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EL

DEMONIO
ESCOCÉS

Sarah McAllen
El demonio escocés
Septiembre 2022
© de la obra de Sarah McAllen
Instagram: @sarahmcallen_
Facebook: Sarah McAllen

Corrección: Sonia Martínez Gimeno


Portada: Sara González

No se permitirá la reproducción total o parcial de este libro, ni su


incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier
forma o por cualquier medio, sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por
grabación u otros medios, sin el permiso previo y por escrito de su autor.
La información de los derechos mencionados puede ser constitutiva de
delito contra la propiedad intelectual (art. 270 y siguientes del Código
Penal)

Hasta un corazón congelado


es capaz de albergar
el más profundo de los amores.
Agradecimientos

En esta ocasión quería agradecer todo el apoyo que mi familia


me brinda a lo largo de este sueño que es dedicarme a escribir. Son
muchas horas delante del ordenador, con la cabeza enfrascada en cada
historia, sin tener prácticamente ningún día completo de descanso y,
aun así, siempre estáis a mi lado.
A mi hija, que dice ser mi fan (ja, ja, ja), aunque la realidad es
que yo soy la de ella, porque no podría estar más orgullosa de nada en
este mundo que de ser su madre.
A mi correctora, Sonia Martínez Gimeno. Gracias por tu
profesionalidad y el cariño dedicado en este libro.
A Lidia S. Balado, por las ilustraciones tan bonitas que ha hecho de los
protagonistas de esta historia y que me tienen del todo enamorada.
Y, cómo no, a mis guardianas y guardianes, mis fieles lectores.
Gracias a su soporte y cariño puedo seguir llevando nuevas historias
hasta vosotros. Mil gracias por estar siempre ahí.

Sarah McAllen
Prólogo
Escocia, 1095
Clan Buchanan

Broc no podía apartar sus ojos del cuerpo inerte de su esposa. Estaba tirada
sobre la hierba ensangrentada, en una posición poco natural, y sus vacíos
ojos color miel parecían fijos en él.
¿Quién podría ser el malnacido que le hubiese quitado la vida a una
mujer tan dulce como aquella?
Todos en el clan la apreciaban por su generosidad y su forma cercana
y cariñosa de tratarles.
Broc la quiso desde que eran apenas unos críos y sus ojos se posaron
en ella. Después se convirtió en una hermosa jovencita, de hecho, puede
que fuera la más bella que jamás hubiese podido contemplar. Sus rizos
castaños con reflejos dorados enmarcaban un sonriente rostro de labios
gruesos y pómulos altos. Poseía unas curvas que no pasaban desapercibidas
y era alta, comparada con el resto de mujeres que conocía, aunque al lado
de Broc aún continuaba siendo pequeña.
Para él nunca fue importante ser atractivo o saber conquistar a
ninguna joven, su vida se centraba en entrenar para convertirse en uno de
los mejores guerreros de Escocia y que su padre se sintiera orgulloso del
laird en el que se convirtió tras su muerte.
Sin embargo, después de que sus respectivos padres decidieran que lo
mejor para los dos clanes era que se casara con Lorraine, supo que debía
hacer todo lo que estuviera en su mano por hacerla feliz, y para su sorpresa,
esa maravillosa mujer parecía serlo a su lado. En ocasiones le costaba
creerlo del todo, ya que, a su parecer, ella estaba muy por encima de él en
todo.
Tras su boda, Broc se propuso conseguir que sonriera todos los días, y
así fue. Y toda esa felicidad se incrementó más cuando Bonnie, su primera
y esperada hija, vino al mundo. Era una niña de cabellos y ojos tan oscuros
como su propio padre y todos en el clan Buchanan la adoraban.
Los años fueron pasando y pese a que Broc tuvo que mantenerse
alejado de su querida familia en ciertas épocas para mantener a raya a los
ingleses, siempre se las apañaba para no faltar en las fechas importantes. En
aquella ocasión, celebraban el cuarto cumpleaños de su pequeña y prometía
ser un día cargado de dicha.
Sin embargo, ahí estaba ahora, cuarenta y ocho horas después del día
señalado, observando el cuerpo sin vida de la madre de su única hija.
Se arrodilló en el suelo a su lado y, apretando los puños sobre sus
muslos, echó la cabeza hacia atrás y soltó un grito desgarrador de dolor,
salido del fondo de su corazón.
Un alarido siguió a otro, sin poder detenerse. Estaba fuera de sí, solo
deseaba vengar la muerte de su esposa, pero ¿cómo?, si no sabía quién le
sesgó la vida.
―Broc, por favor, trata de clamarte ―le pidió Graham, su hermano
pequeño, acercándose a él con cautela.
Ramsay, su amigo y laird de un clan vecino, también los acompañaba
en silencio.
―Sabemos lo duro que debe ser perder a una mujer como Lorraine,
sin embargo…
―¡No sabéis nada! ―vociferó, con las venas del cuello hinchadas y
los ojos húmedos―. No tenéis ni la maldita idea de lo que significa perder a
tu esposa y a la madre de tu hija. ¡Ni idea!
―Hermano, encontraremos al malnacido que ha hecho esto ―le
aseguró Graham, mirándole con pesar.
―Averiguaremos quien es y le daremos muerte ―aseveró Ramsay
con rabia contenida.
―Moveré cielo y tierra hasta encontrarle, lo juro por mi honor
―sentenció Broc, respirando con dificultad a causa de la presión que
parecía comprimir su pecho.
―¡Dios mío! ―oyeron exclamar a Muriel, que se cubría la boca con
la mano, mirando con horror el cuerpo de su nuera, que yacía pálido sobre
la hierba fresca―. Pobre criatura ―murmuró, con las lágrimas comenzando
a correr por sus mejillas.
Graham se acercó a ella y la tomó por los hombros, alejándola de
aquella sobrecogedora visión.
―Vámonos, madre, no la veas así ―trató de darle consuelo―.
Recordémosla con su sonrisa y su mirada alegre, como era ella.
La señora asintió, dejándose llevar por su hijo pequeño.
Broc, aún más afectado por la mirada de pena de su madre, comenzó
a golpear el suelo con los puños, clavándose las piedras en ellos en el
proceso y haciéndolos sangrar.
―Broc, ¡basta! ―le ordenó Ramsay, tratando de detenerlo.
Sin embargo, Broc era más grande y musculoso que su amigo, por lo
que se lo quitó de encima de un codazo sin mucha dificultad.
―Muchacho, por favor, detente ―le imploró su abuelo, que había
llegado junto a Muriel, arrodillándose a su lado―. No puedes perder la
cabeza. Hazlo por Bonnie. Tu hija te necesita, más ahora que ya no tiene a
su madre. No puede quedarse también sin ti.
Broc alzó sus ojos negros hacia el rostro del abuelo Hamish, que
había estado a su lado toda la vida, y no pudo evitar que un jadeo de
desesperación escapara de entre sus labios cuando le dio un abrazo cargado
de cariño.
―No eres menos hombre por llorar, muchacho ―le aseguró, con un
nudo en la garganta―. Yo he llorado en muchas ocasiones, te hará bien.
―No puedo hacerme a la idea de no volver a verla sonreír
―reconoció, tratando de contener las lágrimas que pugnaban por escapar de
sus ojos―. ¿Cómo criaré a Bonnie sin su ayuda? No tengo ni idea de cómo
hacerlo sin equivocarme, ella era mi guía y ahora estoy solo.
―No estás solo ―le aseguró, palmeándole la espalda―. Todos te
ayudaremos. Nos tienes a tu madre y a mí. También está tu hermano. Por no
hablar del resto del clan.
―Una hija necesita a su madre. ―Se separó un poco de él para
pasarse la mano por el rostro y mirarle a los ojos.
―Lo sé, pero intentaremos suplir su falta lo mejor que sepamos,
muchacho. ―Su nieto asintió y una lágrima rodó por la arrugada mejilla de
Hamish al percibir el profundo pesar que se acababa de instalar en el
corazón de este―. Tu madre es mi única hija y también creí que no podría
hacer de ella una buena mujer cuando tu abuela faltó, no obstante, lo
conseguí y ella me dio dos nietos, que sois mi orgullo. Así que Bonnie no
va a ser menos. Conseguiremos que sea feliz, del mismo modo en que lo
fue mi Muriel, pero para eso te necesita a su lado, ¿de acuerdo?
Broc observó a su abuelo. A pesar de haberle dicho que lloró
bastantes veces a lo largo de su vida, él no le había visto hacerlo hasta aquel
mismo instante, cosa que le impresionó y le hizo emocionarse aún más.
―De acuerdo, abuelo.
―Así me gusta, muchacho.
Comenzó a erguirse con cierta dificultad a causa de sus años, por lo
que Broc, poniéndose en pie de un salto, le ayudó a hacerlo.
Dirigió de nuevo los ojos hacia el cuerpo sin vida de su esposa, pero
Hamish le tomó por el mentón y volvió el rostro de su nieto hacia él.
―No la mires más, no te hace bien.
―Abuelo…
―Mandaremos a unos guerreros para que vengan a por ella ―le
interrumpió―. Ahora yérguete y recomponte lo que puedas. Bonnie te está
esperando.
Broc respiró hondo y se cuadró de hombros, como le pidió su abuelo.
Con paso decidido, y sin mirar atrás, se dirigió hacia Tùr Cloiche, donde
todo el clan reunido le esperaba.
En sus miradas pudo ver que todos sabían la triste noticia y no fue
capaz de quitarse de la cabeza que alguna de aquellas personas podía ser el
asesino de Lorraine.
―Padre, ¿qué sucede? ¿Dónde está madre? ―le preguntó la pequeña
Bonnie, con aquellos enormes e inocentes ojos fijos en él.
En cuanto le diera la triste noticia, le robaría parte de aquella
inocencia, lo sabía y le partía el corazón. Por desgracia, no había otra cosa
que pudiera hacer al respecto.
Se acuclilló frente a ella y colocó una de sus manos sobre la
sonrosada mejilla de su pequeña.
―Madre… ―le costaba hablar a causa del nudo que oprimía su
garganta―. Ella no volverá, Bonnie.
―¿Hasta cuándo? ―se notaba que se encontraba desconcertada y era
normal, solo tenía cuatro años.
―Nunca, cariño ―confesó, con los ojos brillantes―. No volverá
nunca más ―le explicó, a la vez que acariciaba su sedoso cabello.
El mentón de la niña comenzó a temblar y las lágrimas empezaron a
manar de sus oscuros ojos. Broc la abrazó contra su pecho, dejándola
desahogarse. Ojalá pudiera absorber su sufrimiento.
―No te preocupes, mi niña, todo irá bien ―le susurró en el oído,
sintiendo un nudo que atenazaba su garganta se volvía casi insoportable.
―Madre ―sollozó.
―Lo sé, cariño, es muy doloroso, pero estoy contigo y no me iré a
ninguna parte ―afirmó, sintiendo como algo dentro de él cambiaba, como
si, en cierto modo, estuviera muerto por dentro. Como si su corazón acabara
de congelarse―. Juro por Dios que vengaré a tu madre y cuidaré de ti.
Estaré siempre a tu lado, Bonnie. Confía en mí.
Capítulo 1
Inglaterra, 1100
Residencia Dankworth

A casa del barón Dankworth acababa de llegar una misiva del mismísimo
rey de Inglaterra, Etelredo, haciéndole saber que dos lairds escoceses fueron
elegidos para convertirse en los esposos de su hija y su sobrina,
respectivamente.
Por ese motivo, Alfred estaba preocupado, ya que sabía lo salvajes
que eran aquellos señores de las Highlands.
¿Cómo era posible que el monarca hubiera decidido condenar a sus
niñas a un destino semejante? Ellas eran dulces y buenas, la alegría de su
vida, y no era capaz de hacerse a la idea de entregarlas a un bruto escocés,
por muy laird que este fuera. 
Recordó a Willow cuando tan solo era una niña de grandes ojos
azules y cabello dorado. Siempre lucía una sonrisa en su bonito rostro y
alegraba a todo aquel que tuviera la suerte de cruzarse en su camino.
Su difunta esposa, Caitlin, eligió el nombre de Willow para ella pues
significa sauce y como Alfred le pidió matrimonio bajo uno de esos
enormes árboles, quiso inmortalizar ese momento nombrando de ese modo
a su primer vástago, ya hubiera sido un niño o una niña, como finalmente
sucedió.
Cuando su pequeña solo tenía dos años, su hermana Florence enviudó
y se quedó en la calle, debido a que su difunto esposo lo había perdido todo
a causa de deudas de juego. Así que Alfred le ofreció que se mudara con
ellos, junto a su hija Prudence, que solo tenía un año más que Willow.
Desde ese instante las dos niñas se criaron como hermanas,
compartiendo recuerdos y travesuras, y volviéndose inseparables.
―¿Nos has mandado llamar, padre? ―preguntó su hija, entrando a la
sala junto a su querida prima y alejándole de sus pensamientos.
―Así es. Sentaos ―les pidió, alargando una mano hacia los sillones
que estaban frente al suyo.
Las dos jóvenes obedecieron con presteza.
―¿Hay algún problema, tío Alfred? ―quiso saber Prue, dando
muestras de su impaciencia habitual.
―Bueno, no sé si debiera llamarlo problema. ―El barón suspiró―.
Más bien diría que es un cambio de vida para vosotras dos.
―¿Un cambio de vida? ―repitió Willow, frunciendo el ceño.
Alfred se removió inquieto en el asiento.
―El rey Etelredo ha enviado una misiva, donde determina que debéis
casaros con dos caballeros elegidos por él ―lo dijo de sopetón, porque si le
daba vueltas, no sería capaz de hacerlo.
Ambas muchachas abrieron mucho los ojos y se pusieron en pie de un
salto.
―¿¡Qué!? ―exclamó Prudence.
―¿Qué caballeros? ―inquirió su hija―. ¿Y por qué tiene que decidir
por nosotras?
―Nuestro monarca cree que es buena idea que dos jóvenes inglesas
como vosotras, de buena cuna, se unan en matrimonio a dos lairds
escoceses, y de ese modo empezar a crear puentes entre las dos naciones.
―¡Ay, Dios mío! ―jadeó su sobrina, comenzando a abanicarse con la
mano de forma nerviosa, como si le hubiera entrado un calor repentino.
―¿Escoceses? ―Willow se acercó más a él―. ¡Escoceses! ―gritó
alterada.
―Si os tranquilizáis, podremos hablar del tema…
―No hay nada de qué hablar ―le interrumpió su hija―. No vamos a
casarnos con ningún salvaje escocés ―sentenció con su acostumbrada
rebeldía, poniéndose en jarras.
―Lo mismo digo ―asintió Prudence, de acuerdo con ella.
―No podéis negaros ―repuso Alfred, poniéndose en pie―. Ha sido
una orden expresa del rey.
―Me importa bien poco quien dicte esa orden ―le aseguró
Willow―. Es mi vida y nadie decidirá por mí.
―¡Ni por mí! ―gritó Prue, agarrándose del brazo de su prima, que,
de las dos, era la que siempre llevaba la voz cantante.
―¿A qué viene tanto escándalo? ―preguntó Florence, alarmada por
las voces de su hija y su sobrina.
―¿Tú lo sabías? ―le preguntó Prudence de manera acusatoria.
―¿El qué? No sé de qué me hablas, hija ―terció confundida.
―El rey ha mandado que nos casemos con dos sucios escoceses y
padre, al parecer, pretende que lo hagamos de buena gana ―le explicó
Willow.
La mujer se volvió hacia su hermano con el corazón latiéndole
acelerado.
―¿Es eso cierto, Alfred?
―Me temo que sí, Florence ―respondió compungido.
―Ay, por Dios ―repitió la misma expresión que su hija pronunció
segundos antes.
―No pensamos acatar esa orden ―afirmó Willow.
―Ni por asomo ―corroboró Prue.
―Dejadnos un momento a solas, niñas ―les pidió la buena mujer.
―Es nuestro futuro. Deberíamos estar presentes en esta conversación
―objetó su sobrina.
―Haz caso a tu tía, Willow ―la regañó su padre.
―Padre…
La mirada severa del barón la hizo callar de golpe, porque sí, Alfred
poseía una gran paciencia, pero cuando esta se le agotaba, era mejor que no
te cruzaras en su camino o te tocaría recibir una terrible reprimenda, además
de algún castigo que se le ocurriera en aquel momento. Por suerte, ocurría
en pocas ocasiones, aunque parecía que esta era una de ella.
―Vamos, Will, será mejor que nos vayamos a nuestra alcoba ―le
aconsejó su prima, que también percibió aquella advertencia silenciosa.
Ambas se tomaron de la mano y salieron de la sala, pese a que no se
fueron muy lejos, pues se quedaron escuchando tras la puerta.
―¿No se puede hacer nada para que nuestro monarca cambie de
opinión? ―le preguntó Florence, sentándose en uno de los sillones y
hundiéndose de hombros.
―No lo creo, Florie, aunque de todos modos, lo intentaré. ―Alfred
se sirvió una copa antes de acomodarse frente a su hermana con un terrible
dolor de cabeza―. Tampoco es que a mí me agrade la idea de entregar a las
niñas a dos señores de las Highlands.
―Si al menos supiéramos si son dos hombres honorables…
―Lo que sé del que debe convertirse en el esposo de Willow no es
muy tranquilizador, te lo aseguro.
―¿Qué sabes? ―indagó Florence.
―Al leer su nombre en la carta me resultó familiar, así que traté de
hacer memoria ―comenzó a explicarle―. Fue entonces cuando me vino a
la mente que escuché hablar de él en varias ocasiones, en la corte, aunque
no suelen referirse a él por su nombre, los ingleses lo conocemos como el
demonio escocés.
―Santo Dios. ―Su hermana se llevó una mano temblorosa a la
boca―. ¿Por qué motivo es conocido con un apodo tan blasfemo?
―Se dice que en batalla es un guerrero letal y que pocos hombres que
se han enfrentado a él han vivido para contarlo. ―Dio un largo trago a su
copa―. Se rumorea que en sus ojos negros puede verse el infierno si estás
lo bastante cerca. Además, al parecer, su esposa fue asesinada y algunos
caballeros apostaban todo lo que poseían a que él fue el causante de dicha
desgracia.
―Es horrible, Al ―se lamentó su hermana―. ¿Cómo podemos
entregarle a nuestra dulce Will sabiendo todo esto?
―Puedo intentar persuadir al rey, pero me temo que sea en vano.
―¿¡Qué hacéis espiando detrás de las puertas, cotillas!? ―oyeron
gritar a Eliza, la sirvienta personal de las chicas.
Alfred puso los ojos en blanco.
―Era previsible que no se darían por vencidas de estar presentes en
esta conversación ―murmuró con voz cansada.
―También saben de los rumores sobre ese escocés ―apuntó
Florence, preocupada por ellas.
―Está claro que ahora, con más motivos, se negarán en rotundo a
dichas uniones ―suspiró, pese que a él tampoco le gustara la idea de que su
pequeña se casara con un hombre como aquel.

―¿Has escuchado lo mismo que yo? ―preguntó Prue una vez en la


alcoba.
―Jamás me casaré con un hombre al que llaman demonio
―sentenció Willow, paseado de un lado al otro de la estancia.
―¿De verdad crees que podremos impedirlo? ―Prue se sentó en una
de las camas, perdiendo toda la seguridad que sintió minutos antes.
―Si es necesario, me escaparé de casa.
―¿Y adónde vas a ir?
La joven caviló con rapidez.
―Iré a casa de Sebastian, estoy segura de que él me ayudará.
Sebastian Evenson era su vecino, del que Willow llevaba enamorada
toda su vida. Su cabello rubio, sus bonitos ojos verdes y su encantadora
sonrisa, hacían que su corazón latiera más rápido cuando lo tenía cerca.
―Ni siquiera él se atrevería a enfrentarse a nuestro rey, Will.
―¡Lo hará! ―afirmó con vehemencia―. Sebastian me ama tanto
como yo a él, y no permitiría que un salvaje escocés me apartara de su lado.
Se dejó caer sobre el colchón junto a su prima y se cubrió el rostro
con las manos.
Lo haría, ¿no es cierto? Estaba segura de que la protegería con su
vida si fuera necesario, así se lo dijo en muchas ocasiones mientras la
cortejaba. Sabía que estaba a punto de pedirle su mano a su padre y ojalá lo
hubiera hecho antes, así no estaría metida en aquel embrollo.
―Al menos, pase lo que pase, estaremos juntas ―le prometió
Prudence, tomándola de la mano para demostrarle su apoyo incondicional.
―Por supuesto ―asintió Willow―. Nada ni nadie nos separará, ni
siquiera un demonio escocés.
Y tampoco se doblegaría ante él. Pasase lo que pasase, estaba
dispuesta a luchar y a no rendirse. Era una orgullosa dama inglesa y él solo
un sucio y salvaje highlander.
Oyó muchas historias sobre ellos a lo largo de su vida. Acerca de sus
matanzas, del modo en que asaltaban pueblos y aldeas. Sin embargo, ella
era Willow Dankworth y pese a lo aterrador que fuera lo que estuviera por
venir, no lograría someterla.
Capítulo 2

Pasó un mes desde que la misiva del rey alterara la tranquilidad de la


residencia Dankworth, y por muchas cartas que Alfred le envió pidiéndole
que anulara el compromiso de sus niñas, este se negó en todas y cada una
de ellas, por lo que los dos lairds escoceses ya estaban de camino para
conocer a sus futuras esposas.
―Vamos, muchachas, arriba ―gritó Eliza, la sirvienta que se
encargaba de ellas, cuando entró en el cuarto y descorrió las pesadas
cortinas para que la luz de la mañana se colara en la estancia―. Es hora de
levantarse.
―Oh, no, Eliza, danos unos minutos más ―protestó Willow,
cubriéndose la cabeza con las mantas.
―Ni hablar ―sentenció la regordeta mujer, quitándole de un tirón las
cobijas de encima―. Es hora de arreglarse, vuestros futuros esposos
llegarán de un momento a otro y vuestro padre me ha pedido que os ayude a
arreglaros como es debido.
―Es cierto, hoy es el día ―dijo la joven, despertándose de golpe―.
¡Prue! ―Le lanzó un almohadón a su prima.
―¡Auch! ―se quejó esta―. ¿Qué ocurre?
―Es hoy ―repitió a voz en grito―. Los salvajes escoceses llegarán
hoy.
―Es cierto. ―Se incorporó tan rápido como lo hizo Willow segundos
antes―. ¿Y qué vamos a hacer?
―Arreglaros para recibirles, ¿qué si no? ―respondió Eliza, dándole
un cocorotazo a Prudence.
―¿Qué haces? ―se quejó.
―Advertirte que no se te ocurra convencer a tu prima de hacer
ninguna travesura de las vuestras.
―Tranquila, Eliza, que nos portaremos bien ―le aseguró Willow,
acercándose a darle un sonoro beso en la mejilla―. ¿Podrías traerme un
poco de leche con miel? Me noto la garganta un tanto seca. ―Tosió.
―Espero que no vayas a resfriarte ―protestó la mujer―. Solo
faltaba que subieras al altar moqueando ―tras aquellas palabras, salió de la
alcoba para ir a por lo que la joven le había pedido, sin dejar de rezongar
entre dientes.
―¿De verdad vamos a portarnos bien? ―preguntó Prudence
escéptica.
―Claro que no, se lo he dicho para que nos dé tiempo a escapar
―respondió, tomándola de la mano y tirando de ella fuera de la alcoba.
―¿A dónde vamos? ―inquirió su prima entre risas.
―Por lo pronto, a nadar al lago ―repuso, corriendo escaleras abajo.
Iban descalzas y vestidas tan solo con sus livianos camisones blancos―. Si
al final debemos marcharnos con esos salvajes, que menos que darnos un
último chapuzón.
―Siempre nos ha gustado nadar allí.
―Por eso mismo. ―Se volvió hacia ella y le guiñó un ojo―. Si es la
última vez, disfrutemos.
―¿Willow? ¿Prudence?
Oyeron aquella voz masculina nada más traspasar las puertas de la
residencia Dankworth, e hizo que las dos jóvenes se volvieran de repente.
―¡Sebastian! ―exclamó Will, alegre.
―¿Estáis huyendo de algo? ―les preguntó con el ceño fruncido,
apreciando el modo en que iban vestidas.
―Lo cierto es que sí ―respondió Prue, soltando una cantarina risita.
―Huimos de Eliza ―aclaró Willow, esbozando la más encantadora
de sus sonrisas―. No nos delates, ¿de acuerdo?
―Yo… claro que no ―respondió el joven, un tanto confundido.
―¿Has pensado en lo que te dije? ―quiso saber Will.
Tras la misiva del rey, Willow fue a hablar con Sebastian y le explicó
lo que el monarca pretendía, así que le propuso que se adelantaran y se
casaran antes de que el conocido como demonio escocés llegara para
reclamar su mano.
El joven se mostró nervioso e indeciso, por lo que ella decidió darle
un tiempo para pensar, aunque dicho tiempo llegaba a su fin. El highlander
que se convertiría en su esposo llegaría de un momento a otro.
―Verás, Willow, lo he pensado detenidamente ―le dijo, pasándose
las manos por el pelo con nerviosismo―. Y sabes que tenía la esperanza de
convertirte en mi esposa.
Aquello no sonaba bien.
―¿Pero? ―le animó a continuar, con sus ojos azules clavados en él.
―Pero no puedo enfrentarme al rey de Inglaterra, debes entenderlo.
―¿No puedes enfrentarlo?
Sebastian negó con la cabeza.
―¿Por qué? Si tú me amas, deberías luchar por mí ―insistió―. ¿Qué
sería lo peor que podría pasar?
―Mi familia podría perderlo todo.
―Del mismo modo que la mía, solo que confío en la indulgencia de
nuestro rey.
―No puedo jugármelo todo por una corazonada.
―Así que el dinero y las posesiones son más importantes para ti que
yo.
―No… yo… ―Bajó la mirada al suelo y guardó silencio.
―No hace falta que sigas justificándote, lo comprendo. ―Tomó a su
prima de la mano y se dio media vuelta para alejarse.
―Will, por favor…
―No me llames así ―le cortó decepcionada―. Has perdido el
derecho a usar ese apelativo cariñoso conmigo. Me has tenido engañada.
Me hiciste creer que me amabas.
―Y te amo…
―Por supuesto que no ―le interrumpió de nuevo―. Eso no es amor.
―Y se alejó corriendo.
Llegaron hasta la orilla del lago apenas sin aliento.
―¿Te encuentras bien, Will? ―le preguntó Prudence, mirándola de
forma compasiva.
―No, aunque lo estaré pronto ―prometió, alzando el mentón―. No
merece la pena que derrame una sola lágrima por un hombre que no estaba
dispuesto a mover un solo dedo para luchar por mí.
―La verdad es que siempre me pareció un arrogante presumido.
Willow se volvió hacia su prima y ambas se pusieron a reír.
―Es posible que su atractivo rostro no me hubiera dejado verlo. ―Se
encogió de hombros―. Dejemos de hablar de Sebastian y hagamos lo que
hemos venido a hacer.
Se quitó el camisón, quedándose desnuda, y echando a correr se
zambulló en las claras aguas del lago, donde segundos después nadó junto a
su prima como tantas veces habían hecho desde que eran niñas.

Broc cabalgaba junto a Ramsay, que era el otro afortunado que su rey
destinó para contraer matrimonio con una dama inglesa.
Desde que cruzaron la frontera de Escocia, se sentía intranquilo y
todos sus sentidos se mantenían alerta. Los ingleses no le gustaban e intuía
que su futura mujer tampoco lo haría.
Continuaba molesto por la decisión que tomó el monarca y pese a
presentarse en la corte y exponerle todos los motivos por los que no podía
volver a casarse, y mucho menos con una inglesa remilgada, el rey de
escocia, Edgardo, los desechó todos y le pidió como un favor personal que
se casara con la única hija del barón Dankworth.
Willow Dankworth, así se llamaba su futura esposa. ¿Qué tipo de
mujer podía tener un nombre tan extraño? Él no lo había escuchado nunca
antes.
―¿Pensando en cómo serán nuestras futuras esposas, Buchanan?
―bromeó Ramsay, percibiendo su ceño fruncido.
―Con que no sean demasiado molestas me conformo ―respondió
Broc―. Aunque imagino que nos encontraremos con dos asustadizas,
estiradas e insulsas damitas, como suelen ser todas las inglesas que he
conocido.
―Lo que de verdad me importa a mí es que la mía sea una autentica
fiera en el lecho ―comentó su amigo divertido.
―Montareis a un par de yeguas inglesas de buena cuna ―rio Ellar,
un joven guerrero del clan Buchanan.
―Y cuanto más impetuosas, mejor ―añadió Ramsay, guiñándole un
ojo.
El laird de los MacFarlane era un auténtico rompecorazones. Con su
encanto y el rostro apuesto que Dios le dio, hacía que no hubiera joven en la
tierra capaz de resistirse a sus atractivos.
―No olvidéis que no hablamos de un par de furcias, sino de nuestras
futuras mujeres ―gruñó Broc, sintiéndose en la necesidad de defenderlas.
No le parecía honorable hablar así de dos damas, por mucha sangre inglesa
que corriera por sus venas.
―Vamos, Buchanan, sabes que solo bromeamos ―afirmó su
amigo―. Lo que de verdad importa es que puedan darnos buenos vástagos.
Ambos necesitamos un heredero para nuestro clan, ¿no es cierto, Broc?
La simple idea de tener hijos con otra joven que no fuera Lorraine le
revolvía las tripas. No es que no hubiera retozado con alguna que otra mujer
tras su muerte, no era un santo, pese a que ninguno de aquellos encuentros
significó nada para él, a parte de un desahogo físico. Sin embargo, tener
otra esposa, y que esta pudiera ser la madre de sus futuros hijos, le generaba
un profundo desagrado.
Sintió como si de repente le costara respirar, una sensación muy
conocida para él, pese a que hacía tiempo que no la experimentaba.
―¿Por qué no os adelantáis? Enseguida os alcanzo ―les pidió a sus
hombres y a los de Ramsay.
―¿Te ocurre algo? ―indagó su amigo.
―Acaso un hombre no puede hacer sus necesidades sin tener que dar
explicaciones ―mintió.
No pensaba contarle las veces que, en la noche, desde que asesinaron
a Lorraine, había sufrido una especie de ataques en los que su respiración se
volvía más rápida y angustiosa y un pesado dolor se instalaba en el centro
de su pecho.
―Está bien, Buchanan, te esperaremos en la casa del barón.
Broc no espero más y se alejó galopando, antes de empezar a
hiperventilar. Cuando estuvo seguro de que estaba lo suficientemente lejos
del resto de guerreros para que no le vieran, desmontó de un salto del
caballo y doblándose en dos, apoyó sus grandes manos sobre sus rodillas.
Imágenes del cuerpo sin vida de su mujer acudían a su cabeza, como
en cada ocasión que aquello le ocurría. Podía ver con claridad su precioso y
lívido rostro, y sus rizos castaños esparcidos por la hierba ensangrentada de
la explanada frente al lago.
Intentó respirar hondo y concentrarse en que las pulsaciones de su
corazón volvieran a la normalidad.
―Tranquilízate, Broc ―murmuró para sí mismo.
Cuando comenzó a calmarse, percibió sonidos de risas y chapoteos.
¿Habría críos jugando por allí?
Sin hacer ruido, se fue aproximando hacia las voces, seguido de su
caballo negro, Ron, que caminaba con tranquilidad tras él.
Aquellas voces, que en un principio le parecieron aniñadas, se fueron
volviendo más claras, hasta que pudo asegurar que se trataba de dos
mujeres.
¡Y qué dos mujeres!
Una de ellas era morena y poseía unos oscuros ojos marrones. Su piel
era pálida y unas pequeñas pequitas salpicaban el puente de su recta nariz.
Su rostro, un tanto alargado, era bonito y su cuerpo esbelto y de largas
piernas.
Sin embargo, la que en realidad le llamó la atención a Broc fue la
rubia, cuyos ojos azules brillaban de alegría a cada carcajada que soltaba.
Su nívea piel relucía bajo los rayos del sol de la mañana. Su rostro, en
forma de corazón, era absolutamente hermoso y poseía unos rasgos dulces y
sensuales a la vez, ya que sus carnosos labios parecían pedir a gritos ser
besados. Era algo más bajita que la otra joven, pero su cuerpo era más
curvilíneo, ya que poseía unos pechos llenos y unas redondeadas caderas
que serían las delicias de cualquier hombre.
Su caballo relinchó y aquello le delató.
―¿¡Quién anda ahí!? ―gritó la joven de cabello dorado, tapándose
los pechos con sus antebrazos.
Broc avanzó un par de pasos, saliendo del escondite improvisado que
le proporcionaban los árboles y la maleza.
Ambas mujeres abrieron mucho los ojos, y no era para menos, ya que
el aspecto de aquel hombre inspiraba temor. Su cabello, que llevaba
bastante corto y un tanto despeinado, era muy negro, al igual que sus ojos.
Su piel estaba bronceada por las horas que se pasaba entrenando con sus
guerreros al aire libre. Era alto, muchísimo, cerca de dos metros, y su
cuerpo era musculoso. No era un hombre con una belleza perfecta, como le
ocurría a Sebastian, su atractivo era más masculino y salvaje. Poseía unos
labios gruesos, sus mandíbulas eran cuadradas y un hoyuelo adornaba su
pronunciado mentón. También poseía una nariz grande y con el puente un
tanto torcido, lo más probable que debido a alguna rotura.
―¿Estabais espiándonos? ―le preguntó la morena, ofendida,
escondiéndose tras la otra joven.
―No era mi intención, aunque debería señalar que no es apropiado
que dos jóvenes estén solas y desnudas en medio de la nada ―su voz ronca
y profunda hizo que las dos muchachas retrocedieran.
―Y vos tampoco deberíais espiarnos, señor, si me permitís que os lo
diga. No es nada caballeroso por vuestra parte ―contraatacó la preciosa
rubia, alzando el mentón de manera desafiante.
Broc enarcó una ceja. La mujer parecía tener bastante valor.
―¿Acaso he dicho que sea un caballero?
―Deberíamos irnos ―susurró Prue en la oreja de su prima, asustada.
Willow asintió y esperaba que el desconocido les permitiera vestirse y
no tener que salir de allí huyendo como su madre las trajo al mundo.
―¿Os importaría dejarnos a solas para que podamos cubrirnos?
―dijo, tratando de sonar amable.
Broc se la quedó mirando unos segundos más, en los que el ambiente
parecía tornarse más denso. Después, sin decir otra palabra, se dio media
vuelta y desapareció del mismo modo en que llegó.
Ambas jóvenes respiraron aliviadas.
―Creí que nos iba a atacar ―comentó Prudence, apresurándose a
enfundarse el camisón.
―Volvamos a casa cuanto antes ―sugirió Willow, que ya estaba
vestida y caminaba hacia allí―. No había visto a ese hombre por aquí antes.
¿Será un bandido?
―Desde luego lo parecía.
Sí, sin duda era eso, aquel hombre tenía toda la pinta de ser un
salteador de caminos.
Capítulo 3

Willow y Prudence llegaron a casa a la carrera, con el cabello empapado y


sus camisones pegándose a sus cuerpos.
Lo que no esperaban era que los escoceses ya estuvieran allí y varias
decenas de ojos masculinos se clavaran en ellas con avidez. Las dos jóvenes
se detuvieron y se cruzaron de brazos para tratar de cubrirse lo más posible.
Uno de aquellos desconocidos se acercó a su montura y tomando un
par de mantas con tela de tartán, intuían que con los colores de su clan, se
las tendió.
Ambas se envolvieron con rapidez en ellas y miraron al hombre que
les sonreía de medio lado. Era muy atractivo y sus ojos grises brillaban con
diversión.
―Muchas gracias ―le dijo Prue, mirándole de reojo, cohibida.
―Es un placer, señorita ―respondió el hombre, que poseía una
seductora voz, dedicándole una ligera inclinación de cabeza.
La muchacha morena se sonrojó y bajó los ojos al suelo.
―Imagino que sois los escoceses a los que esperábamos ―intervino
Willow, captando la atención del hombre, que recorrió su cuerpo con la
mirada.
―Así es, aunque he de reconocer que no esperaba tan grato
recibimiento.
―Por Dios ―jadeó Prue, cada vez más colorada. Casi parecía que
estaba a punto de explotar.
Willow, por su parte, alzó el mentón y le sostuvo la mirada.
¿Sería aquel el demonio escocés del que su padre habló? Su aire de
superioridad y la forma en la que el resto de guerreros se mantenían en un
segundo plano le hacía pensar que era muy probable que así fuera.
―Si nos disculpáis, señor…
―MacFarlane.
―Señor MacFarlane ―asintió.
―Santa madre de Dios ―oyeron exclamar a su padre, que salía de
forma apresurada de la casa tras haberlas visto por la ventana de aquella
guisa―. Lamento la indumentaria de mi hija y mi sobrina, ambas son un
poco… inoportunas. ―Las fulminó con la mirada.
―¿De veras? ―preguntó Ramsay, con una ceja enarcada.
―Si bien os aseguro que en realidad son muy correctas y comedidas
―mintió con descaro―. Por favor, muchachas, id a vuestra alcoba y
arreglaos como es debido.
Willow asintió y comenzó a alejarse como le ordenó su padre.
Prudence, sin embargo, echó una última mirada al highlander, que le guiñó
un ojo, divertido.
―Prue, vamos ―la llamó su prima.
―Sí, voy ―se apresuró a responder.
―Ha sido un placer conocerla, señorita ―le aseguró Ramsay,
sonriendo al ver como aquella bonita morena salía huyendo.
―Disculpe a mis niñas, están acostumbradas a que no tengamos
demasiadas visitas por aquí ―las justificó Alfred―. Aunque debe saber
que son unas jóvenes adorables y encantadoras, laird…
―MacFarlane ―volvió a presentarse―. Ramsay MacFarlane.
Alfred asintió con la cabeza y miró en derredor.
―¿Habéis venido solo?
―Mi amigo, el laird Buchanan, tiene que llegar de un momento a
otro. ―Escuchó los cascos de un caballo acercándose―. De hecho, creo
que ya está aquí.
Alfred se quedó mirando la llegada de aquel highlander, al que tanto
escoceses como ingleses temían a partes iguales, y no era para menos,
porque la imagen de aquel gigante moreno de expresión salvaje subido a
lomos de un caballo negro, que parecía tan poderoso como él, hizo que al
lord inglés se le pusiera la piel de gallina.
Broc detuvo al semental a escasos pasos de aquel hombrecillo que le
miraba como si estuviera a punto de desmayarse y desmontó de un salto,
frunciendo el ceño al pensar si su hija se parecería a él.
―¿Sois lord Dankworth? ―inquirió de sopetón, con aquel vozarrón
que poseía.
―S… S… ―a Alfred no le salían las palabras solo de imaginarse a
su hija casada con aquel aterrador highlander.
―Creo que quiere decir que sí ―respondió Ramsay por él, con una
divertida sonrisa ladeada dibujada en su atractivo rostro.
Broc soltó un gruñido por lo bajo.
Ya podía visualizar a su futura esposa con los ojos castaños y
asustados de lord Dankworth y tartamudeando como una niña atemorizada
ante su presencia. Ese enlace sería un desastre sin lugar a dudas.

―No parece tan aterrador como lo pintaban ―comentó Willow


cuando entraron a la alcoba―. Resulta hasta atractivo.
―¿Cómo dices? ―le preguntó su prima, que aún estaba aturdida a
causa del atractivo de aquel escocés que acababan de conocer.
―Mi futuro prometido ―le aclaró Willow.
Prudence parpadeó varias veces.
―¿Crees que el hombre al que acabamos de conocer es el demonio
escocés del que habló tu padre?
No podía ser verdad.
―¿Quién si no? ―Se encogió de hombros―. ¿Has visto la autoridad
con la que se mostraba ante sus hombres?
―Oh… ―Se retorció las manos con nerviosismo―. La verdad es
que, ahora que lo dices, tiene sentido.
Willow se volvió a mirarla al percibir su tono de decepción.
―¿Sucede algo, Prue?
―No, nada ―se apresuró a negar, fingiendo una sonrisa.
Will se puso en jarras.
―¿De verdad pretendes mentirme? ¿A mí? ―Se acercó más a ella y
la tomó por los hombros―. Soy yo y te conozco lo suficiente para saber
que algo te ocurre. ¿Es por el desconocido de abajo? ¿Es eso? Te gusta,
¿verdad?
Prudence, avergonzada, se pasó las manos por el pelo, dándole la
espalda.
―Hay, Dios, Will, lo siento ―se disculpó―. No pensé que podría ser
tu prometido hasta que lo has mencionado.
―No me pidas disculpas. ―La tomó del brazo y la giró hacia ella―.
Tú eres para mí mucho más importante que cualquier hombre y es la
primera vez que te veo interesada por uno, así que, si ese demonio te gusta,
trataré de hacer lo que sea para que se case contigo y no conmigo, ¿de
acuerdo?
―Will, no conoces al laird que el rey escogió para mí. Quizá es un
ser repulsivo que te horroriza.
―Confía en mí, Prue. ―La tomó de las manos y se las apretó con
afecto―. Haría cualquier sacrificio si con él consigo tu felicidad, no
tenemos por qué ser las dos infelices, ¿no crees?
Ambas se abrazaron. Willow con una sonrisa cariñosa y Prudence al
borde de las lágrimas, emocionada por el gesto de su prima.
―¿Aún estáis así? ―las regañó Eliza, irrumpiendo en el cuarto―. La
que me habéis liado por escaparos, par de pillas.
Les comenzó a dar suaves manotazos, haciendo que las dos
muchachas comenzaran a correr y a soltar risitas divertidas.

Los dos highlanders conocieron a Florence Cock, la hermana de lord


Dankworth y la madre de la futura esposa de Ramsay.
Era una mujer atractiva para su edad y la verdad es que se mostraba
menos nerviosa y temerosa que su hermano, que no dejaba de lanzarles
miradas de reojo.
La mujer, haciendo gala de sus dotes de buena anfitriona, les ofreció
un té y les dio conversación, pese a que el único que la siguiera fuera
Ramsay. Broc se limitaba a permanecer en una esquina del elegante salón,
mirando por la ventana y pensado en la joven de cabello dorado que
encontró en el lago.
¿Quién sería? Lo más probable es que alguna de las sirvientas que
trabajaban en la residencia Dankworth.
―Hombre, por fin aparecéis ―dijo la señora Cock al ver hacer acto
de presencia a su hija y a su sobrina en el salón.
Broc se volvió hacia la entrada esperando lo peor, no obstante, se
quedó de piedra al ver a las jóvenes que nadaban desnudas en las cristalinas
aguas del lago ataviadas con elegantes y pomposos vestidos.
―Un placer conocerle formalmente, señor ―dijo Willow, haciendo
una elegante reverencia hacia Ramsay―. Lamento si antes le hemos dado
una mala impresión.
El laird MacFarlane contuvo la risa.
―Lo cierto es que la impresión ha sido inmejorable, os lo aseguro.
Willow le sostuvo la mirada, como si aquella insinuación a su
atrevida indumentaria no le afectase lo más mínimo, mientras que Prudence
se puso roja al instante, cosa que agradó a Ramsay. La timidez de aquella
joven le resultaba encantadora y refrescante.
Alfred se acercó a las muchachas.
―Hija, quisiera presentarte…
―Sí, ya sé quién es ―le interrumpió―. El guerrero conocido como
el demonio escocés y mi futuro esposo, ¿no es cierto?
―Willow… ―trató de hablar su padre de nuevo.
―Sin embargo, señor, no puedo casarme con vos ―le cortó de
nuevo.
―¿No podéis? ―indagó Ramsay, que parecía divertirse con aquella
afirmación.
―No ―respondió de forma contundente―. Porque por mucho que
mi rey y el vuestro hayan ordenado que así debe ser, mi prima es mucho
más importante para mí que ninguno de los dos.
―¡Willow! ―exclamaron Alfred y Florence al unísono,
escandalizados por aquella afirmación.
―Will, ¿qué haces? ―preguntó Prue tras ella, a cada instante más
cohibida.
―Pese a que sois un hombre muy atractivo, eso no puedo negarlo, yo
no he sentido nada por vos al veros, pero mi prima sí ―continuó diciendo,
ignorando a todo el mundo y centrada en lo que pretendía decir―. Así que
creo que lo mejor sería un enlace entre los dos. ¿Qué mejor para iniciar un
matrimonio que la atracción mutua? Porque os sentís atraído por Prue,
¿verdad? He podido ver como la miráis.
Ramsay se cruzó de brazos y enarcó las cejas.
―Si he de ser sincero, siempre me han gustado las morenas
―confesó, guiñándole un ojo a Prudence, que le sonrió con timidez.
Willow, satisfecha, se mordió el labio inferior para contener una
sonrisa triunfante.
―Entonces está todo en orden. ―Cogió la mano de su prima―. Es
un alivio haberle conocido, sois mucho más encantador de lo que
esperábamos. Tras los rumores que oí sobre vos, creí que seríais un hombre
aterrador. Qué menos, después de saber que le llaman el demonio escocés.
―Soltó una risita a la que Prue se unió.
―Bueno, respecto a eso ―intervino el highlander que tenían frente a
ellas―. Mi nombre es Ramsay MacFarlane y en mi vida me han llamado
muchas cosas, pero ninguna de ellas es demonio.
La joven rubia frunció el ceño.
―Entonces…
―Es lo que pretendía decirte, hija, antes de que me cortaras
―intercedió Alfred―. Este es el prometido de tu prima, no el tuyo.
―¿Así que mi discurso no hacía falta?
―La verdad es que no, cariño ―terció Florence, con diversión.
―¿Y mi prometido aún no ha llegado?
―Claro que he llegado ―tras aquella afirmación que llegó desde una
de las esquinas del salón, la atención de las jóvenes se centró en el enorme
hombre moreno que avanzó hacia ellas con paso decidido.
El corazón de Willow comenzó a latir acelerado al reconocer al
desconocido que las espió cuando nadaban en el lago.
¿Aquel era su prometido? ¿El salteador de caminos?
La intensa y oscura mirada del escocés se clavaba en sus ojos azules,
como atravesándola, cosa que la hizo sentir incómoda.
―¡Vos! ―le acusó, enfadada―. ¿Cómo os atrevéis a pisar mi casa
después del modo en que nos asaltasteis en el lago?
―¿Cómo? ―inquirió Alfred, poniéndose nervioso―. ¿Os asaltó?
―¡Por supuesto! ―afirmó Willow.
―¡Claro que no! ―se indignó Broc.
―¿Prudence? ―Florence apremió a su hija para que aclarara las
cosas.
―Bueno, la verdad es que no se le puede llamar asalto ―puntualizó,
ganándose una mirada enfurruñada de su prima―. Aunque nos estuvo
espiando mientras nadábamos.
―Ahí lo tenéis ―se jacto Willow, alzando el mentón.
―En primer lugar, no os espié, tan solo pasaba por allí y no pude
evitar que mis ojos se desviaran hacia dos mujeres que nadaban como su
madre las trajo al mundo ―declaró, cruzándose de brazos―. Y, en segundo
lugar, si en realidad hubiera sido el tipo de hombre que estáis pintando, lady
Dankworth, sin duda sí que las hubiera asaltado.
Willow apretó los puños.
―Lo siento, padre, pero no pienso casarme con este… hombre
―pronunció esta última palabra con desprecio.
―Me parece una idea excelente, porque el simple hecho de
imaginarme casado con una mujer como vos sí que me hace pensar en el
mismo infierno y ya he estado demasiadas veces en él como para querer
volver.
―Me alegro que estemos de acuerdo en algo ―sentenció la joven,
dispuesta a decir la última palabra.
Capítulo 4

Willow, tumbada en su cama, pensaba en el discurso que le había soltado


su padre sobre la responsabilidad, que el rey podría tomarse como una
ofensa sus palabras, la mala impresión que le dio a su futuro esposo…
Y ella era consciente de todo eso, pese a no poder evitar ponerse a la
defensiva cuando lo vio, y no por el absurdo motivo que soltó sobre que las
asaltó en el lago, ya que sabía que no fue así del todo y que la situación se
pudo complicar si él así lo hubiera querido.
La cuestión era que ese hombre le daba miedo y era un sentimiento
que Willow no estaba acostumbrada a experimentar y no le gustaba en
absoluto.
¿Por qué se le erizaba la piel solo con que los ojos de aquel
highlander se posaran sobre ella de aquella forma tan intensa?
Hubiera sido más sencillo que su prometido hubiera sido Ramsay
MacFarlane, o alguien parecido a él. Ese tipo de hombres guapos y
encantadores a ella no le causaban ningún tipo de impresión. Sebastian era
así, y le gustaba, pero no le hacía experimentar aquellos sentimientos de
desasosiego que Broc Buchanan le provocaba.
De mala gana de destapó y se sentó sobre el lecho. Prudence dormía
de manera apacible y Will sonrió. Sabía que su prima estaba satisfecha con
la idea de ser la esposa del laird de los MacFarlane. Se alegraba por ella.
Acercándose, la arropó más.
Después cogió su precioso chal de lana, se envolvió en él y salió del
cuarto con sigilo.
Bajó las escaleras de la silenciosa casa que había sido su hogar
durante toda su vida y que era consciente de que, dentro de poco, tendría
que abandonar, cosa que le causaba una profunda tristeza.
Sentía que le faltaba el aire, por lo que salió fuera y se quedó de
piedra al ver a los guerreros escoceses durmiendo al raso en aquella fría
noche de primavera.
¿No aceptaron el ofrecimiento de su padre de ocupar las habitaciones
de invitados? La residencia Dankworth era enorme, por lo que hubiera
podido albergar a aquellos hombres sin problemas.
―No pueden evitar ser unos salvajes ―murmuró para sí misma.
―¿Qué sabéis de nosotros para juzgarnos con tanta ligereza?
Willow dio un respingo cuando la voz de Broc la sorprendió.
Estaba oculto entre las sombras, sentado en el suelo, con la espalda
apoyada contra la pared de piedra de la casa y una pierna flexionada en
donde apoyaba uno de sus musculosos brazos. La luz de la luna llena se
reflejaba en sus masculinas facciones, dándole un aspecto aún más
amenazador.
―Sé lo que todo el mundo dice de vosotros, no me hace falta más
―respondió alzando el mentón.
Había sonado un tanto estirada, lo sabía, sin embargo no podía evitar
ponerse a la defensiva a causa del temor que aquel hombre despertaba en
ella.
―¿Así que unos cuantos rumores son suficientes para vos, lady
Dankworth? ¿Sois ese tipo de mujer?
―¿A que os referís con ese tipo de mujer? ―Dio un par de pasos
más hacia él con el ceño fruncido.
Broc, con agilidad, se puso en pie y, aunque no lo demostró, Willow
se sintió amedrentada por su corpulencia. Aquel highlander era una mole de
puro músculo.
―A las mujeres que se creen que por tener un padre con título son
superiores al resto de los mortales. Me parece que las inglesas sois muy
dadas a este tipo de comportamientos.
La joven apretó los dientes y respiró hondo.
―No me conocéis en absoluto, lord Buchanan, si no, sabríais que no
soy nada materialista o superficial.
―Por supuesto ―ironizó, dándole la espalda para alejarse de ella.
―¡Yo también podría deciros lo que pienso de vos! ―exclamó en un
impulso―. Sin embargo, por respeto, me lo callaré.
Volviéndose de nuevo, clavó sus oscuros ojos en los azules de la
joven, fulminándola.
―Sorprendedme, lady Dankworth. ―Enarcó una ceja―. Decidme
como soy. Ilustradme.
En un arrebato, azuzada por la rabia que sentía al percibir que aquel
escocés palurdo se sentía moralmente superior a ella, no se contuvo.
―Sois un sádico sin sentimientos, que no dudáis en arrebatar cuantas
vidas se crucen en vuestro camino si con ello conseguís los propósitos que
tengáis, sean cuales sean. El tipo de hombre que vive para la guerra y para
quemar pueblos enteros, sin importaros cuanta muerte y desolación dejéis a
vuestro paso. No olvido que os llaman el demonio escocés por algo, ¿no es
así? ―sonrió de manera sarcástica―. El último hombre con el que me
gustaría relacionarme.
Broc sintió como si le acabaran de clavar un puñal al rojo vivo, pese a
que no lo demostró, pues mantuvo la misma pétrea expresión que le
caracterizaba.
¿Había matado a gente? Por supuesto que sí, en eso consistía la
guerra, pero nunca a mujeres o niños. ¿Era un guerrero fiero y temible?
También, aunque no el monstruo sin sentimientos que todos describían.
―En ese caso, os aconsejo no salir a pasear a solas de noche, podría
ser peligroso.
¿Peligroso? ¿La estaba amenazando? Sin duda sonaba a eso.
Tragando con dificultad, le echó una última mirada antes de salir
huyendo.
Broc se quedó observándola mientras se alejaba y pensado en lo
complicado que sería tener a esa temperamental mujer como esposa.
Complicado y excitante al mismo tiempo.
―¿Qué le has hecho a la pobre inglesita para que se vaya corriendo
como un conejito asustado? ―le preguntó Ramsay, que lo había escuchado
todo, acercándose a él.
―Parece ser que, como todos, teme al demonio escocés ―comentó
sin ningún tipo de emoción reflejada en su tono de voz.
―No puedes culparla por ello, las habladurías son muy poderosas,
sobre todo en la mente de una jovencita que no se ha alejado de su padre y
no ha conocido mundo ―la justificó su amigo.
Lo entendía. ¡Claro que lo entendía!
Pensó en Bonnie y en el modo que le afectarían esos rumores cuando
fuera un poco más mayor. ¿Acabaría creyéndose también que su padre era
un asesino despiadado? Quizá, si no la hubiera tenido a ella, eso habría
acabado ocurriendo en realidad tras la muerte de Lorraine, no obstante, su
hija le mantuvo a flote, impidiéndole que desterrara del todo los
sentimientos de su persona, aunque en cierto modo, sí murió una parte de
él.

Willow llegó a la habitación con la respiración entrecortada a causa


de la velocidad a la que subió las escaleras.
Le dio miedo el modo de mirarla y de pronunciar aquella frase, pese a
que se maldijera a sí misma por demostrarle que podía afectarle de ese
modo.
―¿De dónde vienes? ―preguntó Prue, con voz somnolienta.
Willow dio un respingo y se llevó la mano al pecho.
―Dios mío, ¡me has asustado!
―Lo siento ―se disculpó, sentándose en la cama y restregándose los
ojos. Miró el chal que su prima llevaba sobre los hombros―. ¿Has salido a
fuera?
―Fui a beber un poco de agua ―mintió. No tenía ganas de hablar de
su encontronazo con su supuesto prometido.
―¿Por qué no tratas de dormir? Te hará bien.
―Lo he intentado, pero me ha sido imposible ―reconoció,
acercándose a la ventana para mirar hacia donde los guerreros escoceses
descansaban.
Justo en ese momento, una silueta muy alta apareció en su campo de
visión, y por el modo seguro y decido con el que se movía, supo a ciencia
cierta qué se trataba del laird Buchanan.
Como si hubiera intuido que le observaba, alzó sus oscuros ojos y los
clavó en ella con la misma intensidad que hacía unos segundos.
Se apartó de la ventana de sopetón, pegándose a la pared. ¿Cómo iba
a cumplir con su cometido de casarse con él si ni siquiera era capaz de
aguantar que la mirara?
―¿Me dejarías dormir contigo esta noche? ―le pidió a su prima.
―Por supuesto, Will. Ven. ―Apartó las mantas para que se
acomodara junto a ella.
Willow se acurrucó a su lado, como tantas veces hicieron a lo largo
de su vida.
Suspiró y pegó la frente a la de Prudence.
―No puedo imaginarme viviendo en otro lugar que no sea este
―reconoció con tristeza.
―Me pasa igual ―le aseguró Prue, abrazándola.
―Por suerte, estaremos juntas.
―Siempre juntas.
―Para la eternidad ―Willow finalizó aquel lema que las
acompañaba desde pequeñas, pues la una siempre fue el lugar seguro donde
la otra pudiera refugiarse.
Capítulo 5

El padre Smith llegó de buena mañana a la residencia Dankworth y, como


siempre, Florence le recibió con calidez, sirviéndole el pastel de limón que
sabía que tanto le gustaba.
Alfred, sin embargo, pidió a Broc y Ramsay que se reunieran con él,
para poder charlar con ambos por última vez antes de entregarles las manos
de sus niñas.
Los dos highlanders entraron en la sala y el barón les pidió que
cerraran la puerta para que nadie pudiera oírlos. Tras hacerlo, tomaron
asiento.
―Me alegro de que hayáis aceptado reuniros conmigo ―comenzó a
decir Alfred, aflojando su corbatín, ya que un calor repentino comenzó a
subirle por la espalda―. Es necesario para mí estar seguro de que cuidareis
de mis preciosas niñas. Ellas son lo mejor de mi vida, renunciaría a todo lo
que tengo si supiera que con ello les garantizo la felicidad.
Broc lo miraba a los ojos y lo comprendía. Él también experimentaría
esa clase de miedos si se tratara de Bonnie. Ellos eran dos desconocidos que
se las llevarían a una tierra hostil para los ingleses, por no hablar de la
leyenda de demonio que él portaba a sus espaldas.
―No debéis preocuparos por nada, lord Dankworth ―le aseguró
Ramsay, con una sonrisa tranquilizadora dibujada en el rostro―. Ambas
jóvenes estarán seguras en nuestros respectivos clanes.
El hombrecillo inglés asintió y volvió sus castaños ojos hacia el laird
Buchanan con nerviosísimo y desconfianza.
Inclinando su cuerpo hacia delante, para estar un poco más cerca del
barón, le miró directamente a los ojos.
―Lord Dankworth, os aseguro que desde el momento en que vuestra
hija pase a ser mi esposa, la protegeré con mi propia vida si es necesario
―le aseguró con seriedad―. No puedo prometeros ofrecerle amor, no creo
ser capaz de ello, pero sí os doy mi palabra de que jamás le levantaré la
mano o utilizaré cualquier tipo de castigo físico contra ella. Será respetada
por mi gente y no le faltará nunca comida o agua que llevarse a la boca,
podéis confiar en mí.
Alfred veía sinceridad en los oscuros ojos del highlander, así que
asintió, sintiéndose un poco más tranquilo tras aquella conversación.
―Os agradezco que hayáis acallado mis temores, caballeros ―les
dijo Alfred, poniéndose en pie y haciendo una leve reverencia con la
cabeza―. Si ambos no tenéis nada más que decirme a mí, sugiero que no
hagamos esperar más a las dos jovencitas que pronto se convertirán en
vuestras esposas.

Broc se encontraba frente al altar de la acogedora ermita que estaba


en las tierras de los Dankworth. Sentía su sangre correr a toda velocidad por
sus venas y parecía como si le fuese complicado llevar aire a sus pulmones.
Conocía aquella sensación, era la misma que experimentaba cuando estaba
a punto de comenzar una batalla.
Miró a Ramsay, que permanecía a su lado sonriendo, y parecía de lo
más relajado. En realidad, jamás le había visto perder la calma. Ojalá él
pudiera decir lo mismo.
Cuando ambas muchachas traspasaron la puerta, fue como si Broc
perdiera la capacidad de razonar.
―Al final va a resultar que estar casados con un par de inglesas no va
a ser tan horrible como imaginábamos, amigo ―comentó Ramsay, sin
apartar los ojos de aquella morena de mejillas sonrojadas.
Sin embargo, Broc no le escuchó. Su atención solo se centraba en la
preciosa joven de cabello dorado y la mirada más azul que jamás hubiera
visto. Y esos mismos ojos, mientras avanzaba por el pasillo agarrada de uno
de los brazos de su padre ―del otro iba su prima―, se centraban en él,
aunque no sabía si denotaban emoción o enfado.
El precioso vestido azul con adornos plateados que lucía hacía que su
piel se viera aún más blanca y destacaba sus rosados y carnosos labios, los
cuales Broc sintió unas tremendas ganas de besar.
¿Qué le estaba sucediendo con aquella inglesa?
Frunció aún más el ceño y Willow creyó que aquel hombre estaba
muy decepcionado por tener que casarse con ella. Tampoco es que fuera el
sueño de su vida casarse con un desconocido que, para remate, era un
sanguinario escocés, aunque por lo menos se esforzaba por aparentar que no
iba a traspasar la puerta del infierno.
Cuando Alfred se detuvo junto a su hija y su sobrina frente al padre
Smith, depositó un beso en la mejilla de cada una de ellas y entregó sus
manos a los que dentro de pocos minutos serían sus esposos.
En cuanto las manos de Willow y Broc se tocaron, fue como si dentro
de ellos se encendiera de repente una llama, que calentó de forma inmediata
sus cuerpos.
La joven entreabrió sus labios y dejó escapar un suave suspiro y el
highlander clavó sus ojos en esa boca tan apetecible, que tuvo que
contenerse para no asaltar.
Por su parte, Ramsay sonrió ampliamente a Prudence y le dijo que
estaba preciosa con el vestido en tonos verdes que lucía, a lo que ella
respondió sonrojándose y dedicándole una tímida caída de ojos.
El padre Smith comenzó la homilía, que para Willow fue eterna.
Quería poder apartar su mano de la de aquel escocés al que no se atrevía a
mirar y que parecía quemarle la piel.
Cuando llegó el momento de besarse, el más temido por Will, se
volvió hacía su esposo con la respiración acelerada. Este continuaba serio y
sus oscuros ojos se clavaron en ella, dándole la sensación de que podía leer
sus pensamientos. Su cabeza descendió con lentitud y Willow cerró los
parpados para recibir el primer beso de su vida. Notó sus labios suaves, al
contrario de lo que esperaba de un hombre de aspecto tan aterrador, y para
su sorpresa, disfrutó de aquel íntimo contacto.
De manera inconsciente, Willow se pegó más al duro cuerpo del
escocés y ese fue el momento en que Broc, tomándola por los hombros, la
apartó de él de forma abrupta. Soltó un gruñido bajo y desvió sus ojos,
como si el simple hecho de mirarla le resultara desagradable.
Sin embargo, Ramsay sostenía el rostro de Prue entre sus manos y
cuando sus labios se despegaron, la pareja se quedó mirándose como si
fueran un par de auténticos enamorados.
―Cambiaos de ropa ―les ordenó de repente Broc, saliendo con paso
apresurado de la ermita.
―¿Cambiarnos de ropa? ―se extrañó Willow, que, subiéndose un
poco las faldas, se apresuró a seguirle―. ¿Acaso no os han gustado
nuestros vestidos? Porque quiero que sepáis que están fabricados con sedas
de la mejor calidad.
―No me importa si son de seda o de esparto, pero no creo que sea la
vestimenta apropiada para cabalgar largas distancias ―respondió, sin
detenerse si quiera.
―¿Cabalgar?
―¿Vais a repetir todo lo que digo? ―Se volvió hacia ella con las
manos en las caderas y el ceño profundamente fruncido.
―¿Y vos vais a ser más claro? ―refutó ella, imitando su postura.
―Creo haber sido lo suficientemente claro ―contestó, enarcando una
de sus negras cejas―. Partimos en este mismo instante hacia Escocia.
―¿Ahora mismo?
Broc puso los ojos en blanco cuando la joven volvió a repetir sus
palabras.
―Creemos que será lo mejor, ya que los escoces no somos muy
bienvenidos por estas tierras, prima ―habló Ramsay, sin perder su eterna
sonrisa seductora.
―¿Acaso las inglesas lo somos en las tierras altas? ―ironizó Willow,
alzando una de sus perfectas cejas.
―No permitiremos que nadie os ofenda u os haga daño ―aseveró
Broc, con más vehemencia de la necesaria.
Will estudió su expresión sombría y pudo captar en sus ojos un brillo
de dolor. ¿A qué venía aquella actitud?
Al percatarse de cómo la joven escrutaba su rostro, el highlander
ladeó la cabeza.
―No me hagáis perder más tiempo, esposa, y haced lo que acabo de
ordenaros ―le dijo con más brusquedad de la que le hubiera gustado, pero
al asegurar que no permitiría que nadie la dañara, hizo que a su cabeza
acudieran imágenes de Lorraine muerta sobre la hierba.
¿Cómo podía prometerle protección si en el pasado no pudo hacerlo
con su primera esposa?
Willow, molesta, apretó los dientes y le fulminó con la mirada.
―Lo que vos ordenéis, mi señor ―contestó con rabia antes de entrar
en la casa con paso airado.
―Trataremos de no tardar demasiado ―les dijo Prue antes de correr
tras su prima.
―¿No podías haber tenido un poco más de tacto? ―inquirió Ramsay
en tono divertido.
―El tacto no es una de mis cualidades ―repuso Broc, acercándose a
sus guerreros y ordenándoles que comenzaran a preparar a los caballos.
Quizá, si volvía a su clan, aquellas sensaciones que Willow
despertaba en él desaparecieran. Al menos, tenía esa esperanza.

Un par de horas después, Willow y Prudence ya tenían preparado un


gran baúl, donde guardaron la mayoría de sus pertenencias. Alfred les
prometió que les llevaría el resto de sus cosas en cuanto fuera a visitarlas.
Eliza sollozaba en una de las esquinas del cuarto, de espaldas a las
muchachas, tratando de disimular lo angustiada que se sentía por su marcha.
―Vamos, no llores ―le suplicó Will acercándose a ella y
abrazándola por detrás.
―No lloro ―respondió con la voz entrecortada.
―¿Cuántas veces nos has dicho que no digamos mentiras? ―le
recordó Prue, imitando a su prima y uniéndose a su afectuoso abrazo.
―Vas a echarnos de menos, confiesa ―le pidió Willow, besándola en
la mejilla.
―Sois un par de pillas, pero por supuesto que os echaré de menos
―manifestó, secándose las lágrimas con el dorso de la mano―. Os he visto
crecer, sois mis niñas.
Prudence no pudo evitar echarse a llorar también, mientras que
Willow soltó una risita.
―Siempre puedes venirte con nosotras.
―Si no fuera por mi hija y mis nietos, con gusto lo haría, creedme.
―De todos modos, tienes que venir de visita, ¿de acuerdo? ―insistió
Will.
―Lo intentaré ―les prometió―. Y venga, dejémonos de tantos
sentimentalismos e id a reuniros con vuestros esposos.
Cuando salieron de la alcoba, Prue era un mar de lágrimas, mientras
que su prima trataba de contener las suyas, sin embargo, en cuanto se
cruzaron con Alfred y Florence, su contención se vino abajo y con un
sollozo, se lanzó a los brazos de su padre, que la apretó contra él con afecto.
―No quiero marcharme ―declaró la joven―. No quiero alejarme de
vosotros.
―Nosotros no queremos dejar de teneros cerca, pero la vida es así,
mi preciosa niña ―le dijo Alfred con la voz entrecortada―. Ahora es
vuestro momento de formar una familia.
―Una familia en Escocia ―se lamentó.
―Estoy segura de que seréis felices ―comentó su tía, acercándose a
ellos con Prudence cogida por los hombros.
―Eso espero, madre ―respondió Prue, besándola en la mejilla.
―He podido ver cómo te mira el laird MacFarlane, estoy convencida
de que lo vuestro se va a convertir en una preciosa historia de amor ―le
aseguró su madre.
―Ojalá sea cierto ―repuso su hija con una mirada ilusionada.
Era verdad, Willow también podía ver la complicidad que existía
entre su prima y Ramsay MacFarlane, y estaba feliz por ella.
Sin embargo, también era consciente de lo diferente que se presentaba
el futuro para sí misma. El temor que le despertaba su reciente esposo
impediría que algún día fuera capaz de amarlo.
¿Eso la convertiría en una mujer infeliz? Quizá si tuviera hijos podría
centrarse en ellos y olvidarse de su sueño de tener un matrimonio basado en
el amor, como el que tuvieron sus padres.
La tristeza oprimió su pecho. Debía dejar atrás sus sueños, su familia
y su felicidad por seguir a un demonio escocés que la miraba de una forma
que la intimidaba y la hacía sentir incómoda. Peor no podía ir la cosa.
Capítulo 6

Ya cabalgaban de camino dejando Inglaterra atrás y ambas jóvenes se


sentían tristes y, en cierta manera, también asustadas por lo que se
encontrarían al llegar a Escocia y sus nuevos hogares.
¿Cómo dirigiría a su clan ese hombre imponente que ahora era su
esposo y que no la había vuelto a mirar desde el momento en que le ordenó
que se preparara para partir?
Dirigió los ojos hacia su ancha espalda, que se mantenía erguida pese
al ágil galope de su enorme caballo, tan negro como su propio pelo. Sin
duda, formaban un tándem que despertaba bastante temor.
―¿Estáis cómodas, señoras? ―les preguntó Ramsay, acercando su
montura a la de ellas.
―Cómoda no es la palabra que yo usaría ―respondió Prue haciendo
una mueca de dolor, pues sentía doloridas sus posaderas por la falta de
costumbre a cabalgar distancias tan largas.
El highlander soltó una carcajada que hizo que el corazón de su
esposa diera un vuelco, por lo que se sonrojó.
―¿Y vos, Willow?
La aludida volvió su rostro para mirarle de frente.
―Yo estoy bien. ―Se sentía tan incómoda como su prima, pese a que
no tenía intención de mostrar sus debilidades ante aquellos escoceses―. Y
podéis tutearme, si os parece bien.
―Siempre que vosotras hagáis lo mismo conmigo ―le guiñó el ojo a
su esposa, que emitió una risita cantarina.
―Me encantaría tutearte…, Ramsay ―era la primera vez que
pronunciaba su nombre y le gustó la sensación que le producía aquella
intimidad entre ellos.
―Lo mismo digo, Prudence.
Will se quedó mirando a su prima, que parecía rebosante de felicidad,
por lo que aceleró un poco el paso de su preciosa yegua blanca para darles
un poco de intimidad.
―Parecen muy enamorados.
Se sobresaltó un poco cuando un joven guerrero se dirigió a ella.
―¿Cómo has dicho?
―Ramsay y su esposa ―le aclaró―. Parecen muy enamorados.
―Ah, sí ―dijo de forma escueta.
―No os preocupéis, señora, nuestro laird es un buen hombre, pese a
lo que las habladurías digan sobre él ―le aseguró el muchacho―. Mi
nombre es Ellar y estoy a vuestro servicio. ―Le dedicó una leve inclinación
de cabeza, acompañada de una agradable sonrisa de blancos dientes.
Era atractivo, pese a que parecía bastante joven, su cabello castaño
con reflejos dorados le llegaba a la altura de los hombros y poseía unos
cálidos ojos marrones que le causaron una simpatía instantánea. Parecía el
único entre aquella panda de salvajes, aparte de Ramsay, que no la miraba
con animadversión.
―Sois muy amable, Ellar. ―Le devolvió la sonrisa―. Y no me
llaméis señora, me hace parecer vieja.
El muchacho rio.
―¿Os puedo llamar Willow entonces?
―Os lo agradecería, la verdad. En mi casa todos los sirvientes me
trataban con cercanía ―emitió un suspiro triste.
―Si eso te hace sentir mejor, me gustaría hacer lo mismo ―la tuteó.
Definitivamente, Ellar le caía muy bien.
―¿Qué voy a encontrarme cuando llegue a vuestro clan?
―Muchos escoceses ―bromeó el muchacho, haciéndola reír.
―Eso ya lo tenía claro, pero ¿escoceses furiosos porque una inglesa
sea la mujer de su laird?
―Digamos que hubieran preferido que Broc volviera a casarse con
una mujer de las tierras altas, eso no puedo negártelo.
Willow frunció el ceño.
―¿Volviera? ―inquirió con interés, recordando lo que escuchó decir
a su padre.
―Vaya, creo que he hablado más de la cuenta.
―No, no te preocupes, ya escuché alguna habladuría acerca de ello,
de todos modos, me gustaría saber si ya hace mucho que es viudo.
―Sí, ya hace varios años ―respondió Ellar.
―¿Y qué ocurrió con su anterior esposa? ―Sabía lo que le oyó decir
a su padre, pero le resultaba interesante ver qué decían los allegados a él.
―Creo que me estoy metiendo en un asunto que no me pertenece.
―Ellar…
―Willow, sé que soy un gran conversador, pero no quiero acabar con
la espalda molida a latigazos por irme de la lengua e intuyo que eres una
mujer inteligente, que sabrás que te sirvo más vivo que muerto. ―Hizo una
mueca graciosa―. Y te confesaré que espero encontrar a una muchacha que
acepte a un pobre diablo como yo algún día por esposo, así que mi boca
está sellada. Si quieres saber más, deberás hablar con tu esposo.
Will bufó.
―No es sencillo hablar con él. La verdad es que no es el mejor
conversador que he conocido. ―Puso los ojos en blanco.
Ellar rio.
―Es serio, aunque le confiaría mi vida.
―¿Y la vida de una inglesa? ―Enarcó una de sus doradas cejas.
―Sobre todo la vida de una inglesa hermosa. ―sonrió de medio lado,
mostrándole de nuevo sus blancos dientes.
Willow no pudo evitar soltar una carcajada, contagiada por el buen
humor de aquel guerrero, que agradecía que le hubiera amenizado el
camino.

Broc se volvió cuando oyó la risa de su esposa y una sonrisa se


instaló en sus labios. Estaba aún más hermosa cuando reía de aquella
manera tan relajada, cosa que ya parecía imposible de por sí.
―Vaya, vaya, menuda novedad ―comentó Ramsay con sarcasmo―.
¿Eso ha sido una sonrisa? No recuerdo la última vez que te vi esbozar una.
Broc carraspeó y volvió a componer su expresión seria y su ceño
fruncido.
―¿Querías algo? ―le preguntó de mala gana.
―¿Se puede saber por qué es Ellar el que está hablando con tu esposa
en vez de hacerlo tú?
Volvió a mirarla de reojo y se encogió de hombros.
―¿Qué pasa? Yo no tengo nada que decirle.
―¿No tienes nada que decirle a tu mujer? ―Alzó una ceja, burlón.
―No, ahora mismo no tengo nada que decirle ―insistió, acelerando
el paso de su caballo para no seguir con aquella incómoda conversación.
Ramsay puso los ojos en blanco y suspiró.
―Deberíamos hacer un descanso.
―Aún es pronto, podemos cabalgar unas horas más.
―Nosotros sí, pero ¿qué hay de ellas? ―Señaló a las inglesas con la
cabeza.
―¿Ya están cansadas?
―Tu esposa asegura que no, aunque sospecho que miente, mientras
que la mía afirma tener las posaderas doloridas ―contuvo una risa.
―Pareces satisfecho con ella ―apuntó Broc, volviéndose a mirarle.
―Me resulta refrescante su inocencia ―confesó―. No abunda
mucho entre las mujeres que frecuento.
―¿Hasta cuándo? ―quiso saber―. Nunca te he visto interesado por
una mujer durante demasiado tiempo.
Ramsay se encogió de hombros.
―Quién sabe, amigo. Lo que importa es que ahora mismo estoy
deseando llegar a mi clan para poder disfrutar de ella.
―Sea como sea, recuerda que es tu esposa y no una de las rameras
con las que estás acostumbrado a retozar. Trátala con el respeto que se
merece.
―¿Acaso eres mi padre? ―repuso de forma irónica.
―No, aunque puedo darte una paliza si te veo siendo un malnacido
con una muchacha tan inocente.
Ramsay alzó las manos en el aire.
―Está bien, Broc ―concedió―. Menudo genio te gastas hoy.
Sin más que decir, le hizo una señal a sus hombres para que se
detuvieran.
―Ahora, dejemos que descansen un poco.
Capítulo 7

Se detuvieron en un claro donde tendieron un par de pieles para que las


cansadas jóvenes se acomodaran sobre ellas.
―Will, necesito hacer pipí ―le dijo Prue en un susurro, para que solo
ella pudiera oírla.
―Yo también ―confesó su prima―. Espera un momento.
Se alzó un poco las faldas y, decidida, se acercó a su reciente esposo y
le tocó varias veces con su dedo índice en la espalda para llamar su
atención.
Este se volvió hacia ella y por unos segundos pudo ver la sorpresa
reflejada en sus ojos antes de ocultarla bajo su ceño fruncido de siempre.
―¿Queríais algo?
Willow miró a los guerreros que estaban junto a él y que la
observaban con curiosidad y antipatía a partes iguales.
―¿Podríamos hablar a solas?
―No tengo secretos para mis guerreros, ni tiempo que perder con
nimiedades femeninas. ―No quería quedarse a solas con ella bajo ninguna
circunstancia, o al menos, lo atrasaría lo máximo que pudiera―. Si tenéis
algo que decirme, hacedlo ya.
Willow, furiosa por su actitud, apretó los labios.
―Siento haberos molestado. ―Forzó una sonrisa socarrona―. Como
bien habéis dicho, solo se trataban de nimiedades femeninas.
Sin más, se dio media vuelta y volvió junto a su prima.
―Vamos, alejémonos un poco y hagamos lo que tengamos que hacer.
―¿Se lo has dicho a tu esposo? ―le preguntó Prudence poniéndose
en pie y sacudiéndose las faldas.
―Lo he intentado, pero no parecía interesado en nada de lo que
tuviera que decirle. ―Se encogió de hombros y, tomando a su prima de la
mano, se adentró en el bosque.
―Quizá se preocupen si de repente no nos ven ―comentó Prue,
trastabillando tras Willow.
―Solo tardaremos unos minutos.
Pudo oír a Prudence suspirar, pese a que no dijo nada más.
Cuando estuvieron lo suficiente lejos se detuvieron.
―Creo que aquí estaremos tranquillas ―apuntó Will.
―Podemos orinar entre aquellos matorrales. ―señaló Prue,
encaminándose hacia allí seguida de su prima.
Ambas jóvenes se remangaron las faldas y procedieron a hacer sus
necesidades.
―Aún nos queda un largo camino por delante ―comentó Willow.
―Yo estoy agotada ―reconoció Prudence.
―Entonces prepárate para que mañana apenas puedas moverte
―rio―. ¿Recuerdas cuando nevó y nos tiramos todo el día deslizándonos
por la ladera? Cuando amaneció al día siguiente, casi no éramos capaces de
mover las piernas.
―Es verdad, parecían que nos clavaran alfileres a cada paso que
dábamos.
―Y mucho me temo que no será nada comparado con esto.
Las dos muchachas rieron divertidas.
―¡Auch! ―exclamó de pronto Prue.
―¿Qué ocurre? ―preguntó Will irguiéndose y bajándose las faldas.
―¿No sientes escozor en el trasero?
Ahora que lo decía, sí que sentía un repentino picor y escozor en las
posaderas.
―Puede que un poco ―reconoció, notando como la quemazón del
trasero y las piernas iba en aumento.
―¡Ay, Dios! ―chilló Prue―. Esto duele.
Sí, era cierto, cada vez estaban más molestas.
―¿Tengo algo? ―preguntó Prudence, alzándose las faldas y
mostrándole sus partes pudendas a su prima.
―Madre mía, parece que tengas las posaderas en carne viva ―dijo,
teniendo la certeza de que las suyas tendrían el mismo aspecto―. ¿Las misa
están igual?
―¿Qué demonios estáis haciendo? ―inquirió de repente Broc,
sorprendiéndolas.
Prudence, emitiendo un gritito, se apresuró a cubrirse el trasero,
sonrojándose hasta el punto de parecer capaz de estallar de un momento a
otro.
―¿Qué hacéis vos aquí? ―le recriminó Willow, tratando de
contenerse de rascarse de una manera muy poco elegante.
―Os vi escabulliros del campamento y decidí seguiros, lo que no
esperaba era encontraros con las posaderas al aire.
―¡Qué vergüenza! ―Prue se cubrió el rostro con ambas manos.
―No nos estábamos escabullendo ―protestó Will, removiéndose
muy incómoda debido a que cada vez sentía más escozor.
El escocés alzó una ceja y se cruzó de brazos.
―¿Qué? No me miréis así. ―Alzó el mentón―. Me acerqué a
deciros que necesitábamos un poco de intimidad para nuestras cosas, pero
me ignorasteis, así que decidí por mi cuenta.
Hizo una mueca de dolor, que a Broc no le pasó desapercibida.
―¿Se puede saber qué os ocurre? Por vuestras expresiones, parece
como si a las dos os hubiera picado un enjambre de abejas.
―No han sido abejas ―apostilló Prudence, palmeándose las piernas.
―No os preocupéis, estamos bien ―mintió Willow.
―No os creo ni por asomo ―repuso, aproximándose más a su
esposa―. Decidme la verdad.
Will miró a su prima de reojo, que parecía al borde de las lágrimas, y
no era para menos. El trasero cada vez les ardía más.
―Tenemos las posaderas rojas ―murmuró, bajando la mirada al
suelo y con los colores subiéndole a las mejillas.
―¿Cómo decís? ―insistió inclinándose más hacia ella, pues no fue
capaz de escucharla.
―Tenemos las posaderas coloradas ―susurró de nuevo.
―¿Cómo? ―era incapaz de oírla de tan bajito que hablaba.
―Nuestro trasero ―gritó al fin―. Se nos ha puesto rojo el trasero.
Broc abrió los ojos de par en par cuando asimiló lo que acababa de
decirle. Miró alrededor y cuando localizó lo que buscaba, no pudo evitar
sonreír.
―Ya veo.
―¿Ya veis? ―repitió, alzando una ceja.
―Os habéis puesto a hacer vuestras intimidades entre ortigas
―aclaró, conteniendo la risa.
―¿Ortigas? ―preguntó Prue.
―¡Ortigas! ―exclamó a su vez Will, mirando hacia lo que ella creyó
que eran arbustos.
―Esto solo os podía pasar a un par de inglesas. ―Puso los ojos en
blanco―. Para vivir en las Highlands deberéis aprender un poco de su
vegetación.
―¿Os creéis que no hay ortigas en Inglaterra?
―Si las hay, visto lo visto, no lo parece. Venid conmigo.
―Es que no hemos salido demasiado de la residencia Dankworth.
Digamos que no estamos muy familiarizadas con las plantas ―reconoció
Prue.
Ambas muchachas le siguieron hasta el campamento, donde Broc se
acercó a su montura.
―¿Dónde os habíais metido? ―les preguntó Ramsay acercándose a
ellos.
―Las dos inglesitas han tenido un percance embarazoso con unas
ortigas.
―¿Hace falta que anunciéis nuestra desventura a voz en grito? ―se
ofendió Willow.
―No creo haber alzado la voz.
Su reciente esposa puso los ojos en blanco.
―¿Cómo os encontráis? ―Ramsay se acercó a Prudence y escrutó su
rostro―. Debéis estar muy incómoda.
―No sé si me causa más incomodidad las horas que he pasado
cabalgando, las picaduras de las ortigas o la vergüenza que estoy pasando
―respondió, sonrojada por completo.
Su marido soltó una carcajada antes de pasar su mano sobre los
estrechos hombros de la muchacha.
―No debéis avergonzaros conmigo, querida.
―Ten ―intervino Broc, entregándole un frasco con hierbas en su
interior, que llevaba entre sus cosas―. Le calmará el escozor.
―Antes debemos limpiar bien la zona para quitar todos los pelitos
―apuntó Ramsay.
―¿Limpiar la zona? ―inquirió Prudence, alarmada.
―No os angustiéis, hay un rio un poco más allá. Venid conmigo.
―Tendió su mano hacia ella y la joven, con timidez, apoyó la suya encima.
Willow los vio alejarse y en aquel momento le entró el pánico.
Ramsay iba a ayudar a su esposa a aliviar su escozor, ¿se suponía que Broc
haría lo mismo con ella?
―Si me decís hacia donde está el rio, yo misma puedo ir, no hace
falta que me acompañéis, si es que esa es vuestra intención.
―No voy a arriesgarme a que os metáis en otro problema, inglesa.
―No soy tan inepta como pensáis, escocés ―contraatacó Will.
Sin embargo, tras decir aquellas palabras, apretó los ojos con fuerza,
debido a que la quemazón en su piel se le hacía casi insoportable.
―Dejad de discutir conmigo, necesitáis curaros las posaderas.
Willow se sonrojó. Que aquel hombre de apariencia inaccesible
mencionara esa parte de su cuerpo, hizo que se sintiera cohibida de repente.
―Acompañadme. ―La tomó del brazo con una delicadeza
sorprendente en alguien con su aspecto y la condujo en silencio hasta la
orilla del rio―. Remangaos las faldas y meteos en el agua. Debéis lavaros
muy bien la zona para que no queden pelitos u os seguirá escociendo.
―No pienso alzarme las faldas en vuestra presencia.
Broc enarcó una de sus negras cejas.
―¿Olvidáis que soy vuestro esposo?
―Por desgracia, no lo olvido.
Una risa pugnó por escapar de los labios del hombre, pero carraspeó y
desvió el rostro para disimularla.
―De acuerdo, me daré la vuelta. ¿Satisfecha?
―No demasiado, aunque tendré que conformarme.
Broc oyó el inconfundible sonido del chapoteo del agua al
introducirse en ella. También pudo escuchar como Willow siseaba a causa
del dolor. Él también sufrió picaduras de ortiga cuando era pequeño y aún
recordaba aquella quemazón tan dolorosa que experimentó.
―¿Cómo vais? ―le preguntó.
―De maravilla ―ironizó―. Este está siendo uno de los mejores días
de mi vida.
Broc rio por lo bajo.
―Avisadme cuando creáis que la zona está limpia.
―Diría que ya lo está.
―Está bien, voy a volverme. ―Le dio unos segundos de cortesía e
hizo lo que acababa de decir.
Willow le miraba expectante y retrocedió cuando le vio aproximarse.
Por su postura corporal, parecía estar a la defensiva y preparada para salir
corriendo si fuera necesario.
―¿Sucede algo?
―¿Qué se supone que vais a hacer ahora? ―inquirió temerosa.
―Esa no es la pregunta que ronda vuestra cabeza, Willow. ¿No es
cierto?
Escuchar como pronunciaba su nombre por primera vez hizo que un
escalofrío recorriera todo su cuerpo.
¿Debía sincerarse con él? Ella nunca fue una mujer miedosa, así que
alzó el mentón y se cargó de valor para responder a su pregunta.
―Imagino que el siguiente paso será frotar las plantas en la zona
dolorida y no estoy preparada para que me toquéis de ese modo tan íntimo.
Broc valoró su sinceridad y la respetaba por ello.
―No debéis preocuparos por eso, os doy mi palabra de que no os
tocaré hasta que vos no lo deseéis ―le prometió, mirándola a los ojos―.
No soy un monstruo, inglesa, por mucho que se empeñen en propagar lo
contrario.
No sabía si hacía bien en creerle, no obstante, su corazón le gritaba
que era sincero.
―Está bien ―asintió relajándose―. ¿Y qué hacemos ahora?
―¿Me dejaríais que le echara un vistazo a alguna de vuestras
picaduras para saber la gravedad del asunto?
Un tanto dubitativa, se levantó un poco las faldas y le mostró parte de
uno de sus muslos. Broc se inclinó para examinar la irritación de cerca. La
zona parecía bien lavada, aunque bastante roja.
―Tardará un par de días en mejorar, pero estas plantas os aliviarán
bastante.
Se irguió y sacado algunas de aquellas hojas, comenzó a machacarlas
y se la tendió a su esposa.
―Untáosla en toda la zona dolorida.
―Lo haré ―le aseguró.
Broc la observó durante unos segundos más antes de volver a darle la
espalda. Entonces, comenzó a oír gemidos de alivio cuando empezó a
aplicarse las plantas por las picaduras. Aquellos sonidos tan sensuales,
unidos a las imágenes que acudían a su mente de los firmes muslos de su
esposa, hicieron que sufriera una incómoda erección. Él se consideraba un
hombre muy capaz de controlar sus apetititos sexuales y su deseo carnal,
pero con aquella inglesa su cuerpo parecía tener vida propia.
―Ya podéis volveros.
Su esposo así lo hizo.
―¿Estáis algo mejor?
―Al menos, un poco más aliviada.
―Irá mejorando con el paso de las horas ―le aseguró―. Venid,
vayamos con los demás. Os hará bien comer y descansar un poco antes de
retomar el viaje.
Ambos comenzaron a andar en dirección al improvisado
campamento.
―Creo que sería apropiado tutearnos, dado que somos marido y
mujer ―sugirió Willow.
―Si es lo que vos queréis… ―Se encogió de hombros.
―¿Siempre sois tan parco en palabras? ―se quejó.
―Si no tengo nada interesante que decir, prefiero permanecer
callado.
―Menudo fastidio ―bufó―. Me espera una vida de silencios
incómodos y miradas misteriosas, en una tierra donde las personas de mi
procedencia no son demasiado bien recibidas. ¡Qué ilusión!
Broc enarcó una ceja.
―Y vos…, es decir, tú ―se corrigió―, ¿siempre hablas tanto?
―Solo cuando alguien me cae mal ―repuso, sonriendo con
condescendencia.
Broc contuvo la risa que pugnaba por escapar de entre sus labios.
―Siéntate y te traeré algo de lo que hayan cazado los guerreros ―le
ofreció.
Willow asintió y se sentó sobre las pieles que minutos antes
dispusieron para ellas. Al examinar el campamento, pudo observar que Prue
estaba comiendo junto a Ramsay, y ambos hablaban y reían muy animados.
Sonrió, contenta al presenciar la felicidad de su prima.
―Hola, Willow ―la saludó Ellar de forma alegre―. Te traigo un
pedazo de liebre. Está deliciosa, la verdad.
¿Dónde estaba Broc? Lo vio de espaldas a ella junto a la hoguera,
ignorándola. Parecía que era demasiado pedir que se comportara como un
ser civilizado por demasiado tiempo.
La joven tomó el cuenco que le estaba ofreciendo el guerrero.
―Muchas gracias. ¿Por qué no te sientas conmigo? ―No le apetecía
comer sola.
―Encantado ―aceptó, acomodándose junto a ella―. ¿Lleváis mejor
las posaderas?
Will puso los ojos en blanco a la vez que degustaba un pedazo de la
sabrosa carne.
―¿Es que todo el mundo sabe de nuestro incidente?
―Todo el mundo ―le confirmó Ellar, sonriendo.
―Veo que las noticias vuelan. ―Se relamió los labios―. Tenías
razón, esto está delicioso.
―Baigh es un gran cocinero. Con pocos ingredientes puede
conseguir que una comida simple se convierta en algo exquisito.
―¿Quién es Baigh? ―preguntó la muchacha.
―El enorme pelirrojo de mirada lúgubre de allí. ―Señaló hacia el
otro extremo del campamento.
Willow miró en la dirección que Ellar indicó y se topó con unos
oscuros ojos que parecían querer asesinarla.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo, pues se sintió muy incómoda ante
aquel escrutinio.
―No parece muy simpático ―comentó, sin dejar de observarle.
Ellar soltó una carcajada.
―Solo es una fachada, por dentro es más tierno que un corderito.
―Permíteme que lo dude ―murmuró, terminando de comer.
―Will, no me había dado cuenta de que estabas aquí ―dijo su prima,
que se acercó a ella sin que se percatara.
―No me extraña, parecía que te mantenían bastante entretenida
―comentó con guasa, haciendo que se sonrojase.
―Os dejaré solas ―declaró el joven guerrero Buchanan, poniéndose
en pie de un salto.
Prudence aprovechó para sentarse en el lugar que dejó libre. Emitió
un siseo de dolor y se acomodó de lado.
―Qué molestas son estas picaduras ―se quejó.
―En un par de días estaremos mejor, ya lo verás ―le aseguró―. Y
yendo al tema que nos importa, ¿qué tal con tu nuevo esposo?
Prudence sonrió con timidez.
―Es un hombre maravilloso ―confesó, colocando un mechón de su
pelo castaño tras una de sus orejas―. Y me ha pedido que duerma junto a
él, pero le he dicho que no. No voy a dejarte sola.
Willow pudo percibir las ganas que su prima tenía de aceptar aquella
invitación.
―No digas estupideces, Prue, debes aceptar ―la animó―. Es tu
marido, deberás hacerlo tarde o temprano.
―No sé…
―¿Qué es lo que no sabes? ―la interrumpió―. Ramsay te gusta y es
más que evidente que tú le atraes a él. Dormid juntos, yo estaré bien.
―¿Estás segura? ―insistió―. Siempre hemos dormido juntas y son
demasiados cambios de golpe...
―Lo sé, pero la vida esa así y hemos de adaptarnos. ―Le tomó la
mano y se la apretó con afecto―. Ve junto a tu esposo.
Prudence la abrazó con fuerza.
―Te quiero, Will.
―Y yo a ti más ―le aseguró, observando con cierta tristeza como se
alejaba.

Todo estaba oscuro y los sonidos del bosque a Willow se le hacían


aterradores. Parecía que aquella noche las temperaturas habían bajado aún
más y tiritaba de frío acurrucada bajo las pieles.
No podía evitar sentirse sola, pese a que se alegraba de corazón por
su prima.
Se tumbó boca arriba y contempló la luna llena.
¿Qué estaría haciendo su padre? ¿Las añoraría? Estaba segura de que
muchísimo.
¿Y la tía Florence? ¿Estaría llorado por no poder estar junto a ellas?
Conociéndola, no podría dejar de hacerlo.
Una lágrima rodó por su mejilla y un suave gemido escapó de entre
sus labios.
―¿Estás bien?
El ronco susurro de su esposo acuclillado junto a ella la sobresaltó.
―¿Qué haces aquí?
―Te oí llorar ―respondió, mirándola con intensidad.
Su atractivo rostro, solo iluminado por el resplandor de la luna, le
pareció muy intimidante.
―¿Cómo es posible? Apenas he hecho ningún ruido y ha sido ahora
mismo.
―Tengo el oído muy sensible y soy rápido. ―Se encogió de
hombros―. ¿Puedo? ―preguntó, señalando un hueco junto a ella.
Por un lado, no creía estar preparada para compartir aquel tipo de
intimidad con él, pero por otro, no quería estar sola en medio del bosque.
―Adelante ―asintió.
Broc se acostó sobre las pieles, muy pegado a ella para darle calor
con su cuerpo. Era consciente del frío que estaba haciendo y sabía que
Willow debía estar helada.
―¿Qué más te daba que estuviera llorando? ―indagó la joven,
incapaz de permanecer en silencio.
―No me gusta que ninguna mujer llore ―contestó, volviendo la
cabeza para poder mirarla a los ojos―. Además, te castañetean tanto los
dientes que temí que despertaras a todo el campamento.
Willow puso los ojos en blanco.
―Teniendo en cuenta que nunca había dormido a la intemperie, creo
que puedes dar gracias de que no esté berreando de miedo a cada ruido que
oigo.
Broc sonrió.
―La verdad es que estás siendo mejor compañera de viaje de lo que
esperaba, inglesa.
―El viaje es largo y aún estoy a tiempo de montar el numerito de la
señorita consentida y mimada que esperabas, así que no cantes victoria tan
pronto, escocés ―respondió ella en el mismo tono de guasa.
―Es poco probable que eso suceda.
Willow alzó una ceja.
―¿Cómo estás tan seguro?
―Porque te he observado y sé que no eres ese tipo de mujer.
―Vaya, volvemos a eso ―repuso sarcástica―. ¿Y qué tipo de mujer
soy ahora, según tú? Porque creo recordar que tu opinión de mí no era muy
buena antes de iniciar este viaje.
―Tampoco es que la tuya de mí fuera de lo más halagüeña
―apuntó―. De todos modos, sé reconocer cuando me equivoco. Te he
visto relacionarte con Ellar, cabalgar durante horas, sentarte a comer y
dormir en el suelo e incluso te han picado ortigas y, de todos modos, no te
has quejado ni una sola vez. Eres una mujer fuerte y eso es algo que admiro.
Aquel inesperado cumplido la dejó desconcertada, por lo que prefirió
no decir nada al respecto. No estaba preparada para descubrir que aquel
demonio escocés podía esconder mucho más de lo que supuso al conocerle.
―Buenas noches ―se limitó a susurrar.
―Que duermas bien, inglesa.
Capítulo 8

Willow despertó al sentir la claridad de la mañana filtrarse entre sus


parpados. Notó que estaba apoyada sobre una superficie caliente, que subía
y bajaba de manera acompasada, a la vez que oía los fuertes latidos de un
corazón.
Abrió los ojos y comprobó que, como dedujo, descansaba sobre el
musculoso pecho de su esposo.
Con lentitud, empezó a apartarse de él.
―Creía que no te despertarías nunca, inglesa ―habló entonces,
volviéndose y clavando en ella sus su oscura mirada―. Deberíamos haber
emprendido el viaje desde que amaneció.
―¿Y por qué no me despertaste? ―carraspeó a la vez que se
incorporaba y trataba de arreglarse con los dedos el enmarañado cabello.
―Necesitabas descansar o no hubieras aguantado la larga cabalgada
que tenemos hoy por delante. ―Se puso en pie con un ágil movimiento―.
Haz lo que debas y prepárate para partir cuanto antes. No tenemos tiempo
que perder.
Tras decir aquello se alejó, dejándola sola.
A Willow le hubiera gustado decirle que le rugía el estómago, sin
embargo, si ninguno de aquellos guerreros que eran tres veces más grandes
que ella se quejaba, ella tampoco lo haría.
―¿Qué tal has dormido, Will? ―le preguntó Prudence cuando se le
aproximó.
Lucía una radiante sonrisa en el rostro, que la hacía verse mucho más
bonita de lo que ya era de por sí.
―No tan bien como tú, pero no puedo quejarme ―bromeó,
tomándola de la mano y alejándose un poco del campamento.
―Te he visto muy acaramelada con tu esposo, pillina ―le dijo entre
risas.
―Solo se acostó junto a mí para darme un poco de calor, eso es todo
―le restó importancia, ya que estaba segura de que Broc solo trató de que
no se congelara durante la noche, no le impulsó ningún motivo romántico
como insinuaba su prima―. ¿Y cómo te fue a ti?
―Fue todo muy bonito ―confesó la joven, saliendo de entre los
arbustos donde se escondió para hacer sus necesidades matutinas―.
Ramsay se portó como un caballero y me dedicó bonitas palabras. También
nos besamos, y no como en la ermita tras casarnos, fueron besos mucho
más intensos, Will, debes probarlo.
¿Probar a besarse de un modo más ardoroso con Broc? No creía que
ese hombre tuviera una pizca de pasión en su cuerpo, más bien parecía frío
y distante, como un témpano de hielo.
―Parece que tu matrimonio va a ir viento en popa ―cambió de tema.
No le apetecía pensar en el momento en que le tocase compartir intimidad
con su reciente esposo. Ya se preocuparía cuando llegase el momento.
―Lo cierto es que estoy feliz ―reconoció su prima―. Pienso que
podemos formar una bonita familia.
―La familia con la que siempre soñamos ―terció Willow,
abrazándola.

Broc llevaba todo el camino sin poder apartar sus ojos de Willow.
Decidió estar en la cola de la marcha para poder mirarla sin que ella se
percatara. El modo en que su trasero iba golpeando contra la montura le
tenía muy excitado y parecía que aquella incómoda erección que desde que
conoció a Will le acompañaba, no tenía intención de abandonarle.
―Veo que no has podido apartar las zarpas de tu esposa durante la
noche, Buchanan ―bromeó Ramsay, reduciendo el paso de su caballo para
acercarse a él.
―No digas sandeces, tan solo tuve que dormir junto a ella para que
no se congelara.
―¿Eso es todo? ―Enarcó una ceja.
Claro que no era todo. Le gustó poder dormir a su lado, y sentir su
olor durante toda la noche apenas le dejó pegar ojo, a pesar de que no
estaba preparado para reconocerlo en voz alta.
―Es todo.
―Si tú lo dices ―repuso con sarcasmo.
En aquel momento comenzaron a caer gruesas gotas de lluvia.
Broc frunció el ceño. Conocía los diluvios en Escocia y no sabía si
aquellas dos jóvenes inglesas serían capaces de soportar días enteros de
aguacero.
―Parece que el tiempo no nos dará tregua ―comentó Ramsay
alzando los ojos al cielo.
Sin pararse a responder, Broc, ya empapado, espoleó a su semental
hasta alcanzar a la yegua de Willow, que tiritaba de forma compulsiva.
―Cabalga conmigo ―le dijo sin más al alcanzarla.
―¿Cómo has dicho? ―le preguntó, volviéndose hacia él con el
cabello dorado pegado al rostro.
―Quiero que montes conmigo ―repitió, retirándose el flequillo que
le caía sobre los ojos y le hacía parecer más joven y atractivo. 
―No hace falta…
―Insisto de todas formas ―la cortó con vehemencia.
Willow se lo quedó mirando. ¿Qué mosca le había picado?
―¿No entiendo por qué quieres que cabalguemos juntos?
Lo que sucedía es que no quería que pasara frío y acabara calada
hasta los huesos. También temía que su yegua pudiera perder el paso y
acabara con su pequeño cuerpo en el suelo o, peor aún, con el cuello roto.
―Una inglesa como tú no está acostumbrada a cabalgar por las
Highlands, así que, con lluvia, aún nos ralentizarías más ―mintió, pues no
quería exponer su debilidad hacia aquella mujer.
Will alzó el mentón, demostrando que sus palabras la habían
molestado.
―Tranquilo, pese a ser una simple y torpe inglesa, me esforzaré por
seguir vuestro paso ―repuso con sarcasmo, espoleando a su yegua para
alejarse de él.
Sin embargo, no pudo ir demasiado lejos, porque el highlander la
tomó por la cintura y, como si no pesara nada, la alzó por los aires y la sentó
delante de él.
―¿Qué haces? ―se quejó Willow, mirándolo por encima del
hombro.
―He dicho que quería que cabalgaras conmigo.
―¿Y mi opinión no cuenta nada? ―se indignó.
―En esta ocasión no ―sentenció, cogiendo las riendas de la preciosa
yegua blanca y atándolas a su montura.
La joven soltó un resoplido muy poco femenino y se cruzó de brazos,
enfurruñada.
Sintió como Broc la cubría con su propio tartán pegándola a su pecho
para que el agua no la azotase desde atrás y, además, le puso por encima
otra piel desde delante, para frenar el tembleque de su cuerpo.
Aquel gesto la extrañó y conmovió a partes iguales.
―Gracias ―murmuró entonces.
―¿Por obligarte a cabalgar conmigo en contra de tu voluntad?
―ironizó, manteniendo la vista al frente.
―Sospecho que no has sido sincero en cuanto a los motivos para que
monte junto a ti.
Los oscuros ojos de Broc descendieron hacia los suyos.
―¿Insinúas que soy un mentiroso?
―Afirmo que intentas demostrar que no te importa nada, cuando no
es verdad.
Ambos se mantuvieron la mirada, apenas sin percatarse de las gotas
de lluvia que salpicaba sus rostros. Parecía como si, de repente, ellos
estuvieran dentro de una burbuja donde no existía nada más. Sus corazones
comenzaron a latir al unísono, en cierto modo, su piel se calentó y, sin
previo aviso, sus manos comenzaron a hormiguearles por el ansia de
tocarse.
Willow tragó saliva y habló, puesto que el silencio era demasiado
denso y la hacía sentir extrañamente sensible.
―¿Te importo? ―susurró, sin saber por qué hizo aquella pregunta.
―Eres mi esposa ―respondió en el mismo tono bajo que ella usó.
―Eso no es una repuesta a mi pregunta.
―Sí lo es para mí.
Willow asintió y, pese a que le costó mucho, desvió la mirada de
aquellos ojos oscuros que parecían abrasarla.
―Está bien ―concedió al fin, tratando de regular su acelerada
respiración.
Cuando ya creyó que no iba a decir nada más, la sorprendió
murmurando contra su oreja:
―Aunque he de admitir que no me entusiasmaba la idea de que
tiritaras de frío durante horas ―aceptó―. Así que si eso significa que me
preocupo por ti… ―Se encogió de hombros―. Sí, lo hago.
Willow sonrió satisfecha, pese a que permaneció en silencio y sin
girarse para observar aquella expresión intensa que le erizaba la piel.

No supo cuando ocurrió, pero se quedó dormida contra el duro pecho


de su esposo. Sin embargo, se despertó sobresaltada cuando este la tomó
con rapidez por la cabeza y la hizo agacharse.
―¡Nos atacan! ―gritó Broc, desenvainando su espada.
Todo se precipitó alrededor de ellos y Willow no sabía muy bien qué
ocurría, ya que aún estaba medio adormilada. Lo que sí escuchaba era el
constante entrechocar de las afiladas hojas de las espadas y el miedo se
apoderó de ella.
―¿Quién nos ataca? ―preguntó confusa.
―Bandidos ―le dijo Broc entre dientes.
La muchacha miró alrededor en busca de su prima.
―¿Dónde está Prue? ―se alteró, temiendo que le hubieran hecho
daño.
―Ramsay se la ha llevado para ponerla a salvo.
Aquello la tranquilizó, aunque la calma le duró poco cuando una
flecha pasó a escasos centímetros de su rostro.
―¡Ay, Dios! ―exclamó, asustada, volviéndose ligeramente y
escondiendo el rostro en el torso de su marido.
―Tranquila, inglesa ―le pidió, rodeándola con uno de sus fuertes
brazos―. Voy a desmontar para luchar contra estos malnacidos y quiero
que tú cabalgues lejos, ¿entendido?
―No, no puedes abandonarme ―le rogó con los ojos brillantes.
La mirada oscura de su esposo descendió hacia ella a la vez que una
de sus grandes manos se posó con delicadeza sobre su suave mejilla.
―No voy a abandonarte, solo quiero protegerte.
Sin previo aviso apretó sus labios contra los de la mujer, justo antes
de saltar del caballo y detener el envite de uno de los bandidos, que iba
dirigido al joven Ellar.
Willow, nerviosa, hizo lo que Broc le pidió y espoleó al semental
negro para alejarse del foco de la batalla. Entonces vio a Ramsay subido a
su caballo y luchando con destreza contra dos hombres.
El corazón le dio un vuelco al no ver a Prudence por ninguna parte.
―¿Dónde está mi prima? ―inquirió a gritos, notando que le faltaba
el aire solo de pensar que le hubiera podido pasar algo.
―Márchate, no estoy para conversar ahora ―espetó el laird
MacFarlane entre dientes, cortando el cuello de uno de los bandidos, que
cayó muerto al instante.
Willow, horrorizada ante aquella imagen, cerró los ojos con fuerza.
Iba a vomitar.
De todos modos, se armó de valor y respirando hondo volvió a mirar
a Ramsay.
―¿¡Donde está Prue!? ―le gritó furiosa.
―¡Demonios! ―maldijo entre dientes―. Cayó del caballo y le pedí
que se escondiera entre los arbustos.
―¿Y lo hizo? ―insistió.
―No lo sé ―reconoció, sin dejar de luchar―. No tenía tiempo para
pararme a comprobarlo.
―La dejaste sola y sin montura ―le echó en cara―. Serás bastardo.
Sin más, sorteó las espadas de los hombres que entrechocaban en
torno a ella y se dirigió hacia los arbustos que indicó Ramsay.
―¡Prue! ―chilló desesperada―. ¡Prue!
―Will ―la oyó sollozar.
En cuanto escuchó su voz, hizo girar al caballo hacia allí hasta
localizarla semioculta entre los frondosos arbustos.
―No te muevas ―le pidió, galopando hacia ella.
No obstante, uno de aquellos despreciables hombres también la vio,
por lo que se le acercó y, tomándola con salvajismo del cabello, la sacó de
su escondite.
―¿Qué tenemos aquí? ―repuso de modo apreciativo, mientras
Prudence forcejeaba por liberarse.
―Por favor…
―¿Estás suplicando porque me entierre entre tus piernas, mujer?
―se burló de ella, mostrando una sonrisa de dientes negros.
―¡Suéltala, cerdo! ―gritó Willow saltando del caballo y
abalanzándose sobre él.
Se quedó colgando de su espalda, a la vez que le mordió con todas
sus fuerzas.
―¡Serás ramera! ―bramó, echando un codo hacia atrás y
golpeándola en la barbilla, consiguiendo de ese modo que se cayera al suelo
de bruces.
―¡Will! ―chilló Prudence, asustada, arreándole una patada al
bandido cuando pretendía golpear a su prima.
―¡Argg! ―rugió el hombre, volviéndose de repente y asestándole un
revés que la lanzó al suelo.
―¡Prue!
Cuando Willow vio aquello, tomó una rama que estaba tirada en el
suelo, se puso en pie y sin pensarlo dos veces golpeó la cabeza del bandido
con todas sus fuerzas. La sangre comenzó a manar de forma profusa de su
cabeza, pero la joven no se detuvo. En aquellos momentos sabía que era su
vida o las de ellas.
―¡Cuidado! A tus espaldas, Will ―gritó Prudence, aún tumbada en
el suelo.
Willow se volvió todo lo rápido que fue capaz, aunque de todos
modos, la daga que el hombre que se acercaba a ella empuñaba le rajó el
brazo. 
Quiso defenderse, más el hombre la tomó con fuerza por la muñeca.
―Vas a morir, perra ―repuso entre dientes, alzando el cuchillo.
La muchacha cerró los ojos, lista para recibir la puñalada mortal, pero
esta no llegó, ya que Broc estaba junto a ellas y ensartó al bandido con su
pesada espada, tras lo cual lo arrojó al suelo para centrar su atención en
Willow, que sangraba por el brazo y por un corte en su labio inferior.
―¿Estás bien?
La joven asintió, con los ojos llenos de lágrimas de alivio, sintiéndose
muy agradecida con su intervención.
―De acuerdo. ―Respiró hondo y le dio la espalda―. Manteneros
detrás de mí ―les pidió.
Willow ayudó a su prima a ponerse en pie y, abrazadas, hicieron lo
que Broc les demandó.
Le vieron luchar con destreza con dos bandidos más, de los que se
deshizo con una rapidez asombrosa. Cuando estuvo seguro de que ya no
había peligro, se giró hacia las asustadas jóvenes.
Su cara y su ropa estaban salpicadas de sangre, su mirada se veía fiera
y, de todos modos, Willow no sintió miedo, pues sin saber por qué, tenía la
certeza de que aquel hombre al que denominaban el demonio escocés jamás
las haría daño. A ellas no
―Dios santo, ¿estáis bien? ―les preguntó Ramsay acercándoseles.
―¿Que si estamos bien? ―repitió Willow furiosa―. ¿Ahora te
preocupas por eso? Porque te recuerdo que dejaste a tu esposa sola e
indefensa.
―Eso no es así, yo le pedí que se escondiera entre los arbustos ―se
defendió.
―Y no se te ocurrió prestarle tu caballo, al menos.
Ramsay miró de reojo a su amigo, que, a su vez, no despegaba los
ojos de su enfadada mujer.
―Hice lo que creía que sería mejor para ella ―insistió, cruzando los
brazos a la defensiva―. Además, es mi esposa y no tienes por qué
entrometerte.
Willow apretó los puños a ambos lados de su cuerpo, indignada, y
avanzó hacia él con paso amenazante, pese a que ese hombre le sacaba
cerca de veinte centímetros.
―¿Entrometerme? ―espetó, fulminándole con la mirada―. Te
aseguro que…
―Está bien, Will. ―Su prima puso una mano sobre su brazo,
evitando que soltara todas las maldiciones que pasaban por su cabeza―.
Ramsay trató de mantenerme a salvo en medio de una situación peligrosa y
caótica. Actuó con la mejor intención, estoy segura.
Willow le miró de soslayo una última vez antes de volverse hacia su
prima y rozar con sus dedos la mejilla enrojecida de esta.
―¿Te duele?
―No demasiado ―le aseguró―. Eres tú la que deberías atender tus
heridas.
―Estoy de acuerdo ―intervino entonces Broc, tomando a su esposa
con delicadeza por el brazo que no tenía herido y ayudándola a sentarse en
un tocón cercano.
Ramsay aprovechó aquel instante para tomar a Prudence de la mano y
llevársela tras él para que bebiera un poco de agua y asegurarse que de
verdad no tuviera ninguna otra herida.
Willow los observó alejarse con el ceño fruncido.
―No te preocupes por ella, Ramsay es un buen hombre ―aseveró
Broc mientras rasgaba la tela de su manga para examinar el profundo corte
que tenía en el brazo.
La joven siseó entre dientes notando el dolor que, sin pretenderlo, los
dedos de su esposo le causaron.
―No lo pongo en duda, pero estoy enfadada con él por ponerla en
peligro.
―Él trató de protegerla ―le recordó, lavando su herida con el agua
que portaba en el zurrón.
―¿Dejándola sola?
―Yo también te dejé sola a ti.
―Eso es diferente ―le contradijo.
―¿Estás segura?
Broc alzó sus ojos hacia ella y Willow tuvo que tragar saliva puesto
que se le quedó la boca seca al instante. ¿Por qué a cada momento que
pasaba le resultaba más atractivo?
―Lo estoy.
Su esposo alzó una ceja, escéptico, y negó con la cabeza antes de
volver de nuevo a la tarea de atar un torniquete en torno a su brazo para que
la herida dejara de sangrar.
―Lo estoy, porque tú me dejaste tu caballo, exponiéndote a pelear
con esos bandidos en desventaja ―continuó diciéndole―. Además,
estuviste pendiente de mí. Si no hubiera sido así, ahora mismo estaría
muerta.
―No es para tanto ―le restó importancia―. Ambas os estabais
defendiendo con arrojo.
―Sí que lo es. ―En un impulso, depositó un beso en su mejilla
rasposa―. Gracias.
Broc la estudió con intensidad, con la mirada encendida y la
respiración un tanto acelerada. Entonces la tomó por la nuca y la besó en los
labios de un modo casi salvaje. Willow, dejándose llevar por sus instintos,
respondió con la misma pasión, aferrándose a su camisa.
Sin embargo, soltó un gemido de dolor cuando su labio herido
comenzó a sangrar.
―Lo siento ―se disculpó Broc, separándose de ella de golpe al
percatarse de que le abrió más la herida―. No debería haberte besado, te he
hecho daño.
―Apenas me duele.
―No seas mentirosa, no se te da bien ―le dijo, limpiando el hilo de
sangre que caía de su boca.
Al notar el contacto de su áspero dedo, cerró los ojos y suspiró con
satisfacción. Broc soltó un gruñido a la vez que sus ojos se oscurecían de
deseo. Aquella mujer tenía el poder de mantenerle encendido de forma
permanente.
―Te aplicaré un ungüento en el corte del brazo para que no se infecte
―repuso desviando su atención, o no podría evitar besarla de nuevo.
―De acuerdo ―asintió la joven, tan afectada como él.
El highlander se puso en pie para rebuscar entre las cosas que llevaba
en la montura de su semental y volvió con un saquito.
―Puede que te escueza, pero solo será un instante.
Untándose dos dedos con aquella pasta, los pasó con delicadeza sobre
el corte de la muchacha, que tan solo apretó los dientes, sin hacer ni un solo
sonido de dolor o protesta.
En ese momento, volvió el rostro y pudo ver que una mancha de
sangre cada vez más grande, teñía la camisa de Broc.
―¿Estás herido? ―se alarmó.
Cogió los bajos de su camisa y la levantó, para ver un corte en forma
de C que surcaba gran parte de su pectoral izquierdo.
―Es un rasguño.
―¿En serio? ―Le miró de forma acusatoria―. ¿Esto te parece un
rasguño?
Se encogió de hombros.
―Sobreviviré, he tenido heridas mucho peores.
―Al menos déjame que te ponga un poco de ese ungüento pestilente
tuyo. ―Se lo quitó de las manos y empezó a ponerlo sobre el corte.
No obstante, Broc la tomó por la muñeca y la detuvo.
―Ya lo hago yo.
―¿No te fías de mí? ―se molestó―. Porque te aseguro que, aunque
sea inglesa, sé poner un ungüento, no soy tan inútil.
―Ese no es el problema, créeme ―le aseguró, mientras él mismo
extendía aquella pasta sobre su herida.
―¿Y cuál es el problema?
―No soporto que me toques.
Esas palabras hicieron que se pusiera en pie de un salto.
―Vaya, lo siento, no sabía que mi contacto te resultara tan repulsivo.
―No es repulsión, inglesa, es deseo ―la corrigió, mirándola con
intensidad.
―Deseo ―repitió en un susurro.
Aquella confesión sí que no se la esperaba.
―Y no un deseo convencional, es mucho más carnal, un sentimiento
que no sé si soy capaz de controlar y temo que se me vaya de las manos
―le dijo con total sinceridad, poniéndose en pie y deteniéndose junto a
ella―. Prometí que no te tocaría si tú no lo deseabas y pretendo cumplirlo.
Willow entreabrió los labios y estuvo a punto de decirle que ella lo
deseaba tanto o más que él, pero el llanto de su prima la detuvo.
Broc y ella centraron su atención en la llorosa joven, que se lanzó a
los brazos de Will.
―¿Qué te ocurre?
―Quiero volver a casa ―le dijo entre hipidos.
―Por Dios, mujer, deja de ser tan infantil ―demandó Ramsay,
siguiéndola, molesto por su actitud.
―En unos días llegaremos a casa ―le aseguró Broc, tratando de que
se calmara.
―Esa no es mi casa ―declaró angustiada―. Mi casa está en
Inglaterra, no en estas tierras de salvajes.
―Las cosas han cambiado, ahora eres mi esposa ―enfatizó Ramsay,
con el ceño fruncido.
―¡Pues no quiero serlo! ―gritó Prudence, con la cara roja de ira.
―¿Por qué, Prue? ―le preguntó Willow―. ¿Qué ha ocurrido?
Parecías encantada con este enlace.
―Este hombre no tiene ni una pizca de delicadeza en todo su cuerpo
―expuso―. Me he puesto a llorar sobrepasada por los acontecimientos y
me ha ordenado que dejase de hacerlo de inmediato. ¿Acaso a partir de
ahora no voy a poder desahogarme cuando me venga en gana? Se lo he
dicho y hemos empezado a discutir. Ha sido horrible.
―Ha sido una discusión sin importancia ―aseguró su esposo.
―No es cierto ―repuso con cabezonería.
―Prudence… ¿Puedo llamarte así? ―le preguntó Broc. La joven
asintió―. Prudence, en un matrimonio hay discusiones, malos entendidos y
reconciliaciones. ¿Todo será como una balsa de aceite? No, no lo será, pero
siempre hay que valorar que lo bueno supere a lo malo.
―Es que yo…
―Comprendo que tú tuvieras ganas de llorar y te sintieras alterada
por lo ocurrido, lo mismo le ha sucedido a Ramsay ―prosiguió, deteniendo
su protesta―. Él temió por tu vida y lo más probable es que no debería
haberte gritado, pero fue a causa del estrés sufrido en los últimos minutos.
¿Vas a juzgar a un hombre por un solo error que cometió en un momento
vulnerable?
Prue recapacitó y miró a su marido con cierto arrepentimiento.
―No, creo que no sería justo ―murmuró al fin―. Lo siento.
Ramsay se acercó a ella y la tomó por los hombros, abrazándola.
―Yo también lo siento ―respondió, besando su coronilla con
delicadeza―. No debí gritarte ni exigirte que no lloraras.
Sin embargo, Willow solo podía centrarse en el hombre moreno y
enorme, y en todas las cosas que iba descubriendo de él y que le hacían
verle con otros ojos.
Capítulo 9

Pese a que ya no llovía, Broc insistió en que Willow cabalgara junto a él, y
la joven no opuso resistencia porque, si era sincera consigo misma, también
le apetecía notar el calor y su fuerte cuerpo pegado a su espalda.
Ramsay, imitando a su amigo, hizo lo mismo con Prudence, que aún
parecía un tanto tensa con él.
Will bufó y se removió sobre la montura.
―¿Puedes dejar de hacer eso? ―le pidió Broc.
―¿Hacer qué?
―Fulminar a mi amigo con la mirada y pensar en todas las maneras
que quieres torturarle por haber hecho llorar a tu prima.
―Aún no he pensado en todas las maneras, aunque sí las más
creativas, créeme.
Broc rio entre dientes.
―No exageres, inglesa, solo ha sido una pelea sin importancia.
―Los sentimientos de mi prima me los tomo muy en serio, escocés.
―Lo comprendo. De todos modos, no has hecho bien en entrometerte
de ese modo ―le reprochó.
―No me he entrometido.
―Claro que lo has hecho.
―¿Insinúas que debía dejarla llorando sin consolarla ni mover un
solo dedo? ―espetó, mirándole por encima del hombro.
―Comprendo que la consolaras, pero Prudence es mayorcita y sabe
defenderse sola, es todo lo que digo.
―Claro, porque tú la conoces de toda la vida ―ironizó―. Será
arrogante ―murmuró por lo bajo.
El highlander enarcó una ceja.
―¿Tienes ganas de discutir conmigo, inglesa?
―¿Y tú conmigo, escocés? ―Alzó el mentón de forma retadora.
―La verdad es que no ―reconoció, con una sonrisa dibujada en su
atractivo rostro―. Me agota demasiado hacerlo y ya lo estoy lo suficiente
después de tantos días de viaje.
Se lo quedó mirando y sus ojos, como si tuvieran vida propia, se
desviaron hacia aquellos carnosos labios que poseía.
―¿Te gustó besarme? ―no supo por qué le preguntó eso, aunque ya
era demasiado tarde, las palabras salieron de su boca como una tromba
incontrolable.
Broc bajó sus oscuros ojos hacia ella.
―¿De verdad tienes que preguntármelo?
Las mejillas de Willow se sonrojaron.
―No había besado a nadie nunca y me da vergüenza reconocer que
estoy un tanto perdida ―se sinceró―. No quiero ser un auténtico desastre.
―No eres un desastre y por supuesto que me ha gustado besarte
―afirmó, sonriendo de medio lado―. De hecho, lo he disfrutado tanto que
no puedo dejar de pensar en volver a hacerlo de nuevo.
Le gustaba que siempre fuera tan franco, le daba confianza.
―Creo que a mí me ocurre lo mismo ―reconoció, tratando de ser tan
honesta con lo que sentía como su esposo.
―Entonces, aún tengo más ganas de que lleguemos a casa.
«A casa», pensó.
¿Llegaría un día en que pudiera considerar al clan de los Buchanan su
hogar? No estaba segura de ello.

Llegaron a casa de unos amigos de ambos lairds, y les ofrecieron


pasar la noche allí para que ambas jóvenes pudieran dormir bajo techo, así
que aceptaron.
―Creo que voy a tener que darte clases de cómo tratar a una señora,
amigo ―le dijo Broc a Ramsay cuando se quedaron a solas.
―No me toques las narices, que ya tengo suficiente con mi
«queridísima» esposa ―enfatizó la palabra querida, dándole a entender que
estaba molesto con su actitud, puesto que volvieron a discutir sobre el tema
durante el camino.
―Necesitas tener un poco más de tacto ―le aconsejó.
―Nunca he tenido problemas para tratar con mujeres.
―Eso es porque eran rameras o alguna viuda a la que solo visitabas
para desfogarte. Ahora estás tratando con tu mujer y no puedes pretender
que se conforme con unos cuantos arrumacos y revolcones, Ramsay.
―¿Acaso tú eres un experto? ―Enarcó las cejas y se cruzó de brazos.
―He estado casado antes, así que algo más de experiencia que tú
tengo.
―Eso no cuenta ―objetó―. Lorraine era maravillosa, la esposa
ideal, no como estas dos inglesas contestonas con las que nuestro monarca
nos ha hecho casarnos.
―Parecías muy contento cuando la conociste.
―Prudence es hermosa y me atrae mucho su apariencia virginal e
inocente, no puedo negarlo, pero no sé si estoy dispuesto a aguantar sus
berrinches.
―Me temo que no te queda más opción, MacFarlane, es tu esposa
―le recordó―. Estoy seguro de que cuando os vayáis conociendo más, os
adaptareis.
―¿Y qué hay de ti con la rubia? ―indagó su amigo―. Parece tener
aún más carácter que su prima. Te va a costar mucho domarla, créeme.
¿Domarla? Él no pretendía cambiar aquel carácter impetuoso y
valiente que poseía su mujer. De hecho, le gustaba que fuera así.
―No es esa mi intención ―repuso, tendiendo una manta sobre el
húmedo suelo cerca de la casa donde las jóvenes ya descansaban.
―¿No tienes intención de hacer que tu esposa se vuelva más dócil?
―le preguntó extrañado.
―¿Acaso tú sí? ―Le miró con una ceja alzada.
Ramsay se encogió de hombros.
―Siempre he imaginado que mi esposa sería dulce y entregada, no
una inglesa caprichosa ―se lamentó―. Pero imagino que encontrar una
mujer tan extraordinaria como Lorraine es muy difícil.
Era cierto que Lorraine fue una esposa magnifica y él la quiso
muchísimo, aunque no era justo que comparara a Willow con ella. Ambas
eran diferentes y cada una poseía su propio encanto.
―¿Podéis dejaros de tanta charla para que podamos dormir?
―refunfuñó Baigh, con su habitual carácter hosco.
―Será mejor que le hagáis caso, aún nos quedan varios días de viaje
por delante y no quiero oír sus gruñidos durante todo el camino ―bromeó
Ellar, ganándose que el gigante guerrero le fulminara con la mirada.
―Tienen razón, tratemos de descansar ―sugirió Broc, dirigiendo sus
ojos por última vez hacia la ventana donde sabía que su esposa dormía.

Willow, acurrucada junto a su prima sobre el mullido colchón de la


casa de los Grant, miró hacia la ventana donde una constante lluvia
golpeaba con fuerza.
Se sintió angustiada sabiendo que los guerreros Buchanan y
MacFarlane estaban tratando de dormir bajo aquel aguacero, así que, con
cuidado de no despertar a Prue, se envolvió en su chal de lana y, descalza,
caminó hacia la puerta de la casa. La abrió con sigilo y se quedó mirando a
los hombres que se amontonaban uno contra otro bajo el cobijo de un gran
roble. Sin embargo, lo que más llamó su atención fue la enorme figura que
alzaba la cabeza al cielo, disfrutando de la lluvia caer sobre su atractivo
rostro.
Sin pensar en que acabaría empapada, caminó sobre el suelo
embarrado en dirección a su esposo, que pareció escucharla, ya que se
volvió hacia ella con la luz de la luna reflejada en su moreno rostro, dándole
un aspecto temible y atrayente a la vez.
―¿Qué haces aquí? ―le preguntó, aproximándose más a ella―. Vas
a coger una pulmonía.
―¿Qué le ocurrió a tu primera esposa? ―inquirió Willow de repente.
Esa duda era algo que le atormentaba.
Pudo percibir como Broc se envaraba y su expresión se tornaba más
severa.
―¿Estás preguntando si la maté?
―¿Lo hiciste?
Estaba hermosa tan solo cubierta con aquella camisola y con un
grueso chal, a la vez que su largo cabello dorado se le pegaba al rostro.
El highlander se limitó a negar con la cabeza, dispuesto a alejarse, sin
embargo, Will le agarró del brazo y le detuvo.
―Necesito saberlo, Broc ―insistió, mirándole a los ojos―. No sé
qué es lo que está naciendo entre nosotros, pero es algo que no esperaba.
Sin embargo, aunque no te conozco, siento que eres sincero, así que,
¿tuviste algo que ver con su muerte? Si me dices que no, no volveré a
preguntarlo y confiaré en tu palabra.
Enfadado, dio un tirón a su brazo para soltarse del agarre de la joven.
―Si me estás preguntando esto, es evidente que no me conoces en
absoluto ―espetó con voz fría―. Vuelve a la casa y duerme, partiremos al
amanecer. ―Y sin más, comenzó a alejarse.
¿Qué significaba aquello? ¿Por qué no respondía con un no
contundente? Si lo hubiera hecho, podría dejarse llevar mucho más
tranquila, aunque bien hubiera podido engañarla.
Haciéndole caso, entró en la casa dejando charquitos de agua a su
paso.
―¿De dónde vienes, Will? ―preguntó Prudence con voz adormilada.
―Salí a pasear un momento ―mintió.
―¿En medio de una tormenta?
Se limitó a encogerse de hombros mientras se quitaba la ropa mojada
y se ponía una camisola seca.
―Sigue durmiendo, Prue, que mañana será un largo día ―le
aconsejó, metiéndose con ella en la cama.
―¿Cómo ha podido cambiar tanto nuestra vida? ―murmuró,
volviéndose de lado para mirar a su prima de frente y tomar sus manos con
afecto.
―Todo va a ir bien, estoy segura.
―Ojalá tengas razón.
Willow también rezaba porque así fuera.
Capítulo 10

Como Broc le anunció, nada más amanecer empezaron a prepararse para


continuar con el viaje. Las dos jóvenes y bonitas hijas del matrimonio Grant
revoloteaban constantemente en torno a Ramsay, a la vez que miraban con
cierto temor a Broc.
―Menudas descaradas ―murmuró Prudence para que Willow fuera
la única que la escuchara.
Ambas se volvieron hacia la dirección de donde provenían las risas de
las muchachas, que tenían las mejillas sonrojadas. No obstante, Ramsay se
mostraba cortés, aun así, a Will no le daba la sensación de que coquetease
con ellas.
―Él parece estar respetándote, Prue.
―¿Tú crees? ―preguntó insegura―. No sé si estoy preparada para
ser la esposa de un hombre tan apuesto.
Willow soltó una risita.
―Nadie diría que el ser apuesto fuera un problema.
―Sí cuando va a tener mil mujeres queriendo atraer su atención.
―No digas estupideces, Prue, lo importante es que él solo tenga ojos
para ti.
Su prima se cruzó de brazos y la miró con fastidio.
―Es muy fácil decirlo cuando sabes que a tu esposo no se le va a
acercar nadie.
Willow enarcó una de sus perfectas cejas.
―¿Insinúas que mi marido no es atractivo?
―Claro que lo es, pero de un modo más temible y peligroso ―aclaró,
mirándolo de reojo―. A las mujeres les da miedo y no se atreven a
coquetear con el demonio escocés.
―No creo que por estos lares ser el demonio escocés por haber
matado a muchos ingleses represente ningún problema.
―¿Cómo te encuentras esta mañana, esposa?
Ramsay se acercó a ellas sin que se dieran cuenta, por lo que ambas
dieron un respingo.
―Oh, yo… estoy bien ―le aseguró Prudence, dedicándole una
coqueta caída de ojos.
―Creo que ayer no supe tratarte como te mereces y te pido disculpas
―repuso, mientras con sus nudillos le acariciaba con ternura la mejilla.
Prue dibujó una emocionada sonrisa en el rostro justo antes de que
Ramsay la besara en los labios.
Willow, tratando de darles algo de intimidad, se alejó hacia su bonita
yegua, a la cual Broc acariciaba en aquellos momentos.
―Es preciosa, ¿verdad? ―le dijo, para tratar de entablar
conversación, ya que en toda la mañana no le dirigió ni una sola mirada―.
Estoy segura de que has tenido algo que ver con el cambio de actitud de
Ramsay, así que gracias.
Broc le dio la espalda y comenzó a alejarse a grandes zancadas.
―¿Acaso no piensas hablarme nunca más? ―inquirió siguiéndole.
―Solo te diré que, si fueras un hombre y hubieras insinuado lo de
anoche, a estas alturas ya no estarías respirando ―refunfuñó.
―No exageres.
―¿¡Que exagero!? ―Se giró hacia ella con una expresión
amenazante.
De todos modos, Willow no se amedrentó y alzó el mentón,
enfrentándolo.
―Siento haberte ofendido, pero debes entender que soy una inglesa
en tierra hostil, casada con un hombre al que apodan el demonio escocés,
que se rumorea que ha matado a su esposa y al que apenas conozco, así que
no me arrepiento de haberte hecho la pregunta, porque volvería a hacerlo.
Broc se la quedó mirando en silencio más tiempo del debido, cosa
que incomodó a la joven, ya que sus ojos parecían abrasarla.
―Es cierto, es preciosa ―terció al fin.
―¿Disculpa?
Parpadeó varias veces, confundida. ¿Le estaba diciendo a ella que era
preciosa?
―La yegua ―le aclaró―. Antes me has preguntado si me parecía
preciosa y, en efecto, lo es.
Un ligero rubor cubrió las mejillas de Willow. ¿Cómo pudo pensar
que aquel hombre tan hosco le dijera un piropo así?
―Mi padre la compró en una feria de ganado y le costó una fortuna,
así que como para no serlo ―dijo de forma apresurada, tratando de dejar de
pensar en aquella confusión.
―Cuando lleguemos al clan estaría bien hacerla criar —fue lo único
que a Broc se le ocurrió decir, puesto que su cerebro parecía abotargado con
la belleza de aquella joven.
―Es buena idea ―asintió con el corazón acelerado, como le ocurría
cada vez que estaba cerca de su esposo―. ¿En vuestra familia os dedicáis a
la cría de caballos? ―quería saber más cosas sobre él y las personas que le
esperaban en su clan.
―No ―dijo de forma escueta.
―¿Van a odiarme por ser inglesa? ―insistió, dispuesta a no darse por
vencida.
Broc esbozó una leve sonrisa.
―Es posible. ―Se encogió de hombros y parecía divertido, cosa que
no era muy normal en él.
―Que alentador. ―Puso los ojos en blanco―. No obstante, te
aseguro que les haré cambiar de opinión ―afirmó con una expresión
resuelta.
Broc no podía ponerlo en duda, porque a él le estaba ocurriendo lo
mismo.
Capítulo 11

Tras varios días de camino, en los que no ocurrió ningún contratiempo


más, llegaron a las tierras de los Buchanan.
Ambas jóvenes se sentían nerviosas, pero esperanzadas de poder
formar parte de aquel lugar tarde o temprano.
―¡Por fin has vuelto! ―exclamó una mujer de mediana edad,
aproximándose a Broc a la carrera.
El highlander, de un salto, desmontó del caballo y la abrazó con
afecto.
―Ya sabías que sería un largo viaje, madre.
«Así que esta señora es su madre», pensó Willow.
La estudió con atención. Era una mujer muy atractiva para su edad.
Era alta y poseía unas bonitas curvas, además de un brillante cabello
castaño con reflejos rojizos y unos ojos verdes oscuro que desprendían
jovialidad.
―De todos modos, no soy capaz de acostumbrarme a tus ausencias.
―Le pellizcó la mejilla de forma afectuosa y entonces alzó la mirada hacia
Will―. ¿Es ella?
Broc asintió y, tomándola de la mano, la condujo hasta la yegua de la
joven.
―Madre, ella es Willow, mi esposa.
―Es una auténtica belleza ―afirmó la mujer, sonriendo con calidez.
El laird tomó a su mujer por la cintura y la ayudó a desmontar.
―Es un placer conoceros, señora Buchanan. ―Hizo una leve y
elegante reverencia.
―Es encantadora, hijo. ―Se acercó a ella y la abrazó con cercanía―.
Eres de la familia, no hace falta que uses formalidades conmigo, cariño.
Llámame Muriel.
Willow se sintió emocionada. Esperaba que todos en aquellas tierras
la trataran como si fuera una apestada y, ahora, aparecía aquella mujer y la
hacía sentir que formaba parte de su familia nada más conocerla.
Aún abrazada a Muriel, alzó los ojos para encontrarse con la mirada
indescifrable de Broc. No podía decir si se sentía feliz por aquella acogida o
si, por el contrario, le molestaba de alguna manera. Su expresión
inescrutable siempre era un misterio para ella.
Cuando el abrazo finalizó, la mujer puso una mano sobre la mejilla de
la muchacha y sonrió.
―Debes estar agotada después de tantos días cabalgando. ―Entonces
desvió sus ojos hacia Prudence―. Ambas lo estaréis.
―Lo cierto es que nunca en toda mi vida me encontré tan exhausta,
señora ―reconoció Prue.
La madre de Broc rio.
―Me gusta tu naturalidad, chiquilla. Y como le dije a tu prima,
llámame Muriel.
En ese momento llegó desde las caballerizas un anciano, acompañado
de un atractivo joven y una niña de cabello negro que corría hacia ellos.
―¡Padre! ―gritaba la pequeña, que rondaría los diez años, justo
antes de lanzarse a los brazos de Broc, que la alzó en el aire.
―Vaya, ¿quién es esta señorita? ―preguntó el laird, con una sonrisa
ladeada.
―Soy yo. Bonnie.
―¿Bonnie? ¿Qué Bonnie?
La niña soltó una risita.
―Tu hija.
―Ah, cierto. ―Sonrió, mostrando una hilera de blancos y perfectos
dientes―. Has crecido tanto que no te reconocí.
―No exageres ―repuso, divertida, antes de que su padre la besara
sobre el pelo y la dejara en el suelo.
Willow no podía estar más asombrada. ¿Broc era padre? ¿Por qué no
le dijo nada al respecto?
Cuando los ojos oscuros de la pequeña, iguales a los de su progenitor,
se posaron sobre ella, compuso una sonrisa un tanto tensa a la vez que
respiraba hondo. ¿Cómo se tomaría la niña su presencia allí?
La pequeña fue avanzando y cuando estuvo justo delante de ella,
ladeó un poco la cabeza y parpadeó varias veces.
―¿Eres mi nueva madre?
Esa pregunta le hizo dar un breve respingo.
Miró a Broc, que permanecía a la espera de su respuesta; a Muriel,
que no perdió la sonrisa; y de nuevo a la niña, que continuaba sin moverse.
―Emm, yo… verás…
«Dios, Will, deja de tartamudear como una estúpida», se reprochó a sí
misma.
―Soy la nueva esposa de tu padre y espero ser tu amiga ―consiguió
decir al fin―. No voy a usurpar el papel de tu madre, que seguro que era
una mujer maravillosa.
La niña entrecerró un poco los ojos antes de volverse hacia su padre.
―Me gusta, padre. ¡Quedémonosla!
Aquellas palabras hicieron que todos los presentes rieran y que
Willow dejase de sentirse tan tensa.
―Muchas gracias ―repuso divertida.
―De acuerdo, si es lo que tú quieres, nos la quedaremos ―bromeó
Broc.
―Ya que mi sobrina ha decidido que te quedarás con nosotros, es
preciso que me presente. Soy Graham, tu nuevo cuñado. ―Alargó la mano,
tomó la de Will y depositó un ligero beso sobre su dorso.
Graham se parecía a Broc, aunque diría que era algunos años más
joven. Su cabello era castaño rojizo, como el de su madre, y le caía en
suaves ondas hasta sus hombros. Sus ojos eran verdes y brillaban
divertidos. Además, era alto y musculoso y poseía unos rasgos muy
atrayentes y masculinos.
―Un placer conoceros ―contestó la joven, sintiendo una instantánea
simpatía hacia él, del mismo modo en que le ocurrió con Muriel.
―Como te ha dicho mi hija, somos familia, así que no seas tan
formal, muchacha ―le pidió el anciano, que poseía una blanca y frondosa
barba―. Soy Hamish, tu nuevo abuelo.
―Encantada de conoceros… conocerte, Hamish ―se corrigió.
―Llámame abuelo ―demandó―. Y tú también, jovencita ―dijo,
dirigiéndose a Prudence.
―De acuerdo…, abuelo ―repuso la morena sonriendo―. Yo soy
Prudence.
―Un precioso nombre, chiquilla ―le aseguró el anciano―. Has
tenido suerte, muchacho, es muy hermosa ―se dirigió a Ramsay.
Este tomó a Prue por los hombros y la apretó contra su costado.
―Soy muy consciente de ello, Hamish.
―¿Os quedareis unos días? ―les preguntó Muriel―. Acabamos de
hacer matanza y haremos una fiesta con todos los aldeanos. Lo pasaremos
bien.
―Claro, nos quedaremos un par de días ―concedió Ramsay.
―¿Un par de días? ―preguntó Prudence, apartándose de él―. ¿Eso
qué quiere decir?
―¿Acaso no vivís en el mismo clan? ―añadió Willow, tan confusa
como su prima.
―Claro que no ―negó Ramsay, mirándolas con el ceño fruncido.
―¿Pensabais que vivíamos juntos? ―intervino Broc, acercándose a
su esposa―. Sabíais que éramos los lairds de nuestros respectivos clanes.
―Bueno… nosotras… ―tartamudeó Prue, con los ojos brillantes por
las lágrimas que contenía.
―No juntos, aunque sí en el mismo clan, la verdad ―respondió Will,
abrazando a su prima―. Supongo que no le dimos demasiadas vueltas.
―Vamos a separarnos ―musitó Prue muy triste.
―Eso parece ―repuso Willow, con una lágrima corriendo por su
mejilla.
―No os aflijáis, bonitas ―les pidió Muriel, tomándolas por los
hombros y conduciéndolas dentro del castillo―. Ramsay pasa mucho
tiempo aquí, su clan está relativamente cerca. Podréis veros siempre que
queráis.
Las dos asintieron, pese a que aquello en ese momento no las
consolara.
―Os presentaré a Euphemia, nuestra ama de llaves. Ella os conducirá
hasta los aposentos que ocuparéis y mandará preparar un baño para vosotras
―continuó diciendo la mujer―. Eso os ayudará a desentumeceros y a
relajaros.
―Un placer conocerlas, señoras ―las saludó una mujer de cabello
canoso y cuerpo rollizo al entrar en el castillo.
―El placer es mío ―contestó Willow.
―Y mío ―dijo Prue a su vez.
―Euphemia, acompáñalas a las habitaciones que ocupan Broc y
Ramsay, y que les preparen un baño caliente ―pidió Muriel.
―Así lo haré, señora.
―Si es posible, que Brenna se ocupe de ayudar a la nueva señora del
castillo en lo que necesite.
―Por supuesto.
―Os dejo en buenas manos, muchachas ―dijo Muriel antes de darse
media vuelta y dejarlas a solas con la ama de llaves.
―Seguidme, por favor ―demandó la mujer, comenzando a subir las
escaleras―. La habitación del señor está en el ala este, la del laird
MacFarlane en el ala de invitados…
―Ya le enseñareis a mi prima después sus aposentos, Euphemia,
ahora, si hace que traigan la tina a mi alcoba, las dos nos bañaremos juntas,
como hacíamos en casa de mi padre, si os parece bien ―la interrumpió
Willow.
―Como vos digáis, señora ―aceptó con un leve asentimiento de
cabeza a la vez que les abría la puerta de una habitación decorada con
delicadeza y elegancia.
―¿Este es el cuarto de mi esposo? ―preguntó Will extrañada. Estaba
claro que aquella estancia tenía un marcado toque femenino.
―Así es, señora ―respondió Euphemia, haciéndose a un lado para
que ambas jóvenes pudieran pasar.
Las primas entraron y admiraron la preciosa cama con dosel labrado,
a juego con dos grandes baúles. Una gruesa alfombra en tonos burdeos
decoraba el suelo, del mismo color que las pesadas cortinas, adornadas con
borlas doradas.
―Esta habitación fue decorada por la anterior señora Buchanan,
¿verdad? ―quiso saber Willow, admirando el resto de detalles, como las
lámparas, cuadros y mesitas.
―Bueno… yo… ―balbuceó el ama de llaves, incómoda.
―No os preocupéis, Euphemia, es más que evidente ―le dijo con
una sonrisa encantadora―. Se nota que tenía muy buen gusto, es una alcoba
preciosa.
La mujer pareció relajarse y al escuchar unos pasos, asomó la cabeza
por la puerta y llamó a una joven:
―Brenna, ¿puedes venir un momento?
―¿Necesitas algo, madre? ―peguntó en tono jovial, aunque se quedó
parada al ver a las dos muchachas inglesas―. Disculpad, señoras. ―inclinó
la cabeza, con las mejillas sonrojadas.
―No tienes nada de que disculparte, Brenna ―intercedió Will,
acercándose a ella seguida por su prima―. Y llamadnos Willow y
Prudence, por favor.
La joven doncella miró de reojo a su madre, que asintió animándola a
hacer lo que la nueva señora de la casa les pidió.
―A partir de ahora estarás al servicio de la señora… es decir, de
Willow ―se corrigió Euphemia―. Serás la responsable de proporcionarle
cualquier cosa que necesite.
―¿Qué? ¿Yo? ―preguntó la joven sirvienta con nerviosismo―. No
sé si sabré estar a la altura.
Will se acercó a ella y la tomó de la mano con familiaridad.
―Claro que lo estás ―la alentó―. Únicamente preciso a alguien de
confianza que me ayude con los vestidos o a cepillar mi cabello. Una buena
amiga, más bien, y creo que tú eres la persona adecuada para ello.
―Yo también estoy segura ―afirmó Prue, aproximándose con la
misma expresión amistosa que su prima.
―Me esforzaré lo máximo que pueda para no defraudaros ―les
aseguró Brenna, con las mejillas un tanto sonrojadas y una tímida sonrisa
dibujada en sus labios.
―Si no me necesitáis más, voy a proseguir con mis quehaceres ―les
dijo el ama de llaves.
―Por supuesto, Euphemia, no queremos entretenerla ―concedió la
nueva señora de la casa.
La mujer hizo una leve reverencia y se retiró, dejando a las tres
jóvenes a solas. Debían rondar más o menos la misma edad, por lo que
Willow tenía la esperanza de poder forjar una amistad con ella, así, cuando
su prima partiera, no se sentiría tan sola.
―¿Y bien, Brenna? Ponnos al día de lo que pasa por aquí ―indagó la
joven rubia, asomándose a mirar por el enorme ventanal de la alcoba, desde
el que se podía ver a su esposo y al resto de guerreros que los acompañaron
en el viaje.
―No hay mucho que contar, señora…
―Willow ―la corrigió.
―Willow ―repitió la sirvienta―. La verdad es que la vida en Tùr
Cloiche desde hace varios años es muy tranquila.
―¿Y qué hay de ti? ¿Llevas mucho trabajando en el castillo?
―inquirió Prue, que sintió una simpatía instantánea hacia aquella
muchacha.
―Nací prácticamente aquí ―rio con suavidad―. Mi madre ha
servido a los Buchanan toda su vida y yo espero poder seguir sus pasos.
―¿Mi esposo es un buen señor? ―preguntó entonces Will,
volviéndose para mirarla a los ojos, esperando detectar el menor atisbo de
temor o duda en su verde y cristalina mirada.
―Es el mejor laird que pudiéramos desear ―le aseguró, sin un ápice
de vacilación en esa afirmación.
Aquello relajó a Willow.
―¿Y qué hay de ti, Brenna? ¿Estás casada o hay algún hombre que
acelere tu corazón?
La muchacha se sonrojó aún más.
―No estoy casada.
―¿Y te interesa alguien? ―dijeron las primas al unísono,
percatándose de ello.
―No, nadie ―se apresuró a negar, tan colorada que parecía que
estaba a punto de estallar.
Ambas se miraron entre sí, pero no presionaron a Brenna. Tenía
derecho a guardar sus sentimientos para ella misma, si así lo quería.
―¿Serías tan amable de acompañarme al cuarto en que me alojaré
junto a mi esposo? ―intervino Prudence para cambiar de tema―. Creo que
llevaron mis pertenecías allí y me gustaría coger una muda limpia.
―Por supuesto ―asintió la joven sirvienta.
―Nos vemos en un rato, Will ―le dijo a su prima, antes de seguir a
Brenna fuera de la estancia.
Cuando Willow se quedó a solas, volvió a asomarse a la ventana,
aunque Broc ya no se encontraba junto al resto de los guerreros.
Suspirando, se acercó a uno de los baúles y lo abrió. Dentro había
vestidos de mujer perfectamente conservados. Estaba segura de que
pertenecieron a la primera esposa de Broc, por lo que, con delicadeza, sacó
uno de ellos y lo colocó ante su cuerpo. Era muy bonito y elegante, en tonos
verdes y dorados.
Un leve crujido en la puerta la hizo volverse y ver a Bonnie, que
parecía espiarla.
―Hola ―la saludó, dejando el vestido de forma apresurada de nuevo
en el baúl―. No pretendía fisgar entre las cosas de tu madre.
La niña, abriendo del todo la puerta, avanzó hacia ella.
―Tenía buen gusto, ¿verdad? Eran unos vestidos muy hermosos
―comentó, acariciando con sus dedos el que Willow estuvo admirando―.
Apenas la recuerdo, ¿sabes?
―¿Qué edad tenías cuando ella falleció? ―le preguntó con el
corazón encogido a causa de la tristeza que se apreciaba en sus enormes
ojos negros.
―Cuatro años.
―La mía murió pocos días después de que yo naciera.
Aquella confesión hizo que Bonnie la mirara con atención.
―¿Tampoco tienes madre?
―No. ―Movió la cabeza de forma negativa.
La niña le tomó la mano con dulzura, demostrándole su empatía.
―Lo siento mucho.
Willow sonrió con ternura, sintiéndose unida a Bonnie al instante.
―Yo también lo siento.
―Interrumpo algo.
La voz ronca y profunda de Broc hizo que ambas dieran un respingo.
―Nos has asustado ―le reprochó la pequeña.
―Vaya, no era mi intención ―reconoció el laird, cruzándose de
brazos y sonriendo.
―Willow y yo hemos estado hablando ―dijo entonces la niña,
poniéndose en jarras.
―¿Y bien? ―Enarcó una de sus cejas―. ¿A qué conclusión has
llegado?
Bonnie volvió la cabeza para observar una vez más a la nueva mujer
de su padre, que le sonrió de nuevo.
―Me gusta, padre, pienso que va a ser una buena influencia para ti.
―Me quedo mucho más tranquilo, sé lo bien que sabes calar a las
personas, pequeña tunanta. ―Alargó una de sus manos y le revolvió el
pelo.
Bonnie rio divertida y se abrazó a su padre.
―Os dejo solos, que he quedado con Fiona y Mary ―les hizo saber,
caminando de espaldas hacia la puerta―. Y espero que sepáis lo que hacéis
y en breve me deis un hermanito. ―Tras aquellas últimas palabras se dio
media vuelta y echó a correr, cerrando la puerta tras ella.
Willow, que en aquel momento estaba colorada como un tomate por
la alusión de Bonnie sobre darle un hermano, carraspeó y le dio la espalda a
Broc, sintiéndose incómoda por estar a solas con él en la alcoba.
―¿Por qué no me dijiste que tenías una hija? ―le preguntó, puesto
que no podía permanecer callada. El silencio se le hacía denso e
insoportable.
―Quería ver tu reacción al conocer a Bonnie ―reconoció, a la vez
que se encogía de hombros.
La joven ladeó la cabeza mirándolo de soslayo, entonces se dio
cuenta de que Broc estaba muy cerca de ella, cosa que hizo que su piel se
erizara.
Con lentitud, se volvió hacia él y alzó la cabeza para mirarle a los
ojos. La enorme mano de su esposo subió por su fino cuello y se posó en él,
acariciando con el pulgar su suave piel. Willow cerró los ojos y respiró
hondo, disfrutando de las sensaciones que aquella sutil caricia despertaba en
ella.
La cabeza de Broc, despacio, comenzó a descender sobre la de la
muchacha, que estaba segura de que iba a besarla. Y lo cierto es que lo
deseaba. Deseaba sentir los labios de su esposo sobre los suyos otra vez.
Sin embargo, justo en aquel instante, un par de sirvientes entraron en
la habitación cargados con la tina.
Al verlos en aquella actitud tan íntima, los dos muchachos se
detuvieron en el quicio de la puerta, sin saber qué hacer.
―Lo sentimos mucho, señor, no pretendíamos molestar ―se
apresuró a decir uno de ellos.
―No os preocupéis, yo ya me iba ―respondió Broc, que se había
alejado de Willow, a la cual le dedicó una leve inclinación de cabeza antes
marcharse.
Capítulo 12

Ambas jóvenes se dieron un reconfortante y relajante baño caliente, tras el


cual, Brenna las ayudó a arreglarse con esmero para su primera cena en Tùr
Cloiche.
Prudence se decidió por un vestido en tonos tostados con adornos
dorados, que combinaba de maravilla con sus enormes ojos marrones y su
cabello castaño oscuro.
Por su parte, Willow se decantó por un precioso y elaborado vestido
plateado y con el escote bastante pronunciado, que hacía parecer que su
rubio cabello brillaba con más intensidad.
Las dos se veían bellísimas y así se lo hizo saber el abuelo de Broc
cuando se lo encontraron por el corredor.
―Caray, hacía años que tal belleza no caminaba bajo los techos de
Tùr Cloiche.
Prudence soltó una risita y Willow, sonriendo halagada, se agarró al
brazo que le ofrecía el anciano.
―Me parece que sois un adulador, Hamish.
―Me ofendes, muchacha. Lo que soy es un hombre con ojos en la
cara que sabe apreciar la verdadera belleza.
―Sois muy amable ―le agradeció Prue, cogiéndose de su otro brazo.
―Y tuteadme, por todos los diablos, me hacéis sentir viejo con tanto
formalismo ―protestó, acompañándolas escaleras abajo―. Confío en que
los cuartos sean de vuestro agrado.
―Toda la casa está decorada con suma elegancia y buen gusto, y las
habitaciones no son menos ―le aseguró Will.
―Lorraine hizo un trabajo excelente con la decoración, es cierto.
―¿Lorraine era la primera esposa de Broc?
―Así es. ―La miró de reojo, como si temiera haberla ofendido―.
No era mi intención nombrarla…
―No, tranquilo, no te preocupes, no me molesta ―se apresuró a
decir Willow―. Es más, me gustaría poder conocer un poco más a la madre
de Bonnie.
―Era una muchacha buena y cariñosa, por aquí todos le teníamos
mucha estima. ―Sus ojos se ensombrecieron―. Fue horrible lo que le
ocurrió.
―¿Y qué le ocurrió exactamente? ―indagó su nueva nieta, más
interesada de lo que demostraba.
―No es un tema para tratar esta noche ―repuso Hamish cuando
llegaron al salón.
A Will le hubiera gustado insistir, pero era cierto que no era un tema
agradable para tocar en familia justo durante la primera cena en su nuevo
hogar.
―Me siento cegado por tanta belleza ―comentó entonces Ramsay
acercándose a Prudence, y tomando sus manos, depositó un beso en cada
una de ellas.
Prue, mientras tanto, se limitó a mirarle embobada.  Se apreciaba con
claridad que se estaba enamorando de su esposo, si es que no lo había hecho
ya.
Willow buscó a Broc con la mirada por el salón hasta que lo encontró.
Apoyaba su brazo sobre la repisa de la chimenea y la atravesaba con su
penetrante mirada y el semblante serio e inescrutable.
¿Acaso no le gustaba su vestido? ¿Quizá se puso demasiado elegante
para la ocasión?
Frunció el ceño y comenzó a avanzar hacia él, dispuesta a preguntarle
de forma directa qué le ocurría y por qué parecía tan irritado.
Sin embargo, Graham, su nuevo cuñado, se plantó frente a ella con
una enorme sonrisa en su apuesto rostro.
―Si hubiera sabido antes que las inglesas sois tan bellas y
encantadoras, hubiera cruzado la frontera hacía años en busca de una ―la
aduló.
―Y si yo hubiera estado al corriente de que todos los escoceses sois
unos conquistadores sin remedio, hubiera estado prevenida para que ni mi
prima ni yo cayéramos en vuestras redes.
Graham soltó una carcajada y se volvió hacia su hermano.
―Tu esposa es muy divertida, Broc, siempre has sido afortunado
―soltó, volviéndose hacia el aludido.
―Eso está aún por ver ―aseveró este con voz gélida.
Aquella respuesta molestó a Willow. Parecía que la tuviera a prueba,
como si fuera un caballo que examinas para ver si sirve para tirar de una
carreta, o una vaca de la que aún nos has decidido si te da la mejor leche de
la zona.
―La verdad es que no descarto acudir a nuestro rey para que elija a
otra inglesita para mí ―continuó bromeando Graham, sin percatarse de la
expresión fiera de su cuñada, a la cual le retiró la silla para que tomara
asiento.
Broc caminó hacia ellos y se sentó a la cabecera de aquella mesa que
se encontraba llena de exquisitos manjares, quedando justo al lado
izquierdo de su mujer.
―Graham tiene razón, estás preciosa esta noche ―murmuró
inclinándose hacia delante, para que tan solo ella pudiera oírle.
―¿De veras? ―repuso con sarcasmo.
―¿Estás molesta por algo? ―se sorprendió Broc.
―Creía que estaba por ver si era buena esposa o no.
El highlander enarcó una ceja.
―¿Qué tiene que ver ser hermosa con ser buena esposa?
―¿Es lo único que has podido apreciar en mí? ¿Mi belleza?
―contestó molesta, en el mismo tono bajo que él usaba―. ¿Acaso durante
estos días de viaje no he demostrado ninguna otra virtud?
―¿A parte de ser descarada y terca? ―bromeó, pese a mantener su
semblante serio.
Pudo apreciar como la joven le fulminaba con la mirada y apretaba
los labios, furiosa por sus palabras.
―Gracias por dejar claro que soy de todo menos una esposa
adecuada.
―No he dicho eso.
―No ha hecho falta ―apuntó, desviando la vista de aquella
penetrante mirada oscura y cambiando de tema―. ¿Dónde está Bonnie?
¿No cena con nosotros?
―Ya ha cenado y se ha ido a dormir, según me contó mi madre,
llevaba varias noches sin descansar demasiado bien a causa de los nervios
por conocerte.
Los sirvientes comenzaron a llegar con las bebidas y algunos de ellos
miraron a ambas inglesas con animadversión y desconfianza. Prudence, que
estaba distraída conversando con su marido, no pareció darse cuenta, pero
Willow, que permanecía atenta a todo lo que ocurría a su alrededor, sí pudo
apreciarlo.
De todos modos, se centró en disfrutar de la comida, que estaba
deliciosa, aún más teniendo en cuenta lo que comió durante aquellos días de
viaje, que había sido más bien poco.
Graham y Hamish resultaron ser unos conversadores muy
entretenidos e inteligentes. Parecían saber de todo e incluyeron a Willow y
Prudence en las conversaciones, preguntándoles sus puntos de vista.
Por su parte, Muriel también se mostraba cercana, ofreciéndoles una
y otra vez que probaran todos los platos que cocinaron especialmente para
ellas.
―Lo cierto es que ya no puedo más ―dijo Will, tocándose el liso
vientre―. He comido demasiado, creo que estoy a punto de reventar.
La madre de Broc rio.
―Es verdad, querida, parece como si estuviera queriendo engordarte
para la matanza. ―Se echó a reír.
―Si te descuidas, mi madre hará que pierdas la cintura en menos de
dos semanas, cuñada ―apuntó Graham con guasa.
―No he visto que vosotros hayáis sufrido esas consecuencias
―repuso la mujer, poniéndose en jarras.
―Eso es porque ni Broc ni yo te hacemos caso.
―Como vaya para allá te voy a dar los azotes que no te di cuando
eras pequeño, descarado.
Graham soltó una carcajada y Muriel tampoco pudo evitar sonreír. Se
notaba que eran una familia muy bien avenida y eso le gustaba.
―En fin, la compañía es muy grata, pero va siendo hora de que mi
esposa y yo nos retiremos ―intervino Ramsay poniéndose en pie y
alargando una de sus manos hacia Prue, que la tomó de inmediato.
―Ha sido una velada encantadora, Muriel.
―Me alegro de que hayas disfrutado de la cena, Prudence
―respondió la mujer, con una sonrisa agradable, justo antes de que la
pareja abandonara el salón.
―Nosotros también deberíamos retirarnos a descansar ―dijo Broc,
imitando los gestos de su amigo.
Sin embargo, Willow no tomó la mano que tendía hacia ella. Estaba
tan nerviosa pensado en que tendrían que compartir habitación y sabiendo
que la situación se tornaría demasiado íntima, que se tensó, quedándose
paralizada.
―¿Tan…? ―Tragó saliva pues notaba la boca seca―. ¿Tan pronto?
Su esposo frunció el ceño y ladeó un poco la cabeza, como si
estuviera tratando de leer sus pensamientos.
―No es pronto para unos recién casados que aún no han compartido
el lecho tras su enlace ―soltó de sopetón delante de todos, consiguiendo
que las mejillas de la joven se sonrojasen.
―Era necesario que fueras tan explícito ―le reprochó en un susurro,
tratando que solo él la oyera.
Por desgracia, no fue así, puesto que Graham comenzó a reír a
carcajadas, mientras que Muriel y el abuelo Hamish trataban de contenerse.
―Vamos, hijo, es normal que una recién casada se sienta nerviosa
ante la idea de compartir por primera vez intimidad con su esposo ―terció
Muriel―. ¿Por qué no le enseñas el castillo? Seguro que de ese modo
consigue relajarse.
―Me parece una idea excelente ―asintió Willow poniéndose en pie
con entusiasmo, agradeciendo la oportunidad que le acababa de brindar su
suegra de posponer el momento de estar a solas con Broc en la habitación.
El laird suspiró de forma audible antes de ceder.
―De acuerdo, te mostraré un poco tu nuevo hogar.
La muchacha dibujó una enorme sonrisa en su precioso rostro que
hizo que el corazón de su esposo diera un vuelco. Incómodo por las
sensaciones que su nueva mujer le hacía sentir, carraspeó y comenzó a
andar, sin detenerse a ver si la joven le seguía o no.
―Buenas noches a todos, la cena estaba deliciosa y habéis sido muy
amables con mi prima y conmigo, os lo agradezco de corazón ―Willow se
despidió de los presentes antes de alzarse un poco las faldas y desaparecer
corriendo por donde segundos antes lo hizo su marido.
―Es una joven encantadora ―comentó Muriel, con una sonrisa
satisfecha.
―Ambas lo son, los muchachos han tenido más suerte de la que
imaginé cuando nuestro rey les obligó a casarse con un par de inglesas
―apuntó Hamish, dando un último trago a su jarra de hidromiel.
―Son dos bastardos muy afortunados, tienes razón, abuelo ―bromeó
Graham, poniéndose en pie y estirando la espalda―. Creo que va siendo
hora de retirarme también.
―Y, asimismo, va siendo hora de que busques una buena esposa
―indicó Muriel.
―¿Qué? ¿Qué has dicho, madre? ―Se llevó una mano a la oreja,
como si no pudiera escucharla―. Uff, creo que estoy tan casando que ya ni
oigo ―fue diciendo mientras salía del salón caminando marcha atrás.
―Pues harías bien en oírme, jovencito ―repuso su madre alzando la
voz y sin poder evitar sonreír por las ocurrencias de su hijo pequeño.

Willow caminaba junto a Broc, que no se mostraba demasiado


hablador, por lo que, para no quedarse envueltos de un incómodo silencio,
no paraba de parlotear sobre cualquier tema que se le viniese a la cabeza.
―Creo que sufres un problema de incontinencia verbal ―rezongó el
highlander, consiguiendo que la verborrea de la joven se interrumpiera de
golpe.
Se detuvo y le miró indignada.
―Eres un grosero ―le echó en cara―. Tan solo pretendía entablar
conversación, aunque por lo que se ve, el gran señor de este castillo no se
rebaja a hablar con una descerebrada damita inglesa.
Broc se volvió hacia ella con una ceja alzada y los brazos cruzados
sobre su ancho pecho, haciendo que sus impresionantes músculos se
tensaran, captando la atención de la joven.
―Jamás he dicho que fueras una descerebrada.
―No hay más que ver tu comportamiento para saber que lo piensas
―refutó, dándole la espalda. Su cercanía la alteraba más de lo que le
hubiera gustado.
Entonces fue cuando se percató de que frente a ella colgaba un retrato
de una hermosa mujer de cabello castaño y rizado y una encantadora
sonrisa que ascendía hasta sus almendrados ojos.
―Es preciosa ―comentó en un susurró.
―Es Lorraine ―respondió Broc, colocándose a su espalda y
contemplando el cuadro junto a ella.
―Tu primera esposa ―murmuró, sintiendo una corriente recorrerle la
espina dorsal a causa de su cercanía.
¿Por qué tenía que afectarla de este modo? ¿Y por qué olía tan bien?
―Así es.
―Bonnie no se le parece ―observó la joven, que no podía dejar de
mirar el retrato.
―Ella salió a mí, teníamos la esperanza de que nuestro siguiente hijo
sacase sus rasgos.
Willow ladeó la cabeza lo justo para poder estudiar la expresión de su
esposo, que permanecía con su oscura mirada clavada en el cuadro.
―La amaste mucho, ¿no es cierto?
Aquella pregunta hizo que Broc bajase la cabeza, observando con
fijeza a Will.
―Aprendimos a amarnos.
―¿Eso quiere decir que no te casaste enamorado de ella? ―Quería
saber todos los detalles que estuviera dispuesto a revelarle sobre su primer
matrimonio.
La mirada del highlander volvió a ascender hasta el rostro pintado de
Lorraine antes de responder.
―A ambos nos comprometieron cuando aún éramos unos niños.
Lorraine siempre fue una buena chica y las tierras de su padre colindaban
con las nuestras, por lo que mi padre y el suyo pensaron que sería lo mejor
para ambos ―comenzó a relatar―. Me parecía hermosa, eso no puedo
negarlo, y era mucho mejor que yo en todos los sentidos, por eso supe que
debía hacer lo que estuviera en mi mano para darle la felicidad que merecía.
Tuvimos un buen matrimonio, nos respetábamos y nos cuidábamos
mutuamente.
―¿Y qué hay de la pasión? ―esa pregunta escapó de entre los labios
de Willow antes de que pudiera contenerla.
Broc la tomó por los hombros y la volvió hacia él. Sus ojos negros
parecían arder y Will sintió que se abrasaba bajo aquel tenaz escrutinio.
―¿Qué sabes tú de la pasión, inglesa?
―Sé lo que he leído en los libros, lo que he escuchado relatar a los
bardos, lo que reflejan las poesías ―le explicó con énfasis―. ¿Acaso la
pasión es una invención de las mentes creativas? ¿Es un sueño vano
imposible de alcanzar? ¿El amor apasionado no existe?
Broc se quedó cavilando sus palabras, pensando una respuesta para
todas sus preguntas, pero lo cierto es que no sabía bien qué contestar a ello.
Él había sentido deseo físico por bastantes mujeres y quiso a Lorraine de un
modo profundo y honesto, sin embargo, ese amor apasionado que te
consumía el alma solo lo conoció de oídas, del mismo modo que Willow.
―No sé si existe, lo que puedo decirte es que es posible amar a una
persona sin sentir que tu alma le pertenece.
―No es cierto ―negó la joven.
―¿Insinúas que miento?
―Insinúo que, si no has entregado tu alma a otra persona, es que no
has amado de verdad ―le explicó, con más calma de la que sentía en
realidad, ya que su cuerpo clamaba por pegarse al de su esposo, de un modo
irracional―. Has querido a Lorraine, puedo verlo por cómo hablas de ella,
pero el amor es otra cosa.
―¿Cómo estás tan segura?
―Porque lo siento aquí. ―Se llevó una de sus finas manos al
pecho―. Noto en mi corazón que hay un modo de amar que pocas personas
son capaces de experimentar.
―¿Y tú serás capaz de hacerlo? ―le preguntó con voz ronca.
―Siempre creí que lo haría.
―¿Ya no lo crees? ―insistió.
¿Lo haría? ¿Sería posible que amara a Broc del modo que ella misma
describió hacía unos segundos?
―En estos momentos no estoy segura de nada ―murmuró, apartando
su mirada de él―. Solo sé que anhelo de todo corazón poder ser amada
algún día de ese modo, aunque quizá tan solo se quede en un sueño eterno y
etéreo.
Broc la tomó por el mentón, volviéndole el rostro hacia él, y comenzó
a inclinar la cabeza sobre la de su esposa, que cerró los ojos a la espera de
aquel beso que sabía que estaba por llegar. Y por mucho que le avergonzara
reconocerlo, lo ansiaba con todo su cuerpo.
Sin embargo, antes de que sus labios se tocaran, su esposo apartó los
dedos con los que la sujetaba y se alejó, dándole la espalda.
―Será mejor que nos vayamos a descansar, ha sido un día muy largo.
Willow, confusa, no pudo hacer más que parpadear avergonzada y
seguirle en silencio, sin saber por qué no la había besado. ¿Quizá
malinterpretó sus señales?
Una vez llegaron a la alcoba, Broc cerró la puerta tras él y Will sintió
que comenzaba a hiperventilar. Quería cumplir con sus obligaciones
maritales, pese a que tenía miedo al mismo tiempo.
―Yo… ―Se retorció las manos con nerviosismo―. No sé qué debo
hacer.
―Por lo pronto, tranquilizarte ―le pidió, a la vez que cogía unas
cuantas mantas de uno de los arcones y las arrojaba al suelo.
―¿Qué estás haciendo? ―le preguntó, frunciendo el ceño.
―Como bien te dije, cuando intimemos será porque lo deseas tanto
como yo, no porque te veas obligada a hacerlo.
―Todo el castillo sabrá que no hemos consumado, las criadas
siempre se encargan de esparcir este tipo de rumores.
―Por eso no te preocupes, yo me encargaré de ello.
Willow asintió, pese a no estar muy convencida de lo que pensaba
hacer.
―De acuerdo ―repuso, mirando alrededor, incómoda.
Se puso aún más nerviosa cuando Broc se quitó la camisa y se tumbó
sobre las mantas que estaban en el duro suelo. Will no podía apartar sus
ojos de aquel musculoso y bronceado torso, en el que pudo apreciar varias
cicatrices, de las que le hubiera gustado preguntar cómo se las hizo.
―Ahora métete en la cama y descansa ―le aconsejó, cubriéndose los
ojos con el antebrazo, suponía que para que pudiera deshacerse de su
vestido sin pudor―. Mañana será otro largo día.
No sabía en concreto por qué, pero ella también estaba convencida de
ello.
Capítulo 13

―¡Arriba, dormilona!
Willow se desperezó al oía la cantarina y alegre voz de su prima.
Le costó quedarse dormida la noche anterior sabiendo que Broc
estaba acostado a los pies de la cama.
¡Broc estaba acostado a los pies de la cama!
De un respingo se incorporó y miró hacia donde estuvieron las
mantas extendidas, pero ya no había rastro de ellas ni de su esposo.
―¿Will? ―preguntó Prudence extrañada al verla asomarse a los pies
del lecho―. ¿Estás bien?
―Sí, sí, de maravilla.
―¡Y cuéntame! ―exclamó emocionada sentándose a su lado y
abrazándola de forma afectuosa―. ¿Cómo ha ido tu noche?
―¿Mi noche? No, Prue, no ocurrió nada entre nosotros ―le explicó,
mientras trataba de acomodarse el pelo―. Broc fue muy respetuoso y…
―La risita de su prima la hizo detenerse―. ¿De qué te ríes?
―¿Así que nada? ―repuso, mirándola con picardía―. Porque estas
sábanas no dicen lo mismo, pillina.
Willow, con el ceño fruncido, volvió sus ojos hacia donde se dirigían
los de su prima, y fue entonces cuando alcanzó a ver una pequeña mancha
de sangre salpicando la blanca y suave tela.
―¿Yo…? ¿Esto…?
―Mi noche ha sido mágica ―la interrumpió, emocionada―. Ramsay
es tan cariñoso y apasionado. Es cierto que al principio fue doloroso, no
obstante, cuando me acostumbré, ya todo lo demás fue placentero. ¿Qué
hay de ti? ¿Cómo te sentiste? ¿Te dolió mucho?
―No, verás Prue, como te estaba diciendo, nosotros no…
Unos golpes en la puerta hicieron que Willow guardara silencio.
―¿Puedo pasar? ―les preguntó Brenna, asomando levemente la
cabeza por la puerta.
―Claro, adelante ―Willow la invitó a entrar a la vez que se ponía en
pie.
―Espero que hayáis descansado bien en vuestra primera noche en
Tùr Cloiche.
―Ha sido una noche perfecta, créeme ―repuso Prudence con una
sonrisa radiante.
―Me alegro mucho, señora.
―Prue, nada de señora ―la corrigió, a la vez que daba saltitos por la
habitación.
La sirvienta se contagió del buen humor de la joven. Entonces reparó
en la mancha de sangre sobre las sábanas y miró a Willow con una sonrisa
tímida.
Le hubiera gustado contarle la verdad, del mismo modo en que trató
de hacerlo con su prima, pero aún no conocía lo suficiente a Brenna y no
podía arriesgarse a que todo el clan supiera que su matrimonio no fue
consumado.
Así que se limitó a carraspear y desviar la mirada hacia la ventana.
―Me apetece salir a pasear ―comentó, acercándose a su arcón para
rebuscar qué ponerse.
―Hace un día estupendo para ello ―le aseguró Brenna, mientras
tomaba el cepillo―. ¿Me permites?
Will, sacando un vestido en tonos tostados y dejándolo sobre los pies
del lecho, asintió y se sentó en el sillón, permitiendo que la muchacha le
cepillara su larga melena dorada.
―Buena idea, prima ―enfatizó Prudence―. Iré a por un vestido
liviano y así nos arreglamos juntas, como siempre. ―Sin más, salió del
cuarto a toda prisa.
―Está muy contenta esta mañana ―musitó Brenna, sin perder la
sonrisa.
―Creo que Ramsay sabe hacerla feliz y me alegro mucho de que así
sea ―dijo Willow, con total sinceridad.
―No me extraña, las mujeres siempre están en ese estado cuando
Ramsay está cerca ―observó la sirvienta.
―¿Qué quieres decir, Brenna? ―le preguntó, volviéndose un poco
hacia ella.
Pudo percibir como el rostro de la joven empalidecía.
―No… no he querido decir nada.
―Claro que sí, has querido decir que el esposo de mi prima es un
mujeriego, ¿no es cierto?
―Por Dios, señora, discúlpeme ―le rogó desesperada―. No
pretendía insinuar nada semejante, se me fue la lengua. Si ya me lo dice mi
madre, que no sé mantener la boca cerrada y que siempre acabo metiendo la
pata. ―Se cubrió el rostro con las manos.
―Tranquila, Brenna, no te angusties, esto no saldrá de aquí ―le
aseguró―. En cierta manera ya tuve esa sensación antes de que me lo
dijeras. Y, por favor, como te dije ayer, no me llames señora, cuando mi
prima se marche, serás la única amiga que tenga aquí.
―Muchas gracias por ser tan comprensiva, Willow.
Justo en aquel momento volvió Prudence, con un vestido en las
manos y la misma sonrisa que hacía unos segundos.
―¿Aún estáis así? ―las increpó―. A este paso saldremos a pasear
cuando anochezca.

Una vez estuvieron listas, las tres muchachas bajaron hacia el salón
para comer algo antes de pasear por los alrededores del castillo.
Justo al pie de las escaleras estaba el joven Ellar ataviado con los
colores del clan Buchanan. Nada más verle, Brenna se sonrojó de pies a
cabeza y se detuvo en medio de la escalinata.
Ambas primas se miraron entre sí, descubriendo que aquel era el
guerrero que le había robado el corazón a su nueva amiga.
Willow la tomó de la mano, obligándola a continuar bajando.
―Buenos días, Ellar. ¿Cómo te va la mañana? ―le saludó―. Por
cierto, ¿conoces a Brenna? Le han pedido que se encargue de ayudarme con
cualquier cosa que necesite y la verdad es que es maravillosa.
―Buenos días, señoras. ―El joven les dedicó una ligera inclinación
de cabeza―. Lo cierto es que la mañana está siendo tranquila y sí ―Desvió
sus ojos hacia la bonita sirvienta―, conozco a la señorita de vista, aunque
nunca hemos intercambiado más de un par de palabras.
Las mejillas de Brenna aún se sonrojaron más, por lo que desvió los
ojos al suelo.
―Entonces os presentaré formalmente ―repuso, señalándoles de
forma alternativa―. Brenna, este es Ellar, un gran conversador, he de
decirte. Ellar, te presento a la encantadora Brenna, tan bella por fuera como
por dentro.
El guerrero tomó la mano de la muchacha y depositó un suave beso
en su dorso.
―Es un placer, señorita Brenna.
―El placer es mío ―consiguió pronunciar la sirvienta, pese a lo
temblorosa que sonó su voz.
―Vaya, me siento deslumbrado ante tanta belleza ―comentó
Graham cruzando las puertas del castillo―. Se nota que sois dos felices
recién casadas.
―Y no será que vienes deslumbrado por el sol que hace fuera
―bromeó Willow, alzando una ceja, mordaz.
Graham soltó una sonora carcajada.
―Eres muy avispada, mi querida cuñada, aunque te aseguro que el
sol no tiene nada que ver, tan solo es vuestra belleza inglesa.
―Y escocesa ―añadió Ellar, refiriéndose a Brenna y consiguiendo
que esta le sonriera con timidez.
―Y escocesa, por supuesto ―concedió Graham― ¿Adónde os
dirigíais? ¿Puedo haceros de acompañante?
―Íbamos a comer algo antes de explorar los alrededores del castillo
―le explicó Will.
―Hay un manzano aquí cerca al que puedo acompañaros, así
matamos dos pájaros de un tiro. ¿Qué os parece?
―Y de ese modo te aseguras de que nos acompañarás, ¿cierto?
―adivinó Willow.
―Eso también ―aceptó sonriente.
―A mí me parece una buena idea ―afirmó Prudence.
―¿A que esperamos entonces? Andando. ―Les ofreció un brazo a
cada una de las inglesas.
―Si me permitís acompañaros también ―propuso Ellar, brindando el
suyo con cortesía a Brenna, que sintió un escalofrío recorrer su espina
dorsal cuando apoyó su mano sobre él.
Los cinco salieron de Tùr Cloiche entre las bromas de Graham, que
les hacía reír sin parar. También les iba explicando a las dos inglesas todas
las anécdotas del clan, mientras ellas devoraban dos suculentas y rojas
manzanas.
Mientras tanto, Ellar se alejó unos pasos con Brenna y en un acto de
dulce caballerosidad, se agachó para arrancar una flor del camino y la
colocó tras la oreja de la joven, adornando de ese modo su cabello castaño
claro.
En aquel momento, dos enormes guerreros Buchanan pasaron cerca
de ellos y mirando a Willow y Prudence de arriba abajo como si se sintieran
asqueados. Escupiendo a sus pies declararon:
—Damns sassenach
―¿Disculpad? ―inquirió Will, sintiendo que aquellas palabras no
significaban nada bueno―. ¿Qué nos han dicho? ―le preguntó a Brenna.
―Que sois unas malditas forasteras ―le susurró la sirvienta al oído.
―Os pido que os disculpéis con las damas ―les exigió Graham,
avanzando hacia ellos―. Os recuerdo que una de ellas es la esposa del laird
y ahora también vuestra señora.
―Una sucia inglesa jamás será la señora de este clan ―enfatizó el
más moreno de los dos.
―¡Cuida tu lengua, Ulan! ―soltó el hermano de Broc en tono
amenazador, desenvainado su espada―. Te exijo que te disculpes con la
dama.
―Vamos, Graham, no hablarás en serio ―intervino el guerrero
pelirrojo que acompañaba al tal Ulan―. Hemos luchado codo con codo
contra los ingleses, tú los odias tanto como nosotros. Sabes de sobra lo que
esos bastardos han hecho con nuestras mujeres, creyéndose los dueños y
señores de nuestras tierras. No puedes decirme de verdad que ya lo has
olvidado todo.
―No he olvidado nada, Mervin, pero ninguna de ellas dos es
responsable de lo que hicieran sus compatriotas.
―¿Acaso vosotros no habéis cometido ninguna matanza o atrocidad
durante las batallas que librasteis con mis paisanos? ―apostilló Will,
avanzando hacia los dos temibles guerreros.
―Callad, inglesa ―bramó Ulan, dando un par de pasos en su
dirección y tratando de amedrentarla con su enorme envergadura―. No sois
digna de dirigirme la palabra. Vuestro simple acento me repugna.
―¡Ulan, basta! ―le gritó Ellar, colocándose ante Brenna y Prudence
con la espada en alto por si hiciera falta enfrentarse al furioso guerrero.
―Ya he oído bastante.
Graham se colocó en posición defensiva, sobre todo al ver como Ulan
y Mervin posaban la mano en las empuñaduras de sus propias espadas.
―¿Qué está ocurriendo aquí? ―la voz de Broc retumbó por todo el
valle.
Él, Ramsay y algunos guerreros más pasaban por allí cuando oyeron
las voces y se acercaron a ver qué estaba sucediendo.
―No ocurre nada, laird ―respondió Mervin, volviéndose hacia él.
―Graham, ¿es eso cierto? ―le preguntó a su hermano.
El aludido negó con la cabeza.
―Estos dos han insultado a Willow y Prudence. Las han llamado
malditas forasteras, entre otras lindezas.
―¿Estás bien? ―preguntó Ramsay acercándose a su esposa, que se
abrazó a él y asintió a modo de respuesta.
No obstante, Broc tenía su atención fija en los guerreros que
ofendieron a las inglesas y sus ojos negros llameaban de manera peligrosa.
En ese momento, Willow entendió por qué le llamaban el demonio escocés.
―¿Osáis insultar a mi esposa? ―dijo en un susurró ronco, que hizo
que Will contuviera la respiración. Aquel hombre podía ser muy temible
cuando se lo proponía.
―Es una maldita inglesa ―respondió Ulan con rabia.
―¡Es mi esposa! ―vociferó, haciendo que las venas de su cuello se
marcaran.
Al percibir su fiereza, ambos guerreros dieron un par de pasos atrás y
no era de extrañar, pues hasta las jóvenes, que no eran presas de su ira,
también lo hicieron.
―No consentiré bajo ningún concepto que alguien le falte al respeto
en mis tierras, ni a ella ni a su prima. ¿Entendido?
―Entendido ―respondió Mervin a regañadientes.
―¿Entendido? ―insistió Broc, acercándose aún más a Ulan, que
pese a ser muy alto, su laird aún lo era más.
El guerrero apretó los dientes, dando claras muestras de que no estaba
de acuerdo con aquello que le exigía Broc. De todos modos, asintió y
desvió los ojos.
―Perfectamente ―pronunció al fin.
―De acuerdo, me alegro de que lo hayas entendido. De todos modos,
te quiero fuera de mis tierras en un par de horas o te echaré yo mismo a
patadas.
―¿Qué? ―gritó Ulan indignado.
―No puedes hacerlo ―dijo Mervin.
―Tú cállate o correrás su misma suerte ―le advirtió, señalándole
con el dedo de forma amenazante―. Willow, volvamos al castillo ―le
pidió a su esposa tendiendo una mano hacia ella.
Con el pulso tembloroso por la incómoda situación que se había
desencadenado, la tomó y caminó junto a él.
―Broc, no puedes hacerlo. Ulan es uno de nuestro mejores guerreros
―le dijo uno de los guerreros que había llegado al valle junto a él.
―Como si fuera el mismísimo rey ―declaró con vehemencia―.
Nadie insultará a mi mujer en mis tierras sin tener su debido castigo.
―Esto no gustará al resto del clan ―insistió el guerrero.
―En ese caso, quien no esté de acuerdo con mi modo de actuar,
puede tomar el mismo camino que Ulan ―sentenció sin detenerse.
―Lo sabía ―murmuró Willow para sí misma.
―¿Qué sabías? ―le preguntó su esposo haciéndola sobresaltarse, ya
que no esperaba que la escuchara.
―Que acabaría dándote problemas.
―No has sido tú quien ha provocado esta situación ―le aseguró.
―No quiero que esto te traiga consecuencias.
―Estoy dispuesto a afrontarlas si llegan, pero nadie va a insultarte y
con esto lo estoy dejando más que claro para el próximo que se vea tentado
a hacerlo.
Su contundencia hizo que Willow se sintiera emocionada y le
admirara por el respeto que mostraba por ellas. Quién lo hubiera dicho el
día que las sorprendió desnudas en el lago.
―Muchas gracias.
Broc bajó sus ojos hacia ella.
―No tienes por qué dármelas, juré ante Dios protegerte y eso es lo
que haré pase lo que pase. ―Al menos, intentaría hacerlo mejor que con
Lorraine. Pensar en ella y las causas de su muerte hizo que una punzada
atravesara su pecho.
―De todos modos, te lo agradezco.
La mirada de ambos se unió y sus corazones, sin que ellos se
percataran, comenzaron a latir como uno solo.
―A partir de ahora, Baigh será tu escolta ―dijo en voz lo bastante
alta para que tanto ella como el guerrero aludido lo oyeran.
―¿Crees que sea necesario? ―inquirió Willow, mirando al pelirrojo
que la observaba con cara de pocos amigos.
―Lo es ―le aseguro―. No voy a arriesgarme a que pueda ocurrir
una desgracia.
―¿De qué desgracia hablas? Puedo soportar unas cuantas ofensas sin
escandalizarme.
―De todos modos, tendrás un escolta ―insistió su esposo.
―¿Y he de ser yo? ―refunfuñó el guerrero, cruzándose de brazos.
―Eres uno de mis guerreros más leales y sé que puedes ser
absolutamente capaz de defender a mi esposa si se diera el caso, así que sí,
has de ser tú ―aseveró, sin darle opción a replicar nada más―. Empieza ya
mismo, no quiero que te separes de ella ni un solo instante. ―Tras decir
esas últimas palabras, comenzó a alejarse.
Willow, que pudo percibir que estaba tenso a causa de la
preocupación que el incidente anterior le causó y agradecida por cómo
manejó la situación, salió corriendo tras él. Tomándolo del brazo, le hizo
detenerse y volverse hacia ella, para en un arrebato tomarle por la nuca,
ponerse de puntillas y besarle en los labios con ternura.
―De nuevo, gracias ―repuso sonriente―. Y no te preocupes,
estaremos bien, nos protegeremos las unas a las otras. Vamos chicas ―les
dijo a Prue y a Brenna, que no dudaron en seguirla hacia el interior del
castillo.
Broc continuó mirando el hueco por donde habían desaparecido,
sintiendo aún el cosquilleo de aquel beso sobre sus labios, haciéndole
desear salir corriendo tras su esposa y volver a repetirlo.
―No hay duda, hermano, de que eres un bastardo con suerte ―le
soltó Graham, palmeándole la espalda.
―Me preocupa que algunos guerreros puedan rebelarse ante mi
decisión respecto a Ulan ―le sinceró sus miedos.
―Es probable que haya guerreros descontentos.
―Por eso me preocupa más que nunca el bienestar de Prudence y
Willow.
―Nosotros nos marcharemos pronto, no puedo estar por más tiempo
alejado de mi clan ―le dijo Ramsay―. Y tú debes de estar atento, amigo, o
esta situación puede írsete de las manos.
―Lo sé, por eso quiero que vosotros ―se dirigió a su hermano,
Baigh y Ellar―, que sois los hombres en los que más confío, estéis atentos
de cualquier movimiento extraño que percibáis. Tú ―Señaló al enorme
guerrero pelirrojo―, no perderás de vista a Willow y a Prudence mientras
esté aquí. Mientras que vosotros ―les dijo a los otros dos― vigilareis a los
guerreros y a los ancianos, atentos a cualquier signo de rebeldía.
Los tres hombres asintieron, justo en el momento en que el abuelo
Hamish salía por la puerta del castillo riendo.
―Ay, muchachos, que jovencitas más maravillosas tenéis por esposas
―les comentó―. Es indiscutible que odio a los sucios ingleses que
pretenden usurpar nuestra tierra ―Escupió en el suelo, demostrando cuanto
los despreciaba―, sin embargo, esas dos encantadoras inglesitas son
extraordinarias.
―Es cierto, abuelo ―afirmó Graham, pasando un brazo sobre sus
aún anchos hombros―. Ojalá todos fueran tan sabios como tú y acertaran a
ver que ellas no son responsables de ninguna de las afrentas que en el
pasado nos hicieron sus compatriotas.
Broc también hubiera deseado que así fuera.
Capítulo 14

Tras tener una charla con los ancianos del clan, acompañado de su abuelo,
y que estos le presentaran sus quejas con respecto al destierro de Ulan, Broc
se mostró inflexible y extendió el castigo al resto de los habitantes del clan.
Quien se atreviese a insultar, menospreciar o dañar a su esposa, correría la
misma suerte que él.
Hamish estuvo de acuerdo con su nieto y le felicitó por la decisión
que tomó. Ninguno de ellos quería arriesgarse a que Willow corriera la
misma suerte que la pobre Lorraine.
Sin embargo, pese a lo grave que era la situación, Broc tuvo la mente
perdida en el beso que su esposa le dio. Deseaba poder volver a repetirlo.
Lo cierto es que apenas podía quitarse de la cabeza la idea de tocar aquellas
sinuosas curvas que poseía, sintiéndose por primera vez en su vida preso de
la lujuria.
Con disimulo se miró la palma de su mano izquierda, que llevaba
vendada a causa de el corte que él mismo se hizo aquella mañana para dejar
una mancha de sangre sobre las sábanas y, de ese modo, acallar las
habladurías de la servidumbre.
―Padre, ¿dónde te habías metido? ―preguntó Bonnie, que corrió
hacia ellos en cuanto traspasaron las puertas de Tùr Cloiche.
―Estaba hablando con el abuelo y algunos ancianos más, bichillo
―contestó en tono cariñoso.
―Yo he estado jugando con Will y Prue a las muñecas ―les explicó
con una sonrisa radiante.
―Así que Will y Prue, ¿eh? ―repuso Broc, enarcando una ceja.
―Ellas me pidieron que las llamara así ―respondió con satisfacción.
―Qué afortunada eres, pequeña Bonnie ―apuntó Hamish,
acercándose a su bisnieta y revolviéndole el cabello―. Nosotros rodeados
de viejos gruñones y tú con esas dos encantadoras muchachitas.
―Así es ―asintió orgullosa―. Padre, al bisabuelo y a mí nos gusta
mucho tu nueva esposa. Creo que puede ser una buena madre para mí. ¿Qué
opinas tú?
Broc tuvo que contener la risa. Su hija se estaba convirtiendo en una
jovencita sabionda sin que él apenas se diera cuenta.
―Me gustaría que así fuera, bichillo. ―Le guiñó un ojo.
―Ya habéis vuelto ―la voz de Willow en lo alto de la escalera hizo
que los tres se volvieran hacia ella.
El corazón de Broc dio un vuelco al verla y deseó ser la baranda por
la que con delicadeza pasaba la mano mientras descendía grácilmente la
escalinata.
―Acaban de llegar ―le informó Bonnie.
―¿Ha ido todo bien? ―le preguntó a su esposo, un tanto preocupada.
―Todo bien ―le aseguró su marido, sin poder apartar la vista de ella.
―Estábamos hablando de que creemos que serás una buena madre
para mí ―comentó la niña.
―¿Ah, sí? ―Miró a Broc con interés.
―Sí, el bisabuelo y yo estamos convencidos de ello y a padre le
gustaría mucho que lo fueras.
A Willow le agradó aquella respuesta, ya que, aunque no hubiera sido
un rotundo sí, al menos parecía que veía cualidades en su persona capaces
de convertirla en una buena madre.
―Y lo que me gustaría saber ahora es cuando voy a tener un
hermanito o hermanita.
Aquellas palabras de Bonnie hicieron que las mejillas de la joven se
sonrojaran.
―Amm, yo… ―fue lo único que pudo balbucear Willow, antes de
buscar auxilio en su esposo, que permanecía callado, como si en cualquier
momento pudiera echarse a reír.
―¿No lo sabes? ―dedujo la niña por su cuenta―. Padre, ¿por qué no
nos explicas a las dos como se hacen los bebés y cuándo llegará uno a casa?
Tú ya me tienes a mí, así que debes saberlo, ¿no es así?
En lugar de responder, Broc no pudo contenerse por más tiempo y
comenzó a carcajearse, doblado por la mitad y sosteniéndose la tripa con las
dos manos.
Hamish, al escuchar aquella sincera risa que hacía años que no oía, en
concreto desde de murió Lorraine, abrió la boca como si se le hubiera
desencajado la mandíbula.
Así mismo, Muriel, que estaba cosiendo, apareció en la entrada del
castillo con una expresión de asombro dibujada en el rostro.
―Hijo, ¿estás bien? ―le preguntó un tanto preocupada por si aquella
era una risa histérica.
―Estoy bien, madre ―le contestó, secándose las lágrimas que se
agolpaban en la comisura de sus ojos―. Es que es imposible no reírme con
las ocurrencias de tu nieta.
―Hacia tanto que no te oía reír así ―comentó Muriel, acercándose a
abrazarle emocionada y con los ojos brillantes.
―¿Por qué no vamos a enseñarle a Will el nuevo potrillo, padre?
―preguntó Bonnie ilusionada.
―Me parece buena idea ―asintió Broc, que depositó un beso sobre
el cabello de su madre antes de tomar a su hija de la mano―. ¿Qué dices,
inglesa? ¿Te apetece conocer al nuevo miembro del clan?
La joven dibujó una enorme sonrisa en su rostro.
―Me parece un plan perfecto.
―¿Le preguntamos a Prue si quiere venir también? ―propuso la
niña.
―Mi prima está en este momento ocupada… hablando con su
esposo, creo que será mejor que la dejemos ―terció, ya que podía imaginar
para qué la fue a buscar Ramsay minutos antes, dado el modo apasionado
en que la besó―. Ya le presentaremos al potrillo en otro momento.
―De acuerdo.
Bonnie cogió con su mano libre la de la nueva esposa de su padre y
los tres salieron por la puerta, escuchando como la chiquilla parloteaba sin
parar.
―Creo que le estamos recuperando, padre ―le dijo Muriel a Hamish,
secándose una lágrima furtiva que rodó por su mejilla.
―Esa muchacha le está haciendo mucho bien, sin duda ―apuntó el
abuelo―. Al final vamos a tener algo que agradecerles a los ingleses.
―Tienes una hija maravillosa ―comentó Willow cuando la niña se
adelantó dando saltos.
―No puedo llevarte la contraria ―respondió Broc con orgullo―. Es
una suerte que se parezca a su madre.
―Se parece más a ti de lo que crees.
―¿Y eso es bueno? ―inquirió, alzando una ceja―. Porque creo
recordar que te has pasado peleando conmigo la mayor parte el tiempo
desde que nos conocemos.
Willow le miró de reojo.
―Es verdad que eres terco y exasperante, pero últimamente he
descubierto que también tienes cosas buenas.
―Vaya, qué interesante ―repuso en tono irónico―. ¿Y cuáles son
esas cosas?
―¿Pretendes que engrose tu ego, escocés? ―Alzó ambas cejas de
forma burlona.
―Solo quiero saber qué es lo que una inglesita como tú puede
encontrar destacable en un highlander salvaje como yo.
―Te empeñas en molestarme, ¿verdad?
Broc se encogió de hombros.
―Es posible.
―Te advierto que hoy no lo vas a conseguir ―afirmó, volviendo la
vista al frente―. Me gustó el modo en que nos defendiste.
―¿Cómo? ―preguntó confuso.
―Las cosas buenas que he visto de ti ―le aclaró―. Me pareció que
tenías una enorme integridad y sentido de la protección. Además, que te
mostraras tan respetuoso con respecto a… nuestra noche anterior ―Sus
mejillas se sonrojaron un poco― me hizo saber que eres un hombre de
honor y en el que puedo confiar, cosa que es muy importante para mí.
―Parece que este demonio escocés no va a ser tan horrible como
imaginaste ―repuso con guasa.
―Eres menos gracioso de lo que te crees, desde luego, en eso mi
percepción no ha cambiado ―le soltó con sarcasmo―. ¿Y qué hay de ti?
¿Sigo pareciéndote la misma damita caprichosa e insoportable?
―Exactamente la misma.
―¡Oye! ―Le dio un manotazo en el brazo.
Broc rio entre dientes.
―Lo cierto es que no eres tan caprichosa como pensaba ―concedió,
con la vista fija al frente―. Has demostrado ser una mujer fuerte y con
carácter, quizá demasiado.
―Créeme, hay que tener carácter para estar casada con el demonio
escocés y vivir en estas tierras ―apuntó, poniendo los ojos en blanco.
―No te lo discuto ―concedió―. Además, también he podido ver lo
considerada y cercana que eres con Bonnie y el resto de mi familia, y es
más de lo que esperaba de una damita inglesa. ―Se volvió a mirarla y
sonrió de medio lado.
―Will, he recogido estas flores para que nos adornemos el pelo
―gritó Bonnie mientras corría hacia ella.
―¡Qué gran idea! ―exclamó la joven arrodillándose en el suelo para
que la niña pudiera colocar las bonitas flores de colores sobre su cabello.
―Así padre podrá apreciar lo bellas que somos ―iba diciendo la
pequeña con entusiasmo―. ¿Qué te parece, padre? ¿Cómo nos queda?
Broc bajó los oscuros ojos hacia ellas.
Su hija, que con nueve años ya empezaba a perder los rasgos
aniñados, estaba muy bonita, sobre todo por la preciosa y sincera sonrisa
que iluminaba su rostro. Por su parte, Willow era una auténtica visión. Las
flores colocadas al azar sobre su cabello dorado la hacían parecer más joven
e inocente, haciendo que el corazón del hombre latiera de forma acelerada y
su boca se quedara repentinamente seca.
―Estáis hermosísimas ―respondió sin poder apartar su atención del
rostro de su esposa.
Willow se sintió abrasada bajo aquel minucioso escrutinio, que
despertó en ella un deseo lacerante que hizo que sus zonas íntimas cobraran
vida propia, clamando por un desahogo que intuía que solo podía ofrecerle
su esposo.

Pasaron una entretenida tarde los tres juntos y aquello ayudó a Will a
conocer mejor a su nuevo esposo y a su hija. Le presentaron al lindo potrillo
tordo, al que Bonnie bautizó como Willy, en honor a ella.
Después cenaron en familia y disfrutaron de distendidas
conversaciones, que Graham amenizó con su buen sentido del humor.
Cuando llegó la hora de retirarse, Willow se sentía nerviosa, pero
decidida, sabiendo que era el momento adecuado para consumar su
matrimonio. Y no solo porque la obligación así lo dictase, sino también
porque deseaba a su esposo y quería descubrir junto a él qué era lo que
anhelaba su cuerpo y a lo que ella no sabía poner nombre.
Ambos subieron las escaleras en silencio y Will notaba su corazón
desbocado, a la vez que sentía un hormigueo en la boca del estómago. Y
todo fue a peor una vez entraron en la alcoba y se quedaron encerrados los
dos solos.
Broc, como la noche anterior, se dirigió al arcón para sacar las
mantas, pero la joven le detuvo tomándole de la mano.
Este se volvió a mirarla y frunció el ceño al percibir su palidez y la
forma en que se mordía el labio inferior con nerviosismo.
―¿Te ocurre algo?
―No, yo… Bueno, sí… A ver…
―¿Sí o no? ―preguntó con una sonrisa de medio lado, a la vez que
la tomaba por los hombros para que se tranquilizara y centrara su atención
en él.
Willow respiró hondo y alzó el mentón, armándose de valor.
―Quería decir que no me ocurre nada malo, aunque que sí me pasa
algo ―le aclaró―. Creo que ha llegado el momento.
―El momento ―repitió su esposo, imaginándose a que se refería,
pese a querer estar seguro del todo.
―El momento de que… consumemos nuestro matrimonio. No le veo
sentido a posponerlo más.
―Ya te dije…
―Lo sé, lo sé ―le interrumpió―. Que no haríamos nada hasta que
no te desease.
―Así es.
Will se pasó la lengua por sus temblorosos labios.
―Por eso mismo ha llegado el momento.
Pudo apreciar como la nuez de Broc subía y bajaba, como si le
costase tragar, a la vez que sus oscuros ojos parecían comenzar a arder
como dos llamas incandescentes.
Alzó una mano para acariciar la suave mejilla de su mujer y notó
como se tensaba.
―No temas, no voy a hacerte daño.
―Prue me explicó que le dolió.
―Puede ser un poco incómodo la primera vez, aunque todo depende
del tipo de amante con el que estés.
―¿Y qué tipo de amante eres tú?
Broc sonrió y el corazón de la joven se aceleró aún más. Estaba tan
atractivo cuando se le veía relajado y sonriente.
―Prefiero que lo descubras por ti misma.
Broc se inclinó hacia delante y cuando sus labios tocaron los de su
esposa, esta sintió que, aunque lo quisiera, ya no podría detenerse. Su mente
estaba perdida en las sensaciones que su cuerpo experimentaba por primera
vez y deseaba dejarse llevar por ellas.
Las grandes y ásperas manos masculinas descendieron por su cuerpo,
acariciando sus costillas y su cintura a su paso, y haciendo que un
hormigueo expectante se instalara entre sus piernas.
―Broc ―jadeó, sintiendo que necesitaba tenerle más cerca.
―Dime, Willow ―murmuró con la voz grave contra sus labios
hinchados.
―Necesito… necesito…
―¿Qué necesitas?
Le miró a los ojos.
―En realidad, no lo sé ―confesó―. Pero tengo la esperanza de que
tú sí sepas lo que necesito.
Broc no pudo evitar reír roncamente y alzando una mano, la posó en
la suave mejilla femenina, pasando el pulgar sobre sus labios.
―Eres preciosa, Willow ―declaró, sintiendo su corazón acelerado
como si no fuera más que un virgen inexperto―. ¿Me permitirías que te
viera al completo?
La joven asintió, a la vez que un leve rubor cubría sus mejillas,
dándole un aspecto aún más encantador e inocente.
Broc llevó los dedos a los lazos que ajustaban el escote de su vestido
y comenzó a desatarlos de forma diestra sin dejar de mirarla a los ojos, y
Will sintió que se podía perder en aquellas oscuras profundidades.
Cuando el vestido cayó al suelo y se quedó tan solo con la camisola,
las manos del hombre se deslizaron dentro de ella y acariciaron con
suavidad uno de sus pechos.
Will cerró los ojos y emitió un suave gemido.
Sintiendo que no era capaz de contenerse más, le echó las manos al
cuello y le besó como llevaba tiempo deseando hacer, pegándose contra el
duro y musculoso cuerpo de su esposo. Los besos se fueron volviendo más
ardientes y posesivos, como si no fueran capaces de saciarse el uno del otro
por mucho que lo intentaran.
Tomándola en brazos, la dejó sobre la cama con una delicadeza
asombrosa para un hombre de su envergadura y leyenda.
Broc, de pie al lado de la cama, se fue quitando la ropa prenda a
prenda, permitiendo que Willow se deleitase con la visión de aquel cuerpo
que, a la luz de la chimenea, parecía cincelado en piedra.
Cuando se recostó a su lado, la cama se hundió y Will se deslizó un
poco hacia su desnuda anatomía.
―¿Puedo? ―Señaló la camisola, pidiéndole permiso para quitársela
también.
La joven asintió incapaz de hablar. Sentía la garganta seca y sus
pezones completamente erguidos por el deseo que la visión de su esposo
despertó en su cuerpo.
Broc cogió el bajo de su camisola y la fue subiendo por sus níveos
muslos, acariciando cada resquicio de aquella suave piel que encontraba a
su paso.
Cuando Willow se quedó totalmente desnuda, respiró hondo
sintiéndose insegura, en especial porque los ávidos ojos de su esposo
parecían estudiarla con detenimiento.
―Creo que no tienes consciencia de lo hermosa que llegas a ser
―susurró a la vez que le retiraba un mechón de cabello dorado que caía
sobre su bello rostro―. Y tampoco de lo mucho que te deseo.
Se acercó para besarla de nuevo, a lo que la joven dio un respingo,
mirándole temerosa.
―No me tengas miedo, Willow ―le pidió de forma firme pero tierna
a la vez.
Alargando una de sus manos, acarició con suavidad su pecho,
pellizcando suavemente su pezón, consiguiendo que Will emitiera un jadeo
ahogado. Un jadeo que Broc se bebió cuando asaltó sus carnosos labios.
Se tumbó sobre ella, haciéndola sentir su dura erección. Bajó la mano
por su liso abdomen y la posó sobre su húmedo sexo, acariciándolo con
cuidado. Mientras los dedos seguían jugueteando entre sus pliegues, se
metió uno de los rosados pezones en la boca, succionándolo.
Willow arqueó la espalda y sujetó la cabeza de Broc para que no
dejara de darle placer del modo en que lo hacía.
Su esposo le separó más las piernas y uno de los largos dedos
masculinos se introdujo en su interior, haciendo que se tensara de repente.
―Tranquila, no te haré daño ―repitió, intentando que se relajara de
nuevo.
―No estoy tan segura ―comentó, mirando el tamaño de su miembro
y ruborizándose al hacerlo.
Broc sonrió y la besó con suavidad en los labios.
―Puedes hacerlo.
―¿El qué?
―Confiar en mí, inglesa.
Willow le devolvió la sonrisa.
―Voy a intentarlo, escocés mandón, aunque no te aseguro nada.
―Está bien, con eso es suficiente. ―Entonces movió el dedo en
círculos en su interior.
Will se aferró a su espalda y hundió el rostro contra el cuello de su
marido.
El pulgar de Broc frotó su hinchado clítoris, mientras con su dedo no
dejaba de penetrarla. La respiración de la joven se fue volviendo cada vez
más acelerada e irregular, casi como la suya propia.
Se situó entre sus piernas, sacando el dedo de su interior y llevando
las manos a su trasero para levantarle las caderas y que tuviera mejor
postura para recibirlo.
Willow sintió la punta roma del duro miembro de su esposo en la
entrada de su sexo y como se fue deslizando poco a poco en su interior.
Broc notaba aquel húmedo calor que le abrazaba, haciéndole sentir
deseos de embestirla como un salvaje, pero sabía que su mujer necesitaba
suavidad y ternura en aquellos momentos, por mucho que el deseo por
poseerla lo consumiera.
Cuando por fin se topó con la suave barrera que le impedía seguir
avanzando, la besó de forma aún más apasionada, tratando de que eso
consiguiera distraer a Will de su invasión. Fue entonces cuando adelantó
sus caderas con fuerza para vencer el obstáculo que los mantenía separados.
Alzó la cabeza y se la quedó mirando, tratando de encontrar un rastro
de dolor en su bello rostro. No obstante, lo único que halló fue deseo puro y
ardiente brillando en la profundidad de sus ojos azules y cristalinos.
Empezó a moverse dentro de ella, mientras Will emitía suaves
gemidos de placer, enrollando sus firmes piernas en torno a su cintura.
Willow, que ya era incapaz de pensar con claridad, lamió y
mordisqueó el cuello de su marido, consiguiendo que él también soltara un
jadeo de placer.
Comenzó a sentir unas palpitaciones en su interior hasta ese momento
desconocidas para ella y que le hicieron tener ganas de gritar de puro goce.
―Broc ―gimió, agarrándole del pelo y besándolo de modo feroz.
Y, de repente, todo su cuerpo explotó. Comenzó a sentir espasmos
recorriéndola de arriba abajo que hacían que no pudiera controlar los
músculos de sus piernas, que temblaban como si tuvieran vida propia.
Broc aceleró sus acometidas hasta que, rugiendo con fuerza, se
derramó en su interior como hacía tiempo que deseaba hacer.
Will flotaba en una nube placentera cuando su marido rodó de
costado y la arrastró con él, para que descansara sobre su amplio pecho.
―¿Te ha dolido? ―le preguntó, un tanto preocupado.
La joven negó con la cabeza.
―La verdad es que solo he sentido placer.
Broc se sintió satisfecho y aliviado ante aquella confesión.
La besó en el cabello y se quedó despierto hasta que notó la suave
respiración de la joven. Entonces bajó los ojos hacia ella, observándola en
silencio.
Nunca antes sintió aquel placer arrollador que acababa de
experimentar con Willow. Parecía como si su cuerpo estuviera hecho por
completo para él y aquella certeza consiguió asustarle, ya que no quería
sentir eso. No podía volver a necesitar a nadie y temía que, si no ponía
distancia entre su esposa y él, sería inevitable que eso acabara ocurriendo.

Broc acababa de llegar a la explanada frente al lago, ya que uno de


los aldeanos del clan le había informado de la presencia de un cuerpo sin
vida. El cuerpo de su esposa.
Pudo ver el vestido violeta, con el que aquella mañana salió del
castillo para ir a dar un paseo, tendido sobre la verde hierba.
Se fue acercando despacio, temiendo ver el rostro de Lorraine en
aquel cuerpo sin vida. Sin embargo, ya no era su primera esposa la que
yacía en el suelo, sino Willow.
Los ojos azules de la joven se veían vacíos y sin vida y su expresión
era de puro terror.
No podía ser. No podía volver a estar pasando.
¿Quién se había atrevido a dañarla? De nuevo, no había estado para
protegerla. No había sabido cuidar de ella, como tampoco supo hacerlo
con Lorraine.
―¡Willow! ―emitió un desgarrador grito a la vez que se dejaba caer
sobre la hierba de rodillas…

En mitad de la noche a Willow la despertaron unas fuertes sacudidas


que provenían del cuerpo de su marido.
Se incorporó en la cama y lo observó.
Su frente se veía perlada de sudor y tenía el rostro contraído por una
expresión de sufrimiento. Parecía estar teniendo una pesadilla, por lo que le
zarandeó suavemente por el hombro.
Broc dio un respingo y se la quedó mirando como si acabara de ver
un fantasma. Entonces la tomó por los hombros y la abrazó con fuerza
contra su pecho.
―Estás bien ―murmuró con alivio.
―¿Por qué no iba a estarlo?
―Por nada ―respondió, separándose de ella y pasándose las manos
por el cabello.
Sentía la respiración acelerada y cierta dificultad para respirar, por lo
que se concentró en tomar una honda inspiración y a contener el aire por
unos segundos, tratando de relajarse. Si no lo lograba, acabaría teniendo un
nuevo ataque de pánico, y no estaba preparado para que Will le viera en ese
estado.
―¿Y tú estás bien? ―preguntó la joven, mirándole con
preocupación, percibiendo su palidez.
―Sí, claro, perfectamente ―mintió―. Solo he sufrido una pesadilla.
―¿Quieres contármela?
Broc negó con la cabeza.
―Prefiero olvidarla y volver a dormir ―declaró, echándose de nuevo
en la cama y arrastrando a su esposa consigo.
―¿Estás seguro? ―insistió Willow.
―Muy seguro.
―A veces, hablar de estas cosas…
―He dicho que no ―la cortó con firmeza.
Will suspiró y decidió dejarlo pasar. Si él no quería abrirse con ella en
ese momento, debía respetarlo, por mucha intriga que le causara aquella
pesadilla que parecía haberle alterado tanto.
Broc, por su parte, se sentía más tranquilo y de nuevo era capaz de
respirar con normalidad, y algo le decía que tenía mucho que ver con la
cercanía de su esposa.
De todos modos, no logró volver a dormirse. Cada vez que cerraba
los ojos le venía a la mente el rostro mortecino de Willow, tal y como lo vio
en su pesadilla. Aquello le hizo tener un mal presentimiento, como si ese
sueño no fuera solo eso, sino una terrible premonición que rezaba porque no
llegara a cumplirse jamás.
Capítulo 15

Willow despertó cargada de energía, así que se estiró cual gata satisfecha y
se sentó en la cama con una sonrisa radiante.
Broc, como la mañana anterior, ya no estaba en la habitación e
imaginaba que era porque se iba a entrenar desde bien temprano con el resto
de sus guerreros.
Escuchó unos leves toques en la puerta e invitó a pasar a Brenna, que
entró con una agradable sonrisa.
―Buenos días ―la saludó con entusiasmo.
―Buenos días. ―Se puso en pie y se acercó a ella―. Vaya, parece
que no soy la única que ha tenido una buena noche.
La joven sirvienta soltó una suave risita.
―Anoche Ellar vino a buscarme para que diéramos un paseo juntos.
―¿Y cómo fue?
―Fue todo un caballero e incluso me regaló una flor ―le explicó con
una mirada soñadora.
―Me alegro mucho por ambos ―le dijo, a la vez que le daba un
afectuoso abrazo―. Hacéis una preciosa pareja.
―Muchas gracias, Will. Si no hubiera sido por ti, nunca nos
hubiéramos atrevido a hablarnos ―sonrió ilusionada―. ¿Y qué tal tú? Me
he cruzado esta mañana al laird y no recordaba haberlo visto tan relajado
desde hacía muchos años.
―¿Le has visto? ―Brenna asintió―. ¿Y parecía feliz? ―volvió a
asentir―. Es que ha sido una noche muy bonita, la verdad. Broc es muy
tierno y delicado.
―¿Tierno y delicado? ―repitió la sirvienta, incrédula―. Nadie se
referiría a nuestro laird, al que los ingleses denominan el demonio escocés,
como tierno y delicado ―rio.
―Eso es porque no lo conocen tan bien como yo ―repuso Willow,
comenzando a cepillarse el cabello―. ¿Sabes dónde está mi prima? Me
resulta extraño que no haya venido esta mañana nada más despertarse.
―La vi salir del castillo con Ramsay hace como una media hora.
―¿En serio? ¿Sin pasar a darme los buenos días?
Se asomó a la ventana para tratar de verla, pero a la única persona que
alcanzó a atisbar fue a una bonita joven de cabello rojo y rizado que llevaba
un vestido con un sugerente escote, dejando a la vista gran parte de sus
generosos senos.
―¿Quién es?
―¿Quién es quién? ―preguntó Brenna, sacando una camisola nueva
del arcón para que Willow se la pusiera.
―Esa joven de allí, la pelirroja.
La sirvienta se acercó a la ventana para comprobar a quien se refería.
―Ah, es Leslie, la… ella es…
―¿Quién es? ―insistió, al ver que dudaba.
―Digamos que se dedica a entretener a los hombres cuando no tienen
mujer que les caliente la cama ―consiguió decir al fin, con el color
subiéndole a las mejillas.
―¿Es una ramera? ―inquirió con curiosidad―. Jamás he conocido a
una.
―Tampoco te pierdes nada ―rio Brenna, volviendo a su tarea de
elegir un vestido para que su señora se pusiera.
―Parece muy joven.
―Tendrá más o menos la misma edad que nosotras.
―¿Y por qué se dedica a trabajar de eso? ―continuó indagando, sin
dejar de estudiar a la muchacha.
―Perdió a su familia hará unos cuatro años e imagino que no le
quedó otra salida. ―Se encogió de hombros.
Willow sintió lástima de aquella joven, que se vio abocada a trabajar
como prostituta sin que nadie la ayudara.
―Quiero conocerla ―dijo de repente, apresurándose a quitarse el
camisón y a ponerse la nueva camisola que Brenna dispuso para ella.
―¿Qué? ¿Quieres ir a hablar con Leslie?
―Así es, iremos las dos ―le aseguró.
―¿Las dos? ―inquirió con los ojos muy abiertos―. La gente podría
comenzar a murmurar si nos ven hablando con ella.
―Que murmuren lo que quieran ―aseveró, comenzando a
enfundarse el vestido―. Esa pobre muchacha no ha hecho nada malo, solo
buscarse la vida para no morir de hambre. ¿Me ayudas? ―le preguntó,
señalando los lazos que ajustaban el vestido a su espalda.
―Sí, claro, por supuesto. ―Se apresuró a atarlos.
―Y después bajaremos ahí y entablaremos una conversación con la
pobre Leslie, y me importa un bledo lo que los demás piensen por ello.

Una vez Willow estuvo adecentada, bajó las escaleras junto a Brenna,
que se mostraba bastante escandalizada con la idea de acercarse a hablar
con Leslie.
Justo en la entrada se encontraron a Prudence y a su esposo
besándose de forma apasionada.
―Dichosos los ojos ―dijo su prima con voz lo suficientemente alta
como para que ambos la oyeran.
―¡Will! ―exclamó Prue sonriendo.
―Buenos días, señoras, cuánta belleza junta en una sola estancia
―las halagó Ramsay, con aquel encanto que le caracterizaba.
―Buenos días ―respondieron Brenna y Willow al unísono.
―¿Ibais a alguna parte? ―les preguntó Prudence.
―Lo cierto es que sí, y tú vas a acompañarnos ―repuso su prima,
tomándola de la mano―. No te importa que te la robe un momento,
¿verdad? ―se dirigió a Ramsay.
―Para nada. ―Volvió a besar a su mujer en los labios―. Contaré los
minutos que estemos separados ―le susurró al oído e hizo una reverencia
con la cabeza a las otras dos jóvenes antes de alejarse.
―Parece que sigues en el paraíso ―ironizó Willow.
―Sí ―afirmó su prima, sonriente―. Mi esposo es perfecto.
―No existe nadie perfecto.
―Te aseguro que él lo es.
―O tú estás ciega ―susurró.
―¿Cómo dices?
―Que me extrañó que no vinieras a darme los buenos días ―mintió.
Quizá estuviera un poco celosa de la atención que su prima le dedicaba a su
esposo, pese a que ella no era nadie para reprocharle nada. Entendía que
estaba enamorada y quisiera estar con él el máximo tiempo posible, pero
eso no quitaba que ella la echara a faltar.
―Ah, eso. ―Se puso a juguetear con su pelo―. Es que Ramsay
pensó que estaría bien que fuéramos a nadar al lago. Ya sabes.
―Sí, puedo imaginar a lo que te refieres. ―Puso los ojos en blanco.
―¿Y qué hay de ti?
―¿Qué hay de mí?
―Con Broc ―aclaró―. ¿Qué tal?
―La verdad es que muy bien. ―Se mordió el labio inferior
rememorando su noche anterior―. Es muy tierno y delicado.
―¿Tierno y delicado? ―se sorprendió Prudence.
―Eso mismo pregunté yo ―intervino Brenna, que hasta entonces
había permanecido en silencio.
―Aunque os extrañe, así es.
―Por cierto, ¿adónde se supone que vamos? ―inquirió Prue cuando
su prima la tomó de la mano para arrastrarla fuera de Tùr Cloiche.
―Brenna nos va a presentar a Leslie.
―¿Leslie? ―inquirió Prue, frunciendo el ceño.
―Es la prostituta del clan.
―¿¡Que!? ―gritó, y se detuvo en seco.
―¿Qué?
―¿Cómo que vamos a conocer a la prostituta del clan? ―repuso su
prima un tanto escandalizada―. ¿Qué pensará la gente?
―Eso mismo dije yo ―apuntó la sirvienta de nuevo.
―Parece que hoy estáis de acuerdo en todo ―ironizó Willow,
poniéndose en jarras―. Vamos a presentarnos a esa joven, que seguramente
lo esté pasando mal porque no tiene familia y puede que se sienta sola y
desesperada, y me importa un comino lo que piensen los demás.
Con decisión, las agarró de nuevo de la mano, arrastrándolas hasta la
parte trasera del castillo.
En cuanto Leslie las vio acercarse con aquella decisión, abrió mucho
los ojos y trató de escabullirse.
―¡Espera! ―la llamó Willow―. ¡Detente! ―gritó aún más fuerte,
haciendo que se parara en seco.
Con lentitud, la muchacha se volvió hacia ellas, con sus oscuros ojos
azules cargados de dudas y temor.
―Lo siento, no pretendía ofenderos, señoras ―balbució nerviosa―.
Ya me marchaba, es solo que…
―No te disculpes, Leslie ―la interrumpió Will―. Ese es tu nombre,
¿verdad?
La joven asintió.
―Así es, señora.
―No me llames señora, soy Willow, y ella es mi prima Prudence.
―Encantada ―repuso la aludida, mirándolas alternativamente con
cierto temor, como si esperara que de un momento a otro fueran a
castigarla.
―E imagino que a Brenna ya la conoces.
―Emm, sí… De vista.
―Sí, de vista ―apuntó la sirvienta.
―Te he visto desde mi ventana y me pareció buena idea bajar a
hablar contigo ―le explicó Will.
―Siento mucho haberla ofendido, señora ―se disculpó de forma
apresurada―. Si es por su esposo, no debe preocuparse, él nunca ha
solicitado mis servicios, os lo juro.
―¿Y el mío? ―se animó a preguntar Prudence.
―Emm… bueno… ―comenzó a balbucir la joven pelirroja sin saber
qué responder para no ofenderla.
―No hacía falta ni preguntar ―murmuró Willow, a la vez que ponía
los ojos en blanco y se ganaba un empellón de su prima por ello―. De
todos modos, eso ya no importa. Lo que quería saber en realidad es si estás
bien.
Leslie parpadeó varias veces, como si estuviera asimilando lo que
acaba de escuchar.
―¿Si… si estoy bien?
Will asintió, posando una mano sobre el hombro de la muchacha.
―Así es.
―Yo… esto… claro, estoy muy bien.
―No me importa tu trabajo, ni te juzgo por ello, Leslie, aunque sí me
gustaría que fueras sincera conmigo ―insistió Willow.
Los ojos oscuros de la pelirroja se llenaron de lágrimas.
―No, no lo estoy ―reconoció al final―. No estoy nada bien.
―Lo suponía. ―Sin pensarlo dos veces, la abrazó―. Debes sentirte
muy sola. ―La oyó jadear a causa del llanto, que cada vez se hacía más
incontrolable―. Sin embargo, eso se acabó, a partir de ahora tienes tres
nuevas amigas.
Leslie se separó un poco de ella para mirarla a los ojos.
―¿Amigas?
―Amigas ―afirmó―. Brenna, Prue y yo seremos ahora tus amigas,
ya no vas a estar sola, ni necesitarás trabajar satisfaciendo a los hombres
nunca más, si es lo que deseas.
―No tengo otra opción, señora.
―Willow, llámame Willow ―le pidió―. Y por supuesto que tienes
otra opción, porque te ofrezco un trabajo en el castillo.
―¿¡En el castillo!? ―exclamó Brenna, horrorizada.
―Sí, en el castillo ―repitió Will una vez más―. Ahora que eres mi
sirvienta personal ha quedado un puesto libre para hacer el resto de tareas
del castillo, ¿no es cierto?
―Sí, claro, pero no sé si a mi madre… ―Miró de reojo a Leslie―. Si
mi madre estaría de acuerdo con esto.
―¿Y por qué no iba a estarlo? ―Se puso en jarras y se volvió a mirar
a la pelirroja―. ¿Sabes limpiar?
Leslie asintió.
―He limpiado mi casa desde que era una cría.
―¡Lo ves! ―le dijo a Brenna con una sonrisa radiante―. Así
matamos dos pájaros de un tiro.
―A quien vamos a matar es a mi madre de un infarto ―le murmuró
al oído.
―No digas tonterías ―respondió en su mismo tono bajo de voz.
―¿Al laird le parecerá bien? ―inquirió Leslie, mordiéndose el labio,
nerviosa―. No quisiera ser un motivo de disputa.
―Solo hay un modo de averiguarlo. ―La tomó de la mano y la
arrastró tras ella―. Iremos a ver a Broc y le explicaré mi idea.
―¡A Broc! ―gritó la joven, con los ojos muy abiertos.
―La que se va a liar ―balbuceó Brenna, siguiéndolas.
―No te apures, Leslie ―trató de tranquilizarla Prue―. Broc parece
temible, aunque por lo poco que le conozco, es un hombre íntegro y justo,
le parecerá una buena idea que suplas el puesto vacante en el servicio.
―¿Tú crees? ―Leslie no estaba tan convencida de ello.
―Totalmente.
Unos minutos después, las cuatro llegaron al campo donde los
guerreros entrenaban.
―Mira, laird, tu esposa nos trae un presente ―bramó uno de ellos,
haciendo alusión a la presencia de Leslie allí.
―Ven, pelirroja, tengo un regalo para ti ―gritó otro, agarrándose de
forma grotesca sus partes nobles.
―¿Por qué no se lo das a tu amigo? Parecéis los dos unos babosos
desesperados ―les soltó Will, con el mentón alzado.
Ambos guerreros la fulminaron con la mirada.
―Creo que mi cuñada acaba de embestiros ―rio Graham, divertido.
―Vamos a ver, Willow, ¿qué tienes que decirme que sea tan
importante como para interrumpir nuestro entrenamiento? ―le preguntó
Broc, acercándose a las cuatro jóvenes.
―He tenido una idea y quería comentarla contigo.
―¿Y no podía esperar? ―Enarcó una ceja.
―No. ―Se cruzó de brazos.
Su esposo puso los ojos en blanco.
―¿Y qué es eso tan urgente que no puede esperar?
―Es Leslie. ―La tomó por el hombro para que se adelantara―.
Quiero que ella trabaje para nosotros.
Broc frunció el ceño.
―Creo que me he perdido ―comentó confuso―. Quieres que Leslie,
tú y yo… ―Hizo gestos con las manos, sin saber que más decir.
Los guerreros tras ellos se echaron a reír y a soltar comentarios
groseros.
―¡Por Dios, no! ―exclamó entre risas―. No en ese sentido. Como
sé que Brenna ha dejado un puesto libre entre el servicio, he pensado que
Leslie puede cubrirlo, si te parece bien.
Los oscuros ojos del laird se desviaron hacia la pelirroja.
―¿Estás de acuerdo con mi esposa? ¿Crees que encajarías trabajando
como sirvienta?
―Bueno, yo… ―Miró a Will, insegura―. Me gustaría intentarlo.
―No es justo que Leslie tenga que seguir satisfaciendo los deseos
carnales de cabestros como esos. ―Señaló a los guerreros que la increparon
hacía unos instantes.
―Creo que es una buena idea ―respondió al fin Broc.
―¿De verdad? ―preguntó Will entusiasmada.
―¿De verdad? ―repitió Brenna escandalizada.
―De verdad ―asintió Broc con voz cansada―. Que Euphemia le dé
un uniforme y la instale en alguna de las habitaciones de los sirvientes que
esté desocupada.
―Muchísimas gracias, laird ―le agradeció Leslie, emocionada.
―Sabía que estarías de acuerdo conmigo en esto. ―Se puso de
puntillas y le besó en la mejilla―. Y espero que ninguno de vosotros oséis
en molestarla ―les gritó a los guerreros―. En especial tú ―se dirigió a
Ramsay.
―¿Yo? ―se señaló a sí mismo, confuso.
―Parece que te ha calado bien ―apuntó Graham con guasa.
―Deja de meterte con mi marido, anda ―le pidió Prue antes de
lanzarle un beso a su esposo, que hizo el gesto de atraparlo al vuelo.
―Y ahora, si hacéis el favor, marchaos y dejad que sigamos
entrenando ―les ordenó Broc antes de darse media vuelta y alejarse para
seguir con sus ejercicios.
Capítulo 16

De camino al castillo, Willow se empeñó en detenerse en las caballerizas


para que sus amigas conocieran al pequeño Willy. El desgarbado potrillo las
saludó con entusiasmo, no del mismo modo que el anciano fornido y de
mirada hosca que las sorprendió con sus gruñidos.
―¿Qué hacéis aquí formando tanto escándalo? ―gritó,
sobresaltándolas―. No veis que podéis asustar a los caballos y que alguno
os dé una coz.
―Buenos días, Gordon ―le saludó Brenna―. La señora quería que
viniéramos a ver al nuevo potrillo. Por cierto, ¿la conoces?
El anciano miró a ambas primas, sin saber cuál de las dos era la nueva
esposa de su laird.
―No, no la conozco ―repuso con desgana.
―Es un placer conoceros, Gordon, soy Willow, la esposa de Broc.
―Se adelantó la joven rubia, con una encantadora sonrisa dibujada en el
rostro―. Y ella es mi prima Prudence, la mujer de Ramsay MacFarlane.
―Estupendo ―dijo sin más―. Ahora, ¡fuera de mis establos!
Will se quedó sorprendida ante su brusquedad, pese a que en el fondo,
le hizo bastante gracia.
―Creía que los establos eran de mi esposo ―apuntó con sarcasmo.
―Creías mal ―soltó con el ceño profundamente fruncido―. Puede
que él sea el propietario de Tùr Cloiche y todo lo que le rodea, pero yo
mando aquí y os ordeno que salgáis para que pueda hacer mi trabajo bien, a
no ser que queráis que os dé el rastrillo y la pala y limpiéis vosotras mismas
los excrementos de los caballos.
―Gordon, recuerda que es nuestra señora ―le susurró Brenna.
―¿Te crees que estoy senil? ―refunfuñó―. Acabas de
presentármela.
La sirvienta emitió un suspiro de resignación.
―Me gusta mucho su franqueza, Gordon ―reconoció Willow.
―Entonces va a encantarte cuando os saque de aquí a escobazos.
Prue y Will se echaron a reír, mientras que Brenna y Leslie abrieron
los ojos de manera desmesurada.
―De acuerdo, ya nos marchamos ―concedió Willow.
―Por cierto, ¿qué hace ella con vosotras? ―preguntó, percatándose
de la presencia de la pelirroja.
―Leslie va a trabajar en el castillo.
Aquello sí que llamó la atención de Gordon, que dejó de rastrillar el
heno y se volvió a mirarlas.
―¿En el castillo? ¿Desempeñando su oficio?
―No, hombre, no ―se apresuró a negar Will―. Va a ser la nueva
sirvienta.
―¿Así que estará a las órdenes de Euphemia? ―enarcó una de sus
blancas cejas.
Las cuatro jóvenes asintieron a la vez, cosa que provocó que el
anciano prorrumpiera una sonora carcajada.
―Me gustaría ver como tu madre se toma la noticia, con lo estirada
que es ―le dijo a Brenna―. Estoy seguro de que pone el grito en el cielo.
Se pondrá roja como un tomate y parecerá que se le salen los ojos de las
orbitas, como si lo estuviera viendo.
―No es estirada, solo convencional ―la defendió su hija.
―Si tú lo dices.
―En fin, ya os dejamos trabajar en paz, Gordon ―intervino Willow,
que notaba como su sirvienta personal comenzaba a tensarse.
―Ya era hora, porque me estáis entreteniendo. Y saludad a Euphemia
de mi parte ―rio entre dientes como si molestarla le divirtiera.

Como predijo Gordon, Euphemia no se tomó bien la notica de tener a


Leslie entre las personas a su cargo. Su rostro se puso tan colorado que
parecía que fuera a explotar de un momento a otro.
―No quiero ni pensar en las habladurías de la gente ―repetía una y
otra vez.
―Que hablen lo que les dé la gana, lo importante es que Leslie pueda
dejar de trabajar en algo que no le gusta y la hace sentir mal.
―¿Así que no le gusta? ―repuso el ama de llaves con
escepticismo―. Cualquiera lo hubiera dicho.
―Si mi presencia en el castillo va a causar problemas, será mejor que
me marche ―terció la pelirroja, bajando los ojos al suelo.
―Nada de eso ―aseveró Willow―. Tú te quedas y nadie va a
hacerte sentir incómoda o violentada. ¿Vedad que no, Euphemia?
La mirada fulminante que le lanzó la joven señora consiguió que la
mujer titubeara y sonriera de forma tensa.
―No, por supuesto que no.
―Perfecto.
―Vas a estar muy bien con mi prima como señora, ya lo verás ―le
dijo Prudence a Leslie, tomando su mano con afecto.
―Muchas gracias por todo ―respondió la muchacha, con lágrimas
brillando en sus ojos azules oscuros.
―No tienes nada que agradecer, de verdad ―le aseguró Will.
En aquel momento, Ramsay, Broc y Bonnie entraron al salón.
―¿Ya habéis acabado el entrenamiento? ―preguntó Willow,
extrañada.
―Tras vuestra interrupción ha sido imposible que volviéramos a
concentrarnos ―se lamentó Broc, que la amonestó con la mirada.
―¿Podemos hablar un momento? ―le preguntó Ramsay a su esposa,
acercándose a ella.
Al percibir que su marido, que casi siempre estaba sonriente, se ponía
serio, se preocupó.
―¿Ocurre algo malo?
―Brenna, será mejor que vayamos a enseñarle su nueva habitación a
Leslie ―sugirió Euphemia, saliendo del salón seguida de su hija y la
aludida.
―No sucede nada, solo que debemos volver a casa ―respondió
Ramsay.
―¿Ya? ¿Tan pronto? ―se apresuró a decir Willow, que no estaba
preparada para separarse aún de su prima.
―¿No podemos posponer la partida un par de días? ―suplicó
Prudence, triste ante la idea de que se tuvieran que distanciar.
―Ya la he pospuesto más tiempo de la cuenta. ―Le acarició la
mejilla con ternura―. Te prometo que volveremos en cuanto podamos.
―Está bien ―se resignó su esposa.
Prudence se volvió hacia su prima, que parecía tan afectada como
ella, y ambas se abrazaron.
―No puedo creerme que no vaya a verte cada día ―se lamentó Will,
sin poder contener las lágrimas.
―Te voy a echar tanto de menos ―sollozó Prue.
―Te juro que, si no vuelves pronto, seré yo la que vaya en tu
encuentro.
―No esperaba menos ―rio entre lágrimas.
―Te prometo que cuidaré de ella, Prue ―intervino Bonnie,
acercándose a abrazarlas por la cintura.
Las dos muchachas la integraron en su abrazo.
―Sé que la cuidarás muy bien, preciosa ―asintió Prudence.
―Nos cuidaremos mutuamente ―aseguró Will, besando la coronilla
de la niña.
―Será mejor que vayamos a prepararnos para la partida ―sugirió
Ramsay.
―De acuerdo ―asintió su esposa―. Nos vemos en un rato ―le dijo
a su prima mientras subía las escaleras junto a su esposo.
―Por supuesto. ―Trató de sonreír, aunque más bien pareció una
extraña mueca.
―Estás muy triste, ¿verdad? ―preguntó Bonnie, mirándola con
empatía.
Willow se agachó para quedar a la altura de la pequeña.
―Ella es mi familia y hemos estado siempre juntas, es difícil
hacerme a la idea de que vamos a separarnos ―le explicó.
―Ahora nosotros somos tu familia y cuidaremos de ti, ¿verdad,
padre?
Broc, que se había mantenido al margen y en silencio, se acercó a
ellas.
―Claro que sí ―afirmó, mirando a los ojos a su esposa―. Una
familia consiste en cuidar los unos de los otros.
―¿Qué te parece si la llevamos a nuestro lugar secreto? ―sugirió
Bonnie.
―Si a Willow le parece bien, por mí no hay problema.
―¿Qué dices, Will? ¿Quieres conocer nuestro lugar especial?
La joven sonrió, contagiada por el entusiasmo de la niña.
―¿Cómo no voy a querer conocer un lugar secreto? Esos son mis
sitios favoritos.
―¡Genial! ―La pequeña se puso a dar saltitos―. Vamos a por los
caballos entonces. ―Se apresuró a salir por la puerta a la carrera.
―¿Crees que podrás cabalgar? ―le preguntó Broc cuando
empezaron a seguir a Bonnie.
―¿Por qué no iba a poder? ―Le miró con una ceja alzada― ¿Por
qué soy una pobre y torpe inglesa? ―bromeó.
―No es por eso. Ya demostraste tus dotes cabalgando durante el viaje
―le aclaró mientras la sonreía―. Lo decía porque después de lo de anoche,
no sé si puedes estar un tanto dolorida.
Aquella mención a su noche de pasión consiguió que sus mejillas se
sonrojaran levemente.
―Ah, es por eso. ―Se comenzó a tocar el cabello con
nerviosismo―. No te preocupes entonces, estoy bien.
Broc asintió y se cruzó de brazos.
―Si te soy sincero, no he podido dejar de pensar en ello.
Willow se lo quedó mirando.
¿Había pensado en su encuentro íntimo? ¿De qué modo?
―¿Pensabas en si estaría bien? ―indagó.
Su esposo rio entre dientes.
―Eso también, aunque lo que de verdad me ha rondado la cabeza es
tu nívea piel desnuda, tan suave, tan tersa, y los tremendos deseos que
siento de volver a acariciarla ―se sinceró.
La joven se mordió el labio inferior pensado en aquellas grandes y
callosas manos recorriendo su cuerpo, y su piel se erizó.
―Así que has pensado en mi piel ―susurró, coqueta―. Debió
causarte una buena impresión.
Broc, acercándose más a ella, le murmuró en el oído:
―No solo en tu piel, créeme, pero prefiero demostrarte todo lo demás
que he fantaseado esta noche.
Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Willow, que se volvió a
mirarle con las pupilas dilatadas por el deseo.
―¿Otra vez por aquí? ―bramó entonces Gordon, mirando a Willow
con el ceño fruncido y sacándoles de aquel estado de latente excitación.
―No me digas que mi esposa ha estado molestándote ―repuso Broc
con tono de guasa.
―Esta misma mañana, junto a sus tres escandalosas amigas.
―No fuimos tan escandalosas ―se defendió Will.
―Parece que te dieron buena impresión ―rio el laird.
―La misma que tú, muchacho, ya que también me estás
entreteniendo ―soltó con descaro, sin importarle un comino que fuera su
señor―. ¿Queríais algo?
―Pues sí ―respondió Bonnie por su padre―. Queremos nuestros
caballos.
―Menos mal que hay alguien coherente en este clan ―afirmó
Gordon, mirando a la niña―. En seguida ensillo vuestras monturas.
Cuando el anciano se adentró en las caballerizas, Willow se puso en
jarras.
―Este hombre parece el dueño y señor de los establos ―observó,
con cierta ironía―. Si hasta te regaña a ti.
―Gordon lleva haciéndose cargo de los caballos de este clan desde
que yo era un crío y mi abuelo paterno era el laird, así que ya estamos
acostumbrados a su mal genio.
―Conmigo es muy simpático ―apuntó Bonnie, satisfecha.
―¡Menuda suerte! ―le dijo Willow, pellizcándole la punta de la
nariz.
―Eso es porque tú me caes bien y no es algo que pueda decir de
demasiadas personas ―repuso el anciano, trayéndoles a los dos caballos ya
listos para montar.
―Hola, preciosa ―Will saludó a Princess, su bonita yegua blanca,
que relinchó alegre cuando le acarició el hocico.
―Vamos, bichillo, antes de que se haga más tarde ―dijo Broc,
tomando a su hija por la cintura y colocándola sobre el semental, antes de
que él montara de un salto tras ella.
―¿Cuándo podré montar por mi cuenta? ―protestó la niña, torciendo
los labios.
―Ya montas sola muchas veces ―le rebatió su padre.
―Solo por los alrededores del castillo y contigo manejando las
riendas ―le discutió, cruzándose de brazos.
―Ah, entonces, si te refieres a cabalgar una larga distancia, tendrás
que esperar a cumplir los veintiún años.
―¡Padre! ―se quejó Bonnie.
―No seas tan sobreprotector ―intervino Willow, instando a su yegua
a ponerse a la altura del caballo de su esposo―. ¿Con que edad cabalgabas
tú alejado del castillo?
―Eso es diferente.
―¿Por qué eres un hombre? ―Enarcó una de sus cejas rubias.
―Sé lo que pretendes, Willow, y no vas a conseguirlo.
―¿Y qué pretendo?
―Discutir conmigo.
―Conversar no es discutir y si no sabes la diferencia, tienes un grave
problema ―rebatió con displicencia.
―No tiene nada que ver con que sea una niña ―le aseguró.
La muchacha rio de forma sarcástica.
―¡Ya, claro!
―Claro, ¿qué? ―Frunció el ceño―. Si fuera lo que piensas, no
tendría por qué esconderme, ya que es mi hija y puedo educarla cómo me
plazca.
Willow apretó los labios, furiosa por el modo en que le restregó por
las narices que ella no pintaba nada con respecto a la educación de Bonnie,
porque no era su madre.
―No te preocupes por mí, Will, mi padre sabe que monto bien a
caballo, pese a que nunca me deja hacerlo fuera de la seguridad de los
alrededores de Tùr Cloiche porque teme que me ocurra algo malo, como a
mi madre ―le aclaró Bonnie, demostrando lo lista que era para su corta
edad.
Willow abrió la boca para decir algo, pero no le salieron las palabras.
¿Broc trataba de salvaguardar a su hija porque temía que la hirieran como a
Lorraine? La verdad es que tenía mucho sentido, conociendo lo protector
que era.
―No me seas tan sabionda ―murmuró el highlander, revolviendo el
cabello negro de su hija y haciéndola reír.
El resto del trayecto, Bonnie fue la única que habló, puesto que Broc
y Willow permanecieron en silencio, pese a que en varias ocasiones sus
miradas se cruzaran.
―¡Ya hemos llegado! ―exclamó la cría, feliz.
La joven miró al frente y lo único que vio fue una ladera, gobernada
por un viejo y enorme sauce. Desmontaron de los caballos y la niña la tomó
de la mano.
―Ven. ―Tiró de ella―. Ven a verlo.
―Voy, voy ―rio, acelerando el paso para poder seguirla.
Cuando llegaron a la cima, bajo la sombra que proyectaban las hojas
del sauce, pudo apreciar que estaban al borde de un profundo acantilado,
desde el que se podía ver todo el castillo y las casas de sus habitantes. Era
una imagen tan bonita que Will sintió un pellizco en el corazón.
―Qué maravilla ―susurró para sí misma.
―Cuando padre y yo necesitamos relajarnos y pensar, siempre
venimos aquí ―le explicó la niña con orgullo.
―Y no me extraña ―sonrió, sin poder dejar de admirar las vistas.
―A partir de ahora puede ser el lugar especial de los tres. ¿Te parece
bien, padre?
―Es una buena idea ―concedió el hombre acercándose a ellas y
mirando el castillo―. Creo que a Willow también le vendría bien un lugar
donde relajarse, le suele hacer falta.
Su esposa se puso en jarras y enarcó una ceja.
―¡Mirad allí! ―gritó la niña―. Cuántas mariposas.
Salió corriendo tras ellas y los dejó a solas.
―¿Así que me hace falta relajarme?
―En bastantes ocasiones, sí.
―Lo que pasa es que tú eres muy terco.
―¿Yo soy el terco? ―inquirió con sarcasmo.
Abrió la boca para replicar, pero al final la cerró y respiró hondo.
―Tienes razón, a veces soy demasiado susceptible y casi tan
testaruda como tú.
Broc abrió mucho los ojos, estupefacto.
―¿Puedes repetirlo?
―No tientes a la suerte ―le advirtió su esposa, haciéndole reír.
―Entonces, ¿te gusta nuestro lugar especial? ―comentó tras
carraspear para aclararse la voz y volverse de nuevo a observar las vistas de
su clan.
―No me esperaba algo tan hermoso, la verdad.
Ambos se quedaron contemplando el precioso paisaje en silencio.
―La primera vez que traje a Bonnie aquí fue tras morir Lorraine ―le
explicó, después de unos minutos―. Era un momento duro y a los dos nos
hizo bien la tranquilidad de este lugar. Nos ayudó a unirnos y a poder
comunicarnos.
Will estudiaba el perfil de su esposo. Tenía un aspecto tan masculino
y salvaje que parecía imposible que aquellas palabras acabaran de ser
pronunciadas por él.
―Cuando te conocí, jamás pensé que fueras así.
―¿Así? ―indagó, mirándola de soslayo.
―Tan sensible.
―¡Sensible! ―exclamó ofendido―. No soy sensible.
―Claro que lo eres ―afirmó, sin poder contener la risa―. Y también
tierno y considerado.
Broc se cubrió el rostro con la mano.
―Espero que no andes difundiendo tales falacias sobre mí.
―Por supuesto que no, ¿por quién me tomas? ―repuso con tono de
indignación―. Solo se lo he contado a mi prima, a Brenna y a Leslie.
―Santo Dios ―suspiró y puso los ojos en blanco.
―No te lo tomes como una ofensa, es algo muy bueno.
―¿Que mi clan piense que su laird, un duro y fiero guerrero al que
muchos temen, sea tierno y sensible es algo bueno? ―rio de forma seca―.
No lo creo.
―Para mí sí lo es ―insistió con auténtica convicción―. Anoche me
trataste con tanta delicadeza que conseguiste que me relajara y disfrutara,
sin apenas sentir dolor. Claro que es bueno y no es incompatible con tu
valentía y fiereza como guerrero.
Broc se volvió hacia ella y posó una de sus grandes y ásperas manos
en la mejilla de su esposa.
―Eso es algo que todo buen esposo hubiera hecho.
―Sabes que no es cierto ―consiguió decir, pese a que su boca
parecía haberse secado por completo a causa del nerviosismo que el
contacto de su esposo provocó en ella.
―Estoy deseando llevarte a casa y quitarte este vestido, para poder
volver a disfrutar de tu cuerpo ―declaró con los ojos encendidos―. No
puedo pensar en otra cosa desde anoche, me estás volviendo loco. Te deseo
como no recuerdo haber deseado nunca a nadie, Willow, y no sé si voy a
saber lidiar con ello.
―Parece una declaración ―comentó la joven, con ojos soñadores.
―¿Una… una declaración? ―repitió confundido.
―Ajá ―asintió―. Me estás declarando tu deseo por mí.
―Bueno, sí…, eso he hecho.
―Y bajo un sauce ―prosiguió diciendo Will.
―¿Y qué tiene que ver eso?
―¿Sabes por qué me llamo Willow? ―Broc negó con la cabeza―.
Porque mi padre le declaró su amor a mi madre bajo un sauce, por eso,
decidió que el día que tuviera un hijo, tanto si fuera niño como niña, le
nombrarían Willow, que significa sauce, y de ese modo, jamás olvidaría
aquel bonito momento.
Broc sonrió de medio lado.
―Parece ser que vas a seguir con la tradición, pese a que no haya
sido una declaración de amor.
―Aún ―susurró muy bajito.
―¿Cómo has dicho? ―preguntó su esposo, acercándose más a ella
para escucharla mejor.
―Que no importa. ―Dibujó una amplia sonrisa en su bello rostro.
Un suave silbido lejano hizo que Broc se pusiera alerta.
―Silencio ―pidió.
―¿Qué ocurre? ―inquirió Will.
Sin embargo, a su marido no le dio tiempo a responder, tan solo a
empujarla para que una flecha, que iba dirigida directa hacia su cabeza, se
clavara en el tronco del enorme sauce.
―¡Dios santo! ―exclamó la joven asustada.
―Rápido, márchate con Bonnie ―le ordenó, tomando el arco que
llevaba a la espalda y disparando una flecha entre los arbustos por donde
llegó la otra.
Willow, apresurándose a hacer lo que le pidió, llamó a gritos a la
niña, que, al escucharla, corrió hacia ella.
―¿Qué pasa?
―Nos atacan ―le dijo, tomándola en brazos y ayudándola a subir
sobre su yegua.
―¿Dónde está padre?
―En seguida vendrá tras nosotras ―respondió, montando junto la
pequeña y poniendo su montura al galope.
―¿Vamos a dejarle? ―se lamentó, mirando hacia atrás para tratar de
comprobar que estaba bien.
―Vamos a hacer lo que nos ha pedido, que es ponerte a salvo.
Broc, furioso, rugió para sus adentros, algo más calmado al ver que
ambas se alejaban para salvaguardarse.
Continuaba alerta y con el arco en alto por si veía cualquier atisbo de
movimiento. Fue en aquel momento cuando pudo ver a un encapuchado
persiguiendo a la yegua de su esposa.
―¡Maldita sea!
Colgó de nuevo el arma a su espalda y, corriendo, montó su semental
de un salto, haciendo que galopara como si no hubiera un mañana. Notaba
el corazón bombear con fuerza dentro de su pecho y como la rabia que
siempre le invadía en la batalla se apoderaba de él.
Pudo ver al encapuchado apuntar con su arco hacia su mujer y su hija
sin ralentizar el paso, así que estaba seguro de que era un experto jinete.
―¡Willow, ve hacia los árboles! ―gritó, a la vez que él también
cogía su propio arco.
Will se volvió a mirar hacia atrás y fue entonces cuando pudo ver a
aquel encapuchado, apuntándolas con su flecha. Sin pensarlo dos veces,
cubrió a Bonnie con su cuerpo todo lo que pudo, a la vez que hacía lo que
Broc le pidió y se introducía entre la arboleda.
De todos modos, la flecha acabó impactando en su hombro,
causándole un lacerante dolor, que estoicamente aguantó apretando los
dientes.
Pudo oír a Broc soltar un grito de guerra, intuyó que al ver que
acababa de herirla.
―¡Will! ―sollozó Bonnie, aterrorizada.
―Tranquila, cielo, todo va a salir bien ―le aseguró, y rezó para sus
adentros para que así fuera.
Broc, cargado de ira, disparó él mismo otra flecha, pero el jinete
encapuchado zigzagueaba entre los árboles, haciéndole imposible que
pudiera acertar.
Ya se veían las murallas del castillo y ese fue el momento en que el
agresor decidió desviarse. No obstante, Broc no pensaba darse por vencido,
así que le persiguió.
Por lo rápido que iba a través del frondoso bosque, supo que lo
conocía bien, cosa que le preocupó, ya que aquello significaba que podía
ser alguien que viviera cerca o incluso entre ellos.
Lo estudió a conciencia, percatándose de que era un hombre alto y
corpulento y se movía con agilidad, por lo que dedujo que también podía
ser joven.
Justo en aquel momento hizo un rápido movimiento y lanzó una daga
hacia atrás, que impactó en la pata de su caballo, haciendo que este se
encabritara y relinchara dolorido.
―¡Demonios! ―rugió Broc, desmontando de un salto para socorrer
al semental. Desclavó el cuchillo de su carne y se rasgó la camisa para
vendarle la herida y que dejara de sangrar.
No parecía que la hoja de la daga hubiera dañado el hueso, así que
esperaba que se recuperara sin problemas.
Alzó la mirada, alcanzando a ver como el atacante desaparecía entre
los árboles, por lo que maldijo para sus adentros. Estaba casi convencido de
que le hubiera podido dar con la daga si se lo hubiera propuesto, por lo que
concluyó que no lo quería a él muerto, solo quería matar a su esposa.
Un sentimiento incómodo se instaló en su pecho, ya que sospechaba
que se podía tratar de la misma persona que mató a Lorraine, aunque esta
vez iba a estar alerta.
De nuevo, el rostro de Willow sin vida, como la vio en su sueño de la
noche anterior, acudió a su mente. No podía ser un sueño premonitorio. Se
negaba a aceptarlo. Y en el fondo esperaba que tan solo fuera un modo de
avisarle de que tuviera cuidado, porque estaba seguro de               que aquel
ataque hacia ella no había sido al azar, era un entramado plan para
arrebatarle la vida.
Capítulo 17

Willow detuvo a su yegua en cuanto estuvieron cerca de los establos. Con


dificultad desmontó y trató de alzar los brazos para ayudar a hacer lo mismo
a Bonnie, pero la flecha, aún clavada en su hombro, se lo impidió.
La niña, ni corta ni perezosa, saltó de la montura y se la quedó
mirando horrorizada al ver la sangre que manchaba su vestido.
―No te preocupes, cielo, estoy bien ―le aseguró, tratando de que no
se notara en su voz el terrible dolor que sentía.
―Te han herido ―sollozó, con las lágrimas corriendo por sus
mejillas.
―De todos modos, no me duele ―mintió, agachándose para
abrazarla con su brazo sano.
―¿Ya estáis de vuelta? ―preguntó Gordon, saliendo de las
caballerizas.
En cuando sus ojos enfocaron a la joven herida, su expresión se tornó
seria y se apresuró a acercársele.
―¡Maldición! ―blasfemó entre dientes―. ¿Qué ha ocurrido?
Colocó el brazo sano de la muchacha sobre sus hombros y rodeándola
por la cintura, la ayudó a acomodarse en un tocón cercano.
―Un encapuchado nos atacó ―le explicó, haciendo un gesto de
dolor a cada movimiento que hacía.
―Broc está… ―dejó la pregunta en el aire, para no hacerla delante
de la niña.
―Está bien ―le aseguró Will―. O por lo menos lo estaba cuando se
alejó persiguiendo a nuestro atacante.
―Bonnie, ve a buscar a tu abuela o a tu bisabuelo, y que traigan agua
caliente, paños limpios y algún ungüento para las heridas.
―De acuerdo ―se apresuró a responder la niña antes de salir
corriendo en dirección al castillo.
―Muy bien, muchacha, aprieta los dientes porque esto va a doler
―le advirtió―. ¿Preparada?
Willow asintió, pese a que su corazón bombeaba acelerado y sus
piernas le temblaban a causa de los nervios que la invadían.
Sin darle tiempo a que le diera más vueltas, Gordon partió la flecha
por atrás y tiró con fuerza de la parte delantera para sacarla del hombro de
la joven, que gritó hasta desgañitarse.
Sin previo aviso, le rompió el bajo de la falda y apretó la tela contra
su herida, haciendo presión para cortar el flujo de sangre.
―Ya está, jovencita, ya pasó el dolor.
―¡Y un cuerno! ―jadeó―. Tú no sabes lo que esto duele.
El anciano alzó una de sus blancas cejas.
―¿Acaso te piensas que nunca he sido atravesado por una flecha o la
hoja de una espada en mis días como guerrero? Y no teníamos ungüento
para curarnos, quemábamos la hoja de una daga y nos quemábamos la carne
herida para no desangrarnos durante la batalla.
Will respiró hondo, para tratar de calmarse.
―Está bien, imagino que habrás pasado por cosas peores…
―Mucho peores ―la interrumpió.
―Pero esta es mi primera herida de guerra, déjame quejarme en paz
―refunfuñó.
Gordon no pudo evitar soltar una carcajada.
―De acuerdo, te permitiré disfrutar de tu primera herida de guerra.
Will, a pesar del dolor que experimentaba, sonrió.
―Gracias por ayudarme.
―¿Por quién me tomas? ―Frunció el ceño―. ¿Esperabas que te
viera herida y no te socorriera?
―No sabía que esperar, la verdad, porque hasta ahora no te has
mostrado demasiado amistoso conmigo y no sé si tiene que ver con que sea
inglesa.
―Tú procedencia no tiene nada que ver, tan solo es que eres bastante
molesta.
―¿Acabas de llamarme molesta? ―preguntó, sorprendida y divertida
a partes iguales.
―Ni lo dudes.
Una risa escapó de entre los labios de la joven, lo que causó que
jadeara de dolor.
Las pisadas de un caballo acercándose les hizo volverse para ver
como llegaba Broc junto a su semental, que cojeaba.
―Broc ―se alegró al verle bien y trató de levantarse, sin embargo,
Gordon se lo impidió.
―No te muevas, has perdido bastante sangre y puedes marearte ―le
aconsejó.
―¿Cómo estás? ―le preguntó su esposo, arrodillándose frente a ella.
―Estoy bien, Gordon me ha sacado la flecha y ya me duele menos.
―¿Y Bonnie?
―La envié a por tu madre o tu abuelo ―le explicó el anciano.
―Está bien ―asintió y miró al hombre―. Ron está herido, el muy
desgraciado le lanzó una daga a la pata.
―Relévame para hacer presión en su herida, le echaré un vistazo
―se ofreció.
Broc hizo lo que le pidió el anciano guerrero sin poder mirar a su
esposa a los ojos. Sentía el peso de la culpa porque la hubieran herido en su
presencia.
―Estoy bien, Broc ―le aseguró al percatarse de lo que le ocurría.
―No es verdad ―dijo entre dientes―. Y para colmo, no he podido
atraparle. ¡Demonios! ―bramó, golpeado con su puño el tocón y
magullándose los nudillos.
―Broc, por favor. ―Tomó la mano de su marido entre las suyas―.
No ha sido culpa tuya.
Los ojos negros del highlander la atravesaron, diciéndole con ellos
que no estaba de acuerdo.
―¿Qué ha pasado? ―preguntó entonces su abuelo, que llegaba
corriendo apresurado junto a su nieto pequeño.
―Llegábamos a casa cuando Bonnie nos dijo que habían herido a
Willow ―repuso Graham, con el agua, los paños y el ungüento entre las
manos.
―Nos atacaron ―les explicó Broc.
―¿Quién? ―quiso saber Hamish.
―Estaba encapuchado, no pudimos verle el rostro.
―¿Tú estás bien, cuñadita? ―le preguntó Graham, con una
encantadora sonrisa en su apuesto rostro.
―Todo lo bien que se puede estar después de que te atraviesen con
una flecha el hombro ―ironizó poniendo los ojos en blanco.
La sonrisa de su cuñado se amplió.
―Si aún conservas el buen humor es que no estás tan mal.
―A ver, muchachos, dejadme ver su herida ―intervino Hamish
poniéndose frente a Willow―. ¿Me permites rasgar tu vestido?
―Adelante ―asintió la joven.
El anciano procedió a hacer lo que le acababa de decir y examinó la
herida de cerca.
―Solo ha atravesado la carne, curará bien, aunque puede que
necesite algún punto.
―No, no, nada de puntos ―negó Will, con expresión de horror.
―Mujeres, son capaces de parir y se asustan por unos puntos de nada
―comentó Gordon, a la vez que lavaba la pata de Ron con uno de los paños
limpios.
Willow le fulminó con la mirada.
―Limpiaré tu herida y pondremos el ungüento, a ver qué tal
―continuó diciendo el abuelo―. Si no sangra, nos olvidaremos de los
puntos, pero si continúa sangrando, habrá que coser.
―Está bien ―concedió al fin, muy a su pesar.
Unos minutos más tarde, con el hombro cosido y vendado, Willow ya
estaba lista para volver a casa.
―No sabía que se te daba tan bien la costura, abuelo ―apuntó
Graham con cierto tono de guasa.
―Hay que aprender a hacer de todo en esta vida, jovencito, algún día
lo entenderás.
Broc se acercó a su esposa y la tomó en brazos.
―¿Qué haces? ―le preguntó esta, sobresaltada.
―No quiero que te hagas daño.
―Mi herida está en el hombro, ¿recuerdas? ―Enarcó una de sus
cejas.
―No me importa, te llevaré en brazos hasta que te tenga tumbada en
la cama, sana y salva.
―Por Dios. ―Puso los ojos en blanco.
En cuanto traspasaron las puertas de Tùr Cloiche, Muriel, Bonnie y
Prudence se acercaron a ellos.
―Estaba muy preocupada por ti ―le dijo su prima con los ojos
brillantes.
―Estoy bien, Prue.
―Al menos tienes buen aspecto ―apuntó su suegra, acariciándole la
mejilla con afecto.
―Hamish ha hecho un buen trabajo con sus curas. ―Bajó sus ojos
hacia la niña―. ¿Cómo estás tú, cielo?
Bonnie se limitó a desviar la mirada hacia sus zapatos.
―Bájame ―le pidió Willow a su esposo, que se limitó a alzar una
ceja demostrando su desconformidad―. He dicho que me bajes, quiero que
vea que estoy bien, está asustada ―le murmuró en el oído.
De mala gana, hizo lo que le pedía.
―Mírame, cielo ―le pidió, poniéndose frente a la pequeña, que alzó
hacia ella sus oscuros ojos, iguales a los de su padre―. Ves como estoy
bien, es que tu padre es un exagerado y por eso se empeñó en llevarme en
brazos.
―Podrían haberte matado ―murmuró, sin contener por más tiempo
las lágrimas.
―Sin embargo, no ha sucedido y eso es lo importante. ―Tomó el
bonito rostro de la niña entre sus manos y depositó un suave beso sobre su
pequeña y respingona nariz―. No os vais a deshacer de mí tan rápido.
―Sería buena idea que subieras a tu cuarto a descansar ―sugirió
Muriel―. Haré que Leslie te suba la comida a la alcoba.
―Yo te acompaño, prima ―se ofreció Prudence, tomándola del
brazo.
―¿Vienes con nosotras? ―le preguntó a Bonnie, que asintió y se
agarró de su mano.
―Enseguida subo ―le dijo Broc, observando cómo ascendían
despacio las escaleras y tentado a volver a tomarla entre sus brazos.
―No te preocupes, cuidaremos bien de ella ―le aseguró Prue.
―Por cierto, ¿dónde se ha metido tu esposo? ―inquirió Willow.
―Fue a preparar a los caballos para el viaje.
―¿A los caballos? ―frunció el ceño―. Qué raro, no lo vimos en los
establos.
―Se habrá entretenido por el camino.
―Humm, es posible ―susurró, sintiendo una extraña sensación
recorrer su espina dorsal.
Cuando las dos jóvenes y la niña se perdieron de vista, Muriel suspiró
con pesar.
―Podría haber ocurrido otra desgracia ―se lamentó―. Voy a
organizar todo para que Willow no tenga que moverse de la alcoba y pueda
descansar. ―Posó la mano sobre la rasposa mejilla de su hijo―. Tranquilo,
cuidaremos entre todos de ella.
―Lo sé, madre ―asintió, viendo cómo se alejaba.
―Esto no puede ser ―comentó el abuelo, pasándose las manos por
su barba―. Quien sea que haya atacado a Willow se ha atrevido a hacerlo
en pleno día y contigo delante. Se está volviendo más atrevido que cuando
asesinó a Lorraine.
―También más imprudente ―apuntó Broc.
―¿Por qué pensáis que puede ser la misma persona? ―quiso saber
Graham.
―¿Quién más puede querer atacar a mi esposa?
Su hermano se cruzó de brazos y enarcó una ceja de forma sarcástica.
―¿En serio lo preguntas? Cualquiera que odie a los ingleses, sin ir
más lejos. Por ejemplo, un guerrero al que acabas de expulsar del clan. Su
nombre era Ulan, ¿lo recuerdas?
―¿Crees que ha podido ser él? ―indagó Hamish.
―No puedo asegurarlo, aunque es lo más probable, ¿no creéis?
―Tiene sentido.
―No lo tiene ―les contradijo Broc―. Puede que Ulan sea un bruto
que odia a los ingleses, pero no es un cobarde que actúe de un modo tan
traicionero.
―¿Y de quien sospechas? ―preguntó su abuelo.
―Ese es el problema, que no sé de quién sospechar. ―Le pegó un
puñetazo a la pared, haciendo sangrar sus nudillos.
―Eh, ¿qué está pasando aquí? ―repuso Ramsay, que acababa de
cruzar el umbral de la puerta.
―Han querido asesinar a Willow ―le explicó su amigo.
―¿¡Que!? ―exclamó este―. ¿Está bien?
―Solo ha llegado a herirla en el hombro, aunque ya es más que
suficiente.
―¿Y quién ha sido? ¿Habéis podido verlo?
―Por desgracia no, aunque juro que cuando le ponga las manos
encima voy a hacerle sufrir ―dijo entre dientes, cargado de rabia.
―No me gustaría estar en la piel de ese pobre diablo ―bromeó
Graham―. Lo mejor será poner más seguridad en los alrededores del
castillo. Que los guerreros patrullen y busquen cualquier indicio de que
alguien pueda estar merodeando por aquí.
―Es buena idea, hermano. Encárgate de ello.
―De acuerdo ―asintió este―. Mantenme informado de cualquier
cambio con respecto al estado de
salud de mi cuñadita. ―Les guiñó un ojo
y se marchó.
―Bueno, muchacho, a partir de ahora todos mantendremos los ojos
bien abiertos ―le dijo Hamish a su nieto, palmeándole la espalda.
―Lamento tener que marcharme y no poder quedarme para ayudarte
con esto, Buchanan ―repuso Ramsay.
―No te preocupes, te debes a tu clan y a tu propia esposa, lo
comprendo perfectamente.
―De todos modos, prometo volver lo antes posible.
―Lo sé, amigo. ―Posó la mano sobre su hombro―. Siempre has
estado ahí para apoyarme.
―Y así seguirá siendo.

Willow le contó un cuento a Bonnie para que se relajara y tanto la


niña como Prue acabaron dormidas y abrazadas sobre su cama.
Las miró con una sonrisa dulce y se levantó al oír que llamaban con
suavidad a la puerta, para que no las despertaran. Al otro lado se encontró
con Muriel, que traía una bandeja cargada de comida.
―He preferido venir yo a traerte esto y, de paso, comprobar que
siguieras bien ―le explicó la mujer.
―Muchas gracias, Muriel ―le sonrió―. Pasa sin hacer ruido, que se
han quedado dormidas.
―Claro ―susurró, entrando en el cuarto y dejando la bandeja sobre
uno de los arcones―. ¿Te duele mucho el hombro?
―Solo un poco ―mintió, porque, en realidad, cada movimiento le
hacía sentir un punzante dolor.
―Bonnie me dijo que la cubriste con tu cuerpo para que a ella no le
ocurriera nada.
―Lo hubiera hecho cualquier persona.
―No es cierto, querida. ―Le tomó la mano con cariño―. Has sido
valiente y has demostrado tener un gran corazón. No podré agradecerte
nunca lo que has hecho por mi nieta. Puedes contar conmigo para lo que
necesites, te lo digo con total sinceridad.
Willow, emocionada, la abrazó con su brazo sano y la apretó con
fuerza contra ella.
―Sois mi familia, no tienes nada que agradecerme.
―Cuánto me alegro de que Dios te haya puesto en nuestro camino.
―Se separó un poco de ella para mirarla a los ojos, que brillaban de
emoción―. Nos has salvado a todos, ¿sabes? No habíamos visto sonreír a
Broc del modo en que lo hace ahora desde que perdimos a la dulce
Lorraine.
Aquella confesión consiguió que su corazón diera un vuelco.
―Le haces feliz y también noto que tú lo eres junto a él ―continuó
diciendo Muriel―. Y eso hace que yo también lo sea, así que, de nuevo,
gracias ―rio y se secó una lágrima furtiva―. En fin, voy a dejarte que
comas y descanses, que me pongo muy intensa.
―Muriel, espera.
―Dime, Willow.
―Yo… ―Tragó saliva para deshacerse del nudo que se le formó en
la garganta―. No recuerdo a mi madre y para mí sería un honor que tú me
consideraras como uno más de tus hijos.
―Nunca serás uno más de mis hijos ―repuso con afecto―. Ellos son
unos brutos y estoy segura de que contigo podré entenderme mucho mejor,
así que serás la hija que nunca tuve y siempre deseé.
Will le devolvió la sonrisa, antes de que la mujer se marchara.
Con paso lento, se acercó a la bandeja de comida, pero la verdad es
que tenía el estómago cerrado a causa de los nervios que pasó en las últimas
horas. Lo que mejor le vendría sería dar un paseo y tomar un poco el aire
para despejarse.
En cuanto atravesó el umbral de la puerta de la alcoba, Baigh, que
estaba allí apostado, se irguió dispuesto a no separarse de ella.
―Hola ―le saludó―. No hace falta que me sigas, no voy a alejarme
del castillo.
―Lo siento, señora, pero tengo órdenes de ser vuestra sombra, a
pesar de que la idea me desagradé tanto como a vos.
―¿Incluso si no salgo del castillo? ―Se puso en jarras.
―Incluso así.
―No, eso no puede ser, no quiero sentirme prisionera en mi propia
casa.
―No sois una prisionera, estamos tratando de protegeros. Vuestro
esposo está preocupado por vos.
―Mi esposo va a darme las explicaciones pertinentes ―repuso,
caminando con paso airado.
Justo antes de que pusiera uno de sus pies en el primer escalón, Baigh
la tomó por la cintura y la alzó en brazos como si pesara menos que una
pluma.
―¿¡Que haces!? ―gritó.
―Se me ha ordenado que no hagáis ningún tipo de esfuerzo.
―Por el amor de Dios, ¿os habéis vuelto todos locos? ―se quejó―.
Mi herida está en el hombro, a mis piernas no les ocurre nada, puedo
caminar.
La soltó nada más llegar al pie de la escalera.
―Solo cumplo órdenes.
Will suspiró con cansancio.
―¿Sabes dónde está mi esposo?
―Me parece que en su estancia privada.
―¿Y dónde se encuentra?
―Seguidme y os acompañaré.
―Claro ―suspiró―. Ya que nos toca estar unidos, por lo menos que
me seas de utilidad.
La condujo por un largo pasillo y cuanto más se adentraban en él, el
sonido de madera estrellándose contra la pared y rompiéndose se hacía más
claro. Un rugido de Broc la hizo acelerar el paso e irrumpir en la estancia
sin siquiera llamar a la puerta.
―¿Qué está ocurriendo aquí?
―Willow ―Broc se pasó las manos por el cabello desordenado.
La joven miró alrededor y vio todos los muebles destrozados.
―Voy a tomar el aire ―dijo Baigh, marchándose de forma discreta
para dejarles a solas.
―¿Por qué has hecho esto? ―le preguntó, entrando en la estancia y
cerrando la puerta tras ella.
―Necesitaba cambiar los muebles, estaban muy viejos y carcomidos.
―No estoy de broma.
El highlander se volvió, apoyando las manos sobre una mesa que, por
suerte, aún estaba en pie.
―Podrían haberte matado delante de mis ojos, Willow.
―No obstante, no ha sido así. ―Se le acercó y le acarició su ancha
espalda―. Me apartaste justo antes de que la flecha se clavara en mi
cabeza, me has salvado la vida.  ¿No es suficiente para ti?
―No, no es suficiente ―repuso entre dientes―. Debí haber
impedido que te hiriera, debí haberle matado cuando tuve la oportunidad.
Tuve que prever que esto podría ocurrir.
Willow le tomó por el hombro y lo giró hacia ella. Podía percibir su
angustia y aquello le llegó al corazón. Estaba muy preocupado por ella.
―¿Acaso eres Dios? ―sonrió con ternura―. No hubieras podido
hacer más de lo que hiciste y te estoy muy agradecida por ello. De hecho,
me gustaría demostrarte cuanto te lo agradezco.
Dejó vagar sus manos por su musculoso pecho, a la vez que se ponía
de puntillas y depositaba suaves besos sobre su cuello.
―No, Willow, estás herida ―trató de detenerla.
―No tanto como para no poder disfrutar de un momento de intimidad
con mi esposo.
Broc acercó sus labios a los de su mujer, saboreándolos y
explorándolos de forma minuciosa.
Colocó las manos sobre las costillas de la joven, justo debajo de sus
turgentes senos, levantándolos y lamiendo la piel que quedaba expuesta
fuera de su escote.
Fueron retrocediendo hasta estar junto a la sólida mesa de madera, y
alzándola en vilo, la sentó al borde la esta. Se desató los pantalones y liberó
su miembro erecto. Willow alargó la mano, tomándolo entre sus dedos,
explorándolo.
Broc cerró los ojos, dominando la excitación salvaje que le
embargaba. Su mujer, mientras tanto, le miraba enardecida, subiendo y
bajando la mano para darle placer.
El highlander le separó las piernas y acarició la nívea piel del interior
de sus muslos. Fue subiendo sus dedos hacia el sexo caliente de su esposa,
que estaba húmedo por él. Tocó aquel punto exacto que podía hacerla
enloquecer con la punta de su pulgar, consiguiendo que emitiera un gemido
ahogado. Deslizó un dedo en su interior, sintiendo como abría más las
piernas para darle mejor acceso.
A su vez, Willow no dejaba de mover la mano arriba y abajo,
consiguiendo que la respiración de Broc se acelerara.
Se colocó entre las piernas de Will y cambió el dedo con el que le
daba placer por su miembro antes de derramarse sobre la mano de su
esposa. Rodeó las nalgas con sus grandes manos y la penetró con ímpetu,
haciéndola gemir con fuerza.
Willow le miró, sonriendo, y Broc se quedó hipnotizado ante aquel
precioso rostro que parecía resplandecer de deseo.
―Eres tan bella ―declaró, moviendo nuevamente sus caderas.
Una ola de calor recorrió sus cuerpos, haciendo que los movimientos
de ambos se volvieran más salvajes y descontrolados.
Broc sacó uno de los pechos del camisón, tomándolo en su mano,
lamiendo y mordisqueando su erguido y rosado pezón.
Willow sentía que el miembro de su esposo la llenaba por completo,
mientras una tensión placentera crecía en su interior hasta estallar, haciendo
que su cuerpo perdiera el control. En aquel momento era incapaz de pensar,
solo podía sentir.
―Broc ―jadeó, aferrándose a él, notando como los músculos de su
espalda se tensaban.
Soltó un gruñido ronco al llegar al clímax sin dejar de abrazar con
fuerza a su mujer contra él, y la verdad es que ninguno de los dos quería
separarse del otro.

Willow se quedó dormida sobre el tartán de Broc, así que la besó en


la frente y se puso en pie. Se aproximó a la mesa y abriendo uno de los
cajones, sacó la flecha que Gordon le dio aquella tarde, creyendo que quizá
podría ayudarle a dar con el bandido encapuchado.
¿Quién podía querer hacer daño a Willow? ¿Sería por ser inglesa
como sospechaba su hermano? ¿O como él intuía, la persona que estuvo
detrás de la muerte de Lorraine era quien ahora atentaba contra la vida de su
nueva esposa?
Sus recuerdos le llevaron a la batalla en la que su padre pereció. Fue
contra los ingleses de la frontera y le hirieron pocos minutos después de
iniciarse la contienda.

Broc fue testigo en primera persona de cómo una de las espadas


inglesas atravesaba el vientre de su progenitor. Soltó un grito de guerra y
se abalanzó contra el soldado, luchando con ferocidad.
Cuando consiguió sesgar su vida, corrió a socorrer a su padre, que
yacía al borde de la muerte.
―Tranquilo, te pondrás bien ―le aseguró, con los ojos brillantes
por las lágrimas contenidas, apretando los dientes y haciendo palpitar sus
mandíbulas.
―Sabes tan bien como yo que eso no es cierto, Broc ―sonrió con
cierta tristeza―. No voy a volver a casa, así que tú serás el nuevo laird de
nuestro clan y sé que me harás sentir orgulloso. Eres un gran hombre, hijo.
―Padre, ¿qué les voy a decir a madre y a Graham? ―inquirió con
voz entrecortada.
―Diles que morí batallando con los malditos ingleses y que no tenía
miedo a la muerte, porque me marcho cargado de amor. El amor de mi
familia.
―Padre… ―no pudo continuar pues se le quebró la voz.
―Has sido mi mayor orgullo, Broc ―declaró, tosiendo y echando
sangre por la boca―. Cuida siempre de nuestra familia y cuando formes la
tuya propia, sigue el mismo principio. ¿Me lo prometes?
―Te lo prometo, padre ―consiguió decir, justo antes de que este
respirara su último aliento.

―Te lo prometo, padre ―repitió en la actualidad, mirando con fijeza


a Willow y jurándose a sí mismo que no permitiría que volvieran a hacerle
daño.
Capítulo 18

Willow despertó sobre su confortable lecho. ¿Cuándo y cómo llegó hasta


la alcoba? No lo recordaba, así que lo más probable era que hubiera sido
Broc quien la trajera cuando se quedó dormida tras hacer el amor.
Volvió la cabeza y se encontró con el masculino rostro de su esposo
reposando sobre la almohada. Se veía muy relajado y atractivo.
Se le vino a la mente la imagen de Sebastian, y en aquel momento le
pareció que por muy guapo que su amor de la infancia fuera, no tenía nada
que hacer si lo comparaba con Broc.
¿Cómo pudo pensar que le amaba? Ahora se daba cuenta de que solo
era un capricho sin importancia.
Colocándose del costado que no tenía herido, posó una de sus manos
sobre su torso musculoso, acariciando con sus dedos todas las cicatrices que
lo salpicaban. Le llamó la atención una de ellas, la más grande de todas, que
le surcaba gran parte de su abdomen y se ocultaba bajo las sábanas.
¿Cuándo le hirieron de ese modo? Sin duda, en su momento tuvo que
ser bastante grave.
―Fue hace tres años, durante una batalla para defender las tierras de
la frontera ―respondió con voz ronca y adormilada, como si hubiera
podido leerle la mente.
―Debió ser muy grave.
―Estuve al borde de la muerte ―reconoció―. Gracias a ella fue que
me gané el sobrenombre de demonio escocés.
―¿Porque te hirieron? ―se extrañó.
Broc la tomó por la cintura y la hizo acomodarse sobre su pecho,
antes de seguir hablando.
―Así es ―asintió―. Estaba luchado yo solo con tres de tus
compatriotas, cuando uno de ellos me hirió profundamente en el abdomen.
La sangre no paraba de brotar de mi herida y el dolor estuvo a punto de
hacerme perder el conocimiento. Sentía mis rodillas flojas y me vi tentado a
dejarme caer al suelo, para que pusieran fin a mi agonía. Sin embargo, vi
cerca a Graham peleando contra otro guerrero y supe que, si yo caía, todos
los ingleses irían a por él y no tendría ninguna oportunidad de salir vivo.
Así que, sacando fuerzas de donde no me quedaban, continué luchando. Los
guerreros no podían creerse que me mantuviera en pie, cuánto menos, que
pelease como si estuviera siendo poseído por el demonio. Así que todos
empezaron a decir que eso era lo que estaba ocurriendo, que no podía morir
porque tenía a un demonio escocés dentro. Gracias a eso, los ingleses
huyeron y ganamos la batalla.
―Creía que te llamaban el demonio escocés por la cantidad de
hombres que habías matado.
―Bueno, aunque no esté orgulloso de ello, eso también tiene mucho
que ver ―se sinceró, con la expresión seria y sus ojos clavados en ella,
como si estuviera escrutando sus gestos para ver como reaccionaba―. He
matado a demasiados hombres, sobre todo ingleses, Willow, no voy a
mentirte.
Contra todo pronóstico, la joven se incorporó y le besó en los labios
con ardor.
―Eres un buen hombre, Broc, lo he visto con mis propios ojos ―le
aseguró―. E imagino que has debido hacer cosas que no te han hecho
sentir bien, sin embargo, comprendo que durante la batalla, es tu vida o la
del adversario. Jamás te juzgaré por eso.
―Padre ―la puerta se abrió con lentitud y la cabecita de Bonnie
apareció, mirándolos con sus enormes y suplicantes ojos negros.
Willow se quitó de encima de su esposo y le dedicó una sonrisa.
―Hola, cielo ―le dijo con cariño.
―¿Ocurre algo? ―le preguntó su padre.
―¿Puedo pasar?
―Claro, adelante ―la invitó Broc, apartando las mantas para que
subiera a la cama.
De un salto se encaramó al lecho, aceptando su invitación.
―He tenido una pesadilla ―les explicó haciendo un puchero.
―Tranquila, Bonnie, las pesadillas no son reales.
―Esta sí lo era, padre ―le aseguró―. Soñé que la flecha no
atravesaba el hombro de Will, sino su corazón.
Ambos se miraron, entendiendo que la pequeña aún seguía
impresionada por lo que ocurrió hacia unas horas.
―¿Mi corazón? ¿De verdad? ―preguntó Willow de forma
exagerada―. Eso es imposible.
―¿Imposible? ―inquirió la niña, curiosa―. ¿Por qué?
―Ah, ¿quieres saberlo? ―la pequeña asintió con vehemencia―. Está
bien, te diré mi secreto. Aunque esa flecha hubiera impactado en mi pecho,
no habría atravesado mi corazón.
―Es imposible ―la contradijo Bonnie, mirándola como si se hubiera
vuelto loca.
―¿Imposible? ¿Me estás llamando mentirosa? ―fingió sentirse
ofendida―. ¿Has oído, Broc? ¡Mentirosa yo!
―Increíble ―repuso este con una ceja alzada, sin saber a dónde
pretendía llegar.
―Es que todos tenemos corazón ―le rebatió la chiquilla.
―Es cierto, aunque el mío no está aquí. ―Posó la mano sobre su
pecho.
―¿Y dónde está? ―se interesó Bonnie.
―Lo tienes tú.
―¿Yo? ―se sorprendió.
―Tú, tu padre, tu abuela, tu tío, el abuelo Hamish ―fue
enumerando―. Lo tenéis todos vosotros, porque desde que llegué aquí, os
quedasteis con una parte de él gracias a vuestro acogedor recibimiento y al
cariñó que entre todos me habéis dado.
Bonnie rio con alegría y Willow se sintió muy afortunada por tener el
honor de ser ella la que lo hubiera conseguido.
―¿Así que nos hemos quedado con tu corazón? ―respondió Broc,
captando su atención―. ¿Yo también?
Aquella afirmación que ella misma acababa de hacer consiguió que se
sonrojara.
―Sí, claro. Tú y todos los demás.
―¿Así que todos tenemos la misma porción? ―continuó insistiendo.
―Bueno, puede que Graham tenga un poco menos porque siempre
trata de tomarme el pelo ―le siguió la broma.
―No seas envidioso, padre ―intervino la niña―. Will hace bien
queriéndonos a todos por igual, sin embargo, no debes preocuparte, del mío
tienes la mayor porción.
―Gracias, hija, sabía que tú no me fallarías, no como esta inglesa.
―Señaló a su esposa con el pulgar.
―Pues no bajes la guardia y no te confíes, porque esta inglesa, como
tú la llamas, puede que te quite el primer puesto ―bromeó Bonnie.
―Con que esas tenemos, ¿no? ―Comenzó a hacerle cosquillas a su
hija, consiguiendo que riera a carcajadas.
―¡Will, ayúdame! ―le pidió la niña, sin parar de reír.
―Eh, deja a mi hijastra ―demandó la joven, uniéndose al juego y
tratando de detener a su esposo.
―¿Tú también quieres pelea? Porque tengo para las dos. ―La tomó
por la cintura, sin dejar de hacerles cosquillas a su hija y a ella a la vez.
Las carcajadas de los tres resonaban por el castillo y llegaron hasta
Hamish, Muriel y Graham, que iban a retirarse hacia sus respectivas
habitaciones.
―Es tan agradable que hayan vuelto las risas a esta casa ―comentó
la mujer―. Creí que nunca volvería a recuperar a mi hijo.
―Esa muchacha le ha devuelto la felicidad ―se alegró el abuelo.
―Willow nos ha traído alegría a todos ―comentó Graham, sonriendo
―. Y no solo para la vista ―bromeó, subiendo y bajando las cejas.
―¡Graham! ―le regañó su madre.
―¿Qué quieres? No soy ciego ―se defendió.
Muriel puso los ojos en blanco.
―Anda, tira para la cama ―le mandó.
―A sus órdenes, generala. ―Le dio un beso en la mejilla y se alejó
con paso despreocupado.
―Creo que por primera vez en mucho tiempo voy a poder dormir
tranquila, sabiendo que todos los miembros de mi familia son felices ―le
dijo a su padre.
Hamish la tomó por los hombros y la abrazó contra él.
―Te dije que todo iría bien, hija.
―Por suerte, siempre tienes razón.
―Y ahora, ve a descansar, que tú también necesitas hacerlo.
―Buenas noches, padre ―se despidió y entró en su habitación.
Hamish, aún parado en el corredor, borró la sonrisa del rostro y
frunció el ceño. Sabía que, en ese momento, todo parecía estar en calma,
pero tras el ataque a Willow sentía en sus huesos que eso no iba a quedarse
ahí. Temía que ocurriera algo terrible, era un presentimiento que tenía
clavado en el fondo del pecho y como dijo su hija, jamás se equivocaba.
Capítulo 19

Aquella mañana tuvieron que despedirse de Ramsay y Prudence. Las dos


primas se abrazaron y lloraron embargadas por la tristeza. Ya se echaban de
menos y aún no se habían separado.
―Aunque estemos lejos físicamente, nuestros corazones seguirán
juntos ―enfatizó Will.
―Para la eternidad, ya lo sabes ―sollozó Prue, con la nariz
enrojecida de tanto como había llorado.
Willow se quedó mirando como el caballo de su prima se alejaba,
sintiendo un profundo vacío dentro de ella que era consciente de que no
podría llenar con nada.
―Tengo que ir a hablar con los arrendatarios. ¿Crees que estarás bien
en mi ausencia? ―le preguntó su esposo, mirándola con preocupación.
―Si te refieres a si estaré segura, creo que los dos gigantes que me
siguen a todas partes serán más que suficiente para ello ―dijo, señalando a
Ellar y a Baigh, que estaban apostados a pocos metros de ella―. A no ser
que pretendas que todos tus guerreros sean mis sombras. ¿Qué te parece?
Broc sonrió de medio lado.
―No me refería a eso, sé lo competentes que son Baigh y Ellar
―respondió con convicción―. Quería decir si estarás bien tras la partida de
Prudence.
―Ahora mismo no, aunque acabaré estándolo en cuanto me
acostumbre a que no estemos juntas a todas horas ―contestó, con nostalgia
en su mirada azul―. Algún día debía llegar el momento de que esto
sucediera ―suspiró.
Broc posó una de sus grandes manos sobre la mejilla de su mujer y la
besó en los labios con suavidad.
―Volveré lo antes posible.
―De acuerdo. Yo aprovecharé para ir con Brenna a visitar a Willy
―dijo tomando de la mano a la sirvienta, que también había ido a
despedirse de Prue y en aquellos momentos hablaba con Ellar.
―Está bien. Dadle una zanahoria de mi parte. ―Le guiñó un ojo y se
alejó.
Una vez se quedaron los cuatro solos, se dirigieron hacia los establos,
donde de nuevo se encontraron con Gordon, que las miró con una expresión
hosca.
―¿Otra vez por aquí? ―inquirió malhumorado―. Que costumbre
tan molesta ―gruñó.
―Yo también me alegro de volver a verte, Gordon ―ironizó Willow,
consiguiendo que el anciano soltara un gruñido―. Hemos venido a ver al
pequeño Willy.
―En ese caso ya sabes dónde está, yo no puedo entretenerme
―soltó, tomando una bala de paja y cargándola hasta el interior de las
caballerizas.
Los cuatro le siguieron y se detuvieron ante el box del potrillo y su
madre, donde Will le llamó y comenzó a acariciarle el hocico cuando se le
acercó.
―Lo cierto es que a mí los caballos me dan bastante miedo
―confesó Brenna, sin aproximarse demasiado a los rocines.
―Estoy aquí para protegerte, no tienes nada que temer ―le aseguró
Ellar, consiguiendo que la joven se sonrojara y le sonriera cargada de
agradecimiento.
Willow estaba feliz por ellos y cada vez más segura de que acabarían
juntos.
―A mí me apetecería salir a montar ―repuso, con la intención de
dejarles a solas un rato para que se conocieran mejor.
―Yo no sé montar ―comentó Brenna con expresión de miedo.
―No hace falta que vengas. Baigh y yo saldremos a cabalgar y que
Ellar se quede haciéndote compañía. ¿Os parece bien?
―Por mí no hay problema ―se apresuró a responder el joven,
encantado con la idea―. Si Brenna no tiene inconveniente, claro.
―Ninguno ―murmuró la aludida, sonriendo con timidez.
―¡Decidido, entonces! ―exclamó Will de buen humor―. Baigh y yo
disfrutaremos de un agradable paseo a caballo.
―No creo que sea aconsejable, teniendo en cuenta vuestro hombro
herido ―refunfuñó el enorme pelirrojo.
―Solo será un paseo tranquilo, no soy una lisiada ―protestó,
decidida a no dejarse convencer.  
Baigh, como respuesta, se limitó a permanecer en silencio,
fulminándola con la mirada. Sin duda, era un hombre de pocas palabras.
Después de que Gordon ensillara los caballos, puesto que no permitió
que nadie más hiciera su trabajo, comenzaron a pasear por los alrededores
del castillo, dejando a la parejita hablando de manera acaramelada y
cómplice.
―Tenéis una tierra tan bonita ―empezó a decir Willow, tratando de
entablar conversación con el hosco guerrero―. Mi antiguo hogar también
era precioso, aunque Escocia es mucho más frondosa y verde. Salvaje,
como sus hombres ―bromeó y le sonrió, pero ni con esas consiguió ningún
tipo de expresión diferente al gesto huraño que siempre lucía―. Podríamos
ir a la ladera donde estuve con Broc y Bonnie. La que está gobernada por
un enorme sauce.
―No tenemos permitido alejarnos tanto.
―¿Y qué tenemos permitido? ―inquirió con sarcasmo.
―Creo que ya sabéis la respuesta, señora.
―Ya te he dicho muchas veces que me tutees y me llames Willow.
―Y, sin embargo, continúo llamándola señora ―comentó por lo bajo.
La joven volvió su montura para encarar al enorme pelirrojo.
―¿Tienes algún problema conmigo, Baigh?
―Ninguno, señora.
―Entonces, ¿por qué te comportas de un modo tan seco?
―¿Cómo queréis que me comporte? Es mi forma de ser.
―Pues eres encantador ―ironizó, bufando de un modo muy poco
femenino.
En un arrebato, puso su caballo al galope solo para molestarlo. Pudo
oír los cascos del semental castaño de Baigh persiguiéndola, cosa que la
hizo sonreír.
No tenía intención de alejarse, ya que era consciente del peligro, pese
a que, por lo menos, se divertiría un poco sacándolo de quicio.
Volvió el rostro para mirarle y justo entonces la imagen del
encapuchado persiguiéndola le vino a la cabeza. Su corazón comenzó a latir
acelerado y sintió que se le cerraba la garganta. Apretó aún más el paso,
diciéndose a sí misma que solo estaba sugestionada, pero la realidad es que
Baigh tenía la misma complexión que su atacante misterioso.
Unos minutos después llegó de nuevo a las caballerizas con la
respiración acelerada.
―Por todos los demonios, muchacha, ¿por qué cabalgas como si te
persiguiera el mismísimo diablo? Podrías haberte partido el cuello ―la
regañó Gordon, tendiéndole la mano para ayudarla a desmontar―. Traes a
la pobre yegua resollando.
―Lo siento, no era mi intención apretarla tanto ―se disculpó.
Era cierto que en ningún momento planeó correr de ese modo, pero su
miedo le acababa de jugar una mala pasada, dando buena cuenta de que el
ataque le había afectado más de lo que creyó en un principio.
―¿Estáis loca? ―bramó Baigh al llegar hasta ellos, furioso―. ¿Se
puede saber por qué habéis huido de ese modo? Podríais haberos abierto los
puntos del hombro herido, o incluso algo peor.
―No huía ―le contradijo.
―¿No? Entonces, ¿por qué os volvíais a mirarme como si fuera un
sanguinario salteador de caminos? ―se quejó el guerrero, bajando de su
caballo de un salto.
―Yo… emm… ―caviló sobre qué responder―. Quería que
hiciéramos una carrera.
―¿Una carrera? ―frunció aún más su ceño.
―Sí, una carrera, así que borra esa expresión de cabreo.
Baigh gruñó y se pasó la mano por el rostro, como si estuviera
cansado de lidiar con ella.
―Por cierto, ¿dónde se ha metido la parejita feliz?
―Y yo qué demonios sé ―refunfuñó el anciano―. No soy su
carabina, ¿sabes?
Willow puso los ojos en blanco y le siguió hasta dentro del establo,
donde conducía a su yegua para desensillarla y almohazarla.
―Parecen tan enamorados ―comentó sonriendo.
Gordon se volvió hacia ella con las manos en las caderas.
―¿Te parece que me importe un pimiento lo enamorados que estén
esos dos?
―Vamos, el amor siempre es bonito ―enfatizó―. ¿Acaso nunca has
estado enamorado?
―Ya hace demasiados años de eso, ni me acuerdo.
―O sea, que sí. ―Amplió aún más su sonrisa.
―Te han dicho alguna vez que eres una metomentodo, muchacha.
―La verdad es que no, aunque siempre hay una primera vez.
El anciano suspiró y se concentró en quitarle la silla de encima del
lomo a la bonita yegua blanca.
―¿Ya habéis vuelto? ―le preguntó Brenna, llegando hasta ellos con
el rostro encarnado y los labios un tanto hinchados―. No os esperábamos
tan pronto.
―Ya lo veo ―rio Will―. ¿Ha ocurrido algo que deba saber?
La dama de compañía miró de reojo al anciano, para asegurarse de
que no la podía escuchar, y murmuró:
―Ellar me ha besado.
―¡Eso es fantástico! ―exclamó, abrazándola emocionada―. Estoy
segura de que va declarársete muy pronto.
―¿Tú crees? ―preguntó su amiga esperanzada.
―Estoy convencida.
De sopetón, los caballos comenzaron a ponerse nerviosos, cosa que
alertó a Gordon, que dejó de cepillar a la yegua y se acercó a ellas.
―Ocurre algo ―aseguró el hombre, oteando a su alrededor.
―¿Ocurre algo? ―repitió Willow, sin saber a qué se refería.
―Los animales están demasiado inquietos.
―Yo no…
El anciano alzó una mano para acallarla.
―¿Oléis eso?
Las jóvenes olisquearon el aire y fue cuando pudieron percibir cierto
aroma a quemado.
―Algo se quema ―repuso Will asustada.
―Salgamos de aquí cuanto antes ―sugirió Gordon.
Cuando llegaron a la entrada, esta estaba obstruida por las llamas.
―Por aquí no podemos salir ―observó Willow, asustada.
―Lo cual es un problema, porque no hay otra salida ―gruñó el
anciano.
―Tenemos que ir hasta el fondo de las caballerizas, que es donde hay
menos humo ―sugirió Will de manera acertada.
―Id, yo llevaré hasta allí a los caballos ―dijo Gordon, comenzando
a sacar a los asustados animales de los boxes.
―Te ayudo ―se apresuró a decir la inglesa, reproduciendo sus
acciones.
―Por Dios, vamos a morir ―se lamentó Brenna, fuera de sí,
comenzando a hiperventilar.
―Trata de relajarte o te quedarás sin aliento, muchacha ―le ordenó
el anciano, sin dejar de conducir a los equinos a la zona más segura de los
establos.
Como Brenna estaba paralizada, Willow la tomó por los hombros y la
arrastró junto a ella hasta el fondo, notando como todo el cuerpo de la
sirvienta temblaba de forma compulsiva.
―Dios mío, Dios mío… ―repetía una y otra vez de manera histérica.
―Agachaos, muchachas, así podréis respirar mejor ―les pidió
Gordon―. Y esperemos que llegue ayuda pronto o acabaremos
achicharrados.
―No quiero morir ―comenzó a sollozar Brenna.
―Nadie va a morir ―le dijo Will, fulminando al anciano con la
mirada por el poco tacto que tenía.
―¡Willow! ―oyeron gritar a Broc―. ¿Estás ahí?
―Sí, estamos aquí ―respondió la joven―. La entrada está en llamas,
nos hemos quedado atrapados.
―Lo sé, pero voy a liberaros.
―Pues que sea pronto o acabaremos sin aire ―le apremió Gordon.
Comenzaron a oír golpes contra la pared que tenían a sus espaldas y
las hojas de dos hachas comenzaron a entreverse a través de la madera.
―Lo ves, Brenna, estamos salvados ―la animó Will.
Su amiga asintió, sin poder hablar a causa del llanto que era incapaz
de controlar.
En cuanto consiguieron abrir un pequeño hueco, Broc asomó la
cabeza para enfocar los ojos con ansiedad sobre su esposa.
―¿Estás bien?
Willow asintió sintiendo un tremendo alivio al verle.
―Todos lo estamos.
―Ven, voy a sacarte ―le pidió, mientras Ellar y Baigh seguían
rompiendo la pared.
―No, saca primero a Brenna ―sugirió, empujando a la sirvienta
hacia él.
―No puedo dejarte aquí ―murmuró la joven.
―Claro que puedes, me reuniré contigo en unos segundos ―sonrió,
tratando de mostrar una calma que no sentía para tranquilizarla.
Brenna asintió y tomando la mano de su laird, salió por el hueco que
cada vez era más grande.
Gordon comenzó a toser de forma compulsiva, por lo que Willow se
aproximó a él.
―¿Te cuesta respirar?
―Respiro bien ―gruñó jadeando.
―No es cierto, tienes dificultades para llevar aire a tus pulmones
―negó, empujándolo hacia el hueco y conteniendo su propia tos―. Saca
ahora a Gordon ―le rogó a su esposo.
―¿¡Que!? ¡No, ni hablar! ―se negó el anciano―. No voy a ponerme
a salvo antes que una dama.
―¿Una dama? ¿Dónde? Yo no veo a ninguna por aquí ―bromeó,
pese a lo precario de la situación―. Además, soy más terca que tú y si no
sales ya, moriremos los dos aquí discutiendo, y no te haces una idea de lo
molesta que puedo llegar a ser cuando me lo propongo.
El anciano gruñó y frunció aún más el ceño. Willow, por su parte, se
cruzó de brazos y alzó el mentón, haciéndole saber que no iba a dar su
brazo a torcer.
―Rápido, venid ―les exigió Broc, comenzando a impacientarse.
―Vamos, Gordon, no quiero tener que ordenártelo como tu señora, y
mucho menos patearte el culo para que hagas lo que te pido. Eres
demasiado viejo para ello.
Al final el anciano se rindió con un suspiro.
―Eres una muchacha intratable ―fue rezongando entre toses, a la
vez que cruzaba el hueco, que ya era tan grande como para pasar casi de
pie.
Fue entonces cuando Will desechó su pose de valentía y comenzó a
toser también, sintiendo que le costada demasiado respirar. Hacía unos
minutos que empezó a sentirse mareada y cuando trató de seguir al anciano
por el hueco, su cabeza comenzó a darle vueltas, justo antes de perder el
sentido.
―¡Willow! ―gritó Broc al verla desplomarse.
Sin pensar en su propia seguridad, puesto que el techo parecía de lo
más inestable, se metió en los establos, tomó a su esposa en brazos y salió
con ella, dejándola en el suelo.
―Vamos, Willow, no me hagas esto ―murmuró, sintiendo que el
corazón se le iba a parar como no abriera los ojos.
―Sabía que no debería haber cedido ―repuso Gordon, mirando a la
joven con pesar, sin poder dejar de toser.
―Refrescadla con un poco de agua ―sugirió Brenna, cogiendo un
cubo del abrevadero.
Broc estaba paralizado, no podía moverse y apenas respirar, lo único
que hacía era mirar a su mujer de arriba abajo, rezando para sus adentros
para que despertase.
Fue Gordon el que introdujo las manos en el cubo y remojó el rostro
y el cuello de la joven, que comenzó a parpadear.
―¿Broc? ―susurró con voz débil.
―Sí, estoy aquí. ―La ayudó a incorporarse.
―¿Cómo…? ―No pudo continuar con la pregunta a causa de un
ataque de tos que la asaltó de repente.
―Estás bien, no te preocupes ―le aseguró.
―No, no quería preguntar eso. Los caballos… ¿Los han podido
rescatar?
Broc alzó una ceja. Su esposa siempre anteponía la seguridad de los
demás por encima de la suya propia.
―Ellar y Baigh están en ello, tranquila. La mayoría ya están a salvo.
La joven suspiró aliviada y se recostó contra el duro pecho de su
esposo.
―¿Cómo se ha podido iniciar el incendio? ―preguntó Gordon,
sentándose en el suelo con la espalda apoyada contra un árbol.
―Está claro que ha sido provocado ―respondió Broc, con las
mandíbulas palpitantes.
―Provocado… ¿cómo? ―quiso saber Will―. Vosotros dos estabais
vigilándome ―les dijo a Ellar y Baigh.
―Lo sé, pero alguien me golpeó por detrás y, por unos minutos, perdí
el sentido ―se quejó el joven guerrero, tocándose la parte de atrás de la
cabeza.
―¿Y tú? ―Clavó sus ojos sobre el enorme pelirrojo de modo
acusatorio.
―Tuve que ir a hacer mis necesidades ―se justificó, cruzándose de
brazos a la defensiva―. Creí que estando aquí y con Ellar vigilando, podía
darme ese privilegio.
Willow no estaba muy convencida, sobre todo, después de la imagen
de Baigh cuando galopaba tras ella y que le resultó tan parecida a la del
encapuchado.
―Lo importante ahora es asegurarnos de que estás bien ―intervino
Broc―. Bueno, que todos lo estáis, así que será mejor que mande llamar a
la curandera.
―Yo me encargo ―se apresuró a decir Baigh, como si tuviera prisa
por alejarse de allí.
―Hemos conseguido apagar el fuego, Broc ―dijo otro de los
guerreros Buchanan, llegando hasta ellos.
―Está bien ― asintió el laird, tomando en brazos a su esposa para
llevarla hasta Tùr Cloiche.
―¿Me permites que haga lo mismo contigo? ―le preguntó Ellar a
Brenna.
―No hace falta, estoy bien ―respondió turbada.
―Insisto, no podría perdonármelo si te da un mareo y te haces daño.
―Bueno… de acuerdo ―concedió al fin, con las mejillas sonrojadas.
El joven se agachó y la alzó en brazos con delicadeza, sintiendo que
el olor de la muchacha inundaba sus fosas nasales, haciendo que sintiera
unas tremendas ganas de besarla.
Unos minutos después, y tras muchas protestas por parte de Gordon,
todos se dirigieron al castillo, donde la curandera les examinó y determinó
que tan solo tenían unas cuantas quemaduras sin importancia y una leve
intoxicación por el humo, así que solo necesitaban aplicarse un ungüento y
tener unas buenas horas de descanso, así que las jóvenes se retiraron a sus
alcobas para hacer lo que les aconsejó la curandera.
―Gordon, me gustaría hablar un momento contigo antes de que te
marches ―le pidió Broc al anciano―. También con vosotros dos ―les dijo
a los guerreros a cargo de proteger a su esposa.
Los tres se lo quedaron mirando, a la espera de ver qué tenía que
decirles.
―Le he estado dando vueltas a todas las circunstancias que han
rodeado este incidente y todo resulta demasiado conveniente.
―¿Acaso insinúas que hemos tenido algo que ver? ―se ofendió
Gordon.
―No lo sé, ¿lo tenéis?
―Por supuesto que no ―negó con énfasis―. ¿Por quién me tomas?
―En este momento no puedo confiar en nadie. Sospecho que el
enemigo esté más cerca de lo que me gustaría. ―Se giró para mirar a Baigh
y a Ellar―. ¿Y vosotros dos? ¿No tenéis nada que decirme?
―Fui a hacer mis necesidades, como bien le dije a tu esposa. Ellar
puede corroborarlo.
―Es cierto, Broc, y a los pocos segundos de quedarme solo, me
golpearon en la cabeza ―confirmó el joven―. Tengo una brecha para
demostrarlo ―apostilló, llevándose la mano a la zona herida y haciendo
una mueca de dolor.
―Está bien, podéis marcharos ―les ordenó, apretándose con los
dedos el puente de la nariz, ya que le había dado un terrible dolor de cabeza.
―Vaya, qué humos ―comentó Graham, que llegaba junto a su
abuelo―. ¿Qué les has hecho a esos tres, que parecían molestos?
Los dos venían del lugar del incendio, ya que él mismo les mandó
supervisar todo.
―Les he dado a entender que me parecía muy raro todo lo que ha
pasado.
―¿Desconfías de ellos? ―preguntó Hamish―. Son hombres leales y
de honor.
―Todos los hombres de este clan parecen leales y de honor, y de
igual manera, alguno está empeñado en matar a mi esposa ―gruñó, tirando
con rabia un jarrón que tenía cerca contra la pared.
―Tranquilízate, hermanito, que por suerte no ha llegado la sangre al
río. ―Le tomó del hombro mostrándole su apoyo.
―Hemos descubierto que, como sospechabas, el incendio ha sido
provocado ―empezó a decirle el abuelo―. Todo el suelo delante de la
entrada estaba rociado de aceite.
―¡Maldita sea! ―blasfemó entre dientes―. No puedo fiarme de
nadie.
―Si te sirve de algo, yo no creo que hayan sido ni Ellar ni Baigh
―terció Graham―. Hemos luchado codo con codo, y pondría la mano en el
fuego por ellos.
―Y mucho menos Gordon ―intervino Hamish―. Le conozco desde
que ambos éramos niños.
―Y entonces, ¿quién es? ¿Quién quiere matar a mi mujer y por qué?
Ambos hombres se quedaron callados, parecía que no tenían ninguna
respuesta que darle y Broc se sentía desesperado por ello.
Capítulo 20

Willow estaba en su alcoba porque, tras el incendio, su hombro se había


resentido. Aunque sospechaba que tenía más que ver con su carrera a
caballo, pese a que no estaba dispuesta a confesar en voz alta su
imprudencia.
Unos leves golpes en la puerta la hicieron levantarse de la cama.
―Adelante.
Brenna y Leslie aparecieron al otro lado de la puerta.
―Venía a ver cómo estabas y me encontré a Leslie por el camino
―le explicó su sirvienta personal.
―Estaba preocupada ―reconoció la pelirroja, con la mirada baja.
Will sonrió.
―Anda, pasad y cerrad la puerta ―les pidió.
Las jóvenes hicieron lo que les solicitaba.
―¿Cómo estás? ―indagó Brenna.
―Bien, solo tengo el hombro un poco dolorido, es todo. ¿Y qué tal
tú?
―Un tanto nerviosa, pero por lo demás estoy perfecta ―aseguró.
―Y tú, Leslie, ¿cómo llevas el trabajo en el castillo?
―Me gusta mucho trabajar aquí ―respondió con una sonrisa
ilusionada―. Me has salvado la vida, la verdad.
―Cuánto me alegro. ―Le tomó la mano con afecto―. Me gustaría
pediros un favor.
―Por supuesto ―se apresuró a contestar la pelirroja.
―Lo que necesites ―asintió Brenna.
―Quisiera que investigarais y tuvierais los ojos bien abiertos por si
veis algo sospechoso. Es evidente que mi esposo ha mandado a sus
guerreros de confianza a indagar sobre el tema, sin embargo, nadie
sospecharía de vosotras.
―Estaré atenta de cualquier cosa sospechosa que vea ―enfatizó
Brenna.
―Preguntaré por ahí de modo sutil ―le dijo Leslie―. Conozco a
muchos de los guerreros de este clan, así que, si alguno de ellos ha visto
algo, lo descubriré.
―Muchas gracias. Os considero mis amigas y, en este momento, dos
de las personas en las que más confío.
Aquel fue justo el momento que Broc decidió para entrar,
encontrándose a las tres abrazadas.
―¿Interrumpo algo?
―No, señor, nosotras ya nos íbamos ―se apresuró a responder
Brenna.
―Estaré atenta ―susurró Leslie, antes de que ambas se marcharan.
―Han venido a ver cómo estaba ―explicó Willow antes de que su
marido preguntase.
―Me alegra ver que te estás integrando tan bien.
―Resulta que los escoceses no sois tan salvajes y horribles como yo
creía.
―¿Ah, no? ―Enarcó una ceja, guasón―. Eso quiere decir que no me
conoces tanto como crees.
Will soltó una risita.
―Creo que te conozco mejor de lo que a ti te gustaría.
Broc la tomó por la cintura y la besó en los labios con pasión y un
toque de desesperación. Sus manos se deslizaron por la espalda de su
esposa, que pudo notar como se formaba una erección bajo sus pantalones
de cuero. Sin embargo, al contrario de lo que Willow deseaba, la apartó de
sí de forma abrupta.
―Lo siento, solo pretendía besarte. ―Se pasó las manos por el pelo y
se alejó unos pasos de ella.
―¿Te disculpas por tocarme? ―se extrañó.
―Sí…, bueno, no. Es decir, no desearía nada más en el mundo que
poder tocarte como en realidad deseo, pero no quiero hacerte más daño del
que ya te he hecho.
―¿El daño que me has hecho? ¿Tú? ―Frunció el ceño, extrañada.
―Todo lo que te ha ocurrido es culpa mía.
―No digas estupideces…
―No son estupideces ―enfatizó, totalmente convencido de lo que
decía―. Debería haber puesto más empeño en buscar al asesino de
Lorraine. Lo hice el primer año y cuando no encontré ninguna pista, pensé
que fue un caso aislado. Deduje que tal vez un viajero o un bandido que
estaba de paso la atacó, aunque visto lo visto, y dado que no creo en las
coincidencias, estoy seguro de que los ataques hacia ti están relacionados
con el de Lorraine y, por consiguiente, conmigo.
―Broc, hiciste todo lo que estuvo en tu mano para atrapar a su
asesino, no podías estar toda la vida martirizándote por lo ocurrido. Es
lógico que pasaras página.
Su esposo se limitó a gruñir.
Will se acercó a él y posó la mano de su brazo sano sobre su rostro,
dejándola descender despacio por su cuello, su duro pecho y su marcado
abdomen.
―Willow…
―Shhh ―le hizo callar―. Dejemos de pensar y solo disfrutemos.
Necesito olvidarme de todo lo que ha ocurrido en las últimas horas. Hazme
olvidar, Broc ―le pidió, mordiéndose el labio inferior de forma sensual.
Las bocas de ambos se unieron, devorándose con desesperación.
Le puso la mano en el pecho y lo empujó, haciéndole caer a la cama y
colocándose a horcajadas sobre él.
Broc la miraba entre sorprendido y admirado, por el deseo y el ardor
que su esposa mostraba, cosa que también le encendía a él como si fuera
una antorcha.
Parecía que la lujuria dormida dentro de su esposa se hubiera
despertado y no estaba dispuesta a acallarla de nuevo.
―Quítame el camisón ―le pidió la joven, con la voz enronquecida
por el deseo.
Broc, obediente, tomó el bajo de la prenda y la sacó por la cabeza de
Willow. Se veía tan hermosa subida sobre él, con sus llenos y firmes senos
expuestos gloriosamente para su disfrute.
Se sentó para tenerla frente a sí y con suavidad, fue besando las zonas
enrojecidas que se veían en su cuerpo a causa de las leves quemaduras que
acababa de sufrir.
―Si tuviera en frente a quien ha provocado el incendio, juro que le
haría un corte por cada lesión que luces ahora mismo en tu piel.
―Quítate la camisa ―rogó, con los ojos llameantes―. No quiero
recordar nada de lo que ha ocurrido, solo hazme sentir. Quiero sentirte
dentro de mí y no pensar en nada más.
Ambos tenían sus respiraciones aceleradas.
―Willow, no quiero hacerte daño ―repitió, negándose a tocarla.
La joven apretó los labios y levantándose de encima de él, se tumbó
en la cama de espaldas, malhumorada.
―No soy de cristal, ¿sabes? ―protestó―. No voy a romperme.
―Estás herida.
―Eres un fastidio ―protestó―. Muy bien, vete ―le exigió furiosa.
Quizá el problema fuera que no la deseaba.
Bajó su mirada y pudo comprobar que esa no era la cuestión, ya que
el miembro de su marido parecía más que preparado para complacerla. Fue
entonces cuando se le ocurrió que podía probar a provocarle un poco más.
Con cierta inseguridad, llevó su mano a uno de sus pechos,
acariciándolo con delicadeza. Pudo ver como los ojos de Broc se clavaban
en ella, sin perder detalle de sus movimientos, mientras su nuez subía y
bajaba, manifestando que no estaba tan pasivo como pretendía mostrarle.
Aquello le dio el empujoncito necesario para, de forma acariciadora,
bajar la mano por su abdomen, hasta posarla sobre los rizos rubios que
cubrían su entrepierna.
―Willow…
Ella le ignoró, acariciando con más ahínco su hinchado clítoris y
comenzando a emitir gemidos seductores y apasionados.
―Willow, ¿qué haces?
―Si tú no estás dispuesto a tocarme, yo misma lo haré ―le aseguró,
cerrando los ojos y entreabriendo los labios para soltar el aire que había
contenido.
Broc gruñó y le apartó la mano de su sexo, inmovilizándosela contra
el colchón.
―¿Quieres que te toque, inglesa? ―inquirió, con los ojos clavados
en ella―. ¿Quieres que te haga enloquecer de placer? ¿Es lo que quieres?
Will asintió, sin poder apartar sus ojos de él.
―De acuerdo, prepárate ―sonrió de modo malicioso, haciendo que
su piel se erizara, expectante. Aquel era el demonio escocés del que todos
hablaban.
Enterró la cabeza entre sus piernas y pasó con lentitud su lengua por
toda la abertura de su esposa, que dio un respingo, sorprendida.
―¿Qué estás haciendo?
―Lo que tú querías.
―Broc… ―no pudo continuar hablando, puesto que Broc posó los
labios sobre su clítoris, succionándolo y mordisqueándolo con suavidad,
haciendo que le costase respirar.
A la vez que la lengua de Broc exploraba todos sus pliegues, su mano
abordó uno de sus pechos, apretándolo y pellizcando con delicadeza su
pezón.
Willow enredó sus dedos en el cabello del hombre y levantó las
caderas, apretándolo más contra su sexo, y como él le advirtió segundos
antes, la estaba volviendo loca de placer.
Notaba que cada vez estaba más mojada y excitada, hasta que los
espasmos de su éxtasis estallaron contra la boca de su esposo.
―¡Broc! ―gritó entre gemidos.
El hombre aprovechó para ascender por su cuerpo y penetrarla con su
miembro erecto de una sola embestida, alargando de ese modo el arrasador
orgasmo que estaba experimentando su ardiente esposa.
El highlander tenía la respiración agitada y movía sus caderas con
rapidez, pese a tener cuidado de no hacer dañó a Will en su herida y
quemaduras.
―Broc ―repitió Will de nuevo, sintiendo que iba a ser presa de otro
orgasmo.
―Willow ―respondió él entre gruñidos de placer y embestidas
aceleradas.
Entonces, soltando un rugido casi salvaje, se dejó ir dentro de ella,
que volvió a alcanzar por segunda vez el éxtasis.
Broc se arqueó con violencia y se dejó caer con cuidado sobre su
mujer, a la que aún le temblaban las piernas.

Tras un rato abrazados en la cama, Willow notó como la respiración


de su marido se acompasaba, haciéndole saber que se acababa de quedar
dormido. Sin embargo, ella era incapaz de hacerlo, así que, de forma
sigilosa, salió del lecho, se puso su camisola y se envolvió con uno de los
tartanes del clan, saliendo de la alcoba.
―¿Qué? ¿Escabulléndote de mi querido hermanito?
La joven dio un leve respingo y se llevó la mano al pecho.
―Me has asustado ―le reprochó―. No estoy escabulléndome, solo
quería ir a tomar un poco el aire.
―Entonces, será mejor que te acompañe si no quiero que mi hermano
me corte el cuello si se entera de que te he dejado marchar sin más.
Willow puso los ojos en blanco.
―¿No voy a poder hacer nada sola?
―Hasta que no hallemos al atacante encapuchado, no.
―Está bien, al menos eres un conversador más entretenido que
Baigh.
Graham soltó una carcajada.
―Tampoco hace falta mucho para eso, ¿no crees?
―¿Podría ser él mi agresor?
―¿Baigh? ―Frunció el ceño―. Siempre le he tenido por un guerrero
leal y honorable.
―Lo sé, no obstante, alguien tiene que ser y Broc está convencido de
que es el mismo que mató a Lorraine.
―Todos en este clan la queríamos, me cuesta mucho imaginarme a
alguien de nuestra gente haciendo algo tan horrible.
―¿Qué hacéis? ―les sorprendió Bonnie.
―Ey, hola, cielo ―la saludó Willow―. Solo íbamos a pasear.
¿Quieres acompañarnos?
―¿Quién? ¿Ella? ―La señaló Graham―. Ni hablar, mi sobrina es
demasiado lenta para eso.
―¿Lenta? Vamos a comprobarlo, seguro que te gano en una carrera
―dijo, antes de echar a correr.
―Ya ves, cuñadita, me toca salir corriendo. ―Le guiñó un ojo y
siguió a la niña escaleras abajo.
Willow rio. Graham la hacía sentir muy cómoda y relajada.
―Te veo bien, muchacha. Sobre todo, teniendo en cuenta que hace
pocas horas has estado a punto de arder como una antorcha.
Will se volvió hacia el abuelo Hamish, que la observaba desde uno de
los sillones de la sala con una sonrisa.
―Me siento bien.
―Es una suerte que Broc y el resto de guerreros pasaran por allí para
rescataros. ―Se levantó aproximándose a ella y le ofreció uno de sus
brazos, sobre el cual la joven apoyó su mano.
Cuando salieron fuera, se quedaron mirando como Bonnie y Graham
jugaban entre ellos.
―Parece que no es mi destino morir aún ―trató de restarle
importancia a la situación que vivió hacía unas horas.
―Y le doy gracias a Dios. Mi nieto es mucho más feliz desde que tú
has llegado aquí.
La joven le miró y el anciano sonrió antes de alejarse con paso lento.
―¿Willow? ―la voz de Leslie la hizo volverse―. ¿Qué haces aquí
fuera tú sola?
―No estoy sola, mi cuñado está conmigo. ―Le miró revolcándose
por el suelo junto a Bonnie―. Bueno, más o menos ―rio divertida.
―Tengo un momento libre y puedo hacerte compañía, si te apetece.
―Claro, me encantaría.
―Es extraño que tu esposo no esté pegado a ti ―sonrió.
―Le he dejado dormido en la alcoba.
Leslie la miró con picardía.
―Ya veo.
Willow, mientras observaba jugar a Graham con la niña, caviló sobre
lo que acababa de hacerle Broc en el lecho y se le ocurrió que tal vez la
pelirroja, dada su experiencia, pudiera aconsejarla al respecto.
―Leslie, quisiera hacerte una pregunta muy personal.
―Adelante.
―Dada tu anterior profesión, doy por sentado que conoces muy bien
a los hombres en el plano íntimo.
La joven pelirroja bajó los ojos al suelo.
―No es algo de lo que me enorgullezca, pero sí.
―No te avergüences, Leslie, hiciste lo necesario para sobrevivir, yo
también lo habría hecho. ―Le tomó la mano y se la apretó con cariño―.
Lo que me gustaría saber es si hay algo que a los hombres les guste
especialmente en ese terreno.
―Así que quieres complacer a tu esposo.
―Quiero saber darle tanto placer como él me ofrece a mí, sí
―confesó sin una pizca de vergüenza.
―En ese caso, solo debes prestar atención a tu cuerpo.
―¿Mi cuerpo? ―preguntó extrañada.
―¿Hay algo que él te haya hecho y lo disfrutaras especialmente?
El rostro de Willow comenzó a arder cuando le vino a la mente la
imagen de la cabeza de su esposo enterrada entre sus piernas, mientras su
lengua jugueteaba con su sexo.
―Sí, ha habido ciertas cosas que me sorprendieron y gustaron
mucho.
―Entonces, solo tienes que pensar que a él le ocurriría igual si tú
desempeñas una actitud parecida. Toma la iniciativa, muéstrate descarada y
nunca reprimas tus deseos, eso les encanta.
―Te lo agradezco mucho, Leslie. Lo pondré en práctica.
Will miró hacia el frente y Graham le hizo una mueca graciosa,
haciéndola sonreír.
―Por cierto ―murmuró la sirvienta pelirroja―. Hace un momento
recordé algo…
―¿Qué haces aquí fuera? ―bramó Broc, que parecía que había
estado corriendo, pues tenía la respiración acelerada.
―Salí a que me diera un poco el aire.
―¿No te das cuenta de lo peligroso que es? ―Se le veía muy furioso.
―Tu hermano me está haciendo de escolta.
Giró el rostro para ver como el aludido se revolcaba junto a su hija
sin prestarles atención.
―Ya lo veo ―repuso malhumorado―. Sois un par de irresponsables.
―Mejor me marcho ―murmuró Leslie.
―No, espera, me estabas diciendo algo. ―La detuvo Will.
―No pasa nada, luego te busco y hablamos. ―Miró de reojo a Broc
y, haciendo una leve inclinación de cabeza, se marchó.
―La has espantado con tus voces y tus aspavientos ―le reprochó
Willow.
―Es culpa tuya. ―Se cruzó de brazos y respiró hondo―. Por poco
me da algo cuando desperté y vi que no estabas.
―De acuerdo, siento haberte asustado. ―Se cogió de su cuello, se
puso de puntillas y le besó en los labios de modo apasionado.
―Puag, ¡qué asco! ―exclamó Graham―. ¿Has visto eso, Bonnie?
Vaya par de acaramelados, me está dando urticaria.
―No seas envidioso, tío ―replicó la niña―. Lo que tienes que hacer
es buscarte una buena mujer para ti.
―¿Ah, sí? ¿Y dónde hay una de esas? Yo aún no he conocido a
ninguna ―bromeó.
―No es que no haya, es que tú no les interesas ―le soltó con descaro
su sobrina, poniéndose en jarras.
―¿Has oído, hermano? Menuda hija desvergonzada que tienes.
Broc y Willow no pudieron evitar reírse.
―Lo peor de todo es que tiene más razón que un santo ―repuso el
laird de buen humor, tomando a su esposa por los hombros y besándola en
la frente.
Capítulo 21

Los siguientes días fueron pasando en calma, cosa que agradecieron, y


poco a poco se fueron olvidando del atacante misterioso. Todos menos
Broc, que no podía dejar de darle vueltas al tema, cosa que hacía que
apenas pudiera pegar ojo y hubiera sufrido algún que otro pequeño ataque
de pánico, que consiguió ocultar al resto de su familia y amigos. Estaba
convencido de que tarde o temprano volvería a atacar y que solo estaba
esperando a que bajaran la guardia, aunque no pensaba darle ese placer. Él
estaría preparado.
Por su parte, Willow ya estaba del todo recuperada de sus heridas y
cada vez se sentía más en casa en aquel clan. Aunque con quien más unida
se sentía era con su esposo. Su relación se había vuelto más estrecha e
íntima, e incluso podía asegurar que estaba enamorada de él, aunque aún no
se atrevía a confesárselo.
Llamaron a la puerta y esta se abrió sin esperar respuesta. Como era
típico cada mañana, Brenna pasó a la alcoba con una radiante sonrisa en el
rostro. Ambas se habían hecho muy amigas. También con Leslie, pero esta
últimamente estaba tan ocupada con su trabajo como sirvienta que apenas
tenían tiempo de hablar a solas.
―Que buena cara traes, ¿ha ocurrido algo? ―le preguntó Will a la
sirvienta.
―Lo cierto es que sí. ―Se sentó en la cama junto a ella―. Es por
Ellar. Acaba de pedirme que me case con él.
―¿¡Qué!? ―exclamó emocionada, levantándose de la cama de un
salto―. ¿Y qué has respondido?
―¿Qué quieres que responda? Que sí. Yo le amo y no me imagino
nada mejor que estar unida para siempre a él.
―¡Cuánto me alegro! ―La abrazó con júbilo―. Hacéis una pareja
maravillosa y estoy segura de que seréis muy felices.
―Eso espero.
―Vais a tener unos hijos preciosos. ―Le guiñó un ojo.
―Y hablando de hijos, ¿qué hay de los vuestros?
―Ya vendrán cuando tengan que venir. Además, no será por falta de
intentos, te lo aseguro.
Las dos muchachas empezaron a reír y siguieron haciéndolo mientras
Brenna ayudaba a Will a vestirse y cepillarse el cabello.

Cuando unos minutos después bajaron las escaleras entre


conversaciones y risas, se encontraron con Euphemia hecha un basilisco,
quejándose a Broc y a Graham. Gordon también se encontraba allí, parado
en la entrada y mirando al ama de llaves con algo similar a la admiración. O
por lo menos, eso le pareció a Will.
―Sabía que no se podía confiar en ese tipo de mujeres, no les gusta
el trabajo duro.
―¿Le ha dicho a alguien que se marchaba? ―le preguntó el laird.
―Ni eso, la muy desagradecida. Se fue sin más en medio de la noche.
―Cálmate, Euphemia, o conseguirás que te dé un vahído ―le
aconsejó Gordon, que se ganó una mirada furibunda por parte de la aludida.
―¿Qué ha ocurrido? ―inquirió Willow, aproximándose a ellos.
―Leslie se ha marchado ―contestó su esposo.
―¿Qué? ―se sorprendió―. ¿Adónde ha ido?
―Eso me gustaría saber a mí ―refunfuñó el ama de llaves―. Ni un
adiós me ha dicho la ingrata.
―Leslie no haría eso, estaba muy feliz con este trabajo y su nueva
vida.
―No le gustaría trabajar duro ―murmuró Euphemia.
―Madre, no hables así de ella ―le pidió Brenna, que había cogido
tanto cariño a Leslie como Willow.
―Sobre todo, cuando es mentira ―se indignó Will―. Leslie ha
trabajado más duro que nadie desde que comenzó a vivir en el castillo.
―No seas injusta, Euphemia ―añadió Gordon, de acuerdo con las
jóvenes―. Yo mismo he visto a esa muchacha trabajar como una mula.
―Pues vosotros diréis ―rezongó la mujer, molesta.
Will se volvió hacia su esposo, inquieta.
―¿Puedes pedirles a los guerreros que la busquen por los alrededores
del castillo? Me preocupa que pueda haberle ocurrido algo.
―Willow, se ha llevado sus pertenencias, es probable que Euphemia
tenga razón y que se haya cansado de servir.
La joven abrió mucho los ojos, indignada.
―¿Estás hablando en serio?
―Willow…
―Ni Willow ni nada ―alzó la voz―. Parece ser que una mujer que
se ha dedicado a vender su cuerpo no pueda hacer otra cosa más en su vida.
Pues te equivocas. ―Miró al ama de llaves también―. Os equivocáis los
dos. Leslie es feliz viviendo aquí, ha debido pasarle algo.
―Haz el favor de no alzarme la voz, inglesa ―le ordenó su esposo,
con el ceño fruncido.
―La alzaré cada vez que me venga en gana, escocés.
Se retaron con la mirada y estaba claro que ninguno de los dos
pensaba ceder.
―Bueno, haya paz ―intervino Graham―. Entiendo que mi hermano
crea que Leslie puede haberse marchado, sin embargo, Willow tiene razón,
no podemos darlo por sentado sin antes investigar un poco. Yo mismo,
junto a un par de guerreros, me comprometo a hacerlo.
Broc suspiró.
―Está bien, ve con Ellar y Mervin.
―A tus ordenes, hermanito.
Le guiñó un ojo a su cuñada, que gesticuló un «gracias» con sus
labios, a lo que Graham respondió con una leve inclinación de cabeza antes
de marcharse.
Tras aquello, miró a su esposo con inquina y se dio media vuelta para
alejarse de forma airada.
―Eh, espera un momento ―dijo a sus espaldas.
Sin embargo, la joven no se detuvo.
―Willow, te estoy hablando.
―Yo no quiero hablar contigo.
La tomó por el brazo y la giró hacia él.
―Ya basta…
―Basta, ¿qué? ―Se soltó de un tirón―. Al parecer, en este clan hay
aldeanos que valen más que otros.
―Jamás he dicho eso, estás tergiversando mis palabras.
―Puede que no lo hayas dicho, pero tus actos lo han dejado más que
claro.
―¿Porque opino igual que Euphemia? ―Se cruzó de brazos.
―Porque ambos hacéis distinción entre ella y cualquier otra de las
sirvientas. ¿O acaso si hubiera sido Brenna la desaparecida no habrías
mandado a buscarla?
―Eso es diferente.
Will rio de forma sarcástica.
―Claro, diferente.
―Bueno, ya está bien, estoy harto de discutir. ―La tomó por la
cintura y se la colocó al hombro.
―¿Qué estás haciendo? Bájame ahora mismo, demonio escocés de
pacotilla ―gritó y pataleó.
Broc no pudo evitar soltar una carcajada.
―No grites tanto, inglesa, o se enterará todo el castillo de que tengo
que domarte como a una potra salvaje.
―Potra, ¡y un cuerno! ―exclamó ofendida―. Y me importa un
bledo quien se entere de lo salvaje que llegas a ser, maldito escocés.
―¿Qué está ocurriendo? ―inquirió Muriel, que llegó hasta ellos
junto a su padre y a Bonnie, alarmados por las voces.
―No pasa nada, madre, solo que mi esposa y yo tenemos un par de
temas que discutir en privado.
―En cuanto me sueltes no te van a quedar ganas de discutir. Pienso
patearte donde más te duela, te lo juro ―proclamó la joven, aún boca abajo.
―Ya lo has oído, madre. ―La besó en la mejilla―. Tenemos muchas
cuestiones que tratar.
Sin esperar respuesta, subió escaleras arriba, perdiéndose de su vista.
―Hacía tanto que no me daba un beso de forma tan espontánea
―murmuró Muriel, emocionada.
―Hemos recuperado a nuestro muchacho ―apostilló Hamish,
tomando a su hija por los hombros.
Ambos se miraron y sonrieron.
―No sé por qué estáis todos tan felices, Will va a patear a padre y me
temo que va a ser entre las piernas ―repuso la niña, haciendo que los
demás no pudieran evitar soltar una carcajada.
Capítulo 22

Unos días después, y tras buscar por los alrededores, aún no tenían noticias
de Leslie, así que se dio por sentado que la joven se marchó por voluntad
propia, pese a que Willow continuaba sin creerlo.
En el clan MacFarlane se celebraban cada año por aquellas fechas
unas fiestas muy populares, a las que Broc acudía junto a su familia, así que
aquel año no iba a ser diferente.
Willow estaba pletórica. Tras tantos días sin poder ver a su prima, por
fin iban a reencontrarse.
―Te lo vas a pasar muy bien, ya verás ―le decía Bonnie, que quiso
montar junto a ella―. Ramsay organiza unos torneos y carreras estupendos.
Padre siempre los gana todos, así que seguro que este año te brinda su
victoria.
―¿Ah, sí? Qué bien ―sonrió―. ¿Y qué es lo que más te gusta hacer
a ti en estas fiestas?
―Jugar con los sobrinos de Ramsay ―reconoció―. Tiene muchos,
aunque uno de ellos, Angus, siempre me tira del pelo y me sigue a todos
lados. Es un incordio.
―¿Qué edad tiene?
―Un año más que yo.
―¿Y es guapo?
Las mejillas de Bonnie se sonrojaron.
―No me he fijado.
―¿No? Entonces tienes que presentármelo para que yo pueda
juzgarlo por mí misma. ¿Qué te parece?
―De acuerdo, verás cómo es insoportable.
Will rio.
―No sé por qué, pero creo que te gusta más de lo que me cuentas.
―Puag, qué asco. ―Hizo una mueca con la cara―. Angus no me
gusta nada.
Llegaron frente al impresionante castillo MacFarlane y Broc
desmontó del caballo de un salto.
―Ven aquí, parlanchina, que te ayudo a bajar. ―Cogió a su hija y la
dejó en el suelo―. ¿Me dejas ayudarte a ti también? ―le preguntó a su
esposa, que aún seguía un poco molesta por el tema de Leslie.
―Si no hay más remedio ―repuso con desgana.
Broc puso sus manos en la estrecha cintura de su mujer, haciendo que
sintiera una corriente eléctrica recorrerle de arriba abajo, y, con lentitud, la
bajó hasta poner los pies sobre la mullida hierba. Entonces se miraron
fijamente a los ojos y Broc se aproximó más a ella.
―No hay más remedio ―le susurro muy cerca de la boca, haciendo
que su aliento le hiciera cosquillas en el rostro.
―¡Will!
La voz de su prima hizo que se separaran de repente.
―¡Prue! ―gritó, corriendo hacia ella.
Ambas se fundieron en un conmovedor abrazo, sin poder contener la
emoción y las lágrimas que brotaron de sus ojos.
―Cuánto te he echado de menos ―proclamó Willow, cogiendo el
conocido rostro de Prudence entre las manos y comprobando que estaba
bien y feliz.
―No más que yo a ti, seguro.
―¿Cómo te está yendo la vida de casada? ―quiso saber Will, que
siempre fue muy protectora con ella.
―Bueno, me está costando un poco acostumbrarme a vivir aquí,
aunque Ramsay me ayuda a adaptarme y sus hermanas también. ¿Y qué hay
de ti?
―Estoy bien. La familia de Broc es encantadora y pese algún
pequeño percance sin importancia, todo ha ido de maravilla ―omitió que la
intentaron matar, puesto que no quería preocuparla.
―Cuando Ramsay me dijo que estaba casi seguro de que ibais a venir
para las fiestas, salté de alegría.
Volvieron a abrazarse.
―Yo sí que estoy feliz.
―Demonios, este clan se está convirtiendo en un aquelarre de brujas
inglesas ―rezongó el laird de los Campbell, pasando por su lado y
escupiendo a los pies de las jóvenes.
―Zorras inglesas ―las increpó uno de sus guerreros.
―Disculpad, ¿habéis dicho algo? ―les dijo Willow, encarándose con
ellos.
―Déjalos, Will ―le pidió Prudence―. Los conozco y son de lo más
desagradables.
―¡Os estoy hablando! ―gritó la joven rubia, sin tomar el consejo de
su prima.
―Sucia inglesa, no te atrevas a dirigirme la palabra ―le soltó el
laird, mirándola con asco.
―Si yo soy una sucia inglesa, no me quiero ni imaginar lo que serás
tú, apestoso escocés.
―¿Qué me has llamado?
Se acercó a ella con paso amenazante, pero Willow, a pesar de sentir
cierto temor, no retrocedió ni un solo paso. Sin embargo, el laird de los
Campbell no pudo llegar hasta ella, pues Broc se interpuso en su camino
empujándolo con fuerza y tirándolo al suelo.
―¿Qué crees que estás haciendo, Malcom? ―espetó con rabia
contenida―. Si hubieras puesto un solo dedo encima de mi esposa, no me
habría quedado más remedio que matarte.
El hombre se puso en pie con agilidad.
―¿Tu esposa? Una sucia inglesa, no puede haber mayor deshonra.
Broc avanzó con los ojos en llamas.
―Continúa hablando así y te cortaré la lengua y te la haré tragar.
―Vamos, Malcom, estás en mi clan y mi esposa también es inglesa,
así que no me obligues a echarte y a convertirte en un invitado non grato
―intervino Ramsay, tratando de mediar entre los dos―. Las diferencias
que tengáis ya las arreglareis en el torneo, como cada año.
Los dos lairds se retaron con la mirada.
―Te veré en el lanzamiento de trocos, Buchanan, y esta vez pienso
machacarte ―sentenció Malcom, antes de hacerle una señal a sus guerreros
con la cabeza para que le siguieran y alejarse de allí.
Broc se volvió hacia su esposa y posó una de sus manos sobre su
suave mejilla.
―¿Estás bien?
―Sí, muy bien ―asintió, sintiendo aún como sus piernas
temblaban―. ¿Qué problema tiene ese energúmeno?
―No siente demasiada simpatía por ningún inglés.
―Bueno, tampoco podemos culparle, nosotros no éramos muy
diferentes hace unos meses ―le recordó Ramsay.
―¿Y eso lo exime por su comportamiento? ―inquirió Willow,
mirándolo con mala cara.
―Veo que diga lo que diga, siempre acabas molesta conmigo
―repuso el esposo de su prima.
―No es cierto.
―Bueno, dejemos el tema ―medió Prudence―. Lo importante es
que volvemos a estar juntas. ¿Quieres que te muestre mi hogar?
―Me parece una idea estupenda.
Las dos jóvenes se alejaron tomadas de la mano y sus esposos se
quedaron mirándolas.
―Ey, despertad, par de embobados ―les dijo Graham, chasqueando
los dedos delante de sus caras―. Que esas dos inglesitas os tienen el seso
sorbido.
―Anda, calla ―espetó Broc, empujándole por el hombro y
haciéndole reír.
―¿Se puede saber qué le pasa a tu esposa conmigo? ―preguntó
Ramsay―. Siempre parece dispuesta a soltarme alguna pulla.
―Intuyo que es protectora de más con su prima y tú eres su principal
enemigo ―ironizó.
―Lo que debería tener en cuenta es que la hago muy feliz.
―¿Y ella también te hace feliz a ti? ―inquirió Broc, en tono guasón,
con una ceja enarcada.
―Creo que tanto como lo eres tú, amigo. Tienes hasta un brillo
diferente en la mirada, a mí no puedes engañarme.
―Que sí, que sí, que los dos estáis muy enamorados y bla, bla, bla…
¿Habéis pensado en escribir poemas sobre ello? ―se burló Graham.
Broc le soltó una colleja.
―Al final vas a recibir la paliza que debí darle a Campbell.
Los tres se echaron a reír y se marcharon a prepararse para las
competiciones.
El laird de los Buchanan y el de los Campbell ya estaban listos para
iniciar el lanzamiento de troncos. Broc estiraba el cuello y los brazos, para
relajar sus músculos.
―¿Eso es lo que debes levantar? ―preguntó Will, acercándose a él y
señalando los enormes troncos.
―Levantar y lanzar.
―¿Y tendrás tanta fuerza para hacerlo?
Broc alzó una de sus cejas de forma irónica.
―¿Dudas de mis capacidades, inglesa?
―No, claro que no ―negó su esposa, poniéndose de puntillas y
dándole un beso en los labios―. Esto es para que tengas suerte. Machaca a
ese bastardo escocés.
Su marido soltó una carcajada.
―Lo intentaré.
Willow sonrió y, levantándose un poco las faldas de su elegante
vestido color lavanda, se fue junto al resto de la familia para observar la
competición.
Desvió los ojos hacia Malcom Campbell y este le dedicó una mirada
cargada de odio. Era tan joven y casi tan corpulento como Broc, por lo que
temió que pudiera vencerle.
―No debes preocuparte, cuñadita, mi hermano es el mejor en todo lo
que se propone. Va a ganar ―le aseguró Graham, colocando un brazo sobre
sus hombros de manera amistosa.
―Broc lleva ganando esta competición desde hace diez años
―apuntó Ramsay con cierto tono de orgullo en la voz.
―¿Tú no participas? ―le preguntó Prue.
Su marido la abrazó por detrás, pegándola a él.
―Hace tiempo aprendí cuales eran las batallas que debía librar, y
competir contra Broc no forma parte de ellas.
―Vas a morder el polvo, Buchanan ―espetó Malcom, captando la
atención de todos, justo antes de colocar ambas manos en la base del tronco,
haciendo un gruñido ronco al levantarlo.
Manteniendo el equilibrio con el tronco en posición vertical, corrió
tomando impulso y lo lanzó, haciendo que este impactara en el suelo,
bastante lejos de él.
Alzó las manos, victorioso, y se giró hacia sus guerreros que le
vitorearon enfebrecidos.
―Tu turno, Buchanan. Pídele a tu… inglesa que rece por ti, te hace
falta ―soltó con aversión, colocándose donde lo estuvo Broc segundos
antes.
Este le fulminó con la mirada.
―Estás vendiendo la piel del oso antes de cazarlo, Campbell ―le
dijo, girándose hacia donde estaba el tronco.
Respiró hondo un par de veces, concentrándose. Sin pretenderlo, sus
ojos se desviaron hacia Willow, que parecía nerviosa, pues se mordía el
labio inferior y se retorcía las manos.
Sonrió.
¿Desde cuándo se convirtió aquella joven en alguien tan importante
para él?
Quitándose aquellos pensamientos de la cabeza, se agachó y cogió el
tronco. Se le hincharon las venas del cuello cuando comenzó a correr, justo
antes de tomar impulso y lanzarlo lo más lejos que pudo.
El tronco aterrizó unos centímetros más allá del de Malcom, dándole
la victoria a Broc.
Su familia, amigos y guerreros afines gritaron alegres.
―¿Ha ganado? ―preguntó Will.
―Por supuesto ―canturreo Graham―. Mi hermanito nunca
decepciona.
Will, emocionada, se puso a dar saltos y sin pensarlo dos veces, corrió
hasta arrojarse a los brazos de su esposo, que la recibió encantado cuando le
besó en los labios con pasión.
―¡Has ganado! ―exclamó feliz.
―¿Y esta es mi recompensa? ―sonrió de forma pícara.
―Entre otras muchas que tengo pensadas para más tarde, cuando
estemos a solas ―respondió seductora.
―¿De veras?
De sopetón, Malcom les placó, haciendo que Broc perdiera el
equilibrio al no esperarse aquel ataque y haciendo que Willow impactara
contra el suelo.
―¡Will! ―chilló Prue desde la distancia, asustada.
Broc miró a su esposa para cerciorarse de que estuviera bien y tras
comprobar que así era, soltó un rugido rabioso y se abalanzó sobre el laird
de los Campbell. Como cuando estaba en batalla y la furia se apoderaba de
él, no veía nada, todo estaba rojo y solo quería venganza. Venganza por el
modo en que le habló unas horas antes, venganza por menospreciarla y por
haber intentado hacerle daño, y, en especial, venganza porque no permitiría
que nadie más tocara un pelo a la mujer de la que estaba enamorado.
Aquel descubrimiento le hizo dejar de golpearle y fue cuando pudo
apreciar que Malcom Campbell había perdido el conocimiento a causa de su
brutal ataque.
―Vamos, Broc, vas a matarle ―le dijo Ramsay apartándolo del
cuerpo ensangrentado de su oponente.
―¿Estás bien, cuñadita? ―le preguntó Graham a la joven, que
consiguió ponerse en pie y miraba horrorizada el rostro destrozado del
hombre que yacía en el suelo.
―Sí, sí ―le aseguró―, solo tengo un poco doloridas las posaderas.
Los guerreros Campbell acudieron a socorrer a su laird, echándole
agua en el rostro, para que despertara. Cuando lo hizo, comenzó a toser,
expulsando sangre por la boca.
―Esto no va a quedar así ―repuso Malcom apenas sin voz.
―Desde luego que no quedará así ―afirmó Broc―. Tus insultos
hacia mi esposa llegarán a oídos del rey, te lo aseguro.
Ignorando a Malcom mientras se lo llevaban de allí, se volvió hacia
su esposa, acunando su precioso rostro entre las manos.
―¿Te has hecho daño?
―Creo que tú estás más herido que yo ―apuntó, señalando sus
nudillos ensangrentados.
―No te preocupes, esto no es nada.
―No deberías haberlo hecho ―le recriminó―. Pudiste haberle
matado. Parecías otra persona.
―Y lo era. Ese que has visto es el demonio escocés del que todos
hablan.
―He de reconocer que prefiero a Broc Buchanan. El padre amoroso,
el hijo entregado, el hermano protector, el nieto perfecto y mi esposo, al que
admiro.
Aquellas palabras aceleraron su corazón.
Abrió la boca para decirle que la amaba, sin embargo, las palabras
parecían no querer salir de sus labios, así que se limitó a besarla, esperando
que aquel beso le demostrara todo cuanto no era capaz de verbalizar.
Capítulo 23

Tras el incidente, Ramsay echó a los Campbell de sus tierras y se disculpó


con Broc y Willow, que en aquel momento hablaba con su prima.
―Dios mío, Will, últimamente los problemas parecen perseguirte
―comentó Prue―. Primero el flechazo que te dieron, después el incendio
en los establos y ahora esto.
¿Los establos?
La miró extrañada.
―Eh, un momento. ¿Cómo sabes lo del incendio?
―Ramsay me lo contó.
―¿Ramsay? ¿Y cómo se enteró él? Ya os habíais marchado cuando
ocurrió. ¿Acaso se lo contó Broc?
―No, es que tuvo que volver porque se olvidó una daga regalo de su
padre y fue entonces cuando vio el humo, por suerte, ya estaba apagado.
―¿Estás segura de lo que dices?
―Por supuesto, él mismo me lo contó.
―Pues es extraño que sea la primera noticia que tengo de que estuvo
por allí.
―Bueno, estabais muy liados y debíamos continuar el viaje, pero
habló con Baigh antes de partir para asegurarse de que todos os
encontrabais bien.
―Así que habló con Baigh. ―Se volvió a mirar a los aludidos, que
en aquel momento estaban con Broc y Ellar.
―Sí, él fue quien le explicó todo.
―Ya, claro ―repuso con desconfianza.
Sus sospechas con respecto a Ramsay se disiparon cuando el incendio
ocurrió tras su marcha, no obstante, ahora que sabía que volvió, entraba de
nuevo dentro de sus conjeturas. Además, él mismo invitó a los Campbell a
participar en los torneos, pese a saber su declarado odio por los ingleses.
―Discúlpame un momento, Prue. ―Sin esperar respuesta, se
apresuró a acercarse a Broc y tomarle de la mano―. Os lo robo un
momento ―les dijo al resto de hombres, antes de arrastrarlo tras ella.
―¿Ocurre algo? ―le preguntó su esposo.
―Nada, solo quería hablar contigo.
―¿De algo en especial?
―¿Tiene una mujer que tener un motivo en concreto para hablar con
su marido? ―inquirió alzando una ceja.
―Está bien, lo siento ―se disculpó―. Tú dirás.
―¿Cómo te lo estás pasando?
―Hasta ahora, sin tener en cuenta el enfrentamiento con Campbell,
bien.
―Vaya, ahora que lo mencionas, cuéntame un poco sobre él. ¿Qué
relación tiene con Ramsay? Imagino que será estrecha para que le haya
invitado a los torneos, ¿no?
―Acabáramos ―repuso entre risas―. Así que era aquí a donde
pretendías llegar. Bien, pues Ramsay ha invitado a los Campbell porque,
aunque sean un clan conflictivo, es mejor tenerlos como aliados que como
enemigos, sobre todo, si se desata alguna batalla.
―¿Eso es todo?
―¿Qué más quieres que haya?
―No lo sé, pero acabo de descubrir que Ramsay estuvo en nuestro
clan durante el incendio y bueno… ―Se encogió de hombros―. ¿No te
parece sospechoso?
Broc se detuvo y se volvió hacia ella con las manos apoyadas en sus
estrechas caderas.
―No me gusta nada lo que intuyo que insinúas, Willow.
―¿Y no te parece extraño que me haya tenido que enterar por Prue?
¿Por qué Ramsay no dijo nada?
―Yo sabía que estuvo allí, me lo dijo Baigh, y no veo ningún
problema en ello.
―¿Ah, no? ―Se cruzó de brazos―. Eso lo convierte en un claro
sospechoso.
―Basta, Willow ―le advirtió, señalándola con el dedo índice―. No
quiero que vuelvas a mencionar nada similar. Ramsay es mi amigo, casi un
hermano, y me ha salvado la vida en más de una ocasión, como yo a él.
Jamás podría hacer nada de lo que insinúas.
―Yo creo…
―¡He dicho basta! ―gritó, consiguiendo que las personas que
estaban a su alrededor se volviesen a mirarles.
La tomó por el brazo, ocultándose tras el grueso tronco de un árbol
centenario.
―¿Te das cuenta de lo que puede ocurrir si llegaran a oídos
indiscretos tus falsas acusaciones? ―murmuró, tratando de controlar su mal
genio.
―¿Quién dice que sean falsas? ―repuso alzando la barbilla.
―Yo lo digo.
―Tus sentimientos te impiden ver la realidad, eso es lo que ocurre.
―No conoces a Ramsay.
―Quizá tampoco tú lo conozcas tanto como crees. ¿Dónde se
encontraba cuando mataron a Lorraine? ¿Por casualidad también estaba
pasando unos días en tu clan? ―Por el modo en que frunció el ceño, supo
que había acertado―. Ahí lo tienes.
Broc apretó los dientes, haciendo que sus mandíbulas palpitaran.
―Willow, estás haciendo que pierda la paciencia.
―Tienes suerte, yo casi pierdo la vida.
Se mantuvieron la mirada, retándose, pero Bonnie llegó hasta ellos
corriendo, impidiendo que la discusión llegase a más.
―Will, mira. ―Tiró de la manga del vestido de la joven―. ¿Ves a
aquel niño rubio de allí? Es el pesado de Angus.
―Así que ese es Angus ―dijo Willow, acuclillándose a su lado―. Es
muy guapo.
―Bah, no es para tanto. ―repuso, cruzándose de brazos y frunciendo
el ceño.
―¿Hoy te ha molestado?
―No, aún no.
―Si vuelve a hacerlo, dile que se las verá conmigo.
―De acuerdo. Gracias, Will. ―La besó en la mejilla―. Le diré que
si se atreve a molestarme, mi madre va a darle una paliza.
Tras soltar aquello, echó a correr, dejando a Willow paralizada. ¿La
había llamado madre?
―¿Lo has oído?
―Por supuesto y no entiendo por qué no me ha contado a mí que el
granuja de Angus la está fastidiando.
Willow puso los ojos en blanco.
―No me refería a eso ―negó, irguiéndose―. Se ha referido a mí
como a su madre ―sonrió emocionada.
―Una madre muy suspicaz, no cabe duda.
―¿Volvemos al mismo tema? No me apetece seguir hablando
contigo, entonces. ―Lanzándole una última y fulminante mirada, dio media
vuelta de forma airada y se alejó.
Broc suspiró y con un movimiento de cabeza, le ordenó a Baigh que
la siguiera para estar seguro de que no corría peligro.
―Ellar, ¿puedo hablar un momento contigo? ―preguntó Will,
acercándose al guerrero que charlaba de manera animada con otros jóvenes
de su edad.
―Desde luego, Willow. ¿Dime?
―A solas ―apuntó, mirando a la gente a su alrededor.
Ellar la tomó por el codo, apartándose del bullicio y estudiándola con
interés.
―¿Ocurre algo malo, Willow? ―inquirió preocupado.
―No, nada, solo que me gustaría que mantuvieras vigilado a Ramsay.
―¿Ramsay? ―dirigió sus ojos marrones hacia el aludido, que reía,
mientras tenía cogida por los hombros a su esposa―. ¿Qué ocurre con él?
―Que no acabo de fiarme.
Ellar entrecerró los ojos.
―¿Sospechas que puede ser tu atacante? ―dedujo―. Si él ya se
había marchado cuando provocaron el incendio.
―Eso es lo que pensaba yo también ―le explicó entre murmullos―.
Mi prima me ha revelado que volvió porque se olvidó una daga muy
preciada para él. De todos modos, no puedo evitar que ese hecho me haga
desconfiar.
―No logro acabar de creer que Ramsay tenga algo que ver en los
ataques hacia ti, aunque te doy mi palabra de que no le perderé de vista.
―No sé cómo agradecértelo, Ellar. ―Posó una de sus manos sobre el
antebrazo del joven guerrero―. En este momento, eres una de las pocas
personas en las que puedo confiar. Vas a ser un esposo maravilloso para
Brenna.
El muchacho se sonrojó.
―Ojalá sea cierto y pueda hacerla muy feliz.
―Ya es feliz, te lo aseguro.
Desde lejos pudo ver a su prima saludarla con la mano con
efusividad.
―Tengo que irme, pero de nuevo te lo agradezco.
―No tienes por qué, Willow, eres mi señora y una gran amiga de
Brenna, te lo debo.
Will asintió y, alzándose un poco las faldas, se apresuró a reunirse
con su prima.
―Menuda sonrisa, parece que lo pasas bien ―le dijo, antes de
besarla en la mejilla, a la vez que miraba de reojo a Ramsay con
desconfianza.
―Muy bien ―afirmó―. Sin contar el incidente con los Campbell,
todo está saliendo a las mil maravillas, ¿verdad, mi amor? ―le preguntó a
su esposo.
―También es gracias a tu gran idea de poner puestos de pasteles.
Creo que todo el mundo está encantado de poder tener el estómago lleno
―respondió, besando a su esposa en la frente―. ¿Has probado las tartas,
Willow? Ten, prueba un pedazo de la mía. ―Le ofreció su plato.
La joven lo miró de forma suspicaz y negó con la cabeza.
―No, gracias, después de lo ocurrido durante el lanzamiento de
troncos, tengo el estómago cerrado.
Ramsay se encogió de hombros y se metió un gran trozo de pastel en
la boca, degustándolo y guiñándole un ojo. Willow desvió la mirada, ya que
no podía dejar de imaginarlo vestido con una capucha y persiguiéndola por
el bosque.
Además, estaba preocupada por su prima. ¿Y si le hacía daño a ella?
―Prue, he tenido una idea. ¿Qué te parece si esta noche dormimos
juntas, como en Inglaterra? Así podemos recordar viejos tiempos y
compartir confidencias.
―Me encantaría ―respondió, mirando a su esposo de reojo.
―Por mí no hay problema. Seguro que Broc y yo nos quedaremos
hasta tarde bebiendo y poniéndonos al día. ¿Qué dices tú, amigo?
Willow dio un respingo cuando su esposo habló, porque no le había
escuchado acercarse.
―A mí también me parece bien ―dijo a sus espaldas.
―¡Estupendo! ―exclamó Will, tomando a su prima de la mano y
arrastrándola tras ella. No tenía ganas de estar más tiempo bajo la mirada de
reproche que su marido le echaba.
Prudence rio.
―¿Adónde me llevas con tanta prisa?
―A que me acompañes a probar alguna tarta.
―¿No decías que tenías el estómago cerrado?
―Parece que ya no. ―Le dedicó una sonrisa alegre―. Por cierto,
¿cuándo volveréis a visitarnos?
―Espero que lo antes posible, en cuanto Ramsay no tenga que viajar
tanto.
Willow frunció el ceño.
―¿Ha viajado mucho últimamente?
―Bastante, la verdad ―reconoció―. Está mediando entre dos clanes
vecinos.
―¿Por casualidad estuvo fuera hace un par de semanas?
―Creo que sí, ¿por qué?
―No, para saber cuánto tiempo habéis estado organizando todo esto
―mintió, pues no quería preocuparla con sus sospechas sin estar del todo
segura de que su marido tuviera que ver con los ataques hacia ella y la
desaparición de Leslie, que, por casualidad, también coincidía con el tiempo
que Ramsay estuvo lejos de su clan.
Capítulo 24

Tras mucho rato hablando en la cama y bien entrada la noche, consiguieron


dormirse. Sin embargo, Willow se despertó sobresaltada, teniendo terribles
pesadillas sobre un encapuchado tratando de matarla.
Con la respiración entrecortada se sentó sobre el lecho y se puso una
mano sobre el pecho, sintiendo los acelerados latidos de su corazón.
Miró a su prima, que dormía a pierna suelta. Le retiró con ternura un
mechón que descansaba sobre su rostro y la besó con suavidad en la mejilla
antes de levantarse de forma sigilosa.
Solo con el camisón, salió del cuarto y bajó las escaleras. Muchos
hombres dormían tirados y borrachos por el suelo del salón, así que avanzó
entre ellos, sorteándolos.
Quería tomar un poco el aire fresco de la noche, sin embargo, un
sonido de voces llamó su atención, así que, tratando de no hacer ruido, se
dirigió hacia donde provenían.
Cuando estuvo más cerca pudo percatarse de que se trataba de
Ramsay, y por su tono, parecía furioso. Asomó la cabeza para ver con quien
estaba hablando, sin embargo, se encontraba de espaldas y llevaba la cabeza
cubierta con una… ¡capucha!
Por lo que vio, se trataba de un hombre, dado el ancho de sus
espaldas, además de que era alto. Muy alto.
―¿Cómo que no has podido hacerlo? ―inquiría el laird MacFarlane,
andando de un lado al otro―. Con las monedas de oro que te di, pensaba
que serías más eficaz. ¿Crees que podrás acabar con lo que has empezado
antes de que acaben los torneos?
Vio como el hombre encapuchado asentía. ¿Así que pensaba matarla
allí mismo?
Dio un paso adelante y la madera del suelo crujió levemente, aunque
lo suficiente para hacer que Ramsay se volviera a mirarla.
―Largo ―le pidió al hombre misterioso, antes dirigirse hacia ella.
Will, aterrada, comenzó a alejarse con paso apresurado.
―Willow, detente ―le pidió Ramsay.
No obstante, la joven no se detuvo y aceleró el paso, corriendo
escaleras arriba.
―¡Eh, para! ―le ordenó cuando llegó hasta ella, tomándola del brazo
para que no siguiera huyendo―. ¿Qué hacías escondida tras la puerta? ¿Me
estabas espiando?
De un tirón, se soltó de su agarre y alzó el mentón de forma retadora.
―¿Por qué? ¿Hubiera escuchado algo que no debo?
Ramsay apretó los puños.
―Es de muy mala educación fisgar.
―Creo que es mucho peor atentar contra la vida de las personas.
El hombre frunció el ceño.
―¿Insinúas algo?
―¿Debería? ―respondió, enarcando una ceja con suspicacia―. ¿Con
quién discutías en tu despacho?
―No me gustaría tener que ser grosero, pero la verdad es que eso a ti
no te incumbe ―espetó, cruzándose de brazos a la defensiva.
―¿Estás seguro? ―sonrió de manera sarcástica.
Ramsay avanzó hacia ella con paso amenazante, cuando la puerta de
su alcoba se abrió justo en aquel momento y Prudence, que se frotaba los
ojos, se los quedó mirando extrañada.
―¿Ocurre algo? ¿Qué hacéis ahí?
―No, nada, mi amor. ―La tomó por los hombros y la besó en los
labios―. Acompañé a tu prima a tomar el aire, es todo.
―Es muy tarde para tomar el aire ―insistió su esposa.
―Me sentía un poco indispuesta ―dijo, impostando una sonrisa.
―¿Te encuentras mal? ―se preocupó Prudence, que se acercó a ella
para colocar una mano en su frente y comprobar que no tuviera fiebre.
―No, en cuanto me dio el aire se me pasó, tranquila ―le aseguró―.
Aunque me vendría bien dormir un poco.
―Claro, vamos a descansar ―aceptó su prima―. Buenas noches
―se despidió con un beso de su esposo.
Will le miró de soslayo y pudo ver como los ojos del highlander la
fulminaban, justo antes de que ambas se encerrasen en la alcoba.
Prudence comenzó a estirar las cobijas, mientras Willow daba vueltas
por la habitación, nerviosa.
―Me alegro de que Ramsay y tú os llevéis bien. Al principio creía
que no le soportabas ―rio de sus propias palabras.
―Prue, no es cierto que estuviera con tu esposo porque me haya
acompañado a tomar el aire.
La joven de cabello castaño se volvió con lentitud hacia ella.
―¿Qué quieres decir, Will?
―Salí a tomar el aire, eso es cierto, fue entonces cuando escuché
voces y me encontré a Ramsay discutiendo con un hombre encapuchado,
que me recordó mucho al que me atacó en el bosque.
―¿Qué insinúas? ¿Qué mi esposo tiene algo que ver con los intentos
para matarte?
―Tengo mis sospechas al respecto.
―¿Qué estás diciendo, Will? Es imposible, mi esposo es un buen
hombre ―le defendió.
―Apenas le conoces.
―¡Menos le conoces tú! ―gritó, con lágrimas corriendo por sus
mejillas. Se sentía dolida por aquellas acusaciones.
―Prue, solo trato de prevenirte, no quiero que pueda hacerte daño
―intentó explicarle.
―Eres tú la que me estás haciendo daño ―soltó afectada―. Te
abrimos las puertas de nuestro hogar y tú te limitas a acusar a mi marido de
cosas horribles. No puedo creerlo. Nunca lo hubiera pensado de ti, Will.
―Mi vida corre peligro y tú esposo es mi principal sospechoso, ¿qué
quieres que haga?
―Sal de mi cuarto ―le pidió, dándole la espalda.
―Prue, por favor… ―Quiso avanzar hacia ella.
―¡Que te vayas! ―chilló entre sollozos―. Ahora mismo no quiero
verte.
Willow sintió como aquellas palabras la desgarraban por dentro,
aunque iba a respetar la decisión de su prima. La conocía y sabía que era
muy temperamental, pero seguro que cuando reflexionara sería mucho más
fácil que ambas llegaran a un acuerdo.
―Lo siento, no era mi intención hacerte daño y ojalá mis sospechas
sean infundadas, sin embargo, no puedo pasar por alto que todo apunte a él
―dijo, mientras giraba el pomo de la puerta―. Leslie desapareció, ¿lo
sabías? Y justo en ese instante, tu esposo estaba convenientemente de viaje
―tras pronunciar estas últimas palabras, salió de la habitación.
Cuando se quedó sola en el corredor, se apoyó sobre la puerta y,
echando la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos, no pudo contener por más
tiempo las lágrimas.
―¿Willow?
La joven se volvió hacia la grave voz de su esposo, que la estudiaba
con detenimiento.
Sin apenas pensarlo, se arrojó a sus brazos en busca de su consuelo.
Broc la abrazó contra su pecho, reconfortándola.
―¿Qué te ocurre? ¿Alguien te ha hecho algo?
Will negó con la cabeza.
―Acabo de pelearme con Prue ―respondió entre hipidos.
―Vamos, no será para tanto ―le restó importancia a la vez que le
acariciaba su sedoso cabello.
―Lo ha sido. ―Alzó los ojos hacia él, sorbiendo por la nariz―.
Jamás habíamos discutido de este modo.
Tomó el precioso rostro de su esposa entre las manos, mirándola a los
ojos.
―Parece que te empeñas en pelear con todo el mundo, inglesa
―sonrió―. No obstante, sé que tu prima te quiere tanto como tú a ella, así
que no podrá estar enfadada contigo siempre. ―La besó en los labios con
suavidad―. Si no, mírame a mí. Me retas una y otra vez y, de todos modos,
no puedo estar alejado de ti por mucho tiempo.
La tomó en brazos y se dirigió a la alcoba donde les acomodaron, sin
apartar los ojos el uno del otro. Una vez en el cuarto, la dejó sentada sobre
el lecho.
―Lo siento ―dijo Will de repente.
―¿Qué sientes?
―Ser tan impulsiva y no poder controlar mi lengua.
Broc sonrió de medio lado.
―Digamos que es uno de tus muchos encantos.
La joven sonrió sin apenas ganas.
―Quiero que me hagas el amor, Broc ―le pidió.
Broc no esperó más invitación y asaltó su boca sentándose junto a
ella. Will enredó los brazos en su cuello, jugueteando con la lengua de su
esposo, que se movía en su interior con pericia.
Comenzaron a desnudarse de forma apresurada, azuzados por la
necesidad de sentir sus pieles desnudas.
―Las ganas de tocarte casi me matan ―declaró el highlander.
―¿Tanto me deseas?
Su esposo tomó su mano y la llevó a la dura protuberancia que se
había formado en sus pantalones.
―Compruébalo por ti misma.
Aquello le hizo pensar en el consejo que le dio Leslie para satisfacer a
su marido, y decidió que ya era hora de llevarlo a cabo.
Vestida tan solo con la camisola, se arrodilló frente a él y alzó sus
enormes ojos azules para mirarle y ver su reacción.
―¿Qué haces?
―Lo que me has pedido, comprobar cuanto me deseas.
Sin dejar de estudiarle, comenzó a desatar los pantalones de cuero
que llevaba, hasta liberar su enorme y dura verga.
―Willow…
―Deja que por hoy, sea yo la que te dé tanto placer como tú me has
dado a mí con anterioridad ―le suplicó, pasando de forma suave la lengua
sobre la punta roma de su palpitante miembro.
Broc gimió y sin perderse detalle de todo lo que Will hacía, llevó una
de sus enormes manos a la cabeza de la joven.
Titubeante, Willow se lo introdujo en la boca y los jadeos
entrecortados de este la animaron a ver hasta donde podía llevarle. Movió la
cabeza atrás y adelante, y Broc la guio con la mano que tenía apoyada sobre
su cabello dorado.
Empuñó su erección, meneando la mano a la vez que su cabeza, y
moviendo también la lengua de forma acariciadora por toda su extensión.
Los gemidos de Broc se fueron intensificando, hasta que, tomándola
por las axilas, la alzó en volandas y la tiró sobre el lecho.
―¿He hecho algo mal? ―preguntó confundida.
―No, inglesa, lo has hecho todo de maravilla ―le aseguró, sonriendo
y colocándose sobre ella―. Por eso mismo te he detenido. No quería
derramarme en tu boca, no sin antes hacerte gritar mi nombre de puro
placer. ―Y la besó de forma abrasadora.
Broc bajó su mano hacia el húmedo sexo de su esposa, que clamaba
por él. Movió sus dedos de arriba a abajo de su abertura e introdujo dos de
sus dedos en el estrecho interior de la joven.
―Te quiero a ti dentro de mí ―jadeó Will.
―Estoy dentro de ti ―comentó contra sus labios.
―No me refiero a eso.
―Entonces, ¿a qué te refieres, inglesa?
―A que me penetres con tu miembro, escocés obtuso ―gimió,
alzando sus caderas hacia la mano masculina.
Broc rio por lo bajo y sacando el dedo de su interior, colocó la punta
de su miembro contra la entrada a de su sexo.
―Vuestros deseos son órdenes para mí, lady Buchanan. ―Y se
enterró dentro de ella hasta el fondo.
Ambos gimieron con fuerza, en especial, cuando Broc empezó a
moverse dentro de los pliegues resbaladizos de la joven. Willow, enredando
sus piernas en torno a él, se movió con la misma pasión y excitación que su
marido.
Sus cuerpos se veían perlados por el sudor que desprendían, mientras
se tocaban, lamian y besaban de modo salvaje. En aquel momento ninguno
de los dos pensaba, solo se dejaban llevar por lo que estaban
experimentando.
Cuando los dos llegaron juntos al clímax, gritaron y se arquearon.
Will clavó las uñas en la espalda masculina y Broc hundió los dientes con
suavidad en su cuello.
Y aquel solo fue el primero de muchos orgasmos más que alcanzaron
aquella noche, el uno en brazos del otro.
Capítulo 25

Willow despertó abrazada a su esposo, por lo que fue depositando suaves


besos sobre su musculoso torso desnudo.
―Buenos días, inglesa ―repuso con voz ronca y adormilada―. ¿Has
podido descansar?
―Creo que mejor que en mucho tiempo ―reconoció, levantándose
de la cama, aún desnuda―. Sin embargo, necesito arreglar las cosas con mi
prima.
Broc la miró de forma abrasadora y tomándola de la cintura, volvió a
tumbarla, haciéndola reír.
―No hay prisa, seguro que puedes entretenerte un poco. ―La besó
en el cuello.
―Es una propuesta tentadora, pero no, debo arreglarlo cuanto antes.
―Se desembarazó de sus brazos y comenzó a rebuscar entre su ropa.
Tras unos minutos, ya con su vestido puesto, se acercó a Broc
dándole la espalda.
―Ayúdame a atarlo ―le pidió.
El highlander procedió a hacerlo, acariciando con su aliento el fino
cuello femenino.
―La verdad es que me gusta más desatarlo.
Willow volvió el rostro y le besó en los labios.
―Y te dejaré hacerlo, cuando haya aclarado las cosas con mi prima.
―Se alisó la falda con las manos―. Deséame suerte.
―Suerte, inglesa ―respondió, aún desde la cama.
―Gracias, escocés. ―Le guiñó un ojo y abandonó la alcoba de forma
apresurada.
Se dirigió al salón y, por suerte, Prudence se hallaba allí.
Por sus ojos hinchados, dedujo que estuvo llorando mucho aquella
noche. Sintió una punzada de culpabilidad, pues ella fue la causante de
aquellas lágrimas derramadas por su amada prima.
―Prue ―murmuró, para llamar su atención.
La joven morena se puso en pie y pudo notar que su mentón
temblaba, como si de nuevo tuviera ganas de echarse a llorar.
―Quería hablar contigo ―continuó diciendo Will, al ver que su
prima se limitaba a acercársele sin decir nada―. En especial, quería
disculparme. No debí haberte expuesto mis dudas sin tener una prueba
antes, es solo que…
No pudo continuar justificándose, ya que Prudence le echó los brazos
al cuello, abrazándola con fuerza.
―Yo también lo siento, no debí echarte de ese modo del cuarto.
―No te disculpes, lo entiendo, fui demasiado directa e insinué cosas
de tu esposo con las que no estabas de acuerdo ―añadió, secándole las
lágrimas que corrían por sus pálidas mejillas.
―Sí, es cierto que no estoy de acuerdo con esas acusaciones, pero
debí entender que estás asustada y nerviosa, y eso te puede hacer desconfiar
de todo el mundo ―musitó con la voz quebrada por la emoción―. No
puedo imaginar lo que estás pasando y yo no he estado a la altura. No he
sabido ser una buena prima.
―No digas eso, eres la mejor prima del mundo. No solo eso, eres mi
hermana y lo sabes ―proclamó, besándola en la mejilla y fundiéndose de
nuevo en otro abrazo.
―Qué imagen más sugerente ―comentó Graham, con un hombro
apoyado en el marco de la puerta―. ¿Me dejáis unirme a vuestro abrazo?
Las dos muchachas rieron y se secaron las lágrimas.
―No creo que fuera muy apropiado.
―Pues es una lástima, cuñadita. ―Le guiñó un ojo de manera
seductora.
―¿Os apetece desayunar? Sobraron tartas de ayer ―les ofreció
Prudence.
―La duda ofende, lady MacFarlane ―respondió Graham,
aproximándose a ellas―. Lo cierto es que estaban deliciosas.

Una hora después, Broc y Ramsay hablaban y paseaban por los


alrededores del castillo.
―Creo que lo mejor será que Willow y yo nos marchemos ―decía el
laird Buchanan―. Tras los ataques que ha sufrido y el incidente con
Campbell, está más nerviosa de lo normal. Volver a la seguridad de nuestro
hogar le irá bien.
―Lo entiendo, imagino que ambos estaréis muy crispados después de
los ataques y el incendio.
―Por cierto, esperaba que al menos te hubieras acercado a
comprobar que Willow estuviera bien cuando te enteraste de que estuvieron
a punto de prenderla viva ―comentó Broc―. Porque llegaste después de
que se iniciara, ¿no es cierto?
Ramsay dejó de andar y se volvió hacia su amigo.
―¿Me estás acusando de algo?
―Por supuesto que no, solo quería que me lo corroboraras
―respondió, estudiando de forma minuciosa su expresión.
―Llegué cuando ya estaba apagado y Baigh fue quien me informó de
lo ocurrido, y el que me explicó que todos estabais bien ―le aclaró,
cruzándose de brazos―. Y no me quedé a comprobarlo por mí mismo
temiendo que quien atacó a Willow pudiera tratar de hacer lo mismo con mi
esposa. Necesitaba cerciorarme de que se encontraba bien, ¿puedes
entenderlo?
Broc suspiró y se sintió aliviado. Las palabras de su amigo habían
sonado convincentes.
―Por supuesto que sí, lo entiendo. Yo hubiera hecho lo mismo
―afirmó, palmeándole la espalda―. Siento haber dudado de ti.
―Parece que se ha convertido en una epidemia ―ironizó.
―¿Qué quieres decir?
―Que anoche tu mujer me acusó de ser el que atenta contra su vida
―matizó, enarcando una de sus cejas―. Está convencida de ello y creo que
ese fue el motivo por el que se peleó con Prudence.
―Los dos sabemos que es muy vehemente y terca. ―Puso los ojos
en blanco.
Ramsay rio.
―Debe ser algo de familia.
―Prudence no parece tan peleona.
―No lo parece, pero lo es, te lo aseguro.
―No entiendo por qué tenemos que marcharnos tan pronto
―protestaba Willow, siguiendo a su marido hacia las caballerizas.
―Es lo mejor ―respondió Broc, comenzando a ensillar su
semental―. No debimos venir sabiendo que tu vida estaba en peligro, pero
era consciente de las ganas que tenías de reencontrarte con tu prima, por eso
acepté la invitación de Ramsay.
―¿Un viaje tan largo para pasar un solo día aquí? Para mí no ha sido
suficiente.
―Lo sé ―le aseguró―. Pero, de todos modos, nos vamos.
―¡Muy bien! Lo que vos digáis, amo y señor. Al parecer mi opinión
no cuenta nada para ti.
Se dio media vuelta de forma airada, saliendo de los establos y
chocándose de bruces contra Ramsay.
―¡Willow! ―exclamó, tomándola por los hombros, para que no se
cayera de culo―. ¿Estás bien?
―Muy bien ―respondió de mala gana, desembarazándose de su
agarre.
―Espera, por favor, no quiero que te marches teniendo una mala
impresión sobre mí ―le pidió el marido de su prima de manera humilde―.
Eres muy importante para Broc y para Prudence y yo jamás podría dañarte,
aunque solo fuera por eso. Debes creerme.
Le miró con desconfianza.
―Eso me repito una y otra vez, aunque todo apunta a ti.
―Solo espero que me des un voto de confianza.
―¿Eres consciente de que arriesgo mi vida con ello?
―Lo soy.
Ambos se miraron a los ojos y lo cierto es que Ramsay parecía ser
sincero. ¿Pero era suficiente con parecerlo?
―No puedo prometerte no sospechar de ti, sin embargo, intentaré
darte el beneficio de la duda.
El marido de su prima sonrió.
―Me conformo con eso. ―Le guiñó un ojo y entró a las caballerizas
para hablar con su amigo.
Willow observó a Baigh, que la vigilaba desde una cierta distancia.
Se acercó a Ellar y le sonrió.
―¿Hiciste lo que te pedí? ―murmuró, para que el enorme pelirrojo
que no le quitaba ojo no la escuchara.
―Sí, le he estado vigilando, sin embargo, no ha hecho nada fuera de
lo común ―le aseguró en el mismo tono bajo que uso ella―. Además, no
me siento muy bien haciendo este trabajo.
―Por suerte nos vamos y no vas a tener que seguir haciéndolo.
―Es un alivio, porque Ramsay siempre me cayó bien.
―Como a todo el mundo ―suspiró―. En fin, no me extraña, he de
reconocer que es encantador.
Ellar sonrió y asintió.
―Ya está todo preparado ―les informó Broc, aproximándose con las
riendas de su caballo y la yegua de Will en la mano.
―Al menos, me permitirás despedirme de mi prima, ¿no? ―soltó
con sarcasmo.
Broc se limitó a alzar una de sus cejas.
―No te perdonaría si no lo hicieras ―dijo Prudence a sus espaldas.
Willow se volvió hacia ella y la abrazó con fuerza.
―Siento tener que marcharme de forma tan apresurada.
―Lo entiendo, tu marido quiere protegerte, y es lo que debe hacer si
no quiere toparse con mi ira ―bromeó―. No obstante, prometo que seré yo
la que vaya a verte lo más pronto posible.
―Contaré los días hasta que eso suceda ―le aseguró, acariciándole
la mejilla con ternura.
―Y quién sabe, quizá para entonces alguna de las dos tenga una
buena noticia que dar. ―Se tocó la barriga y sonrió.
―¿Estás…?
―Aún no, aunque espero estarlo pronto.
―Serás una madre maravillosa ―le aseguró, convencida de ello.
―No más que tú.
Volvieron a fundirse en otro abrazo.
―Parece que siempre os encuentro en el mismo plan ―comentó
Graham, que las observaba de brazos cruzados―. Que no me quejo.
Bueno…, solo un poco porque no me dejáis unirme.
Las jóvenes rieron y pusieron los ojos en blanco.
―Tío Graham, ¿puedes llevarme contigo en tu caballo? ―le
preguntó Bonnie.
―¿Con quién iba a viajar mejor que con mi chica favorita?
―respondió este, tomándola en brazos y alzándola por los aires.
Se notaba que tenía buena mano con los niños.

Llevaban unos días cabalgando y Bonnie le estaba explicando lo bien


que se lo pasó durante su estancia en el clan MacFarlane, por muy corta que
hubiera sido y pese a que Angus la siguiera a todas partes. Y aunque tenía
ganas de regresar a casa, le habría gustado quedarse unos días más, y
Willow entendía muy bien el porqué.
Por su parte, Graham no dejó de bromear, haciéndoles el camino
mucho más ameno. Will disfrutaba mucho conversando con él, ya que
siempre le sacaba una sonrisa.
Broc se mostró más callado, aunque era típico en él. No es que fuera
tan hablador como su hermano, sin embargo, estuvo pendiente del bienestar
de Willow en todo momento.
Ellar y Baigh se estuvieron turnando para no perderla de vista,
parecía que tenía todo el día dos sombras tras ella.
Broc, que en aquel momento miraba a su esposa embobado mientras
hablaba con su hija, sonrió.
―Hermanito, tienes cara de bobo ―le fastidió Graham.
―No me toques las narices ―espetó Broc, mirándole de soslayo.
―No te toco nada, solo era una observación. ―Acercó más su
montura a la de su hermano―. Nunca te había visto mirar así a nadie, ni
siquiera a Lorraine.
Broc se quedó pensando en lo que le acababa de decir. Él quiso a su
primera mujer, era buena y cariñosa, una madre maravillosa y una esposa
abnegada, si bien nunca despertó aquel deseo irrefrenable que Willow hacía
nacer en él, ni aquellas mariposas que revoloteaban en su estómago cada
vez que sus ojos se posaban en ella. Lo que sentía por aquella inglesa era
otro tipo de amor, uno más profundo, que salía del fondo de su alma.
―Me he enamorado de ella, Graham ―le confesó a su hermano y se
reveló a sí mismo por primera vez―. Por eso, no puedo permitir que la
hagan daño. No sería capaz de superarlo. ―Le miró a los ojos―. Otra vez
no.
Graham pudo apreciar su angustia.
―Tranquilo, no le va a ocurrir nada ―le aseguró―. Entre todos la
protegeremos.
―Lo sé, hermano. ―Posó una de sus manos en el hombro de este y
se fijó en como su mujer se removía incómoda sobre su montura―. Creo
que debemos detenernos y descansar un poco.
―Buena idea, hermanito. ―Le guiñó un ojo y se acercó a la yegua de
su cuñada―. Por fin vamos a acampar ―proclamó Graham, deteniendo su
caballo y desmontando de él de un salto―. Estaba más cansado que cuando
intento complacer a la insaciable Meribeth.
―Que hay una niña delante ―le reprendió Broc, bajando del
semental también.
―No es la primera vez que oigo cosas parecidas, padre ―espetó
Bonnie, con mirada de sabionda―. Y ya no soy una niña, por mucho que te
niegues a verlo.
A Will se le escapó la risa y Broc enarcó una de sus negras cejas.
―Vaya, lo siento ―repuso con ironía―. No me di cuenta de que ya
eres toda una mujer.
―Deberías ser más observador ―sentenció, antes de marcharse
corriendo tras una mariposa.
―Lo ves, hermanito, tu hija ya es toda una mujercita. Pronto te veo
espantando a sus pretendientes ―bromeó Graham―. Y me temo que
Angus MacFarlane será uno de los primeros.
―Pobre de él que trate de propasarse con mi pequeña ―gruñó Broc.
―Anda, no seas bruto ―le pidió Willow, echándole los brazos al
cuello y besándole―. Bonnie aún es demasiado jovencita, pero cuando
tenga unos añitos más, será la que decida que pretendiente es el adecuado y
ni tú ni nadie tendrá nada que decir al respecto.
―Ya veremos ―rezongó.
―No hay nada que ver ―le aseguró su esposa, besándole una última
vez y apartándose de él.
―Vayamos a ver si cazamos algo ―comentó Broc cogiendo su arco
y marchándose a grandes zancadas, un poco malhumorado solo de pensar
en la perspectiva de tener que lidiar con los pretendientes de su hija.
―Hemos tocado un tema delicado ―rio Graham―. Que mal lo va a
pasar mi hermanito llegado el momento en que su querida hijita tenga edad
para andar con chicos.
―No le quedará más remedio que aceptarlo.
―Me gustará ver lo bien que lo acepta ―ironizó―. Y como tú lidias
con la bestia. ―Le guiñó un ojo y desapareció entre los árboles, para
ayudar a su hermano a encontrar algo que llevarse a la boca.
―Voy a aprovechar a ir un momento al rio, quiero estar presentable
para cuando Brenna me vea ―le dijo Ellar, pasándose la mano por la parte
de atrás de la cabeza, y con una sonrisa pícara en los labios.
―Estará deseando verte ―asintió Will, feliz por ellos.
―No más que yo, te lo aseguro.
Le vio alejarse, sintiéndose dichosa por la bonita pareja que hacía
aquel joven guerrero con su amiga.
―Ahora vengo ―le dijo a Baigh, que no le quitaba la vista de
encima.
―Te acompaño ―repuso el guerrero, caminando tras ella.
Willow se volvió hacia él con los brazos en jarras.
―Necesito un poco de intimidad, ya me entiendes.
El enorme pelirrojo frunció el ceño.
―Tengo órdenes de no apartarme de ti.
―¿Y pretendes que haga mis necesidades delante tuyo? ―Enarcó
una ceja, con sarcasmo.
Baigh bufó y se revolvió el pelo.
―De acuerdo, que sea rápido.
―A vuestras órdenes, sombra mía ―ironizó, adentrándose entre los
árboles.
―Y no te alejes ―le oyó gritar.
Willow puso los ojos en blanco.
Avanzó unos metros, hasta estar segura de que nadie podía verla, ni
oírla. Se levantó las faldas y se agachó, vaciando su vejiga después de
bastante tiempo con ganas de hacerlo.
Le pareció oír un ruido a sus espaldas, por lo que se bajó el vestido y
se irguió de golpe, con el corazón acelerado y la respiración entrecortada.
Se quedó escuchando con atención y mirando a su alrededor. No se movió
ni una brizna de hierba.
Relajándose un poco, se pasó las manos por el rostro.
―Dios, Willow, te estás volviendo una loca paranoica.
Se dispuso a volver al improvisado campamento que los guerreros
estaban montando, cuando notó una pedrada impactando en su espalda y
arrojándola al suelo.
Chilló de dolor, aunque no pudo hacer nada más cuando la
amordazaron y un saco cubrió su cabeza. Notó el peso de un hombre al
sentarse sobre ella para inmovilizarla. Le ató las muñecas a la espalda y los
pies, tras lo que fue levantada en volandas y arrojada sobre el lomo de un
caballo, que se puso al galope al instante.
Ahora sí que estaba metida en un buen problema.
Capítulo 26

Willow, con la espalda dolorida, se removía para tratar de quitarse el saco


de la cabeza o las ataduras que le dañaban la piel, pero era imposible. Le
costaba un poco respirar a causa de los constantes golpecitos que el galopar
del caballo le iba asestando en el estómago, junto con la tela que cubría su
boca.
Cuando el animal se detuvo, rezó para sus adentros, muerta de miedo,
porque intuía que había llegado el momento en que la mataría. Sin embargo,
se equivocó, pues fue arrojada a algún lugar oscuro y profundo, donde
apenas corría el aire y en el que olía de un modo repugnante, entre humedad
y podredumbre, que la hizo sentir nauseas.
En la caída, se le desató la mordaza, por lo que tomó una gran
bocanada de aire.
―¿Qué quieres de mí? ―preguntó con desesperación―. ¿Vas a
matarme?
Oyó un ruido de arrastre como única respuesta, antes de que los
cascos del caballo le indicaran que su agresor se alejaba.
Nerviosa y dolorida, pensó en sus posibilidades y su única salida era
conseguir desatar sus manos para poder liberarse, sin embargo, estaban
ligadas con mucha fuerza.
Movió su cabeza, friccionándola contra el suelo, consiguiendo que,
poco a poco, esta quedara libre del saco que la cubría.
Parpadeó varias veces para que sus ojos se adaptaran a la oscuridad,
enfocando para ubicar donde se encontraba. Parecía una especie de pozo
pequeño y profundo, y su entrada estaba cubierta con troncos y maleza.
Miró a su alrededor y soltó un grito cuando atisbó a ver el cuerpo en
descomposición de la pobre Leslie. Supo que era ella porque aún llevaba el
uniforme que Euphemia le dio cuando empezó a servir en Tùr Cloiche y
unido a su inconfundible cabellera rojiza, no dejaba lugar a dudas.
―Dios mío ―sollozó, echando todo el contenido de su estómago.
Asustada y sintiendo dolor en casi todo el cuerpo, se hizo un ovillo,
evocando el rostro de Broc y aferrándose con fuerza a él.
Ojalá hubiera podido decirle cuánto le amaba.

―¿¡Cómo pudo desaparecer!? ―gritaba Broc fuera de sí, tras haber


estado buscándola hasta que cayó la noche―. ¿Cómo fue capaz de
esfumarse de ese modo sin que nadie viera nada?
En un arrebato de ira, cogió la mesa por un extremo y la arrojó al
suelo junto con todo lo que estaba sobre ella.
Tras varias horas de búsqueda y estando tan cerca del castillo, había
decidido volver para ver si por casualidad Willow estuviera allí. Por
desgracia, no tuvieron esa suerte.
―Hermano, cálmate…
―¡No puedo calmarme! ―bramó, haciendo añicos una de las sillas
cuando la hizo impactar contra el duro suelo de piedra.
―Broc, la encontraremos ―le dijo Hamish, posando una mano en el
hombro de su nieto.
―¿Cómo? ―inquirió desesperado, pasándose las manos por el
pelo―. ¿Dónde? La hemos buscado por todas partes y no hay ni rastro de
ella. Parece como si se la hubiera tragado la tierra.
―Lo lamento, Broc ―se disculpó Ellar―. Solo me separé de ella
unos minutos…
―¡No debiste hacerlo! ―vociferó, acercándose a él y tomándolo por
la pechera, lo alzó en volandas―. Os dije que la protegierais.
―Lo siento ―fue lo único que atinó a decir el joven guerrero,
avergonzado.
Broc le arrojó al suelo y se volvió hacia Baigh, que permanecía con la
mirada baja.
―¿Y tú? ¿No tienes nada que decirme?
―Quise ir con ella, pero se negó ―respondió, alzando sus ojos para
enfrentarle―. Fue a hacer sus necesidades y no creí que fuera conveniente
imponerle mi presencia.
―Señor ―les interrumpió Euphemia―. Hay un emisario en la puerta
preguntando por vos.
―Dile que pase.
El ama de llaves hizo una leve reverencia y se marchó para hacer lo
que le ordenó.
Cuando el guerrero recién llegado pasó por la puerta saludó a los allí
presentes y se plantó ante Broc.
―¿Qué haces aquí tan pronto? ―preguntó este, frunciendo el ceño.
―Necesitaba venir a decirte que Ramsay partió de su clan un par de
horas después de que lo hicierais vosotros ―le informó―. Traté de
averiguar a donde se fue y no parecía haber nadie enterado de ello, ni
siquiera su propia esposa.
Broc maldijo para sus adentros.
―¿Qué significa esto? ¿Has mandado vigilar a Ramsay? ―le
preguntó Hamish, extrañado.
―Willow sospechaba de él y pese a que yo me negaba a creer que
tuviera razón, decidí apostar a un hombre para que le mantuviera controlado
y, por desgracia, debí hacer caso a mi esposa y a sus recelos.
―No puede ser, Broc ―negó Graham―. Ramsay sería incapaz de
nada semejante.
―¿Y entonces dónde se ha metido? ¿Por qué abandonar su clan en
medio de los torneos que él mismo organizó?
Su hermano negó con la cabeza, sin saber qué responder a aquello.
―Fui demasiado confiado y puse la vida de Willow en riesgo por
ello, no voy a perdonármelo jamás ―se lamentó―. Quiero que les digáis a
todos los guerreros que salgan a buscar a mi esposa o a Ramsay. No quiero
que quede un solo hueco de nuestras tierras sin escrutar. Si aún continúan
aquí, daremos con ellos. Que nadie descanse hasta que no encontremos a mi
esposa.
―Sí, señor ―respondió Baigh, saliendo a transmitirle sus órdenes al
resto de guerreros, seguido de Ellar, que cojeaba levemente.
―Nosotros también iremos a buscarla ―se ofreció Graham, y el
abuelo asintió de acuerdo con él.
―No vamos a dejarte solo en esto ―le aseguró Hamish―. Muriel se
ocupará de Bonnie.
―Está desconsolada ―articuló Broc, recordando el modo en que su
hija lloró al enterarse de la desaparición de Willow.
No quería que le ocurriera lo mismo que a su madre y Broc rezó para
sus adentros para que no fuera así. No podría pasar por lo mismo dos veces.
Notó que comenzaba a hiperventilar, pero se negó a dejarse llevar por
otro ataque de pánico. Debía estar fuerte para hallar a su mujer.
Willow tenía que estar viva, no era capaz de aceptar otra pérdida.
Capítulo 27

Un par de días después, y aún sin noticias de Willow, Broc consiguió dar
con Ramsay de camino a su clan. Nada más verle se aproximó a él con paso
decidido, le tomó de la camisa, le desmontó del caballo de un tirón y
estampó un puñetazo en su cara, quitándole la sonrisa de golpe.
―¿Qué haces? ―gritó su amigo, limpiándose la sangre que manaba
de su boca.
―¿Dónde está? ―Le zarandeó, con las venas del cuello hinchadas―.
¿Qué has hecho con ella?
―¿De qué hablas, Broc? ―preguntó confuso―. ¿Qué he hecho con
quién?
―¡Con Willow! ―vociferó, estampándole contra el duro tronco de
un árbol.
―¿Willow? ¿Qué le ha pasado?
―No te hagas el tonto, sé que la tienes tú ―aseguró, desenvainando
su espada y apoyándola contra el cuello de Ramsay―. Ella te vio hablando
con alguien la noche que nos quedamos en tu casa y me advirtió que
ocultabas algo y no quise creerla. Cuando uno de mis guerreros me dijo que
desapareciste en cuanto nosotros abandonamos tu clan y que nadie sabía
dónde te metiste, todo quedó bastante claro.
―Broc…
―Dime dónde está mi esposa o te corto el cuello aquí mismo, lo juro.
―Te estás equivocando.
―¿¡Dónde está!? ―gritó con rabia, apretando aún más la afilada hoja
de metal contra su garganta.
―Escúchame, Broc, por favor ―le suplicó―. Es cierto que Willow
me vio hablando con un encapuchado, aunque no era lo que ella creía. Se
trataba del hermano pequeño de Malcom Campbell.
―¿Colin? ―frunció el ceño.
―Así es. Me enteré de que tras el altercado que tuviste durante los
torneos, Malcom estaba decidido a iniciar una rebelión contra tu clan, fue
por eso que me puse en contacto con Colin y le pagué bastantes monedas de
oro para que convenciera a su hermano de que aquello era una pésima idea.
Ya sabes que Colin es el único capaz de hacerle entrar en razón.
―Eso no explica qué hacía en tu casa en plena noche y encapuchado.
―Claro que lo explica ―respondió mirándole a los ojos para que
viera que estaba siendo sincero―. Colin no quería que nadie se enterase,
para que no llegara a oídos de su hermano que estaba de acuerdo conmigo
en detener la revuelta. Eso hubiera hecho imposible que Malcom diera su
brazo a torcer.
Broc caviló sobre todo lo que le explicaba su amigo.
―Eso no explica por qué desapareciste después de que nosotros
marcháramos de tu clan.
―Como Colin no consiguió hacerle entrar en razón tan rápido como
me hubiera gustado, decidí acercarme a hablar con Malcom de hombre a
hombre. Al principio se mostró muy reticente, pero gracias a su hermano
conseguimos que entendiera que solo fue un conflicto sin importancia y que
no merecía la pena iniciar una guerra por ello ―le aclaró―. Ahora venía a
explicártelo todo, no obstante, no me esperaba este recibimiento tan
cariñoso ―ironizó.
Broc apretó los dientes.
Si Ramsay fuera quien se hubiera llevado a Willow significaría estar
más cerca de encontrarla, pero por desgracia, creía que todo lo que acababa
de contarle su amigo era cierto.
Con lentitud apartó la hoja de su espada del cuello de este y le soltó.
Ramsay expulsó el aire que estuvo conteniendo y se pasó la mano por
la garganta, sabiendo que había estado muy cerca de que se la hubieran
cortado.
―¿Cuánto hace que Willow desapreció?
―Dos días ―respondió, pasándose la mano por el cabello, con
desesperación―. Ven, vayamos a casa, estarás cansado de tanto viaje.
―Lo cierto es que mucho ―asintió, tomando las riendas de su
caballo y siguiendo a su amigo en dirección a Tùr Cloiche.
―No sé qué más hacer, estoy desesperado ―reconoció―. Cuanto
más tiempo pasa, más difícil es que vuelva a verla con vida.
Su amigo le palmeó la espalda.
―No pierdas la esperanza, daremos con ella.
―Llevamos recorriendo todo el terreno del clan sin descanso desde
que desapareció y no hay ninguna pista.
―No puede habérsela tragado la tierra.
―No lo sé…
―¡Padre! ―oyeron la voz de Bonnie, que corría hacia ellos seguida
de Muriel.
―¿Qué pasa, bichillo? ―le preguntó su padre, tratando de cambiar
su expresión para no preocuparla más de lo que ya estaba.
―Hemos ido a ver a Willy a las caballerizas y no hay ni rastro de
Gordon.
―¿Gordon? ―Frunció el ceño―. Puede que haya ido a algún sitio.
―Ayer tampoco se encontraba allí, ni anteayer. ¿Verdad, abuela?
―Es cierto ―asintió la mujer―. Hemos ido cada día a ver al potrillo
y ninguno de ellos lo hallamos allí. Hoy ya nos pareció extraño y por eso
vinimos a decírtelo.
―¿No coincide con la desaparición de tu esposa? ―murmuró
Ramsay a sus espaldas.
Broc asintió, incapaz de pronunciar una palabra. Estaba tratando de
controlar su ira.
Su amigo, percibiendo lo que le ocurría, se agachó frente a Bonnie y
le sonrió.
―No te preocupes por Gordon, seguro que está descansando o
tomándose unos días libres. Iremos a comprobar que está bien, ¿de acuerdo,
pequeñaja?
―De acuerdo ―repuso la niña, besándole en la mejilla―. Gracias,
tío Ramsay.
―Gracias a ti por venir a buscarnos y a contárnoslo todo. ―Le guiñó
un ojo e incorporándose, se giró hacia Broc―. Y ahora nosotros
pongámonos en marcha.
―Daremos con él, aunque sea debajo de las piedras ―declaró Broc
entre dientes, sintiendo como el demonio que habitaba en su interior
despertaba, clamando venganza.
Willow perdió la cuenta de las horas que llevaba metida en aquel
oscuro y pestilente agujero, solo sabía que tenía hambre y, en especial,
mucha sed. Notaba la boca seca y el cuerpo dolorido y entumecido.
¿Acaso su atacante pensaba dejarla allí hasta que muriera de
inanición? No podría haber elegido peor final para ella.
Escuchó los cascos de un caballo y, esperanzada, comenzó a pedir
ayuda a gritos. Por lo menos, todo lo que su garganta seca le permitió.
La maleza que cubría la boca del pozo comenzó a despejarse,
haciendo que comenzara a entrar más luz, cosa que hizo que Willow tuviera
que cerrar los ojos. Después de dos días a oscuras, la claridad le molestaba.
―¿Hola? ―murmuró con la voz ronca―. Soy Willow, la esposa de
Broc, el laird de los Buchanan. Necesito ayuda.
―¿De veras, muchacha?
Will reconoció aquella voz al momento, aunque de todos modos tuvo
que enfocar sus ojos en el rostro arrugado y tosco de Gordon.
―¡Tú! ―exclamó sin dar crédito.
―Así es, ¡yo! ―dijo sonriendo.
―Eres un maldito bastardo ―le soltó con furia contenida―. Jamás
pensé que podrías hacerme nada semejante. ¿Cuál es tu plan? ¿Torturarme
hasta la muerte?
―Eh, alto, un momento ―rezongó el anciano, frunciendo el ceño―.
¿Qué te crees que estoy haciendo aquí?
―Venir a rematarme o a regodearte en como tu particular tortura me
está afectando ―le dijo con arrojo, pese a lo asustada que estaba―. No
trato de entender lo que pasa por tu perturbada mente.
―Muchacha, me estás ofendiendo y estoy tentado a dejarte ahí
metida, pese a llevar casi tres días buscándote sin descanso.
Willow abrió la boca al darse cuenta de lo que le estaba diciendo.
―¿Has venido a rescatarme? ―inquirió con la voz rota por la
emoción.
―Pero me estoy arrepintiendo ―suspiró, mientras comenzaba a
soltar una cuerda por la boca del pozo.
Sin embargo, se detuvo al escuchar el galopar de un caballo a lo lejos.
―Viene alguien ―le advirtió a la joven―. Voy a esconderme.
―No, no puedes dejarme aquí sola ―le suplicó.
―No sé cuántas personas se acercan y te recuerdo que, aunque no me
guste reconocerlo, soy un viejo. No consentiré que te hagan daño si está en
mi mano evitarlo, pero si me matan, no podré rescatarte, así que mantén la
calma, muchacha. No me alejaré demasiado, ¿de acuerdo?
Willow asintió, con los ojos anegados de lágrimas.
―Nos vemos dentro de un momento ―aseguró Gordon, sonriendo
para tranquilizarla, antes de volver a colocar los troncos y la maleza sobre
la entrada del pozo.
Will pudo escuchar cómo se alejaba junto a su montura y su corazón
pareció pararse, expectante por ver quién se aproximaba y qué planes tenía
para ella.
―Holaaa ―oyó canturrear, mientras volvían a destapar la boca del
pozo―. ¿Me has echado de menos, cuñadita?
No podía creerlo. ¿Graham? ¿Era Graham quien estaba detrás de
todo?
―No… no puede ser…
―¿El qué no puede ser, cuñada? ―preguntó, enarcando una ceja de
modo guasón―. Veo que te has podido quitar el saco de la cabeza. Chica
lista.
―Tú… no puedes ser tú. Cuando me dispararon la flecha, dijiste que
estabas con tu abuelo. ―Frunció el ceño―. ¿O acaso él está también
implicado?
Graham soltó una tremenda carcajada.
―Qué va, el viejo nunca tendría las agallas de hacer nada semejante.
―Entonces, ¿cómo pudo ser? Estabais juntos.
―No lo estábamos, solo lo entendisteis así cuando dije que
acabábamos de llegar al castillo ―le explicó―. Y era cierto, acabábamos
de llegar, aunque por separado. Sin embargo, aquello me dio una buena
coartada sin pretenderlo ―sonrió de un modo siniestro y aquel rostro que
siempre le pareció atractivo y vivaz, ahora lo veía aterrador y repulsivo.
―¿Por qué?
―¿Quieres saber por qué lo he hecho? ―Willow asintió―. Está bien,
pero primero voy a sacarte de ahí, quiero que esta conversación sea algo
más íntima. ―Le guiñó un ojo y se aproximó al árbol más cercano para atar
una gruesa cuerda en él. Se ató el otro extremo en torno a la cintura y
descendió por ella al húmedo pozo.
Una vez sus pies tocaron el enfangado suelo, se aproximó a la joven,
que trató de separarse de él lo más posible, y le acarició el sucio cabello.
―Qué guapa es mi cuñada.
―Vete al infierno ―espetó, tratando de morderle la mano con la que
pretendía acariciarla de nuevo.
―Qué carácter, inglesita. ―La tomó por la cintura y se la colocó al
hombro, escalando de nuevo por la cuerda, consiguiendo que la piel de
Willow se rozara contra las rocas en el proceso.
Una vez fuera del pozo, la arrojó sobre la hierba y la joven tomó una
bocanada de aire. Por fin podía respirar de nuevo con normalidad, sin aquel
ambiente viciado del fondo del pozo.
―Mataste a Leslie ―dijo mirándole de forma acusadora, aún tirada
en el suelo―. ¿Por qué lo hiciste?
―La ramera sospechaba que era yo quien te atacó. No podía dejarla
vivir, debes entenderlo. ―La tomó de los brazos y la ayudó a sentarse―.
Recordó que una vez, tras un buen revolcón, declaré el odio que sentía
hacia mi hermano. Fue un error por mi parte, aunque en mi defensa diré que
había bebido bastante hidromiel aquella noche.
»La zorra estuvo a punto de contártelo y a pesar de que yo estaba
jugando con Bonnie, no perdía detalle de todo lo que hablabais. Por suerte,
antes de que pudiera soltarte nada, Broc os interrumpió y yo tuve tiempo
para deshacerme de ella.
―¿Cómo pudiste hacer algo tan horrible?
―No te creas, la muerte tiene cierta belleza. Ver cómo una persona
lucha por su vida de forma desesperada, mientras tú se la arrebatas, te hace
sentir un placer que es difícil de explicar si no lo vives ―declaraba con la
mirada ida―. Mientras apretaba la garganta de esa fulana y lloraba
desesperada tras suplicarme que no la matara, me corrí en los pantalones.
Fue tan placentero que estoy cachondo solo de pensar en volver a vivirlo
junto a ti. ―Se llevó la mano a la entrepierna, frotándosela.
Willow, imaginando a la pobre Leslie muerta de miedo y sola, no
pudo evitar que la sobrecogiera una oleada de náuseas y se echase a llorar,
llena de angustia e impotencia.
―Leslie no se merecía un final así ―sollozó―. Eres un malnacido.
Graham se encogió de hombros, como si nada de aquello le afectara.
―Es muy probable.
―¿También le hiciste lo mismo a Lorraine?
―Lo de Lorraine fue diferente, yo la amaba ―confesó, poniéndose
serio por primera vez desde que llegó―. La amaba y tuve que soportar que
mi hermano pusiera sus indignas manos sobre ella, año tras año. Por eso,
ese día, me decidí a declararme. Estaba seguro de que reconocería que ella
también me amaba, pero lo negó. Me dijo que su corazón era de Broc.
¡Menuda embustera! ―repuso con rabia entre dientes―. No era mi
intención matarla, sin embargo, cuando la cogí del cuello, ya no pude parar
de apretar. Estaba tan bella cuando soltó su último aliento justo en la
explanada del lago, el lugar donde la vi por primera vez. Paradójico y
romántico al mismo tiempo, ¿no crees?
―Estás loco.
―No estoy loco, solo quiero lo que me pertenece.
―¿Y qué es?
―Verás, cuñadita, mi querido hermano lo tiene todo, solo por ser el
mayor de los dos. Mi padre siempre le prefirió a él, podía ver el orgullo que
sentía cada vez que lo miraba.
―Estoy segura de que le pasaría lo mismo contigo, aunque no lo
apreciaras.
―De todos modos, eso es lo de menos ―continuó, con la mirada fija
en ella―. Lo que de verdad me repatea es que lo posee todo. Es el dueño y
señor de Tùr Cloiche y de sus habitantes. Le respetan y le miran con
abnegación. Incluso se ganó el título de uno de los mejores guerreros de
Escocia, ni eso pudo dejármelo a mí.
―Graham, Broc te quiere, y si hubieras hablado con él de tus
inseguridades, estoy segura de que... ―No pudo continuar hablando, pues
de una bofetada le cruzó la cara.
―Yo no tengo inseguridades, inglesa apestosa ―declaró a escasos
centímetros de su rostro―. Lo que soy es vengativo y rencoroso, y pienso
despojar a mi hermano de todo lo que más quiere. Esperé a que se
enamorara de ti, ¿sabes? Cuando me di cuenta de que te miraba de un modo
especial, supe que había llegado el momento de acabar contigo. Por eso te
ataqué en la ladera, pero el muy desgraciado tiene demasiados buenos
reflejos.
―¿Y a qué esperas? ―soltó Willow, sin poder soportar por más
tiempo tanta tensión―. Si vas a matarme, hazlo de una vez.
Graham sonrió de modo aterrador y siniestro, haciendo que la piel de
la joven se erizase.
―No tan deprisa, cuñadita. ―La tomó con fuerza por el mentón para
que le mirara a los ojos, magullándola en el proceso―. Contigo quiero
divertirme antes de que abandones este mundo. Para ti será lento y
doloroso, y yo voy a disfrutar de lo lindo.
Willow sintió dificultad para respirar y rezó para que Gordon pudiera
hacer algo, pese a que Graham era mucho más joven y fuerte que el
anciano.
Quizá necesitaran un milagro.
Capítulo 28

Broc y Ramsay fueron preguntando por Gordon, uno a uno, a todos los
habitantes del clan, y todos los que le vieron coincidían en que el anciano
estaba buscando con ahínco y sin descanso a Willow.
―El viejo parecía preocupado por la señora ―les aseguró Ellar, que
mantenía a Brenna apretada contra su costado. La joven se veía muy
afectada por la desaparición de su amiga―. Incluso estuvo preguntando por
Graham.
Broc frunció el ceño.
―¿Por mi hermano? ¿Qué quería de él?
―No lo sé, pero me pidió que, si lo veía, no lo perdiera de vista.
Su laird asintió.
―Gracias, Ellar, me has sido de mucha ayuda.
―Le tengo mucho aprecio a tu esposa, Broc, y haré lo que esté en mi
mano para que vuelva junto a nosotros sana y salva ―le aseguró―. Estoy a
tu disposición para lo que necesites.
―Lo sé.
―Traedla de vuelta sana y salva, por favor ―demandó Brenna, con
lágrimas en los ojos.
―Moveré cielo y tierra para que así sea, te doy mi palabra ―afirmó
Broc, antes de hacer una breve reverencia con la cabeza y alejarse junto a su
amigo.
―Sabes por qué Gordon pregunta por tu hermano, ¿verdad?
―inquirió Ramsay cuando estuvieron a solas.
―Tiene sospechas de que Graham tenga algo que ver en la
desaparición de Willow ―respondió, con los puños apretados―. No
obstante, eso es imposible. Mi hermano jamás haría nada similar.
―¿Estás seguro? ―Broc le lanzó una mirada furiosa―. No pretendo
ofenderte, Buchanan, aunque creo recordar que Graham, en su día, sentía
algo por Lorraine más allá de un sentimiento fraternal.
―Sí, es cierto que noté que estaba sufriendo una especie de
enamoramiento juvenil hacia ella, de todos modos, le conozco y nunca la
hubiera hecho daño. Es mi hermano pequeño, Ramsay. Le conozco bien
―se repetía, para autoconvencerse de ello.
―De verdad espero que tengas razón y no te equivoques.

Graham seguía desvariando y explicándole con todo lujo de detalles


cómo se sintió al matar a Lorraine.
Willow luchaba por contener las náuseas que aquel relato le causaba.
Jamás hubiera sospechado de Graham. Él se mostraba amable,
divertido y cariñoso con todo el mundo, pese a resultar ser una gran
mentira. Una farsa.
Sintió tristeza al imaginar el gran dolor que causaría en toda su
familia cuando se enteraran de la verdad. Y rezaba porque si ella no lograba
salir de esto con vida, lo hicieran de un modo u otro, puesto que sospechaba
que su siguiente víctima sería Bonnie si nadie le detenía antes.
―Cuando nuestro rey le ordenó a Broc casarse con una noble inglesa,
me alegré ―continuaba diciendo―. Creí que volvería con una damisela
remilgada y feúcha, temerosa de todo a su alrededor. Sin embargo, apareció
contigo. Cuando posé mis ojos en ti por primera vez y pude ver lo perfecta
que eras, la rabia que sentí cuando Lorraine me rechazó volvió a recorrer mi
cuerpo de arriba abajo.
»Ahí fue cuando decidí que acabaría contigo, pero tenía que tener
paciencia para que mi estúpido hermano se enamorara de ti. Y supe que lo
haría, pues te miraba de un modo especial.
―Eres un gran farsante ―le echó en cara, mirándole con
repugnancia.
―Lo sé. ―Se lo tomó como un halago―. No obstante, contigo no
finjo. ―Le acarició el rostro con lujuria―. Te deseo, Willow, y sé que
podría hacerte feliz si tú me aceptaras.
―Estás más loco de lo que pensaba. ―Abrió mucho los ojos―.
Jamás aceptaría que un asesino demente como tú pusiera sus sucias manos
encima de mí.
Graham apretó los dientes y las aletas de su nariz se abrieron y
cerraron de forma exagerada a causa de su respiración rabiosa.
―Sin embargo, sí permites que te toque mi hermano, ¿verdad? Él,
que ha matado a más personas que nadie que conozco.
―Sé que tuvo que matar, pero durante las batallas que libró, no tenía
otra opción…
―Siempre hay otra opción ―la interrumpió.
―Aunque así fuera, he podido comprobar con mis propios ojos como
esas muertes aún pesan a sus espaldas, atormentándole ―le aseguró―.
Broc tiene conciencia, no disfruta del sufrimiento ajeno. Es un hombre leal,
íntegro y honorable, y yo le amo por ello. Le amo a él, solo a él. Nunca
podría sentir nada que no fuera asco por alguien como tú.
Graham gritó, rabioso.
Sacó una daga de la cinturilla de su pantalón, cortó las cuerdas que
rodeaban sus muñecas, cogió la mano derecha de la joven y, en un solo
movimiento, le cortó el dedo pequeño.
Will gritó hasta desgañitarse.
―Si no eres mía, no serás de nadie más. Voy a ir cortándote a
cachitos hasta que mueras, zorra inglesa.
Fue lo último que escuchó Willow antes de perder el conocimiento a
causa del dolor.
Graham, rozando la desesperación, empezó a subirle las faldas,
dispuesto a violarla mientras se desangraba.
Sin embargo, no pudo, ya que un fuerte golpe en la cabeza le hizo
quedarse inconsciente, tirado sobre la joven.
―Quita, maldito desgraciado ―bramó Gordon pateándole para que
dejara de aplastar a Will―. Por Dios, muchacha ―se lamentó al ver el
estado de su mano.
Rompiendo sus faldas, le vendó la mano con fuerza, esperando que de
ese modo no se desangrara antes de que pudieran cauterizarle la herida. Tras
lo cual, le desató los pies.
―Despierta, muchacha. ―Le palmeó el rostro con suavidad.
Como aquello no surtió efecto, le echó un poco de agua que llevaba
en el zurrón sobre la cara y el cuello, y lentamente, Willow empezó a
parpadear.
Su primer impulso fue llevarse la mano sana al dedo herido, pero el
anciano se lo impidió.
―No te toques, muchacha ―le pidió, ayudándola a ponerse en pie,
cosa que causó que Willow soltase un jadeo de dolor―. Debemos regresar
al castillo cuanto antes.
―Mi dedo… ―sollozó.
―Lo sé, pero aún conservas la vida, es lo importante ―señaló,
mientras hacía un gran esfuerzo para ayudarla a subir al caballo. Se
encontraba demasiado débil y golpeada para conseguirlo sola―. Lamento
no haber intervenido antes, necesitaba que Graham estuviera lo
sufrientemente distraído para que no me oyera acercarme.
―¿Está muerto? ―Miró al suelo donde yacía su cuerpo.
―No lo sé, pero no puedo detenerme a comprobarlo y arriesgarme a
que despierte ―enfatizó, montando tras ella y poniéndose al galope―. Voy
desarmado y tengo cuarenta años más que él, tendría todas las de perder.
Además, no estoy solo y no me arriesgaré a exponer tu seguridad.
―¿Con qué le has golpeado? ―preguntó, cerrando los ojos con
fuerza para soportar el dolor que sentía en todo su cuerpo.
―Le lancé una piedra con una honda que improvisé, por suerte, aún
conservo la buena puntería, sin embargo necesitaba acercarme lo suficiente
para estar seguro de que no fallaría, sabía que solo tenía una única
oportunidad.
―Muchas gracias, Gordon, no sé cómo podré pagarte lo que acabas
de hacer por mí. Has arriesgado tu vida por salvarme.
Sintió de nuevo unos fuertes pinchazos en su dedo seccionado y se
llevó la mano al pecho entre jadeos. Además, se sentía mareada y muy
débil.
―No tienes nada que agradecerme, muchacha, eres mi señora y
cualquier hombre de este clan hubiera hecho lo mismo que yo ―le
aseguró―. Solo recuéstate contra mí y resiste hasta que lleguemos a Tùr
Cloiche, ¿de acuerdo?
―Este no es el camino más directo ―se extrañó Will.
―Lo sé, pero será la mejor manera de asegurarnos de que, aunque
Graham despierte, no dé con nosotros ―le explicó―. Daremos un pequeño
rodeo y espero que merezca la pena.
Willow asintió.
―¿Cómo me encontraste?
―Siguiendo a Graham. Siempre sospeché que había algo extraño en
él, pero siendo el hermano del laird, no podía acusarlo sin pruebas ―le
explicó―. Al ver que rondaba mucho esta zona, como para cerciorarse de
que todo estuviera en su lugar, intuí que era aquí donde te mantenía
retenida, aunque el muy desgraciado te supo ocultar bien.
―Tengo tanta hambre y sed ―confesó, pasándose la lengua por sus
labios resecos.
―No he traído comida, pero ten ―le ofreció la poca agua que aún le
quedaba―. No será suficiente, aunque al menos calmará tu ansia.
Willow se la llevó con desesperación a la boca y bebió hasta la última
gota.
Entonces, apoyada en el pecho del anciano, cerró los ojos, puesto que
le costaba mantenerlos abiertos. Solo quería volver a casa y acurrucarse en
los brazos de su esposo.
Solo deseaba decirle a Broc cuánto le amaba.
Capítulo 29

Broc llegó al castillo junto a Ramsay y se encontró con su abuelo, que


hablaba con Euphemia sobre algo relacionado con el menú para la cena.
―¿Dónde está Graham? ―preguntó sin rodeos.
Hamish le miró sin comprender por qué parecía tener tanta urgencia
para encontrarlo y Euphemia, de forma discreta, desapareció hacia las
cocinas para darles intimidad.
―No lo sé. ¿Por qué? ¿Ocurre algo con tu hermano?
―En realidad, espero que no, abuelo ―suspiró y se pasó las manos
por el cabello, alborotándoselo.
―Te noto preocupado, muchacho.
Broc soltó una amarga risa.
―Mi esposa hace dos días que está desaparecida, ¿te parece poco?
―Eso lo sé, pero es diferente ―insistió Hamish―. Es como si de
repente te hubiera caído una losa encima. Una muy pesada.
―Me siento como si fuera así literalmente, abuelo. ―Le miró a los
ojos―. Hace días que Gordon no está en su puesto en las caballerizas y por
lo que hemos averiguado, iba por ahí preguntando por Graham.
―¿Y por qué iba a hacer eso?
―Intuimos que sospecha de él, Hamish ―apuntó Ramsay.
―¿Qué…? ―El anciano negó con la cabeza repetidas veces―. No…
no puede ser.
―Espero que no, abuelo, la verdad ―suspiró Broc.
Entonces la puerta se abrió, dando paso al susodicho, que entró y se
los quedó mirando, con una mano sobre la brecha sangrante de la parte de
atrás de su cabeza.
―¿Ocurre algo? ―les preguntó, mirándoles con desconfianza.
No sabía si quien fuera que le atacara y Willow habían llegado antes
que él al castillo, por lo que, con disimulo, se llevó una mano a la espalda,
por si necesitaba defenderse con su daga.
―Eso me pregunto yo ―dijo Broc, aproximándose a él―. ¿Qué te ha
pasado? ―Señaló su herida con un movimiento de cabeza.
―Oh, esto ―sonrió, restándole importancia―. Alguien me golpeó
por detrás y no pude ver de quien se trataba. Tampoco descarto que fuera
una de mis antiguas amantes, las tengo muy abandonadas últimamente
―bromeó, para distender el ambiente.
―Graham, he de hablar contigo…
―Por qué no le das unos minutos para que Euphemia, que está en las
cocinas, revise y limpie su herida y le dé unos puntos si es necesario ―le
interrumpió Hamish, pidiéndole con la mirada que pensara bien las cosas
antes de hacer una acusación tan grave.
Broc bufó y asintió, permitiéndole hacer lo que su abuelo acababa de
sugerir.
―De acuerdo, hermanito, vuelvo en unos minutos. ―Graham le
guiñó un ojo y se marchó en busca del ama de llaves.
―Entiendo que tengas que solventar tus dudas, de todos modos, no
hace falta que el chico se desangre antes de que eso ocurra ―repuso
Hamish.
Broc alzó las manos en el aire.
―Claro, abuelo, tienes razón, pero es que cada minuto que Willow
está desaparecida me aleja más de ella y yo… yo no puedo perderla
―reconoció con dolor.
―Y no me perderás.
La voz débil y entrecortada de Willow a sus espaldas hizo que su
corazón diera un vuelco. Con lentitud, se volvió hacia la puerta de entrada y
se quedó sin respiración. Era ella y estaba de nuevo frente a él, apoyada
contra el bueno de Gordon, que parecía sostenerla, como si no pudiera
hacerlo por sí sola.
―Willow ―susurró, justo antes de abalanzarse sobre ella para
abrazarla.
―¡Oh, Dios! ―exclamó dolorida.
―Lo siento. ¿Te he hecho daño? ―Se separó un poco para mirarla de
arriba abajo.
Estaba sucia y su piel desprendía un desagradable olor a humedad,
podredumbre y sangre seca, sin embargo a él no le importaba, la veía igual
de bella que siempre.
―Estoy bien ―le aseguró su mujer, sonriendo de forma trémula.
―No es cierto ―se entrometió Gordon―. Necesita atención urgente
o se desangrará.
―¿Qué? ¿Desangrarse? ―preguntó Broc, recorriéndola con sus ojos,
hasta que se detuvo en la tela empapada de sangre que cubría su mano.
―¡Maldición!
La tomó en brazos con delicadeza, aunque de todos modos Will
jadeó, haciéndole saber que no era lo único que le dolía.
―Llévala al salón, frente a la chimenea ―le aconsejó Gordon,
siguiéndoles.
Hamish y Ramsay también fueron tras ellos.
―Cuánto me alegró de que estés de vuelta de una pieza, jovencita
―repuso el abuelo con afecto.
―Y espero que sea lo que sea que te haya pasado, no creas que he
tenido algo que ver ―expresó Ramsay.
―Sé que no has tenido nada que ver y he sido injusta contigo, lo
siento mucho ―se disculpó, mientras Broc la dejaba sobre uno de los
sillones.
―No me pidas perdón, lo comprendo.
―Gracias. ―Le sonrió, pese a lo débil y dolorida que se sentía.
Broc comenzó a quitar la tela de su mano y se quedó paralizado al ver
que ya solo tenía cuatro dedos.
―¡Por el amor de Dios! ―exclamó el abuelo.
―¿Quién… quién demonios te ha hecho esto? ―consiguió
pronunciar en un murmullo.
―Ya conversareis más tarde, ahora hay que cauterizar esa herida si
no quieres perder a tu esposa para siempre, muchacho, y te aseguro que no
encontrarás otra mejor, pese a ser inglesa ―indicó Gordon―. Si quieres, yo
mismo puedo hacerlo.
―No, yo lo haré ―declaró Broc, con los dientes apretados―. Ten,
mi amor, muerde esto ―le pidió, dándole una tira de cuero que llevaba en
el sporran.
Will le miró con temor, mas abrió la boca y le permitió meter la tira
de cuero entre sus dientes. Sin perder más tiempo, Broc tomó su daga en la
mano y metió su hoja entre las llamas que chisporroteaban en la chimenea.
Cuando esta estuvo al rojo vivo, la sacó y miró a su mujer a los ojos,
deseando ser él quien para pasar el dolor que sabía que en unos minutos
experimentaría.
―Lo siento mucho ―murmuró.
Will asintió. No hacía falta que se lo dijera, podía leerlo en su oscura
mirada.
Respirando hondo y sin querer postergarlo más, agarró la muñeca de
su mujer e hizo un gesto con la cabeza a Ramsay para que la inmovilizara,
cogiéndola por los hombros. Con decisión, posó la hoja incandescente sobre
la herida, que aún sangraba, y la cauterizó con maestría.
Willow gritó y trató de apartarse, pero ambos hombres no se lo
permitieron. Al final, acabó mareándose a causa del tremendo dolor que
sentía y perdió de nuevo la consciencia.
―Es lo mejor ―repuso Gordon, dejándose caer en otro de los
sillones, como si estuviera muy agotado.
Broc se puso en pie, acarició con suavidad el rostro de su esposa, tras
lo cual se volvió hacia el anciano.
―¿Quién ha sido? ―inquirió, temiendo la respuesta―. ¿Quién la ha
maltratado de este modo?
Gordon desvió la mirada y la fijó en la punta de sus pies.
―Creo que mi contestación no va a gustarte.
―Graham ―susurró entre dientes.
―No puede ser ―negó Hamish, sin querer creerlo.
―Lo lamento, pero lo es ―afirmó Gordon―. Lo vi con mis propios
ojos y cuando Willow despierte, también podrá corroborarlo.
―Por todos los santos, qué son esos gritos ―repuso Muriel,
preocupada, entrando con Bonnie de la mano en el salón, alterada por el
chillido de la joven.
―¡Es Will! ―exclamó la niña corriendo hacia ella.
Sin embargo, Broc la interceptó a medio camino.
―Ten cuidado, bichillo, está un poco malherida ―le advirtió,
tratando que su voz no reflejara la rabia que sentía por dentro.
―¿Se pondrá bien?
―Sí, Bonnie, lo hará.
―Esto es un milagro ―se alegró Muriel―. ¿Dónde la encontraste,
hijo?
―No fui yo, fue Gordon ―respondió―. Parece ser que él no estaba
cegado por el amor y la lealtad, como me ocurría a mí.
Su madre le miró sin comprender a qué se refería.
―¿Qué quieres decir?
―Es Graham ―aseveró, con la mirada cargada de resentimiento―.
Él es quien ha dañado a mi esposa.
―No, no, no ―negaba la mujer con vehemencia―. Tienes que estar
equivocado, Broc. Conozco a mi hijo y él no es así. Jamás dañaría a tu
esposa.
―Esposas ―puntualizó Gordon―. Pude oír como se jactaba al
contárselo a Willow, y también asesinó a la pobre Leslie.
―¡Mientes! ―gritó Muriel.
―Eh, ¿qué está pasando con tanto griterío?
En cuanto Graham puso un pie en el salón, Broc soltó un rugido casi
animal y se abalanzó sobre él.
―¡Maldito malnacido! ―gritó, agarrándolo del cuello y arrojándolo
al suelo―. Eres mi hermano, ¿cómo has podido?
―No te entiendo ―repuso, con la voz entrecortada por la falta de
aire.
―¿¡No me entiendes!? ―Hizo que su cabeza impactase con fuerza
contra el suelo, abriendo de nuevo la brecha que Euphemia acababa de
coserle.
―Broc, por favor ―gimió su madre al ver la mancha de sangre que
comenzaba a teñir el suelo.
―Has tratado de matar a mi esposa.
―¿Qué? Eso no es cierto ―negó, actuando tan bien, que casi hizo
dudar a Broc―. Jamás haría una cosa semejante. ¿Quién ha dicho tal
calumnia sobre mí?
―He sido yo ―dijo Gordon poniéndose en pie y avanzando para
poder mirarle con desprecio―. Lo pude ver con mis propios ojos y estoy
seguro de que si no hubiera intervenido, la muchacha a estas alturas ya
estaría muerta.
Los ojos de Graham resplandecieron con rabia al percatarse de que
aquel viejo era el que desbarató sus planes.
―¿Y cómo puedes demostrarlo? ―Se volvió a mirar a una
inconsciente Willow―. Convenientemente, ella no puede corroborar tus
palabras. Quizá fuiste tú, Gordon, siempre tan amargado y solo, que
decidiste que todos a tu alrededor fueran tan infelices como tú te sientes.
El anciano apretó los puños y se mantuvo en silencio. Aunque no
pretendía demostrarlo, sus palabras le hirieron.
―Broc, tu hermano tiene razón, es posible que Gordon mienta
―intervino Muriel―. Suéltale, por favor.
―Madre, no es posible. ―Alzó los ojos para mirarla―. Vi cómo se
comportaba Willow cuando llegó acompañada de Gordon. No le tenía
miedo, se sentía protegida con él, y cuando recobre el conocimiento, ella
misma podrá corroborar su acusación.
Graham comprendió que jamás lograría convencer a su hermano, así
que, aprovechando su distracción, le golpeó en la entrepierna, se lo quitó de
encima y agarró a Bonnie, utilizándola como escudo.
―¡Graham! ―chilló Muriel, llevándose una mano al pecho. Sentía
que su corazón latía fuera de control.
―Todo podría haber sido diferente si no te hubieras entrometido,
viejo. ―Con agilidad sacó una daga que llevaba a sus espaldas y la lanzó
hacia Gordon.
El anciano trató de apartarse, por desgracia ya no era tan rápido como
antes y la afilada hoja penetró en la carne de su hombro, arrojándolo al
suelo a causa del impacto y el dolor.
―¡Dios mío! ―jadeó su madre, apresurándose a socorrer al
anciano―. ¿Qué estás haciendo? Debes parar, hijo. ―Las lágrimas corrían
sin control por sus mejillas.
―Suelta a Bonnie ―le ordenó Broc, poniéndose en pie con dificultad
a causa de su golpe bajo.
―Me encantaría, hermanito, pero entonces no dudarías en matarme.
―Tío, ¿qué ocurre? ―preguntó la niña llorando, muy asustada.
―Nada, preciosa, si tu padre nos deja ir a dar una vuelta, todo saldrá
bien.
―Graham… ―sollozó Muriel, sin creer que aquello estuviera
ocurriendo de verdad.
―¡Calla de una maldita vez, madre! ―gritó cargado de ira―. No
finjas que te importo lo más mínimo, sé muy bien que Broc siempre fue tu
favorito. El tuyo y el de todos.
―No, hijo, eso no es cierto…
―¡He dicho que te calles! ―Apretó más el agarré del cuello de
Bonnie, haciéndola chillar, cada vez más atemorizada.
―Graham, le estás haciendo daño ―repuso Broc con más calma de
la que sentía―. Esto es entre tú y yo. Resolvámoslo como hombres, mi hija
no tiene nada que ver.
Graham soltó una carcajada desquiciada.
―¿Cómo hombres? ―ironizó―. No soy tan estúpido como para
enfrentarme a ti, que siempre has sido mejor que yo con la espada. Siempre
has sido mejor que yo en todo.
―Nunca me he sentido superior a ti, hasta ahora ―le aseguró―. Eras
mi hermano, te quería y te respetaba.
Graham sonrió de medio lado.
―Hablas en pasado.
―¿Acaso piensas que podría ser de otra manera después de todo lo
que has hecho? Después de torturar a Willow. Después de matar a Lorraine.
―Tío Graham, ¿mataste a mi madre? ―jadeo Bonnie, mirándole con
incredulidad.
―Di que no es cierto ―le pidió su madre―. Por favor.
―Lo hice ―confesó, con cierta satisfacción de que, por fin, todos
supieran su hazaña―. Y lo disfruté. ¡Oh, cuánto lo disfruté!
Bonnie se echó a llorar cargada de dolor y Muriel se limitó a quedarse
mirando a su hijo, sin poder reconocerlo.
―Ya está bien, muchacho, suelta a la niña ―exigió el abuelo
Hamish, tratando de quitársela de los brazos.
Graham lo empujó con fuerza, arrojándolo al suelo y pateándolo
cuando estuvo indefenso.
―¡Cállate, viejo! ―le soltó con desprecio.
―Padre ―se alarmó Muriel, que se puso sobre él para protegerle con
su cuerpo.
―Ahora me voy a marchar y no me lo impediréis, a no ser que
queráis que le parta el cuello. ―Señaló con la cabeza a la niña―. Si no me
seguís, ella no sufrirá daño alguno, así que, por una vez, hermano, haz lo
que te pido. Podrás encontrar a Bonnie en la ladera dentro de una hora.
―No tienes donde ir, Graham ―dijo Broc, mirando de reojo a su
pequeña, que lloraba sin parar.
―Ya veremos. ―Le guiñó un ojo y reculando sin perderle de vista,
salió del castillo, dispuesto a huir.
―No puedes dejarlo salirse con la suya ―habló Ramsay por primera
vez desde que Graham hiciera acto de presencia.
―Lo sé, pero no puedo arriesgar la vida de mi hija. ―Se volvió hacia
su esposa y le acarició el rostro con delicadeza―. Abuelo, ¿estás bien?
―preguntó, manteniendo una calma que no sentía.
―Lo estoy ―le aseguró el hombre, llevándose la mano al costado
pateado.
―Madre, haz que venga la curandera para que les eche un vistazo a
los heridos.
―¿Qué harás tú? ―quiso saber Muriel.
―Lo que sea preciso.
La mujer entendió lo que quería decirle y sollozó, cubriéndose el
rostro con las manos.
―Lo lamento, madre, no obstante, Graham no me ha dejado otra
opción.
Salió del salón seguido por Ramsay, decidido a organizar a los
guerreros para dar con su hermano en cuanto Bonnie estuviera a salvo.
Le hubiera gustado quedarse a atender a su esposa, pero no podía
dejarse llevar por las emociones, debía mantener la calma, como hacía
durante la batalla. Tenía que ceder el control al demonio que habitaba en su
interior.
Capítulo 30

Willow comenzó a escuchar voces a su alrededor y, con lentitud, fue


abriendo los ojos.
―¿Broc?
―Willow, por fin despiertas ―le dijo Brenna, arrodillándose junto a
ella―. ¿Te encuentras bien?
Will asintió, aunque se sentía como si le hubiese pasado una carreta
por encima.
―Ten, bebe un poco de agua ―le ofreció su amiga.
Lo hizo, pues se sentía sedienta.
―¿Dónde está Broc?
―No te preocupes por eso ahora, debes descansar.
Frunció el ceño.
―¿Qué ocurre? ¿Por qué evades mi pregunta?
Pudo leer en los ojos de Brenna que algo no andaba bien.
―Graham se llevó a Bonnie y le hizo prometer a Broc que no le
seguirían hasta pasada una hora, tras lo cual, la dejaría en la ladera donde te
atacó por primera vez ―respondió Gordon, al que Euphemia, tas coserle, le
estaba vendando el hombro.
―Por Dios.
Se quedó pensando en todo lo que habló con Graham cuando la sacó
del pozo y estaba convencida de que con todo el odio que sentía por Broc,
no iba a tratar de huir sin darle la estocada final y que mejor venganza que
asesinar a su hija.
―Va a matarla ―murmuró aterrada.
―¿Cómo dices? ―le preguntó Brenna, que no había conseguido
oírla.
Como pudo, dado que llevaba más de dos días sin comer, más todas
las magulladuras que se hizo cuando Graham la tiró dentro del pozo, se
puso en pie.
―Muchacha, debes descansar ―le pidió Gordon.
―No puedo ―se negó―. Si no hago nada, Graham va a matar a
Bonnie. No va a llevarla a la ladera, de eso estoy segura.
―¿Y qué pretendes hacer? No sabemos a dónde ha ido con ella.
¿Adónde podría haberse llevado a la niña?
Entonces recordó algo que Graham dijo cuando desvariaba sobre el
modo en que mató a Lorraine.

―Estaba tan bella cuando soltó su último aliento justo en la


explanada del lago, el lugar donde la vi por primera vez. Paradójico y
romántico al mismo tiempo, ¿no crees?

―Creo que sé a dónde la lleva ―repuso―. ¿Conoces la ladera del


lago?
El anciano asintió.
―No queda muy lejos de aquí.
―Entonces, debo ir en su busca.
―¿¡Que estás diciendo!? ―exclamó Brenna.
―Te acompaño ―dijo Gordon a su vez.
―¿Os habéis vuelto locos los dos? ―inquirió Euphemia mirando al
anciano con preocupación―. Ambos estáis heridos.
―Estamos bien ―la tranquilizó este, sonriéndole.
―No puedes acompañarme, Gordon ―repuso Will, ignorando las
palabras del ama de llaves―. Debes ir a avisar a Broc de donde
encontrarnos.
―No puedo permitir que vayas sola ―remarcó el anciano.
―No deberíais ir ninguno de los dos ―intervino la joven sirvienta.
―Desde que contraje matrimonio con Broc, esa niña se convirtió en
mi responsabilidad. No voy a dejarla morir si puedo hacer algo por evitarlo
―afirmó, con los ojos llenos de lágrimas―. Si quieres ayudarme, y sé que
así es, ve a buscar a mi esposo, por favor.
El anciano alzó el mentón y apretó las mandíbulas, emocionado.
―Está bien, muchacha, haré lo que me pides, y espero volver a verte
de una sola pieza o te doy mi palabra de que te maldeciré por toda la
eternidad.
Willow sonrió con tristeza.
―Gracias por todo, Gordon. Pase lo que pase, jamás olvidaré todo lo
que has hecho por mí.

Con mucho dolor, consiguió cabalgar y llegar a la explanada del lago


gracias a las indicaciones de Gordon. Llevaba una daga escondida a la
espalda, como le aconsejó el anciano, y le dijo que si solo tenía una
oportunidad de herirlo, lo hiciera en el cuello o en sus partes nobles.
―¡Deja de llorar! Me estás sacando de quicio ―escuchó gritar a
Graham y supo que no se había equivocado. Estaban allí y el llanto
desesperado de Bonnie le hacía saber cuan asustada estaba.
Desmontó de su yegua y la dejó junto a una arboleda, para que
Graham no la descubriera. Con cautela se fue acercando hacia las voces.
Graham estaba en pie de espaldas a ella, con las piernas abiertas y la
cabeza un tanto ladeada, observando a la pequeña Bonnie, que, sentada
sobre la hierba, hipaba con las mejillas húmedas.
―Lo siento, preciosa, no me gustaría que esto hubiera acabado así,
sin embargo debes comprender que las circunstancias no me han dejado
otra elección.
―Tío Graham, ¿vas a hacerme daño?
―Claro que no. ¿Me crees tan cruel? ―le preguntó, acuclillándose a
su lado―. Eres mi sobrina, no me gusta verte sufrir.
―Gracias, tío…
―Lo que voy a hacerte será rápido, no te preocupes ―añadió,
enseñándole una daga y sonriendo de forma ladina.
El corazón de Willow comenzó a latir apresurado, temiendo no poder
llegar a tiempo para salvarla, así que apresuró el paso, lo que hizo que una
rama crujiera bajo sus pies.
Graham se volvió hacia ella, en guarida. Sin embargo, al descubrir de
quien se trataba, sonrió ampliamente.
―Vaya, vaya. ―Puso las manos en las caderas―. Mira, Bonnie,
quien se une a la fiesta.
―¡Will! ―jadeo la niña.
―Tranquila, cielo, todo va a ir bien.
―Sobre todo ahora que has llegado ―repuso el hombre, satisfecho.
―Ahora que me tienes a mí, deja que Bonnie se marche ―le pidió.
―Lo siento, cuñadita, no puedo. Ahora que todos saben que soy yo
quien está detrás de los incidentes, me será imposible volver a acercarme a
ella más adelante, por lo que esta es mi única oportunidad de quitarle a mi
hermano todo cuanto ama.
Willow miró a la niña de soslayo, para luego volver a centrar su
atención en aquel demente. Y entonces sonrió.
―Es una autentica pena, la verdad ―comentó en tono superficial.
―¿El qué es una pena? ―preguntó, con una ceja enarcada.
―Que lo hayas fastidiado todo. ¡Eso es una pena!
Graham frunció el ceño, sin acabar de comprender aquel cambio de
actitud.
―¿Acaso crees que yo me sentía satisfecha estando casada con un
sucio escocés que ha matado a más ingleses que un regimiento? Mi plan era
deshacerme de él y quedarme con todo, pero para eso tenía que darle un
heredero. No obstante, tú ―Se fue acercando a él―, te adelantaste y
empezaste a tratar de matarme.
―¿Así que esos eran tus planes?
―¿Will? ―inquirió Bonnie, mirándola con la decepción grabada en
el rostro.
Ignorando aquellos ojos oscuros que le estaban partiendo el corazón,
continuó con su actuación y se pegó a Graham, apoyando una de sus manos
en el pecho de este de forma acariciadora.
―Tú siempre me has parecido mucho más divertido e interesante.
―Se mordió el labio inferior de modo seductor―. Más hombre.
―¿De veras? ―sonrió de medio lado, llevando una mano al rostro de
la joven y metiendo su pulgar dentro de su boca.
Willow sintió arcadas, pero tenía que continuar con su papel, por lo
que lo lamió de manera lujuriosa.
―Vaya, así que eres una damita muy muy mala.
―Mucho ―afirmó.
―Déjame que te diga una cosa. ―Se acercó a su oído y murmuró―:
Yo soy más listo y no me creo una sola palabra, inglesita.
―Es una lástima, pese a que al menos me ha servido para esto.
―Trató de clavarle la daga, que había cogido de forma disimulada, en la
ingle, pero por desgracia, Graham se echó a un lado y esta atravesó su
muslo.
―¡Maldita zorra! ―gritó, retorciéndose de dolor.
―Vamos, Bonnie, debemos huir ―instó a la niña a correr hacia ella,
cosa que hizo.
Ambas trataron de escapar lo más rápido que pudieron, no obstante,
las heridas y golpes repartidos por el cuerpo de Willow le impedían hacerlo
con la velocidad necesaria para dejar a Graham atrás.
―¿Recuerdas que le preguntaste a tu padre cuando podrías montar tú
sola? Este es el momento ―le dijo―. Entre los árboles está mi yegua,
súbete a ella y corre hacia casa lo más rápido que puedas, ¿entendido?
―¿Y qué hay de ti?
―Estaré bien. Márchate ―le ordenó, viendo como Graham estaba
casi encima de ellas―. ¡Ahora!
Bonnie hizo lo que le pidió y Willow se detuvo para entretenerle y
que no se le pasara por la cabeza atrapar de nuevo a la pequeña.
―Vas a pagar por esto, ramera ―la amenazó el hombre con la voz
cargada de furia.
―Puede que así sea, pero al menos me iré con la satisfacción de
saber que has sangrado gracias a mí. ―Bajó los ojos hacia la sustancia roja
que manaba de su muslo―. ¿Cuánto crees que tardará Broc en atraparte
estando herido de esta manera? ―Sonrió satisfecha―. Yo apostaría que
muy poco.
Graham rugió y se abalanzó contra la mujer, arrojándola al suelo. Se
colocó sobre ella y la golpeó con rabia en el estómago un par de veces.
Willow soltó el aire de golpe y sintió que era incapaz de respirar.
―Debí matarte el día que te secuestré, ese fue mi error.
―Tu error es creerte más inteligente de lo que eres en realidad.
Aquellas palabras provocaron que le diese un puñetazo en el ojo que
la hizo marearse. Sin embargo, no quiso darse por vencida. Metió dos dedos
en su herida, haciéndole soltar un alarido.
―Me tienes harto, maldita inglesa. ―La cogió por el cuello y
empezó a apretar, haciendo que le costara respirar.
―A ti no se te puede considerar escocés, pues careces de… de honor
―consiguió decir, pese a notar que apenas le quedaba aire en los pulmones.
Cuando su vista empezaba a nublarse, una flecha pasó por encima de
su cabeza y se clavó en la espalda de Graham, que aflojó la presión al sentir
el impacto. Echando una mano hacia atrás, se desclavó la flecha de la
paletilla, desgarrándose la piel, y siseó entre dientes.
Broc desmontó de un salto, con su espada en alto. Su hermano, con
ojos de miedo, trató de escapar, pero la puñalada en la pierna no le dejaba
correr tan bien como le gustaría, así que se volvió hacia él con las manos en
alto y una sonrisa fingida dibujada en el rostro.
―Broc, hermanito, pareces muy enfadado.
El aludido no era capaz de hablar, la rabia que sentía era tal que su
respiración se tornó irregular y las venas de su cuello estaban hinchadas.
Aquellos oscuros y amenazantes ojos llameaban, prometiendo que le haría
pagar por todo lo que hizo. El demonio escocés estaba sediento de sangre.
―Broc, ¿y si hablamos?
―¿Hablar? ―dijo entre dientes―. ¿De qué pretendes que hablemos
ahora, hermano? ―soltó esta última palabra con desprecio―. ¿De cómo
mataste a Lorraine, privando a mi hija de criarse con su madre? ¿De qué
secuestraste y torturaste a Willow, con intención de asesinarla también?
¿Del modo en que has atemorizado y amenazado la vida de mi hija? Dime,
Graham, ¿¡de qué hablamos!? ―vociferó, colocando la hoja de la espada
contra su cuello.
―Broc, necesito ayuda, ahora me doy cuenta ―articuló con
dificultad―. Creo que le ocurre algo raro a mi cabeza, no sé lo que me
pasa.
El laird negó y apretó con fuerza los dientes.
―Eso ya no sirve.
―¿Y qué vas a hacer? ¿Vas a matarme? ―le preguntó acongojado―.
¿Recuerdas cuando éramos pequeños y siempre me protegías para que no
me ocurriera nada malo? Siempre me sentí en deuda contigo por ello.
―Graham…
―¿Qué pasará con madre si me matas? ¿Crees que podrá
perdonártelo alguna vez?
―Madre podrá perdonarme porque sabe que nunca te habría hecho
daño si me hubieras dejado otra opción. ―Levantó la espada y la estrelló
contra el árbol en que su hermano se apoyaba―. Sería yo el que no me
perdonaría a mí mismo. ―Una lágrima resbaló por su rasposa mejilla―.
Vete, Graham. Márchate lejos y no vuelvas nunca más. Si alguno de mis
guerreros o yo mismo te vemos cerca de este clan o de mi familia, no
dudaremos en matarte. ¿Me has entendido?
―Sí, hermano ―asintió―. Te prometo que no me volverás a ver
nunca más.
―Lárgate antes de que me arrepienta.
Se giró, alerta. Aquella era la última oportunidad que le daba para
marcharse, aunque sabía que era muy probable que en cuando pensara que
estaba desprevenido, trataría de atacarle.
Broc cerró los ojos con fuerza y rezó para sus adentros.
―Vamos, Graham, no lo hagas ―murmuró para sí mismo―.
Márchate.
No tuvo esa suerte.
Pudo oír como su hermano desenvainaba lentamente su espada y se
precipitaba a atacarle por la espalda.
Con un rápido movimiento, Broc ensartó la suya en su estómago.
Graham, sorprendido, le miró con los ojos muy abiertos y comenzó a echar
sangre por la boca.
―Graham ―jadeó Broc, antes de sacar la afilada hoja de su cuerpo y
con esta cortar su cuello para que su agonía fuera lo más breve posible.
El gran cuerpo de su hermano cayó al suelo, muriendo casi al
instante.
Broc, sin poder contener las lágrimas, clavó una rodilla en el suelo y
mirando aquel rostro tan querido para él, le cerró los ojos para que
descansara en paz. Pese a las cosas terribles que hizo, era su hermano y eso
no podía borrarlo de un momento a otro.
Se volvió hacia Baigh y Ellar, que se mantuvieron al margen como él
les pidió antes de llegar a la explanada.
―Coged su cuerpo y traedlo al castillo para que mi madre pueda
darle sepultura.
Ambos hombres asintieron y se dispusieron a hacer lo que les pidió.
Desde lejos pudo ver como Ramsay ayudaba a Willow a ponerse en
pie y él aceleró el paso para comprobar que su mujer estuviera bien. Al
menos, todo lo bien que podría estar una persona después de pasar por todo
lo que pasó su esposa durante los últimos días.
―Gracias, Ramsay ―le decía al laird MacFarlane cuando Broc llegó
junto a ellos.
―Willow.
La joven alzó los ojos y se arrojó a sus brazos, rompiendo a llorar.
Ramsay, para darles algo de intimidad, se fue junto a los caballos.
―Tranquila, mi amor, ya pasó todo.
Will negó con la cabeza.
―Lo siento.
―¿Qué es lo que sientes? ―preguntó, tomando su precioso rostro
entre las manos.
―Siento que hayas tenido que matar a tu hermano. Ojalá hubiera
podido ser de otra manera.
Las mandíbulas de Broc palpitaron cuando asintió, valorando que
después de todo lo que Graham le hizo pasar, aún deseaba que su final no
hubiera sido la muerte.
―¿Os habéis encontrado con Bonnie? ―quiso saber. Estaba
preocupada por la niña.
―Sí, la mandé al castillo con dos de mis guerreros ―le explicó―.
Fue ella la que nos dijo que Graham te estaba atacando y, por suerte, llegué
justo a tiempo.
La joven suspiró aliviada.
―Tuve tanto miedo de que le ocurriera algo.
Broc se la quedó mirando y volvió a darle un breve beso en los labios.
―Willow, debí decírtelo mucho antes, pero lo cierto es que tenía
miedo. Miedo de amarte como te amo para después perderte, como me
ocurrió con Lorraine ―se declaró, mirándola a los ojos―. Porque sí,
Willow, estoy enamorado de ti. Te amo con toda mi alma.
La joven sonrió, con lágrimas en los ojos.
―Yo también te amo, Broc. Te amo muchísimo.
Los dos se besaron con pasión y anhelo, deseando que con esos besos
pudieran olvidar la angustia que sintieron los últimos días.
Entonces, Willow volvió a sentirse muy mareada, hasta tal punto que
se tambaleó y se hubiera caído si no fuera porque Broc la tenía cogida por
la cintura.
―¿Qué ocurre? ¿No te encuentras bien?
―Solo es un mareo ―le restó importancia―. Será porque llevo
varios días sin comer.
―En cuanto lleguemos a casa haré que te preparen lo que más te
guste. Le pediré a madre que te cebe como la noche de tu llegada ―bromeó
para hacerla sonreír, cosa que consiguió.
―Muchas gracias. ―Intentó andar, pero las piernas le flojearon.
―¡Willow!
La tomó en brazos y fue entonces cuando notó su mano húmeda.
Miró hacia ella y pudo comprobar que se trataba de sangre.
―Creo que tengo mucho sueño ―balbuceó la joven, con la voz
apagada y gangosa.
―No te duermas, Willow ―le pidió, corriendo hacia el caballo para
llevarla al castillo cuanto antes y rezando para que la curandera ya hubiera
llegado.
―¿Qué está pasando? ―le preguntó Ramsay al verle tan alterado.
―Algo no va bien, Willow está sangrando.
―¡Maldición!
Broc puso su semental al galope, sintiendo más miedo del que
experimentó nunca en su vida. No podía perder a Willow. Otra vez no.

En cuanto llegaron a Tùr Cloiche, Broc dejó a Willow en su cama,


donde la curandera la examinó a fondo. Sangraba por sus partes,
seguramente a causa de los golpes que Graham le dio en la tripa.
―Ha perdido mucha sangre, señor ―le decía la curandera―. Y lo
más probable es que estuviera embarazada y haya perdido al bebé.
Broc la escuchaba, sintiéndose paralizado.
―¿Se recuperará?
―Aún no puedo asegurarlo.
Asintió y se pasó las manos por el cabello, sintiéndose impotente.
―Hay algo más ―continuó diciendo la mujer―. Es posible que las
lesiones que los golpes le han causado sean permanentes y eso le impida
volver a engendrar.
―Eso no me importa en absoluto ―le aseguró, acercándose al lecho
y acariciando el pálido rostro de su esposa―. La amo y lo único que quiero
es que se recupere. Juradme que haréis todo lo posible.
―Os lo juro, señor. ―El laird asintió―. Ahora, será mejor que la
dejéis descansar. Es lo que necesita en estos momentos.
Se acercó a los labios de su esposa.
―Por favor, mi amor, vuelve junto a mí ―le suplicó antes de besarla
con suavidad.
Con reticencia, la dejó a solas con la curandera.
Nada más abandonar la alcoba, se apoyó en la puerta y, llevándose las
manos a la cara, no pudo evitar echarse a llorar.
Eran demasiadas cosas las que ocurrieron en los últimos días y la
tensión acumulada hizo que acabara explotando.
―Hijo.
Cuando escuchó la suave voz de su madre, se apresuró a secarse las
lágrimas.
―Madre, ¿qué tal está Bonnie? ¿Ha conseguido dormirse?
―Sí, la niña está bien y mucho más tranquila.
Broc asintió.
―¿Y tú? ―La miró con culpabilidad― Madre, yo… siento el dolor
que haya podido causarte.
Muriel se acercó más a su hijo, con los ojos brillantes, y posó una
mano sobre su rasposa mejilla.
―Cariño, no tienes la culpa de nada ―afirmó su madre―. Graham…
―se le entrecortó la voz al pronunciar el nombre de su hijo recién
fallecido―. Él no te dejó otra opción. Ramsay me contó que le diste la
oportunidad de marcharse, después de todo lo que hizo. No te voy a decir
que no vaya a pasarlo mal, pero desde luego, no eres el responsable de mi
sufrimiento.
―Madre. ―Broc la abrazó con fuerza contra su pecho―. Sabes que
me tienes para lo que necesites.
―Y tú a mí, cariño. No estás solo, tienes a toda tu familia a tu lado.
―Willow… ―se le quebró la voz―. Ella estaba embarazada y
probablemente haya perdido al bebé.
―Lo lamento.
―Lo peor de todo no es eso. Quizá no se recupere, madre, y no estoy
preparado para perderla.
―No la perderás, todos rezaremos por ella.
Los días fueron pasando y Willow no despertaba. Tenía fiebre y en
ocasiones deliraba.
Ramsay fue a buscar a Prudence para que estuviera junto a su prima,
y esta ya llevaba varios días en Tùr Cloiche, y del mismo modo que Broc,
se negaba a moverse de su lado.
Lo cierto es que todo el clan Buchanan estaba preocupado y rezando
por la pronta recuperación de su señora, que, pese a ser inglesa, había
sabido ganarse su cariño.
En aquel momento, Broc trataba de que comiera un poco de caldo,
pues en esos días había perdido algunos kilos.
―Vamos, mi amor, tienes que comer algo ―le suplicó, pese a que la
joven no estuviera del todo despierta.
―Will es fuerte, no se rendirá ―dijo Prue a sus espaldas, consciente
de la desesperación que sentía el marido de su prima al ver que no se
terminaba de recuperar.
―Ojalá sea así ―suspiró, pasándose las manos por el pelo―. Al
menos, a terca no le gana nadie, así que espero que tenga entre ceja y ceja
no dejarme solo tan pronto.
Prudence puso una mano sobre su hombro.
―Ella te ama, así que no se dará por vencida tan pronto. ―Besó a su
prima en la mejilla―. Despierta de una vez, Will, nos tienes a todos muy
preocupados.
―Ojalá te oiga.
―Yo estoy convencida de que puede oírnos ―le aseguró―. ¿Por qué
no te vas a descansar? Ya me quedo yo esta noche junto a ella.
―No, prefiero estar a su lado.
Prue lo comprendía, ya que si fuera su esposo el que estuviera en esa
cama, ella tampoco se separaría de él.
―Entonces, te doy las buenas noches.
―Buenas noches, Prudence.
―Y prueba a hacer lo que te he dicho. Habla con ella, pídele que
vuelva y dile por qué quieres que lo haga ―sonrió con esperanza―. Por
intentarlo no pierdes nada ―dijo, tras lo cual cerró la puerta.
Broc se pasó la mano por la barba de días que cubría su mentón.
Había sufrido algún ataque de pánico que otro en esos días, aunque estaba
aprendiendo a controlarlos, quizá porque pensar en Willow le daba fuerzas.
Se inclinó hacia delante, apoyando los codos sobre el colchón, y miró
el pálido rostro de su mujer.
―Willow, no sé si puedes oírme, pero necesito decirte que te echo de
menos. Sí, como lo oyes. Yo, el demonio escocés, extrañando hasta el
delirio a una inglesa como tú. ¿Y cómo no hacerlo? Si has llenado mi vida
de alegría y luz.
»Antes de que llegaras, yo era como un muerto en vida. Respiraba,
comía, hablaba, sin embargo, estaba vacío por dentro. No le encontraba
sentido a la vida, creía que nunca más volvería a enamorarme y me parecía
bien, ya que la simple idea de entregar mi corazón a otra persona me
aterraba. Y entonces apareciste tú, desnuda en un lago y retándome con tus
enormes ojos azules. Fuiste la visión más hermosa que veré jamás.
»Por favor, mi amor, te necesito. No puedo dormir, apenas como y
siento que me estoy hundiendo en ese pozo negro del que me ayudaste a
salir. Te amo, Willow. Te quiero junto a mí. ―Apoyó la frente sobre el
colchón, desesperado.
―Solo si me prometes que no vas a hablarme de pozos durante una
larga temporada ―le respondió su esposa, con la voz enronquecida.
―¡Willow! ―exclamó, abrazándola contra él.
―¡Auch! ―se quejó, aún dolorida.
―Lo siento ―se disculpó―. Lo siento mucho, mi amor.
―No pasa nada, estoy bien.
―Mentirosa.
Sonrió débilmente.
―¿Qué me ha pasado?
Broc la miró reticente.
―Nada importante.
―¿Quién es el mentiroso ahora? ―le acusó―. Dime la verdad, por
favor.
Su marido suspiró.
―Parece ser que estabas embarazada y a causa de los golpes que
Graham te propinó, perdiste al bebé, cosa que te provocó una fuerte
hemorragia.
―Embarazada ―repitió, llevándose las manos al aún dolorido
vientre.
―No te preocupes por eso, ya vendrán otros bebés cuando tenga que
ser, y si no se puede, tampoco me importa. Yo solo quiero tenerte a ti a mi
lado, todo lo demás es secundario.
Will, sonriendo, posó una mano sobre su mejilla y le besó en los
labios.
―No lo he perdido, Broc, siento que el bebé aún está aquí. ―Tomó
la mano de su esposo y la colocó donde segundos antes estuvo la suya
propia―. Llevaba unos días sintiendo algo extraño, solo era una sensación,
pero esta aún no ha desaparecido, sigue dentro de mí y estoy convencida de
que es por el bebé.
―Willow…
―¿Acaso no confías en mí?
―Te confiaría mi vida si fuera necesario ―declaró con vehemencia.
―Te amo, Broc.
―Lo sé, aunque nunca podrás amarme tanto como yo a ti, inglesa
mía.
Epílogo
Un año después

Estaban celebrando la boda de Brenna y Ellar, y ambos novios se veían


radiantes de felicidad.
Will sostenía en sus brazos a su pequeño hijo, que aquel día cumplía
seis meses, ya que como ella le aseguró a Broc, y pese a los golpes que
Graham le dio en su estómago, el pequeño era tan luchador como sus
padres y se había aferrado a la vida con uñas y dientes.
Decidieron llamarle Gordon, como agradecimiento por todo lo que
este hizo por Will y el resto de la familia. Para Broc y para ella, aquel
anciano gruñón se había convertido en uno más de su familia, y en especial,
cuando por fin se decidió y se declaró a Euphemia. Después de que el ama
de llaves aceptó que también le amaba, se casaron aquel mismo día
aprovechando que el cura estaba de visita en el clan, y Gordon se instaló en
el castillo junto a ella.
A su lado, su prima sostenía a su hija recién nacida y se la mostraba a
su madre y a Alfred, el padre de Willow, que habían venido a pasar unos
días con ellas y, de paso, conocer a los dos nuevos miembros de la familia.
―No me puedo creer que las dos pilluelas que correteaban por los
pasillos de mi casa sean ahora estas mujeres hechas y derechas que tengo
frente a mí ―comentó Alfred, mirando con adoración a su nieto.
―Seguimos siendo las mismas personas ―le aseguró su hija.
―Aunque ahora somos madres y podemos entender toda la guerra
que llegamos a daros ―apuntó Prue, sonriendo.
―Y qué dos retoños tan preciosos nos habéis dado ―repuso Florence
emocionada, tomando en brazos a la pequeña Flora, que era como Prudence
llamó a la bebé en honor a su madre.
―Ven, madre, quiero presentarte a la familia de Ramsay ―le dijo
Prudence, que acababa de ver a la madre y a las cinco hermanas de su
esposo.
Cuando Willow se quedó a solas con su padre, este besó a su hija en
la frente con ternura.
―No esperaba encontrarte tan feliz, hija, y eso hace que cuando
vuelva a Inglaterra, esté mucho más tranquilo sabiendo que te dejo en
buenas manos.
Will le abrazó con un brazo, mientras con el otro sostenía a su
pequeño, que se entretenía jugando con uno de los mechones de su pelo.
―La verdad es que en estas salvajes tierras y entre esta gente
maravillosa he encontrado mi verdadero lugar en la vida.
―Es lo mejor que podías decirme ―le sonrió con cierta nostalgia en
la mirada―. Aunque yo te eche de menos cada segundo del día.
―Puedes quedarte aquí si lo deseas, padre.
El hombre negó con la cabeza.
―Del mismo modo en que este es tu lugar, la residencia Dankworth
es mi hogar, el que compartí con tu madre. No podría abandonarlo.
―Yo también te extraño, padre.
―Supongo que es ley de vida, algún día tú también tendrás que dejar
que el pequeño Gordon siga su camino.
―Aún no estoy preparada para pensar en ello ―repuso, apretándolo
contra su pecho―. Si por mí fuera, no querría que creciera nunca.
Alfred rio.
Vieron como Broc se acercaba a ellos con Bonnie corriendo delante
de él.
―¿Cómo está mi hermanito? ―preguntó la niña poniéndose de
puntillas para besar la regordeta mejilla del bebé.
―Creo que estaba esperando a que vinieras ―le dijo Will, viendo
como el pequeño se reía mirando a su hermana mayor. Estaba loco por ella.
―¿Puedo llevármelo a jugar? ―quiso saber Bonnie―. Angus me ha
dicho que le gustaría conocerlo.
Willow alzó los ojos hacia el jovencito de once años que esperaba al
otro lado de la explanada.
―No sé, Bonnie, Gordon aún es muy pequeño…
―Yo puedo acompañarlos ―se ofreció Alfred, guiñándole un ojo a
su hija.
―Bueno, está bien ―concedió, poniendo al bebé en los brazos de su
hermana―. Ten mucho cuidado, ¿de acuerdo?
―Lo prometo ―dijo, echándose a correr.
―¡Y no corras! ―le pidió a gritos, aunque Bonnie ya no la
escuchaba.
―Tenéis una bonita familia ―comentó Alfred, palmeando la espalda
de su yerno―. Y muchas gracias por cumplir tu palabra y cuidar de ella.
―No tenéis por qué darme las gracias, Alfred. Ella es lo más
importante para mí, junto a mis hijos, y daría mi vida por cualquiera de
ellos sin dudarlo un solo instante.
―Eres un buen hombre, Broc ―asintió Alfred, antes de dirigirse
hacia donde Bonnie y Angus estaban con su nieto.
―Parece que te has ganado a mi padre.
Broc la tomó por la cintura y la pegó a su cuerpo.
―Siento decirte que ya me lo había ganado antes de abandonar
Inglaterra con su descarada hija.
―Así que descarada, ¿eh? ―Se puso de puntillas y le mordió el labio
inferior, tirando con suavidad de él.
―Mucho, pero me encanta ―declaró, besándola con pasión.
En aquel momento, por su lado pasaron Euphemia y el viejo Gordon,
cogidos del brazo, e iban hablando con Muriel y el abuelo Hamish.
La madre de Broc parecía un poco más recuperada desde que su
nuevo nieto nació, de todos modos, se le estaba haciendo muy cuesta arriba
asimilar la muerte de su hijo pequeño, por muy terrible que fuera todo lo
que hizo.
―Parece que hoy tiene un buen día ―comentó Will, que se sentía
muy apenada por ella.
―Estar en familia y con amigos la ayuda a distraerse ―afirmó Broc,
mirándola con el rostro cargado de pesar.
―Aprenderá a ser feliz, pero necesita tiempo.
―Eso espero ―suspiró el laird, sintiéndose culpable del sufrimiento
de su madre, pese a que Graham no le dejara otra opción.
―¿Y qué hay de ti?
―¿De mí? ―Se volvió hacia ella con las cejas enarcadas.
―¿Eres feliz?
Sonrió y la besó nuevamente. Cuando la tenía cerca, no podía
evitarlo.
―Lo soy, mi amor. Muy feliz ―le aseguró―. Tengo todo lo que
quiero y no podría pedir nada más.
―Ni siquiera otros piececitos corriendo por casa.
―¿Otros…? ―Su sonrisa se amplió―. ¿Estás queriendo decir lo que
creo?
―Si lo que crees es que vamos a volver a ser padres… Sí, así es.
Broc soltó un grito de júbilo y tomándola por la cintura, la alzó en el
aire, haciéndola reír. Eran tan felices que dicha felicidad salía por los poros
de la pareja.
―Un nuevo Buchanan ―repuso con orgullo. Tomó la mano de su
esposa, besando la zona donde le faltaba el dedo―. ¿Eres consciente de que
me das mucho más de lo que durante años soñé que podría tener?
―Y no olvides que quien te lo está dando es una remilgada damita
inglesa ―bromeó, sintiéndose colmada de dicha.
―En fin, nadie es perfecto.
Willow le golpeó el pecho haciéndole reír.
―¿Y tú? ―le devolvió la pregunta―. ¿Has encontrado ese amor del
que hablan los bardos? ¿Ese amor que te hace sentir que tu alma pertenece a
la otra persona? Porque yo hace tiempo que descubrí cuan equivocado
estaba al afirmar que no existía esa forma de amar.
Willow le acarició el rostro.
―He encontrado eso y mucho más, amor mío ―le confirmó―. No
solo es mi alma lo que te pertenece, también lo es mi cuerpo y mi perpetuo
respeto. Eres mi amante y mi amigo. Lo eres todo para mí, Broc, por mucho
que seas un arrogante laird escocés.
Tras decir esto, volvieron a unir sus labios bajo el sauce de la ladera,
en una promesa silenciosa de que se amarían por toda la eternidad, dejando
su leyenda escrita para que, generación tras generación, todos conocieran a
la valiente novia inglesa que trajo la felicidad al gran laird Broc Buchanan,
un guerrero valeroso que gobernó a su clan sabiamente, un marido y padre
entregado, y el auténtico demonio escocés.

FIN
 
Books By This Author
HASTA QUE LLEGASTE TÚ
 
HASTA QUE LLEGASTE TÚ

Megan es la hija pequeña del laird MacLeod.

Meg es una joven valiente, impulsiva y una experta con el arco, muy
apreciada por toda la gente de su clan.

Pero toda su vida cambia cuando su hermana Aline muere de forma


repentina y tiene que tomar su lugar de ser desposada por Ian, laird de los
Mackenzie. Aquella boda había sido pactada hacía muchos años para traer
la paz a sus respectivos clanes y no llevar la unión a cabo, podría poner fin
a dicha tregua.

Pero Megan no se parece en nada a su dulce y sumisa  hermana mayor, por


lo que Ian deberá aprender a lidiar con aquella pelirroja, tan terca como
decidida.

¿Serán capaces de entenderse?

Sin duda Ian deberá recordar que jamás se puede enjaular a un ave salvaje.

PALABRA DE HIGHLANDER
 
Thane Mackenzie llevaba tres años luchando junto al David I, rey de
Escocia.

Gracias a su mente estratégica y a su inigualable forma de luchar, unido a


que siempre vestía de negro, se había ganado el sobrenombre del highlander
oscuro y era temido y respetado a partes iguales.

Margaret era la hija del laird Duncan Sutherland, un auténtico tirano, que
gobernaba a su pueblo y a sus hijas con mano de hierro.

Es por eso que cuando Duncan murió, Margaret decidió ocultarlo, pues se
negaba a casarse con el horrible pretendiente que su padre había elegido
para ella.

Sin embargo, tras años sosteniendo esa mentira, el clan se encontraba en un


precario estado de indefensión.

Así Margaret decidió enviar una carta al monarca regente, solicitando su


ayuda.

En cuanto recibió su mensaje, el rey llegó a una rápida conclusión, Thane y


Margaret, debían casarse.

¿Qué mejor forma de pagar los servicios prestados a Thane, que


ofreciéndole las extensas tierras de los Sutherland?

De ese modo también solucionaría el problema de Margaret, ya que, ¿quién


querría amenazar a un clan, en el que su laird fuera el highlander oscuro?

LA JOYA DE ESCOCIA
 
Escocia, año 1030.

Cuando Coira fue madre, una hechicera vaticinó que su hijo, Gawen,
moriría siendo el laird de su clan al cumplir los veinticinco años.

La mujer, incapaz de asimilarlo, le pidió que hiciera lo que estuviera en su


mano para salvarle la vida.

Es así como bendijo un medallón que protegería a su hijo, pero que


marcaría el destino de su clan, durante décadas.

Ahora, cien años después, Gwen, descendiente directa de Coira, es la


elegida para poner fin a dicha profecía de la mano de un hombre con la
marca de Caín en el rostro.

Cameron Mackenzie, el hombre en cuestión, se ve envuelto en mitad de


aquella descabellada historia en cuanto Ranald, actual laird de los Ross,
reparó en la cicatriz que cruzaba su ojo.

El hombre le explica que es necesario que acompañe a su hija en busca de


la joya hechizada y, que para ello, deberá contraer matrimonio con ella a
través de un rito de manos. Un enlace que les mantendrá unidos por un año
y un día.

Cameron nunca pensó en casarse, pero lo cierto es que aquella joven que le
miraba de forma desafiante representaba un reto para él.

¿Estarían preparados para llevar a cabo aquel viaje juntos?

Y lo más importante, ¿qué harían con el deseo creciente que existía entre
ambos?

ENAMORADA
 
Las hermanas Chandler llevaban varios años presentándose en sociedad sin
ningún éxito, ya que los posibles pretendientes las rehuían, pues la familia
Chandler era un tanto peculiar.

Un día, en una de las pomposas fiestas a las que su madre las obligaba a
asistir, Grace se vio atrapada en una de las típicas fechorías de su hermana
gemela y, quedó envuelta en un sinfín de mentiras, con una de los solteros
más codiciados de todo Londres.

James Sanders, duque de Riverwood, era un hombre serio, atractivo y con


una vida bien organizada. Podría tener a la mujer que quisiera y siempre
obtenía lo que pedía. Hasta que una joven descarada y testaruda volvió su
mundo patas arriba, sin que apenas pudiera darse cuenta.

¿Podría Grace salir ilesa del embrollo en que la habían metido?

¿Sería capaz James de no volverse loco y estrangular a aquella exasperante


mujer, como realmente deseaba?

Y, lo más importante, ¿podrían controlar el torrente de pasión que sentían


cada vez que estaban juntos?

MARIMONIO POR CONTRATO


 
MARIMONIO POR CONTRATO

Valentina de la Rosa acaba de cumplir treinta años, pero sigue viviendo


como cuando tenía veinte. Sin responsabilidades, de fiesta en fiesta, tan
solo preocupada por el modelito que lucir y ser la reina de todos los bailes.

Sus padres, hartos de su vida de excesos y derroche, le dan un ultimátum, o


se busca un trabajo para costearse sus gastos o se casa durante un plazo
mínimo año, tras lo cual le legarán una gran cantidad de dinero.

Eso la llevará a estar casada por error con Ángel, un hombre que ha
renunciado a la fortuna de su padre, por seguir su sueño de ser fotógrafo.

No pueden ser más diferentes. Ella, una pija de manual y él, un macarra que
vive como puede.

¿Serán capaces de no matarse durante el tiempo que dure su matrimonio por


contrato?

LA LEY DE LA SANGRE
 
Hace un año que Roxie ha comenzado a tener extraños sueños, en los que
ve lugares misteriosos, marcados con un singular símbolo. Lo más
chocante, es que todos aquellos sueños están relacionados con un guapo y
misterioso desconocido, que además posee… ¡Colmillos!

Será una aventura peligrosa, en la que al parecer, ella es la clave.

Cuando por casualidad descubre que la piedra de sus sueños es real, decide
ir en busca de respuestas y averiguar qué está pasando.

Es así como entrará en un mundo sobrenatural, hasta entonces, desconocido


para ella.

El juego ha comenzado, ¿te atreves a participar?

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