El engaño de Aine Hamilton
Los hijos de los Bermont VII
Sofía Durán
Derechos de autor © 2021 Sofía Durán
Derechos de autor © 2021 Sofía Durán
©El engaño de Aine Hamilton
Todos los derechos reservados
Los personajes y eventos que se presentan en este libro son ficticios. Cualquier
similitud con personas reales, vivas o muertas, es una coincidencia y no algo
intencionado por parte del autor.
Ninguna parte de este libro puede ser reproducida ni almacenada en un sistema de
recuperación, ni transmitida de cualquier forma o por cualquier medio, electrónico,
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editor.
Editado: Sofía Durán.
Copyrigth 2021 ©Sofía Durán
Código de registro: 2110109493462
Fecha de registro: 10/10/2021
ISBN: 9798494060211
Sello: Independently published
Primera edición.
El engaño más terrible es el que se hace para uno mismo.
Contenido
Página del título
Derechos de autor
Dedicatoria
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Epílogo
Capítulo 1
Aine era la hija mayor de la pareja de los marqueses de
Sutherland, la mujer a la que todas las águilas respetaban y
admiraban. Su padre, Thomas Hamilton no podía estar más
orgulloso de ella, pero en ese momento estaba preocupado. Era
verdad que su hija era una prodigio en cuanto a inteligencia
estratégica, manejo de emociones y estaba entrenada en más
armas de las que una mujer normal apenas conocería su
nombre.
Pero así era ella, su hija estaba fuera de lo común, en más de
una ocasión Aine le había dicho algo como: “Padre, no deseo
casarme, no pienso limitarme por un marido, un hijo o lo que
sea que hagan las mujeres en sus aburridos días de estar en
casa. No tengo aptitudes para nada más que la cofradía”.
Annabella, su madre, estaba casi segura que todo se debía a
que heredó el carácter rebelde de parte de su esposo, pero tenía
fe en que un día se enamoraría y cambiaría de opinión.
Thomas no sabía lo que había hecho con sus hijas, pero
parecía ser que ninguna de las dos ansiaba el matrimonio,
estaban acostumbradas a ser libres, independientes y a tomar
sus propias decisiones sin ser cuestionadas… al menos no en
demasía.
Por él mejor, si sus hijas no deseaban casarse, sería más que
feliz de aceptarlas para siempre; pero sabía que no era una
vida que las fuera hacer feliz a largo tiempo, el amor no tenía
que ser una prisión y no entendía por qué ambas mujeres
pensaban que sería lo que obtendrían al momento de casarse.
—¡Es el colmo Thomas! —Una hermosa mujer entró sin
tocar a aquel enorme despacho—. ¡Tus hijas me volverán loca!
El hombre sonrió de lado y la miró con diversión.
—¿Qué han hecho las niñas ahora?
—No te atrevas a reírte de mí, Thomas Hamilton, es tu
culpa que ambas sean de esa manera —negó—. Son
voluntariosas, no hacen ningún caso y se burlan de todas las
reglas de etiqueta y…
—Entiendo —se puso en pie y abrazó a su esposa—, han
crecido de una manera diferente, no puedes esperar que
quieran lo mismo que otras mujeres.
—Pero Thomas, ellas tienen que casarse, formar una familia
—lo miró—. No saben lo que será estar solas el resto de su
vida.
Thomas dudaba que sus hijas fueran a estar solas el resto de
su vida, eran mujeres hermosas y eventualmente alguien les
llamaría la atención; pero dudaba que fuera un matrimonio
como el que su mujer deseaba, con nobles y acaudalados. Veía
a sus hijas siendo esposas de personalidades excéntricas,
algunas veces, ni siquiera las veía casadas.
—Sé lo que estás pensando, seguro que estás dando brincos
de alegría al saber que no quieren casarse, pero no debes de ser
egoísta —suspiró—. Aine es la peor, de hecho, creo que Kayla
la imita, pero Aine en serio lo cree, no ve el amor como algo
necesario y creo recordar que a alguien le fue muy mal por
tener ese mismo pensamiento.
La mirada de Thomas se intensificó.
—No me eches cosas en cara, mujer.
—¿Me equivoco?
—No. Pero ahí tienes la respuesta, no debes presionar la
situación, así como llegaste a mí, a ellas les llegará alguien.
—Thomas, yo te amaba e hice lo posible para que sintieras
lo mismo —le tomó la mejilla—, pero dudo que un hombre
vaya a poner tanto trabajo en convencerlas a ellas, su
carácter…
—Annabella, si el hombre tiene interés, se notará. —La
mujer suspiró enojada y miró hacia otro lado, evitando en todo
lo posible la sonrisa retorcida de su marido—. No te molestes
conmigo, amor, es sólo que no necesitan que les busques
pareja.
—Soy su madre, me preocupo por ellas.
—Y yo soy su padre, creo recordar. También me preocupo.
Annabella dudaba que su marido se preocupara de la forma
en la que ella lo hacía, pero no había más que hacer, él tenía
razón, sus hijas eran diferentes y no las podría orillar a que
hicieran lo que para ella era correcto.
—¡Papá! —Kayla abrió la puerta, con la clara demanda en
su mirada, pero al ver a su madre, calló—. Oh… mamá…
—¿Tienes algo que decir que no quieras que escuche
Kayla?
—No, no… pero mejor vengo luego, ya sabes, ustedes
necesitan este tiempo de besos y abrazos que casi nunca se
dan.
—Kayla —Thomas soltó a su esposa y encaró a su hija
menor, la cual era la más consentida de todos sus hijos, para
él, era la viva imagen de su esposa y le era imposible no tratar
de cuidarla y mimarla—. Dime lo que has venido a
informarme, lo que sea que quieras decir, tu madre lo puede
escuchar.
—Claro… —la joven se puso nerviosa—. Mejor me voy.
Kayla prácticamente corrió fuera del despacho, por lo cual
no pudo evitar chocar con su hermana mayor, la cual rodó los
ojos y terminó de entrar en la habitación donde sus dos padres
se encontraban sonriendo ante el arrebato de la menor.
—Papá, tengo información de ese hombre —la joven se
adelantó hasta tenderle a su padre un conjunto de notas hechas
por ella misma—. Parece que están requiriendo de nuestra
protección, pero no hay nadie disponible para hacerlo.
—¿Protección? —Annabella intentó leer por encima del
hombro de su marido, quien así se lo permitía siempre.
Thomas asentía levemente mientras leía.
—Creo que en realidad está en un aprieto, ¿tú qué piensas
Aine? —Thomas miró a su hija.
—Creo que es un idiota que busca los problemas.
—¡Aine Hamilton!
—Perdóname, mamá.
Thomas fue a sentarse en su asiento y siguió leyendo las
notas mientras su esposa e hija comenzaban a discutir. En
realidad, conocía bien al caballero en cuestión, era verdad que
parecía que buscaba los problemas, pero en realidad era una
buena persona, valía la pena tomar cuidado de él.
—¡Mamá, dije que lo sentía! ¡Y no iré a esa velada!
—¡No te atrevas a volverme a alzar la voz, Aine!
—Mamá, no te estoy alzando la voz, te estoy puntualizando
algo que no quiero hacer.
—Por favor —Thomas alzó una palma, pidiendo silencio—,
basta, tenemos cosas que hacer.
—Papá, pero nadie puede ir a cuidar de un niño mimado —
se adelantó ella—. Nadie tiene ese tiempo y…
—Creo que tú no estás de misión ahora, ¿o sí Aine?
—Oh, papá no…
—Aine, es una importante personalidad de Suecia, así que,
me parece adecuado que vayas allá, eres la mejor para esto.
—Papá, lo conozco bien hasta ahora, te aseguro que en lo
que sea que se esté metiendo, es por culpa de él mismo.
—Aine.
La joven mordió el interior de su mejilla y miró hacia el
suelo.
—Thomas, si ella en serio no quiere ir…
—Annabella, por favor.
Su mujer se mostró sorprendida ante aquella interrupción,
Thomas no solía quitarle importancia a sus comentarios.
—Está bien, padre, cuidaré del niño bonito.
Aine tomó sus faldas y salió de ahí hecha una furia
contenida. Annabella esperó hasta que su hija estuviera lo
suficientemente lejos para comenzar a amonestar a su marido.
Sólo hizo falta que elevara una ceja hacia él, mostrándose
herida.
—Perdona, mi amor —se puso en pie y le besó los labios—.
Pero es algo que quiero que Aine aprenda, es demasiado
intolerante, parece que cree que los nobles y ricos son
irritantes porque no hacen lo mismo que nosotros.
—Pero si ella también es una jovencita afortunada.
—Sí, pero Aine no vive como el resto de las señoritas de
sociedad, ella ha tenido que dormir en el suelo, salir herida,
ayudar al mendigo e incluso dejarle su cama a alguien que lo
necesitara más que ella. No ve el mundo color de rosa.
—Te has empeñado en ello.
—Sí, pero ahora necesito que vea que los que tienen dinero
o un título importante, no son malas personas… no siempre.
—Agh, esa niña, ¿qué no sabe que tú y casi toda su familia
es de la nobleza? ¿Por qué tanto odio?
—Por eso quiero que vaya, le hará bien estar con un hombre
como Svensson.
—¿Por qué ella lo menciona con tal desprecio?
—Porque es el Presidente del Riksdag.
Annabella se mostró sorprendida.
—Pero… ¿qué tiene de malo que sea alguien importante?
No tiene que ser un noble para llegar ahí.
—No, pero Harsen es justo lo que a Aine le estresa en un
hombre, le hará bien.
—¿Confías en que esté bien?
—Sí, Aine sabe cuidarse y, pese a todo, Harsen es un
caballero —aseguró Thomas.
—No lo sé, tienes la tendencia a tratarla como si fuera uno
de los muchachos, pero he recordarte que es una mujer y
puede pasar que alguien quiera…
Thomas dejó salir una fuerte carcajada.
—Por favor, mi amor, si alguien intentara abusar de Aine,
ella se encargaría de que no lo volviera a hacer, pero con
nadie.
—Le tienes demasiada confianza.
—Se la ha ganado, habrá que confiar en ella.
Annabella negó un poco con la cabeza y se sintió
atemorizada por que su hija fuera sola a ese lugar,
precisamente a cuidar de un hombre, Thomas no lo quería
creer, pero ella seguía siendo una chica inocente, a la cual ni
siquiera se le había ocurrido que podría existir una atracción
entre dos personas, nunca lo había sentido y era peligroso.
Capítulo 2
Aine estaba furiosa, prácticamente aventaba las cosas en su
maleta sin ningún tipo de orden o cuidado. No podía creer que
su padre le encomendara una misión tan simple, hacía años
que él no le asignaba tonterías y ahora… cuando ella era de las
más experimentadas águilas, la mandaba a cuidar de un tipo
que no sabía cómo limpiarse el trasero.
—¡Agh! No lo puedo creer, ¿yo? ¿Cuidando de un hombre?
¡JA! Es una estupidez, yo soy un elemento importante de esta
maldita cofradía, no un guardián.
—¿Por qué estás tan molesta?
Aine volvió la cara con profunda calma y suspiró. Sabía que
no podría deshacerse de Kayla aunque quisiera, así que
contestó.
—Papá me mandó a cuidar a ese idiota.
—Oh, bueno, ahora entiendo la molestia —Kayla fue y se
aventó en la cama de su hermana—. ¿A dónde irás ahora?
—Suecia.
—Es genial, la arquitectura de ese lugar es precioso.
—Sí, sí, no voy de paseo, voy a trabajar.
—¿Por qué siempre eres así? —rodó los ojos la menor,
acomodando la ropa que su hermana aventaba a la valija.
—¿Así como?
—Tan amargada e intransigente.
—No lo sé Kayla, quizá porque tengo la mente ocupada en
miles de situaciones que a ti ni siquiera se te pasan por la
cabeza, porque eres la niña mimada de papá.
—¡Eso no es verdad!
—Por favor, Kay, jamás te has ensuciado las manos en toda
tu vida, has hecho lo que has querido desde que eras una niña.
—A ti podría haberte pasado lo mismo si acaso no quisieras
ser un águila con tantas ganas.
—Quiero enorgullecer a papá, es algo que me encanta, pero
no lo quiero hacer casándome con un buen partido, sino que
sea por mí, por lo que soy y lo que hago.
—Estás loca, Aine, papá te ama seas lo que seas.
—Quizá, pero me encanta hacer esto y odio que me mande
a misiones porque quiere protegerme —negó—. Cuando se
trata de Publio o de Terry, no lo duda, pero cuando soy yo…
—Eres su hija, claro que lo va a dudar más.
—Ellos son sus hijos, ¿Cuál es la maldita diferencia?
—Sus partes reproductoras, supongo.
—¡Kayla!
—¿Qué? —Kayla se puso en pie—. Mira Aine, sé que tú
eres toda una eminencia para temas de espionaje, matar,
planificar y demás; pero yo lo soy en la vida, y tú no sabes
nada de ella.
—No me interesa saber qué tiene un hombre entre las
piernas.
—¡Deberías! ¡Es con lo que te pueden hacer verdadero
daño!
—¡Agh! ¡Sal de aquí ahora!
Kayla salió dando un portazo a la puerta, dejando a Aine
aún más furiosa y hasta un poco confundida. Ella había
crecido entre hombres, primero con sus hermanos y después
con las águilas, ninguno jamás le había hecho daño… ni
siquiera insinuado y hasta ese momento, nunca se dio cuenta
de las diferencias que había entre ellos, aunque sabía en donde
se encontraban.
Se avergonzó notoriamente y negó. Kayla estaba loca, era
tonta y mimada, no sabía nada de la vida, aunque quisiera
jactarse de ello. Kayla jamás había visto a una mujer violada, a
un hombre golpeado hasta la muerte, niños con inanición,
gente vendida o explotada… no, Kayla no sabía de la vida.
De pronto se escucharon dos golpes en la puerta, llamando
la atención de la joven que en esos momentos se encontraba
totalmente avergonzada por la conversación con su hermana.
—¿Aine? ¿Cariño puedo pasar?
«Genial, ¿Ahora qué?» pensó la joven mientras le abría la
puerta a su madre.
—¿Qué sucede mamá? Tengo que terminar la maleta.
—No tienes por qué hacer algo que no quieres, cariño.
—Ya oíste a papá, tengo que ir.
La joven había regresado inmediatamente a seguir haciendo
su maleta, no quería seguir perdiendo más tiempo, debía salir
de ahí cuanto antes si quería alcanzar un trén ese día.
—A veces tu padre se equivoca, mi amor.
—No, haré lo que me dijo y regresaré rápido, espero
resolver el problema del niño bonito cuanto antes.
Annabella miraba a su hija con impotencia, de todos sus
hijos, ella siempre había sido la más alejada de ella, pese a que
Publio se escondiera a posta de su presencia, sabía que si se
sentaban a charlar, lo harían por horas. Pero Aine… no, su hija
la encontraba a ella como una mujer rídicula, eso lo sabía,
porque no hacía nada que la sobresaltase de las demás damas
de sociedad.
—¿Qué es lo que lo acosa?
—No lo sé, está metido hasta el cuello de problemas por
ser… ni siquiera sé por qué tiene tantos problemas, es sólo un
político.
—Aine… sólo recuerda que debes cuidarte, eres una mujer
y los hombres son irracionales cuando…
—Sí, sí. Eso lo sé bien, son idiotas.
—Cariño, lo que quiero decir es que podrían hacerte daño.
—No más del que yo les haría, mamá.
—No, de otra forma. —Annabella se avergonzó, ¿por qué
tenía que tener esa charla con su hija cuando no estaba por
casarse? Esa platica se daba hasta ese momento—. Aine, sólo
ten cuidado, no te quedes a solas con hombres y…
—Mamá, siempre estoy sola con hombres —rodó los ojos,
cerrando los broches de la valija—. Estaré bien, hasta luego.
—Pero…
Aine había salido de la habitación, cerrando la puerta para
que su madre no pudiera seguirla el resto del camino.
Necesitaba un poco de paz y si Kayla y su madre seguían
persiguiéndola, seguro que les aventaba una daga, por lo
menos una aguja.
—Aine. —La voz de su padre la frenó al completo. Ella se
volvió lentamente y caminó hasta él, seguía molesta y por tal
motivo mantenía la cabeza gacha—. Ten cuidado hija, sabes
que, si las cosas se ponen más peligrosas, tienes que volver.
Ella sintió que la ira crecía dentro de ella y lo miró rabiosa.
—¿Eso le dirías a Terry y a Publio?
—¿Qué?
—Sí, ¿por qué tengo que volver si se pone más peligroso?
Soy un águila como mis hermanos, estoy experimentada y sé
cuidar de mí y de alguien más, ¿Por qué me tratas diferente?
—Porque eres mi hija y no permitiré que nadie te dañe.
—Puedo cuidar de mí misma tan bien como ellos.
—Aine —la mirada de su padre se hizo más intensa, más
dura y petrificante—. ¿Me estás llevando la contraria acaso?
—Papá, no intento darte la contraria, quiero demostrarte que
soy tan buena como ellos, ten fe en mí.
Thomas dejó salir aire por su nariz y tomó la cara de su hija
entre sus manos, era una mujer preciosa, en verdad que lo era,
la amaba con su vida y no le era posible imaginar una
situación donde se le informara que estaba herida o algo peor.
Sí, debía de admitir que ansiaba que Aine le llevara la
contraria en alguna ocasión, porque era lo sano, no debería
estar pensando todo el tiempo en complacerlo, debía
equivocarse y no ser tan dura consigo misma por demostrarle
algo a él.
—Tengo fe en ti, Aine, pero no está a discusión tu
seguridad.
Ella bajó la mirada tomando una larga respiración y
aceptando el beso que le dio en la frente como despedida.
—Quiero tu reporte en un mes.
—Sí, papá.
Aine salió de la propiedad de sus padres y rápidamente
cambió la dirección hacia casa de su prima Blake, sabía que
estaba de momento en Londres y le era fundamentar verla.
La propiedad que fuera de sus bisabuelos le era
especialmente querida, sin embargo, desde que pasó a ser
propiedad de Calder Hillemburg, no solían ir ahí con
frecuencia, sobre todo porque el duque no estaba mucho en
Londres, ni tampoco su prima.
Aine apenas iba a alzar la mano para tocar la puerta, cuando
esta se abrió de pronto, topándose de frente con el marido de
su prima, quién la miraba interesado y con una ceja arqueada.
—¡Blake! ¡Te busca un pajarito!
—Muy gracioso —Aine rodó los ojos y se cruzó de brazos.
—¿A dónde vas a hora pajarito azul?
—Suecia.
—Vaya, así que el asunto de Harsen es más apremiante de
lo que creyó —sonrió, colocando adecuadamente su saco.
—¿Lo conoces?
—Claro, somos amigos.
—Pero… ¿Qué?
—Bueno, las águilas no son los únicos con contactos por
todas partes —entornó los ojos al tiempo que Blake abría más
la puerta y sonreía hacia su prima.
—¡Es bueno verte Aine!
—Blake —sonrió—. Venía a pedirte un favor.
—Claro, pasa —en ese momento, una preciosa niña con tez
morena salió de entre el vestido de su madre y atentó con salir
corriendo hacia la calle.
—¡Eh! ¡Eh! —Calder alcanzó a tomarla en brazos y mirarla
sonriente—. ¿A dónde creías que ibas chocolatito?
—¡Yo quiero ir contigo!
—No lo creo princesa.
Aine se mostró un tanto confundida por aquel actuar y sintió
un escalofrío venir. A lo que ella sabía, Calder era un hombre
duro, fuerte, de carácter; sin embargo, aquella imagen con su
familia… ¿es que todos cambiaban cuando se casaban?
Incluso veía a Blake diferente, más sonriente y atontada.
Pasaba lo mismo con Sophia y eso que Aine pensaba que
nadie podría dominarla.
—Bien, me voy. —Calder se inclinó y besó los labios de su
esposa y la mejilla de su pequeña hija—. Adiós pajarito.
—¡Te he dicho que no me digas así!
Blake sonrió hasta que su esposo se marchó y entonces miró
a su prima, quien parecía bastante ensimismada.
—¿Aine? ¿Quieres pasar? —su prima tenía en brazos a la
pequeña traviesa y, en cuanto pasaron el umbral de la puerta,
la niña pataleó para ser puesta en el suelo y se fue corriendo.
—Parece un torbellino.
—Y lo es —dijo sonriente—. ¿Y bueno?
—¡Claro! —meneó la cabeza, enfocándose—. Necesito que
me prestes tu ropa de hombre.
—¿Disculpa?
—Vamos, sé que tía Gigi te hace esos trajes todo el tiempo,
los necesito, ahora.
—Claro… aunque seguro que tía Gigi también te los haría a
ti sin ningún tipo de problema.
—Si mi madre se da cuenta, me mataría, incluso creo que a
mi padre no le agradaría demasiado.
—¿Entonces decides usarme a mí? ¿sabes el terror que le
tengo a tío Thomas?
—Él no te hará nada —palmeó el aire y subió las escaleras
detrás de ella.
—¡Max, Kenia! —gritó Blake de pronto—. No toquen eso.
Lola, por favor…
—Lo siento señora —corrió la nana de los niños.
Aine se sentía a punto de colapsar, ¿desde cuando la vida de
su prima giraba en torno a esos dos pequeños? Bueno, Aine
los quería, pero porque no eran de ella, no tenía que cuidarlos
o cambiarlos o desvelarse por ellos. Pero Blake se veía feliz,
¿un desastroso niño la hacía feliz?
—Tienes cara de asco, ¿en qué piensas?
—Oh, no, nada.
—Estás pensando en mis hijos, ¿Verdad?
—¿Eres alguna clase de adivina?
—No son tan malos, Aine, te lo prometo, sobre todo cuando
se tienen con la persona que amas.
—¡Agh! Por Dios —negó y cerró los ojos—. No quiero
escuchar que amas a ese hombre del mal.
—Lo lamento —la miró con una sonrisa—. Pero es así.
—Bien, otra de las primas que cae presa de la cárcel del
matrimonio —dijo molesta—. ¿Por qué luces tan feliz si estás
limitada desde todos los puntos?
—¿Cárcel? ¿Limitada? —negó—. Tienes un concepto
extraño de lo que es el matrimonio, no tiene que ser de ese
modo, de hecho, el de tus padres no es de ese modo.
—Claro que lo es, papá no le permite a mamá hacer nada
que él piense que podría hacerle daño.
—Se preocupa por ella.
—Quiere mantenerla entre cojines.
—Te deja a ti y a Kayla hacer lo que quieren.
—Sí, hasta dónde él considera pertinente.
—Sabes Aine, que un hombre se preocupe por tu bienestar
no tiene que ser algo malo, de hecho, es agradable.
—No necesito que ningún hombre se preocupe por mí —
Aine cerró la puerta de la habitación de su prima y recibió las
ropas que ella le tendía de poco a poco—. Sé cuidarme sola,
de hecho, justo ahora voy a cuidar de un hombre, gracioso,
¿no?
—En realidad no, eres increíblemente fuerte Aine.
—Exacto —le dijo, quitándose la falda y demás
indumentaria femenina para comenzar a colocarse la de su
prima—. ¿Crees que, si estuviera casada, algún hombre me
permitiría hacer lo que hago? ¡Claro que no!
—Se llegan a acuerdos, yo sigo ejerciendo la medicina, la
esposa de Publio tiene su laboratorio, la de Terry lo derrota
tirando con pistola, Sophia está con las Suffragettes y Micaela
lleva las empresas Rinaldi.
—Claro, claro —rodó los ojos—. Pero lo mío es diferente.
—¡Oye!
—No quiero decir que sea mejor, dije diferente, yo pongo
mi vida en riesgo día con día, ninguno de los hombres que has
mencionado dejaría que su esposa sufriera un incidente,
lucharían contra todo con tal de que no pasara.
—En realidad, eso es bueno.
—Sí, pero esa intención de ayudar, será el fin de mi vida.
—No te entiendo Aine, quieres o no quieres tener pareja.
La joven se dio cuenta que, en realidad, ese era el meollo
del asunto. ¿Se encontraba tan enojada con el matrimonio
porque creía que eventualmente terminaría casandose y
teniendo todas esas limitantes de las que tanto se quejaba?
La sóla idea le daba escalofríos. Así que negó con fuerza y
terminó de abotonar la camisa y fijar los pantalones.
—No, claro que no, no lo quiero.
—Parece que mientes.
—No —ella tomó el resto de las ropas y las aventó en la
valija que cargaba—. Gracias, con esto estaré bien, ¿te importa
que tome otros tres pares de pantalones y quizá cinco camisas?
—No tengo tanta ropa de caballero.
—Pero tienes un caballero contigo —dijo la joven, abriendo
el armario y sacando cosas de Calder—. También necesitaré
tus botas y quizá un sombrero.
—Por Dios, Aine, ¿qué harás?
—Seré un hombre en esta misión, si acaso ese bastardo me
ve como una chica, se negará a tenerme de escolta.
—Claro…
—Querrá “protegerme” como tú lo dices.
—Yo jamás hablaría con esa voz tan espantosa.
—Como sea, adiós prima, gracias y a tú marido también.
—Claro… de nada.
Blake pensaba que Aine era de las primas más raras que
tenía, aunque siendo hija de su tío Thomas, podría ser mucho
peor. Sólo esperaba que pudiera resolver esos dilemas de vida
que siempre parecía tener, era como si su parte racional
siempre quisiera aplastar a la sentimental, debía ser terrible.
Capítulo 3
Aine abrió los ojos en la habitación del hotel que había
contratado en Estocolmo, prácticamente no había iniciado su
misión debido a que estaba en su momento de preparación.
Tenía que meterse totalmente en el papel de un hombre,
lastimosamente, jamás había intentado ser uno, simplemente
porque no lo necesitaba, a donde fuera, las personas la
respetaban, pero dudaba que con ese niño bonito fuera a
suceder.
Seguro la trataba como al resto de sus mujeres y si acaso le
hacía una insinuación del estilo, terminaría matándolo con sus
propias manos, ahorrándole el trabajo a sus perseguidores.
—Bien, no está mal, no está tan mal —se miró en el espejo.
Consideraba una terrible herencia el tener el cuerpo
voluptuoso de su madre, le era casi imposible ocultar sus
caderas, tenía el talle pequeño y un busto considerablemente
grande. Tuvo que vendarse y consideró necesario usar todas
las ropas flojas, parecía un ñango, pero al menos parecía un
hombre ñango.
Se acercó a su reflejo y observó con molestia sus finas
facciones, los ojos azules de su padre y su cabello negro y
largo hasta la mitad de su espalda, se veía demasiado
femenina.
—Muy bien —se dijo a sí misma—. Lo cortaré, es sólo
cabello ¿cierto? Es cabello, crecerá…
La verdad era que ella adoraba su cabello y el cortarlo no le
era tan sencillo como el vendarse y ponerse pantalones. No.
No podía hacer algo así, se lo escondería debajo de las ropas,
de todas formas, pensaba usar su capa todo el tiempo. Así que
se la colocó y cubrió con otra tela sus labios y nariz; ahora
sólo parecía una misteriosa persona que podía atacar en
cualquier momento. Sería mejor que se mantuviera escondida
para no alarmar a nadie.
Aine se dio una rápida escaneada, esperaba que no se notara
que debajo de esa capa había una mujer. Salió del hotel siendo
presa de las miradas asustadas de los transeúntes del lugar. La
joven sonrió al notar las miradas inquietas y atemorizadas de
las personas al ver a un inidviduo extraño, flaco y con mirada
intrigante que ella representaba en esos momentos.
Le parecía mejor, eso le facilitaría las cosas.
Tomó un caballo y subió a él con habilidad, dirigiéndose
hacia la mansión que sería la del hombre al cual tendría que
proteger de ese día en más. El ritmo de Aine siempre era
vertiginoso, certero, demostrando su habilidad y lo
familiarizada que estaba con esas bestias. Le gustaba montar,
pero definitivamente no le gustaba el destino que tendría aquel
paseo.
Aine desmontó y amarró ella misma al caballo, mirando con
recelo aquella casa con arquitectura típica de Estocolmo,
parecía que a las personas del lugar les seguía pareciendo
atractivo el estilo medieval de los castillos, con torres y
terminaciones puntiagudas. No podía decir que le desagradara,
en realidad era llamativo y bastante hermoso, pero no era del
todo su estilo.
Tocó a la puerta y esperó pacientemente a que el
mayordomo la atendiera. El pobre hombre parecía en verdad
sorprendido por verla ahí parada, con esa imagen tan extraña y
misteriosa que provocó el nerviosismo del joven mayordomo.
—¿A-A quién buscaba? —habló en su idioma.
—¿Dónde está su señor?
—M-Mi s-señor está dando un paseo de momento, quizá
quiera volver más…
—Esperaré —dictaminó con seguridad y una voz profunda.
Se sentía complacida al ver el temblor en el mayordomo,
había practicado durante días para que su voz sonara más
gruesa y más grave, no sabía si estaba funcionando del todo,
pero pensaba hablar poco de cualquier forma.
Aine esquivó el cuerpo del hombre y comenzó a caminar
con altivez, escudriñando sus alrededores, evaluando y
buscando indicios de espionaje en el interior. Tenía que se muy
cuidadosa con esa misión, pese a que no la quería, ahora que
estaba en ella, definitivamente no desepcionaría.
—Señor, lamento decirlo, pero no tengo permitido dejar que
nadie pase a la casa sin una cita previa —dijo el nervioso
muchacho, tratando de detenerla.
—Me espera —contestó toscamente.
Aine elevó un jarrón bastante fino y observó su interior, el
pobre mayordomo trató de quitarselo de las manos pero ella lo
apartó con brusquedad y le lanzó una mirada penetrante en
advertencia. Estaba segura de que ese hombre se hubiese
desmayado, si acaso en ese momento no hubiese llegado un
caballero por unas puertas que daban hacia el jardín.
Era increíblemente alto, sonriente y corpulento, parecía
tranquilo y familiarizado con la mujer que venía colgada de su
brazo. Al ver a Aine en aquel disfraz, se mostró claramente
sorprendido y miró a su mayordomo con interés.
—¿Quién es Higgins?
—No ha dicho su nombre, mi señor, no me ha dejado
explicarle que no se reciben personas sin una previa cita.
—Como dije, me esperaban. —Aseveró Aine.
Harsen Svensson miró por largo y tendido al extraño
hombre que estaba parado en el pasillo de su recibidor, no
parecía especialmente fuerte a juzgar por las largas tunicas, su
holgada ropa y poca estatura, no tumbaría ni a un muchacho.
No era capaz de ver mucho más, puesto que estaba casi
completamente tapado, pero si eso era lo mejor que el Hombre
Siniestro podía mandarle, estaba decepcionado.
—Claro, lo esperaba. —Harsen había hecho una pausa
considerable, deseaba ver la reacción de aquel hombre y de sus
fieros ojos azules, sin embargo, aquel extraño se plantaba
tranquilo y sin prisas, parecía aburrido con su inspección—.
¿Por qué no pasamos al despacho?
Al igual que él, Aine ya había logrado analizarlo: parecía
seguro de quien era, orgulloso y a juzgar por la mujer que no
se había soltado de su brazo, mujeriego. No estaba segura de
qué tanto cerebro tuviera, pero ella ya lo juzgaba de idiota.
Por poco ella hacía un ademan para tomar sus faldas para
seguirlo, pero pudo detenerse justo a tiempo y, gracias a la
capa, nadie notó aquella costumbre que tenía al usar vestidos.
Lo siguió por los largos pasillos hasta, entrar a lo que parecía
una biblioteca, en lugar de un despacho. Encontraba alucinante
la altitud del lugar, las paredes de piedra y la forma en la que
se remontaba en el medioevo.
Aine se volvió hacia el hombre con lentitud, notando que
este no le quitaba la vista de encima.
—¿Qué? —preguntó bruscamente.
—Nada, creí que el Hombre Siniestro enviaría a alguien
más… —Aine esperó el insulto—. Amenazante.
Por toda contestación, Aine caminó hasta él, lo tomó del
brazo y lo tumbó en el suelo con un escaso número de
movimientos, dejándolo inmovilizado y con una daga en su
garganta.
—Eso es lo que ha enviado —dijo, engrosando su voz.
—¡Entiendo! ¡Entiendo! —aceptó con una sonrisa—. No
debí insultarte, pero no fue mi idea traerte aquí.
—No fue mi idea venir aquí.
Aine se quitó de encima y no hizo ademan por ayudar a la
persona a la que llevó al suelo, simplemente se alejó y esperó.
—Pensaba que las águilas estaban a disposición de lo que
les fuera indicado —se puso en pie.
—Por eso estoy aquí.
Harsen asintió y caminó hacia lo que parecía ser una mesa
ordinaría con miles de papeles desordenados.
—Bien, supongo que he de aceptar, en realidad, el que pidió
la ayuda fue mi tío, pero no estoy nada complacido por ello.
—Lo lamento por usted.
—Veo que eres de pocas palabras —Aine se quedó callada
para remarcar ese hecho—. Bien, no tiene importancia, estoy
seguro que la mayor parte del tiempo no me daré cuenta de tu
presencia, ¿cierto? Bien, remarcas tu carácter con ese cabeceo.
Genial entonces, ¿cómo he de llamarte?
Aine no había pensado en ello, pero qué estúpida, si sería
hombre, entonces tendría que tener un nombre de hombre.
—Liam —dijo sin pensarlo demasiado.
—Curioso que ese sea tu nombre. —Aine lo miró sin
comprender—. Bueno, supongo que tus padres no lo pensaron
al momento de nombrarte, pero significa: “protección firme”.
Ella siguió callada y caminó hacia una de las salidas sin
decir otra palabra para el Niño Bonito. Dudaba que hiciera
algo interesante en el día, seguro podía esperar arriba de un
árbol, aburriéndose mortalmente hasta que el hombre se diera
por bien servido y dejara de “necesitar” la ayuda de las
águilas.
Harsen elevó una ceja hacia aquel extraño hombrecillo y
sonrió. En realidad que le parecía patético que fuera a ser su
protector, claramente tenía habilidades y tenía una mirada que
helaría la sangre, pero a él no lo intimidaba, si acaso lo haría
reír.
—¡Mi muchacho! —Aquel inesperado saludo sacó un susto
a Harsen, quien se volvió con una sonrisa simplona y negó.
—Tío, ¿Qué te trae por aquí?
—Saludar a mi sobrino, es obvio —el tío miró de un lado a
otro, interrumpiendo su discurso para hacerlo secreto—. ¿Es
que acaso ya ha llegado?
—Si te refieras al enclenque que ha de ser mi protector —
asintió—. Sí, hace unos momentos me tiró en el piso para que
cerrara mi boca irreverente.
—¿Te atacó?
—Creo que quería dejar en claro un punto.
Harsen caminó por el despacho, concentrandose en sus
propios asuntos, pero sin dejar de pensar en el trabajo de Liam
y de cómo es que lo cuidaría si ni siquiera se encontraba en el
interior de la casa… ¿o sí lo estaba? No lo sabía y no era como
que le interesara mucho, tenía demasiadas cosas que hacer y
normalmente no le alcanzaba el día para terminarlo. Trataría
de no pensar en el extraño enclenque y concentrarse.
Aine lo sabía, sabía que sería aburrido, sabía que, si tuviera
dones de escritura o de lectura, ella ya habría terminado más
de tres libros. Rodó los ojos. Sería condenadamente lento todo
ese trabajo, ¿qué más podría hacer para entretenerse? Ya había
hecho todo lo que se le ocurría que podía hacer desde el árbol
en el que se había trepado para vigilar al Niño Bonito.
Suspiró, sacó una de sus dagas y comenzó a afilarla.
Volviendo la cara de cuando en cuando hacia la propiedad,
donde Harsen Svensson recibía visitas, sonreía y trabajaba.
Era verdad que era un hombre ocupado, pero no eran más que
papeles, apretones de manos y largas conversaciones. Nada
excitante, nada demandante, nada entretenido.
—Los nobles son tan simples… y tan aburridos —se dijo,
pasando la piedra de afilar sobre su daga una vez más.
Volvió la cara nuevamente hacia la propiedad, esperando
ver al hombre atrapado entre más papeles u otro personaje
pomposo; sin embargo, sintió un extraño escalofrío al toparse
con la mirada penetrante del hombre al que cuidaba. ¿Acaso la
estaba viendo? No podía ser. Miró a su alrededor,
comprobando que estuviera sola en aquel jardín y así era y él
seguía mirándola.
No le dio más importancia de la que merecía, eso pasaba en
ocasiones, había mucha gente que escuchaba historias sobre
las águilas y cuando les tocaba estar cerca de una de ellas o
estar bajo su cuidado, las buscaban en sus escondites, lo cual
era sumamente estúpido porque revelaban las posiciones.
Era simple curiosidad, pero la había obligado a cambiarse
de lugar para que su posición no se viera comprometida. Miró
hacia el cielo por unos momentos, notando que el día acababa
y dandose cuenta que su misión apenas iniciaba. Era una
tortura o una buena forma en la que su padre la había
castigado. Aunque no recordaba haber hecho nada mal en esos
días.
—¡Oye! —Aine miró hacia abajo con el ceño fruncido,
encontrándose con el hombre al que cuidaba—. Deberías
bajar, preferiría que fueras compañía y no una sombra.
Aine dio un brinco y cayó prodigiosamente sobre sus pies,
levantándose poco a poco hasta estar en su propia altura, que
era mucho más chica que la de Harsen Svensson, pero eso no
la hacía menos imponente.
—No soy compañía de nadie —dijo ella, nuevamente con
su voz fingida y en un tono muy bajo.
—Entiendo, pero en Estocolmo, las noches son frías y es
preferible que duermas en la propiedad —dijo seguro—. Te
daré una habitación cercana a la mía.
Aquello habría sido una proposición indecorosa si acaso él
supiera que ella era mujer, pero al no ser así, tan sólo era
amabilidad, la cual no podía ser rechazada si era ofrecida de
esa forma. La había dejado algo sorprendida, pero no era para
tanto.
—Lo agradezco.
—No hay de qué. —Sonrió afable—. Por cierto, veo que
hablas bien el idioma, ¿es que acaso el Hombre Siniestro
enseña lenguas a sus águilas?
Aine simplemente asintió. Su padre solía hacer cosas como
aquellas, claro que, cuando se trataba de sus hijos, solía ser
más exigente. Sus hermanos y ella tenían el conocimiento de
muchos más idiomas que el resto de las águilas, pero en lo
general, sus compañeros eran personas bien formadas.
—Supongo que una persona tan reservada encontrará
chocante estar con alguien sumamente sociable, espero puedas
mantener tu cordura en el tiempo que te ordenaran pasar
conmigo. —Harsen le dio una fuerte palmada en la espalda y
siguió caminando hacia su casa.
Aine se dio cuenta rápidamente que no dormiría “cerca” de
su cliente, sino que dormiría junto a él. Harsen le había
señalado con el dedo una cama individual que se encontraba
en la misma habitación, no entendía por qué habría dos camas,
pero tampoco fue a preguntarlo.
—Mi tío insistió en que estuvieras en mi misma recámara,
supongo que te habrán informado que han intentado
asesinarme mientras duermo en más de tres ocasiones.
La joven asintió y permaneció de pie en medio de la
habitación, no pensaba ir a la cama en ese momento, así que
acercarse a ella era pérdida de tiempo.
—Es incómodo que no hables —dijo Harsen con una mueca
—. Muy bien, debido a que tú no hablas nada, tengo que ir a
un lugar donde todos hablen, vamos.
Aine odiaba las veladas, pero ir a una de encubierto, era aún
más aburrido, sin mencionar que era difícil cuidar de alguien
cuando había tanta gente borracha, torpe y excitada a su
alrededor. Fácilmente podrían matarlo en medio de ese
tumulto de personas desesperadas por llamarle la atención.
—Oh, mister Svensson, es usted siempre tan encantador. —
Aine volvió la cara y enfocó a aquella jovencísima dama. Era
bonita, pero apenas tendría la suficiente edad para estar ahí—.
Ahora entiendo por qué mi padre habla tan bien sobre usted.
—Gracias min dam Alicia, es un gusto que al fin pueda
compartir los eventos con nosotros.
—Ya soy lo suficientemente mayor para ello, mister.
—Es imposible no notarlo —sonrió de lado, sonrojando a la
pequeña damita.
—Oh, señor, ¿será que ha quedado prendado de mi querida
Alicia? —sonreía la madre, acercándose más de lo necesario al
Niño Mimado, quien también lo recintió y se alejó un poco.
—Es una jovencita que se llevará las miradas en esta
temporada, se lo aseguro, fröken Milena.
Aine rodó los ojos y suspiró.
Era un coqueto empedernido y era condenadamente difícil
estar cuidando de ese idiota estando tan alejada de la escena,
quizá hubiera sido buena idea que se trajera un vestido.
Aunque también podía intercalarse entre la gente y estar
escondida detrás de cortinas o debajo de mesas. Sí, eso sería
mejor, así no tendría que sociabilizar, de hecho, nadie tenía
que saber de ella.
Tuvo que esperar, tolerar y tratar de entretenerse con lo que
le fuera posible. Trató de que no fuera un total desperdicio de
su tiempo y se dedicó a analizar a las personas que se
acercaban al hombre que cuidaba. Hizo anotaciones, apuntó
nombres y escuchó converesaciones que resultaron efímeras y
sin mucha importancia para Aine.
Para cuando dieron las dos de la mañana, Aine ya había
afilado todas sus dagas, había armado y desarmado sus
pistolas tres veces y colocó veneno sobre todas las agujas.
Suspiró y miró al interior del lugar, notando de pronto que su
objetivo se había movido y ella no se percató de ello.
—¡Maldición!
Capítulo 4
Aine salió de su escondite y se introdujo a la fiesta, sabía
que las personas en el interior estaban lo suficientemente
borrachos como para no reaccionar ante su extraño atuendo,
pero de todas formas intentó ir entre las sombras para no ser
notada.
¿Dónde debía buscarlo?
Miró hacia todas partes y se maldijo, era una de las primeras
reglas cuando estabas vigilando a alguien que estaba en
peligro, su padre la mataría si acaso ese Niño Mimado moría.
Estaba a punto de caer en la histeria, cuando de pronto lo
escuchó cerca de ella, no parecía tomado, todo lo contrario, sin
embargo, parecía estar enfocado en una dama, la cual llevaba
escaleras arriba entre risas y arrumacos.
Aine suspiró agradecida y los siguió a un paso prudencial,
notando cuando ellos se encerraron en la habitación. Le tocaría
esperar por él, así que se sentó cercanamente y se distrajo
nuevamente en alguna de sus armas. Sacó una de sus dagas y
comenzó a lanzarla hasta hacerla clavarse en un sillón cercano,
iba por ella y volvía a hacer lo mismo.
Eso hasta que de pronto, sus sentidos se alteraron y se vio
en la necesidad de esconderse entre las cortinas que había
cerca, las voces susurrantes se iban haciendo más nítidas hasta
que ella los escuchó perfectamente.
—Está aquí, lo vieron subir —dijo la voz de uno de los
hombres que se arremolinaban afuera de la puerta de Harsen.
—Dudo que esté solo.
—Por supuesto que no está solo, mira que no tiene
consideración, ni siquiera por ser una casa ajena.
—Sabes bien que estos bastardos hacen cualquier cosa por
complacerlo, no dudaría que metieran a sus hijas a su cama
con tal de mantenerlo feliz y de su lado.
Aine abrió un poco la cortina y descubrió uno de sus ojos,
inspeccionando con detenimiento a los hombres. No parecían
ser asesinos, quizá sólo envidiosos que desearían tener el
poder y posiblemente a la mujer que había en el interior de esa
recámara. Los hombres eran tan simples.
—Maldito bastardo, ¿sabes quién está ahí dentro con él?
—Sí, Milenka, ¿no es así?
—Lo haré pagar —él hombre intentó abrir la puerta y sacó
una pistola, pero entonces, una poderosa daga le hizo el daño
suficiente en la mano estirada como para que lo hiciera gritar y
mirar aterrado a su alrededor.
—Pero ¿qué…?
—Alguien nos atacó —dijo otro en medio de un susurro que
Aine escuchó con claridad.
—¡Sal de tu escondite, maldito bastardo!
La joven dejó salir un bostezo a la vez que sacaba las agujas
afiladas, lanzando una sin veneno al idiota que se había
atrevido a decir una maldición contra ella. ¿Bastarda ella? ¡Por
favor!
—¡Mi pierna! —gritó el idiota.
—¿Qué demonios pasa aquí? —abrió la puerta Harsen,
frunciendo el ceño al ver a los tres muchachos, uno de ellos
logrando correr y los otros dos, heridos.
—¿¡Has contratado a un asesino Svensson!?
Harsen en serio creía que sí, miró a los lados, tratando de
encontrar al hombre que lo protegía, pero ahí no había nadie y
eso era mejor para él.
—No he contratado nada, ¿de qué demonios hablan? —los
miró con el ceño fruncido—. ¿Qué hacen aquí de todas
formas?
—¡Maldita sea! ¡Sáquenme esto de aquí!
Harsen se inclinó rápidamente sobre el hombre tirado en
aquel tapete del pasillo y revisó la herida en la pierna, parecía
una aguja de quince centímetros y diámetro de uno, mortífera
si acaso no era bien dirigida.
—¡Svensson! ¡Sácala!
El hombre se inclinó de hombros y lo hizo, apretando
rápidamente la zona herida para que no brotara sangre sin
control alguno. Harsen suspiró. Tendría que hablar con Liam,
definitivamente no podía lastimar a todas las personas que le
tenían algo de envidia, estaba seguro que esos tres
simplemente querían darle un buen susto mientras estaba con
Milenka.
—Bien, será mejor que un médico te revise esto —Harsen
pasó el brazo del herido sobre sus hombros.
—¿Qué hay de mí? —se asomó la joven con una sábana
sobre su cuerpo y una mirada enfurecida.
—Lo siento, princesa, tendremos que interrumpir la
diversión por ahora —sonrió—, tengo que llevar a estos
idiotas al médico.
Aine rodó los ojos y siguió a Harsen Svensson por el
pasillo, no creyó que fuera a ayudarlos después de que ellos
pensaran atacarlo, pero era su responsabilidad mantenerlo a
salvo, así que trató de seguirle la pista.
Harsen no sólo los había ayudado a subir a la carroza, sino
que había indicado al médico y entró junto a ellos cuando los
pudieron atender. En realidad parecía ser un hombre idiota.
Aine esperó pacientemente afuera del médico que los
atendería.
Harsen salió a los pocos minutos, rebuscó con la mirada la
siniestra presencia de aquel enclenque. Liam se encontraba
recargado en una pared, parecía aburrido y jugueteaba con una
daga refinada. Harsen bufó y fue a encararlo con molestia.
—¿Qué demonios crees que haces? —reclamó.
Aine lo miró con una ceja arqueada y brazos cruzados; era
una persona sumamente intimidante a pesar de que lo único
que era perceptible en ella fueran sus ojos.
—Te protejo.
—Ellos son papanatas, no debiste haberlos lastimado, sus
padres podrían irse en mi contra. —Aine asintió, dejándole de
poner atención—. No me ignores, sé que me estás ignorando,
¡No puedes ir por el mundo apuñalando gente!
Aine despegó su espalda de aquella pared, lo miró por unos
prolongados minutos y caminó hacia las oscurecidas calles.
—¡Ey! ¡Estoy hablando contigo! —le gritó Harsen, pero
aquel hombre siguió caminando y se perdió entre las sombras
—. ¡Maldición! No creo tolerar esto.
Aine por supuesto que no lo había dejado solo, sería una
irresponsabilidad. Pero sí que necesitaba alejarse de él y de
todas sus quejas y berrinches. Él había pedido ayuda y esa era
su ayuda, era decisión de él dictaminar si quería seguir con
ello o no.
Pasaron todavía dos horas más antes de que Harsen
caminara de regreso a su propiedad, había recorrido todo el
camino de esa forma, sin querer utilizar la carroza que lo había
llevado a la fiesta en primer lugar. Aine iba a una distancia
prudencial, caminando discretamente entre la zona boscosa
que se abría paso para la mansión de los Svensson.
—Bien, sal de ahí, Liam, sé que no me has dejado. —Aine
rodó los ojos y se presentó junto al Riksdag en un total
mutismo que no quería, ni pensaba romper—. No quiero que
vuelvas a hacer algo como lo que has hecho.
—Entonces, no entiendo el motivo de quedarme.
Harsen la miró impresionado y asintió.
—Supongo que ustedes están capacitados para matar, pero
yo no soy un asesino, soy un político, uno que debe conservar
su imagen y reputación cueste lo que cueste.
—Creo que ya ha arruinado su imagen y reputación. —Aine
había dicho eso sin pensar, por lo cual se mordió la lengua y
lanzó una mirada al hombre que simplemente sonreía.
—Un hombre no arruina su reputación por ser libertino.
Por supuesto que no, entre hombres, eso era algo que se
alababa y se aplaudía como si las mujeres fueran trofeos por
los que todos luchan. Harsen parecía tener toda una estantería
de trofeos y Aine lo entendía, era un hombre apuesto, pero
estaba hueco entre sus orejas, a su parecer, no sólo de la
cabeza, sino de sentimientos. ¿Qué pensaban esos bastardos?
¿Qué la mujer no esperaba al menos respeto a cambio?
—Pareces molesto, Liam, ¿por qué?
—No, mi señor, no estoy molesto.
—¿Sabes? Tienes una voz extraña, ya lo había pensado,
pero ahora que me hablas más, caigo en cuenta de que es
verdad.
—Debería concentrarse en su seguridad y no en mi voz.
—Bien, Liam, lamento que mi escrutinio hacia tu persona te
sea molesto, pero me llama la atención, tengo una curiosidad
innata por la vida y tú eres una extraña especie.
Aine ya no habló, no era necesario, puesto que el hombre
comenzó a divagar con temas filosóficos que a ella le
aburrieron en seguida. Por el amor de Dios, si ese hombre
quería hablar de filosofía y libros, hubiesen mandado mejor a
Publio.
—¿Te he aburrido ya? —Ella levantó la cabeza y negó un
par de veces—. Pareces aburrido, ¿Te consideras un hombre
meramente de acción?
—No.
—Claro, entonces, únicamente te caigo mal.
—No tiene por qué caerme de ninguna manera.
—Son fríos todos ustedes, ¿es necesario para ser un águila?
—Hace muchas preguntas.
—Obtengo pocas respuestas.
—No.
—¿No? ¿No qué? —Harsen parecía confundido.
—No es necesario ser frío para ser un águila.
—Así que esa es tu personalidad. —Comprendió—. Eres
bastante intimidante a pesar de que sólo soy capaz de ver tus
ojos y en poca medida, porque tienes esa capucha puesta.
Aine dejó que el hombre siguiera intentando definir lo que
era su personalidad, era una tontería porque apenas y la
conocía, pero se sorprendió al darse cuenta que él en realidad
atinaba en muchas de sus suposiciones sobre ella.
Llegaron a la casa, dónde una mujer de unos veinte años se
mostró emocionada al verlo entrar. Aine se escandalizó, si
acaso ese hombre pretendía abusar de esa jovencita, sería ella
quien lo asesinaría, no importaba que su misión fuera lo
contrario.
—¡Harsen! ¡Me alegro tanto de verte! —Lo abrazó con
fuerza por varios segundos y, después, frunció el ceño hacia el
intruso, susurrando hacia el Riksdag—: ¿Quién es la persona
extraña?
—Es un amigo.
—Hola señor amigo de Harsen, es un placer conocerlo. —
Aine se inclinó ante la dama y pasó de largo—. ¿No habla?
—Él es así —Harsen se inclinó de hombros—. ¿Qué haces
aquí, Lili? ¿Dónde está tu hermana?
La joven decayó notablemente, haciendo partícipe de su
angustia y tristeza, incluso Aine pudo sentir empatía y se
detuvo a una distancia prudencial de las personas que vivían o
eran ordinarias en el hogar.
—De nuevo, señor Harsen, a eso he venido.
—¿Tú sola? ¿Sabes la hora que es?
—Sí, lo sé, pero no puedo dejarla ahí
Harsen asintió un par de veces y miró hacia Aine.
—Tengo que volver a salir.
La joven simplemente caminó hacia ellos y salió primero,
esperándolos a las afueras de la casa.
—Me da terror ese hombre —dijo Lili.
—La verdad es que a mí también me da un poco de miedo.
—¿Por qué lo tienes en tu casa?
—A los amigos siempre hay que ayudarlos, ¿no crees?
Lili sonrió y asintió conforme, gracias a ello era que podía ir
a pedirle ayuda al señor Harsen, así que consideraba la amistad
de suma importancia. Ambos salieron detrás del extraño
hombre y caminaron a prisa por las calles hasta entrar a un
lugar de mala muerte que lastimosamente ambos conocían a la
perfección.
Aine había estado en lugares peores, pero no por ello se
había acostumbrado a los malos olores. Debía agradecer que
esa tela negra cubría su nariz o estaría en problemas de
devolver el estómago. Entró a aquella cantina, permitiendo
que la jovencita estuviera a su lado, Harsen se había
adelantado un poco para abrirles espacio a ellas.
—¿Cómo conociste a Harsen? —le preguntó la joven. Aine
la miró para después girar la cabeza hacia el frente, haciendo
énfasis en que no le contestaría nada—. ¿Eres una buena o
mala persona? Bueno, aunque supongo que, si eres amigo de
Harsen, eres bueno.
—Niña, no pienso responderte nada.
La chiquilla la miró ofendida y alzó la nariz en una clara
señal de indignación, pero Aine lo prefería, quizá de esa forma
dejara de hacerle tantas preguntas.
—Por Dios —la joven dejó salir un lamento—. Camila…
Aine miró con tristeza aquella escena, la tal Camila no
tendría más de veinticinco años, estaba con la cabeza sobre la
mesa, sin ningún tipo de fuerza, quizá demasiado bebida o tal
vez habría tomado algún tipo de alucinógeno. Lo peor no era
eso, sino la cantidad de hombres que se divertían en moverla,
tocarla o besarla, era asqueroso y le daban ganas de cortar
algunas lenguas.
—Aléjense de ella —pidió Harsen con autoridad.
Los bribones lo miraron con impresión, tal parecía que ese
hombre era conocido desde los más altos círculos sociales,
hasta los más bajos, como lo eran esos hombres.
—Señor Harsen, ella ha llegado en ese estado sola, se lo
juro —dijo el cantinero, quien limpiaba un vaso de vidrio.
—Lo creo, Norman, no te espantes por mi presencia. —La
mirada de Harsen se ensombreció—. Aunque debiste de
apartarla de las manos lascivas en las que estaba.
—Lo lamento, mi señor, no puedo ocuparme de todo, me
avergüenzo por haberlo dejado pasar.
Harsen asintió y tomó el brazo de aquella chica, la cual dejó
caer la cabeza y en sí, todo su cuerpo parecía no tener fuerza
alguna. Aine se adelantó y pasó el otro brazo de la chica por
sus hombros, ayudado al Niño Mimado.
—Está drogada —dijo Aine con seguridad.
—Lo sé.
Se dirigieron a la salida con Lili pegada a la cara de Camila,
en verdad preocupada por ella, quizá nunca la habría visto
inconsciente como en aquel momento, o tal vez se impactó por
la escena en la que esos bribones tomaban ventaja de su
estado.
—¡Ey! ¡Harsen! —todos se volvieron con rapidez,
topandose con aquel elegante hombre saliendo de la cantina,
eso no cuadraba para nada—. Me alegra ver que vinieras por
ella, pero lamento decirte que me debe una buena cantidad.
Aine rebuscó entre sus ropas con molestia, pero Harsen
levantó una mano, impidiendole actuar y sacó su cartera,
tendiendo el dinero sin preguntar cuanto era, Aine creía que
incluso había dado de más.
—Piérdete en la vida Conrad, no vuelvas a acercarte a esta
chica —Harsen se volvió tan rápidamente, que casi hace que
Aine caiga al suelo, pero logró equilibrarse.
Miró hacia atrás, viendo al hombre sonriente que
comenzaba a girarse para entrar de nuevo a la cantina. Sabía
que estaba mal lo que estaba por hacer, pero de todas formas
se inclinó y sacó una de sus pequeñas y alargadas agujas, miró
al hombre y la lanzó con destreza, sólo el grito impresionado
de ese tal Conrad le dio a saber que había atinado. Sonrió para
sus adentros y siguió caminando por las calles.
—No creas que no he visto lo que has hecho —dijo de
pronto la voz seria de Harsen—. No diré nada porque ese tipo
es un maldito, pero creí decirte que no debías ir por la vida
lanzando agujas asesinas a todo cuanto te molesta.
—No he hecho nada.
—Claro —Harsen encaminó hacia una casa no muy lejos de
aquel lugar de mala muerte, quitó el brazo de Camila de sus
hombros y la sentó en unas escaleras que daban a la casita.
—Gracias señor Harsen —se inclinó Lili, buscando que la
mujer reaccionara.
—Nos quedaremos aquí esta noche para ayudar —indicó
Harsen, abriendo la puerta y regresando por el bulto que
representaba la señorita Camila.
Aine volvió a suspirar con cansancio, así que se quedarían
ahí, ¿Quiénes eran estas mujeres y por qué recibían tanta
atención por parte del importante hombre? Dudaba que fueran
familiares, quizá sólo conocidas, acogidas por él. Si ese era el
caso, era un hombre bueno, pero terriblemente inconveniente
para los propósitos de Aine de mantenerlo a salvo.
Entraron a la pequeña choza, parecía austera pero cuidada y
limpia. Lili corrió hacia la cocina para traer agua y algo de
comer, Aine dudaba que la tal Camila lograra ingerir algo,
pero la pobre jovencita se veía tan estresada, que no pudo
decirle nada.
—No reacciona Harsen —dijo Lili totalmente preocupada.
—Tranquila, llevémosla a recostar.
No estaba muerta, respiraba, más bien parecía totalmente
noqueada por lo que fuera que había consumido hasta esas
horas de la noche y de las manos menos indicadas.
—Liam, ayúdame, ve por un médico.
—No es necesario —suspiró Aine, acercándose—. No soy
médico, pero sé lo necesario.
Harsen se hizo a un lado y le dejó espacio al hombre, era
obvio que él sabría qué hacer, las águilas debían estar
entrenadas en lo necesario sobre primeros auxilios por si algo
urgente se presentaba. Aunque dudaba que una congestión
alcoholica y drogas fuera lo que ellos nombraran como una
emergencia.
—Está bien, pero podríamos meterla a bañar con agua fría.
—¡Se enfermará! —negó Lili.
—¿Estás seguro de lo que dices? —preguntó Harsen. Ella
simplemente asintió—. Vale, hagámoslo.
Tomaron a Camila nuevamente y prácticamente la
aventaron a esa tina que apenas y se comenzaba a llenar de
agua. La joven despertó en seguida en medio de un grito y
miró asustada a su alrededor, para después comenzar a llorar.
—¿Qué fue lo que ingeriste Camila? —preguntó Harsen con
tiento, no la regañaba, trataba de ayudarla.
—Yo… ya no lo sé —pasó sus manos por su cara—. Me
siento terrible, me duele la cabeza y tengo ganas de vomitar.
—Bien, toma una ducha y ve a dormir —indicó el hombre.
—Que tome agua con menta —dijo Aine seriamente.
—Vale —asintió Lili, agachándose junto a Camila y
sonriendo dulcemente mientras giraba su cuerpo para prender
la caldera y girar la llave del agua caliente.
Aine siguió a Harsen por los pasillos en un total mutismo, él
parecía estar acostumbrado a deambular por esa propiedad,
incluso se metió a una habitación con total normalidad y
prendió las luces sin más predicamentos.
La joven quedó parada en el umbral de la puerta, debía
admitir que no pensó demasiado las cosas cuando Harsen le
dijo que se quedara en su habitación, pero cuando él comenzó
a desnudarse sin pudor alguno, se reprochó a sí misma por su
estupidez.
—¿Qué haces? Cierra la puerta, alguna de las chicas podría
pasar y no me gustaría que vieran algo que no deben ver.
Aine pasó a la recámara, pero se quedó pegada a aquella
puerta, pensando que, si se pegaba lo suficiente a ella, de
alguna manera la traspasaría y caería del otro lado, donde no
tendría que ver como un hombre se desnudaba frente a ella.
—¿No piensas cambiarte para dormir?
—Duermo así.
—Claro —rodó los ojos y dejó caer su ropa íntima.
—¿Es que piensa dormir así, señor? —pregunto nerviosa.
—¿Tienes algún inconveniente? —dijo extrañado.
—No, claro que no, pero detestaría tener que cuidarlo por
un resfrío —dijo sin saber qué más decir.
—No creo que sea parte de tu trabajo cuidarme un resfrío,
tengo médicos para ello, no te preocupes.
Harsen fue a meterse en la cama y cubrió con las mantas la
mitad de su cuerpo, la mitad que le era preocupante a Aine.
Jamás había visto a un hombre desnudo, había sido impactante
hacerlo y estaba por demás decir que estaba sonrojada de pies
a cabeza, ni siquiera había podido moverse de donde se
encontraba.
—¿Qué haces? —volvió a preguntar Harsen cuando la vio
aún pegada a la puerta.
Aine meneó la cabeza y caminó hacia la alfombra que
estaba a los pies de la cama, donde supuso que tendría que
dormir. No había otro espacio en ese lugar y tampoco era la
primera vez que tenía que hacer algo por el estilo, pero seguro
que mañana despertaba de malas.
—Lamento que tengas que dormir ahí, te ofrecería la cama,
pero es individual.
—Es mi trabajo, he dormido en peores lugares.
—Bien. —Harsen colocó sus manos bajo su cabeza y miró
por largo tiempo hacia el techo—. ¿Necesitas una almohada?
Quizá una manta…
—Señor, en serio, no se preocupe.
Harsen de todas formas se puso en pie y pasó una almohada
y una manta a Aine, ella en realidad lo agradecía, pero no lo
demostró de aquella forma, simplemente tomó las cosas y las
acomodó para que le fuera más reconfortante.
—Supongo que te preguntarás quienes son estas personas.
—No es de mi especial interés, si no quieren matarlo, no
tengo por qué prestarles atención.
—Aun así, has lastimado a una persona con tal de
defenderlas.
—Lo hice para darle una lección, a la larga alguien lo
matará.
—¿Quieres decir que mandarás reporte de lo que hace para
que uno de ustedes venga a ocuparse de ello?
—Estando yo aquí, no hay necesidad de llamar a alguien
más.
—En verdad son impresionantes. Yo lo hago a mi forma,
intento ayudar en lo que me es posible. —La joven abrió los
ojos y frunció el ceño para escuchar—. Estas chicas… son
huérfanas, las conocí cuando intentaron robarme. Lili, la
menor, trabaja en una de las tiendas de ropa de por aquí y la
mayor… bueno, ella ha tenido un pasado más difícil, le es
duro afrontar la vida.
—¿Cuida de ellas?
—En todo lo que me es posible, como Riksdag, es mi
prioridad toda esta gente, la que no tiene forma de salir
adelante y que nadie toma en cuenta, al menos no los ricos. Yo
no los tomaba en cuenta hace un tiempo.
—¿Qué cambió?
—Vi algo terrible… y me avergüenza decir que no hice
nada, absolutamente nada para impedirlo. —Aine se quedó
callada por mucho tiempo, Harsen incluso creyó que se había
dormido—. Supongo que no te interesa debido a que tú luchas
contra las injusticias todo el tiempo, te pareceré un cobarde.
—Si has logrado cambiar, ha servido de algo. ¿Qué viste?
Harsen levantó la cabeza y sonrió, al menos le ponía
atención. Debía confesar que la presencia del águila le ponía
los nervios de punta, por alguna razón se sentía juzgado por él
desde el momento en que entró a su propiedad.
—Vi como uno hombre tomaba a la fuerza a una mujer. Una
mujer muy menor, muy niña.
—¿Por qué no hacer nada?
—Por idiota… por miedo.
—¿Miedo?
—El hombre era de un título lo suficientemente alto como
para hacer de su fechoría algo menor, una broma mal contada.
—¿De la corona?
—Sí.
Aine se removió incomoda en el suelo y miró hacia el techo.
—No todos pueden reaccionar adecuadamente, pero lo está
compensando, ahora que es el presidente del Riksdag, está
buscando el cambio.
—No contra ellos, la maldita realeza puede hacer lo que se
le venga en gana y nosotros, por más que lo intentemos,
tenemos que atenernos a lo que diga el rey.
—Llegará el día en el que no tengan tanto poder.
—Parece sólo un sueño.
Harsen no dijo nada más y se fue a dormir, dejando a Aine
con la cabeza llena de pensamientos sobre lo que había dicho,
pero se avergonzaba al tener que aceptar que la mayor parte de
su insomnio se debía al no poder impedir traer a su mente el
cuerpo fuerte y grande del hombre al que tenía el trabajo de
proteger. Había sido impresionante y bastante ilustrativo.
Comenzaba a darle la razón a su hermana. No conocía
mucho del mundo, al menos no de los hombres, convivía con
ellos constantemente, pero definitivamente no sabía ni cómo
eran, ni tampoco cómo pensaban.
Se sonrojó ferozmente al volver a recordar la imagen de
Harsen Svensson desnudo en su totalidad y no pudo evitar dar
un pequeño gritito que provocó un movimiento en la cama.
Ella cubrió su boca como una niña y se quedó inmovil,
esperando que él no hubiese despertado.
Afortunadamente no y ella decidió ponerse a contar
cualquier cosa con tal de distraer su mente hasta que
finalmente cayó dormida, aunque no podía decir que fueran
sueños del todo placenteros, al menos, le parecieron algo
inquietantes.
Capítulo 5
Aine despertó por catorceava vez en la habitación de
Harsen Svensson, para ese momento, en verdad estaba
desesperada, no hacía más que cuidar de él sin que nada
ocurriese, no había atentados en su contra, ni tampoco había
visto a alguien sospechoso a sus alrededores ¡Nada!
Simplemente estaba desperdiciando su tiempo y parecía ser
que Harsen pensaba lo mismo que ella.
Debía aceptar que el Niño Mimado no era del todo malo,
era verdad que se la pasaba de reunión en reunión, pero era su
trabajo sociabilizar con las personas, había notado también que
las hermanas Camila y Lili eran empleadas de él, trabajaban en
uno de sus muchos negocios, los cuales él visitaba todos los
días, uno por uno, saludando a persona por persona.
Ayudaba a mucha gente a lo que podía ver, trabajaba en
exceso todos los días, al punto en el que Aine debía quedarse
en vela a su lado mientas él revisaba papeles en su oficina, en
ocasiones tirado en el piso, con la camisa mal abrochada y sin
zapatos. Era una extraña especie de hombre importante.
Pero de seguir así, Aine moriría, en serio moriría.
Esa noche, Harsen Svensson pensaba salir a dar un paseo,
más específicamente, pensaba ir a casa de una de sus amantes
predilectas, hubiera querido no tener la compañía de aquella
águila, pero ese hombre hacía lo que quería, incluso cuando él
le había pedido que lo dejase tranquilo, aunque fuera sólo por
unos minutos. La respuesta había sido el silencio y una fiera
mirada, para después notar su presencia escondida entre las
sombras.
—Liam, ¿el día de hoy podrías poner de lado tu misión y
dejarme partir a casa de mi amante con tranquilidad?
Aine metió su daga en la funda y lo miró con aburrimiento,
¿Cuántas veces tendrían la misma discusión? ¿Qué no
aprendía con el tiempo? Por más que le insistiera, ella iría,
fuera a donde fuera, lo seguiría.
—Eso es un no, ¿cierto? —La mujer se cruzó de brazos y lo
miró tranquila—. Bien, ha sido una agradable conversación,
supongo que nos vamos.
La joven caminaba detrás de él, admirando la zona por la
cual la amante de ese hombre vivía, debía admitir que era
bonito y seguramente aquella mujer ganaba muy bien como
para estar tan bien acomodada. Incluso creía que le iba mejor
que a muchos comerciantes, ¿Quién diría que era un negocio
tan rentable?
—No tienes qué entrar, puedes irte. —Aine elevó una ceja y
suspiró—. Vale, te advierto que a ella no le gustará.
El hombre subió las escaleras hasta tocar la puerta de la
casa, siendo recibido por una preciosa mujer, una muy joven,
con buenos atributos y una cara de ángel que seguramente era
un total engaño para que todos sus clientes cayeran rendidos
ante ella.
A los hombres les gustaba que las mujeres fueran débiles.
—¡Oh! ¡Mister Harsen! ¡Me tenía olvidada!
—Eso sería imposible, Arista.
La mujer detuvo su mirada en la figura extraña que se
posaba detrás de Harsen Svensson, no parecía nada contenta,
justo como había indicado el hombre. Aquella figura entre las
sombras le daba una mala sensación, era intimidante a pesar de
no ser más alta que ella y esos ojos azules, siendo lo único
visible en todo aquel cuerpo, eran escalofriantes.
—¿Quién es él?
—Ah, un amigo.
—Mister, sabe bien que yo no hago esas cosas.
—Y no lo sugeriría, él viene como mi acompañante.
—Tampoco soy de tendencia exhibicionista.
—Él no viene a ver, ni a nada de lo que estás pensando.
—¿Es tu escolta? —se burló la joven—. Permíteme reírme,
Harsen, ese hombre no me derribaría ni a mí.
—Te sorprenderías —sonrió el hombre, colocando una
mano en la cintura escasa de la mujer—. ¿Vamos?
—Está bien —asintió la dama—. Puede quedarse en el
recibidor, señor…
—Liam —contestó Harsen a sabiendas que el águila no
haría ademán por contestar.
—¿Acaso no tiene lengua?
—Prefiere no utilizarla.
—Claro —la mujer seguía mirando con dudas hacia Aine—,
claro, pasen, por favor, pasen.
Aine entró después de la pareja, quienes ya comenzaban a
hacer arrumacos aún enfrente de ella, la joven suspiró y fue a
sentarse en el recibidor, como le habían indicado. No era una
casa sumamente grande, tampoco parecía que hubiera mucha
servidumbre, también estaba la posibilidad de que estuviesen
dormidos, pero ella lo dudaba.
—Bien, Liam, procura entretenerte en algo por un tiempo
—sonrió Harsen—. Lamento causarte tantos inconvenientes.
La joven permitió que la pareja subiera y, en cuanto sus
risas se perdieron en la casa, ella comenzó a buscar. Algo
estaba mal con esa mujer, bien sabía que las amantes de los
hombres importantes, en ocasiones, podían ser sumamente
peligrosas.
Además, se veía demasiado nerviosa, seguro que algo tenía
que esconder como para mirarla de esa manera, no parecía del
todo convencida en permitirle entrar, mucho menos en dejarla
sola en su casa mientras ella tendría que entretener a su
cliente.
Buscó debajo de los tapetes, de los sillones y tanteó las
paredes, tenía que haber algo. Subió con cuidado a las
habitaciones superiores, miró la puerta de donde salían leves
risas o charla y se alejó de ahí, en la planta de arriba eran sólo
tres habitaciones: la que ocupaba la pareja, un cuarto de baño
y una puerta cerrada.
«¡Al fin!» sonrió para sí misma y se agachó para tratar de
abrir el cerrojo de aquella puerta.
Aine era especialmente buena haciendo eso, así que no
tardó más de cinco minutos en lograrlo para estar dentro de
aquella habitación. Cuando encendió la luz, se mostró
impresionada al notar que las paredes estaban llenas de
retratos de hombres.
Era extraño, pero supuso que no debía juzgar las
excentricidades de las personas, aunque estaba segura que
algún significado debía tener aquella extraña obsesión…
La joven inspeccionó la habitación, topándose con el retrato
que representaba a Harsen Svensson, la joven se adelantó
hasta cuadro y miró los bordes con especial atención, elevó las
manos y comenzó a tocar hasta jalar un lado y mostrar la caja
fuerte que estaba escondida detrás.
—Interesante —susurró y asintió.
Tendría que descubrir cómo abrirla, necesitaba conocer un
poco más a esa mujer, ¿Cuál sería la combinación de una caja
fuerte hecha especialmente para guardar algo relacionado a
Harsen Svensson?
Aine echó un vistazo hacia el pasillo, serciorandose de que
no hubiese nadie, asintió conforme al verlo desolado y casi a
oscuras, regresando inmediatamente hacia la caja fuerte. Bien,
no creía que fuera una mujer especialmente inteligente y, con
tantos retratos, debía ser algo sencillo de recordar.
La joven se sentó en el suelo, mirando el retrato recargado
en la pared de Harsen Svensson, con aquella permanente
sonrisa y los penetrantes ojos azul violáceo estancados en un
brillo colocado por el pintor. ¿Qué sería? Quizá… el
cumpleaños de aquel caballero, era fácil, no mucha gente lo
sabría puesto que Aine conocía que el presidente odiaba su
cumpleaños al ser la fecha en la que sus padres fallecieron en
un accidente, así que no lo celebrarba y mucho menos lo
divulgaba.
¿Sería que esa mujer lo conocería de alguna manera?
Se puso en pie de un brinco y se acercó para girar el dial de
combinación y colocó la fecha, pero la caja no se abrió. La
joven mordió sus labios y pensó… «Quizá la puso en un
acomodo diferente» Y lo intentó de nuevo, volviendo a errar.
Aine se mostró enojada por ello, quizá la mujer no supiera el
cumpleaños del importante hombre, tendría que ser una fecha
personal… tal vez del día que lo conoció, pero Aine
desconocía de momento aquella información, tendría que
volver ahí después.
La chica bufó y colocó nuevamente el cuadro, para después
salir del lugar, asegurando por dentro para que nadie
sospechara que hubo un intruso en su interior.
Iba a bajar las escaleras, cuando de pronto escuchó gritos al
pasar por la puerta donde se escondía la pareja, eso la
sorprendió, eran gritos de mujer y estos parecían ir en aumento
y con más frecuencia. Aine no entendía lo que estaba pasando,
pero era obvio que no podía entrar a esa habitación sin ser
amonestada.
Él… ¿la estaría lastimando? ¿Se habría enterado del secreto
de la mujer? ¿De aquella habitación? No… lo dudaba mucho y
no era como si fuera algo especialmente malo, quizá sólo fuera
investigación para complacerlo.
Entonces, ¿por qué razón ella estaría gritando de esa manera
tan…? Tan desgarradora, incluso en ocasiones gritaba el
nombre de Harsen, como si suplicara algo.
Muy bien, ella no podía estar tranquila con ello, entró a la
recámara de baño, abrió la ventana y lanzó una cuerda con
gancho hacia el techo, verificó que esta estuviese lo
suficientemente segura y se amarró con fuerza para poder salir
y prácticamente espiar por la ventana de la mujer, de hecho,
sería mucho más fácil al tener ella un balcón.
Aine se dejó caer en la pequeña terraza del balconcillo y
abrió con delicadeza la puerta, la habitación estaba casi en una
completa oscuridad, los gritos se habían detenido y Aine
pensaba que quizá la habría matado para ese momento. Fue
lenta, tardó demasiado en decidir qué hacer.
La habitación estaba en una aparente calma, nadie hablaba,
olía extraño y el calor ahí era asqueroso.
—¿Qué demonios haces aquí Liam?
Aine por poco da un grito, pero se tragó el susto y miró con
determinación al hombre que le hablaba.
—Me iré.
—Espera. —Aine pudo escuchar el crujir de las sábanas y el
reclamo de la cama al momento de que Harsen salía y se
paraba desnudo frente a ella—. ¿Has venido a curiosear? ¿En
serio?
—No. —la joven sentía que moriría, ¿por qué ese hombre
tenía que estar siempre desnudo? ¿Era un placer masculino o
algo parecido? —. Pensé… la escuché gritar.
La luz que venía desde el cielo dio la claridad suficiente a
los ojos de Aine como para saber que Harsen estaba por reírse
a carcajadas de ella. ¿Por qué se reía ese bastardo imbécil? Sin
embargo, él volvió la cabeza hacia la mujer dormida en la
cama, tomó del brazo a Aine y la hizo salir al balcón,
entonces se rio.
—¿Pero qué demonios Liam? ¿Acaso nunca has hecho
gritar a una mujer? ¿Qué clase de vida llevas?
Aine sentía el rubor subiendo por las mejillas y su corazón
palpitando fuertemente en su pecho.
—Estamos en la calle. —Cambió de tema.
—Eso lo sé.
—Sigue desnudo, señor.
—Lo sé —dijo tranquilo, como si no estuviese haciendo
nada malo—. Es tarde, nadie estará volteando a ver quién se
asoma por este balcón o no. Volviendo a lo importante, ¿es
acaso que nunca has quedado con mujer?
Para ese momento de su vergüenza, Aine estaba
considerando aplicar uno de sus variados conocimientos para
dejar inconsciente a una persona sin que ella quisiese o se
diese cuenta. Bueno, quizá le doliera un poco, pero al menos
se lo quitaría de encima; si seguía molestándola y riendose de
ella, estaba segura que terminaría por aplicarla y no sería nada
agradable para el importante Riksdag.
—¿Ese silencio quiere decir que no? —siguió burlándose.
—No he estado con mujer.
Él pareció pensar las cosas.
—Mm-hmm, entiendo, entonces… ¿con un hombre, quizá?
—¡No! —ella se avergonzó más con esa posibilidad, porque
era la que le concernía, a ella le gustaban los hombres, no las
mujeres. Incluso su voz había salido más ladina de lo
practicado.
—Vale, lo siento, no quería ofenderte, lo vi como una
posibilidad amigo, lo siento —dejó salir una preciosa sonrisa a
la vez que una pequeña risa—. Me sorprende, incluso te has
alterado los suficiente como para venir hasta aquí. Pensé que
las águilas habían visto de todo… supongo que nunca has
estado presente en un acto sexual, ya sea consensuado o no.
Aine negó, ella sabía que abusaban de las mujeres y de los
niños, pero jamás había presenciado algo como ello, su padre
mataría al idiota que la dejara estar un acto tan terrible como
ese. No, aine sólo llegaba cuando el terror había pasado y las
mujeres y los niños lloraban, se cubrían, tenían golpes y se
movían con dificultad, Aine había sentido nauseas la primera
vez que escuchó de ello y cuando estuvo frente de una víctima,
había llorado, no pudo aguantar y hasta vomitó.
Así que, cuando escuchó a Arista gritar, simplemente pensó
que eso sería, que estaría abusando de ella… o matándola, en
realidad ella creyó que la estaba matando, no podía creer que
lo que hacía era sólo darle placer… ¿la mujer gritaba de
placer?
—Veo que tienes muchas cosas en la cabeza, lo siento Liam,
pero no puedo ayudarte ahora con el tema, pero prometo hacer
algo por ti ¿Vale?
Ella lo miró con el ceño fruncido y negó.
—No necesito ayuda.
—Ya verás cómo me agradeces después, incluso tú tienes
que saber divertirte —el hombre negó y volvía al interior de la
habitación, seguramente a la cama, mientras hablaba consigo
mismo—: no haber estado con mujer, ¡por Dios! Qué
desgracia.
Aine rodó los ojos y se sentó en el balcón, mirando hacia la
calle, pero con la mente muy lejos de ahí. ¿Acaso era algo tan
placentero estar con un hombre? Cuando ella lo estuviera,
¿también gritaría?
Capítulo 6
Aine había informado a su padre sobre todo lo acontecido
en ese último mes, incluso se había atrevido a pedirle que la
quitara de la misión que le resultaba más que aburrida…
aunque en realidad, estuviera mintiendo un poquito. Quizá
fuera una misión bastante monótona en cuanto al rejunto de
información sobre los posibles asesinos del cabeza del
Riksdag, pero estaba aprendiendo mucho de él como persona y
como hombre.
A lo que entendía, los hombres no tenían pudor alguno, era
costumbre del Riksdag andar por su habitación sin ninguna
prenda encima, aun estando ella ahí. Claro que, para el
presidente, Aine era un él no un ella y eso podría influir en su
marcada tendencia exhibicionista.
Algo que parecía molestar a un hombre, era que otro
hombre se mostrara tan pudoroso y enojado cuando veía lo
anterior, Harsen siempre se quejaba de ello, le decía algo
como: «Tenemos lo mismo, dum, ¿de qué te sorprendes?»
Una cosa imprescindible en la vida de un hombre, era el
acostarse con mujeres, Harsen seguía burlándose de ella por
ese hecho, por no haberse acostado jamás con una mujer y es
que, a pesar de ser una persona tan importante, Harsen era
relajado, pasaba su vida sin presiones y, aunque trabajaba
bastante, siempre tenía una sonrisa amistosa y palabras
amigables para todo cuanto quisiera reunirse con él.
—Oye Liam, ¿Has vuelto a investigar la casa de Arista?
—Sí.
—¿Algo interesante?
Ella negó. Después de informar a su padre sobre su
descubrimiento en la casa de la señorita Arista, se le dio la
autorización de entrar en el lugar y tratar de volver a abrir la
caja fuerte. Resultó ser la cosa más sencilla del mundo, puesto
que cada caja estaba cerrada con la combinación de la fecha en
la que los había conocido, como lo predijo. Ciertamente algo
que recordaría una mujer, pero el hombre por supuesto que no.
Lastimosamente, dentro de la caja no había más que dinero,
algunas notas sobre lo que parecían ser gustos del hombre,
fotografías, dibujos, algunos regalos valiosos como lo eran
aretes o diamantes. Nada de importancia en realidad, quizá lo
distribuyera de esa forma para colocarse las prendas adecuadas
con la persona adecuada. Meticulosa, pero sólo enfocada en su
propio trabajo, nada más, al menos eso parecía.
—Parece que estás estancado aquí y no hay nada interesante
—Harsen lo miró—. Sólo me ves trabajar, ir a veladas y con
mujeres, seguro que no tienes una gran opinión de mí.
—No juzgo a nadie.
En realidad, ella se consideraba especialmente juzgadora,
pero con Harsen había aprendido a moderarse, a pesar de que
seguía llamándolo en su interior como Niño Mimado, debía
admitir que no era el gran idiota que pensó que era. Era mucho
más generoso y bueno de lo que pudo imaginar en un inicio,
parecía ser que la experiencia de ver una violación y no hacer
nada, había sido lo suficientemente traumática como para
cambiarlo en su totalidad.
—Bien, porque yo si te juzgo a ti, ¿Cuándo piensas bañarte?
Aine se sonrojó, pero gracias a su cobertura al completo, él
jamás podía notar ninguna de sus expresiones o cambios de
tono de piel. Era verdad, ella no solía bañarse con constancia
por temor a que él la viera, Aine normalmente no desprendía
malos olores, a pesar de que en ocasiones le fuera imposible
bañarse, pero debía aceptar que se estaba pasando de la raya y
era necesario tomar un baño, lo malo era encontrar el
momento.
—No puedo dejarlo solo.
—Vamos, hombre, le harías un favor a mi nariz. —Sonrió,
pasando los papeles de un lugar a otro. Levantó la mirada y
apuntó hacia la puerta—. Puedes ir ahora, tengo una sorpresa
para ti esta noche y no puedes ir con ese olor.
—No necesito sorpresas.
—Te agradará, ahora, adiós apestoso.
Aine entrecerró los ojos y salió lentamente hasta correr
hacia la habitación de aquel hombre y poner un baño caliente
para ella, moría de ganas por bañarse, en realidad Harsen tenía
razón, para ese momento apestaba.
La joven sacó rápidamente sus ropas, quitó la venda que
aplastaba su busto y respiró con facilidad, creyendo imposible
lo mucho que se podían expandir sus pulmones sin aquel
impedimento. Miró en el espejo las marcas del apretado
amarre y suspiró mientras las tocaba, trataba todo lo posible de
desabrocharse mientras Harsen dormía, pero, aun así, tenerlo
todo el día era doloroso.
Se metió a la tina y no pudo evitar dejar salir un suspiro
complacido y sumergirse al completo en el agua, mojando su
largo cabello y comenzando a lavarlo. Cuando se sintió lo
suficientemente relajada y limpia, Aine salió de la tina,
enrollándose en aquella toalla y apretando su pelo para extraer
las últimas gotas de agua.
—¿Liam?
La joven sintió que moriría, se miró a sí misma y caminó de
un lado a otro sin saber qué hacer. Harsen entraría, claro que lo
haría, porque pensaba encontrarse con un hombre, no con una
mujer. Ella corrió hacia la puerta y colocó el prestillo justo a
tiempo para que él no lograra abrirla.
—¡Ey! ¿Por qué cierras?
—¡Largo!
—¡Tenemos que irnos! —le gritó—. Cámbiate rápido.
Ella suspiró tranquila cuando él salió de la habitación, se
apuró a hacer lo que le dijo, abrió la puerta con detenimiento y
se cercioró de que ya no había nadie. Necesitaba las cosas que
estaban en su valija, se castigó por no llevarla consigo al
interior del baño. Tomó una respiración y salió por ella para
después volverse a encerrar, vendándose con telas limpias y
cambiando sus ropas, recordándose a sí misma que debían
ponerse a lavar.
Ella abrió la puerta, notando que Harsen había regresado y
la esperaba ansioso, ¿por qué estaba tan ansioso?
Normalmente Harsen no se tomaba nada en serio y solía
pensar que la vida misma le resolvería los problemas o lo
iluminaría para resolverlos de forma adecuada.
—Tenemos que irnos ahora.
Aine elevó una ceja, pero asintió, metió sus armas en los
escondites debidos y siguió al hombre que parecía más que
nervioso en salir de ahí.
—Sé que no lo preguntarás Liam, pero parece ser que han
atacado uno de mis negocios. —Aine la miró—. Al fin tendrás
algo que hacer, han vuelto.
La joven dio gracias de tener algo entre manos y caminó
más aprisa hacia los caballos que esperaban a la salida de la
casa. Ambos montaron con habilidad y salieron al trote, Aine
por supuesto siguiendo a Harsen, ella no tenía idea de a donde
irían.
Cuando llegaron, el corazón de Aine se oprimió al ver las
llamas saliendo del lugar, las personas quemadas, los niños
llorando y los médicos intentando hacer lo posible.
—Maldición —masculló Harsen—, esta gente no tiene la
culpa de que me odien a mí.
Desmontaron al mismo tiempo y en seguida se separaron,
aunque Aine seguía teniendo en la mira al hombre que se
encargaba de proteger, le era de vital importancia saber lo que
los testigos tenían que decir al respecto.
—¿Qué sucedió? —la joven se agachó frente a un hombre
de unos treinta años, estaba herido y miraba a todos lados
como si esperara otro golpe.
—¿Quién es usted? —La miró asustado. Aine suspiró y
descubrió su hombro derecho, donde la marca de las águilas
estaba grabada en aquella piel blanca y tersa—. ¡Es uno de
ellos!
—Sshh, por favor, discreción —Aine tapó la boca del
hombre al notar la emoción—. Dígame lo que sabe.
—Esos malditos lo hacen para derrocar al Riksdag, seguro
son mandados por nobles que desean que el señor Svensson
sea destituido de su cargo.
—¿Y eso por qué?
—Nos ayuda, pone negocios de su propio dinero para que la
gente como nosotros no muramos de hambre.
—¿Qué tiene de malo?
—Nada, en teoría nada, pero los nobles comienzan a perder
su poder, su dinero y su influencia, personas como nosotros,
en un pasado no muy lejano, eramos comerciantes sin mucha
relevancia, pero comenzamos a ser alguien, a tener dinero y
darnos el lujo de incluirnos entre ellos, eso no les agrada.
—Así que destruyen la fuente —asintió Aine—. Quieren
destruir a Harsen Svensson.
—El señor Presidente ha hecho muchos cambios a nuestro
favor, a favor del pueblo, es normal que quieran ir contra él.
—¿Normal? ¿Es que acaso el reino no sabe que ustedes son
parte fundamental de la economía, del pueblo, de su riqueza?
—Son nobles, mi señora, son celosos con lo que tienen y
envidiosos con lo que les hace falta.
Aine le dio la razón, muchos nobles eran así, no toleraban el
hecho de que comerciantes comenzaran a tener tanto poder, un
simple ejemplo era el imperio que ahora tenían los Rinaldi y
ellos carecían de todo signo de nobleza. Eran gente del pueblo
que de alguna forma logró sobresalir.
—¿Sabes quienes pueden ser?
—He escuchado que los Nilsson y los Larsson no están a
favor del presidente, pero uno de los más influyentes y
empobrecidos son los Sundberg.
Aine memorizó aquellos nombres y los colocó en su lista
mental de investigación.
—Gracias, ha sido de utilidad.
—¿Usted está cuidando del señor presidente?
—Por el momento es lo que hago.
—Debe tener cuidado cuando vaya a veladas, ha sufrido
más ataques en medio de una fiesta que en soledad.
Aine pensó en aquello y asintió agradecida con el hombre.
Pero no se quedaría con la opinión de una persona, así que
recorrió el lugar, ayudando en lo que podía y, al mismo
tiempo, cuestionando a los empleados. Todos habían llegado a
la misma conclusión y los apellidos mencionados con
anterioridad resurgían en la conversación una y otra vez.
La joven volvió la mirada hacia el hombre que trataba de
conservar la calma en medio de esa locura, hablaba con el que
parecía ser su contador. Seguro que todo ese desastre le
costaría una buena suma a Harsen Svensson.
De pronto Aine tuvo una mala sensación, miró a su
alrededor, siguiendo con la mirada a las personas que rodeaban
a Harsen, notando a una que sobresalía por su nerviosismo,
circulaba por el lugar de forma vacilante y con una mano bajo
su saco. Aine dudaba que fuera a sacar un pañuelo, así que
caminó a prisa hacia él, apartando gente de su camino sin
perder de vista a su objetivo.
Cuando el hombre sacó aquella arma, Aine ya había sacado
una de sus cuchillas y la lanzó acertadamente hasta encajarla
en el brazo de aquel caballero que blasfemó y cayó de rodillas.
Harsen se volvió con rapidez, mirando al hombre caído y a
Liam acercándose a él a toda velocidad, tenía que detenerlo,
parecía ser que esa águila estaba dispuesta a matar a
cualquiera.
—¡Ey! ¡Liam!
Pero era tarde, Aine ya estaba sobre aquel tipo,
presionándolo contra el suelo y amenazándolo con una daga
bastante hermosa que fuera regalo de su padre y de la cual no
solía separarse.
—¿Quién demonios eres? —susurró la joven.
—¡No quería hacerlo! ¡Juro que no quería! ¡Me
amenazaron!
—Habla maldito imbécil.
—¡Liam! —Harsen le tomó la mano enguantada con la que
sostenía la daga contra la garganta del atacante—. Por favor…
Aine lo miró con una mirada relampagueante, ¿por qué
interfería en su maldito trabajo? Ella no interfería en el suyo.
—Suelta mi mano —dijo amenazadora.
—Liam, no hagas esto aquí, por favor, la gente está asustada
y sólo logras empeorar la situación.
—Muy bien niño mimado —ella se levantó de golpe y pateó
al hombre en la cabeza para dejarlo inconsciente—, si es lo
que quieres, así se hará.
Harsen parecía impresionado por el apodo que Liam jamás
le había dicho, pero que era más que obvio que llevaba
pensando con demasiada antelación. Aunque también estaba
impactado por la forma despreocupada en la que ese hombre
había pateado a otro ser humano, debía recordarse más
seguido que, pese a la composición de aquel cuerpo, esa
águila era mortífera y no parecía tener mucho corazón.
Aine había durado más de tres horas tratando de sacarle la
verdad a ese bastardo, quien se mostraba más leal de lo que
jamás imaginó, parecía una broma que hubiese dicho que él no
había querido atentar en contra de la vida del presidente por
voluntad.
Al final, y después de largas horas, logró sacarle un nombre
que ya había escuchado lo suficiente como para estar al tope
de su lista de sospechas. Los Sundberg serían el principal
objetivo de ahora en más, tendría que salir de casa del
Svensson más seguido, pero no sabía cual sería el mejor
modus operandi para infiltrarse en la mansión de esos nobles
empobrecidos.
—Liam, espero que no estés cansado. —Ella lo miró con
ojos entrecerrados—. Tenemos que ir a otro lugar.
Aine se quejó interiormente, en realidad, había sido un día
largo y cansado, desearía que ese hombre se diera un respiro
para podérselo dar ella también, pero si Harsen no quería, era
su responsabilidad seguirlo a donde fuera que quisiera, pese a
que la noche estuviera avanzada y lo normal sería descansar.
La joven lo siguió en silencio y a paso quedo por las calles,
notando que el presidente se encontraba extrañamente callado,
lo cual no era normal en él. Solía intentar sacarle conversación
y, cuando no lo lograba, se divertía en contestarse a sí mismo,
quejandose amargamente de tener una compañía tan aburrida.
Aine paró en seco de pronto y frunció el ceño. Comenzaba a
entender la índole de su trasnochada y no le gutaba para nada
la idea, no sabía cómo saldría de aquel lío.
Harsen sonrió al ver la impresión en los ojos de su fiel
protector. Debía admitir que le debía la vida y, por esa razón,
pensaba dejarlo disfrutar de los placeres de la vida, mientras él
cerraba algunos negocios con gente importante que solía
acudir a ese lugar para divertirse.
—Considéralo tu iniciación —dijo el hombre con una
sonrisa.
Definitivamente, Aine lo mataría. ¿Cómo se le ocurría hacer
algo tan estúpido? Sobre todo cuando se tomaba en cuenta que
la otra persona no lo pidió. Los hombres eran idiotas, lo
comenzaba a comprender, sobre todo al ver a Harsen Svensson
tan complacido con su azaña, como si estuviera dándole un
cofre lleno de monedas de oro.
—Es una tontería, regresemos.
—Ah, no, no, no —lo tomó de los hombros y lo regresó—.
Ya he arreglado todo, así que no tienes salida.
—No haré tal cosa.
—Vamos, hombre, tómate unos momentos para ti, seguro
que te agradará, estas mujeres saben lo que hacen, no importa
que…
—Dije que no lo necesitaba.
—Bueno, de todas formas tengo que entrar —se inclinó de
hombros—. Harías bien en aprovechar.
Harsen entró al lugar con una sonrisa, escuchando el quedo
quejar de aquel hombre, quien seguro lo estaría maldiciendo
en todos los idiomas que se le ocurriesen.
Capítulo 7
Aine estaba en la habitación particular que Harsen había
mandado pedir para ella. Estaba por demás decir que se sentía
sumamente incómoda entre esos diseños florares y
extravagantes, la cama con dosel, el asqueroso olor a lavanda
y el sonido de otras habitaciones mientras mantenían
relaciones íntimas.
¿Podría matar a Harsen y hacerlo pasar por un accidente?
Cuando la puerta se abrió, Aine se dio vuelta, una hermosa
mujer sonrió, tenía un peinado desordenado que dejaba que
cabellos rubios enmarcaran su rostro. Sus ojos azules eran
grandes, intensos y coquetos. Los labios gruesos y rojizos
estaban irremediablemente sonrientes, mostrando sus blancos
dientes. Se encontraba vestida… o más bien, casi desnuda; su
enorme busto amenazaba por salir de ese escote y sus largas
piernas estaban descubiertas al completo.
Seguramente sería un deleite para un hombre, ¡Lo era para
ella! Y eso que tenía preferencia por el género masculino.
—Me ha dicho Harsen que eres tímido.
¿Se suponía que eso ayudaría a relajarla? Si acaso ella fuese
varón, se sentiría humillado con esa introducción.
—No quiero nada.
—Vamos, no seas así, sé que puedo complacerte, sé que
puedo hacer que encuentres fascinante todo esto.
—Seguro que sí, pero no lo deseo.
La mujer pareció sonreír sólo un poco más y se acercó a
Aine, tocando insinuantemente sus hombros.
—Eres un hombre menudo —le dijo sorprendida.
Aine se apartó con brusquedad de aquellas manos suaves y
amenazó con su azulado mirar.
—No me gusta que me toquen.
—¿Es eso? O quizá… ¿Te gustan los hombres?
¡Con un demonio! Claro que le gustaban los hombres,
porque ella era una mujer que siempre tuvo esa preferencia.
Por un momento sintió lástima por su personaje inventado, el
pobre jamás había dormido con una mujer y eso parecía ser
triste para el resto de las personas.
—No me gustan los hombres.
—Ah, entonces yo le seré agradable, lo prometo —siguió
tocándola insinuantemente por encima de la capa.
Al ver la insistencia de la mujer, Aine tuvo que recurrir a
destapar su cabello y jalar la tela que cubría la mitad de su
rostro, revelando su identidad femenina.
—¡Por todos los dioses…!
—Necesito que quede entre nosotras —por un momento le
costó trabajo volver a hablar con su voz femenina.
—Pero… ¿estás engañando al presidente? ¿Acaso eres un
asesino? —se asustó la mujer, dando pasos insinuantes a la
salida.
Aine, previendo su pronta huida, dio un salto prodigioso en
el que sorprendió a la pobre cortesana y cerró la puerta con
seguro mirándola con advertencia. La joven no vio otras
opciones y tuvo que descubrirse el hombro derecho,
mostrándole su marca.
—Oh… eres… eres una de ellos.
—Soy la única que forma parte de ellos —asintió,
volviendo a cubrir su hombro—. Vengo a protegerlo, pero sé
que, si descubre que soy mujer, toda mi validez caerá al suelo.
La mujer pareció entenderlo.
—Eres valiente.
—Lo soy. —Asintió Aine, relajándose por primera vez y
yendo a recostarse en la cama—. ¿Cuál es tu nombre?
—Desiré.
—Genial, me agrada poder estar con alguien sin necesidad
de mentir, ahora que ha sido él quien me trajo aquí, podré
venir a verte con la excusa de que me acostaré contigo.
—¿Estás intentando decir que me usarás de cubierta?
Aine levantó la cabeza y asintió.
—Puedo pagarte si es lo que gustas.
Desiré dejó salir una risita y negó.
—Seguro que eres alguien especial, te comportas como un
hombre, pero eres una mujer muy hermosa.
—¿Gracias? —ella frunció el ceño y se sentó de golpe—.
¿Conoces desde hace mucho a Harsen Svensson?
—Bueno, sí, algo.
—¿Lo consideras tu amigo?
—Claro, él y yo nos hicimos cercanos cuando él me rescató
un día de un horroroso hombre que intentaba forzarme. —
Aine se sorprendió de ello—. A pesar de que es a lo que me
dedico, me deben un respeto, ¿no lo crees?
—Sí, por supuesto.
Las jóvenes charlaron por largo rato hasta que Desiré
consideró que sería creíble que saliera en ese momento, la
joven Hamilton agradeció a la joven cortesana y la amenazó
un poco, sólo para que supiera que ella no se tentaba el
corazón contra traidores. Desiré sonrió, pero anotó
mentalmente el sobre aviso y decidió no faltarle a aquella
hermosa mujer que se escondía tras la fachada de un hombre.
Aine caminó segura hasta posarse en una esquina, donde
planeaba esperar a que Harsen se desocupara. Resultaba ser
que era un hombre que lograba captar el interés de Aine y no
sólo porque pensara que era apuesto -porque lo era-, sino que
había demostrado ser mejor de lo que ella tenía en mente.
Era difícil que un hombre lograra impresionar a Aine
Hamilton, vivía rodeada de importantes y honorables
personalidades masculinas, sin tomar en cuenta a algunos de
sus primos que eran cabeza de chorlito, la mayoría eran
buenos y llevaban con honor el título de nobleza que se les
había dado.
Pero en su mayoría, los hombres no eran así, solían tomar a
la mujer como algo inferior, como algo inútil para otra cosa
que no fuera dar a luz niños. Las mujeres en su familia
llevaban esforzándose por generaciones para quitar ese
estigma que llegaba desde su nacimiento, pero seguían siendo
sumamente juzgadas por esa actitud.
Pero Harsen… él no parecía ser de los que discriminaban a
la mujer, las ayudaba, pero al mismo tiempo, no parecía
hacerlas menos, claro que, si supiera que su protector era
mujer, seguro se tiraría del balcón de su habitación y la
regresaría junto a su padre.
—Liam —sonrió el caballero que ocupaba los pensamientos
de Aine en ese momento—. ¡Venga! ¡Ven aquí!
¿Acaso él no entendía que ella venía de encubierto? No
debía llamarlo con esa familiaridad, incluso si Liam fuera su
verdadero nombre, Harsen lo estaría revelando justo en ese
momento.
—¿Qué?
—¿Te has divertido? —sonrió el hombre, entregando cartas
para seguir jugando—. Sé que sí, ¿A poco no crees que Desiré
es una creación perfecta de las divinidades?
—Claro —rodó los ojos la joven—. Pero no necesito que
me consiga mujeres.
—Yo creo que sí.
Aine desechó la idea de que Harsen era diferente al resto de
los hombres, no cabía duda que era igual de estúpido que los
demás. Aunque debía comprender que esa atracción era
normal en ambos géneros, tanto hombres como mujeres
anhelaban y fantaseaban con el sexo que le era de su interés.
Pero el estar fingiendo ser uno de ellos le daba acceso libre a
todo el vocabulario vulgar con el que los hombres podían
llegar a expresar sus experiencias con alguna mujer hermosa
que los había admitido en su cama. ¿Acaso era así siempre?
—¿Quieres jugar una partida?
—No.
—¿Quién es tu amigo, Harsen? —Sonrío un hombre con
lentes y una prominente nariz. Tenía a una asustada mujer en
sus piernas, seguramente sentada ahí en contra de su voluntad.
—Liam, Liam sin apellido, es un bastardo con suerte que se
me ha pegado desde hace un tiempo.
Aine lo miró con molestia, pero comprendió en seguida que
Harsen nunca hablaba por hablar y jamás hacía las cosas sin
pensar, incluso fingía estar tomado, ¿Qué quería lograr?
La joven tomó asiento en la mesa donde los otros caballeros
seguían riendo de la burla del presidente. Criticaron el menudo
proceder de Aine, lo enclenque que se veía y la extrañeza de
sus ropas, incluso trataron de quitarle la capa, pero Harsen
tuvo la inteligencia para evitar eso. Si acaso Aine se sentía lo
suficientemente molesta, no dudaría en cortarle la mano a un
bastardo, fuese quien fuese.
—Bien, ¿por qué apostamos? —preguntó un hombre.
—Mmm… veamos. —Harsen paseó su mirada por los
hombres y sonrió—. Por la mujer que tiene el señor Falk en las
piernas, ya que me parece bastante hermosa.
—Por Dios, Harsen, ¿por qué no consigues a tus propias
mujeres? —sonrió aquel hombre, apretando a la muchacha
sentada sobre él, sonriendo lúbricamente hacia ella.
Aine comprendió entonces, ya entendía lo que quería.
—Estoy de acuerdo —dijo otro—. ¿Quién gane, se la
queda?
—Me parece bien —asintió otro.
Era una jugada arriesgada, bien podía ser cierto que Harsen
fuera bueno jugando, pero ahí todo dependía de la suerte y
podía no estar de lado del presidente. La joven suspiró y negó
un par de veces, ella era especialmente mala en las cartas, si se
tratara de su prima Ashlyn, seguro que los dejaba blancos en
un pestañeo.
Afortunadamente, Harsen no perdía y para el quinto juego,
había despojado a todos los hombres de las mujeres que tenían
prisioneras entre sus piernas. Las chicas parecían aliviadas,
viendo el juego que les estaba salvando de aquellos horribles
caballeros que las maltrataban al momento de tomarlas.
Aine en realidad no hacía mucho, simplemente estaba al
pendiente de ver las jugadas de Harsen y trataba de armar
jugadas para él, era su apoyo, pero trataba de que no fuera algo
notorio o esos hombres reaccionarían contra ellos. Daba
gracias que estuvieran tan borrachos y Harsen tan sobrio.
—Bien, caballeros, se acabaron las mujeres —dijo Harsen
con una sonrisa, poniéndose en pie—. Yo invito la siguiente
ronda, que pasen una buena noche, seguro yo la tendré gracias
a que ustedes son tan buenos perdedores.
—Maldito Harsen —dijo un caballero con una sonrisa—.
Nos has robado a las mujeres y, además, cerraste negocios con
nosotros, ¿No quieres mi reloj? ¿Quizá mis pantalones?
—Me encuentro bien, gracias —Harsen se inclinó—. Es un
placer, como siempre, pasar una velada con ustedes.
Harsen abrió los brazos para que las mujeres se acomodaran
entre ellos y las llevó lejos de la mesa y de todas las miradas,
donde rápidamente quitó la sonrisa y las miró con seriedad.
—Creía que a la mitad de ustedes ya las había puesto a
salvo.
—Nos han vuelto a traer, mi señor. —Lloró una jovencita
—. Ha sido todo contra nuestra voluntad.
Aine ahora entendía por qué parecían tan asustadas, en
cambio a las otras cortesanas, que parecían acostumbradas a
estar con ese tipo de hombre, sobre todo, porque eran los que
mejor pagaban, pasando por alto sus costumbres viles.
—Vamos, las llevaré de regreso a la pensión.
—Gracias, mi señor, muchas gracias —susurraban las
jóvenes, saliendo del lugar.
Aine esperó afuera de aquella pensión, la cual parecía ser
otra de las muchas propiedades de Harsen. Las mujeres
entraron presurosas, saludando a la casera que se veía más que
agradecida y aliviada de verlas sanas y salvas, sobre todo de
que hubieran sido salvadas por Harsen en persona.
—¿Cómo hizo para ganar todos los juegos?
Harsen sonrío y sacó naipes de entre sus ropas.
—Si ellos juegan sucio, entonces yo no tengo porqué jugar
limpio —dijo tranquilamente, guardando de nuevo las cartas.
—¿Quién se llevó a esas mujeres?
—Los malditos Sundberg. Siempre han buscado meterse
conmigo. —Negó—. Desde que subí al puesto están contra mí.
Aine había escuchado lo suficiente ese nombre.
—Los tengo en la mira.
—Son personas peligrosas, amenazadas por el cambio y la
prosperidad de la gente —bufó—. Llevarse a muchachas a la
fuerza para ser torturadas por esos viles… ¡Malditos!
—¿Qué hay de Desiré?
—La he intentado sacar de ahí un millón de veces, pero ella
sigue volviendo por voluntad, creo que le agrada y contra eso,
yo no puedo hacer nada.
Aine asintió y sonrió por debajo de su cubierta.
—Eres mejor persona de lo que pensé.
—¿Ya no soy un Niño Mimado?
—Yo jamás quito un apodo que ya he dado.
—¡Ey! Deberías ser más consecuente conmigo, soy quien
está pagando tus honorarios.
—Bien puedes dejar de hacerlo y claro, morir.
—Eres condenadamente arrogante.
—Bueno, si consideramos que puedo hacerte morir
lentamente de seis maneras diferentes —asintió con gracia—.
Sí, me doy el lujo de ser arrogante.
—Que irritante. —Sonrió Harsen—. No volveré a traerte
con mujeres, te ha subido el ego.
—Claramente eso ha sido —rodó los ojos—. ¿Por qué una
mujer me subiría el ego?
—Parece que no fueras hombre. —Se burló Harsen,
poniéndola nerviosa—. No sé, supongo que la mujer es
hermosa y orgullosa, conquistarlas de alguna forma, nos hace
sentir bien.
Aine se quedó callada por un largo momento.
—Supongo que me sentí bien al estar con Desiré.
—¡Lo sabía! ¡No eres una maldita piedra!
—Cállate Niño Mimado —sonrió la joven, aventando con
fuerza a Harsen y siguiendo con su camino.
Pero el presidente no dejó de sonreír y eso había sido
suficiente para que Aine no buscara romperle la cara a golpes
para quitársela de encima. Lo que pasaba era, que a la joven en
verdad le gustaba la sonrisa limpia, grande y simplona que el
presidente de Suecia lograba colocar en sus labios. Era la
sonrisa más hermosa y sincera que hubiese visto en mucho
tiempo.
No sabía lo que le estaba pasando, pero la opinión que tenía
sobre Harsen Svensson mejoraba a pasos agigantados. Quizá
no fuera un hombre de lucha, fuerte y con las vísceras
necesarias para matar a quien fuese necesario, como lo serían
sus hermanos y su padre. Pero Harsen tenía algo que
consideraba mucho más especial: tenía un corazón de oro que
no trataba de ocultar.
Probablemente lo que le llamaba la atención sobre él era su
autenticidad y transparencia, debido a que los Hamilton no
solían dejarse ver con esa facilidad. En su familia, aquello
sería una muestra de debilidad, las personas como ellos debían
poder controlar sus emociones tanto como pudiesen, limitarlas
y algunas veces, hasta exterminarlas.
Harsen no era de esa manera, no lo intentaba, decía lo que
sentía y lo que pensaba, era bueno, tenía las manos limpias y
el corazón intácto. Lo envidiaba de alguna manera y lo
admiraba de muchas otras que jamás admitiría.
Capítulo 8
Era una madrugada fría y silenciosa en Estocolmo, nadie
salía a esas horas por temor a congelarse, incluso las veladas
solían terminar antes para evitar molestias a los invitados y eso
dejaba el camino libre para Aine, quién había podido dejar a
Harsen en la seguridad de su mansión, para ir directa hacia
otra.
Llevaba bastante tiempo investigando a los Sundberg, hasta
ese momento, tenía el conocimiento de que la familia estaba
conformada por los padres, cuatro hombres y tres mujeres.
Ninguno parecía del todo inteligente, al menos eso había
logrado observar en sus largas noches de espionaje; pero eran
recelosos con su seguridad y no les importaba gastar en ello.
Tendría que ser muy cuidadosa si planeaba entrar ahí.
Pero no había opción, se había enterado de algo importante,
no debía dudar únicamente por estar en desventaja, unos
cuantos hombres armados no eran nada contra alguien con un
entrenamiento como el de ella… al menos, eso quería pensar.
Debía ser positiva, era lo único que le quedaba.
A unas casas de distancia de donde Aine se encontraba,
Harsen despertó sin razón, por lo general, era de buen dormir,
nada solía perturbarlo y eso le era preocupante, puesto que
tenía un mal presentimiento, sentía en sus entrañas que algo
malo estaba por pasarle a él o alguien que consideraba
cercano.
Miró a su alrededor, buscando algo que diera un indicio de
su dezasón, notando de pronto que Liam no estaba en su cama,
aunque eso ya no le parecía algo fuera de lo normal. Sabía que
estaba investigando algo que debía ser importante, sobre todo,
porque no le informaba nada a él, sino a sus superiores.
Era un hombre interesante, reservado, más que otra cosa;
mortal si se le molestaba, e impaciente, muy impaciente. Se
preguntaba si habría ido solo a casa de los Sundberg, eso sería
tonto, puesto que esas personas tenían miedo y cuando se tenía
miedo, no había reparo para cometer estupideces, podrían
matar a Liam si no sabían reaccionar con tranquilidad.
Pero dudaba que alguien pudiera hacerle daño a Liam, ese
hombre sabía lo que hacía, en más de una ocasión le había
tocado ser quien lo sacara de quicio y ni siquiera por ser él se
limitó a amenazarlo con una fiera daga en su cuello.
Harsen escuchó entonces un golpe en la planta baja de su
casa, alterándolo con rapidez; Liam no solía hacer ruidos, era
sigiloso y, normalmente, le sacaba sustos de muerte por ello.
No, definitivamente él no haría un escándalo.
Tomó su arma y salió de la habitación, tratando de ver entre
la oscuridad de la noche, debía recordarse dejar la indicación a
la servidumbre para que dejaran una que otra luz encendida,
aunque a veces, era el mismo Liam quien se la pasaba
apagando luces.
—¡Señor Harsen!
El hombre frunció el ceño y no comprendió del todo por qué
una mujer acudiría a sus puertas a esas horas y en esas
condiciones climáticas. Entonces, la puerta de la entrada
volvió a ser aporreada, sacándolo de su estupefacción y
apurándolo a que abriera la bendita puerta.
—¿Desiré? —se sorprendió al ver a la mujer presa del
pánico, entrando a la casa con un cuerpo a cuestas.
—¡Está herida, está herida!
—¿Quién es? ¿De qué hablas?
—Es Aine, ayúdala por favor.
—¿Aine?
—¡Ayúdala!
—Vale, vale —asintió el hombre, ayudando a Desiré con el
cuerpo inerte de la tal Aine—. ¿Qué le ha pasado?
—Dos heridas, una ahí en la pierna y otra allá en el hombro.
—Demonios, yo no puedo ayudarla, ¿Dónde está ese
maldito Liam cuando se le necesita?
—¡Ella es Liam! ¡Es la misma persona, gran tonto! —dijo
alterada, estaba demasiado asustada como para seguir el juego
que Aine había querido marcar.
—¿Qué?
—¡Médico! ¡Un médico! —gritó la joven, despertando a la
servidumbre que salía presurosa con ropas de dormir.
Los hombres y mujeres miraron con preocupación a su
señor, pero no atendieron el mandato de una joven que era
bien conocida por ser una cortesana de la alta sociedad.
—Hagan caso a Desiré. Lucio, trae un médico, pronto. —
Ordenó entonces el propio Harsen, tomando el cuerpo de la
joven y llevándolo escaleras arriba, hacia su habitación.
—Por Dios, le dije que no fuera, se lo dije. —reclamó
Desiré.
—¿Fue sola a casa de los Sundberg?
—Sí, a casa de esos malditos, ella tenía la intensión de… es
una tontería, era imposible que lo hiciera sola.
—¿Qué quería hacer?
—Parece que… ella no quería decírtelo, quería resolverlo
sin ti, me matará si lo digo.
—Maldición, Desiré, me estás desquiciando.
—Tienen a Lili —confesó—. Camila ha vendido a Lili.
—¡¿Qué demonios dices?!
—Lo lamento, en serio lo siento muchísimo. —Desiré
parecía complicada—. Ella me prohibió decirte.
—¿Y decides hacerle caso a una desconocida, que venir a
decirme las cosas a mí? ¿A quién le debes más tu lealtad?
—Ella es mi amiga, llevamos meses siéndolo y… ¡Y ella
me aterra mucho más que tú! —admitió.
Bueno, Harsen debía admitir que Liam era aterrador, más
bien Aine… ¡O quién fuera! Para ese momento ya no
importaba, la cosa era que ella moría y que Lili estaba
capturada por esos malditos dementes.
—Tengo que ir por Lili —Harsen se puso en pie—. Cuida
de Liam, o Aine… ¡Maldición! ¡Cuida de ella!
—Harsen, no puedes ir, mira lo que le han hecho a Aine.
—A ella la esperaban, sabían que iba de encubierto,
seguramente pensando que yo lo mandé.
—Exacto, si te presentas ahora, sabrán que tú mandaste un
asesino a por ellos, quieren hacer que piques el anzuelo.
—¡No puedo dejar a Lili ahí!
—¿Cómo harás que te la regresen ahora, Harsen? —pidió
desesperada—. ¿Qué dirás? ¿Cómo lo sabrías si no es porque
los espiaba alguien? ¿Dirás que el presidente de Riksdag
manda espiar a sus contrarios?
Harsen soltó un grito desesperado y tiró una mesita que
había en el lugar, sintiéndose acorralado.
—¿Ella te ha dicho que me dijeras todo eso? —apuntó a la
mujer convaleciente.
—Sí, antes de caer desmayada.
—Maldita mujer, ¡Maldita y mil veces maldita!
Caminó de un lado a otro y miró al ser inconsciente sobre su
cama; en realidad, ella seguía teniendo el aspecto de Liam, aún
conservaba su indumentaria y su cabello estaba metido entre
sus ropas, sólo unos mechones largos se salían del escondite y
claro, su rostro estaba totalmente descubierto por primera vez.
—¿Dónde demonios está el médico? —gritó Harsen justo
en el momento en el que el erudito entraba a la recámara.
—Mi señor, lamento la tardanza, lo que sucede…
—No importa, atiéndala cuanto antes. —Harsen apuntó
hacia el cuerpo de la mujer y el médico acató la orden con algo
de consternación, no era normal ver al señor Svensson
alterado.
Harsen caminaba de un lado a otro, viendo el sufrimiento de
Liam y, al mismo tiempo, con la cabeza puesta en Lili, no
podía creer que Camila llegara a tanto, ¡Era su propia
hermana!
El hombre enfureció y decidió salir, de todas formas, a Liam
de nada le serviría que estuviera ahí, estaba inconsciente y en
buenas manos, al menos eso esperaba.
—Cuida de él… de ella, hasta que regrese. —Indicó a
Desiré.
—¿Qué? —La joven se volvió—. Harsen, ¿a dónde vas?
—Tengo que encontrar a Camila.
—Creo que no te será difícil encontrarla —dijo con una
marcada molestia—. Seguro está en el bar, ahogada y drogada.
—Volveré pronto.
—Pero Harsen, ella ha dicho… —Desiré se quedó con las
palabras en la boca y lo dejó marchar, al final de cuentas, no
era nadie para impedirle al presidente que hiciera lo que
quisiera.
Harsen bajaba las escaleras a todas prisas, cuando de pronto,
la puerta de la entrada se volvió a abrir, dando paso a su tío,
quien parecía alterado y llegaba presuroso.
—¿Qué haces aquí tío?
—Me he enterado de lo que pasó en casa de los Sundberg,
¿A dónde crees que vas?
El tío Clemens era un hombre alto, no muy mayor, fuerte,
fornido e intransigente. Había criado a Harsen prácticamente
desde que tenía diez años, después de que sus padres murieran
en un trágico accidente al que sólo el niño había sobrevivido.
Para el pequeño Harsen, había sido una salvación tenerlo y
para Clemens fue una bendición, puesto que tendría heredero
para su extraordinaria fortuna.
—Tengo que ir a buscar a alguien.
—Espero que no a los Sundberg. —Le tomó del brazo y lo
detuvo cuando trató de pasar de él—. No irás a esa casa.
—No tío, no pienso ir ahí, pero hay una muchacha a la que
han vendido por error, ella trabaja para mí.
—No es de tu incumbencia, Harsen, deja las cosas como
están, te matarán si acaso saben que ese tal Liam es
subordinado tuyo. ¿Acaso no sabes medir el peligro?
—No es subordinado mío, él… ella, llegó gracias a ti.
—¡Porque estoy preocupado por el único hijo que tengo!
Harsen bajó la mirada, sintiéndose avergonzado con su tío,
él en verdad había sido un padre para él, lo último que quería
era preocuparlo o enfurecerlo, pero no podía ceder en una
situación como la actual, simplemente no se lo perdonaría.
—Perdóname tío.
—¡Harsen! —le gritó cuando el muchacho abrió la puerta
—. ¡Harsen, te digo que vengas!
El tío dejó salir un impropio y cerró la puerta de la
propiedad de su muchacho… sabía que él ya no era un
muchacho, pero para Clemens, siempre lo sería, era la única
familia que tenía y lo había criado como su hijo y lo quería
como tal.
Cerró los ojos y suspiró antes de subir a la habitación donde
una de las águilas estaría luchando por su vida. Ahora que lo
recordaba, ¿acaso ese muchacho había dicho ella?
Harsen entró a la cantina que Camila frecuentaba y no tardó
mucho en encontrarla, estaba tirada en la barra, nuevamente
siendo acosada por hombres que trataban de aprovecharse de
su inconsciencia. Harsen llegó hasta ella y la levantó como
pudo, en esa ocasión Camila por lo menos lograba quejarse y
balbucear, lo que quería decir que estaba mejor que en otras
ocasiones.
—¡Déjame Lili! ¡Déjame!
—No soy ella, Camila, ella seguro está sufriendo una
atrocidad para este momento.
—¡Déjame!
La chica tenía la suficiente fuerza y cordura como para
intentar apartarse de él, pero Harsen era más fuerte y
simplemente la subió al caballo como si se tratara de un costal
de papas y cabalgó de regreso a su casa.
Bajó del caballo y puso a la casi inconsciente Camila en su
hombro, subiendola hasta su habitación, donde el médico
seguía trabajando con Liam… la mujer Liam. Parecía que algo
no iba del todo bien.
Harsen dejó a Camila sobre sus pies dejandola al cuidado de
Desiré, quien se había adelantado para mantenerla firme en su
lugar. La hermosa cortesana negó hacia la emborrachada joven
y la llevó dando tumbos hasta la bañera, donde seguramente la
aventaría en el agua helada.
—¿Qué sucede? —inquirió Harsen, mirando al médico que
casi metía su nariz por el agujero que era la herida de Liam.
Para ese momento, el médico le había descubierto el
hombro herido y la pierna, no se había preocupado en quitarle
la capucha y la tela sobre su rostro, pero este se había
desacomodado y sus facciones comenzaban a ser visibles.
—No puedo sacar la bala —negó el médico—. Morirá de
seguir perdiendo sangre.
—¿Logró sacar la de la pierna?
—Sí, sí, esa parte está resuelta, pero aquí… —negó—.
Simplemente no puedo.
Harsen miró a Liam sin saber qué hacer y pidió ayuda a su
tío, quien observaba detenidamente el cuerpo, parecía no
entender del todo que era una mujer.
—¡Tío!
—No soy médico Harsen —dijo el hombre después de unos
momentos de seguir pensando—. ¿Por qué no llamaste a
Enok?
—Claro… Enok —asintió Harsen y miró hacia Desiré,
quien salía algo mojada del cuarto de baño—. Dile a un mozo
que vaya por Enok ahora mismo.
El médico parecía ofendido por haber sido relevado de sus
tareas, por lo cual, Harsen se vio en la necesidad de halagarlo
antes de poder continuar con sus muchos problemas.
—Bueno, si han dicho que viene otro médico en camino,
entonces he de retirarme —dijo el hombre, guardando sus
cosas.
—Gracias, señor, por atender mi llamado con esa presura —
sonrió Harsen, tomándole la mano—, en realidad ha sido de
mucha ayuda.
—Supongo que no tanto como ese Enok.
—No sienta su vanidad herida, mi señor —pidió Harsen con
una sonrisa—. Enok es un médico de guerra, está
familiarizado con sacar balas, pero dudo que sea el indicado
para tratar una peritonitis y otra enfermedad de importancia.
El hombre pareció calmarse ante esas palabras, el presidente
hacia énfasis en que cada uno era bueno en su elemento.
Harsen sonrió durante todo el camino en el que acompañó al
hombre hasta la salida. En cuanto cerró la puerta, corrió de
regreso a su habitación, notando que Liam deliraba, Camila
vomitaba en el baño, Desiré corría de un lado a otro y su tío
Clemens no hacía nada, parecía absorto en sus pensamientos.
¡Vaya noche!
—Desiré, encárgate de Liam —indicó Harsen—. Yo iré con
Camila, ¿Está más consciente?
La chica simplemente asintió y fue a bajar la fiebre de la
mujer que deliraba en la cama del presidente, presionandole la
herida que no dejaba de sangrar.
Harsen notó entonces lo pálida que Liam se estaba
poniendo, el pensar en que moriría lo ponía nervioso y
horrorizado. Iba a acercarse, pero en ese momento, Enok entró
a la habitación, preso de un nerviosismo sin precedentes.
En realidad, Harsen conocía bien a ese médico, era
vagabundo y extraño, nadie sabía mucho de él y tampoco
nadie se atrevía a [Link] respetaba a Enok y era lo
mismo para el otro lado, simplemente no se hacían preguntas y
listo, su amistad seguía intacta.
Capítulo 9
Harsen dejó en manos del experto el cuidado de Liam y
entró a la habitación de baño, donde Camila seguía
devolviendo el estómago una y otra vez, incluso le pareció
preocupante.
—Bien, toma agua. Por Dios, Camila, ¿Qué te sucede?
—Lili… —dijo en cuanto pudo hablar—. ¿Dónde está Lili?
—La vendiste a los Sundberg —dijo él con seriedad—.
Necesito que te compongas lo suficiente para ir por ella.
—¡Yo no hice algo como eso! ¡No la vendí! ¡No lo haría!
—Al parecer, lo hiciste —dijo Harsen, completamente
decepcionado, tomando el cabello de la chica para que no se
llenara de vómito—. Vamos, báñate adecuadamente y
cámbiate, necesitamos ir por ella.
—Vamos ahora, no importa, vámonos.
—Estás empapada, vomitada y con los ojos más rojos que
una manzana —negó—. Tienes que lucir presentable si quieres
que nos la podamos llevar.
—Pero… pero ahora ella podría estar…
—En ese caso, será mejor que te des prisa.
Camila se puso en pie de un brinco y comenzó a sacar sus
ropas con presura, haciendo que Harsen se volviera y saliera
del lugar, sabía que ella no estaba pensando adecuadamente en
ese momento, pero él era un hombre, no debía ser tan
descuidada con su ambiente… pero, ¿qué decía? Ese era el
problema con Camila, ella no pensaba, simplemente no lo
hacía.
Harsen salió del cuarto del baño, encontrándose con Enok
limpiando sus manos y dando indicaciones a Desiré, quien se
encargaba de limpiar la frente de Liam.
—¿Qué tal está?
—He logrado sacar la bala, pero ha perdido mucha sangre,
es más que probable que se le haga una infección.
—¿Tan mal?
—Sí, ella en verdad está mal.
Harsen cerró los ojos y asintió.
—Tengo que hacer algo, ¿podrías quedarte con él en lo que
regreso? —pidió Harsen.
—En realidad, es una mujer —dijo Enok.
—Lo sé —dijo Harsen—. Pero no puedo acostumbrarme,
llevo cinco meses pensando que era hombre.
—¿A dónde irás? —se interpuso Desiré.
—Voy por Lili.
El tío Clemens despegó su cuerpo de la pared y lo miró
enojado, dándole una advertencia con la mirada.
—Creí decirte que ella dijo que no lo hicieras —dijo Desiré.
—Lo sé, pero está inconsciente ahora y Camila es mi excusa
perfecta, no se preocupen estaremos bien.
—Iré con ustedes —dijo Clemens—. No pienso dejar que te
maten sin testigos.
—Bien pueden matarnos a los dos.
—Podrían no matar a ninguno, pero eres terco como tú sólo.
Los dos hombres y una estresada Camila salieron por esa
puerta en medio de discusiones, regaños y posibles aventones;
dejando en soledad a los otros tres, una inconsciente y otros
dos demasiado lúcidos como para sentir la tensión.
Por varias horas no hablaron y simplemente cuidaron de la
mujer convaleciente, notando cómo ella recuperaba color
conforme pasaba el tiempo. Hacía horas desde que Harsen
había salido y no volvía; y Aine no recuperaba el
conocimiento.
—Si él se entera, nos matará a los dos —susurró el médico.
—Pero ella ha decidido hacerlo por su cuenta, no puede
castigar a todos por las decisiones de Aine —se asustó Desiré.
—Claro que puede, lo sabes bien. —La apuntó Enok—. Se
suponía que tú estabas cuidándola.
—¡No podía hacerlo todo el tiempo! ¡Se suponía que tú
impedirías que algo malo le pasara!
—Tenemos que decirle, mandar el informe.
—No, Enok, espera un poco —pidió Desiré—. Al menos
hasta que ella despierte.
—¡Ella se pondrá furiosa de saber que su padre nos contrató
y mandó para tenerla vigilada!
—Lo sé —Desiré estaba tan alterada como él—. Pero de
todas formas, la carta tardará demasiado en llegar, para cuando
él esté informado, quizá Aine esté felizmente recuperada.
—¿Qué tal si algo peor pasa y no le avisamos?
—No…
—¡Maldición! —se quejó Aine—. ¡Demonios! ¡Como
duele!
—¡Aine! —Desiré se acercó y colocó una mano sobre su
frente para ver su temperatura—. ¿Cómo te sientes?
—Pésimo —se quejó un poco más—. ¿Dónde está Harsen?
—Él… —Desiré miró hacia Enok.
—Fue a casa de los Sundberg.
—¡¿Qué?! —Aine miró incriminatoria a su amiga—. ¿No te
dije que le advirtieras que no debía ir?
—Sí, pero él no ha hecho caso, dijo que tenía un plan.
—¡Un plan mis enaguas! —negó la joven—. Tengo que
levantarme ahora.
—No creo que te sea posible —Enok la detuvo y la volvió a
recostar en la cama—. Estás malherida.
—Lo sé, ese maldito bastardo me las pagará.
—Aine… tendremos que avisar a tu padre —dijo Enok.
La joven se sorprendió notoriamente ante esto, para después
rodar los ojos y maldecir.
—¿Te ha mandado él?
—Sí, se suponía que debía cuidarte.
—Me has salvado la vida, misión cumplida. Si le dices algo
a papá, te cortaré la mano.
—Señorita Aine…
—No soy su hija en este momento, soy una más de ustedes,
puedo con esta misión, es fácil y estoy cerca, mandar a alguien
más sería como si se comenzara de cero.
—Nos matará si sabe que estás herida, Aine. —Rogó
Desiré.
—¿Tú también eres parte de esto? —se sorprendió la joven.
—Bueno, no de su cofradía, pero se suponía que tendría un
ojo sobre ti.
—Mi padre es en verdad sorprendente, te contrató después
de que te visité la primera vez, ¿cierto?
—Sí, lo siento.
—No, no te preocupes, es lo que él hace —rodó los ojos y
suspiró—. Bien, se harán las cosas de esta manera: no le
diremos a mi padre del pequeño incidente y ustedes serán mi
apoyo de ahora en adelante, ¡yai!
Los dos chicos se miraron poco conformes, pero, de tener
que decirle al Hombre Siniestro que su preciosa hija había sido
herida y estuvo a punto de la muerte, a no decir nada… sí,
mejor le harían caso a la loca señorita que estaba tendida en
esa cama.
—¿Hace cuánto que se fue Harsen?
—Varias horas —informó Desiré.
—Demonios, ¿Qué le estará tomando tanto tiempo?
Pasó todavía una hora más hasta que comenzó a escucharse
ruido en la planta baja, parecía un verdadero desastre, gritaban
y cosas parecían caer al piso. Aine intentó incorporarse,
sufriendo en el camino, pero estando lo suficientemente
enderezada para cuando todas esas personas entraron a la
habitación.
—¡Lili! ¡Por favor, habla conmigo!
La joven pasó corriendo y se encerró en el baño, llorando
amargamente en el interior. Aine vio la escena con espanto y
esperó a que alguien dijera algo.
—Camila, sal de aquí ahora. Desiré, entra ese baño y ayuda
a Lili a lo que sea que necesite. Doctor Enok puede irse, mi tío
lo llevará a casa. —Organizó Harsen y la habitación se vio
desalojada en cuestión de segundos, quedando sólo él y Aine
en el lugar—. ¿Te sientes mejor?
—Sí —ella bajó la cabeza—. Lamento haberte engañado.
—Una mujer. —Harsen dibujó una pequeña sonrisa—. No
sé si sentirme sumamente enojado o sumamente apenado.
—¿Apenado? —la joven frunció el ceño.
—Bueno, digamos que me comporté como si estuviera
viviendo con un hombre, tú no eres uno. ¿Acaso viste…? —el
hombre negó y dejó salir una sonrisa vergonzosa—. Claro que
viste todo, yo jamás he sido demasiado pudoroso ¿verdad?
—Bueno, espero que le ayude para un futuro.
—¿Quién demonios eres? —la miró—. Jamás pensé que
una mujer fuera parte activa de la cofradía.
—No es usual, en realidad soy la única vigente, aunque han
existido otras —aceptó.
—Bueno, seguro que eres la más terrorífica de todas.
—Posiblemente.
—¿Por qué salen de la cofradía?
—Porque se casan, tienen hijos u alguna otra tontería
romántica —dijo Aine.
—Quiere decir que tú no piensas abandonar nada por una
tontería romántica.
—Claro que no.
Harsen asintió un par de veces y exhaló con fuerza.
—Y bien, ¿Cuándo vuelves a casa?
—¿Disculpa?
Harsen se sorprendió.
—Estás en cama, con heridas de bala.
—¿Y eso qué? —dijo a la defensiva.
—Por donde lo veas, no tiene lógica que te quedes aquí.
—¿Por qué? ¿Por qué soy mujer?
—No, porque estás herida y a mí no me sirves de esa forma.
—¡Sirvo más que muchas personas, aún con dos balas en el
cuerpo! —dijo indignada—. No pienso regresar, demostraré
mi valía. Si vuelvo ahora, la misión se verá terminada y será a
causa de “una mujer”, no de una falla, sino de “una mujer”.
—Entiendo, entiendo —trató de calmarla—, estás peleada
con ese estereotipo, aun así, no puedo tenerte aquí.
—Me recuperaré rápido, han sido unos roces, no es nada.
—Claramente. —Él negó rotundamente—. Volverás a casa.
—¡Por favor! —ella casi suplicó cuando Harsen iba a salir
de la habitación—. Por favor… nunca he suplicado nada, pero
le pido que no me regrese, sé que puedo ser de ayuda,
solucionaré su problema, lo juro, moriré si es necesario.
—Hoy casi lo hace.
—Quería salvar a Lili, prometo no ser tan atrabancada la
próxima vez, seré cuidadosa, lo haré bien, lo prometo.
—¿Tiene familia, señorita…?
—Aine, me llamo Aine.
—Bien, ¿Tienes familia, Aine?
La joven mordió sus labios fuertemente y negó.
—No, no la tengo.
Harsen sintió una gran tristeza por ella, sabía bien lo que era
no tener familia, por esa razón estaba agradecido con su tío
Clemens, de no estarlo, se vería desvalido y hubiese crecido
entre el horror, como Camila, Lili y seguramente Aine.
Entendía por qué Aine buscaba la aceptación, si acaso
concretaban que no era funcional para la cofradía, ella volvería
a quedarse sin nada, sola en un mundo en su contra; de hecho,
le parecía una forma honorable de trabajar y admiraba al
Hombre Siniestro un poco más por haber permitido que una
mujer entrenara hasta llegar a la maestría para ser parte de su
cofradía, era una mentalidad revolucionaría sin duda alguna.
Pensaba aplicar un poco de ello. Las mujeres solían tener
una vida difícil, al ser consideradas el sexo débil, los hombres
pensaban que podían abusar de ellas a placer, casi creían que
era su deber como mujer el complacerles. Era una aberración y
ya estaba tomando cartas en el asunto para erradicar ese
pensamiento, era una de las razones por las cuales Harsen
Svensson no era querido y mucho menos aceptado.
—Bien. —concedió—. Pero si vuelves a salir lastimada, no
habrá cabida a discusión, ¿entendido?
—¡Oh! ¡Se lo agradezco! ¡No sabe cuánto!
Aine sabía que estaba mal mentir y sabía que se estaba
aprovechando totalmente del hombre que tenía en frente. Con
el poco tiempo que llevaba de conocerlo, había deducido con
facilidad su personalidad y sabía que la dejaría quedar si decía
que era huérfana y que, además, pensara que era su forma de
sobrevivir. Harsen era un buen hombre, sin duda alguna lo era.
—Puedes descansar aquí —dijo el hombre sin más—.
Mañana halaremos de todas las demás mentiras que has dicho.
Aine se sintió culpable, puesto que no había dejado de
mentir.
—Está bien.
—Por ahora ya no tienes que vestir como hombre, ni
tampoco hablar como uno —Harsen negó—. ¿Era la razón por
la que hablabas tan poco?
—En general no hablo demasiado, cuando lo hago,
normalmente es porque estoy peleando por algo.
—Entiendo —sonrió burlesco—. Supongo que esto será una
locura, ¿Te encuentras bien ahora?
—Gracias por sus atenciones. —asintió la joven.
—Iré a ver cómo está Lili y saldré de aquí, lo prometo.
Harsen caminó hacia el baño y tocó la puerta, pero no
recibió contestación alguna.
—¿Qué le han hecho?
—Mejor que no lo sepas —suspiró el hombre.
Capítulo 10
Como Aine había prometido, su recuperación había sido
considerablemente rápida, no tenía más problemas para
ponerse en pie sola y solía dar paseos para ejercitar su pierna
herida; con lo que tenía más problemas era con el hombro,
pero se encontraba bastante mejor y aquel incidente había
pasado a ser sólo un recuerdo de una noche que fue espantosa
para todos.
Lili era la que se encontraba peor, a pesar de que sus heridas
físicas no eran tan graves como las de Aine, parecía que la
joven había pasado a ser una sombra de lo que era antes,
repudiando a su hermana Camila, quien se había vuelto a
hundir en sus adicciones tras saber lo que había pasado con su
hermana.
Por su lado, Harsen era el hombre más ocupado del mundo,
no salía mucho de su despacho, asistía poco a veladas y
parecía enfocado en hacer un discurso, el cual solía leer en voz
baja o a su tío Clemens, quien pasaba más tiempo en la casa
del Svensson.
—Aine —Harsen la miró con sorpresa—. ¿Qué haces aquí?
—Tengo que salir —dijo la joven, quien no había dejado de
usar sus ropas de varón y su capa negra que solía cubrirle casi
toda la cara—. Volveré pronto.
—Espera. —La mujer se detuvo en el acto y volvió sobre
sus pies, mirándolo expectante—. Tengo una idea de cómo
ayudarte.
—No necesito ayuda.
—Quizá no, pero esto será útil de todas formas.
—Bien, habla.
—Hay una velada hoy en la casa de los Sundberg.
—Perfecto, aprovecharé para infiltrarme en su casa.
—No creo que sea necesario infiltrarse, puedes ir como mi
acompañante, vestida de mujer, claramente.
—¿Por qué haría algo así?
—No puedes ir con esa vestimenta, sería demasiado obvio.
—No. Digo que ¿por qué debo ir como su acompañante?
—¿De qué otra forma podrías entrar?
Aine entendió y asintió.
—¿Quién diremos que soy?
—Podemos fingir que eres alguien importante de otro país,
obviamente no se debe de saber que estás en mi casa, lo
resolveremos al alquilar una habitación en un hotel o algo por
el estilo, incluso podrías decir que estás quedándote con
parientes.
—Así que me preguntas, pero ya lo tienes todo planificado.
—Sí, la verdad es que deseo que te acerques a un Sundberg
en particular, creo que tiene toda una red de trata de niñas.
Aine asintió muy lentamente y lo miró con seriedad.
—Entiendo, esto no tiene nada que ver con tu caso, quieres
meterme en otro problema completamente diferente.
—Va de la mano.
—No lo creo.
—¿Quieres quedarte aquí o no? Bien puedo dar un reporte
de lo sucedido y ¡puf! De regreso a tu casa.
Aine lo miró con verdadero odio, no le quedaba otra opción
más que aceptar lo que le pedía.
—¿Qué es eso de puf?
—No lo sé, ¿magia? —se inclinó de hombros con una
sonrisa.
—No hagas tonterías —dijo enfadada—. Bien, iré con
usted.
—Perfecto, le daré dinero para que vaya a comprar algo
menos… ¿masculino? Ni siquiera puedo decir que es
masculino.
—No necesito su caridad.
—Bueno, debido a que será por petición mía, permítame
comprarle el vestido, suelen ser caros y no quisiera imponerle
un gasto que no tenía planificado.
«¿Pero este quién se cree…?»
Por un segundo se molestó, pero después recordó que
Harsen pensaba que era una pobre huérfana desvalida, que no
podría darse el lujo de comprarse un vestido como el que se
necesitaba para una velada como a la que asistiría. Bueno, si
eso era lo que él quería, no era nadie para negar todo un
atuendo.
—Bien, ¿a dónde he de ir a comprarlo?
—En realidad, no me parece tan buena idea que vaya en
persona, ya sabe, si no tiene otras ropas, llamará demasiado la
atención de las personas.
Aine se miró a sí misma, él tenía razón.
—Bien, pero quiero ser alguien importante, necesito joyas
también —dijo con una sonrisa.
—Claro, lo tendré contemplado.
—Quizá con un brazalete y unos aretes… aunque me gustan
los anillos también.
—Muy bien, basta de burlarse de mí.
Aine dejó salir una traviesa risilla que él jamás había
escuchado o siquiera imaginado. Incluso la misma muchacha
se mostró impresionada por lo que había hecho.
—Bueno, me está metiendo en más problemas, lo tomaré
como mi pago por la noche, hasta luego.
Harsen compuso una mirada extrañada y siguió con su día
lo mejor que pudo. Estaba seguro que los Sundberg tenían
mucha basura escondida entre sus faldas de satín y collares de
diamantes. Algo en lo poco que le había dicho Lili lo había
dejado verdaderamente inquieto.
Eran las cinco de la tarde cuando Harsen llamó a la joven
desde su habitación y, en cuanto la vio, le tendió varias cajas
para que comenzara a vestirse. Aine se sintió verdaderamente
extraña, no estaba acostumbrada a recibir regalos de extraños.
Miró aquel vestido con una ceja despectivamente alzada,
como si no terminara de entender el funcionamiento de aquello
sobre su cuerpo. Ella solía usar vestidos, pero ese estilo en
específico no era de sus preferidos. Tenía demasiada pedrería,
muchos encajes y oropeles, sentía que se perdería en aquellos
abultados hombros y cuello cerrado. Aunque, considerando el
frío, tampoco se veía nada mal.
—No me termina de agradar —dijo Aine hacia Desieré,
quien se encontraba en la habitación con ella.
—¿Qué? —la joven cortesana parecía impresionada—. ¡Es
lo último en moda por aquí! Es precioso, Aine, precioso.
—Mmm… —La chica ladeó la cabeza de un lado a otro—.
Quizá si hiciéramos unos cuantos cortes…
—¿Qué dices? —Desiré alejó el vestido de ella—. Estás
loca.
—Tranquila, sé lo que hago, tengo que dejarme el cuello
despejado o sentiré que alguien me está ahorcando. —Le
guiñó el ojo—. Miedo adquirido de una mala manera, como
dije, cuello despejado si no quieres verme hiperventilando.
—Arruinarás este precioso vestido con tus manos varoniles.
—Mis manos son de muñeca. —Las expuso ante ella—. Las
cubría por una razón. Ahora, ¿dónde hay unas tijeras?
—¡No! —Desiré corrió despavorida por la casa del
presidente, tratando de que Aine no hiciera desfiguros en tan
precioso vestido.
Pero como era de esperarse, Aine la alcanzó, la inmovilizó y
tomó el vestido entre sus manos mientras seguía sentada sobre
Desiré, a quien incluso la tela le tapaba la cara.
—Sí, un cortesito por aquí, una costura por acá y listo.
Lili abrió la puerta de su habitación, viendo a las dos chicas
riéndose y divirtiéndose en el suelo, parecían tan contentas y
tranquilas con la vida, que incluso la molestaba. A Desiré la
lograba perdonar un poco, sabía de los mundos en los que ella
tenía que andar y soportar; pero Aine… ella parecía una
muñeca imperturbable ante la vida. La molestaba, la molestaba
demasiado al punto en el que sentía escozor en su estómago.
—Bien, vamos a la zona de costura —Aine lo pensó por un
momento—. ¿Hay zona de costura en esta casa?
—Claro, al presidente también se le rompen trajes y se le
descosen botones —dijo Desiré—. Aunque te invito
nuevamente a que no hagas nada al vestido.
—¿Escuchas eso Desiré? —Aine se puso seria y colocó una
mano en su oído—: esa soy yo, ignorándote al completo.
—¡Oh! Por todos los cielos, tu no debes hacer esas cosas,
por poco sentí que alguien me daba con un machete por la
espalda.
Aine rio de su amiga y ambas salieron de aquel pasillo en
dirección a las zonas bajas de la casa, donde se encontraba la
cocina, las habitaciones de los empleados, la lavandería y la
zona de planchado y costura.
Harsen se había bañado, afeitado, cambiado, incluso había
recibido a dos personas en el despacho y, aun así, Aine no
estaba lista. Entendía perfectamente que tuviera problemas en
vestirse como mujer en lugar de hombre, pero…
—Lista. —Lo interrumpió su voz—. Lamento la tardanza,
pero hubo que hacer algunos pequeños ajustes.
—Tú… —Harsen estaba impresionado, era otra persona, en
realidad jamás pensó que Aine fuera una mujer tan hermosa al
estar siempre escondida entre todas esas capas de tela—. En
realidad, no tengo palabras, te ves perfecta.
—¿Creías que no lo era? —frunció el ceño.
—Bueno, ¿cómo saberlo si tienes ropas de hombre todo el
tiempo? Además, ¿He de recordarte que no te bañabas?
—Creo que ahora entiendes las razones de ello.
—Podías encerrarte de vez en cuando, nadie te hubiera
culpado. —Le echó en cara, acomodando la mancuerna en su
muñeca—. Creo que la verdad es que te gusta estar sucia.
—Contigo es más que imposible tener privacidad.
—Quizá tengas razón —sonrió—. Aunque ahora que lo
recuerdo, tú disfrutaste bastante de mi falta de privacidad.
—¡No era como si me gustara verte o pudiera evitarlo!
—Claro, pero jamás vi que apartaras la vista.
Tenía razón, Aine no podía evitar mirarlo cuando él
caminaba desnudo por la habitación, era curiosa y el cuerpo de
Harsen era muy diferente al de ella, se trataba de convencer
que era simple curiosidad biológica, un aprendizaje que
buscaba obtener.
—Como sea —cambió de tema—. Estoy lista, nos vamos.
—Claro mandona, como digas.
Desiré sonrió y miró hacia un mozo que parecía tan
divertido como ella con la situación, esperaban que nada
saliera mal en esa noche, sobre todo, al ser la primera vez que
Aine era vista como mujer y era una mujer preciosa.
Aine notaba la intensa mirada que el presidente tenía sobre
ella, era más que obvio que no podía creer que en serio fuese
mujer y eso la divertía más de lo que debía, pero había cosas
más importantes en las qué pensar.
—No haré ningún trabajo extra sin algún tipo de
información.
Harsen asintió levemente. La carroza se había sumido en un
silencio que no parecía incómodo, Harsen estaba
acostumbrado al mutismo de Aine y ella, estaba habituada a no
hablar.
—Bien, tengo interés en el hijo mayor, su nombre es: Viggo
Sundberg, creo que tiene algo entre manos.
—Más específico Niño Mimado, yo no trabajo con medias
tintas —dijo tranquila, mirando por la ventana.
—Bien, creo que captura niñas y las manda a prostíbulos.
—Aine volvió la mirada con rapidez—. Claro, pero antes las
viola junto con la bola de idiotas que tiene como hermanos.
Incluso creo que las manda a… personas de alto estatus para
satisfacerlos.
La joven sintió una acentuada repulsión y ganas de vomitar
sobre el bonito vestido que le habían comprado; pero en su faz
no demostró nada, simplemente asintió y aceptó la misión.
—Vale, ¿qué debo de hacer?
—Eres una mujer hermosa, él seguro…
Aine lo miró furiosa.
—¿Piensas usar mi belleza para atraer a un imbécil?
—Eh… ¿sí?
—Bien, estoy de acuerdo —aceptó la joven, quitando la
furia de su rostro y relajando al hombre frente a ella—. No sé
si sea el tipo de mujer que le guste, a pesar de ser hermosa
como ha dicho, soy más bien…
—¿Masculina, bestial, prácticamente muda, intransigente y
una asesina a sueldo?
—Iba a decir poco femenina —entrecerró los ojos—. Pero
ya que ha enlistado todo eso, pues sí, también lo soy.
Harsen mostró una sonrisa encantadora y brillante.
—Lo harás bien, seguro que en la cofradía también los
enseñan a improvisar y actuar un poco.
—Sólo un poco de ambas.
—¿Sabes? Hablas más cuando eres mujer.
—No tengo que fingir mi voz cuando soy mujer.
—Me gustaba tu nombre de cuando eras varón. Creo que de
repente te diré de esa manera ¿te molesta?
—¿Te gustaría que te dijera Rosa?
—Bueno, yo no me he inventado ese nombre, pero me
llamas Niño Mimado cada que se te da la gana.
—Es porque soy una asesina a sueldo, así que deberías
dejarme decir lo que se me da la gana.
—¿Por qué crees que no te cuestiono en nada? —dijo
risueño y nada complicado en aceptar que la respetaba por
ello.
—Y aun así, te has hecho de valor como para ordenarme
hacer esta misión. —Lo miró de reojo.
—Te la sugerí —le recordó— y tú aceptaste.
—Pero claro.
Harsen miró por la ventanilla y suspiró al ver la mansión de
los Sundberg, recordando nítidamente aquella noche en la que
había recogido a Lili de ahí. La pobre chica había salido tan
traumada de ese lugar, que no podía dirigirle ni una mirada,
mucho menos hablar con él, probablemente con ningún
hombre.
—Llegamos —indicó—. Recuerda que son personas
peligrosas, si sospechan de ti, no dudarán en querer matarte
con tal de que no abras la boca nuevamente. Si te ves atrapada
en cualquier clase de peligro, búscame inmediatamente, no
puedes actuar como águila en esta casa, ni siquiera defenderte
un poco.
—Sé que no puedo actuar como un águila, no soy tan tonta.
—Pero sé que si te ves en la necesidad, no podrás evitarlo,
por eso te lo advierto, Aine.
—Bien, estaré al pendiente de ello.
—Ellos no sólo pueden querer matarte, sino que harán lo
que sea necesario por llevarte a la cama y te aseguro que ahí
no habrá deleite alguno para ti.
Aine lo miró sorprendida y apenada, seguro que, si él
supiera la clase de mujer que era en realidad, no se tomaría
esas libertades de discurso; pero dado a que ella misma se
había adjudicado la baja cuna y la falta de educación, incluso
de decencia, no podía sorprenderse porque le hablara de esa
forma.
—Sé cómo cuidar de mí misma.
—Lo sé, ahora, a fingir.
Aine asintió un par de veces y bajó de la carroza siendo
ayudada por la firme mano del presidente de Suecia. Lo había
notado desde antes, pero Harsen tenía unas manos perfectas,
por alguna razón ella siempre había tenido una fijación con las
manos de los hombres, desde que era una niña notó que su
padre las tenía bonitas y sus hermanos igual.
Harsen era el primer hombre que ella creía que tenía las
manos agradables, protectoras y fuertes como las de los
hombres de su familia. Nunca antes había encontrado tal
similitud, o podía ser que era el primer hombre que llamó su
atención.
Capítulo 11
Harsen se encargó de escoltar a la hermosa dama que era
aquella mortífera águila. Le costaba un poco de trabajo
imaginar que toda esa belleza se escondiera debajo de esas
ropas flojas y la capa. Decir que lo había dejado deslumbrado
era poco, la chica tenía una figura espectacular, seguramente
adquirida por todo el ejercicio que le era necesario hacer. Su
piel era hermosa, blanca y tersa, con pequeñas pecas
decorando la zona de su nariz y mejillas. Sus ojos eran azules
como los zafiros mismos y tenía largas y negras pestañas. Sus
cabellos eran oscuros, ondulados y largos hasta su cintura.
Tenía toda la pinta de ser una princesa.
—Bien, ¿cómo he de presentarme? —susurró la joven
mientras caminaban en la fila que había para saludar a los
anfitriones de la velada.
—Tratemos de evitar el tema de tu familia en todo lo que
sea posible, será meternos en más problemas.
—Claro, una muchacha desconocida colgada del brazo del
presidente, suena genial.
—Compórtate, por favor.
—Sé comportarme.
La pareja sonrió fingidamente cuando estuvieron frente a las
hermosas figuras que eran los dueños de la casa y del título de
marqueses de Sundberg. A todas luces eran aristócratas
refinados, elegantes y garbosos.
—Señor presidente, es un gusto verlo de nuevo en veladas,
escuché que tenía demasiadas ocupaciones recientemente. —
La mujer de Sundberg era preciosa, alta, delgada y con cara
pequeña y afilada—. Creo que los rumores son más que
ciertos.
—¿Rumores? —frunció el ceño Harsen.
—Claro, de que una mujer había robado al completo su
corazón. —La señora Sundberg miró a Aine con detenimiento
y una sonrisa—. Es hermosa, sin duda alguna.
—No seas maleducada, mi amor —sonrió el marqués,
haciendo a un lado a su esposa para posarse él—. Señor
presidente, lamento hacerlo esperar en la puerta, entenderá que
mi mujer ansiaba su presencia y la de la dama.
Los ojos de aquel hombre eran perversos, malvados, se
notaba que escondía un brillo lascivo hacia toda mujer que se
posara frente a sus ojos, seguro que para ese momento, estaría
imaginando a Aine desnuda.
—Es un honor estar frente a ustedes, mis señores. —Aine se
adelantó al notar que Harsen se quedó sin palabras—.
Lamento haber venido sin invitación alguna, mi nombre es
Aine Hamilton.
Sabía que muy pocas personas conocían el verdadero
apellido de su familia, más bien, de su padre. En la mayoría de
lugares lo nombraban como hasta ahora lo nombraba Harsen:
el Hombre Siniestro. Era su apodo más común y con el que
toda su familia se protegía y se escudaba en lo que le fuera
posible.
—Me parece que tiene un acento ruso, pero su apellido…
—Ah… claro, soy medio rusa, pero mi padre no lo es.
—Sí, claro, tienes los rasgos hermosos de tu raza —asintió
la mujer con algo de envidia—. Espero que disfruten de la
fiesta.
Harsen se introdujo al lugar, notando que las miradas se
posaban rápidamente sobre ellos. Definitivamente no había
calculado bien la situación. Todo parecía confabular en su
contra: no había salido desde que Aine había sido herida, lo
cual podía dar a especular; además, un médico la había
revisado en su casa, más específicamente en su cama y claro,
los empleados hablaban, era obvio que se pensaría mal de la
situación.
—Estamos atrapados —susurró más para sí que para Aine.
—Mmm… relájese, no está pasando nada.
—¿Cómo puede decir eso? —la miró—. ¿No se da cuenta
de que piensan que es mi amante?
—Sí, seguro que eso es lo que están pensando —Aine tomó
una copa de vino de una charola que llevaban un mesero y
sorbió con increíble calma. Estaba meditando la situación.
—¡Es una locura! Tenemos que irnos de aquí.
—Eso hará más obvio que está huyendo.
—No sé tú, pero yo tengo una reputación que conservar.
—Por favor, es un mujeriego, una más a su lista no hará
daño.
—No. No tengo una predilecta, los hombres pueden tener
mujeres, pero nunca una en particular, eso es peor, es pésimo.
—Tranquilícese.
—Aine…
—Alguien se acerca a nosotros, cállese.
—¡Harsen! —sonrió un hombre apuesto y elegantemente
vestido—. Veo que has traído a la damita en cuestión.
—Sí —Harsen meneó la cabeza un poco—. Ella es Aine.
—Aine… una mujer preciosa, muy hermosa en verdad.
Los penetrantes ojos de aquel caballero eran oscuros y
preciosos, era alto, fuerte, con una barba cerrada y una nariz
algo tosca, seguro había recibido algún golpe en ella, pero eso
no hacía que su belleza menguara, de hecho, le daba carácter y
una persencia más varonil.
No era el tipo de hombre que llamaría la atención de la
joven, pero debía aceptar que llamaba la atención de forma
placentera.
—¿Y usted es, mi señor? —Aine sonrió con una fingida
timidez, sorprendiendo al mismo Harsen.
—Mi nombre, hermosa dama, es Viggo Sundberg.
—¿Hijo de los marqueses?
—Así es.
—Bueno, es todo un placer.
—Digo lo mismo —sonrió galante.
Harsen hubiese querido llevarse a esa mujer de ahí, podía
leer el peligro en los ojos de Viggo y eso no le agradaba.
Lastimosamente fue requerido rápidamente por varios
parlamentarios; para cuando se dio cuenta, ella no estaba a su
lado. Suspiró. Esperaba que supiera lo que estaba haciendo.
Aine caminaba junto al galante señor Viggo Sundberg,
parecía totalmente fascinado por ella, pese a que, como era
costumbre de la joven, hablara muy poco y analizara más de lo
debido a todas las personas que había a su alrededor.
—Veo que tienes ojos inquisidores, princesa.
—No soy una princesa.
—No, pero al estar con nuestro presidente, casi lo eres. —
Aine lo miró a la defensiva y siguió caminando—. No quería
ofenderte, como es obvio, trato de congraciarme y decirte que,
así como Harsen es un buen partido con el cual salir, yo
también lo soy, señorita.
—Claro, me puedo dar cuenta de ello, señor —sonrió—,
pero resulta que no soy lo que piensa, no puedo cambiar de un
hombre a otro con esa facilidad.
—Te aseguro que conmigo estarás bien protegida, te llenaría
de lujos y ese vestido que traes puesto, sería tu normalidad de
vida —galanteó—. Svensson es un hombre importante y es
verdad que tiene dinero, pero su mandato acaba en unos años,
conmigo los beneficios son para siempre, eso te lo aseguro.
—Pensé que los Sundberg estaban teniendo problemas
últimamente —picó Aine.
—Pero, ¡Qué dices! —negó—. ¡Estamos mejor que nunca!
—¿En verdad?
—Hemos abierto nuevos negocios, unos que son bastante
fructíferos —sonrió de lado—. No te imaginas lo que una
mujer hermosa puede hacer en este mundo.
Aine sintió verdadero asco ante esa frase, poco le faltó para
dispararle, ojalá pudiera borrarle esa sonrisa estúpida.
—¿En verdad? —fingió inocencia—. ¿Cómo qué?
—Los hombres suelen volverse locos por las mujeres
hermosas —le rozó la mejilla—. Y eres una mujer hermosa.
—¿Eso crees?
El hombre sonrió de lado y su mirar se llenó de perversidad,
Aine sintió pavor cuando de pronto él la tomó de la cintura y
la pegó a una pared, lo que parecía una pared, pero que en
realidad era una puerta oculta en el tapiz, llevándola a otra
habitación.
—¿Qué cree que hace?
—No creo que Harsen le importe compartir de la belleza
rusa ¿o sí? —sonrió de lado, tratando de elevar el vestido.
—¡Suélteme!
—Para eso estás hecha, preciosa, para complacer a los
hombres, además que es obvio que ese es tu trabajo, ¿cierto?
—¡He dicho que me suelte! —Aine lo aventó con fuerza,
notando la ira en la mirada del hombre—. ¿Cómo se atreve a
faltarle el respeto de esa forma a la esposa de su presidente?
—Que usted… ¿Qué? —se sorprendió y casi dio un brinco
con tal de alejarse de ella—. ¿Esposa?
—Sí, señor —dijo molesta, acomodando sus ropas—.
Esposa.
—Yo… mis más sinceras… lo siento, yo pensé…
—¿Creía que un hombre como él traería a cualquier
cortesana a una velada tan importante como la de los
Sundberg? —negó con una fingida molestia y orgullo herido
—. Que sepa, no lo ha hecho nunca, no veo por qué
comenzaría de la nada.
—Entonces… cuando él se ausentó fue, fue por…
—Estábamos recién casados, él tenía que trabajar, pero al
menos me dedicaba la mayoría de su tiempo libre al estar en
casa.
—Claro… claro, sí —negó el hombre, parecía en verdad
confundido o quizá, muy atemorizado.
Aine dudaba que le tuviera miedo a ella, en esos momentos,
era una mujer y, por la visión que tenía ese hombre de su
género, seguro jamás se le pasaría por la cabeza pensar que era
alguien a quien temer. Tenía que ser por Harsen, pero la joven
no podía ver al simplón del señor Svensson como alguien a
quien temer, mucho menos de quien preocuparse.
Él era más bien tranquilo y relajado, un líder innato que las
personas seguían por sus buenas vibras, don del habla y
carisma.
—Sigo esperando su disculpa, señor.
—¡Claro! Lo lamento señora, ha sido un error, jamás debí
insinuarme a una mujer casada de esa manera.
Aine pensaba que no debía de hacerlo con ninguna mujer, él
no parecía estar preguntando, sino más bien exigiendo. Seguía
considerando que era una lástima que tuviera que actuar como
una dama, sino, ese hombre ya tendría una oreja menos.
—Regresaré a la velada ahora, si me disculpa.
—Señora. —Viggo le había tomado el brazo con presura—.
Conviene que esto quede entre nosotros.
—¿Disculpe?
—No querrá que su marido piense que es usted una coqueta
que se ha atrevido a insinuárseme hasta hacerme pensar que
quería algo más conmigo.
—¿Yo hice eso?
—Será su palabra contra la mía —le dijo seriamente—.
Sabemos qué palabra tendrá más peso.
¿Qué decía una oreja? ¡Le cortaría el cuello! Un tipo como
él no merecía seguir respirando. Comprendía que no podía
hacerlo, parecía ser que Viggo Sundberg era alguien
importante, seguro que notarían su ausencia en seguida…
debía encontrar otra manera de deshacerse de ese insecto.
—Es usted un patán.
Aine tomó sus faldas y salió de ahí con presura.
Se recostó sobre la primera pared que tuvo al alcance y
colocó una mano sobre su estómago, dándose cuenta que había
estado asustada, tuvo verdadero miedo y ese era el motivo
principal por el que había mentido.
Sonrío al pensar en la cara de Harsen cuando se enterara,
seguro la mataría, al menos, querría hacerlo.
Mientras ella caminaba en busca del hombre con el que
había llegado a la velada, pudo escuchar con nitidez como el
rumor comenzó a expandirse como una enfermedad por todo
el salón, al punto en el que el chisme encontró Harsen antes
que ella. Lo supo por la mirada incriminatoria que le dirigió en
cuanto la vio.
—Hora de irnos —la tomó del brazo e hizo por sacarla de la
velada cuanto antes.
—¡Señor Presidente! —Canturreó la marquesa—. No me
diga que se va tan rápido, si apenas nos estamos enterando de
que la preciosa dama es en realidad su esposa, debió decirlo
antes.
—Lamento nuestra pronta salida, marquesa, pero la
veremos en la velada de los Larsson.
—Por supuesto, querido, ahí nos veremos.
Aine sonrió con gracia hacia la mujer, antes de ser
prácticamente jalada por Harsen, pero ¿qué clase de marido
había adquirido? Sonrió, en verdad que lo había hecho enojar.
Cuando subieron en la carroza, Aine pensó que comenzaría
el desplegado de maldiciones y regaños, pero Harsen se
mantenía serio, distante, quizá estuviera pensando en la forma
correcta de tomarla desprevenida para lograr asesinarla.
—¿Por qué la mentira? —dijo tranquilo.
—Me vi en la necesidad de decirla.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Qué bueno. —Calló por unos segundos y luego vino la
reacción que Aine llevaba esperando todo el camino—:
¿¡Estás acaso demente!? ¿Casados? ¡¿Estamos casados?!
—Bueno fue lo primero que se me ocurrió, ¿de qué otra
forma me soltaría ese depravado? ¿Quería que lo matara en
ese momento? Dudo que le pareciera mejor.
—Tú… —parecía fuera de sí, hablaba con la ira contenida
en su garganta—. No sabes en lo que te has metido.
—¿Qué más da? Hará las cosas más sencillas, así podré
quedarme en su casa sin que nadie me moleste. Por cierto,
parece que lo tienen más que vigilado, tendremos que poner
medidas para ello, no pueden seguir informándose sobre mí.
—No entiendes nada —se mofó, parecía en verdad enojado.
—Es sólo fingir —le dijo obvia—, no pasará nada.
—No, cuando finges ser la esposa de cualquier otra persona,
queda como nada —la miró—, cuando finges ser la esposa de
un presidente, entonces sí que es algo, entonces eso se hace
realidad.
—¿Sugieres que me case contigo?
—No, tú hiciste que tuviera que casarme contigo.
—Estás de broma.
—No. —La miró desesperado—. Soy el presidente, la
opinión del pueblo me es todo, todo lo que haga o diga, tiene
que tener un respaldo, incluso mi matrimonio es algo grande y
si lo tengo, debo demostrarlo, con papel y todo.
—Oh, suena complicado —dijo tranquila.
—¿Por qué demonios estás tan serena?
—Relájese —rodó los ojos—. Nos casamos y nos
divorciamos ¿qué más da? Yo me iré de aquí y usted se
volverá a casar, puede inventar lo que quiera, nadie que me
interese lo sabrá de todas formas.
—Dios mío, dame fuerza —negó—. No me puedo divorciar
tan fácilmente, menos durante mi periodo de mandato.
—Bueno, cuando se acabe mi misión, me marcho y usted
guarda las apariencias un rato en lo que todos le sugieren
divorciarse por su esposa malvada que lo abandonó. Listo.
—Para usted todo parece tan sencillo —la miró con odio—.
Te mataría en este momento si pudiera.
—Antes lo mato yo.
—Eso lo sé bien —dijo enojado—. Por eso me da más
coraje.
Aine sonrió al ver que él también dejaba salir una sonrisa
ante lo último mencionado, estaban en un aprieto, pero parecía
ser la única salida de momento, ya no debían pelear por eso,
un divorcio no debía ser la cosa más grave del mundo, sobre
todo, cuando Aine sugería que sería la que se marcharía,
dejándole el camino libre a él para volver a formar su vida.
En realidad era una mujer muy rara, no podía creer que se
tomara con tanta simpleza un matrimonio y mucho menos un
divorcio. Aunque tal vez tuviera que ver con la mentalidad de
la joven de no querer casarse y mucho menos tener hijos, tal
vez por eso no le interesara tener un papel de divorcio en su
haber. Siendo así, para él mejor, podría funcionar, sería mucho
más fácil que ella se infiltrara en fiestas y veladas si iba de su
brazo, con la fachada de ser su esposa.
Capítulo 12
—¿Casados?
—Sshh —Aine tapó la boca de Desiré—. No tienes que
parecer tan sorprendida, se supone que llevamos todo el
tiempo de mi convalecencia estando casados y en la luna de
miel.
—Oh seguro estás loca —negó la joven—. Tu padre te
matará y a todos nosotros también.
—Harsen no sabe quién es mi padre.
—¿Qué?
—Sshh —volvió a pedir con nerviosismo—. No debe
saberlo o se echará para atrás, incluso ya hemos firmado los
papeles necesarios, seré la señora de Svensson por un tiempo.
—Por Dios Aine, estás frita, totalmente frita, ¿Has firmado
con tu nombre real?
—Naturalmente, me pidieron mi pasaporte para verificar
que fuera verídico todo el asunto, parece ser que cuando te
casas con un presidente, las cosas son muy serias.
—¡Aine! —le tomó la cara—. No estás dimensionando.
—Es una tontería —le apartó las manos—. Casados y
divorciados, listo, todo acaba.
—Por Dios, eres un caso perdido.
—¿Por qué todos dicen eso?
—¿Por qué crees? —suspiró Desiré—. Bien, ahora eres una
Hamilton casada, está bien, no son los únicos Hamilton en el
mundo ¿verdad? Hay más.
—Claro, pero somos los más reconocidos, hasta donde yo
sé.
—Puedes ser una Hamilton cualquiera.
—Claro que lo soy —sonrió—. Una Hamilton de Estados
Unidos, ¿Qué te parece?
—¿No has dicho que eras rusa?
—Dije que era medio rusa y no mentí, mi madre es de allá
—se inclinó de hombros—. Mi padre es inglés, pero bien
podría ser de Estados Unidos, ¿no?
—Agh, dame fuerza.
—Relájate, no entiendo por qué todos se estresan, incluso
Harsen está estresado y eso que él es el alma más relajada que
he visto en el planeta tierra.
—Tiene razón de estarlo.
Se recostó en aquel sillón y miró el techo alto de la casa del
que se había convertido repentinamente en su marido. Sonrió
al recordar su mirada de odio durante todo el trámite de
matrimonio, seguro que la desearía muerta.
—Aine —la voz de Harsen era seria y cortante desde que
firmó los papeles de su sentencia—. Ven conmigo.
La Hamilton se puso en pie y caminó detrás de su marido
con una sonrisa contenida, verlo tan furioso le era demasiado
divertido, ¿Debía sentirse mal por divertirse a su costa?
—¿Qué pasa?
—He mandado comprar algunas cosas para ti, pero no sé tus
tallas y preferencias de colores, así que el diseñador está aquí.
—Indicó una habitación—. Por favor, que sea rápido, tenemos
que atender la comida de los Nilsson.
—Pero qué amable.
—Trata de no divertirte demasiado con esto. —Le indicó,
apretando sus sienes con fuerza—. Me das dolor de cabeza.
—Lo lamento, es que jamás te había visto tensionado en
todo el tiempo que llevo de conocerte.
—Y yo no te había visto una sonrisa. El mundo está lleno de
sorpresas ¿verdad? —el hombre dio media vuelta y se marchó.
Sabía que estaba molesto, probablemente estaría molesto
por mucho tiempo, pero era una tontería que ella lo estuviera
también. La cosa era, que para Aine no era algo tan grande,
simplemente era un matrimonio que acabaría al poco tiempo.
Hizo lo que Harsen le dijo y eligió telas, zapatos, estilos de
vestidos y sombreros. Todo lo necesario para que la esposa del
presidente estuviera a la altura de su título. Debía admitir que
no era algo que le apasionara, pero cuando la ponían a hacerlo,
lo hacía bastante bien.
Aine bajó las escaleras a eso de las cuatro de la tarde, la
fiesta a la que asistirían sería a las cinco, estaba a tiempo para
ver a Harsen antes de que tomaran camino hacia la casa de los
Svensson. Lastimosamente, estaba ocupado en su despacho y
ella se vio en la necesidad de esperar pacientemente en el
recibidor, donde intentaba ignorar la mirada de Lili sobre ella.
—¿Tienes algo que decirme? —le dijo amablemente.
—Oh —la joven se escondió detrás de la cortina, pero al
final, salió de ahí y se posó frente a ella—. Me enteré de que
tú en realidad eres la esposa de Harsen.
—Sí.
—Eres… eres muy bonita.
—Gracias.
—¿Por qué no duermen juntos si es que están casados?
—Ah, bueno linda, es normal en mis tierras tomar
habitaciones separadas, es más cómodo, lo notarás cuando te
cases —sonrió Aine.
—Yo no podré casarme —dijo seriamente—. Me violaron,
así que nadie querrá una esposa como yo, ni tampoco lo
quiero.
—Claro. —Aine se sintió avergonzada por hablar sin pensar
—. Lili, puedes hablar conmigo si lo deseas, soy buena
escuchando, puedo ayudarte.
La mirada de la adolescente se ensombreció por varios
segundos, para después poner una sonrisa angelical y asentir.
—Sí, espero en un futuro ser amigas.
—Claro que sí. —Sonrió Aine—. Puedo ser tu amiga.
Lili asintió y miró a sus lados.
—¿En serio te gusta Harsen?
—Bueno, sí, claro que me gusta.
—¿Por qué? —volvió su seriedad—. Es un hombre, los
hombres son depravados.
—Oh, Lili, él es bueno, ¿recuerdas que fue él quien fue por
ti? Harsen en realidad te aprecia.
—Fue por mí hasta que ellos ya habían hecho lo que querían
conmigo —dijo la joven—. Sé que hubo alguien que intentó
salvarme antes, ¿fuiste tú?
Aine sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal y negó.
—No linda, lo siento, no tengo forma de haberte podido
rescatar —sonrió de lado.
—Pero tú estabas lastimada cuando llegué aquí —le hizo
ver Lili—. La persona que intentó salvarme también resultó
herida, yo lo vi y ese tal Liam ya no está y en cambio, estás tú.
—Bueno, te lo voy a explicar. La verdad es que no quería
casarme con Harsen en un inicio, vine aquí fingiendo ser otra
persona, ese tal Liam, pero me enamoré de él en el camino.
La jovencita la miró por prolongados momentos, como si
quisiera descubrir la mentira en la cara sonriente de Aine. Lo
cual sería imposible, la joven era una increíble mentirosa,
como lo podían llegar a ser todos sus hermanos.
—Me parece un plan… tonto. Puesto que estaba todo el
tiempo con el señor Harsen, incluso dormían en la misma
habitación —le hizo ver.
—Lo sé, me pasé un poquitín con mi actuación, pero te
aseguro que yo no sabría mover ni un dedo para intentar
rescatarte, aunque en verdad me apene lo que te pasó.
—Sí, no te ves muy fuerte que digamos, pero… —apretó
los labios con fuerza—. No lo sé, ¿por qué Harsen te aceptó?
¿Cómo no podría reconocer a Liam si era su amigo?
—En realidad, nunca fue su amigo, me presentaba así para
que no hicieran muchas preguntas, pero la verdad es que me
recogió en la calle para ayudarme. —Siguió mintiendo.
—Claro, Harsen jamás dejaría a un desvalido de lado.
—Así es y me obligaba a dormir en su misma habitación
debido a que quería tenerme vigilado de que no fuera a
hacerles daño a ustedes o a alguien más. ¿Ves? Es bueno, se
preocupa por todos, no debes generalizar.
—Quizá… —la chiquilla mordió sus labios—. Me hubiera
gustado pensar que tú quisiste salvarme de alguna forma.
—Pero el que no haya sido yo en ese momento, no impide
que quiera protegerte ahora.
—¿Por qué querrías protegerme?
—Porque eres una niña y nunca debiste sufrir lo que has
sufrido —dijo molesta en verdad.
—Tú… ¿me quieres?
—Claro que lo hago, no podría ser de otra forma Lili.
Ella sonrió con dulzura y asintió, pero cuando levantó la
vista y vio a alguien venir por el pasillo, la joven tomó sus
faldas y salió corriendo del lugar como una posesa.
—¡Lili! —Harsen intentó detenerla, pero la joven
simplemente había desaparecido rumbo a las cocinas de la
propiedad. Él regresó la mirada hacia Aine y elevó una ceja,
marcando su pregunta en ese pequeño gesto—. ¿Qué te ha
dicho?
—Parece que odia a todos los hombres. —Aine dio un
suspiro—. Y creo que piensa que he sido yo quien la salvó.
—No es nada tonta, hay demasiadas coincidencias en ese
día.
—Lo sé —suspiró—. Pero es peligroso que lo piense.
—Tendrás que quitarle la idea de la cabeza —Harsen se
miraba por uno de los espejos que había en el recibidor. La
joven pensaba que se hombre era demasiado vanidoso, a su
ver, estaba más que perfecto—. Conmigo ya ni siquiera habla.
—Es normal, ha sido víctima de uno de ustedes.
—Fui por ella. —La miró ofendido por la acusación.
—Sí, pero piensa que dejaste que ellos abusaran de ella
antes de rescatarla. —Harsen mostró su impresión ante las
palabras de la mujer—. No tiene por qué ser verdad,
simplemente está consternada y decepcionada en este
momento.
Harsen suspiró y frotó sus ojos con dos de sus dedos.
—No sé qué hacer para hacerla sentir mejor, yo…
—Has hecho todo lo que está en tu alcance, ahora que
puedo estar abiertamente aquí, podré ayudarla también.
Harsen apartó la mano de sus ojos y la miró con gracia.
—¿Otra habilidad de las águilas?
—Creo que esa es personal, entre mujeres podemos
entendernos un poco más.
—Espero que así sea.
—¿Te preocupa?
—Sí, más de lo que te imaginas.
Aine asintió un par de veces y lo miró.
—Me ha preguntado sobre nuestro matrimonio.
Harsen la miró con seriedad
—¿Qué has dicho?
—Nada, pero ella tiene preguntas sobre por qué dormimos
separados. —Aine se encogió de hombros con gracia y sonrió
abiertamente—. Saqué mi mejor carta: dije que en mi país
estamos acostumbrados a dormir por separado.
Harsen entonces sonrió y vio una forma de molestarla.
—Quizá, pero aquí eso no es usual.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir, querida, que tendrás que comenzar a dormir
conmigo, como una legítima esposa debe estar.
—¿Qué? Está bromeando, ¿verdad?
—No. Además, no veo por qué se estresa, ya antes dormía
en mi misma habitación, incluso creo recordar que me ha visto
desnudo en más de una ocasión… —el hombre pareció pensar
algo y sonrió—. Incluso creo recordar un momento en el que
entraste mientras yo estaba ocupado con…
—¡Está bien, basta! —Elevó una mano hasta colocarla cerca
de los labios de Harsen, pidiendo silencio—. Deje de
molestarme, ¿bien? Sabe las razones por las cuales mentí.
—Claro. —Sonrió alegre al ver que había sido el turno de
ella de sufrir un poco—. ¿Nos vamos?
—Por favor.
Harsen extendió el brazo y dejó que ella colocara su mano
para escoltarla hasta la carroza que los llevaría a casa de uno
de sus más arraigados adversarios.
—Bien, tienes que poder fingir ser una esposa —dijo
Harsen—. ¿Qué tantos modales tienes?
—Los necesarios como para no escupirte en la cara por
preguntármelo —dijo la joven.
—Bien, nada de armas, nada de amenazas, nada de frases
inteligentemente malvadas, sé una mujer normal por una vez
en tu vida ¿vale?
—¿Te encuentras estresado Niño Mimado?
—No sabes cuánto —asintió—. El día de hoy será tu
verdadera presentación en sociedad, la vez pasada, en casa de
los Sundberg, has sido una sorpresa, pero hoy los ojos estarán
puestos en ti todo el tiempo.
—Tranquilo, sé comportarme, aunque no lo creas.
—El día que te conocí me amenazaste con una daga.
—Si más no recuerdo, quería demostrarte un punto del cual
tú tenías dudas.
—Claro —Harsen apretó su nariz entre su pulgar y su índice
—. No quieras demostrar puntos ahora.
—Está bien, Niño Mimado, todo estará bien.
—Lo dudo.
Harsen dio un vistazo al exterior y asintió, era el momento
de bajar, pero él parecía poco convencido de hacerlo. Aine
rodó los ojos y abrió la puerta de la carroza, invitándolo a
moverse.
Él obedeció con pocas o nada de ganas, bajó de la carroza y
estiró una mano para que Aine la tomara, la joven apretó con
dulzura aquella palma y miró a sus alrededores con una
expresión de asombro que seguramente no sentía.
Caminaron juntos hasta la entrada, donde los señores
Nilsson los esperaban con caras sonrientes y ojos brillantes.
—¡Oh! ¡Señor presidente! —se adelantó la señora Nilsson
con un escotado vestido bastante fuera de moda, pero
convenientemente incitador—. Me alegra que pudieran venir.
—Es un placer ser invitado, señora Nilsson, supongo que
habrá oído sobre mi esposa —adelantó a Aine, quien sonreía
hermosamente y se inclinó a modo de saludo.
—Es un placer, señora Nilsson, he oído hablar mucho sobre
ustedes de labios de mi marido —Harsen elevó la mano y la
posó sobre la que ella tenía en su brazo, dándole un fuerte
apretón que Aine resistió con una sonrisa.
—Espero que no hayan sido cosas malas, es verdad que mi
esposo y el señor Svensson tienen opiniones diferentes, pero
eso no nos hace menos amigos, ¿cierto señor?
—Cierto. —asintió Harsen, mirando a su esposa con
advertencia en la mirada—. Tenemos tiempo de conocernos.
—Pero pasen, verán que se sentirán muy cómodos en la
casa, los sirvientes llevarán sus cosas a las habitaciones de
visita.
—¿Perdone? —Harsen regresó sobre sus pasos—. No se me
ha informado que sería una velada de esa índole.
—Oh, sí, querido. Resulta que mañana es la gran cacería y
mi esposo ha pedido que los invitados se queden esta noche,
estoy segura que lo avisé en la invitación.
«¡Maldición!» pesó Harsen. Era más que obvio que
sospechaban de la extraña unión. Tenía que encontrar una
manera de evitar quedarse ahí, era necesario que encontraran
una excusa para que pudieran marcharse.
—Nos será un placer quedarnos —Aine se inmiscuyó de
pronto—, aunque no estemos preparados para ello, mandaré de
inmediato al mozo para que traigan lo necesario.
Harsen miraba a esa mujer como si estuviera volviéndose
loca, ¿Acaso no pensaba? Le provocaría un paro cardiaco si
seguía haciendo lo que le placía, debería poder matarla, era
más enerve que él. Pero sabía que eso no sería impedimento
para Aine, pese a ser de una constitución más débil, seguro
podría derribarlo y matarlo antes de que él siquiera lo pensara.
—Eso es fantástico querida, pero no sólo para un día, para
varios, no todos los días se puede tener al señor Presidente
siendo tan consecuente con las peticiones de sus adversarios
políticos.
—¿Nos disculpa? —sonrió Harsen, llevándose a Aine hasta
un lugar remoto donde pudieran hablar—. ¡¿Enloqueciste?!
—Mmm… no del todo, pero me considero en buen camino.
—¿Por qué aceptaste? ¿No entiendes nada Mujer Bestia?
—¿Mujer Bestia?
—¡Nos están poniendo a prueba! —negó y comenzó a
caminar por el pasillo desolado—. Saben que el matrimonio es
una farsa, era más que obvio, ¿Por qué me casaría yo en
secreto? No tengo razones, mi boda sería motivo de regocijo
entre la gente, ahora ellos piensan que es mentira.
—Bueno, entonces son dos cosas por las que nos hemos
quedado —dijo Aine con tranquilidad.
—¿Y ahora qué demonios estás sugiriendo?
Harsen la miró por largo rato, parecía no terminar de
comrpender lo que esa mujer tenía en la cabeza. Para ese
momento, él en verdad pensaba que hacía todo por molestarlo,
si ese era su objetivo, ¡Vaya que lo estaba cumpliendo!
—Bueno, en primer lugar, yo tengo que quedarme aquí para
investigar ¿entiende? —sonrió—. Y en segundo, podemos
hacer que esa duda desaparezca de su cabeza.
—¿En verdad? —sonrió sin ganas y meneó la cabeza—. Tú
y yo nos odiamos, de hecho, creo que jamás había odiado a
una persona tanto como te odio a ti.
—Claro, sé que me he impuesto en una que otra cosa…
—¿Una que otra? —interrumpió histérico—. ¡Estoy casado!
¡A punto de la ruina social! Dormiré en casa de uno de mis
más entrañables enemigos que, por cierto, me quieren muerto.
Y todo gracias a una loca con deseos de aceptación.
—Sí… he de reconocer que eso me convierte en alguien
odioso, pero debe saber que todo lo hago por su bien.
—No. —La apuntó enojado—. Todo lo haces por tú bien,
eres egoísta y que nadie te haga pensar lo contrario.
—¿Egoísta? —Se mostró insultada—. ¿Consideras egoísta a
una persona que se dedica a salvar vidas y corre peligro
constantemente por ello?
—Algo me dice que no lo haces por tu buen corazón,
quieres ser aceptada y reconocida, quieres que los hombres te
vean como sus iguales, ¡Lo entiendo! Pero no tenías por qué
utilizarme a mí.
Aine se quedó callada, ¿Era verdad? ¿Ella no hacía nada de
eso porque quisiera ayudar a las personas? ¿Lo hacía por un
deseo egoísta? ¿Por demostrarle algo a su padre y al resto de
hombres?
Jamás se lo habían dicho y ella nunca lo había pensado,
pero bien podía ser por eso, no era especialmente sensible,
ayudaba más por inercia que por un sentimiento, ¿acaso era
una farsa? ¿Quería llevar el nombre de heroína, pero en
realidad no lo era?
—Lo siento… —Harsen levantó la mirada y observó a la
abatida muchacha—. Puede que… puede que tenga razón.
Pero ya no hay salida, ya estamos metidos aquí hasta el cuello,
así que, aunque sea por egoísmo, haré las cosas, le salvaré el
trasero y me iré, lo dejaré en paz y libre, con su vida perfecta
de regreso.
Harsen cerró los ojos y volvió a apretar su nariz entre sus
dedos, mostrando con ello sus muchas frustraciones.
—No tienes ningún remedio. —Suspiró cansado—.
Lamento lo que dije, quizá me alteré un poco, sé que estás
aquí para ayudarme y tus razones personales no deben
importarme.
Aine asintió lánguidamente, le gustaría decir que no le
importaron sus palabras, pero la verdad era, que la afectaron
porque las consideró verdaderas. Quizá muchas más personas
habrían notado las pretenciones y ganas de reconocimiento
que fueron tan nítidas para el presidente de Suecia, pero nadie
nunca se atrevió a decirselo a la cara.
—Bien, una tregua —extendió la mano—. Seré una
increíble esposa fingida y usted volverá a ser el relajado
simplón que conocí cuando llegué, ¿Trato?
Harsen la miró detenidamente: mirada altiva, postura
garbosa, sonrisa segura, figura entrenada y caminar de reina.
Seguro que esa chica volvería loco a cualquiera que la viera,
ya en muchas ocasiones lo habían felicitado por su matrimonio
cuando se encontraba algún conocido por la calle, le decían
que era una sorpresa y hacían énfasis en su alegría cuando se
recordaba la extremosa belleza de la nueva señora Svensson.
Claro que si alguien la escuchara y estuviera en los
problemas en los que Harsen se metía por ella, mucho del
encanto se quitaba. Pero… había algo en Aine que lo
fascinaba, aún no sabía discernir lo que era, pero le agradaría
averiguarlo.
—Hecho. —Harsen sonrió, tomando la mano de esa mujer.
Capítulo 13
Aine cumplió su promesa, se había comportado a la altura
de cualquier señorita de la alta sociedad, porque era una de
ellas. Aunque no le placiera demasiado fingir ser una
princesita de papá, sí que podía hacerlo a la perfección. Su
madre la había instruido bien, podía fingir ser dulce, tierna y
delicada, incluso podía fingir estar enamorada de Harsen, lo
cual lograba sorprenderlo más de la cuenta.
Para ese momento se había establecido un modus operandi
entre ellos, el cual se basaba en la frescura de burlarse juntos
de tonterías, la armonía de molestarse por cualquier cosa y la
galantería al inventar situaciones vergonzosas el uno del otro.
Muchos dirían que eran una pareja modelo, alegre y
tranquila, que pasaba la vida en medio de divertidas bromas y
coquetas miradas de advertencia. La realidad era otra, por
supuesto, ya que, aunque hubieran dictaminado una paz, los
chicos no podían dejar de intentar perjudicarse, les parecía
divertido y cada vez eran más creativos al momento de
hacerlo.
En esa velada en la que Aine estaba siendo presentada por
primera vez como la esposa de Harsen Svensson, las preguntas
hacia la pareja no pararon en ningún momento, lo cual había
llegado a ser divertido hasta un punto. Pero ya para cuando
dieron las dos de la mañana, ninguno de los dos pensaba
resistirlo más y se excusaron para ir a recostarse.
—¿Así que se supone que lloro todos los días si no me
cantas una canción de cuna? —reclamó Harsen.
—Era la que cantaba tu madre cuando eras un bebé —Aine
pestañeó alegre hacia el joven—. Te lo merecías por decir que
cuando te conocí, creí ver una luz que te iluminaba.
—¿No es verdad, mi cielo? —sonrió Harsen—. Tú dijiste
que antes de ti, no había escuchado hablar de Sócrates.
—¿Sabes leer? —dijo en broma—. Pero tú dijiste…
—Vale, vale —Harsen miró hacia el mozo que los conducía
a la habitación—. Paremos esto, nos pasamos esta noche.
—Sólo un poquito —sonrió Aine, de hecho, no recordaba
haber sonreído tanto en su vida. Disfrutaba sobre manera las
caras de impresión que Harsen era capaz de poner.
Recordaba sobre todo una en la que ella había insinuado que
él la amaba tanto y la deseaba tanto, que incluso había llorado
cuando se negó a ser su esposa la primera vez que declaró su
amor eterno por ella. Harsen incluso la había pellizcado en el
brazo en esa ocasión, pero Aine sabía que, para ese momento,
las personas comenzaban a entender que ellos estaban
molestándose a posta y la mayoría de lo que decían era una
broma.
Era más que notorio, sobre todo, porque cambiaban las
historias todo el tiempo o se contradecían a sí mismos al
olvidar lo que dijeron antes. Para la sociedad eso había sido un
claro: “no te metas en nuestra vida”. Y, por primera vez, lo
aceptaron con gusto debido a lo divertido que había sido
escucharlos. Sobre todo, al presidente, quien normalmente era
más serio y reservado en cuanto a su vida personal se refería.
—Mis señores —se inclinó el mozo y abrió una habitación
para ellos—. Cualquier necesidad, pueden jalar a este cordón.
Con su permiso.
Aine y Harsen sonrieron hasta que el mozo se fue, entonces,
sin dedicarse una palabra, ambos comenzaron a inspeccionar
la habitación, tocando paredes, abriendo cajones y buscando
prácticamente cualquier cosa que pudiera incriminarlos de
algo.
—Harsen —susurró Aine—, mira esto, ven aquí.
El hombre caminó hasta donde ella estaba inclinada. En
aquella pared había una pequeña rendija que, al abrirse, dejaba
a la vista unos pequeños orificios que pasaban a ser una forma
discreta de mirar a quien fuera que estuviera en la habitación.
—También encontré esto.
Harsen apuntó un tubo acústico hecho de latón que
pretendía ser de comunicación entre las habitaciones con la
cocina u otras partes de la casa. Era un sistema que, si se
mantenía sin cerrar, se podía escuchar convenientemente
conversaciones que no eran de incumbencia de nadie más que
los involucrados.
Ambos se miraron y taparon el tubo con una tela. Era obvio
que los querían espiar mientras estuvieran ahí, así que tendrían
que ser muy cuidadosos al hablar y en su hacer.
—Bien, gracias de nuevo por esto, cariño —la miró con
claras notas de reproche.
—De nada, mi amor, verás que es conveniente para ti que
estemos aquí, necesitas relajarte un poco.
Harsen rodó los ojos y miró hacia la cama.
—¿Y bien? ¿Qué lado prefieres? —elevó una ceja sarcástica
y su mirada se llenó de la más pura burla hacia ella.
Aine miró a los lados, como si desde ese momento los
estuvieran observando. Se acercó a Harsen y susurró:
—No pensará que dormiremos en la misma cama, ¿verdad?
—No se usted, pero no pienso dormir en el suelo —susurró
igualmente—. Como ha dicho, necesito relajarme.
—Deja de jugar y duerme en el sillón —apuntó el mueble.
—No.
—Harsen, no dormiré en la cama contigo.
—Entonces, duerme en el sillón. —Entornó los ojos
divertido y comenzó a desvestirse, provocando que la joven se
volviera hacia la pared y diera un grito contenido de molestia.
—Eres poco menos que un caballero. —Se cruzó de brazos.
—Tú tampoco eres una dama, Mujer Bestia.
—Ya puedes volverte. —Él se apuntó a sí mismo,
mostrando sus pantalones de dormir—. No estabas
familiarizada con estos ¿Verdad? ¿Te decepciona que no esté
desnudo?
—¿Por qué? ¿Hay algo nuevo e interesante debajo de ella?
—Graciosa.
Aine giró los ojos y fue hacia la valija que habían traído
para ella, donde no había otra cosa más que insinuantes
camisones de seda que seguro serían perfectos para seducir a
un marido. Aine casi cae de la impresión y cerró rápidamente,
como si de pronto él fuera a darse cuenta de lo que había ahí.
Harsen se volvió hacia ella debido al golpe y elevó una ceja,
pidiendo una explicación ante tal acción. Pero al notar el
sonrojo en sus mejillas y el nerviosismo en su postura, sólo
pudo deducir lo que le pasaba y por poco deja salir una
carcajada.
—Yo… entonces, ¿cómo dormiremos? —trató ella.
—Bueno, creo que tú puedes dormir del lado izquierdo y yo
del derecho. —De hecho, él ya se estaba metiendo en ese lado
de la cama—. Aunque no importará si acaso hacemos el amor.
Aine, tropezó en su camino al baño, tirando el maldito
camisón, dejándolo a la vista de un divertidísimo Harsen,
quien no pudo evitar carcajearse y levantarse de la cama para
recoger la insinuante prenda que ella pensaba usar esa noche.
—¡Deme eso! —Exigió avergonzada.
Él se apartó a tiempo y elevó el camisón para verlo mejor.
La tela suave y delgada, el color insinuante muy parecido a la
pálidez del cuerpo de Aine, aquellos tirantes y el ligero
encajen eran una delicia para la imaginación. No podía esperar
a vérselo puesto.
—Sí, en definitiva, hoy haremos el amor.
Aine logró arrancar la tela de las manos de Harsen y lo miró
apenada y llena del rubor que se hacía presente por primeras
veces ante los ojos de aquel hombre.
—No hablarás en serio.
Harsen miró alrededor y la metió a la recámara del baño,
sabía que había la posibilidad de que ahí también pudieran
estarlos espiando, pero lo consideraba un lugar menos
pertinente para poner un tubo acústico.
—Claro que lo digo en serio, somos un matrimonio —le
dijo susurrante y ansioso—. Es lo que las parejas hacen.
—No pensará en acostarse conmigo en verdad —le advirtió
con un dedo—. Es un matrimonio falso, ¿Recuerdas?
—¡Por supuesto que lo recuerdo! —contestó en voz baja
que por poco pasó a ser un grito—. Al menos tendremos que
fingirlo en uno de estos días.
—¿Fingirlo? ¿Cómo que fingirlo?
Harsen rodó los ojos y suspiró.
—Olvidaba que jamás has tenido sexo.
—¡Ey! Más respeto, sigo siendo una dama.
—Sí, claro, una que puede encajarme un cuchillo mientras
duermo o rebanarme de lado a lado —hizo el ademán sobre su
cuello desprotegido.
—No necesito que esté dormido.
—Aine, tú nos metiste en esto, ahora harás lo que te diga
para que sea creíble.
—No permitiré que haga nada en mi cuerpo.
—Relaja tu pudor —le quitó importancia—. Ya luego te
diré cómo lo fingiremos.
Aine dio un paso para atrás y siguió mirándolo de esa forma
amenazadora que a él comenzaba a darle más risa que miedo.
Los ojos de Aine sin duda alguna tenían impresa aquella
chispa asesina y paralizante, pero era una muchacha tan
hermosa en su conjunto, que los ojos pasaban a ser una
minucia a la cual ponerles atención, sobre todo cuando ella
estaba vestida como una mujer, justo como en ese momento.
Harsen sonrió de lado y un brillo juguetón se posó en sus
ojos.
—¿Necesitas ayuda, mi cielo?
—¡Salga de aquí ahora! —ella lo empujó hasta la salida y le
cerró la puerta en la cara, sacando una carcajada burlesca de
parte de su marido, quien no hizo más intentos y fue a la cama.
Aine se recostó contra la pared y tocó su cara, dándose
cuenta de lo caliente y posiblemente sonrojada que estaría.
Cerró los ojos y tocó su pecho, ¿por qué su corazón parecía tan
alterado? ¿Es que acaso Harsen se lo había provocado? Ella
meneó la cabeza y se enfocó. Nada pasaba, a él sólo le gustaba
molestarla y lo había logrado en esa ocasión, no tenía que
dejarle las cosas tan fáciles.
Pero sus ojos… Aine nunca había notado lo precioso de sus
ojos, tenía una pupila grande, de un color tan profundo de
azul, que parecían ser más bien violetas. Sólo conocía a otra
persona con ese tipo de ojos y era su tía Alice, de los
Charpentier de Francia, pero ni siquiera ella tenía esa potencia
y claridad.
Cuando Harsen la miraba, Aine sentía que estaba
completamente desnuda ante él, no sólo su cuerpo, sino su
alma entera. En un pasado creyó que el único con la capacidad
de atravesar almas, era su padre, parecía que había conocido a
otra persona con la misma capacidad abrumadora y
estremecedora.
La joven se apuró a colocar el camisón increíblemente
ligero y se miró en el espejo, era necesario lavarse la cara, el
cuerpo y trenzar el largo cabello. Mataría a Desiré, era la única
culpable te tal fechoría ¡Imperdonable! Incluso se atrevía a
mostrarse tan preocupada y nerviosa porque su padre se
enterará de que se había casado. Con esos trajes de dormir,
Desiré casi pretendía asegurar que perdería su doncellez, como
cualquier mujer casada.
Salió del cuarto de baño con la trenza cayendo por su
espalda y el vaporoso camisón sobre su cuerpo,
instintivamente se cubrió, pero al notar que Harsen se había
quedado dormido, pudo relajarse. Al menos le ahorraría la
vergüenza.
Ella prácticamente corrió hasta la cama y se metió entre las
sábanas, escurriéndose lo más lejos de él que se pudiera.
—Se ve mejor cuando lo traes puesto.
—¡Pensé que estabas dormido!
—No, pero gracias por el espectáculo.
—Agh, tendrás que dormir con un ojo abierto —aconsejó
—. Te haré daño en cuanto tenga la oportunidad.
—¿Sí? —él rodó sobre la cama velozmente, quedando sobre
ella, presionándola contra el colchón y dejándola sin aire y sin
conexión con su cerebro—. ¿Dónde se supone que guardas tu
arma mortal debajo de ese bonito camisón?
Ella respiraba presurosamente, había colocado sus manos
como única protección sobre el pecho fuerte que se cernía
sobre ella, estaba impresionada y sus ojos lo revelaban con
trasparencia para el hombre que estaba sobre ella.
Harsen sonrió con burla y elevó una ceja.
—¿Acaso está por aquí? Mmm… parece que no. —Paseó su
mano por sus caderas y husmeó alrededor de sus muslos,
pasando hasta las pantorrillas e incluso subiendo un poco la
tela—. Parece que aquí tampoco hay nada, ¿Acaso olvidaste tu
daga en el baño?
Aine recuperó la consciencia en ese momento y lo empujó
lejos de ella, cubriendo su cuerpo con las mantas y
mostrándose mortalmente sonrojada y con lágrimas contenidas
en sus ojos por la vergüenza que seguía sintiendo. Sus manos
habían dejado un camino de fuego por donde habían pasdo.
—¡P-Pero, ¿qué cree qué hace?!
—Revisaba —asintió tranquilo dejándose caer en su
almohada—. No hay armas, ahora, a dormir. Descansa cariño.
—Usted… usted es un… —ella sintió aún más vergüenza al
recordar la escena pasada y se dejó caer en la almohada,
dándole la espalda y queriendo morir.
Al día siguiente, temprano por la mañana, Aine recuperó la
consciencia, pero se negó a abrir los ojos, no recordaba la
última vez en la que había dormido tan tranquilamente. Quizá
desde que llegó a Estocolmo que no lo hacía, así que suspiró y
se concedió un momento más en la cama. Incluso no le
importó cuando la puerta se abrió y un tintineo molesto la
acosó.
—¿Qué demonios?
—Oh, lo siento señora —se inclinó una doncella,
completamente sonrojada—. Me han ordenado traer chocolate
y galletas para los invitados.
Aine había dejado de prestar atención a la doncella y se
concentró más en el hombre que seguía dormido boca abajo,
con ella durmiendo sobre su espalda. La joven prácticamente
dio un brinco prodigioso lejos de él y miró con vergüenza a la
mucama, quien parecía sorprendida.
—Ah, yo… eh…
—Me retiro, mi señora.
La joven dio un fuerte golpe en su frente y negó un par de
veces, notando que seguía en camisón y todo su cuerpo
hormigueaba con la sensación de haber dormido sobre Harsen.
Los colores subieron a sus mejillas y corrió al baño.
Harsen despertó media hora más tarde, sabía que Aine se
había levantado, lograba escucharla en el baño, lo cual le dio
una idea por la cual sonrió y se levantó.
Aún recordaba con gracia la forma sorprendida en la que lo
miró la noche anterior, cuando quiso molestarla. En realidad,
había previsto una reacción más agresiva, como el que quisiera
asesinarlo, sin embargo, en lugar de enojada, parecía ser que
quedó tan anonadada que no supo reaccionar con normalidad.
Dictaminó que ese sería su comportamiento a partir de ese
momento, ella se dedicaba a molestarlo en casi todos los
aspectos de su vida, puesto que Aine era una mujer de
conocimientos ilimitados en cuanto a su vida profesional, pero
parecía cándida en cuanto a las relaciones humanas.
Harsen abrió la puerta del baño con una sonrisa, escuchando
el grito que ella dio como si se tratára del canto de los ángeles;
Aine trató de salir de la bañera con rapidez, ocasionando su
desequilibrio, la sonrisa de Harsen se esfumó y fue a tomarla,
cayendo irremediablemente con ella en aquella tina de agua
tibia.
—¡Dios Santo! ¡Qué se supone que hace!
—Al parecer, te salvo la vida, mi amor —Harsen quitó el
exceso de agua de su cara y sonrió hacia ella, quien parecía
enfurecida, con el cuerpo pegado al de él para que no lograra
verla, pero si le preguntaban, lo prefería—. Y bien, ¿Cuánto
tiempo más me dejarás deleitarme con tu cuerpo sobre el mío?
Ella parecía complicada en su hacer.
—¡Cierre los ojos! ¡Hágalo ahora!
—Créeme, el que no pueda ver, no me impide sentir.
—¡Agh! ¡Es asqueroso! ¡Aléjese de mí!
—La que debe alejarse es usted, técnicamente estás sobre
mí ¿recuerdas?
—¡De quien es culpa! —ella se alejó y se puso en pie,
conflictuada al momento de salir y darse cuenta que Harsen la
espiaba con una sonrisa—. ¡Cierre los ojos le digo!
—¿Ya para qué? Si ya te he visto.
—¡Dios mío! —se avergonzó y colocó una toalla a su
alrededor, fulminándolo con la mirada—. ¿Por qué lo ha
hecho?
—¿Se supone que hice algo malo? —sonrió aún dentro de la
tina—. Entré a un baño donde estaba mi esposa, ¿está mal?
—Es usted un malnacido, de eso no tengo duda alguna.
Ella se fue refunfuña hacia la otra habitación, dejando a
Harsen con una sonrisa, sin poder sacarse de la cabeza el
cuerpo precioso de la jovencita a la cual había interrumpido a
posta.
Ya para eso de las nueve, tanto Aine como Harsen estaban
listos para bajar, sin embargo, la joven se negaba a dirigirle la
palabra, lo cual hacía aún más hilarante lo que había sucedido.
—Oh, es bueno verlos despiertos tan temprano —sonrió la
señora Nilsson—. Ya se están alistando para la cacería, mi
señor.
—Claro, ¿irás a despedirte de mí, amor mío?
—Bien puede irse por su propia cuenta. —Aine se cruzó de
brazos y le volteó el rostro con desprecio.
Harsen sonrió y miró a la señora Nilsson.
—Creo que he hecho enfurecer a mi esposa desde muy
temprano el día de hoy.
—Bueno, creo que dieron de qué hablar a la doncella esta
mañana, ha dicho que había todo un escándalo en la
habitación.
—Eso se debe a que mi querido marido no sabe recibir un
no por respuesta, una debe ponerse firme en ocasiones. —Aine
miró la cara impactada de Harsen—. Con su permiso.
Harsen consideró que se merecía aquello y alcanzó a su
esposa después de dar una leve inclinación de cabeza hacia la
sonriente señora Nilsson, quien seguro se encargaría de pasar
el chisme al resto de las personas que se hospedaban ahí.
—Lo lamento, Aine, no quería hacerte enojar de esta forma.
—Se burla de mí.
—Quizá un poco. —Ella se volvió molesta—. Pero no lo
haré más, proclamemos una paz, no más jugarretas.
—Bien —dijo molesta, siguiendo con su camino—. Iré con
ustedes a la cacería.
—¿Qué?
—¿En serio tengo que repetirlo?
—No. Pero no creo que sea buena idea.
—Permítame ir, no se va a arrepentir, además, quiero
acercarme a ese tal Aleksi.
—¿El menor de los Nilsson?
—Sí, creo que hay toda una red por aquí —lo miró
esperanzada—. ¿Me ayudará?
—Bueno, creo que por eso nos casamos —asintió.
—Además, tengo que seguir cuidándolo por si alguien
llegase a atacarlo, no debemos olvidar que esa es mi misión
principal.
—Claro, no suena tan bien ahora que me lo dice esa
preciosa cara tuya. —La apuntó, notando que se sonrojaba—.
¿Ahora qué he dicho para que te pongas colorada?
—¡No estoy colorada!
—Lo estás.
—Nada, dejemos el tema.
—¿Es que acaso nadie te había dicho que eres hermosa?
Ella se quedó callada por un largo momento y lo miró.
—No suelen darme muchos halagos del estilo, si no es
porque alguien quiere abusar de mí, entonces, no los recibo.
—Seguro que es porque te tienen miedo.
—¿Usted no me lo tiene?
—Cariño, te vi desnuda y te he tenido en mi cama sin que
me asesines, el miedo pasó a segundo plano.
Ella rodó los ojos y siguió caminando, ocultando la sonrisa
que no pudo quitar de sus labios hasta entrar en el comedor,
dónde sólo estaban los hombres que saldrían a cazar. Al ser tan
temprano, las mujeres se podían dar el lujo de dormir un rato
más, incluso de desayunar en sus cámaras.
—Ah, pero si la señora Svensson se ha levantado también.
Aine tardó en asociar el apellido a su persona, pero asintió.
—Mi marido ha dicho que podré acompañarlos.
—¿En verdad, señor presidente? —preguntó un muchacho,
bastante apuesto, de nariz chata y ojos castaños.
—Sí, mi esposa es fanática de la cacería, normalmente lo
hace, así que me sería terrible dejarla atrás.
—Pero claro, sólo si el señor Nilsson no tiene ningún
inconveniente con ello, no quisiera importunar —sonrió Aine.
—Por supuesto que no, querida, eres totalmente bienvenida
—aseguró el hombre mayor, quien parecía agradable.
—Se lo agradezco —la joven volvió una mirada ilusionada
hacia Harsen, quien en serio pensaba que ella era una buena
actriz, si no la conociera, diría que estaba enamorada de él—.
¿Nos sentamos, cariño?
Harsen recorrió la silla para su esposa y se sentó a lado de
ella, distrayéndose en seguida con otras conversaciones,
dejándola sociabilizar con quien más oportuno le pareciera,
aunque él ya sabía hacia donde se dirigiría, puesto que le había
informado su deseo de acercarse a Aleksi Nilsson. Aun así,
ella se tomó la molestia de tocarle sutilmente el brazo e
indicarle con la mirada hacia dónde iría. Aine miró la figura
apartada del hombre y se sentó en una silla cercana, sonriendo
un poco y tomando un vaso de jugo disponible.
—Supongo que no te gusta mucho la cacería.
—Me fascina —dijo el muchacho, sin mirar a Aine.
—¿En verdad? ¿Entonces por qué la cara larga?
—No me gusta hablar con personas.
—Lo siento, te he importunado —ella hizo por levantarse,
pero Aleksi la tomó fuertemente del brazo y la hizo sentarse.
—Una mujer nunca es importuna.
—Oh… bueno, gracias. —Aine miró hacia Harsen, quien le
lanzaba discretas miradas para ver que nada malo ocurriese—.
En realidad, es mi deseo hacerme amiga de las personas
importantes con las que mi marido se rodea.
—Harsen Svensson no es amigo mío, señora, se lo aseguro.
—L-Lo siento, no lo sabía.
—No debe ponerse nerviosa. —Levantó una mirada
extraña, profunda y espeluznante—. A lo que me refiero es
que su marido prefiere relacionarse con las personas más
importantes de mi familia, como lo es mi padre o mis
hermanos mayores.
—Creo que todos los miembros de una familia son
importantes, señor Nilsson.
—Sólo Aleksi, no me gusta que me llamen por mi apellido.
—la miró a los ojos—. No es una mujer ordinaria, lo puedo
ver por la determinación en su mirada, no entiendo por qué se
ha casado con un hombre como él.
—La verdad —ella agachó su mirada—, apenas lo conozco.
—Eso se entiende más —asintió—, es un papanatas, se lo
aseguro y me disculpo con usted al ser su marido.
—¿Por qué dice tales cosas?
El muchacho negó con una sonrisa extraña.
—Se cree el defensor del mundo, es irritante la forma en la
que cree tener la razón, incluso padre lo dice.
—Supongo que ha de ser irritante para usted el escucharlo
hablar sobre darles más privilegios a las personas sin títulos o
riquezas de nacimiento.
Aine pareció haber dado en el punto.
—¿Está usted de acuerdo con eso? —la miró fieramente.
—Sé poco de política mi señor, temo decir que ni siquiera
me puedo formular una opinión inteligente que sea válida para
alguien que obviamente tiene una, como usted.
—Es usted una mujer agradable —asintió y pareció divagar,
hablando más para sí que para ella—. Podría decir que me
gustaría tenerla en mi cama, pero mujeres hay miles en el
mundo y son tan fáciles de conseguir, que incluso da risa.
—¿Fáciles de conseguir? —Aine negó con una sonrisa
recelosa—. Eso lo dudo mucho.
—Se nota que su mundo es pequeño, mi señora, pero las
mujeres tienen sólo un propósito en esta vida ¿sabe cuál es?
—¿Dar h-hijos a sus maridos?
—No. Dar placer —dijo con una sonrisa retorcida y
mirando a su alrededor, notando que el comedor estaba casi
vacío—. Las mujeres fueron creadas con ese único propósito
¿no lo cree? No sirven para mucho más, incluso considero
innecesario el dar hijos, los hijos impiden muchas cosas,
incluyendo el placer.
Aine se sentía un poco acosada para ese momento, la mirada
de ese hombre era tan agresiva y dura, que incluso sintió que
su piel se erizaba y sus instintos le decían que le encajara una
daga.
Estaba loco, ese hombre estaba completamente loco, miró a
su alrededor, para ese momento, ya no había nadie, tenía que
irse de ahí cuanto antes.
—No lo entiendo… —se hizo para atrás para alejarse de la
cara que se acercaba más y más a ella.
—Claro que no, las jovencitas como usted, cándidas en todo
lo que se refiere al placer, son mucho más solicitadas, puesto
que con un sólo toque insinúante… —le tomó un muslo,
demasiado cerca de su intimidad, haciéndola brincar. El
hombre sonrió con maldad—. Eso, las asusta.
Aine se puso de pie y en seguida salió corriendo de ahí,
volviendo la mirada sólo para ver como Aleksi dejaba salir un
suspiro satisfecho y sonreía, aún con la mirada puesta en ella.
Aine sintió un escalofrío recorrer su cuerpo y un miedo que no
había sentido nunca inundar su cuerpo. Cuando volvió la vista
hacia el frente, chocó con Harsen, quien parecía ir por ella.
—¿Qué ocurre? —la tomó de los hombros y la separó de su
cuerpo—. ¿Por qué tiémblas?
—Él… ese hombre, él…
—Tranquila. —La abrazó—. No pasó nada, estás bien.
—Harsen… cuando recogiste a Lili en casa de los
Sundberg, ¿Estaba también Aleksi Nilsson? —Él no pudo
responder, más bien, no quiso—. Por Dios… no puedo
imaginarme lo que le hicieron. Tanto Viggo Sundberg como
Aleksi Nilsson son un par de depravados y miserables.
—Tranquila, estás demasiado alterada, creo que será mejor
que no vayas a la cacería.
—No. —Se separó de su pecho y lo miró determinada—.
Iré, al menos así demostraré de lo que soy capaz de hacer. No
estoy asustada, sólo no imaginé que fuera a hacer algo así en
un lugar público como un comedor.
Harsen sabía que mentía, la misma Aine sabía que mentía,
incluso entendía que él no le hubiese creído. Pero no quería
volver a caer en el estereotipo, ella podía con eso, sabía cómo
resolver situaciones como esas, sólo que nunca le habían
pasado en persona, eso era todo.
—Me parece una tontería.
—Harsen, no soy una débil muchachita a la que tienes que
defender, puedo con esto, estoy entrenada.
—Justo hace unos segundos temblabas en mis brazos, Aine.
—Tampoco soy de piedra, claro que me puedo asustar, pero
la diferencia es la forma en la que reacciono ante ello.
Harsen pudo notar la determinación en la joven y supo en
ese momento que no lograría hacer que cambiara de opinión.
Fuera lo que fuera, Aine tenía razón, era una chica, pero estaba
entrenada para que su cerebro trabajara diferente.
—Bien. Si estás segura de lo que haces, no soy nadie para
negarte algo. —Se inclinó de hombros—. Aunque siempre
puedes acudir a mí si algo no sale como lo planeabas.
Aine lo miró divertida.
—Eres un hombre fascinante, Harsen.
—¿Un halago de tu parte?
—También puede ser una mentira para que sigas sin meterte
en mi camino. —Harsen soltó una risotada y asintió,
colocándole una mano en la cintura y encaminándola hacia el
jardín.
Capítulo 14
Aine no lo quería admitir, pero desde aquel momento en el
que ese hombre la tocó de forma tan poco escrupulosa, no
había podido evitar tenerle un recelo que era obvio para todo
el mundo, puesto que era el mismo Aleksi quien motivaba a
que fuera algo más que evidente.
El hombre se acercaba a la esposa del presidente cada que
tenía la oportunidad, saboreando como un maniático el miedo
que ella había desarrollado hacia su persona, sonreía cada vez
que Aine se aferraba al brazo de su marido al verlo cerca o se
tensaba fuertemente cuando “accidentalmente” la rozaba.
Ni siquiera la puntería de Aine a la hora de las cacerías le
había proporcionado temor a ese hombre asqueroso.
—Dios mío Harsen, ¿te has fijado? Lo hace adrede. —Negó
la joven ya en la seguridad de su habitación—. Me persigue,
eso es lo que hace, disfruta el verme asustada.
—¿Qué fue lo que te hizo aquel día?
—Nada, sólo habló de un montón de asquerosidades y…
bueno, quizá me tocó un poco.
—¿Tocar? ¿En qué sentido? —Harsen dejó su saco sobre
una silla y la miró dudoso, revisando el cuerpo de ella con
detenimiento, a lo que Aine se cubrió avergonzada.
—¡No dejó marca alguna!
—Lo lamento, ¿Qué te hizo?
La joven negó rotundamente.
—No pienso repetirlo.
—Se supone que eres mi esposa, deberías decirme lo que
sucedió para al menos poderme enojar y hacer algo.
—¿Cómo lo comprobarías Harsen? La voz de la mujer es
menos importante que la de un niño.
—Maldición Aine, tus jugarretas con estos tipos se
acabaron. —Se tocó las sienes con ambas manos—. No quiero
a otra persona traumatizada como lo está Lili.
—Estaré bien, no se preocupe. —Aine fue directa hacia su
valija y abrió un compartimiento escondido, donde guardaba
sus ropas de varón y su capa.
—¿Qué demonios haces?
—Como mujer, no puedo hacerle nada —ella comenzó a
desvestirse delante de él. Harsen se dio vuelta para darle
privacidad, cosa que para ella no era importante en ese
momento—. Pero como hombre, al menos podré hacerle unos
cortesitos en la garganta.
—Aine. —Harsen la tomó del brazo—. No lo permitiré.
—No te estoy pidiendo permiso —ella se apartó de un tirón,
liberándose de la mano fuerte de Harsen—. Sé lo que hago.
—Eres impulsiva.
—Mi hermano Terry es impulsivo, yo llevo todo el día
planificando esto, Harsen, te lo aseguro.
—¿Qué pasa si te descubre? ¿Si en serio te hace daño?
—¿Te preocupas por mí?
—Sí, ahora más, ya que veo que tú no lo haces.
—Soy un águila, puedo con una infiltración y dar un
pequeño susto a un maldito bastardo abusador.
—Aine… —ella se había terminado de vestir y ahora abría
la puerta del balcón de la habitación—. ¡Aine estás loca!
¡Incluso está lloviendo!
Para ese momento, las súplicas de Harsen ya no valían de
nada, pero tuvo que admitir que esa mujer era prodigiosamente
elástica y hábil en escalar paredes con una cuerda. Emparejó la
puerta del balcón y fue hacia la cama.
Lo único que podía hacer para ayudarla, era permanecer en
esa habitación, donde se suponía que debían estar los dos.
Sabía que los tenían vigilados, así que apagó las luces para que
no se lograra ver nada y esperó porque la loca de su esposa
falsa regresara con bien de su aventura.
Aine sentía la lluvia torrencial cayendo sobre su cuerpo,
logrando que sus ojos se cerraran al tener que estar mirando
hacia arriba al escalar la pared, hacía frío, estaba empapada y
sentía que perdía un poco de movilidad en los dedos de las
manos. Aún así, no se detuvo. Llevaba demasiado planificando
ese ataque, tuvo que dedicarle todo su tiempo a ese bastardo,
siguiéndolo por doquier para encontrar la habitación que fuese
la suya, observándolo desde el jardín para serciorarse que el
balcón que estaba por invadir sería el correcto.
Debía admitir que en una que otra ocasión entró en lugares
desafortunados, invadiendo situaciones comprometedoras
entre las parejas alojadas en la casa. Daba gracias a Dios que
su habilidad fuera grande y hasta el momento nadie la hubiese
visto.
Cuando Aine aterrizó en el balcón adecuado, corrió para
escudarse en la pared cercana, el interior parecía estar en una
completa oscuridad, pero podía escuchar unos gritos que le
helaron la sangre. Era diferente a los que escuchó aquella vez
cuando Harsen estaba con su amante… estos parecían de
dolor, aunque, aquella vez ella también pensó que eran de
dolor.
¡Maldición! ¿Cómo saberlo?
Fue fácil deducirlo cuando de pronto se escuchó un quejido
que parecía salir desde el fondo de la garganta de esa mujer,
acompañado de lo que pareció ser un golpe y, posteriormente,
ella pidiendo que parase o simplemente negando.
¿Estúpido? Tal vez. ¿Arriesgado? Claro que sí. ¿Justificado?
Por supuesto. Aine no pudo contenerse y simplemente entró en
la habitación en silencio, notando el cuerpo dominante que se
cernía sobre una joven recostada boca abajo. No quería ni
saber, ni entender lo que sucedía, pero aquella posición le daba
la ventaja a Aine para simplemente poner la cuchilla en la
garganta de ese hombre y llanamente rebanarle el cuello.
Pero Aleksi tenía instintos de supervivencia más avispados
de los que Aine consideró. El hombre logró alejarse lo
suficiente como para no ser lastimado y empujó al intruso
lejos, haciéndola chocar contra una cajonera que hizo todo un
estruendo.
¡Maldición!
La joven se puso en pie y rápidamente contraatacó, la clave
era no decir ni una palabra, nada que delatara su identidad
como femenina. Entre los golpes e intentos de asesinato de
ambas partes, Aine miró a la mujer que se cubría con las
mantas y se arrastraba hacia atrás, presa del pánico, lo cual fue
suficiente distracción para que Aleksi cortara parte de su
túnica, revelando la marca de su hombro derecho.
Creía que, por la casi oscuridad de la habitación, ese
hombre no lograría darse cuenta de ello, pero al parecer, le fue
lo suficientemente llamativo como para quedarse boquiabierto
por unos segundos, mirando hacia la marca, dándole ventaja a
Aine para hacerle un buen corte en el abdomen y salir
corriendo lo más rápido posible de la habitación.
—¡Maldición! —gritó Aleksi—. ¡Un intruso!
Aleksi tomaba su abdomen, no había sido un corte
profundo, pero sí lo suficientemente grave como para estar
sangrando sin control. Había visto esa marca en alguien,
recordaba haber visto a una persona con ese mismo signo…
Pero, ¿quién era?
—¡Demonios! —sonrió—. Creo que te tengo princesa.
El hombre salió corriendo de su habitación y se encaminó
hacia la del presidente. Esa maldita mujer estaba atrapada,
ahora se enfrentaría a él ¡Había intentado matarlo!
Aine había salido nuevamente por la ventana y hacía los
movimientos más rápidos de su vida para volver a llegar a su
habitación. Se metió a prisa, provocando que Harsen se sentara
en la cama y la mirara extrañado. Aine se quitó la ropa
mojada, aventándola por el balcón y cayendo sobre unos
arbustos que había en la parte de abajo. Tiró de la cuerda que
colgaba del techo y se metió en la cama con Harsen, jalándolo
para que quedara sobre ella, y lo miró suplicante.
—Finge Harsen —le suplicó, mojada y desnuda debajo de
él, atrapándolo en su lugar con sus manos colocadas en su
espalda baja—. Finge que estás haciendo el amor conmigo.
—¿Qué demonios hiciste? —le dijo sorprendido,
resintiendo el frescor del cuerpo de Aine contra la calidez del
suyo.
—¿Qué hago? —le dijo alterada al escuchar pasos por el
pasillo—. ¡Dime qué hacer!
Harsen meneó la cabeza, buscando enfocarse, acomodó la
posición de ella para que pareciera una normal para hacer el
amor y la abrazó, quedando muy cerca de sus labios, pero sin
hacer nada para perturbarla en demasía.
—Gime Aine —le susurró—. Lo has escuchado antes,
finge.
—No sé hacerlo.
—Vale, entonces, lo siento por esto.
—¿Qué…?
Harsen tomó sus labios, Aine jamás había sido besada en
toda su vida, ni siquiera uno pequeño o robado, seguramente
su padre asesinaría al idiota que intentara hacerle algo a su
pequeña. Sin embargo, ahí estaba Harsen, robándose su alma
con un simple beso en los labios y un abrazo que le calentaba
el cuerpo entero y hasta el alma pese a que estaba empapada
de pies a cabeza.
Jamás se imaginó que se pudiera sentir tantas cosas con un
simple roce de labios. Y, a pesar de que estaba desnuda en esa
cama junto a él, no sentía que se estuviera aprovechando de
ella. De hecho, las sensaciones que le transmitía fueron tan
fuertes, tan gentiles y caballerosas, que Aine no pudo evitar
envolver sus brazos alrededor de su cuello, e hizo lo mismo
con sus piernas alrededor de su cadera, sin entender del todo
porqué lo había hecho o si estaba bien hacerlo.
La puerta de su recámara se abrió estrepitosamente. Aine
sólo se percató de ello cuando Harsen cortó el beso y volvió la
vista, enojado por la intromisión, abrazándola más contra su
cuerpo y cubriéndolos con las mantas que él tenía por encima.
—¡Qué demonios sucede! —gritó Harsen, jalando más las
mantas para cubrirse y, de paso, a la mujer bajo él—. ¿Se
puede saber por qué osan en entrar en mi habitación de esta
manera?
Aine lo miró impresionada, fingía demasiado bien su papel
de un marido siendo interrumpido mientras le hacía el amor a
su mujer. Seguro que cualquiera reaccionaría de esa manera,
incluso mucho peor que sólo los gritos.
—¡Entra ahí y sácala de una buena vez! —gritó Aleksi.
—Mi señor —se introdujo el mayordomo, demasiado
apenado por haber sido el elegido para interrumpir el acto
amoroso entre la pareja—, su esposa ha sido requerida en el
gran salón, parece ser que hay un intruso en la mansión.
—¿Y por qué razón haría que mi esposa bajara al salón si
hay un maldito intruso en la casa? ¡Cierre la maldita puerta! —
gritó furioso—. ¡No permitiré que otros ojos vean a mi mujer
desnuda!
—¡Lo lamento mi señor! —la puerta se cerró rápidamente,
dejando oír los gritos que sin duda alguna pertenecían a un
malherido Aleksi.
—Lo siento Aine —Harsen se le quitó de encima—. ¿Estás
bien? No quise aprovecharme así de ti.
Aine negó repetidas veces, cubriendo su cuerpo con las
sábanas, aún con la mente demasiado conmocionada como
para entender en los enormes problemas en los que se había
metido.
—Está bien… era lo que necesitábamos de momento, de
hecho, creo que has estado mejor de la cuenta, deberías ser
actor y no político, Harsen.
—Aine, ¿Qué has hecho? —se acuclilló ante ella, él aún
traía el pantalón de dormir, pero su pecho estaba descubierto,
nublándole los sentidos a Aine.
—Yo… él me ha visto el tatuaje, creo que me lo ha visto
antes, pero dudo que sepa que es de la cofradía, dudo que
sepan de las águilas por aquí.
—Yo sabía de ello.
—Pero él más bien lo asoció a mí y no a algo más grande,
creo que estamos a salvo con ello —dijo la joven.
—No, no lo estamos, porque ellos intentarán ver tu brazo
para comprobar que no eras tú, ¿ahora qué haremos?
Aine sintió preocupación y nerviosismo, no sabía cómo
solucionar ese problema, era obvio que la descubrirían, si no
era ese día, lo harían en otro, la estarían cazando hasta poder
atraparla en su mentira, llevándose a Harsen consigo.
—Antes que nada, necesito un camisón.
—¡Diablos! Lo siento —él fue hacia las cosas de su esposa
y le tendió un camisón y una bata. Aine seguía empapada del
cabello, así que lo trenzó para disimular un poco.
Comenzó a caminar de un lado a otro, tratando de pensar en
qué hacer, todo bajo la atenta mirada de Harsen.
—¡Oh! ¡Ya sé! —la joven sonrió y fue a su valija, buscando
algo en su maleta—. Esto lo cubrirá.
—¿Qué demonios es eso?
—Maquillaje, lo compré en Francia parece ser que es
increíble o algo por el estilo, servirá por ahora.
—¿Se borra o algo así?
—Claro que se quita, pero el único que me va a tocar serás
tú.
Aine fue al espejo y embarró la crema de color piel sobre su
tatuaje, cubriéndolo momentáneamente. Harsen se acercó y
tomó aquel brazo, revisándolo minuciosamente.
—¡Vaya! Lo ha ocultado bastante bien, aunque es notorio
que tienes una plasta ahí.
—No dejarás que nadie se acerque Harsen —lo miró—,
tienes que aparentar estar furioso. Incluso evitar mostrarlo bajo
cualquier costo, ¿entendido?
—Bien, intentémoslo.
Aine rezó por que las cosas salieran bien, sentía que su
corazón latía desbocado, se tomó de la mano de Harsen y bajó
las escaleras hasta el salón, escondiendo la mitad de su cuerpo
tras el de su supuesto marido, tratando de parecer intimidada.
—¿Me pueden decir qué demonios sucede aquí? —dijo
Harsen en cuanto entró al salón—. ¿Qué es eso de que mi
esposa es requerida a la mitad de la noche y sin mí?
—¡Oh! Mi señor —se abochornó la señora Nilsson—. Es
una vergüenza que lo hayan interrumpido de esa forma, este
muchacho está delirando, como verá, alguien lo ha lastimado,
estamos en busca del culpable, pero jamás debió llamar por su
esposa, su padre está sumamente humillado por ello.
Harsen se mostró imperturbable.
—¿Estaba sugiriendo su hijo que de alguna forma mi esposa
fue a intentar asesinarlo?
—¡No! Oh, por supuesto que no, como he dicho, el
muchacho está delirando, está herido.
—¡No! ¡Mamá, su hombro! ¡Fíjate en su hombro! —gritó el
muchacho, tratando de liberarse de las manos que intentaban
curarle la herida en el abdomen.
—¿De qué demonios está hablando? —Harsen en serio era
bueno fingiendo ira—. ¿Cómo que el hombro? ¿Acaso debo
entender que ha bajado la manga de mi mujer como para ver
su hombro? ¿Es eso lo que sugiere?
—¡Dios santo! —negó la señora Nilsson—. Le digo que
delira, mi señor, está delirando.
—¡Maldición! Nos marchamos esta misma noche de aquí,
gracias por su hospitalidad, señora Nilsson, pero me es
intolerable este comportamiento.
—Oh, mi señor, no se ofenda, es un chico tonto, muy tonto.
—No estaré en ninguna parte donde insulten a mi esposa —
Harsen tomó a Aine de la cintura y se inclinó ante la señora de
la casa—. Un placer estar con ustedes, pero creo que ya
abusamos de su hospitalidad. Con su permiso.
Aine fue guiada por Harsen hasta la salida, pero antes, ella
regresó una mirada hacia el convaleciente Aleksi, quien no
apartaba la vista de ella, tenía un nuevo enemigo que, para su
desgracia, no la perseguiría como águila, sino con su cara,
como Aine Hamilton y eso era malo, era en realidad pésimo.
Cuando regresaron a la habitación, Harsen colocó un dedo
sobre sus labios, impidiéndole hablar, mirando insinuante
hacia el tubo y hacia la ventanilla por los que podían ser
espiados, sobre todo ahora que más de la mitad de la casa
estaba despierta y Aleksi tenía la férrea sensación de que Aine
había querido matarlo esa noche.
Empacaron sus cosas, Aine incluso bajó por una cuerda para
buscar sus ropas mojadas, volviéndose a empapar y viéndose
en la necesidad de cambiarse nuevamente.
Harsen parecía molesto pero controlado. La joven sabía que
sólo hacía falta que se alejaran un poco para que él comenzara
a vociferar y esa vez se lo merecía… más bien, siempre se lo
había merecido, pero ahora hasta ella se gritaría a sí misma.
«¡Estúpida!» Había sido muy estúpida.
Salieron en cuanto el sol comenzó a salir, recibiendo más
ruegos por parte de los Nilsson para que se quedaran, pero
Harsen las declinó cordialmente y ambos estaban de regreso a
casa en menos de quince minutos.
Aine no podía evitar levantar la vista hacia él, quien miraba
por la ventana con los puños apretados sobre sus piernas, de
vez en cuando se notaba que hacía sólo un poco de más fuerza,
como si recordara algo que le molestaba.
Seguro que ese algo era ella. Ya ni siquiera tenía ganas de
reír. Incluso no podía autocastigarse como debía, puesto que
no podía evitar que a su pensamiento llegara aquellos
momentos en los que lo tuvo encima de ella… ¡y ese beso!
Jamás había sido besada de esa forma.
Lanzó una tímida mirada hacia él, observando aquellos
labios que en esos momentos estaban comprimidos en una fina
línea, estaba volviéndose loca. Eso estaba más que seguro.
—Harsen…
—No. No hables.
—Pero, al menos quisiera…
—No. Por favor, no hables.
Ella apretó sus labios y asintió, sintiendose pesimamente,
nunca lo había visto de esa forma. Lo había arruinado todo, era
en verdad una desepción para toda la cofradía, su padre se
avergonzaría de sus actos tan brutos y fuera de toda cordura,
hizo un movimiento arriesgado y lo echó a parder por
completo.
Si Harsen le pedía que se marchara, no tendría queja en ello,
lo indicado era que la despidiera cuanto antes, así al menos no
haría que las cosas se agravaran.
Capítulo 15
Cuando llegaron a la propiedad del presidente del Riksdag,
Aine quiso comenzar a excusar su comportamiento
nuevamente, tenía que explicarle muchas cosas, pero él
simplemente pidió silencio y llevó las valijas hasta su
habitación, la que fuera de Harsen. La joven lo siguió con algo
de impresión y el corazón saltando con fuerza incontenible en
su pecho, ¿Quería decir que deseaba que durmieran juntos a
partir de ese momento? ¡Estaba completamente loco si era lo
que pensaba!
Cuando ambos estuvieron dentro de la espaciosa habitación
y Harsen hubo cerrado la puerta, la miró con furia y quizá
demasiado reproche. Era una lástima, porque él solía tener un
carácter tranquilo y relajado, ahora entendía por qué la gente
temía que se enfureciera, porque cuando Harsen llegaba al
punto en el que se sentía molesto, lo hacía bien y hasta por
días.
—Harsen…
—No —levantó una mano hacia ella—. No hables.
Ella cerró la boca por unos segundos, dándole tiempo para
que se paseara por la habitación, metiéndose al cuarto de baño.
Aine inmediatamente lo siguió.
—Harsen, lo siento, te juro que…
—Pensé que había dicho que no quería que hablaras Aine.
—Lo sé —estrujó sus manos y suspiró, levantando la
mirada hacia él y dejando salir todo como un torrente de
información—: estaba violando a esa mujer, él la estaba
lastimando, así que entré, no lo pude evitar y traté de salvarla,
pero él logró cortar mis ropas, descubriendo la marca, pero
dudo que sepa de dónde es. Sé que fue tonto porque ahora
estará sobre mi persona, pero saldré de esta, te lo prometo y…
—¡Basta! —se tomó las sienes—. Es demasiado.
—Lo sé… —ella se acercó—. Pero si hubieras estado ahí, si
hubieras escuchado… hubieras hecho lo mismo.
—Tú no sabes diferenciar de unos gemidos de placer a unos
de dolor ¿Qué te lo aseguró?
—Ella lloraba, gritaba que se detuviera, incluso creo que
hasta la estaba golpeando.
Harsen cerró los ojos y suspiró.
—Bien, digamos que eso estaba pasando, incluso entiendo
que entraras ahí, ¿Ahora qué? Es obvio que nos tendrán en la
mira, buscarán información de la marca que tienes y te aseguro
que encontrarán lo que significa, sabrán que vamos tras ellos y
hasta sospecharán de nuestra relación.
—Lo sé —bajó la cabeza—. Por eso dije que hiciéramos
eso… si sólo fingíamos dormir, bien se podría pensar que me
salí sin que tuvieras conocimiento, pero si estábamos… ya
sabes, era obvio que ambos estuvimos ahí siempre.
—O quizá se imaginen que yo soy parte del plan, como es la
realidad —le dijo obvio—. Que te ayudé a encubrirte, que
todo esto es una farsa, ¡Porque desde el inicio de los tiempos
estoy en contra de ellos!
—Sé que no fue mi movimiento más inteligente, pero…
—Mira, entiendo lo que te impulsó —levantó una mano—.
Pero eso nos hace estar aún más asfixiados. Así como el
doctor que te atendió dijo que eras mi amante, también da la
casualidad de que te atendió por disparos de bala, dos, los
mismos que se dispararon en la casa de los Sundberg, ese
médico dirá lo que le convenga y así como él, todos en esta
casa pueden hablar.
—Lo sé. —Aine ya no tenía forma para defenderse, ¿por
qué parecía que cometía estupidez tras estupidez? Cerró los
ojos. Era un fracaso, jamás le había pasado algo parecido. Tal
vez tenía tantas ganas de demostrar algo, que simplemente lo
hacía todo mal—. Lo siento… Harsen, lo lamento, fui una
tonta.
Harsen dejó salir el aire y asintió. Ella se veía tan decaída
que no pudo seguirla amonestando, Aine normalmente era
orgullosa y arrogante todo el tiempo, el verla tan
desmoralizada le había quitado a Harsen todo el ímpetu de
gritarle.
—Ve a bañarte.
Aine lo miró sorprendida, tomó sus cosas y se encerró en el
baño, tratando de no sentirse una idiota en toda la extensión de
la palabra. Su padre y Publio estarían decepcionados, incluso
Terry hubiera hecho mejor las cosas.
Harsen suspiró fuertemente y bajó a su despacho, sintiendo
el peso de lo que se avecinaba cayendo sobre sus hombros. No
podía culpar a Aine, sabía que era una justiciera, no toleraría
que alguien tratase mal a una persona, mucho menos a una
mujer, incluso consideraba que él hubiese actuado igual.
Pero ahora Aine corría peligro, ya no había cabida en que la
mandara de regreso, era su esposa y debía permanecer a su
lado el tiempo que fuese necesario, incluso estaba dudando de
un divorcio. No es que quisiera permanecer casado con ella ni
mucho menos, pero no podía apañarse con una separación, ya
eran demasiados problemas en su haber.
—Por Dios —Harsen frotó sus ojos y se recostó en su silla.
—Veo que tienes problemas, Harsen, me pregunto por qué
demonios no me has consultado nada.
—Tío —lo miró con seriedad—. No estoy de humor para
ser regañado, así que por favor…
—¿Una esposa, Harsen? ¿Una esposa a la que nadie conoce
y de la que nadie puede saber nada puesto que es un águila?
—Y no sabes lo peor.
—¿Hay algo peor?
—Pero claro, gracias a tu magnífica idea de contratarla,
ahora estamos metidos hasta el cuello en problemas. No sólo
porque he tenido que casarme con ella, sino porque es una
persona que no sabe estarse quieta, tenemos a los Nilsson y a
los Sundberg en nuestra contra. Ahora sin ninguna duda.
—¿Qué ha hecho la chamaca?
—Digamos que se ha metido en problema tras problema.
—Mándala de regreso, Harsen, hará menos daño un
divorcio que sus metidas de pata.
—No puedo.
—¿No puedes?
—No —Harsen se puso en pie y fue a servirse un vaso de
coñac—. Ella necesita el trabajo, si acaso lo hace mal, se
quedará sin nada, no puedo hacerle eso.
—¡Te está arruinando la vida!
—Hace lo que puede.
—Maldita sea Harsen, no puedes ser tan maldita buena
persona —lo regañó su tío—. Eres un hombre importante, pero
no invencible, te matarán si continúas así. De por sí ya tenías
amenazas, ahora todo ha empeorado.
—¿Y a quién se lo debo para iniciar?
—Me equivoqué, no pensé que el hombre siniestro fuera a
mandar tal escoria.
—No hables así de ella. Es buena en lo que hace, pero está
dejándose llevar por emociones que pienso que antes no se
permitía, eso es lo que pasa cuando te das cuenta de la
porquería.
—Deja de protegerla, Harsen. —su tío lo miró seriamente
—. Mandaré una carta para que le den su baja de la misión.
—He dicho que no. De todas formas, tendrá que quedarse,
¿recuerdas? Es mi esposa.
—Una falsa.
—Por ahora es verdadera.
Aine cubrió su boca con una mano y subió corriendo las
escaleras. Ya de por sí se sentía patética, ahora con lo que
había dicho el tío Clemens y la respuesta de Harsen, sólo había
logrado sentirse mucho peor.
No podía creer que fuera a ser tan bueno, que incluso
evitaría que su tío mandara una nota pidiendo que la sacaran
de la misión, sería lo correcto y lo más lógico, pero Harsen la
había protegido debido a que pensaba que era pobre y
necesitaba de esto.
—Aine —la llamó de pronto Lili—. ¡Qué bueno que han
llegado! Los eché de menos.
—Oh, Lili —Aine aceptó el abrazo que la muchacha le
daba, eso era un avance enorme ya que Lili no se acercaba a
nadie desde el incidente—. Te ves mejorada.
—Me siento mejorada —asintió—. ¿Dónde está Harsen?
—Está ocupado ahora.
—Claro —rodó los ojos—. Es una persona muy ocupada,
pero, aun así, siempre se tomaba el tiempo para verme a mí y
a…
Aine la miró con pesar.
—¿Aún no sabes nada de ella?
—Ni tampoco quiero hacerlo.
—Entiendo —le tocó el cabello—. Si necesitas algo sabes
donde puedes encontrarme.
—¿Estás ocupada ahora?
—No mucho, pero… —Aine estornudó un par de veces.
—Creo que te has resfriado —sonrió Lili—. ¿Estaba
haciendo mucho frío en casa de los Nilsson?
—Sí, algo —Aine volvió a estornudar—. Hacía mucho que
no me resfriaba.
—No te preocupes, ¿Por qué no vamos a tu habitación, te
metes a la cama y te llevo un té?
—Oh, pero en realidad tenía cosas que hacer.
—No creo que puedas hacerlo con un resfriado, lo mejor
será que te recuperes y ya después harás todas las ocupaciones
que quieras —sonrió la joven. Aine se quedó parada por unos
segundos en el pasillo, no sabiendo si debía ir a la habitación
de Harsen o a la que ella había estado usando desde que se
descubrió que era una mujer—. ¿Qué sucede?
—Nada, creo que será mejor ir a mi habitación, no quisiera
contagiar a Harsen de mi resfriado.
—Supongo… aunque ustedes siempre duermen separados.
—Bueno, parece que Harsen nunca estuvo muy de acuerdo.
La joven quitó su sonrisa inmediatamente, su mirada se
ensombreció y sus labios se presionaron hasta formar una
línea.
—Claro, seguro que él no puede resistir estar lejos de ti.
—¿Sucede algo Lili?
—No —volvió a sonreír—. Nada, es normal que los esposos
compartan cama, ya me parecía extraño que no fuera así.
Aine asintió y frunció el ceño, viendo como la jovencita
bajaba las escaleras y corría en dirección a la cocina,
seguramente por el té y demás cosas para su resfriado. Aine
volvió a estornudar varias veces seguidas y decidió ir de una
buena vez a la cama, esa empapada no le había sentado nada
bien.
Pasaron horas en las que la pareja no se topó ni una sóla
vez, ni siquiera en los pasillos o para tomar alguna comida.
Harsen había pedido explícitamente que no se le molestara
bajo ninguna circunstancia y debíá admitir que le sorprendía
sobre manera que Aine hubiese obedecido. Aunque,
conociéndola, seguramente estuviera en medio del enojo,
porque cuando Aine hacía algo mal, ella era la que se
molestaba.
—¿Lili?
—Oh, Harsen —la joven se sonrojó y bajó la mirada—.
¿Qué ocurría? ¿Necesitas algo?
—¿Dónde está Aine?
—En cama, ha estado ahí desde que llegaron.
—¿Qué le ocurre?
—Está enferma, tiene un terrible resfriado.
—Claro, era de esperarse —negó el hombre—. ¿Han
llamado al médico ya?
—Sí, le ha recetado algo y se marchó, dijo que no era nada
de qué preocuparse.
—¿Está en la habitación?
—Sí… bueno, está en la que es de ella, dijo que no te quería
contagiar —Lili se atrevió a mirarlo—. Ella me dijo que ahora
tú quieres que compartan habitación, ¿es verdad?
El hombre sonrió y le alborotó el cabello antes de subir las
escaleras con dirección a la recámara que normalmente
ocupaba Aine, al menos lo hacía desde que Harsen se enteró
de que no era un hombre. Tocó la puerta y la abrió sin recibir
contestación, topándose con una muy enferma mujer, la cual
no dejaba de estornudar y tenía una mano en sus ojos, como si
intentara menguar el dolor.
—¿Cómo te sientes?
—Harsen —ella se sentó de golpe en la cama, estornudando
sin cesar por unos momentos—. Ugh, lo siento… hola.
—Veo que estás realmente mal —él se acercó y le colocó
una mano sobre la frente, provocando su vergüenza, pero eso
no se podía notar, debido a que ya estaba sonrojada por la
enfermedad—. Tienes fiebre.
—Estoy bien —ella se alejó del toque con pesadez y lo miró
determinada—. Me iré en cuanto me recupere.
—¿Ah, sí? —se sentó en una silla que había junto a la cama
y la miró—. ¿Quién te ha dado autorización?
—No la necesito, soy un fracaso, sólo te ocasiono
problemas.
—Eso es verdad, pero considero que es tu responsabilidad
sacarme de ellos, ¿no te parece?
—¿Cómo puedes decir eso? Todo lo que hago, sólo
empeora las cosas —negó—. Debo regresar y decir que fallé.
—Entonces quedaría en las mismas, al menos sé que eres
una buena asesina, que es para lo que te contraté en primer
lugar —sonrió—. En realidad, eras una protección, pero tú te
adjudicas títulos sin siquiera darme tiempo a pensarlo.
—Harsen…
—Fue mi culpa que te involucraras en esto. —Trató de
hacerla sentir mejor—. Fui yo quien te dijo que me
acompañaras a esa velada, tú actuaste conforme a la situación.
Quizá no fuera una de las mejores salidas, pero
definitivamente es una salida.
—¿Por qué eres tan bueno conmigo?
—Entiendo tu situación, no haré que te den de baja de la
misión, necesitas esto —le dijo seguro—. Sólo te pido que no
hagas más tonterías, no tienes que demostrarme nada a mí y
por el momento a nadie más. Tus superiores verán el resultado
final, no lo que haces para llegar a ello.
«No es verdad, te he dicho mentiras.» Aine no podía
sentirse peor consigo misma.
—Yo… no merezco tales consideraciones.
—No te preocupes Mujer Bestia, por ahora, recupérate. —
Harsen sonrió con amabilidad y salió de la habitación.
Aine dejó salir un grito contenido y se recostó en la
almohada, cubriendo su cara con ambas manos. ¡Maldito Niño
Mimado! ¡No podía ser tan buena persona! Por eso estaba en
esos problemas, la gente se aprovechaba de la gente como él,
porque era fácil, porque eran bondadosas y su corazón tendía a
doblegarse ante cualquier dolor, aunque fuera uno inventado.
¿Debía sentirse mal?
En definitiva, era una mujer terrible, se había aprovechado
de Harsen desde el principio y él no había dejado de ser
paciente, tolerante y bueno con ella.
Capítulo 16
Una semana después de los sucesos, Aine se encontraba
recuperada. Sería el primer día que saliera de la cama, ya que
la habían aislado en la habitación para que no contagiara a
nadie del terrible resfriado que se basó en fiebre, gripe, un
terrible dolor de garganta y cabeza.
Harsen la visitaba por lo menos tres veces al día, comía con
ella en la habitación, dando la apariencia de una pareja unida,
mientras él se encargaba de informarle los últimos
movimientos de las familias en su contra y posiblemente
involucradas en la trata de mujeres.
Esa tarde, cuando Aine tuvo el visto bueno por parte del
médico, decidieron reunirse en el despacho de Harsen, donde
hablaban de las recientes desapariciones de mujeres; parecía
ser que las comenzaban a trasladar a otros lugares. Era
importante saber cómo lo hacían, por qué medio y hacia
dónde.
Ya su padre había disuelto hacía algunos años un
movimiento parecido en Viena, jamás imaginó que sería ella
quien debería resolver otro problema igual. Sólo que ahora,
parecían no ser sólo mujeres, sino también niños pequeños y
algunos bebés. No entendía del todo para qué les servirían los
bebés, pero no quería ni pensarlo. Las mentes de esas personas
eran macabras y retorcidas al punto de que alguien de frágil
corazón podría desmayarse de saberlo.
—Hablando de otras cosas, tengo que ir a Helgeandsholmen
mañana, habrá una importante asamblea en la que
propondré…
—¿Corres peligro?
—Eh… bueno, supongo que algunos no estarán del todo
convencidos con lo que diré, pero tampoco pienso que me
vayan a atacar justo ahí, al final de cuentas, es el parlamento.
—Iré contigo.
—No.
—Es mi trabajo.
—No Aine, estás demasiado en la mira, tienes que quedarte
aquí en esta ocasión.
—No puedo hacerlo.
—Aine…
—Harsen, sé que te he fallado antes, pero puedo hacerlo.
El hombre negó repetidas veces y la miró.
—Podrás acompañarme cuando sea la reunión con el rey.
—¿Iremos a palacio?
—Sí, espero que no hagas nada malo hasta ese momento.
—Me comportaré.
Harsen la miró con una sonrisa, dudando que ella pudiese
cumplir esa promesa, se había quedado quieta únicamente
porque había estado enferma. Aunque, ahora que lo recordaba,
no estaría nada mal que ella volviera a meterse en problemas,
al menos si eso ocasionaba que lo abrazara y lo besara de
aquella forma.
Debía admitir que lo había impresionado cuando entró
desnuda en la cama y prácticamente lo había obligado a
colocarse encima de ella, fingiendo que estaban haciendo el
amor; nunca había pensado en ella como alguien a quien
quisiera meter en su cama, pero cuando sintió su cuerpo contra
el suyo, no pudo evitar besarla, lo había puesto como excusa
para salvarse de una mala situación, pero había querido besarla
y la forma en la que ella le corespondió fue tan… hechizante.
Aine lo miró con una ceja arqueada al ver que se acercaba a
ella de esa forma tan rara, parecía que quería decirle algo, pero
también cabía la posibilidad de que sólo deseara ahorcarla.
Decidió que era mejor detenerlo en cualquier caso.
—¿Qué haces?
Harsen se detuvo en el acto y la miró de arriba hacia abajo,
no había notado que la tenía totalmente acorralada con su
escritorio. Ella no parecía asustada, más bien, deseosa ¿sería
verdad o lo estaría imaginando?
Él elevó una mano y rozó con suavidad la mejilla de la
joven, escuchando con deleite el suspiro que ella dejó salir sin
siquiera pensarlo. Aine se acercó a él, con la cabeza ladeada,
como si tratara de comprender algo, ¿Estaban pensando lo
mismo? ¿Querría besarla? Sonrió, bueno, estaba por
descubrirlo.
Ella se elevó en sus puntas y lo besó, sorprendiéndolo
nuevamente y haciendo que la envolviera entre sus brazos,
acercándole lo máximo posible, haciéndola incluso que se
inclinara hacia atrás y subiéndola en el escritorio que tenía
detrás para continuar el beso, que se hizo cada vez más
intenso.
Aine era conocida por ser una mujer que no tenía miedo,
ella solía ser la primera en aventurarse a lo desconocido y en
ese momento, aquellos sentimientos lo eran. Fue ella quién
quitó el saco de vestir de los hombros de Harsen e hizo lo
mismo con el chaleco, todo sin dejar de besarlo.
Él no pudo evitar sonreír cuando sintió que las manos de
aquella atrabancada joven descendían de sus hombros hasta
comenzar a desabrocharle la camisa.
—Ey —le besó una vez más los labios, tomándole las
manos para que no continuara—. No podemos hacer esto
ahora.
—Lo siento… —ella intentó alejarse, pero Harsen se lo
impidió, volviéndola a pegar a su pecho.
—No dije que no me agradara, dije que no era momento.
—C-Claro… tengo que ir, tengo que salir.
Ella se deshizo de los brazos de Harsen y salió presurosa de
la habitación. No sabía qué se le había metido en el cuerpo,
pero estaba segura que, si él no la hubiese detenido, ella
seguramente estaría haciendo esos sonidos que en tantas
ocasiones había escuchado. Se sonrojó. Tenía que consentrarse
en la misión, a ella no le gustaban esas cosas, no quería
casarse, no quería tener hijos, no quería todo aquello que
representaba la familia perfecta.
Pero cuando estaba con Harsen, todas sus anteriores
resoluciones parecían no tener verdadera importancia y sólo
pensaba en lo hermoso de sus ojos, la fuerza de su cuerpo y la
forma en la que sus labios se movían…
—¡No! —grito en voz alta, asustando a Lili.
—Por Dios, Aine ¿Qué sucede?
—N-Nada —sus mejillas se volvieron aún más rojas—.
¡Tengo que salir de aquí!
—Pero iba a avisarles que es la hora de comer…
Aine dejó a la chiquilla con la palabra en la boca y salió de
la casa en una carrera, Lili se mostró impresionada por tales
formas, pero se inclinó de hombros y fue hacia el despacho de
Harsen, quien parecía estarse vistiendo.
—Oh… no sabía que…
—No te preocupes, Lili, ¿Y mi esposa?
—Ha salido corriendo —apuntó la joven con el ceño
fruncido—. ¿Acaso le has hecho algo?
—No te preocupes Lili, es más probable que ella me haga
algo a mí, que yo a ella.
—Eso… —bajó la cabeza— no es verdad. Tú eres hombre,
tú puedes hacerle mucho más daño a ella.
Harsen la miró seriamente y se acercó con cuidado,
tanteando las cosas para no asustarla.
—Lili —estiró la mano y la colocó debajo de su barbilla,
buscando que ella lo mirase—. Jamás haría nada para lastimar
a una mujer, los que te han hecho esto… son idiotas y
depravados. Buscaré por todos los medios que se acabe ese
abuso.
—No podrás —dijo segura—. Esto jamás se acabará.
—Al menos intentaré que no puedan salirse con la suya.
Lili asintió y sonrió un poco, al menos le agradaba saber
que había hombres que no consentían ese tipo de abuso.
Harsen le revolvió el cabello y salió del despacho con presura.
—Harsen.
—¿Qué ocurre? —volvió sobre sus pies.
—Quisiera ver a Camila.
El hombre se sorprendió y frunció el ceño.
—¿Estás segura?
—Sí, quiero saber que ella está bien.
—Probablemente no sea así, Lili.
—De todas formas, es mi hermana.
—La buscaré —asintió y ahora sí, salió de ahí.
Aine caminaba en una completa soledad por las calles de
Estocolmo, tratando de ignorar las miradas y los cuchicheos
que había a su alrededor. Supuso que, para ese momento, se
habría esparcido la habladuría tanto de que se casó con el
presidente de esas personas, como el que había intentado
matar a un Nilsson.
—Es interesante encontrarla por aquí, señora Svensson. —
Por un momento, Aine ignoró el comentario al no asociarse a
aquel apellido—. ¿Señora Svensson?
—Oh —Aine se volvió con presura al sentir una mano sobre
su hombro—. ¿Sí?
—¿Acaso intenta ignorarme? —El hermoso semblante de
Viggo Sundberg se iluminaba con el sol como si fuera una
escultura—. Parece ensimismada.
—Me encuentro bien, ¿Qué deseaba señor Sundberg?
—Nada, me ha parecido agradable verla por aquí. —Forzó
su compañía al momento en el que ella siguió caminando—.
Me enteré del incidente con los Nilsson.
—Sí, espero que hayan capturado al intruso.
—No lo hicieron, lastimosamente, se fue del brazo de
nuestro apuesto presidente.
Aine lo miró a los ojos y elevó una ceja.
—¿Me acusa?
—Vamos preciosa, no ha hecho falta meterle mucha cabeza
al asunto, ¿no lo crees?
—Aléjese de mí, no tengo nada que ver con ello.
—Veamos, preciosa. —El hombre se acercó a ella y
presionó disimuladamente una navaja en su costado—. Resulta
que he investigado la marca de la que me habló Aleksi Nilsson
y parece que es más interesante de lo que pensé, tendríamos
muchos problemas si acaso fueras una de ellos.
—¿Qué hace?
Ella miró a su alrededor, notando como las personas
ignoraban el hecho de que alguien se acercara a ella de esa
forma, era como si no quisieran darle la importancia que tenía
o simplemente no se dieran cuenta. Viggo la tomó del brazo y
se la llevó a un callejón solitario y la aventó contra la pared.
—Muy bien preciosa, ese vestido parece bonito y muy caro,
pero demasiado tapado ¿no lo crees?
—¿Qué? —susurró asustada, al menos fingiendo estarlo.
Miró a su alrededor y gritó—: ¡Auxilio! ¡Ayuda!
Viggo la golpeó con fuerza en la cara y miró a los lados,
apartando con una fiera mirada a quien fuese que se hubiese
atrevido a atender el llamado y colocó la navaja en el cuello de
Aine, presionando lo suficiente para hacerle un ligero corte.
—Mira princesa, te diré algo, esta ciudad es mía y de mi
familia, nadie puede contra nosotros, ni siquiera el idiota de tu
marido. —La miró de arriba hacia abajo y sonrió—. Ahora…
¿en qué estábamos?
El hombre agarró la manga izquierda de su vestido y lo
rasgó con fuerza, haciéndola gritar y alzar más la cabeza al
sentir la navaja cortando un poco más su cuello.
Aine entendía que debía comportarse como una mujer
normal e indefensa, pero ella quiso creer que cualquiera sabría
cómo dar un buen golpe en la ingle de un hombre. Aunque
quizá ella lo hubiese hecho mejor de lo que otras personas lo
harían jamás.
—¡Maldita zorra!
Aine corrió, era lo mejor que podía hacer, incluso gritó y
pidió ayuda, ahuyentando al hombre que, al notar que la gente
se acercaba a la asustada joven, decidió marcharse para no
verse en problemas o asociado con ella. Al final de cuentas,
esa mujer podía decir lo que quisiera, pero nadie iría en su
contra sin pruebas contundentes, era sólo el hablar de una
mujer.
Harsen caminaba de un lado a otro en el recibidor de la
casa. Por un momento, cuando Lili le dijo que Aine había
salido, él comprendió que quizá hubiese ido a registrar algo, o
espiar a alguien, pero ella nunca se iba de casa por tanto
tiempo y, cuando lo hacía, dejaba dicho a dónde iría, era
normal incluso que se metiera en su despacho para informarle,
en ocasiones, ella dejaba notas que deslizaba por debajo de su
puerta cuando estaba demasiado ocupado.
¿Acaso la habría asustado con aquel beso?
No lo creía, recordaba bien lo recíproca que se había
mostrado durante aquellas caricias, incluso había sido ella
quien las había iniciado y hasta profundizado… no, no podía
ser por eso. Entonces ¿Qué demonios le había pasado?
El toque a la puerta lo hizo despejar su mente, esperó
pacientemente hasta que el mayordomo la abrió y dejó pasar a
Aine, junto con dos oficiales con semblantes serios.
Por un momento pensó que ella se habría metido en
problemas nuevamente, pero al notar la forma en la que
sostenía aquella manta gris sobre sus hombros y la manera
cordial en la que era tratada por los oficiales, dedujo que era
otra cosa.
—¡Aine! —Harsen se acercó y la tomó en brazos, besándole
la mejilla antes de volverse a los oficiales, manteniendo a su
mujer pegada a su cuerpo—. ¿Qué ha sucedido?
—La han atacado, mi señor, ella no parece recordar de
quien se trataba, creemos que está conmocionada.
Harsen miró hacia su pecho, que era donde Aine se
escondía. Dudaba que esa mujer pudiera estar conmocionada,
había una razón por la cual estaba ocultando la verdad.
—¿Aine? —trató de llamarle la atención, pero ella negó y lo
abrazó con más fuerza, provocando que la manta callera de sus
hombros y revelando el vestido roto. Harsen frunció el ceño y
miró a los policías—. ¿Qué quiere decir esto?
—Mi señor, le aseguro que…
—Cuando mucho, mi esposa se encontraba caminando, ¿me
quieren decir que esto le puede pasar a cualquier persona?
¡Ella incluso debería ser más intocable! —Harsen negó con
indignación, sabía que esos hombres no podían hacer anda
contra el sistema por el cual se regían, pero debía agradecer a
Aine, ahora podría enfocarse en ello.
—Lo sentimos, mi señor.
—Sí, pondré mi ojo en los estatutos policiales de ahora en
más, definitivamente no quiero que se piense que esta ciudad
es peligrosa —Harsen invitó a salir a los oficiales y estos
simplemente se inclinaron y siguieron órdenes.
En cuanto Harsen cerró la puerta, Aine levantó la cabeza y
comenzó a caminar de lado a lado, demasiado tranquila para
alguien que, según los oficiales, estaba conmocionada.
—Mi señor, ¿Desea que ponga un baño caliente para la
señora Aine? —se ofreció un mayordomo.
Harsen simplemente asintió y miró a su esposa.
—¿Qué sucedió?
—Vayamos a la habitación, ¿quieres, mi amor? —ella lo
miró intensamente, hablandole en medio del silencio.
—Claro —él la tomó de la cintura y ambos subieron las
escaleras con presura.
Harsen cerró la puerta y esperó a que comenzara a hablar.
—Ya saben de las águilas.
—¿Por eso el hombro descubierto? —apuntó Harsen.
—Hombro equivocado —asintió.
—Demonios, incluso les ha importado poco y te han
atacado donde cualquiera podía verlo.
—Creo que esto es más grande de lo que pensaste Harsen,
las personas tienen miedo de los Sundberg, no hicieron nada
pese a que yo grité y estaba asustada. Viggo sabe que es
intocable.
—¿Te hizo daño?
—No, fingía, pero nadie hizo nada, incluso creo que la
policía está coludida en todo esto —Aine caminó de un lado a
otro—. Esto tiene que ser más grande que sólo el tráfico de
mujeres y niños, hay algo más, compran a esas personas con
otra cosa.
—Alcohol y drogas —se inclinó de hombros Harsen—. Las
personas gustan de ambas cosas y cada vez son más difíciles
de conseguir, se están prohibiendo en todos los países debido a
las repercusiones que tienen en las personas.
—¿Tienes algo que ver con las prohibiciones de este país?
—Por supuesto, las adicciones acaban con el pueblo, ¿has
visto lo que ocurre con el consumo prolongado de cocaína,
opio o morfina? Las sobredosis son demasiado comunes, un
ejemplo claro es Camila, quien terminó vendiendo a su propia
hermana, ¿tú por qué demonios crees que lo hacía?
—¡Maldición, Harsen! Es fácil estar en tu contra.
—¿Es que lo apoyas? —dijo ofendido.
—Claro que no, entiendo las repercusiones que atraen las
adicciones, sé que esto se está saliendo de control, pero el
mercado negro está en aumento y ha llegado a tu ciudad —le
dijo obvia—. Piensa Harsen, a lo que entendí, los Sundberg
habían ido a la bancarrota, ¿Cómo crees que se recuperaron
para hacer las grandes fiestas y vestir lujosos trajes?
Harsen pareció dar la razón a la muchacha.
—Supongo que… que tienes razón.
—¡Claro! Eso es lo que hacen, se han de estar volviendo
millonarios, se está prohibiendo y la mayoría de la población
es adicta, incluso las jovencitas que entran en sociedad son
iniciadas con ello, ni qué hablar de las meretrices.
—Bien, entiendo, tienes razón, creo que las cosas pueden ir
por ese lado. —Harsen negó y cerró los ojos—. Por eso nadie
quiere hablar en su contra, son invencibles, abastecen a todos,
ricos y pobres, tienen todas las de ganar.
—No, Harsen, comencemos campañas para promulgar el
daño que hacen, lo que puede llegar a pasar, ya hay personas
que han muerto por sobredosis.
—A nadie le importará. —Se dejó caer en la cama—. Para
el punto en el que la mayoría está, son tan adictos, que su
único deseo es adquirir más.
Aine asintió y se sentó a su lado en la cama, ella también
veía complicada esa situación. No era algo nuevo, desde hacía
años que los alucinógenos eran tema de conversación y no
siempre en el modo positivo, incluso había países que estaban
creando normativas contra ellas, pero… era difícil erradicarlas
y en Estocolmo apenas comenzaba a hacerse una propuesta en
su contra y era dirigida por Harsen.
—Lo resolveremos. —Dijo Aine sin mirarlo—. No sé
cómo, pero lo haremos.
—Por el momento sabemos cómo erradicar una de las
fuentes primordiales de donde lo adquieren.
Aine volvió la cabeza con rapidez.
—No lo estarás diciendo en serio.
—Sólo tengo que atraparlos, ¿no? Si tengo evidencias,
puedo eliminarlos y quitar al menos un peso a mi pueblo.
—Harsen, encontrarán a alguien más a quien comprar, es
peligroso que te enfrentes a toda una mafia.
—Es lo que se debe hacer. —Él se puso en pie y suspiró—.
Bueno, al menos tengo una idea de contra qué me enfrento.
Seguro las mujeres que raptan, sean de alta o baja sociedad,
están presas en las adicciones.
—Lo supongo también —se puso en pie y lo siguió,
tomándolo de los hombros y mirándolo determinada—. Deja
que llame a más águilas, mi pa… digo, el hombre siniestro
apoyará.
—No puedo meter a otros países en esto.
—Las águilas no pertenecen a ningún país.
—Lo siento Aine, pero no.
—¿A dónde vas? —lo miró ponerse la gabardina larga.
—Tengo que buscar a Camila, parece ser que Lili al fin
quiere verla —le dijo sin más.
—Voy contigo.
—No lo creo.
—No te estoy preguntando.
Harsen se volvió hacia ella con molestia, pero Aine ya no
estaba esperando otra negativa, en su lugar, estaba cambiando
rápidamente sus ropas para colocarse las adecuadas para salir
junto con él para buscar a Camila en los lugares más bajos de
la ciudad. Seguro borracha y drogada.
Quizá estuviera mal que se distrajera tanto de sus pendientes
por contemplar con fascinación el cuerpo desnudo de la joven
que no ponía atención alguna en sus alrededores, pasando por
alto la presencia de un hombre que la observaba con
detenimiento mientras cambiaba de unas ropas a otras.
Sí, en definitiva, Aine tenía un cuerpo seductor y precioso,
cualquier hombre moriría por ver lo que él estaba observando.
—¿Qué me mira? —se percató, cubriendose con molestia.
—Es tu culpa por ser tan despistada.
—Confiaba en su caballerosidad.
—No lo haga, por Dios, atenta contra mi desencia.
Capítulo 17
Harsen tomó con fuerza la mano de Aine, provocándole un
poco de dolor, pero ella entendía muy bien el porqué,
nuevamente había hecho lo que quería. Al menos en esa
ocasión no fue vestida como mujer, sino que volvió a colocar
su capa y cubrió la mitad de su rostro, dejando únicamente sus
ojos a la vista.
En ese momento, ambos estaban entrando a ese lugar de
mala muerte, lleno de mujeres y hombres que estaban
especialmente tomados y drogados. Aine entendía por qué las
cortesanas deseaban perder sus sentidos, si ella tuviera que
estar sentada en las piernas de esos hombres feos, grandes y
asquerosos, también necesitaría perder la razón.
Agradecía que Desiré fuera una de las cortesanas de alta
categoría que, si lo deseaba, podía despreciar a un cliente.
—No te separes de mí, Aine —le tomó la cintura y la
acercó, provocando que la joven sintiera un calor abrazador en
todo su ser. Lo miró, tratando de entender por qué demonios
lograba hacerla sentir de esa forma, pero le era imposible
descubrirlo.
—De hecho, mientras tú buscas a Camila, yo iré a preguntar
algunas cosas por mi cuenta. —Trató de separarse, pero
nuevamente la mano de Harsen estaba ahí para evitarlo—.
¿Qué?
—¿No te acabo de decir que te quedarías conmigo?
—Perderíamos el tiempo —respondió nerviosa por la
cercanía entre ellos—. Estaré bien, sé cuidarme sola, además,
hoy soy hombre ¿recuerdas? Lo que quiere decir que
técnicamente estás abrazando a un hombre por la cintura.
—Maldición Aine —sonrió Harsen sin apartarse de ella,
mucho menos soltándola—. Ten cuidado, no te alejes
demasiado.
—Como diga mon capitaine.
Ella dio una sonrisa problemática y se separó de él.
—Maldición, ¡Aine! —Harsen suspiró.
Debía dejar de preocuparse por ella, de entre todas las
mujeres que conocía, Aine era la más capacitada para auto
defenderse. Harsen pasó entre la gente que seguramente lo
reconocía a su paso y, por tal razón, se alejaban de él, como si
temieran que les fuera a quitar su bebida o a encaminarlos a la
cárcel.
—Mi señor —se inclinó uno de los hombres de la cantina
—. ¿Viene buscando nuevamente a esa señorita?
—Sí —suspiró—. ¿Dónde se encuentra ahora?
—Temo decirle, mi señor, que con tal de adquirir lo que
necesita, ella ha accedido a…
—No me lo digas —suspiró devastado, apretando su nariz
con sus dedos—. ¿Acaso ha comenzado a venderse?
—Está en una de las habitaciones superiores, mi señor.
—¿Puedo?
—Como lo crea conveniente, mi señor.
Harsen miró a su alrededor, buscando la figura de Aine,
pero le fue imposible encontrarla, para ese momento, él había
aprendido que si esa mujer buscaba ser imperceptible para los
ojos humanos, seguramente lo lograría.
El presidente subió las escaleras, topándose con ese gran
pasillo lleno de puertas cerradas. Definitivamente no podía ir
abriendo de una en una, así que comenzó a gritar el nombre de
su protegida, sabía que no debía tener esperanzas de que ella
respondiera, sin embargo, sucedió:
—¡Harsen! —ella parecía presa del pánico—. ¡Harsen!
—¿Camila? —él miró a su alrededor, tratando de descifrar
de dónde venía la voz—. ¡Camila!
—¡Harsen! ¡Ayuda, por favor!
El hombre corrió hasta abrir una puerta, desde dónde se
escuchaban los gritos, golpes y por supuesto, los sonidos
característicos de cuando se estaba teniendo intimidad, pero
una brutal en la que se lastimaba a la otra persona.
Harsen simplemente entró y se vio en la necesidad de cerrar
los ojos y dar un paso hacia atrás al contemplar aquella escena.
Pasó saliva con fuerza y tomó aire para volver a enfrentar y
digerir lo que había sucedido en el lugar.
—¡Largo! —Escupió con fuerza y miró a los hombres que
lo miraban asustados—. ¡Largo! ¡Fuera de aquí!
Harsen apartó su cuerpo para que los imbéciles salieran de
la habitación a medio vestir y con la palidez de cuando se ve a
un muerto revivir. Harsen no podía evitar tener una cara de
disgusto cuando los miró bajando por las escaleras,
comenzando a reír de lo sucedido, poco le faltó para escupir.
—Vaya, vaya, vaya —aplaudió alguien desde el interior de
la habitación—. No creí que nuestro acaudalado presidente
viniera a estas zonas de la ciudad, ¿se ha cansado de su esposa,
su alteza?
—Viggo. —Negó Harsen, pasando su gabardina sobre el
cuerpo tendido de la mujer en la cama—. ¿Por qué no me
sorprende que estés aquí?
—¿Por qué deberías? —Rio con gracia y miró a Camila con
una sonrisa—. Ella es de las mejores y más agradecidas
clientas. Toma tesoro, tu paga, lo prometido es deuda.
Harsen vio con horror como la mujer se arrastraba por la
cama hasta tomar el dinero que Viggo Sundberg le había
aventado, aunque él supuso que normalmente no le pagaría
con eso, sino con las drogas que ella necesitaba ingerir.
—Lárgate de una vez, Viggo —dijo furioso.
—Claro, me iré —. Sonrió, comenzando a salir, pero antes,
dejó caer su mano sobre el hombro de Harsen—. Aunque
ahora que nos has interrumpido, tendré que pensar en otras
cosas que me den placer… no lo sé, quizá en tu preciosísima
esposa. Dime Harsen, ¿De dónde has sacado a tan distinguida
dama? Jamás la había visto, pero sí que la he contemplado.
—Piérdete Viggo y si te vuelves a acercar a mi esposa, te
mataré —quitó su mano—. Te juro que te mataré.
—No lo dudo —asintió—. Supongo que ella no te ha
contado de nuestro último encuentro… quizá deberías
preocuparte más por la mujer que tienes en casa y menos por
las prostitutas que pretendes proteger y acoger como si de
pronto fueran a cambiar.
Seguro que Viggo debió sentirse poderoso al decir aquello,
pero lo que no sabía, era que Harsen tenía conocimiento del
ataque y había acordado aparentar no saberlo. Aine deseaba
fingir de esposa avergonzada y asustada, así que lo cumpliría,
de hecho, parecía ser una buena movida, porque Viggo
adoraba tener el control de las situaciones.
—Harsen… —la voz de la joven estaba ronca, quizá de
gritar—. Harsen, lo siento… en verdad lo siento.
—Vámonos de aquí. —Él la tomó de los hombros e intentó
ponerla en pie, pero la joven simplemente se desvaneció hacia
el suelo y quedó desplomada en el lugar.
—No puedo… —se sorprendió—. No puedo hacerlo.
—Vamos.
Harsen la tomó en brazos y bajó con ella de esa manera,
buscando con la mirada a su esposa, pero resultaba ser que ella
lo esperaba pacientemente junto a la escalera, sorprendiéndose
al verlo bajar con Camila totalmente inerte en sus brazos.
—¿Qué ha sucedido?
—Digamos que fue buena idea que no estuvieras conmigo.
Aine asintió y siguió casi corriendo a Harsen por la calle, si
no fuera porque prácticamente brincó al carruaje, él
seguramente la hubiese dejado atrás y habría tenido que ir
caminado a propiedad del Svensson.
Nadie dijo palabra en todo el camino, Camila había caído
inconsciente al momento de subir, Harsen no tenían muchas
ganas de hablar en ese momento y la única que parecía en
verdad incómoda, era Aine y no tenía idea de por qué razón.
Bajaron de la carroza, Harsen volviendo a tomar a Camila
entre sus brazos y pasando a la propiedad. Lili parecía
totalmente conmocionada de volver a ver a su hermana,
incluso podía persivirse en su mirada la lástima que sentía por
ella al percatarse del estado deplorable en el que se
encontraba.
—Por Dios —la joven cubrió sus labios—. ¿Qué le ha
pasado? ¿Por qué sangra?
—He mandado llamar a Enok, no te preocupes, estará aquí
dentro de poco y la ayudará.
—Harsen, ella estaba…
—No pienses en eso, Lili —suspiró el hombre—. Por ahora,
mandaré a alguien a que la ayude, no tienes por qué hacerlo tú.
—No… quiero hacerlo —asintió la joven, le daré un baño.
—¿Estás segura?
—Sí. —Lili miró a su hermana sin reconocerla del todo—.
Se ve tan… tan demacrada y pálida.
—Eso pasa con la ingesta prolongada de sustancias —se
introdujo Aine, quien ya se había quitado la capa de encima,
sólo tenía el pantalón y camisa de hombre.
—¿Este es el resultado? —la joven miró con tristeza a
Camila—. ¿Morirá?
—Es posible, sobre todo si sigue ingiriendo esas cantidades
—asintió Aine—. Necesita ayuda si quiere salir de esta, lo más
posible es que recaiga.
—Entonces… ¿no tiene salvación?
—Cuando la adicción es tanta, lo más probable es que no.
—¿Qué debo hacer?
—Por ahora —se introdujo Harsen, callando la voz poco
amistosa de Aine—. Lo único que se puede hacer es esperar al
doctor. Dale el baño y esperemos que esté mejor por la
mañana.
Harsen subió a Camila hasta la habitación de Lili y la
recostó en la cama, quitando la gabardina masculina del
cuerpo magullado de la pobre muchacha, dejándola casi
desnuda mientras trataban de colocarle un camisón limpio para
cuando llegara el médico a revisarla.
Aine se sintió extraña nuevamente, incomoda y hasta con
una sensación desagradable. No pudo evitar dar pasos hacia
atrás, chocando contra la pared más lejana de donde Harsen y
Lili intentaban no dañar a Camila al momento de cambiarla.
¿Qué le pasaba? ¿Por qué estaba tan enojada? ¿Era por lo
que sabía por lo que había pasado? ¿Estaba enojada con los
hombres que le habían hecho eso?
No… de hecho, estaba enojada con Camila, pero ¿por qué?
No le había hecho nada en lo absoluto, de hecho, no recordaba
haber cruzado palabra con ella en todo el tiempo que estuvo
ahí, no había razón alguna para que la odiara… ¿La odiaba?
—¿Dónde está? —Enok pasó junto a Aine para atender a
Camila—. ¡Por todos los santos! ¿Qué demonios es esto?
—Ayúdala Enok —suplicó Lili—, por favor, ella…
—Sí, sí. —Enok levantó una mano—. No es necesario que
lo digas, lo puedo ver claramente.
—¿Está tan mal? —se asustó la menor.
—Tranquila, todo estará bien —sonrió Enok—. Puedes
ayudar si gustas Lili, verás que nada malo le pasará.
La joven asintió un par de veces y comenzó a seguir las
indicaciones que el médico le daba. Harsen entonces se alejó
de ellos y se acercó con una mirada enfurecida hacia la mujer
que se mantenía ajena, tomándola del brazo y sacándola hacia
el pasillo.
—Podrías haber sido más considerada —le recriminó.
—¿Qué?
—¿Crees que Lili necesitaba saber que su hermana es una
adicta que puede morir? —reclamó furioso—. Ella ya lo sabe,
sólo has empeorado su angustia.
—Ella lo estaba preguntando, lo único que hice fue decir la
verdad —contrapuso, sintiendose ofendida.
—En primer lugar, nadie te lo estaba preguntando a ti.
Aine lo miró resentida y negó, desfigurando su cara entre
una sonrisa incrédula y una mueca que aguantaba el llanto.
Ella simplemente se fue, dejando a Harsen en medio del
pasillo.
¿Por qué le recriminaba cuando dijo la verdad?
Se encerró en su recámara, sintiéndose furiosa. Únicamente
quería dejarle en claro a Lili que no había muchas esperanzas,
era mejor abandonarla ahora que seguir cargando con ella. Ya
no tenía solución alguna, ya había vendido a su hermana una
vez ¿qué otras cosas esperarían que hiciera antes de que se
dieran cuenta que era mejor alejarse?
Aine se sentó en el suelo y tomó su cabeza entre sus manos,
comenzando a llorar… sonaba tan desalmada, no podía pensar
de esa forma, lo normal era que tuvieran esperanzas de que se
salvara, era la hermana de Lili, obviamente quería salvarla.
¿Por qué le había dicho todas esas cosas tan horribles? ¿Por
qué odiaba tanto a Camila?
Pasó un buen rato en el que se quedó sentada en el suelo,
hecha un ovillo, tratando que se le pasara esa horrible
sensación que no sabía identificar, cuando de pronto, se
sorprendió al oír dos toques en la puerta de la habitación. Aine
se puso inmediatamente de pie, limpió su cara y trató de
serenarse antes de abrir la puerta.
—¿Qué quieres?
Harsen tampoco parcia querer estar ahí, pero al final pasó a
la habitación y se paseó por un rato de un lado a otro antes de
mirar a Aine a los ojos.
—Enok dice que estará bien —informó—. Lili le está dando
un baño ahora.
—Me sorprende que estés aquí entonces.
—¿De qué hablas?
—Bueno, estando Camila en ese estado, no veo qué te trae a
mi habitación.
—Es nuestra habitación, creo recordar.
—Puedo seguir fingiendo estar enferma y se acabó el
problema, no tienes por qué acercarte.
—Todos saben que te has recuperado.
—Bien, de todas formas, no explica qué haces aquí.
—Sólo quería hablar contigo.
—¿De qué? ¿Qué quieres que investigue o qué te hace falta
saber? —se cruzó de brazos.
—Hablar contigo solía esclarecerme la mente, pero ahora
que pareces estar a la defensiva, en verdad que no sabes
aceptar cuando te equivocas…
—¿Equivocada yo? —le gritó—. Si más no recuerdo, me la
he pasado arriesgando el pellejo por saber lo que pasa a esas
niñas, me dispararon dos veces por tratar de rescatar a Lili y
estoy en medio del caos y el abuso tratando de descubrir qué
es lo que les hacen a las chicas como Camila, ¿o es que lo has
olvidado?
—No. No lo olvido. —Se acercó a ella—. Pero eso no quita
lo que lo que has hecho con Lili antes estuvo mal, fuiste cruel.
—¿En serio? ¡No sabes cómo lo lamento!
—¡Basta!
Ambos se callaron por unos momentos, tratando de
serenarse. Fue Aine quien pareció lograrlo primero, lo miró
tímidamente y suspiró, notando lo abrumado que estaba.
—Tú… pareces preocuparte mucho por ellas.
—Les tengo aprecio, han sufrido toda su vida —asintió,
mirando a la ventana—. He fracasado totalmente en
defenderlas.
—Harsen… has hecho lo que has podido.
—¡¿Lo qué he podido?! —La miró furioso—. Camila es
adicta a todo producto que exista en el mercado negro, Lili fue
violada en casa de unos de mis contrincantes y ahora incluso
se burlan de ello en mi cara. De nada sirve lo que he hecho, lo
que quiero hacer… ha sido una maldita pérdida de tiempo.
—¿Perdida de tiempo? —Aine elevó una ceja—. Bien,
considéralo una pérdida de tiempo, pero eres a la única
persona a la que le interesan estas chicas, de no ser por ti, ellas
estarían mucho peor, pero no eres su padre Harsen, no tienes
autoridad sobre ellas, así que no puedes culparte de todo. Uno
puede ayudar hasta donde se lo permiten. No porque a ellas les
haya salido mal, quiere decir que a todas las demás personas
que has ayudado les vaya a ir igual, no has hecho nada en
vano.
Harsen la miró por prolongados segundos. Era una mujer en
verdad hermosa, única e indomable. Lo había hechizado desde
el primer momento en el que la vio sin ropas de hombre,
incluso se atrevía a decir que desde antes la admiraba como
persona.
Sonrió. Y en ese momento que le habló con tal
determinación y seguridad, afirmando que era una buena
persona, halagándolo y haciéndolo sentír mejor… era
fantástica y justo lo que necesitaba en esos momentos. Por eso
quiso hablar con ella, sabía que de alguna forma lograría
animarlo.
Caminó con decisión hasta ella, le tomó la cara y le
plantó un beso que por poco le roba el alma. Ella suspiró y,
dejándose llevar por las sensaciones que explotaban en su
interior, subió las manos hasta enterrarlas en el cabello de
Harsen, sintiendo como él lentamente delineaba su figura hasta
posar ambas manos en su cintura, atrayéndola hasta juntar sus
cuerpos y casi despegarla del suelo debido a las diferencias de
altura.
—Harsen… —suspiró.
—Maldición —se agachó hasta tomar las piernas de la
joven y la hizo dar un pequeño brinco para que envolviera sus
piernas alrededor de su cadera, Dios, agradecía tanto que esa
mujer usara pantalón, hacía todo mucho más fácil.
La llevó hasta la cama y se dejó caer en ella, presionando el
cuerpo pequeño y bien trabajado de Aine contra el colchón,
incluso aplastándola un poco, pero eso no parecía ser
inconveniente para ella, quien volvió a dejar salir un suspiro y
lo besó con más necesidad.
—Harsen… —ladeó la cabeza cuando él comenzó a besarle
el cuello mientras desabrochaba la camisa de varón que ella
tenía puesta—. Harsen… Harsen, soy virgen.
Él paró en seco y la miró a los ojos, parecía sorprendido y
ella lo entendía muy bien, porque él pensaba que era una
mujer desamparada ante el mundo, y esas mujeres no solían
tener muchos reparos en cuanto al placer se refería, eran libres,
tan libres como ellas quisieran.
—Oh… lo siento, no tenía idea —negó—. Me apartaré.
—No —apretó sus hombros, atrayéndolo de nuevo a ella—.
No, no trataba de hacer que pararas, sólo… quería avisarte.
Harsen sonrió y le acarició la mejilla con extrema ternura.
—Es una muy buena idea —se inclinó y besó sus labios—.
Pero… ¿Estás segura? Esto… no tiene que pasar si no quieres,
podemos parar ahora y hacer como si nada pasó.
Aine sintió la indecisión en su corazón, ¿qué demonios
debía hacer? No sabía si debía entregarse a ese hombre, era
bien sabido que era un mujeriego, ella misma lo había visto, él
ni siquiera la quería, de eso estaba más que segura. Entonces,
¿por qué quería con tanta desesperación que él la tocara? Por
qué le agradaba tanto la forma en la que la miraba y la besaba,
quería que continuara, pero tenía miedo.
—Yo… no lo sé —sinceró—. Creo que lo quiero, pero…
—Está bien —se apartó de ella—. No pasará nada.
Aine se levantó sobre sus codos y lo miró avergonzada
mientras él tomaba sus distancias de la cama.
—Quizá más adelante… al menos quisiera que en verdad te
llamara la atención como para hacer algo como esto.
Harsen volvió la mirada con el ceño totalmente fruncido.
—¿Lo dices en tiempo futuro? —negó con una sonrisa—.
Me agradas Aine, no sé por qué, si peleamos todo el tiempo,
pero me agrada charlar contigo, me centras y creo que hasta
me inspiras.
» Incluso después de todo el desastre y aunque me había
molestado contigo, no pude evitar venir a verte, quería saber si
estabas bien, quería que me dijeras que era un idiota como lo
has hecho y quería ver si podía lograr besarte como en el
despacho.
Ella se sonrojó pronunciadamente, lo miró con una sonrisa y
se levantó hasta él, tomándole la cara para besarlo, tratando de
que todas sus emociones pasaran de su cuerpo al de él, y
pareció funcionar a la perfección, puesto que Harsen sólo
incrementó aquella caricia, apretándola nuevamente contra su
cuerpo y disfrutando con una sonrisa el arrebato de la joven
dama.
—¿Estás segura?
Harsen esperaba que le dijese que sí, puesto que temía que
le costara la vida detenerse y alejarse de ella, no se imaginaba
durmiendo en la misma cama sin poder tocarla como hasta
ahora se lo había permitido.
—Sí —ella se alzó en sus pies y volvió a tomar los labios de
Harsen, incluso dio por su cuenta el brinco para rodear su
cadera con sus piernas, lo cual le ocasionó una risa
desprevenida a Harsen, pero logró equilibrarse bien—. Más
que segura.
—Ya lo veo —la equilibró con una mano y la miró
detenidamente a los ojos.
—¿Qué? —sonrió avergonzada—. ¿Es que no quieres?
—Claro que quiero, sólo intento comprobar algo.
—¿Qué cosa? —pasó sus brazos sobre los hombros de
Harsen y envolvió el cuello fuerte.
—Esto —le acarició una mejilla—. Este sonrojo.
—¿Qué tiene?
—Me muestra que es real lo que sientes.
—Practicamente salté sobre ti, ¿y lo seguías dudando?
Él se rio y volvió a besarla, en un preludio largo y cariñoso.
Capítulo 18
Harsen la dejó dulcemente sobre la cama, le dio un beso
lleno de sentimiento y separó su cuerpo del de ella para hacer
los movimientos pertinentes para sacar su camisa,
sonrojándola visiblemente. No pudo evitar sonreír, ella era
preciosa, eso lo sabía bien, pero era difícil ver a Aine nerviosa,
era una mujer valerosa y llena de energía, sin embargo y pese
a que ella tomaba la iniciativa en muchas cosas, en ese
momento, parecía dejarlo hacer, parecía quererle dejar el
mando de la situación y eso le parecía adecuado a Harsen, al
menos en esa primera vez.
Se recostó suavemente sobre ella y volvió a besarla con
detenimiento, deleitándose con las comisuras de sus labios,
enseñándola a corresponder esa caricia antes de continuar con
más experiencias que ella tendría que aprender a corresponder
en durante esa noche.
Harsen la abrazó con ternura y comenzó a desabrochar
aquella camisa de hombre, besando las partes que iban
quedando expuestas de su piel, sintiendo como ella se
arqueaba para acercar su cuerpo a sus labios, pidiendo en
medio del más delicado silencio, que la hiciera sentir más de
lo que jamás imaginó.
Y él pensaba cumplir sus deseos, siendo sincero, le fue una
experiencia totalmente nueva desnudar a una mujer que vestía
como caballero, pero no le desagradó, de hecho, lo agradecía;
la ropa de hombre era mucho más rápida y fácil de quitar de
encima, le era conocida y, cuando debajo había un cuerpo tan
precioso como el de Aine, el deleite simplemente era perfecto.
Harsen se inclinó y besó los hombros de esa mujer con
delectación, con cariño y con un deseo en aumento mientras
recorría el cuerpo impoluto de la joven, acariciando las marcas
de heridas en su suave piel blanquecina, bajando entre sus
pechos erectos y hasta su obligo, el cual rápidamente se sumió
ante la sensación abrumadora que los labios del hombre le
provocaron.
Ella rio con gracia y armonía, tomándole la cara para jalarlo
hasta volver a conectar sus labios de forma sedante, lenta y
embriagadora, en definitiva, ella era una excelente alumna,
estaba seguro que con ese beso pretendía volverlo
completamente loco, desquiciarlo hasta hacerlo caer a sus pies,
rogando por ella.
Se disfrutaron el uno al otro, tocando insinuantemente las
partes más sensibles, besando, rodando y riendo; ambos
buscaban sus miradas con necesidad, sus labios rogaban por
ser besados por los del otro, sus cuerpos palpitaban ansiosos y
su corazón se detenía en la espera de la gloriosa unión.
Aine gozaba mirando las variadas expresiones que él era
capaz de hacer mientras la besaba o buscaba darle placer. La
increíble claridad de sus ojos violáceos la examinaban a cada
momento, inquiriendo por su aprobación, escrutando que en su
rostro formara los signos del placer, del deleite y el deseo. Y
claramente los obtuvo; ella sonrió y hasta rio en un
determinado momento, llamándole la atención.
Harsen subió hasta sus labios y enterró su lengua en su
boca, pidiéndole a gritos la aceptación.
—¿De qué te ríes? —le besó las mejillas y detrás de la oreja
mientras sonreía—. Está terriblemente mal reír de un hombre
que te está intentando hacer el amor.
—No me rio de ti, sino de mí.
—¿De ti misma? ¿Y eso por qué?
—Porque estoy haciendo todos esos sonidos que en algún
momento por poco te provocan la muerte de mi propia mano.
Harsen dejó salir una pequeña carcajada que escondió al
agachar la cabeza para besarla.
—Aún no sabes de lo que hablas.
—¿Hay más? —le acarició el cabello, removiéndose ante el
toque sugerente sobre su cuerpo.
—Mucho más —le besó el cuello—. Tú sólo espera.
—Harsen —dijo un poco inquieta cuando él comenzó a
colocarse entre sus piernas—. Harense, ¿Dolerá? ¿Esto duele?
—Sshh —le acarició el abdomen—. No pienses Aine, sólo
mírame y abrásame todo lo que quieras.
—Pero…
—Si me dices que me detenga, lo haré.
Ella miró hacia aquellos ojos que para ese momento la
tenían completamente hipnotizada y no los despegó en ningún
momento, al menos no hasta que tuvo la necesidad de cerrarlos
y morder sus labios para contener un grito.
«¡Por Dios!», gimió en su interior, arqueándose y respirando
pesadamente, apretando los hombros que se cernían sobre ella.
No era particularmente doloroso, quizá sólo le era abrumador,
había demasiadas sensaciones luchando entre sí, buscando el
protagonismo de ese acto.
—¡Harsen! —ella lo detuvo cuando pensó que se movía—.
Despacio… por favor, despacio.
—Tranquila —la besó—. ¿Estás bien? ¿Te duele?
—No, estoy bien —abrió los ojos y sonrió, acariciando su
mejilla con cariño—. Es sólo… con cuidado, ¿sí?
—Todo el que quieras —cerró los ojos con esfuerzo y pegó
su frente a la de ella, disfrutando de las sensaciones que le
provocaba, para después besar su frente—. Iré despacio…
¿Bien?
—Bien —asintió y cuando él se movió, tuvo que volver a
cerrar los ojos con fuerza.
Ella sintió que moriría, era demasiado, no podía creer que se
pudiera sentir tanto con un sólo movimiento, así que dejó salir
aquel sonido desgarrador que provino desde el fondo de su
alma.
En definitiva, Harsen era un experto en hacer gritar a una
mujer, ahora Aine entendía por qué se había burlado de ella,
sólo un hombre que sabía lo que hacía podría hacer sentir tanto
a una mujer, no sólo físicamente, sino que Aine tenía la
sensación de que, mientras estaba ahí con ella, él no pensaba
en nadie más; la vanagloriaba, la elevaba e idolatraba como si
fuese la única mujer en el mundo. Eso la hacía sentir y era
agradable, más de lo que jamás imaginó o soñó.
Cuando todo hubo terminado y Aine había llegado a la
máxima expresión del placer y el deleite, Harsen los cubrió
con las mantas hasta la cabeza, aún sobre ella, sonriendo al
verla llena de goce. Se acercó lentamente y acarició sus labios
con los suyos.
—Hola —le susurró con sus ojos violáceos iluminados.
—Hola —ella sonrió, elevándose para darle un beso.
Harsen no cortó la caricia en ningún momento mientras se
acomodaba a su lado, jalándola sobre él para seguir con la
conexión de sus labios mientras ahora era ella quien estaba
encima, al menos la mayoría de su cuerpo lo estaba.
—¿Estás bien? —le acarició la espalda.
—Sí —se recostó en él—. Fue perfecto.
—Ahora tenemos un problema.
—¿Qué problema? —ella levantó la cabeza con miedo, pero
Harsen simplemente sonrió y le tocó los labios con su pulgar.
—Ahora no creo lograr separarme de ti, al menos, no
prontamente —sonrió.
—Bueno, no será problema por ahora, esposo falso.
Ella se abrazó al pecho fuerte de Harsen mientras él dejaba
salir una suave carcajada y le acarició la espalda. Quedándose
callado por un largo momento mientras apretaba con fuerza el
hombro redondo y pequeño de aquella mujer, pasando su dedo
suavemente por la marca que llevaba en su hombro derecho.
«No, no creo poderte dejar ir nunca, Aine.»
Pero eso lo guardaría para sí mismo, ella había dejado muy
en claro que lo último que quería era casarse y ni qué decir de
los hijos. Seguro no le caería bien que alguien se enamorara de
ella.
Suspiró y besó su cabeza, tendría que vivir y disfrutar lo
máximo de esa mujer, puesto que cuando decidiera
desaparecer, nadie podría evitarlo.
Aine se sentía extrañamente conectada con el hombre que
no paraba de acariciarla y besarla, se sentía feliz y completa de
tenerlo junto a ella, lo creía completamente suyo, consideraba
que le había entregado mucho más que sólo su cuerpo.
Al mismo tiempo, se sabía vanidosa y le encantaba jactarse
de las cosas, quizá sólo fuera parte de su imaginación el que
sintiera eso, al fin de cuentas, él podía hacer salir de control a
cualquier mujer, ella no era diferente a otras tantas que habían
estado en la cama de Harsen.
Suspiró.
Pensaría que al menos había perdido la virginidad con un
hombre que le parecía increíble, que era el tipo de hombre que
llegaba al nivel esperado en sus exigentes pensamientos, aquel
del que podía enamorarse… si es que no estaba ya enamorada
de él. Sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo y cerró los ojos.
Lo aprovecharía lo mejor que pudiera, quizá él podría gustar
de ella también, tal vez había una esperanza de que se
enamorara de una Mujer Bestia, como él se divertía en
llamarle.
—¿Descubriste algo interesante el día de hoy?
La voz de Harsen la sorprendió, se habían quedado callados
por un espacio tan prolongado, que ella pensó que se habría
quedado dormido desde hacía más de media hora.
—Creo que sí, ha sido interesante —dijo juguetona.
Él dejó salir una risotada.
—No me refiero a esto —la abrazó—. Sino allá en la
taberna.
Aine se acomodó mejor sobre su pecho, sin quitar la sonrisa
bobalicona de sus labios y asintió, acariciando el vello sobre el
pecho fuerte de Harsen.
—Bueno, creo que tú has descubierto más que yo, los
proveedores de drogas de ese lugar son los Sundberg.
—Se veía tan satisfecho —negó Harsen—. Creo que sabía
que Camila es de mis protegidas y se ha deleitado en hacerle
eso, es como si supiera que fuera a ir por ella esta noche.
—¿Crees? —levantó la cara con preocupación.
—No lo dudaría —Harsen asintió, tocándo la barbilla y los
labios de Aine distraídamente—. Esta casa está llena de
enemigos a partir de este momento, no hay que confiar en
nadie.
—¿Estamos siendo vigilados hasta en la casa? —negó,
totalmente desconforme—. Me siento un ave en cautiverio.
—Gracioso comentario —la miró—. ¿Un águila encerrada?
Ella le golpeó el hombro y permitió que la besara.
—¿Cuál será nuestro próximo movimiento? —preguntó
Aine con el ceño fruncido.
Harsen lo tomó a broma, porque no quería tomarlo de otra
forma, así que rodó su cuerpo para quedar de nuevo sobre ella,
disfrutando de su rostro sorpresivo.
—Mmm… eso dependerá de qué tan dolorida te sientes.
—¡Sabes que no me refería a eso!
—Es a lo único que entenderé que te referías.
Esa noche, después de hacer el amor nuevamente y que
ambos se quedaran dormidos, Aine podía jurar que alguien
había entrado a la habitación. La joven estaba entrenada para
que sus sentidos estuvieran atentos incluso cuando entraba en
un estado de relajación, como lo era el sueño; pero en esa
ocasión, le fue imposible abrir los ojos pese a que sentía la
presencia que los observaba atentamente.
Harsen tenía razón, estaban rodeados de enemigos.
Capítulo 19
El grito atronador de una loca desquiciada provocó que
Aine se viera en la necesidad de tapar sus oídos. Incluso los
mantuvo tapados durante todo momento en el que consideró
que Desiré había estado parloteando de cosas sin sentido.
—Bien ya —la joven cortesana apartó las manos que Aine
tenía sobre sus orejas y rodó los ojos—. Cuenta con detalles.
—Claro que no —se sonrojó—. ¿Por qué habría de hacerlo?
—Oh, ¿no me dirás lo delicioso que es que te lo haga
Harsen Svensson? Se habla muy bien de él.
—Supongo que no tengo que decírtelo —dijo, tratando de
esconder su molestia—. Tú sabrás lo que se siente.
—Ojalá, pero no.
Aine levantó la mirada con ilusión.
—¿No?
—No celosita, no —rodó los ojos y se recostó en el sofá—.
Las amantes de Harsen son seleccionadas minuciosamente.
—¿Qué? —Aine razonó el resto de la frase de Desiré y
frunció el ceño—. ¡Yo no estoy celosa!
—¡JA! Permite que me ría de ti. —Sonrió burlesca—. Para
que sepas, él no se acuesta con cualquiera.
—No entiendo.
—Jamás se acostaría conmigo porque no quiere que sea
cortesana, así que iría en contra de lo que quiere que haga.
Tampoco recuerdo que alguien dijese que se acostó con una
virgen —frunció el ceño—. Supongo que odiaría atribuirse el
título de iniciador de jovencitas en la vida nocturna.
Aine sonrió forzadamente y dio un pequeño asentimiento
con la cabeza, sintiendose confundida y asustada. A él no le
había importado acostarse con ella, aun siendo de su
conocimiento que era virgen y a sabiendas de que era una
mujer que no tenía familia ni recursos, bien podía estarla
iniciando en esa vida…
¿Acaso no le importaba lo que sucediese con ella?
Quizá así fuera, no la conocía de tanto tiempo, tal vez, al no
ser de su ciudad, él no pensara en su seguridad, ni en lo que
sería de su vida como lo hacía con Camila, Lili o Desiré.
—Así que… él siempre es cuidadoso con ello.
—Uy sí, aprecia demasiado a las mujeres como para no
pensárselo antes —sonrió—. Pero bueno, al menos dime si es
el mejor amante que has tenido, debes aceptar que los otros
idiotas se van a la borda en comparación.
—Te dije que no te diré —se sonrojó.
—¡Agh! Aburrida, eso es lo que eres —se quejó.
Aine sonrió y le tomó una mano.
—No te hablé para contarte esto, sino para que me ayudaras
a no tener que contarte algo que en serio me meta en
problemas.
—Ah… ya veo —ella asintió con ganas—. Tranquila, te
haré lo necesario y lo traeré en unas horas, no debes
preocuparte por ello, tu puedes disfrutar con todo lo que tienes
sin miedo.
—¡Desiré!
—¿Qué? —sonrió malvada.
Aine se despidió de su amiga después de una hora más y fue
a sentarse en soledad en un alargado y tapizado diván,
pretendiendo leer, pero sus pensamientos volaban hacia las
palabras que Desiré le había dirigido.
Aunque su amiga supiera que era una noble, entendía
porqué pensaba que ella no era virgen desde hacía tiempo.
Aine era un águila, viajaba, podía defenderse, estaba
constantemente entre hombres y conocía la mayor parte del
mundo. Pero la realidad era que Harsen había sido el primer
hombre en su vida y… parecía ser que ella era la primera
mujer impoluta que el tocaba sin remordimientos, ¿Habría
cometido un error?
De seguro su madre le gritaría que sí, tal vez su padre la
mataría y sus hermanos la repudiarían. Pero en ese momento e
incluso después, Aine pensó que era lo correcto, pero justo en
ese momento, tenía miedo de pensar que para él no significara
nada, tal vez ni siquiera pensara que le debía un respeto como
persona.
¿Acaso debía decirle algo? ¿Hacerle un reclamo? O…
—Hola —aquella voz llegó en conjunto con un beso que
cayó sobre sus labios, sonrojándola—. ¿A qué ha venido
Desiré?
Harsen se había sentado en el mismo diván que ella,
colocando una mano firme sobre la pierna de la joven, como si
pensara que ese cuerpo le pertenecía y podía tocarlo a placer,
¿Ella podría hacer lo mismo con él?
Aine quiso comprobarlo, se levantó del diván y volvió a
besar los labios de Harsen, quien sonrió y profundizó el beso,
volviéndola a recostar, acariciando su nariz con la de ella de
forma cariñosa y presionaba sus labios contra su frente y
mejilla.
—¿Esto quiere decir que no quieres contarme? —la besó en
los labios—. Seguro que no es nada bueno si ha venido de
Desiré.
—Me ha dicho algo interesante.
—¿En verdad? ¿Qué cosa?
Ella hizo ademán de sentarse, lo cual provocó que Harsen se
apartara y quedara sentado en el diván también, con la
hermosa faz de Aine muy cerca de él, hostigandolo para que la
besara de nuevo y terminara haciendole el amor en ese maldito
tapete.
—Me ha dicho que tú jamás te acuestas con personas que
son vírgenes, porque no quieres que comiencen una vida de
promiscuidad e indecencia.
—Así es, ¿Y?
—Bueno… yo era virgen cuando…
—Ah —sonrió de lado, sin mostrar los dientes—. Ya veo,
así que piensas que no me interesa lo que suceda contigo ya
que te tomé a pesar de que eras inocente.
—Bueno —bajó la cabeza—, es lo que ella sugirió.
—Aine —le tomó la barbilla y la elevó para que lo mirara a
los ojos—. Sé que jamás caerías en algo así, eres demasiado
fuerte, inteligente e independiente, seguro matarías al primero
que intentara siquiera tocarte, incluso yo dormí preocupado,
pensando en que de pronto te molestarías por mis acciones.
—¿Me crees tan loca? —los ojos de Aine brillaban con
desepción al escuchar aquello.
—No —le acarició quijada y tomó rápidamente la comisura
inferior de sus labios—. Claro que me preocupo por ti, creo
que eres por la que más me preocupo ahora.
—¿En serio? ¿Por qué razón? —lo miró ilusionada.
—Tengo verdadero miedo de que, ahora que sabes lo que
puede pasar, quieras matar a todo cuanto se te insinué o
siquiera tenga que tocarte por error —bromeó.
—Oh… —ella bajó la cabeza y sonrió—. Sí, supongo que
lo haría y ni siquiera lo pensaría.
Aine suspiró, él no se preocupaba por ella como lo hacía por
el resto de las chicas, sabía que era fuerte y que probablemente
podría hacer daños irreparables en cualquier hombre… pero,
por alguna razón, le gustaría sentir que él la protegería si
alguien llegase a hacerle daño. Quería sentir que quería cuidar
de ella, aunque no lo necesitara.
—¿Estás bien? —le buscó la mirada.
—Sí —movió la cabeza—. Perfecta.
Harsen sonrió y la abrazó, no podía decirle las profundas
ganas que tenía de mantenerla sobre su pecho y cuidarla día y
noche; seguro ella reaccionaría mal, lo que Aine quería era ser
aceptada como alguien fuerte, que no necesitaba de nadie y
que era igual que otro hombre. Seguro que el que quisiera
cuidar de ella la enfurecería y hasta llegaría al punto en el que
le daría un buen golpe para que reaccionara en su estupidez.
Harsen sabía que Aine podía cuidarse sola, pero le
encantaría que se dejara cuidar, al menos por él.
—¿Dónde están Camila y Lili? —se separó la joven.
El hombre suspiró y colocó su mano sobre la cadera de
Aine, acariciaba la zona de forma distraída, parecía serle de lo
más normal el estarla tocando de esa forma tan íntima.
—Camila ha tenido una mala noche.
—¿Qué tan mala?
—He mandado llamar a Enok de nuevo.
Aine asintió y tocó con cariño la mano fuerte que él había
dejado sobre su cadera, tratando de darle aliento. La situación
con Camila era demasiado triste.
—Lamento haber sido tan brusca con Lili ayer. Fui cruel y
no me di cuenta que hería sus sentimientos.
—No importa si te has dado cuenta —sonrió sin mostrar los
dientes—. Iré con ellas ahora, ¿Quieres ir?
—Sí —ella se puso en pie y comenzó a arreglar su vestido
para que se acomodara como debía ser. Harsen la miraba
detenidamente, recordando ese mismo cuerpo, pero sin
vestido, abrazado a él, siendo totalmente suyo—. ¿Sucede
algo?
—Sí, en realidad sí.
—¿Qué? —frunció el ceño y miró a su alrededor, siendo
tomada desprevenida en un abrazo poderoso—. ¡Ah! ¡Harsen!
El hombre sonrió con gracia al verla avergonzada y
temerosa de que alguien los viera, pero era un comportamiento
que debía ser más bien cotidiano, al menos a su ver, estaban
casados y era normal que, de vez en cuando, dieran uno que
otro despliegue de cariño, sobre todo si estaban en su casa.
—Quiero quitarte ese maldito vestido ahora mismo y tirarte
en el tapete para hacerte el amor.
—Harsen… —ella le puso las manos en el pecho, buscando
distanciarlo—. Las doncellas pueden vernos, escucho sus
cuchicheos hasta acá.
—Quizá —elevó ambas cejas—. ¿Qué más da?
—¡Ey! —ella se alejó de nuevo y sonrió—. ¿No íbamos a
ver a Camila y a Lili?
—Mm-hmm, sí, pero podríamos verlas en… ¿una hora?
—No, ahora —exigió Aine y le besó los labios,
pretendiendo que fuera una caricia inocente y fugaz.
Pero era obvio que Harsen no se daría por bien servido con
tales arrebatos infantiles, así que profundizó el beso,
provocando que ella arqueara su espalda al estar tan pegada a
su cuerpo y elevara la cabeza para que él tuviera un total
acceso en sus labios, rozando suavemente su lengua con la
suya, haciéndola chistar.
—¿Te disgusta? —la miró con ojos brillantes.
—No… —dejó salir en un suspiro deseoso—. Me
sorprendió.
Él se inclinó un poco y la rodeó por la cintura, Aine era tan
pequeña a comparación, que Harsen era capaz de alzarla para
que sus labios quedaran a su altura, separándola totalmente del
suelo y haciéndola reír.
—Aun pretendo sorprenderte por mucho más tiempo.
—¿Me enseñarás todas tus artes amatorias? —se burló,
colocando sus codos en los hombros de él, acariciando los
mechones de cabello castaño.
—¡Todas las que me dejes! —dio una vuelta con ella—. Si
es que no te asustas, podré darte placer de formas que ni te
imaginas.
—Seguro te sientes poderoso al pensar así.
—Bueno, no es fácil tener ventaja sobre ti, así que, por
ahora, me regodearé en esto.
—Tonto —sonrió y se inclinó para besarlo.
—¿Estás bien con esto? —la colocó sobre sus pies,
mirándola seriamente—. No te arrepientes ¿Verdad?
Ella acomodó nuevamente sus ropas y lo miró divertida.
—Yo jamás me arrepiento de nada —le levantó la nariz con
un dedo—. Si decidí hacerlo, es porque ya lo venía pensando.
—Ah… —sonrió burlesco—. Así que ya lo venías
pensando.
Ella se inclinó de hombros, mostrándose segura ante la
revelación de sus palabras.
—Bueno, ¿cómo no hacerlo? Te vi desnudo la mayoría del
tiempo, incluso en una ocasión estuve cerca mientras hacías
tus necesidades, ¿recuerdas? —Harsen se avergonzó.
—Jamás debiste fingir ser hombre, ¡maldición!
—Estuve confundida por un largo tiempo mientras me
hacías el amor —siguió molestándolo mientras comenzaba a
salir del salón en el que había estado meditando y él la
interrumpió—. No tenía idea que tuviera varias
funcionalidades, por un momento pensé que planeabas…
—Bien, ya basta —la tomó de la cintura y negó sonriente—.
No seas molesta o te demostraré todas las funciones que tiene.
Ella dejó salir una carcajada alegre y comenzó a subir las
escaleras en dirección de la habitación de Camila, donde
también estaría el doctor Enok y su hermana menor, Lili. Fue
la menor quien se puso en pie en seguida y fue a abrazar a
Aine, sintiéndose totalmente conmocionada ante la situación y
dejándose caer hasta el suelo, llevándosela consigo.
—Ella está muy mal, no despierta Aine, ¿Crees que muera?
—No, Lili, estará bien, ya verás.
Harsen terminó de pasar a la habitación y fue hasta Enok,
quien prontamente le dio los pormenores de lo que sucedía,
asegurando que Camila estaba bien, pero que Lili no lo
comprendía al verla inconsciente y tan lastimada.
—Ven Lili, será mejor que tomes un té.
—Pero…
—Harsen se quedará aquí con ellos —Aine le tomó los
hombros y la guío a la salida.
Lili parecía conmocionada, tomó aquel té en completo
silencio y Aine no sabía qué conversación empezar para que
no se tornara aún más incómodo, al menos para ella.
—Dime, Aine, ¿eres feliz?
La joven por poco escupe el té tras el que se había estado
escudando mientras buscaba una conversación factible.
—¿Feliz? —A la cabeza de la joven se le vinieron muchas
imágenes: varias con su familia, en sus viajes, siendo un
águila y más recientemente, junto a Harsen, se sorprendió al
darse cuenta que podía incluirlo ahí—. Sí, supongo que lo soy.
—¿Harsen te hace feliz?
—Bueno, sí —se removió incómoda—. Lo hace.
—A pesar de que es un hombre y obviamente te pide que…
—ella bajó la cabeza—. Los hombres son brutos, sólo mira
cómo ha quedado mi hermana, ellos… ellos son horribles.
—No todos lo son, Lili —Aine la miró con cariño—. Hay
hombres buenos, como Harsen, él jamás me haría daño, ni
tampoco a nadie más, tú misma sabes que te ha protegido.
—Sí, pero ¿qué tal si un día pensara que yo le gusto o
Camila?
—B-bueno… supongo que te lo diría.
—Lo exigiría.
—No lo creo. Harsen no las obligaría a nada y, además, está
casado, no faltaría a sus votos matrimoniales —sonrió
tranquilizadora—. Si lo hace, yo misma lo asesinaría, te lo
juro.
—¿Tú disfrutas cuando él…? —La miró con una cara de
asco—. ¿Por qué? ¿Estás loca acaso?
—Por Dios, Lili. —Aine cerró los ojos—. No pienses en
eso.
—Yo ya lo sabía de antes, había visto a Camila, pero ella
siempre sufría, lo hacía para tener dinero, pero siembre
vomitaba cuando se iban, a ella no le gusta, lo sé, a nadie le
puede gustar, a mí tampoco me gusta ¡Los odio! ¡Los odio!
—Está bien, entiendo, está bien. —Trató de tranquilizarla
—. No tienes por qué volver a vivir nada de ello, si no quieres
hacerlo, entonces, no lo harás, Harsen se encargará de ello.
—No confío en él, ¿Qué tal si en la noche me ataca o a
Camila? —negó nerviosa—. No puedo dormir de pensarlo.
—No te preocupes, él estará conmigo, no irá a ningún lado,
lo retendré, te lo prometo.
—Pero tampoco quiero que te haga daño a ti, tú tampoco
quieres estar ahí, incluso querías una habitación propia. —Lili
estaba alterada—. Pero él fue ahí de todas formas, él tiene
llave de todas las puertas, entonces el seguro no sirve de nada.
—Lili, escúchame. —Aine se puso de pie y fue hasta ella,
acuclillándose y tomándole las manos—. Harsen no te hará
daño, él no me hace daño a mí tampoco.
—Pero es que…
—Lili. —Aine meneó la cabeza, alzó la mano y le tapó la
boca con sus dedos—. Él y yo estamos bien.
La joven parecía dudarlo, temía porque ella estuviera
sufriendo como su hermana, sabía que, cuando la gente se
casaba, la mujer dejaba de tener opinión, debían cumplir y
cumplir, cuantas veces el hombre quisiera, hasta quedar
embarazadas y después de dar a luz, ellos regresaban, siempre
regresaban.
—Siempre vas a tener que complacerlo. —Advirtió Lili,
como si Aine no lo comprendiera—. ¿Por qué no escapamos?
—No, Lili, corres más peligro afuera que aquí, ¿entiendes?
—¿Por qué existen los hombres? ¿Por qué no mueren
todos?
—Sé que ahora te parece difícil pensar en uno de ellos como
alguien bueno, pero date tiempo, verás que la vida te
sorprenderá.
—No quiero más sorpresas.
Aine dio la conversación como perdida, Lili tenia
demasiado miedo, incluso se lo tenía a Harsen, lo cual no
comprendía, porque él no había hecho otra cosa más que ser
amable con ella y con Camila. No podía juzgarla, si acaso
alguien le hiciera lo que les hicieron a ellas… no tenía idea de
cómo reaccionaría.
O quizá sí lo sabía: «Yo los mataría dolorosamente uno por
uno -sonrió para sus adentros y negó-. Sí seguro que eso
haría». Por el momento, tenía un plan, al menos para que Lili
no pensara en huir de la casa y no viera al presidente como una
amenaza.
—Aine, tenemos que…
—Harsen —sonrió la joven, poniéndose de pie y besándolo,
sorprendiendo tanto al hombre como a la mujer que le hacían
compañía—. Le decía a Lili que quizá sería bueno que
compráramos nuevos vestidos para ella y para Camila.
—Claro —dijo confundido, tomando su cintura—. Lo que
necesiten, lo pueden pedir.
—Gracias. ¿Qué querías decirme?
—Ah, sí. Tenemos una invitación a comer, es a las cuatro.
—Bien, estaré lista —Aine se volvió hacia Lili y sonrió—.
¿Por qué no vas a ver cómo está Camila?
—Sí —la joven corrió presurosa hacia la salida y
desapareció.
—¿Qué sucede? —Harsen la soltó—. ¿Por qué el beso?
—Ella cree que las atacarás de un momento a otro.
—¿Qué? ¿Qué yo…? —él negó—. ¿Por qué?
—Porque lo cree de todos los hombres, tiene miedo.
Harsen dejó salir un profundo suspiro y pasó una mano por
sus cabellos, parecía frustrado.
—¿Qué crees que debo hacer?
—No lo sé… por eso te besé, quiero que se dé cuenta que
no te temo y nosotros estamos bien.
—Más que bien, diría yo —se agachó y tomó sus labios.
—Basta —lo apartó entre risas—. No comencemos de
nuevo.
—¿Por qué? ¿No crees poder controlarte?
—Mi señora —los interrumpió un mayordomo.
Aine se separó de él dando un brinco que casi lo hace reír,
pero Harsen volvió la vista hacia el hombre y asintió.
—¿Qué ocurre?
—Buscan a la señora Aine, mi señor —dijo tranquilo el
caballero—. Una señorita llamada Desiré.
—¿De nuevo? —Harsen miró a Aine con el ceño fruncido.
—Sí… ha venido a traerme algo.
La iluminación llegó a la cara de Harsen y sonrió, dándole
un beso a su esposa y saliendo de ahí para dejarle espacio a la
mujer que traía un método para que Aine no lograra concebir a
sus hijos. Normalmente despreciaría tales acciones, le
encantaría poder ver a aquella fuerte mujer con el vientre
abultado y ojos brillantes, pero era lo mejor en ese momento, y
de nada servía o siquiera importaba el que Harsen no deseara
que lo evitara.
Aine se sintió inquieta al darse cuenta que Harsen había
comprendido perfectamente a lo que Desiré había regresado a
la casa. Si no se equivocaba, había visto una mirada de
desepción en los ojos violáceos de su marido, pero quizá sólo
lo había imaginado. Debía admitir que le avergonzó que él lo
supiera, tampoco era que lo hubiese tratado de esconder con
maestría, pero esperaba que al menos Harsen hubiera
disimulado mejor.
Como fuese, trataría de no apenarse más por ello.
—Listo, linda, esto ayudará a que no tengas bebés. —Aine
miró aquella cosa extraña en ese frasco y frunció el ceño—. Te
aseguro que te será efectivo, sólo toma una cucharada, quizá te
haga falta una fresa o algo para el mal sabor, pero sin criaturas.
Ella abrió el frasco y empinó un poco del contenido,
sintiendo ganas de vomitar en seguida, pero lo contuvo y
suspiró cuando el sabor comenzó a pasar poco a poco.
—Harsen parece familiarizado con esto.
—Bueno, estoy segura de que él no se encarga de ello con
sus amantes, pero claro que entiende lo que es, sobre todo,
cuando he sido yo quien lo ha traído.
—Te lo agradezco en verdad —ella seguía haciendo muecas
por el mal sabor de la bebida.
—Sin problemas —le guiñó un ojo—. Cuando se te acabe
me avisas, ¿vale?
Aine subió corriendo a las escaleras y entró a la habitación
para cambiarse, como lo había pedido Harsen, faltaba poco
para la reunión y ella ni siquiera sabía lo que se pondría.
Se detuvo a la mitad de la habitación y miró el pomo que
traía en la mano, analizándolo como si de pronto este le fuera a
contestar las muchas dudas que tenía. Recordando nítidamente
la forma en la que Harsen se mostró impactado por las
prevenciones que estaba tomando para no quedar embarazada.
¿Es que él prefería que no lo hiciera?
Aine se sonrojó y sonrió un poco, jamás había pensado en
tener hijos, ni siqueira en tener una pareja estable, pero cuando
se trataba de Harsen, todo cambiaba y no entendía del todo por
qué. Sabía que lo admiraba, le parecía una de las mejores
personas que conocía, era inteligente, honorable y bueno. Sí,
en definitiva sería fácil enamorarse de él, no le molestaría
saber lo que Harsen pensaba sobre su relación, lo que creía
que les deparaba el futuro, ¿Acaso él lo habría pensado en
algun momento? Quizá sólo fueran cosas de ella.
Aine bajó su mano hasta su abdomen y frunció el ceño al
sentir que su corazón latió con fuerza.
Si llegase a quedar embarazada, ¿Qué diría Harsen?
Capítulo 20
Aquella comida era importante, Aine lo pudo notar por las
personas elegantes que se paseaban de un lado a otro con
preciosos vestidos, elegantes trajes y conversaciones de
lenguaje elevado y racional. No era una fiesta cualquiera,
parecía ser más bien una reunión de altos mandos y, por mera
cordialidad, estaban invitadas las esposas de las mismas.
Aine miró hacia Harsen, quien sonreía hacia el hombre que
lo había capturado en una conversación larga y tediosa sobre
arte. La joven se sorprendió de lo mucho que su marido sabía
del tema, al ser un político, no pensó que tuviera otros
menesteres que le fueran de interés.
—¿Señores? —sonrió el señor Olsson y el anfitrión de
aquella comida—. ¿Pasamos al comedor?
Harsen permitió que Aine se tomara de su brazo y él
incrementó aquel toque al colocar una mano sobre la de ella,
acariciando su dorso suavemente con el pulgar, todo esto sin
dejar de entablar la amena conversación con el señor con el
que se había entretenido desde antes. La joven suspiró,
sintiendo todas las sensaciones agradables estrujando su
corazón mientras sentía la caricia de Harsen sobe su mano, lo
cual la hacía sonrojar.
Aine trató de enfocarse en cualquier cosa que la distrajera
un poco del hombre junto a ella. Así que fue capaz de apreciar
con detenimiento la aplitud y decoración del comedor de los
Olsson; se denotaba el detalle que se había tomado al
organizar la velada; era obvio que querían impresionar a
alguien por la forma cuidadosa en la que las flores fueron
elegidas para decorar los finos jarrones brocados, los platos de
porcelana importada, copas, cubiertos y la elegante letra en
cada pequeña etiqueta que portaba el nombre de cada uno de
los invitados, indicando el lugar que se había dispuesto su
presencia para la comida.
Aine dio gracias de que hubiese sido colocada junto a
Harsen, lo último que deseaba en ese momento, era estar presa
entre personas que no conocía y que, seguramente, le harían
muchas preguntas incómodas sobre su relación.
Claro que había sido una ingenuidad pensar que con eso se
encontraría a salvo de toda persona. Harsen, al ser un hombre
tan importante, siempre era acomodado entre personalidades
de igual relevancia, dejando a Aine junto a una mujer
hermosa, la cual se había mantenido callada durante toda la
comida.
Aine encontraba especialmente extraña a aquella mujer,
puesto que, a pesar de que no dejaba de sonreír, no parecía del
todo presente. Era como si estuviera atrapada en medio de un
perfecto recuerdo, el cual era más interesante que todas las
personas que estuviesen sentadas a su alrededor.
—Disculpe mi ignorancia, señora, pero creo que no nos han
presentado —Aine se acercó a la despistada mujer, susurrando
a lo bajo—. Soy Aine Ha… Svensson, ¿Y usted es?
—Oh, si no me equivoco, es usted la esposa del presidente.
—Así es, soy su esposa —Aine elevó una ceja ante la
mirada soñadora y llena de lágrimas de aquella mujer.
—Soy Rigoberta Olsson, la esposa de su anfitrión.
La impresión se hizo presente en la mirada de Aine y
frunció el ceño al notar que la pareja parecía tener sus vidas
por separado. El marido apenas y la había tomado en cuenta
durante toda la cena, por no decir que se podría pensar que era
soltero o viudo.
—Lo lamento tanto señora, no la vi al momento de las
presentaciones iniciales y el señor Olsson no hizo hincapié
en…
—No te preocupes, querida, no me encontraba ahí —la
mujer la miró de arriba hacia abajo y elevó ambas cejas—.
Eres preciosa, seguro que tu marido disfruta en demasía ese
cuerpo tuyo cuando te hace el amor en las noches.
Aine no disimuló su desconcierto por aquella forma tan
poco pudorosa de hablar, sobre todo si se tomaba en cuenta
que estaban en una mesa, donde había más personas que
pudieran escucharla. De hecho, Rigoberta Olsson no había
sido cuidadosa ni siquiera en su tono de voz.
—¿Disculpe?
—Ya había visto los periódicos donde ponían su foto, eres
más guapa en persona niña —la seguía recorriendo con la
mirada—. No hacían mal en decir que parecías una prostituta
de las que son muy bien pagadas, a lo que se sabe, ni siquiera
portas un título o algo parecido.
Aine en verdad que no concebía tal comportamiento, sobre
todo porque no sabía discernir si la mujer estaba bromeando o
no. Ante los ojos de Aine, parecía estar realmente perdida,
incluso se tambaleaba un poco sobre su silla, ¿estaría
borracha?
—Demasiada morfina —se introdujo una joven de sonrisa
dulce, quien asomaba su cabeza por sobre el cuerpo de la
señora Olsson—. Es un gusto, soy hija de los Olsson,
Samanta.
—Oh, un placer… creo.
—No hagas caso a madre, cuando se encuentra en ese
estado, suele ser una boca suelta —rodó los ojos—. Le dije
que al menos esperara hasta después de comer para drogarse.
Aine sonrió forzadamente y miró a la mujer que reía en
soledad e ingería vino para ocultar su estado. No podía más
que sentirse mal por ella, tampoco podía dejar de mirarla, no
hasta que sintió como una mano se deslizaba suavemente
sobre su pierna, posándose dominante sobre su muslo.
La joven Hamilton volvió la cabeza sólo para toparse con el
perfil de Harsen, quien seguía distraído en una charla, pero
aquella mano fuerte, de dedos largos y uñas perfectamente
recortadas era la de él. ¿Por qué la tenía sobre ella? Frunció el
ceño y pasó los dedos por las venas que resaltaban en su dorso,
le parecían atractivas, a su parecer mostraban masculinidad.
Siguió con su escrutinio hasta el anillo de oro que él tenía en
su dedo meñique, con un escudo de armas en él.
Aine levantó la mirada y fijó su vista en la mano izquierda
de Harsen, que era la que podía mover con libertad del otro
lado, charlando con aquel hombre tan aburrido.
En aquella mano, en su dedo anular, una sortija de oro a
juego con la de ella resplandecía bajo las luces del candil.
Sonrió. Por alguna razón le gustaba que él lo usase, la hacía
sentir conectada a él, dominante y pensaba que le daba el
privilegio para reclamarlo si era necesario, era suyo.
—Parece usted muy enamorada de su marido —dijo la voz
de Samanta, sorprendiendo a Aine, puesto que ahora ella se
encontraba sentada a su lado y no su madre.
—Oh —se sonrojó notoriamente y negó—. Me ha atrapado
en un momento muy vergonzoso.
—No creo que tenga algo de malo amar a la persona con la
que se ha casado, no muchos disfrutan ese privilegio —
Samanta se fijó en la mano que Harsen tenía sobre Aine y
sonrió—. Aunque creo que es más privilegiado aquel que es
correspondido.
—Él lo hace para saber si estoy incómoda.
—Por supuesto —ignoró su excusa—. ¿De dónde es usted?
—Rusia.
—Claro, lo oí decir de la señora Nilsson —asintió poco
conforme, bebiendo un poco de vino—. ¿Cómo conoció a
Harsen Svensson? Jamás he sabido que haya viajado para esas
tierras.
—No, y no lo hizo, en realidad, me vine a vivir a París
desde hace mucho tiempo.
—Claro, entonces su acento es una combinación de muchos
idiomas, aunque debo admitir que habla sueco con bastante
fluidez, lo cual me sorprende.
—Bueno, estoy tratando de eliminar el acento, así que, si
puedes ayudarme, te lo agradecería.
—Me parece agradable el acento, así que no pienso
ayudarte.
Aine dejó salir una risita y asintió.
—Te agradezco la franqueza.
—Es lo único que queda en medio de estas cortes llenas de
mentiras ¿no lo crees? —rodó los ojos—. Debo decir que
muchas mujeres quedaron decepcionadas al escuchar del
matrimonio del presidente, era un partido deseado pero que se
pensaba apartado.
—¿Apartado?
—Todos creíamos que se casaría con la señorita Valeria
Persson —se inclinó de hombros—, ellos siempre estaban
juntos, creo que eran amigos desde la infancia, quizá hasta se
comprometieron el algún punto. Pero es obvio que el
presidente encontró más placentera una unión con usted y lo
entiendo, usted tiene mejor cuerpo.
—¿Piensa que los hombres basan sus decisiones sólo en el
cuerpo de una mujer?
—Bueno, es lo que les da placer, ¿o no?
—No pensé que alguien tan joven tendría una opinión tan
triste de las relaciones.
—Mi madre dice que un hombre debe enamorarse por los
ojos antes que por otra cosa, por eso es necesario tener una
bonita cara y un cuerpo deseable, yo hago ejercicio todos los
días.
—Eso es bueno, pero sobre todo para ti.
—Es usted una defensora de la mujer? —sonrió—. Ahora
veo porque el presidente quedó prendado de usted, él también
va por el mundo defendiendo cosas que ningún hombre
aceptaría. Por eso las mujeres lo asediaban todo el tiempo,
pero él no cedía, pensamos que en serio quería a Valeria.
«Valeria», ese nombre quedaría grabado en los recuerdos de
Aine hasta el fin de sus días.
—Bueno, no sé qué decir.
—He escuchado que su corte en Rusia es una de las más
alocadas y depravadas de todas ¿es verdad?
—No sabría decirlo, jamás he estado en sociedad en esas
tierras, me desenvuelvo en más en París o Londres.
—Es una lástima, me parecería divertido tener a alguien con
quién ir y hacer todas esas locuras de las que se hablan.
Aine encontraba deprorable el tema de conversación que
había sido seleccionado por la señorita Olsson, era verdad que
le agradaba poder conversar con alguien, pero de eso a recibir
insultos… no, de eso nada.
Sin embargo, debía ser amigable, al final de cuentas, la
muchacha había crecido con una madre que parecía ser una
adicta y un padre ausente, a lo que Harsen había dicho.
Acabada la comida, se reunieron en un salón espacioso,
donde la música del piano y de violín armonizaba
agradablemente las conversaciones. Aine no pudo dejar de
notar que las mujeres del lugar poco a poco se iban
ausentando, dejándola sólo a ella junto a su marido, quién la
sostenía de la cintura y la integraba en la conversación que
para Aine era la cosa más monótona y aburrida.
—Señor, espero que permita que su esposa se separe de
usted por unos momentos —llamó la atención una voz
angelical—. La ha tenido presa en pláticas aburridas de
hombres.
Tanto Aine como Harsen se volvieron hacia la preciosa
joven que tenía una sonrisa permanente en sus labios.
—Señorita Olsson, no tengo ningún problema en que vaya
con usted —Harsen miró a su esposa—. Si es lo que ella
desea.
—No me atrevería a hacer un desaire de esa magnitud —
dijo Aine y miró a su esposo con una sonrisa, haciendo que se
inclinara un poco para darle un beso en la mejilla.
La hija de los Olsson era joven, quizá de unos diecisiete
años, traviesa y divertida. Dirigía a Aine por la velada como si
conociera a todas las personas del lugar, puesto que la
saludaban o ella lo hacía primero, para segundos después,
volverse para informar a Aine sobre los chismes más recientes
de esa persona en específico.
Tal parecía que la vida de Samanta Olsson se basaba en
saber los problemas de las vidas de todas las personas
importantes de Suecia, lo cual era increíblemente conveniente
para Aine, quien necesitaba enterarse de todo lo que llevara
importancia entre la alta sociedad del país.
—Vamos, le tengo una sorpresa. —Sonrió Samanta Olsson,
tomándole la mano—. Ven, vamos con el resto de las chicas.
Aine frunció el ceño, pero siguió a Samanta hasta llegar a
unas puertas dobles que abrían paso hacia la habitación donde
estaban recluidas las esposas de los importantes caballeros que
charlaban allá en el salón. Para sorpresa de Aine, no se
dedicaban a charlar o beber té con galletas como la joven
imaginó; estaba claro que eran ellas quienes disfrutaban más
de esa fiesta.
Estaban tumbadas en el suelo, sobre largos tapetes de
hermosas formas y colores, recostaban sus cuerpos relajados
en grandes cojines aterciopelados de diferentes tamaños y
colores. El humo era abrumador desde el momento en el que
se abría la puerta, tanto, que le provocaron ganas inmensas de
toser y hubo necesidad de manotear un poco para quitar la
bruma para sus ojos que escurrían lágrimas.
—¿Qué está pasando?
—Ven Aine, esto será divertido, ya lo verás.
Ella negó repetidas veces, definitivamente no quería, Aine
no quería probar nada en lo absoluto de lo que esas mujeres
extremadamente relajadas tenían en el cuerpo.
Conocía aquellas alargadas pipas de las cuales las mujeres
se turnaban para fumar, las jeringas en el suelo y el polvo
blanco. Lo había visto antes y el camino que recorrían esas
mujeres terminaba siempre de una forma espantosa, en medio
de la falta de razón, el delirio y claro, la necesidad por más,
siempre se deseaba obtener un poco más.
—No creo que me agrade… —Se resistió en seguida,
incluso frenó sus pasos—. Jamás lo he probado y tengo algo
de miedo.
Las mujeres en la sala jalaron el aire y la miraron
admiradas, como si acabase de decir que nunca se bañaba o
que odiaba comprar vestidos para las fiestas. En ese momento,
Aine incluso notó que había jovencitas, niñas que apenas
entraban en sociedad ese año. Se veían atontadas, sonrientes y
lánguidas, seguramente presas de su imaginación sobresaltada
por las drogas que sus propias madres les daban como parte de
la nueva cultura.
Aine sabía que era una moda entre las damas de la alta
sociedad el regalarse mutuamente lindos estuchitos,
disfrazados de mil formas por el arte, hasta el extremo de
parecer objetos inocentes -frasquitos de esencia, estuches para
agujas, alhajas, etcétera- cuando en realidad contienen una
jeringuilla de inyecciones y una buena dosis de morfina.
—Oh, vamos querida —dijo una mujer, poniéndose sobre
sus rodillas. Ella tenía el vestido desabrochado, como si le
estorbara para respirar, incluso para existir—. Produce una
satisfacción tal de placer y felicidad, que hace desaparecer de
la memoria todos los recuerdos tristes y las incomodidades de
la vida; se olvidan los disgustos y los contratiempos, todo
parece alegre, risueño, suave. ¡Es como mágia!
Aine se alejó dos pasos de aquella mujer, quien parecía
enloquecida. Tenía una mala sensación, todo aquel lugar
parecía desenfrenado y cada vez quería salir de ahí con mayor
rapidez.
—Es verdad, el alma se ve rodeada de venturas, como si
estuviera engolfada en un mar de placeres tan delicados y
sutiles, que el espíritu se cree libre de los lazos y pesadez del
cuerpo, con alas para volar a otras regiones donde todo es
felicidad y dicha.
Aine sonrió para sí misma «Si Publio las escuchara hablar
de la morfina como un somnífero para el dolor natural de la
vida diaria, seguro les pegaría un tiro para que supieran lo que
era dolor —la joven se rio—. Pobre hermano, si viera esto
seguro le reventaría la cabeza en un dos por tres.»
—Ven Aine —Samanta Olsson la jaló y la hizo sentarse en
los tapetes y los cojines—. Mira, es fácil, tomas la jeringa, y la
colocas justo aquí, ¡Te fascinará lo juro!
—Prefiero mi copa de vino —intentó de nuevo, pero al ver
la cara deformada de las mujeres, entendió que tendría que
ceder para ser aceptada en el lugar—. Bueno, en ese caso,
prefiero el opio, me da más curiosidad esa rara pipa.
Las mujeres sonrieron y le pasaron aquella cosa que Aine
tomó con torpeza. Definitivamente prefería algo inhalado a
algo inyectado, Publio la mataría si supiera que dejó que
alguien que no es médico la inyectara, ni hablar si le decía que
era morfina.
Aine sonrió lastimera y colocó la boquilla entre sus labios y
fingió jalar un poco, haciendo una mueca y tosiendo. Para
después entregar la pipa a las divertidas mujeres que no
dejaban de intentar explicarle el funcionamiento y cómo debía
hacerle la próxima vez.
«¡Cómo si fuera a hacer algo tan estúpido!», se quejó.
Pero entonces, sintió un pinchazo en su brazo, ella se
sorprendió notoriamente y miró abrumada a su alrededor,
observando la cara compungida de Samanta Olsson, quien
alejaba la jeringa y la miraba con vergüenza y lástima.
No fue de inmediato, pero sintió como lentamente algo
ocurría con su cuerpo, era como si todo en ella se sintiera más
ligero, relajado, todo le daba vueltas y no pudo evitar fruncir el
ceño al comprender que todo se movía lento y no lograba
procesar correctamente lo que sucedía a su alrededor, ni una
sola palabra le era conocida.
Se asustó e intentó tomarse de un sofá para ponerse de pie,
pero irremediablemente cayó al suelo y comenzó a reír pese a
que no tenía ganas de hacerlo. Jamás había sentido que podía
perder el dominio de sí misma hasta ese momento. Buscó a la
culpable de su estado, pero Samanta Olsson estaba
desaparecida.
«Harsen… —lo llamó internamente, cerrando sus ojos para
evitar el mareo—. Harsen ven por mí ahora…»
—¿Harsen, preciosa? —le dijo alguien muy cerca de su
oído—. ¿Es a Harsen a quien llamas?
Aine se movió incómoda y levantó la vista, tratando de
hablar, pero nuevamente fracasando.
—¡Escuchen a la princesa hablar! —sonrió el hombre—.
Eres igual de simple que todas los demás… tan estúpidas.
Aine enfocó con esfuerzo a Viggo y Aleksi, ambos parados
frente a ella con una sonrisa complacida y brazos cruzados.
Inmediatamente se arrastró lejos de ellos.
«¿Qué hacen aquí? Ellos no estaban invitados…», la joven
negó, tratando de centrarse.
—Prometiste que no le harías nada Viggo, lo prometiste.
Aine volvió la vista hacia Samanta Olsson, quien en ese
momento recibía una fuerte bofetaba y caía al suelo, siendo
tomada de inmediato por un hombre que, sin más, comenzó a
desvestirla, pese a los gritos negativos.
No podía ser cierto, los esposos y padres de esas mujeres
estaban a unos metros de distancia, no podían venir a abusar
de ellas como si nada fuese a sucederles… aunque quizá, los
hombres de allá afuera estuvieran tan drogados como sus
mujeres, lo cual los dejaba en la nada. Quizá nunca se dieran
cuenta, pero Harsen no, él estaba consciente y jamás lo
permitiría, él llegaría y se pondría furioso con lo que sucedía
en el lugar.
—No… —susurró Aine.
Harsen no, Harsen no podía estar igual, él vendría por ella.
—Quítale la maldita ropa, busca el estúpido tatuaje y luego
pueden hacer lo que quieran con ella —ordenó Viggo, quien
estaba parado junto al que parecía su padre… ¡Sí! Reconocía
al padre de ese hombre.
—¡Harsen! —gritó ella—. ¡Harsen…! ¡Harsen!
—¡Cállenla!
Aine recibió un fuerte golpe en la mejilla, para ese
momento, Aine ya no consideraba de importancia seguir
ocultando su identidad, los mataría… si tan sólo pudiera.
Viggo había sido inteligente, pensó muy bien la manera de
dejarla inmovilizada y fuera de combate, era obvio que fue su
plan desde el principio, fue una estúpida por haberse permitido
bajar la guardia hasta ese punto.
Aine sintió como la tomaban de las rodillas y la jalaban
hacia ellos, provocando que el vestido se le subiera hasta los
muslos, en ese momento, a esos hombres no les interesaban las
conotaciones sexuales que pudiese tener aquel movimiento, lo
que ellos querían, era romper las mangas, querían ver el
tatuaje y así poder matarla con certeza.
Así que lo que Aine tenía que hacer era poner todas sus
fuerzas y cordura en hacerles el trabajo difícil.
—Maldita sea Aleksi, no sirves para nada.
Viggo tomó el cuello alto del vestido de Aine y
prácticamente rompió los botones de su espalda, los cuales
saltaron con indescriptible estruendo… al menos así lo
escuchó ella. Gritó. Gritó lo más alto que pudo y se abrazó a sí
misma, completamente asustada y no evitó su vómito, lo hizo
en cuanto supo que alguien podría forzarla, como veía que
forzaban a todas las demás.
—¡Maldita estúpida! ¡Me ha manchado! —gritó Aleksi.
—¡Alguien viene! —avisó el padre de Viggo.
—Larguémonos de aquí.
En ese momento, las puertas se abrieron y Aine, sin haber
escuchado la conversación de sus agresores, gritó con fuerza al
pensar que serían más hombres tratando de lastimarlas en
medio de su inconsciencia e incapacidad de defenderse.
Para su alivio, se trataba de Harsen. No sabía si eran las
drogas o verdaderamente se iluminaba como un salvador, un
ángel redentor que expulsaba a esos malvados a base de
disparos. Y no parecía ser el único, venía acompañado por
otros pocos tan lúcidos como él mismo.
Los perpetradores comenzaron a correr por la habitación,
algunos lanzándose por las ventanas, otros cayendo muertos,
pero no había rastro alguno de Aleksi o de los Sundberg, Aine
aún miraba con sorpresa la escena, no era capaz de centrarse y
no podía parar de llorar al sentirse tan indefensa.
—Aine, estoy aquí —la tomó de los hombros y la enderezó
como pudo—. ¿Qué demonios te dieron?
—Harsen…
—Tranquila, te sacaré de aquí.
Harsen miró el vestido roto y la desorientación en los ojos
de Aine y sintió que se volvería loco de ira, dudaba que ella
hubiese aceptado alguna de las drogas que esas mujeres le
ofrecían, si estaba de esa manera, era porque la habían
obligado a hacerlo.
Se agachó y la tomó en brazos, recostándola en su hombro
para sacarla de ahí. No podía ni ver al resto de las mujeres,
quienes parecían perdidas y algunas lloraban, como lo hacía
Aine, esperaba que a ella no hubieran llegado a dañarla como
a las demás, esperaba que nadie la hubiese tocado, porque si
fuera así, sería incontrolable, de hecho, justo en ese momento
lo era.
No podía soportar verla tan fuera de sí, temblorosa,
asustada, desenfocada e incluso enferma. Jamás aceptaría que
Aine se sintiera débil o desvalida y sabía perfectamente que en
ese moemnto, habían logrado que se sintiera de esa forma.
Álvaro Corazón Rural. (2017). El consumo de drogas antes de la I Guerra Mundial. 03 Jul, 2021, de
JOT DOWN Sitio web: [Link]
mundial/
Capítulo 21
Harsen llegó a su casa aún con Aine en brazos, para ese
momento se encontraba mejor, pero seguía sin poderse
mantener de pie y estaba mareada, sin mencionar que le había
quitado el vestido que había sido manchado por el vómito,
dejándola sólo con la ropa íntima y el camisón, cubriendo su
cuerpo con la gabardina que fuese de él.
—Harsen… —Aine le tomaba con fuerza de la camisa para
lograr llamarle la atención—. Harsen…
—Sshh, aquí estoy —le besó la frente y subió a la
habitación.
Harsen la dejó recostada en la cama para ir a llenar la tina
con agua caliente, no quería pensar en lo sucedido, no quería
imaginar que Aine… ella incluso había vomitado, no quería…
«¡Maldición!», se odiaba, ¿Por qué la había perdido de vista?
¿Por qué la había dejado ir con Samanta Olsson?
—Harsen…
El hombre volvió a la realidad al escuchar su voz, incluso
por poco hacía que el agua se desbordara en la tina al haberse
distraído. Meneó la cabeza y fue hacia ella. Aine intentaba
ponerse en pie, parecía nerviosa, trataba de hablar,
seguramente queriendo informarle algo importante, pero, para
él, no había nada más importante que el bienestar de ella.
—Por ahora no puedes hablar Mujer Bestia, lo siento —le
besó la frente y la tomó en brazos con delicadeza.
«¡Qué demonios Harsen! —ella intentaba llamarle la
atención mientras era llevada en brazos—. Hazme caso por
favor.»
Aine quiso apartar sus manos cuando él comenzó a quitarle
la gabardina y prácticamente toda su ropa, pero eso ya no
importaba y, de todas formas, no podía hacer nada para
evitarlo.
Harsen la metió lentamente en el agua y comenzó a
enjabonarla y tallarle el cabello con delicadeza que hacía a
Aine delirar y hasta sentía que la estaba adormeciendo.
—Bien, vamos a la cama —dijo él al percatarse cómo Aine
comenzaba a cerrar los ojos y resvalarse por la porcelana.
—Harsen, ha sido Viggo, él…
—¿Te hizo algo?
Ella asintió y le tomó el rostro.
—Estaba ahí con su padre y Aleksi. —Aine parecía estar
recuperando sus sentidos—. La señorita Olsson…
—Sí, sé que ha sido ella —le besó la mejilla, poniéndose de
pie y caminando por una toalla—. Esa maldita mujer conspiró
en tu contra y terminó siendo engañada también… ¡Maldición!
—No lo lograron… ellos, vomité y no pudieron…
—Me alegra la debilidad de tu estomago. —Le tocó la
mejilla y la levantó con trabajos, empapándose por completo
al hacerlo y envolviéndola en la toalla—. Vamos, ¿Tienes frío?
Ella asintió, titiritando y sonriendo.
—Gracias por ir por mí.
—Fui lento en comprender lo que sucedía —se reprochó a
sí mismo—. Debo decir que sólo logré salvarte debido a que te
escuché cuando me gritaste.
—Viggo… no puede salirse con la suya, no puede hacer lo
que quiere y salir victorioso.
—No debes preocuparte por eso.
—Harsen, provoca que otros estúpidos lo sigan y hagan las
mismas atrocidades que él.
—Lo sé, Mujer Bestia, lo sé —la tomó en brazos y la llevó
de regreso a la habitación.
—Puedo cambiarme, puedo hacerlo sola —sugirió.
—No lo creo preciosa, de todas formas, tu cuerpo ya me es
conocido —le besó la frente y fue por un camisón para ella.
Aine se mostró avergonzada, lo miraba moverse por la
habitación, parecía nervioso, más bien, sería más adecuado
decir que estaba apurado, ¿por qué podría estar apurado?
Harsen volvió a ella con un camisón, ropa íntima y unas
zapatillas de dormir, la cambió rápidamente y la metió en la
cama, él quitó sus ropas mojadas y se recostó a su lado,
jalándola para que colocara su cabeza sobre su pecho, tratando
relajarla.
Se abrazaron por bastante tiempo, quizá horas y ninguno
hablaba de lo ocurrido. Harsen porque no sabía qué decirle y
Aine porque estaba esperando a que su cerebro reaccionara.
—Harsen, ellos abusaron de todas esas mujeres sin ningún
miedo —fue ella quien interrumpió el silencio, mostrandose
tranquila y enfocada—. Incluso quisieron hacerlo conmigo…
fue tan horrible, no podía hacer nada, no podía hablar
correctamente, Samanta Olsson me puso esa inyección, estaba
actuando bajo el mando de Viggo.
—Pondré solución a ello, no es coherente que en esta
ocasión no me lo digas, sería demasiado.
—¿Qué quieres decir? —ella se levantó del pecho de
Harsen.
—Quiero decir, que obtendrá lo que quiere, lo retaré.
—¿Qué? —Aine fruncía el ceño—. Claro que no, Harsen,
¿acaso has perdido el juicio? ¿qué tonterías estás diciendo?
—Ninguna tontería, ¿por qué crees que te acosa? Eres mi
esposa, está esperando a que me digas y yo haga justo eso, que
lo rete pese a que no es algo aceptable en estos tiempos —
negó—. Seguro le divertirá llevar a un hombre como yo a ese
límite.
—No lo hagas por mí, tú ni siquiera me quieres, no pongas
en peligro tu vida por una tontería.
—No me parece una tontería. Por ahora, tú eres mi esposa,
así que es mi trabajo defenderte.
—No, Harsen, no lo hagas —le suplicó—. Seguro que te
matarán a traición.
—Seguro que lo intentará —suspiró y se puso en pie,
comenzando a arreglar sus ropas.
—¿Qué haces? —ella se sentó en la cama—. Harsen, no.
—Volveré en unas horas, propondré el duelo hasta mañana
para poder cuidarte esta noche.
—¡Harsen! ¡Escúchame! —le gritó cuando él salió de la
habitación sin detenerse ante sus súplicas—. ¡Harsen!
Ella tomó aire con fuerza y salió de la cama, aún sentía su
cabeza demasiado relajada y llena de bruma, pero caminó
hasta el armario y colocó sus ropas de caballero y su capa.
Cerró los ojos por unos instantes, tratando de enfocarse y
asintió.
«Vale lo harás bien, ¡concéntrate!»
Aine salió corriendo de la mansión justo en el momento en
el que Harsen tomaba un caballo y se iba a trote. Sabía a
donde iría, así que fue corriendo por su propio animal y lo
montó sin silla, siguiendo los pasos de su marido falso. En esa
ocasión, Aine estaba lista para matar a quien fuera, esperaba
que la locura temporal en su cabeza no hiciera apuntar
terriblemente mal.
Ella bajó de caballo mucho antes de acercarse por completo
a la propiedad de los Sundberg, viendo a Harsen parado en la
la puerta, tranquilo, charlando con el hijo mayor de los
Sundberg, quien traía consigo una sonrisa y también había otra
persona, quien Aine no alcazaba a reconocer desde ahí.
Aine miró a los alrededores, era obvio que había gente
rondando el lugar, seguramente armados. Extrañamente, el
estar drogada la hacía estar increíblemente avispada en cosas
que normalmente pasaría por alto; cualquier sonido, por
pequeño que este fuese, parecían hacer ecos en su cabeza. Si
alguien hacia el más leve movimiento, Aine lo sabría y
dispararía, lo haría sin remordimientos y esperaba que sin fallo
alguno.
Sin embargo, nada de eso fue necesario, puesto que Harsen
simplemente asintió, se cerró la puerta de la casa y caminó
seguro hacia donde estaba ella. Aine se quedó completamente
paralizada cuando lo tuvo en frente con aquella mirada
incriminatoria.
—Creí decirte que te quedaras en casa.
—Pensé que te matarían tan sólo acercarte a la propiedad.
—No son tan tontos, sería obvio y traje compañía.
Aine entonces enfocó al doctor Enok y suspiró aliviada.
—Hola señora, ¿qué tal va con esa dosis?
—Pude montar y venir hasta aquí —dijo orgullosa.
—Me alegra saberlo —sonrió—. Los dejo.
Harsen suspiró y fue por su caballo, tomando de la mano a
Aine para después subirla al animal y montar detrás de ella.
—Vine en mi propio caballo.
—No jales más la cuerda Aine.
—¿Estás molesto?
—¿Qué más pesabas?
—Te cuidaba, trataba de que no te mataran.
—Como ves, nada pasó. —Harsen encaminó al caballo
hasta el otro animal que se mantenía calmo en donde Aine lo
dejó. Le tomó las riendas y lo llevó con ellos de regreso.
Ingresaron a la propiedad en medio de un sinuoso silencio
que hacia aún más evidente la tensión entre la pareja, quien
subía las escaleras en medio de la oscuridad de la madrugada y
el presunto amanecer. Aine volvía la cara de cuando en cuando
para ver a Harsen, quien se mantenía en un mutismo
pensativo.
Fue ella quien abrió la puerta de la recámara y rápidamente
comenzaron a cambiarse, dejándose en ropas de dormir, Aine
incluso había colocado las ropas de caballero sobre el camisón
que Harsen le había puesto antes de salir.
Lo vio irse a recostar a la cama y quedarse con la mirada
perdida en el techo, parecía agobiado y ella no podía más que
sentirse terrible por ello. Dejó salir un fuerte suspiro, quitó el
camisón de su cuerpo y fue a sentarse sobre él.
—¿Qué haces? —Harsen sonrió en seguida.
—Creo que es bastante obvio lo que hago.
—No creo que sea momento —le acarició la cintura,
atrayéndola hasta recostarla sobre su pecho—. Tienes una
inyección de morfina en el cuerpo, dudo que sepas lo que
haces.
—Claro que lo sé —lo besó insinuante—. Intento que me
hagas el amor, ¿O es que estoy haciendo algo mal?
—No. —Susurró complacido al tenerla presionada contra sí.
—¿Entonces? ¿Es que no quieres?
—Si intentas retenerme aquí de esta forma, te advierto que
no te va a funcionar.
—Hagamos el amor, Harsen.
—Bien —se levantó y besó sus labios con delicadeza,
volviéndola a recostar en la cama y presionándose contra ella
—. Pero lo haremos de esta forma, déjame llevar el mando,
aunque sea en esto y por ahora.
—No sabría cómo llevar la situación de ser de otra forma.
Harsen sonrió y la besó.
—Te enseñaré después.
Aine se dejó llevar por la maestría de Harsen, por la forma
dulce en la que la besaba y cariñosa con la que la trataba. Lo
quería, en verdad lo quería. No podía imaginarse una situación
en la que se pusiera en peligro, mucho menos siendo su culpa.
Lo último que quería era que se enfretara a duelo con
hombres como lo eran los Sundberg, quienes seguro estarían
viendo la forma menos honorable de deshacerse de él.
Aine tomó el rostro de su marido y sonrió, plantándole un
beso dulce hasta que se sintió cansada de mover sus labios y se
recostó en su pecho, sintiendo su corazón palpitar y sus pecho
subir y bajar en una respiración regular. Quería conservarlo de
esa manera: sano, fuerte, vivo. Haría lo que fuera por él.
Capítulo 22
Harsen despertó temprano pese a no haber tenido muchas
horas de sueño, por no decir que se había quedado despierto,
sintiendo el cuerpo de Aine pegado al de él. La miró sobre su
pecho y la abrazó con fuerza; la sentía tan suya, pero, a la vez,
tan fuerte, tan independiente y tan libre.
Era una sensación abrumadora el no saber qué pensar
cuando estaba con ella, Aine se entregaba completamente a él,
parecía disfrutar al hacer el amor, era tierna, demandante y
pasional. Pero sabía bien que eran sus primeras experiencias y
era normal sentir excitación por cualquier amante.
—Mmm… —ella se removió, moviendo comodamente la
cabeza sobre su pecho y acariciándolo dulcemente con la
mano que mantenía sobre su corazón.
Se negaba a creer que Aine fuera una mujer vacía que no
sintiera nada por él, de hecho, estaba seguro que al menos se
preocupaba tanto como él lo hacía por ella. Tomó una fuerte
respiración y lo dejó salir en forma de suspiro.
—¿Qué me estás haciendo Aine?
Harsen se estiró un poco hacia el buró y miró la hora en su
reloj de bolsillo, maldiciendo a lo bajo y viéndose en la
necesidad de apartar a la mujer de su cuerpo, dejándola
tranquila sobre la cama. Harsen se apuró a arreglarse
adecuadamente para el encuentro, se volvió hacia Aine, ella
era tan increíblemente hermosa, que le era imposible no
anhelar volver a esa cama, despertarla a besos, hacerle el amor
y quedarse con ella todo el día hasta que volvieran a dormirse
y todo comenzara de nuevo. Sin embargo, simplemente se
acercó y la besó, para después salir de la habitación a atender
una deuda de honor.
En cuanto la puerta se cerró, Aine abrió los ojos e hizo lo
mismo. Esa vez se escondería bien de la mirada de su marido,
se encargaría de cualquier bastardo que quisiese matarlo a
traición. Pero antes tenía que alcanzarlo.
Harsen llegó al lugar del encuentro junto con Enok, quien
sería su testigo junto a su tío, quien estaba más que enfadado y
más bien se les había pegado al enterarse de lo que sucedería.
Se había elegido un lugar alejado de cualquier construcción
o habitante de Estambul, internándose entre los espesos
bosques, específicamente en un claro en medio de él, Harsen
conocía bien aquel lugar y algo le decía que Viggo también.
—No vale la pena Harsen —repetía el tío Clemens—. Ni
siquiera es tú mujer de verdad. La estás ayudando a mantener
un título en el cual no debería permanecer.
—Tío, ella merece un respeto, no por ser mi mujer, sino por
ser mujer, además de Aine, lo hago por todas las demás que
han sido ultrajadas por él.
—¡Dios, Harsen! Te matarán y nos matarán a todos, ¿no ves
que se los estás dejando en bandeja de plata? —se quejó el tío.
—No te pedí que vinieras tío —declaró el hombre.
—Eres mi hijo, tenía que estar aquí.
—Entonces, mejor que estés muy atento y preparado por si
es necesario disparar.
Harsen miró tranquilo hacia donde el hombre sonriente se
paraba junto a su padre y uno de sus hermanos menores.
—Mi señor presidente —se inclinó Viggo—. Es una lástima
que llegáramos hasta este extremo, aunque sigo sin conocer la
razón por la cual he sido retado.
—Déjate de estupideces, Viggo.
—Bien ¿Comenzamos?
Harsen asintió y caminó junto a sus acompañantes hasta
donde estaban los adversarios, donde revisarían las armas que
se habrían de usar para el duelo. Estaban entretenidos en ello,
cuando de pronto se escucharon aves volar tras un disparo que
prosiguió con un golpe.
—¿Qué demonios? —Viggo fijó la vista a su alrededor.
—¡Te lo dije! —gritó el tío Clemens, alterado y sacando su
arma, apuntando a la nada—. Planean matarte.
—¿Eres tan cobarde Viggo?
El hombre se veía extrañado, mirando a su alrededor con
una cara inquisitiva, «¿Qué está pasando? —se preguntó,
sintiendo su corazón revolotear en su interior—. Dije que
dispararan hasta que el duelo comenzara.»
En ese momento, se escuchó otro disparo, acompañado de
un nuevo grito de dolor y la posterior caída.
—¡Es un ataque! —gritó Enok—. ¡Señor presidente,
tenemos que salir de aquí!
Harsen miró hacia Viggo con una sonrisa.
—Cobarde —lanzó una risotada burlesca—. Sin dudas eres
poco hombre en toda la extensión de la palabra.
—¡Harsen! —el tío Clemens lo alejaba de los tres
Sundberg, temerosos al seguir escuchados disparos que
derribaban a sus hombres de alguna manera.
Los Sundberg eran buenos en muchas cosas, pero a
enfrentarse en una batalla no, no tenían buena puntería, se
ponían nerviosos, eran cobardes que gustaban y preferían
mandar a otros a hacer los trabajos sucios.
—¡Dijiste que lo tenías bajo control! —recriminó el padre
de Viggo, asestándole un fuerte golpe con el bastón—. ¡Idiota!
—Padre. Eso fue lo que hice, estaba bajo control, indiqué a
dos hombres que se colocaran para matarlo, ¡Te lo juro!
—Alguien se te adelantó —el hermano menor veía con
temor hacia los lados, esperando algo.
E hizo bien al hacerlo, puesto que un nuevo disparo llegó,
desgarrando la pierna al menor de los Sundberg. Los otros dos,
al verlo a uno de ellos herido, no lo pensaron dos veces y se
echaron a correr despavoridos, dejándolo atrás.
Aine salió de su escondite, tenía puesto su emblemático
atuendo negro, con la capa cubriendo todo su cuerpo y las
telas tapando la mitad de su rostro, dejando a la vista sus ojos.
Disparó todavía un par de veces más en contra de los otros
dos, quienes no se lo pensaron y dejaron a hijo y hermano a su
suerte, estando él lastimado y a merced de un asesino.
La joven negó cuando los vio montar sus caballos y
marcharse, Harsen y los suyos estarían haciendo lo mismo,
dejándola sola con un herido Sundberg. Se acercó
tranquilamente, dejando atrás su mosquete y colocando balas a
su arma preferida: un puño americano y navaja, todo frente a
la asustada mirada del hombre que se arrastraba en el suelo.
—Así que ustedes no conocen de lealtades —dijo Aine,
colocando en sus manos las armas por las que era temida—.
Matar a traición es una cosa, habla de cobardes, pero dejar
atrás a un compañero, habla de la más pura porquería de la que
tenemos en este mundo.
—¡No me mates! ¿Q-Quien eres?
—Te conozco, te reconozco de aquel primer día, cuando el
presidente fue al rescate de esa chica, eres el menor de la
progenie de porquería. Conrad, creo recordar.
—¿Quién eres?
—Bueno —ella estiró las manos, mostrando la mortífera
arma con la que ella era experta—. Soy la persona que te
matará, pero es decisión tuya si quieres que sea una muerte
rápida o una larga y muy tortuosa.
—¡No! ¡No! Por favor, te diré lo que quieras, lo que sea.
—¿Piensas mentir, pequeña basura?
—No, no, te lo juro —levantó las manos, para después
volver a tomar su pierna herida.
—Habla y veré si la información es suficiente como para
que te deje vivir un poco más.
—Ellos distribuyen a las mujeres a los grandes nobles que
quieren divertirse… normalmente las matan, terminan muertas
o ellas mismas se quitan la vida —le dijo presuroso.
—¿Qué hay de la droga? —Aine hablaba tranquila y se
tomaba su tiempo—. ¿Dónde la tienen y cómo la transportan?
—Debajo de la casa está todo, lo guardamos ahí y lo
pasamos por botes o en carrozas, nadie se atreve a meterse con
nosotros, nos tienen miedo.
—Dame nombres de los coludidos.
—En la policía… Alvis, Borg, Elis y Fulker. Todos son
adictos y les damos droga como recompensa.
Aine asintió, sabía bien que él podía estar mintiendo, pero
sería cosa de investigar. Ella se descubrió el hombro derecho y
mostró la insignia de las águilas, después, se quitó la máscara
y destapó su cabello, mostrando sus rasgos femeninos y largos
cabellos que caía hasta mitad de su espalda.
—Misterio resuelto, el águila infiltrada siempre fue una
mujer —sonrió, elevó su arma y dio el tiro de gracia al hombre
que siempre tendría una expresión sorprendida en su rostro.
Aine miró sin ningún tipo de remordimiento al hombre que
acababa de matar. Una desalmada, dirían muchos. ¿Cómo una
mujer podía tener tan poco corazón? ¿Cómo no podía dudar al
momento de disparar? Pero, ¿por qué habría de hacerlo? ¿Por
qué una mujer era juzgada por ello y un hombre no?
Aine miró el cuerpo del individuo que vivió su vida
abusando de personas y envició a otras tantas. Se agachó un
poco, buscó entre sus ropas algo de interés y lo encontró. Una
lista de proveedores y otra de clientes. Definitivamente había
sido un día bastante provechoso.
La joven volvió a colocar su extraña indumentaria, miró a
los alrededores y montó a su caballo, dirigiéndose de nuevo a
la propiedad de Harsen, cuidando que nadie viera el rumbo fijo
al que iba y mucho antes de llegar, desmontó y se fue a pie,
internándose antes en el bosque, donde había escondido ropa
de mujer y se cambió con presura, escondiendo sus armas
entre sus ropas de águila y poniéndolo todo en un catre lleno
de manchas de colores que se colgó al hombro, simulando que
fuera de pintura y no de armas mortales.
Entró a la casa y subió a dejar las cosas en la habitación,
topándose inmediatamente con Harsen.
—Debí suponerlo.
—¿De qué hablas? —intentó no discutir con él.
—¿Has sido tú? —negó incrédulo—. ¡Te dejé dormida!
—No, pensaste que dormía, pero estaba esperando a que te
marcharas para poder seguirte.
—¡Maldición, Aine! —la miró—. ¿Estás bien?
—Sí, aunque creo que mañana tendremos que atender el
funeral de Conrad Sundberg.
Harsen se sorprendió.
—¿Lo mataste?
—Bueno, al decir funeral, no puedes imaginarte otra cosa.
Harsen dejó salir aire en un suspiro y la miró.
—Gracias, me salvaste la vida.
—Es mi trabajo —asintió segura, escondiendo sus cosas—.
Además, te estabas metiendo en esa tontería por mi culpa,
debía hacer algo. Y, tengo información importante.
Harsen no quería saber la forma en la que Aine había
conseguido esa información, pero estiró la mano y tomó los
papiros que le ofrecía mientras comenzaba a quitarse el
vestido y quedar completamente desnuda frente a él.
—¿Qué es esto? —frunció el ceño.
—Gente que ayuda a los Sundberg —apuntó ella mientras
se dirigía al baño—. Si les frenamos o detenemos a estas
personas, sus suministros se detendrán.
Harsen miró aquellas notas y se sorprendió, siguiendo a esa
mujer hasta el baño, donde ella comenzaba a llenar la tina y
meterse en ella, relajándose. No lo pensó más y se metió con
ella, moviéndola un poco para quedar sentada detrás de su
cuerpo.
Ambos se acomodaron y suspiraron agradecidos por el agua
caliente que les estaba quitando las tensiones que habían
sentido durante todo ese día y el anterior.
—Eres sorprendente —la abrazó por la cintura y besó su
hombro hasta subir a su cuello—. Siempre me sorprendes.
—Harsen —se removió con una sonrisa.
—¿Te sientes incómoda o cansada?
—¿En serio estás pensando en eso?
—Claro, ¿Cómo podría pensar en otra cosa cuando te tengo
de esta forma? —La abrazó con más fuerza y acarició el
cuerpo de Aine con cariño—. ¿Te molesta?
—No —sonrió—. ¿Qué debo hacer?
—Sólo quédate quieta —la siguió besando, la tomó de la
cintura y la acercó a él—. ¿Te incomoda?
—No. No —ella suspiró y se aferró a la tina—. Continúa.
Aine disfrutaba todo lo que Harsen buscaba enseñarle,
claramente la superaba en todo conocimiento que se refiriera a
hacer el amor y ella lo prefería así, le encantaba la forma
desenfrenada en la que él intentaba darle placer, parecía que
deseaba que ella se quedara sin voz para toda la eternidad.
—Aine. —Harsen susurró en su oído, besándola—. Voltea.
A ella le costó la vida obedecerlo, sobre todo en esos
momentos en los que sus palabras se escuchaban como ecos en
medio de su placer, en medio de toda la felicidad a donde la
había llevado. Pero seguía siendo consciente de él y de lo que
decía, nunca dejaba de estar atenta a él.
Volvió la cabeza con una sonrisa, mirando fijamente a esos
perfectos ojos violáceos y sintiendo que nuevamente caía al
abismo de la locura y el placer, ¿Era posible que con una sola
mirada alguien ocasionara tanta felicidad?
Harsen sonrió, le acarició el cuello y la besó, volviéndola
completamente hacia él para tener más acceso a sus labios, los
cuales le habían sido negados hasta ese momento y la recostó
en su hombro, acariciando su espalda.
—Deberíamos salir —susurró ella—. El agua se pone fría.
—Quisiera quedarme un momento más.
—Harsen… —sonrió ella.
—¡Aine! —gritaron desde afuera de la habitación—. ¡Aine!
¡Te necesito! ¡Ven!
—Maldición —masculló el hombre y miró a Aine—. ¿Qué
querrá Lili ahora?
—Creo que simplemente separarme de ti —ella se levantó y
se enredó en una toalla—. No tengo idea de a quien ama más,
si a ti o a mí.
—Definitivamente a ti, a mí me tiene miedo, ¿recuerdas?
—Bueno, a saber, ella es voluble en estos días.
Harsen se quedó recostado en la tina por más tiempo
mientras Aine se dedicaba a cambiarse a prisa para atender los
llamados de la jovencita que no había parado de tocar la
puerta.
—¿Si, Lili? ¿Qué ocurre?
La niña miró hacia el interior de la habitación con el ceño
fruncido, tratando de encontrar a la otra persona que
cohabitaba con la mujer que le había abierto la puerta.
—Oí otra voz.
—Harsen está tomando un baño. —Aine apuntó con la
mirada hacia la puerta del baño.
—Tú tienes el cabello mojado. —Observó la joven.
—Acabo de salir —asintió.
—¿Y él se acaba de meter?
—¿Qué pasa Lili? —le cambió el tema al notar que ella
comenzaba a hacer conjeturas de lo que sucedía.
—Es Camila —apuntó la joven—. Quiere hablar contigo.
—¿Conmigo? —Aine frunció el ceño, amarró su bata y
salió de ahí sin importarle nada más.
Lili la miró caminar por el pasillo y entró a la habitación
que fuera de otras personas. Miró con detenimiento cada parte
de aquella recámara, era extraño, había una combinación
igualitaria de artefactos femeninos y masculinos, entendía que
ellos eran pareja, pero ¿tenían que tener sus cosas en la misma
habitación?
Lili se acercó y tocó la colcha suave y con formas hermosas,
parecía blanda y llena de cojines, seguro sería muy cómoda.
Miró hacia el buró del lado izquierdo, dónde había una
lámpara de hermosos cristales que caían alrededor de la
bombilla, unos aretes, un anillo de oro y un libro; seguro que
ese era el lado de Aine. Del otro lado, también había una
lámpara del mismo estilo, sólo que, en lugar de aretes y
anillos, había un reloj de bolsillo y una billetera que supuso
que serían de Harsen.
Caminó hacia ese lado y tomó la billetera, mirando el
cuantioso contenido que había en su interior, ¿Harsen tenía
tanto dinero siempre? Frunció el ceño, y tocó con un dedo el
dinero que ahí se almacenaba, no siendo consciente de que
alguien la observaba atentamente.
—¿Se te perdió algo, Lili?
La joven se volvió con rapidez, dejando caer la billetera al
suelo y escondiendo las manos detrás de su espalda.
—Yo…
—¿Qué hacías con eso?
—¡Nada! —ella quiso evitar el cuerpo de Harsen, pero él no
le estaba dando muchas alternativas—. Sólo veía.
—¿Para qué necesitas dinero?
—No… no es eso, no tiene nada que ver conmigo.
—Entiendo, ¿para qué quiere Camila dinero?
Lili bajó la cabeza y lloró.
—¡Ella quiere irse de nuevo! Si se va, volverá a estar entre
esos hombres, la volverán a maltratar, si yo le compro lo que
necesita, entonces ella no saldrá de aquí.
Harsen suspiró e intentó acercarse, pero Lili saltó
despavorida hacia la cama y se colocó del otro lado, como si
se tratase de una barrera. Se miró a sí mismo y comprendió,
estaba sólo con una toalla alrededor de su cadera y eso era
demasiado para Lili.
—Hablaré contigo en un momento, en mi despacho.
—Bien… —dijo sonrojada.
—¿Dónde está Aine?
—C-Camila ha querido hablar con ella.
—Mándala llamar en seguida.
Lili casi agradeció esa oportunidad de irse de ahí y se fue
corriendo, yendo directa a la habitación de su hermana, donde
sabía que ambas mujeres seguirían charlando o más bien,
discutiendo, sobre todo por los gritos que se escuchaban.
—¡Camila, no puedo seguir discutiendo contigo, háblalo
con Harsen si es tu deseo!
—¡Creía que usted me entendería!
—No es así, lo siento Camila.
—¡Es tu deber ayudar! ¡Es tu deber y lo sabes! —le gritó,
llena de una ira incontrolable.
—¡Basta, Camila! ¡Suéltame ahora mismo!
Lili entró al lugar sólo para ver a su hermana
completamente fuera de sí, se había abalanzado sobre Aine y
la mantenía sobre el suelo, tratando de golpearla y, en el
forcejeo, se le comenzaba a desabrochar la bata que traía sobre
sus hombros.
—¡Eres una zorra! ¡Te crees mejor que los demás, pero no
eres más que una cualquiera que se ha metido en la cama de
Harsen! —Camila incluso escupía cuando gritaba.
—¡Quítate de encima o te haré daño! —exigió Aine.
—¿Crees que porque estás en su cama ahora te hace alguien
importante? ¡No eres nadie! ¡Eres totalmente desechable!
—¡Muy bien! —Harsen quitó de encima a la atacante—.
¿Qué pasa contigo Camila?
—¡Desde que llegó ella, ya no nos haces caso! ¡Has dejado
de protegernos! ¡Te odio!
Ella forcejeaba con todas sus fuerzas, que eran muchas para
la pequeña y débil figura que era la muchacha.
—¡Basta! —la agitó con fuerza—. Esto es a causa de tu
abstinencia, no te permitiré ingerir nada, Camila, ni siquiera
hagas que Lili intente robarme de nuevo, ¿entendiste?
—¡Yo no le dije nada!
—He dicho que basta —ordenó con fuerza—. No me hagas
pensar que tengo que encerrarte.
—¡Inténtalo! ¡Es lo que quieres! ¡Deshacerte de nosotras!
—¡Cállate Camila!
La joven de pronto comenzó a llorar sin ningún remedio,
derrumbándose en el suelo y lamentándose como si hubiese
perdido a un ser querido.
—¿Por qué nos tienes aquí? Es obvio que no nos quieres
más.
—Por Dios, Camila —la abrazó Harsen—. Te quiero, las
quiero a ambas, en serio las quiero.
Aine se puso en pie y se alejó de ellos, sintiéndose ajena a la
escena, él parecía tan… tan cuidadoso con ellas, tan cariñoso y
ponía una mirada dulce y amorosa…
«Por Dios, estoy tan celosa… —se castigó—. Ellas lo
necesitan y yo pensando en tonterías.»
—¡Es culpa de ella! ¡Es todo por ella! —gritó de nuevo
Camila—. ¡Desde que ella llegó todo empeoró!
—Aine, fuera de aquí. —Ordenó Harsen, conteniendo a la
chica que volvia a forcejear y a gritar—. ¡Vamos, Aine, fuera!
Aine dio un pequeño salto y se sorprendió porque le hablara
de esa forma, así que salió corriendo de ahí, sintiéndose
herida. Ella no había hecho nada, sólo había querido ayudar a
la chica, pero en definitiva no podía ir a comprar drogas o
matar a alguien sólo porque les debiera dinero.
Sin embargo, ahí estaba él, corriéndola como si tuviese la
culpa de su locura.
No, definitivamente no se permitiría volverse a sentir un
segundo plano, ni tampoco una ramera como lo había sugerido
Camila. Lo peor de todo, era que lo creía cierto, quizá el que
ella estuviese cerca, provocaba que los sentidos de Harsen se
nublaran y se enfocaran en las diversiones que podía obtener
de su cuerpo, de su reciente descubrimiento íntimo.
Cerró los ojos.
No. Lo que pasaba era que estaba herida, se sentía en verdad
lastimada porque Harsen le hubiese hablado de esa forma,
porque la corriera y no se lo pensara dos veces. La echó como
a un perro de la calle, porque eso era lo que Harsen pensaba de
ella, como un ser desvalido y sin protección, inferior a él en
todos los sentidos.
Por Dios… ni siquiera podía creerse eso. ¡Maldito! Ni
siquiera se podía permitir inventar cosas en su contra.
Capítulo 23
Harsen supo que Aine estaba enojada cuando
prácticamente se ausentó no una, sino varias noches en la casa.
No tenía idea de dónde dormía o qué era lo que estaba
haciendo, pero por más que intentó encontrarla o al menos
atraparla cuando volviese a casa, él simplemente no lo logró.
Por un tiempo sintió pánico al pensar que se había
marchado, él tampoco podía estar vigilando la casa, tenía
trabajo y normalmente no estaba ahí durante todo el día, sin
embargo, los empleados decían verla por las tardes, se
duchaba, cambiaba de ropas y volvía a salir.
Aine era cuidadosa para que nadie sospechara que había
algo mal en la relación, fingía perfectamente regresar a casa,
vagaba en ella mientras él no estaba, regresaba en las noches
para después salir por la ventana y no volver hasta el día
siguiente.
En esa ocasión, cuando ella volvió para fingir que dormiría
en la casa, se topó con la sorpresa de que Harsen la esperaba
en su habitación, sentado pacientemente en una de las sillas
mientras mantenía un libro cerca de sus ojos. Aine pensó que
estaría lo suficientemente distraído como para cerrar la puerta
e irse de ahí.
Claramente se había equivocado.
—¿Y bien? Espero que tengas algo que informar después de
tantas noches y días de ausencia.
Aine cerró los ojos y suspiró.
—Te agradará saber que soy una excelente asesina.
—En realidad no —la miró—. Los Sundberg han mantenido
en secreto el fallecimiento de Conrad y causas demasiado
revuelo con tantas muertes imprevistas de maleantes.
—Lástima por ellos.
—¿Por qué te alejaste?
—Eso fue lo que se necesitaba, ¿Cómo sigue Camila?
—La he internado en un convento, parece que está mal.
—¿Y Lili?
—Ella no está encerrada por ahora, pero puedo asegurarte
que está preocupada por ti.
—No tiene por qué, puedo cuidarme sola.
—Sé que puedes cuidarte sola, pero no por eso no tienes
que dormir aquí, nada te obliga o es de suma importancia
como para que te quedes afuera.
—Duermo bien, si es lo que intentas decir.
—Intento decir que basta ya de tu berrinche, es sospechoso
lo que haces ¿no te das cuenta?
—Hago lo que vine a hacer, este es mi trabajo ¿o no lo
recuerdas? —lo escrutó con la mirada.
—La gente sospechará de nuestra relación si te la vives
ausente todo el tiempo, ya ni siquiera asistes a veladas.
—Inventa algo, di que estoy deprimida porque perdí a un
bebé o que tengo una grave enfermedad.
—No juegues con ninguna de las dos cosas.
—¡Estoy tratando de ayudar!
—¡Métete a esa maldita cama ahora!
—¡No! —le gritó enfurecida—. ¿Para qué quieres que lo
haga? ¿Estás desesperado porque no has tenido a nadie con
quien meterte bajo las sábanas?
—Oh, sabes bien que no me hacen falta mujeres que quieran
meterse en mi cama ¿o es que ya lo has olvidado?—Harsen se
desconocía, estaba tan furioso con ella, que no se había
medido en lo que había dicho.
Incluso encontró pertinente la bofetada que ella le había
dado.
—¡¿Buscabas insultarme?! —le gritó furiosa, con ojos
desencajados y mejillas rojas—. ¿A mí? ¿Eres idiota acaso?
—¿En qué maldito momento te estoy insultando? ¡Carajo!
No he dicho nada para herirte. Sólo di un maldito punto.
—Oh, en serio buscas que te haga daño, porque puedo
hacerlo, es más, lo haré.
Ella rebuscó entre sus ropas y sacó un revólver. No era su
arma favorita, pero no había encontrado su puño americano
multiusos. Lo apuntó directamente al pecho y lo miró furiosa,
él en cambio, parecía tranquilo, pero mantenía las manos
levantadas en rendición, aceptando la amenaza con calma.
—¿Qué planeas hacer?
—¿Para qué sirve una pistola, genio?
—Entonces dispara.
Ella jaló el martillo y lo miró llena de ira, sus ojos azules
rivalizando fieramente con los violáceos de él, en una batalla
que no tenía fin. Gritó enfadada cuando se dio cuenta que no
podía dispararle y guardó su arma nuevamente.
—Eres un maldito bastardo por decirme algo así, ¿me crees
una cualquiera, idiota? Recuerda que yo era inocente cuando
tú me tomaste, maldito abusivo.
—No recuerdo abusar de nadie, en todo caso, habrás sido tú
la que abusaste de mí.
—¡Como si supera hacerlo!
—No pretendía decirte que eras una cualquiera, y si
mencioné lo de las mujeres, lo lamento, no debí —dijo
desesperado—. Pero siento que intentas volverme loco, ¿por
qué demonios no vuelves a casa? ¿Sabes lo condenadamente
preocupado que me sentía?
Ella levantó la mirada y frunció el ceño.
—¿Preocupado por mí?
—¡Claro que por ti! ¿Estás loca? Eres la mujer con la que
duermo en las noches, ni siquiera te dignabas a avisar lo que
harías, simplemente desapareciste.
—No pensé que importara.
—¡Maldición, Aine! —pasó una mano por sus cabellos—.
Métete a esa cama y vayamos a dormir apropiadamente.
—No —dijo ya sin muchas ganas de cumplir la negativa.
—Mañana nos iremos a palacio, necesitarás fuerzas.
—Así que esa es la razón de que te quedaras despierto —
sonrió conforme—, querías atraparme para llevarme a palacio.
—Métete. A esa. Cama.
—¡Bien! —Aine se quitó la ropa enfrente de él, notando
como tragaba saliva—. Si te atreves a tocarme, te mataré
Harsen.
—No te preocupes, esperaré a que supliques.
—Espera sentado.
—No, lo haré acostado.
Ella lo miró furiosa y fue a colocarse un camisón. Cepilló su
larga cabellera de forma brusca, limpió su cuerpo en el lavabo
y fue a recostarse junto a su marido, sintiendo como las nubes
aquella cama. Debía admitir que había extrañado dormir en la
suavidad de aquel colchón y no podía negar que la presencia
de Harsen también hacía una diferencia agradable.
Aine estaba a la defensiva, eso era más que notorio. No
sabía qué la había hecho enojar de esa manera, pero
definitivamente no quería dormir con ella estando molesta.
—¿Qué pasa? —Harsen dio su brazo a torcer y la miró.
—Pasar de qué.
—¿Por qué te has enojado?
—No me gusta que me griten.
—Tú gritas todo el tiempo.
—Sí, pero tú no me gritas normalmente, y…
—¿Y qué? —se levantó sobre su codo para verla.
—Bueno, cuando pasó lo de Camila, tú me hablaste tan…
no sé, tan horrible, sentí como si todo fuera mi culpa, me
echaste.
—Oh, Aine… —negó pesaroso—. Lo lamento, no era mi
intensión hacerte sentir de esa forma, estaba alterado, incluso
estaba temiendo de que las cosas llegaran a más.
—¿A más? —preguntó sin volverse para mirarlo.
—Cuando entré, Camila estaba sobre ti, pensé que, si te
hacía enojar un poco más, podrías llegar a lastimarla.
Ella se volvió enojada, su mirada azulada llena de
resentimiento e ira, parecía ser incontenible.
—¡Por qué he de ser yo quien siempre lastime! ¿No
pensaste que ella me lastimó mientras estuvo encima de mí?
¡No lastimaría a un inocente! ¡Menos a una adicta como…! —
Harsen le cubrió la boca y suspiró.
—Lili siempre está vigilando, así que, por favor, baja la voz.
Ella le apartó la mano y se volvió a recostar, sintiéndose
más molesta. Le dolía que él pensara en ella como un arma
mortal, la cual podía explotar contra quien fuera y en cualquier
momento… ella no era así, era verdad que no dudaba si las
circunstancias lo ameritaban, pero no hacía las cosas sin
pensar, era hija de Thomas Hamilton, podía ser impulsiva,
pero no una estúpida.
—¿Te lastimó? —Harsen le preguntó después de un rato.
—Eso no importa ya.
—Aine… no te entiendo —suspiró Harsen—. Primero me
dejas en claro que quieres ser juzgada en igualdad con el resto
de las águilas masculinas de tu cofradía, y ahora, si no estoy
entendiendo mal, quieres que yo piense en ti como una mujer
débil que ciertamente no eres.
Aine tampoco se entendía, así que no contestó por un largo
momento, tratando de aclarar sus propias ideas.
—Es verdad, fui tonta.
—No Aine, no lo fuiste —se acercó un poco más—. Tan
sólo me es difícil entender cuál es la forma correcta en la que
debo actuar contigo. Si hago por protegerte, te enojas y si no
lo hago, también te enojas.
—Parece que soy así de indescifrable.
Harsen suspiró y asintió, en realidad que era la mujer más
complicada que se hubiese topado en la vida y creía saber la
razón. Aine era una combinación poco común entre todo lo
que un hombre podía anhelar ser, pero también era todo lo que
representaba a una mujer. Vivía en una constante dualidad,
quería una y otra cosa al mismo tiempo sin saber cómo
reaccionar cuando se le entregaba. Pero si para ella era
complicado, para Harsen era aún peor, ¡Era un laberinto sin
salida!
—Lo siento ¿sí? —Harsen le besó la mejilla—. No te
entiendo la mayoría del tiempo, pero si hice algo que te
molestara, entonces lo lamento en verdad.
—¿Te disculpas por algo que no tienes idea que has hecho
mal? —se burló ella—. ¿Eso no está mal?
—No lo sé, pero creo que, si te herí, entonces es buena idea
disculparme, ya sabes, para sobrevivir una noche más a tu
lado.
Ella dejó salir una risita y asintió.
—Qué bueno que sepas lo que te conviene.
—¿Puedo abrazarte?
—Sí —lo dejó acercarse y sintió un escalofrío cuando la
abrazó con cariño—. ¿Por qué no haces algo más que sólo
abrazarme? Aun no tengo sueño ¿y tú?
—Con esa petición, me sería imposible dormirme.
Ella se rio y subió a él, inclinándose para besarlo
suavemente mientras Harsen le subía el camisón lentamente
por muslos y lo sacaba cuidadosamente hasta dejarla desnuda
y volverla aprisionar contra él, abrazándola con fuerza,
recorriendo su espalda con toques suaves, deleitándose al
sentir su piel suave y sedosa contra su pecho firme y corazón
desbocado. Aine era tan perfecta, que a veces olvidaba que
existían otras mujeres a su alrededor, le sería imposible pensar
en alguien más.
Lili caminaba por los pasillos vacíos de la enorme
propiedad del presidente de Suecia. Desde hacía ya muchos
ayeres que le era imposible dormir con tranquilidad, las
horribles pesadillas la acosaban y la hacían revivir ese día una
y otra vez hasta que despertaba gritando y llorando. Ya ni
siquiera tenía a su hermana para sentirse mejor, aunque ella
había sido la culpable de que todo eso le pasara, la quería y le
gustaría que ella no estuviera tan mal como lo estaba, era lo
mejor que estuviera recluida.
La joven continuó por los pasillos de las habitaciones
principales, jugando con los mosaicos que había en las
alfombras de la casa; cuando de pronto, escuchó algo que le
heló la sangre… ese sonido infernal, aquellos quejidos que
recordaba no sólo de su garganta en un pasado, sino de otras
muchas que estaban siendo abusadas al igual que ella.
¡Sabía que no podían confiar en él! ¡Lo sabía! ¡Debió irse!
Ella se agachó y cubrió sus oídos, comenzando a llorar
desesperada ante los recuerdos que llegaban a su cabeza sin
ningún orden, atormentándola y haciéndola sufrir.
No… no lo permitiría, no con otra persona, nadie debía
sentir eso, nadie debía sufrir así. Tomó fuerza y se levantó.
—¡No la toques! ¡Déjala tranquila! —la chica había corrido
dentro de la habitación, interrumpiendo el acto y
remplazándolo por los gritos de Aine.
—¡Por Dios, Lili! —Harsen los cubrió a ambos y miró
acusador a la niña que aún conservaba su mirada valerosa.
—¡No puedes atacarla así! ¡Déjala en paz!
—Lili, sal ahora de esta recámara.
—¡No!
—Harsen —Aine le tocó el pecho para llamarle la atención
con cariño, mientras él seguía encima de ella, tratando de
cubrirla—. Déjame ir con ella, le explicaré.
—Maldición Aine, no puedes estarme pidiendo eso justo
ahora —le dijo incómodo.
—No es como que podamos seguir haciendo algo mientras
ella nos está mirando así.
Harsen se quitó de encima de ella y se recostó de su lado de
la cama, cubriendo su rostro. Aine sonrió, en verdad parecía
frustrado, ya vería como recompensarlo por ello.
Aine tomó su camisón del suelo y se lo colocó aprisa,
mirando en todo momento a la niña que parecía presa en sus
recuerdos. La tomó de los hombros y la abrazó.
—Vamos Lili, te daré un té.
Aine llevó a la joven hasta la amplia cocina y colocó agua a
calentar, mirando en todo momento a la joven que mantenía la
mirada fija en aquella mesa.
—¿Por qué lo permites?
—Lili… —sonrío Aine—. No es lo mismo, cariño, él… yo
no estaba sufriendo.
—Gritabas.
Lili miraba a Aine como si fuese una tonta, mientras que la
segunda se sonrojaba de pies a cabeza, sintiendo como su
cuerpo se calentaba y de pronto ya no tenía tantas ganas de
explicarle nada a esa chiquilla. Era demasiado vergonzoso, y
ella no recordaba haber estado gritando.
—Lili, cuando dos personas están casadas, es normal que
hagan ciertas cosas.
—¿Cosas te lastiman?
—No, no me lastimaba, linda, lo prometo.
—Bueno, si a ti te gustan ese tipo de cosas, entonces
prometo ya no meterme. Pensé que podría detenerlo.
—Y te lo agradezco, pero debes comprender que Harsen no
es como esos hombres.
Lili asintió.
—Nunca puedo dormir, Aine, siempre vuelven, siempre me
lastiman y es como si lo volviera a vivir una y otra vez.
—No puedo decirte qué hacer con tus sentimientos o tus
miedos Lili, pero espero que sepas que tanto Harsen como yo
estamos aquí para ayudarte. Si sientes miedo o no puedes
dormir, deberías tener la confianza de ir hablar con alguien.
—No me siento especialmente cercana a ustedes.
—¿Entonces a quién?
—A Camila.
—Camila necesita su propia ayuda también.
—Lo sé —bajó la cabeza.
—¿Qué opinas de mí? —Lili levantó la mirada y sonrió.
—¿En serio?
—Sí, puedes llamarme cuando quieras.
—Yo… te lo agradezco.
Lili se fijó en el perfil hermoso de la mujer y bajó la cabeza,
parecía ser que, además de todo lo que era Aine, también
podía ser una buena persona.
—Vamos, a dormir, mañana pediré algo para que tengas un
mejor descanso por las noches.
—¿En verdad?
—Claro, verás que con un buen descanso, el color del
mundo cambiará para ti.
Las dos chicas subieron las escaleras en silencio, teniendo
que separarse para ir cada a una a su respectiva habitación. Lili
era la más feliz, parecía ser que a Aine no le desagradaba su
presencia, al menos podría quedarse junto a ella, sabía que
mientras estuviera protegiéndola, nadie podría hacerle daño,
porque Lili la había descubierto, Aine era la persona que la
había intentado rescatar, era fuerte y valiente y era mujer, eso
le agradaba.
Capítulo 24
Aine regresó a la habitación, notando que Harsen se había
quedado dormido, sonrió, se quitó la bata que había llevado
sobre sus hombros y se recostó junto a él, acercándose hasta
quedar en su pecho, donde rápidamente fue acogida.
—¿Todo bien? —dijo adormilado, besándole la cabeza.
—Sí —lo abrazó—. ¿Tú estás bien?
—No del todo —la apretó contra sí—. Pero tengo
demasiado sueño como para poder continuar donde lo
dejamos.
Ella dejó salir una risita y subió una pierna a las de Harsen,
quién simplemente la acomodó más cerca de su pecho y se
dispuso a dormir, le agradaba tener a Aine de esa forma, ella
lograba ser dulce y bastante llevadera cuando no estaba
molesta u ofendida, debía practicar no hacer ninguna de las
dos.
Serían las siete de la mañana cuando la pareja se despertó,
cambió y se dispuso a ponerse en marcha hacia el castillo.
Habían decidido llevarse a Lili para que no hubiese tema de
que se escapara o algo peor pasara.
—¿Llevas ya esas cosas de las manos? —preguntó Aine
mientras seguía metiendo ropas en la maleta de ambos.
—Sí, ya las puse.
—Pero no esas, las otras.
—Ya están ambas —dijo Harsen, guardando también.
—Vaya, vaya, quién los esuchara, creería que son una pareja
de más de cincuenta años de casados.
—Tío —suspiró Harsen—, por favor.
—No, en verdad, fingen de maravilla —el tío Clemens
jamás había estado de acuerdo con esa farsa, por tal motivo, se
mostraba molesto todo el tiempo—. Hasta parece que se leen
la mente.
Era desafortunado que tuvieran que viajar juntos a palacio.
—Señor Clemens, lamento que le incomode tanto el que
seamos una pareja. —Intervino Aine.
—Simplemente es arriesgado y ambos lo saben —se quejó
el hombre—. Y no son una pareja de verdad.
Aine sonrió y se acercó a Harsen.
—Creo que tu tío prefiere ignorar lo que una pareja
significa —le susurró llena de risa y maldad—. ¿Le
explicamos?
—No te atrevas —él levantó una ceja y le dio una ligera
nalgada que la hizo reír y al tío Clemens carraspear.
—Bien, señora Svensson, ¿desea esperarnos en el carruaje?
—Bueno, tío Clemens, si lo hace sentir mejor, es lo que haré
—ella tomó una valija de mano—. Pero he de advertirle que
usted tendrá que llevar mis equipajes.
El hombre apretó su quijada y se mostró molesto cuando
aquella joven salió de la habitación, tomando a Lili de la mano
y bajando alegremente las escaleras.
—Es una locura Harsen, termina con esto de una buena vez.
—Deja de molestárla tío.
—Es bastante obvio que ya la has convertido en tu mujer,
no te culpo, es una muchacha guapa, pero por favor Harsen, no
cometas la estupidez de enamorarte de ella.
Harsen cerró los ojos y sonrió hacia su tío.
—¿Cuáles son tus razones para decirme eso tío?
—¡Harsen Svensson! No me digas tonterías —el tío caminó
por la habitación—. Una chica sin familia, conexiones, título o
dinero. Una mujer en medio de algo tan problemático como
una cofradía que pretende mejorar al mundo ¡Por Dios!
—No debes preocuparte tío —Harsen cerró el baúl y lo
miró tranquilo—. Lo último que ella quiere es una vida
conmigo.
—¡JA! Sueña con que tú la ames de regreso.
—Entonces debería dejar de soñar y darse cuenta de que eso
ya sucedió —elevó una ceja.
—¡Harsen! Por favor, no me digas…
—Tío, lo que yo sienta no importa —sonrió—. Todo lo que
importa es lo que ella sienta y sé que no me ama, incluso si
comenzara a tenerme algún aprecio, se encargaría de
exterminarlo por completo.
—Parece que te decepciona.
—Supongo que a cualquiera le gustaría que una mujer como
Aine lo amara —sonrió—. Pero las cosas son así.
El tío Clemens rodó los ojos y siguió a su sobrino escaleras
abajo, tratando de hacerlo entrar en razón, pero Harsen evitaba
el tema en todo lo que le era posible, aún más cuando Aine se
acercó a ellos hecha una sonrisa, mirando como los mozos
bajaban su equipaje y reprochando con una sonrisa hacia el tío.
—No creías, niña, que en serio lo bajaría yo.
—Tenía la esperanza de que al menos me hiciera caso en
eso —sonrió, acercándose a Harsen y abrazándose a él
alegremente.
A Harsen le agradaba demasiado que su tío estuviera cerca,
sabía que Aine hacía todo aquel teatro para molestar al pobre
Clemens, y él no tenía inconveniente alguno en ayudarla.
Subieron al carruaje en medio de discusiones y más bromas
entre Aine y el tío Clemens, quien la toleraba cada vez un
poco menos, la verdad era que no importaba el
comportamiento que tuviera ella, de todas formas, para el tío,
la unión estaba mal y se debía disolver cuanto antes.
Cuando Aine cayó dormida sobre el hombro de su “marido”
las cosas parecieron calmarse, al menos un poco. El tío
Clemens la miraba con recelo, pero al final de cuentas, la
prefería dormida que despierta. Definitivamente no había
podido ganarle en ninguna de las discusiones y eso lo ponía de
mal humor.
—Seguro que será una madre espantosa.
Harsen sonrió.
—No quiere hijos.
—¿Y aun así te gusta?
—Me gusta ella, tío, no lo que puede provenir de ella.
—Eso dices ahora, Harsen, pero sé que siempre has querido
eso —sonrió—. Te conozco desde que eras un niño.
—Lo sé tío, pero… creo que la quiero más a ella.
—¿En serio? ¿Entonces por qué no se lo dices?
«Porque se marcharía», pensó Harsen. Pero eso no se lo
diría a su tío, seguro que si lo supiera, sería lo primero que le
diría a Aine y, por el tiempo que durara, Harsen quería tenerla
a su lado.
—Llegamos —Harsen miró por la ventana y advirtió a su
tío—. No más discusiones.
—Díselo a ella, es la que comienza todo.
Harsen se volvió hacia la mujer dormida en su hombro y la
movió un poco, susurrando su nombre un par de veces antes
de que ella despertara tranquila.
—¿Llegamos? —Fue lo primero que preguntó e
inmediatamente atravesó a Harsen para mirar por la ventana el
castillo donde se reunirían con el rey de Suecia—. Es
hermoso.
—Claro, todo lo que es de este país es hermoso.
—Pero qué lengua tan afilada tiene, mi señor —sonrío Aine
y tomó su vestido para bajar—. Si no lo conociera, pensaría
que le caigo mal, pero eso sería tonto ¿verdad?
La joven dio un salto y bajó de la carroza, admirando el
palacio de Drottningholme e ignorando la pelea que se
desarrollaba entre su marido falso y su tío enfadoso. Era una
vista impresionante, a ella siempre le gustó visitar los palacios,
más por turismo que por ver a las personas en el interior y es
que, la arquitectura y los diseños buscaban ser tan particulares
y únicos, que simplemente terminaba siendo un deleite para la
vista.
Aine estaba fascinada por las fuentes, las grandes
estructuras, el inmenso lago frente a la propiedad y los
perfectos jardines.
—Hermoso, ¿no, preciosa?
Aquella voz le heló la sangre y la hizo dar un brinco hacia
un lado, buscando defenderse.
—¿Usted?
—Hola. Puedo suponer por tu rostro que no estás feliz de
verme ¿o sí?
—¿Qué hace usted aquí?
—Bueno, fui llamado, como su marido y otros tantos.
—Miren quién apareció —Harsen se posó junto a su esposa
y le pasó una mano por la cintura—. Hoy pretendes quedarte
Viggo, ¿O piensas huir de nuevo?
—No entiendo a qué se refiere, señor presidente, ¿de qué
tendría que huir? —él sonrió de lado—. No me dirá que usted
practica esa barbaridad como lo es un duelo.
—Harsen —Aine puso una mano en el pecho de su marido
cuando él dio un paso hacia el idiota que tenía enfrente—.
¿Por qué no me enseñas el palacio? Me parece precioso.
—Sí, mejor vayan a pasear, mis queridos amigos, el rey
seguro ya habrá escuchado mucho de ustedes… claro que yo
no soy el único que ha hablado, pero el rey me tiene
predilección.
Aine negó un par de veces y sonrió triunfal.
—¿Cómo está su familia? —elevó una ceja—. ¿Vendrá su
hermano también? Me agrada mucho en realidad.
La faz de Viggo Sundberg se ensombreció notoriamente y
en sus ojos verdes se notó una marcada amenaza.
—Cuidado, preciosa, no te gustaría meterte con gente que es
muy superior a ti.
—Que recuerde, el que se la ha pasado metiéndose
conmigo, es usted —elevó una ceja.
—Basta —Harsen colocó una mano en el pecho cada vez
más cercano de Viggo y lo hizo para atrás—. Ven Aine, te
mostraré el lugar antes de entrar.
Harsen se llevó lejos a Aine, quien seguía volviendo la
cabeza para cerciorarse de que Viggo Sundberg no fuera a
hacerles daño por la espalda. Se alejaron por los jardines hasta
que Harsen la tomó del brazo y la colocó frente a él, parecía a
punto de gritarle a juzgar por el ceño fruncido y la quijada
apretada.
—Fue insensato —dijo tranquilo.
—Lo sé, no pude resistirlo.
—Aine, aquí estará plagado de personas que van a buscar
hacerte rabiar, es tú responsabilidad no caer ante ellos.
—No volverá a pasar.
—Oh, pero miren a quien tenemos aquí —dijo una voz a sus
espaldas—. El señor presidente y su esposa.
—Mi reina —se inclinó Harsen, provocando que Aine
hiciera lo mismo—. Un placer encontrarnos con usted.
La mujer era alta, un tanto mayor, pero seguía siendo
hermosa, con una mirada grave y un porte sereno que pondría
incómodo a cualquiera, pero no a Aine.
—Señora Svensson, creo entender.
—Sí, su majestad.
—Demos un paseo, ¿le parece? —sonrió—. Los hombres
tienen mucho de qué hablar y nosotras también.
—Será para mí un placer, mi señora —asintió Aine,
mirando a su marido quien parecía preocupado, pero al final,
se marchó.
—Parece que su esposo no le tiene plena confianza en
cuanto a dejarla en soledad.
—Teme a mi insolencia, su alteza.
—Bueno, jamás me ha desagradado un poco de insolencia.
—Eso es un alivio, su alteza.
—He escuchado mucho de ti, Aine. Me gustaría que
desmintieras o admitieras algunas cosas.
—Usted dirá, alteza.
—Creo saber que usted tiene una prima que es reina, ¿me
equivoco? —la miró de lado mientras seguían caminando.
—No, mi señora, Beth ha pasado a ser una reina.
—Sabrá entonces que nosotros tenemos muy pocos placeres
personales, nos ceñimos al deber, lo que debe ser y cómo se
debe comportar. Es lo que se espera de nosotras.
—Supongo, su majestad.
—Pero usted no es de esa forma, es usted libre.
—Bajo ciertas restricciones lo soy.
—Oh, querida —se volvió la mujer—. No creerás que, si sé
que tu prima es Beth Aigrefeuille, no sé de quién eres hija.
Aine bajó la cabeza y asintió.
—Esperaba que lo ignorara, mi señora.
—Por el contrario de lo que piensas, me es fascinante toda
la vida del Hombre siniestro —la miró de lado—. También te
informo que sé guardar un secreto. Como he dicho, tengo
pocos placeres en esta vida y pienso que tú podrías ayudarme a
cumplir algunos de ellos.
—¿Mi señora?
—Sí, sé por qué estás aquí y pienso ayudar —asintió la
reina—. Lo último que quiero es ser la reina de un pueblo de
tontos y adictos, quiero destruir eso tanto como su esposo.
—Su ayuda es reconfortante.
—Supongo que para este momento sabes que ha sido idea
mía el que se reunieran los nobles y los altos mandos en
palacio.
—Pensé que era solicitud del rey.
La reina sonrió de lado y asintió.
—Si la reina hace un buen trabajo, entonces sabrá cómo
controlar o sugerir a un rey lo que es correcto hacer.
—Me sorprende su alteza, pero no me ha dicho qué clase de
pago tengo que hacerle por su ayuda.
La mujer sonrió y descansó su mano en el brazo de Aine,
incitándola a seguir caminando por los jardines.
—Quisiera que me enseñara algunas cosas.
—¿Cosas, majestad?
—Ya sabe, de las que su padre enseña.
Aine se mostró sorprendida y no pudo evitar dejar salir una
pequeña risita.
—¿Está su majestad, segura?
—No le hubiese hablado de no ser así, entonces, ¿Cuándo
comenzamos, querida?
—El día que usted lo desee.
—Tengo obligaciones durante todo el día, como habrá
imaginado, pero puedo en las mañanas, aunque será muy
temprano, ¿el señor Svensson permitirá la temprana
separación de su cama?
—No creo que tenga inconveniente si se trata de un favor
hacia la reina, pero debo advertirle, mi señora, que no enseñaré
nada que pueda lastimarla.
—Me lo imaginé, señora Svensson, pero tampoco soy tan
mayor como para lastimarme con cualquier cosa —sonrió—.
Nos veremos en la ceremoniosa presentación que mi esposo
quiere hacer en unas horas.
—Su alteza.
—No seas tan formal, por favor.
La reina pasó a manos de unas preocupadas doncellas que
parecían haberla buscado por doquier y se la llevaron en
seguida de ahí, no permitiéndole ni despedirse correctamente
de su nueva y aparente amiga. Aine sonrió, al menos tenía a la
reina de su lado, eso seguro sorprendería a Harsen, de hecho,
estaba tan desesperada por ir a contárselo, que fue directa a la
habitación que les habían asignado.
—¡Harsen! —ella entró sin tocar.
Aine se quedó paralizada, seguro que podía imaginar
muchos escenarios que pudieran hacerle daño, algunos incluso
matarla, pero seguro que jamás pensó que el ver a Harsen
abrazado de otra mujer pudiera hacerle tanto daño.
—Oh —la joven se separó de Harsen y la miró sonriente
—. Tú debes de ser Aine.
—Sí. —Ella dio un paso hacia atrás.
—Soy Valeria Smigard, un placer conocerte.
—Claro —ella se inclinó al igual que Valeria—. Un placer.
—Seguro que este tonto no te había contado de mí.
—Lamento decir que no —sonrió Aine.
—Es un malvado, sobre todo cuando estuvimos
comprometidos hasta que…
—Valeria. —Harsen la frenó.
—Oh —la jovencita se sonrojó—. Bueno, será mejor que
me marche, parece que es urgente lo que has venido a decir
Aine, ¿Puedo llamarte Aine?
—Por supuesto.
La joven pasó dando saltos alegres hasta la salida y cerró la
puerta, guiñando un ojo hacia el interior. Aine miró la puerta
cerrada durante largo rato hasta que se volvió hacia su marido
con una ceja levantada y una mirada inquisidora.
—Lo siento, no sabía que vendría.
—No parece molestarte su presencia en lo absoluto.
—Valeria es entusiasta —asintió y la miró—. ¿Tenías algo
importante que decirme?
—¿Yo? —ella parecía realmente perdida.
—Entraste diciendo mi nombre.
—Oh… no, todo está bien.
—Aine —él se acercó, pero ella dio un paso hacia atrás,
queriendo salir de la habitación. Harsen frunció el ceño y
elevó una ceja—. ¿Está todo bien?
—Tengo que salir ahora.
—Acabas de llegar —la tomó de la mano y la jaló para
internarse en la habitación—. ¿Por qué quieres marcharte?
—No lo sé… —bajó la cabeza.
—Vamos, aún nos quedan unas horas antes de que tengamos
que bajar —Harsen la tomó de la cintura y la acercó hasta
pegar sus frentes, inundándose de su aroma.
—No estoy de humor, Harsen.
—¿Te molestaste porque Valeria estaba aquí?
—No.
—Lo siento, Aine, no sabía que era ella, ni siquiera sabía
que había sido requerida en la corte. Sé que se puede
malinterpretar, le dije que no lo volviera a hacer.
—No… está bien, tú eres un hombre libre, y ella parece
tenerte aprecio —lo miró temerosa—. ¿Era tu prometida?
—Sí.
—Y luego te obligué a casarte conmigo.
—Así es.
—¿Por qué no le dices la verdad?
—Es peligroso, incluso para ella.
Aine asintió y se removió incómoda en su lugar.
—¿La amas?
—Bueno, nos conocemos desde que éramos unos niños —
rodó los ojos—. Somos muy amigos.
—Ella no parecía molesta cuando me vio —recordó Aine—.
¿Acaso Valeria no te ama?
—Supongo que ambos nos habíamos hecho a la idea del
matrimonio, nos entendemos bien, sabe que si rompí mi
palabra, fue por una buena razón.
—¿Le avisaste?
—Por supuesto, no pensaba dejarla en vergüenza.
—¿Nadie sabía de su compromiso?
—Se rumoreaba.
—Seguro que el tío Clemens está del lado de Valeria,
¿Cierto? Estoy casi segura que él la mandó llamar.
—No lo dudaría, la familia de Valeria es poderosa, una
unión entre ambos sería ventajosa.
Aine sonrió forzadamente y asintió.
—Deberías decirle la verdad —lo miró—. Así cuando todo
esto acabe, tú podrás volver a ella y seguir con el plan que ya
se tenía. Parece agradable.
—No estábamos hablando de Valeria, si más no recuerdo.
—Creo que nuestro pequeño juego de amores se acabó. —
colocó una mano en su pecho, pidiendo con ello un poco de
distancia entre ellos—. No quiero que ella piense mal las
cosas.
—Te aseguro que Valeria es una de las personas más felices
de saber que no tendrá que casarse conmigo.
—¿Qué? ¿Por qué razón?
—A nadie le gusta casarse por un arreglo —se inclinó de
hombros—. Ni siquiera con tu mejor amigo.
—Creo que más bien, sería afortunada que así fuera.
—No si puedes hacerlo por amor.
—¿Ella ama a alguien?
—Al mundo, por el momento, pero eventualmente lo hará
—asintió—. Se enamorará.
—Quizá lo haga de ti.
Harsen dejó salir una preciosa sonrisa.
—Eso sería afortunado para el tío Clemens y debo decir que
para mí, si es que todo se vuelve a armar después… cuando tú
quieras marcharte.
Aine bajó la cabeza y meditó unos momentos.
—¿Me estás mintiendo para acostarte conmigo?
—Eso sería caer muy bajo, ¿en realidad piensas eso de mí?
—No.
—Bueno, de todas formas, creo siempre no es momento,
será mejor que te comiences a arreglar para la velada de esta
noche.
—Por Dios, seguro que será velada tras velada, ¿cierto?
—Sabía que me casé con una mujer inteligente.
—No es gracioso.
—Prepárate Aine. Por cierto ¿Qué te ha dicho la reina?
—Me preguntó si mi marido se mostraría indignado si pedía
mi presencia temprano por las mañanas.
—No me molesta que sea por las mañanas, me molestaría si
fuera por las noches.
—¡Harsen!
—Aunque creo que podrías ponerte de un muy mal humor,
no me imagino lo cansada que estarás de tenerte que levantar
temprano después de que toda la noche hagamos el amor.
—Estás demente.
—Claro que sería tu problema más que el mío.
—Bien podríamos no hacer nada y paz en el mundo, ¿no?
—Ojalá pudieras cumplir con esas palabras.
Aine se avergonzó notoriamente al darse cuenta que él tenía
razón, pero con la presencia de Valeria, no podía dejar de
sentirse incómoda, seguro que en cuanto ella se marchara y
Harsen estuviera de nuevo en libertad, el tío Clemens no
desaprovecharía la oportunidad para volver a formalizar la
alianza entre los dos.
—Harsen… —El hombre detuvo sus pasos hacia la salida y
la miró con una ceja levantada—. ¿Me acompañarías?
Necesito tomar un baño y creo que tú también.
—Pensé que estabas lo suficientemente herida como para
alejarte de mí, al menos en ese aspecto.
—Bueno, nada le puedo hacer ¿Cierto? Si dices que a ella
no le importa, a mi mucho menos.
—¿Me relegas a ser el hombre que te da placer?
—Mmm… ¿te es irritante? ¿Te ofende? —sonrió ella
cuando lo vio acercarse—. Porque creo que yo te hago sentir
lo mismo.
Harsen la tomó de la cintura y la alzó para que no tocara el
suelo, besándola despiadadamente.
—Podrías no sonar tan desalmada cuando lo dices.
—Si es lo que quieres, incluso puedo llamarte
cariñosamente, ¿cómo preferirías que te dijera? —dijo
juguetona.
—¿Por qué no me sorprendes?
Ella dejó salir una risotada, lo abrazó por el cuello y lo besó.
Aine no estaba siendo sincera. Le había dolido ver a Valeria,
la había matado saber que era su prometida y que cuando se
fuera, volvería a serlo; para Harsen incluso era conveniente el
que Valeria fuera su esposa y ella… ella sólo estaba
estorbándole en su camino, de nuevo.
Le dieron ganas de llorar cuando hicieron el amor, porque
sintió que estaba queriendo absorber de los últimos momentos
a su lado, lo ansiaba con todo su corazón, pero no podía
discernir en su hacer, era más que obvio que ella lo quería,
pero… no podía hacerlo feliz, no podía darle todo lo que él
quería.
—Harsen —lo abrazó con fuerza, pegándose a él aun en el
agua de la tina—. Bésame, Harsen… bésame.
—Sshh… —la besó—. Estoy aquí Aine, tranquila.
—Harsen… —lo miró a los ojos, ella siempre pensó que
tenía unos ojos preciosos, en realidad, todo en Harsen le
parecía hecho por los mismos dioses.
El la miraba esperando a que dijera algo, puesto que lo
había llamado, pero Aine se había quedado sin habla; Harsen
sonrió, tomó un mechón de su cabello y lo acomodó detrás de
su oreja, dejando su mano sobre su mejilla y atrayéndola para
besarla.
—Es hora de irnos —le tocó la nariz dulcemente—. Vamos,
te ayudaré a cambiarte.
Harsen sonrió mientras abrochaba los botones de Aine,
aquella mirada que le había dado y esa petición tan
desesperada de que la besara… parecía que ella… sonrió. Era
una tontería que incluso lo deseara tanto que se pusiera a
imaginarlo.
Aine se movió de su lado, caminando por la habitación para
comenzar a colocarse las joyas pertinentes para una mujer de
su estatus social, él no podía dejar de mirarla, dado a ello, se
dio cuenta que, con ese vestido, la marca de su esposa era
notoria.
—Aine. —se acercó y le tocó el hombro con delicadeza.
—Lo sé —sonrió a través del espejo en el que terminaba de
arreglarse—. Para este momento sé que hacer.
Ella sonrió y colocó un grueso brazalete sobre la zona en la
que tenía la marca que no sólo la identificaba como un águila,
sino como hija de Thomas Hamilton, en algunos casos, eso era
aún peor, pero a su padre le pareció necesario que sus cuatro
hijos lo tuvieran para que fueran reconocidos entre los suyos.
—Te ves en verdad preciosa.
—Gracias, es hora de bajar.
Harsen asintió levemente, pensando en que no podía pedir
una mujer más hermosa para acompañarlo en la velada y por el
resto de su vida. La besó con cariño una última vez y la
escoltó hacia el comedor, donde compartirían la primera
comida con su rey, dando la bienvenida a toda una temporada
en el palacio.
Capítulo 25
Llevaban en el palacio más tiempo del que nadie se
imaginó, la verdad era que la reina había ayudado bastante en
cuanto a las investigaciones de Aine, tal y como lo había
prometido, para ese momento, ella ya había enviado carta a
Inglaterra, pidiendo refuerzos de las águilas, esperaba que su
padre no mandara a Publio o a Terry, quería dirigir esa misión,
era su más grande deseo llevarlos al éxito, pero eso terminaría
siendo decisión de su padre, al final de cuentas, no podía
cuestionarlo.
—Aine, por favor, ¿quieres calmarte? El hombre siniestro te
dará el permiso que deseas —dijo Harsen, mientras caminaban
por el jardín de palacio, la única zona segura donde sabían que
era poco probable ser escuchados.
—Lo considerará peligroso —negó—, querrá mandar a
alguien más a terminar el trabajo.
—No sabía que te apreciaba tanto.
Ella se sonrojó.
—Bueno, supongo que ha de pensar que una mujer no es
suficiente para resolver algo tan grande como esto.
—No pienso en él como alguien de ese estilo, ¿en verdad lo
es? —frunció el ceño.
—No, digo… sabe que somos más débiles.
—Yo no te consideraría débil, creo que eres bastante fuerte
y tienes estómago para ser una asesina.
—No soy una asesina —lo miró herida.
—Está bien —levantó las manos en rendición—. Lo siento,
no debí decirlo así.
—No, está bien —le quitó importancia pensando un poco
las cosas y asintiendo—. En realidad, es lo que soy. No
importa por qué razón lo hagas, si matas a alguien,
inmediatamente te convierte en una asesina.
Aine pensó en ello por primera vez en su vida. Nunca se le
había ocurrido que sus manos estaban manchadas de sangre,
quizá eran personas malvadas, pero seguían siendo personas,
había aprendido a hacer que su cerebro no se trastornara con
ello, pero cuando Harsen se lo dijo… no parecía algo tan
positivo.
Lo miró de soslayo, en realidad que no era una mujer para
él. Un presidente honorable y bueno, junto a una asesina
despiadada que no dudaba al hacer su trabajo. Harsen capturó
en ese momento su mirada y sonrió de lado sin mostrar sus
dientes, entendiendo lo que estaba pensando.
—No quería que sonara mal, Aine, te admiro por lo que
haces.
—Creo que nunca lo había pensado, pero en realidad soy
una asesina —entornó los ojos—. Creo que es bueno que no
crea en ningún dios, o estaría metida en serios problemas.
Harsen dejó salir una pequeña carcajada.
—Nadie puede decir si está bien o mal lo que haces, a
veces, la única forma de frenar el mal, es aniquilándolo por
completo.
—Muchos estarían en contra de esa afirmación.
—No te acongojes con esto —le tocó la mejilla con cariño y
levantó su mirada—. Has salvado a muchas más personas
inocentes de las que has condenado.
—¿Piensas que soy un monstruo?
—Jamás pensaría algo así.
—¡Harsen! ¡Aine! —saludó desde lejos Valeria, el dolor de
cabeza personal de Aine.
—Hola Val, ¿qué ocurre? —sonrío Harsen.
Cuando Valeria estaba cerca, Harsen siempre sonreía, no
había estado en una sola ocasión en la que él se molestara por
algo que ella decía o hacía. Y es que era comprensible, porque
Valeria no hacía nada o decía nada que pudiera perjudicarla,
era perfecta, la señorita más perfecta que se pudiese imaginar.
—Sólo quería hablar con Aine, parece ser que la reina
quiere vernos a ambas, por alguna razón.
Harsen miró a su esposa por unos momentos y asintió.
—Las dejo entonces —Harsen le besó la mejilla a su esposa
y regresó hacia el palacio.
Aine sonrió hacia él y miró a Valeria.
—¿Para qué nos quiere la reina?
—Oh, fue una pequeña mentira para que Harsen nos dejara
solas, se rumorea que no quiere quitarte las manos de encima.
—Valeria…
—No te preocupes, sé que fingen. —Aine se volvió hacia
ella con rapidez—. Bueno, no pensarías que no conozco
perfectamente a mi mejor amigo ¿o sí?
—Supongo que era una tontería pensarlo.
—Sí, a decir vedad, me sorprendió que rompiera el
compromiso, él no es de los que incumple su palabra.
—No fue su culpa, en todo caso —suspiró la joven—. Ha
sido mía, debo admitir.
—El tío Clemens me ha contado todo.
—Sí, supongo que sí.
—Eso hace que mi compromiso con él vuelva a escena —
sonrió la joven y hermosa Valeria.
A Aine no le gustaba pensar mucho en Valeria, pero cuando
la tenía en frente, le era imposible no darse cuenta de lo
hermosa que era: tenía unos ojos oscuros preciosos, profundos,
como dos pozos cubiertos por largas y espesas pestañas; sus
cabellos rubios eran como ver el amanecer cada vez que
estabas con ella y tenía una figura linda, femenina, estilizada y
perfecta. Además, era muy agradable, lista y educada. Sin
mencionar que se llevaba de maravilla con Harsen y era su
mejor amiga.
—Claro, jamás ha salido de escena, en cuanto yo me vaya,
ustedes seguro volverán a ser pareja. A ti te aman.
—Bueno, por lo que sé, la reina te tiene aprecio.
—Le agrada aprender tonterías de mí.
—He escuchado de lo que eres en verdad —Valeria parecía
ilusionada—. ¿Es verdad? ¿Lo que eres? ¿Lo que dice el tío
Clemens que eres?
—No sé de qué me estás hablando Valeria.
—Sé que tienes que ser cuidadosa, pero amo a Harsen y
jamás lo pondría en peligro.
Aine se detuvo en seco y la miró.
—¿Lo amas?
—Bueno, claro —asintió—. Es obvio.
—Sí… supongo que es obvio.
—¿Aine? —ella la persiguió—. ¿Es que tú también lo
amas?
—No.
—¿No? —frunció el ceño—. Casi me pareciera que
mientes.
—No descubrirías que miento si lo estuviera haciendo —
sonrió, tratando de que el ambiente se relajara—. Soy una muy
buena mentirosa, te lo aseguro.
Aine intentó caminar más aprisa, tratando de perderse de la
insistente muchacha que incluso corrió para darle alcance.
—¿Entonces en verdad no lo quieres?
—Estoy aquí para su protección, eso es todo.
—Pero… por un momento pensé que…
—Soy buena en lo que hago, Valeria, si tengo que fingir ser
la esposa enamorada de alguien, lo haré bien.
—Vaya que lo haces bien.
—Pero sólo lo haré hasta que mi trabajo acabe.
—¿Qué es?
—Cuando termine con los idiotas que intentan matar a tu
prometido —dijo molesta.
—Él no es mi prometido, sería tonto que alguien te
escuchara decirlo, ¿sabes? Me haría quedar como una tonta y a
ti como una rara que está lanzando a su marido.
—Te lo digo sólo a ti, no le veo inconveniente.
—Entonces Aine, lo que quieres decir es que, en cuanto
termines el trabajo, ¿te irás?
—Desapareceré de sus vidas para siempre.
—¿Sin más?
—Sí, sin más.
—Claro, después del divorcio, supongo.
—Me daré prisa para que todo este embrollo quede resuelto
—negó la joven—. He tenido demasiados días de ociosidad.
—Cuándo te marches de aquí… ¿A dónde irás?
—No lo sé, a donde me manden, supongo.
—Eres una mujer completamente libre, ¿verdad?
—Sí, supongo que lo puedes ver así.
—Te envidio —sonrió la joven—. A mí me encantaría hacer
lo mismo que tú. Vagar por el mundo, conocer personas, ser
libre. Pero tengo un deber y ese es casarme con Harsen.
—No es tan malo a mi parecer.
—¿Lo preferirías?
—Al menos te casas con un hombre bueno.
—Sí, supongo que sí —sonrió lastimera—. Me ha dicho
Harsen que no quieres casarte, ni tener hijos, eso es arriesgado
¿no te parece?
—¿En qué sentido?
—Bueno… quedarte sola al final de tus días debe ser
aterrador, sin marido, hijos o nietos que te protejan.
Aine sonrió de lado.
—Con suerte moriré antes de la vejez —dijo tranquila,
escandalizando sobremanera a Valeria—. Bueno, te dejo.
Aine casi corrió lejos de aquella mujer, levantó sus manos y
prácticamente trepó como una ardilla a ese árbol con tal de que
nadie la viera, al menos por el resto del día. Porque estaba a
punto de comenzar a llorar y no creía poder parar en un buen
rato.
Cuando se sintió un poco más preparada para enfrentar al
mundo, decidió que debía dejar de esconderse y también de
frenarse, sabía que si hubiese puesto un poco más de sí, ya
habría resuelto todo ese problema, pero la cosa era, que había
querido quedarse más tiempo junto a Harsen.
Entró de nuevo a su habitación, topándose rápidamente con
Harsen, quien instintivamente sonrió y fue a darle un beso en
los labios que la dejó descolocada. ¿Por qué siempre era así de
cariñoso? Era difícil enfocarse cuando él aparentaba estar tan
alegre con el matrimonio falso.
—¿Qué te ha dicho la reina? —inquirió.
—¿La reina?
Harsen elevó una ceja hacia ella.
—Valeria dijo que la reina las buscaba.
—Ah, claro. Mintió —rodó los ojos—. Quería deshacerse
de ti para hablar conmigo.
—¿De qué quería hablarte?
Aine sonrió de lado y suspiró.
—De que te ama.
—Claro que me ama, somos amigos.
—Creo que te quiere un poco diferente a lo que tú piensas.
Harsen negó con determinación.
—Tonterías.
Eso quería pensar Aine. Quería pensar que todo era una
tontería y que Valeria sólo estaba celosa por ver a otra mujer
en la vida de Harsen… al menos, otra mujer con la misma
seriedad con la que la trataba a ella.
—Tengo que salir en dos noches—avisó la joven—. Me
enteré que Viggo regresará a su casa por “asuntos
importantes”.
—Lo escuché también —Harsen dejó de lado sus papeles y
la miró de nuevo—. Iré contigo.
—No. Eso si que es una tontería.
—No lo es. No te dejaré sola.
—Harsen —suspiró—. Gracias por querer protegerme, pero
sabes bien que es mucho mayor tu pérdida que la mía.
—No digas tonterías.
—Es la verdad.
—Tengo que estar presente, Aine, lo sabes. Soy el hombre
que podrá dictaminar que toda la familia sea encerrada por sus
actos contra el país.
—Te pueden pasar el reporte.
—No. De todas formas, hoy nos marchamos de palacio, así
que no tienes qué preocuparte por lo que diré para ausentarme.
—Si no era por eso que te lo decía.
—Entonces Aine, ¿por qué otra razón sería?
—Creo que te lo dije, no puedes morir, es mi trabajo.
—Entonces, como tu trabajo es protegerme, espero que
puedas hacerlo mientras capturo a los Sundberg.
Ella enfureció.
—No sabrías nada de ellos sin mí. Harse, es arriesgado.
—Bueno, me alegra que estés contratada para decírmelo y
sé que es arriesgado, ¿Crees que me siento tranquilo de que
vayas?
—Estoy entrenada para ello.
—Aún así, iré.
—¡Qué terco!
—Digo lo mismo. —La miró de lado y sonrió—. La reina
me mantiene informado de los descubrimientos que hacen
juntas, ¿Has recibido contestación de las águilas?
—La reina debería mantener la boca cerrada.
—Creo que no considera de riesgo decirlo a tu esposo.
Aine mordió sus labios y pensó en todo lo que la reina se
guardaba para sí. Como el hecho de que era hija de Thomas
Hamilton y había prometido no decírselo a nadie.
—Cuando los refuerzos lleguen, me lo harán saber.
—¿Llegarán de la nada?
—Sí… —suspiró desganada—. Espero que no manden a
uno de los dos por los que temo.
—¿Quiénes son?
—Agh, odiosos. Son detestables, varones que siempre creen
tener la razón en todo lo que hacen o piensan.
—¿Tú qué opinas?
—Bueno… uno de ellos suele tenerla y el otro sabe salir
bien librado de los aprietos en los que se mete.
—Pareces conocerlos.
—Pues sí, crecí junto a ellos.
—¿A dos hombres?
—Sí, son menores que yo, pero son un fastidio.
—Y ellos… sospecho que te han de querer mucho.
—Sí, claro, son como una piedra en el zapato.
—¿Y tú? Supongo que también los quieres.
Aine comprendió entonces a lo que Harsen se refería y
sonrió sin poder evitarlo, puesto que no hablaba de otros que
no fueran sus propios hermanos. Incluso, ambos eran menores
que ella.
—¡Claro que los quiero! —le dijo en una risotada, haciendo
evidente que lo había descubierto—. Pero como si fueran mis
hermanos, no como hombres.
No se podía imaginar amando como hombres a ninguno de
los dos, eran demasiado como su padre, a su manera, tanto
Terry como Publio se le parecían y, aunque Aine amara a su
padre sobre todas las cosas, no quisiera casarse con alguien
igual a él. No sabía el motivo, quizá fuera porque ya se había
enamorado de alguien más que no podía verse con otra
persona.
Sonrió con gracia al imaginarse a Publio o a Terry lidiando
con un carácter como el de ella. Seguro que la mataban antes.
El presidente se volvió a enfocar en sus papeles,
mostrándose irritado y avergonzado. No quería pensar que
alguien llegaría a su propio país para llevarse consigo a la
mujer que él amaba.
Aine se mostró divertida con la nueva actitud de su marido
y se dejó caer en la cama, extendiendo todo su cuerpo y
suspirando.
—Me alegra que nos marchemos de regreso a casa.
Harsen levantó la vista y la enfocó con una sonrisa.
—Sí. Es bueno volver a casa.
Aine asintió levemente y se acomodó para tomar una
pequeña siesta antes de seguir con todos los diferentes
compromisos que tendrían a lo largo del día. Incluso Harsen se
tomó unos minutos y fue a recostarse con ella, abrazándola
cariñosamente y durmiendo lo que le fuera posible junto a ella.
Capítulo 26
Desde que regresaron a su casa de Estocolmo, la pareja se
había hundido en trabajo, lo cual los mantenía por separado
pero, Harsen notaba el avance que Aine iba teniendo en
conjunto con las águilas que trabajaban bajo su mando, era de
forma indirecta, pero eran notorios los cambios en las calles y
los muchos informes positivos que llegaban a sus manos cada
día.
Claro que no todo era bueno, los Sundberg y los Nilsson no
dejaban de poner quejas sobre supuestos robos, altercados e
incluso desapariciones del personal. Harsen tenía la obligacion
de atender todo aquello, pero en cuento se inmiscuía
personalmete y pedía que le dijesen la índole de los trabajos y
la forma en la que desaparecían las personas, ambas casas
retiraban sus quejas y simplemente blasfemaban en contra de
ellos.
Esa noche, después de todo el día de estar separados,
Harsen llegó a la habitación, notando que Aine no lo había
esperado como de costumbre y se quedó dormida. Sonrió.
Debía estar agotada como para que eso sucediese, ella solía
aguardar por él parahacer el amor por las noches.
Se quitó la ropa con presura y se metió en la cama junto a
ella, acercándose todo lo posible para envolverla entre sus
brazos y colocarle un beso en la mejilla antes de caer dormido
junto a ella. Sin embargo, Aine despertó de pronto,
penetrandolo con esos ojos azules que derrumbarían a un
general experimentado.
—Hola —sonrió la joven, girando su cuerpo hacia él—.
Llegaste tarde el día de hoy.
—Te dormiste temprano.
—Sí… fue un día trajinado, pero me alegra despertar ahora.
—¿Tienes algo maquiavelico en mente?
—Me sería desepcionante no estar contigo esta noche,
prácticamente es el único momento en el que te veo.
Harsen dejó salir una risa contenida y negó.
—Eso es porque quieres, te desapareces.
—Lo siento. ¿Acaso no has visto mis avances? Ahora que
las águilas están aquí, las cosas comienzan a fluir, lo
resolveremos en cuestión de tiempo.
Ambos cayeron en un rápido mutismo, el tema de que todo
terminara significaba a su vez que su relación entre ellos
estaba por quebrantarse, no había más razones para continuar
con un matrimonio falso, al menos, no unas que se hubiesen
dicho.
—Sí. Supongo que está por acabar.
—¿No estás contento? —Aine elevó su mirada, tratando de
descubrir desepción en las orbes grises de Harsen.
—Claro que lo estoy, es un tema que quisiera resolver desde
el día de hoy, aunque comprendo que las cosas tienen que
hacerse a su tiempo. Las águilas son en verdad sorprendentes.
—Entrenamos para ello.
Aine bajó la cabeza y se sintió deprimida, no quería dejar a
ese hombre, pero no sabía como decirlo. Harsen tenía su vida
resuelta sin ella: era un importante político, era adinerado, bien
posicionado, tenía un tío que lo amaba y una prometida que
esperaba por él pese a las adversidades.
¿Y ella quién era?
Una asesina por gusto, una deshalmada mujer que no había
hecho otra cosa más que meterlo en un problema tras otro, que
se enamoró perdidamente y que jamás se lo demostró, porque
era una cobarde cuando se hablaba de sentimientos, ya podía
aceptarlo sin sentir que moriría.
—¿Qué ocurre? —Aine sintió la cálida mano de Harsen en
su barbilla, impulsandola hacia arriba para que lo mirara—.
¿Por qué te has quedado callada?
—Nada. —fingió una sonrisa—. ¿Me harás el amor?
—Claro. Pero me gustaría que hablaramos de lo que sucede
contigo últimamente.
—No sucede nada.
—Mientes.
—Harsen, tengo muchas cosas en la cabeza, si me has
notado rara, ha sido sólo por eso.
—¿Segura?
—Sí, segura —ella se levantó y lo hizo recostarse en la
cama—. Ahora… ¿Te faltan cosas por enseñarme?
—Sí, muchas.
—Entonces… ¿Qué esperas? —dijo malvada, notando
como la mirada de Harsen tomaba un brillo especial y sonreía
de lado.
—Bien, entonces —le acarició la mejilla—. Empecemos el
juego, ¿Quieres preciosa?
—Sí.
Harsen la incitó a agacharse y la besó con cariño, girandola
lentamente para que no siguiera sobre su cuerpo, pero tampoco
quedando él sobre ella, ambos estaban de costado, uno frente
al otro, besándose con desesperación y desenfreno. Aine sentía
que moriría si la seguía manteniendo tan alejada, era verdad
que estaban abrazados, pero a ella le gustaba sentir el peso de
Harsen sobre su cuerpo o por lo menos, debajo de ella.
—No, Aine —Harsen le susurró al oído cuando volvió a
sentir que ella deseaba provocar una de las conocidas
posiciónes para ambos—. Dije que te enseñaría algo nuevo.
—No me gusta estar tan separada de…
—No lo vas a estar, espera, sólo espera un momento.
La voz de Harsen era embriagadora, sedante y masculina,
llena de experiencia y tranquilidad, lo cual provocaba que el
cuerpo de Aine reaccionara, anticipando el placer que seguro
él se encargaría de brindarle. Se asustó cuando de pronto la
volvió sobre su otro costado y la abrazó por detrás, cómo
cuando dormían. Por un momento, la joven pensó que lo había
fastidiado y por esa razón ya no quería hacer el amor esa
noche, pero entonces Harsen le sacó el camisón y le besó el
cuello y los hombros con ternura infinita, acariciando
dulcemente su cuerpo hasta presionar su cintura para que se
acercara más a él.
—Harsen…
—¿Tienes miedo?
—Yo… —negó con la cabeza—. Dime qué hacer.
—Nada —le besó la mejilla e hizo un movimiento que sacó
un gemido sorpresivo de la joven—. ¿Estás bien?
—Sí… bien —Aine se aferró a la almohada dónde estaba
recostada y mordió sus labios con fuerza.
Harsen sonrió al ver la manera desenfrenada en la que su
esposa lograba acoplarse a todos los movimientos y posiciones
que gustaba en enseñarle. Sería la primera mujer que no sólo
no se alterase, sino que le exigiera nuevas formas de hacer el
amor. Aine era única incluso en eso, era excitante, pasional,
desmedida y cariñosa, era para él la más grande adicción estar
junto a ella, no importaba que, en ocasiones, regresara sólo
para dormir a su lado, con eso era más que suficiente para él y
creía comprender, que también lo era para ella.
Aine soltó un grito tan profundo y repentino, que Harsen
pensó que le había hecho daño, pero al mirar su rostro y notar
la relajación y el exquicito placer en ella, no pudo más que
relajarse y acercarse un poco más para seguirla en su goce y
quedar abrazado a ella, completamente satisfecho y exhausto,
respirando profundamente para recuperar el normal palpitar de
su corazón.
—Harsen… —Inmediatamente abrió los ojos para atender
su llamado. Ella parecía sonrojada y trataba de volverse entre
su firme agarre, así que se lo permitió—. No me gustó.
—¿Te lastimé? Maldición, Aine, debiste…
Ella colocó sus dedos sobre los labios de su marido.
—No me lastimaste, de hecho, fue increible —dijo segura
—. Pero… prefiero tenerte de frente cuando estamos juntos,
me gusta ver tu cara y poder besarte con libertad.
Los ojos de Harsen se llenaron de cariño y sintió en su
pecho una cálida sensación de amor y bienestar.
—Muy bien, señora, si prefiere tener mis labios a su
servicio —la abrazó con fuerza, dejandola recostada junto a su
rostro—. Entonces aquí los tiene.
Ella dejó salir una risilla coqueta y le tomó el rostro con
ambas manos, presionando un beso necesitado que le robaba el
alma al hombre que sólo se encargaba en contestarle la caricia,
porque le gustaba pensar que era Aine quien dirigía todo.
—Eres increíble, Harsen —suspiró pegada a sus labios—.
No sabes cómo te admira la gente.
—No me interésa ser admirado… bueno, sólo tú puedes
admirarme, eso me agrada más.
—¡Tonto! —se avergonzó y dio un profundo vostezo.
—Venga, se te cierran los ojos, duérmete.
—¿Puedo dormir sobre tu pecho?
—¿Desde cuando me pides permiso para hacer algo?
—No lo sé, Valeria…
—No la saques de nuevo —la abrazó con fuerza, besando la
cabeza de Aine y eliminando de su cabeza la sonrisa de su
antigua prometida—. Eres tú y nadie más que tú ahora.
—En este momento —corrigió—. O por ahora.
Harsen suspiró, eso quería decir que Aine pensaba
marcharse pronto y aquello comenzaba a matarlo
interiormente. La observó sobre su pecho; era tan hermosa, tan
ángelical cuando estaba dormida, tan dulce… seguro que
pocos se podrían creer a lo que se dedicaba y lo buena que era
en ello.
—Ojalá no te fueras nuca, Aine… pero es tú desición.
Harsen no supo cuando se quedó dormido, pero le era fácil
al tener el corazón de Aine palpitando tan cerca del suyo, a
sólo unos centimetros y algo de piel de distancia.
Serían las cuatro de la mañana cuando los imrpesionantes y
profundos ojos azules de Aine se abrieron totalmente
avispados. Había escuchado algo que la hizo ponerse alerta,
sintió como todos sus sentidos se agudizaron y algo en su
interior le aconsejó que debía salir de la cama.
Se separó lentamente de la calidez del cuerpode Harsen,
sonrió al verlo apaciblemente dormido y lo besó con cariño.
—Te amo —acarició su mejilla y apartó las sábanas.
Aine colocó rápidamente una bata y tomó una daga alargada
que fuera regalo de su padre, miró en la oscuridad, sintiendo
aún más presente aquella invación a su privacidad, era obvio
que alguien la estaba observando, pero no sabía de dónde
provenía. Era alguien que sabía acompasar sus latidos y
respiración tanto como ella, era un entrenado, pero no era un
águila.
De ser así, la hubiesen llamado con el usual silvido de ave
que era un lenguaje maestro entre los miembros de la cofradía.
No… era alguien especial, alguien peligroso. Debía ser
cuidadosa y alejarlo de Harsen lo más que pudiera, la estaba
siguiendo a ella, de eso estaba segura. Si buscara atacar a
Harsen, lo habría hecho cuando estaba lejos de ella, no cerca.
Aine salió por la habitación y miró de un extremo al otro en
el pasillo. La pasmosa calma era alarmante, la oscuridad
apremiante debería haberla puesto nerviosa, pero ella lo
encontraba más bien como un recurso a su favor. Controló su
respiración y cerró los ojos, tratando de escuchar un indicio de
hacia dónde apuñalar.
Por un largo momento no escuchó nada, incluso pensó que
podía ser parte de su imaginación, quizá estaba demasiado
predispuesta a los ataques, eso hasta que… Aine de pronto
sacó su daga y la dirigió con un mortífero movimiento hacia el
invasor de la casa y el posible asesino de Harsen o de ella
misma.
—Nada mal, Aine, aunque sigues siendo atravancada.
—Publio…
La mano con la que empuñaba la daga había sido capturada
justo a tiempo, Publio tenía la muñeca de Aine fuertemente
apretada para que la cuchilla no llegara hasta su cuello, que era
hacia dónde Aine había apuntado y, de no ser su hermano su
adversario, seguramente estaría cayendo muerto sobre el suelo.
—Hola hermana —sonrió de lado—. ¿Te interrumpí?
—¿Qué haces aquí? Creí decir que lo tengo todo bajo
control —dijo ofendida.
—No tiene nada que ver con tu dirección en el trabajo, lo
has hecho bien, no vengo por ello.
—¿Entonces?
—La sombra —se inclinó de hombros—. Esto tiene que ver
con sus continuos movimientos en nuestra cóntra.
—Informé de ello a padre también, ¿Por qué no me dijo a
mí que lo investigara?
—Yo estoy a cargo de ese caso.
Aine mordió su lengua y miró a su hermano con vergüenza.
—¿Le dirás?
—¿Qué cosa? —los ojos de Publio parecían divertidos—.
¿Qué te acuestas con el hombre que deberías proteger?
—¡Tú…!
—No es de mi interés —se inclinó de hombros—. Es tú
vida.
—Pense… —lo miró sorprendida.
—Seguro que si en mi lugar estuviera Terry, las cosas serían
diferentes. Yo sólo te diré que estás siendo tonta al perder el
control de tus emociones en una misión.
—No estoy perdiendo el control.
—Por lo que escuché…
—No te artrevas a terminar esa frase —lo amenazó—. Sigo
siendo tu hermana mayor.
—Sigues siendo mujer —elevó una ceja—. Si más no
recuerdo, quedas a mi jurisdicción de faltar mi padre.
—Sabes que eso no aplica conmigo.
—Quizá no, pero sigo diciendo que comprometes la misión.
—¿Qué tiene de diferencia a lo que has hecho tú o Terry?
—apuntó con enojo—. Ambos se acostaron con las mujeres
que tenían que ver con su misión.
—Sí, quizá. Pero cuando lo hacíamos, estábamos casados
con ellas, no me preocupaba que Gwyneth saliera embarazada
y a Terry tampoco. Pero tú… vamos, si tú quedas en cinta…
—No lo haré.
—Soy médico, ¿Recuerdas? No existe un método factible
para impedir el embarazo.
—Yo también estoy casada.
—¿Una farsa? —Publio negó con fastidio—. No me hagas
reír Aine, no tengo sentido del humor.
—¿Qué veniste a hacer?
—A comprobar lo que mis águilas me dijeron —la miró con
seriedad—. Que estás con Harsen Svensson.
—¿Y eso qué te importa? —dijo a la defensiva.
—Eres mi hermana y lastimosamente, estás enamorada.
—¿Lastimosamente, dices?
—¿Él te quiere?
Aine bajó la mirada y sintió unas profundas ganas de llorar.
—No lo sé.
—Deberías preguntárselo, al menos sincerarte.
—No soy mujer para él… le haría más daño que bien.
—Entonces, ¿Qué sigues haciendo aquí?
—Lo amo. —Se inclinó de hombros y lo miró con
vergüenza—. Sabes lo qué es eso, ¿cierto Publio?
—Sí. —Suspiró—. No te des por vencida antes de tiempo,
sé que al ser lo que somos, nos parece complicado que alguien
pueda querernos, pero… las personas extraordinarias existen.
—No pensé escuchar algo así de ti.
—Amo a mi mujer y a mis hijos, sé en la disyuntiva en la
que estás, creciste escondiendo tus emociones.
—¿Crees que él… pueda quererme?
—No veo por qué no —se inclinó de hombros—. Si te ha
aguantado hasta ahora, creo que puede hacerlo por toda la
vida.
—Idiota —sonrió Aine.
—Cúidate —le acarició la mejilla y besó su frente con
cariño—. Cualquier cosa, estaré serca, ¿Vale?
—Lo sé. —Aine rodó los ojos—. ¿Cómo haces para
esconderte tan bien en la oscuridad, maldito loco?
—Soy parte de ella —le guiñó el ojo y se perdió entre las
sombras de la casa de Harsen.
Aine sonrió y volvío a la habitación que compartía con
Harsen, metiéndose nuevamente en la cama y acomodándose
en el pecho fornido que respiraba con normalidad. Se abrazó
con fuerza de él y sonrió al pensar en la posibilidad de que
pudiera quedarse ahí por siempre, entre esas paredes, en esa
cama y con ese hombre abrazándola.
—¿A dónde fuiste? —Harsen inquirió adormilado.
—Tenía sed —se acurrucó contra él—. ¿Me extrañaste?
Él simplemente sonrió y la abrazó, quedándose dormido
inmediatamente y dejándola en la calma necesaria como para
seguirla en su sueño.
Capítulo 27
Aine iba de regreso a la casa del presidente de Suecia
después de un largo día de capturar bandidos y quebrantar
redes de tráfico de mujeres y narcóticos. Debía admitir que su
hermano Publio era una ayuda extraordinaria, en ningun
momento había intentado llevar el mando de la situación, más
bien, todo lo contrario, acataba sin dudar sus órdenes pese a
que posiblemente él lo hubiese hecho de otra manera.
Discutía con ella en privado los asuntos que le parecía
pertinentes manejar diferente y jamás la desacreditaba frente a
los hombres. Era fácil querer a Publio cuando se portaba tan
bien, pero sabía que la dificultad del carácter de su hermano
venía más ligado con lo sentimental que en lo práctico.
Sonrió. Quería darle la noticia a Harsen sobre la captura de
Aleksi Nilsson, el muy tarado había sido el primero en caer en
una de sus trampas y ahora estaba confesando todo como si lo
estuvieran sometiendo a tortura. Seguro que Harsen se
volvería loco de emoción y querría salir en seguida a por ello.
Estaba por abrir la puerta de la mansión, cuando de pronto
fue abierta por alguien que parecía alterada y por poco hace
que rodaran por las escaleras.
—¡Aine! —gritó Valeria—. ¡Aine al fin vuelves!
—¿Qué pasa? ¿Qué tienes?
—Harsen… él, no sabemos qué pasó… pero él.
—¿Qué le pasa? —Aine sintió que el corazón se le saldría
del pecho—. ¿Qué tiene Valeria? ¿Qué pasó?
—Está mal, no recupera la consciencia y él…
Aine se había puesto en pie y prácticamente corrió escaleras
arriba hasta llegar a la habitación que ambos compartían.
—¡Señora Svensson, por aquí! —llamó una doncella.
La joven tuvo que hacerse espacio entre la gente para poder
pasar y ver a Harsen tendido en aquella cama, sin responder,
con dos heridas de bala y varios cortes.
—¡Por Dios! —lloró Aine—. ¿Qué pasó? ¿Cómo es
posible?
—No lo sabemos, señora —lloriqueó Lili—. Lo han traído
así, salió al pueblo y regresó así.
—No, mánden llamar a Enok y díganle que mande llamar a
Publio Hamilton de inmediato ¿Escucharon? ¡De inmediato!
—ordenó Aine quien veía poco efectiva la intervención de los
médicos ahí presentes.
La joven negó con los labios apretados y miró a los
doctores, quienes no dejaron de trabajar sobre el cuerpo de su
esposo, tratando de sacar balas y cosiendo heridas, Harsen
apenas y se movía, lo que lo hacía parecer muerto.
La joven enfureció y salió de la habitación con un nombre
en la cabeza, en esa ocasión no se apiadaría de él. Tomó al
primer caballo que se encontró y montó hacia la propiedad de
los Sundberg con una mirada asesina.
—¡Viggo! —gritó hacia la propiedad, esperando que el
cobarde se asomára por algún ventanal, al menos quería verlo
correr despavorido.
—Hola preciosa —el hombre habló a sus espaldas,
mostrando una sonrisa vengativa—. ¿Cómo se encuentra tu
marido?
—¡Tú! ¡Maldito! —caminó hacia él.
—¿Me acusas? ¿De qué, mi señora?
—Mi esposo pende de un hilo y…
—¿Y…? —sonrió—. ¿Qué harás preciosa? Las mujeres
normales estarían llorando junto a la cama de su marido, pero
tú viniste corriendo a inculparme, ¿por qué?
—Porque me has atacado antes —se excusó—. Y eres el
único que conozco que quisiera hacerle daño.
—Pese a lo que pienses, eso no es así, la opinión del
presidente no es muy aceptada en el país, al menos no por la
gente poderosa, no soy el único en su cóntra.
—Querrás decir, la gente que tú tienes dominada con
estupefacientes. No soy estúpida, recuerdo todo de aquel día.
Viggo Sundberg se adelantó y la tomó del cuello,
ahorcándola sólo un poco, quizá para asustarla, pero Aine
tenía la mano en su puño americano por si hacía falta encajarle
la navaja a ese idiota.
—¿Quién va a creerte? —le susurró furioso.
—Las mujeres que estaban ahí, no todas estaban
inconscientes, como la señorita Samanta que, si más no
recuerdo, ya no sale de casa por el trauma en el que la han
dejado —le escupió, aún con el cuello entre su mano—.
También están los esposos de esas mujeres.
—Más adictos que prefieren vender a sus esposas a perder a
la persona que les entrega su felicidad.
—Puede que tengas a algunos bajo tu control, Viggo, pero
no a todos —los ojos de Aine brillaban con amenaza.
—En serio eres estúpida.
—Y tú en serio te crees intocable.
Viggo Sundberg miró el hombro expuesto de la joven, con
aquel brazalete grueso cubriendo la parte del hombro que
escondía lo que él ya se imaginaba, pero en esa ocasión, ella
permitió que se lo arrancara y pudo ver con sus propios ojos la
marca de las águilas reales.
—No sólo soy parte de ellos —dijo la joven, mirando hacia
su propio tatuaje—. Sino que soy hija de su cabecilla, ¿Sabes
lo que significa, Viggo Sundberg?
—No es verdad.
—Es una moneda al aire, Viggo, hazlo, mátame cómo
quieres hacerlo, pero si digo la verdad, las consecuencias
pueden ser más graves de lo que ahora te imaginas. El hombre
siniestro tiene fama de piedad, pero, ¿si matas a su hija? ¿Qué
crees que haga?
Viggo la soltó en seguida y dio dos pasos hacia atrás,
mirándola con la cara desfigurada en el terror y el odio en una
perfecta sincronía. Aine estaba arriesgándolo todo en ese
momento, sabía que Harsen había deseado esconderlo y
acababa de delatarse, pero ahora él estaba herido y lo único
que podía hacer era terminar con su misión y alejarse de él.
—Estás mintiendo, maldita arpía —Viggo se acercó
nuevamente hacia Aine y la amenazó con una pequeña daga.
Por poco la chica cae en las risotadas, le sería tan fácil
terminar con todo aquello, cómo le gustaría poderlo acuchillar
en ese momento y dejar todo por la paz.
—¿Me matarás aquí? —lo cucó.
—Alguien debe de frenar tu maldito ego estúpido —Viggo
aprontó la navaja, haciendo que unas gotas de sangre se
escurrieran por el blanco cuello de la joven, quien seguía sin
moverse, amenazandolo con la mirada.
—Le recomiendo que baje el arma si no quiere morir de la
manera más cruel por atacar a mi hermana.
La voz de Publio heló la sangre de todo cuanto la escuchó,
incluso la misma Aine se sintió atemorizada por él. Sabía que
estaría en aprietos por actuar de esa forma tan estúpida, pero
de alguna manera había resultado, ahora Publio se ocuparía de
todo, mejor que Viggo lo conociera y le comenzara a temer. Lo
cual fue rápido, puesto que una de las carácteristicas de
Publio, era hacer que las personas sintieran horror al verle.
Viggo fue inteligente al dejar caer el arma y correr
despavorido, alejándose de la mira del hijo del hombre
siniestro y su heredero. Estaba en problemas, ahora lo entendía
muy bien, quizá la mejor solución sería huir, pero algo le decía
que no sería tan fácil deshacerse del acoso de los Hamilton y
sus águilas.
—Aine… —suspiró Valeria, mostrando su sorpresa y
saliendo detrás del cuerpo de su hermano Publio—. ¿Es
verdad? Lo que has dicho, ¿Es verdad? ¿Es cierto?
—Sí —dijo enojada—. Ahora puedes quedarte junto a
Harsen, actúa como lo que eres a partir de este momento. Yo
desaparezco desde ahora.
—Pero Aine…
—No —ella se volvió cuando sintió que Valeria la seguía—.
Esta es la verdadera Aine, no la educada, no la sonriente. Ésta.
Soy una asesina, pero aniquilo a las personas necesarias, ya he
hecho suficiente daño, así que, cuando él despierte, le dirás
que lo siento y que no sabes más de mí.
—No creo que eso le agrade, él creía que ustedes eran un
equipo —Valeria se interpuso una vez más en su camino.
—Es en serio Valeria, si te interpones en mi camino una vez
más, me veré en la necesidad de inyectarte algo para que no
me seas un estorbo.
Valeria jaló aire y se quedó inmovilizada, Aine jamás había
sido mala con ella, quizá un poco tajante y en su normalidad
era seria, pero jamás al punto de hacerla sentir poco más que
una inútil. Quizá lo era al lado de alguien como ella, pero…
parecía totalmente fuera de sí. Seguro que eso no le gustaría a
Harsen.
Fue Publio quien decidió apartar a la petrificada mujer del
camino de su hermana, dándole paso libre a que hiciese lo que
sus instintos le indicaran.
—Hablaremos de esto —le dijo cuando pasó a su lado.
—Lo sé —Aine cerró los ojos y se detuvo por uno segundos
—. Gracias por venir.
—Te veré en casa de tu marido.
—¿Fuiste como te lo pedí?
—No. Vine por ti.
—Te dije que fueras con él.
—No sigo tus órdenes Aine, no lo olvides.
Aine apretó los puños y regresó a la propiedad de su
marido, parecía que las cosas se habían calmado, él estaba
vendado prácticamente en todas partes, le habían hecho cortes
por gusto en el cuerpo, pero no de demasiada profundidad. Las
balas estaban fuera de su cuerpo y, en ese momento, estaría lo
suficientemente dormido como para no despertar en una
semana.
—Señora Svensson —se acercó Enok a la figura retraída de
Aine—. Ha sido una extracción exitosa de las balas, pero aún
no sabemos qué fue lo que le sucedió.
—Gracias.
El médico la miró preocupado, la señora Svensson parecía
estar en un estado catatónico, miraba al hombre convaleciente
con tanto amor y devoción, que no podía creer que no se
hubiese acercado en todo ese tiempo.
—Me quedaré para cuidar de él.
—No será necesario —Aine meneó la cabeza y sonrió—.
Vendrá el médico personal de mi marido. Pero le agradezco su
rápida intervención, le ha salvado la vida.
—Si me permite señora, estoy suficientemente capacitado
para tomar el cuidado del señor presidente.
—Ella ha dicho su última palabra —dijo de pronto Publio
Hamilton, entrando a la habitación con toda su suntuosidad.
—Mi señor. —se inclinó el médico y se apuró a salir de ahí.
Los hermanos esperaron a estar solos para comenzar a
hablar entre ellos con mayor libertad.
—¿Crees que…?
—Sí —cortó Aine—. Me encargaré de ello en persona.
—Por la seguridad del presidente, Aine, te recomiendo que
sigas aparentando ser su esposa, al menos por el tiempo
pertinente en el que esté convaleciente.
—No puedo —dijo dolorida—, a causa mía está así.
Publio miró con una sonrisa a su hermana, quien apenas y
comprendía sus sentimientos en esos momentos.
—Estoy más que seguro que al señor Svensson le agradará
verte cuando despierte del horror en el que se encuentra.
Aine negó con la cabeza y se limpió las lágrimas.
—Lo lastimo más estando a su lado —miró a su hermano—.
Está así por una venganza en mi cóntra. Muerte por muerte.
—Si te marchas, será peor. Haz tu trabajo, pero no lo dejes
en ridículo frente a toda la sociedad, para él será igual que la
perdición, es un hombre que tiene que estar bien con el
público, no tiene otra opción —aconsejó Publio.
—Pero…
—Tu hermano tiene razón, Aine —se adentró Valeria—. No
lo arruines, no es justo para él, Harsen confía en ti.
La joven limpió sus lágrimas y miró al hombre que parecía
muerto en esa cama, jamás había visto a Harsen tan pacífico…
quizá tranquilo sí, pero siempre con una sonrisa, despierto
como ningún hombre. Él solía tomar todo a broma, todo tenía
solución y nada era lo suficientemente estresante…
—Está bien, me quedaré. —Valeria logró sonreír—. Pero
sólo el tiempo necesario para acabar con todo esto. Tendré que
estar saliendo todo el tiempo, ¿me ayudarás Valeria?
—Dalo por hecho —asintió la joven.
—No te preocupes, tienes la excusa perfecta para no ser
vista —Publio regresó la mirada hacia el convaleciente
hombre—. Tienes que cuidar de tu marido, después de todo.
Aine asintió.
—Nadie puede entrar a esta habitación además de Valeria,
Publio, Enok y yo misma.
—¿Qué hay de esa niña que siempre los ronda? —preguntó
Valeria—. Lili, creo que se llama.
—Sí… ella no me parece alguien de fiar —pensó Aine.
—Ni a mí tampoco —aseguró Valeria—. La vi el otro día,
hablando con ese hombre detestable.
—¿Cuál hombre detestable? —Aine regresó una mirada
inquisitiva—. ¿Sundberg? ¿Hablas de Viggo Sundberg?
—Sí, ese hombre terrible.
—¿Qué hace hablando con él? —Pensó Aine en voz alta—.
Bien, gracias Valeria, cuida de Harsen y trata de cubrirme.
—No te preocupes Aine.
Aine miró una última vez a aquel hombre y suspiró,
resolvería todo y lo dejaría libre, lo liberaría de todos los
horrores que acarreaba el nombre Hamilton, lo dejaría ser feliz
con una mujer que fuera normal.
Ahora… ¿Por qué Lili hablaría con la persona que la violó?
Capítulo 28
«Harsen…» aquella hermosa voz era casi como un
zumbido en su cabeza, un eco del pasado que lo hacía
permanecer con vida, que lo hacía seguir luchando. «Harsen…
te amo».
La veía, aquella preciosa sonrisa burlesca, ojos vivaces e
inteligentes, cabello oscuro y aquella voz… su voz lo volvía
loco, era más dulce que cualquier tonada instrumental, era aún
más perfecta y lo era más cuando lo llamaba a él.
—Aine… —intentó abrir los ojos—. ¿Aine…?
—¡Harsen! —alguien le besó la frente, pareció presa de las
lágrimas a juzgar por su quebradiza voz.
Dudaba que fuera Aine, ella no lloraba.
—Aine…
—No, Harsen, soy Valeria.
El hombre abrió plenamente los ojos, tratándose aquello de
un trabajo monumental para alguien tan débil como lo estaba
Harsen Svensson en esos momentos.
—Valeria —la miró—. ¿Qué sucedió?
—Dios santo, pensé que morirías —le besó los labios.
—¿Morir? —se alejó de ella—. ¿Por qué morir?
—Tus heridas, fue todo muy grave. —Limpió sus lágrimas.
—¿Grave…? —se miró y comprendió—. Me hirieron.
—Sí —Valeria sorbió su nariz—. Pensamos que morirías,
estabas tan mal, ibas para peor.
—Aine… ¿Dónde está ella?
La luz en los ojos de Valeria desapareció.
—Lleva semanas desaparecida.
—¿Desaparecida? —intentó incorporarse, sufriendo un
dolor inimaginable que le sacó un gemido profundo—. ¿Cómo
que desaparecida? Eso es imposible, ella…
—Nadie lo sabe, Harsen, dicen que estaba desesperada
cuando te hirieron y salió del castillo para encontrarse con esas
personas que tú tanto buscabas.
—¿Ella sola? ¿Lo hizo ella sola? —exigió con molestia.
—Sí, no pudimos detenerla.
—¡Ella es una sola persona!
—¡Lo sé! Tenía un plan, me dijo que la cubriera, que te
cuidara, pero después, ella dejó de venir, creemos…
—¡No! —casi gritó, lo cual le causó dolor—. No, ella está
bien, hace este tipo de cosas cuando se molesta.
—Harsen…
—¡No! —trató de levantarse de nuevo, provocando que
saliera sangre de su cuerpo que apenas se estaba recuperándo.
—¡Tío Clemens! ¡Tío! —gritó Valeria.
El hombre entró a todas prisas, encontrándose con la
desesperación de su sobrino.
—¡Rápido! ¡Morfina! —entró un hombre que Harsen no
conocía pero que le era extrañamente familiar.
Lo inyectó, dejandolo nuevamente en un profundo sueño,
alejálndolo del dolor en su cuerpo y en su alma.
Harsen volvía a soñar con ella, la veía paseándose por la
habitación, mirándolo preocupada. Conocía a Aine, jamás lo
dejaría estando herido, algo terrible tendría que haberle
pasado… si algo le había pasado, sería su culpa, siempre sería
su culpa.
¡Debió decirle que la amaba! Y si ella huía… debió
perseguirla hasta el fin del mundo, hasta que quisiera
aceptarlo, hasta que ella misma aceptara lo que sentía, si es
que sentía algo.
—Aine…
—Harsen, por favor —Valeria dejó salir unas lágrimas—.
Vuelve en ti, Harsen.
—Tranquila querida, está lidiando con más de una situación
ahí dentro —dijo el tío Clemens—. Cree que se enamoró de
esa mujer, pero ahora que ella…
—Tío Clemens, ¿en serio es verdad lo que se rumorea? ¿En
serio cree que ella murió?
—Tuve que ir a reconocer el cuerpo —asintió—, ella… fue
espantoso, pero tenía la marca, esa dichosa marca.
—Por Dios —Valeria se cubrió la boca y lloró—. No puede
ser, es terrible.
—Tendrás que poner todo tu empeño en ayudarlo, Valeria,
será difícil para él recomponerse de esto.
—En realidad la amaba, ¿verdad tío?
—Sí, creo que sí.
—Es horrible que la haya perdido —Valeria le acarició la
mejilla con cariño—. No sé qué haré para ayudarlo con un
corazón roto, tío Clemens, es imposible.
—Difícil, tal vez; imposible, no.
—Entonces espero que siga dormido por mucho tiempo, que
la verdad sólo sea parte de su inconsciencia.
Harsen no sabía medir el tiempo que había pasado, ni
tampoco si la última vez que despertó le habían dicho la
verdad, pero en aquel despertar, se sintió considerablemente
mejor.
—Volvió la vista y ahí estaba nuevamente Valeria.
—Val…
—Harsen. —Sonrió la joven—. ¿Cómo te encuentras?
—Me siento mejor —asintió—. ¿Dónde estoy?
—En casa, Enok consideró que estás lo suficientemente
fuerte como para recibir un baño, ¿qué dices?
—¿Aine…?
Valeria bajó la mirada y negó.
—Como lo siento Harsen, pero como te dije la vez pasada…
—No… ¿Cuánto tiempo llevo en cama?
—Más de dos semanas.
—¡Semanas! —dijo sorpresivo.
—Fuiste gravemente herido, ¿Qué esperabas?
—¿Qué pasó con los Sundberg…? ¿Viggo y toda la
organización? —nuevamente hizo por incorporarse—. Tengo
que salir de aquí, ellos…
—Tranquilo —Valeria colocó una mano sobre su pecho y lo
volvió a recostar—. Eso se resolverá solo ya lo verás.
—¿Solo? Las cosas no se pueden resolver así como si nada.
—No, pero Aine tenía ayuda antes de que…
—Ella no puede estar muerta.
—Tú tío ha reconocido el cadáver, Harsen.
—¡Él no la conocía! —le gritó—. Apenas y la vio un par de
veces, no sabe quién era.
—Dijo que tenía el tatuaje.
—Si es lo único que reconoció, lo creeré mucho menos, lo
hace para dejarme libre, seguro sigue en Estocolmo.
—No, Harsen —negó Valeria con lágrimas—. Ha venido
alguien a remplazarla… es un hombre.
—Quiero verlo.
—Harsen, esos hombres no son como Aine, dan miedo y…
—Valeria, quiero verlo, no importa qué.
—No sé ni cómo contactarlo.
—Habla a tío Clemens, que venga aquí.
Valeria quitó las lágrimas y salió presurosa de la habitación,
desconociendo totalmente al hombre del cual estuvo
enamorada por demasiado tiempo, pero al cual tenía que
superar, era obvio que amaba otra mujer… aunque fuera una
que estuviese muerta.
Harsen estaba muriendo en vida por no poder salir de esa
cama, tenía que buscarla, estaba desesperado, jamás creería
que estaba muerta, nunca.
—Harsen, hijo mío, al fin despiertas —sonrío el tío.
—¿Dónde está ella?
—Harsen… seguro que Valeria ya te lo ha dicho.
—No puedo creerlo, mucho menos de ti.
—Harsen —su tío le tomó los hombros y suspiró—. Por
favor, haz caso, no hay nada que hacer, tienes que seguir.
—¿Quién está a cargo del caso?
—El caso está resuelto ya.
—¿Qué? —negó—. ¿Cómo es posible?
—Harsen, sentíamos que te perdíamos, ¿entiendes? Ella no
está más, debes concentrarte en ti ahora.
—No… —Harsen negó y se recostó en la cama—. Quiero
hablar con el encargado, que lo traigan, que venga ahora
mismo.
—Harsen, es imposible.
—¡Hagan lo imposible! ¡Maldición! ¡Ahora!
El tío Clemens asintió un par de veces y salió de ahí, no
sabía cómo haría para encontrar a un integrante de las águilas,
pero ese muchacho simplemente no se quedaría tranquilo si no
lo encontraba y hablaba con ellos.
El apurado hombre había tomado su gabardina y sombrero
para salir a la calle, en busca de lo imposible, maldiciendo a su
sobrino por ser tan testarudo. Iba bajando los escalones de la
fachada, cuando de pronto un hombre cayó ágilmente a sólo
unos pasos de su persona, provocando que el tío diera un paso
atrás y se derrumbara en las escaleras, preso del pánico y un
seguro paro cardiaco ante la impresión.
—¿Quiere hablar conmigo? —le dijo seriamente.
—A-Ah… m-mi señor.
¿Qué acaso esos hombres tenían oídos en todas partes?
—En realidad soy un lord —dijo el hombre seriamente,
tendiéndole la mano para ponerlo de pie—. ¿Puedo pasar?
—C-Claro, mi lord.
—Gracias.
El tío Clemens sintió que el alma se le había ido hasta los
pies, aquel hombre era en su totalidad imponente y
escalofriante. Tenía una altura que rebasaba lo normal, su
cuerpo era grande y su cara grave y refinada, de mirada
peligrosa y paralizante. Tanto. Que ni siquiera recordaba el
color de los mismos.
Lo siguió por la estancia, pero aquel enorme caballero se
detuvo en seco y se dio la vuelta.
—A solas, no necesito su presencia en el lugar.
—Mi lord, soy el tío y prácticamente padre de Harsen.
—De todas formas, quiero hablar con él a solas.
—C-Como usted lo desee, mi lord.
El tío Clemens observó el rápido subir del caballero y se
perdió en el pasillo de las habitaciones. Su corazón seguía
queriendo salir de su pecho y creía haber perdido todo el color
de su cara, quizá de todo su cuerpo.
—¿Mi señor? ¿Necesita algo?
—Un levanta muertos, ¡Uno doble!
Harsen se sorprendió cuando la puerta repentinamente se
abrió y mostró a un hombre extraño, increíblemente parecido a
Aine, sobre todo en sus ojos.
—¿Quién eres?
—No creo que importe, vengo a informarle lo que ha
sucedido durante su ausencia —dijo el hombre—. Pero antes,
debo darle la enhorabuena de su recuperación.
—No diría que estoy totalmente recuperado, pero a juzgar
de que he estado entre la vida y la muerte, entonces lo
agradezco —asintió conforme.
—¿Me permite?
Harsen elevó una ceja.
—¿Permitirle qué?
—Soy su médico, al menos cuando tengo tiempo y Enok no
está. Estoy especializado en este tipo de heridas.
—Haga caso, señor Svensson. —Entró de pronto Enok,
inclinándose respetuoso ante Publio Hamilton—. No hay nadie
mejor que él, de hecho, le debemos su vida.
Harsen permitió que el hombre se acercara y mirara
profesionalmente las heridas, limpiando y colocando nuevos
ungüentos herbales y volviendo a vendar.
—Va bien, señor Svensson —dijo el hombre—. Dentro de
poco podrá ponerse en pie.
—Gracias —se tocó una de sus heridas—. ¿Qué ha
sucedido? ¿Dónde está la mujer que estaba encargada del
caso?
Publio miró seriamente a aquel hombre, como si recriminara
algo, pero si ese sentimiento era verdad o parte de la
imaginación de Harsen, jamás lo sabría, puesto que el hombre
no se lo dijo y el presidente tampoco fue tan estúpido como
para preguntar.
—Informo —dijo tajante—: la banda criminal con la que se
tenía problemas ha sido disuelta y sus cabecillas capturados,
ninguna baja, todos están siendo juzgados pertinentemente y
esperarán su sentencia en prisión, como es debido.
—¿Los Sundberg y los Nilsson?
—Sí, ellos están siendo enjuiciados, al igual que la
muchacha Camila y la chica esa Lili.
—¿Disculpa? —Harsen se enderezó.
—Es altamente recomendable que no haga eso, mi trabajo
se iría al carajo si vuelve a abrir sus heridas.
—Camila y Lili estuvieron siempre bajo mi protección… —
dijo con dolor—. ¿Por qué están siendo juzgadas?
El hombre suspiró.
—Bueno, no siempre se aprecia lo que se hace por las
personas, nosotros lo sabemos mejor que nadie.
—¿Qué quiere decir?
—Esas señoritas fueron las causantes de que lo atacaran.
—No puede ser…
—Parece ser que la adicta Camila Venua fingió vender a su
hermana a los Sundberg para intentar matarlo a usted.
—No… Lili en verdad parecía traumatizada.
—Quizá lo está, pero ama a su hermana y haría todo por
ella.
—¿Quiere decir que, durante todo este tiempo, estuvieron
ayudando a los Sundberg?
—Ellos incluso sacaron a Camila de aquel reclusorio.
—¡Maldición!
—Me parece honorable lo que hace, he de reconocerlo.
Siéntase satisfecho de que la mayoría de las personas a las que
ayuda y que fueron reubicadas, han logrado continuar con una
vida digna, pero estas… no, en definitiva, ellas no.
—Soy un imbécil.
—No lo veo así —Publio se sentó en una silla cercana a la
cama de Harsen—. Creo que es un idealista y nos hacen falta
personas como usted.
—¿Encontró el lugar donde ocultaban los narcóticos en casa
de los Sundberg?
—Sí, allanamos la casa, salvamos a las mujeres encerradas,
estamos analizando la red de distribución de las mismas y
pensamos que por un tiempo, no tendrá problemas con
delincuentes. Pero estoy seguro que los adictos encontrarán
otra fuente y usted deberá lidiar con ello —Publio se acercó
con advertencia—. Recuerde que son los poderosos quienes
más necesidad tienen en corromper a la población.
Harsen lo miró con impresión.
—Tiene una muy mala opinión de los dirigentes, ¿Cierto?
—¡Son los peores! Las personas con poder se creen capaces
de hacer cualquier cosa, de abusar de cualquier persona por el
simple hecho de tener dinero y un título —Publio lo miró—.
Pero sé que está intentando hacer un cambio en ello, me da
gusto.
Harsen asintió.
—Es un camino que me ha dejado en esta cama.
—Pero ha sido inspiración de otros tantos —apuntó el
Hamilton—. Quizá usted muera intentándolo, pero si hace las
cosas bien, habrá sembrado en alguien las esperanzas de que
suceda un verdadero cambio y la lucha continuará.
—Gracias, sus palabras me son reconfortantes.
—Me alegro, ahora…
—Lo lamento, pero tengo más preguntas.
—Si es relacionado con la antigua compañera que estaba a
cargo del caso, no tengo información que brindarle.
—¿Murió? —dijo dolorido—. ¿En verdad murió?
La mirada de Publio se ensombreció.
—Continúe con su vida lo mejor que pueda, señor
Svensson, recupérese pronto. —Aconsejó—. Por el momento,
nosotros no tenemos más que hacer aquí.
Harsen se dejó consumir por la incertidumbre y el auténtico
dolor, aquel hombre tenía razón, debía seguir con su vida.
Capítulo 29
Aine había decidido quedarse en casa de su prima Sophia,
intentando ocultarse de su familia y de todo ser humano
existente. Al menos su prima salía lo suficiente de casa como
para dejarla tranquila y su marido no solía meterse en cosas
que no le interesaban, como lo era Aine en ese momento.
—Así que aquí te escondías, evasora de sentimientos.
—¡Kayla!
—Sorprendente —sonrió la menor—. No es normal lograr
asustarte, mucho menos hacerte gritar.
—Sólo… no te esperaba.
—¿No me oíste venir con esos poderes supernaturales que
tienen todos a excepción de mí?
La mayor la miró mal y siguió caminando por los jardines
que ofrecía Eaton Hall, el palacio donde vivía Sophia. No
podía negar que fuera un lugar precioso, pero para Aine, no
había un jardín más perfecto que el de Harsen Svensson; él era
más del estilo “cosas simétricas”, no se veían flores o arbustos
desalineados, parecía que salías a ese jardín y te encontrabas
en medio de un libro de figuras geométricas. Lo cual era raro
porque la mente de Harsen era extraña y divagante.
—¿Qué sucede? —Kayla le dio alcance—. ¿Por qué no
volviste a casa cuando decidiste abandonar Estocolmo?
—No quería ver a nadie.
—Sophia y John son alguien.
—Sí, pero ellos normalmente no están y si lo están, las
niñas los ocupan la mayor parte del tiempo, no tienen cabeza
para preguntarme nada.
—¿Qué es lo que quieres evitar? —frunció el ceño—. Papá
es la persona más orgullosa del mundo, no para de mencionar
que lo resolviste todo tú sola, fue gracias a ti que pudieron
atrapar a esos idiotas y rescatar a esas mujeres.
—Me alegra que se solucionara.
—Sí —Kayla la tomó de los hombros—. Pero, ¿por qué no
quisiste hacerlo por ti misma? Pensé que era lo que más
querías, demostrar que no sólo podías ser el cerebro, sino la
fuerza que terminara con las crisis.
Aine se apartó de las manos de su hermana y siguió
caminando, tratando de que ella dejara de seguirla.
—No quería estar más tiempo ahí.
—Mm-hmm, ¿tiene algo que ver con el señor Svensson?
Publio dijo que él no dejaba de preguntar por ti.
Aine se volvió en seguida.
—¿Lo hacía?
—Sí —suspiró—. Pero le dijeron lo que querías, que
estabas muerta y todo lo demás. ¿Por qué?
—¿Cómo lo vio Publio? ¿Se ha recuperado de las heridas?
—la miró ansiosa—. ¿Puede caminar?
Kayla sonrió de lado y negó sorprendida.
—Lo amas.
—No es verdad —se alejó.
—Lo amas y por eso te has ido —Kayla corrió a su lado.
—No soy mujer para él —dijo Aine—. Seguro que él ya
está vuelto a comprometer con Valeria.
—Sí, Publio dijo algo de eso, se les ve juntos y se rumorea
que se casarán pronto.
Aine sintió un peso en su corazón y asintió.
—Es como debía ser, ella es buena, le conviene.
—¡Al diablo con eso Aine! —Kayla frunció el ceño—. ¡Se
egoísta! ¡Ve por él!
—Él no me quiere, Kay, en más de una ocasión lo hablamos
y todo era conveniencia.
—Nunca lo preguntaste. Siendo honesta Aine, contigo
nunca se sabe qué pensar, ya me imagino como estaría el
pobre hombre si es que se enamoró de ti.
—Si tanto me amara, no estaría por casarse con otra
persona.
—Cree que estás muerta.
—¡Es pronto de todas formas!
—Pero qué terca eres, ¡Regresa ahí!
—No lo haré…
—Vale, quédate sola toda la vida —se cruzó de brazos—.
Perderás al amor de tu vida por una tontería.
—Yo jamás dejaré de ser esto Kayla, jamás. Y él no puede
amar a… a una asesina.
—No eres tal cosa.
—Pero lo soy y él me lo dijo.
Kayla parpadeó un par de veces.
—Seguro lo malinterpretaste.
—Puede ser —Aine suspiró—. ¿A qué has venido?
—Papá quiere que vuelvas a casa, quiere felicitarte.
—No volveré.
—¿Qué? ¿Por qué no?
—Kay… me embaracé.
—Que tú… ¿Qué?
—Embarazada —reiteró—. Esa fue la razón por la que yo
no pude acabar con el trabajo, es por eso que me marcharé a
Estados Unidos, Blake me ha dicho que me aceptará en su
casa.
—¿Es que lo pretendes tener? —se sorprendió su hermana.
—Sí.
—¡Estás loca!
—Kayla…
—¡Tú siempre dijiste que no querías hijos! ¡No puedes irte
Aine! ¡Te necesito aquí y papá… papá lo sabrá y lo matará!
—No sabrá de quién es.
—Es de él, ¿cierto?
—Sí.
—Aine, tan sólo piérdelo, eso será todo, será de un
momento.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque quiero tenerlo.
—¿Por qué demonios piensas arruinar tu vida con eso?
—¡Porque amo a su padre! —explotó y la miró—. Tenerlo
será tener un pedazo de Harsen conmigo…
—¡Estás loca! —negó—. Si eso es lo que quieres, ve a
decirle que se haga cargo de lo que hizo.
—¡He dicho que no Kayla! ¡No le arruinaré la vida!
—¿Y arruinarás la tuya?
—Mi hijo no arruinará nada.
—¡Bien! ¡Pero que terca!
—¡Kayla! —Aine la detuvo en su salida—. Debes prometer
que no dirás nada, ¡Júralo!
—Bien.
Su hermana se perdió de vista y ella se quedó parada en
medio de aquel enorme jardín, volviendo la cara hacia ella
misma y tocando el vientre que comenzaba a abultarse.
Faltaba poco más de un mes para que el barco partiera hacia
Estados Unidos y todo aquel pasado no fuera más que una
mancha borrosa en su vida.
Criaría a su hijo lo más lejos posible de Londres, de donde
la reconocieran y quisieran hacerle daño. Viviría bajo la
protección de Calder y de Blake, quienes habían aceptado en
seguida de saber la situación, supuso que su prima había
tenido todo que ver con ello y se lo agradecía.
Levantó la vista hacia el cielo y lloró al pensar que Harsen
estaba rehaciendo su vida, ella lo había planeado así, pero
jamás imaginó que sería tan pronto. Era lo justo, él y Valeria
habían estado comprometidos desde antes, se veían bien,
actuaban bien y eran perfectos el uno para el otro.
Esa alianza sólo solidificaría a Harsen en su puesto y en su
país, que era lo que necesitaba después de todo lo ocurrido con
los Sundberg y los Nilsson.
Era extraño, por años siempre quiso la felicitación de su
padre, que fuera él quien la reconociera como alguien valiosa
y eficiente para la cofradía, como alguien en quien confiar,
como una líder. Pero ahora que lo tenía, ya no le importaba.
La única aprobación, confianza y amor que en realidad
buscaba, estaba siendo entregado a otra mujer.
☬
Harsen había pasado el tiempo más difícil de su vida,
aceptar que Aine se había ido fue lo más duro que tuvo que
enfrentar. Sabía que estaba viva, algo dentro de él se lo decía,
pero si ella quería permanecer lejos de él, así debía ser. A ella
no le gustaban las presiones, era un alma libre, que disfrutaba
de su trabajo más que de otra cosa en el mundo, no le podía
pedir una vida sedentaria junto a él.
Sabía que, aunque le dijera que le daba permiso para seguir
haciendo su vida alocada, ella se negaría, porque el
matrimonio representaba en muchas formas una cárcel, una
hecha de cariño.
Así que, cuando el dolor de su cuerpo dejó de ser un
impedimento y el del corazón era más tolerable. Harsen salió,
quería ver con sus propios ojos a los agresores que las águilas
se habían encargado de apresar. Quería hablar con Camila y
con Lili, a las que les confió su casa, su dinero y prácticamente
su vida y en mucha medida, la de Aine.
Por un tiempo, Harsen pensó que Lili se había enamorado
de Aine, la cuidaba, la perseguía y, en algunas ocasiones,
había escuchado cómo la niña se escurría a la habitación que
ambos compartían y los veía dormir por largas horas, más
bien, veía a Aine. Pero supuso que no la veía a ella, sino que
se daba cuenta de la marca que casualmente, los Sundberg
habían dejado de buscar, ahora entendía que ya no les hacía
falta, puesto que fue Lili quien les dio la confirmación que
necesitaban.
Harsen bajó las escaleras de piedra que dirigían a la prisión
de Estocolmo, donde tenían prisioneras a las hermanas que
parecían haber tomado su bondad y haberla lanzado por la
borda más cercana, traicionándolo.
—Quiero verlas.
—Sí, mi señor —el guardia armado que resguardaba las
celdas abrió la de las hermanas, quienes se veían asustadas y
ocultas en una esquina de piedra.
Harsen se sintió rápidamente enclaustrado, ahí apenas y
habría ventilación, hacía calor, no había lugar donde sentarse
además del suelo y las goteras parecían orden del día, a pesar
de que no estaba lloviendo, lo cual le causaba un mal
presentimiento de dónde venía aquella agua.
—¡Harsen! —Lili intentó correr hacia él, pero el presidente
miró al guardia que lo acompañaba y este la empujó con tanta
fuerza, que incluso Harsen intentó levantarla del suelo—. ¿No
has venido a rescatarnos?
—¿Por qué lo haría?
—Te han dicho —dijo Camila, que tenía un muy mal
aspecto, parecía tener todos los síntomas de abstinencia.
—Quiero que me expliquen el por qué.
—Jamás quise lastimar a la señorita Aine, Harsen, lo juro.
Lili bajó la cabeza y se alejó, por un momento pensó que
significaba su liberación, pero parecía ser todo lo contrario.
Junto con la confesión que haría a Harsen, estaba dándose la
sentencia junto con su hermana. Lili miró a Camila, quien
temblaba y sudaba frío en aquella esquina. No podía creer que
estuviera ahí por ella, había sido una tonta, debió hacerle caso
a Aine cuando se lo advirtió aquella noche:
Lili sabía que Harsen y Aine estarían dormidos, para ese
momento, la pareja habría terminado su usual acercamiento
marital y ambos estarían en los brazos del otro, como en tantas
ocasiones los había visto.
A ella le gustaba observarlos, le era extraño verlos
abrazados, parecían felices juntos. Lili sabía que su trabajo no
era verlos dormir, debía registrar los lugares que pudiera para
sacar información, era la única forma en la que no matarían a
su hermana o a ella. Pero Lili normalmente no lo hacía, ella
permanecía ahí, mirando a Aine presa entre los brazos de un
hombre, con aquella sonrisa plácida.
Para Lili había sido fácil enamorarse de Aine, ella era una
mujer fuerte, valiente y era parte de una organización que se
encargaba de ayudar a las personas. ¿Por qué preferiría estar
en brazos de un pútrido varón que lo único que anhelaba era
saciar sus deseos en ellas? ¡Odiaba a Harsen! Lo odiaba
porque podía tener a Aine abrazada de esa forma, porque
podía besarla, porque podía estar con ella todos los días.
La joven alargó la mano, intentando tocar el cabello largo y
oscuro que caía por la cara relajada de la mujer que amaba.
Pero, cuando apenas iba a tocar el primer mechón de sedoso
cabello negro, una mano tomó su muñeca con fuerza y tuvo
sobre ella los ojos feroces de la mujer hermosa que ahora
parecía totalmente despierta, aún entre los brazos de Harsen.
—¿Qué demonios crees que haces?
—¡Lo siento! Sólo… sólo quería ver si estaban bien.
—Estoy desnuda en una cama junto a mi marido Lili, no
quiero ser grosera, pero tu presencia no es bien recibida.
—Sí… lo siento.
—Sin embargo —Aine se puso en pie, mostrando su cuerpo
ante la sonrojada Lili y se colocó una bata—. No es la primera
vez que te veo husmeando en la habitación.
—N-No es así, señora.
—A mí no hace falta que me mientas —la mirada de Aine
era pesada y firme, Lili sentía que la devoraría de un bocado
—. Sea lo que sea que Camila te mánde a buscar aquí, date por
vencida, Harsen confía en ti y si acaso tú osas en fallar a esa
confianza, te darás cuenta de lo malvada que puedo llegar a
ser.
—Tú… ¿Lo amas?
—Eso no te concierne.
—Yo… yo estoy enamorada de ti —la miró con vergüenza.
Aine la miró seriamente, para después dejar salir el aire y la
tomó de los hombros, llevándola hacia afuera de la habitación
y cerrando la puerta para que Harsen siguiera descansando,
había tenido días pesados y lo último que quería era que
despertara para darse cuenta de que una de las personas que
protegía, era una de las conspiradoras en su cóntra.
—No me amas Lili, me ves como un escape agradable.
—¡Te amo! ¡En serio lo hago! —gritó la joven—. Odio a
Harsen porque te hace sufrir, lo escuché, sé que es así.
—He dicho que no es así y aunque tuvieras una inclinación
sincera hacia mí, Lili, yo estoy casada.
—Eso es mentira.
La joven la miró con sospechas.
—Creo que está claro que no lo es —Aine frunció el ceño.
Lili pareció darse cuenta de su error y por tal motivo, salió
corriendo, pero Aine la alcanzó y la inmovilizó en el suelo—.
No me quieres de enemiga Lili, dile eso a Camila y a todos tus
amiguitos que pretendes ayudar.
Ella había cumplido su amenaza. Cuando Harsen salió
herido casi de forma mortal, la furia de aquella pequeña mujer
se desató como si se hubiera contenido por años. Nada la
frenaba, mató a cuanto se le puso en frente, incluso Lili creía
que corrió con suerte de no ser asesinada por su propia mano,
puesto que, después de ataques intensivos a los lugares donde
ella ayudaba a reclutar mujeres o a mantenerlas en calma
mientras eran trasportadas. Aine desapareció y jamás la
volvieron a ver.
En cambio, llegó alguien parecido a ella, pero en varón,
aunque no mataba a diestra y siniestra como Aine, algunos
preferirían morir a estar en su presencia. Decían que a ese
hombre le gustaba la información rápida y, si no se la
entregabas, entonces él se encargaba de sacártela
dolorosamente, de la forma más convenientemente dolorosa.
A Lili aún no le tocaba ser visitada por él, pero si lo veía,
ella diría todo lo que quisiera sin que le tocara un pelo, no
quería sufrir, definitivamente no quería eso y su hermana
Camila estaba tan mal, que seguro moriría antes de que la
visita llegase.
Había sido tonta al traicionar a Harsen, él siempre fue
bueno, ¡Todo era culpa de su hermana! Fue ella quien
comenzó a relacionarse con los Sundberg, fue ella quien los
ayudaba a drogar y raptar a las mujeres, cayendo en las
mismas trampas que sus víctimas.
Y por protegerla… sólo por proteger a su estúpida hermana
mayor, ahora ella estaría condenada, sabía que sería una
condena terrible, de la cual no quería ni pensar. Pero era lo
justo… Camila había hecho todo por ella en un punto de su
vida, cuando nadie las protegía, ella se vendió para darle algo
de comer y cuando le pidió ayuda, no encontró manera de
negarle un favor.
—Espero que el dinero que hayan ganado les fuera
suficiente —dijo Harsen, mirándolas con fastidio y saliendo de
ahí.
—No está muerta Harsen —dijo Lili.
—No, eso lo sé… pero quiere estarlo para mí.
Capítulo 30
Al final de cuentas, Aine había tenido que regresar a
Londres. No podía evitar eternamente a sus padres y prefería
darles la noticia de que se iría a Estados Unidos sin una
pancita que revelara su estado de gestación, les ahorraría esa
desgracia.
Aunque sabía que eventualmente su padre lo sabría, al
menos no estaría cerca para ver su cara de desilusión y el
llanto eterno de su madre por haberse deshonrado… aunque
prácticamente ella había estado casada durante todo el suceso,
pero era mejor no meterse con tecnicismos.
Aine subió las escaleras de la fachada de la casa de sus
padres y abrió la puerta, saludando con una sonrisa al hombre
que pretendía abrirle la puerta y caminó segura hasta el
despacho de sus padres, dónde sabía que ambos estarían a esa
hora del día.
—¡Aine! —gritó su madre, corriendo hacia ella y llenándola
de besos que la menor aceptó—. ¡Oh! Mi niña preciosa, al fin
has vuelto a casa.
—Mamá, me asfixias.
—Oh, pero si todos ustedes son iguales —negó la madre—,
mandaré pedir que se haga tu comida favorita ahora mismo.
—Gracias mamá.
Thomas esperó a que su esposa saliera del despacho para
comenzar a hablar con su hija mayor.
—Te ha salido bastante bien esta misión, al parecer era más
grande de lo que pensabas, ¿Verdad?
—¿Lo sabías?
—Por supuesto que lo sabía, Aine.
—Y confiaste en mí a pesar de ello.
—Jamás he hecho lo contrario.
Aine asintió un par de veces y tomó asiento en las sillas
frente al escritorio de su padre, siempre que se sentaba ahí, era
como si se encontrara en un juzgado y su padre era sin duda
alguna el más duro magistrado.
—¿Por qué dejaste el mando a Publio?
—Creí que era lo más oportuno.
—Hasta el momento habías desobedecido todas mis órdenes
—elevó una ceja—. Desde que no te pusieras en peligro hasta
que salieras de la misión si era demasiado peligrosa.
—Podía con ella.
—¿Qué cambió?
—Nada… me aburrí, supongo.
—Claramente eso no es verdad, resolviste todo, nos
indicaste cada punto, persona y situación, sólo era ejecutar un
plan que tú misma trazaste —la miró severo—. Dime la
verdad.
—Me enamoré de él —dijo sin más—. Me enamoré del
hombre que debía proteger.
Thomas se quedó sin habla por varios momentos.
—¿Qué tiene que ver? Eres perfectamente capaz de marcar
una raya entre tu hacer y tus emociones.
—No cuando por mi culpa lo dejaron al límite de la muerte
—dijo ella—. Ahí no pude marcar una raya entre mis
emociones, todo lo que quería era vengarme dolorosamente de
todos.
—Por eso cediste el mando.
—Sí.
—Aunque. —su padre tomó unas notas y Aine se vio en la
necesidad de cerrar los ojos—. El reporte dice que los
Sundberg y los Nilsson no están del todo “sanos” tienen varias
marcas de tortura que ciertamente no mencionaré ahora,
porque creo que las recuerdas muy bien.
—Saqué la información que necesitaba.
—Y yo que pensaba que Publio era el único lo
suficientemente frío como para aguantar una tortura —negó
Thomas—. Creo que es por su estudio del cuerpo humano,
dime, ¿Qué te dio el estómago a ti?
—Dañaron algo que yo amo.
—Entiendo.
Thomas debía preocuparse, Aine podía ser una mortífera
asesina, despiadada y sin aparente corazón, lo más indicado
sería sacarla de las misiones, no quería que su hija se hiciera
una sanguinaria y pensara que la forma de resolver y proteger
a los suyos, era torturando y matando sin pensar. Seguro que
Publio y Terry pensarían dos veces en matar a alguien, pero no
Aine, ella no dudaría ni un segundo, era un arma mortal y,
ahora que estaba enamorada, era aún más peligroso.
—¿Me reprenderás?
—¿Qué esperabas? Desde cuando un método como el tuyo
ha sido aceptado en la cofradía.
—Lo sé.
—Te dejaste llevar por las emociones.
—Lo sé, padre.
—Es normal hasta cierto punto. —Ella levantó la mirada—.
Entiendo que no pudieras controlarte en esta ocasión, es la
primera vez que amas a alguien y sientes que todo tu cuerpo
cae por un barranco de emociones. Pero no toleraré una
segunda insubordinación del estilo.
—Padre… dado a ello, he pensado que el destierro es una
buena solución por el momento.
—No desterraré a mi propia hija Aine, bastará con que estés
fuera de misiones por un tiempo.
—Lo apoyo, pero quiero irme de aquí.
—¿Por qué? Pensé que dijiste que amabas a este muchacho.
—Sí, pero no soy una mujer para él.
—¿Se lo preguntaste?
—Lo sé.
—No es sabio hacer suposiciones cuando se trata de amor.
—Está comprometido con otra mujer… una perfecta para él.
—Thomas decayó notablemente al ver el semblante dolorido
de su propia hija—. Yo… no soy ese tipo de mujer refinada,
que le gustaba beber té en la tarde, sentarse a tejer y hablar con
la reina… soy una mujer activa e inteligente y…
—Estás llorando. —El padre se levantó y la abrazó—. Hija
mía, no tienes que ser un extremo u otro, puedes ser ambas
cosas, no tienes que encapsularte en una sola parte de tu ser.
—Papá —lo abrazó—. Soy horrible, soy destructiva y
agresiva, ¡Soy una asesina! Él es un hombre bueno, tan bueno,
que incluso me hace sentir que soy un ser detestable.
—Tú eres una mujer buena —le tomó la cara—. Una que
tiene que tomar y hacer cosas difíciles para ayudar a otros.
Pero… tampoco estás obligada a ello Aine, no tienes que serlo
si te causa tanto impacto.
—Me gusta serlo, me gusta que estés orgulloso de mí.
—Hija, siempre estaré orgulloso de ti, hagas lo que hagas,
siempre serás perfecta y la mujer más inalcanzable que existe,
porque eres mi hija, opino lo mismo de todos mis hijos.
—Papá… déjame ir a Estados Unidos.
—¿Le dijiste lo que sientes?
—No —ella limpió sus lágrimas—. Él quiere a Valeria, ella
es su amiga de mucho tiempo, incluso le conviene casarse con
ella, políticamente sería increíble.
—La palabra conveniente no es buena cuando se trata del
corazón, Aine, deberías saberlo.
Ella lloró un poco más y enterró su cabeza en el hombro de
su padre, quien seguía inclinado ante ella, tratando de hacerla
entender algo que para ella era una locura de momento.
—Déjame ir, papá, te lo pido.
Thomas cerró los ojos y abrazó con fuerza a su hija, le dolía
en el alma pensar que la tendría tan lejos, la extrañaría
demasiado.
—Te lo concedo.
—¡Oh! —la joven levantó la mirada y sorbió su nariz—.
¡Gracias papá! ¡Gracias!
—¿Gracias de qué? —entró de pronto Annabella.
—Ahí es donde tendrás las cosas difíciles —Thomas le besó
la mejilla a su hija y fue a sentarse a su escritorio.
—Mamá —Aine se puso en pie—. Papá me ha mandado a
una misión a Estados Unidos.
—Eso es alta traición Aine —se sorprendió Thomas.
La chica soltó una dulce carcajada y se adelantó a explicar a
su madre lo que iba a suceder en unas cuantas semanas. Era
obvio que su madre se opondría, pero ya no había vuelta atrás.
Capítulo 31
Harsen había aprendido a sonreír, a conversar y a seguir
con su vida en todo lo que le era posible, pese a que el rostro
perfilado de cierta mujer siguiera apareciendo en sus recuerdos
como si se tratase de un espejismo, incluso en ocasiones sentía
que la veía.
En realidad, era patético, debía admitirlo.
—¿Señor presidente?
—¿Sí?
—¿Desea que posponga la reunión?
—No —sonrió y trató de enfocarse—. Lamento haber
estado tan distraído, por favor hagan pasar a las personas tal y
como estaban citadas.
—Sí, mi señor.
Harsen se reclinó en su asiento y miró por la ventana en lo
que esperaba que su siguiente reunión diera inicio.
Aine había encontrado la fórmula perfecta para que jamás la
olvidara. Sus hermosos ojos, dominantes y certeros; los labios
rosados y perfectamente formados; aquella nariz respingada y
levantada; sus cabellos largos y oscuros; su sonrisa sabionda…
—Mi señora, el presidente está…
—No estará lo suficientemente ocupado para mí —dijo
Valeria, terminando de entrar al despacho del hombre.
—En realidad Valeria, si me encuentro bastante ocupado.
—Pero si tu cabeza parece estar en todo menos en los
negocios convenientes para Suecia.
—Nada podría hacer que hiciera una mala negociación para
mi propio país, ese es mi trabajo.
—Claro —la joven tomó asiento en las sillas frente al
escritorio y se volvió hacia el secretario, quien estaba
impaciente por saber qué hacer—. Harías bien en traer un poco
de té para ambos, quizá unas galletas.
El hombre miró a su jefe y este simplemente asintió.
Cuando se quedaron en soledad, el silencio reinó lo suficiente
como para que Valeria diera un suspiro y comenzara a hablar
desesperada.
—Si tanto la extrañas, ve a buscarla.
—No sabría cómo y tampoco es algo que ella quiera.
—¿Te conformarás con un matrimonio por conveniencia,
con alguien a quien no amas?
Harsen levantó la mirada hacia su amiga.
—Valeria, no quería…
—No estoy herida, Harsen, pese a que te quiero, me quiero
mucho más a mí misma y no quiero esto para mí.
—No entiendo.
Valeria suspiró y rodó los ojos, sonriendo hacia el idiota que
pretendía ser un mártir ante una situación que tenía arreglo.
—Jamás aceptaré ser la otra, la que tuviste porque así debía
ser. Yo no puedo cancelar ese compromiso, ni siquiera me
puedo mostrar renuente a ello, pero tú, tú sí.
—Sé que no me amas.
—¿Estás tonto? ¡Claro que te amo! —ella lo miró con las
mejillas sonrojadas, pero muy firme y sin complejo alguno—.
Por eso mismo te digo esto: búscala.
—Valeria…
—Sé que es difícil, sé que es más fácil aceptar que ella no te
quiere, que no es conveniente, que no serán felices. Pero el
amor no es fácil, no es darse por vencido, es ir y luchar por
ello, por lo que se cree que te hará feliz.
—¿Por qué te estás dando por vencida? —la miró
seriamente—. Dices que me amas, ¿Por qué decirme esto?
—No quiero migajas.
—No las tendrás —aseguró—. Te quiero también, pondré
todo de mi parte para hacerte la mujer más feliz, el recuerdo de
ella jamás vendrá a tu mente, porque pensaré sólo en ti.
—Harsen… ¿Estás seguro de lo que estás haciendo?
—Sí, Valeria, si tú me lo permites. Te haré feliz.
Ella negó con una sonrisa y lo miró.
—Piensa lo que haces Harsen, antes de que sea tarde.
☬
Aine ya se encontraba en Suffolk, estaba hospedada cerca
del puerto de Felixstowe donde tomaría el barco que la llevaría
directa a Nueva York, donde vivía su prima Blake y con la que
pensaba pasar una larga temporada… si es que no se terminaba
matando con su marido, Calder.
La muchacha bajó temprano ese día, quería ir a desayunar
un restaurante que le había gustado en su última visita, pero no
se imaginó que, al abrir la puerta de la habitación de su hotel,
se encontraría con la figura alta y garbosa de un hombre que la
miraba con el reproche marcado en cada parte de su rostro.
—¿Qué haces aquí?
—Creo que es más que obvio —pasó a la habitación y la
miró con seriedad—. Sé que estás embarazada.
—¿Cómo…? ¡Kayla te lo dijo!
—En realidad, soy médico Aine, ¿cómo pudiste imaginar
que en la última visita que te hice antes de que te vinieras no
lo notaría? —sonrió Publio.
—¿Crees que papá lo sepa?
—No, seguro que no, él no me ha dicho nada, no te vio en
un estado más avanzado, por lo cual dudo que sospeche,
aunque se enterará eventualmente.
—¿Vienes a regañarme?
—No, creo que estás pasándola lo suficientemente mal
como para que alguien más venga a amonestarte.
—Gracias —asintió—. ¿Por qué has venido entonces?
—Vengo a decirte que te apoyaré, no te faltará nada en
Estados Unidos, no dependerás de nadie, te daré dinero
semanalmente para ello.
—Publio…
—De hecho, hermanita, creo que vivirás más que bien,
porque haré lo mismo que Publio —sonrió Terry,
revolviéndole el cabello—. ¿Cómo te sientes?
—Como si metí la pata hasta el fondo del pantano.
—Bien dicho —sonrió Terry.
—Ustedes… ¿no están enojados?
—Bueno… sí, pero entendemos lo que pasó… un poco,
algo, en realidad, Kayla nos explicó —dijo Terry—. Por cierto
¿dónde demonio se ha metido?
—Seguro se está escondiendo de Aine —dijo Publio.
—Por primera vez le agradezco que se metiera —Aine
abrazó a sus hermanos—. Gracias por apoyarme.
—No íbamos a dejar a nuestra hermana sola en algo como
esto, quizá pudieras trabajar por un tiempo, pero cuando el
embarazo avance y peor, cuando nazca el niño, te será
prácticamente imposible —dijo Publio.
—¡Además, Aine siempre les ha ayudado en sus metidas de
pata! —gritó alguien desde afuera de la habitación,
seguramente escondida tras la cortina.
—Vamos, Kay, sal de ahí —sugirió Aine.
Su hermana menor salió a la defensiva, sabía que en contra
de cualquiera de sus tres hermanos, ella era menos que una
hormiga, la aplastarían sin miramentos, pero jamás le harían
daño, al menos, no a ella.
—Eres tan niña Kayla —sonrió Publio.
—¿No habías jurado no decir nada?
—Sí, lo hice —agachó la cabeza.
—¿Cumpliste?
—Había cruzado los dedos.
—Eso no funciona entre los Hamilton —negó Terry.
—Bueno, entonces sólo incumplí.
—Gracias —la abrazó Aine—. Yo también te quiero.
Kayla sonrió y la abrazó.
—¿Y bueno? ¿Nos avisarás cuando nazca?
—Claro, espero que me puedan visitar.
—¿Estás segura de lo que haces Aine? —Terry frunció el
ceño—. Pese a que es otro lugar, sigue siendo una sociedad
que criticará a una madre soltera.
—Vivir con Blake y Calder me servirá de algo, al menos
por un tiempo, ellos ya han de estar acostumbrados a dar de
qué hablar con la pequeña Kenia.
—Supongo… pero serás la comidilla del lugar —dijo
Kayla.
—No importa —se tocó el vientre—. Al menos estará
seguro de los enemigos de los Hamilton, aquí tenemos miles,
allá… unos cuantos nada más.
—Si estás tan segura con la decisión, entonces, te apoyamos
—asintió Publio.
Los hermanos se miraron con el más puro afecto fraternal.
No eran especialmente cariñosos entre ellos, pero al menos
sabían que si uno necesitaba al otro, no habría duda de que
atenderían y tratarían de sacar el problema adelante.
—Bueno —dijo Kayla—. ¿Hambre?
—Sí —sonrió Aine—. De hecho, iba a un restaurante que
me fascinó, ¿Vamos?
—Mmm… no lo sé, tu paladar es muy sofisticado Aine —se
quejó Terry.
—Es porque a ti te alimentaron de arroz y curri por más de
un año —se burló Publio.
—Claro, el amante de los caldos ha hablado —sonrío Kayla,
saliendo de la habitación.
—Son nutritivos, fáciles y se pueden hacer de cualquier
cosa.
—¿Tienes papilas gustativas? —se quejó Terry.
Los hermanos Hamilton gustaron en atormentar la vida de
todos los que estuvieran en aquel restaurante. Ver a uno de
ellos ya era indicio de mal augurio, pero al ver a los cuatro, la
gente simplemente pensó que estaban por morir.
Sin embargo, para ellos fue una comida normal, en la cual
rieron, charlaron y bromearon, todo entre ellos, sin esposas,
sin padres y sin hijos. Simplemente hermanos. Hacía años que
no hacían algo como aquello y hacerlo en ese último día,
parecía ser una buena despedida.
Los hermanos se hospedarían en el mismo hotel, estando
Aine y Kayla en la misma habitación, esto debido a que la
menor se empeñó en que así fuera y la mayor no tenía ganas
de contradecirla, sobre todo porque le había dado un regalo
precioso al traer a sus hermanos y, de esa forma darse cuenta,
que siempre tendría a su familia. Al menos a sus hermanos.
—¿Cómo él es Aine? —dijo Kayla, ya en camisón y
recostada en la cama con las piernas desnudas al tenerlas
levantadas contra la cabecera—. ¿Cómo es el hombre del que
te enamoraste?
Aine se sonrojó notoriamente, ella doblaba sus ropas en una
silla, pero se volvió hacia su hermana, caminando hacia la
cama y poniéndose en la misma posición despreocupada que
ella.
—Bueno, él… él es tan… —ella sonrió—. Y después
cuando… pero a veces puede ser… ¡Agh!
Kayla sonrió y ladeó la cabeza para mirarla.
—En serio lo amas.
—Es el hombre más bueno que conozco. Confió plenamente
en mí y yo le mentí en la cara una y otra vez.
—¿Cómo?
—Jamás le dije que era hija de Thomas Hamilton, le hice
creer que era huérfana y necesitaba el trabajo.
—¿Por qué?
—Era la única forma en la que me dejaría quedar, había
arruinado todo para ese entonces.
—¿Tú? ¿Arruinar algo?
—Junto a él, arruino absolutamente todo.
—¿En verdad?
—Creo que incluso lo hacía a posta, deseaba prolongar el
tiempo lo máximo posible para no tener que separarme de él…
dije tantas tonterías, inventé tantas cosas con el único deseo de
acercarme más, de tenerlo más cerca, de conocerlo.
—¿Y él? ¿Qué pensaba él?
Aine sonrió de lado.
—Siempre me defendía ante su tío Clemens, al cual odio —
rodó los ojos—. Incluso cuando llegó Valeria, Harsen se
mantuvo en la mentira y siempre estuvo a mi lado.
—Parece un hombre honorable.
—Es tan… tan puro de corazón —negó—. Jamás ha visto
mi verdadero yo, me aterraría que lo viera.
—¿Tu verdadero yo?
—Jamás me ha visto matando a nadie o torturando para
sacar información… él pensaría que soy un monstruo.
—Eres una persona buena Aine, una que hace cosas que no
todos podrían, pero eres buena.
—Él no lo aprobaría, ¿sabes? Harsen es tan… tan justo,
incluso con alguien que lo dañara, él no actuaría en venganza,
si esa misma persona le pidiera ayuda, creo que sería capaz
hacerlo.
—Entonces es idiota.
—No. Es noble, increíblemente noble, bueno y piadoso.
—¿Te enamoraste de alguien que suena tan blando?
—Creo que la diferencia es que él tiene su corazón intacto,
de oro, puro. —Aine dejó salir una carcajada—. A
comparación del mío que está negro y duro como el acero.
—Bueno, creo que sabemos quién ha podido hacer que ese
corazón “muerto” volviera a la vida —se sentó y le acarició el
vientre—. Incluso quieres tener a su hijo.
Aine se miró a sí misma.
—¿Soy idiota?
—Un poquito —Aine le dio una patada y Kayla sólo sonrió.
Capítulo 32
Durante todo su tiempo de espera, Aine en serio soñó a
que un día, Harsen llegaría y la detendría, que le diría que la
amaba y que deseaba estar con ella. Pero los días pasaron y el
barco que la llevaría a su nueva vida había llegado y ese
mismo día lo abordaría para marcharse por siempre.
Para ese momento, sus hermanos se habían marchado,
dejándola dolorosamente sola, como lo sería el resto de su
vida. Ella trataba de hacerse a la idea de que, pese a que no
tuviera la compañía que se esperaría cuando se tenía un hijo,
sería feliz, no sabía cómo, pero amaba al pequeño dentro de
ella, debía admitir que en ocasiones hablaba con su vientre,
como si de pronto ese bebé fuera a entablar una conversación.
Quién sabe si para ese momento su padre sabría lo que
estaba ocurriendo en verdad, pero si lo sabía, la estaba dejando
tranquila. Miró la habitación del hotel donde se había quedado
hospedada y salió de ella, cerrándola con algo de miedo,
puesto que sabía que estaba a punto de abordar el barco, estaba
asustada.
«Blake estará ahí —se dijo—. Ella sabe qué hacer, siempre
sabe qué hacer. El bebé estará bien y el idiota de su marido nos
podrá defender.»
Aine tomó valor y bajó junto con su pequeña valija, donde
tenía todas sus pertenencias, las pocas que pensaba llevarse.
Allá compraría lo necesario, necesitaría cosas para el bebé, sus
hermanos le habían dicho que irían en un mes para solucionar
todo eso, así que trataría de estar tranquila.
—Bien, cosa es hora de irnos ¿vale? Ten confianza en mí, lo
único que sé hacer bien en esta vida, es cuidar de las personas,
y tú eres una persona… serás mí persona, o algo así —asintió
más convencida—. Bien cosa, procura no dar problemas,
porque si no, me voy a enojar.
Aine bajó un poco más animada después de haberse dado
ánimos, pensaba ir directa al barco, pero al pasar por el
restaurante del hotel, no pudo evitar que el apetito se le abriera
y no dudó en entrar al lugar.
—Está bien, cosa, sé que tú no puedes ayunar.
—¿Mesa para uno, señorita?
—Sí, gracias.
—Qué sea para dos —dijo una voz a sus espaldas. Aine se
volvió rápidamente, topándose de frente con Valeria, quien
sonreía—. Pareces sorprendida.
—Lo estoy.
—Es normal, supongo —dijo ella, caminando detrás del
camarero que los llevaba a la mesa asignada para ellas.
—¿Qué haces aquí? ¿Cómo supiste quién soy?
—No soy estúpida —sonrió—. Y Desiré me lo dijo.
—Desiré —asintió—. ¿La conoces?
—Una de las protegidas de Harsen, parece que al fin la ha
convencido que se salga de la prostitución, por cierto.
—¿En verdad? —sonrió Aine—. Pero qué buena noticia.
—Sí —Valeria la miró fijamente—. También vine a
informarte del compromiso entre Harsen y yo.
Aine bajó la mirada y decayó notablemente.
—Claro… muchas felicidades.
—Gracias, aunque dudo que me pueda volver a casar
cuando el hombre con el que planeo hacerlo, sigue casado.
—Valeria, lo siento, creí que la forma más efectiva de que
todo se solucionara era dándome por muerta.
—Pero no lo estás, Aine, y la gente habla, viaja y te ha
visto.
—No lo pensé, lo siento.
—Como sea —sonrió—. Harsen sólo ha ido por los papeles
a la habitación, está todo listo para que los firmes, no te
preocupes, no te quitaremos mucho tiempo, alcanzarás el
barco.
—¿Papeles? —el corazón se le paralizó.
—De divorcio, claro.
—Oh… sí, es verdad, lo siento.
—Ah, ahí está Harsen. —Valeria elevó la mano y sonrió,
llamando la atención del elegante hombre que se acercó sin
dudar hacia ellas.
Aine clavó la vista en el mantel blanco de aquella mesa, le
parecía imposible volver a verlo sin tirársele encima. ¿Habría
cambiado? ¿Se vería más guapo? ¿Tendría cicatrices?
Sintió su presencia a su lado, la imponente altura
ocasionaba una clara sombra sobre su persona, pero ella seguía
sin volverse. Tomó aire y levantó la mirada, fijándola en un
punto en la distancia, muy derecha y orgullosa, tratando de
mostrarse segura y entera ante la destrucción de su corazón.
—Es un gusto verte con vida Aine.
Su voz era igual, era cálida, profunda, reconfortante. Seguía
siendo la voz de alguien bueno, bondadoso, lleno de amor,
pero no amor para ella. Estaba ahí para que firmara el divorcio
y es lo que haría, porque lo amaba lo haría.
—Lamento las mentiras.
—Fueron muchas —el hombre se sentó frente a ella y junto
a Valeria, quien no paraba de sonreír—. No imaginé que eras
hija de los Hamilton de Londres, del hombre siniestro.
—Aunque comenzamos a sospechar cuando el hombre que
te suplantó se parecía tanto a ti —se introdujo Valeria.
—Publio…—asintió—. Sí, es mi hermano.
—A pesar de que preguntamos, él no dijo ni pio, pero
Desiré soltó la sopa, incluso nos explicó lo de tu marca. La
marca del águila con la corona muestra a los hijos de Thomas
Hamilton.
—Así es.
Aine entornó la vista por primera vez en Harsen, él seguía
teniendo los ojos más hermosos que hubiese visto en su vida,
violáceos, llenos de calidez, de paz y de un brillo único. Tenía
un perfil atractivo, nariz ligeramente torcida, seguro por
alguna pelea. Cejas gruesas y oscuras, al igual que su cabello y
sus largas pestañas. Y su sonrisa, aquella que demostraba el
carácter simple, relajado y resbaladizo de problemas que lo
caracterizaba en su normalidad, al menos antes de conocerla.
Lo amaba.
—Al menos todo salió bien —dijo Harsen—. Aquí están los
papeles, no querrás irte estando casada con otro hombre.
—Por supuesto, tampoco era mi intención impedir que tu
vida siguiese —Aine miró a Valeria—. Se los digo a ambos.
—No te preocupes linda, gracias a ti, Harsen está a salvo y
esos vándalos están donde deben estar.
Aine asintió y comenzó a leer, tratando de aparentar poner
atención a las letras, pero la realidad era que quería estar un
poco más en presencia de Harsen, tener la vista de él fija en
ella le era electrizante y la hacía feliz. Incluso era capaz de
olerlo, a pesar de que se encontraba a una distancia
considerable al estar del otro lado de la mesa.
Necesitaba que él creyera que estaba tranquila, que podía
firmar esos papeles siendo una persona totalmente racional y
sin emociones. Así que pasó página por página, leyendo línea
por línea su condena a estar separada de él, de jamás volver a
verlo, de permitirle estar con otra mujer, de tener otros hijos.
Aunque quizá estaba evitando lo inevitable.
Sabía lo que habría en la última página, por esa misma
razón, cuando dio la vuelta para leer y enfrentarse a la firma de
Harsen, su estómago tuvo un revolcón poco placentero y su
mano tembló sin permiso alguno, no pudo evitar retener la
respiración y ver con ojos llorosos aquella firma que estaba
justo encima del nombre del hombre del cual estaba
enamorada.
El corazón se le oprimió y miles de sensaciones llegaron a
ella, no podía con todas ellas, así que cubrió su cara con ambas
manos y lloró ahí mismo: frente a él, frente a Valeria y sus
caras de sorpresa. Se puso en pie, evitó a la joven sentada en
esa misma mesa y fue a abrazarlo con fuerza, llorando y
temblando sin tener ningún control sobre ella misma.
—Te amo Harsen, te amo.
Él sonrió y la abrazó también, tratando de fundirse con ella
hasta convertirse en una sola persona. Cerrando los ojos y
suspirando tranquilo al escucharla decir eso. Le tomó la cara y
la besó con toda la intensidad de la que era capaz.
Las personas que se encontraban desayunando victoriaron la
escena y otros, simplemente se quedaron completamente
callados sin saber que más hacer ante la presencia de la otra
mujer. Aquellas hojas de divorcio cayeron dispersas por el
suelo, ya sin tener ninguna importancia, a excepción de la
última página:
Contrato de por vida
Aine, si lo que quieres es divorciarte de mí, comprenderé tus
motivos, pero te advierto que no me daré por vencido, subiré a
ese barco junto a ti y trataré de convencerte todos los días
para que regreses a mi lado y te cases conmigo, esta vez de
verdad.
Porque si me amas la mitad de lo que yo te amo, si me
admiras la mitad de lo que yo te admiro, si anhelas mi
presencia la mitad de lo que yo anhelo estar contigo, para mí
será suficiente, para mí valdrá la pena toda la vida, porque no
puedo imaginarme una vida sin ti y tampoco a una mujer más
perfecta que tú, o a una más valiente, más determinada, más
única y definitivamente a ninguna a la que podría amar más
que a ti.
Así que… sí me amas también, quédate conmigo y ten una
vida a mi lado, quizá no pueda darte las aventuras que seguro
encontrarás al final de tu viaje, ni tampoco una vida llena de
las maravillas como las que soñabas en tu cabeza. Pero haré
lo posible para que todos tus días se conviertan en un trayecto
que nunca quieras terminar, en un suceso tan interesante al
que siempre quieras regresar y te enamoraré todos los días, te
mostraré una parte nueva de la cual puedas volver a
enamorarte, una parte desconocida de mí que te sea
interesante, así como yo encuentro interesante todo de ti.
Te amo infinitamente: Harsen Svensson.
Cuando Aine logró controlarse un poco y se alejó de Harsen
con una sonrisa tonta y riendo sin control y entre lágrimas,
miró hacia Valeria, quién también lloraba y sonreía.
—¿Lo sabías? —le preguntó la joven.
—¡Si yo lo incité todo! —sonrió la joven—. Bueno, aunque
tus hermanos ayudaron un poco.
—Mis hermanos… —Aine se sorprendió y miró a Harsen.
—Parece ser que a tus hermanos no les agrada el hecho de
que alguien te pueda hacer llorar —asintió Harsen—. Fueron a
amenazarme hasta Estocolmo. Fue bastante aterrador, ya que
me encontraba en una velada junto con Valeria.
La joven mencionada asintió.
—Casi me vómito encima, en verdad.
—¿Pero? ¿Cómo?
—Kayla les dijo todo, de principio a fin, así que pidieron
que me divorciara en seguida, y fue cuando me enteré que eras
algo más importante que una simple huérfana empobrecida.
—Lo siento… —bajó la mirada.
—Hija de Thomas Hamilton —negó—. Si supieras lo
mucho que le grité a Desiré después de que me enteré de que
ella lo sabía todo desde un inicio.
—Ella no tenía la culpa.
—Me hubiera ayudado cuando me encontraba volviéndome
loco de dolor de haberte perdido —la miró—. Ni siquiera
sabía si Aine Hamilton era tu verdadero nombre.
Ella comenzó a llorar.
—Te amo, Harsen.
—¡Oh! ¡Yo también los amo! —lloró Valeria, abrazándolos
a ambos, sacando la risa de la pareja—. Pero está bien, los
dejaré solos, iré a dar un paseo por ahí.
—No te alejes.
—Sí, papá —rodó los ojos la joven y salió.
Aine la admiró por largo rato y después, se volvió hacia
Harsen con la pregunta impresa en su semblante.
—¿Ella está bien?
—Sí, seguro no tan bien como lo aparenta ahora, pero está
feliz por nosotros.
—Le debo mucho.
Harsen se puso increíblemente serio y le tomó la cara, la
besó y la hizo sentarse para comenzar a hablar de lo
importante.
—¿Qué pasará ahora, Aine? Sé que la vida que puedo darte
no es la que te hará más feliz, incluso ahora quieres irte a otro
país… ¿Qué es en verdad lo que quieres? ¿Quieres quedarte o
deseas más tu libertad? Lo entenderé, en serio.
Aine sonrió y tomó la mano fuerte y conocida del hombre
que amaba y la colocó dulcemente sobre su vientre,
provocando que él frunciera el ceño al no comprender la
acción.
—Deseaba irme para poder tener a tu hijo sin preocupación
de que alguien me juzgara por ello —soltó sin más—. Pero
aún anhelo mi libertad, es algo que no podrás quitarme.
—¿Qué? —Harsen meneó la cabeza y se inclinó hacia
adelante con una sonrisa incrédula—. Estás… ¿Estás segura?
—Sí, Harsen, claro que estoy segura.
Él parecía aún más inquieto.
—¿Y… quieres tenerlo?
—Es lo único con lo que pensaba mantenerme viva después
de dejarte libre para que hicieras tu vida con alguien más.
Harsen pareció relajarse y sonrió abiertamente, tomándole
la cara con todo el cariño del cual era posible.
—Eso ya no hará falta —le tomó el rostro—. Te amo.
—Te amaré siempre, siempre más.
Ambos sonrieron y se besaron en medio de aquel
restaurante que se había alzado en el más deleitante cuchicheo
y las expectativas al ver a ese hombre besando a la hija mayor
de Thomas Hamilton, el temible hombre que engendraba hijos
aún más temibles, pero parecía ser que una de ellas, había
encontrado a alguien que amansara su bravío corazón.
Epílogo
Aine caminaba por la mansión de su marido en Estocolmo,
topándose inmediatamente con el tío Clemens, quien seguía
rechazando su presencia pese a ser ella hija de un acaudalado
noble que no sólo brindó riquezas y poderío a su marido, sino
también un aliado permanente.
Para ese momento, la joven sólo podía encontrar divertida
tal renuencia y pasaba la mayor parte de su tiempo haciéndolo
rabiar por mero gusto, lo cual hacía que su esposo se mostrara
lleno de frustración cuando ambos se iban a quejar y excusar
sobre sus comportamientos.
—Creía que Harsen te indicó quedarte en la habitación.
—No suelo ser de las que siguen órdenes —se inclinó de
hombros, tocando su avultado vientre y caminando hacia el
despacho de su marido.
—Eres una pesadilla, no sé si es por el embarazo, pero
espero que así sea, ¡No pienso soportarte!
—Eres tú el que está en mi casa, tío Clemens.
—Pero si te hiciste a la idea con presura —dijo fastidiado.
—Bueno, supongo que es algo que complacerá a mi marido.
Aine abrió las puertas del despacho y sintió su corazón latir
con fuerza al ver a Harsen sonreírle inmediatamente de verla.
—Mi cielo, te dije que no te levantaras.
—Oh, sabes que no puedo hacer algo como eso —quitó
importancia con un gesto de mano—. Quería verte.
—Lo sé, ¿cómo te sientes? —abrió sus brazos para que ella
fuera a sentarse sobre su regazo.
El tío Clemens carraspeó cuando vio aquella acción y alzó
la nariz con indignación.
—No es correcto que ella se encuentre aquí, sabes que
puedes tener visitas importantes y…
—Tío… deja de hablar de ella como si no fuera la dueña de
esta casa, es mi esposa en todas las reglas y…
—Sí, sí —el tío levantó una mano—. La amas.
Harsen simplemente asintió y vio la diversión de su esposa,
quien seguía sentada sobre él, haciendo aún más cariños hacia
su persona al estar el tío presente. Eso parecía que jamás se
acabaría y él no pondría queja alguna, tanto su tío como su
mujer, eran personas importantes en su vida, tendrían que
aprender a convivir sin asesinarse.
—¿Se quedará a comer, tío? —sonrió Aine.
—¿Para qué? ¿Para qué me envenenes? —negó—. Te veré
en mi mansión a las cinco, Harsen.
—Sí, tío.
El hombre salió del despacho, dejando a la pareja en
soledad. Aine se enfretó a su marido y sonrió antes de besarlo
efusivamente, reclamando cada pedazo de su ser.
—No hagas esto —Harsen suspiró en sus labios—. Sabes
que tengo que salir en un rato.
—Quédate conmigo.
—Sabes que no puedo, mi cielo, lo siento.
—Es una pesadilla estar de encargo sin un marido que me
consuele constantemente.
—Eso es cruel, sabes que te complazco en todo lo que
puedo.
Ella sonrió caprichosa y asintió.
—Sólo dramatizo, en realidad, vendrán Desiré y Valeria en
unas horas, espero que estés muy lejos para entonces.
—Lo estaré y lleva las cosas con calma —advirtió.
—Mi amor —Harsen volvió rápidamente el rostro y sonrió,
eran pocas las veces en las que ella lo llamaba de forma
cariñosa—. ¿Crees que podrían venir mis hermanos y padres?
—Claro, ¿por qué habría problema?
—Bueno… pensé que desde la última vez que viste a mi
padre y hermanos para pedir oficialmente mi mano, no
querrías enfrentarlos de nuevo en un tiempo.
Harsen dejó salir una carcajada.
—Es verdad que son personas impresionantes, pero duermo
contigo todas las noches, mi cielo, no creo que nada pueda
darme más miedo que tú estando enojada.
—Qué hombre tan inteligente.
Harsen no podría olvidar aquella vez en la que enfrentó a
todas esas personalidades imponentes y molestas por todo lo
sucedido con Aine.
Su esposa se había quedado con la versión más impersonal
en la que él se había presentádo ante todos para llevársela lejos
de Londres. Obviamente, la reacción fue de negativa, pero
cuando habló con el Hamilton mayor en persona, las cosas
fueron simples, incluso lo veía feliz por ellos.
Le había consedido el permiso casi de inmediato y se
mostró más que bondadoso y agradecido de que la hubiese ido
a buscar. Y él no podía dejar de agradecer a Valeria por ello,
puesto que, a pesar de que los hermanos de su esposa habían
ido por él para quejarse y prácticamente arrancarle la cabeza
en el camino, Harsen había decidido no volverse a presentar
ante Aine.
Fue Valeria quien se impuso y buscó la forma de montarlo
en ese barco y moverlo hasta donde Aine se encontraba, era la
razón por la cual ansiaba verla feliz, tan feliz como se
encontraba él con su mujer y con su próximo hijo, quien
llegaría en cuestión de semanas o quizá días.
Amaba demasiado a la mujer con la que se casó y no había
hecho más que engañarlo todo el tiempo, pero ahora sabía que,
si no hubiera sido por las mentiras que su esposa se sacaba de
la manga, él no habría tenido la oportunidad de enamorarse de
la asombrosa mujer que era Aine Hamilton.