea de dónde provenían los fondos que estaban
dando curso a su emprendimiento.
Todo se había hecho a través de una de las asistentes de Ryker y
Amelia ignoraba que esa mujer que Sharon le había presentado era una
simple pantalla detrás de la cual estaban los hermanos de Liam. El plan de
negocios, el de marketing y la asistencia financiera no eran más que la
forma que habían encontrado para potenciar a la que Avery había calificado
como una gran diseñadora, intuitiva, que tendría éxito apenas se difundiera
lo buena que era. Era la manera de que cumpliera sus sueños y él no podía
más que esperar a que esto la condujera a él, en un futuro próximo.
Hubo noches duras en las que tuvo que contener la terrible
necesidad de estar con ella. Instantes en los que debió trabar sus puertas y
sostenerse con fuerza del volante de su coche para no bajar y perseguir a
esa mujer enloquecedoramente bella que ondulaba sus curvas por las aceras
como si las conquistara. La observó de lejos, sintió celos de cada hombre
que vio darse vuelta para mirarla. Cualquiera que fue testigo de su conducta
la calificaría de acoso, aunque pasivo.
Agradeció que ella no lo hubiera visto en ninguna de las
oportunidades en las que la miró sorber café, embebida en papeles, o
conversando con Sharon o Tina, a veces sonriente, la mayoría con un tinte
triste y meditabundo. La hubiera querido consolar contra su pecho cada vez;
cuánto hubiera dado por besarla, por tomar sus labios y acariciar sus
mejillas. Mas se contuvo cada vez, mordiéndose, obligándose a esperar.
Si no había cometido desastres en la dirección de las empresas y en
el control de la vida financiera de las corporaciones era porque sus
hermanos lo habían sostenido. Habían estado ahí para él. No había querido
hablar con su madre desde que supo que era una de las razones por las que
Amelia se había alejado de él. Tal vez si no se hubiera dado la muerte de la
tía de Amelia, si no se hubiera encadenado esas circunstancias que habían
hecho de la vida de ella algo miserable, él hubiera ido por todo. Pero sabía
que ella necesitaba levantarse, empoderarse y creer nuevamente en sí
misma para poder confiar en él.
Tanto como se sentía contenido por sus hermanos sabía que debía
agradecer a esa gran amiga que era Sharon. No había dudado en plegarse a
la idea de Avery, sabiendo que le hacía bien a Amelia. Avery le había dicho
que era una mujer extraordinaria, fiel y no había posibilidad de que su
secreto estuviera al descubierto al menos hasta que Amelia estuviera de pie
y firme.
Y eso era esta noche, esta noche en la que finalmente el proyecto se
presentaba oficialmente. Amelia se plantaba como diseñadora y la empresa
comenzaba a vivir. No dudaba de que había sido el mercadeo de Ryker y la
mano de Avery las que habían hecho que las cosas rodaran, aunque sin el
talento de Amelia, nada hubiera funcionado.
De esto daban cuenta los comentarios en las redes sociales y la
retroalimentación que clientas satisfechas hacían, en especial algunas
amigas de Avery de la alta sociedad, interesadas en promover nuevos
valores, que le darían Amelia la clientela suficiente que pagaría por sus
diseños y que harían crecer a su compañía.
Esta noche estaría con ella, quisiera o no. No podía perderse el verla
emocionada, empoderada. Necesitaba decirle que apenas respiraba sin ella.
Que lo quería todo. Que no sólo extrañaba su cuerpo, sino que quería
relación completa, que ella era su destino.
Bien lo había dicho Beatrice varias semanas atrás cuando le había
confesado lo que le ocurría, cuando la mujer se había preocupado por sus
ausencias reiteradas, por la forma en la que su apacible manera de
conducirse se rompía con enojos por el rencor que sentía hacia su madre:
<<Debes ir por lo que quieres. Has vivido muchos años para
preservar el sueño de otros. Estas empresas, la riqueza, lo que tus
antecesores fundaron. No dudo que debes mantenerlo, pero no a costa de
deponer tu vida. Y esta pasa por otro lado, detrás de los negocios. El amor
es lo que nos llena y lo que nos hace grandes. Hijo, siempre supe que tu
sensibilidad afloraría, tu verdadera naturaleza aparecería cuando alguien te
hiciera ver que los números no tienen alma y que las personas que valen la
pena son las que te brindan su corazón>>.
>>Eso es Amelia para mí. La amo.
>>¿Ella lo sabe?
>>No, pero lo sabrá. Espero que no sea tarde
>>Seguro que no. Esa niña, por lo que me dices, debe amarte mucho
para haber soportado tus actitudes de niño rico.
>>Fui un idiota—confesó.
>>Tal vez, pero ya no. Ve por ella, mi niño>>.
Así que aquí estaba, compuesto y decidido, aunque nervioso.
Exteriormente firme, ansioso por dentro, deseando que Amelia pudiera
perdonar los errores que había cometido y aceptarlo de vuelta. Tragó grueso
desde su rincón, observando cómo se movía con gracia, sonriendo y bella,
tan hermosa que brillaba.
Decidido, esperó a que el evento cobrara esplendor, la escuchó
emocionada presentar su empresa, la escuchó agradecer, la vio circular y
reír. Cuando el evento comenzó a diluirse, se preparó. Era su turno.
+++
AMELIA.
Elevada sobre esos tacones de vértigo que su patrocinador le había
hecho llegar, unos stilettos fabulosos que la hacían sentir poderosa y bella,
realzando la prestancia del vestido rojo de creación propia que la envolvía
como abrazándola, Amelia sintió que renacía. Reconciliados y
recompuestos los pedazos en que su vida se había compartimentado, volvía
a levantar cabeza. Y de qué forma.
¡Lo había logrado! Aquí estaba, en la fiesta de presentación de SU
empresa. La concreción de su sueño. Apenas podía creerlo. Con una copa
de champagne en la mano, miró a su alrededor y se maravilló del grupo
numeroso, variopinto y sofisticado que se había dado cita para el
lanzamiento oficial de Soft Curvy Designs, su marca, ya instalada en las
redes sociales y que hoy abría al púbico su sede física.
Había sido todo tan rápido, tan vertiginoso. Aunque, en honor a la
verdad, esto era el fruto de años de creaciones, de bocetos, de carpetas con
ideas, de imaginar. La inyección de capital que apareció casi como un
milagro, como un tronco en medio de los rápidos de su vida, había hecho
posible crear una pequeña empresa, la que hoy se hacía pública y formal.
Todavía no tenía claro cómo había conseguido Sharon ese contacto
que había acelerado las cosas y había puesto todo en movimiento, pero
como aquella decía <<cosas buenas le pasan a la gente buena>>. Tenía que
creerlo. Seguramente era algo cósmico que planteaba que no todo podía ir
mal por tanto tiempo, que la vida debía acomodarse en algún momento y
los pedazos tenían que unirse.
Se sentía orgullosa de lo que había logrado. El dinero había sido
importante, vital, pero ella había debido dedicar casi cada hora, día y
semana de denodada labor para que cada una de los hermosos conjuntos y
vestidos que ahora lucían en maniquíes y modelos circulando entre los
invitados fuera real. ¡Y todo estaba vendido! Era increíble.
Esto implicaba, por fortuna, más trabajo a partir del día siguiente.
Había interesados que habían solicitado catálogos para promover en sus
blogs y redes. Esta era la mejor publicidad. Incluso estaban presentes
representantes de revistas que ella solía leer y adoraba, cuyas críticas darían
un ímpetu importante a la naciente empresa. Esto trascendía sus sueños, era
mucho más de lo que había imaginado.
Como el sueño de la Cenicienta. Pero no tenía pensado escapar ni
perder su zapato. El príncipe azul no vendría, pensó en un instante de
desaliento que se obligó a apartar. Ya había llorado y sufrido por ese amor,
por Liam. No podía permitirse traerlo a este instante de felicidad, porque de
seguro la nostalgia y la dolorosa sensación la harían ver como una triste
perdedora. Lo era, a nivel personal. Mas su historia empresarial, la de la
concreción de sueños, comenzaba en este momento y no lo arruinaría.
Y no lo hizo. Cuando debió subir al pequeño estrado para agradecer
y explicar su motivación y el espíritu de su colección, lo hizo con la
solvencia y la soltura de quien ha sabido por años cuáles eran sus sueños:
—Estos diseños que hoy ven la luz y todos los que vendrán son para
mujeres que, como yo, necesitan sentirse bellas. Mujeres qué necesitan
saber que son hermosas, a su modo único e intransferible, y que están
ansiosas de vestir de esa forma. Con indumentaria que las haga sentir sexys,
cómodas, que explote y potencie sus siluetas. Mujeres que no temen lucir
sus curvas, que se enorgullecen de ellas y no se esconden. Que usan colores,
que van por lo atrevido, lo casual o lo formal.
Agradeció a todos los que la acompañaban, en especial a Tina y
Sharon, a la empresa madrina y elevó una oración a su tía. Sonrió ante el
rotundo aplauso y luego charló y volvió a mostrarse amable y agradecida
con quienes se acercaron a felicitarla.
Así por dos horas, que se le hicieron cortas. ¿Cómo no sentir que el
tiempo vuela cuando se está en el momento que se deseó por tanto tiempo?
Cuando la reunión comenzó a diluirse y los invitados a retirarse, suspiró. El
cansancio empezó a invadirla. Dio la vuelta, dispuesta a emprender los
últimos aspectos del festejo, la parte más fea que era la de recolectar y
guardar, y entonces, su corazón se detuvo.
—¡Liam! —susurró, mientras quedaba clavada en el piso y no podía
dejar de mirar adelante, donde él estaba detenido, mirándola a su vez, fijo y
recorriéndola, con tal intensidad que se tambaleó.
¡Él estaba aquí! Más elegante y hermoso de lo que recordaba, si
cabía. Tal y como lo fantaseaba. No había pasado un día en que Amelia no
se perdiera en la contemplación de lo que habían vivido. No había un
momento en que sus ojos no volaran y sus oídos no extrañaran su voz
sensual y esos brazos que la habían envuelto y la habían hecho soñar y
vivir.
Su amante, su sueño, su amor. Él había desaparecido de su vida en
el mismo momento en que este proyecto había arrancado, luego de semanas
de perseguirla con mensajes y llamados que había resistido contestar,
sabedora de que si lo hacía era el fin de su decisión. Esa que había tomado
con pesar, obligada por la necesidad de proteger su corazón. Tarde.
Cuando sus mensajes dejaron de llegar, supuso que se había cansado
de que no tuvieran respuesta, de que sus regalos fueran devueltos. Y aunque
eso era lo que había buscado, cortar toda relación la había sumido en la
tristeza, aún más. Muchas noches se dijo que lo que habían vivido era más
que suficiente, más de lo que él le había prometido desde el inicio. Más de
lo que cualquiera habría obtenido de él.
Tal vez había sucumbido a los brazos de Melody o alguna otra mujer
de clase, como su madre había dicho. No había contenido la curiosidad
malsana y había buscado sus redes, pero estaban calmas y solo compartían
información empresarial. Fotos en eventos, siempre solo o escoltado por la
que supo era su hermana. O sus otros hermanos, a los que fue poniendo
cara. Lloraba cada vez que lo veía tan hermoso y lejano, su corazón
sangrando.
Y ahora estaba aquí. En su noche especial, comiéndola con la
mirada, haciéndole saber con sus ojos que la lujuria y el deseo de ella
todavía estaban en él. ¿Era posible? Y de serlo, ¿qué tenía que hacer? Ella
amaba a ese hombre de una manera irracional, no podía resistirlo, se dijo,
sin poder desprender la mirada de su cara, boqueando y sonrojada.
—Amelia— la voz sensual y ronca con la que la nombró mientras
avanzó hacia ella, con rapidez como si temiera que huyera, más el beso en
su mejilla la hizo enrojecer hasta la raíz y sintió que su centro se calentaba y
humedecía, tras la conocida sensación eléctrica que la recorría cada vez que
estaba con él—. ¡Estás hermosísima! —los ojos se deslizaron por toda su
anatomía deteniéndose en cada uno de sus rincones, recordando con la
mirada que le pertenecían y ella lo sabía bien—. Estoy feliz por ti, Amelia,
este es un éxito rotundo. Sabía que sería así.
La satisfacción de su rostro era palpable.
—Gracias— dijo ella en voz baja, mordiendo su labio inferior,
perdida la capacidad de charlar.
No podía hablar de tonterías casuales con él, el chit chat con Liam
no cabía. Entre ellos no cabía hablar del tiempo, de las tendencias.
—No he dejado de seguir cada uno de tus pasos.
—Pensé qué…
—¿Qué? —acercó su boca a su oreja y su aliento la estremeció,
mientras él le susurraba—. ¿Qué había abandonado? ¿Qué había aceptado
tu absurda intención de dejarme? Jamás desisto de aquello que quiero.
—Liam…—ella estaba a su merced, su cabeza turbia de confusión y
deseo, mareada por el impacto de verlo allí, haciendo palpable y evidente su
interés en ella.
—Si acaso, durante estos meses mi decisión se alimentó más y más.
—Liam…—tan tonta como parecía, su boca y su mente invocaban
su nombre, sin permitirle articular sus peros o levantar defensas para
sostener la decisión que la había hecho dejar de verlo.
—Sé lo que ocurrió. Sé que tuviste que tolerar los insultos de
Melody y de mi madre. Me avergüenza que mi sangre te haya humillado.
No puedo pedirte disculpas suficientes. Quiero que sepas que nada de lo
que dijo representa lo que siento por ti.
—Me causó dolor, lo reconozco—dijo en tono bajo— Sin embargo,
fue un elemento más en mi decisión.
—Lo sé—le tomó la mano. Se veía contrito y nervioso—. Sé que
hiciste lo que creíste correcto para no salir herida. Confieso que me
enloqueció perderte.
—Yo…—Tenia que frenarlo, tenía que impedirse caer en su
embrujo, no podía.
—No, Amelia, deja que hable. No voy a intentar convencerte de que
vuelvas a ser mi amante. Esto que siento transciende mi inicial deseo.
Podría habértelo dicho antes, meses atrás—pareció enredarse demasiado—.
Pero estabas tan triste, tan hundida.
—Estuve muy triste—dijo ella, con lágrimas en los ojos. La coraza
se resquebrajaba, a su pesar. Dos gotas fluyeron y él enjugó ambas con sus
pulgares, para tomar su nuca y llevarla contra su pecho—. Estaba perdida.
—Lo sé, cariño. Pero mírate ahora, recuperada, fuerte, feliz.
—Me siento esperanzada. Mi tía querría que siguiera. Mi hermana
está más fuerte también. Tengo esto…—señaló el despliegue que estaba
siendo recogido.
—Esto es grande y el éxito está descontado—asintió él, separando
su cara de su pecho y haciendo que lo mirara—. Es tiempo de hablar de
nosotros.
—Liam… No hay nosotros.
—Quiero todo contigo—alzó él la voz.
—Lo nuestro es imposible. Tú mismo lo dijiste, no es lo que
quieres.
Ella trató de racionalizar la situación. Entre sus deseos de tenerlo
otra vez y la confusión que él parecía tener, las cosas podían ir por terreno
escabroso y ella caería, sin remedio. No podía sucumbir otra vez, dolería
demasiado.
—No entiendes, Amelia.
—Mira...—el dedo de él se posó en sus labios y la instó a callar.
—Me equivoqué, me equivoqué—envolvió sus pómulos, con
cuidado—. No me arrepiento de haber iniciado esta relación contigo, para
nada. Al comienzo fue un trato algo sórdido e injusto para ti, que nació de
mi deseo crudo y puro. Fuiste un flechazo en mi vida. Pero eso me permitió
conocerte. No te voy a negar que me atrajo tu cuerpo, que te deseo de una
manera poderosa. Pero no te quiero solo en mi cama. Y no importa lo que
pienses o lo que te han dicho. Eres suficiente para mí. Eres mucho más de
lo que merezco. Eres la mujer más entera, más bella y más auténtica.
Amelia estaba muda, extasiada ante el fervoroso discurso que él
había lanzado sin parar, casi sin respirar, como si lo hubiera contenido y ya
no pudiera más. Como si de verdad necesitara que ella lo supiera. La miraba
de una forma tan nueva, tan despojada de nada que no fuera honestidad que
tembló.
No podía creer que él, poderoso y orgulloso, hermoso Liam, se
hiciera presente en un evento público y se expusiera de manera tan cruda a
ella. No podía creer que él estuviera diciendo que quería algo más que sexo
con ella. Que la quería. ¿Eso era lo que decía?
—Sí, eso es lo que digo. Lo gritaré si es necesario—parece que
había hablado en voz alta y él lo confirmaba.
Su corazón temblaba y palpitaba. Esta noche, de por si maravillosa,
se estaba transformando en sublime. Entonces, fueron interrumpidos por
voces apresuradas y las luces de una cámara que se encendió frente a
ambos, tomándolos por sorpresa. Parpadearon y se acomodaron para
contestar el impertinente interrogatorio que una mujer, evidentemente
periodista, les lanzó.
—Nos complace encontrar a uno de los solteros más codiciados de
LA en este evento. Las solteras californianas conocen a Liam Turner. ¿Qué
trae a un empresario tan poderoso por aquí, a un evento tan fuera de su
rango de actividad?
Amelia se puso seria, pensando que esto se iba de las manos, pero
Liam se posicionó frente a la cámara sonriendo con indulgencia, mientras
contestaba:
—Este es un evento en el que tengo especial interés.
—No le sabíamos asociado al mundo de la moda.
—Mi asociación es indirecta. Esta hermosa y talentosa diseñadora
qué es Amelia es una amiga, una muy especial—guiñó el ojo y la periodista
hizo un gesto de complicidad, que reflejó a la cámara.
Liam tomó la cintura de Amelia y la recostó contra sí, ante su
incredulidad. ¿Es que él no era consciente de que esto iba a ser repicado por
todos lados?
—¿Podemos decir que tendremos noticias pronto? ¿Qué el soltero
de LA ha encontrado su horma? —volvió a la carga la mujer.
—Eso es un tanto aventurado, aunque no negaré que trabajo en eso
—él sonrió y ella sintió que desfallecía—. Cruzo mis dedos para tener
buenas noticias pronto.
—Muchas mujeres van a suspirar por esto—dijo la periodista—. Un
motivo más para lucir estos bellos vestidos, televidentes—. Conquistan
corazones.
La cámara se apagó y periodista y camarógrafo se retiraron, previo
agradecimiento. Amelia estaba inmóvil, sin poder emitir sonido. Luego de
unos segundos, tartamudeó:
—No…No es conveniente que…que
—¿No soy conveniente para ti, Amelia? —él la abrazó por la cintura
—. ¿Romperás mi corazón, otra vez?
—Es que… No sabes…
—Sé que no puedo estar sin ti—Su boca se acercó y su aliento se
mezcló con el suyo—. Quiero estar contigo, Amelia. Te propongo un nuevo
trato.
—¿Qué trato? —dijo ella, en voz muy baja.
—Quiero que aceptes ir a una cita conmigo. Quiero vivir contigo
todos los momentos que no tuvimos. Quiero mostrarle al mundo qué tú eres
la mujer te amo. No deseo ni puedo estar con alguien que no seas tú.
¿Él había dicho te amo?
—Repítelo—ordenó.
—Te amo, Amelia. Sé que es demasiado y tal vez estoy siendo un
loco y tú no sientes lo mismo.
—Te amé desde el comienzo, idiota—ella alzó la voz, permitiendo
que lo que sentía explotara por encima de cualquier barrera—. ¿Crees que,
de no haberlo hecho, habría aceptado ser tu amante?
Liam besó y cubrió con sus labios los hipos y sollozos de liberación
y alivio de ella.
—Te he extrañado tanto, amor mío. Creí que enloquecería sin ti. Vas
a tener que perdonarme mucho. Soy algo manipulador y un hombre
posesivo. Controlador. No podía vivir sin ti, por eso hice todo lo que pude
para volver a tenerte.
—¿Por qué me dices esto? —ella se separó, confusa—. ¿Qué hiciste
qué?
—Porque no voy a aceptar que ninguno de esos hombres que te mira
con hambre se acerque siquiera unos metros a ti. Porque además hecho
cosas que tal vez te enojen. He tramado para conseguirte.
—Y tuvo ayuda—la voz de Sharon la trajo de nuevo a su evento.
Se separó de Liam y miró a su amiga, al lado de quien estaba una
hermosa y elegante joven que le pareció conocida.
—Esta es Avery. Es la principal representante de la compañía que
financió el proyecto.
Amelia hizo un asentimiento y dio la mano a la mujer, que la miraba
fija y seria.
—Estamos muy contentos—dijo entonces—. Tus vestidos son
hermosos. Confieso que me adelanté a reservar el blanco de brillos apenas
lo vi. Y me encanta tu catálogo.
—No podré nunca agradecer suficiente el apoyo que me han dado.
—No me lo agradezcas. O al menos, demuéstramelo sin enojarte,
Amelia. Soy la hermana de Liam.
La sorpresa fue mayúscula, pero luego entendió por qué le parecía
conocida. No entendía. Miró a uno y a otro. No sabía qué pensar o sentir.
—No te pongas mal—Sharon la abrazó—. Te merecías esto y más.
—Claro que sí—asintió Avery—. Tenías un conjunto maravilloso de
diseños archivados en una carpeta. Una cantidad de sueños en forma de
bocetos. Necesitabas una ayuda para liberar tu talento y para alcanzarlo.
Solo fuimos un instrumento. Decidimos que alguien tan talentoso como tú
merecía la oportunidad.
—Te dije que no quería nada—su voz se elevó algo molesta,
mirando a Liam.
—No está mal pedir ayuda. Todos necesitamos una mano, un
empujón, un abrazo cuando estamos mal. Y nosotros queríamos ayudar a
Liam—Avery sentenció.
Amelia la miró. ¿Ayudar a Liam? Estaban hablando de una suma
ingente de dinero para ella, para ayudarla a ella.
—Él estaba desesperado—Avery se acercó y abrazó a Liam—. No
podíamos ver a nuestro hermano así. Quiero que sepas que sufrió al estar
lejos. Le costó verbalizar cuánto te amaba porque es un poco torpe.
—Para eso estamos nosotros, sus hermanos. El pobre bastardo no
podía respirar sin ti—una voz desconocida interrumpió. Un hombre muy
guapo se acercó.
—Este es Ryker. Mi otro hermano Él se encarga de la parte de
marketing y logística de nuestras empresas—sonrió Avery.
—Amelia, saca a mi hermano de su miseria. Está haciendo de
nuestras vidas un infierno.
La voz seductora, la sonrisa insinuante pero la evidente
preocupación con que sus ojos se cerraban al mirar a Liam, todo desarmó a
Amelia. Estaba él, su amor, Liam, rodeado de sus hermanos, apoyándolo
para que ella volviera con él. Ella. Volviera. Con él. Él. La. Quería.
Respiró tratando de calmarse y entender. Esto era muy grande.
Mucho. Él había logrado finalmente el objetivo de pagarle con algo. Pero lo
había hecho desde el amor, podía verlo en sus ojos. En la actitud de sus
hermanos. Que se presentaran y que le hicieran ver que la querían y
aceptaban al lado de su hermano y que estaban convencidos que era la
mujer para él encendió algo en ella. Sus ojos se humedecieron y se quebró,
sollozando, tomando su cara entre las manos.
—No llores, amor—Liam se acercó y la abrazó.
—Esto es increíble. No sé qué decir.
—Que me aceptas en tu vida otra vez. Por favor, no me haga rogar.
Lo haré si es necesario.
—Algo que me encantaría ver—susurró Ryker, recibiendo un
codazo de Avery—. ¿Qué? El hombre ha sido un pesado siempre. Un poco
de miseria le va bien.
Liam lo ignoró, abrazando a Amelia contra su pecho mientras su
boca susurraba:
—Tendrás que perdonarme muchas veces. Soy muy imperfecto. No
te merezco, pero te adoro y no puedo vivir sin ti.
—Tienes suerte de que me pase lo mismo—ella sonrió, cediendo.
Los labios de Liam encadenaron besos desde su lóbulo hasta su
nariz y su mano tomó su barbilla para darle un beso suave e intenso, un
beso que pedía permiso y que se apretó.
—Dime qué te irás conmigo esta noche. Que esta será la primera de
muchas. Que volverás a vibrar en mis brazos y que me harás el hombre más
feliz del mundo.
—Sí—respondió sin dudar, ya decidida.
La besó y apretó contra sí, suspirando.
—Esta noche se merece una celebración especial. Tenía la esperanza
de poder convencerte. Iremos donde quieras. Tengo reservaciones en varios
lugares. ¿Lo quieres sobrio, elegante, íntimo? ¿Bailar? Lo tengo todo listo.
Pero quiero que estemos juntos. Quiero que el mundo sepa que eres mía.
—Creo que eso queda cubierto con tus declaraciones en cámara.
Mañana las revistas se harán eco de la noticia de que uno de los solteros
más codiciados está fuera del ruedo.
—Como debe ser. Este soltero tiene dueña—la besó.
—Esto es demasiado para mí—se escuchó la voz de Ryker—.
Necesito mucho whiskey para olvidar toda esta basura romántica—se
encaminó a la puerta, mientras Liam reía y Amelia se sonrojaba.
—No te preocupes, Amelia—sonrió Avery—. Sé ve más rudo de lo
que es. Sharon, ven conmigo. Celebremos. Estos dos van a necesitar sitio.
Las miraron marchar y luego sus ojos volvieron a atarse, con
hambre.
—¿Qué dices? Tú mandas.
—Tú apartamento. Quiero todo lo que me perdí estos meses. No
puedo esperar— dijo ella con una sonrisa.
—No te haces una idea de lo que te he deseado, lo que he extrañado
tus caricias, tus gemidos. Tus manos y boca sobre mí.
—Todo lo tendrás. A cambio, quiero lo mismo.
—Tendrás más, mucho más. Te quiero en mis noches y en mis días,
hermosa. No te voy a dejar ir. Te ataré a mi cama y a mi vida.
—No será necesario. No necesitas atarme porque te amo.
Desenlace.
LIAM y AMELIA
Avanzó hacia el balcón, con las dos copas en su mano, alcanzando a
Amelia que lo esperaba semi recostada en un sillón amplio de dos cuerpos,
embebida en la imagen de la noche estrellada que daba un marco
espectacular al momento. La contempló en silencio por un momento, con
ternura y avidez, apreciando su bello rostro iluminado por una sonrisa en su
rostro relajado.
Bajó su vista para apreciar el escotado vestido de tela suave y
mórbida que transparentaba cada una de las curvas de esa silueta que lo
enloquecía y ya conocía de memoria. Trago grueso, emocionado al pensar
que este instante representaba la perfección. Ella en su casa, en su cama, en
su vida. Él dueño de su tiempo y de su amor.
El camino que había elegido, que había abrazado con devoción,
Amelia aceptándolo a su lado, eso era la felicidad. ¡Cuánto se había
engañado todos esos años en los que creyó que vivir consistía en gobernar
las empresas con mano firme y sostener un imperio económico! Nada de
eso lo había hecho realmente feliz o completo.
Lo podía reconocer ahora que tenía Amelia a su lado. Agradeció
haber tenido la suficiente entereza como para percatarse a tiempo del error
que cometía. Fue la fuerza y la convicción de Amelia la que lo hicieron
despertar. La ayuda invaluable de sus hermanos había logrado que, una vez
que pudo verbalizar que la amaba y no quería perderla, la recuperara. Había
encontrado su perdón y su amor a manos llenas.
Ella se dio vuelta y le sonrió, extendiendo su brazo para tomar la
copa.
—¿Por qué brindamos? Y no es que no crea que tenemos muchos
motivos, amor.
—Por nosotros. Por este amor que crece cada día.
—No puedo dejar de reconocer que cada vez hablas más dulce—
sonrió emocionada, haciendo un gesto para que él se sentara a su lado.
Él lo hizo, y la tomó con cuidado para sentarla en su falda.
—Despiertas mi modo más sensible, algo que no creí posible y que
me expone constantemente ante Ryker.
—Ese hermano tuyo es bastante cínico, pero no me engaña—le
guiñó un ojo—. Tuvo la suficiente sensibilidad para apoyarte cuando podría
haber cuestionado tu elección.
—Nunca lo haría, ese no es él.
—Ninguno de tus hermanos lo harían, creo yo. Me falta conocer a
Ethan, pero supongo que no será la excepción.
—Ethan es… Ethan. Pero no, tampoco le importan esas boberías
clasistas. Ese es terreno exclusivo de mi madre—la abrazó y la atrajo para
tomar su boca en un beso apasionado al que ella se sumó con gusto.
Cuando se separaron, murmuró sobre su boca.
—Ella nunca me va a aceptar, ¿no es así?
—No importa. En realidad, no importa la opinión de mi madre. No
cuenta.
Amelia sabía que, aunque sonara duro y cruel, era así. Él ya le había
advertido que su madre no la aceptaría y que era algo que no influía. Sí se
preocupó porque conociera a Beatrice, la cálida mujer que lo había criado y
con la que habían cenado en varias ocasiones. Ella y Amelia habían
simpatizado de inmediato y la mujer no había dejado de contarle anécdotas
sobre su niñez y adolescencia. Amelia entendió el cariño y la ternura que él
y sus hermanos sentían por esa mujer.
El apoyo incondicional de Liam había permitido que la empresa de
Amelia creciera paso a paso y él estaba a su lado para asesorarla, pero le
daba la libertad y autonomía creativa que necesitaba para crecer y sentir que
había logrado el éxito a pulso. Habían transcurrido ocho meses desde la
presentación formal de la empresa y desde que habían vuelto a disfrutar de
la pasión y amor.
La situación económica de Amelia había mejorado sustancialmente
y eso permitía que Tina estuviera holgada y con posibilidades de dedicar
tiempo y esfuerzos ingentes a su propia carrera de Contabilidad, cosa que
llenaba de alegría a Amelia.
Liam había reasumido su función como CEO de las empresas en una
postura más relajada, más dispuesto a delegar tareas. En el tiempo en el que
había estado pendiente de Amelia e indeciso sobre su futuro había
comprobado que sus hermanos asumían sus tareas a la perfección y le
sustituían bien, podía confiar en que realizaban un excelente trabajo.
Liam se permitió disfrutar, de los tiempos y de la intimidad con
Amelia. Hacía dos meses que le había pedido que viviera junto a él y
Amelia había aceptado, luego de sus pruritos iniciales. El principal había
sido el temor de dejar sola a Tina, pero ahí había sido Sharon la que la había
obligado a que viera que su hermana ya era una mujer adulta que podía
manejar su propio espacio y hacer sus propias decisiones. Siempre la
tendría como respaldo, la propia Sharon estaría para visitarla y llamarla,
amiga como era de ambas. Y Tina visitaba bastante seguido el
departamento, cosa que encantaba a Liam porque era una jovencita amable
y simpática, con sentido del humor, inteligente. Y hacía feliz a su mujer.
Este fin de semana en particular eran tan solo ellos en la casa de
Santa Mónica. Liam estaba algo nervioso, la decisión que había tomado lo
emocionaba. Había pedido Avery que lo ayudara a elegir el mejor anillo de
compromiso para Amelia, estaba decidido a sellar su destino de manera
inequívoca.
Quería que el mundo supiera sin sombra de duda que Amelia era su
mujer. Avery le había guiado entendiendo ambos que Amelia no iba por la
fastuosidad o el dinero, sino por lo sencillo y elegante. Así era el anillo que
tenía en este momento en su bolsillo.
—Brindemos también por los años de pasión y amor que tenemos
por delante. Lado a lado. Amelia, me has hecho muy feliz. Estos meses que
llevamos juntos conviviendo me ha reafirmado que somos el uno para el
otro. No soy muy dado a los convencionalismos, espero hacerlo bien. La
puso a un lado en el sillón con cuidado y se arrodilló a su frente. Amelia
desorbitó sus ojos y llevó una mano a su boca:
—No me dirás qué…—su garganta seca y un nudo en ella.
El sacó una pequeña cajita de su bolsillo y la abrió. El anillo de oro
blanco con incrustaciones de piedras preciosas destelló y Amelia sollozó.
—¿Quieres ser mi esposa?
—¿Estás seguro? —susurró.
—Amelia, por favor. Nunca he estado más seguro de algo—acarició
su barbilla, mirándola con ternura.
—Sí, sí, sí, sí—decidida, dejando detrás sus temores, se abalanzó
sobre él, haciendo que ambos cayeran sobre la gruesa alfombra de lana
cruda, riendo y girando.
Él la abrazó por la cintura y luego ahuecó sus glúteos, elevándola
para que quedara sobre él, a horcajadas. Acarició la parte baja de su
espalda, para luego tomar su mano y colocar el anillo en su dedo. Luego, la
atrajo contra sí, haciéndola yacer sobre su pecho, abrazándola con total
cariño.
—Nunca pensé que esta historia terminaría de una manera tan
bonita—murmuró Amelia—. Cuando me ofreciste ser mi amante.
—Ese no fue mi mejor momento. Pero en verdad me habías dejado
mudo y te deseaba a morir. Me sentí atraído a ti desde el inicio.
—Yo acepté porque me pasó igual. Cuando tuve que alejarme, sentí
que mi alma se partía. Y cuando volviste a mí y me confesaste que me
amabas, mi corazón estalló. Hoy siento una paz y un amor que me
sobrepasan.
—No podría haberlo dicho más bonito, hermosa mía.
Se sentó y la hizo incorporar, para luego hacer lo mismo y elevarla,
ella tomándose de su cuello y enredada las piernas en sus caderas. La
condujo al dormitorio y la dejó caer con cuidado sobre el lecho, reptando
para quedar sobre ella, sostenido en la fuerza de sus brazos. Trazó besos por
su clavícula, su cuello y su rostro, para luego hundirse en su escote. Con
dedos hábiles desató el vestido y expuso sus pechos.
—Hermosa.
Se inclinó, acariciando uno de los pezones que ya se erguían como
timbres, mientras rozaba con su pulgar el otro, haciendo que todas las
sensaciones vibraran en el centro del placer de Amelia, que gimió, cerrando
sus ojos y gimiendo. Liam deslizó una de sus manos para envolver su sexo
y atravesó el canal de su coño, embebiéndose de la humedad de sus fluidos.
—Siempre tan húmeda para mí.
—Siempre—jadeó ella, atrayéndolo hacia sí, apurándose a
desprender su pantalón y empujándolo hacia los tobillos con sus piernas
flexionadas.
Sentir la dureza de su pene le hizo tragar saliva. El gesto abrupto y
rápido de él rompiendo sus bragas la sobresaltó y un estremecimiento de
anticipación la ganó.
—¡Fóllame, fóllame ya!
—Voy a hacerte el amor. Cada vez que te tomo, lento o duro, lo que
hago contigo es por amor.
La corona de su pene se insertó en los pliegues del coño con
exasperante lentitud, paladeando la sedosa sensación de bienvenida que ese
espacio húmedo y cálido realizaba. La ansiedad y la pasión fueron poniendo
velocidad a lo que al comienzo fueron suaves estocadas, pero producto de
los gemidos y jadeos de ella, de las caricias y besos, se transformaron en
embestidas.
—No puedo ir lento contigo.
—Quiero toda tu polla en mí, quiero que me lleves al cielo—dio un
grito de placer al sentir la profundidad que él alcanzaba en una nueva
arremetida.
—¿Estás bien?
—Sí, estoy llena de ti.
—Solo yo, el único—sentenció gruñendo de manera casi
cavernícola.
—Solo tú, solo tú en mi coño y en mi corazón—jadeó, mientras
sentía los espasmos recorriéndola, sacudiendo todo su ser hasta que pareció
perder el sentido, montada en un placer ideal, llevando consigo a un
enloquecido Liam, que empujó dos veces más para derramarse en lo
profundo de su amante.
Sin separarse, todavía dentro de ella, dejó transcurrir unos instantes,
gozando de la más pura intimidad, recuperando su aliento. Luego, se
acurrucó y la atrajo contra su pecho, recorriendo con sus besos su hombro y
su cuello. Estos momentos posteriores eran los que más atesoraba y sabía
que Amelia adoraba que se quedara a su lado.
El sonido del móvil cortó la magia unos minutos después y aunque
trató de permanecer indiferente, el que luego fuera el móvil de Amelia
sonando le hizo incorporar. Ambos tomaron sus dispositivos y vieron que
tenían mensajes y llamadas de Ryker, quien había adoptado la costumbre de
llamar a Amelia cuando Liam lo ignoraba.
Ian resopló y le llamó. Sabía que Ryker no le molestaría de no ser
algo importante.
—¿Qué pasó? —Escuchó con atención y Amelia vio que su rostro
se crispaba—. Sabía que algo como esto iba a pasar tarde o temprano.
¿Cuán grave es? —Escuchó la respuesta y suspiró. Amelia abrazó su
cintura. Fuese lo que fuese, estaría ahí para él—. Toma el avión y ve por él,
Ryker. No aceptes un no por respuesta. Ya ha sido suficiente de libertinaje
sin compromisos.
Escuchó una vez más y luego cortó.
—¿Qué es que pasa, Liam?
—Ethan—bufó—. Ethan pasa.
Era el hermano pequeño y del que menos sabía. Liam le había dicho
que era un amante del peligro y de los deportes de riesgo, un deportista de
élite, que viajaba por el mundo y por el que siempre estaban preocupados.
—¿Qué ocurrió con él?
—Tuvo un accidente en una pista de esquí. Tiene varias
quebraduras. Está estable, pero tiene para varios meses de inmovilidad.
Pretende seguir por su cuenta, pero ya ha sido suficiente.
—¿Qué harás?
Amelia sabía que Liam tenía una veta sobreprotectora con sus
hermanos y que Ethan no se la había hecho fácil.
—Está en Suiza. Ryker irá por él en nuestro avión privado y lo
traerá.
—Woww, no sabía que tenían su propio avión—dijo ella.
—Es que eres tan encantadoramente prescindente de mi patrimonio,
hermosa, que no te ha interesado conocerlo. Es útil para los negocios. Y en
este caso, ideal. Él vendrá a casa. No es su deseo y no son las mejores
circunstancias.
—No se las va a poner fácil si es tan independiente y está
imposibilitado.
—Es insoportable, tiene un mal genio de temer. No obstante, espero
que se digne a reconocer que durante un tiempo nos necesitará a su lado.
Ese del que tanto ha querido huir—reflexionó, con un dejo de dolor.
—Todo saldrá bien—lo abrazó, tratando de reforzar la postura de
Liam.
—Eso espero. Afortunadamente tenemos los medios para cuidarlo
bien. No hay nada inmediato que podamos hacer. Ryker se encargará de
todo. Volvamos a la cama.
-Tú siempre me haces las mejores invitaciones—sonrió Amelia con
intensidad.
La tomó en sus brazos mientras ella reía.
—Te amo. Ser tu amante es lo mejor que me pasó.
—Esto no va a durar, querida mía. He decidido promover tu estatus
al de esposa. Eso está decidido.
—Acepto el ascenso. Siempre y cuando me ames de la misma forma
que hasta ahora. Dicen que el matrimonio puede matar el romance.
—No hay fuerza humana que me impida amarte, Amelia. ¿Sientes
lo mismo?
—¿Cómo no sentirlo? —lo besó—. Te metiste en mi corazón como
un huracán.
—Futura señora Turner, ¿me permite follarla una vez más?
—Pensé que nunca lo pedirías—rio y lo abrazó, envolviéndolo con
brazos y piernas, besándolo como si el mundo se acabara.
Ambos podían sentirlo: eran dos almas que se habían convertido en
una, así como sus cuerpos lo hacían cada vez que se tocaban,
encendiéndose y fusionándose. La historia de amor se afianzaba más y más.
Lo que había comenzado como un juego sexual había escalado hasta
convertirse en una historia de amor completa. Bien había valido cada paso
que habían dado juntos. Y los que les esperaban.
FIN