Javier Aranguren
MI NADIR
36 DÍAS EN LA UCI CON EL
CORONAVIRUS
Javier Aranguren
Javier Aranguren
MI NADIR
36 DÍAS EN LA UCI CON
CORONAVIRUS
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Mi nadir
© Javier Aranguren
jarangurenechevarría69@[Link]
A Rafus, Carmen M., Sofía, Begoña y Carmen A., que
tomaron mi mano.
A Lucía, que tanto bien me ha hecho.
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Javier Aranguren
Índice
1. Contexto 5
2. Caída 16
3. Cuatro vidas 23
4. Mi nadir 27
5. Los violentos 37
6. Las enfermeras sicilianas 39
7. La vida real 43
8. Entre el sueño y la vigilia 48
9. El despertar 63
10. Epílogo 71
11. Coda filosófico–teológica (de no obligada lectura) 75
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Mi nadir
1. Contexto
El 30 de noviembre de 2019 me sometí a una colono-
scopia. No es una prueba fácil, en parte por la leyenda
que la acompaña (que se alimenta del alarmismo que
produce la imaginación), en realidad por lo incómoda
que es su preparación, pues exige limpiar a fondo el in-
testino durante los dos días previos.
Me acerqué al hospital de la Seguridad Social donde
se me convocaba. Habían tenido la deferencia, en plena
campaña de prevención del cáncer de colón, de adelan-
tármela dos meses sobre la fecha que me habían prop-
uesto con anterioridad. En vez de a finales de enero, po-
dría iniciar diciembre con un diagnóstico que explicara
unas pequeñas molestias que no vienen al caso pero que
llamaron poderosamente la atención de mi excelente
médico de cabecera.
Una breve espera en una sala destartalada, donde me
acompañaba mi amigo Gonzalo, pasar al vestuario, tum-
barme en la camilla, un leve intento de conversación
mientras me sedaban y –de pronto– me encontré abrien-
do los ojos en una habitación distinta, con la ropa en una
bolsa junto a mis pies, rodeado de otros durmientes que
habían vivido procesos idénticos.
–Cámbiese tras estas cortinas. El médico estará en-
seguida con usted para comentar el resultado de la
prueba –me dijo el enfermero que supervisaba con gesto
aburrido a los que íbamos despertando.
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Javier Aranguren
Le hice caso. Me llamó la doctora. Avisé a Gonzalo.
–Hemos visto que probablemente tiene usted un
cáncer. Por eso hemos recogido muestras para hacer una
biopsia. Se tarda unos días en conocer los resultados,
pero lamento decirle que probablemente se trate de un
tumor maligno.
–Bueno –respondí de inmediato, con ganas de cambiar
el ambiente un poco de luto que reflejaba el tono
nervioso de la médico y la cara de susto de Gonzalo–,
parece que empieza una época emocionante en mi vida.
–Señor, ¡lo que le estoy diciendo es que puede tener
un cáncer!
Pero no estaba yo para dramas. Así que le di las gra-
cias, me quedé con los números de teléfono que me facil-
itó para conseguir el resultado del análisis de mi prueba y
animé a Gonzalo a que me acompañara a romper mi
ayuno de más de veinticuatro horas comiendo una ham-
burguesa doble, mala y chorreante de queso en un cer-
cano Burger King.
Volvimos a casa. Soy numerario del Opus Dei y vivo en
un centro –una residencia– junto a otras once personas.
Una de ellas, Quique, hace cabeza en todo lo referido a la
organización práctica del día a día, y tiene como principal
encargo cuidarnos al resto. Me mandó enseguida un
mensaje:
«¿Qué tal la colonoscopia?».
«Mal», respondí con economía de recursos.
A los tres minutos estábamos hablando y empezamos a
plantear una estrategia. Debo decir que unos quince
meses antes me había incorporado al seguro ACUNSA,
de la Clínica Universidad de Navarra (mi universidad –li-
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Mi nadir
cenciatura, doctorado, primer trabajo, los grandes ami-
gos–, mi alma mater): había llegado el momento de usar-
lo.
La colonoscopia fue un viernes. El lunes tuve la primera
cita con mi oncóloga. Entre tanto, yo había comunicado la
noticia a mis hermanos (nuestros padres fallecieron hace
años), a mis jefes en la Universidad Francisco de Vitoria, a
unos pocos amigos. Me acompañó Quique.
Me recibió la que desde entonces es mi médico: Lucía
Ceniceros, una gallega joven, seria en su trabajo, concen-
trada (en su labor, en su tamaño), que me trataba de ‘ust-
ed’ y me llamaba ‘Francisco’, el nombre que utilizan los
sanitarios y los que me cobran impuestos porque así lo
determina mi DNI, a mí, que siempre he sido ‘Javier’ o,
con menor frecuencia, ‘Javi’. Con ella fui estableciendo
una relación fantástica a lo largo de los meses, cuando
fuimos abrazando el tuteo, los nombres de pila, la amis-
tad, la transparencia… y la lucha en común contra esa en-
fermedad.
Lucía me contó cómo estábamos a la espera del análi-
sis de las muestras; cuál sería el plan en el caso –proba-
ble– de que fuera cáncer; la necesidad de una operación
para extirpar el cuerpo extraño; que allí siempre trabaja-
ban en equipo y que mi caso entraría en discusión en la
reunión del día siguiente; que estaba en buenas manos;
que no me daría estadísticas porque en esa enfermedad –
como en todas– cada uno es el 100% de su caso; etc.
Conocí también a la que sería mi enfermera, Carmen
Molina, una chica de Jaén formada en Pamplona, que
desde el primer instante me acogió con una sonrisa que
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Javier Aranguren
es como una casa grande en la que quedarse a vivir. Ella
se encargaría desde entonces de hacer que todo me
fuera fácil.
El jueves siguiente llegaron los resultados del análisis
de la biopsia. Tumor maligno.
–El lunes, Francisco, empezamos –me previno mi docto-
ra–. Serán cuatro o seis sesiones de quimioterapia. Les
llamamos ‘ciclos’. Parte se lo pondremos aquí por vía in-
travenosa, parte lo irá tomando en pastillas durante los
siete días siguientes. Podemos programar los ciclos cada
dos semanas, o cada tres, como usted prefiera.
–Cada dos –escogí yo, ignorando los niveles de intoxi-
cación que me esperaban. Hacía mis cálculos, repensaba
mi agenda de viajes y de clases pendientes, deseando
recuperarla cuanto antes–. ¿Qué le parece empezar en
dos meses, para así irme durante las Navidades a Kenia?
He quedado en viajar con dos personas, tengo el billete
de avión, nos espera un proyecto humanitario que puse
en marcha allí, educación de niños y rescate a niños de la
calle… No sé: ¿podríamos comenzar el tratamiento en
torno al 20 de enero?
–¡No! –el asombro dibujado en el rostro de Lucía, en el
de Carmen, supongo que convencidas de que ese cin-
cuentón grande no acababa de enterarse de lo que es un
cáncer.
–¿Podré seguir dando clase? El semestre empieza en
enero y me acaban de ofrecer una asignatura.
–Puede intentarlo, pero es fundamental que evite todo
lo que le pueda producir estrés, Francisco, de modo que
le pido que por lo menos pida la baja durante el primer
mes
8
Mi nadir
Y así fueron cambiando (derrumbándose) mis planes.
Comenzó el tratamiento. Me parecía al principio lle-
vadero, si bien las pastillas que durante siete días tomaba
en casa (cuatro por la mañana, cuatro por la noche) iban
haciendo mella y me llenaban de asco. Durante el segun-
do ciclo empecé a notar fatiga. Se lo comenté a Carmen
como de pasada cuando, ya en enero, fui a por el tercero.
Lo notaba especialmente al atarme los zapatos.
–¿Tanto he engordado? –le pregunté a Carmen, con
una sonrisa–. De este efecto secundario no me habías di-
cho nada.
Ella, cejas en alto, parecía preocupada. Lucía, mi médi-
co, también.
A los veinte minutos me habían hecho un angiotac con
el que confirmaron lo que las dos sospechaban: se me
había formado un trombo bilateral en los pulmones. Es
decir, habían subido varios coágulos de sangre desde las
venas más profundas de las piernas, y se quedaron atas-
cados en las venas de los pulmones, dificultándome la
respiración.
–Ingresas ahora mismo, Francisco.
–Bueno, iré primero a casa a por mis cosas, ¿no?
–No. Ya tiene habitación. Quiero tenerle controlado y
en observación todo el fin de semana. Si todo va bien, el
lunes le pondremos el tercer ciclo. Pero no se va a ir a
casa. Que le traigan lo que quiera, pero usted se queda
en la Clínica. ¿Queda claro?
Supongo que se entiende que sí, que quedaba claro.
Igual que se entienden mis pocas esperanzas cuando
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Javier Aranguren
pocos días más tarde le escribía un correo electrónico
para plantearle la posibilidad de aceptar una invitación a
Mexico a dar varias conferencias en junio, y otra a San Pe-
tersburgo a finales de mayo (¡qué lejos quedaba el coro-
navirus en aquellos días de enero!), y que me dijera algo
de cara a confirma mi presencia e ir sacando los billetes.
–¡Francisco! ¡Va a acabar con mi paciencia! ¡No le voy a
dar permiso para ningún viaje! Usted se va a dedicar a
cuidarse de su cáncer, ¿de acuerdo? –aunque todas estas
advertencias me las hacía con una sonrisa, incapaz de no
reír con mi bisoñez, pues sin duda le divertía aquel ac-
tivismo y mi deseo de relativizar el peso de la enfer-
medad.
La enfermedad: mi padre había fallecido a los 48 (dos
años menos que yo en ese momento) de un cáncer de
pulmón. Pasaron diez meses entre el diagnóstico y su
ausencia. Los cinco hermanos hemos comentado lo mis-
mo: 48 es una edad de referencia para todos nosotros, y
cuando fuimos llegando a ella empezamos a experimen-
tar que vivíamos como de prestado, pues ya teníamos
más edad que nuestro padre. Supongo que nosotros, yo
por lo menos, vemos con claridad que 48 años es de-
masiado pronto para morir.
A pesar de este antecedente, así como el de nuestra
madre (que falleció con 60 de un cáncer de ovario, tras
siete largos años de enfermedad, operaciones y
tratamientos), creía haberme tomado mi tumor con una
mezcla de respeto y serenidad. Respeto porque era un
choque con la contingencia, la provisionalidad, lo breve
de la existencia terrena. Mis 50 años de vida se me
10
Mi nadir
aparecían como un instante, y yo me veía joven, lleno de
proyectos, en un trabajo que me entusiasma, con tre-
scientos niños y niñas en Kenia que dependen de Karibu
Sana, el proyecto al que había dado forma durante mi es-
tancia en ese país africano, con un montón de amigos y
de gente a la que quiero muchísimo.
¿Un cáncer? Vale. ¿Morir? Todavía no lo contemplaba
entre mis opciones. Así que me lo tomaba con serenidad:
gracias a Dios lo habían encontrado a tiempo, sin presen-
cia de metástasis, el tratamiento lo iba a disminuir de
tamaño para facilitar la operación con la que extirparían
ese cuerpo extraño y todo quedaría como un breve
paréntesis.
–Un amigo mío, que es muy bestia, ha tenido lo mismo,
y dice que es como una caries un poco pesada –me repi-
tió varias veces mi hermano Gabriel.
Pero la enfermedad tuvo un efecto que yo no espera-
ba.
De natural, mi corazón es expansivo: no me cuesta
querer, hacer en él hueco a más gente, ni preocuparme
de pronto por alguien que apenas ha rozado mi vida, ni
ser agradecido, ni tratar de estar atento a los demás. Esto
es una ventaja cuando se trata de educar. De hecho, es la
actitud que facilitó que me entregara a mi proyecto por
los niños de Kenia.
Sin embargo, como todo en la vida, este modo de ser
también tiene inconvenientes. «La vida es ingrata hasta en
lo agradable de sí; pero transtrae la esperanza incluso de
enmedio de la yel de la desesperación. A lo que, este
mundo está muy mezclado», y lo negro no se da en el
otro lado que lo blanco, sino que se entreveran (cf. J.
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Javier Aranguren
Guimaraes Rosa, Gran Sertón: Veredas, p. 231). No solo
«el corazón tiene razones que la razón no comprende» (B.
Pascal), sino que conviene guardarlo con siete cerrojos
porque de vez en cuando pierde el norte. Si no, puede
pasar (y con frecuencia), que lo que comenzó como pre-
ocupación y cuidado del otro se estropee al tornarse en
afán de control. El sentimiento sin razón (sin la luz de la
inteligencia) desenfoca el cariño e impide querer al se-
mejante, al amigo, como debe ser querido (según su
propio ser, verdad y bien; es decir, benevolentemente).
Pero resulta que querer mal (ora con afán de posesión,
ora movido por el deseo, el miedo, los celos o la descon-
fianza) es lo mismo que no quererle. Y en realidad es
también no quererse a uno mismo: porque se traiciona el
propio ideal y porque el egoísmo (la centralidad instintiva,
me gusta llamarlo en mis clases) es máximamente anti–fe-
licitario. El egoísmo, el miedo a dejar ser, siempre termina
por hacer daño a todos.
Esta experiencia la había vivido en muchas ocasiones.
Últimamente también. Y la enfermedad, la falta de certeza
que la acompaña, la había agudizado. Por detallarlo,
había tratado mal a una persona a la que quería (a la que
quiero) y no supe pedirle perdón, como un idiota, «como
el náufrago que ve la última ola antes de morir» (L. Ros-
ales). Me encontraba bien triste, no sabía cómo reparar lo
roto.
Pasaron las semanas. Terminó enero. El cuarto ciclo me
resultó especialmente difícil: seguía de baja, me sentía
muy intoxicado por los medicamentos (para curar había
primero que dañar), me encontraba mareado y con pocos
ánimos. Fue el día en que me metieron esta cuarta carga
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Mi nadir
cuando la doctora Ceniceros, Lucía, mi médico (que ya
me llamaba Javier y me había retirado el ‘usted’) me
anunció que iríamos a por las seis sesiones. Que en dos
semanas la quinta, que el día de la sexta observarían los
resultados, harían una reevaluación y –siempre en
equipo– fijarían la fecha de la cirugía.
Yo, que pensaba que no podría resistir esas dos
quimioterapias extras, pasé la quinta casi sin enterarme.
Tras las pruebas que me hicieron justo antes de la sexta,
me contaron que el tratamiento iba según lo esperado
(ese cuerpo extraño y caótico fabricado por las células de
mi propio cuerpo había reducido su tamaño más del
50%). Quedé con el cirujano en comenzar un régimen
severo y en dar paseos más largos para preparar el cuer-
po de cara a la operación. Esta quedó fijada el 25 de mar-
zo.
Tenía algo más de veinte días de margen: si comía pro-
teínas y caminaba al menos siete kilómetros diarios, lle-
garía al dente a la cita. Y si en verdad aquel iba a ser el fi-
nal del proceso, ¿no cabría la posibilidad de realizar mis
viajes?, ¿no sería capaz de volver al trabajo antes del ver-
ano?, ¿no entraría de nuevo en un ámbito donde yo con-
trolaría mis metas y movimientos? Pensé que el final esta-
ba tan al alcance de la mano que, incluso, confirmé mi
presencia en un congreso que se celebraba ese mismo
mes de marzo. en el que hablaría del significado de la va-
lentía, replanteando un discurso al que vengo dando
vueltas desde mi tesis doctoral.
El día de la sexta quimioterapia hablaba mi médico.
13
Javier Aranguren
–Javier, el tratamiento funciona. Pero ahora tienes que
tener un especial cuidado. Te encuentras en tu nadir. Es
decir, estás en el punto más bajo de toda tu vida en de-
fensas. Llevas mucho tratamiento encima y sé que te ha
hecho daño. Pero también te ha hecho un gran bien. Yo
estoy muy contenta con los resultados. Eso sí, cuídate de
forma especial estas semanas por favor. Olvídate de via-
jes hasta que terminemos. ¡Ya verás qué pronto nos olvi-
damos de esta enfermedad!
Asentí. Todo iba bien. Bueno, casi todo: además del
dolor por el dolor que había causado, de contexto de
fondo comenzaban a sonar dos términos extraños, coron-
avirus y Covid19. Pero desde los estamentos oficiales les
daba la importancia debida: algo de China, llegado a
Italia, con casos contados en España donde había causa-
do la muerte a tres o cuatro ancianos de más de noventa
años. El Gobierno insistía en que no era un problema,
que no pasaba nada, que una gripe suave, que no nos
preocupáramos.
Y así, con ese ambiente generalizado de calma, contin-
ué asistiendo a Misa en alguna de las iglesias cercanas a
mi casa, esas celebraciones de entre semana frecuen-
tadas por personas mayores y sus cuidadores. Les uní los
largos paseos por el Parque del Retiro para prepararme
físicamente para la cirugía. También hice una visita al cen-
tro de Madrid, siempre atestado, para cambiar de aires,
para hacer algunas compras, para divertirme inventando
la historia de los personajes con los que me cruzaba. Y
por fin llegó mi conferencia sobre la valentía, que me
sirvió de excusa para saludar con calma a tantas personas
a las que no veía desde el inicio de mi enfermedad.
14
Mi nadir
Y de repente, cuando no pasaba nada, cuando nada
parecía importante, la tarde del día de mi conferencia
apareció la fiebre. Y con ella, el núcleo de esta historia.
15
Javier Aranguren
2. Caída
6 de marzo de 2020. Había llegado tarde a casa para
comer. Acababa de dar mi conferencia sobre la valentía.
Me encontré a gusto durante mi discurso, si bien tuve que
abandonar la sala durante una de las otras intervenciones
porque sentía una sed acuciante, el local era pequeño, la
ventilación pobre y me ahogaba: ¿ sería otro efecto
‘novedoso’ de mi quimioterapia? Me encontraba muy
fatigado.
En cuanto terminé el almuerzo me excusé y fui a tum-
barme sobre mi cama. El sueño de media tarde fue pro-
fundo. Pero no me había tapado y mientras dormía nota-
ba que me estaba enfriando. Al despertar medí mi tem-
peratura: treinta y ocho grados. Fui directamente a ver a
Quique.
–Tengo fiebre. Me dijo Carmen Molina que si alguna
vez llegaba a 38 fuera inmediatamente a Urgencias en la
Clínica. Lo siento, tendrás que llevarme.
Eran las ocho de la tarde. Los dos sabíamos que una
visita a Urgencias no nos dejaría volver antes de la media
noche. Noté cómo Enrique superaba en un instante su
pereza.
–Espera un momento en tu habitación. Acabo una cosa
y salimos para allá en mi coche. ¿De acuerdo?
16
Mi nadir
Llegamos a urgencias en CUN. Éramos quizá los únicos
allí. Rápidamente me hicieron pasar de la sala de espera a
una habitación que era mucho más que un box. Toma de
sangre, espera, una placa, espera.
–Enrique, seguro que me quedo ingresado. ¿Por qué
no te marchas?
Hacia las doce de la noche, cuando confirmaron mi
sospecha, me dejó.
Tomas de temperatura y resultado de los análisis (el
laboratorio trabaja las veinticuatro horas del día, algunos
de tantos profesionales ocultos que abundan en los hos-
pitales). A la 1’15 me subieron a planta. Me recibió una
enfermera simpática como lo serían todas en adelante, y
por fin pude ir a dormir.
Dos noches más: un fin de semana. Temperatura, picos
de fiebre, veinticuatro horas seguidas sin pasar de treinta
y siete grados. Hora de volver a casa. Me habían llamado
la atención tres cosas. Primera, que a pesar de mi insis-
tencia en que en la última noche la enfermera me puso el
termómetro y di unas décimas y que ella no las había reg-
istrado en mi historia, no me hicieron caso. Segunda, que
el sacerdote que me llevó la Comunión venía con mascar-
illa. «Son los tiempos que corren», me dijo con su rostro
tapado y tono de preocupación, a la vez que me pedía
que –por primera vez en mi vida– recibiera la comunión
en la mano. Tercera: cuando subió a verme Lucía, mi on-
cóloga, lo hizo también tapada con una mascarilla, man-
teniendo una distancia notable respecto de mi cama: «Te
pido mil perdones, Javier, pero las circunstancias me exi-
gen no acercarme», o algo así me dijo.
17
Javier Aranguren
Ahora lo pienso. Eso era el 9 de marzo, y mi médico –
dedicada al cáncer, no a las pandemias– había visto venir
la ola. ¿Cómo no iba el Gobierno a estar advertido ya el 8,
el 7, el 2 de marzo? ¿Qué medidas habían tomado? ¿Por
qué ese silencio desde los ámbitos oficiales? ¿Por qué
nos habían abandonado? ¿Acaso para que yo escribiera
estas páginas? ¿O para ponerme al borde de la muerte?
¿Para que murieran varios millares de personas que se
perdieron por esa semana de retraso en los planes de
control? ¿Valían eso las distintas manifestaciones femi-
nistas y unos pocos partidos de futbol?
Poco antes de recibir el alta escribí un mensaje a un
grupo de amigos con el que adjuntaba una foto, tomada
desde la ventana de mi habitación en la Clínica, de las
Cuatro Torres de Madrid bañadas por el sol de la tarde
anterior.
«Me acaban de confirmar el alta y en un rato me
vuelvo a casa, a pasar el ‘nadir’ de la quimioterapia en
plan tranquilo (el término técnico para indicar el mo-
mento más bajo de defensas). La médico, graciosa, in-
siste en que me tome las cosas con calma. Le he re-
spondido que soy tranquilísimo, y me ha recordado
con cara de madre que ya me ha frenado viajes a Méxi-
co y Kenia y que no dé más conferencias hasta que
acabe el post operatorio… Ya se ve que las palabras
dependen del contexto. Pero le haré caso. Creo».
Me llevó a casa Rubén, otro de los que viven conmigo,
recién llegado a Madrid y de conducción más instintiva
que innata. No sé cómo acabé la jornada. Sí que en-
seguida la fiebre volvió. Carmen, la enfermera, me pidió
que no dejara de tenerlas informadas, que llamaría cada
día y que, por favor, me pusiera en contacto con el
número del Coronavirus que acababa de abrir la Comu-
18
Mi nadir
nidad de Madrid, para explicarles lo que me estaba
sucediendo.
«¿Qué me sucede?», me preguntaba yo. «¿Qué me
pasa aparte de que llevo seis quimioterapias, he cogido
frío y tengo fiebre?». Sí, ya se había escuchado de ese
virus. ¿Pero qué importancia tenía? Las ministras en pleno
se habían parapetado dos días antes detrás de las pan-
cartas del 8–M. Con guantes, sí, pero mostrando que la
epidemia no era tal, que no podía causar ningún estrago.
Llamé al número en cuestión. «Todas las líneas están
ocupadas». Así seis veces. Más fiebre. «No llame al 112»,
avisaban. Llamé al 112. Me atendió una mujer muy am-
able. Le conté de mis cambios de temperatura. Me es-
cuchó. «Deme sus datos. Le contactaremos pronto». Nun-
ca me devolvieron esa llamada. En el número de teléfono
oficial de la Comunidad de Madrid las líneas comunica-
ban. Yo apuntaba los datos de los picos de fiebre y al
medio día los mandé a la Clínica Universidad de Navarra.
Mi médico, mi héroe, Lucía:
–Javier, vuelve a la Clínica. Esta vez, por favor, entra di-
rectamente por Urgencias. Te están esperando. Ven rápi-
do. ¡Ven ahora mismo!
De nuevo a Enrique. Coche. Día 12 por la tarde.
–No te quedes conmigo –le insistí–. Te van a hacer es-
perar otra vez y al final me quedaré ingresado. Es lo que
tiene la quimioterapia. No te preocupes. Vuelve a casa y
te llamo cuando sepa algo.
Entré solo en Urgencias. Habían pasado apenas dos o
tres días desde mi primera visita a ese espacio y, para mi
asombro, lo encontré todo cambiado. En la puerta
corredera de la entrada una enfermera a la que conocía
19
Javier Aranguren
de mi último ingreso tomaba los datos de dos mujeres –
claramente madre e hija–. La más joven lloraba. «¡Soy una
persona serena, pero tengo tanto miedo!», escuché que
decía. Las pasó a la sala de espera, en donde había más
gente. Silencio. Todo el mundo parecía preocupado.
Tras dejar a las dos mujeres, al volver a su puesto, la en-
fermera me saludó. «¡Javier!». Yo no sabía su nombre, sí
sus gafas redondas y su pelo moreno. Llevaba puesta una
mascarilla y guantes. Nada más: aún no se había informa-
do a los centros hospitalarios desde el Ministerio de la
agresividad infecciosa del virus, aunque ya se supiera por
lo ocurrido en el norte de Italia.
–Creo que me esperabais.
–Pasa por aquí. Mira, te lleva Raquel.
Sonriendo bajo su máscara esa nueva enfermera me
dirigió hasta una de las habitaciones de Urgencias. Me
acercó un camisón. Yo llevaba una mochila con pijama,
zapatillas, cargador…, precaución aprendida de mi ante-
rior visita. Me facilitó un par de bolsas más con el escudo
de la Universidad de Navarra: el arcángel Miguel atraves-
ando al dragón, según el modelo de una iglesia de
Segovia, tal y como fue sugerido por el Marqués de Lo-
zoya. El emblema de mi alma mater, la seguridad de
saberme en casa.
Me cambié. Hacia las diez de la noche me llevaron en
una silla de ruedas para tomarme una placa. Ese es mi úl-
timo recuerdo propio: en pie ante la cámara de rayos, con
ese camisón de hospital que no cierra por la espalda, la
ropa interior todavía puesta. El resto de mi experiencia
consciente soy capaz de reconstruirlo por medio de dos
20
Mi nadir
mensajes de WhatsApp. El primero lo mandé esa misma
noche, a las 22.07. Dice así:
«Neumonía.
He llegado al 85% de saturación.
Tope oxígeno y empiezo ya con antibióticos ad hoc.
No más noticias».
Visto en retrospectiva, el mensaje asusta a cualquier
sanitario: ese 85% indica una inmensa dificultad respira-
toria. Pero ni Enrique ni yo sabíamos nada de eso. E insis-
to en que no recuerdo cómo me encontraba cuando
mandé ese mensaje.
El siguiente es grabado. El día 13 a las 14.37 a Enrique.
Un minuto más tarde, con un contenido muy similar, a mis
hermanos. Suenan como fondo de mi dictado los sonidos
de la UCI, donde ya me encontraba. Mi voz, serena y
fuerte, no muestra preocupación alguna. Probablemente
no vería motivos.
«Quique, supongo que ya te habrán avisado de que
he dado positivo de coronavirus, así para acabar ya de
mejorar las cosas. Y estoy aquí en la UCI, bien atendido.
Y eso…, paciencia. Enteraos de qué tenéis que hacer
en el centro. Supongo que cuarentena. Un abrazo».
«¡Os cuento brevemente!», dije a mis hermanos. «He
pasado la noche en la UCI para que me dieran bien de
oxígeno. Han seguido con las pruebas y…, ¡tachán!, he
dado positivo de Coronavirus Covid19 y estoy ahora
mismo como Abascal, la Montero, Tom Hanks y los
otros. Es decir, con más preparación por mi ‘patología
previa’, que se dice ahora, pero bueno, aquí en la UCI
ya me han dado medicamentos y nada, os diría que
mucha paz, mucha tranquilidad. Total, ¡tampoco hay
mucho más que hacer que esperar un poquito a que se
vayan aclarando! ¿Vale? Un abrazo».
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Javier Aranguren
No soy capaz de recordar que haya enviado estos dos
mensajes. Sí las referencias que hice a los dos políticos y
al actor norteamericano. Me contó mi hermano Carlos
que recibió el audio justo cuando recogía a Emilia, su
novia, de su oficina en Bilbao. Le llevó quince minutos
llegar hasta su casa. Solo hacerlo llamó a mi número de
teléfono. Lo cogió una enfermera. Ella le informó que
desde hacía unos instantes me encontraba sedado. «Le
acaban de intubar. La situación es muy grave y los médi-
cos han decidido dormirle».
Daba así comienzo mi ‘gran noche’, la noche más larga,
que duraría casi quince días de sedación y que iba a re-
galarme todos los problemas que conlleva ese tratamien-
to.
22
Mi nadir
3. Cuatro vidas
Cuando a alguien le sedan, la vida se multiplica por cu-
atro.
Por un lado, está la existencia vegetativa de ese cuerpo
inconsciente que se enfrenta a sus propias limitaciones
(en mi caso, sobre todo respiratorias, aunque de esa falta
de oxígeno acaben derivando todo tipo de problemas en
la sangre, en los riñones, o dé lugar a decaimientos hep-
áticos, musculares, de oxigenación en el cerebro…). El
cuerpo además lucha contra el ataque del virus y de los
fármacos que tratan de atajarlo para devastar de paso la
tierra de nadie del sistema nervioso y, en general, de los
órganos que facilitan la presencia de lo que Aristóteles
llamaba ‘el principio vital’. Eso es la ‘vida 1’, la más básica,
la que permite que haya paciente porque todavía existe.
La narración de aquella lucha está fuera de mi experi-
encia consciente. Tengo muchos de los mensajes que se
intercambiaron esos días médicos, familiares y amigos:
picos de fiebre, algo de desesperanza, algo de esperan-
za, pasos hacia adelante, 72 horas de margen, posible es-
tabilidad, etc. Yo (el ‘yo psicológico’, el que sabe de sí, no
el ‘yo ontológico’ que también estaba en ese cuerpo
dormido) no puedo contar nada directamente de aquel-
los días o de aquellos temores.
En segundo lugar –y por eso lo llamaré ‘vida 2’–, se en-
cuentra la existencia de médicos y enfermeras que –espe-
23
Javier Aranguren
cialmente en mi caso por ser de los primeros pacientes
en mostrar el Covid19 en toda su virulencia contra un
cuerpo joven– luchan contra lo desconocido, sin tener
protocolos de tratamiento, asustados por la posibilidad
de un contagio, conmocionados al ver que les falta la
clave y que su paciente –ya con los pulmones colapsa-
dos– se les escapa. Me contaron a mi vuelta que en dos
ocasiones se plantearon pasarme a cuidados paliativos,
para ayudarme a bien morir, sereno, sin la angustia del
ahogo. Me comentó también una enfermera, en el día
treinta y cinco y último que pasé en la UCI:
–Javier, no sabes lo malito que has estado. Tan mal que
un día me hiciste llorar. Volví a casa llorando porque te
nos morías. Lo pasé muy mal. ¿Entiendes que esté tan
contenta ahora? No me puedo creer que te vea así de
bien. Me parece imposible. Me hiciste llorar. ¡Cómo sufrí!
En tercer lugar, ‘vida 3’, se encuentran los familiares y
amigos. Rápidamente son informados de que no pueden
visitar al enfermo por el riesgo de contagio. De hecho, en
CUN empezaron inmediatamente con una política de
‘zona sucia’. Es decir, antes de convertir toda la Clínica en
un centro de tratamiento de Covid19 (llegando casi a trip-
licar sus plazas de camas, triplicando de hecho el tamaño
de la UCI tanto en cama como en médicos, enfermeras y
auxiliares) ya habían aislado a esos pacientes y las rutas
por las que se movían por el edificio. También impi-
dieron las visitas el confinamiento recién decidido por un
gobierno que apenas seis días antes alentaba manifesta-
ciones en todas las capitales del país y que había ido
callando la información que le llegaba con urgencia y
preocupación desde la inoperante OMS o la vecina Italia.
24
Mi nadir
Y lo impedía, especialmente en mi caso, la gravedad ex-
trema del paciente.
Todos los días, mañana y tarde, algún profesional llam-
aba desde la UCI tanto a uno de mis hermanos como a
Enrique, y les transmitía un breve informe sobre picos de
fiebre, valles y altos, dificultades, lo delicado de la
situación, la posibilidad y cercanía de la muerte. Durante
esa primera semana sobraba con los datos objetivos para
que la imaginación de cada cual volara hacia la peor op-
ción posible. La angustia fue grande. También la reacción.
En tiempos de telecomunicaciones y redes sociales
pudieron extender esos partes diarios como la pólvora.
La información no era mucha, por los pocos cambios del
enfermo que, en general, al principio iban a peor.
Pero las noticias se extendían rápidamente, como se
forman las ondas en la superficie tranquila de un lago.
Uno la recibía y la multiplicaba entre sus contactos, y es-
tos con los suyos. En muy pocas jornadas cientos, tal vez
miles, de personas acompañaban a mis hermanos (tam-
bién a mí, aunque no lo supiera) con su oración, cariño,
asombro, temor y palabras de aliento. Y eso les ayudó
mucho en esos momentos tan duros por los que pasa
este tercer nivel de vida que surge en torno a quien se
encuentra sedado.
Por último, vida 4, está el mundo interior de quien ha
sido dormido. Podría pensarse que debe ser un conjunto
vacío, un punto como la noche, en la que el olvido de sí
propio de la inconsciencia hace que el tiempo pase en un
punto, conduciendo como de inmediato al despertar en
la mañana. Las ocho horas de la noche psicológicamente
duran un instante. Pero no es exactamente eso lo que le
ocurre a quien es sedado: aunque los recuerdos son
25
Javier Aranguren
poco claros, a veces se empeñan tozudamente en
quedarse. Los que siguen son los que permanecen en mí.
26
Mi nadir
4. Mi nadir
Al inicio del texto he dejado escrita la definición de
nadir. Resulta extraño que ese término que me introdujo
Lucía, mi médico, como de pasada durante mis dos últi-
mas visitas (en la sexta quimioterapia y en el ingreso en
planta previo al diagnóstico de coronavirus) fuera desde
entonces el hilo conductor de mis ensueños. Más extraño
si cabe porque yo lo interpretaba no como lo usó mi on-
cóloga (el momento más bajo de defensas), sino como lo
prefieren los astrónomos (el punto más opuesto al cenit).
Nadir, ¡qué hermosa palabra! Suena como su término
original en árabe. Y por eso me pareció tan exótica cuan-
do la escuché por primera vez. Ahora era mi mente, en
ese cuerpo dormido, la que procuraba desentrañarla.
Para ello, ya dormido, intenté primero una aproximación
‘académica’. De algún modo empecé a reunir informa-
ción, autores que pusieran en el nadir el objeto de sus
pesquisas. El resultado no pudo ser más heterogéneo.
Por un lado se encontraba el actor Mark Wahlberg,
quizá porque acababa de ver su última película en Netflix
(francamente mala), o porque había curioseado un vídeo
en You Tube en el que contaba cómo su entrenamiento
diario (su work–out) comenzaba con media hora de
oración pues –explicaba– «soy católico practicante». Y esa
condición interior, que es también externa pues no duda
en manifestarla en cualquier ocasión, le proporcionaba el
27
Javier Aranguren
estatuto de buscador. De hecho, como yo, Wahlberg es-
taba cansado de la apariencia del éxito. El protagonista
de The Fighter o de Deepwater Horizon quería llegar al
fondo.
–Y creo que he encontrado a quien nos puede guiar –
me dijo, y comenzó a hablarme de un escritor norteamer-
icano, más académico que literato, que apenas había
publicado nada, y que en cambio vivía para el nadir.
Me dio un nombre, pero no logro recordarlo. Me
señaló un pueblo costero que yo supuse en el norte de
los Estados Unidos (¿cerca de Boston, como tantas
películas de Wahlberg? ¿En Maine o Nueva Inglaterra?), y
hacia allí quise dirigir mis pasos. Pero no pude. De pronto
el actor tenía que escapar porque se aproximaba una
catástrofe natural (¿o era un atentado?), y apenas me dio
tiempo a vislumbrar cómo montaba a su mujer y a sus hi-
jos en un helicóptero mientras su casa grande de madera
se venía abajo.
Una vez me quedé solo, me fui acercando al pueblo de
la costa. Desde allí le mandé un correo electrónico a mi
amigo Fernando: «Estoy buscando el nadir», le decía,
convencido de que aquello cambiaría vidas. Él me con-
testó brevemente. «¡Te apoyo!».
Con ese ánimo traté de dar con el escritor. Llegué al fin
a su casa. Era un hombre muy parco, silencioso, de mira-
da profunda desde unos ojos rodeados de bolsas de
edad y cansancio. «¡Nadir!», se repitió a sí mismo, y me
acercó un ejemplar de su único libro. Abrí por cualquier
sitio y vi que la página estaba escrita no con líneas parale-
las, sino que la única frase formaba un remolino, el Maël-
strom de Edgard Allan Poe, hacia cuyo vórtice caían las
28
Mi nadir
palabras. Y la última, la que estaba al borde del agujero
negro del centro, era la que daba sentido a todo ese rela-
to circular: «nadir», se leía en ese término de cierre.
–¿Y si colabora usted conmigo? Yo puedo escribir mi
parte y traducir su texto, y así preparamos un volumen en
español que sería realmente novedoso.
–¿Pero no te das cuenta de que eso no es posible? A fin
de cuentas, la realidad del nadir se puede reflejar sola-
mente usando la misma palabra. El nadir es simplicidad.
Es lo más contrario a los aspavientos. De hecho cada uno
de los relatos, de los capítulos, de ese libro del que me
hablas, no debería ocupar más que esas cinco letras,
pues es en ellas, en su sencillez, en su simplicidad, donde
se contiene todo.
–¿Una especie de Aleph de Borges?
–No, porque el nadir es lo real.
–¿Y conoce a alguien más que se haya dado cuenta de
esto?
–Solamente a uno. Tim O’Brien.
¿Tim O’Brien? Me vino directamente a la cabeza el libro
que conocía de ese autor: Las cosas que llevaban los
hombres que lucharon. Publicado por la editorial Ana-
grama en castellano, yo lo había leído en 2000, justo du-
rante la época en que me empapaba de todos los relatos
de Carver (eso lo veo ahora, al revisar la lista de libros leí-
dos), hace justo veinte años. No puedo saber por qué ese
hombre inventado que hablaba conmigo en un inexis-
tente pueblo costero trajo a colación a un autor que nun-
ca me había vuelto a interesar. En ese libro escribía histo-
rias sobre excombatientes del Vietnam, con algunas es-
cenas de lucha y muchos traumas. Ahora lo busco, lo en-
29
Javier Aranguren
cuentro en inglés y lo traduzco, y su primer párrafo dice
así:
«LAS COSAS QUE LLEVABAN
El teniente primero Jimmy Cross llevaba cartas de
una chica que se llamaba Martha, estudiante de primer
año en Mount Sebastian College en New Jersey. No
eran cartas de amor, aunque esa fuera la esperanza del
teniente Cross, de modo que las conservaba envueltas
en plástico en el fondo de su mochila. Al final de la
tarde, tras un día de marcha, él cavaba su agujero, se
lavaba las manos con la cantimplora, desenvolvía las
cartas, las sostenía con las puntas de sus dedos, y
gastaba la última hora de luz disimulando. Ahí imagin-
aba viajes de camping románticos en las White Moun-
tains de New Hampshire. Algunas veces saboreaba los
bordes de goma de los sobres, sabiendo que ella
había puesto allí su lengua. Más que nada, él quería
que Martha le quisiera como él la amaba a ella, pero las
cartas estaban llenas de noticias amables y eludían por
completo los asuntos del amor. Estaba casi seguro de
que ella era virgen. Ella estudiaba una licenciatura en
Inglés en Mount Sebastian, y escribía de forma her-
mosa sobre sus profesores y compañeras de habitación
o acerca de los exámenes de mitad de semestre, sobre
su respeto por Chaucer y su gran admiración hacia Vir-
ginia Woolf. A menudo citaba versos de poemas; y
nunca mencionaba la guerra excepto para decir, Jim-
my, cuídate. Las cartas pesaban diez onzas. Estaban
firmadas ‘Con amor, Martha’, pero el teniente Cross
comprendía que ‘amor’ era solamente una manera de
firmar y que no quería decir lo que él a veces pretendía
que significara. Al anochecer volvía a meter con cuida-
do las cartas en la mochila. Despacio, algo distraído, se
levantaba y se movía entre sus hombres, revisando el
perímetro, y cuando ya estaba completamente oscuro
30
Mi nadir
volvía a su agujero, miraba hacia la noche y se pre-
guntaba si Martha sería virgen».
No recordaba ese párrafo. En mi memoria tan solo
quedaban dos escenas registradas: alguien que tenía un
collar hecho con las orejas de los enemigos que había
abatido, alguien que ya en EEUU daba vueltas a un lago
con la tristeza desesperada de un paria siempre fuera de
sitio. ¿Reflejaba eso el sentido del nadir? No pude saber-
lo, pues con estos tres asuntos (el remolino, la obra de
O’Brien, la huida de Wahlberg) terminaron mis disquisi-
ciones académicas. Traté de guardarlas en alguna recá-
mara de la memoria por si me pudieran ser útiles en el
futuro. Y eso aunque en mi ‘vida 1’ mi cuerpo porfiara por
respirar sin conseguirlo; en la ‘vida 2’ los médicos
acabaran de descubrir que el movimiento supino/prono
ayudaba en algo a la respiración (ocho horas mirando al
techo, seis sanitarios para darle la vuelta al cuerpo, ocho
horas boca abajo, seis sanitarios para darle la vuelta al
cuerpo, ocho horas mirando al techo…, así durante
quince días); y en la ‘vida 3’ hermanos y amigos sintieran
el miedo de la cercanía de la muerte porque las noticias
que recibían eran verdaderas: «No conseguimos atajar la
fiebre, no sabemos qué bacteria es la que le ataca, tiene
los pulmones paralizados, la situación es muy grave».
Mientras, en la ‘vida 4’, yo me encontré cambiando el
acercamiento académico por una vivencia. Me encontré
ante una situación de la que habla García Morente en su
Introducción a la Filosofía: en vez de estudiar cosas sobre
París, ¿por qué no visitarlo? Eso me pasó a mí con el
nadir. A raíz de aquella experiencia todo lo anterior, todo
lo que hasta aquí he narrado, se me hizo superfluo.
31
Javier Aranguren
Nadir. En el plano, en el mapa, en las dos dimensiones,
hay Norte, Sur, Este y Oeste, con todas las direcciones in-
termedias. Las marca la Rosa de los Vientos, la brújula. Y
uno se orienta en ellas gracias a la salida del sol, a la di-
rección de las estrellas. ¡Qué fácil orientarse con tanto in-
strumental y entre tantos parámetros!
En las estrellas se encuentra el cenit. Arriba, como una
dovela clave de bóveda. Se piensa por eso –por la nueva
perspectiva que da, por la tercera dimensión, por el re-
lieve– que es más importante el cenit que los puntos car-
dinales. Lo que brilla asciende, el que vence sube a lo
más alto, la medalla de oro demanda un cajón más ele-
vado que la plata, el bronce o la derrota. Pero esa preten-
sión siempre tiene algo de mentiroso: en el cenit siempre,
y solo, hay espacio para el brillo externo. No es más que
una apariencia o un reflejo. Todo aquel que se conforma
con el cenit se queda en mínimos. El honor, explica Santo
Tomás de Aquino, es siempre dado desde fuera: de-
pende de los otros. Mientras que la nobleza, la virtud,
surge de una actitud interna, de un modo de ser hecho
hábito. La virtud tiene fundamento. Está a los pies. Tiene
que ver con el nadir, no con el cenit.
Un día me encontré caminando. No iba en las direc-
ciones del plano. Pero tampoco hacia arriba. Era un viaje
desde dentro hacia dentro. ¿Más dentro de mí que yo
mismo? (San Agustín). No sabría decirlo. No puedo tam-
poco decir abajo, pues ese ‘dentro’ no era tanto mi interi-
or como lo real, el auténtico ser de las cosas. Yo camina-
ba, despacio, por un lugar oscuro, como el pasillo que se
abre entre las ramas prietas y enlazadas de unos arbustos
que formaban un túnel. La atmósfera no era negra, pero sí
verde oscuro. Tenía que andar con la cabeza agachada. Al
32
Mi nadir
fondo, cada vez más cerca, claridad. Clareaba. Traspasé el
umbral. Llegué al fuera del dentro: a lo más interior del
interior de las cosas. Era un espacio blanco, tal vez neva-
do. Estaba lleno de paz. En él no había distorsión alguna:
nada desafinaba, ni como sonido ni como ambición. Era
todo amable, grato, cómodo de ver. De hecho, en él se
experimentaba un amor distinto al que yo había conocido
y practicado hasta entonces. Era un amor sin inseguridad:
afirmado, ya poseído. Era un amor sin equívocos, ni
sospechas. Sin malentendidos. No podías aprovecharte
de él, tratar de sacarle algo en tu propio beneficio mien-
tras simulabas darte. No hacía falta pretender o actuar.
Todo estaba bien en él. Se podría decir que era amar–ya–
sin–cuidado. Amar sin fatiga. Por supuesto, amar sin hacer
ni hacerse daño. Y consistía ese amar en contemplar, y en
saberse mirado. En un momento dado me tumbé en el
suelo, abrí los brazos. Cuando estaba todo estirado, miré
hacia arriba. Vi los árboles nevados (completamente
blancos), y cómo desparramaban algunos copos frescos
sobre mi cara y me hacían sonreír. Paz. Plenitud. Alegría.
Vi sus frutos: figuras geométricas de colores vivos (rojo,
verde, blanco), como si fueran marionetas centroeuro-
peas del Cascanueces. Escuché de fondo las voces de
niños jugando en la nieve, en la calle, felices. Niños que
invitaban a jugar con ellos. A jugar para ellos en ese
tiempo eterno que es el presente de la infancia.
«¡Qué corta y débil es la lengua al lado
De mi concepto, y éste está tan lejos
De lo que vi, que es poco decir ‘poco’»
(Dante, Paraíso 33, 121–123).
Lo intenta expresar el florentino en otros versos:
«En su profundidad vi que se encierra,
33
Javier Aranguren
Cosido con amor en un volumen,
Todo lo que despliega el universo:
Sustancias y accidentes en mixtura,
Fundidos e intrincados de tal modo,
Que es un pobre reflejo lo que digo (…)
Así mi mente, como suspendida,
fija, inmóvil, atenta, contemplaba
Y en la contemplación más se encendía
(Idem., vv. 85–99).
Eso era el nadir: lo opuesto al cenit, lo que está bajo los
pies, pero no como lo bajo, sino como el fundamento. Y
todo de golpe (ya, sin ausencia, sin potencia, sin imper-
fección), evitando el deslumbramiento que produce la
apariencia, retirando reflejos y sombras. Escuché la voz
de gente a la que no había tratado ni querido bien: «¡Ya
no te preocupes! ¡Vente!», y me supe llamado, aceptado,
con un hueco entre ellos, con alguna de «las muchas
moradas» esperando por mí. Lo que se experimentaba
allí se presentaba como lo realmente real, haciendo que
me preguntara si acaso estaba en el empíreo de Platón o
en la ‘casa del Padre’.
Nunca lo sabré. Miraba hacia el cielo, me embebía de
esa paz, tal vez lloraba de serena alegría al saber que to-
das mis preocupaciones, miopías, descuidos, miedos o
mentiras quedaban atrás, pues no tenían cabida en el
nadir. Estando en esas me entró una duda. Esta, como las
grandes preguntas, se derivaba en dos. Primera: ¿estaba
yo preparado para amar aquello como merecía ser ama-
do? Segunda: ¿no debería antes arreglar lo que había
roto, es decir, no debería antes desaprender lo que hasta
entonces había tomado por amor y que tenía tanto de
mentira? Y se me abrió un debate. No sé si conmigo mis-
mo, no sé si con otro. No sé si las voces de los ofendidos
34
Mi nadir
me seguían disculpando. Lo que sé es que en ese mo-
mento pude decidir entre quedarme allí, para siempre, en
una vida plena, o volver y tratar de reparar las vasijas que
he roto, aunque no quedaran perfectas, aunque fueran
de barro pobre y el arreglo dejara marcas y cicatrices, de-
splantes y silencios.
Verlo claro fue inmediato: no podía quedarme. Tenía
que volver. Tenía primero mucho que aprender, pues
nada de lo que allí había experimentado resultaba pro-
porcionado a mi pobre modo de mirar. Y también nece-
sitaba volver para pedir perdón a algunas personas a las
que había confundido, y hecho daño, con mi patética
manera de tratarles.
Me levanté del suelo, desoí a los niños que me llama-
ban, cerré los ojos y entré de nuevo en el túnel, aunque
en esta ocasión para alejarme de allí, para volver, para
marcharme. Dejar la Vida por la vida: una contradicción,
una necesidad, una prorroga.
No sé qué día de las vidas 1, 2 y 3 me pasó esto. Sí sé
que los momentos más graves de mi estancia en la UCI
fueron en torno al 20 de marzo, cuando a la dificultad de
respirar se le unió un neumotórax que exigió la insta-
lación de un tubo de drenaje a través de las costillas, y
que la gran crisis pasó cuando el 24 de ese mes la vida 2
(los médicos) comunicó a la vida 3 (familiares y amigos)
que en la vida 1 (mi cuerpo) habían practicado una
traqueotomía por medio de la cual le conectaban a un
respirador artificial y que el paciente respondía de forma
muy positiva a ese nuevo intento de tratamiento.
¿Vi el Paraíso? Aunque haya citado a Dante no puedo
afirmarlo. No lo sé. Tampoco sé si no. De lo que estoy
35
Javier Aranguren
convencido es de que un anzuelo mordido gracias a mis
faltas es lo que me ayudó a volver. Esto me lleva a repetir
una de las frases más misteriosas de la Liturgia, la que se
pronuncia durante el Pregón Pascual: «Feliz culpa, que
mereció tal Redentor». En mi caso, «feliz culpa, que me
hizo volver para decir ‘lo siento’» (y benditas las personas
que me han acogido con su perdón).
Ese fue mi nadir.
Desde aquel día buena parte de mi tarea estando
sedado, luego en la UCI, luego en planta, consistió en no
perder esta experiencia. «¡Mi nadir, mi nadir!», me repetía
con frecuencia.
Dejándola escrita, descanso ya tranquilo.
36
Mi nadir
5. Los violentos
Un enfermo sedado en la UCI no sabe que está enfer-
mo, ni que está sedado, ni que está en la UCI. No en-
tiende nada de lo que le pasa, ni de por qué le pasa, ni
de qué le rodea. Se encuentra perdido, y eso aunque a
los médicos (y por tanto a familiares y amigos) les parezca
que solamente duerme. La vida 4, la de la mente, sigue
sus propios derroteros. Y estos, como los sueños, son
mayoritariamente extraños, y se cargan de pesadillas y de
preguntas que no tienen respuesta.
El descubrimiento del nadir me proporcionó seguri-
dad. Sabía lo que había dejado atrás y que tenía que
volver. ¿A dónde? No estaba seguro, pues desconocía mi
punto de partida.
Vivía varias situaciones recurrentes. Una me resultaba
especialmente terrorífica. Sonaba una música demente,
de guitarra eléctrica en el desmadre de un concierto vio-
lento, de rock duro, y yo –acompañado por un chaval de
rasgos mexicanos que recordaba a Coco, el personaje de
Pixar– observaba desde detrás de un muro roto de ladrillo
un paisaje amarillento en el que iban a chocar en un
combate a muerte ¡los ‘héroes’ de Marvel contra los de
DC! Y digo que era terrorífico porque ambos grupos con-
taban con semidioses (Thor, Superman) que harían de esa
lucha algo interminable, brutal, capaz de destrozar el
mundo, y completamente estéril. Para tratar de no mirar
37
Javier Aranguren
apretaba mis ojos con fuerza. Pero cuando lograba la os-
curidad total esta empezaba a moverse y tomaba la forma
precisamente de un Superman que, hecho de un conjun-
to de líneas negras que se hacían más negras aún para
dar forma a su rostro, me miraba con odio y con asco,
dispuesto a aniquilarme. Yo temblaba hasta que la música
y el paisaje cambiaban y se iban.
A eso se sumaba otro elemento, quizás algo más
tardío, añadido a la medida que iba recuperando con-
sciencia, quizás ya presente estando todavía sedado,
porque la consciencia quizás nunca se retire del todo.
Tengo ‘miopía magna’, y una de las cosas de las que te
hacen prescindir cuando te intuban son las gafas. Si abría
los ojos, veía desenfocado. ¿Ver qué en una UCI? Princi-
palmente la pequeña luz roja del televisor apagado. Pero
no veía una, sino muchas: por el desenfoque del miope,
porque cada ojo seguía una dirección propia…, no lo sé.
La cuestión es que el inocente piloto rojo se convertía en
muchas luces que –quizá con el recuerdo de la música vi-
olenta– se transformaban en un tigre rugiente, en un
dragón terrible, siempre en movimiento constante, siem-
pre amenazando. Y yo trataba de apartarlas de mí.
Esos días los médicos y enfermeras (vida 2) informaban
a familiares y amigos (vida 3) que me encontraba agitado
(vida 1) aunque no sabían que el origen de mis nervios no
eran solo las infecciones o las medicinas, sino el con-
tenido (probablemente causado por ambas) de la vida 4,
la de mi mente.
38
Mi nadir
6. Las enfermeras sicilianas
Casi siempre tenía sensación de estar tumbado en una
cama. No sabía la razón. A mi alrededor escuchaba voces.
De vez en cuando entraba una chica vestida completa-
mente de negro, con el pelo negro cubierto por un
pañuelo negro, ojos azabache, el rostro serio. Reconocía
su cara: una compañera de trabajo, joven, decidida, seria.
En realidad eran varias, todas hermanas. Beatriz, María,
Marta… ¿Serían el trasunto de mis verdaderas enfer-
meras? No lo sé.
Sé que ya despierto pregunté con toda seriedad por
alguna de ellas, de la que creía saber nombre y apellido,
y que me quedé extrañado cuando mis enfermeras repi-
tieron que no les sonaba de nada esa persona, «ninguna
de nosotras se llama así», como ninguna de ellas vestía de
negro sino de verde quirúrgico, gafas transparentes y
máscaras. Sé que se parecían a mujeres sicilianas, o cor-
sas, como las que aparecen en el álbum de Axterix en
Córcega, de ojos y gestos graves, belleza mediterránea,
discreto silencio. Esas mujeres siempre acompañadas de
un varón, de un hermano, que te amenaza preguntando
«¿Has mirado a mi hermana?», «¡No!», «¿Es que acaso no
te gusta mi hermana?», «¡Sí!, perdón, ¡No!», e intuyes el
brillo de la faca en su mano y temes que, limpia, atraviese
tu cuerpo por una ofensa nunca existida y sin embargo
de consecuencias infinitas.
39
Javier Aranguren
Las enfermeras de negro eran silenciosas. Solo Begoña
me dirigía a veces la palabra. «Hoy me toca otra vez
cuidarte», anunciaba animosa. Se diferenciaba del resto
de sus hermanas en que tenía una peca negra en la mejil-
la izquierda. Su mirada, un pozo profundo, me parecía
también triste.
En otra ocasión estaba con una de ellas en un avión.
Era un avión extraño: los pasajeros viajaban sentados en
el suelo. No había asientos. Yo me sabía, una vez más,
fuera de sitio. Íbamos hacia Jerusalén. Era una peregri-
nación de cristianos coptos. En el desierto donde vivían,
donde apenas les dejaban ejercer un poco el comercio
de baratijas para turistas, los demás pueblos se reían de
ellos: los cristianos porque les parecían una absurda secta
que se había quedado fuera de la verdadera religión por
motivos ya olvidados en la polvareda del tiempo, y su ex-
istencia les producía vergüenza; los musulmanes porque,
aunque compartían la misma raza, no así la fe, y pensaban
que por su obstinación en realidad solo merecían la
muerte. Ellos, mansos, atendían a la lectura de la Sagrada
Escritura en una lengua antigua y extraña. Mi enfermera,
con la seriedad de siempre, con su vestido largo y su
pañoleta ajustada, se movía de un lado a otro priorizando
mi cuidado. Por la ventanilla del avión entraba fuerte la
luz del sol. El haz de luz iluminaba a un hombre vestido
completamente de blanco, anciano, cubierto por una
túnica, que estaba sentado ante una placa de mármol so-
bre la que estaban grabadas supongo que más máximas
sagradas. Tal vez el mármol fuera la losa de una tumba, la
entrada a un mausoleo, a un túmulo. Ahí, en un cruce de
miradas con mi cuidadora, se interrumpe mi recuerdo.
40
Mi nadir
Cada día me trataba una hermana diferente. De pronto
sé, no sé por qué lo sé, que todas ellas están relacionadas
con la Clínica de la Universidad de Navarra. ¿Sería que la
vida 4 es capaz de escuchar lo que la vida 2 –los médicos
y enfermeras– comenta junto a la vida 1 –el cuerpo que
yace sedado y boca abajo–? Tal vez ya estábamos en el
día 25 de marzo, el siguiente a mi traqueotomía, en el
que me empezaron a liberar de la sedación y logré abrir
un ojo (y por lo que parece, también los oídos). Experi-
mentaba una sensación como si nos encontráramos en
movimiento, de viaje. Dado lo lento del avance era más
un viaje de tren que de avión. Apareció una vez, con su
barba y con su prisa, un médico joven. Era el prometido
de una de ellas. No de Begoña, la de la peca, porque ella
quería permanecer sola. Tampoco de Beatriz, sobre quien
escuché este comentario:
–Se ha adelantado. Ha ido a vivir de misionera y no lle-
va una semana y ya está arrepentida. Quiere volver, pero
se ha ido tan lejos que no lo tiene fácil. ¿Qué hará ahora
con su vida?
Yo, yaciente, como no podía hablar asistía pasivo a esa
confidencia que ni siquiera iba dirigida a mí.
El joven médico se iba a casar en breve con otra de las
hermanas. Los dos tomaban su relación con un fuerte
sentido de misión: aprender mucho sobre gestión de
hospitales porque iban a marcharse al centro de África
para abrir uno en algún país sin recursos. Entonces des-
cubrí que el médico era también clérigo, ¡un obispo!, y
que había obtenido un permiso especial para poder
casarse y empezar esa nueva vida. Apenas pasaba por mi
habitación. Yo, que no podía hablar, le veía siempre en
blanco y negro (no así a las silenciosas enfermeras). No
41
Javier Aranguren
me caía bien: de tan ocupado ni se molestaba en hacer el
gesto de saludarme. En la UCI tenía su vivienda, y la con-
secuencia de contar con su presencia entre nosotros se
reducía a que apartaba de mi lado a mi enfermera, que
me dejaba solo con mis miedos.
Al caer la tarde (la tarde de la vida 4, no sé qué mo-
mento sería en el mundo de afuera) el joven doctor
volvía, cansado de la jornada de trabajo, y charlaba entre
risas con su prometida comentando con ella lo aprendido
y decidiendo qué película iban a ver aquella noche.
Siempre eran clásicos, en blanco y negro como él. «Hoy
ha sido un día difícil», repetía, «necesito distraerme». A
menudo sonaban también voces de niños. En realidad
era uno solo, y yo sabía que le conocía, pues su rostro era
el mismo que el de Moses Javier, un pequeño de Kenia
que en el mundo real habían adoptado unos amigos y de
cuyo mantenimiento me vengo encargando desde que le
conocimos con apenas dos semanas de vida. Pero no era
Moses Javier porque a mí no me hacía ni caso, y porque
hablaba con el médico y la enfermera en un español
suave, casi musical, que sonaba a consentido y capri-
choso. Mientras, yo me entristecía porque nunca me in-
vitaban al debate, porque mientras vivían con sus atarde-
ceres agradables yo yacía solo en una cama, entre bru-
mas, y estaba convencido de que no les importaba.
Enfermeras silenciosas, oscuras, de ojos tristes y de im-
presionante belleza, ¿a qué esperaban para rescatarme?
42
Mi nadir
7. La vida real
He insistido en la multiplicidad de vidas. No puedo
hacer paralelismos entre mi mundo interior (mis pesadil-
las, mis experiencias, mis sueños) y la realidad externa, a
la que se suele llamar ‘objetiva’. No puedo estar seguro
de si la experiencia de mi nadir coincide con el día en el
que estuvieron a punto, en dos ocasiones, de trasladarme
a cuidados paliativos para aliviar los posibles sufrimientos
(sobre todo el ahogo) de la previsible muerte. Lo que
ocurría en las vidas 1, 2 y 3 se puede reconstruir por los
mensajes que enviaban mis hermanos a las personas que
se interesaban por mí, por los informes telefónicos que
cada mañana y tarde iban de la UCI a Enrique o a mi
hermano Miguel, por las frases que fueron compartiendo
conmigo distintos profesionales de esa clínica mientras
yo recuperaba el sentido, por los datos del informe médi-
co. «Una tarde me hiciste llorar. Volví a casa llorando por
lo malito que estabas», he recordado que me dijo una en-
fermera; «Claro que te conozco. He bajado muchos días
cada ocho horas a darte la vuelta», me aseguró en planta
un sanitario al que pensaba que nunca había visto.
El 14 de marzo (Enrique): «Dice la doctora que la pal-
abra ‘mejoría’ hay que usarla con prudencia. La situación
es complicada. Hay que tener especial cuidado estos
primeros días». El 15 de marzo (Miguel): «Todo sigue
igual. Y pasan las horas, lo cual creo que es bueno,
43
Javier Aranguren
aunque ya no hablan de 48 horas (que se cumplen esta
tarde), sino de 72». El 16 (Enrique): «No hay muchos de-
talles nuevos. Sigue grave, intubado y en la UCI. Pero hay
un detalle positivo: hoy no han tenido que darle la
vuelta». El 17 (un médico): «Javier está con subidas y ba-
jadas. Pasó todo el día de ayer muy bien y nos confiamos
bastante pero a última hora de la tarde bajó un poquito el
oxígeno y hemos tenido que ponerle de nuevo boca aba-
jo». El 18 (mi hermana): «Las noticias no son muy buenas,
el tema está complicado, pero tiene a su favor su edad».
El 19 (mi hermana): «Hay una ligera mejoría respecto de
ayer». El 20 (mi hermana): «Os cuento que Javi ha super-
ado una crisis importante y que parece que tiene algo
más de oxígeno en sangre y los riñones algo mejor». El
21 (mi hermana): «Hoy algo mejor, pero nos insisten en
que muchísima cautela. La comunicación es complicada:
los médicos están hasta arriba. Javi está siempre con altos
y bajos. Debe de ser lo normal». El 24 (mi hermana): «La
traqueotomía ha dado buen resultado, pero tiene una
bacteria que no dan con ella y hace que la situación sea
muy frágil, pero vamos ganando batallas». El 25 (mi her-
mana): «Parece que le han bajado la sedación y ha re-
spondido bien». El 27 (Enrique): «Está más despierto. No
tiene fiebre. Le van quitando medicinas y apoyo respira-
torio. Necesita rehabilitación muscular: ahora no mueve
sin ayuda ni manos ni pies». El 28: «Mueve espontánea-
mente el cuello y algún dedo». Etc.
Sé que me sedaron el mediodía del 13 de marzo. Que
a lo largo de los quince días que pasé en ese estado la
fiebre no remitía. Que tuvieron a bien probar más an-
tibióticos de los que imaginaba que existieran (Flucona-
zol, Avivactam, Levofloxacino, Meropenem, Tamiflu, Az-
44
Mi nadir
itromicina, Vanco, Linezolid y Kaletra) y que no funciona-
ban. Que los pulmones notaban alguna liberación si al-
ternaban la posición de supino y prono (bocabajo, boca
arriba). Que sufrí un neumotorax con derrame pleural,
neumonía bilateral y distrés pulmonar agudo. Que me
pusieron una sonda vesical para la orina y que costó tres
intentos retirarla, pues la vejiga ‘hacía bolsa’ y hubo que
activar esa musculatura con medicamentos específicos.
Que usaron incluso una sonda nasogástrica para alimen-
tarme por medio de preparados que iban directamente
desde unas jeringuillas gigantescas hasta mi estómago y
una vía arterial que se fijaba con puntos de sutura a la
parte interior del antebrazo y que logré arrancarme dos
veces durante alguno de mis delirios. Que también me
pusieron incontables vías venosas por las que introducir
suero y medicamentos, además de una vía central en la
yugular derecha con punta en la vena cava superior por la
que entraban de modo directo al corazón los medica-
mentos,. Me practicaron la traqueotomía para poder
conectar directamente mi tráquea con el respirador, lo
que salvó mi vida. Por tanto que me conectaron un respi-
rador y usaron el balón de aire llamado ambú. Casi cada
mañana me tomaban placas encamado para certificar los
desastres y los avances en mis pulmones. Llegaron las
cánulas para permitirme hablar o empezar a comer por
mi cuenta. Por el costado izquierdo introdujeron un tubo
con el que drenar el derrame pleural del neumotórax que
tuve a los pocos días de mi ingreso. Tenían que usar con
frecuencia el extractor de flemas, que las enfermeras in-
troducían por la tráquea si estas eran excesivas o difi-
cultaban demasiado la respiración. Momento siempre in-
quietante pues para eso era necesario introducir un fino
45
Javier Aranguren
tubo aspirador que bajaba hondo mientras me repetían
«¡Tose,! ¡tose! ¡Lo estás haciendo muy bien!», y yo me
aplicaba con arcadas en medio de mi ahogo. Se me pro-
dujeron heridas en el cuero cabelludo y en la mejilla
derecha a causa de los días y días sin moverme de la
cama, pérdida de masa muscular como consecuencia de
la falta de movimiento total durante casi un mes, debili-
dad total en cada zona del cuerpo que pudiera sentir. Me
vistieron con ridículos camisones (¡tan prácticos!) de
apertura dorsal y me ponían también espantosas medias
de compresión blancas con borde amarillo que apreta-
ban mis piernas para ayudar a que no se hincharan ni se
formaran trombos… Al final interpretaba mi situación con
la conciencia de ser una suerte de Cristo que tenía las
manos cosidas a un colchón y me convencía de que eso
serviría de ocasión inmejorable para ofrecer esas moles-
tias (la falta de consciencia casi nunca me permitiría
hablar de ‘dolores’), junto al aburrimiento de los cientos
de horas pasados en cama en aquella UCI, junto a la in-
quietud, inseguridad y nervios del prisionero, y con esos
ofrecimientos cooperar de algún modo misterioso a que
el mundo siga en movimiento.
Tiempo después me enteré que uno de esos días pasó
junto a mi cama don Vicente, el capellán de la Clínica, y
que me regaló la Unción de los Enfermos. Lógicamente
no me enteré de nada. No importó: haría su efecto. Al-
gunos días más tarde, ya consciente, vino a saludarme
otro sacerdote y, desconocedor de haberlo recibido, se lo
pedí de nuevo. Me recordó cómo es un sacramento no
solo para el momento de la muerte (aunque antes se le
llamara ‘extrema unción’, como si siempre estuviera a
punto de llegar demasiado tarde…), sino para enfer-
46
Mi nadir
medades delicadas como la mía. Me emocioné hasta la
raíz al escuchar el fragmento del capítulo V de la Epístola
de Santiago: «¿Está enfermo alguno de vosotros? Que
llame a los presbíteros de la Iglesia, y que oren sobre él,
ungiéndole con óleo en el nombre del Señor. Y la oración
de la fe salvará al enfermo, y el Señor le hará levantarse, y
si hubiera cometido pecados, le serán perdonados». Me
estremecí cuando el cura impregnó con el óleo mi frente,
marcándome como a un rey, como a uno de los pri-
mogénitos, mostrando con ese signo que no estaría nun-
ca solo ni durante la enfermedad ni ante la muerte.
47
Javier Aranguren
8. Entre el sueño y la vigilia
En 1987, al comenzar la carrera de Filosofía, me lancé a
leer un libro francamente difícil: La estructura de la subje-
tividad, de Antonio Millán–Puelles. No sé si dejó huella en
mí. Solo recuerdo que dedicaba las primeras cuarenta o
sesenta páginas a una descripción fenomenológica (a
menudo fascinante, a ratos incomprensible) sobre la ex-
periencia del despertar. Se centraba en ese momento en
el que el timbre del despertador, la luz de la ventana o la
voz de la madre se meten a formar parte del sueño del
durmiente. ¿Estaba dormido o despierto? ¿O en un en-
tre–medias, entre el sueño y la vigilia? Esa experiencia,
que nos sucede casi cada jornada por unos instantes, se
alarga durante días en el paciente cuando se le comienza
a retirar la sedación en la UCI.
En mi caso me dicen que eso ocurrió en torno al 25 de
marzo (como he señalado, había comenzado a ‘dormir sin
dormir’ el 13). Además de los sueños referidos, no guar-
do registro de esos primeros días. Dos recuerdos de los
que tengo memoria clara pujan por ser los primeros: el
anuncio de la celebración del cincuenta y tres
cumpleaños de mi hermano al que sus hijos y su mujer –
Álvaro, Marta, María y Sofía– le cantan un ‘Felicidades
Coronel’ con la música de Bella Ciao, en un vídeo que nos
enviaron a los hermanos por WhatsApp. La segunda es el
anuncio de la petición de otros quince días del ‘estado de
48
Mi nadir
alarma’ y confinamiento por Pedro Sánchez en un inter-
minable discurso televisado. Las dos cosas sucedieron el
2 de abril. Las dos cosas me hicieron llorar.
Pero mi despertar tuvo que llegar antes. Entre otras
cosas porque solo así se entiende que pudiera usar el
teléfono para seguir las andanzas familiares. Y ese re-
cuerdo también lo tengo, aunque sin fecha: que una en-
fermera me acerca el teléfono y me pide el número PIN,
que se lo doy, que quedan dos intentos, que le doy otro,
que queda un intento, que ahora nos pide el PUK. Lla-
maron a casa y, tras una larga búsqueda por los cajones
de mi escritorio, encontraron la tarjeta de Amena con esa
información. Acto seguido las enfermeras me pregun-
taron que con quién quería hablar. Y yo, con mi traque-
otomía y sin voz, les señalé el primer nombre que apare-
ció en la lista de contactos, y me vi en una videollamada
con mi amigo Chema, quien al verme se puso a gritar
llamando a sus hijos, «¡Venid, venid, es mi amigo Javier,
por quien habéis estado rezando!», y me decía cosas, y
una enfermera intervenía porque, como digo, yo estaba
mudo, y le miraba a Chema con mis barbas de quince
días o más, y lloraba ante él como un niño que ha sido
encontrado tras muchas horas perdido en el bosque, y él
también lloraba, y sus hijos –pequeños todavía– no en-
tendían qué pasaba. Esto pudo haber sido el 30 de mar-
zo: los despertares, insisto, son lentos.
También debieron llamar a mi hermana, no lo recuer-
do, y enviar una foto mía a Enrique con mi primera ‘haza-
ña’: un cuerpo grande e hinchado, lleno de tubos en la
garganta y en la nariz, desaliñado, con un ojo abierto que
parece que apunta hacia el objetivo de la cámara. Los
49
Javier Aranguren
días siguientes llegarían más noticias: ha movido algunos
dedos, el cuello, los brazos…
La vida en ese duermevela no era sencilla. Al hacerme
consciente de mi entorno, y sin saber dónde me encon-
traba ni por qué, me empeñaba en hacer interpreta-
ciones, en dar sentido a aquel espacio ruidoso (¡las
maquinas!), lleno de luz artificial (¡los monitores!), desen-
focado (¡la miopía!) y casi vacío. Por ejemplo, me con-
vencí de que me encontraba aislado en una habitación
de no sabía dónde ni por qué, y que mi única compañía
era una marioneta muy grande de un marinero de cara
triste y traje azul que no sé por qué me convencí de que
tenía que ser italiano. ¿Tal vez por las figuras de Pinno-
chio?, ¿o por los gondoleros de Venecia? Según le diera
el aire, la inmensa figura se giraba de un lado al otro,
siempre silenciosa, y dependiendo del ángulo que adop-
tara se descomponía su rostro en trozos con aspecto de
números. Era de tez blancuzca, enfermiza. Sus ojos daban
la sensación de estar a punto de derramar lágrimas. La
habían puesto junto a mis pies, elevada, de modo que su
tamaño imponente ejercía de vigía de mis propios silen-
cios. No lograba entender qué hacía allí. Acaso llegué a
imaginar que nos habían llevado a los dos al cuarto de los
trastos, que nos habían abandonado en ese lugar de
luces tenues y silencios sólidos. Solo al cabo de muchos
días pude rehacer lo que veía: no era un gigantesco
marinero sino un presurizador de arteria invasiva, gracias
al cual la vía en mi muñeca, la que se agarraba al brazo
por tres puntos de sutura y que yo logré arrancarme por
50
Mi nadir
lo menos dos veces, lograba mantener la sangre (que
circula a gran presión) dentro de la arteria1.
A veces trataba de escapar de su detestable compañía.
Pensaba que aquello era un sueño dentro de un sueño,
que si me concentraba mucho lograría que mi mente se
liberara de la pesadilla y que aparecería en otro lugar,
también con mi cuerpo: en una playa, paseando por los
Pirineos, durmiendo en casa. Me esforzaba de verdad por
lograrlo. Y fracasaba siempre. Eso me hundía. Casi casi
me desesperaba.
Estaba también obsesionado con los dibujos ge-
ométricos del techo. De algún modo trataba de rela-
cionarlos con la experiencia del nadir. Dependiendo de
con qué ojo mirara distinguía figuras muy distintas. No
me daba cuenta entonces de que tenía la bifocalidad
muy desajustada, ni de que cada uno de mis ojos se
dirigía hacia campos tan distintos que pasé casi dos sem-
anas viendo doble. Con uno, un círculo perfecto, trazado
con rayas gruesas a modo de radios y de diámetro. Esa
figura tan equilibrada me producía gran paz. Creía volver
a ver el equilibrio, la serenidad de aquel lugar al que de
algún modo había renunciado. Sin embargo, cuando
miraba hacia el techo con el otro ojo (ni siquiera es se-
guro que supiera que era el techo de una habitación), la
figura cambiaba, se convertía en una elipse, las líneas de-
jaban de ser firmes y proporcionadas, se perdía la ar-
monía y me entraba el miedo al desorden, al caos, a la vi-
1Me lo contaba así Begoña Errasti: «como la sangre de la arteria circula
con una presión bastante elevada, se requiere de un sistema de presión
que evite que la sangre refluya o ‘se salga’ a través de la vía (o catéter). El
presurizador ejerce una presión sobre el suero que va hasta la vía y, de este
modo, se mantiene la sangre en el interior de la arteria».
51
Javier Aranguren
olencia. Solo a raíz del completo despertar, que se produ-
jo en torno al 8 de abril, pude ser consciente de que no
miraba más que a la salida de aire de la habitación, que ni
siquiera se trataba de un elemento decorativo, sino de
otra funcionalidad más de ese mundo aislado que es una
UCI.
Ahora de algún modo me sabía en un hospital, aunque
todavía creyera que el motivo de mi ingreso fue mi cáncer
y durante muchos días preguntara por mi operación
(«¿Qué tal ha ido? ¿Me han podido quitar todo!»), o bus-
cara una cicatriz o unos puntos que no existían. Me sabía
en un hospital porque ya distinguía a las enfermeras: iban
de verde, cada día con más capas de protección. Recuer-
do el día en que les pusieron unas pañoletas también
verdes que les acabaron por dar un aspecto completa-
mente irreal: doble guante, dos mascarillas, la bata verde
de gore-tex que años atrás utilizaban los cirujanos en las
operaciones, gafas transparentes como las de esquiar en
días de ventisca, pantallas de plástico que les cubrían
desde la frente a la barbilla, las pañoletas… Al final a uno
le entraba la duda de si había sido abducido en una nave
espacial o de si era prisionero de talibanes afganos y le
rodeaba un harén de huríes. Lo único que se veían en el-
las eran los ojos: grandes; azules o grises o verdes; ani-
mosos como las voces de sus bocas ocultas; las cejas ar-
regladas en rostros anónimos. Algunas se presentaban al
llegar. Otras habían escrito su nombre con rotulador
grueso sobre un esparadrapo pegado a sus batas. Era
verlas y olvidarlas: así juega la memoria desgastada.
No sabía tampoco distinguirlas de los médicos, al
menos por el aspecto. Sí por el carácter de sus visitas: el/
la médico aparecía siempre de forma breve, ejecutiva,
52
Mi nadir
cargada de información. Las enfermeras, en cambio, me
dedicaban más tiempo, me lo regalaban. Su tarea no era
tanto dar con un tratamiento como aplicarlo y, especial-
mente, cuidar del paciente, atenderle, afirmarle. Algo así
aportaban también los sanitarios (en mi caso se encarga-
ban de lavarme, vestirme, levantarme cuando empecé a
usar la silla…) y las benditas mujeres que varias veces al
día pasaban a la habitación para limpiarla a fondo (eran
las mejores para pedirles cosas que las enfermeras me
negaban, no porque me las fueran a dar, sino porque les
gustaba hacerse las cómplices).
Como no podía hablar, habían preparado un papel
plastificado que contenía dibujos sencillos, como los
emoticonos de un teléfono, con los que podía expresar
(señalar) mi estado de ánimo. «Estoy enfadado», «Caca»,
«Tengo calor», «¿Qué me sucede?», «Me duele», etc. El
que más me gustaba, y lo señalaba con saña, era el que
indicaba «Tengo sed»: una cabeza amarilla que bebía de
una botella. Cuando la enfermera notaba que mi dedo lo
estaba señalando, y la impaciencia con que lo hacía,
podían pasar dos cosas: que dijera «Tú no puedes
beber», o que se apiadara y me pasara un poco de líqui-
do, «aunque solo para que te enjuagues la boca». En el
primer caso, me ponía pesado e insistía. En el segundo,
pasaba directamente a señalar el siguiente dibujo, justo
debajo del anterior, que indicaba «Tengo frío». Y no
porque lo tuviera, sino porque siempre quería beber
cosas heladas. A los pocos días todas las enfermeras lo
sabían. En una ocasión logré incluso que me trajeran una
lata de Acuarius. Fue, sin duda, mi mayor triunfo.
A través de ese cartel pude por fin enterarme de lo que
me había ocurrido. Esos dibujos me abrieron a la primera
53
Javier Aranguren
información básica. Esta aumentó cuando, junto a la
cartela, me pasaron un folio con las letras del abecedario.
A partir de ahí empecé a construir palabras, y frases, y a
hacer preguntas complejas. Cuando trataba de decir algo
demasiado largo, la enfermera de turno solía perderse, y
en la prisa por responder se inventaba una pregunta que
no era la que yo intentaba plantear y me indignaba. Con
los nudillos golpeaba el papel y empezaba mi interroga-
torio de nuevo. Si seguía sin poder descifrarlo, la enfer-
mera acababa por inventarse una tarea y se marchaba.
Antes de dejarla salir de la habitación conseguía yo artic-
ular un ruido que la frenara un instante, y así le marcaba
el emoticono de la cabeza bebiendo (o me ponía el dedo
gordo de la mano en la boca como si fuera una botella) y
ella aceptaba el mensaje, «¿Agua?», para muchas veces
estropearlo enseguida, «¿Que tienes frío?». «¡No!, ¡agua
fría!, ¡quiero agua fría!», me repetía yo en mis adentros.
Una de las cosas que menos me gustaba era que la
gente tuviera prisa. Yo contaba con todo el día: tumbado
en una cama, apenas moviendo poco más que el ante-
brazo, ¿para qué correr? La prisa podía traducirse, como
acabo de señalar, en inventarse las preguntas de mi con-
versación para ahorrar tiempo, y no se daban cuenta de
que eso lo único que conseguía era alargarlas. Otro
modo de prisa era el «Ahora mismo» seguido de una sal-
ida de la habitación por parte de la enfermera para olvi-
darse de la demanda que le había hecho. O querer
limpiarme los dientes cuando acababa de hacerlo una
compañera poco antes. O entrar hablando demasiado y
demasiado fuerte, como dando pisotones. La prisa de-
shace la magia por la que el enfermo se piensa alguien
54
Mi nadir
excepcional que ha logrado casi sin esfuerzo que quieran
cuidarle. Nos devuelve al mundo cainita. Roba la ternura.
El que identificara a las enfermeras no supuso, sobre
todo al principio, el final de mis ‘aportaciones’ de irreali-
dad. Lo que más me inquietaban eran las voces, tanto por
su persistencia (días y días) como por su consistencia
(tenían, en mi desvarío, cierta lógica que las afianzaban).
Ya habían desaparecido del entorno las hermanas sicil-
ianas y sus vestidos negros; ya no había más obispos a
punto de casarse y camino de África. Y, sin embargo, el
niño seguía viviendo allí. Pero descubrí que no era un
niño. «Javier, hay ingresado contigo un señor que se lla-
ma Antonio, que era amigo de papá. Debe estar un poco
ido, de ser muy mayor. A ver si le das recuerdos». Algo así
me dijo mi hermano Gabriel. Y desde ese momento me
hice a la idea de que la voz de niño que me llegaba con-
stantemente a los oídos pertenecía en realidad al tal An-
tonio, que en la decadencia de su vejez andaba conven-
cido de haber vuelto a ser un crío. Y su tono era chillón, y
se presentaba a sí mismo como ‘el niño gato’ pues por
algún motivo que ignoro le apasionaban esos animales y
no le dejaban tener ninguno en aquellas instalaciones tan
especializadas.
Cada noche ‘el niño gato’ discutía con otras dos per-
sonas, dos mujeres también mayores que por el motivo
que fuera (caridad por parte de la Clínica, o negocio pues
pagarían un buen dinero por vivir allí) se acomodaban en
la UCI a cambio de echar una mano en la limpieza más
básica: pasar el escobón mientras cantaban ruidosas can-
ciones. A las dos parecía faltarles un hervor. Interiormente
yo les llamaba ‘las locas’, y razón no me faltaba para hac-
erlo porque sus conversaciones, o el modo que tenían de
55
Javier Aranguren
dirigirse a las enfermeras o los doctores, siempre tenía un
mucho de superficial y estúpido. Como aquella vez que,
con voz estridente y un volumen totalmente inadecuado,
se dirigió una de ellas a la supervisora de la planta y le
propuso, «¿Oye, qué tal si esta noche hacemos una fiesta
en la que nos disfracemos de putis?». Francamente, yo no
entendía nada.
Las locas se metían con ‘el niño gato’. Unas veces dis-
cutiendo qué película ver esa noche, otras porque el viejo
que era niño no callaba, otras porque ellas se ponían
demasiado nerviosas y no podían dejar de decir imperti-
nencias o de cantar de modo extremadamente ruidoso.
«¿Por qué las habrían admitido?», me lamentaba.
Pero lo que más me indignaba no era aquello. Lo peor
era mi hermana. Mi hermana Sofía. ¿Qué hacía todos los
días en la entrada de la UCI dirigiendo una animada tertu-
lia? ¿Y por qué no pasaba nunca a verme o me invitaba a
compartir ese tiempo con ella y con sus amigas enfer-
meras? ¿Por qué se divertía con las locas y a mí no me
hacía el menor caso? Una vez su conversación resultaba
tan animada, tan divertida, que me cansé de esperar y
decidí acercarme para agradecerle su buen humor. Pero
no podía moverme: sencillamente mi cuerpo no re-
spondía. Además, las barras laterales de la cama de hos-
pital estaban todas levantadas: ¡encajonado! Y algo me
tenía enganchado del cuello, de los brazos… Me esforcé
muchísimo porque quería celebrarlas. Logré sacar un pie
por el lado izquierdo de la cama. Entonces el brazo con-
trario se asomó por el lado derecho. Mi cuerpo quedó
cruzado. Para ganar en movilidad me quité un tubo (el
respirador) que no sabía qué hacía enganchado a otro
tubo de plástico que salía de mi garganta (la traque-
56
Mi nadir
otomía). Empezaron a sonar todo tipo de alarmas. Car-
reras por el pasillo. La conversación se hizo silencio. Me
supongo la cara de sorpresa de las varias enfermeras que
irrumpieron en la Habitación 1 de la UCI para encon-
trarme en esa situación («inquieto, nervioso», decía ese
día el informe enviado a mis familiares) y su imposibilidad
de entender mi enfado porque no me dejaran salir,
porque me regañaron cuando todo lo que quería era
unirme a la fiesta casi eterna que se celebraba a mis es-
paldas y a mis expensas.
El día que más me enfadé fue el 5 de abril. Yo sabía
que abril era el mes de mi cumpleaños, y estaba dis-
puesto a celebrarlo aunque fuera en esas extrañas circun-
stancias. En efecto, cumplo el día 8. Pero no andaba yo
bien de capacidad de cálculo, y venía desde el 3 exigien-
do mi correspondiente celebración. El 5, a primera hora
de la mañana (¿serían las siete?) creí entender que las lo-
cas volvían a esa zona con otras enfermeras, y que cele-
braban un desayuno especial en honor de mi aniversario.
¡Pero se habían olvidado de mí! No me lo podía creer.
Decidí, cómo no, levantarme para decirles que allí estaba
y que me invitaran a mi fiesta, que todo aquello era muy
raro. Una vez más traté de levantarme, me desconecté el
respirador, casi me caigo de la cama, entraron las enfer-
meras reales (no las locas imaginadas) alertadas por
alarmas y golpes, y acabaron por meterme las manos en
unas manoplas que se ataban al lateral de la cama para
impedir que en mis inquietudes me hiciera daño o me ar-
rancara (como de hecho ya había ocurrido) algunas de las
vías de arterias o venas. ¡Pobres! ¡No se daban cuenta de
que tras mi rostro de humilde aceptación del castigo se
ocultaba un estratega que con uñas y dientes logró liber-
57
Javier Aranguren
ar una de sus manos, con esta la otra, y con ellas trató de
escapar de nuevo para exigir su celebración.
Debió ser una jornada larga para las encargadas de
cuidarme. Pero se ve que también me hice entender,
pues una de ellas colgó un cartel en la pared de mi cuarto
con un mensaje transparente escrito con letras bien
grandes: «Feliz día de tu no–cumpleaños». La broma
quedó allí expuesta hasta que el 8 me llevaron desde
casa unas fotos de los que viven conmigo, imágenes que
me acompañaron en mi verdadero aniversario.
La noche anterior, la del 7, me encontraba cargado de
sueño. Sin embargo mi enfermera (¿era Begoña?) hacía
todo de forma muy lenta y tardaba y tardaba en traer mis
medicinas. Mis bostezos ostentosos no la aceleraron.
Dieron las doce. En ese momento se me llenó la
habitación con todas las personas del turno de noche.
Cantaban el «¡Cumpleaños feliz!». Llevaban unos folios,
cada uno con una letra de trazo grueso y grande, en los
que habían escrito con los rotuladores de la zona de sec-
retaría: «Feliz cumple». Algunas habían hinchado guantes
de goma blancos como si fueran globos, de modo que
donde iban los dedos parecían las ubres de vacas a la
espera del ordeño. Me hicieron sonreír. Igual que ese
mismo mediodía cuando con la comida llegó un pedazo
de tarta con una vela, si bien todavía no podía comerla y
acabó olvidando en el alféizar de la ventana.
–¡Qué cumpleaños más especial estás teniendo! –me
dijo alguna.
Pensé que sí y que, desde luego, no se contaba entre
los malos.
58
Mi nadir
Esos días de entresueños (pues no eran otra cosa, lógi-
camente, ‘el niño gato’, las dos locas, mi propia hermana)
fui descubriendo cómo funcionar en la UCI. Para usar los
carteles de dibujos con que me comunicaba era nece-
sario que hubiera en la habitación una enfermera. Yo no
podía saber que la joven Clínica Universidad de Navarra
de Madrid se encontraba en ese momento ante el mayor
reto de su breve historia. Por hacerse una idea, todo el
edificio se estaba dedicando al Covid19, las habitaciones
de planta habían dejado de ser individuales para conver-
tirse en dobles –y alguna en triple–. La UCI había ganado
espacios en otras partes de ese hospital (las urgencias, la
zona del acelerador de protones, la UCI de los recién
nacidos) y en muy pocos días pasó de tener quince pro-
fesionales a noventa.
Yo no lo sabía, y tampoco me importaba, de modo que
si veía que tardaban en responder a la llamada de mi
timbre o, sencillamente, no encontraba yo ese aparato
para avisarlas, me decidía entre dos soluciones. La
primera, como ya he contado, era inmediata: sacarme del
cuello el respirador externo, con lo que saltaban todas las
alarmas, aún a riesgo de enfadarlas. La segunda, golpear
con la mano derecha el protector derecho de la cama,
produciendo así un repiqueteo sordo, como quien llama
a una puerta o toca tambores, con el que trataba de que
me hicieran caso. Si tardaban, golpeaba más fuerte. Aho-
ra me pregunto qué significaría ‘fuerte’ en realidad, dado
el lamentable estado en que se encontraba entonces mi
cuerpo después de más de veinte días yacente. Eso sí, es-
toy seguro de que pasé muchas horas golpeando con un
soniquete similar a lo que Kadaré llamó «Los tambores de
la lluvia».
59
Javier Aranguren
En ocasiones la realidad parecía peor que la imagi-
nación. Tenía el pelo largo, sudaba mucho. Me contaron
que me lavaban la cabeza con frecuencia a menudo más
que diaria y que eso les daba pena. Un día, el 6 o 7 de
abril, entraron dos o tres enfermeras y me preguntaron si
me parecía que me cortaran el pelo. Yo, que no podía
hablar, me limité a mirarlas fijamente y no respondí nada.
Al poco comencé a escuchar el ruido del motor de una
rasuradora y noté cómo esa máquina pasaba por mi
cuero cabelludo.
–Te quedan aquí unos mechones –le dijo, al cabo de
pocos minutos, una a la que dirigía la operación.
Me habían dejado al cero, respetando la sucia barba
de tres semanas. Ofrecía un aspecto realmente distinto
con aquella mezcla de calvicie y delgadez. Todavía no me
había dado cuenta de las heridas que tenía en la nuca por
los días que había permanecido inmóvil sobre la almoha-
da. No creo que, de haber tenido palabra, hubiera acep-
tado ese trance.
Recuerdo contemplar mis manos. Todo ese tiempo
sedado había impedido que me mordiera las uñas (que
me las perfilara…), una manía que no he logrado
quitarme de encima. Eso hizo que estuvieran largas pro
primera vez en mi vida, con las puntas blancas y el resto
entre rosado y amarillo sobre unas manos tremenda-
mente delgadas. Si hacía el gesto de pinza me recorda-
ban a unas garras, a las manos de una bruja que regala
manzanas rellenas de veneno. No lograba expresar el
malestar que me producía verlas, y nadie me las cortaba.
Lo intentaba con mis dientes, pero no tenía fuerza. Du-
rante muchos días contemplé mis manos y mis dedos
60
Mi nadir
como si fueran cuerpos extraños que compartían conmi-
go el lecho.
En otra ocasión se presentó un cirujano afamado, que
venía de la Clínica en Pamplona. No sé si fue quien me
puso la vía del cuello hasta la vena cava. O si tuvo que ver
con una mejora en la traqueotomía. Sí que me intervino
en mi misma cama y que me resultó tremendamente de-
sagradable la sensación de que alguien manipulaba en
torno a mi cuello con expresiones como «Creo que te voy
a hacer daño, aunque como eres de Bilbao te pondré
anestesia», o «¡Lo que me gusta hacer cosas útiles!»,
mientras yo quería escapar de su presa.
Tampoco me gustaba la desagradable sensación del
alimento pasando directamente de mi nariz a mi estóma-
go: esa sonda era especialmente molesta, como un palo
que surgiera de mi rostro dificultándome la respiración. Y
menos todavía cuando una enfermera venía a hacer la
cura de la traqueo: gasas bañadas en suero y en una
solución de color rosa, luego un papel que parecía un
pequeño babero y que en el lado que tocaba la herida
estaba recubierto con plata porque parece ser una buena
solución contra las bacterias. Todo quedaba atado por
unas gasas que cruzaban por delante y por detrás de mi
cuello, aunque a veces me diera la sensación de que las
metían de través: manos extrañas afanándose en un lugar
que yo no podía ver. En cuanto recuperé la capacidad de
hablar pedía que me explicaran cada cosa que fueran a
hacerme, paso a paso. Eso elimina la desorientación y
mantiene la confianza. Al enfermo le hace daño sentirse
reducido a la vida 1: no es un cuerpo que necesita ser cu-
rado, es alguien que busca sentido.
61
Javier Aranguren
La última experiencia traumática de la realidad es ‘la
llamada natural’ del vientre unida a la prohibición de usar
el cuarto de baño («No es seguro que te levantes, no
tienes fuerzas») y su sustitución por la cuña o bacinilla:
¿Cómo es posible que un hospital que estrena un aceler-
ador de protones, capaz de acertar directamente en el
núcleo de una célula cancerosa en medio del cerebro,
utilice métodos del XVI para tarea tan sencilla como fre-
cuente? Esa es una de las grandes preguntas que me
dejó la UCI. Trataban de dejarme tranquilo cuando tenía
que hacer uso de ese recipiente para vaciar el intestino y
me pedían que les llamara al terminar. En una ocasión,
por excesivamente hacendosas (estarían ya cuidando de
otro de los muchos enfermos) tardaron en venir, deján-
dome así en la tesitura de tener que elegir entre manten-
erme en una postura incómoda hasta lo inaguantable o
manchar la cama. Solo el último día de estancia allí logré
saltarme a las temerosas enfermeras y convencer al sani-
tario de mi capacidad de sentarme y reinar desde ‘tronos’
de cerámica. Todo es uno: ese sencillo gesto y la con-
ciencia de haber recuperado del todo una dignidad que
parecía en entredicho.
62
Mi nadir
9. El despertar
El día de mi cumpleaños, el 8 de abril, me liberé por fin
de mis prisiones imaginarias. De golpe me vino a la
cabeza un sencillo hecho: que yo mismo me había dirigi-
do libremente a las Urgencias de la Clínica para que me
ingresaran. No recordaba el motivo, pero sí el origen de
mi estancia en esa cama. Eso fue el verdadero despertar
porque en ese mismo momento me di cuenta del sentido
de lo que me pasaba, y de que era yo quien había queri-
do estar allí, que no se debía a una falta o a un castigo o a
razones todavía más misteriosas. Aunque todavía seguía
atado a tubos y sondas, a partir de ese momento mi acti-
tud cambió: aunque llegué a preguntar por ellas y a mi-
tad de pregunta me di cuenta de lo absurdo de la misma,
desaparecieron las locas. Ya solo veía enfermeras. Y com-
prendía sus acciones, y empecé a colaborar con ellas.
Las mejoras se sucedieron con rapidez. Me retiraron la
sonda nasogástrica y comencé a comer purés y comple-
mentos de proteí[Link] cambiaron la cánula de la
traqueotomía, lo que me permitió empezar a hablar. La
sustituían por otra si tenía que comer: durante varios días
comer y hablar fueron actividades incompatibles. Me
quitaron también la vía de la yugular a la vena cava, la
misma por la que hasta el día anterior pasaban todos los
días varios antibióticos. Noté su camino de salida desde
el centro del interior de mi pecho hasta el lado derecho
63
Javier Aranguren
del cuello: ¡me pareció algo fascinante! ¿Quién fue el
primero que aprendió algo tan concreto? Acepté pasar
varias horas al día en una silla especial que había en mi
habitación. Eso forzaría el trabajo de los músculos de mi
espalda. Tenía que esperar a Sebas, un sanitario
uruguayo, pues si él no me levantaba yo era incapaz de
dar un solo paso. Se me doblaban solas las rodillas, no
tenía centro de equilibrio, parecía un monigote…
Comenzaba así a recorrer el camino de la rehabilitación.
Al poder hablar, me dirigía en directo a las enfermeras,
sin emojis ni letras impresas, preguntando, interesán-
dome, conociendo. Ya solo temía las noches, que se me
hacían eternas como a los niños los viajes.
–¿Qué hora es? –preguntaba a quien acudiera a mi lla-
mada.
–La una y media de la madrugada –respondía.
Y yo ya no sabía qué hacer para que pasaran las horas.
El 8 vino a verme Carmen Molina, mi enfermera de on-
cología. Por supuesto que las medidas de seguridad
habían reducido lo que se veía de ella a unos ojos tapa-
dos por gafas y por la lámina de plástico. Pero esos ojos
sonrientes, sus marcadas pestañas y el tono lleno de car-
iño de su voz andaluza me hicieron darme cuenta de que
era ella. Más tarde me confesó que bajaba con miedo de
lo que pudiera encontrar, y que verme (y verme sonreír, y
verme llorar de la emoción de estar con ella) le ayudó
mucho.
–¿Qué tal está Lucía? ¿Qué tal tu familia en Jaén? –
fueron mis dos primeras preguntas (por entonces imag-
inaba que casi todo el mundo había muerto: el Papa, mu-
64
Mi nadir
chos líderes políticos, personas que para mí servían de
referencia…).
Apenas hablamos, pero me agarró la mano y la sostuvo
un buen rato entre las suyas. Eso era más que suficiente.
Algún día más tarde la que vino fue Sofía. La había
conocido en Bilbao casi veinte años antes, cuando ella
apenas tenía ocho. Ahora, a los 27, estaba contratada en
la Clínica como enfermera de planta.
–Javier, soy Sofia. –Iba toda de verde, idéntica a los
demás. –¡Tenía tantas ganas de venir a verte! En cuanto
subas a planta me voy a encargar de cuidarte, ¡no te voy a
dejar solo ni un momento!.
Y me tomó también las manos, apretándolas fuerte,
queriéndome en cada gesto, dejándome decirle lo guapa
que era, dejándome disfrutar de aquel encuentro.
También pasó por ahí Rafaela, Rafus, mi última visita.
Como a Sofía, la conocía de mis tiempos de Bilbao, cuan-
do ella era una adolescente, y nos queremos mucho. Ra-
fus sí que apostó fuerte por colarse en la fortaleza de la
UCI: había venido de voluntaria a echar una mano a la vez
que se esforzaba por terminar su cuarto y último año de
carrera. Me enteré de que estaba en Madrid a través de
su madre, quien el día de mi cumpleaños tuvo el detalle
de colgar en su balcón en Getxo unos carteles felicitán-
dome. Ella avisó a su hija. «Javier está ingresado en la UCI
de CUN». A Rafus le faltó tiempo –cumplidas con creces
todas las normas de seguridad frente a la infección– para
aparecer junto a mi cama, tomar mi mano (¡ah, eso es lo
más importante para un enfermo: ser acogido, ser tenido,
ser querido!), decirme con su voz de mezzo, «Javi, ¡soy
65
Javier Aranguren
Rafus!», y sobrecogerme con su presencia y la maravillosa
posibilidad de estar otra vez juntos.
Y empezó a venir todos los días el médico encargado
entonces de la UCI, un anestesista centrado durante esas
semanas en cuidados intensivos, hermano de un com-
pañero mío de clase, con un nivel de profesionalidad,
afecto y comprensión que me dejaba asombrado. José
Álvarez Avello dedicaba el tiempo que fuera necesario a
contarme cómo me encontraba, lo que sabían del coron-
avirus, la cantidad de antibióticos que estaban emplean-
do para solucionar los últimos picos de fiebre, por qué
resultaba tan difícil la retirada de la sonda de orina, cómo
él y su familia habían pasado la enfermedad con síntomas
leves, cómo su padre había fallecido por otro tipo de do-
lencia el 12 de marzo, el mismo día de mi ingreso. Al ver
que yo no lograba dormir, me proporcionó las medicinas
necesarias para conseguirlo; al certificar que necesitaría
sondarme de nuevo, optó por sedarme para que no
pasara consciente ese incómodo trance. Y me llamaba
durante los fines de semana, y subía a planta cuando salí
de la UCI para entretenerme e interesarse, deslumbrán-
dome con su saber hacer, con su dedicación, con su en-
trega.
Pero entre todas las personas que me trataron tan bien
a lo largo de esos días –Loreto, Maite, Belén, María,
Raquel, Mireia, tantas otras de las que no recuerdo el
nombre– destaco sobre todo al binomio Begoña/Bibi. La
primera me fue contando su trayectoria: de enfermera a
profesora de la Facultad de Enfermería en la Universidad
de Navarra, con intereses por la fenomenología y los
cuidados paliativos, llevaba ocho años lejos de la práctica
sanitaria dedicada a la vida académica, y había venido a
66
Mi nadir
Madrid como voluntaria en el momento de mayor urgen-
cia por el Covid 19. Bibi, como Rafaela, era una alumna
de 4º que se alistó para ayudar y le había tocado UCI. En-
traba siempre Begoña por delante. A la vez que me
saludaba y decía «Hoy voy a ser tu enfermera, y si quieres
vamos a trabajar mucho», descubría en un golpe de vista
todo lo que había quedado desordenado durante el
turno anterior. Y mientras con voz serena me iba contan-
do cosas, sus manos incansables retiraban, movían, cor-
regían, tiraban…
Un día Begoña decidió que dedicaría todo su tiempo a
estar conmigo. Me propuso unas series de ejercicios de
respiración «para empezar a recuperar tus pulmones, lo
más dañado». Luego me dio un masaje en los pies para
relajar las heridas de tantos días de cama, me contó lo
bien que me iba a poner, se interesó por los puntos que
habían dejado en mi costado por el tubo del neumotórax,
me hablaba de su investigación, de su tesis, de las clases
tan difíciles que daba a las alumnas de primero (Fisiopa-
tología) y las apasionantes sesiones de la optativa de
cuarto sobre cuidados paliativos y la muerte.
Detrás de Begoña entraba Bibi. Muy atenta, con su
fuerte acento navarro, trataba de seguir el ritmo de su
profesora, pero le resultaba imposible: la bisoñez de Bibi
(dicho con todo cariño, pues es lo que toca cuando se
empieza) quedaba siempre detrás de la mano certera de
Begoña, y muchas de las sugerencias e indicaciones de
esta se le perdían a la joven a pesar de su afán por hacer
y su no parar quieta. A mí me daba la risa (silenciosa, en-
tre el aparataje del oxígeno y el respirador) al ver cómo
se complementaban, y animé a Bibi a seguir muy de cer-
ca a Begoña:
67
Javier Aranguren
–Vas a aprender con ella lo que no está escrito. Fíjate
en todo e imita.
Y es que en buena medida me recordaba a mí mismo
yendo a la rueda de mis maestros (Ricardo Yepes, Anto-
nio Ruiz Retegui, Stephen Brock, Alejandro Llano), apren-
diendo de ellos incluso cuando no pretendían enseñarme
nada, o quizás precisamente por eso.
El doctor Álvarez Avello me anunció que el lunes 13 de
abril subiría a planta. ¡Qué gran noticia! No sentí en
ningún momento nada parecido al síndrome de Estocol-
mo: quería abandonar esa habitación con vistas a un pa-
tio interior, siempre iluminada por los tubos de neón del
pasillo y los monitores de la cabecera del lecho, en la que
los ruidos de máquinas y los pitidos de alarmas eran con-
stantes. Quería llegar a un estatus en el que la salida del
hospital pareciera más cercana.
En esos momentos apenas era capaz de hablar, seguía
con oxigeno–terapia, la saturación de oxígeno en sangre
difícilmente llegaba al 94%, no lograba andar aunque casi
podía sostenerme en pie o al menos erguirme en brazos
del sanitario, y las dos ocasiones que había tratado de
hacer ejercicio habían terminado en un completo desas-
tre, con crisis respiratorias y unos ataques de sudoración
que obligaban a cambiarme el camisón y las sábanas.
Una vez fue pedaleando. La otra me bastó con tratar de
levantar mis rodillas y tobillos para ‘hacer músculo’. Exce-
sos frente a mis mermadas capacidades.
Ya no tenía traqueo, ni cánulas para poder o comer o
hablar. Las habían retirado dejando en su lugar una cica-
triz enorme, todavía sin cerrar, por la que escapaba la mi-
tad del aire que exhalaba y de la que salía un inquietante
68
Mi nadir
silbido cada vez que intentaba decir una palabra. Comía
purés en los que habían mezclado en cocina primer y se-
gundo plato. Bebía con libertad y liberalidad, atragantán-
dome casi a cada trago. No lograba dormir. No funciona-
ba el mando de la tele. En mi cuerpo seguían entrando
medicinas. Pero me marchaba, me acercaba un paso más
al mundo, a ese mundo que yo no sabía que andaba par-
alizado, confinado, con millares de muertos, de muertos
que habían muerto solos, de cuerpos que fueron llevados
a cementerios equivocados, de crematorios que repartían
cenizas de cualquiera a cualquiera, de hijos e hijas que no
pudieron despedirse de sus padres, de nietos que ya no
tenían abuelos.
El lunes los planes cambiaron. «A veces son los nervios,
que juegan estas malas pasadas», me dijo el médico. Y es
que volvía la fiebre, me iban a poner un antibiótico nue-
vo, había vuelto a bajar el oxígeno en sangre. «Javier,
dame veinticuatro horas, espera a mañana, y te aseguro
que sales de aquí». Le dije que no se preocupara: me
tumbé tranquilo, escuché las máquinas, vi pasar enfer-
meras que me daban medicinas y ánimos, cayó el sol tras
un horizonte que yo no veía, pasó la noche, llegó la
mañana, y envuelto en el aplauso de los profesionales de
esa UCI que me había salvado la vida, fui trasladado en la
misma cama que me acogía desde hacía treinta y cinco
días hacia las habitaciones de la segunda planta. «¡Saluda
al pasar, Javier, que quiero grabar tu salida!», me dijo uno
de los médicos. Así quedó inmortalizado, y ese momento
se compartió en las redes muchas veces durante algunos
días.
Algunos pensaban que la hazaña lograda por el
equipo de médicos, enfermeras y personal sanitario tenía
69
Javier Aranguren
algo que ver con mi esfuerzo. Pero nunca fue así: yo era el
paciente, el pasivo, al que le sucedían las cosas. Ellos
fueron la acción, los que tomaron decisiones, los que a
veces tuvieron que rectificarlas, quienes pudieron tirar la
toalla, quienes apostaron por no hacerlo. Yo salía de mu-
chos días de sueño y ensueño, de mi nadir. Ellos se
quedaban en sus turnos de doce horas retando a una
pandemia que apenas comenzaban a conocer, aplicando
terapias que habían aprendido conmigo (a través de mí),
desazonados si perdían a un paciente, alegres cuando
rescataban a otro, y a otro, y a otro, cansados cuando
volvían a casa, cansados cuando se reincorporaban otra
vez al trabajo.
70
Mi nadir
10. Epílogo
A la UCI le siguieron apenas nueve días en planta.
Compartí la primera noche con un anciano. La segunda
me trasladaron a una habitación en la que pasaba sus dos
últimos días de ingreso un amigo mío. Pudimos charlar a
gusto. Al compararme con él, fui mucho más consciente
de mi debilidad. Desde el primer día vino a verme Rafa, el
fisioterapeuta. Comenzamos con ejercicios respiratorios y
me animó a ejercitar los pasos necesarios para que yo
mismo me levantara de la cama o de una silla. Tardó tres
días en dejarme caminar. Con andador. A los doce metros
mi corazón andaba ya en las ciento treinta pulsaciones.
¿Iba a ser una rehabilitación tan larga?
El cuarto día convencí a mi sanitario de que había lle-
gado el momento de darse la primera ducha: lo hice sen-
tado en una silla bajo su ojo vigilante. Tres días después
comencé a ducharme solo, en pie, en frágil equilibro: un
cuerpo delgado y roto afanándose por ejecutar los ejer-
cicios más básicos.
El mismo día de mi subida a planta Carmen Molina, mi
enfermera, se pasó a verme. En adelante lo convirtió en
costumbre. Carmen me facilitó todo lo que le pedí: corta
uñas, rosario, desodorante…, incluso me regaló unos
caramelos. Me acompañaba cuando comía. Me miraba.
Me hacía sonreír.
71
Javier Aranguren
El miércoles llamamos a Lucía, mi oncóloga. Llevaba
desde el inicio de la crisis confinada en su casa porque la
Clínica quería asegurar que al menos uno de sus médicos
expertos en cáncer no se contagiara con la nueva enfer-
medad. Hablamos a través de video. Me miraba con una
ilusión inmensa, los ojos llenos de amor.
–Lucía –le dije al rato–, no he sufrido nada.
(Era verdad, porque había estado dormido, porque
todo eso me había llevado a alcanzar el perdón). Y esa
frase nos emocionó a los tres (Carmen se encontraba a mi
lado), especialmente a una Lucía que durante esas duras
semanas tuvo constantemente en su cabeza a ‘su’ pa-
ciente y al miedo de perderle, y los tres rompimos a llorar
«con un alma en común», pero no de tristeza, sino de in-
finito alivio.
–Pero no te creas por esto, Javier, que vas a tomar tú los
mandos –bromeó mi médico, mi amiga–. ¡Seré yo quien
decida lo que vas a hacer y la que no te deje marcharte
de viaje! ¿Está claro?
No podía evitar mirarla totalmente entregado, contento
de que lo que comenzó como una relación formal, profe-
sional y aparentemente aséptica se hubiera transformado
en intercambios de intimidad, confianza, comprensión y
cariño.
Sofía y Rafus se acercaban cada vez que les tocaba
turno. Lo mismo que Carmen Alfaro, una chica navarra
que tiene dos hermanos amigos míos. Les gustaba (¡me
encantaba!) pasar largos ratos en mi habitación:
aprovechando el final de sus turnos de trabajo, la pausa
de media mañana, el que tuvieran que medir constantes
o ponerme algún medicamento. De tanto hablar me
72
Mi nadir
hicieron retomar el interés por la vida, por las cosas
menudas, las preocupaciones pequeñas, la verdad.
Hicieron que esos días fueran muy felices: sin locas,
marineros, enfermeras sicilianas ni niños gato; con
proyectos profesionales, asuntos de amores, cuitas famil-
iares, ilusiones. Hicieron que esos días fueran muy felices
no solo porque me iban dirigiendo de la mañana a la
noche hacia mi salida, sino porque en sí mismas esas jor-
nadas se llenaron de sentido pues nos gustaba {como
decía el viejo Aristóteles) la posibilidad de «comer juntos
mucha sal», es decir, de compartir nuestro tiempo y nues-
tras vidas. Carmen Molina, Sofía Fuente, Rafaela Amann,
Carmen Alfaro: profesionales de una profesión que nunca
se cubrirá con un sueldo.
Así, el viernes 24 de abril, tras cuarenta y cinco días in-
gresado, recibí el alta.
Me acercó un sanitario en silla de ruedas hasta el
coche. Estaba muy débil. Antes había hecho que las en-
fermeras removieran Roma con Santiago buscando mi
alianza, pues no la encontraba: llamadas a Urgencias, a
UCI…, hasta que apareció en el suelo de mi habitación en
planta. Todas se involucraron, se preocuparon por esa
pequeñez.
Enrique me condujo a casa. Oscar, el portero de la fin-
ca, nos tenía reservada una plaza de aparcamiento frente
a la puerta. Pude llegar andando hasta el ascensor, hasta
mi habitación, hasta la ducha. Después me tumbé un
buen rato. Me faltaba el resuello. Miraba al techo, a la es-
tantería con mis libros y mis figuras de personajes de Tin-
tín. Estaba en casa. Me faltaba todavía esforzarme por ar-
reglar el Mundo, o al menos mi mundo, mi diminuta
parcela. Sabía que fracasaría en muchos de mis empeños.
73
Javier Aranguren
Que tendría que rectificar, que me seguiría equivocando.
También que otras cosas saldrían mejor. Estaba en casa. Y
mis amigos, mis amigas, mi familia, mis seres queridos,
me acogían.
«Estoy en donde debo estar», dice Isak Dinesen al
comienzo de sus «Memorias de África». En casa. En mis
amigos, en mi trabajo, en la lucha contra mi tumor, en mis
alumnos, en mi familia…, ¡en mi nadir!
6 de mayo de 2020
74
Mi nadir
11. Coda filosófico–teológica (de no
obligada lectura)
–¿Qué has aprendido de todo esto?
Es la pregunta con la que Teresa cerraba una reunión
que tuve por Zoom con un grupo de antiguos alumnos
del programa Young Civic Leaders de la Fundación Ta-
tiana Pérez de Guzmán el Bueno. Se trata de un curso di-
rigido a jóvenes profesionales (hasta treinta años) que
tienen inquietudes de carácter social y que quieren
aprovechar su trabajo para mejorar el mundo. En ese
programa he impartido el módulo de Antropología,
aunque en 2020 me excusé a causa del cáncer.
–Me haces una pregunta difícil. ¿Qué he aprendido?…
Quizás a desear no ser un canalla, no ser tan mala gente
como creo que soy, que somos casi todos, de forma ha-
bitual. Y lo soy, lo somos, no por una especial maldad.
Creo que eso es lo que nos salva: los hombres podemos
(¡tenemos que!) ser perdonados porque casi siempre es-
tamos dormidos, o a medio dormir, y nos arrastran los
miedos, los prejuicios y las apariencias. Hacemos las
cosas mal más por esas razones que por desalmados. No
tenemos la maldad de los demonios, con su inteligencia
transparente que lo decide todo de un golpe. Aprende-
mos, reculamos, avanzamos, retrocedemos.
»Por eso, en nuestras relaciones, nos damos cuenta de
que se mete el egoísmo, el afán de controlar, los celos…,
75
Javier Aranguren
pero no nos damos cuenta del todo. Así, con frecuencia,
estamos ya en mitad de la crisis o del mal querer cuando
lo percibimos. Y nos cuesta corregirlo en parte porque no
podemos explicar cómo hemos llegado hasta allí. Nos es
muy difícil vivir una ‘existencia despierta’ (la expresión es
de Spaemann). Más bien nos encontramos al fondo de la
caverna, como ya contó Platón en la mejor metáfora que
se ha dado en la historia del pensamiento sobre la condi-
ción humana. Miramos sombras, vivimos en la apariencia,
nos conformamos con las variaciones de la opinión y no
sabemos abrir los ojos al ser de las cosas ni al ser de los
otros. Ni siquiera el de quienes decimos amar: ¡eso nos
supone tanto esfuerzo!
»Y, sin embargo, me llevo de esta experiencia también
la idea de que la debilidad de la condición humana no
debería conducirnos al desánimo, porque estamos he-
chos de tal manera que esa desviación, esa ‘falla natural’
de la que habla David Foster Wallace en Esto es agua, se
puede corregir. Sin embargo, es preciso darse cuenta de
algo muy importante: la corrección no llega únicamente
por el propio esfuerzo sino, sobre todo, gracias a la ayuda
del otro. Es el otro el que nos puede abrir los ojos. En
soledad la persona se condena a permanecer ciega.
»Tengo un amigo (Rafa Álvarez Avello, el hermano de
mi médico en la UCI) que en uno de sus libros (Quien
sostiene el cielo) explica cómo descubrió la ternura de
Dios gracias al nacimiento de sus tres hijos. Hasta en-
tonces había vivido la religión como una lista de deberes
y pecados, más bien agobiantes, que le habían caído
como un peso sobre sus espaldas. Al sostener en sus bra-
zos a su primogénito descubrió el significado del amor
incondicional y cayó en la cuenta de que lo que él exper-
76
Mi nadir
imentaba como padre con esa criatura tenía que ser pre-
cisamente lo que experimentaría Dios, que es padre, con
él. En el encuentro con el otro (su hijo) pudo descubrir la
verdad sobre sí mismo (él era el objeto de un amor sin
barreras).
»Esto me invita a que nos elevemos un poco. Escribí mi
tesis doctoral sobre la virtud de la fortaleza en Santo
Tomás de Aquino. Este santo pensador da con la clave
del asunto. Sigue a Aristóteles cuando compara el cuerpo
humano con el del resto de los animales. Desde el punto
de vista biológico parecemos poco dotados porque no
tenemos ni garras, ni pezuñas: somos torpes cazando y
huyendo. Sin embargo, tenemos manos, y las manos son
«el instrumento de instrumentos». Es decir, gracias a la
mano podemos tener, asir, herramientas tan variadas
como la escopeta o el volante de un coche. Y así somos
los mejores cazadores y los más veloces animales del
Orbe.
»El pensador dominico lleva esta idea mucho más
lejos. También parecemos el animal más infeliz, pues bus-
camos un nivel de felicidad tan alto que no parece posi-
ble alcanzarlo en esta vida. Y, sin embargo, somos libres, y
gracias a eso podemos amar, podemos hacer amigos. El
ser humano, dice Santo Tomás, tiene la capacidad de
hacerse amigo de Dios. Y ocurre que (cita de nuevo a
Aristóteles) «lo que hacemos por medio de los amigos en
cierta manera lo hacemos por nosotros mismos» (las ale-
grías y las penas del amigo son la nuestras…). De modo
que nos basta con hacernos amigos de Dios, que sí
puede alcanzar la felicidad perfecta (de hecho, la es),
para de ese modo ser felices también nosotros. Si alguien
77
Javier Aranguren
busca aprender a amar, ¿qué mejor que unirse en amis-
tad con Dios que «es amor» (I Juan 4, 7)?
»Mi experiencia va en esta misma línea. No es sencilla
la ‘existencia despierta’. Más bien vivimos habitualmente
en la centralidad instintiva. Pero podemos amar, y pode-
mos pedir a Dios que nos dé la gracia de saber mirar con
sus ojos, que son los ojos cargados de ternura de Jesús,
«el buen pastor que da la vida por sus ovejas». Ese es el
objetivo de la vida cristiana. Mejor dicho, ese es sin duda
el objetivo de la vida en general: abrir los ojos, afirmar,
dejar ser, quedar deslumbrado y fomentar el ser del otro,
siempre un objeto que es sujeto de valor incondicional,
que es –estrictamente hablando– la única novedad del
universo, la paradójica multiplicidad (la humanidad) de
seres únicos (cada persona) (H. Arendt).
11 de mayo de 2020
78
Mi nadir
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Javier Aranguren
ACERCA DEL AUTOR
Javier Aranguren nació en Madrid, en 1969. Estudió Filosofía en la
Universidad de Navarra. Es Doctor en Filosofía por las universidades
de la Santa Croce (Roma) y Navarra. Ha sido profesor universitario y
de bachillerato. En 2015 se fue a vivir a Nairobi (Kenia) donde traba-
jó 18 meses dando clases de su especialidad en Strathmore Univer-
sity. Allí comenzó a llevar al colegio a los niños mendigos que
pedían dinero o comida en su calle. Para eso fundó Karibu Sana
([Link]), una iniciativa por la que se escolar-
izan chicos y chicas sin recursos y se rescata a niños que viven en la
calle por un proceso de rehabilitación, educación y reinserción en la
sociedad. Actualmente atienden a más de 300 estudiantes kenianos
entre 3 y 18 años gracias a la generosidad de donantes, sobre todo
de España. En 2017, tras treinta años viviendo fuera, Javier volvió a
Madrid. Trabaja en la Universidad Francisco de Vitoria desarrollando
tareas de formación de profesores y centra su investigación en la
idea de universidad. Sigue también con sus clases de Antropología
o Ética. En diciembre de 2019, a los 50 años, en un control preventi-
vo le descubrieron un tumor en el colon. Al terminar su 6ª
quimioterapia, sin apenas defensas en su cuerpo, se contagió de
Covid-19. El siguiente relato cuenta, en primera persona, su experi-
encia ante esa enfermedad, que le supo golpear con toda su viru-
lencia.
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