0% encontró este documento útil (0 votos)
23 vistas24 páginas

Diversidad Cultural en el Ecuador

Este documento describe la diversidad étnica y cultural del Ecuador. Explica que históricamente se promovió la idea de una nación uniforme, ignorando la presencia de pueblos indígenas, afroecuatorianos y otras minorías. Sin embargo, el Ecuador alberga una gran variedad de grupos étnicos que conservan sus propias costumbres y lenguas. El documento también reconoce la existencia de diversidad regional, de género y generacional en el país.

Cargado por

JoseCantos
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
23 vistas24 páginas

Diversidad Cultural en el Ecuador

Este documento describe la diversidad étnica y cultural del Ecuador. Explica que históricamente se promovió la idea de una nación uniforme, ignorando la presencia de pueblos indígenas, afroecuatorianos y otras minorías. Sin embargo, el Ecuador alberga una gran variedad de grupos étnicos que conservan sus propias costumbres y lenguas. El documento también reconoce la existencia de diversidad regional, de género y generacional en el país.

Cargado por

JoseCantos
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

La interculturalidad en el Ecuador

1. Generalidades
En los últimos tiempos se ha discutido mucho sobre la interculturalidad.
Ésta es una buena noticia, porque quiere decir que la gente se interesa
en el tema. Sin embargo, parece que aún quedan algunos puntos que
deben ser clarificados y ciertos aspectos que pueden ser mejor tratados.

2. El mito de la nación uniforme


La visión dominante hasta hace no mucho, un extranjero que llegaba al
Ecuador, al mirar la publicidad que aparecía en los medios de
comunicación, se podía llevar la idea de que este país estaba habitado
exclusivamente por personas blancas, ya que esa publicidad mostraba
en sus imágenes a unos ecuatorianos de apariencia europea que bien
podían haber venido de Suiza o Italia. También los textos escolares
reproducían en sus gráficos esta imagen de un país habitado por
personas blancas y occidentales. Claro que una breve caminata por las
calles y mercados de cualquiera de nuestras poblaciones, le convencían
enseguida al visitante que esa visión dada por la publicidad y los
manuales de lectura era falsa. La gente ecuatoriana es diversa. Hay
mestizos de distintas características, indígenas, negros y grupos de
otras procedencias étnicas. Ahora las cosas han cambiado un poco,
pero la imagen de un país de blancos o “blancos mestizos” sigue
bastante arraigada. Por más de un siglo se cultivó la idea de que la
nación ecuatoriana era uniforme o, en todo caso, debía llegar a serlo.
Como no es posible negar la presencia de indígenas y negros, se piensa
que todo el mundo debe tratar de aproximarse al estereotipo de “lo
ecuatoriano” e “integrarse” a la sociedad dominante. Para ello se ha
buscado uniformar las costumbres, lengua y formas de organización
social de todos los ecuatorianos. Las prácticas y creencias indígenas se
han considerado “salvajes”, “primitivas” o puramente folklóricas; los
idiomas de los pueblos originarios se han reputado “incultos” y se ha
tratado de eliminarlos. Los negros han sido tratados con racismo, como
advenedizos e inferiores. La diversidad humana del Ecuador se da en
medio de una variedad de climas, espacios geográficos y realidades
ambientales. Esta no es sólo una singularidad del país, sino también la
base de la formación de identidades regionales muy caracterizadas. En
las realidades geográficas y poblacionales diversas se han ido
consolidando a lo largo de nuestra historia, entidades regionales con
perfiles culturales y políticos propios. Esos espacios territoriales tienen
poblaciones que han desarrollado identidades, con su historia, sus
costumbres, su manera de hablar, su comida muy característica. Esta
realidad no se da sólo en la diversidad de serranos y costeños, sino
también en culturas regionales configuradas y fuertes como la manabita
y la lojana, para sólo citar dos ejemplos. Esta realidad ha sido vista por
muchos como un obstáculo para la consolidación de la unidad nacional,
como una amenaza para el país, y se ha propuesto la erradicación de
los rasgos regionales, confundiéndolos con el regionalismo. También ha
habido una tendencia a ver al Ecuador homogéneo en las creencias
religiosas. Por años, este país tuvo a la católica como la religión del
Estado, inclusive hubo una constitución que exigía ser católico para ser
ciudadano. Pero el advenimiento del Estado laico permitió la libertad de
conciencia y el derecho a la diversidad religiosa. Ahora, en ejercicio de
ese derecho, las personas en el país practican su religión sin
limitaciones legales. Una realidad diversa Vista la realidad de nuestro
país, es evidente que esta visión de la nación ecuatoriana uniforme no
es verdadera. El Ecuador es heterogéneo. Nuestro país es pequeño,
sobre todo si lo comparamos en el ámbito de América del Sur, pero no
es simple ni sencillo. Es una entidad social y política compleja. En
muchos sentidos, lo es mucho más que la mayoría de los países del
mundo, algunos de ellos bastante más grandes y poblados. En medio de
una gran diversidad geográfica, aquí no hay sólo mestizos. Existen
compatriotas, individuos y pueblos indígenas enteros, que, siendo
ecuatorianos, tienen costumbres, lengua, identidad diversa, asentada en
la resistencia a la Conquista, la Colonia y su continuidad republicana, o
surgidos de la implantación de comunidades negras que han logrado
mantener su especificidad cultural. Aún más, es claro que inclusive entre
los mestizos hay una gran diversidad. Históricamente, siempre se dieron
manifestaciones de la diversidad étnica en el Ecuador, pero sólo en las
últimas décadas la idea del país mestizo homogéneo está siendo
superada. También se ha levantado una tendencia a la reivindicación de
los valores regionales y se han generado demandas de autonomía. Por
otra parte, se han dado otras demandas de igualdad efectiva. Las de las
mujeres, por ejemplo. Aquí, como en otros lugares, se reconocía una
diferencia de género entre los seres humanos. Pero esa diferencia no se
asumió en términos de igualdad. Los hombres se consideraban
superiores a las mujeres. Y así organizaron la sociedad y el Estado. El
machismo generó tremendas desigualdades y se empeñó en
mantenerlas. Aunque las mujeres han luchado desde hace mucho por la
igualdad, sólo en los últimos tiempos se ha comenzado a aceptar esta
dimensión de nuestra realidad y todavía hay un largo camino por
recorrer. También hay mucho que hacer en lo que se refiere a la
tolerancia y garantía del derecho a la diversidad para minorías sexuales,
perseguidas y hasta criminalizadas aún en nuestros días. Hay también
otras manifestaciones de la diversidad. Ecuador es uno de los países de
América con la más alta proporción de jóvenes. Pero esta diversidad
generacional ha sido muy escasamente tomada en cuenta. Las visiones
dominantes son de un país de adultos, en que los jóvenes son vistos
como adultos pequeños a quienes corresponde el “futuro” y no el
presente. Pero la verdad es que la juventud no solo tiene grandes
valores, sino que ha generado una suerte de culturas propias que deben
ser consideradas como valores del país. Pero en nuestra realidad de
diversidades y diferencias, no todo son valores. Aquí, como en todo el
mundo, en algunos aspectos las limitaciones físicas y de salud hacen
distintas a las personas. La falta de vista, la imposibilidad de caminar,
son realidades que diferencian a las gentes. Este lado negativo de la
diversidad nunca estará del todo compensado, aunque las sociedades
desarrollen garantías y programas para las personas con discapacidad.
Un buen paso, sin embargo, es hacer conciencia de esta realidad y
comenzar a tomar medidas para remediarla. La heterogeneidad y las
diversidades se dan en una realidad de subdesarrollo y de pobreza. Hay
en el Ecuador grandes diferencias sociales de clase y en los últimos
tiempos la brecha entre ricos y pobres, lejos de reducirse, se ha
agrandado, como ha crecido también la distancia entre los países
desarrollados y los subdesarrollados. Aunque se han erradicado varias
enfermedades, hay todavía otras que matan a gran parte de nuestra
población, especialmente a los niños.

3. Reconocimiento de la diversidad étnica Raíces históricas


Desde hace doce mil años en las tierras que ahora son el Ecuador
habitaron pueblos indígenas procedentes, según se sabe, de Asia y
Oceanía. Estos pueblos construyeron grandes culturas,
fundamentalmente a base del desarrollo de la agricultura. Esos pueblos
fueron conquistados por invasores europeos desde el siglo XVI. Se les
impuso leyes, costumbres y religión; se les sometió a la explotación y la
muerte. Las leyes españolas segregaron a la población y mantuvieron
un “república de blancos” y otra “de indios”, dentro de la misma realidad
colonial. Los indígenas, sin embargo, aprendieron a resistir y sobreviven
como pueblos hasta el presente. En el país hay pueblos indígenas que
conservan su cultura, lengua, y organización. Son una parte fundamental
de nuestra población. Los colonizadores españoles se establecieron en
estas tierras y trajeron aquí el castellano, el cristianismo, sus formas de
vida, valores y prejuicios. Pero estas realidades no fueron asimiladas sin
más por los pobladores locales. Del choque cultural y la propia
dominación fue surgiendo una identidad con elementos de las dos
raíces. Fue surgiendo así el mestizaje, no como una mera suma de lo
indígena, lo hispánico y lo negro, sino como una nueva realidad con
caracteres propios, con una identidad distinta, muchas veces
contradictoria. El mestizaje no es un hecho racial, es ante todo una
realidad cultural. Aunque sin duda se ven rasgos indígenas junto a
blancos o europeos y negros o afroamericanos en nuestra población
mestiza, su carácter fundamental está dado porque sus ideas, sus
costumbres, su religiosidad, incluso su lengua, reflejan una compleja
identidad cultural. Ahora, los mestizos son la gran mayoría de la
población del Ecuador, pero esa realidad no está exenta de
ambigüedades y conflictos. Desde la Colonia los españoles trajeron a la
Real Audiencia de Quito contingentes de esclavos negros, destinados al
trabajo en la Costa y en los valles cálidos de la Sierra. Estas poblaciones
de origen africano sufrieron las peores degradaciones, pero
sobrevivieron y lograron mantener algunos de sus rasgos culturales. En
tiempos republicanos, los esclavos fueron manumitidos, pero los pueblos
afroecuatorianos no se libraron de la explotación y la discriminación
racista. Ahora son una importante parte de la población del país, pero se
encuentran entre los más pobres. La historia de los componentes
humanos del país es compleja. Pero a esa realidad compleja se han
añadido, a lo largo de los años, migraciones de diverso origen que,
aunque en números más bien reducidos, no sólo han incrementado la
diversidad del país, sino que han tenido influencia significativa en la
sociedad. Tal es el caso de los migrantes de los países vecinos, o de
aquéllos que vinieron de más lejos, como los europeos, los chinos o los
árabes. Organizaciones indígenas La base organizativa de los indígenas
es la comuna, que en el caso de los pueblos amazónicos puede también
adoptar el nombre de centro. Esta base organizativa ha existido por seis
u ocho mil años y hasta el presente. Pese a esta realidad, sólo en 1938
se reconoció legalmente a las comunas. A partir de allí, impulsadas por
las organizaciones de izquierda, surgieron uniones de comunas
parroquiales o cantonales. A nivel nacional, la pionera fue la Federación
Ecuatoriana de indios, FEI, fundada en los años 40. Desde los años 60,
la Federación Nacional de Organizaciones Campesinas, FENOC, tuvo
un gran desarrollo, fundamentalmente en la lucha por la reforma agraria.
Aglutinaba campesinos de la Costa y la Sierra, entre ellos muchos
indígenas. Con el tiempo cambió su nombre por FENOC-I, y luego por
Federación Nacional de Organizaciones Campesinas, Indígenas y
Negras, FENOCIN, enfatizando su composición intercultural. También se
formaron organizaciones con énfasis étnico. La Federación Shuar fue
una pionera. Se formaron luego organizaciones regionales como el
Ecuarunari en la Sierra y la CONFENIAE en la Amazonía. En los años
80, cuando se aceleró el proceso organizativo, se desarrolló la
coordinación a nivel nacional, que se concretó en la formación, en 1986,
de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador, CONAIE,
que articuló no sólo la movilización de los indígenas, sino toda la
resistencia popular contra el neoliberalismo, en una etapa de reflujo del
socialismo a nivel nacional e internacional, y de disminución de la
antigua fuerza del movimiento de trabajadores. Además de las
mencionadas, debe tomarse en cuenta la presencia de otras
organizaciones. Agrupados por motivos confesionales, los indígenas
evangélicos formaron la FEINE, que ha desarrollado en los últimos años
posturas reivindicativas y críticas sobre la realidad del país. La
FENACLE, filial campesina de la CEOSL, agrupa también algunas
organizaciones indígenas de base y federaciones intermedias. En los
años del despertar indígena tuvieron papel destacado los grupos
culturales, que reivindicaron uno de los rasgos más fuertes de la
identidad indígena, la música y las lenguas. Surgieron también varias
organizaciones indígenas deportivas, artesanales y comerciales de nivel
local. Desde los años 70 y 80 el movimiento indígena ha estado
presente con gran fuerza en la política nacional. Por años participó
electoralmente en conjunto con el socialismo y otras fuerzas de
izquierda. Los primeros dignatarios indígenas de elección popular
llegaron a sus puestos en las listas del Partido Socialista y el FADI. En
1996, las tendencias étnicas promovieron la formación del Movimiento
Pachacutick, que ha logrado presencia política y con el tiempo se
consolidó como el “brazo político de la CONAIE”. En estos últimos años
se ha electo un creciente número de indígenas para la representación
popular a nivel local, provincial y nacional, en diversas fórmulas políticas.
Diversidad indígena Desde el remoto pasado, los indígenas del Ecuador
han sido reconocidos, pero se les dio nombres acuñados en la cultura
dominante: “colorados”, “jíbaros” o “aucas”. Solo en los últimos años,
gracias a la lucha de las organizaciones, se ha comenzado a usar sus
nombres propios. En la Sierra se asientan los quitchuas; en el Oriente
los siona-secoya, cofanes, huaorani, shuar-achuar y los quichuas
amazónicos. En la Costa viven los chachis, tsachilas y awas. Cada uno
tiene su lengua y cultura. No es fácil hallar una definición para los
pueblos indígenas. Los casos típicos son claros, pero las fronteras con
lo mestizo son imprecisas. Podemos establecer, sin embargo, que
pueblos indígenas son aquéllos que se asientan en el territorio nacional
y viven la continuidad social y cultural de pensamiento y organización de
las sociedades que poblaban América antes de la conquista europea.
Esto significa que los pueblos indígenas son sujetos históricos, sociales
y políticos, con organización y cultura; vinculados al territorio, con la
capacidad de reconocerse como tales. Tradicionalmente se denominaba
“indios” a todos. A veces se los identificaba por su vínculo local como
natabuelas o chibuleos. En los estudios antropológicos se utilizó el
término “etnias”, pero se vio que era limitado y que tenía una
connotación racista. Luego, en medio de la lucha se generalizó la
denominación “pueblos”, adoptada en los documentos internacionales
más progresistas. Una de las claves más importantes del movimiento
indígena en el Ecuador ha sido no sólo su lucha por el reconocimiento
de la diversidad, sino por su propia diversidad interna. En su interior hay
gran variedad de pueblos con identidades propias, de formas
organizativas y de posturas sociales, políticas y culturales diferenciadas.
La presencia indígena en el país tiene un peso fundamental y, una vez
que irrumpió en la escena pública, no dejará de ser un actor de gran
peso en el futuro. Pero, pese a su importancia, no resulta fácil establecer
el número de los indígenas del Ecuador. Hay quienes dicen que no
llegan al 5%, hasta los que sostienen que superan el 40% de la
población. Es difícil un cálculo exacto. Las barreras de definición étnica
son confusas. El censo del año 2000 hizo una pregunta específica, y
arrojó la cifra de 830.418 de una población total d 12’156.608, es decir
6,83%. Esta cifra es francamente reducida. Hubo varias causas para que
en el censo muchas personas no admitieran su identidad étnica. Es de
esperar que en un futuro censo se realice una campaña previa de
información y orientación. Pero, de todas maneras, es también claro que
la gran mayoría del país tiene una clara opción por identificarse como
mestiza. Respecto al número de indígenas, estudios específicos sobre el
tema elevan ese porcentaje hasta un 12%. Esta es la cifra más creíble.
Para ello hay algunas consideraciones. En la Costa, que es la región
más poblada, son unos pocos miles. En la Sierra y el Oriente constituyen
una parte considerable de la población. Pero las cifras pueden ser
innecesariamente polémicas. La importancia de los pueblos indígenas
no está dada por su número. Son elementos centrales de nuestra
comunidad nacional. Los indígenas, como ningún otro sector del país,
han contribuido al desarrollo de la conciencia de la diversidad. La lucha
indígena Entre los años 20 y los 50 del siglo XX, la lucha del socialismo
y la izquierda logró insertar la cuestión indígena en el debate nacional y
se registraron algunos avances. Desde los años 60 se levantó una
intensa lucha por los derechos campesinos e indígenas en el Ecuador. A
las antiguas organizaciones se sumaron otras nuevas. Los avances de
organización se dieron en la segunda mitad del siglo XX. La presión del
campesinado y las necesidades de modernización de las empresas
agrícolas, impulsaron la reforma agraria, que eliminó las relaciones
precapitalistas y trajo un limitado cambio en la propiedad rural. El
incremento de la colonización y la presencia estatal en la Amazonía,
coincidieron con el desarrollo de sus organizaciones y la incorporación
de buena parte de los indígenas orientales al sistema educativo. En las
últimas décadas del siglo XX las organizaciones pasaron del reclamo por
la tierra a un proyecto político más amplio, de pertenencia étnica. Los
indígenas se constituyeron en actores de la sociedad ecuatoriana.
Durante los 80 y 90 se movilizaron por el reconocimiento de sus
demandas y para enfrentar al modelo de ajuste. En ocasiones lograron
revertir ciertas medidas e incidir en la política, pero su mayor logro,
además de su propia organización, fue el reconocimiento de su
personalidad política y sus derechos. En las décadas finales del siglo XX
las organizaciones indígenas priorizaron las demandas por el desarrollo
de una educación que usara sus propios lenguajes, como un mecanismo
de preservar las identidades y de garantizar sus derechos. Así surgió la
propuesta de la “Educación Intercultural Bilingüe” para los indígenas
ecuatorianos. Este fue un paso decisivo, no sólo porque de este modo
se avanzó en el proceso indígena, sino porque de esta manera se afirmó
la necesidad de integrar la diversidad del país en un esfuerzo de unidad.
Es notable mérito de los pueblos indígenas y su lucha, haber dado este
paso crucial en la identidad del Ecuador, que no sólo representa la
afirmación de derechos de un sector importante de la población, sino un
avance en el entendimiento del país todo. Derechos colectivos Por años
los indígenas lucharon porque se reconocieran sus derechos ciudadanos
individuales. Ese reconocimiento se ha dado, aunque los derechos no se
aplican en su integridad y se violan constantemente. La conquista más
importante de tiempos recientes fue el voto de los analfabetos en 1978.
Pero los pueblos indígenas no sólo defendían sus derechos como
grupos de ciudadanos individuales, sino también reclamaban derechos
colectivos. Cuando la lucha indígena logró apoyo social, comenzó a ser
sujeto de un debate, en medio del que no faltó quien dijera que los indios
y negros pedían “privilegios”. En realidad, había que entender que esa
demanda planteaba uno de los grandes avances del constitucionalismo
de los últimos tiempos, que ha sido el reconocimiento de que los
derechos no sólo tienen como sujeto a los individuos, sino que también
hay sujetos colectivos que pueden reclamarlos y ejercerlos. La
Constituyente de 1997-98, reunida luego de una década de intensa
lucha, definió al país como multiétnico y pluricultural y reconoció los
derechos colectivos indígenas y afroecuatorianos. La Constitución de
2008, Art. 1, define al Ecuador como intercultural, plurinacional y laico.
En la nueva Constitución se recogen los derechos de las comunidades,
pueblos y nacionalidades ya reconocidos en la Constitución de 1998. Se
los explicita con más detalle o se añaden otros. Así, reconoce el derecho
a mantener, desarrollar y fortalecer libremente su identidad; a no ser
objeto de discrimen; conservar la imprescriptible propiedad de sus
tierras; mantener la posesión ancestral de tierras y territorios; participar
en el uso, usufructo, administración y conservación de los recursos
naturales que se hallen en sus tierras; consulta libre e informada sobre
la explotación de esos recursos; a los beneficios obtenidos por la
extracción de ellos; a mantener, proteger y desarrollar los conocimientos
colectivos, las ciencias, tecnologías y saberes ancestrales, recursos
genéticos, que abarcan la diversidad biológica y la agrobiodiversidad,
sus medicinas y prácticas de medicina tradicional, al conocimiento de los
recursos y propiedades de la fauna y de la flora. Así mismo, se prohíbe
toda forma de apropiación de los conocimientos, innovaciones y
prácticas. (Art. 57). La Constitución establece el derecho a “desarrollar,
fortalecer y potenciar el sistema de educación intercultural bilingüe, con
criterios de calidad”; garantiza también el derecho sobre su patrimonio
cultural e histórico, como parte del patrimonio cultural del Ecuador.
Además, reconoce “nuevos derechos”: mantener y desarrollar contactos
con otros pueblos, impulsar el uso de vestimentas, exigir que se refleje
la diversidad en toda la educación pública, crear propios medios de
comunicación en su idioma y acceso a los demás medios sin
discriminación, y garantiza que el Estado limitará las actividades
militares en sus territorios. Los pueblos en aislamiento voluntario tienen
derecho a la posesión de sus tierras, a que no se realice actividad
extractiva en ellas, al respeto a su autodeterminación y voluntad de
permanecer en aislamiento. Finalmente, se dispone que quien irrespete
estos derechos, se lo sancionará como etnocidio (Art. 57). La
Constitución establece que, para fortalecer su identidad, cultura,
tradiciones y derechos, se reconocen al pueblo afroecuatoriano los
derechos colectivos que constan en ella, y en las leyes y los
instrumentos internacionales. (Art. 58). También se reconocen los
derechos de los pueblos montubios, para que, con respeto a su cultura,
puedan llevar adelante un proceso de desarrollo humano integral,
sustentable y sostenible (Art. 59). Por fin, la Constitución establece que
los pueblos ancestrales, indígenas, afroecuatorianos y montubios podrán
constituir circunscripciones territoriales para la preservación de su
cultura. La Ley regulará su conformación. (Art. 60) El reconocimiento de
los derechos colectivos, que no fue una concesión sino una conquista,
constituyó un gran paso, no solo porque fue un logro de los pueblos
indígenas y negros, sino porque todos los ecuatorianos podemos de
esta forma entender mejor a nuestro país y enfrentar de mejor manera
su futuro. Hacer efectivos esos derechos es el siguiente paso. Y para
ello hace falta una gran voluntad política de cambiar las leyes y sobre
todo las prácticas políticas y culturales prevalecientes.

4. El debate Pueblos y nacionalidades indígenas


En los años 80, en medio de la lucha por la organización y los derechos,
algunas organizaciones e intelectuales comenzaron a usar el término
“nacionalidades” para identificar a los indígenas. El origen de ese uso se
encuentra en la tradición estalinista del comunismo ecuatoriano. Se
usaba los conceptos desarrollados por José Stalin para la situación
soviética de los años 20 y 30 para denominar a los conglomerados
indígenas como “nacionalidades”, entidades que tienen varios atributos
de la nación y que pueden coexistir en un mismo Estado. Llamarlos así
reivindicaba la demanda por derechos y la personalidad de los pueblos
indígenas frente a los Estados y entre ellos mismos. De esta manera, en
forma correlativa, se comenzó a plantear que el Ecuador fuera declarado
como “plurinacional”. El reconocimiento de los pueblos indígenas como
entidades culturales y políticas con identidad y derechos fue un gran
avance en el Ecuador y en América Latina. En poco tiempo la tesis de
los derechos colectivos, de las nacionalidades indígenas y de la
plurinacionalidad fue adoptada por varias organizaciones y sectores de
izquierda. Los términos nacionalidades indígenas y plurinacionalidad
lograron respaldo en ciertos sectores, pero al mismo tiempo enfrentaron
dificultades. Una de las más notables ha sido que nunca se ha definido
ni aclarado su contenido. Se ha escrito mucho sobre el tema, pero eso
sólo ha traído mayores confusiones, crecientes reparos teóricos y
dificultades de aplicación. Los términos resultan ambiguos y con el
tiempo su ambigüedad y confusión han aumentado. Una segunda
dificultad ha sido la creciente resistencia de la opinión pública nacional a
la adopción de la plurinacionalidad. Esto se debe fundamentalmente a la
idea muy generalizada de que debe consolidarse la unidad nacional y tal
adopción se ve como una amenaza a la integridad del país. La verdad
es que mientras más se ha tratado de promover los términos en la
sociedad ecuatoriana, ha crecido el rechazo a ellos. Y esto no se ha
dado fundamentalmente en las elites, sino entre los ecuatorianos más
pobres, los obreros, los maestros y las amas de casa. Los sondeos de
opinión pública muestran un alta negativa a la aceptación de las
propuestas de nacionalidades indígenas y plurinacionalidad. Las
ambigüedades y las indefiniciones sobre las dos palabras y su contenido
han aportado para esa actitud mayoritaria. Pero la dificultad más grande
para la aceptación de la plurinacionalidad surge del propio movimiento
indígena. Hay un creciente rechazo de muchas organizaciones, que no
están de acuerdo con la plurinacionalidad, aunque respaldan la
consagración y ampliación de los derechos colectivos indígenas y
afroecuatorianos. De las cinco organizaciones indígenas y campesinas
más destacadas del país, sólo una, la CONAIE, se organiza a partir de
nacionalidades y promueve la plurinacionalidad. La FENOCIN, la FEINE,
la FEI, la FENACLE han expresado reiteradas veces su aposición a
dichos términos, proponiendo remplazarlos por “interculturalidad”. Este
rechazo no sólo se basa en diversas concepciones teóricas y
organizativas, sino que destaca que la adopción de esos términos ha
sido causa de división de las organizaciones indígenas y la
consolidación de un virtual monopolio del manejo de instituciones del
Estado y de representaciones por parte de una sola organización, la
CONAIE y sus filiales, que asumen la representación de las
“nacionalidades indígenas” y mantienen un manejo excluyente de
instituciones públicas como la DINEIB o el CODEMPE. La situación
internacional Los propugnadores del fundamentalismo han sostenido
que el mundo marcha hacia el reconocimiento de estados
plurinacionales. Que España, Bélgica o Gran Bretaña, países donde las
diversidades han generado la existencia de naciones o nacionalidades
dentro del mismo Estado, son un buen ejemplo. Pero este es falso. Al
salir de la dictadura, España buscó fórmulas democráticas que dieron
cuenta de sus diversidades regionales enraizadas en siglos de historia.
Pero se negó en forma expresa y categórica a reconocer que estaba
formada por diversas naciones o nacionalidades; menos aún optó por
autodenominarse “plurinacional”. La solución fue la consagración
constitucional de la existencia de varias “comunidades autónomas”
dentro de un sólo Estado nacional español. Esta alternativa es la que
está vigente en España y solo ha tenido cuestionamientos minoritarios.
Bélgica es un pequeño país que nació en 1830, justamente el mismo
año en que se fundó el Ecuador. Ha tenido tensiones culturales y
lingüísticas internas, pero tampoco se ha declarado “plurinacional”. En
ningún lugar de su legislación hay nada de eso. La solución a las
diferencias culturales fue el reconocimiento de “comunidades
lingüísticas” flamenca y walona, dentro del mismo reino de Bélgica. El
caso de Gran Bretaña es aún más claro. Se reconocen las
especificidades culturales, políticas y hasta jurídicas de Escocia, Gales e
Irlanda del Norte, pero en ninguna parte el “Reino Unido” se declara
plurinacional. Sería incorrecto, sin embargo, afirmar que no ha habido en
el mundo países que se declararon plurinacionales. En realidad,
existieron, pero ya no existen. Precisamente la “plurinacionalidad” fue el
detonante de su desaparición. En el siglo XX tres Estados eran
plurinacionales. Checoslovaquia, la Unión Soviética y Yugoslavia. El
primero terminó dividido entre la República Checa y Eslovaquia,
felizmente sin violencia. El segundo tuvo su dramático y conflictivo final,
y con él las fórmulas estalinistas, que fueron el origen de la
plurinacionalidad en el Ecuador. Yugoslavia, que se solía poner como
ejemplo de socialismo y coexistencia de seis naciones y más de diez
nacionalidades en un sólo Estado, saltó en pedazos en medio de una
guerra en que el racismo y el etnocentrismo provocaron enfrentamientos
crueles y sanguinarios, que parecían imposibles en el siglo XX. Habrá
quien diga que Bolivia se declaró “Estado plurinacional” y que ese es un
buen ejemplo para el resto de Latinoamérica y el mundo. Éste no es el
espacio para tratar un tema que merece complejas explicaciones, pero
se puede afirmar que hay reformas y grandes logros en el proceso
boliviano, que son innegables para todos los sectores progresistas y de
izquierda. Sin embargo, esa “plurinacionalidad” es uno de los puntos
más conflictivos, que ha merecido objeciones de muchos sectores de
indudable compromiso popular dentro y fuera de Bolivia. Ojalá los
fundamentalistas ecuatorianos imiten varios de los aspectos
unánimemente reconocidos del proceso boliviano, en vez de fijarse en
uno de sus rasgos más discutidos. Muchas veces se ha argumentado
que el Ecuador ha promovido y ha suscrito varios documentos
internacionales sobre derechos indígenas, y que por ello se debe
adoptar la plurinacionalidad. El hecho es, sin embargo, que los dos
documentos internacionales más importante sobre el tema, el Convenio
169 de la OIT y la Declaración de la ONU sobre los derechos de los
pueblos indígenas, los definen así, como “pueblos”. Ninguno de los dos
se refiere a “nacionalidades indígenas” o a “Estados plurinacionales”. Se
consagran allí derechos y avances sobre los que hay virtual consenso,
pero éste no existe sobre los dos conflictivos términos. Una visión, por
cierto, bastante superficial, suele confundir la diversidad cultural con la
existencia de diversas naciones o nacionalidades en un país. Hay
visiones superficiales que sostienen que cada cultura corresponde a una
nación. Es decir que en el mundo debería haber tantas naciones y
estados como culturas existen. Esto es simplemente absurdo.
Prácticamente todos los Estados del mundo son pluriculturales, es decir
tienen culturas diversas, pero eso no los hace plurinacionales. Por otra
parte, dividir los países, parcelarlos, es mucho más fácil que volverlos a
unir. Plurinacionalidad y etnocentrismo Cuando ya han pasado varias
décadas de avance de la presencia de los indígenas, y de alguna
manera también de los afroecuatorianos, en la escena social y política
del Ecuador, se han definido varias posiciones. En primer lugar, hay
grupos de derecha para quienes prevalece la discriminación y el
racismo. Se oponen a la vigencia de los derechos colectivos de
indígenas y afroecuatorianos. Creen que en el país debe regir una
igualdad formal entre las personas, que en la práctica sigue
manteniendo la desigualdad y la discriminación. Siguen creyendo que
debe haber una sola forma de ser ecuatorianos, sin aceptar la
diversidad. En segundo lugar, se ha desarrollado una postura
etnocentrista, promovida por ciertos dirigentes indígenas e intelectuales.
Sus propuestas se orientan a volver al pasado y reconstituir el
Tahuantinsuyo u otra sociedad de predominio indio. Aunque lo niegan en
teoría, en la práctica plantean que la “plurinacionalidad” es la creación
de unidades indígenas autónomas dentro del Estado ecuatoriano, o la
creación de mini Estados o ·naciones” indígenas, segregados
territorialmente dentro del país. Ni más ni menos que un intento de
resurrección de la “república de indios” colonial. Las posturas
etnocentristas dividen al Ecuador, intentan destruir nuestra nación
ecuatoriana común y diversa, aíslan a los indígenas y dan pábulo al
racismo. El etnocentrismo es racismo al revés. Es poner a las
diferencias étnicas como determinantes de la estructura de la sociedad.
Es considerar que los pueblos indígenas deben aislarse con privilegios
corporativos dentro del mismo país. Surge como reacción al racismo que
discrimina a los indios y negros; pero es negativo. No es aceptable el
etnocentrismo como respuesta. Hacen mal quienes dan a la lucha
indígena ese sesgo y preconizan, de palabra o, de hecho, la revancha
racial o sociedades indígenas separadas y excluyentes. También es
negativa la actitud de dirigentes que identifican al resto del país como
“dominante”, como si no hubiera grandes contracciones socio
económicas, y la pobreza y la explotación fueran exclusivas a los
indígenas. En tercer lugar, como reacción al racismo de la derecha y al
etnocentrismo de indígenas fundamentalistas, se ha consolidado una
postura que propone al Ecuador como una unidad en la diversidad. No
sólo que reconoce, sino promueve los derechos colectivos indígenas y
afroecuatorianos, al tiempo que cree que se debe defender la unidad de
la patria con un proyecto común que articule las diversidades y
considere que el principal enemigo es el subdesarrollo, la pobreza y la
exclusión. La única salida para los pueblos indios y para el país, es
desarrollar una sociedad abierta, participativa, intercultural. Ecuador
unido y diverso Hace dos décadas los sectores progresistas planteaba
que la lucha por los derechos indígenas implicaba hacer del Ecuador un
país plurinacional. Con el avance del proceso y una vez que se han
definido mejor las realidades y los términos, está claro que una cosa en
promover la identidad de los pueblos indígenas y desarrollar a fondo sus
derechos colectivos, y otra muy distinta es promover la división del país
a nombre de la “plurinacionalidad”. El etnocentrismo hace mal al país y
no soluciona sus problemas. Más bien es causa de nuevos conflictos.
Pero, a pesar de las situaciones de inequidad vigentes, justo es
reconocerlo, el etnocentrismo no es mayoritario. Los indígenas
ecuatorianos aman al país; se sienten parte de él. En las camisas
primorosamente bordadas de los indígenas de Angochagua y La
Esperanza, el escudo y la bandera del Ecuador son elementos centrales.
Ellos consideran propios los símbolos nacionales. En el enfrentamiento
con el Perú, los soldados shuar tuvieron un papel descollante en la
defensa de la patria que consideraban suya. Podrían multiplicarse los
ejemplos, pero en nuestra experiencia diaria vemos cómo indígenas, con
sus valores milenarios, son parte del país, con una forma específica pero
profunda y sentida de ser ecuatorianos. Igual se podría decir de los
negros que, pese a colocarse en el fondo de la injusta pirámide social y
de ser los objetos más directos del racismo, también dan muestras de
amor a la patria. Sólo recordar que una selección nacional de fútbol
integrada en su mayoría por jóvenes negros de origen muy pobre
levantó, con su actuación en los campeonatos mundiales de 2002 y
2006, la autoestima de los ecuatorianos, venida a menos por la crisis
económica y el descalabro del sistema político. Los afroecuatorianos son
una de las más sobresalientes expresiones de la diversidad de nuestro
país. El Ecuador les ha dado poco o nada, pero al reclamar el
reconocimiento de su identidad, han reafirmado su vinculación a un
proyecto nacional común. Las posturas etnocentristas entre los negros
son marginales. Han sufrido como nadie la explotación y el discrimen,
pero son alegres a pesar de ello. Y esa alegría contagia la cultura
ecuatoriana, dándole una de sus caras más positivas. En la Asamblea
Constituyente de Montecristi se impuso la definición del país como
plurinacional. La decisión se tomó sin suficiente debate. Los directivos
de la Constituyente se alinearon en una postura fundamentalista y
etnocentrista No permitieron siquiera que opinaran quienes discrepaban
de sus opiniones. Consagraron una fórmula legal contradictoria que no
corresponde a la realidad profunda del Ecuador. Pero en este momento
no se trata de cuestionar a la Constitución vigente, que debe acatarse,
sino de avanzar en la lucha por los derechos de los pueblos, y por la
vigencia de la unidad en la diversidad. Por ello, más allá de las
ambigüedades, contradicciones y serios peligros de la visión
etnocentrista de la “plurinacionalidad”, debemos asumir una visión
incluyente y positiva para nuestra patria, que es la interculturalidad.

5. La interculturalidad, un objetivo y un camino. Ecuador


intercultural Ecuador es el escenario de una gran diversidad étnica y
cultural. Este hecho, empero, aunque pareciera evidente o
incuestionable, no ha sido reconocido. A lo largo de nuestra historia ha
sido ocultado, sin que se diera un serio esfuerzo por conocer a los
pueblos indígenas y afroecuatorianos, por apreciar sus valores, por
entender sus especificidades. En realidad, ni siquiera la mayoría mestiza
ha hecho empeño por entenderse a sí misma. En los últimos tiempos las
cosas han ido cambiando. Se han dado avances. Pero debemos lograr
que las acciones vayan más allá de los enunciados y del discurso, para
constituirse en elementos centrales del desarrollo, de la democracia y la
justicia social, que promuevan una integración surgida del equilibrio
entre diversidad y unidad. Tenemos que ir más allá de la aceptación de
la realidad multiétnica y multicultural del país, para construirlo sobre
bases nuevas. Una de ellas es la interculturalidad. No es suficiente
constatar la heterogeneidad del Ecuador. Hay que realizar los cambios
que permitan una relación de equidad entre los grupos que lo
componen. Aunque el término parezca inocente a primera vista,
debemos subrayar que la interculturalidad no es característica “natural”
de todas las sociedades complejas, sino objetivo al que deben llegar
para articularse internamente. La interculturalidad se construye mediante
un esfuerzo expreso y permanente. Va mucho más allá de la
coexistencia o el diálogo de culturas; es una relación sostenida entre
ellas. Es una búsqueda expresa de superación de prejuicios, racismo,
desigualdades, asimetrías que caracterizan a nuestro país, bajo
condiciones de respeto, igualdad y desarrollo de espacios comunes. Es
importante subrayar que el esfuerzo de interculturalidad no se da entre
sectores diversos de la sociedad que viven en condiciones de igualdad.
Las relaciones entre ellos, por lo general, se dan en medio de la vigencia
del racismo, la pobreza y la exclusión social. Por ello, un primer gran
paso para avanzar en el camino de la interculturalidad es reconocer
esas contradicciones y diferencias, aunque ello no sea ciertamente una
tarea fácil. Una sociedad intercultural es aquélla en donde se da un
proceso dinámico, sostenido y permanente de relación, comunicación y
aprendizaje mutuo. Allí se da un esfuerzo colectivo y consciente por
desarrollar las potencialidades de personas y grupos que tienen
diferencias culturales, sobre una base de respeto y creatividad, más allá
de actitudes individuales y colectivas que mantienen el desprecio, el
etnocentrismo, la explotación económica y la desigualdad social. La
interculturalidad no es tolerarse mutuamente, sino construir puentes de
relación e instituciones que garanticen la diversidad, pero también la
interrelación creativa. No es sólo reconocer al “otro”, sino también
entender que la relación enriquece a todo el conglomerado social,
creando un espacio no únicamente de contacto sino de generación de
una nueva realidad común.

[Link] Ecuador del siglo XXI debe ser esa realidad común
Tareas urgentes hay ya en el Ecuador una conciencia sobre la urgencia
de impulsar la interculturalidad. Pero nuestro país tiene mucho camino
que recorrer para consolidarse como intercultural. Para ello debe no sólo
renovar sus leyes, sino sus instituciones, su tejido social interno. Todo
eso supone el impulso de nuevas prácticas culturales. Y para ello el
sistema educativo es crucial. Ecuador tiene el mérito de haber creado un
sistema especial de educación indígena “bilingüe intercultural”. Este es
un paso serio, que debemos apreciar, sobre todo porque se propone
como objetivo la interculturalidad. Pero ese sistema educativo tiene que
ser de veras intercultural. Ahora tiende más bien a ser etnocentrista, con
una estructura aislada del conjunto de nuestra educación nacional. Sin
embargo, el mayor peligro y el más grande desafío para el Estado y la
sociedad, es que en el sistema educativo regular en el que está la
inmensa mayoría de la población, ni siquiera se ha reconocido la
necesidad de volverlo intercultural. No se ha propuesto que promueva el
conocimiento de las culturas indígenas y negras, el respeto a sus
saberes, a la legitimidad de las diferencias, al mismo tiempo que,
reconociendo las diversidades, promueva la igualdad y la justicia como
sus elementos fundamentales. Tendremos un avance de la
interculturalidad si la ponemos en su base la reforma educativa global.
Mientras se crea que la interculturalidad es sólo para las minorías, no
habremos avanzado mucho. Lo más importante es que la mayoría, en
este caso los mestizos, asumamos el compromiso de construir una
sociedad intercultural, conociendo a los “otros” ecuatorianos,
reconociendo sus valores, sus derechos, sus modos de vida, y forjando
un espacio nacional común. Forjar una sociedad intercultural es una
gran tarea y un gran desafío. Va mucho más allá de tomar medidas de
Estado o emitir una legislación. Es, ante todo, impulsar desde el Estado,
por una parte, y desde la propia sociedad por otra, el reconocimiento de
las diferencias, la superación de los prejuicios, la valorización del otro, y
la construcción de ese espacio común que podremos identificar como
“propio” de todos. Justicia social e interculturalidad La unidad del
Ecuador no se expresa en la opresión étnica, social o regional, sino en el
reconocimiento de la diversidad. Pero éste debe darse con un gran
esfuerzo intercultural que vaya más allá de la constatación de esa
diversidad y la transforme en motor de la consolidación de una
verdadera comunidad nacional. Esa comunidad nacional, sin embargo,
no se consolidará nunca si no se asienta sobre la justicia social. Las
reivindicaciones étnicas y culturales no pueden ir al margen de la lucha
contra la exclusión y la explotación. La sociedad ecuatoriana está
determinada por el capitalismo, sistema socioeconómico que caracteriza
tanto su estructura interna como su inserción en el mundo actual. Por
ello, en nuestro país no solamente se distinguen grandes grupos étnicos.
Se han consolidado clases sociales antagónicas, cuya historia puede
encontrarse desde nuestras raíces, anteriores a la fundación del país.
Por una parte, está una gran mayoría de trabajadores de la ciudad y el
campo, que se empobrece día a día. Por otra parte, existe una elite
dirigente que posee los medios de producción, las instituciones
financieras y comerciales, vinculados al capital internacional. Un sector
social medio se empobrece cada vez más y se acerca a la situación de
la mayoría popular. La lucha por la implantación de la justicia social trae
consigo en primer lugar la conciencia de las grandes diferencias que
dividen y enfrentan a los ecuatorianos y latinoamericanos. En segundo
lugar, supone una lucha organizada contra un sistema injusto que
perpetúa y agudiza la explotación y la pobreza. En tercer lugar,
demanda una acción conjunta de nuestros países por lograr equidad y
justicia en la esfera internacional. Construir el Ecuador no sólo significa
reconocer las diversidades étnicas, sino también tener conciencia de los
agudos enfrentamientos de clase que han marcado la realidad y buscar
el camino organizado para superarlas. Hay también una dimensión
política y organizativa para la vigencia de la interculturalidad. Por ello, la
lucha por los derechos de los pueblos indígenas y negros en nuestro
país implica la lucha por los derechos de todas las clases pobres y por la
transformación social y el socialismo. La gran división entre ecuatorianos
no es su condición étnica, sino su situación social que será vencida sólo
con una vigorosa unidad del pueblo. Unidad nacional Ecuador es un país
pequeño pero complejo. No es un Estado-nación constituido de una vez,
con una sola identidad congelada. Es una realidad heterogénea donde la
diversidad es una clave definitoria, que se expresa en la geografía y en
la gente. Se perciben las identidades étnicas, regionales y locales; en la
lucha por la democracia, en la libertad de conciencia y la justicia social;
en las demandas de igualdad de género y de respeto al ambiente y a los
derechos humanos. La tarea más compleja para el presente y el futuro
es articular las diversidades en un marco de unidad nacional. Tenemos
que construir el Ecuador más allá de sus componentes, con un gran
esfuerzo de interculturalidad e integración interna. Fuera de toda
retórica; el ideal integracionista de Bolívar es ahora más actual que
nunca. La integración internacional ofrece un nuevo papel a los Estados.
En el futuro, al tiempo que nos sintamos ecuatorianos, estaremos
identificados con nuestras localidades, por una parte, y con lo andino y
latinoamericano, por otra. Ecuador debe adentrarse en este nuevo siglo
replanteando su proyecto nacional con optimismo, conociendo sus
realidades, sin negarlas, sin ocultarlas, sin mentirse a sí mismo, pero
también sin el sentido de impotencia y fracaso que a veces ha sido
nuestra tónica común. Ser optimista no es ocultar o simplificar. Somos
un pueblo pequeño, víctima del subdesarrollo, la explotación y la
miseria; pero rico en potencialidades y recursos, especialmente
humanos. Tenemos, por ejemplo, mayor cantidad de jóvenes que la
mayoría de los países del mundo. Los ecuatorianos que han emigrado a
Estados Unidos, España, Italia u otros países se fueron
fundamentalmente porque aquí no hallaron oportunidades. Pero
precisamente los que han recibido del país poco o nada, cuando están
fuera sueñan en su Patria, levantan nuestro tricolor, oyen nuestra
música, sienten que son parte de algo que aquí casi no vemos ni
sentimos. Desde lejos hablan con los suyos y envían la plata que ganan.
Esta actitud, por cierto, contrasta con la de los banqueros y grandes
potentados que sacan el dinero propio y el ajeno, fuera del país. Los
ausentes quieren volver, a veces luego de estancias cortas, otros al
cabo de una vida entera. Valoran el país que los que aquí vivimos, a
veces despreciamos. Por algo será. Tenemos que recobrar al Ecuador,
nuestra Patria; la que hemos perdido por la explotación de nuestra
gente, el saqueo de nuestros recursos, la acción de los oscuros poderes
internacionales, la miseria, la corrupción, el enfrentamiento crónico, el
conformismo, la viveza criolla, la perenne incapacidad de ser positivos,
la tendencia a culpar a otros de nuestros males, la poca estima que
tenemos por lo propio. Recuperar nuestra Patria supone un gran
esfuerzo por redefinir el proyecto nacional. Una de las claves para la
construcción del futuro del país está en desarrollar la unidad en la
diversidad, profundizando nuestra democracia y pensando que podemos
engrandecer moralmente a nuestra Patria, si todos los ecuatorianos,
manteniendo nuestras múltiples diferencias, aceptamos unos cuantos
compromisos colectivos y bases comunes que nos unan y nos hagan
sentir identificados entre nosotros, sabiéndonos al mismo tiempo parte
de América Andina, de Latinoamérica y de la comunidad universal. Para
reactivar al Ecuador hay que hacer muchas cosas. Una de ellas es
levantar una propuesta ética para la sociedad y revivir el genuino
patriotismo. Aunque muchas generaciones se han deformado por el
patrioterismo o la ausencia de valores cívicos, aquí y ahora el
patriotismo es una urgencia para el presente y el futuro.

Los Saberes

Un saber es un conjunto de conocimientos acerca de un campo de estudio


específico. Existen diferentes tipos de saberes que se clasifican según el tema
o tópico del que se ocupan o estudian. Por ejemplo: saberes filosóficos,
saberes religiosos, saberes científicos. 

Estos saberes se adquieren mediante el estudio o la experiencia y pueden ser


teóricos o prácticos. Se recurre a ellos para conocer e interpretar la realidad,
solucionar problemas, conocer el funcionamiento de sistemas y procesos.

Saberes filosóficos
Los saberes filosóficos incluyen el conocimiento y estudio de ciertas cuestiones
fundamentales como el conocimiento, la verdad, la moral, la existencia del ser
humano.

La filosofía emplea a la razón para dar respuestas a interrogantes sobre la


persona o el mundo. Por ejemplo: ¿Hacia dónde vamos? ¿Qué sentido tiene la
vida? El saber filosófico se divide en múltiples ramas, como la ética y la
metafísica.

Se distinguen de la ciencia porque no se basan en hechos empíricos, y se


diferencian de los saberes religiosos porque emplean a la razón como
fundamento y se basan en la capacidad del ser humano de reflexionar.

Saberes científicos

Los saberes científicos se obtienen al conocer e investigar la realidad a través


del método científico, mediante el cual se intenta develar el porqué de las
cosas y sus transformaciones. Por ejemplo: En el año 1928, Alexander Fleming
descubrió la penicilina mientras estudiaba cultivos bacterianos; Gregor Mendel
descubrió las leyes de herencia genética estudiando el entrecruzamiento de
diferentes vegetales. 

Mediante el método científico, se plantea una hipótesis sobre la realidad que se


intenta comprobar empíricamente a través de la observación, evidencia y
experimentaciones. En este proceso, se pueden encontrar muchas respuestas
o ninguna. El método científico debe ser objetivo, centrado y muy cuidadoso.
Para describirlo es necesario utilizar un lenguaje técnico y correcto. A través de
este método se formulan leyes y teorías científicas.

Los saberes científicos pueden clasificarse en empíricos (aquellos que están


relacionados con la realidad) como las ciencias naturales, ciencias
sociales, física y biología; y formales, entre los cuales se encuentran la
matemática y la lógica.

Saberes ordinarios

Los saberes ordinarios o saberes vulgares son aquellos conocimientos que se


basan en la experiencia adquirida por cada persona. Están presentes de
manera espontánea en todos los seres humanos.
Al estar basados en la experiencia personal suelen ser saberes subjetivos y
que no necesitan comprobación. Se encuentran impregnados por emociones,
hábitos y costumbres de cada persona en particular, a partir de los
conocimientos y las experiencias que va adquiriendo en su día a día. Son
conocimientos populares que suelen transmitirse de generación en generación.
Por ejemplo: supersticiones como: “los gatos negros traen mala suerte”.

Saberes técnicos

Los saberes técnicos se especializan en el conocimiento de una actividad en


particular que es ejecutada por una o varias personas. Se encuentran ligados a
los saberes científicos. Este tipo de saberes se adquiere mediante el estudio o
la experiencia y pueden ser transmitidos de generación en generación. Por
ejemplo: el uso del torno en las industrias; la limpieza del motor de un auto. 

Saberes religiosos

El saber religioso es el conjunto de creencias que se basa en la fe y en los


dogmas para conocer y explicar algunos aspectos de la realidad. Este conjunto
de saberes suele transmitirse de generación en generación y conforman los
credos que constituyen las bases de las diferentes religiones. Por
ejemplo: Dios creó al mundo en siete días; la Torá es un libro de inspiración
divina. El saber religioso suele basar sus creencias en la existencia de un ser
superior o divinidad.

Estos saberes no precisan de comprobación racional ni empírica, ya que son


tomados como ciertos por todos aquellos que profesan determinado credo. Dan
respuesta a interrogantes como la creación del mundo, la existencia del
hombre, la vida después de la muerte.

Saberes artísticos

Los saberes artísticos son aquellos en los que se realiza una narración de la
realidad subjetiva, sin buscar fundamentos para explicarla. Estos saberes son
únicos y personales. Transmiten emocionalidad y la manera subjetiva de cada
persona de ver y apreciar lo que la rodea. Por ejemplo: una poesía, la letra de
una canción.

Es un conocimiento que se vale de la creatividad personal y el poder de


trasmisión de cada persona. Se presenta desde edades tempranas y puede ir
cambiando con el tiempo.

LOS SABERES ANCESTRALES


Históricamente los saberes y conocimientos ancestrales no han formado parte
de los currículums de la educación reglada; por el contrario, desde la academia
se los ha considerado como superstición o, en el mejor de los casos, como
mero folklore, reduciéndolos así a una caricatura, una imagen superflua, una
cáscara de lo que constituye en realidad un cúmulo de conocimientos, prácticas
y tradiciones que son expresión y vida de una profunda cosmovisión. De este
modo, los saberes ancestrales han sido víctimas del menoscabo cultural que se
ha dado como parte de las estrategias hegemónicas de las sociedades
imperialistas, que desde la época de la conquista han procurado apropiarse del
territorio, tanto físico como simbólico.    
En la Declaración Universal de la Unesco sobre la Diversidad Cultural de 2001
se establece que los saberes tradicionales y ancestrales son un patrimonio
cuyo valor no se circunscribe únicamente a las comunidades originarias, sino
que dichos saberes constituyen un importante recurso para toda la humanidad,
en tanto enriquecen el conocimiento mutuo por medio del diálogo, y permiten
conservar el amplio espectro de la diversidad cultural existente en un territorio
dado. Según se afirma en la declaración, la diversidad cultural es una fuente de
creatividad y de innovación y su reconocimiento fomenta la inclusión social y la
participación.
Por tal motivo debe ser protegida y promovida, reconocida y consolidada en
beneficio de toda la humanidad, de las generaciones presentes y futuras.
También se asegura que la diversidad cultural amplía las posibilidades de
elección que se brindan a todos, y que es una fuente de desarrollo, entendido
este no solamente en términos de crecimiento económico, sino también como
medio de acceso a una existencia intelectual, afectiva, moral y espiritual
satisfactorio. El organismo internacional entrega de esta manera un necesario
reconocimiento a todas las diversas expresiones culturales que existen y han
existido en el planeta. En este ámbito, resulta notable el esfuerzo que se ha
hecho en el Ecuador donde, en el marco del proyecto histórico del Sumak
Kawsay o Buen Vivir, se fomenta el rescate, la preservación y la divulgación de
los conocimientos ancestrales.
Entonces, ¿qué son los saberes ancestrales?, ¿qué queda realmente de ellos y
qué valor pueden tener en el mundo de hoy?
Se denominan conocimientos y saberes ancestrales y tradicionales a todos
aquellos saberes que poseen los pueblos y comunidades indígenas, y que han
sido transmitidos de generación en generación por siglos. Estos conocimientos,
saberes y prácticas se han conservado a lo largo del tiempo principalmente por
medio de la tradición oral de los pueblos originarios, y también por medio de
prácticas y costumbres que han sido transmitidas de padres a hijos en el marco
de las dinámicas de la convivencia comunitaria que caracterizan a nuestros
pueblos indígenas.   
No es sencillo desde el mundo mestizo tratar de comprender realmente lo que
son los saberes ancestrales, pues primero debiésemos realizar un ejercicio de
“descolonización mental”, por decirlo de algún modo. Deberíamos primero
comprender que los saberes ancestrales son la expresión de una cosmovisión,
profunda y compleja, que dista mucho de la concepción del mundo occidental;
entender que el conocimiento y comprensión de estos saberes no puede darse
cabalmente a través de un proceso de descripción, análisis y categorización,
pues la verdadera compresión de los saberes ancestrales surgen desde la
vivencia de esa cosmovisión, en la que la intuición y el sentir se entrelazan con
el pensamiento para generar el conocimiento del mundo.
Señalado esto, y sin poder desprendernos del todo de la necesidad de describir
y categorizar, podría decirse que los saberes ancestrales abarcan una gran
variedad de aspectos del conocimiento y la técnica que van desde el lenguaje
hasta la gastronomía, desde las matemáticas hasta la artesanía, pasando por
la medicina, la construcción, la silvicultura, las técnicas de conservación del
ambiente y microclimas, la producción y alimentación, la agricultura y el riego,
el transporte y la comunicación, etc.
Cada pueblo tiene sus propios pensamientos, prácticas y costumbres que
configuran la particularidad de sus diversas identidades. Podemos ver esto
reflejado en la diferencia entre una artesanía de semillas silvestres del cofán,
por ejemplo, y las conocidas artesanías de tejido de los Otavalo, pertenecientes
a la nacionalidad kichwa; o en la diferencia entre la gastronomía, la música y la
danza del pueblo amazónico shuar y la gastronomía, danza y música de otras
nacionalidades y pueblos de la Sierra o de la Costa. A pesar de estas
diferencias existen elementos comunes, puntos de encuentro que constituyen
ejes centrales dentro de sus cosmovisiones, hermanado sus formas de
concebir, interpretar y relacionarse con el mundo.
Un componente central que cruza las cosmovisiones de los pueblos indígenas
y por tanto, de los saberes ancestrales, es el aspecto espiritual, impregnando
cada elemento de la vida cotidiana y confiriendo así un sentido trascendente a
la misma. La espiritualidad parece sobresalir como la parte esencial que
conforma la identidad colectiva de los pueblos indígenas, determinando su
vínculo armónico con la Pacha Mama, con la madre tierra. Son estos ejes
centrales de los saberes ancestrales, quizás, los que debiesen despertar mayor
interés no solo en la población mestiza, sino en mundo entero, dado que
constituyen elementos que podrían dar respuestas a algunas de las
necesidades globales de la actualidad
Los modelos de producción y consumo respetuosos con la naturaleza, la
aproximación intuitiva y sensible a la realidad, la sabiduría de comprender que
se es solo una parte de algo mucho más grande que uno mismo, son todos
componentes de una sabiduría ancestral que ya ha comenzado a llamar la
atención del mundo y que, frente a la actual crisis ecológica producto del
modelo de desarrollo imperante a nivel mundial, podría asumir un rol
fundamental en la construcción de nuevos modelos que permitan una relación
más armónica con los seres que conforman los ecosistemas que sustentan
nuestra existencia. Eso es una parte fundamental del Buen Vivir.

También podría gustarte