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La Escuela y el Cambio Cultural Actual

El documento analiza cómo la escuela moderna surgió en otro contexto histórico y cultural y ya no encaja completamente con el momento actual. Describe los cambios en las instituciones como la familia y el estado desde la sociedad industrial y cómo esto afectó a la escuela. También discute las distancias entre la cultura actual y la cultura letrada en la que se basó originalmente la escuela.

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La Escuela y el Cambio Cultural Actual

El documento analiza cómo la escuela moderna surgió en otro contexto histórico y cultural y ya no encaja completamente con el momento actual. Describe los cambios en las instituciones como la familia y el estado desde la sociedad industrial y cómo esto afectó a la escuela. También discute las distancias entre la cultura actual y la cultura letrada en la que se basó originalmente la escuela.

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Educ. Soc., Campinas, vol. 26, n. 92, p. 889-910, Especial - Out.

2005 889
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Guillermina Tiramonti
LA ESCUELA EN LA ENCRUCIJADA DEL CAMBIO EPOCAL

RESUMEN: La escuela es una producción institucional de otro momento histórico y que, por lo
tanto, nació asociada a otras circunstancias sociales, políticas y culturales. El artículo presenta y
analiza aquellos ítems que la autora considera de peso para mesurar las asimetrías existentes
entre la institución escolar y el momento histórico y cultural en el que ésta se inserta. Para ello se
analizan los cambios en el entramado institucional construido a partir de la sociedad industrial
haciendo especial referencia a las transformaciones en la familia, el Estado y la propia escuela. Se
discute el contexto cultural contemporáneo y las distancias existentes entre este y la cultura
letrada que moldeo la escuela moderna. Por último se plantea que la escuela es una institución
que se pensó en base a una secuencia temporal asociada a la idea de progreso social e individual
que privilegia la construcción para el futuro y hoy esta sometida a una demanda de generar un
presente gratificante para los jóvenes.

Palabras claves: Jóvenes. Educación. Cambio cultural. Cambios institucionales. Escuela media
después de una década y media de reformas educativas que se pretendían bendecidas por el
poder de la verdad y el conocimiento científico, la educación sigue siendo una cuestión no resuelta
y últimamente escasamente ventilada en la esfera de la discusión pública.
Hay en general una tendencia a pensar sus problemas como la derivación de un
funcionamiento deficitario de la propia institución, de sus agentes o de las comunidades a las que
atienden. Se pone el acento en una suma de déficit puntuales que si se atendieran
adecuadamente a través de más presupuesto, disciplinamiento de los agentes y la debida
preocupación de los padres, las cosas mejorarían sustancialmente. Sin embargo, la problemática
que enfrenta la escuela tiene otra envergadura y un grado de complejidad que exige una mirada
más amplia y abarcativa de cambios epocales que se articulan de un modo particular con la
institución escolar.
Lo primero a decir es que la escuela es una producción institucional de otro momento
histórico y que, por lo tanto, nació asociada a otras circunstancias sociales, políticas y culturales.
Nos proponemos en este artículo presentar y analizar aquellos ítems que consideramos de peso
para mesurar las asimetrías existentes entre la institución escolar y el momento histórico y cultural
en el que ésta se inserta.

Los cambios en el entramado institucional


La escuela moderna es una construcción social surgida entre el siglo XVII y XVIII en las
sociedades europeas que inicia una inédita relación que denominamos pedagógica entre un
maestro (en un sentido nuevo del término) y un alumno. La relación es inédita porque el maestro
no es más un artesano transmitiendo un saber-hacer a un joven aprendiz, sino que se autonomiza
del resto de las relaciones sociales y genera un espacio y tiempo especifico para la transmisión de
los conocimientos (Vincent, Lahir y Thin, 2001).
El espacio escolar organiza las actividades de enseñanza aprendizaje mediante su
distribución del tiempo y el espacio. La graduación de los alumnos para su distribución en aulas y
la división del tiempo que marca la duración de la jornada diaria, el período del año en el que se
desenvuelven las actividades y el lapso de la vida que se ocupa en ella.
La hipótesis de Ariès acerca de la construcción de la infancia es una de las principales
referencias de los estudios socio históricos en la materia. El autor señala que dicho proceso tuvo
lugar en las sociedades europeas a partir del siglo XVII, cuando comenzaron a delinearse nuevos
sentimientos y afectos respecto a la niñez, opuestos a una mentalidad que los pensaba como
adultos pequeños. La aparición del cuerpo infantil implicó una serie de transformaciones
relacionadas con un lento proceso de demarcación de la niñez, la percepción del niño en tanto ser
inacabado que necesitaba resguardo y su segregación y posterior reinserción en la sociedad. En
este proceso, la escuela fue causa y consecuencia, relacionada principalmente con la necesidad
de alejar al niño de la vida cotidiana del adulto. Asimismo, implicó una proliferación de discursos
para la regulación del cuerpo infantil provenientes de la psicología, la pediatría, la pedagogía y
posteriormente el psicoanálisis.
Toda aparición de una determinada forma social está ligada a otras transformaciones que
se suceden en el mismo momento histórico, que la constituyen como piezas de un mismo
entramado societal y le otorgan un determinado sentido político. La conformación de los Estados
nacionales asociado a las exigencias del gobierno de una población definida como libre es sin
duda uno de los referentes a considerar cuando se sitúa el surgimiento de la escuela moderna y
se intenta reconstruir el sentido político de esta creación institucional. Forman parte del mismo
paquete histórico los procesos de secularización del orden social, la conformación de lo que ha
dado en llamarse la familia burguesa y finalmente el desarrollo del capitalismo industrial.
Por supuesto este entramado adquiere diferentes características en los distintos países, ya
sea que hagamos la distinción entre los europeos y latinoamericanos, o que diferenciemos
situaciones específicas en América Latina. En este sentido es necesario considerar las distancias
existentes entre los modos de incorporación y articulación societal que caracterizan a países como
Brasil y Argentina. En el primer casó se trata de una conformación que deja fuera del alcance del
Estado una parte considerable de la población, constituyendo una sociedad dual que el
crecimiento económico y social no ha podido neutralizar. En el otro caso, el argentino, se trata de
un modelo que se propone la integración y articulación del conjunto de la sociedad a partir de un
proceso de fuerte homogeneización cultural realizado por el Estado a través de la educación
pública.
De cualquier modo el modelo societario con que se organizaron las sociedades
latinoamericanas desde fines del siglo XIX hasta avanzada la segunda mitad del siglo XX tuvo al
Estado como protagonista. Formando parte de esta matriz societal, que Marcelo Cavarozzi (1999)
denominó estado céntrica, se constituyó la escuela pública en América Latina.
El sistema que se constituye a fines del siglo XIX y principios del XX reconoce en el Estado
nacional su principal referente material y simbólico tanto para la administración, la gestión y el
financiamiento de las instituciones escolares como para la provisión de un sentido que se
pretendía universalista y que expresaba en clave nacional la “cultura civilizada” (Tiramonti, 2003).
En este modelo societal, el Estado es una figura clave en la construcción de un espacio de
sentido para el conjunto de los individuos y de las instituciones. La escuela estuvo doblemente
asociada a la creación de este espacio común: por una parte como portadora de una propuesta
universalista que expresaba el conjunto de los valores, los principios y las creencias en los que se
fundamentaba la “comunidad”, a la que debían incorporarse las nuevas generaciones y, por otra,
como dispositivo de regulación social, y, en consecuencia, como instrumento de gobernabilidad.
Trabajos recientes (Romero, 2004) muestran cómo a través de los textos escolares se
forjaron las representaciones de lo que éramos como nación, del pasado que compartíamos, de
las tradiciones en las que se inscribía tanto el presente como nuestro destino como nación. La
constitución de nuestras representaciones identitarias como sociedad, como comunidad de
pertenencia, fue plasmada en el espacio escolar. Por supuesto buena parte de los sentimientos
xenófobos provienen de esta demarcación de la ciudadanía nacional y su diferenciación con lo
extranjero. Un croquis de una Argentina que es pura frontera que se marca con un trazo muy
fuerte transmite toda una concepción de las distancias entre nosotros y los extranjeros.
Al decir de Antonio Bolívar (2004), la institución escolar, que en su origen desplegó un
ejercicio que consistía en subordinar las identidades históricas y culturales particulares al proyecto
de creación de una identidad nacional, esta hoy involucrada en responder a la multiculturalidad.
La formación de la nacionalidad se correspondió con la conformación de la sociedad
industrial y con el entramado institucional propio de esta etapa del desarrollo capitalista: la fábrica,
la familia, la escuela, la clase social y las instituciones de representación política y sectorial
constituyeron marcos institucionales que regulaban y contenían la existencia de los individuos
hasta avanzado el siglo XX. Se trata de un complejo institucional cuya eficacia resultaba de la
complementariedad de su acción y su común referencia al Estado nacional.
El proceso de globalización rompe esta matriz societal y deshace el entramado institucional
en el que se sostenía y, con ello, el campo común al que se integran y articulan individuos e
instituciones. El Estado, y por ende la acción política y los criterios que esta definía para la
organización del campo nacional, pierde centralidad, en favor de una presencia
fuerte del mercado y la competencia en la definición del orden
societal. Son numerosos los posicionamientos respecto del nuevo lugar
del Estado. Para algunos autores se trata de un estrechamiento de los grados
de autonomía de la política y de la capacidad del Estado de controlar
el conjunto de variables que impactan el campo nacional (Held,
1997), como resultado de la primacía de las corporaciones multinacionales
que prefieren un mundo con Estados disminuidos o sin Estados.
Panitch (2000) introduce la temática de la asimetría en el poder
de los Estados que interactúan en el orden globalizado y desarrolla la tesis
acerca de que los Estados más poderosos han desempeñado un papel
activo, y con frecuencia crucial, en el advenimiento de la globalización y
en la tarea de mantener este nuevo orden. En posiciones más extremas,
hay autores que plantean el arrasamiento de los modelos integrados de la
posguerra. Touraine (1999) postula que lo que se llama globalización no
es otra cosa que el retorno al capitalismo, entendiendo por ello la economía
de mercado que rechaza cualquier control exterior y trata de usar
todos los elementos de la sociedad como recursos adaptados a su propia
finalidad. Más allá de las diferencias, hay coincidencias respecto de la ruptura
de un campo social articulado e integrado por la acción del Estado.
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El nuevo tipo societario está acompañado por una serie de cambios
en las instituciones que estructuraban la sociedad industrial y
enmarcaban la existencia de los sujetos. Para Beck (1997), asistimos a
una descomposición de la sociedad industrial como entramado de experiencias.
Según esta postura, las personas han quedado libres de las seguridades
y de las formas de vida estandarizadas. Así como la constitución
de la sociedad industrial implicó el desencaje (Giddens, 1994) de las relaciones
sociales del contexto local de interacción y las incorporó a un
nuevo entramado relacional en el que el sexo, la familia y la clase definían
un modo de vida y por lo tanto las condiciones de existencia, la
sociedad postindustrial provoca la descomposición de ese entramado de
experiencias desregulando la existencia de los individuos que están condenados
a ser ellos mismos (Sennett, 1978). Se trata de la pérdida del
sistema de referencias que proporcionaba la sociedad industrial y de la
constitución de un sujeto autoreferencial.
Los cambios en este sentido son tan importantes que hay autores
que hablan de la “declinación de la idea de sociedad” o de la muerte de
lo social (Dubet y Martuccelli, 1998). Según este razonamiento, las instituciones
habrían perdido la capacidad de marcar las subjetividades y
estamos asistiendo al paso de una sociedad que integraba mediante un
proceso de súper socialización de los agentes a través de diferentes agencias
socializadoras, entre las cuales se destacan la familia, la escuela y la
iglesia, a una sociedad de individuos subsocializados y anómicos. Se trataría
de un proceso de desinstitucionalización que acompaña la crisis de
la sociedad como concepto y como realidad (Tenti Fanfani, 2002).
En el campo de la educación, estos posicionamientos señalan la
pérdida de la potencialidad de la escuela para instituir identidades y asocian
esa caída con la muerte del Estado nación y de la ley como instancia
fundadora de la ciudadanía. La escuela “cayó”, según estos discursos,
como ilusión forjadora de un sujeto universal y no dispone de ninguna
narrativa en la que anclar la constitución de lo social (Duschatzky, 2001).
Sin adscribir a posicionamientos tan radicales, es evidente que la
red institucional que caracterizó a la sociedad moderna se está modificando
y que esto cambia los marcos estructurantes de la acción y el terreno
en que se mueven las instituciones escolares. Los datos de nuestra
investigación arrojan evidencia respecto de la existencia de procesos de
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este orden que afectan de modo diferenciado a los sectores y subsectores
sociales, como así también, respecto de la permanencia y la consiguiente
combinación con procesos anteriores y, en definitiva, de la desorganización
de los antiguos marcos estructurantes de la acción y de la dificultad
para identificar las orientaciones y características del nuevo tipo
societario.
Es evidente que el modelo societal integrado por la acción política
de un Estado con capacidad de articular e incluir material y simbólicamente
al conjunto de la población – y de construir de este modo un
lazo comunicante entre todos los miembros de la sociedad, y un campo
común en la que se inscribían desigualdades y diferencias – está roto. Es
claro también que el conjunto de las instituciones que caracterizaron a la
sociedad industrial está atravesando profundas modificaciones y que esto,
a su vez, da cuenta de una sociedad que está reconfigurando sus dispositivos
de control y reproducción social. La pregunta es ¿cuánto y de qué
modo esto se hace presente en los agentes e instituciones escolares?
En esta nueva orden societal la familia ha cambiado. Ha dejado de
ser una estructura jerárquica organizada alrededor de los mandatos de reproducción
de la especie, de la producción material y de las exigencias
del mandato patriarcal. Hoy día el eje organizador de la unidad familiar
es la comunidad emocional, el cultivo de la intimidad y el reconocimiento
de las individualidades. Giddens (2000) habla de una relación “pura”
para nombrar relaciones basadas en la comunicación emocional, en las
que las recompensas derivadas de la misma son la base primordial para
su continuidad.
Este tipo familiar resulta de una larga lucha por la emancipación
de la mujer, en la que jugó un papel central la separación entre sexualidad
y reproducción que resultó del desarrollo de los dispositivos de
anticoncepción; de la valorización del espacio íntimo como fuente de gratificación;
de la penetración del discurso “psi” y también de la perplejidad
de los adultos frente a los nuevas configuraciones culturales. Esta
nueva familia es sin duda mas débil en la transmisión de mandatos, no
porque la composición heterogénea que ahora reviste impida este mandato,
o porque las relaciones emocionales y la democratización de la intimidad
obligue a una horizontalidad reñida con la transmisión cultural,
o porque el discurso “psi” no incluya mecanismos de regulación, sino
simplemente porque las familias viven la experiencia del cambio cultural
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y de una sociedad de riesgo que exige lecturas particularizadas de la realidad
y construcción individualizada del futuro. Algunas de estas familias
se han adaptado a esta sociedad de riesgo y apuestan a la creatividad
de sus hijos para el despliegue de estrategias y trayectorias innovadoras
para abordar un futuro siempre cambiante.
Los datos de una investigación1 reciente en la que participo muestran
justamente las diferencias familiares en las estrategias de transmisión
cultural. Sólo las familias provenientes de los sectores más tradicionales
de la población encauzan a sus hijos en la preservación de una
tradición que hasta el momento los ha mantenido en una posición social
de privilegio. Las elites más modernas apuestan a la construcción de individuos
competitivos y las clases medias ilustradas construyen una estrategia
que combina recursos culturales con reforzamiento de la creatividad
individual. El resto de las familias están sumidas en la perplejidad
que les genera la comprobación de la “inoportunidad” de la transferencia
a sus hijos de las antiguas estrategias a través de las cuales ellos lograron
ascender socialmente. La vulnerabilidad de sus actuales posicionamientos
o el descenso social que al que han sido sometidos en los últimos años
les indican que las nuevas generaciones deberán innovar para afrontar con
éxito el futuro.
Numerosos autores han tematizádo este fenómeno de ruptura
generacional que se produce en una sociedad proyectada hacia el futuro.
Ya en la década del setenta Bell (1977) sostenía que el problema sociológico
de la realidad de nuestro tiempo – en términos de ubicación social
e identidad – se plantea porque los individuos han soltado viejas amarras,
ya no siguen pautas heredadas. De aquí el paso de la familia o la
clase a la generación como fuente estructurante de la acción. Del mismo
modo, Giddens (1997) acuñó el concepto de “modernidad reflexiva” para
designar una sociedad donde la tradición se repliega y los individuos se
ven forzados a vivir de una manera más abierta y reflexiva.
Sin embargo la retracción de la tradición, y las rupturas en la trasmisión
generacional de estrategias concretas para la acción que por supuesto
traen incluidas una definición ética, no significa que se haya interrumpido
la trasmisión de capitales culturales y sociales a los hijos a partir de
los cuales estos rearman sus trayectorias a la luz de las oportunidades y restricciones
que generan las nuevas condiciones de existencia. No hay repetición
pero si transferencia de capitales que, como señala Kessler (2000), no
siempre pueden ser actualizado en las nuevas condiciones sociales.
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Los cambios en la familia han sido leídos en clave conservadora
(Propuesta Educativa, n. 26, 2003) o con un dejo de nostalgia por la pérdida
del orden patriarcal. Según estos autores las familias han dejado de
cumplir con su función de socialización primaria, ya no transmiten a sus
hijos una determinada visión del mundo sino que los han abandonado a
sus propias elecciones. A partir de ello se hace un reclamo a las familias
para que reasuman su función de autoridad y de socialización primaria
de sus hijos de modo de restituir la capacidad familiar de regular los
comportamientos de sus hijos.
En este caso, como en el de la queja por la acción de los medios
de comunicación que veremos en el próximo punto, no se trata de la
muerte de la familia ni de la pérdida de todo mecanismo de regulación,
sino de una nueva configuración donde las responsabilidades individuales
tienen otra centralidad y donde la regulación está más asociada
a los flujos y redes en las que se inscribe la vida cotidiana. De
cualquier modo, resulta impensable reconciliar la antigua estructura
patriarcal de la familia con las nuevas reivindicaciones de libertad individual
y realización personal de hombres y mujeres.
Según Beck, lo que se vive como crisis o catástrofe consiste en que
tenemos que entender y reconocer más libertades de las que “habían sido
previstas en el libro ilustrado de la mentada y prometida, pero nunca
vivida, democracia”. Vivimos, según este autor, bajo las condiciones de
una “democracia internalizada” para la cual mucho de los conceptos y
recetas de la primera modernidad se han vuelto insuficientes (Beck,
1999).
Esta libertad internalizada de la que habla Beck genera una diversidad
que es visualizada como peligrosa en la medida en que no puede
ser procesada por la red de instituciones sociales y políticas existentes.
Pareciera que el camino para conciliar las instituciones con mayores grados
de diversidad requiere abandonar la satanización de los individuos y
sus familias.
Más allá de los temores que puedan ocasionar los procesos de individualización
y las prácticas “no estandarizadas” que estos procesos generan,
es importante señalar que son muchas las investigaciones que dan
cuenta de una ruptura en la transmisión cultural intergeneracional. El
cambio cultural dificulta la comunicación entre las generaciones. La generación
electrónica es portadora de códigos, valores y comportamientos
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que resultan ajenos o extraños para la generación que les precede. Esta
brecha generacional se ve agravada por la incertidumbre que genera el
futuro de una sociedad en permanente cambio.
Esta dificultad para la transmisión está también presente en las
escuelas. Hay una secundarización de la tarea de “enseñar” que podría
resultar de la confluencia de varios factores: la importancia otorgada a las
funciones asistenciales que recortarían el tiempo dedicado a las tareas específicas;
la difusión de las teorías constructivistas y la cultura “psi”
(Varela, 1991) que desplazan al adulto/docente de la posición de transmisor
para ocupar el lugar de facilitador o guía de los aprendizajes espontáneos
de los niños, o la brecha cultural entre adultos y jóvenes, a la
que nos referimos en los párrafos precedentes, que imposibilita la función
de transmisión. El primero de estos factores exige una acción por
fuera de la escuela que reponga una situación de mayor equidad social y
despeje a la institución de esta tarea asistencial, el segundo propone una
reposición pedagógica de la función de transmisión cultural a través de
la legitimación de esta acción, el último pone a la institución en posición
de cuestionar su patrón cultural de modo de transformarlo incorporando
críticamente los nuevos formatos culturales y retomar desde este
lugar su función de transmisora cultural.
Como veremos en el apartado siguiente, la escuela pareciera estar
en un lugar de resistencia cultural y no de apertura e intercambio con la
cultura contemporánea.
De la Galaxia Guttemberg a la sociedad mediática
En la segunda mitad del siglo XX se acumularon una serie de cambios
que transformaron significativamente el orden social, político, económico
y cultural a la vez que modificaron la vida cotidiana de la gente
e impactaron significativamente en la constitución de las subjetividades
y en la conformación de identidades
En el campo de la cultura el fenómeno más significativo es sin
duda la revolución de las comunicaciones, tanto por el desarrollo de los
massmedia como por el de las tecnologías electrónicas para la transmisión
y almacenamiento de datos. Sin duda los medios de comunicación se han
constituido en un ecosistema o ambiente donde se desenvuelve nuestra
vida y donde se recrean y producen lenguajes, conocimientos valores y
orientaciones sociales (Quevedo, 2003).
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Este hecho desafía a la institución escolar, tanto en su función de
transmisora de conocimientos y saberes, como en su carácter de
socializadora de niños y jóvenes. En el apartado anterior hemos presentado
la existencia de un proceso de des-institucionalización entendido
como la pérdida de eficacia regulatoria de las instituciones generadas por
la sociedad industrial entre las que se destacan el Estado, la escuela y la
familia.
La otra cara de la moneda la constituye la capacidad de los massmedia
para definir modos de vida, gustos y conformar un arco valorativo que
reordena y desmonta las anteriores formas de intermediación y autoridad
que configuraban hasta no hace mucho el estatuto del poder social (Barbero,
2002).
Las visiones o perspectivas más negativas depositan en los
massmedia, fundamentalmente en la TV, el origen o la causa de todos los
males que aquejan a la sociedad. De allí que se piense a la TV como un
dispositivo que esta en la base del aumento de la violencia, la pérdida de
la autoridad en todos los ámbitos y la decadencia de la capacidad lectora
de las nuevas generaciones. En todos estos casos la TV es representada
como un aparato poderoso que contrasta con la pasividad con que los
niños y jóvenes recepcionan los mensajes.
A partir de esta apreciación sobre el efecto de los medios se ha
construido un discurso sobre la muerte de la infancia. Desde este punto
de vista, se considera que los medios han eliminado las fronteras entre la
infancia y la madurez y por lo tanto han debilitado la autoridad de los
adultos (Buckingham, 2002). A quienes así argumentan les preocupa las
consecuencias de este pasar de fronteras. Plantean que la salud de los niños
exige que nos transformemos en vigilantes de la línea de separación
entre niños y adultos tanto en la casa, como en la escuela o en el ámbito
general de la cultura. Esta separación implica una exclusión de los niños
del mundo de los adultos. La amenaza de los medios electrónicos radica
justamente en que constituyen una de las fuentes principales de conocimiento
de la vida adulta. Desde esta perspectiva el dilema fundamental
son el acceso y el control.
Podría decirse que la infancia se ha definido de diferentes modos a
través de la historia y que estas definiciones han ido cambiando el estatus
social de la niñez y sus relaciones con los adultos. La modernidad es la
que establece esta separación tajante entre el mundo de los adultos y el
de la niñez. El formato de la escuela moderna rompe con las anteriores
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formas de transmisión cultural que se basaban en un aprender a hacer a
través de las incorporación de los aprendices a la producción familiar. La
escuela instaura un lugar específico donde sucede la relación pedagógica
que es autónomo al resto de la vida social y productiva (Vincent y otros,
2001). La extensión de los años de estudio y la jornada escolar estableció
nítidas fronteras entre la vida de niños y adultos que los medios han
desdibujado.
Sucede que los medios representan un papel cada vez más importante
en la definición de las experiencias culturales de los niños de hoy.
El desafío para las familias y la escuela no es protegerlo de los medios
vedándoles el acceso, sino por el contrario prepararlos para abordar la experiencia
mediática.
Dentro de este paquete de calamidades que se le atribuye a la influencia
de los medios, esté el declinar de la lectura o la muerte del libro.
Según esta postura la seducción que ejercen los medios audiovisuales
sobre los niños y jóvenes sería la que explica su alejamiento de la lectura.
Sin embargo, la actual crisis de la lectura pareciera estar más relacionada
con la profunda reorganización que atraviesa el mundo de la escritura
y los relatos y la consiguiente transformación de los modos de
leer, es decir, con el desconcierto que entre los mas jóvenes produce la
obstinación de seguir pensando la lectura únicamente como modo de relación
con el libro y con la pluralidad y heterogeneidad de textos y escrituras
que hoy circulan. No se trata entonces de la muerte de la lectura,
sino de la perdida de su lugar central y hegemónico en el espacio cultural.
En el siglo XXI, aprender a leer los textos audiovisuales y los
hipertextos es condición indispensable para la incorporación de las nuevas
generaciones a un intercambio cultural que permita la constitución
activa de la ciudadanía.
Hubo un tiempo en que el acceso al saber pasaba cuasi exclusivamente
por la lectura fonética. Hoy sin embargo hay una heterogeneidad
de textos a través de los cuales es posible acceder al conocimiento. La escuela
fue constituida dentro del universo que Marshal MacLuhan bautizó
como la Galaxia Guttemberg, es decir, un mundo dominado por la
lógica del libro cuya base es la estructura de la linealidad y el orden
secuencial (Quevedo, 2003, op. cit.). La heterogeinización de los textos
rompe esta linealidad y modifica los modos de acceder al saber que tienen
las nuevas generaciones.
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Según Barbero (2002, op. cit.), la actual ruptura generacional remite
a una experiencia que no cabe en la linealidad de la palabra impresa
pues nacidos antes de la revolución electrónica la mayoría de nosotros
no entiende lo que esto significa. Este no entender pareciera ser lo que
está sucediendo en las escuelas.
La inmersión de esta generación en un ambiente cultural tan diferente
al de los mayores es en parte una de las causales de la existencia de
una brecha generacional que es pensada como ruptura en el sentido de
pérdida de los intercambios y de la transmisión cultural de una generación
a otra. Esta ruptura también esta en la base de las dificultades de la
escuela para constituirse en transmisora cultural.
Para algunos autores la escuela se ha transformado en un lugar de
enfrentamiento entre la cultura letrada y la audiovisual. Sin embargo yo
no creo que esa lucha efectivamente se esté librando. A mi entender, nos
encontramos ante instituciones escolares en las que la transmisión cultural
es poco significativa o muy débil, de modo que no puede considerarse que
desde allí se apunte a contrarrestar o competir con el sustrato cultural que
proponen los massmedia. Esta falencia de la función básica de la escuela
resulta de su incapacidad de reconocer los nuevos códigos culturales y de
poner en juego los instrumentos que proporciona la cultura letrada para
interactuar inteligentemente con los medios audiovisuales y electrónicos.
Solo si la escuela asume a los medios como dimensión estratégica
de la cultura podrá interactuar con los nuevos campos de experiencia surgidos
de la reorganización de los saberes, los flujos de información, las
redes de intercambios creativos y con la hibridación de las ciencias y las
artes (Barbero, 2002).
Al mismo tiempo la mediatización de lo público exige una escuela
capaz de proporcionar a las nuevas generaciones las habilidades cognitivas
necesarias para leer e interpretar los mensajes mediáticos que lo interpelan
como ciudadano. El ejercicio actual de la ciudadanía exige
descodificar críticamente estos mensajes para establecer relaciones de sentido
entre ellos los intereses que están en juego, los propósitos subyacentes
y los objetivos declarados. La escuela debería proporcionar a los niños
y jóvenes un “filtro cognitivo” que los desplace del lugar de espectador
pasivo y lo transforme en un lector inteligente de los mensajes que se le
dirigen ya sea como consumidor a través de las propagandas o como receptor
cultural.
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Se trata de un cambio radical del proyecto cultural de la escuela.
En primer lugar se trata de reconocer a las nuevas tecnologías de comunicación
como tecnologías de intelectuales o sea como estrategias de conocimiento
y no como meros auxiliares de la tarea escolar. En segundo
lugar se trata de incorporar los medios audiovisuales como objeto de estudio
de la cultura cotidiana de los chicos, de la sociedad en que vivimos,
de los acontecimientos que jalonan nuestra historia y de los múltiples
modos de contarnos esa historia. El análisis de una telenovela puede
decirnos mucho de la cultura popular, de los valores que la articulan, de
los modos que se procesa el conflicto en nuestras sociedades, del lugar de
la mujer, de las relaciones familiares, de las relaciones entre los diferentes
grupos sociales, de los modos de concebir la pobreza y la riqueza y así al
infinito.
De la promesa del futuro a la exigencia del presente
La escuela es una institución pensada en la intersección del pasado,
el presente y el futuro. Es sabido que es a través de ella (cada vez
menos exclusivamente de ella) que se transmite de generación en generación
un acerbo cultural, una versión de la historia, una valoración de los
rasgos identitarios de la nacionalidad, una cosmovisión del mundo que
reconoce tradiciones heroicas, que anula otras y que conforma lo que
Wallerstein (1996) llama la versión nacional del arbitrario cultural de la
civilización occidental. En esta invención del pasado la escuela aporta a
la construcción de las representaciones que los argentinos tenemos de nosotros
mismos, de nuestros vecinos, de nuestros derechos, del lugar que
ocupamos en el mundo, del que deberíamos ocupar. Es desde allí que se
entiende el presente y se construye una hipótesis sobre el futuro posible.
La mediatización de la cultura ha corrido en parte a la escuela de
este lugar de exclusivo portador de la versión oficial de nuestra historia y
con ello de nuestra identidad y destino. Es posible que los textos televisivos
hagan hoy un aporte más sustancioso que la escuela para las construcciones
identitarias y que en estas la relación con el pasado sea más
efímera y menos importante como fundador del presente. Con esto queremos
señalar que el relato escolar se sostiene en una secuencia temporal
donde el pasado es fundante del presente, lo explica y lo hace inteligible.
En cambio el discurso televisivo se justifica en un mero presente.
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Por otra parte, y siempre considerando esta secuencia entre pasado,
presente y futuro, el relato escolar estableció un sentido teleológico
entre pasado, presente y futuro. Tanto en la construcción de las trayectorias
colectivas, de pueblos, naciones o etnias, como en los destinos individuales
está presente esta idea moderna que existía una secuencia lógica
y racional entre las opciones del pasado, las situaciones presentes y los
destinos futuros. Todo el desarrollo intelectual del siglo XX estuvo anclado
en esta visión de los caminos del “progreso”, donde el presente se
diluye y legitima por sus raíces en el pasado y por sus promesas para el
futuro.
La escuela es una institución tradicionalmente anclada en esta secuencia
temporal. El pasado que debe ser configurado, inventado, transmitido
por la institución para construir una representación que haga inteligible
el presente y justifique la pretensión de futuro. Al mismo
tiempo, la escuela contiene una promesa de futuro. La promesa de integración
e inclusión a través de la incorporación al mercado laboral y a los
códigos del intercambio social y la promesa de la autonomía individual
mediante el despliegue de las potencialidades que portamos como individuos.
Desde esta perspectiva el presente escolar es valorado a partir de
su capacidad de transmitir una versión del pasado socialmente aceptada
y de seleccionar las tradiciones que abonan ese pasado y por otro lado, el
presente se justifica porque contiene una hipótesis de futuro, una promesa
a alcanzar.
Así como la modernidad modifico la percepción del tiempo y del
espacio, posibilitando primero la separación entre ambos, los cambios
acumulados en los últimos cuarenta años han transformado esta percepción
de la modernidad (Ortiz, 1996). Habitamos una cultura que en la
secuencia temporal se privilegia el presente. Esta entronización del “hoy”
o del instante va de la mano de la pérdida de la ilusión del progreso, el
escepticismo sobre el futuro y el desplazamiento de la ética del trabajo a
favor de la estética del consumo. La demanda por gratificación que se
ancla en el deseo y la búsqueda de su satisfacción, ha desplazado en gran
medida una ética del sacrificio que desplazaba la graficación para el futuro
(Bauman, 2000).
Nuestros datos de investigación son claros en cuanto la valoración
de la gratificación y la realización personal tanto para padres, como para
los jóvenes de los diferentes estratos de las clases medias. Este hecho ge904
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nera para las escuelas una demanda que antes no estaba presente o por lo
menos no tenía la relevancia con que se presenta hoy.
Los padres evalúan no solo ni principalmente la construcción de
futuro que promete la escuela, sino qué presente le brinda a sus hijos, de
este modo se puede cambiar de escuela a los hijos en función de un presente
evaluado como insatisfactorio.
Las escuelas recogen también esta exigencia: generar propuestas
extracurriculares, darles afecto, protegerlos del medio social en el que viven,
evitar el delito, aparecen como una exigencia que obliga a repensar
la gramática escolar para reconfigurar la ecuación del tiempo en el espacio
escolar.
La demanda por “contención” que recibe la escuela se inscribe en el
mismo registro de valoración del presente. Este mandato de contener atraviesa
a todas las instituciones escolares. Sin embargo son múltiples los sentidos
que a el se le atribuyen. Así, para los docentes de algunas de las escuelas
que atienden a los sectores altos de la población que en nuestras
investigaciones hemos denominado de elites, el contener esta relacionado
con el afecto y la comprensión que requieren jóvenes que no encuentran
en sus familias atención amorosa acorde con las necesidades de su edad.
Para otros docentes de este mismo grupo socio-económico contener esta
más relacionado con establecer un marco disciplinario que regule las conductas
acordes con una formación tradicional. Para los padres de estos mismos
sectores el contener tiene otro sentido y está relacionado con más
tiempo en la escuela y la oferta de otras actividades extracurriculares para
sus hijos, o en el segundo caso la atención de un adulto significativo que
escuche y oriente a los jóvenes.
Del mismo modo para una parte de los padres de clase media, su
demanda de “contención” esta relacionada con un trato agradable y afectuoso
de sus hijos y un ambiente adecuado para el desarrollo de las amistades
juveniles. Se trata posiblemente de grupos familiares organizados
horizontalmente, penetrados por la cultura “psi” y que han optado por
un modelo de regulación de los hijos centrado en el autocontrol y la
asunción individual de las responsabilidades y los riesgos. La investigación
mostró muchas asimetrías en un proceso de individualización de los
jóvenes. Para un grupo de los sectores medios y altos, es claro que hay
una ampliación de las opciones individuales y una mayor presencia de
decisiones autónomas. Dentro de estos mismos sectores socio-económiEduc.
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cos hay jóvenes cuyas opciones siguen estando fuertemente condicionadas
por las pertenencias de clase, por el entorno familiar o por la propia
institución escolar. En el extremo más bajo de la escala social se repite la
ampliación de la autonomía individual, solo que en este caso es difícil
hacer una asociación con mayores grados de libertad, sino que estaríamos
frente a lo que Castel (1997) llama individualización negativa o Robles
(1999) individuación, nociones con las que se quiere dar cuenta de
la situación de una parte de la población que está compulsivamente sometida
al proceso de “ser ellos mismos” (Sennet, 2000) sin recursos y sin
red de protección social.
Es en los sectores más bajos de la población donde este mandato
adquiere una significación con fuerte contenido reproductor. Para muchos
de los docentes que atienden a estos grupos sociales, la “contención”
pasa por brindar un espacio institucional de protección social para aquellos
que habitan en territorios caracterizados por la desintegración. Contener
es proteger momentáneamente a sus alumnos de la violencia que
caracteriza al medio social en el que habitan. En este caso la escuela es
pensada como un espacio de aguante o como una institución que acerca
a estos chicos algo que se parezca al mundo de los integrados. En un
texto anterior hemos llamado a estas instituciones “escuelas para resistir
el derrumbe”. Y dentro de este grupo distinguimos las instituciones religiosas
cuya propuesta tiene un claro componente pastoral, que contienen
una promesa de “protección tutelar” y que mantienen una pretensión
civilizatoria de aquellas otras que se proponen proporcionar una
asistencia material y pedagógica y brindar un ámbito de “comprensión”
y de “convivencia entre pares” para aquellos que participan activamente
de la cultura del margen (Tiramonti, 2004).
En estos casos la escuela se propone socializar fortaleciendo la
autoestima de los jóvenes. Ziegler (2004) señala que en esta intención
confluyen principios de la pedagogía tradicional ligados al desarrollo de
las potencialidades de los sujetos con tendencias “new-age”, que procuran
el fortalecimiento y conquista del yo a través de la autoayuda.
En esta línea de fortalecimiento del yo se inscriben las teorías de
la resiliencia de amplia difusión en el campo pedagógico. La resiliencia
se propone entender como niños, adolescentes y adultos son capaces de
sobrevivir y superar adversidades a pesar de vivir en condiciones de pobreza,
violencia o desastres naturales (Infante, 2001). En el campo esco906
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lar se proponen favorecer la autoestima y la autonomía, estimular la capacidad
de resolver problemas y de mantener el buen ánimo a pesar de
las situaciones adversas, y crear un clima de optimismo y alegría. Luthar
y otros (2000) definen a la resiliencia “como un proceso dinámico que
tiene como resultado la adaptación positiva en contextos de adversidad”.
Se distinguen tres componentes esenciales para la promoción de
resiliencia: 1) la noción de adversidad, trauma o riesgo, 2) la adaptación
positiva o superación de la adversidad, 3) la dinámica entre mecanismos
emocionales, cognitivos y socioculturales que influyen sobre el desarrollo
humano.
De allí que se piense a la escuela como un espacio que puede desarrollar
una dinámica destinada a la adaptación positiva de niños y jóvenes
que habitan en contextos sociales y familiares adversos. Es una propuesta
que deposita en los individuos la responsabilidad de superación
de las situaciones adversas, se trata entonces de una versión extrema de
las exigencias de individualización a los que son sometidas las nuevas generaciones.
Si el contexto no puede cambiarse entonces la única posibilidad
es que los individuos desarrollen una estrategia “ganadora” para superar
la adversidad del medio. Los sujetos son pensados como “superhombres”
capaces de neutralizar las limitaciones estructurales.
Del mismo modo hay un discurso que proviene fundamentalmente
de los ámbitos oficiales que demanda esta función “contenedora” de la
escuela, que se expresa en la pretensión de universalización de los diferentes
niveles educativos que viene atado tanto a un discurso que señala
el valor del conocimiento en la sociedad actual, como a una retórica que
asocia contención escolar con control del riesgo social y que piensa a la
escolarización como un dispositivo de seguridad urbana, que saca a los
jóvenes de la calle y previene la potencialidad delictiva de un grupo social
que no estudia ni trabaja. Si bien la investigación ha mostrado que
la vida delictiva de estos jóvenes se mantiene en paralelo a su asistencia a
la escuela o el trabajo (Duschatzky y Corea, 2000; Kessler, 2002), esta
asociación de escuela y prevención del delito esta muy presente y construye
otra acepción para la exigencia de contención.
Las experiencias de escuelas “urbanas” que amplían la jornada escolar
se inscriben en esta preocupación por el control del riesgo social. Se
argumenta a favor de la doble escolaridad de los “pobres” en base a su
derecho a recibir una escolarización “igual” a la que se les proporciona a
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los chicos “ricos” que generalmente concurren a escuelas con este formato
escolar. Sin embargo, todas las investigaciones que han indagado sobre
las instituciones que albergan este sector social (Almeida, 2002;
Pinçon y Pinçot-Charlot, 2002) coinciden en señalar que este modelo
de institución totalizadora tiene un función de reproducción del privilegio
a través de la construcción de un cerco institucional que garantiza
una socialización entre “nos”, que permite controlar el mercado de amistades
y con ello la conservación y ampliación del capital social a la vez
que preserva de influencias extrañas modos de vida y las cosmovisiones
del mundo en que estos se sustentan. Dada esta comprobación de los
efectos reproductores del privilegio que alberga el modelo de institución
total, es pertinente preguntarse por sus potenciales efectos en su aplicación
en una población marginal, que justamente debe eludir el cerco de
la pobreza y la exclusión.
Creemos no forzar la interpretación si señalamos que “el contener”
denota una percepción de falta o de déficit de contención, que a nuestro
criterio se relaciona con la escasa presencia de organizaciones e instituciones
en el entramado social capaces de albergar la existencia de los jóvenes.
Mas allá de la valoración que sobre la escuela tienen los diferentes
actores, es claro que esta se ha transformado casi en la única institución
con capacidad de albergar a este grupo etario. La escuela se ha constituido
en “‘el’ lugar para estar de los jóvenes” y esto la transforma
institucionalmente en un espacio en el cual el presente y los modos de
habitarlo adquieren una relevancia que no tuvo con anterioridad.
A modo de cierre
El artículo que aquí presentamos se propone contribuir en algo
con la tarea de reconceptualizar el mundo en el que hoy las escuelas deben
desenvolver la tarea de educar. El gran tema de hoy es redefinir los
dispositivos tecnológicos con los que se pretende incorporar a las nuevas
generaciones al orden social y cultural. La escuela moderna presenta limitaciones
muy fuertes para cumplir una tarea que le sigue siendo reclamada.
Responder a la pregunta de ¿Cómo educar hoy? exige revisar el
sustrato cultural de las escuelas, su organización institucional, sus articulaciones
con el entramado social, su papel en la reproducción de las diferencias
sociales y en la búsqueda de la igualdad. En definitiva se trata de
abandonar las pretensiones de reposicionar el mandato educativo de la
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modernidad y plantearnos un nuevo proyecto institucional para dar acogida
a las generaciones venideras.
Recebido e aprovado em agosto de 2005.
Nota
1. FLACSO/Secretaría de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva. Ministerio de Educación
de la Nación Argentina. Proyecto: La nueva configuración educativa en la argentina.
Investigación en curso. Dirige Guillermina Tiramonti.
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