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sagareconquista@gmail.

com
Portada: Miguel Ramiro
A Gabriel
1

Llegó en la noche oscura. Los pliegues de la capa convertidos en


canalones por la torrencial lluvia que caía humillando el ala de su sombrero
sobre su rostro. Allí, en lo alto de su cansado caballo, oscuro por la mezcla de
sudor, polvo y lluvia. Sin descabalgar, se acercó a la puerta principal. Una
mano sostuvo las riendas del ahora vencido caballo, mientras la otra
desenvainaba la espada y, con un ágil movimiento, la volteaba, para golpear
con la empuñadura las maderas de la puerta. Una voz extraída del fondo de la
húmeda envoltura, ronca, áspera, casi gutural, pero que sonó profunda,
provocó ecos dentro de la casa dormida.
Una rendija en la puerta, un leve rayo de luz de la vacilante vela que
empuñaba el hombre que a medio vestir, preguntó con un trémolo de voz, a
su pesar.
-¿Quién va?
-¿Quién lo pregunta? -fue la respuesta.
El hombre que sostenía la vela, se envaró, sacando el cuerpo detrás de la
puerta. Mostró el mosquetón que en su otra mano empuñaba.
-Quién puede hacerlo -se envalentonó.
Un resquicio de luz se coló bajo el sombrero del caballista, bailoteando
por un momento en sus ojos, y quizás en la sonrisa, absolutamente
desprovista de alegría, haciendo desear al hombre del mosquetón no haber
salido tanto, plenamente consciente de que no podía retroceder ahora, sin
menoscabo de su dignidad.
-Tú no, perro, tú no. No en esta casa.
La espada, que aún volteada sostenía indolente en la palma de la mano,
golpeó diestra al hombre, que se desplomó, cayendo contra la puerta,
abriéndola del todo con su peso. La vela se apagó al rodar por el suelo. Sólo
quedo el tintineante sonido del mosquetón sobre las baldosas, y las espuelas
del jinete al descabalgar, pasando por encima del cuerpo del hombre,
aturdido, con un reguero de sangre recorriéndole ya el crispado rostro.
Enfilando las escaleras, subió ágil los peldaños, haciendo retroceder a la
mujer que en ropa de dormir, sostenía una lámpara de aceite, con un grito
congelado en los ojos, antes de desvanecerse hacia sus estancias. La ignoró.
Seguro el paso, enfiló el pasillo. Devolvió la espada a su vaina, antes de
detenerse ante una puerta que su mano casi acarició antes de repiquetear con
sus nudillos.
Esperó un momento, antes de repetir la llamada algo más fuerte. La pausa
de escucha se alargó un tiempo que sólo el ritmo de su respiración midió.
Retrocedió, con la cabeza inclinada, antes de patear con fuerza la puerta,
haciendo saltar la cerradura. La bocanada a cerrado, le respondió desde el
umbral. Volvió sobre sus pasos.
En el zaguán la mujer atendía al hombre, restañando su herida, con un
trozo de tela que, evidentemente, había desgarrado de sus ropas. El brillo en
los ojos del hombre le indicó que estaba despierto y asustado. Como al
animal, que acorrala la jauría de lebreles, nunca más peligroso que en ese
momento. La punta de la espada se quedó a una pulgada de su yugular, con
un quejido sordo de la mujer, ni un suspiro del hombre.
-¿Tu nombre?
-Juan Hinojosa.
-¿Qué haces en casa de Doña Elvira de Peñalba?
-Soy el encargado de Don Diego.
-Don Diego nada tiene que hacer aquí -acercó apenas el acero a la vena,
que se destacaba nítida en su cuello, que retrocedió instintivamente antes de
temblar compulsivamente. -Recoge tus cosas y vete. Decidle a Don Diego,
que ha llegado el legítimo propietario. Idos ya -se aparto la espada, que fue
envainada.
La figura, aún chorreando humedad, pateó el mosquetón al salir,
haciéndole caer al exterior, humedeciéndose rápidamente la pólvora en el
suelo encharcado. Fue hacia su caballo, y le guió hasta las cuadras anexas al
edificio principal.
La rápida actividad del encargado, con un trozo de tela ceñida a la cabeza
bajo su sombrero de alas caídas, se reflejó en los dos bultos de tela que
llevaban: uno, el más grande él y otro, su mujer, que no estaba precisamente
contenta. Los colores de su rostro, indicaban la agria discusión que en voz
baja había mantenido con su marido, mientras apilaban sus posesiones.
Unas bolsas de cuero llevaba al hombro el embozado, cuando regresó de
las cuadras. Apenas dirigió una mirada a la pareja, antes de pasar a su lado,
introducirse en la casa, y trabar la puerta a sus espaldas.
En la lluviosa noche cerrada, por el embarrado camino, las dos figuras
tambaleantes se perdieron.
Dos cabalgaduras llegaron hasta el antepatio. Allí, el hombre de más
edad, descendió un tanto entumecido, dejando las riendas en manos de su
acompañante. Se dirigió a la puerta principal, que tenía una jamba entornada,
la empujó y entró en la casa, casi a oscuras, de ventanas cerradas. Un destello
de luz orientó sus pasos hacia la cocina, ante cuya chimenea una envuelta
figura vigilaba el espetón que atravesaba un ave de corral, sobre el fuego.
Apenas volvió el rostro, para mirarle fijamente, un momento.
Le costó respirar por un instante al hombre mayor y su mano buscó la
pared, para discretamente apoyarse en ella.
-¿Habéis vuelto para matarme? -preguntó.
Los ojos en los que un reflejo del fuego ponía brillo, le examinaron de
nuevo. Apartose un tanto el pelo de la cara, siendo evidente la larga cicatriz
que surcaba el rostro juvenil desde la ceja hasta la barbilla. Negó con la
cabeza antes de volver su atención al ave que estaba preparando. Una
pregunta escapó de entre el pelo que desordenado le caía de nuevo sobre el
rostro.
-¿Dónde está?
-Lo ignoro. Se marchó al poco de iros. No he sabido nada de ella desde
entonces. Por eso encargué a un hombre del cuidado de la hacienda, hasta que
volviera ella o el capitán.
-Murió mi capitán -llegó como un eco.
-Lo ignoraba -se mesó la barba gris sin apartar la vista de él. -Así pues, al
fin habéis vuelto.
El rostro que se volvió hacia él casi le hizo dar unos traspiés, pero
aguantó.
-Sí, padre, he vuelto. He vuelto por ella, pero no está. He vuelto a mi
hogar, pero un villano pechero ocupa la casa de mi tío.
-Por supuesto... -se le agotan las palabras al padre que observa a su hijo. -
Me despido. Si necesitáis algo, ya sabéis donde encontrarme -se retiraba ya
cuando se despide. -Me alegra ver que estáis bien... vivo.
Sale de la estancia y de la vivienda, en el exterior las herraduras de las
cabalgaduras sobre el empedrado le indican su marcha.
-Yo también me alegro, padre -dice al fuego en el que ha perdido la vista
-de estar vivo.
2

En la estancia velada, la luz se filtraba a duras penas entre el papel


embebido en aceite que había en las ventanas. Dentro de una palangana de
suelo, medio llena de agua, un cuerpo juvenil surcado por varias cicatrices, se
frotaba cuidadosamente intentando quitarse la mugre que a modo de segunda
piel se había adherido. El pelo húmedo le caía lacio sobre la cara, cuando su
mano derecha asió una vasija, y la fue llenando a medias de la caldera que
tenía a la lumbre, para vertérsela por el cuerpo. Su mano izquierda, algo
rígida, sostenía un trozo de jabón que había encontrado. Se frotó hasta que
una sebosa y blanca espuma le cubrió.
Absorto en el ritual del baño caliente, el rostro del joven casi esgrimía un
aspecto de satisfacción. Dejó que el calor del baño se infiltrara en sus huesos,
friccionándose las extremidades, como haciendo un recuento de las cicatrices
que tenía. La peor de ellas cercana al hombro izquierdo había dejado una
mueca profunda y hundida en el cuerpo, como si alguien hubiese hundido una
cuchara en su cuerpo y se hubiese servido una porción. La cínica mueca, que
le recorrió la cara, se acentuó al frotarla cuidadosamente. A veces aún dolía,
la condenada.
Pero por muy agradable que fuera el baño no le pasó desapercibido el
sonido de una montura acercándose. Salió, secándose la humedad de su
cuerpo con un paño de lino, al tiempo que su mano buscaba y amartillaba la
pistola. Entornó ligeramente la ventana, que le mostró a un hombre mayor
montado en una mula, que se había detenido ante la puerta principal,
demostrando al desmontar que no era un jinete habitual.
Deslizándose una camisola, que aún olía a las hierbas aromáticas que
habían puesto para que se conservara en el arcón, del que lo había cogido, se
deslizó hasta la puerta principal. Para cuando el puño se adelantaba para
llamar a la puerta, esta ya se había abierto, y la distancia entre el ojo del
visitante y el de la pistola se había reducido considerablemente. No atinó el
hombre más allá de unos balbuceos.
-¿Qué busca vuesa merced en aquesta casa? -preguntó desde detrás de la
pistola un par de ojos no menos formidables.
-Vuecencia me disculpará -atinó a hablar. -Soy Fadrique el administrador
y venía a dar cuenta a vuestra señoría de las cuentas de la hacienda.
La rigidez de la pistola disminuyó un tanto.
-Fadrique -paladeó el nombre. -Sí, os recuerdo. Habéis envejecido -
apartando la pistola, se dio la vuelta internándose en la casa. -Acercaos al
fuego y calentaos -indicó antes de desaparecer hacia la parte alta.
El calor de la chimenea devolvió algo de color al rostro gastado del
administrador, pálido no sólo por el frío del día. Envuelto en un jubón, una
talla más grande que la suya, volvió el joven, ofreciendo.
-¿Un poco de vino, señor administrador? -señalando hacia el aparador.
-No, gracias señor. El médico no me lo permite -ademán de disculpa,
aunque digna. No obsequiosa. Es Fadrique, hombre de probada entereza,
aunque no de armas. A pesar de sufrir el estigma de ser descendiente de
judíos conversos, marranos, no ofrece por ello la estampa que las comedias
divulgan de estos. Hay dignidad en él.
-Habiendo vuelto, vuecencia, he creído necesario venir a rendiros cuenta
de la administración que primero vuestro tío y después Doña Elvira, vuestra
madre, depositaron en mis manos.
El destello de algo cruzó los ojos en la cara imperturbable del joven, que
preguntó:
-¿Sabéis dónde está?
-No, señoría. Sólo supe que partió, dejándome una misiva en la que me
pedía que me hiciese cargo de la hacienda, hasta que fuese necesario... -dejó
la contestación en el aire.
-Sois persona inteligente. ¿No tenéis alguna idea o habéis realizado
alguna indagación de su paradero?
-Lo intenté, mi señor, preguntando al que se me ocurría, ya que
consideraba responsabilidad mía saberlo, pero nada averigüé.
No se traslucía la tormenta emocional que se producía dentro del joven, si
acaso su esforzada imperturbabilidad era reflejo de la misma, negándose a
exteriorizarla.
-Así pues -continuó mesurado el tono Fadrique su relación -en cuanto
tuve noticia de vuestro regreso, vine presto a comunicaros lo que consideréis
necesario sobre mi administración.
Un leve giro de la cabeza del joven, hizo caer el pelo sobre la cara, al
tiempo que decía.
-Hacedlo pues.
Fadrique aliviado al entrar en su terreno acudió a sus numerosos bolsillos,
de los que extrajo papeles que acompañaron su relación.
-Sois un buen administrador, Fadrique.
-Gracias os sean dadas por vuestra amabilidad. Os he traído esta bolsa de
escudos por si os hiciera falta. Por supuesto si deseáis otra cantidad, servíos
en decírmelo que intentaré complaceros.
Asintió la cabeza, mientras un gesto de la diestra indicó un bargueño en el
cual dejó la bolsa el administrador.
-¿Y los caballos de mi tío? ¿Qué ha sido de ellos?
-Se los llevaron a las tierras de Don Diego para mejor atenderlos.
-Hacedlos traer. Buscad mozos que los cuiden, y alguna sirvienta que
adecente la casa de mi madre.
-Por supuesto, mi señor, ya lo había pensado y mañana mismo tendréis
quien bien os sirva. ¿Y un sastre? Para que os proporcione aquello que
necesitéis -sugiere Fadrique.
-Sí. Gracias. Ahora idos, Fadrique -despide con un gesto.
Amaneció empapado en sudor y afiebrado. Tanteó buscando el frasco de
agua sobre el arcón, temblando su brazo izquierdo al apoyarse. Bebió,
cayendo algunas gotas sobre su pecho, en el que el sudor hacia brillar las
costillas como perro flaco.
Se arropó la manta encima al levantarse y abrir la contraventana. La
ventana de su habitación tenía vidrio, a través del cual vio el alba desplegarse
colorido ante sus ojos.
Un escalofrío en la columna le llegó hasta la mandíbula, que se contrajo.
Se envolvió más en la manta, agitando la cabeza, el pelo apelmazado y
húmedo por el sueño le caía sobre el rostro.
Siguió contemplando el lento amanecer que, a través de los cristales,
ponía un punto luminoso en sus pupilas.
Una vez concienzudamente rascado y cepillado el pelaje del caballo, pasó
sus dedos entre la frondosa crin del animal, deshaciendo los nudos que tenía.
El equino mordisqueaba amistosamente, la ropa del joven, en
correspondencia a la limpieza que éste estaba haciendo, rescatando el lustre
que polvo y sudor mezclados habían ocultado.
Unos lejanos sonidos hicieron levantar la cabeza al caballo y al joven a la
vez, ambos vueltos hacia la puerta de la cuadra. El animal venteó, dilatando
los orificios nasales, relinchando suavemente, agitándose, hasta que el
palmoteó en el cuello le tranquilizó momentáneamente, mientras el joven
salía de la caja, y de la cuadra.
Una leve polvareda en el camino medio envolvía a la manada de yeguas y
potrillos que dos mozos venían guiando a paso tranquilo. Cerró la puerta de
la cuadra a sus espaldas, oyendo en la caja al caballo que había olido las
yeguas, relinchando. Un carro con dos mulas cerraba la marcha, al cual
venían atadas dos yeguas con el vientre hinchado por la preñez.
Se dirigió andando hacia ellos. Uno de los mozos, al verle venir, le dijo
algo gutural al otro, y se adelantó, animando con sus pies a la yegua que
montaba. Se paró el joven y le dejo acercarse. Al llegar a su altura, desmontó
palmoteándose el sombrero, antes de balbucear un saludo desmañado.
-Buenos días, tenga vuesa merced. Yo soy Rafael, y mi compadre, es
José. Nos envía Don Fadrique traerle las yeguas.
Un asentimiento del joven que se arrebujó en la capa al notar el frío de la
mañana del exterior.
-Bienvenidos. Llevad las yeguas a las cuadras detrás de la casa. Allí las
tenía mi tío. Rodead por detrás, que no pasen las yeguas cerca de la cuadra
principal de la casa.
Rafael, el mozo, cabeceó afirmativo, aún con el sombrero en las manos.
-Don Fadrique envía también un carro de paja, heno... -empieza a
enumerar.
-Dejadlo en el pajar, que está junto a las cuadras. ¿Dónde están los
sementales?
-Mañana vamos a buscarlos. Hemos traído primero las yeguas...
-Sí, de acuerdo -interrumpe cuando ya la manada llega a la altura de ellos.
El mozo le indica por señas al otro lo que ha de hacer.
-Con su permiso -dice antes de montar en la yegua. -Ah, señor, en el
carro, que lleva Vicente, hemos traído una sirvienta que Don Fadrique le
envía -saludó de nuevo y empezó a guiar a la manada de yeguas con los
potrillos de largas patas, agitándose temblorosos a su lado.
El carro, una vez pasada la manada, se acercó hasta él, y el grito de
conductor la detiene. Nuevo sombrerazo de un sonriente mozo. A su lado una
mujer vieja, aferrada a su asiento, y con el rostro contraído, dice algo al mozo
que hace tambalear su amplia sonrisa, antes de bajar, con insegura agilidad al
suelo, que parece comprobar antes de darle su confianza. Coge un bulto del
carro, se lo echa a la espalda, encorvándose un tanto. Empezó a andar hacia el
joven.
-Vuesa merced, tenga buenos días. Me llamo Catalina. Me envía Don
Fadrique para servirle en lo que sea menester.
-Bienvenida, señora Catalina -le saluda con un asomo de sonrisa en el
rostro, que ella escrutó ceñuda antes de responder.
-Catalina he sido toda mi vida, señor. Nada de señora. No me hacen falta
tales honores, pues honrada he sido toda mi vida -la acre respuesta de la
sirvienta posiblemente seguiría, pero había algo en el rostro del joven que
tenía delante que le hizo callar.
Éste asintió, brillándole los ojos, antes de responder.
-Bien, Catalina -no hubo sarcasmo en la voz, pero tampoco nada más -
elegid el aposento de la servidumbre que prefiráis, y empezad a disponer la
cocina. Seguro que los mozos traerán hambre.
-Raro sería lo contrario, señor. Muy raro -masculló la vieja antes de
internarse en la casa solariega.
El mozo, de nuevo recuperada la sonrisa en lo alto del carro, oyó las
indicaciones que su señor le hizo de que fuese tras sus compañeros y
descargasen el carro en el pajar, encima del cual había varias estancias que
podrían habitar. Así lo hacían antes los mozos de cuadras de su tío.
Los belfos de la yegua humedecieron la palma de la mano, más aún al
pasarle la rasposa lengua, en busca de los restos de grano que le había
ofrecido. A su lado, un inquieto potrillo se apretaba contra el vientre de su
madre, curioso pero a la vez temeroso. La palmoteó suavemente en el cuello,
antes de salir.
Comprobó las pilas de agua, satisfecho al ver que antes de llenarlas las
habían limpiado a conciencia, al igual que el suelo de la amplia cuadra que su
tío había hecho levantar para guardar a sus yeguas, lejos de la cuadra
principal de caballos sementales que tenía más cerca de su casa solariega.
Bien separados los unos de los otros salvo en la época de monta en que se les
echaba el macho. Trabó la puerta a sus espaldas al salir. Algo de luz en lo alto
del pajar le indicó que los mozos se estaban instalando. Volvió a la casa
principal.
Los olores y sonidos que venían de la cocina le indicaron que Catalina
también se había instalado. Entró en la estancia acercándose al fuego en el
que ya una olla barboteaba satisfecha. La sirvienta apenas levantó la cabeza
al verle entrar, ocupada como estaba en colocar a su gusto los elementos de la
cocina.
-La olla no estará lista para la hora de comer, pero si vuesa merced quiere
que disponga otra cosa, hay torreznos, y...
Sin volverse la interrumpió.
-¿Sabes lo que me gustaría tomar, Catalina?
-No soy bruja que os pueda adivinar los pensamientos -masculló la vieja.
Algo parecido a una risa provino de la figura que se calentaba al fuego, o
puede que sólo fuese el crepitar de un leño. Volvió un tanto el rostro.
-Huevos fritos, es lo que me gustaría comer.
-Ah -sólo acertó a decir Catalina. -No es cosa difícil de apañar, señor.
Al entrar los tres mozos de cuadra en la cocina, chisporroteaba el aceite
de oliva, cuando se rompía la cáscara del huevo, cayendo la clara, que se
tornaba blanca arropando la yema, que diestramente dispuso Catalina, antes
de retirarlo con una paleta de madera, y romper otro huevo.
Rafael se adelantó e informó en voz baja al joven de algunos asuntos de
los caballos, mientras los otros dos mozos se calentaban echando miradas a la
tarea de Catalina, que ésta remató colocando el plato en la mesa delante del
joven, y cortando unas rebanadas del enorme y redondo pan que había traído.
Miró a los mozos y afirmó más que preguntó.
-También queréis huevos, ¿no?
-Hombre -sonrió Rafael, -Y si puede ser que no sean solos -echando una
elocuente mirada a los torreznos.
-Trae vino, también -cortó la voz del joven cualquier réplica de la
sirvienta.
-Baratos os van a salir los mozos, si con torreznos y vino los alimentáis -
rezongó la vieja, colocando una jarra de vino en la mesa y rompiendo dos
huevos sobre el aceite que los acogió.
El mozo sonriente, Vicente, le dijo al joven.
-Disculpe vuesa merced. Mi señora tía me pidió que os diera recuerdos de
su parte.
Levantó este la cabeza del plato que estaba comiendo y le miró.
-¿Quién es tu tía?
-Ella me dijo que había sido vuestra ama de cría, señor. Se alegró mucho
cuando supo que habíais vuelto, y me encargó que en su nombre os saludara -
se explicó algo turbado el mozo bajo el fuego graneado de aquellos ojos que
no parecían pestañear.
-Creía que ya habría muerto -dijo en tanto desgranaba entre sus dedos una
rebanada de pan.
-No señor, bien sana que ésta. Más de lo que mi tío quisiera -dijo festivo
el mozo, lo que provocó las risas de los otros mozos.
-Me alegro de ello -cogió la jarra de vino y se sirvió un vaso terciado que
vacío de un trago, antes de despachar los restos de su plato y levantarse.
-¿No queréis nada más, señor? -Preguntó extrañada al verle salir. -Poco
alimento es ese.
Negó con la cabeza antes de salir de la cocina, ciñéndose la capa en torno
al cuerpo.
3

-Señor -llama a la puerta de la estancia Catalina, antes de entrar, y repetir.


–Señor, ha venido Don Fadrique, se acompaña de su sastre. ¿Puede...? -
pregunta indecisa ante el joven que delante de la chimenea encendida se
encuentra, que al volverse hacia ella, ve que tiene la cara empapada de sudor.
-¿Os encontráis bien? ¿Queréis…?
-No. Decidles que ahora bajo -la despide con un gesto de la mano.
Sale la vieja, mirando a sus espaldas, a tiempo de ver como se levanta de
la silla tambaleante. Su ceño fruncido le acompaña a dar el recado a Don
Fadrique.
-Fadrique, bienvenido -saluda al entrar en la estancia. -Señor -saluda al
hombrecillo, que con una pila de paquetes en las manos, respinga al verle y
solo acierta a mover la cabeza a modo de saludo, y esbozar una especie de
sonrisa. -Trae vino a los señores -dice a Catalina que sale de la estancia, aún
con el ceño fruncido.
-Buenas tardes tenga vuesa merced - saluda Fadrique. -¿Estáis satisfecho
de los mozos y de la sirvienta que os he enviado?
-¿No habría de estarlo? -pregunta el joven, indicándoles que se sienten.
-Por supuesto -un tanto desconcertado. -Si tuvierais la menor queja no
dudéis en decírmelo que os procuraré otros.
-No os preocupéis en eso, Fadrique, de momento no tengo queja y, fiando
en vuestro criterio, no creo que haya de tenerla -dice tranquilizando al
administrador que se había quedado dubitativo a medio sentar.
-Gracias, señor. Favor que me hacéis, que no merezco. -El gesto de la
mano del joven, le incitó a no explayarse y pasó a presentar a su
acompañante, como el sastre del que le hablara.
El sastre recobró el habla lo suficiente para desplegar su género diverso,
mientras Catalina, que había vuelto con algunas copas, servía el vino y
disponía frutos y otros alimentos, frunciendo el ceño ante algunas telas de
ropa blanca que el sastre, aturullándose un tanto, se apresuró a retirar y
mostrar otras que a falta de otra cosa, merecieron el silencio de la sirvienta.
-No quiero galanuras ni adornos innecesarios. Las piezas sencillas y de la
mejor tela. Ni tampoco colores llamativos -indica Don Gonzalo a las
preguntas e indicaciones del sastre que tomaba medidas y notas. Dejando
variada ropa blanca, y quedando en traer, en breve, el resto. Ajustase
rápidamente el precio, terciando discretamente Fadrique a conveniencia de
todos. Pidió este último al sastre que le esperase un momento fuera, mientras
despachaba unos asuntos con Don Gonzalo, lo cual hizo el sastre, de nuevo
azorado despidiéndose, repitiendo sus deseos y zalemas antes de ser
acompañado por Catalina a la puerta.
-Vos diréis, Fadrique.
-Vuestro padre desearía veros para ajustar los capitales.
El arqueamiento de la ceja del joven fue su única reacción visible.
-¿Eso quiere mi padre?
-Me ha pedido que os invitase a comer de hoy en dos días a su casa para
de mutuo acuerdo, ajustar lo que os corresponde como mayorazgo, que sois.
Don Diego, quiere dejar las cosas arregladas y no esperar a su muerte para
que se haga el reparto.
-Sabía medida, ¿no creéis Fadrique? Nunca sabremos cuando la muerte
vendrá, a reclamarnos.
-Ciertamente señor -responde Fadrique sin saber muy bien cómo
interpretar el brillo burlesco en los ojos del joven.
-Iré. Pero no a comer. Buenas tardes, Don Fadrique -despide.
-Buenas tardes, Don Gonzalo -se despide saliendo Fadrique.
4

La mañana amaneció tempestiva. Un aguanieve había estado cayendo


durante la noche, mezclada con intermitentes lloviznas que no habían dejado
cuajar la nieve, pero el frío de la noche y las nubes que traía el día no
presagiaba nada bueno.
Salió del lecho envuelto en la manta, evitando pisar las losetas con los
pies desnudos. Fue hasta la chimenea, donde intentó avivar rescoldos que
quedaran, soplando e introduciendo el fuelle allí donde brillos rojizos se lo
indicaron. Colocó leña menuda, introduciéndola entre las brasas para
animarlas y un par de leños secos, para sostenerlo cuando tirase. Cuando unas
llamas alargadas empezaron a lamerlos, estiró sus manos buscando el leve
alivio momentáneo del calor.
Que invierno más largo se le estaba haciendo. Había padecido jornadas
enteras de camino, bajo nieve, algo lógico en pasos de montaña, en los que
había tenido que acampar a veces algunos días para pasar. Pero ya las últimas
jornadas el tiempo desapacible se había quedado en frío y lluvias. Mal tiempo
para viajar, indudablemente, solo apropiado para el que quiere llegar a su
destino, como había sido su caso, o eso creía. Ahora, no estaba seguro.
Las llamas hacían crujir satisfactoriamente los leños, desprendiendo un
calor que envolvió al joven, que se destapó un tanto de la manta para mejor
sentirlo sobre su piel.
-Viene una nevada -le dice Catalina al colocar un tazón de leche caliente
delante de él, y pan recién hecho, que corta con su inseparable navaja cabrera,
dejando las rebanadas junto a la miel que tapada aguarda .-Sí señor. Va a
acabar febrero con una nevada como aún no hemos visto este año. Lo notan
mis huesos -se palmea las caderas, mientras vuelve a la chimenea delante de
la cual despluma una gallina.
El joven desayuna en silencio. Sólo al final le pregunta a la sirvienta.
-¿Sabéis dónde vive la tía de Vicente, el mozo de cuadras?
-Claro, señor -sorprendida la sirvienta suspende su trabajo, con una mano
sosteniendo la gallina muerta sobre las haldas y, en la otra, un montón de
plumas que acaba de quitar. -¿No la he de conocer si es casi vecina de mi
hermana, que está casada con el barbero del pueblo? -sigue desplumando
mientras le da indicaciones.
-Gracias -dice el joven levantándose de la mesa, cogiendo su capa y
sombrero para salir. La vieja le observa de lado, atenta a su labor, mientras
sale de la cocina preguntándose para sus adentros un par de cosas.
Salió de la casa, ciñéndose la capa contra el pertinaz viento que, junto con
la fina lluvia, reinaba en el exterior. Fue hasta las cuadras y echó un vistazo a
su caballo, aunque vio que los mozos le habían atendido, cambiándole las
partes sucias de la paja que le servía de cama y le habían echado una brazada
de paja, tras darle de beber. Se acercó con un poco de heno y se lo puso en el
comedero, en atención al ceñido costillar y la desaparecida capa de grasa que
el largo camino había fundido en el caballo. Comprobó que tuviese una
piedra de sal, mientras palmeaba su cuello y costado, satisfecho al ver que no
se levantaba polvo y estaba limpio. Salió de la caja, dejando al caballo
masticando tranquilamente su alimento.
Se sujetó el sombrero con una mano, con firmeza, mientras iba hacia la
cuadra de las yeguas, a las que a la luz del día revisó atentamente. Sonaba al
fondo de la cuadra un mozo atendiendo a una yegua. Se acercó hasta allí. Era
José.
-Buenos días.
-Buenos los tenga vuesa merced. Estaba sacando unas carretillas de
estiércol -le informó con el rostro acalorado por el trabajo, que hacía en
mangas de camisa, a pesar del frío.
-¿A qué hora salieron a por los sementales?
El mozo dubitativo se pasó el antebrazo por la cara, antes de contestar.
-Pues...Yo diría que estarán al venir. Levantáronse con las primeras luces,
engancharon las mulas al carro y salieron. En llegar allí... -nuevo cálculo
mental. -Y volver con ello... Al llegar estarán, digo yo -se explicó -si no surge
nada. Dios mediante -remato sonriente.
Le dejó haciendo su faena, comprobando a las yeguas, no tanto a las que
ya tenían su potrillo, los había de casi dos meses, hasta de una semana. Miró
con más atención al par de ellas que estaban por parir y que habían venido
atadas al carro, más despacio para evitar mal parto.
En eso estaba, cuando un relincho, que se extendió entre las yeguas y la
voz de José que las tranquilizaba, le hizo salir al exterior.
Los sementales llegaban.
Casi una veintena de caballos de variado pelaje. Desde el tordo rodado de
los más jóvenes hasta el blanco pelaje de otros. Algunos alazanes, un par de
castaños y uno casi negro, que repartieron en las cajas de la cuadra principal
los dos mozos, mientras el joven valoraba los caballos según andaban, se
movían y comportaban. Al principio, inquietos. Era normal. Tardarían varios
días en acostumbrarse a su nuevo entorno. Ya os conoceré, se dijo para sí.
Las palabras de la vieja sirvienta se hicieron realidad. Aquella tarde, una
vez caído el sol, empezó a nevar. Siguió cayendo la nieve toda la noche y
cuando el nuevo día se descubrió en el horizonte, sólo blancura salió a su
paso, interrumpida por sutiles caminos, enlodados por los mozos en su trajín.
Blanda nieve cayó durante la mañana, y únicamente el sol del mediodía,
escurriéndose entre las nubes del cielo, vio dejar de nevar, y como un viento
frío y seco se instalaba en su lugar, haciendo temblar las contraventanas de la
casa, cuyas cristaleras estaban tan sucias de nieve que parecía agua congelada
de un estanque.
La única salida del joven fue una rápida vuelta por las cuadras, en las que
el calor de los animales servía de paliativo al frío exterior. Indicó a los mozos
que cargasen las raciones, especialmente a su caballo que con menos grasa en
el cuerpo más sentía los rigores del clima. Tentó su cuerpo, pero le
tranquilizó el suave calor que sus músculos le transmitieron. No era un calor
de fiebre sino del bueno.
-Eres un superviviente, cabrón. Como yo -deslizó a la oreja peluda casi
sonriendo el joven de la cicatriz, antes de irse a ver a las yeguas.
La noche había sido larga. Una de las yeguas se había puesto de parto a
horas intempestivas y el joven había rechazado las propuestas de los mozos
de quedarse uno de ellos a vigilar el desarrollo del parto. Los había mandado
a acostar y se había instalado sobre un montón de paja limpia, envuelto en un
par de mantas de viaje y una bota de vino viejo al lado. Más allá, la yegua
tendida respiraba pausadamente, a veces agitaban leves estertores su
hinchado vientre, sobre el que había extendido una manta. Así tumbada
arqueaba un tanto grotescamente su figura. Tenía los ojos muy húmedos y los
ollares dilatados. Canturreó vagamente para tranquilizarla y para aliviar un
tanto su propio sueño.
Escuchaba a las demás yeguas dormitando a ratos, el tintineo de sus
herraduras amortiguadas sobre la paja que los mozos habían extendido al
tumbarse. Y la brusca levantada, cuando se erguían con ese aire vacilante,
aún pesados los ojos, del sueño caballar. Pues es mentira que los caballos
duermen de pie, aunque se pasen gran parte de la noche en ese estado, y sólo
se tumben de vez en cuando.
Notando el entramado de madera a su espalda, se recostó contra él,
apretándose en las mantas, antes de dar un apretón a la bota y limpiarse de la
comisura el hilillo de vino. Aún a pesar del frío exterior, allí dentro el calor
animal le arropaba. La yegua tenía el pelaje húmedo como después de
galopar. A rato adormilado, a ratos despierto.
El sonido de la puerta exterior abriéndose y unos pasos que se dirigían
hacia él precedieron a Rafael, el mozo de cuadra que, con una linterna sorda,
se alumbraba pues aún no había amanecido, aunque no faltaba mucho para el
canto del gallo.
La yegua estaba exhausta después de echar afuera el potrillo y lamerle el
cuerpo, para que entrara en calor. El joven le indicó que trajese agua en un
cubo para la yegua. El mozo lo trajo, además de una brazada de heno que
dejó cerca de la agotada hembra, que de puro cansada, apenas podía beber.
Aunque no así el potrillo, que ya se había apropiado de una de las tetas de su
madre, y mamaba con ganas. Dos sonrientes mozos, con horcas y palas
asomaron la cabeza a la caja, cuando ya salía el joven.
-¿Cómo se llama la yegua?- preguntó a Rafael, que sin consultar la
tablilla, cosa inútil, por otra parte, ya que no sabía leer. Lo repitió de
memoria.
-”Espléndida”, me dijeron que se llamaba, señor.
-Buen nombre. Pondremos al hijo, “Espléndido”. Esperemos que haga
honor a su madre, que lo ha parido con nobleza.
-Vaya que sí. Tonto no parece. Mire que pronto ha sabido mamar, y
parece bien hecho -dijo Rafael, mirando al potrillo.
El joven asintió, recogiendo una manta en la mano junto con lo que
quedaba de la bota de vino y con la otra manta ceñida, salió al exterior. Entre
la blancura del paisaje destacaba un montón de estiércol, en el cual echó una
larga meada antes de ir hacia la casa solariega. Dio el encargo a Catalina, que
ya estaba trasteando en la cocina, que le despertase para comer, rechazando
tomar nada ahora, le dio la bota terciada y subió a su habitación.
Para cuando Catalina entró con una jofaina y una jarra alta de la que salía
algo de humo a la estancia del joven, éste no estaba en el lecho revuelto, sino
sentado en una silla junto a la ventana, mirando el exterior, jugueteando con
algo metálico que escondió a su vista.
Dejó lo que portaba la sirvienta, diciéndole que la comida ya estaba lista.
-Ahora bajo, Catalina. Pedid a uno de los mozos que tenga listo mi
caballo para cuando acabe.
Un destello de sorpresa en los ojos de la sirvienta, que arrugó la cara,
mascullando su asentimiento, y salió cerrando tras ella. El joven vertió el
agua caliente en la jofaina, aún humeante, e introdujo las manos notando el
calor filtrarse bajo su piel y arrugar la palma de sus manos.
A pesar de la nieve que enmascaraba el paisaje y del tiempo transcurrido,
el camino entre las tierras de su tío y las de su padre se le antojaba tan
familiar, como si ayer mismo lo hubiese recorrido. Tras una revuelta del
camino, flanqueado ahora por un muro corrido de piedra, la fachada de la
casa principal se desplegó ante sus ojos. De sólida construcción sobre el
dintel campeaba un escudo de armas tallado en piedra, al que el tiempo aún
no había desgastado demasiado.
No reconoció al mozo que acudió a recoger el caballo, pero no se tuvo
que identificar. Le estaban esperando. Subió la breve escalinata y la puerta se
abrió a su paso. En el umbral, el viejo Martín, criado de su amo, para el joven
desde siempre, lo acogió con austera calidez y una bien disimulada
curiosidad en los ojos, introduciéndole hacia la estancia en la que le
esperaban tres figuras masculinas. Fadrique, Don Diego, que se había puesto
de pie al verle entrar, y un joven, que vestido como estudiante, al principio no
reconoció. Cuando lo hizo, al acercarse a ellos, el pétreo rostro con que
cortés, aunque secamente saludó, se oponía a la franca calidez que destellaba
en el rostro juvenil, que acusó el recibimiento, bajando un tanto la cabeza.
Mientras, Fadrique se refugiaba en los papeles que sacaba de la bolsa, que
consigo traía, y hablaba. Su padre Don Diego, lanzaba cautelosas miradas a
su hijo Gonzalo y a Sergio, su otro hijo, al que hace pocos años había
reconocido como legítimo hijo, que era un año menor que el cambiado joven
que sin un gesto en la cara, escuchaba sus disposiciones testamentarias. No
así el ruboroso joven, que no sabía dónde mirar. Un soldado y un estudiante
de medicina; ¿cabe tener dos hijos más diferentes? se preguntaba mientras
Fadrique leía las actas notariales que él había dictado dando a su hijo mayor,
el mayorazgo que le correspondía como tal, sus títulos al morir y las rentas
subsiguientes. Y al otro, lo que había ganado en vida explotando sus tierras,
en juros al quitar, que le supondrían una renta anual importante.
Desde la ventana, vio como su hijo, Gonzalo, montaba el caballo que el
mozo le traía. Con una sola mano sujetó las riendas e inició el trote que fue
bruscamente interrumpido.
La agitación interior del joven, junto con los sentidos agudizados por los
años pasados, le alertaron cuando algo asomó al rabillo del ojo y el instinto se
disparó, hurtando la cabeza al trabucazo que espantó a su caballo, haciéndolo
ponerse a dos patas, revolverse, e intentar huir, lo que la firme mano del
jinete frenó, dirigiéndole, en una orden que bien conocía el caballo. A la
carga. Sobre el cuerpo que había salido detrás de un montón de nieve, y que
ahora pretendía huir por los campos nevados, en los que destacaba como
grajo entre palomas.
Como gato al ratón, azuzó a su caballo contra el hombre que desencajada
la cara en miedo, huía una y otra vez del choque frontal, aunque
progresivamente sus movimientos eran más lentos, y cansados. Y más
convulso, el aliento que se hacía niebla ante su cara. Hasta el fin, caer de
rodillas sobre la blanca nieve suplicando perdón. Lo reconoció, era el hombre
al que había echado de la casa de su tío. No le arrojó el caballo, sino que
desmontó y se acercó, desenvainando. Las voces de alguien que se acercaba
corriendo le hicieron volverse. Eran varios hombres, a la cabeza Don Diego,
que gritaba se estuviese quedo, entrecortadamente. Le seguía Don Sergio, y
retrasados, venían Fadrique y dos criados.
Un sonido, un destello, le hizo retroceder un paso y escapar aún de la
puñalada que contra él lanzó el arrodillado, que roncamente maldijo cuando
le ensartó la espada.
-¡No! -gritó Don Diego llegando ante ellos, cuando ya sacaba la espada el
joven del cuerpo, y fríamente se disponía a rematarlo.
Respirando como podía, le pidió Don Diego.
-Por el amor de Dios, Gonzalo, no lo matéis.
-¿Por qué no, padre? Mandáis a vuestro lacayo que me mate y ahora os
apena que lo mate a mi vez -el tono frío de la voz y la mirada del joven
helaron las palabras del padre.
Llegando Don Sergio a ellos se desvío al herido, apartó sus manos del
borbotón de sangre, que se le escapaba de entre los dedos, y reconoció la
herida. Apretó un pañuelo contra ella, mirándoles ahora a los dos, padre e
hijo. El joven esbozó algo parecido a una sonrisa, antes de envainar la espada
y llamar a su caballo, que bien entrenado había permanecido donde lo dejó.
Montó en la silla de un salto y desde allí le dijo a Don Diego.
-Quedaos con él, si os place. Pero si sale de ésta, decidle que no se
acerque a mis tierras, si no quiere verse bajo ella.- Volteó el caballo, azuzado
por el jinete al camino, a un trote que se convirtió en galope, mientras a voz
en grito, sobre el blanco lecho, perturbado en carmines, un hombre pedía
confesión.
Llegó a la casa, sostenido sobre el caballo, sólo por su voluntad. La fiebre
del encuentro había sido sustituida por otra que el aguanieve, que comenzaba
a caer en la tarde declinante, no contribuía a paliar.
Dejó el caballo en manos de un mozo, que acudió al oír las herraduras
sobre el patio principal y ver al jinete sin desmontar subido a él. Le ofreció
ayuda para bajar, pero denegó con la cabeza. Cayendo, más que bajando del
caballo, se dirigió a la puerta, dejando a sus espaldas el estupefacto mozo.
-Catalina.
Llamó no en voz muy fuerte. Ya había salido ella de la cocina y con las
manos secándose en el mandil, le miraba.
-¿Qué se sirve?
-Sube agua caliente, paños limpios, hilas... -respiró fuerte –Y, si lo hay,
aguardiente, a mi cuarto.
Ordenó antes de subir vacilante la escalera. Resoplando ligeramente,
apretó los dientes, cuando al llegar a la habitación se quitó la capa e intentó
desprenderse del jubón, en el que una mancha oscura se había extendido
sobre su costado. Tironeó, notando el nuevo flujo de sangre al despegarse, la
reseca. Respiró hondo cuando lo tiró al suelo. Ahora la camisola que desde
un faldón levantó, apretando los dientes, entre las maldiciones que pugnaban
por salir. Contempló la herida, del tamaño de su pulgar, más abajo del
costillar, cerca del estómago. Se desprendió de la camisola, que enrolló
apretando contra la herida, intentando frenar la sangre que lentamente
manaba. Se acercó al fuego e introdujo entre las brasas una daga.
Entro Catalina con lo mandado y, al ver el estado del joven, se dio a los
santos y a los arcángeles de los cielos.
-Cállate. ¿Has traído lo que te he pedido?
-Aquí está todo, señor -dijo la sirvienta haciéndose cruces.
-Fuera - dijo el joven, quitando el tapón al aguardiente y dando un trago
corto a modo de prueba. Al ver que no había salido, repitió brusco. -¡Fuera,
he dicho! -Avanzó hacia ella que retrocedió trastabillando de la estancia,
cerrando la puerta.
La camisola estaba empapada, así que la tiró a un lado. Dio otro trago
más largo al aguardiente, cuando una tos le acometió y se derramó éste sobre
torso, cayendo inevitablemente sobre su herida, lo que le hizo rugir, lanzando
rabioso la botella contra el fuego, que lanzó una gran llamarada al acoger el
líquido.
Apretó un paño limpio contra la herida, restañándola, antes de lavarla con
agua que extendió sobre la herida, aclarando así los bordes de la herida. Vio
el extremo de la posta que había escapado de la descarga que le habían
lanzado. Tanteó, con los dedos, apretando la mandíbula. Ciñó un trozo de
metal y se obligó a relajar los músculos, algo imposible ante el rígido
costado. Tiró y, cuando parecía a punto de escabullírsele, salió escapada entre
los dedos, cayendo al suelo. Lanzó el aire contenido, apretando de nuevo el
paño contra el costado. Recobró de nuevo la respiración antes de acercarse al
hogar, y tras envolver su mano con el paño que retiró del costado, asió la
daga que había introducido entre las brasas. El brillo rojizo le satisfizo.
Conteniendo la respiración lo aplicó al costado.
El aullido, más de animal que de hombre, espantó a Catalina, en la planta
baja, haciendo que se le cayese el plato que tenía entre las manos,
rompiéndose sobre el suelo. Subió a toda prisa la escalera, pero dudó antes de
llamar a la puerta.
-Señor. ¿Estáis bien? ¿Necesitáis algo? -el silencio del otro lado, le hizo
dirigir la mano a abrir la puerta, cuando la voz lo detuvo.
-Traedme vino -la voz aún más ronca de lo normal del joven, pero sonaba
firme. Así aún dudando en un primer momento, acabó por obedecer.
Cuando, con una bandeja, con una jarra, un vaso y algunos alimentos que
rápidamente había colocado, llamó a la puerta, esta vez sí recibió permiso
para entrar. Lo hizo. Estaba el joven de pie ante el fuego. Se había puesto una
camisola nueva, y sobre la mesa habían desaparecido las hilas y los trapos.
En el fuego ardían los restos del jubón, y la camisola ensangrentada. No dijo,
esta vez, nada. Dejó las cosas y salió de la estancia, tan intrigada como
cuando entró. Tendría que enviar a un mozo al pueblo con cualquier pretexto
a ver si se enteraba de algo.
Vino la fiebre y se quedó unos días instalada con él, en su lecho, a ratos
húmedo, a ratos tembloroso. Sólo admitía de Catalina, alimentos líquidos o
casi. Ésta no le hablaba, sólo al segundo día le informó que la otra yegua que
estaba esperando había tenido una potrilla.
Para el cuarto día pidió algo más sólido, que casi comió entero, y paseó
algo por la habitación.
Al día siguiente dio una vuelta por las cuadras, viendo a la nueva potrilla,
las demás yeguas y revisó los sementales, diciéndole a Rafael que cuando se
fundiese la nieve, llamase al herrero. Algunos tenían las herraduras muy
gastadas y la pezuña larga.
En la cocina se colocó delante del fuego, ante el cual, para variar, la vieja
cosía algo.
-¿Ha muerto? -preguntó el joven de la cicatriz.
La aguja se quedó un momento en el aire. El tono seco de la sirvienta
contestó.
-Dicen que no.
Siguió calentándose el joven un momento, antes de salir de la cocina.
5

La buena mujer recibió un susto de muerte cuando abrió la puerta a aquel


desconocido. Sobre todo, siendo noche cerrada, y creyendo que era su
marido, que ya llegaba tarde.
-Ah. ¿Quién...? -balbuceó.
-Buenas noches, ama -saludó el joven quitándose el sombrero y entrando
en el círculo de luz que extendía la débil candela que la mujer tenía en sus
temblorosas manos, lo que se acentuó, al ver el rostro del joven.
-¡Gonzalo! -se le escapó sorprendida. Los ojos abiertos de par en par. -
Quiero decir, Don Gonzalo. Santísima María, madre de nuestro señor
Jesucristo, no me lo puedo creer -y efectivamente todo su aspecto demostraba
su expresión. Había una gran distancia entre el niño que ella recordaba y el
joven que ante ella estaba. Y no era la cicatriz que en la cara tenía la única
diferencia.- Pasad, por favor. Pasad -incitó abriendo más la puerta y
haciéndole seña de que entrase. Lo que el joven hizo, cerrando la puerta a la
intempestiva noche exterior.
-Acercaos al fuego, Gon... Don Gonzalo. Cuánto me alegre al saber que
estabais bueno. Cuando mi hermana me dijo que su hijo iba a trabajar para
vos, no me lo podía creer. Caramba, y cómo pasa el tiempo. Estáis ya hecho
un hombre, y yo que os di de mamar de mis pechos, vieja como yo sola -rió
la mujer, contribuyendo a enrojecer más su cara de natural carmesí, algo
natural ya que andaba sobrada de peso, aunque en su corpulento cuerpo
parecía normal.
-Creía que habíais vuelto a vuestra tierra -pues el ama de cría era, tal y
como su acento indicaba, de Galicia.
-No, que va. Ya me hubiera gustado. Pero, mi niño, no pudo ser -los
brillantes ojos de la mujer, reflejaban su alegría, casi tanto como sus manos
inquietas, que se palmoteaban de puro contento. -Pero sentaos, aquí junto al
fuego -le hace sentarse y dejar la capa. -Me quedé y me casé con un barbián,
que algunas tierras tiene. Un poco vago, eso sí, pero no es mal hombre -se ríe
contenta, cuando algo le cruza el pensamiento que le asusta. -Decidme,
vuestro tío, el capitán...
-Murió -dijo el joven, contemplando como la mujer se hacía cruces.
-Que el señor le tenga en su gloria. Aunque no sé, no sé -bajando la voz
se inclino en su asiento. -Allá en aquellas tierras en las que pelaba... Tierras
de herejes...
-Flandes.
Asintió la mujer, antes de continuar.
-Dicen que allí -bajó aún más la voz hasta hacerla apenas imperceptible -
mató a un cura.
-A un capellán - contestó el joven a la buena mujer, que de nuevo se hizo
cruces.
-¿Y por qué hizo eso, me pregunto?
-Veréis, el tal capellán se negó a dar la absolución a la confesión de un
soldado moribundo si éste no hacía antes testamento, dejándole heredero de
las soldadas que le adeudaban. Lo oyó mi tío, y le obligó a darle la
absolución. Después dejó que se confesase consigo mismo y que se
absolviese, antes de enviarle a las calderas de Pedro Botero.
-Caramba -dijo la mujer impresionada. -Caramba -repitió. -Un hombre
tan alto. Porque mirad que era alto -rememoró la mujer. -Y hacedle eso a un
cura. Claro que si el cura era... pero... Caramba.
-Decidme ama, ¿por casualidad no sabréis nada de mi madre?
El rostro de la buena mujer se enrojeció mientras balbuceaba alguna
incoherencia, repentinamente turbada, antes de deslizar.
-No diría que sé... mucho de ella -y aquí cometió el error de mirar a los
ojos del niño que una vez crió, cuando allá por el año de la peste, que se llevó
a su hijo recién nacido. Huyendo de la misma, llegó a estas tierras en donde
tenía una hermana que la recomendó a la señora, que acababa de dar a luz,
para criar al primogénito. Cerca de dos años lo amamantó. -O que no dejó de
saber algo... no mucho -intentó arreglarlo.
-¿Qué sabéis? -el tono del joven la inquirió.
-Bueno... saber, saber -valoró la buena mujer, antes de arrancar. -Se
marchó... Bueno. No creo... Claro que yo...
-Por favor, ama. Decidme algo. Lo que sepáis, os lo suplico. No sé nada
de ella, ni siquiera si vive o está muerta.
-Oh, no. Está viva, por supuesto -se apresuró a contestar.
-Vive, ¿y dónde?
-Ah. Bueno veréis... -nueva mirada al joven antes de declarar. -Está en un
convento.
-¿En un convento? -sorprendido el joven, antes de repetir para sí. -En un
convento. Así que se ha hecho monja.
-Oh, bueno. No una simple monja, por supuesto. Una señora tan principal
no puede ser menos que la Madre Superiora... -calló la mujer al darse cuenta
de que estaba hablando de más.
-¿Madre Superiora? ¿Y dónde es tal? ¿En qué convento? -inquirió el
joven a la turbada mujer, que denegó y afirmó varias veces con la cabeza.
-¿Y cómo había yo de saberlo? -se excusó la buena mujer. -Yo pienso que
más que monja será abadesa -intenta arreglar el desaguisado. -Digo yo, que
vuestra madre no podía ser menos que abadesa. Aunque vaya a saber -la
huidiza mirada de su ama de cría alertó al joven. Como galgo que ha olido a
la liebre, se lanzó.
-Y decidme ama -tono cauteloso, como el que anda suave para no alertar
a su presa. -¿Os escribe ella o sois vos la que escribís?
-Oh, ella por supuesto -se apresuró a contestar la buena mujer, antes de
darse cuenta del error. -Bueno, quiero decir, que me escribió una...-tosió
enrojecida - carta, una vez. Pero hace mucho, mucho tiempo.
-Y si tanto tiempo hace, cómo sabéis que aún está bien. Podría haber
muerto.
-No -rechazó la idea la mujer. -Está bien. Muy ajetreada con el cambio de
convento, pero bien...
-¿Cambio de convento, decís? -se sorprendió el joven.
El ama de cría abrió la boca un par de veces, antes de cerrarla, y volverla
a abrir. Soltó un par de carambas y se palmeó las piernas.
-Sería mejor que de una vez me contaseis la verdad. Os prometo que de
mí nadie sabrá nada.
La buena mujer, que tan indiscreta había sido, se aturrulló un tanto al
principio, para acabar contándole como al poco de irse él de la casa de su tío,
que estaba por aquellas tierras de herejes…
-Estaba en Italia -aportó el joven, a la mujer, que iba a comentar algo de
eso, pero él le pidió que siguiese su relato.
...Su madre, una mañana pasó en su carruaje, y paró a saludarla. La pidió
que le escribiese, pues el ama de cría sabía escribir y leer, única herencia de
un padre maestro, y era de su confianza si tuviese noticias de su hijo o de su
hermano, y así se había enterado de que se iba a un convento donde había
pasado estos años.
-Recientemente un viajero que iba de paso, me trajo una carta de ella, en
la que me decía que se trasladaba a un nuevo convento que su orden, de San
Bernardo, había hecho levantar en la ciudad de Alcalá de Henares, siendo la
señora la Madre Superiora del mismo.
-¿Hace cuánto de eso?
-Pues hace apenas unos meses. Por eso me alegró tanto cuando me enteré
de que habíais vuelto. Ahora podré dar noticias a vuestra madre. Aunque
claro...
-¿Don Diego no sabe nada, verdad? -inquirió.
-No, por supuesto. La señora me encargó mucho, que a nadie, se lo dijera.
Aunque no me dijo nada de vos, y como... Bueno me pedía noticias
vuestras... No he creído hacer mal en contároslo. ¿Verdad?
-Sí. No os preocupéis. Enviad tranquila vuestras noticias. Si preferís no
decidle que yo sé donde está, lo dejo a vuestra elección. Eso sí, seguid
manteniendo el secreto con los demás.
-Por supuesto, Gonzalo -olvidando el saludo respetuoso en su indignación
de que ella pudiese ir contando por ahí las cosas. -A nadie le interesa.
-Habéis hecho muy bien. Bien, gracias ama. Me he alegrado de veros de
nuevo.
-Y yo a ti, quiero decir a vos, Don Gonzalo -remarcó el tono
cariñosamente el ama sonriendo con toda su alma, al joven que se despidió
saliendo de la casa, dando las buenas noches al ama, que se quedó ante el
fuego pensativa. Y aún más se hubiera quedado, si en aquel momento no
hubiera llamado a la puerta su pobre marido, que oliendo palpablemente a
vino, fue convenientemente vapuleado por la buena mujer, que así distrajo el
come-come, que tenía por dentro, antes de enviarle a dormir.
Los mozos se turnaban para dar cuerda, haciendo correr a los caballos en
círculos en torno a sí, en el patio interior de la cuadra principal. Con tal
habilidad que los tres a la vez hacían girar su caballo, chasqueando las
lenguas, para hacerles llevar el paso ligero, y llevándoselos a las cuadras para
traer otro, cuando rompían a sudar. De este modo hacían ejercicio los
caballos y el joven les contemplaba, comprobando las características de cada
caballo. Inquieto aquél, pero noble. Perezoso el otro, había que animarlo
constantemente. Nervioso aquél, galopando más que trotando. Así uno tras
otro, los vio mientras giraban en círculo en torno al mozo que con la sola
ayuda de la cuerda que sujeta a la cara del animal, hacía que éste obedeciese.
Le gustó uno, especialmente. Joven, no pasaría de los cuatro años. Aún
conservaba la capa grisácea que con el tiempo se volvería blanca. Tenía
nervio, mucho, pero tanto como nobleza. Su constitución física era firme,
ceñida su musculatura de animal joven, pleno de energía y braceaba con
corrección. El ojo avezado apreció el potencial del caballo para cabalgar.
Pidió a un mozo que le trajese la silla y las riendas y se las puso él
mismo. Gruñó levemente contento cuando el caballo, poco acostumbrado a la
silla y, sobre todo a la correa que por debajo del vientre le ceñía fuertemente,
hinchó el vientre, cuando la ciñó, para evitar la sensación de ahogo. El joven
palmeó el vientre al caballo, que lo encogió retrocediendo de lado unos
pasos, que él aprovechó para ceñir la correa. Sabía que no había habido
malicia en lo que había hecho el caballo. Si se lo hubiese hecho un caballo
acostumbrado a la monta, no se habría limitado a palmearle. Sencillamente le
hubiese pegado una buena patada en el vientre, para avisarle de con quien se
encontraba. Y no habría en ello crueldad. Él sería el primero que si viese
levantar una mano a un mozo para apalear un caballo sin justificación hubiese
apaleado a su vez al mozo. Pero era necesario educar al animal e indicárselo
con firmeza, pero sin crueldad. Así el caballo sabría a quien debía obedecer,
pero no temer.
De un salto se plantó en la silla y con las riendas controló el desconcierto
de caballo, al sentir al jinete sobre sus lomos. Calzó los estribos y empezó a
adiestrar al caballo, con la rienda menos que con las piernas y pies que son
los que un buen jinete utilizará para guiar al caballo, teniendo así mayor
libertad en las manos.
No se había equivocado, era fogoso. Pues era joven, pero tenía nobleza
por los cuatro costados. Pronto respondió como si llevase la vida entera
haciéndolo, a las indicaciones que el jinete, sin despegar los labios hacía.
Para cuando lo desmontó, estaba cubierto en sudor y espuma blanca por el
esfuerzo. El joven dejó que el mozo se llevase la silla, pero él mismo lo llevó
hasta su caja para atenderle.
No había cantado el gallo y aún tardaría en hacerlo, cuando Catalina ya
estaba mascullando arriba y abajo en la cocina, moviendo, llevando y
trayendo. La sobresaltaron unos pasos, que venían hacia la cocina. Era el
joven que, al verla, la saludó.
-Catalina. Buenos días, madrugáis mucho.
-No soy la única, por lo que veo señor...
Y más iba a añadir la sirvienta sorprendida, pero el joven alargó un par de
bolsas de cuero, diciéndole:
-Ya que estáis despierta, haced el favor de llenadlas de provisiones -dijo
antes de salir de nuevo.
-Vaya, vaya -se dijo para sí la vieja y otras muchas cosas murmuraba
mientras colmaba las bolsas cuidadosamente. El piafar de un caballo, y el
regular sonido de unas herraduras llegó casi hasta la ventana de la cocina, que
fue sacudida. Catalina le abrió al joven, que ya montado, pidió las bolsas que
ella entregó. Mientras las colocaba, dijo:
-Catalina, salgo de viaje. Decid a Don Fadrique que siga ocupándose de
mis asuntos, hasta mi vuelta. Encargad a los mozos que se ocupen de los
caballos como hasta ahora, y lo mismo os encomiendo a vos de la casa, si os
place y no sois de otro parecer -escruto su rostro el joven.
-No, señor. Mientras vuesa merced no disponga de otra cosa, esta es mi
casa, y cuidaré de ella, hasta que Dios y vuesa merced lo dispongan.
-Bien, Catalina. Pues hasta que nos volvamos a ver, ya sea aquí, en el
cielo o en el infierno -dijo antes de dar algo de rienda al caballo que lo estaba
deseando e iniciar así el trote, que convirtió en galope cuando se lo indicaron.
Había ensillado al caballo joven que estaba adiestrando, y no al que lo había
traído hasta aquí. Considerando justamente que éste necesitaba un descanso y
el otro aprendizaje.
En el cielo o en el infierno, curiosa despedida, se dijo para sí, antes de
cerrar la ventana al nuevo día, que débil nacía.
6

Una vez pasado el río llamado Torote, tal y como le habían indicado,
siguiendo el camino, desembocó ante las murallas de Alcalá de Henares.
Indolente, su montura se integró en la fila de gente que entraba a la ciudad,
cuando la enseña de una venta y el aspecto cansado de su caballo, lo
indujeron a pararse un momento, tomarse un descanso y aprovechar para
averiguar una dirección.
Descabalgó, agradeciendo la sensación de la tierra bajo sus pies. Pasó las
riendas por encima de la cabeza del caballo y se las entregó al criado,
enseñándole una moneda que no entregó.
-Dale de beber, y una ración de salvado mezclado en la paja -indicó antes
de dirigirse a la venta, cuyo olor lo acogió, mezcla de vino, humanidad y
guisos.
Se fue a sentar a una mesa, cuando un caballero que con otro estaba
tomando una jarra de vino, al verle, se quedó con el vaso en alto, que dejó
sobre la mesa, de la que se levantó dirigiéndose hacia él.
-Por los cuernos del... ¿Don Gonzalo, sois vos?
El joven que se estaba despojando de la capa, acercó la mano a la espada
al ser interpelado, pero la dejó cuando reconoció al que le llamaba.
-Don Raúl -saludó, un tanto fríamente, aunque con cortesía. -Me alegro
de volver a veros.
-Creía que estabais muerto, por lo menos eso es lo que se decía, cuando
me enviaron con despachos a la corte.
-Lo intentaron -dijo el joven, invitándole a sentarse a su mesa -pero no
tuvieron suerte.
El otro caballero, alto, delgado y con perilla se rió para sus adentros.
-¿Y qué hacéis por estas tierras, si puede preguntarse? -preguntó al joven
de la cicatriz.
-Voy de viaje. Asuntos familiares. ¿Y vos?
-El Conde-duque de Olivares -guiñó significativo con sus ojos, antes de
reclamar del ventero otra jarra. Esta vez que sea mejor que la que estaba
tomando con su Pedrito, su asistente, u os volaré la cabeza, perillán. -Me
tiene llevando mensajes de un lado a otro. Traigo un despacho para el
Cardenal y Arzobispo que reside en aquesta ciudad y alguno otro -rió para sí,
el corpulento caballero. -Maldita sea, parezco un correveidile del Conde-
duque -confió al joven antes de coger de las manos del ventero, al que miró
con suspicacia antes de servirse vino, que despachó de un trago, eructar, y dar
su aprobación, chasqueando al ventero para que se marchase. -Pero en fin, me
han prometido el mando de una compañía, que están reuniendo. Así que ya
veis...
Brindaron saboreando el vino, bastante bueno, de la jarra.
-¿Y vos? -preguntó llenando de nuevo los vasos.
-Me licenciaron junto con lo que quedaba de mi compañía, que se
disolvió después que se rindiera Breda.
El recio soldadote movió la cabeza de un lado a otro.
-Era una buena compañía. De lo mejor, vive Cristo, que lo era. Y vuestro
tío, el Capitán, era el más templado que se haya visto a lomos de un caballo.
Sí, señor. El mejor -apuró el contenido del vaso. -Por los clavos de nuestro
Señor Jesucristo, que estaba convencido de que habíais muerto. Degollaré a
Don Gaspar y Don Nuño cuando los vea. Fueron ellos quienes me lo dijeron.
Me bebí varias botellas a vuestra salud, Don Gonzalo. Caramba que sí. Los
cortaré en trozos medianos por el disgusto que me dieron -rugió el caballero
sobresaltando a más de uno, antes de volver a su placidez de bebedor.
-No precisáis hacerlo, Don Raúl. Estoy seguro de que ellos estaban
convencidos de ello. Me licenciaron pensando que no sobreviviría, junto con
los pocos soldados de mi compañía, que repartieron en otras compañías.
-Caramba, me alegro de que se equivocaran -brindó el caballero que ya
estaba alcanzando un límite de embriaguez bastante elevado, antes de dar un
voz a su asistente, que se había quedado dormido sobre la mesa,
sobresaltándole. -He de cumplir mi cometido, Don Gonzalo. Es un perro
trabajo pero alguien tiene que hacerlo -se levantó ordenando su atavío y el
ceñidor. Hizo ademán de pagar el vino, pero Don Gonzalo se lo impidió. Dio
otra voz a su asistente que echó una mirada de despedida a la jarra y salió. -
Don Gonzalo -desplegó su sombrero -a vuestros pies. Siempre vuestro
servidor.
El joven le devolvió las cortesías al caballero que, atusándose la perilla
que lucía, salió de la venta, dejándola un poco más amplia que antes de
ocuparla.
Un joven, con deslucido traje de estudiante, de rostro vivaz y ojos alegres,
que había escuchado con disimulo la conversación, sentado más allá, se
volvió a Don Gonzalo, y lo interpeló cortésmente.
-Disculpe, vuesa merced. ¿Por casualidad habéis visto alguna buena
comedia últimamente?
El joven, desconcertado con la pregunta, denegó con la cabeza con
frialdad, lo que hubiera desanimado a cualquier otro que no fuera el joven
que continuó hablando.
-¿O por un casual, conozcáis o hayáis oído algún cantar nuevo, alguna
historia curiosa, o incluso, algún dicho o cuenta de vieja, que os haya llamado
la atención?
Escanciando vino, le contestó, sin mirarle el joven de la cicatriz...
-Lamento no poder complaceros en ese particular.
-Yo también lo lamento, señor, pues precisamente acudo a esta venta, de
vez en cuando en busca de los viajeros que vienen, para preguntarles si
pueden contarme cosa, que luego pueda utilizar en mis comedias.
La mirada, que recorrió el traje y el rostro del estudiante, no lo desalentó.
Estaba acostumbrado al matiz despreciativo que lo acompañaba. El rostro
vivaz del joven continuó hablando.
-Ya que no podéis serme de utilidad, quizás yo os pueda servir a vos de
ayuda, si necesita algo vuesa merced.
-Sólo una dirección.
-¿Una dirección? Poca cosa es. Se resuelve en un instante y no es
necesario gasto -se rió feliz de su ocurrencia el estudiante antes de seguir. -¿Y
cuál es?
-Busco el convento de monjas que la orden de San Bernardo, tiene en esta
ciudad.
-Fácil de contestar, señor. ¿Es relativamente nuevo?
El joven se limitó a asentir, mientras con un gesto invitaba al estudiante a
servirse de la jarra, lo que éste hizo sin hacérselo repetir.
-Entonces, se trata del convento que junto al Palacio Arzobispal han
levantado recientemente.
-¿Y dónde está?
-Oh, cerca de aquí, a pocas calles. Apenas a un padrenuestro andando. No
hay pérdida. De todos modos, os acompañaré. Me coge de camino. Sólo un
viajero me ha contado esta mañana algo de una comedia que, aparte de vieja,
ya conocía, así que estoy a vuestra disposición, cuando queráis salir.
-Ahora mismo -se levantó el joven, dando una moneda al ventero que
acudió rápido al verle ponerse la capa. Salió acompañado del joven
estudiante.
-Mi nombre es Tomás -se presenta éste.
-El mío Gonzalo de Peñalba -dijo el joven, indicando al criado, que le
preguntó si quería su caballo, que pasaría más tarde a buscarlo, y siguió al
estudiante que lo guió hasta la puerta de una torre de la muralla que, abierta
de par en par, permitía el acceso a Alcalá de Henares, y que por su ubicación,
recibía el nombre de puerta de Madrid. Entraron a la así llamada Plaza de la
Cebada, y siguieron por la Redondilla de San Juan, hasta desembocar en la
Plaza del Palacio Arzobispal, cuya reja se abría para dar entrada a un carruaje
en el que flameaba un escudo de armas, que hizo señalar alegre al estudiante.
-Mirad, viene el señor Marques. Cuanto honor -el tono hizo que el joven
le escrutase con atención el rostro al estudiante que seguía con la vista, la
entrada en el patio de armas del carruaje que se giró, tapando la entrada de los
pasajeros en el palacio. Tenía Tomás un curioso aspecto de expectación en el
rostro, normalmente vivaz y alegre del joven, que era como una nube tapando
el sol.
-En fin, sigamos –dice, volviendo a ser el de antes, el estudiante, y
siguiendo andando. -Por cierto, que si necesitarais lugar donde aposentaros,
señor, en la casa en que tengo el honor de residir han quedado habitaciones
vacías que si os fuera preciso y a cambio de un reducido alquiler, el dueño no
tendría inconveniente en cederos. ¿Qué me decís señor, o ya tenéis sitio
donde acogeros?
-No lo creo preciso, pero os lo agradezco como si lo fuera.
-Bueno, me alegro de ello. Pero si lo fuera, no dudéis en acudir -da las
señas.- Ahí lo tenéis -señala -el convento de San Bernardo. Sino mandáis
nada más, os dejo, señor.
-Agradecido os quedo -extrae un doblón que tiende al estudiante que hace
un gesto inicial de rechazo. -Cogedlo y bebed a mi salud.
-Sea -chispea la sonrisa en el estudiante, lanzando al aire la moneda y
cogiéndola al vuelo. Repitió la dirección en donde vivía y se marchó hacia el
Palacio Arzobispal.
7

Rodeó la plazoleta el joven de la cicatriz, sin perder de vista la fachada de


nueva planta del convento de San Bernardo. Se llegó hasta el torno de las
puertas laterales y tiró de la campanilla, que allí había, oyéndola repicar en el
interior, y unos pasos ahogados que se acercaban.
-A la paz de Dios. ¿Qué queréis?
-Con Dios, hermana. Quisiera hablar con la Madre Superiora.
-¿De qué asunto se trata?
-Es personal, hermana. He de hablar con ella.
El silencio al otro lado se mantuvo un rato. Casi llegó a pensar que se
había ido. Iba a decir algo, cuando la voz habló de nuevo.
-Si sabéis escribir, hacedlo y yo se lo llevaré a la Madre superiora, que
ella decidirá.
Giró el torno, mostrando un pliego de papel, plumas, un sólido tintero y
una vela encendida.
Con torpeza, por la falta de costumbre, su mano, más acostumbrada a
manejar una espada o un caballo, guió la pluma sobre el papel, concentrado
en la labor, mostrando al hacerlo la lengua entre la boca entreabierta, como el
tiempo lejano ahora en su memoria en que copiaba al dictado los versos de
Homero, que le dictaba aquel instructor que le inculcó el conocimiento del
latín, aunque acabase causando el rechazo de su madre por la frecuencia con
que recurría a textos paganos como decía ella, en vez de a lecturas más pías.
A él y al empeño de su tío en que también cultivase esa faceta debía él no ser
un iletrado y poder conversar en latín con fluidez, que aún era una lengua
común entre los hombres cultos, de modo que no le había costado hacerse
entender allá donde viajara. Satisfecho, dejó que la tinta secase un momento,
agitándola suavemente antes de doblarlo pulcramente y, con la cera de la vela
encendida, que vertió cuidadosamente, la selló antes de hacer, a su vez, girar
el torno.
-Esperad con paciencia y, si la hay, os traeré respuesta.
Y así hubo de hacerlo, contemplando la fachada que se apoyaba en el
cercano Palacio Arzobispal, hasta que una pequeña campana del torno sonó
anunciando la vuelta de la tornera.
Se acercó de nuevo al torno y tiró de la campanilla, intentando que la
excitación que sentía no se transmitiese. No hubo saludos. Sintiéndose
escrutado giró el torno y allí estaba su carta, roto el sello de cera. Alguien
había escrito encima unas letras.
En busca de mejor luz, retrocedió unos pasos, volviendo la carta para
mejor leer lo que ponía.
Volved de hoy en cinco días.
Sólo eso. Desplegó el pliego buscando, pero nada más encontró aparte de
los trazos que él mismo hiciera antes. Volved de hoy en cinco días. Casi una
semana. ¿Por qué? Volvió al torno con un movimiento brusco, y ya tenía la
mano alargada para llamar cuando la frase repiqueteó en su cabeza. Volved
de hoy en cinco días.
Cinco días, se repetía mientras se alejaba, perdida la mirada, sin saber
por dónde andaba. Casi una semana. Desembocó en una calle que no conocía,
pero no volvió sobre sus pasos. Cinco días. Giró en la primera bocacalle a la
derecha. Casi una semana. Allí se echó encima de una turbamulta de
hombres que tenían arrinconado a un estudiante, por la capa que llevaba, y en
la que se envolvía, aguijoneándole con varas. Uno de ellos, un joven de
ventipocos, con aspecto de criado al igual que los demás, se acercó al caído e
intentó arrebatarle un bulto que llevaba, lo que produjo el paroxismo del
estudiante, que se revolvió contra él haciéndole retroceder, plantándole cara.
-El libro, no -el rostro crispado de furia del juvenil estudiante, que el
joven no tuvo problemas en identificar, antes de que un varazo surcase el
rostro del estudiante, que cayó desmadejado, soltando el libro, que el ganapán
de antes se apresuró a recoger, y enarbolar con sonrisa bufonesca. Desde el
suelo gritó el estudiante, mirando el libro más que a los varazos que le caían.
Sin advertirlo previamente, sirviéndose de la contera de su espada,
descalabró a los dos más cercanos. Partió la ceja de un tercero y a un cuarto
que opuso su vara, lo desarmó dejándole un estocada en el hombro, antes de
que la canalla reaccionase, huyendo cada uno por su lado, como carroñeros,
cebándose en una presa, cuando llega un depredador más poderoso, cada uno
cuidando de sí mismo.
En apenas en mitad de tiempo que tarda una beata en rezar una avemaría,
se despejó la bocacalle a excepción del bulto caído del estudiante y del criado
que de puntillas, se apoyaba contra la pared, sostenido por la punta de la
espada que, tenía en el gaznate, intentando ni respirar por no acercar más la
punta. Era el que aún sostenía el libro, y así se hubiese quedado hasta el día
de la resurrección de los muertos, si el estudiante no hubiese recuperado su
libro, que soltó sin dificultad, y la espada se separó un tanto.
-Empezad a corred y no paréis hasta que estéis muy lejos -fue el consejo
que le ofrecieron y, que gustoso acogió, y puso en práctica acto seguido con
singular empeño.
El joven se guardó la espada, tras limpiarla con una capa que alguno se
había dejado en su precipitada huida, mientras veía como el estudiante
frotaba con su manga el libro que abría y hojeaba cuidadosamente, antes de
volverse a él, y con vergüenza en la cara, y agradecimiento en la voz, le
saludo.
-Don Gonzalo, el mundo es un pañuelo. Me alegro de volver a veros. Si
no llega a ser por vos.
-Don Sergio -la voz fría del joven, cortó al estudiante. -¿Qué hacéis vos
aquí?
-Acabo de llegar. Estudio en la Universidad de Alcalá. Antes estaba en la
de Salamanca, pero...
Dejó la palabra, antes de continuar, corrido.
-No me expulsaron, como quizás hayáis oído decir. Me pidieron que me
fuese.
-¿Por qué motivo? ¿Descuidabais los estudios y os dedicabais a beber,
jugar y perseguir mujeres? -el tono irónico del joven hirió a Don Sergio, que
reaccionó levantando la cabeza.
-No, Don Gonzalo. Solo quería saber más. Conocer lo que la ignorancia
nos oculta. Leer -lo miró a los ojos directamente, desafiante -lo que la
Inquisición por motivos religiosos, no nos permite conocer de la medicina de
los musulmanes. Por eso -bajó de nuevo la mirada -me tuve que ir, para no
tener que...
-En fin. No importa demasiado -interrumpió el joven. -¿Por qué os
estaban pegando? ¿Habéis vuelto a las andadas? -señaló el libro que llevaba.
-No, no es por eso. Este libro es una Anatomía que ilustra Vesalio. Mirad
-lo abrió cuidadosamente, mostrando un grabado de un esqueleto en el cual
los tendones del cuerpo se abrían para mejor mostrarse. -Se trata de un libro
excepcional, que acabo de adquirir. No. Me pegaban -voz de vergüenza -por
ser novato. Acabo de llegar al Colegio Menor de la Madre de Dios, a
continuar mis estudios de medicina. Don Diego consiguió que entrase en este
colegio, que es uno de los más reputados. Y... es norma que el recién llegado
sino quiere sufrir las novatadas del resto, les obsequie con un banquete, e iba
a encargar el banquete, pero... de camino entre a ver unos libros en casa de un
impresor y tenía un Vesalio -mostró el libro. -No es mucho el dinero del que
dispongo, y es un libro caro. Lo encargué y quedé en traer el resto del dinero
hoy. Y no me quedó dinero para...
-¿Así que vuestros compañeros se han quedado sin banquete y os han
mandado a sus criados para que os zumben el lomo?
-Más o menos -admite encogiéndose de hombros el estudiante,
envolviendo cuidadosamente el libro en la tela que traía consigo.
-¿Por un libro os arriesgáis a este mal trato? -se admiró un tanto el joven.
-Bueno, esta vez os habéis librado por poco. ¿Creéis que volverán?
El estudiante se encogió de hombros indeciso.
-Yo diría que posiblemente ahora os tendrán más ganas que antes, ¿no
creéis?
-Ya pasará -dijo el estudiante, que calló al ver el brillo que se avivó en los
ojos de Don Gonzalo.
-Decidme a que mesón ibais a encargar el banquete. -El estudiante se lo
dijo extrañado, cuando el joven continuó. -Hacedme el favor de decir a
vuestros compañeros que esta noche tendréis el gusto de invitarles a una
abundante cena en ese mesón.
-Pero...
-No hay peros que valgan. Yo me haré cargo. Vos ocupaos de lo vuestro,
Don Sergio, que yo me ocuparé de lo mío. Bien. ¿Ibais a alguna parte? -
inquirió agresivo.
-A una clase.
-Seguramente llegaréis tarde. Corred. Vamos -animó con un gesto el
joven, consiguiendo que empezase a andar desconcertado. -Esta noche,
recordadlo, que no falte nadie. Encargaos de ello.
Lo vio desaparecer hacia el fondo de la calle. Meditabundo volvió sobre
sus pasos, salió por la puerta de Madrid, llegó de nuevo a la venta, en donde
reclamó su caballo, dio una moneda al criado y le pidió que le indicase las
señas de dos direcciones, que el otro animado por el brillo metálico indicó
cuidadosamente. Cinco días. Apretó la mandíbula y se puso en movimiento.
8
Indeciso ante la puerta de una casa y la siguiente, desmontó del caballo e
iba a preguntar a una vecina que salió de la casa de enfrente y que lo miraba
de arriba abajo descaradamente, cuando una figura conocida apareció
saliendo por el portal de la casa de al lado. Al verle frenó en seco la carrera.
-Caramba, señor. ¿Me buscabais?
-La verdad es que sí. Vos me hablasteis de unas habitaciones, ¿sabéis si
siguen libres?
-Por supuesto. ¿Estáis interesado? -se acercó a él.
-Creo que sí.
-Entonces, caballero, lo mejor es que os acompañe a ver al propietario y
ajustéis con él. Venid - guió el vivaz estudiante, hasta una casa, calle abajo,
en donde le indicó que dejase el caballo. El joven ató las riendas a una
argolla, bajo la vigilancia del chiquillo que en la puerta estaba jugando con
una taba.
El propietario de la casa acudió obsequioso a recibirle y facilitó la
transacción, aligerándole de unas monedas, incluyendo en el trato el
mantenimiento de su montura, en unas caballerizas cercanas, de las que
también era propietario.
Dejó el caballo en ésta, encargando al mozo, con el consiguiente brillo
argentífero, que cuidase del equino. Dejó allí la silla, cogiendo sólo las bolsas
de cuero, y un par de cosas más. Acompañado por Tomás, subieron a las
habitaciones que había alquilado. No tenían mucha luz, ni eran demasiado
grandes, pero el colchón parecía libre de parásitos, así que depositó sus
pertenencias allí, y preguntó a Tomás si podía indicarle cómo llegar al mesón
que le había indicado Don Sergio. Tomás lo hizo, ofreciéndose a
acompañarle.
-Pero vos ibais a alguna parte, no quisiera entreteneros más.
-Bah, tenía una clase con un asno relamido que hace sonetos, a cual más
horrible, y que se empeña en leérnoslo. Así que nada me pierdo.
-¿Qué estudiáis? ¿No será medicina?
-No -se rió divertido por la ocurrencia del joven el estudiante. -Gramática,
señor mío. Gramática.
Salieron de la casa y fueron andando hasta el mesón referido. Entraron,
siendo atendidos por un mozo. Como se acercaba la hora de comer, encargó
el joven de la cicatriz que se les sirviese, invitando a Tomás, que no se hizo
repetir dos veces la invitación.
-Y decid al mesonero que venga -despidió al mozo que puso una jarra de
vino en la mesa.
Acudió el mesonero, alto y grande como él solo. Se puso delante de ellos
y preguntó qué deseaban.
-Quisiera encargar un banquete para esta misma noche.
-¿Para cuántas personas?
Se lo dijo el joven y el mesonero se puso a hacer cuentas mentales,
moviendo los dedos, ayudándose en ello. Mencionó una cifra, que hizo
atragantar a Tomás.
-La doblaré. Deseo que se me sirva un vino especial.
-Está incluido en el precio un buen vino -hizo un alarde de honradez el
mesonero, desconcertado.
-Estoy seguro de ello. Pero para esta noche quiero algo especial. ¿No
tenéis por casualidad un vino que entre suave, pero que sea como
aguardiente?
El mesonero, sorprendido, se rascó la cabezota pensando. Se rascó
incluso el enorme pecho antes de decir.
-Bueno tengo, en las bodegas un barril de un vino que quizás... esperad un
momento.
Volvió al poco con una jarra pequeña y escanció dos vasos pequeños, que
dio a probar a los jóvenes. Tomás se lo bebió confiado, abriendo
desmesurado los ojos cuando ya había tragado, al notar el ardor que se le
encendió en el estómago. El joven lo trago sin pestañear, paladeó y dijo:
-Puede valer. Esta noche lo serviréis con la cena, que por cierto
recomiendo que aliñéis generosamente con pimienta.
-Pero así...Bueno, no apreciaréis el sabor. Pensaba prepararos unas aves
y...- cada vez mas desconcertado el mesonero.
-Preparad lo que queráis -interrumpió el joven. –Veréis, buen mesonero,
deseo obsequiar a unos estudiantes de medicina...
-¿De medicina? -gruñó el mesonero.
-Exacto. Y quiero que beban... -el acento con que lo dijo hizo comprender
al mesonero, que se echó a reír.
-Así que futuros médicos. Pues en venganza de todos los infelices que
mandarán al cementerio... -sonrió ampliamente el mesonero frotándose las
manos. -¿Os he dicho que tengo unas guindillas que son una maravilla?
Tomás casi se cae al suelo de la risa que le dio, contagiando al mesonero,
que agitaba su corpachón.
-Por supuesto -continuó el joven, cuando recuperó algo el mesonero su
compostura -tendréis una jarra preparada para mí y mi amigo -incluyó a
Tomás con un gesto, que asintió contento al verse invitado también a la cena,
que cada vez le interesaba más. -Y otra con mosto suave que serviréis a una
persona que os indicaré. Todo con la mayor discreción. ¿Puedo fiar en vos,
mesonero?
-Por supuesto, señor.
El enorme mesonero dispuso en la mesa las bandejas que le iban trayendo
los mozos, ante los jóvenes que, en torno a ella, empezaban el banquete.
Quizás para los sentados podía haber dudas de quién presidía la mesa; o el
joven estudiante, de un extremo, o el joven de la cicatriz en el rostro que
nunca sonreía, del otro extremo. Pero para el mesonero, cuando dispuso las
jarras estratégicamente en la mesa, no tuvo dudas al dirigir una mirada de
inteligencia al joven, cuyos ojos en la semipenumbra del rincón en que la
mesa se ubicaba semejaban los de un lobo, o eso le pareció al mesonero,
cuando fue reclamado por uno de los mozos.
-Señores -la palabra la tomó uno de los jóvenes, cuya vestimenta lujosa
delataba su condición nada humilde. –Permitidme, en nombre de mis
compañeros colegiales del insigne colegio de la Madre de Dios, dar la
bienvenida a Don Sergio de Peñalba. A vuestra salud -saludó con el vaso y se
dispuso a beber.
El joven de la cicatriz levantó el vaso pero no bebió, aunque ninguno se
dio cuenta, ya que el calor que les subió a la boca, al apurar de un trago sus
vasos, centró las preocupaciones de los diversos comensales. Tanto Tomás,
que estaba sentado al lado del joven intentando contener la risa, como el aire
de extrañeza de Don Sergio, al advertir que había bebido un mosto suave, se
añadió a los carraspeos discretos de los comensales y algún vaya, vaya, más
que sorprendido al mantener la voz.
-Decís bien, señor -restalló como un látigo la voz de Don Gonzalo,
poniéndose en pie, y alzando el vaso. Haciendo señal a los mozos de que
llenasen los vasos de los señores colegiales, lo que más de uno intentó
impedir, balbuceando excusas, pero una mirada al joven de la cicatriz los
disuadió. -Brindemos -dirigió la copa a Don Sergio -por el estudiante -a su
lado se puso en pie Tomás, con un semblante serio, a fuerza de pellizcarse
por detrás, lo que obligó al resto de los comensales a ponerse en pie y alzar su
vaso. -Por Don Sergio. De un trago -ordenó el joven. Con los ojos en blanco
más de uno se sentó después del trago infernal.
Echaron mano a los alimentos pero algo raro pasaba en sus bocas. Todo
lo que tomaban les ardía y la necesidad de apagar el fuego, con el líquido que
tenían a mano, no fue una buena solución. Pero al cabo de poco, ese calor se
convirtió en algo agradable. Junto con la embriaguez que rápida se instaló,
llegó una despreocupación por lo que ingerían y rodaron los vasos,
proponiéndose repetidos brindis.
Como un lobo mirando a las ovejas que se ha de comer, asemejó al
mesonero la figura callada de joven que, retrepado en su silla, ardían sus ojos,
mientras a su lado la algarabía de borrachos se generalizaba. Y Don Sergio, al
otro lado recibía repetidas muestras de amistad eterna. Tomás, apoderándose
del cucharón más grande, se puso a animar a los colegiales a cantar, pero la
decisión de que canción entonar provocó que de pronto dos o tres cantasen
algo bastante inteligible, mientras que un grupo de cuatro borrachos en
bloque repetía, una y otra vez, una copla estudiantil, con aire de profunda
satisfacción. Un par de estudiantes se habían enzarzado en una pelea bajo la
mesa y recibían puntapiés de otros dos que disfrutaban tirándole huesos.
-Dejémonos de vino. Traed algo serio, mesonero. Aguardiente -pidió Don
Gonzalo, haciendo al mesonero llevarse las manos a la cabeza, antes de
regresar con unas botellas que fueron recibidas con alborozo por los
comensales, excepto uno de ellos que se había quedado dormido, siendo por
ello abofeteado con fines medicinales por dos estudiantes, que comentaban
las reacciones que el dormido experimentaba en un latín sorprendentemente
bueno.
Se vaciaron las botellas y se pidieron más, o lo intentó uno de los
estudiantes que, al verse incapaz de mantener la horizontalidad debida, se
cayó de bruces al suelo.
-Mesonero -el tono tranquilo del joven de la cicatriz destacó entre la
algarabía. -¿No creéis que es hora de echar a estos borrachos a la calle?
A lo que el mesonero, que lo estaba deseando, sin requerir ayuda de los
mozos, pues se bastaba él solo, puso manos a la obra. No dudó en poner en la
calle, llevando en volandas, al que no podía por su propio pie, que eran la
mayoría. Quedaron el joven de la cicatriz y Don Sergio, que tenía una curiosa
expresión beoda, lo que hizo al joven darse cuenta de que, en algún
momento, le habían dado a beber algo que no era mosto. Afuera se oía como
Tomás incitaba a los estudiantes, a los que el fresco de la noche despabiló un
tanto la dormidera embriagadora, a marear a la ronda nocturna, lo que fue
aceptado tumultuosamente y, entonando dispares canciones a la vez, se
marcharon, dejando en un pilón al dormilón que se acunó en el agua
tranquilamente.
Cuando entró Tomás de nuevo en la venta, estaba el joven de la cicatriz
olisqueando el vaso que aún aferraba Don Sergio, con una amplia sonrisa en
el rostro. El mesonero lo hizo también y dio su opinión.
-Aguardiente. Se lo habrá echado alguno de los estudiantes. De todas
formas, poco aguardiente ha podido ser. Vos mismo habéis bebido más vino
y aguardiente, y ni se os nota, y vuestro amigo -por Tomás -igual.
-No creo que esté acostumbrado, ¿verdad, Sergio? -le preguntó en voz
baja el joven al estudiante que mantenía la sonrisa petrificada en la cara, todo
lo amplia que podía.
-Tendremos que llevárnoslo -aportó Tomás, que tampoco se sentía muy
sereno.
-Sí, mesonero. Os habéis portado a mi completa satisfacción. Vuestro
pago -deslizó unas monedas al mesonero que sonrío agradecido.
-Un placer, señor. Considerarme siempre a vuestro servicio -levantó
como si de una pluma se tratase al estudiante y lo mantuvo así, mientras uno
a cada lado, los jóvenes cargaron con él. Luego le puso el sombrero bien
encasquetado y los acompañó a la puerta.
-Volved, cuando queráis -despidió al trío que se perdió en la negrura de la
noche.
Tomás guió hacia el Colegio menor de la Madre de Dios, que estaba en la
así llamada, calle de los Colegios, a un extremo de la plaza del Mercado. El
silencio del colegio les indicó que aún no habían llegado el resto de los
colegiales.
Y, si algún criado se asomó a ver quién era, se retiró presto, cuando subió
las escaleras el joven de la cicatriz con Don Sergio y Tomás.
-¿Cuál será su habitación? -se preguntó para sí Tomás.
Don Gonzalo apoyó a Don Sergio contra la pared, y preguntó:
-Sergio, ¿cuál es vuestra habitación?
La amplia sonrisa fluctuó y cayó la cabeza del joven estudiante,
contemplándose minuciosamente los pies. Luego la levantó muy despacio,
extrajo una llave y, apoyándose en la pared, empezó a andar. Al llegar a una
puerta intentó abrirla, pero no fue capaz, así que se adelantó el joven de la
cicatriz. Cogió la llave y la fue probando discretamente en varias puertas,
hasta que una de ellas se abrió. Indicó a Tomás que trajese al estudiante hasta
allí, lo que éste se dejó hacer, murmurando algo totalmente inteligible. A la
luz de un candil que prendió Don Gonzalo, vio que la habitación se componía
de una estancia mayor y otra más pequeña, tras una cortina que era el
dormitorio.
Cargándose al hombro al estudiante, lo llevó hasta la cama y lo dejó
encima, lo que aprovechó éste para acurrucarse y cerrar los ojos con decisión,
arrugando el sombrero.
-Al menos quitémosle las botas -indicó el joven, procediendo a hacerlo
así, mientras Tomás le desanudaba la ropa, dejándola más holgada y
quitándole el sombrero.
Salieron ambos de la habitación dejándole allí.
-Para mí que es la primera vez que se emborracha -dijo Tomás, su vivaz
rostro divertido.
El joven de la cicatriz se limitó a asentir, quitándose el sombrero, que
dejó sobre una silla, probando la solidez y comodidad de la silla más amplia,
en la que se acabó instalando.
-¿Os quedáis? -preguntó sorprendido Tomás.
-Será lo mejor. Así de borracho está indefenso, por si a alguno de los
colegiales se le ocurre continuar la novatada.
-Es cierto. Hacéis bien. Caramba, sí, señor. Qué cena -comentó el
estudiante, quitándose animadamente el sombrero que lanzó a la silla junto
con el de Don Gonzalo, que lo miró arqueando las cejas cuando cogió un
cojín, lo puso en el arcón, en el que envolviéndose en su capa. Se tendió con
plena satisfacción, Tomás.
-Hacedme el favor se despertarme si hay jaleo -pidió antes de darse la
vuelta, y empezar a roncar.
La carcajada silenciosa del joven de la cicatriz en la habitación precedió
al soplido que apagó el candil, cuando se arropó en su capa y se instaló para
pasar la noche lo mejor posible.

Le despertó el gutural carraspeo de alguien que se puso a rebullir contra


la cortina antes de descorrerla. Desgreñado, y la ropa desceñida, apareció
Don Sergio, con no demasiada buena cara. Se quitó Tomás la capa de encima
y, sin levantarse del arcón en el que se sentó, estiró los brazos,
desperezándose. Don Sergio se tanteaba con precaución la cabeza.
-Buenos días, señor. Por cierto no tuve tiempo de preguntároslo anoche.
¿Habéis visto alguna buena comedia últimamente?
-¿Qué? -contestó absolutamente desconcertado a aquel relativamente
desconocido estudiante que estaba en su cuarto y que, obviamente, había
dormido encima del arcón, a lo que se añadía el tremendo dolor de cabeza
que tenía, por no decir la increíble sensación de su estómago revuelto hasta
un límite anteriormente desconocido.
La puerta de la habitación se abrió, entrando Don Gonzalo, que saludó
dejando una jarra encima de la mesa, quitándose el sombrero que dejó en la
silla y mostrando el ave desplumada que traía.
-Buenos días. ¿Qué tal habéis dormido? -preguntó mientras hábilmente
ensartaba al ave en un espetón y lo ponía sobre la lumbre que chisporroteaba
en la chimenea.
-Bien. Aunque la verdad, vuestro arcón, sin ánimo de ofenderos, señor,
no es demasiado cómodo. Se comba y rechina un tanto -dijo
confidencialmente Tomás a Don Sergio, que sólo acertó a pedir excusas.
Don Gonzalo escanció un par de vasos, uno de los cuales tendió a Tomás,
que lo acogió sonriente, dándole las gracias, acercándose al fuego. Y el otro
se lo llevó al joven estudiante que, al ver el contenido, se sorprendió.
-Pero si es vino...
-Sí. Bebedlo. Hará que se siente el cuerpo y la cabeza.
-No lo creo -apartándolo con una mueca de repugnancia, pero Don
Gonzalo se lo devolvió.
-Bebed -ordenó.
Dio un trago obligado por la mirada del joven, pero se sintió incapaz de
acabar el contenido. No le hizo falta, porque ya se lo quitaba de las manos
Don Gonzalo.
-Ya es suficiente. No se trata de que os emborrachéis otra vez.
-Disculpadme -dijo el joven antes de salir en dirección a la letrina.
Una vez remojada la cabeza varias veces, en agua fresca, se secó
cuidadosamente. Saliendo, se tropezó con el Rector del colegio, que venía
obviamente enfadado, a juzgar por el color de su rostro.
-Buenos días, tenga vuesa merced, señor Rector.
-Buenos días. ¿Vos no os encontráis enfermo?
-No, señor. Me disponía a ir a clase. Creo que me he dormido, no he oído
el gallo y he visto por mi ventana que ya había amanecido hace rato... -se
aturrulló hablando ante la cada vez más atónita expresión del rector que le
miraba incrédulo.
-¿Vais a ir a clase? -fue su sorprendente pregunta.
-Por supuesto. ¿Por qué no habría de ir? ¿Acaso se han suspendido?
-No, no. Naturalmente que no. Me imagino que se impartirán, aunque me
temo que vos seréis el único en asistir de este colegio.
-Disculpadme, pero no os entiendo. -Cada vez más despistado Don
Sergio.
-Ni yo tampoco, Don Sergio. Por lo visto esta mañana, el colegio en
pleno está en la cama imposibilitado para moverse. Hay incluso quien está
pidiendo la extremaunción.
-¿Qué me decís? ¿Se trata acaso de una epidemia? -se sorprendió el
joven, asustando al Rector, que hizo señas negativas.
-No, no. Por lo que oído no van por ahí los tiros. Pero como veo que vos
os encontráis bien, os informo que la hora de clase está al caer. –Se refiere a
las clases de medicina, impartidas en el Colegio de San Ildefonso.
-Caramba, disculpadme señor. He de recoger mis cosas -se precipitó
hacia las escaleras, siendo seguido por las miradas incrédulas del Rector.
Entró Don Sergio en la habitación y, precipitadamente, acabó de vestirse
y recogió algunas cosas, mientras decía:
-No he oído el gallo del patio de enfrente y me he dormido. Es la primera
vez que me ocurre -no se explicaba el joven. -Disculpadme pero he de irme -a
Don Gonzalo que contemplaba como se hacía el ave sobre el fuego, al igual
que Tomás, que despachaba la segunda copa de vino. -Por favor, dejad la
llave al bedel que abajo vive, cuando os vayáis. Lo cual no quiere decir -
balbucea -que no estéis el tiempo que consideréis... Preciso.
-No os preocupéis, Don Sergio -despide Tomás. -Que estudiéis mucho -lo
que hizo que Don Sergio saliese rápidamente por temor a llegar tarde.
El vivaz rostro reflejo su satisfacción, y brindó silenciosamente por el
estudiante que se precipitaba en pos del conocimiento. Cuando una idea le
vino a la cabeza.
-Es curioso. Suelo tener el sueño ligero y tampoco he oído ningún gallo.
-Ni lo oiréis -fue el comentario del joven de la cicatriz, que varió la
posición del espetón para que se hiciera por el otro lado el ave, que no
volvería a cantar al sol naciente.
9

-¿Dónde encontrar un platero? -repite sorprendido Tomás la pregunta del


joven de la cicatriz, cuando salen del Colegio Menor de la Madre de Dios.
Le indica donde puede encontrarlo. Se ofrece a acompañarlo, pero éste le
indica que no es necesario y se despide de él.
-¡Hasta la vista! -le ve alejarse, apenas un momento dubitativo antes de
dirigir en otra dirección.
No tuvo problemas Don Gonzalo en encontrar el taller del platero, pues
estaba abierto mostrando distintas piezas al público. Entró y preguntó a un
aprendiz que limaba cuidadosamente unas rebabas de una pieza.
-¿El maestro?
-Un momento, señor -pidió antes de introducirse en otra estancia y volver
con un hombre de mediana edad, barba cerrada, de pequeña estatura y ojos
inteligentes, que sobre la ropa llevaba un mandil de cuero, que se sacudió un
tanto de un fino polvillo plateado, al saludarle.
-Buenos días, tenga vuestra merced. ¿En qué puedo serviros?
-Desearía que me hicieseis un crucifijo de buena plata de la misma factura
y manera que este tendría -sacó algo que le dio al maestro platero que lo miró
sorprendido -si estuviese intacto.
-Recontradiez -masculló éste girando entre sus manos la pieza de plata,
que sobrepasaba algo su alargada mano, y que tuvo forma de crucifijo una
vez, pero que ahora está deformado. -¿Qué le ha pasado?
-Una bala de mosquetón lo dejó así.
Murmuró para sí el artesano, acercándolo más a la luz de la ventana, para
mejor contemplarlo.
-Vamos a ver -calculó el artesano sin dejar de medir el crucifijo con la
vista y como mejor pudo con instrumentos que cogió de la mesa del aprendiz,
que observaba en silencio el intercambio con los ojos abiertos de par en par. -
El molde no será problema. La forma es simple. Eso por una parte... En
cuanto a la figura y adornos, ya es otra cosa... -nuevos titubeos, que
interrumpió la presencia de otra persona al entrar en el taller.
-Buenos días tengan vuesas mercedes -saludó al entrar.
El artesano al verle entrar ágilmente había guardado detrás de él la pieza
que estaba examinando, para saludar con aparente animación.
-Don Juan de Hena, dichosos los ojos. Precisamente os iba a hacer llamar
para que vieseis la Custodia que me han encargado para...
-Sí, sí. Ya lo sabía. A eso vengo -sonrisa hipócrita. -Así os evitó el viaje.
¿Puedo llevármela?
-En un par de días, Don Juan, os la envío a vuestro taller, ahora la
estamos acabando de rematar.
-Bien, bien -musitó entre dientes éste, mientras mira a su alrededor y al
ver un copón, soberbiamente ejecutado, lo coge y lo revisa. Éste no ha sido
comprobado -el leve tono acusatorio en la voz del hombre no pasó
desapercibido a los presentes.
-Os lo iba a enviar justamente con la custodia -se disculpa el artesano,
lanzando una mirada de reojo al aprendiz que baja los ojos turbado y,
súbitamente, interesado en lo que está haciendo.
-Bien, os ahorraré el paseo llevándomelo conmigo -envolviéndolo en un
paño, la guardó en uno de los amplios bolsillos que llevaba. -¿Algo más?
-No, Don Juan. Como vos sabréis mejor que nadie la Custodia nos ha
ocupado por completo. No hemos podido aceptar más encargos.
-Aja. Bien, bien -repite el hombre sin dejar de mirar a su alrededor. -
Entonces hasta otro día. No olvidéis mandármela, la estaré esperando -se
despide saliendo.
-Sabandija hideputa -dice en voz baja el artesano a la espalda que se aleja.
Don Gonzalo ha observado el intercambio de palabras con perplejidad antes
de preguntar.
-¿Quién es?
-El marcador y contraste, todo en la misma persona, eso es lo que es -lo
que no aclaró nada al joven de la cicatriz. El artesano le explicó. -El
Municipio designa a un platero para que compruebe la pureza de la plata de
todas las piezas que se hacen en esta ciudad, y si es de ley, la marca con el
sello de la ciudad. ¿Veis? -Muestra una de las copas que tenía expuestas,
dándole la vuelta y mostrando el fondo. Este es mi sello de platero -su dedo
señaló una inscripción con el apellido del platero. -Esta es la del Marcador y
Contraste, es decir su sello de platero -señaló otra marca con otro apellido -
que también pone el sello de la ciudad que el municipio le entrega al
nombrarle -señala la agrupación de letras, sobre las que era visible una
especie de torre.
-ALC -leyó el joven la primera línea de letras, para seguir con la segunda
-ALAD.
-Es decir Alcalá de Henares -acaba de explicar el artesano, mostrando
unos arañazos peculiares que tenía la copa en la base. -Y estas dos muescas
son las muestras que toma de la copa, para comprobar la pureza de la plata.
Pues a eso se limita. Viene, se lleva las piezas acabadas, las raya y nos la
devuelve con dos sellos, y la consiguiente tasa que pagar. Que no es
moderada, señor -se lamenta mesándose la barba el artesano.
El joven de la cicatriz frunce el ceño, antes de decirle.
-Eso hará retrasar el encargo, ¿no?
-Me temo que sí. Otro platero podría ofreceros saltarse el trámite del
marcador y contraste -hizo un elocuente gesto el artesano. -Lo que no quiere
decir que utilice peor plata, sino que así sale más barato... -deja caer
indiferente el artesano. El joven de la cicatriz hace caso omiso y pregunta.
-¿Podría estar de hoy en cuatro días?
El artesano se sobresaltó.
-¿De hoy en cuatro días? Imposible. Yo pensaba en unas dos semanas, y
si añadimos los días que lo retenga Juan de Hena en su taller, fácilmente
serán unos veinte días.
-Ha de estar de hoy en cuatro días -indiferente ordenó Don Gonzalo,
sacando la bolsa y alineando doblones sobre la mesa, que dilataron los ojos
del aprendiz casi tanto como los del artesano. -Vos diréis. ¿Es posible?
El artesano miró la pieza de plata destrozada, que había vuelto a coger, a
la pila de doblones, y finalmente al joven.
-Honradamente lo intentaré. Incluso lo llevaré personalmente al marcador
y le apremiaré, a fin de que tengáis plena seguridad de la honradez de mi
trabajo.
-Lo que gustéis, si de aquí a cuatro días está hecho -se despide el joven,
dejando al artesano guardando los doblones en su bolsa y diciendo al
aprendiz que dejase lo que estaba haciendo y preparase los materiales.
-Hay que hacer presto el molde.
-¿Y la Custodia, maestro? -inquiere el aprendiz la pieza que está
puliendo.
-Bah, ya la acabaremos. Hasta que nos la paguen han de pasar todavía
algún mes, mientras que éste -levantó contemplando de nuevo el crucifijo
destrozado -ya está pagado, y con creces. Rápido -apremia al aprendiz -que
quien paga, puede exigir.
De camino de vuelta a las habitaciones que tenía alquiladas, pasó el joven
por la cuadra, y echó un vistazo a su caballo. Éste se mostraba limpio y tenía
buen aspecto en general. Le habían aseado la paja del suelo. Satisfecho le
llevó una brazada de paja para que masticase algo, antes de dejarle. Dijo que
no al mozo que acudió a preguntarle si se lo ensillaba para montar, antes de
salir a la calle. Absorto recorrió el camino hasta la casa que habitaba.
Una vez en sus habitaciones, se desprendió de la capa, y el sombrero.
Prendió fuego en la chimenea y se sentó ante él, con una jarra de vino a mano
que se había hecho traer del mesón, como había acabado conviniendo con el
mesonero. Perdida la vista en las danzarinas llamas, le sorprendió la llamada
a la puerta, un ágil repiqueteo, que precedió a la voz femenina.
-¿Señor, estáis ahí?
Fue hasta la puerta y la abrió. Al otro lado una joven sonrió entre los rizos
que se escapaban de su melena, mirándolo descarada.
-Disculpad, me envía Tomás para preguntaros si queréis compartir la olla
podrida que tenemos para la comida. Yo soy Manuela -se presenta con
desparpajo la joven.
-Acepto por supuesto -contestó cortésmente a la joven que ágilmente se
había dado la vuelta y entrado en las habitaciones de Tomás. Cogió la jarra de
vino aún entera, y con ella en la mano sale de su habitación que cerró, y fue a
la del estudiante que se encontraba tras una mesa, completamente abarrotada
de papeles, que emborronaba febrilmente con su pluma en un aparente
desorden. Saludó al verle entrar.
-Bienvenido, Don Gonzalo. Ya conocéis a Manuela, primera actriz de la
compañía de la cual me enorgullezco ser autor -verbo elocuente el de Tomás,
que se puso a rebuscar entre los papeles, que revolvió aún más. -Manuela, no
encuentro la escena entre Pablo y la hija del comendador.
-La tengo yo -dice ésta que, junto a la chimenea, vigila la olla podrida que
se está haciendo, sacando unos papeles.
-No me desordenes las cosas que me hago un lío -se desespera el
estudiante.
La joven le hace un gesto de burla, antes de dejar sobre la mesa los
papeles, retrucándole.
-Es corta.
-¿Corta? -se lamenta el estudiante alzando la voz. -¿Habéis oído, Don
Gonzalo, dice que la escena es corta? ¡Ingrata! -grita a la joven que desde la
chimenea le oye hablar como si lloviera. -Dice que es corta -al joven de la
cicatriz que le escucha levemente divertido. -¡Loca! -a ella. -Ahora me he
perdido -se rasca la cabeza, moviendo más papeles.
-La escena entre el vendedor de libros y la hija del comendador -dice la
joven antes de soplar sobre la cuchara de madera con la que prueba el guiso.
-Sí, claro -vuelve a sus papeles el estudiante.
-Y no la hagas corta esta vez.
-¿Pero...? -se dirige a Don Gonzalo, va a decir algo pero se sorprende a
verle aún de pie con la jarra en las manos. -Sentaos, haced el favor. Estáis en
vuestra casa.
-Creo que he venido en mal momento. Obviamente estáis ocupado -hace
gesto de volverse, pero antes de que replique Tomás, llega la silla que le
coloca Manuela, quitándole la jarra de las manos.
-No, qué va -dice el estudiante. -Como siempre. Para dentro de tres días,
estrenaremos una nueva comedia. Y la estoy acabando.
-¿En tres días estrenáis una comedia que aún no habéis acabado? -
incrédulo Don Gonzalo, recibe agradeciéndoselo el vaso que Manuela le pone
en las manos.
-Claro. Esta tarde reparto los papeles entre los actores, mañana y pasado
ensayamos y al otro la estrenamos. Si tenemos suerte durará una semana.
Manuela le dijo que despejase la mesa para comer, así que recogió los
papeles mientras ella disponía la mesa para la comida.
-Por cierto -le preguntó cuando llena los platos con comida la joven. -¿Te
ha dado el dinero ese usurero?
-Sí. Te lo he dejado donde siempre -contesta Manuela al estudiante que se
levanta de la mesa y va hacia el arcón, que abre y saca una talega gastada,
que abre y cuenta cuidadosamente, antes de dejarla en su sitio y volver a la
mesa, uniéndose a ellos comiendo a dos carrillos. -No es mucho -masculla
entre dos bocados.
-Acuérdate de que un día llovió -dice Manuela, acabando su plato y
sirviendo otra fuente.
-Sí. De todas formas ese empresario nos racanea todo lo que puede -se
ensimisma el estudiante antes de volver a animarse, soltando una carcajada. -
Disculpadme, Don Gonzalo, pero después que os fijara el precio de las
habitaciones, le dije al dueño que por haberos traído me perdonara el alquiler
de este mes. Espero que no os ofendáis. Un gasto menos -le dice a Manuela,
que mueve la cabeza reprendiéndole.
-No importa. Hicisteis bien si pudisteis sacar algún beneficio. Después de
todo, ya había acordado conmigo el precio de las habitaciones.
Acabada la fuente, trajo Manuela para rematar la comida una bandeja con
dulces variados.
-Disculpad, señor. ¿Cómo os hicisteis la cicatriz de la cara? -no puede
evitar preguntar curiosa la joven viendo con algo de alarma al joven
levantarse de la silla sacudiéndose las migas de encima, con algo parecido a
una sonrisa en el rostro, pero que no lo era.
-Me la hizo el primer hombre que mate. Al segundo no le deje acercarse
tanto -se despide de Tomás que se ha quedado con la boca abierta a medio
masticar un bocado, y de la joven que ya se está disculpando. -No importa.
Gracias por la comida. Ahora he de retirarme.
De nuevo en sus habitaciones reanima el fuego ante el que se sienta. Poco
después alguien llama a la puerta.
-Adelante -se gira en la silla hacia Tomás que entra dubitativo.
-Espero que no os haya molestado Manuela. No tiene mala intención, sólo
es que dice lo primero que se le viene a la cabeza.
-No, no -le corta Don Gonzalo. -No me ha molestado.
-Bien. Perfecto. Ejem -tose el estudiante. -Don Gonzalo, vos parecéis
estar en buena situación -tose de nuevo discretamente en su mano. -Me
preguntaba...
La ceja arqueada del joven de la cicatriz no le ayuda precisamente.
-...si podríais hacerme un pequeño préstamo -suelta lo que ha venido a
decir el estudiante. -Os lo devolveré en cuanto el empresario nos pague la
parte de la recaudación que nos corresponde de la nueva comedia, que vamos
a estrenar. Cosa de pocos días -dice intentando ser convincente.
La carcajada del joven de la cicatriz le hace poner cara de circunstancias.
-¿Cuánto necesitáis? -se lo dice, y coge al vuelo las monedas que le lanza,
animando de nuevo el rostro del estudiante. -Decidme Tomas, ¿vais a
comprar también un libro?
La expresión del estudiante se quedó congelada, antes de reaccionar
preguntando muy quedo.
-¿Qué?
Don Gonzalo lo miró un momento, sorprendido por la reacción que había
provocado su pregunta, antes de decir.
-No importa.
-Os lo devolveré - dice en voz baja, saliendo de la habitación Tomás, aún
con el rostro ligeramente demudado.
10

Cuando Tomás volvió a llamar a la puerta y la abrió, le pareció que no se


había movido desde la última vez que lo vio. El cuarto, ahora estaba sólo
iluminado por el resplandor de la chimenea, ante la cual se sentaba el joven
de la cicatriz. Al acercarse vio sobre la mesa cercana a él, una jarra de vino, y
el vaso en que bebía, junto a un peculiar juego de ajedrez. Las piezas, en sí
eran simples, en madera más clara unas, y en otra más oscura las negras. Pero
le llamó la atención el tablero, si es que se podía llamar así, era este una pieza
de cuero curtido en el cual las casillas blancas, se habían recortado, algo más
pequeñas, dejando un borde, contrastando con las enteras, que serían las
casillas negras.
-Caramba, qué útil para viajar.
-Cierto -le invitó a sentarse Don Gonzalo, lo que hizo el estudiante, no
necesitando una segunda señal para servirse un vaso de vino, que saboreó
satisfecho.
Volvió a mirar el tablero que ahora quedaba entre los dos. Tenía éste una
partida a medias.
-¿Jugabais solo? -preguntó curioso Tomás.
El joven dio un lento trago de vino antes de responder.
-Más o menos. Se trata de la última partida que jugué con mi tío. Éste era
un magnífico ajedrecista. Estábamos disputando una partida, cuando lanzaron
un ataque, dejamos lo que estábamos haciendo y nos aprestamos a la defensa.
La compañía para entonces estaba bastante mermada y nos costó mucho
repeler el ataque -se le perdió la vista entre las danzarinas llamas del hogar. -
No todos volvieron. Mi tío no lo hizo.
-Lo siento -sólo acertó a musitar Tomás.
El joven de la cicatriz hizo un gesto de rechazo.
-No importa. Únicamente tenía curiosidad por ver como se desarrollaría
la partida. Estaba convencido de que iba ganando, pero cuanto más la miro,
más me doy cuenta de que mi tío preparaba algo -gesto de vaguedad con las
manos, para volver a beber.
-Vos estabais en Flandes, ¿no? ¿Como es aquello? ¿Podríais contarme
alguna historia heroica que pueda utilizar...? -Empezó a emocionarse, pero la
mirada del joven le hizo pararse.
-¿Contaros? ...Si podría contaros de hombres jóvenes, que claman en
noches oscuras, en el campo de batalla, bajo fuego enemigo, porque están
vivos, y una rata se está comiendo sus intestinos y vos no podéis ni acercaros,
ni siquiera a rematarle... Puedo hablaros de hombres que después de años y
años en continua guerra sin descanso, ni licencia, pues sólo se licencian los
impedidos o los muertos, se pierden. Se les rompe algo por dentro y ya no
sirven para nada. Viven pero están muertos... Puedo hablaros -el tono era
hipnótico -de compañías enteras formadas en España, de las que después de
años de pelea apenas quedan un puñado de hombres en torno a un jirón de
bandera, que se sostienen, porque saben que si caen, ya no se levantaran
más... Puedo hablaros de la sangría de hombres por el orgullo de un rey, pues
es lo que nos retiene en Flandes... Puedo hablar, pero mejor callo porque
entonces acudirían todos ellos, sus rostros, sus voces y llenarían este cuarto.
Y yo tendría que saludarles y brindar con ellos y, entonces, serían pocas todas
las jarras de vino...
-Disculpadme, Don Gonzalo, no sabía -corrido Tomás.
-¿Qué importa? -dijo a quien sabe quien, el joven de la cicatriz que brindó
al fuego.
-Venía a aclararos que el libro que adquiriré es algo que me ha ofrecido el
bibliotecario, un putañero diablo cojuelo, si queréis mi opinión, y que a veces
a tapadillo vende algunas cosas que sólo él sabe dónde y qué están allí. Yo a
veces voy a verle y lo invito para que me cuente historias curiosas que me
puedan servir para mis obras y, no hace mucho, me contó que, entre los
papeles y libros que hizo guardar aquí el fundador de esa universidad, el
Cardenal Cisneros que, como sabéis fue confesor de la Reina Isabel y
después Inquisidor, el primero y lástima que no el último, y que participó en
la conquista de Oran, requisando los libros y papeles que allí encontraron
haciéndolos guardar aquí. Como sabréis, y si lo desconocías deberíais
sabedlo, en esta universidad se imprimió la Biblia políglota en diferentes
lenguas, encargo de esta Cardenal, y de esos días viene el que el bibliotecario
sepa que uno de los libros que guarda, y sólo él sabe dónde está, según dice
él, escrito por un matemático y poeta persa, que contrariamente a lo que tenía
entendido de estos infieles, habla de lo bueno que es el vino y de que a los
sacerdotes que les den morcilla. Es un libro de números y hay una historia
curiosa relacionada con ese libro. Veréis, Don Gonzalo, esto me contó el
bibliotecario de la Universidad, un borrachín lascivo y cojo, de mirada torva
pero entretenido, lleno de historietas y cuentos curiosos. Es sobre el libro que
os conté quería adquirir.
-Había una vez tres amigos, así me lo contó a mí, y así os lo cuento a
vos-. Gracias. Sí, otro vaso de vino irá bien para ayudarme a bien contároslo-.
Iba diciéndoos que había tres amigos en el país de los infieles moros y que
estudiaban, pues incluso en aquella tierras tienen donde hacerlo, ¿qué
estudiaban? Sería cosa curiosa saberlo pero baste saber que eran tres
estudiantes, como yo, y supongo que tan carentes de fondos. Pues sucedió
que estos tres estudiantes hicieron un pacto: aquel de los tres que alcanzase
fama y fortuna, y más de ésta que de la otra, supongo, ayudaría a sus amigos
menos afortunados.
Cogieron caminos e intereses diferentes, lo que es normal, como
supondréis, y fueron las cosas de tal modo que uno de ellos devino en Sultán
o Visir, o algo semejante, pero era una persona de poder, mando y con
riquezas. Y los otros dos acudieron.
Uno de ellos era matemático y poeta. Ya os hablé de él, Ummar Jayyam,
y le pidió y consiguió que le otorgase medios para llevar una vida de
estudios. Y se lo concedió. Le consiguió unas rentas de las que vivir y una
casa cómoda donde alojarse, para que no tuviera que preocuparse y pudiera
dedicarse a sus estudios.
El otro era más codicioso y mundano. Pidió ser introducido en la corte y
allí se demostró que no era de ley su plata, pues intrigó contra el amigo que
había sido su benefactor, incluso intentó asesinarlo. Huyó al ser descubierto.
Y después fue conocido como el Viejo de la Montaña y temido más que
ningún hombre de aquellas regiones dejadas de la mano de Dios. Se refugió
en una montaña inexpugnable, rodeado de un grupo de seguidores a los que
prometía el paraíso en la otra vida si obedecían sus órdenes. Se llamaba
Hassan y se dice que de él y de estos seguidores viene la palabra asesino,
pues enviaba a sus hombres a matar a quien le estorbase, lo que hacían estos
sin dudarlo, pues creían que en la otra vida tendrían cada uno siete mujeres
vírgenes para ellos en un jardín paradisíaco, con un vino que no embriagaría
lo cual, dicho entre nosotros y sin ánimo de ofender, quitaría algo de gracia a
este preciado elemento, ¿no opináis lo mismo, Don Gonzalo?
Y luego sucedió que un día a la casa del poeta llegó un emisario envuelto
en el traje que llevan allí para cruzar los desiertos y que envuelve a la persona
como las viejas lo hacen para que no se les vea la edad cuando van a la
iglesia, pero eso es divagar, Don Gonzalo. Y os diré que este hombre traía
una carta para el poeta del vino, que ya no era joven ni mucho menos, y ya
matemático conocido y, según dicen, maestro severo de esta materia. Como
es costumbre entre esta gente, la hospitalidad es sagrada, y le invitó a entrar y
ofreció comida y descanso, pero no aceptó mientras no leyera la carta, lo que
éste hizo.
Y fue bueno que se hubiera sentado para hacerlo porque era una carta del
Viejo de la Montaña, que le pedía algo. Un favor en virtud de la vieja
promesa de cuando los dos eran jóvenes pues en verdad, decía él, la vida de
éste alejado de intrigas y peligros, había sido la más afortunada de las de sus
compañeros, y ¿qué pedía? Os preguntareis. Pues enviaba con aquel
mensajero un rollo de pergamino, pues ya sabréis que entonces, y esto me lo
ha explicado el cojo bibliotecario, escribían sobre pieles que iban uniendo
unas con otras y que guardaban enrolladas como las mujeres de buen ver y de
mejor comer para no delatarlo, si me entendéis.
Es un libro de saber y poder, decía, y temía su viejo compañero de
estudios que ojos que no debían lo leyesen o pudiesen desvelarlo, por lo que
le pedía a él, sabio en cifras que ocultase su contenido. Y hagas esto en
nombre de la amistad que te tengo, si no lo hicieras consideraría que habría
perdido un amigo y lo lloraría como muerto, que es una forma poética de
decir las cosas sobre todo habiendo enviado la carta con uno de sus hombres
que eran conocidos por la facilidad con que quitaban la vida a otros. Y el
poeta, que de tonto no gastaba sombrero, dijo al emisario que se ponía a
disposición de su viejo amigo y que así se lo dijera. Quizás esperaba que se
fuese corriendo a decírselo, pero no fue así, le entregó otra cosa más pesada.
Así empezaron sus largos días y noches ocupado en escribir un nuevo
libro, sustituyendo las letras que cifraba para que no se pudieran leer más que
por quien supiese la clave pero, mientras lo hacía el corazón, órgano
fastidioso éste si queréis saberlo y al que las mujeres no dejan de hacer
referencia siquiera para demostrar que carecen por completo de él, y maldita
falta que les hace. Bueno, pues debía pesarle varios quintales, pues aquel
libro o escrito era malo de verdad, se diría que escrito por la mano del
mismísimo diablo, y se apenó profundamente, pues se dijo que todos sus
escritos sobre álgebra ya raro sería que acabasen perdurando, pues entonces
los libros se habían de escribir nuevamente a mano, trabajo éste pesado y que
sólo se hacía con aquellos que perduraban por algún motivo, lo cual dudaba
pasase con su cuartetas, y que muchos consideraban sacrílegas, porque
hablaban de vino y eso no gustaba a los sacerdotes, como pasa ahora y
supongo que siempre. Y sin embargo no conozco monasterio sin viñedos, ¿y
vos?
Y lo mando al carajo, pero eso no se lo podía decir al enviado, y que aún
seguía allí, seguramente sin perderle de vista ni un momento, porque por lo
menos le cortaría las criadillas, cosa bien desagradable, y eso sólo para abrir
el apetito, si me entendéis. Así que, de tapadillo, empezó a quitar palabras y
fue colando de memoria las cuartetas que le venían en gana, las que hablaban
de disfrutar la vida, las mujeres, no hacer caso de los curas y de un buen vino.
Y es fácil imaginarlo sentado ante sus escritos, cerca una taza de algo que
os apuesto lo que sea no sería una de esas infusiones a las que dicen son
aficionados sino, posiblemente, algún vino, quizás tan bueno como el que
disfrutamos esta noche vos y yo, dibujando el árbol que hay al principio del
libro.
Y esa es la historia, Don Gonzalo, del poeta moro, sus dos amigos y el
libro, que resultó no ser lo que debería, pero sí lo que debía, y el soberano
corte de mangas que le hizo al mismísimo Pedro Botero.
Más tarde la puerta se abrió un tanto y asomó Manuela con la melena
suelta, y en ropa de dormir, llamando con voz soñolienta a Tomás, el cual se
levantó apurando su vaso y se despidió del joven de la cicatriz, que continuó
brindando a todos y cada uno de los rostros que las llamas evocaban,
pensando quizás en lo que le había contado éste.
11

La mañana se desplegó sigilosa tiñendo en rosa la alborada. Débil al


principio, se instaló un rayo en la ventana, cayendo sobre la cama, en la que
estaba tumbado el joven de la cicatriz, respirando acompasadamente en su
pesado sueño.
Tomás, aquella mañana, se despertó ligero. Abandonó el lecho en el cual
se quedó rebullendo, aún adormilada, Manuela. Apiló el montón de hojas de
papel que sobre la mesa había, repasándolas satisfecho cerca de la ventana,
para de nuevo dejarlas en su sitio. Desayunó un par de rebanadas de pan,
sobre las que vertió aceite de oliva y azúcar, masticando con deleitación
mientras se vestía. Hoy iría a clase, se propuso colocándose su gorro
estudiantil debidamente ladeado. Se despidió con un beso de la soñolienta
actriz, que empezaba a desperezarse. Saliendo de la habitación se detuvo un
momento en el exterior, dudando si llamar a la puerta de Don Gonzalo, más
aún al oír algo de ruido dentro, pero finalmente optó por dirigirse a sus
clases. Encaró animosamente las escaleras y, al salir al exterior, casi se dio de
bruces contra el joven estudiante.
-Caramba. Don Sergio, ¿verdad? ¿Qué tal os encontráis?
-Bien, gracias -pues de él se trataba. -Venía a ver a Don Gonzalo. ¿Vive
aquí, verdad?
-Sí -indicó Tomás, cuando una luminosa idea animó su vivaz rostro, y
cogiendo del brazo al joven estudiante de medicina le habló.
El joven de la cicatriz se había levantado y abierto la ventana, notando el
sol de la mañana calentándole la cara. Las noches aún eran frescas, a pesar de
la primavera que pujante se había presentado. Buscó entre las jarras de vino
una terciada y se sirvió un poco, que bebió como si de una medicina amarga
se tratase.
Suspirando, se tanteó la cabeza, entre la melena enmarañada que se apartó
del rostro, recogiéndolo detrás.
-Me vendría bien un buen baño -dijo a la estancia vacía. -Entre otras
cosas.
Se sacó la camisola que llevaba puesta, arrugando la nariz al olerla. La
dejó a un lado. Vertió en una jofaina agua que estaba fría, pero le sirvió. Algo
más despejado, rescató una camisola limpia de su bagaje y la deslizó entre
sus brazos por encima de su cabeza, dejándola caer, antes de remangarse
cuidadosamente el brazo izquierdo.
Buscando encontró una cuchilla pequeña. Puso su brazo sobre la jofaina,
apretando y soltando la mano, para hacer más nítidas las venas.
Elegido el punto en el antebrazo, deslizó cuidadosamente la cuchilla que,
minuciosamente afilada, abrió la piel y la vena, que se destacaba nítida, como
si de un limón cortado se tratase, brotando un flujo de sangre que como
sorprendida cayó en la jofaina.
Ocupado en ello, apenas reaccionó al tamborileo de nudillos sobre la
puerta, apenas con el tiempo justo de volver la cabeza para ver a la persona
que se asomaba.
-Don Sergio -casi saludó, buscando con la vista el paño que había
preparado a un lado.
-¡Don Gonzalo! ¿Qué hacéis? -se sobresaltó el estudiante de medicina al
ver la sangre del antebrazo.
-¿Y vos necesitáis que os lo explique? -el tono desdeñoso del joven de la
cicatriz cortó la pregunta del estudiante al tiempo que, cuidadosamente, vertió
con su mano agua sobre el corte y presionaba con el paño sobre la vena,
envolviendo el antebrazo hábilmente con una sola mano.
-¿Una sangría? -aún sorprendido el estudiante.
-Por supuesto. Me he despertado con fiebre y he buscado alivio -aún
enredado sus dedos en el nudo, que ayudó con los dientes, antes de darse por
satisfecho.
-Pero eso es una barbaridad -se indignó el estudiante. -No entiendo esa
manía de hacer sangrías por cualquier motivo que tienen los cirujanos. En
muchos casos es incluso contraproducente.
-¿En serio? Bueno es saberlo -el tono frío del joven de la cicatriz no
admitía replica. -¿A qué debo el honor de vuestra visita?
-Yo -se turbó un tanto el joven estudiante -no os he dado aún las gracias
por lo que habéis hecho por mí... Don Diego me ha hecho llegar algo de
dinero y me gustaría resarciros.
-¡No! -la voz y el tono cortaron al estudiante de medicina, que se quedó
callado. -No tenéis que resarcirme de nada. He hecho lo que he querido y he
pagado por ello. No hay nada más que hablar del asunto.
-Excusadme, si os he molestado -se disculpa azorado el estudiante. -No
quisiera haberos ofendido...
-No hay ofensa. ¿Hoy no tenéis clase? - pregunta Don Gonzalo.
-Sí. Más tarde -explica el estudiante. -Por cierto, se me ocurre que para la
fiebre mejor que la sangría es la infusión de la corteza del sauce. Salix alba,
sirve de febrífugo, es decir, contra la fiebre y también os aliviará el dolor.
Podría pedirle una cantidad al boticario y traérosla. El maestro Hipócrates la
recomendaba.
-¿Quién? -se burla levemente el joven, pero no logra desanimar al
estudiante.
-Un griego que prácticamente creó la medicina. Os la traeré y probareis -
resuelve satisfecho el estudiante.
El gesto con que acogió las palabras del estudiante, no enfrió su ánimo y
se despidió, prometiendo volver con el remedio más adelante.
Don Gonzalo meneó la cabeza a solas en el cuarto a su salida, antes de
acabar de vestirse, embozarse en la capa y sombrero para salir.
Se dirigió a la caballeriza e indicó al mozo de cuadra que le trajese la silla
y las riendas de su caballo que él mismo colocó al animal, que parecía
contento de abandonar la cuadra. Tenía los ojos animados. Montó de un ágil
salto y, reteniendo el paso brioso del caballo, salió a la calle Mayor que bajó
hasta la Plaza del Mercado, atravesándola, dejando a un lado los variopintos
puestos, hasta el fondo tomando la así llamada Calle de la Trinidad Descalza,
y después a un callejón llamado de San Julián, para salir por la Puerta del
mismo nombre, saliendo al exterior de la ciudad. Allí dio rienda suelta al
caballo.
Siguió el margen del río, dejando atrás las tintoreras que vertían sus
porquerías al río y las pestilentes curtidurías. Galopó en dirección contraria a
la del río, dejando atrás todo vestigio de industria humana, hasta que se dio
por satisfecho. Refrenó la galopada, contemplando los cerros que
flanqueaban el río en la otra orilla. Puso al paso el caballo cuando un rincón
le satisfizo. Allí se detuvo. Ciñó la rienda larga al tronco de un árbol, dejando
al caballo ramoneando entre la jugosa hierba. Se despojó de la ropa, que dejó
a un lado junto con sus botas y saltó al río, cuyas aguas le acogieron en un
frío abrazo, lo que le hizo lanzar un aullido de satisfacción. Braceó
cuidadosamente, a veces subiendo, otras dejándose llevar por la corriente,
hasta que con las palmas de las manos arrugadas como pasas de moscatel y
los labios azulados, salió del agua para frotarse con una pieza de lino que
había traído consigo. Satisfecho se tendió desnudo sobre la hierba, dejando
que el sol lo acabase de secar. Se adormiló, acunado por el rumor del agua,
envuelto en la cálida luz.
Revitalizado se vistió perezosamente el joven de las múltiples cicatrices,
bajo el sol del atardecer, dejando a un lado la capa, que enrolló y ató en la
silla del caballo, al cual volvió a colocar la cabezada que le había quitado
antes, para que pudiera ramonear a gusto sin hacerse daño con el bocado, que
ahora introdujo de nuevo en la boca del animal, que lo manchó de una saliva
verdosa, que se limpió en la orilla del río al que se acercó con el caballo para
dejarle beber un poco, antes de apartarle. Recogió de paso el paño con el que
se había secado, lo envolvió y lo guardó en una bolsa de la silla. Montó
ágilmente. Antes de echar a andar, comprobó que se sujetaba la banda de tela
que le envolvía el antebrazo izquierdo. Estaba firme. Cogió las riendas con la
diestra y afianzándose con las rodillas, lo impulsó al trote, que inició corto,
para pasar a largo en cuanto vio el camino despejado. Volvió a la ciudad.
Más tarde, después de dejar al caballo en las cuadra, se encaminó al
mesón, en donde le recibió el mesonero con una amplia sonrisa.
-Tengo hambre, ¿qué tenéis? -saluda.
-De todo -fue la alegre respuesta del mesonero, instalándole.
Al poco de llegar a sus habitaciones, ya anochecido, Tomás llamó a la
puerta.
-Adelante -dijo el joven de la cicatriz.
-Buenas noches -saludó este contento al ver que el rostro del joven estaba
en calma, incluso se atrevió a pensar con su habitual optimismo que tenía un
ligero aire contento. -¿Habéis cenado?
-Sí, he tomado algo. ¿Queréis vino? Creo que queda una jarra por algún
lado- buscó entre las jarras que había sobre una mesa lateral. Levantó una de
ellas y la mostró.
-De acuerdo. Os traía esto -mostró el tarro de blanca cerámica con dibujos
azulados que sujetaba en la mano. -Os lo ha traído el estudiante de medicina.
Dice que son no se que de no sé qué árbol, para unos vahos... -gesto de
incomprensión en su vivaz rostro.
Don Gonzalo lo cogió dejándole a cambio la jarra de vino. Levantó la
tapadera y olisqueó el interior.
-Disculpad, mi curiosidad -dijo Tomás mientras servía vino en un vaso -
pero no entiendo muy bien la relación que tenéis con ese estudiante. ¿Es...? -
dejó la pregunta en el aire, al joven de la cicatriz que lo miró por encima del
jarro que aún olisqueaba. No vio su peculiar sonrisa.
-Hijo de mi padre -respondió.
-Ahhh -dijo Tomás sin enterarse de nada.
-Pero no de mi madre -acabó el joven.
-¡Ah! -comprendió ahora Tomás. -Bueno -expresivo gesto de las manos,
que alargo para coger otro vaso que dio al joven, ya lleno. -Supongo que de
mí también se podría decir que soy hijo de mi padre.
Ahora el sorprendido fue Don Gonzalo, que arqueó ligeramente las cejas.
-En fin -siguió Tomás brindando -a vuestra salud para que os mejoréis.
-No estoy enfermo -dijo el joven de la cicatriz antes de beber.
-Bueno, pues mejor entonces -volvió a hablar Tomás. -Buen vino.
¿Acabamos la jarra?
Don Gonzalo asintió, mientras dejaba el tarro de porcelana dentro del
pequeño arcón que junto al lecho había. Tomás se instaló ante el fuego, en
una silla, y el joven de la cicatriz ocupó la otra. Entre ellos quedaba la mesita
con la jarra, los vasos y el juego de ajedrez, en el que ya no estaba la partida a
medias, sino que las piezas reposaban en sus casillas.
-¿Jugáis? -invitó el joven a Tomás, el cual asintió, antes de llevarse de
nuevo el vaso.
-¿Si preferís las blancas...? -empezó a decir Tomás, pero le vio negar con
la cabeza, invitándole a iniciar la partida, mientras se servía vino de la jarra
ya terciada.
Se desplegaron los peones, saltaron los caballos y la partida empezó a ser
interesante. Enfrascados en ella, un repiqueteo de nudillos precedió a
Manuela que entró con la melena suelta sobre su bata de noche y con los pies
descalzos.
-¿Qué haces? ¿Te quedas? -preguntó a Tomás, el cual le señaló la partida
con expresivo gesto. Ella cabeceó reprochándole, antes de entrar cerrando la
puerta y llegar hasta el lado de Tomás. Luego buscó a su alrededor un vaso,
que escrutó y acabó lavando antes de volver al lado de los jugadores y
servirse vino. Se sentó en el brazo de la silla de Tomás, apoyándose en él,
que refunfuñó un tanto, concentrado en la partida, pues acababa de perder un
peón.
Las cosas se habían ido complicando en el tablero. Ambos habían
fortificado al rey y había iniciado la ofensiva contra el adversario, intentando
tomar posiciones para lanzar el jaque mate.
-Mueve ese -el dedito de Manuela rompió la concentración de Tomás al
tocar una pieza.
-¿Qué dices?
-Sí. Muévelo aquí -señaló otra casilla decidida Manuela. Tomás
reflexionó cuidadosamente, bajó la mirada del joven de la cicatriz que agitaba
suavemente el vaso, atrapando reflejos tenues en el barro cocido y toscamente
pintado, de la hoguera que alegremente ardía en la chimenea.
-¿Segura? -dijo Tomás indeciso a Manuela, que cabeceó su asentimiento,
diciéndole algo al oído. No muy convencido, la movió.
El joven de la cicatriz dejó pasar un momento antes de desplazar su
caballo y comerse el alfil que había puesto a tiro Tomás.
-¡Fiuh! -silba Manuela a la cara de incredulidad de Tomás. -Se ha comido
el... lo que sea, alargado.
-¿Qué...? ¡Te mato! -bramó Tomás llevándose las manos a la cabeza. -
¿Pero tú con quién juegas? ¿Conmigo o contra mí?
-Parecía una buena idea -se defendió ella antes de regañarle. -¿Yo qué
sabía que ese -señaló el caballo -podía hacer eso?
Tomás hizo un gesto teatral en dirección al joven de la cicatriz que les
observaba divertido.
-Venga. Gánale -animó Manuela a Tomás, dándole con el codo.
-¡Sí...! -se lamentó éste antes de concentrarse de nuevo en la partida, pero
esta había iniciado una clara dirección. Con la iniciativa en manos de Don
Gonzalo, que no la cedió, fue arrinconándole hasta que Tomás hubo de
admitirlo y hacer caer al rey.
-Tú tienes la culpa -acusó a Manuela, enfurruñado.
-Sí, ¿y qué más? - contestó descarada ella sin amilanarse. -¿Si no sabes
jugar para que te pones?
-Yo sí sé jugar -deletreó cuidadosamente entre dientes Tomás. -Quien no
sabes eres tú.
-Pues anda, poca falta que me hace, para perder como tú -retruca ésta.
Tomás desistió, hizo un gesto de impotencia y se acabó el vaso.
-¿Otra partida? -ofreció el joven de la cicatriz.
-Mejor que no -se rió de sí mismo Tomás jovialmente. -Otro día.
Manuela se levantó y se despidió de Don Gonzalo, mientras llevaba del
brazo a Tomás. Se fueron discutiendo en voz baja. Parecían felices, se dijo
para sí el joven de la cicatriz, que aún no había apurado su vaso. Se quedó
mirando al fuego.
12

Han pasado dos días, dice a la mañana que se ha colado en su cuarto. Aún
ha de pasar otros dos más, y al siguiente... Volverán a girar los dados, se dijo
para sí, sonriendo a la habitación vacía, al recordar algo que una vez le dijo
su tío.
Cierta vez, la compañía a cuyo mando estaba su tío se detuvo ante una
encrucijada de caminos. Los informes no aclaraban cual sería mejor tomar.
Su tío pidió un dado al caballista más notoriamente jugador, que se lo pasó
con una pícara sonrisa. Estaba desgastado, pero aún servía. Lo lanzó al aire y
cayó al suelo, entre el polvo del camino. Gonzalo, que debía rondar los
dieciséis por entonces, se bajó presto del caballo, lo recuperó y se lo dio a su
tío, cuidando de no variar la posición en que había caído, antes de montar de
nuevo. Ha salido un número par, dijo su tío, que era un hombre relativamente
ilustrado, así pues tomaremos ese camino, indicando uno. Si hubiera salido
impar, hubiéramos tomado el otro. Curiosa forma de elegir el camino,
comentó su sobrino. El capitán se encogió de hombros, antes de hacer señal
de marchar al paso.
-No os preocupéis, Gonzalo, en realidad sólo parece que elegimos. Por
cualquiera de los dos caminos que tomemos llegaremos a la misma zona, y
nos ocurrirán cosas, ¿buenas o malas? ¿Quién lo sabe?
-Ya pero fiar en un dado -aún apuntó el sobrino.
-Es un medio como otro cualquiera. Igual podríamos haber decidido si
alguien nos hubiese dicho que aquel camino nos convenía más que el otro. Y
tampoco sabríamos realmente qué nos encontraríamos. Además a lo mejor no
hemos decidido. Si conozco a ese perillán, guiño burlesco al jugador, al que
lanza el dado que éste recoge hábilmente, el dado puede estar “cargado”, y
saldría un determinado número. Claro que yo no sé cuál sería, por lo que el
resultado sería el mismo. A fin de cuentas acabaríamos tomando el camino
que vamos a tomar. Lo que en el nos espera nadie lo sabe. Sólo podemos
afrontarlo de la mejor manera posible. A eso se reduce todo, sobrino. A veces
puedes elegir el camino que vas a tomar, porque algo te ha llevado hasta una
encrucijada. Y quizás puedas decidir, pero no donde éste te lleve o lo que en
el te encuentres.
-¿Sólo Dios lo sabe? -aportó un caballero cercano, que había oído la
conversación, y que era alférez de la compañía y hombre de confianza del
capitán.
-Cierto, pero como no me lo ha dicho, no lo puedo saber, ¿no creéis? Así
que adelante, Gonzalo.
De hoy en tres días, dependiendo de lo que pasara elegiría el camino que
tomaría.
La animada voz de Tomás, le llamó al abrir la puerta el estudiante.
-Don Gonzalo, buenos días -vivaz el rostro que lo saludó. -¿Qué tal es
vuestro latín? ¿Os gustaría presenciar unas Questationes quodlibetales?
El gesto de perplejidad del joven de la cicatriz provocó la risa de Tomás,
que se explicó.
-Se trata -le dijo -de un profesor que haciendo un alarde para adquirir, o
en este caso, consolidar una reputación, se somete a una prueba, en la cual
todos y cada uno de los alumnos de la universidad, que en ese día señalado,
están todos exentos de asistir a clase, pueden hacerle las preguntas que
deseen, aún las más enrevesadas y disparatadas. Y el profesor se ve en el
trámite de contestar puntualmente a lo que se le pregunte, aunque puede
tomarse la revancha, haciendo a su vez más preguntas.
-Lo celebran en el Paraninfo del Colegio Mayor de San Ildefonso. No
deberíamos perdérnoslo. Os gustará. Yo os acompaño. Además, hoy es día de
fiesta en Alcalá, así lo han acordado la ciudad y la Universidad.
-¿Por qué? ¿Qué se celebra?
-Ah, los buenos resultados en los exámenes de los estudiantes. De vez en
cuando pasa -burlón Tomás. -Más tarde, incluso habrá toros en la plaza del
Mercado que se ha preparado para la ocasión, cerrándola.
Así parloteando logró que le acompañase. Al llegar a la Plaza del
Mercado hubieron de rodear el entramado que se había preparado en ésta,
antes de pasar por la así llamada calle de Libreros, pues la calle del Toril se
había cerrado y la del arco de la Universidad, también adornándose este
último para las autoridades de la Universidad, que desde allí verían los toros.
Al igual que en el extremo opuesto, entre los sopórtales de la plaza, el
ayuntamiento había adornado sus balcones. Se metieron por la calle llamada
Bedel, quedándose un momento parado Don Gonzalo, al ver la fachada de la
Universidad de un sólo vistazo frente a él. Tomás, al verle, se detiene
también.
-¿No la habíais visto? Impresionante, ¿verdad?- dice antes de continuar
atravesando la plaza y el atrio de las columnas, entrando por la gran puerta de
acceso. Subiendo las escalerillas de acceso, desembocaron en el primer patio.
-Aquí, en la planta baja, están las aulas donde imparten Medicina a Don
Sergio. Y allí -se dio la vuelta, señalando la parte alta encima de la puerta de
acceso -está la Biblioteca de la Universidad. Sigamos -se volvieron y
atravesaron el patio Mayor, hasta otro patio que también atravesaron, éste
más grande y de desigual diseño. Hasta el siguiente patio, más pequeño. -Este
es el patio llamado Trilingüe, en cuya planta baja están las aulas donde leen
las lecciones de Gramática. Y allí -señaló el lateral derecha según entraban -
esta el Paraninfo donde se va a llevar a cabo el acto.
Junto con el flujo de estudiantes, intentaron penetrar en éste. Les fue
imposible entrar en la parte baja, atestada hasta reventar, así que Tomás le
guío a la planta superior, donde pudieron hacerse un hueco y contemplar el
Paraninfo desde arriba. La tracería mudéjar del techo atrajo la mirada del
joven de la cicatriz, mientras Tomás, intercambiaba saludos y pullas con
otros estudiantes, agitando su gorra, entre la bulla que reinaba en el
Paraninfo.
Ruido que disminuyó, pero no desapareció, cuando entró la
representación de profesores, que se instaló en sus sitios reservados
celosamente para ellos. Uno de ellos, de rostro despejado, se subió a la
tribuna y con una inclinación de cabeza saludó a la concurrencia de
estudiantes.
-Se llama Fernando Manrique -dijo al oído Tomás. -Y ha pasado por los
colegios de San Ildefonso, Trilingüe y Madre de Dios, doctorándose en todos
-informa en el silencio que acompaña al discurso breve que pronunció el
togado, antes de dar por iniciado el turno de preguntas y respuestas. Y éstas
comenzaron. Y fueron de todo calibre, de Teología, Lógica, Medicina,
Gramática... Casi tan enrevesadas como las que devolvía desde su tribuna el
profesor, resolviéndolas con abundancia de citas, en un alarde aparentemente
fácil. Tomás se disculpó. He de irme. Tengo que ocuparme de ultimar los
detalles de la comedia.
El joven de la cicatriz se había perdido un tanto entre la dialéctica
desplegada, y estaba dejando ociosamente los ojos vagar por el techo del
Paraninfo, cuando la voz que hizo la siguiente pregunta le resultó conocida.
-¿Cómo ha de curarse al que de melancolía padece? -se interesó Don
Sergio, destacando su voz entre otras preguntas. No hubo de repetir la
pregunta, pues el togado, hizo seña de que había oído y entendido.
Reflexionó un momento antes de contestar.
-Veamos. Identificamos ese malestar con la bilis negra, que es el humor
melancólico por excelencia. Eso es básico y conocido desde los tiempos de
los antiguos. Repasad a Aristóteles si tenéis dudas -leve gesto con las manos,
displicente, antes de continuar su contestación. -Ya el Divino Valles, llamado
así por el propio rey, Felipe II, que en gloria esté, por aliviarle la gota -
introduce una nota jocosa en su discurso haciendo reír al alumnado,
mostrando su dominio de la retórica -decía que el jugo melancólico -cita el
Liber Singulares, obra conocida por los estudiantes de medicina -es el más
predispuesto de todos para la locura y la desesperación. Lo que nos indica la
necesidad de tratarlo. Ahora bien -alza la voz notando la atención de los
presentes en su exposición. -Ya Hipócrates nos previene de la necesidad de
averiguar lo que él designa como elemento divino en la enfermedad, es decir,
la influencia del Maligno -un murmullo expectante -que incita a este estado
funesto. Naturalmente, Hipócrates como pagano que es, no admite la
posibilidad de remedio en tal caso. Pero nosotros -se señala el pecho
representando a la cristiandad triunfante -remontándonos a los textos
bíblicos, nos fijamos en la curación de la melancolía de Saúl por parte de
David. Puedes consultar la opus magna Biblia políglota, de la que ha sido
cuna este Colegio y alma, el eminente Cardenal Cisneros, que en gloria está -
murmullo de aprobación entre los profesores asistentes. -Por lo tanto, y
siguiendo los consejos de Don Francisco Valles, usaremos los medios para
alejar al demonio, a la vez que los auxilios naturales contra la enfermedad.
Reparando así cuerpo y alma, restableciendo la armonía necesaria -pausa
satisfecha antes de seguir, pero Don Sergio, con aire de preocupación le
detiene, diciendo.
-Disculpadme... Pero -se golpea una mano con la otra reflejando la
agitación interna del estudiante, que necesita saber, algo que palpa y respeta
el togado escuchándole mientras cuidadosamente habla. -Si conocéis la obra
de Antonio Ponce de Santa Cruz, clérigo que ocupaba la cátedra de la
Universidad de Valladolid, quien mantenía que la razón del hombre no podía
ser alterada por yerbas, bebedizos o encantamientos, decía que no es la
acumulación de humores o la abundancia del humor melancólico lo que
causaba la enfermedad sino la cohibición de unos pensamientos que empujan
al alma a la consecución de sus apetitos. Insistía -sigue hablando. A su
alrededor se ha hecho un silencio sepulcral -en que el descarriamiento de la
facultad imaginativa, es la que causa la enfermedad y no la intervención del
demonio, lo que juzga opuesto a las leyes naturales -un escandalizado rumor
fluctuó que acalló el gesto del profesor, en su tribuna, que lo miraba con un
punto de conmiseración, antes de preguntar a su vez, con voz neutra.
-¿Acaso vuestro Antonio Ponce no creía en la existencia del Demonio?
-Sí, por supuesto -se apresura a contestar el estudiante consciente de la
expectación que ha desatado por su curiosidad. -Por supuesto, ¿cómo no
habría de hacerlo, puesto que pertenece a la Orden de San Jerónimo? Pero
decía que los demonios no poseen capacidad para actuar directa o
indirectamente sobre la voluntad humana. Él consideraba que debía reducirse
a las causas naturales para tratar la enfermedad.
-¿Y cómo lo hacía? -pregunta desde la tribuna pacientemente el togado.
-Les hablaba.
La carcajada que acogió esa respuesta sacudió el Paraninfo de arriba
abajo. Sólo hubo tres personas que no lo hicieron: el estudiante, el profesor
en el cual éste prendía sus ojos inquietos, que había captado la necesidad del
estudiante. La tercera persona estaba en el piso alto, contemplándoles a los
dos. Cuando remitió la risa destemplada, el togado cortó intentos de hacerle
nuevas preguntas con un perentorio gesto de las manos, antes de decir.
-Pues en eso tenía razón vuestro clérigo. Ese es uno de los remedios que
postulaba Don Francisco Valles -el silencio se extendió de nuevo a su
alrededor escuchándole. -Este insigne médico se apoya en Platón, que alguno
de ustedes deberían de leer, que consideraba que la palabra era terapéutica en
sí. Por lo que -levantó ligeramente el tono atrayendo la atención, un truco
retórico, que le hizo sonreír al ser consciente de lo que iba a decir a
continuación -el estudio de la Retórica no debe ser ajeno al médico. Las
palabras curan por su significado, no por la impresión que causan. A través
del lenguaje, el médico buscará la templanza del alma, haciendo confiar al
paciente en el médico, y buscando curar el alma y el cuerpo. A la vez que no
podemos por menos -tono admonitorio -que considerar que a través de la
palabra y su uso buscamos la virtud, y es así como acabamos buscando a la
divinidad.
La algarabía de aplausos y pataleos atronó el Paraninfo, haciendo sonreír
satisfecho al togado que desde su tribuna hacía modesta seña de que se
tranquilizasen. Cuando se restableció algo la calma, siguió hablando.
-Añadiré otros métodos de curar la melancolía. Por ejemplo, y volviendo
al capítulo bíblico, sería la música, uno de ellos. O remedios más naturales,
como puedan ser baños, ropas o incluso determinados olores que lleven al
ánimo del melancólico a apartar la mente de la consideración de cosas
horribles y llegue a considerar la alegría de vivir. Por no olvidar -frena el
intento de los estudiantes. -Por no olvidar -repite. Otro truco retórico que se
saca de la manga el togado -el uso de los alimentos y, entre ellos, los mejores,
así lo refleja la cristiana razón -guiño a los profesores -que son: el pan,
alimento por excelencia, y el vino que, aunque no nutre como el pan, sin
llegar a la embriaguez, pues todo exceso es por naturaleza perjudicial,
suaviza las molestias que la vida nos acarrea. Dudo mucho -alza la voz que
semeja un trueno ahora -de que alguno de los señores alumnos presentes
acabe padeciendo de melancolía.
La carcajada estalló colectiva, rematando el discurso del togado que
satisfecho se echo atrás en su tribuna, en la que se había apoyado para
enfatizar su parlamento.
Súbitamente desinteresado Don Gonzalo se llegó hasta las escaleras de
bajada y se dispuso a salir del Paraninfo, cuando aún le llegó una pregunta
que un estudiante lanzaba con voz chillona.
-Disculpad, ¿qué fue primero la gallina o el huevo?
Las risas le siguieron hasta el patio trilingüe, que atravesó volviendo
sobre sus pasos, que le llevaron de nuevo hasta la plaza del mercado, en
donde los preparativos habían acabado y ya se veían personas ocupando sitios
en las gradas. La cesta de un vendedor le recordó que no había comido nada y
ya pasaba del mediodía. Adquirió una cestita de higos secos, que fue
comiendo lentamente en el sitio que ocupó, viendo como paulatinamente el
gentío llenaba la improvisada plaza de toros, especialmente espectacular,
cuando desembocaron los estudiantes, finalizado el acto en el Paraninfo,
supuso. Más se hicieron esperar las autoridades civiles y universitarias, que
aparecieron casi al unísono, no habiendo de esta forma mancilla para ninguna
de ellos por esperar al otro.
Se soltaron toros que fueron alanceados, manteados y burlados por algún
caballista habilidoso, pero en general no eran demasiado interesantes y ya la
tarde empezaba a esfumarse, hasta que se soltó un toro zaino, de larga
cornamenta y poderosa osamenta, que gustó mucho. Tranquilamente y
despreciando al toro que distraían unos peones, un caballero salió a la arena.
El caballo, más que el jinete, llamó poderosamente la atención del joven. Era
este un bello semental de capa negra, realmente negra, no castaña oscura. Así
lo mostraban los reflejos azulados que desprendía al moverse el bello animal.
Constituía una estampa briosa.
Hermoso caballo, se dijo, viéndolo evolucionar bajo las indicaciones
sutiles del caballista. Hábil, se dijo, fijándose en él. Era éste relativamente
mayor, así lo delataba los grises de su pelo y las arrugas que la soberbia había
marcado con el tiempo, en lo que otrora fuera un hermoso rostro.
-¿Ese es...?- oyó que preguntaba una vecina a su comadre que le
respondió algo desdeñosa.
-¿No sabes quién es..?. Pues el Marqués de Montalbo, que habita en el
Palacio del Arzobispo, al que Dios guarde y libre de tan malas compañías.
-¿Por qué dices eso? -llegó al joven la pregunta de la mujer a su comadre,
antes de cuchichear las dos a gusto.
El jinete iniciaba el tanteo del toro, atrayendo la atención de los
espectadores, junto con la del toro, que libre de peones, se puso a seguir la
huidiza figura que le citaba y burlaba en quiebros, dejándolo resoplando de
furia, antes de volver a citarle. Y encarándole, lo dejo plantado, con la cabeza
agitada, mientras el caballista se acercó displicente a un lateral y recogió de
manos de su criado una caña adornada que, preparada con un estoque en la
punta, clavaría en la animal. O lo intentó, ya que al citar y embestir el toro,
hurtó el caballo, a la vez que le facilitaba el giro sobre la testuz del toro.
Momento delicado donde los haya, que el silencio de los espectadores
reflejaba, ni un suspiro turbaba la acción del jinete que ya hacía la figura con
el estoque preparado para descargarlo, cuando estalló bronco el grito.
-¡Hideputa! ¡Qué no eres hombre bien nacido!
Una vacilación, un temblor que no pudo contener evitar transmitir al
caballo, que trastabilló, poniendo al alcance del zaino su lateral que, ágil
como zarpa de gato sobre ratón, golpeó al caballo. Fue más la sorpresa del
golpe que la gravedad de la cogida, la que hizo tambalearse al jinete y, por un
momento, pareció a punto de caer ante el toro, pero sus piernas de caballista
reaccionaron, señalando la huída al caballo, que aún con la boca espumante y
los ojos dilatados por el miedo, obedeció, siendo la cola del equino, la única
bandera a la que intentó embestir el toro, siendo de nuevo burlado. Un vez
espantado éste, el jinete furioso miraba a su alrededor, buscando de donde
vino la voz. Se acercó al lateral y preguntó a sus criados que no supieron
responderle. Furioso espoleó al caballo contra el toro de frente, que ante la
carga, tardó en reaccionar un segundo antes de embestir a su vez. Apenas al
borde del choque, desvió el caballo y descargó el estoque en el toro,
sorprendido.
-Esa es de muerte -dijo alguien varios sitios detrás de Don Gonzalo. Lo
mismo debió pensar el Marqués, que apenas miró al toro, que ahora quieto
veía caer un hilillo de sangre sobre sus patas desde su cara bajada, como
olisqueando el suelo. Lentamente buscó el cobijo de un lateral para allí morir,
pero ya los peones y diversos valentones que saltaron a la plaza con el
cuchillo en la mano no se lo permitieron. Asqueado, dejó su asiento el joven
de la cicatriz para salir, pasando delante de un hombre que enfervorizado se
había puesto de pie y jaleaba las puñaladas que marcaron la piel del toro y
que se volvió, molestó al pasarle delante y le increpó algo. Don Gonzalo lo
miró apenas antes de cruzarle la cara con un soberbio bofetón, que lo tumbó.
Con un hilo de sangre en la boca, sorprendido el ganapán vio el gesto de
¿queréis más? en el joven y se precipito a denegar con la cabeza, más fría
ahora. Éste se limitó a seguir su camino, saliendo de la plaza, olvidado ya el
incidente, pensando en el grito de rabia que había estallado en la plaza. El que
lo había lanzado no quería bien al Marqués. Se envolvió más en la capa.
Notaba como la fiebre había vuelto a despertar. La mueca, que casi era una
sonrisa, le acompaño mientras se decía si ahora tendría que tomar la infusión
que le había recomendado Sergio. Y esa línea de pensamiento lo llevó a
recordarle en el Paraninfo. Se le veía preocupado. Estaba de verdad
interesado en lo que preguntaba. Necesitaba saber la respuesta. Eso le había
diferenciado de los demás que había visto preguntar. Éstos sólo buscaban
complacer o poner en un compromiso al profesor, según los casos. No. Sergio
quería, necesitaba saber. Siempre había sido así, se dijo. La fiebre lo
acompañó igual que su sombra sobre el empedrado.
13

Tomás dejó a Manuela encargándose de ultimar detalles de guardarropía


para la comedia, y salió con paso animoso a la calle. Se dirigía a casa del
empresario para ponerle al corriente, pero antes pasó por cierto mesón. Allí
un caballero y su asistente le resultaron familiares. Los saludó sonriente
tomando asiento con ellos.
-Buenos días, tengan vuesas mercedes. Me parece que tenemos un amigo
común. Don Gonzalo de Peñalba -dijo al ceño que de primeras frunció el
caballero, pero que al oír el nombre trocó en una sonrisa, aceptando con
displicente rapidez la bolsa de dinero que el estudiante pone a su alcance... -
El pago prometido.
-Vaya que sí. -Se rascó pensativo la perilla que lucía. -Veamos -las
cuentas mentales no eran lo suyo. -Tuvo que ser a finales de la tregua con
Flandes. Estábamos acantonados en Nápoles. Sí. El penúltimo año o el último
que estuvimos allí. Llegó con una compañía recién traída de España, vaya
que sí. ¿No es así? -consultó a su asistente, más atento a la jarra que al
discurso de su señor, al que le gustaba oírse hablar, y Tomás era el oyente
perfecto así que siguió desgranando los recuerdos.
-Vaya que sí -chasqueó la lengua después de dar un sorbo de vino y
seguir hablando. -Recuerdo la que montó aquel capitán... ¿Cómo se llamaba?
-se queda un segundo en blanco, no consigue acordarse. Mira a su asistente
que se encoge de hombros y niega. –Bueno, no importa, de todas formas,
poco después le alcanzó una granada, y no quedaron ni sus mostachos -brindó
al aire antes de beber y seguir hablando. -Bueno, pues se enfadó muchí-i-i-i-i-
simo, cuando el capitán, que era el tío de Don Gonzalo, le dijo que el chico
que éste había alistado bajo su bandera en Castilla, no tenía aún los quince
años cumplidos. No sé si sabéis que esa es la edad mínima que se pide para lo
que se alistan para Flandes -guiñó un ojo pícaro a Tomás, que se lo devolvió
haciéndole reír. -Buena jugada la del chico. Llegó a Nápoles y se quedó con
su tío hasta que cumplidos los quince, éste lo alistó bajo la bandera de su
compañía de caballería ligera. Buena compañía. La mejor -afirmó, y el
asistente dijo como un eco. -La mejor.
-Entendedme bien señor -a Tomás. -La infantería española es sin duda
alguna la mejor del mundo entero. La mejor.
-La mejor -eco.
-Y se ha demostrado en el campo de batalla cientos de veces que es más
efectiva que la caballería.
-Cientos.
-Pero la caballería ligera es otra cosa, ¿sabéis?
Tomás puso cara de ignorancia, justo lo que esperaba ver Don Raúl para
seguir.
-Veréis, la caballería ligera sirve de enlace entre unidades de infantería.
Son compañías que se mueven rápido sobre el territorio sobre el que luego la
infantería pasará. Está todo el tiempo sobre territorio enemigo y, al ser
compañías solas, sin el refuerzo de otras, como es el caso de la infantería que
se mueve por regimientos, muchas veces se ven expuestas a situaciones
difíciles. Pues de las que había la del capitán era la mejor.
-La mejor.
-Y Don Gonzalo, montando a caballo ya de novato, valía tanto como
cualquier otro y a pie no había quien le soplara, no señor, no lo había. ¿Vos
sabéis por qué yo estoy vivo aún?
-Ni idea, señor -sorprendido por la extraña pregunta del militar.
-Pues porque nunca he tenido que batirme en duelo con Don Gonzalo. Por
esa única razón. Dejando aparte que ningún maldito flamenco, valón, francés
o italiano ha conseguido matarme.
-O algún marido o alguna mujer -dijo encima del vaso el asistente del
capitán que rió, antes de apurarlo y volverlo a llenar.
-Cierto es. Pero eso son gajes del oficio -nuevo guiño pícaro. -Pero
volviendo a Don Gonzalo, por los clavos de Cristo -meneó la cabeza -sólo os
diré una cosa -el asistente puso cara de no creérselo, y se recostó contra la
pared, embozándose para echar un sueñecito. -Al poco de llegar a Nápoles,
un alférez, bastante orgulloso, en cierta ocasión comentó algo en voz alta de
la compañía de su tío. No recuerdo el qué, ni importa mucho. Estábamos
bebiendo en una posada en alguna parte y hacía un tiempo de perros. Las
mujeres eran feas, y el vino áspero. Pues bien, se levantó aquel alférez y dijo
su tontería. El capitán iba a responderle algo, pero ya antes Don Gonzalo
tranquilamente se había llegado al alférez y le cruzó la cara con un guante. Y
era apenas un mocoso. Ni bozo tenía, si me podéis creer. El alférez se puso
rojo como la grana y muy peripuesto salió fuera y sacó su espada. No le dio
tiempo ni a rezar un padrenuestro y ya estaba bocarriba, más muerto que otra
cosa. Y no tenía ni sombra de barba aún en la cara... sólo esa cicatriz...
Caramba, ¿verdad? -agitó la cabeza. -No me entendáis mal, Don Gonzalo no
es un pendenciero. Yo mismo he provocado más peleas de las que puedo
recordar -se encoge de hombros, ¿qué le vamos a hacer? Amplio gesto con el
vaso que casi derramó sin darse cuenta. No era esa la primera jarra del día
para el capitán. Hablaba con la meticulosidad de los borrachos a los que les
da por hablar. -Pero no le buscarais las cosquillas, porque os metería un
palmo de espada y al hoyo -expresivo gesto con la cara y la mano, que repitió
porque le satisfizo. -Sí, señor. Lástima de compañía. La mejor -esta vez no
repitió su aserto su asistente, así que le lanzó una mirada furibunda pero, al
ver que estaba dormido, chistó como pidiendo silencio, para acto seguido
seguir hablando. -La mejor, podéis creerme. Cuando partimos hacia el
Palatinado y luchamos en aquellas tierras y vencimos a aquellos herejes, la
compañía estuvo de un lado a otro, en lo peor, pero se mantuvo. Luego
Espinola -brindis silencioso del capitán -nos dijo que había que ir a Flandes, a
meter a esos malditos el temor de Dios en el cuerpo y el respeto a España en
el alma. Y allá que nos fuimos. Eso fue hacia el 21 ¿ó el 22? -duda, antes de
desecharlo. -Fueron largos años, de un lado a otro, sitiábamos una ciudad y
después otra. Batallábamos allá donde se nos enfrentaban. Para la infantería
es distinto. Hacíamos las etapas que nos decían, luchábamos cuando había
que hacerlo y asediábamos una ciudad cuando Espinola lo ordenaba. Pero las
compañías de caballería eran distintas. De un lado a otro, continuamente,
siempre en territorio enemigo, siempre de avanzadilla, tanteando el terreno,
enlazando posiciones. Les veía de tanto en cuando. Siempre de paso. Y cada
vez eran menos -se le apaga un momento la voz. -Breda acabó con ellos. No
os confundáis -dijo admonitorio a Tomás. Cada uno de ellos era un veterano
y valían por diez de esos herejes. ¿Qué digo diez? ¡Cien! -grita haciendo
rebullir en su sueño al criado. -Pero tuvieron mala suerte, cayeron en una
pinza entre dos regimientos. Mala suerte. Estaban buscando una vía para
enlazar el avituallamiento que venía al asedio que manteníamos en Breda. Y
se vieron atrapados. Podía haber rendido el capitán la bandera de la
compañía, quizá penséis, pero ninguno de ellos lo hubiera hecho. Antes
muertos que deshonrados. Así que hicieron lo único que podían hacer,
cargaron agrupados, sobre lo que parecía el punto más débil del enemigo.
Sólo un puñado de hombres logró salir de aquel desbarajuste, el capitán no
fue uno de ellos. A Don Gonzalo lo trajeron atravesado en su caballo con una
herida horrible en el pecho, como no os podéis imaginar. Creí que había
muerto. Poco después la ciudad se rindió. Me enviaron a España con
despacho, anunciando la victoria, y hasta hoy. ¿Aquí? No, señor. Vuelvo a la
corte en busca de mis órdenes. Vuelve a haber movimiento por allí y no me
gustaría perdérmelo. He cumplido los encargos de mandado, pero han de dar
a este perro viejo huesos a los que hincar los dientes o me acabarán por salir
tetas de pura pereza y cuando estuviera dormido mi asistente mamaría de
ellas -su risa delataba su ebriedad, o quizás sólo lo pretendía. -Hice vuestro
recado como me pedisteis. Se me da un ardite lo que piensen. Montaré en mi
caballo y no volveré. Con un poco de suerte los grajos se comerán nuestros
ojos después de una batalla gloriosa. ¡Brindo por ello!
El joven de la cicatriz estaba bebiendo pausadamente, ensimismado, en
un taberna a la que el habían conducido sus pasos errabundos. Parecía casi
vacía y lo atrajo. Pensaba que algo de vino le vendría bien, notaba la boca
seca y los pensamientos rápidos.
Una sombra precedió a la mano que cautelosa lo tocó, apenas rozando el
hombro, antes de mostrarse. No la había visto anteriormente, pero no tuvo
problemas para reconocerla.
Te he visto en mil sitios, puede que tu pelo varíe, unas veces castaño,
otras negro, otras... Puede que incluso el color de tus ojos sea diferente, pero
son siempre iguales, calculadores, ambiciosos, fríos, aunque se finjan cálidos.
Tus senos son diferentes, a veces pequeños como pajarillos sorprendidos
en la palma de mi mano, a veces como palomas, a veces como pechos de
matrona... Pero siempre fingen ardor cuando los acaricio.
Alta o baja, delgada o rellena, no importa, separas las piernas con igual
habilidad y me ofreces tu mentirosa humedad.
Iguales son tus mentiras allí o aquí, así que ya ves, te conozco, aunque sea
la primera vez que te veo. Conozco la sonrisa ensayada con la que te ofreces.
Te la he visto mil veces, en ciudades, pueblos, en posadas, tabernas o fondas,
incluso siguiendo en bandadas a los Tercios allá donde van. No hay nada de ti
que no conozca, aunque no te haya visto antes. ¿Por qué no? Ven. Al fin y al
cabo, ¿qué importa? Ya otras veces he yacido contigo y oído tus falsos
gemidos.
Asintió aceptando la invitación de la moza que, reconociendo el gesto, se
sentó a su lado, e iba a deslizarle su mentira al oído del joven, que le puso un
dedo sobre los labios, antes de seguirla.
La noche era ya cerrada y las gentes de orden estaban en sus lechos, en
sus casas cerradas a cal y canto, cuando sobre el empedrado las botas de Don
Gonzalo despertaban ecos en las calles oscuras, que sólo ocasionales luces,
que alguna mano piadosa había puesto a imágenes de culto, iluminaban.
Con un punto de amargor en la boca, frío en el cuerpo y calor en las
sienes, brillaban los ojos de joven, cuando subía a sus habitaciones. Deslizó
la llave en la cerradura de la puerta que abrió, deteniéndose al oír la puerta
del lado abrirse. Era Tomás, que parecía haberse levantado de la cama, quien
se asomaba a su puerta. al verle, le hizo seña de que esperase, antes de
desaparecer y volver a salir de nuevo, andando de puntillas, entornada la
puerta sin llegar a cerrarla, antes de indicarle a Don Gonzalo que entrase en
sus habitaciones y seguirle, con un paquete en las manos. Hablando en voz
baja, lo saludó.
-Buenas noches, Don Gonzalo, disculpad, que os moleste a estas horas.
Pero preciso pediros un favor y... -hizo gesto de disculpa Tomás sin dejar de
sonreír.
-Vos diréis -hizo seña de que se sentase, pero denegó éste...
-No quiero entreteneros, Tendréis sueño. Sólo quisiera... -muestra el
paquete. -¿Podríais guardarme esto? No quisiera que Manuela lo encontrase
en mis habitaciones. Ya sabéis como son las mujeres lo revuelven todo de
arriba abajo y todo lo quieren saber.
-Claro. Si vos queréis que os lo guarde, aunque no sé cuánto tiempo
permanecerá aún en Alcalá.
-Oh, no importa -agradecido Tomás le dio el paquete, que el joven cogió
indeciso un momento antes de guardarlo en el pequeño arcón, cuya llave
echó, guardándosela.
-¿Algo más? -preguntó decidido a Tomás.
-No. Muchas gracias -ya se volvía para salir, cuando se vuelve a recordar
algo. -Mañana estrenamos la comedia. Estáis invitado, por descontado. Por si
no os veo mañana, indicaré al de la puerta que no os cobre entrada. ¿Qué
digo? Os reservaré el mejor sitio. No en la cazuela. No, eso nunca. Arriba. Ya
veréis. Sólo tenéis que decirle vuestro nombre al de la puerta.
-No hace falta que os toméis molestia por mí -responde cortés.
-Por supuesto que sí, señor -medio se enfada Tomás. -Me ofendería
mucho sino os ofreciese el mejor sitio. ¿Y Manuela? No quiero ni pensar la
que organizaría si os dejara con los mosqueteros. No, no. Ni pensarlo -
decidido se da cuenta de que ha levantado la voz que ahora baja a un
murmullo. -No os preocupéis. Mañana -le hace reír al despedirse Tomás
saliendo sigilosamente, andando de puntillas.
A la mañana siguiente tamborilearon en la puerta de su habitación. Con la
cabeza pesada, preguntó desde la cama. ¿Quién va? Don Sergio, contestaron.
Pensativo, se levantó del lecho, que había revuelto en su inquieto sueño. Se
pasó la camisola y aún descalzo, le indicó que podía pasar.
Así lo hizo el joven estudiante que, un tanto azorado, entró pidiendo
disculpas al hacerlo, por haberle levantado de la cama.
-Habéis hecho bien -cortó el joven de la cicatriz -ya hace horas que
amaneció. Pasad -indica al verle aún en el umbral, mientras se acerca a la
chimenea e intenta reanimar las brasas, pues la mañana se ha presentado
envuelta entre nubes, y una sensación de frío le ha envuelto al ver el cielo en
grises sucios.
Don Sergio, aún tímidamente, se acerca a la mesa y deja en ella lo que
trae, cuidando de no mover el ajedrez.
Don Gonzalo se queda mirando la jarra de vino que el estudiante de
medicina ha traído en una mano y que deja a un lado, mientras de la pequeña
espuerta que también trae, saca un redondo y amplio pan recién hecho,
exhalando un sutil olor, que también deposita en la mesa, a un lado del
tablero, en precario equilibrio, antes de sacar medio queso que le muestra
sonriendo.
-De oveja. De nuestra tierra.
El joven de la cicatriz lo coge y, con una curiosa expresión en el rostro,
de añoranza, lo huele y el olor le retrotrae a olores que ya tenía olvidados. El
estudiante de medicina desecha a un lado la espuerta...
-Pensé, que os gustaría -continuó el estudiante de medicina, observando
la reacción en Don Gonzalo.
-Huele muy bien -reconoce éste. -No teníais por que...
El estudiante corta azorado con un gesto, mientras intenta dejar el queso
en la mesa que esta totalmente ocupada.
-¿Sabéis jugar? -dice el joven de la cicatriz, señalando el juego ahora
rodeado por los alimentos.
Invita el estudiante a servirse de ellos. Un punto sarcástico en la mirada
del joven de la cicatriz, le acompaña, cuando lo invita a su vez a sentarse a la
mesa.
-¿Hoy no tenéis clase?
El estudiante se atraganta un tanto con el trozo de pan que estaba
masticando. Lo hace bajar con un poco de vino, antes de contestar.
-Nada interesante.
-¿En serio? Y habéis decidido en vez de ello traedme pan recién hecho,
queso y vino -que prueba. -Joven...
El estudiante, haciéndose el distraído, cortando un poco de queso,
contesta.
-Se me ocurrió.... Espero que no os moleste -repite mirando al rostro de
Don Gonzalo.
-No -se limita a contestar este escrutándole, mientras no puede evitar
cortar un trozo de pan, que aún está caliente.
Comieron y jugaron en silencio los dos.
14

Un mensajero se anuncia al Conde de parte del Valido del Rey,


comunicándole que le han llegado noticias al Valido de que en aquesta
ciudad se encuentra un libro, copia del Liber Salomonicus, famoso libro del
sabio rey Salomón que contiene las fórmulas para apoderarse de las
voluntades de los hombres. Encarga que lo consiga y se lo envíe.
Un criado introduce al Comendador de la ciudad que, con su hija, viene a
presentarle sus respetos. El Conde se prenda de la hija de éste, que está
enamorada de Don Pablo, joven hidalgo de la ciudad.
Se entera de ello el Conde y organiza una trampa para Don Pablo, con su
hombre de confianza, pero su criado le oye detrás de una cortina y se lo
cuenta al criado de Don Pablo, del cual es pariente.
Escena de amor entre Don Pablo y la hija del Comendador, que les
interrumpe éste anunciando en un aparte a su hija que el Conde se ha
interesado en ella. Está contento. Sale Don Pablo, que lo ha oído todo,
despedido cortésmente por el Comendador, como amigo de la casa. Se oyen
fuertes voces desde la calle diciendo que lo han matado, antes de caer el telón
del primer acto que finaliza así.
El joven de la cicatriz, desde la posición de privilegio, a la cual le ha
conducido, observa el corral de comedia en la que ésta se celebra. Abajo en la
cazuela y delante los mosqueteros o espectadores de pie, que son los primeros
en indicar si la comedia es de su gusto o no, se habían mantenido en buen
ambiente. Ahora, mientras sobre las tarimas se desarrolla un típico entremés
entre un hipócrita sacerdote y un aldeano patán, se oyen voces animadas entre
el público comentando la comedia, no sólo abajo. En la parte alta, las
peticiones de las bellas requeridas por galanes desde abajo que las obsequian,
se confunden en la algarabía general, sobre la que el entremés se desarrolla.
El sacerdote conmina al aldeano a no beber vino, pues es Semana Santa. El
patán, después de comentar algunas procacidades bien acogidas por el
público distendido, termina por encargar unas torrijas a la guapa moza, de
coloretes exagerados, que les observa con aire sorprendido, sus ojos más
grandes de lo normal por efecto del maquillaje, bajo el que se oculta
Manuela, que antes vestía el traje de la hija del Comendador, escuchando las
indicaciones que le hace Tomás, bajo su aspecto de aldeano, quien le dice
minuciosamente como ha de hacerle las torrijas. Y éste le pregunta cómo
quiere que las adorne, con aire inocente. El aldeano, tras guiñar
exageradamente un ojo al público que ahora le presta atención para escuchar
su socarrona respuesta, a la pregunta de ¿miel o...? Vino. Pide entre las risas
y soflamas que acoge el respetable el aire presuntamente indignado del
sacerdote, que antes de Comendador dignamente se presentó vestido.
La cara de satisfacción de Tomás, cuando coge una torrija de mano de la
moza y brinda con ella, guiñando un ojo, acaba el intermedio y se prepara el
escenario para el segundo acto.
Un vendedor de libros pasa anunciando su pregón, un criado que sale a su
lado, le dice algo al oído misteriosamente. Se descubre que es Don Pablo, que
fingiéndose muerto, se ha disfrazado de tal guisa. Y con la complicidad de su
criado y el del Conde, que mantienen entre sí chispeantes diálogos, que hacen
barbotear de risa a la cazuela, se presenta en casa del Conde, y se ofrece a
traerle el libro, cuando aparece el comendador, que con su hija viene.
Disimula el Conde, hablando en un aparte con el Comendador, el cual le
anuncia que se puede casar. La conversación paralela, entre el vendedor
fingido que ofrece a la hija, que no le ha reconocido un libro, sobre la
inconstancia de las mujeres, que es tema de provecho, le dice. Se defiende
ésta y él se revela, mientras el Conde y el Comendador tratan entre sí de la
dote. Ella se desmaya. Acuden los criados. Se repone, dice que no es nada. La
emoción, a lo cual el Conde se congratula. Se despiden el Comendador y su
hija, la cual invita al vendedor de libros que otro día por su casa pase y le
enseñe los libros de los que le ha hablado, con lo cual el segundo acto
finaliza.
A modo de entretenimiento, esta vez no se representa nada, sino que
alegres suenan las castañuelas y la música se apresta, bailándose una alegre
danza, que en algún corro se reproduce entre los asistentes.
Se anuncia la visita del Rey a la ciudad, de paso al las Cortes. Son
recibidos por el Conde y el comendador y su hija, que es presentada.
Pregunta el Rey por Don Pablo, al cual recuerda por haberle tenido a su
servicio en alguna campaña bélica. Cuando le dicen que ha muerto, se
lamenta de ello, y la hija del Comendador se ofrece a llevarle a su tumba, a lo
que el rey accede. Se quedan solos el Valido del Rey y el Conde, que le
entrega a este un libro, que el vendedor de libros, que ha entrado a escena, le
da.
Aparece de nuevo el Rey de mano de la hija del Comendador. Se
desenmascara Don Pablo, y dice que el libro con el que pretendían volcar la
voluntad del Rey y manejarle a su antojo no es más que una engañifa, pues
tal cosa es pretender semejante cosa de un rey y bobo el que lo intenta. El rey
destierra al Valido, y al Conde y dice al Comendador que case a su hija con
Don Pablo. Y así, entre vítores y aplausos, acabó la comedia de título; “El
bobo Conde o Las cosas como han de ser”.
Desde su posición contempló como los actores saludaban y eran acogidos
con ovaciones y gritos de ánimo del público, al cual la comedia ha gustado.
Por eso le llama la atención el rostro de la única persona a la que no había
gustado.
Estaba en el balcón enfrente al suyo. Vio como agitaba brusco el brazo al
caballero, que con él estaba, que se había puesto a aplaudir, y que ahora se
vuelve sorprendido ante el furioso rostro del personaje que iracundo se
levantaba de la cómoda silla que había ocupado. Lo reconoció, era el
caballista al cual había visto frente al toro, en la Plaza del Mercado. Era
curioso, tenía la misma expresión en su máscara de arrogancia, que cuando se
lanzó contra el toro para darle muerte.
Una persona a su lado, surgió sonriente distrayendo sus reflexiones. Era
Tomás, que jadeaba discretamente. Reventaba de satisfacción y contento.
¿Qué os ha parecido? ¿Os ha gustado? Lo asedia a preguntas, parloteando,
conduciéndolo a los camerinos, sin dejar de hablar y saludar a todo el que le
decía algo, recibiendo bromas y palmaditas en su camino. Excelente, sólo
acertó a deslizar el joven de la cicatriz entre la euforia de Tomás, cuyo rostro
animado y encendido chorreaba sudor, brillando alegre.
Pasaron la tramoya del escenario y llegaron al sitio donde un
aparentemente caótico montón de personas hablaban a la vez, mudaban de
ropa, se quitaban adornos y afeites, recobrando su aspecto normal. Manuela a
medio desmaquillar, dejó de hablar rápidamente con otro personaje, en el
cual reconoció al que interpretaba al Marqués, mientras se acababa de
desmaquillar, para saludar a Don Gonzalo. ¿Os ha gustado? Y sin esperar
respuesta discutir aceleradamente con Tomás, sobre una escena, a lo que se
unió otro hombre que introdujo su opinión, sosteniendo entre los tres un
diálogo, aparentemente inconexo, pues cada uno hablaba sin parar y se
interpelaba mutuamente. Un tanto apartado, el joven de la cicatriz los
contemplaba con aire divertido.
-¡Señor! -restalló la voz, interrumpiendo la delirante conversación, y
suspendió el silencio sobre los que en el camerino había, que se volvieron a
mirar al caballero, que sostiene entre las manos turbadas, sus guantes,
mirando fijamente a Tomás, con aire fiero.
-Señor -repitió.
-Decidme -respondió éste, aún con la mano sorprendida en el momento
de interpelar a algo que Manuela le había dicho, mirándolo desconcertado.
-¡Vos no sois un caballero! -lanzó el caballero, al que de repente situó
Don Gonzalo. Era el que estaba junto al airado personaje en el balcón de
frente al que había ocupado él, al que habían interrumpido cuando aplaudía
era el que ahora, rojo el rostro indignado acusaba a Tomás, quien esbozando
una sonrisa, contestó.
-Os agradezco que me lo hayáis recordado. ¡Apuntador! –bramó,
sorprendiendo a tal personaje que apareció entre los actores que observaban
el incidente. -No te olvides de recordadme que no soy un caballero. Te lo
tengo dicho -dijo aparentemente indignado al estupefacto apuntador, que sólo
acertó a hacer un ademán de disculpa, que coincide con la risotada descarada
que estalla a su alrededor, que indigna a tal punto al caballero que se quedó
momentáneamente sin hablar, lo que aprovechó Tomás para continuar,
brillándole los ojos.
-Os agradezco señor, que hayáis tenido la amabilidad de recordádmelo. Y
permitidme que pida a nuestro amable compañero que os acompañe a la
puerta, pues no es digno de tal señor estar en compañía de semejante gentuza.
Las carcajadas, silbidos y algún aullido descarado precedieron al fornido
hombrón que se ocupaba de la puerta y que había guiado a Don Gonzalo a su
sitio, que hizo seña al caballero de precederle en su salida, un tanto
burlonamente. Lo que éste hizo despidiendo chispas por los ojos, musitando
algo por lo bajo.
Tomás, al reparar en el semblante de Don Gonzalo, se apresuró a
disculparse.
-Perdonad, Don Gonzalo, al hablar de gentuza, por supuesto no me refería
a vos -intenta tomárselo a broma, pero debajo palpita la preocupación.
-¿Lo conocéis? -pregunta éste antes de que Manuela se cuelgue del brazo
de Tomás e intente llevárselo consigo, acertando sólo a responder, antes de
sumergirse de nuevo en el bullicio.
-Ni idea. Será algún autor que crea que le he copiado -se disculpa
vagamente.
El joven de la cicatriz se queda mirando por donde ha salido el caballero,
y si algo tiene claro es que no es hombre de letras, y sí de armas. Ha sido
soldado, se dice. Llevaba con soltura la espada, cuya empuñadura estaba
ricamente adornada, pero no embarazaba su uso. Era el arma de alguien
acostumbrado a usarla. Toledana, aventuró sin haber visto el acero, y juraría
que tras la capa que llevaba portaba un espadín.
15

Estaba saltando desde los juncos hasta el río, con un gratificante sonido,
al irrumpir en las aguas, que le envolvían frías, provocándole un grito, lo que
aún le gustaba más. Braceó de nuevo a la orilla, dispuesto a repetir el juego
cuando vio al niño, algo menor que él que le observaba con aire tímido. Se
apresuró a subir a la orilla, y comprobar que su ropa seguía en su sitio. El
niño había retrocedido al verle salir rápidamente del río. Chorreando agua, el
niño que nadaba, se acercó al otro y le espetó.
-¿Tú quién eres?
Los ojos del niño, grandes de por sí, se abrieron más, antes de aventurar
una tímida respuesta.
-Vivo allí -señaló en dirección al molino. El agua del río hacía girar la
rueda.
-Ah -lo miro de arriba abajo el otro niño más alto y más mayor que él. -
Yo soy el hijo de Don Diego -informó al niño que se limitó a asentir
tímidamente. -¿Juegas? -señaló en dirección al río, mientras se frota el cuerpo
mojado que la brisa enfría rápidamente.
-Mi madre no me deja -aventuró éste, aunque es evidente el deseo.
-No tiene que enterarse -leve tono desdeñoso. -Procuras que la ropa no se
moje y el pelo se seca enseguida -lo cual era cierto en caso del niño más
pequeño, que tenía el pelo al ras. El mayor lo tenía algo más largo, pero no
mucho más. -Venga, vamos -incita -lo que acaba de decidir al niño, que
rápidamente se desnuda, mientras el otro le indica cómo hay que saltar entre
los juncos sobre el río, en la zona profunda. Compiten a ver quien salta más
lejos.
Los ecos de sus gritos, risas y protestas se extienden sobre el remanso del
río hasta llegar a la perezosa rueda del molino, que gira en el agua de esa
tarde de verano, en que los dos niños se hicieron amigos. Tendidos como dos
lagartijas al sol se secaron. El niño mayor dijo:
-Me llamo Gonzalo.
-Yo Sergio.
Expediciones para capturar ranas y diversos juegos en el río, en que cada
tarde se reunían a jugar, les llenaba el tiempo hasta que caía la noche y cada
uno se volvía a su casa. El verano iba pasando hasta que una pregunta casual
del instructor, que por las mañana procuraba impartirle lecciones, ya que su
tío había vuelto con su compañía, después de haber pasado casi tres años en
España, como le había aconsejado su general amistosamente después del
incidente del capellán.
Se había ocupado personalmente de la educación de su sobrino, que junto
con su hermana hacía años vivía y se ocupaba de su hacienda, mientras su
marido, Don Diego, vivía en la casa solariega de sus antepasados.
Ocasionalmente, Gonzalo visitaba a su padre. Su madre nunca, ni su padre
hacía intento de verla. Esto le parecía normal a Gonzalo, pues desde su
nacimiento había vivido en casa de su tío al que sólo hace tres años conoció.
Hasta el día que el maestrillo, que le daba nociones de latín, preguntó en qué
ocupaba sus tardes, descuidando el estudio de las declinaciones. Éste le
contestó que jugaba con otro niño y, a sus preguntas curiosas, le dijo quien
era. La reacción de hipócrita satisfacción del maestrillo hubiera debido
alertarle de que algo ocurría, y en cierto modo lo hizo, pues le preguntó si
algo malo pasaba.
-No, no -contestó este sonriendo para sí. Un tipo bastante desagradable
aquel maestrillo. Repelente -a menos que consideréis normal que su madre no
esté casada. Susana, la hija del molinero -no pudo evitar decir antes de dejarle
marchar antes que otros días.
Gonzalo pasó por la cocina, escabulló algo de comida y se dirigió al río
masticando con ganas. Subido a un árbol, cómodamente instalado entre sus
ramas, esperó al niño, hasta que vino. Venía contrito y andaba raro, como
envarado. Cuando levantó la vista para mirarle vio que tenía una mejilla
colorada y que había llorado. Le han pegado, se dijo.
-Mi madre -dijo con un hilillo de voz -dice que ya no puedo jugar
contigo.
-¿Y eso por qué? -desconcertado el niño mayor bajando del árbol. -Sólo
porque no tengas padre... -Iba a añadir algo, pero el rostro repentinamente
furioso del niño le cortó.
-¡Yo sí tengo padre! Es el tuyo -gritó rabioso, sus ojos llorando. -Por
eso... -Se atraganta con las lágrimas.
-¡Mientes! -se lanzó sobre él y lo tumbó de una puñada en el pecho, en el
suelo, poniéndose a horcajadas sobre él. -¡Mentiroso! Mi padre es mi padre.
Y tu madre es una puta -sofocó los lamentos del niño con un puñado de
hierba hasta que, súbitamente, se calmó quitándole la hierba que le había
metido en la boca y dejándole respirar, al levantarse de encima de él, que lo
miró con sus grandes ojos de niño triste, mientras se daba la vuelta y se iba
por donde había venido.
Su madre lo estaba esperando. Había faltado tiempo al maestrillo para con
su tono untuoso e hipócrita contarle lo que había sonsacado al niño.
Una criada, la de confianza de su madre, estaba esperando a la puerta y
cuando lo vio venir, secos ya los ojos, que enrojecidos por los puñetazos con
que se había quitado las lagrimas, lo acompañó a las habitaciones de su
madre la cual cosía, sobre su alfombrado estrado, sentada en su cojín como
otras tardes. Dejó la labor cuando entró agitado, balbuceando sin apenas
poder hablar. No hizo seña de que se acercase su madre, sólo lo miró y, con
aire sereno, dijo:
-Sí, es verdad. Ese niño es un bastardo de tu padre.
-Pero... Yo soy su hijo.
-Su primogénito. Sí. El otro no es nadie.
El niño no dijo nada, aplastado por lo que había oído, sintiendo la cabeza
caliente y el cuerpo frío.
-Sí -continuó su madre. -Ya eres lo suficiente mayor para explicarte
ciertas cosas. Por eso me vine a vivir a la casa de mi hermano. Porque Don
Diego dejó embarazada a esa infeliz, la hija del molinero. Son muchas las
mujeres que han de sufrir el que su marido tenga hijos fuera del matrimonio.
Pero yo no -el tono furioso de la madre sorprendió al niño por su vehemencia,
acostumbrado a su serenidad casi imperturbable. -A Dios gracias.
El niño cabizbajo salió de las habitaciones de su madre y, casi
sonámbulo, fue a su cuarto, apenas un momento, después salía corriendo de
la casa. El mozo que había en las cuadras se sorprendió al verle montar un
caballo y salir disparado sin darle tiempo a decir nada. Ni siquiera lo había
visto ensillar el caballo.
Don Diego estaba en el patio de su casa solariega, departiendo con otra
persona, que Gonzalo ni vio al llegar galopando con el caballo, que frenó
brusco, provocando que se pusiese de manos, antes de saltar de la silla y
desechar la funda en que envuelta había traído la espada que le había
regalado su tío, antes de irse, después de haberle instruido en su uso. Ante su
sorprendido padre, que le preguntó.
-¿Qué hacéis? -viendo como su hijo esbozaba un saludo con la espada
antes de aprestarse, tal y como su tío le había enseñado hacen los hombres de
honor.
-Habéis insultado a mi madre y a mí -fue la respuesta que el extraviado y
torturado rostro de su hijo articuló. -Disponeos a morir.
-¿Qué...? -trastabilló cayendo hacia atrás ante el envite tanteador de la
espada, incitándole a defenderse. Más por preocupación que por deseo de
atacar a su hijo, sacó su espada, que casualmente lucía, como le corresponde
por nacimiento, al recibir la visita del terrateniente que lo visitaba para
negociar la compra de unas tierras y que ahora les miraba con los ojos
desorbitados, al ver al hijo lanzar una estocada al padre, que éste paró sin
dificultad, pues en su mocedad estuvo en la corte y la esgrima se le había
enseñado por alguno de los maestros más reputados.
Aún así le puso en dificultades parar las arremetidas furiosas de su hijo,
obstaculizado por su deseo de no herirle, se limitaba a parar sus envites,
mientras intentaba hablarle, pero este se diría sordo.
Enredado con una de las sillas, que no vio al retroceder, trastabilló.
Rechazando con dificultad la estocada que ya le había dirigido Gonzalo, pero
al hacerlo puso menos cuidado, y la hoja recorrió el rostro de su hijo. Furioso
al ver la línea rojiza que en el rostro del niño se extendió, echó el cuerpo
hacia adelante forzando la postura, consiguiendo arrebatarle la espada.
Con el corazón dando brincos dentro de su pecho agitado, sin aliento para
palabras, vio como su hijo se tanteaba la cara rajada de la que manaba
abundante sangre. Mi sangre, se dijo el padre ante los ojos quietos del hijo,
que le preguntó con voz baja, apenas un murmullo.
-¿Vas a matarme, padre?
Bronco el estallido de Don Diego.
-¡No! ¿Estáis loco? ¿Qué diablos...? ¡Avisad a un médico! -a los criados
que habían salido de la casa, y miraban espantados.
Volvió a casa de su madre con el rostro vendado. No le hizo preguntas.
Ya lo sabía. Días después desaparecía de la casa y se enroló en la bandera de
una compañía para los ejércitos de Flandes.
Años después comprendió que el primer hombre que había matado, no
fue aquel que entregó su vida salpicándole de sangre y mirándole con ojos,
casi tan asustados como los suyos, sino a su padre.
Aquella tarde había matado al padre y había dejado al hombre.
Sostenía en su mano, que casi ocultaba, el crucifijo de reluciente plata que
el maestro artesano le había entregado. Era el quinto día. Sus pasos
impacientes eran punteados por los campanarios de la ciudad que saludaban
al nuevo día.
Con una curiosa sensación de expectación, hace mucho tiempo perdida y
hoy recobrada, utilizó la campanilla del torno.
Los pasos se deslizaron sedantes hasta él. Fue escrutado y preguntado.
Dio su nombre e iba a añadir el motivo de su visita, cuando el torno giró.
Ante él una carta pulcramente plegada. Reconoció el escudo. Era el mismo
que había en el dintel de la casa solariega de su tío. La recogió, indeciso ante
el torno que volvió a girar y se cerró. Los pasos se alejaron.
Una mano apretaba el crucifijo, hasta que el relieve se grabó en la palma
de su mano, cuyos dedos se habían puesto pálidos, casi como su rostro,
mientras la otra mano se aferraba a la carta, como el náufrago a su trozo de
madera. Caminó sin darse cuenta, en un lateral de la plazoleta, espaldas al
Palacio Arzobispo, abrió la carta y la leyó.
Era una misiva breve y concisa, tal era el estilo de Doña Elvira de
Peñalba. En el año del señor de 1626. Se alegraba de haber tenido noticias de
él. Lamentaba la muerte de su hermano y rogaría por su alma. Se había
retirado de la vida mundana que sólo pesar la había causado. Se despedía,
encomendándole al altísimo.
La necesidad de vino casi se hizo dolorosa. Los puños crispados,
estrujando la carta y un crucifijo casi olvidado. La perentoria llamada del
vino, cual sirena mitológica le condujo hasta la taberna más cercana.
Casi ciego, iba a entrar cuando tropezó con otra persona, que portaba una
pequeña caja de madera, que preocupado comprobó no se había caído o
sufrido percance por el súbito encontronazo.
-Disculpadme, señor.
-No ha sido nada, senhor -el acento portugués del hombre que ojeó dentro
de la caja con aire preocupado antes de sonreírle aliviado. -No ha habido
dano.
-Me alegro de ello, señor. Si os puedo servir en algo... -Formuló la
cortesía vagamente, mientras guardaba la carta y el crucifijo.
-Obrigado. Podríais decirme si voy bien para el convento de freiras de la
ordem de San Bernardo -fue la sorprendente pregunta del portugués que se
sorprendió al ver la mirada fija en que lo escrutó el joven, antes de
meditabundo responderle.
-Por supuesto, con mucho gusto os indicaré. Decidme, ¿Qué motivo os
lleva allí, si no es indiscreción?
-¡Oh, no! Soy escultor. Mi nome Manuel Pereira, y me han encargado
talhar el Santo para la fachada. Traze un modelo en cera, para su aprovaçâo
tanto el comisionado del Sehnor Arcebispo, como la Madre Superiora. Éste
me ha enviado mesagem que me reúna con él en el convento a los cuartos de
las diez -éstos estaban al caer.
-¿Vais a verla?
-Bueno, no. Verla... -duda y hace seña con la mano libre, poniendo los
dedos abiertos delante de los ojos rientes -el gradeamento.
El joven de la cicatriz hace seña de que le entiende. Pensativo indica el
camino hasta la plazoleta frente al convento, cuya fachada contempla
midiendo mentalmente la hornacina en la que se había de instalar su obra,
cuando la mano del joven se posa sobre su hombro y algo punzante se acerca
a sus costillas.
-¿Manuel Pereira me habéis dicho, verdad? -preguntaron los ojos tristes
del joven.
-Sí, sehnor -con un hilo de voz reconoce.
-He de pediros un favor, que nada os costara si me lo hacéis, y yo sabré
compensaros -dice el tono seguro del joven de la cicatriz, que la daga
refrenda justo entre las costillas que sobre el corazón están, como el escultor,
buen conocedor de la anatomía humana, sabe, asegurando así su atención.
Un obeso y resoplante personaje esperaba con aire indignado, cuando
caían los cuartos de la hora. Saludó de forma displicente al escultor, que se
apresuró a disculpar su tardanza ante el gesto desdeñoso del personaje, que
había cometido el error imperdonable de llegar antes de la hora, demostrando
así lo poco ocupado de su importante persona. Alzó desdeñoso la ceja, al caer
su mirada sobre el joven que sostenía la caja de madera, de la que no apartaba
la vista el nervioso escultor, que se retorcía inquieto las manos, señal que
complació sobremanera, tranquilizando al comisionado del señor arzobispo,
pensando equivocadamente que era él, quien tal reacción provocaba en aquel
“picapedrero” portugués.
-Mi ajudante -aventuró a media voz ante la leve inclinación de cabeza del
joven, que el comisionado ignoró soberanamente antes de agitar la
campanilla y anunciar ampulosamente su presencia.
Le fue entregada una llave correspondiente a la puerta pequeña de la
iglesia, que el Comisionado abrió sin cederles el paso. Entró seguido por el
escultor y el ayudante, prendido aquel los ojos en la caja que sostenía éste,
musitando algo por lo bajo. En un gesto grandilocuente se detuvo el
personaje en el centro de la peculiar arquitectura de la capilla, de formato más
que circular ovalado. Ésta se proyectaba en una cúpula de amplio diámetro,
que atrajo por un momento la atención de los tres. Satisfecho el comisionado
señaló las capillas laterales.
-Ángelo Nardi -dijo con aire complacido.
-¿Senhor? -despistado el escultor que no le prestaba atención.
-El pintor, por supuesto -se enfureció bruscamente el personaje.
-¡Ah, claro! -mirada disculpatoria a la capilla adornada con lienzo de
temática religiosa del pintor italiano. Al sufrido escultor no le llegaba la
camisa al cuerpo y su interés por lo artístico alcanzaba su punto más bajo, en
aquel momento.
Convenientemente investido de su recobrada dignidad, tras el inciso, el
comisionado del Señor Arzobispo llegó hasta la capilla principal y por un
lateral entró en una sala, que una reja dividía, saludando a la sombra que al
otro lado había.
-Madre Superiora, buenos días tengáis. Traigo conmigo al escultor
Manuel Pereira. Portugués -aclara con un leve tono desdeñoso.
La figura en sombras sólo pareció asentir y volverse al escultor, que
balbuceó un saludo, antes de alargar las manos, rogando con los ojos musitó
permissao, hacia el joven que le entregó la caja, provocando un suspiro de
alivio, audible en el escultor que sonrió nerviosamente al hacerse cargo de
ella, que apretó contra sí, antes de forma segura dirigirse a la Madre
Superiora y hablarle de su proyecto mientras, hábilmente, sostenía con una
mano la caja que abrió y extrajo una figura en amarillenta cera virgen de
abeja que representaba al Santo. La enarboló cuidadosamente en dirección a
la sombra tras la reja, mientras el comisionado lanzaba miradas a la estatuilla,
que no veía bien, escuchando las explicaciones que se volvían técnicas del
ahora súbitamente vehemente escultor.
-¿Me permitís? -dijo el personaje haciendo gesto de coger el modelo en
cera para examinarlo. Ante el gesto de preocupación y disculpa del escultor
retiró las manos, aunque éste la sostuvo ante él para que la viera a su gusto.
Miró con fingido desdén, pues creyó que tal era la conducta apropiada, al
minucioso trabajo del escultor, que éste había modelado con sus propias
manos, como muestra de la escultura que a tamaño natural tallaría en piedra.
Busca el comisionado algún defecto que sacar a la escultura como tal, pero al
final se tuvo que limitar a balbucir algo sobre el precio.
-¿Qué...? -preguntó el portugués receloso, devolviendo el modelo a la
caja, tras envolverlo cuidadosamente...
El personaje satisfecho se esponjó hablando de cifras y fechas. Antes de
que el escultor, progresivamente indignado, pudiera replicar, les llegó la voz
detrás de la reja, cortante.
-Esas son cosas que sólo a vos os atañen. En cuanto al convento, hemos
visto y aprobamos.
-Por supuesto -balbuceó el comisionado puesto en su lugar despidiéndose.
Hizo señas de que salieran, lo que se dispuso a hacer el escultor con la caja
bajo el brazo, pero al ver que el joven no se había movido de su rincón, se
detuvo indicándole al escultor que hiciera salir a su ayudante, lo que turbó al
portugués.
-No importa -la voz desde las sombras ordenó. -Cuando salgáis depositad
la llave sobre el altar. El joven cerrará al salir. Buenos días -despidió
cortando la réplica del balbuceante personaje que salió a paso ligero, seguido
por el escultor portugués, reanudando su debate.
-Buenos días, madre.
-Gonzalo.
El joven de la cicatriz salió de su rincón y se acercó a la zona más
iluminada, cerca de la reja.
-Recibí vuestra carta, pero me parecía descortesía no pasar a saludaros en
persona. Y traeros esto -enseña el crucifijo de plata y hace ademán de
acercarse para dárselo, pero ella niega con la cabeza.
El silencio se estableció entre las dos personas. El joven sobre el que caía
la poca luz que se filtraba a la sala, que intentaba escrutar las sombras que
envolvían a la figura, que a su vez le miraba con idéntica intensidad. Ambos
recuerdan cuando la madre puso en sus manos uno parecido. Lo único que se
llevó consigo cuando se marchó. Y le salvó la vida cuando aquel mosquete
lejano lo acertó con su proyectil, afortunadamente debilitado por la distancia
de tiro, el impacto no fue tan brutal y pudo frenarlo la plata del crucifijo que
se deformó, sin rasgarse, lo que hubiera pasado si el tiro hubiera sido hecho
más cerca. Aún así, la herida provocada no fue baladí. Pero nada le dijo.
-Ya sois un hombre -dijo con un punto doliente la madre.
-Sí -reflexionó el hijo -aunque yo me sigo sintiendo igual que aquel niño
que...
-Como aquel niño -cortó con voz afilada -seguís actuando
irreflexivamente. Sin atender las razones de los demás -al joven que inclinó la
cabeza, cayéndole el pelo sobre la cara. -Seguís actuando a vuestro capricho.
Os pedí que os marcharais y, sin embargo, aquí estáis.
Aceptó en silencio la encogida figura del hijo el reproche, brillando entre
el oscuro pelo que le caía sobre la cara, los ojos, cuando replicó.
-Sí. Así son las cosas -el tono cínico calló a la figura entre sombras. -Así
pues, habéis decidido permanecer aquí -no era una pregunta.
-Hasta el fin de mis días- sentenció ésta.
-Ya que así lo queréis me marcho -se despide saliendo.
-Gonzalo -dice en voz baja la figura entre sombras que ha hecho ademán
de dar un paso adelante, pero que se ha contenido, al igual que el joven que
se ha vuelto a mirarla. -Adiós.
Abandonó el joven la sala, al pasar cerca del altar recogió la llave y, sin
levantar la vista para contemplar la espectacular cúpula o las capillas
laterales, llegó hasta la puerta que cerró, dejando la llave en el torno, antes de
calarse el sombrero sobre los ojos, embozarse en la capa y seguir su camino.
Musitó algo, que oyó una vieja lavandera que pasaba con su carga, quien
extrañada repitió para sí las palabras que le había oído.
-Dados girando -antes de continuar sus quehaceres y despreocuparse del
joven que huía de la plazoleta.
Hay un hombre en torno al cuello del caballo, su pelo enredado con sus
crines, que ahora se separa, colocando casi distraídamente el mechón de pelo
que cae sobre los ojos del animal que se deja hacer tranquilizado, ante la
figura que ahora le deja de nuevo solo en su cajón.
-Tenlo preparado para partir -ordena al mozo de cuadra que asiente
agradeciendo la moneda que ha deslizado en su mano el joven de la cicatriz
que sale ahora de la cuadra.
Tomás lo encuentra haciendo el equipaje, preparando su partida.
-Don Gonzalo -saluda. -¿Os marcháis?
-Sí. Ya he hecho lo que venía a hacer -envuelve la ropa blanca en la
manta de viaje, que enrolla y ata hábilmente.
-Ah, vaya -indeciso Tomás. ¿Y dónde iréis? ¿Qué haréis?
El joven de la cicatriz suspende un segundo lo que está haciendo antes de
contestar sin mirarle.
-Me licenciaron con grado de capitán, aunque antes sólo fui alférez -
pausa de silencio, antes de continuar. Sigue sin mirarle. -Tengo una bandera.
Pediré licencia en la corte para ondearla por Castilla, y reclutar hombres -la
voz monocorde del joven perturba a Tomás casi tanto como lo que a sus
oídos llega.
-¿Volveréis a Flandes? -sorprendido, entra más en la habitación. Baja la
voz, casi susurra. -Pero si vos odiáis la guerra.
El joven de la cicatriz ha perdido la vista más allá de las ventanas, antes
de volverse a él y mirarle de frente. Tomás se asoma así al fondo de sus ojos,
y la carga de tristeza y soledad que hay en ellos le llega junto con su
respuesta.
-Claro que odio la guerra. Soy soldado. Todos la odiamos, pero formo
parte de ella. Es ya lo único que sé hacer.
-Pero...
-No, no hay peros que valgan, Tomás -deniega con la cabeza, haciendo
caer el pelo sobre su rostro, mientras se agacha ante el bargueño pequeño que
abre, sacando un tarro de porcelana, que le hace sonreír cínicamente, antes de
meterlo en una de sus bolsas de viaje, que cierra con una mano, mientras la
otra recupera un par de bultos. El otro se lo ofrece a Tomás.
-Lo que me pedisteis que os guardara.
Tomás se acerca a él y coge el paquete, aún envuelto tal y como él se lo
entregó. Se abraza al paquete, viendo como el joven de la cicatriz deja la
bolsa de cuero junto a la manta enrollada. No se ve el ajedrez por ninguna
parte. Debe haberlo guardado ya, se dijo Tomas. Sobre una silla la capa
espera, pulcramente doblada junto con el sombrero.
-Viajáis ligero.
-Es lo mejor. Sólo lo necesario. Las cosas superfluas estorban -tono
neutro de Don Gonzalo.
-Esperad un momento. Tengo pendiente una deuda con vos y ahora ando
boyante- dice, dejando momentáneamente el paquete sobre la mesa, y va
rápido a sus habitaciones.
Acaba mientras de completar su atavío de viaje Don Gonzalo, ciñéndose
aparte de la espada que lleva en el costado, un espadín y la daga. Además ha
cargado las pistolas que luego guardará en las fundas de la silla.
Justamente se encuentra comprobando una de ellas, cuando los pasos
inundan el pasillo. El grito de Tomás es casi simultáneo. Se lanza hacia la
puerta de la habitación, llegando a tiempo de ver como el cuerpo de Tomás es
tratado como un títere roto en manos de varios hombres, uno de los cuales se
vuelve, feroz el gesto, con una daga ensangrentada al verle. Le descarga el
pistoletazo en la cara, al tiempo que inútil ya la pistola, la lanza con fuerza
contra la cara del más cercano. Tentando ya en sus manos el peso de la
espada y del espadín, familiar el grito con el que arrebata la vida de otro, que
desorbitados los ojos por la sorpresa hace ademán de sujetarle la espada antes
de morir. La extrae, parando la burda estocada del hombre que lo ataca ahora
con una ceja partida por el impacto de la pistola desechada, aturdido por el
velo de sangre que le cae, opone su espada. Su espadín se encarga de él,
cuando ya sus ojos buscan a los dos hombres que aún quedan. A sus pies,
desmadejado, el cuerpo ensangrentado de Tomás. Se ponen de acuerdo. A él
gritan intentando darse ánimos, atacando con sus espadas, que en el corto
espacio abarrotado les traicionan, ya que en vez de retroceder el joven, se
lanza sobre ellos, reduciendo así la estabilidad de sus armas, que quedan
bloqueadas, y sólo la daga en el corazón de uno de ellos desbarata el enlace
que ha establecido Don Gonzalo, que de un ágil salto atrás, enreda la espada
del otro y hábil la estocada atraviesa un costado. Ya lucido y con frialdad, ha
decidido hacerlo así. Necesita uno vivo, se dice, por lo menos el tiempo
suficiente para contestar unas preguntas.
El hombre, que caído contra la pared intenta contener la hemorragia con
su mano, ve como le quitan la espada inútil. Balbuceando cuando vuelve su
rostro dolorido, casi inocente, al joven que le contempla con ojos, que no le
ofrecen esperanza. Mal afeitado, ronda unos treinta mal llevados, avejentado
recuerdan las bolsas de sus ojos las de un tahúr, habitual de garitos mal
iluminados resiguiendo el grasiento borde de unos naipes. La boca débil
gimotea, pidiendo:
-Por el amor de Dios, no me matéis, Por el amor de Dios...
La mano le agarra tirante la cabeza que alza enfrentándose al rostro que
una cicatriz surca, y a la pregunta.
-¿Quién os envía?
-Un caballero. Don Luís no sé qué... del palacio arzobispal -se apresura a
decir mientras sus dedos son inútiles para contener la savia vital de la herida,
que aún no ha reconocido como mortal.
-¿Por qué? -escupe indeciblemente furioso el rostro ahora más cercano,
pues las palabras son más costosas. El pecho se agita menos y se hace más
difícil articular al hombre que tiene ojos de niño.
-Había que buscar un libro -un palpito de dolor le hace boquear. -Por
favor -la mano inmisericorde vuelve a reclamar. -También había que matarlo,
pero primero el libro. No estaba... -nueva boqueada esta vez más dolorosa.
Las lágrimas desbordan sus ojos, cayendo por los surcos de su cara. -Un
sacerdote... -pide. -No quiero...
Lo dejo apoyado en la pared ocupado en morirse, al acudir a Tomás. La
muerte ya había besado sus ojos, vaciando su mirada. Ignorando la sangre
que manchaba sus manos, cogió su cabeza, acuclillándose ante él. Sintió el
enorme vacío de su interior, que ni las lágrimas que ahora dolían en sus ojos
podían jamás llenar.
16

La oscura noche parecía haberse prolongado en la estancia, a pesar de los


cirios encendidos, cuyos débiles pabilos tremolaban esparciendo una débil
claridad que no llegaba hasta la sombra, que en un rincón se encontraba.
Apartado de las dolientes personas que acompañaban a Manuela, a la que la
pena había robado la sonrisa y el brillo de los ojos, en la cabecera de la cama
en que extendido estaba el cuerpo amortajado del estudiante de gramática,
autor... Tomás, a cuyo rostro afortunadamente las velas apenas llegaban, pues
sólo su perfil dolía.
El final del día y la larga noche había visto pasar variados personajes por
aquella estancia. Los corregidores, que alguien habían llamado, los que se
habían llevado los cadáveres, los que traían a Manuela, que se había quedado
a solas, con otras mujeres, sereno ya el semblante, después del arrebato
primero, para amortajar a su hombre.
A solas en sus habitaciones el joven de la cicatriz se había lavado una y
otra vez la sangre de las manos y había arrojado el jubón manchado al fuego,
que se había apresurado a devorarlo, quedándose con la camisola, mientras
buscan sus ojos una jarra de vino, que no encuentra. Así lo encontró Don
Sergio al llamar a la puerta y entrar con permiso.
-Me acabo de enterar... -dice, ha venido corriendo y habla jadeante. -
¿Cómo...? ¿Qué…?
-Unos matones lo apuñalaron.
-¿Pero por qué? ¿Vos estáis bien?
-Sí. El porqué... -gesto displicente mientras extiende la mano ante el
fuego, que atrae su mirada.
-Es una locura -se quita la gorra el estudiante rascándose la cabeza,
enmarañándose más el pelo... -¿Sabéis que también han atacado esta mañana
al impresor del que os hablé?
El joven de la cicatriz se vuelve a mirarlo con un punto de furia en el
rostro, que hizo retroceder al estudiante.
-¿Qué decís...?
-Ya sabéis -aclara éste. -El impresor al cual solía ir... -el gesto de Don
Gonzalo lo interrumpe. Se ha quedado pensativo, mientras Don Sergio añade.
-Lo han encontrado esta mañana en su taller, que han revuelto por completo.
Lo han apuñalado varias veces, aunque no está muerto. Lo han llevado al
hospital de Antezana.
Ahora Don Gonzalo velaba sus armas para su amigo muerto, en la larga
noche.
Es ya de madrugada cuando sólo quedan velando dos personas; Manuela,
que ha pedido a las mujeres que se han ofrecido a quedarse con ella que se
vayan a acostar, lo que finalmente han acabado por hacer, y Don Gonzalo,
que fundido con las sombras de la pared, no se ha movido.
Es entonces cuando la mujer se levanta de su sitio, hace una caricia,
deslizando los dedos sobre el cuerpo amortajado, y se acerca al fuego,
sentándose en la silla que ya le dispone el joven de la cicatriz, que se sienta
también en otra silla, por vez primera en la noche.
Oyendo el crepitar de las llamas del fuego, él se lo pide.
-Cuéntame.
Ella lo hace.
Se suponía que todo era una broma. Nos reiríamos, prometió, pero me
mintió, por supuesto. Porque no era una broma, era más serio. Veréis, él
nació… más o menos con el siglo, supongo que como vos, y podría haber
nacido en esta ciudad, ¿no lo sabíais, verdad? Pero no lo hizo. Su abuelo
regentaba un figón, ya desaparecido, y tenía una hija de la que un día un
estudiante dijo enamorarse. Supongo que no lo hizo, porque la dejo preñada
y, aunque le había prometido matrimonio, no cumplió. Se acogió al fuero
universitario, y cuando el abuelo de Tomás, reclamó en justicia al Rector de
la Universidad, éste favoreció al estudiante, que además era de cuna noble.
Así que para evitar la vergüenza, el abuelo mandó a su hija, con la tripa
abultada, a casa de una tía suya. Y él se murió, supongo que del disgusto.
Tomás se crío allí, pero la vida del pueblo al que su madre se había adaptado,
casándose con un labrador que tenía algunas tierras, no le satisfacía y, en
cuanto tuvo edad, decidieron enviarlo a estudiar. Su madre porfío en enviarlo
a Salamanca, en todo caso, pero un amigo de Tomás, le había hablado mejor
de Alcalá. Su madre se enfadó mucho con él, que no entendía el porqué, hasta
que, al final, acabó por contarle la verdad, pero eso tampoco lo detuvo. Le
dijo que eso era agua pasada, que no era en absoluto probable, que se
encontrase con su padre natural, que evidentemente mucho tiempo ha, habría
acabado sus estudios, y además en Alcalá tendría acceso a las comedias de la
corte cercana, que ya le atraían. Así que la convenció y vino a la ciudad. Al
poco de llegar nos conocimos y, agrupando varios actores, representábamos
las comedias que él escribía allá donde podíamos. Supongo... No, no lo
supongo... Éramos felices. Qué raro es darse cuenta de que se es feliz, cuando
ya ha pasado... Hasta que...
Volvió su padre natural. ¿No sabéis a quién me refiero? El Marqués de
Montalbo, por supuesto. Desterrado, me dijo alegre, le han alejado de la
corte. Entonces fue cuando empezó a maquinar la broma. Al principio me
pareció divertido, aunque peligroso. Pero el desechó mis temores, diciendo
que nos reiríamos desde lejos. Nadie sabría nada. Así debía de haber sido.
Me dijo que había conseguido que se filtrase un despacho en la talega de
cartas, que un mensajero traía para el Cardenal Sandoval de Rojas, que cobija
al Marqués de Montalbo y que, supuestamente, enviaba el secretario del
Conde Duque de Olivares.
En este despacho, haciéndose pasar por el Conde Duque le encargaba la
búsqueda de un libro. Por supuesto ésta era la parte más inverosímil. Ya
habréis oído los rumores de que el Conde Duque tiene embrujado al rey, Don
Felipe IV, y que hace lo que quiere con él.
Creíamos que no se lo tragaría. Era una broma. Pero luego descubrimos
que se lo había creído. Se lo tomó completamente en serio. El Marqués pidió
al mensajero que permaneciese allí unos días, hasta que le entregase un
paquete que personalmente había de entregar al Conde Duque.
Entonces es cuando me empecé a asustar, pero a Tomás le pareció
increíblemente divertido. Estaba encantado. Es tan estúpido, decía... Tanto
que no se da ni cuenta de que lo es.
Así, dijo, para demostrarle lo estúpido que es, lo mejor sería hacerlo
públicamente. Y empezó a escribir la comedia. Le dije que no lo hiciese, pero
él me dijo que no habría peligro. Haría correr el rumor de que había oído
hablar sobre la existencia del libro, y que había decidido escribir una comedia
para demostrar la estupidez de aquellos que creen tales majaderías.
No me agradaba la idea, pero él, al final hizo lo que le parecía. Siempre lo
conseguía. Y ahora... Un sollozo suave, casi íntimo finalizó su relato,
inclinando la cabeza, que el joven de la cicatriz acarició con tal suavidad que
no lo sintió, antes de disculparse un momento, y salir.
Abrió la puerta de su cuarto, que estaba completamente a oscuras. Acercó
una vela, al débil brillo rojizo que las brasa del hogar aún mantenían, y con
ella ya encendida, se dirigió a la mesa. Dejó caer una gota sobre un vaso
invertido y colocó encima la vela fijándola. El paquete envuelto en tela, que
sobre la mesa había, fue perfilado por sus dedos que encontraron el extremo.
Su daga cortó cuidadosamente las costuras que lo cercaban. La devolvió a su
funda y separó la tela, dejando al descubierto la encuadernación de piel del
libro que ahora abrió. El título en latín lo saludó en letras de imprenta,
destacando entre las elaboradas figuras alegóricas que enmarcaban un árbol,
cuyas hojas contenían números.
-De Liber Salomonicus -repitió para sí.
En la capilla del Colegio de San Ildefonso, se entrelazaban las maderas de
la cubierta mudéjar, sobre las cabezas de los asistentes, a la misa fúnebre por
el estudiante muerto. Los bancos estaban llenos, también los laterales, y el
fondo. Las autoridades universitarias que habían hecho acto de presencia
estaban en los bancos laterales, dentro de la verja, que acogía el sepulcro del
Cardenal Cisneros, el altar con el sacerdote oficiante, y el catafalco con el
cuerpo de Tomas.
Al otro lado de las rejas, Don Gonzalo, en un acto de introspección había
escapado de la capilla de la universidad y se encontraba en la antesala a la
habitaciones, que en el Palacio Arzobispal tenía el Marqués de Montalbo, al
cual se imaginaba ahora en su habitación abriendo la hoja doblada y lacrada,
que era la primera página de un libro del cual había sido arrancada, y en cuyo
interior alguien había escrito con pluma y tinta una frase, una convocatoria,
una hora y un lugar. El callejón, detrás del Colegio de Málaga que se estaba
construyendo, conocido por el nombre de Mataperros, le pareció apropiado al
joven de la cicatriz que ahora de vuelta a la misa fúnebre, dejaba en aquella
antesala a la que había salido furioso el Marqués a interrogar al criado que
poco podría decirle. Un hombre embozado se le había acercado en la puerta y
le había alargado el papel lacrado y una moneda, para que lo entregase, lo que
se había apresurado a hacer.
-¿Don Sergio? -preguntó la embozada mujer, de cuyo manto, una mano
pequeña se había escapado, y tocó el brazo del estudiante de Medicina, que
salía junto con el flujo de estudiantes del Colegio de San Ildefonso, los cuales
no se limitaron sólo a lanzarle miradas de envidia, sino que alguna pulla le
llegó. Los ignoró, bajó el manto que la tapaba. Había reconocido los ojos de
Manuela.
-Decidme, señora -la condujo a un aparte de los corros de estudiantes.
-Vos, sois… algo de Don Gonzalo, ¿verdad?
Se limitó a asentir, intrigado el joven, esperando que continuase lo que
tenía que decir la turbada joven cuyos ojos estaban de nuevo humedecidos.
-No sé si debo... pero...
Era la hora y era el lugar elegido para matar a un perro. Y uno asomo,
pero no era el que esperaba.
-¿Don Luís, corregidme si me equivoco? -inquirió en voz baja, pero que
llegó a oídos del hombre, que había salido de las sombras del callejón, que el
anochecer cercano multiplicaba.
-¿Lo tenéis con vos? -preguntó éste desembarazando la capa.
El joven de la cicatriz lo contempló con una llama de furiosa diversión
chispeando en sus pupilas, que detuvo el cauto avance del caballero.
-Vos no sois el perro que esperaba. ¿Dónde está?
La mueca de desprecio y arrogancia del caballero, que envalentonado dio
un paso más entrando apenas en la zona de claridad lunar, pues ya ésta
reinaba en el cielo, casi plena. Hizo ademán de escupir el caballero, pero para
eso es necesario tener saliva en la boca y el miedo se la había secado. Optó
por el sarcasmo, o lo intentó.
-Si hay algún perro... ¿Tenéis el libro…?
-Lacayo -despreciativo interrumpió con un gesto desdeñoso. -¿Dónde está
vuestro amo?
La cara del caballero se contrajo en una mueca imposible, antes de
retroceder hacia las sombras. Junto con el tintineo de sus espuelas llegó a sus
oídos:
-Matadlo -voz ronca. Rapto furioso. -¡Matadlo!
Las sombras del callejón se abrieron a los matones, ganapanes,
buscavidas... que había traído el caballero consigo. La pálida luna resbaló
sobre las hojas de las espadas que salían de sus fundas, para perderse en sus
filos, guiño apenas en las dagas que las manos buscaban, antes de ocultarse
tras una tenue nube, velando la noche al sarcástico saludo que apenas esbozó
con la espada el joven, cuya cicatriz llevaba a unos ojos increíblemente
torturados. Había reconocido la situación y con suicida júbilo la acogía.
Eran tantos que se estorbaban entre sí al atacarle. Fintó, paró, atravesó,
acuchilló, desvió con el espadín. Tiñó sus brazos de cálida sangre ajena
aullando, enfrentado a las acometidas múltiples que le llegaban. Los maldecía
mientras mataba. Era tal la sed de sangre, que mostraba, que espantaba al
destello de lucidez que alguno conservaba, pero el número los envalentonaba
y las heridas empezaron a festonear el cuerpo del joven que vendía cara su
vida, peleando rabioso con todos sus sentidos. A su alrededor los cuerpos
caídos eran ya una trinchera, que continuamente se desbordaba.
Inevitablemente, las heridas se fueron sumando y agravando su situación.
Cayó aún intentando parar las acometidas cuando, de repente, como si una
guadaña inclemente les hubiese segado, desaparecieron. Ninguno se ofrecía
ahora a su vista empañada de sudor y sangre. De sus labios unas burbujas
sanguinolentas se escaparon en una risa sardónica por sí mismo.
Rugiendo acometió el estudiante, que tras sí había atraído algún curioso
al irrumpir gritando en el callejón con la sensación de llegar tarde.
-Virgen Santísima -se santiguó alguien detrás de Don Sergio, que ahora
se inclinaba ante el joven de la cicatriz que aún aferraba sus armas tintas en
oscuro légamo, aunque sus ojos estaban cerrados.
-Aún alienta -dijo más para sí que para otro alguien el estudiante, que se
despojó de su capa y tapó con ella como pudo al joven, y con sorprendente
ligereza lo alzó y, apartando el corro de curiosos, salió del callejón, topando
de frente con la joven que desmelenada y arrastrando el manto apareció.
-Seguidme -indicó. Y a duras penas, Manuela, con una punzada en el
costado, pudo seguir sus pasos.
17

Llevando y trayendo agua caliente de la olla puesta al fuego a la jofaina,


que rápidamente enrojecía, Manuela veía como el estudiante intentaba
restañar las heridas del cuerpo del joven, que habían tendido en el lecho de la
habitación que Don Sergio tenía en el Colegio Mayor de la Madre de Dios.
Por un afortunado azar no se habían tropezado con nadie al subir.
-¿Vivirá? -se atrevió a musitar con un hálito de esperanza, pero se calló al
ver la expresión demudada del estudiante.
La pregunta se repitió más tarde y esta vez obtuvo respuesta. Estaban los
de espaldas a la chimenea, mirando el pálido rostro en el cual la cicatriz era
un tenue trazo.
-Es difícil decirlo. Sólo soy un estudiante y no sé lo suficiente. Pero tengo
la impresión de que ni mis maestros estarían seguros -se torturó el joven
estudiante, arrugando el rostro de preocupación e impotencia. -Quizás si lo
lleváramos al hospital de Antezana estaría mejor atendido aunque... -se
debate entre la duda y la impotencia.
Manuela movió la cabeza, denegando preocupada.
-Si le lleváramos, moriría. Tiene poderosos enemigos que se ocuparían de
ello. Ha de estar escondido -la frustración corroía la voz de la mujer tanto
como al estudiante, mientras contemplaban la envuelta figura que ligeramente
agitaba el torso al respirar.
-Puede permanecer aquí unos días pero...
-Se acabaría descubriendo -remató Manuela pensando a toda prisa. -Y a
sus habitaciones no es conveniente que vuelva... Aunque quizás aún no lo
sepan. He de sacar de allí sus cosas, a toda prisa.
-Traedlas de momento aquí.
La moza asiente mientras de nuevo se envuelve en su manto y se apresura
a salir.
El estudiante de medicina se acercó al tendido y con ternura le cogió una
mano y tanteó con sus sensitivas yemas el pulso que, aunque lento, se
mantenía.
-Seguid así, Gonzalo -musitó.
Un leve destello metálico atrajo su atención del bulto de ropa que le
habían quitado. No eran las armas que habían dejado a un lado, aún sucias de
sangre. Curioso, se acercó y, tanteando en un bolsillo, extrajo el crucifijo de
plata y un papel más estrujado que doblado.
Casi mecánicamente desplegó el papel, de breve texto. No reconoció la
letra, pero si el estilo. Doña Elvira de Peñalba. No tuvo problemas en
evocarla, aunque sólo una vez la había visto. Desde su carruaje que se había
detenido delante del molino, había reclamado la presencia de su madre, que
turbada había salido. El había corrido a su lado y se había abrazado a su
madre, que no lo había rechazado, mientras la lluvia de palabras la golpeaba,
cayendo sobre su cabeza agachada.
No había vuelto a saber de ella. Se marchó. Así que ésta aquí aún
recordaba, como lo había mirado y la única palabra que le había dirigido a él.
-Bastardo.
Aún ahora notaba como se acaloraba su rostro al rememorarla, pero había
pasado el tiempo y comprendía más cosas. A veces más de las que quisiera.
Manuela regresó cargada como una mula. Afortunadamente Don Gonzalo
viajaba ligero. La mujer dejó sobre el arcón el equipaje, acalorada, antes de
acercarse a mirar al joven, a cuyo lado estaba el estudiante, sentado en una
silla con una mano sobre la muñeca.
-¿Cómo sigue?
El estudiante hizo ademán de duda.
-Me han visto subir -añadió preocupada Manuela.
-¿Quién?
-Un par de criados que había a la puerta de la calle.
-¿Sabían que veníais a esta habitación?
-Yo no se lo he dicho.
-En ese caso supondrán que iríais a las habitaciones de Don Evaristo -se
encogió de hombros el estudiante. -Los bedeles hacen la vista gorda porque
es generoso con la bolsa de su padre.
-¿Qué vamos a hacer? -tono de desesperación en la voz de la mujer.
-Creo que ya lo sé. Pero esperaremos a mañana, a ver qué tal resiste. Si
queréis podéis marcharos.
-No me pidáis que me vaya, os lo suplico -lo interrumpió la actriz
turbada. -Debería quedarme aquí, quizás pueda ser útil. Además... me da
miedo volver a aquellas habitaciones tan vacías... -la voz se le pierde.
El estudiante de medicina asiente comprendiendo, mientras la noche se
hace más férrea sobre la ciudad a las orillas del Henares.
Dejaron que la noche avanzase, vaciando las calles a las tenues sombras,
que la descarada luna hacia tremolar.
Un estudiante, a juzgar por la gorra y la capa, bajaba un bulto de una
mula, que sujetaba una mujer envuelta en su manto oscuro. Un bulto laxo,
envuelto en una capa negra, entre sus brazos que acusaron apenas el esfuerzo.
Apenas había sentido el peso al levantarlo, lo que le había asustado más
de lo que estaba dispuesto a admitir. Detrás venía la mujer embozada,
también cargada con un bulto aunque más pequeño, que adelantaba el rostro
pálido para ver el marmoleo rostro que unos pelos rebeldes laceraban en
negro, escapando de la melena que suelta ondulaba como algas de un
estanque o jirones de una bandera.
Los golpes en la puerta y la campanilla repiqueteando despertaron ecos
sorprendidos, capturando un ritmo de pisadas presurosas. No dejó Don Sergio
que le preguntasen. Con voz ronca, que apenas si reconocía como suya,
habló.
-Decid a vuesa señora Madre Superiora tenga la bondad de abrir la puerta
y acoger a su hijo, que moribundo está.
Oraciones musitadas se entremezclaron con los pasos turbados que se
perdieron. En el silencio de la espera, el estudiante cabeceó un gesto de
animación a Manuela que logró esbozar en su rostro cansado y tenso, en el
cual las ojeras se habían instalado, bajo sus ojos líquidos.
A ambos los hizo respingar el bronco lamento de la puerta al abrirse. Una
linterna sorda deslumbró, cegándoles, antes de dirigirse al cuerpo envuelto
que sostenía Don Sergio, que ahora contempló el rostro de la Madre
Superiora, que escrutaba con rostro cuidadosamente impávido a su hijo, antes
de mirar con fijeza al estudiante de medicina.
-Doña Elvira -saludó. Cuando se identificó con el apellido que su padre le
había otorgado, vio como destellaban los ojos de la mujer bajo las togas. Su
aserto fue corto. Lo había meditado mucho, conciso y breve, sin omitir nada
importante.
Tras la Madre Superiora, la hermana que se encarga del torno no perdía
palabra, sus ojos de par en par en su mofletudo rostro.
-Hermana -la voz seca de la Madre Superiora, restalló haciendo brincar a
la monja. -Guardaréis silencio de lo que habéis visto y oído. -Ordenó segura
de ser obedecida. Indicó con un gesto que la siguieran el estudiante y la
mujer.
-Estos son mis aposentos. Están apartados de la celda de mis hermanas en
Cristo. Dejadlo -indicó el pulcro y austero lecho, a Don Sergio que
cuidadosamente depositó su carga. Al poco volvió con una joven novicia que
apenas despegaba los ojos del suelo sino era para dirigirles espantadas
miradas. –Ella os echara una mano.
18

Mientras el estudiante de medicina se ocupaba de calentar agua, e iba


sacando de su bolsa diferentes objetos la Madre Superiora, había acompañado
a Manuela hasta la [Link] entró de nuevo a sus habitaciones la Madre
Superiora, el estudiante de Medicina, ya había despojado de sus ropas al
joven que tendido en el lecho, mostraba viejas cicatrices, junto con la nuevas,
que enrojecían las hilas que las envolvían. Cuidadosamente Don Sergio cortó
cada una de estas, y miró con atención el aspecto de la herida. Al oír una
interjección ahogada a su espalda, se volvió y dijo a la monja.
-Si os sentís mal salid fuera -volvió a lo suyo. No vio la negativa de la
monja que tuvo que vocalizar su negativa. Le costó más de lo que creyó.
-Me quedo.
El cuerpo desnudo del joven surcado en cicatrices, turbó a la madre, que
mentalmente lo comparo con un Cristo tumbado de esos que los talleres
imagineros eran tan dados a elaborar mostrando sus heridas abiertas. Pero
Cristo, no pudo evitar pensar, tenía menos cicatrices que su hijo.
-¿Tiene más en la espalda? -pregunto.
-¿Qué? -desconcertado por un momento el estudiante con una hila
ensangrentada en la mano, contemplando una herida que no le gustaba nada.
Sacudió por un momento la cabeza antes de contestar. -No. Están todas
delante; en la cabeza, torso, brazos y piernas -su mano dibuja un mapa en el
aire que unía las cicatrices. -No tiene ninguna en la espalda, ni reciente ni
antigua.
-Naturalmente. Es sobrino de su tío -el tono orgulloso de la monja
solivianto al estudiante pero decidió dejarlo pasar, volviendo a su labor.
Fue una noche larga, y extraña para el joven estudiante, la que paso en la
habitación de la monja. Sentado a la cabecera de la cama de Don Gonzalo, en
una duermevela, que solo distraía el ir y venir de la monja, que salía y
entraba, incapaz de estarse quieta, pero a la vez con el rostro impávido.
Afortunadamente la novicia fue un apoyo en su cuidado. Continuamente a su
lado, silenciosa. Fue una larga noche de reflexión, para los dos.
En un momento en que el estudiante se quedo algo más profundamente
dormido y despertó con un respingo para ver que la Madre Superiora, se
había detenido delante de él, y lo miraba fijamente.
-¿Morirá? -preguntó.
-Sólo Dios lo sabe -acertó a responder Don Sergio al que el corazón había
dado un salto en el pecho.
-¿Y vos no lo sabéis? -musitó desdeñosa reanudando su deambular la
monja sin esperar respuesta.
Don Sergio miró al lecho, el joven de la cicatriz seguía igual. Ni despierto
ni totalmente dormido. En una especie de sueño en el que a veces parecía
debatirse gimiendo levemente, pero sin despertar. El sudor afilaba sus perfiles
en la semioscuridad que una lamparilla de aceite apenas combatía.
19

-¿El caballo?
-¿Que decís, Don Gonzalo? -sorprendido el estudiante de medicina,
mientras revisa sus heridas.
-Mi caballo. ¿Os habéis ocupado de él?
Con las hilas sucias en las manos, Don Sergio, sólo acierta a mirarle con
cara de estupor. Balbucea una negativa, que hace fruncir el ceño
dolorosamente al joven de la cicatriz que hace ademán de incorporarse, lo
que impide el estudiante sujetándolo.
-No os mováis. Decidme, ¿donde está vuestro caballo? -la voz calmada
del estudiante lo tranquiliza, mientras le indica la cuadra en la que se
encuentra.
-Que no lo regateen la comida, que lo almohacen a conciencia, y que lo
hagan correr. Que lo miren con atención por si se hace rozaduras, y las
herraduras, si las desgasta... -siguió explicando minuciosamente el joven de
la cicatriz, como había de encargar a los caballerizos que cuidasen su caballo.
Mientras le escuchaba, el estudiante de medicina, no dejaba de observar
los síntomas que estaba esperando. La fiebre, después de una tregua inicial de
reposo, se estaba presentando, notaba como la piel del joven emitía un sutil
calor, que este se perlaba en un fino sudor, que hablaba acaloradamente, que
lo ojos le brillaban húmedos...
Al periodo de lucidez en que había despertado el joven de la cicatriz,
sucedió otro de desvaríos. La fiebre se cebo en su martirizado cuerpo, y con
ella vino el delirio. Atravesando periodos de silencio, y otros en los que
gritaba, llamando a sus compañeros muertos, por su nombre como si
estuvieran en la estancia, y hablaba con ellos. Revivía momentos dolorosos
que lo dejaban al borde de sus fuerzas. Fueron días febriles no solo para Don
Gonzalo, también para el estudiante de medicina que prácticamente pasaba
las noches en vela cuidándole, y para la novicia, que lo cuidaba durante el
día, intentando seguir cuidadosamente las instrucciones del estudiante, y de la
Madre Superiora.
El bote que encontró el estudiante en la bolsa de viaje de Don Gonzalo,
fue ampliamente utilizado como febrífugo, cuando los episodios febriles eran
más intensos. De medio lado, obligado por el estudiante a tragar las
cocciones, siendo sujeto su cuerpo débil, por la novicia que notaba en sus
manos la febril calidez, y el sudor que le envolvía, causándole espasmos y
agitaciones incontroladas, que la Madre Superiora contemplaba desde el
umbral de la puerta, en su devenir.

La mañana que despertó con los ojos limpios y despejados, sorprendió a


su lado al estudiante desmadejado en una silla, roncando suavemente, y una
callada sombra blanca, que tímidamente se acerco. Al ver el brillo lucido de
sus ojos se detuvo, pero finalmente le tocó la frente con su blanca manita, que
de repente desapareció entre una de las manos del joven de la cicatriz que sin
brusquedad se la había cogido, acercándosela a los labios para besarla.
Como cervatillo paralizado de temor ante el mosquete que lo apunta se
quedó la novicia, antes de retirar la mano, y salir rápidamente de la estancia.
Sus pasos alejándose, despertaron al estudiante de medicina que
momentáneamente desconcertado, se frotó la cara, para despertarse un tanto.
Cuando se volvió a mirar a Don Gonzalo, lo sorprendió mirándole a su vez,
con aire ligeramente divertido.
-Caramba señor, hoy tenéis buen aspecto -acabó de levantarse de la silla,
frotándose la espalda que no había estado conforme con el asiento. Con un
gemido callado se estiro desperezándose. -De hecho diría que sois un insulto
a las leyes de la Medicina, deberíais estar muerto -bromeó alegre el
estudiante.
-No os preocupéis en eso, Don Sergio. Al fin y al cabo aún sois un
estudiante. Si fuerais medico seguro que hubierais conseguido darme digna
muerte -se chanceó irónico el joven de la cicatriz.
-Podéis jurarlo, señor -dijo este frotándose un hombro dolorido,
acercándose al lecho, y mirándole más atentamente, tanteó su pulso. -¿Tenéis
ganas de orinar?
El gesto afirmativo del joven fue suficiente para el estudiante que le
acercó el bacín, y le sujetó un tanto mientras este vaciaba la vejiga. Después
lo cogió, y miro atentamente la orina que también olisqueó.
-Tiene buen aspecto -comentó satisfecho, antes de dejarlo bajo la cama,
ignorando el gesto irónico que se había instalado en el rostro de Don
Gonzalo. -Bueno, aprovechando que estáis mejor, hoy iré a alguna clase.
Aquí estáis en buenas manos -dijo recogiendo algunas cosas, que guardó en
su bolsa, bostezando se despidió, saliendo.
El verano se deslizó sigiloso por aquella estancia, en la que el joven de la
cicatriz volvía a la vida paulatinamente. Su cuerpo macerado debía aprender
de nuevo cosas ya olvidadas. La lentitud de la recuperación, era exasperante,
y mucho, pero no se permitía una queja, pues sabía que cada día que
amanecía era un día que había arrebatado a la muerte, de la que había vuelto a
escapar, aunque esta vez las garras se habían clavado más profundamente que
antes.
Las visitas del estudiante de medicina, se habían espaciado, no por deseo
de este, sino de la Madre Superiora, que vigilaba el proceso de recuperación
desde fuera. Apenas intercambiaba palabras con su hijo. Se limitaba a indicar
a la novicia sus obligaciones diarias cada mañana, y después hacia
esporádicas visitas, que se solían reducir a asomarse al umbral de la puerta,
mirarlo desde allí, y luego volvía a irse.
La novicia no hablaba, pero ya había aprendido a moverle de modo que le
doliese lo menos posible, y lo manejaba con soltura, habilidad, y una ternura
mal encubierta, al joven que se dejaba hacer, impotente para moverse, pues
su cuerpo gritaba por las múltiples heridas que le horadaban, aunque no se
permitía admitir el dolor, que desechaba como algo inútil. Apretaba los
dientes e intentaba ignorarlo, a veces funcionaba.
Puede que fuera un verano caluroso, pero tras las frescas paredes del
convento, y con esporádicos accesos de fiebre no sabría decirlo. La novicia lo
refrescaba con paños húmedos, cuando su temperatura interna superaba con
creces la externa.
La primera vez que la novicia le sorprendió intentando levantarse de la
cama, se asustó por él, y llegó a tiempo de sujetarle cuando se desplomó. Lo
regañó como se haría con un niño pequeño, aunque no le miraba. Obstinada
en colocar de nuevo la ropa de cama, huyendo de sus ojos, por eso no vio la
mano que se levantaba, y se posaba sobre la toga de su cabeza. Se quedó
detenida notando como los dedos de él, seguían el borde de la tela, dejándose
resbalar por la suave mejilla de la muchacha que suspensa la miraba ahora.
-Me gustaría verte sin toga... -dijo su voz ronca.
-Yo... no...-pidió pero la mano reseguía el borde de la tela que ceñía su
cabeza, que ahora la novicia retrocediendo un poco, dejando la mano en el
aire, se quitó.
El pelo cortado a trasquilones, de su pequeña cabeza, que ahora la mano
acaricio suavemente, entrelazando sus dedos sobre los cortos mechones, que
le recordaban esos pilluelos que por las calles jugaban. Una lágrima boba se
escapó de sus párpados callados dejando un húmedo rastro por su mejilla, que
recogió el joven incorporándose lentamente con un beso, cuando llegó a sus
labios.
Escapó de la estancia la novicia, aferrándose a la toga, como el naufrago a
su balsa, dejándole en el lecho, aún con el sabor de sus lagrimas en los labios.
Mas adelantado el verano ya daba cortos paseos en la estancia, que veía la
Madre Superiora, con suspicacia, aunque evitaba hablarle, se veía que tenía
ganas de decirle algo. Una de esas noches en que vino Don Sergio, no lo
llevo directamente ante él, como solía la monja, sino que lo detuvo, y hablo
con él. Fue una larga conversación, y un turbado estudiante, el que se llego
hasta el lecho de Don Gonzalo, que al verle llegar, se levantó trabajosamente,
y le indica una silla para que se sentase. Lo hizo Don Sergio, viéndole de pie
andar apoyándose en la pared. Estaban solos los dos.
-Decidme Don Sergio, ¿recordáis al impresor del que me hablasteis...?.
-Si, por supuesto. Sé que sigue en el Hospital de Antezana, ya que lo he
visto varias veces cuando allí acudo.
-¿Como esta?
-Se recupera lentamente. No es tan resistente, ni tan joven como vos. ¿Por
qué..?.
El joven de la cicatriz siguió su periplo por la estancia, se acercó hasta un
arcón en que se habían guardado sus cosas, y con un callado gemido de dolor,
lo abrió, y cuidadosamente cogió un envuelto paquete que llevo hasta el
estudiante, se lo entregó, y dijo.
-Os voy pedir un favor. Ante todo una pregunta. ¿Podéis hablar con él
directamente sin que nadie os vea?
-Si, podría... como estudiante de medicina, tengo acceso a los pacientes -
explica el confuso joven sin entender a donde pretende llegar Don Gonzalo,
que ahora asentía, apoyado más firmemente en la pared, detuvo su paseo.
-Quisiera que le llevarais este paquete, se lo enseñarais, y le pidierais
explicaciones.
-¿Explicaciones de qué...? -despistado.
-Sólo enséñale el paquete, y deja que lo abra. Él sabrá de qué le habláis.
Cuidaos mucho de no decirle nada más de lo que yo os he dicho,
especialmente si recela, y se calla. Tendréis que tener cuidado. ¿Os veis
capaz de ello?
-Por supuesto -carraspeó un tanto. -Si no he entendido mal, he de
enseñarle el paquete y pedirle explicaciones.
-Exacto. Sólo eso.
-De acuerdo. Mañana mismo he de ir al hospital de Antezana, y os podré
complacer.
-Tened mucho cuidado -se acercó a la silla, vacilante el paso,
escrutándole.
-Lo tendré -prometió el estudiante, debidamente impresionado.
-Si notáis algo raro, lo que sea -indica el joven. -Salid corriendo.
-No os preocupéis, Don Gonzalo.
-Eso no podréis evitarlo -lo palmeo un momento el hombro antes de
seguir andando obstinado aunque ya las fuerzas le flaqueaban.
Había adquirido el joven de la cicatriz la costumbre de ya avanzada la
noche, pasear por el huerto del convento, apoyado en la novicia, pues estaba
más débil de lo que su orgullo le permitiría reconocer. Para ello, había tenido
que pedir permiso a la monja, que tras consultarlo con el estudiante de
medicina, que había opinado que el aire fresco de la noche le sentaría bien,
había dado su consentimiento, siempre y cuando se hubiera retirado a sus
celdas las monjas, y la novicia se hubiese asegurado de que las ventanas que
daban al convento estuvieran cerradas, y con las contraventanas trabadas.
Aquella noche, después de recibir la visita de Don Sergio, y de hablar con
él, estaba cansado. Le había costado pedirle el favor, sólo él sabía las
resistencias internas que había tenido que vencer antes de dar aquel paso.
Todo esto le había dejado agotado, pero cuando se presento la novicia,
callada, esperando a servirle de apoyo, y guía no pudo resistirse, y se levantó,
despacio intentando amortiguar con su lentitud el cansancio. Pero no engaño
a la novicia, que en cuanto notó su brazo apoyándose en sus hombros como
otras noches, deslizó su mano tras su espalda, ciñéndole.
Al salir al huerto, siempre se permitía un pausa necesaria para respirar,
pero sobre todo para inundarse del aire nocturno. La mano que había apoyado
en la novicia hizo una lenta caricia sobre la toga de la muchacha que se dejo
hacer, antes de continuar andando. La mano de ella lo ciño con cuidado,
presionándole sin querer cerca de una zona herida, provocándole un leve
respingo que la azoró, bajando rápidamente algo la mano, que él con su otra
mano sitúo, entrelazando sus dedos con los de ella, sobre su cintura para
seguir andando lentamente.
Otra etapa de su paseo nocturno era la acequia, en donde le gustaba
sentarse al joven de la cicatriz, un momento en silencio, él sentado al borde, y
ella un poco más allá de pie, callados los dos, compartiendo la noche. Don
Gonzalo, que se entretenía jugueteando con la mano sobre el agua,
deslizándose gotas entre los dedos, fue el primero en notar unos pasos
acercándose, levantó la cabeza, y se concentró en escuchar y escrutar las
sombras. La novicia, al principio miro a su alrededor inquieta pero unos
pasos seguros acercándose hacia ellos los sacaron de dudas, era la Madre
Superiora.
-Señora -saludó el hijo, en tono neutro, aparentemente indiferente.
-Gonzalo -devolvió el saludo, con una señal hizo indicaciones a la novicia
de que se alejase, lo que esta hizo retrocediendo algo, pero una nueva señal la
mandó hacia la puerta del edificio.
-Veo qué vais recuperando las fuerzas -evalúo con ojos sagaces la monja.
-Cierto es. Pronto sentiré abandonar vuestra hospitalidad -respondió
cortésmente.
-Me alegrare de ello, pues significara que os habéis repuesto -la cortesía
obligó a responder a la Madre Superiora, antes de continuar. -¿Cual es
vuestra intención después?
-¿Cuando me recupere, decís? -levemente desconcertado el joven.
-Os proponéis matar a un hombre, ¿no es cierto?
-No del todo -la ironía se acomodo natural en el rostro del joven de la
cicatriz, que estaba desusadamente relajado. -Tengo intención de matar a
alguien aunque no puede presumir de ser un hombre, aunque por tal pase.
-Os lo prohíbo -replicó iracunda la monja. -Va contra las leyes de Dios... -
balbuceó por un momento sin encontrar palabras -y de los hombres.
-No os contestare a lo que opine vuestro Dios, pero si a lo de los hombres.
Lo desafíe en duelo, pero rehusó, por lo tanto estoy en mi derecho a matarlo
como un perro rabioso, allá donde lo vea.
-¡No lo haréis! -bramó la Madre Superiora.
El joven de la cicatriz desechó con un gesto y volvió a displicentemente
juguetear con el agua, sin mirar a la monja, que se volvió, y se alejo,
caminando con furioso aire decidido.
Poco después la novicia volvió a su lado. Si le llamo la atención la
palidez del rostro de la joven, se lo callo, aunque se acerco a él, que
levantándose torpemente se apoyo en ella.
-Si no os importa, Beatriz, volvamos -admitió su cansancio a la novicia
que lo llevó de nuevo al interior.
20

Aquella noche cuando vino el estudiante de medicina, no venia solo, sino


que estaba acompañado por una mujer envuelta en un negro manto, que
alegre saludó, al entrar sola en la estancia, pues a Don Sergio lo había
requerido la monja.
-Buenas noches, Don Gonzalo. ¿Como os halláis? -era Manuela, la que
ahora se acercaba al lecho del que intentaba levantarse el joven, pero que al
verla entrar se había sorprendido, y no había acabado de levantarse, lo que
tranquilamente impidió esta, empujándole suavemente para que volviese a
tumbarse, y colocar hábilmente la ropa de cama, mientras su parloteo llenaba
la estancia.
-Me alegro de veros, Manuela -colocó entre dos frase de ella Don
Gonzalo, quien por el rabillo del ojo había visto el gesto de la novicia, inicial
de acercarse, para acabar alejándose.
La actriz, continuo su parlamento, disculpándose de su intromisión al
contárselo a Don Sergio, para seguir disculpándose a sí misma, al alegar que
gracias a ello, él seguía vivo, lo cual era razón suficiente, ¿o no?
El joven de la cicatriz, al que la charla de Manuela, había animado, acabó
con un gesto sincero, pero con matices risueños en los ojos, por darle las
gracias.
-Me alegro de ello. Bueno, ¿y qué tal estáis? ¿Os cuidan bien? -bajó
apenas un poco la voz, para no ser oída, pero el respingo de la muchacha en
su rincón, que levantó la cabeza para rápidamente volverla a agachar, y
respirar agitadamente, reveló que había sido escuchada. -Me hubiera gustado
venir antes pero la monja aquella -tono conspiratorio acercándose más al
joven -no me dejo.
-Me encuentro perfectamente -aseveró Don Gonzalo, aunque la actriz no
pareció muy convencida, y de nuevo le coloco la ropa de cama, y movió
sobre la mesita cercana, un jarro de hierbabuena, que la novicia había subido
del huerto, y que había puesto en un jarro, cuyo aroma había saboreado toda
la tarde Don Gonzalo. La figura del rincón salió de la estancia. Sus pasos
agitados perdiéndose tras la conversación de la actriz, que le ponía al
corriente de las diversas reacciones que se habían producido tras su repentina
marcha, y de la pelea del callejón, dos hechos que afortunadamente nadie
parecía haber relacionado entre sí. Como había pagado por adelantado sus
habitaciones y como Don Sergio se había llevado a otra cuadra el caballo,
todos los que había tratado pensaban que se había marchado. En cuanto a lo
del callejón, se había acabado llegando a la conclusión de que se habían
matado entre sí. Los que habían quedado con vida, habían escapado cada uno
por su lado, por lo menos eso se decía en la calle, contó Manuela, cuando
entró el estudiante de Medicina y saludó, dejando su bolsa a un lado, y
echando un vistazo al cocimiento que sobre el fuego se estaba haciendo, del
cual retiro un cazo, que olió y saboreo un momento antes de servir una
medida, que llevó hasta Don Gonzalo, al cual se empeño Manuela en servir,
lo que hizo un tanto torpemente, aunque con buena voluntad, mientras el
estudiante le tanteaba la frente y el pulso.
En eso estaban cuando entro la Madre Superiora, que lanzó un saludo
general, mirando sin disimular su irritación a la actriz, que con su melena
suelta, el manto apartado, y su rostro vivaz, animaba la estancia, parloteando
satisfecha. Lo que en memoria de Tomas, no le reprochaba mentalmente Don
Gonzalo, pues sabía que ella le seguía queriendo, pero no eso no era razón
para amargarse la vida. La muerte de Tomas la había cambiado más de lo que
ella misma se imaginaba, era más madura, pero no había permitido, quizás en
recuerdo de Tomas, precisamente, que la tristeza la ganase. Además estaba
contenta, la última vez que había visto al joven de la cicatriz estaba
convencida de que moriría, y verle recuperado, por lo menos algo, la había
animado. No era una mujer frívola, como parecía decir los ojos de la monja.
Había sufrido y mucho, pero no había desterrado la risa, que arrugaba
simpáticamente sus ojos brillantes.
Las pidió a ambas que saliesen el estudiante, una vez acabada la
alimentación de Don Gonzalo, para examinarle a fondo. Lo que hicieron las
dos mujeres, saliendo primero la Madre Superiora, y detrás la actriz, que no
pudo resistirse a hacerle una mueca alegre antes de adoptar un aire severo,
para seguir a la monja.
Don Sergio, mientras hábilmente le descubría la ropa, contó su visita al
hospital.
-Al principio -empezó a contar -se extraño mucho de oír lo que le decía.
Luego abrió el paquete. Dentro hay un libro -dijo al joven que asintió
animándole a seguir, ahogando una exclamación cuando las manos hábiles,
pero no tan suaves como las de la novicia lo tanteaban -al verlo primero
pareció furioso. Mucho. Me miro de muy mala manera. Por un momento creí
que me lo iba a tirar a la cabeza, luego lo volvió a examinar, y ¿sabéis que? -
una pausa efectista que no secundo Don Gonzalo. -Se echó a reír a carcajada
limpia. Como os lo cuento -aseveró acercándose a examinar una cicatriz
Que pareció olisquear antes de continuar. -¿Tomas?, me preguntó. Le
conteste que había muerto asesinado. Eso pareció entristecerle, mientras
volvía a examinar el libro. Lástima, me dijo, la gente que se ríe tan bien, no
debería morir.
Don Sergio, indica que se apoyase de un costado, para examinarle el otro.
Lo que cuidadosamente hizo Don Gonzalo. Luego continúo hablando.
-Era un bromista, me dijo. Después me devolvió el libro, y me dijo que
mejor será que lo quemara. ¿El libro? pregunte. ¿Por qué? ¿No lo sabéis?, se
extrañó. No, dije. ¿Lo que es el libro?, insistió él. No, entonces me lo explico.
Por lo visto, Tomas, había ido a hablar con él, y a preguntarle sobre la
existencia de unos determinados libros, que según la leyenda, son copia del
que el sabio Salomón había escrito. Magia, y demás estupideces. El impresor
le contestó que naturalmente había oído hablar de ello, como cualquier
entendido. Pamemas, me dijo. Una sarta de imbecilidades, que algún listo
enhebraba en latines y frases oscuras, y que luego vende a precio de oro, a
cabezas locas, que se entretienen buscando los tres pies al gato. Tomás, le
preguntó si podría hacerle uno, y él lo aconsejo que no jugase con esas cosas.
Es para una comedia, explicó, precisamente con ese tema. Imprimir un libro
entero, lleva tiempo, y muchas molestias para hacer uno solo, en vez de una
tirada que se pueda vender. Tomás replico, que no haría falta que lo
imprimiese, sino que encuadernase unas hojas que él le entregaría, y añadiese
una portada con el título. Y eso es lo que hicimos, me contó. Tomás llevo un
montón de pliegos con enrevesadas frase, y dibujos aparentemente
cabalísticos, y el impresor ajustó una página como portada, que había hecho
al aguafuerte, y lo encuaderno. Ya se había olvidado del asunto, cuando
aquellos rufianes, asaltaron su tienda, y preguntaron por ese libro, por lo visto
habían encontrado una de las pruebas en papel que de la portada había hecho,
y que luego había tirado. Lo apuñalaron hasta que dio un nombre. Esto -
explico el estudiante de medicina -me lo dijo con vergüenza, pero si hubiese
seguido apuñalándole su muerte hubiese sido segura. Lo que más le
extrañaba es que estuvieran convencidos de que era verdadero el libro, y que
solo quisieran saber quien lo tenía. Querían el libro, me dijo, no buscaban a
alguien que les ha gastado una broma o les hubiese estafado. Sólo
preguntaron el nombre, parecían seguros de su autenticidad. Tanto que
hicieron dudar al impresor, que llegó a pensar que a lo mejor las páginas
manuscritas que llevo Tomas, podían no ser falsas, que a lo mejor las había
copiado en la Biblioteca de la universidad. Veréis allí se guardan los papeles
y libros que de la Conquista de Oran, se trajo el Cardenal Cisneros, entre
ellos hay bastantes de medicina musulmana, que gracias al bibliotecario, he
podido consultar, entre ellos al llamado Avicena -se ruborizo un tanto el
estudiante. -Aunque no es mucho lo que entiendo... Pero también hay otros
papeles que está vedado leer, aunque se rumorea que con el dinero suficiente
algún bibliotecario dejara echar un vistazo -dijo ahora en voz baja, como si
pudieran oírles.
-Don Sergio, no juguéis con fuego. Recordad Salamanca -indicó Don
Gonzalo.
-No os preocupéis en eso. Afortunadamente, aquello que deseo consultar
se me permite. No me interesan nigromancias, sólo el conocimiento medico -
explicó al joven de la cicatriz que asintió pensativo. -¿Vos que creéis? -
preguntó el estudiante, que ya había acabado su examen, y lo había tapado,
devolviéndole el paquete que saco del fondo de su bolsa.
-Eso ya no importa. Si es verdadero o falso, me da igual.
Mas tarde cuando salió a pasear al huerto, iba callado como otras noches,
pero aquella en particular esta pensativo. Lo que no le hizo advertir el gesto
fruncido en la novicia, que como cada noche le acompañaba, pero cuando
distraídamente busco con su mano libre, la de ella que le ceñía, esta se escapo
de su cintura. La miro, viendo como le huía los ojos, y como un pálpito de
lágrimas temblaba en sus labios.
-Beatriz, ¿os ocurre algo? -preguntó en voz baja, notando como se
estremecían sus hombros bajo su brazo que mas que sostenerle, ahora la
sostenían.
-¿No preferiríais...? -empezó a esbozar su pregunta la muchacha de
alabastrino semblante, cuyas pestañas negras orlaban sus humillados ojos.
-¿No preferiría que, Beatriz?- preguntó con ronca ternura el joven de la
cicatriz que necesitaba mirarse en sus ojos, para confirmar su existencia.
-Que os acompañase esa -arrancó a hablar la novicia exaltada para caer el
tono, casi un murmullo al acabar -mujer.
-No -categórico él.
A la mano del joven le nació una caricia en la mejilla de la muchacha que
se acogió a ella, dándole sus ojos de nuevo.
El importante personaje, a su parecer, encargado por el Cardenal Don
Bernardo de Sandoval y Rojas, Arzobispo de Toledo e Inquisidor General,
para atender las cuestiones mundanas del convento de la orden de San
Bernardo, hablaba con la Madre Superiora, que de nuevo lo reprochaba el
estado inacabado del convento. Inacabado e inadecuado. La desidia... Las
quejas no eran nuevas, tampoco las respuestas del personaje que
melifluamente expuso. Con el tiempo todo se haría...
Cortó la monja sus reiteraciones, cambio el tema, para inicial alivio del
hombre.
-Deseo que pidáis audiencia en mi nombre al Cardenal, he de exponerle
una cuestión de su interés.
El desconcierto del personaje, se sumo a su desconfianza, cuando la dijo
que prácticamente hablar con él era como susurrar al oído del Cardenal. La
monja cortó su perorata, añadiendo que desearía se ampliase la audiencia para
incluir en ella al Marqués de Montalbo, interesado en el tema.
Balbuceante el personaje, descabalgado de su importancia, la recordó que
hasta mediados del mes en curso, septiembre, no podría ser, puesto que aún
se encontraba en Toledo, atendiendo el Arzobispado, y el Marques estaba en
su coto de caza, y no se esperaba hasta mediados tampoco su vuelta. Pero si
la Madre Superiora quisiera adelantarle el tema que la preocupaba, trataría de
ayudarla en lo posible. La negativa tajante de la monja, lo contrario, pero aún
más cuando volvió al tema del convento inacabado.
Aún no había nacido la mañana alcalaína cuando como cada día, entró la
novicia en la estancia, pero esta mañana no estaba el joven en el lecho.
Estaba sentado en una de las sillas, y minuciosamente, con un trapo y
aceite, limpiaba sus armas. La espada ya lo estaba, brillando mortecinamente,
al centelleo de la vela casi inexistente en que se alumbraba, el joven de la
cicatriz que ceso un momento su tarea de limpieza del espadín, para mirarla.
La saludo, con su voz ronca, que tanto la turbaba. Indecisa por un momento,
le contemplo acabar de limpiar el espadín, que dejo con su hermana mayor, la
espada, y se ocupo de su puñal. La novicia se acerco a él por la espalda.
-Deberíais estar en el lecho. Durmiendo -una mano suya por cuenta
desenredando suavemente su enmarañado pelo.
-No tenía sueño. Además tenía que ocuparme de las armas, demasiado
tiempo han estado olvidadas -la contestó irguiendo la cabeza que apoyó en la
novicia que sujetó tiernamente la frente, comprobando su temperatura.
-Fiebre no tenéis -dijo dejando caer su mano de la frente, hasta su
hombro, sobre la que él apoyó un momento la mejilla, antes de volver a su
tarea, devolviendo al puñal su lustre.
Algo más tarde entró la Madre Superiora, cuando la novicia avivaba el
fuego en que se hacia un cocimiento. Apenas la miró la monja, para
concentrarse en la figura sentada que repasaba ahora los filos de su espada
con una piedra pequeña, que diestramente pasaba, haciendo chisporrotear la
espada.
-Veo que os estáis preparando -el tono acre de su voz hizo levantar la
vista al joven pero no detuvo su tarea, se limito a asentir, viendo como la
monja volvía a salir.
Con lentitud exasperante iban volviendo las fuerzas al maltrecho cuerpo
de Don Gonzalo. Ahora prolongaba algo más sus paseos nocturnos, aunque
no renunciaba a apoyarse en la novicia, aunque los dos sabían que no era
necesario ya.
Había recobrado también algo el apetito, y el estudiante de medicina, le
permitía comer cosas sólidas, aunque de momento el vino estaba ausente.
Tampoco lo había pedido Don Gonzalo.
Pasaba mucho tiempo en silencio, pensativo. Taciturno, para la Madre
Superiora, invadido por su estado melancólico para el estudiante, callado en
palabras para la novicia, pero sus caricias eran sonetos.
El Cardenal Don Bernardo de Sandoval y Rojas, envío recado al Marqués
de Montalbo, recordándole la entrevista con la Madre Superiora del
monasterio de religiosas Bernardas Recoletas que había fundado, y de la que
ignoraba cuál era su motivo para esta audiencia, a no ser para insistir en el
tema del convento, que aún no había sido habilitado por completo, y
presentaba deficiencias, pero para ello no era necesario la presencia del
Marques, se decía el Cardenal, acabando su desayuno. En fin, ya me enterare
a su debido tiempo, se dijo, apurando su chocolate.
El Marques, que efectivamente había olvidado la audiencia, y se
preparaba para salir a montar, no recibió de buen grado el recordatorio, sin
cambiarse de atuendo, se dirigió al Cardenal, devolviendo breves saludos a
los diversos personajes que allí esperaban.
El secretario del Cardenal, conocedor de la poca paciencia del Marques,
se apresuro a hacerle pasar ante el Cardenal, que lo invitó a sentarse. Ya
estaba allí la monja, que el Marques examino con frialdad, mientras el
Cardenal se extendía en su dialogo de buenos deseos, y palabras para el
convento, a los que tanto el Marques como la Madre Superiora hacían oídos
sordos. Con idéntica curiosidad examino la monja al Marques, y gemelo, su
gesto adusto.
-Bueno -remató su discurso el Cardenal. -¿Y cuál es el motivo de esta
feliz audiencia?
-Algo que quizás no os atañe tanto a vos -al Cardenal -como a vuestro
huésped -leve gesto en dirección al Marques, que se había sentado, aunque su
nervioso cuerpo no parecía en absoluto relajado lo que delataba el
movimiento espasmódico de sus dedos sobre el antebrazo de la silla.
-¿A mí? ¿En qué me atañe a mí? -preguntó el Marques rozando la
grosería.
La monja hizo un gesto de duda, mientras se levantaba un tanto
pesadamente de la silla. Como reflejo de cortesía, el Cardenal se apresuro a
levantarse a su vez, sin entender nada. El Marques por su parte fue más lento,
y sólo al ver de pie al Cardenal, empezó a levantarse, lo que sorprendió el
brusco movimiento de la monja, que extrayendo de sus amplias mangas un
alargado estilete se lanzo sobre él.
Mas por reflejo que por otra razón, sus manos desviaron el golpe,
trucando la dirección de la embestida del estilete, invirtiendo la dirección,
que refrendó el Marques con todo su cuerpo, notando como atravesaba el
habito monjil el hierro, que goloso, buscó la sangre que ya teñía las manos
del Marques, cuando hacia atrás se tambaleo, aún sin caer la monja, que ante
los ojos atónitos del Cardenal, se extrajo el estilete, e hizo ademán de
empuñarlo, cuando el puñal del Marques, se alojó en su pecho, sobre el
corazón, que latió por última vez.
-¡Pero...!. ¿Que locura es esta? ¡Deteneos! -gritó el Cardenal desquiciado,
cuando ya era tarde.
El Marques con mirada salvaje, y un tanto ebria lo miró con gesto
desdeñoso, antes de preguntarle altanero.
-¿Están locas todas vuestras monjas?
-¿Que...? -balbuceó el Cardenal desplomándose en su asiento, cuyo
mullido terciopelo rojo, no lo reconforto esta vez. -¿Como...?
Asomó la cabeza el secretario del Cardenal, que se quedo sin palabras al
ver a la monja caída, en cuyo pecho la empuñadura de un puñal, se sostenía
encharcada en sangre. El Marques más ágil, lo hizo entrar. Lo que este hizo
cautelosamente, cerrando a sus espaldas, oyendo las instrucciones que dio el
Marques, y que acabo refrendando el Cardenal, masajeándose el pecho que le
dolía.
21

Bostezó un callado aullido la sombra que emergió de la capilla lateral,


hacia los fugaces rayos lunares, que filtraban los lucernarios de la profunda
cúpula que huía hacia el cielo.
En el silencio de la capilla, llegaban leves las oraciones que a coro
entonaban las monjas por el alma de su Madre Superiora, cuyo cadáver
velaban cerúleas monjas, tambaleantes como los pabilos de las velas que en
los candelabros lloraban.
Buscó su vista, en la circular arquitectura la tribuna, al cual desembocaba
un acceso del Palacio Arzobispal, y en donde se situaba cuando a oír misa se
disponía. Se sitúo debajo, y busco su ritmo balanceando una cuerda a cuyo
extremo estaba sujeta una tranca de recio roble, que ahora dejo subir en un
balanceo mas alargado. Chocó contra el hierro forjado para volver a caer.
Pacientemente reanudo el balanceo, y repitió el lanzamiento, esta vez la
tranca, se coló entre los barrotes, repicando sordamente sobre las baldosas.
Con suavidad retorció la cuerda, y dio un par de suaves tirones, que agitaron
levemente la tranca, que un brusco tirón proyectó contra los barrotes, que se
opusieron a su caída.
La figura del extremo de la cuerda, se colgó por un momento de ella,
apoyando todo su peso, para comprobar que efectivamente estaba trabada.
Miro hacia arriba, y luego a la pequeña capilla, de la que había salido
anteriormente, y de la que brotó una figura en blancas telas, que lo miraba.
Asintió con la cabeza, y la hizo señal de que se fuera el joven cuya cicatriz
era un tenue trazo en su rostro. La novicia acabo por obedecerle, aunque aún
prendía sus ojos en él, cundo inicio la ascensión a pulso por la soga,
apretando los dientes ante el esfuerzo, y el dolor que emitía su cuerpo al
violento ejercicio.
Fue una mano temblorosa la que asió un barrote del balcón. Auparse a
este, supuso un esfuerzo terrible, que lo dejo momentáneamente sin fuerzas,
caído sobre las frías baldosas, sobre las que todo su afán se concentraba en
recobrar la respiración.
Haciendo de tripas corazón, se puso en pie, y enfrentado a la puerta
trabada que cerraba el balcón, a donde no llegaba la débil luz lunar, no
queriendo hacer mas ruidos de los inevitables, tanteo las maderas de la
puerta, buscando con las yemas de sus dedos la cerradura, que pronto localizó
ubicando sus dedos el límite de la puerta, y el umbral sobre el que ahora pegó
el oído. Concentrándose en escuchar, permaneció así un rato, sin oír nada,
cuando su mano diestra introdujo cuidadosamente una daga, bajo la
cerradura, y con un movimiento hábil la hizo saltar. El brusco sonido hizo
palpitar con fuerza su corazón, se quedó quieto durante un momento,
concentrándose en escuchar. Al seguir sin oír nada, siguió abriendo la puerta,
que sólo rechinó levemente un momento.
El criado que salía subrepticiamente de las habitaciones de las criadas, e
intentaba andar sigilosamente, fue capturado por la mano que lo atrajo hacia
la cortina. El brillo de una afilada daga aseguro su silencio. La persona a la
que no había visto, pues estaba a su espalda, no tenía el menor interés de
hacer algún movimiento que no revelase más que su más completa sumisión,
el criado espero atemorizado. Ya lo empezaba a extrañar permanecer con
vida, cuando la petición que llego a su oído lo alivió momentáneamente.
Presuroso se apremió a obedecer, aunque la mano indicó que fuese despacio.
Obedeció inmediatamente guiándole, y rezando para sus adentros todas las
medias oraciones que recordaba.
22

El ágil movimiento con que se levantó, reveló la prodigiosa agilidad del


Marques. No se movió Don Gonzalo, mientras este se aproximaba a las
armas que tenía colgadas, que ciño la empuñadura de su espada, que sacó
desechando la vaina, que sordamente repiqueteo en las baldosas.
Desembocaron a la azotea del palacio arzobispal, que a modo de terraza
cercaba la noche a su alrededor. Estaba lloviendo suavemente, cuando en
persecución del Marques salió Don Gonzalo.
La distancia entre ambos, pareció suficiente al Marques, que con
satisfacción sacó de un bolsillo disimulado una pequeña pistola, que apenas
desbordaba su puño, con la que le apunto, irguiendo su brazo en su dirección,
bajada la espada, mientras lejanos relámpagos bifurcaban las arrugas que la
arrogancia había dejado en su rostro.
-Caramba, señor -dijo burlesco. -Ahora quizás podemos hablar un
momento antes de que os arrebate vuestra mísera existencia.
El joven de la cicatriz miraba entre sus cabellos húmedos que le caían
sobre el rostro. Bajo a su vez la espada, consciente de que antes de que
pudiese cubrir la distancia que los separaba, dispararía. Por un momento alzo
el rostro, y pareció saborear la lluvia, antes de fijar de nuevo sus ojos en el
Marques que siguió hablando.
-Bien supongo que no habréis tenido la delicadeza de traerme aquello que
deseo.
La irónica expresión de Don Gonzalo, fue simultánea al trueno que los
envolvió por un momento. Cuando se desvaneció, siguió hablando el
Marques.
-Ya veo que no. Y sin embargo estaría dispuesto a dejaros partir si me lo
trajeseis.
-Sois un imbécil -dijo despectivamente Don Gonzalo, mirando como los
ojos del Marques se inflamaban de rabia, y sin apenas contenerse daba un
paso al frente, su mano blanqueándose por la fuerza con que apretaba la
pequeña pistola.
Sobreponiéndose a duras penas al insulto siguió hablando, deslizando las
palabras entre sus dientes.
-Por última vez -el deseo de matarlo enervaba al Marques. -¿Lo tenéis, si
o no?
El joven de la cicatriz volvió a alzar su rostro a la lluvia por un momento,
cuando volvió a mirar al Marques, se limitó a escupir.
La mano del marqués frenética apretó el gatillo. El percutor cayo, y
provocó la chispa que golpeó la pólvora. Y eso fue todo. La pólvora mojada
por la lluvia no estallo, ni salió el proyectil. El desconcierto arrugo un
momento el rostro del Marques, antes de volver a apretar el gatillo.
El joven de la cicatriz alzo de nuevo su espada mientras avanzaba.
La muerte golosa esbozó una mueca a las gárgolas del palacio arzobispal,
sentándose a horcajadas en la barandilla de piedra, disfrutando de las chispas
que los hierros hacían saltar entre la cortina de agua que les envolvía.
Ambos contendientes respiraban pesadamente, trabados en una lucha
desesperada que se mantuvo igualada, hasta que al ceder hacia atrás
precipitadamente el Marques, pisó en falso sobre un charco, y se tambaleo,
cayendo sobre su rodilla.
En un gesto de cortesía retrocedió apenas un paso Don Gonzalo, sin
atacarle, momento que aprovechó el Marques para arremeter, proyectando su
cuerpo en una ciega estocada, que a duras penas desvío el joven, sin poder
evitar el choque de su cuerpo que de desestabilizó haciéndole caer.
Furioso rodó sobre si mismo hacia un lateral, haciendo molinetes con la
espada manteniendo a raya al Marques hasta que apoyó firmemente las
plantas de sus botas sobre el suelo, y retomó la iniciativa del ataque.
23
La agilidad del Marques, se había visto minada junto con su resuello. Por
su parte cada movimiento de Don Gonzalo latía en todo su cuerpo que
clamaba.
Las estocadas y las paradas, ya no eran tan brillantes, eran más
desmañadas, aunque no menos mortíferas.
Un flanco mal cubierto permitió la estocada del joven de la cicatriz que se
abandono a ella, hundiendo la espada en el costado del Marques, que
sorprendido dejo caer su espada, atrapando con sus manos el hierro que lo
había atravesado.
Un violento movimiento de su cuerpo, desprendió la espada de la mano
de Don Gonzalo, cuando se giro el Marques, retrocediendo, sin darse cuenta
como sus manos sujetando el filo de la espada, se abrían en surcos
sanguinolentos.
Lentamente la espada teñida en rojo, que la lluvia iba diluyendo a medida
que era sacada del cuerpo por las manos febriles del Marques quien mascaba
su rabia y dolor con ferocidad, logrando sacar por entero la espada, que
contempló por un momento, antes de empuñarla, y dar un paso al frente.
Las miradas se cruzaron y ambos se dieron cuenta de que el Marques
estaba muriéndose pero no muerto, y de que tenía una espada en las manos, y
Don Gonzalo no, y de que estaba a su alcance. Y lo que mejor se leía en sus
ojos era el deseo que tenia de matarlo por encima de otra cosa en el mundo.
En un gesto lleno de elegancia, la mano del Marques recobró su finalidad
y se elevo.
El rayo atrapó la espada y se cebó en el Marques que se convulsiono un
momento, ennegreciéndose súbitamente y cayendo finalmente muerto al
suelo, envuelto en el trueno.
La sorpresa paralizo por completo al joven de la cicatriz que sólo al ver el
cuerpo quemado a sus pies retrocedió asqueado ante el intenso olor a carne
quemada que la lluvia no amortiguo.
24

Una suerte de neblina lo envolvió mientras volvía sobre sus pasos, mas
por instinto que por otra cosa, como la bestia herida que se arrastra a su cubil,
Don Gonzalo llegó hasta la puerta que cerró a sus espaldas, y en su visión se
concreto el forjado del balcón.
Se desplomó lo más lentamente que pudo, intentado afianzarse en el
hierro forjado en su caída.
Ya no podía mas, decía su cuerpo, y lo que era peor su mente. A que
ignorados restos de orgullo, coraje, resolución o rabia tuvo que recurrir, no
supo decirlo. Sus dedos súbitamente inhábiles, se tuvieron que agrupar para
tirar de la tranca de recio roble amarrado a la cuerda que ahora introdujo de
lado, dejando dos barrotes entre medias y suavemente dejo resbalar la cuerda
que había previsto doble de larga, cayendo lentamente la tranca hasta el
suelo, donde repiqueteo, momento en que detuvo su caída.
Ahora tenía que pasar las piernas por encima de la tribuna, o balcón
particular del Cardenal, desde el cual podía asistir a misa sin mezclarse con el
resto de los asistentes, y contemplar el acto desde su privilegiada posición.
Descolgarse del balcón a las cuerdas no fue tarea fácil. Por un momento
estuvo a punto de caer. Cuando por fin consiguió aferrar ambas cuerdas, que
mantenía juntas entre sus puños, apretando los dientes, más que bajar se dejo
caer con sordos gemidos de dolor.
Hasta que llego un momento en que impotente vio como las fuerzas le
fallaban, y no pudo aferrarse cayendo a plomo. Afortunadamente para él, una
figura ágil se precipito a cogerle, y frenó la caída. Era un hombre el que ahora
lo depositaba cuidadosamente en el suelo, y a la luz que una palmatoria que
otra figura sostenía le examinó.
Era Don Sergio, y el tambaleante pulso que hacia oscilar la vela era de la
novicia que lo sostuvo, semincorporado, mientras el estudiante de medicina
le examinaba, con un semblante entristecido.
-Afortunadamente no estáis herido, aunque necesitáis reposo -dijo
tranquilizando a la novicia, y a sí mismo, antes de continuar. -Siento lo de
vuestra madre, no sabía nada hasta que he venido a veros. He estado
esperando tanto tiempo a que me abrieran la puerta, que a punto he estado de
irme -explicó mientras apuntalando sus piernas, lo levanta con esfuerzo, y
llevándolo hasta una capilla lateral, menos a la vista que donde se
encontraban.
-La cuerda -masculló entre dientes el joven de la cicatriz mirando a la
novicia que se apresuro a tironear de esta, enrollándola en torno a la tranca,
eliminando así rastros.
-Me imagino que no podremos llevarle de nuevo a la estancia ... -
participó preocupado a la novicia, que denegó, algo mas recuperada, sobre
todo el resuello, el joven de la cicatriz contesto por ella.
-En cuanto la noticia se difundió por el convento, ella me condujo
aprovechando la confusión inicial hacia la zona en obras del convento -
explicó cuando la tristeza inundo su voz. -Ahora las monjas velan el cadáver
de mi madre en su lecho.
-Lo siento mucho, Don Gonzalo. De verdad -empezó a decir Don Sergio
pero tuvo que callar al ver como las lágrimas brotaban de los ojos del joven
de la cicatriz... Para ahorrarle la vergüenza de verlo llorar, se levantó, y fue
hasta el enrejado de la capilla. Aparentemente para vigilar si se acercaba
alguien, sin ver como a sus espaldas, la novicia acogía entre sus brazos las
lagrimas que convulsionaban al hombre herido.
La luz que se filtraba bajo la puerta de las habitaciones de Don Sergio en
el Colegio Menor de la Madre de Dios, a pesar de lo avanzado de la noche no
llamó la atención de algún estudiante trasnochado o algún criado parrandero,
pues ya era conocido por su aplicación, y las noches a la luz de una vela,
formaban parte de su rutina.
También se oía crepitar un fuego, pero la noche era ligeramente fría. Lo
que no sabían era que no estaba solo, que con él había un joven, al que una
cicatriz cruzaba el rostro, como el surco de una lenta lagrima, que aunque
sereno, ya no era impasible.
Aunque su ocupación, y la tranquilidad con que lo observaba el
estudiante de Medicina, si hubiera llamado la atención, pues se ocupaba en
desmembrar con su daga las guardas de un libro cuyas páginas fue
espaciadamente echando al fuego que las acogió avivándose y cobrando
animación, proyectando su luz y color sobre las dos figuras a pie, que
contemplaron como ardían más lentamente las tapas de cuero del libro sobre
las que ahora Don Gonzalo colocó un fajín de vivo carmín, que constituía el
medio por el que los tercios españoles, que no utilizaban uniforme, se
identificaban frente al enemigo.
Lento prendió este, cuando una segunda tela fue puesta también, una
bandera sucia que un día simbolizo la enseña de una compañía de caballería.
El estudiante ya envolviéndose en su capa estudiantil, vio como el joven
ahora cogía un portamantas, y unas bolsas de cuero, carga que se empeñó en
compartir el estudiante mientras salían.
A pesar de la apostura y de la ropa que llevaba el joven de la cicatriz, que
delataban a un caballero, no llevaba espada, como era su prerrogativa. No iba
desarmado, pues en sus bolsas guardaba dos pistolas preparadas, y una daga
tenía, pero no llevaba espada, ni espadín, que también había desechado.
-¿Queréis que os consiga una? -había ofrecido en su momento Don
Sergio.
-No. Gracias, pero no. Llevo demasiado tiempo con una al alcance de la
mano.
El adormilado mozo de cuadras que acudió a la voz de Don Sergio. Se
apresuro, al reconocerle a traer el caballo, más animado por las monedas que
aquel mismo día le habían entregado.
El caballo inquieto por lo insólito de la hora, se removía inquieto,
mostrando su nervio, que el tiempo pasado en aquella cuadra no había
disminuido.
Quizás no reconoció a Don Gonzalo, pero si la mano firme que lo
sometió. Una vez puestas las riendas y la silla, a la que fijo, con esa habilidad
que da una labor muchas veces repetidas, el portamantas, las bolsas de viaje,
y estratégicamente las pistolas en la silla, que sobre el lomo del caballo ceñía
con seguridad el joven de la cicatriz, que una vez acabada su tarea, ya no
podía retardar su partida.
Se volvió a Don Sergio, que lo estaba mirando y sin mediar palabra, se
fundieron en un abrazo.
-Sergio, quiero que sepáis que estoy orgulloso de que compartamos
apellido.
-Gracias, Gonzalo -se emocionaron los ojos del estudiante, que vio como
montaba ágilmente su hermanastro en el caballo, que recuperando su
caballista inició la galopada.
Rodeando la muralla, sobre el camino de tierra entre las huertas los
cascos de un caballo repiqueteaban y se hicieron más espaciados hasta
detenerse en una zona determinada de la muralla, que reseguía ahora con la
vista, calculando mentalmente la altura, como si se dispusiese a intentar
saltarla.
No hizo falta, una pequeña puerta inserta en otra más grande, se abrió, y
de ella salió una pálida figura, cuyos profundos ojos tenía el joven clavados
en lo más hondo, aun cuando no la tenía delante, como ahora.
Temblando suavemente bajo la caricia sobre la cabeza de la mano de él,
que desde el caballo, la quita la toga, dejando al descubierto su cabeza
trasquilada, que mira más serena, cuando se inclina hacia ella, y la levanta en
vilo, ayudado por sus brazos que buscan su cuello, mientras la instala delante
de él, en la silla que comparte ciñéndola con su brazo mientras el otro se hace
cargo de las riendas, y sus piernas indican al caballo, que penetre en la noche
dejando atrás las piedras de la muralla alcalaína, que se difumina en la
distancia.
-El amo ha vuelto. El amo -dice un resoplante mozo de cuadra alegre,
sobresaltando a Catalina, al entrar en la cocina corriendo. Señaló al exterior
desde la ventana. -el amo...
Catalina se apresura a salir al exterior, enredándose las manos en el
mandil, que retuerce inmisericorde, hasta que fija la vista en el caballo de
bella estampa, que con elegante braceo, entra en el patio frente a la casa
solariega.
Como los de una lechuza, se abrieron los ojos de la vieja sirvienta,
cuando vio la muchacha, que pasaría apenas de los quince años, que se
quedaba en la silla, mientras él desmontaba ágilmente y la ayudaba a bajar.
-Catalina. Te presento a Doña Beatriz de Peñalba. Mi esposa -la dijo con
aire solemne, y a la vez alegre que calló por un momento a la sirvienta.
Siendo Rafael, el mozo quien se apresuró a felicitar a Don Gonzalo, a la vez
que se ocupaba del caballo.
-Virgen María -inició su letanía Catalina, para continuar -pero como se os
ocurre traer a la señora así, en vez de en un carruaje como debe ser -se calló
porque el joven de la cicatriz se echo a reír., y la sorprendió tanto que guardó
silencio, mirando con una inesperada ternura a la pareja que ahora entraban
en la casa.
Y por un momento se quedó quieta con una boba sonrisa, antes de
reprendiéndose mentalmente, entrar en la casa corriendo para disponerla
como se merece cuando vuelve el amo.

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