Robo de la Virgen en Pontevedra
Robo de la Virgen en Pontevedra
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Rober H. L. Cagiao
La virgen de la peregrina
El Guardián de las Flores - 6
ePub r1.0
numpi 10.08.2022
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Título original: La virgen de la peregrina
Rober H. L. Cagiao, 2021
Diseño de cubierta: Equipo de Editorial Círculo Rojo
Fotografía de cubierta: Cheché Cagiao
Ilustración interior y arreglos: Lino Pirijil Fernández
Editor digital: numpi
ePub base r2.1
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A Xoel (sempre)
A Rocío
(por regalarme esta maravillosa ciudad, Pontevedra)
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«Hora crepuscular. Un guardillón con ventano angosto, lleno de sol.
Retratos, grabados, autógrafos repartidos por las paredes, sujetos con
chinches de dibujante. Conversación lánguida de un hombre ciego y
una mujer pelirrubia, triste y fatigada. El hombre ciego es un
hiperbólico andaluz, poeta de odas y madrigales, Máximo Estrella. A
la pelirrubia, por ser francesa, le dicen en la vecindad Madama
Collet».
LUCES DE BOHEMIA, RAMÓN MARÍA DEL VALLE INCLÁN
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I. LA VIRGEN DE LA PEREGRINA
Era la noche del segundo sábado del mes de agosto. Desde el pazo de
Mugartegui se daba el banderazo de salida a nueve días de fiesta, de
charangas, festivales, teatro, conciertos, de batallas de las flores y fuegos
artificiales desde As Corbaceiras.
Nueve días de verbena en la Semana Grande de las fiestas de la Peregrina de
Pontevedra.
Todo estaba programado: las atracciones en la alameda, los puestos de
chuches, las barracas y sobre todo las múltiples actividades de ocio que se
mezclaban con otras de ámbito religioso y deportivo.
Al día siguiente, el segundo domingo de agosto, la Peregrina saldría en
procesión como cada año, vestida de gala, con el traje de oro y marfil bordado
por las monjas clarisas de Lugo. O quizá no.
Paola Gómez, comisaria de la brigada criminalística con base en A Coruña,
descansaba plácidamente cuando los acordes del Sweet child o’mine hicieron
que su corazón estuviera a punto de explotar. Al otro lado, una voz de mujer
familiar y querida. No era otra que María Vietto, su jefa.
—Perdona que te moleste, Paola.
La comisaria miró hacia la oscuridad de su techo y suspiró fuerte, muy
fuerte. María siguió hablando.
—Tengo un mensaje de Palau, lo ha mandado por Skype, échale un ojo, os
vais para Pontevedra.
Paola, aún con la voz de camionero propia de la madrugada, contestó.
—¿Y ese cabrón no me podía haber llamado él? ¿Por qué tiene que mandar
emisarios?
—La cadena de mando, ya lo conoces, además no está en España, sino en
una reunión internacional.
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Paola volvió a suspirar.
—Si se gastaran la pasta en lo que se la tienen que gastar… —Hizo una
breve pausa y continuó—. Bueno, ¿me vas a contar de qué se trata antes de
ver ese vídeo porno?
María rio, hasta con la mala leche nocturna, Paola se hacía querer.
—Esta noche han dado el pistoletazo de salida de las fiestas de la Peregrina
en Pontevedra.
—Joder, no sabes cuánto me alegro…
—Mañana la Virgen de la Peregrina debería salir en procesión por única vez
en el año, pero…
—Pero ¿qué?
—Pues no está, alguien se la ha llevado, así que por primera vez desde el
siglo XIX no habrá procesión.
—Entiendo que eso para la comunidad religiosa será un contratiempo, pero
no sé qué pinto yo en todo esto.
—Bueno, la Peregrina, mi querida comisaria, va mucho más allá de lo que
es una celebración religiosa, son nueve días de fiestas que se celebran por
todo lo alto, así que es más un problema social que religioso.
—Vale, me parece bien, pasa de entorno religioso y se sitúa en el corazón
del pueblo, pero yo sigo preguntando, ¿qué coño pinto yo en todo esto?, ¿o mi
equipo?
—No pintarías mucho si el secuestrador de vírgenes no te hubiese dejado un
mensaje.
Paola se incorporó de la cama y buscó a tientas las zapatillas, aquello
empezaba a complicarse.
—¿Un mensaje para mí? —Encendió la luz y a punto estuvo de quedarse
ciega.
—Para Paola Gómez, alias la comisaria. Tendrás que ir allí a verlo porque
creo que ni Palau sabe exactamente el contenido.
—Joder, María, pero ¿qué les ha dado conmigo?
—Antes mandarían cartas a Lo que necesitas es amor, o Quién sabe dónde,
ahora la moda es mandártelas a ti, das mucho juego.
Paola rio pensando cuánta razón tenía la condenada.
—¿A quién me llevo?
—En principio vamos todos menos Alba, que nos guiará desde aquí, Rafa,
que está de vacaciones y Marina, que se quedará para ayudar a Alba con la
documentación. El resto, o sea, Costoya, Portela, Modesto, Ana, tú y yo nos
vamos para Pontevedra.
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II. LA VIRGEN DEL CAMINO
Acabó de ver el vídeo de Palau por segunda vez mientras llegaban a la ciudad
del Lérez. Conducía Modesto, acompañado por Portela. Detrás, Costoya y
ella intentaban entender entre líneas aquel mensaje.
«Buenas noches, chicos. Sé que os extrañará que os envíe esto sin un
cadáver de por medio, pero lo entenderéis enseguida. O mucho me equivoco o
nos enfrentamos a otro loco. Ah, y Paola, sé amable con los agentes locales,
que nos vamos a instalar en su casa, así, de ocupas. La chica que dirige la
investigación se llama Rocío Castelo, por favor, quiero que compartáis el
mando de la investigación». Hizo una pausa mientras se sentaba encima de
una cama con una horrible colcha blanca, parecía que estaba en un hotel de
carretera. «Supongo que no lo sabéis, pero mi madre es una fanática de la
Peregrina. Sí, no me miréis con esas caras, que os conozco, mi madre era
gallega y mi padre de Badalona, así es la vida. Así que todo esto me toca la
fibra sensible, acostumbro a veranear en esa maravillosa ciudad, o más bien
debería decir acostumbraba, porque desde que estoy en este puesto no huelo
vacaciones. En fin, chicos, la fiesta de la Peregrina dura nueve días, no
tenemos mucho tiempo».
La comunicación terminó de una forma abrupta.
El coche se quedó en silencio mientras Modesto intentaba aparcarlo en un
hueco enano del parking más cercano al hotel. Nadie había comentado nada
tras el mensaje de Palau. El hotel Virgen del Camino estaba a escasas calles
de la comisaría y a seiscientos metros del centro.
María Vietto los estaba esperando en el hall de entrada, con las llaves de las
habitaciones en las manos.
—Veamos, la parejita feliz, os toca juntos.
Modesto torció la boca en señal de disconformidad con el puteo.
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—Ana y menda juntas. Costoya y Paola como padre e hija —todos rieron.
—Siempre me tocan sus ronquidos, no me libro de él ni de fonda.
Costoya la cogió por el hombro y la apretó contra él.
—En el fondo me quiere, aunque no lo sabe.
—Lo sé, lo sé, pero eso no quita lo de tus ronquidos, y tus cosas raras, tú ya
sabes, pero estoy conforme.
—Chicos, en diez minutos nos vemos aquí en la cafetería, tenemos que ir
hasta la iglesia y ver el regalito que nos han dejado.
Entraron en la habitación. Dos camas gemelas con la misma colcha
comprada en el chino y dos cojines a juego, una mesa de escritorio de madera
con su mítica silla negra, un armario empotrado bastante grande y una terraza
minimalista. Lo normal en un hotel de tres estrellas. Escogió la cama de la
izquierda, la que daba a la ventana, no le gustaba dormir cerca de la puerta si
podía escoger. Costoya se tiró en la cama.
—Venga, inspector, que tenemos que bajar.
—Solo estaba probando la cama, jefa, parece que está bastante bien.
Paola lo miró, lo necesitaba cerca, su sentido del humor, su facilidad para
relativizarlo todo la ayudaban a vivir el día a día. Él se incorporó de la cama y
le cogió el mentón.
—¿Has sabido algo de él?
—¿De quién, inspector?
—De quien va a ser, de tu tío, el Guardián.
Entonces, aquella conversación con María Vietto volvió a su cabeza…
—Buenos días, María, ¿no tienes cama?
—Paola, es urgente, ha pasado algo.
Se incorporó y se sentó esperando a que ella terminara la frase.
—Es el Guardián. Se ha escapado.
—¿Pero…? —Tardó en reaccionar, las palabras no le salían al estar
taponadas por otro sentimiento mucho más fuerte.
—Aprovechó su primer permiso de fin de semana para escaparse. Lo
teníamos vigilado, pero desapareció.
Paola se levantó y empezó a dar vueltas alrededor de la habitación mientras
las lágrimas corrían por sus mejillas.
—A ver, ¿cómo es posible? ¿Quién dio la orden de darle un puto permiso, y
a cuento de qué?
—A los tres años tenía derecho a una revisión, sus abogados jugaron sus
cartas y salió, llevaba la pulsera de localización, pero apareció atada a la rama
de un árbol. No sé cómo lo hizo, tuvo que contar con ayuda.
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—Joder, María, no entiendo por qué nosotros no sabíamos ni que iba a salir.
—Bueno…
—No me jodas.
—Joder, Paola, no era el momento, estabais metidos en medio de una
investigación, no quería desnortarte, lo siento —se hizo un silencio al otro
lado de la línea.
—Debiste habérmelo dicho.
—¿Y qué hubieras hecho, Paola?
—Ir a buscarlo, estar allí cuando saliera, así no se habría escapado.
—Eso no lo sabemos.
—Ni lo sabremos nunca, pero para la próxima vez, por favor, no me ocultes
información.
—Prometido. —María se sintió mal. Creía que había hecho lo correcto para
la investigación.
El operativo de búsqueda de El Guardián se extendió casi dos meses sin
ningún resultado, así que pasó a formar parte de la larga lista de delincuentes
buscados, los míticos wanted pero en este caso mejor alive. No había noticias
de su paradero.
—No sé nada de él, inspector —volvió a la realidad con los ojos llorosos.
—Quizá sea lo mejor. Otro disgusto más… —Tarde se dio cuenta de que
había metido la pata. Decir aquello era recordarle a Paola lo que había
ocurrido con Luis. Amor mortal. La abrazó—. Lo siento, Paola.
Ella le sonrió, como hacía siempre.
—Bajemos, María nos está esperando y yo no aguanto más sin saber de qué
van esos mensajes.
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III. ROCÍO CASTELO
Antes de entrar, Paola rodeó aquel singular edificio, más si cabe por tratarse
de una construcción religiosa. Su forma circular y su planta en forma de
concha de vieira le llamaba la atención. Costoya la esperaba cerca de la
puerta.
—Si te parece, jefa, yo echo un vistazo por fuera.
Paola hizo una visión global de la plaza y se enamoró en cuestión de
segundos, era un lugar precioso. Asintió con la cabeza y entró en el santuario.
De espaldas, gesticulando y dando órdenes, estaba una chica alta, morena de
pelo negro, unos vaqueros flojos y un chaleco de la policía. Se acercó a ella.
—Buenos días.
La chica la miró y le hizo una señal para que esperase mientras hablaba con
uno de los agentes que se encontraban haciendo la recogida. Cuando volvió a
fijarse en ella se dio cuenta de quién era y se llevó la mano a la boca.
—Oh, Dios mío, disculpe, es usted…
—Comisaria Paola Gómez.
Una enorme sonrisa se dibujó en la cara de su compañera.
—Rocío Castelo, comisaria también.
Aquello llamó la atención de Paola, era la primera vez desde que estaba en
Galicia que encontraba a una comisaria.
—Encantada, señorita Castelo. Verá, me han llamado esta noche; la verdad
es que no sé muy bien qué hacemos aquí.
Rocío tenía unos ojos que no dejaban indiferente, su mirada penetrante
parecía reconocer todos los sentimientos que se escondían en el interior de las
personas. Paola echó la cabeza un poco atrás y la siguió de cerca.
—Venga, comisaria, debería ver algo.
Lo que observó fue un enorme hueco en el que supuso había estado la
imagen de la Virgen de la Peregrina. Bajó la vista y se asustó como pocas
veces lo había hecho antes. Rocío la analizaba esperando su reacción.
—Está escrito con sangre. Sangre fresca.
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—Pero ¿hay algún cadáver? ¿Sabe a quién pertenece?
Rocío movía su cabeza al compás de las ondas de su precioso pelo negro en
señal negativa.
—De momento solo hemos cogido una pequeña muestra para analizar,
puede tratarse de algún banco de sangre, o una herida, lo que es seguro es que
es humana.
Paola tenía los ojos muy abiertos, el corazón latiéndole a doscientos por
hora y una sensación de frío que le recorría el cuerpo. De repente sintió una
mano en su hombro y saltó despavorida. Era la mano de Ana Fernández.
—Perdona, jefa. Solo quería decirte que ha venido el presidente de la
Cofradía, no sé si quieres hablar con él o le vamos dando.
Paola intentó tranquilizarse, era la jefa y no estaban acostumbrados a verla
dudar.
—Sacadle todo lo que podáis y citadlo esta tarde en la comisaría de… —
miró a Rocío en busca de ayuda.
—Fernández Villaverde. A las cinco, dígale que lo vemos allí.
Ana le sonrió y volvió sobre sus pasos. Paola se situó otra vez frente a aquel
hueco infinito y las cinco palabras que la habían dejado paralizada.
«Paola Gómez, es tu hora».
Esta vez no había acertijos ni mensajitos ocultos. Se trataba de una amenaza
muy clara y llevaba su nombre. Rocío notó la confusión de su compañera y le
puso una mano en el hombro.
—Comisaria, será mejor que vayamos fuera, ¿le parece? Nos tomamos un
café y charlamos. Sus compañeros están con el cofrade y los míos están
analizando la escena, creo que podemos ausentarnos un segundito.
Paola asintió, aún en estado de shock. Al pasar al lado de Costoya le dijo
que la esperaran allí y que ayudaran con la inspección ocular.
Rocío la llevó a una enorme plaza.
Al salir del templo Paola observó una figura en el lado contrario en el que se
situaba el Santuario de la Virgen. La comisaria Castelo sonrió.
—Es el Loro Ravachol —le dijo.
Paola la miró curiosa esperando una explicación. Rocío continuó, mientras
se acercaban a la estatua.
—Se trata de un loro que llegó a la botica de un popular farmacéutico de
Pontevedra en el año 1891 y se hizo conocido rápidamente por su facilidad
para participar en conversaciones con los vecinos. En ocasiones avisaba a su
dueño de que entraba gente en la tienda y cuando este acudía desde la
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trastienda y se encontraba el local vacío el Loro Ravachol exclamaba:
¡engañeiche!
Las dos rieron.
—Todo un personaje, por lo que veo —afirmó Paola.
—No lo sabe bien.
Cruzaron en diagonal y llegaron a una enorme plaza.
—Ese que ve ahí es el Convento de San Francisco. —Le señaló el
monasterio a mano derecha. Esta es la Praza de la Ferrería y aquí dan el mejor
café con leche del mundo.
—Creo que necesitaré algo más fuerte. —Rocío se rio.
—Estrella hay en todos lados, usted no se preocupe.
—Trátame de tú, por favor, que me haces sentir vieja.
Se sentaron en unos sofás y pidieron dos 1906. Eran las doce de la mañana,
la camarera las miró sonriente, pensando en cuánto y qué bien se había
modernizado el Cuerpo Nacional de Policía.
—¿Cómo te encuentras?
Paola la miró, tenía una sonrisa que te obligaba a responder siempre con
palabras agradables, no hacía falta que Palau le dijera que aquella mujer tenía
que continuar en la investigación.
—Mejor, muchas gracias. —Le dio un largo trago a la cerveza y volvió a
mirarla—. Ahora mejor, si cabe. Cuéntame algo que no sepa de eso que
acabamos de ver.
Rocío echó la vista atrás y empezó a contarle.
—Serían las cinco de la mañana cuando recibí una llamada, era el
presidente de la cofradía.
—¿Él fue el primero en llegar?
—No, a él lo avisaron unos vecinos que vieron la puerta de la entrada
abierta, no era lo normal. Habían estado la tarde anterior preparándolo todo
para la procesión de hoy, así que pensó que en algún despiste se le habría
olvidado cerrarla.
—Pero no había sido así.
—No, cuando llegó vio que la imagen de la Virgen no estaba, y estaba esa
inscripción. Me llamó al momento.
—¿Tiene tu teléfono?
—Verás, yo era la que iba a llevar el estandarte de la Virgen en la procesión
de esta noche.
—No entiendo.
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—Es un homenaje, un honor que cada año le corresponde a una persona.
Por eso ayer estuve con ellos, pero me fui antes porque había quedado. Luego
al ver la llamada del cofrade…
—Estabas de fiesta quieres decir.
—Sí, bueno, era el primer día de las fiestas de la Peregrina; la suerte fue que
escuchara el teléfono.
—¿Y cómo se explica que en una zona como esta alguien pueda sacar la
imagen de la Peregrina en plena noche sin que nadie se entere?
—No lo sé, comisaria, de todos modos, a esas horas no hay mucho ambiente
por aquí. Se acercarían con un coche, más bien una furgoneta, y la cargaron.
—¿Hay cámaras?
—Sí, en la plaza, ya he pedido las imágenes.
Paola se quedó pensando mientras le daba otro trago a su cerveza.
—Dime una cosa, Rocío, ¿este es un lugar tranquilo?
—Tranquilísimo, comisaria, los problemas de una ciudad mediana, pero
poco más. Esto nos supera.
—En realidad aún no ha muerto nadie.
—Espero que nunca ocurra —Rocío puso cara de susto.
—Siento defraudarte, pero soy como un imán.
Rocío había estado al tanto de sus últimas investigaciones y de la pérdida
sufrida en el caso del Azabache.
—Supongo que es duro perder a gente cercana, aunque somos policías, estas
cosas ocurren.
—Paola la miró sonriente, le caía bien, se parecía a ella, pero diez años más
joven.
—Lo es, y en la academia nadie te enseña cómo superar algo así, a pesar de
todo hay que seguir adelante. —Paola dio buena cuenta de la cerveza y, antes
de que su brazo se levantara como un resorte para pedir otra, se levantó
dispuesta a concluir lo que habían venido a hacer, comenzar a escribir los
capítulos de aquella investigación.
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IV. IAGO DOSIL
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comenzó la rueda de preguntas.
—Buenas tardes, Iago. Ayer a las cuatro y diecisiete minutos de la
madrugada robaron la imagen de la Virgen de la Peregrina en la iglesia.
Cuéntanos cómo fueron los últimos momentos del día anterior y quién fue el
último en salir de la iglesia.
—Yo mismo, Rocío. Poco después que los demás, aún estuve departiendo
con el páter un buen rato antes de irnos. Me quedé la llave porque sería el
primero en volver por la mañana y porque, como soy el presidente, casi
siempre la tengo yo.
—¿De qué hora estamos hablando? —intervino Paola.
—Serían casi las diez. Los trabajos de preparación nos llevan mucho
tiempo, aún teníamos que terminarlos esta mañana.
—Y estaba usted solo cuando se fue, no tiene testigos.
Iago miró a Rocío solicitando clemencia, pero no la obtuvo.
—Contesta, Iago.
—No, estaba yo solo; el páter se fue un rato antes, había partido y quería
llegar a ver el segundo tiempo.
—¿Está seguro de que cerró esa puerta con llave?
—Segurísimo. Pero bueno, usted ya sabe, llega un momento en que dudas
de todo.
Rocío le dio la vuelta al portátil y le enseñó el vídeo en el que se veía cómo
dos encapuchados sacaban a la Virgen y la metían en una furgoneta blanca.
La cara de Iago se tornó lívida.
—No fuerzan la puerta.
—Exacto, señor Dosil. Esos hombres entran como si nada, está claro que
alguien les dejó abierto.
—No, señora, sé que usted no me conoce, pero Rocío sí y sabe que sería
incapaz de algo así.
—Mire, señor Dosil, si estuviera en mi lugar haría lo mismo, y mientras no
se demuestre lo contrario esa puerta estaba abierta. Como ve en las imágenes,
solo la empujan, y para eso hay dos posibilidades, o usted la dejó abierta, o
alguien fue después a abrirla. Para eso tendremos que visionar todos los
vídeos.
—La otra llave la tiene el páter. En principio no tengo constancia de que
haya más.
—¿Cómo se llama ese padre?
—Nacho, el padre Ignacio. Seguramente dentro de un rato lo encontrarán en
la iglesia, estará allí para explicarle a todo el mundo lo ocurrido y que
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desgraciadamente no habrá procesión.
Paola pensó que podía ser buena idea.
—Otra cosa, ¿hay alguien que pudiera tener motivos para atentar contra
ustedes?
—No, que yo sepa, pero esta Cofradía tiene más de dos siglos de vida, es
posible que en el pasado las cosas no se hicieran del todo bien, pero seguro
que el páter les puede informar mejor de todo eso.
—De momento hagamos una cosa, necesito los nombres de todos los
miembros de la Cofradía y de quienes tenían acceso a la llave, o al menos la
tuvieron en algún momento. Luego podrá irse a casa y, por favor, no haga
declaraciones a medios de comunicación ni nada parecido. Que hagan sus
conjeturas, pero no quiero que ese mensaje salga de aquí.
Dosil puso cara de circunstancias.
—Eso será difícil, creo que lo sabe media ciudad.
Paola miró a Rocío, que levantó los hombros.
—Una gran ciudad, aunque pequeña para algunas cosas.
Paola le dio la mano a Dosil y se levantó, dando por terminado el
interrogatorio. En una de las cornisas de la ventana vio una miniatura de Papá
Pitufo, le hizo mucha gracia. Se la enseñó a Rocío.
—No interrogáis a mucha gente aquí, ¿verdad? —Reía con cara de pilla.
—Pues no, la verdad, se usa más para que los niños de algunos agentes o
visitantes pasen aquí un rato si es necesario. El mío pasó parte de su infancia
aquí.
—¿Tienes un hijo?
—Sí, se llama Xurxo, tiene siete años. Ya sabes lo mal que está el tema de
la conciliación.
—¿Y su padre?
Le cambió la cara y Paola se dio cuenta que había metido la pata.
—Su padre fue el siguiente al de la furgoneta. No llegamos a casarnos, pero
estuvimos casi ocho años juntos. Era compañero. Murió en un accidente hace
justo dos.
Paola se llevó las manos a la cabeza.
—Dios, lo siento. —Rocío la miró con cariño.
—No te preocupes, fue en las fiestas, por eso no es una época fácil para mí.
Perseguía a unos locos que habían intentado robar una joyería con el método
del alunizaje. Se le fue el coche cerca de uno de los puentes que cruza el río y
murió en el acto. Su compañera quedó malherida, aunque sobrevivió —se
señaló a sí misma.
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—No me jodas.
Rocío afirmó con la cabeza.
—Una casualidad fatal. Nunca coincidíamos en turnos, pero al ser fiestas y
al tener varias bajas en la comisaría nos tocó, estábamos los dos aquí cuando
dieron el aviso. Me dijo que me quedara, que era mejor que fuera solo. Yo no
podía ni debía, necesitaba acción. Murió entre mis brazos, vi sus ojos dejar de
brillar, su último aliento, el último mensaje para nuestro hijo. —Levantó la
pierna y le enseño una tremenda cicatriz—. No me enteré de que tenía media
pierna destrozada hasta que llegaron los compañeros a sacarme. Luego me
desmayé. Cuando desperté estaba en shock. Tardé días en volver a la realidad
hasta que volví a ver a Xurxo y me acordé de las palabras de su padre.
«Dille que o quero, que Papá Pitufo sempre coidará del».
Paola se dio cuenta que tenía aquel Papá Pitufo entre las manos y lo volvió a
dejar donde estaba. A veces las cosas más ínfimas tienen los significados más
poderosos.
—Lo siento mucho, Rocío, no tenía ni idea.
—Ya han pasado dos años. Tardé en curarme, pero lo hice. Era un hombre
valiente y leal, de los que ya no quedan. Ojalá lo hubieras conocido.
Paola le pasó el brazo por el hombro.
—Lo importante no es lo que dejamos en el camino sino lo que el camino
deja en nosotros.
Se abrazaron. Costoya, desde el otro lado, las observaba extrañado. Su jefa
no era una mujer tan extrovertida, algo le estaba pasando. No quiso pensar
mucho. La vio asomarse hacia donde estaban.
—Costoya, llama a Alba, dile que investigue la Cofradía desde su
fundación, quiero saber todo de ellos, los problemas que hayan tenido, todo.
Y en una hora llamas al Cofrade Mayor y le dices que espabile con la lista
que le pedí, necesitamos empezar a movernos.
—A sus órdenes, jefa. ¿Y vosotras qué, os vais de cañas?
—Sí, con el páter Ignacio. Planazo. —Le guiñó un ojo y salieron. Así era
Paola, única para muchas cosas. Demasiadas, solo que esta vez Costoya creía
que estaba realmente en peligro.
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V. EL PÁTER IGNACIO
Abría las manos como si estuviese dando el sermón para sus feligreses. El
páter Ignacio no era un cura al uso: el pelo demasiado largo, demasiado
atractivo, olía demasiado bien, todo en él parecía distinto, menos la forma de
hablar como un religioso, eso lo debían enseñar en el seminario.
—Verán, señoritas, esto es una desgracia enorme para la congregación y la
parroquia, para Pontevedra entera. Creo que solo si recuperan esa imagen
antes del próximo domingo podremos paliarlo de alguna manera.
—Padre Ignacio, usted estuvo aquí el día anterior, pero Iago Dosil confirma
que él fue el último en cerrar.
—Sí, verán, es que jugaba el Pontevedra, normalmente me acerco a
Pasarón, lo que pasa que esta vez no me dio tiempo por el tema de las
novenas, así que quería llegar a casa para ver la segunda parte del partido en
la Gallega. Dosil aún se quedó en la iglesia.
—Y después no tuvo noticias hasta la madrugada.
—Exacto, el propio Iago me llamó cuando ya estaba dentro de la iglesia.
—¿Y no notó nada raro esos días entre los feligreses que le hiciera pensar
en algo así?
—No, comisarias, la verdad es que aquí nunca ha habido problemas, bueno,
al menos en la edad moderna.
—¿Qué quiere decir con la edad moderna?
—Pues me refiero a este siglo; en la fundación del templo sí tuvimos
nuestros más y nuestros menos con los de la Virgen del Camino. En realidad,
ellos nos expulsaron del suyo.
—¿Y eso qué es? —Paola puso cara de no entender ni papa.
—Pues es otra Cofradía que adoraba a la Virgen del Camino. Verá, los
primeros años convivieron las dos imágenes en un mismo templo, antes de
que se levantara este, y eso dio lugar a desencuentros, problemas con las
limosnas, celos. Así que, al final, con la ayuda de los poderes fácticos de
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aquel siglo XVIII levantamos la iglesia y, a partir de ese momento, pudimos
honrar nuestra imagen.
—Sigo sin entender el enfrentamiento.
—Digamos que los descendientes de los primeros cofrades decían que
aquella historia de la Virgen en manos de unos peregrinos portugueses no era
más que un cuento, y que la verdadera Virgen era la del Camino.
—Rollos religiosos, por lo que veo.
—Sí, el caso es que con el tiempo el templo que se mantuvo fue este, el de
la Peregrina, tanto que, aunque no sea la patrona de la ciudad, que lo es María
de la O, sí da nombre a sus fiestas.
—Interesante. ¿Y sabe si algún descendiente de esa cofradía sigue vivo?
—Por supuesto, uno de ellos es muy conocido, se llama Fabi Meilán y es el
teniente de alcalde del Concello.
Paola apuntó su nombre en la libreta roja que acababa de sacar del bolso y
le dio las gracias.
—Una última cosa, dentro de mi ignorancia, ¿cómo solían llevar a la
Virgen?
—En un carruaje, comisaria.
—¿Y dónde está?
El páter Ignacio movió la cabeza negando.
—Normalmente el día del pregón lo traemos al santuario, pero esta vez no
lo hicimos, lo guardamos a buen recaudo.
—¿Por qué lo guardaron tan celosamente?
—Porque este año lo habíamos llevado a restaurar, todo pagado con las
limosnas de los feligreses, y nadie lo había visto aún, era una sorpresa para la
procesión de esta noche.
—Dígame la dirección, será buena idea echarle un ojo.
El páter le cogió el boli y se la apuntó en la libreta roja, después la cerró y le
hizo una señal para que tuviera cuidado.
—Mire, señorita Gómez, yo no soy quién para decirle nada, pero esa
inscripción; no sé lo que tienen contra usted, tenga cuidado, no se meta en la
boca del lobo y menos sola, aunque ya veo que ha hecho buenas migas con
nuestra Rocío.
—Gracias, páter, espero que podamos encontrar pronto la imagen y
resolvamos este embrollo. —Tras dictar sentencia, Paola le hizo un gesto a
Rocío de tener una sed de muerte. No era difícil encontrar un bar en la zona
vieja de Pontevedra. Avisó a los compañeros de que estaban allí y empezaron
a beber.
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—¿Tú crees que el rollo ese de las cofradías tiene algo que ver?
Rocío asintió.
—En realidad hubo bastante controversia durante años, incluso en mi
juventud hubo algún enfrentamiento entre ellos.
—Pero de ahí a robar la imagen hay un mundo. —Movió la cabeza en señal
de duda.
—Lo que no me cuadra es la inscripción con tu nombre. Sobre el resto, todo
es posible.
—Tendremos que interrogar a ese Fabi Meilán.
—Te va a sorprender.
—¿Por qué?
—Ya lo verás.
—Vale, mañana vamos a verlo. —Chocaron sus cervezas y bebieron.
—¿Y cómo estás con el tema del Guardián?
Paola levantó los ojos, buscando una plegaria.
—Estoy jodida, Rocío, pero estoy.
—¿Estás segura de que se escapó?
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir si esa es la única probabilidad, porque también puede ser
que alguien quiera hacernos creer eso o simplemente que alguien lo haya
secuestrado.
—Joder, Rocío, ni lo había pensado, estaba tan ofuscada y cabreada con él
que en ningún momento he barajado otra posibilidad.
—Pues quizá deberías. Sobre todo, si me dices que en todo este tiempo
desde su fuga no ha contactado contigo de ningún modo. Hay maneras de
hacerlo sin dejar huella.
—Simplemente pienso que no quiere hacerlo.
—Tú crees que alguien como él no querría hablar con su única sobrina, y
más después de lo que os pasó en Rianxo…
Paola la miró a los ojos.
—Brindemos por eso, me salvó la vida. —Chocaron otra vez sus cervezas.
—No está bien decirlo, pero sus actos cambiaron muchas cosas estos años
y, aunque no estemos de acuerdo con las formas, hay que reconocer que la
historia parece darle la razón.
—No lo hizo bien.
—Quizá no, Paola, yo estoy en contra de toda forma de violencia, pero
también entiendo esa rabia. Si llego a coger a los del alunizaje no sé qué les
habría hecho.
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—¿Nunca los pillaron?
Roció negó.
Se le quedó la espuma de la cerveza pegada a la boca. Paola le hizo el gesto
de lamerse con la lengua, Rocío se rio, sin entenderla. Le pasó una servilleta.
—Nunca se demostró. Supongo que no habrá justicia para ellos. Sueño
muchas veces con aquella noche, por eso a veces entiendo la venganza.
—Tienes motivos, Rocío, pero la justicia siempre tiene que estar por
encima.
—El deber, ese que tanto nos enseñan, ese que nos marca, pero luego ves
cómo políticos y demás se lo pasan por el forro. Al final los únicos que somos
fieles a ese deber somos los de a pie y no sé si con eso lo único que hacemos
es mantener a esa panda de cabrones en sus poltronas.
—Brindemos por ello también. Si te vale de algo, yo tampoco lo tengo nada
claro. —En ese momento vieron llegar a la parejita, Modesto y Portela.
—Buenas tardes, señoritas, el cojito y Ana se han quedado echando un ojo
al listado de cofrades que le ha mandado Dosil y Alba le está dando una
vuelta a todos los vídeos de las horas previas al robo de la Virgen.
—Buen trabajo, ¿y vosotros?
—Nosotros con una sed de miedo y que son las ocho de la tarde, nuestra
jornada laboral por hoy creo que la hemos cumplido. —Paola levantó su
cerveza. El camarero acababa de traerle las suyas a la parejita feliz.
—Brindemos por ello, no todo va a ser trabajar.
La noche se les echaba encima, y la procesión de la Virgen de la Peregrina,
por primera vez en la historia no se celebraría el segundo domingo del mes de
agosto.
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VI. EL PENTÁGONO
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—Es el mismo sombrero que el de la Virgen, y esa es la vestimenta que
llevan los niños que mueven el carruaje, ayudados por el Cofrade.
—O sea, ¿va vestido como si se hubiera celebrado la procesión la pasada
noche?
—Algo así, tampoco entremos en detalles, esos pantalones no los llevaría
seguro.
—Una escenificación en toda regla.
—Sí, más o menos. —Portela y Ana acababan de entrar al interior de las
ruinas de Santo Domingo. De repente empezaron a llamarlas a gritos. Se
acercaron corriendo. Al fondo, en una de las paredes, un nuevo mensaje
escrito con sangre:
«Segundo aviso, comisarias»
Aquel plural no le hacía ninguna gracia. Miró a Rocío, que esta vez parecía
más asustada que ella.
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VII. LUDOTECA
Paola daba vueltas en aquella habitación y, cada vez que pasaba junto a Papá
Pitufo, acodado en aquel ventanal, se le encogía el corazón. Sentados estaban
Rocío, Bóveda y Oza por parte de la sección pontevedresa; y Costoya, Portela
y Ana de la sección coruñesa. Modesto parecía un portero de discoteca. Alba,
con Marina, los escuchaba al otro lado del monitor.
—En realidad no tenemos una mierda. Nuestro principal sospechoso, Iago
Dosil, es nuestra primera víctima —apuntó Paola.
—Sí, pero piensa que no es de locos creer que pudo estar de acuerdo con los
ladrones para robar la Virgen y luego, por lo que sea, estos decidieron
matarlo.
Paola asintió.
—No es descabellado. Lo que no sabremos jamás es si dejó la puerta abierta
a propósito. —Miró a la pantalla y a Alba—. ¿De las cámaras de seguridad
algo más?
—Nada, jefa, solo esos minutos fantásticos en los que roban la Virgen. Hay
dos cosas importantes: el peso de la Peregrina era considerable, así que
estamos hablando de dos fortachones o fortachonas. El único momento de
duda es cuando meten a la Virgen en el coche, ahí se ve cómo está a punto de
caérseles por el peso.
—Es un buen apunte, corazón, no sería lógico; así que pensemos que son
dos personas, posiblemente hombres, altos, de metro ochenta y fuertes.
Conducen una furgoneta Mercedes blanca… —Volvió a posar sus ojos en la
pantalla.
—Hay más de doscientas matriculadas solo en Pontevedra, pero es que
puede ser de cualquier lugar, llevaban la matrícula tapada —señaló Alba.
—Compruébalo igualmente. Las empresas de alquiler supongo que también
tienen este modelo.
—Eso también lo he comprobado, jefa, ya te he mandado las tres que tienen
este tipo de furgonetas en la ciudad de Pontevedra, con un poco de suerte y
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por las características físicas podremos sacar algo.
—Es muy buena idea. —Miró a Modesto—. Coge el listado de las empresas
de alquiler y vete con Bóveda, hay que comprobarlo todo.
—A sus órdenes, jefa.
Paola miró a Rocío, que afirmó con la cabeza. Continuó.
—Bien, chicos, del listado que nos pasó Dosil con los integrantes de la
Cofradía, ¿algún avance?
—Así, a simple vista, poco, pero si te parece bien haremos un puerta a
puerta —contestó Ana.
—Sí, me parece lo mejor, id los tres con Oza, dividíos el trabajo y por la
tarde nos contáis. Por cierto, Alba, necesito que me documentes un poco
sobre las ruinas de Santo Domingo, busca si hay algo satánico detrás de esa
estrella de cinco puntas. No creo que sea casualidad que dejaran a nuestro
cofrade ahí porque sí. —Volvió a mirar a Rocío—. Nosotras nos vamos a ver
a ese personaje, Fabi Meilán, el archienemigo de la Cofradía.
—Bueno, Paola, por poner un ejemplo es como si toda la ciudad fuese del
Celta y unos pocos del Dépor. No es el enemigo, pero casi —aclaró Rocío.
—Buena analogía, ahora lo entiendo perfectamente. Espero que no le
invoquéis el fantasma de Vicente Celeiro —intervino entre risas Modesto.
Rocío levantó los hombros en señal de ignorancia. Paola intervino.
—Déjalos, cosas de ellos, recuerdos en blanco y negro. Venga, cada uno a
lo suyo, si da tiempo nos llamamos y quedamos para comer. Supongo que
aquí los anfitriones saben bien cómo llenar estos buches.
Oza levantó la mano.
—Yo sé de un restaurante en el centro para chuparse los dedos.
—No se hable más, Oza es el encargado de la gastronomía durante nuestra
visita a la ciudad.
Todos rieron y se fueron hacia sus destinos. Paola miró a Rocío.
—Tú también tienes una cara…
—Ni que nos hubiéramos bebido el agua de los floreros.
—Casi, es que ni me acuerdo de a qué hora volvimos.
—Ni yo, Paola, ni yo.
—Qué vergüenza de Cuerpos de Seguridad.
Salieron riendo y cogidas del brazo. Paola acababa de encontrar a su media
naranja.
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VIII. FABI MEILÁN
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—Sin embargo, las malas lenguas dicen que no hace mucho hubo
enfrentamientos.
Fabi movió la cabeza.
—¿Y dónde no los hay, señorita? El ser humano es así, siempre egoísta,
rencoroso. Claro que hay gente de la familia que odia a los Peregrinos. Eso no
va a cambiar, pero de ahí a matar a alguien o a secuestrar a la Virgen el día de
su procesión va un trecho.
—No es descabellado si pensaban que no representaba a la ciudad.
—Y no lo hace, la verdadera patrona es María de la O.
Paola vio cómo se le hinchaba una vena, había topado en hueso.
—Pero las fiestas se celebran en su honor.
Fabi consiguió calmarse.
—Sí, pero es una tradición, ninguno de nosotros estaba aquí cuando se
acordó.
—O sea que usted también cree que los Peregrinos son una especie de
usurpadores de fe.
—Algo así; como unos invasores que fueron ganando terreno hasta comerse
todo el pastel, los que estábamos antes no tenemos ni las migajas.
—¿Y el páter Ignacio qué pinta en todo esto? —Se dio cuenta del cambio en
la cara de Fabi.
—Ese cabrón. Mire, los curas no tienen que ponerse de parte de nadie,
deberían ser como los árbitros, coño, que van de negro también, y no elegir
bando. Son los transmisores de la palabra de Dios, iguales para todos, pero el
padre Ignacio no lo cumple, a los que no somos Peregrinos nos tiene
apartados. A mí menos, porque necesita entenderse conmigo.
—Fabi es el concejal de Cultura y Turismo a la par que teniente de alcalde
—intervino Rocío.
—O sea que por sus manos pasan subvenciones, actos, todo lo que tenga
que ver con las fiestas —afirmó Paola.
—Eso es, así que ya ve que salgo perdiendo, y mucho, con todo esto que
está pasando. Cuando la muerte de ese hombre empiece a transcender, la
mitad del turismo se irá y no volverá. Pontevedra es especial, comisaria, no
debería pensar que en ella rigen las normas del resto de las ciudades del
mundo. Es única.
—De eso ya me voy dando cuenta. Quizá me tenga que adaptar, señor
Meilán, pero le aseguro que al final todo se reduce a lo mismo: el ego, el
dinero, la codicia, la venganza, la maldad, son valores inherentes al ser
humano aquí, en la China, o en Monte Alto.
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—Una cosa, Fabi, ¿sigue habiendo reuniones de la Cofradía de la Virgen del
Camino como tal? —preguntó Rocío.
—No, al menos que yo sepa, seguimos quedando en el bar para jugar la
partida. No te digo que no pongamos a parir a los Peregrinos, pero de ahí al
asesinato hay un abismo. Como asociación ya no existe.
—Muchas gracias, señor Meilán, si le necesitamos ya le llamaremos.
Lo vieron irse y Paola miró a Rocío, curiosa.
—Te dije que era raro.
—Es un hippy sacado de contexto, no sé, pero luego habla como un
político. Un ser extraño, tenías razón.
—¿Piensas que está en el ajo?
—Pienso que odia a los Peregrinos, pero que seguramente sea un odio sano,
si es que alguno lo es, que no es suficiente para matar a nadie. Y por otro lado
esta situación no le beneficia en nada.
—O sea, que seguimos sin sospechosos.
—Seguimos sin pistas, mi querida Rocío. Espero que los compañeros hayan
tenido más suerte. —De repente, su teléfono empezó a sonar. Era un número
desconocido.
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IX. EN GUARDIA
Salió del bar antes de contestar. Cuando lo hizo, la luz del día se apagó para
ella y volvió a aquel sueño recurrente en los montes de As Fragas do Eume.
—¿Sí? —preguntó.
—Soy yo.
Era como un resorte, escuchar su voz abría las compuertas de sus
sentimientos como un gran torrente abrasador. Le llevó un tiempo contestar.
—¿Qué quieres? —El aturdimiento se instaló a ambos lados de la línea.
—Verte. Explicarte lo que pasó.
—¿Qué me vas a explicar?, ¿cómo te escapaste?
—Joder, Paola, me estás juzgando antes de escucharme.
Ella miró al cielo y suspiró, quizá se estaba equivocando, quizá se estaba
dejando llevar por su frustración.
—¿Dónde?
—En la isla de Tambo.
—¿En dónde dices?
—La chica con la que estás sabrá explicarte cómo llegar y te ayudará a
hacerlo. No quiero que nadie más sepa que estoy aquí y mucho menos que
nos vamos a ver. Te aseguro, Paola, que lo que te voy a contar te interesa. No
lo hagas por mí, hazlo por ti. Esta tarde, a las seis. Tú llega a la isla que yo te
encontraré. Y un consejo, cambia la perspectiva.
Colgó el teléfono. Paola se quedó con cara de tonta, viendo pasar a decenas
de personas a su lado, pero sin ver a nadie, sin ser capaz de moverse, sin ser
capaz de sentir algo más que aquello profundo que ofuscaba su corazón. El
Guardián de las Flores. Su luz, su sombra, su día, su noche, su enemigo, su
amigo volvía al ruedo. Rocío terminó saliendo del bar al ver que Paola no
regresaba. La cogió del brazo.
—¿Estás bien, Paola?
Ella la miró con aquellos ojos llenos de algo indescriptible, pero accesible
para alguien que había sido capaz de convivir con las tinieblas de la vida.
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—Era él —afirmó, con un hilo de voz.
—¿Tú tío? ¿En serio?
Ella asintió mecánicamente con la cabeza.
—Pero que no salga de aquí, solo lo podemos saber tú y yo.
—¿Tú y yo?
—Eso me ha dicho. Necesito que esta tarde me lleves a la isla de Tambo.
La cara de Rocío cambió por completo.
—Pero esa isla está deshabitada, creo que pertenece a la escuela naval de
Marín.
Paola la miró con cara de no entender lo que le estaba diciendo.
—Es una larga historia. Creo que tenemos tiempo durante el camino al lugar
que me acaba de mandar Oza para la comida.
—Soy toda oídos.
Un nuevo horizonte, pero esta vez cargado de nubes negras, se abría para
ella.
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X. LA ISLA DE TAMBO
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—No lo hará. Yo te cubriré, no te preocupes. El caso es que para llegar a la
isla necesitaremos una lancha, así que iré contigo a Combarro, allí
buscaremos a mi primo y él te llevará. Yo te esperaré en tierra firme.
Paola le pasó el brazo por el cuello.
—Gracias, Rocío, y gracias por entenderme. No sé lo que quiere, pero lo
que sea es solo conmigo y dejaré que se explique antes de entregarlo.
—Veo que sigues mi consejo. Ese es un mal que nos acecha, Paola, juzgar
antes de saber la verdad, y lleva a muchas confusiones, es preferible siempre
hablar y escuchar.
—Aparte es que todo lo que me cuentas de esa isla: Martiño de Dumio,
lazareto, penitenciaría, una figura lanzada al agua, no sé, parece que todos los
casos en los que hemos estado metidos los últimos años se resumieran en esa
isla.
—Desde luego no parece casualidad que él la haya escogido.
Paola seguía con la última frase de El Guardián resonando en su cabeza:
«Cambia la perspectiva». ¿A qué se refería? ¿A la investigación, a su vida?
Conociéndolo tenía que tratarse de alguna clase de pista sobre lo que estaban
investigando.
—Antes de colgar me dio un consejo, me dijo que cambiáramos la
perspectiva.
Rocío se situó frente a ella en medio de la calle, una de tantas peatonales en
aquella ciudad, y se quedó mirándola, pensando.
—¿La perspectiva sobre la que estamos enfocando la investigación?
—No lo sé Rocío, no lo sé, pero no da puntada sin hilo. —Las dos parecían
perdidas en ese momento, entonces Paola tuvo una idea—. Espera un
momento.
Cogió el teléfono y marcó el número de Alba.
—Cariño, una cosa, en cuanto al robo de la Virgen en el Santuario, ¿has
chequeado todas las cámaras?
—Eh… bueno, hemos chequeado la cámara desde la que se ve la puerta de
entrada, creo que no hemos pedido más registros.
Paola miró a Rocío y posteriormente lo hizo al cielo, maldiciéndose por
aquel error. Le pasó el teléfono.
—Hola, Alba, soy Rocío. En la plaza de la Ferrería, aunque está bastante
más abajo, una de las cafeterías tiene cámaras. Y en San Francisco también
las hay. Llamo ahora mismo a mi compañero y que te pida la orden para que
manden las imágenes.
—Perfecto, jefas, en cuanto me lleguen las compruebo.
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Nuevamente, Paola se puso al otro lado.
—Escúchame, el problema es la perspectiva, intenta conseguir las horas
previas y posteriores al robo, estábamos ofuscados en la puerta de entrada,
pero tiene que haber algo más, estoy segura.
—Bien, eso haré.
—Nos vamos a comer, aquí los colegas de Pontevedra nos tienen a cuerpo
de rey, una pena que no te unas a nosotras.
—Ya sabes que no os envidio, y eso que me encanta esa ciudad. ¿A dónde
vais a comer?
Rocío le enseñó un nombre en la pantalla de su móvil y Paola lo dijo de
corrido.
—Vamos a la Cámara en A Praza do Teucro.
—Jefa, cada día pronuncias mejor, dentro de poco cerrarás las puertas al
pasar.
Rocío lo oyó y se rio. Paola colgó sin enterarse muy bien de qué iba aquello.
—Verás, Galicia siempre fue mucho de turismo madrileño, y bueno,
digamos que aquí con cuatro duros vivías a cuerpo de rey. Uno de los mitos
es ese de que arrasáis por donde pasáis y que siempre dejáis todas las puertas
abiertas, es como un símbolo de que os importan una mierda los demás,
aunque no sea así.
—Ah, vale, ya entiendo. Pues nunca me lo habían dicho.
—Siempre hay una primera vez para todo.
Mientras entraban en el restaurante, Paola pensó si sabría disimular la cita
que tenía aquella tarde, en el fondo estaba rodeada de sabuesos.
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XI. A PRAZA DO TEUCRO
A Paola le gustaban las mesas redondas, allí donde hubiera una, ella se
sentaba. En el restaurante La Cámara solo las había rectangulares. Miró a Oza
y lo llamó con el dedo, él se le acercó curioso y temeroso a la vez. Le habló al
oído.
—La próxima vez, que sean redondas, por favor.
Oza miró al comedor dando una vuelta de 360 grados y se rascó la cabeza.
Paola se rio.
—No pasa nada, para la próxima. —Le guiñó el ojo y lo dejó más
desubicado todavía.
Lo que sí que tenían era intimidad, eran los únicos que ocupaban aquel
comedor. Paola, ante los problemas geométricos se quedó de pie, y esperó a
que todos pidieran sus bebidas. Rocío la miraba con el rabillo del ojo
esperando su primera arremetida.
—Veamos, los cuatro jinetes del apocalipsis, ¿qué habéis sacado en claro
del listado de cofrades?
Oza miró a Portela, este a Costoya y todos a la vez a Ana.
—Ya hablo yo, señores. Cómo se nota que aún no lleváis carga alcohólica
en el cuerpo. —Miró a Paola—. Un poco de todo, jefa, pero tanto como
sospechosos… no sabríamos decirte. Gente rara sí, de esa mucha, casi todos
con coartada, menos los típicos que viven solos, en fin… Por mi parte, un
hombre portugués que me contó que era descendiente de los que trajeron la
primera Virgen Peregrina, un agorafóbico que casi no sale de casa y un
exconvicto arrepentido.
Costoya tomó la palabra.
—Nosotros otro tanto de lo mismo. Pistas, ninguna, todos aparentemente
normales, los raros ya le tocaron todos a Anita y Oza. Solo apunté un
expolicía y una santona, el resto nada.
Miró a Portela, que sacudió la cabeza afirmativamente. Paola continuaba
dando paseos alrededor de aquella mesa rectangular, solo parando de vez en
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cuando para absorber aquel placer en forma de cerveza.
—Bien, pasadle a Alba los datos de esos personajes que me comentáis y
quizá podamos descartarlos o convertirlos en sospechosos.
Vio a Modesto apresurado conectando el ordenador.
—Lo siento, jefa, Alba no estaba conectada, se me olvidó. Un momento que
ya casi está.
Unos segundos después vieron la cara de Alba al otro lado.
—A ver, querida, que los homo sapiens están en babia, piensan solo en
comida. Aquí Anita y Costoya te van a pasar una serie de personas que
estaban en el listado de cofrades que nos dio el difunto Iago Dosil, digamos
que son los menos normales de todos. Intenta indagar todo lo posible sobre
ellos, ahora mismo lo único que sé es que buscamos a dos hombres o mujeres
más o menos fuertes y de estatura media, vamos, que es como no saber nada.
—Hay algo que debería deciros antes de seguir.
Las palabras de Alba alertaron a Paola.
—Tú dirás.
—Palau ha conseguido la orden para el resto de las cámaras ipso facto,
después de echarme una bronca terrible por nuestro, y cito palabras textuales,
poco rigor en la investigación. Los de la cafetería esa de la Praza da Ferrería,
la verdad que han sido todo amabilidad, hablé con ellos y me pasaron el
enlace a las grabaciones, una especie de Dropbox donde guardan todo, y
tengo malas noticias. Me dio tiempo de ver apresuradamente los momentos
anteriores y posteriores al robo de la Virgen y efectivamente alguien entra por
detrás.
Paola suspiró. Miró a Rocío.
—Estábamos tan obsesionados con la puerta principal que ni preguntamos si
había otras entradas. Es un fallo de primero de Policía.
—Pues la hay, y poco antes de las cuatro de la mañana entra una persona
que sale a las cuatro y veintidós minutos.
—Quieres decir que entra antes que los ladrones, que os recuerdo que lo
hicieron a las cuatro y diecisiete, y se va después que ellos.
—Exacto, y hay algo más. Entra y sale con una especie de bote, desde esa
distancia no se aprecia bien, pero parece de pintura.
—Él fue el que me dejó ese mensaje. Lo que no sabemos es si pertenecía a
un plan predeterminado o esta persona actuaba por libre.
—Es que si va por libre cambiaría totalmente la investigación. Pasaríamos
de tener un delito a tener dos.
—Sin tener necesariamente que ver uno con el otro.
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—Menudo rollo. —Modesto estaba deseando que llegara la comida antes de
que le estallara la cabeza.
—Rollo o no son las pistas que tenemos. Buen trabajo, Albiña. Aún falta la
otra cámara, ¿no? La de San Francisco.
—Sí, esta tarde me pasarán las imágenes, pero dudo que saquemos mucho
más. Te mantendré informada con lo que sea.
—Vale. Modesto y Bóveda, ¿qué averiguasteis de las agencias de alquiler
de vehículos?
Modesto sonrió ampliamente.
—Creo que lo tenemos, jefa. Hubo un alquiler de una furgoneta exacta a esa
la tarde anterior y se devolvió la mañana siguiente con dos golpes en la parte
trasera. El dueño estaba cabreadísimo porque, al parecer, no les cobró el
seguro y cuando quiso cargarles un plus por los desperfectos, la tarjeta no
tenía fondos y el teléfono móvil que le habían dado no existía.
—Pero entiendo que el contrato estará firmado a nombre de alguien.
—Sí, ya le hemos pasado a Alba los datos, y los de la tarjeta de crédito y el
móvil también.
Ella asintió desde el otro lado del portátil.
—Lo que parece claro es que no tenemos vehículo, no tenemos
sospechosos, no tenemos una mierda. —Miró a Nuria, que acababa de llegar
con unas ojeras que le cubrían media cara—. Dime que tú tienes mejores
noticias.
—No sé qué decirte, en primer lugar, la hora de la muerte de Iago Dosil fue
a las cuatro y diecisiete minutos.
Paola se paró y activó sus sentidos.
—La misma hora a la que robaron la Virgen.
—Además de eso está la pintada, siento decirte que no pertenece a la sangre
de Dosil sino a la de otra persona con Grupo A -, y es la misma que la que
dejaron en el santuario de la Virgen Peregrina.
—O sea que la pintada la habrá hecho la misma persona.
—Eso o es mucha casualidad.
—Huellas hay, estamos trabajando en ello, pero dudo mucho que sean del
asesino. En cuanto a la causa de la muerte no había mucha duda, le rajaron el
cuello y así murió.
—O sea que lo llevó vivo a las ruinas de Santo Domingo.
—Solo podré confirmártelo cuando terminemos la autopsia. Pero todo
indica que fue una ejecución in situ.
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—Alba, antes de que estos terminen el pan y maten al camarero cuéntanos
algo de esa cruz invertida en las ruinas de Santo Domingo.
—En cuanto a eso, Paola, hay un poco de controversia, según los estudiosos
se trata de un símbolo muy antiguo que tuvo diferentes interpretaciones a lo
largo de los siglos. En las iglesias fue utilizado como talismán desde la Edad
Media y también en el cristianismo era el símbolo de las cinco llagas de
Cristo. Así que pensar que es un elemento satánico es mucho más reciente, no
fue hasta finales del siglo XIX y principios del XX cuando se empezó a
considerar un símbolo del diablo. La iglesia se construyó en el siglo XIII así
que yo dejaría de lado la interpretación ocultista.
—Pero quizá nuestro asesino no sea tan estudioso de la historia como tú y lo
haga realmente con algún tipo de intención, o simplemente por joder y punto.
Paola vio cómo el camarero venía con las viandas preparadas y le hizo un
gesto afirmativo con la cabeza. Era mejor sumergirse en algo rico y nutritivo.
Tenía una misión importante por la tarde y, sobre todo, secreta. Necesitaba
avanzar y veía que, en lugar de eso, a cada momento retrocedía, como los
cangrejos.
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XII. XAN DE ABRENTE
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—Sí, está todo en orden, les he dicho que la comisaria iría a hacer una
inspección rutinaria.
—Non quero problemas.
—No los habrá, primo.
—Ben. Confío en ti. —Miró a Paola y le hizo un gesto con la cabeza—.
Veña. Imos aló.
El viaje lo pasaron gran parte en silencio. No era lo normal, pero aquel
joven tenía algo que ponía nerviosa a Paola, y más en aquellas circunstancias.
—No vayas hasta el faro, déjame lo más cerca posible, pero que no se nos
vea.
La miró y después lo hizo a sus pies. Paola se dio cuenta de que llevaba sus
mocasines planos, no era el mejor calzado para andar por el monte.
—Muy bien, te dejaré aquí. ¿Ves ese carreiro que sube? —Paola vio un
ínfimo camino serpenteante que se perdía colina arriba. Asintió con la cabeza
—. Pues lo subes hasta arriba y, en cuanto llegues a otro, giras a la izquierda,
al final está el faro. Yo te esperaré aquí.
—Perfecto, Xan, muchas gracias.
Paola empezó a subir con dificultad, por momentos tuvo que posar sus
manos sobre la tierra y apoyarse. Estaba claro que no había escogido bien el
calzado, uno de los pies siempre acababa resbalando.
Por suerte, pronto llegó al camino que le había dicho Xan. Torció a la
izquierda y comenzó a andar. El sendero estaba bastante tapado entre toxos,
silvas, y algunas especies invasoras, aunque quizá la única invasora que había
allí era ella. En ese momento fue consciente de lo que iba a pasar y se puso
nerviosa. Había pocas personas en el mundo que conseguían causarle aquel
estado de indisposición y una de ellas era su tío Michel.
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XIII. REENCUENTROS
Ya veía el faro. Al fondo vio una mancha extrañamente colorida y sonrió para
sus adentros. Su tío Michel había dejado el negro permanente para pasarse a
algo más moderno: unos vaqueros azules y una camiseta de Iron Maiden.
Él también estaba nervioso. Había preparado una mesa hecha con troncos,
palos y dos sillas. Tenía un camping gas en el que estaba calentando agua,
supuso que para café. Estaba a tres metros de él.
Antes de que hablaran, la música comenzó a sonar. Paola rio. Se relajaron.
—Tenía que recibirte como nos despedimos. —Se abrazaron.
—Joder, Michel. ¿Por qué coño has tenido que escaparte?
El Guardián miró al cielo pensando en el montón de cosas que tendría que
explicarle. Bajó un poco el volumen de la música de su admirado Julio
Iglesias y le hizo una señal para que se sentara. Él la imitó y le sirvió el café.
—Espero que esté a tu gusto.
Saboreó el café, que superó sus expectativas.
—Ojalá que todo lo que vayas a contarme esté a su altura porque me la
estoy jugando al venir aquí, y lo sabes.
Michel afirmó con la cabeza.
—Empezaré por el principio. Antes de salir de permiso, había quedado con
uno de los presos, Gato. Hicimos bastante amistad durante estos tres años. No
era el típico que quería estar a mi lado por la fama ni por mi situación de
privilegio, sino que lo hacía de forma sincera, yo a esa gente la calo, Paola. Y
Gato era buena persona, se había dejado meter en un atraco a mano armada
que desgraciadamente había acabado mal y por eso estaba allí, pero poco
antes de mi permiso cumplió condena, así que me dio su dirección para que,
cuando saliera, me fuera a Pontevedra con él.
—¿Vive en Pontevedra?
—Sí, cerca de la Praza da Verdura, al lado de la de la Leña, no sé si te
sitúas.
—Más o menos. Continúa.
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—La verdad que el día que salí no tenía a dónde ir, pensé que quizás tú lo
sabrías y vendrías, pero allí no apareció nadie.
—No sabía que salías, mi jefa me lo ocultó, estaba metida de lleno en una
investigación.
—Bueno, seguramente hizo bien. El caso es que, como pude, llegué a
Pontevedra y fui a casa de Gato. La puerta estaba echada, solo tuve que
empujarla. —Michel hizo una pausa y le dio un sorbo al café mientras la
miraba a los ojos.
—¿Y qué pasó?
—Estaba muerto. La casa patas arriba. Lo habían golpeado, apalizado y
cortado el cuello.
—¿Cómo? ¿Le cortaron el cuello?
—Eso es. Cogí miedo y escapé de allí corriendo. Cerré la puerta al salir, así
que encontraréis huellas mías. Supongo que nadie lo habrá descubierto aún.
—Mierda, Michel, ¿por qué coño no me llamaste?
—Debí hacerlo, pero pensé que no me creerías. —Agachó la vista.
—Me engañaste con Élite, estaría en mi derecho a no creerte, eso desde
luego. Pero me salvaste la vida, así que sabes que te ayudaría.
—El cadáver está en el segundo piso del número cuatro. Pero preferiría que
no me descubrieras, si no tendré que irme de aquí.
Se hizo un silencio, Paola intentando entender todo lo que le acababa de
contar su tío, él mirando al horizonte, afectado por el recuerdo de su amigo.
—No lo entiendo. ¿Cómo te apañas? Aquí no hay nada. —Intentó cambiar
de tema.
—Tengo a un tío a mano, otro expresidiario, vive en Combarro y a cambio
de una buena recompensa me trae lo que necesito, entre otras cosas este café
buenísimo.
—¿Pero aquí no viene nadie?
—Antes venían los de la Escuela Naval y turistas a la playa que está al otro
lado, pero desde que restringieron las visitas ya no se atreven, solo de vez en
cuando algún furtivo, pero bueno, desde el faro tengo buenas vistas, si viene
alguien sé dónde esconderme.
—Volvamos a Pontevedra. Entraste allí, viste a tu amigo muerto. ¿Lo
tocaste?
—Sí, claro, joder, no iba preparado, era mi amigo, claro que lo toqué.
—Tus huellas van a estar por todos lados.
—Estoy seguro de que todo estaba preparado para inculparme.
—¿Y quién querría inculparte?
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—Y quién no, Paola, dentro de unos meses son las elecciones, para ellos
soy un símbolo, si se demuestra que el símbolo de su justicia en realidad no es
más que otro asesino, caerán en picado.
—¿Política, en serio?
—Es una posibilidad.
—No sé, Michel, estoy cansada de complots, de venganzas, de todo. ¿No
puedo tener una familia normal?
—Pues parece que no, Paola. —La miró, sonriendo.
—Pues ya me dirás qué hacemos ahora.
—Eso lo dejo en tus manos. Sé que estás investigando un crimen en
Pontevedra y la desaparición de la Virgen. Aquí también llega cierta
información. Esas muertes, la de Gato y la de tu caso pueden estar
relacionadas.
—¿Y cómo coño esperas que aparezca yo ahora en casa de ese Gato? ¿Por
ciencia infusa?
—No, para eso tengo algo preparado. —Sacó de su bolsillo una nota escrita
con recortes de periódico metida dentro de un plástico. En ella se leía la
dirección de la casa de Gato.
—Di que te apareció en el bolso. No sería la primera vez. —Sonrió. Ella
asintió.
—Nunca te lo pregunté.
—¿El qué?
—¿Por qué me salvaste? ¿Por qué no escapaste cuando pudiste?
Michel suspiró mientras sonaba de fondo aquella canción de Firehouse:
«Love of a lifetime».
—Mis piernas no querían andar. Algo me hizo dar la vuelta. Supongo que es
esa conexión. Y cuando te vi allí tirada en la playa, con aquella rama saliendo
de tu cuerpo, no podía dejarte. Así que bajé e intenté sacarte aquel palo, lo
demás ya es historia.
Paola recordó los momentos en la ambulancia y se emocionó.
—Gracias. Nunca te lo dije. Me salvaste la vida.
—Fue lo mejor que he hecho en mi vida, no me arrepiento ni un segundo de
aquello. —La cogió la mano—. Pase lo que pase, estemos donde estemos,
siempre seremos familia y siempre nos querremos.
—No quiero que el destino nos vuelva a enfrentar…
—Pero si lo hace sé que cumplirás con tu deber. —Los dos asintieron.
—Otra pregunta. ¿Qué sabes de lo que está pasando con la Virgen?
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—Saber, sé lo que dicen los periódicos y luego tengo amigos, buenos
amigos, los únicos que saben que estoy aquí y ellos me cuentan.
—Por eso me dijiste lo de la perspectiva.
—Claro, estabais ofuscados con la Virgen sin revisar el resto de entradas al
santuario, cuando eso es una de las máximas de la vigilancia. Fue un fallo
terrible, indigno de vosotros.
—¿Y cómo lo supiste?
—Ya te digo que tengo amigos, que a su vez tienen amigos, y estos a su vez
más.
—Y no sabrás, por casualidad, ¿quién está urdiendo todo esto?
—Si lo supiera, Paola, ya lo habría eliminado. Una puta sombra, nadie sabe
quiénes son y por eso mismo tienen tanto peligro.
—Pero tendrás alguna idea.
—Pienso que es alguien bien entrenado, y bien pagado, seguramente. Y,
desde luego, con una sangre fría tremenda. En realidad, puede ser cualquiera.
Hoy en día, hay locos en todos lados, pensamos que solo están en Estados
Unidos, que aquí no podemos conseguir un arma con esa facilidad, pero das
una patada y salen cientos.
—Yo también creí que eras uno de ellos.
—Y en parte lo soy, Paola, motivado por unas circunstancias, avalado por
una afrenta, pero algo loco al fin y al cabo. ¿Quién no lo está en este mundo
de mierda?
Rieron. Antes de irse Michel sacó un teléfono móvil y se lo pasó a Paola.
—Mira, estás en tu derecho si quieres denunciarme, y lo entenderé, de todos
modos, encontrarán mis huellas y empezaré a estar en todas las quinielas de
sospechosos. Sea como sea, me siento más seguro si solo nos comunicamos
por estos teléfonos.
Paola lo guardó en su bolso.
—A Rocío tendré que contarle algo, no sabría hacerlo de otra manera.
—Es de fiar, hazme caso, no nos delatará.
—Parece como si la conocieras.
Michel ya se había levantado.
—Es tarde, será mejor que vuelvas, te acompaño hasta el camino.
—¡Pero allí estará mi barquero!
—¿Xan de Abrente? —Paola lo miró abriendo mucho los ojos—. Es mi
suministrador.
—¿En serio? Joder, si lo sé me hubiera ahorrado esta caminata, me podía
haber dejado aquí mismo.
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—Eso lo hubiera hecho mucho menos interesante.
Paola amagó con darle una colleja. Aquello le recordó a Costoya y a
Modesto y, por un momento, sintió que los estaba traicionando. Otra vez
aquella maldita dicotomía.
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XIV. COMBARRO
Volvían otra vez en silencio, pero esta vez con el murmullo del anochecer
próximo en el ambiente. Paola, desde el otro lado, pudo admirar la
preciosidad de aquel pueblo turístico y a la vez marinero, moderno, aunque
también tradicional, conservando todo lo que lo había hecho grande. Las luces
empezaban a encenderse, era una estampa grandiosa.
Miró su reloj, casi las nueve de la noche, el estómago empezaba a llamarla a
gritos. Ahora tendría que cumplir su promesa e invitar a cenar a Rocío y a
Xan, iba a ser divertido.
Rocío los esperaba sentada sobre el frío cemento del puerto, viendo cómo el
Sol caía lentamente. Era una mujer bella, en el conjunto general de la palabra.
Los recibió con una gran sonrisa, su principal característica.
—¿Qué tal fue el encuentro? —Se acercó a Paola y la cogió del brazo, a la
vez que le guiñaba un ojo a Xan.
—Bien, tendré que contarte un par de cosas importantes cuando estemos
solas.
—Está bien, pero primero vayamos a cenar: he reservado mesa en el
Tintanegra.
Xan les gritó, aún desde la embarcación.
—Ide indo, eu vou agora.
Rocío asintió. En cuanto llegaron al restaurante, Paola aprovechó para
contarle todo lo que le había relatado El Guardián.
—Siento ponerte en esta situación, sé que es pedirte mucho.
Rocío dudó qué contestar, pero solo sonrió, bebió un poco de su cerveza y
arrancó.
—Estamos para ayudarnos. Es tu familia, entiendo que confíes en él. Si tú
crees en su inocencia te seguiré, solo te pido que si la verdad sale a la luz y
nos equivocamos lo cuentes.
—Dalo por hecho.
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—Bien, pues mañana cuando te levantes haces lo siguiente: dices que te
acabas de encontrar ese mensaje en el bolso. Le dije a los chicos que teníamos
un informador en Combarro y a eso veníamos, tal informador podría ser mi
primo, nos creerán. En el transcurso de la tarde noche alguien te metió ese
mensaje en el bolso. Fin de la historia. Mañana iremos a esa dirección y
descubriremos el cadáver de Gato.
—Tanto tiempo después, ¿tú crees que aún estará allí?
—Lo que me extraña es que por el olor no se haya descubierto. Está claro
que no pudo salir por su propio pie, así que solo hay dos posibilidades, que
esté allí o que se lo hayan llevado los mismos que lo asesinaron. No te rayes,
mañana lo sabremos.
—Voy a hacer una cosa, llamaré a Alba y que me cuente qué es lo que han
conseguido avanzar durante la tarde.
—Me parece bien, es otra buena coartada que estemos cenando en
Combarro.
—Me jode engañarlos.
—Lo sé, pero a veces no se trata de engañar, solo de ocultar información
por un bien mayor, piénsalo así.
Paola marcó el número de Alba que, como siempre, estaba al pie del cañón.
—Buenas noches, jefa. ¡Vaya barullo!
—Es que vamos a quedarnos a cenar aquí en Combarro. Bueno, vamos al
lío, ¿qué habéis avanzado durante la tarde?
—Veamos, estoy con los raritos de los cofrades, aún no tengo toda la
información, pero cualquiera de ellos sería susceptible de convertirse en
sospechoso, bien porque no tienen coartada para la noche del crimen, o bien
porque son más raros que un perro verde. Si no te importa, esta noche acabo
el informe y mañana te lo mando.
—Perfecto, Albiña. ¿Qué sabemos de la tarjeta que utilizaron para comprar
la furgoneta en la que se llevaron a la Virgen?
—Os vais a reír, pero la tarjeta pertenece al Ayuntamiento, más
concretamente a Cultura, no digo más. Los datos del contrato eran de una
persona que nada tenía que ver con ella, un fallecido el día anterior en un
accidente de tráfico.
Paola se quedó pensando.
—No está de más que lo investigues. ¿Pero eso no es una mala praxis por
parte de la empresa? No pueden hacer el contrato a nombre de un tío y cobrar
con la tarjeta a nombre de una entidad.
—No deben, pero lo hicieron, Paola, y no creo que sea nada tan extraño.
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—El caso es que, quien alquilara la furgoneta tendría en su poder la
documentación del fallecido y eso no puede ser casualidad.
—Lo investigo, no te preocupes.
Rocío intervino.
—Habla con Romel, es el de tráfico de Pontevedra, dile que vas de mi parte,
me debe un par de favores, te dará todas las facilidades.
—Gracias, Roci, eso haré.
—Bien, ¿la cámara de San Francisco?
—Nada nuevo, lo único que se observa es la escena completa. Vemos
aparcar a los ladrones, antes vemos cómo entra este hombre y cómo sale
minutos después de que estos se lleven a la Virgen tras golpearla varias veces
contra la furgoneta. De profesionales no tienen nada.
—Podemos suponer que este hombre esperó a que se llevaran a la Virgen
para hacer la pintada.
—Es lo más probable.
—Por supuesto no tenemos rasgos físicos claros —afirmó Paola.
—De nuestro hombre misterioso, el que entra por detrás, sí tenemos un
pequeño detalle: lleva un chándal de marca Legea y unas zapatillas Nike
blancas con el logo negro.
—Un pijo deportista.
—Algo así, es un poco más bajo que los secuestradores y algo más ancho, te
diría un metro setenta y casi ochenta kilos, por lo menos.
—Está bien, sigue tirando por ahí a ver si sacamos algo. ¿El resto han
estado trabajando o se han pasado la tarde de cañas?
—Tendrías que preguntárselo, pero creo que no lo están pasando mal en
Pontevedra. Es lo que tiene hacer una investigación en pleno patrón.
—Hoy los dejaré en paz, mañana nos tendremos que poner las pilas, ya solo
quedarán cinco días de fiestas.
—Además, hoy tocaba Warcry en la Plaza.
Solo escuchar el nombre del grupo trasladó directamente a Paola al tono del
móvil de Luis, y una lágrima traicionera se asomó a sus ojos, recordando
aquella canción…
«Nada hay bajo el sol que no tenga solución, nunca una noche venció a un
anochecer».
Rocío se dio cuenta rápido y se despidió.
—Quizá nos dé tiempo de verlos por allí. Recuerda hablar con Romel, ahora
le mando un wasap.
—Gracias, jefas, mañana hablamos.
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Rocío le puso una mano en el hombro y esperó a que ella comenzase a
hablar. En aquel momento rezó para que Xan se entretuviera de alguna
manera y que no rompiera aquel confidencial momento. Paola arrancó como
un diésel, despacio.
—Se murió entre mis manos mientras sonaba esa canción y yo pensaba que
sí, que hay algo bajo el sol que no tiene solución: la muerte.
—La muerte es una consecuencia de la vida, Paola, a los que se van solo
podemos conservarlos vivos en recuerdos y, sobre todo, en nuestro corazón.
Como tú me dijiste. —La miró fijamente, mientras le borraba las lágrimas con
sus dedos.
—Es que no me lo quito de la cabeza, si no le hubiera arrastrado hasta allí…
—Yo también me culpo, Paola, me culpo de no haber conducido yo aquel
coche, me culpo de que lleváramos días enfadados por cosas que ahora me
parecen chorradas, me culpo de que se muriera en mis brazos, me culpo
porque cualquier decisión que hubiera tomado lo hubiese cambiado todo… O
no, eso nunca lo sabremos. El destino es muy perro y si quería que tu Luis y
mi Terry murieran, por algo sería.
A Paola le salió la risa floja, pero enseguida se le cortó. Rocío la imitó.
—Terry, ¿en serio? —Rieron al unísono.
—Le pusieron ese mote de pequeño porque cantaba los anuncios del brandy
ese. Y le quedó. —Se cogieron de la mano—. Sé que lo tuyo es muy reciente,
pero hay que pasar página, nada nos los devolverá.
Xan de Abrente entraba en ese momento por la puerta.
—Perdoade, que vin ó Morcejho e lieime —miró instantáneamente para
Paola—. Perdona, nunca me acuerdo de que no eres autóctona.
—Entender lo entiendo bien, debería ir a clases, pero con este ritmo de
vida…
Paola levantó la mano. El camarero se acercó para tomarles nota. Pidieron
calamares de la ría. La comisaria hizo tiempo hablando de chorradas hasta
que vio que era el momento de entrar al tema.
—Bueno, Xan, ¿y cómo conociste al Guardián?
Él miró al techo, luego a Rocío, y empezó.
—Lo conocí en la cárcel. Me pillaron con un cargamento, mucho tabaco y
algo de droja, les dije que era para consumo propio, lo que pasa es que como
tenía antecedentes me enchironaron.
Paola meneó la cabeza.
—No enchironan a nadie por un poco de tabaco.
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—Bueno, digamos que el tabaco era bastante y también hubo resistencia a la
autoridad.
—Le dio una paliza a un compañero de la Benemérita —intervino Rocío.
—Era un gilipollas prepotente. La tenía merecida, llevaba años detrás de mí
y, cuando me pilló se quiso pasar de listo. Le di unos buenos galletos. Hice
mal, lo sé. Son cosas que haces una vez y aprendes. Pasé solo seis meses allí,
pero conocí a tu tío. ¿Quién no lo conocía? Era como ser cristiano y tener a
Jesús predicando.
—El sumun de los malos. —Paola puso los ojos en blanco, justo en el
momento en que unos calamares de la ría con su olor inconfundible aparecían
ante ellos.
—El caso es que un día lo vi pululando por aquí, iba con su sudadera negra,
la capucha puesta, pero para mí era inconfundible. Al principio no se fiaba de
mí, pero al cabo de tres cervezas y unos cuantos recuerdos de presidio me
contó lo que le pasaba.
—¿Y qué le pasaba al pobrecito de El Guardián? —Paola intentó hacerse la
tonta.
—Venga, comisaria, que no me chupo el dedo, sé la relación que tienen, soy
yo el que tuvo informado a su tío de cada paso que daba, el que pagaba a
gente para que estuviera cerca de usted estos días.
Rocío abrió los brazos.
—Pero Xan…
—Non podía dicirche nada, prima. So era información.
—Quieres decir que me estuvisteis espiando.
—Desde el momento en el que entró usted en la investigación, sí. Un daño
colateral, lo que pasa es que su tío en cuanto supo que volvía preguntaba a
todas horas.
—En primer lugar, tutéame, y lo segundo, que no me estoy enterando de
nada. Mi tío te tiene en nómina, y tú a su vez a otras personas que se
dedicaban a seguirme estos días.
—Bueno, no es exacto, se dedicaban a protegerte, pero antes de que vinieras
ya estaban ahí. Tu tío te habrá contado lo de Gato. Era amigo mío, así que
esas personas las contratamos para encontrar a los culpables y exonerar a tu
tío.
—Ahora lo entiendo, y cuando entré en la investigación también me
siguieron a mí.
—A ti, a mi prima, al cojo, a todos. Queremos lo mismo, encontrar a los
cabrones que mataron a Gato.
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—¿Creéis que la muerte de Iago también está relacionada?
Dudó con un gesto de la cabeza.
—Tu tío parece que lo tiene bastante claro. Yo no, por ahora, pero es una
posibilidad.
—Y digo yo, esa colección de detectives a vuestro servicio, ¿ha descubierto
algo que no sepamos?
—Bueno, os han guiado en el tema de la perspectiva, algo es algo.
Rocío estaba indignada.
—¡Joder primo, que somos familia y sabías que yo llevaba la investigación!
—No es personal, el Guardián paga bien y, además, el Gato era colega de la
cárcel y de fuera de ella, no se merecía morir así.
—Menudo embrollo. Si dejarais las cosas para los profesionales…
Xan la miró a los ojos.
—¿Y ahora qué harás, lo vas a delatar?
—Lo consultaré con la almohada. —Paola cazó el último calamar de la
ración, Rocío y Xan se rieron. Ella los miró, extrañada—. ¿Por qué me miráis
así?
—¿Sabes eso de la vergüenza del gallego? —Paola negó con la cabeza—.
Ya nos parece, ya, se dice que el gallego siempre deja el último trozo en el
plato por vergüenza.
—Pues, entre mis genes gallegos y estos calamares ganan los últimos de
calle, creo que esa costumbre no la voy a adoptar.
La noche terminó tarde, Paola hizo tiempo para no llegar al concierto, se
temía que si, por cualquier revés del destino, volvía a escuchar aquella
canción se vendría abajo, y no se equivocaba. El lunes se acababa y con él el
tercer día de las fiestas de la Peregrina.
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XV. GATO
Se levantó sin ser ella. Paola pensó que sería pasajero, que aquella sensación
de ser un extraño para ti mismo se pasaría, pero según pasaban los minutos e
iba saludando uno a uno a sus compañeros, sentía la aguja de la traición
clavársele hasta lo más hondo. Y en ese momento entendió aquello de que a
veces duele más clavarla a que te la claven. Intentó poner la mente en blanco,
aunque le parecía difícil.
Le acababa de entregar la nota con el mensaje a Nuria para su análisis.
Rocío, en un escandaloso papel digno de Oscar, estaba preparando ya a las
unidades para ir a casa de Gato. Paola cogió el bolso y miró a Costoya, que la
examinaba. ¡Cómo la conocía el condenado! Se acercó a ella.
—Supongo que tienes algo que contarme, Paola, hazlo cuando quieras, pero
esa mueca que llevas encima solo se te quitará cuando te lo saques.
Paola le hizo un gesto de esperar al resto del equipo fuera y le contó por
encima lo que había ocurrido. Tenía razón, se sentía un poco mejor, pero no
del todo.
—Has hecho incorrectamente lo correcto, hay momentos en los que tienes
que dejarte llevar por tu corazonada, y si realmente crees que es lo mejor para
la investigación, yo aparte de cojo soy mudo.
Le pasó una mano por el hombro y le sonrió. Vieron venir a Rocío y Paola
le indicó que le siguiera. Subieron a los coches y con las sirenas a todo trapo,
partieron hacia la Praza da Verdura.
Era un edificio semiabandonado. Creían que allí ya no vivía nadie. Hacía
años que una empresa lo había comprado para hacer viviendas de lujo, pero
llegó la crisis y aquello quedó desierto. Rocío le había contado que creían que
Gato se había colado, cambiado la cerradura, y establecido allí su residencia.
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La puerta de la calle estaba cerrada. Coincidía con lo que le había dicho El
Guardián. Un aroma desagradable cubría todo el edificio. Oza no tardó ni diez
segundos en abrir la puerta. Como si fuera la reacción a una gran explosión
todos se echaron atrás y se taparon la nariz. El olor era nauseabundo. En la
sala de estar, con dos meses de muerte en el cuerpo, descansaba Miguel
Ramírez Fontán, alias Gato.
Paola se quedó frente al cadáver, con la fortaleza de alguien para quien
verlos era parte de su trabajo, pero aquello no era agradable. La
descomposición se había acelerado, posiblemente por el calor del verano y las
ventanas cerradas. Cientos de gusanos cubrían lo poco que quedaba del
cadáver del expresidiario. Paola pensó que por nada del mundo cambiaría su
lugar por el de Nuria en ese momento.
Revisaron la casa a conciencia en aquella primera inspección ocular,
descubriendo un arma y una colección de discos indiscutiblemente de gran
valor. Les tocaba a los profesionales forenses dar respuestas sobre aquello,
aunque ella sabía más que los demás.
—Menuda escena. —Costoya tosía sin poder parar.
—Si dejaras el tabaco… Ahora será culpa del muerto. Morirás también y
nadie podrá evitarlo.
—Algún vicio hay que tener y el resto, por omisión, no los tengo. ¿Qué
piensas de lo de ahí dentro?
—No pienso mucho más de lo que ya sé. Ese hombre lleva muerto tiempo,
quizá un par de meses, y seguramente le hayan cortado el cuello, aunque así
soy incapaz de decirlo, la verdad.
—Supongo que Nuria tendrá las respuestas.
—Sí, es un trabajo desagradable, sobre todo así. —Encendió un pitillo y,
antes de que Paola lo abroncara, cambió de tema—. Sabes que van a
encontrar huellas del Guardián, y sabes que lo van a incriminar.
—Pues no sé qué decirte, espero que encontremos más huellas además de
las de él. Lo único que nos ayuda es que el tío que hizo la pintada en la iglesia
no puede ser El Guardián, por sus características físicas.
—Si lo que intentas decirme es que existe un complot contra él, no será el
último cadáver que le intentarán colgar.
Paola lo miró.
—¿Por qué? No hay nada por ahora que los relacione.
—Mi querida Paola, si es complot lo habrá, no tengas duda. Y si es un loco
y quiere librarse, también. Si El Guardián vino aquí y dejó sus huellas
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esparcidas, alguien con conocimientos y los aparatos precisos, puede
copiarlas.
—Tendría que ser alguien con conocimientos.
—Sí, aunque internet para algunas cosas es muy malo.
Paola pensó que Costoya tenía razón, la cosa podía ponerse fea.
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XVI. TUS HUELLAS TE DELATARÁN
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menos dos minutos cuando Paola entró en la sala de Papá Pitufo. Estaban ya
allí Rocío, Costoya, Bóveda y Modesto.
—¿Dónde está el resto?
—María no vendrá, se tuvo que marchar a Coruña, reunión con la cúpula.
Volverá en un par de días. En cuanto a Portela y Ana aún siguen de ruta por la
ciudad —respondió Costoya.
—Jefa, la culpa es mía —respondió Alba, al otro lado del ordenador—. Los
envié a visitar a los raritos de ayer, no te consulté para no molestarte.
—¿Qué raritos?
—El exconvicto y el agorafóbico.
Aquello no le gustaba nada. Se quedó pensativa por un momento.
—¿No habían hablado ayer con los dos?
—No en persona.
—A ver, que yo me entere, ¿qué le pasa a ese hombre?
—Desde el año 2000 no sale de día a la calle.
—La agorafobia es una especie de miedo a espacios abiertos, a salir a la
calle, pero, corrígeme si me equivoco, Albiña, tú me estás diciendo que este
hombre no sale de día, con lo que intuyo que de noche sí.
—Eso es.
—Entonces no se llama así.
Paola miró a Modesto en busca de ayuda al no tener a la enciclopedia
Portela cerca. No tardó en contestar.
—Puede ser heliofobia. Básicamente no pueden ver la luz del sol.
—Gracias, mi querido Modesto. Y nuestros crímenes se producen siempre
de noche. ¿Qué más sabemos de él?
—Lo que me trasladó Ana en su informe es que vivía solo, no tenía amigos
y pertenecía a la cofradía desde ese mismo año, el 2000.
—Lo que no sé es para qué, si no podía participar en casi nada. —Paola no
paraba de darle vueltas, necesitaba conocerlo.
—Quizá sea un cofrade de corazón que no necesita demostrarlo con hechos.
—Puede ser. —Miró a Costoya—. Haz una cosa, inspector, intenta hablar
con los compañeros para saber dónde están.
Él asintió y cogió el móvil.
—La casa de Cadenas, el heliofóbico, no está a mucha distancia de aquí, en
la Rúa Michelena —intervino Rocío.
—Muy cerca de todo, lejos de nada. Puede ser nuestro hombre.
—¿Qué sabemos de su complexión física?
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—Poco. No está fichado, solo accedí a las fotos de la cofradía, pero son
antiguas, si tiene redes sociales no están a su nombre ni ha dejado ningún
rastro, cosa que sabríamos si las hubiera borrado. He analizado por encima los
pagos que realiza: televisiones por cable, porno… lo normal para alguien que
se pasa los días encerrado en casa.
—Vale, y ¿tiene alguna otra residencia, además de la de la Rúa Michelena?
—Les di la dirección de su casa y también la de un pendello a unos pocos
kilómetros, en un pueblecito cerca de Combarro.
Las alarmas se activaron en el cerebro de Paola.
—Llámalos, necesito saber dónde están. ¿Del exconvicto qué tenemos?
—Filo Foz estuvo encerrado durante más de cinco años por violar a una
niña de dieciséis años. Siempre mantuvo que había sido consentido, pero ella,
que al principio lo defendía, acabó negándolo todo. Desde hace dos años
trabaja en Ence y también tiene una segunda residencia en Poio.
—Paola, los dos están sin cobertura.
—Mierda, joder. ¿Y qué coño hacemos?
—Calma, Paola, en toda la zona de Poio y Combarro hay zonas de muy
poca cobertura, si fueron a ver a Filo Foz o al pendello de Cadenas es lógico
que no contesten.
Lejos de calmarse, Paola estaba cada vez más nerviosa. Intentó centrarse en
la investigación y esperar a que contestaran.
—¿Qué tenemos de esa tarjeta de crédito a nombre del Concello? —
preguntó.
—Han denunciado su robo, tarde, pero lo han hecho, así que se
desentienden. Supuestamente entraron en sus dependencias la mañana del
viernes y se llevaron tarjetas y documentación varia.
—¿Y por qué Fabi no nos lo dijo? —Paola miraba a Rocío.
—Tendremos que preguntárselo.
—Eso haremos. Albiña, ¿hablaste con Romel, el de tráfico?
—Sí y, efectivamente, alguien robó la documentación de una de las víctimas
de un accidente que tuvo lugar el mismo viernes, en A Ponte das Correntes.
Esta vez fue el corazón de Rocío el que se paró. Era el mismo puente en el
que había perdido la vida Terry, su marido. Paola se dio cuenta de la lividez
repentina de su compañera y se acercó rauda. Miró a Oza, que la entendió a la
primera y salió a por un café.
—¿Estás bien, Rocío?
—Perdonadme, es que ese ponte…
—Tranquila. Hacemos un descanso si quieres.
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Su compañero acababa de llegar con el café.
—No hace falta, gracias. Estoy bien.
—Vale, sigamos donde estábamos, Alba.
—Como te decía, robaron la documentación de ese hombre y la usaron para
alquilar la furgoneta. La empresa no se explica cómo se la colaron de esa
manera, creo que al que hizo la operación le va a caer un buen puro.
—Gracias, corazón. Seguimos sin tener mucho; aun así, investiga al
fallecido, mira si tiene algún vínculo con Gato, con Dosil o con Fabi, con la
Virgen, me da igual.
—Hecho, jefa.
—Mi querida Nuria, cuéntanos algo de la escena del crimen. —Paola fingió
que no se daba cuenta de la mala cara que traía.
—Primero empezaré por Dosil —dijo, tras exhalar un suspiro—. Las huellas
encontradas son de varias personas, pero hay unas que se repiten tanto en el
cadáver como en la zona de la pintada. —Miró a Paola—. Son las de tu tío,
Michel Herrero.
—¡No me jodas! —Se hizo la tonta.
—Y no solo eso. La sangre con la que están escritos los dos mensajes en las
ruinas de Santo Domingo y en el santuario de la Virgen de la Peregrina
pertenecen a Gato, nuestra segunda víctima. Y para redondearlo las huellas
del Guardián están por toda la casa de Gato, en fin…
Paola se sentó, estaba agotada, desquiciada.
—No lo entiendo. Jamás ha dejado sus huellas en ninguno de sus crímenes,
¿por qué habría de hacerlo aquí?
—No lo sé —Nuria se encogió de hombros—, pero están por todos lados.
Son las únicas que pudimos reconocer. El resto o están difuminadas o no
están en la base de datos.
—Podría ser que alguien estuviese intentando incriminarlo —dijo Costoya,
para echarle una mano a Paola—. No parece lógico que El Guardián haga
esas pintadas amenazantes contra su propia sobrina.
—Ni mucho menos que sea tan descuidado —añadió Modesto.
—El caso es que se convierte en nuestro único sospechoso, por ahora.
—Y no tenemos ni idea de dónde está. Ni cuándo será su próximo crimen,
ni mucho menos qué es lo que quiere.
—Hagamos una cosa, chicos, nuestros compañeros siguen sin contestar, así
que Costoya, Rocío y yo nos vamos a ver a esos dos hombres. Alba y Marina:
localizad todo lo que podáis sobre El Guardián y que hayamos pasado por
alto. Modesto, vete con Oza y Bóveda e indagad en la vida de Gato,
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necesitamos algún hilo del que tirar. Hoy es el cuarto día de fiestas, el tiempo
se nos va de las manos.
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XVII. NEGRO
Las persianas eran las medidas de protección que utilizaba para luchar contra
su mayor enemigo. Se sentó en aquella silla giratoria que mantenía junto al
ordenador. En él, innumerables ventanas abiertas esperando a que su contacto
diera las órdenes pertinentes. Había creado un mundo a su imagen y
semejanza y se sentía seguro. Respiró profundamente, intentaba tranquilizarse
después del incidente de la tarde. Aquellos dos policías entrometidos habían
llamado a su puerta, ¡cómo se atrevían!
En ningún momento temió por su plan. Sabía que la oscuridad le confería
una energía especial. Pero debía tener más cuidado. Los extraños conservaban
demasiada luz dentro de sí y eso le hacía daño. No entendía por qué el resto
de la humanidad no era como él, por qué seguían admirando la luz como si no
fuera algo más que una jaula que los dominaba creando sombras. Entendía
que los tenía alienados con sus rayos, con su poder, se metían en la piel de
aquellos humanos idiotas que se creían más guapos, más sanos, más vivos,
cuando lo único que hacía era matarlos poco a poco. Si realmente conocieran
todo lo que la oscuridad podía darles cambiarían de opinión.
Fue a la nevera y cogió una de aquellas sabrosas natillas. No comía nada
que no tuviera tintes oscuros. El chocolate era su preferido, menos el blanco,
que no era chocolate ni era nada. Se acordó en ese momento de lo que tenía
en el estudio. Esa zorra podía esperar. Devoró las natillas hasta la última gota
y volvió al ordenador.
Tenía un mensaje de Philip. No era lo normal a aquellas horas. Lo leyó y el
cabreo empezó a subir en intensidad dentro de su cuerpo. Miró tras las
rendijas de las persianas. «¡Puto sol de mierda!». Eran las ocho de la tarde, tal
y como estaba el día, aún quedaba, al menos una hora y pico de luz. Mientras,
no debía salir y eso lo dejaba en desventaja respecto a sus enemigos. Entró en
el estudio para comprobar que todo seguía en orden. Así era.
Sonaban los acordes de Blanco y Negro, de Barricada, cuando tomaron la
salida hacia Poio. La colección de éxitos de Costoya era anticuada, pero
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interesante. Paola iba de acompañante, mientras Rocío iba detrás. Estaba
seria, como si algo no acabase de encajar para ella.
Llegaron a la dirección que les había dado Alba a las siete y media de la
tarde. Portela y Ana seguían sin contestar al teléfono y cada vez estaba más
preocupada. Hacía veinticuatro horas que había estado allí, a escasos
kilómetros, hablando con el Guardián.
Era una finca como tantas otras de la zona: casa pequeña, garaje y un galpón
a un lado. Llamaron a la puerta. Un hombre no tardó en abrirles.
—¿Filo Foz?
—Sí, yo soy. ¿Qué desean?
—Buenas tardes, somos las comisarias Castelo y Gómez y el inspector jefe
Costoya. Estamos buscando a unos compañeros que nos consta venían a verlo
a usted esta mañana.
Filo Foz era un hombre malcarado, de complexión media y barba de varios
días. Los miró con cara de no entender nada.
—Vamos a ver, agentes. Ayer me llamó una chica y estuve hablando con
ella. Les aseguro que hoy no ha venido nadie por aquí.
—¿Le importa si pasamos? —Costoya invadió rápidamente el espacio sin
dejarle contestar y empezó a revisarlo todo.
—Pero… —Filo protestó sin mucho convencimiento.
—El galpón de ahí afuera. ¿Está cerrado con llave?
—No, está abierto, no tengo nada que ocultar.
Paola miró a Rocío, que la entendió y salió hacia allí.
—Señor Foz, como sabrá, se han producido dos muertes en extrañas
circunstancias en Pontevedra, así como el robo de la Virgen de la Peregrina
—dijo Paola.
—Lo sé, leo la prensa, pero yo no tengo nada que ver.
—¿Y entonces por qué está tan nervioso?
Filo miró al suelo, intentando recuperar la compostura, pero ante aquella
mujer le resultaba imposible. Costoya emitió un bufido desde la habitación
contigua y Paola hizo caminar a Filo hacia allí.
—¿Qué pasa, inspector?
—Pasa que no sé si nuestros compañeros estarán aquí, pero que este tío es
un cerdo y merece estar entre rejas, ya se lo digo yo. —Le enseñó la pantalla
del ordenador.
—Llama a Alba, que pida una orden y dale la IP del equipo. Que vaya
haciendo un registro como ella sabe. Y que llame a los de delitos
informáticos.
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En ese momento, Rocío volvía del galpón.
—Limpio, Paola.
—Pues será lo único limpio que hay aquí, porque este está más sucio que
una piara. Hazme el favor, sube a ver qué encuentras en el piso superior.
En cuanto Rocío estuvo fuera de su radio de acción Filo le metió un codazo
a Paola en la boca del estómago que la dejó momentáneamente doblada.
Costoya reaccionó tarde y Filo consiguió llegar a la puerta, pero al salir
recibió una descarga: la de un cuerpo de sesenta kilos cayéndole encima.
Paola recuperó el aliento y salió como pudo para ver el espectáculo. Rocío
Castelo estaba a caballito de Filo y le apretaba la cabeza contra el suelo
mientras Costoya le ponía las esposas.
Salió e intentó verlo con perspectiva. La ventana de la habitación del piso
superior estaba abierta. Miró a Rocío. Caviló. Estaba impresionada.
—Eres una puta suicida. ¿Te has lanzado desde ahí arriba?
—¿No te conté que de pequeña hacía gimnasia artística? Mi preferido era el
trampolín, así que lo de lanzarme lo tengo muy interiorizado.
Ambas rieron. En cuanto Costoya lo tuvo bien amarrado Rocío se levantó y
Paola la abrazó.
—Gracias, Roci, de no ser por ti se habría escapado.
—Nunca te fíes de un exconvicto, yo lo aprendí hace tiempo.
—Ya. —La miró diciéndole mucho, aunque fuera sin palabras.
—Por cierto, arriba tiene muñecas hinchables, pero eso no es delito.
—Le caerán años por lo que hay en ese ordenador y ahora hay que sumarle
resistencia a la autoridad y agresión.
—Te pasarás una temporadita a la sombra —dijo Costoya.
—Por mí ojalá no volviera a ver la luz del sol.
Al mencionarlo, se dio cuenta de que poco a poco este iba cayendo y aún no
habían encontrado a sus compañeros. Iba a marcar el número de Portela
cuando fue su móvil el que sonó, pero no el oficial, sino el otro. No pudo ni
saludar:
—Paola, estáis en el lugar equivocado.
—¿Qué quieres decir?
—Joder, que ese no tiene nada que ver con vuestros compañeros.
—¿Y tú qué sabes de todo eso?
—Te dije que tengo ojos en todos lados. Pásame a Rocío, haz el favor.
Paola se sorprendió y llamó a Rocío.
—Quiere hablar contigo.
—¿Conmigo? —Rocío puso cara de circunstancias— ¿Dígame?
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—Rocío, escúchame atentamente: el accidente del viernes no fue una
casualidad, no me preguntes más, solo investígalo. Entérate de quiénes son las
víctimas y busca el coche que se dio a la fuga, era un Toyota Celica negro,
antiguo y con un pequeño alerón gris en la parte trasera. Es la clave de todo.
—Pero…
—Rocío, por favor, haz lo que te digo, céntrate en encontrar ese coche.
Ahora devuélvele el teléfono a Paola.
—¿Qué coño le has dicho? —preguntó ella.
—Joder, Paola, le he dado una pista, la que necesita para reencauzar su vida.
Y tú, hazte un favor, vete en busca del agorafóbico ese.
—Heliofóbico.
—Me importa un carajo, como si es mierdofóbico. Volved a Pontevedra y
registrad su casa antes de que sea demasiado tarde. Cuando termines llámame
a este número, haz el favor.
Paola asintió y colgó el teléfono. Seguidamente miró a Costoya.
—Ya me quedo yo con el guarro este, tranquila. Malo será que no pueda
volver con los de informática, y si no tranquila que llamo a Modesto para que
me recoja.
Salieron quemando rueda, con Rocío al volante. Paola hizo una última
llamada a sus compañeros con el mismo resultado: fuera de cobertura.
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XVIII. GRIS
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El olor era irrespirable, pero no era de suciedad. Modesto la llamó desde
una de las habitaciones. Había signos de lucha y unas gafas de sol que
reconoció al instante, eran de Ana. No quiso tocar nada hasta que llegara
Nuria.
Que no hubiera sangre la tranquilizaba, sus compañeros debían seguir con
vida. Paola volvió a aquel enorme salón que ocupaba más de la mitad de la
casa y puso los brazos en jarras, bajó la cabeza y cerró los ojos. Se le
acumulaban los problemas. Si Ana estaba en poder de aquel loco heliofóbico,
¿Portela también? Joder. Rocío se le acercó y le puso una mano en su
hombro.
—Paola, han registrado el garaje, su coche no está. Uno de los vecinos vio
salir a un loco a gran velocidad justo cuando nosotros llegamos. Es una zona
peatonal, esas cosas no pasan desapercibidas.
Paola se puso las manos en la cabeza.
—Otra vez se nos ha escapado, el puto azar nos la ha jugado, si hubiese
decidido venir aquí primero y no a casa de Filo Foz, esto no habría ocurrido.
—O no, Paola, no te fustigues. Deja que el equipo trabaje, van a aparecer,
pero por mucho que les des vueltas, ahora no haremos nada.
—Gracias, Rocío; vete a casa, tenemos que descansar.
—Si me lo permites quiero saber más sobre lo que me dijo El Guardián.
Paola asintió. Se lo había contado en aquel viaje suicida desde Poio.
—Claro, lo que necesites. Mañana nos vemos. Si surge algo me llamas, a la
hora que sea.
—Gracias, Paola.
Vio a Rocío alejarse y se acercó a Modesto, que seguía buscando pistas.
—Llama a Alba, dile que busque familia, amigos. Cualquier cosa que nos
indique a dónde pudo haber ido.
—Lo primero será mirar ese pendello que tiene.
—Hazlo, llévate a Oza y a una patrulla, aunque dudo mucho que sea tan
torpe. —Le hizo una seña al armario empotrado y salieron.
Nuria llegó con el equipo, justo en aquel momento.
—Buenas noches, jefa, antes de que me ponga con esto, dos detalles de
Gato: el primero, que la muerte es exacta a la de Iago Dosil, por tanto, con la
misma arma: un cuchillo de corte fino, y lo dejó morir desangrado como a
Dosil, pero con una diferencia, antes de eso se ensañaron a golpes con él. La
segunda, la sangre de Gato la tiene que conservar en algún tipo de
refrigerador. En las condiciones necesarias para que esté fresca, no sé si me
entiendes, debería estar entre dos y seis grados.
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—Claro y meridiano. Igual es buena idea echar un ojo a la nevera.
Cuando la abrieron se llevaron varias sorpresas. Creyeron estar sufriendo
una alucinación. Todo lo que veían tenía colores oscuros, desde rojizos
fuertes, granates, marrones, hasta llegar al negro más profundo. Había uvas,
berenjenas, pimientos rojos, tomates, y carne, la mayoría parecía ternera.
Yogures de chocolate, batidos y bebidas de cola. Nada de lo que allí había
tenía otro color. Se dieron cuenta de que el problema no estaba en su vista,
sino en la cabeza de aquel hombre. En la parte inferior de la nevera se
ocultaban las bolsas de sangre que Nuria supuso eran de Gato.
Parecía que Javier Cadenas era quien había matado a Dosil, a Gato y escrito
aquellos horribles mensajes con sangre. El Guardián no era aún inocente, pero
sabía que pronto tendría más pruebas de ello. Al menos ya tenían otro
sospechoso.
—Dejemos que esta gente trabaje, Paola. Tú vete al hotel, si encuentro algo
te llamo, si no, mañana te pasaré el informe.
—No puedo irme a casa sabiendo que Portela y Ana están perdidos por el
mundo.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Dar vueltas por Pontevedra en busca de pistas?
Descansa, así tendrás la menta lúcida. Necesitamos esa cabecita al cien por
cien.
Paola asintió y se abrazó a Nuria. Necesitaba cariño. Necesitaba apoyo.
Tardó en despegarse de aquel abrazo sincero.
Cuando lo hizo, salió dispuesta a perderse por Pontevedra y no pudo sino
admirar esa innata belleza, aquel paraíso lejos del ruido ensordecedor de las
avenidas llenas de coches. Si se concentraba estaba segura de que sería capaz
de escuchar el canto de los pájaros. Pensar en todo aquello la tranquilizó y
volvió a la Praza da Ferrería, a San Francisco y al Santuario de la Virgen. Allí
las fiestas estaban en todo su esplendor. Funambulistas en las calles, los
puestos de frutos secos, de algodón azucarado. Las caras de la gente
dibujando risas, alegría, todo pintado de color festivo. Por aquel sendero llegó
a su destino. Aunque ya estaba en el hotel, muy a su pesar, el día aún no había
terminado.
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XIX. BLANCO
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—Oza, por favor, ¿nos traes unos cafés?
Asintió y bajó raudo a cumplir su misión. Paola se dirigió a Modesto.
—Ahora, por favor, cuéntanos exactamente qué os encontrasteis.
—Estaba allí atado a una silla, en el centro de la habitación, parecía ido,
como si lo hubiesen drogado. No ha dicho nada coherente, al menos de
momento. Aunque en la casa no había nadie, se ha quedado una patrulla
vigilando.
—No lo entiendo. Hay algo muy extraño en todo esto, es imposible que el
heliofóbico estuviera por la mañana en el pendello y por la tarde en su casa,
teniendo en cuenta que no puede ver la luz del sol.
—Evidentemente eso parece, a no ser que sea mentira y se lo esté
inventando, pero saldremos de dudas en cuanto Portela vuelva en sí, supongo
que sabrá decirnos exactamente lo que pasó.
—Eso espero.
Dos horas después el médico salió a informarles. Portela ya estaba
recuperado y con ganas de hablar, en unas horas le darían el alta. Entraron a
verlo.
—No ganas para sustos, cabrón. Pero eres duro como una piedra. —Los dos
amigos rieron mientras se apretaban la mano. Paola se acercó por el otro lado
y le puso una mano en el hombro.
—¿Cómo estás?
—Bien, jefa, gajes del oficio.
—Necesito que me cuentes qué pasó.
—Salimos a mediodía. Alba nos dio las direcciones de esos dos pirados y,
como la casa del agorafóbico estaba más cerca, decidimos empezar por ahí.
»Un ser extraño, vestido de negro, pero lívido como un puto vampiro. La
casa tenía las persianas cerradas, sin gota de luz, y olía a cerrado. Nos
sentamos en la penumbra, solo con unas velas, y estuvimos charlando. Nos
explicó lo de su enfermedad, incluso ya habíamos quedado para que, por la
noche, nos acompañara a su chalecito, como él lo llamaba.
»Al rato le pedí ir al servicio. No me dio tiempo a entrar, alguien me golpeó
y caí redondo. Cuando desperté estaba en un lugar distinto, atado y solo.
Hasta que llegaron los compañeros y me sacaron de allí.
—¿No recuerdas cómo era el que te atacó? —preguntó Paola.
—No, todo era oscuridad y no me dio tiempo a verlo.
—Pero no era Javier Cadenas.
—No, claro, él seguía en la mesa con Ana.
—Bien, al menos sabemos que son dos.
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—¿Y Ana? ¿Dónde está Ana? —preguntó Portela.
Paola puso cara de circunstancias y Portela miró a Modesto, que torció el
labio.
—No lo sabemos, amigo. Pero la encontraremos.
—Necesitamos una descripción de Javier Cadenas, todo lo que recuerdes.
—Metro setenta, algo ancho. Con la cara redonda, imberbe. Ojos oscuros,
pálido e iba vestido todo de negro. La verdad es que el conjunto era más
cómico que siniestro.
—Pues el puto cómico se escapó ayer por la noche y tememos que con él se
llevó a nuestra Anita. Quédate aquí, Modesto, salgo a hacer una llamada.
Paola se alejó unos metros de la puerta de la habitación y cogió el teléfono
de El Guardián. Le respondió al primer tono.
—Ya me estás contando qué es lo que sabes. Y no te dejes ni una coma, por
favor.
Michel, sorprendido, contestó.
—Está bien. Xan contrató a unos detectives con experiencia en los bajos
fondos que están al tanto de la investigación, eso ya lo sabes. Por la mañana
vieron entrar a vuestros compañeros en la casa de Javier Cadenas, al que
llevábamos tiempo vigilando. El caso es que entre que no sale mucho y que
cuando lo hace es muy escurridizo, nunca lo pillamos.
»Pasó un rato cuando un vehículo salió del parking, era el de Javier, aunque
no lo conducía él, y en su interior solo viajaba una persona. Poco después
volvió el mismo vehículo, conducido por el mismo, era imposible
reconocerlo, creen que incluso llevaba algún tipo de máscara. Horas después
llegasteis vosotros y otra vez el coche salió del garaje, pero esta vez
conducido por Javier. Lo perdimos. Fin de la historia.
—¿Me estás diciendo que ese otro hombre entró por segunda vez y no lo
visteis salir del edificio?
—Ahora que lo dices, no. Pero pudo ir escondido en el coche, no sé.
Paola se quedó pensando durante unos segundos. Intentaba hilar todos los
acontecimientos, pero no era capaz.
—Ayúdame a encontrarla, tus hombres conocen la zona, si lo estabais
vigilando sabréis cosas sobre él.
—Haré lo que pueda, pero piensa que yo estoy en una isla, dependo de mis
contactos.
—Gracias, Michel, si sabes algo llámame.
Paola se dejó caer en una de aquellas horribles sillas de hospital y deseó que
la tierra se la tragara.
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XX. EL NÚMERO TAMBIÉN ES IMPORTANTE
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caen de cabeza. No se le conocen enemigos, pero antes de entrar a prisión dio
varios golpes con una banda y, como te dijo antes Alba, acabó muriendo
gente y, aunque no lo culpabilizaron, sí hizo que sumara a su condena.
—Un pobre diablo.
—Vete tú a saber, eso es lo que parece.
—Bien, averiguad por qué coño tenía un arma. Deduzco que no tenéis ni
idea.
—Pues no, Paola, yo me inclino a que la tenía más como defensa, que como
otra cosa.
—¿Pero para defenderse de qué? —Vio a Modesto negar con la cabeza—.
Bueno, con cariño, sacadle todo lo que podáis a su exnovia. Y después vais a
ver a los vecinos de Cadenas, tenemos que saber quién iba a verle, quién lo
visitaba.
—¿Del accidente del viernes sabemos algo nuevo, corazón? —le preguntó a
Alba.
—Romel está con ello, me dijo que me llamaría si había novedades, nada
por ahora. No sabemos si la documentación se robó en el propio lugar del
accidente o fue en comisaría.
—Vale, sigue con eso, y buscad todas las conexiones que puede haber entre
Cadenas, Gato, El Guardián, Dosil, la Virgen, el cura, lo que sea… Porque
hay tres sospechosos, pero no tenemos una mierda. Bueno sí, a una inspectora
desaparecida. —Paola volvió sus ojos hacia Nuria—. ¿Alguna novedad,
doctora?
—La sangre que había en casa de Cadenas, el heliofóbico, efectivamente,
pertenece a nuestro querido Gato. Estamos con las huellas, que son muchas,
por ahora no puedo decirte si alguna corresponde al Guardián.
—En ese caso no podemos descartar que tuvieran relación —concluyó
Paola.
—Otra cosa, antes hablabais del arma de Gato, aquí mi amigo Bóveda ha
localizado, no me preguntes cómo, dónde se compró. Yo puedo confirmarte
que no ha sido utilizada ni una sola vez.
—Interesante, Costoya, vete con él y averiguad quién la compró.
Suspiró y continuó, mientras comenzaba a dar vueltas alrededor de la mesa.
—Bien, hagamos un resumen, señores. Tenemos un sospechoso que entró
en el Santuario de la Virgen por la puerta trasera y suponemos que hizo la
pintada. Coincide con los rasgos físicos de Javier Cadenas. Suponemos
también que es el mismo que hizo la pintada en las ruinas de Santo Domingo.
Hay otros dos individuos que entran por la otra puerta y se llevan a la Virgen.
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»Tenemos dos posibilidades, o es una maniobra de distracción para que
pensemos que no trabajan juntos o realmente no lo hacen, pero si esto es así, y
son dos delitos diferentes, además tendríamos otro sospechoso que trabajaría
con Javier Cadenas, y lo sabemos por el relato de Portela.
»Alguien lo atacó cuando fue al servicio y lo llevó al galpón de Cadenas.
Ese alguien puede ser El Guardián, sus huellas están en la escena del crimen
de Gato, en la de Dosil, pero realmente a todos nos extraña ese
comportamiento. Os recuerdo que ese hombre en nuestro primer caso no dejó
ni una sola huella en varios crímenes. ¿Qué sentido tendría que ahora lo
hiciera indiscriminadamente? Ninguno.
»El caso es que tenemos que encontrarlo, porque el único que nos puede
decir lo que ha pasado y por qué se esconde es él.
Hizo una pausa y miró a Rocío que seguía totalmente en otro mundo.
—Nosotras iremos a ver a páter Ignacio, a ver si nos dice algo nuevo de la
conexión entre Dosil, Cadenas, Filo Foz e incluso Gato. Nos vemos para la
comida. —Miró a Oza que le hizo un gesto circular. Paola sonrió. Le caía
bien. Esperó a que todo el mundo saliera de la sala para hablar a solas con
Rocío.
—Lo siento, jefa; no es mi mejor día.
Era la primera vez que la llamaba así.
—No pasa nada. ¿Por qué no te vas a dormir un rato mientras yo me voy a
ver al páter?
Rocío la miró y sonrió agradecida.
—No quisiera, pero…
—Hazlo, es una orden, y vuelves para la comida, verás como estarás mucho
mejor.
Le dio un beso en la frente y se alejó. Tenía asuntos que atender; como
siempre, acababa entre curas e iglesias, era su sino.
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XXI. LOS CAMINOS DEL SEÑOR
Le costó encontrar la casa del páter Ignacio. Tuvo que tirar de Google Maps
y, aun así, se perdió un par de veces.
Ahora lo tenía frente a ella junto a una taza de café, en un modesto piso del
centro pontevedrés, en una cocina muy blanca en la que todo parecía
demasiado aséptico. Lo miró, lo rodeaba aquel aura de persona especial, de
ser tocado por la varita mágica, con carisma, personalidad. Nada era al uso en
él. Pensó que quizá podría reconciliarla con la Iglesia después de su historia
con el Guardián de las Flores.
El páter Ignacio abrió una caja de mantecados que sabían a gloria y sonrió.
—Pues usted dirá, comisaria. Supongo que no ha venido a hacerme una
visita, ni a que la reconcilie con el Señor.
Paola lo miró asustada, ¿lo había dicho en alto?
—Verá, señor párroco…
—Nacho, por favor.
—Pues verá, Nacho, me gustaría entender la relación entre una serie de
personas que se entremezclan en toda esta trama de la Virgen de la Peregrina.
Y para eso creo que necesito su ayuda. Son Iago Dosil, Javier Cadenas, Filo
Foz, Miguel Ramírez Fontán, alias Gato, y, si me apura, Fabi Meilán.
El páter Ignacio le dio un largo sorbo a su café y abrió los brazos.
—Los tres primeros, como sabrá, eran miembros de la Cofradía; en cuanto a
Gato, no le voy a negar que todos lo conocíamos, pero no pertenecía a la
congregación.
—Dígame una cosa, ¿cuándo fue la última vez que lo vio?
—¿A Gato? Bueno, hace tiempo, poco después de salir de la cárcel. Se
acercó por aquí a confesarse.
—¿En serio?
—Claro, ¿qué se cree?, ¿que los malos no se arrepienten de sus errores? Lo
hacen, y muchas veces más que los que se creen santos. —Se levantó de la
silla y se apoyó junto a los hornillos de la cocina. Llevaba puesto un pantalón
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negro y una camiseta, nadie diría que estaba ante uno de los referentes
religiosos de la ciudad—. Estoy cansado de tratar con la gente, en el fondo
esto es como un servicio público, comisaria. Cobro por ello, es mi trabajo,
pero tengo sentimientos, así que cuando escuchas lo que toda esa gente te
cuenta, lo difícil es conciliar el sueño.
Aquel hombre estaba sufriendo y Paola era una artista de las situaciones
límite, de las conversaciones con el corazón.
—Quiere decir que si usted contara lo que sabe resolveríamos el caso.
La miró intensamente, tanto que no sabía si era odio o amor lo que había al
otro lado de aquellos ojos negros.
—Si hiciera eso estaría firmando mi sentencia de muerte, pero no tal y como
usted la entiende, le hablo de muerte espiritual, y no estoy dispuesto a ello. El
sacramento de la confesión es sagrado y bajo ningún concepto puedo revelar
lo que ellos me relatan.
—Pero sí puede guiarme en la dirección adecuada sin darme nombres, solo
para que el bien triunfe.
El páter se rio.
—¿Y qué es el bien, comisaria? Dígamelo usted. ¿Diría que su tío es el
bien? ¿O quizá Rocío Castelo? ¿Quiénes son los malos aquí?
—Eso intento averiguar.
—Pues abra su mente y su corazón, si no nunca llegará a la verdad.
—Verdad a la que usted tiene acceso por medio de su trabajo.
—No, señorita, por medio de la fe, algo que ustedes, los no creyentes, jamás
comprenderán. Nunca entenderán por qué esas personas se acercan aquí y me
cuentan todo tipo de monstruosidades. Lo hacen buscando únicamente el
perdón, ese que ustedes nunca les otorgarían.
—Supongo que depende del pecado.
—No, depende del arrepentimiento de la persona. Un pequeño pecado si no
existe arrepentimiento sigue siendo pecado, sin embargo, uno grande del que
sí te sientes culpable, sí que debe ser perdonado.
—Con unos padrenuestros y unas avemarías.
—Es la ley de Dios, comisaria.
—Diferente a la ley criminal.
—Diferente, aunque busque lo mismo, la salvación de esas personas. ¿Cree
que meterlas en la cárcel sirve de algo en algunos casos?
—No se puede generalizar, pero hay muchos que no merecen campar a sus
anchas por el mundo.
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—No, estoy seguro de ello, pero otros sí. Y yo me debo a ellos. —Volvió a
sentarse y tomó otro sorbo de café—. No tengo nada en contra de ustedes,
comisaria, pero les rogaría que pensaran en todo lo que ha ocurrido. Sus
actos, en parte, han condenado a la Iglesia tal y como la entendíamos, han
señalado a justos por pecadores.
—No lo hemos hecho nosotros, páter, ha sido la sociedad tras ver la vileza
de sus actos.
—Los actos de ovejas descarriadas, no de la mayoría de la comunidad que
seguimos predicando los preceptos de Cristo.
—No puedo meterme en la cabeza de esa gente.
—Pero sí puede influir en ellas, comisaria, y lo ha hecho.
—No soy cristiana, páter, pero sí creyente, en parte. No en Dios, ni en Jesús,
pero sí que hay algo, quizá el destino, y defiendo que cada uno puede pensar
libremente lo que quiera, pero también entiendo a los que piden que la Iglesia
necesita una renovación absoluta.
—No seré yo quien niegue eso, pero solo el tiempo puede juzgarlo. Estoy
seguro de que lo haremos. Pero déjennos purgar nuestros pecados.
—Que así sea, páter. Y volviendo a lo nuestro, ¿qué le contó Gato cuando
vino a visitarlo?
—Me dijo que estaba limpio, que El Guardián en la cárcel lo había
reconciliado con la vida, que tenía dinero y quería irse de aquí, pero que antes
tenía que arreglar unos asuntos.
—¿Qué asuntos?
—Mire, comisaria, no puedo contarle lo que me dijo en confesión, pero si es
usted lista, cosa que no dudo, solo tiene que averiguar por qué lo metieron en
la cárcel, así sabrá qué era lo que tenía pendiente y posiblemente llegue al
final de esta historia.
—¿Sabe dónde está la imagen de la Virgen?
—Paola, por favor, si lo supiera ya la habría recuperado. Y no, Gato no tuvo
nada que ver con eso, se lo aseguro.
—Y Javier Cadenas, ¿tuvo trato con él?
—Voy a acabar pensando que esto es un interrogatorio.
—Lo es, aunque informal —rieron.
—Cadenas era un enfermo. Lo es. Venía a confesarse solo de noche. En
verano no solía aparecer, ya sabe, el sol se acuesta más tarde, aunque el otro
día me llamó.
—¿Por qué?
—Me pidió por favor que lo confesara.
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—Y lo hizo.
—Es mi obligación con Dios, señorita, estoy de guardia las veinticuatro
horas. Somos currantes muy mal pagados.
—¿Qué le contó?
—Por mucho que insista no se lo puedo decir. Pero hágame caso, ese
hombre es un enfermo, incapaz de trazar ningún plan en su estado, es la
marioneta de otros más poderosos.
—¿Él mató a esos hombres?
—No puedo revelárselo, solo le diré que esos crímenes no los cometió una
sola persona. Como en la Biblia, siempre hay varios espectros en el bien y en
el mal.
Paola se quedó pensando y anotó aquella frase en su libretita roja, que
acababa de sacar del bolso.
—Ha sido usted muy amable. ¿Sabe cuántos crímenes se resolverían si ese
sacramento de la confesión se actualizara?
Él se rio.
—Si fuera así, los malos ya no se confesarían, solo lo harían las personas
como usted, que esconden cosas, aunque creen que no son lo suficientemente
malas.
Aquello le dolió en el alma, pero sonrió. Le caía bien y hablar con él había
sido una de las mejores experiencias desde su llegada a Pontevedra. Bajó las
escaleras y comprobó los apuntes de su libreta, estaba segura de que en las
palabras del páter se escondían la mayoría de los caminos que le podían
conducir a resolver aquel caso.
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XXII. LOS EX
Modesto sabía que interrogar a un ex suponía andarte siempre con ojo, nunca
sabías si quería joder o ayudar.
Con estas premisas se sentaron en la cafetería El Pasaje a esperar a su
invitada tras comprobar que no estaba en el piso superior del local. Se
sentaron cerca de la puerta y pidieron dos 1906. Rosalía era una joven y
atractiva, no había imaginado que la novia de Gato pudiera ser así, pero la
vida hace las más extrañas parejas.
—Buenos días, Rosalía. Somos los inspectores Oza y Modesto. —Se dieron
la mano.
—A Oza lo conozco, sí; a usted no tenía el placer.
A simple vista nadie diría que estaba muy afectada por la muerte de Gato.
—Estamos aquí por el fallecimiento de su expareja: Miguel Ramírez
Fontán. ¿Cuándo fue la última vez que lo vio? —Modesto le dio las gracias a
la camarera mientras ponía las manos en el pocillo.
—Hace un par de meses. Vino por aquí y nos tomamos un café.
—¿Desde cuándo no eran pareja?
—Desde antes de que lo metieran en la cárcel. Le dije que no se juntara con
esa chusma, pero lo hizo, y acabó mal.
—¿Qué tipo de personas?
—Mala gente, señor inspector, ya se lo dije a su compañera, la comisaria.
Modesto supuso que se refería a Rocío.
—Está bien, pero cuéntenoslo a nosotros también.
—Esa chusma no eran cualquiera, ni aficionados, todo lo que hacían era a lo
grande y esas cosas acaban como acaban. Tuvieron la mala suerte de que en
uno de los golpes muriera accidentalmente una persona y eso acabó
condenando al más débil, a Gato.
—¿Solo a él?
—Es que hubo un chivatazo y el que conducía era Gato. No sé muy bien
cómo fue la cosa, aunque fue al único al que condenaron.
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—Tendría algún motivo para cargar con semejante marrón.
—Si lo había no me lo dijo.
—¿De qué hablaron el día que vino a verla?
—Quería que volviera con él. Me contó que había cambiado gracias a El
Guardián, que ahora era otra persona y que tenía dinero para empezar de cero.
—¿Sabe de cuánto estaba hablando?
—No me lo dijo, solo que estaba a buen recaudo. La verdad es que pensé
que serían cosas suyas, pero al ver lo que ha pasado…
—¿Conoce a las personas que dieron el golpe con él?
—Nunca me lo dijo, y se lo pregunté. Ese fue uno de los motivos por los
que rompimos. Nunca me decía con quién andaba y eso que lo intenté
docenas de veces. Lo único que sabía era que Román era su contacto, un
matón de tercera que me daba mala espina. Gato era buena gente, inspectores,
pero se dejó arrastrar por la droga y las compañías. Y, justo cuando estaba
limpio y tenía hasta un trabajo apalabrado, acabaron con él. Puta vida.
—Ese Román, ¿sabe dónde podemos encontrarlo?
—No lo sé. Gato también lo estaba buscando por algo que le debía, espero
que no haya sido él quien lo matara.
—¿Apellidos, familia, algo?
—Román el Balas, nada más. Le llaman así porque desde chaval siempre
lleva puesto un cinturón de balas.
Modesto lo apuntó. Era poco, pero al menos, tenían otro hilo del que tirar.
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XXIII. DINERO
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—Fue solo esa vez, se lo juro. No suelo meterme en estas cosas ilegales, de
verdad, pero ese hombre vino y me prometió un montón de dinero si le
conseguía el arma.
Costoya le enseñó la foto de Gato.
—¿Era esta persona?
—No, a ese no lo conozco de nada.
—¿Esas cámaras están conectadas? —El inspector jefe señaló a una que
estaba encima de su cabeza.
—No, son de mentira, solo para aparentar.
—¡Joder! ¿Recuerdas su nombre, o puedes darnos una descripción?
—Sí, creo que hay algo mejor. Verán, lo conocía del instituto, jugamos
juntos al fútbol en un equipo, aunque él no se acordaba. Espere, que busco en
Facebook. Salíamos en una foto. Aquí está. —Se la enseñó—. Es este de
aquí, no está etiquetado, no debe tener redes sociales. Solo sé que le llamaban
el Balas.
—¿Era muy rápido?
—No, bueno, sí lo era, aunque el mote era porque siempre llevaba un
cinturón de balas. Román el Balas.
—Bien, si esta información resulta valiosa nos olvidaremos de lo que ha
ocurrido, pero no vuelvas a traficar con nada ilegal en tu puta vida. Y necesito
que me digas dónde la conseguiste. Volveremos, Armando, no merece la pena
que nos mientas.
Salieron a la calle y Costoya se tocó la panza.
—Bueno, Bóveda, amigo, creo que es buen momento para tomar una
cervecita antes de la comida, las buenas noticias hacen que me suenen las
tripas. A veces es fácil hacer cantar a los pajaritos.
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XXIV. MESA REDONDA
Oza había cumplido, había puesto una mesa redonda como le gustaba a Paola,
cerca de la pared y con bastante intimidad. Estaban todos menos Rocío, que
no se encontraba bien, y Nuria, que siempre llegaba tarde. Tanto Costoya
como Modesto habían terminado la exposición de sus respectivas entrevistas.
En ese momento, Paola intentaba meter todo en la coctelera para que saliera
algo coherente. Comenzó a hablar.
—El páter me dijo dos frases que creo que pueden ser la clave: «Como en la
Biblia, siempre hay varios espectros entre el bien y el mal». Y luego también
que si averiguábamos por qué habían metido a Gato en la cárcel podríamos
tirar del hilo. —Miró a sus compañeros uno a uno, incluido Portela, que ya
estaba recuperado del susto del día anterior. Fue él quien contestó.
—Tendría que consultar mis notas religiosas, pero depende del contexto.
—En ese momento el páter me decía que Cadenas no actuaba solo.
—Entonces lo tengo claro, una de las figuras más importantes del
cristianismo en la Santísima Trinidad.
—¿Tres?
—Exacto, jefa.
A su mente se asomó aquella imagen que llevaba años fustigándola en
sueños, la piedra del destino. Volvió a la realidad.
—¿Y qué tres? Esto lo cambia todo. Si seguimos esa hipótesis la jugada
estaría clara. Cadenas entró por la puerta trasera del Santuario de la Virgen de
la Peregrina, abrió la puerta principal para que pudieran pasar sus
compañeros. Y, mientras ellos se llevaban la imagen, él hacía la pintada y
salía poco después. Hasta aquí todo posible.
—Pero ¿por qué hacer su pintada? ¿Por qué mezclarte a ti?
—Para así darle credibilidad a su historia e incriminar al Guardián. Y
posiblemente utilizarme para que yo misma lo atrape. —Hizo una pausa en la
que momentáneamente volvió a San Miguel de Breamo.
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—Bien, pasemos al asesinato de Dosil, si seguimos la teoría de la Santísima
Trinidad les sería mucho más fácil trasladarlo vivo y matarlo in situ. Mientras
uno de ellos hace la pintada, otro lo mata y un tercero va dejando las huellas
del Guardián repartidas por la escena del crimen.
—Tiene sentido. Pero recordad que es solo una hipótesis —afirmó Costoya.
—Vamos al asesinato de Gato —continuó Paola—. Tenemos un nuevo
nombre, se trata de El Balas, él fue quien compró la pistola que apareció en su
casa, pero que misteriosamente no se usó en ningún momento. ¿Qué sacamos
en claro de ello?
—¿Que el Balas es uno de esos tres hombres y se la dejó olvidada en la
escena del crimen? —preguntó Modesto.
—¿De verdad creéis que con un plan tan organizado alguien se deja un arma
sin ser con una finalidad?
—En otros tiempos era su confidente, suponemos que también su
suministrador y camello, pudo ser un encargo de Gato, la propia exnovia nos
confirma que lo estaba buscando. ¿Para qué quería una pistola? Sus motivos
tendría —añadió Costoya.
—Me cuadra más esta segunda opción. Supongamos que el Balas no tiene
nada que ver con los tres que roban la Virgen, es un daño colateral, le da la
pistola a Gato, se la cobra y se pira. Después alguien entra en casa de Gato, lo
mata y revuelve toda la casa buscando algo, no sabemos el qué, pero ahora
suponemos que podría ser el dinero que Gato le confesó a su exnovia que
tenía a buen recaudo.
—Lo que está claro, jefa —dijo Portela—, es que no iba a ser el último
crimen, si no Cadenas no seguiría teniendo la sangre de Gato almacenada.
—Lo que sigo sin entender es la relación entre Gato y Dosil, y mucho
menos con Cadenas. Es un puto jeroglífico. —Miró a la pantalla del portátil.
Allí, atentamente, estaba Alba. Le dio paso a su experta informática.
—Esta vez no tengo muchos datos, Paola, seguimos trabajando, la relación
entre esas personas es simplemente que vivían en la misma ciudad y, si me
apuras, que frecuentaban al mismo cura. Dosil y Cadenas no tenemos ninguna
certeza de que se conocieran, uno era animal nocturno, el otro diurno, su
única conexión era la Cofradía.
—El páter nos dijo que investigáramos por qué Gato acabó en la cárcel.
Creo que ahí puede estar la clave, bonita. Hazme el favor, reúne toda la
información que puedas sobre eso.
—Así lo haré, jefa.
Nuria acababa de llegar. Se tiró en la silla.
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—Estoy destrozada, regaladme una cama.
—Quizá hubiera sido buena idea que te tomaras la tarde libre.
—No puedo, jefa, seguimos analizando la casa de ese loco y el galpón. Hay
decenas de huellas y muestras biológicas, estamos buscando por todos lados,
algo tiene que aparecer. Lo que sí sabemos es que ni Dosil ni Gato tenían
sustancias extrañas en el cuerpo, estaban conscientes antes de morir
desangrados por el corte en la garganta.
—Putos sádicos. —Modesto era el único capaz de comer y hablar de sangre
a la vez.
—El cuerpo de Gato estaba tan descompuesto que nos está costando
conseguir algo. —Les enseñó una foto. Era un objeto extraño que se
asemejaba a una navaja afilada—. No sé cómo se llama, pero algo como esto
fue lo que se usó para cortarle el cuello a Gato y a Dosil, la misma arma.
Paola sintió un escalofrío repentino. Hizo una pausa antes de concluir.
—Bueno, el caso es que tenemos a una compañera secuestrada y muy pocas
pistas. Costoya y Oza: averiguad dónde para el Balas ese, supongo que
podréis conseguirlo.
Asintieron con la cabeza.
—Modesto, te quedas conmigo para repasar toda la información que nos
hará llegar Albiña. Y tú, Portela, te vas con Bóveda a interrogar a los vecinos
de Cadenas, tanto a los de aquí como a los de Combarro.
—Tendríamos que haber ido por la mañana, pero el tiempo se nos echó
encima —añadió Modesto.
—Está bien, todos tenemos trabajo y lo único realmente importante ahora
mismo es encontrar a Ana y atrapar a esos pirados.
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XXV. EL QUILLO
Oza conducía esta vez y, efectivamente, estaba deleitando a Costoya con toda
una selección de música de canción ligera.
—¿A dónde vamos? —preguntó el inspector jefe.
—Vamos a Monteporreiro.
—¿Y eso qué es?
—Uno de los barrios del extrarradio y, bueno, no es que sea el germen de la
delincuencia, pero ahí encontraremos a alguien que nos puede decir dónde
encontrar al Balas.
—Eres una caja de sorpresas, tío.
Oza sonrió.
—Hay que tener colegas hasta en el infierno. Eso decía siempre Terry.
—¿Es un amigo tuyo?
—Sí, y pareja de Rocío. Murió en acto de servicio.
—Hostia, tío, lo siento, no sabía nada.
Oza hizo un gesto de quitarle importancia negando con la cabeza.
—Estábamos bastante unidos, aunque lo bueno en la vida se va cuando
menos te lo esperas.
Costoya lo miró, triste, aquel grandullón que hablaba tan poco le estaba
abriendo su corazón a aquel viejo tullido.
—La gente que se va siempre deja un poso en nosotros.
—El de Terry fue muy grande, era el mejor preparado de la unidad. Habría
llegado lejos, pero tuvo mala suerte.
—¿Puedo preguntar qué pasó?
—Murió en un accidente, persiguiendo a unos cacos, una putada.
—Mierda de vida, joder. —Costoya apretó los puños.
Pararon en un descampado, frente a un bar llamado Ruby.
—Es aquí, déjame hablar a mí —le dijo Oza.
Entraron, era la hora de la siesta así que estaba bastante desierto. Al fondo,
en una mesa, Oza identificó a su confidente. Al verlos intentó escaparse, pero
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no tenía por dónde. Oza lo levantó por la pechera y lo sentó de nuevo.
—Antonio, estate quieto, por tu bien.
Costoya pensó que, si lograba escapar, más le valía a Oza tener buen fondo
físico porque él no estaba ni para correr diez metros.
—Quillo, no me jodas, es que es verte a ti y los problemas vienen solos.
Aquel acento andaluz sorprendió a Costoya y sonrió, le recordó a sus años
en aquella maravillosa tierra.
—Pues sí, inspector, aquí Antonio, el Quillo para los amigos, no es muy
gallego que digamos…
—De Sanlúcar de Barrameda, para servirle.
—Allí pasé destinado algún tiempo, me recorrí toda Andalucía en realidad
—dijo Costoya.
—Qué coincidencia, inspector, brindemos por ello. Oza, enróllate, que ya
sabes que yo sin bebida no canto.
—A ver, Quillo —continuó Oza, tras pedir tres 1906—, necesito encontrar a
Román, el Balas.
—Uy, amigo, no sé. Decirte dónde está puede acabar conmigo en el fondo
del río Lérez. —Oza sacó un billete de cincuenta euros—. Ya nos vamos
entendiendo. Siempre me has caído bien.
—Al ajo, Quillo.
—Qué prisa tienes, disfruta de esta cervecita fresquita. —Le dio un sorbo y
comenzó—. Vamos a ver, el Balas lleva un tiempo nervioso, no sé lo que se
trae entre manos, pero cada vez que nos vemos es para comprarme algo. Hace
dos meses vino a preguntar por una pistola. Parecía un capricho. Tenía que ser
esa, exactamente el mismo modelo y numeración. Me costó Dios y ayuda dar
con ella. Al final la conseguimos por medio de Armando.
—O sea que tú le conseguiste la pistola.
—No, inspectores, yo le di a Armando el contacto del que la tenía.
—¿Pero por qué esa en concreto?
—Yo que sé, los gallegos sois muy retorcidos, me dio ese modelo y
numeración, y bueno, la suerte estuvo de nuestro lado. Pagó una pasta.
—Continúa.
—Algo tenía con el Gato, el que apareció muerto, pero no sé el qué. Bueno,
lo supongo, ellos trabajaban juntos antes de que este acabara en la cárcel, y
mucha de la culpa fue del Balas.
—¿Por qué dices que fue culpa de él? —preguntó Costoya.
—Porque el Balas era el conseguidor, el que metía al Gato en los golpes.
Vamos, que sin él nunca se habría metido a ladrón de medio pelo.
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—¿Dónde podemos encontrarlo?
—Esa información es muy valiosa, y de verdad que no me apetece un baño.
—Esta vez fue Costoya el que sacó otro billete de cincuenta euros.
—Les escribiré la dirección de su hermana, vive con ella.
—No te preocupes, Quillo, tienes nuestra palabra, no sabrá que tú lo has
delatado —respondió Oza.
Costoya le arrebató el papel de las manos y salieron a todo trapo de vuelta al
centro.
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XXVI. EL BALAS
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—¿Y qué coño queréis?
Costoya vio el cinturón y pensó que con tanto plomo encima sería fácil que
se ahogara. Le contestó:
—Hablar contigo, saber qué le pasó a Gato, nada más, no te estamos
acusando de nada.
El Balas se rindió. Oza lo levantó, lo cogió de la camiseta y lo esposó.
Costoya se acercó y lo miró a los ojos.
—El agua está muy fría, no merecía la pena. —Costoya le dio una
palmadita cariñosa en la cara y lo metieron en el coche, camino de la
comisaría.
Paola lo miraba con curiosidad mientras repasaba su expediente y asumía
que, increíblemente, nunca había sido encarcelado. Pequeños hurtos, muchas
sospechas y pocas denuncias sobre su cabeza. Intentaba encontrar el filo por
el que meterse para poder sacarle lo que sabía.
Rocío entró en la sala y se sentó junto a ella. Enfrente estaba el Balas. Paola
tomó la palabra.
—Lo primero que quiero saber, Román, ¿cuál era la relación que mantenías
con Gato?
—¿Debería pedir un abogado? —preguntó, revolviéndose en la silla.
—Por ahora solo te acusamos de resistencia a la autoridad. Si contestas a
nuestras preguntas y no tienes nada que ocultar no te detendremos.
—Gato y yo nos conocíamos de toda la vida —dijo, después de un silencio
largo que parecía hecho a propósito—. Sé lo que dice la gente, que fui yo
quien lo metió en toda esa mierda.
—¿Y no fue así?
—No, crecimos juntos y nos metimos juntos, la única diferencia entre
ambos es que Gato era buena persona y yo no. Él necesitaba dinero y yo le
ayudaba a conseguirlo. No había mucho más. Bueno sí, que éramos amigos.
—¿Usted no lo mató?
El Balas rio y miró a Rocío.
—Sabe que no. Nunca mataría a un colega.
—Su exnovia, Rosalía, nos dijo que Gato lo buscó en cuanto salió de la
cárcel.
—Sí, así es. Nos vimos unos días antes de su muerte y también ese mismo
día por la mañana. Yo fui a su casa, seguramente hayan encontrado huellas
mías.
—¿Y de qué hablaron?
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—Pues de lo de siempre, del pasado, de cuando éramos chavales, de lo que
ocurrió, de la vida en general. Además, fui a llevarle aquella puta pistola. Y
no le valía cualquiera, tenía que ser ese modelo.
—¿Para qué la quería?
—No tengo ni idea, me dijo que me pagaría bien, así que la busqué y esa
mañana se la llevé a casa.
—¿Qué tenía de especial?
—Era igual que la que usan ustedes y no se había disparado nunca.
—Si no me equivoco el arma era la que usábamos hace unos años, ahora
usamos otro modelo —matizó Paola.
—Pues Gato quería esa, no sé más.
—¿De dónde sacó el dinero?
—Eso, señorita, tendría que preguntárselo a él, aunque ahora ya no será
posible.
—¿Qué enemigos tenía Gato que le quisieran muerto?
—No sé los que hizo en la cárcel, ahí le perdí la pista. En Pontevedra era un
tío al que todos conocían, no creo que nadie quisiera hacerle daño.
—Pero ese dinero del que hablan pudo tener algo que ver.
—Pudo, claro, el dinero retuerce a las personas.
—Quizá ahí esté la clave, en que nadie salvo él sabía dónde estaba la pasta.
—El silencio fue la única respuesta. Si el Balas tenía alguna idea no lo iba a
decir—. Cambiando de tema, ¿por qué se tiró por la ventana cuando vio llegar
a mis compañeros?
—A ver, comisaria, yo no sabía que era la policía, vi a dos tíos en la puerta
y escapé.
—Insinúa que temía por su vida.
—Pues claro, últimamente no para de morir gente, ¿qué coño voy a creer?
—Yo pensaría que si me quieren matar no llamarían a la puerta.
—Eso lo sé ahora. Más vale prevenir.
—Pues sí que tenía usted miedo para tirarse de un segundo.
—Prefiero acabar cojo que muerto.
Paola hizo una pausa y cambió de tema.
—Verá, una compañera nuestra, la inspectora Fernández ha sido secuestrada
por Javier Cadenas y suponemos que alguien más. No sé si sabe algo, pero le
aseguro que cualquier colaboración la tendremos en cuenta.
El Balas puso cara de sorprendido.
—¿El raro ese? ¿Estáis de coña? —Paola negó con la cabeza—. Joder,
quién lo diría. Pues no le gusta exponerse a la luz del sol, así que debe tenerla
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encerrada en algún antro sin luz.
—¿Cree que podría enterarse de algo?
—Mire, comisaria, yo lo que querría es desaparecer. Pero no puedo, así que
si sé algo será la primera en saberlo.
—Le ordeno que mientras dure la investigación no se mueva de Pontevedra
y esté localizado en casa de su hermana. Debería dejarlo en el calabozo por
resistencia a la autoridad y tráfico de armas, pero nos es más útil fuera.
Asintió con la cabeza.
—¿Me puedo ir ya?
Paola llamó a Oza, le hizo un gesto para que lo dejara ir, y se quedó a solas
en la sala de Papá Pitufo con Rocío.
—¿Qué piensas?
—Creo que no es culpable, y también sé que sabe más de ese dinero de lo
que dice. Es un pobre hombre, has hecho bien en dejarlo marchar, puede
ayudarnos en la investigación.
—Lo de la pistola me trae de cabeza, pero no le encuentro explicación.
—Igual nunca se la encontramos, Paola. Gato está muerto y su dinero
perdido. Deberíamos centrarnos en encontrar a Ana, los registros que hemos
hecho esta tarde no han dado resultado. Los delincuentes habituales y
confidentes que tenemos en nómina responden lo mismo cuando nombramos
a Cadenas: todos lo odiaban.
Paola se hundió en la silla y asintió. Rocío tenía razón, deberían volcar
todos sus esfuerzos en encontrar a Ana, pero no sabía por dónde empezar.
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XXVII. EL LABERINTO DE MOGOR
Paola vio venir a Modesto con una botella en la mano, pensó que los había
que estaban peor que ella si ya se pasaban al vino barato.
—¡Jefa, tiene que ver esto! —Solo en ese momento se dio cuenta de que,
además de la botella, también traía un papel. Se puso los guantes y lo cogió,
estaba escrito a mano. Comenzó a leer en alto.
«A Pedra da Moura encantada marca o camiño a seguir, o equinoccio de
fai catro mil anos».
Paola se quedó fría, aunque estaba escrito en gallego fue capaz de
traducirlo, pero no de entender su significado simbólico. Llamó a los
compañeros que aún se encontraban en las dependencias policiales.
—¿Dónde estaba la botella? —preguntó, dirigiéndose a Modesto.
—La dejaron en la puerta, jefa, la acaba de traer Oza.
Echó de menos a Portela, que estaba en Combarro, así que cogió el móvil y
marcó su número.
—No sé, jefa —le contestó él después de escuchar el mensaje—, tendría que
revisarlo con calma, danos media hora y estamos ahí.
Eran casi las nueve, estaba anocheciendo. Podría ser que aquella pista
pudiera darle la localización de su querida Ana. Un recuerdo de Rianxo cruzó
fugaz por su mente y se sintió mal.
Casi media hora después, Portela apareció en la jefatura con una gran
sonrisa en la boca.
—¡El laberinto de Mogor! Allí está A Pedra da Moura, o Pedra dos Mouros.
—¿Estás seguro?
—Es lo mejor que tengo, jefa, pero sobre todo lo deduzco por la segunda
parte de la frase. Llama a Alba mientras vamos para allá, ella nos ampliará la
información. Hay al menos veinte minutos de camino.
Paola contactó con su experta en informática y la puso tras de la pista de
Mogor. Su corazón latía a cien por hora, la noche estaba cerca, y con ella el
peligro. Alba fue relatándoles lo que sabía.
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—A escasos metros por encima de la playa de Mogor, en Marín, se
encuentra sobre las rocas uno de los petroglifos más reproducidos y
analizados de toda Galicia, el llamado Laberinto de Mogor o, según la
tradición, también conocido como Pedra da Moura Encantada. En las
cercanías hay decenas de grabados rupestres esparcidos por las rocas. Datan
aproximadamente del año 2000 antes de Cristo. En ellos aparecen motivos
varios, aunque el principal es la forma de laberinto, que tiene múltiples
interpretaciones.
»El laberinto de Mogor es famoso por ser el primero en proporcionar una
interpretación científica de un petroglifo en Galicia. Está orientado al oeste
estricto, que se corresponde al equinoccio actual, y señala a la desviación que
existe entre el equinoccio que conocemos y el de hace cuatro mil años que, no
te lo vas a creer, pero corresponde a trece grados.
A Paola se le paró el corazón. Alba continuó.
—En Mogor, este equinoccio de 270.º es como una evocación al Atlántico.
Nada de aquello era una casualidad. Todos los indicios volvían a señalar al
Guardián, salvo que aquel mensaje estuviera escrito a mano. Eso era algo que
al usurpador de identidades se le había pasado. Detalles de una mala copia.
Llegaron a Mogor y bajaron por unas zonas habilitadas para ello, casi no
había luz, así que llevaban sus linternas para poder orientarse. Solo se
escuchaban las olas rompiendo contra las rocas.
Registraron a fondo el lugar sin dar con nada de lo que estaban buscando.
¿Se habrían equivocado? Se reunieron en torno a aquella piedra milenaria,
donde se veía el laberinto, y volvieron a releer el mensaje. ¿Se les estaba
escapando algo?
Paola se movió por las distintas moles hasta llegar a la conocida como A
pedra dos Mouros, que estaba en una loma a unos ochenta metros. Sus
compañeros la miraban esperando una reacción. Entonces oteó el horizonte
buscando una respuesta y la encontró. Una pequeña luz, que parecía de una
embarcación, salía de una isla situada en medio del mar.
Recitó aquel mensaje:
—«A Pedra da Moura encantada marca o camiño a seguir, o equinoccio de
fai catro mil anos». —Miró a Portela, que se subió a la piedra y la abrazó.
—¡Claro, jefa! La piedra marca el camino, el equinoccio, el oeste estricto,
¿pero esa isla cuál es?
Rocío se subió con ellos y no dudó.
—Su nombre es Onza y solo hay una forma de llegar a ella.
Tenemos que volver a Combarro y buscar a Xan de Abrente.
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XXVIII. LA ISLA DE ONZA
Más de media hora después iban camino de la isla de Onza. Xan de Abrente
había conseguido una zodiac en la que viajaban Costoya, Paola, Rocío y él.
Los demás iban con la Guardia Civil y sus patrullas.
Estaban cerca de su destino, Xan dio una pequeña vuelta buscando dónde
atracar hasta que llegó a la playa. Un conjunto de luces portátiles los recibió.
Paola se bajó antes de tomar tierra, corriendo sobre el agua, mojando sus
recuerdos, ahogando sus penas, luchando contra la fuerza de aquella marea
que insistía en volver a llevarla mar adentro. Costoya esperó a estar más cerca
de la orilla. Rocío siguió a su compañera como pudo.
Al llegar a la orilla sintió un impulso extra y corrió todo lo rápido que pudo.
En el centro de aquel mensaje lumínico descansaba un cuerpo sin vida. Con
las lágrimas corriéndole por las mejillas llegó a su lado y respiró. Era Román,
el Balas, estaba sentado en una silla de playa, con un disparo en la cabeza y el
arma en el regazo, la misma que habían encontrado en casa de Gato, y que
debería estar en el banco de pruebas.
Costoya le puso a Paola una manta sobre los hombros.
La escena era curiosa. Balas muerto de un balazo, con la pistola de Gato en
el regazo y su cinturón cargado de plomo. Pensó en el valor de la vida y en
que, en algún lugar habría alguien que sufriría por aquella muerte tanto como
lo que hubiera hecho ella si en su lugar hubiese encontrado el cuerpo de Ana
Fernández.
—¿Paola, estás bien?
Miró a su inspector jefe como quien mira a un padre, pero tardó en
contestarle.
—¿Alguien es capaz de estar bien tras ver a una persona muerta? —Costoya
negó con la cabeza—. ¿Qué es lo que ves? —Señaló el cadáver.
—Las luces que tenemos no son las adecuadas, pero parece que ese pobre
hombre murió a consecuencia de un balazo en la cabeza, habrá que analizar
esa pistola —contestó Costoya.
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—Es igual que la que estaba en casa de Gato, ¿quién pudo sacarla de la
comisaría? Necesito que me lo confirmen y si es así que te enteres por qué
manos pasó y cómo pudieron robarla.
—Vale, jefa, ahora mismo me pongo con eso. Buscaré a Oza para que me
ayude.
Paola asintió y le hizo una señal a Portela para que se acercara.
—¿Qué mensaje nos dejó con esas luces? —preguntó Paola.
—Venganza. Eso pone.
—¿Venganza? ¿Pero qué coño de venganza? ¿Contra qué, contra quién?
Joder, me tienen harta.
—Está claro que todo es una alegoría guardiana, comisaria.
—Pues no lo podían hacer peor, el mensaje escrito a mano, las huellas por
todos lados, cosas que él nunca haría.
—Pero que la prensa y el pueblo sí se creerán.
Tenía razón. Una cosa era la realidad y otra los plumillas y la opinión
pública. Intentó calmarse y centrarse.
—¿Qué sacasteis Bóveda y tú de vuestra ruta de la tarde?
—Poco, pero interesante. Una de las vecinas de Cadenas, de su casa de
Pontevedra, nos dijo que últimamente lo visitaba una mujer que no había visto
antes.
—¿Te dio alguna descripción?
—Sí, morena, pelo largo, metro ochenta, riquiña. Y que discutieron.
—¿Crees que habría posibilidad de hacer algún retrato robot?
—Podemos intentarlo, mañana mando para allí al retratista y que se ponga
con ello.
—¿Piensas que esa mujer está en el ajo?
—Creo que fácilmente puede ser una de las secuestradoras de la Virgen, si
recuerdas la descripción y las imágenes concuerda —contestó Portela.
—Sí, es posible. ¿No te dieron más datos?
—No, y en el galpón de Combarro solo dimos con un vecino que vio salir
un coche negro conducido por un hombre el día que me encontraron allí, sin
más datos.
—El de Cadenas conducido por el que podía ser su cómplice. —Portela se
extrañó ante aquella información—. Es el momento de que te cuente algo —
Paola lo llevó a un lado y le contó la historia del Guardián, de la isla de
Tambo y lo que sabía.
—Joder, pero eso trastoca todo, tendríamos a un hombre y una mujer
ayudando a Cadenas y sabemos que no son el Balas ni Dosil ni Gato que están
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muertos, ni tampoco Fabi, porque su complexión no concuerda. O sea,
prácticamente nadie que conozcamos.
Paola asintió, apesadumbrada. El quinto día de las fiestas de la Peregrina
llegaba a su fin, Ana seguía secuestrada y cargaba con otro cadáver sobre su
conciencia.
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XXIX. VENGANZA
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mesa del desayuno. Parecía que Costoya había despertado, que Modesto
estaba un poco más feliz, y que Portela había vuelto a este mundo. Bajó la voz
y les contó el plan. Nada debía salir mal.
Llegó al Montecelo y, antes de entrar en la habitación, recibió un wasap de
su jefa. Paola le contó su plan y le dijo dónde estaba. Necesitaba que todos
estuvieran en el ajo, si lo que sospechaba era cierto tenían un problema gordo.
Llegó a la habitación y se presentó.
—Soy la comisaria Gómez, necesito hablar con usted.
Sande miró hacia la ventana. Después de unos segundos volvió la vista
hacia ella y levantó la cabeza con desgana.
—Usted dirá.
—Quiero que me diga qué ocurrió en ese accidente.
—Mire, señorita, estamos muertos, no hay mucho que contar.
—Yo le veo muy vivito.
—Sí, y muy afortunado —sonrió—. No daban un duro por mí y aquí me
tiene.
—¿Por qué se extendió el rumor de que había muerto?
—Bueno, lo que yo sé es que cuando me trajeron estaba moribundo, la
gente pensó que no saldría de esta y el inspector que me acompañó les dijo a
los médicos que lo mejor era que para el mundo yo siguiese muerto.
—¿Quién era ese hombre?
—¿Cómo quiere que lo sepa si estaba medio muerto?
Paola se pasó una mano por la cara, tendría que hablar con el médico, pero
la patrulla aún no había llegado y no quería dejarlo solo.
—Dígame una cosa, señor Sande, ¿por qué alguien querría matarlo?
Se rio con ganas, tanto que le dolieron los puntos.
—Señorita Gómez, la pregunta sería más bien quién no querría hacerlo.
—Tiene usted muchos enemigos —afirmó Paola.
—Demasiados.
—O sea que no sabe quién podría ser.
—Solo sé que se nos cruzó aquel coche justo a la entrada del puente, el
Rubio dio un volantazo y nos estrellamos. A partir de ahí todo borroso.
—¿Recuerda la marca, el color?
—Era negro, pero todo fue muy rápido, creo que tenía algo en la parte
trasera de color metálico.
Paola recordó lo que Rocío le había contado de su conversación con El
Guardián, le hablaba de un vehículo negro con un alerón gris también. Se
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quedó pensativa. En aquel momento dos guardias uniformados entraron en la
habitación. Los llevó fuera y les contó la situación.
—Quiero a alguien en esta habitación las veinticuatro horas, es una orden.
Si, por lo que sea, el relevo no llega, me llamáis; si veis algo raro, me llamáis,
¿entendido? —Les pasó la tarjeta con su número.
—A sus órdenes, comisaria, ya nos puso al tanto el jefe Patiño.
—¿De dónde venís?
—De Vigo, comisaria.
—Perfecto, hacedme un favor, ¿tenéis el número de teléfono de Patiño?
Uno de los agentes sacó su móvil y lo buscó en la agenda.
—Gracias, chicos. Y, por favor, si alguien entra a verle, uno de vosotros
también.
—De acuerdo, jefa.
Paola salió hacia el mostrador de la planta.
—Busco al doctor que lleva el caso de la 303, de Sande. —Le enseñó la
acreditación a un enfermero alto y con gafas que se mostró muy amable.
—La doctora Blanca García está en el descanso, puede esperarla aquí o
bajar al restaurante.
La cafetería estaba a tope. Tras unos minutos de búsqueda encontró a la
doctora.
—Buenos días, disculpe que le moleste, soy…
—Paola Gómez, la conozco. Es un placer. —Se levantó, le dio la mano y la
invitó a sentarse con ella.
—Me han dicho que usted es la doctora que se ocupa del caso de Sande.
—Así es. No dábamos un duro por él.
—¿Por qué decidieron mantenerlo oficialmente muerto?
—El inspector que estuvo pendiente de él nos lo pidió. Dijo que habían
intentado matarlo y que era probable que lo volvieran a hacer.
—Sin embargo, estaba sin vigilancia.
—Ahí ya no sé qué decirle, nadie sabía que estaba aquí salvo ese inspector y
tampoco vino nadie a interesarse por él.
—¿Cómo dice que se llamaba mi compañero?
—Me dijo que era de la secreta. Déjeme que lo consulte con él.
—Claro. Perfectamente, doctora. Gracias por su tiempo.
Volvió a la planta de Sande. El mismo chico con gafas de pasta estaba en la
recepción. Le sonrió. Miró su tarjeta identificativa.
—Muchas gracias, Xalo. —Hizo como que se iba y se paró a pocos metros
maldiciendo. Se dio la vuelta—. No sé si puedes ayudarme, la doctora García
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me ha dicho el nombre de mi compañero, el inspector que está a cargo de
Sande, pero se me ha olvidado.
—Me encantaría ayudarla, pero no me acuerdo. Era un hombre alto,
grandullón, ya sabe, un armario empotrado, no hablaba mucho, la verdad.
—Ah, claro, Oza, eso me dijo la Doctora.
—Sí, Oza, eso es. El Inspector Oza.
—Perfecto —respondió, mostrándole una sonrisa—, has sido de gran ayuda.
Saludó a los guardias al salir y bajó al parking por las escaleras para no
cruzarse con la doctora García. La siguiente llamada fue a Costoya. El lío se
hacía todavía más evidente.
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XXX. EL COMODÍN DE LA LLAMADA
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—Paola, cree en mí. Sé que lo hice una vez, pero jamás te volvería a
engañar.
—A no ser que el beneficio global sea más importante que el particular.
Ahora que tenías hasta futuro político, pudiendo acabar tus días siendo
aquello contra lo que luchaste.
—Las instituciones hay que cambiarlas desde dentro, o eso o acabar con
ellas.
—A veces no sé qué pensar, Michel. Escogiste lo fácil.
—Yo no tuve oportunidad de hacerlo, te recuerdo que estaba entre rejas.
—Y espero que sigas así durante muchos años.
—Tienes que volver a la isla.
Paola lo pensó, sabía que era muy arriesgado.
—Hoy es imposible, pero mañana lo intentaré, te miraré a los ojos y espero
que esta vez no seas capaz de mentirme.
Colgó, sintió cómo le dolía el corazón y el costado, el bien y el mal siempre
en constante contradicción.
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XXXI. TERRY
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fue que mis amigos eran los de él, que mi círculo era el suyo y que ellos
tampoco me perdonaron lo que pasó.
—Joder, Rocío, no lo entiendo.
—Terry y yo discutíamos mucho, ahora lo llamarían relación tóxica.
Tranquila, nunca me puso la mano encima, al contrario, era una persona muy
respetuosa, pero nos gritábamos y, bueno, lo eché de casa un par de veces.
Digamos que la convivencia estaba en una espiral bastante difícil.
—Erais una pareja joven, con vuestras diferencias, hasta ahí lo entiendo,
pero lo de que los amigos te dejen de lado cuando él murió, me horroriza.
—Empezaron a decir que yo provoqué el accidente. —Paola abrió mucho
los ojos—. Sí, como lo oyes. Cuando salí del hospital, después de pasarme
casi un mes allí, noté que la gente me miraba raro. Así que un día hablé con
Oza y me contó lo que se rumoreaba. La gente es muy mala, Paola. Aquello
me afectó psicológicamente. Me encerré en casa, no quería salir, no quería ver
a nadie. —Hizo una pausa—. Solo mi jefe, el comisario Patiño, Oza y Bóveda
venían a verme. Tardé seis meses en volver a la comisaría, pero cuando volví
sentí que esa era mi casa. Allí estaban los amigos que me quedaban y que me
creían, por los que valía la pena vivir. Y poco a poco, todo fue a mejor, hasta
que me ascendieron a comisaria.
—Te centraste en tu carrera y fuiste capaz de superarlo.
—¿Superarlo? Eso nunca, procesarlo diría yo, poder vivir con ello sin ganas
de tirarme al río cada día. Pero aquellos seis meses después de perder a su
padre y con una madre en plena depresión lo marcaron a él también. Es un
niño especial y como tal la gente no lo acepta. Cada mañana es una odisea
llevarlo al colegio, o al campamento, vestirlo, conseguir que se centre en
desayunar. Los médicos dicen que no tiene ningún problema cognitivo,
simplemente aún se está adaptando a las nuevas circunstancias, pero yo me
siento culpable. No sé, Paola, es muy duro y normalmente soy capaz de
sobrellevarlo, pero en ocasiones me caigo en el pozo y no quiero que nadie
me saque de allí.
Paola entendió que aquella mujer lo estaba pasando mal y que, en parte
necesitaba su mano para salir, si nada la aferraba a la vida, la vida terminaría
sobrándole y no lo podía permitir.
—Cuando termine el caso podríais venir a visitarme. En septiembre tengo
unos días de vacaciones, al niño le gustará conocer las Fragas do Eume, y a ti
te vendrá bien desconectar. Seguro que alguno de estos trasnochados se
apunta a acompañarnos.
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—Suena bien —dijo, con una sonrisa—, en cuanto recuperemos a la Virgen
nos hacemos una escapadita.
Paola levantó su cerveza y brindaron.
—No sé los días que llevo aquí, ¿y te puedes creer que aún no me he
montado en ninguna atracción?
—¡No! Eso es imperdonable —contestó Rocío.
—Anda, acábate la caña que nos vamos de fiesta.
Y así salieron, cogidas del brazo, dispuestas a disfrutar, a olvidar, aunque
fuera solo por un instante. El saltamontes, la noria, los coches de choque, se
dejaron llevar por aquel ambiente festivo y rieron juntas hasta la hora de
comer. Solo entonces se dio cuenta de lo mucho que significaban aquellas
fiestas para Pontevedra y se sintió responsable. No les fallaría.
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XXXII. PATIÑO
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si preguntárselo directamente o esperar, a veces la vida dependía de
decisiones como esa. Prefirió dejar la mente en blanco al menos durante un
rato y disfrutar de aquel paseo.
Salió jodida de la comida, por no ser sincera con Rocío y contárselo, por no
ser sincera con parte de su equipo y por no serlo tampoco con Oza y poder
preguntarle abiertamente por Sande, pero se justificaba pensando que todo era
un plan que tenía que ejecutar, y se debía a su trabajo.
Patiño la había citado en un bar de la zona portuaria de Vigo. A los tres
minutos de pedir su café vio venir hacia ella a un hombre de unos sesenta
años, con un bigote canoso que lo hacía más atractivo.
—Señorita Gómez, un placer conocerla.
—Lo mismo digo, jefe. Bonito sitio.
—Y no sabe lo que cuesta conseguir mesa, es uno de los locales más de
moda. Disculpe por no quedar en la comisaría como sería preceptivo, pero lo
que tenemos que decirnos es mejor que no salga de aquí. La verdad es que en
mis tiempos en Pontevedra ya creíamos que había alguien que pasaba
información, aunque nunca lo confirmamos. Rocío jamás me ha fallado, pero
si usted tiene motivos para ocultárselo, la respeto.
—No me fío de nadie, jefe, ese es el problema, la última vez que lo hice de
alguien, me dio por el culo, no sé si me entiende.
—Mire, a mí me quedan dos telediarios para retirarme y esa chica tiene
todas las papeletas para ascender a comisaria jefe, espero que no se la juegue,
pero si es así piense que es una de las personas más inteligentes que conozco
y si la tenemos como enemiga tenemos un problema.
—Lo entiendo. Dígame una cosa, ¿qué pasó exactamente la noche que
murió Terry?
—Verá —contestó tras dar un trago largo a su café—, hay detalles de ese
expediente que no están visibles para la gente de la unidad, es un material
demasiado sensible.
—¿Qué quiere decir?
—Hay cosas que tuvimos que borrar para que los nuestros no se tomaran la
justicia por su mano.
»Era una época de mierda porque teníamos un montón de bajas. Recuerdo
aquella noche, Terry y Rocío coincidían, no era lo normal. Nos dieron un
aviso, unos ladrones habían entrado con el método del alunizaje en una de las
joyerías más importantes de Pontevedra y robado un gran botín. Terry y
Rocío salieron tras ellos y al llegar al puente, el coche se fue contra la
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barandilla, y dio varias vueltas de campana. Tardaron mucho en sacarlos de
allí y, cuando lo hicieron, Terry había muerto y Rocío estaba en shock.
—Todo eso ya me lo había contado Rocío, no hay nada nuevo.
—No, pero sí que los ladrones habían tirado aceite en la carretera justo en el
comienzo del puente para que perdieran el control. Eso fue lo que ocultamos
en el expediente.
—A ver, que yo me entere, ¿cómo se cerró el caso?
—Gato confesó que conducía aquel coche y delató a sus cómplices. No
había imágenes que demostraran que ese aceite lo habían vertido ellos, así que
le cayeron dos años por el robo.
—Dos años que se cumplieron exactamente hace unos días.
—Eso es, falseamos el expediente y dimos a entender que habían sido tres
rumanos y que estaban en busca y captura internacional. Con eso, el caso para
ella pasaba a otro estatus y entre eso y el estado de Rocío, que no era el mejor,
todo se olvidó.
—Montasteis todo eso para que ella no se vengase. ¿Pero Oza y Bóveda lo
sabían?
—No, que yo sepa.
—¿Qué más no me ha contado?
Patiño se revolvió en la silla.
—El viernes hubo un accidente en ese mismo puente, un Toyota Celica
negro con un alerón plateado se cruzó en el camino de otro vehículo,
haciendo que se estrellase.
—¡No me jodas!
—Creemos que los dos hombres que viajaban en ese coche eran los mismos
que acompañaban a Gato y al Balas en el accidente de Terry.
Paola se había quedado muda.
—Pero eso lo cambia todo —afirmó—. Joder, jefe, podía habérmelo dicho
antes.
—No lo creía necesario. Hasta lo del Balas. Lo otro podría haber sido
coincidencia.
—¡Menuda coincidencia! Aunque hay una cosa que sigo sin entender, ¿qué
coño pinta Dosil en todo esto? ¿Y qué tiene que ver el robo de la Virgen?
—Dosil era el dueño de la joyería.
—Joder, joder, no lo entiendo. ¿Por qué querrían matarlo? Bastante tuvo
con el robo.
—Cobró casi un millón de euros del seguro por unas joyas que tan solo
valían medio millón.
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Paola abrió tanto los ojos que a punto estuvieron de salírsele de las órbitas.
—¿Y las joyas aparecieron?
—No. Gato declaró que se las había llevado el Balas. Este siempre lo negó.
—¿Tenía coartada?
—Una chica dijo haber estado con él aquella noche. Así que las joyas nunca
aparecieron. Poco después, Dosil traspasó la joyería y se dedicó a vivir de las
rentas, hasta que murió.
—¿Tendría el teléfono de esa chica que dijo estar con el Balas?
—Sí, después se lo mando.
—Y a los otros dos, ¿por qué no los detuvieron?
—En el vídeo no se les puede identificar bien. Y tenían coartadas firmes.
—¿Pero entonces de qué acusasteis a Gato? —A Paola no le cuadraba.
—Gato se presentó voluntario a declarar y autoinculparse.
Aquello cada vez pintaba peor.
—Se autoinculpó, dio el nombre de tres colegas que tenían coartada y se
lavó las manos con lo del dinero. Dos años en la cárcel y a disfrutar la vida —
afirmó Paola, intentando ordenar las piezas en su cabeza.
—Visto así, sí. Está claro que hay algo más, y ahora ante los últimos hechos
parece que alguien sabía o intuía el qué.
—Y las joyas siguen, a día de hoy, sin aparecer.
Patiño asintió.
—Cabe la posibilidad de que se hayan convertido en dinero negro. En dos
años pueden pasar muchas cosas.
Paola hizo una pausa y aprovechó para beber e intentar asimilar toda aquella
nueva información.
—Lo que no soy capaz de entender es qué motivos tendría ese hombre,
Cadenas, para matarlos.
—El dinero envilece a las personas, supongo que lo sabe. Piense que ese
Cadenas puede ser simplemente el arma que se utiliza para ejecutar el plan.
—No es la primera persona que me lo dice. Lo difícil es saber quién está
detrás de este plan. —Por un momento pensó algo que había pasado por alto
—. Una cosa, jefe, si Oza no sabía nada y le habían ocultado ese primer
expediente, ¿qué hace ahora a cargo de Sande?
—Oza y Bóveda fueron los primeros en llegar al lugar del accidente del
viernes. Como Rocío no les contestó me llamaron a mí y mandé a mis
hombres. Yo fui el que le dije que ocultáramos que Sande seguía con vida.
Pero lo que ignoro es si sabe que ellos eran los cómplices de Gato.
—¿Y no pensó que podría ser Oza el asesino?
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—Fue un riesgo que tomé, pero se ve que no me equivoqué, si hubiera
querido hacerlo ya lo habría hecho.
Paola pensó que Patiño tenía razón, Oza parecía inocente. Tendría que
hablar con él. Y pronto.
—¿Usted por quién apostaría?
—No lo sé, Paola, en todos los años que llevo persiguiendo criminales es la
primera vez que un caso se enquista de esta manera. Solo espero que tengan
suerte, yo por mi parte mantendré la vigilancia de Sande y me haré el tonto
con Rocío. Si le hace sentir mejor puede decirle que nos hemos visto para
compartir nuestra visión de la investigación, sin más, no creo que le extrañe.
—Así lo haré, jefe, le agradezco muchísimo el tiempo y sobre todo esta
valiosa información.
Salió del bar. En Vigo hacía un día de sol resplandeciente, el calor la acosó
según pisó la acera, casi tanto como la culpa que sentía y el dolor de cabeza
que empezaba a asentársele preocupantemente. Cogió el teléfono y llamó a
Costoya, necesita ver a Oza, y a solas.
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XXXIII. OZA, LA IGLESIA Y UN FUNERAL
Paola llegó casi al final del entierro de El Balas. No había demasiada gente.
Sintió pena porque todo el mundo se merece una despedida digna entre
amigos y familiares. Se acercó a Costoya que, como siempre, se había
quedado fuera de la iglesia. Él la miró y Paola creyó ver la emoción en sus
ojos.
—¿Sabes por qué nunca entro en la iglesia durante los oficios? —le espetó
—. Tenía siete años cuando mi padre murió. No podía aceptarlo. ¿Cómo iba a
sobrevivir sin su ayuda? Me obligaron a entrar y ver su cara, cuando yo solo
quería quedarme con su recuerdo. Fue uno de los peores momentos de mi
vida y juré que solo volvería a entrar con los pies por delante.
—¿Lo has cumplido?
Costoya la miró con media sonrisa en los labios.
—Supongo que sí, me casé, que es casi lo mismo.
—Mi querido inspector jefe y sus traumas. —Paola le puso una mano en el
hombro—. Has tenido la mala suerte de que muchos de nuestros malhechores
son amantes del arte religioso.
—Más curioso es lo tuyo, que no te pierdes un funeral pese a ser la
azotadora del cristianismo.
—Es parte de mi trabajo.
—Hoy no merece la pena, hay cuatro gatos.
De repente Paola se dio cuenta de que había una cara que le sonaba entre las
pocas que ocupaban las últimas filas de la iglesia, la había visto el día que
habían visitado al páter. Buscó a Oza con la mirada y lo encontró apoyado en
la puerta del confesionario. Le hizo una seña para que saliera.
—Oza, después mantendremos una charla privada tú y yo, así que me
esperas, pero antes, ¿ves a aquella chica morena de la penúltima fila, la
madurita? —Oza asintió—. ¿Quién es?
—Oliva, una vecina.
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Aquello dejó descolocada a Paola. La mujer en cuestión estaba demasiado
afectada.
—¿Qué relación puede tener con el Balas?
—Pues no sé, jefa, esta es una ciudad pequeña.
Les hizo un gesto para que la siguieran. Se apartaron de la puerta de la
iglesia y llamó a Alba. La puso en manos libres.
—Buenas tardes, bonita, necesito que me busques información sobre una tal
Oliva, estaba con el páter el día que lo fuimos a ver, puede que pertenezca a la
Cofradía.
—Me pongo con ello.
—Y dile a Portela que espabile, el día se va y seguimos sin noticias de Ana.
—Perfecto, jefa. Intento tenerlo para hoy mismo. Y hablaré con él.
Paola se dirigió a los presentes:
—Costoya, sigue a esa chica; sé inteligente y no la pierdas.
—Entendido, jefa.
Colgó el teléfono y le ordenó a Oza que la esperara en el bar de la esquina.
Ella aún tenía que hablar con alguien.
Esperó a que terminara todo el acto, sentada en el borde de una de las
pequeñas murallas que delimitaban la iglesia. Los pocos asistentes iban
saliendo a cuentagotas, familiares, amigos, sacristanes y por último páter
Ignacio. Él la miró antes de volverse y cerrar la puerta con llave.
—Asegúrese bien de que está cerrada que luego pasa lo que pasa —dijo
Paola sonriendo.
—Comisaria, ¿qué hace usted por aquí?
Caminaron hacia la salida del recinto.
—Yo diría lo mismo, está usted en todos lados, ¿no hay más curas en
Pontevedra?
—No somos muchos, pero se da el caso que el Balas era feligrés mío y su
última voluntad fue celebrar su entierro en este lugar, así que simplemente
cumplo con sus deseos. Y bueno, dígame, ¿a qué ha venido?
—A buscar al asesino o asesinos de unos cuantos muertos, ¿no le parece
razón suficiente?
—¿Y qué podría hacer un humilde eclesiástico como yo al respecto?
—Más de lo que cree. Dígame una cosa, la chica esa de la última fila, Oliva,
¿qué relación tenía con el fallecido?
—¿Oliva? —Se paró en seco—. Es una de mis feligresas más entregadas,
que yo sepa se conocían del barrio, esto es muy pequeño.
—O sea, que no eran pareja ni nada.
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—Ni por asomo.
—¿Está casada?
—No, jamás se le ha conocido pareja.
—Una santona, vaya.
—Para ustedes sí, para mí una sierva de Dios.
Paola torció el gesto.
—Está bien, dejemos a la santona en paz. Si sabe algo importante es el
momento de decírmelo, páter.
—No sé a dónde quiere ir a parar, comisaria. Les he dicho lo que sé. Creo
que busca en el lugar equivocado.
—Lo que yo busco es que se haga justicia. Y a nuestra compañera, Ana. Lo
haré donde crea necesario.
—Es libre de hacerlo. Yo creo en la justicia divina, y que cada cual termina
donde se merece.
Paola se daba cuenta de que con aquel hombre era difícil ganar.
—¿Y si le dijese que Dios quiere que me lo cuente?
—¿Es usted una enviada del Altísimo, señorita Gómez? —Le puso una
mano en el hombro—. Los caminos del señor son inescrutables, ya se lo dije.
Lo que tenga que ser, será. Buenas tardes.
El páter se fue, dejando a Paola con la palabra en la boca, con el corazón en
llamas y con la mente confusa. Esperaba que la cerveza pudiese recolocar
todo aquello.
No muy lejos de la Basílica de Santa María la mayor estaba el bar Pitillo.
Allí esperaba Oza, en una terracita en la que el sol dejaba caer los rayos
tardíos sobre sus blancas piernas.
—Mira, Oza, sé que no nos conocemos mucho, pero me consta que eres un
tío calladito y formal que hace lo que se le manda, y la que manda aquí soy
yo. —Se tomó un sorbo de rubia mientras recuperaba aliento. Sabía que él no
la interrumpiría—. Me vas a explicar por qué pone en el informe del
accidente del viernes que Sande está muerto cuando se encuentra
recuperándose en el hospital.
—Yo es que…
—Te escucho, Oza.
—Era lo mejor —dijo, tras desviar la mirada.
—¿Para quién?
—Lo mejor para todos. El jefe Patiño estaba al tanto, recurrí a él porque no
fui capaz de contactar con Rocío en aquel momento.
—¿Y quiénes eran los del coche?
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Oza cruzó las piernas, miró al frente y suspiró. Empezó a hablar bajo y
Paola agudizó el oído.
—Dos de los que cometieron el atraco a la joyería el día de la muerte de
Terry.
Paola intentó poner cara de sorprendida.
—¿Y por qué Sande es tan importante?
—Porque los demás están muertos.
—Joder, Oza, ¿y no te das cuenta de que eso es importante para la
investigación?
—Supongo que lo es, comisaria, pero Rocío es mi amiga y quería demostrar
que es inocente antes de que se supiera.
—¿Y el comisario Patiño también?
—Él temía por la seguridad de Sande, incluso le ha puesto vigilancia.
—Porque yo se lo pedí.
—Si nadie hubiera sabido que estaba allí no haría falta.
—Y ya que usted ha investigado por su cuenta y sin decírselo a nadie, ¿me
puede decir qué conclusiones ha sacado?
—Ninguna con sentido. Me centré en intentar exculpar a Rocío, lo demás
poco me importaba.
—Pero no fue capaz de conseguirlo.
—No, por ahora. ¿Usted cree que debería habérselo contado?
—Oza, yo creo que al menos, tendrías que habérselo contado a alguien, si
no a ella, sí a nosotros.
—Estuve tentado varias veces, pero estaba acojonado.
—¿Estás enamorado de Rocío?
—Son muchos años juntos y…
—Ya, no me digas más, que lo entiendo, el amor a veces te hace tomar
decisiones incorrectas. —Paola le dio un sorbo a la cerveza mientras sus
propios fantasmas revoloteaban en su interior—. Mira, Oza, hay algo que no
me cuadra. Si tal y como me dijo Patiño el expediente de ese accidente se
trampeó para que ni vosotros ni Rocío lo conocieran en profundidad, ¿cómo
supiste quiénes eran los ocupantes del vehículo que mató a Terry?
—La puta casualidad, comisaria. Un día de visita a un reo en la prisión de A
Lama vi que en la mesa de al lado estaba Gato con otro tío: era el Balas.
Aquello me mosqueó, así que a la salida de la prisión lo seguí. No hizo falta
demasiado para que cantara.
—El Balas te contó la historia.
—Letra a letra y sin apretarle mucho los huevos.
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—¿Y ahora por qué tengo que creer yo que tú, que eres el único de la
unidad que sabía lo de Terry, no los fuiste matando uno a uno?
—Porque no era el único. Bóveda y Patiño también lo sabían.
—¿Quién llevó el caso de la joyería y del accidente de Terry?
—Patiño y Xelmírez.
Paola puso cara de no entender. Era la primera vez que escuchaba su
nombre. ¿Todo el mundo le ocultaba cosas?
—Se piró de la policía, dijo que le había tocado la lotería de Navidad —
aclaró Oza.
—Interesante. ¿Crees que podrías conseguirme el número del tal Xelmírez?
—Se lo mandaré, jefa.
—Dime la verdad, Oza, ¿Rocío no sabe nada de todo esto?
Él puso cara de disgusto.
—Le aseguro que ni Bóveda ni yo le dijimos nada.
—Dijiste que lo que intentabas era demostrar que ella no había sido,
explícamelo.
—Si demostraba que el viernes ella no estaba cerca de ese puente ni
conducía un Toyota Celica con un alerón gris podríamos descartarla, le
recuerdo que la noche que murió Dosil ustedes estaban juntas de juerga, así
que casi la podemos exculpar.
—Casi, porque cerca de las cuatro yo ya estaba en casa. O eso creo.
—El caso es que no fui capaz de descartarla. La llamamos en aquel
momento y no nos cogió el teléfono y hasta aquella noche no nos devolvió la
llamada. Sí, es cierto que tenía el día libre, pero siendo como es Rocío me
resultó raro.
—¿Y qué les dijo?
—Que Xurxo había sufrido una crisis y habían ido al hospital, pero…
—¿Pero, qué?
—No pudimos comprobarlo. También intenté averiguar si sus padres
estaban con el niño, todo hace indicar que no, aunque hasta que no les
pregunte no podré asegurarlo y, si hago eso, levantaría sospechas.
—Te entiendo, Oza, el caso es que Rocío se acaba de convertir en
sospechosa, por mucho que me joda. Ahora sí, lo mantendremos en secreto,
yo también quiero creer que es inocente. —En ese momento le llegó un
mensaje de Patiño con el contacto de la persona que había sido coartada a El
Balas—. Bien, consígueme el teléfono de ese Xelmírez. Puedes seguir
investigando por tu cuenta, pero todo lo que averigües me lo cuentas.
—A sus órdenes, jefa.
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—De todos modos, pondré a Costoya al tanto de todo para que podáis
seguir trabajando juntos. Si no fue ella, alguien tiene que saber la identidad de
los asesinos del puente. Otra cosa, ¿del dinero sabemos algo?
—Nada de nada, es un misterio. Ni Gato, ni el Balas han gastado legalmente
ningún dinero ni han dejado en herencia nada, así que lo que haya estará
escondido.
—A buen recaudo, eso dijo el Gato.
Paola se fue con aquella cantinela en la cabeza: «A buen recaudo». ¿Qué
coño quería decir?
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XXXIV. ROSALÍA
Los vio sentados en una de las mesas que daban a los ventanales de la Praza.
Parecían entretenidos, seguramente Costoya estaría contándole a Rosalía
alguna de sus batallitas. Intentó centrar sus pensamientos, aquella mujer era la
exnovia de Gato y le había proporcionado a El Balas la coartada para librarse
de la cárcel.
No podía ser casualidad. Los rasgos físicos eran muy similares a los de
Rocío. Le dio dos besos y pensó en lo que decía aquella canción de Ana Kiro:
«Ollos verdes son traidores, azuis son mentireiros…»
—Bueno, Rosalía, así que tú fuiste la novia de Gato.
—Sí, fue mi relación más duradera.
—Imagino que la de El Balas fue un poco menos.
Rosalía la miró, sorprendida.
—No fue exactamente una relación.
—Y ¿cómo lo definiría usted? Porque él la utilizó de coartada para librarse
de entrar en prisión.
—Nos veíamos a veces. Follábamos y punto. No creo que tenga que
contarle mi vida.
—Sí, en el momento en el que se convierte usted en sospechosa. Mire,
Rosalía, no la juzgo, aquí cada uno se acuesta con quien quiere, pero da la
casualidad de que usted era novia de uno de los fallecidos, y esa noche le dio
la coartada a otro, o mucho me equivoco o no estaba con ninguno.
Notó el nerviosismo en la cara de Rosalía.
—Como consta en esa declaración pasé la noche con Román, en mi casa.
Por la mañana se fue.
—O sea que Gato mintió.
—Mire, él era una buena persona, pero muy influenciable, no sé qué es lo
que se traía entre manos ni con quién ideó ese golpe.
—¿Fue usted a verlo a la cárcel?
—No.
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—Coño, ¿no fue a ver usted a su novio a la cárcel?
Rosalía estaba cada vez más nerviosa.
—No era mi novio, sino mi ex, y no le debía nada.
—Sin embargo, lo primero que hizo él al volver fue ir a verla a usted.
—Gato era un tío popular, pero realmente no era amigo de nadie, no sé si
me explico, y como le dije a sus compañeros, el hombre que conoció en la
cárcel lo había cambiado, tenía otro talante, y supongo que lo primero que
quiso hacer fue arreglar cuentas conmigo.
—¿Qué tipo de cuentas?
—Eso es muy personal, y además no tengo obligación de contestarles.
—Usted, en su primera declaración, acusó al Balas de convertir a Gato en lo
que era.
—Fue su culpa, él era un moinante y Gato se dejaba hacer.
—¿Le dijo alguna vez dónde estaba el dinero del robo de la joyería? —
preguntó Paola.
—No, y si me lo hubiera dicho tampoco se lo diría. Y si me disculpan, se
me está haciendo un poco tarde. —Se levantó y cogió el bolso.
—Recuerde que se coge antes a un mentiroso que a un cojo —le dijo, tras
agarrarla del brazo y clavar sus ojos en los de ella.
Rosalía se soltó y salió del local, maldiciendo por lo bajo.
—Siempre la cantinela de los cojos, no sé qué he hecho yo para merecer
esto —intervino Costoya.
Paola hizo un amago de darle una colleja, pero se contuvo.
—Anda, paga y vámonos, que he quedado con el resto en nuestro bar para
hacer una reunión de emergencia.
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XXXV. ALEVOSÍA Y NOCTURNIDAD
No sabía si podía fiarse de Bóveda y Rocío era sospechosa, así que en aquella
reunión secreta solo estaban Oza, Modesto, Portela, Costoya y Nuria.
—Como sabéis, uno de los cuatro integrantes de la banda que atracó la
joyería continúa vivo, su nombre es Sande y Oza lleva unos días cuidándolo.
¿Cómo van las cosas por el hospital?
—Todo en orden, jefa. Los policías siguen vigilando y no parece que nadie
más se haya enterado de que sigue con vida.
—Bien, tenemos un topo, señores. Siento dejar al margen a Bóveda y Rocío,
al menos hoy, pero es que lo que tengo claro es que Oza está limpio y
tenemos que ir descartando. —Miró a la pantalla y le dio la vez a Alba—.
Corazón, dime algo que no sepa de este Sande.
—Un caco en toda regla, metido en multitud de asuntos turbios, aunque
siempre con pequeñas condenas. El típico malo de barrio que todos saben que
trapichea, pero que nadie denuncia. En el informe del accidente, que conseguí
gracias a Romel y Patiño, queda claro que fue Gato quien lo implicó, pero no
fue condenado porque tenía coartada firme.
—¿Qué quieres decir con coartada firme?
—Se encontraba en Vigo, en un concierto, hay testigos y, además, se
demostró que su entrada al recinto había sido utilizada. Y como no había
ninguna imagen en la que se le reconociera fue absuelto.
—No hay imágenes porque iban todos con pasamontaña, en fin… ¿Está
casado? ¿Tiene hijos?
—No, es un pobre diablo. Eso sí, a partir de lo de la joyería se apartó del
mundo delictivo.
—Qué casualidad, no sé por qué no me extraña.
—Estoy intentando entrar en sus cuentas, gastos y demás.
—Bien, Albiña. Y ¿el muerto, el que iba con él en el coche?
—Fue la persona a la que suplantaron para alquilar la furgoneta en la que
secuestraron a la Virgen. —En ese momento Paola pensó que Bóveda y Oza
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fueron los primeros en llegar a la escena del crimen, tal y como le había dicho
Patiño. Si era así, podían haber robado la documentación para utilizarla
después—. Su nombre era Jose Juan Rúa, casado y padre de dos niños.
—¿Tienes la dirección de la familia?
—Sí, te la envié con el informe del accidente.
—Perfecto. Modesto, mañana te vas con Oza a verlos. —Paola miró a este
último—. Cuéntame, vosotros llegasteis los primeros al accidente del viernes,
¿es así?
—Sí, estábamos cerca patrullando y fuimos los primeros en atenderlos.
—¿Visteis algo extraño?
—Si se refiere al accidente, no. Cuando llegamos, los testigos nos dieron la
descripción del coche que se había cruzado en su camino y nos contaron
cómo habían perdido el control del vehículo. En el informe verá que
buscamos el Toyota Celica, pero hay más de mil solo en la provincia, es
imposible.
—Está bien. Costoya, mañana ponte con eso, se te da bien. ¿Qué más
encontrasteis?
—Poco más, nos dedicamos a intentar salvarlos, pero la verdad es que Jose
Juan ya no tenía constantes vitales y Sande estaba muy grave.
—¿Y la documentación?
—En ningún momento pensamos en eso. El que se quedó en el lugar del
accidente para hacer el informe fue Bóveda, yo me fui con Sande por si podía
hablar con él en algún momento. Al llegar allí llamé a Patiño y me dijo que si
sobrevivía lo mantuviéramos en secreto, así que eso fue lo que hice.
—Pues que siga siendo así. Es importante. —Los miró a todos—. Confío en
vosotros. —Empezó a dar vueltas alrededor de la mesa—. Está claro que los
dos accidentes están conectados, y que alguien está matando a los ocupantes
de aquel vehículo. Lo curioso es que solo unas pocas personas sabían quiénes
lo conducían. Tenemos varios sospechosos, por un lado está Rocío que,
aunque me duela, tendría motivos para una venganza.
—Ya estamos, la puta venganza. —Costoya se pasó una mano por la cara.
Paola abrió los brazos y continuó.
—La descripción que nos dieron los vecinos de la chica que visitaba al
agorafóbico encaja con la descripción de Rocío, pero también con la de
Rosalía; sus motivos pueden ser un poco más difusos, pero, tal y como está el
mundo, ya nada me extraña. Por desgracia tenemos multitud de sospechosos.
Entre ellos, nuestro páter Ignacio, estoy segura de que si levantase el secreto
de confesión podríamos resolver el caso.
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—Joder, ¿y no se le puede obligar? ¿No hay una orden para eso? —protestó
Modesto.
—No, solo nos queda pillarlo en un renuncio y que cante para defenderse,
no se me ocurre otra cosa. Portela, mañana quiero que te pegues a él y me
cuentes todos sus movimientos. Por supuesto, no descarto a Bóveda, y
tampoco al Guardián, aunque los motivos no los entienda. —Miró a Nuria—.
¿Qué tenemos de toda la escena de Mogor y la isla de Onza?
—En la botella y el mensaje esta vez no había huellas, parece que se han
esmerado. La pistola solo tiene las del Balas.
—Pero todos tenemos claro que no fue un suicidio.
—No, por la dirección de la bala es imposible, además tiene marcas en los
brazos de haber estado atado, así que suponemos que lo ejecutaron y luego
montaron el teatro.
—En la escena, ¿nada más?
—El mensaje hecho con las luces portátiles, «Venganza».
—Eso tampoco nos dice mucho, puede ser una reivindicación, pero también
una maniobra de distracción. Lo que no entiendo es que, si a Gato y a Dosil
los mataron con ese cuchillo, ¿por qué ejecutaron al Balas con la pistola como
la de Terry?
El silencio se hizo patente. Nadie tenía una respuesta para aquello.
—Lo que no entiendo es cómo pudo desaparecer de la comisaría.
—Alguien la tuvo que robar del banco de pruebas —afirmó Modesto.
—Por eso nos dijo aquel imbécil que le había costado tanto conseguirla, la
robaron de la propia comisaría, y lo peor es que lo hicieron no solo una vez,
suponemos que para vendérsela a Gato, sino que la volvieron a robar de
nuevo para matar al Balas —intervino Costoya.
—¿Qué hicieron con la pistola de Terry tras el accidente? ¿Qué se hace en
estos casos? —Paola se dirigió a Oza.
—No sé lo que se hace normalmente, que yo sepa le entregaron a Rocío la
placa y las demás cosas personales, pero la pistola, ni idea, deberías
preguntárselo a Patiño.
—Es buena idea, eso haré. De todos modos, Albiña y Marina, a ver si os
podéis enterar de cuál es la operativa oficial en estos casos y dónde estaba esa
bonita pistola. Continúa, Nuria.
—Poco más, desde luego si lo que quieren es incriminar al Guardián lo
están haciendo bien, porque la opinión pública es lo que piensa.
—Sigue siendo sospechoso y debemos encontrarlo para que nos explique
dónde estaba cuando se produjeron esos asesinatos. Sentido no tiene, pero no
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es la primera vez que creemos que no es lo que parece y lo acaba siendo.
Paola recordó que había quedado en visitarlo al día siguiente, pero esta vez
prescindiría de Rocío, no creía que le fuera tan difícil encontrar a Xan de
Abrente para que la llevara. Señaló a Modesto.
—¿Qué encontrasteis en vuestra visita a Marín, Combarro y demás?
—Que nadie había visto nada. Hemos elaborado una posible ruta hacia la
isla y preguntamos en los puertos cercanos, pero no hemos sacado nada en
claro.
—Joder, mañana es el séptimo día de las fiestas y seguimos a ciegas. De
todos los ladrones solo queda uno con vida. Y, lo que es peor, una compañera
sigue en paradero desconocido. —Miró a Portela—. Al menos dime que has
conseguido algo, por poco que sea.
—No hay rastro de ella, jefa, hay unidades buscándola por todo Pontevedra
y alrededores, sin resultado por ahora. Yo sigo rebanándome la cabeza y ya
no sé dónde más buscar.
—Y de la santona, ¿conseguiste algo?
—No tiene hijos ni está casada ni se le ha conocido pareja. Y no tiene
antecedentes. A destacar que es la mano derecha del páter Ignacio y que,
curiosamente, vive en el mismo edificio que el heliofóbico, en la cuarta
planta.
—Tendremos que hablar con ella. Portela, vete a verla por la mañana,
después me vigilas al páter, y, por favor, procura que no te secuestren ni te
den una paliza. —Todos rieron—. En fin, chicos, espero que mañana sea un
día mejor para todos. —Recordó a Ana y otro escalofrío le recorrió el cuerpo.
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XXXVI. EL BIEN Y EL MAL
Que el sonido del teléfono la despertara solía ser mal augurio. Esta vez fue el
otro el que sonó, el que le comunicaba con el Guardián. Había sido una noche
densa así que su voz parecía sacada de las mismas cloacas.
—Sí, dime.
—Paola. Necesito que vengas. Sola. Es importante.
Mientras se incorporaba se dio cuenta de que algo raro le pasaba.
—¿Qué ocurre? Aún son las ocho y ya te dije que volvería, no entiendo las
prisas.
—No puedo decirte nada, solo que es importante que vengas. Le diré a Xan
que vaya a recogerte a Combarro. Por favor, no preguntes más.
Colgó. El corazón de Paola empezó a palpitar más deprisa. ¿A qué venía
aquella premura? No le olía bien, pero tenía que confiar en él.
Costoya roncaba a pierna suelta, así que intentó hacer el menor ruido
posible al vestirse. Odiaba salir sin ducharse, pero no podía despertarlo, sabía
que la seguiría. Le dejó un mensaje en una página arrancada de su libreta roja:
«Estaré bien, quedas al mando».
Cuando llegó al embarcadero de Combarro Xan de Abrente ya la estaba
esperando.
—Comisaria, xa pensei que non viña.
La ayudó a subir a la zodiac y ella le sonrió como pudo.
—¿Has dejado atrás la barquita de remos?
—Hay que modernizarse, y le tenía ganas, la verdad.
—Estas son cojonudas para el contrabando y eso, ¿no?
Él la miró, sonriente.
—Si usted supiera… Valgo más por lo que callo.
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—No lo dudo. Aquí el que más o el que menos… Y ¿qué coño le pasa a
nuestro amigo Michel para hacerme saltar de la cama a las ocho de la
mañana?
—Eso tendrá que preguntárselo a él. Yo solo soy el transportista, prefiero no
saber demasiado de los fardos que llevo.
—En este caso transporta usted uno grandote.
—Ojalá siempre fuera así, comisaria. Ojalá.
Paola pensó que, en otras circunstancias, quizá…
No tardaron en llegar a la isla de Tambo. Xan apagó el motor y la ayudó a
bajarse. La miró de una manera especial, ojalá supiésemos interpretar todo lo
que unos ojos pueden llegar a decir.
—Esta vez coja usted el camino a la derecha cuando llegue arriba.
—¿No está en el faro?
—No, me ha dicho que siga hasta el final del camino.
Paola se extrañó y tentada estuvo a llamarlo por teléfono, pero hizo lo que
Xan le había indicado.
La salida del sol, los rayos reflejándose en la ría, todo era hermoso, sintió
cierto frío mañanero.
Lo vio vestido con su pantalón vaquero y una camiseta de Los Suaves con
un gato en el centro. Su cara no le gustó, pero no le dio tiempo a interpretarla
porque Javier Cadenas salió de uno de los laterales y le dio un golpe,
desarmándola. Acto seguido sintió cómo otras manos la agarraban por detrás
y la arrastraban hacia el lugar donde estaba Michel. En cuanto pudo darse la
vuelta descubrió que el segundo hombre era el que la había llevado hasta allí.
—¡No me jodas! —Miró hacia El Guardián y vio cómo fruncía el ceño.
—Nos ha engañado a todos —dijo Michel.
—Me cae usted bien, comisaria, pero trabajo por dinero, y esta gente me
ofrece más de lo que podría ganar en toda mi vida de transportista, usted ya
me entiende —intervino Xan.
—No todo en la vida es dinero.
Se agachó frente a ella.
—¿Sí? Y dígame, ¿qué hay?
—La conciencia, el honor, la lealtad, la amistad.
—Cuando estuve en prisión recordé que todas esas cosas eran mentira,
hipocresía de la clase dirigente.
Paola recordó que Xan y Gato eran amigos. Miró a Javier Cadenas, en
cuyos ojos leía el desprecio. Llamó a Xan a un lado. Paola entendió
perfectamente lo que se decían. «Es la hora». Si era la hora de morir no tenía
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miedo, solo se arrepentía de no haber sido un poco más inteligente y mejor
persona en la vida. Miró a Michel y le sonrió. Se había dejado engañar y
ahora su vida pendía de un hilo. Cadenas se alejó, el sol empezaba a salir,
aquel ya no era lugar para él. Supuso que iría al faro a resguardarse. Xan los
miró.
—Esto es lo que vamos a hacer. Los tres os vais a estar muy quietecitos.
Cuando dijo los tres Paola miró instintivamente para Michel, que afirmó con
la cabeza.
—Sí —dijo, con una sonrisa—, su compañera está viva, por ahora, pero no
hagáis tonterías si no queréis perderla.
—¿Puedo verla?
Xan mostró duda, pero finalmente accedió.
—Está allí detrás, arrástrese si quiere. Pero sin hacer ruido, que como se
entere el lucifóbico ese me mata.
Paola se puso de rodillas y se dirigió como pudo hacia el lugar indicado, una
especie de ruinas que bien podrían haber formado parte de un antiguo castro.
Tirada en el suelo, inconsciente, estaba su compañera Ana Fernández. No
parecía tener ninguna herida a la vista. Miró a Xan.
—¿Qué le habéis hecho?
—Nada, solo está dormida, le ha inyectado no sé qué. Pero cuando despierta
da mucho por culo.
Se rio para sus adentros, sabía cómo era Ana, luchadora, nunca se callaba.
Se emocionó al recordarla y una lágrima le recorrió el rostro.
—¿Puedes darme un poco de agua?
Xan de Abrente miró a la botella que tenía detrás, a la comisaria, y otra vez
a la botella. Se agachó despacio y se la tiró. Paola empezó a mojar a Ana,
intentando que recuperara la consciencia. Michel empezó a hablar.
—Eres un cabrón. Me tuviste engañando desde el principio. —Miró a Paola
—. Este hijo de puta fue el que me recomendó que me escondiera en la isla, el
que me dijo que me conseguiría el transporte y que me mantendría informado.
—Y lo hice, de lo que nos convenía. Esos hombres existían, pero no
trabajaban para ti, aunque los pagases tú, sino para nosotros —respondió Xan.
—Un plan bien estudiado, me gustaría saber quién es el cabecilla, porque
estoy seguro de que ese cerebrito tuyo no da para tanto.
Xan lo miró con furia.
—No fue difícil convencerte. Mientras estuve en prisión te estudié, sabía lo
que te unía a Gato. También cuándo saldrías. Solo tenía que unir los cabos.
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»Sabía que irías a verlo a su casa, así que fuimos unas horas antes y lo
matamos. Luego estabas desorientado, solo había que guiarte. La suerte fue
que vinieras a parar a Combarro, pero eso también fue, en parte, cosa mía. Tú
no te acuerdas, pero yo me uní a aquella conversación en la que decías que
serías feliz con tu barquita pescando en un pueblecito pequeño. Gato y yo te
hablamos de Combarro. El gancho estaba puesto, solo tenías que picar.
»Te seguimos desde Pontevedra, dudaste, pensaste en quedarte allí, pero
sabías que era demasiado peligroso, así que cogiste el bus y volviste a este
lugar, el que creíste que podría ser tu retiro. Luego solo tuve que cruzarme en
tu camino, invitarte a unas 1906, contarte batallitas de prisión y explicarte
cómo podía ayudarte. Lo que tú no sabías era que, en realidad, tú nos estabas
ayudando a nosotros. Ahora todo el mundo creerá que te cargaste a esa gente,
y también a ellas.
Por un momento Paola sintió miedo, pero no por su vida, sino por la
injusticia que aquellos locos querían cometer.
—Yo no voy a matar a nadie.
—No, pero es lo que parecerá. Adiós al bueno del Guardián de las Flores,
adiós para siempre.
Paola pensó que tendría que haber alguna razón de peso para que no los
hubieran matado aún. Se tranquilizó y pensó un plan que los sacara de aquel
apuro. En ese momento echó de menos a Costoya, Modesto y Portela. Pensó
en Rocío, si ella era la tercera en cuestión y la estaban esperando el dolor
sería el doble, no la veía capaz de algo así, pero todo encajaba. Xan era su
primo, pero ¿por qué eliminarlas a ellas? No lo entendía. Intentó serenarse,
solo así encontraría la solución.
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XXXVII. EL CUARTO HOMBRE
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pasado aquella noche con él. Pasaron los días y me olvidé del tema, sabía lo
del accidente y la muerte de Terry, pero no lo asocié hasta que Gato lo acusó.
—Y esos días que pasaron entre la noche del robo y la confesión de Gato
¿diría que su marido estaba nervioso?
—No, estaba intranquilo, y cuando le llegó la acusación no se inmutó, sabía
que yo lo cubriría. Ahora ya no tiene sentido que lo haga.
—¿Reconoce entonces que su marido formó parte de aquel golpe? Y el
dinero, ¿dónde cree que fue a parar?
—Pues no lo sé, pero a mi casa desde luego que no, y puede hablar con mi
abogado, el testamento de mi Jose no tiene nada de especial.
—Pero alguien se tuvo que quedar con aquellas joyas, ¿su marido nunca le
hablaba de ello?
—Alguna vez, cuando se emborrachaba. También el día que Gato vino a
verlo.
—¿Vino a verlo?
—Sí, vino pocos días antes de morir.
—Y ¿qué les dijo?
—Hablaron entre ellos. Al principio discutían, pero al final se abrazaron y
todo. No sé en qué quedó la cosa porque Jose me dijo que era mejor que no
supiera nada.
—O sea, que algo tramaban.
Maribel abrió las manos. Modesto juró, contrariado. Aquel dinero parecía
haber desaparecido e, igual solo se lo parecía a él, pero medio millón de euros
era motivo más que suficiente para convertirse en un asesino.
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XXXVIII. EL PÁJARO ESPINO
Portela intentó cuadrar sus dos misiones mañaneras. Supuso que si la tal Oliva
era una santona aparecería por la iglesia de un momento a otro, y el cura más
de lo mismo.
Era temprano, pero tenía la intuición de que al menos el cura, no tardaría
mucho en llegar. No se equivocó, no eran ni las diez cuando el páter Ignacio
hacía acto de presencia en el Santuario de la Virgen de la Peregrina. Vio
cómo miraba hacia los lados y dejaba la puerta echada.
Aquello le extrañó, pero más lo hizo ver que una mujer alta y morena,
vestida de negro, se acercaba sigilosamente y hacía exactamente la misma
operación.
Portela se acercó intentando no llamar la atención. La puerta no estaba
cerrada con llave, así que empezó a abrirla muy despacio. Dentro no se
escuchaba nada.
Accedió al templo. Seguía sin escuchar nada, pero había visto a dos
personas entrar, no lo había flipado. Por si acaso palpó su arma, esta vez no
quería que lo cogieran de improviso. Al llegar al altar empezó a escuchar
algunos ruidos. Eran quejidos, pero en un tono muy bajo.
Haciendo el menor ruido posible empezó a recorrer la distancia que había
entre el altar y la sacristía. No le hizo falta entrar para darse cuenta de lo que
estaba pasando, aunque él llevase tantos meses sin practicarlo. Se aguantó la
risa como pudo y volvió sobre sus pasos.
No quería que lo vieran, si había algo más que una relación sexual entre
ellos tenía que estar allí para descubrirlo. Como si se tratara una tortura china,
esperó a que terminaran, y no eran precisamente rápidos.
Aquella dicotomía de estar en una iglesia esperando a que un cura y una
feligresa terminaran de follar hacía que todo lo que le pasaba por la
imaginación le diera ganas de morir de la risa. Se escondió bajo el manto del
altar mayor y esperó intentando mantener la mente en blanco.
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Casi media hora después, los dos tortolitos salieron de la sacristía. Siguieron
besándose y dándose arrumacos hasta que, por fin, utilizaron sus lenguas para
algo productivo.
—Debemos tener cuidado. —Era la voz del páter Ignacio.
—Todo está bajo control. Esta vez nada saldrá mal.
—Nos la estamos jugando, podría entrar cualquiera y todo se iría a la
mierda. —Ella se dio la vuelta y justo en ese momento pudo verle la cara. No
era la santona y tampoco sabía quién podía ser. Intentó sacarle una foto con el
móvil. Menos mal que lo había silenciado porque tenía varias llamadas
perdidas de Modesto.
Ella salió con aire decidido y altanero, mientras el páter Ignacio se quedaba
allí de pie. En cuanto volvió a la sacristía, Portela salió de la iglesia sin hacer
ruido. Entonces llamó con los nudillos y pasó. La cara de páter al verlo fue de
susto, debía estar pensando en lo poco que había faltado para que los pillaran.
—Buenos días, páter. Soy el inspector Portela, ayudante de la comisaria
Gómez. —Se dieron la mano—. Verá, llevo unos días preguntándome una
cosa. —Lo miró a los ojos y lo vio inseguro, débil—. Si yo supiese por
confesiones varias dónde está ese dinero haría lo mismo que usted, en su caso
se debe a la fe, en el mío a la policía, así que haría lo correcto según cada
opción. No sé si me sigue.
—Pues no, inspector, estoy algo obtuso.
—El caso es que es vox populi que usted recibió en confesión a Sande y a
Rúa, y luego al Gato y al Balas. —Portela se tiró un farol—. Así que, si yo
fuese un maleante, o simplemente un listo, intentaría acercarme a usted para
sonsacarle información, porque mucho secreto de confesión, pero ante ciertas
cosas… uno confiesa lo que sea.
—No sé por dónde va, inspector. —El páter se puso blanco.
—Verá, si hay alguien que lo está utilizando, amenazando o lo que sea, para
conseguir ese dinero, debe decírnoslo. La amenaza es un pecado mundano y,
como tal, lo juzgan las leyes de la tierra y no las divinas. Además, no creo que
lo amenazaran en secreto de confesión.
—Esos pobres están todos muertos. Ya no hay nadie a quien salvar.
—Quizá sí, piénselo. Una confesión a tiempo puede salvar vidas.
—Lo tendré en cuenta. Y ahora, si me permite, tengo asuntos que atender.
Portela asintió con la cabeza y se despidió. Aunque no había logrado que
hablase, la visita no había sido completamente inútil: sabía que aquellos
cuatro hombres habían pasado por el confesionario del páter y que alguien lo
estaba utilizando. Solo era cuestión de tiempo saber de quién se trataba. Y
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también conocía el secreto mejor guardado del párroco y podría utilizarlo en
el momento conveniente.
Mientras salía le mandó la foto a Alba para que averiguase quién era la
amante del Páter. No dejaba de sorprenderle el ambiente festivo de aquella
ciudad. Bajó a la plaza de la Peregrina, donde había multitud de puestos de
comida, garrapiñadas, churros. Se metió hacia la Rúa Soportales y decidió
pedirse un café para llevar en El Pasaje.
Quemaba, tanto que casi se achicharra la mano. Había música en la calle. Se
paró junto a un hombre que tocaba magistralmente el saxofón. A duras penas
notó la vibración de su móvil. Era un mensaje de Alba con el nombre de la
amante del Páter. Se quedó a cuadros.
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XXXIX. LA BARCA DE REMOS
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El Inspector jefe se acercó y lo liberó, luego le dio un abrazo a él también.
—Siempre estás en el ajo, floripondio, no sé cómo te arreglas.
—Es la naturaleza, inspector, usted ya sabe.
Costoya miró a Paola:
—He pedido refuerzos, tienen que estar a punto de llegar.
—De estos no os preocupéis, yo los vigilo mientras no vienen a por ellos —
dijo Ana, mientras ataba a los dos asesinos.
—Falta una tercera persona —dijo Rocío.
Paola la miró e hizo mueca de desagrado.
—Esa que pensabas que era yo.
—Al menos tenemos a dos. El heliofóbico, que sabemos que es el que entró
por detrás en la iglesia, y Xan, que sería uno de los que sacó a la Virgen.
—Por cierto —interrumpió Costoya—, el señor de las luces tenía encima un
cuchillo muy característico, lo he dejado en el faro, pero tiene toda la pinta de
ser el arma que se usó para ajusticiar a Dosil y a Gato.
Lo miraron, Ana le había tenido que poner una manta por encima para que
el sol no lo friera.
—Se cree un vampiro. —Rocío movió la cabeza en señal de negación.
—Está mal de la perola. En cuanto los tengamos en Pontevedra los
interrogaremos por separado. Es importante que no hablen entre ellos.
—No lo harán, jefa —dijo Ana—, de eso me encargo yo.
Las dos comisarias se alejaron de la escena. Las patrullas de la Guardia
Civil ya estaban de camino.
—¿Quién coño será la tercera persona? —preguntó Rocío.
—No tengo ni idea, pero confío en que estos canten.
—No va a ser fácil, si el tercero en cuestión es el líder, como así creemos,
también será el pagador, eso supone que ellos se callarán porque saben que
recibirán una recompensa.
—Joder, Rocío, han matado a tres personas.
—Las han matado, pero aún tenemos que demostrarlo en un juicio,
recuérdalo. Si no confiesan no es tan fácil. Y no cantarán, lo sabes.
Se sentaron en una piedra desde la que se veía Combarro.
—Siento haber pensado que eras tú, pero es que todo me llevaba a ello. —
Paola la miró buscando un perdón.
—No tienes que disculparte, pero sí puedes contarme lo que sabes.
Cogió aire y la mano de Rocío.
—Los atracadores de la joyería eran cuatro: Gato, el Balas, José Juan Rúa y
Sande. Patiño prefirió ocultarte sus identidades para que no te tomaras la
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justicia por tu mano. —Rocío la miraba sorprendida—. Se inventó lo de los
tres rumanos en busca y captura y cerró el caso. Esos seis meses que estuviste
en el hospital, el caso lo llevaron él y Xelmírez, que luego se marchó de la
policía. Para todo el mundo, incluidos Oza y Bóveda, lo de Terry fue un mero
accidente persiguiendo a unos delincuentes, y Gato, el único al que pudieron
atrapar.
—Joder, pero ¿por qué me lo ocultaron? ¿Creían que iría tras ellos para
matarlos?
—Era una posibilidad. Lo hizo para protegerte. La mala suerte quiso que
Oza y Bóveda fueran los primeros en llegar al accidente del pasado viernes.
José Juan murió y Sande sobrevivió de milagro. Patiño aconsejó a Oza hacer
creer a todo el mundo que Sande estaba muerto para que nadie fuera a por él.
El problema es que alguien robó la documentación de José Juan, la misma
que luego se utilizaría para alquilar la furgoneta en la que se llevaron a la
Virgen. Lo sé, es chapucero, pero cierto. Oza se fue al hospital así que nos
queda Bóveda o alguien dentro de la propia comisaría.
—Déjamelo a mí, si es culpable le haré cantar.
Paola asintió.
—El coche era un Toyota Celica Negro con un alerón plateado, no creo que
haya muchos así. Mi equipo está en ello, aunque seguimos sin rastro.
—¿Por qué todo este baño de sangre? No lo entiendo.
—Ni tú ni nadie, Rocío —Paola le pasó una mano por el hombro—, pero
para eso nos pagan, para buscar luz en la oscuridad. Ahora que volvemos a
estar juntas será más fácil.
Se dieron un último abrazo mientras las brigadas de la Guardia Civil se
acercaban ya por el camino. Paola se acercó al Guardián.
—Intentaré hablar con el juez y explicarle que nos ayudaste en la
investigación. Tú cuenta la verdad, no te dejes nada. Iré a verte en cuanto
pueda, te lo prometo. —Se abrazaron.
—Gracias. —Miró a Rocío y a Costoya—. Cuidádmela, por favor. Que es
mi única familia.
Lo vieron irse, esposado. Paola sintió pena por él y pensó que, si aquel caso
terminaba bien, podía hacer algo especial.
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XL. DOBLE INTERROGATORIO
Xan de Abrente las miraba con aquel aire de superioridad propio de los que se
creen en posesión de la capacidad de decidir. Era algo que Paola sabía que
podía utilizar a su favor.
Estaban en la sala de Papá Pitufo con tres cafés humeantes. El abogado de
Xan llegó con sudor en la frente, se veía estresado.
—Disculpen, Jesús Couto, abogado del señor Lana.
A Paola se le escapó una risa ahogada. Xan la miró sin poder disimular la
suya. El abogado no entendió la gracia, les dio la mano y se sentó. Paola
empezó.
—Pues aquí el señor Lanas…
—Lana, señorita Gómez. —Couto la corrigió.
—Pues eso, el señor Lana está acusado de varios delitos, como podrá ver en
el informe que tiene encima de la mesa. El primero de ellos es la muerte de
Miguel Ramírez Fontán, alias Gato. El segundo, Iago Dosil. De ambos tiene
las fotos en el expediente, junto a la fecha de la muerte. Y, por último, de la
muerte de Román, más conocido como El Balas. Además de todo ello, se le
acusa, y de esto no hay duda, del secuestro de Michel Herrero y de la
inspectora Ana Fernández.
Couto miró la carpeta y la estudió minuciosamente, lo que le valió a Paola
para salir de la sala y pedirle a Alba que se enterase de quién le estaba
pagando el abogado a Xan de Abrente. Cuando volvió, Rocío ya estaba
atacando.
—¿Confiesas haber matado a esas personas, Xan?
—Yo no maté a nadie, Rocío. Sabes que no soy un asesino —contestó,
poniendo cara de pena.
—Para no serlo bien que nos amenazó a la inspectora Fernández y a mí —
respondió Paola.
—No quería hacerlo, pero era parte del plan.
—¿El plan de quién?
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Xan miró hacia su abogado.
—Mi cliente se niega a contestar esa pregunta.
—A ver ¿no se dan cuenta de que, si confiesa, saldrá antes de prisión?
—Coño, primo, no me jodas, si no mataste a nadie confiesa, dinos quién lo
hizo, el nombre del que lo ideó todo y dónde está el dinero. Estarás unos años
a la sombra, pero podrás redimirte.
—¿Para qué? ¿Para volver á misma merda?
—Para sobrevivir, primo, para eso. Y no darle un disgusto a tu madre.
—Miña nai está curada de espantos.
—A ver, Xan —dijo Paola—, piensa un poco, que esto no fuese idea tuya
no te exime de la culpa, pero sí te quita responsabilidad.
—No me vais a convencer, ninguna de las dos. Gano más callado.
Paola se dio por vencida. Le hizo un gesto a Rocío, los dejaron solos y se
situaron al otro lado del espejo, donde las esperaba Ana, sin dejar de mirarlos.
—Lo sabe todo el muy cabrón —dijo Rocío—. Me toca los huevos, ese
chaval jugaba conmigo desde pequeño, éramos uña y carne y ahora está ahí y
no es capaz de decirme la verdad.
—El dinero nos deshumaniza, nos quita la piel para convertirnos solo en
una sombra de lo que fuimos —afirmó Paola.
—Es inútil. Tenemos que intentarlo con el otro.
Paola la miró.
—Al menos el otro sigue sin abogado.
Ana, que estaba detrás de ellas la corrigió.
—Error, el señor Couto es el abogado de los dos.
Paola y Rocío se miraron.
—Joder, a ver si Alba se entera de quién coño les paga el capullo este —dijo
Paola, mientras marcaba su número.
—Ahora mismo te iba a llamar —contestó Alba—. Couto los representa a
ambos gracias a un seguro que firmaron hace dos meses.
—Una pregunta tonta, mi querida Albiña, ¿qué cubre exactamente la póliza?
—Muerte, lesiones… Es una especie de a todo riesgo personal.
—¿Quién lo pagó?
—Ellos mismos de forma semestral. No hay trampa ni cartón.
—Joder, o sea, que con el abogado no tenemos nada —Paola siempre tenía
un as en la manga—. Pero siempre podemos hablar con él en privado. Fuera
de este edificio podemos hablar con quien queramos, ¿no?
Couto y Xan de Abrente no habían cruzado ni una sola palabra durante el
tiempo que habían pasado a solas. Bóveda entró, se llevó a Xan y trajo a
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Cadenas.
Esta vez Paola y Rocío cambiaron de táctica, bajaron las luces y, mientras
una daba vueltas alrededor de la habitación, la otra se quedó frente a frente,
con Cadenas. Un minuto de reloj y Paola no dejó de mirarlo a los ojos. Él
bajaba la vista, incómodo.
—Señor Cadenas, está usted acusado de la muerte de tres personas, ¿cómo
se declara?
Esta vez le mantuvo la mirada.
—Culpable, por supuesto.
Paola se quedó sorprendida. Rocío intervino de repente para que Cadenas no
se diera cuenta de que las había descolocado.
—¿Reconoce usted que mató a Iago Dosil, a Gato y a Román el Balas?
—Maté a los dos primeros. Pero a Román no, si se fijaran un poco en el
modus operandi sabrían que no es obra de la misma persona.
Paola pensó que tenía razón y aquello le abría la puerta a creer que estaban
ante un asesino en serie, que seguramente ya había matado con anterioridad.
—¿Por qué los asesinó?
—Por placer, por supuesto —dijo, saboreando cada palabra—. Disfruté cada
segundo de la muerte de ambos. Eran escoria, merecían morir. —El abogado
intentó intervenir, pero él le cortó—. Y por dinero. Que te paguen por hacer lo
que te gusta es lo mejor que te puede pasar en la vida, ¿no piensan lo mismo?
Couto no daba crédito a lo que estaba escuchando, aquello no tenía defensa.
—Me gustaría hablar con mi cliente en privado.
—Yo no tengo nada que hablar contigo, ¿no cobras por estar aquí? Pues
cállate, coño. —Cadenas volvió la vista hacia Paola—. Mi sueño era matarla a
usted.
—Pudo hacerlo cuando me redujo en la isla.
—Ganas no me faltaron, pero tenía que cumplir un plan.
—Entonces no decidía usted.
—Eso era lo peor de todo, aunque a veces hay que hacer sacrificios.
—¿Me va a decir quién le pagaba?
—¿Y eso de qué me valdrá? Yo maté a dos personas, secuestré a varias,
estoy jodido, así que lo único bueno que voy a sacar es estar calladito para no
morirme del asco cuando salga de aquí.
—Lo que no entiendo es por qué te dejaste engatusar por una mujer —
Rocío contraatacó.
Fue el primer momento en el que Paola lo vio dudar.
—El dinero era mi amo, nadie más.
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—La pasta que te pagaba ella, la que planeó todo esto.
Cadenas sudaba.
—Ella no planeó una mierda, joder, todo lo íbamos puliendo paso a paso
entre Xan y yo; si fuera por ella estaríamos entre rejas hace tiempo, coño.
Menos mal que aún hay hombres que saben hacer el trabajo. ¿Qué coño os
creéis vosotras, seres de segunda? Si esa furcia no tuviera el dinero estaría
muerta. Pensé muchas veces en matarla, pero no sabía dónde coño tenía la
pasta.
Rocío sonrió. Paola siguió metiendo el dedo en la llaga.
—Y esa mujer que ideó todo esto, ¿tiene nombre?
—¡Que no, joder! Que ella no ideó una puta mierda, a ver si os enteráis, que
ahora os creéis que podéis mandar en todo, organizarlo todo, coño, y debíais
estar en casa planchando y chupando pollas, para otra cosa no valéis.
La hostia que le mandó Rocío se escuchó a kilómetros a la redonda.
—Puta ramera.
La segunda se la dio Paola. Couto no sabía dónde meterse. Rocío lo cogió
de la pechera y lo levantó.
—Mira, cerdo, te vas a pasar toda tu puta vida en prisión, pero no solo eso,
cuando llegues allí te abrirán un agujero tan grande en el culo que vas a poder
meter el mismísimo pirulí de Torre España, ¿me pillas? Y después, cuando
estés despistado, irán a por ti, y te la cortarán en cachitos para que te acuerdes
de lo machito que eras y que nunca más serás. —Lo dejó caer en la silla por
su propio peso.
—Señorita, ya está bien. Esto es un ultraje. Pienso denunciarlo —el
abogado de Cadenas se levantó e intentó cubrir a su cliente, el sudor le corría
a chorros. Paola no parecía escucharlo.
—Aún estás a tiempo de decirnos quién es esa mujer y, para tu tranquilidad,
te mandaremos a un lugar de máxima seguridad.
Cadenas las miró, asustado. Pero enseguida recobró la compostura y le
escupió a Paola en la cara, riéndose con los dientes llenos de sangre. Paola se
levantó e hizo una seña al espejo para que viniesen a buscarlo.
—Te pudrirás en prisión, te lo juro.
Bóveda entró a llevárselo, pero antes le pasó un pañuelo. Paola se limpió y
miró hacia Couto que seguía con la boca abierta. Volvieron detrás del cristal.
—Joder —dijo Rocío.
—Joder —repitió Paola. Y ambas se rieron.
—Qué a gusto me he quedado.
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—Pues yo ni te cuento, Rocío. Hijo de puta. Tenemos que buscar en su
pasado, estoy segura de que ese cabrón esconde más muertes.
—Lo haremos, ahora centrémonos en encontrar a esa mujer, en cuanto se
entere de que hemos pillado a estos dos huirá con el dinero. No nos olvidemos
que tenemos una Virgen en busca y captura.
—Eso se lo puedes sacar a Xan, dale tiempo.
Pero el tiempo era oro líquido que se escurría entre sus dedos.
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XLI. HISTORIAS DE INSTAGRAM
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coincidían con la época del robo. Las de unos días después del delito
cambiaban de tono, algo había pasado entre ellos, las interacciones afectuosas
dejaron pasos a comentarios que incluían frases como «eres un traidor», «puto
desagradecido» y «a cada cerdo le llega su San Martín». Aquella última le
hizo mucha gracia.
—Fue una relación de poco tiempo, quizá por eso no trascendió —dijo
Paola.
—Es que es algo que jamás pensaría, no pegan ni con cola —contestó
Rocío, que parecía seguir en shock.
—Pues me temo que lo que acaba de descubrir Alba es la clave de toda esta
historia.
Portela pidió la palabra. Era un experto en resolver acertijos.
—Me inclinaría a pensar que Rosalía estaba con Dosil en el momento del
golpe y que incluso lo prepararon todo para hacer un robo fingido. La cosa
salió bien, pero en el momento de la verdad, Dosil la mandó a la mierda.
—Seguramente la utilizó para llegar a Gato, a Balas y al resto. Dosil era un
hombre culto, preparado, no pintaba nada con ellos, pero con la mediación de
Rosalía, todo cuadra. En cuanto cogió confianza, se dio cuenta de que ella
sobraba y la echó de su vida, dejándola sin dinero —añadió Rocío.
—Lo que no entiendo es por qué en ese caso ella no se retractó de su
declaración encubriendo al Balas.
—Porque seguramente buscaba la pasta, al haber perdido la posibilidad de
hacerse con el dinero del seguro de Dosil, pensó que aún podía acceder a las
joyas, pero para eso tenía que acercarse al Balas y al resto, que eran los únicos
que sabían dónde estaban —contestó Portela.
—Aunque el único que lo sabía en realidad era Gato, así que tuvieron que
esperar dos años a que saliera de la cárcel. Contrató a Xan y a Cadenas para
que le sonsacaran la información, pero a pesar de que lo torturaron, no les dijo
nada, y el loco ese lo mató —concluyó Rocío.
—Lo que no entiendo es por qué Gato tenía tanto empeño en conseguir la
pistola de Terry —preguntó Paola.
—Gato y Terry habían sido colegas —dijo Rocío—. Es algo que no os dije
porque tampoco tenía ninguna relevancia para la investigación. Crecieron en
el mismo barrio y eran compañeros de pandilla. Con los años uno se hizo
policía y el otro caco, pero se apreciaban, es más, Gato era confidente de
Terry en varios casos.
—Quieres decir que eran amigos.
—No exactamente, lo habían sido pero la vida los había separado.
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—Entonces Gato provocó el accidente de Terry para vengarse.
—No, porque ya estaba muerto antes de lo de José Juan y Sande —aclaró
Portela.
Rocío intervino.
—No le dio tiempo, el propio Balas nos contó que le consiguió el arma justo
la mañana que lo mataron.
—Nunca lo sabremos. Eso parece claro. Porque lo que estaba en la cabeza
de Gato ya no saldrá de ahí. Volvamos a Rosalía. Portela, cuéntanos qué viste.
—Pues lo que no me apetecía ver, Paola: a Rosalía y al páter Ignacio
dándolo todo. Quizá crea que él sabe dónde están las joyas o el dinero.
—O porque el páter también está metido —replicó Costoya.
—Será mejor que comprobemos todo esto. Modesto y Portela, id a casa de
Rosalía y traedla para interrogarla, llevaos a una patrulla con vosotros. Rocío,
Costoya y yo nos vamos a ver al páter. Ana, necesito que busques entre las
posesiones de Dosil, de Rosalía, del Balas, de Sande o de María santísima
alguna pista sobre dónde podrían tener escondida a la Virgen. Si no
encuentras nada, te doy permiso para que interrogues a Xan de Abrente.
—Perfecto, jefa, eso haré.
—¿Estás bien? —le preguntó a Ana.
—Perfecta. Tu tío me cuidó bien.
—Me alegro —dijo, con una sonrisa—. Nos vemos después.
Salieron echando humo. Otra vez la iglesia se cruzaba en su camino.
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XLII. POR LA PUERTA DE ATRÁS
Decidieron ir en coche hasta el santuario, les llevaría más tiempo, pero así se
curaban en salud. Modesto iba en la parte de atrás, agarrado al asa de la puerta
como un viejecito, porque Rocío conducía a toda prisa. Paola, que iba en el
asiento del copiloto, vio interrumpidos sus pensamientos por una llamada de
Alba.
—Jefa, he averiguado algo sobre el coche. Hay una denuncia por el robo de
un Toyota Celica negro con un alerón plateado unos días después del atraco.
Y, ¿sabes quién la interpuso? Iago Dosil.
—Es nuestro coche, Alba. Si la denuncia corresponde a los días en los que
suponemos que Rosalía y él lo dejaron tendría lógica. Es posible que ella lo
robara. Por lo menos llevarse algo material. Avisa a María y a Romel para
que ponga controles en todas las salidas de la ciudad.
En cuanto llegaron, Paola empezó a organizar la operación.
—Costoya, ve por detrás, estará cerrado, pero te quedas en la puerta por si
se escapa por ahí.
—Entendido, jefa.
—Nosotras vamos a pecho descubierto, por la puerta principal. —Rocío
asintió y cargó su arma. Paola la miró asustada—. Espero que no haga falta.
—Por si acaso. Estamos hablando de una asesina y de su cómplice, aunque
sea un cura.
—Mucho me temo que sus manos no están manchadas de sangre.
La puerta de la iglesia estaba entreabierta. La empujaron muy despacio,
intentando no hacer ningún ruido. Nada más entrar escucharon un grito.
Apoyado al altar mayor estaba el páter Ignacio con una mano en el
estómago y la sangre saliéndole a borbotones. Paola corrió mientras gritaba a
Rocío para que llamase a la ambulancia. Se agachó junto a él.
—Páter. ¡Páter!
Él abrió los ojos y sonrió.
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—Yo la quería… —Le acarició la cara con la mano llena de sangre—. Yo la
quería. —Las lágrimas del páter se mezclaban con la sangre.
—¿Por dónde se fue? El páter señaló la puerta trasera, que estaba en la zona
de la sacristía.
—¡Mierda! ¡Joder! Rocío, quédate con él.
No sabía si Costoya se la habría encontrado. El corazón empezó a salírsele
del pecho.
Cuando salió vio un remolino de gente atendiendo a alguien. Apartó a la
gente y se arrodilló al lado de su inspector jefe.
—Mi niña. Eres como una hija para mí, lo sabes, ¿verdad?
—Claro, y tú eres como un padre. —Paola no pudo reprimir las lágrimas.
—Bien, pues a un padre se le obedece siempre. Vete a por ella, por favor.
Aunque soy un viejo tullido a punto de retirarme, saldré de esta, te lo
prometo. Pero ahora vete y coge a esa loca.
Paola le hizo un gesto a Rocío, que le tiró las llaves del coche. Se levantó
decidida, dispuesta a no perder aquella batalla.
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XLIII. TOYOTA CELICA
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sirenas a todo tren, creyó ver a Oza a los mandos, ojalá condujera mejor que
hablaba.
Estaban a punto de llegar al puente de Santiago. Rosalía continuó de frente.
Pasaron también de largo A Ponte do Burgo, era una persecución en toda
regla. Paola esperaba ese momento cumbre de todas las películas en las que el
malo da un volantazo, se lleva por delante algún mobiliario urbano y se mete
por alguna calle peatonal. Si lo hacía en Pontevedra podía ser una masacre.
El corazón le dio un vuelco cuando se dio cuenta de que el próximo era A
Ponte das Correntes, donde Terry y José Juan Rúa habían perdido la vida en
sendos accidentes. Entonces observó la jugada. María había creado un
entramado que imposibilitaba que Rosalía siguiera de frente, dejándole como
único camino franco la entrada al puente. Qué lista era, pensó. Al final la
esperaba una barricada llena de coches patrulla.
Estaban tan cerca que la única razón por la que no le veía la cara era porque
aquel coche tenía los cristales tintados. No había escapatoria. Entró en A
Ponte das Correntes por el carril izquierdo y frenó en seco cuando estaba
llegando a la mitad. Ellos pararon unos metros antes, con los coches cruzados
por si intentaba salir marcha atrás.
La puerta del conductor empezó a abrirse despacio. No tuvo tiempo de
reaccionar. La vio correr hacia el puente, como alma que lleva el diablo,
tirarse al Lérez y desaparecer bajo sus fauces.
—¡Mierda, joder, mierda! —Paola se asomó y vio el Club Naval unos
metros más allá. Si conseguía superar la corriente y llegar a la orilla tendría
vía libre. Se dirigió a las patrullas que ocupaban a Ponte dos Tirantes—.
Avisad a los guardacostas y a todos los que tengan aletas. Esa loca lo tenía
preparado, tendrá una barca esperándola. ¿Cómo cojones bajamos ahí, Oza?
—Sígame, comisaria. Hay un atajo, pero tendremos que correr.
La vieron salir del agua unos minutos después, pero tenían orden de no
disparar, así que avisaron a Paola y a Oza a gritos. Iba directa al Club Naval.
Cuando Oza y Paola llegaron a la carretera la vieron a lo lejos, caminando
con dificultad porque el agua le llegaba a las rodillas.
—¡Alto o disparo!
Ella la miró desafiante, levantó su arma muy rápido y disparó. Oza
reaccionó rápido, agarró a Paola y la tiró al suelo. Paola no había sufrido más
daño que un golpe en su costado izquierdo, pero Oza no podía mover la
pierna.
—¡Mierda, joder, mierda! ¡Puta loca! —Paola intentó ayudarle a
recuperarse. Parecía que se había torcido el tobillo en la caída.
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—Váyase, comisaria, que se nos escapa, no voy a morir por un maldito
tobillo.
Paola salió corriendo tras Rosalía, mientras pensaba que aquella era la frase
más larga que el grandullón había dicho jamás.
Llegó al embarcadero con el tiempo justo para ver cómo Rosalía ponía las
manos en el timón de una embarcación.
—¡Quieta, puta loca!
Rosalía encendió el motor. Se dio la vuelta y la miró.
—Súbase, si quiere, yo no voy a bajarme.
Paola dudó, pero prefirió subirse a tener que dispararle por la espalda.
Seguía apuntándola con el arma mientras ella empezó a virar.
—No iremos muy lejos —dijo Rosalía.
—Sabe que no podrá escapar.
—Si van a ser mis últimos minutos de libertad, los pasaré en el mar.
Rosalía tenía su arma en la cintura, pero no había hecho amago de cogerla.
De repente, con el rumbo ya tomado, se dio la vuelta.
—Voy a coger mi pistola y se la voy a dar, para que confíe en mí.
—Antes casi me matas, ¿qué quieres que piense?
—No tiré a matar y lo sabes, Paola.
No le faltaba razón. Vio cómo se llevaba la mano al cinto y le tendía su
arma. Paola le hizo una señal de calma y la cogió con cuidado.
—¿Adónde vamos?
—A mar abierto. En cuanto lleguemos pararé el motor y me tomaré una
última cerveza. Después me entregaré.
Paola comunicó el plan por radio.
—¿Sabes? La entrada a la ría de Pontevedra está llena de leyendas, batallas,
pecios, desembarcos y de historias tristes. —Rosalía paró el motor, avanzó
hacia una nevera portátil y le ofreció una cerveza a Paola, que la aceptó—. No
son unas 1906, pero frías cunden igualmente, sobre todo en este momento —
dijo aquello mirando al mar.
—Ahora me vas a contar la historia, desde el principio —dijo, al tiempo que
activaba la grabadora del móvil.
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XLIV. TENSA ESPERA
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—Se ve que no le pareció suficiente pago.
—Y no lo era, sobre todo si Dosil se embolsó el millón de euros del seguro.
—Rosalía tiene dos carreras, Biología marina e Historia, y se doctoró en
esta última gracias a una investigación sobre los pecios de la ría de
Pontevedra.
—Ya vemos que lo de los tesoros le venía de antes a la tía.
—Al terminar las carreras trabajó en la mayor empresa del país.
—¿En cuál? —Modesto no caía.
—En el paro. Estuvo más de un año antes de aceptar algunos puestos
temporales de baja remuneración. Cuando se cansó de esa situación opositó
para Guardia Civil.
—No me jodas.
—Lo que oyes, durante tres años perteneció a la Benemérita. Estuvo
destinada en Madrid, en Segovia y finalmente en Poio. Tras cumplir los
treinta y uno lo dejó sin dar explicaciones y volvió a Pontevedra. A partir de
ahí empezó a dar bandazos otra vez.
—Juntándose con lo mejor de cada casa.
—Sí, hasta que conoció a Dosil, al que debió ver como la gran oportunidad
de volver a encauzar su vida.
—Y ese cabrón la engañó e incumplió su palabra.
—Algo así.
—Joder, qué historias, amiga mía. Nunca sabes dónde puedes caer.
Se hizo un pequeño silencio, Alba suspiró y continuó.
—Hay más cosas, chicos. Dentro de las posesiones de Dosil hay una nave
en Poio, lleva abandonada desde que dejó la joyería.
—Sería el escondite ideal para haber dejado a la Virgen.
—Eso parece; su casa es de alquiler, el coche robado, así que sus posesiones
son el yate y lo que le queda de los cien mil euros.
—Gracias, Alba, en cuanto Paola esté libre se lo comentaré, mándanos la
dirección.
—Ahora mismo, chicos. Y, por favor, mantenedme informada.
—Oye, ¿sabes cómo están los heridos?
El zumbido de un helicóptero interrumpió la conversación. Tuvo que apretar
mucho el teléfono contra el oído.
—Lo de Costoya no parece grave, algo aparatoso, sin más, Rocío estuvo
con él y con el Páter Ignacio hasta hace un rato que me llamó que se iba
volando para ahí.
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Modesto miró al cielo y al helicóptero. ¿Sería posible? Si seguía mucho más
tiempo en Pontevedra se enamoraría también de Rocío.
—Menuda desfeita —dijo Modesto—. Lo que no entiendo es qué hace
Paola sola con esa loca, en medio de la ría. Miedo me da. —Colgó el teléfono.
Se había olvidado de Portela, que parecía uno más de la grada de animación
del Real Madrid—. ¿Estás bien, tío?
—Joder, deseando llegar, no sabes cuánto.
—Bueno, hombre, la última vez aparecimos en tractor y hoy en un barco,
somos originales. —Se rio. Aquello sirvió para relajar el ambiente y que su
compañero se riese.
—Llevamos muchos sustos encima.
—Tranquilo, todo saldrá bien. Desde aquel día en Breamo lo tengo claro,
ella no necesita nuestra ayuda, se sabe cuidar solita.
Modesto vio el yate de Rosalía en medio de la ría y pensó que solo le
faltaban las pizzas del Pukis.
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XLV. CHARLAS DE ALTA MAR
El vaivén de las olas hacía sentir a Paola una calma y tranquilidad fuera de
toda lógica en una situación como aquella. Tenía un poco de frío, su chaqueta
se la había dejado en la caída con Oza. Rosalía se dio cuenta y le trajo una
manta.
—Tienes la piel de gallina, cómo se nota que no eres de aquí.
Paola pensó que nunca se libraría de aquel sambenito.
—¿Cómo empezó todo?
—¿Mi vida? —Rosalía miró al horizonte y le dio a la cabeza—. No fue
fácil, comisaria. Demasiados tumbos. Malas elecciones. Mala suerte. Te crees
todo lo que el sistema te ofrece y, cuando te ves desvalida y sola no hay
manos a las que agarrarse. Si mis padres vivieran me dirían que fue culpa mía
por estudiar carreras sin futuro, y yo les diría que muchos de los que están en
los despachos viendo porno en el ordenador son gente sin estudios. La vida no
es justa, menos con los que tenemos mal sino.
—Uno ha de levantarse siempre y crear su propio destino.
—Si yo te contara, permíteme tutearte.
—Por supuesto.
—No te digo que yo no tenga culpa, pero las circunstancias… —Hizo una
pausa para darle otro trago a la cerveza—. Volví a Pontevedra a los treinta,
pensé que podría empezar de nuevo, pero me encontré un ambiente hostil.
Mis amigos o estaban casados y con hijos o habían muerto, así que me tocó
caminar sola y trabajar de lo que fuera. Con mis estudios, nadie me quería
contratar, a mí me daba igual de lo que fuera con tal de trabajar. ¿De qué coño
iba a vivir? Necesitaba el dinero, así que sin pensarlo ni quererlo, acabé
juntándome con otros como yo, desechos de la sociedad que vagan por el
mundo.
»Primero encontré a Gato. No se lo niego, nos quisimos. Era una buena
persona y a mí me llegaba, aunque no tenía ambición. Pero poco a poco,
golpe a golpe, fuimos progresando, y me di cuenta de que no estaba hecha
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para vivir en aquella miseria, que si la vida me había dejado tirada yo no tenía
por qué rendirme, y empecé a cavilar un plan.
»Se lo conté a Gato, pero me dijo que estaba loca, posiblemente lo esté… El
caso es que gracias al páter y la Cofradía me fui acercando a Dosil, un
solterón de oro, con pasta. Decían que era gay, a mí me daba igual, aunque no
lo era, le daba a todo. No fue difícil que se enamorara de mí, pero había un
problema: estaba más enamorado de su dinero.
—Tú ideaste todo el plan, ¿me equivoco?
Rosalía la miró con una sonrisa en los labios, se notaba que le había gustado
ese reconocimiento.
—Yo le hice ver a Iago que esa joyería le acabaría llevando a la ruina, así
que cuando me contó que tenía un seguro de un millón de euros lo tuve claro.
Hablé con Gato y Román, y ellos a su vez con Sande y José Juan. Lo
planificamos todo bien, coartadas incluidas. Desde el principio, Gato sería el
cabeza de turco, era necesario que alguien pagase para que el seguro no se
inhibiera. Fui guardia civil, comisaria, sabía cómo funcionaban las cosas.
»Todo iba sobre ruedas hasta que apareció Terry. Yo lo conocía porque
había sido muy buen amigo de Gato en la infancia y aún se hablaban. La mala
suerte quiso que Sande, desesperado al ver que lo iban a pillar, derramase
aquel aceite en el puente, una animalada. Yo los esperaba al otro lado. Pude
ver cómo el coche patrulla se descontrolaba. Fue horrible.
»Gato estaba en shock, se trataba de su amigo. Así que él y Sande llegaron a
las manos. Cuando logramos separarlos, llevé a Román, Sande y Jose Juan a
sus casas. Gato tenía que abandonar el coche y guardar las joyas. Después se
entregaría y culpabilizaría del robo a sus tres compañeros, que tendrían
coartadas firmes con lo que solo Gato acabaría en prisión. No tenía delitos
anteriores, estaría dos años en prisión y volvería. Ahí repartirían el dinero
entre los cuatro. Nadie sabía dónde había escondido Gato las joyas. Pero ese
era el plan, dejarlas descansar hasta pasados los dos años, por supuesto que
Román y los demás cobraban por el trabajo, por tanto, el mejor pago era tener
paciencia. Si nadie sabía dónde estaban nadie se iría de la lengua. —Le dio
otro sorbo a la cerveza. Abrió una bolsa de patatas, le ofreció a Paola, pero
esta las rechazó.
»También nos encargamos de que la policía se diese prisa en cerrar el caso.
—¿Xelmírez?
—Veo que ha hecho bien su trabajo, comisaria. Lo untamos lo suficiente
para que el caso fuera por donde nosotros queríamos y, al final, tendría parte
del pastel.
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—Y dejó el cuerpo.
—Eso fue su conciencia, podría haber sido un poli corrupto, hacen su labor,
yo entiendo que para ti sea un tema feo, pero en todas las comisarías los hay.
—¿Bóveda? —Paola la miró curiosa y vio la sorpresa en el rostro de
Rosalía.
—No, comisaria, esta vez vas desencaminada. —Hizo una pequeña pausa
—. Luego pasó lo que pasó. Dosil, enamorado del dinero, pensó que para qué
repartirlo si podía quedárselo para él solito. Me ingresó cien mil euros en la
cuenta, me entregó este yate y me dio una patada en el culo. Se creyó que con
eso me mantendría contenta. Callada sí, porque sabía que nunca hablaría, pero
conforme jamás. Era mi plan, y era mi dinero, nunca se lo perdoné. Pensé
que, si no podía ser el de Dosil, al menos sí el de sus joyas, pero solo Gato
tenía acceso a ellas. Lo bueno de los cien mil euros es que pude utilizar a
mucha gente. Convencí a Xan de Abrente, un tío muy despierto, para que
entrara en la cárcel y se pegara a Gato, su misión era descubrir dónde estaban
las joyas.
»Lo hubiera tenido más fácil de no ser por tu mesías y Guardián, que lo
tenía abducido. En seis meses no conseguimos prácticamente nada que nos
acercase a las joyas, pero me valió para seguir perfeccionando mi plan. Sabía
cuándo saldría Gato de la cárcel y cuándo le darían el primer permiso a tu tío,
así que Xan allanó el camino para que todo encajase. Lo que el dinero
consigue no lo consigue nada.
—Y tanto a Xan como a Cadenas les pusiste un plan de pensiones para que
tuviesen seguridad.
—Sí. De todos modos, a Cadenas lo conocí más tarde. Solo cuando me di
cuenta de que Gato no iba a cantar tan fácil. Recuerdo el día que vino a verme
al salir de prisión. Estaba cambiado, era otro, parecía estar fumado
permanentemente. Le pregunté por las joyas y me dijo que estaban a buen
recaudo. Luego supe que visitaba mucho al cura, y también que lo había
hecho con sus compañeros. Y que ellos extrañamente también visitaban al
cura. Así que mi plan tuvo que adaptarse a la situación.
—Te acercaste al páter Ignacio.
—Me jode decirlo, pero es un buen hombre, aunque la inteligencia se le
apaga en ciertas circunstancias, como a todos. Así que poco a poco me pegué
a él, picarona, y siempre con la cabeza despierta.
—Pero antes matasteis a Gato.
—La idea era sacarle la información y luego deshacernos de él, implicando
a tu tío.
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—Y dejasteis la pistola de Terry en la casa de Gato.
—Ya estaba allí, no sabíamos que era la de Terry.
—Y sabíais que ese día mi tío salía de prisión, todo estaba previsto.
—Era lo lógico, sabíamos por Xan de Abrente que habían quedado en verse
el día que él saliera, así que solo tuvimos que seguir sus pasos y dejar la
puerta de Gato abierta, él entró y fue esparciendo sus huellas por toda la casa,
es lo que tiene tener sentimientos, te quitan la frialdad. Supusimos que así
estaría implicado y la policía no buscaría por otro lado. Ya teníamos al chivo
expiatorio.
—Luego Xan se hace el encontradizo con Michel y le propone el plan de la
isla de Tambo para refugiarse mientras él le hace de informador y
suministrador. Eso creía él, porque en realidad le contaban lo que tú querías.
—Exacto. Estaba en nuestras manos. Y pasaron casi dos meses hasta que
conseguí sacarle algo al puñetero páter, fue más duro que ningún otro hombre
que conocí y aun así me engañó.
—¿Qué te dijo?
—Todos sabíamos que Gato había ido a confesarse con el páter y, aunque
los demás intentaron sonsacarle la información, no pudieron porque Ignacio
es un buen hombre. Así que lo que no lograron por las malas lo intenté yo por
las buenas. El amor lo puede todo, comisaria, incluso las barreras de la fe.
»Lo del secreto de confesión lo llevaba a rajatabla y yo tampoco conseguí
nada, pero la muerte de José Juan y Sande lo hizo sentir culpable y, en un
ataque de ira se le escapó que el dinero estaba en la Virgen. Por eso la
robamos.
—Pero, si solo se trata del dinero, ¿por qué hacer esas inscripciones?
—Sí, verás, el loco de Cadenas le había sacado un montón de sangre a Gato,
decía que nos serviría de algo, en fin, yo fui a verlo a su casa varias veces y
en una de esas se me ocurrió. ¿Qué mejor manera de implicar a El Guardián
de las Flores que estando tú metida en el ajo? Sabía que con esa frase escrita
en el santuario te llamarían y te encargarías de la investigación.
—Pero eso también implicaba mayor peligro para ti.
—En ese momento mi plan era desarmar la Virgen, encontrar el dinero,
matar a Dosil, que pareciera que lo había matado el Guardián y largarnos para
siempre.
—Pero no fue así.
—No, el dinero no estaba en la Virgen. Supongo que se arrepintió de
decírmelo. Me dieron ganas de matarlo allí mismo, pero tuve sangre fría. A
partir de ese día desconfió de mí, pero nunca me lo dijo, hasta hoy. Yo seguí
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jugando, apoyando la opinión de que el Guardián era el culpable y que Gato,
de alguna manera, le habría confesado a él, antes de que lo matara, dónde
había escondido el dinero. Tenía toda la lógica del mundo. Páter no soltaba
prenda. Luego matamos a Dosil, y volvimos a utilizar aquella pintada para
que todo señalase al Guardián, esperando el momento cumbre, y mientras
facilitamos que se encontrara contigo, Xan tenía fácil acceso a Rocío, sobre
todo sentimentalmente, para algo eran familia.
—¿Y el accidente de Sande y Jose Juan?
—Manipular su coche no fue difícil, sabía dónde paraban.
—Podrían haber sobrevivido, eso hubiera jodido tu plan.
—No tenía dudas, tal y como conducía Rúa, eso hubiese sido un milagro.
—Pero pudieron matar a más gente.
—Daños colaterales. —Se encogió de hombros.
Paola tenía claro que aquello liberaba de toda responsabilidad a Oza y a
Patiño.
—Y a Román el Balas, ¿por qué lo matasteis?
—Aquella noche en Combarro, con Xan y Rocío, el alcohol hizo que
hablaras de más. Me di cuenta de que nunca desconfiarías de Michel, y pocos
días después, tras el secuestro de tu gente, obligado por las circunstancias,
supimos que alguien os había chivado mi presencia en casa de Cadenas, un
despiste que tenía que tapar como fuera, y la mejor manera era implicar a
Rocío. No era difícil, tenía todas las papeletas para idear una venganza, y ahí
nos aprovechamos de la pistola de Terry. La robamos del registro, cosa que os
haría sospechar de ella o de sus compañeros, y lo ejecutamos en la isla de
Onza con aquella palabra escrita: venganza. Al estar todos muertos, Rocío
tenía una flecha muy grande en la cabeza.
—Fuiste dando tumbos y lo único que hiciste fue acabar descubriéndote.
Rosalía asintió.
—No hubiera ocurrido si ese idiota de Cadenas no hubiese tomado
decisiones por sí mismo. Es lo que tiene trabajar con hombres, siempre se
creen que saben más que tú, y así, no se les ocurrió otra cosa que llevarte a ti
a la isla e intentar crear un circo casi imposible de creer. Cuando Xan me
llamó para contármelo le dije que abortaran, ese no era el plan. Pero es que
además ese par de idiotas se dejaron un cabo suelto.
—¿Cuál?
—Rocío y el cojo. No tuvieron en cuenta que el mayor valor de tu equipo no
eres tú, sino que sois todos, el conjunto. Cuando supe que los habíais atrapado
me dio igual. Sabía que el dinero conseguiría tenerlos callados.
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—Tú seguirías intentando averiguar dónde estaba el tesoro.
—Sí, yo estaba follando con el páter, intentando sonsacarle lo del dinero,
siguiendo el plan que había establecido desde el principio.
—¿Conseguiste que te lo contara y por eso intentaste matarlo?
—Me descubrió, así que intenté sacárselo a golpes, pero no conseguí nada.
Solo se reía y decía una y otra vez: «Os llevasteis la virgen a pulso, os la
llevasteis a pulso».
Paola se dio cuenta de algo, algo muy importante que páter le había dicho
en su primera conversación. Sonrió pensando que, si aquella era la clave, la
había tenido delante de sus narices desde el puto primer momento. Recordó
las palabras del páter el día de su llegada a Pontevedra:
«La Virgen sale en procesión en un carruaje. Lo habíamos restaurado
gracias a las limosnas de los feligreses. Normalmente el día del pregón lo
traemos al santuario, pero esta vez no lo hicimos, lo guardamos a buen
recaudo».
Maldijo para sí misma y continuó la conversación.
—Aun así, guardabas tu última carta de escape con este yate.
—Prefiero morir en el mar que vivir presa en la tierra.
—Lo que no entiendo, Rosalía, es cómo una mujer tan extremadamente
inteligente como tú acaba haciendo tantas chapuzas.
Encogió los hombros, pero no dijo nada más.
—Una curiosidad, ¿por qué contrataste a un misógino como Cadenas?
—Bueno —contestó, tras pensárselo un momento—, no iba a tener ninguna
conversación filosófica con él, solo lo necesitaba para ejecutar el plan, es un
machito mono neuronal como supongo que ya habrán comprobado.
Sinceramente, bastante tiene con ser así.
Paola echó un vistazo rápido. Acababa de llegar el helicóptero de la Guardia
Civil, y el viento dificultaba mucho la conversación. A unos cien metros
había una patrullera, y otro barco en la dirección contraria. No tenía
escapatoria. Rosalía se incorporó e hizo el gesto de abrir la nevera portátil,
pero de repente le dio un golpe en la cabeza con la tapa. Paola quedó
descolocada y estuvo a punto de perder el sentido. Al sonido de Rosalía
tirándose por la borda junto al ancla le siguió otro que no supo de dónde
provenía. Se asomó al borde, pero no veía nada. Solo el contoneo del barco
con las olas del mar. Entonces sintió un ruido cercano y cómo unas manos
amigas le abrazaban. Eran Modesto y Portela.
—¿Estás bien, jefa?
Asintió, sin dejar de mirar aquel mar cristalino.
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—Rocío se tiró a por ella desde el helicóptero.
Le pareció increíble que Rocío hubiese decidido salvar a quien le arrebató al
amor de su vida. Sintió pena por haber desconfiado de ella, y preocupación
por si no lograba salir del agua.
Suspiró aliviada cuando, tras un minuto eterno, la vio salir a flote, agarrando
a Rosalía. Enseguida una patrullera las alcanzó y las sacó del agua.
A duras penas y tras un acercamiento suicida con Modesto a los mandos del
yate, llegaron a la patrullera.
—¿Estás bien?, ¿estás bien? —Le agarró la cara con las manos y como
siempre ella le correspondió con aquella sonrisa enorme, con aquellos ojos
que no te dejaban indiferente, aquella mirada penetrante que parecía
reconocer todos los sentimientos que se escondían en el interior de las
personas. La abrazó tan fuerte que estuvo a punto de quitarle los litros de agua
que llevaba encima.
—Estoy bien, un poco mojada, pero bien.
—Dios, pero dónde aprendiste a bucear así.
Ella volvió a sonreírle.
—Desde pequeñita, Paola, para los que nacemos aquí, a la orilla de la ría,
esta es una asignatura más.
Volvieron a abrazarse. Modesto le dio un beso en la mejilla. Se acercó a los
médicos que estaban atendiendo a Rosalía.
—Hay que ir urgentemente al hospital o no llegará con vida.
Modesto miró a Portela, solo en el yate de Dosil y volvió a tirarse al agua.
Se subió otra vez ayudado por su amigo.
—Anda, agárrate, que te devuelvo a tierra firme.
—Ya pensé que te ibas con ellos.
Vieron a la patrullera partir a toda velocidad rumbo al embarcadero.
Modesto lo miró.
—¿Alguna vez te he dejado solo, amigo?
—Nunca, pero como dicen que siempre hay una primera vez para todo…
Eso es las películas Portela, esto es la vida real.
Le dio una colleja y encendió el motor dispuesto a volver a la civilización.
Había asuntos que atender.
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XLVI. HISTORIAS DE HOSPITAL
Paola entró en la habitación del páter tras saludar al guardia que vigilaba la
puerta. Estaba sumido en sus pensamientos mirando por la ventana, pero se
dio cuenta de su llegada.
—Tome asiento, comisaria —dijo, sin darse la vuelta.
—Hemos cogido a Rosalía, ha tragado mucha agua, pero está viva.
—No sé si debería alegrarme como cristiano o con todo esto he perdido
incluso esa capacidad.
—Todos nos equivocamos Páter, somos humanos.
—Pero algunos, como le dije una vez, y echándoselo en cara, tenemos que
dar ejemplo. Esta vez, usted lo ha dado, yo, sin embargo…
—Nadie tiene por qué saberlo.
Por primera vez el páter Ignacio la miró. Parecía que estaba a punto de
echarse a llorar.
—Pero eso…
—Es un pecado venial, páter, llamémosle un trato con la autoridad.
—Y dígame, comisaria, ¿qué debería hacer yo a cambio?
—Solo confirmarme una cosa. —Rebuscó en su bolso y cogió su libreta
roja, la abrió y le enseñó una dirección—. Cuando hablamos del carruaje de la
Virgen me dijo que estaba a buen recaudo. Casualmente las mismas palabras
que utilizaba Gato para decir dónde tenía el dinero. Y Rosalía me contó en su
última conversación que no paraba de reírse porque habían robado la virgen
sacándola a pulso.
El páter se rio y asintió. Volvió a mirar al infinito.
—Cuando Gato vino a verme y me pidió consejo para esconder aquellos dos
mil billetes de quinientos euros le dije que había un lugar del que nadie
sospecharía: el mantón de la virgen. Así los metimos en sobres y los pegamos
en la parte interior del manto del Virgen. Nunca dije nada, ni aun cuando
vinieron sus compinches con amenazas.
—Hasta que el amor le tocó el corazón.
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—El pecado de los mortales, señorita Gómez. Soy un viejo y me cogió con
las defensas bajas, acababan de morir Rúa y Sande, y yo me culpaba de no
haberlos salvado, una simple decisión por mi parte lo hubiese cambiado todo.
El viernes antes del pregón me vine abajo y me fui de la lengua con Rosalía.
—Pero Rosalía dijo que en la Virgen no había nada.
—Esa noche no fui a Pasarón, ni vi el segundo tiempo en la Gallega. Me
quedé y le cambié el manto a la Virgen como, por otra parte, manda la
tradición. Eran tan malos feligreses que no se dieron cuenta. Si hubiesen
rebobinado un par de horas lo hubieran sabido.
—Y se llevó el manto junto al carruaje, a un lugar seguro.
—Y allí continúa, comisaria, a buen recaudo. —Ambos sonrieron.
—Lo que no entiendo es por qué no me lo dijo antes.
—Porque Gato me lo había contado en confesión.
—Y ¿qué pensaba hacer con tanto dinero?
—Al principio Gato me dijo que haría una aportación para el santuario, pero
al morir no supe qué hacer. Lo único que quería era que no lo robaran
aquellos desalmados. Les diré dónde está, pero ¿y mi Virgen? ¿Quién
encontrará a mi Virgen?
—Tengo a un par de amigos trabajando en eso. Por esta vez, déjeselo a los
profesionales.
Se dieron la mano. El trato estaba hecho. Nadie tenía por qué saber que
incluso los curas son humanos y sucumben a las tentaciones.
Paola salió al pasillo y llamó a Modesto.
—¿La habéis encontrado?
—Bingo, jefa, tal y como Alba había dicho, estaba en la nave propiedad de
Dosil. Eso sí, si quieren tenerla a punto para pasado mañana tendrán mucho
trabajo por delante.
—¿Tendrán? No, Modesto, tendremos todos. No los vamos a dejar solos. Te
mando una dirección, en diez minutos nos vemos allí. ¿Me captas?
—Alto y claro, comisaria.
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XLVII. LA PROCESIÓN DE LA VIRGEN DE LA
PEREGRINA
Rocío llevaba aquel estandarte con una belleza suprema, tanta como la que
guardaba en su interior. Paola la vio pasar y le dio envidia, aunque no creyera
en todas aquellas historias, reconocimientos así eran de las cosas más
emocionantes que te podían pasar en la vida.
No había sido fácil, aquellos locos destartalaron a la Virgen en busca del
dinero. Habían necesitado el día entero e infinidad de manos para devolverla a
su estado original, pero, finalmente, y casi sin dormir, lo habían conseguido.
Junto a ella habían estado todos: Palau y su madre, María, Nuria, Ana,
Modesto, Portela, Bóveda e incluso Patiño. Solo Oza y el cojito Costoya, que
acababan de salir del hospital, se habían ausentado.
El páter Ignacio asistía a la procesión en una silla de ruedas empujada por
Oliva, la santona. La herida había sido considerable, pero tras la conversación
con Paola la vida había vuelto a llenar su cuerpo y su corazón, y por nada del
mundo quería perderse aquel momento.
La procesión de la Virgen no había podido celebrarse el segundo domingo
de agosto, como mandaba la tradición, pero al menos lo haría el tercero, y por
una circunstancia más que especial.
Vio pasar el carruaje recién restaurado, y pensó que era espectacular. Había
estado allí aquellos ocho días esperando a que alguien fuera a encontrarlo y
descubriera el secreto que el páter Ignacio había depositado en su interior.
Paola se culpaba de no haberlo visitado el primer día, tal y como el páter le
había aconsejado, pero lo hecho, hecho está. Sabía que solo le quedaba algo
importante por hacer, así que, al terminar la procesión, y mientras todos sus
compañeros se quedaban a dar el colofón a las fiestas de la Peregrina, ella se
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excusó y se fue al aeropuerto de Santiago. Allí la esperaba alguien muy
especial.
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XLVIII. EL REENCUENTRO
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AGRADECIMIENTOS
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A Ana Lena (tú ya sabes), Rodrigo Costoya (tú también sabes) y Arantza
Portabales (miña raiña).
A las librerías, porque sin ellas no habría libros, y sin libros esto no tendría
sentido. Gracias por apoyarme todo este tiempo.
A todos los que seguís las aventuras de Paola, Costoya, Modesto, Portela,
Ana, Alba, Marina, Rafa, y también en este caso de Oza, Bóveda y Rocío
Castelo.
A Bañobre (Miño, Galiza), la naturaleza, el Dépor y el heavy metal.
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