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Conflictos de amor y odio laboral

Este documento presenta el primer capítulo de una novela que narra la historia de Eloy y Jimena, jefe y empleada respectivamente en un bufete de abogados que no se soportan. El hermano de Eloy, Cristian, le anuncia que le propondrá matrimonio a su novia Jimena, a lo que Eloy se opone firmemente por la mala relación que tiene con ella.

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Conflictos de amor y odio laboral

Este documento presenta el primer capítulo de una novela que narra la historia de Eloy y Jimena, jefe y empleada respectivamente en un bufete de abogados que no se soportan. El hermano de Eloy, Cristian, le anuncia que le propondrá matrimonio a su novia Jimena, a lo que Eloy se opone firmemente por la mala relación que tiene con ella.

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Jefe,

¡que te den!

©Vega Manhattan.

1º Edición: Septiembre, 2022

Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro sin el previo
permiso del autor de esta obra. Los derechos son exclusivamente del autor, revenderlo, compartirlo o
mostrarlo parcialmente o en su totalidad sin previa aceptación por parte de él es una infracción al código
penal, piratería y siendo causa de un delito grave contra la propiedad intelectual.

Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes y sucesos son producto de la imaginación del autor.

Como cualquier obra de ficción, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia y el uso de
marcas/productos o nombres comercializados, no es para beneficio de estos ni del autor de la obra de
ficción.
SINOPSIS

«Soy gay».

Jimena y Eloy habrían respondido con un simple “Pues vale”, con toda la normalidad del mundo, de no ser
porque Cristian, quien había pronunciado esas palabras, estaba a punto de comprometerse. Con su novia.

Jimena ya no vestiría de blanco, al menos no con quien creía que lo haría.

«Seguro que el imbécil de su hermano se alegra por ello».

Eloy ya no sería el padrino de la boda de su hermano.

«Menos mal, no quería verlo casado con esa víbora».

Ahí podría haber acabado la relación que los unía de no ser porque eran jefe y empleada.

Y porque la vida les tenía guardada una sorpresa.

¿Qué será de ellos cuando el odio que creen sentir los haga temblar? Pero de placer…


ÍNDICE

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

NOVELAS

“Porque nuestra única misión en la vida es ser feliz.”


Capítulo 1

―¡¿Se puede saber qué es lo que has hecho?!

Eloy explotó nada más verla. ¿Qué digo verla? Si ni tiempo le había dado a ver su sombra aparecer cuando
las puertas del ascensor se abrieron. La había sentido u olido cual cazador a su presa y le iba a devolver
toda la frustración que sentía.

Porque era culpa de ella, faltaría más.

Ella era la culpable de que él estuviera en ese estado. Ella, que aún no había puesto un pie ese día en la
oficina. Ella, a quien aún no había visto y era ya casi el mediodía. Ella era la culpable de que a él se lo
llevasen los demonios.

¿Crees que es exagerado pensar eso?

Yo también, pero como solo soy una simple narradora, pues tampoco es que sirva de mucho mi opinión. Yo
me dedico a narrar y punto.

Para tocarle las narices a los protagonistas ya estaban las voces de sus cabezas que se callaban más bien
poco.

O nada.

La cuestión es que, para Eloy, el protagonista de esta historia, la culpable de todos sus males, ese día, era
ella.

Jimena.

Y te voy a explicar por qué.

Viernes, último día de la semana. El cansancio de toda una intensa semana de trabajo se notaba en el
cuerpo. Una semana donde, además, había tenido que echar bastantes horas extras para poder preparar
uno de los casos de los que se ocupaba. Una semana que aún no había terminado.

Y cuando creía tenerlo todo bien atado…

―Se niega a declarar ―dijo Cristian.

La mirada glacial que Eloy le echó a su hermano habría hecho temblar a cualquiera. A él no, por supuesto,
él conocía bien a Eloy y ni se inmutaba por ello.

―¿Quién se niega a declarar? ―lo preguntó tan bajito que Cristian supo que eso solo significaba que el
cabreo que se iba a pillar iba a ser monumental.

Cuanto más bajo y agudo, más enfadado terminaba. Así funcionaba Eloy.

―El señor González ―respondió Cristian.

―¿Y ese es? ―sonó aún más bajo, si es que eso era posible.

―El testigo principal.

Eloy ensanchó su nariz mientras intentaba no mandar a su hermano al carajo.

―Cristian… ¿Crees que te estoy preguntando porque no lo sé?


Cristian sonrió, no pudo evitarlo. Sabía que no lo hacía por eso, pero le encantaba molestar a su hermano
mayor.

Eloy, conociéndolo, suspiró. Se apretó el puente de la nariz y maldijo. Joder, no eran ni las diez de la
mañana y a él ya le estaban tocando las pelotas.

―¿Qué tienes pensado hacer?

―Dejarlo unos días pensando que se ha salido con la suya. Entonces le haré ver que no tiene de otra.

Puso delante de su hermano algunos documentos. Este miró por encima, se dejó caer en la silla y suspiró
de alivio. Por primera vez esa mañana, una sonrisa en su rostro.

―Te he enseñado bien.

―Siempre insistías en que tenía que tener guardado un buen as bajo la manga.

―Y aprendiste ―dijo con orgullo, lo que su hermano le había mostrado persuadiría al cliente y le haría
entender que no tenía más opción que declarar. De no hacerlo, las consecuencias económicas serían
desastrosas para él―. ¿El otro caso que llevas? ¿El de la petrolera?

―Está ganado.

―Bien…

―De todas formas, estoy pendiente de poder hablar con un antiguo encargado que se fue a Londres
cuando el desastre comenzaba a producirse. Su testimonio sería un gran punto a favor.

―Siempre es mejor ganar con ventaja.

―Sí.

―Está bien. Te coges un vuelo si es necesario ―Cristian asintió con la cabeza.

Eloy suspiró de alivio. Parecía que todo estaba bien encaminado. Ya había hablado con otros abogados de
la firma y tenían todo bajo control. Algún caso no se ganaría, era de esperarse, pero conseguirían los
objetivos que querían.

Ese era su ritual de cada día. Nada más llegar, se ponía al día de todos los casos, conociendo todas y cada
una de las novedades. Si es que había, claro.

―Solo queda que Jimena termine el juicio hoy ―continuó Eloy.

―Y que sea favorable para el cliente.

―¿Lo dudas?

Porque él no lo hacía, él sabía que ese caso estaba más que ganado.

―No ―dijo Cristian, tajante―. Pero, aun así, existe esa posibilidad y me pone nervioso. No quiero que
nada enturbie esta noche, quiero que sea un fin de semana especial.

Eloy enarcó las cejas.

―¿Qué tiene de especial? ¿Es su cumpleaños o algo así? ―preguntó, haciéndose el tonto porque él sabía,
de más, que no lo era. Pero claro, no lo iba a decir.

Por supuesto que no, es mejor seguir fingiendo. Así te va mejor, ¡¿dónde va a parar?!, la voz de su cabeza
se callaba poco. Ella siempre metiendo la puntilla. Y era irónica y sarcástica cuando hacía falta.

Cristian, sin decir nada, dejó una cajita sobre la mesa de la sala de juntas donde estaban reunidos y a Eloy
se le atascaron las palabras en la garganta.

«¿Es eso lo que creo que es?»

Oh, sí…, hasta la voz de su cabeza, esa que no se callaba nunca, se había quedado sin palabras.

―Le voy a pedir que se case conmigo.

Eloy sintió como si su hermano le hubiese clavado el puño en el estómago. De repente y, sin sentido
ninguno, eso dolía.
Dolía escucharlo.

Dolía pensar que iba a ocurrir.

Y no tenía ni idea de por qué se sentía de esa manera.

Oh, vamos, claro que lo sabes. Pero no lo aceptarás nunca, resopló la voz.

«Jamás», confirmó él mentalmente.

―¿Tan sorprendido estás? ―rio Cristian al ver que su hermano no decía nada al respecto. Solo miraba la
cajita que tenía frente a él.

―¿Matrimonio?

Le costaba pronunciar esas palabras. Se le había formado un nudo en la garganta y le costaba emitir
sonido.

Y no sabía por qué.

Claro que no…, nuevamente la ironía en la voz.

―Sí. Ya es hora, ¿no crees?

«No, no lo creo», pensó Eloy.

Y no iba a callárselo.

Tenía que decírselo. Tenía que evitar, si podía, que cometiera esa locura.

¿Cómo ser sutil al respecto?

Eloy levantó la mirada, se dejó caer en la silla, cambiando la postura tensa que, sin darse cuenta, tenía; se
cruzó de brazos y miró a su hermano menor a los ojos.

―Eso es un error y lo sabes.

A la mierda la sutileza y todas esas tonterías que estaban sobrevaloradas. Cuanto más claro, mejor.

Cristian puso los ojos en blanco después de dejarse caer, también, en el sillón.

―Oh, vamos, ¿otra vez con esas?

«Y todas las que sean necesarias».

―No puedes casarte. No con ella.

Cristian suspiró. Siempre con la misma historia. Su hermano y su novia, además de ser compañeros de
trabajo, jefe y empleada, eran los mayores enemigos que podían existir.

No se soportaban. Casi podía decirse que se odiaban. Y ninguno podía evitar demostrar el desagrado que
sentía por el otro.

Si las palabras fuesen cuchillos, entre ellos dos habría decenas volando a cada segundo.

―Pero lo haré ―dijo tranquilamente.

―Y cometerás el mayor error de tu vida ―había una seguridad aplastante en sus palabras. Sin un atisbo
de duda, así sería.

―Es una gran mujer. Y lo sabes.

―Es una arpía desagradable ―«entre otras cosas»―. Y también lo sabes.

―¿No crees que el que solo sea desagradable contigo significa que tú puedes tener la culpa?

Eloy meditó unos segundos antes de responder. Frunció el ceño.

―La culpa no es solo mía. Si no fuera tan… Tan… ―no sabía ni cómo definirla― ¡Yo sería un poco más
amable! ―exclamó en un tono desesperado.

Cristian enarcó las cejas.


―¡Pero si le hablaste mal desde la primera vez que la viste!

«Eso es verdad. Pero tenía mis razones», pensó, enfurruñado.

Y qué razones…, dijo la voz de su cabeza. Voz a la que él ignoró.

Como la ignoraba cada vez que le interesaba.

Eloy levantó un dedo y señaló a su hermano.

―Te vas a arrepentir, recuerda mis palabras. Vas a ser un completo infeliz como te cases con la reina de
las arpías.

Cristian no se veía para nada sorprendido por la actitud infantil de su hermano mayor. Así de
acostumbrado estaba. Pero no por ello iba a quedarse callado.

―Oh, vamos. No la llames así, no se lo merece.

―Y un cuerno que no ―refunfuñó Eloy.

Se merecía ese apodo y otros más mucho peores. Pero claro, eso solo podía decirlo él porque solo con él
demostraba ser como realmente era.

Una auténtica víbora de lengua viperina.

Con los demás era la persona más cariñosa y amable del mundo. Pero con él…

Falsa, eso era.

―¿Me llamarás a mí rey de las arpías entonces? ―rio Cristian, sin poderlo evitar.

―Te llamaré insensato, por no decirte algo peor ―refunfuñó mientras cogía el móvil que había comenzado
a sonar―. ¿Sí? ―comenzó a escuchar y, poco a poco, su cara fue cambiando de color.

Cristian, preocupado, cambió su postura en la silla. La tensión también en su cuerpo.

¿Qué demonios había ocurrido? ¿Por qué había perdido el color?

Sin una sola palabra, Eloy colgó la llamada. Dejó el móvil sobre la mesa y cerró los ojos durante un par de
segundos. Al abrirlo, miró a su hermano.

―Creo que no te vas a poder casar ―Cristian frunció el ceño al escucharlo, la preocupación en su rostro.
¿Había pasado algo? ¿Estaba Jimena bien?― Es más, ni siquiera vas a poder pedírselo.

―¿De qué estás hablando? ¿Jimena está bien? ¿Qué ha ocurrido?

―Aún nada ―respondió Eloy en voz baja―. Pero ocurrirá. Ella está bien, por ahora… Porque la voy a
mandar tan lejos que te juro que no va a poder encontrar el camino de vuelta. ¡A la mierda se va a ir!
―explotó y se levantó de un salto.

Cristian pestañeó, no entendía nada.

―¿Pero qué…?

―¿Una noche inolvidable? ¿Un fin de semana inolvidable? ―rio con ironía― Oh, créeme ―miró, de nuevo,
a Cristian― Lo va a tener, porque de esta la pongo ¡de patitas en la calle!

―¡¿Pero me quieres decir qué demonios ha pasado?! ―esa vez, el que gritó fue Cristian.

Pero de poco sirvió, Eloy ya estaba saliendo por la puerta y pegando voces a diestro y siniestro. Su
hermano lo seguía bien de cerca; a ver si, de una vez, se enteraba de qué era lo que había ocurrido.

―¡La quiero en mi despacho cuando llegue! ―le gritó a su secretaria― No, mejor aún, quiero saber
cuándo llega abajo para encontrarme con ella ¡porque ni siquiera la voy a dejar subir! ¡Aquí no pone un
pie más! ¡¿Pero cómo se le ocurre pedir un aplazamiento?! ―las manos elevadas al cielo, desquiciado―
¡¡¡Y saca al único testigo de la lista!!! ―no se lo podía creer…

Cristian suspiró, en parte de alivio al saber que Jimena estaba bien.

Al menos por ahora…


―Si es que no puedo con ella ―la retahíla de Eloy seguía. Llegó a su despacho hecho una furia y cerró de
un portazo― ¡Joder!

Una mano en su cadera, la otra se la pasó por el pelo, dejándoselo hecho un desastre. Peor de lo que
normalmente lo tenía.

No podía creer lo que había escuchado durante esa llamada. Ni entendía qué era lo que estaba pasando.

Era el jefe, en todos los casos él tenía voz y voto y marcaba las pautas junto con los abogados principales.
Si había cualquier eventualidad, la discutían con él. Cualquier cambio tenía que saberlo.

Y ese juicio tenía que haber estado terminado. Y ganado.

¡Y a la mierda!

¡A por otro!

Pero no, con ella las cosas nunca podían ser fáciles. Ella siempre tenía que complicarlo todo.

Joder, su simple existencia ya era una complicación para él.

«¿Por qué, por los clavos de Cristo, tuve que elegirla a ella?», se preguntó a sí mismo.

Se arrepentía cada día. Cada vez que la veía, para ser más exactos. Mira que había candidatos con
mejores currículums, pero no. Él tuvo que decantarse por quien tenía un cartel de neón en la frente que
ponía, con letras fluorescentes: “Soy un jodido dolor de cabeza.”

Y vaya si lo era. Un completo grano en el culo.

Y como si no tuviera bastante con tener que aguantarla en el trabajo cinco días a la semana más las horas
extras, que no eran pocas, también tenía que verla fuera de allí porque era la novia del tontolaba de su
hermano.

Y, para colmo de los colmos, ¡iba a convertirse, oficialmente, en su cuñada!

Si es que no se podía tener más mala suerte en el mundo que él.

«Qué desgraciadito soy…», pensó.

Entre otras cosas…, confirmó la voz.

Lo sabía, sabía que algo así iba a ocurrir tarde o temprano. La gente, cuando salía con otras personas era
con idea de más, ¿no? Nadie estaba dispuesto a perder el tiempo con gente o con relaciones que no le
llevarían a ninguna parte.

Así que sabía, muy bien, que ese momento llegaría. Joder, lo sabía mejor que bien porque el involucrado
era su hermano y él no era la clase de persona que jugase ningún juego cuando de sentimientos se
trataba.

Eloy lo sabía bien, mejor que nadie. Porque había sido él quien había criado a Cristian. Y se había
encargado de que se convirtiese en una gran persona.

Un poco tocapelotas, pero el mejor hombre que podía existir sobre la faz de la tierra.

No era perfecto, nadie lo era. Y Cristian tenía muchos defectos. Salía con la reina de las víboras, no había
defecto más grave en el mundo que ese. Y era un poco “cegato” a veces. Es decir, no veía las cosas
aunque se las escribiesen en un cartel de neón luminiscente.

En eso se parece a su hermano algo, ¿no? Uno no las ve y el otro, aunque las ve, las ignora. La voz
siempre dando por culo…

Pero tenía razón. Era evidente que algo tenían que ver los genes en todo eso, ¿o no?

Con las dos manos en las caderas y con el pelo hecho un desastre, Eloy se acercó hasta el ventanal que
había en su despacho y miró afuera.

Su hermano se iba a declarar a la víbora esa noche. Y esta, para colmo, la liaba en el trabajo.

―Vaya mierda de día ―gruñó.


¿En serio?

Precioso, ¡hacía un día precioso!


Capítulo 2

―¡¿Se puede saber qué es lo que has hecho?!

Eso mismo se preguntaba ella cada día. Se lo preguntaba cada vez que lo tenía cerca. ¿Qué demonios
había hecho en otra vida para merecer semejante castigo?

Debió ser algo muy malo.

Y teniendo en cuenta que él era su torturador personal, el daño debió habérselo hecho a él. ¿Por qué, si
no, el infierno llevaba su nombre?

Jimena giró la cabeza y miró atrás, volvió a mirar al frente, sus ojos encontrándose con un par de iris de
color avellana que la miraban con ira. Manteniendo la calma, levantó una mano y se señaló a sí misma con
el dedo.

―¿Yo? ―preguntó.

Se estaba haciendo la tonta, era evidente. Sabía qué era lo que ocurría y no porque su secretaria la
hubiese puesto sobre aviso. Supo, desde que tomó la decisión esa mañana, que todo aquel cambio traería
consecuencias. Supo que su jefe se iba a molestar.

Pero la verdad era que no imaginó verlo tan enfadado.

«Ni modo… A lo hecho, pecho», pensó.

Exactamente. Tú digna, mi reina, dijo la voz de su cabeza.

Así que seguiría haciéndose la tonta un poco más. Aunque sabía que lo enfadaría más.

Pero le importaba poco.

Era feliz siendo una tocapelotas, para qué se iba a engañar.

Haciendo honor a tu mote de víbora, ¿eh?

«La voz de mi cabeza siempre jodiendo…», pensó.

―¡¿Quién si no?! ―exclamó él.

Estaba enfadado, lo normal en él. O, mejor dicho, lo normal en él cuando se trataba de ella. Su sola
existencia lo molestaba, el solo hecho de saber que ella respiraba ya lo ponía de mal humor.

Fue así desde que se conocieron.

Y ella no sabía por qué.

Jimena se lo había preguntado a sí misma muchas veces, pero no lograba encontrar la respuesta. No le
había hecho nada, no que ella supiera. Y por más que había intentado agradarle, solo había conseguido
que la repeliera más.

Así que, un día llegó a la conclusión de que no todo en la vida tenía una explicación. Y dejó de buscar
respuestas. Dejó de intentar llevarse bien con él.

―He salido del ascensor ―respondió, tras enarcar las cejas, en un tono de “¿acaso no es evidente?”
Jimena vio cómo, tras escuchar su respuesta, ponía los ojos en blanco. Conociéndola, ella no entendía
cómo no había esperado algo así. Tenía que haber sabido que le soltaría algo semejante.

A veces pensaba que lo hacía, a veces, ella tenía la sensación de que la conocía mejor de lo que ella misma
lo hacía. A veces, mientras la miraba a los ojos, sentía que era capaz de conocer sus más oscuros
pensamientos.

Pero solo era eso, una sensación.

Porque era evidente que no la conocía en absoluto. De hacerlo, no la trataría de esa manera. Porque ella
no era una mala persona, no se merecía un trato así.

Si de verdad la conocía, no la odiaría tanto.

Porque ella no lo odiaba, para nada. Al contrario, lo admiraba. Y mucho. Siempre lo había hecho. Siempre
había querido ser como él.

La mejor.

Y aún quería serlo, quería ser la mejor abogada de la ciudad.

Por ello, porque para eso tenía que seguir a su lado, Jimena intentaba no entrar al trapo cuando la
buscaba. Intentaba evitar, siempre…

Tanto como siempre…, interrumpió la voz de su cabeza.

Bueno… Intentaba evitar, casi siempre, el tener una confrontación directa con él. A veces, muy pocas
veces, lo lograba. Se mordía la lengua y se quedaba en silencio. Pero no siempre podía hacerlo y cuando
perdía la paciencia, lo que venía siendo la mayoría de las veces, lo mandaba bien lejos.

A la mierda específicamente.

Y ella sabía que en esos momentos era ella la que perdía. Porque él parecía sentirse satisfecho con sus
discusiones. Y como el capullo integral que era, la provocaba más y más hasta hacerla explotar.

Eso sí, la diferencia entre ellos dos era que ella jamás levantaba la voz. Pero su lengua podía ser más
hiriente que la de él.

Jimena siempre se prometía que la próxima vez lo ignoraría, pero no siempre era sencillo hacerlo.

Esa vez sí lo cumplió, esa vez sí lo ignoró. Pasó por su lado y caminó hasta su despacho, desoyendo,
también, la advertencia en la voz de Eloy.

―Jimena…

Pero Jimena iba a lo suyo.

Saludó con una sonrisa y con un movimiento de cabeza a cada uno de los compañeros a los que se
encontró. Llegó hasta su secretaria y le guiñó un ojo. Esta negó con la cabeza, diciéndole, sin palabras,
que la regañina no sería pequeña, a juzgar por el cabreo que tenía el jefe.

Nada que ella no supiera, estaba acostumbrada a ello. Como lo estaban a sus rifirrafes todos y cada uno
de los empleados de ese bufete. Así que aquello no los cogió por sorpresa, era bastante típico que se
tirasen los trastos a la cabeza.

O, mejor dicho, que él se los tirase a ella.

En definitiva, el pan suyo de cada día…

Jimena abrió la puerta de su despacho y le di un manotazo para cerrarla. El gruñido que escuchó le hizo
saber que no había logrado deshacerse de él.

«Sabía que no sería tan fácil», pensó.

Tras colgar el bolso y la chaqueta en el perchero, dejó los documentos que llevaba en la mano sobre el
escritorio y, cruzándose de brazos, lo encaró. Era hora de darle una explicación y terminar con aquel
encontronazo.

Pero ni tiempo le dio a abrir la boca.


―¿Tienes el testimonio del testigo y no lo usas? ¿En serio, Jimena? ¡¿Te vas vuelto completamente loca?!
―explotó tras cerrar la puerta.

Enfadado se quedaba corto…

Así que iba a tocarle la moral un poco más. Por imbécil.

―Así es. Sí. Y no ―respondió con tranquilidad a las tres preguntas que él había hecho a la vez que
enumeraba con los dedos de una mano.

Tranquilidad que, como bien imaginaba, solo iba a sacarlo más de sus casillas. Lo conocía, quizás, un poco
más de lo que debería. Y sabía dónde tocar y cómo para hacerlo perder el control.

Tampoco es que le resultase difícil teniendo en cuenta que todo lo que tenía que ver con ella, lo cabreaba.

Eloy se pasó las dos manos por el pelo, dejándoselo hecho un desastre. Más de lo que normalmente lo
tenía. A Jimena no le pasó por alto que no solo lucía enfadado, sino también cansado.

Agotado más bien.

―No estoy para gilipolleces, Jimena ―gruñó―. Prepara todo y que declare en la próxima vista.

Jimena separó los brazos, retiró la silla del escritorio y se sentó. Levantó la cabeza y lo miró a los ojos.

―Ya, bueno… Eso no va a poder ser.

―¿Perdón? ―su voz sonó extremadamente baja. Y aguda. Se estaba preparando para el siguiente grito.

Y ella lo iba a ayudar.

Qué te gusta tocarle la moral, rio la voz de su cabeza.

«No lo puedo evitar», le respondió ella mentalmente.

Le encantaba picarlo, era su pasatiempo favorito.

―Que no va a declarar.

Jimena pudo ver, en ese momento, cómo su jefe echaba humo por la cabeza.

Literalmente.

―¡Y un cuerno no va a hacerlo! ―estalló― ¡Te saco del jodido caso si es necesario!

No era una advertencia vacía. Podía hacerlo, para algo era el jefe. Él decidía qué abogado se hacía cargo
de cada caso y tenía la autoridad suficiente para cambiarlo en cualquier momento.

Podía hacerlo, ambos lo sabían. Pero…

―No lo harás ―sentenció Jimena.

Eloy rio con ironía al escuchar la excesiva seguridad con la que lo dijo. Jimena sonó pedante, entre otras
cosas.

―¿Eso crees? ¿Te crees indispensable en el bufete, Jimena? ¿Crees que porque vayas a formar parte de la
familia ya tienes asegurado un lugar aquí? ¿Es eso?

¿Pero a qué venía eso? ¿De qué demonios estaba hablando?

Ella negó con la cabeza.

Para nada. No se trataba de eso. Nunca se había tratado de eso. Y pensó que él lo sabía.

Pero, al parecer, se equivocaba. Y le dolía saber que realmente él pudiera pensar así de ella. Que esos
comentarios que solía decir a veces fuesen mucho más que estupideces que se decían cuando uno estaba
en caliente.

Ella jamás usaría su vida personal para sacar beneficio en su trabajo. Joder, ella no estaba en ese bufete
por ser la pareja del hermano del jefe.

¿De verdad no estaba claro eso para él?


―No ―dijo con rotundidad―. Pero por más que te desagrade mi persona, por más que ahora mismo
tengas ganas de echarme a la calle, sé que no lo harás. Sé que serás justo conmigo. Sé que, después de
conseguir esto ―levantó uno de los portafolios que había dejado sobre el escritorio un momento antes―,
no me dejarás fuera del caso ―él frunció el ceño, curioso―. No creo que me odies tanto ―tenía que
haberse callado ahí, pero no, ella no podía hacerlo. Tenía que meter la puntilla― ¿O sí?

Lo vio tragar saliva, incómodo.

Ella levantó la cabeza un poco, sin demostrarle que también se sentía como él.

Al ver que no se movía, Jimena agitó la mano, insistiendo en que cogiera lo que había en ella. Él seguía
allí, de pie, imponente. Enojado. Y, en ese momento, también ¿desconcertado? ¿Curioso?

El hombre de metro ochenta y cinco que había frente a ella se acercó y a Jimena le dio la sensación de que
el despacho había encogido, parecía que se había hecho más pequeño.

Eloy alargó la mano y cogió lo que le ofrecía. Frunció el ceño mientras leía las primeras líneas de los
documentos.

―¿Pero qué…?

Levantó la mirada de los folios y la miró.

―No fue fácil, pero lo conseguí. Y está dispuesta a declarar.

Vio la sorpresa en la mirada de Eloy, la ira había desaparecido de esos preciosos ojos color avellana. Con
tranquilidad, se sentó frente a ella, cruzó sus largas piernas, una sobre la otra, acomodándose en la silla y
continuó leyendo. Y eso sí era raro. Verlo así, tan cerca de ella y, a la vez, tan relajado. Sin gritos de por
medio. Sin miradas glaciales o asesinas dirigidas a ella.

Sí, era extraño. Mucho. Había ocurrido muy pocas veces.

Casi nunca.

Mientras leía, Jimena se limitó a mirarlo.

«Está guapo», el pensamiento se formó en su mente rápidamente.

Bueno, no lo estaba. Lo era. Nadie podía negar eso. Y Jimena tampoco. Al contrario, siempre lo había
dicho.

Lo imbécil no quita lo atractivo, la voz de su cabeza repitió lo que Jimena solía decir.

«Exactamente», pensó ella.

Era guapo, pero en ese momento, tan calmado y curioso, se lo pareció mucho más.

Eloy tenía rasgos duros y marcados, no era un hombre de apariencia aniñada ni dulce. Era muy masculino
y sus facciones también. Su nariz perfilada, sus labios llenos que siempre formaban una mueca tensa,
seguramente porque siempre apretaba los dientes y se le marcaba más la mandíbula. Lo único que
dulcificaba un poco ese perfecto rostro era ese pelo negro indomable que tenía. Ya se echara tres kilos de
gomina, su pelo iba por libre.

Y eso lo hacía lucir aún más atractivo de lo que era.

Sus antebrazos a la vista porque llevaba las mangas de la camisa dobladas…

Lo vas a desgastar como sigas mirándolo tanto, corazón…, dijo la voz de su cabeza, terminando con el
bochornoso momento.

«Joder, qué exagerada. Tampoco es para tanto. Solo me llama la atención descubrir cuán diferente es a su
hermano».

¿Y cuán diferente es?

«Bueno, los dos se parecen bastante, pero…», dejó el pensamiento ahí parado.

No tenía que comparar a nadie, mucho menos si uno de los involucrados era su pareja.
Este tiene más pinta de empotrador, ¿eh? Y cómo debe de empotrar el jodío.

Azorada por la vergüenza que le había causado el comentario de la voz de su cabeza, Jimena carraspeó y
desvió la mirada en el mismo momento en que él posaba la suya en ella.

―¿Cómo lo conseguiste? ―dejó el portafolio con los documentos sobre el escritorio y Jimena, cuando dejó
de sentir que sus mejillas quemaban, volvió a mirarlo a los ojos.

Ella se encogió de hombros.

―Soy buena en mi trabajo.

Eloy la miró fijamente. Seriamente. Y, para sorpresa de Jimena, una pícara media sonrisa se dibujó en los
labios de él.

―Eso parece…

Y, de repente, el ambiente comenzó a sentirse extraño.

El momento no duró mucho, pero sí lo suficiente como para hacerlos sentir incómodos a los dos. No
estaban cómodos si no era peleando, lo cual no fue muy agradable de descubrir para ninguno de ellos.

―¿Estás segura de que declarará? ―su voz volvía a sonar como siempre, volvía a ser la voz de un jefe
tocapelotas.

Ella asintió con la cabeza.

―Ganaremos ese caso ―le dijo con seguridad. Sabía que así sería―. Si es que sigo en él, claro… ―la
tocapelotas número uno era cuando quería.

Eloy la miró fijamente y ella le mantuvo la mirada, sin achantarse.

―Bien… ―fue lo único que él dijo. Se levantó y se acercó a la puerta―. ¿Por qué no me lo dijiste?

Sabía a qué se refería. Era el jefe, tenía que estar enterado de todo antes que nadie. Ella había pedido un
receso y había cambiado todos los planes que tenían para ese juicio sin consultarle.

En cualquier otro momento, Jimena le habría soltado una de sus borderías. Pero en ese no, en ese le dijo
la verdad.

―Nunca pensé que malpensarías.

Y esa era la verdad.

Podían llevarse mal, su relación podía ser lo peor, pero igual que ella lo admiraba y confiaba en él,
siempre había pensado que él creía en ella como abogada.

Y que confiaba en ella. Si no como persona por la aversión que sentía hacia ella, al menos como abogada
pensó que sí.

Al parecer, volvía a estar equivocada.

Eloy se había quedado con el picaporte de la puerta en la mano, la puerta abierta a medio camino.

―Pensé que sabías cuánto amo mi trabajo. Y que nunca haría nada que pudiera perjudicar a la firma ―se
quedó un momento en silencio, dudando de si decir lo siguiente. Al final lo hizo―. Ni a la gente que me
importa.

Pero lo hizo en un tono tan bajo que Eloy ni la escuchó.

Jimena suspiró al verlo marcharse. Maldito imbécil. Sabía que tenía mal concepto de ella, pero no pensaba
que llegase a esos niveles.

Pero, como siempre, él no dejaba de sorprenderla.

Abrió el segundo cajón de su escritorio y sacó un sobre que tenía escrita la palabra “Renuncia”.

Lo había escrito al poco tiempo de llegar a la empresa, cuando descubrió la actitud de su jefe para con
ella. No llegó a usarlo, decidió que no podía ni quería terminar, aún, con su sueño.

Se quedaría allí, aunque se llevasen a matar. Porque quería ser la mejor en su trabajo y, para eso,
necesitaba aprender del mejor. Así que si él quería deshacerse de ella, tendría que despedirla.

Suspiró pesadamente y cerró el cajón.

Se levantó, se acercó al ventanal que daba a la ciudad y miró a través de él.

Hasta el momento había aguantado, pero… ¿Sería ese el momento de entregarla?


Capítulo 3

―La abogada Leiva no está, señor.

Eloy se quedó parado y se giró para mirar a la secretaria que compartía con su hermano y con Jimena.

―¿Y dónde está?

―Bien…

Con todo el descaro, la mujer de unos cincuenta años que vestía canas y la ropa más chillona del mundo,
miró el reloj que llevaba en su muñeca.

Sí, aún había gente que usaba relojes.

―Pues teniendo en cuenta que su horario laboral terminó hace como una hora, ¿dónde cree usted que
pueda estar? ¿Quizás haciendo su vida? ―Eloy enarcó las cejas, ella continuó― Lo que debería estar
haciendo yo si no tuviera un jefe inconsciente que me manda hacer cosas a última hora.

El jefe inconsciente era él. Eloy estaba seguro de que había usado ese calificativo por no usar uno peor.
Pero que seguro lo describiría mejor.

Era tarde y hasta él, desde antes de poner un pie en la oficina esa mañana, estaba pensando en
marcharse. Y los minutos pasaban y no veía la hora de irse. Pero le tocó terminar algo y ahí estaba aún.

Jodiéndole, también, la vida a su secretaria.

―¿Lo tienes?

Su secretaria, quien ya se había levantado de la silla y se había colgado el bolso, se acercó a él y le dio con
el portafolios en el pecho.

―Las patatas guisadas me las voy a comer hechas puré. Gracias a usted no tendré que preocuparme de
que la dentadura postiza se me parta por comerme algo más duro de lo que podría soportar.

Y se marchó, dejando a Eloy con las cejas llegándole al nacimiento del pelo.

Su secretaria no era así cuando la contrató. Era una mujer dulce y educada. ¿Cómo había llegado a
convertirse en aquello?

A saber…, la voz de su cabeza y su ironía.

Eloy miró al despacho de Jimena, se acercó a él y entró. Tendría que buscar el documento él mismo.

Lo encontró y no tardó en hacerlo porque, para su fortuna, Jimena era bastante ordenada con sus cosas y
era fácil rebuscar entre ellas. Pero, lo que también encontró fue algo que no debería de haber visto.

Algo que no le hizo ni pizca de gracia…

En ese momento podían servirle el peor whisky del mundo que él se lo tomaría igual. Hasta vino del que
se usa para cocinar se bebería si eso era lo que le ponían por delante.

No estaba de humor y necesitaba una copa.

Le hizo señas al camarero al sentarse en la barra del pub para que le sirviese lo de siempre.

―¿Te ha rechazado?

Cristian rio. Su hermano acababa de llegar al pub donde habían quedado.

―Aún no se lo he pedido, después de la cena lo haré.

―¿Y qué haces aquí entonces? ¿Quieres aparecer en tu pedida oliendo a alcohol?

Cristian rio y le mostró el refresco que tenía delante.

―Ya había pensado en ello.

―Ya veo… ¿Te lo estás pensando? ¿Es eso? ―no quería sonar esperanzado, así que hizo un esfuerzo para
evitarlo.

Cristian, lamentablemente, negó con la cabeza.

―Llegaré a tiempo, no te preocupes ―sonrió.

―Pues date prisa, que lo mismo se arrepiente antes de que la recojas.

«Ojalá», pensó.

―No lo hará, no te preocupes. Aún tengo tiempo, quedamos en vernos en el restaurante.

¡¿En serio?!

―En el… ―Eloy resopló― He estado equivocado todo este tiempo, no te crie bien.

¿Cómo demonios iban a verse una vez allí? Joder, que iba a ser una noche especial, iba a pedirle
matrimonio. ¿Y quedaban para verse en el restaurante?

Increíble.

―Vamos, ya que tú no piensas, todavía mantengo la esperanza de que ella lo haga y que, por imbécil, te
diga que no. Mira que quedar en el restaurante la noche de tu pedida… Madre de Dios.

Cristian rio.

―Insistí, pero ella se negó. Tenía cosas que hacer y le venía mejor vernos allí.

―No habrás insistido mucho, no.

Cristian, esa vez, soltó una carcajada.

―Deberías modernizarte un poco, hermano.

«Modernizarme los cojones», pensó.

No se trataba de eso. No tenía nada que ver. Era que joder, ¿no le iba a pedir matrimonio? Incluso si no,
¿quedar en el restaurante? Si no había más remedio, vale. Pero teniendo tiempo… A Eloy le resultaba todo
eso frío.

Si fuera él quien se fuese a declarar a la mujer que amaba, iría a por ella. La buscaría. Esperaría por ella
lo que hiciera falta. Llegarían al restaurante juntos, cogidos bien fuerte de la mano y no la soltaría. Y eso
no era ser más o menos antiguo, sino que él lo sentía así.
Si fuera él, ya estaría con ella.

Si fuera él, Jimena ya estaría con él.

«¡¿Pero qué Jimena ni qué ocho cuartos?! ¡¿Qué demonios estás pensando, Eloy?!», se preguntó a sí
mismo.

«Nada, no estaba pensando nada. Me he metido demasiado en la historia, solo es eso…», se justificó.

Y más que te gustaría meterte, dijo la voz de su cabeza.

Eloy gruñó y refunfuñó algo ininteligible. Le dio un largo trago a la bebida, apenas dejó nada en el vaso.

Y suspiró pesada y lentamente.

―No lo hagas, vas a cometer un error.

«No la dejes ir sola. No le pidas matrimonio esta noche. Ni nunca. No…», rogó en su mente.

Cristian se giró en el taburete y miró a su hermano. Los botones de arriba de la camisa desabrochados, el
pelo hecho un desastre. Su cara…

Se notaba que había tenido un día de mierda.

―¿De verdad tanto la odias?

«Ojalá fuese tan simple como eso», pensó Eloy.

Eloy terminó el líquido de su bebida, dejó el vaso entre sus manos y, con la mirada perdida al frente,
suspiró.

―No ―era sincero―. Pero creo que necesitáis cosas diferentes. Sois mejores amigos, pero eso no es
suficiente para un matrimonio.

―Somos más que amigos.

Eloy rio con ironía.

―Sí, sois todo pasión.

Lo veía cada día, derrochaban pasión por los poros los dos.

Nótese la ironía.

Jimena era más apasionada cuando peleaba con él que cuando estaba con Cristian. En esos momentos no
parecía la misma. Tan comedida, tan…

Tan…

Joder, esa no era la Jimena que él veía cuando estaba en un juicio, defendiendo a capa y espada a su
cliente. Esa no era la Jimena que él veía echando fuego por los ojos cuando lo miraba a él.

Esa Jimena no se casaría con su hermano.

Esa Jimena no saludaría a su pareja con un beso en la mejilla.

Esa Jimena, la que él sabía que había bajo esa fachada que mostraba, no era la mujer desapasionada,
indiferente y fría que solía ver en su relación con su hermano.

Jimena era fuego y odiaba que, ella misma, insistiese en mantenerlo apagado.

Cristian ni caso le había hecho al comentario porque le había sonado un mensaje en el móvil. Desbloqueó
la pantalla y miró. Y, en ese momento, se parecía mucho a su hermano. La mandíbula apretada, a punto de
romperse los dientes.

Dejó el móvil sobre la barra y miró a Eloy.

―¿Malas noticias? ―preguntó este, a quien no le había pasado desapercibido el cambio de humor en él.

―No. Todo bien.

Pero no lo parecía y Eloy no era tonto, lo conocía muy bien.


―Cristian…

―¿Crees que papá y mamá estarían orgullosos de nosotros si nos vieran en este momento?

Joder, vaya cambio. Eso sí era dejar una conversación de lado y comenzar otra que no tenía nada que ver.

Pero es que Cristian también conocía bien a su hermano y sabía cómo evadir un tema. Y esa era una
manera perfecta de hacerlo.

Eloy afirmó con la cabeza.

―Dejando de lado la gran metedura de pata de tu vida… ―sonrió al ver a su hermano menor poner los
ojos en blanco― Estarían orgullosos de ti, te has convertido en un gran hombre.

―Y de ti ―aseguró su hermano.

―Oh, no lo dudes. Todo esto ―señaló a Cristian―, es obra mía. Aun cuando yo me convirtiera en una
decepción, mi obra me salvaría.

Cristian puso una mueca.

―Ahora no tendré yo ningún mérito en lo que soy.

―En la parte del desastre ―afirmó Eloy, haciendo reír a su hermano otra vez.

Al fin y al cabo, sonando mejor o peor, de eso se trataba, ¿no? De pasar un buen rato juntos aunque fuese
riéndose por tonterías.

Eloy no era un humorista experto, pero, a su manera, sabía sacarle alguna que otra sonrisa a su hermano
y eso, para él, después de todo lo que habían vivido, era muy importante.

―Ojalá estuvieran aquí ―suspiró Cristian.

Eloy asintió, una vez más, con la cabeza y pidió que le rellenasen el vaso.

―Lo están ―dijo en un susurro.

Siempre estarían con ellos, siempre en sus recuerdos, en sus mentes, en sus corazones.

―Me gustaría que me acompañaran hoy. También me gustaría que me acompañaras tú.

Eloy negó rápidamente con la cabeza y se bebió el contenido del vaso de una.

―Es algo vuestro, ¿qué demonios pintaría yo ahí? ¿De aguantavelas? Además, como aparezca por allí y me
vea, ten por seguro que te dice que no al darse cuenta de que estará emparentada conmigo para toda la
vida. Seguramente ni cuenta se ha dado aún de lo que conlleva estar contigo, de ser así, habría huido
lejos.

Cristian soltó una carcajada.

―¿Crees que te tiene miedo? ―lo picó.

«Debería», pensó, pero no lo dijo. Y un escalofrío le recorrió el cuerpo al tener ese pensamiento.

Porque a veces sentía que las emociones se le desbordaban. Sobre todo con Jimena, con ella le ocurría
eso. Era como si con ella todo fuese más intenso.

No entendía qué demonios quería decir eso, pero así se sentía.

¿De verdad no lo sabes? ¿O no lo quieres saber?, preguntó la voz de su cabeza.

«Cállate», gruñó él mentalmente.

En ese momento, una rubia despampanante se sentó en el taburete de al lado y lo miró de esa manera.

«Salvado por la campana», pensó.

― Además, yo tengo otros planes mejores ―le guiñó un ojo a su hermano, evitando responder a la
incómoda pregunta…

Después de mirar a la rubia y de mirar a Eloy, Cristian, riendo, se levantó del taburete. Ese era Eloy, el
ligón de turno. El picaflor de la familia. Nunca repetía con ninguna y siempre tenía a quien le calentara la
cama.

―Disfruta la noche ―le dijo a su hermano mayor, le dio una palmadita en el hombro y un apretón― Y no
bebas mucho.

―Cristian ―Eloy lo paró antes de que se marchara.

Cristian lo miró, pero su hermano no lo miraba a él, sino al frente, al vaso que tenía en las manos. Le
siguió dando la espalda mientras le decía:

―Sé feliz.

Con una enorme sonrisa y tras otro apretón en el hombro, Cristian se marchó y dejó a su hermano allí,
con planes de una noche inolvidable con una guapísima mujer.

Eso era lo que imaginaba, porque eso era lo que Eloy había dado a entender.

―¿Me invitas a una copa?

Eloy no lo pensó y observó a la mujer que se había sentado a su lado. De verdad era guapísima, con unos
impresionantes ojos color miel y unos labios llenos que quedarían perfectos alrededor de su polla.

Tenía todo lo que él solía desear.

¿O no?

¿Desde cuándo no era eso lo que deseaba?

Desde ella, dijo la voz de su cabeza, jodiéndole aún más la mente.

No, eso no podía ser. Por ahí no iba el tema…

¿Verdad que no?

«¡Joder!»

Dejó sus pensamientos a un lado y volvió a centrarse en la mujer que tenía al lado; volvió a mirar al vaso
que tenía entre las manos.

―No ―respondió.

Simple y llanamente no.

El asombro en el rostro de la mujer fue evidente, se levantó, enfadada y tras usar algún que otro
calificativo fuerte, se marchó.

Eloy ni se inmutó. Por él se podía ir a la Conchinchina que le daba exactamente igual. Ella y cualquiera.

A diferencia de lo que podían pensar los demás, hacía tiempo que no estaba interesado en un simple
polvo, hacía más tiempo del que se imaginaba desde que la única compañía que tenía en la cama era él
mismo. Y su mano.

Triste, pero cierto.

No supo qué lo desencadenó. Simplemente, un día dijo «No más» y comenzó a llegar a casa solo. Noche
tras noche.

Y pesaba, ¿eh? La soledad lo hacía. Pero eso era lo que elegía en ese momento. Estar solo.

Se tomaría esa copa solo, todas las que le siguieran detrás igual. Se iría a casa solo, dormiría y se
despertaría solo. Porque no había nadie con la que quisiera…

Mentira, lo interrumpió la voz de su cabeza.

Pero la calló, paró ese pensamiento, siempre lo hacía. No era algo a lo que pudiera darle voz porque
hacerlo, sería reconocerlo. Y de ser así, se volvería completamente loco. Además de convertirse en el peor
hombre del mundo si le hacía daño a la persona que más le importaba y no…

Eso jamás.

Capítulo 4

Jimena maldijo. Joder, iba a llegar tarde y aún tenía que maquillarse.

Entre hacer la compra y alguna que otra tarea más, se le había ido la tarde en nada. Y ahí estaba, que la
cogía el toro.

Se lavó la cara y se quitó los restos de maquillaje que llevaba desde esa mañana. Un poco de color en los
labios, otro poco en las pestañas… Un arreglillo por allí y otro por allá y al carajo.

¿El pelo? No estaba mal, se lo había dejado suelto y los tirabuzones mantenían el tipo. Así que olvidando
que ya empezaba a salirle alguna que otra cana y que su precioso pelo rojizo pronto sería bicolor…

«No es momento para pensar en ello», se dijo a sí misma.

Se movió un poco, un poco para el otro lado y frunció el ceño. ¿Se había pasado un poco con el escote?
Cuando se lo probó en la tienda no le quedaba tan… Tan…

«Si es que tenía que haber cogido uno menos ajustado. Que parezco un chorizo aquí metida», pensó.

Otra mueca…

«Joder, se me van a salir».

Puso las manos sobre sus pechos y se los recolocó con un par de movimientos.

«Hala, mucho mejor», se dijo a sí misma.

Por qué demonios había tenido que nacer con tanto pecho era algo que ella no entendía. No es que se
quejara de su cuerpo, hacía mucho que había aprendido a aceptarse como era, aprendió a quererse tal
cual. Al fin y al cabo, ese cuerpo la acompañaría toda su vida y complejos iba a tener siempre.

Había que vivir con ellos.

Pero joder, un poquito menos de volumen no le habría venido mal. ¿Una talla menos, quizás? Y que esa
tallita se le uniese al culo, ya que estamos, a ver si se le redondeaba un poquito. O un poco más de altura,
total, por pedir… ¿Metro setenta en vez de metro sesenta y cinco? No pedía tanto, ¿no?

Pues iba a ser que no. Eso era lo que había. Porque ella no estaba dispuesta a pasar por el quirófano.

«Quita, quita, qué miedo. Eso tiene que doler».

Olvidándose de todo y concentrándose de nuevo en su presente, cogió la chaqueta, el bolso y salió a toda
prisa del pequeño departamento donde vivía.

La familia de Jimena vivía en un pueblo a las afueras de la ciudad. No estaban demasiado lejos, pero era
una paliza ir y venir el mismo día. Así que solía ir a verlos muchos fines de semana.

Ese no iría. Pero el siguiente seguro que sí.

Los demás días vivía sola en un pequeño departamento que había alquilado cuando firmó el contrato con
De la Vega Abogados. No estaba en la mejor zona de la ciudad, pero tampoco era un mal barrio.

Caminaba tranquila por sus calles. Lo cual era (y es) de lo más importante para una mujer.

Siempre con precaución, por supuesto. Porque una siempre tiene que andar con mil ojos, muchos de ellos
en la nuca.

Por desgracia.

Cerró la puerta de su casa con llaves, bajó corriendo los tres pisos y no se metió una hostia con esos
tacones que llevaba de milagro; continuó corriendo hasta llegar a la calle principal. Levantó la mano
cuando vio a un taxi pasar y se subió rápidamente en él.

―Al Palace, por favor ―pidió.

Y solo entonces respiró tranquila.

Odiaba llegar tarde, no había nada en ese mundo que la pusiera más nerviosa que eso.

Bueno… ¿Adónde dejamos al tocapelotas de turno entonces?, preguntó la voz de su cabeza.

Jimena gimió. ¿Por qué demonios tenía que acordarse de él en un momento así? Joder, ella era feliz
mientras él no estuviera dando por culo en su mente.

O jodiendo su vida.

Lo cual solía hacer muy a menudo.

¿Qué exactamente? ¿Joder tu mente o joder tu vida?, preguntó la voz de su cabeza.

«Ambos», respondió ella.

―Maldito imbécil ―gruñó.

―¡¿Perdón?! ―exclamó una voz en un tono muy agudo.

Jimena se puso del color de la grana al darse cuenta de que lo había dicho en voz alta. ¡Su lengua siempre
dándole problemas por culpa de ese energúmeno!

―No, no. No es a usted ―azorada, avergonzada, roja como un tomate. Jimena hacía aspavientos con las
manos―. Solo pensaba en voz alta.

Jimena no podía decir si el taxista la había creído o no. El hombre la miraba por el retrovisor de muy mala
manera y casi derrapó cuando volvió a ponerse en marcha después de dejarla en su destino.

―Siendo así… También iba por usted ―refunfuñó.

Ni las gracias por la propina ni las buenas noches le había dado. Madre mía, si ella le había explicado que
no tenía nada que ver con él.

Resopló.

¡Eloy de la Vega siempre dando por culo!

Entró en el restaurante y dio su nombre. Un camarero la acercó hasta la mesa donde ya la esperaba
Cristian. Se levantó y se acercó a ella.

―Estás preciosa ―le dijo nada más verla.

Sin perder la sonrisa, Jimena dejó que le diera el típico beso en la mejilla que solía darle.

No es que ella esperase nada más efusivo nunca, para nada… Eso de los abrazos o los besos apasionados
estaban sobrevalorados. Además, eso delante de la gente era de mal gusto.

¿Verdad?

No, querida lectora. No tienes que contestar, me imagino lo que piensas. Yo también me guardaré mi
opinión, ya que estamos. Y hasta la voz de su cabeza…

Joder, tío. Un morreo o algo, ¿no? De esos en los que ella se quedaría sin aliento, apretando las piernas
con fuerza y deseando despelotarte aquí mismo.

No, la voz de su cabeza no se calló.

Ignorando a la dichosa vocecita, Jimena se sentó frente a él mientras él sujetaba la silla. Tan educado…
Tan formal…
Tan Cristian.

―Tú también estás muy guapo ―era verdad, ese traje azul marino le sentaba de maravilla. Cristian,
siempre, tan elegante.

Y con esa sonrisa derretiría a cualquiera.

Cristian era un hombre guapísimo, muy parecido en todo a su hermano, y también con un cuerpo para
dejar volar la imaginación. Tenía una espalda de hacer largos y largos en la piscina que madre de Dios.

Pero lo que más gustaba de él, lo que de verdad lo diferenciaba de Eloy además de tener el pelo un poco
más claro, era su forma de ser. Cristian era la imagen de la perfección: educado, sereno, tranquilo…
Cariñoso a su manera, algo de lo que Jimena no se quejaba porque ella era igual.

Y en la cama…

Se entendían bien.

Oh, vamos, si sois de los más sosos los dos. ¿Para cuándo un empotramiento de los buenos? Ya sabes, de
esos donde él te coge en peso, deja que tu espalda toque la pared y empieza toma, toma, toma?, la voz
gimió. Ya sabes, ahí, que te tiemblen las piernas. Señor, quiero uno así.

La ignoró, Jimena no le hizo ni caso a la jodida voz que, más que la suya, parecía ser la de un tocapelotas.

¡Siempre jodiendo!

Pero Jimena no necesitaba eso, la pasión excesiva. Con Cristian su vida era dulce y tranquila. Con él se
sentía comprendida, escuchada, valorada, respetada y querida. Con él tenía un proyecto de vida en
pareja. Y le gustaba.

¿Tan difícil era de entender?

Lo quería. Y esperaba poder lucir pronto el anillo que los uniría de esa manera.

Así que dejó a un lado todos sus pensamientos y se centró, únicamente, en él. En esa persona que, desde
que estaban juntos, intentaba, de todas las maneras posibles, hacerla sentir bien.

―Estás especialmente preciosa ―Cristian la halagó de nuevo cuando el camarero al que le había pedido
una botella de vino, los sirvió y se marchó.

Ella sonrió genuinamente.

―Eres todo un adulador ―bebió un poco de su copa.

Esa vez, quien rio, fue él.

―Acabo de escuchar a mi hermano ahora mismo.

Jimena gimió.

―Por Dios, Cristian, no mentes ruina ―le rogó, bromeando.

La carcajada de Cristian se escuchó en todo el restaurante.

―Me enteré de lo de tu juicio, un poco más y lo matas de un infarto.

Ella se encogió de hombros, abrió la carta y miró qué pedir. Él hizo lo mismo.

―Metí la pata, pero no fue adrede. Las cosas sucedieron así y ni tiempo tuve a llamarlo. Pero ya sabes lo
dramas que es.

―¿Fue muy duro contigo? ―él estaba, en ese momento, fuera de la oficina.

Lo preguntó con calma, conocía bien a Eloy. Podía ser desagradable, pero sabía que nunca le haría daño a
Jimena. Por más que vendiese la idea de que la odiaba, Cristian sabía que, en el fondo, eso no era así.
Porque lo había visto pendiente a ella, sabía que se preocupaba por Jimena y que, como abogada, la
admiraba. Pero se empeñaba en mostrar esa imagen y él no terminaba de entender por qué.

Así era Eloy, tampoco tenía por qué haber una razón para ello.

Jimena negó con la cabeza ante la pregunta de Cristian.


―Nada que no pudiese controlar. Hmmm… ―pensativa― ¿Pulpo a la miel? ¿Crees que estará bueno?

―No lo he probado, pero seguro que sí ―le hizo señas al camarero―. Hongos con nueces para dos ―pidió
como entrante― y dos de pulpos a la miel, por favor.

El camarero cogió las cartas del menú que le entregaron y se marchó con el pedido ya anotado.

―Yo estuve con él hace un rato. Y no te preocupes, ya se le pasó.

―Vaya por Dios, yo que esperaba que le durase toda la noche y que no lo dejase ni dormir ―Cristian
enarcó las cejas―. Al cabreo me refiero.

―Exagerada ―él seguía riendo―. ¿Y el caso qué? ¿Todo solucionado?

Tras beber un poco de vino, Jimena asintió con la cabeza. Y comenzó a hablar de la estrategia que tenía
para ganar ese caso.

No podía hablar de sus clientes con casi nadie y si su pareja fuese otra persona diferente a Cristian, no
podría contarle absolutamente nada. Pero a él sí, lo cual suponía un alivio para ella porque muchas veces
la ayudaba a ver lo que no veía. Además de ayudarla a muchas otras cosas.

Todo eso era trabajo de los hermanos De la Vega.

Metida de lleno en un tema que le gustaba y con el que se sentía cómoda, Jimena no podía dejar de hablar.
Y Cristian tampoco.

―Tienes el caso ganado, no hay duda.

―¿Verdad? ―ella sonreía.

Asintiendo con la cabeza, Cristian cogió el móvil cuando sonó la llegada de un mensaje. Al ver el cambio
en su rostro, Jimena frunció el ceño, preocupada.

―¿Pasa algo? ―preguntó Jimena al verlo serio― ¿Cristian? ―insistió ella al ver que él tardó unos
segundos largos en responder.

Cristian la miró y Jimena se asustó al verlo tan blanco, había perdido todo el color.

Tenía que haber ocurrido algo, seguro.

―¿Qué te pasa? No me asustes…

Pero Cristian negó con la cabeza, más que como para decir que no, parecía que lo hiciera para deshacerse
de algún pensamiento.

Miró a Jimena y sonrió.

―¿Más vino? ―preguntó Cristian.

Ella dudó, pero terminó accediendo.

«Sí, supongo que sí», pensó ella.

La cena estuvo riquísima...

Para rica una buena hamburguesa con queso… Qué hambre, por Dios, gimió la voz de su cabeza.

Jimena la ignoró. Como ignoró el hambre que sentía. Porque a ella esos platos no la llenaban en absoluto,
pero ya comería al llegar a casa.
Paseaba, junto a Cristian, por la orilla del río, el broche final para una bonita noche.

Pero qué bonita, almacántaro. Si ha sido de lo más aburrida del mundo. ¡Que os habéis pasado la velada
hablando de trabajo! Cuando no era de trabajo, era del tocapelotas del jefe buenorro. Válgame el señor,
vaya futuro que tenéis por delante, la voz no parecía querer callarse.

Y Jimena estaba dispuesta a ignorarla sí o sí.

Tampoco olvidaría el maldito momento en el que decidió ponerse ese par de zapatos de tacón sabiendo
que no los soportaría y que le dolerían los pies.

Le dolerían con esos y con cualquiera, ella no soportaba casi ningún tipo de tacón. Era más feliz y andaba
más cómoda sin ellos. Pero con ese vestido no iba a ponerse unas deportivas, ¿verdad?

Y menos en una noche así.

―¿Cansada? ―le preguntó Cristian al ver cómo se sentaba en un pequeño banquito a la orilla del río.

―Los tacones me están matando ―gimió y se descalzó. Suspiró de alivio cuando sus pies tocaron el suelo.

Cristian sonrió.

―Siempre te pasa, ¿por qué te los sigues poniendo?

Ella se encogió de hombros.

―Tonterías que hace una por lucir mejor, supongo.

―Conmigo no tienes que hacerlo ―dijo serio―. Conmigo no tienes que ser quien no eres.

Jimena lo observó. Él miraba al frente. Quizás no miraba nada. quizás, solo tenía la mirada perdida.

Estaba raro desde que leyó ese mensaje en la cena. Desde ese momento, Cristian cambió. Intentaba
bromear, intentaba ser el de siempre, pero ella lo conocía bien y podía ver que estaba forzándolo todo.

―Ante todo soy tu amiga ―dijo ella, llamando la atención de él.

Cristian giró la cabeza y la miró.

―Lo sé ―dijo con seriedad.

―Entonces sabes que puedes confiar en mí, ¿verdad? ―él asintió con la cabeza, ella sonrió― Sabes que
no te presionaré nunca sobre nada. Sabes que estaré aquí para escucharte cuando quieras.

Él movió su cuerpo también un poco, quedando frente a ella. Tras un enorme suspiro, cogió una mano de
Jimena con la suya y se quedó allí unos segundos, observando las dos manos entrelazadas.

Cristian lucía ¿derrotado? Sin la chaqueta puesta, con la corbata un poco floja y el primer botón de la
camisa desabrochado, lucía así, agotado.

―Te quiero, Jimena ―dijo con la voz ronca, pero sin mirarla a los ojos.

Ay, señor, qué mal suena eso, la voz volvió a despertar.

Jimena, lejos de sonreír al escuchar las palabras de Cristian, por el tono de voz que él había usado, supo
que después de esas palabras vendría un “pero”.

No lo dudes, chica…, gimió la voz.

Pero él no dijo nada más. Solo se quedó así, mirando sus manos.

Ella le dio un apretón, colocó su otra mano encima de la de ambos y apretó de nuevo.

―Yo también te quiero ―lo hacía.

Pero no le digas eso cuando te va a mandar al carajo. ¿O es que no lo ves?, la voz se desquiciaba.

Él levantó la mirada, tenía lágrimas en los ojos y, en la otra mano, una cajita de color azul.

Jimena sabía qué era eso, estaba casi segura de que ahí estaba el anillo que formalizaría su relación. Pero
también supo, al volver a mirarlo a los ojos, que ese anillo no sería de ella.
Conocía a Cristian bien, demasiado bien. Era su mejor amigo. Y esa mirada de desolación no era la que le
mostraría el hombre que quería casarse con ella.

―Cristian… ―no sabía si quería oír lo que fuese a decirle.

―No lo hice bien contigo. No he sido del todo sincero.

Jimena tragó saliva, nerviosa. No tenía ni idea de lo que iba a escuchar, pero sabía que no sería nada
bueno.

―¿Sobre qué?

―Sobre mis sentimientos por ti ―a Jimena se le encogió el corazón―. Te quiero ―le dijo mirándola a los
ojos―, pero no de la manera que se necesita para compartir la vida con alguien.

Jimena negó con la cabeza, no entendía nada.

―No entiendo…

―Jimena ―suspiró él―. No soy el hombre que crees que soy ―miró la caja que tenía en la mano―. No
puedo ser quien te entregue este anillo.

―¿Por qué? ―preguntó en un susurro, haciendo que él la mirase de nuevo.

―Porque estoy enamorado de otra persona.

¡¡¡La leche!!!, exclamó la voz. Eso sí que la había sorprendido. No se lo esperaba.

Ni Jimena, a juzgar por cómo había abierto los ojos de par en par y había perdido el color

Y es que él lo soltó así, sin ni siquiera pensar cómo hacerlo. Sin sutilezas. Sin preparar el terreno. Y
Jimena sintió como si le hubiesen clavado el puño en el estómago. No había sentido un dolor así en su
vida. Claro que nunca antes la habían dejado, siempre había sido ella quien había terminado sus
relaciones.

Aunque así hubiese sido, aunque la hubiesen abandonado antes, ese tipo de razón no era una a la que
alguien se acostumbrase, así que, seguramente, siempre que se escuchara, dolería igual.

―¿Quién…? ―pero ni siquiera le salían las palabras―. ¿De qué estás hablando, Cristian?

Y por cómo la miró, ella supo que lo que iba a decirle la iba a sorprender. Pero nunca imaginó que tanto.

―Soy gay, Jimena.

Ay, señor…, suspiró la voz.


Capítulo 5

Sentada en un columpio, Jimena se balanceaba tranquilamente. Con sus pies descalzos cogía impulso. No
le importaba llenarse de arena, mejor eso a las ampollas por culpa de los tacones.

―Soy gay, Jimena.

Los recuerdos de la confesión de Cristian se repetían en su mente una y otra vez. Puso los pies en el suelo
para parar el movimiento del columpio y, con rabia, se limpió las lágrimas que le caían por las mejillas.

Bonita manera de comenzar el fin de semana.

«Qué desgraciadita soy», gimió mentalmente.

Un poco sí, confirmó la voz de su cabeza, que no se había callado desde que escuchó la confesión de su ex.
Porque ya era eso, un ex.

¿Quién iba a decirlo? Ella no, desde luego. Si le hubiesen preguntado si creía algo así posible, se habría
reído de quien fuera por tener tanta imaginación.

¿Cristian abandonándola? ¿Cristian mintiéndole? ¿Cristian ocultándole cosas?

¿Cristian no teniendo otro día para elegir ser sincero que el jodido día en el que pensaba colocarle el
anillo en el dedo? ¿Y para qué se lo había enseñado, ya que estamos?

¡¿No podía habérselo guardado para él?!

Joder, ¡cómo podía ser tan capullo!

Y, lo peor de todo era que no podía estar enfadada con él. En parte, lo entendía e imaginaba que lo habría
pasado mal. Pero joder, eso no quitaba que ella se sintiese horrible.

Se sentía utilizada, engañada.

Mierda. Se sentía mierda.

Tardó un poco en salir de sus pensamientos y en darse cuenta de que la melodía que sonaba era la de su
móvil. Con el ceño fruncido por la hora que era (no sabía exactamente cuál, pero sabía que era tarde y a
saber el tiempo que llevaba allí sentada). Sacó rápidamente el móvil de su bolso.

Lo que le hacía falta en ese momento era otra desgracia.

Jimena refunfuñó al ver el nombre de su jefe en la pantalla. ¿Qué quería? ¿Tocarle más los ovarios?

¡Pues no se lo iba a coger!

Ya se había enterado de todo y quería mofarse. Era eso, ¿no?

No…

Él ya lo sabía, seguro. Él sabía lo que iba a pasar. Cómo no hacerlo, si su hermano se lo contaba todo.

Teniendo esto en cuenta, ¿desde cuándo lo sabía el hijo de mala madre y no se lo había contado? Y, aun
así, se había divertido viéndola hacer el tonto, ¡seguro!

Capullo.
En ese momento, de lo que menos ganas tenía Jimena era de soportar sus gilipolleces, su mofa y sus
palabras hirientes, porque de esas seguro que habría.

―¡¿Qué?! ―gritó nada más aceptar la llamada que se dijo a sí misma que no iba a aceptar.

―Eh… ―un carraspeo al otro lado de la línea― Disculpe la hora, no es mi intención…

Jimena frunció el ceño. Miró la pantalla para comprobar el nombre y sí, era su jefe. Volvió a ponerse el
móvil en la oreja.

―¿Quién eres tú? ―preguntó rápidamente.

Porque ese no era el energúmeno tocapelotas de Eloy. Así que, ¿quién tenía su móvil?

―Mi nombre es Ángel, trabajo en un pub llamado Heaven. Hay aquí un señor que ha bebido más de la
cuenta. Tenía el móvil encendido y se ha medio desmayado encima de la barra mientras miraba la
pantalla. Así que me he tomado la libertad de llamar al último número con el que habló que ponía
Cristian, pero no lo coge nadie. Y este ha sido el penúltimo número con el que habló y…

Jimena se levantó de un salto.

«Espera, ¡¿qué?!»

―¿Me estás hablando de Eloy? ¿Eloy De la Vega?

¿En serio? No se lo podía creer. ¿Eloy borracho en algún lugar? Que ella supiera, eso no había pasado
antes, ¿no?

A saber… Tampoco es que conociera toda su vida, ¿no?

―Bueno… Yo no sé si es Eloy, imagino que si usted lo dice, lo será.

―¿Está borracho?

―Como una cuba, sí ―confirmó el chico.

Ah…

―¡¿Y qué quieres que haga?!

Lo que le faltaba a ella, como si no tuviera bastante con su mísera existencia, ahora eso.

El chico guardó silencio unos segundos antes de hablar.

―Verá… Yo no quiero que haga nada. Yo solo le comento la situación por si usted lo conoce o puede
localizar a alguien que pueda venir a por él antes de que llame a la policía. Porque tengo que cerrar, no sé
si me entiende. Pero si no…

Jimena suspiró, derrotada.

―¿Dónde está ese local? ―preguntó.

Asintió con la cabeza mientras el chico le daba la dirección y colgó. Se dejó caer de nuevo en el columpio,
la cabeza caída hacia adelante.

¿En serio? ¿Eso había pasado de verdad?

«¿Te ríes de mí?», preguntó mirando al cielo.

Lo vio nada más entrar en el local. No había más gente allí además del camarero, así que no fue muy
difícil encontrarlo.

«¿Quién va a estar bebiendo a esta hora? Si un poco más y amanece», refunfuñó para sí misma.

Solo el idiota de su jefe.

Eloy estaba en la barra, con los brazos sobre ella, la cabeza sobre estos.

Jimena se giró para marcharse, preguntándose qué hacía allí, pero volvió a girar sobre sus talones.

«Maldito sentido de la humanidad, de la integridad o de todas las sandeces que sean», gruñó en su mente.

Había llamado a Cristian cuando colgó la llamada del camarero del pub, pero tenía el móvil apagado. Lo
había intentado un par de veces más en el camino, pero nada. Seguía igual.

Increíble, al menos podía tener la decencia de dejarlo encendido por si ella quería llamarlo e insultarlo,
¿no?

«Maldito desconsiderado», pensó.

Y el otro hermano no se quedaba atrás.

«¿Pero qué hago aquí?»

A saber… Pero ahí estaba, rescatando a la persona más odiosa del mundo en un día tan horrible para ella
como aquel.

―Es el día de la mala suerte ―dijo entre dientes.

Dudó de nuevo, pero terminó acercándose a Eloy. Despacio, porque los tacones la estaban matando.

―Oh. ¿Es usted con quién hablé? ―Jimena asintió con la cabeza. El chico pareció ver el cielo abierto.
Normal, Eloy era el único cliente y el pobre chaval querría irse a casa ya― ¿Es su novia?

Jimena soltó una carcajada irónica.

«Tampoco nos pasemos…», pensó.

Jimena miró al ser inerte que tenía delante de ella y negó con la cabeza.

―Soy su… ―miró al camarero― Compañera de trabajo.

―Ah ―el chico pestañeó varias veces―. Pensé que era… ―la miró detenidamente― Por lo de la foto…

―¿Perdón? ―¿foto? ¿Qué foto?

¿De qué estaba hablando?

―Nada ―dijo rápidamente, haciendo aspavientos con las manos―. Olvídelo. ¿Se hará cargo de él?

«No», dijo mentalmente, segura.

Por supuesto que sí, aseguró la voz.

Jimena asintió con la cabeza.

Se acercó a un lado y, aunque dudó en hacerlo, le puso una mano en el hombro.

―Eloy… ―lo llamó.

Pero Eloy no se movía. Eloy seguía con la cabeza enterrada entre sus brazos y durmiendo la cogorza.

Vaya panorama…

―Eloy, tenemos que irnos ―insistió Jimena. Pero nada.

Con las manos, movió su cabeza y, lentamente, muy lentamente, le quitó el pelo de la cara. Sintió algo
extraño al verlo, seguramente eran las ganas que tenía de guantearlo y de cantarle las cuarenta.

Sí, debe de ser eso…, la ironía en la voz de su cabeza.

―Eloy, ¿me escuchas?

Pues iba a ser que no.


―¿Viene en coche? ―preguntó el camarero.

―No, en taxi. Ahora llamaré a otro.

―Podemos montarlo allí entre los dos, no creo que usted sola pueda moverlo. No parece colaborar.

Ella suspiró pesadamente.

―Gracias ―dijo de antemano.

El chico le pidió un momento para terminar de dejar todo listo. Mientras tanto, ella se sentó en el taburete
de al lado y, agotada como estaba, apoyó sus brazos y se quedó así, mirando a la persona que tenía
enfrente.

Eloy, poco a poco, abrió los ojos y Jimena se sentó de golpe. Pero al ver que él no decía nada, se movió
hacia adelante hasta verle los ojos. Él los tenía abiertos y miraba a la nada. Hasta que sus ojos se posaron
en ella.

―Jimena ―susurró, reconociéndola. Ella se sobresaltó, pero no dijo nada―. ¿Estoy soñando? ―preguntó
él.

Jimena resopló.

―No ―dijo ella―. Estás borracho.

Eloy rio.

―Ya, me imagino… ¿Por qué, si no, te vería? O estoy borracho o es una pesadilla.

«Vaya, eso no es muy encantador», pensó Jimena.

¿Pero qué esperaba de él?

―A mí también me gustaría que lo fuera, pero nos tocará jodernos ―suspiró ella.

Pesadilla fue llevarlo hasta el taxi, toda una odisea. Menos mal que, aunque poco, él colaboraba. Jimena
entró en el taxi después de él y gimió al quitarse los zapatos.

Al día siguiente iba a llorar por las ampollas.

Apoyó la cabeza en el reposacabezas y suspiró de alivio. Alivio que le duró poco porque Eloy decidió
dejarse caer sobre ella. Su cabeza en el hombro de Jimena.

Jimena no podía ni respirar. Eso se sentía como…

Extraño.

Y natural…

―Oh, señor ―casi sollozó cuando lo dejó sobre el sofá de su casa―. ¿No podías haberte emborrachado en
tu casa? ―resopló, agotada― ¿O con alguien?

«Bueno, eso mejor no», pensó. E ignoró su pensamiento.

Dejó caer sus tacones, su chaqueta, su bolso, la chaqueta y la corbata de él… A la mierda también sus
llaves. Todo por el suelo.

Se dejó caer al lado de él en el sofá e intentó calmar sus pulsaciones.

Joder, se le iba a salir el corazón por la boca.


Cuando ya se relajó un poco, se levantó y lo miró.

«Esto no está pagado», gruñó.

Se levantó, se agachó y le quitó los zapatos. Como pudo, colocó las dos piernas de él encima del sofá y lo
dejó en una postura cómoda.

Miró alrededor, pero no encontraba lo que quería. Conocía esa casa, había estado allí con Cristian un par
de veces, pero no la conocía tan bien como para saber dónde estaba cada cosa.

Se mordió el labio y decidida, fue hasta el dormitorio de él y volvió con una manta. Se agachó un poco y se
la puso por encima.

―Esta te la devuelvo ―gruñó.

Fue a ponerse recta con la intención de recoger las cosas del suelo y marcharse, pero la mano de Eloy
agarró su muñeca y tiró de ella. Jimena cayó a su lado, tumbada junto a él.

Frente a frente con él.

Y antes de poder reaccionar, él ya tenía sus brazos alrededor del cuerpo de ella y la había tapado con la
manta. Ambos bajo ella.

No podía moverse, tampoco podía respirar.

Lo miró a los ojos y se quedó sorprendida al ver que los tenía abiertos. Y que la miraba.

―Sigo soñando.

Jimena carraspeó, intentó soltarse de su abrazo. Quería irse de allí, no se sentía cómoda teniéndolo tan
cerca. Era…

«Demasiado extraño», pensó.

Demasiado excitante, dijo la voz de su cabeza. ¿Y demasiado natural?

La ignoró, como siempre.

Se removió de nuevo, para levantarse, pero él no se lo permitió. Sino que apretó con más fuerza. Y podía
sentirlo todo…

Su aliento cálido en sus labios, el olor del whisky en él. Sus brazos fuertes apretándola contra su firme y
duro pecho y más abajo…

Jimena se separó lo que pudo antes de rozar más de lo que debería, pero Eloy puso una pierna sobre las
de ella, sin permitírselo. Y por más que lo intentaba…

Jimena suspiró.

―Sí. Sigues en la pesadilla ―y yo también, al parecer.

Eloy sonrió. Una sonrisa juguetona que hizo que algo se contrajera en el vientre de Jimena.

«Indigestión, seguro», se dijo a sí misma.

Sí, como comiste tanto…, la ironía en la voz de su cabeza.

―Odio verte allí ―susurró Eloy, arrastrando las palabras.

«Allí y en cualquier lado», pensó.

―¿Dónde? ―Jimena ya se había perdido, la culpa era de la jodida voz que no se callaba.

―En mis pesadillas ―dijo él.

―Me imagino ―suspiró ella. No tenía que ser la cosa muy agradable, no―. Por eso vamos a terminarla,
¿sí? ―intentó separarse. Otra vez.

Eloy la pegó a él con más fuerza. Las caderas de Jimena cada vez se movían más atrás. No sabía cómo no
se había caído ya del sofá.

Porque él no la soltaba, claro. Si no, la hostia no sería pequeña.


―¿Terminar el qué? ―preguntó él, sin entender.

―La pesadilla ―respondió ella como si fuese evidente―. Vas a cerrar los ojos y voy a desaparecer ―dijo
un poco desesperada por librarse de él.

Y salir corriendo de ese lugar.

«¿Pero cómo he llegado a esta situación?»

Dios la odiaba, seguro. Tanto o más como lo hacía ese ser que tenía más cerca de lo que debería.

Eloy la miró unos segundos. Más de lo que ella era capaz de soportar sin ponerse nerviosa. Pero se sintió
aliviada cuando él cerró los ojos, alivio que le duró poco porque lo siguiente que tuvo que sentir fue el
escalofrío que le recorrió el cuerpo cuando una mano de él se posó en su cara. La palma de la mano
abierta sobre la mejilla de ella.

Jimena sintió que le iba a dar algo allí mismo, iba a morirse si no conseguía volver a respirar.

Tenía su rostro a escasos milímetros, respirando el mismo aire, casi podía notar el sabor del alcohol en los
labios de ella y joder, esos ojos que volvían a estar abiertos eran impresionantemente bonitos mirándolos
así de cerca.

Todo en él lo era.

«¿Pero qué demonios me pasa?», gimió mentalmente.

Cortita, hija, eres cortita, gimió la voz.

―¿Y si no quiero que desaparezcas? ―susurró él.

A Jimena se le paró el corazón. ¿De qué demonios estaba hablando? ¿Era masoca o qué? ¿Cómo demonios
no iba a querer despertarse de una pesadilla?

Eloy acarició su nariz con el dedo, su palma aún sobre la cara de ella.

―¿Y si, por una vez, te pido que te quedes?

―¡¿Dónde?! ―exclamó ella con la voz agudísima.

Joder, cómo no hacerlo. Con las cosas que decía se estaba imaginando que… Que…

«Joder, Dios, ¡sácame de aquí!»

―En mi pesadilla ―confirmó él.

«Claro, dónde más si no…»

Alivio mental sintió Jimena al escucharlo decir eso.

Y ella de malpensada, con la imaginación desbordada. Si es que no se podía ser más tonta…

―Estás borracho y no piensas con claridad. Mañana me odiarás más si me quedo. En tu pesadilla digo ―lo
aclaró por si acaso. Que el tema de malpensar la estaba volviendo majara.

Él se tensó. Todo su cuerpo lo hizo. Apretó él agarre de la mano que tenía puesta sobre la cintura de ella y
suspiró.

―No te odio ―dijo con la voz ronca, mirándola serio. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Jimena―.
Créeme, me gustaría hacerlo e intento que ocurra, pero… ―se calló y suspiró aún más fuerte―. No te
odio ―juró antes de cerrar los ojos de nuevo.

Jimena no supo qué decir. No había esperado escuchar algo así. Y no pudo evitar recordar la conversación
de un rato antes con Cristian.

―¿Me odias? ―le había preguntado él cuando le había contado la verdad.

Jimena se había limpiado las lágrimas otra vez y había negado con la cabeza.

―No ―dijo y era verdad―. No podría odiarte. Pero me duele que no me hayas contado nada antes. Me
duele sentirme usada, me duele haber perdido el tiempo y… ―las lágrimas volvieron a salir― Me duele
haber llegado hasta aquí contigo.

Mientras recordaba eso, no pudo evitar que las lágrimas volvieran a salir. Eloy abrió los ojos al notarlas y
miró a la mujer que tenía delante.

―No deberías llorar ―le limpió las lágrimas con delicadeza―. Hoy debe ser un día feliz para ti. Pero estás
triste.

Ella no se movió.

Ni respondió.

Aunque hubiese querido, no habría podido. Porque ese hombre estaba demasiado cerca y ella no solo era
incapaz de pronunciar nada, tampoco podía pensar.

Lo único que pudo hacer fue asentir con la cabeza.

―Cristian debería consolarte, no yo ―Eloy cerró los ojos―. Al fin y al cabo, es él quien se va a casar
contigo.

No lo sabía, estaba claro que aún no sabía nada de lo que había ocurrido con su hermano.

―Eloy… ―pudo reaccionar al verlo tan cerca, más aún de lo que ya lo estaba.

El pulgar de él rozó el labio inferior de Jimena y ella tembló. Quería huir, quería salir corriendo de allí,
quería evitar lo que fuera que estuviese ocurriendo con ellos. Pero, sin embargo, no podía moverse.

Ni quieres, le dijo la voz de su cabeza.

―¿Puedo hacerlo solo una vez? ―volvió a acariciarle el labio― ¿Puedo ser yo por una vez, aunque sea en
un sueño?

Jimena no sabía de qué estaba hablando y antes de que pudiese preguntárselo, los labios de Eloy ya
estaban sobre los de ella.


Capítulo 6

Jimena

Me quedé de piedra en ese momento. Jamás había imaginado que algo así podía suceder entre nosotros
dos.

Eloy me estaba besando y yo, sabiendo que todo aquello estaba mal y que no debería ocurrir, no pude, ni
quise, pararlo.

Me quedé allí, recibiendo el dulce beso que ese hombre me estaba dando a mí.

Fue un simple roce de labios, pero se sentía como mucho más.

Cuando se separó de mí, sentí que faltaba algo.

«¡¿Ya?!?», pensé.

¿Eso era todo? Joder, yo quería más.

«Loca, estoy como una puta cabra».

Sí, al parecer sí. Y ese pensamiento daba miedo. No el de estar loca, con eso podía vivir. Pero el de querer
más… Era Eloy, ¡por el amor de Dios! Y era él el borracho, no yo.

«Estás traumada por lo de Cristian y tu cabeza no funciona bien, solo es eso», me dije a mí misma.

Claro, ¿y tu corazón que late a toda máquina tampoco? ¿Tu entrepierna, esa que intentas apretar con las
piernas tampoco? ¡Venga ya! La voz de mi cabeza no iba a ponérmelo fácil.

Y en ese momento no podía lidiar con algo así, porque nada de eso tenía sentido. Lo de Cristian me había
dejado mal, eso era lo que pasaba y punto.

Me sentía vulnerable y había aceptado lo que no debía.

Eloy, ajeno a todo lo que yo pensaba, se acercó de nuevo con la intención de besarme otra vez, pero esta
vez sí lo paré. Mis manos entre nosotros, creando una barrera.

―Apestas a alcohol ―gruñí en un intento de detenerlo.

―No importa, solo es un sueño.

Buen argumento, la voz de mi cabeza concordaba con él.

―Eloy… Si mañana te acuerdas de esto me odiarás más ―le advertí esa vez.

Y ya era suficiente con que me odiara a mí misma por haber permitido algo así.

Eloy negó con la cabeza.

―Si no lo hago me odiaré a mí mismo más de lo que ya me odio ―sentenció, sorprendiéndome.

Y volvió a besarme, solo que, esa vez, el beso fue algo más que un simple roce de labios. Supe, con ese
beso, que ya nada volvería a ser como antes.

Y nunca, nada, me había asustado tanto.



Capítulo 7

―¿Pero quién demonios…? ―así fue como contestó al teléfono esa mañana.

Eloy tenía un dolor de cabeza impresionante y la melodía de llamada del móvil no ayudaba en absoluto.

―Soy gay.

Pero Eloy ni se enteró. Él no sabía ni qué día era ni qué hora era ni quién demonios le estaba hablando
por ese chisme. Separó el móvil de su oreja, enfocó como pudo, miró de quién se trataba y volvió a
ponerlo sobre ella.

―¿Cristian?

―¿A quién más ibas a tener añadido con mi nombre si no es a mí?

―Deja el sarcasmo. Bastante tengo con mi resaca ―y colgó.

Miró el móvil y maldijo al ver la hora. Joder, que no eran ni las nueve de la mañana.

Pero el móvil no tardó en volver a sonar.

«Me cago en todo», gruñó mentalmente porque ni gritar podía. Le dolía la cabeza horrores.

―¿Quieres morir? ―eso dijo al coger la llamada.

―¿Escuchaste lo que te dije, Eloy?

―Joder, Cristian. La semana en el trabajo fue una mierda, agotadora. Me emborraché anoche tanto que ni
siquiera recuerdo cómo llegué a mi casa ―miró a la manta con la que estaba tapado―. Joder, ¿desde
cuándo me tapo?

―¿De qué hablas?

―Que es sábado, que estoy de resaca. ¡Déjame en paz que quiero dormir!

Gimió al gritar. Qué dolor más grande tenía.

―Eloy… ―pero Eloy ya estaba separando el móvil de su oreja― No me voy a casar ―la mano de Eloy paró
instantáneamente, el móvil de nuevo para arriba.

«Espera…, ¿qué?»

What?, la voz de su cabeza parecía ser bilingüe en momentos así.

Se incorporó de un salto. ¿De qué demonios estaba hablando ese idiota?

―Porque estoy enamorado de otra persona ―continuó Cristian.

Excuse me?! Sí, la voz y el bilingüismo.

―¿Que tú qué? ―Eloy lo preguntó en un tono tan bajo que Cristian supo que el cabreo iba a ser
monumental.

―Estoy enamorado de otra persona ―repitió.

―Estás enamorado de otra persona…


―Sí.

―Ya… ¿Y crees que te lo estoy preguntando porque no te escuché, pedazo de imbécil? ―la ironía en su
voz― Vamos a ver, Cristian… ¡¿Tú estás loco o qué te pasa?! ―estalló.

A la mierda la resaca y el dolor de cabeza.

―Eloy…

Pero Eloy no lo escuchaba, Eloy estaba en plena explosión en ese momento.

―Enamorado de otra persona dice… ¿Y lo dices ahora? ¡¿Ahora?! Me cago en la puta, Cristian. ¿Te estás
quedando conmigo?

Pedía que fuera eso, porque si no…

Jimena.

El nombre no se le iba a de la cabeza. La primera persona en la que había pensado al escuchar la


confesión de su hermano era ella. ¿Lo sabía ella ya? ¿Con detalles y todo?

Joder, esperaba que no o iba a pasarlo muy mal

«¿Y a ti qué te importa?», pensó para sí mismo.

Pues mucho, claro que te importa y mucho. Y a lo mejor ahora empiezas a aceptarlo, dijo la voz de su
cabeza.

―No te habrás confesado, ¿verdad? Porque si encima lo hiciste, te juro que… Que… ―no sabía ni qué le
haría―Joder.

―No tengo perdón.

―Oh, te aseguro que no ―bufó―. Joder, me cago en la leche que mamaste, ¿cómo se te ocurre hacer algo
así? ¡¿Pero a qué clase de hombre he criado yo?! ―explotó.

―Pensé que te alegrarías al saber que no voy a arruinar mi vida. Al fin y al cabo, no querías verme casado
con ella ―hablaba irónicamente, como en un intento de burla, además, por calmar el ambiente. Pero Eloy
no se lo tomó así.

«Lo mato, de estas lo mato», pensó.

―Ay, señor ―le iba a estallar la cabeza y, como lo viera, iba a hacer que le doliera a su hermano también.
Que le doliera para siempre―. Sí, Cristian. Por esa parte me alegro, así de capullo soy ―dijo con rabia―.
Sé que te dije que no te casaras, pero joder. ¡Déjala de otra manera, pedazo de cenutrio!

Maldito idiota, eso no se le hacía a nadie. Nadie se merecía eso. Las cosas así dolían y mucho. Él podía ser
un capullo integral con ella, pero no le gustaría verla sufrir por algo así.

«Ni por eso ni por nada. Ni por nadie», pensó.

Cristian suspiró pesadamente. Eloy se dejó caer en el sofá.

―Yo tampoco quise hacerle daño.

«Joder, pues bonita manera de demostrarlo».

―¡Pues haberla dejado antes, coño!

Cristian guardó silencio unos segundos.

―¿Es mi sensación o todo esto te está afectando? ¿No te lo estás tomando demasiado a pecho?

«Demasiado es quedarse corto», pensó.

Sí, le afectaba más de lo que debería. Y ni él mismo podía ni quería explicar por qué.

Ni siquiera quería reconocérselo a él mismo, cuanto más decirlo en voz alta.

―¿No será que no la odias tanto como quieres demostrar? ―a Eloy se le paró el corazón, ¿él sabía algo?
¿Se había dado cuenta de algo?
«¿Cuenta de qué? ¡¿De qué?! ¡¡¡Si no ocurre nada!!!», se repitió mentalmente.

Qué manera de engañarse, ¿eh?, la voz no podía quedarse calladita.

―¿No será que, al final, hasta le cogiste un poco de cariño?

Cariño… ¿Era esa la palabra exacta?

―Más cariño del que te tengo a ti hoy le tengo a cualquiera ―suspiró―. No soy tan mala persona, no le
deseo el mal ―sonó a la defensiva, porque así se sentía―. Además, tiene un juicio el lunes y como lo
pierda por tu culpa…

―Es Jimena, no fallará ―dijo Cristian con seguridad.

Eloy lo sabía, claro que lo hacía. La conocía bien, por algo la tenía trabajando para él.

Por ese algo entre otras cosas, claro, lo picó la voz de su cabeza.

Eloy gimió.

Intentó serenarse, se apretó el puente de la nariz y respiró profundamente varias veces.

―¿Ella lo sabe? ―preguntó ya más calmado.

―Sí ―dijo Cristian.

―¿Y cómo está?

«¿Cuándo fue? ¿Cómo se lo dijiste? ¿Cómo se lo tomó? ¿Lloró mucho? ¿Le llegaste a dar el anillo?»

Tenía tantas preguntas que hacerle… Pero sabía que no tenía derecho a pronunciar ninguna. No cuando
de Jimena se trataba.

―Por eso te llamo, necesito un favor.

Eloy rio, el cinismo en su risa.

―No hace falta que me lo pidas y menos como un favor. Te voy a clavar el puño cuando te vea por mi
propia voluntad ―gruñó.

Cristian resopló, pero lo ignoró. Entendía que su hermano estuviese tan enfadado. Le había hecho daño a
alguien y siempre se había asegurado de enseñarle que eso sería lo único que no le perdonaría, que,
conscientemente, dañara a otra persona.

Y él lo hizo así, porque sabía, desde hacía tiempo, que esa boda no podía seguir adelante. Pero quiso
intentarlo hasta el último momento y, al final, el daño fue más grande.

―Cogeré un vuelo esta misma mañana. El ex trabajador de Inspec me escribió y creo que podremos
conseguir lo que necesitamos para ganar el caso.

―¿Ya tienes el vuelo? ―ya hablaba como el jefe que era.

―Sí, lo cogí hace un rato. El tiempo de hacer la maleta y coger un taxi hasta el aeropuerto.

―Perfecto ―ese caso se había complicado y Eloy sintió que las cosas mejorarían.

―No sé cuánto tiempo estaré fuera…

―Lo que necesites.

―¿Podrías…?

―No.

―Pero si aún no sabes qué te voy a pedir.

No hacía falta que hiciera la pregunta, la respuesta era y sería mil veces no. Fuera lo que fuera, si tenía
que ver con Jimena, era no.

«¿Estará llorando?», se preguntó.

A la mierda. Que no, hombre.


―Pero Eloy…

―Que no, joder ―gruñó y se levantó, fue directo a la cocina, necesitaba una taza de café. Y tres también.

―Sé que me entendió y sé que aunque lo hace, está dolida.

«Normal…», pensó Eloy.

¿Qué esperaba?

―También sé que si lo pasa mal, no me lo dirá.

―Pues vaya amistad, ¿eh? ―dijo con ironía.

Cristian suspiró.

―Tardaré en lograr que vuelva a confiar en mí.

«Eso seguro», pensó él.

Si es que lo conseguía alguna vez.

―¿Puedes estar pendiente a ella y decirme cómo está?

―No ―claro y rotundo. Metió la cápsula en la cafetera y le dio al botón de inicio cuando puso la taza
debajo.

―Necesito saber que está bien.

―Pues no haberla dejado y seguro que estaría del carajo.

―Eloy… ―resopló.

―Cristian… ―usó el mismo tono― Ya me has demostrado que se te va la puta cabeza y créeme, hasta
estoy pensando desheredarte por lo imbécil que eres. ¿De verdad crees que voy a hacerte semejante
favor? ―«¡Y una mierda!», exclamó en su cabeza―. Si tanto te preocupas por ella, pregúntale tú mismo.

Cogió la taza ya llena, una pastilla para el dolor de cabeza y se sentó en uno de los taburetes de la isla de
la cocina.

―Me dirá que está bien aunque no sea así. Ahora mismo me odia, aunque no lo reconozca.

―Me lo imagino, lo hago hasta yo y mira que, por una parte, hasta estoy feliz porque no te vas a casar con
ella ―dijo amargamente.

Era un cabrón por pensar así, pero era la verdad. No quería verla sufrir por algo así. Ni por nada. Y
aunque no era santa de su devoción…

¡Ja!, exclamó la voz en su cabeza.

Sabía que ambos serían infelices en su matrimonio. Y aunque de mala manera, eso ya no iba a suceder. Así
que… Por ese lado se sentía aliviado.

«¿Estará ella llorando mucho?», volvía la jodida pregunta a su cabeza.

Negó con la cabeza, como queriendo alejar cualquier pensamiento y bebió de su taza de café. Se metió en
la boca la pastilla que cogió del cajón en la boca y bebió. A ver si el dolor de cabeza desaparecía pronto.

―Créeme, bastante me odio a mí mismo por lo que le hice.

―Oh, no lo suficiente, seguro ―refunfuñó Eloy.

Y, de repente, una imagen se formó en su mente. El rostro de Jimena, tumbado a su lado, tan cerca de él…

Y casi escupe todo el líquido que tenía en la boca.

¡¿Qué era eso?! ¿Un sueño? ¡No, joder, una horrible pesadilla!

Entonces, ¿por qué se le había acelerado el corazón?

¿Ahora? ¿Crees que es algo de ahora? Tu hermano ya no está con ella, ¿de verdad crees que tienes que
seguir fingiendo? ¿Vas a seguir negándote a ti mismo lo que ocurre?, la voz siempre chinchando.
―Me costó aceptar que… Estoy enamorado de un hombre. Soy gay, Eloy.

Eloy se había quedado blanco, pero la confesión de su hermano no había sido la causa. El problema era la
confesión que él mismo iba a tener que hacerse.

Le importaba Jimena. Le importaba más de lo que quería reconocer.

―¿Desde cuándo?―, se preguntó a sí mismo, sin darse cuenta de que había hablado en voz alta.

Desde siempre, respondió la voz.

―¿En serio me acabas de preguntar eso? ―Cristian estaba sorprendido.

―¿Eh? ―Eloy, despistado― ¿El qué?

―¿Me acabas de preguntar desde cuándo soy gay?

Eloy se mantuvo unos segundos en silencio, pestañeando.

―¿Eres gay? ―preguntó, y por su tono de voz Cristian supo que era la primera vez que lo escuchaba. Así
que a saber de qué estaba hablando antes.

―Sí ―el tiempo pasaba y Eloy no decía nada―. ¿Eloy? ¿Me has escuchado?

Pestañeó un poco más y salió de la vorágine de pensamientos en la que estaba sumido en ese momento.

―Te he escuchado ―dijo volviendo a la realidad.

―¿Y no tienes nada que decir?

―Sí, ¿se lo has dicho a Jimena?

―Sí.

―Bien…

Se hizo el silencio de nuevo y Eloy aprovechó para terminar de tomarse el café.

¿Le importaba Jimena? ¿En qué sentido exactamente?

Oh, vamos, pues en todos. O quieres que te recuerde cuando imaginaste…

«No», cortó a la voz de su cabeza.

―¿Eso es todo lo que vas a decirme? ―preguntó Cristian― ¿No tienes nada que preguntarme? Esos
mensajes que recibí eran de él, iba a marcharse y yo no pude permitirlo. Joder, Eloy, ¿de verdad no me vas
a decir nada?

Para estar metido en los asuntos ajenos estaba él, como si no tuviera bastante con los suyos al descubrir
que le importaba esa mujer.

―¿Qué esperas que te pregunte? Creo que me conoces bien como para saber lo que pienso al respecto. ¿O
qué esperabas? ¿Creías que me iba a escandalizar por tener un hermano gay?

―No ―dijo con rapidez.

―Te agradezco que me lo hayas contado, me alegra que tengas confianza conmigo para hablar de todo y,
por supuesto, yo, lo único que quiero, es que seas feliz. El con quién, cómo, dónde y cuándo no me
importa. Solo que lo seas.

Eloy volvió al salón y se dejó caer en el sofá.

―Pero eso no es excusa, Cristian. Lo has hecho muy mal, seguramente le has hecho mucho daño ―apretó
los dientes imaginándolo, no quería verla sufrir por nada, menos por un hombre―. Y en ese sentido me
has decepcionado.

―Lo sé y lo siento. También sé que no tengo excusa.

No, no la había. Como tampoco había nada por lo que avergonzarse. Pero Eloy podía imaginar que para
Cristian no habría sido fácil poder decirlo en voz alta.

―Aun con todo… Eres un valiente, hermano y estoy orgulloso de ti. Espero que seas feliz ―lo dijo de
corazón, Cristian lo sabía y lloró, emocionado por sus palabras.

Eloy era una gran persona y sabía que podía contar con él pasase lo que pasase.

En ese momento, Eloy sintió un pinchazo en la cabeza. Joder, a ver si la pastilla hacía efecto pronto.

―Te quiero, hermano ―dijo Cristian entre lágrimas.

―Y yo a ti, capullo.

―A ella también.

A Eloy se le encogió el corazón cuando estuvo a punto de decir que él también.

«Oh, señor, ¡no me jodas! No es para tanto, ¿verdad?»

Para tanto y más, rio la voz.

A Eloy iba a darle un infarto allí mismo, en aquel maldito instante.

―¿Harás eso por mí? ¿Me avisas si la ves mal?

―No soy la persona adecuada, no creo que sea a mí, precisamente, con quien vaya a desahogarse en un
momento así. Me odia, ¿recuerdas?

Eloy no podía ver cómo Cristian negaba con la cabeza al otro lado de la línea.

― Solo te estoy pidiendo que estés pendiente a ella, que me digas si lo está llevando bien. Hazlo por mí.

No, que no se confundiera, si lo hacía sería por ella. Y por él mismo.

Inspiró profundamente y… ¿Por qué, de repente, aquel lugar olía a ella?

Entonces, otra imagen se le vino a la mente. Él tumbado en el sofá y ella tapándolo con una manta.

Eloy, instintivamente, cogió la manta y la acercó a su nariz. Inspiró y gimió. ¿Cómo era posible que oliese
a ella?

¿Qué demonios estaba pasando allí?

¿Y tú cómo sabes cómo huele?, preguntó la voz de su cabeza.

Eso mismo se preguntaba él. Estaba volviéndose loco, seguro. Asustado, tiró la manta bien lejos.

―Por favor… ―insistió Cristian.

Eloy suspiró.

―Cristian…

―Es tu empleada, tienes que hacerlo. No querrás que pierda el juicio, ¿verdad?

Eloy resopló.

―Está bien, estaré pendiente y te diré, no te preocupes.

Pero no por el capullo de su hermano ni por un juicio de mierda. Sino por él mismo. Porque necesitaba
hacerlo. Necesitaba verla. Necesitaba comprobar que todo aquello no la había roto en mil pedazos.

Necesitaba hacerlo y necesitaba dejar de mentirse a él mismo.

Necesitaba saber que ella estaba bien. Tanto como necesitaba saber a qué venían todas esas imágenes tan
vívidas que se le pasaban por la mente.

¿Por qué ese sueño era tan real? ¿Por qué parecía como si de verdad hubiese ocurrido?

Joder, hasta tenía su olor metido en la nariz. Su maldito e inconfundible olor estaba por toda la casa.

No necesitaba eso.

«Eso no me ayudará en nada», pensó.

Iba a volverse loco, completamente loco.

Necesitaba dormir, a ver si se le iba el jodido dolor de cabeza y se le aclaraban las ideas. Y lo que no eran
las ideas...

«No volveré a beber o terminaré volviéndome loco».


Capítulo 8

A Jimena le había costado despertar esa mañana, le había costado levantarse y le había costado la vida
tapar las ojeras que tenía.

«Joder, parezco un oso panda».

O algo peor…

Porque los osos panda, al menos, eran monos. Ella no sabía cómo describirse en ese momento, pero mona
estaba segura que no era la palabra que la definía.

Tampoco es que importara, no la iba a ver nadie que no conociera lo peor de ella.

Hacía mucho que no se levantaba tan horriblemente mal. Solía estar cansada y, normalmente, cuando
llegaba el sábado, el cansancio había hecho mella en ella y se le notaba en todo su cuerpo. En los ojos
también. Pero nunca había llegado a tal extremo. Y mientras el día transcurría, parecía que aquello no
hacía más que empeorar.

Y la culpa de todo aquello la tenía Eloy de la Vega.

¡¿Quién si no?!

―¡¿Que Cristian qué?!

¿Cristian? ¿Qué Cristian?

Jimena volvió a la realidad con el grito de su amiga. Puso los ojos en blanco antes de mirarla con ganas de
querer asesinar a la guapa rubia que tenía delante.

―La pareja de la otra esquina del restaurante no te escuchó, te lo digo por si quieres gritar más ―irónica.

―Joder, Jimena, es que estoy alucinando ―sí, sus ojos azules lo demostraban.

―Ya, me imagino… ―porque ella también lo hizo.

―¿Y te lo soltó así? ¿Sin más?

―Sí ―le dio un bocado al durum que tenía en las manos después de hablar.

―Qué cabrón ―Lorena hizo lo mismo que ella, bocado a la comida, pero a ella le daba igual hablar con la
boca llena―. ¿Lo guanteaste?

―¿Por qué tendría que hacerlo?

―Coño, ¡porque te estaba dejando! ―exclamó.

Y escupió un trozo de pollo.

Todo lo que tenía de sexy, lo tenía de cerda, ¿eh?

―Joder, qué asco, tía, contrólate ―gimió Jimena.

Pero Lorena no le hizo ni caso, ella solo estaba pendiente al chisme.

―Y con el anillo en la mano, Jimena ―Lorena bebió un poco de refresco y negó con la cabeza―. Si no lo
guanteaste tú, lo guantearé yo cuando lo vea. Porque eso tiene que doler.
―Lo hace ―reconoció ella. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no se permitió soltar ninguna. No lo
haría. Ya había llorado lo suficiente la noche anterior y no lo haría más.

Al menos no por Cristian.

Su amiga, al verla emocionada, dejó la comida y cogió una de las manos de Jimena por encima de la mesa.

―¿Ya le has contado a tus padres?

Jimena asintió con la cabeza y se soltó del agarre de su amiga cuando se sintió mejor.

―Mi madre estaba tan sorprendida como yo, pero intentó hacerme sentir mejor.

―Diciéndote “¿eso es el destino, si no estás con él es por algo, no será quien está destinado para ti?”

Jimena rio, no pudo evitarlo.

―Exactamente eso ―era lo mismo que le decía a Lorena cada vez que la veía llorando por uno de sus
fracasos sentimentales.

Jimena y Lorena se conocían desde hacía tiempo, se habían convertido en mejores amigas y en parte de la
vida de la otra. Eran parte de la familia. Y muchas veces pasaban los fines de semana juntas en casa de los
padres de alguna de las dos, así que conocían bien a los padres de la otra.

Rieron recordando las típicas frases de sus madres con respecto a los fracasos sentimentales. Pero la risa
de Jimena se cortó cuando vio en la pantalla del móvil el nombre de quien la llamaba. Rápidamente colgó
la llamada, carraspeó y, nerviosa, volvió a comer.

Pero el móvil volvió a sonar y Jimena lo apagó.

―¿No se lo coges?

―No ―y no dijo nada más.

―A lo mejor es algo del trabajo…

―No trabajo los fines de semana ―eso era lo que Lorena le decía que le dijera siempre que la molestaba
cuando no tocaba. Pero Jimena nunca lo hacía, siempre terminaba hablando con él de trabajo y su amiga
ya se había dado por vencida: Jimena nunca cambiaría.

Pero, al parecer, algo sí había cambiado. Y Lorena creía saber por qué.

―Sabe lo que hizo su hermano, ¿no?

Jimena se encogió de hombros.

―Seguramente.

Hasta la noche anterior parecía que no, pero ya debía de saberlo.

La noche anterior…

Maldito fuera, por su culpa no había podido pegar ojo. Joder, no le quitó el sueño que el hombre que ella
creía que iba a ser su marido la hubiese engañado y abandonado y una escenita con un borracho casi la
deja majara.

«Con semejante beso como para no», pensó.

Joder, qué calor hacía, ¿no?

―¿Crees que se va a mofar de ti?

―Seguramente ―comió de nuevo, masticando bruscamente.

―Hmmm… ¿Te avergüenza lo que pasó?

―No.

―¿Entonces por qué estás tan roja? ―y se metió un trozo de comida en la boca.

Jimena miró con tranquilidad a su amiga.


―Porque me besó.

«Y qué beso…»

Se ahogó, un poco más y Lorena se queda allí mismo, en el sitio, convertida en un pajarito.

―¡¿Que qué?! ―preguntó como pudo y cuando pudo.

―Me besó ―dijo y lucía abochornada.

―¿Te besó cuándo? ¿Dónde? ¡¿Por qué?! ―exclamó, sin importarle si todo el lugar la miraba.

Porque joder, estaba alucinando.

―Baja la voz ―Jimena, avergonzada.

―Jimena, deja las sutilezas para otro momento. ¿Te besó? ¿Te refieres al pedazo de papasote? ¿Eloy de la
Vega te besó? ―Jimena asintió― ¿Cuándo?

―Anoche.

―Anoche… ―Lorena pestañeó― ¿Antes o después de que te plantaran?

―Después.

―La leche ―Lorena negó con la cabeza y rio―. Lo sabía.

―¿Qué sabías? ―Jimena frunció el ceño.

―¿Por qué te besó?

―Porque estaba borracho, ¿por qué, si no, lo haría?

―Estaba borracho y ¿contigo? No entiendo nada, Jimena, ya tardas en explicarme.

Jimena lo hizo y Lorena terminó riendo.

―Señor, y ahora no sabes si él recuerda algo o no.

Jimena gimió.

―¿Qué hago?

―Actuar normal. Y si él no menciona nada, no lo hagas tú.

Jimena estaba agobiada con el tema, mucho.

―Con lo borracho que estaba dudo que se acuerde de nada.

―Por tu bien espero que no ―rio Lorena―. También existe la posibilidad de que él no supiera nada de lo
del hermano y que, para él, hubiese besado a su cuñada. Si es así, no sacará el tema. No le interesa.

Sí, ella también había pensado lo mismo.

―Maldito imbécil ―gruñó, enfadada.

―¿Fue un mal beso?

―Lorena… ―le advirtió.

―Oh, vamos, no seas tan mojigata. Su hermano te había dejado, así que estabas libre, no eres tú la que
hiciste algo malo aceptando ese beso. ¿Cómo besa? Siempre me lo he preguntado.

Jimena rodó sus ojos.

―Apestando a alcohol.

―Más rico todavía ―Lorena puso cara de pervertida y las dos terminaron soltando una carcajada.

―¿Te gustó?

―Lorena…

―Vamos, dime solo eso.


―Me sentía vulnerable, solo fue eso. No lo disfruté.

Mentira, dijo la voz de su cabeza. Fue el mejor beso de tu vida.

Pero no iba a reconocerlo ni aunque la matasen. Ni siquiera se lo iba a reconocer a ella misma.

―¿Qué sabías? ―Lorena enarcó las cejas, sin entender la pregunta― Antes, has dicho que lo sabías, pero
no sé a qué te referías.

―Sabía que entre tú y él había algo.

¿Ves? ¡Si es que era evidente!, exclamó la voz.

―¡¿Perdón?! ―la que casi se ahogó con la bebida en ese momento fue Jimena.

―¿Acaso no es evidente?

―No, no lo es. No existe nada entre él y yo, no sé de qué hablas.

―Llámalo como quieras. ¿Anhelo? ¿Deseo? ¿Tensión sexual? Te conozco, Jimena y como miras a ese
hombre no es normal.

¿De qué estaba hablando esa loca?

―¿Con ganas de asesinarlo?

―Y de comértelo ―Lorena rio al ver la cara de horror de su amiga―. Igual que él te mira a ti.

Jimena negó con la cabeza, su amiga estaba ciega.

Y loca.

Pero reconoce que eso te gustaría, ¿eh? Comértelo entero, dijo la voz. Sobre todo después de ese beso que
no has podido olvidar.

Había revivido ese beso una y otra vez y se odiaba a sí misma por ello, porque eso no debería pasar. Eso
no tenía sentido ninguno.

La besó en un momento vulnerable, eso era todo. Nada de lo que había sentido era real.

«¡¿Por qué no te callas?»

―Eso no es así.

―¿Cuánto has pensado esta noche en Cristian? ―preguntó Lorena.

―Mucho ―mintió Jimena.

Su amiga enarcó las cejas, no la creía.

―Entiendo que te lo quieras negar a ti misma, Jimena. Pero te aseguro que para alguien como yo, la
energía sexual que emana de vosotros cuando estáis juntos es incuestionable. Y supongo que, tarde o
temprano, tenía que salir.

―No sé de qué hablas. Él es insoportable. Además, me odia.

―Imagino. Estás con su hermano. O estabas.

―Eso no tiene sentido.

―Tiene todo el sentido del mundo. Es más, ahora es cuando lo tiene. Es más fácil fingir odiarse que
reconocer lo que se siente, ¿no? Y esto también va por ti.

―Ese hombre no significa nada para mí ―sonaba a la defensiva, porque lo estaba―. Siempre me saca de
mis casillas y me hace ser como no soy.

―¿Alguna vez te has preguntado por qué él es el único que logra desquiciarte? ―Lorena sonrió― Tu novio
te ha dejado por otro y a ti, lo que más nerviosa te pone, es el beso con Eloy De la Vega.

―¿Cómo no hacerlo? Es mi jefe, joder.

Lorena bufó.
―Claro, por eso es ―no la creía― Ahí hay algo, Jimena. Entre ese hombre y tú hay algo y no vais a poder
controlarlo para siempre. El fuego os tendrá que quemar y la mecha, mi querida amiga, se acaba de
prender.

―Te estás montando una película que ni Amenábar, ¿eh? ―dijo, de nuevo, a la defensiva.

Porque todo aquello no podía ser, él no podía interesarle. No lo hacía, ¿verdad?

Ni ella a él. ¡No! Solo fue un beso de borracho, algo sin importancia.

Lorena se encogió de hombros.

―¿Estás segura de eso?

Jimena no estaba segura en ese momento de nada, ni siquiera sabía qué era lo que sentía.

Solo sabía que estaba a punto de volverse loca y que temía el momento de volver a encontrarse con él.


Capítulo 9

Lunes y las ojeras seguían ahí.

¿Cómo no? Si apenas había pegado ojo, se había pasado el fin de semana comiéndose la cabeza. Y Lorena
no había ayudado en absoluto.

Aunque cansada, había llegado al juzgado a tiempo y había comenzado la sesión final del juicio con muy
buen pie. Era una profesional ante todo y ningún dolor de cabeza por no dormir bien en las últimas
noches por culpa de los hermanos De la Vega iban a hacerla fallar en su trabajo.

Sí, porque los dos se habían convertido, por distintas razones, en dolores de cabeza. Uno más que otro,
pero eso no era relevante en ese momento.

Hablando de cabeza de nuevo, joder, cómo le dolía la endemoniada. Si es que la falta de sueño y el escaso
descanso era lo que tenía.

Estaba en un descanso y había aprovechado para ir al baño. Al salir se tomaría un café de la máquina y
repasaría todo de nuevo.

Centrada. Centrada en lo que debería y no en quienes no debería.

Después del juicio, cuando tuviera que volver al trabajo y tuviera que encontrarse con él, entonces se
preocuparía por ello.

«¿Se acordará? ¡Ay, señor!»

¡Le iba a dar algo!

―¿Estás bien?

Había salido del baño e iba despistada mientras metía la mano en el bolso, sacaba el monedero y buscaba
una moneda para la máquina de café cuando la voz de Eloy De la Vega la sobresaltó.

La moneda que ya tenía en las manos cayó. Eloy la paró con el zapato.

«Joder, él no. Ahora no», pensó Jimena.

Pero sí, estaba ahí, frente a ella. Se había agachado para coger la moneda y se la estaba entregando.
Jimena intentó fingir una normalidad que no sentía. Eso era lo que le había dicho Lorena, ¿no?

Intentando no temblar por la incertidumbre de si él recordaba ese bochornoso momento o no, dejó que
dejase caer la moneda sobre su mano, guardó de nuevo el monedero en el bolso y se quedó con la moneda
en la mano.

Miró a Eloy, nerviosa. No podía evitarlo. Ese hombre que estaba tan serio frente a ella era el mismo que,
horas atrás, la había besado.

El mismo que, si Dios existía, ni se acordaba de ello.

Jimena, más que por otra cosa, no había podido dormir todas esas noches por esa preocupación.

«¿Se acordará de algo?»

Esa pregunta la había estado atormentando más que cualquier otra cosa.
Había rezado por no encontrárselo hasta sentirse preparada para confrontarlo, pero sabía que era
imposible. Aun así, se lo había pedido a todos los dioses.

Pero los dioses no existían, ¿no? O eso parecía.

Porque caso, a ella, le hacían poco.

O ninguno.

«¿Aún me da tiempo a salir corriendo?»

Iba a ser que no…

Delante de ella, con un traje de chaqueta gris marengo, con su corbata perfectamente anudada y con el
pelo hecho un jodido desastre estaba él.

¿Ojeras? Ninguna.

¿Guapísimo sin necesidad de maquillaje? Siempre.

Increíble… Ella, sin embargo, debía parecer un zombie. La novia cadáver debía parecer.

O exnovia, para ser más exactos.

―Jimena… ―Eloy llamó su atención. Jimena dejó a un lado la telaraña de pensamientos de su cabeza y lo
miró― ¿Le pasa algo a tu móvil?

Ella lo miró y frunció el ceño.

―No. ¿Qué haces aquí? ―«joder, pero intenta no sonar a la defensiva».

―Estaba en la sala cuando llegaste, pero no me viste.

―Ah…

―He estado llamándote desde el sábado por la mañana y no lo coges. ¿Se te estropeó el móvil?

Lo tenía apagado por si él llamaba y esa mañana no quiso encenderlo por si acaso él volvía a llamarla, no
estaba preparada para hablar con él.

―Se me olvidó ponerlo a cargar.

―Ya veo… ―esperó un momento antes de seguir hablando― ¿No me vas a preguntar por qué te llamé
tanto?

«No».

―No creo que fuera por nada de trabajo.

«Y espero que no sea por el maldito beso».

―Cristian me llamó y me lo contó todo.

―Ya veo…

¿Podía suspirar de alivio ya?

―Sí… ―no dejaba de mirarla fijamente y a ella la ponía nerviosa, pero no iba a demostrárselo― ¿Cómo
estás?

―¿Eso es lo único que querías saber?

―¿Qué más? ―Eloy enarcó las cejas.

Sí, podía sentirse aliviada.

―Estoy bien ―respondió―. Ganaremos el caso.

Fue a pasar por su lado, pero él la agarró del brazo e hizo que se parara. Un escalofrío, como el de aquella
noche, recorrió el cuerpo de Jimena.

«Pero bueno, ¿y ahora por qué? Esa noche porque estaba vulnerable, ¿Pero ahora?», se preguntó a sí
misma.
Porque no puedes olvidarlo, respondió la voz. Y quieres más, mucho más.

La ignoró. Por su salud mental era eso lo que tenía que hacer.

Eloy hizo que se moviera y que se colocara frente a él.

―No es sobre el caso sobre lo que te estoy preguntando ―la miró con intensidad―. ¿De verdad estás
bien?

Jimena se libró del agarre de Eloy. Porque quemaba. Y mucho.

La hacía recordar cosas que no quería, momentos que la atormentaban. Como ese beso que aún podía
volverla loca.

Ese beso que necesitaba borrar de su mente.

―Estoy bien ―dijo.

Y no era una mentira. Si se refería a Cristian, estaba mejor de lo que ella misma esperaba.

―Ya veo… ―pero por el tono en que lo decía, Jimena sabía que él no se lo creía.

Lo miró a los ojos y levantó la cabeza, altanera. Para demostrarle que lo estaba. Estupendamente bien. No
iba a darle el gusto de verla mal.

Por nada.

Ni por nadie.

―¿Qué esperabas? ¿Verme llorando por los rincones? ¿Eso es lo que debería estar haciendo? ¿Así es como
te gustaría verme?

Eloy enarcó las cejas.

Ahí estaba ella, altanera, ante él. Intentando tapar todo lo que llevaba por dentro. Eloy lo sabía, la conocía
demasiado bien como para que ella intentase fingir algo así. Y en otro momento se lo habría dejado saber
a su manera.

Pero en ese no. Esa vez él no quería ser así.

No podía serlo.

Eloy se tensó.

―¿Eso crees? ―la miró intensamente― ¿De verdad crees que yo me alegraría por algo así? ¿Es eso lo que
te he demostrado todo este tiempo?

Había dolor en sus palabras, a Jimena no le pasó desapercibido.

El porqué no lo sabía.

Ella tragó saliva, nerviosa e incómoda con el tono y con las palabras de Eloy.

«No lo sé, eso es lo que me ha parecido siempre», pensó.

Esa era la sensación que ella tenía. Y él tenía culpa de ello, ¿no?

¿Qué pretendía en ese momento? ¿Fingir que todo aquello le preocupaba?

¿Que ella le preocupaba?

Ahora no estaba borracho como para eso.

―¿Y tú cómo estás? ―preguntó entonces ella, enfrentándose a él de la manera en la que podía. Se sentía
herida, avergonzada y temerosa y no sabía qué hacer. Vio la sorpresa en los ojos de Eloy y continuó― No
me dirás que no te sientes feliz al saber que no me casaré con tu hermano. ¿No estás feliz ahora que todo
se terminó?

No pudo evitar que una lágrima cayera por su mejilla y se quedó sin poder respirar cuando la mano de
Eloy se posó en su rostro y limpió esa lágrima.

Jimena no supo cómo, pero él estaba más cerca de ella. Demasiado cerca. Otra vez.
Y el cuerpo de Jimena comenzó a temblar. Justo como aquella vez.

Eloy se tensó aún más y tardó unos segundos en responder.

―Sí ―dijo él con firmeza y con seguridad. Asombrándola a ella, asombrándose a sí mismo por la
brusquedad con la que lo había dicho. Bajó la mano con la que la había tocado y, junto con la otra, las
metió en los bolsillos. ―Estoy feliz de que esa boda no se celebre ―pero no por las razones que ella
imaginaba, pero ella no lo sabía―. ¿Te sentirías mejor si te mintiera y te dijera que no?

«Maldito imbécil», pensó ella con rabia.

Ese era el Eloy que ella conocía, ese era el capullo de su jefe. No el borracho que, aquella noche, la había
besado.

Su jefe era ese hombre, quien la odiaba como a nadie más.

―Me alegra que te sientas así ―dijo Jimena con rabia.

Así era como ellos tenían que estar, odiándose el uno al otro. Esa era la única manera en la que podían
existir.

Las tonterías que Lorena había dicho de ellos solo eran eso, estupideces varias.

Eloy apretó la mandíbula con fuerza.

―Jimena ―él intentó agarrarla de nuevo, pero ella lo evitó.

―No se preocupe, jefe. Ganaré este juicio.

Y se marchó de allí.

«Maldito gilipollas», pensó.


Capítulo 10

Gilipollas era quedarse corto. Era un imbécil de primera, un maldito subnormal.

¡¿Cómo podía ser tan idiota?!

Llevaba repitiéndose lo mismo horas. Desde esa mañana cuando se había encontrado con Jimena, esos
pensamientos estaban fijos en su cabeza. Estaba en su despacho, con la chaqueta quitada, los botones de
arriba de la camisa desabrochados, las mangas arremangadas, intentando concentrarse en algo más que
no fuera lo imbécil que era, pero no había manera.

«Es que eres un idiota integral», se dijo a sí mismo.

Se pasó las manos por el pelo, gruñó y dejó caer la cabeza sobre el escritorio.

«A ver si de un golpe de estos espabilo», se dijo a sí mismo.

Si no lo haces, ya te golpeo yo, no te preocupes, dijo la voz de su cabeza.

Eloy gruñó como respuesta y un gruñido fue lo que le salió de la garganta cuando llamaron a la puerta.

¿No le había dejado claro a su secretaria que no lo interrumpieran?

Iba a despedirla, por incompetente.

Levantó la cabeza en el mismo momento en que la puerta se abría y casi le dio algo cuando la vio
aparecer. Con la misma ropa que llevaba esa mañana, allí estaba ella.

Ese traje de chaqueta y falda azul le sentaba realmente bien, por cierto. Ese color siempre la favorecía.

«Aunque ella podría ponerse un saco y seguir viéndose bien», pensó.

Eloy se enderezó tranquilamente, demostrando una calma que no sentía en absoluto. Pero ella no tenía
por qué saberlo.

―¿Se puede? ―preguntó ella.

¿Seguía nerviosa? ¿Como esa mañana?

Mejor, así no se sentía él tan en desventaja. No era el único que se sentía así.

Eloy asintió con la cabeza y la observó mientras ella cerraba la puerta del despacho y se giraba para
mirarlo.

―Me encontré con tu secretaria mientras se iba y me dijo que estabas aquí.

¿Se iba? ¿Se iba a dónde? ¿Ya era la hora de marcharse a casa? Miró el móvil de reojo y resopló
mentalmente.

Joder, ni cuenta se había dado.

Jimena se acercó al escritorio, se quedó allí, de pie y, sin mirar a Eloy a la cara, dejó un sobre encima de la
mesa, frente a él.

Eloy apretó los dientes, tanto que casi se rompe alguno. No tenía que mirar qué era. Lo sabía de más.

Y no lo iba a aceptar.
―Eso es… ―comenzó ella.

Pero no fue capaz de decir nada más porque Eloy se levantó y, sin dejar de mirarla, cogió el sobre, lo
rompió y dejó que los pedazos cayeran sobre su escritorio.

―Una estupidez, eso es ―sonó enfadado, no pudo evitarlo.

Lo estaba. Cabreadísimo. Y no sabía con quién.

Mejor dicho, sabía con quiénes, pero aún no sabría decir si estaba más enfadado con ella por lo que
acababa de hacer o por él, por el gran idiota que era.

Pero algo tenía claro: ella no iba a dejar su trabajo.

Jimena tenía los ojos abiertos de par en par, lo miró a él, a los pedazos de papel. A él otra vez.

No entendía nada, él lo sabía.

Él sí. Le había costado, pero comenzaba a entenderlo. O a aceptarlo, mejor dicho.

―Mi renuncia ―terminó de decir ella, alucinando con lo que acababa de ver.

―Ahora no es nada ―dijo él.

Jimena pestañeó varias veces, ¿qué demonios hacía ese hombre?

―¿Qué se supone que haces? ―preguntó mirando a Eloy.

―Evitar que hagas la idiota.

«Para idiota ya estoy yo», pensó.

―No creo que nada te dé derecho…

Pero se calló cuando Eloy rio. La ironía en su risa.

―¿Crees que no tengo derecho a decidir si acepto una carta de renuncia o no, Jimena? Soy tu jefe, ¿te lo
recuerdo?

―Según el artículo…

―Soy abogado, Jimena ―la interrumpió él, se levantó― y te aseguro que, si quiero, te gano en la Corte.
Así que no me pongas a prueba ―y se acercó al ventanal de su oficina, dándole la espalda a ella.

Porque ganaría y ella seguiría trabajando para él todo el tiempo que él quisiera.

Toda la vida si era necesario.

Dios, cómo le estaba tocando las narices. ¿Irse? ¿De verdad se estaba planteando irse?

―No sé qué demonios te pasa, pero estoy en todo mi derecho de renunciar ―ella estaba a la defensiva.

¿No sabía qué le pasaba? ¡Que no dejaría que se marchara, eso le pasaba!

Joder, como si no tuviera bastante con lo que lidiar, con él mismo y con sus sentimientos, y venía ella a
tocarle más la moral.

Eso solo había conseguido desquiciarlo más.

Y ella estaba cada vez más nerviosa, se le notaba en la voz.

―¿Y por qué? ―Eloy se giró y la miró― Dime tus razones y si son válidas, aceptaré tu renuncia ―mintió,
porque no pensaba hacerlo. La mantendría allí como fuera.

Eloy se cruzó de brazos, esperando escucharla.

La cara de Jimena era todo un poema.

―Ni siquiera tengo que darte una, es mi derecho ―se estaba enfadando.

Bien… La prefería así, enfadada.

Siendo la Jimena que él sabía que era.


―Pero me la merezco, ¿no? ¿O pretendes irte sin ninguna explicación?

Jimena rio, sarcástica.

―¿Te la mereces? ―comenzaba a ponerse roja. Qué digo roja, morada estaba ya. Jimena negó con la
cabeza― No tengo nada que explicarte, Eloy, pero ya que insistes, te diré: ¿Acaso no es evidente? ―las
manos mirando al techo.

―No, no lo es.

Ella soltó una carcajada irónica.

―La relación jefe-empleada es pésima. No me soportas y ya no hay ninguna razón para que tengas que
tenerme aquí. He ganado el caso, ganaré el siguiente y ya no tendrás que verme más. No estoy con tu
hermano, no tiene ningún sentido que siga aquí.

Eloy iba a romperse los dientes. La miró fijamente hasta que le hizo apartar la mirada.

―¿Estás aquí por él? ―preguntó casi en un susurro.

―Sí ―dijo ella, sin pensárselo.

Se acercó lentamente a ella y se paró cuando sus cuerpos casi se tocaron. Jimena hizo el amago de
echarse para atrás, pero aguantó el tipo, estoica.

Hasta que no pudo más y evadió la mirada de Eloy.

Eloy levantó una mano, cogió la barbilla de Jimena e hizo que girase la cabeza para mirarlo. Ella tembló y
él hizo lo mismo al sentirlo.

―Mentira ―la miró con intensidad―. Inventa las excusas que quieras, Jimena ―dejó que ella se soltara de
su agarre y agachó la mano―, pero no me engañes ―sonó a amenaza, quizás lo era.

―No lo hago. Y lo sabes. Tú mismo lo has dicho siempre.

―Yo soy un gilipollas ―afirmó, sin dejar de mirarla―. Pero lo sé y lo reconozco. Lo que no soy es idiota,
Jimena. No pretendas verme la cara y hacerme creer que estás aquí por alguien más que por ti misma
―volvió a acercarse al ventanal porque, si se quedaba cerca, lo mismo volvía a tocarla.

Y no podía, porque un solo toque y le quemaba el cuerpo. Y todo aquello lo estaba volviendo loco.

―De todas formas, ¿qué te importa? ―sonaba desesperada― Solo tienes que chasquear los dedos y
tendrás a quinientos aspirantes, la mayoría mejores que yo. ¿Qué importan las razones cuando el fondo de
la cuestión es el mismo? Este no es mi lugar.

Eloy sintió algo que le subía desde el estómago, algo que amenazaba con quemarlo. Ella no podía haber
dicho eso, ella no pensaba eso.

Se giró y la miró, echaba fuego por los ojos.

―¿No lo es? ¿Este no es tu lugar, Jimena? ―comenzó a acercarse a ella lentamente― ¿Por qué no lo es?
¿Porque ya no estás con él?

Celos, en ese momento lo mataban los celos y ni cuenta se estaba dando.

Iba a decir algo de lo que se iba a arrepentir, pero no fue capaz de controlarse. Estaba, en ese momento,
lidiando con demasiadas sensaciones y todo se le estaba yendo de las manos.

Iba a perder el control.

Iba a ser el gilipollas que ella sabía que era.

―Si quieres, puedes follarme a mí, así volverás a tener razones para quedarte.

La bofetada no tardó en llegar. Le dio fuerte, con toda la rabia y con todo el dolor que sentía en ese
momento por las palabras que acababa de escuchar.

Eloy había cerrado los ojos para recibirla. Cuando volvió a abrirlos, algunas lágrimas caían por las mejillas
de Jimena. Él levantó las manos rápidamente y cogió la cara de ella.
―Lo siento ―susurró al ver cuánto daño le habían hecho sus palabras.

Era un gilipollas de primera y de verdad estaba arrepentido.

Ella se liberó de sus manos, no quería que la tocara.

―Siempre pensaste eso de mí ―otra lágrima―. Siempre te encargaste de hacérmelo saber como acabas
de hacerlo ahora.

―Jimena, no ―las cosas no eran así.

Fue a tocarla de nuevo, pero ella no se lo permitió.

―Elegí este bufete porque te admiraba. Como abogado, eras mi ejemplo a seguir. Y siempre, siempre
―enfatizó con rabia―, intenté que me aceptaras. Lo hiciste porque terminé saliendo con tu hermano ―él
negó con la cabeza, las cosas no eran así, ella estaba muy equivocada―. Me soportaste aquí por la misma
razón. Así que sí, no miento al decir que estaba aquí por él. Ahora que no está, no hay ninguna razón para
que me quede. No seré, nunca más, tu diana, Eloy. Así que, por favor, acepta la renuncia. No lo hagas más
bochornoso para ninguno de los dos ―pasó por su lado, dispuesta a irse.

Eloy maldijo, se pasó las manos por el pelo, desquiciado.

―¿Eso crees que eres? ―se giró a mirarla. Ella le daba la espalda, se había quedado quieta al
escucharlo―. Maldita sea, Jimena, mírame y dime si de verdad es eso lo que crees que eres para mí. ¿Una
maldita diana?

Jimena se giró y, con lágrimas en los ojos, lo miró.

―¿Qué más si no? ―no podía controlar todas las lágrimas― ¿Acaso me has hecho sentir que soy algo
más? Y no te hablo solo como persona, lo cual puedo hasta soportar. Al fin y al cabo, no tengo que
agradarte.

―Jimena…

―Como abogada, Eloy. ¡Ni una maldita vez has valorado mi trabajo! ¡Ni una vez me has valorado como
profesional! ―exclamó, gritando por primera vez, sacando todo lo que llevaba dentro― ¿Y de verdad crees
que después de todo yo tengo alguna razón para quedarme aquí?

«Yo», pensó él, «¿por qué no puedo ser yo una razón?»

Después de todo, ¿de verdad crees que te lo mereces?, hasta la voz de su cabeza sonaba decepcionada
con él.

Pero no más de lo que él lo estaba consigo mismo.

―Por favor, acepta la renuncia y dejemos que todo termine aquí.

Fue a marcharse, pero Eloy cerró la puerta con la palma de su mano. Se quedó detrás de Jimena, con su
pecho pegado a la espalda de ella. La tenía ahí, atrapada entre su cuerpo y la puerta del despacho.

Notó el cuerpo de ella tenso. Eloy suspiró.

―No puedo ―dijo él, respondiendo a su petición―. No puedo y no quiero ―se pegó más a ella―. Te juro
que lo he intentado. Joder, lo llevo intentando años, pero no puedo ―ella no sabía a qué se refería
exactamente, pero Eloy sí sabía y por eso sonaba tan atormentado.

―Por favor ―pidió ella.

―Mírame, Jimena. Por favor… ―ella negó con la cabeza, dejó caer la suya, la frente apoyada en la
puerta― Mírame y dime que te quieres ir. Dímelo mirándome a los ojos y te dejaré marchar.

―¿Por qué?

Eloy la agarró por las caderas e hizo que se girase. Jimena se pegó todo lo que pudo a la puerta porque
Eloy estaba demasiado cerca.

Eloy levantó las dos manos y las apoyó en la puerta, estirando los brazos, separándose de ella un poco,
pero sin dejar de mirarla.
―Dímelo, Jimena ―insistió él.

―¿Por qué me haces esto? ―ella era quien sonaba atormentada en ese momento.

¿Por qué lo hacía?

¿Por qué se estaba llevando al límite a él mismo?

Ella le rogaba con la mirada que la dejase marchar. Pero él no podía, no todavía.

―Porque necesito comprobar algo ―él bajó las manos, cogió la cara de ella y acarició sus mejillas con los
pulgares.

La notó temblar. ¿O era él quien temblaba?

Quizás eran los dos…

Jimena lo miraba a los ojos, él estaba embrujado por esos preciosos ojos verdes que tenía ella.

La vio humedecerse los labios con la lengua y perdió el poco control que le quedaba.

―Necesito hacerlo ―gimió.

Y descubrió que ocurría, exactamente, lo que más temía.

Estaba enamorado de esa mujer.

Y esa no era la primera vez que se besaban.


Capítulo 11

Eloy

Estaba enamorado de esa mujer.

Lo supe en el mismo momento en que mis labios rozaron los suyos.

Lo sabías desde mucho antes y no lo querías aceptar, dijo la voz de mi cabeza.

No pude negarlo y tenía que dejar de mentirme a mí mismo. Era así. Era así desde siempre.

Pero me había prohibido durante tanto tiempo sentir… Me había prohibido a mí mismo cualquier
pensamiento relacionado con ella, por mínimo e inofensivo que fuera. Cuanto más para darle voz a algo
así, tan importante como aquello.

Me había costado aceptarlo por todo lo que aquello implicaba, pero una vez que le di vía libre a mis
sentimientos, no pude esconderlos más.

Y la besé. Y no era la primera vez que lo hacía.

Durante el fin de semana, imágenes de aquella noche me llegaban a la mente. Ese momento tan vívido con
ella que creí haber soñado no dejaba de atormentarme. Y había algo en mi interior que me decía que todo
aquello no era un sueño.

Algo me decía que todo aquello había sido real.

Entre la resaca, las noticias de la ruptura de Jimena y Cristian y el tener que poner en orden mis propios
sentimientos, pensé que iba a volverme loco.

Y viendo que ella no contestaba a mis llamadas, sabiendo que no podía hacer algo tan simple como
presentarme en su casa por estar preocupado por ella, terminé saliendo a tomarme otra copa.

―¿Llegó a casa bien la otra noche? ―me había preguntado el camarero del pub.

―¿Sabes cómo llegué?

―Oh, claro. Yo ayudé a su compañera de trabajo a montarlo en el taxi.

―¿A quién? ―no entendía nada.

―¿No le dijo nada? ¿No la vio?

―No sé de qué hablas, pero cuéntame…

―Esto… No quiero meterme en problemas.

―Lo harás si no me cuentas ahora mismo ―y no estaba bromeando.

―Joder… Verá, no suelo hacerlo. Pero usted se había desmayado y como tenía el móvil desbloqueado,
llamé a la última persona que salía en el registro de llamadas. Pero como tenía el móvil apagado, llamé a
la penúltima.

Cogí el móvil y miré el registro de llamadas.


Jimena.

―Usted estaba mirando una foto de ella, me di cuenta al verla, así que supuse que estaba bien si lo
ayudaba.

El chico se calló al ver mi cara.

―¿Jimena vino a por mí? ―busqué su foto de WhatsApp y se la mostré― ¿Esta mujer?

―Sí ―dijo el chico rápidamente―. Lo siento, pero era eso o llamar a la policía.

―Entiendo…

Y así fue como me di cuenta de que lo que creía que había sido un sueño fue muy real.

Ese beso había sido real.

Y saber eso me asustó sobremanera. No sabía cómo abordar la situación, pero no quería que las cosas
salieran tan mal como ocurrieron esa mañana.

Simplemente no supe cómo hacerlo.

Y en ese momento, cuando ella quería marcharse, exploté.

¿De verdad quería hacerlo? ¿Podía, además, hacerlo sin nombrar, siquiera, lo que había ocurrido entre
nosotros?

¿Por qué no me lo echaba en cara?

¿Por qué no me maldecía por lo que hice?

¿Por qué no me abofeteaba?

La había besado, ¿e iba a actuar como si no hubiese ocurrido?

Así que, de nuevo, no supe cómo actuar. Y allí estaba, besándola porque era lo único que sabía que tenía
que hacer. Confirmar que no me estaba volviendo loco.

Confirmar que la deseaba.

Confirmar que, de verdad, no era la primera vez que la besaba.

Y Dios, creí que iba a morir allí mismo.

Me temblaba el cuerpo y sentía que el corazón se me iba a salir por la boca. Nunca, ni con mi primer
beso, me había sentido tan nervioso.

Nunca, con un simple beso, había llegado a empalmarme así. Estaba como una jodida piedra incluso
antes, solo con su cercanía mi polla, quien ya sentía que no debía reprimirse, había despertado.

Por ella.

Y todo por un beso.

Pero ¿cómo no sentirme así cuando la mujer que estaba besando era Jimena?

Esos labios carnosos que me habían atormentado durante años, esos perfectos y preciosos labios rosados
con los que no me había permitido soñar ni una maldita vez estaban, en ese momento, devolviéndome el
tímido beso que yo le daba.

Por segunda vez. ¡No! Por tercera.

Un simple roce de labios que a punto estuvo de hacer que me desmayase allí mismo y esa sensación me
hizo comprender la verdad.

Era ella.

Era esa mujer.

Jimena.
La insté, con mis dedos en su barbilla, a abrir la boca y ella no dudó en hacerlo. Sabía a lágrimas y le
temblaban los labios y casi muero cuando mi lengua y la suya se encontraron. La mía avasalladora, la
suya, tímida al principio, pero igual de arrolladora que la mía después.

Jimena gimió en mi boca y yo pensé que el pantalón iba a explotarme allí mismo. Me pegué a ella, la
apreté contra la puerta, rozándole el vientre con mi erección. Me agaché un poco, me coloqué entre sus
piernas y me moví, rozando su sexo con el mío por encima de la ropa.

Dios, me iba a correr allí mismo y me daba completamente igual. Porque aquel momento era perfecto.

Eso fue lo que sentí.

―Jimena ―susurré sobre sus labios.

Escucharme hizo que su actitud cambiara. Se envaró, su cuerpo se tensó. Cerró los labios y puso sus
manos sobre mi pecho, creando una barrera entre los dos.

Maldije, sabía que ahí terminaba todo. La magia había desaparecido.

Suspiré, pegué mi frente con la suya y cerré los ojos. Mis manos apretando sus caderas.

Le rogaba con esos gestos.

―No lo hagas.

―Por favor ―se escuchaba aterrorizada y odié eso.

―No te vayas. Quédate conmigo.

Pero ella ya no estaba allí, no estaba conmigo, no como lo había estado en ese beso. Abrí los ojos y la miré.

Maldije por dentro. No quería que aquel momento tuviera fin.

Nunca.

―No puedo ―repitió.

―¿Por qué no? ¿Todavía apesto a alcohol?

Vi el miedo en sus ojos y solo quise volver a besarla. Quería decirle que a mí también me asustaba todo
aquello, pero que no quería dejar de vivirlo.

―¿Lo recuerdas?

Asentí con la cabeza.

―Cada instante ―susurré. Vi el pánico en sus ojos y maldije. No era eso lo que quería ver―. No te vayas
―volví a pedirle.

―Eloy… No puedo ―no dejaba de negar con la cabeza.

―¿Por qué no? ―le pregunté mirándola, después de separarme de ella.

―Todo esto es… Estamos confundiendo las cosas.

Enarqué las cejas. Bajé mi mano y la posé sobre mi entrepierna. Agarré mi erección por encima del
pantalón y vi cómo abría los ojos de par en par al ver ese gesto.

No lo hacía por escandalizarla, simplemente era honesto.

―La tengo como una piedra, Jimena. ¿Qué demonios piensas que estoy confundiendo?

―Oh, Dios ―gimió.

Sonaba sorprendida. Yo estaba seguro que todavía estaba más excitada.

―Tú provocas esto en mí.

―Pero no podemos ―seguía negando, repitiendo lo mismo. Que no podíamos.

¿Por qué no?

―¿Por qué no podemos?


―Porque esto es un error, ¿no lo ves? ―sonaba asustada.

Y, en parte, la entendía, porque yo también me sentía así. Pero más miedo me daba el no poder volver a
besarla de nuevo.

Y ese descubrimiento lo explicaba todo.

―No, no lo veo.

―No puedo ―repitió, se pasó una mano por el pelo, agobiada―. Tenemos que olvidar todo esto. Nada de
esto ocurrió.

Reí con ironía.

―Y una mierda.

―Y acepta mi renuncia. Ahora más que nunca, hazlo.

―¿Por qué?

―¡Porque esto es una locura, ¿no lo ves?! ―estalló, desesperada― Era la novia de tu hermano. Eres mi
jefe. Y ahora nosotros… ―negó con la cabeza― Estos no somos nosotros. Nos odiamos, Eloy, ¿recuerdas?

Parecía que se lo decía a sí misma, como si necesitase recordárselo. Como si tuviese que autoconvencerse
de ello.

―Maldita sea, Jimena. ¡No te odio! ―no sabía ya cómo decírselo― He sido un capullo contigo, sí, ¡pero
nunca te he odiado! Y no lo hago ahora. Ahora mismo, lo único que quiero es besarte, que nos
deshagamos de la ropa y ¡follarte una y otra vez hasta hacerte gritar mi nombre!

Vi el asombro en su cara y suspiré.

―Eso no es así.

―¡Y una mierda que no! ―ojalá no lo fuera, pero sí, así eran las cosas― ¿Me vas a decir que tú no quieres
eso, Jimena?

Horrorizada me miró. Reí, ¿tanto le costaba reconocerlo?

―¡No! ―exclamó.

―Y un cuerno que no. Era yo quien te besaba, era conmigo con quien gemías. Fueron tus caderas las que
pedían mi polla ―era grosero y sucio, pero así era yo, sin sutilezas en ese tema―. Quieres follarme tanto
como yo quiero follarte a ti y cuanto antes lo reconozcas, mejor.

El bofetón no tardó en llegar. No lo vi venir y dolió como el demonio.

¿Bien merecido? Seguramente. Pero así era como lo sentía y como lo veía.

―No siento nada de eso por ti. Jamás he pensado en ti de esa manera y no lo haré nunca.

Mentía. La conocía y sabía que mentía. Se mentía a sí misma como lo había estado haciendo yo durante
años.

Lo entendía, no era fácil ver la verdad. Pero ahí estaba. Entre nosotros ocurría algo y joder, yo no quería
perderme lo que fuera.

Yo no quería perderla a ella.

Pero no podía obligarla a ver más allá. No podía obligarla a dejar de mentirse a sí misma.

―¿De verdad? Demuéstramelo entonces ―la reté―. A partir de ahora, cada vez que me mires, dime que
no desearás que te bese ―me acerqué más a ella―. A partir de ahora, cada vez que te roce, supongo que
seré el único que piense en cuánto me gustaría tocarte, acariciarte… Sin ropa de por medio ―susurré
roncamente y ella ahogó un gemido, dándome la razón―. A partir de ahora, Jimena, si de verdad puedes
seguir diciéndote a ti misma que no deseas follarme tanto como yo deseo follarte a ti… Si eso de verdad es
así… ―suspiré y dejé que la tensión abandonase mi cuerpo― Estaré equivocado y seré el único que siente
esto.
―Eloy ―la súplica en su voz.

―Seré el único que siente que se muere si no estoy dentro de ti de una maldita vez.

Obvié sus labios húmedos, su boca abierta, sus pupilas dilatadas, el rubor en sus mejillas y la excitación
que sabía que sentía entre las piernas.

Era ella quien tenía que lidiar con aquel descubrimiento por sí misma, como yo lo había hecho.

―Y si eso de verdad es así… Seré yo, y no tú, quien se está engañando a sí mismo al creer que esto
―señalé el espacio entre los dos― , esta cosa que nos ocurre desde aquella maldita noche en el sofá de mi
casa es cosa de dos.

Dejé caer mis manos, derrotado.

―Lo es ―insistió, terca―, es solo cosa tuya.

Mentira.

Pero no podía hacer nada más, era ella quien tenía que dar el siguiente paso. Solo esperaba que no
tardase demasiado o iba a terminar volviéndome loco por el deseo.

Asentí con la cabeza.

―Lo siento entonces. Y tranquila, no hace falta que renuncies a tu trabajo, no volverá a ocurrir. No haré
nada que pueda incomodarte ―le prometí.

La vi dudar antes de marcharse del despacho, pero lo hizo.

Y joder, dolió como el infierno ver desaparecer a esa mujer.

Me dejé caer en el sillón, la cabeza hacia atrás. Suspiré profundamente.

Estaba convencido de que aquello no era una invención mía. Joder, la había sentido temblar de placer y
eso era por mí. Estaba seguro de ello.

Era por nosotros.

Pero era ella quien tenía que darse cuenta de las cosas y, por Dios, esperaba que no tardase demasiado
porque, si no, iba a volverme completamente loco.

¿Y si nunca lo admite?

Simplemente no podía pensar en esa posibilidad. De ser así… Tendría que vivir con ello.

Y dolería como el infierno.


Capítulo 12

Jimena estaba volviéndose loca.

Aquello era una locura.

El día anterior, después de salir casi corriendo de la oficina de Eloy, bajó del edificio por las escaleras. Con
la ansiedad que sentía, como para meterse en ese maldito cachivache pequeño y cerrado.

Cuando llegó a la calle sintió que podía respirar.

Pero seguía sintiendo el corazón a mil. Por no hablar de que necesitaba cambiarse de bragas.

Es un experto mojabragas, sí señor, la voz de su cabeza estaba alucinada, para bien.

Jimena estaba completamente horrorizada.

¿Qué había ocurrido ahí arriba? ¿A qué venía todo eso?

Joder, no solo recordaba todo sobre aquella noche, sino que, además, esta vez la había besado en pleno
uso de sus facultades.

Porque quería hacerlo.

Porque, a juzgar por su entrepierna, deseaba hacer eso y mucho más.

Jimena gimió sin poder evitarlo cuando los recuerdos del sexo de Eloy rozándose con el suyo volvieron a
su mente. Todo tan vívido…

«Maldita sea, Jimena, ¡céntrate!»

Pero era algo difícil de hacer teniendo en cuenta lo que acababa de pasar allí arriba.

Teniendo en cuenta cuánto le había gustado.

Cuánto lo había disfrutado.

Jimena tenía un problema, y lo sabía. Pero lo que no se podía imaginar era que lo que había ocurrido en la
oficina unos minutos atrás solo era el principio de una tortura que casi la lleva a la locura.

Una tortura que tenía nombre propio: Eloy De la Vega. Quien parecía estar dispuesto a llevarla al límite.

Porque lo estaba haciendo todo queriendo, ¿no? ¿O acaso era Jimena quien ya no podía quitarse aquel
momento excitante de la mente y cualquier cosa le hacía recordarlo?

E imaginar… Que era aún peor.

La tortura comenzó al día siguiente y duró toda la semana. Y llegó un momento en el que Jimena supo que
tenía una decisión que tomar.

Pero vamos paso por paso comentando qué fue lo que llevó a nuestra protagonista a creer que perdería la
cordura.


Capítulo 13

Jimena

Martes.

Llegué al trabajo y, para qué mentir, estaba acojonada. Y avergonzada. Pero más que por lo que había
pasado en sí, lo estaba porque no solo no había sido capaz de olvidar, durante todo el día anterior, lo que
había ocurrido con Eloy. Si no que, además, no sé cómo, terminé teniendo un orgasmo mientras las
imágenes volvían a repetirse en mi mente.

Estaba acostada en mi cama y era imposible que conciliase el sueño. Porque ese jodido hombre no se me
iba de la cabeza.

―Jimena… ―cómo dijo mi nombre era lo más erótico del mundo. Nunca me había puesto tanto escucharlo
como en ese momento.

Claro que no se lo reconocería ni a él ni a nadie.

No te preocupes, no hace falta, con que lo sepa yo para recordártelo cuando sea necesario, es suficiente,
dijo la voz de mi cabeza jodiéndome, como siempre.

Ignorándola en tres, dos, uno…

Cerré los ojos en el momento en que el sonido de su voz pareció envolverme y, casi sin ser consciente,
bajé la mano y la dejé parada sobre mi sexo, por encima de mi ropa interior.

―Quiero follarte ―imaginé que decía―. Lo sabes, ¿verdad?

―Oh, sí ―gemí yo y, sin más dilación, metí la mano por dentro de las bragas y toqué mi sexo. Lo toqué
despacio, más rápido. Lo hice hasta correrme y siempre con él en la cabeza.

No estaba loca, no. Estaba como una puta cabra, que era muy diferente.

Así que como si no tuviera suficiente con toda la bochornosa situación, yo le había agregado lo más
vergonzoso.

De cosecha propia, sí, señor.

Había pensado en las mil y una maneras de faltar ese día al trabajo, pero nada, allí terminé.

Frente a Eloy De la Vega.

―Jimena… ―mi compañera me dio un codazo y yo volví a la realidad― Te está hablando el jefe.

Joder.

Había intentado pasar desapercibida en todo momento, pero teniendo en cuenta que éramos ocho
personas en la enorme sala… Estaba claro que se me vería.

No había mirado a Eloy hasta ese momento y esa vez tampoco duré mucho. Me ponía demasiado nerviosa
hacerlo.

¿Y si me descubría? ¿Y si se enteraba de lo que estuve haciendo con él en mis fantasías?


Oh, joder, qué vergüenza más grande.

Sentí un calor inmenso y volví a centrarme, de nuevo, cuando mi compañera carraspeó exageradamente.

―¿Pero se puede saber qué te pasa? ―dijo por lo bajito― ¿Es por lo de Cristian? ―en la oficina ya todo el
mundo lo sabía― ¿Te está costando superarlo? ¿Es eso?

No, joder. Eso estaba más que superado. Además, desde que me había dejado me había llamado un par de
veces y pude decirle todo lo que pensaba y sentía, sin guardarme nada. Él seguía fuera por trabajo, pero
no tardaría en volver y había algo que me había prometido a mí misma: no quería perder mi amistad con
él.

Lo hizo mal, sí, pero no era una mala persona. Todo el mundo tenía derecho a equivocarse, ¿no?

Y sí, la verdad era que demasiado pronto había dejado el asunto de Cristian a un lado. No sabía si eso era
bueno o no.

Que estaba loca, eso era lo que me pasaba.

―Jimena… ―mi jefe me nombró y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Lo miré y me arrepentí de ello al
momento― ¿Estás bien?

¿Cómo demonios iba a estar bien?

No, no estaba bien. No se iba de mi cabeza. Me había masturbado pensando en él y me había corrido
gritando su nombre.

¡Un cuerno iba a estar bien!

¡Y todo era por su culpa!

¡¡¡Maldito!!!

―En realidad no, no me encuentro muy bien ―dije con la intención de irme de aquel lugar.

―Si no estás bien, mejor vete. No tenemos tiempo para perder en cosas así ―dijo serio y borde como el
jefe que era.

Lo miré a los ojos y no vi ni un atisbo del hombre que me estaba haciendo perder la cabeza. Ahí era el jefe
tocapelotas de siempre.

―Lo siento ―me levanté rápidamente y cogí mis cosas.

―Está bien… Pero mañana no me folles.

Todo se me cayó al suelo. A la mierda todas las carpetas.

¡¿Pero qué había dicho ese hombre?!

―Que no falles ―Carla, mi compañera más cercana, la que más pendiente estaba de mí, se agachó a
ayudarme. ¿Mierda, lo había dicho en voz alta? ¿Él me había escuchado?― ¿Qué crees que dijo?
―también en el suelo, negué con la cabeza. Iba a volverme loca―. No sé qué te pasa, pero haz el favor de
centrarte, Jimena. Tienes a toda la plantilla pendiente a ti, por Dios.

―Lo siento ―suspiré y cuando me levanté con todas las carpetas, solté un adiós y salí de aquel lugar
echando leches.

Me pasé el día intentando evitar a mi jefe.


Miércoles.

Me tropezaba con él en todos lados ese día. Si iba al baño, él salía. Si entraba en la mini cocina para
prepararme un café, allí estaba él.

Parecía que lo estaba persiguiendo y por Dios que no era así.

Para mi sorpresa, todo aquello que debería inflar su ego al hacerlo pensar que lo perseguía, no lo hacía. Él
no daba esa impresión. Él solo…

Ni me miraba. Él pasaba por mi lado y ni una mirada de reojo en ningún momento.

¿Me estaba ignorando?

¿A eso se refería con que no haría nada que pudiera incomodarme? ¿A ignorarme por completo? ¿Ni
siquiera iba a gritarme como solía hacerlo?

Joder, qué ganas de guantearlo.

Por subnormal.

Al momento de irme, planeé hacerlo la primera para no tener que verlo más ese día.

Pero la vida tenía otros planes. La mala suerte volvía a acompañarme. Vi cómo las puertas del ascensor se
cerraban y corrí para pararlo. Lo hice y casi me da un soponcio cuando lo veo dentro de él.

A él.

Solo a él.

Fui a darme la vuelta cuando alguien me empujó.

―Esta chica es tonta ―dijo Carla―, de verdad… Espabila, mujer, que la gente no tiene todo el día para
que te decidas si te montas o no ―refunfuñaba mientras se alejaba―. Emparrada, ¡está emparrada!

Y allí me encontré, no solo dentro del ascensor con él, sino en los brazos de él.

Tenía que haberme separado de él de inmediato, pero no pude hacerlo. Él sí, él sí que podía. Para
tocapelotas era el primero.

Lentamente, sujetándome lo menos posible, me ayudó a incorporarme y se separó de mí. Y, para qué
mentir, eso me sentó como una patada en los ovarios.

Cómo me dolió la indiferencia que parecía sentir ante un toque que a mí me había llevado al límite. Mi
cuerpo temblaba y ¿él solamente me echaba a un lado?

¿No le afectaba en absoluto?

¿Y ese era el hombre que decía que se moría por follarme?

Ja, una mierda muy gorda era.

Enfurruñada, me quedé quietecita en una esquina y lo observé de reojo. No, ni siquiera así me echaba una
mirada.

Subnormal… Menos mal que te morías por mí.

Las puertas del ascensor se abrieron y él, con toda la tranquilidad del mundo, salió.

Y yo me quedé allí, hecha un flan y con una mala hostia impresionante.


Jueves.

Me tropecé con una de mis compañeras cuando salía del despacho de Eloy. Llegué hasta él y llamé a la
puerta, tenía unos papeles que entregarle y su secretaria estaba desayunando, así que me tocó entrar a
mí.

Por más que no quisiese hacerlo.

Entré sin esperar su confirmación para que lo hiciera y la respiración se me quedó atascada cuando lo vi
sin la camisa.

Madre de Dios, ¿pero ese cuerpo era posible?

Si hubiese sido un dibujo animado, estaría babeando en ese momento. Joder, cómo no hacerlo si ese
hombre tenía unos pectorales y un six pack que dejaría embobada y embobado a cualquiera.

Y lo que se podía imaginar un poco más abajo…

Madre mía…

Cuando subí la mirada, me encontré con la suya. Pero no era la burlona e inflada de ego que esperaba,
sino la seria de jefe capullo que tenía siempre.

―¿No te han enseñado a llamar?

Joder, pues sí que se tomaba en serio lo de ser el gilipollas de siempre.

―Lo siento, lo hice, pero… ―me callé cuando algo empezó a tomar sentido en mi cabeza.

Él medio desnudo y una compañera saliendo del despacho.

Qué mala hostia me entró en ese momento... Y no sabía por qué.

Oh, vamos. Mentirte a ti misma es tu especialidad, ¿eh? ¿No sabes? Pues ya te lo digo yo. Celosa, tan
celosa que te llevan los demonios, dijo la voz de mi cabeza.

Pero no quería escucharla, solo quería ignorarla.

―¿Ella y tú…? ―la pregunta me salió sin poder contenerla.

Eloy enarcó las cejas aún más y comenzó a ponerse la camisa.

―¿Algo del trabajo que necesites? ―preguntó de mala manera.

Apreté los dientes, negué con la cabeza y le dejé los sobres con los documentos encima del escritorio.

―Los informes del caso.

Y sin una palabra más, me di la vuelta y me marché de allí. No sin antes dar un portazo. Porque joder,
vaya mala hostia tenía en ese momento.

Y sí, ¡me comían los malditos celos!, ¿vale? No iba a mentirme más sobre eso. Estaba celosa. Mucho.

Y dolida. Todavía más.

Y no pude evitar salir de aquel lugar con lágrimas en los ojos.

Pero me lo había buscado yo, ¿no?

¡Maldito fuera, me estaba volviendo loca!

―¡Joder! ―exclamé cuando me tropecé con alguien, otra vez.

Quien fuera me ayudó a incorporarme, levanté la mirada y me encontré con unos ojos que conocía muy
bien.

―¿Mi hermano te está desquiciando de nuevo?

Resoplé.

―No tienes ni idea… ―y sentí un calor horrible en la cara.

Cristian enarcó las cejas.


―¿Estás bien? ―preguntó mirándome fijamente― ¿Quizás pensando en algo que no debes? ―bromeó.

Odié que me conociera tan bien, así que bromas pocas.

―¿En qué más podría pensar que en degollar al capullo de tu hermano?

Cristian soltó una carcajada, aliviado al ver que ella era la de siempre.

―Por la cara con la que me mira, creo que me degollará él antes a mí ―rio Cristian.

Miré atrás y me quedé de piedra al ver a Eloy.

Sin decir nada, sin demostrar nada, se dio la vuelta y volvió a entrar en su despacho. Tan tranquilamente.

―¿Estás bien? ¿Ha ocurrido algo? ―preguntó Eloy.

Negué con la cabeza.

―Nada raro ―pero él parecía no creerme.

―Bien… ¿Todo bien, Jimena? ―sabía a lo que se refería.

¿Todo bien?

No me había dado un vuelco al corazón al verlo. No había sentido ira ni ganas de guantearlo. No sentía
odio por él, sino cariño sincero y le deseaba lo mejor.

Todo lo contrario a lo que me ocurría con el capullo de su hermano.

―Todo bien ―confirmé y, por primera vez, sentí que, de verdad, ese capítulo de mi vida, el que estaba
protagonizado por Cristian, ya había terminado.

Y tenía que seguir.

Y bonita manera de hacerlo había elegido, involucrándome, en cierto sentido, con Eloy De la Vega.

¿Se podía estar más loca de lo que estaba yo?


Capítulo 14

Cuando Eloy salió de la oficina esa noche ya era tarde. Venía ocurriendo así toda la semana, intentaba
llegar a casa lo más tarde y cansado posible para no pensar demasiado. Intentaba mantenerse todo lo
ocupado que podía para que su cabeza no tuviese demasiado tiempo para pensar en ella.

Pero no era fácil, todo aquello costaba mucho. Porque esa mujer no se le iba de la cabeza ni por un
instante.

Estaba siendo muy duro el mantenerse al margen de ella, pero necesitaba hacerlo para no volverse loco.
Le dolían los labios por la necesidad de besarla. Le dolían las manos por la necesidad de tocarla.

Joder, y le dolía la polla por la necesidad de entrar en ella.

Y tenía que mantener todos los sentimientos, todas las emociones y toda la necesidad a raya. Y, para eso,
la ignoraba todo lo que podía.

Ese día, por ejemplo, no se habían visto. Jimena estaba en la Corte y Eloy no apareció allí como solía
hacer.

¿Para qué? Era mejor para los dos mantenerse alejados. Hasta que ella descubriese qué era lo que ocurría
entre ambos.

Porque Eloy aún confiaba en que así sería. Él seguía creyendo que ella sentía lo mismo que él y nadie le
quitaría esa idea, ni esa esperanza, de la cabeza.

Porque esa fe que tenía era lo que le ayudaba a seguir con todo aquello cuando no le gustaba lo más
mínimo volver a tener una relación tan fría con ella.

Qué digo volver, tener por primera vez porque cuando se “odiaban”, al menos se tiraban los trastos a la
cabeza. Ahora ni eso podía hacer, la relación entre ellos no podía volver a ser la que era porque ya no
había nada que ocultar.

No había sentimientos o deseos que mantener bajo llave por miedo a ser descubiertos. Eloy se había
abierto en canal, le había dejado las cartas sobre la mesa y era el turno de Jimena.

Pero los días pasaban y ella, además de mostrarse molesta, no daba señales de mucho más. ¿Celosa el día
anterior, quizás?

¿O eran imaginaciones de él?

Ya ni él sabía, se estaba volviendo loco con todo aquello.

―No fuiste a verme.

Se tensó al escuchar la voz de Jimena detrás de él. Acababa de abrir la puerta de su casa, se giró
rápidamente y vio a Jimena levantándose. Estaba sentada en la escalera, Eloy no la había visto al salir del
ascensor, tan sumido estaba en sus pensamientos.

―Jimena… ―¿qué hacía ella allí?― ¿Qué haces aquí?

Jimena se acercó un poco a él, pero mantuvo las distancias.

―No fuiste a verme ―repitió.


Estaba nerviosa, se le notaba en cómo retorcía las manos. Y Eloy no lo estaba menos, aunque lo
disimulase más.

¿Por qué estaba ella allí? ¿Era por algo bueno? ¿Iba a buscarlo, por fin?

¿O ella estaba enfadada por algo? ¿Él la había cagado en algo? ¿Por eso fue hasta él?

Joder, aquello era una tortura.

Nunca había ido allí sola, a excepción del día que lo tuvo que llevar a casa borracho. Así que verla allí era
un poco extraño.

Y maravilloso.

―No, no fui.

―¿Por qué?

―Estaba ocupado.

―Ya… ―¿no lo creía? ¿O a qué venía ese tono?

―¿Qué haces aquí? ―volvió a preguntar.

Ella negó con la cabeza y suspiró.

―No lo sé ―dijo y sonaba sincera.

Lo era, Jimena había pasado un día de mierda al no verlo, pensando y pensando en él, imaginando cosas
que no le gustaban en absoluto y, sin darse cuenta, había terminado allí, delante de la puerta de su casa.

―¿Quieres pasar y hablamos…?

Ella negó con la cabeza.

―¿Por qué me estás haciendo esto? ―lo preguntó alterada de repente.

Eloy enarcó las cejas. ¿Estaba borracha o qué le pasaba?

―¿Qué te estoy haciendo? ―preguntó con calma.

―Esto ―se señaló a sí misma, enfadada―. ¿Por qué no te me vas de aquí? ―señaló su cabeza.

Eloy tragó saliva.

―¿Quieres que me vaya?

―¡¡¡Sí!!! ―exclamó ella, agobiada.

Porque así era como se sentía. Porque no podía quitarse a ese hombre de la mente y eso no le gustaba
nada.

Eloy, sin pensárselo, se acercó a ella, la agarró de la muñeca y la metió en su casa.

―Aquí puedes gritarme todo lo que quieras ―la espalda de Jimena estaba apoyada en la pared del pasillo
y Eloy muy cerca de ella.

―Te odio ―dijo con rabia.

No estaba borracha, solo estaba desesperada. Desbordada por todo lo que ese hombre le hacía sentir.

―¿Por qué? ―preguntó él con calma.

―Porque no puedo dejar de pensar en ti y ¡a ti no te importa!

―¿No me importa?

―¡¡¡No!!! ―estaba bastante enfadada― No te importa. No te importó si me sentía mal en la reunión.


Apenas me has mirado a la cara estos días. Joder, ni un solo grito. Y…

―¿Y…? ―la animó él a continuar, dejándola que soltara todo lo que la tenía así.

―¿Te acostaste con ella?


Eloy frunció el ceño.

¿De quién demonios estaba hablando?

―¿Tuviste algo con Elena?

Oh, señor…

―¿Crees que lo hice?

―No lo sé ―dijo ella con sinceridad―. No sé nada. Lo mismo me dices que me deseas y después me
ignoras a cual mierda en la calle.

―Jimena…

Pero Jimena no iba a dejarlo hablar, todavía tenía cosas que decir.

―¿No puedes ser como antes? ¿No puedes gritarme en vez de hacerme sentir invisible?

Él negó con la cabeza.

―¿Eso es lo que quieres de mí?

Ella también negó.

―No, pero al menos duele menos.

Eloy volvió a tragar saliva al entender lo que aquello, y todo lo que decía, significaba.

―¿Por qué viniste?

―No lo sé ―volvió a decir ella.

―No me mientas, Jimena ―él se acercó a ella―. No me mientas porque mientras lo hagas, seguiré
manteniéndome al margen. ¿Y es eso lo que quieres?

Ella negó con la cabeza y una lágrima cayó por su mejilla. Eloy no pudo controlarse, levantó una mano y
limpió su rostro. Ella tembló ante el contacto.

―No ―respondió en un susurro.

―¿Por qué viniste?

Ella dudó, pero respondió.

―Tenía que verte.

―Ya lo hiciste ―él se acercó más, sus cuerpos casi rozándose― ¿No es suficiente?

―No ―él no podía imaginarse cuánto le costaba a ella responder a esas preguntas.

Cuánto le costaba aceptar lo que estaba ocurriendo entre ellos.

―¿Qué más necesitas? ¿Qué más quieres de mí? ―preguntó casi en un susurro.

Ella cerró los ojos.

―No lo sé. Pero estoy volviéndome loca ―reconoció.

La mano de Eloy seguía sobre la mejilla de Jimena; ella, instintivamente, movió su rostro para sentir la
caricia de él y Eloy sintió que se le derretía el corazón allí mismo.

Ella estaba allí, buscándolo. Ella estaba luchando con esos sentimientos que no entendía. Y que la
asustaban.

Lo sabía porque él había pasado por eso. Y daba un miedo acojonante. Sobre todo por tratarse de ellos.

No era fácil. Pero haría que fuera perfecto. Porque él tenía algo muy claro: no quería perder a esa mujer.

No quería dejar de sentir lo que ella provocaba en él.

No quería perder la oportunidad de tocar el cielo con la mano y sabía, con certeza, que solo con ella podía
hacerlo.
Y le demostraría a ella que, aun con miedo, podían lograrlo.

―Jamás podría ignorarte ―dijo él y ella abrió los ojos y lo miró―. Por más que quiera, no puedo. ¿Crees
que es fácil para mí mantenerme alejado de ti? ―la otra mano sobre su cara― Te deseo, Jimena. Y a mí
todo esto también está volviéndome loco.

―Eloy…

―Pídeme que te bese ―casi le rogó él―. Pídemelo antes de que los dos perdamos la cordura.

Jimena miró esos preciosos ojos color avellana y sintió que algo se rompía dentro de ella.

E incluso con miedo, pidió lo que tanto deseaban los dos.

―Bésame ―dijo en un susurro que los llevó al cielo.

La cordura, esa que creían que perderían si no se tocaban, la perdieron cuando sus bocas se encontraron.

Y, como ocurrió durante su primer beso, ya nada volvería a ser como antes.


Capítulo 15

Jimena

Pude respirar cuando me besó.

Sentí que todo el miedo que sentía, que era mucho, desaparecía cuando sus labios rozaron los míos.

Esa vez no fue como las anteriores, no comenzó con un beso dulce. Al contrario, esa vez me devoró desde
el primer momento. Estaba ansioso y eso me hacía sentir bien, porque yo también me sentía así.

Quería besarlo hasta perder la razón. Quería que entrara en mí y que no saliera nunca. Y eso asustaba.
Mucho.

Nuestras bocas se besaban, nuestras lenguas ya no eran tímidas la una con la otra. Nos devoramos allí,
con nuestros cuerpos pegados el uno al otro, rozándonos como locos, intentando sentirnos de cualquier
manera posible.

―Jimena… ―gimió sobre mis labios cuando los dejó libres para que pudiéramos respirar. Pegó su frente a
la mía, los dos con los ojos cerrados― ¿Sería muy vergonzoso si me corro en los pantalones por solo
besarte?

Me reí, no pude evitarlo. Abrí los ojos y me encontré con los suyos, divertidos a la vez que me miraban con
fuego.

―Yo me masturbé pensando en ti.

No tenía que haberle dicho eso, era algo que me tenía que haber guardado para mí misma. Pero, en ese
momento, sentí que tenía que compartirlo con él.

Eloy gimió y gruñó a la vez.

―Joder. ¿Cuándo? ―me besó de nuevo― Soy yo, Jimena. Por favor, nunca te avergüences conmigo.
Cuéntame ―nos hizo cambiar de postura, me separó de la pared y me puso delante de él. Me abrazó por
la espalda y me guio, caminando hasta su dormitorio mientras hablaba―. ¿Cuándo fue?

―¿La primera vez?

Él gimió en mi oído y yo sonreí. Tenía la cabeza apoyada en mi hombro y besaba mi cuello, provocándome
escalofríos.

―¿Fueron más de una? ―asentí con la cabeza― ¿Cuántas?

―No lo sé.

―¿Desde cuándo?

―¿Tengo que responder a eso?

Nos paramos al llegar a la cama. Él se colocó frente a mí, me cogió por la cintura y pegó nuestros
cuerpos.

―No si no quieres. Conmigo di y haz solo lo que quieras ―su mano en mi rostro, dulce―. Pero me
gustaría saberlo, así no sentiría que solo lo hice yo.

―¿Has pensado en mí? ―saber eso me hacía sentir tan bien…

Asintió con la cabeza.

―Más de lo que debería. Incluso cuando no debía ―sonaba sincero―. Y me odiaba por ello.

Lo entendía. A mí también me había pasado lo mismo. Incluso en ese momento me odiaba un poco a mí
misma por haber reconocido lo que ocurría y por entender que no podía, ni quería, dejar de vivir lo que
fuera que ocurriera entre él y yo.

―¿Qué estamos haciendo? ―lo pregunté para mí misma, no fue mi intención decirlo en voz alta.

―Dejar de cohibirnos. Dejar de prohibirnos ―me besó―. Eso es lo que estamos haciendo.

Y ahí se acabó la conversación. Desde ahí, nuestras bocas y nuestras lenguas solo iban a servir para
conocer al otro.

Probar su sabor.

Llevarlo al límite de la excitación.

Poco a poco, nos fuimos deshaciendo de la ropa que llevábamos encima. Poco a poco, dejamos nuestros
cuerpos desnudos, el uno frente al otro.

―Dios, Jimena ―gimió cuando me miró de arriba abajo y nunca me había sentido tan deseada como en
ese momento, cuando me miró de esa manera.

Besándonos desesperados, caímos sobre la cama. Él sobre mi cuerpo, su sexo rozando el mío cuando abrí
las piernas para que se acomodara ahí.

Y Dios, cómo se sentía eso.

―Eloy… ―gemí cuando una de sus manos agarró mi pecho.

―Me voy a correr aquí ―su otra mano sobre mi sexo, haciéndome gritar al sentir el placer del contacto―.
Pero la próxima vez me correré sobre estas, Jimena ―me besó con dureza―. Quiero tus preciosas tetas
llenas con mi semen ―gemí por su boca sucia―. ¿Puedo?

Me encantó que preguntara, como lo había hecho antes. En todo momento esperaba mi opinión y eso era
ser, simplemente, perfecto. Porque así era como debería ser.

―Solo si también te corres en mi boca.

Gruñó con fuerza por el comentario y porque, a la vez, yo tenía su pene en mi mano y había apretado.
Unas gotas de líquido preseminal salieron de él y yo lo acaricié, esparciéndolas por su miembro.

―Dios, nena. Voy a devorarte entera.

Un beso duro, de puro deseo y bajó por mi cuello.

Su mano apretando mi pecho, sus dedos pellizcando suavemente mi pezón. Se lo metió en la boca cuando
llegó a él. Primero ese, después el otro. Lamió y chupó mis pechos mientras yo me retorcía de placer por
ello.

Con sus manos en mis costados, dibujó, con su lengua, una línea desde mi garganta hasta mi pubis. Se
paró ahí, su boca sobre mi sexo y sus ojos cerrados.

―Abre las piernas ―ordenó al abrir los ojos. Dudé un momento, pero terminé haciéndolo―. Baja las
manos, Jimena, y ofrécemelo.

¿En serio?

Por cómo hablaba de serio, la respuesta era que sí.

Bajé mis manos y, con mis dedos, separé mis labios vaginales. Y joder, eso era lo más erótico que había
hecho en la vida.

―Joder, nena ― me miró a los ojos―. Qué ganas tenía de hacer esto.
Y me devoró. Su boca se cerró sobre mi sexo, sus labios alrededor de mi clítoris y yo sentí que todo
terminaría en ese momento.

Con su lengua, comenzó a lamerme de arriba abajo y, mientras lo hacía, metió, lentamente, dos de sus
dedos dentro de mí.

―Oh, Dios ―me temblaba todo el cuerpo y me agarré a su pelo con fuerza.

Mis caderas comenzaron a moverse, pero él no tardó en aguantarlas con la otra mano. Me quería quieta.
Me quería disfrutando.

Sacó sus dedos y fue su lengua la que entró en mí y, con su nariz, rozaba mi clítoris. La sensación de su
lengua follándome me llevó al límite y comencé a temblar.

―Eloy…

Eloy sacó la lengua y volvió a meter dos dedos hasta el fondo a la vez que, con sus labios, rodeaba mi
clítoris y exploté, sin poder controlar los espasmos ni los gemidos del orgasmo que me dejó
completamente laxa.

Subió dándome besos por todo el cuerpo y se tumbó a mi lado. Su mano en mi mejilla, acariciándome.

―¿Es esto lo que imaginaste cuando te tocabas pensando en mí?

Me reí y negué con la cabeza, avergonzada.

―No.

―Hmmm… ¿Qué imaginaste entonces? ¿Que te follaba?

Enarqué las cejas.

―Duro ―respondí.

―Joder, Jimena, sabía que sería así ―gimió.

Se movió y cogió un preservativo del cajón de la mesilla de noche. Se lo puso y volvió a tumbarse sobre mi
cuerpo. Entonces me besó.

Y volví a excitarme rápidamente. Abrí las piernas y lo dejé colocarse entre ellas.

―Muero por follarte ―gimió cuando, después del beso que casi hizo que me corriese otra vez, comenzó a
abrirse paso en mi interior―. No sé las veces que he soñado con esto, pero oh, Dios ―gemimos a la vez
cuando entró por completo en mí―. Joder, nena, sabía que sería así.

―¿Cómo?

―Perfecto ―dijo mirándome a los ojos―. Eres jodidamente perfecta.

Entonces me besó y comenzó a moverse lentamente. Sus labios siempre sobre los míos, una de sus manos
en mi rostro mientras me besaba. La otra bajo mi cuerpo, agarrando mi nalga y apretando con fuerza. Su
pecho rozándose con el mío…

Cada vez que salía de mí, sentía cómo mi vagina lo apretaba. Queriéndolo dentro. Más y más adentro.

Más y más fuerte.

Y así comenzó a moverse. Sus dos manos, al final, en cada una de mis nalgas y, sin dejar de besarme, se
movió hasta que noté las contracciones que me decían que todo aquello iba a llegar a su fin.

―Eloy, más…

―Siempre, nena ―aumentó el ritmo de sus embestidas y grité cuando mi cuerpo terminó con un orgasmo
como nunca antes había sentido―. Joder ―gritó él cuando su cuerpo se tensó, el orgasmo apoderándose,
también, de su cuerpo.

Se levantó de encima de mi cuerpo y me dio un beso en los labios.

―No te muevas ―dijo antes de levantarse y de entrar en el baño.

Volvió un momento después sin preservativo y con una toalla en las manos.
Enarqué las cejas.

―¿Puedo? ―me preguntó.

Pero esa vez no esperó respuesta. Supongo que, si lo hacía, sabía que le diría que no. Porque la verdad
era que eso resultaba vergonzoso.

―No hace falta…

―Sé que no ―dijo él, se sentó a mi lado y, mirándome a la cara, puso la toalla en mi sexo y me limpió con
delicadeza, pero sin mirar―. Pero quiero hacerlo ―puso la otra mano sobre mi mejilla y esa dulzura me
rompió por dentro―. ¿Estás bien?

Asentí con la cabeza y, sin poderlo evitar, una lágrima resbaló por mi mejilla.

―Nena, no ―preocupado, dejó la toalla y se tumbó a mi lado―. Lo último que quiero es verte llorar.

Pero no podía no hacerlo. No cuando me acababa de dar cuenta de que eso no era sexo para mí.

Estaba enamorada de ese hombre.

Y nada en el mundo asustaba como eso.

¿Qué iba a ser de mí ahora?


Capítulo 16

Eloy no sabría decir qué fue lo que hizo que se despertara, quizás algún ruido.

Quizás el no sentirla a su lado.

Sería eso, porque cuando él levantó la cabeza de la almohada con un movimiento brusco, maldijo cuando
vio que no solo ella no estaba, sino que iba a marcharse.

Lo supo porque la puerta hacía días que chirriaba y todavía no le había echado el tres en uno.

Se levantó a toda prisa y, como Dios lo trajo al mundo, llegó hasta la puerta antes de que esta se cerrara.
Ella gritó cuando la cogió en peso.

―¡Eloy! ¡Me asustaste! ―exclamó cuando él cerró la puerta y la dejó en el suelo, frente a él.

―¿Adónde ibas?

―A mi casa.

Eloy enarcó las cejas.

―¿Por qué?

―Bueno, yo… ―lo miró de arriba abajo― ¿Estás loco? ¿Cómo sales así? ―preguntó escandalizada.

―Por tu culpa ―resopló él.

―¿Mi culpa por qué?

―¿A tu casa por qué? ―preguntó él sin responder a la otra pregunta.

Porque ¿acaso no era evidente?

―Bueno, yo… No sabía si querías verme al despertar.

Eloy puso los ojos en blanco. Cogió a Jimena de la mano y tiró de ella para adentro.

―¿Por qué no iba a querer?

―Bueno, no sé. No es que yo sea una experta echando polvos de una noche ―él se paró, pero no la miró y
continuó tirando de ella hasta dejarla en el sofá.

―¿Polvos de una noche?

Pero ella no pilló la advertencia en la voz aguda y bajita que había usado él para hacer esa pregunta.

―¿Qué se suponía que debía hacer? No iba a preguntártelo directamente.

―Ah, ¿no? ¿Y por qué no, si puede saberse? ―él se encogió de hombros.

―Bueno, verás… ―Jimena carraspeó― Eloy…

―Jimena… ―dijo él en el mismo tono.

―Es un poco difícil hablar contigo con todo… ―señaló a su entrepierna― El pirindolo ahí en medio.

Eloy rio, muy a su pesar.


―¿Pirindolo? ―preguntó, divertido por la palabra.

―Por decirlo finamente.

―Ya veo, ya ―reía él, se pasó una mano por la cara, esa mujer acabaría con su cordura.

―Lo que intento decir es que es mejor que te tapes.

―Ya… ―no soltó otra carcajada de milagro al ver la cara de ella― ¿Puedo hacerlo sin que salgas
huyendo?

―No huía ―dijo a la defensiva―. ¡Solo me iba a casa! ―exclamó cuando lo vio desaparecer por el pasillo.

Eloy llegó al dormitorio, se puso unos calzoncillos y volvió al salón. Ella seguía allí, sentada en el sofá y él
se sentó a su lado.

―No quiero que te vayas ―dijo esa vez serio―. Y en ningún momento esto ha sido un polvo de una noche.

―Oh…

―Sí, oh… ―sonrió él al ver la sorpresa en su rostro― ¿Es esa la impresión que te di?

―No ―ella también sonaba sincera―. No es eso. Hace dos días nos estábamos tirando los trastos a la
cabeza y yo… Hace dos días era la novia de tu hermano… Ni siquiera sé cómo actuar ahora mismo.

Eloy asintió, la entendía demasiado bien.

―¿Y si no actúas? ¿Y si simplemente te dejas llevar y eres tú misma? Me mandas a la mierda si lo sientes
y me besas también si es lo que quieres. Cada cosa en el momento que quieras.

―Eloy… ―sonó seria y ¿preocupada?― ¿Quieres que todo esto siga?

Eloy meditó muy bien qué palabras decir. Su respuesta era un sí rotundo, claro que quería que continuara.
Y quería más. Mucho más.

Lo quería todo.

Pero no quería asustarla y que saliera corriendo.

―No quiero un polvo de una noche ni algún polvo esporádico. No quiero contenerme si me apetece
follarte.

Ella lo miró intensamente unos segundos.

―Eso suena a mucho más y yo no creo estar lista para ello. Yo… ―no sabía cómo explicar el miedo atroz
que tenía a tener algo serio con él― Además, ¿estás loco? Estoy segura de que tú no quieres eso. Soy yo,
Eloy, ¡despierta!

Eloy sonrió con dulzura y cogió su cara entre las manos, infundiéndole tranquilidad.

―Me conformaré con lo que me des, Jimena ―le demostraría lo equivocada que estaba y que, por
supuesto, él no estaba jugando―. Iremos al ritmo que quieras, paso a paso. Ya veremos dónde nos lleva
todo esto. No te asustes antes de vivirlo.

―¿Cómo no me voy a asustar? Nos odiamos y, para colmo, ¡eres mi ex cuñado!, nada menos. Y mi jefe
―gimió, agobiada―. Eloy, la gente hablaría.

―¿De verdad crees que me importa lo que diga la gente?

―Quizás a ti no, pero ¿y a mí? Trabajé muy duro para poder llegar hasta el bufete y me esfuerzo. Me
queda mucho por aprender y no soy de lo mejor, pero me esfuerzo.

―Te mantengo allí porque lo eres, Jimena. No entiendo ese complejo de inferioridad.

―No se trata de eso, son ganas de superación. Y la gente habla…

―Pues que hable ―dijo él, pasota.

―Ya me criticaban por estar con tu hermano. Ya tuve que soportar comentarios hirientes porque creían
que por eso me beneficiaba de cosas. ¿Qué crees que ocurrirá si a dos días de terminar una relación con
uno, ahora se enteran de que me acuesto con otro?
Eloy apretó los dientes. No tenía que ser tan específica, no hacía falta que hablase de Cristian porque,
joder, le dolía.

Pero por sentirse idiota. Porque ni siquiera lo intentó.

¿Qué habría pasado si él no se hubiera mantenido al margen? ¿Qué habría pasado si él no le hubiese dado
carta blanca a su hermano?

¿Habrían podido estar los dos juntos desde el principio?

Volviendo a la realidad…

―Escuchándolo así no suena demasiado bien ―resopló Eloy.

¿Me acuesto? ¿Solo era eso lo que hacían?

¿Ella creía que era solo sexo? ¿Eso era lo que ella buscaba?

No, Jimena no era así.

―Eloy… ―continuó ella, él la miró― No es fácil. Esto que ha ocurrido entre nosotros ha sido una sorpresa
y yo…

―¿Da miedo? ―preguntó él, intentando entenderla.

―Sí ―admitió ella.

Eloy agarró sus manos y sonrió con dulzura.

―Lo siento ―se disculpó, por no ponerse en su piel―. Y te entiendo ―de verdad que lo hacía, por eso le
diría que irían a su ritmo, paso a paso―. Pero a mí toda esa gente me la pela, Jimena. Los despido a todos
y a tomar por culo ―Jimena sonrió. No solo eran ellos, eran todos en la familia, en la Corte, en la calle…―
Ahora mismo no soy ni ese ex cuñado ni ese jefe del que hablas. Ahora mismo, aquí, en la intimidad, solo
soy un hombre que te desea. Que ha disfrutado como nunca contigo en la cama y que solo quiere
repetirlo. Y que te quedes con él esta noche. Todo lo demás, todos esos miedos que te asustan, los iremos
resolviendo cuando llegue el momento.

―Eloy… ―ella estaba sorprendida.

¿Qué esperaba? ¿Que después de eso él se iba a rendir tan fácilmente?

―No pensemos demasiado. Solo vayamos viendo qué es lo que pasa. Por favor.

No quería terminar nada cuando ni siquiera había empezado. Él quería seguir y demostrarle, tardase lo
que tardase, que ellos podían tener una oportunidad.

Que ellos no eran un simple polvo.

Que ellos serían más que sexo.

Y que podía existir un ellos al que no le importase un carajo lo que dijese la gente.

―No sé si será fácil entre nosotros ―negó ella.

Eloy se encogió de hombros, quitándole importancia.

―Míranos. Aquí llevamos horas y aún no nos hemos tirado nada a la cabeza.

―Eloy ―suspiró ella.

―¿Da mucho miedo? ―preguntó él, de nuevo, sabiendo cuál era el problema real.

Que todo aquello acojonaba. Que admitir que querían más daba miedo. A él también, por supuesto, pero
ese miedo era insignificante al lado del terror que sentía al solo pensar que no la tendría a ella cerca
nunca más.

Pero comprendía cómo se sentía ella y le importaba. Por eso se quedaría allí, a su lado, ayudándola a
superar cada miedo que apareciera en ella.

―Sí ―admitió ella, de nuevo.


Él sonrió con dulzura.

―Entonces hagámoslo con miedo.

Eloy nunca imaginó que la risa de alguien pudiera producirle semejante felicidad. Mucho menos, la risa
de ella.

Pero ahí estaba, mirándola como el tonto enamorado que era.

―¿Qué? ―preguntó Jimena al notar sus ojos sobre ella.

Eloy negó con la cabeza.

―Me gusta tenerte aquí.

―Eloy ―sabía que la había emocionado, él también lo estaba―. ¿No es un poco raro?

Ella se giró en el sofá, levantó las piernas y las dobló, se las agarró con los brazos y lo miró.

―¿El qué? ―preguntó él poniéndose de lado, su brazo por encima del sofá.

―Esto. Tú, yo. Nosotros ―era la primera vez que ella usaba ese pronombre y a Eloy hizo feliz saber que
ella podía concebir un “nosotros”―. Jamás me imaginé estar así contigo.

―Te imaginaste follándonos, no lo niegues.

―Eloy ―lo riñó ella después de soltar una carcajada―. No me refiero a eso y lo sabes.

―¿A qué te refieres? ―dejó las bromas a un lado.

―El simple hecho de sentirme cómoda a tu lado, por ejemplo. No nos soportábamos, te lo recuerdo.

―Tal vez por eso es más sencillo entre nosotros.

―¿Tú crees?

―A lo mejor. Nos conocemos bastante bien gracias a eso.

Ella se quedó pensativa y él pensó que estaba preciosa en ese momento.

―Puede ser. ¿Por eso yo solo sé que no duermes si ves una película de terror, pero que las sigues viendo
porque a Cristian le gustan?

Eloy abrió los ojos de par en par.

―¿Cómo sabes eso?

Jimena se encogió de hombros.

―Siempre que Cristian me decía que habíais visto una película de terror, tú venías a trabajar con ojeras. Y
una vez, además, pegaste un grito horrible porque te chocaste conmigo. Eso era porque estabas asustado,
seguro.

―Jimena, no me toques las pelotas ―dijo él muy serio, siendo el jefe borde que era―. Y no se te ocurra
decirle eso a nadie o estarás de patitas en la calle.

Jimena soltó tremenda carcajada, hasta lágrimas tenía en los ojos.

―Después de haberte visto enfadado con el pirindolo al aire… ―otra carcajada― No creo que tus enfados
tengan el mismo efecto en mí.
Haciéndose el ofendido, Eloy la cogió y tiró de ella hasta dejarla caer sobre su cuerpo. La abrazó con
fuerza y, al sentirlo tan cerca, a Jimena se le terminó la risa.

―Te prometo que no se lo diré nunca a nadie ―dijo seria, aunque seguía intentando bromear. Pero Eloy la
movió para colocarla sobre su erección y Jimena gimió.

Desesperada, ya, por más.

―Yo también sé muchas cosas sobre ti ―dijo con la voz ronca.

―¿Sí?

Él asintió con la cabeza.

―También puedo hacerte chantaje.

Ella abrió excesivamente los ojos, fingiendo estar horrorizada.

―A ver, sorpréndeme.

―Siempre que llueve con fuerza, tienes pesadillas.

Por la tensión en el cuerpo de Jimena, Eloy sabía que había acertado.

―¿Cómo sabes eso?

―Supongo que te he observado más de lo que debería.

Jimena suspiró, puso las manos sobre el pecho de Eloy y apoyó su barbilla en ella.

―No sé por qué, no recuerdo ninguna experiencia traumática, pero siempre ha sido así.

―Quizás no tiene que ver con algo que ocurrió, tal vez es algo que te incomoda o que te inquieta.

―¿Alguna carencia emocional?

―Puede ser.

―Puede ser ―confirmó ella.

Lo miró a los ojos con curiosidad.

Levantó una mano y, en esa ocasión, fue ella quien acarició la mejilla de él. Y se agachó para besarlo con
dulzura.

A Eloy se le paró el corazón.

No había esperado un gesto así de ella, no tan pronto. Tampoco había imaginado que todo resultase tan
natural entre los dos y, sin embargo, así eran las cosas. Como tenían que ser.

Y se alegraba de que todo resultase de esa manera. Porque eso solo corroboraba lo que él creía: para
ellos, el único lugar posible, feliz y seguro era el otro.

―Las víboras también podemos ser dulces ―bromeó ella al separarse de él, para ponerle un poco de
humor a la situación.

Eloy no dijo nada, él solo colocó su mano en el cuello de ella y tiró hacia abajo. Y entonces fue él quien la
besó.

También con dulzura.

Dulzura que se convirtió, muy pronto, en puro deseo.


Capítulo 17

Eloy

Esa mujer era la personificación del deseo.

Si alguien quería volverme loco, solo tenía que usarla a ella. Pero más le valía al mundo no tocarla, nunca.

Era la primera vez que despertaba con ella en mi cama. Y lo que sentí me dejó sin respiración. Tendría
que acostumbrarme a sentirme así, porque con ella parecía ser lo normal.

El estar siempre con el corazón encogido.

El sentir que no podía respirar.

Como me tendría que acostumbrar a una erección perpetua, porque esa cosa no bajaba, ¿eh? Madre de
Dios, la tenía siempre como una piedra.

La había follado en el sofá después de ese dulce beso, la había vuelto a follar antes de dormir y me
despertaba y mi polla seguía erecta.

Y seguía doliendo por la necesidad de ella.

¿Eso era normal? No me importaba un carajo, la verdad. Eso era lo normal para mí tratándose de ella y
punto.

El mundo, su normalidad y lo que pudiera pensar me la pelaba, así que ya me estaba poniendo el
preservativo.

Me quedé un momento mirándola. Estaba plácidamente dormida, tan tranquila, tan confiada.

Tan desnuda.

Puse la mano en su mejilla y se me encogió el corazón al verla sonreír.

―Eloy… ―susurró en sueños.

Joder, adoraba a esa mujer y haría lo que fuera para no volver a despertar nunca más lejos de ella.

Me acerqué a sus labios y le di un dulce beso. La escuché gemir y mi polla saltó.

―Te deseo ―dije sobre sus labios.

―Hmmm… ―se removió e hizo que me tumbase.

Ella, ya despierta, se sentó sobre mis caderas.

―Estás preciosa ―dije encantado al verla así, recién despierta y sin vergüenza alguna.

Ella no dijo nada, solo sonrió. Se levantó un poco, cogió mi pene con su mano y lo puso en la entrada de su
vagina.

―Nena…

Pero las palabras se me quedaron atascadas en la garganta cuando ella bajó por completo, metiéndome
dentro de ella.
―Buenos días ―gimió.

Y joder si lo eran.

Levantó los brazos y se recogió el pelo con las manos. Mostrándome así, aún más, sus preciosos pechos.

―Y tan buenos ―gemí.

Porque ella no dejaba de moverse. Torturándome.

La agarré por el trasero con las dos manos y la ayudé a moverse igual de lento, pero más fuerte.

Más intenso.

Más profundo.

Y Dios, qué bien se sentía aquello. Qué bien se sentía cualquier momento con esa mujer.

Me moví y me incorporé hasta quedarme sentado en la cama, ella aún seguía encima de mí y con mi
miembro dentro.

Pero más cerca.

Puse las manos en su nuca y la acerqué a mí para besarla.

―Buenos días, nena ―dije sobre sus labios―. Me desperté deseándote.

Ella lamió mi labio inferior y después lo mordió. La abracé por la cintura y la pegué más a mí. Me miró a
los ojos y perdí el poco control que me quedaba. Comencé a moverme con fuerza, levantando mis caderas
a la vez que ella me cabalgaba.

―Dios, Eloy…

―Oh, sí, nena…

Los dos desesperados, buscando el orgasmo que necesitábamos.

―Más ―me pidió.

Aceleré los movimientos, puse las manos en su cintura y la ayudé a moverse más rápido. Mi lengua fuera,
lamiendo sus pechos mientras botaban con cada embiste.

―Eloy, yo…

―Dámelo, nena ―la follé aún más fuerte―, córrete, apriétame la polla y haz que me corra en ti.

No necesitó nada más para gritar y yo seguí su camino.

Joder, aquello era el cielo.

Esa mujer era el paraíso.

Y yo sabía que sería así. Con ella todo sería puro fuego.

―Ven aquí ―me tumbé en la cama y la llevé conmigo. La abracé y nos quedamos así hasta que nuestros
corazones se calmaron.

―Eloy…

Noté que se había tensado. Algo le preocupaba.

―¿Qué? ―pregunté tranquilamente, sin dejar de acariciar su espalda.

―¿Qué vas a hacer el fin de semana?

Cambié la postura y la miré a los ojos, dispuesto a decirle la única respuesta posible para mí.

En ese momento, mi móvil sonó. Refunfuñando al ver el nombre de Cristian, lo cogí.

―¿Comes conmigo?

―No ―dije rápidamente, mirando a Jimena y colgué la llamada.

Jimena abrió los ojos de par en par y me dio con el puño cerrado en el hombro.
―Pero no lo trates así, pobre.

Resoplé cuando el móvil volvió a sonar.

―¿Qué más da? Si no le importa, ¿no lo ves? Él insiste e insiste.

―Ve con él.

Negué con la cabeza. Volví a coger la llamada.

―Te dije que no ―dije nada más descolgar.

―¿No dormiste bien?

Acaricié a la mujer que tenía al lado, desnuda y sonreí con picardía.

―Dormí estupendamente bien.

Jimena se puso roja como la grana y se tapó, avergonzada. Sonreí, me encantaba verla así.

Era encantadora.

Y sexy como el demonio.

―Pues no se nota con ese mal humor que me traes.

La vi levantarse de la cama, enrollándose en la cama, dispuesta a irse.

―¿Qué quieres? ―dije borde.

No quería que ella se fuera de mi lado. No quería perderla de vista. Quería tenerla cerca y follarla otra
vez.

―Solo comer con mi hermano. ¿Es un crimen?

Suspiré al verla desaparecer por la puerta.

―No creo que pueda, Cristian.

―¿Por qué no? ¿Ya tienes planes?

―Hmmm…

―Ah, entiendo ―no, no entendía. Bueno, en parte lo hacía―. Hablamos esta noche o mañana y te cuento.

―¿Es importante?

―No tanto como para que arruines tus planes.

―Está bien. Hablamos entonces.

―Sí… Te quiero, bro.

―Yo también a ti.

Colgué la llamada y suspiré. Me levanté y, como Dios me trajo al mundo, fui a buscar a Jimena.

Ella estaba mirando por la cristalera del salón. Enrollada en la sábana.

Ensimismada.

Aparecí por detrás, la abracé con fuerza y apoyé mi barbilla en el hombro de ella.

―¿Estás bien? ―pregunté. Ella asintió con la cabeza― ¿Qué te ha incomodado?

Jimena se tensó.

―¿Tan bien me conoces?

Me encogí de hombros.

―Supongo que sí, tanto como tú a mí. Eres la única que no le echa azúcar a mi café, hasta mi hermano lo
hace.

―No ha sido nada, solo quería darte privacidad.


―La próxima vez no lo hagas, me gusta mirarte.

―Sería un poco raro con tu hermano al otro lado.

Sabía que era eso lo que la había agobiado un poco.

―Me gustaría contárselo ―ella se tensó y le di un beso en el cuello antes de volver a dejar caer la barbilla
sobre su hombro―. No me gusta mentirle ni ocultarle cosas.

―Dijiste paso a paso y nosotros…

La giré entre mis brazos, cortando la tontería que iba a decir. Ella seguía con lo mismo por culpa de todo
ese cacao que tenía en la cabeza y yo me había prometido a mí mismo ser paciente.

Y lo sería.

Paso a paso todo iría colocándose en su lugar.

―Lo que ocurra entre nosotros y lo que decidamos contar lo decidiremos entre los dos. Paso a paso, no te
adelantes de nuevo. Así que dime, ¿qué vamos a hacer el fin de semana?

―¿Vamos? ―ella sonó sorprendida, porque lo estaba― ¿No tienes planes? ¿No irás a comer con tu
hermano?

―Mi único plan es disuadirte de lo que sea que quieras hacer para que te quedes conmigo.

―¿Todo el fin de semana? ―sorprendida, ¿también aliviada?

Y toda la vida, pensé, pero no lo dije.


Capítulo 18

Jimena

Nunca jamás, ni en mis sueños, podía haber imaginado que Eloy y yo podríamos estar así.

Tranquilos el uno con el otro.

Cómodos el uno con el otro.

Hablando de todo y, a la vez, no hablando de nada.

―Tuvo que ser difícil ―dije.

Domingo, los dos en el sofá mientras nos tomábamos una taza de café a media tarde, hablando de
nuestras vidas como nunca antes lo habíamos hecho.

―Difícil y duro ―confirmó él y yo no ni siquiera podía imaginar cuánto―. Pero no podía quedarme
llorando, tenía un hermano del que cuidar.

―¿Y quién te cuidaba a ti?

Él sonrió con pena.

―No lo necesitaba, lo tenía a él y era suficiente. Me hacía feliz el ver cómo iba creciendo, cómo volvía a
sonreír porque conseguía sacar las notas que quería.

―Es inteligente.

―Sí.

―Tú más.

Él sonrió, esa vez con dulzura.

―No era inteligencia, era trabajo duro. Estudiaba cuando podía: en los descansos del bar, en los
descansos entre reparto y reparto… No podía decirle que no a ningún trabajo de medio tiempo, pero
tampoco quería perder mi sueño.

―¿Sabes que se hizo abogado por ti?

Eloy asintió con la cabeza.

―Siempre había sido mi sueño, pero jamás se lo inculqué. Me sorprendió el día que me dijo que quería
estudiar derecho ―Eloy rio―. Recuerdo que me negué y le dije que él podía hacer algo más. Pero fue
inútil.

―Te admira.

―Lo sé y yo a él. Tampoco fue fácil para un adolescente perder a sus padres y quedarse con un hermano
que solo era mayor de edad en los papeles, pero que mentalmente todavía no había madurado.

―No serías tan inmaduro cuando lo hiciste tan bien.

No era un halago vacío por mi parte. Era lo que de verdad pensaba.


Me gustaba escucharlo hablar con tanto cariño de su hermano, pero también quería escucharlo alagarse
un poco más a sí mismo porque ellos eran quienes eran en ese momento por él. Gracias a él.

Y no sabía por qué no lo admitía.

―Cualquiera lo haría, Jimena. Cualquiera en mi situación…

―Ni de coña ―reí―. No todo el mundo sacrificaría su vida por darle una a su hermano y lo sabes. Así que
valórate un poco más en ese sentido y reconoce que lo que hiciste fue algo extraordinario y que no
cualquiera estaría dispuesto a hacer lo mismo. Él te admira por ello ―vi las lágrimas en sus ojos y
sonreí―. Y yo también lo hago. Y me gustaría que te admiraras a ti mismo por eso también.

―Gracias ―dijo emocionado.

―Después bien que te crees sexy e irresistible. Ahí bien que luces pagado de ti mismo, ¿eh? Y no te da
ningún apuro. Para nada, luciendo pirindolo ―bromeé para hacerlo reír y lo conseguí.

Eloy soltó una carcajada y las lágrimas quedaron relegadas a un segundo plano.

―¿Lo odias?

―¿A Cristian? ―pregunté a la vez.

―Sí.

―¿Crees que lo hago?

Él negó rápidamente con la cabeza, lo que me hizo sonreír.

―No, pero me gustaría saber cómo te sientes realmente.

Suspiré. Era un tema complicado y simple a la vez.

―Cuando me contó la verdad, me sentí triste. Además de sorprendida. Joder, mi novio, la persona con la
que creía que iba a compartir mi vida, me deja y me confiesa que está enamorado de otra persona y que
era gay ―reí―. Por más que lo entendiera, soy persona y mentiría si te dijera que mi ego no sufrió ―lo vi
asentir con la cabeza, entendiéndome y eso me reconfortó―. Me dolió porque tenía esa caja con ese anillo
en la mano y pensé “Joder, no es el momento”. Pero aunque me sorprendí a mí misma, no pude ni odiarlo
ni enfadarme mucho con él ni mandarlo a la mierda, aunque debía hacerlo. Me dolió la traición y la
mentira… Pero no me dolían los sentimientos tanto como imaginé. Me pregunté, incluso, si había estado
enamorada de él.

―¿Y cuál es la respuesta a eso? ―preguntó con curiosidad.

―Lo quise y lo quiero ―confirmé―. Y creo que estuve enamorada del proyecto de vida que quería con él.
No sé si me estoy explicando y joder, tampoco sé si debería de hablar de esto contigo.

Era su hermano, mi ex. Y nosotros… Bueno, era un poco violento.

―Quiero escucharlo todo ―dijo él entonces, sorprendiéndome―. Sé que le fuiste leal cuando estuviste con
él y fue él quien metió la pata. Lo hizo mal, pero como dices, entiendo sus razones. Eso no quita que lo
hiciera mal. Me alegra que me hayas contado cómo te sientes. Necesitaba saberlo. No quiero verte sufrir
ni por él ni por nadie.

―¿Desde cuándo eres así?

―¿Así cómo? ―preguntó, desubicado.

―Tan dulce. Tan comprensivo. ¿Desde cuándo te sientas y me escuchas con tanta atención?

Él se encogió de hombros.

―Desde que tengo oportunidad.

―¿A qué te refieres?

¿Qué quería decir con eso?

―Eras la novia de mi hermano, no podía hacer nada de lo que quería.


Me reí, no pude evitarlo.

―Vamos, Eloy. Esto es reciente…

―¿Eso crees? ―tiró de mí e hizo que me sentara sobre sus piernas.

―He estado aguantando tus gritos y malas maneras y deseos años.

―Quizás en esos años ya estabas en mi cabeza.

Negué, eso no podía ser.

―No creo…

―Tampoco creías que podíamos estar así y mira ―me besó―. Aquí estamos. Y aquí me tienes ―cogió mi
mano y la puso sobre su erección―, otra vez duro como una piedra.

Gemí ante el contacto. Me encantaba verlo así, no podía negarlo.

Como tampoco tenía que comparar, pero joder, era tan diferente a todo lo que había vivido antes. Las
cosas con él, sobre todo en la cama, eran tan diferentes a Cristian.

Con Eloy era puro fuego. Y el sexo era inmejorable.

Estaba enganchada a él, lo sabía. Y me iba a ser muy difícil desengancharme cuando tocara.

Porque estaba segura de que eso pasaría. Eloy no me aguantaría mucho, su interés iría menguando.
Nunca le había conocido a nadie que le durase demasiado tiempo y yo, precisamente yo, no iba a ser la
que marcase la diferencia.

A veces él decía cosas que me daban a entender que quería más, algo más serio. Pero yo intentaba
evadirlo. Intentaba no creerlo porque si lo hacía, sufriría más de lo necesario.

Y no estaba dispuesta a eso.

Joder, ya estaba enamorada de él, ya iba a sufrir. ¿Cuánto más no lo haría si, además, creía en un futuro
con él?

Además, a todo eso había que sumarle el miedo real que me daba reconocer todo. No quería que la gente
hablase, no quería que mi carrera pudiera sufrir por los rumores de algo que, estaba convencida, no
tendría futuro a largo plazo.

Pero me gustaba estar con él, mucho, y lo estaría mientras pudiera. Siempre intentando no soñar con más
de la cuenta.

Decidida a eso, a disfrutar de los momentos que pudiera con él, me quité la camiseta por la cabeza y dejé
mis pechos al aire. Lo escuché gemir de placer y mi ego se infló cual pavo real.

Se sentía bien sentirse deseada por la persona a la que yo deseaba.

―Dios, nena ―su voz ronca, provocando escalofríos en mí. Levantó sus manos y cogió mis pechos, uno
con cada uno y apretó―. No tendré suficiente de ti nunca.

Esas palabras eran las que me hacían querer más, imaginar más. Y esas mismas eran a las que no me
podía aferrar.

Bajé mi cabeza y lo besé. Un beso húmedo y hambriento. Un beso de deseo.

Todo el que yo sentía por él.

―Te necesito ―le dije sobre los labios―. Y no puedo esperar.

Me levanté y salí corriendo.

―¡¿Pero adónde vas?! ―exclamó.

A por un preservativo al dormitorio, porque no quería esperar más.

Cuando volví al salón, él estaba de pie, yendo a buscarme. Me cogió en volandas y me dejó sobre la mesa
del salón. Allí sentada, me ayudó a quitarme las bragas y él, de pie entre mis piernas, se quitó el bóxer.
―Rápido, no aguanto más.

Eloy rio, se sentía muy orgulloso de sí mismo, era evidente.

―¿Tan desesperada estás?

―Sí.

Y más…

―Ven aquí ―me cogió por las caderas, me tumbé y tiró de mí, dejando la mitad de mi trasero fuera―. Yo
tampoco puedo esperar más para follarte ―gimió cuando su miembro entró en mí de un solo movimiento.

Yo grité de placer, aquello se sentía perfecto.

―Oh, Dios. Me encanta…

Él comenzó a moverse muy lentamente. Su miembro entraba y salía con una lentitud torturadora.

―Nena… ―entró más adentro, sus testículos golpeando mi trasero con cada movimiento― No voy a dejar
de follarte nunca.

«Ojalá», pensé.

Pero sabía que solo eran cosas que se decían por el calor del momento.

Eloy se agachó un poco y cogió mis pechos con sus manos. Pellizcó mis pezones con fuerza y me hizo
gritar.

―Eloy…

―Quiero escucharte ―fuera… Otra vez dentro con fuerza y joder, qué bien se sentía eso―. Quiero
escucharte decir mi nombre cuando te corras ―dentro de nuevo, ¡oh, señor!― Quiero que lo grites
mientras me aprietas la polla con fuerza y yo me corro en ti.

Así sería, yo prometía que así sería. Pero si lo hacía rápido, porque estaba comenzando a perder la razón
con esos lentos movimientos.

―Eloy, por favor.

―Sí, nena ―Eloy bajó una mano y acarició y pellizcó suavemente mi clítoris―. Ahora viene ―gimió,
torturado él también por las sensaciones del momento.

Se empezó a mover un poco más rápido. Con más intensidad. Y sus dedos jugaron con mi clítoris, los otros
apretando y jugando con mis pechos.

Todo mi cuerpo sintiendo y a punto de explotar.

―Ya viene ―dije.

Lo notaba, sabía que pronto todo terminaría y que me haría temblar.

Eloy frotó mi clítoris más rápido, con la presión correcta para hacerme explotar. Y lo hice. Grité su
nombre y apreté con fuerza los músculos de mi vagina hasta que él gritó, se vació y se desplomó sobre mi
cuerpo.

―Joder ―gruñó al hacerlo―. Me vas a dejar seco.

Lo abracé con fuerza y él me dio un dulce beso en el cuello. Era tan dulce.

Y yo tuve ganas de llorar.

―Ven aquí ―salió de mí y me cogió en brazos―. ¿Ducha?

―Hmmm… ―yo estaba medio muerta, podía hacer conmigo lo que quisiera.

Él rio al darse cuenta.

―Mejor un baño, creo que me tocará limpiar ese cuerpo sexy.

―Lo veo ―suspiré.


Eloy soltó una carcajada, haciéndome sonreír.

―Hola, mamá.

Mi madre se quedó callada un par de segundos.

―¿Estás bien?

―Sí, estoy bien. ¿Por qué no lo estaría?

―Te han dejado plantada en el altar, como quien dice. No sé, tenía miedo de escucharte llorando.

―Ah… ―reí.

―Me alegra saber que lo estás llevando así.

―No era la persona para mí.

―Eso no lo dudes. Dios sabe por qué hace las cosas.

Me senté en uno de los taburetes de la cocina y sonreí.

―No sé por qué siempre nombras a Dios si eres atea.

Escuché refunfuñar a mi madre al otro lado de la línea.

―Es una expresión ―resopló, haciéndome reír.

―Ya lo sé. ¿Y papá?

―Acaba de llegar de casa de Gertru ―su vecina―, está ayudando a Paco ―el marido de esta― con la
cocina.

―Pues así acabará ―gemí.

Mi madre también lo hizo.

―Solo a esa mujer se le ocurre encargarle algo a esos dos. ¿Te acuerdas de la vez que arreglaron la
tubería?

¿La arreglaron? ¡Dejaron sin agua a todo el barrio!

―No me quiero acordar ―pero no podía parar de reír.

―Ni yo. Todavía hay gente que me odia por ello y que no me mira a la cara. A este paso me veo sin la
única amiga que tengo, verás.

―No seas exagerada ―no había nadie con más amigas que mi madre, en todos lados conocía a gente―.
Además, también está su marido, así que no podrá cargarte con la culpa en caso de que papá meta la
pata.

―¿Verdad?

―Así es.

―Ya me quedo más tranquila ―menos mal―. Y de saber que lo llevas bien, también.

―Lo llevo bien, mamá. No tienes que preocuparte por ello ni preguntarme la próxima vez que me llames.
Podemos dejar ya el tema en el pasado.

―Está bien… ¿Hay alguien?


―¿Qué? ―me hice la tonta.

―Que si por casualidad ya hay alguien llenando ese vacío…

Eloy, quien había salido a por algo de comer a la pizzería porque el reparto a domicilio iba a tardar
demasiado, entraba, en ese momento, por la puerta de su casa.

Lo miré y disfruté de lo que veía. Ese hombre era realmente guapísimo.

Pero…

―No ―eso fue lo que le contesté a mi madre―. Nadie.

Eloy enarcó las cejas, se acercó a la isla de la cocina y dejó las pizzas encima de ella.

―Bueno… Llegará cuando tenga que llegar.

―Eso mismo pienso yo. Mamá, voy a comer.

―¿Estás comiendo bien?

―Bastante bien ―no pude evitar sonreír al mirar a Eloy y al decir eso.

―Me alegro, cariño, que estás muy delgada.

―No estoy delgada, mamá ―puse los ojos en blanco.

Eloy se había apoyado sobre la isla de la cocina y se había cruzado de brazos, me miraba divertido.

―No ni na, un poco más y no se te ve.

―Exagerada ―reí.

―Bueno, cariño, te dejo comer.

―Sí, que tengo hambre.

―¿Pero cuándo vienes?

Puse los ojos en blanco, qué difícil era terminar una llamada con esa mujer.

―Intentaré ir el próximo fin de semana, el otro a más tardar.

―Está bien… Si no avisa y papá y yo vamos a verte.

―Vale ―reí.

«No hace falta», pensé.

―Adiós, cariño. Te quiero.

―Y yo a vosotros ―dije antes de colgar.

Dejé el teléfono sobre la encimera y suspiré de alivio.

―No te quejes, ella es así porque te quiere.

«Y ojalá alguien fuera así conmigo», eso era lo que él pensó, pero no lo dijo. Jimena estaba segura de eso.

―Lo sé, pero a veces se pasa de intensa.

―Mejor eso a nada ―dijo―. ¿Hambre? ¿Mi niña no come bien? ¿Está muy delgada y tengo que darle de
comer?

Cogió una lata de refresco después de poner una frente a mí y la abrió.

―¿Qué me vas a dar de comer? ―pregunté inocentemente.

―¿Qué te apetece? ―preguntó él antes de beber.

―Carne en barra ―dije con toda la poca vergüenza del mundo.

No se ahogó el pobre de milagro y yo no podía dejar de reír.

―Jimena, por Dios…


―Me conoces y me lo has puesto a huevo ―llorando de la risa estaba.

Él bajó su mano y apretó su erección.

―Está preparada para ello, ¿la quieres o no?

A la mierda la risa y todo lo demás.

Ese hombre iba a acabar conmigo.

Yo iba a terminar loca perdida.


Capítulo 19

Lunes por la mañana, primer día de la semana, vuelta al trabajo. Primer día en el que Eloy y Jimena
llegarían a la oficina después de que su relación hubiese cambiado para siempre.

―¿Tenemos que ir a trabajar? ―había preguntado Jimena la noche anterior.

―Dudo que tú aguantases más de un día sin hacerlo ―había reído Eloy al quitarle un trozo de queso de la
comisura de la boca.

Habían pasado todo el fin de semana en casa de él, solo habían salido para ir a por ropa a casa de Jimena.
Y esa noche tampoco parecía que tuvieran intención de separarse.

De hecho, no lo hicieron. Se separaron la misma mañana del lunes y porque no tenían más remedio.

―¿Qué te preocupa? ―había preguntado Eloy al ver la mueca en la cara de ella.

―No sé cómo llevar esto.

Él se había encogido de hombros.

―Te dije que te seguiré el ritmo. No te preocupes por eso.

―¿Estarás bien con ello?

A ver, él estaría mejor si pudiese decirle ya a todo el mundo que esa mujer estaba con él y que se dejaría
la vida en que eso durase para siempre, pero entendía a Jimena y entendía que después de la ruptura con
Cristian y que siendo él, además, su jefe… Entendía que fuese cauta cuando de su carrera se tratase.
Entendía que ella necesitase un tiempo.

Habían tenido que lidiar con muchas cosas en los últimos días, habían sido días de incertidumbre, de
reconocimiento de sentimientos, de tantas cosas…

Ella, además, había tenido que lidiar con una ruptura que no esperaba. Era un cabrón porque eso lo
molestaba y se ponía celoso por culpa de su hermano.

No tenía sentido, lo sabía.

Pero después de la vorágine de sentimientos a la que seguía enfrentándose…

En definitiva, entendía todo, pero…

―Estaré bien ―aseguró.

Al menos, eso era lo que esperaba.

Pero las cosas no eran tan sencillas. Porque era verla y él se ponía malo. Y el verla y no poder tocarla solo
conseguía una cosa: ponerlo de mal humor.

―Me cago en la leche… ¡Dónde está esa maldita mujer! ―exclamó a media mañana, sorprendiendo a todo
el mundo.
Jimena, quien ya lo había escuchado, puso los ojos en blanco.

«¿Qué habré hecho ahora?», pensó.

No tardaría mucho en tener la respuesta porque Eloy De la Vega estaba entrando en su despacho sin ni
siquiera llamar a la puerta.

Cerró de un portazo, se aseguró de que todas las persianas estuviesen bajadas y tapando las cristaleras,
se acercó a Jimena, la cogió por una de las muñecas y la levantó de la silla donde estaba sentada,
trabajando.

―¿Pero qué…?

―Dios, lo siento, pero no puedo más ―dijo antes de besarla.

Y se sintió tremendamente orgulloso de sí mismo cuando ella respondió a su beso y, además, gimió en su
boca.

Mierda, ya volvía a estar como una piedra otra vez. Si es que con esa mujer no podía ser, vivía en una
constante erección y eso no debía de ser sano, ¿no?

No había terminado el beso cuando alguien llamó a la puerta.

―Mierda ―resopló él por tener que separarse de ella.

Limpió el labio de Jimena de labial y fue a acercarse a abrir la puerta cuando esta se abrió sin esperar a
que ella diese paso a nadie. Y todavía habría que agradecerle a quien fuera que la puerta hubiese parado
a tiempo y que no le hubiese reventado la nariz.

Nótese la ironía.

Él bastante tenía con querer saber quién se atrevía a entrar de esa manera en el despacho de su chica.
Porque eso era, ¿o no?

Aunque no oficialmente, para él lo era.

Y punto.

―¿Se puede? ―preguntó una voz que Eloy conocía bien.

«¿Que si se puede ha preguntado? Pero si ya está dentro el subnormal», pensó.

A la puta calle tiene que ir, dijo la voz de su cabeza y Eloy asintió, dándole la razón.

Jimena intentó disimular, carraspeó y miró a su compañero con curiosidad.

―Perdona la intromisión, tu secretaria no estaba y tenía que dejarte esto antes de que el energúmeno del
jefe pregunte por ello ―dijo Carlos.

Jimena tosió al escuchar una maldición por parte de Eloy, quien seguía detrás de la puerta. Lo hizo porque
su compañero estuvo a punto de mirar atrás y joder, la situación sería un poco extraña de explicar, ¿no?

Pues ya te digo, intervino la voz de la cabeza de ella. Imagina que mira y ve al jefazo escondido detrás de
la puerta, rio. A ver cómo ibais a explicar eso.

Por eso mismo.

―Dios, Jimena, ¿estás bien?

Su compañero se fue a acercar a ella, pero ella le hizo un gesto con la mano al ver a Eloy apareciendo en
escena con la intención de degollar a su empleado.

«¿Pero qué hace? ¿Está loco?», se preguntó a sí misma.

Matarlo, Eloy tenía planeado deshacerse de él si llegaba a tocarla.

―Estoy muy bien ―dijo Jimena con la voz súper aguda.

―¿Seguro? ―insistió el compañero.

―Sí. Muy ocupada, eso es todo. Así que si me disculpas…


―Sí, claro ―el hombre fue hasta la puerta, afortunadamente no vio a Eloy porque volvía a estar
escondido―. Por cierto, Jimena.

Esta disimuló con las manos cuando él volvió a mirarla. Joder, un poco más y la coge haciéndole señas a
Eloy de que estaba loco.

―¿Sí? ―lo instó ella.

«A ver si termina ya y se va por coño», pensó.

Carlos la miró con curiosidad. La verdad era que la miró con lástima, pensando que estaba loca.

―¿Estás bien? ―le preguntó.

―¿Yo? ―Jimena sonrió y esa sonrisa no mejoró, para nada, la situación― Estupendamente bien, ¿por qué
no iba a estarlo? ―la sonrisa aún más grande, si es que eso era posible.

―Ya veo… No, es solo que pensé que después de lo de Cristian… Qué triste, ¿no?

«Nota mental», pensó Eloy, «lo más importante en mi vida hoy es despedir a este imbécil. Total, tampoco
es tan indispensable en el bufete».

―Bueno… ―ella carraspeó― Esas cosas pasan.

―¿Pero todo bien entonces?

―Estupendamente.

«Estaría mejor si te clavase el puño», pensó Eloy.

―Me alegro. Me alegra verte tan bien y que todo eso no te haya afectado tanto.

―Sí, gracias ―sonrió ella.

«¿Se irá alguna vez?», se preguntó Jimena en su cabeza.

―Entonces no estaría mal si salimos, ¿no?

«¡¿Perdón?», pensó Jimena.

La hostia, rio la voz de la cabeza de ella.

¿Pero de qué va este subnormal?, la voz de la cabeza de Eloy, indignadísima.

«Hijo de puta», pensó Eloy y movió la puerta, quedándose a la vista, con cara de asesino.

A Jimena iba a darle algo…

―Me gustas desde hace tiempo ―continuó él sin tener ni idea del lío en el que se estaba metiendo― y
bueno… Como estabas con el jefe…

«No, imbécil. El jefe soy yo y ¿sabes qué? ¡¡¡Que sí está conmigo!!! Y te aseguro que no te atreverías ni
siquiera a hablarle si lo supieras, ¿eh?», pensó Eloy.

Tenía un cabreo monumental.

―Carlos, verás, yo…

Jimena miró de reojo a Eloy lo que apenas duró un segundo, pero fue suficiente para darse cuenta de que
o se deshacía más rápido que pronto de ese hombre o ese ser que lucía endemoniado no iba a aguantar
mucho más callado.

―No te estoy pidiendo nada serio, Jimena, podemos ir paso a paso.

«Paso a paso vas a estar de patitas en la calle», pensó Eloy.

«Ay, señor», gimió Jimena mentalmente.

―Todavía no estoy lista para algo así ―dijo entonces.

No fue consciente de cómo Eloy se tensó al escucharla decir eso.

―Oh… Te entiendo ―dijo Carlos―. Quizás un poco más adelante…


―Eh… Claro, claro… Y si me disculpas… Es que estoy ocupada.

―Claro y con este jefe… ―él la entendía, por supuesto.

«Por supuesto que estás en el paro, hijo de mala madre», pensó Eloy.

―Je je… ―fue lo que le salió a Jimena.

A quien iba a darle un jodido infarto.

―Entonces no te molesto más. Ya vamos viendo cuándo quedar ―sonrió y al pasar por la puerta, agarró el
pomo para cerrarla, pero no lo hizo.

Cristian estaba allí, frente a la puerta. Fuera. Carlos saludó a quien también era su jefe y se marchó.
Cristian miró a Jimena, las cejas enarcadas, la curiosidad en su mirada.

Ella gimió mentalmente. Lo que le faltaba… Por Dios, que no le diese por entrar también a él.

Esos segundos que tardó Cristian en levantar la mano y agarrar el pomo de la puerta para cerrarla fueron
agónicos.

Jimena suspiró de alivio y se dejó caer en la silla, cerrando los ojos.

―Joder, ¿pero qué fue eso? ―sonaba alterada y agobiada.

Al ver que Eloy no respondía, lo miró. Él estaba, todavía, detrás de la puerta y la miraba fijamente.

Pero ni se movía ni decía nada.

―Salvados por la campana, ¿no?

Pero él no respondió, solo se colocó bien la ropa y fue hasta la puerta. Dispuesto a marcharse.

Y Jimena supo que estaba molesto.

―Eloy…

Pero él no la escuchó. Él simplemente abrió la puerta, salió del lugar y se marchó tras cerrarla con
tranquilidad.

Jimena suspiró.

Había metido la pata, ¿verdad?


Capítulo 20

Anochecía y Eloy aún estaba en el despacho. Las alarmas del bufete habían sonado y el intruso que había
entrado al edificio donde se encontraba la oficina había logrado escapar.

Cristian había llegado antes que su hermano.

―No se distingue nada, solo se ve a un tipo vestido de negro, con gorra y mascarilla del mismo color
merodeando. En el momento que intentó abrir, las alarmas sonaron y él desapareció.

―¿Seguridad no lo cogió? ―Eloy ya estaba dentro de su oficina.

Cristian negó con la cabeza.

―Increíble, pero no.

Eloy resopló, las dos manos sobre sus caderas, la mirada sobre su hermano.

―¿Estás seguro de que quería entrar aquí?

Cristian entró en la aplicación móvil y le enseñó el vídeo a su hermano.

―Por lo que se ve, sí. Son diez plantas de oficinas varias y él paró solamente en esta.

―Habla con el gerente del edificio, que investiguen a los guardias que estaban de trabajando. Seamos
nosotros el blanco o no, no entiendo que se les pueda colar alguien tan fácilmente. Joder, imagina que hay
alguien aquí, podía haberle hecho algo.

A Jimena, por ejemplo. Muchas veces, a ella se le iba el tiempo y le daban las tantas en aquel lugar. ¿Y si
ese idiota hubiese entrado estando ella? A Eloy se le paró el corazón. Le daría un jodido infarto si algo le
pasaba a esa mujer.

Podía estar molesto con ella, como lo estaba en ese momento, pero no por ello iba a dejar de preocuparse
por ella o de protegerla de lo que hiciera falta.

―Yo tampoco lo entiendo ―Cristian pensaba como él―. Deberíamos de llevar las imágenes a la policía,
por si acaso.

Eloy asintió. Él sabía que era así como debían actuar y lo harían.

Lo que descubrieron les heló la sangre.

―Joder, ¿y ahora qué? ―Cristian se bebió el contenido del vaso de un trago. Tan nervioso estaba.

―Ahora a esperar a que la policía lo atrape.


―¿Cómo puedes estar tan tranquilo?

Eloy se encogió de hombros.

―¿Por qué no debería estarlo? Si tengo que tener miedo por cada una de las personas que consigo que
metan en la cárcel…

―Ese tío no es uno más, Eloy y lo sabes. Ese tío está loco, como una puta cabra. ¿Y si intenta algo?

Eloy consiguió ganar el juicio contra ese hombre, algo que dos abogados más, antes que él, no habían
conseguido. No solo consiguió meterlo en la cárcel, también dejó a su familia en la ruina para pagar una
parte de lo que había estafado a varios de sus clientes.

Pero de eso hacía ya muchos años, Eloy lo había olvidado.

Fue el primer caso grande que ganó y gracias a él, su carrera despegó.

―Ya llovió mucho ―Eloy quitándole importancia, dando a entender que había pasado mucho tiempo.

―¿Entonces crees que porque pasó el tiempo te perdonó y vino para saludarte?

Suponía que no.

Ese hombre había llegado hasta él en el último juicio, después de que el juez leyera el beneficio. Y,
ahorcándolo con sus manos, lo había amenazado de muerte.

―No, no lo creo. Pero tampoco es un asesino.

―Eso espero ―Cristian suspiró―. De todas formas no me quedaré tranquilo.

―Yo tampoco, estaré alerta. Aumentaré la seguridad del bufete y espero que me ayudes a controlar que
todo el mundo se vaya a casa cuando toca. Nada de horas extra. Que nadie se quede solo en aquel lugar.
Ese tío volverá preso nada más que lo cojan por saltarse la condicional. Y cuando eso pase, cuando lo
pillen, entonces yo mismo me encargaré de que no pueda volver a poner un pie fuera de la cárcel ―dijo
con seguridad―. Confío en que la policía no tarde en cogerlo y tomaré todas las medidas necesarias para
protegeros a todos ―miró a su hermano―. Confía en mí, no dejaré que os pase nada.

―Es por ti por quien va, pedazo de cenutrio.

―No me hará nada, sé cuidarme bien. Sé hacerlo ―aseguró.

―Eso espero. ¿Crees que estoy exagerando?

Eloy sonrió.

―Un poco, pero lo entiendo.

―Si crees que yo exagero… No me quiero ni imaginar la reacción de tu chica cuando se entere.

Eloy reaccionó con calma. Dejó el vaso del que bebía encima de la barra, lentamente… Y miró a Cristian.

―¿De qué hablas?

Cristian sonrió.

―Vamos, no me insultes haciéndote el tonto.

Eloy suspiró.

―¿Qué sabes? ¿Y cómo lo sabes?

―No mucho. Apenas vi nada, lo suficiente para entender.

―Ya…

―Así que es verdad… ¿Estás con Jimena?

Eloy se bebió todo el contenido del vaso de un trago.

―No sé si puede describirse así ―miró a Cristian―. Tiene miedo.

―¿De qué?
―Ella dice que la gente hablará, que lo tuyo es muy reciente. Teme por su carrera…

―¿Y tú qué piensas?

―La entiendo. Pero no me gusta mantenerlo en secreto. Quería contártelo, pero…

―Ey, no pasa nada ―Cristian le puso la mano en el hombro y apretó―. Lo entiendo. Y sé que no habrá
sido fácil para ti guardármelo. ¿Cuándo…?

―La noche que la dejaste.

―Joder ―Cristian soltó una carcajada―. No la dejaste ni guardarme luto.

―Un coño luto te iba a guardar ―gruñó Eloy.

―Ya veo, ya… ―Cristian se estaba divirtiendo.

―Estaba borracho y la besé. Así que si tienes que molestarte con alguien, es conmigo.

―¿Por qué me molestaría? No lo hice bien con ella y si la haces feliz y tú eres feliz, ¿por qué me habría de
enfadar?

―No lo sé ―esperó a que el camarero le llenase el vaso y volvió a beber.

―¿Desde cuándo?

―Ya te lo dije, desde la noche que la dejaste.

―No, no me refiero a eso. ¿Desde cuándo te gusta? Porque no es desde ese día, ¿no?

―Desde un dieciocho de Septiembre ―dijo Eloy con seguridad.

Cristian enarcó las cejas.

―¿Recuerdas hasta el día?

Eloy rio con ironía.

―Recuerdo hasta la ropa que llevaba. Dejó el currículum en el bufete y la vi. Y la siguiente vez, te vi con
ella y sabía que te interesaba. Me callé y me lo guardé para mí.

―Vamos, no me jodas, Eloy. ¿Por qué no me lo dijiste?

―¿Para qué? ¿Qué habría cambiado?

―Pues todo, joder. ¿Por qué tenías que anteponerme? Yo jamás habría intentado nada de saber que te
interesaba. Joder, ahora entiendo tantas cosas…

En realidad, entendía todo. El porqué su hermano se comportaba de esa manera. Intentaba mantenerse
alejado, pero no podía dejar de estar pendiente a ella.

―Ya está hecho.

―Eres un idiota ―resopló Cristian―. ¿Ella lo sabe?

―No.

―¿Y sabe que estás enamorado de ella o aún no le dijiste nada?

―No es momento, no quiero que se asuste.

―Joder ―Cristian no se lo podía creer―. Estás pillado de verdad.

―Como tú con tu chico, supongo.

―Sí ―la cara de Cristian cambió, se ponía tonto solo hablando de él―. Pronto te lo presentaré.

―Cuando quieras. Sobre Jimena… ¿Podrías guardar el secreto? Ella no quiere que nadie sepa aún.

―Y yo entro en ese alguien ―Eloy asintió con la cabeza―. Tranquilo, por mí no sabrá nada, sé hacerme el
tonto.

―Gracias.
―Eloy…

―¿Sí? ―bebió de nuevo.

―Me alegra que seas tú, sé que entonces ella será feliz. Y que tú, sin duda, también lo serás.

Si ella lo dejaba sí. Serían felices los dos. Pero para eso aún tenían que superar algunos miedos.

Lo harían, él estaba seguro de ello.


Capítulo 21

Jimena frunció el ceño cuando el timbre sonó. Era bastante tarde, las doce pasadas y nadie tenía por qué
ir a esa hora a su casa. Escuchó cómo golpeaban en la puerta con los nudillos.

―Soy yo, ¿podemos hablar?

¿Eloy?

Rápidamente, Jimena abrió la puerta. Sin ni siquiera mirar por la mirilla.

―¿Estás loca o qué te pasa? ¿No tienes sentido del peligro?

―Pero si eres tú ―él la miró de mala manera. Cerró la puerta y echó la cadena de arriba― Quiero decir,
que si tú llamas, ¿de qué demonios tengo que preocuparme?

Eloy tiró sobre la silla cercana la chaqueta que llevaba en la mano. A la mierda todo, estaba enfadado.

―¿Y si de verdad no era yo? ―él encarándose con ella, las manos en sus caderas.

―Conozco tu voz.

―¡¿O si de verdad era yo y había alguien amenazándome para entrar?! ―lo dijo más alto para callar la
lógica aplastante que ella había usado antes.

―Dudo mucho que tú te dejes amenazar por nadie, ni aunque tenga una pistola, le habrías hecho papilla
antes de que tocase. Además, de ser como dices, preferirías dejar que te lastimasen a que me lo hiciesen a
mí o a otra persona.

Eloy se quedó completamente anonadado escuchándola.

«Joder, pues sí que me conoce bien», pensó él.

Y la buena impresión que tiene de ti, ¿eh?, la voz de la cabeza de él también sonaba satisfecha.

―Ya, bueno, yo sé… ―se sentía muy satisfecho, para qué negarlo.

―Además, soy cinturón negro. Me habría defendido bien de lo que fuera.

Jimena quiso reír cuando la cara de Eloy cambió, ya no se sentía tan orgulloso.

―¡Que no abras y punto! ―exclamó él.

―¿A ti tampoco?

―¡No! ¡¡¡Digo sí!!! Solo a mí ―sentenció.

―Entiendo…

―Pues eso, a ver si de verdad lo haces.

―¿Puedo entender ahora qué es lo que haces aquí a esta hora?

Eloy, solo entonces, la miró de arriba abajo.

―¿Has abierto así? ―preguntó al ver el albornoz que enseñaba más de lo que cubría.

―Salía de la ducha, ¿qué esperas?


―Joder, Jimena. De verdad que no tienes ningún sentido del peligro ―levantó las manos, cogió el albornoz
por la parte de arriba e intentó colocarlo para que la tapara mejor.

―¿Me vas a decir qué haces aquí o no?

―Quería verte.

Jimena lo miró unos segundos, resopló y se dio la vuelta.

―Durante el día parecía que no te apetecía mucho.

―Jimena…

―¿Necesitas beber para verme?

Él resopló, llegó hasta ella y la cogió por el brazo.

―Mírame, sabes que no estoy borracho. Estuve con Cristian y tomamos algo.

―¿Pasó algo?

―No ―mintió―. Un rato de hermanos.

―Bien entonces.

Ella intentó deshacerse de su agarre, pero él la acercó más a su cuerpo.

―Lo siento ―dijo serio―. He actuado como un imbécil, pero me sentía dolido y no quería discutir ni decir
algo de lo que me pudiera arrepentir. Pensé que lo mejor era tomar distancia, pero no pensé en que eso a
ti te podía doler más.

Joder, ¿no era un maldito encanto ese hombre? Todo lo neandertal que podía llegar a mostrarse y, sin
embargo, alguien a quien no le temblaba la voz si tenía que disculparse.

Jimena suspiró.

―No es que necesite que me des explicaciones… ―ella y su jodida barrera―. Y yo también lo siento. Tenía
que haber sido más clara con Carlos, pero me entró el pánico y no supe gestionarlo.

―Lo entiendo ―él pegó sus cuerpos por completo―. No me gusta estar mal contigo.

―Cuando peleábamos te encantaba.

Eloy gruñó, Jimena rio.

―Nunca me sentía bien, pero como el idiota que era, seguía haciéndolo. Así era más fácil de sobrellevar.

―¿El qué? ―preguntó ella.

―Que me gustabas.

Jimena lo miró a los ojos, esos preciosos iris que la miraban de esa manera que la hacía soñar con más de
lo que debería.

―¿De verdad te gusto desde hace tiempo?

Él asintió con la cabeza, pero no dijo nada más.

Y los pensamientos de ella comenzaron a desaparecer cuando él, sin esperar más tiempo, tiró del cinturón
del albornoz. Este se abrió y con una pequeña ayuda de Eloy, cayó al suelo.

Se acabaron las palabras.

Se acabaron los pensamientos racionales.

La reconciliación terminaría de otra manera.


Capítulo 22

Jimena

―Llevo soñando con verte así todo el día.

―Eloy…

―Es una tortura estar en el despacho. Es el infierno el saber que te tengo tan cerca y que no puedo
tocarte… ―con un dedo, siguió la línea de mi clavícula―. Besarte… ―se agachó y me dio un beso que me
puso a mil―. Odio no poder estar aquí ―sin más, puso una mano en mi cadera y la otra…

Metió dos dedos dentro de mi cuerpo.

―Joder, nena. ¿Cómo es posible que estés tan mojada?

Por él. Y él sabía que era así, por eso usaba ese tono de satisfacción.

A mí me encantaba que le encantase, para qué lo iba a negar.

Me fallaron las piernas en ese momento por la excitación. Eloy me agarró rápidamente, sacó los dedos de
mí y, tras cogerme en peso, me llevó hasta el sofá. Me dejó en él y yo lo agarré por la hebilla de la correa.

Mirándolo a los ojos, desabroché la correa y el botón del pantalón.

―Nena…

Sonreí al sentir la expectación en su voz. Le bajé el pantalón y la ropa interior y miré el miembro erecto
que tenía delante.

Con tranquilidad, lo cogí con una mano y sonreí al escuchar su gemido.

―Dios, Jimena… ―agaché mi cabeza y lamí las gotas de líquido preseminal que soltó― Oh, joder
―gruñó―. No hace falta que… ―lo lamí, esa vez de abajo arriba― Oh, Dios, sí ―gimió cuando me la metí
en la boca.

Era la primera vez que hacía algo así con Eloy, pero, a juzgar por los sonidos que salían de su garganta, él
estaba disfrutándolo.

Yo también y por eso mismo continué lamiéndolo. Chupándolo.

La saqué entera de mi boca y lo miré a los ojos.

―Dios, nena, eres increíble.

No era por escuchar su halago que lo hacía, sino porque quería. Me apetecía tener ese tipo de intimidad
con él. Me apetecía hacer todo tipo de cosas con él.

Y esa, tan íntima, era una de ellas.

Volví a introducir su miembro duro, caliente y húmedo en mi boca y me dediqué a lamerlo y chuparlo con
calma. Una de mis manos agarrando su erección por la base, apretándola. La otra, en una de sus nalgas.

Las manos de él… En mi cabeza, sus dedos enredados en mi pelo, jugando con él mientras sentía cómo
apretaba los músculos de su trasero y cómo su miembro comenzaba a temblar en mi boca.

―Jimena, por favor… ―gimió― Quítate ahora.

Lo habría hecho, de hecho, jamás había hecho nada así con nadie, pero en ese momento no me apetecía.
Quería más, quería ir un paso más allá en mi intimidad con él.

Así que me lo metí más adentro y me quedé ahí, hasta que terminó en mi boca.

―La hostia ―dijo él.

Salió de mí y se sentó a mi lado. Le temblaban hasta las piernas.

―¿Te gustó?

Él me miró con cara de horror.

―¿En serio me acabas de preguntar eso?

―Sí.

―Jimena… Contigo cualquier cosa me gustaría, jamás dudes eso. Y joder ―suspiró―. Ha sido
espectacular.

Mi cara entre sus manos y me besó con fuerza, probándose a sí mismo en mi boca.

―¿Menos molesto? ―bromeé.

―Se me pasó nada más verte ―dijo con dulzura y yo creí que me derretiría al escucharlo―. Ven aquí.

Me levantó en peso, me hizo sentarme sobre él y, después de poner la mano en mi nuca, me besó. Un beso
que pedía más.

Un beso que prometía muchísimo más.

Un beso que nos hizo temblar.

Y la noche, después de ese beso, solo pudo ir a mejor. Mucho mejor…


Capítulo 23

La semana, por fin, había terminado.

No había sido fácil para ninguno de los dos mantener la distancia con el otro y fingir que, entre ellos, no
ocurría nada más allá de lo normal.

Los mismos de antes no podían ser, porque en ese momento no tenían ganas de tirarse los trastos a la
cabeza. Seguramente ocurriría cuando alguno se cabrease, pero nunca sería de aquella manera.

Nada, desde ese primer beso de borrachera en el sofá, sería, nunca, igual.

―¿Qué haces aquí? Pensé que estarías en la Corte con Jimena.

Eloy negó con la cabeza y siguió caminando hasta su despacho.

―No, tuve que verme con el cliente de la fábrica.

―¿Y has conseguido algo?

―Menos de lo que me esperaba, pero lo suficiente para poder tener un buen contraataque en el juicio
―entró en su oficina después de saludar a su secretaria con un gesto de la cabeza.

Se quitó la chaqueta y la dejó sobre el perchero. Se aflojó un poco la corbata, se desabrochó el último
botón y se arremangó.

Estaba agotado, vaya semanita que llevaba.

―Si dices eso es porque ganarás con ventaja.

Cristian entró detrás de él, cerró la puerta y se acercó al escritorio.

―No lo tengo muy seguro…

―Bah… ―no lo creía.

Eloy De la Vega casi nunca perdía, pero siempre que se le preguntaba, esa vez no ganaría. No lo creía y
con razón.

―¿Qué es eso?

―El testimonio que necesitaba para llevarme mi caso de calle.

―Joder ―Eloy cogió la carpeta y leyó por encima―. Pronto me superarás ―tomó asiento y comenzó a
ojear las cartas que su secretaria había dejado encima de la mesa.

―Qué va, la abogada Leiva lo hará antes ―Cristian se sentó frente a él.

El pecho de Eloy se infló, orgulloso.

―La enseño bien.

Cristian puso los ojos en blanco.

―Jamás me imaginé verte tan pasteloso.

―No lo soy más que tú, que caminas con corazoncitos alrededor de la cara.
―Mira quién fue a hablar. Si creo que para la próxima reunión me llevaré un babero y te lo pondré. A ver
si teniendo eso piensas en que se supone que tienes que fingir que no hay nada entre vosotros.

A Eloy le cambió la cara.

―¿Se nota?

―Noooooooo, ¡para nada!

―No te pega ser irónico ―refunfuñó.

―Entonces no me hagas serlo ―rio Cristian.

―Pero si sé controlarme. Ni la miro.

Cristian lo miró con cara de “¿Pero qué me estás contando, hombre?”. No era solo que la mirase, era
cómo la miraba.

Cristian se preguntaba si la gente en la oficina estaba ciega o sabían algo y esos dos eran parte del
chisme. Bueno, tres, porque seguro que él también estaba metido en eso.

Como Eloy miraba a Jimena y la tensión que existía entre ellos, y no era para mal… Cristian se preguntaba
si eso siempre había sido así y, de serlo, cómo era que él no se había dado cuenta de nada.

«Desde luego, no hay más ciego que quien no quiere ver, ¿eh?», pensó Cristian.

Qué verdad más grande.

Y qué ciego había estado.

―¿Y esto qué es? ―preguntó Eloy.

Se dio cuenta de que encima del escritorio también había un sobre de color marrón. Lo cogió y lo abrió.

Y la sangre se le heló en las venas.

―Maldito hijo de puta ―escupió.

―¿Qué pasa? ―preguntó su hermano, preocupado.

―Que vas a enfrentarte a un buen dilema moral. ¿Defenderías a un asesino si él es tu hermano? ―gruñó.

―¿De qué demonios hablas?

―De mí ―apretó los dientes con fuerza―. De en lo que me voy a convertir si la toca.

Tiró el sobre y lo que contenía sobre el escritorio y Cristian no tardó en recogerlo todo y en mirarlo.

―Joder…

―Si la toca… Mataré a ese hijo de puta ―gruñó Eloy.

Maldito fuera, ¿cómo se atrevía?

No se lo iba a permitir.

―Pero denúncialo.

Jimena rio al escuchar a su amiga.

―¿Por qué tendría que hacerlo?


―Tú eres la abogada, no yo. Yo bastante tengo con aguantar a la clientela en el supermercado, que no es
fácil, ¿eh?

―Me imagino.

Tratar con la gente no era sencillo. Había gente muy agradable, pero había otra… Tan tocapelotas o más
de lo que podía haber llegado a ser su jefe en otros tiempos con ella.

Eso era ser insoportable, sí, señor.

―Joder, Jimena. Deja de ponerme excusas y de meter de por medio al buenorro de tu jefe y a todo el
trabajo que te da extra y vamos a vernos que necesito emborracharme.

―¿Estás bebiendo a esta hora? ―preguntó Jimena, para nada sorprendida si era así, al escuchar un “Ah”
de Lorena después de beber.

―No alcohol, malpensada. Me estoy tomando una simple lata de cola que cogí del supermercado. Y de
marca blanca, además, que la mierda de sueldo que cobro aquí no da para más.

Jimena rio.

―No da para toda la ropa y el alcohol que te gustaría, pero para lo básico sí.

―Eso es verdad ―refunfuñó la otra―. Me ha dado para comerme un bocadillo de jamón en el descanso,
eso es un punto.

―Ya te digo ―Jimena reía con las tonterías de su amiga.

―¿Entonces salimos a beber esta noche?

―No.

―Joder, Jimena, lo necesito. Estoy depresiva. Mi relación se ha ido a la mierda y yo necesito salir,
divertirme y alcoholizarme.

―¿Tu relación? ¿Pero qué clase de relación es esa si solo habéis salido dos veces?

―¿Y te crees que eso no es una relación? ―dijo ofendida― Yo estaba ya emocionada, pensando en anillo y
todo.

―No tuve el anillo yo después de años, lo ibas a tener tú en dos días ―rio Jimena, burlándose de su propia
situación.

―Desde luego… Cómo te habría dolido, ¿eh?

―Horrores ―afirmó ella.

Las dos rieron con sus bromas. Y ese ratito que estaban echando juntas mientras desayunaban esa
mañana y descansaban del trabajo, las ayudaba a sobrellevar lo que quedaba de día mucho mejor.

―¿Ya en serio? ¿Nos vemos esta noche?

―Aún no sé si me iré al pueblo ―tampoco se lo había dicho a Eloy, pero lo haría si lo decidía―. Hace días
que no veo a mis padres, sé que mi madre está preocupada por mí desde que pasó lo de Cristian y le
gustaría verme.

―Y comprobar que estás comiendo bien y que no le estás mintiendo y te pasas el día llorando.

―Exactamente ―sonrió Jimena.

Lorena suspiró.

―Si decides quedarte, avísame. También hace días que no te veo por culpa del capullo de tu jefe.

Jimena rio.

―No siempre es su culpa ―a veces era la de ella, que también lo buscaba porque quería estar con él.

―Jimena Leiva… ¿Lo estás defendiendo?

―No ―dijo ella rápidamente.


―Oh, vamos. ¿Acabas de defender al imbécil del papasote o es cosa mía?

―No seas infantil.

―Y un cuerno que no. ¿Ha pasado algo que no sé?

Ni te imaginas… Se revuelcan todo el día y disfrutan de lo lindo, le respondió a Lorena la voz de la cabeza
de Jimena.

Claro, sabía que no podía escucharla, pero Jimena sí. Y la mandó a callar rápidamente.

―¿Qué podría pasar?

―Hombre, pues no lo sé. A lo mejor, los dos habéis dejado de hacer el tonto y habéis dejado fluir esa
tensión que, maldita sea, por culpa de saber que existe algo así, jamás podré conformarme con menos.
Pero joder, es que el mío no llega, ¿eh? Yo la máxima tensión que siento es la de saber si cada uno con los
que me lío serán un buen polvo o una maldita decepción.

Todo eso lo había dicho con la boca llena, Jimena no sabía cómo había sido capaz de entenderla.

―Si mirases otras cosas además de tabletas de chocolate, a lo mejor encontrabas a alguien más
interesante.

―Es que los interesantes e inteligentes o son calvos o tienen barriguita cervecera y como que no. Que yo
aún necesito que me empotren, lo otro llegará después. Como tú.

―¿Como yo qué?

―Necesitas un buen empotrador, siempre te lo digo. Cuando pruebes eso…

Lorena se calló, Jimena ni hablaba. Se quedaron así más segundos de lo que ninguna era capaz de
aguantar sin hablar y con el móvil en la oreja.

―¿Has gemido? ―preguntó tranquilamente Lorena.

―¿Qué? ―Jimena horrorizada.

―Has gemido, Jimena.

―No lo he hecho.

―Oh, ¡claro que sí! Y no ha sido un gemido de placer porque te estés comiendo una ensalada, que las
odias. Ha sido un gemido como el que tuviste aquella vez cuando nos emborrachamos y nos dormimos
juntas y tú me despertaste con ese sonido porque estabas teniendo un sueño de lo más porno.

―¡¿Pero por qué tienes que recordar esas cosas?!

―Tengo una mente privilegiada, no olvido nada. No me ha servido para estudiar una mierda, pero porque
soy muy vaga. Si hubiera dejado a mi mente a su aire… Bueno… Ni te imaginas.

―Ya…

―Y tú has gemido. Y si ato cabos… ―sonó a conspiranoica y Jimena suspiró.

―Solo es sexo, todo quedará ahí.

―¡Oh, Dios! ¿Con…? No, espera. ¡No me digas que te has tirado al buenorro del tocapelotas! ¡Si ya decía
yo que un beso no sería suficiente para ese hombre!

―¿Pero cómo descubres esas cosas? ¿Me espías o qué?

―Ay, señor, ¡lo sabía! Y no, no te espío. Pero te conozco y nena ―la llamó como él solía hacerlo―, se te
cambia la voz hablando de él. Seguramente se te cambie hasta la mirada. Eres mi mejor amiga, ¿cómo
esperas que no note eso? Además, ya hubo algo. Era lógico, ¿no?

Jimena resopló.

―¿Tanto se me nota?

―Pues para mí sí. Sabía desde hace días que algo ocurría, tus excusas no eran muy buenas.
―Vaya por Dios…

―¿En serio, Jimena? ¿Con el jefe?

Jimena soltó todo el aire que contenía, medio desinflada se quedó.

―Yo tampoco sé cómo hemos podido llegar a eso.

―Porque os deseáis, ¿por qué más? ¿Por qué te besaría si no? Joder, si ya sabía yo que la tensión sexual
era tremenda. Fuego, ese hombre echaba fuego por los ojos nada más verte.

―Exagerada… ―pero Jimena se puso del color de la grana recordando momentos vividos con él.

Palabras dichas por él.

―¿Folla bien?

―¡Lorena! ―pero Jimena no pudo menos que soltar una carcajada.

―Hija, es una pregunta normal.

―¿Pregunta normal? ―Jimena todavía reía.

Lorena sonrió al otro lado del teléfono.

―Si ríes así es porque estás bien, ¿eh?

A Jimena se le cortó la risa al escuchar las palabras de su amiga. Y el tono que usó para decirlas.

―Me gusta ―aseguró ella.

―¡Sí! ―rio Lorena.

―Pero no creo que lleguemos a mucho.

―Oh, vamos, nena. No me jodas. No seas gafe. No pongas el parche antes de la herida.

―Es ser realista. Es Eloy, ¿vale? ¿Cuánto crees que tardará en aburrirse de mí?

―¿Pero qué me estás contando?

―Jamás ha estado mucho tiempo con nadie, no es lo que él quiere. Y yo…

―Quizás no era lo que quería con esas mujeres, ¿pero por qué no iba a quererlo contigo?

―Porque lo conozco.

―¿Y es un capullo de esa clase?

«No», pensó Jimena. «Pero…»

―No quiero sufrir.

Ahí estaba, esa era la verdad.

―Oh, nena… ―su amiga la entendió― ¿Tan pillada estás?

Jimena no contestó. No lo hizo porque no era algo que quisiera decir en voz alta. Se lo podía guardar para
ella, podía pensar en ello miles de veces al día, pero no lo diría en voz alta. Porque decirlo sería
confirmarlo.

Y le daba pánico.

Jimena le dio al botón del ascensor cuando llegó al edificio, esperó a que se abriera y entró.

―¿Él te ha dicho…?

Jimena suspiró.

―Él dice que esto viene de antes, que lo que hay entre nosotros no es de ahora, que lleva tiempo
deseando esto ―suspiró otra vez―. Él es tan especial conmigo…

―¿Entonces?

―No quiero aferrarme a alguien que, tarde o temprano, me soltará.


―¿De verdad crees que lo hará?

―Yo…

―Tú lo conoces mejor que yo, supongo que podrás contestar a esa pregunta. ¿De verdad crees que Eloy
De la Vega jugaría contigo de esa manera?

No, la respuesta rápida era no. La de su corazón.

Pero la racional… La de su mente. Esa que provocaba el miedo en ella.

―Protege tu corazón, pero no lo hagas en exceso ―continuó su amiga―. No quiero verte sufrir de todas
maneras por haber perdido a alguien de verdad importante solo por tus miedos.

―Lorena, es complicado.

―Lo sé. Pero solo piensa las cosas, Jimena. Sufrir es parte de la vida y, al final, una sale de todo. Pero
arrepentirse de algo… Eso sí que es jodido.

Lo sabía, ella sabía de lo que estaba hablando.

―Nadie sabe sobre esto y tengo tanto que pensar… ―cambió el tema al ver que llegaba al piso del
bufete―. ¿Podrías mantenerlo en secreto?

―¿No hay nadie en tu vida? ¿Incluso delante de él?

―Sí ―las puertas del ascensor se abrieron―. Y no, no hay nadie en mi vida. Y, por ahora, no lo habrá.

―Vale y tranquila, soy una tumba, no te preocupes.

Pero a Jimena lo que le preocupaba en ese momento era otra cosa. Y es que allí, frente a ella, estaba, nada
más y nada menos, que Eloy De la Vega.

Imponente.

La miraba fijamente y Jimena pudo discernir el dolor en sus preciosos ojos.

Jimena bajó el móvil y le pidió a él, con la mirada, que la entendiera. Pero Eloy no dijo nada, Eloy se movió
hacia delante y entró en el ascensor, obligándola a ella a salir.

Y, sin una sola palabra más, se fue de allí.

Jimena maldijo, sabía que le había hecho daño. Otra vez.

¿Pero cómo podía ser tan idiota?

¿Por qué tenía que ser así?

¿De verdad la paralizaba tanto el miedo?

¿Miedo a qué? ¿A quién?

¡Qué le importaba todo si quien le dolía era ese hombre!

Le dolía más de lo que se dolía ella a sí misma. Y, aun así, volvía a herirlo.

―Soy imbécil ―dijo en voz alta sin darse cuenta.

Su amiga tenía razón y ella era subnormal.

Lanzó el bolso sobre el escritorio de mala manera.

―Jimena…

Jimena se giró y miró a Cristian, quien estaba en la puerta del despacho de ella, mirándola con
preocupación.

―Soy idiota, ¿lo sabías?

Cristian enarcó las cejas.

―Nunca he pensado eso de ti.


―Pues lo soy. Y por eso acabo de hacerle daño a tu hermano otra vez.

―¿De qué hablas?

―Me importa, ¿vale? ―estaba alterada y todo era con ella misma― Me importa Eloy y joder, ¿por qué
tengo que mantenerlo en secreto? ¿Por qué tengo que avergonzarme de ello? ¿Por ti? ―Cristian no dijo
nada, solo se quedó allí, de pie, mirándola fijamente― Te quise, Cristian y lo sabes.

―Lo sé ―confirmó.

―Pero es él ―por fin lo reconocía en voz alta―. Siempre ha sido él.

Cristian asintió con la cabeza.

―También lo sé ―dijo sorprendiéndola.

Jimena se dejó caer en la silla.

―Pero tengo miedo. Y, por culpa de eso, he vuelto a hacerle daño ―miró a su ex―. Soy idiota, ¿verdad?

Él sonrió y negó con la cabeza.

―No ―dijo entonces―. Solo estás enamorada.

Sí, eso era, ella lo sabía. Y ya no le importaba que los demás lo supieran. Al contrario, lo gritaría a los
cuatro vientos si era necesario.

Porque no quería perder a Eloy.

No podía perderlo y para ello tenía que ser completamente sincera.


Capítulo 24

―¿Qué haces aquí? ―lo preguntó de mala manera.

A Jimena no le pasó desapercibido que él estaba más que molesto. Estaba enfadado.

―¿Puedo pasar?

Eloy dudó, pero, al final, terminó de abrir la puerta, dejándola entrar.

Jimena lo hizo, llegó hasta el salón, dejó el bolso encima de la pequeña mesa de centro que había delante
del sofá y se giró para mirarlo.

La camisa, como siempre, abierta. La corbata ya había desaparecido. El pelo hecho un jodido desastre.

Estaba guapísimo. Y muy enfadado.

―Estás molesto conmigo.

Eloy no dijo nada, solo la miró, apretó los dientes y metió las manos en los bolsillos del pantalón. Su
postura tensa, su mirada fría.

Jimena supo entonces que le había hecho más daño del que imaginó.

―¿No vas a ofrecerme nada de beber?

―Estoy ocupado, Jimena. Te agradecería que me dijeses para qué viniste y que no tardes en irte. Tengo
muchas cosas que hacer y, de verdad, no tengo tiempo para tonterías.

Lo dijo tan serio, tan borde, que a Jimena le provocó un escalofrío.

¿Tan molesto estaba? ¿Tan dolido estaba como para hablarle así?

―¿Quieres que me vaya?

Él apretó más la mandíbula antes de hablar.

―Sería lo mejor, sí.

Jimena sintió eso como si fuese una patada en el estómago. Joder, ¿de verdad así estaban las cosas?

―Lo siento ―dijo sinceramente―. Sé que te he hecho daño, Eloy, y de verdad que lo siento. No lo haré
más y no me importa si le decimos al mundo que hay algo entre nosotros. Yo…

Eloy rio sarcásticamente.

―¿Que hay algo? ¿Hay algo, Jimena? Sexo, eso es lo que ha habido entre nosotros ―dijo con rabia.

―Eso no es así y lo sabes.

―No. Eso es así. Pero, al final, eso es lo único que hemos tenido. Sexo. Sexo a escondidas como si,
además, fuéramos unos delincuentes que tuviéramos que escondernos.

―Tenía miedo.

―Lo sé. Yo también. ¿Pero sabes qué? Aun con miedo, jamás te he negado.

―Eloy…
―Me negaste aquel día, Jimena, con el imbécil de Carlos. Y no te imaginas lo estúpido que me sentí. Pero
te entendí o traté de hacerlo. Hoy has vuelto a hacer lo mismo.

―Eloy…

―¿Quién era esta vez? ¿A quién le estabas diciendo que no había nadie en tu vida?

―Yo…

―¿Era tu madre? ¿Lorena quizás? ―Jimena asintió con la cabeza y Eloy resopló― ¿Has sido capaz de
negarme con tu propia amiga?

―Eloy, yo no… ―iba a decirle que no era así, pero él no quería escuchar.

―¿Cómo te sentirías tú si hubiese sido yo, Jimena? ¿Cómo te sentirías si después del tiempo que hemos
pasado juntos, si después de las veces que he estado dentro de ti, dándotelo todo, yo te hubiese negado
delante de mi hermano?

Mal, ella lo sabía.

Muy mal.

―¿Quieres que responda yo a eso? ―continuó él― ¿Quieres que te diga cuánto te habría dolido que lo
hiciera? Incluso queriendo mantenerlo en secreto, habrías sentido como si te clavasen una maldita daga.
Te habrías sentido menospreciada, con tu autoestima por el suelo.

―Eloy, no.

―Así me he sentido yo y créeme, no es algo que quiera volver a sentir. No merece la pena hacerlo.

―Las cosas no son así.

―Y un cuerno que no. Ni siquiera me has dejado que mi propio hermano, la persona más importante en el
mundo para mí, lo sepa. ¡He tenido que mentirle para poder seguir follándote!

Jimena levantó la mano y la estampó en la cara de Eloy. Una bofetada que no había podido parar.

―Te estás pasando ―le advirtió.

Las cosas no eran así, pero ni siquiera la dejaba explicarse. De todas maneras, aun con todas las ganas
que tenía de aclararlo todo y de volver a estar bien con él, no iba a permitir que le faltara al respeto de
esa manera.

―¿Me estoy pasando? ―Eloy suspiró al ver lágrimas en los ojos de ella, se giró, se acercó al ventanal de
su salón y metió las manos en los bolsillos― A lo mejor tienes razón, Jimena. A lo mejor, tú y yo jamás
habríamos llegado a nada.

―¿De qué demonios estás hablando? ―Jimena no entendía nada― Joder, Eloy. Lo hice mal, sí. Metí la pata
y no solo una vez. Entiendo que estés molesto, dolido o como te sientas. Me responsabilizo de ello. Pero
¿de verdad tenemos que llegar a esto? ¿De verdad no vas a darme una oportunidad? ¿No la merezco?

Eloy meditó sus palabras antes de responder.

―No lo sé, Jimena. Ahora mismo estoy tan molesto que no sé nada.

Jimena, poco a poco, se acercó a él. Lo abrazó por la espalda y no le gustó, en absoluto, que él se tensara
de esa manera.

Era como si esa persona no fuese Eloy.

Él no era el Eloy que sabía que podía ser con ella.

―Lo siento ―susurró y apretó con más fuerza―. De verdad que lo siento.

Eloy puso sus manos sobre las de ella y se deshizo del agarre. Se giró y la encaró.

A Jimena se le heló el corazón al ver esa mirada fría en él.

―Hoy no, Jimena.

―Eloy…
Él negó con la cabeza y dio un paso atrás.

―Hoy no quiero verte.

Ella tragó saliva al escuchar el tono de su voz.

―¿Y mañana?

―No lo sé ―dijo él, sonaba sincero. Y decidido.

―¿Me estás queriendo decir que aquí se termina todo?

―No, Jimena. No puede terminarse algo que ni siquiera empezó, ¿no crees?

―Eloy, por favor ―claro que había algo entre ellos, pero ¿él lo negaba?

Como lo has negado tú siempre, dijo la voz de la cabeza de ella. Y tenía razón.

Solo en ese momento pudo sentir cuánto dolía lo que ella había hecho.

―Lo hice mal y lo sé. Y no sabes cuánto me arrepiento. Te entiendo, entiendo lo que dices. ¿No podemos
dejarlo atrás y seguir desde ahí?

―¿Seguir el qué, Jimena? ¿Viéndonos por las tardes? ¿Viéndonos a escondidas en tu piso o en el mío?
Joder, ni siquiera hemos ido juntos a hacer la compra por si nos veía alguien.

―Lo haremos. Si es lo que quieres…

Eloy rio y Jimena supo que había metido la pata con ese comentario.

―¿Si es lo que quiero?

―Joder, es una expresión ―dijo desesperada―. ¿No me puedes dar un poco de tregua? Estoy nerviosa y
no sé ni lo que digo. Pero sé que no quiero dejar de intentar lo que sea que ocurre entre nosotros.

―¡Pero si ni siquiera lo sabes, Jimena! ¡¡¡Ese es el maldito problema!!! ―estalló y se pasó las dos manos
por el pelo.

―Eloy ―ella quiso tocarlo, pero él lo evitó. El cuerpo de Jimena en tensión.

―Hoy no ―le pidió―. Por favor, hoy no. Hoy no estoy bien. Hoy no puedo pensar.

Ella asintió con la cabeza, lo entendía.

―¿Mañana?

―No lo sé, Jimena. De verdad que ahora mismo no lo sé ―sonaba agobiado.

A Jimena le tembló el labio, también se sentía como él. Y triste por lo que estaba ocurriendo.

―Entiendo… ―dijo ella― Y yo… Tómate el tiempo que necesites para pensar las cosas. Yo me iré esta
noche al pueblo, pasaré el fin de semana con mis padres.

―Bien… ―dijo él.

―Cuando quieras hablar, solo llámame.

―Sí… ―no parecía muy interesado.

―Está bien… ―Jimena se acercó a la puerta y antes de abrirla, volvió a girarse― ¿Puedo decirte algo
antes de irme?

Eloy dudó, pero terminó asintiendo con la cabeza.

―Dime.

―Para mí fue un dieciocho de Septiembre ―una lágrima cayó por la mejilla de Jimena―. Ese fue el día
que se me quedó grabado aquí ―señaló su corazón. Eloy no se movía, seguía delante de la cristalera con
las manos en los bolsillos, su cuerpo tenso, su mandíbula apretada―. La primera vez me hablaste mal y no
sabía por qué. ¿Por qué la persona que más admiraba, por qué la persona que me gustaba me trataba así?
Y terminé con tu hermano ―se limpió una lágrima―. Nunca me he permitido aceptarlo, pero supongo que
ya era hora, ¿no? Me importas. Me importas más de lo que puedo manejar. Y siempre ha sido así. Quería
trabajar contigo por aprender de ti. Después porque necesitaba tenerte cerca y ni siquiera podía
reconocerme a mí misma por qué ―otra lágrima―. Me sigues importando, Eloy, más que nunca. Y siento
haber tardado tanto en ser sincera. Siento haberte hecho daño por culpa de mis miedos, pero yo… ―se
limpió la cara con la mano― Tenía miedo a esto. Porque sabía que contigo iba a doler mucho ―Jimena
tragó saliva―. Porque te quiero, Eloy ―dijo derrotada―. Te quiero tanto que asusta. Y siempre ha sido así.

Eloy seguía sin decir nada y Jimena sabía que ya no podía hacer nada más. Entonces él, para sorpresa de
ella, giró sobre sus talones, miró por el cristal y le dio la espalda.

―Cierra al salir ―dijo sonando enfadado.

Y Jimena supo que ahí terminaba todo. Como dijo él, incluso antes de empezar.
Capítulo 25

―¿A quién tengo que matar? ―preguntó la madre de Jimena después de abrazar y observar a su hija con
detenimiento― ¿Esto es por Cristian?

Jimena negó con la cabeza y volvió a abrazar a su madre.

―Cristian no hizo nada y yo estoy bien ―la abrazó más fuerte―. Qué ganas tenía de verte.

Ella le devolvió el abrazo a su hija, también emocionada por tenerla cerca. Pero no le gustaba verla con
tan mala cara.

―Y yo, cariño. Se te echa de menos, lo sabes.

―Yo a vosotros también.

―¿Y a mí? ―preguntó Lorena, enfurruñada.

La madre de Jimena dejó de abrazar a su hija y abrazó a su amiga.

Jimena le contó la tarde anterior a su amiga lo que había ocurrido con Eloy y le dijo que se iría a pasar el
fin de semana con sus padres para despejar la cabeza. Lorena no iba a dejarla sola en un momento así, y
ahí estaba, de viaje con su amiga en casa de los padres de esta.

―Y a ti, por supuesto ―un abrazo fuerte―. Pensé que te habías olvidado de nosotros ―dijo cuando la
miró―. Hacía tanto que no venías…

―El trabajo ―resopló ella.

―El trabajo y los novios ―apuntilló Jimena.

―¿Novios? Esos son solo follamigos ―dijo la madre de Jimena.

―Mamá, por Dios ―rio su hija.

―Me encanta esta mujer ―rio Lorena.

―Soy moderna ―dijo Ana, la madre de Jimena―. Pero decidme, ¿por qué me trae esa cara? ¿Por qué has
llorado?

―No he llorado ―comenzó a sacar las maletas del coche.

―Tienes los ojos rojos, Jimena.

―Será de la alergia.

―En esta época del año no la hay, no inventes.

Jimena resopló.

―Es solo por el cansancio ―terminó de sacar las maletas y caminaron hasta la casa.

―¿Tu jefe sigue fastidiándote? ―preguntó su madre.

Jimena gimió, lo que menos quería era hablar de él.

―Exactamente eso, sí ―asintió Lorena quien se llevó una mirada de odio de su amiga. ¿Para qué decía
nada si conocía a su madre? Tonta no era y si no tenían cuidado, terminaría enterándose de todo―. ¿Y el
señor Pepe, dónde está? ―cambió el tema preguntando por el padre de Jimena.

―¿Te contó Jimena lo que está haciendo?

―No ―dijo Lorena.

Entraron en la casa y dejaron las maletas en la entrada.

―Ayudando al vecino con la obra de la cocina.

Lorena gimió.

―Ay, Dios… ―dijo.

Fueron hasta la cocina y se sentaron.

―Sí, eso mismo dije yo ―resopló Ana, abrió el frigo y comenzó a sacar bebida y comida―. Tenéis hambre,
¿verdad? ―de nada serviría decirle que no, ella iba a hacer lo que le diera la gana, Jimena y Lorena lo
sabían bien, así que ni contestaron―. Pues lo que te decía, Lorena. La obra de la cocina es la más larga de
la historia. No sé el tiempo que llevan liados con eso. Y cuando se veía un poco de luz, no sé qué es lo que
hicieron que hasta los bomberos tuvieron que venir porque habían picado una tubería y no había manera
de hacer que eso dejase de soltar agua. Sí, otra vez la misma historia… Increíble, ¿eh? ―comida por
doquier encima de la mesa―. Al final me tendré que ir de este barrio. Qué digo barrio, me tendré que ir
del pueblo. ¿Hay alguna casa cerca de ti, Jimena?

―No ―dijo ella rápidamente.

Su madre resopló.

―Hija desagradecida. Mucho te quiero, perrito, pero pan poquito, ¿no?

Jimena rio.

―No se trata de eso, mamá y lo sabes. Sería feliz si os tuviera más cerca. Pero os gusta vivir aquí, no
mientas.

―Sí me gusta, pero al final me odiarán todos los vecinos. Tu padre es el rey de los desastres.

―De las chapuzas ―rio Lorena.

―Exactamente de eso.

Entre risas, comenzaron a comer. Su madre no había preparado un piscolabis, aquello era un banquete en
toda regla. No se quería imaginar qué tendrían entonces para comer.

Qué exagerada era esa mujer.

―Entonces cuéntame ―Ana miró a su hija―. ¿De verdad estás bien?

Era difícil responder a esa pregunta.

―¿Te refieres a Cristian?

―Claro, hija.

―Estoy bien ―le aseguró―. De verdad que lo llevo mejor de lo que esperaba.

―Ese no era hombre para ella ―dijo Lorena.

―Eso mismo le dije yo ―confirmó su madre―. Pero aun así, dolió, ¿verdad?

Jimena asintió con la cabeza.

―Me sentí traicionada. Me sentí herida. Me sentí… Como si hubiera perdido el tiempo todos estos años.
Quizás, en el fondo, yo sabía que Cristian no era el hombre con el que compartiría mi vida, pero nunca me
imaginé que las cosas terminasen de esa manera.

―Para él no tuvo que ser fácil ―dijo su madre.

―Yo sé que no, la mierda de sociedad nos pone difícil todo y me da rabia. ¿Por qué tiene que ser
complicado para una persona decir a quién ama? Debería de ser lo más normal del mundo y nadie tendría
que sentir que debe esconderse o que debe de negarlo solo porque a una parte del jodido mundo no le
guste.

―¡Que se vaya a la mierda el mundo! ―exclamó Lorena.

―Así debería ser ―asintió Ana―. No es justo. Pero aunque te haya podido hacer daño, me alegra que él,
por fin, pueda ser feliz.

―A mí también, mamá. Por eso no puedo odiarlo. Pero sí me sentí dolida porque faltó a nuestra amistad.
Por más que lo entienda, no he podido evitar sentirme así. Pero los días van pasando y ese sentimiento va
desapareciendo. Cristian es… Siempre lo querré y siempre estaré ahí para él. Él fue, es y será alguien
muy importante para mí.

Su madre se limpió las lágrimas que le caían de las mejillas.

―Ay, hija. ¡Pero qué orgullosa estoy de ti!

―Mamá, no llores ―le pidió Jimena, quien ya había empezado a hacerlo también.

―Joder, pero no me hagáis esto ―se quejó Lorena, con los lagrimones también cayéndoles.

―¿Pero se puede saber qué pasa aquí?

La voz del padre de Jimena interrumpió la orquesta de llantos. De pie delante de la puerta de la cocina,
enfangado hasta las cejas, miró a las tres mujeres que estaban llorando frente a él.

―Pepe… ―Ana, su mujer, lo miró― ¡¿Se puede saber de dónde demonios vienes?! ―exclamó,
repentinamente desquiciada.

―A Paco se le cayó la mezcla desde arriba de la escalera y…

―¡La madre que te parió! ¡¡¡Que tengo la casa limpia!!!

―Me quité los zapatos…

―¡Pero qué zapatos ni qué leches, Pepe! ¡¡¡Que me estás poniendo todo perdido!!! ¡¿Adónde crees que
vas?! ―gritó al verlo entrar en la cocina.

―A saludar a mi hija ―¿no era evidente?

―Y una leche vas a saludarla así. Tira, tira ―llegó hasta él y lo empujó―. Métete en la ducha antes de que
me dé algo.

―Ya me ducharé después.

―¡Después una leche! Si es que no puedo con él ―se iba quejando la pobre mujer mientras lo echaba de
allí―. ¡Te juro que la fregona ahora la pasas tú! ¡Ya está bien de ser la criada de esta casa!

Jimena y Lorena no dejaban de reír viendo a la pareja.

―No cambian ―dijo Lorena.

―Es que mi padre… ―Jimena reía sin parar― A veces no sé si hace las cosas queriendo por desquiciar a
mi madre, porque a veces lo parece.

―Pues no te extrañe. Si es así… Déjalo, él se divierte.

―Y mi madre también, no lo dudes.

«Vaya dos», pensó Jimena.

Lorena cogió la mano de su amiga por encima de la mesa y le dio un apretón.

―Te vendrá bien estar aquí.

―Lo sé ―asintió ella.

―¿Estás mejor?

Jimena lo pensó antes de responder.

―Dolida. Enfadada. Desconcertada… Entre otras muchas cosas. Pero sí, supongo que estoy mejor.
―Dale tiempo, Jimena. Seguro que es un enfado sin importancia.

«¿Y para mí? ¿También lo es?», fue a decirlo en voz alta, pero la madre de Jimena apareció y dejó el tema
a un lado.

―Este hombre… Un día acabará conmigo.

Jimena observó a su madre. Tan bonita, con su pelo perfecto porque habría ido a la peluquería esa misma
mañana, con sus mismos ojos verdes y con una energía que ya quisiera ella para sí y sonrió.

Siempre estaba desquiciada con su padre, pero lo quería con locura. Ese señor no mucho más alto que
ella, con el pelo blanco y con la frente que le empezaba a crecer (o a clarear, como su madre decía). El
dueño de esos ojos chocolate la miraban siempre con amor.

Podían discutir y pelear cada día, pero jamás se separarían el uno del otro. Podían fallar y pedir perdón, el
otro estaría ahí siempre.

Jimena nunca había vivido nada así, no se había permitido hacerlo.

¿Habrían sido las cosas así con Eloy si no se hubieran torcido?

Podría ser. O quizás mejores. Pero viendo cómo él dejó que ella se marchara la noche anterior después de
su confesión, sin decir ni siquiera nada…

No, las cosas no habrían funcionado entre ellos dos.

Porque de ser así, aunque enfadado, no habría ignorado sus sentimientos.

Eso era lo que más le dolía a Jimena y eso era lo que la hacía saber que las cosas entre ellos dos no
funcionarían.

Nunca más.

Estaba molesta con él y con ella misma. Tenía tantas emociones de las que encargarse…

Tenía tanto en lo que pensar…

Jimena había pasado un maravilloso día con sus padres. Siempre que iba se sentía así, feliz.

Tantos recuerdos.

Tantas risas.

Tanto amor…

Era tarde, ya todos dormían, excepto Jimena.

―¿Un vaso de leche caliente? ―Jimena sonrió a su madre cuando la vio entrar en la cocina.

―¿Te desperté?

Ana negó con la cabeza.

―Intuición de madre, sabía que te encontraría aquí ―cogió dos vasos, los llenó de leche y tras calentarlos
en el microondas, los dejó encima de la mesa y se sentó a la mesa de la cocina, frente a su hija.

Jimena bebió de su vaso y sonrió con nostalgia.

―Muchas noches echo de menos esto.

―Y yo a ti y a estos momentos ―dijo su madre.


Tras un suspiro, Jimena volvió a beber.

―¿Quieres hablar de ello?

―¿De qué?

―De lo que te preocupa. Catorce horas de parto, Jimena, te conozco mejor que nadie.

Jimena sonrió.

―Y sin epidural.

―Eso ―gimió su madre―. Por eso no tuve más, no iba a pasar otra vez por ese dolor en la vida.

Jimena no tuvo más remedio que reír, su madre hizo lo mismo.

―Se trata de Eloy ―dijo entonces.

Su madre tardó un momento en ordenar sus pensamientos.

―¿Eloy? ¿Eloy De la Vega? ―Jimena asintió― ¿El hermano de Cristian?

―Sí.

―Dios, hija. ¿Te has acostado con semejante…?

Lo conocía, lo había visto alguna que otra vez. No solo por ser el jefe de Jimena, también por su relación
con el ex novio de ella.

―No lo digas ―Jimena levantó una mano, evitándolo―. No sé qué vas a decir pero por Dios, mamá, no lo
digas.

―Bueno, hija. También soy mujer y tengo ojos. Dios mío, semejante…

―Ya ―rio Jimena.

―Está bien ―dijo su madre, contrita―. ¿Qué pasa con Eloy?

―Todo. Y nada ―esa fue su respuesta.

―¿Y eso quiere decir…?

―No sé cómo pasó, supongo que el universo confabuló para que por una casualidad, las cosas entre
nosotros se complicaran ―se refería a esa borrachera y a ese beso―. Y, desde entonces, ha sido
complicado para mí mantenerme alejada de él.

―Lo imagino…

Jimena ignoró el tono que había usado su madre. No le apetecía saber lo que pensaba de Eloy. Por Dios,
que terminaría traumada.

―¿Cristian lo sabe?

―Ahora sí. Y supongo que es el problema.

―¿Por qué sería Cristian un problema? Lo conozco, no creo que él vaya a interferir en una relación entre
su hermano y tú. Incluso si él sintiera algo por ti, conociendo cómo idolatra y adora a su hermano, estoy
segura de que le dejaría el camino libre. No siendo las cosas así, ni te cuento. Al menos esa es la
impresión que me da.

A Eloy no lo conocía tanto, pero a Cristian sí. Y eso era lo que pensaba.

―Todo comenzó la misma noche en que Cristian me dejó.

―Así se hace, hija, ¿para qué perder el tiempo? ¡La vida son dos días!

―¡Mamá!

―Bueno, ¿qué? No tengo la culpa de ser más liberal. Tú te pareces demasiado a tu padre, ese es el
problema.

Sí, pensaba demasiado y quizás era más anticuada de lo que debería.


―Solo hice lo que sentí.

―Pues eso te estoy diciendo, nena.

Otra vez con el nena. ¿Desde cuándo todo el mundo usaba esa palabra con ella?

«De todas formas, nadie la pronuncia como él», pensó.

―Me refiero a que no sabía cómo… No me sentía capaz de darlo a conocer al mundo tan pronto.

―Entiendo…

―Joder, mamá, ¿cuánto hace? ¿Dos semanas que me abandonaron?

―¿Por eso tomaste la decisión de mantenerlo en secreto?

―Por eso, por mi trabajo, por el qué dirán…

―Catorce horas, Jimena, no lo olvides. Cariño, estoy segura de que esas no fueron solo tus razones. Te
conozco y estoy segura de que solo eso no te habría parado. Había algo más, ¿verdad?

―Esto ―solo entonces se permitió llorar―. No quería que pasara esto, porque duele.

―Ay, Dios ―su madre se levantó, fue hasta ella y la abrazó. La acunó entre sus brazos hasta que logró que
se calmara.

Solo entonces, se sentó a su lado y escuchó con atención y sin interrumpir a su hija. La dejó contarle,
desahogarse y, sobre todo, la escuchó sin juzgarla.

―¿Entonces se terminó? ―preguntó su madre.

―Me dejó irme después de todo lo que le dije, eso me ha dolido más que nada.

―Me imagino.

―Cualquier cosa, aunque fuera un rechazo, pero sentí que despreció mis sentimientos al ignorar mi
confesión.

―Lo hizo ―confirmó su madre―. Y entiendo que te duela. Y a no ser que tuviera una explicación creíble…
Si lo hizo por culpa del ego, te da una pista de qué tipo de hombre es.

Ella negó con la cabeza.

―Es que él no es así, eso es lo que no entiendo. Él no… No me trataría así.

―No es que los dos os hayáis adorado siempre, Jimena.

―No, lo sé. Pero eso fue diferente ―suspiró―. Estoy hecha un lío, mamá. A ratos quiero una explicación,
a ratos estoy enfadada y no quiero volver a saber de él… De verdad que no sé qué hacer ni qué pensar.

―Ahora tampoco vas a aclarar nada. Ni lo harás aquí, en casa. Cuando las cosas se calmen, cuando
vuelvas y veas cómo se comporta, solo entonces podrás decidir ―Jimena asintió con la cabeza―. Yo solo
puedo decirte que te apoyaré tanto si lo mandas al Congo como si decides darle una oportunidad. Pero
hagas lo que hagas, con todas las consecuencias, Jimena. Nada de esconderse, porque puede haceros
mucho daño.

―Lo sé.

Y ella sabía que jamás volvería a actuar así.

―Ay, mi niña… ―la abrazó y acarició su espalda― A él sí lo quieres de verdad ―no era una pregunta, lo
estaba afirmando porque lo notaba. Lo sentía.

Nunca había visto a su hija hablar de esa manera de alguien. Incluso estando molesta, enfadada, dolida o
como se sintiese, le brillaban los ojos al hablar de ese hombre.

Y eso solo tenía un nombre. AMOR con mayúsculas.

Jimena tenía mucho en lo que pensar, muchas emociones con las que lidiar. Pero como le había dicho su
madre, tenía que estar frente a él y hablar con él para poder aclarar la maraña que tenía en ese momento
en la cabeza.
Y en el corazón.

Después de sentirse mejor al desahogarse, le dio un beso a su madre y volvió a la cama. Pero no pudo
descansar demasiado, porque el móvil sonó bien temprano en la mañana.

―¿Sí? ―preguntó con voz adormilada.

―Jimena…

―¿Cristian? ―¿qué podría querer un domingo tan temprano?

―¿Estás en el pueblo?

―Sí ―miró la hora y refunfuñó. Joder, sí que era temprano. Volvió a acercarse el móvil a la oreja―. ¿Qué
ocurre?

―¿Puede traerte alguien a la ciudad?

Jimena notó algo raro en la voz de Cristian y comenzó a levantarse.

―¿Por qué? Puedo ir yo misma…

―No quiero que conduzcas.

―Cristian… ¿Qué pasa? ―ya se había sentado en la cama.

―¿Te puede traer alguien sí o no?

―Sí, joder, pero ¿por qué…?

―Eloy… Lo han apuñalado.

«Espera, ¿qué?»

Jimena ya no pudo pensar con claridad, lo único que podía hacer en ese momento era llorar. No entendía
qué era lo que había pasado, no podía creerse que algo así de verdad pudiese estar sucediendo.

¿Quién haría algo así?

¿Por qué a él?

Joder, iba a darle un infarto.

Los gritos de Jimena habían despertado a toda la casa. Mientras la consolaban, la ayudaron a volver a
hacer las maletas y Lorena y Jimena no tardaron en marcharse allí.

El camino a la ciudad era un poco largo y pesado y Jimena estaba de los nervios. Menos mal que Lorena la
ayudaba a mantener la calma.

El coche de Lorena, que era en el que viajaban, paró justo delante de las puertas del hospital. Jimena se
bajó de un salto y corrió adentro mientras su amiga iba a aparcar el coche.

Preguntó en recepción, donde nadie podía darle información.

―Joder, conozco la maldita ley de protección de datos. ¡Soy abogada! ―exclamó― ¡Y le juro que buscaré
la manera de meterle un paquete si no me dice dónde está! ―gritó, perdiendo los nervios por completo
delante de la administrativa y del guardia de seguridad.

―Jimena, por Dios, relájate ―Cristian había llegado hasta ella, Lorena lo había llamado para decirle que
saliera a buscar a su amiga. Cristian miró al guardia―. Está nerviosa, discúlpenla.

Y tiró de ella.

―Relájate o van a echarnos a los dos ―le advirtió.

―Lo siento, yo… ¿Qué pasó, Cristian? ¿Cómo está?

―Ha salido de quirófano y el cirujano ha dicho que se recuperará. No hubo daños graves, pudieron parar
la hemorragia. Así que relájate ―se paró y cogió la cara de Jimena entre sus manos, como había hecho
tantas otras veces―. Está bien, ¿vale? ―le limpió la cara de lágrimas, ella asintió con la cabeza.

―Estaba enfadado conmigo, no sé si querrá verme.


Cristian sonrió con dulzura, soltó su rostro y cogió la mano de Jimena. Tiró de ella para que lo siguiera.

―¿De verdad crees eso? Solo intentaba no ponerte en peligro ―dijo él.

―¿Peligro?

―Te lo explicaré todo, pero primero debes relajarte. ¿Está bien?

Jimena asintió con la cabeza. Entraron en una sala de espera donde había un chico joven que, a juzgar por
cómo Cristian le sonrió, Jimena supo inmediatamente de quien se trataba.

―Jimena, él es Sergio. Sergio, ella es la única mujer a la que querré siempre ―dijo en un intento de
bromear.

Sergio era guapísimo, alto, moreno, con ojos azules y un buen cuerpo. Pero, sobre todo, irradiaba dulzura.
Jimena, aunque todavía asustada, sonrió.

―Jimena… Es un placer conocerte. Y siento que sea en un momento así.

A Jimena la desbordaban las emociones y, sin poderse contener, lo abrazó. Sergio no supo cómo
reaccionar, pero finalmente le devolvió el abrazo.

―Hazlo feliz ―dijo ella en el oído de él.

Sergio asintió con la cabeza cuando se separaron y se miraron a los ojos.

―¿Dónde está Eloy? ―miró a Cristian.

―Lo están trasladando a la habitación, pero no sé si puede recibir visitas.

―¿Qué habitación?

―La 3311 dijo él.

Ya no pudo decir nada más porque Jimena ya salía de la sala.

Cristian sonrió y se acercó a su pareja.

―Te dije que era una gran mujer ―dijo con orgullo.

La quería, su pareja sabía cuánto y sabía que él también terminaría queriéndola.

Era una gran mujer, eso se veía leguas. Como se veía en los ojos de Jimena lo que sentía por Eloy.

―Pero ni siquiera me ha dejado explicarle ―gimió Cristian.

―Lo hará Eloy.

Cristian gimió aún más.

―No sé si eso me sirve de consuelo.

Sergio rio.

―Sabrán cómo hacerlo. Y verás que lo hacen bien.

―¿Verdad?

Cristian sonrió pensando en ese par de tortolitos. Tanto tiempo desperdiciado. Tanto tiempo negándose a
ellos mismos.

Como lo había hecho él.

No merecía la pena dejar la felicidad de uno a un lado por nada ni por nadie. Cristian había aprendido
bien eso.

Lo importante, ante todo, era ser feliz. Y lo que el mundo pensara, importaba poco.

Porque ese mundo, al final, no estaría a tu lado. No te acompañaría en las buenas, ni te ayudarían a
levantarte en las malas. Así que el mundo se podía ir a la mierda.

Ellos solo tenían que mirar por una cosa: por ser felices.
Y lo serían, como lo serían Eloy y Jimena, de eso no tenía dudas.
Capítulo 26

Eloy despertó y maldijo. Le dolía todo el cuerpo y no sabía dónde estaba. Intentó incorporarse, pero el
dolor era demasiado intenso.

―Joder…

―Por poco que te guste, estás convaleciente. Tendrás que dejarte ayudar.

A su lado había aparecido Jimena. Con los ojos rojos y luciendo cansada, lo ayudó a acomodarse mejor.

―¿Qué hago aquí?

―Te apuñalaron ―dijo ella, delicadezas pocas―. Y después de nuestra última conversación, no sé si te
apetece verme, pero…

No pudo decir nada más, Eloy la cogió de la mano y tiró de ella hasta hacer que se tumbase a su lado.
Entonces la abrazó como pudo, sin importarle si le dolía cualquier mínimo movimiento.

―Joder ―se quejó, cómo dolía.

―Por favor ―le pidió ella―, no quiero que te hagas daño.

Se separó de Eloy, no sin que antes él le diera un dulce beso en los labios.

―Te hice daño a ti ―dijo él, torturado.

Jimena negó con la cabeza, pero mientras se sentaba en la cama, no pudo evitar llorar.

―Más daño me hizo saber lo que te había pasado. ¡¿Pero tú eres tonto o qué te pasa?! ―estalló― ¡¿Cómo
se te ocurre ponerte en el centro de la diana?!

¿Y si le hubiera pasado algo grave? ¿Qué sería de ella?

Mientras esperaba a que despertara, Cristian le había contado todo lo que había pasado, cómo habían
sido las cosas.

―Nena… ―él levantó una mano y limpió sus lágrimas.

―Eres un idiota ―lloró ella―. Me fui pensando que despreciabas lo que sentía, que no te importaba una
mierda y me he sentido tan culpable por ello mientras venía hacia aquí…

―Lo siento. Dios, lo siento.

―¿Por qué no me contaste? ¿Por qué no me dijiste lo que ocurría?

―Porque así parecería más real ―le acarició la cara―. Sabía que estaba pendiente a nosotros, me mandó
fotos nuestras juntos. Tenía que hacerle creer que ya no había nada. Y, de paso, que tú estuvieras lejos. No
sabía cómo hacerlo y decidí contártelo. Pero cuando te escuché hablando con tu amiga, actué de esa
manera. Y funcionó, no fue a por ti, fue a por mí. Y tú estabas lejos de toda esa mierda.

―Eres un idiota.

―Lo sé, pero volvería a hacerlo igual.

Haría lo que fuera con tal de mantenerla a ella a salvo.


―Te odio ―lloró ella.

―¿De verdad? ―preguntó él y volvió a abrazarla.

―Sí…

―Yo a ti no ―dijo él serio, la miró a la cara y limpió sus lágrimas―. Nunca te he odiado. Y para mí
también fue el dieciocho de Septiembre ―Jimena estaba emocionada, no podía dejar de llorar―. Te hablé
mal porque fue la forma en la que podía gestionar que la mujer que me gustaba, con la que ni siquiera me
había atrevido a hablar todavía, le interesaba a mi hermano.

―Idiota…

―Tampoco fueron fáciles estos años para mí. He tenido que mentirme a mí mismo mucho, he tenido que
guardar todo bajo llave y negármelo a mí mismo porque me sentía lo peor por desear a la novia de mi
hermano.

―Eloy…

―Lo más difícil de todo esto fue verte allí, delante de mí, desnudando tu alma y fingir que nada de eso me
afectaba. Lo más difícil fue verte llorar mientras me decías que me querías y no correr hacia ti para
decirte que no era solo cosa tuya. Te quiero, Jimena. Te he querido siempre y no dejaré de hacerlo.
Aunque tuviese que luchar contigo misma, lo haría. Porque confiaba en nosotros.

―Pero te hice daño.

―Sí. Me dolió que me negaras, pero lo entendía. Y si es como necesitas ahora hacerlo, por ahora
podemos…

Jimena lo besó y lo calló.

―No es eso lo que quiero ―le aseguró―. No es eso lo que nos merecemos.

Jimena había pensado mucho en todo en las últimas horas. Y no era eso lo que quería.

―Yo también lo hice mal y me duele que hayas podido pensar, en algún momento, que me avergonzaba de
lo nuestro. Lorena sabía de nosotros, a tu hermano se lo dije ese día, después de que te subieras al
ascensor ―él no sabía nada de eso y estaba sonriendo―. Tenía miedo de lo que sentía, pero al ver el daño
que te hice… Fui a buscarte porque quería decirte que ya no más. Que quería que nos diéramos una
oportunidad.

―Y entonces fui yo quien te hizo daño.

―Supongo que estamos a la par ―bromeó ella.

―¿Y juntos?

Ella sonrió, ya sin derramar ninguna lágrima.

―¿Estás seguro de que quieres meterte en ese lío? ―preguntó con sorna.

Eloy la miró fijamente, habló serio.

―Estoy seguro de que eres tú, Jimena. Fuiste, eres y serás tú ―cogió su mano y entrelazó los dedos de
ambos―. Y estoy seguro de que no te volveré a soltar. Ni dejaré que me sueltes.

Con una enorme sonrisa, Jimena se agachó y lo besó.

―No te soltaré.

―Me alegro. Porque entonces me emborracharé como aquella vez e imagina que me recoge otra.

―¿Por qué te emborrachaste, ya que estamos? Siempre he tenido curiosidad por ello.

―Por ti ―dijo tranquilamente―. Era mi forma de superar que mi hermano se iba a declarar con ese anillo
horroroso.

―Eloy ―rio ella, aunque emocionada a la vez.

―Es horroroso, reconócelo.


―No sé, todavía no lo he visto.

―¿En serio?

―Aja…

―Mejor, porque feo era un rato. Yo te compraré uno mejor.

―¿Me comprarás un anillo? ―estaba sorprendida.

―Joder, nena. Todavía no lo entiendes, ¿verdad?


Capítulo 27

No tardaron demasiados días en darle el alta a Eloy. Y menos mal, o Jimena terminaría volviéndose loca
porque era un paciente pésimo. No se quedaba quieto, no había manera de que ese hombre se quedase
tumbado en la cama.

―No sé cómo no se te ha abierto la herida si no paras ―le había dicho Jimena varias veces. En ese
momento, le repetía eso mismo.

―Estoy bien, son muy exagerados.

Cristian rio al escuchar resoplar a Jimena.

―La que te queda ―dijo mirando a su, oficialmente, cuñada.

Dejó a su hermano en el sofá, porque se negaba a irse a la cama.

―¿Por qué hablas en singular? ―preguntó Jimena.

―¿No vas a cuidarlo? ―preguntó entonces Cristian.

―Sí, claro que vamos a hacerlo ―dijo incluyéndolo.

―¿No se supone que cuando uno tiene pareja, ya deja de necesitar a la familia? ―resopló Cristian.

―No sé en qué serie habrás escuchado semejante frase, Cristian De la Vega, pero a ver si aprendes que
nada de lo que dicen en la tele es cierto. Pringarás tú, pringará Sergio y pringará todo Dios aquí.

―¿Por qué habláis de mí como si fuera una carga? ―preguntó Eloy.

―Porque lo eres ―contestaron Jimena y Cristian a la vez.

Eloy refunfuñó, cogió la mano de Jimena y la hizo sentarse a su lado.

―Estate quieta, me estás poniendo nervioso.

―Tendré que organizar la casa, ¿no?

―Joder, nena. ¿Todavía no te viniste a vivir aquí y ya lo quieres cambiar todo?

Jimena lo miró con ganas de ahorcarlo. Eloy la miraba a ella con inocencia y amor. Cristian soltó una
carcajada.

«Vaya dos», pensó, divertido.

Y que él no se hubiese dado cuenta antes de que eran el uno para el otro…

―No viviré aquí, estaré cuidándote porque lo necesitas, eso es todo.

―Necesito ayuda veinticuatro horas.

―El médico no dijo eso.

―Oh, sí, nena. Que no haga esfuerzos hasta recibir el alta. Ir por un simple vaso de agua ya es agotador
para mí. Te toca cuidarme.

―Tengo que trabajar ―ella se levantó.


Él resopló.

―Teletrabaja.

―Eloy…

―Ya lo has hecho estos días desde el hospital. Además, soy el jefe y te doy permiso para ello, ¿por qué no?

―Porque la necesito allí ―dijo Cristian.

―Tú no te metas ―le advirtió su hermano―. No necesitas a nadie. ¿A que dejo a cargo del bufete a otro?

―¿A mí? ―dijo Jimena emocionada.

―Un cuerno ―dijo Eloy rápidamente haciéndolos reír―. ¿Qué voy a hacer aquí solo mientras no estáis?

―Pues descansar ―dijo Jimena―. Ve la tele, ve alguna serie, lee algún libro…

―Puf… ―ya estaba desquiciado y todavía no se había quedado solo en ningún momento, porque cuando
no era Jimena, era Cristian quien estaba con él.

Vamos, que en toda su estancia en el hospital siempre había tenido compañía.

―No es tan difícil, Eloy. Solo mantente tranquilito y así te recuperarás antes ―dijo Jimena.

Cristian asintió con la cabeza, estaba de acuerdo con lo que decía su cuñada. Pero Eloy no lo tenía tan
claro.

Y les demostró que lo de descansar no estaba hecho para él.

―¿Y ahora qué? ―Jimena no lo mandó a la mierda de milagro. Era el primer día que Eloy se quedaba solo
en casa y ya la había llamado como cincuenta veces.

―Me aburro ―dijo por enésima vez.

―Ya… De eso se trata el estar convaleciente.

―Y te echo de menos.

―Eloy…

―¿A qué hora llegas?

―Cuando termine en el trabajo.

―El jefe soy yo y te digo que tienes prohibido echar horas extras.

―Oh, créeme, tu hermano, que es quien ocupa tu cargo ahora mismo, ya me lo había prohibido. No tiene
ganas de soportar tu mal humor.

―Chico listo… ―lo había enseñado bien, sí, señor.

―Ahora dirá que me ha enseñado bien ―rio Cristian.

―¿Mi hermano está ahí?

―Sí, estoy en su despacho. Quiero decir, en el tuyo cuando estás, claro.

―Ponme en manos libres.

―Ya ―dijo Jimena.


―Cristian, estuve revisando lo del caso de la fábrica y hay cosas que no cuadran. Creo que tendrás más
fácil el juicio, cuando vengas después a casa lo hablamos. Por cierto, tráeme los informes del caso del
supermercado que dejé en el segundo cajón. Ah y Jimena.

―Aja…

―Si interrogas al testigo principal desde esa perspectiva, puede fallarte. Hablamos después de eso
también.

―Ya… ¿No estabas aburrido?

―Y lo estoy, nena. Muchísimo.

―Ya, veo, ya… ―Jimena miró a su cuñado― ¿Qué haces dándole trabajo?

―Asegurarme mi paz mental, eso hago ―dijo Cristian tranquilamente.

Jimena suspiró, lo entendía. Con Eloy las cosas podían llevarte al límite, se tratase de lo que se tratase.

Era intenso cuando quería e igual que eso podía llegar a volverla loca en el mal sentido, también lo hacía
en el bueno.

Deja la mente, Jimena, no es momento de ir por ahí, ¡que tienes a Cristian enfrente!, exclamó la voz de la
cabeza de ella.

Y ese hombre la conocía bien, igual que lo hacía su hermano. No era momento ni lugar para que se diera
cuenta de que su mente estaba divagando con esas cosas.

Pero es que desde Eloy fue agredido, todavía no habían podido…

―Nena…

Eloy la sacó de sus pensamientos.

―¿Sí?

―No tardes, tengo ganas de verte.

Ella sonrió.

―Llegaré pronto ―prometió.

Colgó la llamada y suspiró tontamente.

―Pensé que sería más raro veros así, pero es tan natural… ―dijo Cristian― Siento que interrumpí vuestra
vida por un tiempo.

Ella negó con la cabeza.

―¿Qué tontería es esa? Guardo muy buenos recuerdos de nosotros y mirar atrás ya no nos sirve. Así que,
¿por qué no dejarlo estar y ya? Seguimos conservando nuestra amistad y eso es muy importante para mí.

―Y para mí ―aseguró él―. Pero ahora en serio, ¿qué le ves? ¿Cómo lo aguantas?

Jimena soltó una carcajada.

―El pobre, si es un santo.

―Un santo dolor de muelas es, Jimena. De verdad, tienes una paciencia de oro, ¿eh?

―Y él conmigo, sabes que no soy una santa.

Cristian gimió, conocía bien el genio de su ex.

―Supongo que sí, que habrá gente destinada y vosotros sois de esos.

―Eso creo yo ―y sonó orgullosa.

Porque de verdad lo estaba.


Capítulo 28

Jimena

―Esto es una tortura.

―Lo sé ―gemí mientras él me acariciaba los pechos, jugando con la espuma de la bañera.

―Me duele, Jimena.

―¿La herida? ―pregunté preocupada y me moví, quedando sobre mis rodillas, entre sus piernas abiertas,
frente a él.

Eloy puso los ojos en blanco.

―¿Qué herida, nena? Eso está perfectamente.

Lo miré de malas maneras.

―¿Entonces qué te duele?

―La polla ―resopló―. Me duele la polla por no poder follarte. Y no te rías, no hace gracia ―pero a mí me
la hacía―. No te reirás si de esta me quedo impotente.

―Te querría igual ―reí.

Eloy me miró con cara de “Venga, ya, ¿pero qué me estás contando?”

―Eso no te lo crees ni tú.

―¿Crees que no? ―pregunté mientras salía de la bañera.

―¿Estás denigrando a mi polla y a su poder sobre ti?

Reí de nuevo. Eloy y sus cosas.

―No. En realidad es un piropo o algo bueno. Te estoy diciendo ―me puse el albornoz― que incluso si no
funcionases, yo seguiría contigo incondicionalmente.

―Hmmm… ―no estaba él muy convencido― Lo que sea, no quiero que comprobemos eso hasta, por lo
menos, los noventa años.

―Joder ―por lo que decía y por cómo la tenía. Me quedé mirando su entrepierna, casi babeando―.
¿Durante tanto tiempo vas a poder follar?

―No follar, Jimena. Que no hablamos de cualquiera ―se secó y pasó de taparse, como siempre. Él era feliz
desnudo por la casa―. Follarte, a ti, por si todavía no lo entendiste.

―Es bueno saberlo ―me acerqué a él y le di un buen beso.

Gimió cuando me separé de él.

―Joder, nena, pero no me pongas peor.

―Yo no hice nada, tú eres el que te uniste a mi baño.


―Hombre, claro. No iba a perder la oportunidad.

―Entonces no te quejes ―llegué a su dormitorio y reí cuando me hizo caer sobre la cama, él a mi lado.

―No me quejo ―me besó de nuevo―. Tengo muchas ganas de ti. Y estoy bien, no quiero esperar más.

Me pegó a su cuerpo, su erección rozando mi sexo.

―¿De verdad estás bien?

Él asintió.

Yo también tenía ganas de él. En los últimos días solo habíamos podido jugar, pero nada de poder estar
uno dentro del otro.

―Estar contigo nunca podría hacerme daño ―qué bonito, por Dios―. Pero, para que no te preocupes ―se
tumbó sobre su espalda y me miró―. Tú mandas, nena.

Sonreí pícaramente, me deshice del albornoz y me senté sobre él. Toqué la zona que aún seguía tapada y
suspiré.

―Nena… ―llamó mi atención y yo lo miré― Estoy bien ―dijo.

Pero me dolía recordarlo, había pasado mucho miedo y sabía que él también. A veces se despertaba
después de tener una pesadilla, recordando el momento.

Estaba recibiendo ayuda, iba a terapia y sabíamos que era algo normal y que, con el tiempo, lo superaría.
Pero me dolía verlo sufrir. Si yo lo hacía, si yo había estado asustada, no quería ni imaginar el dolor que
pasó él y el terror que tuvo que sentir mientras pensaba que se le escapaba la vida.

Se había puesto en el centro de la diana cual kamikaze. Y la policía no pudo evitar que ese loco le clavase
el jodido cuchillo.

Tenía que haber sido aterrador, no quería imaginarlo.

Y ese loco… Una bala había terminado con él.

A él le costaba hablar de ello, a mí me costaba escucharlo hablar de ello. Pero a veces lo hacíamos y nos
dábamos cuenta de la suerte que tenía.

Un poco más y no estábamos juntos.

Por lo demás…

Siempre estábamos juntos. Salía del trabajo y me iba a su casa. Al final iba él a tener razón e iba a
terminar viviendo allí.

Nuestra relación se había fortalecido mucho más.

―Nena ―salí de mi ensimismamiento―. Te dije que estoy bien.

―Me alegro.

―Entonces deja de pensar en ello, por favor.

―¿Cómo sabes en qué pensaba?

―Porque te conozco y esa cara de tristeza no la pones porque estés mirando mi polla.

―¿Qué te pasa hoy con la palabra polla? ―reí de nuevo― Estás obsesionado con ella.

―Que me duele por no poder meterla en ti y no me crees. Además, estoy obsesionado contigo y con
follarte, no te confundas.

―Esa obsesión no es tan mala.

―¿Verdad que no? ―me dejé caer lentamente sobre él, con todo el cuidado del mundo para no darle en la
herida y, a la vez, cogí su pene con mi mano y lo puse en la abertura de mi vagina.

―Dios ―gemí cuando entró un poco en mí.

―Nena… ―gimió él. Entré un poco más― No me puse nada.


―Lo sé ―respondí.

―¿Y estás segura?

Asentí con la cabeza. Yo sabía que estaba sana. Sabía que él también.

―Es el siguiente paso, ¿no crees?

―Jimena…

Entró por completo y los dos gemimos con fuerza.

―Dios… ―no me salían ni los sonidos.

―Joder, nena. Esto es perfecto.

Lo era, era el jodido cielo, como él decía muchas veces.

Lo sentía tan dentro. Tan duro. Tan caliente. Tan húmedo.

―Con calma ―dije mientras me movía.

―Con tanta no ―hablaba entrecortado― o moriré.

Me acerqué y lo besé. Él acarició mi espalda cuando me dejé caer sobre su cuerpo. Sus manos, después,
en mi trasero, acariciándolo.

―Me encanta ―dije. Y era verdad.

Los torturadores movimientos nos hicieron perder el control a ambos. Gemíamos, sudábamos y
gritábamos de placer.

Aquello era jodidamente perfecto.

Como lo era aquel hombre para mí.

―Estoy a punto ―susurré sobre sus labios.

―Córrete, nena. Y por Dios, apriétame la polla con fuerza hasta que me corra dentro de ti.

Así lo hice. Así lo hizo.

Así lo hicimos.

Y fue perfecto.

Ese “nosotros” que éramos siempre había sido un poco peculiar, pero algo tenía claro: intentaría que
durase para siempre.

Porque, sencillamente, eso era lo que me hacía feliz.

Y ¿para qué, si no, venía una persona a este mundo si no era para eso?


Capítulo 29

Epílogo

――¡¿Se puede saber qué es lo que has hecho?!

Algunas cosas no cambiaban.

Algunas historias siempre tendrían escenas repetidas.

Porque los protagonistas, al fin y al cabo, aunque terminasen juntos, seguían siendo los mismos.

Eloy seguiría siendo el jefe tocapelotas.

Y Jimena seguiría teniendo la lengua viperina.

Y no importaba si los dos se amaban más de lo que nadie podía imaginar. No importaba si después, entre
las cuatro paredes de la casa que compartían, debajo de las sábanas, eran puro fuego, pasión. No
importaba si su relación era casi perfecta y pura comprensión porque todo lo hablaban.

Lo hablaban después de pelar, claro.

Y seguían chillándose si era necesario.

¿La culpa en ese momento?

Para Eloy la tenía Jimena, ¡faltara más!

Jimena miró a su espalda, después a su marido y se señaló a sí misma.

―¿Yo?

¡¿Quién iba a ser si no?!

―Jimena, no me toques las pelotas, hoy no estoy de humor.

―Nunca lo estás ―dijo ella para cabrearlo todavía más.

Encogiéndose de hombros, pasó por el lado de Eloy, dispuesta a ignorarlo.

―¿Me estás ignorando? ―él no salía de su asombro.

―Lo hace ―Cristian apareció al lado de su hermano―. ¿Cuál es el drama ahora?

―¿Drama? ¿Qué drama?

―Pues no sé, eso te pregunto.

―¡No hay ningún drama! ―exclamó y le daba igual si toda la oficina lo mirara. Estaban más que
acostumbrados a Jimena y a él.

Y si no lo crees, ya te digo yo que era así. Vamos, es que ni siquiera les había sorprendido verlos llegar
agarrados de la mano. Así de malo habían sido fingiendo que entre ellos no había nada.

La oficina entera había tenido bastante tiempo para chismosear.

Cuando los dos aparecieron juntos públicamente, ni Dios le echó cuenta. El chisme ya había pasado de
moda.

Y sí, pienso como tú, el miedo de Jimena no tenía sentido. Pero así son la mayoría de los miedos, ¿no? Solo
un producto de la mente que no sirve para nada.

Para no dejarnos disfrutar de todo lo que queremos, solo para eso. Para jodernos la vida, básicamente.

―¡¿Entonces para qué gritas?! ―exclamó Cristian.

El pobre ya se había convertido en uno más de ellos. Cómo no hacerlo si ya estaba majara perdido por
culpa de esos dos.

Menos mal que después llegaba a casa y tenía a su marido que lo ayudaba a aferrarse a la cordura.

―Viene del juzgado ―dijo Eloy como si fuera algo de lo más grave.

―Ya… ―su hermano lo miró de hito en hito― Es abogada, ¿de dónde demonios va a venir si no?

―No quiere que vaya ni que venga ni que trabaje porque está a punto de dar a luz. Pero como ella no
quiso coger la baja aún por más que el médico se lo dijera…

Eloy y Cristian se quedaron mirando a la secretaria que compartían, quien acababa de hablar.

―Ah… ―dijo Cristian.

―Pero la jefa ―como llamaba ella a Jimena― se pasa lo que él quiere por el forro y dice que le da igual si
tiene que parir aquí. Pero que hasta que no toque, no se va.

―Entiendo… ―volvió a decir Cristian.

Los dos hermanos miraron a la mujer volver a su escritorio y se miraron.

―¿Cómo es posible que esa mujer sepa más de tu vida que yo? ―preguntó Cristian.

―Da miedo, a qué sí ―dijo Eloy y su hermano asintió con la cabeza.

―¿Por eso estás enfadado?

Eloy resopló.

―Le mandó reposo. Mejor dicho, le recomendó reposar si podía.

―¿Y tú de verdad pensabas que lo iba a hacer?

Eloy negó con la cabeza. Conocía a Jimena y si él era un pésimo paciente, su mujer ya ni qué decir.

―No. Pero lo tengo que intentar.

―Ya… Esperemos que llegue pronto la hora o te veo en el hospital porque te dio un infarto.

―Lo veo ―resopló él.

Y es que Jimena estaba siendo un dolor de cabeza porque no se dejaba cuidar. Decía que él estaba
exagerando.

Y bueno, a lo mejor lo hacía algunas veces, pero todo era de buena fe. Porque se preocupaba, de verdad,
por el bebé y por su mujer.

Sí, un bebé, iban a tener un bebé. Había sido toda una sorpresa, pero también la mejor noticia que le
habían dado en la vida. Ahora solo quedaba esperar para verle la cara a ese bebé que más pronto que
tarde, llegaría.

―En fin… A ver si consigo mandarla para casa ―preparó sus pulmones―. Jimena, ¿se puede saber por
qué me ignoras? ¡¿Dónde demonios estás?!

Jimena apareció y a Eloy se le cambió la cara.

A la mierda el enfado y todo lo demás.

―Joder, nena ―corrió hasta ella―. ¿Qué te pasa? ¿Estás bien?

Todo el mundo llegó hasta su lado, preocupándose por ella.


Ella negó con la cabeza.

―Me duele.

―¡Cristian! ―exclamó.

―¡Ya voy por el coche! ―su hermano ya estaba llamando al ascensor.

―Contracciones cada dos minutos ―llegó la secretaria con una libreta―. Después del día que llevas, ya se
ve cerca el momento, jefa.

―¿El día que lleva? ¿Qué día lleva?

―Lo normal, jefe, no se preocupe. Yo la estuve controlando.

Que ella… Ay, Dios, ¡la iba a mandar al paro!

―Nena…

―Puedo andar ―dijo ella.

―Sí, ya veo ―se pararon cuando le vino otra contracción.

―Eloy…

―Dime, nena… ―dijo nervioso y preocupado.

―Estoy bien, ¿vale? ―él asintió con la cabeza― Vamos a hacerlo como nos enseñaron en los cursos.

―¡A la mierda los cursos, mujer! ¡¿Tú te crees que yo me acuerdo de algo de eso?! ―exclamó.

―¡Pues tendrás que hacerlo! ¡¡¡O te dejó aquí con todos y me voy sola!!!

―Un cuerno me voy a quedar aquí ―refunfuñó él.

―Entonces por favor…

―Lo sé, nena y lo siento ―suspiró―. Todo irá bien, ¿vale?

Ella asintió con la cabeza y, poco a poco, bajaron del edificio, se montaron en el coche y llegaron al
hospital.

Y su vida, de nuevo, cambió.

Su vida ya no volvería a ser nunca la misma.


Capítulo 30

Eloy ― Presente

Si alguien me hubiera dicho hace tres años que mi futuro sería este, no lo habría creído. Hace tres años,
ni siquiera me permitía a mí mismo mirar a Jimena.

Ahora, Jimena es mi mujer. Jimena es la madre de mi hijo.

Y yo todavía no me lo creo…

Sé que es real, sé que esta cosita que duerme al lado de su madre existe. Pero a veces todo parece un
sueño del que me da miedo despertar.

Demasiado bueno para ser real, como dicen.

Pero lo es Ellos dos son mi felicidad.

―Cariño… ―susurra ella.

Sonrío, me acerco hasta la cama y le doy un beso en la frente.

―Hola, nena ―la saludo.

―Hola ―sonríe ella, adormilada―. ¿Qué hora es?

Me agacho a su lado, de cuclillas.

―La hora de la cena.

―Oh… He dormido demasiado.

―Eso es bueno ―acaricio su cara―. ¿Cómo se ha portado?

Le doy un beso al bebé. Marco, así se llama.

―Bien. Es muy bueno ―dice ella con orgullo.

―Se parece a su madre.

Entonces gime.

―Mi madre dice que yo era un maldito demonio, así que espero que no.

Río y niego con la cabeza.

―Como sea, será perfecto.

Ella me mira sonriente.

―Gracias ―susurró.

―¿Por qué, nena? ―no hice nada.

―Por ser como eres.

Le doy otro beso.


―También soy un tocapelotas, así que duerme un poco más. Y no me vengas con que no estás cansada. Se
te nota en la cara.

―Un ratito más, sí… ―suspira.

―Te aviso cuando esté la cena.

―Vale…

Ella ya está en el quinto sueño y yo no puedo dejar de sonreír mientras los miro a los dos.

Me han cambiado la vida y estoy feliz por ello.

Me meto en la ducha antes de cenar y dejo que el agua me moje por completo. Ha sido una dura semana
en el trabajo, el no contar con Jimena allí se nota, es indispensable para el bufete.

El bebé aún es pequeño y nos despierta de noche, lo que hace que sea difícil descansar. Y ser padre no es
fácil, pero es perfecto.

Soy feliz con mi vida, esa es la verdad.

Escucho cómo la mampara se abre y se cierra después. Y ronroneo cuando noto sus manos alrededor de
mi cintura.

La hago ponerse delante de mí y la beso, demostrándole todo el hambre que siento por ella.

Está completamente desnuda. Y mojada por la ducha.

Y estoy seguro de que si toco su sexo, también la encontraré mojada allí. Y eso me pone como una moto.

―¿Por qué no estás durmiendo? ―le pregunto.

―Marco lo está ―me besa en el cuello, haciéndome gemir.

Sus pechos rozándome, sus brazos alrededor de mi cuello. Acaricio la parte baja de su espalda y dejo mis
manos sobre su trasero. Lo aprieto y sonrió cuando gime.

―Te eché de menos ―susurra.

―Yo a ti también, nena.

―Y tengo muchas ganas de ti.

Y yo de ella. Siempre.

―¿Muchas?

Ella asiente con la cabeza y coge mi erección con su mano. Siseo, encantado con el contacto.

―No puedo esperar, Eloy…

―Nena ―me rio―. ¿Tan mojada estás? ―la toco entra las piernas y gimo al notarla― Joder, estás
empapada.

―Por favor… Llevo todo el día pensando en ti ―aprieta mi pene un poco más y yo sé que no voy a hacerla
esperar.

La hago girarse. Ella apoya las manos en la pared de azulejos, las palmas de sus manos abiertas, su
trasero empinado para atrás, las piernas abiertas.

Me coloco entre ellas, me agacho un poco y rozo la entrada de su vagina con mi polla. Ella se queja,
queriendo más y yo sonrío al sentirla tan necesitada.

―Eloy… ―se queja.

Me coloco bien y entro en ella con un solo movimiento. Gemimos y gritamos y cuando ese momento pasa,
salgo lentamente de ella mientras miro el lugar donde nuestros cuerpos se unen. Lentamente afuera…

Para adentro con fuerza, haciéndonos gemir otra vez.

Repito esos movimientos una y otra vez. La tengo agarrada, mi brazo alrededor de su cadera y cintura y
mi mano apoyada en su vientre.

Me muevo con calma, lentamente, torturándola a ella y torturándome a mí mismo. Completamente


hipnotizado por el movimiento de mi polla entrando y saliendo de ella.

―Eloy…

―Yo también llevo todo el día pensando en esto, nena ―le confieso―. No podía dejar de pensar en ti
―fuera… Dentro con fuerza― Tenía unas ganas de llegar y follarte…

Ella no tiene ni idea de cuánto he pensado en ella. Esa mujer es una maldita obsesión.

―Más fuerte ―me pide ella.

―Nena… Me encanta tu coño… ―acelero un poco el movimiento. Y un poco más. Y noto los primeros
espasmos en su sexo― No tienes ni idea de cuánto me encanta follarte… ―aumento el ritmo, nuestras
respiraciones más fuertes, más aceleradas también― Aprieta ese coñito, nena. Apriétalo cuando te corras
y chúpame hasta la última gota.

La noto temblar, comienza a contraerse a mi alrededor y yo no puedo aguantarlo más.

―Oh, nena…

Me corro y no sé ni cómo me mantengo todavía en pie. Joder, a mí también me tiembla todo.

Me dejo caer y la siento encima de mí. La abrazo y espero a que nuestras pulsaciones y nuestras
respiraciones se normalicen.

Cuando eso ocurre, nos levanto a los dos, nos lavo a ambos y salgo con ella de la ducha. La seco y una vez
que lo hago conmigo, tras ponernos el albornoz a ambos, salgo del baño con ella, cogido de la mano.

―Te quiero ―dice ella mientras me abraza por la cintura.

―Yo también te quiero, nena.

La beso, porque quiero. Porque me apetece. Lo hago todo el día porque es lo que necesito.

En ese momento, Marco comienza a llorar.

―Es hora de comer ―dice ella.

Voy a buscar a mi hijo mientras ella le prepara el biberón y allí, sentado con ellos dos en el sofá de mi
casa, solo los miro.

―¿Qué? ―pregunta ella, sonriendo.

―Nada, nena. Solo me gusta miraros.

Ella sonríe y esa sonrisa se me clava en el corazón.

Y yo doy gracias a la vida por darme la oportunidad de luchar por la felicidad.

Si alguien me pregunta qué es la felicidad, le diré que, para mí, la felicidad es esto. Estos momentos que
comparto con la gente que quiero.

Ya sea el echar unas risas con mi hermano, el sonreír al verlo a él feliz. Ya sea el llegar a casa y acostarme
con mi pareja. Ya sea la conversación con ella a las tres de la madrugada sobre por qué tenemos que
poner las cortinas azules y no rojas.

La sonrisa de mi hijo.
La felicidad es eso, momentos que nos llenan de alegría, cosas que vivimos y que recordaremos siempre
con una sonrisa. Y eso es lo único que tenemos que buscar.

Si alguien me pregunta qué me hace feliz…

¿Y a ti? ¿Qué es lo que te hace feliz?


NOVELAS

Vega Manhattan

01 ― Emmanuel

02 ― Huyendo del príncipe azul

03 ― Ódiame... Pero quédate conmigo

04 ― Una propuesta arriesgada (Propuesta 1)

05 ― Una propuesta peligrosa. La historia de David (Propuesta 2)

06 ― En las manos del Duque

07 ― Siempre fuiste tú (FBI 1)

08 ― Nunca imaginé que fueras tú. La historia de Noah (FBI 2)

09 ― Siempre serás tú. La historia de Alan (FBI 3)

10 ― La seducción del Highlander

11 ― ¡No lo hagas! La organizadora de bodas

12 ― Para mi desgracia, mi jefe

13 ― Todo por sentir

14 ― Toda una vida

15 ― Un lugar para refugiarse

16 ― No callaré para siempre

17 ― Cambiaste mi vida

18 ― Sin mirar atrás

19 ― Te protegeré siempre (FBI 4)

20 ― Mi lugar eres tú (Relato Navideño)

21 ― Prometo no amarte hasta que el pacto nos separe

22 ― Cupido. ¡La madre que te parió!

23 ― Lo que provocas en mí

24 ― Un hermanastro por Navidad

25 ― Tengo ganas de ti

26 ― Jefe, ¡que te den!

Recopilaciones

Serie Propuesta
Serie FBI

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