El obsequio de las palomas
Un día sí y otro también, campesinos, comerciantes y otras muchas personas
de diferente condición, se presentaban en palacio con dos o tres palomas
salvajes. El monarca las aceptaba emocionado y después las encerraba en
grandes jaulas de hierro situadas en una galería acristalada que daba al
jardín.
Seguro que te estás preguntando para qué quería tantas palomas ¿verdad?…
Pues bien, lo cierto es que la gente de Handan también se preguntaba lo mismo
que tú. Todo el mundo estaba intrigadísimo y corrían rumores de todo tipo,
pero el caso es que nunca nadie se atrevió a investigar a fondo sobre el tema
por temor a represalias ¡Al fin y al cabo el rey tenía derecho a hacer lo que
le viniera en gana!
Pasaron los años y sucedió que, una mañana de primavera, un joven muy
decidido se plantó ante el soberano con diez palomas que se revolvían
nerviosas dentro de una gran cesta de mimbre. El monarca se mostró
francamente entusiasmado.
Gracias por tu regalo, muchachito ¡Me traes nada más y nada menos que una
decena de palomas! Seguro que has tenido que esforzarte mucho para
atraparlas y yo eso lo valoro ¡Toma, ten unas monedas, te las mereces!
Viendo que el soberano parecía un hombre alegre y cordial, se animó a
preguntarle para qué las quería.
Prof. Heber Abel Cebrián Ramírez
– Alteza, perdone mi indiscreción, pero estoy muy intrigado ¿Por qué le gusta
tanto que sus súbditos le regalemos palomas?
El monarca abrió los ojos y sonrió de oreja a oreja.
– ¡Eres el primero que me lo pregunta en treinta años! ¡Demuestras valentía y
eso dice mucho de ti! No tengo ningún problema en responderte porque lo
hago por una buena causa.
Le miró fijamente y continuó hablando de forma ceremoniosa.
– Cada año, el día de Año Nuevo, realizo el mismo ritual: mando sacar las jaulas
al jardín y dejo miles de palomas en libertad ¡Es un espectáculo bellísimo ver
cómo esas aves alzan el vuelo hacia el cielo y se van para no regresar!
El muchacho se rascó la cabeza y puso cara de no comprender la explicación.
Titubeando, le hizo una nueva pregunta.
– Supongo que es una exhibición fantástica, pero… ¿Esa es la única razón por
la que lo hace, señor?
El rey suspiró profundamente y sacando pecho respondió con orgullo:
– No, muchacho, no… Principalmente lo hago porque al liberarlas estoy
demostrando que soy una persona compasiva y benévola. Me gusta hacer
buenas obras y me siento muy bien regalando a esos animalitos lo más preciado
que puede tener un ser vivo: ¡la libertad!
¡El joven se quedó patidifuso! Por muchas vueltas que le daba no entendía
dónde estaba la bondad en ese acto. Lejos de quedarse callado, se dirigió de
nuevo al soberano.
– Disculpe mi atrevimiento, pero si es posible me gustaría hacer una reflexión.
El rey seguía de un fantástico buen humor y aceptó escuchar lo que el chico
tenía que comentar.
– No tengo inconveniente ¡Habla sin temor!
Prof. Heber Abel Cebrián Ramírez
– Como sabe somos muchos los ciudadanos que nos pasamos horas cazando
palomas para usted; y sí, es cierto que atrapamos muchísimas, pero en el
intento otras mueren porque las herimos sin querer. De cada diez que
conseguimos capturar, una pierde la vida enganchada en la red. Si de verdad
usted se considera un hombre bueno es mejor que prohíba su caza.
Como si tuviera un muelle bajo sus reales posaderas, el monarca saltó del
trono y su voz profunda resonó en las paredes del gran salón.
– ¡¿Me estás diciendo que prohíba su caza, mequetrefe?! ¡¿Cómo te atreves…?!
El joven no se amedrentó y siguió con su razonamiento.
¡Sí, señor, eso le propongo! Por culpa de la caza muchas palomas mueren sin
remedio y las que sobreviven pasan meses encerradas en jaulas esperando ser
liberadas ¡No lo entiendo!… ¿No le parece absurdo tenerlas cautivas tanto
tiempo? ¡Ellas ya han nacido libres! Si yo fuera paloma, no tendría nada que
agradecerle a usted.
El rey se quedó en silencio. Hasta ese momento jamás se había parado a
pensar en las consecuencias de sus actos. Creyendo que hacía el bien estaba
privando de libertad a miles de palomas cada año solo por darse el gusto
soltarlas.
Tras un rato absorto en sus pensamientos reconoció su error.
– ¡Está bien, muchachito! Te diré que tus palabras me han hecho cambiar de
pensamiento. Tienes toda la razón: esta tradición no me convierte en una
buena persona y tampoco en un rey más justo ¡Hoy mismo mandaré que la
prohíban terminantemente!
Antes de que el chico pudiera decir nada, el monarca chascó los dedos y un
sirviente le acercó una caja dorada adornada con impresionantes rubíes, rojos
como el fuego. La abrió, cogió un saquito de tela repleto de monedas de oro y
se la entregó al joven.
Prof. Heber Abel Cebrián Ramírez
– Tu consejo ha sido el mejor que he recibido en muchos años así que aquí
tienes una buena cantidad de dinero como muestra de mi agradecimiento.
Creo que será suficiente para que vivas bien unos cuantos años, pero si algún
día necesitas algo no dudes en acudir a mí.
El muchacho se guardó la bolsa en el bolsillo del pantalón, hizo una reverencia
muy respetuosa, y sintiéndose muy feliz regresó a su hogar. La historia se
propagó por todo Handan y el misterio de las palomas quedó resuelto.
Moraleja: Antes de hacer algo o tomar una decisión importante siempre
debemos pensar bien las consecuencias para asegurarnos de que no estamos
ocasionando daño a los demás.
Prof. Heber Abel Cebrián Ramírez