2.
Trasfondo
histórico y religioso
de los evangelios
ITDAR
EVANGELIOS SINOPTICOS Y EVANGELIO DE JUAN
M.I.E. Uriel Alejandro Hernández Sánchez
1
2. Trasfondo histórico y religioso de los
evangelios
¿Cómo eran las condiciones políticas, sociales y religiosas en la época de Cristo? Desde el punto de
vista humano, muchas de las cosas que sucedieron en la vida de Jesús estaban relacionadas con la
situación del hombre en sus tiempos. El descontento de los judíos con el gobierno romano, las
instituciones del judaísmo, el surgimiento de partidos religiosos, las enseñanzas de las sectas judías y
el sistema del imperio romano fueron factores que influyeron en la forma en que Jesús sería recibido y
en que se divulgaría el evangelio después de su ascensión. Para entender realmente el Nuevo
Testamento, es necesario conocer su trasfondo histórico y religioso.
“Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo,
nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que
estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos.”
Gálatas 4:4-5
El periodo Inter-testamentario
Al terminar el Antiguo Testamento, parte de los judíos exiliados en Babilonia habían vuelto a Palestina.
Vivían en paz en su propia tierra, habían reedificado el templo y habían reanudado las ceremonias
religiosas. Desde la época de Malaquías hasta la aparición de Juan el Bautista, transcurrieron
cuatrocientos años. A este lapso se le llama “período de silencio”, porque durante todos esos años no
hubo ningún profeta que hablara ni escribiera. Sin embargo, hubo muchos sucesos de gran
importancia durante ese período.
En el siglo IV a.C., Alejandro Magno, con su ejército grecomacedonio, se adueñó por medio de una
espectacular campaña de conquista del imperio persa, al que pertenecía Palestina. Alejandro murió en
el año 323 a.C., sin dejar heredero en su trono. Después de muchas discusiones y luchas, los generales
de Alejandro acordaron repartir entre ellos su imperio. Un general se hizo cargo de Egipto, otro de
Mesopotamia y Siria, y un tercero de Grecia y Macedonia. Posteriormente, Palestina pasó por largos
años de inestabilidad política. La dinastía de los Ptolomeos, fundada por uno de los generales de
Alejandro, reinaba en Egipto, mientras que los Seleucidas, también descendientes de uno de sus
generales, reinaban en Siria. Desgraciadamente, Palestina se convirtió en la manzana de la discordia
entre los dos reinos.
Alejandro Magno había tenido el sueño de unir a toda la humanidad por la imposición de la cultura
griega. Desde su época, la influencia griega se extendió por el Mediterráneo oriental. El idioma griego
se convirtió en el lenguaje universal. Hablar griego, leerlo y escribirlo era signo de una educación
2
esmerada. Los estudios y las artes griegas florecían en los reinos de los sucesores del ilustre
conquistador. Además, los partidarios del helenismo trataban de amalgamar y confundir las
divinidades de los diversos pueblos, política que presentaba una seria amenaza a la fe monoteísta de
Israel. Por eso, Justo González, historiador contemporáneo, observa: “La historia de Palestina desde la
conquista de Alejandro hasta la destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C. puede verse como el
conflicto constante entre las presiones del helenismo por una parte y la fidelidad de los judíos a su
Dios y sus tradiciones por otra”.
El conflicto entre los helenistas y los judíos que mantenían su antigua fe se tornó violento cuando
Antíoco Epífanes, rey de Siria, se apoderó de Palestina en 175 a.C. Este monarca, descrito en el libro de
Daniel como “un hombre despreciable” (11:21), aprobó una petición de los helenistas de Jerusalén
para que Jasón, el líder de ellos, fuera nombrado sumo sacerdote. Entonces fue depuesto el legítimo
sumo sacerdote, y el gobierno tradicional de sacerdotes y ancianos fue reemplazado por el de una
ciudad-estado al estilo griego. La mayoría de los judíos perdieron su ciudadanía. En las cercanías del
templo se construyó un gimnasio en el cual los jóvenes hacian ejercicios, luchaban y lanzaban disco
desnudos. Hasta los sacerdotes jóvenes abandonaban el templo para participar en la gimnasia. Los
judíos helenizados se vestían al estilo griego y se avergonzaban de estar circuncidados. Todo esto
ofendía profundamente a los judíos piadosos, quienes peleaban a menudo con los helenistas en la
calle. A pesar de la oposición de los mayores, la nueva generación estaba dispuesta a dejar la antigua
fe de sus padres.
El helenismo sirio llegó a su colmo cuando Antíoco desató una encarnizada persecución contra los
judíos. Dio órdenes de terminar con el judaísmo e implantar en su lugar el culto a Zeus, la principal
deidad de los griegos. Los sirios saquearon el templo y colocaron en el santuario la estatua de Zeus (“la
abominación desoladora” de Daniel 11:31). Asimismo convirtieron las habitaciones del templo en
burdeles públicos y quemaron todos los libros sagrados que encontraron. Se prohibió bajo pena de
muerte la circuncisión, señal del antiguo pacto, y se decretó que se sacrificaran cerdos dentro del
recinto del templo, lo cual era el acto que más repugnaba a los judíos.
Para muchos de los judíos, la situación se hizo intolerable: se negaron a acatar las órdenes de Antíoco,
y surgió así la resistencia de los Macabeos. Un anciano sacerdote llamado Matatías inició la
insurrección, matando a un oficial sirio que trató de establecer el culto idolátrico en Modín, ciudad
situada al norte de Jerusalén. Después de este acto, el sacerdote y sus cinco hijos huyeron a las colinas
de Judea y se ocultaron en las cuevas.
Otros judíos, animados por un espíritu patriótico, se unieron a ellos, con lo que se extendió la
revolución. Aunque Matatías murió pronto, su hijo Judas, conocido como Macabeo (“martillo”), ocupó
su lugar. Al principio, la causa de los Macabeos parecía inútil, porque los judíos no tenían preparación
ni armas adecuadas, y sus enemigos eran los experimentados soldados del poderoso reino de Siria. Sin
embargo, los seguidores de los Macabeos hacían guerra de guerrillas, inspirados por una
inquebrantable fe en su Dios.
3
En tres años, los guerreros judíos derrotaron a los sirios, liberaron a Jerusalén y limpiaron y dedicaron
el templo profanado por los helenistas (véase Daniel 8:14). Este acontecimiento todavía era celebrado
en la época de Cristo con la fiesta de la Dedicación (Juan 10:22). Los sirios se vieron obligados a
otorgarles libertad religosa. Sin embargo, los judíos continuaron la lucha para lograr la independencia
política, la cual consiguieron al fin bajo Simón Macabeo en 142 a.C. El pueblo agradecido lo
recompensó proclamando a él y a sus descendientes sumos sacerdotes y “etnarcas” (gobernadores
provinciales) perpetuos (1 Macabeos 14:41–48). Así se estableció la dinastía asmonea, o de los
Macabeos.
A pesar de todo, la influencia helenística seguía presente en Judea. Juan Hircano, hijo y sucesor de
Simeón Macabeo, empezó a amoldarse a las costumbres de los pueblos circunvecinos y a favorecer las
tendencias griegas. En la época de Hircano (135–104 a.C.) fue cuando se produjo la ruptura entre los
jasideos (“devotos”, elementos estrictamente conservadores) y la familia asmonea o macabea. Desde
ese momento, los jasideos aparecen como “fariseos” (separados), mientras que los religiosos de
tendencia helenista reciben el nombre de “saduceos”.
Con el transcurso de los años, y la oposición de los fariseos al helenismo, se desató una cruenta guerra
civil. Finalmente, en el año 63 a.C., el general romano Pompeyo se apoderó del país y depuso al
gobernador de la familia macabea, Aristóbulo II. Como los romanos eran tolerantes con la religión y las
costumbres de sus tributarios, decidieron confirmar a Hircano II, también de la familia macabea, como
sumo sacerdote y líder de la nación. En el año 40 a.C., Herodes el Idumeo consiguió que el Senado
romano lo nombrara rey de Judea. Este monarca vasallo fue un hombre de gran capacidad política y
supo ganar y mantener el favor de quien gobernara en Roma. Con todo, tuvo que desempeñar un
papel muy difícil. Primeramente, tuvo que conquistar su reino batallando durante tres años contra el
último rey de la dinastía asmonea. Herodes profesaba la religión judía, si bien era de raza idumea.
Tuvo que agradar a un pueblo compuesto por tres razas hostiles entre sí: judíos, árabes y griegos. Sus
dominios abarcaron mucho territorio, pues Roma le había otorgado nuevas posesiones: Samaría,
Perea e Idumea. Se le llamaba Herodes el Grande.
Herodes el Grande trató de ganar el favor de los judíos, construyendo en Jerusalén un magnífico
templo para reemplazar al que había sido dañado por la guerra. Sin embargo, a los judíos nunca les
gustó Herodes por ser idumeo, descendiente de una raza tradicionalmente enemiga de la suya, y por
ser un usurpador puesto en su cargo por los odiados romanos. Herodes emprendió también un
extenso programa de construcción, transformando varias ciudades y edificando algunas nuevas según
sus tendencias helenísticas. Sus obras públicas costaron una enorme cantidad de dinero a un país
pequeño y agobiado por las guerras internas. Así aumentó el peso del yugo ya insoportable de los
impuestos y tributos en Palestina.
El rey idumeo era un político astuto y cruel. Se casó con la hermosa Mariamne, princesa de la familia
asmonea y miembro de la aristocracia. Dividió la oposición, abolió la aristocracia y reprimió toda
oposición, exterminando a sus enemigos, reales o supuestos, incluso algunos miembros de su propia
familia. Por ese motivo se afirma que el emperador Augusto llegó a decir sarcásticamente que era
preferible ser uno de los cerdos de Herodes, a ser un hijo suyo. (Siendo judío de religión, Herodes
4
nunca habría sacrificado un cerdo; en cambio, sí era capaz de matar a sus propios hijos). Este era el
Herodes que reinaba cuando Jesús nació.
Al morir Herodes en el año 4 a.C., su reino fue dividido entre tres de sus hijos. Arquelao heredó Judea
y Samaría; Herodes Antipas, el rey que ordenó decapitar a Juan el Bautista (4 a.C. a 30 d.C.), tomó
Galilea y Perea, y Felipe recibió Iturea, Traconite y los territorios del noreste (Lucas 3:1). Sin embargo,
la brutalidad de Arquelao precipitó la formación de una fuerte oposición de parte de los judíos, y los
romanos lo desterraron.
Judea y Samaria quedaron bajo el control de procuradores (gobernadores que rendían cuentas a Roma
directamente), el más conocido de los cuales fue Pilato (26–36 d.C.). Cirenio (Lucas 2:2), gobernador
de Siria, nombró a Coponio, soldado romano, para este cargo, y ordenó un censo con el fin de imponer
un tributo (Lucas 2:2). Esto hizo que se desatara una sublevación dirigida por Judas el galileo (Hechos
5:37). Aunque la revuelta fue dominada, los judíos más fanáticos se separaron de los fariseos y
formaron el partido de los zelotes, el cual mantenía el espíritu revolucionario. El fanatismo de los
zelotes llevó finalmente a Israel a la ruina, pues instigó a los judíos a tratar de sacudir de sí el yugo
romano en el año 67 d.C.
Durante la época de Cristo, todo el mundo civilizado, salvo los poco conocidos reinos del Lejano
Oriente, estaban bajo el domino romano. Su imperio se extendía desde el océano Atlántico hasta el río
Eufrates y desde el río Danubio hasta el desierto de Sahara. Los judíos gozaban de cierta libertad
política y religiosa, pero tenían que pagar pesados impuestos al gobierno romano. Los soldados
romanos estaban acantonados en las ciudades y los pueblos; y un recaudador de impuestos se sentaba
a la puerta de cada población de importancia. Los judíos deseaban la libertad: pero eran demasiado
débiles para expulsar a sus conquistadores. Así se despertó en ellos la esperanza mesiánica prometida
por los profetas del Antiguo Testamento.
La religión judía
Desde el cautiverio babilónico (597–538 a.C.) hasta la aparición de Juan el Bautista, la religión hebrea
fue evolucionando y llegó a ser lo que hoy se llama judaísmo. Varias instituciones importantes le
daban su forma característica a la religión de los adoradores de Jehová en la época de Cristo.
1. La sinagoga. Al ser destruido el templo por los babilonios, tuvieron que cesar sus sacrificios y
ceremonias. Fue entonces cuando surgió la sinagoga (“asamblea” o “reunión”), centro local de estudio
y adoración. Dondequiera que se formaba una comunidad judía, se establecía una sinagoga. Estas
tuvieron gran importancia en la conservación de la fe entre los judíos de la “dispersión”. La sinagoga
quedó tan firmemente establecida como institución, que perduró aun después de la restauración de
los judíos en Palestina y de la reconstrucción del templo. En Palestina, la sinagoga servía también
como escuela local, centro comunal y sede del gobierno local, pues los ancianos de la religión eran los
custodios de la moralidad pública ante las autoridades civiles. Su forma de gobierno era
congregacionalista, lo cual preparó el camino para el gobierno democrático de la Iglesia primitiva.
5
2. La Ley y las tradiciones orales. El cautiverio babilónico les sirvió de dura disciplina a los judíos, pero
pudieron ver cumplidas las predicciones de los profetas, y salieron de éste con una fe más fuerte que
nunca en la Palabra escrita. En la época de la restauración (530– 44 a.C.), no tuvieron rey, y su vida
giró alrededor de la ley, el sacerdocio y el templo. Los sacerdotes gobernaban el pueblo y se
estudiaban intensamente las Escrituras. Así fue como los judíos se convirtieron en “el pueblo del
Libro”.
Como resultado de sus estudios, los sacerdotes y escribas (estudiosos profesionales que copiaban las
Escrituras) fueron preparando un cuerpo cada vez mayor de interpretaciones de la Ley y de reglas
basadas en ella. Este cuerpo o código recibe el nombre de mishnah “ley oral” o “tradiciones de los
ancianos”. Sus reglas llegaron a ser tan obligatorias como la Ley misma, aunque a menudo no
reflejaban las intenciones divinas.
Se prescribían múltiples reglas minuciosas para todas las ocasiones imaginables. Por ejemplo, había
treinta actividades que estaba prohibido realizar en sábado, como recoger espigas y restregar el grano
con las manos, y caminar más de novecientos metros. Jesús hizo notar que estos intérpretes de la Ley
les imponían a los hombres cargas que no podían llevar (Lucas 11:46) y quebrantaban e invalidaban el
mandamiento de Dios con sus tradiciones (Mateo 15:6). A las tradiciones las llama “mandamientos de
hombres” (Mateo 15:9). En el Sermón del Monte, la frase “oísteis que fue dicho a los antiguos” parece
referirse a la mezcla de las enseñanzas del Antiguo Testamento con la tradición rabínica, a la cual Jesús
se opone al continuar: “Pero yo os digo …”
3. El templo. Herodes el Grande reemplazó con un suntuoso templo el sencillo edificio que habían
construido los judíos de la restauración en el siglo VI a.C. Con este gesto trataba de congraciarse con
sus súbditos. El templo se empezó a construir en el año 20 a.C., pero las grandes murallas dobles y los
patios exteriores no quedaron terminados hasta los años 62 ó 64 d.C. “Se construyó en mármol
blanco, cubierto en gran parte de oro en el que se reflejaba la luz del sol, convirtiéndolo en objeto de
deslumbrante esplendor”. El templo propiamente dicho seguía la estructura básica del edificio de
Salomón, pero era mucho más grande. En las explanadas que lo rodeaban había tres patios o atrios. El
más exterior, el “atrio de los gentiles”, quedaba separado del atrio interior por una valla de piedra. Se
permitía que todo el mundo entrara a él, y a veces se usaba como mercado, pero ningún gentil podía ir
más allá, so pena de muerte. El atrio interior se dividía en dos partes: el “atrio de las mujeres” y el
“atrio de los israelitas” El edificio del templo estaba rodeado por el “atrio de los sacerdotes”. El atrio
de los gentiles contaba con dos hermosos pórticos, llamados “Pórtico de Salomón” y “Pórtico Real”.
Los soldados romanos vigilaban los terrenos del templo, tarea que les era posible realizar porque la
fortaleza Antonia la dominaba por encima. Sin embargo, los judíos tenían su propia guardia, que
patrullaba el templo de día y de noche (Lucas 22:52; Hechos 4:1). Los sacerdotes y los levitas seguían
celebrando el antiguo ritual de sacrificios y ceremonias, que se había convertido en una serie de
formalismos carentes de piedad.
Tan venerado era el templo, que se consideraba como blasfemia toda enseñanza en la que se afirmara
que eran transitorios el templo y su culto (veánse Mateo 23:16; Hechos 6:13,14). En el año 70 d.C., al
6
tomar Jerusalén, los romanos demolieron el templo de Herodes. De esta forma se cumplió la profecía
hecha por Cristo cuarenta años antes (Mateo 24:1, 2).
4. Las sectas y los partidos del judaísmo. Al igual que otros pueblos, los judíos tendían a formar sectas
religiosas y partidos políticos. Los grupos más importantes eran los siguientes:
a) Los fariseos. Parece que recibieron su nombre como un apodo sarcástico derivado del vocablo
hebreo perusim (separados). Formaban la secta más grande y de mayor influencia en la época del
Nuevo Testamento, y sólo ellos sobrevivieron como secta a la destrucción de Jerusalén en el año 70
d.C. Basaban su doctrina en todos los libros del Antiguo Testamento y creían en la existencia de
espíritus buenos y malos, la immortalidad del alma y la resurrección corporal.
A pesar de todo esto, los fariseos atribuían gran importancia a la ley oral, y se deleitaban en obedecer
sus innumerables reglas. Al respecto, dice Unger: “Eran separatistas, rígidos y legalistas en sus
consignas relativas a la oración, el arrepentimiento y las dádivas caritativas.” Cumplían la letra de la
Ley, pero a menudo violaban su espíritu y carecían de justicia, misericordia y fe verdaderas (véase
Mateo 23). La mayoría de los escribas pertenecían a este partido. No todos los fariseos eran hipócritas,
pues se encontraban en sus filas hombres como Nicodemo, José de Arimatea y Saulo de Tarso. Los
fariseos no se metían en la política y se acomodaban al dominio romano.
b) Los saduceos. Según la tradición, los saduceos tomaron su nombre de Sadoc, sumo sacerdote
durante la época de Salomón y David. Eran menos numerosos que los fariseos, pero ejercian el poder
político bajo el gobierno de la dinastía de los Herodes. Eran en su mayor parte los aristócratas de
Jerusalén, y los terratenientes acaudalados. En cuanto a sus doctrinas, sólo aceptaban los cinco libros
de Moisés y rechazaban la ley oral en que se apoyaban los fariseos. Puesto que eran racionalistas,
negaban las doctrinas de la immortalidad del alma, de la resurrección y de la existencia de ángeles y
demonios. Su religión era poco más que una ética fría. Fue un sumo sacerdote saduceo quien condenó
a Jesús, y los saduceos fueron los primeros en perseguir a la Iglesia primitiva.
Los miembros de esta secta estaban abiertos a la cultura helenística y eran oportunistas, por lo que se
aliaban con la facción dominante para conservar su prestigio e influencia. Se sentían satisfechos con el
status quo y deseosos de confraternizar con los romanos. Como se dedicaban mayormente a la
interpretación de las leyes rituales referentes al culto, perdieron su razón de ser cuando los romanos
destruyeron el templo en el año 70 d.C. Así fue como dejó de existir esta secta religiosa.
c) Los esenios. Aunque la doctrina de los esenios no se distinguía mucho de la de los fariseos, su
manera de vivir era muy diferente. Formaban comunidades aisladas de la sociedad y se sometían a
una estricta disciplina de tipo monástico. Llevaban una vida ascética (muchos se abstenían aun del
matrimonio), tenían sus propiedades en común y dedicaban gran parte de su tiempo al estudio y a la
interpretación de las Escrituras. Según su doctrina, la humanidad se divide en dos categorías: “hijos de
la luz” e “hijos de las tinieblas”. En el futuro, los hijos de la luz triunfarán, y como consecuencia,
dominarán el mundo. Los esenios esperaban la venida de un Mesías que sería profeta como Moisés
7
(véase Deuteronomio 18:15–19), de un Mesías-rey y de un Mesías-sacerdote. El Mesías rey los
conduciría al triunfo sobre las fuerzas del mal.
Aunque no se puede identificar a ciencia cierta la comunidad de Qumrán con la esenia, al menos era
muy parecida a ella. Todavía existen las ruinas de su monasterio en el estéril, desierto que está junto a
la costa del mar Muerto. Algunos estudiosos de la Biblia sugieren que Juan el Bautista y Jesús mismo
eran esenios, teoría que carece de fundamento. Merrill C. Tenney señala acertadamente que el
legalismo cerrado de los esenios es incompatible con la doctrina de la gracia. La costumbre de Jesús de
conversar y beber con los publícanos y pecadores habría horrorizado a los esenios. En cuanto a Juan el
Bautista, él no trató de sacar al pueblo del judaísmo ni de formar comunidades monásticas, sino que
quiso preparar a las masas para la venida del Mesías.
d) Los zelotes. Estos constituían un grupo político más que una secta religiosa. Querían liberar a
Palestina por las armas. Este partido revolucionario persuadió finalmente a los judíos a sublevarse
contra los romanos, lo cual tuvo como consecuencia final la destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C.
Simón, uno de los discípulos de Jesús, pertenecía a este partido.
5. La esperanza mesiánica. Los grandes profetas hebreos habían predicho que Dios inauguraría una
edad dorada en la cual Israel disfrutaría de paz, prosperidad y dominio sobre la tierra. Se levantaría un
gran rey, el hijo de David, cuya misión sería darles la victoria y llevarlos a la gloria. Estas profecías y la
dura opresión romana alimentaban entre los judíos la esperanza en el Mesías, a la que se llamaba “la
consolación de Israel” o “la redención” (Lucas 2:25, 38; 3:15).
Había también una viva expectativa por la venida de un profeta como Moisés y del profeta Elías
(véanse Malaquías 4:5, 6; Juan 1:19–25; Mateo 17:10). Algunos judíos pensaban que Dios intervendría
para poner término al mundo. Otros soñaban con un Mesías sobrenatural que vendría en juicio para
limpiar la tierra y reinar sobre ella. La mayor de todas las esperanzas era la de que el Mesías venciera
a los romanos y estableciera un reino político, haciendo a Jerusalén la capital del mundo. Jesús vino a
un pueblo que esperaba un Mesías; pero en el cual nadie soñaba con que éste fuera a establecer un
reino espiritual por la vía de la cruz.
Los líderes religiosos trataban de apagar el entusiasmo creado por la esperanza mesiánica; los
saduceos, porque querían mantener la situación tal como estaba y no provocar a los romanos; los
fariseos, porque creían que sólo a través de la conformación total a la ley divina vendría el reino
mesiánico (véase Juan 11:45–50).
Preparación del mundo para el evangelio
El apóstol Pablo afirma que “cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo” (Gálatas
4:4). Foakes Jackson, historiador eclesiástico, hace notar que “hablando desde el punto de vista
humano, nos es difícil imaginar que el cristianismo hubiera podido progresar en cualquier período
anterior de la historia de la humanidad”. Kenneth Scott Latourette hace notar que después de los
primeros tres siglos de cristianismo, jamás han existido condiciones tan favorables para “la entrada y
8
aceptación general de una nueva fe”. No fue un accidente que Jesús viniera en el momento preciso,
cuando las condiciones favorecían más la rápida divulgación del evangelio. Esto sucedió según el plan
divino. Veamos a continuación los factores que prepararon el camino para la venida de Jesucristo.
1. La preparación política. El imperio romano le había dado a la cuenca del Mediterráneo una unidad
nunca antes vista. Las formidables barreras políticas que habían separado a las naciones durante siglos
y milenios fueron quitadas, permitiendo un libre intercambio entre los pueblos. Roma fomentaba la
mayor uniformidad posible entre las costumbres y leyes de todas las regiones. Además de esto,
otorgaba la ciudadanía romana a muchos de los hombres libres del Imperio, sin discriminar por lugar
de nacimiento o raza. Así fue como apareció la noción de solidaridad entre los seres humanos,
concepto que preparó a los hombres para recibir el mensaje de una redención universal.
El emperador Augusto (27 a.C.–14 d.C.) le había dado al mundo conocido un respiro de la guerra.
Ocurrió lo que había pasado solamente nueve veces en más de mil años: desde el año 6 a.C. hasta el
año 2 d.C., las puertas del templo del dios guerrero Jano en Roma estuvieron cerradas, lo que
simbolizaba que había absoluta paz en todo el Imperio. La notable red de caminos romana, obra en
piedra que no fue superada hasta la llegada de los ferrocarriles, facilitó en gran manera los viajes y el
comercio. El general romano Pompeyo limpió de piratas el mar Mediterráneo. Por todo esto, el
comercio florecía y las personas iban de un lugar a otro sin temor de verse envueltas en guerras o
asaltos. Tanto los misioneros cristianos como los mercaderes, esclavos y otras personas que se habían
convertido, viajaban sin obstáculo alguno hasta los más apartados rincones del Imperio, divulgando el
mensaje de la cruz.
Al mismo tiempo que reinaba la “pax romana”, regía también la “lex romana”, magnífico sistema de
leyes que protegía los derechos de los ciudadanos y aseguraba que los malhechores fuesen juzgados
según normas fijas y rectas, y no conforme al criterio y los prejuicios de jueces arbitrarios. En el libro
de los Hechos observamos a menudo cómo la ley romana protegía al apóstol Pablo cuando se tenía
que enfrentar a sus enemigos judíos y paganos.
2. La preparación intelectual. De igual importancia que la unidad política que dio Roma al mundo
civilizado, fue la contribución griega a la preparación de la humanidad para recibir el evangelio. En
primer lugar, Alejandro Magno había diseminado la cultura helenística con su imperio, y Roma había
heredado dicha cultura, de modo que la cultura prevaleciente en el tiempo de Cristo no era la romana,
sino la helenística. El idioma universal era el griego, lengua hablada en un territorio tan amplio, que
era el medio de comunicación en regiones tan separadas entre sí como África, España, Italia y Asia
Menor. Anteriormente, cada nación había tenido su propio idioma; ahora se las podía evangelizar a
todas empleando el idioma griego.
El Antiguo Testamento había sido traducido a este idioma durante los siglos anteriores a la era
cristiana. Esta traducción, que recibió el nombre de Versión de los Setenta, tuvo enorme importancia
para la Iglesia primitiva, pues fue la Biblia que emplearon los apóstoles. Los creyentes que se
dispersaron por todo el Imperio Romano encontraron en esta versión un instrumento útil para
9
comunicar su mensaje. El idioma griego se prestó admirablemente para formular la teología cristiana,
por la exactitud de sus expresiones.
También la filosofía griega socavaba las creencias politeístas de los paganos. Los filósofos habían
enseñado a las personas a pensar por sí mismas y habían puesto en ridículo los mitos acerca de las
divinidades paganas. Había un escepticismo ampliamente diseminado acerca de los antiguos dioses, el
cual puso a la gente en condiciones de acoger la fe monoteísta. Algunos de los filósofos griegos, como
Platón y Aristóteles, habían llegado por medio del raciocinio al concepto de un solo Dios; pero su
filosofía era abstracta y fría. No satisfacía el corazón de los hombres. Sólo el cristianismo podía llenar
el vacio espiritual que existía en aquellos tiempos.
3. La preparación religiosa. Los romanos eran tolerantes con las religiones de los pueblos sometidos a
su imperio, incluso la de los judíos, que insistían en una fe monoteísta y se negaban a practicar ritos
paganos. Estos recibieron privilegios especiales que protegieron su forma de culto. Al principio, el
cristianismo fue considerado como una secta judía y disfrutó de la tolerancia de los romanos. No
obstante, por regla general, sus peores enemigos no eran los paganos, sino los judíos mismos.
Mientras que los filósofos griegos prepararon negativamente a los pueblos para recibir al cristianismo,
los judíos de la “dispersión” los prepararon positivamente. En todas las ciudades de importancia del
imperio romano había judíos y sinagogas. Estos habían sembrado la doctrina monoteísta, así como un
sistema de ética no igualado en el mundo pagano. Muchos paganos, desilusionados con las absurdas
leyendas de su religión y con la degenerada moralidad del paganismo, anhelaban una fe digna de ser
creída y un sistema de valores elevado, y por eso se convertían al judaísmo. Los judíos de la dispersión
también habían diseminado la esperanza mesiánica. No es de extrañar que el apóstol Pablo predicara
el evangelio primero en las sinagogas. Allí encontró fértil terreno para sembrar la semilla del
cristianismo.
4. La preparación social. Se ha dicho acertadamente que la mayoría de los cristianos de la Iglesia
primitiva pertenecían a lo peor entre la clase obrera de las ciudades: los desposeídos, los esclavos y los
libertos (véanse 1 Corintios 1:26–28; Santiago 2:5). Había millones de esclavos y desposeídos en el
imperio romano, pues este sistema desarraigó a muchos de sus hogares para que fueran siervos de sus
nuevos amos, los romanos. El miserable estado en que se hallaba toda esta gente llevó a muchos de
ellos a buscar seguridad y hermandad en la fe de Jesucristo. Desprovistos de las cosas de este mundo,
encontraron consuelo en la esperanza del porvenir celestial y en la dignidad de hijos de Dios. Así fue
como las condiciones sociales de aquellos tiempos contribuyeron a la preparación del mundo para el
advenimiento de Cristo. Jesucristo llegó al mundo cuando las condiciones eran más propicias para
recibir su mensaje y para extender su Iglesia en la tierra.
10