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La trágica leyenda de Rufina Cambaceres

Rufina Cambaceres fue sepultada viva accidentalmente en 1876 luego de sufrir un colapso al enterarse que su amor, Hipólito Yrigoyen, era en realidad el amante de su madre. Cuando el cuidador del cementerio oyó ruidos provenientes de su tumba, descubrió que Rufina había despertado dentro del ataúd y murió de asfixia luego de arañar las paredes internas del cajón en un intento desesperado por escapar. Este trágico caso llevó a la implementación de una ley
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La trágica leyenda de Rufina Cambaceres

Rufina Cambaceres fue sepultada viva accidentalmente en 1876 luego de sufrir un colapso al enterarse que su amor, Hipólito Yrigoyen, era en realidad el amante de su madre. Cuando el cuidador del cementerio oyó ruidos provenientes de su tumba, descubrió que Rufina había despertado dentro del ataúd y murió de asfixia luego de arañar las paredes internas del cajón en un intento desesperado por escapar. Este trágico caso llevó a la implementación de una ley
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LEYENDA: Rufina Cambaceres, la joven que fue sepultada viva

Los Cambaceres eran de una aristocracia venida a menos en la


sociedad argentina del siglo XIX. Cultos, inteligentes, adinerados
y con una pésima fama. En 1876, Eugenio Cambaceres había
tenido un romance con una tal Emma Wizjiak, soprano del
Teatro Colón, casada. Fueron descubiertos por el marido de la
cantante lírica en uno de los palcos del teatro. Éste desafió a
Eugenio a un duelo, pero después terminó yéndose del país (y
dejando la mujer acá).Hasta ese momento, Cambaceres tenía lo
que se conoce como un futuro prometedor en la política.
La vergüenza social lo alejó de ese ámbito (así como, si somos
justos, las denuncias que realizó sobre los fraudes en su propio
partido).Se dedicó, entonces, a la literatura, con suerte desigual,
pero una de sus novelas, Sin rumbo, influenciada por Emile Zola y
el naturalismo, sigue andando por las librerías de usado y quizás
alguna profesora de Lengua lo dé en clases.

Lo cierto es que Cambaceres registró como pocos los problemas


que estaban generando las olas inmigratorias en el país, así como
los defectos congénitos de la burguesía argentina, cosa que no le
sería perdonada jamás. Encima, años después, sumó un tercer
escándalo a su vida, al enamorarse de Luisa [Link] había
nacido en 1855, y era bailarina, lo que para la época significaba
ser más o menos una prostituta encubierta. De origen italiano,
vino a Buenos Aires con una compañía de baile y se quedó por el
amor que lo unía con [Link] la sociedad porteña, fue el
tiro de gracia que acabaría hundiendo a Eugenio en el peor de los
descréditos. Se casaron en 1887 y en 1888 tuvieron una hija. Le
pusieron el mismo nombre que su bisabuela: Rufina. Eugenio
murió poco después.

La decepción

Rufina se crió en un ambiente aristocrático, haciendo las cosas que


las jóvenes hacían en esa época: tareas de bordado, paseos con
amigas, cuchicheos y sueños románticos. Como en un cuento
de hadas, su belleza pronto empezó a competir con la de la madre,
cuyo espejo le dijo un día que la más bonita no era ella, sino su
[Link] Eugenio, la familia mantenía un cierto grado de
conducta social: hacían fiestas íntimas, ágapes. Uno de los más
fervientes asistentes era un joven alto, inteligente, elegante, de voz
gruesa. Se llamaba Hipólito Yrigoyen, era abogado y años
después sería uno de los presidentes argentinos más
importantes, el primero de la Unión Cívica Radical, que ganó con
la nueva Ley Saénz Peña, que consideraba al voto secreto y
obligatorio (pero eso sí: para los varones).Rufina era menor cuando
lo conoció y se enamoró de él, que ya pisaba los 50, pero en esa
época esa diferencia era aceptable, incluso aconsejable. Se produjo
entre ellos, entonces, uno de esos romances platónicos hecho
de pequeños gestos significativos, abonado por una lentitud
[Link] noche, él la invitó al Colón para escuchar a la
orquesta sinfónica. Se aproximaba la tragedia: ninguno de ellos lo
sabía, aunque tal vez Rufina, que tenía diecinueve años, algo
sospechaba en su corazón.

Lo que sigue es parte de la leyenda. Hay versiones, reversiones ,


como en toda leyenda, pero hoy la podemos imaginar así.Rufina
estaba ilusionada con la invitación de Yrigoyen. Pensaba que esa
noche, después del Colón, consumarían el amor que hasta el
momento había permanecido en el plano de la sugerencia.
Una amiga fue a visitarla esa mañana y hablaron del tema. La
amiga, de la que no sabemos el nombre, estaba rara. Tenía que
decirle algo, algo que consumía por entero el espacio de su
corazón, pero no se [Link] final decidió que era hora. Le dijo
que quería evitarle una humillación peor de la que ya estaba
sufriendo. Y le confesó lo que sabía, lo que todo el mundo
sabía, excepto ella: que Yrigoyen era el amante secreto de su
madre, [Link] se quedó muda. Le dijo a su amiga que no se
sentía bien, que tenía que descansar un segundo en su cuarto, que
la dejara sola. Subió la escaleras y ya no volvió a bajar.

Dos horas después, la mucama de la familia la encontró en su


cama. Por la posición del cuerpo, antinatural, no parecía dormida.
Intentó despertarla: le habló, la tomó del hombro, la sacudió. Rufina
no se incorporaba. Una hora después, el médico de la familia
acudió a la casa. De solo verla, de solo tocar la frialdad de su piel
ya entendió lo que pasaba. La auscultó, sin embargo, para
asegurarse, y no le encontró el pulso. Oyó lo que le decían y
entendió: a pesar de su corta edad, Rufina había muerto de un
síncope. Literalmente, se le había roto el corazón.
Si esto fuera una historia de amor terminaría en este punto. Sería
un buen final romántico. Pero es una historia gótica, como escribí
más arriba, y esto es solo el comienzo.

Arañazos en un cajón
Esa misma noche enterraron a Rufina en el panteón de la familia
Cambaceres. Como era costumbre en la época, lo hicieron con las
joyas que le habían pertenecido en vida. Su madre,
desconsolada, se echó sobre su cuerpo antes de que clavaran la
tapa del cajón. Gritaba que no estaba muerta, que no podía estar
muerta. Entre los parientes y amigos tuvieron que sostenerla de los
brazos, llevársela, tranquilizarla.
Aquí es donde entra en escena el viejo cuidador del cementerio de
la Recoleta. La función del cuidador era, en esa época, la de un
guardia de seguridad. Dado que los burgueses enterrados allí lo
hacían con sus joyas, había un gran peligro de saqueadores, que
aprovechaban esas primeras noches, donde los cuerpos todavía no
despedían un olor insoportable, para robárselas.
El cuidador hacía recorridas nocturnas con un farol a kerosén
colgándole de la mano. Y a la madrugada siguiente, mientras
recorría la zona del panteón de la familia Cambaceres, oyó los
ruidos. Ruidos profundos y graves.
El cuerpo de Rufina tenía la cara, el cuello, el pecho, arañados.
Bajo sus uñas, restos de la madera del cajón.
El cuidador retrocedió y casi se cae. Salió corriendo, entonces, a
dar el aviso a la familia. Temía lo peor: que hubieran entrado
ladrones al panteón, que se hubieran llevado las joyas de la pobre
Rufina, muerta en la flor de la edad.A la mañana siguiente, Luisa y
un amigo acudieron al cementerio. Acompañados por el cuidador,
abrieron la vieja puerta chirriante del panteón. Lo primero que
descubrieron fue que el cajón estaba [Link] hombres
entraron, lo abrieron con palancas. Lo segundo que descubrieron
fue que la tapa del cajón estaba arañada del lado de adentro, y
que el cuerpo de Rufina se había dado vuelta: yacía boca
abajo. Lo tercero que descubrieron fue que las joyas seguían ahí; lo
cuarto, los arañazos. Rufina tenía la cara, el cuello, el pecho,
arañados. Bajo sus uñas, restos de la madera del cajón. Entonces
empezaron a [Link] se había despertado en algún
momento de esa noche. A oscuras, oyendo el sonido de su
respiración, todavía calmo, con rachas del recuerdo de esa
mañana, la revelación espantosa de su amiga, su posterior
[Link] extendió las manos, tocó la felpa interior de
su propio ataúd. Gritó hasta desgarrarse la voz. Golpeó el cajón una
y otra vez. A lo que sigue no es aconsejable, siquiera,
imaginarlo. Lo cierto es que murió, volvió a morir, esa noche, de
asfixia.

La culpa

La catalepsia, el fenómeno por el cual un cuerpo reproduce todos


los síntomas de la muerte, era bastante común a principios del siglo
pasado. Pensemos en la fiebre amarilla, en la velocidad con que los
muertos se enterraban, en la cantidad de casos, verídicos o no, que
conocemos, de oídas.
Era tan común que el mismo cementerio de la Recoleta, a metros
de donde está enterrada Rufina, un hombre se hizo instalar un
sistema de campanas para avisar desde el cajón si seguía vivo. Lo
cierto, también, es que a partir del caso que hoy nos ocupa, se
instituyó la ley según la cual se deben velar por veinticuatro
horas los cuerpos antes de ser enterrados, transformando esos
velorios en acontecimientos sociales

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