Conflictos de amor y odio laboral
Conflictos de amor y odio laboral
¡que te den!
©Vega Manhattan.
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Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes y sucesos son producto de la imaginación del autor.
Como cualquier obra de ficción, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia y el uso de
marcas/productos o nombres comercializados, no es para beneficio de estos ni del autor de la obra de
ficción.
SINOPSIS
«Soy gay».
Jimena y Eloy habrían respondido con un simple “Pues vale”, con toda la normalidad del mundo, de no ser
porque Cristian, quien había pronunciado esas palabras, estaba a punto de comprometerse. Con su novia.
Ahí podría haber acabado la relación que los unía de no ser porque eran jefe y empleada.
¿Qué será de ellos cuando el odio que creen sentir los haga temblar? Pero de placer…
ÍNDICE
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
NOVELAS
Eloy explotó nada más verla. ¿Qué digo verla? Si ni tiempo le había dado a ver su sombra aparecer cuando
las puertas del ascensor se abrieron. La había sentido u olido cual cazador a su presa y le iba a devolver
toda la frustración que sentía.
Ella era la culpable de que él estuviera en ese estado. Ella, que aún no había puesto un pie ese día en la
oficina. Ella, a quien aún no había visto y era ya casi el mediodía. Ella era la culpable de que a él se lo
llevasen los demonios.
Yo también, pero como solo soy una simple narradora, pues tampoco es que sirva de mucho mi opinión. Yo
me dedico a narrar y punto.
Para tocarle las narices a los protagonistas ya estaban las voces de sus cabezas que se callaban más bien
poco.
O nada.
La cuestión es que, para Eloy, el protagonista de esta historia, la culpable de todos sus males, ese día, era
ella.
Jimena.
Viernes, último día de la semana. El cansancio de toda una intensa semana de trabajo se notaba en el
cuerpo. Una semana donde, además, había tenido que echar bastantes horas extras para poder preparar
uno de los casos de los que se ocupaba. Una semana que aún no había terminado.
La mirada glacial que Eloy le echó a su hermano habría hecho temblar a cualquiera. A él no, por supuesto,
él conocía bien a Eloy y ni se inmutaba por ello.
―¿Quién se niega a declarar? ―lo preguntó tan bajito que Cristian supo que eso solo significaba que el
cabreo que se iba a pillar iba a ser monumental.
Cuanto más bajo y agudo, más enfadado terminaba. Así funcionaba Eloy.
―¿Y ese es? ―sonó aún más bajo, si es que eso era posible.
Eloy, conociéndolo, suspiró. Se apretó el puente de la nariz y maldijo. Joder, no eran ni las diez de la
mañana y a él ya le estaban tocando las pelotas.
―Dejarlo unos días pensando que se ha salido con la suya. Entonces le haré ver que no tiene de otra.
Puso delante de su hermano algunos documentos. Este miró por encima, se dejó caer en la silla y suspiró
de alivio. Por primera vez esa mañana, una sonrisa en su rostro.
―Siempre insistías en que tenía que tener guardado un buen as bajo la manga.
―Y aprendiste ―dijo con orgullo, lo que su hermano le había mostrado persuadiría al cliente y le haría
entender que no tenía más opción que declarar. De no hacerlo, las consecuencias económicas serían
desastrosas para él―. ¿El otro caso que llevas? ¿El de la petrolera?
―Está ganado.
―Bien…
―De todas formas, estoy pendiente de poder hablar con un antiguo encargado que se fue a Londres
cuando el desastre comenzaba a producirse. Su testimonio sería un gran punto a favor.
―Sí.
Eloy suspiró de alivio. Parecía que todo estaba bien encaminado. Ya había hablado con otros abogados de
la firma y tenían todo bajo control. Algún caso no se ganaría, era de esperarse, pero conseguirían los
objetivos que querían.
Ese era su ritual de cada día. Nada más llegar, se ponía al día de todos los casos, conociendo todas y cada
una de las novedades. Si es que había, claro.
―¿Lo dudas?
Porque él no lo hacía, él sabía que ese caso estaba más que ganado.
―No ―dijo Cristian, tajante―. Pero, aun así, existe esa posibilidad y me pone nervioso. No quiero que
nada enturbie esta noche, quiero que sea un fin de semana especial.
―¿Qué tiene de especial? ¿Es su cumpleaños o algo así? ―preguntó, haciéndose el tonto porque él sabía,
de más, que no lo era. Pero claro, no lo iba a decir.
Por supuesto que no, es mejor seguir fingiendo. Así te va mejor, ¡¿dónde va a parar?!, la voz de su cabeza
se callaba poco. Ella siempre metiendo la puntilla. Y era irónica y sarcástica cuando hacía falta.
Cristian, sin decir nada, dejó una cajita sobre la mesa de la sala de juntas donde estaban reunidos y a Eloy
se le atascaron las palabras en la garganta.
Oh, sí…, hasta la voz de su cabeza, esa que no se callaba nunca, se había quedado sin palabras.
Eloy sintió como si su hermano le hubiese clavado el puño en el estómago. De repente y, sin sentido
ninguno, eso dolía.
Dolía escucharlo.
Oh, vamos, claro que lo sabes. Pero no lo aceptarás nunca, resopló la voz.
―¿Tan sorprendido estás? ―rio Cristian al ver que su hermano no decía nada al respecto. Solo miraba la
cajita que tenía frente a él.
―¿Matrimonio?
Le costaba pronunciar esas palabras. Se le había formado un nudo en la garganta y le costaba emitir
sonido.
Y no iba a callárselo.
Tenía que decírselo. Tenía que evitar, si podía, que cometiera esa locura.
Eloy levantó la mirada, se dejó caer en la silla, cambiando la postura tensa que, sin darse cuenta, tenía; se
cruzó de brazos y miró a su hermano menor a los ojos.
A la mierda la sutileza y todas esas tonterías que estaban sobrevaloradas. Cuanto más claro, mejor.
Cristian puso los ojos en blanco después de dejarse caer, también, en el sillón.
Cristian suspiró. Siempre con la misma historia. Su hermano y su novia, además de ser compañeros de
trabajo, jefe y empleada, eran los mayores enemigos que podían existir.
No se soportaban. Casi podía decirse que se odiaban. Y ninguno podía evitar demostrar el desagrado que
sentía por el otro.
Si las palabras fuesen cuchillos, entre ellos dos habría decenas volando a cada segundo.
―Y cometerás el mayor error de tu vida ―había una seguridad aplastante en sus palabras. Sin un atisbo
de duda, así sería.
―¿No crees que el que solo sea desagradable contigo significa que tú puedes tener la culpa?
―La culpa no es solo mía. Si no fuera tan… Tan… ―no sabía ni cómo definirla― ¡Yo sería un poco más
amable! ―exclamó en un tono desesperado.
―Te vas a arrepentir, recuerda mis palabras. Vas a ser un completo infeliz como te cases con la reina de
las arpías.
Cristian no se veía para nada sorprendido por la actitud infantil de su hermano mayor. Así de
acostumbrado estaba. Pero no por ello iba a quedarse callado.
Se merecía ese apodo y otros más mucho peores. Pero claro, eso solo podía decirlo él porque solo con él
demostraba ser como realmente era.
Con los demás era la persona más cariñosa y amable del mundo. Pero con él…
―¿Me llamarás a mí rey de las arpías entonces? ―rio Cristian, sin poderlo evitar.
―Te llamaré insensato, por no decirte algo peor ―refunfuñó mientras cogía el móvil que había comenzado
a sonar―. ¿Sí? ―comenzó a escuchar y, poco a poco, su cara fue cambiando de color.
Sin una sola palabra, Eloy colgó la llamada. Dejó el móvil sobre la mesa y cerró los ojos durante un par de
segundos. Al abrirlo, miró a su hermano.
―Creo que no te vas a poder casar ―Cristian frunció el ceño al escucharlo, la preocupación en su rostro.
¿Había pasado algo? ¿Estaba Jimena bien?― Es más, ni siquiera vas a poder pedírselo.
―Aún nada ―respondió Eloy en voz baja―. Pero ocurrirá. Ella está bien, por ahora… Porque la voy a
mandar tan lejos que te juro que no va a poder encontrar el camino de vuelta. ¡A la mierda se va a ir!
―explotó y se levantó de un salto.
―¿Pero qué…?
―¿Una noche inolvidable? ¿Un fin de semana inolvidable? ―rio con ironía― Oh, créeme ―miró, de nuevo,
a Cristian― Lo va a tener, porque de esta la pongo ¡de patitas en la calle!
―¡¿Pero me quieres decir qué demonios ha pasado?! ―esa vez, el que gritó fue Cristian.
Pero de poco sirvió, Eloy ya estaba saliendo por la puerta y pegando voces a diestro y siniestro. Su
hermano lo seguía bien de cerca; a ver si, de una vez, se enteraba de qué era lo que había ocurrido.
―¡La quiero en mi despacho cuando llegue! ―le gritó a su secretaria― No, mejor aún, quiero saber
cuándo llega abajo para encontrarme con ella ¡porque ni siquiera la voy a dejar subir! ¡Aquí no pone un
pie más! ¡¿Pero cómo se le ocurre pedir un aplazamiento?! ―las manos elevadas al cielo, desquiciado―
¡¡¡Y saca al único testigo de la lista!!! ―no se lo podía creer…
Una mano en su cadera, la otra se la pasó por el pelo, dejándoselo hecho un desastre. Peor de lo que
normalmente lo tenía.
No podía creer lo que había escuchado durante esa llamada. Ni entendía qué era lo que estaba pasando.
Era el jefe, en todos los casos él tenía voz y voto y marcaba las pautas junto con los abogados principales.
Si había cualquier eventualidad, la discutían con él. Cualquier cambio tenía que saberlo.
¡Y a la mierda!
¡A por otro!
Pero no, con ella las cosas nunca podían ser fáciles. Ella siempre tenía que complicarlo todo.
«¿Por qué, por los clavos de Cristo, tuve que elegirla a ella?», se preguntó a sí mismo.
Se arrepentía cada día. Cada vez que la veía, para ser más exactos. Mira que había candidatos con
mejores currículums, pero no. Él tuvo que decantarse por quien tenía un cartel de neón en la frente que
ponía, con letras fluorescentes: “Soy un jodido dolor de cabeza.”
Y como si no tuviera bastante con tener que aguantarla en el trabajo cinco días a la semana más las horas
extras, que no eran pocas, también tenía que verla fuera de allí porque era la novia del tontolaba de su
hermano.
Lo sabía, sabía que algo así iba a ocurrir tarde o temprano. La gente, cuando salía con otras personas era
con idea de más, ¿no? Nadie estaba dispuesto a perder el tiempo con gente o con relaciones que no le
llevarían a ninguna parte.
Así que sabía, muy bien, que ese momento llegaría. Joder, lo sabía mejor que bien porque el involucrado
era su hermano y él no era la clase de persona que jugase ningún juego cuando de sentimientos se
trataba.
Eloy lo sabía bien, mejor que nadie. Porque había sido él quien había criado a Cristian. Y se había
encargado de que se convirtiese en una gran persona.
Un poco tocapelotas, pero el mejor hombre que podía existir sobre la faz de la tierra.
No era perfecto, nadie lo era. Y Cristian tenía muchos defectos. Salía con la reina de las víboras, no había
defecto más grave en el mundo que ese. Y era un poco “cegato” a veces. Es decir, no veía las cosas
aunque se las escribiesen en un cartel de neón luminiscente.
En eso se parece a su hermano algo, ¿no? Uno no las ve y el otro, aunque las ve, las ignora. La voz
siempre dando por culo…
Pero tenía razón. Era evidente que algo tenían que ver los genes en todo eso, ¿o no?
Con las dos manos en las caderas y con el pelo hecho un desastre, Eloy se acercó hasta el ventanal que
había en su despacho y miró afuera.
Su hermano se iba a declarar a la víbora esa noche. Y esta, para colmo, la liaba en el trabajo.
Eso mismo se preguntaba ella cada día. Se lo preguntaba cada vez que lo tenía cerca. ¿Qué demonios
había hecho en otra vida para merecer semejante castigo?
Y teniendo en cuenta que él era su torturador personal, el daño debió habérselo hecho a él. ¿Por qué, si
no, el infierno llevaba su nombre?
Jimena giró la cabeza y miró atrás, volvió a mirar al frente, sus ojos encontrándose con un par de iris de
color avellana que la miraban con ira. Manteniendo la calma, levantó una mano y se señaló a sí misma con
el dedo.
―¿Yo? ―preguntó.
Se estaba haciendo la tonta, era evidente. Sabía qué era lo que ocurría y no porque su secretaria la
hubiese puesto sobre aviso. Supo, desde que tomó la decisión esa mañana, que todo aquel cambio traería
consecuencias. Supo que su jefe se iba a molestar.
Así que seguiría haciéndose la tonta un poco más. Aunque sabía que lo enfadaría más.
Estaba enfadado, lo normal en él. O, mejor dicho, lo normal en él cuando se trataba de ella. Su sola
existencia lo molestaba, el solo hecho de saber que ella respiraba ya lo ponía de mal humor.
Jimena se lo había preguntado a sí misma muchas veces, pero no lograba encontrar la respuesta. No le
había hecho nada, no que ella supiera. Y por más que había intentado agradarle, solo había conseguido
que la repeliera más.
Así que, un día llegó a la conclusión de que no todo en la vida tenía una explicación. Y dejó de buscar
respuestas. Dejó de intentar llevarse bien con él.
―He salido del ascensor ―respondió, tras enarcar las cejas, en un tono de “¿acaso no es evidente?”
Jimena vio cómo, tras escuchar su respuesta, ponía los ojos en blanco. Conociéndola, ella no entendía
cómo no había esperado algo así. Tenía que haber sabido que le soltaría algo semejante.
A veces pensaba que lo hacía, a veces, ella tenía la sensación de que la conocía mejor de lo que ella misma
lo hacía. A veces, mientras la miraba a los ojos, sentía que era capaz de conocer sus más oscuros
pensamientos.
Porque era evidente que no la conocía en absoluto. De hacerlo, no la trataría de esa manera. Porque ella
no era una mala persona, no se merecía un trato así.
Porque ella no lo odiaba, para nada. Al contrario, lo admiraba. Y mucho. Siempre lo había hecho. Siempre
había querido ser como él.
La mejor.
Por ello, porque para eso tenía que seguir a su lado, Jimena intentaba no entrar al trapo cuando la
buscaba. Intentaba evitar, siempre…
Bueno… Intentaba evitar, casi siempre, el tener una confrontación directa con él. A veces, muy pocas
veces, lo lograba. Se mordía la lengua y se quedaba en silencio. Pero no siempre podía hacerlo y cuando
perdía la paciencia, lo que venía siendo la mayoría de las veces, lo mandaba bien lejos.
A la mierda específicamente.
Y ella sabía que en esos momentos era ella la que perdía. Porque él parecía sentirse satisfecho con sus
discusiones. Y como el capullo integral que era, la provocaba más y más hasta hacerla explotar.
Eso sí, la diferencia entre ellos dos era que ella jamás levantaba la voz. Pero su lengua podía ser más
hiriente que la de él.
Jimena siempre se prometía que la próxima vez lo ignoraría, pero no siempre era sencillo hacerlo.
Esa vez sí lo cumplió, esa vez sí lo ignoró. Pasó por su lado y caminó hasta su despacho, desoyendo,
también, la advertencia en la voz de Eloy.
―Jimena…
Saludó con una sonrisa y con un movimiento de cabeza a cada uno de los compañeros a los que se
encontró. Llegó hasta su secretaria y le guiñó un ojo. Esta negó con la cabeza, diciéndole, sin palabras,
que la regañina no sería pequeña, a juzgar por el cabreo que tenía el jefe.
Nada que ella no supiera, estaba acostumbrada a ello. Como lo estaban a sus rifirrafes todos y cada uno
de los empleados de ese bufete. Así que aquello no los cogió por sorpresa, era bastante típico que se
tirasen los trastos a la cabeza.
Jimena abrió la puerta de su despacho y le di un manotazo para cerrarla. El gruñido que escuchó le hizo
saber que no había logrado deshacerse de él.
Tras colgar el bolso y la chaqueta en el perchero, dejó los documentos que llevaba en la mano sobre el
escritorio y, cruzándose de brazos, lo encaró. Era hora de darle una explicación y terminar con aquel
encontronazo.
―Así es. Sí. Y no ―respondió con tranquilidad a las tres preguntas que él había hecho a la vez que
enumeraba con los dedos de una mano.
Tranquilidad que, como bien imaginaba, solo iba a sacarlo más de sus casillas. Lo conocía, quizás, un poco
más de lo que debería. Y sabía dónde tocar y cómo para hacerlo perder el control.
Tampoco es que le resultase difícil teniendo en cuenta que todo lo que tenía que ver con ella, lo cabreaba.
Eloy se pasó las dos manos por el pelo, dejándoselo hecho un desastre. Más de lo que normalmente lo
tenía. A Jimena no le pasó por alto que no solo lucía enfadado, sino también cansado.
―No estoy para gilipolleces, Jimena ―gruñó―. Prepara todo y que declare en la próxima vista.
Jimena separó los brazos, retiró la silla del escritorio y se sentó. Levantó la cabeza y lo miró a los ojos.
―¿Perdón? ―su voz sonó extremadamente baja. Y aguda. Se estaba preparando para el siguiente grito.
―Que no va a declarar.
Jimena pudo ver, en ese momento, cómo su jefe echaba humo por la cabeza.
Literalmente.
―¡Y un cuerno no va a hacerlo! ―estalló― ¡Te saco del jodido caso si es necesario!
No era una advertencia vacía. Podía hacerlo, para algo era el jefe. Él decidía qué abogado se hacía cargo
de cada caso y tenía la autoridad suficiente para cambiarlo en cualquier momento.
Eloy rio con ironía al escuchar la excesiva seguridad con la que lo dijo. Jimena sonó pedante, entre otras
cosas.
―¿Eso crees? ¿Te crees indispensable en el bufete, Jimena? ¿Crees que porque vayas a formar parte de la
familia ya tienes asegurado un lugar aquí? ¿Es eso?
Para nada. No se trataba de eso. Nunca se había tratado de eso. Y pensó que él lo sabía.
Pero, al parecer, se equivocaba. Y le dolía saber que realmente él pudiera pensar así de ella. Que esos
comentarios que solía decir a veces fuesen mucho más que estupideces que se decían cuando uno estaba
en caliente.
Ella jamás usaría su vida personal para sacar beneficio en su trabajo. Joder, ella no estaba en ese bufete
por ser la pareja del hermano del jefe.
Ella levantó la cabeza un poco, sin demostrarle que también se sentía como él.
Al ver que no se movía, Jimena agitó la mano, insistiendo en que cogiera lo que había en ella. Él seguía
allí, de pie, imponente. Enojado. Y, en ese momento, también ¿desconcertado? ¿Curioso?
El hombre de metro ochenta y cinco que había frente a ella se acercó y a Jimena le dio la sensación de que
el despacho había encogido, parecía que se había hecho más pequeño.
Eloy alargó la mano y cogió lo que le ofrecía. Frunció el ceño mientras leía las primeras líneas de los
documentos.
―¿Pero qué…?
Vio la sorpresa en la mirada de Eloy, la ira había desaparecido de esos preciosos ojos color avellana. Con
tranquilidad, se sentó frente a ella, cruzó sus largas piernas, una sobre la otra, acomodándose en la silla y
continuó leyendo. Y eso sí era raro. Verlo así, tan cerca de ella y, a la vez, tan relajado. Sin gritos de por
medio. Sin miradas glaciales o asesinas dirigidas a ella.
Casi nunca.
Bueno, no lo estaba. Lo era. Nadie podía negar eso. Y Jimena tampoco. Al contrario, siempre lo había
dicho.
Lo imbécil no quita lo atractivo, la voz de su cabeza repitió lo que Jimena solía decir.
Era guapo, pero en ese momento, tan calmado y curioso, se lo pareció mucho más.
Eloy tenía rasgos duros y marcados, no era un hombre de apariencia aniñada ni dulce. Era muy masculino
y sus facciones también. Su nariz perfilada, sus labios llenos que siempre formaban una mueca tensa,
seguramente porque siempre apretaba los dientes y se le marcaba más la mandíbula. Lo único que
dulcificaba un poco ese perfecto rostro era ese pelo negro indomable que tenía. Ya se echara tres kilos de
gomina, su pelo iba por libre.
Lo vas a desgastar como sigas mirándolo tanto, corazón…, dijo la voz de su cabeza, terminando con el
bochornoso momento.
«Joder, qué exagerada. Tampoco es para tanto. Solo me llama la atención descubrir cuán diferente es a su
hermano».
«Bueno, los dos se parecen bastante, pero…», dejó el pensamiento ahí parado.
No tenía que comparar a nadie, mucho menos si uno de los involucrados era su pareja.
Este tiene más pinta de empotrador, ¿eh? Y cómo debe de empotrar el jodío.
Azorada por la vergüenza que le había causado el comentario de la voz de su cabeza, Jimena carraspeó y
desvió la mirada en el mismo momento en que él posaba la suya en ella.
―¿Cómo lo conseguiste? ―dejó el portafolio con los documentos sobre el escritorio y Jimena, cuando dejó
de sentir que sus mejillas quemaban, volvió a mirarlo a los ojos.
Eloy la miró fijamente. Seriamente. Y, para sorpresa de Jimena, una pícara media sonrisa se dibujó en los
labios de él.
―Eso parece…
El momento no duró mucho, pero sí lo suficiente como para hacerlos sentir incómodos a los dos. No
estaban cómodos si no era peleando, lo cual no fue muy agradable de descubrir para ninguno de ellos.
―¿Estás segura de que declarará? ―su voz volvía a sonar como siempre, volvía a ser la voz de un jefe
tocapelotas.
―Ganaremos ese caso ―le dijo con seguridad. Sabía que así sería―. Si es que sigo en él, claro… ―la
tocapelotas número uno era cuando quería.
―Bien… ―fue lo único que él dijo. Se levantó y se acercó a la puerta―. ¿Por qué no me lo dijiste?
Sabía a qué se refería. Era el jefe, tenía que estar enterado de todo antes que nadie. Ella había pedido un
receso y había cambiado todos los planes que tenían para ese juicio sin consultarle.
En cualquier otro momento, Jimena le habría soltado una de sus borderías. Pero en ese no, en ese le dijo
la verdad.
Podían llevarse mal, su relación podía ser lo peor, pero igual que ella lo admiraba y confiaba en él,
siempre había pensado que él creía en ella como abogada.
Y que confiaba en ella. Si no como persona por la aversión que sentía hacia ella, al menos como abogada
pensó que sí.
Eloy se había quedado con el picaporte de la puerta en la mano, la puerta abierta a medio camino.
―Pensé que sabías cuánto amo mi trabajo. Y que nunca haría nada que pudiera perjudicar a la firma ―se
quedó un momento en silencio, dudando de si decir lo siguiente. Al final lo hizo―. Ni a la gente que me
importa.
Jimena suspiró al verlo marcharse. Maldito imbécil. Sabía que tenía mal concepto de ella, pero no pensaba
que llegase a esos niveles.
Abrió el segundo cajón de su escritorio y sacó un sobre que tenía escrita la palabra “Renuncia”.
Lo había escrito al poco tiempo de llegar a la empresa, cuando descubrió la actitud de su jefe para con
ella. No llegó a usarlo, decidió que no podía ni quería terminar, aún, con su sueño.
Se quedaría allí, aunque se llevasen a matar. Porque quería ser la mejor en su trabajo y, para eso,
necesitaba aprender del mejor. Así que si él quería deshacerse de ella, tendría que despedirla.
Capítulo 3
Eloy se quedó parado y se giró para mirar a la secretaria que compartía con su hermano y con Jimena.
―Bien…
Con todo el descaro, la mujer de unos cincuenta años que vestía canas y la ropa más chillona del mundo,
miró el reloj que llevaba en su muñeca.
―Pues teniendo en cuenta que su horario laboral terminó hace como una hora, ¿dónde cree usted que
pueda estar? ¿Quizás haciendo su vida? ―Eloy enarcó las cejas, ella continuó― Lo que debería estar
haciendo yo si no tuviera un jefe inconsciente que me manda hacer cosas a última hora.
El jefe inconsciente era él. Eloy estaba seguro de que había usado ese calificativo por no usar uno peor.
Pero que seguro lo describiría mejor.
Era tarde y hasta él, desde antes de poner un pie en la oficina esa mañana, estaba pensando en
marcharse. Y los minutos pasaban y no veía la hora de irse. Pero le tocó terminar algo y ahí estaba aún.
―¿Lo tienes?
Su secretaria, quien ya se había levantado de la silla y se había colgado el bolso, se acercó a él y le dio con
el portafolios en el pecho.
―Las patatas guisadas me las voy a comer hechas puré. Gracias a usted no tendré que preocuparme de
que la dentadura postiza se me parta por comerme algo más duro de lo que podría soportar.
Y se marchó, dejando a Eloy con las cejas llegándole al nacimiento del pelo.
Su secretaria no era así cuando la contrató. Era una mujer dulce y educada. ¿Cómo había llegado a
convertirse en aquello?
Eloy miró al despacho de Jimena, se acercó a él y entró. Tendría que buscar el documento él mismo.
Lo encontró y no tardó en hacerlo porque, para su fortuna, Jimena era bastante ordenada con sus cosas y
era fácil rebuscar entre ellas. Pero, lo que también encontró fue algo que no debería de haber visto.
En ese momento podían servirle el peor whisky del mundo que él se lo tomaría igual. Hasta vino del que
se usa para cocinar se bebería si eso era lo que le ponían por delante.
Le hizo señas al camarero al sentarse en la barra del pub para que le sirviese lo de siempre.
―¿Te ha rechazado?
―¿Y qué haces aquí entonces? ¿Quieres aparecer en tu pedida oliendo a alcohol?
―Ya veo… ¿Te lo estás pensando? ¿Es eso? ―no quería sonar esperanzado, así que hizo un esfuerzo para
evitarlo.
«Ojalá», pensó.
¡¿En serio?!
―En el… ―Eloy resopló― He estado equivocado todo este tiempo, no te crie bien.
¿Cómo demonios iban a verse una vez allí? Joder, que iba a ser una noche especial, iba a pedirle
matrimonio. ¿Y quedaban para verse en el restaurante?
Increíble.
―Vamos, ya que tú no piensas, todavía mantengo la esperanza de que ella lo haga y que, por imbécil, te
diga que no. Mira que quedar en el restaurante la noche de tu pedida… Madre de Dios.
Cristian rio.
―Insistí, pero ella se negó. Tenía cosas que hacer y le venía mejor vernos allí.
No se trataba de eso. No tenía nada que ver. Era que joder, ¿no le iba a pedir matrimonio? Incluso si no,
¿quedar en el restaurante? Si no había más remedio, vale. Pero teniendo tiempo… A Eloy le resultaba todo
eso frío.
Si fuera él quien se fuese a declarar a la mujer que amaba, iría a por ella. La buscaría. Esperaría por ella
lo que hiciera falta. Llegarían al restaurante juntos, cogidos bien fuerte de la mano y no la soltaría. Y eso
no era ser más o menos antiguo, sino que él lo sentía así.
Si fuera él, ya estaría con ella.
«¡¿Pero qué Jimena ni qué ocho cuartos?! ¡¿Qué demonios estás pensando, Eloy?!», se preguntó a sí
mismo.
«Nada, no estaba pensando nada. Me he metido demasiado en la historia, solo es eso…», se justificó.
Eloy gruñó y refunfuñó algo ininteligible. Le dio un largo trago a la bebida, apenas dejó nada en el vaso.
«No la dejes ir sola. No le pidas matrimonio esta noche. Ni nunca. No…», rogó en su mente.
Cristian se giró en el taburete y miró a su hermano. Los botones de arriba de la camisa desabrochados, el
pelo hecho un desastre. Su cara…
Eloy terminó el líquido de su bebida, dejó el vaso entre sus manos y, con la mirada perdida al frente,
suspiró.
―No ―era sincero―. Pero creo que necesitáis cosas diferentes. Sois mejores amigos, pero eso no es
suficiente para un matrimonio.
Lo veía cada día, derrochaban pasión por los poros los dos.
Nótese la ironía.
Jimena era más apasionada cuando peleaba con él que cuando estaba con Cristian. En esos momentos no
parecía la misma. Tan comedida, tan…
Tan…
Joder, esa no era la Jimena que él veía cuando estaba en un juicio, defendiendo a capa y espada a su
cliente. Esa no era la Jimena que él veía echando fuego por los ojos cuando lo miraba a él.
Esa Jimena, la que él sabía que había bajo esa fachada que mostraba, no era la mujer desapasionada,
indiferente y fría que solía ver en su relación con su hermano.
Jimena era fuego y odiaba que, ella misma, insistiese en mantenerlo apagado.
Cristian ni caso le había hecho al comentario porque le había sonado un mensaje en el móvil. Desbloqueó
la pantalla y miró. Y, en ese momento, se parecía mucho a su hermano. La mandíbula apretada, a punto de
romperse los dientes.
―¿Malas noticias? ―preguntó este, a quien no le había pasado desapercibido el cambio de humor en él.
―¿Crees que papá y mamá estarían orgullosos de nosotros si nos vieran en este momento?
Joder, vaya cambio. Eso sí era dejar una conversación de lado y comenzar otra que no tenía nada que ver.
Pero es que Cristian también conocía bien a su hermano y sabía cómo evadir un tema. Y esa era una
manera perfecta de hacerlo.
―Dejando de lado la gran metedura de pata de tu vida… ―sonrió al ver a su hermano menor poner los
ojos en blanco― Estarían orgullosos de ti, te has convertido en un gran hombre.
―Y de ti ―aseguró su hermano.
―Oh, no lo dudes. Todo esto ―señaló a Cristian―, es obra mía. Aun cuando yo me convirtiera en una
decepción, mi obra me salvaría.
―En la parte del desastre ―afirmó Eloy, haciendo reír a su hermano otra vez.
Al fin y al cabo, sonando mejor o peor, de eso se trataba, ¿no? De pasar un buen rato juntos aunque fuese
riéndose por tonterías.
Eloy no era un humorista experto, pero, a su manera, sabía sacarle alguna que otra sonrisa a su hermano
y eso, para él, después de todo lo que habían vivido, era muy importante.
Eloy asintió, una vez más, con la cabeza y pidió que le rellenasen el vaso.
Siempre estarían con ellos, siempre en sus recuerdos, en sus mentes, en sus corazones.
―Me gustaría que me acompañaran hoy. También me gustaría que me acompañaras tú.
Eloy negó rápidamente con la cabeza y se bebió el contenido del vaso de una.
―Es algo vuestro, ¿qué demonios pintaría yo ahí? ¿De aguantavelas? Además, como aparezca por allí y me
vea, ten por seguro que te dice que no al darse cuenta de que estará emparentada conmigo para toda la
vida. Seguramente ni cuenta se ha dado aún de lo que conlleva estar contigo, de ser así, habría huido
lejos.
«Debería», pensó, pero no lo dijo. Y un escalofrío le recorrió el cuerpo al tener ese pensamiento.
Porque a veces sentía que las emociones se le desbordaban. Sobre todo con Jimena, con ella le ocurría
eso. Era como si con ella todo fuese más intenso.
En ese momento, una rubia despampanante se sentó en el taburete de al lado y lo miró de esa manera.
― Además, yo tengo otros planes mejores ―le guiñó un ojo a su hermano, evitando responder a la
incómoda pregunta…
Después de mirar a la rubia y de mirar a Eloy, Cristian, riendo, se levantó del taburete. Ese era Eloy, el
ligón de turno. El picaflor de la familia. Nunca repetía con ninguna y siempre tenía a quien le calentara la
cama.
―Disfruta la noche ―le dijo a su hermano mayor, le dio una palmadita en el hombro y un apretón― Y no
bebas mucho.
Cristian lo miró, pero su hermano no lo miraba a él, sino al frente, al vaso que tenía en las manos. Le
siguió dando la espalda mientras le decía:
―Sé feliz.
Con una enorme sonrisa y tras otro apretón en el hombro, Cristian se marchó y dejó a su hermano allí,
con planes de una noche inolvidable con una guapísima mujer.
Eso era lo que imaginaba, porque eso era lo que Eloy había dado a entender.
Eloy no lo pensó y observó a la mujer que se había sentado a su lado. De verdad era guapísima, con unos
impresionantes ojos color miel y unos labios llenos que quedarían perfectos alrededor de su polla.
¿O no?
«¡Joder!»
Dejó sus pensamientos a un lado y volvió a centrarse en la mujer que tenía al lado; volvió a mirar al vaso
que tenía entre las manos.
―No ―respondió.
El asombro en el rostro de la mujer fue evidente, se levantó, enfadada y tras usar algún que otro
calificativo fuerte, se marchó.
Eloy ni se inmutó. Por él se podía ir a la Conchinchina que le daba exactamente igual. Ella y cualquiera.
A diferencia de lo que podían pensar los demás, hacía tiempo que no estaba interesado en un simple
polvo, hacía más tiempo del que se imaginaba desde que la única compañía que tenía en la cama era él
mismo. Y su mano.
No supo qué lo desencadenó. Simplemente, un día dijo «No más» y comenzó a llegar a casa solo. Noche
tras noche.
Y pesaba, ¿eh? La soledad lo hacía. Pero eso era lo que elegía en ese momento. Estar solo.
Se tomaría esa copa solo, todas las que le siguieran detrás igual. Se iría a casa solo, dormiría y se
despertaría solo. Porque no había nadie con la que quisiera…
Pero la calló, paró ese pensamiento, siempre lo hacía. No era algo a lo que pudiera darle voz porque
hacerlo, sería reconocerlo. Y de ser así, se volvería completamente loco. Además de convertirse en el peor
hombre del mundo si le hacía daño a la persona que más le importaba y no…
Eso jamás.
Capítulo 4
Jimena maldijo. Joder, iba a llegar tarde y aún tenía que maquillarse.
Entre hacer la compra y alguna que otra tarea más, se le había ido la tarde en nada. Y ahí estaba, que la
cogía el toro.
Se lavó la cara y se quitó los restos de maquillaje que llevaba desde esa mañana. Un poco de color en los
labios, otro poco en las pestañas… Un arreglillo por allí y otro por allá y al carajo.
¿El pelo? No estaba mal, se lo había dejado suelto y los tirabuzones mantenían el tipo. Así que olvidando
que ya empezaba a salirle alguna que otra cana y que su precioso pelo rojizo pronto sería bicolor…
Se movió un poco, un poco para el otro lado y frunció el ceño. ¿Se había pasado un poco con el escote?
Cuando se lo probó en la tienda no le quedaba tan… Tan…
«Si es que tenía que haber cogido uno menos ajustado. Que parezco un chorizo aquí metida», pensó.
Otra mueca…
Puso las manos sobre sus pechos y se los recolocó con un par de movimientos.
Por qué demonios había tenido que nacer con tanto pecho era algo que ella no entendía. No es que se
quejara de su cuerpo, hacía mucho que había aprendido a aceptarse como era, aprendió a quererse tal
cual. Al fin y al cabo, ese cuerpo la acompañaría toda su vida y complejos iba a tener siempre.
Pero joder, un poquito menos de volumen no le habría venido mal. ¿Una talla menos, quizás? Y que esa
tallita se le uniese al culo, ya que estamos, a ver si se le redondeaba un poquito. O un poco más de altura,
total, por pedir… ¿Metro setenta en vez de metro sesenta y cinco? No pedía tanto, ¿no?
Pues iba a ser que no. Eso era lo que había. Porque ella no estaba dispuesta a pasar por el quirófano.
Olvidándose de todo y concentrándose de nuevo en su presente, cogió la chaqueta, el bolso y salió a toda
prisa del pequeño departamento donde vivía.
La familia de Jimena vivía en un pueblo a las afueras de la ciudad. No estaban demasiado lejos, pero era
una paliza ir y venir el mismo día. Así que solía ir a verlos muchos fines de semana.
Los demás días vivía sola en un pequeño departamento que había alquilado cuando firmó el contrato con
De la Vega Abogados. No estaba en la mejor zona de la ciudad, pero tampoco era un mal barrio.
Caminaba tranquila por sus calles. Lo cual era (y es) de lo más importante para una mujer.
Siempre con precaución, por supuesto. Porque una siempre tiene que andar con mil ojos, muchos de ellos
en la nuca.
Por desgracia.
Cerró la puerta de su casa con llaves, bajó corriendo los tres pisos y no se metió una hostia con esos
tacones que llevaba de milagro; continuó corriendo hasta llegar a la calle principal. Levantó la mano
cuando vio a un taxi pasar y se subió rápidamente en él.
Odiaba llegar tarde, no había nada en ese mundo que la pusiera más nerviosa que eso.
Jimena gimió. ¿Por qué demonios tenía que acordarse de él en un momento así? Joder, ella era feliz
mientras él no estuviera dando por culo en su mente.
O jodiendo su vida.
Jimena se puso del color de la grana al darse cuenta de que lo había dicho en voz alta. ¡Su lengua siempre
dándole problemas por culpa de ese energúmeno!
―No, no. No es a usted ―azorada, avergonzada, roja como un tomate. Jimena hacía aspavientos con las
manos―. Solo pensaba en voz alta.
Jimena no podía decir si el taxista la había creído o no. El hombre la miraba por el retrovisor de muy mala
manera y casi derrapó cuando volvió a ponerse en marcha después de dejarla en su destino.
Ni las gracias por la propina ni las buenas noches le había dado. Madre mía, si ella le había explicado que
no tenía nada que ver con él.
Resopló.
Entró en el restaurante y dio su nombre. Un camarero la acercó hasta la mesa donde ya la esperaba
Cristian. Se levantó y se acercó a ella.
Sin perder la sonrisa, Jimena dejó que le diera el típico beso en la mejilla que solía darle.
No es que ella esperase nada más efusivo nunca, para nada… Eso de los abrazos o los besos apasionados
estaban sobrevalorados. Además, eso delante de la gente era de mal gusto.
¿Verdad?
No, querida lectora. No tienes que contestar, me imagino lo que piensas. Yo también me guardaré mi
opinión, ya que estamos. Y hasta la voz de su cabeza…
Joder, tío. Un morreo o algo, ¿no? De esos en los que ella se quedaría sin aliento, apretando las piernas
con fuerza y deseando despelotarte aquí mismo.
Ignorando a la dichosa vocecita, Jimena se sentó frente a él mientras él sujetaba la silla. Tan educado…
Tan formal…
Tan Cristian.
―Tú también estás muy guapo ―era verdad, ese traje azul marino le sentaba de maravilla. Cristian,
siempre, tan elegante.
Cristian era un hombre guapísimo, muy parecido en todo a su hermano, y también con un cuerpo para
dejar volar la imaginación. Tenía una espalda de hacer largos y largos en la piscina que madre de Dios.
Pero lo que más gustaba de él, lo que de verdad lo diferenciaba de Eloy además de tener el pelo un poco
más claro, era su forma de ser. Cristian era la imagen de la perfección: educado, sereno, tranquilo…
Cariñoso a su manera, algo de lo que Jimena no se quejaba porque ella era igual.
Y en la cama…
Se entendían bien.
Oh, vamos, si sois de los más sosos los dos. ¿Para cuándo un empotramiento de los buenos? Ya sabes, de
esos donde él te coge en peso, deja que tu espalda toque la pared y empieza toma, toma, toma?, la voz
gimió. Ya sabes, ahí, que te tiemblen las piernas. Señor, quiero uno así.
La ignoró, Jimena no le hizo ni caso a la jodida voz que, más que la suya, parecía ser la de un tocapelotas.
¡Siempre jodiendo!
Pero Jimena no necesitaba eso, la pasión excesiva. Con Cristian su vida era dulce y tranquila. Con él se
sentía comprendida, escuchada, valorada, respetada y querida. Con él tenía un proyecto de vida en
pareja. Y le gustaba.
Lo quería. Y esperaba poder lucir pronto el anillo que los uniría de esa manera.
Así que dejó a un lado todos sus pensamientos y se centró, únicamente, en él. En esa persona que, desde
que estaban juntos, intentaba, de todas las maneras posibles, hacerla sentir bien.
―Estás especialmente preciosa ―Cristian la halagó de nuevo cuando el camarero al que le había pedido
una botella de vino, los sirvió y se marchó.
Jimena gimió.
Ella se encogió de hombros, abrió la carta y miró qué pedir. Él hizo lo mismo.
―Metí la pata, pero no fue adrede. Las cosas sucedieron así y ni tiempo tuve a llamarlo. Pero ya sabes lo
dramas que es.
―¿Fue muy duro contigo? ―él estaba, en ese momento, fuera de la oficina.
Lo preguntó con calma, conocía bien a Eloy. Podía ser desagradable, pero sabía que nunca le haría daño a
Jimena. Por más que vendiese la idea de que la odiaba, Cristian sabía que, en el fondo, eso no era así.
Porque lo había visto pendiente a ella, sabía que se preocupaba por Jimena y que, como abogada, la
admiraba. Pero se empeñaba en mostrar esa imagen y él no terminaba de entender por qué.
Así era Eloy, tampoco tenía por qué haber una razón para ello.
―No lo he probado, pero seguro que sí ―le hizo señas al camarero―. Hongos con nueces para dos ―pidió
como entrante― y dos de pulpos a la miel, por favor.
El camarero cogió las cartas del menú que le entregaron y se marchó con el pedido ya anotado.
―Vaya por Dios, yo que esperaba que le durase toda la noche y que no lo dejase ni dormir ―Cristian
enarcó las cejas―. Al cabreo me refiero.
Tras beber un poco de vino, Jimena asintió con la cabeza. Y comenzó a hablar de la estrategia que tenía
para ganar ese caso.
No podía hablar de sus clientes con casi nadie y si su pareja fuese otra persona diferente a Cristian, no
podría contarle absolutamente nada. Pero a él sí, lo cual suponía un alivio para ella porque muchas veces
la ayudaba a ver lo que no veía. Además de ayudarla a muchas otras cosas.
Metida de lleno en un tema que le gustaba y con el que se sentía cómoda, Jimena no podía dejar de hablar.
Y Cristian tampoco.
Asintiendo con la cabeza, Cristian cogió el móvil cuando sonó la llegada de un mensaje. Al ver el cambio
en su rostro, Jimena frunció el ceño, preocupada.
―¿Pasa algo? ―preguntó Jimena al verlo serio― ¿Cristian? ―insistió ella al ver que él tardó unos
segundos largos en responder.
Cristian la miró y Jimena se asustó al verlo tan blanco, había perdido todo el color.
Pero Cristian negó con la cabeza, más que como para decir que no, parecía que lo hiciera para deshacerse
de algún pensamiento.
Para rica una buena hamburguesa con queso… Qué hambre, por Dios, gimió la voz de su cabeza.
Jimena la ignoró. Como ignoró el hambre que sentía. Porque a ella esos platos no la llenaban en absoluto,
pero ya comería al llegar a casa.
Paseaba, junto a Cristian, por la orilla del río, el broche final para una bonita noche.
Pero qué bonita, almacántaro. Si ha sido de lo más aburrida del mundo. ¡Que os habéis pasado la velada
hablando de trabajo! Cuando no era de trabajo, era del tocapelotas del jefe buenorro. Válgame el señor,
vaya futuro que tenéis por delante, la voz no parecía querer callarse.
Tampoco olvidaría el maldito momento en el que decidió ponerse ese par de zapatos de tacón sabiendo
que no los soportaría y que le dolerían los pies.
Le dolerían con esos y con cualquiera, ella no soportaba casi ningún tipo de tacón. Era más feliz y andaba
más cómoda sin ellos. Pero con ese vestido no iba a ponerse unas deportivas, ¿verdad?
―¿Cansada? ―le preguntó Cristian al ver cómo se sentaba en un pequeño banquito a la orilla del río.
―Los tacones me están matando ―gimió y se descalzó. Suspiró de alivio cuando sus pies tocaron el suelo.
Cristian sonrió.
―Conmigo no tienes que hacerlo ―dijo serio―. Conmigo no tienes que ser quien no eres.
Jimena lo observó. Él miraba al frente. Quizás no miraba nada. quizás, solo tenía la mirada perdida.
Estaba raro desde que leyó ese mensaje en la cena. Desde ese momento, Cristian cambió. Intentaba
bromear, intentaba ser el de siempre, pero ella lo conocía bien y podía ver que estaba forzándolo todo.
―Entonces sabes que puedes confiar en mí, ¿verdad? ―él asintió con la cabeza, ella sonrió― Sabes que
no te presionaré nunca sobre nada. Sabes que estaré aquí para escucharte cuando quieras.
Él movió su cuerpo también un poco, quedando frente a ella. Tras un enorme suspiro, cogió una mano de
Jimena con la suya y se quedó allí unos segundos, observando las dos manos entrelazadas.
Cristian lucía ¿derrotado? Sin la chaqueta puesta, con la corbata un poco floja y el primer botón de la
camisa desabrochado, lucía así, agotado.
―Te quiero, Jimena ―dijo con la voz ronca, pero sin mirarla a los ojos.
Jimena, lejos de sonreír al escuchar las palabras de Cristian, por el tono de voz que él había usado, supo
que después de esas palabras vendría un “pero”.
Pero él no dijo nada más. Solo se quedó así, mirando sus manos.
Ella le dio un apretón, colocó su otra mano encima de la de ambos y apretó de nuevo.
Pero no le digas eso cuando te va a mandar al carajo. ¿O es que no lo ves?, la voz se desquiciaba.
Él levantó la mirada, tenía lágrimas en los ojos y, en la otra mano, una cajita de color azul.
Jimena sabía qué era eso, estaba casi segura de que ahí estaba el anillo que formalizaría su relación. Pero
también supo, al volver a mirarlo a los ojos, que ese anillo no sería de ella.
Conocía a Cristian bien, demasiado bien. Era su mejor amigo. Y esa mirada de desolación no era la que le
mostraría el hombre que quería casarse con ella.
Jimena tragó saliva, nerviosa. No tenía ni idea de lo que iba a escuchar, pero sabía que no sería nada
bueno.
―¿Sobre qué?
―Sobre mis sentimientos por ti ―a Jimena se le encogió el corazón―. Te quiero ―le dijo mirándola a los
ojos―, pero no de la manera que se necesita para compartir la vida con alguien.
―No entiendo…
―Jimena ―suspiró él―. No soy el hombre que crees que soy ―miró la caja que tenía en la mano―. No
puedo ser quien te entregue este anillo.
Ni Jimena, a juzgar por cómo había abierto los ojos de par en par y había perdido el color
Y es que él lo soltó así, sin ni siquiera pensar cómo hacerlo. Sin sutilezas. Sin preparar el terreno. Y
Jimena sintió como si le hubiesen clavado el puño en el estómago. No había sentido un dolor así en su
vida. Claro que nunca antes la habían dejado, siempre había sido ella quien había terminado sus
relaciones.
Aunque así hubiese sido, aunque la hubiesen abandonado antes, ese tipo de razón no era una a la que
alguien se acostumbrase, así que, seguramente, siempre que se escuchara, dolería igual.
―¿Quién…? ―pero ni siquiera le salían las palabras―. ¿De qué estás hablando, Cristian?
Y por cómo la miró, ella supo que lo que iba a decirle la iba a sorprender. Pero nunca imaginó que tanto.
Capítulo 5
Sentada en un columpio, Jimena se balanceaba tranquilamente. Con sus pies descalzos cogía impulso. No
le importaba llenarse de arena, mejor eso a las ampollas por culpa de los tacones.
Los recuerdos de la confesión de Cristian se repetían en su mente una y otra vez. Puso los pies en el suelo
para parar el movimiento del columpio y, con rabia, se limpió las lágrimas que le caían por las mejillas.
Un poco sí, confirmó la voz de su cabeza, que no se había callado desde que escuchó la confesión de su ex.
Porque ya era eso, un ex.
¿Quién iba a decirlo? Ella no, desde luego. Si le hubiesen preguntado si creía algo así posible, se habría
reído de quien fuera por tener tanta imaginación.
¿Cristian no teniendo otro día para elegir ser sincero que el jodido día en el que pensaba colocarle el
anillo en el dedo? ¿Y para qué se lo había enseñado, ya que estamos?
Y, lo peor de todo era que no podía estar enfadada con él. En parte, lo entendía e imaginaba que lo habría
pasado mal. Pero joder, eso no quitaba que ella se sintiese horrible.
Tardó un poco en salir de sus pensamientos y en darse cuenta de que la melodía que sonaba era la de su
móvil. Con el ceño fruncido por la hora que era (no sabía exactamente cuál, pero sabía que era tarde y a
saber el tiempo que llevaba allí sentada). Sacó rápidamente el móvil de su bolso.
Jimena refunfuñó al ver el nombre de su jefe en la pantalla. ¿Qué quería? ¿Tocarle más los ovarios?
No…
Él ya lo sabía, seguro. Él sabía lo que iba a pasar. Cómo no hacerlo, si su hermano se lo contaba todo.
Teniendo esto en cuenta, ¿desde cuándo lo sabía el hijo de mala madre y no se lo había contado? Y, aun
así, se había divertido viéndola hacer el tonto, ¡seguro!
Capullo.
En ese momento, de lo que menos ganas tenía Jimena era de soportar sus gilipolleces, su mofa y sus
palabras hirientes, porque de esas seguro que habría.
―¡¿Qué?! ―gritó nada más aceptar la llamada que se dijo a sí misma que no iba a aceptar.
Jimena frunció el ceño. Miró la pantalla para comprobar el nombre y sí, era su jefe. Volvió a ponerse el
móvil en la oreja.
Porque ese no era el energúmeno tocapelotas de Eloy. Así que, ¿quién tenía su móvil?
―Mi nombre es Ángel, trabajo en un pub llamado Heaven. Hay aquí un señor que ha bebido más de la
cuenta. Tenía el móvil encendido y se ha medio desmayado encima de la barra mientras miraba la
pantalla. Así que me he tomado la libertad de llamar al último número con el que habló que ponía
Cristian, pero no lo coge nadie. Y este ha sido el penúltimo número con el que habló y…
«Espera, ¡¿qué?!»
¿En serio? No se lo podía creer. ¿Eloy borracho en algún lugar? Que ella supiera, eso no había pasado
antes, ¿no?
―¿Está borracho?
Ah…
Lo que le faltaba a ella, como si no tuviera bastante con su mísera existencia, ahora eso.
―Verá… Yo no quiero que haga nada. Yo solo le comento la situación por si usted lo conoce o puede
localizar a alguien que pueda venir a por él antes de que llame a la policía. Porque tengo que cerrar, no sé
si me entiende. Pero si no…
Asintió con la cabeza mientras el chico le daba la dirección y colgó. Se dejó caer de nuevo en el columpio,
la cabeza caída hacia adelante.
Lo vio nada más entrar en el local. No había más gente allí además del camarero, así que no fue muy
difícil encontrarlo.
«¿Quién va a estar bebiendo a esta hora? Si un poco más y amanece», refunfuñó para sí misma.
Eloy estaba en la barra, con los brazos sobre ella, la cabeza sobre estos.
Jimena se giró para marcharse, preguntándose qué hacía allí, pero volvió a girar sobre sus talones.
«Maldito sentido de la humanidad, de la integridad o de todas las sandeces que sean», gruñó en su mente.
Había llamado a Cristian cuando colgó la llamada del camarero del pub, pero tenía el móvil apagado. Lo
había intentado un par de veces más en el camino, pero nada. Seguía igual.
Increíble, al menos podía tener la decencia de dejarlo encendido por si ella quería llamarlo e insultarlo,
¿no?
A saber… Pero ahí estaba, rescatando a la persona más odiosa del mundo en un día tan horrible para ella
como aquel.
Dudó de nuevo, pero terminó acercándose a Eloy. Despacio, porque los tacones la estaban matando.
―Oh. ¿Es usted con quién hablé? ―Jimena asintió con la cabeza. El chico pareció ver el cielo abierto.
Normal, Eloy era el único cliente y el pobre chaval querría irse a casa ya― ¿Es su novia?
Jimena miró al ser inerte que tenía delante de ella y negó con la cabeza.
―Ah ―el chico pestañeó varias veces―. Pensé que era… ―la miró detenidamente― Por lo de la foto…
―Nada ―dijo rápidamente, haciendo aspavientos con las manos―. Olvídelo. ¿Se hará cargo de él?
Pero Eloy no se movía. Eloy seguía con la cabeza enterrada entre sus brazos y durmiendo la cogorza.
Vaya panorama…
Con las manos, movió su cabeza y, lentamente, muy lentamente, le quitó el pelo de la cara. Sintió algo
extraño al verlo, seguramente eran las ganas que tenía de guantearlo y de cantarle las cuarenta.
―Podemos montarlo allí entre los dos, no creo que usted sola pueda moverlo. No parece colaborar.
El chico le pidió un momento para terminar de dejar todo listo. Mientras tanto, ella se sentó en el taburete
de al lado y, agotada como estaba, apoyó sus brazos y se quedó así, mirando a la persona que tenía
enfrente.
Eloy, poco a poco, abrió los ojos y Jimena se sentó de golpe. Pero al ver que él no decía nada, se movió
hacia adelante hasta verle los ojos. Él los tenía abiertos y miraba a la nada. Hasta que sus ojos se posaron
en ella.
―Jimena ―susurró, reconociéndola. Ella se sobresaltó, pero no dijo nada―. ¿Estoy soñando? ―preguntó
él.
Jimena resopló.
Eloy rio.
―Ya, me imagino… ¿Por qué, si no, te vería? O estoy borracho o es una pesadilla.
―A mí también me gustaría que lo fuera, pero nos tocará jodernos ―suspiró ella.
Pesadilla fue llevarlo hasta el taxi, toda una odisea. Menos mal que, aunque poco, él colaboraba. Jimena
entró en el taxi después de él y gimió al quitarse los zapatos.
Apoyó la cabeza en el reposacabezas y suspiró de alivio. Alivio que le duró poco porque Eloy decidió
dejarse caer sobre ella. Su cabeza en el hombro de Jimena.
Extraño.
Y natural…
―Oh, señor ―casi sollozó cuando lo dejó sobre el sofá de su casa―. ¿No podías haberte emborrachado en
tu casa? ―resopló, agotada― ¿O con alguien?
Dejó caer sus tacones, su chaqueta, su bolso, la chaqueta y la corbata de él… A la mierda también sus
llaves. Todo por el suelo.
Se levantó, se agachó y le quitó los zapatos. Como pudo, colocó las dos piernas de él encima del sofá y lo
dejó en una postura cómoda.
Miró alrededor, pero no encontraba lo que quería. Conocía esa casa, había estado allí con Cristian un par
de veces, pero no la conocía tan bien como para saber dónde estaba cada cosa.
Se mordió el labio y decidida, fue hasta el dormitorio de él y volvió con una manta. Se agachó un poco y se
la puso por encima.
Fue a ponerse recta con la intención de recoger las cosas del suelo y marcharse, pero la mano de Eloy
agarró su muñeca y tiró de ella. Jimena cayó a su lado, tumbada junto a él.
Y antes de poder reaccionar, él ya tenía sus brazos alrededor del cuerpo de ella y la había tapado con la
manta. Ambos bajo ella.
Lo miró a los ojos y se quedó sorprendida al ver que los tenía abiertos. Y que la miraba.
―Sigo soñando.
Jimena carraspeó, intentó soltarse de su abrazo. Quería irse de allí, no se sentía cómoda teniéndolo tan
cerca. Era…
Se removió de nuevo, para levantarse, pero él no se lo permitió. Sino que apretó con más fuerza. Y podía
sentirlo todo…
Su aliento cálido en sus labios, el olor del whisky en él. Sus brazos fuertes apretándola contra su firme y
duro pecho y más abajo…
Jimena se separó lo que pudo antes de rozar más de lo que debería, pero Eloy puso una pierna sobre las
de ella, sin permitírselo. Y por más que lo intentaba…
Jimena suspiró.
Eloy sonrió. Una sonrisa juguetona que hizo que algo se contrajera en el vientre de Jimena.
―¿Dónde? ―Jimena ya se había perdido, la culpa era de la jodida voz que no se callaba.
―Me imagino ―suspiró ella. No tenía que ser la cosa muy agradable, no―. Por eso vamos a terminarla,
¿sí? ―intentó separarse. Otra vez.
Eloy la pegó a él con más fuerza. Las caderas de Jimena cada vez se movían más atrás. No sabía cómo no
se había caído ya del sofá.
―La pesadilla ―respondió ella como si fuese evidente―. Vas a cerrar los ojos y voy a desaparecer ―dijo
un poco desesperada por librarse de él.
Dios la odiaba, seguro. Tanto o más como lo hacía ese ser que tenía más cerca de lo que debería.
Eloy la miró unos segundos. Más de lo que ella era capaz de soportar sin ponerse nerviosa. Pero se sintió
aliviada cuando él cerró los ojos, alivio que le duró poco porque lo siguiente que tuvo que sentir fue el
escalofrío que le recorrió el cuerpo cuando una mano de él se posó en su cara. La palma de la mano
abierta sobre la mejilla de ella.
Jimena sintió que le iba a dar algo allí mismo, iba a morirse si no conseguía volver a respirar.
Tenía su rostro a escasos milímetros, respirando el mismo aire, casi podía notar el sabor del alcohol en los
labios de ella y joder, esos ojos que volvían a estar abiertos eran impresionantemente bonitos mirándolos
así de cerca.
Todo en él lo era.
A Jimena se le paró el corazón. ¿De qué demonios estaba hablando? ¿Era masoca o qué? ¿Cómo demonios
no iba a querer despertarse de una pesadilla?
Eloy acarició su nariz con el dedo, su palma aún sobre la cara de ella.
Joder, cómo no hacerlo. Con las cosas que decía se estaba imaginando que… Que…
Y ella de malpensada, con la imaginación desbordada. Si es que no se podía ser más tonta…
―Estás borracho y no piensas con claridad. Mañana me odiarás más si me quedo. En tu pesadilla digo ―lo
aclaró por si acaso. Que el tema de malpensar la estaba volviendo majara.
Él se tensó. Todo su cuerpo lo hizo. Apretó él agarre de la mano que tenía puesta sobre la cintura de ella y
suspiró.
―No te odio ―dijo con la voz ronca, mirándola serio. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Jimena―.
Créeme, me gustaría hacerlo e intento que ocurra, pero… ―se calló y suspiró aún más fuerte―. No te
odio ―juró antes de cerrar los ojos de nuevo.
Jimena no supo qué decir. No había esperado escuchar algo así. Y no pudo evitar recordar la conversación
de un rato antes con Cristian.
Jimena se había limpiado las lágrimas otra vez y había negado con la cabeza.
―No ―dijo y era verdad―. No podría odiarte. Pero me duele que no me hayas contado nada antes. Me
duele sentirme usada, me duele haber perdido el tiempo y… ―las lágrimas volvieron a salir― Me duele
haber llegado hasta aquí contigo.
Mientras recordaba eso, no pudo evitar que las lágrimas volvieran a salir. Eloy abrió los ojos al notarlas y
miró a la mujer que tenía delante.
―No deberías llorar ―le limpió las lágrimas con delicadeza―. Hoy debe ser un día feliz para ti. Pero estás
triste.
Ella no se movió.
Ni respondió.
Aunque hubiese querido, no habría podido. Porque ese hombre estaba demasiado cerca y ella no solo era
incapaz de pronunciar nada, tampoco podía pensar.
―Cristian debería consolarte, no yo ―Eloy cerró los ojos―. Al fin y al cabo, es él quien se va a casar
contigo.
No lo sabía, estaba claro que aún no sabía nada de lo que había ocurrido con su hermano.
―Eloy… ―pudo reaccionar al verlo tan cerca, más aún de lo que ya lo estaba.
El pulgar de él rozó el labio inferior de Jimena y ella tembló. Quería huir, quería salir corriendo de allí,
quería evitar lo que fuera que estuviese ocurriendo con ellos. Pero, sin embargo, no podía moverse.
―¿Puedo hacerlo solo una vez? ―volvió a acariciarle el labio― ¿Puedo ser yo por una vez, aunque sea en
un sueño?
Jimena no sabía de qué estaba hablando y antes de que pudiese preguntárselo, los labios de Eloy ya
estaban sobre los de ella.
Capítulo 6
Jimena
Me quedé de piedra en ese momento. Jamás había imaginado que algo así podía suceder entre nosotros
dos.
Eloy me estaba besando y yo, sabiendo que todo aquello estaba mal y que no debería ocurrir, no pude, ni
quise, pararlo.
Me quedé allí, recibiendo el dulce beso que ese hombre me estaba dando a mí.
«¡¿Ya?!?», pensé.
Sí, al parecer sí. Y ese pensamiento daba miedo. No el de estar loca, con eso podía vivir. Pero el de querer
más… Era Eloy, ¡por el amor de Dios! Y era él el borracho, no yo.
«Estás traumada por lo de Cristian y tu cabeza no funciona bien, solo es eso», me dije a mí misma.
Claro, ¿y tu corazón que late a toda máquina tampoco? ¿Tu entrepierna, esa que intentas apretar con las
piernas tampoco? ¡Venga ya! La voz de mi cabeza no iba a ponérmelo fácil.
Y en ese momento no podía lidiar con algo así, porque nada de eso tenía sentido. Lo de Cristian me había
dejado mal, eso era lo que pasaba y punto.
Eloy, ajeno a todo lo que yo pensaba, se acercó de nuevo con la intención de besarme otra vez, pero esta
vez sí lo paré. Mis manos entre nosotros, creando una barrera.
―Eloy… Si mañana te acuerdas de esto me odiarás más ―le advertí esa vez.
Y ya era suficiente con que me odiara a mí misma por haber permitido algo así.
Y volvió a besarme, solo que, esa vez, el beso fue algo más que un simple roce de labios. Supe, con ese
beso, que ya nada volvería a ser como antes.
Capítulo 7
―¿Pero quién demonios…? ―así fue como contestó al teléfono esa mañana.
Eloy tenía un dolor de cabeza impresionante y la melodía de llamada del móvil no ayudaba en absoluto.
―Soy gay.
Pero Eloy ni se enteró. Él no sabía ni qué día era ni qué hora era ni quién demonios le estaba hablando
por ese chisme. Separó el móvil de su oreja, enfocó como pudo, miró de quién se trataba y volvió a
ponerlo sobre ella.
―¿Cristian?
Miró el móvil y maldijo al ver la hora. Joder, que no eran ni las nueve de la mañana.
«Me cago en todo», gruñó mentalmente porque ni gritar podía. Le dolía la cabeza horrores.
―Joder, Cristian. La semana en el trabajo fue una mierda, agotadora. Me emborraché anoche tanto que ni
siquiera recuerdo cómo llegué a mi casa ―miró a la manta con la que estaba tapado―. Joder, ¿desde
cuándo me tapo?
―Que es sábado, que estoy de resaca. ¡Déjame en paz que quiero dormir!
―Eloy… ―pero Eloy ya estaba separando el móvil de su oreja― No me voy a casar ―la mano de Eloy paró
instantáneamente, el móvil de nuevo para arriba.
«Espera…, ¿qué?»
―¿Que tú qué? ―Eloy lo preguntó en un tono tan bajo que Cristian supo que el cabreo iba a ser
monumental.
―Ya… ¿Y crees que te lo estoy preguntando porque no te escuché, pedazo de imbécil? ―la ironía en su
voz― Vamos a ver, Cristian… ¡¿Tú estás loco o qué te pasa?! ―estalló.
―Eloy…
―Enamorado de otra persona dice… ¿Y lo dices ahora? ¡¿Ahora?! Me cago en la puta, Cristian. ¿Te estás
quedando conmigo?
Jimena.
Pues mucho, claro que te importa y mucho. Y a lo mejor ahora empiezas a aceptarlo, dijo la voz de su
cabeza.
―No te habrás confesado, ¿verdad? Porque si encima lo hiciste, te juro que… Que… ―no sabía ni qué le
haría―Joder.
―Oh, te aseguro que no ―bufó―. Joder, me cago en la leche que mamaste, ¿cómo se te ocurre hacer algo
así? ¡¿Pero a qué clase de hombre he criado yo?! ―explotó.
―Pensé que te alegrarías al saber que no voy a arruinar mi vida. Al fin y al cabo, no querías verme casado
con ella ―hablaba irónicamente, como en un intento de burla, además, por calmar el ambiente. Pero Eloy
no se lo tomó así.
―Ay, señor ―le iba a estallar la cabeza y, como lo viera, iba a hacer que le doliera a su hermano también.
Que le doliera para siempre―. Sí, Cristian. Por esa parte me alegro, así de capullo soy ―dijo con rabia―.
Sé que te dije que no te casaras, pero joder. ¡Déjala de otra manera, pedazo de cenutrio!
Maldito idiota, eso no se le hacía a nadie. Nadie se merecía eso. Las cosas así dolían y mucho. Él podía ser
un capullo integral con ella, pero no le gustaría verla sufrir por algo así.
―¿Es mi sensación o todo esto te está afectando? ¿No te lo estás tomando demasiado a pecho?
Sí, le afectaba más de lo que debería. Y ni él mismo podía ni quería explicar por qué.
―¿No será que no la odias tanto como quieres demostrar? ―a Eloy se le paró el corazón, ¿él sabía algo?
¿Se había dado cuenta de algo?
«¿Cuenta de qué? ¡¿De qué?! ¡¡¡Si no ocurre nada!!!», se repitió mentalmente.
―Más cariño del que te tengo a ti hoy le tengo a cualquiera ―suspiró―. No soy tan mala persona, no le
deseo el mal ―sonó a la defensiva, porque así se sentía―. Además, tiene un juicio el lunes y como lo
pierda por tu culpa…
Eloy lo sabía, claro que lo hacía. La conocía bien, por algo la tenía trabajando para él.
Por ese algo entre otras cosas, claro, lo picó la voz de su cabeza.
Eloy gimió.
«¿Cuándo fue? ¿Cómo se lo dijiste? ¿Cómo se lo tomó? ¿Lloró mucho? ¿Le llegaste a dar el anillo?»
Tenía tantas preguntas que hacerle… Pero sabía que no tenía derecho a pronunciar ninguna. No cuando
de Jimena se trataba.
―No hace falta que me lo pidas y menos como un favor. Te voy a clavar el puño cuando te vea por mi
propia voluntad ―gruñó.
Cristian resopló, pero lo ignoró. Entendía que su hermano estuviese tan enfadado. Le había hecho daño a
alguien y siempre se había asegurado de enseñarle que eso sería lo único que no le perdonaría, que,
conscientemente, dañara a otra persona.
Y él lo hizo así, porque sabía, desde hacía tiempo, que esa boda no podía seguir adelante. Pero quiso
intentarlo hasta el último momento y, al final, el daño fue más grande.
―Cogeré un vuelo esta misma mañana. El ex trabajador de Inspec me escribió y creo que podremos
conseguir lo que necesitamos para ganar el caso.
―Sí, lo cogí hace un rato. El tiempo de hacer la maleta y coger un taxi hasta el aeropuerto.
―Perfecto ―ese caso se había complicado y Eloy sintió que las cosas mejorarían.
―¿Podrías…?
―No.
No hacía falta que hiciera la pregunta, la respuesta era y sería mil veces no. Fuera lo que fuera, si tenía
que ver con Jimena, era no.
―Que no, joder ―gruñó y se levantó, fue directo a la cocina, necesitaba una taza de café. Y tres también.
¿Qué esperaba?
Cristian suspiró.
―No ―claro y rotundo. Metió la cápsula en la cafetera y le dio al botón de inicio cuando puso la taza
debajo.
―Eloy… ―resopló.
―Cristian… ―usó el mismo tono― Ya me has demostrado que se te va la puta cabeza y créeme, hasta
estoy pensando desheredarte por lo imbécil que eres. ¿De verdad crees que voy a hacerte semejante
favor? ―«¡Y una mierda!», exclamó en su cabeza―. Si tanto te preocupas por ella, pregúntale tú mismo.
Cogió la taza ya llena, una pastilla para el dolor de cabeza y se sentó en uno de los taburetes de la isla de
la cocina.
―Me dirá que está bien aunque no sea así. Ahora mismo me odia, aunque no lo reconozca.
―Me lo imagino, lo hago hasta yo y mira que, por una parte, hasta estoy feliz porque no te vas a casar con
ella ―dijo amargamente.
Era un cabrón por pensar así, pero era la verdad. No quería verla sufrir por algo así. Ni por nada. Y
aunque no era santa de su devoción…
Sabía que ambos serían infelices en su matrimonio. Y aunque de mala manera, eso ya no iba a suceder. Así
que… Por ese lado se sentía aliviado.
Negó con la cabeza, como queriendo alejar cualquier pensamiento y bebió de su taza de café. Se metió en
la boca la pastilla que cogió del cajón en la boca y bebió. A ver si el dolor de cabeza desaparecía pronto.
Y, de repente, una imagen se formó en su mente. El rostro de Jimena, tumbado a su lado, tan cerca de él…
¡¿Qué era eso?! ¿Un sueño? ¡No, joder, una horrible pesadilla!
¿Ahora? ¿Crees que es algo de ahora? Tu hermano ya no está con ella, ¿de verdad crees que tienes que
seguir fingiendo? ¿Vas a seguir negándote a ti mismo lo que ocurre?, la voz siempre chinchando.
―Me costó aceptar que… Estoy enamorado de un hombre. Soy gay, Eloy.
Eloy se había quedado blanco, pero la confesión de su hermano no había sido la causa. El problema era la
confesión que él mismo iba a tener que hacerse.
―¿Desde cuándo?―, se preguntó a sí mismo, sin darse cuenta de que había hablado en voz alta.
―¿Eres gay? ―preguntó, y por su tono de voz Cristian supo que era la primera vez que lo escuchaba. Así
que a saber de qué estaba hablando antes.
―Sí ―el tiempo pasaba y Eloy no decía nada―. ¿Eloy? ¿Me has escuchado?
Pestañeó un poco más y salió de la vorágine de pensamientos en la que estaba sumido en ese momento.
―Sí.
―Bien…
―¿Eso es todo lo que vas a decirme? ―preguntó Cristian― ¿No tienes nada que preguntarme? Esos
mensajes que recibí eran de él, iba a marcharse y yo no pude permitirlo. Joder, Eloy, ¿de verdad no me vas
a decir nada?
Para estar metido en los asuntos ajenos estaba él, como si no tuviera bastante con los suyos al descubrir
que le importaba esa mujer.
―¿Qué esperas que te pregunte? Creo que me conoces bien como para saber lo que pienso al respecto. ¿O
qué esperabas? ¿Creías que me iba a escandalizar por tener un hermano gay?
―Te agradezco que me lo hayas contado, me alegra que tengas confianza conmigo para hablar de todo y,
por supuesto, yo, lo único que quiero, es que seas feliz. El con quién, cómo, dónde y cuándo no me
importa. Solo que lo seas.
―Pero eso no es excusa, Cristian. Lo has hecho muy mal, seguramente le has hecho mucho daño ―apretó
los dientes imaginándolo, no quería verla sufrir por nada, menos por un hombre―. Y en ese sentido me
has decepcionado.
No, no la había. Como tampoco había nada por lo que avergonzarse. Pero Eloy podía imaginar que para
Cristian no habría sido fácil poder decirlo en voz alta.
―Aun con todo… Eres un valiente, hermano y estoy orgulloso de ti. Espero que seas feliz ―lo dijo de
corazón, Cristian lo sabía y lloró, emocionado por sus palabras.
Eloy era una gran persona y sabía que podía contar con él pasase lo que pasase.
En ese momento, Eloy sintió un pinchazo en la cabeza. Joder, a ver si la pastilla hacía efecto pronto.
―Y yo a ti, capullo.
―A ella también.
―No soy la persona adecuada, no creo que sea a mí, precisamente, con quien vaya a desahogarse en un
momento así. Me odia, ¿recuerdas?
Eloy no podía ver cómo Cristian negaba con la cabeza al otro lado de la línea.
― Solo te estoy pidiendo que estés pendiente a ella, que me digas si lo está llevando bien. Hazlo por mí.
Entonces, otra imagen se le vino a la mente. Él tumbado en el sofá y ella tapándolo con una manta.
Eloy, instintivamente, cogió la manta y la acercó a su nariz. Inspiró y gimió. ¿Cómo era posible que oliese
a ella?
Eso mismo se preguntaba él. Estaba volviéndose loco, seguro. Asustado, tiró la manta bien lejos.
Eloy suspiró.
―Cristian…
―Es tu empleada, tienes que hacerlo. No querrás que pierda el juicio, ¿verdad?
Eloy resopló.
Pero no por el capullo de su hermano ni por un juicio de mierda. Sino por él mismo. Porque necesitaba
hacerlo. Necesitaba verla. Necesitaba comprobar que todo aquello no la había roto en mil pedazos.
Necesitaba saber que ella estaba bien. Tanto como necesitaba saber a qué venían todas esas imágenes tan
vívidas que se le pasaban por la mente.
¿Por qué ese sueño era tan real? ¿Por qué parecía como si de verdad hubiese ocurrido?
Joder, hasta tenía su olor metido en la nariz. Su maldito e inconfundible olor estaba por toda la casa.
No necesitaba eso.
Necesitaba dormir, a ver si se le iba el jodido dolor de cabeza y se le aclaraban las ideas. Y lo que no eran
las ideas...
Capítulo 8
A Jimena le había costado despertar esa mañana, le había costado levantarse y le había costado la vida
tapar las ojeras que tenía.
O algo peor…
Porque los osos panda, al menos, eran monos. Ella no sabía cómo describirse en ese momento, pero mona
estaba segura que no era la palabra que la definía.
Tampoco es que importara, no la iba a ver nadie que no conociera lo peor de ella.
Hacía mucho que no se levantaba tan horriblemente mal. Solía estar cansada y, normalmente, cuando
llegaba el sábado, el cansancio había hecho mella en ella y se le notaba en todo su cuerpo. En los ojos
también. Pero nunca había llegado a tal extremo. Y mientras el día transcurría, parecía que aquello no
hacía más que empeorar.
¡¿Quién si no?!
Jimena volvió a la realidad con el grito de su amiga. Puso los ojos en blanco antes de mirarla con ganas de
querer asesinar a la guapa rubia que tenía delante.
―La pareja de la otra esquina del restaurante no te escuchó, te lo digo por si quieres gritar más ―irónica.
―Joder, Jimena, es que estoy alucinando ―sí, sus ojos azules lo demostraban.
―Sí ―le dio un bocado al durum que tenía en las manos después de hablar.
―Qué cabrón ―Lorena hizo lo mismo que ella, bocado a la comida, pero a ella le daba igual hablar con la
boca llena―. ¿Lo guanteaste?
―Y con el anillo en la mano, Jimena ―Lorena bebió un poco de refresco y negó con la cabeza―. Si no lo
guanteaste tú, lo guantearé yo cuando lo vea. Porque eso tiene que doler.
―Lo hace ―reconoció ella. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no se permitió soltar ninguna. No lo
haría. Ya había llorado lo suficiente la noche anterior y no lo haría más.
Su amiga, al verla emocionada, dejó la comida y cogió una de las manos de Jimena por encima de la mesa.
Jimena asintió con la cabeza y se soltó del agarre de su amiga cuando se sintió mejor.
―Mi madre estaba tan sorprendida como yo, pero intentó hacerme sentir mejor.
―Diciéndote “¿eso es el destino, si no estás con él es por algo, no será quien está destinado para ti?”
―Exactamente eso ―era lo mismo que le decía a Lorena cada vez que la veía llorando por uno de sus
fracasos sentimentales.
Jimena y Lorena se conocían desde hacía tiempo, se habían convertido en mejores amigas y en parte de la
vida de la otra. Eran parte de la familia. Y muchas veces pasaban los fines de semana juntas en casa de los
padres de alguna de las dos, así que conocían bien a los padres de la otra.
Rieron recordando las típicas frases de sus madres con respecto a los fracasos sentimentales. Pero la risa
de Jimena se cortó cuando vio en la pantalla del móvil el nombre de quien la llamaba. Rápidamente colgó
la llamada, carraspeó y, nerviosa, volvió a comer.
―¿No se lo coges?
―No trabajo los fines de semana ―eso era lo que Lorena le decía que le dijera siempre que la molestaba
cuando no tocaba. Pero Jimena nunca lo hacía, siempre terminaba hablando con él de trabajo y su amiga
ya se había dado por vencida: Jimena nunca cambiaría.
Pero, al parecer, algo sí había cambiado. Y Lorena creía saber por qué.
―Seguramente.
La noche anterior…
Maldito fuera, por su culpa no había podido pegar ojo. Joder, no le quitó el sueño que el hombre que ella
creía que iba a ser su marido la hubiese engañado y abandonado y una escenita con un borracho casi la
deja majara.
―No.
―¿Entonces por qué estás tan roja? ―y se metió un trozo de comida en la boca.
«Y qué beso…»
Se ahogó, un poco más y Lorena se queda allí mismo, en el sitio, convertida en un pajarito.
―¿Te besó cuándo? ¿Dónde? ¡¿Por qué?! ―exclamó, sin importarle si todo el lugar la miraba.
―Jimena, deja las sutilezas para otro momento. ¿Te besó? ¿Te refieres al pedazo de papasote? ¿Eloy de la
Vega te besó? ―Jimena asintió― ¿Cuándo?
―Anoche.
―Después.
Jimena gimió.
―¿Qué hago?
―Por tu bien espero que no ―rio Lorena―. También existe la posibilidad de que él no supiera nada de lo
del hermano y que, para él, hubiese besado a su cuñada. Si es así, no sacará el tema. No le interesa.
―Oh, vamos, no seas tan mojigata. Su hermano te había dejado, así que estabas libre, no eres tú la que
hiciste algo malo aceptando ese beso. ¿Cómo besa? Siempre me lo he preguntado.
―Apestando a alcohol.
―Más rico todavía ―Lorena puso cara de pervertida y las dos terminaron soltando una carcajada.
―¿Te gustó?
―Lorena…
Pero no iba a reconocerlo ni aunque la matasen. Ni siquiera se lo iba a reconocer a ella misma.
―¿Qué sabías? ―Lorena enarcó las cejas, sin entender la pregunta― Antes, has dicho que lo sabías, pero
no sé a qué te referías.
―¡¿Perdón?! ―la que casi se ahogó con la bebida en ese momento fue Jimena.
―¿Acaso no es evidente?
―Llámalo como quieras. ¿Anhelo? ¿Deseo? ¿Tensión sexual? Te conozco, Jimena y como miras a ese
hombre no es normal.
―Y de comértelo ―Lorena rio al ver la cara de horror de su amiga―. Igual que él te mira a ti.
Y loca.
Pero reconoce que eso te gustaría, ¿eh? Comértelo entero, dijo la voz. Sobre todo después de ese beso que
no has podido olvidar.
Había revivido ese beso una y otra vez y se odiaba a sí misma por ello, porque eso no debería pasar. Eso
no tenía sentido ninguno.
La besó en un momento vulnerable, eso era todo. Nada de lo que había sentido era real.
―Eso no es así.
―Entiendo que te lo quieras negar a ti misma, Jimena. Pero te aseguro que para alguien como yo, la
energía sexual que emana de vosotros cuando estáis juntos es incuestionable. Y supongo que, tarde o
temprano, tenía que salir.
―Tiene todo el sentido del mundo. Es más, ahora es cuando lo tiene. Es más fácil fingir odiarse que
reconocer lo que se siente, ¿no? Y esto también va por ti.
―Ese hombre no significa nada para mí ―sonaba a la defensiva, porque lo estaba―. Siempre me saca de
mis casillas y me hace ser como no soy.
―¿Alguna vez te has preguntado por qué él es el único que logra desquiciarte? ―Lorena sonrió― Tu novio
te ha dejado por otro y a ti, lo que más nerviosa te pone, es el beso con Eloy De la Vega.
Lorena bufó.
―Claro, por eso es ―no la creía― Ahí hay algo, Jimena. Entre ese hombre y tú hay algo y no vais a poder
controlarlo para siempre. El fuego os tendrá que quemar y la mecha, mi querida amiga, se acaba de
prender.
―Te estás montando una película que ni Amenábar, ¿eh? ―dijo, de nuevo, a la defensiva.
Ni ella a él. ¡No! Solo fue un beso de borracho, algo sin importancia.
Jimena no estaba segura en ese momento de nada, ni siquiera sabía qué era lo que sentía.
Solo sabía que estaba a punto de volverse loca y que temía el momento de volver a encontrarse con él.
Capítulo 9
¿Cómo no? Si apenas había pegado ojo, se había pasado el fin de semana comiéndose la cabeza. Y Lorena
no había ayudado en absoluto.
Aunque cansada, había llegado al juzgado a tiempo y había comenzado la sesión final del juicio con muy
buen pie. Era una profesional ante todo y ningún dolor de cabeza por no dormir bien en las últimas
noches por culpa de los hermanos De la Vega iban a hacerla fallar en su trabajo.
Sí, porque los dos se habían convertido, por distintas razones, en dolores de cabeza. Uno más que otro,
pero eso no era relevante en ese momento.
Hablando de cabeza de nuevo, joder, cómo le dolía la endemoniada. Si es que la falta de sueño y el escaso
descanso era lo que tenía.
Estaba en un descanso y había aprovechado para ir al baño. Al salir se tomaría un café de la máquina y
repasaría todo de nuevo.
Después del juicio, cuando tuviera que volver al trabajo y tuviera que encontrarse con él, entonces se
preocuparía por ello.
―¿Estás bien?
Había salido del baño e iba despistada mientras metía la mano en el bolso, sacaba el monedero y buscaba
una moneda para la máquina de café cuando la voz de Eloy De la Vega la sobresaltó.
La moneda que ya tenía en las manos cayó. Eloy la paró con el zapato.
Pero sí, estaba ahí, frente a ella. Se había agachado para coger la moneda y se la estaba entregando.
Jimena intentó fingir una normalidad que no sentía. Eso era lo que le había dicho Lorena, ¿no?
Intentando no temblar por la incertidumbre de si él recordaba ese bochornoso momento o no, dejó que
dejase caer la moneda sobre su mano, guardó de nuevo el monedero en el bolso y se quedó con la moneda
en la mano.
Miró a Eloy, nerviosa. No podía evitarlo. Ese hombre que estaba tan serio frente a ella era el mismo que,
horas atrás, la había besado.
Jimena, más que por otra cosa, no había podido dormir todas esas noches por esa preocupación.
Esa pregunta la había estado atormentando más que cualquier otra cosa.
Había rezado por no encontrárselo hasta sentirse preparada para confrontarlo, pero sabía que era
imposible. Aun así, se lo había pedido a todos los dioses.
O ninguno.
Delante de ella, con un traje de chaqueta gris marengo, con su corbata perfectamente anudada y con el
pelo hecho un jodido desastre estaba él.
¿Ojeras? Ninguna.
Increíble… Ella, sin embargo, debía parecer un zombie. La novia cadáver debía parecer.
―Jimena… ―Eloy llamó su atención. Jimena dejó a un lado la telaraña de pensamientos de su cabeza y lo
miró― ¿Le pasa algo a tu móvil?
―Ah…
―He estado llamándote desde el sábado por la mañana y no lo coges. ¿Se te estropeó el móvil?
Lo tenía apagado por si él llamaba y esa mañana no quiso encenderlo por si acaso él volvía a llamarla, no
estaba preparada para hablar con él.
―Ya veo… ―esperó un momento antes de seguir hablando― ¿No me vas a preguntar por qué te llamé
tanto?
«No».
―Ya veo…
―Sí… ―no dejaba de mirarla fijamente y a ella la ponía nerviosa, pero no iba a demostrárselo― ¿Cómo
estás?
Fue a pasar por su lado, pero él la agarró del brazo e hizo que se parara. Un escalofrío, como el de aquella
noche, recorrió el cuerpo de Jimena.
«Pero bueno, ¿y ahora por qué? Esa noche porque estaba vulnerable, ¿Pero ahora?», se preguntó a sí
misma.
Porque no puedes olvidarlo, respondió la voz. Y quieres más, mucho más.
La ignoró. Por su salud mental era eso lo que tenía que hacer.
―No es sobre el caso sobre lo que te estoy preguntando ―la miró con intensidad―. ¿De verdad estás
bien?
La hacía recordar cosas que no quería, momentos que la atormentaban. Como ese beso que aún podía
volverla loca.
Y no era una mentira. Si se refería a Cristian, estaba mejor de lo que ella misma esperaba.
―Ya veo… ―pero por el tono en que lo decía, Jimena sabía que él no se lo creía.
Lo miró a los ojos y levantó la cabeza, altanera. Para demostrarle que lo estaba. Estupendamente bien. No
iba a darle el gusto de verla mal.
Por nada.
Ni por nadie.
―¿Qué esperabas? ¿Verme llorando por los rincones? ¿Eso es lo que debería estar haciendo? ¿Así es como
te gustaría verme?
Ahí estaba ella, altanera, ante él. Intentando tapar todo lo que llevaba por dentro. Eloy lo sabía, la conocía
demasiado bien como para que ella intentase fingir algo así. Y en otro momento se lo habría dejado saber
a su manera.
No podía serlo.
Eloy se tensó.
―¿Eso crees? ―la miró intensamente― ¿De verdad crees que yo me alegraría por algo así? ¿Es eso lo que
te he demostrado todo este tiempo?
El porqué no lo sabía.
Ella tragó saliva, nerviosa e incómoda con el tono y con las palabras de Eloy.
Esa era la sensación que ella tenía. Y él tenía culpa de ello, ¿no?
―¿Y tú cómo estás? ―preguntó entonces ella, enfrentándose a él de la manera en la que podía. Se sentía
herida, avergonzada y temerosa y no sabía qué hacer. Vio la sorpresa en los ojos de Eloy y continuó― No
me dirás que no te sientes feliz al saber que no me casaré con tu hermano. ¿No estás feliz ahora que todo
se terminó?
No pudo evitar que una lágrima cayera por su mejilla y se quedó sin poder respirar cuando la mano de
Eloy se posó en su rostro y limpió esa lágrima.
Jimena no supo cómo, pero él estaba más cerca de ella. Demasiado cerca. Otra vez.
Y el cuerpo de Jimena comenzó a temblar. Justo como aquella vez.
―Sí ―dijo él con firmeza y con seguridad. Asombrándola a ella, asombrándose a sí mismo por la
brusquedad con la que lo había dicho. Bajó la mano con la que la había tocado y, junto con la otra, las
metió en los bolsillos. ―Estoy feliz de que esa boda no se celebre ―pero no por las razones que ella
imaginaba, pero ella no lo sabía―. ¿Te sentirías mejor si te mintiera y te dijera que no?
Ese era el Eloy que ella conocía, ese era el capullo de su jefe. No el borracho que, aquella noche, la había
besado.
Así era como ellos tenían que estar, odiándose el uno al otro. Esa era la única manera en la que podían
existir.
Las tonterías que Lorena había dicho de ellos solo eran eso, estupideces varias.
Y se marchó de allí.
Capítulo 10
Llevaba repitiéndose lo mismo horas. Desde esa mañana cuando se había encontrado con Jimena, esos
pensamientos estaban fijos en su cabeza. Estaba en su despacho, con la chaqueta quitada, los botones de
arriba de la camisa desabrochados, las mangas arremangadas, intentando concentrarse en algo más que
no fuera lo imbécil que era, pero no había manera.
Se pasó las manos por el pelo, gruñó y dejó caer la cabeza sobre el escritorio.
Eloy gruñó como respuesta y un gruñido fue lo que le salió de la garganta cuando llamaron a la puerta.
Levantó la cabeza en el mismo momento en que la puerta se abría y casi le dio algo cuando la vio
aparecer. Con la misma ropa que llevaba esa mañana, allí estaba ella.
Ese traje de chaqueta y falda azul le sentaba realmente bien, por cierto. Ese color siempre la favorecía.
Eloy se enderezó tranquilamente, demostrando una calma que no sentía en absoluto. Pero ella no tenía
por qué saberlo.
Mejor, así no se sentía él tan en desventaja. No era el único que se sentía así.
Eloy asintió con la cabeza y la observó mientras ella cerraba la puerta del despacho y se giraba para
mirarlo.
―Me encontré con tu secretaria mientras se iba y me dijo que estabas aquí.
¿Se iba? ¿Se iba a dónde? ¿Ya era la hora de marcharse a casa? Miró el móvil de reojo y resopló
mentalmente.
Jimena se acercó al escritorio, se quedó allí, de pie y, sin mirar a Eloy a la cara, dejó un sobre encima de la
mesa, frente a él.
Eloy apretó los dientes, tanto que casi se rompe alguno. No tenía que mirar qué era. Lo sabía de más.
Y no lo iba a aceptar.
―Eso es… ―comenzó ella.
Pero no fue capaz de decir nada más porque Eloy se levantó y, sin dejar de mirarla, cogió el sobre, lo
rompió y dejó que los pedazos cayeran sobre su escritorio.
Mejor dicho, sabía con quiénes, pero aún no sabría decir si estaba más enfadado con ella por lo que
acababa de hacer o por él, por el gran idiota que era.
Jimena tenía los ojos abiertos de par en par, lo miró a él, a los pedazos de papel. A él otra vez.
―Mi renuncia ―terminó de decir ella, alucinando con lo que acababa de ver.
―¿Crees que no tengo derecho a decidir si acepto una carta de renuncia o no, Jimena? Soy tu jefe, ¿te lo
recuerdo?
―Según el artículo…
―Soy abogado, Jimena ―la interrumpió él, se levantó― y te aseguro que, si quiero, te gano en la Corte.
Así que no me pongas a prueba ―y se acercó al ventanal de su oficina, dándole la espalda a ella.
Porque ganaría y ella seguiría trabajando para él todo el tiempo que él quisiera.
Dios, cómo le estaba tocando las narices. ¿Irse? ¿De verdad se estaba planteando irse?
―No sé qué demonios te pasa, pero estoy en todo mi derecho de renunciar ―ella estaba a la defensiva.
¿No sabía qué le pasaba? ¡Que no dejaría que se marchara, eso le pasaba!
Joder, como si no tuviera bastante con lo que lidiar, con él mismo y con sus sentimientos, y venía ella a
tocarle más la moral.
―¿Y por qué? ―Eloy se giró y la miró― Dime tus razones y si son válidas, aceptaré tu renuncia ―mintió,
porque no pensaba hacerlo. La mantendría allí como fuera.
―Ni siquiera tengo que darte una, es mi derecho ―se estaba enfadando.
―¿Te la mereces? ―comenzaba a ponerse roja. Qué digo roja, morada estaba ya. Jimena negó con la
cabeza― No tengo nada que explicarte, Eloy, pero ya que insistes, te diré: ¿Acaso no es evidente? ―las
manos mirando al techo.
―No, no lo es.
―La relación jefe-empleada es pésima. No me soportas y ya no hay ninguna razón para que tengas que
tenerme aquí. He ganado el caso, ganaré el siguiente y ya no tendrás que verme más. No estoy con tu
hermano, no tiene ningún sentido que siga aquí.
Eloy iba a romperse los dientes. La miró fijamente hasta que le hizo apartar la mirada.
Se acercó lentamente a ella y se paró cuando sus cuerpos casi se tocaron. Jimena hizo el amago de
echarse para atrás, pero aguantó el tipo, estoica.
Eloy levantó una mano, cogió la barbilla de Jimena e hizo que girase la cabeza para mirarlo. Ella tembló y
él hizo lo mismo al sentirlo.
―Mentira ―la miró con intensidad―. Inventa las excusas que quieras, Jimena ―dejó que ella se soltara de
su agarre y agachó la mano―, pero no me engañes ―sonó a amenaza, quizás lo era.
―Yo soy un gilipollas ―afirmó, sin dejar de mirarla―. Pero lo sé y lo reconozco. Lo que no soy es idiota,
Jimena. No pretendas verme la cara y hacerme creer que estás aquí por alguien más que por ti misma
―volvió a acercarse al ventanal porque, si se quedaba cerca, lo mismo volvía a tocarla.
Y no podía, porque un solo toque y le quemaba el cuerpo. Y todo aquello lo estaba volviendo loco.
―De todas formas, ¿qué te importa? ―sonaba desesperada― Solo tienes que chasquear los dedos y
tendrás a quinientos aspirantes, la mayoría mejores que yo. ¿Qué importan las razones cuando el fondo de
la cuestión es el mismo? Este no es mi lugar.
Eloy sintió algo que le subía desde el estómago, algo que amenazaba con quemarlo. Ella no podía haber
dicho eso, ella no pensaba eso.
―¿No lo es? ¿Este no es tu lugar, Jimena? ―comenzó a acercarse a ella lentamente― ¿Por qué no lo es?
¿Porque ya no estás con él?
Iba a decir algo de lo que se iba a arrepentir, pero no fue capaz de controlarse. Estaba, en ese momento,
lidiando con demasiadas sensaciones y todo se le estaba yendo de las manos.
―Si quieres, puedes follarme a mí, así volverás a tener razones para quedarte.
La bofetada no tardó en llegar. Le dio fuerte, con toda la rabia y con todo el dolor que sentía en ese
momento por las palabras que acababa de escuchar.
Eloy había cerrado los ojos para recibirla. Cuando volvió a abrirlos, algunas lágrimas caían por las mejillas
de Jimena. Él levantó las manos rápidamente y cogió la cara de ella.
―Lo siento ―susurró al ver cuánto daño le habían hecho sus palabras.
―Siempre pensaste eso de mí ―otra lágrima―. Siempre te encargaste de hacérmelo saber como acabas
de hacerlo ahora.
―Elegí este bufete porque te admiraba. Como abogado, eras mi ejemplo a seguir. Y siempre, siempre
―enfatizó con rabia―, intenté que me aceptaras. Lo hiciste porque terminé saliendo con tu hermano ―él
negó con la cabeza, las cosas no eran así, ella estaba muy equivocada―. Me soportaste aquí por la misma
razón. Así que sí, no miento al decir que estaba aquí por él. Ahora que no está, no hay ninguna razón para
que me quede. No seré, nunca más, tu diana, Eloy. Así que, por favor, acepta la renuncia. No lo hagas más
bochornoso para ninguno de los dos ―pasó por su lado, dispuesta a irse.
―¿Eso crees que eres? ―se giró a mirarla. Ella le daba la espalda, se había quedado quieta al
escucharlo―. Maldita sea, Jimena, mírame y dime si de verdad es eso lo que crees que eres para mí. ¿Una
maldita diana?
―¿Qué más si no? ―no podía controlar todas las lágrimas― ¿Acaso me has hecho sentir que soy algo
más? Y no te hablo solo como persona, lo cual puedo hasta soportar. Al fin y al cabo, no tengo que
agradarte.
―Jimena…
―Como abogada, Eloy. ¡Ni una maldita vez has valorado mi trabajo! ¡Ni una vez me has valorado como
profesional! ―exclamó, gritando por primera vez, sacando todo lo que llevaba dentro― ¿Y de verdad crees
que después de todo yo tengo alguna razón para quedarme aquí?
Después de todo, ¿de verdad crees que te lo mereces?, hasta la voz de su cabeza sonaba decepcionada
con él.
Fue a marcharse, pero Eloy cerró la puerta con la palma de su mano. Se quedó detrás de Jimena, con su
pecho pegado a la espalda de ella. La tenía ahí, atrapada entre su cuerpo y la puerta del despacho.
―No puedo ―dijo él, respondiendo a su petición―. No puedo y no quiero ―se pegó más a ella―. Te juro
que lo he intentado. Joder, lo llevo intentando años, pero no puedo ―ella no sabía a qué se refería
exactamente, pero Eloy sí sabía y por eso sonaba tan atormentado.
―Mírame, Jimena. Por favor… ―ella negó con la cabeza, dejó caer la suya, la frente apoyada en la
puerta― Mírame y dime que te quieres ir. Dímelo mirándome a los ojos y te dejaré marchar.
―¿Por qué?
Eloy la agarró por las caderas e hizo que se girase. Jimena se pegó todo lo que pudo a la puerta porque
Eloy estaba demasiado cerca.
Eloy levantó las dos manos y las apoyó en la puerta, estirando los brazos, separándose de ella un poco,
pero sin dejar de mirarla.
―Dímelo, Jimena ―insistió él.
―¿Por qué me haces esto? ―ella era quien sonaba atormentada en ese momento.
Ella le rogaba con la mirada que la dejase marchar. Pero él no podía, no todavía.
―Porque necesito comprobar algo ―él bajó las manos, cogió la cara de ella y acarició sus mejillas con los
pulgares.
Jimena lo miraba a los ojos, él estaba embrujado por esos preciosos ojos verdes que tenía ella.
La vio humedecerse los labios con la lengua y perdió el poco control que le quedaba.
Capítulo 11
Eloy
No pude negarlo y tenía que dejar de mentirme a mí mismo. Era así. Era así desde siempre.
Pero me había prohibido durante tanto tiempo sentir… Me había prohibido a mí mismo cualquier
pensamiento relacionado con ella, por mínimo e inofensivo que fuera. Cuanto más para darle voz a algo
así, tan importante como aquello.
Me había costado aceptarlo por todo lo que aquello implicaba, pero una vez que le di vía libre a mis
sentimientos, no pude esconderlos más.
Durante el fin de semana, imágenes de aquella noche me llegaban a la mente. Ese momento tan vívido con
ella que creí haber soñado no dejaba de atormentarme. Y había algo en mi interior que me decía que todo
aquello no era un sueño.
Entre la resaca, las noticias de la ruptura de Jimena y Cristian y el tener que poner en orden mis propios
sentimientos, pensé que iba a volverme loco.
Y viendo que ella no contestaba a mis llamadas, sabiendo que no podía hacer algo tan simple como
presentarme en su casa por estar preocupado por ella, terminé saliendo a tomarme otra copa.
―¿Llegó a casa bien la otra noche? ―me había preguntado el camarero del pub.
―Joder… Verá, no suelo hacerlo. Pero usted se había desmayado y como tenía el móvil desbloqueado,
llamé a la última persona que salía en el registro de llamadas. Pero como tenía el móvil apagado, llamé a
la penúltima.
―Usted estaba mirando una foto de ella, me di cuenta al verla, así que supuse que estaba bien si lo
ayudaba.
―¿Jimena vino a por mí? ―busqué su foto de WhatsApp y se la mostré― ¿Esta mujer?
―Sí ―dijo el chico rápidamente―. Lo siento, pero era eso o llamar a la policía.
―Entiendo…
Y así fue como me di cuenta de que lo que creía que había sido un sueño fue muy real.
Y saber eso me asustó sobremanera. No sabía cómo abordar la situación, pero no quería que las cosas
salieran tan mal como ocurrieron esa mañana.
¿De verdad quería hacerlo? ¿Podía, además, hacerlo sin nombrar, siquiera, lo que había ocurrido entre
nosotros?
Así que, de nuevo, no supe cómo actuar. Y allí estaba, besándola porque era lo único que sabía que tenía
que hacer. Confirmar que no me estaba volviendo loco.
Me temblaba el cuerpo y sentía que el corazón se me iba a salir por la boca. Nunca, ni con mi primer
beso, me había sentido tan nervioso.
Nunca, con un simple beso, había llegado a empalmarme así. Estaba como una jodida piedra incluso
antes, solo con su cercanía mi polla, quien ya sentía que no debía reprimirse, había despertado.
Por ella.
Pero ¿cómo no sentirme así cuando la mujer que estaba besando era Jimena?
Esos labios carnosos que me habían atormentado durante años, esos perfectos y preciosos labios rosados
con los que no me había permitido soñar ni una maldita vez estaban, en ese momento, devolviéndome el
tímido beso que yo le daba.
Un simple roce de labios que a punto estuvo de hacer que me desmayase allí mismo y esa sensación me
hizo comprender la verdad.
Era ella.
Jimena.
La insté, con mis dedos en su barbilla, a abrir la boca y ella no dudó en hacerlo. Sabía a lágrimas y le
temblaban los labios y casi muero cuando mi lengua y la suya se encontraron. La mía avasalladora, la
suya, tímida al principio, pero igual de arrolladora que la mía después.
Jimena gimió en mi boca y yo pensé que el pantalón iba a explotarme allí mismo. Me pegué a ella, la
apreté contra la puerta, rozándole el vientre con mi erección. Me agaché un poco, me coloqué entre sus
piernas y me moví, rozando su sexo con el mío por encima de la ropa.
Dios, me iba a correr allí mismo y me daba completamente igual. Porque aquel momento era perfecto.
Escucharme hizo que su actitud cambiara. Se envaró, su cuerpo se tensó. Cerró los labios y puso sus
manos sobre mi pecho, creando una barrera entre los dos.
Suspiré, pegué mi frente con la suya y cerré los ojos. Mis manos apretando sus caderas.
―No lo hagas.
Pero ella ya no estaba allí, no estaba conmigo, no como lo había estado en ese beso. Abrí los ojos y la miré.
Nunca.
Vi el miedo en sus ojos y solo quise volver a besarla. Quería decirle que a mí también me asustaba todo
aquello, pero que no quería dejar de vivirlo.
―¿Lo recuerdas?
―Cada instante ―susurré. Vi el pánico en sus ojos y maldije. No era eso lo que quería ver―. No te vayas
―volví a pedirle.
Enarqué las cejas. Bajé mi mano y la posé sobre mi entrepierna. Agarré mi erección por encima del
pantalón y vi cómo abría los ojos de par en par al ver ese gesto.
―La tengo como una piedra, Jimena. ¿Qué demonios piensas que estoy confundiendo?
Y, en parte, la entendía, porque yo también me sentía así. Pero más miedo me daba el no poder volver a
besarla de nuevo.
―No, no lo veo.
―No puedo ―repitió, se pasó una mano por el pelo, agobiada―. Tenemos que olvidar todo esto. Nada de
esto ocurrió.
―Y una mierda.
―¿Por qué?
―¡Porque esto es una locura, ¿no lo ves?! ―estalló, desesperada― Era la novia de tu hermano. Eres mi
jefe. Y ahora nosotros… ―negó con la cabeza― Estos no somos nosotros. Nos odiamos, Eloy, ¿recuerdas?
Parecía que se lo decía a sí misma, como si necesitase recordárselo. Como si tuviese que autoconvencerse
de ello.
―Maldita sea, Jimena. ¡No te odio! ―no sabía ya cómo decírselo― He sido un capullo contigo, sí, ¡pero
nunca te he odiado! Y no lo hago ahora. Ahora mismo, lo único que quiero es besarte, que nos
deshagamos de la ropa y ¡follarte una y otra vez hasta hacerte gritar mi nombre!
―Eso no es así.
―¡Y una mierda que no! ―ojalá no lo fuera, pero sí, así eran las cosas― ¿Me vas a decir que tú no quieres
eso, Jimena?
―¡No! ―exclamó.
―Y un cuerno que no. Era yo quien te besaba, era conmigo con quien gemías. Fueron tus caderas las que
pedían mi polla ―era grosero y sucio, pero así era yo, sin sutilezas en ese tema―. Quieres follarme tanto
como yo quiero follarte a ti y cuanto antes lo reconozcas, mejor.
¿Bien merecido? Seguramente. Pero así era como lo sentía y como lo veía.
―No siento nada de eso por ti. Jamás he pensado en ti de esa manera y no lo haré nunca.
Mentía. La conocía y sabía que mentía. Se mentía a sí misma como lo había estado haciendo yo durante
años.
Lo entendía, no era fácil ver la verdad. Pero ahí estaba. Entre nosotros ocurría algo y joder, yo no quería
perderme lo que fuera.
Pero no podía obligarla a ver más allá. No podía obligarla a dejar de mentirse a sí misma.
―¿De verdad? Demuéstramelo entonces ―la reté―. A partir de ahora, cada vez que me mires, dime que
no desearás que te bese ―me acerqué más a ella―. A partir de ahora, cada vez que te roce, supongo que
seré el único que piense en cuánto me gustaría tocarte, acariciarte… Sin ropa de por medio ―susurré
roncamente y ella ahogó un gemido, dándome la razón―. A partir de ahora, Jimena, si de verdad puedes
seguir diciéndote a ti misma que no deseas follarme tanto como yo deseo follarte a ti… Si eso de verdad es
así… ―suspiré y dejé que la tensión abandonase mi cuerpo― Estaré equivocado y seré el único que siente
esto.
―Eloy ―la súplica en su voz.
―Seré el único que siente que se muere si no estoy dentro de ti de una maldita vez.
Obvié sus labios húmedos, su boca abierta, sus pupilas dilatadas, el rubor en sus mejillas y la excitación
que sabía que sentía entre las piernas.
Era ella quien tenía que lidiar con aquel descubrimiento por sí misma, como yo lo había hecho.
―Y si eso de verdad es así… Seré yo, y no tú, quien se está engañando a sí mismo al creer que esto
―señalé el espacio entre los dos― , esta cosa que nos ocurre desde aquella maldita noche en el sofá de mi
casa es cosa de dos.
Mentira.
Pero no podía hacer nada más, era ella quien tenía que dar el siguiente paso. Solo esperaba que no
tardase demasiado o iba a terminar volviéndome loco por el deseo.
―Lo siento entonces. Y tranquila, no hace falta que renuncies a tu trabajo, no volverá a ocurrir. No haré
nada que pueda incomodarte ―le prometí.
Estaba convencido de que aquello no era una invención mía. Joder, la había sentido temblar de placer y
eso era por mí. Estaba seguro de ello.
Pero era ella quien tenía que darse cuenta de las cosas y, por Dios, esperaba que no tardase demasiado
porque, si no, iba a volverme completamente loco.
¿Y si nunca lo admite?
Simplemente no podía pensar en esa posibilidad. De ser así… Tendría que vivir con ello.
Capítulo 12
El día anterior, después de salir casi corriendo de la oficina de Eloy, bajó del edificio por las escaleras. Con
la ansiedad que sentía, como para meterse en ese maldito cachivache pequeño y cerrado.
Pero seguía sintiendo el corazón a mil. Por no hablar de que necesitaba cambiarse de bragas.
Joder, no solo recordaba todo sobre aquella noche, sino que, además, esta vez la había besado en pleno
uso de sus facultades.
Jimena gimió sin poder evitarlo cuando los recuerdos del sexo de Eloy rozándose con el suyo volvieron a
su mente. Todo tan vívido…
Pero era algo difícil de hacer teniendo en cuenta lo que acababa de pasar allí arriba.
Jimena tenía un problema, y lo sabía. Pero lo que no se podía imaginar era que lo que había ocurrido en la
oficina unos minutos atrás solo era el principio de una tortura que casi la lleva a la locura.
Una tortura que tenía nombre propio: Eloy De la Vega. Quien parecía estar dispuesto a llevarla al límite.
Porque lo estaba haciendo todo queriendo, ¿no? ¿O acaso era Jimena quien ya no podía quitarse aquel
momento excitante de la mente y cualquier cosa le hacía recordarlo?
La tortura comenzó al día siguiente y duró toda la semana. Y llegó un momento en el que Jimena supo que
tenía una decisión que tomar.
Pero vamos paso por paso comentando qué fue lo que llevó a nuestra protagonista a creer que perdería la
cordura.
Capítulo 13
Jimena
Martes.
Llegué al trabajo y, para qué mentir, estaba acojonada. Y avergonzada. Pero más que por lo que había
pasado en sí, lo estaba porque no solo no había sido capaz de olvidar, durante todo el día anterior, lo que
había ocurrido con Eloy. Si no que, además, no sé cómo, terminé teniendo un orgasmo mientras las
imágenes volvían a repetirse en mi mente.
Estaba acostada en mi cama y era imposible que conciliase el sueño. Porque ese jodido hombre no se me
iba de la cabeza.
―Jimena… ―cómo dijo mi nombre era lo más erótico del mundo. Nunca me había puesto tanto escucharlo
como en ese momento.
No te preocupes, no hace falta, con que lo sepa yo para recordártelo cuando sea necesario, es suficiente,
dijo la voz de mi cabeza jodiéndome, como siempre.
Cerré los ojos en el momento en que el sonido de su voz pareció envolverme y, casi sin ser consciente,
bajé la mano y la dejé parada sobre mi sexo, por encima de mi ropa interior.
―Oh, sí ―gemí yo y, sin más dilación, metí la mano por dentro de las bragas y toqué mi sexo. Lo toqué
despacio, más rápido. Lo hice hasta correrme y siempre con él en la cabeza.
No estaba loca, no. Estaba como una puta cabra, que era muy diferente.
Así que como si no tuviera suficiente con toda la bochornosa situación, yo le había agregado lo más
vergonzoso.
Había pensado en las mil y una maneras de faltar ese día al trabajo, pero nada, allí terminé.
―Jimena… ―mi compañera me dio un codazo y yo volví a la realidad― Te está hablando el jefe.
Joder.
Había intentado pasar desapercibida en todo momento, pero teniendo en cuenta que éramos ocho
personas en la enorme sala… Estaba claro que se me vería.
No había mirado a Eloy hasta ese momento y esa vez tampoco duré mucho. Me ponía demasiado nerviosa
hacerlo.
Sentí un calor inmenso y volví a centrarme, de nuevo, cuando mi compañera carraspeó exageradamente.
―¿Pero se puede saber qué te pasa? ―dijo por lo bajito― ¿Es por lo de Cristian? ―en la oficina ya todo el
mundo lo sabía― ¿Te está costando superarlo? ¿Es eso?
No, joder. Eso estaba más que superado. Además, desde que me había dejado me había llamado un par de
veces y pude decirle todo lo que pensaba y sentía, sin guardarme nada. Él seguía fuera por trabajo, pero
no tardaría en volver y había algo que me había prometido a mí misma: no quería perder mi amistad con
él.
Lo hizo mal, sí, pero no era una mala persona. Todo el mundo tenía derecho a equivocarse, ¿no?
Y sí, la verdad era que demasiado pronto había dejado el asunto de Cristian a un lado. No sabía si eso era
bueno o no.
―Jimena… ―mi jefe me nombró y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Lo miré y me arrepentí de ello al
momento― ¿Estás bien?
No, no estaba bien. No se iba de mi cabeza. Me había masturbado pensando en él y me había corrido
gritando su nombre.
¡¡¡Maldito!!!
―En realidad no, no me encuentro muy bien ―dije con la intención de irme de aquel lugar.
―Si no estás bien, mejor vete. No tenemos tiempo para perder en cosas así ―dijo serio y borde como el
jefe que era.
Lo miré a los ojos y no vi ni un atisbo del hombre que me estaba haciendo perder la cabeza. Ahí era el jefe
tocapelotas de siempre.
―Que no falles ―Carla, mi compañera más cercana, la que más pendiente estaba de mí, se agachó a
ayudarme. ¿Mierda, lo había dicho en voz alta? ¿Él me había escuchado?― ¿Qué crees que dijo?
―también en el suelo, negué con la cabeza. Iba a volverme loca―. No sé qué te pasa, pero haz el favor de
centrarte, Jimena. Tienes a toda la plantilla pendiente a ti, por Dios.
―Lo siento ―suspiré y cuando me levanté con todas las carpetas, solté un adiós y salí de aquel lugar
echando leches.
Miércoles.
Me tropezaba con él en todos lados ese día. Si iba al baño, él salía. Si entraba en la mini cocina para
prepararme un café, allí estaba él.
Para mi sorpresa, todo aquello que debería inflar su ego al hacerlo pensar que lo perseguía, no lo hacía. Él
no daba esa impresión. Él solo…
¿A eso se refería con que no haría nada que pudiera incomodarme? ¿A ignorarme por completo? ¿Ni
siquiera iba a gritarme como solía hacerlo?
Por subnormal.
Al momento de irme, planeé hacerlo la primera para no tener que verlo más ese día.
Pero la vida tenía otros planes. La mala suerte volvía a acompañarme. Vi cómo las puertas del ascensor se
cerraban y corrí para pararlo. Lo hice y casi me da un soponcio cuando lo veo dentro de él.
A él.
Solo a él.
―Esta chica es tonta ―dijo Carla―, de verdad… Espabila, mujer, que la gente no tiene todo el día para
que te decidas si te montas o no ―refunfuñaba mientras se alejaba―. Emparrada, ¡está emparrada!
Y allí me encontré, no solo dentro del ascensor con él, sino en los brazos de él.
Tenía que haberme separado de él de inmediato, pero no pude hacerlo. Él sí, él sí que podía. Para
tocapelotas era el primero.
Lentamente, sujetándome lo menos posible, me ayudó a incorporarme y se separó de mí. Y, para qué
mentir, eso me sentó como una patada en los ovarios.
Cómo me dolió la indiferencia que parecía sentir ante un toque que a mí me había llevado al límite. Mi
cuerpo temblaba y ¿él solamente me echaba a un lado?
Enfurruñada, me quedé quietecita en una esquina y lo observé de reojo. No, ni siquiera así me echaba una
mirada.
Las puertas del ascensor se abrieron y él, con toda la tranquilidad del mundo, salió.
Jueves.
Me tropecé con una de mis compañeras cuando salía del despacho de Eloy. Llegué hasta él y llamé a la
puerta, tenía unos papeles que entregarle y su secretaria estaba desayunando, así que me tocó entrar a
mí.
Entré sin esperar su confirmación para que lo hiciera y la respiración se me quedó atascada cuando lo vi
sin la camisa.
Si hubiese sido un dibujo animado, estaría babeando en ese momento. Joder, cómo no hacerlo si ese
hombre tenía unos pectorales y un six pack que dejaría embobada y embobado a cualquiera.
Madre mía…
Cuando subí la mirada, me encontré con la suya. Pero no era la burlona e inflada de ego que esperaba,
sino la seria de jefe capullo que tenía siempre.
―Lo siento, lo hice, pero… ―me callé cuando algo empezó a tomar sentido en mi cabeza.
Oh, vamos. Mentirte a ti misma es tu especialidad, ¿eh? ¿No sabes? Pues ya te lo digo yo. Celosa, tan
celosa que te llevan los demonios, dijo la voz de mi cabeza.
Apreté los dientes, negué con la cabeza y le dejé los sobres con los documentos encima del escritorio.
Y sin una palabra más, me di la vuelta y me marché de allí. No sin antes dar un portazo. Porque joder,
vaya mala hostia tenía en ese momento.
Y sí, ¡me comían los malditos celos!, ¿vale? No iba a mentirme más sobre eso. Estaba celosa. Mucho.
Quien fuera me ayudó a incorporarme, levanté la mirada y me encontré con unos ojos que conocía muy
bien.
Resoplé.
Cristian soltó una carcajada, aliviado al ver que ella era la de siempre.
―Por la cara con la que me mira, creo que me degollará él antes a mí ―rio Cristian.
Sin decir nada, sin demostrar nada, se dio la vuelta y volvió a entrar en su despacho. Tan tranquilamente.
¿Todo bien?
No me había dado un vuelco al corazón al verlo. No había sentido ira ni ganas de guantearlo. No sentía
odio por él, sino cariño sincero y le deseaba lo mejor.
―Todo bien ―confirmé y, por primera vez, sentí que, de verdad, ese capítulo de mi vida, el que estaba
protagonizado por Cristian, ya había terminado.
Y bonita manera de hacerlo había elegido, involucrándome, en cierto sentido, con Eloy De la Vega.
Capítulo 14
Cuando Eloy salió de la oficina esa noche ya era tarde. Venía ocurriendo así toda la semana, intentaba
llegar a casa lo más tarde y cansado posible para no pensar demasiado. Intentaba mantenerse todo lo
ocupado que podía para que su cabeza no tuviese demasiado tiempo para pensar en ella.
Pero no era fácil, todo aquello costaba mucho. Porque esa mujer no se le iba de la cabeza ni por un
instante.
Estaba siendo muy duro el mantenerse al margen de ella, pero necesitaba hacerlo para no volverse loco.
Le dolían los labios por la necesidad de besarla. Le dolían las manos por la necesidad de tocarla.
Y tenía que mantener todos los sentimientos, todas las emociones y toda la necesidad a raya. Y, para eso,
la ignoraba todo lo que podía.
Ese día, por ejemplo, no se habían visto. Jimena estaba en la Corte y Eloy no apareció allí como solía
hacer.
¿Para qué? Era mejor para los dos mantenerse alejados. Hasta que ella descubriese qué era lo que ocurría
entre ambos.
Porque Eloy aún confiaba en que así sería. Él seguía creyendo que ella sentía lo mismo que él y nadie le
quitaría esa idea, ni esa esperanza, de la cabeza.
Porque esa fe que tenía era lo que le ayudaba a seguir con todo aquello cuando no le gustaba lo más
mínimo volver a tener una relación tan fría con ella.
Qué digo volver, tener por primera vez porque cuando se “odiaban”, al menos se tiraban los trastos a la
cabeza. Ahora ni eso podía hacer, la relación entre ellos no podía volver a ser la que era porque ya no
había nada que ocultar.
No había sentimientos o deseos que mantener bajo llave por miedo a ser descubiertos. Eloy se había
abierto en canal, le había dejado las cartas sobre la mesa y era el turno de Jimena.
Pero los días pasaban y ella, además de mostrarse molesta, no daba señales de mucho más. ¿Celosa el día
anterior, quizás?
Se tensó al escuchar la voz de Jimena detrás de él. Acababa de abrir la puerta de su casa, se giró
rápidamente y vio a Jimena levantándose. Estaba sentada en la escalera, Eloy no la había visto al salir del
ascensor, tan sumido estaba en sus pensamientos.
¿Por qué estaba ella allí? ¿Era por algo bueno? ¿Iba a buscarlo, por fin?
¿O ella estaba enfadada por algo? ¿Él la había cagado en algo? ¿Por eso fue hasta él?
Nunca había ido allí sola, a excepción del día que lo tuvo que llevar a casa borracho. Así que verla allí era
un poco extraño.
Y maravilloso.
―No, no fui.
―¿Por qué?
―Estaba ocupado.
Lo era, Jimena había pasado un día de mierda al no verlo, pensando y pensando en él, imaginando cosas
que no le gustaban en absoluto y, sin darse cuenta, había terminado allí, delante de la puerta de su casa.
―Esto ―se señaló a sí misma, enfadada―. ¿Por qué no te me vas de aquí? ―señaló su cabeza.
Porque así era como se sentía. Porque no podía quitarse a ese hombre de la mente y eso no le gustaba
nada.
―Aquí puedes gritarme todo lo que quieras ―la espalda de Jimena estaba apoyada en la pared del pasillo
y Eloy muy cerca de ella.
No estaba borracha, solo estaba desesperada. Desbordada por todo lo que ese hombre le hacía sentir.
―¿No me importa?
―¿Y…? ―la animó él a continuar, dejándola que soltara todo lo que la tenía así.
Oh, señor…
―No lo sé ―dijo ella con sinceridad―. No sé nada. Lo mismo me dices que me deseas y después me
ignoras a cual mierda en la calle.
―Jimena…
Pero Jimena no iba a dejarlo hablar, todavía tenía cosas que decir.
―¿No puedes ser como antes? ¿No puedes gritarme en vez de hacerme sentir invisible?
Eloy volvió a tragar saliva al entender lo que aquello, y todo lo que decía, significaba.
―No me mientas, Jimena ―él se acercó a ella―. No me mientas porque mientras lo hagas, seguiré
manteniéndome al margen. ¿Y es eso lo que quieres?
Ella negó con la cabeza y una lágrima cayó por su mejilla. Eloy no pudo controlarse, levantó una mano y
limpió su rostro. Ella tembló ante el contacto.
―Ya lo hiciste ―él se acercó más, sus cuerpos casi rozándose― ¿No es suficiente?
―No ―él no podía imaginarse cuánto le costaba a ella responder a esas preguntas.
―¿Qué más necesitas? ¿Qué más quieres de mí? ―preguntó casi en un susurro.
La mano de Eloy seguía sobre la mejilla de Jimena; ella, instintivamente, movió su rostro para sentir la
caricia de él y Eloy sintió que se le derretía el corazón allí mismo.
Ella estaba allí, buscándolo. Ella estaba luchando con esos sentimientos que no entendía. Y que la
asustaban.
Lo sabía porque él había pasado por eso. Y daba un miedo acojonante. Sobre todo por tratarse de ellos.
No era fácil. Pero haría que fuera perfecto. Porque él tenía algo muy claro: no quería perder a esa mujer.
No quería perder la oportunidad de tocar el cielo con la mano y sabía, con certeza, que solo con ella podía
hacerlo.
Y le demostraría a ella que, aun con miedo, podían lograrlo.
―Jamás podría ignorarte ―dijo él y ella abrió los ojos y lo miró―. Por más que quiera, no puedo. ¿Crees
que es fácil para mí mantenerme alejado de ti? ―la otra mano sobre su cara― Te deseo, Jimena. Y a mí
todo esto también está volviéndome loco.
―Eloy…
―Pídeme que te bese ―casi le rogó él―. Pídemelo antes de que los dos perdamos la cordura.
Jimena miró esos preciosos ojos color avellana y sintió que algo se rompía dentro de ella.
La cordura, esa que creían que perderían si no se tocaban, la perdieron cuando sus bocas se encontraron.
Y, como ocurrió durante su primer beso, ya nada volvería a ser como antes.
Capítulo 15
Jimena
Sentí que todo el miedo que sentía, que era mucho, desaparecía cuando sus labios rozaron los míos.
Esa vez no fue como las anteriores, no comenzó con un beso dulce. Al contrario, esa vez me devoró desde
el primer momento. Estaba ansioso y eso me hacía sentir bien, porque yo también me sentía así.
Quería besarlo hasta perder la razón. Quería que entrara en mí y que no saliera nunca. Y eso asustaba.
Mucho.
Nuestras bocas se besaban, nuestras lenguas ya no eran tímidas la una con la otra. Nos devoramos allí,
con nuestros cuerpos pegados el uno al otro, rozándonos como locos, intentando sentirnos de cualquier
manera posible.
―Jimena… ―gimió sobre mis labios cuando los dejó libres para que pudiéramos respirar. Pegó su frente a
la mía, los dos con los ojos cerrados― ¿Sería muy vergonzoso si me corro en los pantalones por solo
besarte?
Me reí, no pude evitarlo. Abrí los ojos y me encontré con los suyos, divertidos a la vez que me miraban con
fuego.
No tenía que haberle dicho eso, era algo que me tenía que haber guardado para mí misma. Pero, en ese
momento, sentí que tenía que compartirlo con él.
―Joder. ¿Cuándo? ―me besó de nuevo― Soy yo, Jimena. Por favor, nunca te avergüences conmigo.
Cuéntame ―nos hizo cambiar de postura, me separó de la pared y me puso delante de él. Me abrazó por
la espalda y me guio, caminando hasta su dormitorio mientras hablaba―. ¿Cuándo fue?
Él gimió en mi oído y yo sonreí. Tenía la cabeza apoyada en mi hombro y besaba mi cuello, provocándome
escalofríos.
―No lo sé.
―¿Desde cuándo?
Nos paramos al llegar a la cama. Él se colocó frente a mí, me cogió por la cintura y pegó nuestros
cuerpos.
―No si no quieres. Conmigo di y haz solo lo que quieras ―su mano en mi rostro, dulce―. Pero me
gustaría saberlo, así no sentiría que solo lo hice yo.
―Más de lo que debería. Incluso cuando no debía ―sonaba sincero―. Y me odiaba por ello.
Lo entendía. A mí también me había pasado lo mismo. Incluso en ese momento me odiaba un poco a mí
misma por haber reconocido lo que ocurría y por entender que no podía, ni quería, dejar de vivir lo que
fuera que ocurriera entre él y yo.
―¿Qué estamos haciendo? ―lo pregunté para mí misma, no fue mi intención decirlo en voz alta.
―Dejar de cohibirnos. Dejar de prohibirnos ―me besó―. Eso es lo que estamos haciendo.
Y ahí se acabó la conversación. Desde ahí, nuestras bocas y nuestras lenguas solo iban a servir para
conocer al otro.
Probar su sabor.
Poco a poco, nos fuimos deshaciendo de la ropa que llevábamos encima. Poco a poco, dejamos nuestros
cuerpos desnudos, el uno frente al otro.
―Dios, Jimena ―gimió cuando me miró de arriba abajo y nunca me había sentido tan deseada como en
ese momento, cuando me miró de esa manera.
Besándonos desesperados, caímos sobre la cama. Él sobre mi cuerpo, su sexo rozando el mío cuando abrí
las piernas para que se acomodara ahí.
―Me voy a correr aquí ―su otra mano sobre mi sexo, haciéndome gritar al sentir el placer del contacto―.
Pero la próxima vez me correré sobre estas, Jimena ―me besó con dureza―. Quiero tus preciosas tetas
llenas con mi semen ―gemí por su boca sucia―. ¿Puedo?
Me encantó que preguntara, como lo había hecho antes. En todo momento esperaba mi opinión y eso era
ser, simplemente, perfecto. Porque así era como debería ser.
Gruñó con fuerza por el comentario y porque, a la vez, yo tenía su pene en mi mano y había apretado.
Unas gotas de líquido preseminal salieron de él y yo lo acaricié, esparciéndolas por su miembro.
Su mano apretando mi pecho, sus dedos pellizcando suavemente mi pezón. Se lo metió en la boca cuando
llegó a él. Primero ese, después el otro. Lamió y chupó mis pechos mientras yo me retorcía de placer por
ello.
Con sus manos en mis costados, dibujó, con su lengua, una línea desde mi garganta hasta mi pubis. Se
paró ahí, su boca sobre mi sexo y sus ojos cerrados.
―Abre las piernas ―ordenó al abrir los ojos. Dudé un momento, pero terminé haciéndolo―. Baja las
manos, Jimena, y ofrécemelo.
¿En serio?
Bajé mis manos y, con mis dedos, separé mis labios vaginales. Y joder, eso era lo más erótico que había
hecho en la vida.
―Joder, nena ― me miró a los ojos―. Qué ganas tenía de hacer esto.
Y me devoró. Su boca se cerró sobre mi sexo, sus labios alrededor de mi clítoris y yo sentí que todo
terminaría en ese momento.
Con su lengua, comenzó a lamerme de arriba abajo y, mientras lo hacía, metió, lentamente, dos de sus
dedos dentro de mí.
―Oh, Dios ―me temblaba todo el cuerpo y me agarré a su pelo con fuerza.
Mis caderas comenzaron a moverse, pero él no tardó en aguantarlas con la otra mano. Me quería quieta.
Me quería disfrutando.
Sacó sus dedos y fue su lengua la que entró en mí y, con su nariz, rozaba mi clítoris. La sensación de su
lengua follándome me llevó al límite y comencé a temblar.
―Eloy…
Eloy sacó la lengua y volvió a meter dos dedos hasta el fondo a la vez que, con sus labios, rodeaba mi
clítoris y exploté, sin poder controlar los espasmos ni los gemidos del orgasmo que me dejó
completamente laxa.
Subió dándome besos por todo el cuerpo y se tumbó a mi lado. Su mano en mi mejilla, acariciándome.
―No.
―Duro ―respondí.
Se movió y cogió un preservativo del cajón de la mesilla de noche. Se lo puso y volvió a tumbarse sobre mi
cuerpo. Entonces me besó.
Y volví a excitarme rápidamente. Abrí las piernas y lo dejé colocarse entre ellas.
―Muero por follarte ―gimió cuando, después del beso que casi hizo que me corriese otra vez, comenzó a
abrirse paso en mi interior―. No sé las veces que he soñado con esto, pero oh, Dios ―gemimos a la vez
cuando entró por completo en mí―. Joder, nena, sabía que sería así.
―¿Cómo?
Entonces me besó y comenzó a moverse lentamente. Sus labios siempre sobre los míos, una de sus manos
en mi rostro mientras me besaba. La otra bajo mi cuerpo, agarrando mi nalga y apretando con fuerza. Su
pecho rozándose con el mío…
Cada vez que salía de mí, sentía cómo mi vagina lo apretaba. Queriéndolo dentro. Más y más adentro.
Y así comenzó a moverse. Sus dos manos, al final, en cada una de mis nalgas y, sin dejar de besarme, se
movió hasta que noté las contracciones que me decían que todo aquello iba a llegar a su fin.
―Eloy, más…
―Siempre, nena ―aumentó el ritmo de sus embestidas y grité cuando mi cuerpo terminó con un orgasmo
como nunca antes había sentido―. Joder ―gritó él cuando su cuerpo se tensó, el orgasmo apoderándose,
también, de su cuerpo.
Volvió un momento después sin preservativo y con una toalla en las manos.
Enarqué las cejas.
Pero esa vez no esperó respuesta. Supongo que, si lo hacía, sabía que le diría que no. Porque la verdad
era que eso resultaba vergonzoso.
―Sé que no ―dijo él, se sentó a mi lado y, mirándome a la cara, puso la toalla en mi sexo y me limpió con
delicadeza, pero sin mirar―. Pero quiero hacerlo ―puso la otra mano sobre mi mejilla y esa dulzura me
rompió por dentro―. ¿Estás bien?
Asentí con la cabeza y, sin poderlo evitar, una lágrima resbaló por mi mejilla.
―Nena, no ―preocupado, dejó la toalla y se tumbó a mi lado―. Lo último que quiero es verte llorar.
Pero no podía no hacerlo. No cuando me acababa de dar cuenta de que eso no era sexo para mí.
Capítulo 16
Eloy no sabría decir qué fue lo que hizo que se despertara, quizás algún ruido.
Sería eso, porque cuando él levantó la cabeza de la almohada con un movimiento brusco, maldijo cuando
vio que no solo ella no estaba, sino que iba a marcharse.
Lo supo porque la puerta hacía días que chirriaba y todavía no le había echado el tres en uno.
Se levantó a toda prisa y, como Dios lo trajo al mundo, llegó hasta la puerta antes de que esta se cerrara.
Ella gritó cuando la cogió en peso.
―¡Eloy! ¡Me asustaste! ―exclamó cuando él cerró la puerta y la dejó en el suelo, frente a él.
―¿Adónde ibas?
―A mi casa.
―¿Por qué?
―Bueno, yo… ―lo miró de arriba abajo― ¿Estás loco? ¿Cómo sales así? ―preguntó escandalizada.
Eloy puso los ojos en blanco. Cogió a Jimena de la mano y tiró de ella para adentro.
―Bueno, no sé. No es que yo sea una experta echando polvos de una noche ―él se paró, pero no la miró y
continuó tirando de ella hasta dejarla en el sofá.
Pero ella no pilló la advertencia en la voz aguda y bajita que había usado él para hacer esa pregunta.
―Ah, ¿no? ¿Y por qué no, si puede saberse? ―él se encogió de hombros.
―Es un poco difícil hablar contigo con todo… ―señaló a su entrepierna― El pirindolo ahí en medio.
―Ya veo, ya ―reía él, se pasó una mano por la cara, esa mujer acabaría con su cordura.
―Ya… ―no soltó otra carcajada de milagro al ver la cara de ella― ¿Puedo hacerlo sin que salgas
huyendo?
―No huía ―dijo a la defensiva―. ¡Solo me iba a casa! ―exclamó cuando lo vio desaparecer por el pasillo.
Eloy llegó al dormitorio, se puso unos calzoncillos y volvió al salón. Ella seguía allí, sentada en el sofá y él
se sentó a su lado.
―No quiero que te vayas ―dijo esa vez serio―. Y en ningún momento esto ha sido un polvo de una noche.
―Oh…
―Sí, oh… ―sonrió él al ver la sorpresa en su rostro― ¿Es esa la impresión que te di?
―No ―ella también sonaba sincera―. No es eso. Hace dos días nos estábamos tirando los trastos a la
cabeza y yo… Hace dos días era la novia de tu hermano… Ni siquiera sé cómo actuar ahora mismo.
―¿Y si no actúas? ¿Y si simplemente te dejas llevar y eres tú misma? Me mandas a la mierda si lo sientes
y me besas también si es lo que quieres. Cada cosa en el momento que quieras.
Eloy meditó muy bien qué palabras decir. Su respuesta era un sí rotundo, claro que quería que continuara.
Y quería más. Mucho más.
Lo quería todo.
―No quiero un polvo de una noche ni algún polvo esporádico. No quiero contenerme si me apetece
follarte.
―Eso suena a mucho más y yo no creo estar lista para ello. Yo… ―no sabía cómo explicar el miedo atroz
que tenía a tener algo serio con él― Además, ¿estás loco? Estoy segura de que tú no quieres eso. Soy yo,
Eloy, ¡despierta!
Eloy sonrió con dulzura y cogió su cara entre las manos, infundiéndole tranquilidad.
―Me conformaré con lo que me des, Jimena ―le demostraría lo equivocada que estaba y que, por
supuesto, él no estaba jugando―. Iremos al ritmo que quieras, paso a paso. Ya veremos dónde nos lleva
todo esto. No te asustes antes de vivirlo.
―¿Cómo no me voy a asustar? Nos odiamos y, para colmo, ¡eres mi ex cuñado!, nada menos. Y mi jefe
―gimió, agobiada―. Eloy, la gente hablaría.
―Quizás a ti no, pero ¿y a mí? Trabajé muy duro para poder llegar hasta el bufete y me esfuerzo. Me
queda mucho por aprender y no soy de lo mejor, pero me esfuerzo.
―Te mantengo allí porque lo eres, Jimena. No entiendo ese complejo de inferioridad.
―Ya me criticaban por estar con tu hermano. Ya tuve que soportar comentarios hirientes porque creían
que por eso me beneficiaba de cosas. ¿Qué crees que ocurrirá si a dos días de terminar una relación con
uno, ahora se enteran de que me acuesto con otro?
Eloy apretó los dientes. No tenía que ser tan específica, no hacía falta que hablase de Cristian porque,
joder, le dolía.
¿Qué habría pasado si él no se hubiera mantenido al margen? ¿Qué habría pasado si él no le hubiese dado
carta blanca a su hermano?
Volviendo a la realidad…
¿Ella creía que era solo sexo? ¿Eso era lo que ella buscaba?
―Eloy… ―continuó ella, él la miró― No es fácil. Esto que ha ocurrido entre nosotros ha sido una sorpresa
y yo…
―Lo siento ―se disculpó, por no ponerse en su piel―. Y te entiendo ―de verdad que lo hacía, por eso le
diría que irían a su ritmo, paso a paso―. Pero a mí toda esa gente me la pela, Jimena. Los despido a todos
y a tomar por culo ―Jimena sonrió. No solo eran ellos, eran todos en la familia, en la Corte, en la calle…―
Ahora mismo no soy ni ese ex cuñado ni ese jefe del que hablas. Ahora mismo, aquí, en la intimidad, solo
soy un hombre que te desea. Que ha disfrutado como nunca contigo en la cama y que solo quiere
repetirlo. Y que te quedes con él esta noche. Todo lo demás, todos esos miedos que te asustan, los iremos
resolviendo cuando llegue el momento.
―No pensemos demasiado. Solo vayamos viendo qué es lo que pasa. Por favor.
No quería terminar nada cuando ni siquiera había empezado. Él quería seguir y demostrarle, tardase lo
que tardase, que ellos podían tener una oportunidad.
Y que podía existir un ellos al que no le importase un carajo lo que dijese la gente.
―Míranos. Aquí llevamos horas y aún no nos hemos tirado nada a la cabeza.
―¿Da mucho miedo? ―preguntó él, de nuevo, sabiendo cuál era el problema real.
Que todo aquello acojonaba. Que admitir que querían más daba miedo. A él también, por supuesto, pero
ese miedo era insignificante al lado del terror que sentía al solo pensar que no la tendría a ella cerca
nunca más.
Pero comprendía cómo se sentía ella y le importaba. Por eso se quedaría allí, a su lado, ayudándola a
superar cada miedo que apareciera en ella.
Eloy nunca imaginó que la risa de alguien pudiera producirle semejante felicidad. Mucho menos, la risa
de ella.
―Eloy ―sabía que la había emocionado, él también lo estaba―. ¿No es un poco raro?
Ella se giró en el sofá, levantó las piernas y las dobló, se las agarró con los brazos y lo miró.
―¿El qué? ―preguntó él poniéndose de lado, su brazo por encima del sofá.
―Esto. Tú, yo. Nosotros ―era la primera vez que ella usaba ese pronombre y a Eloy hizo feliz saber que
ella podía concebir un “nosotros”―. Jamás me imaginé estar así contigo.
―Eloy ―lo riñó ella después de soltar una carcajada―. No me refiero a eso y lo sabes.
―El simple hecho de sentirme cómoda a tu lado, por ejemplo. No nos soportábamos, te lo recuerdo.
―¿Tú crees?
―Puede ser. ¿Por eso yo solo sé que no duermes si ves una película de terror, pero que las sigues viendo
porque a Cristian le gustan?
―Siempre que Cristian me decía que habíais visto una película de terror, tú venías a trabajar con ojeras. Y
una vez, además, pegaste un grito horrible porque te chocaste conmigo. Eso era porque estabas asustado,
seguro.
―Jimena, no me toques las pelotas ―dijo él muy serio, siendo el jefe borde que era―. Y no se te ocurra
decirle eso a nadie o estarás de patitas en la calle.
―Después de haberte visto enfadado con el pirindolo al aire… ―otra carcajada― No creo que tus enfados
tengan el mismo efecto en mí.
Haciéndose el ofendido, Eloy la cogió y tiró de ella hasta dejarla caer sobre su cuerpo. La abrazó con
fuerza y, al sentirlo tan cerca, a Jimena se le terminó la risa.
―Te prometo que no se lo diré nunca a nadie ―dijo seria, aunque seguía intentando bromear. Pero Eloy la
movió para colocarla sobre su erección y Jimena gimió.
―¿Sí?
―A ver, sorpréndeme.
Jimena suspiró, puso las manos sobre el pecho de Eloy y apoyó su barbilla en ella.
―No sé por qué, no recuerdo ninguna experiencia traumática, pero siempre ha sido así.
―Quizás no tiene que ver con algo que ocurrió, tal vez es algo que te incomoda o que te inquieta.
―Puede ser.
Levantó una mano y, en esa ocasión, fue ella quien acarició la mejilla de él. Y se agachó para besarlo con
dulzura.
No había esperado un gesto así de ella, no tan pronto. Tampoco había imaginado que todo resultase tan
natural entre los dos y, sin embargo, así eran las cosas. Como tenían que ser.
Y se alegraba de que todo resultase de esa manera. Porque eso solo corroboraba lo que él creía: para
ellos, el único lugar posible, feliz y seguro era el otro.
―Las víboras también podemos ser dulces ―bromeó ella al separarse de él, para ponerle un poco de
humor a la situación.
Eloy no dijo nada, él solo colocó su mano en el cuello de ella y tiró hacia abajo. Y entonces fue él quien la
besó.
Capítulo 17
Eloy
Si alguien quería volverme loco, solo tenía que usarla a ella. Pero más le valía al mundo no tocarla, nunca.
Era la primera vez que despertaba con ella en mi cama. Y lo que sentí me dejó sin respiración. Tendría
que acostumbrarme a sentirme así, porque con ella parecía ser lo normal.
Como me tendría que acostumbrar a una erección perpetua, porque esa cosa no bajaba, ¿eh? Madre de
Dios, la tenía siempre como una piedra.
La había follado en el sofá después de ese dulce beso, la había vuelto a follar antes de dormir y me
despertaba y mi polla seguía erecta.
¿Eso era normal? No me importaba un carajo, la verdad. Eso era lo normal para mí tratándose de ella y
punto.
El mundo, su normalidad y lo que pudiera pensar me la pelaba, así que ya me estaba poniendo el
preservativo.
Me quedé un momento mirándola. Estaba plácidamente dormida, tan tranquila, tan confiada.
Tan desnuda.
Joder, adoraba a esa mujer y haría lo que fuera para no volver a despertar nunca más lejos de ella.
―Estás preciosa ―dije encantado al verla así, recién despierta y sin vergüenza alguna.
Ella no dijo nada, solo sonrió. Se levantó un poco, cogió mi pene con su mano y lo puso en la entrada de su
vagina.
―Nena…
Pero las palabras se me quedaron atascadas en la garganta cuando ella bajó por completo, metiéndome
dentro de ella.
―Buenos días ―gimió.
Y joder si lo eran.
Levantó los brazos y se recogió el pelo con las manos. Mostrándome así, aún más, sus preciosos pechos.
La agarré por el trasero con las dos manos y la ayudé a moverse igual de lento, pero más fuerte.
Más intenso.
Más profundo.
Y Dios, qué bien se sentía aquello. Qué bien se sentía cualquier momento con esa mujer.
Me moví y me incorporé hasta quedarme sentado en la cama, ella aún seguía encima de mí y con mi
miembro dentro.
Ella lamió mi labio inferior y después lo mordió. La abracé por la cintura y la pegué más a mí. Me miró a
los ojos y perdí el poco control que me quedaba. Comencé a moverme con fuerza, levantando mis caderas
a la vez que ella me cabalgaba.
―Dios, Eloy…
Aceleré los movimientos, puse las manos en su cintura y la ayudé a moverse más rápido. Mi lengua fuera,
lamiendo sus pechos mientras botaban con cada embiste.
―Eloy, yo…
―Dámelo, nena ―la follé aún más fuerte―, córrete, apriétame la polla y haz que me corra en ti.
Y yo sabía que sería así. Con ella todo sería puro fuego.
―Ven aquí ―me tumbé en la cama y la llevé conmigo. La abracé y nos quedamos así hasta que nuestros
corazones se calmaron.
―Eloy…
Cambié la postura y la miré a los ojos, dispuesto a decirle la única respuesta posible para mí.
―¿Comes conmigo?
Jimena abrió los ojos de par en par y me dio con el puño cerrado en el hombro.
―Pero no lo trates así, pobre.
Jimena se puso roja como la grana y se tapó, avergonzada. Sonreí, me encantaba verla así.
Era encantadora.
No quería que ella se fuera de mi lado. No quería perderla de vista. Quería tenerla cerca y follarla otra
vez.
―Hmmm…
―Ah, entiendo ―no, no entendía. Bueno, en parte lo hacía―. Hablamos esta noche o mañana y te cuento.
―¿Es importante?
Colgué la llamada y suspiré. Me levanté y, como Dios me trajo al mundo, fui a buscar a Jimena.
Ensimismada.
Aparecí por detrás, la abracé con fuerza y apoyé mi barbilla en el hombro de ella.
Jimena se tensó.
Me encogí de hombros.
―Supongo que sí, tanto como tú a mí. Eres la única que no le echa azúcar a mi café, hasta mi hermano lo
hace.
―Me gustaría contárselo ―ella se tensó y le di un beso en el cuello antes de volver a dejar caer la barbilla
sobre su hombro―. No me gusta mentirle ni ocultarle cosas.
La giré entre mis brazos, cortando la tontería que iba a decir. Ella seguía con lo mismo por culpa de todo
ese cacao que tenía en la cabeza y yo me había prometido a mí mismo ser paciente.
Y lo sería.
―Lo que ocurra entre nosotros y lo que decidamos contar lo decidiremos entre los dos. Paso a paso, no te
adelantes de nuevo. Así que dime, ¿qué vamos a hacer el fin de semana?
―¿Vamos? ―ella sonó sorprendida, porque lo estaba― ¿No tienes planes? ¿No irás a comer con tu
hermano?
―Mi único plan es disuadirte de lo que sea que quieras hacer para que te quedes conmigo.
Jimena
Nunca jamás, ni en mis sueños, podía haber imaginado que Eloy y yo podríamos estar así.
Domingo, los dos en el sofá mientras nos tomábamos una taza de café a media tarde, hablando de
nuestras vidas como nunca antes lo habíamos hecho.
―Difícil y duro ―confirmó él y yo no ni siquiera podía imaginar cuánto―. Pero no podía quedarme
llorando, tenía un hermano del que cuidar.
―No lo necesitaba, lo tenía a él y era suficiente. Me hacía feliz el ver cómo iba creciendo, cómo volvía a
sonreír porque conseguía sacar las notas que quería.
―Es inteligente.
―Sí.
―Tú más.
―No era inteligencia, era trabajo duro. Estudiaba cuando podía: en los descansos del bar, en los
descansos entre reparto y reparto… No podía decirle que no a ningún trabajo de medio tiempo, pero
tampoco quería perder mi sueño.
―Siempre había sido mi sueño, pero jamás se lo inculqué. Me sorprendió el día que me dijo que quería
estudiar derecho ―Eloy rio―. Recuerdo que me negué y le dije que él podía hacer algo más. Pero fue
inútil.
―Te admira.
―Lo sé y yo a él. Tampoco fue fácil para un adolescente perder a sus padres y quedarse con un hermano
que solo era mayor de edad en los papeles, pero que mentalmente todavía no había madurado.
―Ni de coña ―reí―. No todo el mundo sacrificaría su vida por darle una a su hermano y lo sabes. Así que
valórate un poco más en ese sentido y reconoce que lo que hiciste fue algo extraordinario y que no
cualquiera estaría dispuesto a hacer lo mismo. Él te admira por ello ―vi las lágrimas en sus ojos y
sonreí―. Y yo también lo hago. Y me gustaría que te admiraras a ti mismo por eso también.
―Después bien que te crees sexy e irresistible. Ahí bien que luces pagado de ti mismo, ¿eh? Y no te da
ningún apuro. Para nada, luciendo pirindolo ―bromeé para hacerlo reír y lo conseguí.
Eloy soltó una carcajada y las lágrimas quedaron relegadas a un segundo plano.
―¿Lo odias?
―Sí.
―Cuando me contó la verdad, me sentí triste. Además de sorprendida. Joder, mi novio, la persona con la
que creía que iba a compartir mi vida, me deja y me confiesa que está enamorado de otra persona y que
era gay ―reí―. Por más que lo entendiera, soy persona y mentiría si te dijera que mi ego no sufrió ―lo vi
asentir con la cabeza, entendiéndome y eso me reconfortó―. Me dolió porque tenía esa caja con ese anillo
en la mano y pensé “Joder, no es el momento”. Pero aunque me sorprendí a mí misma, no pude ni odiarlo
ni enfadarme mucho con él ni mandarlo a la mierda, aunque debía hacerlo. Me dolió la traición y la
mentira… Pero no me dolían los sentimientos tanto como imaginé. Me pregunté, incluso, si había estado
enamorada de él.
―Lo quise y lo quiero ―confirmé―. Y creo que estuve enamorada del proyecto de vida que quería con él.
No sé si me estoy explicando y joder, tampoco sé si debería de hablar de esto contigo.
―Quiero escucharlo todo ―dijo él entonces, sorprendiéndome―. Sé que le fuiste leal cuando estuviste con
él y fue él quien metió la pata. Lo hizo mal, pero como dices, entiendo sus razones. Eso no quita que lo
hiciera mal. Me alegra que me hayas contado cómo te sientes. Necesitaba saberlo. No quiero verte sufrir
ni por él ni por nadie.
―Tan dulce. Tan comprensivo. ¿Desde cuándo te sientas y me escuchas con tanta atención?
Él se encogió de hombros.
―No creo…
―Tampoco creías que podíamos estar así y mira ―me besó―. Aquí estamos. Y aquí me tienes ―cogió mi
mano y la puso sobre su erección―, otra vez duro como una piedra.
Como tampoco tenía que comparar, pero joder, era tan diferente a todo lo que había vivido antes. Las
cosas con él, sobre todo en la cama, eran tan diferentes a Cristian.
Estaba enganchada a él, lo sabía. Y me iba a ser muy difícil desengancharme cuando tocara.
Porque estaba segura de que eso pasaría. Eloy no me aguantaría mucho, su interés iría menguando.
Nunca le había conocido a nadie que le durase demasiado tiempo y yo, precisamente yo, no iba a ser la
que marcase la diferencia.
A veces él decía cosas que me daban a entender que quería más, algo más serio. Pero yo intentaba
evadirlo. Intentaba no creerlo porque si lo hacía, sufriría más de lo necesario.
Joder, ya estaba enamorada de él, ya iba a sufrir. ¿Cuánto más no lo haría si, además, creía en un futuro
con él?
Además, a todo eso había que sumarle el miedo real que me daba reconocer todo. No quería que la gente
hablase, no quería que mi carrera pudiera sufrir por los rumores de algo que, estaba convencida, no
tendría futuro a largo plazo.
Pero me gustaba estar con él, mucho, y lo estaría mientras pudiera. Siempre intentando no soñar con más
de la cuenta.
Decidida a eso, a disfrutar de los momentos que pudiera con él, me quité la camiseta por la cabeza y dejé
mis pechos al aire. Lo escuché gemir de placer y mi ego se infló cual pavo real.
―Dios, nena ―su voz ronca, provocando escalofríos en mí. Levantó sus manos y cogió mis pechos, uno
con cada uno y apretó―. No tendré suficiente de ti nunca.
Esas palabras eran las que me hacían querer más, imaginar más. Y esas mismas eran a las que no me
podía aferrar.
Cuando volví al salón, él estaba de pie, yendo a buscarme. Me cogió en volandas y me dejó sobre la mesa
del salón. Allí sentada, me ayudó a quitarme las bragas y él, de pie entre mis piernas, se quitó el bóxer.
―Rápido, no aguanto más.
―Sí.
Y más…
―Ven aquí ―me cogió por las caderas, me tumbé y tiró de mí, dejando la mitad de mi trasero fuera―. Yo
tampoco puedo esperar más para follarte ―gimió cuando su miembro entró en mí de un solo movimiento.
Él comenzó a moverse muy lentamente. Su miembro entraba y salía con una lentitud torturadora.
―Nena… ―entró más adentro, sus testículos golpeando mi trasero con cada movimiento― No voy a dejar
de follarte nunca.
«Ojalá», pensé.
Pero sabía que solo eran cosas que se decían por el calor del momento.
Eloy se agachó un poco y cogió mis pechos con sus manos. Pellizcó mis pezones con fuerza y me hizo
gritar.
―Eloy…
―Quiero escucharte ―fuera… Otra vez dentro con fuerza y joder, qué bien se sentía eso―. Quiero
escucharte decir mi nombre cuando te corras ―dentro de nuevo, ¡oh, señor!― Quiero que lo grites
mientras me aprietas la polla con fuerza y yo me corro en ti.
Así sería, yo prometía que así sería. Pero si lo hacía rápido, porque estaba comenzando a perder la razón
con esos lentos movimientos.
―Sí, nena ―Eloy bajó una mano y acarició y pellizcó suavemente mi clítoris―. Ahora viene ―gimió,
torturado él también por las sensaciones del momento.
Se empezó a mover un poco más rápido. Con más intensidad. Y sus dedos jugaron con mi clítoris, los otros
apretando y jugando con mis pechos.
Eloy frotó mi clítoris más rápido, con la presión correcta para hacerme explotar. Y lo hice. Grité su
nombre y apreté con fuerza los músculos de mi vagina hasta que él gritó, se vació y se desplomó sobre mi
cuerpo.
Lo abracé con fuerza y él me dio un dulce beso en el cuello. Era tan dulce.
―Hmmm… ―yo estaba medio muerta, podía hacer conmigo lo que quisiera.
―Hola, mamá.
―¿Estás bien?
―Te han dejado plantada en el altar, como quien dice. No sé, tenía miedo de escucharte llorando.
―Ah… ―reí.
―Acaba de llegar de casa de Gertru ―su vecina―, está ayudando a Paco ―el marido de esta― con la
cocina.
―Solo a esa mujer se le ocurre encargarle algo a esos dos. ¿Te acuerdas de la vez que arreglaron la
tubería?
―Ni yo. Todavía hay gente que me odia por ello y que no me mira a la cara. A este paso me veo sin la
única amiga que tengo, verás.
―No seas exagerada ―no había nadie con más amigas que mi madre, en todos lados conocía a gente―.
Además, también está su marido, así que no podrá cargarte con la culpa en caso de que papá meta la
pata.
―¿Verdad?
―Así es.
―Ya me quedo más tranquila ―menos mal―. Y de saber que lo llevas bien, también.
―Lo llevo bien, mamá. No tienes que preocuparte por ello ni preguntarme la próxima vez que me llames.
Podemos dejar ya el tema en el pasado.
Eloy, quien había salido a por algo de comer a la pizzería porque el reparto a domicilio iba a tardar
demasiado, entraba, en ese momento, por la puerta de su casa.
Pero…
Eloy enarcó las cejas, se acercó a la isla de la cocina y dejó las pizzas encima de ella.
―Bastante bien ―no pude evitar sonreír al mirar a Eloy y al decir eso.
Eloy se había apoyado sobre la isla de la cocina y se había cruzado de brazos, me miraba divertido.
―Exagerada ―reí.
Puse los ojos en blanco, qué difícil era terminar una llamada con esa mujer.
―Vale ―reí.
«Y ojalá alguien fuera así conmigo», eso era lo que él pensó, pero no lo dijo. Jimena estaba segura de eso.
―Mejor eso a nada ―dijo―. ¿Hambre? ¿Mi niña no come bien? ¿Está muy delgada y tengo que darle de
comer?
Capítulo 19
Lunes por la mañana, primer día de la semana, vuelta al trabajo. Primer día en el que Eloy y Jimena
llegarían a la oficina después de que su relación hubiese cambiado para siempre.
―Dudo que tú aguantases más de un día sin hacerlo ―había reído Eloy al quitarle un trozo de queso de la
comisura de la boca.
Habían pasado todo el fin de semana en casa de él, solo habían salido para ir a por ropa a casa de Jimena.
Y esa noche tampoco parecía que tuvieran intención de separarse.
De hecho, no lo hicieron. Se separaron la misma mañana del lunes y porque no tenían más remedio.
A ver, él estaría mejor si pudiese decirle ya a todo el mundo que esa mujer estaba con él y que se dejaría
la vida en que eso durase para siempre, pero entendía a Jimena y entendía que después de la ruptura con
Cristian y que siendo él, además, su jefe… Entendía que fuese cauta cuando de su carrera se tratase.
Entendía que ella necesitase un tiempo.
Habían tenido que lidiar con muchas cosas en los últimos días, habían sido días de incertidumbre, de
reconocimiento de sentimientos, de tantas cosas…
Ella, además, había tenido que lidiar con una ruptura que no esperaba. Era un cabrón porque eso lo
molestaba y se ponía celoso por culpa de su hermano.
Pero las cosas no eran tan sencillas. Porque era verla y él se ponía malo. Y el verla y no poder tocarla solo
conseguía una cosa: ponerlo de mal humor.
―Me cago en la leche… ¡Dónde está esa maldita mujer! ―exclamó a media mañana, sorprendiendo a todo
el mundo.
Jimena, quien ya lo había escuchado, puso los ojos en blanco.
No tardaría mucho en tener la respuesta porque Eloy De la Vega estaba entrando en su despacho sin ni
siquiera llamar a la puerta.
Cerró de un portazo, se aseguró de que todas las persianas estuviesen bajadas y tapando las cristaleras,
se acercó a Jimena, la cogió por una de las muñecas y la levantó de la silla donde estaba sentada,
trabajando.
―¿Pero qué…?
Y se sintió tremendamente orgulloso de sí mismo cuando ella respondió a su beso y, además, gimió en su
boca.
Mierda, ya volvía a estar como una piedra otra vez. Si es que con esa mujer no podía ser, vivía en una
constante erección y eso no debía de ser sano, ¿no?
Limpió el labio de Jimena de labial y fue a acercarse a abrir la puerta cuando esta se abrió sin esperar a
que ella diese paso a nadie. Y todavía habría que agradecerle a quien fuera que la puerta hubiese parado
a tiempo y que no le hubiese reventado la nariz.
Nótese la ironía.
Él bastante tenía con querer saber quién se atrevía a entrar de esa manera en el despacho de su chica.
Porque eso era, ¿o no?
Y punto.
A la puta calle tiene que ir, dijo la voz de su cabeza y Eloy asintió, dándole la razón.
―Perdona la intromisión, tu secretaria no estaba y tenía que dejarte esto antes de que el energúmeno del
jefe pregunte por ello ―dijo Carlos.
Jimena tosió al escuchar una maldición por parte de Eloy, quien seguía detrás de la puerta. Lo hizo porque
su compañero estuvo a punto de mirar atrás y joder, la situación sería un poco extraña de explicar, ¿no?
Pues ya te digo, intervino la voz de la cabeza de ella. Imagina que mira y ve al jefazo escondido detrás de
la puerta, rio. A ver cómo ibais a explicar eso.
Su compañero se fue a acercar a ella, pero ella le hizo un gesto con la mano al ver a Eloy apareciendo en
escena con la intención de degollar a su empleado.
Esta disimuló con las manos cuando él volvió a mirarla. Joder, un poco más y la coge haciéndole señas a
Eloy de que estaba loco.
Carlos la miró con curiosidad. La verdad era que la miró con lástima, pensando que estaba loca.
―¿Yo? ―Jimena sonrió y esa sonrisa no mejoró, para nada, la situación― Estupendamente bien, ¿por qué
no iba a estarlo? ―la sonrisa aún más grande, si es que eso era posible.
―Ya veo… No, es solo que pensé que después de lo de Cristian… Qué triste, ¿no?
«Nota mental», pensó Eloy, «lo más importante en mi vida hoy es despedir a este imbécil. Total, tampoco
es tan indispensable en el bufete».
―Estupendamente.
―Me alegro. Me alegra verte tan bien y que todo eso no te haya afectado tanto.
«Hijo de puta», pensó Eloy y movió la puerta, quedándose a la vista, con cara de asesino.
―Me gustas desde hace tiempo ―continuó él sin tener ni idea del lío en el que se estaba metiendo― y
bueno… Como estabas con el jefe…
«No, imbécil. El jefe soy yo y ¿sabes qué? ¡¡¡Que sí está conmigo!!! Y te aseguro que no te atreverías ni
siquiera a hablarle si lo supieras, ¿eh?», pensó Eloy.
Jimena miró de reojo a Eloy lo que apenas duró un segundo, pero fue suficiente para darse cuenta de que
o se deshacía más rápido que pronto de ese hombre o ese ser que lucía endemoniado no iba a aguantar
mucho más callado.
«Por supuesto que estás en el paro, hijo de mala madre», pensó Eloy.
―Entonces no te molesto más. Ya vamos viendo cuándo quedar ―sonrió y al pasar por la puerta, agarró el
pomo para cerrarla, pero no lo hizo.
Cristian estaba allí, frente a la puerta. Fuera. Carlos saludó a quien también era su jefe y se marchó.
Cristian miró a Jimena, las cejas enarcadas, la curiosidad en su mirada.
Ella gimió mentalmente. Lo que le faltaba… Por Dios, que no le diese por entrar también a él.
Esos segundos que tardó Cristian en levantar la mano y agarrar el pomo de la puerta para cerrarla fueron
agónicos.
Al ver que Eloy no respondía, lo miró. Él estaba, todavía, detrás de la puerta y la miraba fijamente.
Pero él no respondió, solo se colocó bien la ropa y fue hasta la puerta. Dispuesto a marcharse.
―Eloy…
Pero él no la escuchó. Él simplemente abrió la puerta, salió del lugar y se marchó tras cerrarla con
tranquilidad.
Jimena suspiró.
Anochecía y Eloy aún estaba en el despacho. Las alarmas del bufete habían sonado y el intruso que había
entrado al edificio donde se encontraba la oficina había logrado escapar.
―No se distingue nada, solo se ve a un tipo vestido de negro, con gorra y mascarilla del mismo color
merodeando. En el momento que intentó abrir, las alarmas sonaron y él desapareció.
Eloy resopló, las dos manos sobre sus caderas, la mirada sobre su hermano.
―Por lo que se ve, sí. Son diez plantas de oficinas varias y él paró solamente en esta.
―Habla con el gerente del edificio, que investiguen a los guardias que estaban de trabajando. Seamos
nosotros el blanco o no, no entiendo que se les pueda colar alguien tan fácilmente. Joder, imagina que hay
alguien aquí, podía haberle hecho algo.
A Jimena, por ejemplo. Muchas veces, a ella se le iba el tiempo y le daban las tantas en aquel lugar. ¿Y si
ese idiota hubiese entrado estando ella? A Eloy se le paró el corazón. Le daría un jodido infarto si algo le
pasaba a esa mujer.
Podía estar molesto con ella, como lo estaba en ese momento, pero no por ello iba a dejar de preocuparse
por ella o de protegerla de lo que hiciera falta.
―Yo tampoco lo entiendo ―Cristian pensaba como él―. Deberíamos de llevar las imágenes a la policía,
por si acaso.
Eloy asintió. Él sabía que era así como debían actuar y lo harían.
―Joder, ¿y ahora qué? ―Cristian se bebió el contenido del vaso de un trago. Tan nervioso estaba.
―¿Por qué no debería estarlo? Si tengo que tener miedo por cada una de las personas que consigo que
metan en la cárcel…
―Ese tío no es uno más, Eloy y lo sabes. Ese tío está loco, como una puta cabra. ¿Y si intenta algo?
Eloy consiguió ganar el juicio contra ese hombre, algo que dos abogados más, antes que él, no habían
conseguido. No solo consiguió meterlo en la cárcel, también dejó a su familia en la ruina para pagar una
parte de lo que había estafado a varios de sus clientes.
Fue el primer caso grande que ganó y gracias a él, su carrera despegó.
―Ya llovió mucho ―Eloy quitándole importancia, dando a entender que había pasado mucho tiempo.
―¿Entonces crees que porque pasó el tiempo te perdonó y vino para saludarte?
Ese hombre había llegado hasta él en el último juicio, después de que el juez leyera el beneficio. Y,
ahorcándolo con sus manos, lo había amenazado de muerte.
―Yo tampoco, estaré alerta. Aumentaré la seguridad del bufete y espero que me ayudes a controlar que
todo el mundo se vaya a casa cuando toca. Nada de horas extra. Que nadie se quede solo en aquel lugar.
Ese tío volverá preso nada más que lo cojan por saltarse la condicional. Y cuando eso pase, cuando lo
pillen, entonces yo mismo me encargaré de que no pueda volver a poner un pie fuera de la cárcel ―dijo
con seguridad―. Confío en que la policía no tarde en cogerlo y tomaré todas las medidas necesarias para
protegeros a todos ―miró a su hermano―. Confía en mí, no dejaré que os pase nada.
Eloy sonrió.
―Si crees que yo exagero… No me quiero ni imaginar la reacción de tu chica cuando se entere.
Eloy reaccionó con calma. Dejó el vaso del que bebía encima de la barra, lentamente… Y miró a Cristian.
Cristian sonrió.
Eloy suspiró.
―Ya…
―¿De qué?
―Ella dice que la gente hablará, que lo tuyo es muy reciente. Teme por su carrera…
―Ey, no pasa nada ―Cristian le puso la mano en el hombro y apretó―. Lo entiendo. Y sé que no habrá
sido fácil para ti guardármelo. ¿Cuándo…?
―Estaba borracho y la besé. Así que si tienes que molestarte con alguien, es conmigo.
―¿Por qué me molestaría? No lo hice bien con ella y si la haces feliz y tú eres feliz, ¿por qué me habría de
enfadar?
―¿Desde cuándo?
―No, no me refiero a eso. ¿Desde cuándo te gusta? Porque no es desde ese día, ¿no?
―Recuerdo hasta la ropa que llevaba. Dejó el currículum en el bufete y la vi. Y la siguiente vez, te vi con
ella y sabía que te interesaba. Me callé y me lo guardé para mí.
―Pues todo, joder. ¿Por qué tenías que anteponerme? Yo jamás habría intentado nada de saber que te
interesaba. Joder, ahora entiendo tantas cosas…
En realidad, entendía todo. El porqué su hermano se comportaba de esa manera. Intentaba mantenerse
alejado, pero no podía dejar de estar pendiente a ella.
―No.
―Sí ―la cara de Cristian cambió, se ponía tonto solo hablando de él―. Pronto te lo presentaré.
―Cuando quieras. Sobre Jimena… ¿Podrías guardar el secreto? Ella no quiere que nadie sepa aún.
―Y yo entro en ese alguien ―Eloy asintió con la cabeza―. Tranquilo, por mí no sabrá nada, sé hacerme el
tonto.
―Gracias.
―Eloy…
―Me alegra que seas tú, sé que entonces ella será feliz. Y que tú, sin duda, también lo serás.
Si ella lo dejaba sí. Serían felices los dos. Pero para eso aún tenían que superar algunos miedos.
Jimena frunció el ceño cuando el timbre sonó. Era bastante tarde, las doce pasadas y nadie tenía por qué
ir a esa hora a su casa. Escuchó cómo golpeaban en la puerta con los nudillos.
¿Eloy?
―Pero si eres tú ―él la miró de mala manera. Cerró la puerta y echó la cadena de arriba― Quiero decir,
que si tú llamas, ¿de qué demonios tengo que preocuparme?
Eloy tiró sobre la silla cercana la chaqueta que llevaba en la mano. A la mierda todo, estaba enfadado.
―¿Y si de verdad no era yo? ―él encarándose con ella, las manos en sus caderas.
―Conozco tu voz.
―¡¿O si de verdad era yo y había alguien amenazándome para entrar?! ―lo dijo más alto para callar la
lógica aplastante que ella había usado antes.
―Dudo mucho que tú te dejes amenazar por nadie, ni aunque tenga una pistola, le habrías hecho papilla
antes de que tocase. Además, de ser como dices, preferirías dejar que te lastimasen a que me lo hiciesen a
mí o a otra persona.
Y la buena impresión que tiene de ti, ¿eh?, la voz de la cabeza de él también sonaba satisfecha.
―Ya, bueno, yo sé… ―se sentía muy satisfecho, para qué negarlo.
Jimena quiso reír cuando la cara de Eloy cambió, ya no se sentía tan orgulloso.
―¿A ti tampoco?
―Entiendo…
―¿Has abierto así? ―preguntó al ver el albornoz que enseñaba más de lo que cubría.
―Quería verte.
―Jimena…
―Mírame, sabes que no estoy borracho. Estuve con Cristian y tomamos algo.
―¿Pasó algo?
―Bien entonces.
―Lo siento ―dijo serio―. He actuado como un imbécil, pero me sentía dolido y no quería discutir ni decir
algo de lo que me pudiera arrepentir. Pensé que lo mejor era tomar distancia, pero no pensé en que eso a
ti te podía doler más.
Joder, ¿no era un maldito encanto ese hombre? Todo lo neandertal que podía llegar a mostrarse y, sin
embargo, alguien a quien no le temblaba la voz si tenía que disculparse.
Jimena suspiró.
―No es que necesite que me des explicaciones… ―ella y su jodida barrera―. Y yo también lo siento. Tenía
que haber sido más clara con Carlos, pero me entró el pánico y no supe gestionarlo.
―Lo entiendo ―él pegó sus cuerpos por completo―. No me gusta estar mal contigo.
―Nunca me sentía bien, pero como el idiota que era, seguía haciéndolo. Así era más fácil de sobrellevar.
―Que me gustabas.
Jimena lo miró a los ojos, esos preciosos iris que la miraban de esa manera que la hacía soñar con más de
lo que debería.
Y los pensamientos de ella comenzaron a desaparecer cuando él, sin esperar más tiempo, tiró del cinturón
del albornoz. Este se abrió y con una pequeña ayuda de Eloy, cayó al suelo.
Capítulo 22
Jimena
―Eloy…
―Es una tortura estar en el despacho. Es el infierno el saber que te tengo tan cerca y que no puedo
tocarte… ―con un dedo, siguió la línea de mi clavícula―. Besarte… ―se agachó y me dio un beso que me
puso a mil―. Odio no poder estar aquí ―sin más, puso una mano en mi cadera y la otra…
Por él. Y él sabía que era así, por eso usaba ese tono de satisfacción.
Me fallaron las piernas en ese momento por la excitación. Eloy me agarró rápidamente, sacó los dedos de
mí y, tras cogerme en peso, me llevó hasta el sofá. Me dejó en él y yo lo agarré por la hebilla de la correa.
―Nena…
Sonreí al sentir la expectación en su voz. Le bajé el pantalón y la ropa interior y miré el miembro erecto
que tenía delante.
―Dios, Jimena… ―agaché mi cabeza y lamí las gotas de líquido preseminal que soltó― Oh, joder
―gruñó―. No hace falta que… ―lo lamí, esa vez de abajo arriba― Oh, Dios, sí ―gimió cuando me la metí
en la boca.
Era la primera vez que hacía algo así con Eloy, pero, a juzgar por los sonidos que salían de su garganta, él
estaba disfrutándolo.
No era por escuchar su halago que lo hacía, sino porque quería. Me apetecía tener ese tipo de intimidad
con él. Me apetecía hacer todo tipo de cosas con él.
Volví a introducir su miembro duro, caliente y húmedo en mi boca y me dediqué a lamerlo y chuparlo con
calma. Una de mis manos agarrando su erección por la base, apretándola. La otra, en una de sus nalgas.
Las manos de él… En mi cabeza, sus dedos enredados en mi pelo, jugando con él mientras sentía cómo
apretaba los músculos de su trasero y cómo su miembro comenzaba a temblar en mi boca.
Lo habría hecho, de hecho, jamás había hecho nada así con nadie, pero en ese momento no me apetecía.
Quería más, quería ir un paso más allá en mi intimidad con él.
Así que me lo metí más adentro y me quedé ahí, hasta que terminó en mi boca.
―¿Te gustó?
―Sí.
―Jimena… Contigo cualquier cosa me gustaría, jamás dudes eso. Y joder ―suspiró―. Ha sido
espectacular.
Mi cara entre sus manos y me besó con fuerza, probándose a sí mismo en mi boca.
―Se me pasó nada más verte ―dijo con dulzura y yo creí que me derretiría al escucharlo―. Ven aquí.
Me levantó en peso, me hizo sentarme sobre él y, después de poner la mano en mi nuca, me besó. Un beso
que pedía más.
Capítulo 23
No había sido fácil para ninguno de los dos mantener la distancia con el otro y fingir que, entre ellos, no
ocurría nada más allá de lo normal.
Los mismos de antes no podían ser, porque en ese momento no tenían ganas de tirarse los trastos a la
cabeza. Seguramente ocurriría cuando alguno se cabrease, pero nunca sería de aquella manera.
Nada, desde ese primer beso de borrachera en el sofá, sería, nunca, igual.
―Menos de lo que me esperaba, pero lo suficiente para poder tener un buen contraataque en el juicio
―entró en su oficina después de saludar a su secretaria con un gesto de la cabeza.
Se quitó la chaqueta y la dejó sobre el perchero. Se aflojó un poco la corbata, se desabrochó el último
botón y se arremangó.
Eloy De la Vega casi nunca perdía, pero siempre que se le preguntaba, esa vez no ganaría. No lo creía y
con razón.
―¿Qué es eso?
―Joder ―Eloy cogió la carpeta y leyó por encima―. Pronto me superarás ―tomó asiento y comenzó a
ojear las cartas que su secretaria había dejado encima de la mesa.
―Qué va, la abogada Leiva lo hará antes ―Cristian se sentó frente a él.
―No lo soy más que tú, que caminas con corazoncitos alrededor de la cara.
―Mira quién fue a hablar. Si creo que para la próxima reunión me llevaré un babero y te lo pondré. A ver
si teniendo eso piensas en que se supone que tienes que fingir que no hay nada entre vosotros.
―¿Se nota?
Cristian lo miró con cara de “¿Pero qué me estás contando, hombre?”. No era solo que la mirase, era
cómo la miraba.
Cristian se preguntaba si la gente en la oficina estaba ciega o sabían algo y esos dos eran parte del
chisme. Bueno, tres, porque seguro que él también estaba metido en eso.
Como Eloy miraba a Jimena y la tensión que existía entre ellos, y no era para mal… Cristian se preguntaba
si eso siempre había sido así y, de serlo, cómo era que él no se había dado cuenta de nada.
«Desde luego, no hay más ciego que quien no quiere ver, ¿eh?», pensó Cristian.
Se dio cuenta de que encima del escritorio también había un sobre de color marrón. Lo cogió y lo abrió.
―Que vas a enfrentarte a un buen dilema moral. ¿Defenderías a un asesino si él es tu hermano? ―gruñó.
―De mí ―apretó los dientes con fuerza―. De en lo que me voy a convertir si la toca.
Tiró el sobre y lo que contenía sobre el escritorio y Cristian no tardó en recogerlo todo y en mirarlo.
―Joder…
No se lo iba a permitir.
―Pero denúncialo.
―Me imagino.
Tratar con la gente no era sencillo. Había gente muy agradable, pero había otra… Tan tocapelotas o más
de lo que podía haber llegado a ser su jefe en otros tiempos con ella.
―Joder, Jimena. Deja de ponerme excusas y de meter de por medio al buenorro de tu jefe y a todo el
trabajo que te da extra y vamos a vernos que necesito emborracharme.
―¿Estás bebiendo a esta hora? ―preguntó Jimena, para nada sorprendida si era así, al escuchar un “Ah”
de Lorena después de beber.
―No alcohol, malpensada. Me estoy tomando una simple lata de cola que cogí del supermercado. Y de
marca blanca, además, que la mierda de sueldo que cobro aquí no da para más.
Jimena rio.
―No da para toda la ropa y el alcohol que te gustaría, pero para lo básico sí.
―Eso es verdad ―refunfuñó la otra―. Me ha dado para comerme un bocadillo de jamón en el descanso,
eso es un punto.
―No.
―Joder, Jimena, lo necesito. Estoy depresiva. Mi relación se ha ido a la mierda y yo necesito salir,
divertirme y alcoholizarme.
―¿Tu relación? ¿Pero qué clase de relación es esa si solo habéis salido dos veces?
―¿Y te crees que eso no es una relación? ―dijo ofendida― Yo estaba ya emocionada, pensando en anillo y
todo.
―No tuve el anillo yo después de años, lo ibas a tener tú en dos días ―rio Jimena, burlándose de su propia
situación.
Las dos rieron con sus bromas. Y ese ratito que estaban echando juntas mientras desayunaban esa
mañana y descansaban del trabajo, las ayudaba a sobrellevar lo que quedaba de día mucho mejor.
―Aún no sé si me iré al pueblo ―tampoco se lo había dicho a Eloy, pero lo haría si lo decidía―. Hace días
que no veo a mis padres, sé que mi madre está preocupada por mí desde que pasó lo de Cristian y le
gustaría verme.
―Y comprobar que estás comiendo bien y que no le estás mintiendo y te pasas el día llorando.
Lorena suspiró.
―Si decides quedarte, avísame. También hace días que no te veo por culpa del capullo de tu jefe.
Jimena rio.
―No siempre es su culpa ―a veces era la de ella, que también lo buscaba porque quería estar con él.
Ni te imaginas… Se revuelcan todo el día y disfrutan de lo lindo, le respondió a Lorena la voz de la cabeza
de Jimena.
Claro, sabía que no podía escucharla, pero Jimena sí. Y la mandó a callar rápidamente.
―Hombre, pues no lo sé. A lo mejor, los dos habéis dejado de hacer el tonto y habéis dejado fluir esa
tensión que, maldita sea, por culpa de saber que existe algo así, jamás podré conformarme con menos.
Pero joder, es que el mío no llega, ¿eh? Yo la máxima tensión que siento es la de saber si cada uno con los
que me lío serán un buen polvo o una maldita decepción.
Todo eso lo había dicho con la boca llena, Jimena no sabía cómo había sido capaz de entenderla.
―Si mirases otras cosas además de tabletas de chocolate, a lo mejor encontrabas a alguien más
interesante.
―Es que los interesantes e inteligentes o son calvos o tienen barriguita cervecera y como que no. Que yo
aún necesito que me empotren, lo otro llegará después. Como tú.
―¿Como yo qué?
Lorena se calló, Jimena ni hablaba. Se quedaron así más segundos de lo que ninguna era capaz de
aguantar sin hablar y con el móvil en la oreja.
―No lo he hecho.
―Oh, ¡claro que sí! Y no ha sido un gemido de placer porque te estés comiendo una ensalada, que las
odias. Ha sido un gemido como el que tuviste aquella vez cuando nos emborrachamos y nos dormimos
juntas y tú me despertaste con ese sonido porque estabas teniendo un sueño de lo más porno.
―Tengo una mente privilegiada, no olvido nada. No me ha servido para estudiar una mierda, pero porque
soy muy vaga. Si hubiera dejado a mi mente a su aire… Bueno… Ni te imaginas.
―Ya…
―¡Oh, Dios! ¿Con…? No, espera. ¡No me digas que te has tirado al buenorro del tocapelotas! ¡Si ya decía
yo que un beso no sería suficiente para ese hombre!
―Ay, señor, ¡lo sabía! Y no, no te espío. Pero te conozco y nena ―la llamó como él solía hacerlo―, se te
cambia la voz hablando de él. Seguramente se te cambie hasta la mirada. Eres mi mejor amiga, ¿cómo
esperas que no note eso? Además, ya hubo algo. Era lógico, ¿no?
Jimena resopló.
―¿Tanto se me nota?
―Pues para mí sí. Sabía desde hace días que algo ocurría, tus excusas no eran muy buenas.
―Vaya por Dios…
―Porque os deseáis, ¿por qué más? ¿Por qué te besaría si no? Joder, si ya sabía yo que la tensión sexual
era tremenda. Fuego, ese hombre echaba fuego por los ojos nada más verte.
―Exagerada… ―pero Jimena se puso del color de la grana recordando momentos vividos con él.
―¿Folla bien?
A Jimena se le cortó la risa al escuchar las palabras de su amiga. Y el tono que usó para decirlas.
―Oh, vamos, nena. No me jodas. No seas gafe. No pongas el parche antes de la herida.
―Es ser realista. Es Eloy, ¿vale? ¿Cuánto crees que tardará en aburrirse de mí?
―Quizás no era lo que quería con esas mujeres, ¿pero por qué no iba a quererlo contigo?
―Porque lo conozco.
Jimena no contestó. No lo hizo porque no era algo que quisiera decir en voz alta. Se lo podía guardar para
ella, podía pensar en ello miles de veces al día, pero no lo diría en voz alta. Porque decirlo sería
confirmarlo.
Y le daba pánico.
Jimena le dio al botón del ascensor cuando llegó al edificio, esperó a que se abriera y entró.
―¿Él te ha dicho…?
Jimena suspiró.
―Él dice que esto viene de antes, que lo que hay entre nosotros no es de ahora, que lleva tiempo
deseando esto ―suspiró otra vez―. Él es tan especial conmigo…
―¿Entonces?
―Yo…
―Tú lo conoces mejor que yo, supongo que podrás contestar a esa pregunta. ¿De verdad crees que Eloy
De la Vega jugaría contigo de esa manera?
―Protege tu corazón, pero no lo hagas en exceso ―continuó su amiga―. No quiero verte sufrir de todas
maneras por haber perdido a alguien de verdad importante solo por tus miedos.
―Lorena, es complicado.
―Lo sé. Pero solo piensa las cosas, Jimena. Sufrir es parte de la vida y, al final, una sale de todo. Pero
arrepentirse de algo… Eso sí que es jodido.
―Nadie sabe sobre esto y tengo tanto que pensar… ―cambió el tema al ver que llegaba al piso del
bufete―. ¿Podrías mantenerlo en secreto?
―Sí ―las puertas del ascensor se abrieron―. Y no, no hay nadie en mi vida. Y, por ahora, no lo habrá.
Pero a Jimena lo que le preocupaba en ese momento era otra cosa. Y es que allí, frente a ella, estaba, nada
más y nada menos, que Eloy De la Vega.
Imponente.
Jimena bajó el móvil y le pidió a él, con la mirada, que la entendiera. Pero Eloy no dijo nada, Eloy se movió
hacia delante y entró en el ascensor, obligándola a ella a salir.
Le dolía más de lo que se dolía ella a sí misma. Y, aun así, volvía a herirlo.
―Jimena…
Jimena se giró y miró a Cristian, quien estaba en la puerta del despacho de ella, mirándola con
preocupación.
―Me importa, ¿vale? ―estaba alterada y todo era con ella misma― Me importa Eloy y joder, ¿por qué
tengo que mantenerlo en secreto? ¿Por qué tengo que avergonzarme de ello? ¿Por ti? ―Cristian no dijo
nada, solo se quedó allí, de pie, mirándola fijamente― Te quise, Cristian y lo sabes.
―Lo sé ―confirmó.
―Pero tengo miedo. Y, por culpa de eso, he vuelto a hacerle daño ―miró a su ex―. Soy idiota, ¿verdad?
Sí, eso era, ella lo sabía. Y ya no le importaba que los demás lo supieran. Al contrario, lo gritaría a los
cuatro vientos si era necesario.
Capítulo 24
A Jimena no le pasó desapercibido que él estaba más que molesto. Estaba enfadado.
―¿Puedo pasar?
Jimena lo hizo, llegó hasta el salón, dejó el bolso encima de la pequeña mesa de centro que había delante
del sofá y se giró para mirarlo.
La camisa, como siempre, abierta. La corbata ya había desaparecido. El pelo hecho un jodido desastre.
Eloy no dijo nada, solo la miró, apretó los dientes y metió las manos en los bolsillos del pantalón. Su
postura tensa, su mirada fría.
Jimena supo entonces que le había hecho más daño del que imaginó.
―Estoy ocupado, Jimena. Te agradecería que me dijeses para qué viniste y que no tardes en irte. Tengo
muchas cosas que hacer y, de verdad, no tengo tiempo para tonterías.
¿Tan molesto estaba? ¿Tan dolido estaba como para hablarle así?
Jimena sintió eso como si fuese una patada en el estómago. Joder, ¿de verdad así estaban las cosas?
―Lo siento ―dijo sinceramente―. Sé que te he hecho daño, Eloy, y de verdad que lo siento. No lo haré
más y no me importa si le decimos al mundo que hay algo entre nosotros. Yo…
―¿Que hay algo? ¿Hay algo, Jimena? Sexo, eso es lo que ha habido entre nosotros ―dijo con rabia.
―No. Eso es así. Pero, al final, eso es lo único que hemos tenido. Sexo. Sexo a escondidas como si,
además, fuéramos unos delincuentes que tuviéramos que escondernos.
―Tenía miedo.
―Lo sé. Yo también. ¿Pero sabes qué? Aun con miedo, jamás te he negado.
―Eloy…
―Me negaste aquel día, Jimena, con el imbécil de Carlos. Y no te imaginas lo estúpido que me sentí. Pero
te entendí o traté de hacerlo. Hoy has vuelto a hacer lo mismo.
―Eloy…
―¿Quién era esta vez? ¿A quién le estabas diciendo que no había nadie en tu vida?
―Yo…
―¿Era tu madre? ¿Lorena quizás? ―Jimena asintió con la cabeza y Eloy resopló― ¿Has sido capaz de
negarme con tu propia amiga?
―Eloy, yo no… ―iba a decirle que no era así, pero él no quería escuchar.
―¿Cómo te sentirías tú si hubiese sido yo, Jimena? ¿Cómo te sentirías si después del tiempo que hemos
pasado juntos, si después de las veces que he estado dentro de ti, dándotelo todo, yo te hubiese negado
delante de mi hermano?
Muy mal.
―¿Quieres que responda yo a eso? ―continuó él― ¿Quieres que te diga cuánto te habría dolido que lo
hiciera? Incluso queriendo mantenerlo en secreto, habrías sentido como si te clavasen una maldita daga.
Te habrías sentido menospreciada, con tu autoestima por el suelo.
―Eloy, no.
―Así me he sentido yo y créeme, no es algo que quiera volver a sentir. No merece la pena hacerlo.
―Y un cuerno que no. Ni siquiera me has dejado que mi propio hermano, la persona más importante en el
mundo para mí, lo sepa. ¡He tenido que mentirle para poder seguir follándote!
Jimena levantó la mano y la estampó en la cara de Eloy. Una bofetada que no había podido parar.
Las cosas no eran así, pero ni siquiera la dejaba explicarse. De todas maneras, aun con todas las ganas
que tenía de aclararlo todo y de volver a estar bien con él, no iba a permitir que le faltara al respeto de
esa manera.
―¿Me estoy pasando? ―Eloy suspiró al ver lágrimas en los ojos de ella, se giró, se acercó al ventanal de
su salón y metió las manos en los bolsillos― A lo mejor tienes razón, Jimena. A lo mejor, tú y yo jamás
habríamos llegado a nada.
―¿De qué demonios estás hablando? ―Jimena no entendía nada― Joder, Eloy. Lo hice mal, sí. Metí la pata
y no solo una vez. Entiendo que estés molesto, dolido o como te sientas. Me responsabilizo de ello. Pero
¿de verdad tenemos que llegar a esto? ¿De verdad no vas a darme una oportunidad? ¿No la merezco?
―No lo sé, Jimena. Ahora mismo estoy tan molesto que no sé nada.
Jimena, poco a poco, se acercó a él. Lo abrazó por la espalda y no le gustó, en absoluto, que él se tensara
de esa manera.
―Lo siento ―susurró y apretó con más fuerza―. De verdad que lo siento.
Eloy puso sus manos sobre las de ella y se deshizo del agarre. Se giró y la encaró.
―Eloy…
Él negó con la cabeza y dio un paso atrás.
―¿Y mañana?
―No, Jimena. No puede terminarse algo que ni siquiera empezó, ¿no crees?
―Eloy, por favor ―claro que había algo entre ellos, pero ¿él lo negaba?
Como lo has negado tú siempre, dijo la voz de la cabeza de ella. Y tenía razón.
Solo en ese momento pudo sentir cuánto dolía lo que ella había hecho.
―Lo hice mal y lo sé. Y no sabes cuánto me arrepiento. Te entiendo, entiendo lo que dices. ¿No podemos
dejarlo atrás y seguir desde ahí?
―¿Seguir el qué, Jimena? ¿Viéndonos por las tardes? ¿Viéndonos a escondidas en tu piso o en el mío?
Joder, ni siquiera hemos ido juntos a hacer la compra por si nos veía alguien.
Eloy rio y Jimena supo que había metido la pata con ese comentario.
―Joder, es una expresión ―dijo desesperada―. ¿No me puedes dar un poco de tregua? Estoy nerviosa y
no sé ni lo que digo. Pero sé que no quiero dejar de intentar lo que sea que ocurre entre nosotros.
―¡Pero si ni siquiera lo sabes, Jimena! ¡¡¡Ese es el maldito problema!!! ―estalló y se pasó las dos manos
por el pelo.
―Hoy no ―le pidió―. Por favor, hoy no. Hoy no estoy bien. Hoy no puedo pensar.
―¿Mañana?
A Jimena le tembló el labio, también se sentía como él. Y triste por lo que estaba ocurriendo.
―Entiendo… ―dijo ella― Y yo… Tómate el tiempo que necesites para pensar las cosas. Yo me iré esta
noche al pueblo, pasaré el fin de semana con mis padres.
―Está bien… ―Jimena se acercó a la puerta y antes de abrirla, volvió a girarse― ¿Puedo decirte algo
antes de irme?
―Dime.
―Para mí fue un dieciocho de Septiembre ―una lágrima cayó por la mejilla de Jimena―. Ese fue el día
que se me quedó grabado aquí ―señaló su corazón. Eloy no se movía, seguía delante de la cristalera con
las manos en los bolsillos, su cuerpo tenso, su mandíbula apretada―. La primera vez me hablaste mal y no
sabía por qué. ¿Por qué la persona que más admiraba, por qué la persona que me gustaba me trataba así?
Y terminé con tu hermano ―se limpió una lágrima―. Nunca me he permitido aceptarlo, pero supongo que
ya era hora, ¿no? Me importas. Me importas más de lo que puedo manejar. Y siempre ha sido así. Quería
trabajar contigo por aprender de ti. Después porque necesitaba tenerte cerca y ni siquiera podía
reconocerme a mí misma por qué ―otra lágrima―. Me sigues importando, Eloy, más que nunca. Y siento
haber tardado tanto en ser sincera. Siento haberte hecho daño por culpa de mis miedos, pero yo… ―se
limpió la cara con la mano― Tenía miedo a esto. Porque sabía que contigo iba a doler mucho ―Jimena
tragó saliva―. Porque te quiero, Eloy ―dijo derrotada―. Te quiero tanto que asusta. Y siempre ha sido así.
Eloy seguía sin decir nada y Jimena sabía que ya no podía hacer nada más. Entonces él, para sorpresa de
ella, giró sobre sus talones, miró por el cristal y le dio la espalda.
Y Jimena supo que ahí terminaba todo. Como dijo él, incluso antes de empezar.
Capítulo 25
―¿A quién tengo que matar? ―preguntó la madre de Jimena después de abrazar y observar a su hija con
detenimiento― ¿Esto es por Cristian?
―Cristian no hizo nada y yo estoy bien ―la abrazó más fuerte―. Qué ganas tenía de verte.
Ella le devolvió el abrazo a su hija, también emocionada por tenerla cerca. Pero no le gustaba verla con
tan mala cara.
Jimena le contó la tarde anterior a su amiga lo que había ocurrido con Eloy y le dijo que se iría a pasar el
fin de semana con sus padres para despejar la cabeza. Lorena no iba a dejarla sola en un momento así, y
ahí estaba, de viaje con su amiga en casa de los padres de esta.
―Y a ti, por supuesto ―un abrazo fuerte―. Pensé que te habías olvidado de nosotros ―dijo cuando la
miró―. Hacía tanto que no venías…
―Soy moderna ―dijo Ana, la madre de Jimena―. Pero decidme, ¿por qué me trae esa cara? ¿Por qué has
llorado?
―Será de la alergia.
Jimena resopló.
―Es solo por el cansancio ―terminó de sacar las maletas y caminaron hasta la casa.
―Exactamente eso, sí ―asintió Lorena quien se llevó una mirada de odio de su amiga. ¿Para qué decía
nada si conocía a su madre? Tonta no era y si no tenían cuidado, terminaría enterándose de todo―. ¿Y el
señor Pepe, dónde está? ―cambió el tema preguntando por el padre de Jimena.
Lorena gimió.
―Sí, eso mismo dije yo ―resopló Ana, abrió el frigo y comenzó a sacar bebida y comida―. Tenéis hambre,
¿verdad? ―de nada serviría decirle que no, ella iba a hacer lo que le diera la gana, Jimena y Lorena lo
sabían bien, así que ni contestaron―. Pues lo que te decía, Lorena. La obra de la cocina es la más larga de
la historia. No sé el tiempo que llevan liados con eso. Y cuando se veía un poco de luz, no sé qué es lo que
hicieron que hasta los bomberos tuvieron que venir porque habían picado una tubería y no había manera
de hacer que eso dejase de soltar agua. Sí, otra vez la misma historia… Increíble, ¿eh? ―comida por
doquier encima de la mesa―. Al final me tendré que ir de este barrio. Qué digo barrio, me tendré que ir
del pueblo. ¿Hay alguna casa cerca de ti, Jimena?
Su madre resopló.
Jimena rio.
―No se trata de eso, mamá y lo sabes. Sería feliz si os tuviera más cerca. Pero os gusta vivir aquí, no
mientas.
―Sí me gusta, pero al final me odiarán todos los vecinos. Tu padre es el rey de los desastres.
―Exactamente de eso.
Entre risas, comenzaron a comer. Su madre no había preparado un piscolabis, aquello era un banquete en
toda regla. No se quería imaginar qué tendrían entonces para comer.
―Claro, hija.
―Estoy bien ―le aseguró―. De verdad que lo llevo mejor de lo que esperaba.
―Eso mismo le dije yo ―confirmó su madre―. Pero aun así, dolió, ¿verdad?
―Me sentí traicionada. Me sentí herida. Me sentí… Como si hubiera perdido el tiempo todos estos años.
Quizás, en el fondo, yo sabía que Cristian no era el hombre con el que compartiría mi vida, pero nunca me
imaginé que las cosas terminasen de esa manera.
―Yo sé que no, la mierda de sociedad nos pone difícil todo y me da rabia. ¿Por qué tiene que ser
complicado para una persona decir a quién ama? Debería de ser lo más normal del mundo y nadie tendría
que sentir que debe esconderse o que debe de negarlo solo porque a una parte del jodido mundo no le
guste.
―Así debería ser ―asintió Ana―. No es justo. Pero aunque te haya podido hacer daño, me alegra que él,
por fin, pueda ser feliz.
―A mí también, mamá. Por eso no puedo odiarlo. Pero sí me sentí dolida porque faltó a nuestra amistad.
Por más que lo entienda, no he podido evitar sentirme así. Pero los días van pasando y ese sentimiento va
desapareciendo. Cristian es… Siempre lo querré y siempre estaré ahí para él. Él fue, es y será alguien
muy importante para mí.
―Mamá, no llores ―le pidió Jimena, quien ya había empezado a hacerlo también.
―Joder, pero no me hagáis esto ―se quejó Lorena, con los lagrimones también cayéndoles.
La voz del padre de Jimena interrumpió la orquesta de llantos. De pie delante de la puerta de la cocina,
enfangado hasta las cejas, miró a las tres mujeres que estaban llorando frente a él.
―Pepe… ―Ana, su mujer, lo miró― ¡¿Se puede saber de dónde demonios vienes?! ―exclamó,
repentinamente desquiciada.
―¡Pero qué zapatos ni qué leches, Pepe! ¡¡¡Que me estás poniendo todo perdido!!! ¡¿Adónde crees que
vas?! ―gritó al verlo entrar en la cocina.
―Y una leche vas a saludarla así. Tira, tira ―llegó hasta él y lo empujó―. Métete en la ducha antes de que
me dé algo.
―¡Después una leche! Si es que no puedo con él ―se iba quejando la pobre mujer mientras lo echaba de
allí―. ¡Te juro que la fregona ahora la pasas tú! ¡Ya está bien de ser la criada de esta casa!
―Es que mi padre… ―Jimena reía sin parar― A veces no sé si hace las cosas queriendo por desquiciar a
mi madre, porque a veces lo parece.
―¿Estás mejor?
―Dolida. Enfadada. Desconcertada… Entre otras muchas cosas. Pero sí, supongo que estoy mejor.
―Dale tiempo, Jimena. Seguro que es un enfado sin importancia.
«¿Y para mí? ¿También lo es?», fue a decirlo en voz alta, pero la madre de Jimena apareció y dejó el tema
a un lado.
Jimena observó a su madre. Tan bonita, con su pelo perfecto porque habría ido a la peluquería esa misma
mañana, con sus mismos ojos verdes y con una energía que ya quisiera ella para sí y sonrió.
Siempre estaba desquiciada con su padre, pero lo quería con locura. Ese señor no mucho más alto que
ella, con el pelo blanco y con la frente que le empezaba a crecer (o a clarear, como su madre decía). El
dueño de esos ojos chocolate la miraban siempre con amor.
Podían discutir y pelear cada día, pero jamás se separarían el uno del otro. Podían fallar y pedir perdón, el
otro estaría ahí siempre.
Podría ser. O quizás mejores. Pero viendo cómo él dejó que ella se marchara la noche anterior después de
su confesión, sin decir ni siquiera nada…
Eso era lo que más le dolía a Jimena y eso era lo que la hacía saber que las cosas entre ellos dos no
funcionarían.
Nunca más.
Estaba molesta con él y con ella misma. Tenía tantas emociones de las que encargarse…
Jimena había pasado un maravilloso día con sus padres. Siempre que iba se sentía así, feliz.
Tantos recuerdos.
Tantas risas.
Tanto amor…
―¿Un vaso de leche caliente? ―Jimena sonrió a su madre cuando la vio entrar en la cocina.
―¿Te desperté?
―Intuición de madre, sabía que te encontraría aquí ―cogió dos vasos, los llenó de leche y tras calentarlos
en el microondas, los dejó encima de la mesa y se sentó a la mesa de la cocina, frente a su hija.
―¿De qué?
―De lo que te preocupa. Catorce horas de parto, Jimena, te conozco mejor que nadie.
Jimena sonrió.
―Y sin epidural.
―Eso ―gimió su madre―. Por eso no tuve más, no iba a pasar otra vez por ese dolor en la vida.
―Sí.
Lo conocía, lo había visto alguna que otra vez. No solo por ser el jefe de Jimena, también por su relación
con el ex novio de ella.
―No lo digas ―Jimena levantó una mano, evitándolo―. No sé qué vas a decir pero por Dios, mamá, no lo
digas.
―Bueno, hija. También soy mujer y tengo ojos. Dios mío, semejante…
―No sé cómo pasó, supongo que el universo confabuló para que por una casualidad, las cosas entre
nosotros se complicaran ―se refería a esa borrachera y a ese beso―. Y, desde entonces, ha sido
complicado para mí mantenerme alejada de él.
―Lo imagino…
Jimena ignoró el tono que había usado su madre. No le apetecía saber lo que pensaba de Eloy. Por Dios,
que terminaría traumada.
―¿Cristian lo sabe?
―¿Por qué sería Cristian un problema? Lo conozco, no creo que él vaya a interferir en una relación entre
su hermano y tú. Incluso si él sintiera algo por ti, conociendo cómo idolatra y adora a su hermano, estoy
segura de que le dejaría el camino libre. No siendo las cosas así, ni te cuento. Al menos esa es la
impresión que me da.
A Eloy no lo conocía tanto, pero a Cristian sí. Y eso era lo que pensaba.
―Así se hace, hija, ¿para qué perder el tiempo? ¡La vida son dos días!
―¡Mamá!
―Bueno, ¿qué? No tengo la culpa de ser más liberal. Tú te pareces demasiado a tu padre, ese es el
problema.
Otra vez con el nena. ¿Desde cuándo todo el mundo usaba esa palabra con ella?
―Me refiero a que no sabía cómo… No me sentía capaz de darlo a conocer al mundo tan pronto.
―Entiendo…
―Catorce horas, Jimena, no lo olvides. Cariño, estoy segura de que esas no fueron solo tus razones. Te
conozco y estoy segura de que solo eso no te habría parado. Había algo más, ¿verdad?
―Esto ―solo entonces se permitió llorar―. No quería que pasara esto, porque duele.
―Ay, Dios ―su madre se levantó, fue hasta ella y la abrazó. La acunó entre sus brazos hasta que logró que
se calmara.
Solo entonces, se sentó a su lado y escuchó con atención y sin interrumpir a su hija. La dejó contarle,
desahogarse y, sobre todo, la escuchó sin juzgarla.
―Me dejó irme después de todo lo que le dije, eso me ha dolido más que nada.
―Me imagino.
―Cualquier cosa, aunque fuera un rechazo, pero sentí que despreció mis sentimientos al ignorar mi
confesión.
―Lo hizo ―confirmó su madre―. Y entiendo que te duela. Y a no ser que tuviera una explicación creíble…
Si lo hizo por culpa del ego, te da una pista de qué tipo de hombre es.
―No, lo sé. Pero eso fue diferente ―suspiró―. Estoy hecha un lío, mamá. A ratos quiero una explicación,
a ratos estoy enfadada y no quiero volver a saber de él… De verdad que no sé qué hacer ni qué pensar.
―Ahora tampoco vas a aclarar nada. Ni lo harás aquí, en casa. Cuando las cosas se calmen, cuando
vuelvas y veas cómo se comporta, solo entonces podrás decidir ―Jimena asintió con la cabeza―. Yo solo
puedo decirte que te apoyaré tanto si lo mandas al Congo como si decides darle una oportunidad. Pero
hagas lo que hagas, con todas las consecuencias, Jimena. Nada de esconderse, porque puede haceros
mucho daño.
―Lo sé.
―Ay, mi niña… ―la abrazó y acarició su espalda― A él sí lo quieres de verdad ―no era una pregunta, lo
estaba afirmando porque lo notaba. Lo sentía.
Nunca había visto a su hija hablar de esa manera de alguien. Incluso estando molesta, enfadada, dolida o
como se sintiese, le brillaban los ojos al hablar de ese hombre.
Jimena tenía mucho en lo que pensar, muchas emociones con las que lidiar. Pero como le había dicho su
madre, tenía que estar frente a él y hablar con él para poder aclarar la maraña que tenía en ese momento
en la cabeza.
Y en el corazón.
Después de sentirse mejor al desahogarse, le dio un beso a su madre y volvió a la cama. Pero no pudo
descansar demasiado, porque el móvil sonó bien temprano en la mañana.
―Jimena…
―¿Estás en el pueblo?
―Sí ―miró la hora y refunfuñó. Joder, sí que era temprano. Volvió a acercarse el móvil a la oreja―. ¿Qué
ocurre?
«Espera, ¿qué?»
Jimena ya no pudo pensar con claridad, lo único que podía hacer en ese momento era llorar. No entendía
qué era lo que había pasado, no podía creerse que algo así de verdad pudiese estar sucediendo.
Los gritos de Jimena habían despertado a toda la casa. Mientras la consolaban, la ayudaron a volver a
hacer las maletas y Lorena y Jimena no tardaron en marcharse allí.
El camino a la ciudad era un poco largo y pesado y Jimena estaba de los nervios. Menos mal que Lorena la
ayudaba a mantener la calma.
El coche de Lorena, que era en el que viajaban, paró justo delante de las puertas del hospital. Jimena se
bajó de un salto y corrió adentro mientras su amiga iba a aparcar el coche.
―Joder, conozco la maldita ley de protección de datos. ¡Soy abogada! ―exclamó― ¡Y le juro que buscaré
la manera de meterle un paquete si no me dice dónde está! ―gritó, perdiendo los nervios por completo
delante de la administrativa y del guardia de seguridad.
―Jimena, por Dios, relájate ―Cristian había llegado hasta ella, Lorena lo había llamado para decirle que
saliera a buscar a su amiga. Cristian miró al guardia―. Está nerviosa, discúlpenla.
Y tiró de ella.
―Ha salido de quirófano y el cirujano ha dicho que se recuperará. No hubo daños graves, pudieron parar
la hemorragia. Así que relájate ―se paró y cogió la cara de Jimena entre sus manos, como había hecho
tantas otras veces―. Está bien, ¿vale? ―le limpió la cara de lágrimas, ella asintió con la cabeza.
―¿De verdad crees eso? Solo intentaba no ponerte en peligro ―dijo él.
―¿Peligro?
Jimena asintió con la cabeza. Entraron en una sala de espera donde había un chico joven que, a juzgar por
cómo Cristian le sonrió, Jimena supo inmediatamente de quien se trataba.
―Jimena, él es Sergio. Sergio, ella es la única mujer a la que querré siempre ―dijo en un intento de
bromear.
Sergio era guapísimo, alto, moreno, con ojos azules y un buen cuerpo. Pero, sobre todo, irradiaba dulzura.
Jimena, aunque todavía asustada, sonrió.
A Jimena la desbordaban las emociones y, sin poderse contener, lo abrazó. Sergio no supo cómo
reaccionar, pero finalmente le devolvió el abrazo.
―¿Qué habitación?
―Te dije que era una gran mujer ―dijo con orgullo.
Era una gran mujer, eso se veía leguas. Como se veía en los ojos de Jimena lo que sentía por Eloy.
Sergio rio.
―¿Verdad?
Cristian sonrió pensando en ese par de tortolitos. Tanto tiempo desperdiciado. Tanto tiempo negándose a
ellos mismos.
No merecía la pena dejar la felicidad de uno a un lado por nada ni por nadie. Cristian había aprendido
bien eso.
Lo importante, ante todo, era ser feliz. Y lo que el mundo pensara, importaba poco.
Porque ese mundo, al final, no estaría a tu lado. No te acompañaría en las buenas, ni te ayudarían a
levantarte en las malas. Así que el mundo se podía ir a la mierda.
Ellos solo tenían que mirar por una cosa: por ser felices.
Y lo serían, como lo serían Eloy y Jimena, de eso no tenía dudas.
Capítulo 26
Eloy despertó y maldijo. Le dolía todo el cuerpo y no sabía dónde estaba. Intentó incorporarse, pero el
dolor era demasiado intenso.
―Joder…
―Por poco que te guste, estás convaleciente. Tendrás que dejarte ayudar.
A su lado había aparecido Jimena. Con los ojos rojos y luciendo cansada, lo ayudó a acomodarse mejor.
―Te apuñalaron ―dijo ella, delicadezas pocas―. Y después de nuestra última conversación, no sé si te
apetece verme, pero…
No pudo decir nada más, Eloy la cogió de la mano y tiró de ella hasta hacer que se tumbase a su lado.
Entonces la abrazó como pudo, sin importarle si le dolía cualquier mínimo movimiento.
Se separó de Eloy, no sin que antes él le diera un dulce beso en los labios.
Jimena negó con la cabeza, pero mientras se sentaba en la cama, no pudo evitar llorar.
―Más daño me hizo saber lo que te había pasado. ¡¿Pero tú eres tonto o qué te pasa?! ―estalló― ¡¿Cómo
se te ocurre ponerte en el centro de la diana?!
Mientras esperaba a que despertara, Cristian le había contado todo lo que había pasado, cómo habían
sido las cosas.
―Eres un idiota ―lloró ella―. Me fui pensando que despreciabas lo que sentía, que no te importaba una
mierda y me he sentido tan culpable por ello mientras venía hacia aquí…
―Porque así parecería más real ―le acarició la cara―. Sabía que estaba pendiente a nosotros, me mandó
fotos nuestras juntos. Tenía que hacerle creer que ya no había nada. Y, de paso, que tú estuvieras lejos. No
sabía cómo hacerlo y decidí contártelo. Pero cuando te escuché hablando con tu amiga, actué de esa
manera. Y funcionó, no fue a por ti, fue a por mí. Y tú estabas lejos de toda esa mierda.
―Eres un idiota.
―Sí…
―Yo a ti no ―dijo él serio, la miró a la cara y limpió sus lágrimas―. Nunca te he odiado. Y para mí
también fue el dieciocho de Septiembre ―Jimena estaba emocionada, no podía dejar de llorar―. Te hablé
mal porque fue la forma en la que podía gestionar que la mujer que me gustaba, con la que ni siquiera me
había atrevido a hablar todavía, le interesaba a mi hermano.
―Idiota…
―Tampoco fueron fáciles estos años para mí. He tenido que mentirme a mí mismo mucho, he tenido que
guardar todo bajo llave y negármelo a mí mismo porque me sentía lo peor por desear a la novia de mi
hermano.
―Eloy…
―Lo más difícil de todo esto fue verte allí, delante de mí, desnudando tu alma y fingir que nada de eso me
afectaba. Lo más difícil fue verte llorar mientras me decías que me querías y no correr hacia ti para
decirte que no era solo cosa tuya. Te quiero, Jimena. Te he querido siempre y no dejaré de hacerlo.
Aunque tuviese que luchar contigo misma, lo haría. Porque confiaba en nosotros.
―Sí. Me dolió que me negaras, pero lo entendía. Y si es como necesitas ahora hacerlo, por ahora
podemos…
―No es eso lo que quiero ―le aseguró―. No es eso lo que nos merecemos.
Jimena había pensado mucho en todo en las últimas horas. Y no era eso lo que quería.
―Yo también lo hice mal y me duele que hayas podido pensar, en algún momento, que me avergonzaba de
lo nuestro. Lorena sabía de nosotros, a tu hermano se lo dije ese día, después de que te subieras al
ascensor ―él no sabía nada de eso y estaba sonriendo―. Tenía miedo de lo que sentía, pero al ver el daño
que te hice… Fui a buscarte porque quería decirte que ya no más. Que quería que nos diéramos una
oportunidad.
―¿Y juntos?
―¿Estás seguro de que quieres meterte en ese lío? ―preguntó con sorna.
―Estoy seguro de que eres tú, Jimena. Fuiste, eres y serás tú ―cogió su mano y entrelazó los dedos de
ambos―. Y estoy seguro de que no te volveré a soltar. Ni dejaré que me sueltes.
―No te soltaré.
―Me alegro. Porque entonces me emborracharé como aquella vez e imagina que me recoge otra.
―¿Por qué te emborrachaste, ya que estamos? Siempre he tenido curiosidad por ello.
―Por ti ―dijo tranquilamente―. Era mi forma de superar que mi hermano se iba a declarar con ese anillo
horroroso.
―¿En serio?
―Aja…
No tardaron demasiados días en darle el alta a Eloy. Y menos mal, o Jimena terminaría volviéndose loca
porque era un paciente pésimo. No se quedaba quieto, no había manera de que ese hombre se quedase
tumbado en la cama.
―No sé cómo no se te ha abierto la herida si no paras ―le había dicho Jimena varias veces. En ese
momento, le repetía eso mismo.
―¿No se supone que cuando uno tiene pareja, ya deja de necesitar a la familia? ―resopló Cristian.
―No sé en qué serie habrás escuchado semejante frase, Cristian De la Vega, pero a ver si aprendes que
nada de lo que dicen en la tele es cierto. Pringarás tú, pringará Sergio y pringará todo Dios aquí.
Jimena lo miró con ganas de ahorcarlo. Eloy la miraba a ella con inocencia y amor. Cristian soltó una
carcajada.
Y que él no se hubiese dado cuenta antes de que eran el uno para el otro…
―Oh, sí, nena. Que no haga esfuerzos hasta recibir el alta. Ir por un simple vaso de agua ya es agotador
para mí. Te toca cuidarme.
―Teletrabaja.
―Eloy…
―Ya lo has hecho estos días desde el hospital. Además, soy el jefe y te doy permiso para ello, ¿por qué no?
―Tú no te metas ―le advirtió su hermano―. No necesitas a nadie. ¿A que dejo a cargo del bufete a otro?
―Un cuerno ―dijo Eloy rápidamente haciéndolos reír―. ¿Qué voy a hacer aquí solo mientras no estáis?
―Pues descansar ―dijo Jimena―. Ve la tele, ve alguna serie, lee algún libro…
―Puf… ―ya estaba desquiciado y todavía no se había quedado solo en ningún momento, porque cuando
no era Jimena, era Cristian quien estaba con él.
―No es tan difícil, Eloy. Solo mantente tranquilito y así te recuperarás antes ―dijo Jimena.
Cristian asintió con la cabeza, estaba de acuerdo con lo que decía su cuñada. Pero Eloy no lo tenía tan
claro.
―¿Y ahora qué? ―Jimena no lo mandó a la mierda de milagro. Era el primer día que Eloy se quedaba solo
en casa y ya la había llamado como cincuenta veces.
―Y te echo de menos.
―Eloy…
―El jefe soy yo y te digo que tienes prohibido echar horas extras.
―Oh, créeme, tu hermano, que es quien ocupa tu cargo ahora mismo, ya me lo había prohibido. No tiene
ganas de soportar tu mal humor.
―Aja…
―Si interrogas al testigo principal desde esa perspectiva, puede fallarte. Hablamos después de eso
también.
―Ya, veo, ya… ―Jimena miró a su cuñado― ¿Qué haces dándole trabajo?
Jimena suspiró, lo entendía. Con Eloy las cosas podían llevarte al límite, se tratase de lo que se tratase.
Era intenso cuando quería e igual que eso podía llegar a volverla loca en el mal sentido, también lo hacía
en el bueno.
Deja la mente, Jimena, no es momento de ir por ahí, ¡que tienes a Cristian enfrente!, exclamó la voz de la
cabeza de ella.
Y ese hombre la conocía bien, igual que lo hacía su hermano. No era momento ni lugar para que se diera
cuenta de que su mente estaba divagando con esas cosas.
―Nena…
―¿Sí?
Ella sonrió.
―Pensé que sería más raro veros así, pero es tan natural… ―dijo Cristian― Siento que interrumpí vuestra
vida por un tiempo.
―¿Qué tontería es esa? Guardo muy buenos recuerdos de nosotros y mirar atrás ya no nos sirve. Así que,
¿por qué no dejarlo estar y ya? Seguimos conservando nuestra amistad y eso es muy importante para mí.
―Y para mí ―aseguró él―. Pero ahora en serio, ¿qué le ves? ¿Cómo lo aguantas?
―Un santo dolor de muelas es, Jimena. De verdad, tienes una paciencia de oro, ¿eh?
―Supongo que sí, que habrá gente destinada y vosotros sois de esos.
Jimena
―Lo sé ―gemí mientras él me acariciaba los pechos, jugando con la espuma de la bañera.
―¿La herida? ―pregunté preocupada y me moví, quedando sobre mis rodillas, entre sus piernas abiertas,
frente a él.
―La polla ―resopló―. Me duele la polla por no poder follarte. Y no te rías, no hace gracia ―pero a mí me
la hacía―. No te reirás si de esta me quedo impotente.
Eloy me miró con cara de “Venga, ya, ¿pero qué me estás contando?”
―No. En realidad es un piropo o algo bueno. Te estoy diciendo ―me puse el albornoz― que incluso si no
funcionases, yo seguiría contigo incondicionalmente.
―Hmmm… ―no estaba él muy convencido― Lo que sea, no quiero que comprobemos eso hasta, por lo
menos, los noventa años.
―Joder ―por lo que decía y por cómo la tenía. Me quedé mirando su entrepierna, casi babeando―.
¿Durante tanto tiempo vas a poder follar?
―No follar, Jimena. Que no hablamos de cualquiera ―se secó y pasó de taparse, como siempre. Él era feliz
desnudo por la casa―. Follarte, a ti, por si todavía no lo entendiste.
―Entonces no te quejes ―llegué a su dormitorio y reí cuando me hizo caer sobre la cama, él a mi lado.
―No me quejo ―me besó de nuevo―. Tengo muchas ganas de ti. Y estoy bien, no quiero esperar más.
Él asintió.
Yo también tenía ganas de él. En los últimos días solo habíamos podido jugar, pero nada de poder estar
uno dentro del otro.
―Estar contigo nunca podría hacerme daño ―qué bonito, por Dios―. Pero, para que no te preocupes ―se
tumbó sobre su espalda y me miró―. Tú mandas, nena.
Sonreí pícaramente, me deshice del albornoz y me senté sobre él. Toqué la zona que aún seguía tapada y
suspiré.
Pero me dolía recordarlo, había pasado mucho miedo y sabía que él también. A veces se despertaba
después de tener una pesadilla, recordando el momento.
Estaba recibiendo ayuda, iba a terapia y sabíamos que era algo normal y que, con el tiempo, lo superaría.
Pero me dolía verlo sufrir. Si yo lo hacía, si yo había estado asustada, no quería ni imaginar el dolor que
pasó él y el terror que tuvo que sentir mientras pensaba que se le escapaba la vida.
Se había puesto en el centro de la diana cual kamikaze. Y la policía no pudo evitar que ese loco le clavase
el jodido cuchillo.
A él le costaba hablar de ello, a mí me costaba escucharlo hablar de ello. Pero a veces lo hacíamos y nos
dábamos cuenta de la suerte que tenía.
Por lo demás…
Siempre estábamos juntos. Salía del trabajo y me iba a su casa. Al final iba él a tener razón e iba a
terminar viviendo allí.
―Me alegro.
―Porque te conozco y esa cara de tristeza no la pones porque estés mirando mi polla.
―¿Qué te pasa hoy con la palabra polla? ―reí de nuevo― Estás obsesionado con ella.
―Que me duele por no poder meterla en ti y no me crees. Además, estoy obsesionado contigo y con
follarte, no te confundas.
―¿Verdad que no? ―me dejé caer lentamente sobre él, con todo el cuidado del mundo para no darle en la
herida y, a la vez, cogí su pene con mi mano y lo puse en la abertura de mi vagina.
Asentí con la cabeza. Yo sabía que estaba sana. Sabía que él también.
―Jimena…
Me acerqué y lo besé. Él acarició mi espalda cuando me dejé caer sobre su cuerpo. Sus manos, después,
en mi trasero, acariciándolo.
Los torturadores movimientos nos hicieron perder el control a ambos. Gemíamos, sudábamos y
gritábamos de placer.
―Córrete, nena. Y por Dios, apriétame la polla con fuerza hasta que me corra dentro de ti.
Así lo hicimos.
Y fue perfecto.
Ese “nosotros” que éramos siempre había sido un poco peculiar, pero algo tenía claro: intentaría que
durase para siempre.
Y ¿para qué, si no, venía una persona a este mundo si no era para eso?
Capítulo 29
Epílogo
Porque los protagonistas, al fin y al cabo, aunque terminasen juntos, seguían siendo los mismos.
Y no importaba si los dos se amaban más de lo que nadie podía imaginar. No importaba si después, entre
las cuatro paredes de la casa que compartían, debajo de las sábanas, eran puro fuego, pasión. No
importaba si su relación era casi perfecta y pura comprensión porque todo lo hablaban.
―¿Yo?
―¡No hay ningún drama! ―exclamó y le daba igual si toda la oficina lo mirara. Estaban más que
acostumbrados a Jimena y a él.
Y si no lo crees, ya te digo yo que era así. Vamos, es que ni siquiera les había sorprendido verlos llegar
agarrados de la mano. Así de malo habían sido fingiendo que entre ellos no había nada.
Cuando los dos aparecieron juntos públicamente, ni Dios le echó cuenta. El chisme ya había pasado de
moda.
Y sí, pienso como tú, el miedo de Jimena no tenía sentido. Pero así son la mayoría de los miedos, ¿no? Solo
un producto de la mente que no sirve para nada.
Para no dejarnos disfrutar de todo lo que queremos, solo para eso. Para jodernos la vida, básicamente.
El pobre ya se había convertido en uno más de ellos. Cómo no hacerlo si ya estaba majara perdido por
culpa de esos dos.
Menos mal que después llegaba a casa y tenía a su marido que lo ayudaba a aferrarse a la cordura.
―Viene del juzgado ―dijo Eloy como si fuera algo de lo más grave.
―Ya… ―su hermano lo miró de hito en hito― Es abogada, ¿de dónde demonios va a venir si no?
―No quiere que vaya ni que venga ni que trabaje porque está a punto de dar a luz. Pero como ella no
quiso coger la baja aún por más que el médico se lo dijera…
Eloy y Cristian se quedaron mirando a la secretaria que compartían, quien acababa de hablar.
―Pero la jefa ―como llamaba ella a Jimena― se pasa lo que él quiere por el forro y dice que le da igual si
tiene que parir aquí. Pero que hasta que no toque, no se va.
―¿Cómo es posible que esa mujer sepa más de tu vida que yo? ―preguntó Cristian.
Eloy resopló.
Eloy negó con la cabeza. Conocía a Jimena y si él era un pésimo paciente, su mujer ya ni qué decir.
―Ya… Esperemos que llegue pronto la hora o te veo en el hospital porque te dio un infarto.
Y es que Jimena estaba siendo un dolor de cabeza porque no se dejaba cuidar. Decía que él estaba
exagerando.
Y bueno, a lo mejor lo hacía algunas veces, pero todo era de buena fe. Porque se preocupaba, de verdad,
por el bebé y por su mujer.
Sí, un bebé, iban a tener un bebé. Había sido toda una sorpresa, pero también la mejor noticia que le
habían dado en la vida. Ahora solo quedaba esperar para verle la cara a ese bebé que más pronto que
tarde, llegaría.
―En fin… A ver si consigo mandarla para casa ―preparó sus pulmones―. Jimena, ¿se puede saber por
qué me ignoras? ¡¿Dónde demonios estás?!
―Me duele.
―¡Cristian! ―exclamó.
―Contracciones cada dos minutos ―llegó la secretaria con una libreta―. Después del día que llevas, ya se
ve cerca el momento, jefa.
―Nena…
―Eloy…
―Estoy bien, ¿vale? ―él asintió con la cabeza― Vamos a hacerlo como nos enseñaron en los cursos.
―¡A la mierda los cursos, mujer! ¡¿Tú te crees que yo me acuerdo de algo de eso?! ―exclamó.
―¡Pues tendrás que hacerlo! ¡¡¡O te dejó aquí con todos y me voy sola!!!
Ella asintió con la cabeza y, poco a poco, bajaron del edificio, se montaron en el coche y llegaron al
hospital.
Capítulo 30
Eloy ― Presente
Si alguien me hubiera dicho hace tres años que mi futuro sería este, no lo habría creído. Hace tres años,
ni siquiera me permitía a mí mismo mirar a Jimena.
Y yo todavía no me lo creo…
Sé que es real, sé que esta cosita que duerme al lado de su madre existe. Pero a veces todo parece un
sueño del que me da miedo despertar.
Entonces gime.
―Mi madre dice que yo era un maldito demonio, así que espero que no.
―Gracias ―susurró.
―Vale…
Ella ya está en el quinto sueño y yo no puedo dejar de sonreír mientras los miro a los dos.
Me meto en la ducha antes de cenar y dejo que el agua me moje por completo. Ha sido una dura semana
en el trabajo, el no contar con Jimena allí se nota, es indispensable para el bufete.
El bebé aún es pequeño y nos despierta de noche, lo que hace que sea difícil descansar. Y ser padre no es
fácil, pero es perfecto.
Escucho cómo la mampara se abre y se cierra después. Y ronroneo cuando noto sus manos alrededor de
mi cintura.
La hago ponerse delante de mí y la beso, demostrándole todo el hambre que siento por ella.
Y estoy seguro de que si toco su sexo, también la encontraré mojada allí. Y eso me pone como una moto.
Sus pechos rozándome, sus brazos alrededor de mi cuello. Acaricio la parte baja de su espalda y dejo mis
manos sobre su trasero. Lo aprieto y sonrió cuando gime.
Y yo de ella. Siempre.
―¿Muchas?
Ella asiente con la cabeza y coge mi erección con su mano. Siseo, encantado con el contacto.
―Nena ―me rio―. ¿Tan mojada estás? ―la toco entra las piernas y gimo al notarla― Joder, estás
empapada.
―Por favor… Llevo todo el día pensando en ti ―aprieta mi pene un poco más y yo sé que no voy a hacerla
esperar.
La hago girarse. Ella apoya las manos en la pared de azulejos, las palmas de sus manos abiertas, su
trasero empinado para atrás, las piernas abiertas.
Me coloco entre ellas, me agacho un poco y rozo la entrada de su vagina con mi polla. Ella se queja,
queriendo más y yo sonrío al sentirla tan necesitada.
Me coloco bien y entro en ella con un solo movimiento. Gemimos y gritamos y cuando ese momento pasa,
salgo lentamente de ella mientras miro el lugar donde nuestros cuerpos se unen. Lentamente afuera…
Repito esos movimientos una y otra vez. La tengo agarrada, mi brazo alrededor de su cadera y cintura y
mi mano apoyada en su vientre.
―Eloy…
―Yo también llevo todo el día pensando en esto, nena ―le confieso―. No podía dejar de pensar en ti
―fuera… Dentro con fuerza― Tenía unas ganas de llegar y follarte…
Ella no tiene ni idea de cuánto he pensado en ella. Esa mujer es una maldita obsesión.
―Nena… Me encanta tu coño… ―acelero un poco el movimiento. Y un poco más. Y noto los primeros
espasmos en su sexo― No tienes ni idea de cuánto me encanta follarte… ―aumento el ritmo, nuestras
respiraciones más fuertes, más aceleradas también― Aprieta ese coñito, nena. Apriétalo cuando te corras
y chúpame hasta la última gota.
―Oh, nena…
Me dejo caer y la siento encima de mí. La abrazo y espero a que nuestras pulsaciones y nuestras
respiraciones se normalicen.
Cuando eso ocurre, nos levanto a los dos, nos lavo a ambos y salgo con ella de la ducha. La seco y una vez
que lo hago conmigo, tras ponernos el albornoz a ambos, salgo del baño con ella, cogido de la mano.
La beso, porque quiero. Porque me apetece. Lo hago todo el día porque es lo que necesito.
Voy a buscar a mi hijo mientras ella le prepara el biberón y allí, sentado con ellos dos en el sofá de mi
casa, solo los miro.
Si alguien me pregunta qué es la felicidad, le diré que, para mí, la felicidad es esto. Estos momentos que
comparto con la gente que quiero.
Ya sea el echar unas risas con mi hermano, el sonreír al verlo a él feliz. Ya sea el llegar a casa y acostarme
con mi pareja. Ya sea la conversación con ella a las tres de la madrugada sobre por qué tenemos que
poner las cortinas azules y no rojas.
La sonrisa de mi hijo.
La felicidad es eso, momentos que nos llenan de alegría, cosas que vivimos y que recordaremos siempre
con una sonrisa. Y eso es lo único que tenemos que buscar.
NOVELAS
Vega Manhattan
01 ― Emmanuel
17 ― Cambiaste mi vida
23 ― Lo que provocas en mí
25 ― Tengo ganas de ti
Recopilaciones
Serie Propuesta
Serie FBI