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La leyenda del picaflor guaraní

La leyenda guaraní cuenta la historia de amor entre Potí y Guanumby, cuyas familias eran enemigas. Cuando su amor es descubierto, ruegan al dios Tupá para poder estar juntos para siempre. Tupá los transforma, convirtiendo a Potí en una hermosa flor y a Guanumby en un picaflor para que puedan estar unidos. Desde entonces, el picaflor recorre los bosques buscando a su amada Potí entre las flores.

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La leyenda del picaflor guaraní

La leyenda guaraní cuenta la historia de amor entre Potí y Guanumby, cuyas familias eran enemigas. Cuando su amor es descubierto, ruegan al dios Tupá para poder estar juntos para siempre. Tupá los transforma, convirtiendo a Potí en una hermosa flor y a Guanumby en un picaflor para que puedan estar unidos. Desde entonces, el picaflor recorre los bosques buscando a su amada Potí entre las flores.

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PICAFLOR (LEYENDA GUARANÍ)

Cuentan los ancianos que el gran Tupá es justo y bueno cuando justa y buena es la
intención de los hombres. Y la intención de Potí y Guanumby fue la más noble que
existe en este mundo: amarse siempre y mucho, más allá del cielo y de la tierra, del
tiempo y de la muerte, de la vida y de la humanidad.

Eran sus familias de tribus enemigas y hacía tanto tiempo que se odiaban que ya
nadie conocía la razón. Cuentan que Potí era bella. Bella como el alba en primavera,
bella como el viento del atardecer que arrastra las hojas en otoño y alivia a los
hombres del verano, bella como el sol que acaricia los rostros y alumbra la sombra
del invierno.

A Guanumby no le costó enamorarse, y muy pronto Potí también lo amó.

Una y diez mil veces se encontraron más allá del monte blanco, bajo el sauce criollo,
sin que nadie los viera. Pero un día la hermana de Potí sospechó. Sigilosa, la siguió
hasta el monte y descubrió el secreto. Y enseguida se lo confió a su padre.

Al día siguiente, como siempre, Guanumby cruzó el monte blanco y esperó bajo el
sauce. Pero Potí no llegó. Desesperado, se acercó a la aldea, a riesgo de que lo
mataran. Y encontró a Potí discutiendo fervorosamente con el cacique de su tribu:

─ ¡Jamás lo permitiré! ─le gritaba él.

─ ¡Estoy enamorada de Guanumby! ¡Debes entenderlo, padre!

─ ¡Nunca! Por la mañana te casarás con uno de los nuestros, y esa es mi última
palabra.
Entonces Guanumby salió de su escondite. Como si hubieran podido ensayarlo una y
diez mil veces gritaron al unísono, ante el horror del cacique:

─ ¡Oh, gran Tupá, no lo permitas!

Cuentan los ancianos que jamás se vio en la tierra otro prodigio igual. De pronto Potí
y Guanumby vieron sus propios cuerpos, extrañados, como si ya no les pertenecieran.
Potí se deshizo en un tallo pequeño pero firme y su piel se fue volviendo suave como
un terciopelo: era una flor, una flor bellísima como ella misma lo había sido antes de
que el gran Tupá la transformara.

Guanumby, al mismo tiempo, se volvió ligero como el aire: dos alas diminutas, casi
transparentes y veloces lo mantuvieron en vuelo y, desesperado por encontrar a Potí,
se alejó torpemente del lugar. Desde entonces la busca.

Huele cada flor de cada monte, de cada aldea. Besa con su pico las corolas más bellas
con la secreta esperanza de encontrarla. Cuentan que unos hombres lo vieron y
quedaron extasiados por el color de sus plumas y la rapidez de sus movimientos.

─Picaflor ─lo nombraron, porque una y diez mil veces lo vieron escarbando con su
pico el interior de las flores, ignorantes de que Guanumby solo busca los besos de su
amada.
LEYENDA DE LA YERBA MATE (VERSION GUARANÍ)

Yarí, la luna, miraba llena de curiosidad los bosques profundos con que Tupá, el
poderoso dios de los guaraníes, había recubierto la tierra, y su deseo de bajar se
iba haciendo cada vez más ardiente. Entonces Yarí llamó a Araí, la nube rosada
del crepúsculo, convenciéndola para bajar con ella a la tierra.

Al día siguiente paseaban por el bosque transformadas en dos hermosas jóvenes;


pero sus cuerpos se iban fatigando, cuando a lo lejos vieron una cabaña y hacia
ella se dirigieron para buscar un poco de reposo. De pronto sintieron un ruido y era
un yaguareté que iba a lanzarse sobre ellas, cuando una flecha disparada por un
viejo indio sorprendió a la fiera hiriéndola en el costado.

El animal enfurecido se lanzó sobre su herida, al mismo tiempo que una nueva
flecha atravesó su corazón. Terminada la lucha, Araí y Yarí fueron tras el indio,
que les había ofrecido hospitalidad y entraron en la choza.

El hombre vivía con su mujer y su hija quienes las atendieron con gran afecto,
contándoles que Tupá mira con desagrado al que no cumple dignamente la
hospitalidad con sus semejantes.

Al día siguiente Yarí anunció al viejo que había llegado el momento de marchar.
Salieron la mujer y la hija a despedir a las dos aventureras doncellas, que
acompañadas del viejo, emprendieron el camino.

El viejo les contó por qué vivía aislado: cuando su hermosa hija creció, el
desasosiego, la inquietud y el temor invadieron el espíritu del indio hasta que
determinó alejarse de la comunidad en que vivía para que en la soledad pudiese su
hija guardar aquellas virtudes con que Tupá la había enriquecido.
Yarí y Araí se vieron solas, perdieron sus formas humanas y ascendieron a los
cielos, donde se dedicaron con afán a buscar un premio adecuado.

Una noche infundieron a los tres seres de la cabaña un sueño profundo, y, mientras
dormían, Yarí fue sembrando delante de la choza una semilla celeste, y desde el
cielo oscuro iluminó fuertemente aquel lugar, a la vez que Araí dejaba caer suave
y dulcemente una lluvia que empapaba la tierra. Llegó la mañana y ante la cabaña
habían brotado unos árboles menudos, desconocidos, y sus blancas y apretadas
flores asomaban tímidas entre el verde oscuro de las hojas.

Cuando el indio despertó y salió para ir al bosque quedó maravillado del prodigio
que ante la puerta de su choza se extendía. Llamó a su mujer y a su hija, y, cuando
los tres estaban extáticos mirando lo sucedido se cayeron de rodillas sobre la
húmeda tierra.

Yarí, bajo la figura de doncella que habían conocido, descendió y les dijo: Yo soy
Yarí, la diosa que habita en la luna, y vengo a premiaros vuestra bondad. Esta
nueva planta que veis es la yerba mate, y desde ahora para siempre constituirá para
vosotros y para todos los hombres de esta región en símbolo de la amistad.
Vuestra hija vivirá eternamente, y jamás perderá ni la inocencia ni la bondad de su
corazón. Ella será la dueña de la yerba.

Después, la diosa les hizo levantar del suelo donde estaban arrodillados, y les
enseñó el modo de tostar la yerba y de tomar el mate.

Pasaron varios años, y al viejo matrimonio le llegó la hora de la muerte. Después,


cuando la hija hubo cumplido sus deberes rituales, desapareció de la tierra.

Y, desde entonces suele dejarse ver de vez en vez entre los yerbales paraguayos
como una joven hermosa y rubia en cuyos ojos se reflejan la inocencia y el candor
de su alma.

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