La dama de las leyendas en Dalkeith
La dama de las leyendas en Dalkeith
Sofía Durán
Derechos de autor © 2022 Sofía Durán
Primera edición.
Para mis Bellas, quienes no dejan de soprenderme,
llenarme de cariño e inspiración,
logrando que estos libros sigan viendo la luz.
Contenido
Página del título
Derechos de autor
Dedicatoria
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Epílogo
Capítulo 1
Dalkeith, Midlothian, Escocia
“Se dice y se promulga, que cuando se cuenta en voz alta una
leyenda, sus hechos han de basarse siempre en la verdad. Aquí en
Escocia hay muchas historias, pero ninguna más aterradora, como la
que les voy a contar ahora…
Se dice que lejos, pasando la ciudad, se encuentra Dalkeith Palace,
hermosa y sin igual, grandes son sus murallas, hermosos sus jardines,
espesos sus bosques y, oculto entre arbustos y flores, existe un tesoro
que equivale a más de mil soles.
Y como en toda leyenda, el tesoro no puede estar desprotegido y, a
falta de dragones, a los duques de Buccleuch ha elegido. Se dice que
cualquiera que se atreva a pisar sus tierras, termina sepultado debajo
de ellas y las doncellas casadas con tan horribles hombres, son
deterioradas, encerradas en las torres.
Poco se sabe de lo que pasó con las anteriores mujeres, nadie
habla de lo que ahí dentro sucede, pero se dice que, si de noche se
acercan a las faldas de sus bosques, los gritos de los muertos le
sacarán un susto que los hará soñar con aquellos horrores.”
Kayla se había quedado parada en medio de la muchedumbre que
rodeaba con fascinación a la extraña mujer que contaba tales barbaridades
acerca de los duques de Buccleuch. Debió preocuparse más por esa parte
que por cualquier otra cosa, pero Kayla era una mujer de momentos, se
enfocaba demasiado en su presente y no pensaba mucho en el futuro.
Solían decirle que era atrabancada por esa tendencia a pensar poco en lo
que sucedería después de que cometía una acción, pero para la joven
Hamilton, el tener un plan era tedioso. Gran parte de su vida había sido
trazada y marcada por un estricto régimen —uno formulado por su padre—,
lo cual la enloquecía. Sabía que su padre la amaba, pero el sobreprotegerla
sólo la incitaba a la desobediencia y la huida. Nadie la entendía del todo en
su familia, pero lo que ella esperaba de la vida no era un plan perfecto al
cual seguir, Kayla quería ser sorprendida.
—¿Por qué no me sorprende que estés aquí, pintando a una cuenta
leyendas, el lugar que en donde te indiqué?
La voz de su hermano llegó con más nitidez por su lado izquierdo. Le
habían ordenado que fuera directa a la carroza mientras ellos recogían el
equipaje, pero le era imposible obedecer cuando se tenía una imagen tan
sorprendente frente a ella.
—Lo siento Publio. —La joven sonrió de lado, trazando con prisa sobre
el papel—. ¿No te parece sorprendente la forma en la que se mueve?
¡Mírala! Parece un pez sobre el agua al contar las leyendas.
Publio miró a la mujer que yacía medio recostada en un diván. Tenía una
sonrisa coqueta en sus labios pintados de un fuerte carmín. Movía sus
manos de una forma que parecía contar la historia sin necesidad de hablar.
Tenía, además, una voz cautivadora y le parecía una mujer que en algún
momento fue de una hermosura inigualable e incandescente, incluso en ese
momento era notorio que seguía conservando con un esplendor extraño
aquella belleza, pese a que era más que claro que había pasado de los
cincuenta años hacía tiempo.
—Sí. Es una mujer cautivadora, pero no tenemos tiempo para que
termines ese boceto, debemos irnos.
—¡Oh! Pero si parece que la historia se pone más interesante.
—Me sorprende que te parezca interesante, cuando es más que obvio
que habla de horrores y turbios escenarios, lo digo principalmente porque tu
te pones a llorar con cualquier cosa y porque hablan del lugar a donde irás a
vivir y con el hombre con el que aparentemente te has casado.
Kayla dejó salir una risilla y lo miró divertida, dejando sobre el papel el
carboncillo con el que había hecho un bosquejo bastante aceptable de la
figura hechizante de aquella dama cuenta leyendas.
—Bueno, ¿Qué hay más interesante que una leyenda?
—Una verdad. —Publio elevó ambas cejas—. Ten cuidado, has llegado
hasta aquí caminando sobre una nube. El hecho de que padre no pueda
negarte nada, hace más peligrosa tu caída hacia la realidad.
—Sé que me atraparías en el camino de ser necesario.
—No puedo estar en todas partes Kayla —dijo el hombre con
preocupación, mirando intransigente a su hermana—. Por favor, deja la
ilusión de lado y enfócate un poco. Aún podemos marcharnos, encontraría
la forma de anular el matrimonio.
—Pero no es lo que quiero.
—Formular una ilusión es la forma más sencilla de creerse enamorado.
Cuando se confabula en la cabeza un sin sentido que corre desbocado hacia
una dirección cada vez más perfecta, quedas atrapado en una imagen que
posiblemente no exista. —Publio la tomó de los hombros—. Kayla, jamás
lo has visto, ¿cómo puedes saber que lo amas?
—No soy superficial, Publio. Amo sus palabras, la forma en la que
poetiza todo, ve el mundo tan maravilloso y sorprendente como yo, con los
mismos colores, con la misma pasión y curiosidad.
Publio observó el brillo en la mirada de su hermana y suspiró decaído.
No había forma más cruel de aterrizar en la tierra, que cuando se ha subido
demasiado en el cielo. Su hermana llevaba mucho tiempo navegando en una
nube acolchonada con la protección de sus padres y la de ellos mismos, sus
hermanos.
La consentían, le permitían que hiciera lo que quería, incluso no eran
capaces de regañarla. Ni siquiera él. Publio suponía que era a causa de la
actitud de su padre que ellos eran incapaces de hacer lo contrario. La única
que podía poner en cintura a Kayla era Aine, a quien sus pucheros y ojos
suplicantes jamás sometieron.
—Te has manchado la cara, Kaylandria —sonrió Terry, pasándole un
pañuelo a su hermana—. ¿Cómo se supone que estarás presentable para un
duque si llegas con la cara llena de carboncillo?
—Para este momento él sabe que estoy instruida en las artes. —Tomó el
pañuelo, pasándolo por su rostro y dedos, limpiando las manchas negras—.
Tranquilos, sé lo que hago.
—¡Y eso es lo que más nos preocupa! —dijo Terry—. No hay nada peor
que cuando tú dices saber lo que haces.
—Pero qué gracioso, mira como me estoy riendo —le dijo seria.
—Basta. —Publio suspiró y miró hacia el otro lado, lejos de la
muchedumbre y la mujer que seguía contando leyendas desde su mullido
diván posado a un lado de la estación de tren—. Vámonos.
Kayla miró a la dama de las leyendas y se acercó lentamente hasta ella,
notando como sus rojizos cabellos, claramente pintados, brillaban con el sol
y sus verdosos ojos mostraban fascinación al ver tal determinación en el
caminar de la joven, quien simplemente le tendió un hermoso dibujo.
—¿Qué es esto? —dijo con su hipnótica voz.
—Es un regalo —sonrió Kayla—. Para la dama de las leyendas.
La mujer frunció el ceño y miró el delicado dibujo y la firma que le daba
el nombre de la joven que le hacía tal regalo inesperado.
—¿La dama de las leyendas? —Sonrió—. Suena bien.
—¿Cómo te haces llamar si no es de esa forma?
—Fiona, sólo Fiona.
—Deberías ponerte la dama de las leyendas, has fascinado incluso al
desalmado de mi hermano, así que te considero especial.
La mujer elevó una delineada ceja y sonrió de lado, mostrando sus
dientes blancos y bien conservados.
—Puedo decir lo mismo, joven artista.
—Hasta pronto.
Fiona miró con interés el rápido caminar de la joven, quien se dirigía
con diligencia hasta un coche, donde la esperaban dos apuestos hombres
que parecían apremiarla a que subiera y rápidamente se marcharon.
—Es la desafortunada que va hacia Dalkeith Palace.
—¿Por qué iría a ese lugar? —La castaña volvió la cara.
—No lo sé. —dijo el hombre parado a su lado, quien se ocupaba de que
nadie se acercara demasiado a la hermosa mujer mayor—. Parece ser que
los mellizos regresaron hace unos meses.
—Así que han vuelto. —La mujer hizo un gesto de sorpresa—. Nada
puede ser más extraño que el regreso de los Buccleuch a Midlothian.
—¿Qué me dices de la mujer?
Fiona miró hacia el dibujo que le había regalado y vio la firma en la
parte inferior izquierda: Kayla Hamilton. Una ceja delgada e inquisitiva se
elevó lentamente y sonrió de forma cautivadora.
—Puede que se inicie otra leyenda, las mujeres con su fortaleza las
crean sin siquiera darse cuenta —lo miró y tendió el dibujo a su ayudante
—. Haz favor de colocarlo en un lugar seguro, tengo el presentimiento de
que no será la última vez que vea a esta mujer.
Kayla miraba por la ventana del carro que sus hermanos habían rentado,
estaba cautivada por los paisajes verdosos de Escocia, todo era tierra fértil
para sus lienzos y aún más para las muchas leyendas que rodeaban el país.
No podía creer que viviría en un lugar tan hermoso, tan lleno de magia, con
una cultura tan rica, tan basta, tan única y esplendorosa que incluso tenía
como animal nacional el unicornio ¡El unicornio!
—Parece entusiasmada —dijo Terry hacia Publio.
—La puedo ver. —Publio negó levemente—. Esto es una pesadilla,
esperemos que el duque sea todo lo que ella desea.
—¿Qué hay si no es así?
—Bueno, habrá que ver.
—¿Pueden dejar de hablar de mí? —Kayla se volvió hacia sus hermanos
—. Este coche es pequeño como para no escucharlos.
—Parecías tan atontada que seguro no escucharías a Brina gritando. —
Sonrió Terry.
—¡Qué insulto! —Lo apuntó—. Esa niña grita más fuerte que el
repartidor de periódicos en el centro de Londres.
Publio dejó salir una sonrisa y escuchó a sus hermanos discutir como
siempre lo hacían. Esos dos se llevaban de maravilla y no podía dejar de
imaginarlos de la misma manera: juntos. Kayla era un alma libre, solía
viajar mucho y pasar largas temporadas con Beth, pero siempre volvía, era
una alegría poco común entre los miembros de la familia Hamilton,
perderla les resultaba más que difícil.
—¡Oh! ¡Miren eso! —La joven apuntó hacia la enorme propiedad que
era Dalkeith Palace, el lugar donde viviría, la casa de los duques de
Buccleuch—. ¡Es hermoso! Miren esa enorme explanada de césped ¡Y
todos los arboles! Pintaré la casa desde allá, con todo y el puente, ¿acaso
escucho una cascada? ¡Sí! Miren, por ahí, justo bajo el puente.
—Sí, sí. —Terry colocó una mano sobre los labios de su hermana—.
Cállate ya o te confundiré con Micaela.
La chica frunció el ceño y apartó la mano de su hermano, sacando la
cabeza por la venta y sonriendo ante lo que veía.
—Es peligroso dejarla en Escocia, sabes bien que no tenemos
jurisdicción en este lugar, no entiendo cómo es que padre y tú están de
acuerdo con esto. —Terry tomó la oportunidad que la excitación de su
hermana por su nuevo hogar le brindaba.
—Es un riesgo calculado —dijo el mayor—. Además, nada le hubiese
impedido venirse, lo haría hasta escondidas de habérsele negado. Prefiero
estar en buenos términos para venir.
—Ah… así que por ahí va la cosa. —Negó Terry—. Padre y tú son
sorprendentes, ¿no entienden la gravedad del asunto?
—Hasta el momento, nada me hace pensar que es grave, es sólo una
muchachita entusiasmada con su nueva vida.
—Publio, ningún águila ha sido de Escocia, ¿sabes por qué?
—Claro que lo sé, el que dirige la cofradía soy yo Terry. —Elevó una
ceja sarcástica, pero suspiró rendido—. La gente de Escocia es leal entre
ella, jamás aceptarían unirse a una cofradía que fuese de Londres, por
mucho que ayudemos a la gente, es una forma en la que los ojos de
Inglaterra se estarían infiltrando en las tierras escocesas y lucharon mucho
para que no fuera así en el pasado.
—Lo cual quiere decir que, cuando dejemos a Kayla, la dejaremos sola,
totalmente por su cuenta.
—Será nuestros ojos y una ventaja para poder venir a Escocia.
—Publio…
—También estoy preocupado por ella Terry, no creas que soy insensible
y estrictamente práctico con el asunto, pero es lo mejor que puedo hacer en
estos momentos.
—Me parece poco.
En ese momento, Kayla metió la cabeza y se dejó caer en el asiento con
una sonrisa que atravesaba su cara de lado a lado y unos ojos llenos de
ilusión y felicidad pura.
—¿Creen en serio que haya un tesoro oculto en algún lugar dentro de
esta propiedad? —Los miró entusiasmada.
—Por Dios. —Terry frotó su frente con los dedos de su mano derecha y
la miró suplicante—. ¿Puedes dejar de ser tan crédula?
—¿Qué? Es que acaso lo ves como algo imposible.
—No es imposible Kayla, pero Terry tiene razón. Ser tan inocente no
ayuda a ninguna mujer en su vida de casada.
—Mmm… ¿entonces los fantasmas, gnomos, brujas, hadas y sirenas
quedan totalmente descartados para mi vida de casada?
—Está perdida. —Negó Terry.
—Por favor, la imaginación nunca ha matado a nadie Terry. —Sonrió
Kayla—. Es lo que dicen tía Emma y Amber.
—Claro, una escritora y una gitana ¡Genial! —aplaudió Terry.
—¡Eh! —Lo previno Publio, quien no admitía racismo ni siquiera a
modo de broma—. Basta, hemos llegado.
Los hermanos se callaron instantáneamente y esperaron a que el coche
se detuviera al completo antes de bajar. Los varones permanecían atentos a
cada movimiento, incluso los que hacían los animales que pasaban por el
lugar o las personas que los hacían desfilar frente a ellos.
—Bienvenidos, Hamilton. —La voz tranquila y casi apagada de una
mujer hizo que tanto Terry como Publio volvieran la mirada con interés—.
Espero que encuentren agradable Escocia.
—Bastante, gracias —asintió Terry, adelantándose hacia la dama de
negro e inclinándose ligeramente, un tanto dubitativo por saber el rango que
le correspondía la mujer.
—Soy la hermana del duque —esclareció ella, como si comprendiera el
lenguaje corporal que había hecho el menor de los varones—, bienvenidos.
—Es un placer estar aquí. —Sonrió Kayla adelantándose a la mujer—.
Es todo muy hermoso, parece un cuento.
Los ojos negros de la dama se posaron tan fijamente en Kayla, que le fue
imposible evitar sentir escalofríos. Jamás había visto ojos iguales, tan
profundos como la misma pupila, llenos de un brillo que rozaba entre la
perversidad y la diversión. Era una mujer hermosa, de una palidez que
parecía imposible, no tenía ni una mancha sobre su rostro, como si hubiese
estado encerrada en las sombras por años. Sus rojos labios contrastaban la
oscuridad de su atuendo y el de sus cabellos, era lo único que parecía vivo
en toda la imagen de la hermana del duque.
—El placer es nuestro al tenerte. —Sonrió al fin—. Pero pasen, los
estábamos esperando desde temprano.
Publio entrecerró los ojos y frunció el ceño, tal como lo hacía cuando
sospechaba de alguien. Kayla lo supo en seguida y por ello lo golpeó
ligeramente en el estómago, pidiéndole con gestos que no empezara con
análisis y prejuicios tan prontamente.
—El tren sufrió un percance —cedió Publio ante la súplica de su
hermana—, pero al fin llegamos.
La mujer lo miró directamente y sonrió sin mostrar los dientes, parecía
más una burla que una muestra de agrado.
—Es usted un hombre interesante, lord Hamilton. —La mujer se acercó
hacia el mayor y se posó justo frente a sus ojos—. Con muchos secretos,
puedo verlos ocultos entre sus orbes azulados.
—Entonces no debe acercarse demasiado, señorita, porque esos secretos
no acarrean nada bueno, sobre todo si estos son descubiertos por alguien a
quien no quiero mostrárselos. —Amenazó.
—¡Publio! —Reprochó Kayla.
Los ojos negros, sin embargo, parecían llenos de una extraña emoción
que parecía hacer brillar a la mujer hermosa parada frente a la enorme e
imponente figura que representaba a Publio Hamilton.
—Tranquila, lady Hamilton —la dama de negro no apartó la mirada del
hermano mayor—, a nadie le gusta que sean revelados sus secretos… —La
mujer calló por varios segundos, para después volverse con rapidez hacia su
nueva cuñada—. ¡Bien! ¿Vamos dentro? ¿Gustan un poco de té?
El cambio de actitud y la sonrisa brillante desentonó un poco en la
imagen formada en la cabeza de los hermanos, quienes ya habían
comenzado a categorizar a la mujer como un posible peligro. Esa nueva
actitud los había hecho trastabillar e incluso sentirse algo perdidos en sus
previas deducciones. Aquella alegría con la que tomaba el brazo de su
hermana menor y hablaba sin parar sobre la casa, sobre el viaje y sobre
Escocia en general no se ajustaba a la aseveración malvada que creyeron.
—Hay que tener vigilada a esta chica. —Avisó Publio.
—Es preciosa, pero algo en ella me da escalofríos.
—Suele ser la impresión que da mi hermana —dijo de pronto una voz a
sus espaldas.
Nuevamente, los hermanos Hamilton se sintieron sorprendidos. No era
normal que no sintieran o escucharan la presencia de alguien. Pero aquel
hombre delgado, de cara gallarda y cabellos amarrados en una coleta
pegada a la nuca los había sorprendido. Tenía los mismos ojos brunos y
profundos que la dama de negro; tan vacíos y distantes en momentos, para
después estar tan llenos de vida. ¿En cual de los dos momentos estarían
mintiendo? Cuando tenían la mirada perdida en el vacío o cuando la
cargaban de emociones que no se podían descifrar.
Los ojos negros de los descendientes de los Buccleuch no eran sólo una
leyenda, sino una siniestra y estremecedora realidad. “Los hijos del mal”.
Así solían llamarlos en el pueblo.
—¿Debemos suponer que es usted el duque? —Publio se adelantó hacia
el hombre alto y delgado.
—No, por todos los cielos, no. —El hombre sonrió con afabilidad—.
Soy el menor, mellizo de Nimue. Mi nombre es Sloan.
—Semejantes nombres que se cargan. —Terry se burló un poco de la
tendencia escocesa en tratar de poner un ambiente mítico a todo.
—Creemos que los nombres cargan con significado —dijo el hombre,
ahora con una impenetrable seriedad—. Aquí no tomamos a la ligera nada,
ni siquiera las palabras.
—Ha de disculpar a mi hermano. —Intercedió Publio—. Tiende a hablar
más rápido de lo que piensa.
—Entiendo. —Sloan parecía seguir enojado, sus ojos seguían clavados
de forma espeluznante sobre Terry. El menor de los Hamilton no se
amedrento ante ello y se cruzó de brazos, esperando una reacción de aquel
flacucho, pero, si acaso el hermano menor del duque pensó en hacer algo, lo
descartó. Puesto que finalmente meneó la cabeza y volvió a sonreír—. ¿Mi
hermana los atiende ya?
—Las damas han pasado al salón segundos antes de que lograra
interceptarnos —asintió Publio.
—Sigámoslas entonces.
Publio lanzó una mirada rápida hacia Terry, quien comprendió la
situación y siguieron en silencio al hombre alto que caminaba seguro por
los pasillos de la propiedad de su hermano.
A los varones Hamilton les pareció raro que los mellizos siguieran
viviendo junto al mayor, no era por nada, pero no parecían tener quince
años, más bien, estarían llegando a los veintes o pasándolos, lo cual quería
decir que debían estar por casarse, si no es que ya deberían estar casados,
por lo menos la mujer.
Algo estaba verdaderamente raro en ese lugar.
Capítulo 2
Kayla y la dama de negro -apodo dado puesto que no le había revelado
su nombre- tomaron asiento en soledad, tal parecía que sus hermanos se
distrajeron con algo a las afueras de la propiedad y la dama de negro no se
dio a la terea o mostró interés en esperarlos.
—Me ha dicho mi hermano el duque que eres artista.
—Oh… sí. —Se sonrojó un poco—. Lo estudié por años.
—¡Impresionante! A mi me gusta pintar, pero no soy especialmente
buena, me encantaría que me ayudaras con la técnica… Oh, lo siento, he
dejado las cortesías atrás, ¿te molesta?
—Creo que es lo mejor si es que seremos familia.
—Ya somos familia. —Recalcó la mujer—. Una boda por poderes es
una boda, ahora eres la duquesa de mi hermano.
—Bueno… agradezco tal aceptación.
—Pero claro, para este momento pensábamos que nunca se casaría, por
eso nuestra alegría de tenerte aquí.
—Su hermano sigue siendo joven.
—Pero es un duque y los duques necesitan herederos ¡Y nosotros
sobrinos! —Sonrió abiertamente, pero de alguna manera, aquella faceta
agradable de la dama de negro, le parecía falsa a Kayla.
Tal como si leyera su mente, la dama de negro quitó la sonrisa y la miró
fijamente. Sin duda era una mirada lóbrega e insondable, logrando hacerla
distante, frívola y con tal potencial de intimidación, que era difícil
mantenerle la mirada; Kayla encontraba increíble como los orbes azabaches
de esa mujer parecían pertenecerle más a un alma que ha vivido por siglos,
que a una jovencita hermosa como lo era en realidad.
—Disculpa. —Kayla meneó la cabeza—. Me he distraído.
—Lo noté —contestó con seriedad, para después mover un dedo frente a
sus ojos—. ¿Te parecen interesantes? “Los ojos negros de los hijos del
mal”, así los llaman, dicen que derivamos de una especie maligna con el
único propósito de que custodiemos el tesoro de este castillo. —La dama de
negro rodó los ojos—. Espero que no creas en esas tonterías. Sé que no es
común y comprendo que te parezcan aterradores, pero es sólo genética.
—Oh, me parecen preciosos.
—¿Preciosos? —La mujer ladeó la cabeza—. ¿En verdad?
—Bueno, soy artista, encuentro lo extraño como perfecto. No había
visto ojos iguales y me pareces una mujer hermosa, lamento que lo diga con
tanta facilidad, pero entre los de mi gremio, no existe distinción entre la
belleza, no importa si viene de hombre o mujer o si lo dice hombre o mujer,
simplemente apreciamos. —Kayla mordió sus labios y arrancó un poco de
resequedad de ellos—. Aunque muchas mujeres se alaben entre sí, casi
siempre lo dicen con celos o mentiras, yo lo digo en serio.
—Creo que ha de ser un pensamiento muy poco aceptado en una
sociedad como la de Londres.
—Sí… —Bajó la cabeza con una sonrisa—. A las mujeres les deben
parecer atractivos los hombres y viceversa, un pensamiento como el que he
recitado seguro sería malinterpretado con rapidez.
—Es una lástima, porque me parece un pensamiento adecuado. Yo
también te encuentro como una mujer hermosa y lo digo con tanta
honestidad como la que soy posible de almacenar.
Kayla rio un poco y asintió. Justo en ese momento, entraban sus
hermanos, acompañados por un caballero muy parecido a la dama de negro;
los mismos ojos oscuros se clavaron por varios e incómodos segundos sobre
la figura resplandeciente de la nueva integrante de la familia de los
Buccleuch, tal parecía que le era necesario al caballero grabarse cada
milímetro del cuerpo de su cuñada.
—Nimue —dijo con una voz profunda—. Pide que traigan whisky para
los señores Hamilton.
—Claro. —La joven se puso en pie y salió del salón con rapidez.
—Soy Sloan, hermano mellizo de Nimue.
—Es un placer conocerlo, señor. —Kayla se levantó rápidamente y se
inclinó—. También agradezco que me dijera el nombre de su hermana, ya
que lo había omitido hasta ahora.
—Deberá disculparla, no le agrada en demasía anunciar su nombre con
rapidez debido al significado.
—Oh, pero si encuentro el nombre muy bonito. Además, su hermana es
tan hermosa como dicen la leyenda que era la hechicera Nimue, capaz de
enamorar e incluso embrujar al mismísimo Merlín.
—Vaya, está usted bien informada —asintió Sloan—. El mío sólo hace
ilusión a un guerrero. En teoría, todos los hijos de Dalkeith Palace deben
tener nombres que estremezcan a la población, ¡Como si no fueran
suficientes estos ojos!
Kayla sonrió y asintió con gracia.
—¿Qué hay del duque? —dijo Terry—. ¿Cuál es el significado del
nombre de su hermano?
—Izek es el nombre que se le da a todos los herederos de Dalkeith,
significa: caballero oscuro.
La mirada de Sloan se había iluminado de forma siniestra, casi maligna,
parecía divertido con la extrañeza en el rostro de la recién llegada, quizá
quería asustarla más de lo que las leyendas lo habían hecho. Kayla sentía
una doble personalidad en esos hermanos, era como si quisieran ser las
personas más lindas en la tierra, pero al mismo tiempo, una oscuridad
extraña saliera de entre sus poros y se colara sin miramientos por sus ojos,
mostrando un poco del alma de los jóvenes que parecía endurecidos por la
vida o quizá, por la dureza de ser juzgados por un apellido. Los Hamilton lo
sabían bien.
—Muy adecuado a la leyenda que los acuña.
—Sí. Creo que incluso lo hacen para hacerla aún más creíble —dijo
Sloan divertido—. Cultura nacional, supongo.
Nimue volvió a entrar en la habitación, trayendo con ella a un puñado de
mozos que rápidamente entregaron whisky a los hombres y té a las mujeres.
Dejaron también galletas y otros aperitivos para que pasaran un momento
de tranquilidad y charla. Pero aquellas formalidades hacían aún más
evidente la ausencia de una persona.
—¿Dónde está el duque? —inquirió de pronto Publio—. No quiero
mostrarme intransigente o demasiado imperativo, pero hemos de
marcharnos pronto y me es necesario verlo.
—Oh… Por Dios, es terrible y lo había olvidado por la alegría de
tenerlos en casa al fin —dijo Nimue—. Mi hermano ha tenido que salir de
urgencia hacia Irlanda, pero estoy seguro que volverá pronto.
—¿Qué tan pronto? —Se acercó Terry.
—Máximo dos semanas. —Esclareció Sloan—. Claro que serán
bienvenidos a quedarse durante ese tiempo.
Los Hamilton se miraron entre sí, todos sabían que era imposible que
tanto Publio como Terry se mantuvieran lejos de la cofradía o sus
respectivas familias. Eran hombres casados y con ocupaciones al por
mayor, esperar a que el marido de su hermana regresara no era una opción.
—Lamento decir que no podremos quedarnos. —Publio miró a su
hermana—. Pero podemos irnos y regresar… todos.
—¿Se refiere a llevarse a la nueva duquesa? —Negó Nimue—. No creo
que sea opción, mi hermano estipuló que ha de quedarse.
—Pero él no está y no creemos que sea adecuado dejarla aquí sola —
dijo Terry, cruzándose de brazos y viendo la súplica en la mirada de Kayla.
Definitivamente no pasaría.
—No estaría sola, mi hermana le hará compañía y si lo dicen por mi
presencia, he de decir que también tengo que salir, incluso los acompañaré
gran parte del trayecto, voy hacia Crawley.
Publio lo meditó y asintió, mirando a su hermana.
—Queda a tu jurisdicción.
—Me quiero quedar —dijo con soltura la muchacha y sin pensárselo dos
veces, puesto que ya tenía la resolución desde hacía mucho—. Quiero
esperar al duque aquí.
—Naturalmente que pueden venir en dos semanas para encontrarse con
él, supongo que tendrán mucho de lo cual hablar —dijo Nimue.
—Sí. —Suspiró Publio—. Mi padre me ha encomendado lo referente a
la herencia de Kayla, pero esto sólo he de tratarlo con él.
—Por supuesto, lo entendemos —asintió Sloan—. Están cordialmente
invitados a venir cuando les sea pertinente.
—Lo agradecemos. —Asintió Terry.
—Claro que esta noche la cordialidad nos impide dejarlos ir, así que iré
a ordenar la comida, mientras tanto, Effie los llevará a sus habitaciones para
que se refresquen por unos momentos. —La hermana apuntó a la doncella
que rápidamente se inclinó, para después mostrar sus marcadas ojeras y
palidez espeluznante.
Los tres hermanos siguieron a la ensombrecida mujer que caminaba
encorvada, con lentitud y entre suspiros, la melancolía parecía ser parte
fundamental de su persona.
—Mi lady, vuestros hermanos pueden quedarse aquí —apuntó con
pereza un par de habitaciones juntas—. La vuestra está al final del pasillo,
la llevaré en cuanto usted lo ordene.
La mujer se hizo a un lado y esperó pacientemente a que la nueva señora
se despidiera de sus hermanos.
—Bueno, los veré en un rato.
—Espera, espera —la retuvo Terry—. ¿No te parece extraño?
—¿La mujer? —susurró Kayla, acercándose a Terry y Publio—. La
verdad es que sí, pero no lo hagas tan evidente.
—¡No ella! —Se exasperó su hermano—. ¡Me refiero a todo! Aunque
en verdad que esta mujer da escalofríos.
—¡Chst! —Calló Publio—. Terry tiene razón, algo no me suena bien en
todo esto, me parece extraño que, si el duque sabía que veníamos hoy, se
tuviera que “marchar”.
—¡Oh, por favor! —Le quitó importancia la mujer—. ¿Cuántas veces
ustedes se han marchado en situaciones mucho más apremiantes?
—Bueno…
—Miles. —Cortó la joven y miró a la ensimismada Effie—. Ahora,
querida, debes indicarme a dónde ir.
La mujer asintió sin darle mucha importancia a la felicidad de la joven y
prosiguió con su camino en silencio. Kayla aprovechó esto para fijar la vista
en todo cuanto se le pusiera enfrente, pero era obvio que lo que más
llamaba la atención, eran los cuadros enormes con hombres de ojos negros
que miraban fijamente hacia adelante.
—¿Está entre estos cuadros el actual duque?
—No. Eso suele hacerse cuando el duque tiene a su heredero.
—¿Se supone que, si no engendra varón, no tiene derecho a un pedazo
de la pared? —Se burló la joven.
—Así es.
Kayla elevó ambas cejas en sorpresa y asintió, parecía que la mujer no
entendía de bromas o simplemente no las apreciaba. Lo que fuera, lo
tomaría en cuenta, parecía ser que la casa consumía a sus habitantes de
alguna manera. ¿Serían ciertas todas esas historias que había sobre la
propiedad? ¿Existiría un mapa hacia el tesoro? ¿Lo custodiarían fantasmas
asesinados por los antepasados de su marido?
Sonaba macabro pero emocionante.
—¿Mi lady?
—Ah, lo siento Effie, me quedé pensando en tonterías.
—Ya veo —suspiró la mujer y siguió hablando con voz monótona—:
Bueno, esta es su recámara, si necesita algo, jale el cordón dorado.
—Gracias Effie.
La mujer se inclinó ante la dama y desapareció en cuestión de segundos.
Eso quería decir que la casa tenía pasadizos secretos, como los tenía la casa
de su padre, ¡Cada vez se ponía más emocionante! Lo único que le faltaba
era ver a su marido… quizá ese fuera un detalle más que fundamental.
Ahora entendía la preocupación de sus hermanos.
¿Qué tal si era viejo? ¿Qué tal si era feo, con cicatrices y cuernos?
Sonrió. En verdad que tenía demasiada imaginación, ahora ya lo pintaba
como una bestia, un ogro o quizá hasta un dragón.
Entró a la habitación que se encontraba en una completa oscuridad,
elevó las manos y notó que ni siquiera era capaz de vérselas. ¿Quién
mantendría una habitación de esa manera…? Pero claro, si era una
desocupada, quizá la mantendrían cerrada y con las cortinas corridas.
Caminó hacia lo que pensó era un extremo de la habitación y palpó la
pared hasta que sintió una rugosa y pesada tela, la cual jaloneó hasta que
dejó pasar la luz del día, iluminando el espacioso lugar con múltiples
puertas. Parecía aun más misterioso ahora que era visible.
La joven caminó con tranquilidad, mirando los alrededores y
continuando con sus divagaciones: ¿Cómo se vería su marido en la vida
real? Tendría esos ojos negros como los de sus hermanos, eso seguro,
pero… ¿Sería flaco como Sloan? ¿Tan pálido como Nimue?
¿Cuánto se tardaría en volver?
Capítulo 3
El cielo se había cerrado repentinamente y las nubes grises cubrieron
gran parte del firmamento hasta dejarlos en una tenue oscuridad que sólo
daba indicios de lo que se avecinaba. El olor a tierra mojada se extendía
como un aviso a lo largo de aquel pueblo en el que se formaban corrientes
en las calles y se inundaban las casas cuando el temporal perduraba.
Las mujeres salieron presurosas de sus casas para quitar las ropas
previamente tendidas, los hombres guardaban a los animales en los graneros
y los niños jugueteaban alegres por las calles, en espera de las primeras
gotas de agua.
Sin embargo, el agua no llegó de forma agradable y gradual, sino que
simplemente soltó tal diluvio lleno de truenos y rayos, que los pueblerinos
no tuvieron más remedio que correr al interior de las cálidas casas,
encorvándose ante la helada agua que les empapaba hasta los huesos.
Muchos atribuían tales tempestades a la llegada de cierto caballero
temible. Todo hombre y mujer racional se quitaría del camino del duque de
Buccleuch, al menos lo harían si no eran llamados expresamente por él.
Había muchas leyendas a su alrededor y muy pocas personas que quisieran
discernir si eran verdad o mentira; la mayoría prefería dejar al hombre entre
sus misterios y tratar de no hacerlo enfurecer.
En esos momentos, aquel caballero era centro de miradas, puesto que
caminaba bajo la torrencial lluvia que no permitía que se viera más allá de
la nariz. Por el contrario de los hombres que le seguían -los cuales
intentaban cubrirse de la lluvia mientras prácticamente giraban para hacerse
oír—, el duque caminaba con la cabeza en alto, la espalda erecta, zancadas
largas y brazadas firmes como si estuviera a punto de marchar a la guerra.
Los chorros de agua resbalaban por su rostro, pero él apenas y fruncía el
ceño, parecía concentrado en otras cosas y nunca aminoró su paso hasta que
esperó su turno para entrar en la caverna del pueblo.
—¡Ah, mi señor duque! —gritó la regordeta dueña del lugar, corriendo
un poco para alcanzar al hombre que quitaba ropas mojadas de su cuerpo
con aparente frustración—. Le tengo preparada su mesa y su comida.
—Ha de colocar lugares para estos hombres —apuntó a su compañía
con una palma—. Además de la mía y la de Arnold.
—Claro, mi señor duque.
—Hablando de él, ¿dónde carajo está?
—Siempre maldiciendo, Izek, no hace falta que agregues más temores a
tu persona. —De las escaleras bajaba un hombre rubio, con una gran
sonrisa y los brazos abiertos—. Estás empapado.
—Pero qué perceptivo te has vuelto. Iré a cambiarme, lleva a estos
hombres a que hagan lo mismo y me esperen en la mesa.
—Como diga, señor.
—Déjate de bromas, sabes que no me agradan.
Arnold sonrió de lado y asintió, mirando al resto de los caballeros que
trataban de mantenerse erguidos y sin temblar de frío ante la presencia del
duque, quien no mostraba estragos ni siquiera por estar empapado por lluvia
tan helada como la que habían afrontado.
—Bien, caballeros, ya no tienen que retener sus dientes castañuelos, el
duque se ha ido, así que seguid a esta preciosa señorita —tomó a una de las
meseras— hasta un lugar donde puedan cambiar sus ropas.
—Gracias señor Arnold.
Los hombres pasaron por su lado en medio de temblores de cuerpo y
escurriendo agua de las botas rechinantes. El rubio esperó a perderlos de
vista antes de correr escaleras arriba hasta la habitación del duque, la cual
abrió sin pedir permiso y se dejó caer en la cama desocupada.
—Creí decirte que te quedaras con ellos.
—¿Y yo para que quiero ver a un montón de hombres desvestirse y
quitarse el frío del cuerpo? —dijo con desinterés—. Me hubieras mandado
a revisar mujeres y ahí estaría, al pendiente de ello, pero no es así. Prefiero
hablar contigo entonces.
—Yo no tengo nada de qué hablar.
El duque limpiaba su cuerpo sobre un palanganero con agua humeante.
Lentamente sentía como el calor del agua traía consigo la movilidad a sus
articulaciones que se atrofiaron por el frío.
—Claro, seguro que lo que tengo por informar te encantará.
—No tengo tiempo para estupideces, Arnold. Soy un hombre ocupado
de momento y créeme que si…
—Tus hermanos están en Dalkeith Palace.
—¿Qué? —Izek detuvo todo movimiento por unos segundos, para
después sacudir sus brazos, quitando el exceso de agua.
—Llegaron hace unos dos meses.
—¿Y hasta ahora es que me lo dices?
—Es que apenas se empieza a poner más interesante.
—El regreso de mis hermanos no es interesante, es problemático.
—Te digo que no es todo —sonrió malvado—. Hay una chica.
—¿Una chica?
—Sí, dicen los del pueblo que es una muchacha hermosa y que no
encaja para nada con los de los ojos negros. Lleva en tu casa unas dos
semanas… más o menos.
—¿Quién en su sano juicio se quedaría con uno de nosotros con esa
tranquilidad y en esa casa? —Sonrió malicioso, aventando hacia un lado la
toalla con la que se había estado secando.
—Al parecer… una Hamilton.
—¿Una… qué? —Entonces enfureció—. ¿Una londinense en mi casa?
¿Con mis hermanos? —Negó—. ¿Qué se traen esos idiotas? ¡Una
Hamilton! Por todos los carajos, son más estúpidos que… ¡Maldición!
Tendré que volver.
—Inteligente decisión ¿Qué harás con lo de aquí?
—Te lo dejo a ti de momento.
—Mala decisión, me aburro de hablar de negocios.
—¡Y una mierda contigo!
—¡Vale! —levantó las manos—. No te enojes conmigo, que nada tengo
que ver, guárdalo para tus hermanos. —Sonrió de lado—. ¿Cuándo te vas?
—¡En este maldito momento!
El duque nunca hablaba por hablar, cuando decía algo, tendía a ser una
realidad irrefutable que él siempre haría cumplir. Tomó sus ropas, se
cambió con rapidez y salió tan rápido con tuvo botas.
—¿He de alcanzarte cuanto antes?
—Naturalmente —Izek subió a su caballo—. Maldición, llegaré
empapado a esa maldita casa.
—Vaya, eso te pondrá de un mejor humor.
—Que esos dos se escondan de mí, que si los veo los mato.
Arnold dejó salir una carcajada.
—Como si hiciera falta algo más que verlos para desear matarlos.
—Arregla todo aquí, si se complica algo, mándame un telegrama y
volveré en seguida. He batallado demasiado con estos malditos como para
que al final me digan que no.
—Sería detestable —dijo Arnold en una voz divertida.
—Si sigues así, terminaré matándote a ti.
—Mejor vete para que mates a los indicados. —Arnold dio una palmada
al caballo y este salió cual rayo hacia el exterior y la lluvia—. Pobres
idiotas.
Kayla miraba el exterior de la propiedad con ilusión, hacía más de una
semana que había comenzado la temporada de lluvias y nada las había
detenido hasta el momento. La joven sonrió. Aquel mal temporal era el más
escandaloso que había escuchado hasta el momento; los rayos y los truenos
se turnaban para asustar a los habitantes y la luz se había ido hace varias
horas, regresando a la fundamental y rudimentaria vela para iluminar las
estancias donde alguno de los señores estuviera.
—Lamento que a tu llegada comenzara el mal tiempo.
—No hay de qué preocuparse Nimue, ya era algo que esperaba, puesto
que Londres no queda tan lejos y recibimos el mismo trato.
—Sin embargo, creo que las lluvias son mucho más hermosas aquí, el
paisaje sigue siendo muy hermoso.
—Cierto, sin embargo, preferiría continuar con tu pintura antes de que
me enfrasque en los paisajes de Escocia.
—Jamás me habían retratado, agradezco que lo ofrecieras.
—Bueno, tú me estás retratando a mí, así que es más una tregua.
Kayla se alejó de la ventana y trató de salir de la habitación, pero Nimue
la frenó en seguida.
—Sin embargo, querida cuñada, el día de hoy he de salir.
—¿Con esta tormenta?
—Lamento dejarte —asintió—. Pero es imperativo que atienda el
llamado de Sloan, parece que cayó enfermo en Easthouses.
—Comprendo la preocupación que sientes, haría lo mismo.
—He de marcharme, espero que para este momento ya te sientas como
en casa. —La advirtió con la mirada.
—Bueno… algo así.
—Por favor, mujer, no debes ser tan remilgosa, tan sólo entiende que
ahora vivirás aquí y listo.
Kayla pensaba que esa mujer no hablaba por la experiencia, seguro que
jamás había estado en una situación en la que llegara y se sintiera una
completa extraña, fuera de su entorno, lejos de las personas que amaba.
—Claro, lo haré.
—Bueno, hasta pronto.
La estilizada figura de Nimue Buccleuch salió de la estancia, dejándola
sola y admirando nuevamente el paisaje. Al final, tal vez se pondría a pintar
algo… aunque no había mucha luz, eso quizá haría que no distinguiera
correctamente los colores. No, eso podría arruinar la pintura, lo mejor sería
dar un paseo por la casa.
Kayla dio un asentimiento ante su resolución, pero al dar la vuelta, se
topó con los ojos desorbitados de una mujer que claramente estaba en
estado de conmoción, por poco se desmaya ella misma al verla ahí parada
como si se tratara de una loca.
—Señora… señora, ha vuelto a pasar señora.
—¿Qué cosa Tamara? ¿De qué hablas?
—Esa chica, esa pobre chiquilla, apenas y sabría que algo pasó.
—No entiendo.
—¡Tamara! —regañó una voz femenina a la cual Kayla se había
acostumbrado y odiado a los pocos días—. ¡A la cocina!
—Señora Campbell, creo que Tamara tiene algo importante que decirme
en estos momentos.
La silueta embarnecida del ama de llaves se irguió aún más al recibir la
contraria por parte de la joven, pero esperó tranquila a que la joven Tamara
hiciera su resolución, la cual fue la correcta, puesto que salió corriendo
lejos de la joven mujer.
—Creo que no tiene más que decir.
—No puede hacer eso, no puede esconderme las cosas, soy la señora de
esta casa —rugió Kayla.
—No. No lo es, hasta que el duque llegue, usted sigue siendo sólo otra
mujer en esta casa, como todas nosotras.
—¿Disculpe?
—El matrimonio no ha sido consumado, así que, en realidad, el duque
no la ha aceptado como esposa.
—Vaya, así que esa es la razón detrás de sus malos tratos, ¿cree en serio
que esto no es real? Estoy casada eclesiástica y legalmente con su señor, eso
me convierte en su señora, lo que pase con él o no en la habitación es cosa
de nosotros.
—Lo cual sería nada, porque el amo no está… convenientemente no
está. —Recalcó—. Me parece extraño.
—Si tiene algo que decir señora Campbell…
—¡Señora Campbell! —gritaron desde el pasillo.
Kayla miró con intriga hacia el lugar y prácticamente corrió fuera del
salón en el que se encontraba, muy pese a que la mujer lo haya querido
evitar, Kayla era joven y jamás podría alcanzarla.
La joven sintió la excitación del momento mientras corría hacia el grito
previsor, y lejos de la señora Campbell, pero al momento de llegar y ver lo
que en realidad estaba sucediendo, hubiera preferido quedarse en el salón,
ajena a esa imagen, ajena a la realidad, presa entre la lluvia y sin terror
alguno de quedarse en esa casa.
—¡Dios Santo! —Se cubrió los labios—. ¿Qué le ha pasado?
—Es el duque sanguinario, señora, ha vuelto ¡Ha vuelto!
—¡Callada! —pidió la señora Campbell, que en ese momento entraba en
la cocina con la respiración entrecortada.
—¿Esta…? —La voz de Kayla terminó siendo un susurro, aquella
pregunta no necesitaba respuesta.
—Muerta. Será mejor que llamemos a los oficiales, es obvio que la
pobre chica se mató a sí misma.
Kayla regresó la mirada hacia la señora Campbell, era una estupidez que
alguien pensara eso. La joven tumbada en el charco del piso había sido
apuñalada incontables veces, una persona no podría infringirse a sí misma
tantas heridas sin quedar inconsciente en el camino, con la primera
puñalada podría haber sido suficiente. Quizá no fuera Publio o su padre,
que eran médicos, pero claro que podía ver que eso no era auto infringido.
—Esto es un asesinato, está más que claro —dijo Kayla sin ninguna
duda—. Sí, han de llamar a las autoridades, pero que revisen toda la casa,
de ser necesario despierten a cada hombre y mujer, esto es peligroso, hay un
asesino suelto.
—Quizá era sólo contra la muchacha, señora —dijo una mujer que
estaba extrañamente calmada ante la imagen—. Supe que ella tenía un
novio fuera de la casa, pero lo engañaba con el chofer.
—¿Estás segura de eso?
—Es lo que se dice. —La mujer se inclinó de hombros.
—Traigan al chofer en este momento, bastará con preguntarle.
—El hombre no duerme en el palacio —dijo la señora Campbell—.
Aquí alojamos a los mozos y las doncellas principales.
—¡Mándenlo llamar del mismo infierno si se encuentra ahí! —gritó
entonces desesperada—. No entiendo la calma, ¿qué no ven que todos
estamos en peligro en estos momentos?
—Ah, Orlando. —El ama de llaves miró hacia un mozo—. Haga a la
señora un té, necesita componer sus nervios.
—Sí, señora Campbell.
—¡No necesito nada de eso! —dijo enojada y frustrada—. Se ha de
hacer lo que yo diga.
—No se preocupe señora, se hará —tranquilizó la señora Campbell—.
Ahora, tome el té, le hará bien.
Kayla sentía sus manos temblorosas y sus ojos desorbitados,
seguramente estaría en un estado catatónico, como lo había estado Tamara
al momento de quererle informar lo que pasaba en la cocina. Todo parecía
más aterrador entre la lluvia y las penumbras, quería correr hacia un lugar
seguro, pero no sabía cual podía ser, estaba lejos de todo cuanto la amaba y
no había nadie de su nueva familia.
—Señora —le tendieron la taza de porcelana y ella aceptó con un
trémulo movimiento.
—Siéntese, señora —pidió la otra mujer extrañamente tranquila.
—No necesito sentarme —dijo ya más calmada, sentía como lentamente
el té relajaba su cuerpo.
—Le aseguro que sí. —El mozo la condujo hasta un banco en la cocina
y la sentó con cuidado.
Kayla sintió como lentamente todo en ella se relajaba, su cabeza había
dejado de estar preocupada y sus párpados comenzaban a pesarle…
¿Acaso? Miró extrañada hacia la señora Campbell, quien le sonreía triunfal.
Oh, esa maldita vieja, se las tendría juradas con ella a partir de ese
momento, ¿cómo se atrevía a drogarla?
—Llévenla a sus habitaciones. —Ordenó la señora Campbell.
Capítulo 4
Kayla despertó con el suave repicar de la lluvia, su cabeza le dolía y
sentía que se perdió de un espacio en el tiempo. No comprendía cómo había
llegado a sus cámaras, tampoco sabía quién la había cambiado a su camisón
o por qué no recordaba nada con claridad… únicamente sabía que le
dolía… le dolía muchísimo la cabeza.
Cerró los ojos con fuerza y se sentó con cuidado, tomándose las sienes
con aprensión y miró a su alrededor. Soledad. Sabía que Nimue no estaba,
Sloan no se había vuelto a aparecer desde que partió con sus hermanos y el
silencio de la casa le avisaba que todos estaban dormidos y probablemente
era muy tarde.
Se estiró levemente hasta la mesa de noche y encendió una vela que
rápidamente iluminó una parte de la espaciosa habitación. Bajó los pies
descalzos al frío suelo y se acercó a la ventana para comprobar que seguía
lloviendo con la suficiente fuerza como para hacer revolotear los árboles y
provocar sonidos que parecían ser susurros del más allá.
Algo se le escapaba, lo sabía, podía sentir un cosquilleo en lo profundo
de su pecho, como una aguja de Aine… eran letales y solían pasar
desapercibidas por mucho rato, no se sentía con claridad el dolor hasta que
uno se lo arrancaba por mero instinto. Pero ahí estaba, era un ligero
cosquilleo de advertencia que no daba paz.
En ese momento escuchó unos fuertes pasos provenientes del pasillo.
Eran zancadas largas, de varón, uno pesado, probablemente fuerte y
convencido de hacia donde se dirigía y las acciones que cometería al llegar.
«Un asesino…» susurró entonces su mente. Su instinto la llevó a tomar la
daga que su padre le regaló y apagó la vela que había encendido con
presura. Miró entre las tinieblas y fue a esconderse tras una pesada cortina.
Sintió sus manos temblar, pero se aferró a la daga con todas sus fuerzas,
quizá no sería Aine, no sería Publio o Terry, pero claro que podría
defenderse… por lo menos no dejárselo tan fácil. Ella era hija de su padre
también, tenía el valor de Thomas Hamilton y el corazón de Annabella
Korsakov. Cerró los ojos, controlando su respiración y su acelerado palpitar.
Para cuando los abrió, no sentía tanto miedo.
Fuese quien fuese, no sabía con lo que estaba por toparse.
Izek escurría el agua de la lluvia y dejaba un rastro por donde pasaba.
Seguro que la señora Campbell no estaría feliz al ver las alfombras mojadas
cuando amaneciera ese día, pero poco le importaba entonces; sentía un
escozor en los ojos, le picaba el cuerpo por la tela mojada y sus huesos le
reclamaban el largo viaje. Quería dormir, eso era lo que quería. Ya sería el
día de mañana en el que pondría en regla a sus hermanos y mandaría lejos a
la mujer que estuviese hospedada en la casa.
Abrió la puerta de su habitación y ni siquiera intentó encender la luz,
sabía que con la tormenta todo se habría ido al infierno, así que
simplemente vagó en la oscuridad de una recámara que conocía como la
palma de su mano. Anhelaba quitarse esa ropa mojada y mucho más las
botas con agua hasta los tobillos.
Así que fue lo que hizo apenas dar unos pasos en la habitación.
Comenzó a desnudarse, dejando la pesada ropa sobre el suelo, sintiendo la
frescura de su piel siendo liberada y el escalofrío que recorrió su cuerpo con
aceptación de sus acciones. Cuando iba a quitarse la ultima prenda sobre su
cuerpo, algo llamó su atención, no lo había notado debido a lo mucho que
su cabeza se había concentrado en deshacerse de la incomodidad, pero algo
no andaba bien en esa habitación.
Miró rápidamente hacia la cama, notándola desordenada… ¿Alguien se
había atrevido a revolcarse en su habitación? Eso sería causa de muerte, en
verdad que la casa era grande como para que fueran a seleccionar la
habitación del mismísimo duque para tener sexo a escondidas.
—Malditos perros… —Apretó los puños, quería gritar para despertar a
toda la casa y matar en persona al atrevido, pero tomó aire y suspiró,
buscando tranquilizarse—. Mañana… será mañana.
Se quitó la prenda que evitaba que estuviera completamente desnudo y
se sentó sobre la cama, apreciando el calor en ella. Apretó los dientes y
cerró los ojos. ¿Acaso la acababan de utilizar? Hace cuanto que se habían
ido esos malditos indecentes… miró a la mesa de noche y notó una vela
recién apagada. Seguían ahí.
Izek se puso en pie y buscó con la mirada por la habitación, no podían
haber ido lejos, no escuchó nada de camino ahí, tenían que estar cerca, ¿en
algún armario? ¡Demonios! Esa habitación tenía las puertas suficientes
como para que pudieran escapar, estaba la de la recámara de la duquesa, la
de su estudio personal y la del baño. Si acaso se movía hacia alguna de
ellas, esos malditos podrían escapar sin que los viera. No… debía quedarse
ahí.
—Te aseguro que te irá mejor si simplemente me das la cara, maldito
perro sarnoso ¿Cómo osas en ocultarte de mí? —Kayla sintió que su
corazón daba un brinco y apretó la daga. No saldría de ahí, esa era su
ventaja, de ser de otra forma, él no habría hablado—. Te encontraré y te
despellejaré yo mismo, te juro que si no sales lo haré.
Kayla tuvo la sensación de que moriría, ¿Qué pensarían sus padres?
¿Sus hermanos? Seguro que dirían algo como: “Debió tomar el
entrenamiento como era debido”. No… exageraba, a sus padres les dolería
muchísimo y sus hermanos se culparían. Cerró los ojos y volvió a
concentrarse en no respirar fuertemente, en no brincar cada vez que
escuchaba una zancada hacia su dirección, en no temblar cuando la luz
iluminó la instancia, dándole a entender que habían encendido la vela…
—¡Te encontré!
Izek se vio sorprendido por tener una daga en el cuello con la misma
prontitud con la que él la había puesto sobre el de su contrincante. Era una
mujer, una con la determinación de ponerle un cuchillo en el cuello aún
sabiendo quien era. Valerosa y torpe mujer. Tenía incluso un brillo rebelde y
lleno de orgullo dentro de su mirada, le parecía… atractivo.
—¿Cómo osa entrar en la casa del duque de Buccleuch? —le dijo ella
con cautela y amenaza.
—Dime damita, ¿Estuviste aquí para complacer a alguien?
—Yo no vengo a complacer a nadie.
Izek bajó su daga y apartó la de ella con un movimiento rápido,
lastimándola un poco al momento de doblarle la muñeca para tomar el
cuchillo de entre sus manos tercas.
—No veo otra razón de que una mujer esté en la habitación del duque —
dijo desinteresado.
—¡Claro que hay otra razón! —contestó extrañada, siguiéndolo por la
alcoba, mirando hacia la tentadora salida. Si a él no le interesaba su
presencia, entonces correría de ahí lo más rápido posible—. ¡Yo soy…!
Su voz perdió fuerza al ver al hombre completamente desnudo frente a
ella, con dos dagas en las manos y una sonrisa petulante en la cara.
—¿Es quién? —dijo divertido—. ¿Se ha quedado sin habla?
—¡Por Dios! —se cubrió la cara, pensando en lo estúpido de su acción,
podría matarla mientras ella cuidaba de su pudor, así que luchó para volver
a encajarle la mirada, tratando de no apartarla—. ¿Qué cree que hace?
—Mmm… te contrataría yo mismo, pero en realidad estoy cansado, no
podría acostarme contigo, aunque lo intentara, así que lárgate de una vez.
—Yo no me voy, se irá usted.
—¿Me corre de mi habitación? —la miró divertido e impactado.
—¿Su… su habitación?
—¿Y de quién más le dijeron que era damita? ¿Acaso de un rey? ¿Del
mozo con el que se vino a acostar? ¿Acaso mi hermano es quien la contrató
y la metió aquí para follarla en mi cama? Mmm… Ahora que lo pienso, es
una acción que él cometería. Como sea, vete, no tengo más paciencia.
—Es usted el duque… ¿Izek?
—¿Te atreves a llamarme por mi nombre? —Se giró, nuevamente
estupefacto, esa mujer en verdad que era alucinante—. Me sorprende que
no estés temblando de miedo ahora que lo sabes, bueno, eres valiente, quizá
pueda tomarte por la mañana, puedes acostarte a mi lado si lo deseas.
—¿Tomarme? —Ella al fin comprendía algo importante—. ¿Es que me
cree una cortesana?
—¿Qué más? —Se metió en la cama y apagó la vela.
—Y si tuviera más ganas o humor, ya me habría tomado… —decía,
como si intentara hacerlo entrar en razón de algo.
—Naturalmente, ¿Qué te pasa mujer?
—¡Como se atreve a traicionar a su esposa! ¡Es un maldito!
—¿Esposa? —Se sentó rápidamente—. Yo no tengo esposa.
—¿Disculpe? —dijo a punto de la histeria—. ¡Yo soy su esposa!
Izek sintió como si alguien acabara de darle con una piedra en la cabeza.
¿Qué era lo que acababa de decir esa mujer?
—¡De qué carajos habla, maldita loca! Yo no tengo esposa.
—¡Agh! ¿Es que no me reconoce? Es usted quien me escribió todas esas
cartas, es usted quien se propuso y me trajo aquí, al mismo tiempo que se
marchó sin más, dejándome sola en un lugar desconocido, con personas
extrañas y poco amables.
—A ver, a ver —se puso en pie—. Cállate y recapitula ahora.
—¿Cómo que me calle?
—Y trata de no agudizar tanto la voz —pidió sin más—, provocarás que
me explote el cerebro
—¡Prenda la maldita vela! Estoy harta de hablar en penumbras.
Izek volvió a prender la vela en la mesa de noche y nuevamente ella
pudo contemplar la desnudez, cubriéndose inmediatamente la cara y
gritando ante ese pequeño olvido.
—¡Demonios! —Chistó el hombre y caminó hacia uno de los armarios y
sacó una bata—. Listo, ya destápese, pero qué mojigata.
—¿Mojigata? Hace unos segundos era una cortesana.
—Y todo esto está derivando a más apelativos hirientes, así que
explíquese de la forma más concreta y sin gritar, me arde la cabeza.
—Ah, quiere que sea concreta. ¿Se hace el tonto? ¡Vaya, qué caballero
tan honorable! —La joven elevó una palma y la llevó de arriba abajo,
señalando al hombre frente a ella con desprecio.
—Ey, cuida tu boca. —La apuntó con un dedo acusador.
—Cuide la suya entonces.
—Vale, estoy a punto de sacar las dagas de nuevo y en esta ocasión no
me detendré y cortaré su precioso cuello.
—¿Qué quiere que le diga? Me mandó cartas durante casi un año,
diciendo que me amaba, que me había visto a lo lejos en el parque ¡Incluso
notó mi lunar en la mejilla! —apuntó la pequeña mancha en el lado
izquierdo de su cara—. ¿Cómo es posible que me olvidara? ¿Acaso se
golpeo la cabeza al venir?
—Ningún golpe —dijo molesto—. Yo no mandé ninguna carta y por
supuesto no estoy casado, usted está loca.
—Mmm… claro, loca. —Ella caminó por la habitación y sacó de una
maleta todas las cartas y, algo mucho más importante, el acta de matrimonio
que acreditaba lo que decía—. ¿Qué me dice de eso?
Izek pasó la vista por todas las cartas y después por el acta matrimonial.
Tardó unos segundos en comprender la situación y, cuando lo hizo, no pudo
más que suspirar cansado. Le reventaría la cabeza, ese día seguro que sí
perdía todos los sesos. El nombre de su hermano estaba en esa acta,
firmando como testigo y el de su hermana estaba en cada carta.
—Así que es usted la señorita Hamilton.
—En teoría no.
—Vale, vale. —Se tomó la cabeza, tratando de frenar el dolor—. Es mi
esposa, comprendo… creo.
—¿Cómo que cree?
—Eh… ¿Dónde están mis hermanos?
—Salieron, creo que Sloan enfermó y Nimue fue a auxiliarlo.
—Claro… siempre tan precisos.
—¿De qué habla ahora?
—Nada. —La miró de arriba hacia abajo—. ¿Por qué tiene el cabello
así?
—¿Así como?
—Corto. Es… raro.
—¿No le gusta? —Ella elevó la mano hasta tocar las hondas castañas
que se congregaban sobre sus hombros.
—Dije raro, no feo. No es normal ver a una mujer con el pelo así.
—Me es estorboso. —Simplificó.
—Vale… así que eras tú la que dormía en la cama.
—Hasta que usted me asustó.
—Claro. ¿Por qué no vuelve a dormir ahora? Yo… eh, tengo algo que
hacer, esperaré a alguien.
—¡Deténgase!
El hombre lo hizo por mero entrenamiento militar, pero cuando se dio
cuenta que obedeció el capricho de una mujer, se volvió con molestia,
mirándola enfurecido.
—¿Cómo dijiste?
—¿Es que piensa simplemente dejarme aquí? ¿Se marchó durante
semanas, me hizo venir, me hizo casarme con usted y piensa tratarme así?
Después de decirme cortesana y de que otros hombres habían estado
conmigo en esta cama, ¿Simplemente se irá?
—Yo… —Izek no sabía como afrontar la situación.
¿Le reclamaba? Era más que obvio que él no sabía nada, pero por alguna
razón, la mujer estaba convencida de que simplemente se estaba haciendo el
tonto… ¡En realidad lo hacía! Debería decirle a que tomara sus cosas y se
marchara de su casa de una vez por todas.
Pero no podía, era una Hamilton, era peligroso.
—Lamento tener que salir de nuevo, pero le aseguro que no tardaré en
volver… con respuestas. Vuelva a dormir.
Kayla sentía que sus venas eran recorridas por lava y no por sangre, ese
hombre era un maldito, ¿Cómo era posible que él se mostrara tan falto de
vergüenza ante todos sus desdeños? ¿Era posible que la olvidara de un
momento a otro como si jamás…? Kayla se vio en la necesidad de frenar
sus pensamientos y abrir los ojos con impresión al comprender algo.
—Usted… —Lo miró perpleja—. Por Dios, usted no lo sabía.
La faz del duque era severa, distante y mortalmente pálida. Sus ojos
oscuros eran terriblemente escalofriantes en medio del silencio que daba la
contestación a los peores miedos de Kayla.
—No. No lo sabía. —Aceptó.
—¿Y por qué no…? —Kayla cerró los ojos y negó suavemente,
comprendiendo aún más—. Hamilton… una Hamilton.
Su apellido, eso había sido lo primero que él había dicho después de leer
las cartas. No preguntó sobre el matrimonio falso, no indagó sobre su
inocente forma de creer una mentira, sino que mencionó su nombre, lo cual
quería decir que respetaba a su padre o le temía. Nada tenía que ver con
ella. Se las llevaba con tiento por ser una Hamilton, no porque le tuviera
respeto o al menos algo de pena.
—Le sugiero que vuelva a la cama, descanse esta noche.
Kayla no se atrevía a mirarlo a la cara.
—¿A dónde va usted? —susurró.
—Iré por mis hermanos, ellos son los causantes de todo esto.
—Los mellizos… —asintió con lentitud—. ¡Soy una ilusa!
—Para ser franco, ellos son buenos engañando personas. —Izek apretó
los labios al ver a la desmoralizada mujer—. Descanse.
El duque salió presuroso de la habitación, dándole la oportunidad a
Kayla de sentarse en la cama y cubrir su rostro con ambas manos. ¡Se sentía
una idiota! Toda su familia se lo advirtió… ah, pero ella había estado tan
segura, tan llena de confianza, pensando que se casaría con un hombre
amoroso que jamás la engañaría. ¡Patética! No podía creerlo de sí misma.
Definitivamente ella no era una Hamilton, no tenía el sentido de la
deducción desarrollado, ni siquiera hubo cabida para la más efímera duda,
ni el más mínimo instinto le reveló que podía haber algo mal en todo
aquello, jamás dudo… ¡Tonta! ¡Era una tonta!
Capítulo 5
Izek bajó las escaleras escandalosamente, las volvió a subir al darse
cuenta que sólo traía una bata encima, pero las bajó de nuevo al recordar
que, si quería ropas, tendría que entrar en la recámara donde una perturbada
jovencita seguro estaba haciéndose pedazos por los devastadores hechos
que había descubierto… ¡No podía creer lo que habían hecho esos dos!
Pero… ¿Por qué? Esa mujer había sido una buena puñalada a la caja sellada
de sus recuerdos, aquellos que detestaba y buscaba olvidar por todos los
medios.
Se sentó en una silla del recibidor, mirando fijamente hacia una pintura
mientras fumaba un cigarro. No se podía concentrar en nada, su dolor de
cabeza era apremiante y no tenía ganas de moverse, estaba cansado, pero,
aunque se acostara, tenía la certeza de que no dormiría ni un poco.
En ese momento, la puerta de la entrada se abrió y una ráfaga de viento
y los claros tonos azulados del amanecer iluminaron tenuemente el rostro
sombrío del duque, quien incluso frunció el ceño. No se había dado cuenta
que había dejado pasar toda la noche.
El que entraba a la propiedad era su confiable mano derecha, Arnold,
caminando tan campante como si se tratara de su propia casa, incluso
silbaba un poco y aventaba las ropas mojadas al suelo.
—Arnold.
—¡Mierda! —Dio un salto—. Maldición, me has asustado.
—Enfócate.
—Oye dame algo de crédito por no gritar, con las leyendas que hay de tu
casa, casi pude sentir que me mataban con respirar dentro.
—¿Te callarás?
—Si, callado. —Se cruzó de brazos y observó divertido la figura
encorvada y abandonada de su amigo. Estaba cabizbajo y eso no era normal
en Izek—. ¿Qué perturba al duquecito ahora?
—Al parecer… mi esposa.
—¿Qué? —Una risotada salió de la garganta de Arnold—. ¿Cuándo te
casaste maldito imbécil?
—No tengo idea.
—Eh… Ahora si que estoy confundido.
—Igual que yo. —Se frotó la frente y lo miró enojado—. Manda por mis
hermanos cuanto antes. No me importa que tengas que barrer media
Escocia buscándolos, tan sólo tráelos de regreso.
—¿Ahora que hicieron los mellizos?
Aquella pregunta sacó de quicio al hombre que se había intentado
mantener tranquilo durante todas esas horas de reflexión. Al final, parecía
ser que él no servía para la meditación y era más dado a dejarse llevar por
sus vísceras que por su cabeza.
—¡Maldición! ¡Una maldita Hamilton! Eso es lo que han venido a meter
a mi casa. Ya no tienen once años, ya no puedo aceptar que me sigan
haciendo este tipo de cosas.
—¿Una Hamilton? ¿Te has casado con una Hamilton?
—Me han casado con una —asintió con cansancio—. No veo forma de
librarme de esto.
—No la has tocado, todavía puedes…
—Sé que puedo. Pero sería atraer a todo el avispero con los aguijones
expuestos, es complicado meterse con los Hamilton, no me puedo imaginar
lo que significa casarse con una.
—Hermano, si ella se queda, será ojos para su padre.
—¡Y una mierda! —blasfemó—. Es mi mujer ahora, ¿no? Me debe
obedecer a mí y sólo a mí.
—Me parecerá divertido estar presente cuando se lo digas. —Se burló y
se acercó con cuidado, a sabiendas que su amigo estaba en un estado
irascible—. Mira, si es hija del hombre siniestro… he escuchado rumores y
mejor que te lo lleves con calma si se trata de la que estoy pensando.
Izek negó levemente, se había recostado en la silla y miraba despistado
la forma en la que movía sus largos dedos sobre la mesa.
—No parece entrenada como un águila —reflexionó—, es más bien
pequeña y refinada, tiene apariencia de muñeca de porcelana, le quité su
daga como si fuera cosa de risa.
—¡Al fin algo positivo! Al menos no es la loca de la cofradía.
—Tampoco le quitaría crédito. —Admitió Izek, recordando la ferocidad
en la mirada y la forma rápida en la que colocó el cuchillo contra su
garganta—. Tiene muchas sorpresas.
—¿Es tan guapa? —Izek lo fulminó con la mirada—. ¿Qué? Has dicho
que no es tu esposa, al menos, aún no lo has aceptado… ¡Vamos! Me muero
de la curiosidad, al menos dame algo.
—Creo que es guapa, aunque no la aprecié con plenitud puesto que sólo
había una vela y ella estaba furiosa.
—¿Le dijiste que es una mentira todo? ¿Qué fue engañada?
—Lo dedujo. Claramente no era mi plan decírselo.
—Sería peligroso que se lo dijese a su padre.
—A partir de ahora, no sale ninguna carta de ella sin mi autorización, las
abriéremos todas sin excepción.
—Ah… vigilar a tu esposa, no hay nada como la confianza para iniciar
una relación sincera y prospera. —Ironizó.
Izek volvió a sentir una punzada en su cabeza.
—Como sea, estoy seguro que no se quedará tranquila, si acaso…
—¡Mi señor! —gritó de pronto un mozo, azotando la puerta.
—¿Qué? —levantó la mirada—. ¿Por qué demonios gritas?
—¡Es la señora! ¡Ha salido por atrás y tomó uno de los caballos a la
fuerza! ¡Se ha marchado mi señor! —informó el hombre con una gran
preocupación en su expresión.
Arnold dio un silbido mostrando su diversión y miró a Izek, quien
parecía tranquilo en su silla, por un largo momento no dijo ni una sola
palabra. Tomó aire con una sonora inhalación y lo dejó salir al momento en
el que se ponía en pie para ver el caballo que se alejaba a paso vertiginoso
por la vereda.
—Tráiganla.
—Mi señor, la señora no sabe montar bien, de hecho, creo que incluso
les teme un poco a los caballos.
—Que valiente al subirse… claro que cuando se quiere correr de un
horrible ogro, uno hace lo que sea —sonrió Arnold.
—Cállate y ve por ella —ordenó Izek—, llévate a los demás.
—Sí. Creo que esta semana cobraré más, me acabo de bajar de un
caballo y me hace subir a otro, ¿Eso es abuso? Creo que lo es.
—¡Cierra el pico de una vez por todas!
Arnold dejó salir una nueva carcajada y salió a todas prisas. En menos
de cinco minutos, un conjunto de jinetes seguía la huida de su esposa. No
tardarían mucho en encontrarla y traerla de regreso. Al final, era lo que se
tenía que hacer, se habían casado, sus malditos hermanos lo habían casado y
era fundamental saber el por qué.
—¡Oh! Mi señor duque —se inclinó pronunciadamente la señora
Campbell—. ¡No sabía de su regreso!
—Por supuesto que no, ni siquiera yo lo sabía —Izek sacó un cigarro y
lo encendió, dando una profunda calada y suspirando tranquilo, mirando a
su ama de llaves por unos segundos—. Dígame Campbell, ¿Cómo es mi
nueva esposa?
—¿Mi señor?
—Ha estado en esta casa por dos semanas, ¿o me equivoco?
—No, señor, es verdad.
—Bien. ¿Cómo es ella?
—Creo que… refinada y orgullosa, es una dama muy sonriente y vive en
un mundo lleno de fantasías. Le gusta pintar, se la pasa haciendo bosquejos
que manchan los tapetes y las cortinas. Se lleva muy bien con la señorita
Nimue, pero…
—¿Pero? —la animó a continuar.
—Pero cuando hay problemas, ella reacciona agitadamente, sin pensar y
parece asustarse.
—¿Qué fue lo que ocurrió?
La señora Campbell apretó los labios con fuerza y movió su mano
derecha hacia el manojo de llaves de la casa.
—Volvió a pasar, mi señor.
Izek la miró con seriedad. Los profundos ojos negros llenos de un
desagradable sentimiento que hacía vulnerable y temerosa. Aquel duque era
temible no sólo por su título, sino por su mera presencia, por su porte,
forma de hablar y por los rumores… había tantos rumores que incluso
parecía una leyenda, aunque siguiera con vida.
—Y ella… ¿Lo vio?
—Sí, mi señor, pero la dormimos, probablemente la droga la haya
dejado confundida, quizá piense que fue un sueño.
—Le durará poco el sentimiento. Bien, gracias por decirlo, ahora menos
puede irse de aquí.
—¿Es que planeaba correrla?
—La verdad es que no, pero ahora lo reafirmo. Se queda.
—¿Cómo su esposa, mi lord?
—Es lo que es, ¿o no?
—Por supuesto —se inclinó la mujer—. Como usted ordene.
Era la tercera vez que la puerta de la entrada se abría de forma
estruendosa, dando paso a un escandalo que era protagonizado por un
sonriente Arnold y una enfurecida mujer sobre sus hombros, la cual
pataleaba y gritaba desconforme por ser tratada de tales formas.
—¿Dónde la quieres Izek?
—¡No puede llevarme así! ¿Quién se cree? ¡Bájeme ahora!
—Si no la hubiese atrapado a tiempo, señora, la traería tan inerte como
una muerta, créame que sería más fácil de llevar, pero seguro que Izek
estaría muy enojado.
—Bájala del hombro Arnold.
La mujer parecía aún más furiosa cuando la pusieron sobre sus pies,
pero estaba siendo sostenida por el hombre más fiel al duque, aquel risueño
que parecía no tomarle importancia a nada. Kayla podría ser una
descendiente desastrosa, pero si algo la identificaba como una Hamilton,
era su orgullo, heredado de su madre e impaciencia, por su padre.
—Mi señor, la mujer trató de dañarnos con esto. —Uno de los hombres
extendió la misma daga con la que ella había intentado cortarle la garganta
hacía unas cuantas horas.
—Es bonita —Izek asintió sonriente—. Me la quedaré.
—¡Es un regalo de mi padre!
—Tus manos no son confiables ahora —dijo tranquilo, pero esto se
desmentía al ver los ojos oscuros, inyectados en una furia que la dejó sin
habla—. Vayan a revisar todas sus cosas, no quiero sorpresas en la cama.
Los hombres soltaron una risotada y subieron las escaleras con alegría,
seguro que les encantaría ver las delicadas ropas de la señorita en cuestión.
Muchos incluso iban apostando por las medidas del cuerpo de la dama.
Aunque esto último se hacía con discreción, puesto que se rumoreaba que
era la esposa de su señor.
Kayla no era tonta como para no saberlo, los hombres eran brutos y eran
torpes, seguro rebuscarían con mayor afán en su ropa íntima.
—¿Permitirá que esos hombres vean mis cosas? ¿Mi ropa delicada?
¿Todo? —reclamó la mujer, aún siendo detenida por Arnold—. ¿Es que no
tiene honor? ¿O al menos algo de respeto por mi o por usted mismo? Soy su
esposa ¿cierto?
—Bueno, querida, ¿Es que me darás por voluntad propia todas las armas
que escondes por ahí? —dijo divertido—. Pero espera…justo ahora no sé si
llevas más objetos punzantes escondidos por tu cuerpo.
Kayla entrecerró los ojos y ladeó la cabeza, tratando de comprender.
—¿Qué hace? —dio un paso atrás, pero el hombre rubio la seguía
sosteniendo por los brazos, enfrentándola a su señor.
El duque movió de un lado a otro la daga que seguía en su funda, pero la
sacó con habilidad, rozando levemente y sin hacer ningún corte por la piel
de la mejilla de su esposa.
—Sería mejor que me dijeras dónde buscar si no quieres quedar desnuda
frente a Arnold, por cierto, así se llama, Arnold. Será el hombre que te
regresará a mí todas las veces que intentes escapar. —Kayla miró hacia la
cara adusta del caballero y sintió ganas de llorar, estaba segura que si el
duque le ordenaba que la desnudara justo ahí, Arnold lo haría—. Sería más
fácil si no vuelves a intentar escapar y haces todo lo que te diga.
Kayla bajó la cabeza y mordió con fuerza su labio, mostrándose rejega a
aceptar algo como aquello.
—Arnold, ¿por qué no vas ayudando a mi esposa a…?
—En mi tobillo —interrumpió antes de que el hombre hiciera un
movimiento—, en mi muslo y en el bolsillo de entre mi camisola.
—Ah, pero si apenas y te habrás puesto algo de ropa, aún así, estás
armada hasta los dientes, ¿No es un vestido demasiado ligero? Pero qué
considerada. —Izek se acercó y sacó las armas de forma tan rápida, que
Kayla apenas y notó que lo hizo, ni siquiera rozó su piel—. Llévala a la
habitación de la duquesa y enciérrala ahí.
Kayla se zafó del agarre del hombre y se posó frente al duque.
—Yo no le tengo miedo.
Izek dio un paso hacia adelante. La pasión y la ira en los ojos de esa
mujer le causaban gracia, se inclinó hasta que sus vistas estuvieron al nivel,
dejándose caer por aquellos pozos verdes que ella clavaba desafiante sobre
los negros e intimidantes de él.
—Por ahora —advirtió.
Kayla frunció la cara en molestia y sintió como lentamente la tomaban
del brazo y la hacían hacia atrás. Arnold no parecía querer lastimarla, así
que ella no le provocaría para que lo hiciera y se dejó llevar por él.
—Enciérrala en su habitación y que no vuelva a escapar.
—¡No! ¡No me encierre! —gritó ella—. ¡Deme la cara!
—No ahora, querida, tu voz es tan chirriante que me reventarás los
tímpanos, dejaré que te calmes. Hasta entonces. —Se inclinó ligeramente y
dio el visto bueno a su amigo para que la subiera.
—¡No! —Gritó cuando Arnold la volvió a poner sobre su hombro con
facilidad—. ¡Bájeme! ¡Basta! ¡Basta!
De alguna manera, Kayla comprendió en ese momento que no sería
capaz de escapar de ahí sin que su esposo lo permitiera, así que tendría que
convencerlo de alguna manera, porque sería incapaz de vivir en una
mentira, pero tampoco quería regresar hacia la vergüenza que significaba
aceptar lo que había sucedido.
La ilusa y tonta de Kayla había sido engañada… de nuevo.
Los gritos se perdieron por el pasillo al mismo tiempo que sus hombres
bajaban lentamente las escaleras, parecían divertidos e Izek estaba seguro
que muchos habrían sobrepasado el decoro con las ropas de su esposa, pero
no había tiempo para reñirlos en ese momento, debían seguir acatando
ordenes y, si la ropa de una mujer les daba esa satisfacción, se los permitiría
de momento
No le sorprendió ni un poco que trajeran consigo varias armas letales y
venenos dolorosos que estaban bajo el poder de la que ahora era su esposa.
Claramente debía tener cuidado incluso con alguien que lucía tan indefenso
como ella.
Observó cómo sus hombres dejaban las cosas sobre una mesa en el
recibidor y asintió tranquilo antes de dar más ordenes:
—Busquen a mis hermanos y tráiganlos ante mí cuanto antes. —Los
hombres se tocaron el pecho con fuerza y salieron de ahí. Izek se volvió
hacia la señora Campbell con seriedad—. ¿Dónde está el cuerpo?
—Sígame, mi lord.
Capítulo 6
No habían tardado más de dos días en encontrar a los mellizos, quienes,
por cierto, iban de regreso; parecían no comprender la magnitud de lo que
habían hecho. Pese a que Izek llevaba más de una hora gritando, los chicos
seguían afirmando que hicieron bien.
—Izek, ¿Por qué eres tan terco? ¿El ser siempre quien dice y desdice te
ha hecho tonto? —agravió su hermana.
—No te atrevas a repetir tal insulto, Nimue.
—Es lo que me parece —continuó con su tono amenazador.
—Bien, quizá actuar a tus espaldas estuvo mal —concedió Sloan—.
Pero es bueno para nosotros, la chica es buena, sé que te gusta, sólo a un
tonto no podría gustarle… ella es de tú estilo.
Izek sopesó la información y miró a los gemelos con la misma
intensidad y molestia que en un principio, por más que habían dado razones
y excusas, sus hermanos no solían actuar por generosidad, ni tampoco por
altruismo, si hacían algo, era para ellos, para su bien, para su tranquilidad o
para conseguir algo más.
—Nada de esto compensará el pasado —dijo Izek—. Nunca. Aquello
quedó grabado por siempre y así hemos de morir todos. Con culpa, con
arrepentimiento, con dolor… esta chica no lo compensa, tan sólo lo
empeora muy a mi parecer. No quiero pensar mal de todo esto, pero
francamente siendo ustedes la mente maestra…
—¡Lo hicimos por ti! —gritó Nimue.
—Y no lo hemos hecho para compensar nada en el pasado. ¡Salvamos la
familia! —se ofendió Sloan—. ¡Tu orgullo y cabeza dura nos hubiera
llevado a la ruina! Padre nos dejó con apenas lo imprescindible para
sobrevivir, lo sabemos, tanto ella como yo estuvimos presentes en su
deterioro. Tú por el contrario…
—Ustedes no saben nada. —Interrumpió Izek—. Tengo mucho más
dinero del que se imaginan, yo jamás dependí de padre, ¿o es que lo
olvidaron? Me marché hace tiempo y es verdad que me perdí su muerte,
pero no me arrepiento por ello.
—Y aún así te hizo su heredero. —El odio de Sloan era palpable.
—Creo que me admiró más por mi decisión de irme Sloan —dijo
tranquilo el mayor—. Además, tu permanencia a su lado no me quitaba mi
derecho de nacimiento. Te guste o no, soy mayor.
Nimue bajó la cabeza y negó levemente, se estaban desviando, esos dos
siempre terminaban yéndose por las ramas.
—De todas formas, será beneficioso. —Trató de enfocar la joven.
—Claro. —Izek se volvió hacia una ventana, apreciando el enorme
jardín que tenían enfrente—. Es verdad que es rica, su dinero siempre caerá
bien, cualquier dinero siempre cae en gracia, pero no era necesario que la
trajeran y lo saben. La familia de la chica es peligrosa, están en más
problemas del que se imaginan.
—No nos puedes culpar, ella es… —Sloan mordió sus labios y apretó
los puños—. Ella es tan… despampanante y tan….
—Cállate. Si tan despampanante te parecía, te hubieras casado tú con
ella. Nada tengo yo que ver con sus locuras y percepciones de belleza. —Se
quejó Izek con amargura—. Largo de mi vista los dos. Y si sé de otra cosa
que hayan hecho en mi ausencia, les juro por mi vida que los mataré.
Sloan se retiró ofendido del lugar, pero Nimue no lo hizo, mostrándose
altanera y decidida frente a su hermano mayor.
—Ella es perfecta —dijo la mujer—. Es ella.
—Creí decirte que te largaras.
—¿Lo encuentras abominable? —sonrió la chica y su mirada se iluminó
con un maldoso brillo que Izek reconocía en ella desde que era una niña
siguiendo sus pasos hacia todas partes—. Vamos Izek, sé que es horrible
que usáramos artimañas para atraerla hasta aquí, pero al fin de cuentas, lo
hicimos por ti.
—Poco me importa lo que piensen que yo necesito. Vivía feliz en mi
soltería, pensaba llevarla para toda la vida.
—El linaje de la familia no puede morir contigo.
—Sloan está vivo Nimue.
—Sí, pero sabes muy bien que él… —La melliza se mordió el labio para
no seguir hablando—. Lo sabes.
—No me molestes más y simplemente vete —dijo con voz calma, estaba
cansado de pelear con ellos.
Nimue titubeó en su hacer, quería cumplir con la orden de Izek casi por
instinto que le daba su instrucción como una dama educada. Pero algo la
impulsó a quedarse e imponerse ante él.
—¿La tomarás como tu esposa? —Nimue se removió incómoda en su
lugar—. Me refiero…
—Sé a qué te refieres —la cortó—. Y no es asunto tuyo.
—Hace mucho que no tienes mujer… al menos que yo sepa. —Izek
calló y siguió con los brazos cruzados, mirando al horizonte—. Si acaso le
haces algún daño, te juro que…
El duque no entendía del todo por qué su hermana se había encariñado
tan rápidamente, pero de alguna forma lo reconfortaba saber que Nimue
tenía corazón para alguien más que no fueran sus hermanos, le daba
esperanzas de casarla… al menos con alguien que no terminara temiéndole
tanto como los otros prospectos.
—¿Qué? —La cortó divertido y la miró—. ¿Qué vas a hacer Nimue? No
creí que alguien más pudiera interesarte tanto. ¿No estabas velando por mi
felicidad? Por el bienestar de la familia, ¿Qué te hace interesarte en ella?
Nimue se vio tomada por sorpresa, su hermano tenía razón, pero no
podía dejarlo salir victorioso, pese a que era obvio que ya se sentía el
ganador. Tenía la petulante sonrisa de los Buccleuch en los labios.
—Tú…
—Ustedes la eligieron para mí, ¿no? Es mi esposa ahora y lo que haga o
deje de hacer con ella es asunto mío.
—Eres asqueroso, ¡Cómo puedes! ¡Como te atreverías! Si acaso Sloan…
tú ni siquiera serías contemplado.
—Creí decirte que te fueras. —Ordenó tranquilo y sonrió cuando vio el
enfurecimiento en su hermana—. Y deberías quedarte en tu habitación,
puede que sea una noche larga para mi esposa.
—¡Estaré pegada detrás de esa puerta!
—Sería penoso para ti escuchar algo así.
—Eres un maldito Izek.
—¿Lo soy? —sonrió contento.
Su hermana lo miró con asco por unos momentos, para después salir del
salón donde habían estado encerrados y dejó solo a su hermano mayor.
¿Cómo era que podía ser tan ciego?
Izek lanzó el vaso de whisky que traía en la mano, haciéndolo añicos
contra una de las paredes de la habitación. Estaba tan enojado que nada
podía contenerlo y eso sin mencionar el cuerpo en su casa. Otro maldito
cuerpo, parecía una broma, de por si la reputación de ese lugar ya era
espantosa, ahora aparecían cuerpos de la nada. Ni siquiera era una sirvienta
de la propiedad, habían ido a desechar el cadáver ahí, más bien, a cometer
el crimen ahí.
Para colmo, tenía que lidiar con una fierecilla encerrada en su
habitación. Se había negado a comer desde que la encerró, apelaba a la
huelga de hambre como si con eso lo fuera a hacer ceder a él. Era la cosa
más absurda que se le hubiese ocurrido a alguien. Sin embargo, parecía
funcionar en Arnold y en muchos otros que casi se arrodillaban ante ella.
Era peligrosa, muy peligrosa esa chiquilla.
—¡Maldición!
El duque se giró y subió las escaleras hacia la habitación.
✤
Kayla había querido hablar en seguida con el duque para intentar
convencerlo de dejarla ir, pero rápidamente se dio cuenta que la frase
“llévenla a la habitación y enciérrenla ahí” era literal, él no la había dejado
salir durante todos esos días, le llevaban de comer y tampoco era que fuera
un espacio pequeño, pero jamás había sido mantenida en cautiverio como si
se tratara de un animal salvaje… Aunque probablemente su esposo la viera
de esa forma, puesto que en cuanto se conocieron, lo amenazó con una daga
y por poco acuchilla a uno de sus hombres cuando intentaban capturarla.
Ya lo había intentado de todo, trató de escapar por la ventana y la
regresaron, trató de convencer a los sirvientes y la ignoraron, trató incluso
de abrir el cerrojo de la puerta, notando que la mantenían con vigilancia.
¿Es que pensaba dejarla ahí para toda la vida? Debían llegar a un acuerdo…
debía existir alguna forma.
En un momento de desesperación, ella simplemente se hizo un ovillo en
la cama y dejó que sus lagrimas fluyeran por sus mejillas, lloró de forma tan
desconsolada, que incluso el señor Arnold abrió la puerta para ver si se
encontraba bien. Kayla no hizo caso alguno y siguió recostada en la cama,
berreando como si se tratara de un bebé con hambre, incluso hipaba y
gemía de vez en cuando. Arnold incluso temió que fuera a ahogarse con el
agua salada que salían como chorro de fuente desde sus ojos.
—Señora…
—Déjeme tranquila —pidió la joven.
—¿Necesito que le traiga algo?
—No. Y dije que se fuera —exigió entre el llanto.
Arnold cerró los ojos y suspiró, acercándose un poco a la mujer.
—Le aseguro que el duque no es tan malo como lo piensa, señora, él no
hace las cosas con malicia.
—Me mantiene aquí como si fuera su prisionera —se limpió las
lágrimas con la punta de los dedos y volvió a esconderse entre las
almohadas—. Ni siquiera se dignó a hablar conmigo.
—Justo a eso he venido. —La voz del duque cayó como un rayo sobre
los cuerpos de su mujer y su hombre de confianza—. ¿Qué haces dentro de
la habitación, Arnold?
—Quería saber si no se ahogaba con sus lágrimas, mi lord —Arnold
elevó las cejas en advertencia, pero el duque lo ignoró.
—Basta de llorar —dijo Izek con determinación hacia la joven—.
Levántate de una vez de esa cama, deja que cambien las sábanas.
—¡No quiero! ¡Fuera!
—¿No has dicho que querías hablar conmigo?
—¡No! ¡Vete!
—No me iré porque es mi casa y esta habitación sigue siendo mi
propiedad. Así que levántate y deja que cambien las sábanas.
—Es asunto mío que estén sucias o empapadas.
—Esta noche será asunto mío también.
El duque caminó hacia la cama y se dejó caer en el lado que ella no
ocupaba, como si esta le perteneciera. Arnold negó levemente con la cabeza
por la falta de tacto de su señor y salió de la habitación, cerrando la puerta
sin hacer mucho ruido.
—¿Qué? —Kayla se alejó de él—. No…
—Lo pensé lo suficiente. Tienes que ser mi esposa en toda la palabra y
para eso hay que consumarlo.
—No, no puede… no puede ser tan cruel.
—Eres mi esposa, ¿en qué sentido es cruel?
—Pero… —ella derramó más lágrimas—. ¿Por qué?
—Creo que lo acabo de decir —se sentó y la miró determinado—. Eres
mi esposa y debes ser mi mujer, punto final.
—No. —Juntó las cejas y negó con rotundidad—. No le permitiré
tocarme, ¿Está loco? Se ha portado como un completo lunático estos días,
¿Qué le hace creer que cederé ante usted?
—No quiero lastimarte en esto —elevó las cejas—. Permite que te trate
como es debido, como trataría a mi mujer, no me hagas actuar de una forma
en la que ambos sufriremos.
—Yo sufriré de cualquier forma —lloró la joven.
Izek suspiró cansado, apenas toleraba la situación, pero era necesaria,
como había dicho, ya lo había pensado todo.
—Mira, si no fuera necesario, no te lo pediría, pero es para tu protección
¿entiendes? Tengo que acostarme contigo sólo una vez.
—¿Protegerme a mí? —negó—. Se protege a usted, de esa forma yo no
puedo pedir anulación y recibe mi dote.
—De ninguna forma la obtendrías porque jamás lo permitiría, así que es
todo, soy todo lo que tienes y todo lo que tendrás.
—¿Por qué se empeña en esto? ¡La que quedaría mal ante todo el mundo
sería yo! Jamás podré rehacer mi vida, pero lo prefiero, lo prefiero un
millón de veces a vivir en una mentira.
—No seas malcriada y caprichosa. —Chasqueó la lengua—. Tu familia
es poderosa y pese a que no quiero que se metan en Escocia, me veo en la
necesidad y obligación de tenerte aquí como mi esposa.
—¡Puede guardarse sus necesidades y obligaciones! —Ella enrojeció de
ira—. No soy una espía, ¡Yo no planee nada de esto!
—Eso lo sé. —Suspiró—. De todas formas, he decidido aceptar el
matrimonio, no habrá anulación y no me importa cuantas veces pretendas
salir corriendo de la casa, te traeré de regreso en todas ellas. Como tu
marido, sabes que tengo todo el derecho de arrastrarte hasta la casa, no me
obligues a hacerlo.
—Es un monstruo, la mujer tenía razón.
—¿Qué mujer?
Kayla se limpió el rostro lloroso y lo miró con fastidio.
—La de la estación, la que dice que ustedes son hombres horribles, que
encierran a sus mujeres o las matan —dijo enojada.
—Ah… ya, hablas de Fiona —asintió divertido—. Ella inventa mucho
de lo que cuenta.
—No inventó esto, me tiene encerrada.
—Es verdad, pero no me es necesario tenerte encerrada, te mantuve aquí
porque sabía que querrías hablar instantáneamente del asunto y yo tenía que
pensar. —Dejó salir un suspiro cansado y se cruzó de brazos—. Ese día…
escuchó la conversación que tuve con Arnold ¿Verdad? Por eso decidió
planificar esa huida fracaso.
—Yo… ¿Por qué no me lo dijo? Supo en seguida el plan en el que me
habían inmiscuido sus hermanos y aún así no hizo por decirme nada, me
mandó a dormir, ¿Cómo creyó que podría dormir?
—Como dije, tenía que pensar.
—¿Y ya? ¿Simplemente decidió que tenemos que consumar el
matrimonio? —ella se rio entre lágrimas—. Ni siquiera ha tomado mi
opinión, ¿Piensa que he de aceptar sin más?
—Así es.
—Y si me niego… ¿Abusará de mí?
Izek suspiró.
—Hagámoslo por la buena, por favor.
La joven sintió como su labio comenzaba a temblar y las lágrimas
volvían a salir de sus ojos de forma desesperada.
—No quiero esto… jamás pedí esto. —Negó y cubrió su rostro—. Creí
que me amaba, creí que venía hacia los brazos del hombre que decía que me
adoraría por el resto de mi vida.
Izek apretó los labios y se acercó a ella, estirando la mano para tocarla
suavemente en la mejilla.
—No te haré daño Kayla, permíteme estar contigo esta noche y jamás
volveré a molestarte. —Ella levantó la mirada—. Te haré sentir bien, lo
prometo, no te lastimaré.
—Pero…
—¿Es que te soy desagradable?
Ella lo miró detenidamente. No, por supuesto que no le parecía un
hombre desagradable, era apuesto, grande, fornido, de faz galante y ojos
brillantes. Pero le tenía miedo, quería imponerle todo y hacer cumplir su
voluntad. Ella pensó que la amaba y por eso decidió ir a ciegas hasta ahí…
pero todo había sido una gran farsa, una en la que cayó como una ilusa.
Sabía que él quería tomarla para acorralarla, para mantenerla a su lado
para siempre y algo le decía que no habría forma de escapar de esa parte de
su matrimonio, él tenía razón, le pertenecía por ley y nadie podría
ayudarla… si el hombre no quería divorciarse, era prácticamente imposible
que una mujer pudiera irse de su lado.
—No me lastime o le juro que le haré daño.
—Tranquila, no te lo haré. —Los ojos del duque brillaron con el triunfo
y algo en Kayla se removió, era obvio que al duque le gustaba ganar
batallas, sin embargo, parecía ser que no se alegraba precisamente por él,
sino que se alegraba por ella. ¿En qué sentido podía ser eso algo
beneficioso para ella? En lo que a Kayla se refería, estaba siendo forzada a
aceptar—. Ven, vamos a mi habitación.
Nuevamente, él no le preguntaba, le informaba.
El duque la tomó en brazos con una facilidad que hizo comprender a
Kayla que, si la hubiese querido forzar, el hombre no habría tenido ningún
problema con ello. Por más esfuerzos que pusiera, el duque siempre sería
más fuerte, mucho más fuerte.
La dejó suavemente sobre la cama y se enderezó en su altura imponente.
Kayla simplemente se recostó en las almohadas y cerró los ojos, no quería
saber nada, no quería verlo, no quería escuchar o sentir, simplemente quería
que pasara ese momento.
—¿No hay manera de que me deje ir? —intentó una ultima vez con los
ojos cerrados, sobre la cama, sintiéndose observada.
—No. Ni una sola.
Ella asintió y derramó unas lágrimas de frustración, tomando con fuerza
las sábanas entre sus manos para soportar el seguro dolor que sentiría al ser
tomada por un hombre como aquel y que, además, no le tenía el más
mínimo afecto o consideración.
—Entonces, que sea rápido.
Izek sonrió, la imagen de aquella mujer esperando lo peor le parecía
divertida, no pensaba lastimarla, no le sería necesario apretar las sábanas
como lo hacía en ese momento. Quizá la tomaría una sola vez, pero al
menos haría que lo disfrutara plenamente, tal vez, si lo gozaba en esa
ocasión, le permitiera volver a acercarse después, cuando dejara de odiarlo
con toda su alma y comprendiera sus razones para acorralarla a su lado.
Kayla no lo entendía, pero todo era mucho más complicado de lo que
parecía, el único que podría saberlo era el duque y quizá Arnold.
Izek sonrió. Era encantadora, sin dudas una mujer traída del paraíso; sus
ojos verdes eran hermosos, su cabello castaño estaba extrañamente corto,
por debajo de los hombros, poco común entre las mujeres de la época,
quienes disfrutaban en tenerlo largo y lustroso; sin embargo, esa mujer lucía
con gracia aquel cabello rebelde y ondulado.
Kayla tenía la cara apretada, esperando el inevitable dolor del que le
informaron todas las mujeres casadas con las que había hablado, lo había
escuchado desvestirse, cada que alguna pieza de ropa caía sobre el suelo,
Kayla brincaba y sentía un escalofrío recorrer su cuerpo entero.
Pero cuando de pronto los labios de aquel peligroso hombre tocaron su
piel, todo su cuerpo reaccionó y sus ojos se abrieron en sorpresa, dándose
cuenta que él, acompañado únicamente de sus calzoncillos, besaba lo largo
de una de sus piernas de forma sedante.
—¿Q-Qué hace?
—¿Te molesta?
—C-Creí decir que lo hiciera rápido.
—Sí. Y no lo haré.
—¿Por qué? ¿Es acaso otra forma en la que piensa torturarme?
Izek dejó salir una carcajada. Jamás podría pensar en el sexo como una
tortura para nadie. Ante ese pensamiento, se detuvo en seco, su cerebro
sufrió un repentino colapso que lo hizo fruncir el ceño y apretar los labios y
los ojos por un largo momento.
No podía hacerlo.
—¡Carajo…! —Se dejó caer junto a Kayla.
Ella brincó hacia un lado y se cubrió con la manta.
—¿Qué? ¿Qué pasa?
—Maldición, vete de aquí. Vete ahora.
—Pero… pensé que…
—¡Fuera! ¡Largo!
Kayla no entendía a ese hombre, pero aprovechó la oportunidad y corrió
lejos de él, encerrándose en su propia habitación y suspirando, agradecida
porque al final Izek decidiera no lastimarla.
¿Qué lo había hecho recapacitar?
Como fuese, Kayla se metió a su cama y sintió un gran alivio cuando vio
que las luces de la recámara contigua se apagaban y el conocido sonido de
una puerta siendo cerrada con seguro le dio la paz necesaria para destensar
sus músculos. Agradecía que quisiera poner incluso esa otra restricción, se
acomodó en las almohadas y se dijo que no volvería a llorar para no llamar
la atención de su marido nunca más. Lo prefería lejos, muy lejos de ella,
mejor que la tuviera encerrada a que la obligara a estar con él.
El cansancio llegó repentinamente mientras vigilaba que la puerta que
conectaba las habitaciones no se abriera, sin darse cuenta, sus ojos se
habían cerrado y simplemente se durmió. La tranquilidad de la noche era
relajante, el sonar del aire contra las ventanas y el ligero paseo de los
cuidadores nocturnos.
Por un momento, Kayla pensó que estaba de nuevo en Sutherland,
incluso soñó que estaba ahí, cuando de pronto, algo la agarró con fuerza de
sus piernas, haciéndola caer de la cama en medio de un nido de sábanas y
un grito despavorido que incluso le lastimó la garganta.
Capítulo 7
Kayla luchó con las sábanas en medio del terror, era incapaz de ver
nada y eso la hacía querer volver a gritar. ¿Qué había pasado? ¿Cómo es
que había pasado? Quiso pararse y correr, pero estaba paralizada, el miedo
la había dejado sin capacidad de movimiento.
—¡Señora! ¡Señora! —entró un cuidador que parecía haber echado una
carrera hacia el lugar—. ¿Está bien? ¿Se encuentra bien?
Kayla apenas iba a contestar, cuando logró escuchar que la puerta que
conectaba las habitaciones con las del duque hacían girar una llave y de
pronto Izek en persona hacia acto de presencia, con todo y su arisca mirada
y señorial presencia. Parecía irritado.
—¡¿Qué demonios sucede?!¡¿Por qué gritas así?! —pero cuando la vio
tirada en el suelo, con las cobijas a su alrededor y el terror en su mirada, se
agachó junto a ella y le tocó la mejilla—. ¿Qué paso?
—Algo… o no sé, me jalaron, me caí o… ¡Ay, no lo sé!
—¿Qué? —se quejó el duque, cuando nuevamente se escuchó otro grito
atronador de otro lugar de la casa—. ¿Qué demonios…?
Kayla vio como su marido se desinteresaba de su persona y se ponía en
pie para salir de la habitación hacia el nuevo grito. Claro que ella no
pensaba quedarse ahí, así que lo siguió de una carrera y por poco cae
cuando el brazo del duque se extendió, evitando que diera otro paso.
—Por Dios, señor duque… ¡Otra vez! ¡Otra vez! —gritó una mujer,
viendo el cuerpo de una jovencita tirado en el suelo de la entrada a la casa.
—No puede ser… —Kayla cubrió sus labios, dando dos pasos hacia
atrás, sintiendo que algo en la escena le era familiar.
—Izek… —Arnold susurró a sus espaldas.
El duque abrazó a su esposa hasta que fuera incapaz de ver.
—Siento que presenciaras esto —dijo sin ninguna emoción hacia la
mujer que se acurrucaba contra él.
—¿Qué le pasó? Por qué… ¿quién…? ¡Espera! Ya antes había
pasado…. La noche en la que llegaste una joven… —Kayla frunció el ceño
y trató de recordar correctamente el orden de la situación—. No lo recuerdo
del todo bien, pero sé que alguien murió… una chica.
—Creo que si no tienes pruebas, lo mejor sería que no hablaras.
—Pero Izek, te digo que yo la vi.
—Y dices que no recuerdas bien.
—¡Es el fantasma sanguinario de nuevo! —gritó de pronto un mozo—.
¡Ha vuelto! ¡Ha regresado!
—¡Nos matará a todos!
—¡Deben cuidar a las jóvenes! ¡Siempre es contra las jóvenes!
—Se debe a la señora, es ella, siempre que llega una nueva…
—¡Callaos todos! —pidió el duque ante la muchedumbre que se alzaba
temerosa—. No hay fantasma alguno, ni tampoco tiene nada que ver con mi
esposa, llamaremos a las autoridades.
Arnold comenzaba a bajar las escaleras, poniéndose lentamente los
guantes para ir cabalgando hasta la comandancia.
—Otro cuerpo que saldrá de Dalkeith Palace —dijo Arnold—. De por sí
ya tiene una reputación deplorable.
—¡Sólo hazlo, Arnold! —Izek miró a sus empleados que seguían
aterrorizados y mirando el cuerpo en el suelo—. ¡Alguien haga favor de
taparla, con un carajo!
Los asustados empleados corrieron de un lado a otro e hicieron lo
ordenado, tapando el cuerpo sin vida de una joven que miraba
permanentemente al infinito y una cara de horror.
—No entiendo nada… ¿Por qué matar a jovencitas? Sé que está todo
conectado, ¿lo sabías? ¿Tú lo sabías? —Kayla miró horrorizada a su
marido, quien mantuvo una presencia distante y grave.
—Dormirás conmigo a partir de hoy, la casa no es segura en estos
momentos, haré que la revisen de nuevo, algo anda mal, no me gusta.
Con eso dicho, el duque soltó a su esposa y bajó las escaleras,
perdiéndose entre sus empleados que pedían su atención, en espera de un
nuevo interrogatorio por parte de las autoridades. Asombrosamente, Kayla
notaba que aquello no era algo nuevo para su esposo, quien conservaba la
calma ante un acontecimiento tan estremecedor como aquel.
Dos horas más tarde y a plena madrugada, Kayla se encontraba parada
en una esquina de la habitación del duque, la más alejada que pudo
encontrar, de brazos cruzados y una cara ligeramente alzada en indignación;
su verdosa mirada de color lima intentaba transmitir a su marido las dudas y
la consternación que sentía de estar no sólo en esa casa, sino ante su
presencia, la cual era tan apabullante como la de su padre, igual de
dominante y arrebatadora.
—¿Puede explicarme, mi lord, lo que ha sucedido hoy?
—¿Crees que puedo explicarlo? —El duque se comenzó a quitar el
exceso de ropa que se había puesto presurosamente para atender a los
oficiales que llegaron a su casa junto con Arnold.
—No parece que sea la primera vez que lidia con algo así. —Echó en
cara, dando unos pasos trémulos hacia el centro de la habitación, pero aún
manteniendo las distancias—. ¿Qué es eso de que mata a jóvenes?
—No lo sé. La gente dice tonterías.
—Estaban en verdad asustados, dudo que alguien pueda mentir cuando
se siente en tal pánico.
—Es cuando la mente es más creativa —la miró— el miedo hace que
pensemos y veamos cosas que no existen.
—Ese cuerpo en el recibidor sí que existía.
El duque suspiró y aventó con fastidio su camisa hacia la cama,
provocando que el resto de las ropas cayeran desordenadas al suelo, lugar
donde Kayla clavó la mirada para no mirarlo directamente a él.
—¡Basta! ¿Quieres? ¡Basta!
—¿Izek?
La puerta de la habitación se abrió después de aquel llamado, dando
paso a una perfecta Nimue. Pese a que estaba en bata y claramente su
estado era de alteración; su apariencia era perfecta, sus ropas estaban
correctamente amarradas, su cara parecía limpia y reluciente, sus cabellos
perfectamente cepillados y amarrados en un medio peinado que parecía
dejar caer una cascada de risos negros por la espalda de la joven.
—¿Qué haces aquí? —refunfuñó el hermano.
—Traje un poco de té para la pobre Kayla. —La hermana parecía no
tomarle importancia a la furia del duque—. Ella no está acostumbrada a
estas cosas y seguro le causó una gran impresión.
Kayla sonrió con tranquilidad y tomó la taza que la melliza le tendía. En
realidad, estaba muy acostumbrada a ese tipo de situaciones extrañas, que le
gustaran… bueno, eso era algo completamente diferente.
—Me encuentro bien, gracias Nimue. —Dio un sorbo discreto y la miró
con reproche—. Claro que no debería estar enfrentando nada de esto si no
fuera a causa de ti y tu hermano.
—No dejemos fuera a Izek, quien ha tomado la última decisión —sonrió
la joven. Tal parecía que no se arrepentía de nada.
—¿Sabes lo que has hecho Nimue? ¿No sientes ni la más mínima
vergüenza o arrepentimiento? —Kayla esperaba escuchar un sí.
—No. Sé que hice lo correcto, este es tu hogar y sé que mi hermano
sabrá tratarte a la altura de una duquesa.
Kayla suspiró. Esos hermanos no tenían remedio alguno, eran la familia
más extraña que hubiese visto. La joven frunció el ceño de y miró de un
lado a otro, preguntándose por el mellizo demonio.
—Seguro está con alguna mujer en el pueblo. —Contestó Izek a la
pregunta silenciosa y muy interna de Kayla.
—¿Qué? ¿Cómo…?
—Te he dicho que eres muy transparente, es fácil saber lo que piensas.
—Sonrió Nimue—. Bueno, tomate el té y descansa. Mañana te llevaré a un
lugar precioso en la casa. Verás como te enamoras y no querrás irte.
—Si el problema no es la casa —dijo la mujer, mirando con desagrado al
duque—, sino quien la habita.
—Espero que no te refieras a Sloan y a mí —la miró pesarosa—. Te
aseguro que lo hemos hecho de buena voluntad, es más, incluso te creíamos
parte de la familia desde mucho antes.
Kayla razonó aquellas palabras. Era verdad, parecía ser que los mellizos
la querían desde hacía mucho tiempo. Y ya que lo recordaba, en una de las
cartas mentira, describía a salto y seña la vez que el duque se enamoró de
ella, una supuesta vez que la vio pintando en el parque.
—Nimue. —La mujer se detuvo y ladeó la cabeza hacia ella—. ¿Quién
escribía las cartas?
Una sonrisa traviesa salió de los labios rojizos de la melliza.
—Debo decir que fui yo, pero Sloan te vio primero, fue quien dijo que
eras la mujer más hermosa que hubiese visto.
—¿Y por eso me entregó a su hermano? —Kayla frunció el ceño, sin
acabar de comprender lo que decía la melliza.
—Uno sabe lo que tiene que hacer, aunque se deba sacrificar en ciertas
ocasiones —se inclinó de hombros la pelinegra.
—¿Eso quiere decir que el que está enamorado de mí es…?
—No pienses demasiado en eso. —Nimue miró a su hermano mayor,
quien permanecía impasible y escuchando, eso era peligroso—. Estás
casada con Izek y él es el mejor.
—Basta de lisonjas. —Espetó molesto—. Sal de aquí. —La joven sonrió
triunfal y se llevó la bandeja con ella, dejando a la pareja en soledad, pero
presionando el oído sobre la puerta—. ¡Dije que te fueras! —espetó de
nuevo Izek, haciéndola reír y correr lejos de ahí.
—¿Por qué tiene que ser siempre tan altanero? Ella sólo…
—Yo sé cómo trato a mis hermanos —la silenció—. Ahora. Vamos a la
cama, ella tiene razón, debemos descansar.
—No dormiré con usted.
—Si piensa que la voy a tocar, entonces se equivoca. Si está aquí es sólo
para asegurarme de que no de un grito despavorido de nuevo, quiero dormir
lo que me queda de noche.
—Hablando de ello —La joven se enfocó de nuevo—. En serio, alguien
me jaló hasta el suelo.
—Pero claro —rodó los ojos y siguió con su tono lleno de sarcasmo—,
el fantasma sanguinario pasó primero por tu alcoba, pero al ver que te caías,
decidió matar a alguien más.
—Lo digo en serio.
—Y yo hablo en serio cuando te digo que es hora de dormir. —La mujer
se cruzó de brazos y se quedó parada en medio de la habitación. No quería
dormir con él, pero tampoco quería dormir sola—. Muy bien, no me dejas
otra opción, pero no digas que no te lo pedí por la buena.
—¿De qué…? ¡Ah! ¡Ay! —gritó la joven cuando él la colocó sobre su
hombro—. ¡Es un bruto! ¡Un animal!
—Sí, sí. —Rezongó el hombre, aventándola a la cama—. Todo lo que
digas. Ahora cállate y duérmete. Puedes colocar una pila de almohadas si
quieres, te aseguro que caeré como tabla. Ahora, buenas noches.
El duque se metió en el otro lado de la cama y recostó su cabeza,
cerrando los ojos inmediatamente y colocando sus manos sobre el pecho.
Kayla lo miró con gracia, ¿Esa era una posición que lo reconfortaba?
Parecía muy incómoda, era como una momia en su ataúd… quizá fuera en
verdad un vampiro o algo parecido.
—¿De qué me sirve entonces estar aquí si “caerá como tabla”?
—¡Agh! ¡Duérmete! —volvió a gritar y le dio la espalda.
—Bueno, al menos esa es una posición más normal para dormir —pensó
en voz alta, pero el duque rezongó de nuevo y colocó una almohada sobre
su cabeza, intentando amortiguar la voz de mujer—. Pero qué grosero.
—Te mataré la próxima vez que digas algo —amenazó.
Kayla cerró la boca y formó una sonrisa. Sus ojos se desviaron hacia las
ventanas que mostraban la negrura del cielo, los rayos platinados de la luna
siempre le parecieron hermosos, la misteriosa forma en la que iluminaba las
estancias le daba un aire de excitación a todo cuanto tocaba.
Abrazó sus piernas con fuerza y recostó la cabeza en sus rodillas.
Le gustaría estar en Londres, con sus padres, donde podía ir a visitar a
Publio o a Terry a voluntad… quizá estaría planeando un viaje para ver a
Aine o Beth. Cuando estaba en casa había muchas posibilidades, pero desde
que se casó, de alguna forma sintió que alguien estaba cortando lentamente
las plumas de sus alas, obligándola a permanecer quieta.
Suspiró tranquila.
Tendría que encontrar la forma de hacer de ese lugar su hogar, o mejor,
encontrar una forma de escapar de ahí. Cosa que parecía imposible. Aún
recordaba lo rápido que había sido capturada cuando lo ambicionó la
primera vez, no dudaba que cada que lo intentara el duque mandaría por
ella y lo peor era que estaba en su derecho de hacerlo. Pero debía confiar en
su padre y en sus hermanos, no la dejarían ahí sin más.
—Basta, tantos suspiros hacen que te quiera aventar de la cama.
—Por Dios que es un ogro, no le he hecho nada.
—Sigues ahí lamentándote, ¿por qué no mejor te acuestas y listo? ¿Es tu
cometido hacer la noche miserable para mí también?
—Es su culpa que mi noche sea miserable, ¡Déjeme ir!
—No. Eres mi esposa y te quedas conmigo.
Era la resolución que él había hecho y parecía ser final. ¿Qué haría? No
podía vivir infeliz toda su vida, en una casa llena de leyendas y aparentes
fantasmas asesinos… ¿Quién estaría matando personas? ¿Sería ella una de
las próximas victimas? ¿Hablaría una leyenda de como fue asesinada en
Dalkeith Palace? Quizá su nombre ni siquiera pasara a la historia.
El leve ronquido del hombre junto a ella le sacó un susto, pero al menos
no un grito. En verdad que se había quedado dormido con rapidez. Lo miró
con la cabeza ladeada y suspiró, era guapo, no lo podía negar, nadie lo
podría negar. Además, tenía carácter, era regio, orgulloso y quizá
demasiado seguro de sí mismo. Se parecía en algo a su padre.
Kayla se estiró levemente y encendió la luz de la lámpara de noche, daba
gracias a Dios que al menos de eso sirviera la presencia de Izek. En cuanto
él había llegado, la luz regresó como por arte de magia. Abrió la pequeña
gaveta y sacó su cuaderno de dibujo, comenzando a trazar los rasgos
suntuosos del hombre que dormía apacible a su lado.
Con los ojos cerrados no parecía tan malo, ciertamente los de Izek eran
los más atemorizantes, pero en diferente forma que los de sus hermanos.
Los del duque eran más bien… intransigentes e impenetrables. Mientras
que en los mellizos había tantos secretos y dolor, que posiblemente
compartieran con su hermano, pero este, o sabía disimularlo mejor, o
simplemente n era consciente de ello.
Sin embargo, no podía dejar de agradecer que al menos fuera un hombre
apuesto. Debía admitir que por un tiempo pensó que el duque podía ser la
encarnación de todos sus miedos; que podía ser un hombre mayor, feo o con
cicatrices que le deformaran la cara.
Al final de cuentas, llegó ahí sin saber nada de él, sin conocerlo siquiera.
Ahora comprendía el miedo de sus hermanos, de su padre y de todos a
cuantos les platicó sobre su supuesto nuevo marido. Estaba loca, en verdad
que no vio los peligros a los que se estaba exponiendo. Pero ya no había
marcha atrás.
La joven suspiró.
No era que estuviera agradecida totalmente agradecida porque sus
miedos no fuera una realidad, puesto que, lo que le sobraba al duque de
agraciado, le faltaba de amable, cariñoso y empático. Podría decirse que lo
realmente horrible en el duque, era su interior.
—Bueno… no dejas de ser medianamente interesante duquecito. —
Sonrió la joven para sí misma—. Habrá que descubrir tus secretos.
Capítulo 8
Kayla se estremeció de frío, repentinamente sintió que un agradable
calor se alejaba de ella y la dejaba a merced del cruel viento que queda
después de días tormentosos. Estiró la mano hasta tocar las cobijas que no
cumplían la función de cubrirla y las jaló hacia su cuerpo.
No estaba a plena consciencia, pero escuchó el característico sonido que
se hacía cuando alguien se vestía, el rose de la tela contra la piel era casi
una melodía entre las horas tempranas del día, cuando las aves aún no
daban su primer canto hacia el sol naciente.
Los verdosos ojos se abrieron con pesadez, encontrándose con la espalda
encorvada de un hombre que parecía colocarse las botas de montar; aún no
se había puesto la camisa, pero al menos traía los pantalones, no como la
primera vez en el que lo conoció.
Se sentó sobre la cama, llamándole la atención a su marido, quién la
miró de forma inquisitiva para después continuar con lo que hacía.
—Duérmete.
—No. —Contestó poco convencida.
—Es demasiado temprano, duérmete.
—¿A dónde vas?
—Fuera.
—Eso es evidente.
—Entonces, ¿para qué me lo preguntas?
Izek se puso en pie y caminó hacia el armario, tomando una camisa y
colocándosela con destreza de quien se viste solo. Poco común en los de su
clase, pero sabía de muchos nobles que despreciaban el ayuda de cámara o
las doncellas.
—¿Qué va a pasar ahora?
—¿Sobre qué?
—Sobre mí.
El duque giro ligeramente la cabeza hacia ella y se volvió para que no
viera la sonrisa burlesca que se había posado en sus labios al ver el desastre
de cabello que tenía. Aparentemente, el que estuviera tan corto lo hacía más
propenso a volverlo una revoltura.
—¿Qué hay sobre ti?
—¿Puede responder alguna de mis preguntas?
—¿Puede formular una que sea concreta para que no tenga que
preguntar a qué demonios se refiere?
Ella lo miró con desagrado, pero al final aceptó.
—Quiero saber si me seguirá manteniendo encerrada en esta habitación
y en esta vida.
—En primer lugar, te encerré en la habitación de la duquesa; y en
segundo, creo que dejé claro que esta es tu vida, la de mi esposa.
Kayla dejó salir el aire en un quejido y lo miró suplicante.
—¿Qué quiere de mí?
—Por el momento, que no hables, estoy de mal humor.
—¿Es que piensa ser infeliz toda su vida? —Reprochó, poniéndose de
pie al ver que él se ajustaba con facilidad a una situación que para ella era
caótica—. ¿No pensaba tener una mujer a la cual amar? ¿Una que
seleccionaría para que tuviera a sus hijos?
—Digamos que me ahorré el tedioso proceso. —Finalizó, tomando un
reloj de bolsillo y guardándolo en su chaleco.
—Pero es que…
—Muy bien. —Izek levantó una de sus manos justo frente a la cara de
su mujer para que esta se callara—. A lo que entendí de todo este enredo,
usted en realidad no sabía como iba a ser en realidad.
Kayla mordió sus labios.
—Me podía hacer una idea con lo que me decía en las cartas.
—Podía ser un engaño, ¿no lo pensó?
¡Por supuesto que ella no lo pensó! Sus hermanos se lo dijeron y ella no
recapacitó. Era una tonta llena de fantasías en la cabeza.
—No.
—Bueno, véalo como un desencanto de las cartas. Digamos que soy ese
hombre con el que soñó, yo la engañé para que viniera y se casara conmigo.
—Se inclinó de hombros—. ¿Qué más da? No hubiera podido hacer nada,
estaría tan casada como lo está ahora. ¿Por qué no trata de enamorarse
ilusamente de mí como con el de las cartas? Así todo sería más fácil.
Kayla enrojeció y se adelantó enojada.
—Es un cínico, ¿lo sabía? —escupió sus palabras—. ¿Cómo alguien
podría alguna vez enamorarse de un hombre como usted?
—No lo sé, tendrá que averiguarlo por su cuenta, no es que tenga
muchas opciones, sería mejor para usted que algo en mi le pareciera
agradable o deseable, ya sabe, por el tema de la consumación.
Kayla lo miró con cólera contenida en su mirada, quizá estuviera
acorralada, pero seguía siendo una Hamilton, tenía el alma buena y noble de
su madre, pero también tenía su valor y su fortaleza. Muchos creerían que
su madre era débil a comparación de su padre, a simple vista podía verse de
esa forma, pero nadie conocía a su madre como Kayla, porque desde joven
supo que se parecía más a ella que a su padre y eso la hacía diferente al
resto de sus hermanos. Sin dudas su madre era buena, pero también era la
mujer más fuerte que conociese, no cualquiera podía con el peso de una
familia como la de los Hamilton.
Para el grado de molestia que sentía, Kayla ya no era plenamente
consciente de sus acciones, pero cuando su mente se enfocó de nuevo,
estaba parada frente al duque, con la cabeza echada hacia atrás para poder
verlo directamente a los ojos oscuros, duros y desalmados que él encajaba
como cuchillas sobre ella, tratando de hacerla retroceder. Estaban tan cerca
el uno del otro, que podrían besarse o matarse.
—Si usted piensa que me puede ordenar y haré lo que me diga… está
equivocado —le dijo segura—. No soy una mujer que se deje intimidar por
un par de ojos feroces, créame, tengo experiencia con ellos y puedo
manejarlos a mi antojo.
—Harás lo que te diga, eres mi mujer y es lo que debes de hacer —dijo
con autoridad—. ¿He de recordarte que estás a mi merced? Estás sola, nadie
te ayudará si decido incluso matarte, tu padre no tiene acceso a este castillo,
a estas tierras. Eres mía.
—Prefiero morirme antes de hacerme llamar suya.
—Mátese entonces. —Se inclinó de hombros—. Eso lo haría todo más
sencillo, eso se lo aseguro.
Kayla sintió como si alguien le diera una fuerte bofetada y cubrió su
rostro, no resistiendo la mirada profunda y sin emociones que su marido le
dirigía. Él no le tenía ni siquiera respeto, ¿Cómo podrían hacer que ese
matrimonio funcionara con tales cimientos?
—Basta. —Dijo a modo de queja—. No llores… ¡carajo!
—¡No puedo detenerme sólo porque me lo ordena!
—Con un demonio… —susurró—. Vale. Deja de sorberte la nariz, hipar
y todo eso, ¿hay algo con lo que te pueda complacer?
Ella destapó su cara y lo miró extrañada, él parecía en el siguiente nivel
de incomodidad, no sólo no le gustaba oír a una mujer llorar, más bien era
que no lo soportaba, le molestaba, en serio lo enfurecía.
—¿Por qué le molesta que llore?
—Porque odio los dramas —se quejó—. Por todo lo bueno, límpiese la
cara y… no sé, la llevaré a que compre vestidos o algo, pero ya basta.
—No quiero vestidos.
—¿Qué quiere entonces?
—Quiero pinturas.
—¿Cosméticos? —frunció el ceño—. Dudo que aquí en…
—No. Quiero pinturas, quizá algo de arcilla, marfil, si es más generoso;
mmm… oh, lienzos y también un caballete. —Él la miró con escepticismo
y arqueó una ceja, así que se vio en la necesidad de esclarecer—: soy
artista.
—Ah, si, algo me ha dicho la señora Campbell sobre sus hábitos.
Ella suspiró. Claro que él no lo sabría, ¿Por qué lo haría? Él no era el
hombre de las cartas, no era el poeta profundamente enamorado de ella. No
era aquel que juró amarla para toda la vida, aquel que infundió paz,
seguridad y amor con simples palabras… no, el duque no era así, jamás lo
vería como un hombre que pudiera llegar a ser medianamente romántico.
—Sí, artista. ¿Le molesta?
—No —dijo con franqueza y se cruzó de brazos—. Eso te mantendrá
entretenida y sin molestarme.
Ella rodó los ojos y se limpió las últimas lágrimas.
—¿Entonces?
—Vale, mandaré traer todo lo que quieras, tan sólo… —él apuntó el
rostro de la mujer con su mano y negó— limpia ese desastre.
—¿Le hago una lista?
—Sí, como quieras. Iré a montar. Adiós.
—Adiós.
Kayla dejó salir el aire de forma precipitada y sonrió. El duque no
toleraba el llanto, era un arma que podría usar en algún momento. Por el
momento no había nada más que hacer, abrió la puerta para cerciorarse de
que nadie la vigilaba y sonrió al notar que el pasillo estaba despejado. El
duque no había mentido, la encerró, pero ahora estaba en libertad de vagar
de nuevo por la casa.
La joven se cambió sola y disfrutó mucho la simpleza de su cabello,
alabando su inteligencia al haberlo cortado, hacía muy fácil el arreglo.
Claro que cuando se dio cuenta de la revoltura de risos que había tenido
durante toda la pelea con su esposo, se sorprendió con una risotada y se
preguntó como era posible que él la hubiera podido tomar en serio.
Dalkeith Palace era una casa preciosa, decorada con lujo y tratada de la
misma manera. Pero parecía ser tan impersonal, que uno dudaría que
alguien viviese ahí, no había objetos añadidos que representaran a nadie de
la familia, todo se mantenía en sobriedad, no había retratos familiares, ni
tampoco parecía existir un objeto que se saliera de su lugar.
Estaba impecable, los suelos de mármol destellaban y cada candil y
vidrio resplandecía como si lo hubiesen pulido el mismo día. El hogar olía a
madera, pergamino y cera para pisos. Kayla lo encontraba agradable, pero
seguía extrañada por la forma en la que los empleados le sacaban la vuelta o
simplemente no la miraban.
—¿Es que hay algo mal conmigo? —pensó en voz alta, llamando la
atención de la enmudecida señora Campbell, quien la había dirigido por la
casa hasta las plantas superiores.
—¿A qué se refiere, señora?
—Oh… he pensado en voz alta. Pero ahora que me pone atención y que
sé que tiene lengua nuevamente, ¿por qué todos me miran de esa forma…
como si sintieran pesar por mí?
—Se estará imaginando cosas.
—No suelo imaginar y soy muy perceptiva, me gusta poner atención, es
algo práctico para cualquier artista.
—Ah… así que a eso le debo el pedido tan extraño que el duque ha
hecho esta mañana —frunció el ceño la señora Campbell—. Parecía
alterado, ¿es que no sabe que a un hombre importante no se le debe de
molestar por las mañanas?
—A una mujer importante tampoco y él lo ha hecho.
—¿Y usted como es importante?
—Soy su esposa, para él debo ser lo más importante.
La mujer no parecía complacida con lo dicho, pero, si tenía alguna
opinión, se la guardó cuando de pronto levantó la mirada y la fijó en
alguien. Kayla se volvió y vio al amigo rubio de su marido, el hombre que
la retenía y encerraba cada vez que Izek se lo pedía.
La señora Campbell se marchó y en su lugar estuvo Arnold.
—Supuse que mi querido esposo no me iba a dejar en una total libertad.
—Se cruzó de brazos, mostrándose insatisfecha.
—En realidad, no lo he visto y no me ha ordenado nada. —Elevó ambas
cejas—. Pero veo que lo comienza a entender, seguro que será lo primero
que me dirá que haga. Aunque siendo sincero, pese a que yo no la vigilara,
jamás podría irse a más de unos metros de aquí, Izek ya lo estableció.
—Gracioso.
—Es un hombre de honor, no permitirá que se diga que su esposa huyó o
que él la rechazó. Si está casado por azares del destino, lo respetará y
permanecerá en el matrimonio, lo hubiera hecho igual si las cosas hubiesen
sucedido de cualquier otra manera.
—¿Qué quiere decir con: cualquier otra manera?
—Hay muchas formas de embaucar a un hombre para el matrimonio,
señorita, no sólo hacen falta unos hermanos locos.
—Está tratando de decirme que seré su esposa por siempre.
—Al menos, eso creo.
—Por Dios, ¿Qué no se da cuenta que seremos infelices?
—¿Y eso quien lo determina?
—Creo que él, ya que se ha dedicado a decretar absolutamente todo
desde el momento en el que me vio por primera vez.
—Bueno, la creo una mujer lista y él no es de piedra, señora, seguro que
encuentra la manera de dominarlo.
—¿Dominarlo?
—Es un hombre indómito hasta el momento, pero yo he visto a las fieras
más feroces ser domadas, si la persona adecuada los dirige.
—¿Y si no quiero?
—Bueno… entonces si que van a ser muy infelices.
Arnold caminó lejos de la mujer, dejándola metida en sus pensamientos
por unos segundos.
—¿Señor Arnold?
—¿Sí?
—Quiero preguntarle algo. —La joven se acercó de nuevo y lo miró—.
¿Qué sabe usted de las personas que han muerto aquí?
—Bueno, que son nobles, supongo.
—No me refiero a las generaciones de duques, sabe de que hablo.
—Ah… de las leyendas.
—Lo que sucedió en este recibidor no fue una leyenda —apuntó el lugar
de la escena del crimen—. Y sé que algo pasó antes.
—Señora…
—No trates de hacerme tonta, Arnold. Sé que saben de quién soy hija y
es una de las razones por las cuales el duque no se atreve a mandarme de
regreso o a rechazarme.
Arnold apretó sus labios en una fina línea.
—Debo decir que para Izek sería mucho más beneficioso el regresarla
con su padre, aunque éste se enoje, a retenerla a usted aquí.
—¿Por qué lo dice? —se sorprendió la joven.
—Usted representa una deslealtad por parte de Izek, los hombres no
están felices con que la esposa del un hombre tan importante como el duque
sea inglesa, le aseguro que le sería mucho más fácil renegar de usted, pero
no lo hace. —Arnold miró a los lados y susurró—. Muchos piensan que
usted es una espía del hombre siniestro, de todo Inglaterra. Piensan que ha
venido a meter sus narices a Escocia.
La joven se cruzó de brazos y ladeó la cabeza con desencanto.
—Así que debo entender que el duque es un hombre honorable, lleno de
caballerosidad y bondad hacia mí.
—Tan sólo digo que no debería juzgarlo tan duramente.
—No me ha dejado más opciones más que piense lo peor de él.
—Sí, suele hacer eso. —El hombre iluminó el pasillo con su hermosa
sonrisa y carácter afable. Kayla creía que era totalmente distinto a lo que
representaba el duque.
Izek era oscuridad y un constante misterio; mientras que Arnold era luz
y transparencia.
—Arnold. —Aquella voz los hizo erguirse y mirar con rapidez hacia el
duque, quien se acercaba dándose pequeños golpecitos en el muslo con la
fusta de montar. —Ven, te necesito en el despacho.
—Señora. —Arnold se inclinó ante la mujer y se marchó.
Kayla hubiera querido hacer lo mismo, pero era obvio que el duque
estaba dejando que su subordinado se adelantara a razón de su deseo de
hablar directamente con ella.
—¿Sí? —Kayla lo apresuró al notar su renuencia a hablar.
—Necesito que organices una cena aceptable para esta noche.
—¿Por qué?
El hombre movió la cabeza hacia atrás en confusión, la miró de tal
forma que parecía explicar con tan sólo una expresión las razones por las
cuales él no debía ser cuestionado jamás.
—Porque te lo estoy pidiendo.
—Eso ya lo sé. Quiero saber la ocasión, a quién recibiéremos y por qué
parece ser tan importante.
—¿Y por qué he de decírtelo? Tan sólo cumple lo que digo.
—Mmm… entiendo, entonces considero que no es tan importante esa
cena que has pedido, puedo pasarla por alto… ¿o no? —elevó ambas cejas.
El hombre tomó aire, parecía fastidiado.
—Son personas importantes que vendrán a cenar, tengo negocios con
ellos, muchos otros son enemigos, ¿contenta?
—Apenas —dijo con desinterés—. ¿Cuántos son?
—Por lo menos veinte.
—¿Veinte? Eso no es una cena, debe ser una velada.
—Sabía que una damita londinense como tú sabría que hacer —dijo con
sarcasmo—. Te lo dejo a ti.
—¿Una damita londinense como yo? —cuestionó enojada.
—¿Te ha molestado?
—¿Es que me estoy riendo?
El hombre dejó salir el aire y la miró aburrido.
—¿Te pondrás a llorar?
—No.
—Entonces, sigamos con nuestras labores. Considera la cena como tu
presentación ante la sociedad…. Ah, y has de inventarte una historia creíble
sobre nuestro matrimonio. —La miró con ojos entrecerrados cuando ella
sonrió—. Y no, no me dejarás en ridículo si no quieres tener severas
consecuencias después.
Jamás dejaría de impresionar a Kayla la forma en la que esos hermanos
podían leerla con tal facilidad, pero si decían que era transparente, a ella no
le importaba ni un poco el serlo. Nunca apoyó la práctica de sus hermanos y
padre de cero sentimientos. Ella los tenía y le encantaban.
—Bueno, duque, ¿Algo específico para comer?
Izek la miró de arriba abajo, meditando algo sin decirlo.
—Lo dejo a tu jurisdicción. —Volvió a recorrerla con la mirada—.
Espero que traigas ropas adecuadas para la ocasión.
—¿Es que le disgusta mi vestido? —dijo con claro encanto, pero
enfatizando que le importaba poco si la respuesta era negativa.
—Agh, con un carajo, yo que sé. —Ensanchó la nariz al respirar y la
siguió viendo críticamente—. A saber, las modas femeninas cambian todo
el tiempo. —Se dio la vuelta y manoteó el aire—. Yo pensaba que una
mujer debía tener el pelo largo y amarrado complejamente ¡Pero mírate!
Corto, condenadamente corto.
Ella dejó salir una sonrisa ante aquel desplante y siguió con su camino
hacia el comedor, no sabía si el duque ya había desayunado, pero ella
definitivamente no lo había hecho.
—Buenos días Nimue.
La dama de negro levantó la mirada y la revisó con espanto,
cerciorándose de que su hermano no la hubiese lastimado.
—Buenos días —prosiguió con su escrutinio—. ¿Estás bien?
—Tanto como puedo estarlo. —Elevó una ceja cuando Nimue colocó
con fuerza sus manos en la mesa y la inspeccionó de más cerca—. Eh… me
refiero a que no te termino de perdonar lo que me hicieron tú y Sloan.
—Ah… eso. —Se tocó el pecho y se sentó—. Pensé que…
—No, tu hermano no me mató, rasguñó o atravesó con nada.
—No lo creería capaz —sonrió un poco.
—Parecías asustada.
—Bueno, una nunca sabe cuando le van a dar una sorpresa
desagradable, ¿Cierto? —se justificó.
—Cierto, yo no me esperaba un engaño cuando vine aquí.
—Oh, bueno, ¿Cuándo acabará tu reclamo?
—Mmm… no lo sé, ¿Cuánto tiempo tienes?
—No mucho —se inclinó de hombros y tomó un poco de su té.
—Entonces me bastará el desayuno, por el momento.
Nimue sonrió y levantó la mirada cuando Sloan entró a la habitación con
una cara funesta y adormilada.
—¿Otra noche pesada entre mujerzuelas? —Nimue se quejó con
indiferencia, tomando un bocado de su desayuno estilo escocés.
—¿En serio quieres saber? —El hombre sacó una silla para sí y no
dirigió otra palabra más a nadie.
—Necesita un café para despertar. —Explicó Nimue.
Se instalaron en un silencio apacible, todos parecían tener cosas en las
qué pensar. Ni siquiera la odiosa presencia de la señora Campbell había
arruinado la calma que la familia experimentaba a esas horas tempranas,
agradablemente mitigadas por el sol calentando el comedor al hacer
intromisión por los enormes ventanales despejados de cortinas.
—Sí, necesito que cuenten el ganado con los Olander y que la vieja esa
de las ovejas no quiera engañarte, quedamos en quince docenas, no diez,
¿Para qué demonios querría yo cinco?
El salón comedor rápidamente se tensó, al aparecer, Kayla no era la
única que tenía problemas con Izek. Incluso era notorio que los gemelos
comían con más presura para intentar salir de ahí, lo cual Kayla imitó,
creyéndolos genios en esos momentos.
El duque fue a sentarse en la cabecera de la mesa y miró con el ceño
fruncido a su mujer, quien estaba dispuesta a su lado derecho.
—¿Qué haces aquí?
—¿De qué habla? —miró a los lados, sintiéndose avergonzada.
Si acaso pretendía correrla…
—Este no es tu lugar.
—¿Disculpe?
—El de la duquesa —se explicó— es al otro lado de la mesa, en la
cabecera opuesta a la que yo ocupo.
Kayla miró hacia el lugar y negó rápidamente.
—Está muy lejos.
—¿Ahora me quieres cerca?
—No. —Lo miró—. Pero nadie se sienta de ese lado de la mesa, estaría
sola y a mi me gusta hablar.
—En las comidas, no se debe de hablar.
—Sería intolerable para mí.
—Y para cualquiera —dijo Arnold, tomando asiento en la mesa.
Izek miró con molestia a su amigo y volcó su atención hacia su esposa,
quien ya lo volvía a ignorar.
—Son las reglas de esta casa.
—Las seguiré cuando nos encontremos entre más personas y sea
necesaria la etiqueta, por ahora, estamos entre familia, no creo que tengas
problema en no verme la cara a menos que voltees hacía mí.
—Estás demasiado cerca para mi gusto, incluso puedo olerte. —Se
quejó y volvió hacia Arnold, quien rodó los ojos.
Kayla entrecerró los ojos y miró hacia la señora Campbell cuando esta
se acercó para entregar cartas al duque. Parecía feliz al notar que los nuevos
esposos reñían, poco le faltó a Kayla para darle un golpe, pero en cambio,
decidió que no quería reñir más, tomó su plato y ordenó a un mozo que
tomara el resto de sus cosas y la siguiera.
Izek no movió su cara, pero dirigió la mirada hacia su esposa, la cual
había tomado el lugar que le correspondía y de una forma muy digna
terminaba su desayuno. El duque sonrió. Parecía en verdad molesta de estar
exiliada hasta el otro lado, pero era como debía ser.
—¿Te diviertes? —sonrió Arnold.
—¿Qué? —Los ojos oscuros del hombre volvieron a fijarse en su amigo,
quien sonreía—. ¿De qué me divierto?
—De hacerle la vida imposible a tu esposa.
—Yo no…
—¿Qué tenía de malo que estuviera más cerca de ti?
—Son las reglas de esta casa y ella debe respetarlas.
—Por favor Izek, ¿desde cuando te importa?
—Quizá yo las pase por alto, pero ella no las conoce —dijo sincero—.
Quiero que las conozca al menos, ahora es mi esposa, es escocesa y nadie
debe pensar que está de otro lado más que del mío.
—Debiste decirle eso.
—Debería de entenderlo.
—Eres duro con ella —se acercó Nimue, reclamándole con una mirada
severa—. Sólo en sueños conseguirías una esposa como Kayla, nadie te
aceptaría con ese carácter y humor de…
—Callada. —Pidió amablemente, levantando una mano para que no
siguiera—. Aún sigo sin soportar del todo la presencia de ustedes dos, les
conviene a ambos que no me dirijan demasiado la palabra.
—Como quieras. —Se quejó Sloan.
—Hermano, por el contrario de Nimue que en serio me molesta, tú
tienes obligaciones que has decidido hacer a un lado.
—Empezaré de nuevo hoy.
Izek asintió y siguió dando ordenes tanto a Sloan como a Arnold,
quienes al final tomaron la decisión de instintiva supervivencia al irse para
que no los siguiera atiborrando con tareas. Fue el turno de Nimue a quien
volvió a regañar y pidió que ayudara con la cena de la noche y, cuando la
melliza se marchó, sólo quedaba Kayla, ninguno de los dos parecía
entusiasmado en hablarse.
—¿Por qué sigues aquí? —Le dijo el duque ya sintiéndose acorralado,
solía deshacerse de su compañía para tener esos momentos de paz en la
soledad del comedor. Le gustaba beber un café negro y leer el periódico con
tranquilidad y sin interrupciones.
—Creí adecuado esperar a que se marchara.
—¿Por qué?
—Para que no desayune solo. —Izek frunció el ceño sin entender, lo que
provocó que Kayla se pusiera inmediatamente de pie—. Bien, no sabía que
lo que quería era estar solo.
—Siéntate. —Ella se quedó de pie en su lugar y Izek elevó una ceja con
diversión—. Vamos, siéntate.
—No soy un perro, mi lord.
—Eso lo sé, si lo fueras, hubieras obedecido.
Ella lo miró furiosa y siguió su camino hacia la salida. Izek cerró los
ojos y suspiró. Debía aceptar que tenía que intentar con más fuerza estar
bien con esa mujer… su mujer. Era importante que lo aceptara en su cama
de una forma u otra, sus hermanos amenazaban con venir prontamente y
para cuando llegasen, ellos tenían que ser una pareja.
—Maldición, no soy bueno en esto.
Capítulo 9
Kayla decidió no amargarse el día completo por una discusión con el
duque; al fin el cielo se había despejado, el aire era fresco pero el sol se
alzaba en lo alto y proporcionaba un calor más que agradable para estar
sentada en aquella mesa posicionada para tomar desayunos en el enorme
jardín, donde planeaba comenzar con el que sería su primer bosquejo de
paisaje escocés. Esperaba que al menos su marido cumpliera con su palabra
y trajera lo necesario para que se mantuviera ocupada, como él lo había
dicho con tanto alivio.
Para ella era fácil dejar de pensar en los problemas cuando se enfocaba
en dibujar, se concentraba al límite de ni siquiera escuchar llamados, solía
incluso sacarse sangre de los labios de tanto mordérselos y arrancarse
pedazos de piel seca en ellos.
—Eres buena.
La voz del duque la hizo dar un rayón en toda la hoja, arruinando el
dibujo que se había esforzado en hacer durante tanto tiempo. Kayla chistó
ante lo hecho y miró hacia arriba para poder encontrarse con la garbosa
figura del hombre que era su marido.
—¿Qué se le ofrecía? —Ella cerró su libreta y lo miró con interés.
—Nada. Te vi aquí sola y me dio curiosidad.
—Mentira.
—Bien. —Aceptó—. Tenemos que tratar de hacer funcionar esto.
—¿Habla de nuestro matrimonio?
—¿De qué más? —El duque tomó asiento junto a ella y suspiró—. La
gente que vendrá es importante, si acaso ven que nosotros no somos la
pareja perfecta, entonces se hablará y siendo tú…
—Sí, de Inglaterra. Sé lo que se dice de mí.
—Sí… —Meneó la cabeza—. Mira, lo mejor para los dos es que
intentemos llevarnos bien.
—Yo puedo hacerlo, pero dudo que usted pueda.
—Seguro que para este momento sabrán que te quisiste escapar el
mismo día que llegué. —Fijó la vista en la distancia, mostrándose pensativo
—. Tendremos que tener una buena excusa para eso.
—¿Qué tal que me asustó porque es usted un ogro que además me tiene
encerrada en una torre de su palacio?
—Quizá pudiéramos decir que alguien se lastimó y tú quisiste ir por
ayuda. —La ignoró—. Aunque no tendría sentido que mis hombres fueran
por ti y te trajeran como un costal de papas.
—Sin mencionar que los amenacé con mi daga —agregó.
—Demonios… seguro que alguien lo preguntará.
—Vale, le diré qué —ella dejó de lado su libreta y entrelazó sus manos
sobre la mesa—: hagamos una apuesta.
Izek la miró con escepticismo.
—Te escucho.
—Si yo salgo victoriosa de esta cena, haciendo que todos me amen,
entonces usted perderá.
—Yo perderé si sale mal esta cena, ¿no puede tomarse nada con
seriedad? —dijo enojado.
—Es usted tan aburrido. Le estoy diciendo que lo haré bien, soy una
Hamilton, mentimos con naturalidad, no me preocupa lo que puedan
preguntar ¿Entiende? Sabré salir de la situación.
—¿Para qué apostar entonces?
—Para ganar algo.
—No necesitas apostar para conseguirlo, te daré lo que me pidas. —Ella
lo miró sorprendida. Izek giró los ojos con desesperación y se explicó de la
forma más rápida que encontró—. Eres mi esposa, no mi prisionera, si
quieres algo, claro que te complaceré.
—Esta mañana tuve que llorar por pintura.
—No, lloraste, y yo te callé con lo del regalo.
Kayla sonrió.
—Es verdad.
—Bien, si te sientes tan confiada, entonces no tengo de qué
preocuparme… espero.
—Tenga algo de fe en mi —le dijo con una mueca desenfadada y abrió
su libreta—. Al menos de lo mentirosa que puedo ser.
—Hasta el momento, jamás me ha mentido, de hecho, es fácil entender
lo que está pensando.
—Creo que es una habilidad especial de sus ojos de demonio —dijo
desinteresada, tratando de borrar la raya en el dibujo—. Sus hermanos y
usted tienen esa habilidad de saber lo que estoy pensando aun sin siquiera
gesticular.
—¿Y no hay otra razón más cuerda que la resolución de que somos
demonios con habilidades especiales?
—Me parecen demonios todos ustedes —dijo divertida—. Tengo una
pregunta ¿puede contestarla?
—Depende de la pregunta.
Ella rodó los ojos y sonrió, volviendo a su dibujo.
—¿Por qué son negros sus ojos?
—No son negros. —Ella lo miró perpleja por el tono cortante—. Son de
un oscuro café, dudo que puedan existir los ojos negros.
—¿Es que le molesta?
—¿Qué nos digan que tenemos ojos de demonios o que somos hijos del
mal? —Elevó ambas cejas, mostrando su sarcasmo con ello, pero no con su
tono—. Cuando era niño me molestaba. —Sinceró—. Estuve días buscando
un espejo que no me lanzara una mirada tan amenazadora como la mía y un
día… alguien me dijo que eran cafés.
Kayla notó la forma melancólica pero dulce con la que él había
mencionado la última parte. Era como si de momento se hubiera puesto
feliz por aquel recuerdo.
—¿Quién se lo dijo? —Ella incluso sonrió ante la perspectiva de verlo
feliz, de que algo le causara tal brillo en los ojos.
Sin embargo, cuando estos volvieron para enfocarse en ella, no lo
hicieron con cariño o el más mínimo afecto. No. Esos ojos eran fríos,
distantes y petrificantes.
—Alguien muy preciado para mí.
—L-Lo siento —bajó la mirada y su mano tembló un poco—. No debí
preguntar, no es de mi incumbencia.
A Kayla no le parecían cafés, eran negros, negros como el color del
alma de aquel duque que sólo era capaz de mirarla de aquella forma tan
despectiva. Era obvio que hablaba de una mujer… quizá su madre u otra,
pero quien fuera, le había mentido.
—No te disculpes. —El duque estiró la mano y tomó la de ella,
apretándola ligeramente para que volviera a mirarlo, sin embargo, Kayla
mantuvo la mirada fija en un punto sobre la mesa; no quería verlo porque
sentía que, si encontraba nuevamente esa frialdad en él, lloraría y no quería
llorar—. No debí ser tan brusco con mis palabras, no has hecho nada mal.
El duque se lamentó, a veces la gente reaccionaba así, no sabía qué era
lo que transmitían sus ojos, pero solían apabullar a la gente, aunque esa no
fuera su intensión. Suspiró a lo bajo y soltó la mano de su esposa para
tomar su barbilla y hacerla levantar la mirada.
Cuando los impresionantes orbes verdes estuvieron sobre él, su corazón
se aceleró, todo ella era tan brillante, incluso sus ojos tenían un color tan
lleno de vida como lo era el verde. Su rostro iluminado por el sol mostraba
salud y juventud, las ligeras marcas junto a las comisuras de sus labios
demostraban que solía sonreír con constancia y ese cabello corto que se
revolvía con la fresca brisa del exterior la hacían parecer una escultura más
en aquel jardín.
Kayla intentó bajar la mirada al sentir que sus ojos se llenaban de
lágrimas, pero la mano firme del duque se lo impidió, continuando con su
inspección pese a que las gotas de agua salieron disparadas de sus ojos en
silencio y sin modificar el rostro de la joven.
Izek sintió las lágrimas sobre su mano, notando hasta ese momento que
ella lloraba en una solemnidad silenciosa que le estrujó el corazón y lo
obligó a inclinarse para presionar un beso sobre sus labios rosados. Kayla
abrió los ojos en impresión y separó los labios sólo un poco para aceptar de
una forma más agradable el cosquilleo que le causaba ese beso.
El duque sintió un movimiento extraño en su interior cuando ella lo
aceptó, desatando entonces su actuar impulsivo, quitando el único
impedimento que la separaba de ella. La mesa cayó de lado tras un
empujón, dando oportunidad a que Izek se acercara más y le colara las
manos por la cintura, apretándola en un abrazo sofocante que terminó
dejándola sentada sobre su regazo y aceptando un beso profundo que no
sabía si estaba contestando del todo bien.
De lo que Kayla era consciente era de que jamás se había sentido tan
bien al ser besada, nadie nunca la habían besado así tampoco, así que podía
ser una experiencia nueva que le causaba excitación. Pero le gustaba, le
agradaba tanto que no podía más que incrementar las caricias que ella le
daba en los hombros y el cabello negro ligeramente largo, presionándolo a
que entregara más, que le enseñara más, no pararía de exigirle más.
—¡Mi señor duque! —gritó un hombre, provocando que se escuchara un
sonoro sonido de separación.
Kayla bajó la cabeza, mostrando un sonrojo que marcaba su vergüenza.
Tenía la sensación de que había hecho algo terriblemente mal, tal y como si
estuviera soltera y alguien la atrapase en una situación comprometedora,
como en la que estaban.
Se puso torpemente de pie al comprender que seguía sentada sobre él,
murmuró una disculpa y marchándose corriendo hacia el interior de la casa,
sin darse cuenta que, durante todo ese momento, el duque había buscado su
mirada para tratar de encontrar una respuesta a la pregunta que quedó y
quedaría sin contestar.
—L-Lo siento mi señor. —El hombre parecía avergonzado—. No me di
cuenta de la situación y simplemente grité.
—Ha de ser algo apremiante —dijo con tranquilidad el duque,
poniéndose de pie y mirando fugazmente hacia la casa—. Vamos.
El hombre disimuló una sonrisa y pasó su pulgar por su comisura
inferior, limpiando el último rastro de los labios de su esposa.
Capítulo 10
Kayla entró al primer salón que encontró y cerró la puerta con fuerza,
sintiendo como el calor subía hasta sus mejillas y después la recorría al
completo. ¿Por qué la había besado? Hacía unos segundos la miraba con
desprecio para después…
—¿Se ha perdido?
Kayla dio un grito y se volvió hacia el hombre que la miraba indiferente
desde un escritorio. Sloan era el más distante de los hermanos, pero por
alguna razón, a Kayla le parecía el más inofensivo, quizá fuera por eso,
porque en realidad no lo conocía… mejor no darle la oportunidad de
ponerle la piel de gallina.
—No. Ya me iba.
—Pareces algo enferma, ¿estuviste mucho bajo el sol?
—Casi sentí que me estaban apuntando con una lupa —dijo a modo de
broma, pero al recordar el beso, volvió a sentirse bajo la lupa que buscaba
incendiarla al completo—. ¡Dios! Me siento bien, me voy.
—Espere. —Sloan se puso en pie y sirvió un poco de agua—. Vamos,
beba algo, parece en verdad acalorada.
—Gracias… pero qué amable. —Comportamiento extraño para ser parte
de esa familia—. ¿Qué haces?
—Bueno, estoy revisando unas cuentas a petición de Izek —rodó los
ojos—. Puede ser un dictador si se le deja.
—No me digas —dijo sarcástica, dejando el vaso sobre el escritorio y
sonrió—. Me mantuvo cautiva en una habitación para que lo dejara pensar.
—Si bueno, ahora que recuerdo, jamás me disculpé con usted por lo que
le hicimos. —La miró con arrepentimiento.
—Al menos tu te disculpas.
—Sólo con usted, con Izek jamás.
—¿Es que se llevan mal?
—No. —El hombre dejó de lado la pluma con la que hacía las cuentas y
la miró sonriente—. Pero soy menor que él y tendemos a reñir. Izek piensa
que todo lo que dice o hace está bien y a mi me encanta decirle que está mal
en todo.
—Yo le doy la contraria a todo también, tenemos eso en común.
Sloan sonrió y siguió con sus asuntos.
—Lo siento, te estoy estorbando.
—Para nada, me agrada la compañía, Nimue suele estar aquí a estas
horas, pero está vuelta loca con un banquete o algo así.
—¡Dios santo! —Kayla se puso en pie—. Pero si es el banquete que me
encargaron a mí.
La joven salió corriendo, dibujando una sonrisa cariñosa en la cara
adusta del joven Buccleuch, quien siguió trabajando.
Eran las cinco de la tarde y Nimue aún no consideraba que las cosas
estaban lo suficientemente en orden como para dejar de atosigar a todo el
mundo para que la velada saliera perfecta… aunque para esos momentos,
Kayla ya no sabía hasta donde era perfecto o parte de una obsesión.
—Nimue. —La joven decidió hacer una intervención—. Basta, estará
todo bien, jamás vi tanto entusiasmo por una tonta cena.
—Es que no entiendes Kayla, no podemos decepcionarlo.
—¿A quién?
—A Izek, obviamente.
—Creí que lo odiabas.
—¿Cómo lo voy a odiar? —Arregló las flores del mismo florero que ella
acababa de acomodar—. Lo adoro, quiero que esté feliz.
—Bueno, casarlo con una desconocida es un buen inicio.
Nimue regresó una mirada llena de seriedad. Kayla debía agradecer que
los ojos no dispararan.
—Lo hicimos porque pensamos que era lo correcto, lo que llegaría a
hacerlo feliz —dijo sin más—. Él siempre veló por nosotros y… lo
recompensamos muy mal.
—¿Así que por eso debes sacar sangre, sudor y lagrimas de todo cuanto
tenga algo que ver en esta cena?
—Quiero demostrarle que podemos estar juntos y ser una familia.
—¿Es que…? ¿Cómo?
—Hace años que Sloan, Izek y yo no estamos juntos. —Resumió la
joven, acomodando un cubierto—. Y quiero quedarme.
—No creo que él sea capaz de correrte.
—No, pero es capaz de irse.
Kayla sintió muchísima tristeza por la forma desesperada en la que su
cuñada intentaba agradar al duque, sin dudas era un hombre desalmado,
pero jamás imaginó que lo sería también con su familia directa. Nimue
parecía quererse desbaratar con tal de complacerlo, pero Izek no hacía más
que alejarse o alejarlos de él.
Aunque dudaba que la actitud viniera de la nada, para todo había
razones. Sin embargo, no podía más que desearle suerte a la chica, ella no
podía imaginar lo infeliz que hubiera sido su vida sin sus hermanos y sus
primos.
—Ya todo está listo —insistió Kayla—, apenas y has comido.
—Es verdad, niña, coma algo. —Ordenó la señora Campbell.
—No tengo hambre.
La joven trató de irse, pero se vio acorralada por Kayla y la señora
Campbell, obligándola a comer y después, mandándola a que se fuera a
relajar un rato antes de comenzar a arreglarse para la cena. Las dos mujeres
que habían quedado en el salón se miraron con desagrado, pero cuando
Kayla intentó irse por su lado, la señora Campbell habló.
—¿Tiene ya un vestido adecuado para la noche?
—Sí, ¿Es que piensa que era pobre antes de casarme?
—Bueno, con las ropas que normalmente usa…
—Quizá soy poco delicada y no visto como una princesa, pero sigo
siendo una dama de alcurnia. La ropa de moda me es incómoda, soy una
artista y suelo ensuciar, no vale la pena que use las grandes galas todos los
días de mi vida.
—Siendo una duquesa sí. —La señora Campbell la siguió hacia la
salida. No pensaba dejársela tan fácil—. ¿Qué hubiera pasado si recibía
visitas?
—¡Agh! ¡Me cambiaría! —contestó sin volverse.
—Haciéndolos esperar, ¿Es que nadie la educó?
—Sería por unos momentos, nadie puede atender en seguida.
—Una mujer preparada y refinada sí.
—Y eso que no me ha visto con pantalones.
—¡Cielo santo! —se exaltó la mujer—. ¡Muchacha desenfrenada! ¡Te he
de enseñar lo que…!
—¿Es que usted se cree mi madre? —la enfrentó—. No tiene derecho a
decirme qué o como debo hacer las cosas. Soy la duquesa y si decido
pasearme en pantalón, será asunto mío.
—El duque…
—Si algo le molesta, créame que me lo hará saber —le dijo enojada—.
Al igual que usted, él no teme en lastimarme cuando me dice las cosas.
La mujer se detuvo en seco y ladeó la cara.
—No buscaba lastimarla.
—Es lo que se obtiene cuando se habla sin pensar —la joven cerró la
puerta en la cara de la señora Campbell y suspiró aliviada al notar que la
mujer no intentaba entrar después de ella.
Miró una vez más hacia la puerta y caminó a uno de sus armarios, donde
ya sabía que estaban colgados sus vestidos de gala. Sacó el primero que
consideró aceptable y lo puso sobre la cama para comenzar a arreglarse.
Giró la cabeza a la puerta que conectaba las habitaciones y suspiró al
recordar el beso en el jardín, un revolcón placentero la inundo por unos
segundos y deseó con todas sus fuerzas que le diera otro beso igual, pero sin
interrupciones, que prosiguiera hasta que alguno de los dos no tuviera más
aire en sus pulmones.
—¿Señora?
—¡Ay! ¡Bonnie! Casi me provocas un infarto.
—Pero si le llevo hablando un buen rato. —Se excusó y siguió la mirada
de su señora y apuntó la puerta—. ¿Es que necesita que vaya por algo a la
habitación del duque?
—¡No! —Sacudió la cabeza—. Vamos, empecemos con esto.
—Le pondré el baño, excelencia.
La dama abrió la puerta del baño y desapareció por varios momentos,
los suficientes para que Kayla se calmara y recuperara su palidez. Aún
recordaba bien la preocupación del pobre Sloan al verla tan sonrojada, claro
que él pensó que era por efectos del sol, no por efectos de su hermano…
«¡Pero qué desvergonzada te has hecho, Kayla Hamilton!».
La joven se volvió de pronto cuando sintió detrás de ella la presencia de
alguien, por unos segundos pensó que se trataba de Bonnie, pero se vio en
la necesidad de fruncir el ceño cuando se dio cuenta de que la joven
doncella seguía en el baño, hablando en voz alta consigo misma, como le
era de costumbre.
Los ojos avispados de la joven recorrieron la habitación sin hacer
movimientos que revelaran que estaba tensa, trató de aparentar tranquilidad,
enfocándose en cosas cotidianas mientras seguía tratando de encontrar la
razón de que estuviera siendo objeto de escrutinio de alguien.
Kayla se frustró al darse cuenta que no era capaz de encontrar a nadie.
Pero estaba segura, los nervios y la forma en la que su piel sentía
escalofríos le daban a entender de que no era una locura y quien fuera que
la observara, no lo hacía con las mejores intensiones.
—¿Señora?
—¡Ay! —se giró hacia la mujer que nuevamente la miraba con la cabeza
ladeada—. Sí, de nuevo me has asustado. Quita esa cara de diversión
Bonnie y vamos a que me bañe, se me ha hecho tarde.
La doncella rodó los ojos y siguió a su señora para ayudarla con el baño,
no era que la dejara hacer mucho, para ese momento comprendía que a la
duquesa no le gustaba estar sola en ningún momento. Bonnie lo entendía,
esa casa era escalofriante y cualquiera se sentiría amenazado y haría bien en
pensarlo.
Kayla salió completamente arreglada de la habitación, no había visto a
su esposo desde el beso en el jardín, pero esperaba que no tardara
demasiado, porque si se atrevía a llegar tarde, a Nimue le daría un infarto,
incluso Sloan y Kayla habían apostado por ello. Lo cual se podía considerar
un poco insensible, pero resultaba divertido ver a la increíblemente fría
Nimue presa del pánico, mirando constantemente hacia un reloj colgado a
la pared… reloj que Sloan y Kayla habían adelantado por una hora.
—¡No llegará! Debí saberlo. —Se quejó la joven mujer apodada la dama
de negro—. ¡Llegarán todos y él no!
—Tranquila, trata de respirar, aún es temprano. —Trató Kayla.
—¡No! Aún se tiene que bañar, cambiar y él tarda haciendo eso.
—Seguro que, con las prisas, no tardará tanto. —Aseguró Sloan.
Nimue siguió dando vueltas alrededor de una mesa, mostrando con eso
su impaciencia y nerviosismo. Sloan y Kayla no podían evitar reír un poco
de ella, pero se controlaban cuando les lanzaba una de esas miradas
amenazadoras que parecían arrastrar al infierno.
Pasaron todavía quince minutos para que el duque hiciera aparición
junto con Arnold, con quien seguía metido en una acalorada conversación,
pasando por alto la presencia de las tres personas que aguardaban por él.
—Espera, Arnold. —El hombre volvió una mirada desesperada hacia
sus espectadores y elevó una ceja—. ¿Qué quieren?
—¡Llegas tarde! —le gritó Nimue—. ¿Y te atreves a cuestionar?
—¿Tarde? —Izek sacó su reloj de bolsillo y meneó la cabeza sin
entender a su hermana—. Estamos más que a tiempo.
—¡No! —La joven pelinegra apuntó hacia el reloj—. ¡Vas tarde!
Los ojos oscuros de Izek se dirigieron al reloj con la hora equivocada y
suspiró al ver la forma en la que su esposa y hermano contenían las sonrisas
y se alejaban de la posible bomba fulminante que sería Nimue.
—Está adelantado —dijo sin más—. Si me disculpas.
Izek siguió caminando y reanudó la conversación con Arnold, quien
después de dirigir una mirada divertida hacia Kayla, corrió para alcanzar al
hombre que no hacía amagos por esperarlo.
—¿Está adelantado? —Nimue fue hacia el reloj y lo miró atenta—. No
lo entiendo, si ordené que… ¡Agh! ¡Sloan!
Tanto Kayla como el hombre soltaron una carcajada y trataron de evitar
los golpes que la dama de negro intentaba darles. Por un momento los tres
sonreían y Kayla volvió a sentir un ambiente familiar y cálido, casi podría
parecerse a Sutherland. Pero sólo hizo falta que la señora Campbell hiciera
acto de presencia para que las risas se detuvieran y los mellizos se irguieran,
retomando la compostura y quitando la sonrisa.
—Si tienen tanto tiempo libre, deberían aprovecharlo para hacer algo de
más utilidad —recriminó la mujer hacia los mellizos, quienes asintieron y
se retiraron en silencio—. Con lo referente a usted…
—No creo que pudiera utilizar mejor mi tiempo que riendo un poco, me
parece atrevido que regañe a los hermanos de mi esposo de esa manera, no
tenía nada de malo lo que hacían.
—Prácticamente yo crie a los mellizos, señora, créame que sé lo que
hago con ellos, el mismo duque estaba de acuerdo.
—¿El padre de mi marido?
—Naturalmente.
Kayla meditó un momento las palabras.
—Al final, creo que son lo suficientemente grandes para no necesitar de
sus regaños, menos interrumpirlos en una actividad.
—Hago lo que creo correcto.
—Considero que no lo fue —Kayla apretó los puños.
—Es obvio que no ha tenido una educación como la de ellos.
—¿Qué insinúa? —Kayla entrecerró loso ojos.
—Podrá ser una lady de Londres, señora, pero algo me dice que su
familia era demasiado permisiva en cuanto a su educación.
—Al menos no me quitaron permanentemente la sonrisa.
—Una dama debe ser recatada y refinada, el saberse contener es una de
las gracias apreciadas entre…
—¡Pamplinas!
—¡Pero qué muchacha! —Chistó la señora Campbell.
—Basta. —Pidió Izek, quien caminaba por el pasillo ya sin compañía y
con la mirada fija en su mujer, ¿Acaso la culpaba a ella? Era obvio que no
sabía como trataba a sus hermanos—. ¿Por qué no vas a la habitación a
terminar de… arreglarte o lo que sea?
—Yo estoy lista. —Kayla se cruzó de brazos.
—Entonces ve a ver que me pondré yo.
—Eso lo ha hecho Nimue.
—¡Tan sólo sal de aquí!
Kayla chistó en desagrado y levantó de más su vestido para subir las
escaleras con mas facilidad, trayendo un nuevo enojo a la señora Campbell,
quien estuvo a punto de volverle a llamar la atención, pero la presencia del
duque la detuvo y enfocó en su lugar.
—¿Necesitaba algo de mí, excelencia?
—¿Por qué discutía con mi esposa?
—Su excelencia y yo tenemos diferencias que con el tiempo irán
pasando, no debe preocuparse por peleas de mujeres, duque, usted tiene
cosas más importantes en las que concentrarse.
—Es verdad, pero el que haya un griterío en mi recibidor no me ayuda
precisamente a concentrarme.
—No volverá a pasar, mi señor duque.
—Bien. —Suspiró cansado y quizá algo aburrido de tener que
solucionar una situación que consideraba meramente femenina—. Espero
que sepan llevar sus disputas en un tono más bajo, no quiero que toda la
casa se entere de lo que el ama de llaves y la duquesa discuten.
Capítulo 11
El duque aún no terminaba de subir las escaleras, cuando ya era capaz
de escuchar la voz de su esposa, la cual maldecía e imitaba con voz chillona
y quejumbrosa a alguien que le disgustaba. No era de inteligentes, era fácil
deducir a quien odiaba esa mujer, en realidad, sólo había dos candidatos: su
propio esposo o la señora Campbell.
—¿Se puede saber por qué actúas como una niña?
—¡Ay! —ella se volvió aprisa, presionando su pecho con espanto—.
¡Me asustó! Por Dios, ¿No sabe tocar?
—¿A la habitación de mi esposa…? No, creo que no.
—Sigue siendo de alguien más.
—No para mí.
Kayla rodó los ojos y caminó hacia el espejo de cuerpo completo,
admirándose y dándose el visto bueno, no había nada más que arreglar, para
ella todo lucía perfecto.
—¿Qué te retuvo durante todo el día?
—Negocios.
—Bueno, cámbiese ahora, Nimue en serio desea que todo esté perfecto y
en su cuadro entra usted, por alguna razón.
—No me digas —dijo sarcástico—. Algo me dice que tú no te esforzaste
mucho en la cena de esta noche.
—Nimue acaparó la mayoría de los trabajos y yo la dejé, no creo que sea
un gran problema, lo hizo perfecto.
—La cosa es, que te lo pedí a ti.
—Y al final se hará ¿o no?
—Eres mi esposa, esas responsabilidades te corresponden.
—Pero está hecho.
—Pero no por ti.
—¿Por qué le es tan importante? —dijo exasperada.
—Porque debes tratar de comprender quien eres ahora, no eres Kayla
Hamilton, ahora eres una de nosotros, una escocesa. Te aseguro que no
sabes bailar, ni siquiera conoces el nombre de la comida típica.
—¡Yo…! —Su voz se apagó al comprender que no tenía réplica válida
para tal discusión—. ¿Por eso me lo pidió?
—¿Por qué otra razón? ¿Crees en serio que la señora Campbell no se
podía hacer cargo de la situación?
—Ni me la menciones, tan sólo su nombre me da indigestión.
—Esa es otra cuestión, no debes pelearte con el servicio, debes hacer
que te aprecien.
—¿Cómo me va a apreciar su servicio si usted no me aprecia?
Fue el turno del duque de quedarse sin palabras.
—Bien, es verdad, he actuado distante contigo. Estaba asimilando la
situación, pero ahora comprendo que estarás conmigo para toda la vida y
debo darte el trato que mereces como mi esposa.
—¿Y ese trato conlleva el que no se me encierre en una recámara
cuando algo se sale de control? —Echó en cara.
—Seguiré pidiéndote que te encierres en una recámara cuando considere
que estás comportándote irracional.
—Oh, como le encanta creer que es perfecto.
—No me creo perfecto, me creo disciplinado, sé lo que tengo que hacer
para estar a la altura de una situación, para ser correcto.
—¡Agh! —ella se jaló un poco los cabellos castaños y lo miró
exasperada—. ¡Debió casarse con su ama de llaves! ¡Son una pareja
formidable! —Ella caminó hacia la salida y abrió la puerta—. ¡Igual de
anticuados y maniáticos!
Kayla cerró la puerta con fuerza, encerrando a su marido en el interior y
prácticamente corriendo lejos de ahí para que no pudiera retenerla de
nuevo. Al fin de cuentas, él se tenía que cambiar y ella estaba lista, no había
razón alguna para permanecer en la habitación.
¡Apenas y podía creer que lo había echado de menos en la mañana! Era
claro que el beso la atontó, pero el efecto había pasado.
Cuando dieron las siete en punto, Izek bajó las escaleras, Nimue estaba
por explotar por su tardanza, era el único que faltaba en estar presente en el
recibidor.
—¡Cómo puedes tardar tanto siendo hombre!
El duque la ignoró y acomodó el moño que no lograba que se quedara en
su lugar. Kayla al notar el espasmo que Nimue comenzaba a tener en su ojo,
se acercó a su esposo y apartó las manos torpes para reemplazarlas por las
suyas, hábiles y expertas. Con tres hombres en casa, era fácil aprender
cierto tipo de cosas, sobre todo porque su madre le dijo que siempre era
bueno que una mujer supiera como ponerse unos pantalones y un buen
moño de gala. Jamás lo comprendió del todo, en la vida había visto a su
madre con un pantalón, pero seguro que era más que una metáfora.
Izek miró con escepticismo a la mujer que fruncía ligeramente el ceño y
mordía sus labios concentrada en su tarea, parecía no darse cuenta de sus
acciones, ni tampoco de lo cerca que estaba de él. Izek no lo pudo evitar, su
cabeza rememoró aquel momento en el que la besó e hizo falta el acopio de
todo su autocontrol para no besarla.
—Listo, ya está. —Ella se apartó sin más y se colocó a su lado.
—Bien, todo listo —sonrió Nimue, yendo a abrir la puerta y dejándola
abierta para que los invitados pasaran y fueran atendidos rápidamente por
mozos y por ellos mismos.
Kayla se esperaba una noche aburrida, ya en muchas ocasiones tuvo que
atender cenas de negocios en casa de su padre. Debía encontrar una manera
de distraerse... y ésta llegó rápido, puesto que, en cuanto el primer invitado
asomó su cabeza, Izek le pasó una firme mano por la cintura, provocando
que su cabeza volara e intentara decidir si golpearlo por el atrevimiento o
besarlo para que la abrazara aún más cerca de su cuerpo.
—¡Ah, Izek! —Sonrió un caballero, estirando la mano hacia él y
mirando hacia Kayla con extrañeza—. ¿Y usted es…?
—Mi esposa. —Se apuró a contestar Izek, como si Kayla fuera a decir
algo diferente—. Supongo que has oído hablar de ella.
—Claro, es la inglesa. —Kayla no supo discernir si lo decía con
decepción u odio, pero ninguno de los dos parecía ser algo bueno.
—Sí, la inglesa. —Ella estiró una firme mano con una sonrisa de dientes
apretados—. Un placer conocer a otro escocés.
Izek la miró con advertencia, pero el recién llegado se lo tomó con buen
humor y dejó salir una ligera y agradable carcajada.
—Lamento la rudeza, supongo que es costumbre. —Se tocó el pecho
para acentuar su arrepentimiento—. Es muy hermosa señora.
—Gracias, señor…
—Monclavet. —Se presentó.
Kayla asintió con una sonrisa afable y permitió que pasara al salón,
donde Nimue los acomodaría en los lugares que se habían asignado. Claro
que para la duquesa ese lugar no cambiaba, ella debía estar en la cabecera
contraria a la de su marido, enfrentándose constantemente a esos ojos
acusadores que seguro no la perderían de vista para cerciorarse de que su
comportamiento era impecable.
Ya le demostraría quién era ella.
Cuando todos estuvieron en los lugares que Nimue se había tomado la
molestia de asignar, Kayla miró obstinadamente a su esposo cuando este le
dio una ultima amonestación con su oscura mirada y rápidamente se enfocó
en conocer a las personas que tenía a los lados.
Tendría que agradecerle a Nimue que pusiera a la señora Glenn a su
lado, puesto que se habían llevado de maravilla. Muy a diferencia de la otra
mujer que la flanqueaba, quien fuere despectiva desde el principio y se
limitó a ignorar a la inglesa que se había hecho con un título escocés tan
importante como el de Buccleuch.
«¡Ja! Si supiera el infierno que es, me estaría besando los pies por
aguantarlo, en vez de criticarme por tenerlo» pensó la joven.
—Y dígame, excelencia…
—Oh, no, por favor, no me llame de esa manera —pidió Kayla a la
señora Glenn—. Kayla estará bien.
—Bien, si no quiere formalidades, yo tampoco —sonrió la mujer—.
Puede llamarme Maribeth. —Kayla asintió conforme y aguardó, puesto que
la mujer había iniciado un tema y ella la interrumpió—. Bueno, en realidad
tenía una pregunta.
—Era de esperarse. —Sonrió—. ¿Qué te da curiosidad?
—Bueno, ¡Todo! Este castillo me ha fascinado desde que era una niña,
sobre todo el tema del tesoro, siempre soñé con encontrarlo, pero claro,
supongo que no es más que una leyenda.
—Es lo que afirma mi esposo y el resto de la familia. —Kayla tomó su
copa de vino y dirigió una rápida mirada hacia Izek, quien estaba
entretenido y relajado entre sus amigos—. Pero yo no les creo.
—¡Oh! Lo sabía, debe haber algo ¿Cierto? —La mujer parecía
entusiasmada, incluso estaba sentada en el filo de la silla para poder
acercarse más a Kayla—. ¿Acaso ha visto algún fantasma?
Por un momento, la pregunta le pareció extraña, pero entonces se dio
cuenta de que había encontrado a su alma gemela. Maribeth Glenn podía
convertirse en su primera y quizá única amiga.
—Aún no, pero debo admitir que estoy ansiosa.
—¡Sabía que usted debía ser una mujer que creía en todo esto! —Tronó
los dedos con fascinación—. Algo me lo dijo cuando la vi escuchando tan
atenta a las historias de Fiona.
—¿Me vio cuando llegué?
—Oh, sí, ustedes tres llamaban mucho la atención.
«Claro…» pensó la joven «Iba con Publio y Terry, es imposible que
alguien no vuelva la mirada cuando los tiene cerca a ellos».
—Si tanto le interesa el tema del tesoro, yo misma no he empezado a
investigar, así que podríamos hacerlo juntas.
—¡¿En verdad?! —La mujer lo gritó con tal entusiasmo y fuerza, que la
mesa cayó en el silencio y las miraron con extrañeza.
Kayla apretó los labios y trató de no sonreír, sobre todo al notar lo poco
que le importaba a la señora Glenn ser el centro de atención.
—Claro, me agradará tener una compañera.
—Mañana temprano estoy aquí mismo.
—Cariño. —La mano de un hombre fuerte se posó sobre la de la señora
Glenn y la apretó—. Trata de no incomodar a las personas.
—C-Claro… lo lamento, no me di cuenta que…
—Tan sólo recuerda lo que hemos hablado. —La cortó de inmediato y
prosiguió—: una mujer callada siempre será mejor que una hablando.
—Sí. Lo lamento.
—Le decía a su esposa señor que me encantaría que me acompañara
mañana para tomar el té —se introdujo Kayla.
El hombre perdió la amenaza que había mantenido en la mirada al estar
amonestando a su mujer y sonrió alegre al notar que la duquesa encontraba
agradable la presencia de la misma.
—Le será un gran honor acompañarla, excelencia, supongo que ya habrá
aceptado tan generosa invitación.
—Sí, hemos quedado desde temprano.
El señor Glenn asintió tranquilo y regresó a una conversación que le
pareció más interesante. Izek, por el contrario del otro caballero,
comprendió que esa amistad sería más que peligrosa y por tal motivo no
dejaba de mirarlas. La señora Glenn y su mujer compartían carácter y
fantasías y eso las hacía una mala combinación.
La cena pareció pasar con éxito, lo cual iluminaba dulcemente la faz de
Nimue, quien recibió las felicitaciones de todos los invitados al momento
de enterarse por los labios de la misma Kayla que había sido ella quien
organizó todo con estricta diligencia.
Todos estaban felices y tomaron de buen agrado y gusto que la nueva
duquesa admitiera su falta de talento para atender tales cosas, pese su
continuo esfuerzo por hacerlo. Por el contrario, Izek parecía enojado y
meditabundo, Kayla sabía que lo estaría, pero no comprendía por qué él
debía tomarlo tan mal, cuando todos parecían llevarlo de la mejor manera.
Los invitados se retiraron a eso de las doce, algunos marchándose del
palacio y otros pasando a las habitaciones, aceptando la hospitalidad de los
Buccleuch. Después una breve conversación con los que se quedarían bajo
el techo de los anfitriones, todos se retiraron, permitiéndole a los empleados
recoger y dejar todo listo para un nuevo día. Fue la pareja de recién casados
los que se rezagaron lo suficiente como para caminar en soledad por el
pasillo que los conducía a sus habitaciones.
—¿Y ahora por qué se ha disgustado conmigo? —Kayla decidió que era
mejor tocar el tema a permanecer en ese silencio incómodo.
—En un momento lo diré.
—¿Por qué no en este momento?
—Espera a que entremos a la habitación.
—¿Piensa guardar sus gritos para que sólo los escuche yo?
—Precisamente.
Kayla suspiró y rodó los ojos, sintiendo como él la tomaba del brazo
como precaución para que ella no echara una carrera y se encerrara en su
propia habitación.
«Hombre listo» sonrió la joven y aceptó ser llevada por él.
El duque los introdujo en la habitación que fuese de la duquesa y la soltó
cuando la puerta estuvo cerrada y asegurada.
—Bien. —Kayla se soltó de su agarre—. Puede gritar ahora.
—No gritaré. —Acercó su intimidante cuerpo a ella y la miró con toda
la fuerza de su briosa mirada—. No quiero que salgas con la señora Glenn.
—Eso no pasará.
—¿Disculpa?
—¿Qué quieres que te disculpe? Porque haz cometido muchos.
—No me refería…
—Sé que no, pero no lo haré, no dejaré de lado a la única persona que
me cae bien en todo este lugar.
—Apenas y conoces a alguien, no juzgues tan rápido.
—¿Qué tiene de malo la señora Glenn? Me parece agradable y su esposo
es amigo suyo.
—No es amigo mío.
—Lo invitó el día de hoy.
—Son negocios.
—¡Entonces véalo como un fortalecimiento de la alianza entre ustedes!
—Elevó sus brazos y los dejó caer con fuerza, haciendo que sus palmas
chocaran sonoramente contra sus costados.
—¿Es que no puedes hacer nada de lo que te pido?
—Cuando es irracional no. —Ella lo miró desafiante—. Deme un buen
motivo por el cual no deba seguir viéndola y lo haré.
—Si lo digo, es por algo.
—Entonces explíquelo para que lo entienda.
El duque parecía furioso por ser contradicho, pero no encontró motivo
alguno por el cual separar a su esposa y a la señora Glenn, al menos, no uno
que ella tomara como efectivo o racional. Izek dio media vuelta, furioso con
su esposa y cerró la puerta con una patada, haciéndose escuchar por toda la
casa.
—¡Agh! ¡Hombres!
Kayla le quitó importancia al asunto de su esposo y se colocó su
camisón y el negligé sobre su cuerpo sin despegar la vista de la puerta por
donde su esposo había salido, pensando que en algún momento volvería.
¡Pero qué pensaba! Ese hombre jamás daría un paso atrás.
Fue a meterse a la cama y se recostó en la almohada, enojada consigo
misma y aún más con el duque por hacerla sentir tan extraño. Era una muy
proscribe revoltura entre el odio y el anhelo.
«¡Bah! Es el beso, no debo dejar que me bese nunca más.»
Capítulo 12
Afortunadamente, Kayla cayó rápidamente dormida, al final de
cuentas, había sido una noche larga y pesada para ella, el sonreír y fingir
todo el tiempo era cansado. Muy por el contrario de su mujer, Izek seguía
despierto, con la mirada fija en el techo y los brazos debajo de su cabeza en
una posición relajada pero que en realidad era contenida. No alcanzaba a
comprender la razón de que ella le desobedeciese todo el tiempo, era como
si no encontrara razonable ninguna de sus palabras.
Debía admitir que su ultima petición para con la señora Glenn no tenía
justificación alguna, pero así había sido desde la primera vez que la vio, de
hecho, estaba seguro que, si ella pensara que podría tener éxito, ya hubiese
intentado volver a escapar.
Maldijo a lo bajo y se volvió boca abajo, aprovechando el lado fresco de
la cama y abrazándose a la almohada donde escondía su cara. Tenía que
encontrar la manera de separar a la señora Glenn y a su esposa, podría sólo
parecer una amistad, pero era inquietante la manera en la que congeniaban y
la curiosidad solía llevar a las personas a lugares que tal vez no deberían de
descubrir. Esas dos juntas serían un peligro para sí mismas y lo serían aún
más para la familia Buccleuch.
—¡Carajo! —Golpeó la cabecera con fuerza, haciendo que esta chocara
contra la pared. Se movió sobre la cama y volvió a quedar de espaldas,
mirando al techo—. Malditas mujeres.
Izek cerró los ojos para intentar atrapar el sueño, tenía que dormir al
menos unas horas, de no hacerlo, su humor empeoraba y eso no serviría de
nada si es que quería convencer a su mujer de desistir de una amistad que
pensaba mantener con aún más ganas al notar que a él le desagradaba.
Sus músculos apenas comenzaban a relajarse, cuando de pronto el grito
lejano de un hombre lo hizo saltar de la cama y mirar hacia los lados
extrañado. Parecía Sloan peleando con otra persona.
—¡Ey, detente! —gritaba el mellizo—. ¡¿Qué demonios?!
Izek tomó su bata y salió al pasillo al comprender que de ahí venía el
grito. Pero nada lo preparó para lo que vería a continuación.
El duque no sabía si reír o enojarse, parecía ser que alguien había puesto
a su esposa en una trampa de sábanas, ella permanecía en el interior,
mientras Sloan trataba de romper la soga que mantenía las puntas de la tela
juntas.
¿Cómo alguien no podía notar que era atrapada de esa forma? Tuvo que
sentir algo al menos, el grito de su hermano fue el que dio el aviso y él no
había escuchado nada durante toda su noche de insomnio, ni siquiera un
quejido por parte de ella.
—¿Qué demonios sucede? —Izek se acercó a su hermano, quien en ese
momento cortaba la soga y liberaba a una inconsciente mujer—. ¿Cómo
carajo llegó hasta aquí?
Izek se adelantó y la tomó entre sus brazos, recostando la cabeza de su
mujer contra su hombro para lograr hablarle y moverla un poco, tratando de
despertarla, pero ella apenas y se inmutó ante el ajetreo y simplemente se
acomodó en él para seguir en medio de su sueño.
—Izek… —susurró Kayla, aprisionando en su puño la bata del duque—.
Me duele muchísimo.
—¿Dónde? ¿Dónde duele? —Pidió el duque, pero ella volvió a caer
desmayada en sus brazos.
—No creo que ella pudiera hacerse esto a sí misma. —Sloan elevó la
soga, mostrándosela a su hermano—. Estaba amarrada por fuera, alguien
pretendía llevársela, quizá le dieron algo para dormir o la golpearon.
—¿Quién podría querérsela llevar? ¿Por qué razón? —Negó Izek—. No
tiene sentido alguno, ¿Quién podría atreverse a tanto?
—Bueno. —Sloan observó a Kayla, quien seguía inconsciente entre los
brazos de su hermano—. Alguien que no te tiene miedo.
Los ojos de Izek se mostraron ofendidos y llenos de rabia, no estaba
acostumbrado a que alguien se atreviera a faltar contra él. Tenía una
reputación, una que muchos no se atreverían a cuestionar, ¿Cómo podía ser
que en su propia casa…?
—Está sangrando. —El duque pasó sus ojos por el cuerpo de la mujer
inconsciente, sin saber de dónde provenía el líquido escarlata. No pretendió
esconder su ira al pensar que alguien podría haberle hecho un daño
irreparable —. Llamaré a un médico.
—Sloan. —El hombre se volvió para ver a su hermano con ojos
inquisidores—. ¿Cómo te diste cuenta?
—Iba pasando.
—¿De dónde?
Sloan negó levemente y se cruzó de brazos antes de lucir una preciosa
sonrisa en los labios. Su palidez escalofriante y la negrura de sus cabellos se
acentuaban más debido a la luz de la luna.
—¿Me culpas a mí? —Negó Sloan.
—Es una pregunta que le haría a cualquiera.
—Y ya te la he respondido. —Los hermanos se miraron intensamente
por varios segundos—. Bien, iré por el médico, ya que tu encuentras más
interesante pelearte conmigo que saber de dónde sangra tu mujer.
Izek le dio la razón y se agachó hacia su esposa, quien seguía
inconsciente y en sus brazos.
—Ve por el médico.
Sloan asintió y se marchó de ahí sin dirigirle otra mirada a su hermano,
quien en esos momentos tomaba a su esposa en brazos y la llevaba de
vuelta a su recámara. Si no fuera por la ausencia de la duquesa y su sábana,
la habitación parecería la misma de siempre, tranquila, cálida y perfumada.
—¡Arnold! —gritó el duque sin importarle nada, dejando a su esposa en
su cama y saliendo al pasillo—. ¡Arnold!
—Ay, Dios. —Se quejó la joven en la cama—. ¡No grite!
—Ey —Izek se acercó casi corriendo y le tomó la cara para inspeccionar
sus ojos—. ¿Dónde duele?
—Mi cabeza… —Ella se llevó una mano hacia su dolor, encontrando
sangre en el lugar y desmayándose segundos después.
—Tranquila… pronto vendrá el médico —susurró, moviendo
ligeramente la cabeza de su esposa para ver la herida.
No parecía profunda, ni tampoco de gran gravedad, pero seguro que
debía de dolerle como los mil demonios. Internamente agradeció que la
sangre proviniera de ahí y no de cualquier otro lado de su cuerpo que
indicara otro tipo de abuso a su persona.
—¿Izek? —Nimue entró a la habitación—. ¿Qué ha pasado?
—Busca a Arnold. Pronto. —Ordenó.
La melliza dio un brinco en su lugar y se apuró a correr hacia la
habitación cercana del señor Arnold. Su hermano parecía alterado y Kayla
malherida, ¿Sería que el mismo Izek la había lastimado?
—¡Señor Arnold! —Nimue entró a la habitación, pero no vio a nadie en
el lugar. La cama tenía las sábanas estiradas y la estufa estaba apagada,
provocando un escalofrío en el cuerpo de la joven—¿Señor Arnold?
—¿Me buscaba? —La joven volvió la mirada hacia la puerta, por donde
pasaba el hombre que era la mano derecha de su hermano.
—¿Dónde estaba? —Frunció el ceño—. Es tarde para dar paseos.
—No para mí, señorita Nimue, ¿Qué sucede?
—Mi hermano lo manda llamar.
—Entiendo, gracias, iré en seguida.
Nimue revisó con cuidado el atuendo descuidado del señor Arnold.
Parecía haber estado en el bosque, tenía las botas llenas de fango y la ropa
estaba mal acomodada, tenía las mejillas sonrojadas del frío y no había ni
una pizca de sueño en sus ojos, seguramente no había planeado dormir
hasta ese momento en el que regresó.
—¿Algo más? —Arnold la sacó de sus pensamientos de forma tan
brusca, que la mujer incluso dio un pequeño brinco.
—No. —Nimue notó el disgusto en la voz del normalmente alegre
hombre. Parecía fastidiarle el hecho de que ella lo atrapara en una situación
extraña—. Iré a ver en qué más puedo ayudar.
Arnold observó con detenimiento la salida y se apresuró a cambiarse
para ir a la recámara del duque, donde parecía haber sucedido algo.
El médico había llegado y dio el visto bueno a la herida de la duquesa,
diciendo que no era nada de qué preocuparse y estaría bien pronto. Un
simple medicamento e hidratación serían suficientes para que se encontrara
bien pronto.
Izek había mandado a todos los chismosos a descansar y se quedó en la
habitación de su esposa con la única compañía de Arnold, quien observaba
extrañado la habitación, buscando una explicación a lo que le había contado
el duque hace unos momentos.
—No puede venir de fuera, alguno de los hombres vigías se habría dado
cuenta Izek, tiene que ser alguien de adentro.
—Tenemos invitados esta noche. —Izek se rascó la cabeza.
—Lo sé. —Se mostró más complicado—. Bueno, no tengo idea por qué
querrían secuestrar a tu esposa, pero fue un movimiento arriesgado.
Esperemos que ella recuerde algo cuando despierte.
—Lo siento... —La voz de Kayla parecía amortiguada en dolor—. Pero
no recuerdo nada, debieron golpearme cuando estaba dormida.
El duque se acercó para ayudarla a sentar como ella deseaba, tomó con
cuidado la mejilla de su esposa, guiándola hasta hacerla descansar en su
hombro para poderle dar las medicinas y algo de agua con mayor facilidad.
—¿Cómo te encuentras?
—Me duele. —Aceptó y lo miró intrigada—. ¿Por qué alguien me haría
esto? Apenas y conozco a nadie.
—En todo caso, se lo quieren hacer al duque, se lo aseguro.
—No me deja más tranquila que me utilicen como carnada. —Ella
guardó silencio, reflexionando lo acontecido—. ¿Cómo sabrían que
dormimos separados esta noche?
Izek también se había hecho esa pregunta. Pese a que alguien los
escuchara discutir, había sido bastante arriesgado entrar en la habitación con
la probabilidad que existía de que el duque se encontrara con su esposa y se
diera cuenta de lo que sucedía. La cosa era que, aunque él estaba a unos
metros de distancia, tampoco escuchó nada que lo alarmara.
—No lo sé. —Suspiró el duque y miró a su amigo, transmitiendo en
silencio sus órdenes—. Será mejor que durmamos un poco.
Arnold asintió y salió en dirección contraria a la de su habitación.
—¿A dónde lo has mandado?
—Ven, vámonos de aquí. —Izek la tomó en brazos, ignorando por
completo su pregunta anterior.
—Izek, ¿A dónde has mandado al señor Arnold?
—Izek, ¿eh? —La miró a los ojos con una mirada chispeante—. ¿Ahora
ya me tuteas? Debo decir que me agrada.
—¡Bueno, es usted mi esposo o no!
—En teoría lo soy, pero no del todo.
Kayla entrecerró los ojos, volviendo la cara hacia cualquier otro lado
para no ver las comisuras curveadas de su marido, era claro que a él le
parecía sumamente divertido burlarse de ella.
—Está bien, si no quiere contestarme…
—No. No quiero, debiste notarlo desde el principio.
—¿Es que no me tiene ni una consideración? Es a mí a quien golpearon
y arrastraron por los pasillos, ¿o es que no lo recuerda?
—Lo siento. Pero jamás he sido de los que brinda su confianza de la
nada, apenas te conozco, ¿recuerdas?
—Sí —dijo cabizbaja—. Claro que lo sé.
Izek suspiró y se arrepintió de sus palabras.
—Sé que pensaste que sería diferente, pero las cosas no siempre salen
como uno quiere y hay que aceptarlo con la cabeza en alto.
—Es lo que intento, pero usted lo hace todo muy difícil.
—Lo sé. Tú tampoco eres un terrón de azúcar.
—No, eso también lo sé.
Izek la acomodó con cuidado en la cama, arropándola con sábanas y
cobijas, para después irse a recostar de su lado, ambos permaneciendo boca
arriba, mirando el mismo techo.
—Está por amanecer. —Kayla miraba hacia la ventana—. Me parece
que no he dormido nada.
—Te excusaré con los invitados.
—No quisiera que lo hiciera.
—¿Por qué? —Se volvió hacia ella—. Pensé que querrías dormir.
—Sí, pero… —Miró a su alrededor—. La verdad, tengo miedo.
—Entiendo. —Se colocó sobre su espalda nuevamente y dejó salir el
aire, no queriendo hacer la siguiente pregunta—: ¿Es que quieres que me
quede a hacerte compañía?
—¿Noté dolor en su tono?
—Me estoy esforzando.
—Buen intento —asintió divertida, pero aquello provocó dolor.
—¿Estás bien?
—Sí, sí. —Apartó las manos que intentaban ayudarla—. No soy una flor
delicada, no es la primera vez que alguien me golpea.
—Jamás podría pensar en ti como una flor. —Admitió Izek.
—Vaya, pero miren quien ha decidido volver a los insultos.
—No quería insultarte, me refería a que no eres delicada.
—¡Genial! ¡Sigues mejorando!
Izek dejó salir una pequeña risa por la nariz y negó.
—Sabes lo que quiero decir.
—Soy hija del hombre siniestro, si alguien pensara que soy delicada,
sería porque es un completo idiota.
—Aunque… —La miró—. Tú lloras, te molestas y tienes una variada
gama de sentimientos que no te incomodas en ocultar.
—Eso no me hace débil, me hace una persona.
—Sí, pero a lo que sé, las águilas no pueden mostrar emociones.
—Yo no soy un águila, nací siendo hija de la persona equivocada.
—¿Por qué lo dices?
—Bueno… de los hijos de mi padre se esperan ciertas cosas que yo fui
incapaz de cumplir. Soy más parecida a mi madre.
—Yo creo que entonces has cumplido con ser una hija. Los padres y sus
hijos no deben ser iguales.
—Eso pienso, el resto del mundo no.
Ella parecía realmente triste con ser una aparente decepción para el
mundo. Compartían eso en sus vidas, la suposición de que eran iguales a
sus padres carcomía el alma de las personas, fueran por altas o bajas
expectativas, terminaba siendo dañino. Izek buscó la mano de su esposa en
la cama y, cuando la encontró, se la llevó hasta sus labios, colocando un
ligero y dulce beso en su dorso.
—¿Y eso por qué fue? —trató de mirarlo, pero la cabeza le dolía.
—Bueno, creo que fue empatía, entiendo lo que dices.
Ella sonrió a su lado y repentinamente se sintió cómoda con él.
—¿Puedo hacerle una petición?
—Tus cosas de arte llegarán pronto. —Trató de evitar.
—No, eso no. No es nada de comprar.
—Tampoco la llevaré a que haga sus necesidades.
—¡No! —Ella soltó una carcajada—. Aunque eventualmente lo hará, no
podrá hacer que Bonnie venga cada que tenga que ir al baño.
—Lo ordenaré así.
—Que malvado. Como decía, no era eso, es otro tipo de petición.
—Vale, ¿Qué quieres?
—Quiero que me vuelva a besar.
Izek giró su cabeza, mostrándose impresionado. Lo dejó helado el hecho
de que se sintiera tan tranquila y en confianza con él. Sobre todo, cuando
estaba haciendo una petición tan escandalosa para una dama que en teoría
era pura y recatada. Aunque si se pensaba bien, Kayla podría ser inocente,
pero tenía una curiosidad innata.
—¿Por qué quieres eso?
—Comprobar algo. —Se inclinó de hombros.
—¿Qué, exactamente?
—Usted siempre se guarda las cosas, ¿no puedo hacer lo mismo?
—No. Me estás pidiendo que te bese, es diferente a cualquier otra
situación que hayamos tenido.
—¿Qué no es normal que los esposos se besen?
—Y que hagan mucho más, pero creo recordar que tú no querías que ni
me acercara. —Elevó ambas cejas.
—Bueno, pero ya lo incumplió en el jardín, no veo por qué se altera
tanto. —Izek se dio cuenta que tenía razón, estaba alterado.
—¿Es que acaso te gustó lo que sentiste? —Intentó burlarse, quizá así
ella retiraría la petición.
—Sí, en realidad fue agradable, creo que usted lo encontró igualmente
fascinante, casi quería llevarse con usted mis pulmones.
Izek se apoyó en su codo y la miró intensamente.
—¿Sabes por qué lo quiero evitar, Kayla? —Ella se sorprendió al
escuchar su nombre en los labios de su esposo por primera vez—. Porque
tenerte acostada en mi cama, siendo mi esposa y pidiéndome que te bese,
sólo me hace pensar en continuar con ello hasta llegar a los límites que
pediste o más bien exigiste que no sobrepasara.
—Estoy lastimada.
—Sé que así es, pero si ya tienes curiosidad por el beso, quiere decir que
quizá estés abierta para algo más.
Ella entrecerró los ojos y negó levemente al comprender el trasfondo de
sus palabras. Sonrió con tristeza y miró hacia el techo.
—Ya está pensando en que al fin nuestro matrimonio sería real ¿Cierto?
Ya no está concentrado en mí, sobre su cama, pidiéndole un beso; sino en lo
conveniente que sería que por fin cediera.
Izek dejó salir el aire. Debió haberla besado y listo.
—Es verdad. Pienso en ello porque es algo que debe pasar.
—Tenemos poco de conocernos.
—Ese asunto se resuelve el mismo día que uno se casa.
Kayla asintió y lo miró.
—¿Jamás me iré?
—No, nunca lo permitiré.
Ella cerró los ojos, sopesando aquello.
—¿Y si lo odiara?
—Muchos matrimonios se odian.
—Y si gritara y blasfemara todo el tiempo.
—Puedo salir de casa.
—Y si no le permitiera tomarme jamás.
—Sabes que es algo que no me puedes negar por siempre, tengo derecho
sobre ti, sobre tu cuerpo…
—Suena tan estúpido. No soy un pedazo de terreno.
—Sé que no.
—Así lo hace parecer.
—Pero no lo pienso así.
Kayla volvió los ojos hacia él y suspiró.
—Entonces… deberíamos hacerlo. Eso, cerrar el trato.
—¿Lo dices en serio?
—¿Tengo opción?
El duque guardó silencio por unos segundos—: No.
—Entonces, ¿para qué lo pregunta?
—Quería estar seguro.
Ambos se quedaron callados por un largo momento. Kayla incluso
comenzaba a quedarse dormida, cuando de pronto sintió un peso sobre su
pecho, obligándola a abrir los ojos sólo para alcanzar a ver al hombre que se
inclinaba sobre ella y la besaba intensamente.
La herida en su cabeza le lanzó una advertencia, pero prontamente fue
ignorada y hasta olvidada cuando las manos de Izek se pasearon por su
cuerpo hasta tomar los tirantes del camisón, apartándolos con delicadeza
para después agacharse y besarle los hombros descubiertos, el inicio de su
pecho y su cuello expuesto. Kayla no pudo evitar dejar salir un pequeño
suspiro que llegó a los oídos ambiciosos de Izek, quien sonrió y volvió a
besarle los labios, subió una mano hasta su mejilla y contorneó con un dedo
los labios enrojecidos, abriéndolos ligeramente para hacer aún más intensa
la caricia, profundizando en la cálida apertura con la que ella le permitía
jugar y mordisquear.
—Creo que cuando te recuperes y comprendas qué es lo que has estado
evitando con tanto pudor —la miró a los ojos, mostrando un brillo divertido
y malicioso, claramente emocionado con sus palabras—, no lo encontrarás
tan abominable como ahora te lo maneja tu cabeza.
—Usted no sabe que hay en mi cabeza, señor. —Sonrió perversa—.
Quizá le sorprendería más de lo que piensa.
—Me fascinaría que así fuera.
Esa noche, el duque se dedicó a besarla, le enseñó las formas diversas en
las que un simple beso podía ocasionar un dolor en el pecho y sensaciones
incontrolables en el estómago. Se besaron por horas, se acariciaron
insinuantemente, pero sin llegar a propasar la fina línea de la simple y
excitante seducción.
Kayla sentía escalofríos recorrerle el cuerpo, le gustaba tocar al duque y
le gustaba aún más que él la tocara. Quizá era la razón por la que había
cedido con tanta facilidad a que le hiciera el amor, quizá no sólo era porque
se sentía atrapada, en realidad lo deseaba, se encontraba tan presa de su
curiosidad y de un deseo incomprensible, que poco le importaban los
motivos del duque para estar con ella.
Claro, no sabía si se sentiría de la misma manera por siempre.
Capítulo 13
Kayla estiró los brazos al momento de despertar, ese sería su tercera
semana durmiendo junto a su marido y quizá sería una nueva noche en la
cual él no la tocaría, ni siquiera de la forma más inocente. Por alguna razón,
después del accidente, Izek estaba fuera de casa todo el tiempo y tampoco
era normal ver al señor Arnold.
La primera semana que sucedió, Kayla pensó que era por negocios, la
segunda, que había problemas, y la tercera comprendió al fin que la estaba
evitando. Claramente esa debía ser la razón, el duque se ocupaba todo el día
y llegaba a casa tarde en la noche, cuando ella estaría dormida y se podía
deslizar en la cama en completo silencio para no perturbar sus sueños.
Kayla, sin embargo, como si su instinto le indicara cuando él llegaba, abría
los ojos en medio de la madrugada, topándose con el rostro durmiente del
duque muy cerca de su rostro, siempre inclinado hacia ella, pero sin estar lo
suficientemente cerca para sentir su respiración.
Para ese momento, comenzaba a impacientarse, pese a que dijo que no
era algo que quería, Izek provocaba en ella una sensación de excitación,
incluso cuando sólo se encontraba dormido a su lado. Algunas veces,
cuando se despertaba a media noche, Kayla solía acercarse a él para
someterlo a una minuciosa inspección que la llevó a la comprensión de las
diferencias entre sus cuerpos. El duque no mintió cuando dijo que tenía el
sueño pesado y por eso se permitía la osadía de acariciarlo con libertad.
Para ese momento podía decir que lo conocía mucho mejor ella que él.
—Buenos días —Kayla se percató en ese momento que el duque seguía
en la habitación, pero a juzgar por sus rápidos movimientos, no pensaba
permanecer por mucho tiempo—, ¿Piensas salir hoy?
—Sí, ¿Por qué? —Izek ya estaba levantado y casi completamente
vestido. Ni siquiera la miró cuando le habló y siguió colocando ropa sobre
su cuerpo—. ¿No te entretienes lo suficiente con tus cosas de pintura y la
señora Glenn? La señora Campbell me ha dicho que te la pasas en tu
estudio día y noche. Está enojada por verte usar pantalón, por cierto.
Kayla se apuró en mostrar su fastidio ante el nombre de la mujer, pero
trató de volver a enfocarse en la conversación.
—Me son reconfortantes, aunque el conocerlo más a usted me ayudaría
a no querer aventar por la ventana a sus hermanos en venganza por la
crueldad que me han hecho.
Izek la miró y dibujó una sonrisa sin dientes.
—Estoy ocupado ahora.
—¿Con qué? —Ella se sentó—. ¿Qué es a lo que hace?
—No te interesaría.
—Por algo lo estoy preguntando.
El duque colocó su saco y se miró en el espejo, considerando
desafortunado el oído refinado de su mujer. Por más silencioso que fuera,
ella lograba escucharlo con el más mínimo sonido, incluso si sólo se estaba
deslizando fuera de la cama para ir al baño.
—¿Quieres algo?
—Izek —suspiró cansada—. Por favor, dijiste que…
—Lo sé. Lo haremos —se acercó y le acarició la mejilla—, pero por
ahora no tengo tiempo y estoy cansado.
—¡Si no me refería a eso!
Él sonrió con satisfacción, alejándose de ella.
—¿No? Entonces, ¿A qué?
—Pensé que trataría de que este matrimonio no fuera una prisión.
—Te doy todas las libertades que deseas, siempre estás con la señora
Glenn, van de arriba para abajo en la propiedad, pides ir a la capital a
escuchar ópera y ver ballet, pintas todo el día y hasta usas pantalones
cuando haces esas esculturas tuyas…
—Sí, supongo.
Ella bajó la cabeza, era claro que él no comprendía. ¿Cómo le resultaba
tan fácil olvidar las caricias que compartieron? Con el sólo recuerdo, Kayla
sentía una agradable sensación subiendo desde la punta de los pies hasta su
cabeza. Pero claro, él era hombre, no sería la primera vez que
experimentara algo como eso. Cerró los ojos. Pero qué pesadilla era ser la
que deseaba y anhelaba.
—No te pongas a darle vueltas a las cosas. —Izek le aventó un cojín en
la cara, sonriendo ante su incredulidad, tratando de relajar el ambiente—.
No quiero ser insensible con el tema, no estoy mintiendo cuando digo que
estoy ocupado.
—No se preocupe, yo también estoy ocupada.
—¿Ah sí? —El hombre peinó su cabello con los dedos y la miró por el
espejo—. ¿Con qué?
—Bueno, estoy haciendo varios cuadros, probablemente los llevaré a la
galería de mi maestro, en Londres.
—No te irás de aquí, te lo dije.
—Pero…
—No. —La miró—. Es final.
—¿Por qué tiene que ser así?
—Eres mi esposa, tu lugar es a mi lado.
Ella rodó los ojos y se cruzó de brazos.
—Tiene miedo de que nunca vuelva ¿cierto? Si yo logro pisar Londres,
entonces me libraría de usted.
—Tu pensamiento tiene varios errores: en primer lugar, yo puedo ir a
Londres sin ningún problema; en segundo, no tengo miedo de nada y en
tercera, eres mi esposa y si digo que te regresas conmigo estés en Londres,
París o España, te vienes conmigo.
—Es un bruto y un bárbaro.
—Sí. Pero esta pelea inició porque querías que este bruto y bárbaro
pasara más tiempo contigo, incluso quizá sólo te interese el tema que
concierne a esta cama en especifico.
Kayla se puso en pie de un brinco y le asestó una fuerte bofetada que le
volteó la cara, dejándolo sorprendido por varios segundos. La joven no se
quedó a mirar y trató de salir de la habitación, siendo retenida rápidamente
por los brazos de su esposo, quien la regresaba sobre sus pasos y se
encerraba con ella de regreso en la recámara.
—¡Ya basta! ¡Suélteme! —gritó la joven.
Ella se zafó de su agarre y corrió de nuevo hacia la puerta que conectaba
con la otra habitación, pero él colocó una mano fuerte sobre la madera e
impidió que la abriera. La tomó de la cintura y la presionó con la pared,
acercándose a su cuello para poder olerla, incluso era capaz sentir su
asustado corazón latiendo a través de su espalda, golpeando contra su
pecho. Era una mujer hermosa y con ese camisón lucía encantadora.
—Muy bien, ya basta de esta mierda —dijo enronquecido.
Hizo fuerza, levantándola por la cintura, provocando un griterío en
medio de patadas alocadas. Kayla ahora sí que tenía miedo, el duque
parecía enfurecido y en sus ojos no había piedad, fue bastante claro que
pensaba hacerle algo cuando la aventó sobre la cama y la arrastró de regreso
al momento en el que intentó huir. Izek prácticamente la aprisionó contra la
cama, sostuvo sus muñecas con una mano, inmovilizándola para poder
asestarle un beso cargado de fiereza y descontrol.
—Lo siento, lo siento… —Kayla trató de detenerlo cuando él por fin
soltó sus labios y siguió por su cuello, pero el duque parecía ajeno a su voz
cargada de miedo. La joven trató de quebrantar los toques agresivos, pero el
duque, sin permitirle moverse siquiera, rompió la tela del camisón en medio
de su desenfreno. Entonces Kayla se vio en la necesidad de gritar entre
lágrimas—: ¡Lo siento! Mi lord…
Izek se detuvo y soltó el agarre que mantenía sobre las manos de su
esposa, buscándole la mirada al escuchar su desesperación.
La encontró asustada, cubriendo sus pechos con los brazos, el camisón
roto y él sobre su pequeño y trémulo cuerpo. «¡Mierda!» pensó el duque. Su
hermana tenía razón, hacía demasiado tiempo que no se permitía tener el
estímulo y el goce que brindaba la intimidad. Por mucho tiempo se logró
contener y hasta olvidar del tema del placer. Pero con Kayla no lo podía
evitar, le resultaba condenadamente fácil excitarse con su impertinente y
atrabancado proceder. Esa era la misma mujer que tenía bajo su cuerpo a la
fuerza y que temblaba como cachorro.
La cosa era, que jamás lo habían desafiado hasta ese punto, mucho
menos alguien del género opuesto. Ni siquiera Nimue se animaba a tanto,
pero Kayla… Kayla hacía lo que quería, cuando lo quería. Muy a
diferencia de las mujeres que contrataba o con las que se acostaba
normalmente, que eran más bien sumisas, dulces y delicadas; su mujer era
bravía, indómita e incluso se atrevería a decir que lujuriosa en medio de su
inexperiencia.
Él la insultó y ella lo golpeó, como debía ser, como haría cualquier
hombre ante una ofensa. Aquello logró que el duque perdiera la cabeza por
ella, lo hacía fantasear con que suplicara, que lo deseara, que gritara por
él… pero la estaba asustando, tenía la mirada llena de pánico.
—Ey, Kayla —le rozó la mejilla—. Vamos, mírame, déjame ver tus
impresionantes ojos verdes.
Ante el tono relajado y la falta de movimientos bruscos, Kayla volvió el
rostro, seguía asustada y queriendo echar a correr, pero el mismo miedo la
hizo permanecer inmóvil; aún sentía su peso y sus manos sobre su cintura,
aprisionándola contra la cama para que no hiciera ningún movimiento
estúpido que los llevara a lo de hace un momento. Al menos ya tenía las
manos libres, así que se concentró en cubrirse y formar una barrera para que
no estuviera tan cerca.
—Te asusté, eres joven e inocente, debo tener cuidado contigo, lo sé. No
volverá a pasar, lo prometo.
—Yo… —Un temblor la interrumpió.
—¿Quieres seguir? —le dijo tiernamente.
Ella sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿N-No había dicho que iba a salir?
—Al diablo con eso, ¿Quieres seguir?
Kayla cerró los ojos nuevamente, quiso meditarlo por unos momentos,
pero quizá se malinterpretó como rendición, porque volvió a sentir los
labios de Izek sobre ella, en esa ocasión con más tiento y cariño,
recorriendo lo largo de su cuello mientras colocaba besos suaves y
relajantes que le daban escalofríos.
—N-No me va a lastimar, ¿verdad?
—No… —susurró—. No quiero hacerlo.
—Y para esto… esto tiene que pasar, ¿verdad?
—Sí, tiene qué.
Ella descubrió sus pechos, pero actuó rápido y lo abrazó con fuerza que
lo desequilibró, provocando que el duque dejara caer su peso sobre ella.
Kayla sintió que el aire se iba de golpe de sus pulmones, sabía que era un
hombre corpulento, pero no imaginó que pudiera ser tan abrumador.
—¿Estás bien? —Izek se levantó sobre sus codos y la recorrió con la
mirada, cerciorándose de que no la hubiese lastimado
—Estoy bien. —Aseguró—. Deje de mirarme así.
Izek sonrió y le acarició los labios con el pulgar.
—No seas tan impulsiva, puedo lastimarte, si algo no te agrada o te
incomoda, será mejor que me lo digas con palabras.
—Entiendo.
—¿Por qué me abrazaste así?
—No quiero que me vea desnuda.
—Eso será imposible.
—¿Tiene que verme a fuerzas?
—Bueno… sí.
—Me da vergüenza. —Admitió.
—Será esta primera vez, verás como me vas tomando confianza.
Ella lo miró con determinación y sonrió de lado.
—No soy dada a depositar mi confianza de la nada, mi lord. Lo conozco
de apenas unos días.
Izek dejó salir una carcajada al recibir sus propias palabras en su contra,
como una espada que lo atravesó, dejándolo sin vida.
—Entiendo, tienes razón, pero en esto tienes que tenerme la confianza
en todo momento.
Ella simplemente asintió y bajó sus ojos, dándose cuenta que él estaba
completamente vestido para llevar a cabo su día, mientras ella tenía un
camisón roto sobre su cuerpo. Kayla se incorporó un poco y comenzó a
desabrochar el chaleco sin decir una palabra ante la atenta y hambrienta
mirada de su marido, quien permitía que ella se aventurara con los botones
para dejarlo desnudo.
Izek aceptó que ella quitara la ropa de sus hombros y se levantó un poco
cuando se vio en la necesidad de sacarse la camisa. Debía admitir que tenía
un poco de temor de soltarla y que ella saliera corriendo. Sin embargo,
Kayla simplemente volvió a cerrar su camisón roto y se sentó sobre la
cama, atenta ante los movimientos del hombre que se desnudaba frente a
ella con hechizante lentitud. Izek comprendió que deseaba verlo mientras se
desvestía, lo cual se había convertido en una forma desconocida para
enardecerlo, no tenía idea que los ojos de una mujer pudieran resguardar
tanta picardía y deseo como los de su esposa.
El duque quitó de su cuerpo las piezas faltantes del traje que traía
puesto, permitiendo que la ropa se amontonara junto a la cama mientras la
palidez de su cuerpo se revelaba ante los ojos ansiosos de su mujer, quien
comenzaba a sonrojarse, sin embargo, no apartaba la mirada. Observaba sin
miedo ni remordimiento el cuerpo del hombre frente a ella.
—Eres hermoso.
—¿Hermoso? —Izek dejó salir una risa inconforme y la miró con
molestia fingida—. Un hombre no es hermoso.
—Soy artista, así que a mi me parece hermoso… pero si se ve herida su
hombría, entonces le diré que es apuesto.
—Lo prefiero. —Izek sonrió y terminó de sacarse su ropa, dejándola
momentáneamente sin aliento.
Ella había visto frescos y esculturas en las que se mostraba al hombre
completamente desnudo, pero ahora que lo pensaba, parecía ser que los
artistas se moderaban bastante en su arte y entendía la razón. No quería
imaginar como se vería una iglesia decorada con la anatomía verdadera y
natural de un hombre en su máximo esplendor.
Se avergonzó por no poder apartar la vista, incluso cuando él rio, no
pudo hacer otra cosa más que cerrar los ojos y los labios para reprimir el
susto que sentía en su interior. Lo miró avergonzada, pero Izek no permitió
que le mostrase debilidad o titubeo, puesto que se presionó contra su cuerpo
y la besó sin control alguno.
El duque suspiró agradecido por el calor del cuerpo de esa mujer y se
giró para dejarla sobre él, quitándole el camisón roto y apretándola con
fuerza, sintiéndola en su totalidad y, sin permitirle distraerse de los besos
que le daba, volvió a rodar sobre ella.
Kayla dibujó con los dedos sobre el cuerpo de su marido, quien no le era
tan desconocido por sus anteriores exploraciones mientras él estaba
completamente dormido. Se divirtió en pasar sus dedos suavemente por el
bien formado cuerpo y sonrió cuando él no podía evitar suspirar sobre sus
labios para inmediatamente después volverla a besar.
Estaba mal, no deberían estar haciendo ese tipo de cosas cuando el día
estaba por entrar por las ventanas, pero a ninguno de los dos parecía
importarles en demasía y simplemente se dejaron llevar por las emociones
que los dominaban en esos momentos.
«Los artistas son personas apasionadas» comprendió Izek, quien más
que rechazarlo, lo agradeció.
No había nada que Kayla no hubiese tocado en su cuerpo, todo parecía
darle curiosidad y no tenía vergüenza en demostrarlo. Él se lo permitía así,
no se negaría a que las manos suaves pero firmes de su esposa lo
recorrieran de la forma en la que ella quisiera. Mientras tanto, él se
encargaría de hacerla suspirar a su forma, de besarla de las maneras en las
que jamás creyó posibles, de llevarla al borde de la locura y traerla de
regreso una y otra vez hasta que la sintiera preparada para lo que sería su
verdadera unión.
Pasados los momentos preliminares y el nerviosismo, Kayla había
olvidado todo y se dejaba llevar por las manos sabias del hombre que no
había hecho otra cosa más que darle un placer continuo y que parecía no
tener fin. Pero faltaba algo, lo sabía y, por alguna razón, lo esperaba.
—Izek… —Estiró los brazos para que él regresara el abrazo.
—¿Qué ocurre? —le besó los labios y el cuello.
—Es de día ya.
—Lo sé, pero aún es temprano.
—Me avergüenza que alguien nos pueda escuchar.
—Entonces, habrá que terminar con ello. —La observó atento y le
acarició la mejilla con ternura—. ¿Continuo, Kayla?
Los ojos negros estaban iluminados con pasión, con el deseo y con la
completa satisfacción. No sabía por qué, pero provocaba una sonrisa en
Kayla, una que rápidamente se instaló en el semblante de su esposo, quien
comprendió que era una aceptación y se acomodó sobre ella, haciendo los
movimientos pertinentes para convertirlos en marido y mujer.
Ella chistó de pronto y frunció el ceño, moviéndose contra el colchón
para evitar el toque progresivo y abrumador que le estaba quitando el alma
y la respiración; pero fue un acto imposible, porque el duque parecía
pegado a ella, simplemente la seguía.
¿Podían dar marcha atrás en esos momentos?
—Bien Kayla —le tomó la barbilla y la hizo abrir los ojos para que lo
mirara a él—. Tranquila, no te tenses.
—Es que…
—Sí, lo sé. —La besó—. Trata de relajarte.
—¿Cómo podría relajarme? No tiene idea lo que se siente.
—Es verdad —sonrió. Pero qué clase de mujer era con la qué se había
casado—. Aún así, lo único que puedo decirte es que te relajes.
—¿S-Siempre será así de… difícil? —dijo abrumada y con voz
entrecortada ante su propio esfuerzo.
—Sshh… confía en mí.
Ella intentaba seguir confiando en él, pero el problema era que no se
detenía y Kayla ya quería gritarle que se quitara de encima, cuando de
pronto, se pegó al completo a su cuerpo en un abrazo, quedándose inmóvil
por fin y besándola dulcemente.
—¿Estás bien?
—No me siento del todo yo.
—Es que ya no eres sólo tú.
—Ah… ya, comprendo. —Lo contempló perversa y sonriente,
abrazándolo con determinación—. Ahora eres mío ¿Verdad?
—¡Mierda! —Izek se quejó y cerró los ojos.
—¿Qué? ¿Estás bien?
—No puedes decir esas cosas sin esperar que…
—¡Ay! ¡Izek, espera! —presionó sus dedos sobre los hombros de su
esposo y lo miró suplicante—. Espera…
Pero Izek no lo hizo, sabía que al principio le sería incómodo, pero
tendría que acostumbrarse al movimiento de un momento a otro y lo hizo.
Por todo lo bueno qué lo había hecho, incluso ella lo incrementaba y lo
pedía a gritos. Era una mujer fantástica, lo dejó completamente satisfecho
pese a que pensaba entregarle esa primera vez a ella, a sus deseos y a sus
direcciones. Al final él mismo había disfrutado como un loco. De no ser
porque se quedó dormida y era obvio que no podía abusar de sus primeras
veces, la hubiese tomado el día entero y la noche también.
Acomodó a su esposa sobre su pecho y dejó que se relajara en él, su
dulce rostro en un estado pacífico y relajado. Izek trataba de seguirla en los
sueños, pero en su cabeza no había más que deseo de volver a iniciar las
caricias amorosas, quizá si la esperaba lo suficiente, sus ojos volverían a
abrirse y él podría actuar nuevamente.
Le besó tiernamente la coronilla y la abrazó con fuerza, enredando sus
piernas con las de ella y suspirando tranquilo. Eventualmente se quedó
dormido, viendo el amanecer entrando por los ventanales de la habitación.
—¡Mierda Izek! —Gritó Arnold, caminando hacia la habitación de su
amigo con molestia—. ¡Llevo horas esperándote! Según tú querías salir con
el alba y mira nada más… —Arnold abrió la puerta y se encontró con la
pareja en la intimidad de los sueños—. ¡Carajo! Lo siento, perdonen…
No sabía por qué se disculpaba, ambos estaban dormidos y ninguno se
había movido en lo más mínimo al momento en el que abrió la puerta.
Arnold se sintió avergonzado pero feliz de que su amigo al fin se hubiese
permitido sentir algo, aunque fuera sólo el placer de estar con una mujer.
Claro que Kayla era algo especial.
Arnold cerró la puerta y siguió con una sonrisa tonta causada por la
felicidad de otra persona. Siguió por el pasillo en dirección a la salida,
parecía ser que él tendría que ocuparse sólo de los problemas en esa
ocasión.
—¿Dónde está Izek y Kayla? —Frunció el ceño Nimue al ver al amigo
de su hermano dirigirse a las escaleras, pero sin Izek.
—No creo que bajen a desayunar esta mañana.
—¿Qué? ¿Por qué razón?
—Bueno… los duques tuvieron una noche muy agitada.
Nimue tardó en comprender el doble sentido en las palabras, pero
cuando lo hizo, no tardó en correr hasta la habitación de su hermano.
—¡Tenemos problemas Sloan!
Capítulo 14
Kayla despertó sola en la cama de su marido, el sol entraba con todo su
esplendor por las ventanas, serían más o menos las dos de la tarde y ella
seguía desnuda y entre sábanas. Miró a los lados, buscándolo, pero estaba
más que claro que él se había marchado.
—¡Pero qué bruto!
—¿Mi lady? ¿Ha despertado?
—¿Bonnie? —Kayla sonrió y se colocó aprisa la bata que fuera de su
marido y abrió la puerta—. ¿Qué haces ahí sentada niña? ¿Por qué no me
despertaste antes? ¿Has visto que alto se puso el sol?
—Su excelencia dijo que no quería que nadie la perturbara.
—Así que te dejó aquí esperando. —Negó—. Vamos, corre, ponme un
baño que es hora de ver a la señora Glenn.
—La señora Glenn y está esperando abajo.
—¡Santo Cielo muchacha! O en serio le tienes demasiado miedo al
duque, o no tienes sentido común, ¡Corre!
Kayla se dio cuenta que su cuerpo se sentía diferente, pero no tenía
tiempo para inspeccionar parte por parte, así que lo ignoró y fue al baño
mientras Bonnie aún intentaba llenar la tina.
—¡Pásame las cosas, Bonnie! ¡Corre!
La joven estuvo lista para bajar más rápido de lo que cualquier mujer
hubiese podido, nuevamente agradeció su melena y bajó dando brincos en
las escaleras, topándose de pronto con Sloan, quien la miraba inquisidor,
como si buscara alguna falla en ella.
—¿Ocurre algo Sloan?
—¿Qué? —La miró sorprendido—. No, ¿por qué?
—Bueno, me miras raro.
—Ah, lo siento, pensaba en otras cosas.
—Siempre me pareces tan abstraído de este mundo Sloan. —Le dio una
palmada amistosa en el estómago—. Trata de no desenfocarte tanto.
—Trataré. —Asintió, viendo como la joven caminaba hacia el salón
donde la señora Glenn la esperaba con nuevos mapas de Dalkeith Palace.
—¿Y? —La voz nerviosa de Nimue sonó a sus espaldas.
—Sí, es más que obvio.
—Ay no… —Nimue dejó salir el aire y tuvo que sentarse.
—No cambia nada, seguiremos con el plan.
—¿De qué plan hablan?
Los mellizos se volvieron hacia su hermano, quien los miraba
intransigente y con sospecha. Era claro que debieron ser más discretos,
ahora él sabría que tenían un plan en relación con su mujer.
—De la fiesta que pensamos hacer para cuando llegue la familia de
Kayla —dijo rápidamente Nimue—. Es obvio.
—¿Se metieron a mi despacho?
—Trataba de llevarte té.
—¿Y casualmente leyeron mi correspondencia?
—En realidad, es la correspondencia de Kayla —echó en cara.
Los hermanos se miraron amenazadores por varios segundos, hasta que
las voces de las alegres señoritas irrumpieron en el pasillo.
—Ah, Nimue, ¿Quieres…? —La voz de la joven Hamilton se apagó al
ver a los tres hermanos discutiendo—. ¿Sucede algo?
—No. —Izek miró a sus hermanos con advertencia—. Nada, ¿A dónde
iban? —Miró a la amiga de su mujer y se inclinó con cordialidad—. Señora
Glenn, espero que se encuentre bien.
—Gracias excelencia, perfectamente.
—Saldremos a caminar un rato, nos preguntábamos si Nimue querría ir
con nosotras.
—En realidad estoy ocupada, tengo un pendiente por hacer, pero seguro
que Sloan no le importará ser su compañía.
—No me molesta —se adelantó el hombre.
—Desafortunadamente —Izek lo tomó del cuello de la camisa, frenando
sus pasos—, he de llevarte conmigo, lo siento damas.
Las mujeres sonrieron divertidas al ver la cara de fastidio por parte del
hermano menor. El duque suspiró y caminó decidido hacia su esposa y se
inclinó para lograr susurrar cerca de su oído, provocando que la señora
Glenn se hiciese a un lado para darle espacio a la pareja.
—¿Descansaste bien? —Ella sintió cómo su marido rozaba ligeramente
la parte descubierta que su vestido daba a su espalda.
—Me dejaste sola en la cama. Es poco delicado.
—Tuve que hacerlo, pero no volverá a pasar. —Ella rodó los ojos y
siguió con su apariencia molesta—. Vamos Kayla… —La joven levantó la
mirada de forma precipitada, nuevamente le parecía extraño que su esposo
la nombrara tan informalmente. Él la miró extrañado—. ¿Qué pasa?
—Nada. —Se alejó un poco de su esposo, dándose cuenta que estaban
siendo el centro de atención—. Nos vemos luego.
—Kayla. —El duque parecía no tener interés en ser el centro de atención
cuando la tomó de la cintura—. No quiero que se alejen de la propiedad, no
me importa lo que sea que estén persiguiendo.
—Como lo ordene su majestad. —La mujer se inclinó burlesca ante su
marido y tomó la mano de su amiga, llevándola al exterior.
Izek observó a las dos damas mientras corrían divertidas hacia el bosque
cercano. El hombre frunció el ceño y sintió como lentamente sus hermanos
se acercaban a él y observaban lo mismo.
—No deberías dejarla andar jugueteando por ahí —dijo Nimue.
—Tampoco es que pueda encadenarla —suspiró Izek—. ¿Qué es lo que
ha encontrado?
—Más que nada tienen mapas —se cruzó de brazos Sloan.
—Maldición, está metiendo demasiado la nariz donde no le importa —
se quejó Nimue.
—Eso lo hubieran pensado antes de traerla aquí como mi esposa.
—Pero si pareces haberlo disfrutado —Sloan lo miró con una sonrisa
malosa—. Todos sabemos lo que pasó esta mañana.
—Sus hermanos vendrán pronto. —Cambió el tema el mayor—. Será
mejor que la mantengamos contenta hasta entonces.
—Sabemos una de las formas de lograr eso —dijo Nimue—. Me alegra
que al menos no la lastimaras.
—No diría eso. —Izek miró a su hermano—. ¿Has descubierto algo
sobre la persona que intentó llevársela?
—Lo siento, no tengo nada para informarte.
—Seguro que eso es mentira. —Se quejó Izek y volvió la vista hacia el
jardín, dándose cuenta que las dos mujeres habían desaparecido—. ¿Por qué
no aceptaste ir con ellas Nimue?
—No me gusta ensuciarme las botas y, como dije, tengo algo que hacer
en el pueblo que necesita mi atención.
—¿Quién te acompañará? —La miró su hermano.
—La señora Campbell.
—Bien. —Izek suspiró—. Como sea, hora de irnos Sloan.
—¿Qué? Pensé que era una excusa para alejarme de tu esposa.
—Quizá lo fuera, pero no dejas de serme funcional, así que vámonos —
ordenó y bajó las escaleras de la fachada.
Los mellizos se quedaron rezagados, mirándose cómplices.
—Debes mantener a Izek fuera de casa todo el día de hoy Sloan —pidió
Nimue—. Yo me encargaré de lo demás.
—Claro, como si fuera fácil hacer que Izek haga lo que yo digo.
—Encuentra la forma, esto es importante. —Susurró molesta.
—Y estoy más que interesado en saber de qué se trata mellizos. —La
voz de Arnold hizo que los hermanos dieran un brinco y lo miraran con
sorpresa y sospecha.
—¿Qué cree que hace, señor Arnold?
—Caminando por la casa, ¿algún problema?
—Parece que tiene un oído muy agudo, señor —Sloan lo miró con
desagrado—. ¿Qué hace escuchando conversaciones ajenas?
—Lo que me ordenaron hacer.
—¿Izek nos tiene vigilados? —Nimue se rio—. No me sorprende en lo
más mínimo.
—Claro que no, sería de tontos dejarlos sin supervisión.
—No se preocupe Arnold. —Los ojos negros de Sloan brillaron con
maldad—. Así como usted nos vigila, nosotros también.
—No saben cuanto me aterra —dijo divertido, saliendo detrás de su
amigo y subiendo al coche que ya estaba esperando.
—Tienes que hacerlo Sloan, entretenlo.
—Sabrá que algo sucede.
—¡Vamos! Tienes que ayudar un poco en esto.
—¿Algún problema, niños? —llegó la señora Campbell.
—No. —Ambos se volvieron hacia ella con una sonrisa fingida—. Todo
bien, estoy casi lista para ir al pueblo, señora Campbell. —Aseguró Nimue.
—Bien, entonces, vamos.
Nimue miró de regreso hacia su hermano mellizo, quien asintió
levemente, tranquilizando a Nimue con la mirada y saliendo detrás de Izek
y Arnold, tendría que encontrar una manera de retenerlos.
✤
Kayla y la señora Glenn llevaban lo que parecían ser horas caminando
en círculos, era imposible que una persona lograra mantenerse en línea recta
en ese lugar, tampoco habían encontrado nada importante y para ese
momento, el sol bajaba para comenzar a esconderse, lo único interesaba era
volver a la propiedad.
—No debimos alejarnos tanto —dijo Maribeth Glenn, elevando su
vestido para poder caminar mejor y tratar de no volver a resbalar.
—Si has sido tú quien me incentivaste a ir más dentro —se quejó Kayla,
quien ya se había amarrado el vestido desde hacía mucho tiempo—.
Además, no hemos encontrado nada, se supondría que…
Kayla soltó un grito atroz cuando de pronto sintió que el suelo bajo sus
pies se resquebrajaba, proporcionándole varios golpes mientras caía en
picada hacia lo que parecía ser una catacumba. Se dio cuenta que le era
imposible ponerse en pie, le dolía la muñeca izquierda, sin mencionar que
apenas era capaz de abrir correctamente los ojos debido a la tierra que no
dejaba de caerle encima. Elevó una mano sobre sus ojos y trató de mirar
hacia arriba, por donde se percibía a su amiga inclinada sobre el agujero,
completamente asustada y gritándole.
Un escalofrío la recorrió de pies a cabeza y no sólo era por el lugar
donde había caído, sino porque estaba iluminado con grandes antorchas,
como si alguien acabase de pasar por ahí.
—¡Kayla! ¿Estás bien? ¡Contesta!
—¡Estoy bien! —gritó de regreso y miró hacia los enormes pasadizos
que se extendían frente a ella—. Creo que encontré algo.
—¿En verdad? —Maribeth parecía emocionada.
—No estoy segura de que sea para emocionarse. —Kayla miró hacia su
muñeca y suspiró—. ¡Creo que me he roto algo!
—¡Santo cielo! ¿Qué hago? ¿Vuelvo a la casa?
—No sabes cómo regresar.
—¡Está oscureciendo aquí arriba Kayla!
—Tendrás que bajar.
—¿Qué? ¡No! Estás loca Kayla.
—No hay forma de que te vayas sola o que yo camine aquí abajo sin
ayuda. Ya que no puedo volar, tendrás que bajar.
—Pero… ¿Está oscuro?
«Para nada, y eso debería darte más terror» pensó la joven.
—Estaremos bien.
—¿Qué haremos las dos solas ahí abajo Kayla? ¿No es mejor que me
quede aquí arriba por si vienen a buscarnos?
«De hecho es una buena idea» asintió la joven y miró hacia los pasillos
enormes con corrientes de aire. Algo le decía que esas catacumbas estaban
conectadas con el castillo, casi estaba segura y no tenía idea de por qué.
—¡Vale! Quédate ahí y espera, yo iré a investigar.
—Has dicho que te has torcido algo.
—Es mi muñeca, puedo caminar… creo. —Kayla se puso en pie con
lentitud, notando entonces que le dolía todo el cuerpo, era de esperarse,
había caído en picada, daba gracias a Dios que no se hubiera roto un pie.
—¡Mejor quédate donde estás!
—Creo que hay forma de salir de aquí, ¡Tú tranquila!
—¡No Kayla! ¡No te vayas!
Kayla hizo caso omiso a las siguientes réplicas que vinieron, caminó
directa hacia una antorcha y la sacó con dificultad, tener sólo una mano no
ayudaba en esas situaciones. Miró de un lado a otro y caminó tan sólo dos
pasos, cuando de pronto la voz de Maribeth cambió a una masculina, más
dura y más imperativa.
—¡Kayla vuelve sobre tus pasos ahora mismo! —gritó Izek.
«Demonios» maldijo y miró hacia el agujero.
El duque no tardó en bajar, cayó como gato sobre el suelo y, después de
un pestañeo, Kayla lo tenía frente a sus ojos. Se había quitado el chaleco y
el saco, estaba lleno de tierra hasta las orejas y sus ojos negros eran
parecidos a los de un tiburón hambriento.
—Hola —sonrió ella—. ¿No te lastimaste al caer?
—¿Estás herida? —le tomó el brazo que ella mantenía cerca de su
cuerpo, defendiéndolo de algún roce que le fuera a hacer daño.
—La muñeca, creo que está torcida.
Izek tomó con delicadeza su brazo, examinando la muñeca bajo la
antorcha que ella sostenía. Kayla chistó cuando él movió ligeramente sus
dedos y lo miró con preocupación.
—Está rota.
—¿Rota? —Kayla negó—. Soy artista, no me puedo romper...
—Fue la muñeca.
—¡Eso no importa! No puedo hacer una escultura con una mano.
—Tendrás que enfocarte en la pintura. —Izek miró de un lado a otro y
frunció el ceño—. ¿Por qué prendiste las otras antorchas?
—¿Te parezco capaz de poder prender una sola? —Ella negó—. Yo no
he sido, así estaba cuando me caí.
La seriedad en la cara de Izek revelaba que había algo que estaba
escondiendo. Kayla estaba comprendiendo que cuando algo le preocupaba,
él solía ponerse distante con ella, parecía ser que debía mantener el secreto
y su nueva esposa no formaba parte del juego.
—¿Qué ocurre?
—Nada. Vámonos.
—¿Quién encendió las antorchas?
—Estas son las catacumbas de mi familia, tenemos vigilantes, seguro
que están dando las rondas, suelen meterse vagabundos.
—Parecías extrañado hace unos momentos.
—No recordaba que hoy se haría esa inspección.
—Entonces, puede que sea otra cosa.
—¿Qué cosa? ¿Qué los muertos se levantaron y prendieron las antorchas
porque les dio miedo la oscuridad?
—O que alguien más lo hizo.
Izek sonrió sin mostrar los dientes y negó.
—No te afanes con tratar de que las leyendas de Dalkeith se hagan
realidad. Son tonterías Kayla, así que ya basta.
—Dime algo. —Ella apartó la mano que él había tomado y lo miró con
ojos entrecerrados—. ¿Cómo se puede salir de aquí?
—Hay salidas por toda la propiedad, tú debiste caer por una de esas
entradas, normalmente traen escaleras de cuerda para bajar.
—¿Cómo meten los sarcófagos?
—Como dije, hay muchas formas de entrar, ahora vámonos.
—¿Se conecta con algún lugar de Dalkeith?
—No.
Kayla abrió los ojos en impresión y se puso frente a él para no permitirle
que diera otro paso lejos de ella.
—Eso es una mentira.
—Vamos Kayla, quiero salir de aquí. Cállate y sígueme.
—¿Qué no se da cuenta que es una forma en la que pueden estar
entrando a la propiedad sin que nadie se de cuenta?
—¡Tengo eso bajo control!
—No, no lo tiene —lo apuntó con un dedo acusador— y lo sabe bien,
¿A qué va a esperar? ¿A que muera alguno de sus hermanos? ¿Qué me
maten a mí? ¿Qué no piensa en los posibles hijos que…?
Ella se avergonzó por la última pregunta, la cual no fue capaz de
terminar de formular y él tampoco parecía estar poniendo mucha atención,
porque simplemente enfureció.
—¡No me cuestiones! Sé como manejar esto, así que haz favor de sólo
obedecerme y dejar de hacer tonterías como esta.
—¿Cree que quise caer y torcerme la muñeca?
—¡Basta! —pidió exasperado—. Basta.
Ella cerró la boca y lo miró de soslayo, molesta e indignada. Él jamás le
tendría confianza, todo lo que le había dicho sobre conocerse y hacerse una
pareja había sido una mentira para que ella aceptara hacer la consumación
del matrimonio, ¡Pero qué tonta!
—Sáqueme de aquí de una buena vez.
Izek cerró los ojos y miró hacia el agujero.
—¡Arnold!
—Sí, han llevado a la señora Glenn en la casa —gritó de regreso el
hombre—. No encontré a los veladores, pero traje una cuerda.
—Eso servirá. —Dijo conforme.
—Yo no puedo sostenerme. —Kayla mostró su mano lastimada.
—Lo sé —la tomó por la cintura para acercarla a él e hizo un amarre con
la cuerda para asegurarla a su cuerpo—. Abrázame.
—No.
—Vamos, no discutas y sostente fuerte.
Kayla obedeció a regañadientes, envolviendo sus brazos alrededor del
cuello de su marido, procurando que su muñeca estuviera a salvo de ser
lastimada y miró hacia arriba, por donde varios hombres jalaban para
llevarlos a la superficie. Izek se encargó de todo, incluso de subirla y
Arnold la agarró para que ni siquiera tuviera que hacer esfuerzos.
—¿Se encuentra bien señora?
—Sí Arnold, gracias.
—Es mentira, ve por un médico Arnold —pidió Izek, quien estaba
siendo ayudado por uno de los trabajadores.
—Por supuesto, Izek, en seguida vuelvo.
El duque asintió hacia su amigo y miró a su esposa, quien ya se ponía en
pie y agradecía a los trabajadores que los ayudaban a subir.
—Kayla.
—¿Sí, mi lord?
Él la miró con desagrado, pero no dijo nada al estar delante de tantas
personas que estaban a su cargo.
—Vamos, te llevaré a casa.
—Puedo caminar, me he lastimado la muñeca, no el tobillo.
—No te he dicho que te cargaría.
«Vale, está molesto» Kayla sonrió para sus adentros. «En esta ocasión
creo que tiene algo de razón».
—Cierto, tan sólo pensé que actuaría por un segundo como un esposo
preocupado y caballeroso.
—Bajé ahí por ti, me considero lo suficientemente caballeroso y
preocupado como para hacerlo.
—Bien.
Caminaron de regreso a la propiedad y, en menos de media hora, la
estructura ya estaba a la vista. Y pensar que ellas llevaban perdidas horas.
Parecía que uno de los requisitos para ser duque tenía que ser aprenderse
como la palma de su mano absolutamente cada pedazo de la propiedad de
Dalkeith Palace.
—¿Cómo supo que estaba perdida?
—Nadie te había visto desde que te fuiste —dijo sin más.
—¿Y simplemente lo asumió? ¿No pensó que hui de casa o algo por el
estilo? —Ella lo miró de soslayo.
—No. —Sonrió con suficiencia—. Si hubieras salido de los perímetros
de la propiedad, entonces hubieras sido capturada y posiblemente encerrada
en alguna habitación.
—Vaya, que halagador para alguien a quien considera su pareja.
—Creo que hice bien. Ahora, te prohíbo volver a “investigar” la
propiedad, has demostrado no ser capaz de sobrellevarlo.
—¿Por qué piensa que puede prohibirme hacer cosas? ¿No ve que no
soy su esclava? —extrañamente, Kayla estaba tranquila.
—Eres mi esposa, lo que te obliga a obedecer.
—Claro.
Kayla se adelantó a su esposo y entró primero a la propiedad, siendo
abrazada inmediatamente por la señora Glenn y amonestada por los
mellizos que, por alguna razón, estaban demasiado alterados. Jamás los
había visto tan nerviosos como en ese momento.
—¿En qué estabas pensando Kayla? —regañó Nimue—. ¿Qué no sabes
todos los lugares en los que pudiste morir en ese bosque?
—No, ¿Tú sí? —dijo interesada.
—¿Es que no le dirás nada? —Nimue miró a su hermano mayor.
—Créeme cuando te digo que no vale la pena —se quejó Izek.
—Oh, Kay, estaba tan asustada —Maribeth la miró de arriba abajo—. Es
un alivio ver que sólo te has lastimado la mano.
—Estoy bien, no es para tanto, fue aparatoso, pero no hay daños.
Arnold llegó con el médico que conservaba consigo una amarga
expresión al encontrarse en aquel castillo y aún peor, frente a las personas
que aterrorizaban al pueblo entero. Kayla no tenía idea bajo qué amenazas
habrían logrado hacer que atendiera el llamado.
—¿Vamos señora? —pidió nervioso.
—Gracias, vayamos al salón de estar, ahí se sentirá más cómodo.
El doctor agradeció internamente a la joven dama, sus palabras
salvadoras le dieron una rápida salida a la situación claramente incómoda.
El hombre se inclinó ante las personalidades terroríficas y fue detrás de la
única persona en esa casa que consideraba normal además de la señora
Glenn y el señor Arnold.
—Inquieta tu damita.
—No comiences Arnold, estoy de mal humor. —Pidió Izek y miró a los
mellizos—. Ustedes dos, ¿por qué tanta preocupación?
—¿Es que no podemos tenerla? —Sloan se cruzó de brazos.
—Normalmente no.
—Bueno, digamos que ella nos ha conquistado —sonrió Nimue.
—Nuevamente mentira.
—¿Qué ocurre? ¿Por qué están mis señores reunidos aquí? —sonrió la
señora Campbell, saliendo de la nada.
—Kayla se ha lastimado, señora Campbell. —Contestó Maribeth al
notar que nadie más hizo por contestar la duda de la mujer.
—¿Qué? —La señora Campbell se alteró—. ¿Cómo lo hizo? ¿Dónde
esta ella? ¿Es que nadie puede velar por su seguridad?
—Tranquilícese señora Campbell —Izek frunció el ceño—. Su interés
me toma por sorpresa. —El hombre miró a sus hermanos—. Algo raro
sucede con todos ustedes y quiero saber qué es.
—Iré a ver si se les ofrece algo —dijo la señora Campbell sin tomar en
cuenta las sospechas de Izek.
—No. —El duque la retuvo con una mano enérgica, mirándola con el
ceño fruncido, tratando de averiguar algo detrás de esa conducta tan fuera
de lugar—. No, no quiero que se acerque a Kayla, señora Campbell.
—¿Qué? Pero ¿Por qué muchacho?
—No tengo por qué explicarme —la recorrió con la mirada—. Tan sólo
obedezca lo que le digo.
—Pero, mi señor…
—Usted le altera los nervios a mi esposa —explicó—. No quiero que se
moleste en estos momentos. Señora Glenn, haga favor de acompañarla y
después, el señor Mayer la llevará a su casa.
—Por supuesto excelencia —la mujer se inclinó respetuosamente ante el
duque—. Lo agradezco.
Izek asintió y miró a Arnold para que este lo siguiera a su despacho,
desapareciendo bajo la atenta mirada de los demás. La señora Glenn hizo lo
propio, dejando en soledad a los mellizos con su querida nana.
—No entiendo por qué Izek se comportó así conmigo —se extrañó la
mujer, tocando el manojo de llaves colgadas a su cinturón.
—Es porque sospecha algo, probablemente infundado, pero mi hermano
confía mucho en sus instintos.
—No suele fallar —aceptó Sloan—. ¿Por qué no dejamos las cosas
como están? Eso haría bien a todos.
La mujer mayor frunció el ceño y se volvió hacia el muchacho.
—Él está tratando de ser un flojo, como lo es siempre —Nimue encubrió
a su hermano y le recriminó con la mirada—. Las cosas seguirán su curso
como hasta ahora.
—Bien, iré a ver como está la duquesa.
—Si Izek la encuentra ahí, enfurecerá.
—Se ha ido con el señor Arnold, estaré bien Sloan.
La mujer entró a la habitación donde curaban a la duquesa, dejando a los
gemelos con tensión en sus músculos. Desafiar a Izek no era cualquier cosa,
pero dadas las circunstancias, no había más opciones, tendrían que lidiar
con él y sus sospechas constantes.
Capítulo 15
—Ya lo sabe, él ya debe sospecharlo Nimue, por eso todas esas
miradas para con Arnold, seguro que piensa acusarnos a nosotros.
—Cálmate Sloan, por favor. —Aunque la mujer mostrara tranquilidad,
en su interior estaba hecha un manojo de nervios.
—No. La señora Campbell… ella está arruinándolo todo.
—Sabes que hace lo que puede.
—Lo hace más evidente.
—Estás a punto de comenzar a gritar y eso sí que alarmará a Izek.
—¡¿Por qué siempre quieres proteger a Izek?! ¿No te das cuenta? Él es
tan malvado como todos los demás, no es ni un poco mejor.
—Cállate ya Sloan. —Los ojos negros de Nimue lo miraron con fijeza,
provocando un escalofrío en su hermano.
El mellizo dio un paso hacia atrás y chistó con la lengua.
—¿Por qué querías que mantuviera a Izek fuera de casa?
—Al final resultó que llegó justo a tiempo —se quejó la joven.
Sloan asintió levemente.
—Hice todo lo posible, pero es testarudo y Arnold no deja de dar esas
insinuaciones sobre nuestro extraño actuar.
—Lo sé, ese maldito, parece que se cree parte de la familia.
—Así lo hace notar Izek, creo que incluso le tiene más aprecio que a
nosotros, al menos más confianza.
—Bueno, todos hacemos lo mejor que podemos.
—¿Qué hay de ella? ¿Eh? ¿Simplemente dejaremos que quede en medio
de todo esto? —echó en cara, mostrando el poco dominio que tenía sobre
sus emociones.
—Ese era el plan inicial —Nimue lo miró sin turbación alguna—. ¿O es
que algo ha cambiado?
Sloan dejó que su mirada se perdiera por la ventana.
—No. Nada ha cambiado.
—Cuidado hermano, podría creer que estás melancólico por algo que
aún no ha tenido lugar. Lo cual sería patético, por cierto.
—No soy como tú Nimue, lo siento.
—Eso lo sé. Eres mucho más débil que yo, siempre lo fuiste.
—Sí… lo sé.
—Muchachos. —La voz de la señora Campbell alarmó a los mellizos,
quienes se volvieron inmediatamente y sonrieron con falsedad—. Vamos, es
hora de cenar.
—¿Kayla estará en la cena? —inquirió Sloan.
—Sí, mi lord, ella ya está en el comedor, seguramente discutiendo con
su excelencia sobre algo.
—Seguro que sí —sonrió Sloan y salió del lugar.
La señora Campbell hizo un gesto de extrañeza hacia el entusiasmado
hombre y miró a la inmutable hermana, quien estuviera enojada.
—¿Ocurre algo señorita?
—No —dijo cortante—. Vamos allá.
—Al señor Sloan parece gustarle la nueva duquesa.
—¿No es así con todos? —Nimue hizo una mueca que intentaba ser una
sonrisa—. La nueva duquesa tiene el encanto de una reina, es hermosa y
encantadora, todos se enamoran de ella.
—A mi me parece algo vulgar con todo eso de ser artista y ni hablar de
sus modales y lo voluntariosa que es.
—Seguro no es algo que usted apruebe señora Campbell, pero para
muchos eso es parte del encanto.
La señora Campbell seguía de cerca la melancólica presencia de la
señorita Buccleuch. Conocía a esa mujercita desde que era una niña, no
sabía en qué momento fue que su dulce carácter pasó a ser lo que era ahora.
—He dejado todas sus compras en su recámara especial, señorita.
—Lo sé, señora Campbell, lo agradezco.
—Espero que tenga buenos resultados en esta ocasión.
—Créame —Nimue detuvo sus pasos y la miró con ojos vacíos,
calculadores, cansados—. No hay nadie que lo desee más que yo.
Los tres caminaron hacia el comedor, quedando ligeramente retrasada la
presencia de Nimue que miraba mal a Sloan. Definitivamente era malo lo
que estaba sucediendo con el hermano, se daría a la tarea de tenerlo
vigilado para que no arruinara los planes. Era una nueva desventaja:
primero, Izek sospechando de todos, aún más de ellos; luego, la señora
Campbell metiendo su nariz, arruinando y exigiendo; finalizando con Sloan,
que parecía comenzar a flanquear en el plan. La única enfocada era ella,
pese a que no le encantara del todo lo que se tenía que hacer, no había
opciones, tenían que liberarse de ello de una vez por todas.
La cena transcurrió sin la presencia de Izek y el señor Arnold, lo cual
ponía nerviosos a los gemelos. Sin embargo, para Kayla y la señora Glenn,
era mejor de esa forma, era más armonioso, se podían reír, charlar y
juguetear en la mesa, incluso se dieron la libertad de beber un poco de más,
ambas deseando olvidar su relación fallida con sus parejas.
Jamás se habían puesto a hablar sobre ello, pero en esa ocasión, cuando
los gemelos desaparecieron temprano y la casa fue quedando en un silencio
sepulcral, las dos mujeres pasaron de temas triviales y divertidos, a lo que
de verdad escondían sus corazones.
—Fue un matrimonio arreglado, claramente. —Decía la señora Glenn
con tristeza—. Pensé que funcionaría con el tiempo, pero… no fue así, me
cree una tonta, apenas y me deja opinar sobre algo.
—Oh, Maribeth, parece que es algo de los hombres escoceses, se creen
perfectos y que sólo las cosas pueden salir bien cuando ellos están
ordenando o dirigiendo la situación.
—¿Es así también el duque?
—Ah claro que es así. —Ella guiñó un ojo—. Pero no me dejo de él,
aunque a veces su carácter me apabulla, no soy mujer que se deja sobajar.
—¿Y no te golpea?
—¿Golpearme? —ella se sorprendió—. ¿Por qué me golpearía?
—Por insolencia, tiene derecho y nadie le diría nada si lo hiciera. Yo
sinceramente temo por ti el día de hoy.
—¿Por lo de la investigación?
—Hiciste algo que lo enfureció —le susurró asustada, mirando hacia
todas partes, como si de pronto fuera a aparecer el duque.
Kayla sintió su corazón en la garganta y se acercó a ella.
—Si me golpea. ¿Qué he de hacer? —habló en su preocupación.
—Nada. Los enfurece mas —precavió la mujer.
—Pero… —sintió una revoltura— no pienso permitirlo.
—Oh, Kay, no sé como estés educada, pero los hombres de aquí jamás
se dejarán de una mujer, jamás.
Kayla ya lo había notado, Izek enfurecía cada vez que sentía que no
podía controlarla, pero jamás pensó que podría golpearla, nunca le vio esa
intensión por muy enojado que estuviese. Aunque Maribeth podía tener
razón, en esa ocasión se había pasado de la raya, él estaba furioso.
—Oh, creo que mi carruaje ha llegado —se distrajo Maribeth, mirando
hacia la ventana que dibujaba la silueta de la elegante carroza que la llevaría
de regreso a su sufrimiento—. ¿Mañana quedamos de nuevo? —suplicó.
—Si es que sigo viva.
Maribeth sonrió con lástima, tomando con empatía una de las manos de
su amiga, tratando de reconfortarla ante su posible destino.
—Mañana traeré remedios que me son útiles cuando mi esposo enfurece
—tranquilizó—. Sólo te pido…. Sea lo que sea que te haga, no te muevas y
trata de no lastimarte al intentar huir o tensarte ¿sí?
El corazón de Kayla saltó en advertencia con su última palabra.
—¿Te refieres a si quiere forzarme a tener amores con él?
—Pueden castigar con ello —la señora Glenn cerró los ojos—. Y llegan
a ser brutales al momento de querer tomarte, logra ser una tortura eficaz.
—Yo… no lo creo, no creo que él…
—Señora —entró el cochero de los Glenn—. El señor aguarda en el
carruaje, pide de favor que no se tarde más en su despedida.
—Oh, no sabía que venía él —la mujer se paró como un resorte,
mirando con disculpas a su amiga antes de correr hacia la salida.
Kayla respiró profundamente, sintiendo miedo por si misma, ¿Era
posible que algo tan espantoso pudiera ser permitido como un acto normal
de un marido hacia su esposa? Quería pensar que no, que no eran más que
mentiras de Maribeth, que era más una situación personal. Sin embargo,
algo le decía que no era del todo una mentira y si se lo advertía con tal
vehemencia, era porque estaba preocupada.
Los ojos verdes de la joven recorrieron la estancia, buscando algo con lo
que pudiera defenderse de una reacción agresiva por parte de Izek. Su
respiración se aceleró notablemente cuando se puso en pie, enfrentando la
salida que no mostraba más que una oscuridad levemente menguada por
luces de lámparas que no alcanzaban a iluminar mucho del castillo. Sabía
que su esposo se encerró en el despacho junto con el señor Arnold desde
hacía un buen rato, posiblemente seguirían ahí. Quizá podría correr hasta su
recámara para resguardarse con seguro por esa noche, al menos necesitaba
asegurarse que se le había pasado el enojo.
La cabellera castaña de la muchacha cayó de lado al momento de
asomarse hacía el pasillo, aparentemente no había nadie, así que tomó su
oportunidad y corrió desesperada hacia su habitación. Subió las escaleras
mirando hacia todos lados, sentía que la seguían, que alguien le saltaría de
pronto y no lo vería debido a la oscuridad permanente del castillo.
Sólo tenía una oportunidad, su recámara no estaba lejos y dentro de un
momento no sentiría más esa tensión sobre sus hombros. Estuvo por lograr
llegar, cuando de pronto alguien la atrapó y la pegó contra la pared,
haciéndola gritar y retorcerse al pensarse en peligro.
—Sí, deberías sentir verdadero miedo ahora Kayla.
—Izek. —Suspiró, aliviada por un segundo al reconocer su voz, para
después tensionarse al recordar lo que le había dicho su amiga sobre lo que
podía llegar a hacerle—. Tengo… tengo que irme a…
—¿Escapar? ¿Tienes miedo por lo que te dijo tu amiga?
Kayla detuvo sus replicas y movimientos para mirarlo con el ceño
levemente fruncido, como si no acabara de creer que un hombre como él
fuera capaz de espiar una conversación.
—¿Lo escuchaste?
—Claro que lo escuché, es tarde y te estaba buscando.
—¡Suéltame! —pidió asustada—. ¿Por qué no habló entonces?
—Vaya, de haber sabido que hablar con ella te haría actuar como una
mujer normal, entonces las hubiese reunido de mucho antes.
—Yo no le tengo miedo —le dijo con odio y un valor que no sentía—.
Prefiero matarme antes que permitirle hacerme daño.
—¿Eso piensas? —sonrió de lado y le recorrió el rostro con paciencia,
notando el titubeo en su rostro—. ¿Así que mi esposa preferiría aventarse
de una ventana en lugar de acostarse conmigo?
—¡No abusará de mí!
—¿Me crees capaz de ello?
—Lo creo capaz de todo… sé que está enojado.
—Sí. —La aprisionó más contra la pared, haciéndola chistar y mover el
rostro hacia un lado—. Estoy furioso.
Izek la tomó en brazos y la llevó a la habitación que fuese de él, prefería
esa recámara a la de ella, jamás le gustó la habitación que fuese de la
“duquesa” así que pretendía no usarla en demasía.
—Izek… por favor, no me lastimes, prometo que…
—No des tu palabra tan fácilmente, no eres capaz cumplir. Tu esencia
revoltosa me provoca rechazar cualquier promesa que salga de tus labios.
—¡Qué te sucede! Si sigo a tu lado, es por que di mi palabra.
—No. Es porque no te dejo ir.
Ella apretó los labios y ladeó la cabeza.
—¿Qué harás? ¿Me vas a golpear? —Lo miró con odio—. Te regresaré
los golpes las veces que pueda.
—¿Qué me dices de lo otro que sugirió tu amiga? La otra clase de
tortura que un hombre puede ejercer sobre una mujer…
Kayla pasó saliva, de pronto sentía la boca increíblemente seca.
—¿Abusaría de mí?
—¿Se puede decir que abusaré de ti si eres mi mujer?
—Sí. Si digo que no quiero, sería un abuso.
Izek la dejó sobre sus pies y cerró la puerta con seguro, corriendo detrás
de ella cuando notó que se dirigía a la que conectaba con la otra habitación
y la cerró de un impulso, estremeciéndola.
—Vamos Kayla, no lo hagas más difícil.
—¡No! —trató de correr de nuevo, pero él la alcanzó— ¡Izek!
Ella pataleó con fuerza cuando el duque la levantó por la cintura,
llevándola a la cama. Izek prácticamente la aventó sin moderaciones y
sonrió al momento de comenzar a sacarse prendas de ropas bajo la asustada
mirada de Kayla quien hacia intentos vagos por detenerlo. La joven se
arrastró sobre la cama, llevándose consigo la colcha, no podía moverse
mucho ni con demasiada rapidez, su cabeza le gritaba que corriera pese a
que su cuerpo ardía en deseo y ansiaba quedarse.
—¿Te comienza a agradar la idea, Kayla? —dijo divertido.
—¡No! —gritó y gateó para salir por el otro lado de la cama, pero Izek
la tomó por los tobillos y la arrastró hacia él con una sonrisa plácida y
sumamente divertida—. No, por favor… —suplicó cuando el duque la giró,
dejándola boca abajo sobre la cama.
Kayla se aferró con fuerza de las mantas y cerró los ojos, sintiendo
excitación y miedo con la misma intensidad, derramando algunas lagrimas
confusas mientras él acariciaba desde su cintura pequeña hasta su cuello,
desabrochando botones y recostándose suavemente sobre la espalda
desnuda, privándola del aire al hacerse notoria la diferencia de pesos.
—No llores —le susurró al oído y se lo mordió con tiento, no pensaba
lastimarla, pero si asustarla—. Kayla. Dije que no lloraras.
Ella lo hizo aún más, cuando sintió que su esposo le levantaba la falda
con una mano y desperdigaba besos por la espalda descubierta, obligándola
a levantarse un poco para arrancarle el vestido de los hombros con una
caricia que arrastraba los dedos por la piel.
—Detente, Izek —sollozó, manteniendo la mejilla contra la cama—.
¿Cómo quieres que no llore? ¿Por qué me tienes así?
—Es un castigo, ¿Recuerdas? —le besó los hombros y la nuca.
El hombre logró hacer que el vestido cayera del cuerpo de su esposa,
tocando con vehemencia la piel de porcelana y los pechos generosos. Izek
encontraba adorable la tez de su esposa, le gustaba que no fuera
mortalmente pálida como la de él o la de sus hermanos, el duque prefería la
rosada calidez que emanaba de la piel de su esposa, se sentía viva.
Era excitante recorrer la suavidad de Kayla con sus manos rasposas, le
gustaba la forma en la que reaccionaba su toque. Se inclinó y besó lo largo
de la espalda descubierta, presionando su nariz para poder absorber el olor
que se emanaba de cada poro que se erizaba bajo su toque.
—Izek… por favor… —dijo en medio de un suspiro.
—Bien, está bien. —La volvió y la aprisionó, teniendo presente la
arrasadora sensación de sus cuerpos conectados de esa forma familiar—. Te
aseguro que no es poco placentero lo que planeaba hacerte, pero te concedo
hacerlo como es tu deseo. Tranquilízate, no te voy a lastimar.
Ante la duda en el mirar de su esposa, Izek la besó tiernamente y
prosiguió con un candente camino de besos por su cuello, hombros y
pechos, sacándole suspiros y gemidos que lo hacían sonreír.
—¿Por qué buscaste asustarme así? —Kayla se limpió los ojos llenos de
lágrimas y lo obligó a volver la mirada para que notara que estaba enojada.
Izek simplemente se inclinó de hombros.
—Es necesario que entiendas que es peligroso lo que haces.
—¿Y asustarme de muerte te parece necesario?
—Sí. —La besó—. Necesito que me hagas caso.
Ella se removió incómoda cuando la inquietud de su cuerpo reclamó la
falta de caricias, él acató en seguida el mandato y besó cuanta piel había en
su cuerpo. Sonrió complacida al darse cuenta que la estaba castigando, pero
a diferencia de las atrocidades dichas por su amiga, Izek empleaba el
método de la insatisfacción; la sometía a un placer infinito y exquisito,
haciéndola pensar que llegaría a la cumbre del éxtasis, cuando de pronto, la
sorprendía alejándose, haciéndola perder el camino. Era frustrante, pero al
menos no la estaba golpeando o forzando.
—¡Izek! —suplicó la joven.
—No te complaceré. —Advirtió, besándola con una sonrisa.
Ella se tomó de las sábanas y se arqueó al sentir como el placer se
escapaba nuevamente de sus manos, dejándola completamente desesperada,
no podía con ello, sentía ganas de llorar de la frustración. Definitivamente
no se lo permitiría de nuevo, así que se tomó de los hombros de su esposo y
lo empujó hasta recostarlo.
—¡Basta!
—¿Basta? —dijo sonriente—. Así que basta…
Ella lo miró de arriba abajo y frunció en ceño desesperada, no sabía que
hacer, pero hizo lo mismo que él, comenzó a tocar suevamente su piel,
reparando en como se tensaba cuando se acercaba ligeramente a su
abdomen. Kayla escuchó como Izek gruñía a lo bajo y lo vio apretar los
ojos con fuerza, supo entonces que también tenía la capacidad de hacerlo
sufrir.
—¿Te gusta? —sonrió triunfal, acercándose a sus labios.
—No juegues con fuego mujer —gruñó.
—¿Por qué no? —siguió divertida, viéndolo contener el aliento mientras
su mano seguía jugueteando y tanteando el camino que debía recorrer—.
¿Qué me harás?
—¡Maldición! —la tomó por la cintura y la recostó sobre la cama, para
después unirse a ella, lo cual fue reconfortante para las ansias de ambos.
Ella gritó y se arqueó contra él, supo en ese momento que había
triunfado, que lo dominó, que logró hacer que la complaciera, no le
permitió que la siguiera torturando pese a que esa era su idea y lo logró por
un buen tiempo, al menos hasta que logró desesperarla.
Kayla pensó en las palabras de su amiga, quizá Izek podría tener mal
carácter, pero no parecía el tipo de hombre que fuera capaz de golpearla o
abusar de ella en el acto sexual; todo lo contrario, la hacía feliz y estaba
segura que él sentía exactamente lo mismo. Lo notaba por la forma
desenfrenada en la que se movía, la necesidad de besarla, de mantenerla
pegada a su cuerpo cálido, de cambiar posiciones y de no parar, porque él
no paraba, parecía que el cansancio no llegaría jamás a su cuerpo, pero sí al
de ella. Para ese momento, se encontraba exhausta.
Kayla le tomó la cara, pidiendo una tregua en un silencio cómplice. Los
ojos negros buscaron los de ella y sonrió antes de besarla al tiempo que
daba un certero impulso que provocó que ambos dieran un grito de goce.
Kayla se sintió derrotada, había dejado caer sus brazos a cada lado de su
cuerpo, flácidos y sin fuerza alguna, sus piernas se estiraron en la misma
sensación y sus parpados se cerraron de inmediato.
—¿Estás bien? —ella no logró abrir los ojos, quería asentir con la
cabeza, pero estaba demasiado cansada y satisfecha como para poder
hacerlo—. ¿Kayla? No me vas a decir que te has desmayado.
La joven abrió los ojos en seguida y lo miró con el ceño fruncido.
—¿Te crees una deidad o algo así?
Izek pareció relajarse y se acercó para plantarle otro beso, acomodándola
de costado sobre la cama, cubriéndola con las mantas y abrazándola por la
cintura hasta que ocultara la cara en su pecho.
—Duérmete.
A pesar del tono autoritario, Kayla consideró prudente acatar y se quedó
tranquila entre sus brazos. Al final, no tenía nada que temer, parecía ser que,
aunque cometiera estupideces y se pusiera en peligro como aquel día, Izek
no reaccionaría para lastimarla como había sugerido la señora Glenn. Eso la
hacía pensar que quizá para su amiga, ese si fuera su destino.
Hubiera querido preguntarlo a su marido, indagar sobre el hombre con el
que Maribeth estaba casada, pero al final, no pudo hacer nada por sí misma,
sin poder siquiera decir una palabra, se quedó dormida, acercándose a su
marido que se mostraba complaciente y la acariciaba.
Había esperado despertar hasta el día siguiente, pero como si fuera una
maldición, Kayla abrió sus ojos en medio de la oscuridad.
Por mero instinto levantó la cabeza y miró a los lados, en verdad que era
una noche cerrada, sin luz de luna, estrellas o un destello dorado del pasillo.
No entendía la tendencia de esa familia de apagar todo hasta quedar en tal
oscuridad, ya de por si había suficientes leyendas acerca de ellos, como
para que además le agregaran una oscuridad profunda en un castillo lúgubre
y lleno de pasadizos.
Kayla sintió miedo e instantáneamente necesitó girarse y estirar el brazo
para intentar tocar a Izek, el cual no estaba. Ella se levantó rápidamente,
tomando la sabana sobre sus pechos para proteger su desnudez y frunció el
ceño, ¿acaso le era divertido dejarla así?
Le dijo que ya no lo volvería hacer, que no la dejaría sola en la cama
después de hacer el amor, pero lo había hecho, ¿eso significaba que siempre
lo haría? Negó levemente con la cabeza, prendió la lámpara de su lado y se
puso en pie, colocando una camisa que fuera de él porque fue lo único que
encontró, se iría a su habitación, no pensaba estar ahí esperándolo como si
fuese una cortesana.
Kayla abrió el cajón de la mesa de noche de su marido, tratando de
buscar una vela para alumbrar su camino. En lugar de eso, se sorprendió al
notar que ahí dentro no había nada además de un hermoso relicario color de
oro, frío, antiguo y lleno de polvo. Su expresión se ensombreció y sus cejas
buscaron tocarse al fruncir el ceño. Lo tomó con extrañeza y lo abrió con
algo de dudas, viéndose en la necesidad de abrir la boca en impresión. Por
un segundo se mostró conmocionada al pensar que era ella misma quien
estaba retratada en aquella imagen, pero después de unos segundos de
inspección bajo la luz de la lámpara, comprendió que era una persona
diferente. Trató desesperadamente de encontrar una inscripción o algo que
la identificara, pero aquel relicario no tenía ni una frase.
¿Quién era esa joven y por qué había un relicario de ella en el cajón de
noche de su marido? ¿Y por qué demonios se parecía tanto a ella? Meneó
ligeramente la cabeza y aventó aquello al cajón, de alguna forma la
aterrorizó aún más, ¿Acaso era la razón por la que estaba ahí? ¿Era el
remplazo de alguien? Pero… el duque no la había buscado, sino sus
hermanos, fueron ellos quienes armaron la treta.
Decidió que lo mejor era alejarse de ahí cuanto antes, tenía tantas dudas
en su cabeza que se sentía ligeramente mareada, ni siquiera recordó la vela
y poco le importó la oscuridad en la que caminó hasta su recámara y se
metió a la cama. Trató de mantenerse tranquila, pero en seguida se vio en la
necesidad de ir al palanganero y vomitar el contenido de su estómago.
Limpió sus labios con el dorso de la mano, sintiéndose aún inestable, y
temblorosa. Se abrazó a si misma, distrayéndose momentáneamente al ver
por la ventana desde donde se veían dos figuras escalofriantes caminando
en medio de la oscuridad con ayuda de un farol; parecían venir del bosque y
se acercaban a la propiedad. Estuvo por gritar y dar aviso de la invasión de
posibles intrusos, pero alcanzó a reconocer el caminar y los ademanes de
esos hombres, comprendiendo entonces que era su marido junto con
Arnold.
Se acercó hasta colocar ambas manos sobre el frío vidrio, cediendo su
calor y empañando ligeramente el cristal.
En definitiva, eran ellos. Se sintió más atrapada que nunca. Fue a la
cama y se metió en ella; tenía ganas de vomitar de nuevo, pensó que cuando
se casara se alejaría de todos los misterios, de las muertes. Su vida entera
había sido así, su padre les brindó aquello desde el momento en el que
nacieron y Kayla lo odió desde que tuvo la capacidad de odiar algo.
Capítulo 16
Izek entró a su recámara sólo para comprender que su esposa ya no se
encontraba en la cama. Repentinamente sintió como si alguien lo golpeara
fuertemente en el estómago, era claro que quien estuviera entrando a la
casa, tenía algo contra ella y parecía ser que en esa ocasión logró su
cometido, puesto que se la había llevado. El duque salió presuroso de la
recámara, topándose de frente con Arnold, quien lo miró extrañado.
—No está Kayla —dijo en respuesta.
—¿Qué? ¿No dijiste que estaba dormida?
—La dejé dormida —asintió.
—Vaya que la damita es todo un caso. —Negó inconforme—. Iré por un
caballo. No puedo creer que se escapara de nuevo.
—Dudo que sea un escape —Izek miró a su alrededor y reparó entonces
en la presencia entre la oscuridad—. Nimue.
—Está dormida en su habitación. —Nimue descruzó los brazos.
—¿Qué haces despierta? —inquirió Izek.
—¿Qué haces tú despierto?
—No es de tu incumbencia.
—Digo lo mismo —sonrió Nimue y dio un portazo, dejando
impresionado al hermano y a su amigo.
—Ella es toda una calamidad —sonrió Arnold.
—Tenles un ojo encima a mis hermanos, algo se traen.
—Ya lo sé, Izek, pero esto tiene que parar.
El duque asintió levemente y miró hacia uno de los ventanales del
segundo piso, aquel que daba hacia el bosque.
—No sé que es lo que está pasando.
—Las voces se corrieron, dicen que el duque sanguinario regresó y
quiero pensar que no están hablando de ti.
—Pueden pensar lo que quieran, la cosa es, que la gente está muriendo.
—Lo miró con fastidio—. Muere en mi casa.
—He tratado de acercarme a los mellizos, pero sabes bien que no me
tienen confianza —susurró.
—Ve a descansar, mañana tenemos que terminar el trabajo sucio.
—Doy gracias a las estrellas porque te dieras por vencido hoy.
—No me doy por vencido, estoy esperando una reacción —sonrió de
lado—. Espero obtener lo que busco.
—¿Crees que Sloan…?
—Sí. Seguro que cae.
Izek sintió cómo Arnold daba un suave golpe en su hombro y se
marchaba tranquilo hacia su habitación, siendo tragado por la oscuridad del
pasillo, parecía ser que incluso su amigo se había adaptado a las costumbres
del supuesto castillo embrujado.
Hubiera querido desmentir tales tonterías, pero debía admitir que el
miedo surtía como un aliado. Si la gente no tuviera tantas ideas terroríficas
sobre la propiedad en su cabeza, seguro muchos se acercarían curiosos para
observarlos de cerca. Claro que siempre hubo uno que otro bobo que se
acercó de más y aquello salió mal, esperaba no tener más visitas, ojalá que
Fiona siguiera inventando más y más historias.
El duque abrió la puerta de la recámara de su mujer. El fuerte olor de ese
lugar jamás le gustó, tenía una combinación dulzona de hiervas que le
provocaban nauseas y le descomponían el rostro en una mueca. Era una de
las razones por las que evitaba la condenada habitación, pero era obvio que
su esposa se estaba escudando ahí porque estaba enojada con él, habría
despertado de su sueño y se encontró sola de nuevo.
Izek encendió las luces de la recámara y se cruzó de brazos, viendo con
detenimiento el bulto que representaba a su esposa, en apariencia dormida.
Sonrió. Era condenadamente caprichosa y orgullosa. Pensar que durante
toda la trajinada de esa noche, lo único que lo reconfortaba era encontrarla
dormida en su cama, desnuda y tranquila como la había dejado.
Se acercó a la cama con alargadas zancadas y la destapó con un firme
aventón de sábanas. La tomó del brazo y la obligó a sentarse, tratando de
que se desperezara para poderla hacer caminar.
—¿Qué…? —ella trató de abrir los ojos.
—Vamos, a la cama. —La tomó del codo y la obligó a pararse.
—¡Estaba dormida! —Trató de zafarse.
—Y no entiendo por qué lo estás haciendo aquí —la miró disgustado—,
si más no recuerdo, te dejé desnuda en mi cama, donde deberías seguir.
—¿Qué le pasa? ¿Piensa que estoy a su disposición? ¿Como si fuera yo
una de sus queridas? —Kayla forcejeaba contra la mano cruel de su marido.
Aquella comparación, obscena para su cabeza, logró irritarlo.
—De hecho, al ser mi esposa, tú estás más a mi disposición que una
cortesana —elevó una ceja—. Al final, las de alto estándar pueden decir
que no, pero tú no puedes decirme a mí que no.
Kayla se soltó con fuerza y lo abofeteó con todo el ímpetu que pudo
acumular, cosa que él ya se esperaba al notar que ella parecía no haber
entendido que estaba bromeando y se disgustó.
—¡Largo de aquí! ¡Fuera!
—Vale Kayla, no era en serio, trataba de bromear.
—¡No me lo parece! —su voz se quebró—. ¿Por qué siempre tiene que
ser tan cruel conmigo? Yo… yo no le he hecho nada y…
Izek rodó los ojos y la levantó al vilo, haciendo que ella gritara y se
quejara como una desquiciada, importándole poco que fuera de madrugada
y se hiciera eco en toda la casa.
—¡Basta! ¡Eres un idiota! ¡Cuando vuelvan mis hermanos me iré! Te
odio, te odiaré siempre, ¡Siempre!
La dejó caer sobre la cama y la aprisionó, tomándole las manos y
presionando su cuerpo sobre el de ella para que no lograra moverse; ella
seguía dando impropios y se removía frenética, golpeándolo e incluso
trataba de morderlo.
—¡Dije que bromeaba! —Ella lo miró furiosa y, al no encontrar manera
de defenderse, le escupió en la cara—. Muy bien… —Izek se limpió la cara
con una mano, sin soltar el agarre de su esposa—. ¿Crees que esto me hace
daño o me molesta? Por favor, tu saliva no podría darme asco, es tan mía
como el resto de tu persona.
—Eres un idiota, te crees la gran cosa.
—¿Podrías dejar de discutir? —Se dejó caer sobre su cuerpo,
abrazándola con fuerza, notando que ella intentaba empujarlo, pero sin
ningún éxito—. Estoy agotado, tan sólo quería regresar y volver a colocar
tu cuerpo desnudo sobre el mío para calentarme.
—No quiero abrazarte y no estoy desnuda.
—El que tengas mi ropa te hace aún más tentadora, te la arrancaría ahora
mismo si no fuera porque en verdad tengo sueño.
—No te permitiría que me arrancaras nada.
Izek se levantó y la miró con diversión.
—Creo que me agrada arrancarte la ropa, aunque lamento hacerlo,
normalmente te ves hermosa con ellas.
—Te convierte en un cavernícola y un bruto.
—Pero no te he lastimado, es más, creo que siempre has disfrutado
como una loca y no puedo decir que no siento lo mismo.
—Es usted un exagerado, porque no lo hemos hecho tantas veces.
—¿Es una queja? —elevó la ceja.
—¡Aléjese de mí!
—Bien, bien. En serio, vamos a dormir.
—No quiero dormir contigo.
—Ah, así que has regresado a hablarme normal y no como si fuéramos
desconocidos, como si jamás hubiéramos estado en la misma cama.
—Casi no estamos en la misma cama. —Se quejó la joven.
—Kayla, por favor, dormíamos juntos desde hace mucho, casi desde que
llegué y debo recordarte que no hacíamos nada.
—Entonces, ¿Por qué se va después de que me hace el amor?
—Volvimos a lo mismo —la miró con desagrado—. Te dejé porque
tenía algo que hacer, no porque lo deseara.
Kayla sintió como su marido colocaba adecuadamente en la cama,
aventando las cobijas y poco le faltó para arroparla.
—Izek, no me quedaré. —Lo advirtió.
—Sí. Te quedarás.
Kayla hizo el intento de escapar, siendo nuevamente sometida por él,
abrazándola con fuerza contra su cuerpo, dejándola sin respiración e incluso
sacándole un quejido de dolor.
—¡Bien! ¡Suélteme de una vez! ¡Me quebrará una costilla!
Izek la ignoró por completo, sabía que no estaba aplicando la suficiente
fuerza como para hacerle daño y, conociendo a su esposa, saldría corriendo
en la primera oportunidad que tuviera.
—Duérmete. —Indicó sin más.
—¿Cree que me será posible teniendo una boa constrictora aferrada a
mí? —se quejó, nuevamente removiéndose.
—Bien. —Izek aligeró el agarre y le permitió acomodarse un poco en su
lugar, no mucho, lo suficiente como para que pudiera dormir—. ¿Mejor? ¿O
piensas seguirte quejando? Tratemos de dormir pacíficamente.
—Como si alguien pudiera en medio de tantas cosas extrañas.
Kayla se vio en la necesidad de cubrirse la boca al darse cuenta que se le
habían salido las palabras en un momento de enojo.
—¿De qué hablas? —urgió el duque.
—Dígame señor…
—¡Soy tu esposo carajo! Deja de actuar tan distante.
—Claro. Dígame esposo. —Izek se removió con desagrado ante las
palabras, pero permaneció callado—. ¿Se ha enamorado?
—¿Qué?
—Sí. Ya sabe, amar a alguien.
—No.
—Pero qué mentiroso es.
—¿Cómo puedes estar tan segura de que miento?
Kayla se removió incómoda, no le podía decir que esculcó en sus
cajones, encontrado el relicario de su casi perfecta copia. Ese objeto en
especifico tenía la única funcionalidad de traer a la vista a un ser amado que
se encuentra lejos o que jamás ha de volver.
—Me parece incoherente —declaró.
—No lo es. El amor no entra en la vida de alguien ocupado y yo tengo
demasiado en la cabeza como para pensar en tonterías.
—¿Tonterías?
El duque se reacomodó en la cama para abrazarla mejor.
—No quería decirlo así. —Izek miró hacia el techo—. Tan sólo es algo
en lo que no pienso, no le doy tanta importancia, supongo.
Kayla se preguntó si su vida entera sería así, ella podía enamorarse de él,
pero ¿Sería Izek capaz de amar a alguien? Y, si la mujer del relicario no era
un amor del pasado, entonces ¿quién era?
—¿Eso quiere decir que jamás tendrá importancia?
—No quiero volver a discutir, te he dicho que estoy cansado.
—Es su culpa que esté aquí, por mí estaría dormida en la otra habitación
—declaró, sonriendo cuando él dejó salir un quejido.
—Estoy buscando que las cosas se lleven con calma entre nosotros, no
me he comportado de la mejor manera hasta ahora, pero al menos te puedo
decir que no es intencional, simplemente soy así.
—Reconfortante. —Ironizó la mujer.
—Jamás dije que lo sería.
Kayla se giró en los brazos de su marido y trató de acomodarse en la
cama para encontrar su comodidad lejos de él, pero Izek la siguió y volvió a
abrazarla, no dejándole fácil estar tranquila. Permanecieron en silencio
absoluto, ni siquiera era necesario que cerraran los ojos para encontrar la
oscuridad, puesto que esta los rodeaba como un manto que jamás se iría;
Izek tampoco dormía, Kayla lo notaba por la fuerza de su agarre y la
respiración enérgica y regular que acariciaba su cuello.
Simplemente se encontraban metidos en sus pensamientos que, a su vez,
no podían ser compartidos con la persona junto a ellos. No se tenían la
confianza en ningún sentido, eran desconocidos que se veían forzados a
tener una vida juntos, una que alguien más preparó y Kayla sentía que ese
era el inicio de todo el problema, no se puso a pensar jamás por qué razón
había sido la seleccionada por los mellizos, pero el descubrimiento del
relicario tan sólo le daba un desagradable presentimiento.
—¿En qué piensas? —la interrumpió Izek.
—Estoy dormida.
—Es mentira. —Izek la acercó más, incomodándola de nuevo.
—Basta —pidió sin fuerza—. Estoy pensando en muchas cosas a la vez,
sería abrumador para un hombre.
—¿Tanto nos desprecias?
—Tan sólo a ti.
Izek dejó salir una pérfida risa y asintió.
—Tiene sentido que me odies, pero preferiría que no lo hicieras.
—¿Por qué no tengo escapatoria?
—Por eso. —Asintió—. Y porque no me gustaría ver tu cara amargada
cada vez que vuelva a tus brazos.
—Tendrá que poner de su parte para que eso cambie, de lo contrario,
pondré en su contra a todos sus hijos.
—¿Hijos?
El horror en la voz de Izek la alteró en seguida.
—Sí, supongo que sabe cómo se concibe, ¿O no?
—Claro que lo sé, pero…. No es buen momento para tener hijos.
—¿Y qué momento es este? —trató de volverse, pero era inútil, en
primera porque él no se lo permitía y en segunda, porque, aunque pudiera
volverse, era imposible que lo viera en tal penumbra.
—Simplemente no.
—Entonces ¿sería tan amable de dejar de atosigarme con su presencia?
Si no quiere tener hijos, la solución es la abstinencia.
—Hay otros métodos.
—Dañinos, jamás me someteré a ninguno. —Lo advirtió—. Vivía con
médicos, sé lo que esas pócimas pueden hacer a futuro.
—No creo que pueda aplicar la abstinencia.
—Entonces no puede aplicar el no tener hijos.
Izek se divirtió de un momento a otro y se acercó a su oído.
—¿Es que te encuentras muy entusiasmada por tener a mis hijos?
—Claro que no, pero no venga a decirme estupideces, sólo faltaría que
usted se molestara conmigo porque quedo embarazada, ¡Como si fuera mi
culpa! Si es usted el bárbaro que quiso consumar el matrimonio.
—Cruel sería no haberlo hecho, es una deshonra para ti.
—Le aseguro que no me sentía afectada —dijo caprichosa.
—Como sea. Lo hicimos y eso no puedes revertirlo.
—No. —Suspiró—. Me ha marcado para toda la vida. Ojalá hubiera
nacido hombre para poder hacer lo que me viniera en gana.
—Haces lo que se te viene en gana aún siendo mujer.
—Sí, pero al menos no continuaría casada con usted.
Izek se quedó callado por un largo momento.
—¿Tan espantoso te parece?
—¿Usted que cree?
Él no respondió, pero le dio la razón, seguro que Kayla era infeliz a su
lado, prácticamente la había retenido ahí y la forzó a ser su esposa por no
meterse en problemas con sus peligrosos familiares, por mantenerlos
alejados, porque no se descubrieran los secretos de Dalkeith, de sus
hermanos y de él mismo. Quizá debería intentar hacerle la vida más fácil.
Capítulo 17
Kayla despertó entre los besos que su marido esparcía por sus hombros,
sintiendo como él lentamente desabrochaba la camisa que ella se hubiese
puesto y la dejaba expuesta ante él.
—Izek…
—¿Despertaste? Bien.
El hombre la volvió sobre su espalda y estuvo encima de ella en lo que
fueron segundos, recorriéndola con besos suaves que mandaban ráfagas de
placer por todo su cuerpo.
—No dijiste que… ¿qué no querías hijos?
—También dije que no podría con la abstinencia.
Ella sonrió y le dio la vuelta a la situación, quitándose la camisa que ya
estaba desabrochada y sólo sostenida por sus hombros.
—Ya veo, mi lord, está completamente encantado por mí —dijo pedante,
inclinándose para quedar a unos centímetros de los labios entreabiertos de
su marido.
—No tengo nada que objetar a ello. —Se inclinó de hombros, rodeando
con un brazo su cintura y presionando con su otra mano la parte superior de
su espalda para unirla a él completamente.
Kayla sentía lo mismo, pese a que no tuvieran sentimientos de amor el
uno por el otro, disfrutaba mucho de esa parte en específico de la relación,
aunque sabía bien que eso no lo era todo, al menos era un inicio. Era un
acercamiento que se habían negado a tener y, de alguna manera, los
conectaba en más sentidos que sólo lo físico, eso era lo que quería creer.
Momentos después de la excitación del acto, ambos se quedaron
recostados uno junto otro, no se tocaban, ni se hablaban, era como si les
remordiera lo que habían hecho, o simplemente no les hubiera agradado,
pero no era nada de eso, la cosa era que, después de estar juntos, no tenían
nada de qué hablar, ni nada que quisieran compartir.
Kayla apretó la sábana contra su pecho y ladeó la cabeza para mirar la
faz reflexiva de Izek, le gustaría poder tocarlo, acercarse un poco para tener
un despojo de intimidad y calidez después de hacer el amor. Pero sería una
tontería pedírselo cuando era obvio que, si no lo hacia por su cuenta, era
porque no lo deseaba, ni siquiera con el pasar del tiempo.
—Será mejor que vaya a mi habitación para que me ayuden a vestir —
Kayla se sentó en la cama, llevándose con ella la sábana.
—Primera vez que me quedo en la cama contigo y eres tú la que se
marcha —se quejó el hombre.
La joven regresó la mirada con rapidez y frunció el ceño.
—¿Se quedó por mí?
—¿No estabas muy molesta las veces anteriores porque me iba?
—Sí.
—¿Entonces?
—Bueno, pensé que como está tan callado, se sentía incómodo.
—Los silencios no me son incómodos, pero veo que para ti sí.
—Algo… me siento desconectada de usted.
—¿Desconectada? —La miró divertido—. ¿Lo remediamos?
Ella se avergonzó y sintió como sus mejillas se encendían.
—No me refiero a algo físico.
—Sé a lo que te refieres y no sé como ayudarte.
—Quizá… podríamos hablar un poco.
—¿Sobre qué?
—No sé. —Ella se mordió los labios—. ¿Qué era lo que hacían ayer
usted y el señor Arnold allá afuera?
Izek elevó una ceja con lentitud.
—¿Nos viste?
Ella asintió con rapidez.
—Regresaba a mi habitación cuando los vi, ¿Por qué aquí todo tiene que
ser tan misterioso? ¿No se cansan? Yo estaba huyendo de ello, cuando me
casé pensé que… de alguna forma, terminaría con los secretos y las
mentiras. —Lo miró—. No imaginé que caería en un lugar como este.
—No es nada por lo que debas preocuparte.
—No es una respuesta.
—Y di que te estoy contestando algo, no deberías meterte en mis
asuntos Kayla, hay cosas que son sólo mías.
—Bien. —Se puso en pie—. A cambiarme entonces.
—¿Ahora que hice?
—Es claro que no quiere que lo conozca, no me esforzaré de más por
hacerlo, sólo espero que mis hijos sean un alivio para mí… —cerró los ojos
y apretó los labios—. Ojalá me dejara ir.
—¿Te has puesto así sólo porque no te dije dónde estuve anoche?
—¿Le parece poco? ¿Qué me diría si yo le diera esa respuesta?
Izek sintió una revoltura en su estómago, dando aviso de que le
molestaría sobremanera si ella actuara de esa forma para con él.
—Es mejor que no lo sepas, estoy protegiéndote.
—¿De qué?
—Ojalá lo supiera, pero sabes bien que algo raro está pasando, las
muertes y esa locura contra ti… Trato de hacer lo mejor.
—¿Y no podía decírmelo? ¿Le parece tan difícil? —ella se acercó al
lado de la cama donde Izek estaba recostado y se sentó—. Le agradezco la
preocupación, pero preferiría que no me dejara atrás en lo que sea que esté
tratando de averiguar.
Izek la miró por un largo momento y se sentó en la cama, provocando
que ella se levantara para darle espacio.
—Lo mejor es que dejemos las cosas como están, es suficiente con que
sepas que estoy haciéndolo por tu seguridad.
Kayla abrió la boca, intentando decir algo; sin embargo, Izek se puso de
pie en ese momento, dejando su desnudez a la vista, claramente ya no era
algo que la desconcertara, pero lo que sí lo hizo, fue su repentino agarre,
desconcentrándola de lo que fuera que había pensado decir cuando de
pronto la besó desesperadamente.
—Izek…
—¿Estás cansada?
—No. Pero creo que no son horas para que…
—Vamos, prácticamente son nuestros primeros días de casados,
podemos volarnos algunas de tus normas de etiqueta.
—¿Por qué te encanta burlarte de mí?
—¿Burlarme? —la miró de arriba abajo—. Te deseo como un loco, ¿es
eso malo para ti?
—No sé que pensar.
—No pienses, carajo, sólo siente.
—¡Ni tampoco sé que sentir!
Izek rodó los ojos, se inclinó para tomar sus piernas y enredarlas
alrededor de su cadera, llevándola hasta una superficie, donde la dejó
sentada y posteriormente se colocó frente a ella, dedicándose a besarle los
hombros. La sábana fue arrancada de las manos de la joven, sin embargo,
Kayla no llegó a sentir el frío o la vergüenza, puesto que el cuerpo de su
marido sustituyó la tela de forma magistral. Para ese momento, la joven
agradecía haber sido indiscreta en el pasado al haberse permitido
inspeccionarlo desde antes, de ese modo no se mostró tan embelesada al
momento de tocar y mirar el cuerpo de su marido, sería subirle el ego al ya
de por sí petulante duque. Pero no por ello dejaba de divertirse y deleitarse
con ello, solía tocar y besar todo cuanto se le ocurriera, sacando los más
extraordinarios sonidos de los labios de su marido.
Izek se presionó contra su esposa y ella se vio extrañada por hacer ese
tipo de cosas fuera del resguardo de la cama y las sábanas, pero no dejaba
de ser excitante y completamente deleitante; en definitiva, el duque había
aguardado demasiado por complacer a una mujer, y ahora que podía y debía
hacerlo, le fascinaba jugar con ella de todas las formas que vinieran a su
cabeza, era fácil, sobre todo, porque a Kayla no parecía importarle.
—Duque… —tocaron a la puerta—, ¿se encuentra despierto?
—¡Demonios! —Carraspeó, alejándose de los labios de su mujer y
mirando en dirección a la puerta—. ¿Qué sucede?
—Tenéis visitas, mi lord.
—No, no —pidió Kayla, presa del deseo, abrazándolo con fuerza para
que él no se separara de su cuerpo—. No ahora.
Izek miró a su esposa, la hermosa mujer permanecía a su merced,
desnuda con sus piernas a su alrededor, mejillas sonrojadas, respiración
acelerada, en espera de que él continuara con tan enloquecedora unión.
El duque suspiró y no despegó los ojos cuando habló.
—¿Son los hermanos de mi mujer?
—Sí, mi señor, vienen con su familia.
El rostro de Kayla se iluminó y mostró una sonrisa amplia, al parecer,
todo atisbo de deseo y excitación se esfumó de su cuerpo.
—¿Mis hermanos? —dijo alegre, para después mirarlo con reproche al
comprender que él ya los estaba esperando—. ¿Por qué no me lo ha dicho?
—Vamos, te ayudaré a bañar. —La besó y se apartó de ella.
—¿Qué dice? No necesito ayuda para ello.
—Sí, porque tenemos que hablar de varias cosas.
—Ah, ¿reglas?
—Por decirlo de una forma amigable.
—Claro. —Izek la miró con advertencia mientras jalaba el cordón que
indicaría que se necesitaba servicio en la habitación. Ella lo miró de arriba
hacia abajo y frunció el ceño al decir—: ¿No se da cuenta que está
desnudo?
El duque miró hacia sí mismo y sonrió.
—Vaya, es verdad.
—¡Póngase algo de inmediato!
—¿Te pondrías celosa de que alguien me viera?
—¿Por qué me molestaría? —Ella sonrió de lado y se cruzó de brazos
—. Todos pueden ver, pero todo lo que tiene usted, es mío.
Los ojos de Izek brillaron en deseo y dio un paso hacia ella, quien ya se
había bajado de la cómoda y al ver la mirada acechante de su marido,
levantó una mano firme; él era como una pantera en medio de una cacería y
ella solía ser la presa en todo momento.
—¿Por qué me detienes? Todo lo que tú tienes también es mío.
—Sí, pero puedo decir que no y ahora esa es la respuesta, ¿Quiere
ayudarme a ducharme para darme indicaciones de comportamiento? Bien.
Pero definitivamente no me tocará de forma indecente.
Se oyeron dos toques en la puerta y ambos volvieron la mirada. No se
dijeron nada, buscaron ropas qué colocarse y Kayla deslizó una bata de Izek
por sus hombros justo a tiempo para que el ayuda de cámara no la viera
desnuda al momento de abrir la puerta.
—Gil, que preparen el baño para mi esposa.
—Por supuesto, mi lord.
Izek no pudo dejar de mostrarse impresionado por la ansiedad que Kayla
mostraba por estar lista para bajar. Se había duchado con presura, se peinó
sencillamente, vistió cualquier cosa e incluso aceptó todas las indicaciones
que el duque le exigía para fingir frente a sus hermanos.
—¿Ya estás listo? —demandó con irritación.
Sentía que Izek se estaba tardando más de lo esperado por mero placer
de hacerla rabiar.
—Mujer, si vuelves a apresurarme una vez más, te mataré.
—Me matarás de ansias, ¿no ves lo desesperada que estoy?
—Sí, es fácil notarlo.
Izek colocó sus mancuernillas y se miró en el espejo para arreglar la
corbatilla que por alguna razón le estaba costando trabajo. Kayla se acercó
con impaciencia y apartó las manos del hombre que la retrasaba en bajar y
ver a su familia e hizo el moño con presura.
—¿Listo? ¿Ya estás listo?
—Sí. Vamos.
—¡Al fin! —dijo con alivio y abrió la puerta.
—Eh, eh. —Le tomó la mano—. Lento y vamos juntos.
—Vale, vale, como diga, ¡Pero camine!
—¿No te dije que tenías que tutearme?
—Sí, sí. Tutearlo, vamos, vamos.
Izek suspiró, esperaba que Kayla pudiera actuar como lo habían
acordado, aunque dudaba que lo hiciera, sobre todo al sentir como ella se
desprendía de su agarre y corría en dirección a sus hermanos, que la
esperaban con los brazos abiertos.
—¡Hola mosca! —Terry la hizo girar en sus brazos.
—Oh, no saben cuanto los eché de menos —Kayla se tiró a los brazos
de Publio cuando Terry la hubo soltado.
—Y nosotros a ti —sonrió Publio, levantando su mirada electrizante
hacia el hombre que permanecía ajeno a la escena, viendo todo en silencio.
—Me alegro que vinieran también —Kayla abrazó a sus cuñadas.
—Claro —sonrió Grace quien trajera a su único hijo en brazos mientras
miraba a su alrededor con impresión—. Es hermoso aquí.
—Gracias. —Kayla se mostró preocupada por la forma amenazante en
la que se miraban sus hermanos y su esposo, parecían a punto de dispararse
—. Publio, Terry, él es mi esposo: Izek.
—Sí, era de imaginarse, vimos cómo te traía agarrada de la cintura —se
quejó Terry, sin despegar la vista del semblante petulante de su cuñado.
—Vamos cariño —se adelantó Grace—. Están casados, claro que
pueden tocarse de esa forma tan inocente. Soy la esposa del celoso, Grace
—la joven rubia estiró una mano—. Es un placer duque.
—El placer es todo mío, señora —Izek se inclinó levemente—. ¿La
señora Campbell ya les ha dado sus habitaciones?
—Me temo que no —se adelantó Gwyneth—, creo que está
persiguiendo a Brina, lo siento, esa niña no se sabe mantener en paz.
—¡Oh! Me da tanto gusto que trajeran a los niños. —Kayla se
entusiasmó con la presencia de la pequeña hija de Publio.
—Sería descuidado dejarlos solos por tanto tiempo, sin mencionar que
Gwyneth no querría. —Se excusó Publio.
En ese momento, la pequeña traviesa atravesó el lugar corriendo y
girando alrededor de sus tíos y padres, tratando de huir de la señora
Campbell, quien parecía furiosa por alguna razón.
—¡Papá! ¡Me quiere quitar mi galleta! —acusó la pequeña.
—Brina, nada de dulce antes del desayuno —regañó Gwyneth.
—Se pone así con el dulce —explicó Publio y se adelantó hacia el
duque, quien parecía un tanto extrañado ante la pequeña figura de la hija
mayor de Publio y Gwyneth—. Duque, al fin nos conocemos, fue una
lástima que cuando trajimos a mi hermana, usted tuviera que estar fuera.
—Una verdadera lástima, sin embargo, me alegra que estén aquí, al
igual que usted, señora Campbell —la miró el duque—, ¿haría favor de
dejar de perseguir a mi sobrina y mostrarles sus habitaciones a los
invitados?
La señora Campbell parecía avergonzada y se irguió en seguida.
—Por supuesto mi lord.
—¿Tú eres mi tío? —la niña frunció el ceño y ladeó la cabeza, mirando
al hombre imponente frente a ella.
—Sí, me he casado con tu tía, eso te convierte en mi sobrina.
—Oh… te casaste con la tía Kayla, eres como el tío Harsen. —
Comprendió Brina—. Mi tío Harsen me cae mejor, él tiene los ojos
morados y a mí me gusta el morado, no el negro, el negro da miedo.
—¡Brina! —regañó la madre.
El duque sonrió y le quitó importancia al comentario.
—Lamento que te den miedo mis ojos, Brina.
—Pero eres muy guapo, seguro que tía Kayla deja de ver a otros
hombres por verte a ti. Ella solía llevarme al parque para… —Kayla le tapó
la boca con una mano y sonrió hacia su esposo y los padres de la niña, los
últimos mirándola con reproche.
—Pero qué imaginación tiene esta chiquilla, la llevaré a desintoxicarse
de galletas mientras ustedes pasan a refrescarse a sus habitaciones, seguro
que necesitan recostarse un rato, el desayuno es a las diez, ¡Hasta pronto!
Kayla se llevó a su sobrina aún con la boca tapada y bajo la atenta
mirada de su familia. Los hermanos parecían divertidos, al igual que sus
esposas, pero el duque no había cambiado su semblante y simplemente
permanecía en la sala por educación.
—Mis señores, ¿Gustan pasar? —se introdujo la señora Campbell al ver
la hostilidad entre los varones.
—Por supuesto —Terry se adelantó junto con su mujer.
—Insisto en que pueda concedernos una plática después, señor —pidió
Publio—. Lo hemos esperado por mucho.
—Usted dirá, estoy a su disposición. —Izek asintió levemente y lo miró
sin mostrar ni un ligero cambio en su expresión.
Publio entrecerró los ojos al notar una disposición burlesca en el duque,
no le gustaba nada como iban las cosas. Gwyneth, al ver el claro altercado,
colocó una mano sobre el brazo de su esposo, tratando de alejarlo de los
problemas que vendrían de la mano al retar a ese duque, en su casa y
acabándolo de conocer. Publio cedió ante la mirada suplicante de su esposa
y aceptó ser arrastrado escaleras arriba, siguiendo a la mujer extraña que
actuaba como ama de llaves del castillo.
Capítulo 18
Los hermanos estaban ubicados en el mismo piso que el resto de los
Buccleuch, a una puerta de distancia el uno del otro, pero mientras que en la
habitación de Terry y Grace se celebraba a causa de unas vacaciones, en la
de Publio y Gwyneth se centraron en la evaluación de la nueva personalidad
que formaría parte de su familia.
—Me parece que tiene una mirada retadora —dijo Gwyneth, acostando
a la bebé—. Pareciera que los quiere provocar.
—Eso hace —asintió Publio—. Supongo que le ha de agradar muy poco
el tenernos que recibir en su casa.
—¿Por qué?
—A los escoceses no les gusta que los ingleses nos metamos en sus
asuntos y mucho menos nosotros como águilas.
—Son naciones colindantes, ¿por qué tener tanto odio?
—Las guerras dejan marcas y estas no se olvidan ni se borran, ni
siquiera con el tiempo. Es de inteligentes ser recelosos.
Gwyneth le dio el visto bueno al comentario de su esposo y prosiguió
con quitarse el vestido, necesitaba respirar un poco y con normalidad,
detestaba tener que ponerse esos pomposos atuendos que la hacían parecer
más a la marquesa que algún día iba a ser.
—Kayla parece feliz. —Trató de aliviar la creciente preocupación en el
semblante de su marido.
Publio, sin embargo, negó levemente y la miró.
—Mi hermana sabe fingir tan bien como nosotros, tendré que verlos en
una situación en la que no se lo esperen.
—Siendo tu hermana, ¿no crees que piense que harás eso?
—Kayla es la más inocente de nosotros, ella no premedita nada, es dulce
y tierna, no cree que nada va a salir mal y por eso se golpea siempre tan
fuerte contra el suelo —apuntó el hombre.
—Parece que lo desearas.
—Adoro a mi hermana, pero me encantaría llevármela de aquí.
—¿Por qué? El duque no me parece una mala persona.
Gwyneth se acercó a su esposo y recogió las ropas que él ordenadamente
dejaba sobre la cama.
—¿Es que no lo viste?
—¿No vi qué? —Gwyneth frunció el ceño, volviéndose con interés al
comprender que Publio notaba algo que ella pasó por alto—. Es guapo,
inteligente y no les tiene miedo a las águilas, justo lo que se necesita para
ser parte de esta familia de locos.
—¿Nos insultas? —Elevó una oscura ceja.
—Mi amor, es que no me parece mala persona y digo que tiene que tener
el valor suficiente como para ser esposo de tu hermana.
—Por todo lo bueno, serás la primera persona que no crea que tiene una
apariencia aterradora, ¿Por qué no me sorprende?
—Debo admitir que sus ojos me parecen impactantes, ¿Crees que sean
negros en verdad? —aquella no era curiosidad mundana, sino una científica
que Publio reconocía.
—No lo creo. Pero si te atreves a acercarte a él lo suficiente como para
saberlo Gwyneth, te juro que…
—¿Qué? —sonrió complacida al verlo celoso—. ¿Qué harás?
—No me provoques.
—Pero si es lo que hago.
El brillo en la mirada de su esposa lo puso de rodillas, agradecía que
Brina fuera llevada por su hermana y que su hija pequeña estuviese
dormida; dándoles un respiro para poder estar juntos.
Mientras los hermanos y sus respectivas esposas descansaban en sus
habitaciones hasta que se convirtiera en una hora decente para desayunar,
Kayla se vio en la necesidad de amonestar a su sobrina, pidiéndole que
guardara secretos sobre sus días de soltería. No sabía si esa niña era una
mente brillante o simplemente era diabólica, puesto que Kayla llevaba más
de media hora en la cocina junto a ella, sobornándola con dulces y galletas
para que se mantuviera callada.
—¿Tampoco puedo decir de la vez que levantaste tu vestido hasta la
pantorrilla para que el señor Pepermont se tropezara y callera casi a tus
pies? —inquirió la niña con dulce y fingida inocencia.
Brina estaba sentada sobre la mesa de la cocina, sus piecitos se movían
hacia adelante y atrás dándole una imagen infantil que no compartía con su
cerebro de adulto. Sus ojos brillantes y cabellos casi plateados en moños
sobre su cabeza, no ayudaban a la imagen reprobatoria que tenía Kayla ante
los ojos de los empleados que no hacían más que negar cada vez que ella
amonestaba a la niña.
—¡No! ¡Tampoco esa vez!
—¿O la vez que…?
—Brina —Kayla la tomó de los brazos y suspiró—. Ninguna vez, nada
de lo que se te ocurra sobre mí se puede ¿Vale?
—¿Por qué?
—Porque tía Kayla se metería en problemas.
—¿Con el tío terrorífico?
—Sí, con él y con tus padres por hacerte partícipe de todo esto.
La niña sonrió con maldad, era como un pequeño diablillo.
—Pensé que te casarías con el príncipe.
—¿Qué príncipe? —frunció el ceño Kayla.
—Ya sabes, el de tía Beth.
—¿Alan? —Kayla dejó salir una carcajada—. ¡Por Dios! Alan es sólo
un amigo, creo incluso que ya se ha comprometido.
—¿En verdad? —la niña decayó—. Yo me quería casar con él.
—Es muy grande Brina, además, pensé que te querías casar con tu papá
—dijo a modo de broma.
—Papá está casado con mamá, Kayla, no seas tonta.
—Claro. —La mayor rodó los ojos. A veces olvidaba que Brina era una
niña increíblemente racional… cuando quería. No como en ese momento en
el que llevaban una eternidad siendo sobornada con galletas para que no
soltara prenda sobre ella—. ¿Has entendido ya?
—Sí. No decir nada sobre las travesuras de tía Kayla.
—¿Qué travesuras?
Tanto niña como mujer se irguieron como palos de escoba y escondieron
sus manos, como quien acaba de cometer un agravio en contra de alguien.
Normalmente lo hacían al escuchar la voz de Publio o de el padre del
mismo, Thomas. Pero en esa ocasión no tenían menos miedo, porque los
ojos negros del duque estaban sobre ellas como dos pozos sin fondo, en el
que, si uno caía, jamás saldría, al menos, no ileso.
—¡Nada! —La niña sonrió—. Brina bromeaba.
Kayla miró a su sobrina y frunció el ceño, cuando Brina hablaba en
tercera persona, normalmente era porque tenía mucho miedo.
—No la asustes —Kayla se inclinó y tomó a su sobrina en brazos—. Tan
sólo estábamos jugando.
—No he hecho nada para asustarla. —Izek miró a la niña y se acercó a
ambas—. ¿O lo he hecho Brina?
—Sí, lo haces.
—¿Pero por qué?
—Porque tío tiene ojos como los de papi, leen almas mentirosas, y yo no
soy buena mintiendo.
—¿Por qué deberías de mentir? —Izek pasó sus ojos de la niña a su
esposa, quien ya negaba repetidamente con la cabeza.
—Porque tía Kayla me lo pidió.
—¡Brina!
—¿Qué? —la niña se inclinó de hombros—. Él de todas formas nos
hubiera descubierto ¿recuerdas? Ojos que leen almas. —Apuntó sus propios
ojitos para enfatizar—. No me iba a hundir contigo, tía.
—Bien dicho —el duque se enderezó y miró a su esposa—. Así que
crees que es bueno enseñarles a los niños a decir mentiras.
—¡Claro que no! Yo no hacía eso.
—No, ella me daba galletas para que lo olvidara —facilitó Brina.
—Ah, cada vez mejora —sonrió Izek.
—¡Ve a jugar Brina! —Kayla la bajó de la mesa y le dio un suave
empujón para que saliera de la cocina.
La niña se fue dando brincos y riendo. Kayla definitivamente la
categorizó como mente diabólica, esa niña estaba destinada al mal, debió
preverlo cuando sus padres eran su hermano mayor y la chiflada de su
esposa científica.
—Bueno, con eso dicho, será mejor que…
—No. —La tomó del brazo—. Mejor hablemos, ¿quieres Kayla?
—Mmm… en realidad estoy ocupada.
—Que triste, porque me importa poco.
Él prácticamente la arrastró para sacarla de la cocina y la metió a una
hitación, quedando sorprendido al estar rodeado de arte.
—Ah, supongo que nunca había entrado aquí —sonrió Kayla al ver la
impresión de su marido.
—No. —Inspeccionó su alrededor—. ¿Tu has hecho todo esto?
—Es mi estudio después de todo —asintió orgullosa.
Izek pasó sus ojos por los retratos pulcramente pintados, los hermosos
paisajes plasmados con oleo, las rosas de acuarela y las estatuas sin
terminar de mármol. Ella era fantástica.
—¿Qué es esto?
—¿Le gusta? Lo inicie hace poco, el bosquejo lo hice un día cuando sus
ronquidos no me dejaban dormir, es bueno ¿no lo cree?
Se miró a si mismo con extrañeza, nadie lo había retratado jamás, se
suponía que el primer retrato que un duque de Buccleuch podía hacerse era
cuando traía al mundo a su heredero. Nadie jamás pintaba a uno de ellos por
placer como lo había hecho Kayla, era un toque agradable el que sus ojos
oscuros no estuvieran abiertos para aterrorizar a nadie.
—Sí… eres buena —suspiró, aun metido en la ensoñación de verse a sí
mismo en una pose tan pacífica.
—Y por aquí tengo el de Nimue —interrumpió sus pensamientos—. Ella
es hermosísima, pero creo que aquí se ve mucho más hermosa.
Izek debía aceptar que Kayla hizo un gran trabajo quitando la
perversidad en los ojos oscuros de su hermana, uno hasta podría pensar que
se trataba de una persona buena y dulce con aquella sonrisa simpática
retratada en su rostro.
—Estoy realmente sorprendido por tu trabajo.
—¿Me dejará llevarlos a una galería?
El duque frunció el ceño y la miró intransigente.
—¿Por qué los llevarías a una galería? Es mi hermana y soy yo.
—Serán atractivos por su aspecto, habrá interesados, lo sé.
—No.
Ella rodó los ojos.
—Ya me lo imaginaba, sin embargo, supongo que con lo demás no
tendrás problema, son paisajes de por aquí, pero son hermosos.
—Con lo demás no hay problema, pero dudo que…
—Por favor, no me desmotive y deje que mi trabajo hable por mí.
Izek dejó salir el aire de sus pulmones al verse interrumpido en su
anterior frase, pero asintió. Al final, jamás imaginó que la chica contara con
tal talento, en realidad rivalizaba con arte que tenían bajo ese mismo techo.
Y pensar que lo había elaborado ella misma.
Nadie en la familia Buccleuch tuvo jamás un don tan noble como el del
arte, ni siquiera la agraciada Nimue compartía nada con la belleza del
mundo, ni la música, ni el dibujo, ni siquiera la costura. No, ellos llegaban
al mundo para asustar y las facilidades que tenían eran más bien siniestras,
como la habilidad de Nimue para ser curandera, oficio mayormente
relacionado con la brujería; o la de Sloan por la espada.
Izek se alejó de un cuadro a medio terminar y caminó hacia su esposa,
quien no paraba de parlotear sobre pintores y escultores famosos que habían
pasado a la historia por diferentes cuadros expuestos en museos o lugares
importantes.
Era adorable verla tan llena de emociones e ilusión. Izek le tomó la cara
y acarició sus mejillas justo antes de presionar sus labios sobre los de ella,
pegándola a su cuerpo de una forma rápida que la dejó sin aire.
—Izek… —suspiró en medio de un beso—. ¿Qué haces?
—Beso a mi esposa, ¿Es que te molesta?
—No. Pero falta poco para el desayuno.
—Entonces tenemos que darnos prisa.
Ella dio como aceptación una sonrisa que él hizo desaparecer al besarla
y recostarla suavemente sobre un sillón que estaba ahí para que otras
personas apreciaran el arte de su esposa y, en ese momento, fue el
protagonista de el encuentro entre la pareja.
Capítulo 19
La pequeña Brina corría por los solitarios pasillos del castillo,
admirando lo hermoso que era y los posibles escondites que tendría a partir
de ese momento. Ella era una niña curiosa y solía meterse en problemas con
sus padres por ello, pero eso no la perturbaba y tampoco la acobardaba a
hacerlo, de hecho, la obligaba a hacer todo lo contrario. Por eso cuando
escuchó unos gritos, la niña no tuvo remilgos en pegarse a la puerta de la
recámara, intentando escuchar lo que se decía.
—No, tienes que parar —decía una voz masculina que Brina no
reconocía—. Nimue, esto está mal.
—Lo sabías desde el principio Sloan, no entiendo qué demonios esperas
que haga ahora, ella se pone cada vez más exigente.
—Pensemos. Siempre hemos sabido sacárnosla de encima.
—Esta vez no, ella… la tiene impresionada.
—Es porque se parece, pero podemos llevarla lejos, podemos…
—Izek no lo permitirá y lo sabes.
—Contémosle.
—¡¿Estás loco?! Nos mataría con sus propias manos si lo supiera. —
Dentro del lugar hubo un silencio tenso que incluso una niña podía sentir—.
Tenemos que presionar, con la creciente relación entre ellos, es posible que
pronto quede en cinta.
—Si es que no lo está ya.
—Eso sería problemático, pero sé que Izek no quiere hijos, lo sé.
—Eso no evita que los vaya a tener, tienen sexo, no hay forma de que se
evite un mocoso de esa forma.
—Si se puede. De hecho, me lo pidió.
—¿Te lo pidió? —la voz masculina parecía sorprendida.
—Sí. Aunque… —la voz femenina se detuvo por largos momentos, la
niña incluso pensó que el varón la había matado, pero entonces volvió a
hablar—: podría ser una forma de salvarla.
—¿Qué? Pensé que dijiste que era imposible.
—Al final, tengo una idea.
—¿Y se te ocurrió con lo de los hijos?
—Sí —sonrió—. Creo que es una opción.
—Sabes que necesitamos una niña, tiene que ser ella y es una locura que
volvamos a acertar nuevamente. Tuvimos suerte.
La mujer suspiró.
—Es lo único que puedo ofrecer para que no tengamos que irnos a los
extremos en esto.
—¡Es una locura! —gritó el hombre—. Deberíamos decirle a Izek,
llevamos años con esto y… no puedo más, en verdad no puedo.
—Guarda la maldita compostura Sloan, ¡Maldición! Necesito a otra
mente fría como la mía, no a un lunático sentimental.
Los hermanos siguieron peleando con un volumen cada vez más alto,
parecían a punto de salirse de control y la niña temió que fueran a hacerse
daño. Sin embargo, no podía despegarse de esa puerta, porque algo sonaba
mal, pese a que no era una adulta, sabía interpretar conversaciones extrañas,
durante toda su vida tuvo que afrontar problemas de grandes y en esa
ocasión, no era diferente.
—Brina, ¿Qué estás haciendo?
—¡Ay! —la niña se tocó el pecho y miró a su tía—. ¡Nada!
—¿Nada? —Grace escuchó la pelea—. ¿Quién está ahí?
—No sé.
—¿Es tu tía Kayla?
—No. Tía Kayla se quedó junto al tío en la cocina.
—Entonces…
—¿Señora? —la voz monótona y lejana de el ama de llaves las
estremeció a ambas, incluso habían dado un brinquillo al volverse hacia
ella. La señora Campbell, pasaba los ojos de una a otra y luego a la
habitación—. ¿Necesitan algo?
—No. Brina y yo jugábamos a las escondidas, ¿Verdad cariño? —Grace
miró a su sobrina, pidiéndole que mintiera.
—¡Sí! Estábamos jugando.
La mujer mantuvo una cara de incredulidad, era claro que no confiaba
en ellas. Su mirada sombría incrementaba el nerviosismo de la niña y la
esposa del varón más joven de los Hamilton.
—Es peligroso vagar por este castillo sin conocerlo, mis señoras —la
mujer caminó a su alrededor, separándolas de la puerta por la que Brina
había estado espiando—, quizá no sepan de los rumores, pero este es un
lugar antiguo y las paredes guardan secretos, esconden horribles escenas,
suelen traer voces y seres de otro mundo.
—Señora, creo que no es apropiado que le diga eso a una niña —Grace
acercó a su sobrina a ella con el ceño fruncido.
—Tan sólo es una advertencia, se podrían perder, señora.
—Lo tomaré en cuenta, pero no quiero que vuelva a decir cosas tan
horripilantes frente a mi sobrina, ¿entendido? —pidió enojada.
—Por supuesto, mi señora.
—Ahora, retírese de aquí.
—Venía a informarles que es hora del desayuno —se inclinó ante ellas
levemente—. Con su permiso.
Grace respiraba con irregularidad, siguiendo con la mirada a la mujer
que proseguía caminando por el pasillo con aquel paso fantasmagórico.
—Tía… me da miedo.
—Tranquila Brina, tienes que decirme qué fue lo que escuchaste.
La puerta se abrió de pronto, mostrando a los mellizos quienes
inmediatamente robaron la atención de mujer y niña, quedando con la boca
abierta al ver el parecido de los hermanos Buccleuch. Aunque claramente
esos dos tenían algo terrorífico, algo muy diferente a la manera en la que
uno podía temerle al mayor de los hermanos.
Las caras largas y pálidas las miraron con extrañeza por unos momentos,
para después sonreír y saludar con animosidad. Tanto Grace como Brina se
sentían paralizadas, con las extremidades doloridas a cada movimiento,
pero fingieron cordialidad y caminaron junto a los extraños personajes
hacia el comedor cuando estos se los propusieron.
Brina se mantenía alejada de los mellizos y, en cuanto vio a sus padres,
corrió hacia ellos y fue prácticamente imposible lograr separarla del regazo
de Publio, la niña literalmente comió sobre él y tendía a esconderse cuando
sentía que los ojos negros de alguno de los gemelos se posaban en ella.
Publio no pasó inadvertida la actitud de su hija, así como no lo hizo su
esposa y su cuñado, quien observaba a la niña sin parpadear.
Kayla, muy por el contrario de su marido, no notaba una actitud extraña
en Brina, quien normalmente se comportaba apegada a su padre, pero si
notaba la clara hostilidad entre los parientes, sus hermanos contra su marido
y sus cuñados contra Brina y Grace.
¿Qué había pasado? Por qué parecía que se perdió de algo.
—Izek. —Kayla se estiró para tomar la mano que su esposo descansaba
en la mesa—. ¿Qué sucede?
—¿Sobre qué? —la miró tranquilo.
—Siento que hay algo mal, ¿es que no lo ves?
—No veo, ni siento nada.
—Otra vez te comportas distante, ¿Qué me escondes?
Izek la miró fijamente, ella comenzaba a comprenderlo, veía patrones de
comportamiento y los interpretaba con sabiduría, era peligroso, no quería
alejarse de ella, pero claramente el acercamiento lo dejaba cada vez más
expuesto ante su perspicaz esposa.
—Nada. —La recorrió con una mirada inescrutable, para después dejar
salir un suspiro—. Has vuelto a sentarte en el lugar incorrecto.
—Bueno, quizá ustedes tengan sus costumbres —dijo sonriente—. Pero
nosotros tenemos las nuestras, la mujer se sienta junto a su esposo en casos
informales, así como lo es este.
—Sigues haciendo mal.
—Mis hermanos lo encontrarían extraño de hacerlo diferente.
—Claro. —Izek miró hacia sus cuñados, quienes nunca apartaban los
ojos de él. Aunque lo hicieran discretamente, se sabía observado—. Bien,
supongo que sabes lo que haces.
Ella sonrió con amplitud.
—Sí. Sé lo que hago.
—Señor, espero que tenga tiempo después del desayuno —pidió Terry
en esa ocasión—, tenemos varias cosas que discutir.
Izek miró a su mujer y tomó la mano que ella había dejado sobre la
mesa, mostrando de esa forma la cercanía y comprensión entre ellos. Al
menos, esperaba que Kayla siguiera con la pequeña farsa, si acaso decidía
confesarles a sus hermanos sus sufrimientos y su quebrantado corazón,
seguro que no se quedarían tan tranquilos como en esos momentos, cuando
simplemente lo evaluaban.
—Por supuesto, tenemos un momento.
Izek sonrió. Aunque los Hamilton se pusieran en su contra, ella no
dejaba de ser su mujer en toda la regla, por más que quisieran hacer,
siempre podía reclamar por ella y si la deseaba a su lado, ahí se quedaría.
Kayla estaba nerviosa, mirando de un lado a otro como si se encontrara
en un partido de tenis entre su esposo y hermanos. En ese momento
comenzaba a comprender la magnitud de la llegada de su familia, al inicio
sólo se sintió feliz, pero ahora comprendía que era peligroso, si Publio y
Terry llegaban a sospechar que algo andaba mal, habría enfrentamientos y
gritos que seguro acabarían mal.
Claramente confiaba en sus hermanos para defenderse, pero tampoco
dudaría de Izek y, sobre todo, le daría miedo que los mellizos hicieran algo
para proteger a su hermano. Era claro que lo amaban, incluso le habían
conseguido una mujer que le recordara a un cariño del pasado, se notaba
que querían agradarle, buscaban gustarle y llamar su atención.
Los creía dispuestos a todo y eso no lo permitiría.
—¿De qué quieren hablar? —se introdujo Kayla, rompiendo el silencio
en la mesa—. ¿Por qué todos están tan serios?
—Son cosas de rutina Kay —sonrió Terry—. Tu dote y demás.
—Ah, claro. —Miró a su marido y susurró hacia él—: ¿Puede por favor
dejar de retarles? No están haciendo nada contra usted.
—Ellos me están retando también, Kayla, así que hago lo mismo.
—Está usted a la defensiva.
—Y tú estás demasiado distraída o quizá muy abrumada como para no
darte cuenta de que vienen a observarnos.
—Claro que vienen a observarnos, están preocupados por mí y con su
actitud, sólo lo hacen más ¿Qué no ve?
—Te dije que me tutearas.
—Lo sé, pero cuando se comporta de esta forma —recorrió su rostro en
medio de una negación—. Me parece imposible sentirme cercana a usted.
—Entonces recuerda el momento antes del desayuno, ¿rememora esa
cercanía o quizá te sea necesario que te lo recuerde?
Ella se sonrojó con fuerza y lo miró con fastidio.
—Es usted terrible.
—Un poco, aunque no puedo negar que me encantaría recordar.
—No me tocará.
—No ahora, por supuesto —sonrió esplendoroso—. ¿Qué estás
pensando? Está tu familia aquí.
—Pero tú…
—Ah, muy bien, el tuteo regresó.
Ella abrió los labios para seguir hablando, cuando de pronto sus cuñadas
la interrumpieron, pidiendo por un paseo en su compañía por los jardines de
la casa, a lo que Kayla simplemente asintió y dio por terminada la
conversación con su esposo.
Cuando los hombres se marcharon al despacho de Izek, las mujeres
decidieron ir juntas a recorrer los jardines. Nimue por supuesto, estuvo
incluida en el grupo; la joven Buccleuch se mostraba dulce y alegre, muy
diferente al rostro que mostró cuando salió de la habitación donde se
encontró con Grace y Brina. Eran estas dos últimas quienes se mostraban
más recelosas con aquella actitud que parecía más fingida que un
despliegue de cariño por parte de Publio Hamilton.
—Dime Brina, ¿qué te gusta hacer? —preguntó Nimue, viendo como la
niña se escondía detrás del vestido de su madre.
—Me gusta leer.
—¿En serio? Es impresionante siendo tan pequeña.
—No soy pequeña y soy muy lista, como papá y mamá.
—Eso se nota. —Aquella mujer la asustaba.
—¡Mami! —gritó la niña, repentinamente llorando.
—Oh, cariño, ¿Por qué has estado tan quejumbrosa?
—Quiero ir de regreso con la bebé, quiero volver a casa.
—Sshh, creo que tienes sueño, vamos a que duermas.
—Parece una pequeña interesante —dijo Nimue, viendo como madre e
hija se iban del lugar—. Aunque no se parece mucho a lady o lord
Hamilton, si me permiten decirlo.
—Es porque no es su hija —dijo Kayla con desinterés en la
conversación y más interesada en la actitud de Brina—. Es adoptada.
—¿No podían tener hijos propios?
—Mi cuñado la adoptó antes de casarse —dijo Grace.
—¿Y ella lo aceptó? —elevó ambas cejas—. Qué caritativa.
Grace era incapaz de no sentir un cierto recelo hacia la mujer, al fin y al
cabo, había sido ella quien asustó a Brina hasta hacerla llorar.
—Dígame lady Buccleuch, ¿Usted qué hace? ¿Está casada?
—Cielos, no. —Sonrió—. Yo me ocupo de mi familia, de Sloan, Izek y
claro, de Kayla, ahora que forma parte de nuestra familia.
—Particular forma de vivir para una joven que es tan hermosa.
—Bueno, todos encontramos nuestros caminos de formas distintas, a mi
me lo enseñaron siendo muy niña. Madre murió dándonos a luz a Sloan y a
mí, por lo cual rápidamente fui la mujer de la familia.
—Un peso grande —Grace se sentía cada vez más inquieta.
—No sabía eso —Kayla miró a su cuñada—. ¿Por qué no me lo habías
contado Nimue?
—Son cosas tristes después de todo —los ojos negros se posaron en
Grace—. Por eso de vez en cuando actúo sobreprotectora con los míos, no
son mis hijos, son mis hermanos, pero en muchos sentidos, se apoyaron en
mi a lo largo de su vida.
—Pero Izek es años mayor que tú —apuntó Kayla.
—Una mujer siempre es indispensable, tenga la edad que tenga.
Kayla la miró con extrañeza, no creía que Izek tuviera la misma fibra de
sentimiento que su cuñada le expresaba, pero ¿quién era ella para decir lo
contrario? Apenas podía discernir cuando él se molestaba, no podría decir
qué otro sentimiento pudiera reprimir el duque con maestría.
Nimue miró hacia el cielo y suspiró.
—Será mejor que pasemos todos a la casa, viene una tormenta.
Las dos mujeres restantes miraron hacia el cielo azul y despejado, no
parecía haber signos de tormenta, pero Nimue no dio permiso a
cuestionamientos y simplemente regresó sobre sus pasos con dirección al
castillo de su familia.
Grace negó levemente hacia la oscura presencia que era aquella mujer y
tomó de los hombros a su cuñada, provocando que la mirara extrañada y
hasta nerviosa ante el arrebato que pasaba a ser agresivo.
—¿Qué ocurre Grace?
—No confíes en ella, sé que Brina escuchó algo.
—¿Brina?
—La niña estaba asustada cuando la encontré y eso era porque los
mellizos estaban peleando, estoy segura que Brina alcanzó a escuchar más
de lo que quisiera, será difícil sacárselo, pero lo haré.
—Deberías dejarla tranquila, ella parece perturbada.
—¿Tú por qué crees? Estas personas tienen algo extraño, sus auras son
raras, te dejan una sensación desagradable.
Kayla se cruzó de brazos y suspiró divertida.
—No te dejes llevar por leyendas y tonterías de la zona, Grace. Estas
personas han tenido que vivir con la sombra de lo que se piensa de ellos, es
verdad que tienen un aspecto un tanto fantasmagórico, pero son buenos, me
han tratado bien, incluso Nimue.
—No lo dudo, pero seguro que traman algo.
Kayla apretó sus labios, cómo le gustaría contarle a Grace sobre sus
descubrimientos del castillo, sobre los asesinatos que ella misma había
presenciado y la actitud extraña incluso de los empleados. Sin embargo, no
podía, porque eso representaría que Terry lo supiera y su familia entera
después de eso. Volvería a ser la tonta ilusa, volvería a cometer un error
táctico con el manejo de su propia vida, volvería a ser la niña que debía
volver al regazo de su padre para ser salvada. Cerró los ojos. No quería ser
esa niña nunca más, podía solucionar sus problemas, era capaz de ello.
—Creo que te imaginas cosas.
—Kayla. —La joven intentó marcharse, pero la mano firme de Grace la
detuvo—. Sabes que puedes confiar en nosotros, ¿Cierto? Somos tu familia
y siempre lo seremos.
—Ellos también son mi familia ahora Grace, sólo que ustedes parecen
no aceptarlo a la buena.
Kayla miró con fastidio a su cuñada, siendo consciente de la detenida
observación en la que la sometía, Grace no tenía expresión alguna y
focalizaba su atención en los ojos de la menor de los Hamilton. Parecía que
los orbes de aquella mujer buscaban atravesarla y encontrar la verdad tras
aquel arrebato tan poco común en la hermana menor de su esposo.
—No tienes que demostrar nada Kayla, te apoyaremos.
—¿De qué hablas ahora? —la menor siguió a su cuñada de regreso al
castillo de las leyendas.
—No sé que es lo que escondes, pero lo noto, tienes miedo.
—Es mentira.
—No. Y lo sabes tan bien como yo.
—¿Por qué todos parecen querer que me equivoque? ¿Por qué desean
con tantas ganas tener la razón con respecto a mi vida?
—Queremos que seas feliz, nadie quiere que te equivoques.
—Dile eso a mis hermanos —apuntó con fastidio hacia la propiedad—.
¿No es lo que han hecho desde que llegaron? Quieren hacer enojar a mi
marido y él hace lo mismo, parece un juego.
—Son hombres, son territoriales y bobos —quitó importancia.
—Claro, mientras tanto yo estoy tratando de lidiar con todos.
—Kayla…
—Será mejor que me vaya.
Kayla fue directa hacia su estudio y cerró la puerta, mostrándose enojada
y ligeramente frustrada. Caminó de un lado a otro como si fuera un animal
enjaulado y gritó al tiempo que hacía caer uno de sus caballetes,
provocando que el lienzo saliera despedido por el suelo, la pintura y los
pinceles con los que había estado dando retoques volaron y mancharon gran
parte del mármol y las alfombras.
—¿Tiene que ver conmigo ese ataque de ira?
—¡Izek! —se volvió, llevando una mano a su pecho ante la sorpresa de
verlo recostado y tranquilo, mirándola hacer berrinche.
—¿Qué sucede? —El duque se levantó del sofá, acercándose con pasos
seguros hasta el lienzo que había sido aventado—. ¿Alguna razón en
especial para aventar el retrato que me hacías?
—Oh… no. ¿Cómo fue con mis hermanos?
—Como era de esperarse —se inclinó de hombros—. Te quieren.
—Lo sé.
—¿Les dijiste algo? —la miró con seriedad.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque ahora ustedes son mi familia y yo sabré afrontar los problemas
que tengamos, no los necesito a ellos.
Izek curveó ligeramente sus labios y colocó el lienzo sobre el cabestrillo,
mirando su retrato como si se tratara de una persona completamente
diferente, y es que así lo sentía, a los ojos de su mujer, parecía ser una
persona que era incapaz de ver.
—Tienes mucho talento.
—¿Qué haces aquí?
—Pensé que vendrías aquí tarde o temprano, puedo ver la dedicación
que tienes en tus pinturas, se nota que pasas horas aquí, así que te esperé.
—Cada momento libre. ¿Es que deseas darme más ordenes?
—No. No en este momento.
—Yo… —ella se removió incómoda—. No me acostaré contigo.
—Lo sé, tampoco vengo a eso.
La expresión dubitativa de Kayla, ponía nervioso a Izek. La realidad era
que él tampoco sabía lo que impulsó a sus pies hasta ese lugar; a pesar de
que tenía el presentimiento de que se encontraría a su esposa tarde o
temprano, cuando no la vio, decidió quedarse y admirar un poco su trabajo.
Comprendió rápidamente que era una forma sutil y muy sublime en la que
Kayla se comunicaba con el mundo y quiso entenderlo.
—¿Izek? —ella se acercó a su ensimismada presencia.
—Creo que deberías llevar estos a que los vea tu maestro.
Los ojos verdes de la chica brillaron ante tales palabras, incluso pestañeó
varias veces, no sabía si era para mantener a raya las lágrimas o por lo
impresionada que se sentía. Pero sonrió. Fue una sonrisa tan deslumbrante y
llena de vida que Izek sintió que el corazón le palpitaba con fuerza en el
pecho, ella jamás le había sonreído de esa forma.
—¿Lo dices en serio?
—Sí.
—Izek… —ella lo tocó con recelo en un inicio, pero al notar que no la
rechazaba, la mujer abrazó a él y sonrió—. ¡Oh! ¡Muchísimas gracias Izek!
El duque se abrazó al cuerpo de su mujer, pero no apreció la caricia, ni
tampoco la disfrutó, simplemente la recibió, porque sabía que estaba
haciendo las cosas con un nuevo trasfondo. El hecho de que estuvieran
teniendo una vida normal como pareja, ponía sobre la mesa un posible
embarazo y, de ser así, necesitaba a Kayla lo más lejos de él, de su familia y
de ese castillo; incluso de toda Escocia.
—Deberías poner todo tu empeño en esto —miró los cuadros sin
terminar—. Seguro que serás un éxito.
—Pero vendrías conmigo, ¿Cierto?
Izek frunció el ceño y se enfocó en sus orbes verdes, llenos de esperanza
y de un brillo hechizante que lo hacía estremecer.
—¿Me querrías ahí?
—Claro. Eres mi esposo y mi musa en muchos de ellos.
—Entonces, haré lo posible.
Ella sonrió alegre y se abrazó a su esposo, sintiendo los labios suaves
cayendo suavemente contra su hombro desnudo, presionando pequeños
besos en la zona y subiendo ligeramente hasta su cuello.
—¿Has venido por esto? —dijo divertida.
—¿Me creerías si dijera que no?
Ella sonrió y negó dulcemente antes de darle besarlo de nuevo.
Capítulo 20
Brina sonrió como cualquier niña traviesa lo haría momentos antes de
ser atrapada con las manos en la masa. Estaba escondida debajo de la cama
de sus tíos. Pasados los meses, se le había metido el nuevo mal habito de
asustar a las personas, potencialmente incrementado al estar en un castillo
que, muy por el contrario de espantarla, le dio armas para someter a crueles
paranoias a los empleados y familiares de la casa.
La niña se arrastraba con ayuda de sus codos, queriendo llegar hasta la
pared para que no se le vieran ni los pies, supuso que ahí no la verían,
aunque sus tíos asomaran la cabeza y podría salir de su escondite en el
momento que le fuera más oportuno.
La niña rio ante su diablura mucho antes de chocar de cara contra algo
que apestaba a hiervas y le daban ganas de vomitar. Trató de apartarlo de su
cara, pero parecía ser que esa cosa la atacaba o había una razón para que no
pudiera quitársela de encima, así que gritó.
—¿Brina? —se escuchó la voz sobresaltada de una de sus tías.
—¡Tía Kay…! ¡Tía!
—¡Brina! —La mujer se agachó y vio a la niña tirada en el pequeño
espacio entre las tablas de madera y el suelo—. ¿Qué haces?
—¡Me ataca! ¡Auxilio!
—¡Izek! —gritó Kayla—. ¡Por Dios! ¡Izek!
La niña no sabía por qué su tía no hacía las cosas por sí misma como en
el pasado, pero cuando sintió la mano fuerte de alguien tomarla por el brazo
y jalarla con facilidad hacia un lado, poco le importó la falta de autonomía
de su tía y se aferró al cuerpo que la apretaba en un firme abrazo
consolador. Increíblemente si lo era, pese a que no se tratara de su papá.
—¡Hay un hada mala ahí abajo! —dijo segura la niña, apuntando hacia
el oscuro rincón de donde la habían sacado.
—Brina, ¿Qué hacías ahí abajo? —Kayla le quitó el pelo de la cara a la
pequeña que seguía en el regazo de Izek mientras ella la revisaba—. ¿No
ves que te pudo haber picado un animal?
—Pero tía, me atacó el hada.
—Sí, cariño, déjame ver si no tienes marcas.
—¡Es el hada tía! ¡No olvides al hada!
—¡Agh! —Kayla miró a su sobrina con exsperación—. ¿Si saco al hada
me dejarás revisarte?
—Sí —la niña parecía contenta de al fin haber sido escuchada.
—Bien —farfulló la mayor y miró a su marido—. No la dejes bajar, es
mañosa, puede querer correr.
Izek se puso en pie con todo y niña para tener la altura como prevención
a un posible escape y vio a su mujer desaparecer debajo de la cama
mientras buscaba una fantasía infantil. Pensaba que le seguirían la corriente
en el juego, que su esposa saldría con manos vacías y ambos actuarían e
imaginarían para la niña. Sin embargo, cuando Kayla salió, se mostró
sorprendida al comprobar que la niña no era tan infantil como para crear de
la nada un ser mítico, más bien había bautizado de esa forma a algo que le
pareció desconocido.
—Izek… ¿Qué es esto? —mostró lo que había en su mano.
—¡Es el hada mala! ¡Ah! ¡Papi! —gritó Brina, escondiéndose en el
hombro de su tío.
Kayla movía en su mano aquel extraño muñeco con olor a fuertes
especias, parecía haber sufrido altercados de incendio, por lo cual quería
decir que tenía contacto con quien fuera que lo creó, porque ellos jamás lo
habían visto en su vida.
—Tranquilízate. La llevaré con tu hermano. —Informó Izek a su
petrificada mujer, que no emitía palabra y revisaba el muñeco.
La joven Hamilton ni siquiera se percató de la ausencia de su marido,
por el contrario, se puso en pie y fue a la habitación que fuese la de ella y
buscó debajo de la cama, encontrando una muñeca, igualmente olía
fuertemente a especias y había sido más dañada que el otro objeto
encontrado. Kayla sintió como su estómago se retorcía y un escalofrío
recorrió su cuerpo lentamente, avisando de forma gradual el aumento de su
terror, ¿Brujería? ¿Les hacían brujería?
Sin darse cuenta, tenía la cabeza metida en el palanganero más cercano,
vomitando el contenido de su estómago. Claramente estaba sintiéndose
indispuesta, pero eso le pasaba cada vez que tenía impresiones fuertes,
siempre volvía el estómago; le pasaba desde que estaba en casa de su padre
y más seguido de lo que quisiera admitir.
—¿Kayla? ¿Estás bien? —Izek apartó los cortos cabellos que iban a
parar en la cara de su esposa, incomodándola al vomitar.
—Es brujería —dijo inestable y con arcadas—. Alguien nos ha…
Ella volvió la cara hacia el objeto de porcelana y prosiguió a vaciar todo
el contenido en su estómago. Era terrible que tuviera esa clase de
reacciones, ni siquiera era capaz de hablar. Se recostó en el filo de la fría
porcelana y trató de respirar para que las nauseas pasaran poco a poco.
—Ya, tranquila —Izek la separó despacio del lugar seguro en el que su
mujer mantenía la cabeza y la recostó sobre él—. ¿A qué se debe el vomito?
¿Algo te cayó mal?
Ella negó con la cabeza.
—Es brujería Izek, alguien…
—Ven, sentémonos. —El duque la tomó en brazos y la llevó hasta un
sofá, dejándola sobre su regazo, tratando de calmarla al acariciar su largo
cabello—. Sé que es escalofriante, pero no debemos armar un alboroto de
esto, sobre todo si está tu familia.
—Brina escuchó una discusión de los mellizos —dijo pensativa—. No
ha querido decir nada, pero sé que es importante.
—Kayla… —suspiró.
—Sé que no te complace, pero me parece extraño.
—No. Haces muy bien en dudar de Sloan y Nimue, pero dudo que ellos
tengan que ver con estas cosas.
—No, yo creo que sí tienen que ver —Ella se puso en pie y fue hacia el
cajón donde sabía que estaba el relicario redondo—. Estoy segura que me
trajeron debido a esto…
—¿Debido a qué? —la incitó al notar que se quedaba paralizada.
—No está…
—¿De qué hablas? —los ojos negros de Izek se paseaban entre el
trémulo cuerpo de su esposa y el cajón en el cual jamás guardaba nada—.
¿Qué haces ahí?
—Había… —pestañeó sin entender—. Tenías aquí un relicario.
—¿Yo? ¿Para qué querría un relicario?
—Era uno muy hermoso, de oro y tenía adentro… —Kayla se tomó la
cabeza con fuerza y negó—. Era idéntica a mí, pero no tenía mi lunar, era
yo, pero no era yo.
—Kayla —se acercó Izek—. Creo que estás sobrecogida.
—¡No! Izek te juro que yo lo vi, ¡Te lo juro!
—Está bien —la tomó de los hombros y la abrazó—. Está bien.
—No me crees, lo sé… —lloriqueó estresada—, pero sé lo que vi, era
muy parecida a mí, pero con el cabello largo y sin mi lunar.
—Te escuché Kayla, está bien, respira.
Ella se abrazó al cuerpo fuerte de su esposo y lloró sobre su hombro,
mirando aquel vacío cajón, ¿cómo era posible? Kayla incluso lograba
recordar la sensación fresca del oro contra sus manos, tampoco olvidaría
que el relicario no tenía inscripción, no tenía un nombre con el cual dar
validez a su relato. Cerró los ojos. Su esposo la creería loca.
—Sé que no me crees —se separó—, pero al menos esas cosas no están
saliendo sólo de mi boca, lo estás viendo, son de brujería.
Izek la miró por un largo momento, antes de caminar hacia los muñecos
que permanecían inmóviles sobre un taburete. Eran extraños y olían aún
más extraño, pero el duque lograba identificar con facilidad una de las
especias, lo cual explicaba también el porqué parecían dañados con fuego,
puesto que la droga en el interior era eficaz al hacer humo.
Eso tenía sentido al momento de rememorar las veces en las que su
esposa había sido atacada, en las que, si no había estado completamente
dormida, alucinaba con fantasmas que le jalaban los pies. Alguien estaba
dispuesto a todo con tal de llegar a Kayla.
—Creo que deberías irte con tus hermanos cuando se vayan.
—¿Qué? —lo miró impresionada—. ¿Qué dijiste?
—Esto está afectándote, tienes que irte.
Ella negó levemente.
—Tiene que ser una broma, ¿Ahora quieres que me marche?
—No quiero que te marches, es necesario que lo hagas.
—¡No! —dijo enojada—. ¿Sabes cuantas veces te pedí que me dejaras
ir? Ahora que ya me has tocado, ¿deliberadamente me dejas?
—No te estoy dejando, te estoy alejando de algo que te afecta.
—No me iré.
—Lo siento, pero no te estoy preguntando.
Izek recogió los muñecos y, sin decir palabra a su esposa, caminó hacia
la salida de la habitación.
—¡Dije que no me iré! —le gritó antes de que cerrara la puerta por la
cual salía presuroso—. ¡Maldito!
Izek se detuvo en medio del pasillo, teniendo la necesidad de respirar
profundamente antes de ir la habitación de su hermana. La puerta estaba
abierta, como si esperara a que él llegara, quizá así fuera, porque la pálida
faz de Nimue no se apartaba del umbral, sus ojos, ocultos ligeramente
detrás de una taza de té, yacían hechizados por el fuego en el hogar,
plácidos al sentir la presencia del duque.
—¿Quieres decirme qué es esto? —aventó los muñecos.
—Creo que es algo peligroso —sonrió—. ¿Tú qué crees?
—¿Dónde está el relicario?
—¿Qué relicario?
—No digas tonterías, sé que había un relicario en mi cajón, ella lo vio,
pero resulta que ya no está.
—No es obra mía, es demasiado aburrido jugar con la mente de las
personas, no me serviría de nada volverla loca.
—¡Basta! —Izek se acercó a su hermana—. ¿Qué hacía en mi cajón un
relicario con el retrato de Mailene?
—¿Tienes un relicario con el rostro de Mailene? Eso es enfermo,
considerando que se parece tanto a Kayla.
—Nimue… —se molestó el hombre.
—Te he dicho que no tengo nada que ver.
—No te creo.
—Ese ya no es mi problema.
—La mandaré lejos.
El silencio le dio la victoria al mayor, siendo capaz de ver como el rostro
de su hermana perdía aquella mirada solemne y llena de diversión a una de
preocupación e histeria.
—No te la llevarás.
—¿Es una amenaza?
—Te la llevas para alejarla de mí ¿cierto? —Ella se puso de pie con una
renovada soltura—. Entonces me iré con ella, la seguiré a donde vaya.
—Tú te quedas.
—No puedes obligarme y ¿qué podrías hacer si la convenzo de que me
lleve? —sonrió—. Sabes que puedo hacerlo.
Izek asintió levemente, siguiéndola con la mirada mientras recorría la
habitación a su alrededor.
—Así que estás confesando que tienes algo que ver.
—No. Y no tengo nada que ver con el relicario.
—¿Por qué la drogabas?
—Ya te dije que no he hecho nada.
—Bien, Nimue, puedes creerte muy lista, pero yo sigo siendo la persona
bajo la que estás a cargo. —Sonrió triunfal—. Se van mañana, ambos. Mi
esposa se queda, pero ustedes dos no.
—¿Qué tiene que ver Sloan? —dijo enojada.
—Ustedes son un paquete, si uno hace algo, el otro lo respalda.
—Somos tu familia.
—No. Ella es mi familia —Izek mantenía la quijada apretada, pero su
voz era firme—. Estoy harto de tener que cargar con ustedes.
—¿Ahora resulta que es tu familia?
—Sí, y el hijo que sabes que lleva con ella también.
Los ojos de Nimue brillaron con ilusión y curveó los labios.
—Eres listo hermanito, ¿Así que sabías que no te haría caso con lo de
evitar el embarazo?
—Y no sé por qué, pero era obvio que no lo harías si te lo pedía.
—Todo lo que hago, lo hago por nosotros, por ti y Sloan.
Izek entrecerró los ojos y sintió un escalofrío a lo largo de sus brazos,
dando aviso a que Nimue estaba decidida a algo y eso jamás era bueno,
tendría que hablar con Sloan, él siempre había sido mucho más fácil a
comparación de su gemela.
—Aléjate de Kayla, Nimue, hablo en serio.
—Si es tu deseo —se inclinó de hombros—. ¿Cómo saber si la estoy
protegiendo o afectando? Pero claro, te gusta pensar lo peor.
—Normalmente funciona.
Izek cerró la puerta de su hermana y se encontró de frente con el
hermano mayor de su mujer. La mirada fría y deductiva de Publio lograría
poner nerviosas hasta a las piedras, pero no al duque, mucho menos en esos
momentos en los que tenía tanto en qué pensar.
—¿Algún problema? —dijo desesperado al notar que el Hamilton
permanecía en el mutismo.
—Escuché a mi hermana llorar.
—Está embarazada, supongo que sabe lo difícil que es lidiar con una
mujer en ese estado sin que algo las hiera.
—No sabía que estaba embarazada —Publio se sorprendió—. Ella
tampoco ha mencionado nada al respecto.
—Es médico, ¿cierto, Hamilton? Estoy seguro que, si la observa más a
ella y menos a mí, se dará cuenta que digo la verdad.
—No dudo de su percepción, pero, ¿Por qué no decírselo a ella?
—Supongo que le estoy dejando la prerrogativa de darme la sorpresa,
entenderá que el primer hijo es un suceso importante y seguro que ella
querrá decírmelo a su manera.
Publio no pudo debatir con ello, sabía que el duque tenía razón. Sin
embargo, había algo en él que no terminaba de agradar a los hermanos.
Algo escondía y de alguna forma hacía infeliz a Kayla.
—Bien, supongo que tiene razón.
—Sé que no confían en mí, pero hago lo mejor que puedo para proteger
a su hermana. —El tono del duque parecía ofendido ante las constantes
intromisiones de los hermanos, pero al mismo tiempo, no estaba enojado.
—Eso espero. —Pero Publio no daría su brazo a torcer—. Mi hija está
asustada por esas… hadas que se encontró.
—Lo estoy solucionando.
—¿Por qué es tan terco? Si permitiera que…
Izek volvió sobre sus pasos y enfrentó a Publio, ambos tenían una
mirada felina y agresiva, dispuesta a tirar la primera mordida en cualquier
momento. Algunos empleados incluso creyeron escuchar un trueno al
momento en el que ambos hombres quedaron de frente.
—No. No quiero que ninguno de ustedes desempeñe un papel lejos del
de invitados de esta casa —casi ordenó—. Sé resolver mis problemas, lord
Hamilton y jamás he recurrido a nadie.
—Puede que sea más de lo que puede manejar.
—Me tocará descubrirlo.
—Eso no me importa, sino que Kayla quede en medio.
—¿Cree que no sé proteger a mi propia mujer? —Ahora si estaba
enojado—. ¿Se cree tan superior?
—Estoy entrenado para ello, usted no.
—¡Claro! —rio cínico—. Y eso hace que todos lo necesitemos.
—Duque, claramente se está desviando, sé que hay roces entre nuestros
países, los hubo, más bien dicho. Pero ahora somos familia.
—Ella es mi familia ahora —dijo furioso—. Dejen de meterse.
Publio vio al duque dar media vuelta, marchándose en dirección a la
habitación donde sabía que su hermana seguiría llorando, tal y como había
escuchado hace unos momentos, cuando pasó por ahí.
—Es engreído el duquecito.
—Está enojado porque se siente acorralado —Publio asintió hacia Terry,
quien se mantenía a una distancia prudencial.
—¿Qué harás, oh salvador del mundo?
—No podemos meternos con él, pese a que esté cegado, es un hombre
poderoso, con demasiado a su alcance.
—¿Hablas de un ejercito? —Publio asintió. Terry elevó ambas cejas y
soltó un silbido divertido—. Vaya, vaya.
—Es un duque de importancia, no debes olvidarlo. Así como tampoco
debes olvidar la hostilidad entre nuestros países.
—Eso es pasado.
—Al parecer, no para todos. Supongo que no se lo permiten con esa
facilidad a él, tiene que representar a su familia, ha de ser duro.
—Si lo sabremos nosotros —sonrió Terry.
Publio simplemente asintió y miró a su menor, notando que tenía en su
mirada la clara señal de que ansiaba meterse en problemas o al menos hacer
una jugarreta. Estaba ansioso por molestar al duque, pero como lo había
dicho anteriormente, no era una posibilidad, perderían mucho si le
declaraban la guerra al duque de Buccleuch.
—Sea lo que sea que estés pensando, elimínalo.
—¿Qué? —el menor se quejó—. ¿Por qué eres tan aburrido?
—Enfoquémonos en los dos menores, los mellizos.
—Agh, son odiosos y escalofriantes
—Y creo que ni siquiera están mostrando su verdadero rostro.
—¿Lo dices por lo que dijo Brina?
—Sí, y lo noto yo mismo —suspiró—. Quiero que Gwyneth y Grace
partan cuanto antes a Londres, no las quiero aquí.
—¿Tan peligroso te parece este asunto?
—Algo anda mal —asintió Publio—. Esta casa esconde algo.
—Nunca me han dado miedo los fantasmas y no creo en supersticiones.
—¿Y qué te parece temerles a las personas que pueden convertir a tu
hermana en un fantasma? —elevó una ceja y ordenó—: quiero que estés
atento.
Capítulo 21
Izek fue directo a la habitación de su esposa, lugar donde pensaba, sería
el refugio que tomaría Kayla después de dejarla completamente enojada en
la que fuera la habitación del duque. Seguramente estaría dormida y quizá
encerrada, claro que entendía que estuviera disgustada con él, pero
definitivamente no la dejaría dormir sola, no cuando tantas extrañezas y
peligros seguían ocurriendo en el castillo.
Como había dicho al mayor de los Hamilton, era su trabajo protegerla y
también al hijo que llevaba dentro de ella. Tomó la manija de la puerta y se
quedó momentáneamente paralizado al razonar que estaba esperando a su
primer hijo, aquella mujer le daría un hijo. No sabía cómo sentirse ante ello,
el nerviosismo y la alegría rivalizaban en el protagónico, aunque
definitivamente estaba estresado, jamás pensó en tener un hijo.
Tomó una larga respiración y abrió la puerta, la cual cedió sin ninguna
oposición, dándole una agradable sorpresa, quizá ella no estuviera tan
enojada como lo pensó. Claro que cuando encendió la luz y no la vio en la
cama, su corazón dio un salto traicionero y estuvo a punto de gritarle a
Arnold si no fuera porque escuchó un ruido en la habitación contigua.
Al mirar hacia la puerta cerrada que las conectaba, notó la luz por
debajo. No podía creerlo, ¿su esposa se había quedado ahí? Algo en aquella
reacción de su parte lo hizo sonreír, sin embargo, con Kayla no podía
saberse, quizá la luz fuera un incendio que ella provocó.
—¿Kayla?
Izek abrió la puerta, encontrándose con su esposa recostada en la cama,
leyendo un libro y sin prestarle gran atención al intruso en la habitación.
Ella estaba ahí como si la habitación le perteneciera, como si hubiese vivido
ahí toda su vida y a Izek le agradaba.
—¿Qué quiere? —dijo enojada, con voz fría y distante.
—Pensé que tendría que corretearte por los jardines.
—No haría tal cosa, hace frío.
—Sin mencionar que sus hermanos sospecharían.
—Sin mencionar eso —aceptó.
Izek volvió a sonreír y agachó la mirada, mostrándose divertido.
—¿Estás muy enojada?
—No, ¿como cree? Me encuentro feliz, sólo me faltaría que me echara a
estas horas para comenzar a bailar.
—Sería demasiado descortés de mi parte.
—¿Usted cree?
—Sí. Sobre todo, porque no tendrías tiempo de llevarte todas las cosas
que has comprado en el poco tiempo que llevas aquí.
Kayla bajó el libro y lo miró con aún más enojo al notar que él sonreía
divertido, tal parecía que bromeaba, como si fuera un ambiente pacífico y
agradable para conversaciones estúpidas.
—No me parece divertido, señor.
—Sé que no —Izek se acercó a la cama, sentándose del lado en donde
ella estaba recostada—. No te irás, fue una tontería pedirlo.
—¿Por qué lo sugeriste entonces?
—Estoy preocupado por ti.
Kayla suspiró.
—¿Sabes? Si cada vez que sientes que algo puede dañarme, me alejas,
terminaremos muy mal tu y yo.
—Lo sé. Es una reacción instintiva, normalmente la gente que está a mis
alrededores sale lastimada, o peor. Por eso prefiero estar solo y, ahora que
no me es posible estar solo, te alejo.
Ella pestañeó un par de veces y se incorporó con cuidado, sentándose en
la cama. Miró hacia la mano con la que su esposo se apoyaba en el colchón
para hablar con ella y la tomó con delicadeza.
—No tiene que ser así siempre.
—Es así siempre —la miró, regresando la caricia—. Tengo toda la vida
sufriéndolo, no sólo porque seas tú, algo cambiará.
—No es porque sea yo, Izek, es porque no lo permitiré y sé que tú
tampoco. Quizá no lo hagas por mí, pero sí lo harás por tu hijo, el cual
sabes que llevo conmigo. —Izek volvió la mirada hacia otro lado,
ignorando los ojos verdes que lo buscaban esperanzados—. Sé que lo sabes
Izek, por eso has tenido esa reacción de quererme alejar.
—Están en peligro aquí.
—Somos tu familia, no puedes deshacerte de nosotros.
—Kayla —la tomó de los hombros—. ¿Qué no ves? Están asesinando
gente, casi te llevan y ahora esto de los muñecos.
—Lo resolveremos, si me cuentas todo lo haremos.
Izek la soltó y negó repetidamente.
—Lo mejor sería que te fueras con tus hermanos por un tiempo, ellos te
protegerán, sé que han descubierto que aquí no estás segura.
—No te dejaré.
—Por favor, Kayla, piensa en tu hijo.
—Nuestro —le tomó el rostro—. Nuestro hijo.
—¡Pero que terca!
—¡Sí! ¡Lo soy!
El hombre se puso en pie y caminó por la habitación.
—¿Qué pasará si te hacen daño? ¿Si se lo hacen al bebé?
—¿Quiénes?
—¡No sé! —dijo desesperado—. Quien sea…
—No. Tienes una sospecha y no me lo estás diciendo.
Izek cerró los ojos y suspiró.
—Mis hermanos pueden ser personas peligrosas.
—¿En qué sentido? ¿Los crees asesinos?
—No quisiera, pero…
—¿Pero?
—Ya una vez hubo un error.
—¿Un error? Izek, por favor, háblame.
—¡Maldición Kayla! —negó y golpeó una mesa haciendo caer el florero
que descansaba en el lugar, despedazándose contra el suelo.
—¿Estás bien? ¿Te has hecho daño? —Kayla se puso en pie.
—No vengas —pidió el hombre, levantando una mano—. Estás
descalza, te cortarás. Vuelve a la cama.
Ella se detuvo, pero aún se veía con intensiones de ir hacia él, así que
Izek se acercó y le tomó los hombros, volviéndola a sentar.
—Mira Kayla, te lo contaré, pero prométeme que no harás nada o dirás
nada y no se lo puedes decir a nadie.
—No, no. No lo haré.
—Esto es entre mi familia ¿Vale? —Izek cerró los ojos—. Entre mis
hermanos y yo, más bien.
—¿Qué sucede Izek?
—La chica del relicario —comenzó—. Esa chica parecida a ti, se
llamaba Mailene y yo estaba enamorado de ella.
Los ojos de Kayla se abrieron en sorpresa.
—Creí que dijiste que nunca te habías enamorado.
—Mentí. Aunque fue hace tanto, que ni siquiera recuerdo qué era lo que
sentía. —Admitió.
Kayla asintió un tanto desajustada y dolida. Eso quería decir que en
verdad amó a alguien, a alguien muy parecido físicamente a ella pero que
jamás sería ella. Las nauseas se asentaron en su estómago y poco le faltó
para meter la cara a un palanganero.
—Estás pálida, ¿Te encuentras bien?
—Quiero vomitar —admitió.
—Llamaré a tu hermano.
—No. —Le tomó la mano—. No, no tiene nada que ver con el bebé…
tan sólo me siento extraña de saber que me parezco a ella.
—Pasó hace mucho Kayla, ni siquiera lo recuerdo, era tan sólo un niño
cuando sucedió todo.
—Pero la mujer en el relicario parece de mi edad.
—Ella era mayor que yo —asintió—. Aunque dudo que tuviera tu edad,
seguramente era más joven.
—¡No vi mal! Ella era idéntica a mí.
—¿Me dejarás hablar?
Kayla agachó la cabeza y se llevó una mano hacia su vientre, tocándolo
con delicadeza al sentir más malestares. ¿Estaba lista para escucharlo?
Ahora que él se veía tan realizado a hablar, ella no estaba del todo segura de
poderlo escuchar. Cerró los ojos con fuerza. Sería un misterio menos del
cual pensar, era lo que quería, que se abriera, ¿por qué le resultaba tan
difícil oírlo hablar de un amor del pasado?
Los verdosos ojos se abrieron con impresión cuando repentinamente
sintió la cálida y reconfortante caricia que la mano de su marido comenzaba
hacer sobre la que ella mantenía en su vientre. Se enfocó en la mirada
oscura de su esposo y se acercó hasta quedar muy cerca de sus ojos,
verificando el color que tenían.
—Ella fue quien te dijo que no eran negros, ¿cierto?
—Sí. —Izek recorrió el rostro cercano con la mirada—. Aunque ella no
necesitó acercarse tanto para verificarlo.
—¿Seguro? Algo me dice que eran muy cercanos. —Ella miró
insinuantemente hacia los labios de su marido, incitando a que la besara al
delinear sus delicadas comisuras con su lengua.
—¿Tratas de seducirme, Kayla? —se acercó Izek, provocando que su
aliento cálido le erizara la piel.
—Sí. Quizá un poco.
—¿Por qué? —Izek la tomó de cintura y la hizo dar un brinco sobre la
cama para que se acercara—. Pensé que querías hablar.
—Ahora que sé que hablaremos, quisiera primero que te recordaras y me
recordaras que no soy ella y que estás bien con ello.
Izek frenó el acercamiento hacia los labios de su esposa y la recorrió con
una mirada divertida, pensando que bromeaba.
—No puedes estar hablando en serio —dijo casi en una risotada.
—Hablo en serio.
—¿Celosa de un recuerdo? ¿De un fantasma?
—Es horrible lo que me está pasando —sinceró—. ¿Qué sentirías si te
enteraras que eres el remplazo de alguien más? Que fuiste seleccionada para
satisfacer una perdida.
—Yo no te elegí Kayla, llegaste a mí y te acepté.
—No dejo de ser elegida por alguien, por tus hermanos o…
—¿Te soy sincero? —Elevó ambas cejas al ver su desencanto por la
situación—. Para mí, ustedes no se parecen en nada.
—Estarás ciego entonces.
—No. Lo que pasa es que son diferentes personalidades y espero que se
te grabe en la cabeza, eso fue hace mucho tiempo, yo era un niño, ni
siquiera la recuerdo nítidamente.
—¿Quieres decir que no pensaste en ella cuando me viste la primera
vez? —preguntó incrédula.
—Quizá fue una fuerte primera impresión, pero eso no quiere decir que
me la recuerdes ahora. Te lo digo, son diferentes.
—Yo soy diferente mejor, ¿Verdad?
Izek dejó salir una profunda y varonil carcajada y asintió.
—Sí, mucho mejor. Eres más mujer —la hizo sentarse sobre su regazo y
abrazarse a él—. Más sinvergüenza, loca y más mía.
—¡Oye!
Izek la besó con cariño.
—Entonces, ¿Quieres que intimemos y después te cuente todo?
—Sí. Eso quiero.
—¿No te quedarás dormida después?
—No, en serio quiero saberlo todo.
—¿Qué hay del bebé? ¿Estará bien?
—No creo que haya problema, sé de muchos casados que tienen
relaciones pese a que estén esperando, créeme, tengo muchos familiares.
—Te creo y no seas minuciosa al contarme de esas experiencias.
Ella rio dulcemente, enredó sus brazos alrededor del cuello de su marido
y lo besó con desesperación; Izek lo aceptó, pero ralentizó la caricia y la
introdujo a la seducción de la lentitud, acostándola en la cama con suaves
movimientos, dejándola desnuda y suya, muy suya.
Después de lo que parecieron largas horas en los brazos del otro, todo el
calor y la excitación habían pasado y ella seguía sin sentirse del todo segura
de querer escuchar lo que él tenía por decir; pero lo sabía necesario, así que
se acercó y se abrazó a su cuerpo, descansando la cabeza en su hombro y
acariciando suavemente su pecho con sus dedos, simulando que pintaba a lo
largo de su torso.
—Estoy lista —susurró ella, sintiendo como el duque la abrazaba
también y acariciaba su espalda—. Puedes contármelo todo.
Capítulo 22
Izek se puso de pie y colocó algo de ropa sobre su cuerpo, consideraba
que era una forma más adecuada de hablar de un tema delicado y parecía
ser un pensamiento que su esposa apoyaba, puesto que ella misma buscaba
su camisón y se lo colocó aprisa cuando lo encontró, volviendo a la cama y
sentándose con las piernas cruzadas, atenta al momento en el que su marido
comenzara la historia.
El duque clavó su oscura mirada en la presencia hermosa de su mujer.
Sus ojos verdes bailaban con curiosidad y también con la normal alegría
silenciosa y brillante que guarda toda mujer embarazada. Sus mejillas
seguían enrojecidas por la actividad que antes habían realizado, pero el
resto de su piel permanecía blanca e imputable bajo la luz. Su cabello,
bastante corto, acariciaba suavemente sus hombros, recordándole a Izek lo
terriblemente tentador que le resultaba acariciarlo y lo satisfactorio que era
que este no le cubriera el cuerpo cuando se encontraba desnuda.
—¿Izek?
El nombrado pestañeó un par de veces y asintió, tomando asiento en la
cama, recostando la espalda sobre la cabecera y provocando que ella se
girara completamente hacía él. Continuaba con las piernas cruzadas y la
expresión expectante, pero algo en ella denotaba nerviosismo que él trató de
desvanecer al tomarle la mano y colocarla sobre su pecho.
—No sé como comenzar.
—¿Quién era ella?
—Mailene. La conocí cuando yo tenía trece y ella diecisiete.
—¿Y ella… te gustaba mucho?
Izek elevó la mirada hacia el techo, tratando de traer el recuerdo de lo
que era Mailene, de su sonrisa, de su manera de hablar, caminar y
coquetear. Porque esa mujer tenía por instinto el seducir. Era hermosa, lista
y encantadora, pero un recuerdo difuso en una mente que trató de suprimirla
en todo lo que le fuera posible.
—Digamos que fue la primera vez que me gustó una mujer. —Aceptó
con un asentimiento de cabeza—. Antes de ella yo seguía pensando que las
mujeres eran una molestia, sobre todo porque tenía a Nimue pegada a mí
como una sanguijuela.
—Ella… ¿trabajaba aquí?
—No. Pero solía venir seguido al castillo, le enseñaba a pintar a Nimue.
—Explicó y se mordió los labios—. Los mellizos la veían como una figura
materna, pese a que era joven, Mailene era paciente y entregada para con
mis hermanos, los quería y los cuidaba bien. De alguna manera, eso me
atrajo a mí también.
» Pese a que yo era un chiquillo comparado con ella, mi padre me obligó
a crecer rápidamente, para ese momento, comprendía bastante bien que mi
madre había muerto y que mi padre estaba en el borde de la desesperación
por ello.
—Debió amarla muchísimo.
Izek asintió.
—Es uno de los grandes errores de los Buccleuch, suelen enamorarse tan
perdidamente, que pierden la razón por ello. Tenemos mala suerte con las
mujeres, si no mueren, no los aman, en cualquier caso, eso ocasiona locura
y desesperación que lleva a cometer acciones alocadas.
—¿De ahí las leyendas de las mujeres muertas? —entendió Kayla,
sintiendo un escalofrío por su posible destino.
Aunque pensándolo mejor, Izek hablaba de amor y él no la amaba a ella.
De hecho, a lo que comprendía, como duque de Buccleuch ya había sufrido
de la maldición de su familia, porque era obvio que amaba a Mailene y esta
ya había muerto, afectándolo y haciéndolo recurrir a una vida solitaria a
partir de ella.
—Sí. Las mujeres de mis antepasados o morían, o se suicidaban, o
preferían irse con amantes —dijo divertido—. Es una gran herencia la que
han dejado sobre mis hombros. —La miró directo a los ojos—. Sin
embargo, Mailene murió sin ser siquiera mi esposa.
—Pero… —Kayla bajó la mirada—. Era tu mujer, ¿cierto Izek? No creo
que sólo fuera una amiga, has mencionado que tu padre te obligó a crecer
porque quieres decirme que ustedes eran más que sólo amigos.
Izek se quedó callado por un momento y apartó la vista de la penetrante
mirada de su esposa. Kayla podía ser amenazadora cuando quería, sus ojos
eran heladas balas que atravesaban el alma.
—Mi padre me orilló a hacerme “hombre” con ella —explicó.
—¿Cómo? —frunció el ceño—. ¿Obligó? ¿Cómo se podría obligar a
alguien a hacerse…? —la joven se cubrió la boca cuando entendió—.
¿Cómo consiguió que ella lo aceptara?
—No lo sé, pero al parecer no era algo que le afectara sobremanera, ni
tampoco era la primera vez que ella lo hacía. Claro que para un muchacho
lo significó todo, me volví loco por ella y claro que Mailene lo permitía.
El corazón de Kayla se retorció en su interior y se vio en la necesidad de
apartar la mirada, no sólo se sintió extrañada ante la aparente entrega
desinteresada de la jovencita, sino que también la sobrecogió la forma en la
que un padre provocaba que un chiquillo se hiciera hombre. No dudaba que
no fuera la única familia que iniciaba a sus varones de esa manera, pero
algo le decía que Izek no estaba preparado para una relación del estilo, lo
notaba por la forma en la que él hablaba de su enamoramiento.
No decía que la adoraba, sino que decía que lo volvió loco, como a sus
antepasados, el amor era sinónimo de pérdida de consciencia y era claro que
no era un aspecto que a Izek le agradara de su personalidad, de hecho, todo
lo contrario. Era la razón por la cual, cuando perdió a Mailene, su gran
amor, entonces se cerró a ello y se alejó de todo lo que involucrara
directamente a su corazón.
—Debiste… quererla mucho.
—¿Quererla? —Izek rio cínicamente y apretó sus manos en puños,
seguramente lastimándose—. ¡Hacía lo que ella quería! Era prácticamente
un peón en su juego, estaba dispuesto a dejar todo por ella, a darle el
ducado, las joyas de mi madre y hasta mi vida.
—Eso es amor, no deberías enojarte.
—El amor no debería orillarte a que pierdas la cabeza por agradar a la
pareja, debería ayudar a encontrarte, hacerte fuerte, no destruirte.
—Ya no entiendo, ¿La odias o la amas?
—No veo la diferencia. Ambas, creo.
—Son sumamente diferentes —negó la joven.
—¿En serio? —Izek elevó una ceja—. En ambos sentimientos sufres, te
duele, te confunde y te hace cometer estupideces.
Kayla bajó la mirada, enfocándose en sus manos que se aferraban con
fuerza al camisón sobre sus piernas.
—¿Qué fue lo que le pasó?
—Me hice cercano a ella, como supusiste, pero eso quería decir sólo una
cosa —Kayla frunció el ceño—. El que estuviéramos juntos todo el tiempo,
provocaba que alguien estuviera solo.
—Los mellizos —comprendió la joven.
—Sí. Mis hermanos estaban acostumbrados a tener la atención, pero de
pronto ya no eran el centro de atención.
—Pero… ¿Entonces? ¿Qué pasó?
—Al principio no eran más que tonterías, solían jugarnos bromas, nos
hacían enojar todo el tiempo, incluso nos parecía divertido, pero un día,
Nimue y Sloan me hicieron levantarme en medio de la madrugada. —Kayla
notó el trabajo que le costaba recordar aquello—. Estaba enojado debido a
que sabían perfectamente que una de las cosas que me molesta es
despertarme cuando no es mi hora, pero ellos insistieron.
» Me llevaron a la habitación de mi padre, ya mucho antes de llegar
comprendí que estaba con alguna de sus mujerzuelas, por lo que quise
llevarme a mis hermanos de ahí. La muerte de mamá fue algo que siempre
los afectó y saber que mi padre necesitaba de la atención de otras mujeres
no les agradaría. Pero ellos insistieron. Los dejé guiarme y cuando abrieron
un poco la puerta para dejarme ver, el verdadero infierno estuvo dentro de
mí.
Kayla mordió sus labios, mostrando que estaba nerviosa y arrancando un
pedazo de piel muerta sin resentimiento, provocando que sangre brotara de
su labio.
—Tu padre estaba con Mailene, ¿verdad?
—Sí. —Cerró los ojos—. En un inicio pensé que se trataba de algo
obligado, que la forzó; pero los gemelos aseguraban haberla visto ahí en
varias ocasiones. Claro que ellos no sabían lo que estaban haciendo,
simplemente pensaban que me traicionaban.
—¿Qué hiciste? —preguntó en un susurro, casi como si no quisiera
saberlo—. ¿Los enfrentaste?
—A ella sí —negó con una sonrisa lastimera—, ni siquiera se preocupó
por mostrarse apenada, es más, estaba satisfecha. Parecía ser que sabía
sacar ventaja de cada uno de nosotros, pero claro, mi padre era en ese
entonces mucho más remunerativo de lo que era yo.
—¿Q-Que fue lo que hiciste?
—Me marché a casa de mis tíos.
—¿Dejaste a los gemelos? —se sorprendió la mujer.
—Sí. Dejé todo, no quería saber de nada ni de nadie, simplemente estaba
muerto de coraje, de resentimiento. Comprendí que ella aceptó estar
conmigo para complacer al duque al cual servía, mi padre sólo tenia que
apuntar con un dedo y las cosas se hacían.
—¿Por qué volviste?
—Hubo un problema. —Suspiró—. Me mandaron llamar de urgencia,
habían pasado dos años, tendría quince para entonces.
—¿Qué problema?
—Los gemelos. Parece ser que en otra de sus jugarretas ellos… —apretó
los labios y miró a su esposa—. Lo hicieron por mí, sé que me adoran
Kayla, no podía dejarlos ir a prisión, eran niños.
—¿Qué fue lo que hicieron?
—No es lo importante.
—¿La mataron?
—Fue un accidente.
—Por Dios —la joven se tocó el pecho y lo miró con miedo—. ¿Qué
hago yo aquí? S-Si la odiaban, ¿por qué…?
—Cuando me enteré y la vi… me desmoroné. Pese a que me había ido,
pese a que la odiaba, cuando entendí que no la volvería a ver —negó—,
jamás he llorado tanto en mi vida, por un momento sentí como si yo hubiera
muerto con ella, ni siquiera la muerte de mi madre o el deterioro de mi
padre fue tan dolorosa. Me perdí.
Kayla volvió a sentir un fuerte dolor en el pecho, pero a esas alturas
aprendió a hacer a un lado el sentimiento y enfocarse en lo verdaderamente
importante: la conversación.
—Se sintieron culpables —asintió la joven—. ¿Soy la compensación?
—Creo que es lo que intentaron, a partir de ese error, yo jamás pude
volver a verlos como siempre, les tenía recelo a pesar de que me hice cargo
de ellos. —Suspiró—. Cuando murió padre, regresé y estuve presente. Ellos
seguían comportándose como cuando niños, buscando mi atención de las
formas en las que se les ocurría, aunque jamás pensé que me buscarían una
esposa.
—No. Te buscaron una Mailene —dijo horrorizada—. Debió costarles
muchísimo trabajo.
—No creo que lo hicieran por mí.
—¿A qué te refieres?
—Ellos también la amaban, de eso no tengas dudas, el que tuviera el
accidente los traumatizó, por eso te adoraron desde un inicio.
—¿También soy un sustituto para ellos?
—Pero no funcionas muy bien, como te dije, eres diferente a Mailene,
por mucho que puedas parecerte en el físico, eres completamente diferente
en todo lo demás —Izek sonrió—. Razón por la cual molestas tanto a la
señora Campbell.
—¿La señora Campbell? —Kayla levantó la mirada.
—Era la tía de Mailene, ¿no te lo dije?
—No. Olvidaste ese detalle. —Kayla rodó los ojos.
Ahora comprendía por qué la señora Campbell la seguía y la quería
instruir en cada cosa que hacía. Se peleaba con ella como si se tratara de
una igual, ¿Qué dice igual? Una superior, la confundía con su sobrina, quizá
fuera otra de las personas que quisiera que fuera Mailene y no Kayla.
Cerró los ojos con fuerza. Era demasiado qué procesar, tenía
sentimientos encontrados y podía imaginarse la índole del accidente entre
Mailene y los gemelos, aunque no podía entender cómo alguien podía llegar
al extremo de matar, si es que se le amaba. Era obvio que estaban resentidos
porque ocasionó que Izek se fuera, sin embargo, era duro pensar en dos
niños siendo capaces de asesinar.
El corazón de Kayla dio un brinco y pensó que, si ya habían matado una
vez, seguro no les sería difícil matar otra vez, ¿Cierto? Quizá los gemelos
tuvieran que ver con los asesinatos de las mujeres, ¿serían ellos?
—¿Kayla? —la voz de Izek se escuchaba tan lejos en esos momentos,
que ella simplemente no podía ponerle atención—. ¿Estás bien…? ¿Kayla?
Instintivamente se llevó una mano al vientre, ¿Cuál era el plan al traerla
ahí? ¿Sería sólo regresarle a su hermano algo que le robaron?
¿Regresárselos a ellos mismos? ¿A la señora Campbell? ¿Qué era lo que
querían de ella? Y ahora que estaba en cinta, ¿Qué podía esperar? Quizá
Izek tuviera razón y lo mejor fuera que se marchara junto con sus
hermanos. Bajo la protección de su padre, nadie podría dañarla.
—Izek… —La voz de Kayla parecía ahogada en un millón de
pensamientos—. ¿Qué quieren de mí?
—No lo sé —aceptó—. Pero no permitiré que te hagan daño —la abrazó
con fuerza—. Haré lo necesario para que todos estén bien.
—Quizá… —apretó los labios—. Quizá si me acercara a ellos…
—No.
—Pero Izek, dices que lo que ellos buscan es amor ¿no?
—No sé qué demonios busquen esos dos, pero tú no se los darás.
—¿Tienes miedo de que vuelva a pasar?
Izek suspiró.
—Dudo que su intensión sea matarte Kayla, de ser su objetivo, no
habrían esperado tanto tiempo. Es algo más.
—¿Qué más puede ser? Quizá sólo buscan tener una familia.
—No, no pienses bien con esos dos.
—¿Tengo que pensar siempre mal?
—Me ha funcionado hasta ahora, Nimue y Sloan son peligrosos,
inteligentes y calculadores, no hay que jugar con ellos. Pensé en alejarlos,
pero los prefiero vigilados.
Kayla volvió a su mal habito de morderse los labios. Lograba sentir la
sangre que brotaba de ellos, pero pese al pequeño dolor auto infringido, era
incapaz de detenerse.
—Cuando caí en las catacumbas, todo ese fuego… ¿Qué fue lo que
investigaste?
—Era una entrada por la cual tenían acceso al castillo, tenías razón.
Desde entonces no hemos tenido cuerpos dentro, pero sí que los recibimos
por los alrededores.
—¿Más muertos?
—Dos más. —Aceptó con una cara llena de asco por la persona que se
atrevía a tales atrocidades—. Están enterrados, pero los rumores en el
pueblo arrecian. Pareciera que tenemos al director del periódico en la casa,
sabe absolutamente todo lo que sucede.
—Quizá no al director, pero si a un delator.
—Tampoco es como si pudiera esconderlo.
—Izek… ¿Quieres que me marche? —lo miró con miedo—. ¿Te
sentirías más tranquilo si me fuera?
—Sí. —Aceptó—. Pero no puedes irte.
—¿Qué? ¿Hace un rato no me dijiste que me marchara?
—Nimue amenazó con seguirte.
Kayla sintió un abrumador nerviosismo que se instaló en su vientre y
jamás se marchó. Era un aviso de momentos de incertidumbre en el futuro.
—¿La crees capaz?
—Claro que sí. La creo capaz de todo, no necesita de mí, dispone de su
herencia por mandato de mi padre y Sloan también tiene dinero.
—Creo que vomitaré en esta ocasión.
Izek caminó hacia el palanganero y se lo acercó a su esposa, pese a que
no vomitó, era mejor que tuviera cerca el artefacto de porcelana por si las
dudas. Sabía que sería pesado que recibiera toda esa información, sobre
todo por su estado, pero ahora que los gemelos estaban siendo cada vez más
descarados, era importante mantenerla sobre aviso, al menos de esa forma
no se pondría en peligro.
El duque miró a su esposa, era entendible que estuviera perturbada por
la información, pero ella la había pedido, era mejor que lo supiera. Se
acercó a ella y la abrazó, tratando de consolarla mientras temblaba sin decir
palabra alguna, no dijo nada más, no elaboró un juicio de la situación,
simplemente parecía tener miedo, uno que él mismo compartía.
—No fue un momento muy emotivo lo del bebé, ¿verdad?
—Es verdad —sonrió el duque, presionando un beso en el hombro de su
esposa—. Me hace feliz Kayla, en serio.
—Pensé que no quería hijos.
—Quizá, pero ahora que vienen en camino, me hace feliz.
Kayla no dijo nada más, se despegó de él y fue a recostarse, cubriéndose
con las mantas y cerrando los ojos sin esperar a que su esposo la siguiera.
Sin embargo, lo hizo, e incluso la abrazó.
Capítulo 23
Izek despertó cuando el sol daba sus primeros toques sobre la tierra. De
alguna manera se sentía revitalizado, era como tener un peso menos sobre
sus hombros, aunque era consciente de que, al mismo tiempo, lo había
depositado uno sobre los de su mujer… su mujer embarazada.
Giró la cabeza para encontrarse con el rostro relajado de Kayla, quien
dormía de costado, con el rostro hacía él y ambas manos bajo su mejilla.
Era preciosa, de eso no había duda, pero el haberse casado con él sería su
gran error, no podía encontrar una condena peor que estar ligado a los
Buccleuch, mucho menos llevar un hijo de ellos, el cual saldría con toda
seguridad con aquel cabello negro, ojos oscuros y piel pálida como la de un
muerto en vida.
Otro heredero para esa casa clasificada como el mismo infierno en vida
y eso si se decía que era varón, de ser mujer, no significaría nada, porque a
los Buccleuch no les importaban las féminas que pudieran nacer, mucho
menos si eran primogénitas, ahí se esperaba con ansia al hombre que
llevaría a la familia y, si después llegaban mujeres, era sólo para formar
alianzas, solían ser dadas como moneda de cambio y llevaban una vida
terrible.
De hecho, Nimue sería la primera mujer de su estirpe en no haber sido
forzada a un matrimonio por conveniencia, no sólo porque su hermano no
quisiera un destino tan cruel para ella, sino porque la joven se encargó de no
ser atractiva para la mirada varonil.
Kayla mostró símbolos de despertar todavía media hora más tarde,
abriendo sus ojos con pesadez, aun capturada a momentos por el sueño,
pero cada vez siendo más consciente y acercándose hasta colocarle una
mano sobre el pecho a su marido.
—¿Cómo te encuentras? —Izek tomó la mano que dejó sobre él.
—Bien —suspiró, aún con los ojos cerrados—. Cansada.
—Era de esperarse —pasó un brazo por debajo del cuerpo de su esposa
y la jaló hasta colocarla sobre él—. Descansa un poco más.
—Me parece encantador este lado tuyo —bromeó, acomodándose sobre
él—, parece que ser padre te ha cambiado.
—No lo creas, puedo volver en cualquier momento.
—Lo sé. Trataré de tener tu lado paternal por mucho tiempo.
Permanecieron de esa forma por un largo momento, tratando de estar
cerca el uno del otro después de una plática que pudiera ser la piedra que
hiciera el muro para separarlos. Sin embargo, Kayla se sentía de alguna
forma más cercana a Izek; mientras el duque podía asegurar que estaba
tranquilo por primera vez al estar junto a ella.
Kayla estaba a punto de caer dormida de nuevo, cuando de pronto, unos
toques en la puerta la hicieron levantar la cabeza del cuerpo de su marido y
sentarse correctamente en su lado de la cama; Izek la miró divertido y dio la
aceptación para que la persona pasara. No era normal que los
interrumpieran cuando estaban juntos, mucho menos por la mañana. No
recordaba alguna vez en la que alguien se atreviera a hacerlo.
Sin embargo, la señora Campbell entró con caminar resuelto después de
que alguien le ayudara a abrir la puerta, trayendo consigo una bandeja con
dos tazas de té y unas magdalenas recién hechas.
—Buenos días, mis señores. —Sonrió la mujer—. Traje esto para que la
señora lo coma antes de bajar al comedor, ayudará para que, si tiene que
vomitar algo, sea esto y no el desayuno.
Kayla se mostró claramente impresionada ante esas palabras, apenas
ayer le había revelado a su esposo sobre su embarazo, ¿cómo era posible
que la señora Campbell lo supiera? La joven frunció el ceño y miró a su
marido con nerviosismo, notando que él también estaba extrañado.
—¿Quién se lo dijo? —preguntó Izek, ayudando a su ama de llaves a
colocar la bandeja sobre las piernas de su esposa.
—Oh, toda la casa lo sabe ahora, señor —sonrió la mujer—. La señorita
Nimue está en verdad entusiasmada con la idea.
—¿Y ella como…? —Kayla se sintió enferma de un momento a otro,
tuvo la necesidad de cubrirse los labios y apartar la bandeja en sus piernas,
corriendo hacia el palanganero más cercano, el cual había sido cambiado a
tiempo para que ella volviera a ensuciarlo.
Izek suspiró, dando una mirada a la señora Campbell para que saliera de
la habitación mientras él caminaba hacia su esposa, ayudándola con el
cabello y reconfortándola mientras vomitaba.
—¡Dios! —se quejó, limpiando sus labios con el dorso de su mano—.
Odio esto con toda el alma.
—¿Mejor? —Ella asintió, cubriendo sus ojos con una mano—. Vamos,
necesitas descansar, quizá el té te asiente el estómago.
Kayla permitió que su marido la tomara en brazos y la llevara de regreso
a la cama. Estaba claro que no habían sido nauseas por el bebé, sino por una
impresión fuerte.
—Izek —se aferró a su camisa cuando ambos estaban de regreso en la
cama—. ¿Tú le dijiste?
—Sí. —La tranquilizó—. Mientras nos peleábamos lo dije.
—Oh… por un segundo sentí que mi corazón se paralizaba. —Ella
frunció el ceño y lo miró—. ¿Por qué te peleabas con ella?
—Los muñecos —dijo sin más, pasándole la taza de té—. Estoy seguro
que ella sabe de donde provienen.
—¿Crees?
—Nimue tiene muchas habilidades, Kayla, muchas que no me gustan y
sabe muchas cosas, quizá demasiadas.
—¿Por qué permitiría que algo me pasara? Ellos me trajeron aquí, dijiste
que por eso me aprecian, porque me parezco a ella.
—No lo sé. En realidad, no creo que quieran que nada te pase, mucho
menos ahora que estás esperando.
—¿Qué tiene que ver el bebé?
—Quiero pensar que no pueden ser tan despiadados.
—¿No dijiste que no confiara en ellos?
—Sí. Aunque quisiera que trataras de vivir tu vida normal.
—Claro, normal en medio de la anormalidad.
Izek dejó escapar una risilla.
—Comenzando por cambiarte y bajar a desayunar —la miró—. ¿Te
encuentras mejor ahora?
Como toda respuesta, Kayla se puso en pie y caminó hacia la habitación
del baño, donde seguramente ya la estaría esperando una tina caliente. Izek,
por su parte, tendría que esperar a que su turno llegara. Se dio el tiempo de
recostarse en la cama, suspirando tranquilo mientras escuchaba el chapotear
de la bañera.
—¿Mi señor?
El hombre levantó la cabeza y marcó su extrañeza en su rostro.
—¿Qué sucede señora Campbell?
—Pensé que la señora se encontraría en la recámara todavía.
—Está tomando un baño —apuntó con la mirada hacia la puerta por
donde su esposa había desaparecido hacía más de quince minutos. Pero al
ver que la señora Campbell se dirigía ahí con resuelto caminar, se vio en la
necesidad de incorporarse en sus codos y detenerla—. Prefiero que nadie la
moleste, no se ha sentido bien.
—No me diga que siguió devolviendo por más tiempo.
—Está mejor. —Entrecerró los ojos al ver la preocupación marcada en el
rostro de la mujer—. ¿A qué se debe su cambio de actitud hacia ella?
—Mi lord, la dama lleva al heredero del ducado.
—¿Y con eso ya cambia su posición en su favoritismo?
—Esperemos que traiga al mundo un varón, por supuesto. —asintió,
recuperando su actuar malicioso.
—Aunque fuera mujer, no dejaría de ser mi hija.
—Pero como sabrá, mi lord, una mujer no vale lo mismo que un varón.
Por una razón está estipulado de esa manera, sólo un hombre puede heredar
propiedades y dirigir esta familia.
—Señora Campbell, será mejor que no presione a mi mujer con esas
tonterías, quiero que lleve un embarazo tranquilo.
—Por supuesto, mi lord, haré todo lo posible para que así sea.
Izek hubiera querido decirle que era mejor que no tomara manos en el
asunto. Sin embargo, se vio en la necesidad de callar cuando la puerta del
baño cedió, dando paso a una sonriente Kayla, quien rápidamente cambió
su actitud al ver a la señora Campbell.
—¿Sucede algo?
—No. —Izek despidió al ama de llaves con la mirada—. Vamos,
arréglate. Iré a tomar una ducha.
Kayla asintió, pero notó como la señora Campbell no hacía caso del
mandato silencioso de Izek y permanecía en la habitación. Ella trató de
ignorarla, supuso que se iría pronto al faltar un Buccleuch en la habitación,
pero la mujer permaneció, mirándola extrañamente mientras ella trataba de
vestirse ante su atenta mirada.
—¿Se le ofrecía algo, señora Campbell?
—Sólo felicitarte, niña —la mujer abrió sus brazos y de pronto la tenía
presa entre sus grandes senos—. ¡Es una excelente noticia!
—¡Ah! Señora Campbell —trató de que su bata no se desacomodara
ante los movimientos alegres—. Se lo agradezco.
—El duque está feliz, puedo notarlo, la casa entera lo está.
—Es un poco pronto para festejar. —Se sentía nerviosa, ella sabía
perfectamente que los primeros meses del embarazo eran cruciales, era fácil
perder niños, sobre todo en sus condiciones actuales—. Me gustaría que no
se hablara del tema hasta que hayan pasado unos meses.
—¡Tonterías, niña, tonterías! —quitó importancia la mujer—. Te puedo
asegurar que no he presenciado pérdidas de niños de los Buccleuch, los
niños se aferran con fuerza cuando se trata de ellos.
—Oh, claro —se sonrojó, esperando a que se fuera.
—¿Desea que la ayude a cambiarse?
—No es necesario, puedo hacerlo por mí misma.
—Entiendo, por ahora lo permitiré, estará en sus primeros meses y se
siente muy fuerte, ya verá cuando el embarazo avance. Por el momento,
¿qué se le antoja para desayunar?
—Eh… lo que sea estará bien.
—¿Segura? ¿No tiene más náuseas?
—No. Me encuentro perfecta.
—Le dije que le serviría el té y las magdalenas —dijo alegre, caminando
hacia la puerta—. Como sea, ordenaré una buena ración de huevos fritos y
tocino. Algo de leche y… ¿Tostadas?
—Sí, me parece bien.
La mujer siguió balbuceando locuras sobre bebés y embarazo hasta que
la puerta se cerró. Kayla sentía que era la conversación más extraña en la
que ambas hubiesen estado presentes, la señora Campbell ni siquiera la
había insultado una vez. Era raro.
—¿Qué ocurre? —Kayla dio un gritito y brincó hacia un lado al
escuchar la voz de Izek a sus espaldas. Ni siquiera lo había escuchado salir
del baño. Él sonrió divertido—. ¿Qué pasa?
—La señora Campbell se comporta extraña.
—¿Te dijo algo que te molestó? —su cara cambió al enojo.
—No, no —ella meneó las manos frente a su esposo—. De hecho, creo
que está feliz… se ve muy emocionada con lo del bebé.
—Sí, también me lo hizo saber. —Pronunció con amargura.
Ella lo miró insegura.
—¿Es que te molesta el bebé?
—¿Qué? —la miró con una sonrisa—. ¿Por qué dices eso?
—No sé, dijiste eso como… no sé.
—No tengo nada contra mi hijo Kayla, no soy un monstruo.
—¿Entonces por qué le ha molestado lo que dije?
—Porque advertí a la señora Campbell que no te molestara.
Entrecerró los ojos, mostrándose recelosa ante las palabras, el que no se
quejara del nacimiento no quería decir que estuviera feliz.
Izek suspiró.
—¿Qué quieres de mí, Kayla?
—Nada.
Ella se volvió hacia la puerta que conducía a su habitación, al final de
cuentas, seguía estando en bata y era necesario cambiarse aprisa, tenían
visitas y el desayuno era servido en una hora.
Izek suspiró con cansancio, tal parecía que era incapaz de complacer a
su mujer. No podía fingir que sentía un cierto desapego hacia el bebé, en
primera instancia porque no era perceptible para él, aquello era sólo una
condición en la cual estaría su esposa. Quizá cuando lo tuviera en sus
brazos, podría sentir la emoción y el cariño que parecía sentir Kayla en esos
momentos.
Se apuró a cambiarse para alcanzar a su esposa en su habitación, aún a
mitad de su peinado. Se sentó en uno de los sofás estampados de la sala
acondicionada en la recámara de su mujer, mirando como ella misma se
peinaba con habilidad, mientras le lanzaba furtivas miradas inquietas.
El duque atrapaba de cuando en cuando aquellos insistentes iris verdosos
que parecían querer descubrir algo en él, pero en cuanto Kayla se percataba
de que la observaba de regreso, se enfocaba en otra cosa.
—¿Vas a decirme algo de una vez por todas, o seguiremos
intercambiando miradas furtivas a través de tu espejo?
—Yo no te estoy mirando.
—Por favor Kayla… —se quejó el duque.
—¡Tía Kayla! —gritaron desde el otro lado de la puerta—. ¡Tía Kayla!
¿Cuánto más vas a tardar? ¡Quiero ir a montar un poni!
La joven mujer regresó una mirada hacia su marido y suspiró.
—¿Tiene algún poni?
—Por supuesto que no —frunció el ceño.
—Era de esperarse —Kayla se puso en pie, pero antes de abrir la puerta
a su sobrina, se detuvo en seco y regresó a Izek una mirada cargada de
frustración—. No se me da bien montar.
—Lo sé.
—No puedo llevar a Brina a montar.
—¿Estabas pensando hacerlo? —juntó las cejas sorprendido—. Estás
embarazada, no puedes montar.
—¿No?
—No, es peligroso, podrías perderlo.
Kayla se llevó una mano hacia el vientre plano y se inquietó. No pensó
que afectaría al bebé algo como aquello, pero Izek parecía decirlo como si
se tratara de una regla elemental y conocida por todos. De todas formas,
preguntaría a su hermano sobre ello.
—Le preguntaré a Publio.
—Pregúntale —dijo molesto—. Te dirá lo mismo.
Kayla abrió la puerta, mostrando la carita impaciente de su sobrina,
quien con brazos cruzados y un pie moviéndose contra el suelo daba a
entender que no estaba acostumbrada a esperar por que se cumplieran sus
caprichos. Aunque dudaba que, si Publio decía que no a algo, la niña
pudiera ponerse de esa forma, seguro que su hermano la mandaba a volar en
dos segundos.
—¿Por qué tardaste tanto, tía? —la tomó de la mano, pero al ver la
presencia que salía justo detrás de Kayla, la niña enmudeció de pronto—.
¿Por qué está él en tu habitación?
Izek elevó una ceja y miró a su esposa con diversión.
—No lo sé —concordó—. ¿Por qué estaba en mi habitación?
El duque comprendió que Kayla seguía enojada por su falta de
entusiasmo hacia el nuevo integrante de su familia. Izek negó con una
sonrisa y se acercó sedantemente al oído de su mujer.
—No juegues con fuego mujer —le besó la mejilla y se adelantó,
acariciando la cabeza de la niña al pasar de largo.
Brina lo miró con desagrado y se volvió de nuevo hacia su tía.
—¿Por qué estaba en tu habitación?
—Porque él es mi esposo Brina, así como tu mamá y tu papá están
juntos en una habitación, el duque y yo también lo estamos.
—Mmm… pero papá y mamá se quieren.
—¿Y?
—Y el duque no te quiere.
Había sido un golpe duro para Kayla, pero tenía que aceptar que era
verdad. La boca directa de Brina podía ser dolorosa, pero no dejaba de ser
acertada. Al parecer, la falta de afecto del duque era notoria hasta para una
niña pequeña, como lo era su sobrina.
—Vamos —la tomó de la mano y la condujo escaleras abajo, hacia el
comedor donde ya las estarían esperando.
Kayla se las apañó para sonreír cuando entraron al comedor, sus
hermanos la miraron con suspicacia, era claro que notaban el estado de
ánimo en el que se encontraba.
—¿Algo sucede Kayla? —intervino Grace rápidamente.
—No. —Se apuró a contestar la joven, notando que estaban sus cuñados,
pero su esposo aún no había hecho acto de presencia a pesar de que bajó
primero las escaleras. Tampoco estaba el señor Arnold.
—Brina, ven a sentarte con tu madre —pidió la voz clara y sin
emociones de Publio, parecía pensativo y analítico al momento de ver a su
hermana.
La niña se soltó rápidamente de la mano de su tía y corrió hacia
Gwyneth, quien la sentó en una silla con varios libros colocados sobre ella
para que lograra alcanzar la altura de la mesa.
—¿Por qué me miras así Publio? —sonrió la menor, caminando hacia su
asiento en la mesa.
El mayor permaneció en un silencio analítico por otros minutos,
vigilando los movimientos de su hermana, la forma en la que su piel se
mostraba rozagante y sus ojos iluminados como dos velas a mitad de la
noche. Era claro y más que obvio. Publio despegó la vista de su hermana y
miró a su mujer, ambos asintieron en confirmación a un pensamiento
compartido y silencioso.
—Nada. Sólo quería felicitarte.
Las mejillas de Kayla se encendieron al comprender por qué había sido
sometida a ese escrutinio incómodo. Se las arregló para asentir, al final de
cuentas, era Publio y él siempre había sido así.
—Gracias. —Sonrió apenada.
—¿Por qué la felicitas? —Terry frunció el ceño—, ¿De qué me perdí?
—miró de uno de sus hermanos a otro y después a su mujer, pensando que
podía tener la respuesta—. ¿Qué está pasando aquí?
Nimue sonrió con sinceridad y miró a su cuñada con cariño.
—Kayla está en cinta —dijo en un tono suave y lleno de alegría.
—Oh —Grace se sorprendió y miró a Gwyneth, quien simplemente
confirmó con un cabeceo sin expresión en el rostro—. E-s una gran
noticia… —miró a su marido—. Lo es ¿verdad?
—Nunca he escuchado que un niño sea algo malo —dijo Terry.
—No, el nacimiento de mi hijo no podría ser tomado como una mala
noticia —irrumpió el duque, entrando al comedor con zancadas largas y un
aura destructiva y agresiva—. Buenos días a todos.
—Entonces, también hemos de felicitarlo duque —dijo Grace, tratando
de ser el paladín de paz ante el ambiente tenso.
—Gracias lady Hamilton —asintió el hombre, tomando el lugar en la
cabecera de la mesa y mirando a su esposa, sentada a su mano derecha—.
¿Qué quieres desayunar? ¿Aún tienes náuseas?
—No. Me encuentro mejor.
—¿Cómo? —Irrumpió Brina después de su proceso de digerir las
palabras dichas por los adultos—. ¿La tía tendrá un bebé?
—Sí, mi cielo —Gwyneth hizo que su hija se sentara.
—¿Por qué todo mundo quiere tener bebés? —dijo enojada—. ¡No
tengan más bebés! Sólo quieran a Brina.
—Silencio Brina. —pidió Publio, la niña apretó los labios.
—Hermano, deberíamos pensar en la habitación del bebé —sonrió
Nimue y agregó insinuante—: o los bebés.
Izek se vio en la necesidad de toser, el café que había comenzado a
degustar le quemó la lengua y pasó inadecuadamente por su garganta. El
duque miró mal a su hermana, la cual sonreía.
—Al final de cuentas es una posibilidad —dijo Sloan—. Nuestra familia
está repleta de mellizos, en cada generación hay un par.
—¿En… en verdad? —Kayla miró nerviosa a su marido.
—Es verdad —Izek rascó su cabeza—. Pero nada puede asegurar que en
tu primer embarazo tengas gemelos.
—Sin embargo, la genética no miente —sonrió Nimue—. Yo espero que
sean gemelos, ¡qué regalo más grande! Sobre todo, si es un varón y una
niña, como Sloan y yo.
—Que Dios nos libre —susurró Grace a lo bajo.
La mirada oscura de Nimue voló hacia la rubia, quien rápidamente se
respaldó detrás de su vaso de jugo y sonrió hacia su marido, iniciando una
conversación con él.
—De todas formas, tendremos que ser pacientes —dijo Kayla—
esperemos que en esta ocasión no lo sean, porque seré primeriza.
—Oh, pero si tendrás mucha ayuda —continuó la joven, quien parecía
emocionada y sus ojos parecían querer saltar de su lugar—: la señora
Campbell, Sloan y claro, yo también estaré.
—Nadie además de nosotros se acercará al, o los bebés —finalizó Izek,
impactando con sus palabras a la mesa entera.
—Oh Izek, eso dices ahora, espera a que lleguen y no pensarás dos
veces en aceptar un relevo.
—No suelo cambiar de opinión Nimue, deberías de saberlo —la miró
intransigente, advirtiendo a su hermana en cada palabra.
Las miradas extrañadas y nerviosas se intercambiaron entre los
familiares de la mesa, Kayla sentía que se desmayaría y los gemelos estaban
más que impactados por el cambio de Izek con respecto al bebé. Sin
embargo, al duque poco le importaba armar revuelo, si él tenía algo que
decir y dejar claro, lo haría, sin importar a quien le impactara o no.
—Cambiemos el tema, ¿Sí? —pidió Kayla—. Me pongo nerviosa sólo
de pensarlo, es todo muy nuevo y temo por ilusionar de más a todos y que
sea una falsa alarma o que suceda una desgracia.
Publio sonrió con cariño hacia su hermana.
—Nada pasará —tranquilizó—. Siempre has tenido una buena salud, no
veo por qué se complicaría algo con tu embarazo. —Publio miró hacia su
cuñado—. Es obvio que se espera que estés tranquila, relajada y feliz.
—Si tiene algo que decir, Hamilton, será mejor que me lo diga
directamente, el día de hoy no estoy receptivo en indirectas.
—¡Izek! —Kayla le reclamó incluso con la mirada.
—No discutamos —pidió Gwyneth, mirando a su marido—. Como has
dicho Publio, Kayla tiene que estar relajada.
Los dos hombres guardaron sus filosas palabras para un momento de
soledad entre ellos, así que se dedicaron a lanzar miradas claramente
amenazantes. Kayla trataba de mantenerse tranquila, pero estaba claramente
tensa ante disgusto entre su esposo y hermanos. Entendía ambas partes, Izek
estaba enojado por ser diariamente amonestado y sus hermanos sólo
intentaban protegerla. No había forma de hacerlos entrar en razón, ni
tampoco de que se llevaran bien.
Comenzaba a sentirse verdaderamente desanimada, cuando de pronto
sintió que su marido le tomaba la mano que ella mantenía sin movimientos
sobre la mesa. Kayla levantó la mirada y sonrió un poco al notar el
arrepentimiento y las disculpas que intentaba darle.
—¿Por qué no damos un paseo por el jardín? —le ofreció y después
levantó la mirada—. De hecho, es un día agradable, ¿les apetece que
tomemos la comida afuera?
—Creo que es una idea maravillosa —sonrió Grace, agradeciendo el
esfuerzo del duque—. Seguro que el aire fresco y el sol caerán bien.
—Sí, ¿Qué dices Kayla? —sonrió Gwyneth.
La joven miró a su familia con cariño y asintió.
—Gracias, me encanta la idea.
Nimue y Sloan permanecieron callados el resto del desayuno, lo cual
pareció relajar a Izek, quien incluso entabló una conversación trivial con los
hermanos Hamilton.
Cuando el desayuno hubo terminado y sólo bebían café en una aparente
calma, uno de los mayordomos hizo intromisión y susurró al duque algo
que colocó una expresión seria en su rostro. Kayla frunció el ceño y trató de
escuchar, pero su marido le tomó la mano, indicando que ni siquiera lo
intentara.
—Bien, informe que en un momento iré. —El mayordomo se inclinó
con respeto y salió presuroso a entregar el mensaje de su amo.
—¿Qué sucede? —inquirió una preocupada Kayla.
Izek apretó cariñosamente la mano que tenía aprisionada y se la llevó a
los labios, dejándola en ese lugar por un largo momento.
—No te preocupes.
—¿De qué hablas? ¿De qué no debo preocuparme?
Izek se puso en pie y dejó la servilleta de tela sobre la mesa.
—Lamento tener que retirarme tan bruscamente, pero se quedan en su
casa —miró a su esposa—. La señora Glenn está esperando.
—Oh, iré con ella en seguida, pero…
Izek no esperó a que su esposa terminara y salió rápidamente del
comedor, lo cual causó un ceño fruncido en todos los comensales.
—¿A dónde va el tío ogro con tanta prisa?
—Brina, no le digas así a tu tío —regañó Gwyneth, pero las risas de
Terry y Grace no ayudaban con la disciplina de la pequeña diabla.
Kayla se puso en pie, los gemelos habían querido hacer lo mismo, pero
al verla a ella partir primero, le dejaron ser quien amonestara y cuestionara
a Izek sobre la extraña salida.
—¡Izek! —le gritó antes de que fuera capaz de salir del castillo.
El duque regresó la mirada y esperó a su esposa.
—¿Qué sucede?
—Eso quiero saber yo, pensé que me tenías confianza.
—Un poco más —admitió—. Pero esto no es algo con lo que puedas
ayudarme, será mejor que regreses.
—¿Cómo sabes si podré ayudarte si no me lo dices?
—Estás embarazada, Kayla, no quiero ponerte en peligro.
—Pero…
—Lo siento —le besó la frente—. Vuelvo en unas horas.
—Izek… —El hombre suspiró y se volvió de nuevo hacia su esposa,
quien parecía avergonzada en esa ocasión—. Cuídate mucho.
El duque sonrió y se acercó para darle un beso en los labios. En
ocasiones ella podía ser tan adorable, que incluso no le parecía su esposa.
Quizá fuera parte de su embarazo el que la hiciera más cariñosa y sensible,
no se quejaba de ello, pero le era extraño. Aquel beso se prologó por más
tiempo del deseado, el duque por poco olvida que tenía que irse, para esos
momentos, su mente ya vagaba en tomar a su esposa en brazos y llevarla a
una habitación para estar solos ellos dos el resto del día.
—Izek… —llamó Arnold, un tanto avergonzado.
El beso se cortó estrepitosamente y el duque miró a su amigo con
fastidio. Regresó la mirada hacia su esposa y la besó una vez más.
—Descansa Kayla, no te esfuerces mucho.
—Está bien —dijo avergonzada, queriendo meter la cabeza debajo de las
rocas tras aquel beso pasional frete a otras personas.
En esa ocasión lo dejó marchar junto con Arnold, quien parecía
divertirse a posta del duque. Kayla los vio partir y fue rápidamente a recibir
a su amiga y la presentó al resto de su familia. Incluso Nimue y Sloan
habían dado un momento de paz a Kayla y sus invitados, puesto que
también desaparecieron después del desayuno.
Capítulo 24
Izek cabalgaba en un silencio que enaltecía los sonidos del bosque que
recorría con la única compañía de su amigo Arnold. Por alguna extraña
razón, estaba respetando el silencio en el que se había sumido el duque,
posiblemente invadido por un tumulto de pensamientos turbulentos a juzgar
por su faz inmutable, pero con los ojos llenos de preocupación.
Arnold lo miraba de soslayo, considerando extraña la actitud pese a que
era común que Izek fuera un hombre más bien taciturno y poco expresivo
tanto de emociones como de pensamiento. A menos que fuera de furia,
porque si el duque se enojaba, era notorio y él tampoco hacía nada por
ocultarlo o controlarse.
—¿Qué sucede Izek? —Se atrevió a interrumpir el hombre—. ¿Qué te
mantiene en medio de tus pensamientos?
El imperturbable hombre se mantuvo en silencio por un largo momento
antes de contestar, quizá había pensado en inventar algo para no decir la
verdad, pero al final, era Arnold, su fiel confidente y la persona que lo
conocía mejor que nadie.
—Estoy preocupado por mi mujer.
—¿Qué le sucede a Kayla?
El duque volvió a meditar varios momentos su respuesta.
—Está embarazada.
—¿Embarazada? —sonrió Arnold—. ¡Vaya! Felicidades.
—Lo agradezco, pero no es el punto.
—¿Qué quieres decir?
—Creo que está en más peligro ahora.
—¿La quieres mandar lejos?
Izek asintió solemnemente.
—Era mi idea inicial, no me importaba que se molestara conmigo, no
hay lugar más seguro para ella que con los Hamilton, pero… —negó
frustrado y maldijo—. Nimue amenazó con seguirla.
—¿No puedes impedirlo?
—Sí, pero encontraría la forma de lograrlo, me da pavor que algo pueda
pasarle y… la prefiero cerca, no sé, de alguna manera no me gustaría
perderme el nacimiento de mi propio hijo —Izek pareció molestarse
consigo mismo por ese pensamiento—. Debo estar loco.
—¿Por querer cuidar y estar con tu esposa mientras tiene a tu hijo? —
Arnold sonrió con lástima—. De hecho, me parece que al fin te estás
comportando como un ser humano Izek.
—No hay tiempo para serlo, es una tontería sentimental, me está
impidiendo hacer lo que debo hacer. Tengo que alejarla de aquí, protegerla
de lo que sea que venga en camino.
—Supongo que alejar a los gemelos no es una opción.
Izek volvió a negar.
—Prefiero tener a mis enemigos cerca.
—¿Hablaste con ella? ¿Ya los declaraste como enemigos?
—Sí. Pese a que ella quiso confundirme al decir que pensaba mal
siempre, no dudo que estén detrás de todo esto.
—¿Los asesinatos?
—Son… más que capaces. No es la primera vez que lo hacen.
—Izek, lo que pasó con esa muchacha… no se considera un asesinato
premeditado, lo sabes, fue un accidente.
Izek apretó las riendas y miró a su amigo con amargura.
—¿Qué tal si no? ¿No vamos a revisar otro acontecimiento extraño? —
le dijo enojado—. Como duque debo de ir yo, pero ¿qué me dice que no es
una distracción para estar con mi mujer?
—La tienes vigilada, estará a salvo, además, están sus hermanos.
—Sus hermanos —chistó la lengua—. Eso me tiene tenso en todos los
sentidos. Saben que algo anda mal y siendo quienes son, seguro estarán a la
mitad de camino de descubrirlo.
—Puede ser positivo.
—¿De qué hablas?
—Si saben que algo está mal, pueden llevarse a Kayla a la fuerza.
La mandíbula de Izek se tensó y sus músculos del cuerpo hicieron lo
mismo, demostrando el desacuerdo que sentía de que aquella acción se
llevara a cabo. Arnold sonrió, parecía ser que era algo mucho más intenso
que una conexión por el bebé, quizá su amigo no lo quisiera ver aún y
dudaba que tuviera cabeza en esos momentos para averiguarlo, pero para él
era más que notorio que Izek no sólo sentía apego por el hijo que la mujer
llevaba consigo, sino con la mujer en sí.
—Ella se quedará a mi lado.
—Izek… pensé que lo que querías era que estuviera a salvo.
—¿Quieres decirme que no puedo proteger a mi mujer?
—No. Quiero decir que no puedes estar en todas partes, luchando contra
tantos frentes. Justo ahora has tenido que alejarte para ver con tus propios
ojos una locura.
Izek suspiró, sus hombros en tensión se relajaron hasta mostrarse
desmoralizado. Era increíblemente extraño ver al duque de esa manera, el
siempre reacio, fuerte e inquebrantable hombre parecía totalmente
sucumbido ante los recientes cambios en su vida.
—Estoy harto de la situación, para ser sincero, quiero que todo acabe.
Necesito un problema menos en mi vida, con la llegada de Kayla fue lo
suficientemente complicado, pero ahora… ¿un hijo? —rio sin ganas—.
Parece una verdadera bofetada de la vida.
—Entonces… no quieres.
—Jamás diría eso. Estoy agradecido de que mi mujer tenga un hijo mío
en el vientre, pero qué momento más inadecuado.
—Eso no se controla.
—Se pudiera. Pero esa maldita de Nimue…
—Seguro que, si tu esposa se daba cuenta que estaban haciendo algo
para que no quedara embarazada, se enojaría y entonces tendrían un
verdadero problema, porque estoy seguro que Kayla podría convertirse en
asesina si el momento lo requiere.
—No lo dudo. Como sea, las cosas no sucedieron así, ella está
embarazada, mis hermanos están locos y los Hamilton sospechan.
—Vaya lío.
—Sí. Vaya lío.
Arnold no quiso formular nuevas preguntas, al final de cuentas, seguro
que ninguna de ellas tendría una respuesta que fuera alentadora, el estado de
ánimo del duque era increíblemente negativo, su vida se había tornado en
un conflicto de un momento a otro, y todo debido a esos gemelos.
No era la primera vez que hacían algo parecido, pero en esa ocasión en
particular, Arnold creía que se pasaron de la raya e imaginaba que su amigo
pensaba exactamente lo mismo.
Era medio día cuando llegaron a las casas de la servidumbre del castillo,
aquellas que bordeaban la propiedad y eran encargados de los cultivos, los
animales e incluso algunos eran arrendatarios o personal directo de la casa
grande. Los hombres y mujeres de la zona esperaban impacientes la llegada
del señor de esas tierras. Desde hacía días que reportaban sucesos extraños
en una de las casas alejadas, la única que había sido construida subiendo
una colina y, la cual se decía, estaba abandonada y prohibida, se decía
embrujada.
No era algo nuevo ni descabellado pensar en embrujos y fantasmas,
mucho menos para un lugar lleno de leyendas como lo era el castillo de la
antiquísima familia Buccleuch. Pero aquellos reportes pasaron de ser
locuras esporádicas a constantes quejas por parte de los asustados
pueblerinos que incluso amenazaban con el abandono si no se resolvía el
tema de la cabaña embrujada.
Parecía ser que los sonidos y las luces en esa choza jamás llegaban a su
fin. Se decían de gritos, de olores y sonidos extraños. Las luces se prendían
y apagaban a placer, los crujidos de la madera hacían eco en la oscuridad de
la noche. Nadie se atrevería a revisar lo que sucedía, nadie además del
duque y dueño de todo lo que estaba en esas tierras.
—¡Oh, duque! ¡su excelencia! ¡Mi señor! —los aldeanos rápidamente
rodearon los caballos con expresiones desoladas y escandalizadas—. ¡Al fin
llega a socorrernos amo!
—Bien, revisaré el lugar, pueden tranquilizar sus nervios. —Izek miró a
su amigo y azuzó el caballo para que corriera colina arriba.
Ambos hombres desmontaron al mismo tiempo, dándose cuenta de que
la casa tenía un notable deterioro, no parecía haber vivido alguien ahí en
años y dudaba que fuera habitable debido a lo corroído de la madera y lo
roto de las ventanas, el frío sería insoportable.
—En verdad que parece propiedad de fantasmas.
—Cállate Arnold.
El duque fue el primero en subir los escalones del pórtico y abrió la
puerta que dejó salir un espeluznante rechinido que erizó la piel del señor
Arnold que poco disfrutó el sonido que le causaba nervios.
—Algo anda mal aquí.
—¿Además de que está descuidada, dañada y abandonada? —el duque
miraba a su alrededor con crítica.
La cabaña no parecía embrujada sino deteriorada. Era una buena casa,
grande y luminosa, una familia de cinco personas podría vivir ahí con
comodidad. Si la restauraban y trataban de que la gente entendiera que no
eran más que tontas supersticiones, quizá sería un futuro hogar.
Ahí dentro no había nada más que muebles carcomidos por el tiempo,
polvo que se colaba hasta los pulmones y techos y suelos dañados. No era
posible que alguien caminara ahí con libertad, la madera crujía en
advertencia de derrumbe, así que una luz era impensable a menos que fuera
por medio de velas.
—No veo nada que me indique que vive alguien —externó Izek.
—Puede que sea algo pasajero, ¿un vagabundo quizá?
—Puede ser, pero ¿Qué me dices de los gritos?
—Serán los niños que vienen a jugar al más valiente —pensó Arnold—.
Seguro sería algo estúpido que yo haría de niño.
Izek estaba a punto de concordar con el análisis de su amigo, cuando de
pronto llegó un olor que le era conocido de hacía poco. El olor de la
habitación de su mujer y que no tenía nada que ver con el aroma personal
de Kayla, sino con un aditamento que se encontraba en los muñecos
extraños que habían sido encontrado debajo de ambas camas. Sin pensarlo
demasiado, ni informar a su amigo, se encaminó hacia el aroma.
—¿Qué haces? —lo siguió Arnold sin notar diferencia.
—Huelo algo.
Arnold intentó seguir el olfato del duque, pero el aroma era tan sutil que
pasaría por alto de casi cualquier persona, sobre todo porque se encontraban
en una casa abandonada, con años de deterioro, moho y en medio de la
vegetación que buscaba consumirla.
—No huelo nada extraño.
—Silencio. —Pidió con fuerza el duque.
Arnold obedeció y siguió de cerca al hombre que se convirtió en sabueso
de un momento a otro. Oliscaba el ambiente como si se tratara de un perro y
caminaba cada vez más profundo en la casucha.
Izek se detuvo en seco cuando se dio cuenta que el olor era intenso, pero
ahí seguía sin haber nada, estaban en la cocina, pero, además de los
envejecidos muebles y elementos de cocina oxidados, no había nada que
indicara que se utilizaban hacía poco.
—Izek —llamó Arnold—. Ahí, una trampilla —apuntó a los pies del
duque—. Bajo esa alfombra hay una trampilla, mira.
El hombre levantó uno y otro pie, dándose cuenta entonces que su amigo
tenía razón, estaba justo sobre una trampilla. Se agachó y el olor que le
daba tanta repulsión se hizo aún más intenso.
—Viene de ahí abajo.
—Es tétrico amigo, tétrico.
—¡Sshh! —El duque volvió a pedir silencio.
Izek quitó el tapete que lanzó una nube de polvo y abrió la trampilla del
suelo, extrañamente, esta no hizo un sonido chillante como el resto de la
casa, parecía estar en pleno estado y ser de uso normal, puesto que la
escalera que bajaba estaba limpia.
—No pensarás…
—Bajaré, dame algo con qué ver —irrumpió el duque.
—Estás loco, ¿Qué tal si hay alguien ahí abajo y no lo estás viendo? Te
atacará en cuanto lo intentes.
—Sólo dame algo con lo qué ver. —Pidió con impaciencia.
Arnold rodó los ojos y encontró en la casa un viejo farol de mano que,
con esperanzas seguiría teniendo aceite en su interior. Tardaron unos
momentos en encenderlo, agudizando los oídos por si había indicios de que
se estaban moviendo ahí abajo. Sin embargo, la casa permanecía sumida en
un siniestro silencio que hacía aún más audible la respiración del duque y su
compañero.
El duque miró a sus lados, buscando algo con lo que amarrar el farol.
Arrancó un pedazo de cortina rota y enmohecida y bajó con cuidado la luz
que rápidamente mostró ante los hombres todo un espacio lleno de hiervas,
brebajes, animales muertos y demás características de una habitación para
brujería.
—Demonios Izek, eso es…
—No hay nadie, bajaré.
—¿Qué?
—Que bajaré, vigila.
—Izek, apenas y se ve algo, no debes de… —el hombre se interrumpió
al notar que era ignorado—. Claro, haz lo que quieras.
El duque bajó los palmos de la escalera con cuidado, observando a su
alrededor por si el dueño de la habitación se encontraba escondido por
algún lugar. Claramente se habría puesto sobre aviso ante los constantes
sonidos que la casa hacía cuando se caminaba por ella, así que bajar la
guardia no era una opción.
Cuando sus plantas tocaron el suelo, los ojos oscuros del duque vagaron
con avidez por la habitación. Claramente era utilizado con constancia, se
mantenían las hojas frescas e incluso consideraba que ese conejo había sido
cazado ese mismo día. De hecho, consideraba que la persona debía estar
increíblemente cerca.
Sacó su arma de inmediato y caminó despacio por el lugar, más
específicamente hacia la mesa central de la habitación, dónde se tenían
todos los aditamentos, como cuencos, pócimas, plantas regadas por uno y
otro lado, libros, velas, frascos con cosas indescriptibles y…
—Pero qué demonios… —El duque se adelantó y tomó en sus manos
algo que creyó un invento en un tiempo y después, una pista importante
para llegar al fondo del misterio.
—¡Izek! —los ojos del nombrado se volvieron hacia la abertura, por
donde Arnold se asomaba—. Salgamos ya de aquí, tengo un…
—¡Agh! ¡Maldición! —gritó de pronto Izek cuando sintió el filo de un
cuchillo atravesarle el muslo—. ¡Maldito hijo de puta!
El duque, pese a estar malherido, logró agarrar por las ropas al intruso y
arrastrarlo hacia él. Le fue infinitamente sencillo levantarlo y pegarlo a la
pared más cercana, tomándolo por el cuello.
—¡No me mate! ¡Por favor, mi señor! ¡Soy un simple cuidador!
Para ese momento, Arnold había echado un brinco que seguramente le
mandó un dolor que le recorrió hasta la nuca, pero si se había herido, no lo
hacía notar, puesto que estaba parado erecto y furioso junto al duque,
mirando al hombre enclenque que levantaba las manos y temblaba como un
conejillo asustado, mirando de uno a otro con los ojos llenos de terror.
—¡Quién es tu señor! —gritó—. ¡De quién es esta pocilga!
—¡La bruja, mi señor! ¡La bruja me obligó!
—¿Bruja? —Arnold elevó una ceja—. ¿Sabe lo que dice?
—¡No! ¡Lo juro! Es una bruja, jamás le veo la cara, viene cubierta, pero
es de temer mi señor, se lo juro, le temo.
—¿Cuándo viene esta bruja que dices?
—No lo sé, viene cuando quiere, yo tengo que tenerle todo listo —
apuntó con los ojos hacia las plantas—. Siempre quiere cosas frescas y me
encargo de despellejar los conejos y desplumar las aves.
—Repugnante trabajo que tienes, ¿Sabes lo que hacen las brujas? —dijo
Arnold—. ¿Para lo que las buscan?
—Mi señor, tengo hijos, tengo familia. La bruja dijo que mandaría una
maldición a mi hija si no le servía.
Izek soltó el trémulo cuerpo del hombre, el cual se desvaneció hasta
quedar sentado en el suelo, donde se hizo un ovillo y lloró.
—No creo que esté mintiendo —dijo el duque, pensativo—. Tenemos
que regresar. Deja vigilancia aquí Arnold, quiero a esa bruja en mi poder
cuanto antes. Y tú —miró hacia el hombrecillo que saltó ante la voz
imperiosa del señor de esas tierras— seguirás trabajando como si nada de
esto hubiera pasado. Quiero que intentes verle la cara y darás aviso a
alguien, te las arreglaras, porque si no lo haces, juro por mi propia vida que
te asesinaré con mis manos.
—¡Mi señor! ¡No era mi intensión ofenderos!
—Ni atravesarlo, claro —Arnold hizo hincapié en la herida que Izek
deliberadamente ignoraba.
—¡Por todos los cielos! —exclamó el hombre al ver que el cuchillo
seguía encajado en el muslo del duque—. ¡Lo siento mi señor! ¡Lo siento!
—¿Por qué se escuchan gritos? —prosiguió Izek, tratando de no sentirse
abrumado ante la desesperación en la voz suplicante.
—Mi señor, cuando la bruja llega, yo tengo que irme, siempre tengo que
salir de aquí para no molestarla.
—¿No tienes ni idea de qué hace? —dudó Arnold.
—Sé… que busca algo, sé que quiere que alguien regrese de entre los
muertos —dijo en una voz siniestra y muy baja, llena de terror—. Alguien
que perdió, alguien querido.
—¿Es para ella? ¿Trabaja para si misma? —inquirió Izek—. Pensé que
eso no era posible.
—No lo sé, mi señor.
Izek calló por varios momentos, parecía reflexionar.
—Arnold, necesito que vayas por la vieja Fiona y la lleves al castillo.
—Fiona no va Dalkeith, lo sabes Izek, dice que se maldeciría o algo así.
—Le daré lo que quiera. Todo el mundo sabe que esa mentecata hace lo
que sea por dinero. Tráela mañana mismo.
—Claro, como quieras Izek, pero por favor, curemos esa maldita herida
que tienes en la pierna, me estás poniendo nervioso.
Izek miró hacia su pierna, apenas y le dolía, sentía la adrenalina de
cualquier guerrero, él lo era y no cualquiera, sino que era un líder, un
pequeño cuchillo en su pierna no era mella para hacer su trabajo, seguro
dolería, pero no en ese momento.
—Que vigilen a este imbécil, si quiere dar alarma a su bruja, entonces lo
matan —dijo sin un despojo de piedad.
—Como ordenes.
Capítulo 25
Izek cabalgó en soledad de regreso al castillo, había dejado a Arnold
con demasiadas cosas que hacer y él no podía ayudarlo porque la maldita
pierna había comenzado a reclamarle. Pese a que se había hecho un
torniquete y que dejó el cuchillo dentro para que la sangre no brotara, sabía
que se estaba debilitando, tener que ir a caballo tampoco le ayudaba, el
continuo movimiento del animal lo lastimaba y lo hacía sudar frío. Cerró
los ojos con fuerza y miró hacia el castillo que ya se veía a lo lejos.
—Falta poco, falta poco —se dijo a sí mismo, tocando el cuello del
caballo para que este volviera al trote, aunque eso significara dolor.
Tuvo que agradecer que se sugiriera en la mañana que tomaran la
comida en los jardines, porque de esa forma tanto su esposa como su
familia fueron capaces de verlo montar de regreso a la propiedad. Kayla fue
la primera en alarmarse, había visto muchas veces a su marido sobre un
caballo y jamás se encorvaba y mucho menos se tomaba una pierna de esa
forma tan extraña, parecía no estar manejando al caballo, más bien,
simplemente fluía con él. Definitivamente algo le había pasado.
—¿Izek? —Kayla se puso en pie y corrió hacia el jinete que aminoró su
paso en cuanto estuvo suficientemente cerca.
—Kayla, manda pedir ayuda, no podré bajar.
—¿Qué? ¿Por qué? —la joven tomó las riendas del caballo para que este
dejara de moverse, haciendo entonces visible su herida—. ¡Dios Santo!
—Kayla, pide ayuda, por favor —exigió el duque.
—¡Publio! ¡Publio! —gritó la menor.
—¡Agh! A todos menos a tu hermano —se quejó un poco, pero no
demasiado, al final, sabía que terminaría necesitando de él.
Publio corrió hacia su hermana y, al notar la herida, miró a su cuñado y
suspiró, ayudándolo a bajar con ayuda de Terry, quien se había acercado
tras el grito desesperado de la menor.
—¿Por qué tienes eso clavado? —exigió Kayla con nerviosismo—. ¿Por
qué no te lo has sacado?
—Porque es inteligente —dijo Publio—, ha evitado una hemorragia.
¡Gwyneth! ¡Ven aquí ahora!
—Pero… ¿Cómo te lo has hecho? Izek…
—Cálmate Kayla —pidió el duque con tranquilidad, tal parecía que no
trajera un cuchillo encajado y su palidez no se estuviera tornando verdosa.
—¿Calmarme? ¡Estás herido!
El hombre era ayudado por ambos Hamilton, quienes lo encaminaban a
paso calmo hacia la casa y más concretamente, una habitación, donde sería
tratado por Publio y Gwyneth.
—De nada me servirá que algo te pase a ti, por favor, cálmate. —La
mirada del duque exigía a su mujer que se tranquilizara, pero a ojos de los
hermanos y cuñadas, eso era imposible.
Kayla era caracterizada por no saber afrontar problemas del estilo, desde
que había sufrido altercados e incluso un disparo cuando estuvo con su
prima y mejor amiga Beth, ella enloquecía con las heridas, los asaltos o
cualquier situación alarmante.
—¡Grace! —Terry apuntó con la mirada a su alterada hermana.
—Claro —la rubia asintió y tomó los hombros de Kayla, deteniéndola
para que dejara de seguir al grupo—. Vamos con Brina.
—¿Qué? ¿Me excluyen? Es mi esposo a quien llevan.
—No eres médico y no eres un hombre que podrá retenerlo cuando se
mueva por dolor, así que no servirás de nada ahí dentro.
—Pero… ¡Quiero estar ahí!
—Kayla, en primera, eres pésima en estas situaciones; y en segunda, te
desmayarás cuando veas lo que tendrán que hacer.
Kayla sabía que su cuñada tenía razón, sin embargo, volvió la cara hacia
la recámara por donde todos habían desaparecido y dio unos pasos para
acercarse a una silla a las afueras. Quizá no sirviera ahí dentro, pero al
menos quería estar informada por si algo sucedía.
—Ve por Brina, yo esperaré aquí.
—Bien. En seguida regreso.
La joven esposa sabía que no era una herida de gravedad, su marido en
ningún momento perdió la conciencia y, pese a que no lucía del todo bien,
tampoco era que estuviera muriendo.
Sin embargo, vivió toda su vida con ese tipo de miedos, con terror a las
infecciones, con el alma en un hilo al notar que regresaban heridos tanto sus
hermanos como su padre. Era horrible, no sabía como lo soportaba su
madre, como incluso lo lograba Aine, a quien en varias ocasiones vio
cosiendo su propia herida, como si no doliera y no significara nada.
Ella era débil, tan frágil, incluso más que su madre, quien era capaz de
mostrar un temple y un carácter del cual ella carecía. Ni siquiera era capaz
de controlarse en esos momentos, temblaba como un cordero y se
estremecía al escuchar las leves y casi insonoras quejas que hacía Izek.
—¿Kayla? —la voz de Nimue llamó su atención—. ¿Qué ocurre?
—Izek está herido.
—¿Qué? —la voz normalmente controlada de su cuñada se volvió aguda
y llena de miedo—. ¿Cómo está? ¿Qué pasó?
—¿Por qué gritas? —inquirió Sloan, bajando las escaleras.
—Izek está herido —contestó la hermana, presa del pánico.
—¿Qué? —el mellizo miró a Kayla—. ¿Qué pasó?
—No lo sé. Lo están atendiendo justo ahora.
Los hermanos no necesitaron más y simplemente entraron a la
habitación. Kayla escuchó las réplicas de Izek por la intromisión, pero los
gemelos no se movieron y permanecieron dentro y en silencio pese a que el
mayor se mostrara aún más irritado que cuando le sacaron el cuchillo.
Grace volvió con Brina en medio de regaños, parecía ser que la niña, al
no tener supervisión, se había escapado de la señora Campbell y tardaron en
encontrarla. Nuevamente fue la misma historia que con los gemelos, la
señora Campbell hizo caso omiso de las quejas tanto del duque como de los
médicos en el interior, quienes pedían desalojo del área de trabajo,
mandando fuera a Terry, los gemelos y la señora Campbell.
No fue un procedimiento tardado, ya le habían indicado a Kayla que
todo estaba bien, Publio y Gwyneth les permitieron el acceso a todos, pero
la única que era incapaz de entrar era Kayla, quien permanecía pegada a esa
silla, con temor a ver a Izek debilitado en la cama, como tantas veces vio a
su padre, hermanos y hermana.
—No seas cobarde —sonrió Terry, sentado junto a su esposa, quien
mantenía a su hijo en las piernas y a Brina jugando con él.
—Además, está perfecto —dijo Gwyneth—. Se puso en pie en cuanto lo
terminamos de vendar.
—¿No es eso peligroso?
—No somos nadie para hacerlo entender —dijo Publio.
—Tú, sin embargo… —sonrió Grace.
—¡Agh! —los miró con odio—. Los detesto.
Kayla se puso en pie, pero antes de entrar, notó la forma extraña en la
que los mellizos y la señora Campbell susurraban en una esquina alejada
del pasillo, parecían alterados y miraban hacia todas partes, cuidando que
nadie los escuchara. No pudo evitar mirarlos durante todo momento hasta
que entró en la habitación.
—Ah, así que al fin te armas de valor.
La joven observó a su marido, estaba en perfecto estado, cojeaba un
poco, pero era capaz de pasearse por la habitación, lo cual no tenía sentido,
debía estar descansando; sin embargo, el duque parecía más ocupado que
nunca.
—¿No deberías descansar? —preguntó en una pequeña voz.
—No. Me encuentro perfectamente.
—Creo que se molestarán si arruinas su trabajo.
—Estaré bien. Por cierto, no sabía que ella fuera médica.
—Tienen más de una cosa en común esos dos. —Asintió Kayla.
El duque asintió, se sentó en una silla y siguió escribiendo con presura
una carta que parecía más bien garabatear por la rapidez con la que pasaba
la pluma por el papel.
—¿Qué haces?
—Tengo muchas dudas y cosas por hacer.
—Pero debes… —Kayla se detuvo en seco y tomó entre sus manos el
relicario que parecía sacado de una pesadilla—. Esto…
—Lo sé, es el que viste, ¿cierto?
—Sí. —Lo miró impresionada—. Es el que estaba en tu cajón, ¿Quiere
decir que me mentiste? ¿Por qué lo tienes contigo? ¿Es acaso que…?
Izek soltó la pluma y la miró curioso, incluso escéptico.
—¿Crees que te mentí y que llevo conmigo un relicario con la foto de
una muerta que además tiene un increíble parecido con mi actual mujer? —
El corazón de Kayla se oprimió y lo miró dolida—. ¡Por favor mujer!
¿Cómo es posible que creas eso? ¡Maldición! Tienes un hijo mío en el
vientre, ¿Por qué carajos piensas que traería conmigo el recuerdo de otra?
—Porque la amas.
—Kayla —se frotó la frente—, no digas estupideces.
—¿Entonces cómo lo explicas? Me hiciste creerme una loca, pero aquí
está, justo como lo encontré la vez anterior en tu cajón.
—No es mío. Lo encontré en la choza de una aparente bruja.
—Claro.
—Maldición mujer, digo la verdad.
Kayla miró el relicario con repulsión y lo dejó en la mesita de donde lo
había tomado, llevándose la mano inmediatamente al vientre, como si con
ello recuperara la cordura.
—Ven. —Ella lo miró con fastidio—. Kayla, ven por favor, iría hacia ti
si me fuera más fácil hacerlo.
Ella apretó sus manos hasta hacerlas puños, pero caminó hacia él,
quedando a unos pasos para evitar que la tocara.
—¿Qué? —escupió molesta.
—Más cerca.
—No quiero.
—Vamos, ¿no has venido a ver a tu esposo herido?
—Habla a tu fantasma para que se preocupe por ti.
—No seas infantil y acércate. —Ella rodó los ojos y recorrió el resto del
camino hacia él, sin esperarse que la fuera a tomar de la cintura y la sentara
en su pierna sana—. ¿Cómo te encontraste el día de hoy? ¿Tuviste algún
otro percance como en la mañana?
—No. —Volvió la cara hacia otro lado.
—Kayla —le tomó la barbilla—, te digo la verdad.
—¿Así que te lastimaste en casa de una bruja? —dijo incrédula.
—Sí, en esa choza, estoy dispuesto a enseñártela con tal de que dejes de
levantarme falsos, ¿Sabías que podría golpearte por esto?
—Te matarán mis hermanos antes de que te acerques.
—Estoy seguro que tú sola podrías matarme —sonrió divertido y la
acercó a él—. Vamos mujer, bésame como una esposa normal y preocupada
lo haría con su marido herido.
—Si estaba preocupada.
—Lo sé, pude verlo en tu mirada cuando llegué.
—Eres un ególatra, Izek Buccleuch.
—¿Me besarás?
—No.
—Vamos —la acercó—. Bésame Kayla.
Ella recorrió su rostro con la mirada y suspiró, inclinándose ligeramente
para besarlo presurosa y alejarse en seguida. Pese al casto y furtivo cariño,
Izek se dio por bien servido y sonrió, manteniendo a su esposa en su lugar
mientras comenzaba a relatar lo sucedido en aquella pequeña inspección
hecha con Arnold.
—¿Crees que Fiona sepa de la bruja?
—Si alguien sabe cosas extrañas en este lugar, es Fiona.
—¿Te las dirá?
—Con incentivos —asintió—, lo hará.
—¿Dinero?
—Seguro bastante.
Kayla mordió sus labios y arrancó piel muerta de ellos, abriéndose hasta
dejar que la sangre brotara.
—Deja de hacer eso, arruinas tus labios —pidió Izek.
—No puedo evitarlo, lo hago de nervios.
—De todas formas, creo que… ¡Agh! —se frotó la pierna dolorida.
Kayla en seguida se puso en pie y lo miró preocupada—. Maldición,
maldito idiota, ¿Para qué acuchillarme? ¿De qué demonios le sirvió?
—Vamos a la cama, Izek, por favor.
—No iré a la cama a las cinco de la tarde si no es para desnudarte.
—Izek, es imposible que puedas hacer nada con esa pierna.
—No me tientes.
Ella dejó salir una sonrisa y le estiró la mano.
—Por favor, compláceme.
—Agh, ¿Cuándo he cedido ante una mujer? —le tomó la mano y se puso
en pie—. Probablemente nunca, debo estar loco o muy cansado, ¿Perdí
mucha sangre? Esto no tiene sentido.
Kayla dejó salir una risita y lo miró dulcemente, le agradaba que su
marido estuviera diciéndole de alguna forma, que era especial para él como
para darle esas libertades, sobre todo, haciendo lo que ella le decía. Izek se
recostó en la cama que no fuera la de él, ni la de su mujer, se encontraban
en el primer piso del castillo, en la primera habitación donde los hermanos
Hamilton lograron meterlo.
A Izek nunca le gustó dormir en otra cama si estaba en su casa. Pero
tampoco era como si estuviera en condiciones para subir las escaleras, así
que dio por perdida esa pelea con su esposa y simplemente no la sacó a la
luz, se recostaron en la cama uno junto al otro, en silencio y sin tocarse.
Kayla se sentía extrañamente tranquila entre el mutismo, pese a que jamás
le había gustado esos momentos de tensión en su familia, con su esposo
parecía hacerse cada vez más normal y hasta cómodo.
La cosa era que Izek era un hombre reflexivo y solía quedarse de esa
forma por mucho tiempo, sin embargo, él podía ser cariñoso cuando estaba
en esa forma, solía tomarle la mano a su mujer y colocarla sobre su pecho,
dónde la obligaba a permanecer y la acariciaba dulcemente mientras seguía
en sus pensamientos.
—¿Qué sucede? —Kayla se incorporó y lo miró preocupada.
—Estoy cansado, es sólo eso.
—Puede que sea verdad, pero no lo es todo, lo sé.
—Ven. —La hizo recostarse sobre su pecho y la abrazó—. Sigo sin
decidir si es mejor que te quedes o te vayas.
—Pensé que ya habíamos quedado en algo —se quejó—, dijiste que
querías que me quedara.
—Sí, pero… —suspiró y maldijo a lo bajo—. No lo sé Kayla, esto se
torna cada vez peor, el relicario, la bruja esa… tú y el bebé.
—Por favor Izek, no me mandes lejos, no hagas eso.
—Kayla, ¿Qué no ves que te pongo en peligro al estar aquí?
—No, no quiero que mi bebé nazca lejos de su hogar, de ti… vámonos
los dos entonces, alejémonos de aquí y listo.
—¿Y listo? —sonrió divertido, comprendiendo lo inocente que podía ser
—. Kayla, ser un duque no sólo es un título, la gente depende de mí, de que
esté al pendiente de las cosas.
—Pero… ¿Por qué he de irme yo? Si tus hermanos son los del problema,
entonces, ¿Por qué yo?
Los ojos oscuros del duque la miraron por largo rato, sus ojos verdes
llenos de decisión y su mano firme sobre el vientre que escondía al hijo de
ambos. Izek alargó una mano y tocó con cariño los labios de su esposa y
después la acercó hasta hacerla recostarse sobre él de nuevo, abrazándola
con fuerza.
—Lo dejo a tu jurisdicción, tu decide qué quieres hacer.
—Me quedaré. —Aseguró.
Abrazándose a él con fuerza, presionando ligeramente su mejilla para
que su nariz recolectara el olor que le era tan familiar.
—¿Por qué eres tan terca?
—Esta es mi casa, tú eres mi esposo y quiero que mi hijo te vea al
momento de nacer, ¿es eso tan malo?
—No. —Le besó la coronilla—. No, te lo agradezco, pero no quiero que
te pase nada.
—Entonces, no lo permitas.
Capítulo 26
Izek no sabía si la elección de quedarse de su esposa había sido la
mejor, pero cuando sus familiares partieron y ella sonrió en despedida, el
duque no pudo más que esperar haber hecho lo correcto al dejarle a ella la
decisión de quedarse o irse, la cual seguía en vigencia, porque si de un
momento a otro cambiaba de opinión, la llevaría él mismo a casa de sus
padres en Londres.
Sin embargo, al pasar los meses en una tranquilidad que para Izek era
más bien inquietante, Kayla tomaba con más seguridad su decisión de
quedarse; con el tiempo había vuelto a sonreír, salía con la señora Glenn,
seguía pasando gran parte de su tiempo entre pintura y esculturas e incluso
parecía volver a confiar en Nimue y Sloan, a quienes permitía que le
tocaran el vientre, incluso llevaba una mejor relación con la señora
Campbell, la cual también se mostraba diferente desde que se supo del
embarazo de la duquesa.
En esos momentos, cuando Kayla estaba tranquilamente dormida, era
cuando Izek no podía evitar pensar en la gran posibilidad de que su esposa
estuviera embarazada de gemelos, su vientre crecía con más rapidez de la
normal, estaba cansada todo el tiempo y ella misma decía que sentía que
cargaba con dos en lugar de con uno. Nimue había predicho lo mismo, un
embarazo múltiple era común en la familia Buccleuch, pero jamás pensó
que el primer embarazo de su mujer fuera a darle gemelos.
Izek se acomodó en la cama y volvió el rostro hacia su esposa, la cual
dormía de costado, con el rostro hacia él, pero sin tocarlo siquiera. Sabía
que Kayla era por naturaleza una persona cariñosa, pero con él se limitaba
bastante, supuso que fue por los turbulentos comienzos de su relación y su
posterior comportamiento hacia ella.
Claramente no era su intención, quería que su mujer sintiera algunas
libertades para con él, pero su carácter se había tornado de esa forma con
los años de soledad y el distanciamiento social en general. Trataba de que
nadie le agradara demasiado y tampoco que nadie se sintiera cercano a él
debido a sus hermanos, los cuales eran celosos y renuentes a aceptar
extraños en su casa; con trabajos y habían tolerado a Arnold y eso porque lo
conocían desde la infancia.
Izek estiró una mano y tocó la suave mejilla de su esposa, palpando el
frescor de su rostro. Ella se removió un poco cuando sintió que la caricia
continuaba por su brazo descubierto y se quedaba quieto sobre su vientre,
justo sobre el lugar donde se abultaba, resguardando el futuro de la casa
Buccleuch, los herederos del duque mismo.
Algo dentro de Izek se removió y supo entonces que estaba contento,
pese a todo estaba feliz de que su esposa decidiera quedarse y que estuviera
embarazada de él. Jamás había tenido un acercamiento como el que
experimentaba con Kayla, nunca pensó que permitiría que alguien se
volviera a acercar tanto a él, al punto de tenerla en su cama, de contarle
cosas que lo atribulaban, de sentir goce al verla sonreír, dormir o incluso
enojarse. Extraño, simplemente le era extraño.
Se acercó un poco más al cuerpo de su esposa y la abrazó casi hasta el
punto de provocar que ella enterrara su nariz entre su pecho. Sólo así
consiguió cerrar los ojos y permitirse dormir las horas que faltaban para que
amaneciera.
Sin embargo, el hombre se vio en la necesidad de desperezarse pasadas
sólo algunas horas, puesto que su mujer había dado un pequeño grito y lo
movió constantemente hasta hacerlo despertar.
—¿Qué ocurre? —preguntó con la voz cargada de sueño.
—Alguien… estaba en la habitación, lo vi.
—¿Qué dices? —Izek estiró la mano hacia la lámpara en la mesa de
noche y la encendió, pasando sus ojos por la habitación vacía—. No hay
nadie Kayla, quizá tuviste otra pesadilla.
—¡No! —se molestó en seguida—. ¡Te digo que lo vi Izek! Sé que no
era una pesadilla, desperté por el sonido de la puerta y lo vi ahí parado, te
llamé cuando comenzó a caminar hacia nosotros.
Izek sabía que Kayla no era una mujer que necesitara mentir para llamar
la atención, ella la obtenía sin hacer esas tonterías. Pero parecía imposible
que…
—Quédate aquí. —Pidió al ver la puerta de la habitación abierta.
—¡No! No me dejes sola Izek.
—¿Qué ocurre? —llegó corriendo Nimue, parecía adormilada e iba
descalza—. ¿Por qué grita Kayla?
—Quédate con ella —pidió el mayor— y no hagas cosas raras.
—¿Qué cosas raras podría hacer? —dijo enojada, caminando hacia su
cuñada, quien parecía aún más asustada.
—Mandaré a Arnold para que las acompañe.
—¿No confías en mí? —la hermana sonrió de lado, acentuando una
misteriosa y emblemática mirada.
—No, ni un poco —dijo el duque, acercándose a su esposa para darle un
beso que buscaba tranquilizarla y salió.
Kayla se avergonzó por la acción, Izek jamás era así, pero tampoco fue
como que se quejara por ello, sin embargo, no le placía demasiado el hecho
de que dijera que no confiaba en su hermana y luego la dejara con ella.
—¿Puedes creerlo? Mi propio hermano me cree un monstruo.
—Nimue… —Kayla bajó la mirada y se sintió nerviosa por el tema que
estaba por sacar—. ¿Qué fue lo que pasó con Mailene?
—¿De qué hablas? —fue el turno de Nimue de ponerse nerviosa.
—Izek me contó de ello, pero no me dijo como fue que murió.
—¿Dijo… de nosotros?
—Sí. Sé de ello, pero me gustaría escucharte.
—Izek me ha mandado. —Arnold irrumpió en la habitación.
—Claro, gracias.
Nimue se puso inmediatamente en pie y miró de uno a otro, Kayla tenía
la sensación de que se sentía atrapada entre las miradas, así que murmuró
una excusa y se marchó a prisa del lugar.
—¡Nimue! —intentó Kayla, pero Arnold se interpuso en la puerta para
evitar que ella saliera.
—Lo siento señora, no es seguro que salga.
—Arnold, ella estaba por decirme lo que pasó con esa mujer.
—¿Habla de Mailene? —Kayla se paralizó por un momento y miró al
señor Arnold con sorpresa—. ¿Pensó que no lo sabía?
—Yo… creí que Izek era reservado con el tema.
—No se puede ser reservado con alguien que estuvo ahí.
—¿Cómo? ¿Usted lo vio todo?
—Sí. Fui yo quien mandó aviso a Izek.
—Oh… —Kayla bajó la mirada—. Él… ¿Le dolió mucho?
—Sí.
Kayla sintió que las palabras se atoraban en su garganta.
—¿La amaba mucho?
—¿En ese momento? —El hombre lo pensó por unos segundos—. No lo
creo, pero si le tenía un gran aprecio, supongo que cuando uno se enamora
de alguien, aunque se decepcione de ello, quedarán por siempre algunos
recuerdos hermosos por los que será digno un poco de sufrimiento.
—Supongo que sí…
Arnold sonrió de lado al verla cabizbaja, era claro que esa mujer no
sabía lo mucho que Izek le permitía a diferencia de a los demás.
—Aunque dudo que le haya tenido un aprecio tan especial como el que
le tiene a usted, señora.
Kayla suspiró y bajó la mirada, enfocándose en cualquier cosa que no
fueran los ojos bondadosos del amigo de su esposo. La joven sentía como
las lágrimas se acumulaban en sus ojos, pero estas no se atrevían a fluir por
las mejillas gracias al esfuerzo que se estaba haciendo por retenerlas.
—Sabe tan bien como yo, señor Arnold, que no es para nada así.
—Le sorprendería, señora. —Ella no contestó—. Sí tiene tanta
curiosidad sobre la muerte de Mailene, puedo decírselo.
—¿En verdad?
—¡Arnold! —entró Izek—. Quiero que… ¿Qué sucede?
—Nada, duque, la señora estaba asustada.
—¿Qué sucede Kayla? No había nada por lo qué estar preocupada, estoy
bien, quien fuera que estaba en la puerta se fue.
—No me deja más tranquila.
—Ni a mi tampoco —aseguró Izek, mirando a su amigo—. Quiero que
alguien esté vigilando cuando estemos dormidos.
—Como ordenes —Arnold se inclinó ante el duque.
—¡Señor Arnold! —lo detuvo—. Muchas gracias por su ayuda.
—Por supuesto, mi señora, usted dirá.
—¿De qué hablan? —frunció el ceño el duque.
—El señor Arnold aceptó ser mi modelo para un retrato.
—¿Qué? —Izek miró a su amigo con molestia—. ¿Se supone que ahora
dispones del tiempo a tú antojo?
—Bueno, es la señora quien lo pide, es imposible negarle algo.
—Oh, Izek, por favor, ya no tengo a quién esculpir, incluso los gemelos
han posado en demasiadas ocasiones para mí.
La mandíbula de Izek se contrajo en una clara muestra de molestia, pero
cedió ante la mirada suplicante de su esposa y asintió a regañadientes.
—Se moverá cada vez que yo lo necesite, ¿entendido Kayla?
—Sí, entendido —sonrió plácida—. ¿Le parece bien que empecemos
mañana, señor Arnold?
—Por supuesto, con su permiso.
Izek miró molesto hacia su amigo que sonrió a todo momento mientras
cerraba la puerta. El duque miró hacia su esposa, la cual volvía a meterse en
la cama en un completo mutismo.
—¿Qué sucede? ¿Por qué llorabas?
—No lo sé, supongo que es el embarazo.
—¿Te sientes mal?
—Un poco incómoda —lo miró avergonzada y sonrió encantadora—.
¿Quieres ponerle solución?
—Ah, así que es ese tipo de incomodidad.
—Sí. ¿Te molesta?
—No, qué va. De todas las que tienes, son las que más me agradan —
sonrió, uniéndose a ella en la cama y recostándola sobre su espalda para
poder mirarla—. ¿Segura que no tienes nada más?
—Tengo hambre también.
—¿Quieres que vayamos a la cocina? O que te lo traigan.
—Creo que sí, me gustaría algo de comer primero.
—Bien —Izek jaló el cordón en la habitación y volvió a la cama, jalando
el cuerpo de su esposa hasta colocarla en medio de sus piernas, dejando sus
manos sobre el vientre hinchado de su mujer.
—¿Está bien que despertemos a alguien sólo por eso?
—Es por lo último que debes de preocuparte.
Unos ligeros golpes en la puerta hicieron que ambos callaran y el duque
dio la aceptación a que alguien entrara.
—¿Mi señor? —se inclinó una doncella aún en ropa de dormir.
—Sí. Traigan algo de comer a mi esposa —pidió y miró hacia Kayla,
sonrojada entre sus brazos—. ¿Qué se te antoja comer?
—Algo dulce —pidió suavemente—, lo que sea estaría bien.
—Muy bien, mi señora, en seguida lo traeré.
En cuanto la doncella salió de la habitación, Kayla cubrió su rostro con
ambas manos, sintiendo la vergüenza subir poco a poco hasta dejarla con
dolor en el rostro. Estaba a punto de reclamar a su marido, cuando de
pronto sintió los labios del mismo presionándose contra uno de sus
hombros, dejando un suave trazo de besos por toda la zona alta de su
espalda. La joven no pudo retener un pequeño gemido complacido y volvió
un poco la mirada para poder verlo.
—Eres hermosa Kayla.
—¿T-Te lo parece?
—Sí —presionó su cuerpo más contra él—. Hueles exquisito.
Ella dejó salir una pequeña risita y acarició los brazos que la envolvían
con cariño, pasando a sus labios que recorrían su cuello.
—Compórtate, esa doncella volverá en un momento.
—Lo sé… tenías que tener hambre.
—No es a causa mía, te lo aseguro.
Izek sonrió y volvió a tocar el vientre de su esposa.
—Creo que es más probable que sean dos, Kayla.
—Lo sé, todos están apostando que lo serán. Espero que sea un niño y
una niña —sonrió ella—. Me gustaría tener a tu heredero y una pequeña
con la que se te ablande el corazón de piedra que tienes.
—¿Disculpa? —la miró impresionado y divertido—. ¿De piedra?
—¿Mis señores? —no era la voz de la anterior doncella, sino la de la
señora Campbell, que de alguna forma parecía cada vez que Kayla
necesitaba algo con referencia al bebé.
—Es la señora Campbell —Kayla se volvió para mirarlo.
—Lo sé, tranquilízate —la acomodó entre sus piernas y la abrazó—.
¡Adelante, señora Campbell!
La mujer abrió la puerta y mostró su inconformidad al ver el estado de la
pareja, sin embargo, se las arregló para que su rostro no mostrara el
desacuerdo que sentía ante esa postura y dejó la bandeja sobre las piernas
de la mujer, quién rápidamente comenzó a ingerir las galletas de avena y la
leche tibia con canela.
—¿Necesita algo más, señora?
—Oh, no señora Campbell, muchas gracias.
La señora Campbell no se marchó, a pesar de que era obvio que se lo
habían pedido sin ser explícitos, ella no pudo evitar mostrarse hipnotizada y
hasta asombrada al ver la sonrisa del duque, quien apartaba el cabello de su
esposa con delicadeza para poder mirarla comer con una desesperación
llegada junto con su embarazo. El duque besó la mejilla de su esposa y la
abrazó, presionando suavemente el vientre hinchado.
La estricta mujer se vio en la necesidad de aclararse la garganta para
llamar la atención de la joven pareja.
—Mi señor, si me permite decirlo, el tener relaciones cuando una mujer
está embarazada puede afectar seriamente al bebé.
Kayla comenzó a toser desesperadamente después de aquellas palabras,
buscando la leche para poder pasar el trago amargo. Su marido daba leves
golpes en su espalda para ayudarla, pero era obvio que estaba muriendo de
vergüenza.
—Salga de aquí, señora Campbell, en este momento —ordenó.
—Es sólo un aviso, sé que son jóvenes y la parte física les es divertida y
necesaria, pero ahora que tienen una vida de por medio, es saludable que lo
dejen de lado hasta el nacimiento.
Kayla volvió a sentir que su garganta se cerraba y se vio en la necesidad
de toser de nuevo, mientras sentía su piel arder.
—¡Basta! ¡Fuera! —gritó Izek entonces.
La mujer se inclinó y salió de la habitación, escuchando como la mujer
en el interior seguía buscando no ahogarse, mientras su señor le dirigía
palabras tranquilizadoras y suaves golpecitos en la espalda para que
recuperara su respiración.
—¡Por Dios! —se quejó la joven—. ¿Por qué ha dicho eso?
—Seguro que no es un misterio que seguimos teniendo amores pese a
que estás de encargo con mi hijo desde hace ya varios meses.
—No es malo, no afecta al bebé.
—Eso lo sé, pero aquí se maneja un pensamiento conservador y
anticuado en todos los sentidos, sexo y bebé no se llevaban de la mano, para
estos tiempos, los hombres recurrían a sus amantes, incluso alentados por
sus propias esposas. —Ella frunció el ceño y lo miró enojada—. No te estoy
diciendo que lo voy a hacer, tú me dejas acostarme contigo porque sabes
que nada tiene que ver una cosa con la otra.
—Ya no quiero acostarme contigo —imitó con tono de molestia—.
Quítame las manos de encima.
Izek obedeció de inmediato, otra cosa que él sabía a la perfección era
que no se debía hacer enojar a una embarazada, justo como él lo acababa de
hacer, aunque la razón… no, no la sabía.
—¿Qué sucede?
—Nada.
—Te has enojado.
—Sí.
—¿Se puede saber por qué?
—¡No!
Izek rodó los ojos y quitó la bandeja para que ella pudiera apartarse de
su abrazo y acomodarse en su lado de la cama. Su mujer casi resplandecía
de enojo, pese a que le parecía divertido, sabía que una risa o siquiera una
sonrisa sería empeorar las cosas. Dejó la bandeja en la mesa de noche y
apagó la luz, acercándose a su esposa, quien no dudó en apartarse,
quejándose cuando notaba que la seguía.
—¡Basta Izek!
—Quiero abrazarte, dejar las manos en tu vientre, como siempre.
—Aléjate de ambos.
—¿Me dirás lo que sucedió?
—Si no lo sabes, no tengo por qué decirlo.
—¿Cómo habría de saberlo? ¿Acaso debo leer tu mente?
—¡Déjame tranquila Izek!
El enojo de Kayla iba en aumento, así que el duque tuvo la atinada
decisión de dejarla tranquila, incluso alejándose de su cuerpo para que
pudiera quedarse dormida, al menos intentarlo, porque sabía que cuando esa
mujer estaba molesta, le era prácticamente imposible dormir.
Mejor, eso le daría tiempo de reflexionar, ¿Qué podía haber hecho enojar
a su esposa? Fue un cambio en lo que fueron segundos, ni siquiera se
percató del momento en el que la enfureció… ¿De qué habían estado
hablando? ¿Qué fue lo último que dijeron?
Izek tenía los brazos flexionados, con las manos entrelazadas debajo de
su cabeza. Estaba oscuro, tanto como se esperaría con la luna nueva. Daba
lo mismo tener los ojos abiertos o cerrados; él se esforzaba por tenerlos
abiertos, si los cerraba, se dormiría y por el momento quería pensar,
encontrar el error en su discurso, porque eso fue lo que enfureció a Kayla,
privándolo de una noche de acostarse con ella… acostarse.
¿Acostarse?
—¡Agh! Por favor, tiene que ser una broma.
—Intento dormir aquí. —Se quejó en seguida su mujer.
Izek se incorporó en la cama y encendió la luz, enfrentándose a la
espalda que ella no dudaría en darle durante toda la noche.
—Kayla, ¿Te molestaste porque dije que nos acostaríamos?
—No —dijo aún más enojada.
—¡Es eso! Por todos los carajos, lo sabía.
—¡Dije que no!
—Es inútil que lo niegues, te he descubierto, ¿Por qué te molestó?
Sinceramente no me parece mal, pero…
—Yo no soy otra de tus mujeres, Izek, no soy como las demás.
—Sé que no, eres mi mujer.
—Todas las demás también eran tus mujeres.
—¿Qué? No, claro que no ¡carajo! Tú eres mi esposa, a eso me refiero.
—Ella permaneció callada, aun dándole la espalda—. Hablas como si
tuviera una lista infinita de mujeres en mi haber.
—¿Y no es así? Que sepa, comenzaste una relación intima a una muy
temprana edad. —Se quejó.
Izek chasqueó la lengua con molestia ante el sólo recuerdo, aquello
había sido prácticamente un abuso por parte de su padre. Exigirle a un
chiquillo de trece años a tener relaciones con una mujer debería ser
categorizado como atropello.
—Claro, y piensas que a partir de ahí jamás paré y tuve cientos de
amantes —dijo con disgusto.
—¿Por qué no? Eres hombre.
Ella sentía que su estómago se revolvía, esa vez de molestia.
—Kayla, con un carajo, eso es una mentira estúpida, después de Mailene
yo… —Izek apretó los labios y negó con molestia—. Al carajo con este
tema, si quieres estar enojada, enójate.
—¡Bien! ¡Sigue idolatrando a esa mujer! —ella se enderezó y lo miró
con odio—. ¡Ahora me dices que después de que murió no volviste a tener
relaciones con nadie! Claro, ella era…
—¡Basta! ¡Cállate ya Kayla! —pidió Izek con ira y dolor entremezclado.
Después de aquel grito, ella mordió sus labios y comenzó a llorar—.
¡Maldición! Kayla, lo siento, no debí gritarte.
Ella cubrió su rostro y lloró libremente, no sabía porqué lloraba como si
le acabaran de decir que alguien a quien ama murió, pero el caso era que
estaba incontenible e Izek parecía al límite de la histeria. «Pobre» pensó
Kayla «con lo mucho que odia ver a alguien llorar».
—La sigues queriendo, ¿Es eso lo que me dices?
—No, maldición, no. —La tomó de los hombros y provocó que lo
mirara—. Eso es una tontería. No quise tener relaciones intimas con nadie
debido a que estaba traumado, repudiaba el solo hecho de que me tocaran y
por mucho tiempo así fue. Crecí un poco y lo volví a intentar con algunas
mujeres, pero jamás me sentí plenamente cómodo hasta…
Ella limpió sus lágrimas y lo miró.
—¿Hasta qué?
—Hasta que estuve contigo ¿vale? Hasta ese momento.
Kayla pestañeó un poco y ladeó la cabeza.
—¿En verdad?
—Sí, en verdad —apretó los dientes al decirlo—. ¿Contenta?
—¿Te molesta habérmelo dicho?
—No me gusta sentirme vulnerable ante nadie, mucho menos…
—¿Ante una mujer?
Él duque la miró con disgusto, después volvió la cara.
—Las detesté por mucho tiempo, no sabes cuanto Kayla, todo en ustedes
se me hacía mentiroso, pretencioso o interesado; no creí que existiera
alguien que… —la miró— que fuera sincero al amar.
—¿Te parezco sincera al amar?
—Creo que llegaste hasta aquí por amor —asintió—, quizá no de mí,
pero te guiaste ciegamente por ello.
—Soy tonta.
—Eres cándida y dulce, pero crees en ello. —Sonrió—. Incluso te has
molestado porque no he llamado de forma especial cuando estoy contigo,
no me es fácil expresarme, lo sabes, mucho menos cuando son cosas que se
deben romantizar, pero lo haré si te hace sentir más cómoda.
—Sólo quería sentirme diferente a las demás, quizá especial.
—Lo eres Kayla, todo lo que había en mi pasado se borró en cuanto
puse una mano sobre ti, eres un espécimen nuevo para mí, es como si no
fueras una mujer, al menos no de esta tierra. —Ella lo miraba con ojos
iluminados y llenos de alegría—. Si lo que quieres es que te diga que, a
diferencia de lo que hacía con todas las demás, a ti te hago el amor,
entonces, eso es lo que ocurre entre nosotros, quizá hasta más especial.
—¿En serio lo crees?
—Por supuesto.
Ella sonrió entonces y se acercó a él, se recostó en su almohada y le
tomó la mano para que la abrazara.
—Sólo dormiremos —advirtió.
—Me parece bien.
Izek sintió un instantáneo alivio cuando pudo abrazarse a ella,
acariciando su vientre con cariño, deleitándose con el olor que emanaba de
su cuerpo y la calidez que le transmitía. El duque estiró la mano y apagó la
luz que habían encendido para poder hablar.
—¿Qué sucedió con lo que vi? —Murmuró Kayla después de unos
momentos de silencio entre la brumosa noche.
—Habrá vigilancia en la puerta a partir de este momento.
—¿Vigilancia? —ella levantó la cabeza y se volvió para poder mirar la
puerta—. ¿Es sumamente necesario?
—Alguien estaba ahí, esa puerta definitivamente no se abrió sola.
—No. Te digo que vi algo.
—Te creo, ahora duerme.
—Izek —ella se tocó el vientre—. ¿Estaremos bien?
—Eso es lo que procuro. Si cambias de opinión y quieres irte…
—No, me quedaré —aseguró—. Me quedo contigo.
Capítulo 27
Kayla se encontraba en su estudio personal, aquel que le había sido
otorgado por su marido y en el cual solía pasar la mayor parte de su tiempo.
Más que nada porque era donde podía esconderse de todos los habitantes de
la casa que no le daban más que dolores de cabeza al acercarse la fecha en
la que daría a luz a los más que posibles gemelos.
La joven tomó una larga respiración y suspiró tranquila al ver su cuadro
terminado, aquel que le hizo al señor Arnold como excusa para que
pudieran hablar de Mailene, la mujer que Izek amaba u odiaba, para ese
momento ya no sabía discernir cual de los dos sentimientos era más fuerte
dentro del corazón de su marido.
Según lo que Arnold le había contado, Mailene era una mujer hermosa,
inteligente y llena de vida. Como había dicho su marido, era sobrina de la
señora Campbell, hija de una hermana empobrecida que, al verse privada en
todos los sentidos, pidió que la cuidara en su nombre, lo cual parecía no
haber hecho muy bien, puesto que, a opinión personal de Kayla, permitir
que una chiquilla esté a disposición de un hombre muchos años mayor,
como seguramente lo era el antiguo duque y padre de los chicos Buccleuch,
no se consideraba un buen cuidado de ella. Aunque claro, conocía a muchas
mujeres que darían todo por tener las atenciones y la protección de hombres
tan importantes como lo era un noble, no digamos un duque tan rico y
poderoso como lo era el viejo duque.
Sin embargo, el anterior duque no quería que la muchacha sólo le
complaciera a él, sino que encomendó a Mailene que enseñara a su hijo los
artes de amar a una mujer, teniendo él sólo trece años. Aquello causó un
enamoramiento repentino del muchacho, pero también un trauma con el que
vivió durante gran parte de su vida.
Cuando Izek descubrió el amorío de Mailene con su padre, decidió
alejarse de todo cuanto se refiriera a ellos, marchó sin avisar a nadie,
simplemente desapareció, lo que pareció afectar a los gemelos, quienes, al
haber perdido a su madre a la hora de nacer y ver a su padre sumido en una
profunda depresión, su única fuente de cariño y consuelo fue la presencia de
su hermano mayor.
Según las palabras del señor Arnold, viejo amigo de Izek y subordinado
al crecer, los gemelos odiaron a Mailene por alejar a su hermano y por
entumecer los sentidos de su padre, quien enloqueció con más presura al
percatarse de que esa jovencísima mujer estaba en cinta, sintiendo como un
peso constante la duda por saber si el niño que vendría era del duque o de
su heredero.
Para los gemelos, aquello era más una creación del demonio que un niño
que vendría a ser su hermano, el odio simplemente incrementó al punto en
el que desearon que tanto madre como hijo murieran y con el tiempo
dejaron sólo de pensarlo.
Según lo que le contó el señor Arnold, eran intentos infantiles que
pasaban a verse sólo como bromas, tonterías de niños. Pero en una ocasión,
aquello pasó a más y lo que se deseaba se cumplió.
Los gemelos encerraron a Mailene en una de las habitaciones de los
pisos superiores, allá donde nadie iba por temor a que los fantasmas de la
propiedad se enojaran. Todos sabían del duque sanguinario y como ese
espíritu, había muchos más a los que el servicio temía. Mailene, al ser
sobrina de la señora Campbell y parte de la clase supersticiosa de las
personas que trabajaban para los duques, al verse encerrada y al caer la
noche sin lograr salir, perdió la vida en medio de la oscuridad, el terror y
una caída libre.
Algunos decían que los gemelos la empujaron en persona, otros, que
simplemente se suicidó. Aunque entre murmullos y leyendas, se decía que
la joven fue empujada por el alma de la anterior duquesa, aquella que murió
dando a luz a los gemelos y que, al ver el desastre ocasionado por una sola
mujer, decidió acabar con su vida, mandándola al vacío.
—Kayla.
—¡Ah! —gritó la joven tras ser interrumpida en tan turbios
pensamientos—. Dios mío, creo que me dará un infarto.
—Lo siento, parecías en otro mundo —se introdujo Izek, viendo con
detenimiento el retrato que Kayla estaba finalizando—. Supongo que se ha
de sentir muy complacido por ser la fuente de tus suspiros y pensamientos.
—¿De qué hablas?
—De Arnold, no deja de restregarme en la cara la exquisita obra de arte
que has hecho gracias a su imagen.
—Te está molestando —sonrió ella, limpiando un pincel en su vestido,
justo sobre su vientre demasiado hinchado.
—Deberías descansar más.
—Estoy bien, no estoy cansada.
—De todas formas, el parto se acerca y…
—Izek, me encuentro bien —aseguró—. Ahora, ¿Qué opinas?
El hombre volvió la mirada hacia el retrato e hizo una mueca de
desagrado y negó levemente.
—Tan feo como el original.
—¡Qué dices! —sonrió la joven—. El señor Arnold es apuesto.
—Si tú lo dices.
—De hecho, todas las personas tienen su propia belleza —prosiguió la
joven mientras volvía a colocar el pincel sobre el lienzo—. Sólo que no
todos somos capaces de verlas, tan sólo la persona indicada puede hacerlo.
—¿Te consideras indicada para ver la belleza de Arnold?
Ella dejó salir una risita.
—Bueno, soy artista, es mi trabajo encontrar esa belleza en cualquier
lado —se excusó a si misma.
—No me agrada.
—¿Por qué? —lo miró divertida—. ¿Teme que al encontrar belleza en
todas partes pueda ser una esposa infiel?
—Mmm… dudo que seas infiel con el cuerpo, pero si que lo podías
hacer con el pensamiento, que a mi ver es igual de horroroso.
—Para su fortuna, señor, es usted un hombre muy apuesto.
—Como muchos otros.
—Quizá, pero no debe temer por mi infidelidad, jamás lo haría.
—¿Qué lo asegura?
—Mi palabra, por supuesto —la joven escondió una sonrisa, puesto que
le gustaría agregar que su corazón también, pero eso venía sobrando.
Izek se acercó a ella por la espalda y abrazó su cuerpo, besando de forma
sugerente su hombro, subiendo por su cuello hasta lograr alcanzar la mejilla
sonrojada de una ya risueña mujer.
—Ven, sentémonos por un momento —pidió.
Ella lo siguió sin protestar hacia el sillón que él solía ocupar cuando la
iba a visitar… normalmente las cosas no acababan tan sólo en charlas y
verla trabajar, sino en temas mucho más íntimos y deleitantes, pero desde
que su embarazo estuvo en punta, aquello había pasado a segundo plano
para ambos y tan sólo disfrutaban de la compañía y la soledad de la
habitación, lejos de todos los familiares y amigos.
—¿Qué te trae por aquí, Izek?
—Ver a mi esposa embarazada, claro. Una que es tan malditamente
inquieta que prefiere tener a toda la casa en ascuas en lugar de estar
tranquila en una habitación.
—Estoy tranquila en una habitación —tomó asiento junto a él.
—Sabes a lo que me refiero.
—Lo sé, pero ahora todo ha estado tan tranquilo, no ha habido
asesinatos, los mellizos están contentos e incluso la señora Campbell lo está
—enlistó—. Me parece que puedo darme el lujo de disfrutar.
—No deberías confiarte, me gustaría que fueras más precavida.
—Oh, cielos Izek, debes dejar de ser tan pesimista.
El hombre la acercó a su cuerpo y se recostó a lo largo del sillón,
relajándose por unos momentos con ella a su lado. Le gustaba pensar que
todo estaría bien, pero, así como ella solía tener pesadillas en las noches, él
las tenía en el día, en sus pensamientos, los cuales lo llevaban hasta ella
para comprobar que estaba bien y nada de lo que lo atribulaba la afectaba.
—Están por nacer… —el hombre pensó en voz alta.
—Me parece divertido que estén tan seguros de que serán dos.
—Tu vientre es demasiado grande cariño, es más correcto pensar que
son dos a que es un gigante. —Ella se levantó del pecho de su marido y lo
miró con ojos desorbitados—. ¿Qué pasa?
—¿Me llamaste…? —El duque elevó una ceja—. Nada, olvídalo.
—¿Qué? Vamos dime.
Ella se acurrucó contra él y negó ávidamente, sería un secreto que se
guardaría, porque pensaba que, si hacía hincapié en ello, Izek dejaría de
hacerlo, prefería que pasara desapercibido el acontecimiento.
—¿Cómo te gustaría que se llamaran?
—No lo había pensado, esperaré a verlos sanos y salvos antes de
nombrarlos —la apretó para alcanzar a darle un beso en la frente.
Kayla colocó una mano sobre el corazón de su marido, relajándose ante
el constante y fuerte palpitar bajo el pecho tallado. ¿Acaso él sabría sobre el
embarazo de Mailene? ¿Sabría que podía haber perdido un hijo o un
hermano? Kayla en serio esperaba que no, ojalá no supiera tantos detalles
como ella.
—Izek, ¿Podrías llevarme a la habitación? Me siento un poco…
—¿Tienes dolor? —El duque se enderezó en seguida, mirando a su
mujer con temor y nerviosismo—. ¿El bebé?
—Tranquilo, no es tan fuerte como un dolor de parto.
—Llamaré al médico de todas formas.
—Izek —le tomó del brazo y sonrió—. No es necesario, por favor, sólo
quiero ir a la habitación a descansar.
El duque pareció dudarlo por un buen rato, pero al final aceptó escoltar a
su mujer a la habitación, pasado frente a los ojos de sus hermanos, quienes
permanecieron escondidos y observando.
—Estará por nacer —dijo Sloan—. ¿Cuánto faltará Nimue?
—Estamos a días, podría ser incluso esta noche, los Buccleuch nacemos
de noche, ya lo sabes.
—Esas son tonterías —se quejó el hermano, cruzándose de brazos—.
Una mera leyenda, es imposible que todos los alumbramientos sean
programados para una hora en el día o la noche.
—Pero así es y así será, esos niños nacerán de noche.
—¿Estás segura que hiciste lo necesario para…? —Sloan apretó los
labios—. Ya sabes: para obtener lo que queremos.
—Sí, estoy segura.
—¿Y qué tal si no?
—¿Es que dudas de mis capacidades?
—Me parece difícil que puedas influir en algo como esto.
—Lo verás tu mismo, serán el día y la noche, pero se cumplirá.
—Esperemos que sí.
Nimue miró con molestia a Sloan y se cruzó de brazos, mirando a su
hermano mayor y cuñada caminando en medio de una alegría que le parecía
falsa. Hacía tanto que ella no sonreía con sinceridad, que verlo en otras
personas le parecía idílico, pero al final, falso. Tras años de largas
amarguras, la felicidad no estaba al alcance de Nimue, incluso le parecía
más una falacia que algo que de verdad se pudiera experimentar. Le gustaría
algún día sentir aquello que se veía reflejado en la faz de su cuñada y, muy
recientemente en su hermano. Debía aceptar que sentía algo de celos, pero
tampoco era que deseara quitárselos… no a posta.
—Sloan, ¿Alguna vez te has sentido feliz?
Su hermano la miró como si se hubiese vuelto loca.
—A veces. —Aceptó, mirando hacia el frente—. ¿Tú no?
—Jamás, nunca estoy feliz.
—Nimue podemos irnos, ¿Por qué no alejarnos de todo?
—No. Esta es nuestra casa, él nuestro hermano y están por nacer
nuestros sobrinos, seremos felices, trabajé mucho para forzar esta felicidad
—dijo con tal severidad, que no cabía a duda que esa mujer haría lo que
fuera con tal de su sueño se cumpliera.
—Mis niños, ¿Qué están haciendo aquí parados?
—Nada, Nana. —Sonrió Nimue—. Vimos que Kayla se sentía mal, mi
hermano la llevó a la habitación.
—¿Mal? ¿Cómo que mal? —la mujer se alteró en seguida—. ¿Es acaso
algo relacionado con los bebés?
—Parece ser que no, ella lo negó —tranquilizó Sloan.
—Será mejor que tengamos todo preparado para el nacimiento, algo me
dice que estos niños llegarán esta noche. —La mujer miró a Nimue—. ¿Por
qué no lo consultas?
—Claro Nana, como digas.
—Sloan, tu ve por el médico, que se quede en casa si es necesario.
—Dudo que un médico quiera quedarse en este castillo, Nana.
—Consigue uno que si lo quiera —ordenó.
El mellizo suspiró y asintió, recorriendo el alargado corredor en silencio,
pero pensando demasiadas cosas, quizá era tiempo de hablar con Izek de
todo lo que estaba sucediendo a sus espaldas.
—Sloan está débil —dijo la señora Campbell—, es obvio.
—¿Por eso lo has mandado lejos todo este tiempo? —Nimue miró a su
nana sin sentimiento alguno.
—Sí, es mejor mantenerlo ocupado o borracho. No queremos que nada
falle, sobre todo porque nos hemos esforzado tanto en ello.
—Te lo aseguro nana, nada fallará en esta ocasión.
—Lo sé —le tomó la cara y sonrió—, has trabajado muy duro para ello,
¿Verdad Nimue?
—Sí, hice todo lo posible.
—Espero que sea suficiente.
Nimue sintió la tensión subir por su espalda, en serio había hecho todo
lo que estuvo en sus manos para que saliera justo como habían planeado,
ahora tenían que esperar a ver los resultados. A como lo decía la señora
Campbell, parecía ser que esos niños nacerían ese mismo día y nadie era
más atinada que esa mujer para cuestiones similares, tenía una habilidad de
predicción increíblemente acertada.
—¿Ya has terminado de pintarla?
—Sí, está todo listo.
—Perfecto, ahora, será mejor que no te vayas a dormir.
Izek dejó a su esposa en la tranquilidad de los sueños, permitiéndole
moverse hacia su despacho, donde Arnold lo mandó llamar de forma
urgente y precipitada. Ese hombre nunca era así de demandante a menos
que la situación lo requiriera.
—¿Arnold? —entró al despacho en apariencia vacío.
—Ah, el duque del infierno en persona, es un gusto volver a verle mi
lord, su rostro siempre es placentero para una dama.
—Fiona —dijo ensoñado—. Maldita mujer ¿dónde te escondiste todo
este tiempo? ¿Sabes cuanto llevamos buscándote?
—Supongo que es importante debido a que no se dio por vencido.
—Es urgente.
—Me lo supuse. —La mujer miró a sus alrededores con extrañeza y
curiosidad de quien escuchó historias y las contó por años, pero jamás había
estado carne propia frente a la fantasía misma—. Es tal y como me lo
imaginaba, incluso mejor.
—¿Quiere tomar asiento?
—Claro —asintió desenfadada—. Señor Arnold, ¿no se piensa acercar a
mí de nuevo?
—No. Odio que intenten develar el futuro, no quiero que me diga nada
más Fiona, es usted una bruja desagradable.
—No soy bruja, soy cuenta cuentos.
—Ya veo, pero eso no es lo que dice todo el pueblo.
—El pueblo inventa muchas tonterías.
—No en esto —irrumpió el duque con una mirada seria y calculadora—.
Sé bien que en parte se han creado fantasías alrededor de usted, pero me
veo limitado a creerlas, según lo que dice la gente, tiene una forma especial
de saber todo lo que acontece en Escocia, así que espero que pueda
utilizarlo para mí en esta ocasión.
La mujer lo miró circunspecta, su cuerpo delgado se tensó y su faz
enjuta se hizo más grave.
—¿Qué quiere de mí?
—Quiero saber si conoce de una bruja que según mi gente trabaja en la
choza en la colina alejada a las faldas de la propiedad.
—No sé de qué me habla.
—¿Entre ustedes no se delatan? —acusó Arnold, callando de inmediato
cuando Izek levantó una mano hacia él.
—Ciertamente existe lealtad, pero no sabía de ninguna bruja que
estuviera en esa choza abandonada —dijo sincera y miró al duque con
intransigencia—. ¿Qué busca con ella?
—Seguro que sabe lo que está pasando dentro de esta casa, Fiona, yo
mismo he escuchado las historias en boca de mis empleados.
—¿Lo asocia con las muertes de esas chicas?
—Eso me temo.
La mujer pensó detenidamente y asintió.
—Tendría que ver el lugar en persona, pero dudo que eso sea lo único
por lo que me ha hablado, duque.
—No, es verdad —Arnold frunció el ceño ante las palabras de su amigo,
que él supiera, no había nada más—. Quiero que ve otro lugar además de la
choza de la bruja.
—No pienso bajar a las catacumbas, mi lord, pero puedo decirle hacia
donde lo llevará el camino que tiene en mente.
Izek trató de no mostrar expresión en su rostro, pero estaba bastante
impresionado de que aquella mujer supiera lo que su corazón anhelaba.
—¿Hacia donde?
—La salida está cerca del problema, mi señor, si sabe cual es el
problema, encontrará la salida.
—¿Es Nimue? ¿Tiene que ver con mis hermanos?
—¿Es ese el problema?
—No sé cual sea su problema, para mi siempre lo han sido.
—Entonces, tiene su respuesta.
—No, no tengo nada, me está dejando exactamente en lo mismo.
La mujer miró a sus alrededores y se acercó hacia el hombre que elevaba
una ceja extrañada y la miraba alejado, pegado a su silla, con una mano
preventiva sobre el arma escondida entre sus ropas.
—La habitación con rostros —susurró—, pida que lo lleven a la
habitación con rostros.
—¿Rostros? ¿Se refiere al estudio de su excelencia? —inquirió Arnold,
pensando en el lugar donde Kayla pintaba.
—Su señoría la duquesa no es la única que sabe pintar, mi señor —dijo
la mujer, mirando hacia Arnold y después al duque—. ¿Me ha entendido?
—Sí.
—Bien, señor Arnold, lléveme a dicha choza, he de ver con qué clase de
bruja nos enfrentamos, esperemos que sea una buena.
—No hay brujas buenas —dijo Arnold con molestia y fastidio de ser él
quien llevara a la mujer—. Son malas y apestosas todas.
—Claramente nos detesta, ¿he de lanzarle un embrujo?
—Ha dicho que no era bruja.
—Quizá mentí para salvar mi vida.
—¡Aleje su mano huesuda! ¡Izek, no llevaré nada a ningún sitio!
—Anda Arnold, sólo no la hagas enojar más. —Izek hizo un gesto con
la mano, indicando que ambos se marcharan y dejándolo en un profundo
análisis de palabras.
La única otra persona que pintaba en esa casa, era Nimue, pero no tenía
idea que tuviera una habitación donde pintara, ni siquiera era buena en ello,
es más, jamás había comprado algo o visto que le llegaran artefactos
necesarios para ese arte. Era extraño, porque Kayla los pedía con constancia
y era evidente cuando había estado metida en su estudio de arte, puesto que
pintaba hasta su rostro. Por el contrario, Nimue siempre estaba perfecta,
imperturbable y en ella no se podía ver ni un cabello fuera de lugar, mucho
menos una mancha que indicara que había tenido contacto con algo que no
estuviera impecable. Eso debía significar que, si pintaba, entonces lo hacía
de noche, cuando nadie más podía verla ensuciarse, o cerca de un baño,
para lavarse en cuanto terminara.
Duncan se puso en pie y caminó hacia la salida del despacho,
encontrándose de frente con Sloan, quien parecía llevar un tiempo
queriendo tocar a su puerta, incluso tenía la mano levantada.
—¿Qué ocurre? —Izek lo recorrió con la mirada. Estaba desalineado y
extraño, sudaba y su mirada estaba perdida.
—Tengo que hablar contigo.
—¿Sobre qué? Parece que has visto un fantasma, ¿Qué pasa?
—Izek…
—¡Sloan! —gritó Nimue—. ¡Te he estado buscando por doquier!
El gemelo cerró la boca y miró a su hermano con disculpas antes de
caminar lejos de él, no hacia su melliza, sino que siguió de largo por el
pasillo, desapareciendo al dar vuelta en una esquina. Izek miró a su
hermana con advertencia, dio unas zancadas amenazadoras hacia ella y la
apuntó con un dedo acusador.
—Basta, lo que sea que estés haciendo Nimue, basta.
—Claro hermano, lo que tú digas.
La mujer siguió con su caminar tranquilo y lleno de extrañeza, algo en
ella parecía aún más extraño de lo normal, quizá ya había perdido la
cordura al completo.
Capítulo 28
Kayla se encontraba en medio del sueño y un posible despertar, se
sabía en soledad puesto que cuando su esposo estaba con ella, era normal
que estuviera recostado muy cerca, que la abrazara o, por lo menos, tuviera
una mano sobre ella. Izek era esa clase de persona que en su gran
normalidad era fría y más bien alejada, pero notaba que hacía un esfuerzo
monumental por acercarse a ella, sobre todo en esos momentos en los que
sufría los estragos de llevar a su hijo en el vientre.
Sabía que algo buscaba perturbar su sueño, al punto de hacerla sentir
incómoda y comenzar a soñar mal. Desde que supo de su embarazo, las
pesadillas comenzaron a atosigarla cada vez que sus ojos se cerraban y en
esa ocasión no era diferente… o quizá sí, puesto que en medio de las
sombras y de su juicio nublado, sintió una intensa mirada sobre ella.
Los escalofríos recorrieron su espalda descubierta como primer aviso de
que algo andaba mal, sus sentidos se agudizaron, pero era incapaz de
percibir nada, ni siquiera una respiración además de la suya. Se sabía en
camisón, podía sentir el frío que la sábana no lograba cubrir, seguramente
era tarde, muy probablemente de madrugada. No se atrevía a abrir los ojos
por terror de encontrarse con alguien, preferiría pensar que era un fantasma,
pero todo raciocinio le indicaba que no era así, sentía la presencia y la
sentía cada vez más cercana a la cama.
Intentó alejarse disimuladamente de la frialdad en la mano que se
acercaba a ella sin reparos. Su respiración se hizo errática de un momento a
otro, el miedo de que algo le sucediera a sus hijos le dio el impulso que
necesitaba para abrir los ojos y contemplar aquella mirada perdida, con la
mano estirada hacia ella y una sonrisa retorcida que por poco la hace
desvanecerse de la impresión. Logró rodar sobre la cama y alejarse en
medio de un grito atronador que diera aviso a la mansión entera de que
estaba siendo atacada.
Kayla encendió la luz, revelando a la señora Campbell, quien la miraba
patidifusa y aparentemente asustada por el grito, como si fuera Kayla la
loca, ¿Qué no había sido la señora Campbell quien la intentó tocar en medio
de la oscuridad con esa mirada perturbadora y sonrisa infame?
—¡Kayla! —la voz del duque se hizo sonar desde el pasillo y los pasos
presurosos de más de una persona se acercaban a la habitación en la que se
instaló un agraviante silencio.
—¿Qué estaba tratando de hacer? —el horror en la faz de Kayla
molestaba sobre manera a la señora Campbell.
—Intentaba despertarte.
En ese momento, Izek y varias personas asustadas entraban a la carrera
en la habitación, dispuestos a aporrear al intruso que se atreviera a hacer
gritar de esa manera a la señora de la casa. El duque miró la escena con
tranquilidad, pero se notaba su escepticismo; caminó hacia su mujer y la
abrazó sin decir ni una palabra, aunque su mirada incriminatoria era
suficiente como para hacer que la señora Campbell intentara justificarse.
—Intentaba levantarla para que comiera algo.
—¿Qué pasó? ¿Por qué has gritado así? —el duque bajó la mirada,
buscando los ojos de su mujer.
—Ella… permanecía mirándome, fue demasiado tiempo.
—Estaba soñando mal, mi lord, sabe que suele sucederle.
—¿Y en todo caso decidió dejarla sufrir? —recriminó.
—Será mejor que traiga un té para ella —ofreció Nimue, no sin antes
darle una mirada incriminatoria a la mujer en conmoción.
La gemela estuvo por salir de la habitación, cuando un quejido se hizo
sonar, frenándola al completo al reconocer los dolores y sonido de agua
cayendo que el trabajo de parto traía consigo. Ni siquiera le hizo falta
volverse para saber que el gran acontecimiento estaba teniendo lugar.
—¡Un médico! —exclamó Izek hacia nadie en específico, sosteniendo a
su esposa, ayudándola a regresar a la cama.
—Izek, no me dejes sola, no quiero que haya nadie más...
—Sshh —le besó la frente—, todo estará bien Kayla, tranquila.
—No Izek, no quiero que salgas, prométemelo.
—Sí, maldición, te lo prometo, estaré contigo.
El duque dejó a su mujer, notando como Kayla se acomodaba con
dificultad, respirando en medio de quejidos mientras abría las piernas,
encontrando por si misma la posición adecuada para expulsar al bebé.
—¡No puede quedarse en la habitación, mi señor! —se alteró la señora
Campbell—. Han de ser sólo mujeres, puede quedarse su hermana, pero…
—No… no Izek, tú, sólo tú. —Pidió la joven, tomando su mano con
fuerza y removiéndose en la cama.
—¡He dicho que me quedaría, maldición! —gritó el duque hacia su ama
de llaves, quien saltó desprevenida—. ¡Fuera de aquí!
El personal que no fuera necesario salió de la habitación con presura,
pero la señora Campbell permaneció ahí, en una esquina alejada junto a
Nimue, quien se notaba ofendida por no haber sido requerida en la
habitación a la hora del parto. Ninguna de las dos pensaba irse, muy pese a
lo que la parturienta quisiera, necesitarían ayuda y ellas estarían ahí para
ofrecerla antes que nadie.
Cuando el médico llegó, la mujer del duque estaba en un grito de dolor,
la señora Campbell se había acercado a ella para intentar ayudarla si era
necesario sacar al niño, pero de alguna forma, Kayla se las arregló para
esperar a un tercero, alguien que no fuera Nimue o la señora Campbell.
—Bien señora, trate de respirar —el médico miró hacia el duque, quien
tomaba la mano de su esposa e ignoraba al hombre que intentaba hacerlo
salir de la habitación. Al notar la renuencia, el médico suspiró y ordenó
fríamente—: colóquese detrás de ella, mi lord, la ayudará en la posición.
Izek jamás seguía ordenes de nadie, pero cuando aquel hombre le dijo
qué hacer, no lo dudó, adelantó el cuerpo de su esposa y se colocó detrás de
ella, arropándola su espalda y tomándole las manos, sintiendo como ella las
apretaba con todas sus fuerzas.
—Respira Kayla, tranquila.
Por toda contestación, el duque recibió un fuerte quejido y se inclinó
hacia adelante, pujando ante la presión, tratando de expulsar al niño que
parecía hacerle tanto mal en ese momento. Cuando fue incapaz de que sus
esfuerzos fueran tomados en cuenta, su cuerpo perdió vida y se recostó en
el pecho de su esposo, derrotada.
—Debí… mandar llamar a mi madre.
—Vendrá pronto, no esperaba que dieras a luz todavía, pensé que te
hacia falta un mes —su esposo se disculpó cerca de su oído.
—Gracias… ¡Ah! —la joven volvió a gritar y adelantarse, pujando con
fuerza, tratando de seguir las ordenes del médico.
—Lo siento —Izek se sentía terrible al ver el dolor de Kayla.
La mujer tenía tanto malestar que poco le faltaría para perder la
consciencia. Y por si el dolor no fuera suficiente en esos momentos, tal
parecía que ni siquiera había iniciado lo que era el parto.
—Será lento —informó el médico—, aún falta un poco de dilatación,
pero las contracciones son fuertes.
—¿Qué quiere decir? —la respiración errática de Kayla hacia obvio su
esfuerzo, al igual que el sudor de su frente.
—Hay que esperar, excelencia.
—¿Esperar? —ella por poco gritó.
—Lo siento. Aunque se adelantó por un mes, esto es lento.
—Por Dios… —ella gimió y se retorció—. No… basta…
Pasadas las horas sin alcanzar el estado optimo para dar a luz, la duquesa
comenzó a desmoronarse, las lágrimas corrían libres por las mejillas
sonrojadas del esfuerzo, gemía, se retorcía y pujaba sin dar resultado,
parecía ser que no había forma de que esos niños salieran de la madre, lo
cual terminaba siendo una tortura para todos.
—Kayla, respira amor, trata de respirar. —susurraba Izek.
—No soportaré Izek, no puedo…
—Duquesa, puje ahora —pidió el medico al notar que, después de largas
horas de tortura, aquella pobre mujer lograría dar a luz.
Como si fuera una orden para su cuerpo, sintió una fuerte contracción
que la hizo gritar con todas sus fuerzas y pujó sin siquiera pensar en ello,
permaneciendo en esa posición por largos momentos, apretando con brío las
manos de su esposo. Kayla pensó que la cabeza le reventaría si seguía sin
respirar y sólo pujando para que ese niño al fin saliera de ella.
—Bien duquesa, lo hace bien.
Nimue y la señora Campbell se acercaron casi corriendo al notar que la
cabeza de un bebé comenzaba a asomarse y un pequeño cuerpecito era
tomado por el médico, ayudando a la madre a expulsarlo por completo.
Kayla se relajó cuando sintió que una increíble presión desaparecía de su
cuerpo, prácticamente se desplomó sobre Izek, sudada y extenuada como si
llevara días corriendo sin descanso alguno.
—¡Es un varón! —sonrió el médico, mirando al pequeño que no dejaba
de llorar—. Es sano y fuerte como todos los Buccleuch.
Izek desvió su mirada de la faz de su esposa para toparse con el pálido
rostro de un niño que sería una copia perfecta de él. Tal como lo pensó,
cabellos oscuros y seguramente ojos aún más negros, era el heredero del
ducado y un Buccleuch en toda la regla.
—¿Está bien… Izek? —murmuró la joven entre sus brazos.
El duque dirigió la pregunta hacia el médico con la mirada.
—Está sano, diez dedos en las manos y los pies, pulmones fuertes como
los de un león y corazón regular como una corriente del rio.
—Está bien, mi amor —se dirigió a su mujer—. Lo has hecho increíble
—Izek le besó la mejilla, preso de una emoción que no cabía en su pecho.
—Oh, dénmelo por favor —pidió la madre, llena de cansancio.
Una doncella sonriente se estaba encargando de limpiarlo mientras el
médico revisaba que todo estuviera en orden.
Pese a la emoción que era palpable en la habitación, el nerviosismo y
enfado en las dos mujeres que eran Nimue y la señora Campbell no pasó
desapercibido para el médico, quien era capaz de distinguir la negatividad y
un fastidio desmedido que no alcanzaba a comprender de dos mujeres que
servían y pertenecían a la misma familia que acababa de dar llegada al
heredero de su casa, continuando así con su fuerte legado.
—¿Algún problema con mi trabajo, señoras? —inquirió el médico,
alejándose de los felices padres y las enloquecidas doncellas, quienes no
despegaban los ojos del recién nacido que parecía más que complacido de
ser el centro de atención, puesto que ni siquiera seguía llorando.
—Por supuesto que no, señor, usted ha hecho un trabajo impecable al
traer al heredero —dijo la señora Campbell—. Otros sin embargo…
—Hay otro bebé —interrumpió Nimue con seguridad.
—Mi lady, la duquesa está tranquila ya, un segundo bebé es…
Kayla en ese momento pujó, sintiéndose nuevamente condenada y
mirando hacia Nimue con horror, ¿Cómo podía estar tan segura de ello?
Algo le hizo temer por ese segundo nacimiento, dentro de ella deseaba que
ese bebé no fuera una realidad, que fueran dolores de otra cosa, rezaba por
que esas miradas esperanzadas no se vieran satisfechas con su hijo.
—Izek… no, no.
—Eh, tranquila, lo veníamos pensando ¿cierto? Dijimos que había
muchas posibilidades de que fueran dos —le acarició el cabello con cariño.
—No Izek, algo anda mal, no…
—Tranquila duquesa, nada tiene por qué salir mal —dijo el médico,
volviendo a tomar posición pese a que encontró sumamente extraño que
aquella muchacha se mostrara tan definitiva en su predicción al azar.
Fueron otras horas de dolor, gritos y desesperación, pero al final, la
duquesa se recostó de nuevo sobre su marido, quien besaba con afán su
cabeza y sonreía como un enloquecido, mirando la preciosa creación que
era su hija. Una niña con cabellos castaños claros como los de su madre,
piel rosada y llanto pequeño, controlado, pero regular y sano.
—Muchas felicidades, mis señores, recomiendo mucho descanso para la
duquesa —dijo el médico, completamente satisfecho.
—Gracias —Izek dejó que su esposa se recostara en las almohadas y se
puso en pie, tomando con firmeza la mano del hombre que protegió tres
vidas en esa habitación—. No sabe cuanto le agradezco.
El medico se vio rápidamente avergonzado. El duque era temido y
respetado por donde se le conociera, y el que tan poderoso hombre se
mostrara tan tranquilo, endeble y feliz, le daba la sensación al médico de
estar en medio de una alucinación, seguro nadie le creería si contaba esa
historia en el pueblo. Se las arregló para contestar modestamente y salió de
ahí con una expresión de felicidad, no tenía idea de por qué, pero el ser
reconocido por un hombre poderoso siempre era satisfactorio.
Izek regresó la mirada hacia la cama, donde su esposa estaba siendo
acicalada por las doncellas que no dejaban de sonreír y hablar dulcemente
hacia los recién nacidos que la madre tenía en brazos.
—Oh, Izek, felicidades querido —se acercó la señora Campbell.
—Te dije que serían dos, hermano —dijo satisfecha Nimue.
—De hecho, lo dijiste con demasiada seguridad.
—Sé cuando no me equivoco.
El duque la miró con el ceño fruncido, pero se volvió de inmediato
cuando la voz de su esposa lo llamó.
—Mandaré llamar a las nodrizas —dijo la señora Campbell—, sería
bueno que me los llevara para su primera comida.
—Bien, manden traerlas de…
—No. —Kayla interrumpió a su marido, quien la miró intrigado—. No,
no quiero que nadie los alimente, lo haré yo.
—¿Tú? —expresaron su desacuerdo Nimue y su nana.
—Sí, puedo alimentar a mis propios hijos.
—No es costumbre por aquí —dijo Izek—, una nodriza…
—No quiero Izek, lo haré yo.
—Kayla, son dos ¿Comprendes? —elevó una ceja mirando a sus hijos
entre los brazos de aquella jovencísima mujer—. No sabes el trabajo que…
—Lo intentaré —interrumpió, inamovible en su posición.
—Mi lord, si me permite … —se introdujo la señora Campbell.
—No, no lo permito —acallantó Kayla—, son mis hijos.
—Y de mi hermano, en realidad, son de él. —Nimue elevó las cejas,
exponiendo su punto con indiferencia notable hacia la madre.
Kayla se mostró enojada ante las palabras, sabía que ante la ley era
verdad, pero le revolvía el estómago el que le echaran en cara tan sólo dar a
luz que su marido tenía una total jurisdicción sobre sus hijos. La mujer miró
al duque con indignación, esperando que pensara diferente. Izek asintió
levemente y levantó una mano hacia ella, tratando de calmarla.
—Traigan a la nodriza, pero estará como respaldo; sólo si Kayla lo
dispone, ella podrá darle de comer a los mellizos.
No era un triunfo al completo, pensó Kayla, pero al menos se había
puesto de su lado, lo encontró como una pequeña victoria a juzgar por las
caras enojadas de su cuñada y ama de llaves. Definitivamente su momento
de bondad y cariño hacia ella se habían terminado; al fin y al cabo, había
dado a luz y parecía ser que era lo único que importaba.
Izek pidió con la mirada que las doncellas se retiraran, dejando a su
esposa limpia y con un camisón nuevo y dos bebés en sus brazos. El padre
se acercó a su familia y abrazó a su mujer, besando su frente con cariño
mientras veía a los dos bebés dormir plácidamente contra el pecho de su
madre, a quien sabía molesta con él.
—Dije que sin nodriza Izek. —Reprochó la madre sin dudar.
—Será sólo por si acaso, ¿vale? Se hará como tú digas.
—Pareciera que no confías en mí ni para las tareas más simples.
—Los trajiste al mundo, así que confío plenamente en ti, pero quiero que
estés bien, no sabes lo demandante que puede ser.
—Lo haré bien.
Izek sonrió y le besó los labios, tratando de transmitir con ese cariño la
alegría que le había proporcionado ese día. Quería que su mujer olvidara
por unos instantes la pelea contra su hermana y ama de llaves, y se enfocara
en lo que tenían justo frente a sus narices, dos bebés que habían sido
producto de ellos, que serían parte ella, parte él por siempre.
—¿A qué vino eso? —lo miró sorprendida.
—Me has hecho el hombre más feliz de esta tierra.
Ella sonrió con ilusión y miró a sus hijos, al parecer de Kayla, no
existían niños más hermosos que esos mellizos.
Capítulo 29
¡No se despegará nunca de ellos! —gritó la señora Campbell—. Ni
siquiera permite que nos acerquemos.
—Tranquila señora Campbell —pidió Nimue con voz relajada—. Está
iniciando su maternidad con dos niños, estará exhausta pronto, sin
mencionar que Izek no lo soportará por mucho tiempo.
—La madre viene en camino —dijo Sloan, sentado en un sofá alejado de
las dos mujeres—, será un problema.
—Lady Annabella no es parte de la cofradía, ni tiene las habilidades de
ninguno de los hijos o padre, es Kayla con mayor edad —explicó Nimue—.
Aunque el que esté presente hará más fácil lidiar con los mellizos, tenemos
que encontrar la forma de ganarnos la confianza de Kayla de nuevo.
—Tú no ayudas para nada Nimue —sonrió Sloan—, creo que es a la que
más teme, después de la señora Campbell.
Nimue tenía que darle la razón, no se había comportado del todo bien en
las últimas instancias, cuando estaba dando a luz y peor aún cuando ya los
tenía en brazos. Debía reconocer que fue su error, pensó que en cuanto los
bebés nacieran, todo terminaría. Definitivamente se precipitó.
—Es verdad, Sloan, no tengo la confianza de Kayla y la señora
Campbell mucho menos —sonrió con malicia—, pero tú sí. Eres el que ha
estado más alejado durante el proceso, lo cual quiere decir que no estás
plenamente involucrado ¿verdad?
—No, no me meteré en esto.
—Estás metido desde el inicio —Nimue lo miró con enojo—, que
quieras dejarme todo a mí no te hace estar menos implicado.
Sloan miró a ambas mujeres y suspiró, al final, ellas eran todo lo que
tenía, siempre había hecho todo por complacerlas, pero al fin había
encontrado un límite, o eso creía él.
—Bien.
—¡Al fin! —sonrió Nimue—. Te muestras coherente y valiente.
—Sí, como sea.
—¿Por qué no vas ahora? Al fin y al cabo, eres el único que no ha visto
a los mellizos, no los has visitado ni una vez —indicó la señora Campbell.
Sloan salió de la habitación sin decir palabra, dirigiéndose a paso lento
hacia la habitación de su hermano, levantó la mano y tocó tan levemente,
que pareciera que no deseaba ser escuchado. Sin embargo, la voz de Izek le
dio permiso de entrar y tal como si hubiera recibido una orden, Sloan abrió
la puerta, sintiéndose sobrecogido ante la imagen hogareña que tenía ante
sus ojos.
La madre estaba inclinada sobre la cuna, envuelta en un camisón blanco
y un hermoso negligé de satén rosado que se arrastraba ligeramente en la
parte de atrás, dándole una apariencia elegante pese a que se encontrara en
ropas claramente de dormir.
—Sloan, ¿Qué te trae por aquí? —Izek salió del baño, entregando a su
esposa un recién nacido envuelto en una toalla.
El mellizo tardó unos momentos en traer su atención hacia su hermano,
puesto que la figura desenvuelta de la mujer que atendía con diligencia a
sus hijos lo había capturado por un largo momento que provocó el
desagrado del mayor, qué rápidamente optó por una postura agresiva de
brazos cruzados y cejas arqueadas.
—Nada. —Meneó la cabeza—. Sólo quería ver cómo estaban.
—Bien, eres muy amable por venir —la voz de Kayla denotaba
cansancio y, al mismo tiempo, felicidad—. Supongo que quieres ver a los
mellizos.
Sloan asintió, pasando de largo la hostil figura de su hermano y
asomando la cara hacia la cuna, donde dos pequeños bebés recién bañados y
cambiados dormían tranquilos uno junto al otro.
—No parecen dar mucho problema.
—Si que lo dan, pero el baño les agrada —desmintió la madre.
—¿Ya han decidido nombres?
—Davina y Kendrick.
Sloan asintió en conformidad, le agradaban los nombres.
—Es una copia de ti, hermano —sonrió el menor al ver al pequeño bebé
que abría y cerraba los ojos—, de verdad que el gen Buccleuch es fuerte.
—Sólo en media parte —dijo divertido Izek, sonriendo por primera vez
desde que entró su hermano—, Davina es como Kayla.
—Me parece extraordinario —Sloan miró a su cuñada con diversión—,
eso jamás había pasado, es un verdadero milagro que no toda la
descendencia de mi hermano tenga las características usuales de los
cuidadores del infierno.
—Oh, no digas eso, Kendrick se parece a todos ustedes —Kayla golpeó
ligeramente el hombro de su cuñado y miró a su hijo.
A ella le parecía particularmente perfecto, Kendrick era un bebé
tranquilo, pero con llanto potente que se hacía escuchar, tal como su padre.
Su piel era mucho más pálida que la de su hermana y los cabellos azabaches
sólo lo acentuaban, pocas veces había abierto los ojos, pero ya era
predecible el color que tenían. Era muy hermoso, las doncellas y las visitas
que habían recibido lo decían sin dudar.
Siendo todo lo contrario, Davina era la encarnación del sol, tenía los
cabellos claros, más claros que los de su madre, piel sonrosada, sus ojitos
estaban abiertos mucho más tiempo que los de su mellizo, permitiéndole a
sus padres ver el color claro en ellos, aunque era claro que no sabrían de
qué color eran exactamente hasta que creciera un poco más y definiera.
Día y noche, dijeron muchos. Eso representaban los bebés.
—¿Puedo cargarlos? —pidió Sloan de repente.
Izek mostró una faz enigmática, pero Kayla sonrió y asintió, tomando a
Davina en brazos para colocarla en los de su cuñado.
—¿Puedes con los dos?
—Lo dudo —dijo claramente nervioso.
Kayla mecía al pequeño Kendrick, mirando con una sonrisa la forma en
la que Sloan se fascinaba por la niña en sus brazos, era como si no
comprendiera que era una persona de verdad. La mujer volvió el rostro
cuando sintió que su marido la tomaba de la cintura y la acercaba con
cuidado a él, mirando intrigado a su hermano.
—¿Qué sucede? —susurró a su marido, viendo como Sloan mecía su
cuerpo entero al tratar de hacer que la niña se durmiera—. Está contento,
Izek, ¿no lo ves? Quizá es la forma de llegar a ellos.
—No te confíes Kayla, menos con los bebés. —Izek le besó la mejilla y
se volvió hacia su hermano—. Bien Sloan, los niños tienen que comer,
supongo que no te molestará hacerte cargo de mis deberes por más días.
—No, no te preocupes —Sloan no apartaba la vista de la pequeña
Davina—. Puedo encargarme de ello el tiempo que necesites.
—Gracias. —Estiró los brazos para recibir a su hija.
Sloan no parecía plenamente convencido, pero entregó a la bebé y sonrió
hacia la madre de la misma.
—Felicidades Kayla, tus hijos son hermosos.
—Gracias, sabes que puedes venir a visitarlos cuando quieras.
—Kayla, debes descansar, no puedes estar tanto tiempo de pie —pidió
su marido, guiándola hacia la cama y dando por terminada la visita de su
hermano—. Vamos, traeré las almohadas.
Kayla asintió y recibió al otro bebé en brazos, observando como Sloan
permanecía en la habitación con una mirada indescifrable cuando Izek fue a
la habitación contigua por el apoyo que ella necesitaba para lactar.
—¿Sucede algo Sloan?
—Debes irte Kayla.
—¿Disculpa? —La joven meció a sus hijos que comenzaban a llorar.
—Están en peligro —dijo nervioso y fuera de sí, mirando hacia todos
lados con desesperación—. Dile a Izek que…
—¿Que qué, Sloan?
El menor cerró la boca en seguida y se enfrentó a su hermano, quien lo
miraba con una intensidad que atravesaría montañas.
—Nada, me retiro.
—¡Sloan, espera! —pidió Kayla, pero el hombre salió de ahí.
Izek frunció el ceño y se acercó a su esposa, no dándole la debida
importancia al suceso que acababa de presenciar, enfocándose más bien en
colocar los almohadones que su mujer utilizaba para acomodar a los niños a
la hora de darles de comer.
—¿Qué sucedió? —dijo desinteresado.
—Dijo que debía marcharme, Izek, incluso me dijo que debía hablar
contigo de ello. —Kayla negó en confusión, observando que los niños
estuvieran en la posición adecuada para comer tranquilos—. Fue por un
momento, pero casi creí ver que ansiaba vernos a salvo.
—¿Sloan? —Izek se sentó frente a ella y negó con rotundidad—. Estoy
seguro que fue enviado aquí por Nimue.
—Pero ¿y si cambió de parecer? Quizá te cuente lo que pasa.
—Trataré de hablar con él si es tu deseo, pero ya lo he intentado antes,
Sloan no traicionaría a Nimue por nada en este mundo.
—Dime algo Izek, ¿Por qué Sloan no tiene su propia familia?
El duque suspiró, mostrando su falta de entusiasmo por contestar la
pregunta, pero al final aceptó y la miró apesadumbrado.
—No puede tener hijos.
—Pero… —frunció el ceño—. ¿Cómo lo sabes?
—Porque Sloan estuvo casado en más de una ocasión y de ningún
matrimonio hubo descendencia —explicó.
—¿Cómo que en más de una ocasión? —negó confundida—. ¿Es eso
posible? Las anulaciones no son fáciles de conseguir.
—Lo son cuando la persona muere.
—Muere… —La joven saboreó las palabras con amargura.
—Habrá que escuchar otra de las historias de Fiona para saberlo, Dios
sabe que a la gente le encanta esa en particular —mencionó asqueado—,
Sloan siempre quiso una familia, hijos.
—Es… horrible que no pueda tenerlos, pero lo de sus esposas.
—No sé que es lo que pasaba con ellas, en verdad, me desentendí de esa
parte en particular, pero sé que Nimue siempre estuvo a su lado en esos
momentos de pesadumbre y por eso mismo sé que jamás la dejaría a ella.
—¿Se deprimía por la muerte de sus mujeres?
—Quiero entender que sí.
—No tiene sentido que tantas esposas mueran ¿no te parece?
—Naturalmente que es sospechoso, pero te aseguro que se han hecho las
investigaciones pertinentes y nada ha salido en contra de él.
—Nada que pueda comprobarse al menos.
Izek asintió sin más.
—No quiero pensar que mis hermanos son asesinos Kayla, pero sé que
son personas dañadas, heridas por la vida.
Kayla opinaba que ese daño podía llevar a cualquiera a la demencia, la
mirada que Sloan dirigía a sus hijos era de añoranza, no vio un sentimiento
además de un anhelo y cariño puro, pero con la historia que acababa de
contarle su marido, aquello se transformó rápidamente a algo siniestro.
¿Cómo podía una historia sin veredicto cambiar la visión de alguien en
cuestión de segundos?
Ciertamente no sabía si Sloan era culpable de algunas de las acusaciones
que se formaban en su cabeza, pero la incertidumbre era imposible de
quitar, así como la desconfianza, posiblemente no volvería a permitir que
Sloan cargara a sus hijos.
—Oh, Izek —se frustró—, estoy asustada, ahora que los tengo…
—Lo sé —se acercó y le tocó la mejilla—. Yo también lo tengo. Así que
te vuelvo a pedir que reconsideres tu respuesta pasada.
—Me quedaré contigo Izek, no quiero estar en otra parte, tus hijos
merecen crecer contigo a su lado.
Izek la miró con todo el cariño que era capaz de expresar.
—También quiero eso.
—Dios mío Izek —Kayla tomó a uno de los bebés y se lo tendió a su
marido—. Esto va de mal en peor.
—Lo sé, por eso he pedido ayuda, me forzaron a aceptarla.
—¿De qué hablas? —La joven subía su camisón y tomaba al otro bebé
para ponerlo a repetir—. ¿Alguien te puede forzar a algo?
—Parece ser que sí.
—¿Quién?
—Tú padre.
—¡¿Mi padre!? —gritó la joven, provocando un ligero llanto en los
gemelos, Kayla mostró su arrepentimiento con una mueca y balanceó al
bebé en sus brazos antes de mirar a su marido—. ¿Cómo que mi padre?
—Al parecer, tus hermanos pasaron el mensaje de lo que vieron,
incluyendo una interesante confesión por parte de tú sobrina. Tu padre no
permitió cuestionamiento y viene junto con tu madre.
—¿Ambos…? —susurró la joven, sintiendo terror de inmediato—. Me
matarán, seguro que lo harán.
—¿Por qué?
—Jamás les dije… —negó—. Si ellos saben lo mal que está todo, me
amonestarán, me tacharán de tonta por seguir aquí con una familia
peligrosa, un esposo que no me quiere y dos hijos de un matrimonio
infructuoso y sin mucho futuro.
—Tú familia es peligrosa también —le hizo ver—. Y no diría que eres
tonta Kayla, pensaste que podrías, es más, te esforzaste de más para que
todo funcionara y, al menos en una parte, se logró.
—¿Qué? ¿El tener a tus hijos? —se apesadumbró—. Mi padre me
matará, volverá a sentirse decepcionado de mí.
—No, no me refiero a tener a mis hijos —Izek dejó al bebé que él traía
en la cuna y esperó a que su esposa hiciera lo mismo, entonces la tomó de la
cintura y la volvió hacia él—. Tu esposo sí te quiere, es más, te adora.
—¿Qué dices? —Ella rodó los ojos—. No sólo porque estés feliz por los
niños puedes decir que me quieres.
—Te quería de antes y si más no recuerdas, yo ni siquiera quería hijos al
inicio, deseaba que fuéramos sólo los dos, pero no me quejo.
Ella se vio en la necesidad de tomar distancia, su corazón parecía a
punto de fallar, sobre todo si permanecía cerca de él.
—No te creo nada, jamás has hecho algo para que piense que me
quieres. —Se cruzó de brazos—. Siempre eres tan duro y terminante.
—Eso no lo puedo cambiar, pero te aseguro que más de uno estará
sorprendido de ver mi actitud hacia ti. No lo notas porque no llevas mucho
de conocerme, pero soy diferente contigo, incluso yo puedo notarlo, me
siento extraño cada vez que me doy cuenta.
—¿Te molesta?
Una ceja incrédula se elevó lentamente en la cara del duque, claramente
encontrando como una tontería sus palabras.
—Claro que no… —el duque lo pensó mejor y asintió—. Quizá un poco
a veces, cuando en realidad siento que me dominas, pero es por cuestiones
del pasado, traumas que poco a poco voy olvidando.
—Yo… no sé que pensar.
Kayla parecía no terminar de creer en lo que le decía, jamás sintió que él
la quisiera. Que la respetaba, tal vez; que la consentía, posiblemente;
incluso que se preocupaba por ella, pero… ¿Querer? ¿Acaso Izek sabía
querer a alguien? Con un pasado como el suyo, posiblemente…
—¿Y tú? —interrumpió sus pensamientos—. ¿Por qué no te has ido? Te
di el escape desde que nos enteramos del embarazo, ¿Por qué te negaste?
—Porque… —ella se mostró confundida—. No lo sé.
—¿No lo sabes?
—En verdad… no lo sé —se mostró extrañada de no saber lo que sentía,
si había algo de lo que se enorgullecía, era de conocerse lo suficiente como
para siempre saber lo que había dentro de ella, pero en ese momento... ella
en verdad no lo sabía—. ¿Por qué no lo sé?
—Bueno, te aseguro que no es halagador.
—No puedes culparme, eres un ogro.
—Sé que no puedo culparte —sonrió tranquilo—, entiendo que no me
ames, pero trataré de que lo hagas, para mí fue una ganancia que en cada
ocasión que te preguntaba si querías irte, me dijeras que querías quedarte.
Cada que lo decías, sólo podía amarte un poco más.
—Amor… —mencionó aún más confundida—. ¿Amor?
—Sí, Kayla. Amor.
—A ti ni siquiera te gusta el amor.
—¿No me gusta?
—¡Lo dijiste! Cuando me platicaste lo de Mailene me lo dijiste, que
jamás querrías amar a alguien porque vuelve locos a los Buccleuch.
—No me gustaría amar a alguien como ella de nuevo, eso es verdad,
pero creo que es imposible que las personas no sientan amor.
—¿Eres una persona?
Izek dejó escapar una carcajada varonil y muy dulce.
—Pareces impresionada.
—¿Y qué esperabas? Ya me había hecho a la idea de que tú…
—Te tienes poca confianza si pensaste que no podría llegar a
enamorarme de ti, Kayla.
Ella se sonrojó notoriamente y negó levemente con la cabeza.
—Tengo… tengo que procesarlo.
—Bien, lo comprendo.
Kayla frunció el ceño y se acercó a la cuna de los bebés, mirándolos con
cariño, pero sintiéndose tan extraña con la anterior confesión, estaba
abrumada y lo único que la mantenía cuerda eran esos niños, que, para su
maldición, se parecían a su esposo.
—Trata de no atribularte demasiado con esto, nada cambia porque lo
sepas, seguimos siendo los mismos.
—Y al mismo tiempo, siento que todo es diferente.
—El que te quiera no me convertirá en otra persona, ni a ti tampoco
Kayla. Tan sólo quería hacerte sentir mejor con la llegada de tus padres.
—¿Quiere decir que mentiste? —lo miró con dolor.
—No. No mentí.
Ella regresó la vista nuevamente hacia sus gemelos, ansiando no ver al
hombre que logró confundirla de esa manera.
—Te dejaré tranquila.
—Izek… —Él se detuvo—. Aunque no tenga una respuesta… sigo
queriendo que estés cerca de mí, de tus hijos.
—No debes preocuparte por eso jamás.
Capítulo 30
Arnold llevaba varios días custodiando a la mujer llamada Fiona, la
contadora de historias terroríficas del pueblo, sobre todo, de la casa de su
amigo y el hombre al que servía desde que tuvo capacidad de trabajar para
alguien. Izek le ordenó que la mantuviera a salvo, que viera lo que hacía
durante su día y los lugares que visitaba.
Para Fiona estaba resultando francamente irritante, sin mencionar de lo
inquietante que era tener un par de ojos siguiendo cada uno de tus pasos. En
más de una ocasión pidió de favor que la dejara tranquila, puesto que
dudaba que alguien fuera a ir contra ella sólo por decirles que aquella choza
a la que la habían llevado era poseedora de una bruja que posiblemente se
encargara de trabajos escabrosos, había varios indicios de muerte, de fetos y
animales de sacrificio. Era horrible, pero eso no significaba que supiera
quién era el dueño de tales atrocidades, quizá incluso aunque fuera de su
conocimiento, no lo diría por mero terror de ser la causante de la cólera de
tan peligrosa persona.
Otro suceso que le fue impresionante a la mujer, fue el que la llevaran a
las catacumbas de la familia, los cuales recorrieron en medio de una
sensación de que los seguían; pero ahí no habían encontrado a nadie, ni
tampoco nada extraño además de que las personas los recorrían con más
frecuencia de lo que les gustaría.
A visión de Arnold, la mujer era extraña, pero no dejaba de ser hermosa,
pese a que pasaba la edad de la juventud, perduraba en ella una mirada
vibrante, vivaracha, cabellos largos y sanos pese al tinte que se ponía y la
hacía oler extraño; tenía pechos generosos, su cuerpo ya no era tan esbelto
como seguramente lo había sido, era seductora, se movía grácilmente y se
insinuaba de forma inocente.
—¿Es totalmente necesario que me siga a todos lados?
—Sí, señora.
—No debería ser tan formal conmigo, todos me llaman Fiona, incluso su
señor —sonrió, caminando por el pueblo.
—Me abstendré de esas libertades, señora.
—Qué caballeroso es —lo miró de soslayo—, me agrada su mirada
grave y la forma en la que finge no querer acostarse conmigo.
Arnold pasó con fuerza y trató de no mostrar emoción.
—Centremos nuestras conversaciones a lo necesario.
Ella dejó salir una risilla coqueta que le heló la sangre al hombre.
—Como usted diga, señor, es usted muy recto. —La mujer miró hacia
adelante, saludando a su paso a los hombres y mujeres que solían
escucharla cuando se disponía a contar historias—. Escuché que el señor
duque está feliz por primera vez en años.
—Mi señor es feliz desde que está casado.
—Mmm… creo que eso es mentira, pero definitivamente estará feliz por
los hijos que le ha dado esa mujer.
Arnold la miró y sonrió, comprendiendo la actitud de Fiona.
—Entiendo que a las mujeres les gustaría pensar eso, pero lo conozco y
sé que se ha enamorado de su esposa y de sus hijos.
—No tengo obsesión con su señor, eso se lo aseguro, tan sólo es lo que
pienso. Sin mencionar que es mejor para mis historias que la duquesa sea
rechazada por su marido.
—Es usted muy cínica, pero debo de admitir que seguramente es más
interesante escuchar de horrores que de amores.
—Posiblemente. No soy escritora y el amor está hecho para los poemas,
no para las historias que capturan la atención de los transeúntes.
Arnold no quiso decir nada más, encontró banal seguir hablando de
tonterías que, además, no le concernía a ninguno de los dos. Sin embargo, a
la mujer le gustaba hablar y no permitiría que un silencio se hiciera entre
ellos, ya era lo suficientemente malo ser seguida a todas partes, así que al
menos, Fiona esperaba tener una buena conversación, esperando claro,
poder sacar una nueva historia para contar en las calles.
—Entonces, ¿Qué fueron los niños?
El hombre a su lado dejó salir un suspiro apesadumbrado.
—¿En serio no se rendirá?
—No. Y tenemos todo el día para que lo fastidie con esto —dijo
sonriente, caminando de espaldas para poder verlo a los ojos.
—Niño y niña.
—¡Vaya! Hasta suerte tienen los Buccleuch. —El señor Arnold
permaneció callado—. ¿Se parecen a él?
—El varón más, pero la niña tiene el pelo diferente.
—Así que la niña se parece a su madre —asintió tranquila—, en todo
caso es extraño, la casta de los duques es poderosa.
—Parece que la de su esposa también lo es.
—Mmm… ¿Los Hamilton? Me parecen una familia normal y sin mucho
realce, los hijos son guapos, pero a mi ver, ordinarios.
—Esa familia es todo menos ordinaria. De hecho, si quieres tener
historias que contar, entonces espera en la estación en estos días, el padre de
la señora está por llegar.
—¿El padre? —se mostró sorprendida—. ¿El… el hombre ese?
—Sí. Seguro que faltan días, sino es que menos.
—No sabía que venía, pensaba que al duque no le agradaba que la
familia de su mujer estuviera en Escocia.
—Al final, es normal que vengan a ver a los recién nacidos.
—Bueno, sí —sonrió—. Será interesante conocerlo.
Arnold asintió y decidió que era momento de retornar a una
conversación que fuera fructífera para Izek, porque seguro que el decirle
que la mujer está interesada en aspectos tan triviales de su vida
matrimonial, no le sería de agrado de ninguna forma.
—¿Has pensado ya en alguien que pueda ser la bruja?
—Puede ser varón, para su información. Y no, no tengo idea, nadie
puede describir bien a la persona, ni siquiera el cuidador.
—Eso es extraño.
—El hombre dice que siempre llegaba encapuchado y su rostro estaba
entre la penumbra de la capa que porta. No hablaba, para comunicarse con
él dejaba notas, parece alguien cuidadoso.
—No creo que al duque le interese eso.
—Quizá no, pero ¿ya hizo él la investigación que le dije?
—¿Sobre los cuadros?
—Sí. Sé por algunos rumores que hay una recámara ahí dentro llena de
retratos del pasado.
—¿Quién es su informante?
—No lo diré, lo necesito, pero al menos estoy dándoles ventaja.
—El duque los encontró.
—¿Y bien? ¿Qué dijo? ¿De qué son?
—Pensé que lo sabría.
—Nunca los he visto, estoy tan en blanco como todos los demás que
estamos fuera, ni siquiera mi informante sabe de qué van.
—Ni lo sabrá.
—¿Qué? —se mostró ofendida—. Es totalmente injusto.
—Piense lo que quiera, señora.
La mujer entrecerró los ojos, pero siguió al hombre que actuaba como su
escolta, al final descubriría la forma de hacerlo flaquear.
✤
Izek se encontraba sentado en su despacho, mirando intensamente hacia
los cuadros que mandó traer de aquella extraña habitación de los pisos
inferiores, los pertenecientes a la servidumbre. Aparentemente nadie
entraba a esa habitación desde que se extendió el rumor de que estaba
embrujado. Parecía ser que las supersticiones estaban sirviendo al
perpetrador para mantener a raya a todo cuando pudiera cruzarse en su
camino. Izek podía aceptar que era inteligente y que estaba más cerca de lo
que pensó, ya ni siquiera era capaz de estar seguro que se tratara de sus
hermanos, puesto que, como había dicho, Nimue jamás fue hábil con la
pintura y esos retratos eran excelentes, casi tan buenos como los de Kayla.
—¿Izek?
—Pasa Arnold, ¿la mujer dijo algo más?
—No. —Se dejó caer en una de las sillas frente al escritorio del duque y
se volvió hacia donde la mirada oscura se mantenía perdida—. Demonios,
Izek, eso es terrorífico, deberías tirarlos.
—Esto es evidencia. Mira —el duque se puso en pie y tomó uno de los
retratos—, ¿Ves este rostro? ¿Te parece familiar?
—No, no en realidad.
—Es la primera mujer que murió, el día que llegué y que drogaron a
Kayla para que olvidara el suceso ¿ves? —Volvió el cuadro, desde donde se
veía unas marcas extrañas y una fecha—. Esto es un nombre, se llamaba
Lizandre, la fecha en qué murió y que no fue de utilidad.
Arnold ladeó la cabeza, sin lograr leer lo que el duque.
—Has pasado demasiado tiempo aquí.
—No, encontré un patrón —dijo animado—. ¿Ves? Lo mismo, fecha,
nombre y la misma frase al final: no fue de utilidad.
—¿En qué idioma está que no lo leo?
—Es alemán —Izek contestó sin volverse a su amigo—. ¿Sabes quién
tenía raíces alemanas?
—Supongo que Mailene, porque todas se parecen a ella.
—Exacto, todas se parecen, pero ¿por qué dice que no funcionan?
—No sé, ¿cosas de brujas? Hablaron de una resurrección.
—Posiblemente, pero, ¿era necesario matarlas? ¿Por qué razón? ¿Por
qué aquí en el castillo?
—Quizá por que Mailene murió aquí en primera instancia.
—Puede ser, pero creo que quieren hacer que se me retuerza el cerebro
al dejar los cuerpos aquí, donde puedo verlos y donde vivo la muerte de
Mailene una y otra vez. Una que no presencié.
—¿Crees?
—Estoy seguro.
Arnold miró con detenimiento el cuadro que Izek no apartaba de su
vista, era aquel que retrataba a su esposa, con su característico cabello corto
y el lunar en la mejilla, Kayla era la única que parecía no estar tachada en la
lista de mujeres inservibles, pero eso podía llegar a ser aún más
preocupante.
—¿No crees que es peligroso que te los llevaras? La persona sabrá que
lo hiciste y se sentirá acorralada.
—Sí, es lo que quiero, que actúe impulsivamente, torpemente, para que
de una vez podamos atraparlo en medio de sus fechorías.
—Entiendo —Arnold se puso en pie—, volveré con la bruja esa.
—Ten un ojo sobre ella a todo momento, sabe de esta casa más que
nadie, por alguna razón, Fiona sabía de esa habitación y yo no.
—Porque jamás bajas a esos pisos y es prácticamente imposible que lo
supieras, pero ella tiene un informante.
—Lo supuse, pero ¿Quién?
—A saber, no piensa decirlo.
—Trata de sacárselo.
Arnold asintió y dejó a su amigo en soledad, frente a todos esos retratos
de mujeres asesinadas y una que estaba en peligro.
—¡Agh! ¡Izek! —La voz enfurecida de su mujer provocó que se apurara
a salir de la habitación para que ella no lograra ver su interior—. ¡Izek!
—¿Qué sucede? —la interceptó en su furioso caminar.
—¿¡Dónde estabas!?
—Trabajando. —Contestó relajado, a sabiendas que el carácter de su
mujer se había vuelto errático desde la llegada de los bebés.
Ella pareció quedarse momentáneamente sin palabras y dejó salir un
quejido exasperado. Se denotaba cansada, tenía ojeras bajo los ojos, su
cabello estaba desalineado y el vestido mal abrochado. Sin dudas necesitaba
un descanso, pero era terca y con el cuidado de los niños, intransigente.
Izek no solía cuestionarla mucho y más bien obedecía las ordenes que ella
le daba como si se tratara de un general.
—Muy bien, ¿Qué ocurre? ¿Por qué estás tan molesta de repente? —la
llevó lejos del despacho—. Te dejé tranquila hace unas horas.
—Sí, sí, eso ya pasó. ¿Cuándo llegarán mis padres?
—Ah, con que es eso, ¿te preocupan tus padres?
—¡Claro que me preocupan! Estoy tan nerviosa que se me ha
comenzado a caer el cabello —se tocó la melena castaña.
—Tranquila, sea lo que sea, no estarán enojados contigo.
—Eso piensas, pero soy la decepción de mi familia.
—No creo que lo seas Kayla, sólo porque eres diferente a tus hermanos
no te hace peor. Dudo que tu padre quisiera hacer copias de si mismo cada
vez que tenía un hijo, según sé, eres su consentida.
Ella rodó los ojos.
—Le encanta verme porque le recuerdo a mamá, dicen que soy muy
parecida a ella cuando era joven.
—¿Ves? Como podría odiarte de alguna forma.
—No dije que me odiaba, dije que le decepcionaba.
—Deberías hablar directamente con él y preguntárselo.
Ella mordió sus labios y miró hacia otro lado.
—A veces, me gustaría ser como Aine, no la conoces, pero es mi
hermana mayor. Ella es tan… tan perfecta y única, papá la adora, es como
una versión masculina de él. Ahora ella tiene su familia, tuvo un hijo
perfecto y tiene un marido de en sueños, todos lo quieren.
—¿Es una pedrada? —dijo divertido.
—No. Tan sólo… no sé por qué parece que yo me equivoco una y otra
vez, nunca hago nada bien.
—Creo que has hecho perfectamente a dos personas —sonrió.
—Probablemente lo único que he hecho bien en mi vida.
—Eres muy dura contigo misma, creo que estás afectada por el
embarazo. Pero Kayla, eres buena en tu arte, en verdad lo eres.
Ella bajó la cabeza y suspiró.
—Gracias, supongo que lo soy.
—Vamos, sabes que lo eres, estás desanimada ahora, pero verás lo
contenta que te pones cuando tu maestro te de respuesta.
—¿Crees que le guste lo que he hecho?
—Estoy seguro.
Ella sonrió, sintiéndose un poco más relajada y lo abrazó en
agradecimiento, al menos, ahora que él se había confesado, las cosas podían
fluir un poco más ligero entre ellos. Eso no significaba que él fuera una
persona más fácil de llevar, seguía siendo dominante y cuando decía que se
hiciera algo, esperaba que se cumpliera. Sin embargo, podía retractarse
cuando se daba cuenta que estaba siendo demasiado duro; sin mencionar
que era un excelente padre y la ayudaba todo el tiempo con el cuidado de
los gemelos, que rápidamente pasaron a ser su adoración.
—¿Dónde están los niños?
—Los dejé arriba con Bonnie.
—Me sorprende que quisieras dejarlos solos.
—Quería gritarte —se inclinó de hombros—. Volveré con ellos.
—Vamos, te acompaño.
Ella caminó tranquila hacia las escaleras, notando el aura meditabunda
que su marido traía consigo desde hacía unos días. No habían tenido mucho
tiempo de hablar sobre algo diferente que no fueran sus hijos, pero sabía
que Izek descubrió muchas cosas mientras ella estaba en su encierro
después de tener a los bebés.
—¿Qué pasa Izek? ¿Qué me ocultas ahora?
—¿Qué? —la miró con una sonrisa—. Nada, lo siento, estaba pensando
en un arrendatario que tiene dificultades para pagar.
—Nunca te ves muy conflictuado a la hora de enfrentar ese tipo de
problemas, sé que es otra cosa.
—Kayla, por favor, no hagas suposiciones.
—Lamento decir que, para tu mala suerte, te he observado lo suficiente
como para conocer tus expresiones, así que escupe.
—¿Escupe?
—Me refiero a que hables.
—Pero qué vulgar te has vuelto —se burló—, creo que no deberías estar
conmigo tanto tiempo.
—Izek… —reclamó.
—Encontramos a Fiona.
—¿Y por qué no me habías dicho? —se sorprendió—. ¿Qué dijo?
—Bueno… nos hizo encontrar una habitación extraña aquí en la casa y
parece ser que no conoce a ninguna bruja para la choza de la colina, cosa
que no puedo creer, por alguna razón sé que miente.
—¿Por qué lo haría?
—Esa mujer se beneficia con los rumores, con los cuentos y las leyendas
de esta casa, seguro que está contando justo ahora la historia de la bruja del
castillo de Dalkeith.
Kayla sonrió.
—La dama de las leyendas, por supuesto que está sacando provecho de
nuestra desventajosa situación.
—Incluso tus hijos son parte de las leyendas ahora, no me sorprendería
que estuviera inventándose una profecía justo ahora.
—¿Profecía? —Los ojos verdes iluminados en diversión—. ¿De qué
iría? ¿El sol y la luna? ¿La representación del bien y el mal?
—Davina y Kendrick se prestan para todo tipo de historias.
—No puedo negarlo, parece que son de padres diferentes.
—Ni lo menciones —se quejó el hombre, mirando con disgusto hacia su
mujer—. Son míos y sólo pueden ser míos.
—¡Claro que son tuyos, gran tonto! ¿De quién más sino? —ella había
enfurecido nuevamente.
—Lo sé, lo sé. Era una broma, lo siento.
—¡No digas tonterías!
La mujer abrió la puerta de su habitación, quedando momentáneamente
paralizada al ver a su cuñada inclinada sobre la cuna donde sus bebés
descansaban tranquilos. Bonnie estaba ahí, pero seguramente, contra una
petición de Nimue, cualquier negación de la doncella quedaba
completamente invalidada, incluso podía ser despedida.
—¿Qué haces aquí? —la voz de Izek estaba cargada de desprecio.
—Mi querido hermano, ¿por qué suenas tan disgustado?
—Posiblemente porque lo estoy —se acercó a la cuna y vio a ambos
bebés en el lugar, perfectos y dormidos.
—¿Es que piensas que les podría hacer algo a tus hijos?
Izek no contestó y permitió que el silencio perdurara por un largo
momento en el que las miradas eran un batallón oscuro que buscaban
constantemente la victoria.
—Claro que no, Nimue. —Interfirió Kayla, poniendo una mano en el
pecho de su marido para obligarlo a dar unos pasos hacia atrás.
—Gracias Kayla —la mujer no quitaba la mirada de su hermano—, pero
sé la opinión que mi hermano tiene sobre mí.
—No, por supuesto que no, él sólo está nervioso con los niños, se pone
tenso incluso cuando yo los cargo. —Excusó la mujer.
La mirada de Nimue se movió gradualmente hacia la de su cuñada,
aquellos ojos tan diferentes a los de toda su familia le mostraban un cariño
que no alcanzaba a comprender, Kayla debía odiarla, puesto que le arruinó
la vida en muchas formas; sin embargo, ahí estaba ella, inmiscuyéndose
para que no peleara con Izek.
—¿Por qué me defiendes? No tiene sentido.
—Eres mi familia, pese a que no me consideras así Nimue.
—¿Quién dice que no?
—Tus actitudes demuestran que no me tienes plena confianza, no me
quieres en realidad, estoy segura que hiciste esto por tu hermano, porque lo
quieres y de alguna forma te arrepientes por lo de Mailene.
Kayla pudo sentir la mirada intensa de su marido sobre ella, incluso
Nimue abrió los ojos desmesuradamente al escuchar ese nombre traído de
ultratumba para alterarlos.
—No siento ningún remordimiento.
—Mientes. Eres inteligente y la mente maestra detrás de todo el plan de
traerme aquí, ¿Te digo algo? Te estoy agradecida —Izek frunció el ceño y
puso aún más atención—. Es verdad que no ha sido fácil —continuó—,
pero agradezco lo que he aprendido, también agradezco haberme casado
con un hombre que al final terminó por enamorarse de mí y que me diera a
mis dos hijos, no hay nada que me haga más feliz. Incluso me dio una
posible amiga, podríamos ser más que sólo amigas Nimue, seguro que te
hizo falta una hermana y a mi también.
—Tú tienes una hermana.
—Ella es más como un hermano regañón y mandón, Aine siempre fue
tan diferente a mí, pero tu… tenemos cosas en común.
—Eso… —la mujer parecía sentirse abrumada—, no es cierto.
—Sabes que sí, al inicio, cuando llegué, te comportabas diferente,
estábamos formando un lazo entre nosotras.
La confusión invadía casi cualquier gesto en la expresión de Nimue, era
claro que su interior se debatía constantemente en sus sentimientos,
posiblemente jamás pensó que Kayla podía sentir algo así por ella. Si se
ponía a pensarlo, ella misma sintió una conexión cuando estaban solas, le
gustó el tiempo que habían pasado juntas y, sobre todo, la forma rápida en
la que Kayla la integró en su vida, en sus pláticas y actividades.
—¿En serio tú…?
—Señorita Nimue —irrumpió la señora Campbell—, la están buscando
para las indicaciones de la comida.
—Claro —la melliza pestañeó extrañada—. Claro iré en seguida.
Nimue miró una vez más hacia su cuñada y siguió con su camino.
Dejando atrás a la señora Campbell, quien miraba hacia la cuna con ojos
brillantes y llenos de ilusión. Kayla sintió un dolor en su pecho y se movió
ligeramente para colocarse frente a sus hijos, en ese momento comprendió
que estaba dispuesta a todo con tal de que nada los tocara, que nada les
hiciera daño y, por la actitud que tenía su marido, podía decir que sintió
exactamente lo mismo, puesto que se puso incluso frente a su mujer.
—¿Se les ofrecía algo, mis señores?
—No, señora Campbell, puede retirarse —pidió Izek.
—Bien, si necesitan descansar, puedo quedarme con los niños.
—No, no. Estamos perfectamente, gracias señora Campbell —dijo
Kayla, su voz cargada en ansiedad y una sonrisa forzada.
—Con su permiso —la señora Campbell dio una ligera inclinación de
cabeza y salió de la habitación.
Kayla dejó salir el aire de forma abrupta y miró a su marido con
preocupación, sintiendo que su corazón se salía de su pecho.
—Ella está cada vez más extraña.
—Sí. —Izek se cruzó de brazos—. ¿Por qué dijiste todo eso?
—¿No te lo imaginas? —dijo serena, tomando a sus bebés.
—No pensé que fueras tan maquiavélica y calculadora, pero comienzo a
respetarte por ello —sonrió su marido—. Creo que te pareces más de lo que
te imaginas a tu familia.
Ella soslayó la mirada hacia su esposo mientras se movía de un lado a
otro, con un bebé sobre cada hombro.
—Una madre puede hacer cualquier cosa por sus hijos —dijo a modo de
amenaza, aunque Izek no supo discernir si era para él o para alguien más.
Pero reafirmó—: cualquier cosa.
—Y yo haría cualquier cosa por ustedes tres —la tomó de los brazos,
acercándola a él para presionar sus labios contra los de ella—. Ven,
necesitas relajarte, estás demasiado alterada, sabes que no debes hacerlo, al
querer amamantar a los niños, todas tus emociones irán a parar en ellos.
—Lo sé —miró hacia ellos—. Sí, quizá tengas razón.
Kayla se sentó en el borde de la cama, acunó a sus hijos en los brazos,
mirándolos con tanto cariño que sintió ganas de llorar por la impotencia de
ser incapaz de protegerlos. Aquello debía ser una ventaja para su hermana,
quien fuera capaz no sólo de defenderse a sí misma, sino a todos a su
alrededor. Ser tan fuerte debía ser increíble.
—Kayla, estoy yo aquí, ¿entiendes? —Izek tomó su rostro y con el
pulgar acarició su mejilla—. Quizá no sea uno de tus hermanos o algún
águila, pero me interpondría ante cualquier peligro para que no los dañara.
—Eso lo sé Izek, pero no deja de preocuparme, tampoco quisiera que
algo te pasara a ti.
Él se mostró sorprendido.
—¿Ah sí? —sonrió de lado—. Eso es nuevo.
—¡Agh! Fuera de aquí, ve a trabajar o algo.
Izek sonrió, besó la mejilla de su mujer y salió de la habitación, pidiendo
a Bonnie que entrara con ella, de hecho, no quería que esa doncella se
separara de Kayla, de alguna forma sabía que tener a alguien cerca
provocaba que su esposa estuviera más tranquila. Era claro que él no podía
quedarse todo el día a su lado, aunque lo quisiera y no le disgustara, tenía
que resolver lo de la bruja, lo de los cuadros y sus hermanos.
¿Dónde se había metido el inútil de Arnold cuando era necesario?
Necesitaba volver a la choza y claramente no quería dejar a su esposa sola
en ese lugar, sobre todo si sus suegros estaban por llegar. Seria un descuido
de su parte en esos momentos.
—¿Qué ocurre hermanito? —se introdujo Nimue.
—Nada. ¿Dónde te habías metido?
—Llegó una nota —entregó la hermana—, los Hamilton llegarán para la
hora de la comida, así que lo dispuse todo.
Izek abrió la nota, leyendo las líneas con rapidez y doblando el papel
antes de regresarlo a su hermana, dando un asentimiento antes de dirigirse
hacia su despacho, pensando en esperar a su amigo y los informes que debía
traerle para esos momentos. No era normal que Arnold se desapareciera por
tanto rato, en contadas ocasiones ocurría, y tenía una explicación más
ordinaria de la que se podía esperar, siempre se atrasaba cuando se
encontraba con una mujer que fuera de su agrado.
Se sentó en su silla tras el largo escritorio de madera que fuera pasando
de generación en generación desde los inicios de su familia, aquella madera
buena, firme y olorosa que hacía sentir tan poderosos a sus dueños, no
lograba trasmitir su cometido al actual dueño y duque, quien era preso de la
incomodidad de tener aquellos retratos de mujeres hermosas que
permanecían con la mirada perdida en el que sería el último recuerdo de que
alguna vez estuvieron con vida.
El duque tenía la malsana combinación de tener la necesidad de
contemplarlas a la par de ansiar apartar su vista de ellas por siempre. Todas
eran parecidas, cada una asesinada por una causa que se le escapaba de las
manos, pero que podía imaginar por la información recaudada. La única que
permanecía con vida entre todas aquellas doncellas, era su esposa, a la que
no pensaba dejar morir por ningún motivo. El hombre entrelazó sus manos
y colocó su barbilla para sostener su cabeza, los codos sobre la madera y los
ojos perdidos en otros tiempos.
No recordaba cuanto tiempo llevaba viendo fijamente hacia los retratos,
pero cuando tocaron la puerta del despacho, no pudo evitar jalar aire ante la
sorpresa y recomponer su voz al momento de dar la aceptación para que la
persona se introdujera.
—¿Qué sucede? —dijo desinteresado, volviendo a sus papeles.
—Mi señor —el hombre parecía nervioso—. Lo esperan sus visitas. Los
nebulosos ojos del duque se levantaron pausadamente, enfocando a su
mayordomo, pidiendo en silencio el esclarecimiento de sus palabras—. Los
Hamilton, mi señor —se apuró a decir.
Izek llenó sus pulmones con una sonora inhalación y se puso en pie,
pasando de largo al hombre que permanecía con la cabeza agachada,
temiendo enfurecer al duque con su sola mirada. Sin embargo, para Izek
nada tenía menos relevancia que enfurecerse con sus empleados. Mientras
caminaba por los pasillos, su mirada voló al instante hacia el reloj de pared,
percatándose sólo entonces de que llevaba más de dos horas observando los
recuadros de mujeres muertas y una que anhelaba mantener con vida.
Siguió su camino hacia el salón donde sabía que sus empleados dirigían
a las visitas de la casa para que esperaran a alguno de los dueños. La puerta
estaba abierta, por lo cual se permitió observar al hombre que permanecía
ausente y tranquilo, mirando por la ventana del salón que dirigía hacia la
entrada de la casa. Su suegro era un hombre mayor, pero mantenía un
cuerpo fuerte, su espalda seguía tan erecta como seguramente lo estuvo toda
su vida, no podía ver su rostro, pero tan solo su presencia era intimidante y
abrasadora.
Por otra parte, la mujer que permanecía sentada en una de las elegantes
sillas del salón, era tan hermosa como lo era su esposa, tenía un rostro
delicado y una composición que aparentaba fragilidad. Los ojos cerrados de
la mujer le daban la apariencia de una muñeca dormida, quizá estuviera
agotada por el viaje, pero de alguna forma, Izek sabía que se estaba
relajando, quizá mentalizándose en lo que tendría que afrontar al
encontrarse con él, pues posiblemente no viniera con las mejores criticas.
—Lamentamos las molestias, señor duque, esperamos no ser
inoportunos. —Izek volvió la mirada hacia su suegro, quien no se movió ni
un ápice y le hablaba dando la cara a la ventana.
—No son molestia, por el contrario, los esperábamos, sobre todo Kayla
—se adelantó cuando logró salir de su conmoción y fue directo hacia su
suegra, quien ya tenía los ojos abiertos y sonreía tranquila—. Señora, veo
de dónde salió la belleza de mi esposa.
—Es usted muy amable —la mujer se puso en pie e hizo ademán de
aceptar un beso en cada mejilla, como se hacía entre familia.
En cuanto aquella formalidad estuvo hecha, el duque se dirigió a su
suegro, notando la misma mirada analítica y profunda que la de su hijo
mayor.
—Duque —estiró una mano.
—Señor —Izek tomó la fuerte mano e igualó la potencia del agarre—.
Será mejor que me acompañen, seguro que Kayla no me perdonaría que no
los lleve inmediatamente hacia ella.
Los padres asintieron con una sonrisa franca, aceptando las palabras del
extraño que se había casado con su hija menor. No hicieron falta palabras,
ninguno se decidió a incursionar a una conversación debido a que no tenían
nada de qué hablar que no se derivara a cuestionamientos de parte del padre
y aún no quería pasar al interrogatorio.
—Kayla. —El duque abrió la puerta, dándose cuenta que su esposa
estaba inclinada sobre la cuna, dejando a uno de los bebés.
—Izek, ¿Me ayudarías a…? —la joven se volvió y dejó que su boca se
abriera en impresión—. ¡Papá! ¡Mamá!
La joven brincó para envolver a sus padres en un abrazo lleno de
felicidad y deleite. Aquella afabilidad y añoranza entre los familiares,
provocó un nudo en el estómago del duque, que no podía más que observar
la escena y sonreír un poco ante la felicidad que él no recordaba de su
propia familia, pero lo sentía ahora con su esposa y sus hijos.
—Felicidades por tus bebés, cariño —dijo Annabella tan solo separarse
del cuerpo de su hija—. Es una bendición traer al mundo un nuevo ser.
—Oh, vengan —les tomó la mano y los guío hacia la cuna—. Mírenlos,
¿no son hermosos?
—Cariño —Annabella contenía las lágrimas—, son preciosos.
Thomas contemplaba a los niños sin expresión alguna, mirando de uno a
otro y, después, a los padres de los mismos. Sonrió. Sin duda eran copias
perfectas del duque, pese a que uno de los bebés llevara el cabello rubio y
sus ojos fueran más claros que los de su hermano, las facciones eran de los
Buccleuch, lo cual seguramente enorgullecería a su padre.
—Felicidades hija —asintió Thomas—. Lo has hecho bien.
La joven sonrió dulcemente, agachándose para tomar a uno de los bebés
y pasarlo a su padre e hizo lo mismo con el otro, entregándolo a su madre.
Los niños eran tranquilos, no lloraban a menos que necesitaran que su
madre se ocupara de alguna de sus necesidades, lo que los convertía en
niños afables y mimosos.
Thomas pidió que colocaran a los niños sobre la cama, dedicándose a
revisarlos con minuciosidad, poniendo nerviosos a los padres que
instintivamente se habían acercado. Kayla incluso era capaz de sentir contra
su espalda el pecho fuerte de su marido.
—¿Están bien papá? —Kayla había tomado la mano extendida de su
esposo y jugueteaba con sus dedos.
El médico tardó unos momentos más, revisando los pulmones, el
corazón e incluso los ojos de los bebés, antes de contestar a su hija.
—Sí, perfectamente. ¿Cómo te encuentras tú?
La joven suspiró aliviada y miró a su marido con una sonrisa.
—Bien papá.
—¿Produces suficiente leche? ¿Te has lastimado al amamantar o tienes
dolor posterior?
Ella se sonrojó visiblemente y apretó la mano de Izek, la cual mantenía
prisionera. Sabía que su padre en esos momentos se había convertido sólo
en médico, no pensaba que podía avergonzarla, pero lo hacía, siempre era
horrible que fuera él quien la revisara. Incluso cuando tenía dolores
mensuales, su padre actuaba tranquilo y sin darle demasiada importancia a
su vergüenza, preguntaba sobre ello.
—No papá, no tengo dolor y creo que produzco suficiente leche.
—¿Segura? ¿Cada cuanto se despiertan? Al ser dos debe ser una locura
—miró a los mellizos—. ¿Los alimentas por separado?
El color carmesí ya se había instalado hacía tiempo en las mejillas de la
joven, pero trataba de mantener la entereza frente a su padre, trataba de
recordarse que así había sido siempre y no debería sentir tanta vergüenza
dado a que lo experimentó toda su vida. El problema era que su marido
estaba en habitación y aquello era abrumador.
—Los alimento a la vez y están despertando cada tres horas.
—Bien, no está mal, parece que logras satisfacerlos —asintió, su rostro
metido en el pragmatismo de sus pensamientos.
—Bueno querido —irrumpió Annabella al notar el creciente estado de
incomodidad en la habitación—. Parece que están bien, puedes dejar de
preocuparte ahora —La madre miró con tranquilidad hacia su hija—.
Estaba lleno de terror porque tuviste mellizos, temía que no tuvieran peso o
estuvieran mal de alguno de sus sistemas. Pero está bien todo y las
preguntas incómodas se terminarán ahora.
—Eran de rutina —se excusó el padre—. De hecho…
—Luego, cariño —pidió su esposa—. ¿Por qué no nos dices sus
nombres, Kayla?
La joven mordía sus labios para ese momento y la sangre ya era visible
en algunas partes arrancadas. Izek suspiró al notarlo y como una acción ya
inconsciente, pasó dos dedos por los labios de su esposa, deteniendo aquella
manía relacionado con el estrés y el nerviosismo, limpiando la sangre de
paso. Aquello no pasó desapercibido por los padres de la joven, quienes se
miraron con diversión impresa en la mirada al notar el acercamiento e
intimidad entre la pareja, lo cual no concordaba con las preocupaciones de
Publio y Terry.
—Davina y Kendrick —sonrió la joven, agradeciendo a su marido por
forzarla a detenerse y no arrancarse los labios.
—Bonitos nombres —aceptó la madre justo al tiempo que los niños
comenzaban a llorar y manotear enojados.
—Tienen hambre —dilucidó la madre, quien se acercó a ellos sin
titubear—. Izek podrías… —Al notar que no estaba sola y sus padres
seguían mirándola con una mirada orgullosa e ilusionada, la joven retomó
su sonrojo y volvió a arremeter contra sus labios.
—Lord Hamilton, ¿Puedo ofrecerle un trago? Creo que tiene cosas que
preguntarme y será mejor dejarlas a ellas con esta tarea.
—Me parece bien. —Thomas se acercó a su hija y colocó un beso sobre
su cabeza—. Me alegra verte feliz, tus hijos son hermosos.
—Gracias papá —sonrió sinceramente.
Izek se acercó entonces a su esposa y sonrió tranquilizadoramente
dándole un rápido beso en la mejilla y acariciando las cabecitas de los
mellizos. Era claro que su mujer se encontraba sumamente preocupada
porque algo saliera mal entre padre y yerno, pero el duque tenía planeado
ser cortés y hasta solicito. Si el marqués pensaba actuar como un padre
normal y no como un águila, entonces, el duque respondería como un
yerno, de lo contrario se sentiría ofendido.
Los dos hombres salieron de la habitación, dejando a madre e hija en la
soledad esperada para que se pudiera amamantar con libertad y sin tapujos.
Kayla no tenía problema con su esposo, al fin de cuentas, se había
acostumbrado a su presencia, pero su padre era inaceptable en la habitación
al realizar esa tarea.
—Pareces acostumbrada a estar a su alrededor.
—Claro, ellos comen de mí, sería tonto no… —ella se avergonzó al
notar la mirada burlesca de su madre y su ceja arqueada—. Ah, te refieres a
Izek.
—Naturalmente —la mujer dejó salir una risotada—. Eres tan inocente
como cuando te marchaste de casa, cariño.
—No lo soy —suspiró la joven—. Es bueno, no es un total caballero y
en ocasiones es hosco e intransigente, pero me quiere, me lo ha dicho.
En ese momento, una doncella sonriente entró a la habitación, llevando
consigo una bandeja con una tetera y dos tazas. Izek se obstinaba en que su
esposa bebiera líquidos constantemente, Kayla solía preferir los tés, así que
era lo que pedía que le llevaran, además de la jarra de agua que debía estar
siempre llena.
—¿Te lo ha dicho? —la madre elevó las cejas, sirviendo ella misma las
tazas y tendiéndole una a su hija—. ¿Y tú?
—¿Yo? —se movió nerviosa, dándole un sorbo a la taza y acariciando la
cabecita de uno de sus hijos mientras se alimentaba—. Bueno… no lo sé.
—¿No lo sabes?
—Son tantas cosas, de momento no puedo pensar en él… —ella suspiró,
dando otro sorbo de té para escudarse—. Es complicado, no me es fácil
acostumbrarme a esto, siento que me está mintiendo.
—¿Por qué? Me parece que es atento y hasta cariñoso.
—Sí, lo es, pero dudo…, no se lo puedo creer mamá, es todo.
—El que no se lo puedas creer no quiere decir que no sepas lo que
sientes —Annabella entrecerró los ojos—. Es más, creo que lo sabes, pero
tienes tanto miedo de admitirlo, que lo niegas.
—Quizá. Pero eso fue lo que le dije a él, que no lo sabía.
—Bueno, merece sufrir un poco, si lo que tus hermanos me contaron es
verdad, me parece bien que lo mantengas en pena.
—¡Mamá! —la joven dejó salir una risilla—. No imaginé que fueras así.
—No me conoces del todo cariño, una madre hace cualquier cosa por
sus hijos, sobre todo si parece que están sufriendo.
Kayla bajó la mirada hacia sus bebés y asintió, sintiéndose adormilada.
—Sí, dije lo mismo hace poco.
—¿Qué pasa? ¿Por qué tus ojos parecen develar dolor?
La joven acomodó a los niños en sus brazos y levantó la mirada con
lágrimas contenidas en un gesto de frustración que sobrecogió a la madre.
—Tengo tanto miedo mamá, tanto.
—¿Qué pasa hija? ¿Qué sucede?
—Todo es tan confuso, ¿Cómo es que has soportado vivir con mi padre
en medio de toda esa incertidumbre?
—Lo amo, cariño, ¿Por qué más?
—¿Es suficiente? —la miró suplicante.
—Para mí lo es, cariño, pero no creo que lo que tratas de decirme tenga
algo que ver con la labor de tu padre.
—No. —ella se sitió extremadamente cansada—. No tiene nada que ver
con una cofradía.
—¿Tú también te sientes cansada? —Annabella tenía incluso un fuerte
mareo que la hizo sostenerse de alguna superficie.
Kayla sabía que algo andaba mal cuando sus brazos comenzaron a
sentirse pesados, al punto en el que creyó que dejaría caer a sus hijos a cada
lado de la cama. Puso todo su esfuerzo para no permitirlo, lo último que
quería era hacerles daño.
En ese momento la puerta se abrió abruptamente, provocando el salto de
ambas madres y sintiéndose paralizadas al ver a la persona envuelta en un
aire siniestro acercándose hacia ellas con una clara resolución en su mirada,
la cual permanecía en los bebés que Kayla se esforzaba por mantener en
brazos.
Capítulo 31
La estancia para caballeros del palacio Dalkeith era impresionante.
En aquel lugar se mostraba el esplendor de hombres poderosos y
gustosos en mostrarlo. Claramente no era la estancia preferida del duque,
quien fuera más bien austero y odiara la implacable necesidad del hombre
por mostrar ostentosidad, pero dado el caso y con un hombre tan importante
como lo era su visitante, se permitió estar en esa habitación de reyes,
aquella de la que su padre estuviera tan orgulloso y tan afanado en agregar
tonterías de oro, cristal y arte.
Izek miraba con desprecio el lugar, incluso la fina madera picaba contra
su cuerpo, como si esta le dijese que no era digno de sentarse sobre ella.
Muy por el contrario del marqués, quien se encontraba tranquilo,
meditabundo y relajado en una silla frente al dueño del palacio.
Acostumbrado a relumbrones parecidos y hasta peores.
La mirada tranquila y sigilosa del duque no se apartaba de la figura
retraída que era su suegro; no parecía querer iniciar una conversación,
aunque Izek podía predecir que lo ansiaba, quizá lo que buscara era que
fuera él quien diera el primer paso. Pero, así como su suegro, él tenía su
propio carácter y si debía quedarse en silencio por horas, lo haría.
—Tiene usted mucha confianza o demasiado orgullo —dijo Thomas de
un momento a otro—. Creo que no está viendo la situación como en
realidad lo es, duque.
—¿A qué se refiere, lord Hamilton?
—Me está viendo como un enemigo, pareciera que vengo con el
estandarte de Inglaterra a declararle la guerra —Izek atinó a permanecer
callado—. Cuando en realidad soy un padre sumamente preocupado por el
bienestar de su hija y su mirada aguda y rivalidad infantil no ayudan.
—Si tiene preocupación, señor, debería exponerlo entonces y no tratar
de intimidarme con un silencio que posiblemente resultaría abrumador para
una persona con menos dominio de sí.
Thomas sonrió con agrado.
—No creo que mi presencia, mirada o silencio logre intimidarlo. —Izek
no se vio en la necesidad de responder y no era como si Thomas lo
esperase, puesto que continuó hablando—: me he enterado que en realidad
usted no estaba familiarizado con el tema del matrimonio.
—No. No lo sabía para cuando su hija llegó —aceptó, encontrando inútil
el intentar negarle una verdad a ese hombre—. Pero cumplí con ello, mi
palabra estaba de entredicho, sería incapaz de faltarle a una dama.
—Creo que por honor pudo haber sacrificado a mi hija.
—Es posible.
—¿Lo dice tan tranquilo? ¿No se da cuenta de la magnitud de sus
palabras? Es mi hija de la que hablamos, ¿recuerda?
—Ya que hace énfasis en ello a cada momento, señor, sería de tontos no
darse cuenta de ello. Pero le aseguro que es mi prioridad hacerla feliz,
intento complacer a su hija en todas mis capacidades.
—Limitadas, según el criterio de mis hijos.
El duque permaneció callado, su mirada se afiló y enervó en cuestión de
segundos, pero de alguna forma logró controlar su implacable carácter y
asintió con indiferencia. Sabía que ese hombre estaba poniéndolo a prueba,
así que debía hacerle frente con aplomo y tranquilidad.
—Percepción personal, si me permite decirlo.
Thomas empinó un poco del liquido en su vaso y volvió una mirada
aguda, afanado en seguir cuestionando al hombre hasta quedar satisfecho y
haber formulado un juicio propio respecto a él.
—¿Qué me dice de sus hermanos? Parecen peligrosos.
—¿En qué sentido?
—En el más critico. Los ojos de mis hijos no suelen equivocarse con los
fratricidas, ellos mismos han visto la vida irse de los ojos de sus adversarios
y pueden reconocer con facilidad a otro verdugo.
Izek apretó la mandíbula para no gritar, pero era claro que tenía razón, él
mismo sospechaba de ellos, pero el que se lo dijera un extraño le molestaba.
Al final de cuentas, eran su familia y los defendería ante el mismo rey si le
era necesario hacerlo.
—A diferencia de tener un entrenamiento para ello, mis hermanos han
visto la muerte de cerca en más ocasiones de las que deberían, puesto que
estuvieron presente en la de mis padres y una amiga cercana.
—Es diferente presenciarlo a ejecutarlo, la mirada cambia, duque, y
usted lo sabe bien, porque ha tenido que hacerlo también.
—No le veo el punto a todo esto. —Izek se puso en pie y caminó por la
estancia en la que se encontraban.
—El punto es, señor, saber si he de llevarme a mi hija ahora porque
corre peligro bajo su techo —Thomas también se puso en pie al notar la
obstinación de su interlocutor.
—Le he dado esa prerrogativa desde que la supe en cinta —dijo con
dientes apretados—. Ha sido ella quien decidió quedarse.
—¿No pensó en obligarla por su bien?
—Es mi mujer —dijo como toda respuesta.
—Eso no significa nada.
—Para mí sí. La quiero a mi lado, quiero creer que la puedo proteger,
pero debo aceptar que no está resultando fácil.
—No aceptó la ayuda de Publio.
—Ni la de nadie. Eso hasta que usted se autoproclamó monarca, claro,
porque ese es el motivo de que esté aquí.
—He querido ayudar desde un inicio, pero he de aceptar que es
complicado recopilar información de aquí, pareciera que son una fortaleza
contra nosotros.
—Años de dedicación.
—¿De qué le servirá si hace daño a las personas que ama?
—¿No piensa usted en lo mismo? ¿Por qué no acabar con una
organización que no hace más que dañar a las personas que ama? —
contraatacó—. Kayla lo detesta, si no lo sabía. —Thomas se mostró
sorprendido y enmudeció en seguida, lo cual llevó al duque a aclarar su
ambigüedad—. No a usted, por supuesto, sino a lo que hace.
—Sé que a ella le disgusta.
—Tiene la cabeza llena de tonterías, pensando que es una decepción por
no ser igual a ustedes, se pone histérica en cualquier circunstancia
apremiante y duerme poco o nada, si es que no tiene pesadillas para
sustituir su insomnio, ¿Llama a eso felicidad?
—Algo me dice que no solo es mi culpa, aquí las cosas no pintan de
color de rosa, señor —reclamó Thomas.
—Bien, digamos que somos los dos, ¿Qué tiene que reclamarme?
Thomas apretó la mandíbula, hacía mucho que alguien no lo hacía
enojar, normalmente era capaz de controlarlo, pero se dio cuenta que le
molestaba porque sabía que era verdad. Su hija menor sufrió su vida entera
al formar parte de una familia en la que no se sentía del todo parte. Jamás
entendió la cofradía, ni lo que hacían, ni por qué valía la pena. Lloraba todo
el tiempo y era el motivo por el que prefiriera estar viajando o con sus tíos
de Francia, junto a Beth.
—Por eso le quiero brindar paz —dijo derrotado el padre—. Quiero
compensarla por años de estrés y sufrimientos.
—Yo quiero lo mismo.
En ese momento, el grito atronador de Kayla provocó que ambos
hombres abandonaran la conversación y corrieran hacia la recámara, donde
las dos mujeres estaban recién levantándose del suelo y la menor, al notar
que no estaban sus hijos, no pudo evitar dar aquel grito de terror. Thomas se
adelantó dos pasos, acuclillándose frente a su mujer, quién apenas lograba
incorporarse del suelo y miraba todo con extrañeza. El padre trató entonces
de ir a consolar a Kayla, pero ella, sin pensarlo, había corrido al refugio de
los brazos de aquel extraño que él acaba de culpar de todos los males de su
hijo.
—¡Izek! ¡No están! —se aferró a su camisa, llorando desconsolada,
sintiendo como perdía fuerzas—. ¡No están…!
—Tranquila, Kayla, tranquila.
Izek decía eso con la voz cargada de dolor, claramente era incapaz de
sentir lo que recomendaba a su esposa.
—¿Qué ha ocurrido? —entró entonces la señora Campbell.
—¡Que todos los jinetes suban a sus caballos! —ordenó el duque sin
contestar a la pregunta—. Quiero que todo este maldito lugar quede barrido
de un extremo al otro.
—Mi señor, ¿qué es lo que buscan?
—A mis hijos. —Aquellas palabras estuvieron cargadas de ira, seguro
que el culpable sería asesinado por el duque en persona.
La señora Campbell empalideció y por poco se desmaya.
—¿Los niños? ¿Los niños no están?
—¡Ahora! ¡Muévase, maldita sea! —gritó Izek, quien aún abrazaba el
cuerpo de su esposa.
La señora Campbell, sin embargo, miró a Kayla, algo en su mirada
parecía reclamar su incompetencia como madre.
—¿Quién se los llevó? —preguntó la mujer con una frialdad que traería
el invierno en medio de la primavera.
—No lo sé —Kayla contestó con desdicha—. No lo vi bien, pusieron
algo en el té, nos adormeció a mi madre y a mí.
Izek miró de un lado a otro y frunció el ceño.
—¿Dónde están mis hermanos?
—Los mellizos… —comprendió la señora Campbell—. Claro.
La mujer salió en seguida de la habitación, mandando a alguien más
para que diera la orden del duque y corrió hacia los pasillos inferiores,
dándose cuenta que la entrada a las catacumbas estaba abierta. Habían
huido por ahí y la única salida a donde irían a parar, sería a la choza alejada
de la propiedad, aquella que perteneciera a una bruja, según las
supersticiones.
Regresó sobre sus pies y tomó un farol, encendiéndolo con manos
temblorosas y colocándose un chal sobre los hombros para soportar las
infernales ventiscas que mandaban los muertos desde la ultratumba. Tenía
que encontrar a esos niños, tenía que quitárselos a los hermanos antes de…
—¿A dónde se dirigía, señora Campbell? —interrumpió la voz de Izek.
Capítulo 32
El aire fresco se colaba por entre las ropas protectoras, mandando
escalofríos al cuerpo que se apretaba para seguir caminando, intentando
llegar a la cima antes de que la tormenta que se avecinaba derramara sus
primeras lagrimas sobre la tierra. Tenía que hacer más rápido el acenso a la
colina, tenía que mantener al mínimo el ruido y ser menos visible para las
personas que ya miraban en su dirección, curiosas y delatoras.
La choza de la colina no quedaba lejos, tenía que llegar ahí cuanto antes,
mucho antes que nadie, puesto que si alguien, quien fuera, se le adelantaba,
las cosas se saldrían del plan. Sí, tenía que subir mucho más rápido, tomar
las cosas que le fueran necesarias y salir sin dejarse ver, ni dejar evidencia
de que alguien pisó esa choza.
Al abrir la puerta, el polvo dio la bienvenida, provocándole una ligera
tos que se vio en la necesidad de contener. Miró a su alrededor, tratando de
averiguar si había alguien más, pero la cabaña estaba en medio de un cruel
silencio que atenuaba el mortífero ambiente que encerraban las paredes de
ese lugar.
No se dedicó a admirar demasiado, al fin de cuentas, en muchas
ocasiones había estado ahí, incluso provocando los horrores que ahora le
atribuían la mala fama a ese terreno. Fue hacia la trampilla y la abrió sin
dudar, bajando las escaleras en medio de la oscuridad y encendió las velas
con la precisión de quien conoce la estancia en la que se está.
Sin embargo, pese a que se estuviera acostumbrado a cierto ambiente y a
cosas extrañas, cuando algo se salía de lo ordinario dentro de lo escabroso y
horripilante, era notorio y así lo demostró el grito que prosiguió al descubrir
el cuerpo sin vida de un hombre.
—Arnold… —se acercó a la mesa donde el hombre yacía tendido, con
los ojos perdidos en un infinito mirar sin pestañear—. Señor Arnold…
Lágrimas resbalaron por la blanca mejilla y tuvo que dar varios pasos
hacia atrás, alejándose del cuerpo, del horror y de las ganas de vomitar. No
era posible que estuviera muerto, ¿Por qué razón?
—Estaba interponiéndose —dijo sin más la voz de una mujer.
—P-Pero… dijiste que…
—No hables y comienza a hacer lo oportuno, sabes lo que tienes que
hacer, ¿O es que lo has olvidado de las veces pasadas?
—No —afirmó entre lágrimas.
—¿Entonces? —La mujer miró el cuerpo trémulo y elevó una ceja a
modo de pregunta—. O es que no venías a eso… no pensaste que estaría
aquí, ¿no es verdad?
—No, no. Lo sabía, vine por eso.
—Oh, mi pequeña mentirosa, ¿Con quién has quedado aquí?
—¿Nimue?
La mujer volvió la mirada con horror hacia la escotilla abierta. La bruja,
retorció una sonrisa que la hizo ver tan malvada como podía serlo y se
apresuró hacia la escalera, subiéndola con rapidez a pesar de que Nimue
intentó evitarlo, tomándole del pie con fuerza. La bruja, sin embargo, no
tenía tiempo que perder y no dudó ni un segundo en patear con fuerza la
cara de su aprendiz, mandándola al suelo sin piedad.
—¡Sloan! ¡Corre, Sloan! —La joven tocó su labio roto y chistó un poco,
después se puso en pie como un felino y trató de subir.
La bruja, notando que la chiquilla ya se había espabilado del fuerte
golpe que le dio, cerró con fuerza la escotilla, cayéndole sobre los dedos
blancos a Nimue, quien gritó dolorida y cayó desde la cima de la escalera,
sintiendo el daño que se había hecho en la espalda y las piernas al momento
de caer mal desde una altura considerable.
—Sloan… corre, corre... —Lloriqueó sin fuerzas, tratando de levantarse,
pero sin poder hacerlo.
❉
Kayla sentía que el corazón se le saldría por la boca, no podía dejar de
caminar de un lado a otro. Sus hijos no estaban, su marido corrió lejos de
ella en cuanto la señora Campbell quiso desaparecer y ella no sabía que
hacer, estaba sola con su madre, incluso su padre se había ido junto a los
jinetes de Izek.
—Mamá, tiene que haber algo que podamos hacer.
—Hija, deja de caminar y tratemos de pensar.
—¿Quién pudo llevárselos? Pensaría que era la señora Campbell, pero
ella estaba enojada y sorprendida de que no estuvieran.
—Tu marido mencionó a sus hermanos.
—Los mellizos —asintió la joven—. ¡Claro! Debieron ser ellos.
—¿Para qué los querrían?
Kayla frunció el rostro y negó.
—No lo sé, pensé que la cosa era conmigo, no con ellos.
—¿Contigo? ¿A qué te refieres?
La joven le quitó importancia y siguió caminando de un lado a otro,
pensando detenidamente en lo que había sucedido. Tanto ella como su
madre comenzaron a sentirse semidormidas mientras Kayla mecía a los
bebés después de alimentarlos… entonces entró esa persona encapuchada,
lo recordaba diciendo algo que era importante.
—Oh, Kayla deja de juguetear con ese relicario y enfócate.
—¿Relicario? —la joven se miró a si misma y sintió que el alma se iba a
sus pies—. No es mío, no lo tenía puesto antes.
—¿No?
—No. —Kayla observó el relicario, percatándose de que era el mismo
que había encontrado en el buró de su marido hacia algún tiempo y que Izek
recuperó después de la choza abandonada… —. ¡La choza! Deben estar ahí,
es una pista.
—¿Por qué un secuestrador te dejaría una pista? —negó Annabella—.
Es posible que sea una trampa para que salgas como una loca tras de ellos.
Kayla abrió el relicario, encontrándose con un retrato de sus hijos, sus
dos bebés y un pequeño papel doblado en varios pedazos para hacerlo
entrar en el relicario. Ella lo abrió con presura y leyó los trazos que se
limitaban a palabras clave que ella entendió en seguida.
—¡Vamos mamá! Tenemos que recoger a los mellizos.
—¿Recoger? —Annabella la siguió—. No hagamos tonterías.
—No son tonterías, el que se los llevó no los estaba secuestrando, los
estaba salvando de ello —esclareció.
—Hija, ¿sabes que esto me suena a locura?
—Sí, mamá, pero recuerdo algo —la miró con nervios en su voz—. Yo
le permití que se los llevaran, me pidió permiso.
—¿Estás loca? ¿En qué momento?
—Creo que tú ya te habías desmayado —dijo la joven—. Como sea,
creo que sé de quien se trata y también sé que estarán bien los niños,
tenemos que ir por ellos ahora mismo.
❉
La bruja, sonriente ante el dolor que podía escucharse en el interior de la
habitación secreta, miró con diversión al hermano mellizo, quien mantenía
una pistola en resiste, temblando al tener que enfrentar por primera vez a
esa mujer. A lo largo de su vida, aprendió que no podían luchar contra ella,
porque se lo debían, le arrebataron algo hermoso, algo que amaba y era su
obligación devolvérselo.
Sin mencionar que él jamás fue capaz de matar, su hermana había
mostrado una determinación y temple ante la muerte, pero él siempre fue
más débil, su actuación se basaba en atraer a la presa.
—¿Qué pasa? —se burló la bruja—, ¿No vas a disparar?
—Sí. Lo haré.
Sloan no podría haber disparado sin el impulso de saber que su hermana
estaba en peligro. Lastimosamente, era notorio que no tenía la habilidad
correspondiente de un asesino, puesto que falló, volvió a tirar y falló de
nuevo, provocando la risa de la bruja, quien entonces se le echó encima y
luchó con él, moviendo de un lado a otro un cuchillo que no hizo más daño
que un leve corte en su abdomen.
El mellizo logró escabullirse del arma y de la loca que lo empuñaba,
pateándola al momento de verla arrastrarse hacia el como un carroñero con
su presa. Los ojos de la bruja eran brillantes y divertidos, era claro que
gustaba en asesinar, en oler la sangre y verla. Se arrastraba con tal sutileza
que parecía una gacela y sus cabellos, sucios por el polvo, se arrastraban
contra el suelo, puesto que andaba a cuatro patas para acercarse a él.
Sloan buscó su pistola, la cual había perdido al momento del ataque de
la mujer. Dio una patada en advertencia y se arrastró hasta tratar de llegar al
arma. La bruja saltó en ese momento y cayó sobre él, arañando y chillando
como una loca, Sloan, siendo más fuerte, logró aventarla y hacerse con la
pistola.
La bruja levantó las manos de uñas perfectas y su mirada iluminada
mostraba todo menos una derrota.
—¿Dónde dejaste a los bebés, pequeño niño?
—¿Cómo sabes que yo los tengo?
La bruja ladeó la cabeza, como si la pregunta fuera tan estúpida como la
de un niño pequeño preguntando por qué el cielo es azul.
—Siempre fuiste débil, pero tienes habilidad de convencimiento, sé que
fuiste tú el que la incitaste a matar a Mailene, sé que fuiste tú quien le pidió
que encontraran una forma de salvar a la chiquilla esa y sé que fuiste tú
quien la convenció de que no continuaran con el plan, que escaparan y
salvaran a los niños.
—No la conoces si piensas que puedo manipularla.
—Quizá no. Pero te ama y ama al duque a pesar de que los abandonó,
incluso tú lo amas.
—Jamás te diré donde están bruja.
—Oh, lo harás, no te preocupes —dijo segura—. Tengo formas de
tortura muy eficaces y tú jamás has sido muy resistente —el semblante
serio del hombre la enloqueció momentáneamente—. ¡Sabes que es mi
derecho tenerla! El niño no me importa, lo mataría en cuanto tuviera la
oportunidad, lo usaría para algún noble que busque ser más bello o tener
fertilidad. Pero la niña me corresponde, siempre lo hizo y lo sabes.
—No. —dijo debilitado, con la pistola aún en resiste—. No es tuya, no
te corresponde, aunque fueras la misma Mailene.
Los ojos de la bruja brillaron en molestia.
—No digas su nombre.
—Me importa poco decir su nombre, maldita loca, está muerta y jamás
volverá, ¡Nunca! Y tú morirás tan sola y desolada como ella, en una prisión,
porque seguro mi hermano viene en camino.
—Moriré sola y en una prisión, pero ¿y tú? —comenzó a reír—. Tú
morirás en la casa a donde trajiste a tantas jovencitas a morir.
Sloan sintió la fiebre amortiguando su concentración, el sudor
resbalándole por las sienes y el ardor de la cortada de la bruja provocó que
se mirase a si mismo, entendiendo todo al instante.
—Veneno… —dijo en un suave siseo, cayendo de rodillas.
—Debiste predecirlo —se inclinó de hombros.
❉
Kayla prácticamente jalaba a su madre entre la maleza y la neblina de la
inminente lluvia que azotaría en cuestión de minutos, ninguna de las dos era
especialmente buena montando, pero se las habían arreglado bastante bien
para llegar a las casas de los empleados, mirando a lo lejos las luces y
escuchando los relinchos furiosos de los caballos que rodeaban la
propiedad. Era ahí donde se encontraba su marido, los mellizos y
posiblemente la bruja. Allá se desarrollaba una batalla mientras que ellas
recuperaban el tesoro.
La joven duquesa tocó con ímpetu la puerta, repitiendo las veces que fue
necesario para que alguien abriera con una cara cargada de miedo y un rifle
en las manos, apuntándolas sin remedio.
—Su señoría —se inclinó el hombre del duque—. ¿Qué…?
—Mis hijos, mis hijos están aquí —dijo ansiosa, pasando a la casa—.
¿Dónde están? Me han dejado esta nota que decía que estaban aquí.
El hombre dejó pasar a la segunda mujer, quien fuera increíblemente
parecida a su señoría y miró al exterior con miedo, cerciorándose de que
estuvieran solas y nadie las hubiera seguido hasta ahí. Cuando hubo
comprobado el perímetro por un buen rato, el hombre cerró la puerta y la
trabó en seguida, mirando a las dos señoras de mirada verdosa.
—Síganme —pidió el hombre, caminando por la casa hasta llegar a una
trampilla por la cual bajaron y entraron a un espacio lleno de vegetales,
granos y carne con sal.
Las mujeres lo siguieron sin dudar, encontrándose con otra puerta, el
hombre la abrió para ellas, mostrando a una mujer con pechos generosos
que alimentaban a los hijos de los duques que yacían tranquilos y plácidos
sobre los brazos de aquella matrona.
—¡Oh! ¡Davina! ¡Kendrick!
—Están bien excelencia —dijo la mujer con una sonrisa—. El señor
Sloan me encomendó cuidarlos mientras usted llegaba, debió mandarme
llamar si lo que necesitaba era leche, su señoría.
—Gracias. —A Kayla ni siquiera le importaba que los estuviera
alimentando otra mujer, en sus condiciones, seguro que era mejor que
recibieran la leche de la matrona que de ella.
El alivio llegó a su alma y se desplomó sobre el suelo, mirando a ambos
niños con cariño. Jamás pensó que Sloan actuaría para salvarlos, pero así
había sido, le dijo que se los llevaría, los protegió para que la señora
Campbell no se los robara en su lugar. Estaban a salvo ahora y sólo faltaba
que su marido regresara también.
❉
La puerta a las espaldas de Sloan se abrió con ímpetu, mostrando al
duque, quien traía capturada a la señora Campbell, la cual chillaba y se
removía sin conseguir mover un poco la fuerza del duque.
—Maldita —negó Izek—. Lo sabía.
—Sí, listo, pero no lo suficiente como para salvarlos —sonrió la mujer,
armada solo con el cuchillo y apuntando con la mirada al hermano caído.
—Sloan…
—Izek… —dijo con esfuerzo, cayendo al suelo mugriento—. Nimue…,
Nimue está abajo… ella…
—¿Qué le hiciste? —los ojos del duque reclamaban a la bruja.
—Lo envenene. Ahora, si él no me dice dónde escondió a los mellizos,
yo no les diré la forma de salvarlo —se inclinó de hombros—. Así de fácil.
—Estás atrapada bruja, aunque te lo dijera, no haría ningún cambio, en
cuanto intentaras salir, serías capturada por la guardia.
—Mmm… entonces me conviene que muera, al menos así estaríamos a
mano, ¿no crees, duque?
—¡Dime qué veneno le has dado! —gritó el duque, apuntando entonces
a la señora Campbell con el arma.
—¿Crees que ella me importa? —dijo la mujer, mirando con lástima el
intento de chantaje del duque—. Dejó que mi hija muriera, no podría
interesarme menos su muerte.
La señora Campbell la miró con la desazón de la traición y dejó de
luchar contra el duque. Izek, a sabiendas que la vida de sus hijos no corría
peligro, se dedicó a salvar la de su hermano, quien, para su sorpresa, actuó a
favor de su familia y no para traicionarla.
—Bien, si no hablas a la buena, entonces —Izek disparó a una pierna de
la mujer. El fuerte grito de la bruja resonó por todo el lugar—. ¡Dime el
nombre del maldito veneno!
—Prefiero morir.
—Morirás, pero antes me lo dirás —dijo, cargando de nuevo.
—¿Sabes lo que hicieron esos que se hacen llamar tus hermanos? —La
voz de la bruja estaba cargada en odio y desesperación al entender que el
duque le dispararía en lugares dolorosos, pero no mortales—. ¿Sabes a
cuantas mujeres atrajeron hacia mí?
Izek hizo sus oídos sordos y volvió a disparar.
—¡No! —gritó la señora Campbell, moviendo al duque lo suficiente
para que fallara el nuevo tiro—. ¡Déjela por favor!
—Oh, Sloan, siempre tan celoso de su hermano, en todos los sentidos,
incluso deseando a su mujer, viéndola dormir, tocándola cuando se
encontraba bajo mis hiervas cegadoras de sentidos…
Un nuevo disparo se escuchó, pero este no fue proveniente de la pistola
de Izek. Por un momento no pudo reaccionar ante las palabras dichas por la
mujer frente a él. Los ojos negros del duque fueron a parar sobre los de su
hermano, parecía ser que, con un último esfuerzo, había logrado levantar la
pistola y por mera suerte o por algo más, atinó al abdomen de la mujer,
quien cayó de espaldas, retorciéndose de dolor, ya sin poder hablar más que
para quejarse.
—¡No! ¡Fiona! —gritó la señora Campbell, soltándose del agarre de
Izek para presionar la herida en el abdomen de su hermana—. Fiona, te
regresaré a tu hija, lo prometí, lo prometí, estamos cerca.
Lagrimas silenciosas salían de los ojos de la perturbada mujer que era la
cuenta leyendas del pueblo. Había hecho todo por su hija, su única hija,
aquella que llegó por medio de un acto horrible como lo era una violación,
pero nació siendo un ángel, hermoso y encantador. Enamorando a todo
cuanto la viera, incluso a un duque y a su heredero.
—Fue tu culpa… —dijo la mujer, con voz lejana, siendo llevada
lentamente hacia el otro mundo—. Me hiciste… dejarla ir… —La mujer
tosió sangre y gimió de dolor—. Me hiciste… permitirle soñar con… con
un ducado… con ser… algo que no era.
—No. No. Ella tenia todo, la querían, pero los gemelos…
Fiona negó levemente.
—Tú. Fuiste tú. —La mirada de Fiona, pese a estar dejando este mundo,
no dejaba de tener odio—. La llevaste… ahí… le enseñaste a —tosió más
sangre—… fuiste y la ilusionaste… con tonterías.
Izek miró aquella escena con horror, Fiona estaba muriendo, pero aún
así, quería dejarle la semilla de la amargura y el dolor a su hermana. Quien
seguro viviría el resto de sus días lamentándose. Pero él no quería llevar la
misma suerte, así que se acercó a su hermano y lo miró sin saber qué hacer.
—¿Qué hiciste idiota? —Izek gritó desesperado, con las manos
extendidas sobre el cuerpo de su hermano, pero sin saber como ayudar—.
No podrá decirme que…
Sloan negó y sonrió con esfuerzo, su cuerpo temblando.
—Es tarde, el veneno está por todo mi cuerpo.
—No…. No. —Izek miró de un lado a otro y gritó hacia sus
subordinados, quienes permanecían a los alrededores—. ¡Médico! ¡Un
médico!
—No lo lograrán Izek, mejor escúchame.
—Mi señor, ya han ido por el médico —dijo uno de los muchos jinetes
bajo el mando del mayor.
—Saca a esas dos de mi vista. —Las palabras del duque casi parecían
dichas en medio de un escupitajo hacia la tierra, como quien siente repudio
hasta por pronunciar—. No las pierdan de vista.
—Izek… —El mayor volvió la mirada hacia su hermano y la frustración
volvió a reflejarse en su entrecejo lleno de arrugas.
—Cálmate Sloan, ¿Dónde está Nimue? ¡Nimue!
—¡Izek! —gritó la mujer desde un lugar lejano que el duque pudo
predecir como el cuarto secreto—. ¡Izek ayúdame!
—Ella ayudará. —Izek se puso en pie, pero la mano de su hermano lo
frenó de pronto.
Estaba tan febril y temblaba tanto que Izek sintió que en ese momento
moriría y no quería aceptarlo, no importaba todo lo que hubiese hecho en su
vida, permitirse verlo morir era un lujo que no podía, ni quería darse. Eran
muchachos, manipulables, solos, necesitados de afecto y con una gran culpa
sobre sus hombros. Se aprovecharon de ellos y él lo permitió.
—Sloan, no morirás ¿escuchas? No morirás.
—Izek —sonrió con dolor—. Moriré, seguro que lo haré y me lo
merezco. Es más, merezco sufrir más.
—Estás loco, no. Eso no. —Izek levantó la mirada cuando vio a Thomas
Hamilton entrar y mirar al hermano herido por un largo momento antes de
agacharse y ver la herida.
—Esto se propaga rápido, no creo…
—Por favor —Izek lo miró suplicante—. Lo que sea, por favor.
Thomas cerró los ojos y negó débilmente.
—No hay nada qué hacer, no sé cual es el antídoto.
En ese momento, los hombres lograban sacar a una Nimue quien se
había mantenido en un grito de auxilio sin comprender por qué su hermano
pretendía dejarla ahí abajo, sin poder moverse por sí misma. Pero cuando
los guardias la llevaron en brazos y comprendió lo que sus ojos veían, la
desolación llegó a sus venas y se arrastró hasta quedar cerca de su hermano,
el cual perdía su vitalidad.
—Sloan… Sloan, no, no. Ya lo habíamos prometido, nos iríamos,
¿recuerdas? Dejaríamos todo atrás, seriamos libres.
Sloan posó su oscura mirada en su hermana.
—Cúmplelo Nimue, sé libre.
—No. No sin ti, no puedo.
—Si puedes —dictaminó y miró a su hermano con tristeza—.
Perdóname Izek… perdóname por todo.
—Está bien —le tomó la mano—. Todo está bien Sloan.
El menor sonrió débilmente y se estremeció ante el dolor causado por el
veneno, frunció el ceño y se quejó durante varios instantes, después, miró
hacia el techo por largos momentos, derramando lagrimas sin sonido, hasta
que de pronto, dejó de mirar.
Nimue gritó con todas sus fuerzas y se retorció sobre el cuerpo como si
estuviera sufriendo una tortura continua. Izek sintió las lágrimas caer en sus
propias mejillas y un terrible vacío se instaló dentro de él. Cerró los ojos
por un momento y estiró las manos hacia su hermana, apartándola del
cuerpo de Sloan y abrazándola, sintiendo como ella gritaba desesperada y lo
golpeaba con intensión de soltarse, al mismo tiempo que deseaba estar en
ese abrazo con todas sus fuerzas.
Thomas se levantó lentamente y tocó el hombro de su yerno con fuerza
reconfortante. El hombre decidió dejar ese momento para la familia,
procuraría que nadie los interrumpiera y fue un buen movimiento, puesto
que su hija llegaba en esos momentos, con aquella mirada colmada de
miedo y nerviosismo saliendo de cada uno de sus poros.
—No Kayla —su padre la tomó por los brazos.
—¿Qué pasa? ¿Izek está…?
—Está bien, cariño, el duque está físicamente bien.
—Papá, tengo que ir con él.
—Sí, pero en este momento no. —El hombre elevó la mirada hacia
donde se encontraba su esposa sosteniendo a sus nietos—. Lleva a tus hijos
a casa, déjalos ahí y regreses después si quieres.
—Papá, ¿Qué pasó? —dijo trémulamente.
—Haz lo que te digo Kayla, para cuando regreses él estará listo para
verte, dales este momento sólo a ellos.
—¿Quién murió?
—El mellizo, el varón.
Kayla cubrió sus labios con una mano y asintió. Su padre tenía razón, al
final, ella nada tenía que hacer ahí, ese momento era de Nimue e Izek. Ya
vendría su tiempo para consolarlo.
Capítulo 33
Cuando el duque salió al exterior de la cabaña, sus hombres no se
atrevieron a mirarlo, mantuvieron la cabeza agachada a forma de respeto
por el dolor de su capitán. Izek llevaba a su hermana cargada,
completamente desmotivada por hacer algo, se recostaba sobre él sin fuerza
alguna, queriendo morir junto a la única persona que la acompañó desde
que era un bebé.
—Que se lleven el cuerpo de mi hermano. —Izek hizo esa petición sin
emoción alguna en su voz.
—Izek —la voz de su hermana sonó tan fuera de este mundo, que por un
instante creyó cargar un fantasma—. Arnold… lo siento tanto.
—¿Arnold? —el duque la miró con extrañeza—. ¿Qué tiene él?
—Lo encontré abajo, él está…
Izek cerró los ojos, no necesitaba más información. Pasó a su hermana a
uno de los guardias y volvió sobre sus pasos, bajó las escaleras y en la
mesa, encontró al hombre que fue su mejor amigo, su compañero de armas
y confidente por años, por toda su vida. El corazón se le paralizó y sintió un
dolor tan intenso que tuvo que colocar ambas manos sobre la mesa y hacer
acopio de todo su valor para mirar al rostro sin expresión alguna y mirada
perdida.
—No tú Arnold… —sopesó, tocando el hombro descubierto de su
amigo, quien permaneció quieto ante su dolor—. No tú.
El duque lloró sin remordimientos al estar en soledad con el cuerpo del
único amigo verdadero que había tenido, aquel que lo acompañó y deseo
siempre su bien. Era doloroso incluso pensar que no volvería escuchar una
queja de sus labios, una risa estruendosa que delataba una burla hacia él,
unos ojos vibrantes y sonrisa franca. Comprendió en ese momento, que
aquel día, había perdido a dos de sus hermanos.
—¿Mi señor? —se escuchó la voz de uno de sus subordinados.
—Lleven también el cuerpo de Arnold. Adecéntenles.
—Sí, mi señor.
Izek hubiera querido quedarse en aquel cuarto oscuro y desolado por lo
que le quedaba de vida. Perdió tanto en ese día, que no quería pensar que
podrían venir más dolores, no quería afrontarlos, no lo soportaría más.
Como alguna vez le dijo a su mujer, todo aquel que estaba cerca siempre
acababa en dolor o en muerte. Era una forma muy clara de darle la razón: su
hermana desolada, su hermano de sangre envenenado y el de corazón,
asesinado a sangre fría. Todo era su culpa, todo a causa de él.
El duque ascendió con poco entusiasmo, se arrastró por el suelo y se
permitió quedarse unos momentos con la espalda pegada a la pared,
mirando a la nada por largos momentos en los que se mantuvo perdido en
sus pensamientos, en su dolor y en la desazón del mañana.
—Izek… —El duque sintió como la mano suave de alguien resbalaba
por su hombro hasta posarse en su antebrazo, tratando de llamarle la
atención—. Izek, mírame por favor.
El duque reconocía la voz de su mujer, pero no tenía ganas de afrontar
su mirada, tampoco de escuchar palabras de aliento, quería estar solo y
pensar, poner en orden las cosas y tomar decisiones.
—Izek.
—No ahora Kayla, por favor.
Ella se movió de lugar, posándose justo frente a él, quien seguía con los
ojos clavados en el suelo para no verla. Kayla se agachó un poco, buscando
su mirada y, al notar que no lo conseguía, tomó la barbilla de su marido y lo
obligó a levantarla.
—Vamos a casa Izek, con tus hijos, conmigo.
En esos momentos, los hombres de Izek sacaban el cuerpo de Arnold
con sumo cuidado, Kayla volvió la mirada sobre su hombro y cerró los ojos,
a sabiendas del dolor que estaría sintiendo su marido, se acercó y lo abrazó
con fuerza, ocultando su rostro en su hombro para que no viera el desfile
doloroso del cuerpo de su amigo. Por un largo momento, fue ella quien
abrazó, quien mantuvo la cabeza de su marido presionada contra su pecho,
hasta que lentamente él levantó los brazos y rodeó su cintura, pegándola
hasta lograr esconderse por completo y llorar en silencio.
Kayla se quedó arrodillada en ese lugar por interminables lamentos, no
interrumpió, no dijo ni una palabra, no se movió. Sabía que él no necesitaba
nada de eso, sabía que cualquier frase sería tirada al abismo del olvido,
porque nada podría combatir ese dolor, así que lo consolaría, se quedaría
ahí con él hasta que decidiera salir y afrontar las cosas.
Era un proceso largo el querer afrontar una realidad dolorosa, pero Izek
se las arregló para que esto fuera en cuestión de unos cuantos minutos.
Tomó los brazos de su esposa y la alejó un poco de él, notándola
entumecida por permanecer en la misma posición durante tanto tiempo, la
levantó sin un poco de su ayuda y pasó un brazo por su cintura para
ayudarla a caminar en lo que la movilidad volvía a sus piernas.
Thomas Hamilton los esperaba en el exterior de la choza, sentado en las
escaleras del pórtico, mirando hacia el tumulto de cabañas con ventanas
iluminadas y chimeneas humeantes.
—¿Mis hijos? —preguntó el duque con tono cansado.
—Sí. Están con mi esposa.
—Gracias —asintió y bajó las escaleras con su esposa colgada de los
hombros, pero intentando caminar.
Izek subió a Kayla a uno de los caballos con aparente facilidad y montó
detrás de ella, mirando a su suegro hacer lo propio antes de que salieran
hacia el castillo Dalkeith, el cual se sumía en las penumbras levemente
menguada por las luces de las ventanas.
La lluvia los tomó de camino, así que cuando llegaron hasta las puertas
de la casa, los tres jinetes estaban empapados de pies a cabeza, sin embargo,
Izek no sentía frío, estaba tan incómodo como lo estaba antes de estar
mojado, así que pasó de largo las indicaciones de tomar una ducha y
simplemente fue a ver a su hermana, quien se obstinó en adecentar a Sloan
por sí misma.
La joven lloraba mientras limpiaba el rostro, el torso y la herida de su
hermano. Sus manos temblaban y sus labios estaban siendo mordidos,
buscando dejar de dar lamentos, pero emitiéndolos como gemidos
contenidos que permanecían en su garganta.
—Basta Nimue, ve a que te atiendan.
—No quiero separarme de él —dijo sin fuerza.
—Seguirás después —El duque habló con frialdad—. Ve con lord
Hamilton y pide que te vende tus huesos rotos.
—Eso ya lo ha hecho —mostró su mano, pierna y costillas.
—Entonces dile que te ponga a dormir, lo que sea para que dejes de
llorar —indicó, tomando la mano de su hermana el paño mojado, dejándolo
a disposición de una doncella, quien continuó con la tarea.
—No dejaré de llorar nunca Izek —informó—. Nunca.
—Lo sé —cerró los ojos—. Pero no puedo escucharte ahora.
Nimue mordió sus labios y lo miró con fuego en sus iris negros.
—¿Qué harás con ella?
—Ya veré.
—Si decides matarla, quiero hacerlo yo misma —dijo con odio y tanta
frialdad que Izek sintió un escalofrío a lo largo de su espalda.
—¿No te es suficiente? —le dijo con asco—. ¿No te has cansado?
Ella se impresionó ante las palabras, pestañeó varias veces y pidió a otra
doncella que la ayudara para salir de esa habitación.
Izek permaneció ahí por largos momentos, mirando a su hermano sin
cambiar la expresión, mojado, pero sin temblar o hacer amago de
cambiarse. Sin embargo, su mujer llegó para poner remedio a ello. Kayla ya
estaba cambiada, con el pelo lavado y en espera de poder hacer lo mismo
con su marido, quien parecía perdido en medio de su propia casa.
Sin decir una palabra, le tomó la mano y lo dirigió hasta sus
habitaciones, donde los bebés descansaban en su cuna al cuidado de su
abuela materna, quien, al ver a la pareja, tomó a los niños en brazos y salió
de ahí presurosa y en silencio. Izek lo agradeció y siguió a su mujer hasta el
baño, donde la tina humeante lo esperaba.
Fue Kayla quien lo ayudó a desnudarse y a entrar en la tina caliente, la
cual lo reconfortó en seguida, pero incluso aquel alivio le iba mal en esos
momentos, porque ni Sloan, ni Arnold lo tendrían. Sin embargo, apreció las
acciones amables de su mujer, quien comenzó a lavarlo con pausados
movimientos, quitando sangre que la lluvia no había logrado borrar,
lavando su cabello y tallando su espalda y cuerpo. El duque no decía nada,
tan sólo facilitaba un poco la tarea de su mujer, brindándole el brazo, la
pierna o su cabeza para que lavara, pero no decía nada, ni tampoco la miró
en ningún momento del proceso.
—¿Podrías ponerte en pie?
Ese fue el momento en el que la miró.
—Claro que puedo hacerlo, pero no quiero, me siento bien aquí.
El vapor lograba entumecerle la cabeza de forma agradable, aunque
sabía que era un placer momentáneo, quería disfrutarlo.
—Está bien, iré por algo de comer, no te quedes aquí hasta que el agua
se enfríe, por favor.
Izek pestañeó suavemente, indicando a su mujer que así lo haría y la vio
salir con presura, seguramente a donde le había indicado que iría o si no,
iría a atender a sus hijos. A los dos pequeños que fueron salvados por sus
hermanos, Sloan y Arnold muriendo en el intento. Cerró los ojos al recordar
ambos rostros sin vida ni emoción, ¿lo perseguirían por siempre? Quizá sí.
Así como también lo perseguía Mailene, su madre y padre.
—Izek, te dije que no te quedaras aquí hasta que se helara —la mujer
tocó el agua y negó con molestia—. Vamos, ¿eres incapaz de sentir el frío?
—No siento nada, mujer, nada.
Kayla lamentó el ser nombrada de nuevo “mujer”, desde hacia tiempo
que Izek ya no la llamaba así, prácticamente desde que le confesó que se
había enamorado de ella, ¿acaso ya había cambiado de opinión? ¿La muerte
de su hermano y mejor amigo ocasionó un odio hacia ella? En gran parte, se
sentía culpable porque ella entregó por voluntad a sus hijos a Sloan tras
escuchar el plan de la señora Campbell y Fiona.
—Sientes dolor —le dijo, comenzando a secarlo cuando se puso en pie y
salió de la bañera—. No lo ignores Izek, siéntelo.
—¿Has traído comida para mí?
—Sí. Pedí que te prepararan algo en la cocina.
—Bien, lo comeré solo.
—No me hagas esto—suplicó—, no me alejes de ti de nuevo.
—Por favor —se volvió para no mirarla—, déjame solo.
Ella asintió desmoralizada y salió de la habitación. Kayla se vio en la
necesidad de cubrir su boca para no dejar salir un gemido y cerró los ojos,
permitiendo que un par de lagrimas silenciosas se dispararan hacia sus
mejillas sin que pudiera evitarlo.
—Kayla… ¿Qué ocurre?
—Me va a alejar mamá —le dijo llena de miedo—. Lo hará, ya lo está
pensando, lo conozco, me quiere lejos.
—No es así.
—Mamá, es así. Pensará que no estoy a salvo con él, que eventualmente
algo me pasará como a todos a los que ama.
—Hija, está destrozado en este momento, es normal querer tener un
poco de soledad para poder desahogarse tranquilo.
—Pero…
—Te quiere Kayla, lo puedo notar en su mirada.
Ella negó levemente y se limpió la cara.
—Me pedirá que me marche. —Ella elevó la mirada con fastidio,
dejando salir más lágrimas que resbalaban por su barbilla ahora—. Debí
decirle que también lo quería, no debí tener tanto miedo de admitirlo, ahora
será mucho más fácil para él mandarme lejos.
—Hija, no te mandará lejos, es lo último que quiere, se lo ha dicho a tu
padre. Dale tiempo de que esté tranquilo.
Kayla trató de serenarse, asintiendo mientras limpiaba su rostro.
—Quiero hablar con esa mujer.
—Sabes que no te dejarán.
—Izek jamás me lo contará, quiero saber lo que sucedió, quiero entender
muchas cosas y ahora que él me quiere lejos, es mi momento de actuar —la
miró con determinación—. ¿Me ayudarás?
—Sabes que sí —suspiró—, ¿Cómo burlaremos a tu padre?
—Sería imposible —dijo la voz de su marido—. Me esperaba esto de
Kayla, pero no de ti, Annabella.
—¿Qué puedo decir? Ella es convincente.
Los ojos de Thomas se posaron sobre su hija, aquella pequeña a la que
consintió y sobreprotegió desde que nació.
—Papá, tengo que hacer esto. Quiero lo único que siempre ha sido
difícil de conseguir en mi vida. —Thomas elevó una ceja a lo que ella
esclareció—: respuestas.
—¿Qué dice tu marido?
—¿Ahora te importa más lo que él diga que lo que yo diga?
Thomas suspiró y dio por perdido el encuentro.
Capítulo 34
Kayla entró al lugar donde mantenían reclusa a la señora Campbell. La
pobre mujer yacía temblorosa, asustada hasta la muerte de lo que iba a
pasarle ahora que la ira del duque estaría focalizada en sólo un punto. La
mujer sabía que la culparía de todo y sería cruel, tal y como los rumores
sugerían, el hombre al mando de la casa era normalmente acusado como un
vengador insaciable cuando se le traicionaba, así que sólo podía esperar lo
peor para una falta de la magnitud que ella cometió.
—No soy el duque, señora Campbell, pero le aseguro que sus temores
serán garantía de lo que sucederá —dijo Kayla, sin duda alguna en su voz.
—¿Qué quiere? —la mujer se acurrucó más contra sí misma.
—Respuestas, eso es lo que quiero.
—¿Cree que yo se las daré? —bufó—, ¿Para qué?
—Porque puede que haga que mi marido tenga algo de piedad.
—No le hará ningún caso, su hermano está muerto, al igual que el señor
Arnold, su furia será incontenible contra mí.
—Entonces la mataré yo misma ahora, de un tiro en la cabeza —ofreció
con determinación—. ¿Qué me dice a eso?
—Nada me lo asegura.
—Tampoco es como si tuviera muchas opciones, contésteme.
—Si quiere saber algo, entonces vaya con Nimue, ¿Por qué venir con
una prisionera cuando tiene a alguien de la familia que puede darle de
primera mano la información que busca?
—Nimue está afectada por la muerte de su hermano.
—Y yo por la de mi hermana, sin mencionar que temo por mi futuro —
la miró con repudio—. Lárguese de una vez.
Kayla se sintió impotente, sabía bien que jamás podría matar a una
persona, ni siquiera, aunque esta estuviera a punto de morir bajo torturas.
Era cobarde y no podría sacar de su cabeza un dolor tan grande y
destructivo como lo era quitar la vida a alguien. La señora Campbell tenía
razón, podía pedirle a Nimue que hablara, pero dudaba que la melliza lo
hiciera por voluntad propia.
La mujer dio media vuelta, abrió la puerta y salió, viéndose en la
necesidad de detener sus pasos al toparse de frente con la fiera mirada de su
marido, quien con el ceño fruncido y el disgusto marcado en las arrugas
alrededor de sus ojos negros que la recorrían con extrañeza, sin terminar de
comprender su presencia en el lugar.
—¿Qué hacías?
—Nada. Tan sólo quería verla.
—¿Para qué?
—Yo… —bajó la cabeza—. Tenía algunas dudas.
—¿Dudas? —la voz de Izek era casi burlesca—. ¿Y creíste que ella te
diría la verdad en dado caso de que quisiera hablar?
—Esperaba que sí.
—Ve a la habitación, quédate ahí con los niños.
—¿Por qué?
Los ojos de Izek relampaguearon ante el cuestionamiento.
—Porque yo lo digo.
—¿Crees que eso me es suficiente?
—Quizá no. Pero al menos deberías tener un mínimo de consideración
por el día que he tenido.
Ella dejó salir el aire de sus pulmones, estaba enojada, eso era obvio,
pero la supo manipular perfectamente. Kayla dio media vuelta y se
encaminó a las escaleras, subiéndolas en medio de una carrera ruidosa que
resonó en la cabeza de Izek.
El duque miró con fastidio hacia el lugar por donde había desaparecido
su mujer y se adentró en la habitación, aquella en la que se aplicarían
métodos poco ortodoxos para sacarle toda la verdad a aquella mujer que
seguramente se había negado terminantemente a hablar con Kayla, pero con
él no podría evitarlo, a menos que quisiera sufrir más.
La señora Campbell se estremeció mucho antes de siquiera ver al
hombre que llegaba a esa habitación para ponerle fin a su vida. Dirigió una
trémula mirada hacia la figura ominosa presa del más puro odio y
potencializado por el dolor de las perdidas recientes.
—Supongo que sabes que es mejor hablar.
—Sí, mi señor.
—Bien. Comienza entonces.
—¿No dejará que escuche la señora?
—Está detrás de la puerta, es lo más seguro —dijo desinteresado.
—¿Por qué privarla de estar en primera fila cuando lo diga?
—No quiero ver su expresión si es que tengo que lastimarle.
—El duque al fin se ha vuelto a enamorar después de Mailene.
—Pienso que esta es la primera vez que el sentimiento es verdadero —
añadió el hombre—. Eso no es importante ahora. ¿Para qué mataban
mujeres? ¿Qué son esos retratos que encontramos?
—Mi hermana tenía la impresión de que, en algún momento, su hija
volvería a ella, por lo tanto, nosotros nos encargábamos de traer a mujeres
lo más parecidas posibles a ella —explicó la mujer—. Cuando las cosas no
funcionaban, entonces, las mataba. Nimue hacía los retratos para
recordarlas, era su manera de disculparse.
—¿Cómo las atraían? ¿Con qué artificio?
—Normalmente casadas con Sloan —simplificó, inclinándose de
hombros—. Temo decir que, en varias ocasiones, él en verdad sufrió.
Izek cerró los ojos por un instante.
—¿Por qué lo hacían? ¿Cómo los convencieron?
—Son malvados de nacimiento, mataron a Mailene.
—Sabe bien que eso fue un error, eran niños, simples niños y Mailene
fue la que terminó con su vida al final de cuentas, estaba encerrada en una
habitación, no en una jaula con leones.
—La desesperación la llevó a ello.
—¿Y cree que el tormento de dos niños fue lo que lo ocasionó?
—Sería incapaz de quitarse la vida —dijo la mujer con odio—. ¡Estaba
esperando un hijo suyo!
Izek retrocedió un paso, su mirada llena de incomprensión.
—No es cierto.
—Es la verdad, estaba embarazada cuando ocurrió.
—No era mío.
—Lo era —dijo con repudio—. Era el verdadero heredero de este
castillo, le correspondía a mi sobrina ser su esposa.
—No es verdad, jamás estuvimos casados y si lo que dice es cierto, sería
un bastardo mío o de mi padre, jamás lo sabríamos.
—¡Era de usted!
—¿Cómo puede asegurarlo? —se cruzó de brazos y suspiró—. Como
sea, aquello nada tiene que ver. Seguro debió atormentar a mis hermanos
con la culpa después de lo ocurrido, ¿me equivoco?
—Pocas veces se equivoca, pero yo no sembré la culpa en ellos.
—Pero sí que la regó hasta hacer crecer espinas que los dañaran a cada
instante de sus vidas.
—¿Quiere excusarlos? Son tan culpables como Fiona y como yo, ellos
ayudaban, matar directa o indirectamente es lo mismo.
—¿Qué pasó con mi esposa? ¿Cuál fue la diferencia con ella?
Fiona suspiró con fuerza y lo miró de soslayo.
—Era la más diferente a Mailene en cuanto a personalidad, pero
físicamente era idéntica, jamás pensé que una de esas chiquillas lograría
hacerme sentir que veía a Mailene hasta que la vi a ella —lo miró con
tranquilidad—. Seguro que usted sintió lo mismo.
—Se parecen bastante, pero no diría que son idénticas.
—No la recuerda tanto como nosotros, en ese caso —dijo la mujer,
restándole importancia a esa parte en concreto—. Fiona le tomó cariño casi
desde que la vio por primera vez, cuando bajó del tren y la señora fue a
entregarle un dibujo que le hizo mientras contaba una historia del castillo.
Creo que se enamoró de ella en ese momento y algo dentro de sí quiso que
no muriera, quería que fuera Mailene y la transformaría en ella.
» Sin embargo, esa muchacha era rebelde, revoltosa, hacía lo que quería,
no tenía los modales, la clase y las formas de Mailene, sabía que en cuanto
mi hermana se diera cuenta, jamás la querría, aunque la encerráramos diez
años no someteríamos el espíritu de Kayla Hamilton —aquello parecía ser
más una reflexión personal que compartida, pero Izek lo apoyaba, sin
mencionar que él la buscaría hasta el cansancio.
—¿Qué pensaban hacer para detenerme?
La señora Campbell sonrió de lado, aquella mueca no tenía nada que ver
con la felicidad o amabilidad, sino la más pura rabia.
—Pensamos en matarle, como merecía. Pero los gemelos no lo
permitirían jamás, así que queríamos inculparle de la muerte.
—Ese es otro punto, ¿Cómo evitó Sloan la cárcel por tantos años?
—Las mujeres morían por causas naturales, claro —sonrió—.
Envenenamientos o extrañas circunstancias, siempre cuando Sloan no
estaba en casa, ni Nimue o ninguna de nosotras. Algunas personas se vieron
inculpadas, pero nada se podía hacer por ellos.
—Así que hay gente inocente pagando por delitos que no cometieron.
—¿No pasa siempre?
—¿Por qué casarla conmigo? ¿Por qué no casarla con Sloan?
—Porque, mi señor, usted podía darnos algo que Sloan no.
—Hijos —comprendió el duque—. ¿Para qué querían un bebé?
—Se cerraría el ciclo. Usted moriría en la horca si debíamos matar a la
mujer y nosotras tendríamos de regreso al hijo de Mailene, incluso Nimue
confabuló a favor de que naciera una niña, una perfecta imitación de la
persona que perdimos.
—¿Qué harían con mi hijo?
—¿El heredero? —la mujer elevó las cejas en un movimiento de
segundos—. Quedárnoslo, es obvio, seriamos las tías de un rico y
afortunado duque, mientras habríamos recuperado a Mailene por medio de
su hija, mi lord, de Davina. Ella sería nuestra verdadera compensación
debido a que su madre no lo fue jamás.
—Cayeron en el fanatismo y la locura. ¿Cómo pensaron que podrían
remplazar a una persona por otra? Todas esas mujeres que murieron no
fueron más que experimentos para ustedes.
—No sabe lo desgarrador que es perder un hijo, mi hermana jamás pudo
recuperarse de la pérdida y yo… —la mujer apretó los puños con fuerza,
posiblemente haciéndose daño—. Ella siempre me culpó por traerla aquí,
por meterle ideas de superación, pensaba que usted la querría lo suficiente
como para casarse con ella.
—Sí, la quería. Pero jamás me casaría con alguien que me engañó a la
vez con mi propio padre, el cual, por cierto, había enloquecido.
—No sé por qué lo hizo.
—Por favor, señora Campbell —chistó el hombre—. Ella se acostaba
con mi padre mucho antes de acostarse conmigo y lo sabe.
—No hay nada más que decir.
—¿Así que todo esto no era más que una locura de recuperar una hija
por medio de otra persona que claramente jamás lograría ser Mailene?
—El hijo de la señora Kayla y usted era lo más cercano que tendríamos
al que posiblemente daría a luz Mailene, puesto que era de usted y ella se
parece tanto a mi niña, que era lo más…
—¡No repita eso! —el hombre salió de sus casillas de repente.
—Es la verdad.
—No. Jamás sabremos si es la verdad.
El duque giró y se dirigió hacia la puerta con seguridad, pero antes de
que pudiera girar la perilla para salir de ahí, la mujer volvió a hablar.
—¿Qué pasará conmigo?
—Morirá.
—Eso lo sé. —Sonó pesarosa—. Quería saber cómo.
—¿Sabe que su hermana drenó la sangre de Arnold hasta dejar su cuerpo
sin una gota? Lo estaba disecando aparentemente, porque le sacó el corazón
y otros órganos.
La mujer cerró los ojos.
—¿Pretende hacer lo mismo conmigo?
—No sé quien podría tener el estómago para hacerlo con alguien vivo —
dijo Izek—, si lo supiera lo haría, pero al no ser así, dejaré que mis hombres
la maten de la forma en la que crean pertinente. Claro, debe recordar que
Arnold era un comandante muy querido no sólo por mí.
La mujer mostró el horror en su mirada y supuso que, aunque el duque
no pudiera replicar la muerte del señor Arnold, su muerte no sería pacifica y
rápida, aquellos hombres serían brutales.
Capítulo 35
Kayla se escondió de la mirada de su marido cuando supo que este iba
a salir de la habitación, pese a que hizo alusión de que sabía perfectamente
que ella se encontraba escuchando, probablemente había sido sensato el
tratar de mostrarle su error y no enfurecerlo con ello. La joven pensó que
Izek regresaría a la recámara a meditar en soledad nuevamente. Se acababa
de enterar del hijo de Mailene y de la posibilidad de que fuera suyo, sin
mencionar que era claro que los mellizos eran asesinos, indirectos, pero lo
eran de alguna forma. Para su sorpresa el hombre se detuvo y miró en
dirección a su escondite.
—Sal ya de ahí Kayla.
La blanca mano de la mujer apartó con pesadez la cortina, manteniendo
la mirada baja, cautelosa, esperando los gritos de su marido por haberlo
desobedecido pese a que él sabía que lo haría.
—Lo siento.
—Ven aquí —ordenó.
Kayla caminó sin mirarlo y apretó el rostro ante el posible despliegue de
molestia contra ella, pero este no llegó, en cambio, sintió los brazos de su
marido alrededor de ella, apretándola con tanta fuerza que le hacía daño; sin
embargo, lo prefería en lugar de un despliegue de furia.
—Izek… —lo acarició—. ¿Estás bien?
—¿Crees que mintió? —dijo pesaroso—. No podía ser mi hijo.
—No sé si mintió Izek, pero al final, no es tu culpa.
—La duda me carcomerá de por vida.
—Hay una forma de saberlo —dijo segura—. Nimue.
—Estoy seguro que no hablará.
—Por el contrario, estoy segura de que hablará.
Izek la soltó, enfocando la determinación en sus ojos. Lo tomó de la
mano con firmeza y lo llevó a la habitación desde donde salían suaves
lamentos, cansados más que nada, pero seguían siendo constantes, Nimue
estaría destrozada, pero no tenía por qué llevarse a Izek con ella.
—Nimue —llamó Kayla, tratando de no sonar categórica—. Tenemos
que hablar contigo.
—Creí que la señora Campbell haría todo para evitar la muerte, no
puedo creer que prefiriera callar.
—No, no calló —se adelantó Izek—. Pero dijo cosas que…
—¿Te parezco el monstruo que siempre creíste Izek? —las lagrimas
seguían resbalando por las mejillas de Nimue, pero en su voz no había ni un
titubeo—. Felicidades, lo soy. Maté a todas esas mujeres, no dudé, pensé
que era lo que nos correspondía hacer al haber matado a Mailene, pero
¿Sabes? Ella era infeliz, no la hicimos saltar de esa ventana, ella se aventó
¿sabes por qué? —sonrió con cinismo—, porque no soportaba su vida de
mierda, porque odiaba tener que ser la puta de los nobles, ni siquiera creo
que su chiquillo hubiera sido de papá o tuyo.
—¿Por qué lo dices?
—Por favor —chasqueó la lengua y miró hacia otro lado—. ¿Porqué
razón se quitaría la vida si ya tenía todo resuelto? Embarazarse de un noble,
sea un bastardo o no, tiene sus ventajas, sobre todo si el padre es un hombre
como tú, incluso si es como el loco de papá, la hubieran acogido, al menos
protegido. Dime Izek, ¿Qué llevaría a una mujer así de calculadora al
suicidio? —elevó ambas cejas—. ¿Eh? ¿Qué?
—Que no fuera hijo de ellos —entendió Kayla—. Sería obvio cuando el
niño naciera, puesto que los Buccleuch tienen genes fuertes y que no se
pareciera al padre sería extraordinariamente raro… pero no imposible.
—Para papá o Izek, sí, sería imposible, no importa cuanta ciencia
pongan en la mesa y traten de convencer, para nosotros, los hijos de los
Buccleuch siempre son iguales, pálidos, ojos negros y cabello azabache. —
La mujer sonrió—. Así como Kendrick.
—Davina no es así.
—Tiene toda la cara de Izek y si no salió así, fue posiblemente por toda
la brujería que tuvimos que hacerte.
—No creo en esas cosas —negó Kayla.
—Poco me importa, porque es lo que pasó. ¿Por qué creen que estaba
tan segura de que eran dos? Lo conjuramos por meses.
—Es imposible influir así en el cuerpo de otra persona.
—Por favor, está claro que no crees en mitos paganos, pero nosotras las
brujas estudiamos mucho y de muchas culturas. Fiona tenía la intensión de
reencarnar a Mailene en el cuerpo de Davina.
El horror se mostró en el semblante de Kayla, quien se vio en la
necesidad de abrazarse a su esposo y esconder por unos momentos el rostro
en aquel hombro seguro.
—Eso no es más que una locura. —Izek acogió a su esposa contra su
cuerpo, comprendiendo perfectamente lo que sentía.
—Claro que lo era —dijo Nimue en obviedad y exasperación—. Pero
¿Quién era yo para desmentir a otra loca? Nunca funcionó con papá, ¿por
qué funcionaría con ella?
Un largo silencio se instaló en la habitación, pero hermano y hermana no
apartaron el rostro gélido del otro, ambos presos del dolor, resentimiento y
los fantasmas del pasado.
—¿Qué cambió? —inquirió Izek.
—Fue Kayla. Ella no actuaba como las demás, no me temía, no le tenía
miedo a ninguno de nosotros. Nos enfrentaba y nos aceptaba como si no
fuéramos monstruos. Por alguna razón, Sloan fue el primero en rendirse y
yo lo secundé, como siempre. —La mujer sonrió con nostalgia,
comprendiendo que había sido la última vez que se apoyarían así—.
Decidimos salvar a los bebés, a Kayla e incluso a ti Izek.
—¿Salvarnos?
—Gracias —interrumpió el posible reclamo por parte de su esposo y se
adelantó hacia la figura pálida y desganada de Nimue—. Gracias por salvar
a mis hijos, no sabes cuanto lamento lo de Sloan.
—Nos descubrió —lloriqueó ella—. Planeaban hacer el secuestro hoy,
por eso el té tenía ya el somnífero, así que actuamos como mejor pudimos,
no fue suficiente… tampoco fue suficiente para Arnold.
—Lo intentaron y es lo importante.
—Eso no quita todo lo que hice en el pasado —ella negó con lágrimas
en los ojos—. Nada lo quita. Ellas vienen a mí cada noche, me reclaman,
me lastiman y me odian, me lo merezco.
—¿Por qué me adormecías con ese humo raro de los muñecos? ¿Por qué
desperté aprisionada en las sábanas aquella vez?
—Sloan quería llevarte lejos de todo esto, fue a mis espaldas en esas
ocasiones, el muñeco se preparó para el momento clave de los asesinatos,
no para que él te llevara a placer.
—Era esa la sensación que sentía en ese entonces, de que alguien me
vigilaba, de que me veían.
—Sloan siempre ha sido…, fue bueno para estar escondido en las
penumbras sin que nadie lo supiera, aún en medio de la luz.
—Basta ya. —Izek tomó la cintura de su esposa, acercándola.
—¿Y el collar? —urgió la joven al tener aún tantas dudas—. ¿Qué me
dices del relicario?
—Sloan lo puso ahí —esclareció, viendo como Izek la sacaba de la
habitación—. Quería que te dieras cuenta, te horrorizaras y te fueras por tu
cuenta del castillo.
—¿Cómo llegó a Fiona de nuevo?
La mujer se inclinó de hombros, sin cambiar su expresión seria,
desinteresada, pero con la mirada llena de sufrimiento y de un dolor que
quizá jamás desaparecería.
—Posiblemente la señora Campbell escuchó de ello y se lo llevó.
Izek había terminado de sacar a su esposa de la recámara y cerró la
puerta para privar por completo a la mujer de hacer más preguntas a su
afectada hermana. Kayla quería regresar, en ese momento no se le ocurrían
más preguntas, pero seguro que se acumularían en su cabeza de un
momento a otro.
—Izek…
—Basta Kayla, de aquí en más, no quiero saber del tema.
—Pero Izek…
Él la arrastraba por el pasillo pese a su resistencia.
—No. Sé lo suficiente y es una tortura constante, al menos develé ciertas
cosas, pero no quiero pensar, no quiero cargar más culpas.
—Esto te exime de culpas.
—¿Eximirme? —rio sin ganas—. Nunca noté que mis hermanos sentían
esa presión, que la señora Campbell les hizo sentir aquello cuando era obvio
que comprendían que no fue su culpa, no me imagino lo que tuvo que
hacerles para que siguieran sus indicaciones. ¿No lo ves? ¿No ves a Nimue?
Está perturbada y ahora perdió lo único que ella amaba.
—Te ama a ti también.
Un rápido gesto de disgusto atravesó la cara del duque.
—Es suficiente… por el día de hoy.
El duque se alejó de su mujer con pasos solemnes y subió las escaleras,
dejándola rezagada a sus espaldas. No sabía si era a razón de darle
privacidad o porque deseaba volver a la recámara de Nimue, pero como
fuese, él no tenía más energías para escuchar, ni tampoco para pelear con su
esposa. De pronto sintió el cuerpo increíblemente pesado, cada músculo le
reclamaba el caminar, su cabeza le dolía punzante y constantemente. Tenía
que descansar.
Kayla esperó a que la figura retraída y llena de penumbras se alejara por
las escaleras, dándole entonces la libertad de dar media vuelta y regresar
hacia la habitación que acababa de abandonar debido a la insistencia de su
esposo. Abrió la puerta sin tocar en lo que pareció ser una intervención
divina, puesto que logró apresurarse hacia la persona que por poco y se
quita la vida de una forma dolorosa y lenta.
—¡Qué hacías! —Kayla tenía la afilada navaja en las manos y la alejaba
con determinación de la perdida mujer que cayó de rodillas.
—¿Por qué…? ¡Por qué te entrometes! —le gritó furiosa.
—Nimue, no es la solución, ¿no ves lo que ocasionaría tu muerte?
—¿Crees que me importa? No tengo nada por lo qué vivir, mi vida
entera era cumplir los deseos de los demás y mi alivio venía de la mano de
mi hermano, de su apoyo y constante compañía, sin él, ¿qué se supone que
he de hacer con mi vida? —Ella cubrió su rostro y lloró desesperada—.
¿Qué quieres? ¿Qué te motivo a volver sobre tus pasos?
—No lo sé, pero lo que fuera, te ha salvado la vida y probablemente la
de mi marido —Kayla apretó la navaja contra su mano—. Si Izek pierde a
otra persona le día de hoy, querría seguir tus pasos hacia la muerte, aunque
fuera sólo para encontrarse con ustedes de nuevo.
—Eres una tonta. —La mujer sonrió cínicamente—. Mi hermano jamás
se mataría por el simple hecho de tenerte a ti y a los niños.
—Justo ahora lo dudo, te quiere Nimue, se preocupa por ti.
—Eso lo sé, siempre lo he sabido. Pero fuimos y siempre seremos una
carga para él, desde el inicio de nuestras vidas dependimos de su cordura,
de su estoicidad para afrontar las situaciones. Él jamás se quebraba, no con
la muerte de mamá, no con la locura de papá… ni siquiera con la traición de
Mailene, no así con su muerte, pero se quedó con nosotros —la miró—.
Estaba deshecho y sospechaba que era nuestra culpa, pero no nos dejó.
—Entonces, no lo abandones, porque ahora si se ha quebrado —le dijo
con ferocidad— y necesitará toda la ayuda que le sea posible.
Ella negó sutilmente y rio un poco.
—¿De qué le podría servir yo?
—Al menos, para la sensación de expiar sus culpas, que siente que lo
comerán por las noches, incluso los días.
—¿Y él por qué se sentiría culpable? —frunció el ceño la joven.
—Porque no los cuidó como debía, se culpa por todo.
—Es un tonto sentimental.
—Sí. Pero no puedes dejarlo ¿entendido? —le mostró el arma—. Esto
no puede volver a repetirse. Porque te juro Nimue, que si destrozas a mi
marido una vez más, yo misma me encargaré de traerte de entre los
muertos, y si no pudiera, haría todo para que no descansaras en paz.
La sorpresa iluminó el rostro sombrío de la melliza solitaria, pero esto
fue cosa de unos segundos, puesto que rápidamente sonrió.
—En verdad le amas.
—Sí. En verdad.
—Tonto amar a un Buccleuch.
—Jamás he sido lista tomando decisiones de todas formas. —La
penetrante y oscura mirada de Nimue era difícil de interpretar en la mayoría
del tiempo, pero justo en ese momento, Kayla supo ver que estaba contenta
—. ¿Por qué no intentas ser feliz tú también?
—Yo no estoy hecha para eso, tengo un pasado tan horrido, que me sería
imposible confiárselo a alguien y una relación con mentiras no es más que
una falacia bajo el mismo techo.
—Creo que para cada persona existe alguien especial que comprenderá
cualquier cosa que pudiéramos hacer en el pasado.
—No todo es perdonable, Kayla, pero te lo agradezco.
Kayla no se quedó tranquila y ordenó que alguien vigilase a su cuñada
para que no cometiera un acto en su contra y se marchó. Existían otras
personas que necesitaban de su atención.
Kayla fue directa hacia la recámara que les dieron a sus padres para el
tiempo en el que se quedarían en el castillo. Fue una gran tranquilidad el
saberlos ahí, sanos, salvos y dispuestos a cuidar de los gemelos desde que
regresaron de su pequeño viaje que comenzó en brazos de su tío hacia una
cabaña de los empleados del castillo. La mujer que hizo de nodriza en esa
ocasión tuvo que continuar haciéndolo muy pese a la molestia de la madre,
puesto que, según su padre, era mejor que no recibieran los nervios de su
madre por amamantarlos.
—Hija —Annabella levantó la mirada que tenía posada sobre los dos
bebés en la cama y sonrió—. ¿Está mejor?
—No. Creo que está mucho peor. —Kayla suspiró aliviada al ver a sus
bebés en un perfecto estado de tranquilidad y satisfacción. Ojalá pudiera
volver a ser niña para no afrontar tantos problemas—. ¿Está bien si se
quedan con ustedes esta noche?
—Estarán bien —dijo Thomas—. La nodriza está cerca.
—Se llama Juno —corrió Annabella y miró a su hija—. Soluciona tus
problemas, nosotros estaremos aquí para la resolución.
—Gracias, yo… iré con él.
Ambos padres asintieron y volvieron las sonrisas hacia los niños,
quienes esperaban impacientes la atención de sus abuelos. Kayla curveó los
labios, dejando que la ternura inundara su cuerpo al ver a sus padres tan
felices con sus nietos, los hijos que ella había dado a luz. En ocasiones
aquello le parecía tan extraño, tan ajeno y desconcertante, que no se lo
podía creer.
La habitación que ocupaba su marido estaba sumida en la más profunda
penumbra cuando la abrió, conocía lo suficiente el lugar para no chocar con
nada, pero no dejaba de ser poco acogedor, él parecía quererle decir que no
deseaba que durmiera ahí esa noche. Kayla lo comprendía, así que tomó
algunas de sus cosas en medio de la oscuridad, siendo su única ayuda la luz
del pasillo.
—¿Qué haces? —inquirió la voz cansada de Izek.
—Vengo por algunas cosas, me iré en un momento.
—¿A dónde te irás? —se sentó en la cama con rapidez.
—A mi habitación —la joven frunció el ceño en extrañeza, pero claro, él
no lo notaría debido a la oscuridad.
Izek estiró la mano y prendió la lámpara a su lado. Su esposa se
mantenía en pie, enfrentándolo mientras sostenía un camisón contra su
pecho junto con algunas de sus cremas y perfumes.
—¿Por qué te irás a otra habitación? —frotó sus ojos con dos de sus
dedos, tratando de abrirlos sin estragos de sueño.
—Creí que querías que te dejara tranquilo.
—Quiero que duermas conmigo, Kayla. ¿Dónde están los niños?
—Con mis padres.
—¿Piensas dejarlos allá?
—De todas formas, parece que mi padre cree pertinente que no los
amamante yo este día.
Izek no contestó, recargó su espalda contra la cabecera y extendió una
mano hacia ella, pidiéndole en silencio que se acercara.
—Ven Kayla.
Al percatarse que no logró moverse de su lugar pese a que él la estaba
invitando. Se vio en la necesidad de motivar sus piernas a dar pasos hasta
tomar la mano de su marido y sentarse a su lado, esperando a las posibles
resoluciones a las que había llegado durante su tiempo de soledad.
—¿Qué es lo que vas a decirme? No me digas que piensas tomar
decisiones sin mi de nuevo. Te advierto que no pienso seguirlas.
—Lo sé. Para este momento sé perfectamente que no harás nada de lo
que te diga, aunque sea por tu bien.
—Eso crees tú.
—Dime Kayla, ¿Por qué tu afán por quedarte?
—¿Por qué he de irme? Todo está resuelto ya.
—Quizá, pero este maldito castillo parece estar embrujado en verdad. Te
lo dije hace tiempo, todas las personas que están cerca de mi, terminan
dañados de alguna manera. Ve lo que sucedió.
—Izek, aquello no tiene nada que ver con que tú los ames o no, el
destino puede ser muy cruel y, al ser incontrolable, nos queda el
resentimiento y la culpa a los que continuamos recorriendo el camino —
Kayla se mordió los labios—. Sin embargo, estos terribles acontecimientos
no quieren decirte que dejes de sentir de nuevo. Arnold era feliz al ver que
al fin sonreías e Sloan arriesgó su vida por el mismo motivo, lo único que
puedes hacer para corresponder a tales sentimientos, es seguir intentando
mantenerlos, porque es por lo que lucharon.
Un gesto de dolor cruzó por el rostro de Izek, pero ella fue incapaz de
ver lo que sucedió a continuación, puesto que fue jalada hacia el pecho de
su marido con un leve tirón que la fundió en un fuerte abrazo que la dejó sin
escapatoria. Sin embargo, no era necesario verle el rostro a su marido para
saber que estaba llorando.
Izek incluso se quedó dormido en esa misma postura, Kayla no volvió a
hablar, sabía que todo estaba dicho y él necesitaba desahogarse en silencio y
sin ser perturbado. Cuando su marido aflojó la fuerza de su agarre, Kayla
pudo soltarse y acomodarlo adecuadamente sobre la cama, cubriéndolo con
las sábanas y besándole la mejilla antes de volver a meterse entre sus
brazos, mirando hacia su rostro perfilado y sereno ya que se encontraba en
el mundo de los sueños.
—Izek… yo también te quiero —susurró, pasando un suave dedo por la
nariz de su marido, provocándole una cierta incomodidad, pero perdurando
en su posición. Ella sonrió—. Pero sigues siendo un ogro.
Capítulo 36
Su marido había demostrado ser un hombre difícil de manejar, sobre
todo, si tomaba una decisión, puesto que esta al instante se volvería
definitiva. No importaba que tanto le doliera, si lo consideraba prudente,
entonces no habría forma de que se desdijera.
Kayla consideró aquello una actitud de lo más reprochable y egoísta
hasta cierto punto, él ni siquiera la tomaba en cuenta en las decisiones,
regresándola a los tiempos en los que obedecía ciegamente a su padre,
quien, en ese aspecto, era irritablemente parecido a su esposo. De hecho,
recordaba con furia cuando su padre se mostró de acuerdo con la resolución
del duque y aceptó llevársela de Escocia con ellos.
Nimue se había despedido afectuosamente de ella y aseguró que trataría
de convencerlo de que deshiciera la resolución, aunque en su faz denotaba
lo poco convencida que estaba de poder lograr ese objetivo. La tristeza
inundó a Kayla por mucho tiempo. Pese a la cálida despedida con su
marido, sus palabras cariñosas y sus cartas constantes, algo dentro de ella se
sentía sumamente triste. Era notorio que un muro de frialdad se instaló en
Izek desde las muertes de Arnold y Sloan, todos eran capaces de verlo,
quizá ese era otro de los motivos por los cuales la había alejado.
—Oh, Kayla siempre supe que tenías talento —sonrió su antiguo
maestro de arte, quien admiraba los cuadros.
—Gracias maestro, me alegra que me haya recibido bajo su tutela en
primer lugar, no muchos lo hubieran hecho.
—Se ver el talento nato de la gente Kayla, lo sabes.
La joven sonrió y asintió. El señor Maselene era caracterizado por su
alegría contagiosa, su lengua parlanchina y mirada amistosa. Era un buen
negociador, astuto con los números y bueno para hablar y convencer, nadie
se imaginaría que, además de todo ello, tuviera tanto talento; el hombre
también pintaba con habilidad y enseñaba con paciencia. Por mucho
tiempo, Kayla creyó amarlo y le tuvo una ciega devoción, incluso pensó
que él sentía lo mismo, pero claro, jamás fue muy avispada con el tema y
resultó que su maestro en realidad tenía mujer y dos hijos que lo esperaban
en casa y a los cuales él amaba de todo corazón; aunque eso no lo
exculpaba de algunos crímenes en contra de su matrimonio, la infidelidad
era común y tolerada a la fuerza por las mujeres de la sociedad.
Una de las incertidumbres más grandes de Kayla era esa. ¿Su marido le
estaría engañando ahora que la alejó de él? Era una posibilidad grande y no
había forma de saberlo, porque estaba lo suficientemente lejos como para
que las noticias no le llegaran con rapidez, incluso si le llegaban, derivaba a
divagación.
—Algo parece atribularte Kayla, ¿Qué es?
—No —movió la cabeza de un lado a otro, tratando de quitarse
pensamientos tontos de la cabeza—. Estoy bien.
—¿Tú marido vendrá a la inauguración?
—No lo creo —sonrió con tristeza—. Sigue en Escocia.
—Pero es tu gran noche.
—Aún así, no lo espero.
El maestro frunció el ceño y se acercó a su discípula con tiento, sabía
que Kayla era un alma frágil y era fácil que se pusiera a llorar. Sería
suicidio hacer llorar a la hija de Thomas Hamilton, aunque fuera por error.
—El amor es complicado en ocasiones —comenzó, dirigiendo la mirada
hacia donde Kayla la tenía fija—, se transforma en dolor y gozo en cuestión
de segundos. Cuando nos encontramos en medio de la felicidad, uno no
sabe discernir si el golpe se ha dado ya; pero al final, no importan las
heridas, si es amor es fuerte y duradero, este siempre sanará y regresará al
hogar de donde se sabe dueño.
—¿Qué sería el hogar?
—La otra persona. —El maestro elevó una ceja.
Kayla dirigió nuevamente el rostro hacia el cuadro de su esposo y ladeó
la cabeza. En esa pintura en especifico no tenía los ojos cerrados, sino que
miraba con la intensidad de las sombras y el murmullo de lo incierto.
—Todo cambió después de su llegada a mi hogar, maestro. Aquello que
era aburrido se volvió interesante, lo que era tonto se volvió inteligente, lo
que era odio fácilmente se convirtió en amor. Hizo un mí una revoltura de
emociones y sensaciones que por mucho tiempo me perdí y no supe qué era
lo que sentía, pero cuando lo supe, fue demasiado tarde, la tormenta arreció
y él tomó una decisión.
—¿Es que se separó de ti definitivamente?
—No lo sé.
—¿No lo preguntaste?
—Lo hice, pero creo que ni él mismo lo supo discernir.
—La confusión pasó a él.
—Creo que sí —sonrió con nostalgia—. Tal pareciera que es un juego en
el cual nadie se quiere quedar con los sentimientos.
—Son jóvenes, lo entenderán.
—¿Será lo suficientemente pronto? —preguntó más para sí misma que
para el maestro a su lado.
—Lo habrás de decidir tú.
—¿Cómo lo sabré?
—Cuando lo veas de nuevo, lo sabrás.
Kayla curveó los labios en una expresión burlesca, soslayando la mirada
hacia su viejo amigo y aventándolo ligeramente.
—Quiere hacerse el muy listo.
—No es verdad. Tan sólo que soy mayor que tú y esas tonterías las viví
con mi propia esposa a su tiempo.
—Espero que termine igual la historia.
—Como dije, eso dependerá de ti.
—¿Por qué sigue diciéndome eso si es obvio que lo quiero?
—Eso no significa que vayas a querer estar con él de nuevo.
En ese instante, Kayla le dio la razón, por mucho que quisiera a Izek,
algo dentro de ella dudaba, la hacía no estar devastada por el tema, quizá
porque tenía fe en que él no estaba tomando una decisión definitiva de
alejarla, o quizá porque en realidad no se sintiera tan mal por estar lejos de
él. Nuevamente se encontraba perdida en ella misma, lo cual era frustrante,
tenían dos hijos en común y aún así ¿no se sentían ligados el uno con el
otro? ¿Era eso posible?
Regresó a su casa entrada la tarde, no hacía tanto que se había ido, pero
cuando se encontraba en Londres, el tiempo parecía irse tan rápido como
agua entre sus manos. La conversación con su maestro quedó grabada en su
cabeza, perturbando la paz que intentó fingir durante toda su estancia.
Estaría cumpliendo su tercera semana lejos de su esposo, del castillo
Dalkeith y de su cuñada, le pareció extraño que incluso extrañara la mirada
oscura de Nimue.
—¡Mamá, papá! ¡Ya llegué!
La joven caminó por el recibidor, tomando las cartas que yacían sobre la
mesa en el centro de la estancia, no esperando que hubiera una contestación
a tales gritos que fueran tan impropios de una dama, al menos, eso era lo
que decía su madre. No recordaba desde cuando, pero se le hizo una maña
poco placentera para su familia el gritar cuando entraba o salía de la
propiedad, para ella era un aviso para que las personas no murieran de
preocupación al no verla. Claro que sus hermanos recalcaron el hecho de
que era poco probable que alguien la escuchara pese a que gritara, siendo
Sutherland tan basto y ellos personas tan desperdigadas en la vida, jamás se
darían cuenta de ella y simplemente resultaba molesto y maleducado.
—¡Kayla! —se escuchó la queja de su madre desde algún sitio.
Una sonrisa traviesa se asomó en el rostro de la menor, caminando sin
dudar hacia la voz de su madre. Aunque si su madre se encontraba en la
planta baja de la propiedad, sólo había un lugar factible donde podía estar.
Sobre todo, si se tomaba en cuenta que la suave música del piano se hacía
sonar por todo el lugar. Aquella sensación de paz y armonía le era conocida
a Kayla, sólo en su casa sentía algo parecido, con sus padres y sus
hermanos en medio de una no muy verdadera tranquilidad, en su casa
siempre sucedía algo.
—Mamá, los Juliart aceptaron la invitación para la inauguración, al igual
que los Hunt. Pensé que negaríansu presencia.
—Bueno, debes aceptar que cuando se trata de ti, esas familias siempre
han sido consecuentes.
—Querían que me casara con sus hijos, pero yo estoy casada ya.
—Es verdad —Annabella giró su cuerpo, alejando sus manos del teclado
y mirando a su hija con una pequeña sonrisa lastimera.
—¿Qué? Conozco esa mirada, ¿qué sabes?
—Bueno, hay rumores.
—Agh, rumores, estoy harta de rumores y leyendas.
—Dicen que podrías estar en proceso de divorcio.
Aquellas palabras llamaron la atención de la joven, quien sintió una
fuerte punzada en el corazón y una amarga sensación de que devolvería el
estómago de un momento a otro.
—¿Quién dice eso?
—La gente del pueblo, ya sabes como es.
—Vaya… fue rápido, ¿no se puede pensar que vine de visita?
—La gente sólo busca beneficiarse de las cosas, deberías estar feliz de
que, pese a que se rumoré un divorcio, las familias te vean como candidata.
—¿Suenas feliz? —frunció el ceño.
—¡No hija! Por supuesto que no, jamás desearía tu infelicidad.
—¿Cómo sabes lo que me hace feliz?
—Supongo que por la forma en la que reaccionaste, lo que dije no te
agradó, debo suponer que lo que deseas es seguir casada.
—No lo sé.
—Bueno, no debes preocuparte, cuando lo veas, lo sabrás.
—¿Por qué dicen eso con tal seguridad?
—Supongo que, porque es cierto, anda, ve a tu habitación, los niños
seguramente están desesperados por ver a su madre.
—¿Cómo estuvieron?
—Es como si no hubiera bebés.
Kayla dio una mirada de agradecimiento a su madre y subió las escaleras
de la casa que le fuera tan conocida. Prácticamente toda su vida la pasó en
medio de esas paredes llenas de pasadizos secretos y habitaciones ocultas.
Era nostálgico regresar, aunque de una forma totalmente diferente, puesto
que lo hizo con dos hijos.
Se paralizó momentáneamente al segundo siguiente de abrir la puerta,
puesto que, del otro lado e inclinado sobre la cuna de sus hijos, estaba la
figura inconfundible de su marido. ¿Su madre lo sabía? Claro que lo sabía,
por eso la interrogó antes de que subiera, quería dilucidar lo que en realidad
sentía y buscó por todos los medios una reacción de su parte.
—¿Izek?
—¿Mmm…? —el hombre regresó el rostro y sonrió al notar que su
esposa se había paralizado en el umbral—. ¿Qué pasa?
—¿Qué estás haciendo aquí?
—¿Cómo que qué hago aquí? —frunció el ceño—. Mañana es tu
exposición de arte, tengo que estar aquí.
—No… tú, ¿Qué?
—Dije que mañana es…
—No eso. Pensé que estaríamos en proceso de divorcio.
Izek permaneció callado por un largo momento.
—¿Eso es lo que quieres?
—¡No! No lo sé…
—¿Qué ocurre?
—Pensé que me habías mandado lejos porque tomaste la decisión de
alejarme de ti… de nuevo.
—Tomé la decisión de alejarte de toda la locura que vendría después de
lo sucedido esa noche —se cruzó de brazos—, jamás he hablado de
divorcio.
—Yo…
—Claro, a menos que tu lo quieras.
—¿Qué?
—No te puedo seguir imponiendo mi presencia, pese a que no sea algo
que yo quiera, no te forzaré a estar conmigo, es tu decisión.
—No eres de los que deja que otros tomen las decisiones.
—En esto sí. Tengo qué —pasó sus dedos por sus cabellos negros y se
sonrojó, mostrándose cansado—. Me gustaría no hacerlo, obligarte a estar
conmigo, pero te quiero lo suficiente como para aceptar que te quieras ir. Lo
que pasó en casa…
—¿Crees que, si decido irme, sería por lo que pasó en Escocia?
—¿No es así?
—No.
—¿Entonces?
—Todo dependerá de ti Izek.
—¿De mí?
—Sí, ya no sé como sentirme respecto a ti, por un lado, has cambiado
todo mi mundo, sé que te quiero, pero al mismo tiempo, odiaría que
siguiera una dinámica como la que has establecido ahora.
—¿De qué hablas?
—No puedes tomar decisiones por mí, tampoco esconderme cosas,
debemos ser un frente unido y no puedes seguirme aventando lejos cada vez
que piensas que algo se complica.
—Lo siento —frunció los ojos al momento de cerrarlos—, he afrontado
mi vida de esa manera, pero es verdad, tengo que ser diferente con la mujer
con la que pienso llegar hasta la vejez.
Kayla ladeó la cabeza y frunció los ojos.
—¿En serio quieres eso Izek?
—Sí. —Guardó silencio por unos momentos—. ¿Y tú?
Kayla se tomó su tiempo para responderse esa pregunta, le era necesario,
puesto que por mucho tiempo creyó no saber como se sentía respecto a ese
hombre que fuese duro e intransigente desde un inicio de su relación… una
relación que no había comenzado del todo bien, puesto que fue planeado
por otros muchos que deseaban otras cosas de ellos.
Pese a eso, él se logró enamorar y ella también. ¿Sería acaso una
ilusión? Algo que sobrevino debido a que no les quedaba opción, eso era lo
que parecía su matrimonio desde un inicio, un sinfín de “sin opciones” que
ambos aceptaron con la cabeza en alto. Quizá su orgullo era lo que
dominaba todo el asunto y no así su corazón.
Kayla mordió sus labios con fuerza y levantó la mirada para al fin
enfocarlo como era debido. ¿Qué era lo que sentía? ¿Qué era lo que debía
hacer? ¿Cuál era la respuesta correcta?
Izek permanecía en silencio, parado a unos pasos de ella, esperando con
temple una respuesta que sería respetada, fuese cual fuese y muy pese a lo
que él quisiera. Alejarse de ella sería lo más duro que podía imaginar, pero
si eso sería lo que la haría feliz, entonces, estaba dispuesto a ello.
Después de interminables momentos, ella sonrió. Dándose cuenta que al
verlo, al tenerlo frente justo como habían dicho su madre y su maestro, su
corazón no se lo pensó dos veces en latir desbocado, su estómago se
retorció en anticipación de la felicidad, sus pulmones se llenaron de un aire
que parecía más puro y su cuerpo casi actuaba a placer cuando se acercó a
él y le tomó la cara con ambas manos, inspeccionándolo detenidamente,
pasando los dedos por sus mejillas rasposas, por su nariz recta, sus cejas
pobladas y sus pestañas largas, tras las cuales se escondían esos ojos
oscuros, tan profundos que parecían negros. Aquellos ojos que daban tanto
terror al mundo en general pero que para Kayla eran hermosos, puesto que
después de tantos altibajos, después del dolor, de la pérdida, de los enojos y
disgustos, ella había encontrado la luz en medio de tanta oscuridad y no
había nada más hermoso que verse reflejada en ellos por el tiempo que
tuviera de vida.
Epílogo
Izek decidió que lo mejor para él y para su familia sería alejarse de
aquel castillo que guardaba entre sus muros tantos recuerdos negativos.
Kayla no pudo negarse ante la explicación de su marido, ella no sería la
causante de su dolor y si lo que él quería, era no volver al lugar que por
herencia le correspondía, entonces lo apoyaría.
Vivían en una propiedad cercana, lo suficiente como para que el duque
pudiera ir y venir para mantener en orden sus asuntos, pero jamás se volvió
a hospedar en el castillo, ni siquiera cuando se hacía tarde y lo más cuerdo
sería quedarse en el hogar, pero él prefería un hostal. Las únicas veces en la
que la familia visitaba la hermosa propiedad, era para visitar las tumbas del
hermano y del mejor amigo del duque, de ahí en más, jamás.
Kayla, por su lado, solía ir a Londres con constancia, sobre todo cuando
tenía exposiciones en la galería de su maestro, en ocasiones no era
específicamente para exponer, sino simplemente para ayudar, mostrando
verdadera pasión en enseñar a los más jóvenes, introduciéndolos al mundo
del arte de una forma fácil y de ensueño.
Era un trato que tenían entre los esposos, puesto que cuando ella se iba a
Londres junto con los niños para atender asuntos de la galería con la que se
estaba tratando de asociar; Izek iba con su hermana, quien estuviera
recluida en un centro de salud, vigilada día y noche sin permitirle salir. El
duque no dejaba de visitarla día con día, pero cuando su mujer no estaba,
era capaz de estar junto a Nimue día y noche, en ocasiones se quedaba a su
lado toda la noche mientras ella lloraba sin lograr controlarse. La pérdida de
Sloan jamás la dejó recuperar plenamente su salud mental, aquello la
deprimía al punto en el que atentaba contra su vida, razón por la cual
decidieron dejarla en ese lugar, buscando que no hiciera tonterías en un
descuido.
—Kayla —Izek entró en la recámara especial de su esposa, parecía
distraído con una carta que permanecía entre sus manos—. Es de tu
hermana Aine, parece que viene de visita.
—Oh, Aine —Kayla limpió sus manos contra el mandil y alargó la mano
hacia la carta—. Me parece extraordinario que venga, la echo tanto de
menos. Me gustaría ir a ver a Beth pronto, me llegó carta de ella hace unas
semanas, ¿te lo dije?
—Sí, cariño, me lo dijiste, pero los niños siguen siendo pequeños y
viene el invierno, es mejor que no salgas a ningún lado.
—Bueno —miró la carta—, parece que viene para pasar navidad, me
pregunto si vendrá con Harsen.
—Supongo que sí.
—Te caerá bien, te lo aseguro, es un hombre increíble —sonrió Kayla,
más, al notar la ensombrecida mirada de su esposo, ladeó la cabeza y le
tocó la mejilla para traerlo a la realidad—. ¿Qué pasa?
Izek permaneció impávido, mirando hacia el retrato de su amigo, quien
mostraba una sonrisa franca y unos ojos chispeantes.
—Lo siento —ella le tapó los ojos con una mano y lo hizo bajar la
cabeza para que cuando apartara su mano, la mirara sólo a ella—. No debo
tenerlo tan a la vista, lo sé.
—No. En realidad, me agrada poder verle cada vez que entro.
—Es una buena forma de recordarlo —se volvió al retrato—. Me contó
bastante de tu historia cuando lo pintaba, fue nuestra excusa.
—Siempre te quiso y te apoyó —dijo el duque—. Sabía que eras buena
para mí, lo supo mucho antes de que yo lo supiera.
—Te conocía bien.
—Todos parecieron saberlo antes que yo —sinceró—. Y yo nunca supe
nada, siempre pasé por alto cosas… —la miró—. Pero no más, ahora sé que
no soy perfecto, que me equivoco más de lo que debería y que debo
escuchar a los de mi alrededor.
—¿Y no ser tan loco y autoritario?
—Sólo con mi esposa —rio divertido.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Me encanta ver a la fiera encerrada en ti salir a atacarme.
Izek sonrió y se inclinó para besarla, yendo a sentarse en un sofá que
estaba dispuesto más que nada para él. El duque tomó a sus hijos, quienes
yacían encima de varias mantas y rodeados de almohadas sobre un tapete
largo y grueso. Kayla entonces supo que estaba completa y que, por una
vez, una decisión equivocada había acabado siendo la más acertada.