Festín grotesco
Edogawa Rampo
Traducción del japonés de Daniel Aguilar
y Juan José Pulido
Festín Grotesco
Título original: Imomushi 芋虫, Kagami-jigoku 鏡地獄, Nin-
gen isu 人間椅子, Hitodenashi no koi 人でなしの恋, Oshi-e to
tabi suru otoko 押絵と旅する男, Odoru Issonboshi 踊る一寸
法師
Año de publicación: 1924-1929
Traducción: Daniel Aguilar, 2016; Juan José Pulido, 2010.
Ilustración de portada: Suehiro Maruo
Ronin Ediciones es un proyecto editorial sin ánimos
de lucro. No busca la expansión capital, sino la pro-
liferación cultural de ciertas obras de literatura japo-
nesa cuyos valores monetarios tornan inaccesible su
disposición a los lectores más humildes de nuestras
tierras.
Obra digitalizada con fines pedagógicos, contemplativos y
espirituales. Lamentamos incidir -miserablemente- en el
estipendio del daimio editorial.
Índice
La oruga 8
El infierno de los espejos 36
La butaca humana 54
Un amor inhumano 80
El hombre que viaja con un cuadro en relieve 119
Pulgarcito baila 160
La oruga
Tokiko se despidió, salió del edificio principal y
mientras oscurecía atravesó el amplio jardín, descui-
dado por completo y cubierto de maleza, camino de la
pequeña casa donde vivía con su marido. Durante el
trayecto recordó las convencionales palabras de elo-
gio con las que, una vez más, le había regalado al oí-
do el general de división, dueño de aquella propiedad.
Tenía una sensación en cierto modo extraña, y en
la boca seguía notando un regusto amargo parecido al
de la berenjena asada, sabor que, por otra parte, de-
testaba con todas sus fuerzas.
—La lealtad y los méritos del teniente Sunaga son,
no cabe duda, el orgullo de nuestro ejército —había
afirmado—.
El viejo general mantenía la absurda actitud de
honrar con su antiguo rango al militar lisiado que
aquella mujer tenía como marido.
—En lo que a usted respecta, sin embargo, su cons-
tante fidelidad la ha tenido alejada de los placeres y
deseos de los que antes disfrutaba. Durante tres lar-
gos años ha sacrificado todo por ese pobre inválido,
sin dejar escapar ni un solo suspiro de queja. Usted
siempre ha defendido que así está obligada a com-
portarse la esposa de un soldado, y tiene toda la ra-
zón. Pero en ocasiones no puedo evitar la idea de que
se trata de un destino cruel para una mujer, sobre to-
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Edogawa Rampo
do para una mujer tan atractiva y encantadora como
usted, además de tan joven. Es realmente admirable.
Con toda franqueza, creo que esta es una de las histo-
rias más conmovedoras de nuestro tiempo. La única
duda es cuánto durará. Recuerde que todavía tiene us-
ted un largo futuro por delante. Por el bien de su mari-
do, espero que nunca cambie.
Al viejo general de división Washio le agradaba
contar las maravillas del incapacitado teniente Suna-
ga (quien en otro tiempo había formado parte de su
estado mayor y ahora residía como invitado en su pro-
piedad) y de su esposa; y tanto le gustaba que se había
convertido en un tópico a la hora de conversar con ella
cada vez que la veía. Pero a Tokiko le resultaba muy
desagradable y trataba de evitar al general en la medi-
da de lo posible. De cuando en cuando, siempre que
el tedio en la convivencia con su silencioso e inválido
marido se hacía insoportable, buscaba la compañía
de la esposa y la hija del general, casi siempre después
de haberse asegurado de que este se hallaba ausente.
Tenía la secreta sensación de que su excepcional
espíritu de sacrificio y su fidelidad bien merecían las
generosas alabanzas del anciano, y al principio aque-
llo halagaba su vanidad. Pero en esos primeros días
todo el asunto poseía el brillo de la novedad. Después
siguió siendo divertido, en cierto modo, cuidar de al-
guien tan completamente indefenso como su marido.
Aquella autocomplacencia, no obstante, poco a po-
co había ido transformándose en aburrimiento, y más
adelante en miedo. Ahora se estremecía cuando reci-
bía tan elevados elogios. Se imaginaba señalada por
un dedo acusador mientras sentía que una voz sarcás-
9
La oruga
tica y chirriante le decía al oído: «¡Bajo el manto de la
fidelidad escondes una vida de pecado y de traición!».
Día tras día, los cambios que de forma inconscien-
te se iban produciendo en su forma de pensar la sor-
prendían incluso a ella. De hecho, reflexionaba con
frecuencia acerca de la volatilidad de los sentimien-
tos humanos.
Al principio no había sido más que una fiel y sumi-
sa esposa que nada sabía del mundo, ingenua y tímida
en extremo. Pero ahora, a pesar de que en apariencia
no había sufrido casi ningún cambio, en su corazón
albergaba horribles pasiones, pasiones surgidas de la
visión constante de su marido inválido y digno de lás-
tima; tal era su grado de invalidez que esta palabra re-
sultaba del todo inadecuada para describir el estado
de quien, en otro tiempo, se condujera con tanto orgu-
llo y tan noble porte.
Como si de un animal salvaje se tratara, o como si se
hallara poseída por el diablo, ¡había empezado a sen-
tir un insano deseo de satisfacer su lujuria! Sí, ¡has-
ta tal punto había cambiado! Se preguntaba de dónde
procedía aquel desesperado impulso. ¿Podría atri-
buirse al misterioso hechizo ejercido por aquel trozo
de carne? Porque, a decir verdad, eso era su marido:
¡un trozo de carne! ¿O, por el contrario, era obra de al-
gún extraño poder sobrenatural imposible de definir?
Cuando el general Washio se dirigía a ella, Tokiko
no podía evitar ese inexplicable sentimiento de culpa.
Además, cada vez era más consciente de que aumen-
taba sin cesar el tamaño de su propio cuerpo.
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Edogawa Rampo
—La situación es alarmante —se repetía una y otra
vez—. ¿Por qué no dejo de engordar como una pere-
zosa sin cerebro?
Sin embargo, la palidez de su rostro mostraba un
acusado contraste con la evolución de su cuerpo, y
muchas veces tenía la sensación de que el general lo
observaba de forma dudosa mientras le dedicaba los
habituales elogios. Quizá esa era la razón por la que
detestaba a aquel hombre.
Vivían en un barrio remoto, y la distancia que sepa-
raba la casa principal de la casita de la pareja era más
o menos la equivalente a una manzana. Entre las dos
viviendas había un terreno cubierto de hierba sin ca-
mino alguno para atravesarlo: una zona en la que era
frecuente encontrarse con serpientes que susurraban
escondidas en los matorrales. Además, si quien por
allí anduviese daba un paso en falso, en seguida corría
el riesgo de caer a un viejo pozo abandonado oculto
entre la maleza. Un remedo de cercado muy poco uni-
forme rodeaba la enorme mansión y ante ella se ex-
tendían los campos.
Desde la oscuridad donde se encontraba, Tokiko
veía la sobria vivienda de dos plantas, su morada, que
por la parte de atrás daba a un extremo del bosqueci-
llo de un santuario budista. En el cielo dos estrellas
parecían brillar un poco más que las otras. La habita-
ción en la que yacía su marido no tenía luz. No podía,
como era natural, encender la lámpara, de ahí que el
«trozo de carne» estuviera, con toda seguridad, parpa-
deando impotente, recostado en su silla, o resbalando
del asiento para caer en las esteras sumido en la pe-
numbra.
11
La oruga
¡Qué lástima! Cuando pensaba en ello, unos esca-
lofríos de rabia, de amargura y de pena parecían reco-
rrerle la espalda.
Al entrar en la casa, se dio cuenta de que la puerta
de la habitación de arriba estaba entreabierta, como si
de una amplia y negra boca se tratase, y percibió el fa-
miliar soniquete de los golpes sobre las esteras.
—Oh, ya está otra vez —lamentó para sus adentros,
y de pronto sintió tanta lástima por él que sus ojos se
llenaron de lágrimas. Aquellos ruidos significaban
que su marido incapacitado estaba tumbado de espal-
das, llamando con impaciencia a su única compañía
mediante los golpes que daba con la cabeza en las es-
teras, en lugar de las palmadas que cualquier esposo
japonés hubiera utilizado.
—Ya voy. Debes de tener hambre. —Hablaba en
voz baja según su costumbre, aunque sabía que nadie
podía oírla.
Luego subió la escalera, similar a una de mano, que
conducía a la pequeña habitación de la segunda plan-
ta.
Aquella estancia tenía una alcoba con una lámpara
de estilo antiguo en un rincón. Junto a ella había una
caja de cerillas, pero él era incapaz de encender la luz
con ellas.
La mujer le habló con el tono de una madre diri-
giéndose a su hijo:
—Te he hecho esperar demasiado tiempo, ¿verdad?
Lo siento mucho.
Después añadió:
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Edogawa Rampo
—Aguarda solo un instante. No puedo hacer nada
con esta oscuridad.
Voy a encender la lámpara.
Aunque no dejaba de hablar entre dientes, sabía
que su marido no la oía en absoluto. Encendió la luz y
llevó la lámpara a una mesa situada en otro rincón de
la habitación. Delante de la mesa había una silla baja
con un cojín de muselina estampado sujeto a ella. Es-
taba vacía, y su último ocupante se hallaba ahora ten-
dido en el suelo cubierto de esteras: una extraña y ho-
rrible criatura. Iba vestido (aunque «envuelto» sería el
término más apropiado) con viejas ropas de seda.
Sí, allí estaba «aquello», un paquete viviente, en-
vuelto en un quimono de seda, semejante a un envío
que alguien hubiera abandonado sin más, ¡un fardo
verdaderamente extraño!
Por uno de los lados del paquete sobresalía la ca-
beza de un hombre que no dejaba de golpear sobre
las esteras como si fuese un insecto o algún insólito
mecanismo automático. Al golpear, el enorme bulto
se desplazaba poco a poco… de un modo similar al de
un gusano arrastrándose.
—No deberías ponerte tan nervioso. ¿Qué es lo que
quieres? ¿Esto?
Hizo un gesto que significaba comer.
—¿No? ¿Esto, entonces?
Probó con otras señas, pero su marido mudo nega-
ba con la cabeza una y otra vez sin dejar de dar sus
desesperados golpes en las esteras del suelo.
Se había hecho ya tanto daño con las astillas de
una concha que la cabeza más bien parecía una masa
13
La oruga
informe. Había que acercarse mucho a él para recono-
cer en su rostro rasgos que en otro tiempo fueron los
de un ser humano.
El oído izquierdo había desaparecido por comple-
to, y en su lugar no había más que un pequeño hueco
negro. Sufría un pronunciado tic a lo largo de la meji-
lla izquierda, desde la boca hasta el ojo, mientras que
una fea cicatriz también surcaba la sien derecha has-
ta la parte superior de la cabeza. Tenía el cuello hun-
dido, como si hubieran extraído la carne que lo prote-
gía, y la nariz y la boca nada conservaban de su forma
original.
Sin embargo, en medio de aquel monstruoso rostro
aún permanecía dos ojos redondos y brillantes como
los de un niño inocente, unos ojos que contrastaban
de forma muy acusada con la fealdad que los rodea-
ban. En aquellos momentos refulgían de irritación.
—¡Ah! Me quieres decir algo, ¿no es así? Espera un
momento.
Cogió un cuaderno y un lapicero del cajón de la
mesa, colocó el lápiz en la boca deforme y sostuvo el
cuaderno ante ella. Su marido no podía ni hablar ni
sujetar nada para escribir, ya que, además de carecer
de órganos vocales, también había perdido los brazos
y las piernas.
—¿Cansado de mí?
Aquellas palabras fueron las que garabateó con su
boca el inválido.
—¡Ja, ja, ja! Otra vez estás celoso, ¿verdad? —se reía
ella—. No seas tonto.
14
Edogawa Rampo
Pero el lisiado volvió a dar impacientes cabezazos
contra el suelo. Tokiko comprendió lo que quería y de
nuevo situó el cuaderno ante la punta del lápiz sujeto
entre los dientes de su marido.
Una vez más, el lápiz se movió inseguro y escribió:
«¿Dónde fuiste?».
En cuanto lo leyó, Tokiko arrancó el lapicero de la
boca del hombre con un gesto brusco y escribió: «A la
casa de Washio», y colocó la respuesta casi pegada a
los ojos de su esposo.
Cuando él hubo leído el seco mensaje, ella añadió:
«¡Deberías saberlo! ¿A qué otro sitio voy a ir?».
El inválido pidió otra vez el cuaderno y escribió:
«¿Tres horas?».
Ella sintió un nuevo arrebato de comprensión. «No
sabía que hubiera tardado tanto», escribió como res-
puesta. «Lo siento».
Dio rienda suelta al sentimiento de lástima que la
invadía, y se inclinó e hizo gestos con la mano mien-
tras hablaba:
—No volveré a ir. Nunca más volveré. Lo prometo.
El teniente Sunaga, o más bien «el fardo», aún se
hallaba lejos de parecer satisfecho, pero quizá se ha-
bía cansado de escribir con la boca, porque tenía la
cabeza apoyada sin fuerza en el suelo y ya no se mo-
vía. Transcurridos unos instantes, le dedicó a su mujer
una mirada dura con la que sus grandes ojos dieron a
entender todos sus sentimientos.
Tokiko solo conocía un medio para tranquilizar a
su marido. Como las palabras y las disculpas no ser-
vían de nada, siempre que se producían esas extrañas
15
La oruga
«disputas de enamorados» ella recurría a aquel expe-
ditivo método.
Se inclinó de repente sobre su esposo y cubrió de
besos la retorcida boca. Los ojos del hombre no tarda-
ron en mostrar una mirada de gran satisfacción y pro-
fundo placer, y después dibujó una desagradable son-
risa. Ella seguía besándolo, con los ojos cerrados para
olvidar su fealdad, y, de manera gradual, fue apare-
ciendo el deseo de burlarse de aquel pobre inválido
que se encontraba en un estado de tan absoluta inde-
fensión.
El lisiado a quien besaban con tal pasión sufrió tre-
mendas contorsiones al verse incapaz de respirar y su
rostro se deformó en una mueca extravagante. Como
siempre sucedía, aquella visión excitó a Tokiko de una
forma extraña.
El caso del teniente Sunaga había supuesto una im-
portante conmoción en el mundo médico. Le amputa-
ron los brazos y las piernas y su rostro fue reconstrui-
do con habilidad por los cirujanos. La prensa, por su
parte, también le dio una gran publicidad al caso, y
un periódico llegó incluso a hablar de él como «el pa-
tético muñeco roto cuyos preciados miembros fueron
cruelmente arrancados por los caprichosos dioses de
la guerra».
El teniente Sunaga era, si cabe, aún más digno de
lástima, ya que, a pesar de haber sufrido una cuá-
druple amputación, poseía un torso muy desarrolla-
do. Quizá debido a su magnífico apetito (comer era
su única diversión), Sunaga había llegado a tener un
vientre brillante y prominente. Lo cierto es que aquel
hombre parecía una enorme oruga amarilla.
16
Edogawa Rampo
Le habían amputado los brazos y las piernas de tal
manera que ni siquiera le quedaban los muñones, si-
no únicamente cuatro bultos de carne que señalaban
el lugar que antes ocuparan los cuatro miembros. So-
lía tumbarse sobre su abultado vientre y, sirviéndose
de esos bultos, lograba impulsarse y dar vueltas sobre
sí mismo: una peonza de carne y hueso.
Unos instantes después, Tokiko comenzó a des-
nudarlo. Él no ofreció resistencia y se limitó a mirar
expectante los ojos de su mujer, entrecerrados de un
modo extraño, unos ojos similares a los de un animal
que vigila a su presa.
Tokiko comprendía muy bien lo que su impedido
esposo quería decirle con su apasionada mirada. El
teniente Sunaga había perdido toda capacidad senso-
rial, excepto las referidas a la vista, la sensibilidad fí-
sica y el gusto. Nunca había mostrado demasiado in-
terés por los libros y, además, la explosión de la que
fue víctima le provocó una impresión tan grande que
dañó sus facultades mentales. Por consiguiente, ahora
había desaparecido incluso su escasa afición a la lec-
tura y los placeres físicos constituían su única diver-
sión.
En lo que a Tokiko se refiere, y a pesar de que era
de naturaleza tímida, siempre había albergado una
extraña inclinación a abusar de los débiles. Además,
la contemplación de la agonía de aquel pobre inválido
despertó muchos de sus instintos ocultos.
Aún inclinada sobre él, siguió dedicándole sus abe-
rrantes caricias, provocando en el inválido una exci-
tación que lo llevaba cada vez más cerca del éxtasis…
17
La oruga
Tokiko lanzó un grito y se despertó. Había tenido
una terrible pesadilla y estaba sentada en medio de
un sudor frío. La lámpara de la mesilla se hallaba en-
negrecida por el humo y la mecha se había consumi-
do por completo.
El interior de la habitación, el techo, las paredes…,
todo parecía estirarse como si fuera de goma y luego
contraerse hasta alcanzar formas inverosímiles. Jun-
to a ella, el rostro de su marido poseía un brillante to-
no anaranjado.
Recordó que él no podía haber oído su grito de nin-
guna manera, pero se dio cuenta, con inquietud, de
que su esposo tenía la mirada fija en el techo y los ojos
abiertos de par en par. Miró el reloj de la mesa y vio
que era algo más de la una.
Una vez despierta del todo, trató de borrar los ho-
rribles pensamientos procedentes de la pesadilla que
había invadido su mente, pero cuanto más intenta-
ba olvidarlos, más persistentes se hacían las imáge-
nes. Al principio tuvo la sensación de que la bruma
se alzaba ante sus ojos y, cuando esta se hubo disipa-
do, pudo ver con gran nitidez un enorme trozo de car-
ne que flotaba en el aire y daba vueltas y más vuel-
tas como una peonza. De repente surgió el cuerpo de
una mujer gorda y repulsiva que parecía venir de nin-
guna parte, y las dos figuras se fundieron en un apa-
sionado abrazo. Esta increíble escena erótica trajo a la
memoria de Tokiko la ilustración de una postal donde
se representaba un pasaje del Infierno de Dante; pero,
a pesar de todo, mientras su mente divagaba, el desa-
gradable y repulsivo abrazo de la pareja pareció exci-
tar todas sus pasiones reprimidas y paralizar sus ner-
18
Edogawa Rampo
vios. Se preguntó, presa de un escalofrío, si acaso no
sería una pervertida.
Apretó los brazos en torno a su pecho y dejó esca-
par un grito desgarrador. Luego miró con atención a
su marido, como un chico que estuviera viendo una
muñeca rota. Él seguía con la vista fija en el mismo
punto del techo sin prestarle la menor atención a su
mujer.
—Otra vez está pensando —dedujo.
Era extraño, incluso en los mejores momentos, con-
templar a un hombre que solo podía comunicarse con
los ojos, allí tumbado, la vista fija siempre en un solo
punto, y todavía era peor cuando, como ahora, eso su-
cedía en plena noche. Claro que su mente estaba da-
ñada, pensó ella, pero un hombre con una incapaci-
dad tan grande sin duda vive en un mundo totalmente
distinto a cualquiera de los que yo pueda conocer ja-
más. Y se preguntaba si se trataría de un mundo pla-
centero. O quizá fuera un infierno…
Cerró de nuevo los ojos durante un instante y tra-
tó de dormir, pero le fue imposible. Tenía la sensación
de que, girando a su alrededor, había llamas que pro-
ducían un inmenso estruendo y terminó por angus-
tiarse. Algo después, de forma caprichosa, volvieron
a aparecer y desaparecer diversas ilusiones y alucina-
ciones. Entremezclados con ellas venían los múltiples
acontecimientos que hacía tres años habían transfor-
mado una vida normal en aquella existencia misera-
ble…
Al recibir la noticia de que su marido había resul-
tado herido y regresaba a Japón, sintió un alivio indes-
criptible porque al menos había salvado la vida. Las
19
La oruga
esposas de sus colegas oficiales incluso envidiaron su
«buena suerte».
Al poco tiempo los periódicos se hicieron eco de los
brillantes servicios prestados por su marido. Fue en-
tonces cuando se dio cuenta de que había sufrido he-
ridas muy graves, pero jamás pensó ni por un instante
que le habían provocado una incapacidad tan nota-
ble.
Tampoco olvidaría nunca la primera vez que le
permitieron visitar a su esposo en el hospital militar.
Tenía el rostro cubierto de vendas y no se le veían más
que los ojos, unos ojos que la miraban como se mira el
vado. Recordaba que había llorado llena de amargu-
ra al enterarse de que las heridas y la impresión sufri-
das le habían dejado sordomudo. Poco se imaginaba,
no obstante, los horribles descubrimientos que aún la
aguardaban.
El jefe del equipo médico, con gesto digno y tratan-
do de mostrar su profunda compasión, retiró las blan-
cas sábanas con mucho cuidado.
—¡Sea valiente! —fueron sus palabras.
Ella quiso coger las manos de su marido…, pero
no pudo hallar los brazos. Después vio que tampoco
tenía piernas; era como un fantasma en una pesadi-
lla. Bajo las sábanas solo yacía el tronco de su cuer-
po, vendado de un modo grotesco que lo asemejaba a
una momia.
Intentó hablar, luego gritar, pero de su garganta no
salió un solo sonido. También ella había perdido mo-
mentáneamente el habla. ¡Dios! ¿Aquello era todo lo
que quedaba del marido al que tanto había amado?
20
Edogawa Rampo
Había dejado de ser un hombre para convertirse en
un simple busto de escayola.
El jefe médico y las enfermeras la llevaron a otra
sala, y entonces fue cuando se vino abajo del todo, es-
tallando en un inconsolable llanto sin importarle la
presencia de toda aquella gente. Se dejó caer sobre
una silla, hundió la cabeza entre los brazos y lloró has-
ta quedarse sin lágrimas.
—Ha sido un auténtico milagro —oyó decir al mé-
dico—. Otro en su lugar no hubiera sobrevivido. Por
supuesto, todo se debe a la maravillosa habilidad co-
mo cirujano del coronel Kitamura: es un verdadero
genio con el bisturí. No hay otro igual en ningún hos-
pital militar del mundo.
De ese modo trataba el médico de consolar a Toki-
ko. Por todos lados se repetía la palabra «milagro», pe-
ro ella no sabía si alegrarse o lamentarse.
Pasó medio año como si fuera un sueño. El «cadá-
ver viviente» del teniente Sunaga fue finalmente es-
coltado hasta su casa por su comandante y sus cama-
radas de armas, y se vio abrumado por las atenciones
que le dedicaba todo el mundo.
A lo largo de los días que siguieron, Tokiko cuidó de
él con enorme ternura y en medio de un mar de lágri-
mas. Familiares, vecinos y amigos, todos ellos la ani-
maban a sacrificarse cada vez más, le repetían sin ce-
sar su concepto del «honor» y de la «virtud». La exigua
pensión de su marido apenas daba para la manuten-
ción de ambos, de ahí que cuando el general de divi-
sión Washio, antiguo jefe de Sunaga en el frente, tuvo
el detalle de ofrecerles de forma desinteresada la ca-
sa de campo que poseía dentro de su propiedad, ellos
21
La oruga
aceptaron agradecidos.
A partir de entonces, la vida cotidiana se convirtió
en una rutina, pero eso también dio lugar a una exas-
perante soledad. La causa principal era, por supues-
to, la tranquilidad que los rodeaba. Otra de las razo-
nes era que la gente dejó de interesarse por la historia
del héroe de guerra lisiado y la esposa consciente de
su deber. El asunto perdió interés y su lugar en prime-
ra plana de la actualidad lo ocuparon nuevas persona-
lidades y nuevos acontecimientos.
Los familiares de su marido rara vez se pasaban
por allí. En lo que a ella se refería, sus padres habían
muerto, mientras que a todas sus hermanas y herma-
nos les traía sin cuidado su desgracia. La consecuen-
cia era que el pobre soldado inválido y su fiel esposa
vivían solos en una solitaria casa de campo, aislados
por completo del mundo exterior. De todos modos,
incluso aquella situación habría sido más soportable
si uno de ellos no hubiera sido un muñeco de barro.
Al principio, el teniente Sunaga se hallaba bastan-
te desconcertado. Aunque tenía conciencia de su trá-
gica situación, su gradual retorno a un estado de salud
normal trajo consigo los remordimientos, la melanco-
lía y la más completa desesperación.
Toda comunicación entre Tokiko y su marido se
realizaba mediante la palabra escrita. Los primeros
vocablos que él escribió fueron «periódico» y «conde-
coración». Con el primero daba a entender que desea-
ba ver los recortes donde se hablaba de sus gloriosas
hazañas; y con «condecoración» pedía que le mostra-
ran la Orden de la Cometa de Oro, la más alta distin-
ción militar de Japón, que le habían concedido. Se tra-
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Edogawa Rampo
taba de los primeros objetos que el general de división
Washio le había puesto ante los ojos tras recuperar la
conciencia en el hospital, y se acordaba de ellos.
Desde ese momento, el inválido escribió con fre-
cuencia las mismas palabras para realizar su petición,
y en todas y cada una de esas ocasiones Tokiko le en-
señaba la medalla y las noticias, y él las contemplaba
durante bastante tiempo. Tokiko veía en cierto modo
absurdo que su marido leyera una y otra vez los mis-
mos periódicos, pero al mismo tiempo se sentía bien
al comprobar que los ojos de su cónyuge albergaban
una mirada de profunda satisfacción. Solía sostener
ante él los recortes y la condecoración hasta que las
manos se le quedaban casi dormidas.
Con el paso del tiempo, el teniente Sunaga terminó
por hartarse de la palabra «honor». Durante una tem-
porada no volvió a solicitar las reliquias de sus hechos
de guerra. En su lugar pedía cada vez más comida, ya
que, a pesar de la deformidad que sufría, su apetito
iba en aumento. De hecho, se sentía tan ávido de co-
mida como cualquier paciente que estuviera convale-
ciente de algún desorden de tipo alimenticio. Si To-
kiko no accedía a su petición de inmediato, él daba
rienda suelta a su ira arrastrándose como un loco so-
bre las esteras.
Al principio Tokiko sintió un vago temor por aquel
comportamiento tan brusco, pero con el tiempo fue
acostumbrándose a los extraños caprichos de su ma-
rido. Al hallarse ambos encerrados por completo en
la solitaria casa de campo, si uno de ellos no hubiera
decidido comprometerse, la vida habría resultado in-
soportable. De ese modo, como dos animales enjaula-
23
La oruga
dos en un zoo, siguieron adelante con su solitaria exis-
tencia.
En consecuencia, se mire como se mire, lo lógico
era que Tokiko terminara considerando a su marido
como un gran juguete con el que se podía disfrutar
a voluntad. Asimismo, la gula de su impedido espo-
so había contagiado su propio carácter hasta el punto
de convertirla en una persona avariciosa en extremo.
Solo parecía existir un único consuelo para su
amarga «carrera» como niñera de un inválido. La reali-
dad era que aquella desgraciada y extraña cosa que no
solo era incapaz de hablar o de oír, sino que ni siquie-
ra podía moverse por sí misma, de ningún modo esta-
ba hecha de madera o de barro: estaba viva y era real,
y poseía todas y cada una de las emociones e instintos
humanos; para ella se trataba de una fuente inagota-
ble de fascinación. Y además estaban aquellos ojos re-
dondos, su único órgano de expresión, que hablaban
a veces tan llenos de tristeza y otras con tanta ira: eso
también ejercía sobre ella una extraña atracción. Era
digna de lástima la incapacidad de aquel hombre pa-
ra enjugar las lágrimas que sus ojos aún derramaban.
Y, por supuesto, cuando se enfadaba, solo podía ame-
nazar a su mujer sumiéndose en arrebatos histéricos
fuera de lo común. Tales accesos de rabia solían hacer
su aparición siempre que recordaba que jamás volve-
ría a sucumbir, por su propia iniciativa, ante la abru-
madora tentación que nunca abandonaba sus entra-
ñas.
Entretanto, Tokiko también se las arreglaba para
encontrar otra fuente de placer atormentando cuando
le venía en gana a aquella indefensa criatura. ¿Cruel?
24
Edogawa Rampo
¡Sí! Pero divertido… ¡Muy divertido!…
Todo lo acontecido a lo largo de los últimos tres
años tenía su vívido reflejo en el interior de los cerra-
dos párpados de Tokiko, como si de la proyección de
una linterna mágica se tratase: los recuerdos fragmen-
tados que tomaban cuerpo en su mente y se disipaban
uno tras otro. Aquel fenómeno se daba siempre que
algo no funcionaba bien en su cuerpo. En esas oca-
siones, sobre todo durante sus períodos mensuales de
indisposición física, se ensañaba de forma cruel con
el pobre lisiado. La brutalidad de sus acciones había
ido aumentando cada vez más a medida que pasaba
el tiempo. Ella era consciente, desde luego, de la na-
turaleza criminal de su comportamiento, pero las bes-
tiales fuerzas procedentes de sus entrañas escapaban
por completo a su control.
De pronto notó que el dormitorio se estaba que-
dando a oscuras, que otra pesadilla se acercaba a ella.
Pero esta vez decidió verla con los ojos abiertos. Aque-
lla idea le dio miedo, y se aceleró el ritmo de los lati-
dos de su corazón. Logró tranquilizarse y se convenció
de que era una persona propensa a imaginar cosas. La
mecha de la lámpara de la mesilla se había consumi-
do y la luz comenzó a parpadear. Saltó de la cama y ti-
ró de la mecha para sacarla un poco más.
La habitación se iluminó de inmediato, pero la luz
de la lámpara se hallaba envuelta en una bruma de
color naranja, y eso hizo crecer su inquietud. Tokiko
volvió a contemplar el rostro de su marido con aque-
lla misma iluminación, y se asustó al ver que sus ojos
seguían clavados en el mismo punto del techo. ¡No se
habían movido siquiera un milímetro!
25
La oruga
Se preguntaba, con un escalofrío, en qué podría es-
tar pensando su esposo. A pesar de sentir un enorme
desasosiego, lo que la dominaba de verdad era el odio
hacia la actitud de aquel hombre. Y una vez más ese
odio despertó en ella todos sus deseos innatos de ator-
mentarlo…, de hacerle sufrir.
De repente, sin aviso alguno, se lanzó sobre el le-
cho de su marido, lo cogió por los hombros con sus
grandes manos y comenzó a zarandearlo llena de fu-
ria.
Desconcertado por aquella súbita violencia, el in-
válido empezó a temblar. Se mordió los labios y dedi-
có una feroz mirada a su esposa.
—¿Te has enfadado? ¿Por qué me miras así? —pre-
guntó Tokiko con tono sarcástico—. No te sirve de na-
da enfadarte, ¡ya lo sabes! Estás por completo a mi
merced.
Sunaga no era capaz de responder, pero las pala-
bras que hubiera podido pronunciar salían a la luz
por medio de su penetrante mirada.
—¡Tienes unos ojos de loco! —gritó Tokiko—. ¡De-
ja de mirarme así!
Presa de un inesperado arrebato, clavó los dedos
con fuerza en los ojos del hombre en medio de terri-
bles chillidos.
—¡Ahora intenta mirarme si puedes!
El inválido se defendió de forma desesperada re-
torciendo el torso sin cesar, y al final su intenso sufri-
miento le dio la fuerza necesaria para elevar el tronco
y derribar de un golpe a su mujer, que cayó de espal-
das.
26
Edogawa Rampo
Tokiko recuperó el equilibrio enseguida y se dio
la vuelta para reanudar la agresión. Pero se detuvo de
pronto… ¡Qué horror! La sangre manaba a borbotones
de los ojos de su esposo; su rostro, deformado por el
dolor, había adquirido la palidez de un pulpo hervido.
El miedo dejó paralizada a Tokiko. Había privado
cruelmente a su marido de la única ventana que po-
seía para comunicarse con el mundo exterior. ¿Qué le
quedaba ahora? Nada, nada en absoluto…, excepto un
montón de carne con aspecto cadavérico en medio de
la más completa oscuridad.
Bajó las escaleras con paso inseguro y, tambaleán-
dose, se aventuró descalza en la negrura de la noche.
Atravesó la puerta trasera del jardín, llegó corriendo
hasta el camino del pueblo a toda velocidad, como
perseguida por espectros en una pesadilla: muy depri-
sa, pero sin que apenas se notara el movimiento.
Por fin llegó a su destino: la solitaria casa de un mé-
dico de la zona. Tras oír el histérico relato de la mujer,
el doctor la acompañó a su hogar.
Su marido seguía debatiéndose de un modo vio-
lento en el dormitorio, víctima de una tortura infer-
nal. El médico había oído hablar muchas veces de
aquel hombre sin miembros, pero nunca lo había vis-
to; la impresión que le provocó la horrible vista del in-
válido fue tan intensa que se quedó sin palabras. Le
administró una inyección para aliviar el dolor, vendó
los cegados ojos y luego salió de allí como alma que
lleva el diablo, sin pedir siquiera una explicación acer-
ca del «accidente».
Cuando cesaron los esfuerzos del teniente Sunaga
ya había amanecido. Tokiko le acariciaba el pecho lle-
27
La oruga
na de ternura, y, hecha un mar de lágrimas, implora-
ba:
—Perdóname, amor mío. Por favor, perdóname.
El trozo de carne se hallaba abatido por la fiebre,
tenía el rostro enrojecido y el corazón le latía muy de-
prisa.
Tokiko no abandonó el lecho de su paciente en to-
do el día, ni siquiera para comer. No hacía más que
ponerle paños húmedos en la cabeza; y, en los interva-
los de tiempo entre uno y otro, escribía sin parar “Per-
dóname” con los dedos sobre el pecho de su marido.
Había perdido la noción del tiempo.
Por la noche remitió algo la fiebre, y la respiración
del enfermo pareció recobrar su ritmo habitual. Toki-
ko conjeturó que también habría recuperado la con-
ciencia, por eso volvió a escribir en su pecho «Per-
dóname». El trozo de carne, no obstante, no hizo el
menor intento por responder. A pesar de haber per-
dido la visión, aún le hubiera sido posible contestar
mediante algún tipo de señal, bien moviendo la cabe-
za, bien sonriendo. Pero su expresión facial no se alte-
ró. Ella sabía, por el sonido de la respiración, que no
estaba dormido, aunque le resultaba imposible decir
si también había perdido la capacidad de compren-
der el mensaje trazado sobre su pecho, o si en realidad
aquel silencio estaba provocado por la ira.
Tokiko no dejaba de contemplarlo y era incapaz
de controlar los temblores que le ocasionaba el terror.
Aquella «cosa» que yacía ante ella era, no cabía duda,
una criatura viva. Tenía pulmones, estómago y cora-
zón. Sin embargo, no veía, no oía, no hablaba, y care-
cía de brazos y piernas. Su mundo era un insondable
28
Edogawa Rampo
pozo de silencio perpetuo y de oscuridad sin límites.
¿Quién era capaz de imaginar un mundo así? ¿Con
qué se podrían comparar las sensaciones de un hom-
bre que viviera en aquel abismo? Seguro que ansiaba
poder gritar para pedir ayuda con todas sus fuerzas…,
ver formas, por borrosas que fueran…, oír voces, aun-
que se tratase del más tímido de los susurros…, afe-
rrarse…, asirse a algo…
De pronto Tokiko rompió a llorar presa del remor-
dimiento por el irreparable crimen que había come-
tido. Con el corazón desgarrado por el miedo y por el
dolor, dejó a su marido allí y corrió en busca de los
Washio en la casa principal: deseaba ver un rostro hu-
mano…, cualquier rostro que no fuese deforme.
El anciano general escuchó muy preocupado la
larga confesión de la mujer, en ocasiones incoheren-
te a causa de los ataques de llanto, y una vez finaliza-
da quedó tan atónito que no pudo articular palabra.
Unos instantes después dijo que visitaría al teniente
de inmediato.
Como ya había oscurecido, al anciano le prepara-
ron un farol. Tokiko y él atravesaron lenta y pesada-
mente el terreno cubierto de hierba por el que se iba
a la casa de campo: los dos caminaban en silencio, ab-
sortos en sus propios pensamientos.
Cuando por fin llegaron a la malaventurada habita-
ción, el viejo miró dentro y luego exclamó:
—¡Aquí no hay nadie! ¿Adónde ha ido?
Tokiko, sin embargo, no se alarmó.
—Debe de estar en su cama —apuntó.
29
La oruga
Se dirigió a la cama casi en tinieblas, pero la halló
vacía.
—¡No! —gritó—. ¡No…, no está aquí!
—No puede haber salido —reflexionó el general—.
Tenemos que buscar en el interior de la casa.
Tras mirar hasta en el último rincón de la vivienda
y no encontrar nada, el general Washio no tuvo más
remedio que admitir que su antiguo subordinado, en
efecto, no estaba allí.
De repente, Tokiko descubrió unas letras garaba-
teadas en una de las paredes de papel.
—¡Mire! —exclamó ella con gesto de sorpresa, se-
ñalando aquel mensaje escrito—. ¿Qué es eso?
Ambos se agacharon para ver mejor. Tras pasar un
rato tratando de descifrar unos trazos casi ilegibles,
ella dio con la solución.
«Te perdono», era lo que decía el texto.
De los ojos de Tokiko brotaron las lágrimas al ins-
tante y comenzó a sentirse mareada. Era evidente
que su marido se las había arreglado para arrastrar
su cuerpo mutilado por la habitación, se había hecho
con un lapicero de la mesa baja utilizando la boca y,
con un esfuerzo enorme, había conseguido escribir el
lacónico mensaje, y después…
Tokiko reaccionó de pronto, dispuesta a actuar.
—¡Rápido! —gritó palideciendo—. ¡Puede que esté
tratando de suicidarse!
Hicieron levantarse a todos los que habitaban en la
casa de los Washio, y poco después los criados salie-
ron al campo con faroles para iniciar la búsqueda. Mi-
raron por todas partes, pisoteando la maleza entre la
30
Edogawa Rampo
casa principal y la pequeña casa de campo.
Tokiko seguía ansiosa al viejo Washio y la débil luz
del farol que éste sostenía. Mientras caminaba, la fra-
se «Te perdono» acudía una y otra vez a su mente; es-
taba claro que se trataba de la respuesta de su marido
al mensaje que ella había dibujado en su pecho. No
dejaba de dar vueltas al significado de aquellas pala-
bras hasta que se dio cuenta de que también querían
decir «Voy a morir. Pero no sufras, ¡porque te he per-
donado!».
¡Se había portado como una bruja sin corazón! Era
capaz de imaginar con gran nitidez a su marido cayen-
do escaleras abajo y arrastrándose en la oscuridad, y
creyó que el dolor y el remordimiento la terminarían
asfixiando.
Después de andar un buen rato, la golpeó un pen-
samiento horrible. Se volvió hacia el general y aven-
turó:
—Por aquí había un pozo, ¿no es así?
—Así es —respondió él con aire serio, compren-
diendo de inmediato lo que ella quería decir.
Los dos echaron a andar a toda prisa en una nue-
va dirección.
—El pozo debería estar por aquí, creo —señaló el
anciano por fin, como hablando para sus adentros.
Luego alzó el farol para conseguir la máxima ilumi-
nación posible.
En ese preciso instante, Tokiko fue alcanzada por
una extraña intuición. Se detuvo por completo. Aguzó
los oídos y oyó un débil susurro, como el que hace una
serpiente arrastrándose entre la hierba.
31
La oruga
Tanto ella como el anciano dirigieron la vista ha-
cia aquel sonido, y casi de modo simultáneo los dos se
vieron paralizados por el terror.
En medio de aquella luz tan tenue, había algo que
se retorcía con lentitud por la espesa maleza. De pron-
to, aquello alzó la cabeza y se arrastró hacia delante
restregando por el suelo unas protuberancias seme-
jantes a excrecencias situadas en las cuatro esquinas
de su cuerpo. Avanzaba con sigilo centímetro a centí-
metro.
Un poco después, la erguida cabeza desapareció
de repente en el suelo llevándose al cuerpo tras ella.
Unos segundos más tarde oyeron el apagado sonido
de algo que caía al agua muy por debajo del nivel del
suelo, como si de las entrañas de la tierra se tratase.
Tokiko y el general lograron reunir por fin el cora-
je suficiente para dar un paso adelante…, y allí, oculto
entre la hierba, hallaron el viejo pozo con su enorme
boca negra abierta.
Aunque parezca extraño, durante aquellos instan-
tes que habían quedado al margen del tiempo, la ima-
gen que relampagueó una vez más en la mente de To-
kiko fue la de una oruga: una criatura abotargada que
se arrastraba despacio por la rama muerta de un ár-
bol seco en una noche oscura… avanzando paso a pa-
so hasta el final de la rama y entonces, de pronto, se
precipitaba…, caía…, caía a la insondable oscuridad
que aguardaba debajo.
32
El infierno de los espejos
Kan Tanuma es uno de los amigos más extraños
que he tenido nunca. Desde el principio sospeché que
sufría algún tipo de desequilibrio mental. Hay quien
lo consideraría poco más que un excéntrico, pero yo
estoy convencido de que se trataba de un lunático. Sea
como fuere, tenía una obsesión, una pasión por todo
lo que pudiera reflejar una imagen, así como por cual-
quier clase de lente. Incluso cuando no era más que
un niño, los únicos juguetes con los que se divertía
eran faroles mágicos, celescopios, cristales de aumen-
to, caleidoscopios, prismas y objetos similares.
Puede que esta extraña obsesión de Tanuma fuera
hereditaria, ya que a su bisabuelo Moribe también se
le conocía la misma afición. Prueba de ello es la colec-
ción de objetos (artículos de cristal y celescopios pri-
mitivos, además de libros antiguos sobre cernas afi-
nes) que el tal Moribe había obtenido de los primeros
mercaderes holandeses llegados a Nagasaki. Sus des-
cendientes los fueron heredando hasta que termina-
ron en manos del último de ellos, mi amigo Tanuma.
Aunque los episodios relacionados con la obsesión
de Tanuma por espejos y lentes en su infancia son ca-
si infinitos, los que recuerdo con más nitidez tuvieron
lugar en el último tramo de su estancia en el instituto,
cuando se sumió por completo en el estudio de la físi-
ca, sobre todo de la óptica.
36
Edogawa Rampo
Un día, mientras estábamos en clase (Tanuma y yo
éramos compañeros de curso en el mismo colegio),
el profesor pasó entre los alumnos un espejo cónca-
vo y nos invitó a todos a observar los reflejos de nues-
tras caras en él. Cuando me tocó a mí retrocedí ho-
rrorizado, ya que los numerosos granos purulentos de
mi rostro, aumentados varias veces por aquel objeto,
eran idénticos a los cráteres de la luna vistos a través
del telescopio gigante de un observatorio astronómi-
co. Quizá sea el momento de decir que siempre había
sido sensible en extremo acerca de la gran cantidad
de granos que tenía en la cara, tanto que la impresión
que sufrí en aquella ocasión me provocó auténtica fo-
bia a mirarme en ese tipo de espejos cóncavos. En una
ocasión, poco después del incidente mencionado, fui
de visita a una exposición de ciencias, pero en cuanto
descubrí a lo lejos la presencia de un inmenso espejo
cóncavo di media vuelta y me alejé presa del pánico.
Tanuma, por el contrario, tuvo una reacción opues-
ta a la ocasionada por mi acusada sensibilidad, y en
cuanto vio el espejo cóncavo que llevaron a clase dejó
escapar un agudo chillido de alegría.
—Maravilloso…, maravilloso —gritó entre las car-
cajadas del resto de los estudiantes.
Sin embargo, para Tanuma no era ninguna broma,
más bien se trataba de un asunto muy serio. A par-
tir de entonces creció tanto su afición por los espejos
cóncavos que no dejaba de comprar todo tipo de ma-
teriales útiles para sus fines: alambre, cartón, espejos
y objetos por el estilo. Con ellos comenzó a construir,
como si fuera un niño travieso, diversas cajas mágicas
infernales para las que se sirvió de los muchos libros
37
El infierno de los espejos
que había ido adquiriendo, todos ellos dedicados al
arte de la magia científica.
Tras acabar el instituto, Tanuma no mostró ningu-
na intención de continuar con su carrera académica.
En su lugar, con el dinero que le proporcionaban unos
padres generosos y poco exigentes, construyó un pe-
queño laboratorio en un rincón de su jardín. Y dedicó
todo su tiempo y sus esfuerzos a aquella obsesión por
los instrumentos ópticos.
Terminó aislándose del todo en su extraño labora-
torio, y yo era el único amigo que le visitaba de vez en
cuando, ya que los demás lo habían dejado de lado a
causa de su creciente excentricidad. Cada una de mis
visitas me hacía preocuparme más y más con respecto
a su anormal forma de actuar, y es que me parecía evi-
dente que su enfermedad iba de mal en peor.
Por aquella época murieron sus padres y recibió
una magnífica herencia. Al verse libre de cualquier ti-
po de supervisión, y con fondos de sobra para satis-
facer hasta el último de sus caprichos, su irresponsa-
bilidad fue en aumento. Al mismo tiempo, como ya
tenía veinte años, comenzó a mostrar un acusado inte-
rés por el sexo opuesto. Esta inclinación se mezcló con
la mórbida obsesión por la óptica, y ambas se cons-
tituyeron en una poderosa fuerza que lo dominó por
completo.
Lo primero que hizo con su herencia fue construir
un pequeño observatorio que equipó con un celesco-
pio astronómico para explorar los misterios de los pla-
netas. Como su vivienda se hallaba situada en un lu-
gar pronunciado, se trataba de un lugar idóneo para
aquella finalidad. Pero a él no le bastaba con una ocu-
38
Edogawa Rampo
pación tan inocua. No tardó en dirigir el celescopio
hacia la tierra y enfocar con su lente las casas de los
alrededores. Ni los cercados ni otras barreras eran un
obstáculo para él, ya que el observatorio estaba en un
punto muy elevado.
Los ocupantes de los hogares circundantes, que no
tenían la más mínima sospecha de que los ojos curio-
sos de Tanuma los espiaban a través de un celescopio,
hacían su vida sin preocupación alguna y dejaban las
puertas correderas de papel abiertas de par en par. La
consecuencia fue que la exploración secreta de la vi-
da privada de los vecinos proporcionó a Tanuma un
placer hasta entonces desconocido. Una noche tuvo el
detalle de invitarme para que echase un vistazo, pero
lo que vi me hizo enrojecer de vergüenza y me negué
a volver a participar en esa actividad.
Poco después instaló un tipo especial de perisco-
pio, que le proporcionaba una completa vista de las
habitaciones de sus numerosas sirvientas mientras él
estaba sentado en el laboratorio. Ignorantes de este
hecho, las criadas se comportaban con poca libertad
en sus dependencias privadas.
Uno de los episodios de aquellos días, que aún no
he logrado alejar de mi pensamiento, tuvo como pro-
tagonistas a los insectos. Tanuma empezó a estudiar-
los con un pequeño microscopio y disfrutaba como
un niño observando tanto sus peleas como sus apa-
reamientos. Tuve la desgracia de presenciar una terri-
ble escena: la de una pulga aplastada. Fue una visión
realmente cruenta, ya que, aumentada mil veces, pa-
recía un enorme jabalí debatiéndose en un charco de
sangre.
39
El infierno de los espejos
Más adelante fui a visitar a Tanuma una tarde y lla-
mé a la puerta del laboratorio, pero no respondió. Por
lo tanto, como era mi costumbre, entré sin darle ma-
yor importancia. El interior estaba totalmente a oscu-
ras porque unas cortinas negras cubrían las ventanas.
Y entonces, de pronto, en el inmenso muro que había
delante de mí apareció un objeto indescriptible y bo-
rroso, de un tamaño tan monstruoso que ocupaba to-
do el espacio. Fue tal el susto que me quedé paraliza-
do.
Poco a poco la «cosa» de la pared fue adquiriendo
un aspecto más definido. La primera forma que se pu-
do percibir fue la de un pantano repleto de maleza os-
cura. Debajo había dos enormes ojos del tamaño de
tinas de lavar, con unas pupilas de color marrón que
centelleaban de un modo horrible, mientras que por
los lados fluían diversos ríos de sangre sobre una blan-
ca meseta. Luego había dos grandes cuevas de las que
parecían surgir los enmarañados extremos de gran-
des escobas. Se trataba, por supuesto, de los pelos que
crecían en las cavidades de una nariz gigantesca. Des-
pués venían dos gruesos labios, similares a volumi-
nosos cojines de color carmesí; y se movían sin cesar,
dejando a la vista dos filas de dientes blancos cuyas
proporciones se hallaban próximas a las de las tejas
de la cubierta de una casa.
Era la imagen de un rostro humano. Tuve la vaga
sensación de que, a pesar de su grotesco tamaño, era
capaz de reconocer los rasgos que lo conformaban.
En ese preciso instante oí que alguien me hablaba:
—¡No tengas miedo! ¡Soy yo!
40
Edogawa Rampo
La voz me produjo un nuevo sobresalto, ya que los
abultados labios se movían al mismo tiempo que sur-
gían las palabras, y los ojos daban la sensación de son-
reír.
De repente, sin previo aviso, la habitación se llenó
de luz y la visión de la pared se desvaneció. Casi de
modo simultáneo apareció Tanuma desde detrás de
una cortina en la parte trasera de la estancia.
Se acercó a mí con una sonrisa maliciosa y, preso de
un orgullo infantil, exclamó:
—¿Acaso no ha sido un magnífico espectáculo?
Mientras yo seguía inmóvil e incapaz de hablar, es-
tupefacto aún, me explicó que lo que acababa de ver
era la imagen de su propia cara proyectada sobre la
pared gracias a un estereopticón que había diseñado
especialmente para el rostro humano.
Unas semanas después inició un nuevo experimen-
to. En esta ocasión construyó una pequeña habitación
dentro del laboratorio y revistió el interior de espejos.
Las cuatro paredes, así como el suelo y el techo, eran
espejos. Por lo tanto, cualquiera que entrase allí se ve-
ría enfrentado con los reflejos de todas y cada una de
las porciones de su cuerpo; y, como los seis espejos se
reflejaban unos a otros, las imágenes se multiplicaban
y se volvían a multiplicar ad infinitum. Tanuma nunca
llegó a explicar qué se proponía al instalar aquella sa-
la. Pero sí recuerdo que una vez me invitó a entrar en
ella. Lo rechacé de plano, ya que me aterrorizaba solo
pensarlo. Sin embargo, según los sirvientes de Tanu-
ma, este solía introducirse en la «cámara de los espe-
jos» con Kimiko, su criada favorita, una exuberante
chica de dieciocho años, con el objeto de gozar de los
41
El infierno de los espejos
placeres ocultos de la región de los espejos.
Los criados también me dijeron que, en otros mo-
mentos, entraba solo en la cámara y permanecía allí
durante muchos minutos, con frecuencia incluso una
hora. En una ocasión estuvo tanto tiempo dentro que
los sirvientes llegaron a asustarse. Uno de ellos reunió
el valor suficiente y llamó a la puerta. Tanuma salió
dando un salto, desnudo por completo, y, sin ofrecer
una sola explicación, desapareció en su propio dormi-
torio.
Llegados a este punto, sería necesario mencionar
que la salud de Tanuma se deterioraba con gran ra-
pidez. Por otro lado, su obsesión con respecto a los
instrumentos ópticos crecía sin cesar. No dejaba de
colocar cada vez más espejos de todas las formas y
descripciones posibles (cóncavos, convexos, estriados,
prismáticos) así como modelos híbridos que daban
lugar a proyecciones absolutamente distorsionadas.
Al final, no obstante, alcanzó un punto en que ya no le
fue posible hallar ninguna satisfacción a no ser que él
mismo fabricara sus propios espejos. De ahí que ins-
talara una planta de tratamiento de vidrio en su am-
plio jardín, y allí, con la ayuda de un selecto equipo de
técnicos y operarios, comenzó a producir todo tipo de
espejos fantásticos. No había ningún familiar que pu-
diera frenar aquella disparatada labor, y los copiosos
salarios que pagaba a sus criados le aseguraban una
completa obediencia. Llegué a la conclusión de que
era yo quien tenía la obligación de convencerle para
que dejara de derrochar una fortuna que menguaba a
toda velocidad. Pero Tanuma no me escuchó.
42
Edogawa Rampo
A pesar de todo, yo estaba decidido a seguir vigi-
lándolo porque temía que perdiera la razón por com-
pleto, y por consiguiente lo visitaba con gran frecuen-
cia. Y en cada una de las ocasiones en que lo hice pude
comprobar que había fabricado un ejemplo aún más
insensato que el anterior para su orgía de espejos.
Una de las cosas que hizo fue cubrir una pared en-
tera del laboratorio con un espejo gigante. Luego abrió
cinco agujeros en él; después se dedicó a sacar los bra-
zos, las piernas y la cabeza por los agujeros desde de-
trás del espejo, creando así la asombrosa ilusión de un
cuerpo carente de tronco que flotaba en el espacio.
En otras ocasiones hallaba el laboratorio en un es-
tado de completo desorden, debido a la variedad de
espejos con formas y tamaños fantásticos que allí se
amontonaban (estriados, cóncavos y convexos sobre
todo), y a él lo veía bailando en medio de aquel caos,
totalmente desnudo, como si de un primitivo oficiante
de ritos paganos o de un hechicero se tratase. Siempre
que contemplaba aquellas escenas sentía escalofríos,
ya que el reflejo de su cuerpo desnudo haciendo des-
bocadas piruetas se distorsionaba y serpenteaba dan-
do lugar a mil variantes distintas. Unas veces se veía
una cabeza doble con unos labios hinchados de pro-
porciones inmensas; otras, su vientre se abultaba y se
elevaba para, acto seguido, volver a quedar plano; ha-
cía girar los brazos hasta que estos se multiplicaban
como los de las antiguas estatuas budistas chinas. El
caso es que, en esos momentos, el laboratorio se trans-
formaba en un purgatorio de fenómenos asombrosos.
A continuación instaló un caleidoscopio gigante
que parecía ocupar la totalidad del laboratorio. Un
43
El infierno de los espejos
motor lo hacía girar, y con cada rotación del inmenso
cilindro los colosales modelos de flores de su interior
cambiaban de forma y de color (rojo, rosa, púrpura,
verde, bermellón, negro), al igual que las flores del
sueño de un adicto al opio. Y el propio Tanuma en-
traba a rastras en el cilindro y dentro bailaba como
un demente entre las flores, con su cuerpo totalmente
desnudo y sus miembros multiplicándose como los
pétalos hasta que daba la impresión de que formaba
parte del mundo floral del caleidoscopio.
Tampoco terminó ahí su locura: todo lo contrario.
Sus fantásticas creaciones eran cada vez más nume-
rosas y cada una de ellas superaba las proporciones
de la anterior. Más o menos hasta entonces yo había
creído que aún seguía relativamente cuerdo; pero al fi-
nal tuve que admitir que había perdido la cabeza por
completo. Y muy poco después llegó el terrible y trági-
co clímax de esta historia.
Una mañana me despertó de repente un mensajero
procedente de la casa de Tanuma.
—¡Ha ocurrido algo terrible! ¡La Srta. Kimiko quie-
re que venga usted inmediatamente! —gritó el mensa-
jero, blanco como una hoja de papel de arroz.
—¿Qué sucede? —pregunté mientras me vestía a
toda prisa.
—Aún no lo sabemos —exclamó el criado—. Pe-
ro, por el amor de Dios, ¡venga conmigo ahora mismo!
Traté de obtener más información del sirviente, pe-
ro se expresaba de un modo tan incoherente que me
di por vencido y fui lo más rápido que pude al labora-
torio de Tanuma.
44
Edogawa Rampo
Al entrar en aquel inquietante lugar, la primera
persona a la que vi fue a Kimiko, la atractiva camare-
ra que Tanuma había convertido en su amante. Jun-
to a ella había varias criadas más, todas ellas apiñadas
y observando llenas de horror el gran objeto esférico
que descansaba en el centro de la sala.
La esfera era más o menos el doble de grande que
los balones que suelen montar los payasos del circo
para hacer equilibrios. El exterior estaba completa-
mente cubierto con un patio blanco. Lo terrorífico era
que aquella esfera no dejaba de rodar lenta e inopina-
damente, como si estuviese viva. Lo peor, sin embargo,
era el extraño eco que surgía del interior del balón, un
sonido similar a la risa, una risa que parecía salir de la
garganta de una criatura de otro mundo.
—¿Qué…? ¿Qué ocurre? ¿Se puede saber qué está
pasando? —pregunté al atónito grupo.
—No…, no lo sabemos —respondió una de las cria-
das con aire ausente—. Creemos que nuestro patrón
está ahí dentro. Pero no podemos hacer nada. Hemos
llamado varias veces y no hay respuesta, salvo esa mis-
teriosa risa que usted está oyendo ahora.
Tras escuchar estas palabras, me acerqué a la esfe-
ra con cuidado para tratar de descubrir cómo salían
aquellos sonidos de ella. No tardé en hallar varios ori-
ficios de ventilación. Miré por uno de los pequeños
agujeros hacia el interior, pero no pude ver nada con
claridad porque me lo impidió una brillante y cegado-
ra luz. Sin embargo, de algo estaba seguro: ¡allí había
una criatura encerrada!
—¡Tanuma! ¡Tanuma! —grité varias veces, pegan-
do la boca al agujero. Pero lo único que oí fue otra vez
45
El infierno de los espejos
aquella extraña risotada. No sabía qué hacer y, por
unos instantes, me quedé mirando dubitativo el movi-
miento de la bola. Entonces, de pronto, vi las finas lí-
neas que delimitaban un plano en la lisa superficie ex-
terior. Me di cuenta de inmediato de que se trataba de
la puerta por la que se accedía al interior de la esfera.
—Pero, si es una puerta, ¿dónde está el tirador para
abrir? —me pregunté.
Examiné la puerta con atención y encontré un pe-
queño agujero que, con toda seguridad, había servido
para alguna clase de manilla.
Al ver aquello me asaltó un terrible pensamiento.
—Es bastante posible —pensé— que el tirador
se haya salido de forma accidental y que, por tanto,
quienquiera que esté en el interior haya quedado atra-
pado en la esfera. En ese caso, esa persona debe de ha-
ber pasado toda la noche dentro sin poder salir.
Busqué por el suelo del laboratorio y enseguida ha-
llé una manilla con forma de T. Intenté introducirla
en el hueco que había visto, pero no lo logré, ya que la
barra estaba rota.
No conseguía entender por qué demonios el hom-
bre que estaba en el interior (si es que de un hombre
se trataba) no gritaba pidiendo ayuda en lugar de reír-
se sin parar.
—Quizá —recordé de pronto con miedo—, Tanu-
ma está ahí dentro y se ha vuelto loco de atar.
Decidí al instante que solo había una solución. Me
dirigí a toda prisa al taller de cristal, cogí un martillo
grande y volví al laboratorio sin perder un segundo.
Apunté cuidadosamente y, con todas mis fuerzas, gol-
46
Edogawa Rampo
peé aquel globo con el martillo. Di una y otra vez en
el extraño objeto hasta que terminó siendo poco más
que un amasijo de gruesos fragmentos de vidrio.
El hombre que salió arrastrándose de los escom-
bros no era otro que Tanuma. Pero estaba casi irreco-
nocible debido a la transformación que había sufrido.
Tenía el rostro flácido y descolorido, sus ojos vagaban
sin rumbo fijo, el pelo era una pura maraña, la boca la
mantenía abierta y la saliva le caía en delgados y espu-
mosos chorros. Toda su expresión hacía pensar en un
maníaco desquiciado por completo.
Incluso Kimiko retrocedió con horror tras ver aque-
lla monstruosidad de hombre. No hace falta decir que
Tanuma se había vuelto totalmente loco.
—Pero ¿cómo ha llegado a ocurrir esto? —me pre-
gunté—. ¿Acaso estar encerrado dentro de esa esfera
de cristal es motivo suficiente para que haya perdido
la cabeza? Además, lo primero que habría que saber
es por qué la ha construido.
Aunque pregunté a los criados que seguían api-
ñados cerca de mí, no fui capaz de sacar nada en cla-
ro, porque todos juraban que no sabían siquiera de la
existencia de aquel globo.
Tanuma, sin dejar de sonreír, comenzó a moverse
por la estancia como si no tuviera la más mínima idea
de dónde se hallaba. Kimiko se recuperó del susto ini-
cial haciendo un gran esfuerzo y, entre lágrimas, em-
pezó a darle tironcitos en las mangas. En ese preciso
instante se presentó el ingeniero jefe del taller para
iniciar la jornada de trabajo.
Hice caso omiso de su desconcierto por lo que es-
taba viendo y empecé a lanzarle preguntas sin cesar.
47
El infierno de los espejos
Aquel hombre estaba tan perplejo que apenas si era
capaz de responder tartamudeando. Pero esto es lo
que me dijo:
Hace ya bastante tiempo que Tanuma le había en-
cargado que construyera aquella esfera de cristal. Te-
nía un grosor de más de un centímetro y un diámetro
aproximado de un metro veinte. Para hacer del inte-
rior un espejo de una sola pieza, Tanuma ordenó a los
obreros y a los ingenieros que cubrieran de azogue el
exterior del globo; después colocaron por encima va-
rias capas de patio de algodón. El diseño del interior
permitía la existencia de pequeñas cavidades disper-
sas que actuaban como receptáculos para unas bom-
billas empotradas. También había una puerta de en-
trada para un hombre de envergadura normal.
Ingenieros y operarios desconocían por completo
el propósito de aquel objeto, pero las órdenes eran las
órdenes y, por tanto, habían llevado a cabo la tarea en-
comendada. Por fin, la noche anterior quedó termina-
do el globo, con el añadido de un cable eléctrico de
gran longitud ajustado de forma precisa a un enchu-
fe que se hallaba en la cubierta, y lo llevaron al labo-
ratorio tomando todas las precauciones posibles. Co-
nectaron el cable a un enchufe situado en la pared y
se marcharon, dejando a Tanuma a solas con la esfera.
Lo que sucedió después, por supuesto, lo ignoraban.
Tras escuchar el relato del ingeniero jefe, le pedí
que saliera. Luego dejé a Tanuma al cuidado de los
criados, que lo llevaron a su casa propiamente dicha,
y me quedé solo en el laboratorio con la vista fija en
los fragmentos de cristal desperdigados por la sala, tra
tando desesperadamente de resolver el misterio de to-
48
Edogawa Rampo
do aquel asunto.
Así permanecí durante bastante tiempo, reflexio-
nando acerca del enigma. Al final llegué a la conclu-
sión de que Tanuma, una vez agotadas todas las ideas
nuevas con respecto a sus obsesiones ópticas, había
decidido construir un globo de cristal completamente
cubierto por un espejo para introducirse en él y con-
templar su propio reflejo.
¿Por qué iba a volverse loco un hombre al entrar en
un globo de cristal revestido por un espejo? ¿Qué de-
monios había visto allí? Mientras por la cabeza se me
pasaban estas ideas, tenía la sensación de que me ha-
bían clavado en la espina dorsal una espada de hielo.
¿Perdió la cabeza al verse a sí mismo reflejado por
un espejo absolutamente esférico? ¿O su cordura fue
desapareciendo poco a poco tras descubrir de pron-
to que se hallaba atrapado dentro de su horrible y re-
dondo ataúd de vidrio…, junto con «aquel» reflejo?
¿Qué había visto?, me volví a preguntar. Tenía que
ser algo que escapaba por completo a la imaginación
humana. Nadie, casi con toda seguridad, se había en-
cerrado antes dentro de los confines de una esfera fo-
rrada con un espejo. Ni siquiera un experto físico po-
dría haber adivinado con exactitud qué tipo de visión
se crearía en el interior de aquella esfera. Lo más pro-
bable es que se tratase de algo tan impensable que
quedara totalmente al margen de nuestro mundo.
Aquel reflejo, fuese cual fuese su apariencia, debió
de ser tan extraño y terrorífico al ocupar todo el cam-
po de visión de Tanuma, que cualquier mortal some-
tido a él se hubiera vuelto loco.
49
El infierno de los espejos
Lo único que conocemos es el reflejo producido
por un espejo cóncavo, que a su vez no es más que la
sección de una esfera. El enorme aumento a que da
lugar es de una naturaleza monstruosa. Pero ¿quién
puede imaginar lo que llegaría a ver alguien rodeado
por una sucesión completa de espejos cóncavos?
Mi desventurado amigo, no cabe duda, había inten-
tado explorar las regiones de lo desconocido, violan-
do así tabúes sagrados y provocando la ira de los dio-
ses. Al tratar de penetrar en los secretos dominios del
conocimiento prohibido, con su extraña obsesión por
los fenómenos ópticos, se había destruido a sí mismo.
50
La butaca humana
Yoshiko vio a su marido partir hacia su puesto de
trabajo en el Ministerio de Asuntos Exteriores poco
después de las diez. Ya que una vez más disponía de su
propio tiempo con entera libertad, se encerró en el es-
tudio que compartía con su esposo para retomar el re-
lato que tenía intención de remitir al número especial
de verano de la revista K.
Era una autora versátil de gran talento literario y de
estilo fluido y sencillo. Incluso la popularidad de su
marido como diplomático se veía eclipsada por la su-
ya como escritora.
Los lectores la abrumaban a diario con cartas que
elogiaban sus obras. De hecho, aquella misma maña-
na, en cuanto se hubo sentado ante el escritorio, echó
una rápida ojeada a las numerosas misivas que habían
llegado con el correo matinal. El contenido de todas
seguía las mismas pautas sin excepción, pero, acucia-
da por un profundo sentido del respeto típicamente
femenino, ella siempre leía cada una de ellas sin im-
portarle que fueran o no interesantes.
En primer lugar se dedicó a las cartas más breves,
que no le llevaron mucho tiempo. Por último se en-
contró con una que consistía en un voluminoso mon-
tón de páginas con apariencia de manuscrito. A pesar
de que nadie le había avisado de un envío de esa índo-
le, lo cierto es que no le resultaba extraño que escrito-
54
Edogawa Rampo
res aficionados le enviaran sus relatos solicitando su
apreciada opinión. En la mayoría de los casos se tra-
taba de tentativas largas y absurdas que no incitaban
más que al bostezo. No obstante, abrió el sobre que te-
nía en la mano y sacó las numerosas hojas de apreta-
da escritura que contenía.
Tal y como había intuido, se trataba de un manus-
crito que, por otra parte, estaba cuidadosamente dis-
puesto. Sin embargo, por alguna razón desconocida,
no llevaba título ni firma. Comenzaba de forma brus-
ca:
«Querida señora:…»
Reflexionó durante unos instantes. Quizá no fuese
más que una carta, después de todo. Sin darse cuen-
ta, sus ojos leyeron dos o tres líneas a toda velocidad
y luego, poco a poco, se vio sumida en una narración
extrañamente truculenta. Su curiosidad se disparó y,
espoleada por un magnetismo desconocido, continuó
leyendo:
»Querida señora: le ruego que me disculpe por en-
viarle una carta, siendo un completo extraño para us-
ted. Lo que estoy a punto de escribirle, señora, le cau-
sará una impresión sin límites. Sin embargo, estoy
decidido a presentarle una confesión (la mía) y a des-
cribir con todo detalle el terrible crimen que he co-
metido.
»Durante muchos meses me he escondido de las lu-
ces de la civilización, escondido, por así decirlo, como
si fuera el mismo diablo. No existe nadie en el mundo
que esté al tanto de mis acciones. No obstante, hace
poco tiempo que en mi mente se produjo una extraña
55
La butaca humana
transformación y ya no podía guardar el secreto por
más tiempo. ¡Tenía que confesar!
»Estoy seguro de que todo lo que he escrito hasta
el momento no habrá suscitado más que su perpleji-
dad. A pesar de todo, le ruego que siga adelante y ten-
ga la bondad de leer mi relato hasta el final, ya que, de
hacerlo, comprenderá totalmente las tribulaciones de
mi mente y el motivo por el que la he elegido a usted
en particular para realizar esta confesión.
»Lo cierto es que no sé por dónde empezar, porque
los hechos de los que pretendo ocuparme son de una
naturaleza realmente fuera de lo común. Para ser sin-
cero, no tengo palabras, y es que las palabras humanas
parecen del todo inadecuadas a la hora de afrontar la
totalidad de los detalles. En cualquier caso, trataré de
exponer los acontecimientos en orden cronológico, tal
y como sucedieron.
»En primer lugar, permítame decirle que mi feal-
dad es difícil de describir. Por favor, no olvide esta cir-
cunstancia; en caso contrario, temo que cuando usted
tenga a bien concederme, si es que llega a hacerlo, mi
última petición, la de verme, bien pudiera ser víctima
de una fuerte impresión y sentirse horrorizada ante
mi rostro (sobre todo después de tantos meses de exis-
tencia bajo unas condiciones nada saludables). Sin
embargo, ¡le suplico que me crea cuando afirmo que,
a pesar de la extrema fealdad de mi cara, mi corazón
siempre ha albergado la llama de una pasión desbor-
dante y pura!
»En segundo lugar, permítame decirle que soy un
humilde trabajador. De haber nacido en una familia
adinerada, quizá hubiera tenido la posibilidad de ali-
56
Edogawa Rampo
viar mediante el dinero la tortura que la fealdad ha
procurado a mi alma. O puede que, si la naturaleza
me hubiese dotado de talento artístico, el consuelo de
la música o la poesía me hubiera permitido olvidar mi
desagradable rostro. Pero, al no recibir la bendición de
tales dones, y siendo la desgraciada criatura que soy,
no tuve más remedio que convertirme en un humilde
ebanista. Y terminé especializándome en la elabora-
ción de diversas clases de sillas.
»En este campo logré un éxito bastante notable,
hasta tal punto que tenía suma de poder satisfacer
cualquier tipo de petición por difícil que fuese. Por es-
te motivo me convertí en un privilegiado dentro del
mundillo de la ebanistería, alguien que solo aceptaba
encargos de sillas de lujo, complicadas solicitudes pa-
ra realizar grabados únicos, nuevos diseños de respal-
dos y apoyabrazos, extravagantes rellenos para los co-
jines y los asientos: todo ello de una naturaleza tal que
requería la intervención de manos expertas, así como
de un proceso y un estudio previo repletos de pacien-
cia; en definitiva, una labor que no se hallaba al alcan-
ce de cualquier artesano aficionado.
»La recompensa a todas mis penas, sin embargo,
radicaba en el puro placer de la creatividad. Quizá us-
ted me considere un fanfarrón cuando lea estas pala-
bras, pero creía disfrutar del mismo tipo de emoción
que siente un verdadero artista al llevar a cabo una
obra maestra.
»En cuanto terminaba una silla, tenía la costum-
bre de sentarme en ella para comprobar la sensación
que producía, y, a pesar de la deprimente vida que lle-
vamos los de mi humilde profesión, en esos momen-
57
La butaca humana
tos experimentaba una emoción indescriptible. Deja-
ba volar la imaginación y solía pensar en la gente que
se acurrucaría en la silla, sin duda aristócratas que vi-
vían en residencias palaciegas con exquisitas pinturas
de incalculable valor en las paredes, fastuosas arañas
de cristal colgadas de sus techos, caras alfombras en
el suelo, etc.; y una silla en particular, que yo imagina-
ba situada ante una mesa de caoba, me traía la visión
de flores occidentales que perfumaban el aire con un
dulce y fragante aroma. Envuelto en estas extrañas vi-
siones, llegué a sentir que yo también pertenecía a
aquellos escenarios, y era infinito mi placer al verme
como un personaje de gran influencia social.
»No dejaban de asaltarme pensamientos tan absur-
dos como los anteriores. Imagine, señora, la patética
figura en que me convertía al sentarme cómodamen-
te en una lujosa silla, que yo mismo había construido,
y fingir que tenía en los brazos a la chica de mis sue-
ños. Sin embargo, como siempre sucedía, la ruidosa
cháchara de las vulgares mujeres del barrio y los his-
téricos lloriqueos, balbuceos y lamentos de sus hijos
no tardaban en disipar todos mis bellos sueños; una
vez más, la sombría realidad alzaba su fea cabeza an-
te mis ojos.
»De vuelta a la tierra, me veía a mí mismo otra
vez como una criatura miserable, ¡un gusano que se
arrastraba desvalido! Y en lo que respecta a mi ama-
da, aquella mujer angelical, ella también se desvane-
cía como la bruma. ¡Me maldecía por mi estupidez!
Y es que ni las desastradas mujeres que criaban a sus
hijos en la calle se dignaban a dedicarme una mira-
da. Cada vez que terminaba una nueva silla me sen-
tía preso de la más absoluta desesperación. Y con el
58
Edogawa Rampo
transcurrir de los meses me iba ahogando en la per-
sistencia de mi desgracia.
»Un día me pidieron que hiciera una gran butaca
tapizada en cuero, un tipo de butaca que jamás se me
había pasado por la imaginación, para un hotel ex-
tranjero de Yokohama. En realidad habían pensado
traerlo de fuera del país, pero gracias al poder de con-
vicción de mi patrón, que admiraba mi pericia como
sillero, me lo encargaron a mí.
»Para estar a la altura de mi reputación como arte-
sano de alto nivel, me dediqué en cuerpo y alma a mi
nuevo trabajo. Poco a poco me fui hallando tan con-
centrado en esta labor que en ocasiones me olvidaba
de comer y de dormir. La verdad es que no sería una
exageración afirmar que aquel trabajo se convirtió en
toda mi vida: cada fibra de la madera que utilizaba pa-
recía unida a mi alma y a mi corazón.
»Cuando por fin estuvo terminada la butaca, expe-
rimenté una satisfacción desconocida hasta entonces,
ya que, con toda franqueza, creía que había llevado a
cabo una obra que estaba muy por encima del resto de
mis creaciones. Como siempre hacía, dejé caer el pe-
so de mi cuerpo sobre las cuatro patas que sujetaban
la butaca, no sin antes haberla llevado hasta un lugar
soleado del porche del taller. ¡Qué comodidad! ¡Qué
inmenso lujo! Ni demasiado duro ni demasiado blan-
do, los muelles parecían ajustarse al cojín con una
precisión asombrosa. Y en cuanto al cuero, ¡qué tac-
to tan agradable poseía! Aquella butaca no solo sus-
tentaba a la persona que se sentaba en ella, sino que
también parecía abrazarla y arrullarla. Y eso no era
todo: también percibí el perfecto ángulo de inclina-
59
La butaca humana
ción del respaldo, el delicado volumen de los apoya-
brazos, la perfecta simetría de cada una de las partes
que lo componían. Ningún otro objeto podría expre-
sar con mayor elocuencia el significado de la palabra
«comodidad».
»Dejé que mi cuerpo se hundiera en la butaca y,
mientras acariciaba los dos apoyabrazos con ambas
manos, lancé un suspiro de placer y de auténtica sa-
tisfacción.
»Una vez más pasé a ser un juguete en manos de la
imaginación y en mi mente comenzaron a surgir ex-
trañas fantasías. La escena que se presentó ante mis
ojos era tan vívida que por un instante me pregunté si
acaso no me estaría volviendo loco. Mientras me ha-
llaba en aquel estado mental, me asaltó una extraña
idea. No me cabe duda de que fue el mismo demonio
quien me la susurró. A pesar de tratarse de mi sinies-
tro pensamiento, me atrajo con un magnetismo tan
poderoso que me resultó imposible resistirme.
»Es evidente que al principio la idea se vio forta-
lecida por mi secreto anhelo de quedarme con la bu-
taca. Sin embargo, consciente de que aquello no po-
día ser, deseé acto seguido acompañar a aquel mueble
fuera cual fuera su destino. A medida que iba dando
forma a tan fantástica ocurrencia, mi mente caía de
modo gradual, aunque firme, en la trampa de una ten-
tación casi terrorífica. Imagínese, señora… ¡Lo cierto
es que tomé la decisión de poner en práctica aquel ho-
rrible plan sin preocuparme de sus consecuencias!
»Me apresuré a destruir la butaca y después la re-
construí de acuerdo con mis extraños propósitos. Al
ser de gran tamaño, con el asiento cubierto hasta el
60
Edogawa Rampo
nivel del suelo, y con un respaldo y unos apoyabra-
zos también notables, no tardé en idear una cavidad
lo bastante grande para acomodar a un hombre sin
riesgo de que se notara su presencia. Ni que decir tie-
ne que mi labor se veía obstaculizada por la enorme
estructura de madera y por los muelles del interior,
pero gracias a mi habitual talento artesanal remode-
lé la butaca para que las rodillas pudieran ir debajo
del asiento, mientras que el torso y la cabeza queda-
rían en el respaldo. Si alguien se sentaba de esa forma
en el hueco, podía permanecer perfectamente oculto.
»Como este tipo de habilidad me resultaba tan na-
tural, me permití añadir ciertos detalles para comple-
tar mi obra: mejoré la acústica con el objeto de cap-
tar ruidos del exterior y, por supuesto, hice en el cuero
una mirilla que pasaba totalmente inadvertida. Ade-
más incorporé una zona de provisiones en la que pu-
se varias cajas de galletas y una botella de agua. Para
las otras necesidades de la naturaleza también colo-
qué una gran bolsa de goma y, tras acabar de acondi-
cionarlo con las modificaciones mencionadas y algu-
nas otras, el interior de la butaca se había convertido
en un lugar bastante habitable, aunque no recomen-
dable para más de dos o tres días seguidos.
»Una vez finalizada aquella labor tan poco habi-
tual, me desnudé de cintura para arriba y me enterré
en la butaca. ¡Trate de imaginar la extraña sensación
que me invadió, señora! Lo cierto es que tenía la im-
presión de haberme enterrado en una tumba solita-
ria. Tras reflexionar durante unos momentos, llegué a
la conclusión de que realmente se trataba de una tum-
ba. En cuanto me vi dentro de la butaca me sumí en
61
La butaca humana
una completa oscuridad, ¡y había dejado de existir pa-
ra el resto de los mortales!
»En aquel momento llegó un mensajero enviado
por el comprador para llevarse la butaca en una ca-
rretilla de gran tamaño. Mi aprendiz, la única perso-
na que vivía conmigo, no tenía la menor idea de lo que
había sucedido. Lo vi hablar con el mensajero.
»Al cargar la butaca en la carretilla, uno de los ope-
rarios exclamó:
—¡Dios mío! ¡Cómo pesa este sillón! ¡Al menos una
tonelada!
»Al oír aquellas palabras el corazón me dio un brin-
co. A pesar de todo no llegaron a sospechar, ya que
era evidente que se trataba de una butaca extraordi-
nariamente pesada, y poco después sentí la vibración
causada por el traqueteo de la carretilla en su recorri-
do callejero. No es necesario decir que mi preocupa-
ción era constante, pero al final, aquella misma tarde,
la butaca en la que me había escondido fue deposita-
da con un ruido sordo en el suelo de una dependen-
cia del hotel. Más tarde descubrí que no era una sala
cualquiera, sino el vestíbulo.
»A estas alturas ya habrá adivinado usted hace tiem-
po que la razón principal que me impulsó a embarcar-
me en esta descabellada empresa era la de abandonar
mi escondrijo de la butaca en cuanto no hubiese mo-
ros en la costa, luego merodear por el hotel y ponerme
a robar. ¿Quién podría pensar que había, un hombre
escondido en una butaca? Cual sombra fugaz, podría
desvalijar cada una de las habitaciones a mis anchas,
y cuando sonase la alarma me hallaría sano y salvo en
el interior de mi santuario, conteniendo el aliento y
62
Edogawa Rampo
contemplando las ridículas payasadas de la gente que
me buscaba.
»Quizá haya oído usted hablar del cangrejo ermita-
ño que suele encontrarse en zonas rocosas de la costa.
Tiene forma de gran araña y se arrastra sigiloso has-
ta que, tan pronto como oye la cercanía de unos pasos,
se retira a toda velocidad al interior de una concha va-
cía, un lugar desde donde dirige su mirada furtiva a
los alrededores mientras deja medio expuestas las ho-
rripilantes y peludas patas. Yo era como aquel insóli-
to monstruo-cangrejo. Pero, en lugar de una concha,
gozaba de una protección mejor: una butaca capaz de
ocultarme de un modo mucho más eficaz.
»Como puede usted imaginar, mi plan era tan no-
vedoso y original, tan completamente inesperado, que
nadie tuvo la posibilidad de preverlo. En consecuen-
cia, mi aventura resultó un éxito total. Al tercer día de
mi llegada al hotel me di cuenta de que ya era dueño
de un cuantioso botín.
»Imagine la emoción y el entusiasmo que me pro-
vocaba robar todo lo que me viniese en gana, por no
mencionar lo que me divertía al observar a la gente
corriendo como loca de un lado a otro a escasos centí-
metros de mis narices, gritando «¡El ladrón se fue por
ahí!», y «¡Se fue por allí!». No dispongo de tiempo para
escribir todas mis experiencias con detalle. Mejor per-
mítame continuar con la narración para hablarle de
una fuente de inusitada diversión que tuve la oportu-
nidad de descubrir y que resultó mucho más relevan-
te: en realidad, lo que estoy a punto de relatar es el te-
ma principal de esta carta.
63
La butaca humana
»Antes, sin embargo, debo pedirle que regrese al
momento en que colocaron la butaca (y a mí) en el
vestíbulo del hotel. En cuanto lo dejaron allí, todos los
empleados se fueron turnando para probarlo. Pasada
la novedad, abandonaron aquel lugar y reinó un abso-
luto silencio. No obstante, yo no logré reunir el valor
suficiente para salir de mi santuario, ya que comen-
cé a imaginar toda clase de peligros. Mantuve los oí-
dos alerta durante un tiempo que me pareció un siglo.
Poco después percibí que se acercaban unos pasos fir-
mes, sin duda alguna procedentes del pasillo. Segu-
ramente aquellos pies siguieron su camino sobre una
gruesa alfombra, ya que el sonido se desvaneció por
completo.
»Instantes más tarde se apoderó de mis oídos el
ruido que hacía un hombre con la respiración agita-
da. Antes de que pudiera adivinar lo que iba a suce-
der, cayó sobre mis rodillas un cuerpo grande y pe-
sado, como el de un europeo, y tuve la sensación de
que rebotaba dos o tres veces hasta que terminó por
acomodarse del todo. Solo lo separaba de mis rodillas
una fina capa de cuero y eso provocaba que casi sintie-
ra el calor de su cuerpo. Sus hombros anchos y mus-
culosos se apoyaron de lleno contra mi pecho mien-
tras que sus macizos brazos se situaban directamente
sobre los míos. Podía imaginarme a aquel individuo
fumándose un puro, porque hasta mis fosas nasales
llegaba flotando el intenso olor.
»Intente usted, señora, ponerse en la insólita posi-
ción en que me encontraba, y piense un momento en
lo absolutamente anormal de la situación. En lo que a
mí se refiere, sin embargo, estaba por completo aterro-
rizado, tanto que me agazapé en mi oscuro escondite
64
Edogawa Rampo
como petrificado, y un sudor frío me caía de las axilas.
»Después de aquel individuo vinieron varias perso-
nas a «sentarse en mis rodillas» ese mismo día, como
si hubieran aguardado su turno con paciencia. Ningu-
no, no obstante, sospechó siquiera durante un fugaz
instante que el mullido «cojín» en el que se sentaban
era en realidad carne humana por cuyas venas circu-
laba la sangre …, carne humana confinada en un ex-
traño mundo de oscuridad.
»¿Qué tenía aquel místico agujero que tanto me
fascinaba? Me sentía en cierto modo como un animal
viviendo en un mundo totalmente nuevo. Y en cuanto
a quienes vivían en el mundo exterior, solo era capaz
de identificarlos como gente que producía ruidos muy
raros, respiraba intensamente, hablaba, hacía crujir
sus ropas y poseía unos cuerpos blandos y redondea-
dos.
»Poco a poco comencé a distinguir a quienes se
sentaban gracias al tacto más que a la vista. Los gordos
parecían medusas, mientras que los muy delgados me
daban la sensación de tener encima un esqueleto. Ha-
bía otros rasgos distintivos, tales como la curvatura de
la espina dorsal, la amplitud de los omóplatos, la lon-
gitud de los brazos y el grosor de los muslos, además
del contorno de los traseros. Quizá suene extraño, pe-
ro no miento en absoluto si digo que, a pesar de que
todas las personas parezcan similares, existen incon-
tables matices susceptibles de percibirse únicamen-
te mediante el tacto de sus cuerpos. De hecho hay las
mismas diferencias que en el caso de las huellas dac-
tilares o los contornos faciales. Ni que decir tiene que
esta teoría se aplica también a los cuerpos femeninos.
65
La butaca humana
»Lo habitual es clasificar a las mujeres en dos gran-
des categorías: las feas y las guapas. Sin embargo, en
mi oscuro y limitado mundo del interior de la buta-
ca, los méritos o deméritos faciales eran un elemento
secundario que se veía superado por las significativas
cualidades que transmitía el tacto de la carne, el soni-
do de la voz, el olor corporal. (Señora, espero que no
se sienta usted ofendida por el descaro con el que me
expreso en algunas ocasiones).
»Y de ese modo, para continuar con mi relato, apa-
reció una chica (la primera que jamás había tenido
sentada encima de mí) que encendió en mi corazón
la llama de un amor apasionado. A juzgar solo por su
voz, se trataba de una europea. En aquel momento,
aunque en la sala no había nadie más, la felicidad de-
bía de inundar su corazón, ya que al entrar con cami-
nar ligero en la habitación iba cantando.
»No tardé en darme cuenta de que se había dete-
nido ante mi butaca y, sin previo aviso, se echó a reír
de repente. Acto seguido oí que agitaba los brazos co-
mo un pez debatiéndose en una red, y luego se sen-
tó… ¡sobre mí! Durante unos treinta minutos continuó
cantando, moviendo el cuerpo y los pies al ritmo de la
melodía.
»El curso que tomaban los acontecimientos me re-
sultaba bastante insólito, ya que siempre me había
mantenido apartado de los individuos del sexo opues-
to a causa de la fealdad de mi rostro. Ahora era cons-
ciente de que me hallaba en la misma sala que una
chica europea a quien nunca había visto, con mi piel
tocando prácticamente la suya a través de una fina ca-
pa de cuero.
66
Edogawa Rampo
»Ella, que no sabía de mi presencia allí, siguió ac-
tuando con total libertad, haciendo lo que le apetecía.
En el interior de la butaca yo me imaginaba abrazán-
dola, besando su níveo cuello … Ojala hubiera podido
quitar esa capa de cuero de en medio…
»Después de esta experiencia en cierto modo ilíci-
ta, aunque más que agradable, olvidé por completo la
intención inicial de dedicarme a robar. En su lugar tu-
ve la sensación de precipitarme a toda velocidad en
un nuevo remolino de placer enloquecedor.
»Tras una larga reflexión, me dije a mí mismo:
—Quizá mi destino sea disfrutar de esta clase de
existencia.
»La verdad se fue cerniendo sobre mí de forma gra-
dual. Para quienes eran tan feos y repulsivos como yo,
lo más inteligente era vivir la vida en el interior de una
butaca. En ese extraño y oscuro mundo tenía la posi-
bilidad de oír y tocar a todo tipo de criaturas desea-
bles.
»¡El amor en una butaca! Esta idea puede parecer
sin duda demasiado fantasiosa. Solo quien lo ha ex-
perimentado de verdad puede dar fe de las emociones
y los placeres que proporciona. Es evidente que se tra-
ta de un tipo de amor poco habitual, restringido a los
sentidos del tacto, el oído y el olfato, un amor que ar-
de en un mundo de oscuridad.
»Lo crea o no, muchos de los acontecimientos que
se producen en ese mundo son imposibles de com-
prender del todo. Al principio no pretendía nada más
que perpetrar una serie de robos y después huir. Aho-
ra, por el contrario, me había llegado a sentir tan uni-
do a mis «dependencias» que incorporé ciertas me-
67
La butaca humana
joras que permitieran una existencia permanente en
ellas.
»En mis merodeos nocturnos siempre tomaba las
máximas precauciones, vigilaba cada paso que daba,
apenas hacía ruido. El riesgo de ser descubierto era
mínimo. Cuando recuerdo, sin embargo, que me pa-
sé varios meses dentro de una butaca sin que notaran
mi presencia ni una sola vez, hasta yo mismo me sien-
to sorprendido.
»Durante la mayor parte del día me quedaba den-
tro de la butaca, sentado como un contorsionista, con
los brazos flexionados y las rodillas dobladas. La con-
secuencia fue que llegué a sentir una especie de pa-
rálisis en el cuerpo. Además, como no podía poner-
me recto en ningún momento, mis músculos perdían
flexibilidad y se agarrotaban, y poco a poco empecé a
arrastrarme para ir al baño en lugar de hacerlo cami-
nando. ¡Qué estupidez! Ni siquiera ante todos esos su-
frimientos logré convencerme de abandonar aquella
locura y alejarme de aquel extraño mundo de place-
res sensuales.
»Aunque muchos de los huéspedes del hotel per-
manecían en este durante un mes, o incluso dos, y lo
convertían en su lugar de residencia temporal, había
una constante afluencia de clientes nuevos, y lo mis-
mo sucedía con los que se marchaban. De ahí que no
pudiera disfrutar de ningún amor duradero. Incluso
hoy, al pensar en todas mis «aventuras amorosas», no
recuerdo más que el tacto cálido de la carne.
»Algunas mujeres poseían cuerpos firmes como los
de los ponys; otras parecían tener cuerpos viscosos co-
mo los de las serpientes; y los de algunas otras estaban
68
Edogawa Rampo
compuestos solo por grasa, lo que les confería la elás-
tica viveza de una pelota de goma. También hay que
mencionar las escasas excepciones de quienes pare-
cían tener cuerpos hechos solo de puro músculo, co-
mo artísticas estatuas griegas. Pero, al margen de los
diversos tipos o las distintas clases, cada uno de ellos
poseía un encanto magnético que lo distinguía de los
demás, y yo cambiaba sin cesar el objeto de mis pa-
siones.
»Sirva como ejemplo que una vez vino a Japón una
bailarina de renombre internacional, y dio la casua-
lidad de que se alojó en ese mismo hotel. Aunque se
sentó en mi butaca en una sola ocasión, el contacto
de su carne tersa y mullida con la mía me proporcio-
nó una emoción desconocida hasta entonces. Tan su-
blime fue aquella sensación que me condujo a un es-
tado de exaltación absoluta. La experiencia, más que
estimular mis instintos carnales, hizo que me imagi-
nara como un artista de gran talento tocado por la va-
rita mágica de un hada.
»Extraños e inquietantes episodios se fueron suce-
diendo con gran rapidez. Pero las limitaciones de es-
pacio me impiden realizar una detallada descripción
de cada uno de los casos. Bastará con que presente un
esquema general de los acontecimientos.
»Un día, varios meses después de mi llegada al ho-
tel, se produjo un giro inesperado en lo que a mi desti-
no respecta. Por algún motivo, el propietario del hotel
se vio obligado a partir hacia su país y, como resulta-
do, la dirección del hotel pasó a manos japonesas.
»Este cambio de propiedad dio lugar a una nueva
política en la gestión, que marcó como objetivo una
69
La butaca humana
reducción drástica de gastos, así como la eliminación
de los muebles lujosos y la adopción de otras medidas
encaminadas al aumento de los beneficios económi-
cos. Una de las primeras consecuencias de esta nueva
política fue que los administradores sacaron a subas-
ta todos los objetos extravagantes del hotel. En la lista
se incluyó mi butaca.
»Al tener noticia de estos hechos sentí una inme-
diata decepción. Pero no tardó en aparecer en mi in-
terior una voz que me aconsejaba regresar al mundo
exterior, el mundo normal, y disfrutar de la conside-
rable suma que había logrado mediante el robo. Era
consciente, por supuesto, de que no tendría que vol-
ver a mi humilde vida de artesano, ya que lo cierto es
que me había convertido en un hombre relativamen-
te rico. La idea de mi nuevo lugar en el seno de la so-
ciedad me hizo superar la desilusión por verme obli-
gado a dejar el hotel, al menos en apariencia. Además,
tras una profunda reflexión acerca de todos los place-
res obtenidos allí, tuve que admitir que las «aventu-
ras amorosas», aunque muchas, se habían producido
con mujeres extranjeras, y que en cierto modo siem-
pre había echado algo de menos.
»Llegado a ese punto, me di perfecta cuenta de que,
como japonés, lo que de verdad anhelaba era una
amante de mi propio mundo. Mientras mi mente da-
ba una vuelta tras otra a aquellos pensamientos, la bu-
taca (conmigo aún dentro) fue enviada a una tienda de
muebles para una subasta. Quizá esta vez me decía a
mí mismo, compre el sillón un japonés y acabe en una
casa japonesa. Crucé los dedos y decidí ser paciente y
seguir viviendo en la butaca un poco más de tiempo.
70
Edogawa Rampo
»Aunque tuve que sufrir lo mío durante los dos o
tres días que la butaca estuvo en la tienda de muebles,
al final salió pronto a la venta y no tardaron en com-
prarla. Esto fue posible, por fortuna, gracias a la ex-
celente factura derivada de su proceso de fabricación:
aunque ya no era nueva todavía poseía un «porte dig-
no».
»El comprador era un alto dignatario que vivía en
Tokio. En el trayecto de la tienda a la residencia pala-
ciega de aquel hombre, los botes y los traqueteos del
vehículo casi acabaron conmigo. Apreté los dientes y
lo soporté con valentía, ya que me sentía reconforta-
do por la idea de que al fin me había comprado un ja-
ponés.
»Ya en su casa, me colocaron en un espacioso estu-
dio de estilo occidental. Había algo en aquella estan-
cia que me procuró la más grande de las satisfaccio-
nes, ya que al parecer la butaca la iba a utilizar sobre
todo la joven y atractiva esposa del comprador.
»A lo largo de todo un mes tuve la oportunidad de
estar junto a esa mujer de modo constante, unido a
ella como si fuésemos uno, por así decirlo. A excep-
ción de las horas destinadas a comer y a dormir, su
tierno cuerpo estaba siempre sobre mis rodillas por la
sencilla razón de que ella se hallaba dedicada en cuer-
po y alma a su labor intelectual.
»¡No se imagina usted cuánto amaba a aquella da-
ma! Era la primera mujer japonesa con la que yo es-
tablecía un contacto tan estrecho, y, por si fuera po-
co, poseía un cuerpo maravillosamente atractivo. ¡La
veía como la respuesta a todas mis plegarias! En com-
paración, mis otras «aventuras» con las diversas muje-
71
La butaca humana
res del hotel no parecían sino flirteos infantiles y na-
da más.
»El loco amor que yo sentía hacia aquella intelec-
tual dama quedaba probado por el hecho de que en
todo momento anhelaba tenerla entre mis brazos.
Cuando se marchaba, aunque fuera por un instante,
esperaba su regreso como un Romeo enloquecido por
el amor y añorando a su Julieta. Nunca antes había ex-
perimentado tales sensaciones.
»Poco a poco fui sintiendo la necesidad de transmi-
tirle mis sentimientos… de algún modo. En vano traté
de llevar a cabo mi propósito, pero siempre me encon-
traba con un muro totalmente plano que me cerraba
el camino, ya que mi indefensión era absoluta. ¡Oh,
cómo ansiaba que ella me correspondiera! Sí, quizá
piense usted que está leyendo la confesión de un loco,
y es que estaba loco…, ¡locamente enamorado de ella!
»Pero ¿de qué forma podría llamar su atención? Si
me daba a conocer, la impresión de una noticia así la
llevaría a avisar a su marido y a los criados de inme-
diato. Y eso, por supuesto, resultaría desastroso para
mí, porque el descubrimiento no solo me acarrearía
el deshonor, sino un severo castigo por los delitos que
había cometido.
»Entonces decidí que debía seguir un camino dife-
rente, esto es, hacer todo lo posible porque se sintie-
ra cada vez más cómoda y de ese modo suscitar en ella
un amor natural por… ¡la butaca! Dado que se trataba
de una verdadera artista, tenía cierta confianza en que
su inherente inclinación hacia la belleza la guiaría en
la dirección que yo deseaba. Y en lo que a mí respecta,
buscaba la pura satisfacción derivada de su amor por
72
Edogawa Rampo
un objeto material, ya que así me consolaría al creer
que sus refinados sentimientos afectivos por una sim-
ple butaca serían lo bastante intensos como para al-
canzar a la criatura que habitaba en su interior …, ¡y
esa criatura era yo!
»Me esforcé todo lo que pude para que se sintiera
mejor cada vez que acomodaba su cuerpo en la buta-
ca. Siempre que se sentía fatigada, tras llevar mucho
tiempo sentada sobre mi humilde persona en la mis-
ma postura, yo cambiaba muy despacio la posición
de las rodillas y la abrazaba de forma más cálida pa-
ra que sus sensaciones fuesen cada vez más gratas. Y
si se estaba quedando dormida, también movía las ro-
dillas, siempre con gran lentitud, para mecerla y faci-
litarle un sueño más profundo.
»En cierta manera quizá milagrosa (¿o no era más
que mi imaginación?) aquella dama ya parecía sentir
por la butaca un amor intenso, y es que cada vez que
se sentaba se comportaba como un niño sumido en el
abrazo de su madre, o como una chica rodeada por los
brazos de su amante. Y cuando cambiaba de postura
en la butaca, yo tenía la impresión de que disfrutaba
de un regocijo cercano al sentimiento amoroso.
»Terminé por pensar que si llegara a mirarme una
sola vez, aunque solo fuera un breve y fugaz instante,
podría morir en medio del placer más absoluto.
»Estoy seguro, señora, de que a estas alturas habrá
adivinado usted quién es el objeto de mi loca pasión.
Para no andarme con rodeos, ¡lo cierto es que se tra-
ta de usted, señora! Desde que su marido me trajo de
aquella tienda de muebles he sufrido unos dolores in-
soportables a causa del desmedido amor y el anhe-
73
La butaca humana
lo que siento por usted. No soy más que un gusano…,
una criatura repugnante.
»Solo deseo realizar una petición. ¿Aceptaría usted
conocerme, verme una sola vez, solo una? No le pediré
nada más. Ya sé que no merezco su simpatía, porque
no he sido más que un villano a lo largo de toda mi vi-
da, indigno siquiera de tocar la planta de sus pies. Pe-
ro si accede a este ruego, aunque no sea más que por
compasión, mi gratitud será eterna.
»Anoche salí a escondidas de su residencia para es-
cribir esta confesión, ya que, aun alejándome del peli-
gro, no reuní el valor suficiente de mostrarme ante us-
ted cara a cara y sin aviso o preparación previos.
»Mientras lee esta carta, estaré vagando por los al-
rededores de su casa con el corazón en un puño. Si de-
cide usted satisfacer mi demanda, haga el favor de co-
locar un pañuelo en la maceta de flores que hay en
el alféizar de su ventana. Ante esa señal, yo abriré la
puerta y entraré como un humilde visitante…
Así terminaba la carta.
Incluso antes de acabar de leer las muchas páginas
de que constaba la misiva, una premonición con cier-
to aire de malignidad había hecho que Yoshiko se pu-
siera mortalmente pálida. Se incorporó de forma in-
consciente y huyó inmediatamente del estudio, de
aquella butaca en la que había estado sentada y que
se había convertido en su santuario dentro de una de
las estancias de la casa.
Su primera intención había sido la de no seguir le-
yendo y hacer trizas el espeluznante mensaje; pero,
por alguna extraña razón, había continuado, y había
ido dejando las hojas de apretada escritura encima de
74
Edogawa Rampo
una mesilla.
Ahora que había terminado, su premonición se re-
veló cierta. Aquella butaca en la que había estado sen-
tada día tras día…, ¿realmente tenía un hombre en su
interior? Si así era, ¡qué experiencia tan horrible ha-
bía sufrido sin saberlo! Sintió un escalofrío de repen-
te, como si por la espalda le hubieran echado un vaso
de agua helada, y los temblores que vinieron a conti-
nuación parecían no tener fin.
Se quedó con la vista fija en el vacío, como si estu-
viera en trance. ¿Debía examinar la butaca? Sin em-
bargo, ¿cómo reunir las fuerzas suficientes para afron-
tar tan horrible prueba? Aunque ahora el sillón se
hallase vacío, ¿qué ocurriría con la suciedad que aún
quedara allí, como la comida y otros objetos de los
que el inquilino hubiera tenido necesidad?
—Señora, una carta para usted.
Miró sobresaltada y vio a la criada en el umbral de
la puerta con un sobre en la mano.
Aturdida, Yoshiko cogió el sobre y logró ahogar
un grito. ¡Qué horror! ¡Se trataba de otro mensaje del
mismo hombre! De nuevo había escrito su nombre
con aquella letra tan familiar.
Dudó durante un largo instante si abrirla o no. Al
final se armó de valor, rompió el lacre y sacó las ho-
jas con sus trémulas manos. Esta segunda comunica-
ción era breve y concisa, y contenía otra impresionan-
te sorpresa:
»Disculpe mi osadía al enviarle un nuevo mensa-
je. En primer lugar debo decirle que no soy más que
uno de sus fervientes admiradores. El manuscrito que
le he hecho llegar aparte no estaba inspirado más que
75
La butaca humana
por la imaginación y por el hecho de que yo sabía que
usted había comprado esa butaca hacía poco tiempo.
Es un ejemplo de mis humildes tentativas en lo que
a la narrativa de ficción se refiere. Si tuviera la ama-
bilidad de darme su opinión, le estaría enormemen-
te agradecido.
»Fueron motivos personales los que me indujeron
a enviar el texto antes que esta carta de aclaración, y
doy por hecho que ya lo ha leído. ¿Qué le ha parecido?
Si cree que se trata de un relato más o menos divertido
o entretenido, pensaré que todos mis esfuerzos litera-
rios no han sido en vano.
»A pesar de que se lo oculté de modo deliberado,
pretendo que mi historia lleve por título «La butaca
humana».
»Reciba mi más afectuoso saludo y mis mejores de-
seos para el futuro.
Atentamente…
76
Un Amor inhumano
I
¿Ha oído usted hablar de Kadono? Se trata de mi
anterior esposo, que falleció hace ya más de diez años.
A pesar de todo el tiempo que ha transcurrido, cada
vez que pronuncio ese nombre, Kadono, me parece
como si hablase de alguien que no guardase ningu-
na relación conmigo y, en cuanto a aquel incidente,
no sabría definirlo claramente, pero llega a producir-
me la sensación de si no habrá sido todo más que un
sueño.
¿Qué destino me llevaría a casarme con alguien de
la familia Kadono? No hace falta decir que, antes de
prometernos, no existió entre nosotros nada tan inde-
cente como una relación por gusto, sino que fue un
intermediario quien convenció a mi madre, y ella a
su vez quien me contó la propuesta, por lo que ¿cómo
una chica ingenua e inocente como yo hubiera podi-
do rechazarla? Como no podía ser de otra manera, hi-
ce una reverencia poniendo la frente casi sobre el tata-
mi1 y asentí sin remedio ante lo que me decían.
1 El suelo de las viviendas japonesas está cubierto por los “tatami”; es-
pesas y rígidas esteras confeccionadas con paja de arroz. Miden, apro-
ximadamente, un metro por dos y sobre ella, el que mora y el visitante,
van descalzos ya que los zapatos se dejan en la entrada.
80
Edogawa Rampo
Sin embargo, al pensar que el iba a convertirse en
mi esposo, como al fin y al cabo se trata de una ciu-
dad pequeña y conocía de vista su rostro, aunque la
familia de él gozaba de gran reputación, no podía ig-
norar que se rumoreaban cosas como que al parecer
era una persona de carácter difícil. Tratándose de un
hombre tan guapo, bueno a lo mejor ya lo sabe, pero
ese hombre llamado Kadono era realmente un joven
extremadamente agraciado, y no crea que lo digo por
vanagloriarme; pero en fin, quizá debido en parte a su
constitución enfermiza, el caso es que por muy guapo
que fuera, de alguna manera presentaba una aparien-
cia sombría, y su palidez, hasta el punto de dar la im-
presión de ser transparente, resaltaba todavía más su
aspecto de caballero de la nobleza, por lo que más allá
de su belleza, realmente producía una impresión for-
tísima.
Me pasaba el día sufriendo sin un motivo real, pen-
sando que puesto que se trataba de una persona de tal
belleza, seguro que al margen de mí, tendría relación
con alguna joven preciosa y que, aun cuando no fue-
ra así, ¿cómo iba a querer de por vida a una mofletu-
da como yo? Por eso, estaba siempre pendiente de los
chismorreos sobre sus amistades o sus criadas.
Pasado un tiempo de esta manera, probando a rea-
lizar un compendio de todo lo escuchado, me encon-
traba con que mientras que por una parte no existía ni
el más mínimo rastro de un comportamiento licencio-
so, que era una de mis preocupaciones, en lo que se
refiere a su carácter difícil comprendí que no se trata-
ba en absoluto de una persona normal.
81
Un amor inhumano
En pocas palabras, podríamos decir que era lo que
se llama un tipo raro. Contaba con muy pocas amista-
des y la mayor parte de estas eran personas con ten-
dencia a no salir de casa. Pero lo más preocupante
eran las habladurías acerca de que no le gustaban las
mujeres. Si solo se tratara de rumores fundamentados
en que no se le conocían salidas con motivo de tales
entretenimientos, no resultaría preocupante, pero por
lo visto realmente no sentía ninguna atracción por las
mujeres y por lo que respecta a prometerse conmigo,
se trató originalmente de una idea de sus padres y, por
lo que me habían contado, la persona que hizo de in-
termediario, más que conmigo, donde tuvo muchísi-
mas dificultades fue en convencerle a él de nuestro
matrimonio.
A decir verdad, no es que hubiera escuchado histo-
rias definitivas al respecto, sino que a partir de un co-
mentario que se le escapó a alguien, quizá debido a la
sensibilidad propia de una chica que está a punto de
casarse, me convencí a mí misma de que así era. No,
no, hasta que no me vi casada y no me sucedió aquel
incidente, me tranquilizaba pensando que no se tra-
taba más que de una idea con la que me había auto-
sugestionado y buscaba explicarme todo de la mane-
ra que me resultase más conveniente. En este aspecto,
hubo también algo de vanidad por mi parte, ¿verdad?
Cuando recuerdo mis sentimientos de chica ino-
cente de aquel entonces, y aunque esté mal que sea
yo quien lo diga, me parece que era tan adorablemen-
te ingenua… Mientras que por una parte me asaltaban
dichos temores, por otra acudía al establecimiento de
kimonos del barrio vecino para elegir distintas telas,
que luego cosíamos entre todos los de la casa, y pre-
82
Edogawa Rampo
paraba todo tipo de accesorios y otras pequeñas cosas
que me serían necesarias. Luego llegaron los tradicio-
nales regalos que enviaba el novio con motivo de los
esponsales y las palabras de felicitación de las amigas,
y también las de envidia. Me acostumbré a que, cada
vez que me encontraba con una conocida, me tomara
el pelo y, a la vez, eso me producía una alegría tal que
casi me avergonzaba. En casa se respiraba un aire tan
desbordante de alegría, que mantenía extasiada a esa
chica de diecinueve años que era yo entonces.
Algo que hay que tener en cuenta es que, por muy
extravagante que él fuera, o por muy difícil carácter
que tuviera, me sentía por completo fascinada ante
esa apariencia de caballero distinguido que he men-
cionado antes. Además, pensaba cosas como que pre-
cisamente ese tipo de personas eran de sentimiento
generoso y delicado, y que alguien así me protegería y
volcaría todo su amor únicamente en mí, tratándome
con cariño. ¡Hasta qué punto llegaba mi ingenuidad!
También probé a ver las cosas de esa manera.
Esa ceremonia de boda para la que al principio con-
taba ensimismada los días que faltaban doblando los
dedos, como si fuera algo todavía muy lejano, se fue
acercando y, cuanto más se acercaba, mis dulces enso-
ñaciones iban cambiando a unos temores mucho más
realistas. Cuando por fin llegó el día de la celebración,
se formó toda una hilera de comitiva ante el portón
principal de la casa. Una vez más, no lo digo por pre-
sumir, pero para un barrio como el nuestro, se trata-
ba de una hilera de gente realmente llamativa, forma-
da por una cantidad de personas nada usual. Al subir
83
Un amor inhumano
al rikisha2 que iba ensartado en esa fila de gente, su-
pongo que mis emociones eran las mismas que expe-
rimentaría cualquier otra joven en una situación así,
y me sentía a punto de desmayarme, como si me vie-
ra transportada a otro mundo. Era exactamente igual
que una oveja que llevasen al matadero. No se trata-
ba sólo de un pánico psicológico, sino también sentía
como si me clavaran agujas por todo el cuerpo entero,
una sensación que no puedo explicar bien…
II
Sin saber muy bien lo que estaba pasando, como si
me hallara perdida en un sueño, finalizó la ceremonia
de boda y los dos primeros días transcurrieron den-
tro de una confusión tal que no recuerdo siquiera si
dormí o no. Los pasé conociendo cosas como qué tipo
de personas eran mis suegros, cuántos empleados de
servicio había, saludando y siendo saludada, hacien-
do las presentaciones aquí y allá.
Luego, de vuelta a casa, con mi rikisha corriendo
detrás del de mi esposo, mientras contemplaba su fi-
gura de espaldas dudaba de si aquello era un sueño o
realidad… Uy, perdone usted, no hago más que hablar
de estas cosas y lo más importante de la historia se ha
quedado arrinconado, ¿verdad?
Entonces, cuando comenzó a remitir todo el des-
orden propio de las celebraciones de boda, como dice
el refrán «Es más fácil dar a luz que preocuparse por
2 Rikisha o jinrikisha es el cochecito de dos ruedas tirado por un corre-
dor.
84
Edogawa Rampo
ello», me encontré con que Kadono no solo no era el
tipo tan extravagante que se rumoreaba, sino que era
mucho más amable que el promedio de la gente y que
en su trato, también conmigo, era afectuoso.
Al experimentar ese alivio, la tensión cercana al su-
frimiento que había padecido los últimos días se des-
hizo por completo, y pasé a pensar: ¿Pero entonces, re-
sulta que la vida era algo tan feliz?
Además, tanto mi suegro como mi suegra eran dos
personas tan buenas que me hicieron considerar co-
mo superfluos todos los consejos que me había dado
mi madre al respecto antes de casarme, y como enci-
ma Kadono era hijo único, no había tampoco que pre-
ocuparse de la complicada relación con las cuñadas,
por lo que llegué a pensar que el papel de una mu-
jer que ingresa como esposa en hogar ajeno era algo
tan carente de dificultades que casi resultaba decep-
cionante.
En cuanto a la buena planta de Kadono… No, no,
no es lo que usted cree. Esto es algo que también for-
ma parte del relato. Entonces, una vez que comenzó la
convivencia con él, a diferencia de la visión que una
tenía desde la distancia, por primera vez en mi vida al-
guien se convirtió en la única persona que importaba,
aunque bueno, supongo que dirán que eso es lo nor-
mal. Pero, según avanzaban los días, sus modos y su
porte varonil me parecían más y más sobresalientes,
incluso sin parangón.
No, no me refiero a que su rostro fuera bello, ni a
ninguna cosa de ese estilo. Qué extraño es eso que lla-
mamos el amor… Lo que diferenciaba a Kadono del
común de los mortales quizá no llegara al punto de
85
Un amor inhumano
clasificarle como una persona rara, pero se podría de-
finir como una especie de estado depresivo que a me-
nudo le daba la apariencia de estar sumido en medi-
taciones, volviéndole taciturno. Por lo que respecta a
la delicada belleza de su rostro, era un joven que, co-
mo se dice ahora, parecía transparente, lo cual confe-
ría un atractivo indescriptible que suponía un auténti-
co tormento para una chica de diecinueve años.
Realmente el mundo me cambió por completo. Si
los diecinueve años que pasé bajo los cuidados de mis
padres los consideramos como el mundo real, el tiem-
po que transcurrió tras mis esponsales, que desgracia-
damente solo duró medio año, fue idéntico al de un
mundo de ensueño, donde me sentí como personaje
de los cuentos de cabecera. Por decirlo de una manera
un poco exagerada, era como el joven Urashima Taro3
en el Palacio del Dragón, que pasaba los días gozando
de los favores de la princesa Oto.
A pesar de que se dice que es muy duro ingresar en
una nueva familia como esposa, en mi caso fue com-
pletamente al revés. Bueno, no, más bien puede que
resulte más exacto decir que, antes de llegar a esa fase
de penurias, sobrevino aquella terrible ruptura.
Sobre cómo transcurrió mi vida durante aquel me-
dio año, tan solo puedo decir que fue un tiempo muy
feliz y además se me han olvidado los detalles concre-
3 Reconocida fábula japonesa que narra la historia de un joven pes-
cador, Urashima Taro, quien salva a una tortuga de unos niños y que
resultó ser nada más ni nada menos que la hija de Ryujin, el señor dra-
gón del mar. Como agradecimiento, la princesa Oto lleva a Urashima al
Palacio del Dragón; tras su despedida, la princesa le ofrece una caja que
no debe abrir bajo ningún concepto. Urashima desacata esta adverten-
cia y, al hacerlo, le produce un súbito envejecimiento.
86
Edogawa Rampo
tos, que por otra parte tampoco guardan relación con
esta historia y no suponen más que banales recuer-
dos que parecerían jactanciosos, por lo que los dejaré
aparte, pero basta decir que el cariño que me demos-
tró Kadono era de un calibre que difícilmente podrían
igualar ni los esposos fuertemente enamorados de su
mujer que hay en este mundo.
Por supuesto que ante eso, únicamente podía sen-
tir una profunda gratitud y, como se dice, me hallaba
embriagada, sin que quedase en mí lugar alguno para
la sospecha. Pero, pensándolo a posteriori, el que Ka-
dono me demostrara su afecto de esa manera tan in-
tensa en realidad encerraba un motivo realmente es-
pantoso.
De ningún modo estoy diciendo que el motivo de
nuestra ruptura fuese el que me demostrase demasia-
do cariño. Simplemente, aquel hombre estaba esfor-
zándose de todo corazón por ser cariñoso conmigo. Y
eso de modo alguno lo hacía con la intención de enga-
ñarme, por lo que sucedió que cuanto más se esforza-
ba él, más daba yo por cierto su cariño, confiando por
completo, y desde lo más profundo de mi ser me en-
tregaba a él en cuerpo y alma, aferrándome a su per-
sona.
Entonces, ¿por qué aquel hombre realizaba aquel
esfuerzo? En cuanto a ese tipo de cosas, se trata de al-
go de lo que me di cuenta mucho, mucho tiempo des-
pués, pero bajo aquella actitud yacía un motivo real-
mente horroroso.
87
Un amor inhumano
III
Empecé a darme cuenta de que había algo raro jus-
to a los seis meses de la ceremonia de boda. Pensán-
dolo ahora, seguro que lo que sucedió es que en aque-
lla época las energías que Kadono empleaba en sus
esfuerzos por quererme se estaban empezando a ago-
tar de una manera lastimosa. Aprovechando esa debi-
lidad, una atracción diferente le estaba arrastrando a
empujones hacia sí.
Una chica tan joven como yo no podía conocer en
qué consistía el amor de los hombres. Durante mucho
tiempo estuve convencida de que era algo totalmente
seguro que una manera de amar como la de Kadono
superaba la de cualquier hombre, que se trataba de al-
go que nadie podría igualar. Sin embargo, incluso al-
guien como yo, que hasta ese punto había creído en
el amor de Kadono, no pudo permanecer más tiem-
po sin que poco a poco terminase por empezar a sen-
tir que en su composición se mezclaban moléculas de
falsedad.
Su apasionamiento de cada noche en el lecho nup-
cial no pasaba de ser meramente formal, mientras que
en el fondo de su corazón perseguía algo muy lejano, y
sentí que en él existía un vacío anormalmente frío. En
el fondo de esa mirada con la que me acariciaba amo-
roso, unos ojos diferentes y fríos clavaban la vista en
algo lejano. Esa voz suya que me susurraba palabras
de amor, sonaba como hueca, y llegaba a parecerme
una voz grabada que emitiese algún tipo de máquina
programada para aquello.
88
Edogawa Rampo
Pero, con todo, en aquel entonces no llegué has-
ta el punto de pensar que su cariño podría ser una
impostura total desde el primer momento. A lo más
que alcanzaba era a sospechar que se trataba de una
muestra de que el amor de aquel hombre estaba co-
menzando a apartarse de mí para dirigirse hacia algu-
na otra persona.
na de las carácterísticas de la sospecha es que,
U
una vez que aparecen los indicios que la originan, se
expande a una velocidad vertiginosa, justo como las
nubes que preceden a la llovizna del anochecer, por
lo que todos y cada uno de los movimientos de mi ma-
rido, hasta los detalles más nimios, se convertían en
motivos de sospecha que se aglomeraban dentro de
mi corazón.
En el reverso de las palabras que pronunció aquella
vez, seguro que se oculta ese otro significado. ¿Adón-
de iría ese día que se ausentó? Eso y aquello que pasó
entonces. Como se suele decir, una vez puestos a sos-
pechar, ya no existen límites, y sentía como si de pron-
to desapareciera el suelo bajo mis pies y en su lugar
se abriera una enorme caverna oscura que me fuese a
arrastrar hacia un infierno de extensión desconocida.
Sin embargo, a pesar de todas mis suspicacias, no
conseguí obtener ninguna prueba que constituyese
algo tangible para superar la fase de la simple sospe-
cha. Aunque haya dicho que Kadono salía de casa, se
trataba de salidas muy breves, cuyo destino por lo ge-
neral conocía. Discretamente, probé a examinar tam-
bién su diario y sus cartas, e incluso las fotografías que
guardaba, pero no encontré nada que me permitiese
verificar su estado de ánimo.
89
Un amor inhumano
¿No sería que ese frívolo corazón mío de jovenci-
ta estaba cultivando sospechas sin fundamento y que
sentía necesidad de sufrir en vano? Varias veces inten-
té rectificar reflexionando de esta manera, pero una
vez que la sospecha echa raíces, no hay modo de des-
pejarla. Más aún porque cada vez que volvía a tener
ante mí la figura de aquel hombre que, como si se hu-
biera olvidado incluso de mi existencia, permanecía
con la mirada perdida, absorto en sus pensamientos,
me repetía: «Es indudable que tiene que haber algo,
seguro, seguro, no puede existir otra explicación. En-
tonces, ¿acaso no se trataría de aquello?».
Y es que, como he referido antes, debido a que Ka-
dono era de un carácter extremadamente depresivo,
tenía una tendencia natural a recluirse para reflexio-
nar, y pasaba mucho tiempo a solas encerrado en una
habitación dedicado a la lectura. Pero es que, además,
decía que en la biblioteca de la casa se distraía, por lo
que en su lugar subía al segundo piso del almacén de
adobe4 que hay edificado en la parte trasera del jardín,
y como, gracias a sus antepasados, allí se apilaban mu-
chos libros antiguos que habían pasado de generación
en generación, en aquel umbrío lugar, a veces incluso
de noche, encender una antigua lámpara con pantalla
de papel y pasar el tiempo a solas enfrascado en aque-
llos libros era para aquel hombre un agradable pasa-
tiempo con el que disfrutaba desde sus años más jóve-
nes. Desde que yo llegué a esa casa, como si se hubiera
4 En japonés, kura. Se trata de una edificación separada de la casa prin-
cipal, normalmente de adobe o de piedra, donde se guardan los objetos
preciosos de la casa para protegerlos de los incendios, aunque la ten-
dencia de los tiempos lo llevó a convertirse en una especie de trastero.
90
Edogawa Rampo
olvidado de ello, había dejado incluso de acercarse al
almacén, pero en el tiempo del que estoy hablando,
comenzó otra vez a penetrar con frecuencia en su inte-
rior. ¿No existiría aquí algún motivo oculto? De pron-
to, pasé a fijar mi atención en ese punto.
IV
Enfrascarse en la lectura dentro del segundo piso
de un almacén de adobe puede considerarse una ex-
centricidad, pero no constituye algo especialmente re-
probable ni tampoco encierra nada sospechoso. Eso
es lo que en principio pensaría cualquiera pero, por
otra parte, si se vuelve a pensar en ello, en mi situa-
ción mi propósito era poner la mayor atención posible
y vigilar todos y cada uno de los movimientos de Ka-
dono, y puesto que había revisado todas sus pertenen-
cias sin encontrar nada extraño, entonces ¿a qué po-
dria deberse ese cariño hueco, esa mirada extraviada
y el aspecto absorto que mostraba cuando se olvidaba
hasta de mi propia existencia? Ya no me quedaba otro
remedio que sospechar del segundo piso del almacén.
Por añadidura, resultaba extraño que aquel hom-
bre fuese siempre al almacén ya entrada la noche, a
veces incluso acechando la respiración que yo exha-
laba acostada junto a él, para luego deslizarse sigilo-
samente fuera del lecho. Cuando pensaba que habría
ido a satisfacer sus necesidades y que regresaría pron-
to, me encontraba con que pasaba mucho tiempo an-
tes de que volviese. Y si probaba a salir al repecho de
la habitación, vislumbraba una tenue luz filtrándose
por el ventanuco del almacén. No sé las veces que me
91
Un amor inhumano
sentí golpeada por una sensación indescriptiblemen-
te aterradora.
En cuanto al almacén, en los primeros días de mi
vida como esposa en la casa, únicamente me lo ha-
bían enseñado de pasada en una rápida visita y, apar-
te de eso, con motivo del cambio de estación, había
entrado solo una o dos veces para guardar cosas, por
lo que aun cuando Kadono se encerrase allí durante
unas horas, no podía pensar que realmente en su inte-
rior se hallase oculto nada que le hiciera tratarme con
frialdad, así que nunca había probado a seguirle hasta
allí. Por tanto, hasta entonces solo el segundo piso de
aquel almacén de adobe había escapado a mi vigilan-
cia, pero, dada la situación, tenía que dirigir mis sos-
pechas hacia allí.
Cuando me casé era mediados de primavera y
cuando empecé a abrazar las sospechas hacia mi es-
poso era justo la época de otoño en que la luna se ve
más hermosa. Curiosamente, todavía hoy recuerdo
que al contemplar por detrás a Kadono, agazapado en
el repecho que bordeaba la casa, sumido en sus pen-
samientos mientras, bañado por la luz de la luna, mi-
raba fijamente durante largo tiempo hacia el almacén,
por algún motivo sentía como si algo golpeara mi pe-
cho; y esa impresión constituyó el detonante de mis
sospechas.
A partir de entonces, esas sospechas fueron pro-
fundizándose y, finalmente, aunque me resultaba ver-
gonzoso, cuando terminé por seguir los pasos de Ka-
dono y llegué a entrar en el almacén de adobe, ya nos
encontrábamos a finales del otoño.
92
Edogawa Rampo
¡Qué relación tan pasajera fue la nuestra! Ese pro-
fundo cariño de mi esposo, que me había hecho sen-
tir tan embelesada (aunque, como he dicho antes, de
ningún modo se trataba de un cariño auténtico), se
enfrió en apenas medio año y a partir de entonces, co-
mo Urashima Taro que abrió la caja mágica, por pri-
mera vez en mi vida me despertaba bruscamente de
mi mundo de ensueños para encontrar ante mis ojos
que me esperaba un infierno sin límites formado por
espantosas sospechas y celos, y que abría su enorme
boca.
Pero, al principio, no tenía una idea clara de que en
el interior del almacén hubiera algo sospechoso, sino
que, torturada por las dudas, rezaba por que al atis-
bar la solitaria figura de mi esposo se disipara cuanto
antes mi incertidumbre y que de alguna manera en-
contrase allí algo que consiguiera tranquilizarme. Pe-
ro, por otra parte, aunque me aterraba comportarme
como un ladrón, una vez que ya había tomado la deci-
sión, no podía echarme atrás quedándome con la pre-
ocupación, así que una noche en la que ya se sentía
frío, y en la que el canto de los insectos de otoño que
hasta hace poco inundaba el jardín ya había remiti-
do, yendo vestida solo con un sencillo kimono de in-
vierno, proyecté espiar a mi esposo introduciéndome
a escondidas en aquel segundo piso introduciéndome
a escondidas en aquel segundo piso del almacén. Era
una noche particularmente oscura, y mientras cami-
naba con mis sandalias de madera hacia el almacén,
levanté la mirada hacia el cielo. La vista de las estrellas
era hermosa, pero sentía que estaban anormalmente
lejos y esa impresión acentuaba la soledad de la no-
che.
93
Un amor inhumano
A esas horas, en el edificio principal del recinto,
tanto los padres como el personal de servicio se en-
contraban ya acostados desde hace tiempo. Como se
trataba de un vasto caserón de provincias, aunque to-
davía eran las diez de la noche, se hallaba sumido en
una calma absoluta, sin que se oyera un ruido, por lo
que en mi recorrido hasta el almacén en la oscuridad
a través de la maleza pasé miedo. Además, aun los días
que no llovía, el camino presentaba una superficie hú-
meda, por lo que entre la maleza vivían sapos de gran
tamaño que emitían de tanto en tanto un croar desa-
gradable. Una vez soportado todo esto y llegado por
fin hasta el almacén, allí me encontré con la misma
oscuridad; y un tenue aroma a alcanfor mezclado con
el frío olor a moho carácterístico de los almacenes me
envolvió todo el cuerpo, causándome un escalofrío.
Si no fuera porque en el interior de su corazón ar-
día el fuego de los celos, ¿cómo iba una chica de die-
cinueve años a actuar de una forma semejante? Real-
mente no hay nada tan temible como el amor, ¿no es
cierto?
Moviéndome a tientas en el interior, me aproximé a
las escaleras que llevaban al segundo piso, y desde allí
comprendí el motivo de la oscuridad reinante, pues la
trampilla que había al terminar los escalones se ha-
llaba completamente cerrada. Conteniendo el aliento,
fui subiendo escalón tras escalón poniendo cuidado
en no hacer ruido, y por fin conseguí llegar arriba del
todo, donde probé a empujar sigilosamente la tram-
pilla. Sin embargo, ¿acaso Kadono no había tenido la
precaución de cerrar desde arriba, impidiendo que se
abriera? Si se trataba solo de leer libros, no existiría la
necesidad de llegar hasta el punto de echar el cerrojo,
94
Edogawa Rampo
por lo que incluso ese pequeño detalle se convertía en
un nuevo elemento de preocupación.
¿Qué podía hacer? ¿Sería mejor golpear la trampi-
lla y pedir que me abriese? No, no, a estas horas de la
noche, si hiciera algo semejante, ¿no pondría al descu-
bierto mi corazón suspicaz y en adelante se mostraría
todavía más frío conmigo? Pero ya no me veía capaz
de continuar soportando esta situación interminable
como si fuera una serpiente a la que están torturando
antes de matarla definitivamente. ¿No sería mejor de-
cidirse de una vez y pedir que me abrieran la trampi-
lla para, aprovechando que nos hallábamos alejados
de la casa, poner ante los ojos de mi esposo todas mis
sospechas con objeto de escuchar sus verdaderos sen-
timientos?
Dándole vueltas a este tipo de pensamientos, du-
daba ahí agazapazada bajo la trampilla cuando justo
en ese momento sucedió algo realmente espantoso.
V
¿Por qué se me ocurriría aquella noche algo como
penetrar en el interior del almacén de adobe? A pe-
sar de que, si se aplicaba el más mero sentido común,
resultaba evidente que a altas horas de la noche en el
segundo piso del almacén no podía estar ocurriendo
nada, el hecho de haber terminado acudiendo allí em-
pujada por el estúpido demonio de la sospecha, ¿no se
debería a la existencia de algún tipo de reacción emo-
cional que la lógica no puede explicar? ¿Sería eso que
vulgarmente se llama presentimiento? En este mun-
do, de vez en cuando suceden cosas sorprendentes im-
95
Un amor inhumano
posibles de juzgar mediante el sentido común.
En aquel momento, proveniente del segundo pi-
so del almacén, escuché cómo se filtraban unas voces
que cuchicheaban, y no solo eso, sino que se trataba
de las voces de un hombre y una mujer. Ni que de-
cir tiene que la voz masculina era la de Kadono, pe-
ro ¿quién diablos podía ser su contraparte femenina?
Al ver que mis disparatadas sospechas se aparecían
como una realidad tan obvia, una chica como yo que
todavía no estaba acostumbrada a las vicisitudes de
este mundo, se quedó anonadada ante el golpe; y más
que enfurecerme, me aterroricé. Dominada por el es-
panto y una tristeza inigualable en este mundo, a du-
ras penas conseguí contener las ganas de echarme a
llorar y comencé a temblar como si me fuese a dar un
ataque de nervios; pero aun en esa condición, lo cierto
es que no podía dejar de prestar atención para inten-
tar escuchar la conversación que se mantenía arriba.
—Si continuamos con estos encuentros secretos,
siento que causaremos un dolor imperdonable a tu
pobre esposa.
Era una débil voz de mujer, que hablaba tan bajo
que apenas resultaba audible, pero supliendo con la
imaginación las partes que no pude escuchar, por fin
conseguí comprender sus palabras. A juzgar por el to-
no de la voz, la mujer debía de ser unos tres o cuatro
años mayor que yo, pero, a diferencia de mí, que soy
regordeta, me pareció que sin duda tendría un porte
esbelto, como esas mujeres que salen en las novelas
del señor Kyoka Izumi5, y tan bella como un sueño.
5 Kyoka Izumi (1873-1939) fue un destacado escritor japonés considerado
96
Edogawa Rampo
—No creas que no me siento igual —replicó la voz
de Kadono—. Pero, como te digo siempre, me esfuer-
zo lo más posible por amar a Kyoko; aunque, triste-
mente, lo cierto es que no lo consigo. Desde muy joven
he intimado tanto contigo que, por mucho que inten-
te cambiar, por mucho que lo intento, no puedo apar-
tarme de ti. No tengo palabras para disculparme ante
Kyoko, pero por mucho que pienso «Perdóname, per-
dóname», no puedo evitar venir como hoy todas las
noches para ver tu rostro. Por favor, intenta compren-
der la angustia de mi corazón.
La voz de Kadono era firme, y pronunciaba las fra-
ses de una manera extrañamente formal, que resona-
ba en mi corazón como si se me clavase.
—Qué feliz soy… Que una persona tan hermosa
como tú deje desatendida a esa magnífica esposa que
tiene y piense de esa manera en mí… Realmente, qué
mujer tan afortunada soy. Soy muy feliz…
A continuación, ese oído mío ya tan afinado, pudo
captar un tenue sonido como si la mujer hubiera re-
costado su cabeza sobre las rodillas de Kadono. Lue-
go vinieron unos sonidos tan aborrecibles como el ro-
ce de telas de seda e incluso el de un beso.
Bueno, pruebe usted a imaginarse la situación. Y
cuáles eran mis sentimientos en ese momento. Si hu-
biera tenido la edad que tengo ahora, habría entrado
allí aunque fuera rompiendo a golpes la trampilla, sin
importarme lo que pasara para, una vez dentro, des-
granar ante ellos todos y cada uno de mis reproches;
pero al fin y al cabo en aquel entonces no era más que
como el gran exponente de la “novela gótica” nipona.
97
Un amor inhumano
una chiquilla y carecía del valor suficiente para ello.
Conteniendo con el extremo la tristeza que me aflora-
ba a los ojos con el extremo de la manga de mi kimo-
no, en mi turbación no me decidía a abandonar el lu-
gar y continué allí sintiendo como si me muriera.
Pasado un tiempo, con un sobresalto escuché el rui-
do de un golpe suave y luego unos pasos en el suelo de
madera sobre mí de alguien que se estaba aproximan-
do hacia la trampilla. Como también para mí resulta-
ría muy vergonzoso que nos encontrásemos en aquel
momento allí cara a cara, bajé los escalones a toda pri-
sa y salí afuera del almacén, escondiéndome sigilosa-
mente en las proximidades. Con los ojos ardiendo de
rencor, decidí fijarme bien en el rostro de esa maldita
mujer, con intención de no olvidarlo.
Se oyó el traqueteo de la trampilla al abrirse y al
momento se filtró la luz desde la abertura. Sin que hu-
biera equivocación posible, el que descendía con sigi-
lo por los escalones con la vieja lámpara en una mano
era mi esposo, pero por más que esperaba ver a con-
tinuación a aquella tipa mientras la maldecía en mi
interior, Kadono cerró la enorme puerta del almacén
sonoramente y, pasando por delante de donde yo me
hallaba escondida, se alejó por el jardín haciendo re-
sonar sus sandalias de madera, sin indicio alguno de
que la mujer fuese también a salir.
Puesto que se trataba de uno de esos clásicos alma-
cenes construidos para guardar cosas valiosas, solo te-
nía una puerta y, aunque había ventanas, todas esta-
ban cubiertas por una rejilla metálica, por lo que no
podía existir ninguna otra salida. Por eso, que a pe-
sar de esperar tanto tiempo no hubiese la menor señal
98
Edogawa Rampo
de que la puerta fuese a abrirse, resultaba algo dema-
siado extraño. Para empezar, Kadono no podía haber-
se marchado dejando abandonada de esa manera a
una mujer a la que tenía tanto aprecio, entonces, ¿no
se trataría todo de un plan tramado durante mucho
tiempo, durante el cual hubieran preparado un pasa-
dizo secreto en algún punto del almacén?
Al pensar en eso, ante mis ojos flotó la imaginaria
visión de una mujer enloquecida de amor, que domi-
nada por el único pensamiento de encontrarse con el
hombre que amaba, olvidaba su miedo de arrastrar-
se tanteando por las tinieblas del pasadizo, por lo que
me aterrorizó continuar allí sola en la oscuridad. Ade-
más, como me preocupaba que mi esposo sospecha-
ra al encontrarse con que yo no estaba, decidí que en
cualquier caso por esa noche me volvería ya a casa.
VI
Desde entonces, no sé las veces que me introduje
secretamente en el almacén sumido en la oscuridad
de la noche. Luego, ya en el interior, hasta qué llegaba
mi sufrimiento al estar allí escuchando las palabras de
amor que mi esposo y esa mujer se intercambiaban…
En cada una de estas veces, me dediqué con todo
mi afán a intentar ver como fuese a esa mujer; pero, al
igual que en la primera noche, el único que salía del
almacén era mi esposo Kadono, y nunca llegué siquie-
ra a vislumbrar figura de mujer alguna.
En cierta ocasión llevé conmigo unas cerillas y, tan
pronto como me aseguré de que mi esposo ya había
salido del almacén, subí con sigilo al segundo piso y, a
99
Un amor inhumano
la luz de las cerillas, probé a examinar el lugar, pero, a
pesar de que no podía haberle dado tiempo a escon-
derse, no encontré ni sombra de una mujer.
En otra ocasión, aprovechando una ausencia de
mi esposo, me introduje secretamente en el almacén
durante el día y lo recorrí inspeccionando todos los
rincones por si encontraba la entrada a algún tipo de
pasadizo o por si, por un casual, una de las rejillas me-
tálicas de las ventanas estuviera rota. Examiné todas
las posibilidades, pero no encontré un solo lugar por
el que ni siquiera un ratón pudiera salir del almacén.
¿Acaso no resultaba incomprensible? Después de
realizar todas esas comprobaciones, más que la tris-
teza o el despecho, se apoderó de mí un inevitable es-
tremecimiento ante lo indeciblemente siniestro del
asunto. Y a la noche siguiente, como era de esperar,
aquella mujer que no se sabía por dónde entraba, vol-
vía a dejar oír su seductora voz de siempre susurran-
do palabras de amor a mi esposo una y otra vez, para
luego volver a desaparecer como un espectro hacia no
se sabe dónde.
¿No se trataría de algún espíritu viviente6 que man-
tenía hechizado a Kadono? ¿No es cierto que Kadono,
depresivo por naturaleza y de un carácter distinto al
de la mayoría de la gente que hacía pensar en una ser-
piente, resultaba por tanto propenso a ser poseído por
alguna entidad extraña como los espíritus vivientes?
(Y quizá puede que también por eso mismo yo a mi
6 En japonés, ikiryo. Se trata del espíritu de alguien que sufre por algu-
na afrenta (incluyendo las amorosas) y que abandona el cuerpo físico
para aparecerse ante el objeto de sus tormentos, a veces con intención
vengativa.
100
Edogawa Rampo
vez me sintiera hechizada por él). Pensando en estas
cosas, terminé incluso por ver al propio Kadono como
una especie de criatura diabólica, experimentando un
sentimiento imposible de calificar.
¿No sería mejor tomar de una vez la determinación
de volver a mi hogar natal y allí contarlo todo? ¿O ha-
blar de este asunto con los padres de Kadono? Dado lo
terrorífico y siniestro de la situación, estuve inconta-
bles veces a punto de tomar una decisión en este sen-
tido. Sin embargo, si planteaba imprudentemente un
asunto como este, propio de una historia sobrenatu-
ral tan intangible como una nube, posiblemente no
me creerían una palabra y se reirían de mí, por lo que
no podía permitir que encima cayese la vergüenza so-
bre mí, y mi corazón de jovencita tuvo que encontrar
la fuerza suficiente para resistir uno o dos días más y
alargar la decisión. Pensándolo ahora, ya desde aquel
entonces era una mujer que no se daba por vencida
fácilmente, ¿verdad?
Entonces, cierta noche sucedió lo siguiente. De
pronto, caí en la cuenta de algo extraño. Se trataba
de que al finalizar una de esas citas secretas de siem-
pre entre ambos en el segundo piso del almacén, unos
instantes antes de que Kadono dispusiera a descen-
der, sentí un suave golpe, como si se cerrara una ta-
pa y, a continuación, un sonido metálico que recorda-
ba al de echar un cerrojo. Pensándolo bien, aunque se
trataba de sonidos muy tenues, me dio la sensación
de que los había escuchado también las otras noches.
Los únicos objetos del segundo piso del almacén
capaces de producir un sonido semejante eran unos
cuantos arcones de madera que se guardaban allí. En-
101
Un amor inhumano
tonces, ¿aquella mujer se escondía en el interior de
uno de esos arcones? Si se tratara de una persona viva,
tendría necesidad de comer y, para empezar, no tenía
lógica que alguien pudiera permanecer durante tan-
to tiempo dentro de un arcón que resultaría asfixian-
te; pero, por algún motivo, concluí que no cabía equi-
vocación posible en que esa era la realidad.
Al darme cuenta de aquello, no podía permanecer
inactiva por más tiempo. No me quedaría satisfecha
hasta que de alguna manera consiguiera robar la lla-
ve del arcón, abrir la tapa y ver el rostro de esa mujer-
zuela que hablaba con mi esposo. Y bueno, llegado el
caso, aunque tuviera que ponerme a morder y arañar,
no me dejaría vencer por esa mujer de ninguna mane-
ra. Como si diera ya por sentado que la mujer se halla-
ría oculta dentro del arcón, esperé a que amaneciera
mientras rechinaba los dientes.
Al día siguiente me resultó inesperadamente fácil
sustraer la llave, extrayéndola del cofrecillo donde la
guardaba Kadono. En aquella ocasión me hallaba por
completo ofuscada pero, aun así, para una chica de
diecinueve años suponía una tarea que le sobrepasa-
ba. Hasta entonces llevaba ya varias noches seguidas
sin dormir bien, y además de la creciente palidez de
mi rostro, había adelgazado considerablemente. Co-
mo afortunadamente dormía en una habitación bas-
tante alejada de mis suegros, y mi esposo se hallaba
absorto en sí mismo, pude pasar ese medio mes sin
que nadie sospechase de mí.
Pues bien, ya conseguida la llave, ¿cómo podría de-
finir mis sentimientos al entrar de tapadillo en aquel
almacén de adobe que incluso durante el día perma-
102
Edogawa Rampo
necía en una semipenumbra y olía a tierra húmeda?
Visto ahora, me sorprendo de que pudiera hacer al-
go semejante y todavía hoy me parece extraordinario.
Por cierto que, no recuerdo si fue antes de robar la
llave o mientras subía los escalones hacia el segun-
do piso del almacén, pero en ese atribulado espíritu
mío donde se arremolinaban confusos los sentimien-
tos, surgió de pronto una estrafalaria idea. Se trata de
algo que no tiene mayor importancia, pero ya de pa-
so se los contaré también. Consiste en que sospeché
si aquella voz que llevaba escuchando durante varios
días, por un casual no sería la del propio Kadono, que
la modulaba para hablar con un tono diferente, y en
realidad se encontraba solo. Parecía por completo co-
mo una superchería montada para engañar a la gen-
te pero, en realidad, bien podría tratarse de, por ejem-
plo, un recurso para escribir una novela; o de que para
actuar en una obra de teatro, en ese segundo piso del
almacén donde nadie le escuchaba, estuviera practi-
cando discretamente los diálogos. Entonces, llegué a
sospechar una explicación tan absurda como que en
el interior del arcón, en lugar de algo como una mu-
jer, a lo mejor lo que había oculto eran los ropajes pa-
ra disfrazarse en la obra de teatro.
Ji,ji, ji. Desde luego que la vanidad se me había su-
bido a la cabeza. Me hallaba tan confundida, hasta tal
punto llegaba el trastorno en mi interior, que me ima-
ginaba este tipo de explicaciones a la medida de mi
conveniencia. Y es que si se piensa en el sentido de
aquellos murmullos amorosos, ¿cómo iba a existir en
este mundo la persona que emplease de manera tan
estúpida aquel tono de voz?
103
Un amor inhumano
VII
Debido a que los Kadono eran una de las conocidas
familias de más abolengo del barrio, en el segundo pi-
so del almacén se alineaban todo tipo de objetos anti-
guos heredados de generación en generación, lo cual
le daba por completo el aspecto de la tienda de un an-
ticuario.
Junto a tres de sus cuatro paredes se alineaban, co-
mo he dicho, grandes arcones recubiertos de un es-
malte rojo bermellón, y la pared restante quedaba ta-
pada por cinco o seis librerías de estilo antiguo muy
altas, encima de las cuales se amontonaban cubiertos
de polvo una serie de libros que no cabían en las es-
tanterías, de portada amarillenta y con el lomo semi-
carcomido por los insectos. En las estanterías había
cajas vetustas para guardar rollos ilustrados, un anti-
guo baúl de viaje para llevar entre dos, con el escudo
familiar a gran tamaño, cestos de mimbre, cerámicas
de estilo desfasado y, mezclado con todo ello y resul-
tando particularmente llamativo, los utensilios pa-
ra pintarse los dientes de negro, incluyendo un gran
cuenco y un barreño para el tinte, todos ellos enrojeci-
dos por el paso de los años pero con los escudos de fa-
milia y los motivos ornamentales en oro bien visibles.
Pero lo más siniestro era, justo en la entrada de las
escaleras, dos armaduras decorativas dentro de sus
marcos de madera, sentadas como si estuvieran vivas,
una de ellas austera, del estilo llamado «cordones ne-
gros», y la otra, creo que se llama «estilo escarlata»7,
7 Diferentes estilos dentro de las armaduras de samurái. Las partes de
104
Edogawa Rampo
ambas renegridas y con los cordones rotos en varios
lugares, pero en su día debían de haber sido resplan-
decientes como el fuego y con un aspecto imponen-
te. Ambas tenían también el casco y hasta esa horri-
ble máscara de hierro que cubre desde la nariz hasta
la barbilla.
En el interior del almacén, que incluso durante el
día resultaba lóbrego, si uno miraba fijamente duran-
te un tiempo estas armaduras, parecía como si de un
momento a otro el guantelete y la espinillera fuesen
a moverse para levantarse y agarrar la enorme lanza
que había colgada justo encima, con lo que daban ga-
nas de soltar un grito y darse a la fuga.
A través de las rejillas metálicas, por las pequeñas
ventanas penetraba la suave luz del otoño, pero se tra-
taba de ventanas tan pequeñas que en el interior del
almacén, sobre todo en las esquinas, reinaba una os-
curidad como la de la noche y solo los elementos de-
corativos en oro o los objetos de metal relucían ame-
nazadores y cortantes, como los ojos de una criatura
diabólica. Dentro de un lugar así, si una se imagina-
ba la presencia de un espíritu viviente, ¿cómo podría
soportarlo siendo solo una mujer? El que finalmente
pudiera vencer ese miedo, ese horror, y, de todas ma-
neras, consiguiese abrir los arcones, se debió sin du-
da a la poderosa fuerza de ese granuja que es el amor.
Mientras abría una por una la tapa de los arco-
nes, pensando que mi idea era absurda, pero a la vez
con un presentimiento desagradable, sentía cómo mi
metal se unían unas con otras mediante accesorios de cuero o cordo-
nes. La denominación aquí utilizada se refiere al color de los cordones
usados.
105
cuerpo se empapaba en un sudor frío y una angustia
que parecía a punto de cortar mi respiración. Sin em-
bargo, al levantar la tapa y echar un ojo al interior sin-
tiéndome como si estuviera ante un ataúd, metí la ca-
beza con decisión y, tal y como me esperaba, o quizá
en contra de lo que me esperaba, allí no había más
que trajes anticuados, ropa de cama, hermosas ca-
jas para guardar cartas y similares, sin que encontra-
se nada sospechoso. Pero entonces, ¿qué significaría
aquel sonido que escuchaba siempre de una tapade-
ra cerrándose seguido del chasquido de un cerrojo?
Pensando en lo extraño que resultaba todo, mis ojos
se posaron de repente en una serie de cajas de madera
clara sin pintar que había apiladas en el último de los
arcones que abrí, en cuya tapa, utilizando el elegante
estilo de escritura de las familias de tradición guerre-
ra, estaban escritos nombres como «la princesa», «los
cinco músicos» o «los tres borrachines». Se trataba de
cajas que contenían las tradicionales figuritas que se
exhiben como adorno en la fiesta de las muñecas de
comienzo de marzo. Cuál no sería mi tranquilidad al
comprobar que no había nada horrible por ninguna
parte. Por tanto, aun en esa situación, llevada de mi
curiosidad femenina, de pronto me entraron ganas de
probar a abrir todas esas cajas.
Sacándolas de sus cajas una por una, vi que esta era
la de la princesa, aquella la del Ministro del Cerezo
y esa otra la del Ministro del Mandarino y así, mien-
tras las iba mirando, junto con el olor a alcanfor que
impregnaba todo, se mezclaba una sensación de anti-
güedad, un sentimiento de nostalgia que, unido al de-
tallismo en la piel de esos muñecos propio de la épo-
ca en que se fabricaron, antes de que me diese cuenta,
106
Edogawa Rampo
me transportaron a un mundo de ensueño.
De esta manera, permanecí durante un tiempo
arrobada con los muñecos, hasta que de pronto caí en
la cuenta de que en uno de los extremos del interior
de un arcón había una caja rectangular de madera cla-
ra sin pintar y de casi un metro de largo que, a diferen-
cia del resto, estaba colocada como si se tratase de al-
go muy valioso. En su cara anterior, en el mismo estilo
de caligrafía que las otras, estaba escrito «dispensa»8.
Preguntándome qué podría ser, la saqué con cuidado
y, al abrirla y ver lo que había en su interior, me vi gol-
peada por una impresión tan fuerte que, inconscien-
temente, aparté la vista.
Y en ese mismo instante, supongo que debe de ser
estas situaciones lo que llaman conocimiento instin-
tivo, las dudas que abrigaba desde hace varios días se
resolvieron totalmente.
VIII
Si les digo que lo que me sobresaltó hasta ese punto
era solo una muñeca, seguro que con toda probabili-
dad se reirían de mí diciendo «pues vaya». Pero eso es
porque ustedes no conocen los muñecos auténticos,
esas obras de arte que los maestros artesanos de an-
taño fabricaron poniendo en ello todas sus energías.
¿Por casualidad no se han encontrado nunca en el rin-
cón de algún museo frente a uno de esos antiguos mu-
8 «Dispensa» era una etiqueta que se colocaba en las cajas con los re-
galos recibidos por parte de personajes importantes, como los señores
feudales o la corte imperial.
107
El hombre que viaja con un cuadro en relieve
ñecos y haber sentido un escalofrío indescriptible an-
te su extremado realismo? ¿No se han sorprendido
ante el fascinante atractivo ultraterreno, como de un
sueño, que tienen en el caso de que se trate de la fi-
gura de una chica o un chico jóvenes? Me pregunto si
conocen ustedes el inquietante aire enigmático de los
muñecos que antiguamente traían como regalo des-
de la corte de Kyoto… O también, en los remotos tiem-
pos en que estaba en todo su esplendor el amor ho-
mosexual entre samuráis, el hecho extraño de que los
lascivos más sofisticados de entonces encargaban mu-
ñecos a imagen y semejanza de sus chicos favoritos y
se pasaban día y noche acariciándolos.
Pero no. Sin necesidad de referirse a tiempos tan
remotos, si por ejemplo ustedes conocieran las extra-
ñas leyendas que se cuentan de los muñecos joruri del
bunraku9 o los muñecos vivientes10 creados por ese
genio de nuestros días que es Kamehachi Yasumoto,
creo que comprendería perfectamente mi sentimien-
to de sorpresa cuando en aquella ocasión vi esa úni-
ca muñeca.
Se trata de algo que supe más tarde, cuando pre-
gunté discretamente sobre el particular al padre de
Kadono, pero aquella muñeca que encontré dentro
del arcón era una dádiva del señor feudal, fabricada
en la Era Ansei11 por un maestro de muñecos llama-
9 Bunraku es el teatro tradicional de muñecos animados por varios téc-
nicos. Joruri son los libretos de dichas representaciones.
10 Ikiningyo significa literalmente «muñeco vivo». Se trata de muñecos
de porcelana de gran realismo.
11 La Era Ansei abarcó de 1854 a 1860.
108
Edogawa Rampo
do Tachiki.
Suelen conocerse por el nombre de «muñecos de
Kyoto», pero al parecer su nombre correcto es «mu-
ñecos ukiyo»12, y su altura alcanza aproximadamente
un metro, lo que viene a ser la estatura de un niño de
unos diez años. Sus pies y sus manos tienen gran deta-
llismo, su cabeza está peinada al antiguo estilo Shima-
da y van vestidos con kimonos teñidos al modo clási-
co, decorados con motivos de gran tamaño.
Esto también es algo que escuché más adelante,
pero dicha apariencia correspondía al estilo del artis-
ta de muñecos Tachiki y, a pesar de tratarse de una
obra tan antigua, esa figura de muchacha, curiosa-
mente, tenía un rostro muy de nuestros tiempos.
Sus labios, gruesos y de un rojo muy intenso, da-
ban la impresión de estar expectantes, y en ambas co-
misuras las mejillas le formaban unos carrillos con un
escalón. Sus abiertos ojos de párpado doble parecían
transmitir un mensaje y, sobre ellos, las espesas ce-
jas sonreían con magnanimidad. Pero además, lo más
extraordinario de todo era el atractivo que producían
sus delicadas orejas, apenas teñidas de un poco de co-
lor, que daban la sensación de ser de algodón rojo en-
vuelto en una tela de seda blanca.
Ese rostro tan resplandeciente y rebosante de de-
seo carnal había perdido algo de color debido al tiem-
po transcurrido, por lo que, a excepción de los labios,
presentaba una extraña palidez. Su suave piel daba la
impresión de estar cubierta de sudor, quizá por la su-
12 Ukiyo es la palabra para denominar el mundo cotidiano y fugaz de
la gente corriente. Son famosos los dibujos ukiyo-e, que representaban
imágenes del día a día de los japoneses.
109
El hombre que viaja con un cuadro en relieve
ciedad de las manos que la habían tocado, todo lo cual
le confería un aspecto todavía más seductor, más pro-
vocativo.
Al contemplar esa muñeca en el oscuro interior del
almacén de adobe impregnado de olor a alcanfor, mi
cuerpo comenzó a temblar del sobresalto, ante el ex-
traordinario realismo de su acabado, que producía la
impresión de que de un momento a otro sus labios se
iban a entreabrir y esos bien formados pechos iban a
moverse al ritmo de la respiración.
En menuda situación me encontraba… Mi espo-
so estaba enamorado de una fría muñeca sin vida. Al
comprobar el misterioso atractivo de esta muñeca,
ya no había ninguna otra explicación posible para el
enigma. El carácter misántropo de mi esposo, los su-
surros amorosos en el almacén, el sonido de la tapa
del arcón al cerrarse, la mujer que no mostraba su fi-
gura… A juzgar por la suma de todos estos elementos,
no cabía sino concluir que la mujer de aquellos en-
cuentros en realidad era esta muñeca.
Con posterioridad, añadiendo a todo esto los co-
mentarios que escuché de otras personas, pude figu-
rarme que Kadono, con una extraña predisposición
innata al carácter soñador, antes de enamorarse de
mujer alguna, descubrió por casualidad la muñeca en
el interior del arcón, y su alma quedó atrapada por su
fuerte poder de fascinación.
Desde un primer momento, aquel hombre no ha-
bía ido nunca el almacén para algo como leer libros.
Según escuché de cierta persona, desde los tiempos
antiguos no eran pocos los casos en que un ser huma-
no se enamoraba de un muñeco o de una imagen bu-
110
Edogawa Rampo
dista. Por desgracia, mi esposo era uno de esos hom-
bres y, para mayor desgracia todavía, por casualidad
en la casa de alguien como él se guardaba uno de esos
rarísimos muñecos fabricados por un maestro en la
materia.
Un amor inhumano, un amor diferente a los de es-
te mundo. Aquel que experimenta un amor semejan-
te, siente hormiguear su alma con un placer extraño,
imposible de saborear con un ser vivo, como si vivie-
ra dentro de un sueño o de un cuento de cabecera y,
sin embargo, al mismo tiempo se retuerce en un sufri-
miento continuo, provocado por los remordimientos
de su culpa y manotea intentando escapar como sea
de ese infierno. Que Kadono se casara conmigo y se
obsesionase en poner todos sus esfuerzos para amar-
me, ¿no sería todo nada más que las huellas de ese su-
frimiento?
Viéndolo de esa manera, se explica el significado
de aquellos susurros amorosos de «Me siento culpa-
ble hacia Kyoko», etc, etc. Tampoco queda resquicio
de duda acerca de que mi esposo utilizaba un tono de
mujer para poner voz a esa muñeca. Aah… ¿bajo qué
desgraciado signo habrá nacido una mujer como yo?
IX
Pues bien, la confesión sobre mi culpa en realidad
se refiere al espantoso suceso que aconteció después.
Me imagino que después de escuchar mi larga y abu-
rrida perorata pensarán con fastidio «Pero cómo, ¿to-
davía no se termina?», sin embargo, no deben ustedes
preocuparse. Finalizaré en muy poco tiempo mi expli-
111
El hombre que viaja con un cuadro en relieve
cación sobre los puntos esenciales de lo que ocurrió.
No se asusten, pero lo que quiero decir con eso de
«espantoso suceso» es que, en realidad, esta mujer
que ustedes ven aquí cometió un delito de asesinato.
El por qué un criminal semejante puede continuar
su vida tranquilamente sin sufrir condena alguna es
porque ese asesinato no lo cometí yo directamente
con mis propias manos. Podríamos decir que se tra-
tó de un crimen indirecto, por lo que aun cuando en
aquel entonces hubiera confesado todo, no constitui-
ría suficiente delito como para ser penalizada.
Aun así, a pesar de que legalmente hablando no
existiera delito, resulta meridianamente claro que fui
la culpable de haber conducido a ese hombre hacia la
muerte. Se trata de algo que mi superficial corazón de
jovencita, asustado por lo sucedido, me impidió atra-
vesarme a confesar; y cuanto más lo pienso más lo la-
mento. Desde entonces hasta hoy no he podido dor-
mir tranquila ni una sola noche. Esta confesión de
ahora, en cierto modo, es mi única manera de expiar
el crimen cometido hacia mi marido.
De cualquier manera, lo cierto es que en aquellos
días mis ojos se hallaban cegados por el amor. Al sa-
ber que mi rival de amores, increíblemente, no era
una mujer viva sino solo una fría muñeca, por mucho
que se tratase de una obra maestra, sentí una rabia in-
contenible al verme sustituida por esa inanimada fi-
gura de barro, y más fuerte aun que mi despecho fue
el desprecio que sentí por la deplorable vileza en que
había caído el corazón de mi esposo. Entonces pensé
que si no existiera semejante muñeca, no sucedería al-
go como esto y terminé incluso por odiar al mismísi-
112
Edogawa Rampo
mo Tachiki.
«¡Pues qué! Entonces, pase lo que pase voy a ma-
chacar la provocadora jeta de esa asquerosa muñeca y
arrancarle sus brazos y piernas. De esa manera, Kado-
no no podrá llegar hasta el punto de amar a una mu-
jer inexistente». Pensando en eso, no quedaba un mo-
mento que perder, así que tras verificar por si acaso
esa misma noche una vez más el encuentro amoroso
secreto entre mi esposo y la muñeca, a la mañana si-
guiente subí al segundo piso del almacén y de una vez
despedacé la figura en cachitos, machacándola a con-
ciencia hasta el punto de que ojos, nariz y boca queda-
ron irreconocibles.
Con esto, si ahora prestaba atención a la actitud de
mi esposo, sabría si mi suposición resultaba acertada
o no, aunque de ningún modo podía estar equivocada.
Así, justo como si fuera el cadáver de un hombre atro-
pellado, la muñeca quedó con la cabeza, el tronco y
los miembros por separado, y viendo que la figura de
ayer se convertía en ese horrible cascarón como un es-
queleto, por fin mi corazón se sintió aliviado.
X
A la noche, desconocedor de los acontecimientos,
Kadono espió como de costumbre mi respiración para
ver si me hallaba dormida y, tomando la vieja lámpa-
ra de papel, se perdió en la oscuridad que circundaba
la casa. Ni que decir tiene que se apresuraba hacia su
encuentro secreto con la muñeca. Por mi parte, mien-
tras aparentaba estar dormida, contemplé quedamen-
te esa figura suya de espaldas, que se alejaba con cier-
113
El hombre que viaja con un cuadro en relieve
to regusto de satisfacción pero, a la vez también con
algo de tristeza, experimentando una extraña mezcla
de emociones.
¿Cuál sería la reacción de aquel hombre cuando
descubriera el cadáver de la figura? Avergonzado por
su amor anormal, ¿recogería en silencio los restos de
la muñeca y se desharía de ellos aparentando que no
había pasado nada? O por el contrario, ¿montaría en
cólera buscando al culpable y, en su furia, me golpea-
ría o gritaría enloquecido? Qué feliz sería si así fuese…
Y es que si Kadono se enfadaba, eso supondría una se-
ñal de que aquel hombre no estaba realmente enamo-
rado de la muñeca. Expectante, aguzando el oído, me
mantenía atenta a los sonidos que pudieran provenir
desde el interior del almacén de adobe.
Sin embargo, ¿cuánto duraría mi espera? Por más
que aguardaba, mi esposo no volvía. ¿Por qué no re-
gresaba ese hombre a pesar de que una vez vista la
muñeca rota, ya no debería tener motivo alguno pa-
ra continuar en el almacén y, además, ya había pasa-
do un tiempo similar al de otras veces? ¿No sería que,
en realidad, su compañera no era la muñeca sino una
mujer de carne y hueso? Al pensar en eso, no conse-
guía tranquilizarme y, sin poder aguantar más, me le-
vanté del lecho y, tomando otra de las antiguas lám-
paras de papel, corrí a oscuras entre la maleza hacia
el almacén.
Según veía al subir los peldaños del almacén, en es-
ta ocasión la trampilla de siempre permanecía abier-
ta; y al parecer la vieja lámpara de papel continuaba
encendida en el segundo piso, ya que su luz rojiza se
filtraba por el agujero iluminado hasta el comienzo de
114
Edogawa Rampo
la escalera. Con el corazón agitado por un presenti-
miento, subí por la escalera a toda prisa mientras gri-
taba «esposo mío» u, a la luz de la lámpara, pude en-
trever que por desgracia mi funesto presagio había
dado en el blanco.
Allí yacían uno doblado sobre el otro los cadáveres
de mi esposo y la muñeca, en medio del mar de san-
gre que cubría el suelo de madera y, junto a ambos,
sorbiendo la sangre, se hallaba tirada la valiosa kata-
na que había pasado de generación en generación. Un
suicidio por amor entre un hombre y un montón de
barro. A mis ojos, no solo no resultaba ridículo, sino
que presentaba una solemnidad tan indecible que mi
corazón quedó sobrecogido e incapaz de emitir voz o
lágrima alguna, no pude sino permanecer allí de pie
inmóvil.
Pude ver cómo de un trozo de los labios de esa mu-
ñeca que yo había despezado, como si fuera la propia
figura quien sangrara, se extendía un hilo de sangre
que goteaba sobre el brazo con el que mi esposo abra-
zaba los restos de la cabeza. Y, en su agonía, la muñe-
ca mostraba una siniestra sonrisa.
115
El hombre que viaja con un
cuadro en relieve
Si es que esta historia no ha sido un sueño mío o
una alucinación debida a una locura transitoria, en-
tonces no hay duda de que quien estaba loco era aquel
hombre que viajaba con un cuadro en relieve13. Sin
embargo, al igual que a veces los sueños nos permi-
ten entrever fugazmente un mundo diferente al nues-
tro, o los locos pueden ver y escuchar cosas que noso-
tros somos incapaces de percibir, creo que este suceso
me permitió durante unos instantes atisbar de mane-
ra inesperada un fragmento de un mundo diferente
que yace fuera de nuestro campo de visión, como si
estuviera mirando a través del inexplicable mecanis-
mo de una lente atmosférica.
Era un día cálido, cubierto de tenues nubes, en una
época imprecisa. Me hallaba en el camino de vuelta
desde Uotsu, a dónde había viajado con la intención
de ver un espejismo14. Cuando relato esta historia, de
vez en cuando alguno de mis amigos más íntimos lo
13 Se trata de un tipo de collage, formado a base de figuras de diversos
materiales que se adhieren sobre la pintura de fondo. Por otra parte, al
propietario de este cuadro, en este cuento se le denomina como «el an-
ciano», cuando, a la luz de lo narrado, no debía llegar a los sesenta años,
pero hay que tener en cuenta que, para las personas de aquella época,
alguien de esa edad se consideraba ya viejo.
14 La localidad costera de Uotsu, en la prefectura de Toyama, todavía es
hoy famosa por la relativa frecuencia con que se ven espejismos.
119
El hombre que viaja con un cuadro en relieve
refutada con un «pero si tú nunca has estado en Uot-
su, ¿no es así?». Y cada vez que me dicen esto, soy in-
capaz de precisar cuándo viajé a Uotsu o de encontrar
ninguna prueba al respecto. ¿Realmente no habrá si-
do todo un sueño? Sin embargo, jamás había tenido
hasta entonces un sueño de tan denso colorido. Las
imágenes de los sueños, al igual que las del cine15, ca-
recen completamente de color, mientras que el pano-
rama del interior de aquel vagón de tren, con ese im-
presionante cuadro en relieve como motivo central,
donde predominaban los colores púrpura y escarla-
ta, como los ojos de una serpiente, se había grabado
a fuego en mi memoria. ¿Podría existir un sueño que
fuera como una película coloreada?
En aquella época, vi por primera vez lo que llaman
un espejismo. Yo, que me imaginaba algo así como
aquellos antiguos dibujos con el hermoso Palacio del
Dragón16 flotando sobre una concha de almeja, cuan-
do vi el auténtico espejismo me sorprendí tanto que
me provocó una sensación cercana al horror y grue-
sos goterones de sudor.
Destacándose como una multitud de insectos hor-
migueando, junto a la hilera de pinos de la playa de
Uotsu se arremolinaba un grupo de gente que, conte-
niendo la respiración, contemplaba todo el campo de
visión que ofrecían el cielo y la superficie del mar. No
he visto en ninguna otra ocasión un mar tan tranquilo
y enmudecido como aquel. Para mí, que tenía la idea
15 En aquel tiempo no existía todavía el cine en color.
16 El Palacio del Dragón es la morada submarina de la protagonista del
cuento de Urashima, el pescador.
120
Edogawa Rampo
de que el Mar del Japón era extremadamente agres-
te, supuso algo por completo inesperado. Se trataba
de un mar grisáceo, sin una sola ola, similar a un pan-
tano que se extendiera hasta unos confines invisibles,
ilimitados. Y, a diferencia de los mares del océano Pa-
cífico, carecía de una línea de horizonte clara, confun-
diéndose el gris del cielo con el del agua, lo cual cau-
saba la impresión de hallarse dentro de una cúpula
de espesa niebla de grosor desconocido. Pero, en lugar
del cielo, la mitad superior de esta niebla, inesperada-
mente, correspondía al mar y, con aspecto intangible,
como el de un espectro, se desplazaba allí el gran ve-
lamen de un barco.
El espejismo se reflejaba en el cielo como si se hu-
biesen dejado caer unas gotas de tinta china sobre una
película lechosa y, a continuación, se fueran exten-
diendo lenta pero inexorablemente sobre la superficie
de manera natural hasta formar sobre el vasto cielo
una escena de cine proyectándose a tamaño gigante.
Los bosques de la lejana Península de Noto, por el
efecto de la discrepante lente atmosférica, se veían co-
mo negruzcos insectos que estuvieran bajo la desen-
focada lente de un microscopio, borrosos pero a la vez
aumentados hasta un tamaño absurdo, cubriendo las
cabezas de los espectadores. Aquello se parecía a una
oscura nube de forma extraña; pero, en el caso de una
nube negra, se puede precisar con exactitud su posi-
ción, mientras que en el de un espejismo, enigmática-
mente, a aquel que lo ve le resulta muy difícil deter-
minar a qué distancia se encuentra. A veces parecía
un ogro gigante situado sobre el horizonte de un mar
lejano; en otras ocasiones la impresión era como de
una niebla de extraña forma a pocos metros de distan-
121
El hombre que viaja con un cuadro en relieve
cia y a punto de abalanzarse sobre uno; e incluso hu-
bo momentos en que la sensación era como si sobre
la superficie de la córnea del espectador solo flotara
un punto suelto con apariencia de grumo nuboso. Es-
ta imprecisión acerca de su distancia a nosotros es lo
que confiere a la visión de los espejismos una inquie-
tante sensación de enloquecimiento mayor de lo que
me imaginaba.
Mientras daba la impresión de permanecer fijo en
el mismo lugar, el espejismo iba cambiando de una
forma a otra por completo diferente sin que pudie-
se precisarse el momento concreto. Unos gigantescos
triángulos negros de contornos difusos que se apila-
ban para formar una torre que se deshacía al instante,
una forma alargada que se desplazaba veloz en hori-
zontal como un tren, luego se dividía a su vez en otras
sombras menores que se alineaban como las copas de
una fila de cipreses17 y así sucesivamente.
Si la fuerza mágica de los espejismos es capaz de
enloquecer al ser humano, entonces probablemente
es que yo mismo no pude escapar del influjo de di-
cho hechizo, por lo menos hasta el tiempo en que per-
manecí dentro del vagón de vuelta a casa. Lo que pue-
do decir con toda seguridad es que durante las casi
dos horas que permanecí en pie contemplando aquel
enigmático cielo y en el tiempo que pasé desde que en
ese atardecer partí de Uotsu hasta que finalizó mi no-
17 Para ser exactos, en el texto japonés se dice arabiya sugi que literal-
mente, sería cryptomeria arábiga. El sugi (cryptomeria) es un árbol tí-
picamente japonés, por lo que es probable que con la denominación
arábiga quiera referirse a lo que se llama cedro del Líbano. En cualquier
caso, la cryptomeria y el cedro son árboles diferentes.
122
Edogawa Rampo
che en el tren, me encontraba en un estado de ánimo
totalmente distinto al ordinario. Me pregunto si no se
trataría de un tipo de locura temporal que, al igual que
la de un maníaco que asalta a la gente por las calles,
invadió mi espíritu furtivamente durante ese tiempo.
Serían cerca de las seis de la tarde cuando tomé el
tren en la estación de Uotsu con destino a Ueno18. No
sé si se trataría de una extraña casualidad o si era algo
habitual en los trenes de aquella región, pero el caso
es que el vagón de segunda clase donde viajaba se ha-
llaba tan vacío como la nave de una iglesia y, aparte de
mí, solo había un pasajero, que había subido anterior-
mente, acurrucado sobre el asiento del lateral opues-
to al mío.
Con el repicar del monótono ruido de la maquina-
ria, el tren parecía correr sin fin por la solitaria línea
de costa, bordeando abruptos acantilados y playas de
arena. En la lejanía de ese mar similar a un pantano
y envuelto en neblina, se distinguía aun tenuemente
el rojo oscuro del anochecer. Un blanco velamen que
parecía anormalmente grande se deslizaba por aque-
lla superficie como salido de un sueño. Puesto que era
un día de calor húmedo, en el que no soplaba nada de
viento, la brisa que debido a nuestro avance penetra-
ba por alguna de las escasas ventanas abiertas del tren
era tan liviana como un fantasma. Atravesamos can-
tidad de túneles cortos y a los lados se alineaban los
postes de los protectores de nieve, por lo que tanto el
mar como el vasto y grisáceo cielo que cruzaban ante
18 La estación de Ueno, situada un poco más al norte de la estación cen-
tral de Tokyo, era el principal punto de salida y llegada para los trenes
de largo recorrido hacia el norte y el este del país.
123
El hombre que viaja con un cuadro en relieve
nuestros ojos daban la impresión de estar divididos en
franjas verticales.
Cuando pasábamos junto a los acantilados de
Oyashirazu, la oscuridad alcanzó un punto en que la
luz del vagón y el resplandor del cielo resultaban si-
milares. Justo en ese momento, aquel único pasajero
con el que compartía vagón se levantó y comenzó a
desatar el gran envoltorio de raso negro que tenía co-
locado sobre el asiento acolchado. Luego, comenzó a
envolver en él el equipaje plano de unos ochenta cen-
tímetros de alto que hasta entonces había dejado apo-
yado de cara a la ventana. Aquella escena me produjo
una vaga impresión de extrañeza.
Aquel objeto plano, que probablemente fuera un
marco, parecía encerrar un significado especial en su
cara anterior, y por eso estaba colocado en vertical,
mirando hacia la ventana. No podía sino pensarse que
ese objeto inicialmente ya se hallaba envuelto en la
tela y que había sido sacado a propósito para colocar-
lo de esta manera frente a la ventana. Y, además, se-
gún pude entrever mientras el hombre lo envolvía de
nuevo, el cuadro que había pintado en la cara anterior
de ese marco poseía un colorido extrañamente vívido,
hasta el punto de que, en cierto modo, no parecía pro-
pio de este mundo.
Entonces, decidí examinar con más detenimien-
to al propietario de aquel estrafalario objeto. Y, para
mi sorpresa, me encontré con que el hombre resulta-
ba todavía más anormal que su equipaje. Presentaba
una apariencia muy anticuada, tal que alguien así solo
podemos verlo hoy en esas descoloridas fotografías de
nuestros padres cuando éramos jóvenes. Vestía cha-
124
Edogawa Rampo
queta negra, de hombros desgastados y cuello estre-
cho pero, a alguien como él, alto y con piernas largas,
le quedaba extrañamente bien, e incluso parecía con-
ferirle gran elegancia. Dejando aparte lo demacrado
de sus facciones y un brillo en sus ojos mayor de lo
normal, su cuerpo se hallaba bien proporcionado y la
impresión general era la de un hombre de buen por-
te. Además, debido a esa lustrosa cabellera negra con
la raya pulcramente delineada, a primera vista daba
la impresión de tener unos cuarenta años, aunque si
luego se fijaba uno con más detalle en las numerosas
arrugas que surcaban su rostro, el cálculo podía corre-
girse de golpe hasta echarle unos sesenta años.
Cuando advertí el contraste entre esos negros cabe-
llos y el rostro cruzado de arrugas en horizontal y ver-
tical, me llevé un sobresalto tan grande que me causó
una sensación de profunda inquietud.
Al terminar de envolver cuidadosamente su carga,
el hombre volvió de improviso su rostro hacia mí, y
como justo en ese momento también yo tenía pues-
ta toda mi atención en observarle a él, nuestras mira-
das se encontraron sin poder evitarlo. Entonces, como
si estuviera algo avergonzado, dejó entrever una leve
sonrisa en la comisura de sus labios. En un acto refle-
jo, devolví el saludo con una ligera inclinación de ca-
beza.
A continuación, mientras pasaban ante nuestros
ojos dos o tres estaciones pequeñas, sentados cada
uno en nuestro extremo, nos cruzábamos de tanto en
tanto la mirada, desviándola de nuevo con incomodi-
dad inmediatamente después. El interior ya se encon-
traba completamente a oscuras. Aunque uno pegara
125
El hombre que viaja con un cuadro en relieve
su cara al cristal de la ventana para echar una ojea-
da, la única iluminación que podía vislumbrarse en
ocasiones eran las lejanas lamparillas de los barcos
de pesca que flotaban dispersos en altamar. Encerra-
do en aquel paisaje de oscuridad sin límites, el alar-
gado interior de nuestro vagón conformaba un uni-
verso aparte donde se repetía incesante el monótono
traqueteo. Se diría que el mundo entero, junto con to-
dos sus seres vivos, había desaparecido sin dejar ras-
tro para dejarnos únicamente a nosotros dos en el in-
terior de aquel vagón tenuemente iluminado.
En nuestro vagón de segunda clase no subió un so-
lo pasajero en ninguna de las estaciones en que pa-
ramos, y tampoco pasó ni una sola vez el revisor o el
chico de los recados. Pensándolo ahora, también esa
circunstancia resulta algo extremadamente insólito.
Poco a poco, aquel hombre que lo mismo podía te-
ner cuarenta años que sesenta y que lucía un aire de
prestidigitador occidental, fue infundiéndome cada
vez más miedo. El miedo, cuando no puede confun-
dirse con otra sensación, es algo que se va extendien-
do sin límites por el interior de uno hasta llegar a ocu-
parlo todo. Cuando terminé por sentir el pánico hasta
en el último de los poros de mi piel, sin poder conte-
nerme más, me puse súbitamente en pie y caminé con
decisión hacia el hombre que estaba sentado en el la-
do opuesto. Precisamente porque me atemorizaba, su
presencia me resultaba molesta, y por eso me aproxi-
mé a él.
Dejándome caer silenciosamente sobre el mullido
asiento frente a él, y sintiéndome yo mismo como una
criatura extraña, estreché mis párpados y contuve el
126
Edogawa Rampo
aliento para mirar fijamente aquel pálido rostro sur-
cado de arrugas que, visto de cerca, resultaba aún más
inusual.
Desde que me levanté de mi asiento, el hombre me
estuvo invitando con la mirada a acercarme; al que-
darme yo mirándole fijamente, reaccionó con actitud
de haber estado esperando ese momento, y con un
movimiento de su barbilla, señaló el objeto plano que
había envuelto antes. Luego, sin mayor preámbulo, y
como si fueran las palabras más naturales del mundo
para esa situación, dijo:
—¿Se trata de esto?
Su tono de voz transmitía una naturalidad que, por
el contrario, me sobresaltó.
—Quiere usted ver esto, ¿verdad? —volvió a repetir
en vista de que yo permanecía callado.
—¿Me lo enseñaría usted? —respondí impulsiva-
mente dejándome llevar por la actitud de mi interlo-
cutor, a pesar de que de ningún modo había sido el
deseo de ver aquel equipaje lo que me había llevado a
levantarme de mi asiento.
—Con mucho gusto se lo mostraré. Llevaba un
tiempo pensando que a usted le gustaría verlo. Que se
acercaría hasta aquí para verlo.
Tras estas palabras, el hombre, o mejor dicho el an-
ciano, deshizo cuidadosamente con sus largos dedos
el nudo que ataba el envoltorio de tela, y colocó aquel
marco de pie contra la ventana, esta vez con su cara
anterior vuelta hacia mi.
Nada más echar un vistazo a aquella superficie, ce-
rré los ojos en un acto reflejo. Todavía hoy no puedo
127
El hombre que viaja con un cuadro en relieve
explicarme el motivo por el que lo hice. Solo sé que
sentí que algo irresistible me impulsaba a hacerlo y
que permanecí así unos segundos. Cuando volví a
abrir los ojos, ante mí había algo tan extraordinario
como jamás había visto hasta entonces. Pero, en reali-
dad, carezco de palabras para explicar claramente en
qué consistía su carácter extraordinario.
El cuadro consistía en un fondo como el de las ca-
sas señoriales que aparecen en el teatro kabuki19, den-
tro del cual, representadas mediante una perspecti-
va exagerada, había compartimentadas una serie de
habitaciones con suelo de tatami20 verdoso y unos te-
chos cuadriculados con motivos en relieve, formando
un panorama que parecía extenderse hacia el fondo
hasta donde se perdía la vista. El color predominante
era un añil chillón, del que se usaba para los ukiyo-e21
o para los carteles de los espectáculos. A la izquier-
da, en primer plano, había pintada en color negro una
tosca ventana de estilo medieval y delante de ella y en
el mismo color negro, una mesa escritorio en una po-
sición de ángulo imposible. El paisaje de fondo, si di-
19 Forma de teatro japonés tradicional que se caracteriza por su drama
estilizado y el uso de maquillajes elaborados en los actores. Se traduce,
generalmente, como “el arte de cantar y bailar”.
20 El suelo de las viviendas japonesas está cubierto por los tatami; es-
pesas y rígidas esteras confeccionadas con paja de arroz. Miden, apro-
ximadamente, un metro por dos y sobre ella, el que mora y el visitante,
van descalzos ya que los zapatos se dejan en la entrada.
21 Los ukiyo-e (“pinturas del mundo flotante”) son grabados realizados
mediante xilografía que datan del siglo XVII en el Japón, cuyo gran ar-
tificie fue Hishikawa Moronobu (quién trabajó, en un principio, con un
solo color).
128
Edogawa Rampo
go que se parecía al que aparece en las tablillas de los
templos donde se escriben los deseos, creo será fácil
de imaginar.
En ese fondo, se destacaban en relieve dos figuras
humanas de unos treinta centímetros de altura. Cuan-
do resalto que aparecían en relieve es porque sola-
mente aquellas dos personas estaban realizadas me-
diante la técnica de pegar imágenes talladas sobre un
cuadro. Una era un anciano vestido con un traje ne-
gro occidental de terciopelo y estilo anticuado, senta-
do con aire cohibido y, asombrosamente, no solo su
rostro y el aspecto de sus cabellos, sino que incluso su
manera de vestir era idéntica a la del portador del cua-
dro. La otra era una hermosa joven de unos diecisiete
o dieciocho años de buena presencia, con el antiguo
peinado similar a una cascada típico de las chicas sol-
teras y vestida con un kimono de mangas largas en to-
nos escarlata ceñido por un obi22 de raso negro y que,
en una peculiar pose a la vez avergonzada y provocati-
va, se reclinaba amorosa contra las rodillas del ancia-
no. En pocas palabras, una imagen que recordaba a
las escenas amorosas del kabuki.
El contraste entre el anciano vestido a la manera
occidental y su joven amante, obviamente confería
una impresión de anormalidad, pero cuando hablo
de percibir algo «extraordinario», no me refiero a eso.
A diferencia del tosco fondo, uno no podía si-
no asombrarse ante el detallismo de la técnica de las
imágenes incrustadas. Los rostros parecían hechos de
blanca seda, con unos altibajos de gran realismo y re-
22 El obi es una faja ancha de tela fuerte que se lleva sobre el kimono y
que se ata a la espalda de distintas formas.
129
El hombre que viaja con un cuadro en relieve
flejaban hasta las más mínimas hendiduras; los cabe-
llos de la chica, recogidos como si fueran los de un ser
humano, parecían auténticos e insertados uno a uno;
en la cabeza del anciano, nuevamente, no podía sino
pensarse que se habían utilizado canas auténticas pa-
ra entremezclaras cuidadosamente entre la cabellera,
y su traje dejaba ver incluso las costuras y unos boto-
nes tan diminutos como bolitas de espuma. La redon-
dez de los pechos de la chica y las incitantes curvas de
sus muslos, la forma en que pendía la tela de sus ro-
jas mangas o el color de la piel que dejaban entrever,
así como esas uñitas como conchas que lucían sus de-
dos… Uno se imaginaba que, en caso de inspeccionar
el cuadro con una lupa, probablemente pudieran des-
cubrirse incluso los poros y el vello de la piel.
Hasta entonces, los únicos ejemplos que conocía de
retratos en relieve eran aquellos en forma de raqueta
que representaban a actores de teatro, cuya técnica re-
velaba un gran detallismo, pero en el caso de este cua-
dro con los personajes en relieve que tenía ahora an-
te mis ojos, no existía ni punto de comparación en su
extremado refinamiento. Probablemente se debía a la
mano de un renombrado maestro en la materia. Sin
embargo, tampoco era eso el punto que yo califico de
«extraordinario».
El marco en sí parecía muy viejo y la pintura de
fondo aparecía desconchada en algunas partes. El ki-
mono de la chica y el fieltro de la chaqueta del viejo
se hallaban descoloridos a más no poder pero, a pe-
sar de la pérdida de color, por algún motivo inexplica-
ble conservaban su viveza y, a los ojos del espectador
se hallaban tan llenos de vida que no cabía sino de-
cir que se trataba de algo extraordinario. Sin embar-
130
Edogawa Rampo
go, tampoco es eso a lo que me refiero cuando hablo
de «extraordinario».
Aquella sensación, por decirlo de alguna manera,
consistía en que las dos figuras incrustadas en el cua-
dro estaban vivas.
En el teatro de muñecos del bunraku, a lo largo de
la representación del día, sucede una sola vez, o como
mucho dos, que durante apenas un instante, el muñe-
co animado por las manos del maestro cobra auténti-
ca vida como si hubiera recibido en ese momento el
soplo divino. Pues bien, el aspecto de las figuras de es-
te cuadro en relieve era como si esos muñecos que ha-
bían cobrado vida durante un instante hubieran sido
clavados al momento en una tabla sin estarles permi-
tido dejar escapar esa vida, permaneciendo allí vivos
para la eternidad.
Quizá estimulado al ver la sorpresa que delataba
mi rostro, con un tono de voz que mostraba delecta-
ción, el viejo exclamó casi gritando:
—¡Ah, creo que a lo mejor usted sabrá compren-
derme!
Mientras decía esto, abrió cuidadosamente con
una llave la cajita de cuero negro que llevaba colga-
da del hombro y extrajo unos prismáticos que a conti-
nuación extendió hacia mí.
—Tenga. Pruebe a mirar con estos anteojos. No, no,
desde ahí sería demasiado cerca. Disculpe la imperti-
nencia, pero es mejor que se aleje un poco más. Sí, eso
es, justo ahí está bien.
Realmente, se trataba de una petición anormal, pe-
ro me hallaba preso de una ilimitada curiosidad por
lo que, tal y como decía el anciano, me puse en pie y
131
El hombre que viaja con un cuadro en relieve
me alejé cinco o seis pasos del cuadro. Con objeto de
que yo pudiese verlo bien, el hombre sujetó el marco
con ambas manos y lo colocó de manera que le diese
bien la luz. Pensándolo ahora, no hay duda de que se
trataba de una extraña escena, propia de locos.
Los anteojos en cuestión debían de ser una de esas
mercancías llegadas antaño por barco desde el extran-
jero hace veinte o treinta años, como las que veíamos a
menudo de pequeños en los escaparates de las ópticas
y que consistían en unos prismáticos gemelos de for-
ma extraña. Se hallaban tan desgastados por el roce
de las manos, que el cuero negro que los recubría pre-
sentaba claros en algunas partes, dejando ver la par-
te metálica interior, por lo cual conjuntaba muy bien
con el traje occidental de su propietario en su condi-
ción de objeto anticuado que retrotraía con nostalgia
a otras épocas.
Ante lo inusual del objeto, di vueltas en mis ma-
nos a aquellos binoculares y entonces, cuando termi-
né por llevármelos a los ojos con ambas manos con
objeto de mirar por ellos, sucedió algo inesperado. De
improviso, realmente de improviso, el viejo lanzó un
grito similar a un gemido que casi me hizo soltar los
prismáticos que estuvieron a punto de caerse.
—¡Eso no, eso no! Los tiene usted del revés. No de-
be usted mirar en sentido contrario. No haga eso de
ninguna manera.
El viejo había empalidecido y, con los ojos muy
abiertos, agitaba la mano continuamente en gesto ne-
gativo. Me resultaba incomprensible por qué adopta-
ba aquella actitud tan anormal, ni por qué era algo tan
terrible que uno mirase por los prismáticos en el sen-
132
Edogawa Rampo
tido contrario.
—Ah, ya veo. ¿Así que estaban del revés?
Como me hallaba con la atención centrada en mi-
rar por aquellos binoculares no me preocupé dema-
siado por la sospechosa expresión de su rostro y, po-
niendo los prismáticos en el sentido correcto, me los
llevé deprisa a los ojos para mirar el cuadro en relie-
ve a su través.
Según iba ajustando el foco, los dos campos circu-
lares de visión se fueron solapando hasta formar uno
solo y apareció una imagen difusa similar a un arcoíris
que poco a poco fue aclarando sus perfiles. Mi visión
quedó completamente ocupada por la parte superior
del cuerpo de la chica de pecho para arriba a un tama-
ño sorprendentemente grande, como si el mundo en-
tero fuera aquella imagen.
Una aparición similar ni la había visto hasta enton-
ces ni la he vuelto a ver después, por lo que explicárse-
la a los lectores me supone una tarea harto difícil pero,
intentando recordar una sensación similar, creo que
podría poner como ejemplo la imagen que en cierto
momento produce una buceadora tras lanzarse al mar
desde su barca. No se me ocurre ninguna otra manera
de calificarlo. Cuando se halla en lo más profundo del
mar, el desnudo cuerpo de la pescadora de perlas, de-
bido a las complejas perturbaciones del agua azul, ve
convertida su figura de manera antinatural en un haz
de algas que se escurre retorciéndose y con sus con-
tornos borrosos, casi como un espectro blanquecino.
Luego, esa forma, según va ascendiendo hacia la su-
perficie, debido a que el azul del agua va perdiendo
progresivamente su coloración, va definiendo de ma-
133
El hombre que viaja con un cuadro en relieve
nera cada vez más clara sus contornos hasta que en el
instante en que su cuerpo irrumpe abruptamente en
el exterior, como si nos despertásemos de pronto, el
blanco espectro del fondo del agua muestra de pronto
su auténtica condición de ser humano. Justo de la mis-
ma manera, la chica del cuadro en relieve apareció an-
te mis ojos al mirar por los prismáticos, exactamente
igual que una joven de tamaño real que estuviese viva
y a punto de moverse.
Al otro lado de las lentes de estos anticuados pris-
máticos del siglo XIX se extendía un mundo por com-
pleto diferente, imposible de imaginar por nosotros,
en el que aquella chica de pelo recogido y aquel hom-
bre canoso con el traje occidental pasado de moda lle-
vaban a cabo su fantástica vida. Me sentía como si es-
tuviera escudriñando a hurtadillas algo que no debía,
o quizá sea mejor definirlo como que sentía que mi
visión se debía a las artes de un ilusionista. En cual-
quier caso, me causaba una sensación rara pero, a la
vez, una atracción irresistible hacia ese inexplicable
mundo.
Realmente, no es que la chica estuviera movién-
dose, pero la impresión general que producía todo
su cuerpo cambiaba por completo de cuando lo ha-
bía mirado con los ojos desnudos, puesto que ahora se
hallaba mucho más lleno de vida, y ese rostro antes de
un pálido casi azulado presentaba en cambio un leve
tinte rosado. Incluso se diría que los movimientos de
su pecho se transmitían desde la carne a través del te-
jido de su vestimenta, dando la impresión de una exu-
berante vitalidad juvenil (de hecho, hasta podía escu-
char los latidos de su corazón).
134
Edogawa Rampo
Después de inspeccionar con deleite a través de los
binoculares todos los recovecos del cuerpo de ella, di-
rigí las lentes hacia ese hombre feliz de pelo canoso
sobre el cual comenzaba a recostarse la amorosa chica.
Por lo que respecta a este anciano, también él pa-
recía vivo dentro del mundo que encerraban aque-
llos binoculares pero, mientras que por una parte pa-
saba la mano por detrás de los hombros de la chica
con aspecto de felicidad, por otra, extrañamente, su
rostro cubierto por cientos de arrugas visto con el au-
mento que proporcionaban las lentes, dejaba sospe-
char las huellas de un gran sufrimiento. Sin duda in-
fluía el hecho de que, gracias a las lentes, veía el rostro
del anciano a un tamaño anormal, como si estuviera a
un palmo de distancia y abalanzándose sobre mí pe-
ro, cuanto más lo contemplaba, más me parecía la su-
ya una expresión anormal donde se mezclaban la an-
gustia y el espanto, hasta el punto de que me produjo
un escalofrío de terror.
Al ver aquello, me sentí como si me estuviera retor-
ciendo en mitad de una pesadilla, por lo que, cuando
noté que no podía soportar más tiempo seguir miran-
do por aquellos anteojos, aparté la vista sin poder evi-
tarlo y paseé la mirada en círculos en derredor mío.
Pude comprobar que, como era de esperar, me halla-
ba en un solitario tren nocturno, con el anciano y el
cuadro en la misma posición que antes. La negrura al
otro lado del cristal de la ventana y el monótono tra-
queteo de las ruegas permanecían también invaria-
bles. Me sentí como si me acabara de despertar mi pe-
sadilla.
135
El hombre que viaja con un cuadro en relieve
—Tiene usted cara de estar muy sorprendido, ¿ver-
dad?
El anciano pronunció estas palabras mientras me
miraba fijamente y, tras colocar el cuadro en vertical
en su posición original junto a la ventana, tomó asien-
to y me invitó con un ademán a ocupar el asiento fren-
te a él.
—Creo que a mi cabeza le pasa algo. Me siento co-
mo atolondrado —contesté para intentar disimular
mi confusión.
Entonces, el anciano encorvó su cuerpo para acer-
car su rostro hacia mí y, poniendo sobre las piernas
sus manos de largos dedos, que movía nerviosamen-
te como haciendo una señal, susurró en voz muy baja:
—¿Lo ha visto usted? Estaban vivos, ¿verdad?
Luego, con aires de haber revelado algo de gran im-
portancia, se inclinó todavía más hacia mí y, abriendo
mucho sus brillantes ojos, me contempló como si qui-
siera taladrarme con la mirada y, a continuación, dijo
lo siguiente:
—¿No le gustaría a usted conocer lo que les suce-
dió a esos dos?
Pensé si no habría oído mal lo que me estaba di-
ciendo el anciano por culpa del traqueteo de las rue-
das y el balanceo del tren.
—¿Qué quiere decir con eso de «lo que les suce-
dió»?
—Pues… su vida, lo que les sucedió —volvió a de-
cir el anciano en voz baja—. En especial, la historia de
la vida del anciano del pelo canoso.
—¿Quiere usted decir, desde que era joven?
136
Edogawa Rampo
También yo aquella noche, por algún motivo, hacía
preguntas en un tono extrañamente fuera de lo habi-
tual.
—Así es. Es una historia de cuando «eso» tenía
veinticinco años.
—Sí, por supuesto. Tengo mucho interés en escu-
charlo.
Animé al anciano a contar su historia del modo
más natural del mundo, como si se tratase de la vida
de una persona corriente que estuviera viva. Ante ello,
las arrugas del rostro del viejo se curvaron expresan-
do una gran alegría y tras decir: «Ah, tal y como pen-
saba, escuchará usted mi relato, ¿verdad?», procedió a
contar la siguiente historia, extraña como no hay otra
en este mundo.
—Puesto que se trató de un suceso de gran impor-
tancia en mi vida, ni que decir tiene que lo recuer-
do muy bien. Fue en la tarde del veintisiete de abril
de 1895 cuando mi hermano mayor (al decir esto, se-
ñaló al anciano del cuadro) se convirtió en «eso». En
aquel tiempo, tanto mi hermano mayor como yo toda-
vía vivíamos en una habitación colectiva, sin respon-
sabilidades en el negocio familiar. La casa se hallaba
en el barrio número tres de Nihonbashi-doori, y nues-
tro padre llevaba un comercio de kimonos. Era justo
la época en que acababan de inaugurar el junikai de
Asakusa. Así que mi hermano iba tan contento casi to-
dos los días a subir a lo alto de aquel Ryounkaku23. Y
23 Nihonbashi es el centro neurálgico de la capital y el punto de ori-
gen de todas las carreteras donde hoy se encuentra la Bolsa, un poco al
nordeste de la estación central de Tokyo. Junikai (literalmente, «doce
pisos») era el nombre popular del Ryonkaku (literalmente, «pabellón
137
El hombre que viaja con un cuadro en relieve
es que mi hermano poseía una inusual pasión por to-
do lo nuevo, en especial si procedía del extranjero. Por
ejemplo, es el caso también de estas lentes de aumen-
to, que mi hermano decía que pertenecieron al capi-
tán de un barco extranjero y que descubrió en el es-
caparate de una tienda de artilugios estrafalarios del
barrio chino. Creo recordar que dijo que había pagado
por ellos una cantidad bastante elevada para la época.
Cada vez que el anciano decía «mi hermano», mira-
ba al otro anciano del cuadro en relieve o le señalaba,
como si se tratase por completo de alguien que estu-
viera sentado allí. Sin duda, en su cabeza se mezcla-
ban y confundían el auténtico hermano de sus recuer-
dos y el hombre de pelo canoso del cuadro, y hablaba
como si este estuviera vivo y escuchando sus pala-
bras, por lo que su actitud era la que correspondería
a quien tiene sentado a su lado una tercera persona.
Sin embargo, curiosamente, en ningún momento sen-
tí la más mínima extrañeza ante ello. En un instante,
ambos nos habíamos situado por encima de las leyes
de la naturaleza. Era como si viviésemos en un mun-
do aparte que en algún momento se hubiera separa-
do del nuestro.
—¿Llegó a subir usted alguna vez al junikai? Ah, ya
veo que no. Es una lástima. Me pregunto qué clase de
hechicero construiría semejante fenómeno tan increí-
ble. Era realmente una obra estrafalaria. Según se di-
ce, el diseño de la parte externa se debía a un arqui-
que añora las nubes»), la más alta edificación del país a finales del siglo
XIX, luego destruida por el terremoto de 1923. Incluía unos grandes al-
macenes y fue diseñado por un arquitecto inglés, aunque Rampo erró-
neamente le atribuye nacionalidad italiana.
138
Edogawa Rampo
tecto italiano llamado Burton. Bueno, pruebe usted a
pensar en ello. En aquellos tiempos, las atracciones tí-
picas del parque de Asakusa eran cosas como la case-
ta del hombre araña, los bailes de chicas con sables,
los acróbatas subidos a una pelota, los malabaristas
de las peonzas estilo Gensui y los teatrillos de lentes24.
Y es que, como mucho, lo más raro que había era una
reproducción a escala del monte Fuji o aquella atrac-
ción llamada «el laberinto», con una estructura simi-
lar a un bosque. Y entonces, ¡cuál no sería la sorpresa
cuando en semejante lugar se alzó una alta torre que
alargaba hacia el cielo su cuello de rojo ladrillo! Dicen
que su altura era de unos cincuenta y cinco metros y
que ocupaba lo que media manzana de casas. La cús-
pide de su figura octogonal terminaba en un pico co-
mo el del sombrero de los chinos. Si uno subía a un
lugar un poco elevado, desde cualquier parte de Tokio
se podía distinguir aquel fantasmón rojizo.
»Como acabo de contarle, sucedió en la primave-
ra de 1895, muy poco después de que mi hermano ma-
yor consiguiera los prismáticos. Algo extraño le suce-
dió entonces. Nuestro padre pensaba si este engorroso
hijo mayor no se habría vuelto loco, y se hallaba te-
rriblemente preocupado y yo, como ya supondrá, soy
una persona que siempre ha sentido un gran cariño
por su hermano, por lo que me invadía una inquietud
casi insoportable ante el anormal comportamiento
que mostraba. Y es que apenas comía, no hablaba casi
24 Se trataba de pequeñas representaciones teatrales o escenas sueltas,
a veces a base de dibujos, que el espectador veía a través de un juego de
lentes trucadas dispuestas a lo largo de un panel semicircular de mane-
ra similar a los peepshow. Su nombre en japonés es Nozoki Karakuri.
139
El hombre que viaja con un cuadro en relieve
nada con el resto de los habitantes de la casa y, cuando
se encontraba en la misma, pasaba la mayor parte del
tiempo encerrado en una habitación, sin otra activi-
dad que enfrascarse en sus pensamientos. Adelgazaba
a ojos vista y su rostro cobró ese tono grisáceo propio
de los enfermos de pulmón y, en él solo destacaban
los ojos que se movían inquietos de un lado para otro.
No es que de por sí gozara de buen color pero, a par-
tir de entonces, su palidez se extremó y destacaba aún
más, por lo que su visión causaba lástima. En cambio,
a pesar de todo eso, cual persona que tuviera que ir a
trabajar, todos los días sin falta salía de casa hacia el
mediodía para ir a alguna parte y no volvía hasta el
atardecer, casi tambaleándose de puro cansancio.
»Por mucho que le preguntásemos a dónde había
ido, no contestaba lo más mínimo. Preocupada, nues-
tra madre probó una y otra vez a cambiar la táctica
con que se dirigía a mi hermano con objeto de averi-
guar lo que callaba, pero no nos reveló absolutamen-
te nada. Aquella situación se prolongó durante casi un
mes.
»La preocupación llegó a tales extremos que un
día, para averiguar a dónde demonios iba mi hermano
mayor, decidí ir tras sus pasos en secreto. Y es que mi
madre me lo pidió también así. Hacía justo un tiem-
po como hoy, con una desagradable atmósfera apaga-
da y opresiva; y también en ese día, pasada la hora del
mediodía, mi hermano, vistiendo el para aquella épo-
ca llamativo traje de fieltro negro que se había hecho
confeccionar según una idea propia y llevando colga-
dos del hombro los prismáticos, encaminaba su delga-
da y larguirucha figura hacia la parada del tranvía de
caballos Nihonbashi-doori. Así que, sin que mi her-
140
Edogawa Rampo
mano se diera cuenta, fui tras sus pasos. ¿Me sigue us-
ted? Entonces, mi hermano se puso en la cola que es-
peraba el tranvía en dirección a Ueno, y luego se subió
a bordo. A diferencia de los trenes actuales, no cabía
la posibilidad de subirse al vehículo siguiente para po-
der seguirle, puesto que los tranvías eran muy pocos.
Como no quedaba otro remedio, decidí emplear el di-
nero que había recibido de mi madre para mis gastos
y me permití el lujo de subir a un jinrikisha25. Tratán-
dose de un buen corredor, no tiene nada de particular
seguir a un tranvía sin perderlo de vista.
»Cuando mi hermano se bajó del tranvía, yo hice lo
propio del jinrikisha, y continué paso a paso tras él. Y,
¿acaso no era el templo de Kannon de Asakusa adon-
de terminamos llegando de esta manera? Mi herma-
no cruzó por el corredor de puestos de venta y luego
pasó por delante de la puerta del edificio principal del
templo para adentrarse a continuación por su parte
trasera, abriéndose camino entre las oleadas de gen-
te. Finalmente, para mi sorpresa, al llegar ante el juni-
kai del que he hablado antes, cruzó el portón de pie-
dra, pagó el billete y su figura desapareció dentro de la
torre tras meterse por la entrada sobre la que pendía
el letrero de «Ryounkaku». Ya que ni en sueños po-
día habérseme ocurrido que el lugar al que acudía mi
hermano mayor a diario fuera este, me quedé comple-
tamente atónito. En aquel entonces todavía no había
cumplido los veinte años, por lo que, dada mi menta-
lidad infantil, me dio por pensar algo tan extravagan-
te como que acaso mi hermano se encontraría hechi-
25 Vehículo ligero de dos ruedas que se desplaza por tracción humana.
El término es traducido al inglés como rickshaw.
141
El hombre que viaja con un cuadro en relieve
zado por los espíritus de este junikai.
»Solamente había subido una vez al junikai, cuan-
do me llevó mi padre, y puesto que desde entonces no
había vuelto; volver a entrar me infundía cierto temor
pero, ya que mi hermano subía allí, no me quedó más
remedio que ir detrás, dejando más o menos un piso
de distancia entre ambos mientras ascendía los poco
iluminados peldaños de piedra. Tampoco es que las
ventanas fuesen grandes, y como las paredes de ladri-
llo eran gruesas, el frescor reinante en la escalera re-
sultaba comparable al de una bodega. Además, como
estábamos en los tiempos de la guerra sinojaponesa,
a lo largo de las paredes se alineaban representacio-
nes de sus batallas en cuadros al óleo, lo cual enton-
ces suponía una rareza. Los soldados japoneses lan-
zándose a la carga con sus terribles rostros aullando
como lobos y un soldado chino que intentaba conte-
ner con ambas manos el chorro de sangre que brotaba
del costado donde se había clavado la bayoneta, mien-
tras se retorcía con los labios ya amoratados, o aquel
otro cuadro donde la cabeza recién cercenada de un
chino con su coleta volaba por los aires como un glo-
bo, y toda otra serie de escenas a cual más sanguino-
lenta y realista relucían de tanto en tanto al recibir los
tenues rayos de luz que penetraban por las ventanas.
A lo largo de todo ese espacio, como si se tratase de la
concha de un caracol, los tétricos escalones de piedra
continuaban subiendo hacia arriba de manera inter-
minable. Realmente todo ello me provocaba una sen-
sación de lo más extraña.
»La cúspide, de forma octogonal, era un simple co-
rredor sin paredes, rodeado por una barandilla, con-
formando un mirador que permitía contemplar el pai-
142
Edogawa Rampo
saje circundante y, al llegar allí, de pronto se topaba
uno con la repentina claridad del día, tanto más sor-
prendente cuanto que uno acababa de salir de un lar-
go camino en penumbra. Las nubes se veían tan ba-
jas que parecían quedar al alcance de la mano, y allá
donde llegaba la vista yacían los apretujados tejados
de Tokio en confuso desorden, con la base de cañones
de Daiba en la zona de Shinagawa semejante a una
de esas piedras decorativas que se usan en los bonsái.
Conteniendo el vértigo que estaba a punto de asaltar-
me, miré hacia abajo. El templo de Kannon se veía di-
minuto, las casetas de la feria parecían de juguete, y
de las personas que caminaban por allí solo se distin-
guían la cabeza y las piernas.
»En este corredor de la azotea había un grupito de
unos diez visitantes, susurrando en voz baja con ros-
tros muy serios mientras miraban hacia el mar frente
al distrito de Shinagawa. En cambio, mi hermano per-
manecía solo y apartado de ellos, con los binoculares
ante los ojos y recorriendo con la vista todo el recin-
to del templo de Asakusa. Aun sabiendo que se trata-
ba de mi propio hermano, al mirar esa imagen por la
espalda, con el contraste entre la figura de mi herma-
no vestida con el traje negro de fieltro destacándose
sobre el fondo de ominosas nubes blancuzcas, me pa-
reció un personaje extraído de algún óleo occidental,
ya que además no se veía el remolino de gente que bu-
llía abajo. Producía una impresión de magnificencia,
hasta el punto que causaba reparo dirigirle la palabra.
»Pero, recordando lo que me había encargado mi
madre, tampoco podía quedarme allí parado, así que,
acercándome a él por la espalda, le dirigí la voz:
143
El hombre que viaja con un cuadro en relieve
»—Hermano, ¿qué es lo que estás mirando?
»Mi hermano dio un respingo y se volvió hacia mí.
Su rostro expresaba incomodidad, pero no dijo ningu-
na palabra.
»Alegrándome porque no hubiese nadie cerca de
nosotros allí en lo alto de la torre, volví a insistir a mi
hermano:
»—Nuestro padre y nuestra madre están terrible-
mente preocupados por el comportamiento que tie-
nes últimamente. Nos parecían extrañas tus salidas
diarias y no podíamos imaginar a dónde te dirigías,
pero era aquí ¿verdad? Por favor, explícame el motivo
por el que vienes. Aunque sea, cuéntamelo solo a mí,
ya que siempre nos hemos llevado tan bien.
»Se resistía a contar nada, pero después de mucho
insistir en mis ruegos, parece que mi hermano termi-
nó por darse por vencido y al fin me reveló aquel se-
creto que con tanto celo se guardaba desde hacía un
mes. Sin embargo, el motivo de esa tormentosa angus-
tia de mi hermano resultó de una naturaleza realmen-
te estrambótica. Según decía, cuando hacía cosa de un
mes subió al junikai, dirigió estos binoculares hacia
el recinto del templo de Kannon y, paseando la vista
por allí, entre la aglomeración de gente, descubrió du-
rante unos segundos el rostro de una chica. Esa chi-
ca era indescriptiblemente bella, tanto que no parecía
una criatura de este mundo; y mi hermano, que por lo
general se mostraba indiferente hacia las mujeres, me
contó que solamente ante esa joven que había vislum-
brado a través de las lentes de aumento sintió una tur-
bación tal en su corazón, que le entró un escalofrío.
144
Edogawa Rampo
»En aquel momento solo pudo echar un rápido vis-
tazo, pues de la sorpresa estuvieron a punto de caérse-
le los prismáticos y, cuando quiso enfocarlos otra vez,
aunque al parecer hizo lo posible por dirigirlos hacia
el mismo lugar y buscó concienzudamente, fue inca-
paz de conseguir que el rostro de la chica apareciese
al otro lado de los lentes. Hay que tener en cuenta que,
aunque con esos lentes de aumento la figura pareciese
estar cerca, en realidad podía hallarse a una gran dis-
tancia y, con la enorme cantidad de gente que había,
el hecho de que la hubiera visto una vez no significa
que pudiese encontrarla de nuevo.
»Lo que sucedió desde entonces es que mi herma-
no mayor fue incapaz de olvidar a la hermosa chica
que había visto y, puesto que era una persona muy tí-
mida, comenzó a sufrir el mal de amores propio de
la gente de otros tiempos. Puede que a los jóvenes de
ahora les resulte algo irrisorio, pero la gente en aque-
llos tiempos era mucho más candorosa y uno se ena-
moraba con facilidad de una mujer solo con que se le
cruzase por delante, con lo que era una época en que
no eran pocos los hombres que sufrían por ese tipo de
amor. Ni que decir tiene que mi hermano era de ese
tipo, así que dejó de comer como es debido y, arras-
trando su debilitado cuerpo un día tras otro con la re-
gularidad del que va a trabajar, se dirigía al templo de
Kannon para, con un triste y vano deseo, subir al juni-
kai y, desde allí, escudriñar los prismáticos en derre-
dor en busca de la chica. Y es que el amor está lleno de
misterios, ¿verdad?
»Tras su confesión, mi hermano comenzó otra vez
a mirar por los binoculares como poseído por la fie-
bre, ante lo cual me invadió un profundo sentimiento
145
El hombre que viaja con un cuadro en relieve
de compasión hacia él. Era una búsqueda fútil, cuya
esperanza se reducía a una entre mil, pero no me sen-
tía con ánimos de decirle “Deja ya eso”, así que, clava-
do en mi sitio con la mirada fija en su figura vuelta de
espaldas, me encontraba conteniendo las lágrimas. Y
entonces, en ese momento… ¡Ah, todavía hoy no pue-
do olvidar aquella hermosa y embrujadora escena! Se
trata de un suceso de hace treinta y cinco o treinta y
seis años, pero, cuando cierro los ojos de esta manera,
aquella imagen propia de un sueño flota ante mí con
todo su colorido y realismo de entonces.
»Como le he contado antes, allí de pie detrás de mi
hermano todo lo que podía vislumbrar era ese cie-
lo de aspecto borroso sobre cuyos cúmulos de nubes
se recortaba la esbelta figura vestida con traje occi-
dental de mi hermano, como si se tratara de un cua-
dro. Cuando se movía, uno podía confundirse y creer
que su cuerpo estaba flotando entre los cúmulos de
nubes. De pronto, como si estuvieran lanzando fue-
gos artificiales, en ese blancuzco cielo comenzaron a
elevarse suavemente incontables círculos de color ro-
jo, azul o violeta, purgando entre sí por ser los prime-
ros en alcanzar el firmamento. Dicho así, no podrá us-
ted hacerse una idea, pero parecía realmente como un
cuadro, un presagio de algo que me produjo una sen-
sación fantasmagórica difícil de describir. Me apresu-
ré a mirar hacia abajo con objeto de comprender el
fenómeno y vi que, por algún motivo, la tienda de glo-
bos había soltado a un tiempo una cierta cantidad de
ellos. Tiene usted que tener en cuenta que en aquel
entonces los globos de goma eran todavía algo muy
poco visto por lo que, incluso cuando uno los identi-
ficase como tales, producían una sensación de extra-
146
Edogawa Rampo
ñeza.
»Es curioso, pero aunque el incidente no guardase
una relación causal, justo en ese momento mi herma-
no pareció alterarse enormemente, y su pálido rostro
enrojeció de golpe. Con la respiración agitada, se vol-
vió al instante hacia mí, me tomó de pronto de la ma-
no y me arrastró tras él mientras decía: “Venga, vamos.
Hay que darse prisa o no llegaremos a tiempo”. Mien-
tras me veía arrastrado escalones abajo, pregunté qué
sucedía. Por lo visto, había logrado localizar a la chica
que descubrió hacía un tiempo, sentada ahora en una
sala con suelo de tatami por lo que, si nos apresurába-
mos, todavía podríamos encontrarla allí.
»El lugar que había localizado mi hermano caía por
la parte trasera del templo de Kannon, con un gran pi-
no como punto de referencia y, según él, allí debería-
mos encontrar un gran salón. Pero, una vez que llega-
mos los dos a dicha zona, por mucho que buscamos,
el gran pino sí que estaba, pero en sus cercanías no vi-
mos nada similar a una casa y nos sentimos como si
un zorro nos hubiera hechizado para tomarnos el pe-
lo. Pensé si mi hermano no estaría desvariando, pe-
ro el abatimiento que mostraba era tal que me causó
lástima y, por seguirle la corriente, probé a preguntar
en los pequeños establecimientos de té26 de alrededor,
pero en ninguna parte encontré ni rastro de semejan-
te chica.
»Mientras andábamos buscando, me fui separando
sin darme cuenta de mi hermano; y, después de reco-
26 En japonés, kakechaya. Se trata de modestos establecimientos cuyo
interior está separado de los viandantes mediante el sencillo procedi-
miento de dejar caer una fina persiana de mimbre a la entrada.
147
El hombre que viaja con un cuadro en relieve
rrer todos aquellos establecimientos de té, volví al lu-
gar donde se erguía el alto pino del que habíamos par-
tido hacía un rato, y me fijé en que, no muy lejos, entre
las diversas atracciones y puestecillos, había un espec-
táculo de teatrillo de lentes al aire libre, con el ferian-
te al lado golpeando su corto látigo sobre una mesita
para atraer a la concurrencia. ¿Y acaso no estaba allí
mi hermano inclinado sobre una de las lentes miran-
do completamente absorto?
»—Hermano, ¿qué estás haciendo ahí? —le pre-
gunté, e incluso le di unos golpecitos en el hombro,
ante lo cual se sobresaltó y se giró hacia mí.
»Todavía hoy no puedo olvidar la expresión de mi
hermano en ese momento. ¿Cómo lo describiría? Se
diría que era como si estuviese soñando, con todos los
músculos de su cara flácidos y una mirada como per-
dida en algún punto lejano. También la voz con que se
dirigió a mí sonaba extrañamente hueca al decir:
»—¿Sabes? La chica que estamos buscando está
ahí dentro.
»Puesto que así decía mi hermano, me apresuré a
pagar el precio del espectáculo y, al probar a mirar por
aquellos lentes, vi que se trataba de una escena de la
popular obra O-Shichi, la chica de la tienda de verdu-
ras. Era justo la escena de la sala de lectura del templo
de Kichijoji, en el momento en que O-Shichi se recli-
naba sobre Kichiza. Jamás olvidaré la manera en que
el matrimonio de feriantes, con voz cascada y al rit-
mo del golpe del látigo, cantaba aquellas estrofas de
“Sentada con las rodillas muy juntas, hablando solo
con los ojos”. ¡Ah, todavía resuena hoy en mis oídos
de manera extraña aquel canturreo de “Sentada con
148
Edogawa Rampo
las rodillas muy juntas, hablando solo con los ojos!”
»Los personajes de la escena estaban tallados en re-
lieve sobre el cuadro, y sin duda debían ser obra de
un auténtico maestro de la especialidad. El rostro de
O-Shichi era precioso y lleno de vida. Incluso a mis
ojos parecía estar viva, por lo que no me resultó im-
posible comprender por qué mi hermano decía lo que
decía:
»—Aunque sepa que esa chica es algo fabricado pa-
ra un cuadro en relieve, me resulta imposible renun-
ciar a ella. Me apena mucho, pero no puedo darla por
perdida. Tan siquiera por una sola vez, me gustaría
convertirme en el hombre de ese cuadro en relieve y,
al igual que Kichiza, hablar con esa chica.
»Permanecía de pie, ensimismado, sin moverse de
aquel lugar.
»Me dí cuenta de que esta atracción de feria, con
objeto de que penetrasen los rayos de luz, tenía una
abertura en el techo, por lo que debió ser que, desde
el junikai, en un ángulo de visión oblicuo, mi herma-
no había podido captar la escena.
»Era la hora del atardecer, por lo que ya quedaba
poca gente por los alrededores, y delante de esta atrac-
ción apenas se veían dos o tres niños con peinado de
tazón que pululaban como resistiéndome a marchar-
se. El tiempo nublado que había dominado durante
el día dio paso con el atardecer a un cielo tan oscuro y
ominoso, que en cualquier momento podía empezar a
llover, un tiempo tan desagradable que infundía una
sensación enloquecedora. Luego, en mis oídos reso-
nó algo similar a un lejano redoble de tambores. Con
la mirada perdida en algún punto lejano, mi herma-
149
El hombre que viaja con un cuadro en relieve
no mayor permanecía allí de pie, como en trance. Me
pareció que transcurrió cerca de una hora de esa ma-
nera.
»Ya era completamente de noche cuando, a lo lejos,
comenzó a brillar el anuncio luminoso de gas de los
acróbatas. Entonces mi hermano, como si acabara de
despertarse, me agarró de pronto por el brazo y dijo:
»—Oye, se me ha ocurrido una gran idea. Te lo pi-
do porfavor. ¿Podrías sostener estos binoculares en
sentido contrario ponerte los lentes sobre los ojos y
enfocarlos hacia mí de esa manera?
»Ante tan extraña petición, le pregunté el motivo y
me respondió:
»—¿Qué más da? Hazme caso y prueba a hacer lo
que te digo.
»Insistía mucho, pero lo cierto es que nunca tuve
mucho aprecio por el mundo de las lentes. Ya fueran
catalejos o microscopios, el que objetos que se encon-
traban a gran distancia me saltasen a los ojos o que
insectos diminutos se apareciesen con el tamaño de
bestias y todo ese tipo de efectos cuasi sobrenaturales,
me producía una sensación inquietante. En cuanto a
las lentes que con tanto celo custodiaba mi hermano,
apenas las había utilizado y, precisamente por eso, me
parecían todavía más un ingenio diabólico. Encima, a
esas horas de la noche en que ya apenas se distinguía
el rostro de las personas y en aquella solitaria parte
trasera del templo de Kannon, poner del revés los an-
teojos para enfocar con ellos el rostro de mi hermano
sonaba a cosa de locos y, además, harto siniestra. Pe-
ro ya que mi hermano insistía tanto, no me quedaba
más remedio que hacer lo que decía, y observar a tra-
150
Edogawa Rampo
vés de las lentes. Puesto que se enfocaba las lentes en
sentido contrario, la figura de mi hermano que se ha-
llaba a unos cinco o seis metros se veía con un tamaño
de unos sesenta centímetros y, dentro de su pequeñez,
se destacaba nítidamente, como si flotase en la oscuri-
dad. No se veía ninguna otra imagen, y únicamente la
menguada figura de mi hermano vestida con traje oc-
cidental permanecía erguida en el centro de las len-
tes. Pensé si mi hermano no estaría alejándose poco a
poco de mí porque, según miraba, su figura iba redu-
ciéndose cada vez más, hasta cobrar el aspecto de un
muñeco de juguete de unos treinta centímetros de al-
tura. A continuación, pareció elevarse en el aire y, an-
tes de que me diese cuenta, se fundió con la oscuri-
dad.
»Me asusté terriblemente, y aunque pensará usted
que a mis años resulta impropio hablar así, lo cierto
es que me entró un escalofrío tal, que me traspasó los
huesos, por lo que aparté mi mirada de las lentes y
comencé a gritar llamando a mi hermano, corriendo
en la dirección en que le vi por última vez. Sin poder
explicármelo, fui incapaz de encontrarlo por mucho
que busqué. Resultaba imposible que anduviera muy
lejos, dado el escaso tiempo transcurrido, pero a pesar
de que pregunté por todos los lugares, nadie supo de-
cirme acerca de él. De este modo, por increíble que
suene, la figura de mi hermano desapareció de este
mundo. A partir de entonces, siento un miedo especial
hacia toda clase de lentes de aumento. En particular,
hacia estas, que pertenecieron al capitán de barco de
no se sabe qué país. Estos binoculares que fueron pro-
piedad de un extranjero me desagradaban de manera
especial y, no puedo decir acerca de otros lentes, pero
151
El hombre que viaja con un cuadro en relieve
en el caso de estos si que creo firmemente que, cual-
quiera que sea el motivo, no se debe mirar por ellas
en dirección contraria, ya que ello conllevaría una
desgracia. Ahora comprenderá por qué antes, cuando
usted las sostuvo en sentido contrario me apresuré a
detenerle.
»Sin embargo, cuando cansado de buscar largo
tiempo volví al lugar donde estaba el espectáculo de
los lentes de antes, caí en la cuenta de algo. ¿No sería
que mi hermano, llevado de su desmedido amor por
la chica del cuadro, había utilizado la capacidad má-
gica de los lentes para reducir su cuerpo al tamaño de
ella, y penetrar secretamente en el mundo de aquel
cuadro en relieve? Entonces, aprovechando que el
feriante todavía no había terminado de cerrar la ins-
talación, le pedí que me dejase ver otra vez la escena
del templo de Kichijoji y allí, tal y como sospechaba,
mi hermano se hallaba formando parte del cuadro en
relieve. A la luz de la pequeña candela pude ver que,
en lugar de Kichiza, mi hermano, con expresión feliz,
abrazaba a O-Shichi.
»Pero no solo no sentí la menor tristeza ante ello si-
no que, además, al ver la felicidad de mi hermano por
haber alcanzado su deseo, me alegré tanto que estuve
a punto de llorar. Le prometí al feriante que, sin im-
portar lo caro que fuese, compraría sin falta ese cua-
dro y, por extraño que resulte, el hombre no parecía
haberse percatado de que en lugar del humilde Kichi-
za, quien se hallaba ahora ahí sentado era mi herma-
no vestido a la occidental.
»Me volví a casa volando y, cuando le conté a mi
madre todos los detalles, tanto ella como luego mi pa-
152
Edogawa Rampo
dre no creyeron una palabra, y se echaron a reír espe-
tando:
»—Pero hombre, ¿qué estás diciendo? ¿Es que te
has vuelto loco? ¿No ves que eso no tiene ningún sen-
tido? Ja, ja, ja.
Entonces el anciano interrumpió su narración y se
echó a reír como si estuviera contando algo ridículo. Y,
aunque resultase extraño, a mí me terminó parecién-
dome algo igual de absurdo y me reí también con él.
—Mis padres estaban convencidos de que una per-
sona no podía convertirse en algo como un cuadro en
relieve. Pero la prueba de que así era es que mi herma-
no desapareció por completo de la faz de este mun-
do y jamás volvió a vérsele. Aún así, ellos siguieron
diciendo cosas como que debía haberse escapado de
casa e imaginando explicaciones equivocadas. ¿No es
absurdo? En definitiva, sin importarme lo que me di-
jeran, pedí dinero a mi madre y por fin conseguí com-
prar aquel cuadro al feriante. Luego, llevando el cua-
dro, viajé por la zona de Hakone y Kamakura, y es que
quería que mi hermano pudiese ir en viaje de luna de
miel. Cuando viajo en tren como ahora, siempre me
viene a la memoria aquel incidente. Y, como he he-
cho hoy, pongo el cuadro de pie frente a la ventana
para mostrar el paisaje a mi hermano y su enamora-
da. ¡Qué feliz debe ser mi hermano! Y la chica ante
un amor tan sincero y profundo, ¿cómo iba a sentirse
a disgusto? Como una auténtica pareja de recién ca-
sados, con las mejillas un poco coloradas por la ver-
güenza y rozando el uno la piel del otro, sumidos en
su intimidad, deben estar murmurándose frases de
amor sin descanso.
153
El hombre que viaja con un cuadro en relieve
»Pasado un tiempo, mi padre cerró el negocio de
Tokio y se retiró a su tierra natal en Toyama y, debido
a eso, yo también vine y ahora vivo aquí. Han pasado
ya más de treinta años desde entonces, así que pensé
que estaría bien mostrarle el Tokio actual a mi herma-
no después de tanto tiempo, y por eso me encuentro
ahora viajando con él de esta manera.
»Sin embargo, lo triste es que la chica, por mucho
que digamos que está viva, no deja de ser en su ori-
gen algo que fue fabricado, por lo que no envejece.
En cambio mi hermano, aun cuando se haya conver-
tido en parte del cuadro en relieve, su condición no es
más que un cambio de forma hecho a la fuerza, pe-
ro como no deja de ser una persona con un período
de vida limitado, envejece como todos nosotros. Míre-
lo usted. Ese hermano mío que era entonces un gua-
po joven de veinticinco años, tiene ahora todo el pelo
canoso y el rostro cruzado por feas arrugas. Debe ser
algo muy triste para él. Su chica permanece joven y
hermosa para siempre, mientras que solo él va enveje-
ciendo y marchitándose sin remedio. Es algo espanto-
so. Por eso su rostro está triste. Desde hace unos años
cambió esa expresión dolorosa.
»Cuando pienso en ello, siento una profunda pena
por él.
El anciano miró con tristeza al hombre del cuadro
en relieve y, finalmente, como si acabase de caer en la
cuenta de algo, volvió a hablar.
—Vaya, parece que le he contado una historia de-
masiado larga. Pero creo que me ha comprendido us-
ted, ¿no? No dirá que estoy loco como han hecho los
otros, ¿verdad? ¡Ah, entonces es que ha merecido la
154
Edogawa Rampo
pena contar mi historia! Hermano, seguro que ustedes
estarán cansados Creo que habrán sentido un poco de
vergüenza porque delante de un extraño haya relata-
do lo que les sucedió. Bueno, ya va siendo hora de de-
jarles descansar un poco.
Diciendo esto, envolvió el marco del cuadro en re-
lieve con la tela que traía al efecto. En ese instante,
quizá se debiera a mi imaginación, pero me pareció
ver que el rostro de los muñecos del cuadro se movió
un poco y, con un aire un tanto avergonzado, hicieron
una leve mueca de saludo hacia mí sonriendo con la
comisura de los labios.
Después, el anciano se sumió en un completo si-
lencio, y lo mismo hice yo. Al igual que antes, el tren
continuaba avanzando en la oscuridad con su sordo y
monótono traqueteo.
Transcurrieron unos diez minutos de esta manera.
El sonido de las ruedas del tren se ralentizó y al otro
lado de los ventanales centellearon dos o tres luces
antes de que la locomotora se detuviera en la peque-
ña estación de un pueblo de montaña. En el andén se
veía un único empleado de estación, de pie junto a la
salida.
—Bueno, yo me bajo antes que usted, porque voy
a pasar la noche en casa de unos parientes que viven
aquí, antes de proseguir mi viaje.
Llevando el envoltorio del cuadro consigo, el ancia-
no se puso en pie y, tras despedirse de mí con esas pa-
labras, Salió al andén. Por el cristal de la ventana pu-
de ver cómo su esbelta figura (que era clavada a la del
anciano del cuadro en relieve) se acercaba a la senci-
lla valla de madera de la salida y entregaba su billete
155
El hombre que viaja con un cuadro en relieve
al encargado, perdiéndose luego en la oscuridad de la
noche como si se fundiera con ella.
156
Pulgarcito Baila
—¡Eh, Roku! ¿Estás en Babia o qué? Ven aquí tú
también y tómate una copa con nosotros.
El hombre habló con una voz extrañamente ama-
ble, de pie ante el destapado barril de sake27 y con su
desnuda piel cubierta tan solo por un calzón de raso
púrpura con ribetes de hilo dorado.
Su tono parecía sugerir una intención oculta, por lo
que los hombres y mujeres de la troupe que hasta en-
tonces se hallaban distraídos con el sake, volvieron to-
dos a una su mirada hacia Roku.
Apoyado en una columna de madera en un extre-
mo alejado, desde donde contemplaba el festín de sus
compañeros, Roku sonrió como de costumbre, tor-
ciendo la boca de manera exagerada y poniendo cara
de buena persona.
—No, yo no puedo tomar alcohol.
Al oír sus palabras, los equilibristas, que ya estaban
un poco borrachos, se rieron a carcajadas, con aspecto
de divertirse mucho. Por todo el interior de la tienda
de lona resonaban mezcladas las fuertes risotadas de
los hombres junto con las más agudas de las mujeres.
—Ya sabíamos que eras abstemio sin necesidad de
que tú nos lo dijeras. Pero hoy es un día especial, ¿no?
27 El sake es una bebida alcohólica tradicional de Japón preparada de
una infusión hecha a partir del arroz conocida como nihonshu.
160
Edogawa Rampo
Estamos celebrando el gran éxito de nuestra función
de hoy. Que seas un tipo deforme no es razón suficien-
te para que no nos hagas compañía.
El hombre del calzón púrpura volvía a insistir con
voz suave. Tenía los labios gruesos y oscuros, y a su ro-
busto cuerpo aparentaba unos cuarenta años.
—No, yo no puedo tomar alcohol.
El pulgarcito volvió a contestar con su sonrisa ha-
bitual. Era como un monstruo con el cuerpo del tama-
ño de un chico de once o doce años al que hubieran
pegado la cara de un hombre de treinta. La parte su-
perior de la cabeza era ancha como la de Fukusuke28 y
por su rostro de forma de cebolleta cruzaban profun-
das arrugas que ofrecían el aspecto de una araña con
las patas extendidas. Sus ojos grandes y saltones, su
redonda nariz y esa boca enorme que cuando sonreía
parecía que le iba a llegar hasta las orejas, junto con
el descuidado bigotillo que lucía, terminaban de com-
pletar la falta de armonía de su aspecto. Tan solo los
labios anormalmente rojos ponían algo de color en su
pálido semblante.
—Oye, Roku. No te negarás a beber si te lo sirvo yo,
¿verdad?
Con una voz rebosante de confianza en sí misma y
sonriendo levemente, ahora intervenía Hana, la bella
equilibrista, con la tez colorada por el alcohol.
28 Término ya en desuso por ofensivo, en aquellos tiempos se llamaba
«pulgarcito» a los enanos que tenían su medio de vida habitual como
atracción de ferias y circos. En cuanto a Fukusuke, se trata de un muñe-
co habitual también en los dibujos animados, de frente muy ancha. El
aspecto general de la cabeza era como una calabaza de peregrino con la
parte estrecha abajo.
161
Pulgarcito Baila
También yo había oído hablar de esta Hana, que
gozaba de gran popularidad en todo el pueblo.
El pulgarcito, al verse bajo la intensa mirada de
Hana, dudó un poco. Durante unos instantes apareció
una extraña expresión en su rostro. ¿Luciría así un
monstruo avergonzado? Sin embargo, tras unos mo-
mentos de nerviosa vacilación, terminó por repetir lo
mismo que antes.
—No, yo no puedo tomar alcohol.
Su faz continuaba sonriendo, pero en esta ocasión
la voz sonaba como si se hubiera atragantado.
—Vamos, no digas esas cosas y tómate una copita.
Sin hacer caso, el hombre del calzón púrpura se
adelantó unos pasos y tomó al pulgarcito de la mano.
—Ya está. Así no podrás escaparte.
Diciendo esto, intentó arrastrarle dando enérgicos
tirones de la mano. Roku el enano, de una manera in-
apropiada para un bufón tan hábil como él, comenzó
a dar chillidos grotescos de vergüenza, como si fuera
una chica de dieciocho años, mientras se agarraba al
poste de madera, resistiéndose con todas sus fuerzas.
—¡Suéltame! Te digo que me sueltes…
Como el hombre del calzón púrpura continuaba ti-
rando de él, el poste de madera comenzó a temblar,
con lo que la tienda entera se agitó como azotada por
el viento, y las lámparas de acetileno oscilaron como
un columpio.
Aun sin motivo concreto, sentí un escalofrío. Tu-
ve la impresión de que aquella escena con el pulgar-
cito agarrándose tenaz al poste de madera mientras
162
Edogawa Rampo
el hombre del calzón púrpura intentaba obstinado
arrancarle de allí, era el preludio de algo siniestro.
—Hana, deja en paz al enano y cántanos algo. Tú,
la instrumentista, ¿verdad que es buena idea?
Descubrí que justo a mi lado tenía al prestidigita-
dor de elegante bigote, que insistía a Hana con una
voz extrañamente rasposa. La mujer de mediana edad,
que parecía ser la nueva encargada de los acompaña-
mientos musicales, y que también se hallaba ebria,
soltó una risita procaz y se apuntó a esa idea.
—Anda, cante, señorita Hana. Vamos a montar un
poco de juerga.
—¡Gran idea! Yo me encargo de traer el instrumen-
tal para la charanga.
El joven acróbata, vestido también solo con un cal-
zón se levantó de pronto y pasando junto a ese pul-
garcito y Calzón púrpura que continuaban con su for-
cejeo, se apresuró hasta el camerino que se habían
construido formando un segundo piso a base de en-
samblar maderos.
Sin esperar la llegada de los instrumentos musica-
les, mientras golpeaba el borde del barril de sake, el
prestidigitador del bigote comenzó a entonar desafi-
nadamente la típica canción de festejos original de la
tierra de Owari. Dos o tres chicas equilibristas le hi-
cieron compañía cantando con tono paródico. En ese
tipo de situaciones, Roku el enano siempre termina-
ba convirtiéndose en el blanco de las bromas pesadas.
Como si estuvieran animándole a participar, uno tras
otro se sucedían los cantos de celebración, interpreta-
dos con voces toscas.
163
Pulgarcito Baila
Aquellos que en un principio estaban hablando o
bromeando entre sí, poco a poco fueron siendo arras-
trados por el ritmo de las canciones y finalmente, to-
dos terminaron cantando a coro. Antes de que uno
se pudiera dar cuenta, de pronto ya se había forma-
do una orquesta con los instrumentos que debió traer
el acróbata, el shamisen, el taiko, el gong y las table-
tas de madera29. La estrambótica sinfonía que ensor-
decía los oídos hacía temblar la tienda, y en los inter-
medios entre tema y tema, sonaban alaridos, risotadas
y aplausos estremecedores. Embriagados por el alco-
hol, hombres y mujeres formaban un alboroto propio
de dementes.
Inmersos en todo ese estruendo, el pulgarcito y
Calzón púrpura todavía seguían con su pelea. Roku
ya había soltado el poste y, riéndose como un macaco,
corría por todos los rincones intentando escapar. En
esa carrera, el enano mostraba mucha más agilidad.
El hombretón del calzón púrpura al verse burlado
por un disminuido como el pulgarcito, iba montando
progresivamente en cólera, y lanzaba imprecaciones
amenazadoras mientras se afanaba en la persecución.
—¡Maldito pequeñajo! Luego no vengas con gimo-
teos.
—Con permiso, con permiso.
El pulgarcito de rostro de treinta años corría con to-
das sus fuerzas como si fuera un pequeño de diez.
29 El shamisen es un instrumento de cuerda similar a un banjo; el taiko
es el tambor típico japonés: y las tabletas de madera se utilizan en las
representaciones teatrales como las del kabuki para chocarlas entre sí o
contra el suelo, provocando un claqueteo característico.
164
Edogawa Rampo
Hasta tal punto le aterrorizaba que Calzón Púrpura
le atrapase y le metiese la cabeza en el barril de sake.
Extrañamente, aquel panorama me recordaba la
escena del asesinato de Carmen del teatro. José y Car-
men persiguiéndose mientras resuenan el estruendo
y la música de la plaza de toros. No sé qué fue lo que
produjo la asociación de imágenes, pero quizá se tra-
tase del colorido de la vestimenta. El pulgarcito lleva-
ba puesto el rojo atuendo propio del bufón, y esa era
la figura que perseguía el hombre semidesnudo de
calzón púrpura, con el acompañamiento musical del
shamisen, los platillos y los tacos de madera animan-
do la escena junto con el desafinado canto.
—¡Ajá, por fin te tengo, maldito!
Finalmente Calzón Púrpura alzaba su grito de vic-
toria. El pobre Roku, con el semblante pálido, tembla-
ba atrapado entre las fuertes manazas.
—Apártense, apártense.
Sosteniendo sobre su cabeza a ese pulgarcito que
se retorcía, se aproximó hacia aquí. Todos dejaron de
cantar y contemplaron la escena. Podía escucharse la
respiración jadeante de ambos.
Antes de que nadie pudiese reaccionar, el pulgar-
cito había sido puesto patas arriba y pendía con la ca-
beza sumergida en el barril de sake. Roku agitaba sus
bracitos en el vacío con desesperación. El sake salpi-
caba en derredor del barril a causa del forcejeo.
Un hombre con calzón de franjas verticales blancas
y rojas y toda otra serie de hombres y mujeres semi-
desnudos cruzaban los brazos o se abrazaban las rodi-
llas riéndose a carcajadas mientras contemplaban la
165
Pulgarcito Baila
escena. Nadie mostraba la menor intención de dete-
ner este juego cruel.
Tras haber sido atiborrado de sake, finalmente el
pulgarcito fue arrojado al suelo, donde quedó caído
de costado. Hecho un ovillo, estornudaba sin parar y
le entraban arcadas como si padeciese la tos ferina.
Expulsaba un líquido amarillento por la boca, la na-
riz y los oídos.
Tras un rato estornudando y escupiendo, el pul-
garcito quedó allí tumbado como si estuviera muer-
to. Hana, con las piernas desnudas, comenzó a bailar
saltando encima de él, balanceándose a horcajadas de
tanto en tanto con sus prietos miembros por encima
de su cuerpo.
Mientras, proseguía el atronador estruendo de
aplausos, chillidos y repiqueteo de las tabletas de
percusión. Ya no quedaba allí una sola persona en su
sano juicio. Todos y cada uno de ellos gritaban como
presos de la locura. Hana, siguiendo el rápido ritmo
de la canción festiva, continuaba su salvaje danza de
estilo gitano.
Roku el enano pudo por fin abrir los ojos. Su in-
quietante rostro estaba enrojecido como el de un ma-
caco. Con los hombros subiendo y bajando al respi-
rar, intentó ponerse en pie tambaleante. Y justo en ese
momento se precipitó hacia su rostro el carnoso trase-
ro de Hana, exhausta de tanto bailar. Ya fuera a propó-
sito o por causalidad, la chica se cayó de trasero sobre
la cara del pulgarcito.
Roku, aplastado y boca arriba, gimió dolorosamen-
te, retorciéndose bajo las posaderas de Hana. Hana,
totalmente borracha, comenzó a trotar sobre el rostro
166
Edogawa Rampo
de Roku como si estuviera montando a caballo. Ajus-
tándose a la cadencia del shamisen, y gritando «¡Va-
mos, vamos!», se iba abofeteando las mejillas de Roku.
Los espectadores acompañaban la escena con sus ri-
sotadas. Resonó un sonoro aplauso. Justo en esos mo-
mentos, Roku se encontraba aplastado bajo la enorme
masa de carne que apenas le permitía respirar, y que
le mantenía en medio de un sufrimiento similar al de
un agonizante.
Un rato después, ese pulgarcito al que por fin ha-
bían perdonado se levantó con su estúpida sonrisa de
siempre y, como si estuviera disfrutando de la broma,
se limitó a decir farfullando.
—Qué brutos son.
De pronto, el joven funambulista se puso en pie de
un brinco y alzó la voz.
—¡Eh! ¿Qué les parece si jugamos al lanzamiento
de pelota?
Todos parecían comprender perfectamente lo que
significaba «lanzamiento de pelota».
—Buena idea, adelante —contestó uno de los acró-
batas.
—No, no, ya está bien. No lo martiricen tanto.
El prestidigitador del bigotillo intervino como si no
pudiese aguantar más la escena. Era el único que to-
davía estaba correctamente vestido, con su chaqueta
de franela y su corbata roja.
—¡Venga, venga! ¡Lanzamiento de pelota!
Sin hacer caso de las palabras del prestidigitador,
el joven de antes se acercó al pulgarcito.
—Hey, Roku. Prepárate, que empezamos.
167
Pulgarcito Baila
Casi antes de terminar de hablar, el joven endere-
zó al pulgarcito entre sus brazos y le empujó el entre-
cejo con la palma de la mano. El pulgarcito, debido al
impulso del empujón, dio una vuelta en redondo tal y
como si fuera una pelota, tambaleándose hacia atrás.
Entonces, otro joven que se había aproximado a él, le
recogió y, agarrando al lisiado por los hombros, le hi-
zo girar hacia sí, propinándole a su vez un empujón
en la frente. El pobre pulgarcito, volviendo a girar co-
mo una peonza, regresó hasta donde estaba el prime-
ro de los hombres. De esta manera continuó el cruel y
extraño juego de pelota entre los dos jóvenes.
Sin poder precisar cuándo empezó, la letra de la
canción que ahora entonaban todos a coro era aquella
popular melodía de las geishas de Izumo. Entre las ta-
bletas de percusión y el shamisen, la canción sonaba
a todo trapo. El disminuido, totalmente mareado, con-
tinuaba desempeñando su extraño papel con la sonri-
sa imperturbable que le era habitual.
—Basta ya de ese juego tan estúpido. En vez de eso,
¿por qué no hacemos una exhibición de las habilida-
des de cada uno? —vociferó uno que ya se había can-
sado de martirizar al enano.
En respuesta, sonaron unos alaridos incoherentes
junto con unos aplausos de regocijo.
—Pero no valen las habilidades de siempre. Tiene
que ser algo que cada uno no haya mostrado hasta
ahora. ¿Comprendido?
El hombre del calzón púrpura hablaba a gritos, con
tono imperativo.
—Pues como telonero, que empiece Roku.
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Edogawa Rampo
Alguien se apuntó a la idea con la intención mali-
ciosa. Al instante resonó un coro de aplausos. Roku,
agotado y a punto de desplomarse, recibió la agresi-
va propuesta con una sonrisa insondable. En esta si-
tuación más propia para el lloro, su inquietante ros-
tro sonreía.
La bella equilibrista Hana, con el rostro colorado
por el alcohol, se puso en pie tambaleándose y gritó:
—¡Eh, pequeñín! Creo que tú podrías hacer el gran
número de magia del bigotes. Una pulgada de prueba,
luego otras cinco pulgadas, y ya tenemos la tortura de
la bella joven. ¿Qué tal? ¿Verdad que estaría bien? Va-
mos, prueba.
—Je, je, je.
El grotesco enano soltó una risita mientras contem-
plaba el rostro de Hana. Debido al sake que le habían
obligado a beber, sus ojos tenían un extraño aspecto
vidrioso.
—Oye, pequeñín. ¿Estás enamorado de mí, no? Así
que si te lo pido yo, harás cualquier cosa, ¿verdad? Voy
a meterme en esa caja por ti. ¿Aun así no te convence?
—¡Hey, hey! ¡El pulgarcito seductor!
De nuevo los atronadores aplausos y risas.
El enano y Hana. El gran truco mágico de la belleza
torturada. Esta extraordinaria combinación causó un
gran regocijo entre la embriagada concurrencia. Con
un ruido de pasos atropellados comenzaron a dispo-
ner los aparatos necesarios para el vistoso espectáculo
de magia. En la parte frontal del escenario y también a
izquierda y derecha colgaron unas cortinas negras. En
el suelo extendieron una alfombrilla también negra.
169
Pulgarcito Baila
A continuación, trajeron una mesa sobre la que colo-
caron una caja alargada de madera similar a un ataúd.
—¡Venga, venga, que empiece!
El shamisen, el gong y las tabletas comenzaron a
tocar el tema que acompañaba siempre a ese número
de magia. Arropados por esa melodía, Hana y el ena-
no al que ella había forzado a participar aparecieron
en el centro de la escena. Hana vestía únicamente una
ajustada prenda color carne, mientras que Roku lle-
vaba puesto el holgado traje rojo propio del bufón y,
para no variar, en su enorme boca dibujaba la sonri-
sa de siempre.
—A ver, que diga las palabras de presentación. ¡La
presentación!
—Vaya aprieto, no sé…
A pesar de mascullar de esta manera, el pulgarcito
consiguió reunir fuerzas para empezar a hablar tal co-
mo lo pedían.
—Atención, ahora vamos a ofrecer ante los ojos de
todos ustedes un espectáculo de magia extraordinario
como no hay otro: la belleza torturada. Esta mucha-
cha que está a mi lado va a meterse en la caja que ven
aquí y a continuación introduciré poco a poco catorce
katanas por todos y cada uno de los lados, con lo que
tendremos a la belleza trinchada como en un asador.
Peeero… solamente con eso no nos quedaríamos satis-
fechos. Por eso, después de haberla atormentado con
las escapadas, cortaré la cabeza de esta chica de un ta-
jo y la mostraré ante todos ustedes colocándola sobre
esta mesa. Eso es.
—¡Brillante, brillante!
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Edogawa Rampo
¡Es igualito!
—
Entre el barullo de los rabiosos aplausos podían
distinguirse gritos de este tipo, sin que pudiera discer-
nirse con claridad si se trataba de verdaderos elogios
o de pullas sarcásticas.
Aquel pulgarcito que no parecía sino un imbécil,
no dejaba de ser un profesional del espectáculo, por lo
que a la hora de salir a escena, sabía hablar como tal.
Ni en el tono de la voz ni en las palabras empleadas
había la menor diferencia con la perorata del prestidi-
gitador de bigote.
Finalmente, la equilibrista Hana hizo una reveren-
cia poniendo con gracia las palmas sobre su pecho
e introdujo su elástico cuerpo en ese cajón como un
ataúd, en cuyo interior se ocultó. El pulgarcito le puso
la tapa y echó el gran cerrojo.
Un manojo de katanas fue arrojado junto al cajón.
Roku tomó una a una y las clavó en el suelo en línea
para probar que eran auténticas. A continuación, las
fue introduciendo por las aberturas laterales que te-
nía el cajón a izquierda y derecha. Con cada espada
que introducía, surgía del interior del cajón un espan-
toso alarido. Ese alarido que a diario estremecía a los
espectadores del truco.
—¡Aaah! ¡Socorro! ¡Socorro! ¿Qué es esto? ¡Mal-
dito! ¡Maldito! ¡Este tipo realmente quiere matarme!
¡Ayúdenme! ¡Ayúdenme!
—Ja, ja, ja.
—¡Brillante! ¡Brillante!
—¡Es idéntico!
171
Pulgarcito Baila
Los espectadores mostraban un gran regocijo, y vo-
ciferaban o daban palmadas con entusiasmo.
Una, dos, tres katanas. El número de los filos que
penetraban en el cajón iban en aumento.
—Por fin te llevas tu merecido, puta —continuó de-
clamando el pulgarcito con teatralidad—. Siempre to-
mándome por tonto. ¿Sientes ahora el ardor de un dis-
minuido? ¿Lo notas? ¿Lo notas?
—¡Aaah! ¡Socorro! ¡Ayúdenme!
Luego, ese cajón ensartado cual bloque de tofu
puesto a la brasa, comenzó a traquetear como si estu-
viera vivo.
Los espectadores se encontraban absortos ante el
realismo del espectáculo. De nuevo resonó un coro de
aplausos atronador.
Entonces, llegó el momento en que se clavó la úl-
tima de las katanas, la número catorce. Los gritos de
Hana ya se habían transformado en unos gemidos tan
débiles como los de alguien herido de muerte. Ya solo
eran jadeos incapaces de formar palabra alguna. Y fi-
nalmente hasta dicho sonido se esfumó, al tiempo que
el cajón paró en seco su movimiento.
El pulgarcito, respiraba jadeante, con los hombros
subiendo y bajando, mientras mantenía su mirada
clavada en el cajón. Su frente se hallaba perlada de
sudor, como si la hubiera sumergido en el agua. Per-
maneció inmóvil en esa posición durante largo, largo
tiempo.
Los espectadores se sumieron en una extraña quie-
tud. Lo único que rompía el silencio de tumba era la
agitada respiración de los presentes debida al alcohol.
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Edogawa Rampo
Pasado un tiempo, Roku empuñó ceremoniosa-
mente el espadón que tenía preparado. Era una espa-
da curva y mellada, de estilo chino, con una hoja muy
ancha. Al igual que antes, la clavó primero en el suelo
y, tras mostrar que su filo cortaba perfectamente, des-
corrió el cerrojo del cajón y abrió la tapa. A continua-
ción, hendiendo el filo en cuestión en su interior, pro-
dujo un sonido como si realmente estuviera cortando
la cabeza de una persona.
Luego, con ademán de haber terminado la decapi-
tación, arrojó el espadón y, con un movimiento rápido,
pareció esconder algo bajo sus mangas. Se acercó ve-
loz a la mesa dispuesta al efecto justo al lado y, con un
ruido sordo, colocó el objeto sobre ella. Cuando apar-
tó el brazo que lo cubría, apareció la pálida cabeza de
Hana. Por la sección del corte, brotaba con gran veris-
mo un borbotón de roja sangre. Nadie podía creer que
aquello fuera algo como la tintura roja que utilizaban
en los espectáculos.
Sentí que algo frío ascendía por mi espalda has-
ta llegar a lo más alto de mi cabeza. Sabía que bajo
esa mesa se hallaban dos espejos dispuestos en ángu-
lo recto y que, detrás de ellos, se ocultaba el cuerpo
de Hana, que había llegado hasta allí reptando por el
pasadizo secreto. No se trataba de un truco fuera de
lo corriente. Sin embargo, por algún motivo no conse-
guía evitar un espantoso presentimiento. ¿Se debería
a que en lugar del apacible prestidigitador de costum-
bre estaba allí aquel minusválido de semblante sinies-
tro?
El pulgarcito estaba de pie con los brazos en cruz,
con su vestido rojo de bufón destacando sobre el fon-
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Pulgarcito Baila
do de color negro. A sus pies yacía el ensangrentado
espadón. De cara a los espectadores, la mueca de su
boca dibujaba de oreja a oreja una risa silenciosa. Pe-
ro, ¿qué sería aquel leve ruido que se escuchaba? ¿No
sería el rechinar de los blancos dientes que mostraba
aquella deformidad humana?
Los espectadores continuaban todavía guardando
silencio. Como si estuvieran presenciando algo aterra-
dor, se miraban unos a otros furtivamente para espiar
la reacción del contrario. Finalmente, aquel hombre
de calzón púrpura se puso en pie. Luego, enfilando
hacia la mesa, avanzó dos o tres pasos. Al parecer ya
no podía aguantar más tiempo inmóvil.
—Jo, jo, jo.
De pronto, se escuchó una alegre carcajada de mu-
jer.
—Chiquitín, tú sí que sabes ponerle realismo. Jo,
jo, jo.
Ni que decir tiene que se trataba de la voz de Hana.
La pálida cabeza de la chica, colocada sobre la mesa,
se estaba riendo. El pulgarcito, de nuevo, ocultó la ca-
beza con las mangas de su traje y luego, en un rápido
trotecillo, se alejó para desaparecer detrás de los ne-
gros cortinajes. Todo lo que quedó allí fue la mesa tru-
cada.
Los espectadores, sorprendidos ante la extremada
pericia que había demostrado el enano en su actua-
ción, permanecieron unos momentos incapaces de
otra cosa que exhalar un suspiro. Incluso el mismísi-
mo prestidigitador clavaba la vista en el escenario sin
poder pronunciar palabra. Pasado un tiempo, resonó
por toda la carpa un clamor incontenible.
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Edogawa Rampo
—¡A mantearle! ¡A mantearle!30
Alguien lanzó la idea y al momento toda la trou-
pe se movió al unísono para abalanzarse detrás de
los cortinajes. El grupo de borrachos tropezaba unos
con otros, cayéndose desordenadamente por el suelo.
Uno de ellos consiguió levantarse y avanzó de nuevo
a trompicones. Unos cuantos quedaron olvidados en
derredor del ya vacío tonel de sake, tumbados inmóvi-
les como atunes en el mercado de pescado.
—¡Eh! ¡Roku! ¡Roku!
Alguien estaba vociferando detrás de las negras
cortinas.
—¡Roku! ¡No hay por qué esconderse! ¡Sal de una
vez! —gritó otro más.
—¿Hana? ¿Dónde estás, querida? —preguntó una
voz de mujer.
Tampoco obtuvo respuestas.
Me asaltó un terror indescriptible. ¿Sería realmen-
te la voz de Hana lo que habíamos escuchado antes?
¿No habría bloqueado ese imprevisible malformado
el mecanismo del fondo del cajón y matado realmen-
te a la chica tras someterla a la tortura de ir clavando
una espada tras otra? Y aquella voz, ¿no sería la voz de
una muerta? ¿Acaso no sería que esos obtusos acró-
batas desconocían el mágico arte de la ventriloquía?
Sí, aquella extraordinaria técnica de magia según la
cual, manteniendo la boca cerrada, se hacía brotar la
30 El traductor a empleado este término para referirse a la acción de
agarrar a una persona entre muchas y lanzarla repetidas veces al aire,
como muestra de reconocimiento por una tarea meritoria o mera cele-
bración (lo que en España se conoce como “Manteo”).
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Pulgarcito Baila
boca desde el interior del vientre para hacer hablar a
los muertos. ¿Quién podría afirmar que el monstruo-
so enano no hubiera aprendido a dominar dicha téc-
nica?
De pronto, me di cuenta de que el interior de la car-
pa se estaba llenando de una tenue humareda. Parecía
algo extraño que pudiera deberse tan solo al humo del
tabaco de los artistas. Con un sobresalto, me apresuré
hacia uno de los extremos del escenario.
Tal y como me temía, unas rojas lenguas de fuego
lamían ya los bajos de la tienda. El fuego parecía ha-
ber formado un círculo que rodeaba toda la carpa.
Con un gran esfuerzo conseguí pasar por debajo de
la lona y atravesar el aro de fuego para salir descam-
pado. Sobre la amplia llanura se derramaba la blan-
ca luz de la Luna. Poniendo todo el empeño en ello,
conseguí que mis piernas me llevasen a toda veloci-
dad hasta la casa más próxima.
Al girarme hacia atrás vi que más de una tercera
parte de la carpa se hallaba envuelta por las llamas.
Por supuesto que el fuego se extendía ya por los pos-
tes de madera y por las tablas que formaban los ban-
cos de los espectadores.
—Jua, jua, jua.
No sé qué gracia podía tener la situación, pero pro-
cedente del interior de la llamarada escuché la lejana
risa histérica y enloquecida de los artistas.
¿De quién se trataría? En lo alto de una loma cerca-
na a la carpa, una sombra como la de un niño estaba
bailoteando con la luna de fondo. Mientras se contor-
sionaba enloquecido, de su mano colgaba algo redon-
do, parecido a una sandía, balanceándose como una
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Edogawa Rampo
lamparilla.
Paralizado por el espanto, permanecí allí clavado
mirando la extraordinaria sombra negra.
La figura humana alzó con las dos manos el objeto
redondo y lo llevó hasta su boca. Luego, mientras pa-
taleaba, comenzó a besar aquella especie de sandía.
Sin dejar de bailar, apartaba el objeto de sus labios
y lo volvía a acercar para besarlo de nuevo, así y otra
vez, como si se estuviera divirtiendo enormemente.
Como si fuera una cascada de agua, la luz de la luna
resaltaba la silueta del baile del ogro en forma de un
relieve de color negro. Incluso podía distinguirse cla-
ramente cómo del objeto redondo que se balanceaba
en la mano del hombre y de los labios del mismo, caían
espesas gotas negras de un denso líquido negruzco.
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Recuperado de:
Edogawa Rampo, La mirada perversa
(1º Edición),
Edogawa Rampo, Relatos japoneses de misterio e
imaginación (2º Edición)
Satori Ediciones (España).
Ediciones Jaguar (España),
ISBN 978-84-94781-0-6
ISBN 978-8496423541
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En gran parte de Latinoamérica
leer es un privilegio.
Actúamos sin reconocimiento,
como un ronin harapiento,
que busca acercar
a quiénes no pueden costear
el placer efímero de la literatura,
aún sabiendo que la muerte
está a la vuelta de cada esquina.