Memoria y Soberanía en Schmitt
Memoria y Soberanía en Schmitt
ISSN: 0122-4409
ISSN: 2145-0617
revistascientificasjaveriana@[Link]
Pontificia Universidad Javeriana
Colombia
DOI: [Link]
Resumen:
El objetivo de este artículo es hacer una presentación sobre la relación existente entre la forma política de la soberanía y la forma de
la memoria como gobierno en el marco de la posguerra de la Segunda Guerra Mundial, con respecto al desarrollo de la democracia
representativa liberal en las ideas de Carl Schmitt. En efecto, las discusiones en torno a la inuencia de la memoria colectiva en
la esfera de la toma de decisiones políticas suponen el resurgimiento de los sentimientos nacionales, a partir de la comprensión
de las amenazas globales, por lo que estos sentimientos logran agregarse bajo la gura de un “dictador benévolo” [1] , en cuanto
decisor sin mediación institucional, y particularmente del “estado de excepción” (Ausnahmezustand) como forma política más que
como forma jurídica. Así, el resurgimiento de los nacionalismos y de liderazgos políticos rebasa las formas del populismo por sus
componentes teológicos en la composición suprahistórica de los caudillos como decisores sobre la vida de la población. Aunado a
esto, la fuerza del nacionalismo como factor de catalización de los procesos políticos internos y de política exterior del concepto
binario amigo-enemigo desplaza la comprensión de la política al reencuentro con la memoria de la guerra, a través de la que Carl
Schmitt avizoraba, desde los procesos de Núremberg de 1948, una suerte de guerra civil mundial, debido a la imagen de triunfo de
una especie de democracia liberal anglosajona.
Palabras clave: Carl Schmitt, memoria histórica, verdad, conicto.
Abstract:
is article aims to present an overview on the relationship between the political form of sovereignty and the memory form of a
government in the WWII post-war framework as described by Carl Schmitt. In fact, the discussions on how the collective memory
inuences the sphere of the political decision-making suppose the resurgence of the national feelings based on the understanding
of the global threats. us, such feelings are aggregated in the form of a “benevolent dictator” who makes decisions without any
institutional mediation and, particularly, using the “state of emergency” (Ausnahmezustand) as a political form rather than a
legal form. is way, the resurgence of nationalisms and political leadership overtakes the different populism forms thanks to the
theological components in the suprahistorical creation of the caudillos, as decision-makers on the population life. Additionally, the
nationalism force as a catalyzing factor for both domestic political processes and foreign policies under the concept friend-enemy
moves the understanding of the politics towards a reencounter with the war memory, by means of what Carl Schmitt sensed since
the 1948 Nuremberg trials, a kind of civil world war due to the triumphant image of a sort of Anglo-Saxon liberal democracy.
Keywords: Carl Schmitt, historical memory, truth, conict.
Notas de autor:
a Autor de correspondencia. Correo electrónico: lfvega@[Link]
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elevaré pánicamente en el círculo de los paniscos?, ¿Beato, con giróvago mosquito? Tres veces, me he encontrado en el vientre
del pez. Tres veces, vi la muerte en ojos del verdugo. Dos poetas sibilinos prestáronme custodia. (Schmitt, 2010)
En el 2007 se cumplieron sesenta años de los interrogatorios de Núremberg hechos a Carl Schmitt, los cuales
fueron publicados en la década de los ochenta por la revista Telos [2] . Dichos interrogatorios estuvieron a
cargo del scal Robert M. W. Kempner. La experiencia más signicativa de este scal fue su presencia como
observador en el proceso en contra de Soghomon Tehilirian, genocida armenio quien mató al gran visir Talaat
Pasha el 15 de marzo de 1921 [3] . Resulta interesante que Kempner, de familia judía, se convirtiera en un
prestigioso abogado durante la segunda década de siglo XX en Berlín [4] . Posteriormente, le fue revocada la
ciudadanía alemana en 1935 y se vio obligado a emigrar a los Estados Unidos.
El proceso contra Schmitt a cargo de Kempner tendría una connotación importante en los juicios de
la posguerra, en cuanto se pretendía encontrar a los determinadores ideológicos del nacionalsocialismo.
Lo anterior porque el mismo interrogador, habiéndose presentado como exiliado, venía a acusar a sus
perseguidores (Bendersky, 1983, p. 62). Adicionalmente, el factor más importante que se desea resaltar
aquí es el antecedente político del proceso jurídico: la acusación se haría bajo la inuencia del derecho
positivo alemán entronizado en la fallida Constitución de Weimar, a su vez con el lente interpretativo del
contractualismo de uso conceptual de la democracia anglosajona, entendiéndolo como una radicalización
de la implementación de la justicia, como se mostrará en lo que sigue. Sin embargo, es vital considerar la
correspondencia dirigida por Jakob Taubens a Carl Schmitt en 1986, en la que se plantea el tema central no
resuelto de la memoria como forma jurídica que está en la base de las causas de la guerra:
Just als Erzjude weiß ich zu zögern, den Stab zu brechen. Weil in all dem unaussprechlichen Grauen wir vor einem bewahrt
blieben. Wir hatten keine Wahl: Hitler hat uns zum absoluten Feind erkoren. Wo aber keine Wahl besteht, auch kein Urteil,
schon gar nicht über Andere. [5]
Luego de que se encontrara una nueva documentación histórica de archivo sobre el proceso de Carl Schmitt
en Núremberg, llama la atención especialmente la transcripción de un “cuarto” interrogatorio del 11 de abril
de 1947, el cual aparecerá en la mencionada revista Telos en el verano de 1987 [6] . Se puede decir que más
que hacer claridad sobre el tiempo de su encierro desde 1945, en el que escribirá una obra fundamental para la
comprensión política de la posguerra, titulada “Ex captivitate Salus” [7] , dicho interrogatorio es determinante
para entender no solo el pasado de Schmitt y su anidad con el nacionalsocialismo, sino particularmente
la quintaesencia que marca un punto de anclaje para su comprensión política respecto al problema de la
soberanía —anótese que dicha comprensión se hace evidente solo al hacer la memoria en términos judiciales
de la guerra—, sobre todo en cuanto dene el plano de “presente” en el que se despliegan un conjunto de
relaciones de fuerza que redenen la relación amigo-enemigo, tan determinante en Schmitt. Heinrich Meier
(1995), en su trabajo sobre las conversaciones ocultas entre Leo Strauss y Carl Schmitt, logra aclarar mucho
mejor lo que armamos: “e enemy denes himself as enemy by means of the attack, the will to Ward him
off is ‘fully self-evident’” (p. 19).
En efecto, dentro del mencionado proceso para los investigadores no se había satisfecho explicativamente
la relación que existió entre Carl Schmitt y el nacionalsocialismo, en especial su rol ideológico en aquel
movimiento. El interés estuvo demarcado en especial por el general Lucius Clay y grupos de intelectuales
anes a un liberalismo positivo, tanto americanos como alemanes, quienes veían en Schmitt a uno de los
grandes responsables políticos del desarrollo ideológico del nacionalsocialismo en Alemania. Es importante
anotar que luego de la primera publicación de este interrogatorio, Kempner armó en una entrevista
(Bendersky, 1987, 101) en 1973 que la presión respecto a aquel juicio provenía del gobierno militar americano
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en Berlín. Así, a partir de las intenciones del general Clay se intentó imputar a Schmitt como criminal de
guerra, tipicando su conducta como gran determinador del holocausto debido a su teoría de la decisión del
soberano en el estado de excepción.
Según lo publicado por Telos en 2007, fue Karl Lowenstein quien rmó el primer memorando para el
arresto de Schmitt en 1946, lo que supone que este último no había sido detenido en 1945, y que de suyo
ya se presentaba una inconsistencia con las versiones ociales sobre su periodo de encierro. Lowenstein no
era desconocido por Schmitt, ya en 1925 había discutido “la crítica contra el parlamentarismo”, llamándola
ingeniosa teatralización. Del mismo modo, centró otra de sus principales críticas en la interpretación que
hacía este del artículo 76 de la constitución de Weimar, referida a la reforma de la Constitución por vía
parlamentaria [8] . El centro de esta crítica estuvo fundado en que la noción formalista de la igualdad
mecánica antes de la ley había permitido la subversión o la torsión de la Constitución de Weimar, y con
ello el principio de una dictadura con las terribles consecuencias que se desencadenarían a partir de 1939.
Es plausible armar que Lowenstein concibe como más que peligrosa la distinción hecha por Schmitt entre
liberalismo y democracia, ya que esta permite la violación de los derechos humanos inalienables e individuales
hecha por fuerzas populares que se autodeterminan como democráticas populares (Bendersky, 2007, p. 271).
Así mismo, las contribuciones que empieza a hacer Schmitt en 1930 respecto al papel de la Constitución y
un defensor de esta, le permiten a Lowenstein calicarle como un oportunista y la principal inuencia en una
suerte de teoría del derecho constitucional que transforma los marcos legales y permite tejer un manto de
legitimidad del régimen nazi.
Sin embargo, las críticas a Schmitt no solo proceden de las posturas intelectuales liberales. El sector
radical del nacionalsocialismo, a través de Otto Koellreutter, conocido jurista nacionalsocialista, en su
correspondencia con Schmitt critica a este último por sus posiciones débiles, en especial sus proposiciones
generales sobre el fundamento de la Constitución. Ello, principalmente, porque a su parecer Schmitt reeja
la imagen de un Estado constructivista y no un Estado popular como debía entenderse el proceso de
formación del III Reich en su sentido de presente absoluto. Koellreutter lleva adelante una persecución contra
Schmitt desde el corazón del nacionalsocialismo alemán, fundada en aquello que denomina neohegelianismo
conservador, es decir, entiende que Schmitt en su teoría política no recurre a los argumentos raciales
ni contribuye con nada sustancial al nacionalsocialismo (Meier, 2008, p. 184). Así, en tanto Lowenstein
con el argumento de “democracia militante” trata de hallar en Schmitt el fundamento ideológico del
nacionalsocialismo, y ve en este el origen ideológico que constituye la legitimidad de un régimen totalitario
que elimina las libertades de los individuos y sus derechos por medio de la imagen de una democracia de
fuerzas populares, por otro lado Koellreutter acusa a Schmitt de neohegeliano conservador que no toma las
bases de la raza para fortalecer el papel del Estado popular alemán que se hace visible y realizable jurídicamente
en el III Reich alemán.
En agosto de 1945 Lowenstein se reunirá con el coronel McLendon para poder revisar de primera
mano documentos concernientes al caso de Schmitt, y el 21 de septiembre escribirá su famosa lista de
objetos importantes para ser incluidos como elementos acusatorios y probatorios en dicho proceso. Durante
este mismo periodo, la correspondencia de Schmitt y su esposa deja entrever lo que realmente percibía el
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importante jurista alemán en torno a dichos procesos políticos, o mejor, el haber caído en manos de los
liberales demócratas. Schmitt, en las cartas a su esposa Duschka, arma: “El Leviatán en cuyas garras estoy
atrapado, es una bestia fuerte e inmisericorde” (citado en Bendersky, 2007, p. 257-283) [10] .
El 4 de octubre de 1945 Lowenstein y el capitán Fearnside revisaron la biblioteca de Schmitt, sus casi 5000
volúmenes, colección que encerraba la más completa bibliografía sobre derecho y política alemana. El objeto
de aquella visita obedecía a dos propósitos: por una parte, proveer de una fuerte biblioteca al nuevo gobierno,
debido a la devastación de las librerías, y por otro, encontrar “instrumentos de confrontación” en caso de que
Schmitt negara su pasado nazi [11] . La principal pieza de evidencia fue el artículo de Schmitt, publicado
en 1940, titulado “Der Führer schütz das Recht” [12] (lo que traduce “el rol del Führer como defensor del
derecho”). Los principios esgrimidos en dicha conferencia pronunciada en Leipzig iban a ser posteriormente
consignados en su libro publicado en 1931 con el título de La defensa de la Constitución, donde asegura que
la garantía constitucional no puede ser defendida por la misma Constitución —en clara contraposición a
Kelsen y Hugo Preuß—, sino solo por la gura de “un defensor”.
Schmitt, al iniciar este texto, asegura que la demanda de un protector de la constitución es, en la mayoría
de los casos, indicio de situaciones críticas para la Constitución, acudiendo a las guras históricas de este
tipo de defensor como corpus de la tradición de la teoría jurídica (Schmitt, 1983, pp. 36 y ss.). Esta misma
proposición aparece después de la muerte de Cromwell en 1658, posteriormente en Harrington, seguida de la
Constitución napoleónica del año VIII de la Revolución (1799), y en las constituciones alemanas de Baviera
de 1818 y Baja Sajonia de 1831. Puede centrarse en cuatro puntos esenciales: (1) el juramento del rey, los
servidores del Estado y los ciudadanos a la Constitución; (2) el derecho a formular quejas por infracciones a
la Constitución; (3) el derecho de los estamentos a presentar acusaciones por este mismo hecho; (4) sobre las
condiciones para llevar a cabo una reforma a la Constitución (Schmitt, 1983, p. 52).
De ello surge la imagen desde la Constitución de Weimar del Tribunal Constitucional como defensor de la
Constitución, la cual Schmitt controvertiría en la última parte del citado libro con su teoría del poder neutral.
En esta, es el presidente del Reich quien debe ejercer tal defensa de la Constitución, ello con el n de evitar
discusiones legalistas, ya que incluso los mismos jueces no se escapan en independencia al interés político de
los partidos. En sus palabras:
[…] mejor, sería recordar, en primer término, el sentido positivo de la constitución de Weimar y de su sistema de preceptos.
Según el contenido efectivo de la Constitución de Weimar existe ya un protector de la Constitución, a saber: El Presidente
del Reich. (Schmitt, 1983, p. 186)
Lowenstein retoma sus acusaciones asegurando que Schmitt, incluso en 1936, después del ataque hecho
en su contra por las SS, continuaba publicando en sus obras una defensa del totalitarismo y del control del
sistema europeo por la Alemania nacionalsocialista. Esto último le permitiría argumentar a Lowenstein la
necesidad de la permanencia de Schmitt en presidio y mantener su estatus de criminal de guerra. Sin embargo,
cabe la pregunta: ¿por qué existe una fascinación en Schmitt por el defensor de la Constitución, quien en su
acto de decisión determina el estado de excepción? En síntesis, ¿a través de la acusación de Lowenstein, se
puede percibir que no existe ninguna pretensión moral en el acto del soberano al decidir, y que en ello hay
un acto político per se que contradice toda tradición que funda la decisión del soberano en su imagen como
representación de los individuos a él sujetos?
El centro de esta acusación abre la puerta a la comprensión de este asunto. La aparente fascinación de
Carl Schmitt por la dictadura [13] es maniesta en dos de sus obras: Die Diktatur y Die Verfassunglehre.
En ambas, asocia el sentimiento afecto al totalitarismo a su comprensión del catolicismo y en particular
la complexio oppositorum [14] , además de su afección particular por Donoso Cortés [15] . Para Schmitt, la
imagen del “defensor de la Constitución” supera la gura de Hitler y de cualquier tipo de militancia en
el nacionalsocialismo, a pesar de que esté centrada en su gura. Ello muestra que la gura del defensor
no está restringida a Hitler. En efecto, su concepto de defensa de la Constitución supone la base de la
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consolidación del Estado como un estatus colectivo, y por ende lo político mismo que, expresado en la forma
misma constitucional, dene la necesidad de un defensor para sí misma. En ese sentido, “el defensor de la
Constitución” es el protector de ese estatus colectivo que dista mucho de ser un pacto de voluntades. Así, la
gura de la centralización del poder en la forma de soberanía no supone de suyo una agregación de voluntades
representadas, y por ende el totalitarismo resulta ser un concepto bastante simplista para denir el problema
de la soberanía y su relación en el marco de la decisión.
La idea de una imagen de soberanía que más allá de ser una simple centralidad es el basamento político que
supera toda condición histórica, tiene antecedentes en la tradición alemana en las imágenes del nacionalismo
de nales de siglo XIX, particularmente en la obra de Treitschke [16] titulada Die Politik. En esta, el autor
establece una condición moral que logra materializarse en un factor decisivo de la forma del Estado. Así,
el nacionalismo alemán de nales de siglo XIX como fuente de referencia histórica del trabajo de Schmitt
tiene una premisa capital: un Estado débil es de suyo una contradicción. De esta manera, la tradición del
nacionalismo alemán de siglo XIX, a diferencia de otros discursos nacionales, al hacer mención del Estado
y de su fortaleza, evidencia que su supervivencia reside en la capacidad material y formal de la decisión y no
en un soberano como objeto de la representación de los individuos que escapan de la condición ahistórica de
violencia por naturaleza (Schmitt, 1996, p. 31). Esto, puesto en una proposición más comprensible, implica
que la gura del soberano identica este estatus colectivo o modo de ser de un pueblo.
En su crítica a Treitschke, Durkheim muestra bien en su ensayo titulado “Deutschland über alles” [17] ,
esta preocupación por el nacionalismo alemán. En palabras citadas por Durkheim del mismo Treitschke:
“está en la esencia misma del Estado no tener ninguna fuerza por encima de él”. Más adelante el mismo autor
dirá: “fuera del Estado la humanidad no puede respirar”. Así, el concepto de totalidad se encontraría en la
naturaleza del Estado como fuerza moral y expresión material de la soberanía (Durkheim, 1989, p. 206).
Pero ello, de antemano, no supone un concepto de totalitarismo, a pesar de que los procesos desde 1936 en
Alemania llevaran al país a un modelo totalitarista. Es necesario armar que a nales del siglo XIX un proceso
así es imposible de pensar, por la inuencia de la Constitución de 1849 [18] y la respuesta de Prusia liderada
por Federico Guillermo. Este proceso lo que determinó en relación con la soberanía fue su centralidad y
molaridad, y con ello la incapacidad tanto de una república como de una de una revolución liberal. En palabras
de Donoso Cortés sobre los peligros de la Constitución de Frankfurt:
Nunca atravesó Europa otra crisis más formidable. Espero aun, sin embargo, que la Asamblea de Fráncfort no se atreverá a dar
el paso decisivo; más si tuviese tal atrevimiento, me complazco en creer que el rey de Prusia rechazaría con honor la funesta
corona que se le quiere ofrecer. (Donoso, 1946, p. 666)
Así, el debate entre los intentos de un republicanismo alemán enfrentados al absolutismo mismo del
monarca diferencia los términos tanto de absolutismo como de totalitarismo. El primero reside en la fuerza
moral proveniente del soberano en la gura del emperador y su condición de sacralidad como base de su
legitimidad, en tanto que el segundo se vale del sistema político para buscar a través de una forma de partido
único, una centralidad de poder en un líder político como forma de legitimidad, por medio de mecanismos
plebiscitarios para instituir un régimen (Kolluta, 2008, p. 419).
Para entender esto es determinante comprender la gura de Bismarck en dicho proceso a través de su
política de alianzas en términos de la realpolitik [19] . Para Bismarck, el punto central residió en evitar
fundamentalmente cualquier tipo de gobierno liberal, estableciendo una suerte de interpretación del discurso
sobre la nación a través de una suerte de romanticismo como colofón de la centuria que inauguraba a Alemania
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como el eje central de la política europea (Schulze Schneider, 1996, p. 31). Alemania había logrado hacer
síntesis bajo el concepto de Kulturkampf de una dinámica particular de política interna. En efecto, este
romanticismo que aparecía de la primera década de siglo XIX tiene sobre la comprensión de la realpolitik de
Bismarck una condición determinante: la eliminación del enemigo interno —en este caso, la forma liberal
infecciosa que había sobrevivido al 48 y pretendía reaparecer bajo la amenaza de crisis del Reich y por ende
de su principio identitario el káiser—.
Ahora bien, ¿cuáles son los dos discursos que reaparecen en este horizonte? Por una parte, el discurso sobre
una naturaleza alemana por antonomasia usado por Fichte en los discursos sobre la nación alemana:
Que hablo a alemanes por antonomasia de alemanes por antonomasia [20] , no reconociendo, sino desechando totalmente y
desdeñando todas las diferencia disgregadoras que han dado lugar desde siglos a acontecimientos nefastos para una nación.
Por cierto, ante mis ojos, son ustedes, distinguida asamblea, los representantes primeros y directos que me actualizan las
queridas características fundamentales nacionales y el núcleo visible en que se enciende la llama de mi discurso, pero mi
espíritu reúne en torno a sí a la clase culta de toda la nación alemana desde todos los países sobre los que se ha extendido.
(Fichte, 1994, pp. 50-51)
En este orden de ideas, la nación alemana no se convierte en un espíritu hegeliano, sino en un sentido
propio del historicismo propio del romanticismo alemán de siglo XIX, plenamente maniesto en el concepto
de Kulturkampf. La nación no es fruto de un proceso dialéctico, es una suerte de esencialismo histórico que
expresa una manera de ser colectiva. Por otra parte, reaparece la interpretación de Clausewitz, en la cual se
sostiene que el principio operativo que enmarca la construcción de la nación es la aparición de un enemigo
común para Prusia y para todos los alemanes, que en la primera década del siglo XIX no podía ser otro que
Napoleón. El asunto esencial es cómo Napoleón se convirtió en un enemigo de prusianos y alemanes que
terminó construyendo sobre esta enemistad la base en la cual posteriormente Bismarck fundará el nacimiento
del Primer Reich (Schmitt, 1969, pp. 18 y ss.). A este respecto, son tres los factores que anota Carl Schmitt:
(1) el rey de Prusia notaba que su legitimidad dinástica estaba amenazada por los planes de armamento
popular apetecidos por los reformadores militares. En efecto, los reformadores del ejército pensaban en
el potencial de guerra que se encontraba en las dos legitimidades opuestas, y esperaban poder cambiarlo.
Ante un enemigo como Napoleón el riesgo era evidente; (2) en el núcleo del problema está la enemistad
prusiana contra Napoleón, emperador de los franceses, que surge entonces. El memorándum-confesión de
Clausewitz de 1812 es en su totalidad un documento inquietante de una enemistad profunda y desesperada.
En realidad, los alemanes eran frente a Napoleón un pueblo dividido; (3) en 1812 se convirtió, efectivamente,
en enemigo abierto de Napoleón. ¿De dónde, pues, venía la enemistad de los alemanes? Clausewitz opuso
una contestación dura y sobria, se puede decir prusiana, a las intenciones pacícas de Napoleón. Se encuentra
en el segundo libro De la guerra, capítulo 5, titulado “Carácter de la defensa estratégica”: “El conquistador
es siempre pacíco (como Bonaparte solía armarlo siempre), le gustaría entrar tranquilamente en nuestro
Estado; pero para que esto no le sea posible tenemos que querer la guerra, y prepararla” (Schmitt, 1969, p. 19).
Así, Bismarck, a partir de estos dos factores, uno discursivo y otro operativo en la forma del enemigo,
unica la forma administrativa de un concepto o espíritu de nación histórico y románticamente una suerte
de naturalismo preexistente (Nationswessen) o naturaleza de la nación. En 1890 llegó al poder Guillermo
II y destituyó a Bismarck, lo que produjo un importante viraje en la política alemana. De la Realpolitik de
Bismarck, que aseguraba el equilibrio de fuerzas y una paz duradera en Europa, se pasaba a la Weltpolitik,
una política abanderada por Guillermo II y que se caracterizaba por ser mucho más ambiciosa y agresiva al
romper el equilibrio internacional, lo que iba a generar mayor tensión. Estos cambios se iban a plasmar en
el alejamiento de Rusia como aliado de la órbita alemana, el n del aislamiento de Francia y el desarrollo
de unas ambiciones coloniales por parte de Alemania que iban a chocar con Gran Bretaña (Waller, 1999,
p. 93). El punto de atención sobre la radicalización de Guillermo II está en que la lucha del nacionalismo
adquiere una condición de supervivencia. Esto es, la nación siempre está en peligro de muerte, su naturaleza
es la supervivencia, y por ende lo que está en juego es la existencia colectiva y su forma política.
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intento de teorías generales como sistemas de pensamiento. Y es allí donde se ubica la comprensión del Estado
en relación con la soberanía que va a desarrollar Carl Schmitt.
Lo anterior tiene un trasfondo de praxis empírica respecto de la teoría del Estado, y hacemos mención de la
condición empírica en referencia directa a la condición histórica que va a gestar la revolución conservadora,
que es el vórtice en el cual todo este conjunto de teorías conuye para tratar de dar una explicación a su
presente, esto es, el fracaso de la Primera Guerra Mundial. Sin duda, es este evento el que marca la gramática de
la teoría schmittiana sobre la soberanía y demarca su autenticidad teórica en medio de dicha conuencia de la
posguerra que da origen a la República de Weimar, particularmente, porque se anota como principio positivo
que es la Constitución sancionada en noviembre de 1919 el origen de un nuevo Reich alemán fundado en el
derecho social (solizalesrecht) y la emergencia de una unidad de representación de los estados asociados bajo
la gura de un presidente, aboliendo con ello la gura del káiser (Hardach, 1994, p. 264). Es muy importante
anotar que la gura del káiser alemán nunca asumió esa condición representativa, función por la cual dicha
gura es remplazada con la de un presidente. La gura del káiser en Alemania tuvo siempre una condición
identitaria como forma cultural e histórica, factor que se hace palpable con el fracaso de la Constitución
de 1849 y el rol de Federico Guillermo IV frente al liberalismo propuesto en la Constitución de Frankfurt.
Sin embargo, tampoco asumió un absolutismo dinástico (Habsburgo) por sangre como el que intentó salvar
Francisco José I en el Imperio austrohúngaro con ayuda del zar Nicolás I —que sin duda podría abrir paso a
movimientos similares en Rusia—, quienes suprimieron los brotes liberales de la Revolución húngara por vía
militar, terminando con los vaivenes republicanistas en Europa oriental con las ejecuciones del 6 de octubre
de 1849. Así, frente a la condición empírica histórica sobre la Primera Guerra Mundial, que trae consigo
nuevamente la incapacidad del republicanismo de mediados de siglo XIX ya mencionada, y que pareciese
materializarse en el intento de la Constitución de Weimar, es dónde se va a enmarcar esta comprensión de la
soberanía que bulle en el pensamiento de Schmitt y que tiene su trasfondo en la comprensión religiosa que
se encuentra en su esencia (Hardach, 1994, p. 279).
La pregunta recurrente de los alemanes, intelectuales o de a pie, al comenzar la república instituida por la
Constitución de Weimar, no versaba sobre el nuevo tiempo sustraído de la historia o eventos antecedentes,
sino, muy por el contrario, sobre los mecanismos críticos propios del derecho en relación con las dos
décadas precedentes a este proyecto republicano. (Preuß, 1889, pp. 177 y ss.). Las muchas preguntas parecen
resumirse en algunos particulares como estos: ¿por qué Alemania perdió la Primera Guerra Mundial, si al
parecer los resultados militares llevaban a un triunfo casi alcanzado eliminado el frente oriental en 1917?;
¿acaso no fue la determinación histórica de la nación alemana la que había alcanzado dicho triunfo sobre
los proyectos liberales franceses, británicos y americanos?, o por el contrario, ¿fueron la aristocracia, los
comunistas y algunos otros reductos de grupos sociales inuyentes quienes habían traicionado la moral
nacional y entregado al pueblo a su derrota por anteponer sus intereses sectarios y de clase a los nes históricos
de la nación?
Estas preguntas se trastocarán en el argumento utilizado por el nacionalsocialismo para criticar las
constituciones liberales, y que se ve reejado en el discurso de Hitler sobre la democracia en 1937, al formular
las tres preguntas que a su tenor mostraban la incapacidad de una democracia liberal, no solo para Alemania,
sino para las sociedades occidentales: ¿quién ja la convicción de un pueblo?, ¿quién despeja y aclara al
pueblo?, ¿quién educa a un pueblo? Sin duda, no son los partidos, porque ellos corresponden a las clases
de la dirigencia tradicional y a las lógicas del capitalismo, contrarias a la nación, reduciendo la libertad
histórica del pueblo a la libertad del mercado favorable a sus intereses de acumulación. Estos partidos, como
extensión y herramienta de las élites políticas y económicas que para el nacionalsocialismo serán las mismas,
conservan su fortaleza manteniendo al pueblo escindido de su horizonte de realización histórica, lo que según
Hitler ya se había mostrado en la derrota de la guerra y mantenía su gramática jurídica en la Constitución
de 1919. No sobra decir que estas mismas élites fueron la clave para el desarrollo y ascenso al poder del
totalitarismo nazi, y de las que se establecerá una gruesa base social para mantener una armonización de
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la política económica en el Tercer Reich. Sin embargo, el punto hasta acá es mostrar que la ambivalencia
discursiva sobre la materialidad histórica de la nación y una suerte de corporativismo emergen como respuesta
a la crisis, que para los nacionalistas entre 1927 y 1933 fue leída como la traición de la aristocracia al pueblo
alemán, y el último obstáculo puesto por el liberalismo bajo el sosma de la democracia, para la realización
histórica de la nación.
Para los nacionalistas alemanes, la democracia liberal había llevado a fracturar la cohesión interna de la nación,
y los movimientos liberales y comunistas alemanes habrían de ser los responsables de dicha fractura interna.
Con ello, la subsecuente generación de un enemigo interno que hace naufragar las necesarias pretensiones
continentales europeas alemanas de la primera década de siglo XX, por las que el Leviathan liberal había de
derrotar al Behemoth gurado en el análisis de Franz Neumann (1968) sobre la confrontación a muerte que
determinaría la condición de hegemonía mundial en manos del liberalismo democrático.
Este es el factor que logra vincular a Schmitt como un defensor del nacionalsocialismo desde una
perspectiva un tanto institucionalista, esto es, poder estructurar una comprensión de la nación no
particularmente pasional sino como una suerte de racionalidad que deviene constitucionalmente forma
institucional (Schmitt, 1933 p. 29). Aquí sin duda se establecen las discusiones de fondo con Lowenstein
y Koellreutter. En efecto, para Koellreutter, las construcciones políticas de Schmitt fundaban una teoría de
la Constitución más que una teoría del Estado, que corría el riesgo de ser un modelo de Estado burgués de
derecho no muy lejano a la concepción de Weimar sobre las dinámicas de la representación, los partidos y
una ciudadanía fundada en la racionalidad del desarrollo del capitalismo liberal como sujeto-autonomía, lo
que hacía imposible la consolidación de un Estado popular alemán. Los mismos argumentos de crítica usados
por Koellreutter son usados en forma inversa por Lowenstein al decir que Schmitt renuncia a la apertura a
una evolución histórica del derecho constitucional y de la teoría liberal del derecho como marco civilizatorio
occidental.
En relación con este último, para Schmitt, las pretensiones de Loewenstein (1938, p. 731) —como eco
kelseniano de un biologismo vacío de contenido histórico—, presuponían un rol de la Constitución en
el que la adopción de los fundamentos democráticos se encontraría basada en una libertad natural que
establecería una suerte de democracia, con su importancia en la validez del enfoque del empirismo anglosajón.
Así, lo importante es el individuo como base de la comprensión orgánica del Estado, es decir, la forma
empírica evolutiva del Leviatán hobbesiano. Contrariamente, la dogmática de Schmitt, destinada a demoler
la tradición constitucional encaminada a sostener el positivismo jurídico, base fundamental de Weimar,
evidencia por los resultados y la dinámicas sociales propias de la guerra, y por ende sus resultados, que fue
este organicismo el que generó la fragmentación y la fractura interna de la sociedad alemana y por ende el
responsable del fracaso nacional (Schmitt, 1974, p. 288).
En este punto Schmitt ya deja clara su comprensión estética de la Constitución. Asombra el entendimiento
centrado en el poder soberano, puesto que concibe este como un factum. El poder soberano es por sí mismo
válido, puesto que ni siquiera tiene pretensiones de ser validez, lo que establecería una condición de afuera al
acto mismo de la decisión sobre la excepcionalidad como la condición política de la soberanía por excelencia
(Schmitt, 2009b, p. 106). Para Schmitt, el poder soberano es un orden legitimado porque su unidad política
es establecida través de la consolidación de un estatus colectivo, el cual es forticado a través de una imagen
de la sociedad como poder constituyente. Así, el poder constituyente está a todas luces referido, incluido en
el acto mismo del poder soberano como factum. Esto último explica el que para Schmitt el fundamento del
Estado se encuentre en la Constitución, tanto como zu sein —en cuanto ser—, y a su vez como zu sollen
—referido al deber ser—. De esta manera, puede decirse que la realidad política dene su misma validez, y
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por ende en el estado de excepción se maniesta armónicamente la “existencia del Estado” y “su producción
normativa”, lo que permite la supervivencia duradera de aquel.
Si en Schmitt la soberanía se entiende como capacidad de decisión, se hace comprensible que el pueblo no
pueda entenderse como una agregación de voluntades y libertades de tenor hobbesiano, puesto que incluso en
su forma constituyente debe delegarse en su condición “inconstituida” a —esto porque el poder constituyente
en sí mismo supone su inconstitución— una fuerza de “uno solo” que la ejerce y no que la representa; esto
es, un individuo quien encarna la voluntad general y permite que el acto mismo de decidir tenga la suciente
fuerza y robustez que no tendría esta agregación de voluntades de tono contractual, debido a que toda forma
de contrato diluye la fuerza misma de la decisión Schmitt, 2009a, p. 123). El pueblo jamás —en su forma
constituyente— podrá estar presente como una sola identidad real si no se expresa en esa forma del poder
soberano a través del defensor de la Constitución. Así, el pueblo no es el que toma las decisiones, sino el que
hace depositario al líder de su fuerza moral constitutiva, siendo este el que al identicarse plenamente con él
adquiere quien manieste sus valores fundamentales. El soberano como defensor de la Constitución es aquel
que guarda en sí la voluntad del pueblo, y la guarda en cuanto es idéntico a este, en cuanto encarna los valores
populares reejados en el trasegar histórico de una lectura concreta y colectiva en los elementos constitutivos
de la sociedad.
Asumido esto, Schmitt evidencia que el soberano es quien ejerce la autoridad, y este es su punto de
encuentro con Hobbes [21] , puesto que ambos consideran que el soberano, bien sea de forma representada o
por identidad, es quien decide en relación con la vida y la muerte; y en ello reside el acto mismo de la soberanía
como decisión sobre la excepción. En efecto, Schmitt en la primera y segunda edición de su teología política
dene claramente lo que logra entender por el soberano: “Soberano es aquel que decide sobre el estado de
excepción” (Schmitt, 1985a, p. 35). En este orden de ideas, la comprensión del soberano como quien decide,
solo puede ejercerse en cuanto la decisión acontece en la excepcionalidad misma, es decir: “La excepción es
más interesante que el caso normal. Lo normal nada prueba; la excepción, lo prueba todo” (Schmitt, 1985b,
p. 54). Por tanto, el uso racional del monopolio de la fuerza no resume la soberanía como la acción del
soberano, sino la decisión misma es la que la dene como el acto de decidir, en el cual se rompe cualquier
orden normativo o producción legal formal. Ahora bien, la pregunta sobre el estado de excepción tiene su
respuesta en la forma (Gestalt) de suspender el derecho, condición que determina su naturaleza soberana.
Además, porque rompe cualquier externalidad al acto mismo de la decisión sobre este Estado.
¿Cómo entender al Beemoth? Sin duda, no podría existir otro referente para esta bestia terrestre que la
tensión política de la relación amigo-enemigo, ello por cuanto esta relación no es dialéctica, luego, no tiene
ninguna condición de negatividad productiva sino que nace de la posibilidad extrema de un combate real, de
la posibilidad siempre presente de la guerra (entre Estados o entre grupos dentro de un mismo Estado), que
constituye la situación extrema de la comprensión misma de lo político:
Los conceptos de amigo, enemigo y lucha adquieren su signicado real por el hecho de que se reeren de modo especíco a la
posibilidad real de la exterminación física. La guerra deriva de la hostilidad puesto que ésta es negación absoluta de todo otro
ser. La guerra es sólo la realización extrema de la hostilidad. No tiene necesidad de ser algo cotidiano o normal y ni siquiera de
ser vista como algo ideal o deseable; debe, no obstante, existir como posibilidad real para que el concepto de enemigo pueda
mantener su signicado. Todo esto no quiere decir en absoluto, sin embargo, que la esencia de lo ‘político’ no sea otra cosa
que la guerra sangrienta [...] La guerra no es pues ni un n ni una meta, o tan sólo el contenido de la política, sino que es su
presupuesto siempre presente como posibilidad real [...]. (Schmitt, 2009a, pp. 30-31)
Si bien para Schmitt la naturaleza de lo político no está dada por una comprensión de la guerra desde el
sentimiento religioso —tema que no entraremos a discutir exegéticamente, puesto que algunos especialistas
no conciben la guerra sino el conicto en Hegel—, por lo que no es necesario que esta se produzca para que
se manieste lo político. La importancia de la guerra como condición sinónima de lo político radica en que
constituye una posibilidad real y concreta de lucha, de matar o morir, con lo que se activa la decisión soberana
sobre vida y muerte.
Luis Felipe Vega Díaz, et al. La memoria y la forma política: una lectura de Carl Schmitt sobre la...
En estos argumentos schmittianos reaparece la lectura del Leviatán de Hobbes. En efecto, para este último
el estado de naturaleza se dene como una situación de guerra de todos contra todos, donde
la guerra no consiste solamente en batallar, en el acto de luchar, sino que se da durante el lapso de tiempo en que la voluntad de
luchar se maniesta de modo suciente [...] la naturaleza de la guerra consiste no ya en la lucha actual, sino en la disposición
maniesta a ella durante todo el tiempo en que no hay seguridad de lo contrario. (Hobbes, 1983, parte 1, cap. XIII, p. 136)
Es decir, mientras no haya un Leviatán que proteja a los individuos a cambio de su obediencia, o los
mantenga a raya unos de otros en un pacto de individualidad con el soberano, la condición de la guerra natural
será indenida. Por tanto, la soberanía es la manera de dirigir y de encapsular la guerra como una forma
(Gestalt) de lo político.
Al plantear la comprensión de Schmitt sobre el Estado y su identidad con lo político, es necesario advertir un
punto de partida en la teoría del derecho del nacionalsocialismo, este es, que el punto de partida de cualquier
teoría sobre lo político no puede estar centrado en el individuo, sino en la preservación y el fomento de
la sociedad como una comunidad determinada por un condicionamiento histórico y racial que dene una
forma de “vivir” en sociedad para la realización de su propio destino, por ende, conlleva la recomprensión del
derecho. Así, en el inicio de su concepto de lo político, Schmitt sitúa su crítica a Hans Kelsen estableciendo un
ataque frontal al organicismo, factor que le permitirá denir de manera antitética su particular comprensión
de “lo político”. En este sentido, Schmitt arma:
Wir dürfen es dahingestellt sein lassen, was der Staat seinem Wesen nach ist, eine Maschine oder ein Organismus, eine Person
oder eine Einrichtung, eine Gesellscha oder eine Gemeinscha, ein Betrieb oder ein Bienenstock, oder vielleicht gar eine
“Verfahrensgrundreihe”. (Schmitt, 1985b) [22]
En este orden de ideas, y siguiendo a Hoffman (2010) en el texto Legitimität gegen Legalität: Der
Weg der politischen philosophie Carl Schmitts, el problema de lo político para Schmitt en 1932 supone un
existencialismo político con una profunda caracterización teológica, especialmente referida al decisionismo.
Así, lo político y el Estado no están en relación ambigua uno respecto del otro, sino que por el contrario
mantienen una relación identitaria en función de la decisión política. Esta comprensión sobre una suerte
de decisionismo autoritario se observa claramente en la correspondencia que Schmitt entabla con Walter
Benjamin, particularmente por intención de este último en torno al comentario sobre el drama barroco
alemán. La carta comentada por Samuel Weber (1992) evidencia esta guración sobre el decisionismo:
Sovereign is he who decides on the state of exception [Ausnahmezustand]. Only this denition can do justice to a borderline
concept. Contrary to the imprecise terminology that is found in popular literature, a borderline concept is not a vague
concept, but one pertaining to the outermost sphere. (p. 7)
Así, el Estado y lo político se encuentran propiamente en la decisión del soberano, de otra manera, el Estado
es de suyo el “estado de excepción”. De tal manera, la comprensión teológica en sus categorías subyacentes
dene en su base la relación amigo-enemigo, en cuanto es esta relación la que delinea aquella concebido por
Schmitt como estado de excepción. Esta comprensión puede intuirse en el trabajo bajo el título legalidad y
legitimidad. Anótese lo que el autor arma:
ere is no equality before the measure, as there is equality before the law. I can also not apply the law, impose sentences, or
generally act authoritatively in the name of practicality, or factual necessity, or in the name of force of circumstances instead
of in the name of law. (Weber, 1992, p. 11)
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De esta manera, la excepción está por encima de la ley misma y todo lo político está referido y contenido
en el Estado. En esto se centra la principal crítica de Schmitt al modelo de la democracia liberal; ello porque
lo que se denomina excepción (Ausnahmezustand) se concibe en oposición a un estado de normalidad
(Normalzustand), siendo este último el que se ajusta a la aplicación de la ley (Kelsen, 1999, p. 53). Empero,
para Schmitt lo excepcional es una constante o una característica del presente, lo que expone Verdú en
referencia a la comparación entre el sistema jurídico-político de Schmitt y Kelsen: “El schmittiano se
desenvuelve fuera de los cauces normativos, o por lo menos los relativiza a situaciones vitales, preferentemente
las excepcionales” (Verdu, 1987, p. 71).
De esta manera, la comprensión de lo enemigo y lo amigo dene la conceptualización misma de lo
político, muy contraria a la comprensión de la soberanía y por ende del Estado enmarcada en la proposición
hecha por Hugo Preuß. Acá la denición de lo político como la relación amigo-enemigo no se convierte
en una oposición en cuanto comprensión dialéctica, particularmente porque no se concibe ningún tipo
de negatividad en la comprensión misma de las fuerzas. Adicionalmente, en cuanto Schmitt no ve en
esta oposición ninguna condición productiva en términos de síntesis. En este orden de ideas, paraSchmitt
el Estado está desvinculado de lo gubernamental o gubernativo, por cuanto no es presa de la forma
administrativa sino en su sentido especíco en la relación propia de la oposición, no de armonización
generalizada como lo percibe Preuß. En ello reside la crítica de Schmitt a Preuß, pero más particularmente
puede comprenderse lo que Schmitt concibe en una relación a partir de dicha oposición. Preuß (1889) lo
aclara a través de su cita de Martens:
Die Idee der Souveranitat involvirt nur das Eine, namlich dass jeder Staat fur sich eine selbstandige juristische Personlichkeit
bildet; sie vermag jedoch nicht darüber Aularung zu geben, in welchen Beziehungen sich nun der eine Staat zum andern
bendet. (p. 103)
Ahora bien, para Schmitt el concepto de lo político supone de suyo el estado de excepción. Insiste en
que no es simplemente equivalente al uso lingüístico en alemán (Ausnahmezustand), entendido como una
composición jurídica de un estado de sitio, puesto que de suyo no todo “peligro” o “amenaza” constituye
una justicación de la suspensión de la norma según la comprensión misma del derecho liberal; esto porque
termina siendo una contradicción a la producción legal misma. Así, Schmitt abandona la gura de la
justicación de la amenaza para la comprensión de la excepción como lo propio al Estado político y se centra
en que la excepción no puede ser la forma jurídica, sino el acto mismo de la decisión del soberana, es decir,
la decisión es en su forma puramente política de la excepción, la cual dene la existencia y supervivencia del
Estado mismo.
De esta manera, el soberano es quien decide sobre el estado de excepción, y, por tanto, la comprensión del
Estado a partir de la decisión misma conlleva dos momentos: primero, la decisión en la que de suyo existe un
estado de excepción, y en segundo lugar, la suspensión efectiva del estado de derecho anteriormente vigente,
por lo que el acto mismo de la soberanía al establecer la decisión determina efectivamente los límites del
Estado. Y es este acto de delimitación lo que constituye la soberanía política según Schmitt o, en otras palabras,
aquello que dene la relación del Estado como Staat y la excepción como “estado” o Zustand. A este respecto
Samuel Weber (1992) cita de Schmitt:
Always also something different [...] from an anarchy and a chaos, [and thus] order in the juristic sense still prevails even if
it is not of the ordinary kind. e existence of the state is undoubted proof of its superiority over the validity of the legal
norm. e decision frees itself from all normative ties and becomes in the true sense absolute. e state suspends the law in
the exception on the basis of its right of self-preservation, as one says. (p. 10)
of demands requires a constant process of legal transformation and revision, the state of emergency ceases to be exceptional
and becomes an integral part of the political construction of the social bond. (p. 16)
Esta comprensión sobre la paradoja de Schmitt permite la de lo político y la del Estado. La paradoja o
aporía de la posición de Schmitt se sugiere aquí porque si la “decisión” es tan radicalmente independiente
de la norma como Schmitt arma, es difícil ver cómo la decisión del Estado de suspender sus leyes puede
justicarse en absoluto, ya que toda justicación implica precisamente el recurso a una norma. Esto no puede
ser conceptualizado de otra forma, sino bajo la imagen de instinto de conservación: “El Estado suspende la
ley en la excepción sobre la base de su derecho de autopreservación” (Verdu, 1987, p. 79), como fundamento
permanente que engloba las imágenes del pasado en unicidad narrativa que hace legítima la concentración y
autoridad directa del decisor.
En este orden de ideas, el Estado de excepción y en especial el dictador establecen un relato de la historia
a través del cual se condensan las formas de la memoria. La excepcionalidad en su forma política establece
un solo relato sobre la verdad que supera la forma jurídica y se establece como mecanismo de presente que
legitima la acción política autoritaria. Renuncia a las formas de microhistorias o recursos de los invisibilizados
y establece una historiografía con una teleología de los vencedores, que en toda forma siempre establece una
necesidad de gobierno como condición salvíca del presente. Esta forma teológica hace que dicha estructura
historiográca dena una escatología permanente de la crisis, fruto de la memoria institucionalizada, que
permitirá siempre y en todas sus formas la concentración del poder como mecanismo restaurador del caos.
Esto, que evidencia Schmitt no solo en la forma del nacionalsocialismo, es la trampa recurrente en la que
cae presa el liberalismo, por cuanto terminará siempre sobre la base de una agregación radical en la forma
política que no tiene otro recurso que una historiografía teológico-secular que rearme y renueve en forma
permanente la imagen molar del poder soberano.
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Notas
[1] Este tema está acuñado por Este tema es abordado por Rodney Maddock (1986).
[2] En 1988, la revista de izquierda Telos le dedicó un número especial a Carl Schmitt, y a raíz de aquel número se reabrió el
debate sobre su obra y su persona en el mundo académico anglosajón. Una de las razones que se dieron para justicar la
resurrección de Schmitt fue la supuesta falta de teoría del Estado en el seno del marxismo.
[3] Es importante revisar el informe elaborado por Pasha y publicado por Ara Saraan (2011).
[4] A este respecto los investigadores Ata Atun y Şükrü Server Aya (2014, 281), arman: “Talaat Pasha was living in Berlin
in hideout, until he was traced by Nemesis and Soghomon Tehlerian was sent on duty to kill Talaat in revenge. Tehlerian
made his way to Berlin, located the house of Talaat Pasha and shot him dead in the back on March 15, 1921 in front of
his house. He was immediately caught by the people on the street and arrested by the police. Our story is intended to
inform the reader about some of the details of this 'comedy of justice proceedings', given the fact that the German media
seems to welcome all Armenian tales”.
[5] Anótese el término de enemigo absoluto, que no tiene capacidad de elegir por cuanto no hay un juicio que lo establezca.
Taubens (1987) arma al respecto “Hitler nos ha determinado como enemigo absoluto” (p. 39).
[6] El interrogatorio fue publicado en el año de 1987 bajo el título “Carl Schmitt at Nuremberg”.
[7] La edición revisada para este trabajo La edición revisada para este trabajo fue la de Schmitt (2010).
[8] “La Constitución podrá ser reformada por vía legislativa, pero para que prosperen las resoluciones del Reichstag
modicativas de la Constitución se necesita que estén presentes dos tercios del número legal de sus miembros y que
aprueben la medida dos tercios, por lo menos, de los presentes. Todos los acuerdos del Reichsrat para la reforma de la
Constitución requerirán mayoría de dos tercios de los votos emitidos. Si por iniciativa popular hubiera de acordarse
una reforma constitucional en referéndum, será necesario que la apruebe la mayoría de los electores con derecho a votar.
Cuando el Reichstag vote una reforma constitucional frente al veto del Reichsrat, el presidente del Imperio no promulgará
la ley si el Reichsrat solicita, en término de dos semanas, la celebración de un referéndum” (Art. 76).
[9] Véase carta de Walter Benjamin a Carl Schmitt, comentada por Weber (1992). Lo importante de este documento es su
ocultamiento y posterior negación por parte de Max Horkheimer. Acá Benjamín expresa su admiración por Carl Schmitt
y la importancia de su lectura de la excepcionalidad para interpretar el presente.
[10] Carta de Schmitt a Duschka Schmitt, citada por Bendersky. Véase también Schmitt (1950).
[11] Este registro de la biblioteca de Schmitt es inspirado por la relación que tiene este con Wilhem Frick y la redacción del
Gutachten sobre el crimen en la declaración de guerras agresivas y ofensivas en el contexto del derecho internacional y
el principio de Nullum crimen, nulla poena sine lege.
[12] Lo importante que tener en cuenta del texto es, como se sigue: “Der Führer schützt das Recht vor dem schlimmsten
Mißbrauch, wenn er im Augenblick der Gefahr kra seines Führertums als oberster Gerichtsherr unmittelbar Recht
scha: ‘In dieser Stunde war ich verantwortlich für das Schicksal der Deutsche Nation und damit des Deutches Volkes
oberster Gerichtsherr’” [El Führer protege el derecho de los peores abusos, cuando él en el instante de peligro, en virtud
de su Führertums (dirección-como soberanía del líder), como juez supremo, inmediatamente crea derecho: ‘En esta hora
yo el responsable del destino de la Nación Alemana y con ello del Pueblo Alemán como Juez Supremo’”]. La traducción
es del autor.
[13] Obsérvese la referencia en el prefacio a la edición en inglés en el que Carl Schmitt plantea realmente el problema de la
dictadura: “e consequence of absolute ‘technicity’15 is an indifference that stands opposed to the further political
purpose in the same way in which a technical engineer can have a purely technical interest in producing a thing without
having any interest in its use; the thing produced does not need to be of any interest for him. Any political result —be
it the absolute government of one single person or a democratic republic, the political power of a prince or the political
freedom of the people— is just a task. e political organization of power and the technique for its maintenance and
expansion differ according to the actual form of government. But the former always implies something that can be
managed technically, just as the artist produces a piece of art according to his rational understanding. Depending on
the concrete circumstances — geography, the character of the people, religious worldview, social power relations and
traditions — the method differs and a different construction emerges” (Schmitt, 2014, p. 9).
[14] El texto al que se hace referencia es el de Schmitt (2011).
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