Si el hombre fuese lo primero que se estudiase a sí mismo, vería lo incapaz que es de seguir
adelante. ¿Cómo es posible que una parte conozca el todo? Pero aspirará tal vez a conocer
por lo menos las partes con las cuales guarda proporción. Pero las partes del mundo
guardan entre sí una relación tal y una tal concatenación las unas con las otras, que creo
imposible conocer la una sin la otra y sin el todo.
El hombre no es, pues, sino disfraz, mentira e hipocresía, tanto en sí mismo como respecto
de los demás. No quiere que se le diga la verdad, evita el decirla a los demás; y todas estas
disposiciones, tan apartadas de la justicia y de la razón, tienen una raíz natural en su
corazón.
¿Qué otra cosa es ser superintendente, canciller, primer presidente, sino
hallarse en una condición en la que desde la mañana se tiene un gran número de personas
que vienen de todas partes para no dejarles una hora al día en que puedan pensar en sí
mismos? Y cuando están en desgracia y se les envía a sus casas de campo, donde no
carecen ni de bienes ni de criados para servirles en sus necesidades, no cesan de sentirse
miserables y abandonados porque nadie les impide pensar en sí mismos.
No nos contentamos con la vida que tenemos en nosotros y en nuestro propio ser;
queremos vivir, en la idea de los demás, una vida imaginaria, y nos esforzamos por esto en
parecerlo. Trabajamos incesantemente en embellecer y conservar nuestro ser imaginario,
descuidamos el verdadero. Y si tenemos tranquilidad, o generosidad, o fidelidad, nos
apresuramos a hacerlo saber, con el fin de vincular estas virtudes a nuestro otro ser, y
estaríamos dispuestos a arrancárnoslas para unirlas al otro; preferiríamos ser poltrones con
tal de adquirir la reputación de ser valientes. ¡Gran signo de la nada de nuestro propio ser el
no estar satisfecho del uno sin el otro, y de canjear con frecuencia el uno por el otro!
Porque quien no muriera por conservar su honor sería infame. El pensamiento constituye la
grandeza del hombre.
347. El hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza, pero es una caña
pensante. No hace falta que el universo entero se arme para aplastarlo: un vapor, una gota
de agua bastan para matarlo. Pero aun cuando el universo le aplastara, el hombre sería
todavía más noble que lo que le mata, porque sabe que muere y lo que el universo tiene de
ventaja sobre él; el universo no sabe nada de esto.
Sin libertad no hay responsabilidad y por ende tampoco deberes morales;
y sin deberes no puede haber derechos ni justicia.
Pascal da por sentado que el apostador hace esta apuesta no sólo con
su inteligencia, sino con su vida entera. Para él, “apostar por Dios”
implica no sólo creer en Dios, sino también vivir según la Ley de Dios, la
ley moral; e inversamente, “apostar contra Dios” implica no sólo no creer
en Dios, sino también no respetar la Ley de Dios.
Sin libertad no hay responsabilidad y por ende tampoco deberes morales;
y sin deberes no puede haber derechos ni justicia. En esa perspectiva,
para hacer funcionar la sociedad sólo queda la obligación jurídica de la
ley positiva, fundada sobre las arenas movedizas de las mayorías
circunstanciales y sobre el miedo a las penas que el Estado puede
imponer a quienes violan esa ley. Que eso es muy insuficiente para
lograr una sociedad sana está a la vista de todos, aunque, como en el
cuento del rey que desfiló desnudo ante la multitud, tantos finjan
ignorarlo.
Los primeros liberales todavía afirmaban que Dios es el fundamento del
orden social. Véase, por ejemplo, la Declaración de Independencia de los
Estados Unidos de América, de 1776: "Sostenemos como evidentes
estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son
dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos
están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad…
La solución de Pascal fue respaldar una interpretación de la teoría de la gracia de
Agustín y volver a describir como 'libre' la elección de una voluntad humana que está
'infaliblemente' motivada por la gracia eficaz de Dios. Los seres humanos, por su
propia naturaleza, tienen siempre el poder de pecar y de resistir a la gracia, y desde el
tiempo de su corrupción tienen siempre una profundidad desdichada de
concupiscencia que aumenta infinitamente este poder de resistencia. Sin embargo,
cuando Dios quiere tocarlos con su misericordia, les hace hacer lo que quiere que
hagan y en la forma en que quiere que hagan, sin que esta infalibilidad de la operación
de Dios destruya en modo alguno la libertad natural del hombre. seres humanos... Así
dispone Dios el libre albedrío de los seres humanos sin imponerles ninguna necesidad,
y cómo el libre albedrío, que siempre puede resistir a la gracia pero no siempre quiere
hacerlo, se dirige a la vez libre e infaliblemente hacia Dios. ( Cartas provinciales : I, 800,
801)
Sería fácil, filosóficamente, aceptar las limitaciones de los poderes humanos en las que
se basa este relato como un relato teológicamente inspirado de la debilidad de la
voluntad. Sin embargo, es difícil ver en qué sentido la elección humana es libre cuando
está determinada infaliblemente por un deseo de origen divino que la voluntad de
cada individuo, a quien se concede, encuentra irresistible. Para Pascal, la elección de
salvación de uno es libre en el sentido de que expresa el deseo más fuerte de
uno; pero el deseo en sí mismo se comunica solo a aquellos que están predestinados
por Dios, y es tal que el destinatario tiene la garantía de seguirlo.
la condición humana es, por decirlo de algún modo, doble, y así se recoge en un buen número de
Pensées. De una parte, presenta al hombre en el universo como un ser insignificante ante el
infinito. Más concretamente, entre dos infinitos: lo infinitamente grande –el abismo– y lo
infinitamente pequeño: es decir, esa inmensidad de seres imperceptibles que le rodean. Ambos
infinitos le superan13. Por otro lado, entiende al hombre como fuente de miseria y de grandeza,
contradictorio e incomprensible para sí mismo14. Y únicamente en la fe cristiana –concretamente
en la teología agustiniana– se detecta el origen de toda contradicción, pues, como el Obispo de
Pascal señala que, en su opinión, el concilio afirma que los justos pueden –con la ayuda de la
gracia– realizar obras merecedoras de la vida eterna. Tal afirmación, que Pascal hace suya, no
presenta problemas. S
deja a la criatura en manos de su libre albedrío, ya que esto entra de lleno en sus misteriosos
designios 26
onsiste en afirmar que la salvación humana no depende de la voluntad soberana de Dios sino
únicamente de la de los hombres, y privilegia así el papel del libre albedrío frente a la gracia divina
2
Pascal subraya la infinita bondad de Dios que –es importante destacarlo– no predestina nunca al
mal, simple consecuencia de la libertad del hombre, sino solamente al bien, lo que no supone
injusticia ninguna. La salvación –afirma, en síntesis– siempre proviene de Dios, mientras que la
condenación procede de la voluntad humana 35
En primer lugar, Pascal defiende la grandeza de Dios y la necesidad de la gracia frente a la
tendencia, siempre actual, a acentuar la capacidad de la voluntad humana y a minusvalorar, por
tanto, el aspecto sagrado e inabarcable del mundo sobrenatural. En segundo lugar, la importancia
del pecado original como fuente de miseria y verdadera clave para comprender la contradicción
intrínseca de la condición humana y el estado miserable en el que éste permanecería si no contara
con Dios 44.