PARTICIPACION INFORMADA CRITICA Y COMPROMETIDA.
Participar es tomar parte en acciones y decisiones que afectan, interesan o preocupan. Además de
elegir gobernantes, la ciudadanía participa para que sus ideas, necesidades y propuestas sean
consideradas por las autoridades del gobierno al tomar decisiones, elaborar leyes, administrar los
recursos públicos y, en general, para gobernar.
Algunos mecanismos de participación ciudadana son el voto, la expresión de la opinión, una
manifestación pública, un donativo, la discusión de un problema y la acción colectiva. Al participar,
los ciudadanos ejercen su derecho a contribuir en la construcción de la sociedad que imaginan, ya
que la participación es un derecho humano que forma parte de los llamados derechos políticos.
La participación ciudadana puede ser de dos tipos:
social y política. En la participación social, niñas, niños, adolescentes y todos los integrantes de una
comunidad, se involucran de manera individual u organizada en la solución de los problemas que
les aquejan para el bien común. De esta manera, asumen su responsabilidad frente a la sociedad a
la que pertenecen.
La participación política es el espacio para ejercer plenamente los derechos políticos. Incluye
actividades en las que la ciudadanía ejerce su derecho a decidir sobre el gobierno, a elegir
representantes, a participar en la elaboración de normas y leyes, a ser electos para ejercer cargos
públicos y a vigilar que los gobernantes realicen las funciones que establece la ley.
Participación informada crítica y comprometida del feminismo
El movimiento feminista surge ante la necesidad de actuar sobre un arraigado conflicto, que
atraviesa a la sociedad, determinado por el hecho de nacer mujer o varón. Si bien el análisis sobre
el origen y las consecuencias de la subordinación de las mujeres ha dado lugar a distintas teorías, y
en ocasiones a infructuosos debates, parto de la consideración de que es sobre esa diferencia
biológica inicial como se articulan los procesos que otorgan poder a los hombres sobre las mujeres
y generan discriminación y desigualdad que se manifiestan social, cultural y económicamente. Se
trata por tanto de un conflicto que conforma una de las características estructurales del actual
modelo de organización social.
La categoría “género”, acuñada por el feminismo, remite precisamente al carácter social y cultural
del proceso por el que se atribuyen características y significados diferenciados y jerarquizados a
mujeres y hombres, constituyendo estereotipos que varían geográfica y temporalmente, sobre lo
que es y debe representar nacer varón o mujer. Sin embargo, conviene señalar que al
generalizarse el uso de este término, con frecuencia se vacía su contenido crítico integrándolo en
discursos políticos, académicos, de ONGs y medios de comunicación, en los que no siempre
designa relaciones de poder y procesos sociales de discriminación.
El feminismo es también un pensamiento crítico. Sus objetivos de transformación obligan a actuar
en el terreno de las ideas a fin de subvertir arraigados códigos culturales, normas y valores, así
como el sistema simbólico de interpretación y representación que hace aparecer normales
comportamientos y actitudes sexistas, que privilegian lo masculino y las relaciones de poder
patriarcal. En este contexto el feminismo desarticula los discursos y prácticas que tratan de
legitimar la dominación sexual desde la ciencia, la religión, la filosofía o la política. Por ejemplo el
fundamentalismo de la Conferencia episcopal formula un modelo de sometimiento sin fisuras
posibles e inscrito en la familia tradicional y la negación de la libertad para las mujeres; tampoco
hay que olvidar los distintos discursos populares o institucionales que estimulan en el imaginario
colectivo la idea de la supremacía masculina.