MASON, T. W.
(1974) “La
primacía de la política:
política y economía”. En
WOOLF, S. J. La
Historia Política Social Contemporánea
Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires
19 pag.
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T. W. MASON, (1974) "La primacía de la política: política y economía en la
Alemania nacionalsocialista", En S. J. Woolf: La naturaleza del fascismo,
México: Grijalbo.
La primacía de la política: política y económica en la Alemania
nacionalsocialista
T. W. Mason
Una de las principales cuestiones que interesan a la historiografía marxista es la de
la relación entre la economía y la política en la época capitalista. Su tesis central
quizá pudiera explicarse así: la esfera de la política representa, en general, una
supraestructura del sistema económico y social específico, y cumple la función de
perpetuar ese sistema. Los historiadores marxistas en general rechazan la
existencia de un dominio político autónomo, con sus propias leyes
autodeterminantes, y asimismo atribuyen las tendencias al desarrollo de ese
dominio político autónomo a un equilibrio temporal entre las diferentes fuerzas
sociales y económicas. La política en cuanto tal es incomprensible hasta que las
fuerzas del desarrollo económico y social son elucidadas como fuerzas que
determinan las formas y sustancia de la vida política. Todas las concepciones y los
análisis históricos que no intentan semejante elucidación, o que niegan el valor de
tal intento, se catalogan todo lo más como acientíficos, o lo que es peor, como
justificaciones ideológicamente motivadas del status quo social. La idea de que la
economía tiene el sistema de gobierno que necesita, se considera como mejor
punto de partida para la investigación histórica que el dicho de que el pueblo tiene
el gobierno que se merece. Es innecesario señalar aquí que este enfoque marxista
ha demostrado su valor en la práctica de la investigación y los escritos históricos.(2)
Pero la gran mayoría de las obras sobre la historia del nacional-socialismo que han
aparecido en Occidente se caracterizan precisamente por el rechazo de ese
enfoque. Con demasiada rapidez se lanzan a apostrofar a la economía como una
esfera más de la vida pública, junto con muchas otras, todas las cuales se suponen
sometidas en la misma medida a la corrección draconiana de una dictadura política
sin inhibiciones.(3)
Por otra parte la investigación histórica moderna en la Alemania Oriental se
encuentra todavía presidida por la definición del fascismo de Dimitrov como
"dictadura abiertamente terrorista de los elementos más reaccionarios, más
chovinistas y más imperialistas del capital financiero".(4) Sin duda esta definición
cumplió cierta función y era plausible hasta cierto punto en 1935, pero hoy día, a la
vista de desarrollo posterior de la Alemania nazi, sólo puede tener un uso muy
limitado como punto de partida para una investigación, y ciertamente no puede
considerarse como la respuesta al problema de la relación entre la política y la
economía bajo el nacional-socialismo.
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No es que la verdad esté en un punto medio entre estas dos interpretaciones (aquí
casi caricaturizadas). Pero anticipando la conclusión de nuestro estudio, todavía
muy provisional, se trataría de que tanto la política interior como la exterior del
gobierno nazi se fue volviendo, desde 1936, cada vez más independiente de la
influencia de las clases económicamente dominantes, e incluso, en algunos
aspectos esenciales, fue contraria a sus intereses. Esta relación es, sin embargo,
única en la historia de la moderna sociedad burguesa y de sus gobiernos, y esto es
(5)
precisamente lo que hay que explicar. Según la teoría marxista, no puede
explicarse sólo por el establecimiento de un ilimitado despotismo político, es decir:
refiriéndose únicamente al impacto de los controles estatales. La autonomía de las
leyes que rigen el funcionamiento del sistema económico capitalista es demasiado
fuerte para que ése haya sido el caso, y además, la importancia de la economía
para la vida política es demasiado grande. Más bien debieron haber tenido lugar
cambios estructurales de gran alcance tanto en la economía como en la sociedad
antes de que fuera posible que el Estado nacional-socialista asumiera un papel
totalmente independiente, y se asegurara así la "primacía de la política". El punto de
partida metodológico, el enfoque, debe mucho por tanto a las ideas provenientes de
la teoría marxista.
El propósito de este ensayo es demostrar la existencia de una "primacía de la
política" en la Alemania nazi, y buscar sus raíces en la historia económica del
período. Con objeto de evitar desde ahora ciertas incomprensiones, recalquemos el
hecho de que la cuestión que nos interesa aquí no es qué clase de sistema
económico existía en aquella época: si era una economía de mercado, una
economía centralmente planificada, o una especie de capitalismo monopolista de
Estado.(6) Igualmente excedería los límites de este ensayo el describir con todo
detalle la verdadera estructura de la maquinaria gubernamental, y examinar
sistemáticamente los fundamentos de su política y sus fines. Los primeros estudios
en los que se pretende esclarecer esta última cuestión no permiten establecer
todavía más que suposiciones.(7) Incluso dentro de estos límites, el presente ensayo
es muy especulativo. La discusión teórica de los años 30 sobre la naturaleza y
estructura del régimen nacional-socialista no fue proseguida realmente después de
1945;(8) la labor de integrar la inmensa cantidad de documentos de los que se
dispone recientemente en un marco interpretativo, supondrá un alto grado de
cooperación entre los historiadores y los especialistas en ciencias sociales de un
amplio campo de disciplinas. La tarea apenas ha comenzado,y, por tanto, lo que
aquí se presenta es, esencialmente, un conjunto de hipótesis de trabajo.
La transición
Los líderes del nacional-socialismo afirmaron constantemente que habían
restaurado la "primacía de la política". En lugar de los débiles gobiernos de la
República de Weimar, que habían actuado principalmente bajo la influencia de los
grupos de interés con los que estaban relacionados, habían introducido, o así lo
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afirmaban, una jefatura estatal políticamente independiente y enérgica, que ya no se
veía forzada a tener en cuenta los deseos egoístas y mezquinos de los intereses
particulares en la esfera social o económica cuando había que tomar importantes
decisiones. Como slogan, la "primacía de la política" fue indudablemente muy
efectivo, ya que prometía poner fin a la zozobra económica y nacional
aparentemente interminable de los años anteriores a 1933.
Para las fuerzas en que se apoyaba la República de Weimar, esta zozobra provenía
del fracaso de la República al intentar establecer compromisos duraderos entre sus
clases e intereses sociales y sus agrupaciones políticas. En la estructura de la
República se había institucionalizado una contradicción básica: las clases
trabajadoras tenían la posibilidad de obtener un poder político, pero no garantías
sociales, en tanto que las clases poseedoras tenían un poder social, pero no
garantías políticas. De una importancia mayor, y más directamente política, fue el
hecho de que las clases poseedoras no estuvieran unidas entre sí: la estructura
política y social de la Alemania burguesa, sacudida ya en sus cimientos por la
Primera Guerra Mundial y la inflación, se cuarteó con violencia bajo la presión de la
crisis económica mundial. La relación causal entre la crisis económica mundial y la
toma del poder por los nazis necesita un examen más detallado;(9) pero puede
decirse con seguridad que la crisis económica contribuyó de dos maneras decisivas
a la toma del poder: en primer lugar, privó a la industria de la única alternativa
política que le quedaba abierta, al hacer impracticable la cooperación económica
con los [Link]. Por tanto, las clases poseedoras se desintegraron tanto económica
como políticamente en sus grupos básicamente divergentes. Un nuevo
acercamiento a las potencias occidentales se produjo en julio de 1932, pero llegó
demasiado tarde para rectificar este proceso. En segundo lugar, el desempleo
masivo significaba que el conflicto de clases se expresaría de nuevo e
inmediatamente en términos políticos, lo cual se había visto impedido hasta
entonces por el acuerdo básico obtenido entre los partidos burgueses, la
socialdemocracia y los sindicatos, después de 1924. La debilidad estructural
fundamental de la República de Weimar se hizo de nuevo visible en una forma
políticamente intensa: esta vez entrañó un notable aumento de la fuerza del Partido
Comunista (K.P.D.), y una radicalización de las organizaciones de empleados. Los
problemas acumulados que tenían su origen en la impracticable estructura de la
sociedad alemana, eran menos susceptibles de solución durante la crisis
económica mundial que en cualquier otro momento. Al enfrentarse a estos
problemas, la burguesía, la vieja y la nueva pequeña burguesía, y la población rural,
buscaron todos su salvación en una irracional evasión a la "pura política": la política
como propaganda, la exaltación nacional, el culto del jefe, el antisemitismo y el
anticomunismo, el anhelo por una comunidad preindustrial idealizada...; todo ello
servía de seudosolución política a los problemas estructurales del orden social de la
Alemania de Weimar. El movimiento nacional-socialista fue el vehículo de esta huída
de la realidad al mundo fantástico de la afectiva armonía y unidad racial-nacional,
pero los diversos grupos sociales que se unieron a él durante los años 1930-1933
no vieron incompatibilidad entre el nuevo estilo político y la vigorosa prosecución de
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sus particulares (e incompatibles) intereses sociales y económicos dentro del
movimiento.
En los años entre 1924 y 1929, la situación económica dio a los diferentes
gobiernos burgueses de coalición cierta libertad de acción que permitió, en
conjunto, una conciliación de los intereses económicos de los grupos y las clases
en oposición, lo que no puso en peligro grave a la situación del capital.(10) La
creciente crisis económica acentuó las luchas entre las clases y entre los grupos de
interés, y así privó al Estado de esta libertad. Por la misma razón, la libertad que los
líderes de los partidos habían tenido frente a sus propios seguidores (especialmente
la de la jefatura socialdemócrata), desapareció también, y con ella la posibilidad de
formar gobiernos de coalición parlamentaria. En estas circunstancias, la relativa
autonomía del Estado, en realidad su existencia misma, sólo podía preservarse por
la formación de gabinetes presidenciales, que prometían divorciar al gobierno de la
esfera de los conflictos políticos entre los grupos de interés. Aunque el gabinete de
Brüning aportó una significativa reducción en el nivel de vida de la población
trabajadora, fue incapaz de resolver los grandes problemas de la política interior,
económica y extranjera, y, por tanto, de dar a la sociedad burguesa una nueva
estructura y una nueva dirección en su desarrollo. Y durante el gobierno "apolítico"
de Brüning, le preocupación pública por la estructura y los fines de la sociedad,
necesariamente se había vuelto más urgente e histérica. En el año 1932, todas las
organizaciones políticas, con excepción del Partido Socialdemócrata, estaban
convencidas de que era imprescindible un sistema completamente nuevo de
gobierno, ya fuera éste un Estado corporativo católico, una autocracia bonapartista
(Schleicher), un Estado nacional-socialista basado en el principio de la jefatura, o
una dictadura del proletariado. La maquinaria estatal había aumentado desde luego
su independencia de las presiones sociales durantes estos años -la política
deflacionaria de Brüning dañó los intereses materiales a corto plazo de todas las
clases de la sociedad y de todos los grupos de presión- pero, en realidad, había
cesado de funcionar como representación de las clases poseedoras en conjunto, no
digamos de todo el pueblo, y la opinión pública alemana estaba plenamente
consciente de ello.(11)
"La sociedad civil" ya no era capaz de reproducirse. La precondición básica para
vencer esta situacion era la recuperación de la economía. El capital no podía
lograrlo por sí mismo, principalmente debido al poder de los "cárteles" de la
industria pesada.(12) Una recuperación económica en interés de la clase media sólo
podía ser lograda por un gobierno que fuera lo bastante fuerte para: a) mediar entre
los intereses opuestos de los sectores de la industria pesada y de la industria de
bienes de consumo y proteger los intereses especiales de la agricultura; b) aportar
en el interior una "paz y tranquilidad" generales a la industria;(13) c) impedir que el
nivel de vida de la mayoría de la población ascendiera durante algún tiempo por
encima del nivel de la crisis -lo que significaba en efecto la eliminación de los
sindicatos-; d) efectuar un control y administración estrictos de los recursos de
cambio extranjero, ahora muy escasos; e) combatir efectivamente el temor,
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profundamente arraigado, de la inflación, haciendo así posible una expansión del
crédito patrocinada por el Estado.
En resumen, la reproducción de la sociedad sólo podía garantizarse mediante
radicales medios políticos.(14) En 1933, sólo el nacional-socialismo cumplía estas
condiciones mínimas. Su inseguridad y oportunismo en muchas cuestiones
específicas, el carácter socialmente heterogéneo de sus seguidores, la rudeza con
que sus decisiones, una vez tomadas, eran puestas en práctica, y el éxito
demostrado de sus métodos de propaganda, todo contribuía a hacerlo aparecer
como el vehículo más adecuado para una renovación de la sociedad civil. Al final,
cuando el canciller Schleicher empezó a negociar con los sindicatos y las Secciones
de Asalto, la industria pesada pudo sacar las conclusiones necesarias.
En una democracia estable y liberal, la principal función de la política es reconciliar
los intereses de los grupos sociales gobernantes entre ellos, interpretar sus
necesidades comunes, y proveerlos de los medios más adecuados, en sus
aspectos interior y exterior. Esta armoniosa cooperación entre la economía y el
Estado exige, a la larga, el reconocimiento, en una forma que sea aceptable a los
negocios, de los intereses básicos sociales y económicos de la clase trabajadora, y
un consenso de los órganos de opinión más poderosos en asuntos de principios
políticos. Estos son, generalmente hablando, más bien funciones de la sociedad
civil que resultados de la administración pública. En Alemania, por otra parte, fue
función del nacional-socialismo el crear un nuevo compromiso social y económico,
un nuevo consenso público, en realidad una nueva representación general del
pueblo, por medios políticos, y, en el contexto de 1933, eso significaba
necesariamente el franco uso de la fuerza. La primacía de la política, innegable allí
en 1933 -la implantación de una dictadura, el terrorismo, la unificación política y
cultural-, fue el resultado de una desintegración social que el nazismo debía reparar.
Por tanto Schchat, Von Papen, los grupos de la Reichswehr y la industria,
esperaban que fuera posible librarse después de los nacional-socialistas, o al
menos limitarlos a una función decorativa en el Estado, tan pronto como la
reconstrucción de una sociedad civil viable hiciera posible que asumieran de nuevo
el poder político las tradicionales clases gobernantes. Estos grupos esperaban
asegurar su supremacía social, que se basaba en la propiedad privada y estaba
amenazada por el Partido Comunista Alemán, cediendo temporalmente el ejercicio
directo del poder político. Esta esperanza, naturalmente, no se cumplió. Desde un
punto de vista histórico, la incapacidad de los representantes políticos de las clases
poseedoras para formular y llevar a cabo su propia política, su abdicación en favor
del nacional-socialismo, aunque estuviera marcada en parte por la idea, de que se
trataba de un indiferente "compañero de viaje", representó una gran derrota
histórica. La jefatura política del Tercer Reich pudo, por medios no previstos por
nadie, mantener su independencia respecto de las viejas clases gobernantes a las
que había ganado en la crisis 1930-1933. Y no cumplió luego su función de volverse
obsoleta.
La distribución del poder en la maquinaria del gobierno nacional-socialista
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Una condición fundamental de la primacía de la política era, en cualquier caso, cosa
de cajón en el nacional-socialismo, a saber: la fuerte concentración del poder en
manos de un jefe que dominara totalmente incluso a sus más íntimos asociados.
Por razones de táctica, así como de disposición y carácter, Hitler se mantuvo con
frecuencia apartado de las actividades gubernamentales rutinarias; su función en el
sistema de gobierno del Tercer Reich fue principalmente, con excepción de la
política exterior (después estrategia), y de sus aficiones personales (armas y
arquitectura militar), la de un supremo árbitro. Todas las proposiciones de los jefes
de departamento y de los líderes del partido requerían su aprobación personal;
jamás hubo una responsabilidad colectiva dentro del gobierno; una vez tomadas las
decisiones de Hitler nunca podían ser prácticamente frustradas o alteradas por los
responsables de su puesta en marcha. Naturalmente, esto no significa que sólo
Hitler tuviera la responsabilidad histórica de toda la política nazi sino más bien que,
en las cuestiones importantes, los diversos grupos gobernantes dentro del Tercer
Reich sólo podían hacer valer sus intereses través de este canal, y que la
(15)
aprobación del Führer no era una simple formalidad. Se glorificó a un supremo
árbitro político cuya comprensión de la política era predominantemente estética;
que tendía a ver la política en términos de voluntad, de espectáculo, de disfrute del
poder y de habilidad táctica, y que dejaba todos los problemas sustanciales de la
política interior en manos de los "expertos", pero que no podía ni quería tomar
decisiones sobre las soluciones contradictorias que ellos le proponían. El pensar en
términos económicos era totalmente extraño a los miembros de la vieja guardia en
la jefatura del sistema nacional-socialista, es decir, a aquellos que tenían más fácil
acceso a Hitler.(16) Por economía, Hitler entendía solamente lo que se producía. Su
memorándum sobre el segundo Plan Cuatrienal, exigía repetida y exclusivamente la
simple acumulación de mercancías y armamentos,(17) y su discurso del 20 de
febrero de 1938 ante el Reichstag -probablemente el único sobre el tema- consistió
solamente en la lista de las cifras de los aumentos de la producción en Alemania
desde que él había llegado al poder. No tenía la menor idea acerca de la cuestión
de cómo hacer las cosas en la política económica y apenas hay indicación alguna
de que se preocupara jamás de las consecuencias económicas de sus metas
políticas, o por las decisiones que adoptaba en política exterior.(18)
Hasta 1942 ningún experto económico digno de mención fue miembro del círculo
íntimo de los consejeros de Hitler. De los primeros hombres que tendieron lazos
entre el partido y la industria, Funk fue al Ministerio de Propaganda, Kessler resultó
un inepto, y la influencia de Keppler jamás estuvo a la altura de sus ambiciones.(19)
Ya a mediados de 1933, la posición de Thyssen como el industrial favorito de Hitler
estaba minada: su apoyo a un sistema gremial de organización social semejante a la
que propugnaba Othmar Spann, era irreconciliable con las reivindicaciones del
Partido Nazi en el sentido de ejercer un papel dirigente en todas las esferas. En los
años 1934 y 1935, a Schacht, a la sazón presidente del Reichsbank y Ministro de
Economía, se le permitió desarrollar una política económica casi sin trabas. Sus
contactos con los bancos, firmas importantes y organizaciones económicas, fueron
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muy estrechos, pero jamás disfrutó de la confianza total del Partido o del Führer.
Este sistema sólo podía durar mientras no hubiera signos de crisis en la situación
económica interior. Pero en 1936, ya no era éste el caso. Desde el principio de ese
año, las decisiones fundamentales tuvieron que contar siempre con el visto bueno
de Hitler. Por esta razón, si no es que hubo también otra, fue necesario nombrar a
un miembro de la vieja guardia de toda la confianza de Hitler para que asumiera la
dirección de la política económica. Este papel le iba bien a Goering, Ministro
presidente de Prusia y Coronel general de las Fuerzas Aéreas, y le iba muy bien en
tanto que sus prejuicios ideológicos eran mucho menos acusados que los de la
mayoría de los jerarcas del partido; en efecto, él parecía completamente dispuesto a
aceptar los argumentos realistas del servicio civil. Sin embargo, Goering no estaba a
la altura de la tarea de introducir medidas necesarias pero impopulares de
planificación económica, y de tomar en consideración, hasta cierto punto, los
intereses de la economía en la formulación y ejecución de la política exterior. Como
quiera que el servicio civil y los representantes de la industria creían tenerle en sus
manos, él tendía a escurrirse y a sacrificar las discusiones pragmáticas a su lealtad
(20)
al movimiento y a su temor al Führer. Hasta febrero de 1942, en que Speer fue
nombrado Ministro de Armamentos y Municiones, no llegó el ámbito efectivo de las
consideraciones económicas a la antecámara del árbitro político del Tercer Reich.
Así la estructura política y la personalidad del Führer proporcionaron una base
favorable para el mantenimiento de la "primacía de la política", y es en verdad muy
difícil demostrar la participación de los dirigentes económicos de las organizaciones
económicas, incluso de un modo indirecto, en la formación de la política total del
Tercer Reich. Una razón muy importante para esto fue la nueva posición de
Alemania en el comercio mundial y el mercado de capital internacional. Durante la
República de Weimar, la economía y la política exterior habían estado íntimamente
ligadas, pero esta relación se disolvió por completo al llegar el fin de las
reparaciones. Por esta razón, y gracias también al control extensivo de todas las
transacciones en moneda extranjera, que fue el resultado del "Nuevo Plan" de
Schacht, la política exterior alemana ya no se vio trabada por la necesidad de tomar
en consideración las posibles sanciones económicas de las potencias occidentales.
Por tanto, no es sorprendente que la presión de los grupos de interés económico
desempeñara un papel insignificante en las decisiones de abandonar la Liga de las
Naciones (noviembre de 1933), de implantar de nuevo el servicio militar obligatorio
(marzo de 1935), y de volver a ocupar las tierras del Rin en marzo de 1936. Al
parecer, ni siquiera fueron consultados. A partir de 1933, hasta 1936, la política
económica, y en parte también la política social, quedaron en manos de las clases
poseedoras, pero no se les permitió que desempeñaran ningún papel directamente
político fuera de esas esferas. Esta división del trabajo, y la aprobación dada en los
círculos económicos a los agresivos movimientos en la política exterior en estos
años, se basaba en la creencia de la industria y el Partido Nacional-Socialista
compartían un programa imperialista común. Este aparente consenso de opinión no
es sólo evidente en la cooperación entre la industria pesada, los militares, el partido
y el servicio civil, en la cuestión del rearme.(21) En lo que se refiere a la resistencia a
Hitler, sin duda hubo muchos industriales y empresarios que consideraron la nueva
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política exterior un "poco arriesgada", y la persecución de comunistas y judíos algo
"innecesario", o incluso equivocado; pero queda en pie el hecho de que esos
círculos no ofrecieron en absoluto ninguna resistencia efectiva durante los años en
cuestión, y que ellos eran precisamente los grupos cuya posición social les ofrecía
mayor campo para tal acción. Esta aparente armonía entre los fines de los grupos
gobernantes tuvo un resultado que, a primera vista, parece paradójico: los lazos
directos entre las élites económicas y políticas se tornaron más débiles de lo que
habían sido en la República de Weimar. Durante los años de reconstrucción
económica y militar, relativamente sin problemas, la industria había descuidado el
mantenimiento y la salvaguardia de su poder al nivel político. Hugenberg había
dimitido como Ministro de Economía; todos los partidos, excepto el Partido Nazi,
habían sido prohibidos; Seldte, Ministro de Trabajo, simplemente no había hecho
nada cuando la organización de los "Cascos de Acero" controlada por él, le fue
arrebatada y entregada a las Secciones de Asaldo, y Von Papen había sido
relegado, en otoño de 1934, de Vice-Canciller a Embajador especial en Viena.
Después de estos cambios, el único representante de la vieja burguesía que
quedaba en el gobierno era Schacht.(22) Mucho se hizo para depender de su
influencia. En 1936, Schacht reconstruyó las antiguas organizaciones de
empresarios, cámaras de comercio y grupos industriales, en una vasta
"Organización de la Industria", y, en la Cámara de la Economía del Reich, creó una
nueva organización cumbre para ello. Su propósito era, por una parte, permitir al
Estado que manipulara la economía con mayor facilidad en los asuntos técnicos
(racionamiento del intercambio exterior, etc.), y, por otra, consolidar la posición y el
poder de la industria dentro del sistema total.(23) En un Estado liberal, o en uno
autoritario, tal vez hubiera sido posible una cooperación provechosa y duradera
entre el Estado y la economía sobre la base de este moderno corporativismo, con el
fin de obtener una gradual expansión imperialista, sin extender más el poder político
de la industria. Pero las consecuencias de la forzada carrera de armamentos
eliminaron esta posibilidad.
La desintegración del bloque de poder industrial
Desde 1879, la industria pesada había sido el factor determinante en la economía
política de Alemania. Había sido -en contraste con la experiencia británica- el
vehículo de la revolución industrial, y, en sus muchas confrontaciones con el sector
de bienes de consumo, las organizaciones artesanales y los intereses comerciales
respecto a las tarifas protectoras, acuerdos de precio, y, más recientemente, con
relación con las medidas relativas a las obras públicas (1932-1933), la industria
pesada siempre se había salido con la suya. La toma del poder por los nazis
difícilmente hubiera sido posible sin el apoyo de importantes círculos en la industria
pesada durante los años de crisis. Pero, en 1936, se observó un gran cambio en la
estructura de la economía alemana, que, aunque inherente al sistema, no había sido
previsto por ninguno de los grupos gobernantes. Mientas que, bajo la República de
Weimar, la producción industrial se había visto trabada por la falta de capital líquido,
ahora, como resultado del auge rearmamentista, se hicieron patentes nuevos límites
de la producción más tangibles: escasez de materias primas del extranjero, y de
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mano de obra. Estos dos factores fueron decisivos en la economía alemana de
guerra, y dieron por resultado la transformación de la estructura del poder
económico, y, por tanto, un cambio en las relaciones entre la economía y la política,
entre la industria y el Estado.
En primer lugar, la falta de intercambio con el extranjero: el rearme exigía cada vez
más grandes importaciones de materias primas, pero no contribuía al
correspondiente aumento de la exportación.(24) A esto se añadía la necesidad de
importar cantidades cada vez mayores de alimentos para una población cuya
capacidad total adquisitiva se elevaba lentamente al ir desapareciendo el
desempleo. Si no podía reducirse el rearme, el único modo de evitar una repetición
de la crisis del comercio exterior de 1936 era procurar que aumentara la producción
doméstica de materias primas.(25) Pero reducir el rearme era una imposibilidad
política para el nazismo. Schacht trató en vano de animar esta línea de acción, y los
jefes de las industrias del hierro y acero le prestaron su apoyo objetivo, aunque no
deliberado, al oponerse a la explotación de las minas de hierro alemanas de baja
productividad. La industria química (es decir, la I. G. Farben) se convirtió en el nuevo
pilar económico del Tercer Reich, e impulsó la producción sintética a gran escala de
vitales materias primas, tales como el caucho y el petróleo. La decisión de la
jefatura del Estado, favorable a ella y el anuncio del segundo Plan Cuatrienal, en
septiembre de 1936 -que en su fase final fue una decisión personal de Hitler-, acabó
definitivamente con la supremacía económica y política de la industria pesada. Al
mismo tiempo, esto puso fin a la formación de cualquier voluntad pública general y
unificada, o representación de intereses, por parte del capital alemán, tal como la
que la asociación de patronos (Reichsverband) había logrado desarrollarse bajo la
República de Weimar. En el rearme forzado de los últimos años de preguerra, las
grandes organizaciones industriales perdieron su visión de conjunto y el control del
desarrollo económico general; todo lo que quedó fueron los intereses específicos de
las firmas individuales, y a lo más, de ciertas ramas de la economía. La industria
pesada ya no pudo seguir afirmando que sus intereses eran idénticos a los del
imperialismo alemán en general, ni valerse de esta afirmación. Como resultado del
desarrollo tecnológico, el rearme, por el que la industria pesada había luchado tanto
y tan insistentemente desde 1919, marcó el principio de su propia caída. La
industria pesada se convirtió en la víctima de su propia expansión. La dirección y la
dinámica de la economía nacional-socialista y su política exterior, a partir de 1936,
estuvieron condicionadas por la producción doméstica de materias primas. Sin la
acelerada expansión de la industria química, jamás se hubieran arriesgado a una
guerra europea en 1939.(26)
Estos cambios estructurales se vieron reforzados y acelerados gracias a los
desarrollos en el mercado laboral. En este período de rápido avance en el rearme, la
bolsa pública se convirtió en el factor decisivo en la formación de la economía
alemana. En 1939, la parte de los gastos del Reich en el producto nacional bruto era
del 34 % al 35 %, dos tercios de lo cual se destinaban a la preparación de la guerra.
(27)
Los gastos de armamentos habían aumentado 15 veces en 7 años. Hasta enero
10
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de 1939 los contratos públicos no estuvieron sujetos a la congelación de precios, y,
por el contrario, la mayoría fueron calculados sobre la base de un "sobrecosto".
Para aumentar sus beneficios, cada contratista trató de obtener estos pedidos y
cumplirlos lo más puntualmente posible, a fin de que fuera tomado en consideración
al asignarse nuevos contratos. Esto, unido a la escasez de mano de obra y materias
primas, originada por la carrera de armamentos, llevó a una implacable
competencia entre las firmas, no por los mercados, que eran ilimitados para las
industrias a que nos referimos, sino por los factores básicos de la producción. Las
firmas que producían mercancías necesarias para el armamento tenían una posición
ventajosa en la lucha por las materias primas y, en virtud de estimaciones
generosamente calculadas, podían atraer a los trabajadores con salarios mejores,
llevándoselos de otras firmas. Así, una nueva brecha se añadió a la división ya
existente en la economía, provocada por el auge de la industria química: entre las
firmas dedicadas primordialmente a la carrera de armamentos y las que producían
principalmente bienes de consumo o de exportación. Aunque las minas de carbón,
por ejemplo, eran indispensables a la economía de guerra, esta industria exportaba
la sexta parte de su producción, y no hacía entregas directas a las fuerzas armadas;
en consecuencia, lo salarios seguían siendo bajos y los mineros abandonaban el
trabajo en número cada vez mayor y se pasaban a otras ramas de la industria. La
productividad per capita de los mineros decreció, y, al principio de la guerra, había
una escasez de carbón que parecía constituir una grave amenaza al programa del
transporte del ejército por ferrocarril. Los mismos factores amenazaban también la
producción agrícola, mientras que las industrias de la construcción, química e
ingeniería, disfrutaban de una prosperidad sin precedentes.(28)
Esta intensificación y este cambio del carácter de la competencia capitalista
contribuyó aún más a la desintegración del poder político de la industria en general.
Una vez liberados con los métodos terroristas de la Gestapo de la necesidad de
defenderse de una clase obrera organizada, y aliviados por el auge de los
armamentos de la necesidad de planear y limitar la producción sobre la base de
"cárteles", las clases poseedoras perdieron su sentido de interés común. El interés
colectivo del sistema económico capitalista se fue disolviendo progresivamente,
desde 1936 a 1939, en una simple aglomeración de intereses a corto plazo de las
firmas individuales, que, al revés de una expresión de Lenin, marcharon
separadamente y cayeron juntas. No es una burda supersimplificación decir que
fueron compradas por el gobierno.(29) La bolsa pública, es decir, una parte de la
misma institución que determinaba la política exterior, se convirtió en el intérprete
de los intereses de la economía, únicamente por la virtud de sus recursos
financieros. La Cámara de la Economía del Reich, creada en 1936 para encabezar la
nueva y fortalecida Organización de la Industria, en realidad solamente llevó a cabo
tareas técnicas y administrativas para el gobierno del Reich, y fue incapaz de
hacerse sentir en el terreno de la alta política.
En lo que se refiere a la distribución de materias primas, el Estado no consiguió
suprimir la competencia entre las firmas y el creciente número de agencias públicas
que promovían contratos hasta 1941-1942. Por otra parte el Estado, por razones
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políticas, sólo tenía un interés limitado en regular el mercado laboral en favor de la
industria. Para el otoño de 1936, la escasez de mano de obra en la industria de la
construcción y del metal, había llevado a considerables aumentos de salarios, en
parte forzados por las huelgas, y a la práctica muy extendida de atraer a los
trabajadores calificados de una firma a otra, con la oferta de mejores condiciones
de trabajo. Debería haber quedado claro para entonces que no se trataba, en estos
casos, de simples fenómenos temporales, sino que representaban, en realidad, las
consecuencias necesarias de un programa de rearme que estaba solamente en sus
etapas iniciales. Para prevenir la extensión de esas condiciones a todo el mercado
laboral e impedir que tuvieran un efecto nocivo en la política de rearme, al reducir la
productividad y aumentar el poder adquisitivo de la población, se hacían necesarias
estas tres medidas: limitar en general la libertad del movimiento laboral, fijar salarios
máximos, y distribuir adecuadamente los recursos económicos entre las tareas que
tenían prioridad. La jefatura nazi omitió deliberadamente dar estos pasos, que
solicitaron diversos ministros, hasta que la crisis internacional provocada por el
asunto de los Sudetes cobró importancia en el verano de 1938, y no sólo
proporcionó el pretexto (que exigían las consideraciones de la propaganda interior)
sino que también hizo completamente inevitables tales controles por parte del
Estado.(30) Para esta época, la escasez de mano de obra se había hecho general
los empleados de comercio y los peluqueros eran tan escasos como los torneros.
Las razones de esta pasividad del gobierno eran completamente obvias, y, al mismo
tiempo, arrojan clara luz sobre el problema de la primacía de la política: todas las
medidas antes mencionadas fueron rechazadas durante dos años por la jefatura
política, pues esos pasos radicales contra los intereses materiales de los
trabajadores y los consumidores no se conciliaban con la tarea política de
"educarlos" en el espíritu del nacional-socialismo. El nazismo consideraba
absolutamente necesario, al menos hasta bien entrado en la guerra, estar
completamente seguro de la simpatía activa y la conformidad de la gran masa de la
población, con su ideología, sus metas y su política. El intento de conseguir esto
mediante una demagogia seudoigualitaria, mejorando las amenidades sociales en
las fábricas, y mediante "la fuerza de la alegría", etc., había fracasado de modo que
la aceptación del sistema por los trabajadores tenía que ser comprada con salarios
elevados, vacaciones pagadas, etc., etc.,(31) aunque tales medidas estaban en
contradicción directa con las exigencias de la carrera de armamentos, que, al
mismo tiempo, el gobierno estaba decidido a acelerar. Por la misma razón, los jefes
políticos obstruyeron los esfuerzos de la industria (dirigida por la Cámara de la
Economía) por limitar el creciente poder del Frente de Trabajo. A esta organización
se le había encomendado la tarea de ganarse a los trabajadores al
nacional-socialismo, y nada, ni siquiera la marcha uniforme de la economía bélica,
podía estorbar sus esfuerzos, aún cuando el Frente del Trabajo actuara en forma
disimulada, si bien después de 1936 en medida creciente, como portador de los
intereses económicos de las clases trabajadoras.(32)
La vieja contradicción entre el poder político potencial y la impotencia económica
de las clases trabajadoras había sido "resuelta" aparentemente cuando los nazis
destruyeron las organizaciones obreras en 1933, pero los elementos plebiscitarios
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del sistema, que necesariamente salieron a la superficie después de haberse
conseguido el pleno empleo, hicieron más difícil la represión política y económica
de la clase trabajadora, y requirieron el sancionamiento de las mejoras materiales
para movilizar su apoyo. La contradicción entre la demagogia ("La fuerza de la
alegría") y la práctica política (el rearme forzado) reprodujo la contradicción entre la
base de masas necesaria para el nazismo y la estructura inalterable de las
relaciones de propiedad. El trabajo explotaba su propia escasez creciente, y el
gobierno tenía que ceder en esto.
Aunque la sugerencia de que debía restringirse la libertad de los trabajadores para
cambiar de empleo apenas encontró resistencia alguna entre los patronos,(33) su
reacción a la proposición de que debía fijarse un límite superior a los salarios fue
muy distinta. Las firmas que estaban directa o indirectamente relacionadas con el
rearme necesitaban más y más trabajadores. Un ejército de reserva de trabajadores
parados "que podían ser utilizados en cualquier parte",(34) había cesado
efectivamente de existir desde principios de 1937. Los trabajadores adicionales, por
tanto, habían de ser atraídos de otras firmas, y el mejor medio para conseguirlo era
ofrecerles mejores salarios. Hasta que se hubo implantado a fines de 1939, una
forma eficiente de desplazamiento de los trabajadores, bajo el control del Estado,
que pudo dirigir a los trabajadores al sector de armamentos y obligarlos a quedarse
allí, la congelación de salarios no respondía en absoluto a los intereses de los
patronos. Las escalas de salario máximo, que se introdujeron en los últimos doce
meses antes del estallido de la guerra, fueron saboteadas en la práctica por muchos
empresarios, mediante regalos y primas secretas a sus trabajadores.(35) También
existió el importante problema de la constante baja del rendimiento de los
trabajadores; consecuencia, en parte, del agotamiento físico de los mismos
(demasiadas horas-extra) y en parte debido a la alimentación insuficiente (escasez
de grasa), pero también a causa de la seguridad de disponer de trabajo, a resultas
del pleno empleo, y de la indiferencia de la mayoría de los trabajadores industriales
hacia todo el sistema social político del nacional-socialismo. La única medida y el
único estímulo en que podían pensar los patronos para aumentar la producción, era
elevar los salarios. Esta línea de conducta que siguió practicándose aunque en
forma más modesta durante la guerra, se basaba, por lo que a los empresarios se
refería, en su extraordinaria indiferencia ante las graves consecuencias económicas
de tal política (la inflación) y al desdén, determinado por la generosidad de la bolsa
pública, por los procedimientos normales de cálculo económico dentro de la firma.
Los patrones de conducta, históricamente típicos, de la política económica y la
dirección capitalista, habían perdido, gracias al rearme forzado, toda su
importancia: lo único que quedaba eran los primitivos intereses inmediatos de todas
y cada una de las firmas.
En estas condiciones, las grandes firmas se volvieron aún más importantes. Por
varias razones, el rearme aceleró necesariamente el proceso de concentración en la
economía alemana. Esta tendencia fue particularmente obvia en la industria
eléctrica (Siemens), en la industria química (I. G. Farben), y en las de hierro y metal
(Reichswerke Herman Goering). En virtud de su posición como monopolios, y de la
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importancia de sus productos para la economía de guerra, estas firmas mantuvieron
estrechos y directos contactos con la maquinaria estatal y con el ejército; a veces
lograron incluso, mediante su personal, establecer un signo de igualdad entre los
intereses del Estado y los de sus firmas: los principales patronos eran apoyados por
las agencias económicas públicas.(36) Pero el rearme también significaba que la
relación directa con las agencias que distribuían contratos llegó a ser más
importantes para la mayoría de las grandes firmas que los tratos colectivos con el
Estado mediante los canales de las organizaciones económicas e industriales. Una
vez que el problema de la asignación de materias primas y mano de obra se volvió
crucial, esta forma tradicional de colaboración entre las industrias y el Estado pasó
a segundo plano. Por todas estas razones, inherentes al sistema político y
económico de la Alemania nazi, la estructura económica capitalista se desintegró en
sus componentes constitutivos. A las grandes firmas de armamentos les resultaba
fácil satisfacer sus intereses materiales inmediatos, pero, en el proceso, la
responsabilidad de todo el sistema económico quedó en manos de la jefatura
política, cuyo árbitro definitivo, Hitler, no veía en la economía más que un medio de
conseguir ciertas metas políticas vagamente delineadas, aunque, en principio,
completamente inalcanzables; metas que, aunque ciertamente proporcionaban
grandes beneficios incidentales a la industria alemana, no estaban determinadas
por consideraciones económicas. Incluso el hecho de que Speer apelara a los
"Jefes de la Economía" en 1942-1944 para que colaboraran en la distribución de los
contratos públicos y materias primas, alteró poco esta situación. Los "círculos" y los
comités de su sistema de "autogobierno de la industria alemana" estaban dirigidos
en realidad por los industriales, pero, de acuerdo con el Führerprinzip, ellos sólo
eran responsables de asegurar que se cumplieran las órdenes y los planes del
ministerio de Speer. Disfrutaban de considerable libertad de acción en esta esfera,
pero, en las cuestiones decisivas de la estrategia, la política exterior y los objetivos
de guerra, no se solicitaba su opinión. Su competencia se limitaba enteramente a la
cuestión de "cómo" se hacían las cosas."(37)
La industria y la guerra mundial
Todas las decisiones importantes de política exterior en 1938 y 1939 fueron
tomadas personalmente por Hitler. Hasta ahora no ha sido posible establecer, con
cierto grado de certeza, hasta qué punto tomó en cuenta los factores económicos al
adoptar sus decisiones. Sin embargo, es difícil tener pruebas positivas de que lo
hiciera.(38) Goering y el general Thomas, ambos en íntimo contacto con los jefes de
la industria, y tal vez influidos por ellos dedujeron de la escasez que sufría Alemania
de casi todas las reservas económicas estratégicas, que la política exterior de Hitler
era demasiado temeraria, y que habría que posponer la gran guerra. Hitler descartó
todas sus dudas. El hecho de que sus pronósticos económicos tan pesimistas no
se cumplieran hasta más tarde se debió principalmente a la inactividad militar, o
más bien a la debilidad militar, de las potencias occidentales en 1939-1940 (factor
con el que Hitler había contado, al menos en parte, en sus planes para una
Blitzkrieg), a las entregas de víveres por la Unión Soviética, de acuerdo con el pacto
de No Agresión de 1939-1941, y al saqueo de los territorios ocupados. "El rearme a
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fondo", que Thomas exigía, siguió siendo (y por las razones plebiscitarias
anteriormente descritas) una imposibilidad política para el nazismo hasta la derrota
de Stalingrado, ya que hubiera exigido un drástico descenso del nivel de vida. La
función doméstica-política de los planes de la Blitzkrieg residía en su promesa de
llevar la guerra a una rápida y triunfante conclusión sin exigir indebidos sacrificios al
pueblo alemán, y, por tanto, proporcionando una base de privilegios sociales y
económicos tangibles a la supuesta superioridad racial del pueblo alemán en
Europa.
Aunque, en consecuencia, la escasez de materias primas y de mano de obra no
puede citarse aún como causa directa o inmediata de la guerra de 1939, ésta, una
vez iniciada, se transformó necesariamente en una explotación económica aún más
intensa de toda Europa.(39) La guerra hizo posible, y asimismo esencial, el saqueo. A
este respecto, la Segunda Guerra Mundial difirió en dos puntos esenciales de las
anteriores guerras imperialistas: la necesidad económica, que había que satisfacer
mediante la expansión militar,no tuvo en absoluto un carácter económico autónomo
(falta de mercados, o lugares para la inversión), sino que estaba profundamente
determinada por factores políticos. La forzada carrera de rearme de 1936-1939 fue
lo que produjo la escasez de los factores básicos de la producción, lo cual, a su
vez, se agravó con la guerra, aunque, al mismo tiempo, pudo ser aliviado por la
guerra en la forma más brutal. El saqueo y despojo de tiempos de guerra tuvo así
sus raíces en consideraciones políticas: el rearme y la rápida extensión, por la
fuerza, de la esfera de influencia alemana. Estas consideraciones se habían juzgado
siempre basadas en un consenso de opinión entre la jefatura nazi y la industria,
pero su puesta en práctica cambió los términos de esta asociación. Desde 1936 el
control escapó de las manos de la industria a consecuencia en parte de la
estructura política del Tercer Reich, pero también en parte por los cambios
operados inevitablemente en la estructura de la economía. Los altos impuestos, y el
control estatal sobre el mercado de capitales no molestaban a la industria porque
ésta recuperaba de nuevo el dinero en forma de contratos públicos. Así la
prosecución de la guerra y el ansia de beneficios se convirtieron, bajo el nazismo en
un sistema cerrado, en un círculo vicioso de casi completa dependencia mutua. Lo
que se proponía este sistema no está claro todavía.
Esta fue la segunda peculiaridad de la política alemana en 1939-1945. El
nacional-socialismo carecía de concretos propósitos de guerra: por tanto no había
una concepción de un nuevo orden imperial en Europa que se basara en las
necesidades de la economía. El saqueo y despojo generales simplemente permitían
que la guerra pudiera continuar. Los industriales alemanes se aprovecharon
ciertamente de las victorias de la Wehrmacht para eliminar o suplantar a los
competidores extranjeros, y extender los intereses de sus firmas a Francia y la
Europa oriental: a veces tomaron la iniciativa de someter planes de dominio al
gobierno.(40) Sin embargo no puede decirse que sólo esto motivara la guerra;
ninguna forzosa necesidad económica se escondía ¿...?el dominio sobre toda la
economía europea, lo que, naturalmente, hubiera sido muy bien acogido (aunque
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podemos dudar que el Partido Nazi y las Secciones de Asalto, hubieran dejado los
beneficios sólo a la industria). Sin embargo, es difícil apuntalar esa suposición con
ejemplos de designios expansionistas anteriores a la conquista, ya de parte de la
industria, o al nivel de la política económica del gobierno, e incluso es aún más
difícil hablar de "imperialismo económico" al referirnos a las decisiones cruciales de
alta política adoptadas en [Link] vez esté fuera de lugar el buscar tales
designios e interrelaciones; quizá las diversas élites de la Alemania nazi tenían sus
propias y diferentes opiniones sobre los motivos de la guerra, opiniones que
siguieron siendo compatibles mientras continuó la guerra. La cuestión requiere una
investigación más sistemática, pero es difícil descubrir alguna visión económica
coherente de carácter imperial tras las conquistas y ocupaciones del período
1938-1942. Ni en un sentido político ni en el económico, produjo el sistema nazi un
concepto realista de un status quo definitivo. Por esta razón, si no es que por otra,
es imposible pensar en una victoria del nazismo en sentido usual, lo que presupone
la meta de un orden de postguerra. Aún más, para 1942, la carrera de armamentos
había determinado un cambio tan grande en la estructura industrial a favor de la
producción de materias primas y de bienes de capital, que apenas podía concebirse
o imaginarse una economía de tiempos de paz. Incluso la terminación gradual de
los pedidos militares por parte del Estado hubiera supuesto un cambio radical en el
sistema político y económico.(41) En todos los aspectos, la guerra se había
convertido en un fin en sí misma. La ilimitable expansión del nazismo hizo surgir una
alianza internacional que había de traer su destrucción.
Resumen
A partir de 1936, el marco de la acción económica en Alemania quedó definido cada
vez más por la dirección política. Las necesidades de la economía fueron
determinadas por decisiones políticas, principalmente por las decisiones en el
terreno de la política exterior, y las victorias militares vinieron a satisfacer esas
necesidades. El hecho de que numerosos industriales no sólo cooperaron
pasivamente en la "arianización" de la economía, en la confiscación de empresas en
los territorios ocupados, en la esclavización de muchos millones de personas de la
Europa oriental, y en el empleo de prisioneros de los campos de concentración, sino
que, en realidad, a menudo tomaron la iniciativa en tales acciones, constituye una
condena contra el sistema económico cuyo principio esencial de organización (la
competencia) daba origen a tal conducta. Pero no puede siquiera mantenerse que
esos actos tuvieran una importante influencia formativa en la historia del Tercer
Reich; más bien llenaban de un modo bárbaro el marco que se les había trazado.
Las grandes firmas se identificaron con el nazismo en interés de su propio
desarrollo económico. Su sed de beneficios y su afán expansionista, plenamente
cumplido por el sistema político, junto con el terco nacionalismo de sus líderes, los
vinculó a un gobierno en cuyos objetivos, por hallarse ellos sometidos a control, no
tenían virtualmente influencia alguna.
Sólo entre 1934 y 1935 hubo cierta cooperación clásica entre la economía y el
Estado, ventajosa para el sistema económico, y eso sólo en forma simulada, pues
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no se basaba en un equilibrio estable entre los diversos intereses de clase, sino en
la supresión terrorista de las organizaciones de trabajadores, y en la propaganda
totalitaria. La jefatura política se construyó para sí misma una posición de
supremacía, que, en términos institucionales, era autónoma e inmutable, y que,
mediante su control de la política exterior, determinó la dirección del sistema en
conjunto.
La toma del poder por los nazis puede ser derivada de la desintegración
fundamental de la sociedad burguesa en Alemania, y la "primacía de la política", en
su forma madura, se basó en la renovada desintegración en los años 1936-1938.
Esta falta de unidad y de coordinación no se limitaba en absoluto a la economía; al
contrario, se convirtió en el principio básico de organización del sistema de
gobierno nacional-socialista. Una nueva y estable representación general del pueblo
sólo podía conseguirse por medio del terror, la propaganda, y los éxitos de la
política exterior (es decir, mediante la política). Esto hubiera requerido una
reconstrucción racional de la sociedad, que la industria y el Partido
Nacional-Socialista no tenían la menor intención de lograr. Los viejos conflictos
entre la agricultura y la industria, y entre el capital y las clases trabajadoras,
continuaron con la antigua intensidad, aunque en nuevas formas institucionales. ;A
éstas se añadieron nuevos conflictos estructurales: el Gauleiter contra el gobierno
central; el Partido contra la Wehrmacht; y el servicio civil, las S.S. y las S.D. contra
todos los demás. En 1938, el general Keitel describió el sistema social y económico
como "una guerra de todos contra todos".(42)
Y no era una guerra menor porque se luchara en silencio. Los debates en Alemania,
como en todas partes, sobre la distribución social de la riqueza nacional, siempre
habían sido públicos e ideológicos. El frente monolítico que el nazismo deseaba
presentar al mundo exterior prohibía tal debate, y la ideología no proveía de un
lenguaje en el que pudiera expresarse. Las diferencias entre los varios grupos
gobernantes se debatieron, por tanto, a puerta cerrada y en forma de batallas
directas, no ideológicas, por el poder y los recursos económicos. La "comunidad
nacional", constantemente invocada por la propaganda, ocultaba una realidad en la
que el único conformismo reconocido era la prosecución cínica de los propios
intereses materiales de cada uno; como resultado, se desarrolló un pluralismo
amplio, complejo y moderno, de los intereses políticos y económicos que, hasta la
recuperación militar de la Unión Soviética en 1942, derrotaron la mayor parte de los
esfuerzos del gobierno por simplificar y unificar la estructura del poder. Hasta 1942,
el sistema se mantuvo unido gracias a dos cosas: el frenético dinamismo sin
propósito de expansión, en el que la constante determinación de nuevas tareas
obligaba a las diversas organizaciones e intereses a cooperar entre ellos
(permanecer quietos hubiera significado decaer), y, en segundo lugar, la función del
Führerprinzip. La supuesta técnica de Hitler de extender su propia esfera de
influencia mediante tácticas de divide et impera, era, en realidad, una necesidad
dictada por el sistema, desde el momento en que existía una pluralidad de intereses
y organizaciones.(43) Los intentos de asegurar la unidad de mando se fundaron no
tanto en el deseo de Hitler de ser el árbitro siempre que fuera posible, sino en el
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poder de aquellos grupos de interés cuya influencia hubiera tenido que restringirse
si se tomaban decisiones diversas en cuestiones de principio. Decidir entre las
reclamaciones rivales del Frente del Trabajo y de la industria, entre los intereses
contradictorios de los granjeros y consumidores, o entre las opiniones diferentes de
Goering y un Gauleiter sobre la necesidad de adoptar estrictas medidas
económicas de guerra, era una tarea muy delicada e ingrata que Hitler prefirió
generalmente evitar. Speer fue uno de los pocos que pudo obligarle a tomar tales
decisiones. La lealtad al Führer y la buena disposición de los altos jefes estatales y
de los órganos del partido a aceptar las decisiones de Hitler, fue en ocasiones la
barrera que se alzó entre el "Reich de los mil años" y la anarquía.(44)
Las medidas autodestructivas del sistema nacional-socialista sólo pueden
entenderse en el contexto de la primacía de la política y de la pluralidad material en
la estructura del poder, de la cual el Estado derivaba su autonomía. Entre los
primeros judíos polacos muertos en las cámaras de gas de los campos de
exterminio, había miles de trabajadores metalúrgicos de las fábricas polacas de
armamento. Esto ocurría en otoño de 1942, en un momento clave de la campaña
contra la Unión Soviética, que había de incrementar las demandas de la Wehrmacht
a la economía bélica alemana. El ejército recalcó el carácter irracional de esta
acción, en vista de la gran escasez de obreros especializados, pero no pudo salvar
a los trabajadores judíos para la industria. El general que hizo la reclamacion oficial
fue retirado de su cargo.(45) La misma relación de poder interno había tras la
utilización de las escasas instalaciones ferroviarias para la deportación de los judíos
perseguidos hacia el final de la guerra, en vez de utilizarlas para el
aprovisionamiento de las fuerzas en el frente oriental. Las Secciones de Asalto, en
virtud de su control de los servicios de información y de la maquinaria del terror, así
como en virtud de su situación al margen de la legalidad, y, finalmente, a causa de
la especial relación de Himmler con Hitler, podían ejecutar su tarea ideológicamente
fijada de destrucción de los judíos acarreando con ello un perjuicio material a todo
el sistema. La manera de emanciparse de la esfera política de toda referencia a las
necesidades de la sociedad, se ve con toda claridad en este ejemplo de las
Secciones de Asalto en el que la traducción de la ideología a la práctica estaba en
plena contradicción con los intereses de la economía de guerra, y, sin embargo, se
le permitió que continuara.
Otro ejemplo, aunque no tan claro, fue la decisión de marzo de 1942 de esclavizar
sistemáticamente la población de Europa oriental y de ponerla a disposición de la
economía bélica alemana. El Gauleiter Sauckel, a quien se le encargó controlar todo
el movimiento de la mano de obra en aquella época, sugirió que el problema de la
escasez de mano de obra podía resolverse con la racionalización de los métodos de
producción, y obligando a las mujeres alemanas a trabajar en la industria. El trabajo
de esclavos, afirmaba, era política y técnicamente inseguro, improductivo, y
representaba un "peligro racial" para el pueblo alemán. Su programa fue rechazado
por Hitler, sobre la base de que no había tiempo para racionalizar la economía y que
el lugar de la mujer alemana era el hogar. Después de esto, otros cinco millones
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más de "trabajadores extranjeros y rusos" fueron llevados a la fuerza a Alemania, y
las dudas de Sauckel se confirmaron.(46)
De nuevo una política ideológicamente fijada triunfó sobre los cálculos económicos.
Cualquier intento de hallar un denominador común en esta ideología, o de
interpretarla como si fuera sistemática, está condenado al fracaso. Goebbels y su
equipo tendían a comprender y utilizar la ideología como un instrumento de
dominio, cuyo contenido podía manipularse a voluntad. Pero, al final, la utopía
racial-ética fue tomada tan en serio por la jefatura política, en particular por Hitler y
las Secciones de Asalto, que, en las cuestiones decisivas, incluso las necesidades
materiales y urgentes del sistema eran sacrificadas a ella. Precisamente en el
exterminio de los judíos y en la movilización obligatoria de la mujer para trabajar en
la industria, la ideología ya no era un pilar imprescindible del sistema, como quizá lo
había sido en los primeros años del Tercer Reich. Pues la destrucción de los judíos
se llevaba a cabo en secreto en Polonia, y, según los informes de los servicios de
seguridad acerca del estado de la opinión pública dentro de Alemania, la mayoría
de la población hubiera aprobado el trabajo obligatorio de las mujeres. Lo que
mantenía unido el sistema en 1944 no era el interés común, in un consenso, sino el
temor: el temor a las "hordas rusas", y el temor, ahora indiscriminado, a la Gestapo.
Bajo las condiciones de la producción capitalista, siempre hay algo irracional en la
afirmación de una primacía de la política, ya que lo único que puede legitimar esta
primacía, el bien común, sólo puede ser simulado. Solamente se puede hablar de
una primacía racional de la política en el caso en que el Estado pueda actuar como
fideicomisario de una sociedad homogénea, y basar su política en las necesidades y
recursos de la sociedad. Sin embargo, la naturaleza radical de la primacía de la
política bajo el nazismo, se basaba en la específica desintegración histórica de la
sociedad alemana burguesa (1929-1933), del capitalismo alemán (1936-1938) y de
la política internacional en los años 30. La inmensa amplitud política del gobierno
nazi no se basaba en la confianza de una sociedad política y económicamente
homogénea sino que, por el contrario, era precisamente el resultado de la
desintegración de la sociedad. La coincidencia de esto con el colapso del orden
internacional en los años 30, permitió que el Estado nacional-socialista consiguiera
un grado de independencia de la sociedad que no tiene paralelo en la historia. El
desarrollo del sistema de gobierno nacional-socialista tendió inevitablemente hacia
la autodestrucción, pues un sistema político que no se basa en los requisitos de la
reproducción social ya no está en situación de fijarse propósitos limitados y
racionales. Esta autonomía de la esfera política llevó a un ciego activismo sin metas
en todas las esferas de la vida pública, tendencia a la que era particularmente
susceptible la economía capitalista, basada como estaba en la competencia y en la
superabundancia de beneficios. La separación del principio económico de la
competencia de todas las limitaciones institucionales designadas a asegurar la
continuada reproducción de la sociedad, era parte de la dialéctica del nazismo. El
poder económico del Estado, como fuente ilimitada de la demanda de armamentos,
dio libre rienda a las tendencias destructivas en el sistema económico.
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La irracionalidad fundamental del sistema tenía origen, en parte, y halló su expresión
concreta, en la irracionalidad específica de la ideología nacional-socialista. Esta
ideología era el producto de una decadente clase social, y entró constantemente en
conflicto con las realidades sociales creadas por el propio gobierno nazi: el
movimiento, cuya ideología se había dirigido hacia la construcción de una sociedad
de pequeños comerciantes, artesanos, y pequeños propietarios, determinó una
tremenda aceleración en el proceso de concentración en la industria y el comercio,
e intensificó la corriente de la población del campo a las ciudades; la industria se
concentró en la Alemania central y occidental, y echó mano con frecuencia de la
población de las regiones orientales, más pobres, como fuente de mano de obra,
desmintiendo así la política de colonización y establecimiento en la Europa oriental
de granjeros alemanes (cuyo único intento, en la Polonia occidental, fue un fracaso).
Lo mismo ocurrió con el intento de educar a las clases trabajadoras en el idealismo;
los trabajadores fueron integrados mediante la fuerza militar y ni siquiera este
método fue suficiente. Al final, la ideología sólo pudo hallar un lugar seguro en la
"realidad" de la vida diaria, y gracias a las Secciones de Asalto, y eso sólo mediante
el terror y las normas burocráticas.
El espíritu de lucha y la disposición a hacer sacrificios por una parte, y el
comprensivo planeamiento militar-económico por otra, sólo se consiguieron bajo la
presión de una inminente derrota. La autodestrucción fue el fin prefijado de un
sistema en el que la política era sinónimo de ilimitable búsqueda del poder político,
y la destrucción su único resultado.(47)
(1)
El presente texto es una versión revisada de un ensayo que se publicó por
primera vez en Das Argument. Berliner Hefte für Problem der Gesellschaft, nº 41,
diciembre de 1966. Quiero expresar mi gratitud a Bernhard Blanke por sus
observaciones críticas. Debates posteriores sobre este tema aparecen en Das
Argument, nº 47, julio 1968.
(2)
Franz Neumman, Behemoth, sigue siendo la mejor obra sobre el Tercer Reich.
(3)
Así Gerhard Schulz, en Bracher, Sauer & Schulz, Die nationalsozialistische
Machtergreifung Köln-Opladen, 1960, Part. 2, cap. V. También Ingeborg
Esenwein-Rothe, Die Wirtschaftsverbände von 1933 bis 1945, Berlín, 1965, y David
Schoenbaum, Hitler's Social Revolution, New York, 1966. La controversia sobre el
totalitarismo descansa en postulados similares. Las únicas excepciones entre las
obras de la posguerra que han aparecido en Occidente son las de Arthur
Schweitzer, Big Business in the Third Reich, Bloomington, 1964 y Dietmar Petzina,
Der nationalsozialistische Vierjahresplan, Dis., Mannheim, 1965.
(4)
Cita tomada de Dietrich Eichholtz "Probleme einer Wirtschaftsgeschichte des
Faschismus in Deutschland" en Jahrbuch füf Wirtschaftsgeschichte, 1963, Parte III,
p. 103. Este ensayo aporta algunas importantes sutilezas al concepto
marxista-leninista del fascismo, y esperamos con interés el libro del autor sobre la
economía alemana de guerra en 1939-1945; pero él todavía escribe sobre "las
tareas asignadas por el capital financiero a su neofascismo". Para una revisión
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