El indio y su perro en Tierra del Fuego
El indio y su perro en Tierra del Fuego
MANUEL ROJAS
PRIMERA PARTE
1
El indio y su perro
Una tarde de noviembre, cerca de la desembocadura del río Sin
Nombre en el Pacífico, un hombre y un perro, de pie uno, echado
el otro, parecían vigilar sobre una roca las entradas de los
estrechos que forman allí las islas del archipiélago.
La soledad y el silencio cercaban al hombre y al perro: al frente,
el mar y las islas; a sus espaldas, los altos picachos nevados y las
tierras inexploradas aún. Parados sobre la roca, a gitados por el
viento y salpicados por el rocío de alguna ola que reventaba con
fuerza, vigilantes, inmóviles, eran lo único humano que alentaba,
por allí.
—Indio —dijo el hombre—, ¿no viene el amo?
El perro levantó la cabeza y miró al hombre; se miraron un
instante los dos, y el animal, volviéndose hacia el mar, ladró
furiosamente, echándose luego a los pies del que lo interrogaba.
El hombre era alto, muy bien formado; su rostro tenía un suave
color aceituna pálido y sus facciones, aunque no
bien proporcionadas, no eran desagradables. Pelo negro, laxo y recio,
ojos negros también, algo sesgados, nariz ancha, pómulos un tanto
salientes y boca de labios gruesos.
Su cara, a pesar de aquellos duros rasgos que acusaban un origen indio,
daba una impresión de bondad. Era un hermoso ejemplar, uno de los
últimos de la raza que pobló antiguamente la Tierra del Fuego: la ona.
2
La infancia de Onaisín
ONAISIN NACIÓ en Onayusha, costa de los anas, Tierra del
Fuego, en las márgenes del canal Beagle, una mañana de enero.
Su padre era Tlescaia, un ona que alcanzaba casi los dos metros
de altura, poderoso de músculos, agilísimo y de muy mal
carácter. Su madre, una mujer obscura, Llaca,que vivía al lado
de Tlescaia como uno de los tantos perros que éste poseía. El
día que Onaisín nació, su padre andaba de caza por el interior de
la isla acompañado de varios indios. Cuando, con un guanaco al
hombro y seguido de su traílla, llegó al miserable chozo en que
vivía, la noticia de que la familia había aumentado durante su
ausencia no le hizo gracia alguna.
Tenía ya tres hijos, cuatro perros y una mujer, es decir, ocho
bocas que comían, sin contar la de él, máshambrienta que todas
las demás juntas; la caza era más difícil de día en día; los
hombres blancos aumentaban en la isla en número y en
rapacidad; el oro de los lavaderos de Sloggett y de Bahía
Valentín no les satisfacía; tampoco se conformaban con la caza
del lobo, y empezaban a apoderarse de las tierras y de los
animales; robaban alindio sus perros y a veces sus niños y sus
mujeres, y lo empujaban hacia el mar, más allá del canal Beagle,
hacia las islas inclementes cercanas al Cabo de Hornos o a las
desoladas de la salida occidental del Estrecho de Magallanes. ¡Y
todavía, como si todo eso no fuera bastante, le nacía un hijo más!
Quince días después Tlescaia cogió a su hijo en brazos, lo llevó
a la orilla del mar y sacándolo de la bolsa lo sumergió desnudo
en el agua. Se lo entregó después a la madre, llamó a los perros
y se marchó ‘hacia el interior de la isla. Con esta ceremonia
purificadora, que no logró matarlo, Onaisín quedó incorporado a
la vida social de la isla.
Su infancia se deslizó de manera espléndida. A los dos años ya
tenía nombre. Se le pusieron al cuello lindos-collares de conchas
y se le pintó el rostro de rojo y [Link]ía mimado por la
ternura materna, sin cuidarse del gran Tlescaia, que tampoco se
cuidaba de él.
Cuando empezó a dar pasitos y a balbucear algunas deesas
largas palabras de la lengua ona, comenzó la primera educación,
consistente en el aprendizaje de su idioma, tarea en la que
tomaron parte la madre y todas las amigas. Al cumplir los cinco
años era. ya todo un hombre y fue necesario pensar en cosas más
serias que corretear y comer. Tenía toda clase de preeminencias:
según el concepto familiar ona, un niño de cinco años, por el solo
hecho de ser varón y de tener cinco años, era muy superior a la
propia madre. Fue entonces cuando empezó a preparársele para
la alta misión que le estaba deparada a todo indio.
El abuelo fue el encargado de iniciarlo en el aprendizaje de la
dura vida indígena. Puso en sus manos el primer arco y la primera
flecha y enseñó al chico. su manejo. Onaisín.
demostró poseer excelentes cualidades de inteligencia y de
retentiva. En cuanto hubo muerto, de certero flechazo, su
primera avutarda, la educación pasó a la segunda época y
empezó a acompañar a los hombres, lleno ya de orgullo y
de ardor, en las excursiones por las veredas del bosque y
por lo. sendero. de la costa, para avezarse a las largas
marchas que el indio debía hacer para buscar su sustento.
Cuando el gran Tlescaia advirtió que su hijo más pequeño
podía valerme por sí solo para alimentarme y que no
necesitaba de mucha ayuda para prosperar, fijó en él su
atención. Y lo inició en la tercera época del Aprendizaje.
Empezaron entonces para Onaisín las grandes correrías,
las jornadas de aliento a la caza del guanaco, en las cuales
el joven ona dio principio al adiestramiento de sus
instintos y de sus sentidos.
Al poco tiempo se deslizaba como reptil por entre la
maraña del bosque, saltaba zanjas y precipicios, corría sin
fatiga horas enteras, burlaba a los recelosos vigilantes de
los guanacos, veía a varias millas de distancia el animal o
la persona que buscaba, reconocía las huellas de ols que
habían pasado semanas antes por donde pasaba él,
husmeaba el mis ligero olorcillo de los alrededores y
volvía al wigwam familiar, desde muy lejos, con pesadas
piezas de caza al hombro.
En medio de la vida heroica de su raza, en un clima
riguroso, el joven indio me desarrollaba. A los siete años
su cuerpo era como un alerce joven, elástico y esbelto,
pleno de vigor y de fuerza, y mus pequeños ojos, llenos de
malicia y de precocidad, chispeaban de orgullo cuando su
padre alababa con parquedad alguna de sus labores.
3
Llegan los blancos
4
Las primeras aventuras de Onaisín
EN EL barco empezó la civilización de Onaisín. Lo
primero que hicieron fue cortarle el pelo y bañarlo,
luego vestirlo. Se le dieron ropas nuevas y se le
enseñó a ponérselas y usarlas. Todo lo admitió y todo
lo adoptó entusiasmado. Lo único que rechazó fueron
los zapatos. Lo inmovilizaban: sentirlos en los pies y
quedarse invalido era todo uno. No había quién le
hiciera dar un paso y en vano los marineros bailaban
y zapateaban ante él para demostrarle la utilidad y la
inofensividad del calzado. Onaisín lo rechazó
rotundamente y sólo con el tiempo sus pies se
habituaron a ellos. Vino después el aprendizaje del
idioma, aprendizaje que estuvo a cargo de la
tripulación, la cual le repetía una palabra,
sistemáticamente, hasta que llegaba a pronunciarla
bien. Prosperó en todo, con gran alegría de los
marineros, que lo apreciaban mucho. Su trabajo, a
causa de sus escasos conocimientos, era reducido y
casi se limitaba a servir al capitán y al cocinero en
pequeños menesteres. Estos dos hombres eran para
Onaisín la flor de todos los demás hombres, sus
dioses. El uno era la autoridad; el otro, la
alimentación. En Punta Arenas fue bautizado con gran
pompa. Le sirvieron de padrinos el capitán y el
cocinero y después de mucho discutir le pusieron un
nombre que satisfizo a todos: Onaisín Errázuriz.
5
Onaisín tiene otro amo
AQUELLA noche la fortuna les había sido adversa. Ningún
ebrio se veía en las calles. Iban ya de vuelta al barco, cuando,
al pasar frente a una taberna, vieron que un hombre salía hacia
la calle. Tropezó al salir y eso les hizo creer que estaba
borracho. No lo siguieron mucho tiempo. La impaciencia los
acicateaba. Al doblar la esquina, Onaisín se acercó al hombre
y cogiéndolo por el cuello quiso inmovilizarlo. Pero el
atacado, con gran sorpresa de Onaisín, se dio vuelta con
rapidez asombrosa y antes de que el indio pudiera escapar o
ponerse en guardia recibió un formidable puñetazo que lo
estrelló contra la pared. Sus compañeros, asustados, huyeron
y él se quedó inmóvil, arrimado a la muralla. El hombre se le
acercó y, poniéndole una mano sobre el hombro, le dijo con
voz en que se notaba el acento inglés —¿ Qué buscas,
amiguito Onaisín no contestó. —¿Estás asustado, no? Ven,
quiero ver tu cara. Lo arrastró hacia la cantina y lo hizo entrar
de un empujón. A la luz del farol colgado en el techo se
miraron los dos. —¡Un indio! Bien, muy bien. ¿Te han
enseñado á asaltar a la gente? Y eres joven, casi un niño.
¿Cómo te llamas’ Contesta. —Errázuriz. El hombre rompió a
reír. — ¡ Errázuriz! No esperaba encontrarme aquí con un
pariente del Presidente de Chile. Se rió de nuevo y Onaisín
comprendió que se burlaba. .— Llámame Onaisín. —¡Ah,
Onaisín! Tienes el nombre de tu tierra... ¿Te has que. dado
sorprendido? Sí, amiguito, se necesita un brazo más fuerte
que el tuyo para atrincar a Sam Cocktail. Tú no conoces a Sam
Cocktail y estás disculpado. ¿Quieres beber algo? —No. —
¿Qué quieres, entonces? ¿Que te entregue a la policía? —
Llévame contigo. Onaisín adivinaba que en aquel ‘hombre
alto, rubio, de gran barba y bigote, que hablaba tan recia y
francamente, se encarnaban las virtudes de sus dioses
desaparecidos: la autoridad y la alimentación, tal vez la
bondad. —¿Que te lleve conmigo? No está mal. Pretendes
asaltarme y en seguida, como recompensa, me pides que te
lleve conmigo. ¿Y dónde quieres ir? Yo soy marino. ¿ Sabes
algo de eso tú? —Sí, marinero. Mucha fuerza, trabajo y
amistad. —¡Ah! Fuerza, trabajo, amistad, lindas palabras. ¿
Eres tú capaz de ellas? —Si. Andrés, cocinero, y Alberto,
capitán, me enseñaron.
7
Los tripulantes del “Sam Cocktad”
LLEGO LA noche y con ella la soledad y el silencio. Sólo se
oía el rumor del río que se deslizaba rozando las inclinadas
ramas de los árboles. Con la obscuridad, ‘la selva parecía más
apretada e inextricable. La noche era resplandeciente. —¡Qué
noche! —dijo Smith, que pelaba papas sentado en la
cubierta—. Parece que estuviéramos en uno de los canales
fueguinos. ¡ Eh, Queltehue! ¿Cómo anda ese puchero? —
Bien, patrón —contestó el aludido, desde la cocina—. Los
patos se están cociendo calladitos. Cerca de Smith estaban
sentados Onaisín, Enrique y Hernández. Un farol los
iluminaba con su luz rojiza, de arriba abajo, dándoles el
aspecto de figuras de aguafuerte. Se destacaba la cabeza de
Enrique Stewart, rubio, tostado el rostro, de bigote y barba
corta. Sus ojos verdes miraban plácidamente. Era alto, casi
delgado. Como su padre, el viejo Sam Cocktail, su lema era:
confianza. Estaba bien educado. De su educación física se
ocupó en su tiempo Onaisín. Luchando con el indio cuando
aún eran muchachos y esforzándose por vencerlo, cosa que no
logró nunca, pues el indio era tan ágil como un perro fueguino
y tan fuerte como los hombres de su raza, Enrique adquirió la
destreza para las luchas cuerpo a cuerpo, los movimientos
hábiles de la defensa y los sorpresivos golpes del ataque.
Además, la vida errante que después de la adolescencia había
llevado en compañía del inseparable indio y de Smith, por las
islas y canales de Tierra del Fuego, ya a caza de los últimos
lobos de dos pelos en las roquerías azotadas por el viento
sudueste, ya buscando oro o cazando nutrias y guanacos,
había desarrollado poderosamente su cuerpo. Su educación
moral se había reducido al cultivo de los sentimientos que,
según su padre, formaban la base del carácter del hombre: la
bondad, la energía, la confianza. Al morir Sam Cocktail dejó
a Enrique una casa en Punta Arenas, un buen montón de
pepitas de oro,- algo de dinero y el prestigio de su nombre.
Vivió un tiempo tranquilo, en compañía de Onaisín, hasta
que, llegado a los dieciocho años, pensó en trabajar. Smith,
que había sido socio del viejo Stewart, le propuso asociarse
para negociar en cueros, oro, maderas y pieles. Tenía un
cutter, “El Petrel”,_ comprado con el producto de las
ganancias que las expediciones hechas con el padre de
Enrique le habían rendido. Al asociarse los tres, pues también
Onaisín entró en la combinación, cambió el nombre del cutter
por el de “Sam Cocktail” y durante varios años recorrieron la
región austral, ganándose la vida del mejor modo posible. —
¡Eh, Queltehue! —gritó al rato Smith—. Desde aquí veo que
te estás comiendo las mejores presas de los patos. —¡Chis,
patrón, qué buena vista tiene! Ni siquiera he probado los
volátiles. —Ahí van las ....... Se levantó Smith y echó a andar
hacia la cocina. Sus gruesas botas resonaban en la cubierta.
Entregó las papas al cocinero y se desperezó gozoso. Era un
hombronazo el viejo Smith. Vigoroso, roja la faz, con la gran
barba dorada, las anchas espaldas y las firmes piernas,
Parecía, a pesar de los años, la encarnación de algún viejo dios
de la fuerza y de la aventura. ¿ Quién podría contar la historia
de su vida? Sería como pretender contar la historia del mar,
tan amplia, tan variada era. ¿En cuántos veleros navegó?
¿Cuántos naufragios tuvo? ¿Cuántas fortunas ganó y cuántas
derrochó? El mismo no lo recordaba ya. Era inglés de origen;
su nacionalidad era indefinida. —Yo nací en las Malvinas
bajo la dominación argentina. Mi padre era inglés y mi madre
española. Ahora la isla es inglesa. ¿Puede usted decirme,
caballero, cuál es mi nacionalidad? Su amistad con el pad e
de Enrique databa desde los años de infancia. Ambos nacieron
en Puerto Stanley y juntos empezaron a trabajar y correrla.
Esta amistad, a pesar de las dilatadas separaciones, fue
siempre inalterable. Sólo una vez en su juventud riñeron, y
duramente, por los bellos ojos de la que había de ser madre de
Enrique. Smith, que era el más fuerte, zurró de lo lindo a Sam
Cocktail, no sin recibir también su buena parte, pero, a pesar
de ser el vencedor, la muchacha se decidió por el otro. Cuando
Smith, después de vagar por todo el mundo, volvió a su tierra
natal, se encontró con Sam, y ambos decidieron trabajar
juntos, cosa que hicieron hasta la muerte del segundo. —
Bueno, caballeros, a la mesa —gritó en ese momento
Queltehue. Se levantaron y pasaron a la cámara de proa,
donde Queltehue, ayudado de Onaisín, había dispuesto la
mesa. Queltehue servía la comida. Onaisín atendía la mesa.
Queltehue era famoso por sus virtudes culinarias, tan famoso
como por su hambre insaciable. Era flaquísimo, muy alto, la
cara huesuda y coronada por una revuelta cabellera roja que
daba a toda su persona una desgalichez realmente cómica. La
ropa le quedaba siempre corta, el pantalón estaba como a
veinte centímetros de sus tobillos y el ruedo de las chaquetas
llegaba nada más que a la cintura, mientras las mangas le
subían hasta el codo. Ningún apodo le cuadraba tan bien como
el de queltehue: sus pasos largos y ciertas agachadas de los
‘hombros al caminar de prisa o al correr, le daban apariencias
de tal ave. Desde hacía tiempo era compañero - de Smith, que
lo apreciaba y quería mucho porque hallaba en él todas las
virtudes y un solo defecto: su apetito extraordinario; porque
Queltehue, a pesar de su constitución física endeble y su
aspecto esmirriado, era un glotón feroz. Sentado a la cabecera
de la mesa, Ricardo Hernández comía pausadamente. La luz
le daba de arriba abajo, iluminando la parte superior de su
cabeza alargada, cubierta de pelo castaño, liso y muy corto,
que se detenía en la línea larga y precisa de la alta frente. Era
más pequeño que cualquiera de los que allí estaban y tan
delgado como Queltehue, aunque elástico y decidido. en los
movimientos. Nadie lo conocía. Enrique y Smith trabaron
amistad con él en el desmantelado muelle de Ancud, y
hablando, hablando, le contaron el objeto de su estadía allí y
los planes qué pensaban desarrollar. Se ofreció como socio, y
ellos, que tenían intención de buscar uno, lo aceptaron.
Aportó su dinero y, llegado el día de partir, llegó al muelle
con sus bártulos y se embarcó. Ni una palabra sobre su vida
anterior, ni un detalle, nada. Únicamente sabían, que era
español y que se llamaba Ricardo Hernández. Tal era, por lo
menos, el nombre que había dado.
8
El derrotero
DESPUÉS de la comida, los cinco hombres subieron a
cubierta. La selva estaba quieta, sin un ruido, un movimiento.
Sólo el mar tronaba a lo lejos. —¡ Que soledad y qué silencio!
—refunfuñó el viejo Smith mientras preparaba la pipa—. Es
como para desanimar a cualquiera. Esto tiene mas encanto
que las noches de las penínsulas fueguinas. ¿No es verdad,
Enrique? Cada uno buscó su comodidad en la cubierta.
Onaisín se fue a proa y se tendió al lado del perro, que
dormitaba y movía de vez en cuando las alertas orejas.
Enrique y Smith se sentaron en los rollos de cuerdas;
Queltehue, en el suelo, afirmado en el palo mayor del cutter,
pestañeaba mirando hacia la noche. Hernández ocupó la única
silla disponible. Una gran estrella corrió por el cielo. Hazte un
nudo en el pañuelo, Onaisín —gritó Queltehue—. Trae suerte.
El indio no contestó. Un pesado silencio envolvió a los
hombres. Sólo se oía el ruido que hacia la pipa de Smith, ya
casi concluida, al ser aspirada. —Está roncando la pipa.
Vamos a dormir. Y Queltehue desapareció en la obscuridad,
en busca de su nidal. Sólo quedaron en cubierta Smith,
Enrique y Hernández. Onaisín, alejado de ellos, tendido al
lado de Indio, no se movía, durmiendo acaso o acaso
pensando o recordando. El indio era taciturno de por sí y lo
era más aún en presencia de personas extrañas. —¿Cuándo
nos pondremos en marcha? —interrogó Hernández. —Pasado
mañana —contestó Enrique—. Llevaremos provisiones para
dos meses, aunque creo que con llevar para un mes seria
bastante; ropas, herramientas, armas. En los caballos que
traemos se puede trasladar todo perfectamente. Haremos
marchar adelante a Onaisín con las instrucciones necesarias.
—¿Es fiel el indio? ¿Tienen confianza en él? —Más que en
nosotros mismos —respondió Smith—. Por lo demás, no
corremos ningún peligro. El país está deshabitado, más que
deshabitado, inexplorado en gran parte. Hay caza en
abundancia; agua, buen tiempo. Lo que es peligroso es el
camino en la selva; no peligroso, fatigoso. No hay huellas ni
caminos; tendremos que marchar guiados por nosotros
mismos, y si, como me parece, estos bosques son como los de
Tierra del Fuego, nos divertiremos bastante. Yo he andado
por bosques, cerca del canal Beagle, horas y horas, sin tocar
el suelo con los pies, deslizándome por encima de los árboles
caídos y desmenuzados por el tiempo y la humedad. Un
resbalón es peligroso. O se rompe uno la cabeza o queda
enterrado en una especie de barro vegetal. Quiera Dios —
concluyó— que no nos toque atravesar muchos bosquecitos
de esa clase. Los caballos, las mulas, las carretas, son inútiles
allí. Hay que transportarlo todo al hombro... —Pero ¿cómo es
posible que en una zona casi virgen, inexplorada si se quiere,
peligrosa por lo desconocida, alguien haya señalado la
existencia de una riqueza mineral y, lo que es más extraño,
dejado un derrotero escrito? —No se extrañe de ello, amigo
Hernández. Chile es el país de los derroteros, y allí, en la parte
más sola, más abandonada del país, más inclemente, si uno se
dedica a buscar, encontrará una leyenda, una historia, a veces
verídica y a veces falsa, de fantásticas fortunas. Tanto en el
sur como en el norte, más en el norte, la imaginación popular
ha llenado las montañas, los valles, los desiertos y hasta el
mar de fabulosos derroteros. Y lo peor es que en el fondo de
muchas de esas fantasías suele haber algo de verdad; más
todavía, son verdad. ¿Quién hubiera creído que la leyenda
sobre los yacimientos auríferos de Tierra del Fuego fuera un
hecho cierto? Nadie. Al principio nos encogimos de hombros,
riéndonos de los pobres diablos que hablaban de eso. Sin
embargo, había oro. Y ahí están la bahía de Sloggett, El
Páramo y tantos otros lavaderos, que en pocos años rindieron
más de un millón de gramos de oro. —¿Y en qué forma se
encontraba el oro? —En forma de pepas, entre la arena del
mar. —Bueno, hablemos de nuestro derrotero —dijo
Hernández sonriendo.
9
Candelario Campillay
—HACE AÑOS, cuando en Tierra del Fuego estaban en
plena explotación los lavaderos de oro, llegó allí, venido del
norte, un minero llamado Candelario Campillay, medio indio
y medio mestizo. Fue mi amigo y después mi compadre.
Poseía en Copiapó unas treinta minas de distintos minerales,
pero todas ellas pequeñas y retiradas unas de otras, lo cual le
impedía trabajarlas, aunque eran de ley alta. Además, no tenía
dinero para iniciar siquiera una mediana explotación. Creyó
que en Tierra del Fuego encontraría el dinero que necesitaba,
y se vino. Hicimos varios viajes en busca de grandes
yacimientos; pero en ese tiempo se habla recorrido ya metro
por metro toda la región y no era fácil que encontraríamos lo
que otros tan listos como nosotros no encontraron. cientos de
hombres recorrían las costas, hurgando, buscando. Sin
embargo, algo encontramos, pero no fue bastante. Pero como
mi compadre Candelario era porfiado y cómo, por otra parte,
era hombre que en oyendo hablar de minas perdía la cabeza,
y era paz de andar leguas y leguas sólo con la esperanza de
encontrar una yeta .o un filón, volvió a la carga. Le habían
hablado de un río y fue en busca del río. Descartado el Palena,
quedaba el Aysén; explorado el Aysén hasta donde pudo,
restaba el Sin Nombre. Hacia aquí vino acompañado de un
chilote que conocía la región. Sufrieron lo indecible, pero
encontraron oro; no en gran cantidad, pero casi lo bastante
para compensar el viaje. Se. enfermó y tuvo que descender el
río. Hubiera vuelto a subirlo, pero se agravó y se fue a sus
tierras del norte. Murió poco después. Antes de morir me
escribió, aconsejándome que hiciera un viaje por estos lados
y dándome, más o menos, una dirección fija del camino
seguido por él, añadiendo que mientras más al sur se buscara,
.más probabilidades había de encontrar oro o platino... Eso es
todo. —¿Y cuál es el plan de ustedes? —Pensamos remontar
el río hasta donde se pueda y después desviarnos y caminar
hacia el sur. Hay en esta región innumerables lagos, algunos
muy grandes, que dan nacimiento a pequeños o grandes ríos,
arroyos y torrentes. ¿Quién sabe si en alguno...? —
Verdaderamente —sugirió Hernández—, no es un negocio a
ojos vistas. —No; es aventurado, y para intentarlo se
requieren gran paciencia y tiempo. Sin embargo, usted está a
tiempo de retirarse. —No, me es lo mismo encontrar algo o
no encontrar nada. —Muy bien; vamos a dormir. Mañana
hablaremos más, aunque lo importante no es hablar, sino
ponernos en camino. —Marcharemos —dijo Enrique—. Me
siento ya algo enmohecido. Buenas noches. Se levantó y fue
a sentarse al lado de Onaisín. Onaisín... —¿Qué hay, Enrique?
—¿Qué haces? —Miro el cielo y el bosque. Mira, allá está
Sasiulp, luz de los ojos en mi lengua nativa, más brillante y
más lejana que nunca; es la estrella de la medianoche. Y
Onaisín señalaba a Sirio que avanzaba hacia el amanecer. Al
otro día, temprano, mientras Queltehue preparaba el
desayuno, empezaron a empaquetar y cargar en los caballos y
en el bote pande del “Sam Cocktail” lo que necesitarían en la
expedición. Todo fue elegido y contado por Smith, jefe del
grupo. En honor de su mayor conocimiento y práctica en tales
excursiones, le dieron ese cargo. Enrique era el encargado de
la marcha, el director de ruta. Queltehue era el jefe de
alimentación, y Onaisín, el guía. Ricardo Hernández recibió
el título de consejero. Indio era el guardia y el proveedor de
caza fresca. Todo quedó listo ese día. Ni un detalle se escapó.
A la mañana siguiente, muy de madrugada, Enrique y Onaisín
amarraron sólidamente el “Sam Cocktail”, cerraron bien las
puertas y lo cubrieron con gruesas y largas ramas. A las ocho
de la mañana, Smith gritó desde el bote: —¡Andando!
10
¡Andando!
LA CARAVANA se puso en movimiento. Enrique y Onaisín
marcharon por la orilla derecha del río, y Hernández y
Queltehue, arreando los pequeños caballos chilotes, por la
izquierda. Smith avanzaba por el río en el bote. La corriente
no era fuerte .y se podía navegar con facilidad. Onaisín, con
su rápido paso y seguido del perro, dejó pronto atrás a sus
compañeros. Indio corría, deslizándose por entre los árboles
o por la orilla del río. Así marchaban cuando, desde lo
profundo del bosque, llegó a los oídos del indio y del perro un
ladrido claro y fino. Onaisín se detuvo, y el perro, parándose
también en actitud de sorpresa, prestó atención. Un ladrido
casi significaba la presencia del hombre. Onaisín preparó la
carabina y animó al perro. Pero el ladrido dejó de oírse. Indio,
desorientado, miraba hacía todas partes, volviendo de vez en
cuando la cabeza ‘hacia su amo como pidiéndole consejo o
tomándole parecer. Pasaron un rato escuchando, y cuando
Onaisín, creyendo haber oído mal, iba a avanzar, se oyó
nuevamente el ladrido, pero esta vez en dirección contraria a
la anterior. Se detuvieron. Nada. Ni un ruido de pasos o de
voces. —¡Busca, Indio! —gritó Onaisín. El perro dio una
vuelta sobre sí mismo para orientarse y salió disparado.
Apenas desapareció el perro en la espesura, el ladrido cesó,
como si el perro que ladraba se hubiera asustado por la
presencia de Indio. Pasó un gran rato, durante el cual Onaisín,
oculto tras el grueso tronco de ‘un árbol, esperó oír los
ladridos de su perro indicándole haber descubierto al can que
ladraba o a algún hombre. Pero el perro volvió, callado, sin
dar señal alguna de agitación, indicio de que su búsqueda
había sido infructuosa. Se plantó delante de su amo y le miró
como diciéndole: “¿ Qué hacemos?” Onaisín acarició la
cabeza del animal. —Se están riendo de nosotros, Indio;
vamos. Marcharon de nuevo. Dos o tres veces oyeron aún los
ladridos, finos y claros; pero por más que buscaron no
pudieron encontrar nada. Cuando llevaban ya unas cuatro
horas de marcha, sonó, detrás de ellos, lejos, un disparo. —
Nos avisan que volvamos. Retrocedieron, encontrando a los
compañeros entregados a la tarea de preparar el almuerzo.
Queltehue entraba en funciones. —¿Qué hay? —preguntó
Smith. —Nada de particular —contestó Onaisín—. El camino
es más o menos bueno. Lo único que nos ha pasado es que -
hemos sentido ladridos y no hemos podido encontrar rastros
del perro que ladraba ni rastros de hombres. —¿Ladridos?
¡Qué raro! ¿No será algún perro salvaje? Me han contado que
por este sitio suelen encontrarse perros en ese estado. —No,
porque hubiera dejado por lo menos rastros en la tierra
húmeda. —Pues arriba de los árboles no estará —dijo
Queltehue. —¿Arriba de los árboles? ¡Ja, ja, ja! —rió a grito
pelado Enrique y todos le imitaron. Pero apenas cesó la risa,
cerca de ellos, muy cerca, el perro invisible volvió a ladrar.
Se quedaron todos inmóviles y silenciosos, mirándose. —
¡Diablo! —dijo Queltehue—. ¿Dónde está el perro? ¿ O será
que alguno de ustedes ladra con la barriga, como hacía el
gringo del circo en Punta Arenas? —No —gritó Hernández—
. Allí, allí está. Y señalaba hacia un tronco de árbol caído, a
veinte metros de distancia. Miraron todos, y, efectivamente,
parado sobre el carcomido tronco vieron al animal que
ladraba. Pero no era ningún can salvaje. Un pajarilla de color
obscuro, del tamaño de una tórtola, los miraba irónicamente
mientras dejaba escapar de su garganta un redoble de breves
ladridos. La sorpresa de los aventureros se trocó en hilaridad.
Reían estruendosamente. El único que continuaba
sorprendido era Indio, quien de seguro no comprendía cómo
un pajarilla tan insignificante podía emitir ladridos que sólo
le estaban permitidos a su especie. Sin embargo, su sorpresa
no duró mucho rato; lanzó un furioso ladrido y se abalanzó
hacia el atrevido cantor; pero el pájaro dio media vuelta,
levantó la cola y abriendo las alas desapareció entre los
troncos y el ramaje. — ¡ Por mi madre! —exclamó Smith—.
Ahora me acuerdo que el chilote Barrientos me cantó, hace
años, que en su tierra había un pájaro que ladraba y que ellos
llaman guid-guid. Los ingleses lo llaman pájaro ladrador. ¡
Qué plancha! —¡Eh, Indio! —gritó Queltehue al perro, que
volvía con aspecto de mal humor—. ¡ Convida a cazar
guanacos a ese perrito! El comentario duró durante todo el
almuerzo. Terminado éste, la marcha se renovó y Onaisín y el
perro volvieron a tomar sus puestos de avanzada. Enrique,
Queltehue y Hernández continuaron arreando los pequeños
mampatos y Smith navegaba río arriba. En algunas partes, ya
separados, ya formando grupos, se alzaban enormes árboles
de cincuenta o mas metros de altura, con troncos que
alcanzaban a los cinco metros de diámetro. Algunos llegaban
con—¿Arriba de los árboles? ¡Ja, ja, ja! —rió a grito pelado
Enrique y todos le imitaron. Pero apenas cesó la risa, cerca de
ellos, muy cerca, el perro invisible volvió a ladrar. Se
quedaron todos inmóviles y silenciosos, mirándose. —
¡Diablo! —dijo Queltehue—. ¿Dónde está el perro? ¿ O será
que alguno de ustedes ladra con la barriga, como hacía el
gringo del circo en Punta Arenas? —No —gritó Hernández—
. Allí, allí está. Y señalaba hacia un tronco de árbol caído, a
veinte metros de distancia. Miraron todos, y, efectivamente,
parado sobre el carcomido tronco vieron al animal que
ladraba. Pero no era ningún can salvaje. Un pajarilla de color
obscuro, del tamaño de una tórtola, los miraba irónicamente
mientras dejaba escapar de su garganta un redoble de breves
ladridos. La sorpresa de los aventureros se trocó en hilaridad.
Reían estruendosamente. El único que continuaba
sorprendido era Indio, quien de seguro no comprendía cómo
un pajarilla tan insignificante podía emitir ladridos que sólo
le estaban permitidos a su especie. Sin embargo, su sorpresa
no duró mucho rato; lanzó un furioso ladrido y se abalanzó
hacia el atrevido cantor; pero el pájaro dio media vuelta,
levantó la cola y abriendo las alas desapareció entre los
troncos y el ramaje. — ¡ Por mi madre! —exclamó Smith—.
Ahora me acuerdo que el chilote Barrientos me cantó, hace
años, que en su tierra había un pájaro que ladraba y que ellos
llaman guid-guid. Los ingleses lo llaman pájaro ladrador. ¡
Qué plancha! —¡Eh, Indio! —gritó Queltehue al perro, que
volvía con aspecto de mal humor—. ¡ Convida a cazar
guanacos a ese perrito! El comentario duró durante todo el
almuerzo. Terminado éste, la marcha se renovó y Onaisín y el
perro volvieron a tomar sus puestos de avanzada. Enrique,
Queltehue y Hernández continuaron arreando los pequeños
mampatos y Smith navegaba río arriba. En algunas partes, ya
separados, ya formando grupos, se alzaban enormes árboles
de cincuenta o mas metros de altura, con troncos que
alcanzaban a los cinco metros de diámetro. Algunos llegaban
con sus follajes hasta la mitad del río. Hacia adentro del
bosque la quila se extendía profusamente, formando selvas
tan enmarañadas que ni las hachas podían entrar en ellas. —¡
Qué arbolitos! —comentaba Smith a la hora de la comida—.
Nunca los había visto tan magníficos. Es cierto que en Tierra
del Fuego los hay, pero no tan soberbios. —Comparados con
éstos, aquellos son pequeños. La tarde había transcurrido sin
novedad alguna, y la noche, inmensa, se abatió sobre los
bosques. Alzaron una carpa a la orilla del no y allí
pernoctaron. Al otro día, temprano, reanudaron la marcha. El
camino era pesado. Pero, poco a poco, se avanzaba. Todo
continuaba igual. Ni el menor rastro de vida humana; soledad,
silencio, bosques, agua, pájaros, a veces rastros de pumas o
de venados... Y así durante varios días.
11
Habilidades de Indio
—HOY HAY que cazar algo —indicó Queltehue una mañana
a Onaisín—. Llevamos muchos días comiendo puros
vegetales. A ver si traes algún guanaco, o algún cordero,
aunque más no sea. —Te traeré algo, tragón. Vamos a cazar,
Indio. El perro corrió delante de Onaisín. —¡Busca, busca!
Era el grito de caza. Pronto, las bandadas de gansos y de
cisnes empezaron a pasar sustos. Indio, con el vientre pegado
a tierra, se arrastraba hasta llegar cerca y saltaba sin ladrar.
Un ganso y un cisne cayeron entres. sus colmillos. Pero Indio,
después de tanto tiempo sin cazar, no se conformaba con un
resultado tan escaso. Abandonó la orilla del río y se internó
en el bosque, en busca de caza mayor. Onaisín se detuvo. Pasó
un largo rato sin que el perro diera señales de vida. Los
hombres de retaguardia alcanzaron a Onaisín y se de. tuvieron
también. El indio se internó en el bosque siguiendo el rastro
del perro. Un momento después se sintió ladrar, y a unos cien
metros de donde se encontraban los espectadores, en un sitio
claro del bosque, apareció un venado. Se detuvo mirando
hacia todas partes, y al ver que por un lado lo atajaba el río y
por el otro lo seguía el perro, dio media vuelta y huyó hacia
arriba. Indio apareció en la orilla del claro. Casi en el mismo
instante Onaisín hizo fuego, sin dar en el blanco. Indio iba ya
muy cerca del venado; lo alcanzó y corrió a parejas con él,
hasta que al fin, al intentar el perseguido torcer el camino, el
perro, adelantándose, saltó a su pescuezo. El pobre animal
corrió un trecho más, con Indio colgando él, hasta que,
vencido, cayó de rodillas. —¡Bravo, Indio! Un solo grito salió
de la garganta de todos. Onaisín se apresuró a separar al perro
del venado y cogiendo a éste de las patas lo arrastró hacia
donde se habían detenido los camaradas. —¡Linda caza! —
¿Es un huemul? —No, un venado; los huemules no crecen
tanto. Era un venado, robusta y elegante bestezuela, de
piernas finas y largas, pelaje amarillo obscuro, cabeza
pequeña y alargada. Indio ladraba dando vueltas alrededor de
su presa, vibrante todavía por el entusiasmo de la caza.
Aquella noche, Queltehue, con todas las provisiones cogidas
en el día, presentó un menú extraordinario: cazuela, filetes,
tortilla. Un opíparo banquete. Mientras comían, Smith habló
del perro: —Debemos a Indio esta comida fuera de programa
y es justo que le demos una buena ración. Este perro, señores,
tiene un árbol genealógico purísimo. Mirémoslo con respeto.
No es un mestizo cualquiera. Han de saber ustedes que los
indios de Tierra del Fuego no tienen mejor compañero que su
perro. Les sirve de todo: desde proveedor de caza hasta de
estufa. Más de una vez Sam Cocktail, que no era ningún
inválido, pudo comer gracias a su perro. Lo quería más que a
sus camaradas de trabajo. Acostumbrado a la vida marinera,
el perro adquirió las habilidades del caso. Andaba como un
gato por las bordas del cutter, subía con toda facilidad por las
escalas de cuerda y servia de vigilante en los puertos y de
vigía en los viajes. “Cuando yo me junté con Sam Cocktail,
andaba Ricardo preocupado por el perro: el animal envejecía
y engordaba. Sam temía que muriera sin dejar descendencia.
Nos pusimos a buscarle una esposa que le diera digna
sucesión.
12
El indio Santiago
—EN LA Bahía Tecenika vivió durante largos años un alacalufe o
yagán, no me acuerdo qué era, que se llamaba Santiago y que
poseía una excelente crianza de perros fueguinos. Cuando algún
barco fondeaba allí, Santiago, acompañado de algunos de sus
perros, subía a bordo, en procura de algún regalito o con el afán de
cambiar cueros de nutría por aguardiente, ropa o pan. Siempre
sacaba algo. La gente de mar era cariñosa con los indios. Un día
acompañado de su mejor perro, subió a bordo de un barco y no
faltó quien se interesara allí por el animal, ofreciéndole lo que
pidiera a cambio de él; pero Santiago se negó a separarse de
compañero. Entonces el interesado empezó a acariciar al perro le
dio carne y pan; éste comió de buena gana, aunque sin dejar de
gruñir y de mirar a su amo; pero, en un momento de descuido,
encerraron al can en un camarote; cuando llegó el momento de
zarpar, Santiago fue arrojado del barco, sin que sus quejas,
lamentaciones y lágrimas ablandaran a los taimados. El indio
siguió al barco en su piragua, gritando, y amenazando para que le
devolvieran su perro; todo resultó inútil y muy pronto fue dejado
atrás. “Sin embargo, el ladrón no contaba con la fidelidad .y el
instinto del perro; algunas millas adelante, al darle libertad, el
animal salió corriendo, saltó con toda ‘holgura la borda del barco,
ganó la costa a nado y corrió por la orilla hasta encontrar la canoa
de su amo. Este suceso sugirió al indio Santiago la idea de valerse
de sus. perros para procurarse alimentos y ropas. Los amaestró en
ese sentido, y cuando llegaba algún barco a su bahía, subía a bordo
con alguno de sus aleccionados animales. Aceptaba
inmediatamente propuestas por la compra del perro, y después de
echar a su piragua lo recibido, se despedía de él abrazándolo y hasta
llorando, aunque riendo por dentro. Partía el vapor y el perro seguía
a su nuevo amo, haciéndole fiestas y gracias como si lo conociera
de antiguo; pero a los pocos momentos tomaba carrera, saltaba por
la borda e iba a reunirse con Santiago, que lo esperaba feliz con la
ganancia tan fácil y tan ladinamente adquirida. “Un día acertamos
a pasar por ahí, y apenas el cutter fondeó en la bahía, se hizo
presente Santiago acompañado de una hermosa perra fueguina.
Nosotros, que conocíamos la treta, tratamos la compra del animal
y dimos al indio cuanto nos pidió: tabaco, aguardiente, ropa, pan,
cuchillos. Santiago casi llenó la piragua. Subimos la perra a bordo,
la amarramos firme y zarpamos. Santiago debe estar esperando
todavía... De aquel Indio y de aquella perra, los dos finos, nació el
perrito que ustedes ven.
13
Onaisín se divierte
AL OTRO día, al partir, dijo Smith: —Onaisín, a ver si nos traes
otro venadito. —O encuentras algún pajarito que rebuzne —agregó
Queltehue. Como ya eran muchas las bromas que Onaisín había
recibido de Queltehue a propósito del pájaro ladrador, contestó de
mal humor: —No te rías de mi, flaco bandido, o te voy a zurrar. —
¿A quién? ¿ A mí? ¡ Pobre alacalufe! —contestó irónicamente el
amenazado—. Te agarro de los fundillos y te voy a dejar al medio
del río de un solo viaje. A ver, atrévete. ¡Ah, me tienes miedo!
Queltehue, en actitud provocativa, desafiaba a Onaisín. Hacía
movimientos de avance y retroceso con sus largas piernas, y sus
brazos simulaban una pelea a puñetazos. Sabía que el indio no se
dejaba dominar fácilmente por la ira y le gustaba jugar con él,
incitándolo, aunque con la mayor seriedad. Onaisín le volvió la
cara y se rió. La figura amenazante de Queltehue le producía risa.
—¡ Ah, ona cobarde! —gritó Queltehue, en son de triunfo. Onaisín
hizo un movimiento brusco, como si fuera a lanzarse contra él, y el
cocinero apretó a correr a largas zancadas. —¡A él, Indio! —gritó
Onaisín. —¡ No! —gritó Queltehue, deteniéndose—. ¡ Indio, no!
Pero ya el perro iba en su seguimiento. Queltehue corrió unos
‘pasos y, cuando calculó que el perro iba ya muy cerca de él, se
agachó y cayó de rodillas. Llevado por la violencia de la carrera y
sin sospechar el movimiento del hombre, indio saltó en el instante
en que Queltehue se agachaba y pasó por encima como una bala.
El cocinero se levantó y corrió hacia Onaisín gritando socorro,
mientras el perro, que no había ‘hecho más que tocar el suelo con
sus patas, dando un salto de costado, corría de nuevo tras él. —¡No,
bandido, asesino! ¡Socorro, que me mata! — gritaba el perseguido
con voz de falsete, dando vueltas alrededor del ona, que reía a
carcajadas, coreado por los demás. Por fin, el perro, deteniéndose
en mitad de uno de los círculos que hacía alrededor de su amo,
volvió hacia atrás y cogió a Queltehue desprevenido. Del
encontrón, el cocinero cayó de espaldas cuan largo era y el can se
fue sobre él ladrando ferozmente. Conocía ya el juego y procuraba
gozarlo bien. Gritando y riendo, Queltehue daba manotadas y
puñetazos al perro, que a su vez lo cogía de los brazos o de las
piernas, mordiéndolo con suavidad. Poco a poco ambos se
calmaron. Queltehue hablaba al perro con tono cariñoso, y
llamándole perrito lindo, Indiecito precioso, concluyeron por
acariciarse mutuamente.
14
Cambia el paisaje
CONTINUO la marcha muchos días aún, sin alternativa alguna.
Onaisín, que había salido un día muy temprano del campamento
acompañado del perro, no regresó a almorzar ni contestó a los
disparos que se hicieron. Llegó la tarde y el indio no apareció. Sus
camaradas, extrañados, acamparon, y Enrique, inquieto, siguió río
arriba, buscándolo. Disparó varias veces su carabina, pero no
obtuvo respuesta. Iba a volverse, cuando oyó una detonación y
después los ladridos de Indio. Esperó y al poco rato Onaisín y el
perro estuvieron a su lado. —¿Dónde has estado? —Seguí río
arriba y me alejé mucho. —No. viniste a almorzar... —No; me llevé
algunas galletas y un pedazo de carne para In dio. Además,
encontré un fresal y varios nidos de canquén. Almorcé bien. ¿Y
qué has descubierto? —El bosque empieza a aclararse y, si no me
engaño, pronto terminará la selva. Comunicaron a los demás lo
visto y pronosticado por Onaisín y las noticias fueron recibidas con
satisfacción. Según lo previsto por Onaisín, poco a poco el bosque
empezó a ralear su espesura y pronto salieron de él para entrar en
una región casi montañosa. El terreno estaba formado por suaves
lomajes que ascendían gradualmente, transformándose después ,en
abruptos cerros. Hacia el sur, enormes montañas cubiertas de nieve
reverberaban al sol. De vez en cuando se veían, entre algunos
vallecitos o al pie de los cerros, obscuras manchas de bosques,
cintas de pequeños ríos y arroyos o lagos. El río hacia una gran
curva y se ensanchaba bruscamente. Se detuvieron ahí un día
entero. Era necesario estudiar el terreno y tomar una ruta que
ofreciese rápida marcha. —Según lo que me decía Campillay en su
carta, lo mejor es tomar hacia el sur. —¿Y no haremos aquí ningún
trabajo? —preguntó Enrique—. Si no me equivoco, candelario
encontró oro en las orillas de este río. Haremos algo. Al otro día
recorrieron el río minuciosamente, lavaron las arenas en las partes
que creyeron propicias, y, en efecto, algo sacaron, pero tan poco
que no valía la pena continuar. —Más arriba debe estar la perdiz.
—Onaisín ha subido; esperemos que vuelva. El indio regresó tarde.
—Más adelante —dijo— hay rastros de un lavadero de canaleta.
Parece que se ha trabajado hace mucho tiempo. Hay, además,
rastros de una casucha, hecha con ramas y troncos. Dentro, latas de
conservas, botellas vacías, ropas, huellas de un fogón.
Seguramente allí ha sido donde trabajó Candelario. Traigo esta
botella. Dentro hay un papel. Rompieron la botella. En el papel
había escritas las siguientes palabras: Rendimiento escaso. Hay que
lavar mucho para conseguir poco. Según veo por la tierra y por la
constitución del terreno, el oro debe encontrarse hacia el sur,
pegado a la cordillera. Marchen hacia allá. Por lo que he visto aquí,
en esta dirección hay indios. ¡Cuidado! CANDELARIO
CAMPILLAY 8 de enero de 18... —Es lo que yo decía —exclamó
Smith. —Sí, pero indios por aquí... —¿Serán tehuelches de la
Patagonia argentina? Pero por aquí... Es raro. ¿ Qué piensa usted,
Smith? —¿Qué quieres que piense, Enrique? Me extraña también.
Nunca había oído hablar de tales indios. Tenía entendido que toda
esta región estaba deshabitada. Desde la isla Laitec, el fin de la
cristiandad, como se la llama, hasta la entrada del Estrecho, por el
mar, no hay habitantes. Creí que por tierra, siguiendo la misma
línea, pasaba lo mismo. Pero parece que no es así... —¿Pero qué
clase de gente será? ¿Y si son indios bravos? —¿Bravos? Puede
ser; pero ¿pero qué podemos temer? Si no les hacemos mal, nos
dejarán tranquilos. Además, nosotros no somos conquistadores:
somos mineros. ..-.¡Hum! El indio no distingue. — ¡ Bah, bah, bah!
Dejémonos de cosas... Celebraremos un consejo. —Me parece bien
15
El consejo
—EL CASO es el siguiente: según las indicaciones halladas en el
papel que contenía la botella, el rendimiento del oro en las arenas
de este río es muy escaso. Hay que lavar mucha arena para
conseguir poco oro, dice. Y aconseja bajar derecho hacia el sur.
Candelario Campillay no puede equivocarse, no podía equivocarse.
este viaje obedece nada más que a sus consejos y a sus
instrucciones; en realidad, él es guía, y consejero de esta
expedición y debemos ceñirnos a sus insinuaciones. Ahora bien,
dice también en el -papel que, según lo que ‘ha observado, en la
dirección sur hay indios. Y agrega: ¡cuidado!... ¿Qué significa ese
“cuidado”? · ¿Qué fue lo que le indujo a aconsejar prudencia? ¿Qué
es lo que vio? Nada dice. Tal vez sería algún tehuelche
semidesnudo, tapado con su quillango de guanaco y armado de
flecha, pintado quizás. Le ha creído un peligro. Si ‘hubieran sido
indios bravos, lo habrían atacado, muerto seguramente,
aprovechándose de que eran dos o tres los mineros. No lo hicieron;
luego, no eran bravos. Atengámonos a los hechos y no a las
probabilidades; ¿Qué piensan ustedes? —Presentadas las cosas así
—contestó Enrique—, no hay duda de que lo mejor es seguir
adelante, y yo soy de ese parecer. Pero hay que tener en cuenta la
opinión de los demás. —El problema —dijo Hernández— se
reduce a esto: hay o había indios. No se sabe si son bravos o
mansos; si son muchos o si son pocos; si todavía existen o
desaparecieron; si eran de aquí o de otro lado. La solución es
decidirse: ¿vamos o no? Tenemos más motivos para avanzar, que
para desistir. Yo opino que debemos hacer lo primero. Vamos bien
armados, somos gente de paz, inteligentes, acostumbrados a todo,
ustedes más que yo, puesto que tienen más práctica, y, por último,
mirándolo comercialmente, nos conviene. Avancemos, pues.
Vamos a conocer a esa gente, si es verdad que existe. —Yo —dijo
Queltehue— soy de la misma opinión. Avancemos. Mientras no
falte qué comer, todo andará bien. —¿Y tú qué dices, Onaisín? —
Preferiría no decir nada; pero no sé por qué, me parece que no
deberíamos seguir adelante. —¿Por qué? —No sé. —No, no se
trata de dudar. Si tú te opones, no avanzaremos. Contesta: ¿vamos
o no? El indio dudó un poco antes de contestar. —Vamos —dijo
por fin. —Bueno, ya tenemos la solución. Ocupémonos del sistema
da avance. —Seguiremos el mismo: Onaisín con el perro, como
guías, llevando un caballo cargado con provisiones y ropas, irán a
una jornada delante de nosotros. —¿Pero él solo? —Sí, es
demasiado listo para dejarse sorprender. Tanto él como indio
duermen con un ojo abierto, que es como si uno velara mientras el
otro descansa. Pero si tiene reparo en ir solo, que lo diga y uno de
nosotros, el que él elija, lo acompañará. —No —dijo Onaisín—,
quiero ir solo. Díganme qué es lo que debo hacer. —Seguir pegado
a la cordillera, derecho, examinando los arroyos o nos que
encuentres. Todas las noches nos harás señales con una fogata
encendida en algún sitio alto, para que sepamos en que dirección
vas. No te olvides. Nosotros te contestaremos en igual forma, y
cuando no veamos tu señal, avanzaremos rápidamente, caminando
de. noche si es preciso, porque ello nos indicará peligro o novedad.
No avances demasiado aprisa. Procura no alejarte más de dos
leguas, esto es, tres o cuatro horas de camino. Ahora a dormir.
Buenas noches señores.
16
En busca de lo desconocido
CUANDO Smith, Hernández y Queltehue despertaron, ya Enrique
estaba en pie. Se había levantado temprano para ayudar a Onaisín
en sus preparativos y acompañarlo un trecho. El indio y su perro
partieron poco después de amanecer. Enrique y Onaisín se
aconsejaron mutuamente y se abrazaron al separarse. Una hora más
tarde, el indio no era sino un punto movible en la lejanía. —Bueno,
ahora organicémonos nosotros. Dejaremos el bote aquí y
cargaremos los caballos con lo indispensable. Nada de carpas ni
otras voluptuosidades. Entramos en la vida dura. Dormiremos al
raso y comeremos lo que haya. Se acabaron los delicados guisos y
las suntuosas tortillas. No es posible que nos demos vida de señores
mientras Onaisín vive como pobre. Vamos, Queltehue, levántate.
—Ya voy, patrón, ya voy. No vamos a perder el vapor por un atraso
de cinco minutos. ¿ Hago fuego? —¡Qué fuego! Galleta y charqui.
Aprisa, aprisa... Cargaron rápidamente y se pusieron en marcha.
Enrique iba adelante, Hernández y Queltehue en el medio y el viejo
Smith a la retaguardia. —Ojo alerto y arma al brazo. Por aquí tanto
podemos encontrar un río de oro como un buen chuzazo en las
costillas. Las lanzas tehuelches son puntiagudas y duras. Pero el
viaje se deslizaba tranquilo. Todo el día fue plácido y al anochecer
acamparon en la cumbre de una loma bastante alta. Desde allí
verían cualquier señal. Esta no se hizo esperar mucho. Como a las
diez de la noche, allá lejos, en la obscuridad, apareció una pequeña
llama que se agrandó en seguida. Duró un rato y luego se fue
apagando lentamente. Contestaron con otra, cenaron y se
durmieron. Los días siguientes fueron idénticos. Nada de
particular, igual todo, ni sombras de indios, ni rastros de gente
alguna, fuera de los de Onaisín y su perro. Las fogatas aparecían y
desaparecían todas las noches. —Esto va pareciendo una lata. Ni
hay indios, ni hay oro, ni hay nada. —Esperemos, viejo Smith; no
hay que impacientarse. La noche de aquel día trajo una novedad. A
la hora de siempre, la fogata se encendió en la lejanía; pero no
brillaba como siempre, continua, sino que se apagaba y se
encendía, a intervalos, como un faro. —¿ Qué será eso? Me
recuerda mis tiempos de raqueador —dijo Smith. —Onaisín nos
advierte que algo ha visto o encontrado — respondió Enrique—.
Quedamos en que si observaba algo extraño o interesante, o si
hallaba oro, avisaría así. Eso significa la fogata: novedad, no
peligro. Peligro significará cuando no se encienda. Mañana
veremos qué pasa. Al mediodía siguiente llegaron a las orillas de
un riacho. Allí encontraron, clavado en la arena un palo en que
estaba amarrado Un trapo blanco. —Esto es lo que ha encontrado.
O mucho me equivoco, o aquí hay oro — reflexionó Enrique. Era
cierto. El oro se advertía, casi a simple vista, brillando entre la
arena, en escamas y pepitas. —Aquí sí que sí —exclamó
Queltehue—. ¿ Saco las herramientas? —No, espérate. Me extraña
no ver a Onaisín. ¿Por qué habrá seguido adelante y no nos ha
esperado? ¿Habrá avanzado con el afán de hallar algo mejor? ¿O...?
—¿O le habrá sucedido algo? Pero si fuera así no estaría aquí esta
señal. ¿Y el perro? —No, habrá avanzado. Pronto tendremos
noticias de él. Esperemos la noche. Si hace la señal, avanzaré a
reunirme con él. Si no la hace, avanzaré también. La noche trajo
una señal avisadora de novedades. —¿Otra vez? ¿Qué será ahora?
¿Más oro o gente a la vista? —Sabemos que no está en peligro.
Responde a la señal, Queltehue, y dejémoslo que siga buscando.
No nos inquietemos hasta tener la seguridad de que hay peligro.
Pero a la noche. siguiente la fogata no se encendió. —Ahora sí que
hay peligro. —Vamos —dijo Hernández—. Yo quiero ser uno de
los que avancen primero. —Yo lo acompaño —dijo Enrique—.
Échese la carabina al hombro y lleve un poncho. —Yo y Queltehue
nos quedamos. Vayan ustedes, y si mañana no nos hacen la señal,
iremos en su busca. Buenas noches, compañeros. Enrique y
Hernández se envolvieron en los ponchos, se echaron la
Winchester al hombro y desaparecieron en la obscuridad.
Queltehue y Smith pasaron todo el día siguiente esperando noticias
de sus camaradas; pero éstos no dieron señales de vida. Ni un
disparo, ni un humo, nada que les advirtiera su presencia. Llegó la
noche y la incertidumbre se hizo mayor al no percibir la señal
convenida. —Bueno —murmuró Smith— Hemos llegado al final.
El asunto debe ser serio cuando ya han desaparecido tres. Ahora
nos toca a nosotros, Queltehue. ¿Qué te parece? ¿Qué hacernos?
—¡ Adelante, mister Smith! Esperaron la mañana, durmiendo uno
y velando el otro. Ocultaron en un bosquecillo cercano los animales
y las cargas, examinaron y cargaron bien las carabinas, y,
distanciados uno de otro, partieron en busca de sus camaradas.
SEGUNDA PARTE
1
Que pretende ser histórico
HACE muchos años, más de trescientos, una armada española
compuesta de cuatro naves tripuladas por individuos que pretendían
conquistar lo que había sobrado de continente”, es decir, la
Patagonia y el Estrecho, embocaba, un día del mes de enero, el Cabo
de las Vírgenes. Días después un espantoso temporal hizo varar dos
naves en la costa: la capitana y otra. Los esfuerzos hechos por las
restantes para salvar a los náufragos resultaron vanos, e impulsadas
por los vientos y las corrientes contrarias desaparecieron sin que se
sepa hasta hoy la suerte corrida por ellas. Los náufragos, cerca de
trescientos: hombres, mujeres y niños, lograron saltar a tierra, y allí,
rodeados de indios y con el en la boca, esperaron durante muchos
días el regreso de las naves. Inútil espera. Por fin, juzgándose
abandonados a su suerte, y viendo que nada sacarían con estar allí
lamentándose, opinaron que lo mejor era procurar alivio a su
situación en la forma que los medios y los indios lo permitieran.
Sacaron de las naves lo que pudieron, que no era poco, pues venían
cargadas de todo lo necesario para colonizar, y se internaron en la
tierra. Allá fueron los indios tras ellos. Poco a poco se estableció
entre ellos la amistad, sentimiento que, si en ocasiones fue turbado
por algunas riñas y tal cual asesinato, se hizo más sólido a medida
que los españoles deponían su soberbia y los indios su rapacidad...
Vivieron así un tiempo, cerca del mar, con la esperanza, los
españoles, de que más tarde o más temprano serian buscados y
hallados por sus compañeros de expedición o por otros enviados en
su auxilio. Pero como esto no había sucedido en mucho tiempo,
decidieron marchar tierra adentro en busca de alguna ciudad
habitada por españoles. Con ellos se fueron muchos indios... Se
organizó así un pueblo errante que por muchos días vagó de acá para
allá y de allá para acá, en busca de una ciudad habitada por blancos.
Esa ciudad no fue encontrada nunca. Así pasó el tiempo... El diario
vivir, la lucha en común por la existencia, la unión que mantenían
para defenderse de los ataques de los indios bravos y de los más
terribles de una naturaleza que desconocían, desarrolló entre indios
y españoles el sentido de la fraternidad, y los españoles no pensaron
ya en separarse de los indios. Antes bien, decidieron buscar una
región propicia para fundar un pueblo. La hallaron. Y hace, como
queda dicho, más de trescientos años, en un valle abrigado de los
vientos y con buenas aguas, Fray Francisco de la Rivera,
comendador de Burgos y jefe de aquel pueblo errante, fundó, con el
nombre de “Ciudad de los Españoles Perdidos”, la actual “Ciudad
de los Césares”.
2
La Ciudad de los Césares
CERCA DE aquel valle vivían unos indios llamados chíchares, tribu
reducida y muy mansa, que existía de la caza y que muy rara vez
llegaba hasta el mar en sus correrías. Eran muy altos, enormes, tanto
que, según la tradición, no pudieron montar nunca los caballos que
traían los españoles. Esos indios fueron absorbidos por los
patagones. Además de los chíchares moraba, a la entrada de otro
valle más alto, otra tribu de indios, mansos también y muy
andariegos, que fueron los que comunicaron a los aventureros
blancos que vagaban por la costa la primera noticia de la existencia
de la ciudad de los chíchares, o césares, como entendieron los
noticiados, nombre que al fin ha prevalecido. En poco tiempo, y
ayudados por los indios, los españoles, entre los cuales venían
individuos que poseían uno o varios oficios —no olvidemos que
venían a conquistar y colonizar—, levantaron las primeras casas,
abrieron los primeros surcos y sembraron y plantaron las primeras
semillas y árboles. Traían numerosos animales domésticos y gran
cantidad de herramientas. La tierra era buena, y el clima, como no
podían elegir, les resultó, si no paradisíaco, bastante soportable. La
ciudad creció a ojos vistas y al cabo de unos años de intenso trabajo
y de ruda lucha, aquellos hombres, que un día creyeron sucumbir en
las desoladas márgenes del Estrecho de Magallanes, pudieron
contemplar con no disimulado orgullo el caserío rodeado de chacras
y arboledas frutales, que nacía y se extendía en el centro del valle...
Soldados, frailes, aventureros se lanzaron, sin más datos que los
proporcionados por indios mentirosos y soñadores en trances, sobre
este territorio inmenso y desconocido, en busca de la misteriosa
Ciudad de los Césares, de la cual tantos hablaban, pero que nadie
sabia dónde estaba. Como era de esperar, no la hallaban. Muertos o
aburridos esos exploradores, la Ciudad de los Césares quedó
abandonada a su suerte. Era lo mejor que podía sucederle. Sólo así
pudo desarrollarse y prosperar normalmente.
3
Uóltel
AQUELLA mañana un hombre alto y corpulento, moreno, de
anchos pómulos y ojos pequeños, sentado en una roca al sol, miraba.
Llevaba desnudo el torso y cubierta la cintura por un tejido de lana
que le llegaba a mitad del muslo. A sus pies había un arco y un
manojo de flechas adornadas de plumas verdes y rojas. Tenía cierto
parecido con Onaisín y habría podido pasar por su hermano, si bien
era más alto y más fornido que el fueguino. Allí, sentado en la roca
y tomando el sol, miraba la lejanía. Sus ojos recorrían el paisaje con
apacibilidad, deteniéndose de preferencia en las márgenes de un
riachuelo que descendía de las montañas y corría por la llanura y
hacia el oeste en delgada cinta. Algo le llamaba la atención ahí. Dos
días antes, y en circunstancias que se encontraba en ese mismo sitio,
vio con gran sorpresa cómo, allá lejos, hacia el noroeste, una débil
columna de humo se elevaba en el aire. ¡ Humo! El humo era, en
esos lugares, el anuncio seguro del hombre, y el hombre era, para
él, el acontecimiento mayor. Todo el día, olvidado hasta de comer,
permaneció allí, escrutando la lejanía con sus penetrantes miradas.
El humo no volvió a subir ni percibió ser alguno moviéndose sobre
la accidentada y pardusca llanura. Pero, ya anochecido, y más cerca,
una fogata hinchó de pronto su luz anaranjada; brillaba a intervalos,
encendiéndose y apagándose. ¿Serían señales? ¿Pero señales a
quién? Y sólo cuando vio que más abajo, más o menos en el mismo
sitio en que por la mañana se elevaba la columna de humo, se
encendía otra fogata, comprendió: eran dos o más hombres los que
avanzaban. ¿ Quiénes serían? Volvió a la mañana siguiente y de
nuevo la columna de humo se elevó en el aire, ahora más cerca,
junto al riachuelo. Alguien preparaba su desayuno. Uóltel lo vio: un
hombre se movía alrededor del humo, seguido de un bulto pequeño
que se desplazaba con rapidez: un perro. Después, al abandonar el
hombre las márgenes del riachuelo, observó una mancha blanca que
oscilaba con el viento, aunque sin moverse del mismo sitio. Era otra
señal. ¿Señal de qué y para qué? Uóltel sonrió: en aquel riachuelo
había oro. Se trataba, pues, de buscadores de oro. Aguzó la mirada.
El individuo vagaba con displicencia por las márgenes del
riachuelo. Seguramente examinaba las arenas y calculaba su
rendimiento. Por fin, con gran alegría de Uóltel, enderezó sus pasos
hacia el sur: avanzaba hacia él. Se quedó inmóvil. No quería que el
hombre lo sorprendiera. Quena, primero, examinarlo a su gusto.
Pero el extranjero parecía no tener prisa. Caminaba un trecho y se
detenía, volvía sobre sus pasos y avanzaba, e iba tan pronto ‘hacia
la derecha como hacia la izquierda. Así transcurrió la mañana. Cerca
de mediodía el ‘hombre pareció decidirse: tomó rectamente hacia
un bosque que estaba al pie de la montaña en que Uóltel vigilaba.
Este lo dejó entrar al bosque, se aseguró de que ninguna otra sombra
se movía en la llanura, recogió su arco y sus flechas y partió.
4
¡Extranjero!
AL SEPARARSE de sus compañeros, Onaisín tomó, obedeciendo
las instrucciones recibidas, un camino recto hacia el sur. Se desviaba
sólo para examinar los riachos o los bosques que encontraba a su
paso o que advertía cercanos. Los primeros días no encontró nada
de particular. La soledad y el silencio continuaban. Descubrió
después el riachuelo donde dejó la señal. Una mirada le bastó para
cerciorarse de que sus arenas contenían oro en buena proporción.
Por curiosidad, más que por otra cosa, puesto que había encontrado
ya lo que buscaba, decidió explorar un bosque que se veía hacia la
cordillera. Le llamaba la atención y le moles. taba aquella soledad,
más aún cuando recordaba las palabras que Candelario Campillay
había dejado escritas en el papel encontrado dentro de la botella: “en
esta dirección hay indios”. ¿ Dónde? Habían avanzado bastante y
los indios no aparecían. Por su parte, deseaba encontrarlos o verlos.
Subió, pues. Como buen indio, sabía que si en alguna, parte es
encontrar rastros, es en un bosque. La tierra húmeda y los árboles
son excelentes registros. Anduvo de un lado para otro, con desgano,
observando la tierra y los árboles. Por fin, y en los momentos que
pensaba abandonar la búsqueda, encontró unas huellas de pasos
recientes, de dos o tres días a lo sumo. Las siguió, ascendiendo hacia
el limite del bosque por el lado de la montaña. Allí se encontró con
que las pisadas regresaban siguiendo una línea casi paralela a las
anteriores; era una pisada grande, de pie desnudo, dejada por
alguien que conocía muy bien el bosque, pues buscaba con habilidad
los claros y evitaba los amontonamientos de troncos y los lugares
impenetrables. Volvió sobre sus pasos. El perro, que había advertido
también el rastro, iba adelante, animoso. Casi al llegar al límite bajo
del bosque se oyó un silbido y el animal, creyendo que Onaisín lo
llamaba, se detuvo. El fueguino, que también había oído el silbido,
se apresuró y vio que a la altura del pecho de un hombre y en el
tronco de un alerce una flecha adornada con una pluma roja vibraba
todavía. La arrancó con cuidado. Era una flecha con punta de metal,
idéntica en su forma y construcción a las que él usó en su infancia y
a las que hacía su padre, el ona Tíescaja. Pero esto no le sorprendió;
todas las flechas eran, seguramente, más o menos iguales. Su
sorpresa tenía otra causa: la flecha había sido lanzada dos o tres
minutos antes. El árbol empezaba en ese instante a gotear savia.
Comprendió: el silbido que hizo detenerse al perro y que él mismo
oyó era el de la flecha. Con el dedo en el gatillo de la carabina, dio
una vuelta alrededor del árbol; pero lo mismo habría sido no darla:
no se veían más que troncos, ramas y malezas. Reaccionó: si
hubieran querido matarlo lo habrían hecho. Era, sin duda, un aviso;
pero a él no le bastaban los avisos. —Vamos, Indio; sigue la huella.
Tenemos que saber de quién son estas pisadas y quién es el que
lanza tan bien las flechas. ¡ Cuidado! El perro se lanzó sobre el
rastro, alejándose por la orilla del bosque. Onaisín, casi corriendo,
fue tras el animal; e iba agachado mirando las pisadas, cuando un
ladrido violento le hizo levanta? la cabeza. El perro ladró
sordamente, a intervalos. Se apuró. Al sentirlo cerca, el can lanzó
un ladrido que parecía indicar algo extraordinario. —¿Qué hay,
Indio? ¿ Se están riendo de nosotros otra vez? Miró hacia el bosque,
pero inútilmente; era tan tupido que no dejaba penetrar las miradas.
Buscó entonces por el suelo y descubrió un caminillo angosto, como
de cabras, que se internaba en la espesura. Echó a andar p or él,
seguido del perro y con la carabina lista para hacer fuego. Se detenía
cada cierto trecho y miraba a su alrededor, queriendo penetrar la
masa de árboles que lo envolvía. Ni un ruido, ni una voz, ni el eco
de una pisada humana o animal. Mas de pronto sintió, sin saber por
qué, la sensación de que alguien lo observaba; casi creyó percibir
una respiración cerca de sí. Se detuvo, y en ese instante resonó la
voz que lo sobrecogió: —¡Extranjero! El perro dio un bote de
costado, y Onaisín, tan rápido como Indio, con la carabina a la altura
de los ojos, se volvió. A veinte pasos de él había un hombre. Nunca,
ni en los momentos de mayor peligro, ni aun aquella vez que Sam
Cocktail lo tumbó de un puñetazo, había experimentado Onaisín una
sorpresa tan grande. El que gritó era un hombre alto, moreno, el
cuerpo semidesnudo, descalzo. La mano derecha se apoyaba en un
gran arco afirmado en tierra y la izquierda sostenía un manojo de
flechas con, plumas verdes y rojas. Pero era el rostro el que
impresionaba a Onaisín, un rostro que le recordaba al de su padre,
aunque mucho más suave de expresión, rostro de indio de su tierra
nativa, parecido a muchos de los que recordaba haber visto en su
infancia. Después de unos segundos y viendo que la actitud del
hombre era pacífica, Onaisín bajó la carabina. Se miraron un
instante. El desconocido manifestaba tanta sorpresa como el ona y
tanta como el perro, que presenciaba, la escena con gran curiosidad,
torciendo el pescuezo para mirar a uno y a otro. Contra la costumbre,
la presencia de aquel hombre no irritaba al animal. Sin duda
encontraba en él algo de su amo. —¿ Quien eres tú? —habló, por
fin, Onaisín. —¿Y tú quién eres? —preguntó el otro, casi al mismo
tiempo. —Me llamo Onaisín. —¿Qué haces por aquí? —Soy el guía
de una expedición de buscadores de oro. —¿No mientes? —No
miento nunca... Dime ahora quién eres tú. —Soy Uóltel. —¿Dónde
vives y qué haces por aquí? —Vivo en la Ciudad de los Césares y
vigilo sus fronteras. Nunca habrás oído hablar de esa ciudad. —
Nunca. ¿ Quiénes viven en ella? —Eres demasiado curioso... ¿ Eres
tú el que ha estado haciendo señales con fogatas? —Sí, yo. —¿Y
qué es eso que llevas en las manos y que sostienes con tanto
cuidado? —Una carabina. Me sirve para lo mismo que te sirve a ti
ese arco. —Pero yo podría matarte antes que tú me pegaras con eso.
—Te equivocas. Antes que levantaras el arco y pusieras la flecha,
caerías muerto. Y si esto fallara, mi perro te mataría como a un pato.
-Uóltel sonrió: —¿Eres entonces un hombre formidable? —No; soy
Onaisín, nacido, en Onayusha. Prefiero ser amigo, no enemigo. —
Déjame ver tu carabina. .No eres mi amigo. —¿Pero lo seré? —Si
lo quieres, sí. —¿Cuál es, para ti, el signo de amistad? —La
confianza. —Siéntate y hablemos. —Very well —¿También sabes
inglés? —Algo —contestó, atónito, Onaisín. Se sentó, afirmada la
espalda en el tronco de un árbol, la carabina descansando sobre las
piernas. UólteI lo imitó e Indio se tendió entre ambos. —¿ De modo
que eres buscador de oro? —Es mi oficio. —Dime, ¿por qué buscan
tanto el oro los extranjeros? —Para venderlo. —¿A quién lo
venden? —A otros hombres. —Y esos otros hombres, ¿ qué hacen
con él? Onaisín vaciló. Luego repuso: —Lo venderán a otros... —Y
esos otros a otros, seguramente. Pero, al fin de cuentas, ¿qué se hace
con el oro? Onaisín no supo qué contestar. Había sufrido hambres,
fríos, angustias, golpes, heridas, allá en la lejana Tierra del Fuego,
buscando oro, peleando con otros hombres que también lo
buscaban, y ahora, en un bosque y frente a aquel singular
desconocido, se daba cuenta de que no sabía para qué servía el oro
y si alguien, en realidad, gozaba de él, o si pasaba de unas manos a
otras, indefinidamente. Para salir del paso dijo: —Parece que por
aquí hay mucho oro. —Sí, mucho. ¿No te fijaste en la punta de la
flecha que estaba clavada en el árbol? Era de oro. —¿Tú lanzaste la
flecha? —Yo. —¿Para qué? —Quería conocerte. Háblame de tus
compañeros. ¿ Son muchos? —Cuatro. —¿Valientes? —Creo que
sí. —¿Blancos? —Sí, blancos, —¿Dónde están? —Deben estar
sacando oro en el riachuelo que hay más abajo del bosque. —¿Y tú
no sabes sí vienen buscando la Ciudad de los Césares? —Que yo
sepa, nunca han oído hablar de ella. -Hubo un instante de silencio.
Indio, con la cabeza sobre las patas, dormitaba. Onaisín, tranquilo,
miraba de hito en hito la ancha faz de aquel hombre que decía
palabras tan inesperadas, y éste, a su vez, observaba al extranjero
minuciosamente. Uóltel se irguió. —¿Y hacia dónde está tu tierra,
extranjero? —Mira, hacia allá, muy lejos. Está rodeada de agua y
cubierta de bosques. —¿Acaso has nacido en el Estrecho de
Magallanes? Onaisín se sorprendió. —No; más allá aún. Pero ¿
conoces tú el Estrecho de Magallanes? —No; sólo sé que existe y
hacia qué lado está. Nada más.. Ahora, separémonos. Ven mañana
aquí. a esta misma hora, y hablaremos. ¿ Quieres? —Vendré. —
Pero no digas a tus compañeros que me has visto. —No podré
callarlo. —Bien; hasta mañana. Y diciendo esto, Uóltel desapareció
en la espesura.
5
¡Prisioneros!
ONAISIN no intentó seguirlo. Lo juzgó inútil. Aquel hombre
conocía muy bien el bosque y volvería a espiarlo mejor de lo que él
podía hacerlo. Se quedó un rato inmóvil, desconcertado. Lo
ocurrido era tan extraño. El quería ver indios, ¡y qué indio había
encontrado! Tenía aspecto y vestiduras de tal, pero sabía inglés y
habitaba una ciudad —¡una ciudad!— de la que no había oído hablar
nunca, ni siquiera a Smith, que conocía todo el mundo, como decía.
¡Y hacían de oro las puntas de las flechas! ¿No tendrían otro metal?
Entonces, con seguridad que harían de oro los vasos y otros objetos.
¡Qué raro! ¿No habría bromeado el hombre? Pero, no; no se hacen
esas bromas en un bosque, a muchas millas de distancia del primer
puesto de policía y a un hombre que · lleva una buena carabina.
Echó a andar. ¿Y cómo, en una región como ésa, aparentemente
desierta, podía existir una tal ciudad? La tarde iba cayendo. ¡Qué
sorpresa para el viejo Smith si todo aquello fuera cierto! Y cuando
le trajeran un vaso de agua y se diera cuenta de que el vaso era de
oro, ¿qué haría? Al salir del bosque se acordó que, preocupado de
rastrear, no había comido en todo el día. Dio al perro su ración y él
comió un trozo de charqui y una galleta. Llegada la noche prendió
la fogata e hizo las señales que indicaban novedad. ¡ Si sus
compañeros supieran qué clase de novedades tenía!... Luego se
acostó. Conversó un rato con Indio, que lo oía con toda atención y
que contestaba sus palabras parando las orejas y moviendo la
cabeza. Cerró los ojos. La figura de Uóltel apareció y desapareció
en su recuerdo y sus palabras daban vueltas, por su cansada cabeza.
Se durmió. No supo cuánto tiempo durmió. Lo despertaron el
ladrido del perro y el contacto de unas manos que lo asían de brazos
y piernas, inmovilizándolo. —No te resistas ni temas nada, Onaisín
—dijo una voz que le pareció la de Uóltel—. No te haremos ningún
daño. —¡Qué quieren de mí! —protestó el indio. —Nada más que
llevarte con nosotros. Lo amarraron y alguien le vendó los ojos;
luego, tomándolo en peso, lo colocaron en una especie de camilla y
echaron a andar hasta llegar a la orilla de un lago que atravesaron
en balsa; entraron después a una galería subterránea donde se oía
mugir con fuerza un torrente, y al cabo de una hora o poco más
salieron al aire libre. Durante este tiempo nadie habló y los hombres
se detenían sólo para turnarse en el transporte del prisionero.
Onaisín, inmóvil en aquel inesperado vehículo y tan silencioso
como los demás, dejaba correr las cosas. —Ya hemos llegado., Lo
bajaron de la parihuela y le quitaron las amarras y la venda Onaisín
miró a su alrededor. En la obscuridad atisbó confusamente los
rostros y los cuerpos de los hombres que lo trajeron. —¿Y mi perro?
—Aquí está. Indio fue sacado de una especie de red y corrió a
restregarse en las rodillas de Onaisín. —¿Y la carabina? —Luego te
la daremos. El perro y la carabina constituían parte esencial del
organismo del fueguino. — ¿ Dónde estamos? —Mira y verás.
Miró. Estaban en la falda de una montaña a cuyo pie, lejos, brillaban
débiles luces en la sombra. —¿Qué es eso? —La Ciudad de los
Césares. Vamos. No intentes huir ni atacarnos, Onaisín. Ve
tranquilo. La voz de Uóltel era la única que surgía de aquel grupo
de hombres. Onaisín lo buscó en la obscuridad y, encontrándolo, le
dijo: —¿Dónde me llevas? —Hacia esas luces que ves. —Me
ofreciste amistad y me traes preso. ¿ No tienes miedo de que algún
día te devuelva yo lo que ahora haces conmigo? —No tengo miedo
de eso. No te traigo prisionero. Lo único que hago es llevarte a la
Ciudad de los Césares, sin que tú sepas por dónde vas. —No te he
pedido que me lleves a ninguna parte. —Pero yo tengo orden de
llevar a la ciudad a los extranjeros que encuentre cerca. No temas
nada. Cuando quieras irte, te dejaré en el mismo lugar en que estabas
esta noche. Cuando conversemos mañana te lo explicaré todo y
seremos amigos. Onaisín calló. Le pareció ridículo promover
cualquier acto de fuerza con aquel grupo de hombres, desarmado y
sin saber dónde estaba. Continuaron la marcha en la noche,
descendiendo la montaña por un sendero. En realidad, el indio no
estaba atemorizado. Por la voz y los ademanes de sus secuestradores
comprendía que, por el momento, no debía temer nada. Sólo le
preocupaba el recuerdo de sus compañeros, que en la siguiente
noche sentirían gran inquietud al no ver sus señales. Las luces se
acercaron y pronto, descendida la montaña, encontraron algunas
casas. La noche aclaraba. Uno de los hombres llamó a la puerta de
una casa. —¿Quién va? —Yo; Uóltel. — ¿Uóltel, a estas horas? ¿
Qué traes? —Un extranjero. —¡Un extranjero! Tanto tiempo que no
veíamos ninguno. Abierta la puerta, el hombre levantó la luz y miró
a Onaisín. —¿Pero éste es un extranjero? Parece uno de los nuestros
murmuró. A la luz de la antorcha que el hombre sostenía, Onaisín
observó a los circunstantes. No vio nada extraordinario: todos eran
morenos y de aindiado rostro. —Te lo dejaremos aquí. Procura
atenderlo bien. —No tengas cuidado, Uóltel. Nadie dirá que he
atendido mal a Un extranjero. —Buenas noches. Hasta mañana Por
aquí, pase usted. Caminaron por un corredor. —Esta es la
habitación. ¿Su perro lo acompañará? —Sí; déjemelo. —Muy bien.
Aquí tiene usted una cama, una silla, ropa, luz y agua. ¿ Quiere usted
comer algo? —No; quiero descansar. —Descanse usted. Nadie le
molestará. Hasta mañana. Iba a retirarse el hombre, pero volvió. Era
un hombrecillo delgado, canoso, de voz apagada y ojos ardientes.
Iba cubierto por una especie de chaqueta de cuero. —Dígame —
dijo—, ¿no trae usted algún libro? —¿Libro? —preguntó Onaisín,
sorprendido. —Sí; libro. Onaisín no había leído jamás un libro. —
No, no traigo. El hombre lo miró con sorpresa. —¡ qué lástima! —
murmuró----. ¡Tantas ganas que tengo de leer un libro nuevo! —
¿Pero usted sabe leer? —¡Claro! Y todas en la ciudad sabemos.
¿Acaso usted no sabe? —Muy poco. El hombre monologó largo
rato. Por fin, con aire de consternación, quejándose de su mala
suerte y expresando cuán grande era su deseo de leer algo nuevo,
desapareció. Al quedar solo, el fueguino dio dos o tres vueltas
alrededor del cuarto y tanteó las murallas y. las puertas; todo era
firme. Miró el vaso que se veía sobre la mesa; después, el lavatorio
y luego una jarra. Tal como lo había imaginado: todo era de oro.
Había en aquella habitación - una cantidad de oro superior en dos o
tres veces a lo que él y sus camaradas sacaron, a arañazos, de las
costas de Tierra del Fuego en muchos años. —¿Qué te parece,
Indio? ¿Dónde hemos venido a parar? Se desnudó y se acostó.
Estaba cansado y tenía sueño. Hubiera querido estar con sus
compañeros y contarles todo aquello. ¡ Cómo gozaría mirando la
cara de Queltehue y oyendo las exclamaciones del viejo Smith!
¡Todo era de oro! Parecía el sueño de un minero hambriento. Pero
sus amigos estaban lejos; tampoco estaba Uóltel. Sólo estaba Indio,
que no entendería nada de todo aquello y a quien el oro no quitaría
el sueño. Esperaría el día. Y se durmió. Indio se tendió a sus pies.
6
Onaisin se entera
MUY ENTRADA la mañana, al oír que llamaban a la puerta,
Onaisín, que terminaba de vestirse, contestó: —Adelante. Abrieron;
la alta figura de Uóltel se perfiló en el vano. —Buenos días, Onaisín.
—Buenos; siéntate. Uóltel miró a Onaisín, cuya cara no tenía buen
aspecto. El sueño, que le permitió descansar físicamente, no le había
traído, en cambio, buen ánimo. La aventura en que se hallaba metido
empezaba a molestarlo. Lo que en un principio le había parecido
interesante, ahora le iba resultando fastidioso. Así pareció
comprenderlo Uóltel, que dijo: —Anoche me reprochaste el que
después de haberte ofrecido amistad, te tomara como prisionero. Te
contesté que no eras un prisionero y que si te traía en esa forma,
vendado y amarrado. era porque tenía orden de hacerlo así. Te dije,
además, que cuando quisieras irte yo mismo, te iría a dejar en el sitio
en que te encontré. Sostengo ahora lo que dije anoche. —¿Y si yo
quisiera irme en este momento? —preguntó Onaisín. —Sería muy
pronto. Además, ¿qué prisa tienes? —¿Pero qué necesidad tengo yo
de estar aquí? — respondió bruscamente el indio—. Tengo otras
cosas que hacer, más importantes. Tengo que ver a mis amigos; no
sé nada de ellos. —No te preocupes por tus amigos. No les pasará
nada malo. Por otra parte, pronto los verás. —¿Que los veré?
¿Dónde? —Aquí mismo. —¿Ellos también? —Sí; también ellos. —
¿Pero por qué? ¿Para qué nos traen aquí? ¿Qué tenemos nosotros
que hacer aquí? —Los hombres que habitan la Ciudad de los
Césares — respondió Uóltel— necesitan a los extranjeros. Su
aislamiento y su ignorancia son tan grandes, que cada hombre que
llega aquí es de incalculable valor; nos trae muchas cosas que
nosotros no tenemos. —¿Qué es lo que no tienen ustedes? —
preguntó Onaisín.. —Conocimientos, sobre todo. —
¿Conocimientos de qué? —Del mundo, antes que nada. —No
entiendo. —¿Qué es lo que no entiendes? El rostro de Uóltel
expresó sorpresa. Sus ojillos de indio miraban a Onaisín con bondad
y detención. El vigoroso cuerpo reposaba tranquilo y los ademanes
eran suaves. —¿Y por qué no entiendes? Onaisín, impaciente, se
sentó en la cama y; mientras sus manos acariciaban distraídamente
la cabeza del perro, respondió: —Tú te equivocas. Mírame bien. Yo
no soy nada más que un indio fueguino y un hombre fuerte y fiel.
Apenas sé leer y escribir. Fuera de cazar, buscar oro. remar y pelear,
no sé muchas cosas más; tampoco las echo de menos. De modo que
no me hables de esas cosas. Perderás el tiempo. No sacarás mucho
de mí. Uóltel sonrió: —Bueno, Onaisín; un hombre fuerte y fiel, que
sabe cazar, buscar oro, remar y pelear, no es un ser que se pueda
despreciar, aunque sea un indio fueguino, como tú dices. Yo
también soy indio y no sé muchas cosas más que tú; pero esas cosas
que se puedo enseñárselas a otro que no las sepa. Eso es lo que
queremos: que aquellos que sepan cosas que nosotros no sabemos,
nos las enseñen. —¡Nosotros! Me hablas como si yo supiera quiénes
son ustedes. Empieza por hablarme de ti y de los demás. ¿ Quiénes
son? ¿ Qué pueblo es éste? ¿ Quiénes viven aquí? —Para contestar
a esas preguntas, Onaisín —respondió Uóltel—, necesitaría contarte
la historia de la Ciudad de los Césares. —Cuéntala. Si algo me tiene
de mal humor es no saber dónde estoy ni por qué. —Bueno,
procuraré tranquilizarte. Y Uóltel contó a Onaisín, en pocas
palabras, la historia de la Ciudad de los Césares. El fueguino
permaneció en silencio un instante. Luego preguntó: —Pero..., ¿por
qué viven tan escondidos? Uóltel se levantó y acercándose a Onaisín
le dijo, poniéndole una mano sobre el hombro: —Al principio,
porque no podíamos hacer otra cosa. Después, por culpa del oro. —
¿Del oro? —Sí. Dime, ¿qué habrías hecho tú y tus compañeros,
busca. dores de oro (y así como tú y tus compañeros todos los
hombres del mundo), al tener noticias y conocer el lugar de una
ciudad en que el único metal conocido es el oro y donde de oro son
casi todos los objetos que en otras partes se hacen de metales menos
valiosos? ¿Qué habrían hecho? Armar una expedición de cien o de
mil hombres y lanzarla sobre esa ciudad, inundándola de gente que
robaría y mataría al que quisiera oponerse al robo. Eso habrían
hecho... Y ése es el motivo de nuestro aislamiento... Hasta hace poco
tiempo hemos vivido tranquilos. Los blancos que fundaron esta
ciudad y los que después han llegado nos enseñaron a labrar la tierra,
a trabajar el oro, a tejer; en una palabra, nos enseñaron a vivir. Pero
ahora las cosas están por cambiar. Un hombre blanco- cayó en
nuestras manos. ¿Por qué no lo maté cuando lo encontré
arrastrándose como un gusano, casi muerto de hambre y de frío? Es
un hombre ambicioso que no se ha conformado con vivir aquí como
nunca tal vez había soñado vivir. Quiere irse y llevar oro. Eso es la
muerte para nosotros. Y como solo no puede marcharse, pues no
conoce el camino, empezó a hablar a los césares blancos de la
riqueza, de la opulencia y del lujo que da el oro en otros países.
Convenció a muchos y hace apenas dos lunas pretendieron
marcharse; pero entonces intervinimos los césares negros,
apresando al extranjero y amenazando a los blancos. Estos,
atemorizados, al parecer han desistido; pero a escondidas preparan
la marcha. —¿Quién es el jefe de ellos? —Una mujer, María García
de Onares, último descendiente de Fernando García de Onares,
fundador de esta ciudad. Esta familia ha sido siempre la suprema
autoridad en la Ciudad de los Césares. El último García de Onares,
don Francisco, hombre sabio y prudente, no dejó, por desgracia, más
descendiente que una hija, mujer en quien, más que en nadie, han
hecho efecto las palabras de Diego Rodríguez, el extranjero... —De
modo que... —De modo que aquí estamos inquietos y sobresaltados
todos; unos quieren irse y otros impedir que se vayan. —Pero algún
día serán ustedes conocidos. —Puede ser, aunque es difícil.
Contados extranjeros han llegado aquí por sus propios pies, y de los
que han entrado a esta ciudad, ninguno ha vuelto a salir jamás. —
¿Por qué? —¿Quién sabe? Cazadores, buscadores de oro,
exploradores. viajeros, hasta sabios y bandidos han llegado aquí
traídos unos por casualidad, apresados los más por nosotros. Cada
uno trajo su inteligencia, su consejo, su tenacidad, que nosotros
hemos aprovechado del mejor modo posible. —Y nosotros- Uóltel,
¿ qué suerte correremos? —En este momento, no sé. Seguramente
los césares blancos tratarán de atraer a ustedes para su causa, con
mayor razón si saben que son buscadores de oro... ¿ Qué crees tú
que harán tus compañeros? —No podría decírtelo... Este es un
asunto que está fuera de todo lo que podíamos sospechar. En ese
momento una voz llamó desde afuera: —¡Uóltel! —¡Ya voy! —
contestó el césar negro—. Hasta luego, Onaisín. Pronto estarán aquí
tus compañeros. Y suceda lo que suceda, acuérdate de que somos
amigos. Lo mismo haré yo. Onaisín estrechó con vigor la mano que
le tendía el césar de anchas espaldas y gruesos músculos. Se fue
Uóltel y el fueguino quedó solo con su perro, entregado a mil
reflexiones. Aunque ya veía claro en medio de aquel sueño de
buscador de oro, otras preocupaciones lo embargaban. ¿ Qué dirían
y qué ‘harían sus camaradas? De Enrique podía responder: se
inclinaría de parte de los césares negros. Pero Smith, viejo
aventurero, y Queltehue, y Hernández, misterioso hombre este
último, ¿qué harían? Tenía el presentimiento de que influirían de
algún modo en la Ciudad de los Césares. —¿Qué harán, Indio? Y
nosotros, ¿qué haremos? Indio, que no comía desde el día anterior,
parecía pensar en Otras cosas.
7
Todos apresados
APENAS separado de Onaisín, Uóltel se reunió con sus hombres y
partió en busca de los otros extranjeros. Desde lo alto del cerro,
escondidos tras las rocas e invisibles a los ojos de Enrique y
Hernández, él y sus compañeros siguieron paso a paso las idas y
venidas de los dos hombres. El español y el hijo de Sam Cocktail,
que hallaron al amanecer las huellas de Onaisín, registraron el
bosque minuciosamente, encontrando allí los rastros del fueguino y
el del perro, además del de Uóltel, que los llenó de confusión. Aquel
pie desnudo, que dejaba. una huella tan profunda en la tierra
húmeda, no podía ser, según Enrique, sino de un indio, pues ¿ quién
sino un indio - podría andar descalzo por un terreno sembrado de
piedras y de trozos de ramas con espinas? —Bien puede ser también
un hombre blanco —murmuró Hernández, contemplando el rastro.
—Sí, podría ser también un hombre blanco; pero estoy seguro de
que es un indio. He visto muchas huellas y las sé distinguir. El
hombre blanco, aunque haya andado mucho tiempo descalzo, pisa
de otro modo: el talón se hunde más, y los dedos, menos. Es la
costumbre del calzado. En cambio, el indio camina con, los dedos.
Vea usted. —SI, es verdad; pero con esto no avanzamos mucho. —
No mucho, pero ya sabemos algo. Hay indios, y no sé si alegrarme
o entristecerme por ello. Se ve que el indio ha estado con Onaisín:
aquí están sus huellas, allí las de nuestro compañero, acá las del
perro. Han estado los tres juntos. Eso me da confianza. Si el indio
hubiera querido matarlo aquí, lo habría hecho; pero no. El indio se
marchó solo. ¿Volvió? ¿No volvió? Y si no volvió, ¿dónde está
Onaisín? Y si volvió, ¿dónde lo hizo? Dejemos al indio y sigamos
el rastro de los que nos interesan. Salieron del bosque. Uóltel y sus
compañeros se miraban y sonreían al verlos rastrear la llanura.
Encontraron el campamento de Onaisín. De allí en adelante se
perdían las huellas del fueguino y del perro. Enrique y Hernández
se miraron. —Esto es misterioso —comentó el español. —Es raro.
Se pierden las huellas de ellos completamente y no se ven sino pies
descalzos. No han muerto a Onaisín ni al perro, por lo menos hasta
aquí. —¿Los habrán llevado en andas? —Es muy posible. — ¡
Vaya! Pues son gente muy amable. —Pero ¿ por qué los han llevado
en andas? ¿ Estarían muertos? ¿Irían vendados? —Tiene usted
razón! No puede haber sido sino este último motivo. —Sigamos las
huellas de los pies descalzos. Siguiéndolas llegaron a las orillas del
lago. Ahí se acabaron todos los rastros. Caminaron por las
márgenes, pero inútilmente. Vino la noche y los encontró muy lejos.
—Tendremos que hacer la señal —murmuró Hernández. —No
hagamos nada —contestó Enrique—. Dejemos que Smith y
Queltehue avancen. Mañana nos reuniremos con ellos. Al amanecer,
mientras Enrique dormía y Hernández, dormitando, hacía guardia,
Uóltel y sus hombres cayeron silenciosamente sobre ellos. No hubo
lucha ni resistencia. Desarmados y rodeados de doce hombres, los
aventureros, más sorprendidos que asustados, preguntaron: —¿Qué
pasa y qué es lo que quieren ustedes? —No pasa gran cosa y lo que
queremos es que ustedes vengan con nosotros. —¿Y si no
queremos? —Los llevaremos a la fuerza. Enrique, que esperaba un
lenguaje muy diverso, un lenguaje de indio, atravesado y confuso,
se sorprendió más aún. ¿ Eran blancos, entonces, los que habían
asesinado o secuestrado a Onaisín? La obscuridad no le permitía
distinguir quiénes eran aquellos hombres. Recurrió a una
estratagema: estiró fuertemente los brazos y soltándose de los que
le sujetaban, se abrazó a ellos. En un segundo, mientras los hombres
intentaban dominarlo, sus manos recorrieron los torsos y los rostros.
Eso le bastó. —No quiera usted resistirse —dijo la voz. No pienso
resistirme. Quería únicamente saber quiénes eran ustedes. —Pues
ya que lo sabe, vamos andando. Y al otro día, muy temprano, en
momentos que Onaisín tomaba su desayuno, Uóltel entró al cuarto
y le dijo: —Buenos días, Onaisín: te traigo a dos de tus amigos. En
medio de una escolta de césares negros se veía a Enrique y a
Hernández. El primero, muy extrañado, abrazó a Onaisín: —¿Tú
aquí? —¡Cómo! ¿No lo sabían ustedes? —preguntó Onaisín, dando
una mirada a Uóltel, que sonrió. —Nadie nos ha dicho nada. Estos
hombres nos sorprendieron anoche, mientras descansábamos, sin
darnos tiempo para defendernos... Pero ¿ cómo caíste tú en manos
de ellos? Onaisín contó lo sucedido desde que se separó de ellos y
lo que sabía sobre aquella ciudad y sus habitantes. No dijo una
palabra, sin embargo, sobre el conflicto que preocupaba a los
césares. — ¡ Qué extraordinario es esto! —comentó Hernández—.
Nunca me imaginé que existiera por aquí una ciudad de esta clase,
fundada por españoles... ¿Y qué harán o qué querrán de nosotros?
¿Lo sabe usted? — respondió Onaisín—. Mi amigo Uóltel, que es
el único que puede informarnos sobre las intenciones que tienen
para con nosotros, ha desaparecido. En ese instante el fueguino
observó que el césar de los libros le hacía señales; lo hizo avanzar y
lo presentó a sus amigos. El hombre no se demoró en formular su
deseo: —Señores: ¿ alguno de ustedes trae un periódico? Enrique y
Hernández miraron estupefactos a Onaisín. —¿Periódico? —
murmuró Enrique. —¿Qué periódico? —preguntó Hernández. El
hombre se atolondró un poco. —Periódico, señores; de esos
periódicos que ustedes leen cuando están en las ciudades que
habitan. — ¿ Se refiere usted a esos papeles impresos y artículos de
política? —inquirió el español. —Sí, exacto; a esos papeles
impresos, señor. —Hace mucho tiempo que no veo ni leo un
periódico — contestó Enrique. —Creo que traigo alguno en mi
equipaje, aunque debe ser muy atrasado —dijo Hernández—.
Espere usted a que me traigan mis cosas y se lo daré. —¿Me lo dará
usted? —Sí, hombre, sí. Se lo daré. Hernández miraba con
curiosidad al hombrecillo. —¿Y para qué quiere usted periódicos,
buen hombre? —le preguntó. —Para leerlo, señor —contestó el
césar negro, con una sonrisa humilde. —¿Le gusta a usted leer
periódicos? —Mucho —Pero. también le gustará a usted leer otras
cosas. —Claro que sí. Libros, por ejemplo. —¿Libros también?
Pues yo puedo darle a usted un libro que le gustará mucho. —¿Y
qué libro es? —preguntó el césar, cuyos ojos brillaban. —La Biblia.
El césar estuvo a punto de caer. —¡Una Biblia! ¿ Pero es que tiene
usted una Biblia? —No sólo una; tres o cuatro, y le daré una con
mucho gusto en cuanto me reúna con mi equipaje. El césar negro
quiso hablar, pero no pudo; tan grande era su impresión. Saludó
profundamente y después de tropezar en una silla y de querer abrir
la puerta por el lado de los goznes, salió demudado. —¡Oiga usted!
—gritó Hernández. Volvió el hombre. —Y si cuando la lea no
entendiera usted algunas cosas, tendré mucho gusto en
explicárselas. El césar hizo un gesto de agradecimiento y se fue. —
¡Qué hombre tan raro! —exclamó el español—. Querer leer un
periódico aquí, donde de seguro llegarán con meses de atraso. Pero,
en fin, esto no sucede en todas partes. ¡ Vaya, vaya! Las cosas no
empiezan mal.
8
Otra vez juntos
AL ATARDECER y en los momentos en que la tensión nerviosa
de los prisioneros llegaba a su grado máximo, una escolta de
césares negros, comandada por Uóltel, trajo al viejo Smith y a
Queltehue. —Bueno —exclamó Smith, riendo y golpeando los
hombros de sus camaradas—. Ya estamos todos juntos. Buenas
noches. Veo que no han sufrido ustedes ningún daño y eso me
tranquiliza. Sepamos ahora dónde estamos y qué quieren de
nosotros estos alacalufes que tan bien hablan español. Pero antes
cuenten cómo han sido ustedes secuestrados. Iba a contestar
Enrique, cuando Uóltel abrió la puerta y dijo: —Señores: los
césares blancos esperan a ustedes. Smith se quedó con la boca
abierta: — ¡ Los césares blancos! ¿Y quiénes son esos caballeros?
—Los habitantes blancos de la Ciudad de los Césares — respondió
Uóltel.. —La Ciudad de los Césares —murmuró Smith, más
sorprendido aún—. Esperen, esperen... Yo he oído hablar de la tal
ciudad. Claro que sí: el chilote Barrientos contaba que en las
montañas de la Patagonia chilena existía una Ciudad de los
Césares, habitada por holandeses o españoles, no recuerdo bien,
gente que no había podido ser encontrada nunca; me dijo que
muchos habían buscado la tal ciudad y que en las noches de Pascua,
cuando corría viento de la cordillera hacia el mar, se oían sonar las
campanas de su iglesia, y que esas campanas eran de oro... Pero yo
creía siempre que ésas eran pamplinas de los chilotes, que son tan
dados a historias... ¿ De modo que nosotros ‘hemos descubierto la
Ciudad de los Césares? Muy bien; vamos. No hagamos esperar a
esos caballeros. Pero, oye, Queltehue: ¿ qué te estás echando al
bolsillo? Mientras hablaba, Smith advirtió que el cocinero hacía
esfuerzos por introducirse en el bolsillo algo voluminoso. —¿Qué
es eso? —le preguntó, acercándose. Queltehue, un poco turbado, le
dijo, mostrándole el objeto de sus afanes: —Es un vasito, patrón.
—¿Un vasito, eh? ¿Y desde ‘cuándo...? A ver, dame. Observó el
vaso un instante, abrió la boca en gesto de sorpresa y luego,
volviéndose hacia los circunstantes, exclamó: —¡Pero esto es de
oro! —No se asuste usted, patrón Smith —intervino Onaisín—.
Aquí todo es de oro. Mire usted ese jarro y ese cuchillo y ese
lavatorio. Smith, que reventaba de asombro, examinó
detenidamente lo que Onaisín le señalaba, se mesó la barba un
instante y después, dirigiéndose a Queltehue, dijo: —Pues si todo
es de oro, Queltehue, haces mal en querer guardarte un vaso. Busca
algo de más bulto. Rió a grandes risotadas. —Vamos —continuó—
. Deja en paz ese vasito y no sueltes la carabina. —Veo que no les
han quitado a ustedes sus carabinas — observó Hernández. —¿Y
por qué nos las iban a quitar? —preguntó Smith—. Nosotros no
hemos venido como prisioneros sino como invitados. Advertirnos
a tiempo el golpe y propusimos a ese joven que está ahí ¿ Cómo se
llama usted? —preguntó a Uóltel. —Uóltel, señor —repuso el
interpelado. —Lindo nombre para la bahía de Yandagaia —repuso
Smith—. Propusimos a este joven dos cosas: o agarrarnos a tiros y
puñaladas hasta que no quedara títere con cabeza o venir
buenamente si nos aseguraban que no sufriríamos daño alguno y
que tampoco ustedes lo habían sufrido. Aceptaron lo segundo, por
suerte para todas; nos vendaron la vista y aquí estamos. Pero, oye,
Queltehue, ¿otra vez con el vasito? Queltehue había vuelto a sus
manipuleos. —Déjelo usted, señor —intervino, sonriendo,
Uóltel—. Que se lo lleve, si tanto le gusta. Yo se lo regalo. —Tiene
suerte este flaco bandido —dijo Smith—. ¿Por qué no vería yo
primero el vasito? Todos reían al salir. En la puerta esperaba a los
extranjeros una imponente escolta de césares negros, armados de
lanzas, flechas, mazos y tal o cual herrumbrosa espada, armas que
provocaban la sonrisa desdeñosa de los extranjeros y la particular
curiosidad de Queltehue, quien se sentía lleno de un inesperado
espíritu de coleccionista. -Mientras marchaban, Enrique contó a
Smith lo que sabía respecto de la ciudad y de sus habitantes. La
sorpresa del viejo era ruidosa: lanzaba exclamaciones y gritos que
hacían sonreír a los césares que los miraban pasar. —Enrique, me
estás contando un cuento para niños...
9
Los césares blancos
EL EDIFICIO, bajo y amplio, tiene apariencias de municipio
provinciano. Su primera habitación, situada a la izquierda del
vestíbulo, es una sala de grandes dimensiones y alta de techo,
decorada con tejidos y esteras. Al fondo de esta sala hay una puerta
ancha y maciza, de dos hojas, claveteada, que se abre sobre otra
sala, de menores dimensiones que la anterior y donde, en este
momento, hay diez ‘hombres sentados alrededor de una mesa
rectangular. La sala tiene, también, como la anterior, algunos
adornos murales, pieles y tejidos de colores armas, relieves en oro,
estatuitas de madera. Además de la mesa, hay numerosas sillas. El
aspecto de la sala recuerda también un municipio provinciano: es
la sala del Consejo de los césares blancos. Allí están ellos,
magníficos tipos, altos, blancos y rubios unos, morenos otros, de
estupendas barbas y vestidos de albas túnicas concejiles, costumbre
de la ciudad. —Uóltel me ha dicho —dice uno de ellos— que los
extranjeros que esperamos son hombres vulgares, aunque blancos;
buscadores de oro, aventureros... Ignoraban la existencia de nuestra
ciudad y sólo la suerte los ha traído hasta nosotros. —¿Y qué
intenciones tenéis respecto a ellos? —pregunta otro. Aunque sean
vulgares buscadores de oro, son hombres y, lo que es mejor, o peor,
blancos, excepto uno, que parece indígena, según Uóltel. En las
actuales circunstancias, cualquier extranjero blanco, no importa su
índole, condición o carácter, es un aporte valioso para nosotros.
Puede también que no lo sea; pero en el caso presente creo que sí:
ningún buscador de oro será lo suficientemente necio para rechazar
un obsequio que le representa el doble o el triple de lo que buscaba,
y aún más. Estamos en condiciones de comprarlos por su peso en
oro, precio que no obtendrían ni aunque fueran a venderse a
Satanás. Una carcajada de satisfacción hizo ondear las estupendas
barbas. —Tendremos ahora una entrevista con ellos y sabremos
quiénes son y cómo son. Una vez enterados, procederemos a
comprarlos de uno en uno o a encerrarlos de dos en dos. Una voz
vacilante salió de una punta de la mesa: —Decidme, don Felipe,
¿cómo andan esos preparativos? Don Felipe dirigió una dura
mirada al que lo interrogaba. —Si no fuerais tan holgazán y tan
poltrón, don Francisco contestó—, sabríais que todo está a punto y
que la marcha puede ser tanto para mañana como para esta noche.
Tenemos todo preparado. Diego Rodríguez está advertido y espera
su libertad para ponerse al frente de nuestra gente. Pero vosotros,
por lo visto, en lugar de asistir a nuestras reuniones, preferís pasar
las noches contando y pesando el oro que llevaréis. Lo tomaremos
en cuenta cuando llegue el caso. La voz de Felipe García era
insolente. Era la voz del que se siente seguro de sí mismo, no tanto
por lo que vale como por lo que tiene y representa. Era el jefe de
aquel Consejo y uno de los hombres que más fortuna en oro poseía
en la ciudad, descendiente directo de uno de los fundadores del
pueblo, don Blas de García, individuo que se agregó a la
expedición con la esperanza de resarcirse en América de los
reveses que su fortuna había sufrido en España y que pensaba
establecerse, allí donde la expedición se detuviera, con una tienda
o una venta. En ese momento se abrió la puerta y Uóltel entró. —
Aquí están los extranjeros —anunció. —Diles que pasen. Los cinco
hombres aparecieron. —Adelante, señores —dijo Felipe García—
. Sed bien venidos a la Ciudad de los Césares. Sentaos. Los cinco
aventureros, desconcertados a la vista de aquellos hombres que
vestían tan desusada vestimenta y que portaban tan estupendas
barbas, tomaron asiento frente a la mesa. Don Felipe prosiguió: —
Han sido ustedes sorprendidos y apresados por los hombres que
vigilan nuestras fronteras. Pedimos disculpas por las molestias que
esto les haya ocasionado. Por lo que me han dicho, la existencia de
nuestra ciudad era desconocida para ustedes. Siento tener que
manifestarles que el extranjero que ha puesto los pies en nuestra
ciudad, salvo rarísimas excepciones, no ha vuelto a salir de ella.
Para la tranquilidad y conservación de este pueblo conviene que así
sea. Un solo hombre que salga de aquí llevando la noticia de
nuestra existencia y de nuestra riqueza, sería motivo para que
infinidad de hombres se arrojaran sobre nosotros y nos dispersaran.
Calió el hombre. Hubo un momento de silencio y durante ese
momento los césares blancos y los extranjeros parecieron medirse
con la mirada. Las palabras del césar eran una amenaza para la
libertad de los aventureros y éstos miraban a- los césares como
preguntándose si esos hombres, de barba y túnica, serían capaces
de detenerlos en su marcha Los césares, por su parte, esperaban la
palabra de los prisioneros y miraban sus caras obscuras y sus ropas
rotas. Uóltel, de pie tras los extranjeros, contemplaba la escena.
Había diferencia entre los césares blancos, limpios y bien cuidados,
y estos extranjeros sucios y vacilantes. Aquellos parecían los amos
de éstos, y por unos minutos Uóltel temió por la causa de los
césares negros. Los extranjeros serían absorbidos.
10
Mucho discutir
EL VIEJO Smith se levantó y su voz gruesa llenó la sala. Había
entendido que el silencio de los césares indicaba que esperaban la
palabra de ellos. —Perdonen ustedes —dijo—. Yo nunca he
podido hablar con alguien cuyo nombre ignoraba. —¿Qué quiere
usted decir con eso? —preguntó don Felipe. —Que me diga usted
su nombre. Los césares blancos se miraron. —¿Para qué quiere
usted saber mi nombre? —Es mi costumbre. Si no me dice usted
su nombre no hablaré. Necesito, por lo que pueda ocurrir después,
saber con quién hablo y quién me habla. —Me llamo Felipe García.
—Muchas gracias. Yo soy William Smith. Pues bien, señor García,
oiga usted lo que voy a decirle: es la primera vez que alguien, sin
tomarme consentimiento, me dice que debo quedarme en el sitio
que él quiere. Nosotros no pretendíamos entrar a esta ciudad; ni
siquiera conocíamos su existencia. El objeto de nuestro viaje: otro
muy distinto y sin relación con ustedes ni con su pueblo misterioso.
Mis compañeros han sido apresados, traídos a la fuerza. ¿Por qué
no se nos ha dejado seguir nuestro camino? —La Ciudad de los
Césares necesita de los extranjeros — contestó otro de los césares,
y como había visto que Smith lo miraba interrogativamente,
agregó—: Me llamo Fernando Villagrán... Sus conocimientos, su
sabiduría, sus habilidades son utilizados por nosotros. Cada
extranjero trae algo nuevo, palabras, consejos, experiencias,
elementos que no conocemos y que pueden servirnos de: mucho
En cambio de ellos les damos comodidades, casi opulencia,
tranquilidad, seguridad. ¿ Qué más puede desear un hombre, y
sobre todo si es un hombre que busca esos bienes, como en el caso
presente? —Aunque me pesara usted en oro, no consentiría —
repuso Smith con brusquedad—. He sido traído aquí casi a la fuerza
y haré lo posible por salir. —¿Eres tú el jefe de esta expedición?
—preguntó García.. —Si quieres saberlo, te lo diré —respondió
Smith con ironía—. Soy jefe en lo que se relaciona con el objeto
de nuestro viaje. Nada más. En otros asuntos cada uno es libre y no
puedo imponer a nadie mi autoridad ni mi voluntad. —Escuchemos
entonces la opinión de los demás — propuso otro de los césares.
—Creo que no hay necesidad —contestó Enrique— de consultar a
cada uno por separado. Todos tenemos la convicción de que
ustedes han obrado mal... Dicen que la Ciudad de los Césares
necesita de los extranjeros. Muy bien. Que los traigan, pero no con
violencia, sino con su asentimiento. No es que yo encuentre
ridículo, triste o estúpido encerrarse aquí toda la vida; no; al fin y
al cabo los hombres están más o menos encerrados en todas partes;
pero, en principio, rechazo una situación impuesta por la fuerza. —
Habla tú, extranjero —dijo Fernando Villagrán a Hernández. —Yo
creo, como mis compañeros de expedición —respondió el
español—., que no debemos aceptar esto. Dicen ustedes que
necesitan de los extranjeros para progresar. Muy bien. Pero una
manera mucho más fácil de progresar sería abrir esta ciudad a todo
el mundo y no sólo a los que llegan aquí por casualidad. ¿De qué
les sirve a ustedes tanta riqueza? En la forma en que viven
actualmente, de nada. Es una riqueza muerta. Esta riqueza muerta
sería, en cambio, de inestimable valor si entrara a circular dentro
de una mayor cantidad de actividades y de hombres. Por lo dicho,
estimo que no salo debe dejársenos en libertad, sino que también
debe abrirse esta ciudad al conocimiento del mundo. —Bien, muy
bien —exclamó, sin poder contenerse, don Francisco. —Callaos,
don Francisco —advirtió secamente Felipe García—. Y tú, hombre
de color —continuó, dirigiéndose a Onaisín—, ¿tienes también tu
opinión? —Sí —contestó el fueguino, adelantándose. —Habla,
pues —dijo el césar, mirando con curiosidad al indio. —Es la
siguiente: me extraña que quieran obligarnos a que nos quedemos
aquí. Sé que ustedes quieren irse llevándose todo el oro que puedan
y dejando solos a los césares negros... Si esto es así, ¿por qué no lo
dicen? ¿Por qué mienten? Yo soy el último de todos aquí; pero
puedo decir que si se nos deja en paz no diré una palabra sobre la
Ciudad de los Césares; pero que si se nos obliga a quedarnos me
uniré a los césares negros y pelearé contra los blancos cuando
quieran marcharse. Estas palabras, dichas con gran vigor,
provocaran diversas reacciones en los que las escucharon: sorpresa
en sus compañeros, que nada sabían de aquel asunto, e ira y estupor
en los césares blancos. —¡Eh, extranjero! —gritó don Felipe
García—. Considera que estás en nuestras manos y que podemos
castigarte por tu imprudencia. —No creo que ustedes sean capaces
de tocarme — contestó el ona, desafiante. —¡Insolente! El césar,
incorporándose, avanzó hacía Onaisín; pero Indio, que estaba,
echado a los pies del fueguino, se levantó gruñendo y con los pelos
erizados, en tanto que Queltehue, como si se tratara de una
excursión de caza, alzaba su carabina y encañonaba al césar con
toda tranquilidad. —No se ponga nervioso, caballero —dijo con
hiriente cortesía—. Indio tiene los colmillos muy afilados y yo muy
buena puntería. —Atacadme y veréis cómo los césares negros os
harán pedazos —exclamó el césar, deteniéndose ante el feroz
perro. —Aunque estuviera usted gritando siete años seguidos,
ningún césar negro acudirá en su ayuda —contestó Onaisín, que
había desenvainado su machete de monte—. Siéntate y sigamos
conversando. Pero la paz había sido rota por aquella especie de
declaración de guerra de Onaisín, y los césares blancos, que se
habían levantado creyendo en una riña y que a causa de las palabras
del ona se sentían un poco avergonzados, optaron por retirarse. —
Hemos terminado —contestó Fernando de Villagrán—. Mañana
proseguiremos esta conversación. Podéis retiraros. Y hablando
animadamente, los hombres de barba y túnica desaparecieron hacia
el interior de la casa, mientras Smith y sus otros compañeros
rodeaban a Onaisín. — ¡ Pero cómo no nos habías dicho nada, indio
taimado! —exclamó el capitán del “Sam Cocktail”—. ¿ Los
blancos piensan. abandonar la ciudad? —Sí, y se llevarán todo el
oro que puedan. —Entonces —dijo Hernández con sencillez—
vámonos con ellos. —Sí; eso está muy bien para dicho. Pero ¿y los
césares negros? —Que se vayan ellos también —contestó el
español. —¿A dónde irá un indio con los bolsillos llenos de oro?
—-¡Qué nos importan a nosotros los césares blancos, los negros ni
los amarillos! —exclamó impaciente el viejo Smith—. Nosotros
sacamos nuestra parte y nos largamos. Por lo demás, las razas
indígenas están condenadas a desaparecer -¡Bah, bah! —exclamó
Hernández—. Me parece que Onaisín toma una actitud impropia.
—¿Por qué impropia? —preguntó Enrique. - Según tengo
entendido Onaisín no es más que un sirviente suyo como tal, debe
seguir la opinión de su amo. Estas imprudentes palabras produjeron
sorpresa. Onaisín, desconcertado ante el insulto no supo que
responde durante un segundo o dos su mano derecha, que
empuñaba el machete, tembló. Queltehue, con la boca abierta, no
respiraba y los demás parecían paralizados. Pero el indio levantó
suavemente el brazo y envainó la ancha arma. Enrique habló: —Se
equivoca usted, Hernández, y se equivoca dos veces: primero,
porque Onaisín no es un sirviente sino un amigo y compañero que
no tiene por qué seguir mi opinión y al que, por otra parte, no
permitiré que se le humille u ofenda, y segundo, porque yo no he
dado hasta este momento opinión alguna. —Gracias, Enrique —
murmuró Onaisín. —Perdonen ustedes —dijo Hernández.
Salieron. Uóltel, que había sido testigo de todo lo sucedido y
hablado y que no cabía en sí de gozo, tocó en el brazo al fueguino
y le dijo: —Ven conmigo y convida a tu compañero Enrique.
Quiero hablar con ustedes dos. —Enrique —dijo Onaisín a su
camarada—. Uóltel te ruega que lo escuches un momento. —
Bueno, vamos —respondió el hijo de Sam. —Los extranjeros serán
conducidos a su alojamiento — mandó Uóltel a la escolta—. Estos
dos vendrán conmigo. Separó a los dos amigos del grupo. —
Seguidme. Echaron a andar. El perro fue tras ellos.
11
Los césares negros
—ENTRAD —dijo Uóltel, apartando la cortina—. Esta es la casa
de los césares negros. Penetraron en una habitación tapizada de
esteras y tejidos de color. Colecciones de lanzas y flechas de oro
brillaban en las paredes. Al fondo, sentados en el suelo sobre
mantas de un rojo resplandeciente, estaban seis hombres casi
desnudos. —Buenas noches, césares negros —dijo Uóltel—.
Traigo dos de los extranjeros llegados recientemente a la ciudad.
Los he traído porque me parece que son los que están más cerca de
nosotros. Habla tú, Sol de Plata, que eres el más sabio y el de más
autoridad. Sentaos, extranjeros. Sol de Plata se levantó. Era un
hermoso hombre, alto, de largos y flexibles músculos; herida su
piel por la luz de las antorchas, afirmado en su lanza, orgulloso el
gesto, parecía un guerrero de epopeya, uno de aquellos que
hicieron decir a Álvarez de Toledo: . fuertes, bravos y ligeros, de
grandes cuerpos y únicos flecheros. A su vista, una profunda
emoción llenó el alma de Onaisín. Creyó ver en Sol de Plata a uno
de los obscuros dioses de su raza, fundadores de su pueblo, de aquel
pueblo que agonizaba ahora en las márgenes de los canales
magallánicos. Sintió deseos de correr hacia él y de arrodillarse para
escuchar su palabra. Próximo estallar en sollozos, inclinó la
cabeza. Con voz clara y calmada. Sol de Plata dijo: —Los
extranjeros saben ya lo que ocurre nosotros queremos saber la
actitud que adoptarán. La nuestra es la siguiente: estamos
dispuestos a impedir la salida de los césares blancos. aunque para
ello tengamos que recurrir a la violencia o la muerte. Se trata aquí
de nuestra vida y debemos dejar a un lado todo sentimiento de
piedad. sobre todo cuando sabemos que ellos no sienten por
nosotros sentimiento semejante alguno. No queremos correr la
suerte de nuestros hermanos de más al sur y de la Tierra del Fuego.
Sin embargo, quisiéramos evitar un choque. No podemos olvidar
que a los blancos debemos muchas cosas que valen más que el oro
que quieren llevarse. Pero la vida es la vida. Aunque Sasiulp ha
demostrado últimamente intenciones de no abandonar la ciudad,
los blancos persisten en marcharse. —¿Quién es Sasiulp? —
preguntó Enrique. —Es el nombre que los césares negros damos a
María García de Ónares. —-Sasiulp —murmuró Onaisín.
recordando a la estrella Sirio. —Sí; Luz de los Ojos en nuestro
idioma —dijo Uóltel. —Ella no podrá impedir que los blancos
salgan y será preciso que lo impidamos nosotros —exclamó
bruscamente otro césar negro. irguiéndose----. Y lo impediremos.
Río Negro y sus hombres no temen a los césares blancos y los
heriremos sin piedad, aunque nuestros ojos lloren y nuestros
corazones sangren. Río Negro ni era tan hernioso como Sol de Plata
ni tan arrogante, pero era sin duda más fuerte. Enrique admiró sus
duros músculos, ejercitados en la lucha. que jugaban y se
apelotonaban en sus brazos como hombres decididos. Era el jefe
de los guerreros negros de la Ciudad de los Césares. —¿Han
hablado ustedes con Sasiulp? —preguntó Enrique. —Últimamente
no —respondió Sol de Plata—. Conocemos sus intenciones por
Estrella, una joven de nuestro pueblo que vive en su casa. Pero no
es a Sasiulp a quien hay que convencer. Es a los césares blancos.
Nosotros hemos hecho ya lo posible y no hemos conseguido nada.
Nuestra esperanza, en este momento, está en ustedes. Nosotros no
sabemos qué es lo que hay detrás de las montañas y más allá de los
bosques que ustedes han atravesado; pero suponemos que no será
tan magnífico cuando ustedes, hombres blancos, necesitan venir
hasta aquí en busca de riquezas. No quisiéramos herir su dignidad,
extranjero, pero queremos hacerle un ofrecimiento que puede
aceptar o rechazar en este momento: a cambio de que convenzan a
los césares blancos, les daremos las riquezas que quieran llevarse.
Es una oferta que pone a ustedes en el mismo plano de los césares
blancos, pero no hay que olvidar que ustedes han venido en busca
de lo que les ofrecemos. Si no quisieran irse, tendrían aquí lo que
en otra parte quizás no tengan: comodidades, respeto, facilidad.
Medítenlo y contesten. Perdida esta última esperanza, obraremos
por nuestra cuenta, y entonces... nadie sabe lo que ocurrirá. Sol de
Plata se sentó. Sólo quedó en píe Río Negro. Hubo un silencio.
Enrique reflexionaba, y Onaisín, dejando correr su mano por la
inteligente cabeza de Indio, que estaba echado entre los dos
camaradas, esperaba la palabra de su amigo. —En realidad —dijo
Enrique—, me ponen ustedes en un paso. difícil. No debo olvidar
que nosotros somos cinco hombres y que cada uno tiene derecho a
tener su opinión. Yo no puedo obrar, personalmente, sino en mi
nombre y tal vez en el de Onaisín, que ha manifestado sus simpatías
por ustedes. En mi nombre y en el de mi compañero, acepto
desempeñar la misión que ustedes me dan, sin considerar por ahora
la oferta hecha. Pero hay un obstáculo: mis demás compañeros. Si
ellos quieren marcharse con los césares blancos, ¿qué hago? En
principio yo no puedo abandonarlos o luchar contra ellos. —Desde
el momento en que usted o SUs compañeros manifiesten cl deseo
de irse con los césares blancos, los consideraremos enemigos
nuestros y procederemos contra ustedes como contra ellos:
violentamente —contestó Río Negro. —Comprendo —repuso
Enrique—. Lo que yo debo decir a los césares blancos es lo
siguiente: los césares negros se oponen, bajo amenaza de guerra, a
que abandonemos la ciudad. Quedémonos... ¿Eso es todo? —Todo
—respondió Sol de Plata. —Pero —dijo Enrique— si consigo lo
que me piden, ¿podré después abandonar esta ciudad con mis
compañeros? —Podrás —contestó Río Negro—. Ya lo ha dicho
Sol de Plata. —¿Y si no lo consigo y me hago a un lado? —Te
dejaremos en paz. —Comprendido. Buenas noches. Vamos,
Onaisín. Se levantaron todos y Uóltel guió a los amigos a través de
los corredores de la casa. —Supongo que tendrán ustedes hambre
—murmuró Uóltel al salir—. Iremos a comer y conversaremos. —
¿Quiénes son estos césares negros? —preguntó Enrique. —Es el
Consejo nuestro. Los blancos y los negros tienen cada uno el suyo.
El nuestro está formado por los seis hombres que ustedes han visto
ahora, y el de los blancos, por los diez que vieron antes. Todos son
elegidos por el pueblo y cada uno representa una actividad especial.
12
La noche
CAÍA LA noche y con ella la inquietud y la zozobra sobre la
pequeña Ciudad de los Césares. La gente, que durante el atardecer
permaneció al aire libre comentando los acontecimientos,
desapareció. Las noticias eran cada vez más alarmantes y cada uno
pensó en su situación como individuo y como pueblo. Únicamente
grupos armados de césares negros y blancos recorrían las
callejuelas, deteniéndose aquí y allá, advirtiendo a unos,
apresurando a otros, animando a éste, dando instrucciones a aquél.
Había ya un ambiente de revuelta; sabían unos y otros que la
cuestión no se decidiría sino violentamente, arma contra arma.
Apenas llegada la noche, Smith, Hernández y Queltehue, separados
de sus compañeros, marchaban, escoltados, hacia la casa que les
servía de cárcel. Smith, que no era ‘hombre a quien aquellos
acontecimientos pudieran, así como así, inquietar, iba tranquilo.
Para él la cuestión estaba clara y la solución se reducía a aprovechar
el viaje, o la huida, de los césares blancos. Esa era la puerta de
escape. Se irían con ellos, arreando lo que se pudiera arrear. Allí
había oro para todos y aún sobraría. Hernández, en cambio, iba
sombrío. Lo sucedido empezaba a pesar sobre su alma y le dolía
ahora haberse mostrado indiferente ante la suerte que correrían los
césares negros y tan brutal con Onaisín. —¿En qué piensa usted?
—le preguntó Smith viéndolo tan silencioso. —Hombre —
contestó con brusquedad el español—, iba pensando en lo bruto
que he sido. —¿Cómo así? —Me he conducido como una bestia
con Onaisín y he desoído a mi conciencia cuando se habló de los
césares negros. A pesar de mi condición de..., bueno, de mi
condición de hombre culto, no he podido olvidar que soy español
y que los césares blancos también lo son. —No haga usted caso —
le advirtió Smith—. No tiene importancia. Ya ve usted que -
Onaisín se calló. En cuanto a los césares negros... —Sí; Onaisín
calló y seguramente también callarán íos césares negros. Pero esto
no es consuelo para mí. Me he portado mal. Soy un animal. Smith
no quiso contradecirle. Cada uno tiene sus escrúpulos y su fibra.
Allá él. Sin embargo, le llamaba la atención ese arrepentimiento,
tan desusado entre hombres de aventuras, mucho más tratándose
de un asunto tán sencillo. Hernández era, para él y sus compañeros,
un hombre un tanto misterioso. Queltehue oía la conversación de
sus compañeros como quien oye llover. Para él no había
problemas. “Yo soy el cocinero de la expedición —reflexionaba—
y no tengo pito que tocar en esto de los negros y de los blancos. Si
hay oro, me darán mi parte. Si no hay, no me darán nada. Pero esta
tierra me gusta y si es cierto que con sólo quedarse aquí le dan a
uno lo suficiente para vivir tranquilo, me quedaré. Si se van los
blancos, me quedaré con los negros. Mientras menos boca, más nos
toca. Y de ahí no me sacará nadie.” Llegaron a la casa. La mesa
estaba servida y se sentaron. Dos muchachas indígenas, muy
limpias, vestidas de blanco, ayudadas por el hombre de los diarios,
atendieron a los amigos. Queltehue, que no había visto de cerca a
ningún habitante femenino de aquella ciudad, no despegó los ojos
de las muchachas. —Que se le enfría a usted la comida —le
observó Hernández. —Déjela que se enfríe —respondió
Queltehue—. A usted también parece que se le está enfriando. El
hombre aficionado a la lectura no le quitaba ojo a Hernández. —
Ya llegaron sus cosas, señor —le dijo, al alcanzarle un plato. —
Bueno, gracias —contestó, distraído, el español. —Quisiera
recordarle al señor el ofrecimiento de ayer. —¡Ah, sí! La Biblia,
¿no? —Sí, señor. —Espere usted. Se levantó y, guiado por el
hombrecillo, fue a su habitación. Des-‘hizo un bulto y sacando una
Biblia encuadernada en cuero negro, con letras doradas, se la dio.
—Tome usted. El hombre recibió el regalo como quien recibe un ·
objeto de cristal muy frágil: con las dos manos. Hernández regresó
al comedor. Al llegar encontró allí a un desconocido, un hombre
de indefinido color, pues no era ni blanco ni negro, sino más bien
amarillo: un mestizo. —Dice este hombre que los césares blancos
quieren hablar con nosotros especialmente. —¿Sí? Pues, vamos. —
-¿No vienes, Queltehue? —No; como se me enfrió la comida, me
la están calentando. —¡ Valiente pícaro! — ¿ Este será un césar
amarillo? — preguntó Queltehues a una de las muchachas,
señalando al mestizo, que salió último. La chica lanzó una
carcajada. Queltehue se animó: —¿Cómo te llamas tú? —¿Para
qué nos llamarán? —inquirió Hernández a Smith. —Si es cierto lo
que Onaisín afirmó, será para pedirnos ayuda. Allá veremos. El
viejo no se equivocaba. Los césares blancos, sabedores de lo
ocurrido entre los amigos después de la primera entrevista
celebrada con ellos, estimaron oportuno parlamentar con aquellos
que se habían manifestado partidarios del abandono de la ciudad,
es decir, con Smith y Hernández. Los acontecimientos parecían
precipitarse. —En realidad —murmuraba Smith mientras
andaba—, hemos ‘tenido mala suerte. ¡ Mire que caer aquí; en
medio de esta olla de grillos y cuando blancos y negros se disponen
a darse de lanzazos! De llegar en época normal hubiéramos podido
llenar la bolsa con toda tranquilidad, y largarnos después con más
tranquilidad todavía. ¡ Pero, sí, sí! Está visto que n’o podré
hacerme rico y morirme sino después de andar a golpes con alguien
o con algo... ¡ Qué estrella la mía! El mestizo los llevó, después de
tomar precauciones para no ser visto, a la propia casa de Felipe
García. Allí, éste dijo a los amigos: —Es cierto lo que aquel indio
que acompaña a usted reveló aquí esta tarde. Los césares blancos,
cansados de su vida solitaria y deseosos de incorporarse a la
civilización, piensan abandonar la ciudad. Es cosa decidida y las
amenazas de los césares negros no nos harán desistir de nuestro
propósito. Nos iremos mañana. ¿ Qué piden ustedes por
acompañarnos y ayudarnos? Hablen. No podemos perder tiempo.
—‘-¿No tenían ustedes un extranjero que les acompañaría?
preguntó Smith. —No sabemos si podamos contar con él; los
césares negros lo tienen prisionero. —¿Y en qué consistirá esa
ayuda? —Solicitamos su compañía y su consejo. Nosotros nos
arreglaremos con lo demás. Nos acompañarán hasta la orilla del
mar, allí cada uno decidirá lo que hace y ustedes quedarán libres
de su compromiso. —Por mi parte —dijo Smith—, pido una
cantidad de oro igual a la que usted lleve. —La tendrá. ¿Y usted?
—preguntó a Hernández el césar. —Yo no pido nada —respondió,
taciturno, el español. —¿Pero nos acompañará? —Sólo si usted me
lo pide como favor y a condición de no mezclarme en ningún acto
violento. No soy hombre de armas, si. no de fe. Smith lo miré con
curiosidad. El español empezaba a clarearse. —Una vez que
ustedes lleguen a orillas del mar — agregó—, regresaré a esta
ciudad. Creo que los césares negros necesitarán de mí. Los césares
blancos lo miraron, asombrados. Smith sonreía. Ya veía la hebra. -
—Ahora comprendo la situación de ellos —añadió—. Quedarán
solos, y una vez que la noticia de esta ciudad yde sus riquezas
llegue a oídos de los hombres, serán aventados. En ese instante
amargo, quiero estar con ellos. Hablaba ahora con pasión,
agitadamente. —Pero les acompañaré a ustedes y cuidaré de las
mujeres y de los niños. Después regresaré. - —Entonces, no ‘hay
más que hablar —dijo Felipe García, a quien las palabras de
Hernández habían sorprendido, pero no emocionado—. ¿ Estamos
de acuerdo? —De acuerdo —respondió Smith. —Bien: Esperemos
ahora los acontecimientos La situación es la siguiente: los blancos
se preparan en este momento para abandonar la ciudad. Por su
parte, los negros concentran ‘hombres en la salida oriental. Pero
tenemos nuestro plan y creo que con un poco de astucia y otro poco
de valor podremos salir del paso. Es posible que Diego Rodríguez
se una a nosotros dentro de poco. Una vez de acuerdo se quedaron
todos allí, a la espera. Entra. han y salían los césares blancos,
llevando órdenes o trayendo mensajes. La noche avanzaba. Smith
fumaba su pipa, y Hernández, ensimismado, daba breves paseos.
—¿Es usted, acaso, un religioso? —le preguntó de pronto y
suavemente Smith. —Lo soy, mister Smith —respondió el español.
Muy entrada la noche, Smith, que se sentía un poco intranquilo por
la suerte de sus camaradas, abordó a Felipe García: —¿Tiene usted
noticias de mis demás compañeros? —Han declarado que
permanecerán neutrales —contestó el interpelado—. No tenga
usted cuidado por ellos. —¿Podré verlos? —Ignoro dónde estarán
y no le aconsejo que salga usted. Las calles están llenas de gente al
acecho. Smith se dio por satisfecho. Si sus camaradas se hacían a
un lado, no les pasaría nada. Tanto mejor. Ya se verían después.
13
A Queltehue le gustan las indiecitas
—BUENAS noches, Enrique. ¡Hola, Onaisín! ¿Ya no conoces a
los amigos, Indio? —exclamó Queltehue al ver a sus camaradas,
que regresaban de la casa de los césares negros. —¿Estás solo,
Queltehue? ¿Y los demás? —El patrón y el español salieron
después de cenar. Los césares blancos querían ‘hablar con ellos. —
¿Los césares blancos? —preguntó Uóltel. —Así dijo el césar
amarillo que vino a buscarlos. —Malo, malo... Tratan de atraerlos
Que sirvan la comida —ordenó Uóltel. Las muchachas sirvieron.
—¿Qué te parece, Onaisín? ¿Te gustan las indiecitas? — preguntó,
sonriendo, Queltehue—. Si a mí me dieran una mujercita así y una
casa, me quedaba aquí para siempre. Fíjate en los adornos que
llevan en el cuello y en las orejas. Son de oro macizo. ¿Qué más
quiere un buscador de oro como yo sino encontrar una mina como
ésta? ¡Oro y mujer juntos! —Nada de eso te será difícil conseguir
si te quedas con nosotros. Podrás elegir, siempre que te quieran,
entre las más bonitas y entre las que lleven más adornos —dijo
Uóltel. —No me diga eso, patrón, por mi madre, mire que soy
capaz de firmarle contrato. Onaisín y las muchachas rieron. —¿Te
ríes, Onaisín? A ti también te gustaría, ¿no es cierto? Claro que sí.
A quién no le gusta lo bueno! —¿Y por qué no te quedas? —
preguntó el fueguino. —Es lo que pienso hacer: quedarme. Estoy
aburrido y me voy poniendo viejo. He pasado toda mi vida
peleando con la mala suerte, muchas veces con frío y hasta con
hambre, sufriendo voluntades ajenas y malos genios. ¿Para qué?
Para juntar, cuando he podido, unos centavos que no me han
servido de nada. Siempre he tenido la idea de poner casa y tener
una mujer. Es bien poca cosa, ¿no es cierto? Y, sin embargo, cada
día me parece más difícil. —¿Por qué? —Porque siempre gano
nada más que lo indispensable. Por lo menos, es lo que me ha
pasado hasta hoy. Por mi parte, aunque ustedes se vayan, estoy
decidido a quedarme. Y si le hace falta, Uóltel, un hombre que
aunque flaco y mal encachado tiene bastante ñeque y nunca le
mezquina el cuerpo al trabajo, cuente conmigo. Tengo una buena
carabina y regular puntería. —Gracias —murmuró Uóltel, a quien
el soliloquio de Queltehue había emocionado. —No me dé las
gracias. Entre hombres no vale la pena. Al terminar la comida un
joven indio se presentó en la puerta. —¿Qué quieres, Cheucán? —
interrogó Uóltel. —Tengo orden de Sasiulp para conducir a los
extranjeros a su presencia. —¿Sasiulp desea conocer a los
extranjeros? —Así lo ha dicho. —Pero en este momento no hay
más que tres, Cheucán. — Irán los tres, Uóltel; después pueden ir
los demás. —Bueno, espérate un momento —contestó Uóltel, y en
seguida, dirigiéndose a los amigos, agregó—: La suerte está de
nuestro lado. Yendo ustedes solos, preparados a favor nuestro,
pueden convencerla, sobre todo ahora, que, según dicen, está un
poco arrepentida de marcharse. —Bueno; haremos lo posible,
aunque me hubiera gustado hablar con mis compañeros —dijo
Enrique. —A la vuelta hablarás con ellos. Terminaron de comer y
Uóltel llamó a Cheucán. —Aquí están los extranjeros. Llévalos. —
Seguidme. —Hasta luego. —Hasta luego. —¿No quieres venir,
Queltehue? —No; prefiero quedarme conversando con estas
indiecitas. Además, yo ya no soy extranjero. Soy césar. Pero si me
necesitan, estoy aquí. Una vez en la calle, Enrique ordenó a
Cheucán que marchase delante. Cuando el mozo se hubo
adelantado, dijo a Onaisín: —¿Qué piensas de lo que pasa? —
Todavía no ha pasado nada, Enrique. —Sí, pero yo sospecho que
nos vamos a ver envueltos en algo’ grave. Esa llamada de los
césares blancos a nuestros compañeros me da que pensar; creo que
tratan de ponerlos de su parte. Si esto sucediera, estaríamos
divididos y eso no me gusta. —Ya que ellos obran por su parte,
¿por qué no podemos hacer nosotros lo mismo? Además, el viejo
Smith no tomará ninguna resolución sin consultarte. —Sí, tengo
confianza en él hasta cierto punto. Pero quién sabe lo que los
césares blancos pueden ofrecerle! Tal vez le impidan volver a
hablar con nosotros. —No, eso no lo creo. —Quién sabe, Onaisín;
hay aquí mucho oro y Smith ya está viejo y es pobre. Cheucán
marchaba en silencio. Las calles estaban desiertas. Se—Irán los
tres, Uóltel; después pueden ir los demás. —Bueno, espérate un
momento —contestó Uóltel, y en seguida, dirigiéndose a los
amigos, agregó—: La suerte está de nuestro lado. Yendo ustedes
solos, preparados a favor nuestro, pueden convencerla, sobre todo
ahora, que, según dicen, está un poco arrepentida de marcharse. —
Bueno; haremos lo posible, aunque me hubiera gustado hablar con
mis compañeros —dijo Enrique. —A la vuelta hablarás con ellos.
Terminaron de comer y Uóltel llamó a Cheucán. —Aquí están los
extranjeros. Llévalos. —Seguidme. —Hasta luego. —Hasta luego.
—¿No quieres venir, Queltehue? —No; prefiero quedarme
conversando con estas indiecitas. Además, yo ya no soy extranjero.
Soy césar. Pero si me necesitan, estoy aquí. Una vez en la calle,
Enrique ordenó a Cheucán que marchase delante. Cuando el mozo
se hubo adelantado, dijo a Onaisín: —¿Qué piensas de lo que pasa?
—Todavía no ha pasado nada, Enrique. —Sí, pero yo sospecho que
nos vamos a ver envueltos en algo’ grave. Esa llamada de los
césares blancos a nuestros compañeros me da que pensar; creo que
tratan de ponerlos de su parte. Si esto sucediera, estaríamos
divididos y eso no me gusta. —Ya que ellos obran por su parte,
¿por qué no podemos hacer nosotros lo mismo? Además, el viejo
Smith no tomará ninguna resolución sin consultarte. —Sí, tengo
confianza en él hasta cierto punto. Pero quién sabe lo que los
césares blancos pueden ofrecerle! Tal vez le impidan volver a
hablar con nosotros. —No, eso no lo creo. —Quién sabe, Onaisín;
hay aquí mucho oro y Smith ya está viejo y es pobre. Cheucán
marchaba en silencio. Las calles estaban desiertas. Se encontraron
por fin en una especie de plaza, frente a la cual se alzaba una casa
blanca, de dos pisos. Llegaron ante la puerta y Cheucán dio tres
golpes con la lanza. —Adelante —dijo una voz femenina.
Penetraron en un corredor obscuro. Al fondo, una luz velada daba
un resplandor muy suave. Cheucán avanzó seguido de los dos
hombres. En la mitad del corredor se detuvo. —Aquí es. Llamó. La
puerta se abrió lentamente, y entraron, encontrándose en una sala
amplia, alta, adornada con relieves en oro, esteras, pie. les. Una
mujer morena los esperaba. —Adelante —dijo. Indicó asiento a los
dos hombres y desapareció tras una cortina. —Sasiulp -—murmuró
Enrique—. Tengo ya interés en conocerla. ¿Qué clase de mujer
será? —Dicen que es muy bonita. Todo estaba en silencio en la
casa. Ni pasos, ni voces, ni ruidos.
14
Sasiulp
SE ABRIÓ la cortina, y apareció la mujer que los había recibido.
Un momento después, otra mujer se presentó. Los dos amigos,
presintiendo que aquélla era la esperada Sasiulp, se levantaron. La
mujer avanzó. Ellos también, deteniéndose a unos pasos de
distancia. La mujer sonreía. Era joven, veintitrés a veinticuatro
años, pequeña de cuerpo y de graciosas líneas. El color de su piel
era de un blanco tostado; el rostro redondo, claro, lleno; la frente -
baja, los ojos muy grandes y pardos, con un suave reflejo negro; la
nariz un poco ancha, los labios gruesos. No se veía en ella la belleza
de que hablaban. Sin embargo, su persona irradiaba cierto encanto.
—Extranjeros —dijo con una voz un poquillo ronca—. Sed bien
venidos a la casa de María García de Onares, o Sasiulp, corno se
me llama. —Señora —repuso Enrique, carraspeando un poco—,
dispense nos que no recibamos su presencia como usted lo merece
y dispénsenos también que no hayamos venido antes a saludarla.
No ha sido culpa nuestra. Onaisín miró extrañado a Enrique. No
esperaba una introducción semejante. —Muchas gracias. ¿Y sus
demás compañeros? —Han sido llamados por los césares blancos.
—Sí; malos días se anuncian para mi tierra. Ustedes ya deben.
saberlo. —Así es. Hubo un silencio. El rostro de Sasiulp perdía la
claridad del primer momento. —Yo he tenido la culpa —dijo-——
. Presté oído a las palabras de un extranjero que me habló de otras
tierras y me ponderó el valor de la riqueza, halagando mi vanidad
de mujer joven y haciéndome concebir la idea de una vida fastuosa.
Todavía no sé qué es lo que hay de cierto en esas palabras. Mi
conocimiento del mundo es reducido. Sin embargo, algo presiento.
Espero que ustedes, hablando con franqueza y dejando a un lado la
simpatía que tengan por los césares negros o blancos, y aún la que
yo les pueda inspirar, me hagan ver la conveniencia o no de
abandonar la tierra de mis padres. Soy una mujer y estoy
abandonada de todos. Los césares blancos sólo piensan en sí y los
negros hacen lo mismo, olvidándose de mí. Parece que mi calidad
de mujer les impide tomarme en cuenta... Hablen. —¿Qué
podemos decir a usted? —contestó Enrique—. Siempre nos parece
mejor lo que hay más allá de las fronteras de nuestro país. Pero el
caso suyo es distinto. Usted aquí lo tiene todo, es joven y rica. ¿Qué
iría a buscar a otra parte? De todos los seres que viven fuera de este
país, la mayoría suspira por llevar una vida como la que ustedes
llevan. Mírenos a nosotros, aventureros, buscadores de oro,
cazadores de lobos, empujados por la vida de acá para allá. Nuestra
ambición, y la de esa mayoría de que le hablo, es poseer algún día
lo suficiente para terminar plácidamente los últimos días. Si
tuviéramos ya eso, ¿ cree usted que andaríamos rodando la tierra?
Seguramente, no. Además, hay que tomar en cuenta a los césares
negros. La ausencia de ustedes es la muerte para ellos. —Si, yo lo
entiendo muy bien —dijo Sasiulp—. Pero quedan los césares
blancos. ¿Qué influencia tengo yo sobre ellos? Mi autoridad es
ficticia. Cuando quieran irse prescindirán de mí y yo no podré
oponerme. Para hacerlo tendría que ponerme al frente de los
césares negros, y no me encuentro capaz de ello. ¿ Qué hacer? Hace
mucho tiempo que pienso en esta situación y no se me ocurre nada.
Los blancos no me oyen y los negros no tienen confianza en mí. —
Yo creo que la violencia es lo único que puede resolver esto —
repuso Enrique—. No hay duda de que es desagradable llegar a
ella, pero no veo otro modo. Ya las palabras parecen inútiles. —¿Y
tú, extranjero, no dices nada? —preguntó Sasiulp a Onaisín. —
Creo, como Enrique, que sólo los lanzazos resolverán este asunto
—contestó lacónicamente el fueguino—. Y cuanto antes, mejor. —
Sí, eso es muy fácil decirlo. Pero ¿ y yo? ¿Ha pensado alguien en
mi situación? Abandonada en medio de la pelea, quedaré expuesta
a la violencia y a las amarguras de esta lucha. Dios mío! Y esto en
un país de hombres que hasta hace poco se consideraban valientes
y nobles... La voz de Sasiulp temblaba en la garganta y el llanto
parecía querer brotar de sus ojos. Enrique y Onaisín, sin saber qué
decir, miraban al suelo, avergonzados. Indudablemente, la
situación de aquella mujer era penosa y causaba piedad. Por fin,
Enrique se levantó y dijo: —Ni los césares blancos ni los negros
necesitan de nosotros. Además, nuestra calidad de extranjeros nos
impide mezclarnos de una manera directa en el asunto. Ellos se
arreglarán como puedan; son hombres y saben a lo que se exponen.
Usted es la que realmente necesita de nuestro amparo. Aquí
estamos. Disponga usted. Sasiulp se levantó, sorprendida por la
repentina decisión de Enrique. —¿Usted me ofrece su amparo? —
preguntó, casi llorando. —Sí, señora. —¿Y tú, extranjero, qué
dices? —preguntó a Onaisín. —Responda usted si acepta. —
Acepto. —Muy bien; no hay más que hablar. Es necesario ahora
decidir un plan. —Digan ustedes. —Llame usted a Cheucán.
Sasiulp agitó tres veces una campanilla y el joven césar negro se
presentó inmediatamente. —¿Llamabas, Sasiulp? —Sí; ponte a las
órdenes de este extranjero. —Escucha —dijo Onaisín—. Anda a
ver a UólteI y le dices de mi parte que hemos resuelto defender a
Sasiulp y no intervenir para nada en el asunto con los césares
blancos. Que me mande las carabinas que tiene en su poder. Dile
que las usaremos únicamente contra aquellos que intenten ofender
a Sasiulp. Apúrate. Cheucán salió corriendo. —Ahora —dijo
Enrique— que ya ‘hemos decidido esto, es necesario que tú te
quedes aquí mientras yo voy a hablar con Smith. Te dejaré a Indio,
que vale tanto como un hombre. Esperemos.
15
La tempestad en la noche
MEDIA HORA después regresó Cheucán con tres carabinas y sus
cartucheras. —Aquí está lo pedido. Uóltel espera fuera. Quiere
hablar con ustedes. —Dile que pase —ordenó Sasiulp—. Y vuelve
tú también —Buenas noches, Sasiulp —saludó Uóltel al entrar—.
Traigo malas noticias para todos. —Habla. —Los blancos han
convencido a los otros extranjeros para que les acompañen en su
viaje. En este momento están con ellos. Por Otra parte, Diego
Rodríguez ha huido de donde lo teníamos encerrado. No sería raro
que al amanecer la Ciudad de los Césares perdiera su tranquilidad
de siglos. Los césares negros estamos listos; —Me extraña —dijo
Enrique—. Smith y Hernández parecen haberse olvidado de
nosotros. —Los césares blancos les han ofrecido grandes riquezas
y les han dicho que ustedes no tomarán parte a favor de ninguno de
los do, bandos. —Esto es cierto; pero, de todos modos, deberían
haber hablado con nosotros... Es indispensable que yo los vea. —
Es mejor que no salga —le advirtió UóItel—. Los césares Mancos
conocen ya sus simpatías por los negros. —No se atreverán. —
Quiero ir, a pesar de todo —repuso Enrique—. Smith no puede
separarme de mí de esta manera... Dame mi carabina, Onaisín, y
quédate aquí hasta que yo vuelva. Si me pasa algo, procura hablar
con el viejo; si no puedes hacerlo, haz lo que creas conveniente.
Adiós. Iba a salir, pero Sasiulp lo detuvo. —No olvides que has
prometido ampararme —le dijo—. Si sales y te sucede algo, no
podré contar contigo. —Es necesario que vea a mis camaradas —
dijo Enrique— . Por lo menos a Smith, que es como mi padre;
puede que logre evitar la lucha. No sé si me sucederá algo. Es
posible; pero este hombre y este perro velarán por ti hasta morir.
Vamos, Uóltel. —Anda tú también, Cheucán —ordenó Sasiulp—,
y no lo abandones. La voz de la mujer temblaba. Salieron los tres
hombres. La noche era obscura. Onaisín se quedó con Sasiulp y el
perro. —¿Cómo se llama el perro? —interrogó ella, disimulando
su emoción. —Indio. Llámelo. Es muy manso. —Indio —exclamó
María—. Ven aquí. Indio, que dormitaba, despertó; pero como la
voz no le era familiar, me detuvo, mirando a Onaisín. —Anda,
Indio —le dijo el ona. Avanzó el perro hacia ella y me quedó
mirándola; María extendió la mano con ademán cariñoso y el
animal posó la cabeza sobre la falda de la mujer. —Seremos
amigos, Indio, ¿verdad? El animal levantó la cabeza, parpadeando,
y su lengua acarició la suave mano de Sasiulp. En este momento se
oyeron pasos en el corredor. Un instante después entró Cheucán.
—¿Qué pasa, Cheucán? —Los césares blancos han detenido al
extranjero — anuncio. Onaisín tomó su carabina y el perro se
separó de Sasiulp. —¿Y no le has defendido? —Eran muchos y se
echaron sobre nosotros repentinamente. El extranjero mató a uno.
—¿Y Uóltel? —Se había separado ya de nosotros. Onaisín sintió
que una llama le subía hasta las mejillas. Había llegado el
momento. —Bien —dijo—. ¿Conque ésas tenemos? ¡Que se
guarden los césares blancos!... Cheucán, vamos en busca de los
césares negros. —¡Pero cómo! ¿Tú también me abandonas? —
preguntó Sasiulp. —No tengas cuidado, Sasiulp. Volveré con una
guardia de cesares negros que defenderán tu casa y te dejaré el
perro en el corredor. Nadie entrará si tú no quieres que entre. Con
sólo decirle: ¡Cuidado, Indio!, arremeterá contra cualquiera. Ven,
Cheucán; mira, toma una de las carabinas. Es muy sencillo.
¿Ves?... Y enseñó rápidamente al joven césar el manejó del arma.
—Vamos, vamos..., aprisa. Indio, ven acá. Este, que al oír los gritos
de Onaisín comprendió que algo grave pasaba, salió ladrando tras
su amo. —Este corredor debe quedar obscuro. ¡Quédate, Indio, y
cuida. do con dejar entrar a nadie! Guíame a la casa de los césares
negros cheucan corriendo... . . Salieron. Las calles estaban obscuras
y aparentemente desiertas. Cheucán iba adelante y Onaisín lo
seguía como un perro de presa. A poco de andar, Cheucán, que era
hombre habituado a la obscuridad de su ciudad, se detuvo. —
Extranjero —dijo——, ahí están los césares blancos. — Bien.
Déjame ir adelante ahora. Sígueme, y cuando yo te diga, dispara tu
arma hacia la izquierda. Tomó Onaisín la delantera. Cuando estuvo
a unos veinte pasos del grupo de hombres que parecían querer
cerrarle el paso, gritó: ¡ Ahora, Cheucán! Disparó su arma hacia la
derecha, al tiempo que Cheucán hacía lo mismo hacia la izquierda.
Asustado por aquellos disparos, el montón de hombres se
desperdigó, y Onaisín, colgándose al hombro la carabina, gritó: —
¡Adelante, corriendo! Y desenvainando su machete y gritando
como un condenado, cargó contra los hombres. Tres o cuatro
intentaron detenerlos, y los que no cayeron heridos por el arma,
fueron derribados por el tremendo ariete que formaban Onaisín y
Cheucán corriendo a toda velocidad. —No te detengas, sígueme,
Cheucán! Y alzando la voz gritó a pulmón lleno: —¡Guerra a los
césares blancos! ¡Vamos, arriba, césares negros! Y mientras
disparaba su carabina, repetía este grito a través de las calles. Se
abrieron algunas puertas y pronto se oyeron gritos semejantes. En
tropel confuso aparecían los hombres en las calles, y aturdidos por
los gritos y las desusadas detonaciones miraban pasar a aquellos
dos seres que parecían poseídos. —A la derecha, extranjero. Ya
hemos llegado —gritó Cheucán. El joven césar estaba
entusiasmado. Seguido de Onaisín atravesó el grupo de hombres
que guardaba la puerta del Consejo y se detuvo ante la sala. Pero
el fueguino, sin aminorar su carrera, en una mano el machete y en
la otra la carabina, con el rostro bañado en sudor, cayó como una
bomba en medio de la reunión. —¿Qué pasa, extranjero? —
interrogó Uóltel, alarmado. El indio no estaba para dar
explicaciones. Saltando al centro de la sala e irguiéndose cuan alto
era, gritó: —¡Guerra contra los césares blancos! —Cálmate,
Onaisín —intervino Río Negro. —No puedo, no puedo —gritó el
indio—. ¡Quiero pelear, hermanos quiero pelear. Parecía
transformado. Preguntaron a Cheucán lo sucedido y éste explicó lo
que pasaba. Entretanto, Uóltel cogió de un brazo a Onaisín e
intentó calmarlo. —Di qué quieres. —Dame veinte hombres, nada
más que veinte hombres, fuertes y bien armados, y lo encontraré
aunque tenga que echar abajo la Ciudad de los Césares. Manda
también una guardia a casa de Sasiulp; ya no se irá. Ayúdame a
buscar a mi camarada y pelearé a tu lado aun en contra de mis
amigos. Sol de Plata intervino: —Cálmate, Onaisín. Uóltel te
acompañará y buscará a tu camarada. Eres de los nuestros y
debemos ayudarte. Ve. Onaisín estrechó con fuerza su mano. —
Sol de Plata —le dijo—, cuando haya encontrado a mi camarada,
volveré, y sabrás lo que vale el agradecimiento de Onaisín. —
Sígueme —le dijo Uóltel. Reunió veinte hombres y mandó otros
diez a casa de Sasiulp Cheucán fue con ellos. Era necesario
informar a su ama de la situación. Acompañado de Uóltel y de sus
hombres, Onaisín empezó la busca de Enrique. Varias casas fueron
registradas, aunque inútilmente. No encontraron huella ni rastro
alguno del desaparecido. Ya muy avanzada la noche, el fueguino,
casi desesperanzado, alcanzó hasta la casa que habitaban. No había
allí sino el hombre de los diarios, que leía la Biblia, y Queltehue,
que dormía plácidamente. Despertado e interrogado por Onaisín, el
cocinero dijo no tener noticias de Enrique. —Levántate para que
me ayudes a buscarlo. Entre rezongos empezó a vestirse. —¿De
manera que hay bolina? ¡ Qué lástima! Yo que pensaba pasarlo tan
bien aquí... ¿ Por qué diablos pelean? ¡Qué tontos! Tienen de todo
y se quieren ir. ¿Qué queda entonces para los que no tienen nada?...
Bueno, y nosotros, ¿qué vamos a hacer? —Vamos a buscar a
Enrique, ¿no entiendes? Y una vez que lo encontremos, pelearemos
contra los césares blancos. —¿Contra los césares blancos? ¡ Pero
si no tienen más que lanzas y sables! Tú y yo, con nuestras
carabinas, somos capaces contra ellos. —Bueno, apúrate, y no
hables tanto. —Ya voy, hombre, ya voy... ¿Dónde demonios habré
dejado mi sombrero? —Lo tienes puesto. —¡Bah, de veras! Estoy
medio dormido. Vamos. Atravesaron la ciudad. En casa de Sasiulp
los diez hombres de Uóltel montaban la guardia. Nada había
ocurrido allí. Sasiulp dormía. —¡Está durmiendo! ¡ Qué bueno! —
comentó Queltehue— . Mientras tres o cuatro mil hombres se
preparan para darse con lo más duro que encuentren a mano, ella
duerme... Oye, ¿qué es eso? Queltehue había oído el ladrido de
Indio. —¿Está Indio aquí? —Si, ha hecho guardia toda la noche.
—Sácalo, tengo ganas de verlo... ¡ Onaisín, se me ocurre una cosa!
¿Y si hiciéramos buscar a Enrique por el perro? —Queltehue, has
tenido una gran idea. Vamos a ver si Indio tiene más suerte que
nosotros. El perro salió saltando y ladrando. —Pero —agregó
Onaisín— a mí se me ha ocurrido también otra cosa. —Veamos.
—Me dijo Enrique al marcharse que si le pasaba algo, me pusiera
al habla con Smith. Es lo que voy a hacer. —¿Y dónde lo vas a
encontrar? —Uóltel debe saber dónde estarán ya los césares
blancos... Tú, quédate con el perro y con Cheucán, que conoce todo
el pueblo. —Me parece bien. —Bueno... ¡ Anda, Indio, anda, busca
a tu amo, busca a Enrique, busca a Enrique! —gritó Onaisín al
perro. El animal comprendió inmediatamente. Corrió un trecho con
la nariz pegada al suelo, olfateando, y se detuvo. Volvió luego
hacia el punto de partida. No encontraba el rastro y volvió a partir
gimiendo.
16
En busca de Enrique
—¡INDIO! —gritó Queltehue, al ver que el perro se alejaba
demasiado—. Ven acá. Obedeció el animal, y el cocinero, sacando
de entre sus ropas un cáñamo que le servía de cinturón, se lo puso
como cadena. —Así vamos más seguros. Si lo dejamos suelto, en
cuanto encuentre el rastro echará a correr y no lo alcanzaremos
aunque nos pongamos ñatos corriendo. —Pero esa amarra la
cortará al primer tirón —observó Cheucán —No crea. Aunque sólo
fuera amarrado con un pelo, no se arrancaría. ¡ Es mucho perro este
perro, señor Yo creo que si hablara no sería más inteligente. Al
principio Indio no encontró rastro alguno. La calle por donde
marchaban era la más transitada del pueblo y no era fácil que las
huellas de un hombre permanecieran mucho tiempo en estado de
encontrarlas al primer esfuerzo. Resoplaba el animal, husmeando,
y cruzaba la calle de una acera a otra. Se paraba, y dando vuela la
hermosa cabeza, miraba a Queltehue; pero el cocinero,
encogiéndose de hombros, le decía: —¿ Qué me miras? Yo no lo
tengo. Tú eres el que debe encontrarlo Busca, no seas flojo. Y el
perro, como si comprendiera, reanudaba sus afanes. —No
encontraremos nada por aquí —objetó Cheucán. —Déjelo que
busque, no más. Así se va animando. —Seguramente dará con el
rastro- cuando lleguemos al sitio don de fuimos sorprendidos por
los blancos. Las voces de Queltehue y de Cheucán, junto con los
ladridos y gemidos del animal, hicieron que se abrieran varias
puertas, por donde asomaron temerosas algunas mujeres; y la
presencia de Cheucán las tranquilizó. Algunos niños indígenas
salieron a la calle y siguieron a los buscadores. —Ya tenemos
ayudantes —observó Queltehue—. Pero aquí no se ve un hombre
ni para pegarle. —Los césares blancos han salido del pueblo con
sus mujeres y niños; los negros marchan ya hacia la salida del valle.
—El estrellón va a ser grande. —Ya hemos llegado. —Aquí hay
un hombre en el suelo —advirtió el cocinero. Al verlo, sintió que
el corazón le daba un vuelco: el hombre vestía ropas de extranjero.
¿Sería alguno de sus camaradas? Se inclinó. Un hombre blanco
yacía allí, muerto. —¿Quién es éste? —preguntó a Cheucán. El
joven césar se irguió asustado. —¡El extranjero! —¿Qué
extranjero? —Diego Rodríguez. —¿El? —Sí. Queltehue lo
examinó. El hombre tenía un balazo en el pecho. —Pues ya
encontró lo que buscaba —murmuró, irguiéndose—. Vamos,
Indio, busca. La tierra aparecía removida y se vejan aquí y allá
manchas de sangre, así como innumerables huellas de pies
desnudos y calzados Entre todas se destacaba nítidamente el talón
claveteado de las botas de Enrique. El perro gimió de placer. —Las
pisadas se dirigen hacia aquel lado. ¡ Indio, acá! Movió el animal
la cola y ladró repetidas veces. Poco a poco avanzó hacia el lado
sur del pueblo. Parecía marchar sobre seguro. y aunque en un gran
trecho, debido a las piedras y a la tierra demasiado dura, los rastros
se perdieron, el perro no se detuvo. Lo guiaba ahora el olfato.
Reaparecieron en la tierra suelta las huellas de las botas claveteadas
de Enrique. —¿Dónde lo tendrán? —se preguntó Queltehue. —Es
raro —repuso Cheucán—. Hacia aquel lado no viven los blancos
ni hay casa segura para guardar a un hombre como el extranjero.
Indio empezó a ladrar muy fuerte y pretendió correr. Queltehue
sujetó. —Despacio, Indio. Si está por aquí, lo encontraremos. No
te arrebates. Avanzaba el animal rápidamente y Queltehue, llevado
por el tirón, daba grandes zancadas tras él. De pronto el rastro se
perdió en un pavimento de piedra. El perro se detuvo. —¡ Busca a
Enrique, busca a Enrique! —lo animó Queltehue. Pero el perro se
sentó y levantando la cabeza empezó a ladrar y a gemir. Parecía
sentir la proximidad del que buscaba. —Ladra hacia la iglesia —
observó Cheucán. ——¿Qué iglesia? —preguntó, sorprendido, el
cocinero, que no veía ningún edificio que tuviera trazas de templo.
—Esa —le indicó el césar. —¿Eso es una iglesia? —Claro. ¿No ve
usted la campana? —De veras. A la luz del amanecer vio Queltehue
un edificio rústico, de anchas puertas, blanco. Sobre su tejado,
colgada de fuertes maderos, brillaba una campana. Queltehue
supuso que ésa sería la campana de oro de que había hablado el
viejo Smith, y su espíritu de coleccionista, casi apagado ya por el
espíritu doméstico que lo había dominado durante y después de la
comida, revivió. Pero no era ése el momento de pensar en robarse
una campana. Tiempo tendría. —¿Estará allí el extranjero? —
preguntó Cheucán. —Me corto un brazo si no está. ¿Dónde se
puede guardar a un hombre con más seguridad que en una iglesia?
Vamos allá. Atravesaron la plazoleta que separaba la iglesia de la
última calle del pueblo y se detuvieron ante la puerta central. Indio
no buscó ya mas. Se agazapó junto a la puerta y husmeó
ruidosamente hacia adentro. —Aquí está —dijo Queltehues.—.
Vamos a disparar un tiro para anunciarnos. Disparó su carabina. —
Dios me perdone la bulla que estoy metiendo en su casa —agregó,
dando un fuerte culatazo en la puerta—. ¡Enrique! —gritó después
de un momento de espera. Nadie respondió. —Estoy haciendo
tonterías. Esta puerta está cerrada por dentro. ¿ No habrá otra
entrada? —Sí, a la vuelta. —Vamos allá. Camina, Indio. Pero el
perro no quería moverse de allí y Queltehue tuvo que recurrir a
todas sus palabras de cariño para hacerlo andar. Al otro lado de la
iglesia encontraron la puerta abierta y entraron. El templo estaba
elevado sobre una base de piedras canteadas, con paredes sin
enlucir ni pintar. Nada de vitrales ni de arcos; su único ornamento
era su desnudez. Todo estaba en silencio. Estuvieron varío.
segundos mirando a su alrededor. En el Centro, al fondo de la sala,
había un altar y sobre él se elevaba una cruz con una imagen. —
Bueno, busquemos a Enrique —murmuró Queltehue—. ¿Dónde
estará? No me atrevo a gritar. —No hay necesidad. Venga usted.
Hay aquí una sola pieza; allí se guardan las reliquias de los dos
religiosos que venían con los fundadores. Aquí es. Era una puerta
pequeña. Golpearon. Un golpe sordo les contestó. —Sí, aquí está.
El perro ladró fuertemente Cállate, perro —murmuró el cocinero.
Sacaron un palo que sujetado por dos trozos de madera servia de
tranca, y abrieron. En un rincón, atado de pies y manos y con una
mordaza, yacía Enrique Stewart. Lo desataron y se incorporó
rápidamente. —¿Y Onaisín? —Fue a entrevistarse con Smith. —
¿Y Sasiulp? —En su casa, durmiendo. —Vamos pronto, temo que
le suceda algo. He oído a los blancos que querían llevarse las
riquezas que ella tiene en su poder Dicen que son de ellos. —¿No
está herido? —Golpes, no mas. Un rato después llegaron a casa de
Sasiulp, donde Queltehue fue puesto de guardia a la puerta.
17
Frente a frente
HACIA LA medianoche la ciudad manifestó desusada vida. Los
césares blancos, que querían alcanzar el día cerca del límite oriental
del pueblo, empezaron a moverse en masas. Se vaciaron las casas
y una primera columna de gente se deslizó por las calles. Iban los
hombres y las mujeres a caballo. Numerosas carretas se
intercalaban en la columna, llenas algunas de niños dormidos y de
ancianos que no pudiendo dormir conversaban .en voz baja, y otras
que portaban víveres y ropas. Varias llevaban las riquezas que los
impulsaban a abandonar la ciudad. Esta era la vanguardia; detrás
partieron los hombres jóvenes, armados. Sólo quedaron en el
pueblo algunos escuadrones volantes que vigilaban los
movimientos de los césares negros, y la mayoría de los jefes.
Después partieron éstos también. Se vio entre ellos a Smith y a
Hernández muy silencioso el segundo, preocupado el primero. La
muerte de diego Rodríguez había hecho crecer la importancia de
Smith, que fue mirado en seguida como el jefe o guía de la
expedición. Los jefes blancos, que en un principio miraron la
aventura con ánimo deportivo, empezaban ahora a darse cuenta de
la responsabilidad que se echaban encima. No conocían el camino
y no sabían tampoco qué harían cuando llegaran a orillas del mar.
Por eso sus cabezas se volvían hacia el viejo cazador de lobos, el
cual, por su parte, indiferente a la aventura de los blancos, sólo
miraba en aquello su negocio. El sacaría su parte; los de atrás
arrearían, si es que podían arrear. Pero era tarde para retroceder y
aunque muchos blancos abandonaron la empresa y se quedaron en
la ciudad, la mayoría, azuzados unos por la codicia, otros por el
temor y estotros por el espíritu de raza, obedecieron la orden y
partieron. Se arrepentían ahora los blancos de haber dejado siempre
en manos de los negros el. cuidado de vigilar las fronteras de la
ciudad y de recorrer los territorios cercanos a ella. Los césares
negros habían llegado muchas veces, por el lado oriental, basta el
mar. No había peligro en ello, pues quien los viera los tomaría por
lo que eran, por indios, cosa que no llamaría mucho la atención; no
habría sucedido lo mismo con los blancos. Gracias a esto se
encontraban como se encontraban, sin saber con certeza hacia
dónde iban y por dónde irían. Aunque Smith no conocía el camino,
la empresa él era más sencilla: le bastaría salir de la cordillera para
saber hacia dónde debían ir. Poco después, y por otro camino,
partieron los negros. Montados y armados de lanzas, mazas y
boleadoras, con Río Negro a la cabeza, los guerreros de la Ciudad
de los Césares, sin más abrigo que sus chaquetas de cuero de
guanaco y sus entrepiernas de ágiles, iban a la pelea con confianza
y con ardor. Cuando Uóltel. y Onaisín quedaron. solos frente a la
casa Sasiulp, el primero dijo: —Ahora déjame tomar el mando. Los
diez hombres marcharán con nosotros; aquí no hay necesidad de
guardia. Tomaremos balos y nos iremos a la entrada del valle. Y
pronto; no lleguemos tarde. —Pero Sasiulp quedarme sola. —No
importa. Los blancos han abandonado la ciudad y los negros
también. Los negros que quedan no atacarán la casa de Sasiulp.
Para ellos es casi sagrada. Además, si Queltehue y Cheucán
vuelven con el perro, se quedarán aquí, según lo ordenaste.
Trajeron caballos y los doce hombres montaron, alejándose
rápidamente. —Tomaremos el camino de la montaña; así no nos
encontraremos con los blancos. Salieron del pueblo y se dirigieron
hacia la montaña por un camino que ascendía. La marcha fue lenta
en la noche. El amanecer los encontró aún lejos del sitio en que
blancos y negros se enfrentarían. Por fin, al dar vuelta un recodo,
Uóltel dijo: —Mira: allá van los césares blancos. En efecto, abajo,
en el centro del valle, avanzaban los blancos. —Son como dos mil,
entre hombres, mujeres y niños; unos a caballo, otros a pie, otros
en carretas. Mira ahora más adelanté, hacia arriba, y verás a los
césares negros. Donde el valle adelgazaba su cintura para poder
pasar entre dos altos cerros, los césares negros, montados,
esperaban. Brillaban al sol de la mañana las hojas de las lanzas, y
los cuerpos desnudos,’ bronceados, tenían apariencias de estatuas
vivas. —Vamos, pronto; dentro de una hora estarán los césares
blancos frente a frente de los negros. Volvieron a galopar; a medida
que avanzaban distinguían más claramente a los blancos.
Marchaban formando un cuadro dentro del cual iban las mujeres y
las carretas con niños; los hombres, montados, formaban en las
orillas, y adelante, a la vanguardia, se veía una cuádruple hilera de
hombres. Onaisín procuró localizar a Smith y a Hernández, pero a
pesar de su vista de indio no pudo, entre aquel montón humano,
distinguir a sus compañeros. “¿Llevarán a Enrique?”, se preguntó.
Pero no lo creía. No podía suponer que Enrique fuera prisionero de
unos hombres que llevaban a Smith como guía. El viejo podía ser
ambicioso, pero no era desleal. Posiblemente Enrique había
quedado secuestrado en la ciudad sin que Smith lo supiera. Esa era
la esperanza de Onaisín; estaba convencido de que el viejo
aventurero, al saber lo ocurrido al hijo de su camarada Sam
Cocktail pediría explicaciones a los césares blancos y tal vez se
volviera contra ellos si Enrique había sufrido algún daño. De esta
manera quizás se lograría evitar la batalla... Pero lo importante era
encontrarse en el momento que se produjera el contacto entre las
dos fuerzas. Dejaron atrás a los césares blancos y poco a poco se
fueron acercando a los negros. El camino empezó a descender en
dirección a la entrada del valle y media hora después los doce
hombres des filaban al galope frente a los césares negros. En el
centro estaban los jefes y en medio de ellos el imponente Sol de
Plata. —¡Hola, extranjero! ¿Has encontrado a tu camarada? —No,
Sol de Plata, pero no pierdo la esperanza. ¿Qué piensan. hacer
ustedes? —Cuando los blancos estén a un tiro de flecha, iremos a
paría. mentar con ellos, rogándoles que desistan de su viaje. Si no
aceptan, nos echaremos encima inmediatamente. —Déjame ir
contigo. Quiero hablar con mis amigos. —Puedes venir. Pronto
empezó a distinguirse el grupo compacto que formaban los césares
blancos. Una nube de polvo los precedía. Avanzaban al paso de los
caballos, sin prisa, como quien sabe que el camino es largo y
fatigoso. Cuando estuvieron a la distancia deseada, Sol de Plata dio
la orden de avanzar, y treinta robustos mocetones, armados de
lanzas y mazas, con Río Negro a la cabeza, salieron de las filas y
se pusieron a su lado. Onaisín formó entre ellos. El pelotón se puso
en marcha al trote y en pocos minutos se encontró a pocos pasos
de los blancos.
18
Habla Sol de Plata
SOL DE PLATA se adelantó solo y levantando un brazo exclamó:
—¡Césares blancos, oídme! Los césares blancos se detuvieron.
Onaisín los miró con curiosidad. Al frente marchaban los hombres
jóvenes y los mozos, todos altos, fuertes, casi tan bronceados como
los césares negros, hermosos ejemplares de hombres. Un hombre
se adelantó. Era el que habló a loa extranjeros, el segundo día de la
llegada de éstos. —¿Qué quieres, Sol de Plata? Habla pronto;
tenemos prisa. —Por mucha prisa que tengas, Felipe García, no irás
muy lejos. Quiero hablarte en nombre de los míos y también de los
tuyos, porque aunque tú olvides a las mujeres y a los niños,
exponiéndolos a la violencia de una lucha, nosotros no. Por última
vez los césares negros ruegan a los blancos desistan de su propósito
de abandonar esta tierra. Piensen en nuestros padres, en los
fundadores de esta ciudad, que con tanto amor procuraron
enriquecer; en los sacrificios que ha costado levantarla y defenderla
contra las invasiones de los indios bravos; en el trabajo de tantos
hombres a través de tantos años. Piensen en todo esto y en las
consecuencias que puede traer una última. negativa. No ignoran
que el abandono de la ciudad por parte de ustedes significa no sólo
la muerte de la ciudad, sino, también, la nuestra, la muerte de los
césares negros, que no quieren morir. Medítenlo bien. —Ya lo
hemos meditado, Sol de Plata —contestó don Felipe García—, y
nuestra resolución está tomada. Nos iremos. Los cesares blancos
nunca han prometido ni jurado. no abandonar la ciudad; por lo
tanto, somos libres. Queremos irnos porque así nos place, y basta.
—¿Es ésta la última palabra de los césares blancos? — preguntó
Sol de Plata. —Lo es —respondió el jefe blanco. —No contestes
tú en nombre de todos —gritó violentamente Río Negro—. Detrás
de ti hay mujeres y niños; vuélvete y pregúntales si tienes derecho
a exponerlos a la muerte; hay hombres jóvenes y ancianos que
aman esta tierra y que desearían quedarse en ella. ¿Tienes tú
derecho a hablar en nombre de ellos? ¿Desde cuándo? No
ignoramos nosotros que tu riqueza es una de las más grandes de la
Ciudad de los Césares y que el deseo de ir a gozarla a otra parte es
lo que te mueve en esta aventura. Pero no pasarás de aquí,
ambicioso. —¡Por Dios! —gritó exasperado el blanco-—. ¡Cállate,
Río Negro, o no respondo de mi paciencia! —¡Grita, Felipe García,
y grita fuerte para que tu voz apague la mía; pero no olvides que tú
serás el responsable de lo que ocurra! Y si en verdad amas a los
seres de tu raza, ordena a las mujeres y a los niños que se aparten,
pues en cuanto Sol de Plata levante su lanza nos echaremos como
leones contra ustedes. —Las mujeres y los niños no se moverán de
su sitio. Si quieren atacarnos, lo tendrán que hacer contra ellos
también. —¡Ah, blanco astuto! ¿Crees haber encontrado un medio
para detener a los césares negros? Te equivocas. Cargaremos
contra todos. En ese momento Onaisín gritó: —¡Patrón Smith!
Había visto al lobero, tendido sobre su caballo, detrás de las
primeras filas, apuntando con su carabina al bravo Sol de Plata. El
aventurero, sorprendido de ser interpelado en forma tan familiar,
levantó la cabeza y vio a Onaisín. .—¡ Onaisín! —gritó, al mismo
tiempo que rompiendo las filas avanzaba hacia el ona—. ¿Qué
haces aquí? Onaisín sintió que había llegado su hora. —Quería
hablar contigo —contestó— para preguntarte qué se ha hecho de
tu antigua lealtad y desde cuándo peleas en las filas de los que son
enemigos de tus amigos. —¡Qué estás diciendo, indio del diablo, y
cómo te atreves a hablarme en esa forma! —¿Qué se hizo y dónde
está el viejo Smith, famoso en la Tierra del Fuego, aquel viejo
Smith tan querido de los buscadores de oro y de los loberos, que
no abandonaba nunca a sus amigos y que estaba tres y cuatro días
sin dormir y amarrado al timón, capeando lo. temporales del Cabo
de Hornos, soportando la lluvia, la nieve y el hambre, sólo por
salvar a los camaradas que habían quedado cazando en los
roqueríos? —¡Onaisín! Aquí estoy, mírame: soy el mismo de antes
— gritó, frenético, Smith. —Si eres el mismo de antes, dime dónde
está Enrique Stewart, el cachorro de Sam Cocktail, a quien decías
querer como a un hijo. La mandíbula inferior del viejo se aflojó de
pronto. —¿Qué quieres decir, Onaisín? —preguntó trémulo
ahora—. ¿te ha pasado algo a Enrique? —Pregúntaselo a tus
amigos, los césares blancos, que lo asaltaron en la calle y que
después de herirlo lo han secuestrado, sin que nosotros hayamos
podido encontrarlo. La mandíbula se cerró como tirada por un
resorte de acero, y el viejo Smith, a quien la noticia cogía
desprevenido, ya que hasta ese momento había creído que Enrique
estaba tranquilamente al lado de Sasiulp, según le habían dicho,
lanzando un sollozo animal se lanzó contra don Felipe. —¿Ustedes
han herido y secuestrado a mi camarada Enrique? Don Felipe lo
miró sin responderle. —¡Contéstame! —rugió Smith—. ¿Dónde
está mi camarada? —Encerrado en la iglesia. —¿Y por qué lo
encerraron? —Porque su simpatía por los césares negros lo hacía
peligroso para nosotros. —Y me mentiste diciéndome que estaba
sano y salvo... Voy a buscarlo y si no lo encuentro o lo encuentro
muerto o malherido, volveré aquí mismo y te arrancaré la barba
pelo por pelo. ¡ Vamos, Onaisín! Y el bravo lobero, después de
echar tres o cuatro terribles juramentos y de amenazar de muerte a
todos los césares blancos, salió al galope, seguido del fueguino,
camino de la ciudad. Don Felipe, viéndolo marcharse e incapaz de
detenerlo, hizo un gesto de desesperación. La causa de los césares
blancos se echaba a perder. Cuando hubo corrido un buen trecho,
Smith detuvo el caballo y miró hacia atrás. —¿Qué harán ésos,
indio, se matarán? - —Los césares negros cargan contra los blancos
— respondió Onaisín, de pie sobre la montura—. Veo a los jinetes
negros avanzar al galope y a los blancos replegarse. El encontrón
va a ser tremendo. —Dejemos que se arreglen. Nosotros nos
iremos tranquilamente por el otro lado de la ciudad. —¿Y
Hernández? —Hernández va en el centro, cuidando a las mujeres
y a los niños ¿A que no adivinas quién es ese diablo? —No se me
ocurre, pero algo raro debe ser. —Es un fraile. Después te contaré.
Apresurémonos.
19
¡Aquí está el viejo Smith!
CUANDO YA iban cerca de la ciudad, empezaron a oír
detonaciones. —Parece que disparan dentro de una casa —dijo
Smith. —¿ Estará peleando Enrique o será Queltehue? —Ya vamos
llegando. —Vamos primero a casa de Sasiulp; en ella
encontraremos noticias. Por aquí, patrón. ¿Oye? Siguen las
detonaciones. Cuando llegaron frente a la casa de Sasiulp, un
espectáculo impresionante los sobrecogió. Sentado en el umbral de
la puerta, la cabeza afirmada en las manos, con aire d cansancio y
de abatimiento, se veía al cocinero de la expedición. Cerca de él,
tendidos en el suelo, varios césares blancos parecían dormir. —¡
Queltehue! —gritó Smith. El llamado levantó la cabeza y un grito
de sorpresa y de horror salió de los labios de sus camaradas. La
cara de Queltehue era mancha roja, sangrienta, informe y su pecho
y sus manos estaban cubiertos de sangre. De entre aquel manchón
de púrpura salió una voz que dijo: —¿Quién llama? No veo; la
sangre me ha dejado ciego. —Somos nosotros, Smith y Onaisín. —
¡Ustedes! ¡ Corran! Adentro está Enrique, con el perro y Cheucán
defendiendo a Sasiulp de los césares blancos. Dentro de la casa
resonó una detonación y el ladrido de Indio, agudo y vibrante, llegó
a los oídos de los amigos. —Vamos, indio. ¿Tienes tu carabina? —
Y mi machete, patrón Smith. Entraron a la casa, y ya en el corredor,
encendido en bríos, Smith gritó: —¡Animo, Enrique, aquí está el
viejo Smith! Nadie respondió. —Lástima perder un grito tan lindo
—murmuró irónicamente el lobero. Sin duda con el estruendo y el
entusiasmo de la lucha, los hombres no habían percibido su
llamada. Avanzaron, abrieron violentamente las puertas que
encontraron a su paso y gritaron. Nadie. Todo estaba en orden. - —
¿Dónde diablos están? —Escuche, patrón, escuche. Escucharon.
Una voz que parecía salir de debajo de la tierra gritó: —¡Abre,
maldito extranjero, abre! Nadie contestó a tan gentil invitación;
pero un momento después una detonación retumbó y de nuevo el
ladrido de Indio la acompañó con su grito agudo. —Habrá sótano
aquí? Vamos a buscar. —Allá, al fondo del corredor, patrón, una
escalera. —Es cierto;.. Despacio, Onaisím, a ver si los pillamos de
sorpresa. Se acercaron en silencio y oyeron más claramente los
gritos los golpes. Percibieron también las respiraciones jadeantes
de vanos hombres. Un instante, parados en el primer peldaño de la
escalera que descendía hacia un sótano, estuvieron escuchando. No
se oía la voz de Enrique ni la de Sasiulp. Resonaron de nuevo las
exclamaciones y las amenazas: —¡ Abre, maldito, abre! —¿Qué
sacas con prolongar tu resistencia?. —Te morirás de hambre,
encerrado ahí con esa mujer y con ese perro. Los césares negros
han sido destruidos y tus compañeros han abandonado la ciudad.
—¡Abre! Nadie contestó. —¡Enrique! —gritó de pronto Smith,
aprovechando el silencio producido después de la intimidación de
los blancos. —¿Quién llama? —preguntó una voz lejana. —Soy
yo, Smith, acompañado de Onaisín. Una exclamación de sorpresa
y de ira salió de la obscuridad el sótano. Se sintieron precipitados
pasos y un césar blanco apareció al .pie de la escalera. —¡Hola,
jovencito! —dijo irónicamente el valiente Smith—. Parece que te
disgusta mi presencia. Lo siento mucho; pero no pienso moverme
de aquí. —¿Qué quieres tú, extranjero, aventurero del infierno? —
Vengo a buscar a mi camarada y decidido a sacarlo de donde sea.
De modo que hagan el favor de desatracar de ahí —Baja, si te
atreves —rugió él hombre. —¿Pera qué? Estoy muy bien aquí. Por
lo demás, no hay necesidad, y te lo voy a demostrar —contestó
Smith, volviendo a gritar con su poderosa voz—: ¡ Enrique! —
¿Qué quieres? —preguntó el llamado. — ¿ Estas encerrado? —Sí.
—Oye bien lo que voy a decir: abre la puerta al perro y anímalo
contra esos hombres, disparando al mismo tiempo contra ellos. Yo
los recibiré aquí y los pelaré a balazos. Ante esas palabras un tropel
de hombres sudorosos y jadeantes se precipité contra la escalera;
pero la vista de las armas de Smith y de Onaisín los detuvo. —Ya
conocen esto, amiguitos; de modo que si quieren salir empiecen
por soltar las lanzas y los sables y suban de uno a uno y de espaldas.
Al primero que se dé vuelta lo seco de un tiro... Pocas bromas!
Entre juramentos y maldiciones los hombres, unos seis en total,
arrojaron sus armas y de uno en uno y de espaldas fueron subiendo.
Una vez arriba, Onaisín los encerró en una pieza y los dos
camaradas bajaron en busca de Enrique. El sótano era obscuro y no
se veía puerta alguna. Gritaron: —¡Enrique! ¿Dónde estás? Nadie
contestó. Volvieron a llamar y entonces la voz de Sasiulp preguntó:
—¿Eres tú, Onaisín? —Sí, Sasiulp, yo soy. Sintieron abrirse una
puerta y una suave claridad se esparció en el sótano. En el vano de
la puerta apareció Sasiulp, muy pálida y con manchas de sangre en
las manos y en el rostro. Entraron los dos amigos. La habitación
era amplia y tenía aspecto de bóveda. En el suelo, junto a la puerta,
tendido de bruces, estaba Enrique, y a su lado, acezando, con las
fauces abiertas y la roja lengua fuera, Indio miraba tiernamente a
los que entraban. Más allá, encogido y afirmado en la pared, se veía
a Cheucán. —¿Qué ha pasado aquí? —-preguntó Onaisín al dar
vuelta el cuerpo de su amigo. Pero en ese mismo instante el cuerpo
de Sasiulp se abatió como rama cortada y cayó en los brazos de
Smith. ——¡Bueno! Media hora más y encontramos a todos
tendidos. Subamos a esta gente, Onaisín. Aquí no hay aire ni luz.
Entre los do, subieron a Enrique, a Sasiulp, a Cheucán y al perro.
Sasiulp estaba nada más que desmayada y recobró en seguida el
conocimiento. En cuanto a Enrique, tenía un lanzazo en el pecho y
un golpe de sable en la cabeza; Cheucán había recibido varias
heridas en los brazos, y el perro tenía una pata quebrada y una
herida de lanza en el lomo. —Esto no es nada —pronosticó el viejo
Smith—. Un mes de cama, y listos. Ninguna. herida profunda.
Arañazos no más. Acomodemos a esta gente, y vamos a buscar al
flaco Queltehue. que me parece el más grave. Queltehue, debilitado
por la pérdida de sangre que vertía de un profundo sablazo que
tenía en el cráneo, había caído sin sentido frente a la puerta. Lo
levantaron y lo entraron en la casa. Y un momento después Smith
y Onaisín, convertidos en enfermeros, prestaban los primeros
cuidados a los amigos, lavándoles las heridas y vendándolos,
ayudados por la solícita Sasiulp y una joven india que no había
abandonado la casa. Sasiulp contó entonces lo sucedido.
Momentos después de llegar Enrique, varios césares blancos, que
venían con el propósito de apoderarse de los tesoros guardados en
casa de Sasiulp, penetraron violentamente y atacaron de sorpresa a
los tres hombres. Enrique y Cheucán, heridos, llevando con ellos a
Sasiulp y acompañados del perro, se guarecieron, en la bóveda de
los tesoros, mientras Queltehue, que no alcanzó a unirse a ellos,
caía herido de un sablazo después de herir a varios de los atacantes.
20
Y aquí PAZ y después gloria
DOS MESES después la Ciudad de los Césares había recuperado
su antigua calma. Muerto Felipe García a mano de Río Negro y
apresados los mas recalcitrantes jefes de los blancos, los demás,
que habían ido a la aventura más por intimidación que por
convencimiento, depusieron las armas y regresaron. Hernández,
que dio a conocer su carácter de religioso y que se hizo cargo del
servicio divino y humano de la ciudad,’ inició, secundado
eficazmente por Smith, una campaña de acercamiento y armonía
entre negros y blanco., campaña que dio como resultado la
celebración de un congreso al que Smith asistió como uno de los
principales delegados de los negros y que tenía por objeto
establecer las bases que regirían la vida de la ciudad. A
consecuencia de esto Sasiulp fue privada de su ficticio rango y un
consejo de técnicos, que representaban las actividades de toda
índole de la ciudad, entró a gobernarla Durante esos dos meses -
los heridos recuperaran su salud y los cansados descansaron.
Enrique, que manifestó no tener elocuencia de ninguna especie y
que declinó el ofrecimiento de delegado de los blancos que se le
hizo, dedicaba todo su tiempo a Sasiulp, en espera de los resultados
de aquello. Los días pasados juntos, la solicitud con que Sasiulp lo
había cuidado, el agradecimiento de ella y. la juventud solitaria de
él, provocaron lo inevitable: se enamoraron. Hernández corría de
un lado para otro. Su ardor religioso, largo tiempo sin manifestarse
exteriormente, lo abrasaba, e iba de un lado a otro predicando el
amor y la amistad. Cuando Queltehue lo encontraba por las calles,
le pedía medallitas, a lo que Hernández, riendo, contestaba con
coscorrones. Smith. entregaba sus horas al congreso. Le
preocupaba la distribución de la riqueza, a él que siempre había
sido pobre. Onaisín lo acompañaba. En cuanto a Queltehue, había
desaparecido. Se le veía rara vez y siempre en compañía de césares
negros. Trabajó duramente en la cosecha, y en las tardes, de regreso
del campo, encaramado en lo alto de las carretas, cantaba a grito
pelado canciones que sus nuevos amigas aprendían y cantaban con
él. Era un hombre dichoso. Según él, en la Ciudad de los Césares
había encontrado padre y madre. En vano los blancos intentaron
atraerlo. Era también un blanco, más bien dicho, un rubio, y lo
natural habría sido que se acercara a ellos; pero no fue así. Rechazó
las invitaciones y las insinuaciones. —Pero no seas tonto —le dijo
Smith—. Entre las mujeres blancas hay algunas muy lindas. Y si
tú tienes intenciones de... —Así será, patrón; ¡pero dónde habrá
algo mejor que una indiecita de éstas!... Lo dejaron ir por su
camino. A la salida de la última sesión del congreso, Smith dijo a
Onaisín: —Esto va bien, indio; si toda está gente está, como parece,
animada de buenas intenciones, harán de esta ciudad un lugar muy
agradable. Muy pronto ya no tendremos nada que hacer aquí. Será
preciso irnos. —Eso me parece difícil. Veo a Enrique muy poco
dispuesto a marcharse y me parece que algunos terminaremos aquí
nuestra vida de buscadores de oro. —Después de estar aquí resulta
ridículo ir a buscar oro; —Queltehue no se va, Hernández tampoco.
Yo... —Tú, ¿qué? —Depende de lo que haga Enrique. —Me iré
solo entonces. Ya sabes que no soy una lombriz solitaria, corno
ustedes. Tengo mujer e ‘hijos. —Los césares no le dejarán irse. —
Me dejarán. Nadie puede dudar de una palabra dada por el viejo
Smith. Además, ¿quién sabe si vuelva?... Sí, creo que volveré con
mi gente. La presencia de ustedes aquí y el recuerdo de esta ciudad
misteriosa no me dejarían vivir tranquilo. ¡Qué curioso! Haber
navegado tanto por el mundo, y venir a embicar aquí, en este rincón
perdido de la cordillera. Días después de esta charla celebraron los
cinco amigos y el perro una reunión. Allí quedó fijada la actitud de
cada uno. Enrique y Hernández se quedarían en la ciudad. Lo
mismo harían Onaisín y Queltehue; El viejo Smith propuso a éste:
—Mira, flaco: podemos hacer una cosa. Ven conmigo a Punta
Arenas,, recojo a mi mujer y a mis chicos, y nos volvemos todos
juntos. —¡No le aguanto, patrón! ¿ Irme ahora, cuando le estoy
tallando a una hermana de Sol de Plata? ¡ Ni loco que estuviera! —
Pero yo no puedo irme solo... —Mire, patrón Smith, llévese a
Onaisín. —¿Vendrías conmigo, indio? —Si Enrique no tiene
inconveniente y usted me promete volver, voy con usted. El día
antes de partir Smith y Onaisín, Sasiulp llevó a los amigos a la
bóveda en que aquellos habían encontrado sitiado a Enrique y les
mostró las riquezas que su familia había reunido a través de los
siglos. Abrió una puerta e hizo entrar a sus acompañantes.
Colocadas en estantes se veían las obras de los trabajadores del oro.
Había allí empuñaduras de espadas, vasos sagrados, medallones,
planchar representando escenas de la vida de la ciudad, figuras de
animales, paisajes fantásticos, toda una orfebrería delicada y fina.
—Esto pertenece a la riqueza común de la Ciudad de los Césares
—dijo Sasiulp—. Sin embargo, viejo Smith, elige y llévate lo que
sea de tu agrado. Smith, a quien los ojos se le hacían pequeños para
mirar tanta maravilla, recibió la invitación sin alegrarse. —No —
murmuró, emocionado—. No tengo derecho a llevarme nada de
esto. Pertenece a los habitantes del país, es su riqueza, su tradición,
su arte. ¡ Qué curioso, Sasiulp! Tantos años recorriendo Tierra del
Fuego, en cuatro pies, buscando hasta la más pequeña partícula de
oro, sufriendo privaciones y peligros indecibles, y venir a encontrar
aquí, donde nadie lo sueña, tanta abundancia. Hay aquí más oro
que todo el que han encontrado los aventureros en Tierra del
Fuego.. . Vamos. Yo no me llevo nada, nada. —Llévese algo,
aunque sea para mostrarlo en Punta Arenas. —Sí, y me matarán
para que les diga de dónde lo saqué. Conseguido el permiso de los
césares para abandonar la ciudad, -una mañana, muy temprano, los
cinco amigos y Sasiulp, seguidos del inseparable Indio, montaron
a caballo y se dirigieron hacia la salida de la ciudad. Varios césares,
negros y blancos, les acompañaban. Conversando, llegaron al sitio
donde el río empezaba a bullir entre las rocas, buscando el paso
subterráneo hacia el lago. Dieron desde allí una mirada a la ciudad.
Delgadas columnas de humo salían de los hogares campesinos y se
deshilachaban perezosamente en el fresco aire de la mañana. En las
chacras los campesinos arreaban sus animales. Se destacaban con
vigor sobre el verde claro de los terrenos cultivados, los
bosquecillos de árboles frutales. —¡Qué bonito! —exclama, en un
rapto raro en él Queltehue—. ¿Quién te había de decir, flaco
Queltehue, que terminarías tu vida entre campesinos y trabajadores
del oro? Se metieron por el túnel que el agua había. abierto en las
rocas y dentro del cual el río mugía suavemente. Los césares habían
construido un sendero que lo orillaba y por el cual pasaron todos.
llevando de las bridas las cabalgaduras. Salieron al lago y lo
atravesaron en grandes balsas. Más allá se encontraron ya en el
punto en que el llano empezaba a descender rápidamente hacia el
mar. —Déjennos aquí —dijo Smith—. Uóltel ha mandado que
cinco hombres nos acompañen hasta el río Sin Nombre; desde allí
nos iremos en bote basta el “Sam Cocktail”. Adiós, amigos. —
Adiós. Smith, vuelva pronto. —Adiós, adiós... —Y no se olvide:
con el oro que lleva compre útiles de trabajo y todo lo que crea
conveniente; pero no armas. —Sólo traeré mi carabina. Se
abrazaron estrechamente. —¡ En marcha! —gritó Smith—.
Enrique, no te cases hasta que yo vuelva. No nos casaremos, patrón
—respondió Queltehue—. Usted será nuestro padrino. Indio corrió
adelante ladrando con, alegría. Los demás retornaron despacio a la
ciudad, la pequeña y misteriosa Ciudad de los Césares, que un día
asombrará al mundo con su riqueza y su sencilla vida y que
mientras Llega ese día trabaja en silencio, perdida en un rincón
imaginario de la cordillera del sur.