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Elementos Clave de la Retórica

El documento presenta una definición de retórica como el arte de hablar de manera estructurada para lograr un efecto en una audiencia. Luego, resume el discurso de Marco Antonio en Julio César de Shakespeare, donde Antonio logra cambiar la situación adversa a su favor tras el asesinato de César manipulando sutilmente a la multitud para que se encolerice contra los asesinos de César.
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Elementos Clave de la Retórica

El documento presenta una definición de retórica como el arte de hablar de manera estructurada para lograr un efecto en una audiencia. Luego, resume el discurso de Marco Antonio en Julio César de Shakespeare, donde Antonio logra cambiar la situación adversa a su favor tras el asesinato de César manipulando sutilmente a la multitud para que se encolerice contra los asesinos de César.
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ARTE DEL DISCURSO: ELEMENTOS DE RETÓRICA

§ 96. Definición de retórica. Por retórica, en sentido amplio, entendemos el


arte de hablar en general, ejercitado por toda persona que participa
activamente de la vida social.

En sentido estricto, retórica es el arte de hablar de las partes enfrentadas.


De este modo se le conoce, también, como retórica escolar, y se
constituyó como materia de enseñanza desde el siglo V a. C.

La retórica es un sistema más o menos estructurado de formas


conceptuales y lingüísticas, que pueden servir para conseguir el efecto
pretendido por el hablante en una determinada situación.

Estas formas conceptuales y lingüísticas, repetimos, fueron reconocidas y


estudiadas 500 años antes de Cristo; pero no constituyen un recetario
mágico al que se puede recurrir para hablar bien, del mismo modo que
estudiar gramática o lingüística no significa necesariamente que sepamos
redactar. Para ser buen orador lo que se necesita es escuchar a otros
buenos oradores o leer en voz alta sus discursos; no obstante, el
conocimiento de la retórica hace el camino más consciente y se puede
comenzar el discurso menos a ciegas.

§ 97. Definición de discurso. El discurso es un acto del habla oral (como uso
individual) que el hablante emite en relación con una situación
establecida, con el objeto de que esta cambie favorablemente hacia los
intereses que persigue el orador.

§ 98. Destinatario del discurso. La situación que se desea cambiar resulta ser
un estado objetivo (personal, social) que afecta el interés del orador o de
una persona o grupo de personas con las cuales se identifica el orador. El
discurso está dirigido a quien domina la situación o en cuyo poder está la
posibilidad de que dicha situación cambie. Un discurso dirigido a otro
destinatario solo tiene un fin: el fracaso.
§ 99. Valoración del discurso. Así presentadas las cosas, solo es bueno el
discurso que logra que la situación cambie favorablemente hacia el lado
del orador. Si el discurso deleita, conmueve, pero no consigue el cambio
de la situación solo es un ejercicio verbal sin su principal valor.

Leamos, a modo de ejemplo de lo hasta aquí dicho, un fragmento del


discurso que William Shakespeare pone en labios de Marco Antonio en su
célebre obra de teatro Julio César. La escena reproduce el momento en
que acaban de asesinar al César en el Senado de Roma. En este caso,
Marco Antonio enfrenta una situación adversa que, en pocos minutos, por
el arte del orador, cambia totalmente:

DISCURSO DE MARCO ANTONIO

ANTONIO: Amigos romanos, compatriotas. Préstenme un poco de


atención. Solo voy a enterrar a César, no voy a decir ninguna palabra de
elogio por él. El mal que en vida hacemos, sobrevive; el bien baja a la
tumba con los huesos. Esa es la vida, qué vamos a hacer. El noble Bruto
dice que César era un ambicioso. De ser verdad, esa era una horrenda
falta y horrendamente César la ha pagado. Entonces, bien muerto está.

Por la merced del noble Bruto y sus amigos ―que Bruto es un


hombre muy honorable, y todos sus amigos también son muy
honorables― voy a hacer una oración en estas exequias: César era mi
amigo, leal y justo. Pero Bruto dice que era un ambicioso y Bruto es un
varón muy honorable. Y debe ser así. Pero recordemos a Julio César
cuando trajo a Roma por cientos los cautivos y a las arcas del pueblo envió
los rescates, que por ellos dieron, sin diezmarlos. ¿Eso era ser ambicioso?
Cuando César veía gemir a un pobre se conmovía hasta el llanto: yo creía
que la ambición era otra cosa más torva, más insensible. Pero Bruto dice
que César era un ambicioso y Bruto es un varón muy honorable. Todos me
vieron, en las Lupercales, cuando le ofrecí tres veces la real corona y tres
veces César la rechazó. ¿Fue esto ambición? Pero Bruto dice que César
era ambicioso y, desde luego, Bruto resulta ser muy honorable. Yo no quiero
impugnar lo que Bruto les ha dicho. Solo vengo a decir mi verdad. Todos
ustedes, ciudadanos, amaron a César, ¿por qué motivo ahora no le
pueden tributar un honor a su cadáver?
¡Oh, buen juicio, has perdido tu lugar entre los hombres y te has ido
a refugiar entre las bestias? Los hombres han perdido la razón.

Discúlpenme un momento de interrupción. Mi corazón está


conmovido, detenido allí en este féretro y he de hacer una pausa hasta
que vuelva en mí.

CIUDADANO I: Veo yo mucha razón en sus palabras.

CIUDADANO II: Bueno, considerando lo que ha dicho Antonio, a


César le han hecho un grave daño.

CIUDADANO III: ¿No es verdad que sí? De repente nos venga a


gobernar alguien peor.

CIUDADANO IV: ¿Se fijaron en lo que dijo Antonio? Se negó a


recibir la corona, por tanto, ¿dónde estaba su ambición?

CIUDADANO I: Si todo lo que ha dicho Antonio fuera verdad,


alguien tiene que pagar por lo que le han hecho al César.

CIUDADANO II: ¡Pobre Antonio! Mírenle los ojos cómo los tiene
enrojecidos por su amigo.

CIUDADANO III: Sí, no hay hombre más noble que Marco Antonio
en Roma.

CIUDADANO IV: Escuchen, comienza a hablar de nuevo...

ANTONIO: Ayer tan solo su palabra hubiera resistido al mundo. Hoy


está tirado aquí sin que nadie se digne honrarle.
Amigos: si quisiera agitarlos y moverlos al motín o a la furia
ciudadana, tal vez estaría actuando contra el Senado. Contra Bruto,
contra Casio que, como bien saben, son hombres honorables. Pero no
quiero hacerles daño. Antes quisiera verme muerto a mí mismo o a ustedes,
que somos corrientes ciudadanos y no a hombres tan egregios como son
Bruto y Casio. Solo quiero que vean este pergamino, que ostenta los sellos
lacrados de Julio César. Lo hallé en su gabinete: es su testamento. Si el
pueblo oyere este testamento, que no pienso leer, correrían a besar las
heridas del César, a empapar algodones con su sangre, a arrancarle un
cabello, para dejarlo después, como rico presente, a sus descendientes.
Pero no lo voy a leer porque no quiero dañar a los senadores, que han
matado a César por ambicioso.

CIUDADANO IV: Queremos oír el testamento. Léelo, Marco Antonio.

TODOS LOS CIUDADANOS A CORO: ¡Sí, lee el testamento! ¡El


testamento! ¡Queremos oír lo que dice el testamento del César!

ANTONIO: Tengan paciencia, amigos, pues no debo hacerlo.


Conviene que no sepan nunca cuánto los amaba el César. Porque ustedes
no son de madera, ni de piedra, sino hombres. Y como hombres, en cuanto
les lea el testamento se encolerizarán y comenzarán a hacer locuras. Así
que no conviene que sepan que César los ha nombrado a todos ustedes,
ciudadanos, sus herederos. Porque si lo supieran qué de cosas no harían
con furia.

CIUDADANO IV: ¡Lee el testamento! ¡Queremos oírlo! ¡Habla,


Antonio, léenos el testamento!

ANTONIO: Tengan un poco de paciencia, ciudadanos. ¿Podían


esperar un poco? Ya dije más de lo que debía. Temo hacer daño, repito, a
estos honorables varones del Senado cuyas dagas mataron a César. Por
cierto que lo temo.

CIUDADANO IV: ¡Esos no son hombres honorables, son traidores al


César!
TODOS LOS CIUDADANOS A CORO: ¡Lee el testamento, Antonio!

CIUDADANO II: ¡Los senadores son unos villanos, unos asesinos!

ANTONIO: ¿Me obligarán a leer, entonces, el testamento de Julio


César? Bien, colóquense alrededor del cadáver y déjenme que muestre
primero a quien hizo el testamento. ¿Puedo bajar aquí, cerca de él? ¿Me
dan permiso, por favor?

TODOS: Baja

CIUDADANO II: Desciende. Todos alrededor de Antonio, dejen libre


el cadáver, sitio para el noble Antonio.

ANTONIO: No me aprieten tanto.

TODOS: Más atrás, sitio para el honorable Antonio.

ANTONIO: Si tienen lágrimas, ahora las llorarán. Este manto que le


cubre es de todos conocido. Yo recuerdo la noche en que se lo puso por
primera vez. Fue una noche de verano, el día que venció a los Nervii. Miren
por aquí clavó su daga Casio. Esta fue la rasgadura que dejó el pérfido
puñal de Casca. Y por aquí entró el puñal de su bienamado Bruto, y al
extraer su maldito acero, miren cómo le siguió la sangre como si quisiera
comprobar quién era el dueño de este inicuo puñal. Porque Bruto fue para
César, no su hijo, su ángel guardián. Y miren que fue este el tajo más
doloroso, el más increíble de los tajos traidores. El tajo que destrozó por
completo el bravío corazón de Julio César, el que lo hizo cubrirse el rostro
con el manto para no seguir viendo la pérfida traición de Bruto. Y se abrazó
a la base de la estatua de Pompeyo, empapada de su sangre y allí cayó el
gran César.
¡Qué caída aquella, compatriotas! Entonces yo, ustedes, todos nos
tumbamos, mientras la sangrienta traición triunfaba. Ahora lloramos todos
solo por ver el manto rasgado con las puñaladas. Miren ahora cómo quedó
el cuerpo desfigurado por los traidores (descubre el cadáver de César).

TODOS: ¡Qué funesto día! ¡Qué congojoso espectáculo! ¡Oh, noble


César!

CIUDADANO IV: ¡Oh, traidores, villanos!

TODOS: Nos vengaremos. Iremos a quemar, incendiar, que no


quede un traidor con vida, matémoslos a ellos también.

ANTONIO: ¡Cálmense, amigos! Quienes esto hicieron son hombres


razonables, honorables, sabios. Sus razones tendrán sin duda. Hay que
oírlos. Yo no soy un orador como Bruto lo es, solo soy un hombre sencillo.
Cuando los oradores del Senado les hablen les dirán tal vez las razones de
este crimen. Qué puedo decirles yo que solo soy un hombre rústico y
sencillo. Quizá un buen orador los movería a la sedición y al motín.

TODOS: Haremos motín, incendiaremos Roma, primero la casa de


Bruto.

ANTONIO: Espérense compatriotas. Falta decirles lo principal. ¿Se


acuerdan del testamento de Julio César que no leí? Pues bien, lo voy a leer
ahora.

TODOS: ¡Silencio, va a hablar el noble Antonio!

ANTONIO: El testamento dice que a todos ustedes nombra sus


herederos. A cada uno 75 dracmas per cápita.
CIUDADANO II: Vengaremos la muerte del César.

ANTONIO: Además, les deja para que puedan entrar libremente,


por siempre, ustedes y sus familias, sus cenadores privados, los paseos
imperiales, los recién plantados huertos del Tíber. Este era el César, habrá
otro igual?

TODOS: ¡Nunca! ¿Qué esperamos? Vayamos por fuego, por


antorchas, incendiaremos primero las casas de los traidores. Levantad el
cadáver del gran César para colocarlo en la pira sagrada. Destrocemos
toda Roma, todo. (salen llevando el cadáver como emblema).

ANTONIO: Y, ahora, que fermente la furia. Daño: estás libre, ve y


haz cuanto quieras.

§ 100. Discursos no orales. La idea del discurso está asociada al ejercicio


oral de la palabra, lo acabamos de decir; pero no siempre es así en todos
los casos: es posible usar de otros códigos (la escritura, las imágenes
audiovisuales, por ejemplo). Es más, hay buenos discursos que jamás fueron
leídos por su autor, por ejemplo, los discursos de González Prada eran leídos
por niños en las veladas cívicas del Teatro Politeama.

§ 101. La dialéctica. No siempre, por cierto, todos desean que la situación


cambie en un mismo sentido. Entonces, cada sector se procura un orador y
los discursos se alternan de uno y otro lado. El estudio de los discursos
alternados se llama dialéctica. La retórica, en buena cuenta, solo es una
parte de la dialéctica, pues estudia el discurso de una de las partes o,
simplemente, el discurso de parte.

En el presente capítulo, nosotros estudiaremos la teoría y la técnica del


discurso de parte, con ello hemos preferido situarnos en el campo de la
retórica.
LOS GÉNEROS ARISTOTÉLICOS DEL DISCURSO DE PARTE

§ 102. El discurso del género judicial. Sus funciones son la acusación y la


defensa. La situación que busca cambiar es el dictamen del juez.

§ 103. El discurso del género deliberativo. Sus funciones son el consejo y la


disuasión. La situación que se pretende cambiar es el voto de la asamblea
o del pueblo. A este género pertenecen los discursos políticos.

§ 104. El discurso del género epidíctico. Sus funciones son la alabanza o el


reproche. En este caso, la situación que se busca cambiar es la opinión o el
consenso de aprobación o desaprobación que se guarda a un personaje.
A este género pertenecen los discursos encomiásticos (por el aniversario de
un héroe, por el cumpleaños de un amigo) y las catilinarias (o discursos
contra el enemigo).

LA ELABORACIÓN DEL DISCURSO DE PARTE

Fuente: COELLO, Óscar: Arte y gramática de nuestro castellano. 2.a ed.


Lima: El Dorado Editores, 2007.

§ 105. La técnica de Lausberg. Heinrich Lausberg propone una técnica que


básicamente comprende los siguientes pasos;

1. La inventio

2. La dispositio

3. La elocutio

4. La memoria

5. La pronuntiato

§ 106. La inventio. En esta parte, el orador busca las ideas con las que
pueda abordar el tema. En sí es una labor de imaginación, de sueño. El
orador imagina cómo va a ser su discurso, como quién desearía verse y ser
escuchado.

Por lo general, el buen orador gusta de oír buenos discursos, leerlos una y
otra vez, paladearlos. También tiene un modelo u orador favorito, como el
cual le gustaría verse él también. Esto es importante. Pero inventar
(inventio) no es imitar. Se parte del modelo, pero se trata de ser auténtico,
de buscar oír la propia voz del que imagina.

¿Qué se imagina uno?: cómo se va a parar, qué tipo de cosas va a decir, si


desea ser tenido como un payaso, como un bullicioso picapedrero o como
un encantador de serpientes. O si, por el contrario, desea ser estimado
como un hombre inteligente, centrado y prudente, bien informado de lo
que dice y de cómo lo dice, dueño de un castellano elegante, claro y
convincente. Dicho de otro modo, aquí uno se inventa a sí mismo como
orador.

He dicho que es una labor de imaginación y de sueño, pero también es


una labor de estudio y de investigación. De reunir el material con el que se
va a intentar la persuasión, el convencimiento. De pensar cómo se va a
hacer o lo que se va a decir para que la situación cambie a nuestro favor.

Mucho ha corrido la idea ―entre el vulgo― de que el mejor discurso es el


que se improvisa: esto no es verdad. La improvisación es una muestra de
indisciplina mental, de debilidad de criterio, de falta de respeto a quien nos
va a escuchar. Quien deja al albur un discurso puede tener éxito, pero
puede también fracasar. Y hoy día las cosas no se hacen de esa manera,
la competencia es demasiado fuerte y nadie puede darse el lujo de
fracasar. En el mundo de hoy solo sobreviven los vencedores. Los que
tienen éxito.

Un discurso se puede leer. Es más, en ocasiones importantes (un discurso


oficial, un acto académico, etc.) el discurso debe ser leído. Esto significa
preparación previa, estudio, inventio.

Y cuando no es leído, se lleva preparado un guión, una ayuda-memoria, un


esquema o, como veremos más adelante, simplemente, se memoriza.
§ 107. La dispositio. Esta es la disposición o distribución de las partes del
discurso. De la estructura que se le va a dar, de qué cosa se va a decir
primero y qué cosa después. Se supone que, como hemos dicho en el
acápite anterior, ya se ha investigado o se ha pensado lo que se va a
decir. En esta parte, la labor es de estrategia, para decir lo que más
conviene de la forma más oportuna.

El esquema clásico dispone tres grandes momentos en el discurso:

1. El exordio (exordium, proemium) es, en palabras de Aristóteles, «el


comienzo del discurso, lo que es el prólogo en poesía y el preludio en la
música de flauta (...) es la preparación del camino para lo que sigue».

Al comenzar un discurso, el orador debe captar la atención del destinatario


y su interés en el tema que va a desarrollar. De un buen exordio depende
el éxito total del discurso.

Algunos tratadistas ―acercándose a la sicología del oyente― identifican el


exordio con la motivación, pues con ella se propone un motivo para que el
auditorio se mueva a escuchar con interés. Y este motivo se busca en
hablar en el sentido de aquello por lo que la gente actúa.

Así, hay motivos comunes que mueven a todas las gentes, por ejemplo, las
necesidades humanas generales (el alimento, el abrigo y también las
necesidades espirituales como dar y recibir afecto, lograr auto estimación,
etc.). Los discursos políticos mueven el interés rápidamente porque apelan
a la "solución" del problema del hambre, a la casa propia, al progreso o al
bienestar de la ciudad, etc.

En un segundo plano o nivel de intereses, hay motivos humanos específicos


a un cierto grupo de hombres que, habiendo superado los problemas
elementales de subsistencia, tienen ahora la necesidad de conocer y
explicar el mundo (cosa que le ocurre a los científicos, a los profesionales o
a los estudiosos). En estos casos, el discurso que ofrezca información nueva,
original o útil es muy estimado y oído.
Finalmente, hay necesidades que son específicas de un individuo en
particular o de unos pocos escogidos, que ya han dejado atrás los motivos
anteriores; por ejemplo, alcanzar un ideal (la belleza, la justicia, la libertad,
el bien de la humanidad, el amor a Dios). Todos hemos oído hablar de «los
motivos superiores» que guiaron el caminar de ciertos grandes hombres
(Vallejo, Daniel A. Carrión, Mariátegui, Gustavo Gutiérrez, por nombrar solo
a peruanos de los últimos tiempos). En este caso, el orador debe averiguar
con inteligencia qué le interesa a este individuo o selecto grupo de gentes
para comenzar por allí el discurso. Por ejemplo, si un abogado sabe que en
el estrado se encuentra un juez probo, cuyo norte es la justicia, por ahí
debe comenzar, es decir, especificando que su objetivo es alcanzarla.

En el campo específico de la retórica, como arte verbal, un buen exordio


se logra apelando a ciertas técnicas. La más usual es la que recurre
al relato. El relato tiene la virtud de capturar la atención del oyente. La
única condición para su empleo es que, obviamente, tenga que ver
directamente con el tema a tratar. Cuando García Márquez recibe el
premio Nobel, inicia su estupendo discurso titulado «La soledad de América
Latina» (el discurso está al final del capítulo para su lectura atenta) con un
relato. Cuenta cómo vio el cronista Antonio Pigafetta, desde su perspectiva
europea, el territorio descubierto y le pareció maravilloso por la naturaleza
nunca vista; después relata cómo otras maravillas, ya no de la naturaleza,
sino de la cultura americana, logran dar la característica esencial a nuestro
continente: la tierra de las sorpresas o el absurdo. Y, así, enlaza después el
desarrollo de su tesis sobre la distorsión de la perspectiva europea para
comprender la violenta historia contemporánea de América Latina.

Cuando a Mario Vargas Llosa le entregaron uno de los primeros lauros


importantes en su carrera, el premio internacional de novela Rómulo
Gallegos, pronunció en Caracas, el 4 de julio de 1967, un discurso muy bello
cuyo exordio relata la vida del ―hasta entonces― desconocido poeta
puneño Carlos Oquendo de Amat. El exordio es este:

Hace aproximadamente treinta años, un joven que había leído con


fervor los primeros escritos de Breton, moría en las sierras de Castilla, en un
hospital de caridad, enloquecido de furor. Dejaba en el mundo una
camisa colorada y Cinco metros de poemas de una delicadeza visionaria
singular. Tenía un nombre provinciano y sonoro, de virrey, pero su vida
había sido tenazmente oscura, tercamente infeliz. En Lima, fue un
provinciano hambriento y soñador que vivía en el barrio del Mercado, en
una cueva sin luz; y cuando viajaba a Europa, en Centroamérica, nadie
sabe por qué, había sido desembarcado, encarcelado, torturado,
convertido en una ruina febril. Luego de muerto, su infortunio pertinaz, en
lugar de cesar, alcanzaría una apoteosis: los cañones de la guerra civil
española borraron su tumba de la tierra, y, en todos estos años, el tiempo
ha ido borrando su recuerdo en la memoria de las gentes que tuvieron la
suerte de conocerlo y de leerlo. No me extrañaría que las alimañas hayan
dado cuenta de los ejemplares de su único libro, enterrado en bibliotecas
que nadie visita, y que sus poemas, que ya nadie lee, terminen muy pronto
trasmutados en «humo, en viento, en nada», como la insolente camisa
colorada que compró para morir. Y, sin embargo, este compatriota mío
había sido un hechicero consumado, un brujo de la palabra, un osado
arquitecto de imágenes, un fulgurante explorador del sueño, un creador
cabal y empecinado que tuvo la lucidez, la locura necesarias para asumir
su vocación de escritor como hay que hacerlo: como una diaria y furiosa
inmolación.

Y, luego de esta introducción, de hechura perfecta, el camino está


preparado «para lo que sigue», como quería Aristóteles.

Es cierto que ambos ejemplos citados, con la técnica del relato, son
tomados de la literatura. Pero un profesional inteligente puede adaptar
esta técnica a sus circunstancias especiales, como en todo. Por ejemplo, se
me ocurre que un abogado puede hacer el exordio con el relato veraz de
los hechos que motivan la demanda.

Otra técnica para elaborar el exordio de un discurso culto la constituye


la cita textual. Escoger un texto apropiado e ilustrativo es una buena
manera de iniciar un discurso académico.

También un discurso se puede iniciar con una pregunta retórica, es decir,


aquella que no necesita contestación del auditorio, pero que se le formula
para sujetar su atención. Es usual en el caso de los discursos políticos.

El memorable discurso de la Montaña de Jesucristo es un estupendo


ejemplo del empleo de la frase sentenciosa como técnica del exordio:
«Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el Reino de los Cielos...
Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consuelo...
Bienaventurados los que aman la paz, porque ellos recibirán en herencia la
tierra...». Tanto cambió la situación, después de que escucháramos hablar
a Jesús aquella vez, que nuestra historia se partió en dos: antes y después
de Él.

El orador moderno, sobre todo el académico, suele emplear ―aparte de


los recursos retóricos― otros recursos que caen en el campo de las técnicas
audiovisuales (por ejemplo, las grabaciones, el video, el proyector de vistas
fijas, el proyector de vistas opacas o epidiáscopo o epidiascopio, que
puede proyectar páginas de libros, fotos; en fin, podemos usar desde el
proyector multimedia hasta el humilde franelógrafo o pizarrín forrado con
franela y tachuelas para sujetar cartulinas).

2. El desarrollo del tema: una vez que hemos vuelto propicia la atención del
auditorio, lo demás es fácil. Solo nos resta ser claros, lógicos y amenos en el
desarrollo de las ideas principales del discurso.

La secuencia o progresión armónica de la exposición es básica e


imprescindible. El orden de los hechos sustantivos no debe ser estropeado
por el descuido de extendernos sobre aspectos secundarios o anecdóticos.
Debemos siempre tratar de estar en el centro del tema. Un cuadro
sinóptico en una lámina (o, para nuestro uso, en la mesa, la mano o la
memoria) es una herramienta que nos puede guiar para no perdernos en el
desorden.

3. La peroratio o peroración. Los viejos maestros de retórica, en la


antigüedad clásica, llamaron a esta parte peroración u oración
sublime (per = indicador latino de superioridad). Es el canto final del
discurso, el remate o golpe maestro encaminado al auditorio para lograr
de él su plena aprobación a lo que hemos dicho en la parte central.
Algunos, le llaman también epílogo o final del discurso.

Debemos entender que el discurso es un acto de comunicación. En esta


parte final, el hablante o emisor se dirige al oyente o receptor para decirle
por qué le ha hablado así, qué quiere de él, qué situación que está en
manos del receptor desea que cambie a favor del orador.

Hay técnicas retóricas para lograr una buena peroración. Una muy
frecuente es la invocación. Esta consiste en invocar o llamar al oyente o
destinatario, de modo directo, para implicarlo en los acontecimientos. Por
ejemplo, García Márquez, al final, se dirige a los miembros de la Academia
Sueca y les dice: «Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad. Sin
embargo, frente a la opresión, al saqueo y al abandono, nuestra respuesta
es la vida...».

Bolívar, en Junín, termina invocando a sus soldados antes de que fueran a


dar la batalla: «Soldados: el Perú y la América toda aguardan de vosotros
la paz, hija de la victoria; y aun la Europa liberal os contempla con
encanto, porque la libertad del Nuevo Mundo es la esperanza del universo.
¿La burlaréis? No, no. Vosotros sois invencibles».

Bolívar, que era un gran orador, usa junto con la invocación, también
como técnica de la peroratio, la pregunta retórica: «¿La burlaréis?», y él
mismo se contesta.

La cita textual es útil también para cerrar discursos. Y cuando el discurso ha


sido algo extenso o complicado, se usa la técnica del resumen o de
las conclusiones hechas, para que el auditorio tenga al final las cosas
claras.

§ 108. La elocutio. Es la organización verbal del discurso, dicho de otro


modo, es la tarea de escoger el lenguaje que se va a usar.

En este caso la herramienta más valiosa para depurar el lenguaje es la


escritura. Si tenemos computadora u ordenador la tarea es casi un arte de
componer. Los buenos discursos se escriben primero, después se leen o se
recitan de memoria.

La tarea es así: primero, usamos el esquema que hemos elaborado en


la dispositio y las técnicas que ahí hemos seleccionado para cada parte
estratégica. Y comenzamos a escribir, a desarrollar el discurso real palabra
por palabra, recordando lo que hemos «soñado» en la inventio: el estilo, el
ropaje verbal adecuado, la voz, el tono. En una palabra las virtutes
elocutionis, es decir, las virtudes de la elocuencia.
Unas veces habremos preferido inventarnos un modo de hablar fuerte,
enérgico, solemne. A ese estilo se le llama sermo robustus y se emplea en
ocasiones graves, de mucha importancia; caso contrario, nos pone en el
ridículo. Veamos un par de ejemplos de este estilo fuerte:

En la guerra con Chile no solo derramamos la sangre, exhibimos la


lepra. Se disculpa el encalle de una tripulación novel y capitán
atolondrado, se perdona la derrota de un ejército indisciplinado de jefes
ineptos y cobardes, se concibe el amilanamiento de un pueblo por los
continuos descalabros en el mar y en tierra; pero no se disculpa, no se
perdona ni se concibe la reversión del orden moral, el completo
desbarajuste de la vida pública, la danza macabra de polichinelas con
disfraces de Alejandros y Césares. Sin embargo, en el grotesco y sombrío
drama de la derrota, surgieron, de cuando en cuando, figuras luminosas y
simpáticas: la guerra, con todos sus males, nos hizo el bien de probar que
todavía sabemos engendrar hombres de temple viril. Alentémonos, pues la
rosa no florece en el pantano. Y el pueblo en el que nacen un Grau y un
Bolognesi no está ni muerto ni completamente degenerado.

Manuel González Prada

El efecto admonitorio deseado por González Prada lo ha conseguido de


muchas maneras. Para comenzar, ha elegido el vocabulario apropiado
(sangre, lepra, ineptos, cobardes, descalabros, disculpa, perdona,
desbarajuste, danza macabra, grotesco, sombrío drama, etc.). Luego, ha
apelado a un recurso retórico que veremos más adelante y que se llama
la amplificación, es decir, la repetición cuidadosamente disimulada de un
mismo concepto, para lograr el efecto de martilleo en el oyente («Se
disculpa... se perdona... se concibe... pero no se disculpa... no se
perdona... no se concibe...»). Y, para comenzar, ha usado una frase
sentenciosa: «En la guerra con Chile no solo derramamos la sangre,
exhibimos la lepra».

Otro ejemplo de sermo robustus lo podemos encontrar en este conocido


discurso de José Domingo Choquehuanca, cuando, en un inspirado
ataque de adulonería, le dijo a Bolívar lo siguiente:

Quiso Dios de salvajes formar un imperio y creó a Manco Cápac.


Pecó su raza y lanzó a Pizarro. Después de tres siglos de expiación ha tenido
piedad de la América y os ha creado. Sois, pues, el hombre de un designio
providencial. Nada de lo hecho atrás se parece a lo que habéis hecho...

J. D. Choquehuanca

Choquehuanca ha usado como técnica del exordio un breve relato, pero


el efecto de fuerza lo ha conseguido con el vocabulario atropellado que
usa (salvajes, raza, lanzó, expiación, piedad, designio providencial, etc.). Y
remata con una frase sentenciosa: «Nada de lo hecho atrás se parece a lo
que habéis hecho».

Un estilo totalmente distinto al anterior, lo constituye el ornato suave,


la gratia o suavitas. Dice el viejo refrán: «Una gotita de miel caza más
moscas que un barril de hiel», por ello, ciertos oradores prefieren comenzar
como Marco Antonio, con buena educación. Y el resultado es
sorprendente. Otro famoso ejemplo de este ornato suave, lo constituye el
discurso que pronunciara en su campaña política, allá por 1858, Abraham
Lincoln, en Illinois, por entonces una región bárbara. Sus opositores lo
esperaban con las pistolas a la cintura y, como buenos sureños, querían
arreglar cuentas con este desquiciado candidato que hablaba en favor de
los negros, de la abolición de la esclavitud y otras locuras. Dicen que
Lincoln comenzó:

Amigos: soy un hombre común como todos ustedes. ¿Por qué no he


de tener el mismo derecho a expresar mis ideas así como ustedes?
También soy un sureño, como ustedes. Nací en Kentucky y me crié en
Illinois, tal como la mayoría de ustedes. He progresado, pero merced a
muchos sacrificios, como ustedes. Solo quiero que seamos amigos, que
hablemos, que nos tratemos como se hablan los amigos. Yo soy incapaz de
agraviar a nadie ni de oponerme a los derechos de nadie. Todo cuanto les
pido es esto: que razonemos juntos. ¿Por qué no podremos ser capaces de
intentar razonar juntos?...

Abraham Lincoln

Cuando terminó de hablar, Lincoln había logrado que la situación cambie


rotundamente. Ahora, tenía un pueblo más a su favor en su brillante
carrera política. El efecto de diálogo reconciliador lo ha conseguido
apelando estratégicamente a la pregunta retórica.

Dentro de este mismo estilo podemos ubicar los discursos papales. En


efecto, citaremos aquel que pronunció, aquí en Lima, Juan Pablo II, en el
Hipódromo de Monterrico, el 2 de febrero de 1985, cuando se reunió con
los jóvenes, hacia el atardecer. Luego de la lectura del Evangelio, les dijo
así:

Amadísimos jóvenes: En este encuentro que tanto he deseado y al


que ustedes se han preparado con numerosas iniciativas, nos ha hablado
Jesús. Acabamos de escuchar uno de los mensajes del Evangelio que más
ha conmovido al mundo: El discurso de la Montaña, El sermón del Monte o
Discurso de las Bienaventuranzas.

Mi antecesor, Paulo VI, se refirió a este pasaje como uno de los


textos más sorprendentes y más revolucionarios escuchados por la
humanidad, pues ¿quién se había atrevido, antes, en el curso de la historia
a proclamar dichosos, felices, bienaventurados a los pobres, a los afligidos,
a los mansos, a los hambrientos, a los misericordiosos, a los sedientos de
justicia, a los puros de corazón, a los artífices de la paz, a los perseguidos, a
los insultados...?

Aquellas palabras las decía Jesús en medio de una sociedad que


tenía sus supuestos en la fuerza, que se medía por el poder, donde nadie
valía sin la riqueza, donde era continua la violencia, el atropello al débil;
aquellas palabras de Jesús eran dichas en el marco de un pueblo, de su
propio pueblo, avasallado por el poder romano. Y en ese mundo donde
sobresalían las concepciones, los valores de esa civilización pagana,
donde su discurso iba a caer como un programa abúlico, vil, indigno de los
valores del hombre de su época, Jesús lo lanzó como el programa de la
nueva civilización del Amor, de la nueva sociedad que Él venía a proponer.

Juan Pablo II

El tercer estilo que explicaremos aquí, se aleja de la fuerza o de la suavidad


y prefiere la elegantia. En este caso los supuestos son otros. Se trata del
buen gusto al hablar. Es algo así como el vestir: importa el matiz de la tela,
el color para la ocasión, la textura, en fin. Me parece que el discurso de
Vargas Llosa citado líneas atrás (cf. § 107), reúne esta elegantia de la que
venimos hablando. El vocabulario elegido, la construcción de la frase, el
tono, todo es de calidad.

Hay un cuarto estilo, preferido por los espíritus festivos o por aquellos que
están en una jornada donde el cansancio hace propicio el buen humor. Es
el hilare dicendi genus. El que propicia la hilaridad o la risa. Así ocurrió,
aquella vez en que don Dámaso Alonso, a la sazón Director de la
Academia Española de la Lengua, pronunció un memorable discurso, en
Lima, con ocasión del VII Congreso de Academias de la Lengua Española.
Dijo en aquellas intensas jornadas donde se entrecruzaban decenas de
ponencias, entre otras cosas, las siguientes:

Yo recuerdo algo que me ocurrió siendo yo aún niño. Estaba en


Madrid de visitante un pariente mío uruguayo, y yo le acompañaba a
veces. Nuestra comunicación idiomática era perfecta, como es habitual
dentro del mundo hispánico. Un día dijo que tenía que comprar
unas medias. A mí me extrañó, pero no me pareció discreto preguntarle
para quién. Le acompañé a una tienda en donde después de escucharle
le sacaron diversas clases de medias de señora. Mi primo, desconcertado,
decía: «Pero si no es esto lo que quiero: yo deseo medias de caballero». Los
dependientes se quedaron perplejos y se miraban entre ellos, sin atreverse
a sonreír, porque la tienda era seria. Por fin uno de ellos se dio una
palmada en la cabeza, hizo un gesto de haber dado en el clavo, y salió
con una caja de medias deportivas. Mi pariente, desconsolado al no ser
comprendido, se alzó el pantalón y señaló sus calcetines y dijo casi furioso:
«Como estas». Todos vimos, entonces, sorprendidos que en América
llaman medias a lo que en España llamamos calcetines, pues por acá,
las medias las usan las señoras.

Dámaso Alonso

Finalmente, hay un quinto estilo. El estilo del lenguaje preciso, exacto:


el accuratum dicendi genus. Es el estilo de los científicos, tratadistas,
investigadores o estudiosos, es decir, es el estilo de las universidades o
centros de educación superior o especializada. Va dirigido no solo a la
inteligencia, sino a la versación o especialidad que se tenga en tal o cual
materia; es el discurso para especialistas, para profesionales de cualquier
área. Leamos un fragmento de un discurso de Roman Jakobson en un
congreso de lingüistas:

La función emotiva, que las interjecciones ponen al descubierto,


sazona hasta cierto punto nuestras elocuciones a nivel fónico, gramatical y
léxico. Si analizamos la lengua, desde el punto de vista de la información
que vehicula, no podemos restringir la noción de información al aspecto
cognoscitivo del lenguaje. Un hombre, al servirse de unos rasgos expresivos
para patentizar su cólera o su actitud irónica, vehicula una información
visible, por más que, de toda evidencia, esta conducta verbal no puede
compararse a actividades no semióticas, como la nutritiva de "comer
pomelos" (a pesar del atrevido símil de Chatman). En inglés, la diferencia
entre (big) y la prolongación enfática de la vocal (big) es un rasgo
lingüístico convencional, codificado, al igual que la diferencia entre las
vocales breves y largas como en estos pares del checo (vi) 'vosotros' y (vi)
'sabe', por más que en este último par la información diferencial sea
fonémica y en el primero puramente emotiva.

Roman Jakobson

En la elocutio, también es la ocasión de apelar a las figuras retóricas.

Las figuras retóricas pueden ser de tres tipos:

1. Figuras de palabra

2. Figuras de significación

3. Figuras de pensamiento

Las figuras de palabra: Estas figuras se usan como efectos artísticos para
destacar la resonancia de las palabras. Por ejemplo, el polisíndeton, se usa
para acumular conjunciones (y---y---y---y, etc.) y causar el efecto de
prolongado martilleo: «Y era un buen amigo, y era un buen esposo, y era
un hombre abnegado en el trabajo, y fiel padre de familia; y aun así no lo
estimaban los que debían hacerlo».
Lo contrario es el asíndeton, donde las conjunciones se eliminan y se
reemplazan por comas, con lo que se consigue mayor rapidez en la frase (-
--, ---, ---,) «Fue un hombre noble, un hombre caballeroso, no tenía amigos,
no sabía mentir».

La anaphora es la repetición al inicio de la frase de una misma palabra:


«Bienaventurados los pobres... Bienaventurados los que lloran...
Bienaventurados los mansos de corazón...».

Otra figura de repetición es la concatenación, un efecto que se consigue


enlazando los términos en cadena: «Del mal humor se pasa a la discusión,
de la discusión se pasa a los golpes, de los golpes al crimen, del crimen a la
prisión o al infierno, que es lo mismo».

Las figuras de significación: En estas figuras, antes que el juego de


combinar palabras, lo que prima es el juego de los sentidos de las palabras.
También se les llama tropos. Los más conocidos son:

La metaphora establecida por la semejanza no explícita entre una cosa y


otra: «Cuando el Huáscar zarpaba de algún puerto en busca de aventuras
siempre arriesgadas, aunque a veces infructuosas, todos volvían los ojos al
Comandante de la nave, todos le seguían con las alas del corazón». Por
cierto, el corazón no tiene alas, pero así es la metáfora.

La sinécdoque consiste en cambiar el sentido del todo por la parte, de la


parte por el todo, del singular por el plural, etc.: «La mano brutal de Chile
despedazó nuestra carne y machacó nuestros huesos; pero los verdaderos
vencedores, las armas del enemigo, fueron nuestra ignorancia y nuestro
espíritu de servidumbre». No fue la mano de Chile, que no tiene mano, fue
su ejército y destrozó ciudades, puentes, economía, etc.

Las figuras de pensamiento: son aquellas en las que se recurre a ciertas


concesiones mentales del oyente para con el orador que quiere buscar su
condescendencia.
Por ejemplo, la pregunta retórica de la cual ya hemos hablado. Se formula
no para ser contestada, sino para que el público aventure una respuesta
mental y preste más atención: «¿Verdad, mis amigos?».

Las ironías son también útiles para no cansar la atención: «Nuestros políticos
siempre quieren servir “desinteresadamente” en los municipios,
ministerios...».

Las hipérboles o exageraciones: «Nos ha costado un mundo de esfuerzo


llegar a esto y todo se ha pulverizado en dos segundos».

La prosopopeya o animación de seres inanimados: «Oh, buen juicio, has


perdido tu lugar entre los hombres y te has ido a refugiar entre las bestias».

Finalmente, podemos mencionar las imprecaciones o maldiciones, las ya


explicadas citas textuales, las invocaciones, etc.

§ 109. La memoria. Como resultado de todos los pasos anteriores, el


discurso ya debe estar listo: escrito.

Ahora bien, debemos optar por dos líneas de pronunciación: o lo leemos o


lo decimos de memoria.

La pronunciación de memoria requiere de mayor trabajo. Todo depende


del grado de precisión que tengamos para recordar. Personalmente, creo
que aprenderse un discurso palabra por palabra es tarea muy seria y que
trae el inconveniente de que si nos olvidamos de una de ellas, el vacío
parecerá eterno frente al auditorio y podríamos quedar en ridículo. Lo que
creo que sí se puede aprender es la estructura del discurso, la fraseología,
tener memorizados los recursos retóricos, las figuras para el momento
propicio. Podemos ensayarlo, repetirlo a solas, buscar un apuntador, como
en el teatro, que nos vaya soplando los olvidos. O podemos ayudarnos de
una ficha que puede estar en nuestras manos o, elegantemente, sobre el
atril del orador. Lo que sí debemos tener es la seguridad de que el auditorio
debe estar convencido de que el tema lo tenemos dominado.

§ 110. La pronuntiato. Esta es la hora de la verdad. Todo está sujeto a


perderse o a obtener un éxito rotundo en esta parte: la pronunciación
debe ser preparada como un canto o como una oración sublime.

Si el discurso fuera leído, entonces, debemos oírnos previamente. Si es


posible, podemos usar una grabadora nítida para corregir los tonos, el ritmo
de la lectura. De este modo, en el momento del discurso, solo cuidaremos
de nuestra apostura personal. Todo ya está preparado, es hora solo de
actuación teatral.

La voz dependerá del tipo de discurso, del estilo escogido, de las


circunstancias materiales (con micro o sin él, con poco o mucho público,
con poco o mucho tiempo, etc.). Debemos guiarnos por el sentido común,
estar alertas al momento, crear momentos propicios.

Hay una realidad que debemos tener en cuenta en la pronuntiato. El


lenguaje humano es fatalmente dependiente del tono con que se dicen
las cosas. Por ejemplo, un simple NO puede significar cosas distintas y hasta
opuestas (pensemos de cuántas maneras puede decir "no" una chica a su
novio: hay un no rotundo, otro que deja alguna esperanza y otro que
significa «apúrate, tonto»). Así es en el discurso, las cosas importan por la
forma cómo se pronuncian: el modo de pararnos, el tono, la voz, la
seguridad y hasta el atuendo: el orador, en última instancia, es un
consumado actor.

LECTURA

LA SOLEDAD DE AMÉRICA LATINA

Discurso de Gabriel García Márquez al recibir el Nobel, en 1982.


Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a
Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por
nuestra América meridional una crónica rigurosa que, sin embargo, parece
una aventura de la imaginación.

Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos


pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas de los
machos, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una
cuchara.

Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de


mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo.

Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le


pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso
de la razón por el pavor de su propia imagen.

Este libro, breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los


gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonio
más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos.

Los cronistas de Indias nos legaron otros incontables. El Dorado,


nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante
largos años, cambiando de lugar y de forma, según la fantasía de los
cartógrafos. En busca de la fuente de la eterna juventud, el mítico Álvar
Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en
una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros, y solo
llegaron cinco de los 600 que la emprendieron.

Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las


once mil llamas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día
salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a
su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de
Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se
encontraban piedrecitas de oro.

Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace


poco tiempo. Apenas en el siglo pasado, la misión alemana encargada de
estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de
Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los
rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino
que se hicieran de oro.

La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la


demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces
dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna
derecha que había perdido en la llamada "Guerra de los pasteles".
El general Gabriel García Morena gobernó el Ecuador durante 16
años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme
de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial.

El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El


Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30,000
campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos
estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público
para combatir una epidemia de escarlatina.

El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la Plaza


Mayor de Tegucigalpa es, en realidad, una estatua del Mariscal Ney,
comprada en París, en un depósito de esculturas usadas.

Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el


chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas
conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido,
desde entonces, con más ímpetu que nunca, las noticias fantasmales de la
América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres
históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos
tenido un instante de sosiego.

Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió


peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos
y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de
un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo.

En este lapso, ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un


dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer
genocidio de América Latina de nuestro tiempo.

Mientras tanto, 20 millones de niños latinoamericanos morían antes


de cumplir dos años, que son más de cuántos han nacido en Europa
Occidental desde 1970.

Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120,000,


que es como si hoy no se supiera donde están todos los habitantes de la
ciudad de Upsala.

Numerosas mujeres arrestadas encinta dieron a luz en cárceles


argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que
fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las
autoridades militares.

Por no querer que las cosas siguieran así, han muerto cerca de
200,000 mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100,000
perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central:
Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la
cifra proporcional sería de 1,600,000 muertes violentas en cuatro años.

De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de


personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación
minúscula de dos y medio millones de habitantes, que se consideraba
como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno
de cada cinco ciudadanos.

La guerra civil en El Salvador ha causado, desde 1979, casi un


refugiado cada veinte minutos. El país que se pudiera hacer con todos los
exiliados y emigrados forzosos de América Latina, tendría una población
más numerosa que Noruega.

Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no solo su


expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la
Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del papel, sino
que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables
muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable,
pleno de desdicha y de belleza, del cual este colombiano errante y
nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y
mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas
de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la
imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia
de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es,
amigos, el nudo de nuestra soledad.

Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su


esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de Europa,
extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado
sin un método válido para interpretarnos.

Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que


se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales
para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y
sangrienta para nosotros como lo fue para ellos.

La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos solo


contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres,
cada vez más solitarios.

Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de


vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años
para construirse su primera muralla y otros 300 para tener un obispo. Que
Roma se debatió en las tinieblas de la incertidumbre durante 20 siglos antes
de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI,
los pacíficos suizos de hoy que nos deleitan con sus quesos mansos y sus
relojes impávidos, ensangrentaron a Europa como soldados de fortuna.
Aun en el apogeo del Renacimiento, 12,000 lansquenetes a sueldo
de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a
cuchillo a 8,000 de sus habitantes.

No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kroeger, cuyos sueños


de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann
hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu
clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande, más
humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su
manera de vernos.

La solidaridad con nuestros sueños no nos hará sentir menos solos,


mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que
asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.

América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni
tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y
originalidad se conviertan en una aspiración occidental. No obstante los
progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre
nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado, en cambio,
nuestra distancia cultural.

¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la


literatura se nos niega, con toda clase de suspicacias, en nuestras
tentativas tan difíciles de cambio social?

¿Por qué pensar que la justicia social, que los europeos de


avanzada tratan de imponer en sus países, no puede ser también un
objetivo latinoamericano con métodos distintos, en condiciones diferentes?

No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el


resultado de injusticias seculares y de amarguras sin cuento, y no una
confabulación urdida a tres mil leguas de nuestra casa.

Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído así,


con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su
juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los
dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra
soledad.

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra


respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los
cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos
han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte.

Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones


más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos
como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York.
La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos y, entre estos,
por supuesto, los de América Latina.

En cambio, los países más prósperos han logrado acumular


suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no solo a
todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino a la totalidad de
seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un día como el de hoy, mi maestro William Faulkner dijo en este


lugar: «Me niego a admitir el fin del hombre». No me sentiría digno de
ocupar este sitio que fue suyo, si no tuviera la conciencia plena de que, por
primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él
se negaba a admitir hace 32 años, es ahora nada más que una simple
posibilidad científica.

Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo


humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo
lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es
demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria.

Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda


decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor
y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de
soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la
tierra.

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