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La niña que nunca tuve

Un niña de 8 años ha sido diagnosticada con una enfermedad terminal y le quedan aproximadamente 120 días de vida. El padre intenta distraerla llevándola a pasear por la ciudad, pero la niña se da cuenta que están perdiendo tiempo valioso y prefiere pasar sus últimos días leyendo. También le pide a su padre que le explique sobre el sexo antes de morir.
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La niña que nunca tuve

Un niña de 8 años ha sido diagnosticada con una enfermedad terminal y le quedan aproximadamente 120 días de vida. El padre intenta distraerla llevándola a pasear por la ciudad, pero la niña se da cuenta que están perdiendo tiempo valioso y prefiere pasar sus últimos días leyendo. También le pide a su padre que le explique sobre el sexo antes de morir.
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La niña que nunca tuve Asentí con la cabeza. Tomé su mano, sudorosa, y la apreté.

Y ella se
quedó dormida, o, con su delicadeza de pequeña, fingió que se dormía.
A los ocho años, había sido condenada a muerte. Una extraña Al día siguiente me levanté temprano, le hice el desayuno y le preparé el
enfermedad cuyo nombre no quiero repetir, la disolvería en menos de ciento baño. Por la mañana, parecía una niña sana, y por un momento olvidé que
veinte días, según varios doctores. El médico que me dio las malas nuevas lo había sido condenada. Salí de compras. Era una esplendorosa mañana de
hizo cuan humanamente pudo, pero eso no bastó. Tuvo que ser cruel, con la noviembre, de modo que al volver a casa, le propuse que saliéramos a pasear
crueldad particular que se desarrolla en esa profesión. Le pedí que después de comer.
describiera las etapas de la enfermedad, y él precisó punto por punto –“con –¿Adónde quieres ir? –me preguntó.
un margen de dos o tres semanas”– la descomposición de mi niña. Como, –A dónde tú quieras.
terminada la descripción, él añadió: “Me temo que no hay nada más que Dijo inmediatamente:
nosotros podamos hacer”, le dije que si lo que aseguraba no era cierto, yo lo –A un lugar al que nunca hayamos ido.
maldecía. Eran tantos los lugares a los que no habíamos ido, pensé. Había sido un
Llegué a casa con pensamientos fúnebres mezclados con accesos de error que yo la concibiera, yo, que siempre tuve miedo a la descendencia.
esperanza: pero la niña estaba tendida en su camita, pálida y temblorosa, Pero no me opuse a los deseos de su madre con suficiente determinación, y
pues era la hora de los ataques. la niña nació. Su madre me abandonó hace tres años, y aquí estamos.
La niñera salió del cuarto en silencio, y yo me arrodillé al lado de la niña. Cuando salíamos, al cruzar la doble puerta del vestíbulo, un hombre alto
–¿Cómo te sientes? –le pregunté, y le besé la frente. y pálido que aguardaba la ocasión, se introdujo furtivamente en el corredor.
–Mal –dijo, y agregó–: Voy a morirme, ¿verdad? –Un drogadicto –dijo ella, y el hombre pudo oírla.
Por un descuido mío, una semana antes ella había leído una carta del –Tal vez –dije.
doctor, acerca de la posibilidad de su muerte. En la calle me recriminó:
–No creo –le dije–. De niño yo también estuve muy enfermo varias –Claro que era un drogadicto. Por qué dices tal vez.
veces y sobreviví. –Tal vez te oyó.
–Yo también quiero sobrevivir –dijo con una seriedad conmovedora–. –Y qué, es la verdad.
Pero papi, si voy a morirme, si los doctores piensan que me voy a morir, –A la gente no le gusta oír lo que uno piensa de ella.
dímelo, no me engañes. Me miró entre decepcionada y comprensiva, y dijo:
Me miraba fija, intensamente, y no pude mentir. –Supongo que no.
–Según el doctor que ha estado viéndote, podrías morirte dentro de En la esquina del Bowery y la octava, me tiró de la mano.
cuatro meses. Pero yo no le creo. –¿Por qué no vamos a Times Square?
–¿Cuatro meses? –se puso a contar, primero mentalmente y luego, para Tomamos el subterráneo en Astor Place, con su telón de fondo kitsch.
asegurarse, con los dedos–. Eso sería en febrero. Abajo, en el andén, una bandada de poetas daba un tono intelectual y hasta
elegante a ese agujero del grand gruyère. La cosa sería evacuar la ciudad,

[Link]
Ñusleter –[Link]

demolerla por completo de una sola vez, darle la espalda al sitio y –Claro, preciosa –dije después–. Perdona, pero nadie es perfecto. –Me
reintegrarse a la realidad. encogí de hombros, y creo que, si hubiera tenido rabo, lo habría escondido
Subimos al tren, ingresamos en el túnel. El carro dio un bandazo, y los entre las piernas.
pasajeros que estaban de pie fueron lanzados unos contra otros, pero los Ella cerró los ojos, y luego me miró de una manera extraña. Me
cuerpos con caras grises se mantuvieron en pie, con un movimiento atemorizó.
pendular, como si colgaran de sus ganchos en un matadero prolongado. –Papi –me dijo–, antes de morirme, quiero saber lo que es el sexo.
Cadáveres de todas las edades. Levanté las cejas y tragué saliva y se me cortó la respiración. Habría oído
El cemento era tan duro en la Calle 42 y el aire helado hería de la misma algo en la escuela, pensé, era lo natural. Me pregunté fugazmente si no habría
manera que diez años atrás, cuando caminé por primera vez en esta ciudad, fantasmas pornográficos flotando todavía por la Calle 42. Recordé al ratón
pero el lugar había cambiado. Mickey, a Pluto, a Clarabela.
En a antesala de la muerte, hubiera sido de esperar que cada quien –Sí, mi niña –dije con una sonrisa confundida–, un día de éstos te lo
buscara el placer del prójimo como el suyo propio, pero suele ocurrir lo explicaré.
contrario. Así, en lugar de un jardín de las delicias de fin de siglo, la ciudad –¿Me lo prometes?
era una morgue suprema. Asentí con la cabeza.
Dimos una vuelta por Times Square. Y así, entre aquel torbellino de –No –insistió–, quiero que lo digas.
gente muerta y un ejército de criaturas de Walt Disney, perdimos una de las Dije que se lo explicaría. Miré el reloj que estaba sobre el televisor.
ciento veinte tardes que le quedaban a mi niña. –¿Cuándo? –me preguntó.
Volvimos a casa decaídos al atardecer. Llegué al séptimo piso como –Ya son las siete, cómo corre el tiempo –le dije–. Desde luego, hoy no.
siempre, sin aliento. Las luces de un pequeño rascacielos entraban, en lugar Hizo una mueca.
de la luz de las primeras estrellas, por un ventanastro en el otro extremo de –Sí –dijo–, ya lo sé, comienzo a sentir los temblores.
nuestro apartamento. Me acerqué a la ventana. Era como arena erizada al La acompañé a su cuarto, le puse el pijama y la acosté. Le di a tomar sus
lomo de un imán, aquel paisaje. medicinas: tantas gotas de esto, tantas de aquello, tantas de lo otro.
Preparamos juntos la comida y cuando nos sentamos a comer ella me –La luz –dijo.
dijo: Apague la luz, y nos quedamos juntos en la penumbra esperando los
–Perdimos el tiempo esta tarde. Debí quedarme leyendo o estudiando. ataques.
No tengo tiempo que perder.
–Pero linda, hacía un día hermoso.
–Sí, lo sé. Sé que tratas de hacerme feliz porque tengo poco tiempo. Pero Rodrigo Rey Rosa (Guatemala, 1958)
no trates demasiado, ¿está bien?
Me quedé callado un momento, mientras ella miraba por la ventana el
pequeño rascacielos.

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