FALLON
FALLON
Willow
FALLON
FALLON
FALLON
DEAN
FALLON
Violet
DEAN
FALLON
FALLON
FALLON
Todos piensan que Dean Collins es demasiado viejo para Fallon Blackwood.
Sus padres, sus amigos, incluso el mismo Dean.
De hecho, él quiere que salga con chicos de su edad. Pero a Fallon no le
importa eso.
Lo único que le importa es que no puede quitarle los ojos de encima a Dean,
su vecino, su mejor amigo, el tipo que le enseñó a andar en bicicleta y a
trepar a los árboles.
Lo único que le importa es que a veces Dean tampoco puede quitarle los ojos
de encima. Y que a veces la mira como si quisiera besarla.
Así que no importa que él tenga treinta y dos años y ella dieciocho.
Todo lo que importa es que se pertenecen el uno al otro, y ella necesita
convencerlo de eso.
Lo bueno es que van a hacer un viaje por carretera juntos, ¿verdad?
De California a Nueva York; cuatro mil ochocientos kilómetros y una
historia de amor cocinándose...
Fallon
Hace quince años, le pedí a un chico que se casara conmigo.
Yo tenía tres años y él diecisiete. Aparentemente, esa es una gran diferencia de
edad. No lo sabía en ese momento. No sabía que él era mayor ni lo que significaba,
aunque lo fuera.
Todo lo que sabía era que este chico me daba los mejores paseos en su espalda y
me traía dulces todo el tiempo. Jugaba conmigo, me leía cuentos, me enseñó a trepar
los árboles y a andar en bicicleta. Él siempre fue el que limpió mis lágrimas.
Cuando le dije que me iba a casar con él, se rió. Luego, me besó la frente y me dijo
que me sentiría diferente cuando creciera. Le dije que no lo haría. Y creo que apostamos
por ello, no recuerdo bien esa parte.
De hecho, no debería recordar nada de eso; tenía tres años, por el amor de Dios.
Pero de alguna manera, lo hago.
Recuerdo todo sobre él. Recuerdo haber crecido con él a mi lado. Lo recuerdo
viviendo a unas calles de aquí y viniendo a cenar a nuestra casa la mayoría de las
noches con su hermana. Recuerdo a mi papá y a mi mamá amándolo como si fuera su
propio hijo. Recuerdo a mi mamá diciendo que nunca había visto una amistad como
esta, como la nuestra. Un chico de diecisiete siendo el mejor amigo de una niña de tres
años.
Sobre todo, lo recuerdo siempre haciéndome feliz. O al menos, haciendo mi
tristeza no tan triste. Porque no estar triste siempre ha sido muy difícil para mí.
Pero no voy a pensar en ello ahora mismo. No voy a pensar en lo difícil que son
las cosas o en lo diferente que soy de los demás. Porque él está aquí.
Dean Collins.
Mi mejor amigo y el amor de mi vida.
Desde la parte superior de las escaleras que conducen a mi dormitorio de la
universidad, lo veo parado al otro lado del camino pavimentado.
Me está esperando.
En nuestra última llamada acordamos encontrarnos aquí a las 9:00 a.m. en punto
y llegó temprano. Como siempre. A Dean le encanta llegar temprano. Le encanta hacer
un esfuerzo extra. Se parece mucho a mi papá en eso. Siempre trabajando, siempre
tratando de probarse a sí mismo.
De todos modos, yo nunca llego temprano, pero hoy sí.
Porque estoy emocionada. Hace días que estoy emocionada por esta mañana.
Cuando consiga verlo y hablar con él y tal vez incluso tocarlo.
Dean aún no me ha visto. Su cabeza está doblada sobre su celular y sus dedos
están volando sobre el teclado, y me lo imagino escribiendo cosas de alto nivel y de
abogado. Es uno de los mejores fiscales de L.A. Eso significa que nunca tiene tiempo
de verme. Todo lo que hacemos es hablar por teléfono, y eso es todo.
He estado en California desde hace cuatro meses ya y esta es la primera vez que
lo voy a ver. Bueno, la primera vez desde que él me recogió del aeropuerto el día de mi
llegada para comenzar mi primer año, me ayudó a acomodar mis cosas en mi
dormitorio y se fue con una despedida poco entusiasta.
Pero finalmente, está aquí.
Así que, de nuevo, no voy a pensar en cuánto me duele saber que mi mejor amigo,
el hombre del que estoy enamorada, no tiene tiempo para mí.
Simplemente voy a ser feliz.
—¡Dean! —Grito su nombre, sonriendo.
Su cabeza se levanta del teléfono y sus ojos se posan sobre mí. Oscuros y
hermosos, igual que su cabello.
Empiezo a jadear, jalando grandes cantidades de aire hacia mis pulmones que de
repente se sienten hambrientos bajo su mirada. Dean me observa, sus ojos penetran
los míos y luego se deslizan por mi cara tan profundamente, lenta y rápidamente,
ambas cosas al mismo tiempo. Como si necesitara asegurarse de que realmente estoy
aquí.
Unos instantes después, sus labios se levantan hacia un lado y las líneas
separando su boca se hacen más profundas. Mi respiración se engancha mientras su
sonrisa aparece a la vista. La sonrisa que veo en mis sueños.
Pero él no se detiene ahí. Abre sus brazos, sus gruesos y marcados brazos, y
siento una sacudida en mi pecho. Una avalancha de recuerdos que llenan cada rincón
de mi cuerpo, dejando espacio para nada más que para él.
Te esperaré, Peque. Justo afuera de las puertas de la escuela, él me había dicho,
cuando hice berrinches por ir a la escuela. Mezclarme con la gente, estudiar, lecciones.
Todas estas cosas que pueden ser naturales para otras personas siempre han sido
difíciles para mí. Dean era el único que podía hacer que yo fuera.
Le había preguntado con los ojos llorosos, ¿lo prometes?
Sí.
¿También me abrazarás? ¿Realmente fuerte? Como cuando me pongo triste y no
sé por qué.
Él había sonreído y sus ojos se pusieron líquidos y suaves. Sí, lo haré. Te abrazaré
todo el tiempo que quieras.
Siempre cumplió su promesa. Me esperaría en la puerta de la escuela, y en cuanto
me veía, se arrodillaría en el suelo y abriría sus brazos para mí para que yo tuviera
un lugar al que correr.
Eso es lo que hago ahora también.
Me apresuro a bajar las escaleras, y como siempre, corro hacia él.
Pero el talón de mi sandalia se tuerce en algo—conociéndome, diría que podría
ser una grieta en la tierra—y en vez de ir directamente a los brazos de Dean, estoy
moviendo mis brazos para no caer de cara al suelo.
No lo hago. Caer de cara, eso es.
Porque alguien me salva. Ese alguien entra en mi espacio, me agarra de la cintura
y del brazo así que choco con su enorme pecho en vez de con el suelo.
Estoy tan agradecida y feliz de estar con él que no tengo la capacidad de sentirme
avergonzada. Tomando aire, miro a Dean
—Gracias —exhalo.
Él sonríe—. Todavía tienes dos pies izquierdos, Peque.
Le sacudo la cabeza—. Podría pasarle a cualquiera.
—No. No realmente. Sólo a ti.
—Fue un accidente.
—Claro que lo fue.
—Esa cosa del suelo salió de la nada.
—Claro lo hizo.
Su sonrisa sigue en su lugar, y no puedo decidir si quiero arrancarle la sonrisa
de la cara o besarla. Me decido por entrecerrar los ojos—. Sabes, no quiero pelear
contigo hoy. Así que, estás de suerte. O te habría pateado el trasero por señalar mis
defectos de coordinación.
Dean se ríe entre dientes y extrañamente, vibra a través de mi propio pecho—.
Qué suerte tengo.
Me tomo un momento para absorberlo, absorber su cercanía. Es cálido y fuerte.
Tan sólido. Sueños de él pálidos en comparación con su realidad. En mis sueños, no
puedo oler su aroma cítrico ni tocar la suavidad de su camiseta. O notar los matices
de sus ojos marrones.
—Hey, Dean —susurro.
—Hey, Peque —susurra de vuelta.
Me encanta cuando me llama así, Peque. Me hace sentir muy querida. Me hace
creer que soy realmente pequeña. Que no tengo problemas masivos por los que me
tomo una pastilla todos los días.
—Llegaste temprano —murmura.
Dejo que su voz ronca me bañe, se filtre a través de mi ropa y dentro de mi piel.
Enrollando mis brazos alrededor de su cintura, entierro mi cara en su pecho y
asiento—. Lo sé.
Baja la cara y sus labios parecen estar tan cerca de mi frente que me decepciona
que no me toquen como él dice—: Nunca llegas temprano.
Cerrando los ojos, sonrío—. Lo sé. Pero no pude dormir anoche.
Sus brazos se estrechan alrededor de mí en preocupación—. ¿Por qué no?
Entierro aún más mi cara, frotando mi nariz contra el arco apretado de su
pecho—. Por tu culpa. Porque estaba emocionada de verte. Estar contigo.
—Necesitas dormir, Fallon. ¿Duermes bien? ¿Comes? —pregunta, frotando su
mandíbula afeitada sobre mi cabello, la preocupación aún evidente en su voz.
Suspiro.
Dios, ¿por qué tiene que ser tan maravilloso? ¿Tan cariñoso y protector? Esto hace
que todo esto sea mucho más difícil. Esto hace que no besarlo y declarar mi amor por
él sea aún más angustioso.
Pero pronto. Va a suceder pronto. Creo. Y espero.
Alejándome, levanto mi vista hacia él. Hacia sus pómulos altos y esculpidos y a
sus labios suaves. Calculo la distancia entre nuestros labios. Soy más baja que él y
tendría que estirar las piernas, parándome de puntillas para llegar a la altura en la
que puedo poner mis labios sobre los suyos.
Me pregunto su reacción. ¿Qué hará si lo beso de la nada? Me pregunto si me
devolverá el beso.
Me pregunto si finalmente admitirá que somos más que amigos.
Mordiéndome el labio, pregunto—: Aww. ¿Estás preocupado por mí, Dean?
—¿No era eso obvio?
—Siempre has estado preocupado por mí, ¿verdad?
Estudiándome, frunce el cejo—. ¿Se supone que debo responder a eso?
Trago y empuño su camiseta—. Respóndeme esto. ¿Por qué?
—¿Por qué qué?
—¿Por qué siempre has estado preocupado por mí?
Sus ojos se mueven sobre mi cara. Mi cabello plateado que saqué de mi mamá y
mis ojos grises que saqué da mi papá. Dean me observa como lo estaba haciendo antes,
pero esta vez, su lectura se siente íntima. Tan íntima que se me pone la piel de gallina.
Entonces, su mirada cae a mis labios. Mis labios.
¿Está estudiando mis labios? Oh, Dios, ¿alguna vez ha hecho eso antes?
El hormigueo que siento a lo largo de la comisura me hace pensar que sí, sí, lo
ha hecho. Sólo que nunca lo atrapé en el acto. Nunca ha sido así de descarado, así de
intencional. Así de cerca de mí. Tan cerca que sólo puedo verlo a él. Todo lo que puedo
oler es a él.
No puedo evitar inclinar mi cara hacia arriba, apoyándome más en su cuerpo.
Pero en cuanto lo hago, él se mueve.
Soltándome, dice con voz áspera—: Porque tienes la costumbre de no cuidar de
ti misma y eso me preocupa.
Estoy un poco aturdida y muy decepcionada. La brisa soplando sobre mi cuerpo
se siente fría sin su calor calentándome. No es que no esté familiarizada con esta
decepción.
He estado sintiendo esto desde que Dean se mudó de Nueva York, nuestro hogar,
a California hace dos años.
Suspirando, le doy una mirada—. Estoy bien. Todo está bien. Como cuando me
llamaste el martes pasado.
Incluso aunque Dean no viene a verme desde que me mudé aquí, sí llama.
Todos los martes a las 8:30 en punto.
No para platicar—Dean ya no tiene tiempo para platicar, aparentemente—sino
para checarme. Cómo están mis clases. Si me estoy cuidando. Si alguien me está
molestando.
—Bien. Me alegra oírlo.
—Sabes que no soy una niña, ¿verdad? Ya no —Mis palabras suenan frustradas,
pero ahora mismo no me importa.
Ante esto, algo cruza su cara. Una sombra que salta bajo el cielo soleado.
Desaparece rápidamente y sus labios se tuercen mientras se acerca para meter una
hebra detrás de mi oreja—. Un poco difícil olvidar eso cuando yo era el que te recogía
de los juegos y del jardín de niños.
¿Es enfermo que la tierna mirada en sus ojos haga que mi corazón se acelere? En
realidad, me acelera el corazón y me hace querer sacudirlo hasta que se dé cuenta de
lo temblorosos que son los latidos de mi corazón.
Cruzo los brazos sobre mi pecho y saco la cadera—. Bueno, entonces me alegro
de que estemos haciendo esto. Me dará la oportunidad de mostrarte que ya no voy al
jardín de niños y que no necesito ir a juegos para divertirme. Conozco algunos juegos
propios que me hacen muy feliz.
Dean empuja sus manos en sus bolsillos y arquea las cejas—. ¿Por eso se te
ocurrió la loca idea de conducir 5000 kilómetros de regreso a Nueva York, en lugar de
tomar un vuelo de seis horas? Porque querías mostrarme lo grande que eres.
Bingo.
Sí, por eso.
El martes pasado, cuando me llamó le dije que iba a rentar un auto y a conducir
a Nueva York para navidad, lo cual naturalmente lo enfureció. Él quería tomar un
avión como la gente normal, pero yo seguí insistiendo, diciéndole que esta era mi
primera vez estando lejos de casa y que quería un poco de independencia, mentira, y
él cedió.
Él no iba a ir a casa para navidad porque por alguna razón Dean nunca va a casa
desde que se mudó. Pero ahora sí, porque quiere echarme un ojo.
Pues bien.
Porque ya no puedo aguantar esta distancia. Tampoco puedo ocultar mis
sentimientos por él. Así que este viaje de cinco días a nuestro hogar también será
nuestro viaje para el uno con el otro.
Manteniendo mis ojos conectados a los suyos, cierro el espacio entre nosotros.
Siento que el aire se vuelve estático, espeso y caliente, saturado de todas estas
emociones dentro de mí.
—No. Se me ocurrió la loca idea de conducir 5000 kilómetros de regreso porque
quería pasar tiempo contigo. Porque parece que ya no tienes tiempo para mí —digo en
voz baja y suave, lijada por el deseo de él.
—Eso es porque tengo esta cosa. Se llama trabajo —dice, su voz llena de
diversión. Sin embargo, la diversión no es la emoción reflejada en su mirada o en su
expresión. Es demasiado intensa, demasiado penetrante para eso.
—Oh, ya sé. Ahora eres este abogado importante, ¿no?
—Correcto.
—¿Estás seguro de que van a sobrevivir sin ti en la firma?
—Creo que se las arreglarán. Por una vez.
Asiento una vez, intentando ocultar mi sonrisa ante la arrogancia de su voz—.
Mi mamá se alegrará de verte.
Aunque no tan feliz como estoy yo justo ahora. Estoy repleta de felicidad. Qué
cosa tan extraña para mí.
Él sonríe—. Sí, será bueno verla.
Mi mamá y Dean siempre han estado unidos. También mi papá y Dean. Pero
supongo que mi mamá es más elocuente y abierta que mi papá. Mi papá es un libro
cerrado, muy parecido a este hombre parado enfrente de mí.
—Ella cree que trabajas demasiado —Yo también lo creo.
—¿Lo cree?
—Ella cree que no tienes vida.
—En serio.
—Ella cree que necesitas bajarle un poco.
—¿Ella te dijo eso?
—Síp.
No.
O sea, mi mamá y la hermana de Dean, Mia, sí creen que Dean está trabajando
hasta ahogarse. Pero esto es todo mío.
—También dijo que necesitas relajarte un poco —continúo, inventando cosas;
aunque para ser justos, él necesita eso.
—Relajarme, ¿eh?
—Así que le dije que me lo dejara a mí.
—¿Dejártelo a ti?
—Ajá —Sonrío, y entonces, mirándolo a los ojos, declaro—: Voy a relajarte, Dean.
Con un corazón azotándose y una piel vibrando, espero su reacción. Dean parece
congelado por unos segundos. Como si todo lo que pudiera hacer ahora es mirarme
fijamente.
Pero el momento se rompe cuando agacha la cabeza y pasa los dedos por su grueso
cabello—. Gracias por la oferta, pero deberías decirle a tu mamá que estoy bien —
Luego, mirando por encima de mis hombros, inclina la barbilla—. ¿Ese es tu equipaje?
Probablemente se esté refiriendo a la maleta gigante magenta junto con el bolso
floral abultado en las costuras con todas las cosas que he empacado para los próximos
días. No me importa lo suficiente como para confirmarlo. Estoy más interesada en él
y en sus reacciones moderadas.
—Síp.
Da un paso hacia él, pero lo detengo. Agarro la manga de su camiseta y me meto
en su espacio.
Los ojos de Dean están llenos de sospecha cuando me levanto de puntillas y me
inclino para darle un beso suave en la mandíbula. Se tensa debajo de mi boca y se
queda completamente quieto una vez más. Pero eso no me disuade. No dejaré que me
disuada.
—Te extrañé, Dean. Te extrañé mucho —susurro las palabras a la inclinación de
su mandíbula esculpida, haciéndole sentir las palabras en lugar de escucharlas.
Dicha mandíbula vuelve a apretarse y a aflojarse, y yo me alejo.
Lanzándome una mirada que parece un poco frustrada—aunque, no puedo estar
segura—se va para agarrar mi equipaje.
A pesar de que su reacción no fue muy entusiasta, irradio.
Nada puede amortiguar mi emoción. Él está aquí. Vamos a viajar en auto y tengo
un plan.
Antes de que acabe esta semana, le diré a Dean lo que siento. Y voy a convencerlo
de que somos el uno para el otro.
No importa que él sea mayor, mucho mayor, y siempre hayamos sido sólo amigos.
Tenemos algo especial y voy a hacer que se dé cuenta de ello también.
Fallon
Cuando sugerí un viaje por carretera, no sabía que estaríamos conduciendo durante
diez horas el primer día.
No sabía que Dean no me dejaría conducir su precioso coche. Un convertible
elegante del que apenas sé el nombre.
—Eres un puto maniático del control, ¿lo sabías? —le digo ante su negación.
—Oye, cuidado, Peque. Lenguaje —gruñe a mi lado.
Está tumbado en el asiento, sus fuertes muslos ocupando todo el espacio con su
grandeza y masculinidad. Como dije, tiene suerte de que yo esté de buen humor o me
ofendería mucho por su tono prepotente.
Como tal, pongo los ojos en blanco—. La única razón por la que estás vivo ahora
es porque estás conduciendo.
—Y porque te gusto.
Dios, ¿por qué tiene que ser tan confiado? ¿Y por qué esos lentes de sol se ven tan
sexys en él?
—Pensándolo bien, tal vez debería matarte. Así podré conducir tu estúpido coche.
—Tampoco abuses del auto.
De nuevo, vuelvo a poner los ojos en blanco y le doy una naranja pelada, su
favorita. Decidí que como Dean está haciendo un mapa de toda la ruta y averiguando
dónde pasaremos la noche, dónde comeremos y todo eso, lo menos que puedo hacer es
encargarme de los bocadillos. De alguna manera, me dejó hacer eso y así, conseguí sus
favoritos.
—Bueno, si no me vas a dejar conducir, voy a poner algo de música.
Me inclino hacia adelante y le muevo al sistema de música, y Lana Del Ray explota
del altavoz.
En tiempo, Dean gime—: Ah, joder.
Chaqueo la lengua—. Lenguaje —Entonces—: Ella es increíble, Dean. Ella es la
bomba.
Me lanza una mirada y apaga la música—. Mantengamos alejados todo tipo de
explosivos, ¿de acuerdo?
Le lanzo un trozo de palomitas de maíz que choca con su pecho y rueda para
acomodarse en esos muslos sexys. Sonriendo, lo agarra y se lo mete en la boca.
Gah.
Ni siquiera puedo estar enojada con él. Sus sonrisas, su postura relajada, me
matan cada vez. Sobre todo, porque son todos muy raros.
Ahora, estamos en Utah, Salt Lake City para ser específicos, y hemos parado para
pasar la noche en un motel que Dean ya había elegido. Estoy en mi habitación, que está
tristemente separada de la de Dean, cuando suena mi teléfono. Es mi mamá.
—Hola, mamá —digo, acostada en la cama.
—Hola, bebé. ¿Cómo estás? ¿Estás cansada?
Aparte de Dean, mi mamá siempre ha sido mi mejor amiga. Me entiende de una
manera que es rara y a veces espeluznante. Cuando era pequeña, pensaba que mi mamá
podía leer la mente. Resulta que la única mente que puede leer es la mía.
—No, estoy bien —le aseguro.
—¿Tomaste tus medicinas?
—¿Cuándo lo he olvidado, mamá? Las tomo a tiempo, todos los días.
Y la razón por la que ella puede leer mi mente es porque ella es yo. O yo soy ella.
Ambas sufrimos de depresión clínica. Fui diagnosticada médicamente a los trece
años. Pero supongo que mi mamá siempre lo supo. Siento que a veces se culpa a sí
misma. Aunque, mi papá y yo, le decimos que no es su culpa.
De hecho, es gracias a ella que estoy tan bien adaptada a mi condición. Bueno, tan
bien como puedo estarlo. Ya saben, cuando mi cerebro no me está diciendo que no valgo
nada y que no hay esperanza para mí.
—Sólo digo —continúa mi mamá—. Sobre todo, porque creo que hoy estás un
poco demasiado feliz.
—¿Hay algo de malo en ser feliz?
—Nop. Para nada —dice con voz grave porque sabe lo difícil que es para la gente
como nosotras ser feliz—. No olvides tomarte la pastilla, niña.
Me río—. Ya me lo recordó él, sabes. No es que lo hubiera olvidado, pero, aun así.
Dean se sabe mi horario de memoria. Aunque no nos hablamos todos los días, se
las arregla para recordármelo a través de un mensaje o correo electrónico.
Inicialmente, pensé que esos mensajes significaban una transición a platicar, pero no.
Eran simples recordatorios de mi medicación. A veces ni siquiera mira mi respuesta
durante horas. Lo sé, lo he revisado.
Puedo oír la sonrisa de mi mamá—. Lo hizo, ¿eh?
Asiento, sonriendo también, mientras calor fluye en mi pecho—. Sí. Cree que aún
soy una niña. Como ustedes.
—Bueno, siempre serás mi niña. Y para ser justos, comparado con él, en realidad
eres una niña.
—No lo soy —espeto, frunciendo los labios—. Deja de decir eso.
Mamá se ríe—. ¡Oh! Un poco delicado ahí. ¿Debería saber algo?
Me muerdo el labio y lanzo los ojos por la habitación como si no estuviera sola.
Como si Dean pudiera oírme—. No.
—¿De verdad?
Su tono sugiere que ya lo sabe, y me pongo nerviosa y aliviada. Nunca hemos
hablado de lo que siento por Dean. Quiero decir, yo apenas me di cuenta hace dos años.
¿Soy lenta o qué?
He conocido al tipo toda mi vida, pero sólo me di cuenta de que lo amaba cuando,
de la nada, declaró que iba a tomar un trabajo en Los Ángeles.
Nunca olvidaré su beso en el aeropuerto. Yo estaba llorando, sollozando en
realidad, y me abrazó tan fuerte que me sorprendió cuando se rompió el abrazo, y nos
separamos como dos cuerpos diferentes, en lugar de uno solo.
—Mamá —digo, sentándome en la cama, agarrando la sábana en un puño.
—¿Qué?
—No intentes hacerte la inocente.
—Oh, a diferencia de ti, ¿quieres decir?
—Mamá —gimo como una niña. Ella me reduce a eso a veces, y lo odio.
Se ríe más fuerte—. Está bien, lo sé. Siempre lo he sabido.
—No estoy segura de si estamos hablando de lo mismo —regreso con cautela,
incluso mis ojos están cerrados y estoy cruzando los dedos.
Si quisiera que alguien lo supiera antes que Dean, sería mi mamá. Ella es la mejor.
—Okay. Entonces, no estamos hablando de Dean y de cómo elegiste una
universidad en L.A., para que pudieras estar cerca de él. Y cómo están conduciendo a
Nueva York sólo para poder pasar tiempo juntos. Porque aparentemente, él siempre
está trabajando —dice mi mamá con una sonrisa en su voz—. Así que no es de eso de
lo que estamos hablando, ¿verdad?
Ven, lectora de mentes.
Doblo las piernas, cruzándolas y me muerdo las uñas—. ¿Desde cuándo lo sabes?
—Te lo diré si dejas de morderte las uñas.
Me quito el dedo de la boca—. Dios, eres espeluznante. En fin, dime. ¿Desde
cuándo?
Ella suspira—. Siempre.
—¿Cómo? Ni siquiera yo lo sabía.
—Siempre lo he sabido, Fallon. Supongo que siento estas cosas. Y si fuera otra
persona, entonces probablemente tendría un problema con ello porque, bueno, tú eres
joven y él es mayor, mucho mayor. Pero es Dean, ya sabes. Es como mi otro hijo y lo
conozco. Lo he visto crecer.
Es verdad. Cuando Dean tenía doce años, conoció a mi papá accidentalmente y
desde entonces, mi papá siempre ha tratado de estar ahí para Dean y su hermana.
Porque el propio padre de Dean no ha sido parte de sus vidas. Por lo que he oído, su
padre se ausentó cuando la mamá de Dean murió, y él se dedicó a su trabajo.
Me duele el corazón por Dean y su hermana. Cuando pienso en lo solos que deben
haberse sentido, cómo la responsabilidad de criar a Mia debe haber recaído sobre Dean.
Gracias a Dios por mi mamá y mi papá, dando un paso al frente y ayudar.
—Tú... —Levanto las rodillas y me siento contra la cabecera—. ¿Tú crees que él
también me ame?
—¿Qué piensas tú?
—No sé. Quiero decir, a veces siento que sí, pero... No sé, mamá. ¿Y si no lo hace?
—Nunca lo sabrás si no preguntas, cariño. Además, por eso se te ocurrió esta
loca idea, ¿cierto?
—Okay, ¿por qué todo el mundo sigue llamándolo una idea loca? La gente hace
viajes por carretera todo el tiempo, ¿okay? No es tan loco.
—Sí, díselo a tu papá. Está perdiendo la cabeza por aquí.
Jadeo—. Mamá, por favor no se lo digas a papá. Por favor, no le digas que amo a
Dean. ¿Por favor? Perderá la puta cabeza.
—Lenguaje —reprende—. Y no. No le diré nada a tu papá. Lo creas o no, yo
también le tengo miedo.
—Oh, por favor. Papá te adora. Nunca podrá estar enojado contigo, o sea, nunca.
—Bueno, sí. Tu papá me adora.
Suelta una risita ante eso. Aparentemente, papá es la única persona que puede
hacer que suelte risitas.
Se conocieron en el lugar menos probable: un pabellón psiquiátrico. Cuando mi
mamá tenía dieciocho años, sufrió un episodio depresivo grave que la llevó a intentar
suicidarse. Así que fue enviada al Hospital Psiquiátrico Heartstone, donde mi papá
trabajaba como psiquiatra principal.
A mí, por ejemplo, me encanta su historia de amor. Me encanta cómo mi papá,
callado y aparentemente sin emociones, se enamoró de mi rara y linda mamá. Me
encanta cómo mi papá, que casi nunca sonríe, se ríe cuando mi mamá está cerca.
Puedo verlo en sus ojos, cuánto la ama, cuánto la admira.
A veces siento que Dean me mira de esa manera, pero tal vez podría ser la
imaginación de una chica enferma de amor.
—¿Mamá? Todo va a estar bien, ¿verdad?
—Sí. ¿Sabes por qué? Porque la vida está llena de posibilidades.
—¿Incluso para gente como nosotras?
—Sí. Incluso para gente como nosotras.
Tengo lágrimas en los ojos y sé que ella también las tiene. Pero entonces oigo la
voz de mi papá en el fondo—debe haber entrado en la habitación—preguntándole con
quién está hablando.
—¿Fallon? —dice mi papá cuando mi mamá le pasa el teléfono.
—Papá. Hola.
—Hey, niña. ¿Cómo estás?
—Estoy bien.
—¿Has comido?
—Síp.
—¿Medicinas?
Me río—. Las tomé. Estoy bien, lo prometo.
Suspira. Me lo imagino enderezando sus lentes—. Dónde te estás quedando... Dean
me envió la ubicación. ¿Es un buen lugar? Lo he estado viendo en línea—
—Papá, estoy bien. Ya te dije. Deja de preocuparte. Me estoy divirtiendo.
—La próxima vez diviértete en un avión, ¿entiendes? Hemos estado preocupados.
Cinco días, Fallon. Eso no es una broma. Especialmente cuando puedes estar aquí en
seis horas.
Voy a decir algo, pero oigo a mi mamá regañándolo. Deja de ser tan duro, Simon.
Deja que se divierta.
Ella puede divertirse así en un avión. ¿Por qué tiene que conducir 5000 kilómetros
para divertirse? ¿Tienes idea de las cosas que podrían pasar en un viaje por carretera?
Estaba leyendo este artículo en línea—
Dios, eres todo un nerd. Detente. Está bien.
¿Acabas de llamarme nerd, Willow?
Sí.
Sí. No creo que eso me guste mucho.
¿Qué vas a hacer al respecto?
No quieres saberlo.
No te tengo miedo...
No puedo oír nada después de eso porque el teléfono es robado por mi hermano,
Brendan, que es cuatro años menor que yo. Brendan significa ‘hijo de un rey’, y
aparentemente, mi mamá solía llamar a mi papá, su psiquiatra, Rey de Hielo. Así que,
ella escogió nuestros nombres con ese pensamiento en mente.
—Ugh, mamá y papá están siendo asquerosos otra vez —dice, renunciando a su
saludo.
Me río—. ¿Cuándo no están siendo asquerosos? Pero es mejor que tener padres
que se pelean todo el tiempo.
—Supongo...
Hablamos un rato antes de que cuelgue y me abrace a mí misma. Dios, extraño a
mi familia. Mudarme a California fue una decisión fácil para mí. Lo estaba haciendo
por Dean. Pero vivir allí, tan lejos de la gente que amo, es difícil.
La única persona que puede mejorarlo está al otro lado de esta pared y no puedo
esperar otro segundo para estar con él.
Mamá tiene razón. Nunca lo sabré si no pregunto.
Voy a preguntarle a Dean. Aunque primero, necesito ropa apropiada. Soltando una
risita porque aparentemente, Dean me hace soltar risitas también, me pongo a
trabajar.
Él no va a saber qué lo golpeó.
Fallon
Está despierto.
Bien.
Hay luz debajo de su puerta, así que toco la puerta, tratando de aplacar mi
emoción.
Unos segundos después, Dean la abre y no sirve de nada intentar controlar los
latidos de mi corazón. No van a bajar la velocidad, no importa lo que haga. Mi corazón
no es mío. Es de él. Le pertenece a este hombre frente a mí.
—¿Fallon? —pregunta Dean con el cejo fruncido y con una voz preocupada.
—Hey —respiro.
Mira de arriba hacia abajo por el corredor alfombrado marrón—. ¿Estás bien?
¿Qué está pasando?
Por alguna extraña razón, he olvidado todas mis razones para estar aquí. Todo lo
que puedo hacer es simplemente mirarlo fijamente. Con su pelo alborotado y su
camiseta descolorida. Sus pies descalzos con un poco de vello oscuro en sus dedos, lo
que lo hace más sexy. Y su pijama de cuadros.
Dean siempre las ha usado. Lo hacen parecer muy recto y maduro. Y ahora me
doy cuenta, súper sexy también.
—¿Todavía usas pantalones de cuadros? —digo, riéndome entre dientes.
El cejo fruncido de Dean se vuelve un poco ofendido. Se mira a sí mismo,
aparentemente molesto, y eso sólo me hace reír más fuerte.
Pero un segundo después, no me estoy riendo. Me ha robado la risa, incluso mis
respiraciones, mientras arrastra su mirada hacia arriba y hacia abajo por mi cuerpo,
recordándome lo que llevo puesto.
Es mi ropa de noche habitual—un par de shorts y un tank top—pero un poco
más corta y con mucho más de encaje. Y de color negro. El favorito de Dean.
Corre sus ojos de mis pies, por mis pantorrillas y muslos desnudos, a mi
estómago y a mi pecho. Se queda más tiempo en algunos lugares, haciendo que esos
lugares ardan con anhelo. Haciendo que mi estómago zumbe y mis pezones se paren
dentro de mi blusa.
Froto mis pies juntos, sintiéndome nerviosa y caliente, preguntándome si él
puede ver cómo me está afectando su cuidadoso estudio. Si se da cuenta de que elegí
este atuendo sólo para él.
Todas mis reflexiones se evaporan cuando su mirada choca con la mía. Hay tanto
calor en las profundidades de sus ojos que sus pupilas cafés parecen quemadas.
El silencio es demasiado, así que le susurro su nombre—: Dean...
Sin decirme una sola palabra, Dean agarra mi muñeca y me empuja dentro de la
habitación, haciéndome chillar. Salto cuando cierra la puerta y me mira como si nunca
fuera a parar.
—Al menos, es mejor que lo que llevas puesto —dice, por fin, soltándome.
Me congelo en mi lugar. ¿No le gusta mi ropa?
—¿Qué tiene de malo lo que llevo puesto? —Pregunto con cuidado.
Dean se aleja de mí sin responder, y avanza hacia el baño.
Em... ¿qué fue eso?
No sé qué pensar. Quiero decir, no esperaba que me saltara a los huesos tan
pronto como me viera con esta ropa, pero tampoco esperaba que saliera literalmente
de la habitación. Estaba buscando un poco de tensión sexual y pensé que la conseguí.
¿Cierto?
Me adentro más en la habitación y me doy cuenta de que su cama está
desordenada y casi cubierta de archivos y documentos y su computadora. Debe estar
trabajando, como siempre. Tal vez interrumpí algo y ahora está enojado conmigo.
Pero maldita sea. ¿Cuándo no está trabajando?
Dean sale del baño, como un hombre en una misión—. No hay nada malo con lo
que llevas puesto, excepto que muestra más de lo que esconde —casi espeta, antes de
lanzar algo esponjoso y blanco hacia mí—. Ponte esto.
Me quito la tela de la cara y me doy cuenta de que es una bata de baño—. ¿Qué?
—Póntela.
Miro la bata de baño y luego, a él, todo rígido y severo. Estoy empezando a
sentirme un poco cohibida. Tiro del dobladillo de mi camiseta de encaje—. Estás
actuando como un loco.
—Hablo en serio.
Vuelvo a tirar de mi dobladillo, pero luego me detengo. A pesar de que no le gusta
mi ropa porque claramente, se ve súper ofendido en este momento, a mí me gusta.
Creo que me hace ver sexy. Entonces, que se joda. Aunque sé que probablemente me
angustie más tarde en mi habitación, todavía me mantengo firme—. No hay nada malo
con mi ropa. Es lo que uso cuando duermo.
—¿Estás durmiendo ahora mismo?
—Bueno, no pero—
Inclina la barbilla hacia la bata que tengo en la mano—. Entonces póntela.
Las cejas de Dean están arqueadas y tiene esa mirada arrogante y autoritaria en
su cara. Esa mirada afecta mi cabeza, lo juro. No puedo decidir si quiero decirle que
pare o preguntarle por qué no le gusta lo que llevo puesto. O, sí, hay una tercera opción:
besar su boca suave e impactarlo.
Como tal, cruzo los brazos y dejo caer la bata al suelo—. No. Creo que estás siendo
estúpido.
—Creo que tú estás demasiado desnuda.
—¿Qué?
Aprieta los dientes, todo enojado y molesto—. Caminaste hasta mi habitación con
eso puesto.
—Eh, sí...
—Cualquiera podría haberte visto en... —Se calla, moviendo la mano en mi
dirección general.
—Eso... —Abro la boca y la cierro antes de decir—: ¿Eso te molestaría? ¿Alguien
viéndome así?
Dean tarda unos segundos en responder y froto mi pie contra la pantorrilla de
mi otra pierna. Sus ojos enojados están haciendo que mi piel zumbe con una extraña
electricidad.
—Sí —responde por fin, y algo sobre su reticente admisión me hace sentir más
ligera.
¿Él está... ¿Podría estar... celoso? ¿Podría explicar su fuerte reacción por celos?
—¿Estás...?
—Ponte la bata, Fallon —dice en tono impaciente.
—¿Por qué? No estoy afuera ahora mismo. Estoy en tu habitación. Y me has visto
en mi pijama muchas veces.
—Eso fue cuando eras una niña —dice.
Aprieto mis muslos y noto que su mirada cae a la parte superior de mis piernas
desnudas antes de alejarse rápidamente y llegar a mi cara. Si yo fuera inteligente, me
asustaría lo furioso y agitado que se ve.
Pero no soy inteligente. Estoy enamorada e incluso su expresión dura y sus
pómulos apretados no me asustan.
—Oh, entonces ahora admites que ya no soy una niña. Un poco demasiado
conveniente, ¿no? —Me acerco a la cama, me tumbo sobre ella, con cuidado de no tocar
ninguno de sus preciados archivos.
Dean me observa unos cuantos latidos, parado en medio de la habitación, como
si estuviera varado en el mar, y no sabe qué hacer al respecto—. ¿Qué es lo que quieres?
—Quería ver si estabas durmiendo.
—¿Y ahora que has visto que claramente no lo estoy? —pregunta con los dientes
apretados.
Escondo mi sonrisa ante su tono irritado—. Sabes, no voy a pelear contigo. Hace
siglos que no estamos juntos. Y soy lo suficientemente madura para no perder el
tiempo en peleas insignificantes.
Me mira un poco más antes de suspirar y correr sus dedos a través de su
cabello—. Estaba trabajando.
—Okay. Bueno, ¿crees que podrías tomarte un pequeño descanso? —Pregunto con
esperanza—. ¿Quizás ver una película conmigo o algo así?
Puedo verlo debatiendo los méritos de ver una película conmigo. En realidad, los
méritos de ver una película con una yo un poco demasiado desnuda.
Suspirando de nuevo, asiente—. Okay, sí.
Irradio ante él—. Genial. ¿Harry Potter? ¿La Cámara de los Secretos?
Tan pronto como Dean se sienta a mi lado y comienza la película, me arrastro
hacia él y me meto en la curva de su brazo. Se pone rígido. Ni siquiera creo que esté
respirando mientras pongo mi cara sobre su pecho fuerte y caliente, mi cuerpo
aplanándose contra su costado.
Cada parte de mí está tocando cada parte de él y es el cielo. ¿Cómo no me di cuenta
antes? ¿Cómo me tomó tanto tiempo llegar a la conclusión de que lo amo, que siempre
lo he amado?
Odio que mi cercanía lo haga sentir incómodo. Odio que haya tanta incomodidad
entre nosotros.
De repente, se me viene algo a la mente, he visto a mi mamá hacerle esto a mi
papá. Lo envuelvo con mi brazo, levantándolo para poder alcanzar su cabello oscuro.
Meto mis dedos en él y corro mis uñas a lo largo de su nuca y cuero cabelludo.
—Fallon—
Sabía que iba a protestar, así que le digo—: Por favor, Dean. Por favor, déjame
hacerte sentir bien.
—No necesito—
—Sí necesitas —Le miro a los ojos—. ¿Por favor?
Apretando su mandíbula, me da un pequeño asentimiento y yo le sonrío.
Después de eso, me deja jugar con su cabello, masajeando la tensión en su cuello
y hombros. A los pocos minutos, siento que se está relajando. Su cuerpo se vuelve
líquido y yo me entierro aún más en su pecho. Hasta que gime.
Ese sonido íntimo resuena en mi pecho—. ¿Ves? Necesitabas relajarte.
Se ríe entre dientes. Y luego, envuelve su propio brazo alrededor de mi espalda y
me acerca aún más, enyesando mi suave y maleable cuerpo contra el suyo, duro e
implacable. Me muerdo el labio y aprieto los músculos para evitar que un escalofrío
mayor se desplace. Se siente como si mi cuerpo estuviera despierto en todas las
distintas formas.
Nos quedamos así por un rato mientras la película se reproduce en su
computadora. Honestamente, no sé qué está pasando. Todo lo que sé es que él y el efecto
que su cuerpo está teniendo en mí.
—¿Dean?
—¿Hmm?
—¿Tú... ¿Tienes novia?
—¿Qué?
Okay, no sé de dónde vino eso. Pero ahora está ahí afuera. Toda la calidez e
intimidad de la última media hora desaparece. Me alejo de él a regañadientes y me
siento derecha.
Miro fijamente a la poca barba en su mandíbula mientras le pregunto—: Novia.
¿Tienes una?
Alguien que juegue con tu cabello. Alguien que masajee los nudos de tus hombros.
Alguien con quien ves películas.
—¿Por qué?
Me encojo de hombros y me meto el pelo detrás de la oreja—. Sólo... me
preguntaba... Ya que nunca mencionaste a nadie.
Dean sigue mi gesto con sus ojos—. No.
Oh, gracias a Dios.
—¿Por qué no? —Pregunto, casualmente, tratando de ocultar todo el alivio que
siento.
—Estoy ocupado.
—¿Con el trabajo?
—Con casos, sí.
Le sacudo la cabeza—. Dios, tú y tu trabajo. Está bien relajarse de vez en cuando.
Salir. Divertirte. Conocer chicas. Yo... —Me corto porque, ¿hola? No quiero que conozca
chicas. Sólo quiero que se suelte un poco.
—Quiero decir, conocer gente, no chicas. Gente. Como, ya sabes, no conozcas
chicas. Porque no sabes cómo son las chicas. Especialmente las chicas de Los Ángeles.
No son lo que buscas, créeme. ¿Sabes? Sí. No esas chicas. Confía en mí, Dean. Quieres
una chica que... ya sabes...
—No.
—¿Qué?
—No sé. ¿Una chica que haría qué?
De repente, me doy cuenta de que sus ojos están encapuchados. Como de sueño,
pero no realmente. Más bien restringido. Similar a su cuerpo. Su espalda está contra
la cabecera, sus piernas rectas y casi extendidas como si estuvieran en el coche.
Incluso relajado y perezoso, Dean parece intimidante. Autoritario. Sexy. Todo lo
que es letal para mí, para mi corazón. Mi amor y mi lujuria. Estoy hipersensible, tengo
la piel apretada y reventando en la superficie. Y todo lo que quiero es que me bese. Que
bese esta tirantez, este dolor.
—¿Una chica que haría qué, Fallon? —pregunta de nuevo, perezosamente, como
si tuviera todo el tiempo del mundo para mirarme fijamente, para inmovilizarme con
una sola mirada.
—Eh, una chica que... —Me lamo el labio, siento un tirón en la parte inferior de
mi vientre y él baja la mirada a mi boca—. Una chica que haría cualquier cosa por ti.
—Cualquier cosa, ¿eh?
—Sí.
—¿Como qué?
—Como... —empuño la sábana y trato de asentarme en el momento, y no
ahogarme completamente en sus ojos o ahogarme en este sentimiento pesado y
espeso—. Cualquier cosa para estar cerca de ti. Sólo para... sólo para poder tocarte.
Para olerte. Cualquier cosa para mirarte a los ojos cuando sonríes, porque brillan. Una
chica que haría cualquier cosa para poder decirte que te a-ama.
Amor.
Dios, usé la palabra con A, ¿no? Jodidamente usé la palabra con A cuando ni
siquiera sé si él siente lo mismo.
Muy bien, Fallon.
Peor aún, él no está diciendo nada. Simplemente me está observando.
Retuerzo mis manos, rompiendo su mirada. Tal vez fue demasiado pronto. Quiero
decir, acabamos de reconectarnos. Tal vez debí darle unos días más antes de llegar a
la parte principal. Es decir, decirle que yo soy esa chica. La chica que haría cualquier
cosa por él.
—No quise decir amor—
—No tienes que preocuparte de que conozca a una chica, Peque —me corta.
—¿No tengo?
—No. Porque no estoy interesado en las chicas. Son demasiado jóvenes para mí.
Preferiría estar con una mujer.
Fallon
Está hablando con ella, la mesera.
Supongo que podrías llamarla mujer. Es alta y tetona. Su cara está maquillada y
su pelo rubio es brilloso. Lleva puesto su uniforme, unos shorts y una camiseta blanca.
Pero incluso entonces, ella tiene un tipo de cuerpo que sugiere que también se verá
bien con un vestido bonito y sofisticado. Así que básicamente, todo lo contrario de mis
tenis, camisetas de Harry Potter y moños desordenados.
Desde que Dean dijo que le gustan las mujeres, no las chicas, he estado un poco
enojada con él. Condujimos de Salt Lake City a Cheyenne en un silencio más o menos
completo. Él me dejó elegir la música y yo tuve la mitad de mente para obligarlo a
escuchar a Lana Del Rey. Pero no lo hice. Porque soy lo suficientemente madura para
no hacerlo.
Llevamos tres días de viaje, y los silencios fáciles y las conversaciones cómodas
del primer día han desaparecido. Acabamos de llegar a Des Moines, Iowa. La tierra del
maíz y amplios campos. Aunque, no puedes ver eso ahora mismo porque es invierno y
todo está desnudo y helado.
Algo como mi corazón porque él está hablando—coqueteando—con una mesera.
Acabo de salir de mi habitación y estaba planeando invitarlo a cenar. Incluso me
puse un bonito vestido rosa para parecerme más a una adulta. Aunque, no me gusta
la longitud. Apenas llega a la mitad de mi muslo.
En fin, pensé que podríamos ir a comer a un lugar decente y volver a ser amigos.
Y poder volver a convencerlo de que somos el uno para el otro. Ya he perdido mucho
tiempo estando enojada.
Pero eso no va a pasar. Está súper absorto en su conversación con la mesera, y
eso me molesta tanto que apenas puedo manejarlo. Ella tiene su libreta de notas, pero
en lugar de escribir en ella, se ríe de lo que él dice como si fuera el tipo más gracioso
de todos los tiempos.
Oh, por favor. Él no lo es.
El tipo no tiene sentido del humor. Tú en realidad tienes que decirle, Dean, está
es la parte donde te ríes. Es una broma.
Pero un momento después, Dean también se ríe y me deshago.
No puedo soportarlo.
Él solía reírse conmigo así. Antes. Mucho antes de que se fuera a Los Ángeles, y
yo no sabía el significado de las cosas que sentía por él. Ahora, es demasiado doloroso.
Apenas ha sonreído desde que empezamos este viaje.
Me doy la vuelta, salgo del comedor y sigo el pasillo de regreso a donde están
nuestras habitaciones. Tropiezo en el camino, pero no hay nadie que me salve excepto
la pared incolora con la que choco y, de alguna manera, me las arreglo para
mantenerme erguida.
No tengo idea de cuánto tiempo he estado dentro de mi habitación, tratando de
no llorar, pero llorando de todos modos, cuando suena un toque. Es fuerte y seguro.
Sólo puede pertenecer a una persona.
—Fallon —llama Dean, confirmando mi suposición—. ¿Estás ahí dentro?
Suspirando, me limpio las lágrimas de las mejillas y me levanto para abrir la
puerta y revelar a un Dean enojado.
—¿Qué está pasando? Pensé que habías dicho que ibas a bajar pronto. Pedí por ti
—dice, todo irritado y enojado.
—¿Lo hiciste? —No puedo detenerme de decir.
¿Era eso lo que estaba haciendo, sólo ordenar?
—¿Qué?
Suelto el agarre mortal en la puerta y suspiro—. Nada. Simplemente no—
—¿Estás llorando?
Maldita sea.
Me alejo de la puerta, escondiendo mi cara de él—. No.
—¿Por qué estás llorando? ¿Qué pasa?
—Estoy bien. Pero no tengo hambre. Así que, deberías ir a comer.
Dándome la vuelta, camino hacia el baño o al menos lo intento. Pero Dean agarra
mi mano, sus dedos alrededor de mi muñeca. Su tacto es tan caliente que se me olvida
respirar. Me olvido de hacer cualquier cosa excepto sentir su agarre en mi mano.
—¿Qué pasa, Fallon? —pregunta, su pecho horriblemente muy cerca de mi
espalda. De mi espalda temblorosa, en realidad. Porque ya no puedo contener las cosas
dentro de mí. No puedo aguantar su cercanía, su voz, su olor y no ser afectada.
Le doy la cara, mis ojos ardiendo con lágrimas miserables. Comparo cómo se veía
Dean ahora—tenso, preocupado, con la mandíbula apretada—con cómo se veía con esa
mesera, despreocupado, riendo. Feliz.
—Estabas coqueteando con ella —susurro.
—¿Con quién?
—La mesera.
Me encuentro con silencio y no sé si me ha oído. En su defensa, lo dije muy
suavemente. Estaba avergonzada. Estoy avergonzada. No soy celosa; nunca lo he sido.
Bueno, aparentemente no hasta él.
Por fin, Dean suelta mi muñeca y se aleja de mí. La anterior rigidez de su forma
no tiene nada que ver con su aspecto actual, distante y frío.
—¿Y?
Como yo, habla en voz baja, pero me encojo de todos modos. Su pregunta casual
me golpea en algún lugar profundo de mis entrañas. Incluso mi alma.
—Y... —empuño mis manos antes de admitir—: No me gustó eso. De hecho, lo
odié.
Un pulso corre a través de su cara—. ¿Por qué?
—¿Realmente me estás preguntando eso?
—Sí. Porque desde mi punto de vista, no parece que sea asunto tuyo con quién
coqueteo.
Ira burbujea dentro de mí. Ira y algo muy cercano a la desesperación. Hasta ahora,
me he estado aferrado a la esperanza de que Dean siente lo mismo por mí. Tal vez no
se haya dado cuenta todavía. También me llevó años llegar a la conclusión de que lo
amo. Así que no puedo culparlo por su ignorancia.
Pero tal vez me estaba engañando a mí misma. Aun así, no puedo evitar que las
palabras salgan de mi boca.
—¿No es asunto mío?
—Sí.
—Dios, eres tan... —Aprieto los dientes y prácticamente vibro de furia mientras
él parece estar tranquilo, mirándome con la cara en blanco—. Eres tan idiota. Te amo,
Dean. Estoy enamorada de ti. ¿No lo sabías? He estado enamorada de ti toda mi vida.
Mis palabras suenan como un disparo. Una explosión incluso. Probablemente son
más fuertes que cualquier otra palabra que he dicho en toda mi vida. Me han sacudido,
acelerado mis respiraciones, mis latidos. Pero aparentemente, no han tenido ningún
efecto en este hombre frente a mí.
—No, no lo estás —dice, un peligroso destello de enojo en sus ojos.
Pero no le tengo miedo. No tengo miedo del peligro que acecha en su mirada. Todos
mis secretos están fuera. Estoy expuesta. No tengo nada que temer o perder.
—¿Qué?
—Tú no me amas.
—¿De-de qué demonios estás hablando?
—Tú no me amas —repite, aunque esta vez su boca parece pellizcada—. Crees
que me amas. Hay una diferencia.
—Ah, ¿sí? ¿Por qué no me iluminas? Háblame de esta diferencia.
Contrariamente al alboroto dentro de mi cuerpo, sueno tan tranquila para mis
oídos. Tan compuesta, como si no me estuviera desmoronando con cada segundo, él
simplemente se queda ahí parado, como si nada de esto le importara. Como si yo no le
importara.
Suspira con impaciencia y pasa sus dedos a través de su hermoso cabello, típico
de Dean. El pelo con el que estaba jugando la otra noche cuando estábamos viendo una
película. La noche que me dijo que le gustan las mujeres, no las chicas.
—Siempre he estado ahí, Fallon —comienza, casi atacando como si fuera algo
malo.
—¿Qué?
—Siempre he estado ahí para ti. Contigo. He estado ahí para cada uno de tus
rasguños, rabietas y logros. Cada una de las cosas. Yo estuve allí cuando te intimidaron
por primera vez en la escuela. Yo estuve allí cuando les pateaste el trasero a esos
agresores. Yo estuve allí cuando reprobaste matemáticas en tercer grado. Yo fui el que
te dio tutorías después de eso. Te ayudé con la tarea el resto del año. Yo estuve allí
cuando empezaste la preparatoria. Te llevé a la escuela porque no querías ir con nadie
más. Yo he estado allí. Siempre. Yo he sido al que recurres para todo. Así que lo que
sientes por mí, Fallon —respira hondo y dice lentamente, como explicándoselo a un
niño—, no es amor. Podría ser un afecto fuerte. Encaprichamiento. Que probablemente
desaparecerá cuando conozcas al tipo adecuado. Así que sí, ahí está la diferencia. Crees
que me amas porque aún no sabes lo que es el amor.
—¿Aún no sé lo que es el amor?
Su mandíbula se aprieta—. No. Porque, aunque no lo creas, aún eres joven.
—¿Así que los jóvenes no saben lo que es el amor? ¿Es eso lo que estás diciendo?
—Lo que estoy diciendo es que es ridículo. La idea de que tú y yo juntos.
Trago. Una, dos, tres veces. Cuatro veces.
—Ridículo —saco las palabras ahogadas—. Cierto. Muchas gracias, Dean. Gracias
por educarme. Por decirme que la idea de que estemos juntos es ridícula. Y lo que siento
por ti no es amor. Muchas gracias —Asiento y sigo adelante contra el corazón
expandiéndose en mi pecho.
Está presionando en mi garganta, robándose mi voz, pero no me importa. O hablo
o me derrumbo. Y me niego a desmoronarme frente a este... este hombre sin corazón
que creía que era mi amigo.
—Soy tan tonta, ¿verdad? Que no puedo entenderlo por mí misma. No puedo
entender mis propios sentimientos. No puedo entender por qué mi corazón se acelera
cuando estás cerca. Por qué no puedo ver a nadie más que a ti. No entiendo por qué no
puedo dejar de soñar contigo por la noche. Soy demasiado tonta para entender por
qué...
Dolió cuando te fuiste...
Fue más que dolor cuando él se fue.
Casi me destruyó. Es un momento en mi vida en el que no me gusta pensar. No
me gusta recordar los primeros meses después de que se fue.
Y no voy a hacer eso ahora tampoco.
—¿Por qué qué?
—Por qué crucé el país por ti. Soy demasiado tonta para entender eso, ¿no? Por
qué elegí venir a California, e incluso aunque estoy aquí para estar cerca de ti, por qué
duele cuando me cuelgas o cuando te niegas a verme. Soy demasiado tonta para
entender por qué, a pesar de estar enojada contigo por ignorarme, no puedo dejar de
preocuparme por ti. Sobre cómo todo lo que haces es trabajar, cómo te has distanciado
de todos. Por supuesto, no puedo entender nada de eso, ¿verdad? Porque soy tan
jodidamente tonta.
—Lenguaje. Cuidado —rechina los dientes, de alguna manera un poco más
enojado que antes. Furioso incluso.
—No soy una puta niña —casi grito—. ¿Tú entiendes eso, Dean? Te acabo de decir
que me mudé al otro lado del país por ti. Que desarraigué mi vida para poder estar
cerca de ti, ¿y eso es lo que me dices? —Sacudo la cabeza y cruzo los brazos, me abrazo,
protegiéndome de él—. Sólo porque seas mayor no significa que puedas mandarme
como si fueras mi papá.
Doy un paso atrás cuando él cierra la distancia entre nosotros. Todo lo que puedo
ver es la amplia extensión de su pecho tallado, sus enormes hombros en la camisa
blanca y lisa. Mi respiración se engancha cuando se inclina para mirarme a los ojos.
Como una tonta patética, admiro sus largas pestañas rizadas. En vez de alejarme de
él, respiro hondo, para poder capturar su olor cítrico, como si nunca pudiera hacerlo
de nuevo. Probablemente no lo haré.
—Y sólo porque tú usas vestidos que apenas cubren tu trasero, no significa que
puedas hacer berrinches como una niña pequeña.
Dios.
Dios. Me hace enojar tanto.
—¿Sabes qué? Fuera de mi habitación.
—Felizmente —Se endereza—. Te quiero ahí fuera, en la mesa. En cinco minutos.
No me hagas esperar.
Dean
Hace quince años, una niña me pidió que me casara con ella.
Yo tenía diecisiete años y ella tres. Era una broma. Una historia que cuentas en
las cenas de Navidad o en las reuniones familiares. Una historia de la que te ríes por
un tiempo y sigues adelante. Soy muy consciente de eso.
Siempre he sido consciente de eso.
Pero por alguna extraña razón, no he podido olvidarlo. No he podido olvidar la
esperanza brillando en sus ojos o la forma en que su cara se arrugó cuando le dije que
se sentiría diferente cuando creciera. Apostamos por ello, enganchando nuestros
meñiques juntos. Y entonces, se escapó porque alguien la llamó por su nombre y agitó
un regalo envuelto en papel de brillo rosa. Era su cumpleaños y Fallon ama el rosa.
Por alguna extraña razón, no le cuento esta historia a nadie. No la comparto en
una comida ni me río de ello como pensé que lo haría. O debería.
La mantengo cerca de mi pecho como si significara algo. Como si fuera real. Una
niña de tres años proponiéndole matrimonio a un chico de diecisiete.
Estoy enfermo; también soy consciente de eso.
Me llamo así todos los días. Cada minuto de cada día, de hecho. Especialmente
cuando oigo su voz en el teléfono y el calor se apodera de cada parte de mi cuerpo. Se
envuelve alrededor de mis miembros y no se suelta. Pensamientos—pensamientos
malos—y anhelos afloran en mi cerebro, en mis entrañas. En mi puto corazón.
Evitar y meterme en mi trabajo son las únicas llaves cuando se trata de Fallon y
de las cosas que siento por ella.
Comenzó como un extraño instinto protector. No podía verla triste. No podía
verla luchar en los días malos. Dolía algo en mi pecho cuando volvía a casa llorando
de la escuela. Diciendo que no quería ir. Diciendo que no tenía amigos porque era muy
difícil seguirles el ritmo.
A medida que creció, ese instinto protector creció con ella. Pero en el camino,
tomó un giro más radical. Se convirtió en posesividad. Se convirtió en la necesidad de
esconderla del mundo y guardarla para mí. Guardar sus sonrisas, sus risas, su corazón
para mí.
Nadie me ha hecho sentir ni siquiera cerca de cómo lo hace Fallon. Nadie ha
inspirado a mi corazón a latir o a mi alma a jodidamente cantar, por falta de una
palabra mejor.
Ella es. Una chica de dieciocho años, con el pelo plateado y los ojos grises.
Y no puedo dejar de mirarla.
Hemos parado por la noche en un hotel. Mañana llegaremos a Nueva York y eso
es lo mejor. No puedo soportarlo más. No puedo soportar viajar juntos.
En el momento en que se le ocurrió la idea de un viaje por carretera, supe que iba
a ser un desastre para mi cordura. La imaginé en el asiento de al lado, con el cuero
pegado a sus suaves y pálidos muslos. Moviéndose, ajustándose. Sus suspiros, su olor.
Imaginé las largas y tortuosas horas de ella estando lo suficientemente cerca
como para tocar, pero sin ser capaz de hacerlo.
Lo que no imaginé fueron sus miradas enojadas. Su tratamiento silencioso
después de lo que pasó entre nosotros en Des Moines. No imaginé olvidar todas las
razones que he acumulado a lo largo de los años para que no estemos juntos.
No la imaginé diciéndome esas palabras.
Te amo, Dean. Estoy enamorada de ti. ¿No lo sabes? He estado enamorada de ti
toda mi vida.
Fallon está al otro lado de la habitación, en una mesa diferente a la que elegí para
nosotros. Está demasiado encabronada para sentarse conmigo a cenar. Sé que debería
disculparme, pero creo que es lo mejor.
O lo hubiera sido si no fuera por el imbécil hablando con ella.
Furia estalla en mis entrañas cuando lo veo inclinándose a ella. Fallon arquea el
cuello para escuchar lo que él tiene que decir. Parece un pendejo, con jeans bajos y el
pelo peinado con demasiado gel.
No tengo ni idea por qué ella le está hablando a este imbécil. ¿No se da cuenta de
que es un pendejo?
Jesús. Ella siempre necesita que la cuiden, ¿no?
Pero luego me recuerdo a mí mismo que técnicamente, Fallon es adulta. Puede
hacer lo que quiera.
No es asunto mío. Igual que no es de su incumbencia con quien hablo. Sé que
después de mi respuesta de mierda, no tengo derecho a sentir estos celos absurdos.
Pero los siento.
Y cuando él se inclina más y extiende la mano para tocarla, salto de mi asiento.
Esto no va a suceder. No en mi guardia. Nunca.
Ella me ama, puto pendejo.
Cruzo a zancadas la habitación, lo agarro del cuello de su camina y lo alejo de ella.
Fallon jadea, pero no le presto atención. Mirando la cara asustada del tipo, digo entre
dientes apretados—: Lárgate.
Parece que quiere protestar, pero la mirada en mis ojos—probablemente algo
parecido a asesinato—lo ahuyenta. Tan pronto como me doy la vuelta para
enfrentarme a Fallon, me encuentro con un pequeño petardo, fulminándome con la
mirada y casi escupiendo fuego.
A veces no puedo creer que Fallon haya crecido. Feroz y hermosa. Jodidamente
impresionante.
—¿Qué demonios estás haciendo? —espeta y el calor que me cubre cada vez que
hablo con ella, la miro e incluso pienso en ella, me sujeta ahora.
Lo escondo con ira—. Salvándote.
—¿Qué
—Le estaba hablando a tu pecho.
Ella mira a su pecho y a pesar de maldecirme en mi cabeza, mi mirada sigue la
suya. Lleva un tank top con una cita de su serie de libros favoritos, Harry Potter. Pero
como un pervertido, estoy más interesado en la suave y lisa inclinación de su escote.
Rechino mis dientes con enojo.
—Sí. Porque derramé algo.
Ahí es cuando miro una mancha de color mostaza en su camisa. Aunque debería
calmar mi agitación, no lo hace.
—Bueno, no es asunto suyo si derramaste algo —me quejo.
Frunciendo el cejo, frunce los labios—. No todos son un imbécil como tú, ¿okay?
A algunas personas les gusta ayudar.
—Sólo te estaba ayudando porque quería algo de ti.
—Sí. Un agradecimiento. Pero cómo se atreve, ¿verdad?
—Sí, un agradecimiento. Pero hay muchas maneras de conseguirlo —gruño,
inclinándome hacia ella como lo estaba haciendo ese pendejo hace un minuto. No sé
qué dice eso de mí.
En realidad, sé lo que dice sobre mí. Yo también soy un pendejo. Porque no puedo
dejar de mirar sus labios. No puedo dejar de pensar en cómo sabrán, lo suaves que
serán.
—Has perdido la cabeza —espeta de nuevo, rompiendo mis pensamientos.
—Y tú necesitas usar la tuya. Porque los hombres sólo quieren una cosa, Fallon.
Y no es sólo un agradecimiento verbal.
Hombres como yo. Hombres que pertenecen a la cárcel por albergar tales
pensamientos sobre alguien tan joven. Hombres que he procesado yo mismo.
¿Qué me diferencia de ellos?
Hasta ahora, hemos estado a una distancia respetable el uno del otro. Pero Fallon
se acerca. Me mira con una expresión rebelde.
—Contrariamente a lo que crees, Dean, sé lo que los hombres quieren. No soy una
idiota. Y quizá vaya a dárselo. Al menos, él sabrá cómo tratarme como a un adulto.
Ella me aparta, y estoy tan sorprendido, que tiene éxito en empujarme fuera de
su camino y salir corriendo.
Respiro profundamente un par de veces, tratando de calmarme. Calmar los celos
dentro de mí que ella acaba de revivir. Una vez ante me he sentido así, esto está fuera
de control, y lo odio.
Pero cuando la veo marcharse, me doy cuenta de que no hay forma de detenerlo.
Dejo el restaurante a su paso y la alcanzo justo cuando está a punto de entrar en
su habitación. Siguiéndola dentro, cierro la puerta con un ruido sordo.
—¿Qué carajos?
—Lenguaje.
Ella sacude la cabeza, haciendo que su suave cabello plateado se balancee
alrededor de sus hombros—. Si no paras de corregir mi lenguaje, te mataré. Y no estoy
bromeando. Ahora, lárgate al carajo de mi cuarto.
—Si no dejas de maldecir, te voy a lavar la boca. Y no con jabón.
Tan pronto como lo digo, pellizco el puente de mi nariz.
Puto infierno.
No quise decir eso. Ahora, las visiones de cosas que podría hacerle a su linda boca
rosada no dejarán de bombardearme.
Fallon parece estupefacta, como debería. Nunca le he hablado así. Siempre—
incluso cuando estaba al borde del dolor—traté de recordar que es joven. Mucho más
joven que yo.
Sin mencionar que es la hija del hombre que me salvó cuando más lo necesitaba.
Probablemente le debo al padre de Fallon toda mi vida, toda mi carrera. Me acogió
cuando mi propio padre no se preocupó por mí y ni por Mia.
—Dios, nunca supe que eras tan pendejo, Dean —dice Fallon.
Su rostro refleja angustia y a pesar de todas las promesas que he hecho—sigo
haciendo—me acerco a ella. Trato de encontrar palabras para consolarla, para
disculparme por ser tan idiota. Voy tan lejos como a rodear su delicada muñeca,
aunque ella protesta.
Pero en cuanto la toco, sólo pienso en tocarla más. Tocarla en lugares donde no
tengo permitido, y eso sólo aviva mi agresividad.
—Bueno, ahora lo sabes —gruño, oliendo su dulce olor a fresa.
Fallon ama las fresas. Cuando era pequeña, se robaría todas mis fresas y me daría
naranjas a cambio. No me importaba que robara, pero ella diría, mi mamá dice que, si
le robo algo a alguien, necesito devolverle algo también. Es lo justo.
¿Tu mamá te enseña a robar, Peque?
Ella sonreiría, sacudiendo su cabeza y metiéndose fresas en la boca. Nah, lo
inventé. No me gustan las naranjas. Tienes que hacerlas tus favoritas, ¿okay? Para
poder robarte.
—Suéltame.
—No.
Aprieto mi agarre y su puño se conecta con mi pecho, probablemente tratando de
alejarme una vez más. Pero su esfuerzo es poco entusiasta.
Cuando me mira enojada por no moverme, curvo mi otro brazo alrededor de su
cintura, sin importarme las consecuencias. Sin importar el hecho de que, de alguna
manera, estoy traicionando a Simon, el papá de Fallon. Sin importarme que tal vez sea
similar a esos hombres a los que encierro por atacar a inocentes. Sin importarme que
si un hombre como yo, mucho mayor, cansado y más cínico, intentara algo así con mi
hermana, lo mataría con mis propias manos.
Sin importarme todo excepto ella.
Hemos terminado en un abrazo de alguna manera, cuando esa no era mi intención
en absoluto. La mirada de Fallon se ha convertido en una mirada de ojos anchos y sé
que no podré soltarla.
—Deja de mirarme así —retumbo.
—¿Cómo? —Susurra, jadeando, su pecho casi tocando el mío, sus ojos se
oscurecen, nublados con deseo.
A pesar de mí mismo, cierro ese trozo de distancia entre nosotros, hasta que su
suave cuerpo está tocando el mío—. No voy a besarte, Fallon.
Sus respiraciones se intensifican, y sus ojos caen a mi boca—. Bien. Porque no
quiero que lo hagas.
Estudio la curva de sus labios separados—. Mentirosa.
Me empuja, pero de nuevo, es poco entusiasta—. No quiero que tú ni tu boca se
acerquen a mí. ¿Okay?
Mi brazo alrededor de su cintura se flexiona—. No creo que lo digas en serio.
—No te soporto en este momento.
—No creo que digas eso en serio tampoco.
Ella gruñe, empuñando mi camisa, sacudiéndome—. Te odio, Dean.
—Bien —digo entre dientes y sigo estudiando sus labios antes de mirarla a los
ojos—. Porque no sabes lo que es el amor.
—Eres un pendejo. Sólo vete y déjame en paz.
—Lo hice.
—¿Qué?
—¿Quieres saber lo que es el amor, Fallon? —Gruño—. Déjame decirte lo que es el
amor. Es una quemadura. Una explosión. Es como si yo estuviera explotando cada
segundo de cada día. Con necesidad, esta puta necesidad de verte. Tocarte. Besarte.
Aunque sé que no puedo. No puedo hacerlo porque está mal. Pero no importa, porque
esa quemadura, ¿ese dolor? Nunca desaparece. De hecho, en lugar de desaparecer, se
hace cada vez más grande. Y más jodidamente grande. Hasta el punto en que sólo puedo
pensar en ti. Todo en lo que puedo pensar es en destruir cada cosa, cada razón, cada
persona que está tratando de mantenerme alejada de ti. El amor es verte ir al baile de
graduación con el imbécil de tu novio y volverme tan loco, tan jodidamente loco de
celos, que acorralé a ese chico de dieciséis años y lo amenacé para que se alejara de ti.
Eso es lo que es el amor, Fallon.
Quiero seguir adelante, pero no creo que pueda. No creo que deba ni siquiera
tocarla después de confesar lo mezquino, lo pequeño que me he vuelto en su amor.
Pero tampoco puedo dejarla ir.
Pasan unos segundos mientras ella me estudia y luego, en voz baja, pregunta—:
¿Le dijiste a Brad que se mantuviera alejado de mí?
—Sí.
—¿Por eso se echó para atrás de nuestra cita sólo una hora después del baile de
graduación? ¿Porque lo amenazaste?
Arrepentimiento quema cada centímetro de mí. Fue mi momento más bajo,
amenazar a un chico de dieciséis porque yo estaba enamorado de su novia. Pero no
pude soportarlo. No podía ver a Fallon con un vestido rosa femenino, toda maquillada
y preciosa, saliendo con alguien que no se la merecía. No es que yo lo hiciera tampoco.
Pero no pude... no pude... detenerme. No supe cómo parar.
—Sí —repito.
—Yo... yo no sabía. No sabía que lo amenazaste... —traga, mirándome con ojos
nuevos.
Probablemente me odia ahora. Probablemente lamentará su confesión de anoche
—Lloré cuando me dejó allí. Te llamé para que fueras por mí —continúa, como si
estuviera recordando esa noche—. Seguí llorando en tus brazos. Pensé que había algo
malo conmigo.
Quiero colgar la cabeza, arrodillarme y pedirle perdón. Pero saco cualquier fuerza
que tengo y sigo aferrándome a ella.
—No hay nada malo contigo —le digo con todo el amor que puedo reunir, toda la
ira que puedo reunir en su nombre—. Él no te merecía.
Nadie merece a mi Fallon, menos yo. Cuando dije que ella me inspiraba, no estaba
mintiendo. La he visto en su punto más bajo y también la he visto salir de él. Su fuerza,
su voluntad de luchar me hace seguir adelante, me da la voluntad de luchar, de ser
mejor.
—¿Qué hay de ti? ¿Tú me mereces?
Una risa corta brota de mí ante su pregunta—. Joder, no. Por eso me mudé.
Porque estoy tan locamente enamorado de ti que amenacé a un chico de preparatoria
sólo porque era tu cita para el baile de graduación.
Ella agarra mi camisa más fuerte—. ¿E-estás enamorado de mí?
Mi corazón late fuerte en mi pecho—. No importa. Está mal.
Hasta ahora he estado empujando mi cuerpo sobre el de ella, tratando de
consumirla como ella me consume a mí. Pero ahora, ella está empujando de vuelta.
Está moldeando su cuerpo contra el mío—. ¿Qué tiene de malo?
—Soy demasiado viejo para ti.
—¿Y?
—No tengo tiempo para el amor. Tengo mi trabajo. Mis casos. No puedo
ignorarlos.
—No te estoy pidiendo que lo hagas.
—Un día vas a encontrar a alguien de tu edad, alguien que no esté cansado, que
no sea un adicto al trabajo, un maniático del control como yo, y tú...
—¿Yo qué?
Se forma una presión cerca de mi corazón, mientras digo—: Ya no me amarás.
Suelta mi camisa, sube los brazos y rodea mi cuello. Sus dedos se hunden en mi
cabello y casi gimo en voz alta. No sé dónde aprendió a hacer eso, a jugar con mi pelo
así y a correr sus uñas de arriba abajo por mi cuero cabelludo, pero Jesucristo, eso
me relaja y me pone duro al mismo tiempo.
—Tal vez —susurra—. Y tal vez algún día, tendré un episodio depresivo mayor
como mi mamá. Tal vez mis medicamentos ya no funcionen para mí. Tal vez intente...
acabar con mi vida. Y entonces, me dejarás porque tengo problemas épicos.
Inclino mi cabeza, ocupando todo su espacio personal—. Nunca te dejaré. ¿Me
oyes, Fallon? Ni una oportunidad en esta vida.
—Eso es lo que estoy pidiendo, Dean —Ella sonríe un poco.
—¿Qué?
—Una oportunidad. Para estar juntos. Para amarnos el uno al otro. Hay un millón
de cosas que podrían salir mal, pero no quiero que nos detengan. No quiero que nada
nos impida intentar estar juntos. Tal vez seamos la excepción, ¿sabes? Tal vez nosotros
somos el milagro, tú y yo.
—Tú y yo, ¿eh?
Parpadeando sus lágrimas, ella asiente—. Sí. Sé mi milagro, Dean. Y déjame ser
el tuyo. ¿Por favor?
Nada importa cuando Fallon me mira con ojos grandes, casi plateados. Cuando
estoy respirando el mismo aire que ella. Cuando todo lo que quiero hacer es cubrirla
con mi cuerpo y protegerla de todo lo malo, incluso de su propia mente.
No importa de cuántas maneras esto pueda salir mal y cuán diferentes seamos el
uno del otro. Soy demasiado viejo para ella y su papá probablemente nunca aceptará
que estemos juntos.
Nada de eso importa porque mi amor por ella es más fuerte, imparable. He
intentado purgarlo, pero no ha funcionado.
Tal vez, debería intentar aceptarlo y ver a dónde va. Tal vez debería intentar ser
su milagro y dejarla ser el mío. Porque la alternativa—una vida sin ella—no me ha
funcionado.
—¿Dean?
Tragando, susurro—: Te amo —antes de cubrir su boca con la mía.
Fallon
¿Esto es real?
¿Esto está pasando de verdad? ¿Dean de verdad me está besando?
Oh, Dios, por favor, que esto sea real.
Su boca es cálida y húmeda. Y meticulosa. La siento en todas partes. En todas y
cada una de las partes de mi cuerpo. Incluso en los dedos de mis pies.
Ya me han besado antes. Brad, mi novio de la preparatoria, me besó unas cuantas
veces, pero eso era nada comparado con esto. Este épico consumir de mi boca por otro
ser humano. Es como si su beso fuera todo mi mundo.
Si Dean deja de besarme, moriré. Me quemaré.
Es como él me dijo. El amor es una quemadura. Es una explosión y con su boca,
su lengua, sus dientes, su sabor—cítrico y masculino—la forma en que me está
abrazando, tan fuerte y casi agresivamente, me lo está mostrando.
Le devuelvo el beso con todas las emociones reprimidas de los últimos dos años.
He estado soñando con esto desde que me dejó en el aeropuerto y me dijo adiós. Me he
imaginado sus labios sobre los míos innumerables veces.
Pero no imaginé esto. Ni siquiera sabía cómo imaginar esto.
Su agarre en mi pelo, mis pechos aplastados contra su pecho respirando
salvajemente. Su boca chocando con la mía mientras gime como si se estuviera
muriendo. Su piel caliente, su pelo suave y su boca áspera.
Cuando nos separamos para tomar aire, mis manos tiran de la camisa en su
hombro y una de mis piernas se envuelve alrededor de sus caderas.
—He q-querido besarte desde hace mucho tiempo —admito ante sus labios
brillosos.
—No tanto como yo —dice.
Levanto mi mano y tiro de su pelo—. Debería estar enojada contigo.
Él traga—. Sí.
—No puedo creer que ahuyentaras a mi cita, Dean. Y luego, tú sólo te... fuiste.
Debería estar más enojada por esto. Él amenazando a mi novio—aunque, más
tarde, me di cuenta de que no lo amaba de todos modos—y se fue a California un mes
después. Sin mencionar las cosas que me dijo anoche cuando le dije que lo amaba. Pero
extrañamente, la ira es lo último en lo que pienso.
—Me odié por hacer lo que hice. Todavía lo hago.
Levanto las cejas—. ¿Por amenazar a un tipo perfectamente agradable?
Aprieta mi cintura, haciéndome sentir las losas esculpidas de su cuerpo—. Por
amarte un poco de más.
Muerdo mi labio para ocultar mi sonrisa. No puedo estar enojada con él por
decirme estas cosas y lucir tan torturado por ello. Tal vez soy una tonta, pero, como
sea.
Levanto la mano y beso el lado de su pulsante mandíbula, algo por lo que he estado
muriendo hacer desde que lo vi parado frente a mi dormitorio hace cuatro días—.
¿Cómo vas a compensarme?
Estrecha sus cálidos ojos marrones—. ¿Qué quieres decir?
Mi muslo se aprieta alrededor de su cadera mientras arqueo mi espalda contra
él—. Arruinaste mi baile de graduación, Dean. No es justo.
—¿Qué querías hacer en tu baile de graduación?
—Bailar, para empezar.
—Puedo poner algo de música.
Sacudo la cabeza y beso su mandíbula otra vez. Las cerdas de su barba saben
deliciosas en mi lengua—. También iba a perder mi virginidad.
—Me alegro de haberla arruinado entonces —dice, con dientes apretados.
Sonriendo, trazo sus duros pómulos y su mandíbula angulada con mi mano—.
También yo. Porque quiero que tú la tomes —Él va a protestar, si agarrar un puñado
de mi trasero a través de mis shorts es un indicador, pero pongo un dedo en sus
labios—. Sé cuál será tu respuesta. Porque crees que lo sabes todo y yo soy una flor
inocente que no tiene idea de lo que está pasando en el mundo. Pero sé cosas, Dean. Sé
lo que quiero, y te quiero a ti. Te he estado esperando desde siempre. De hecho, si no
te hubieras ido, estaríamos juntos ahora mismo. En vez de asustar a mi cita como un
idiota, si hubieras dicho algo, lo habríamos hecho hace años. Así que, es justo que me
lo compenses ahora.
Dean quita mi mano de su boca—. No lo habríamos hecho hace años. No eras legal
hace años.
Agito mi mano—. Detalle menor. El punto es...
—¿Cuál es el punto?
—El punto es que te amo, Dean. Y tú me amas, y ya hemos perdido suficiente
tiempo. Entonces, ¿me vas a dar mi baile de graduación o no?
—Fallon—
—Además, he oído que duele, perder la virginidad. Y sé que si tú la tomas, no
dolerá.
Nunca lo he visto lucir tan tosco como ahora. La habitación está inundada de luz,
pero, extrañamente, Dean aparece todo oscuro y hecho de sombras. Sus ojos se han
vuelto negros y sus pómulos altos, parecidos a los de un rey, tienen un rubor.
Está duro y apenas respirando mientras me mira—. ¿Y por qué es eso?
Tal vez sea la forma en que estamos parados—mi pierna sobre su cadera y la
parte inferior de nuestros cuerpos íntimamente pegados—pero también siento su otra
dureza. Su pene en la unión de mis muslos.
—Porque tú cuidarás de mí.
—¿Es así?
Me muevo contra él, contra él—. Sí. Porque siempre lo haces.
Me mira unos cuantos latidos antes de mirar al techo y sacudir la cabeza. Luego,
me agarra de la cintura y detiene mis movimientos.
Inmovilizándome con sus ojos una vez más, gruñe—: Deja de tentarme, Peque.
—Lo haré, si estás de acuerdo.
—Arderé en el infierno por esto.
Ladeo mi cabeza y sonrío de lado—: Creí que ya estabas ardiendo. Explotando.
—Fallon —advierte.
Su renuencia es débil, más débil que su deseo de reclamarme; puedo verlo en sus
ojos. Y me hace más audaz, sin vergüenza—. Yo también estoy ardiendo, Dean. Lo juro.
Duele, sabes. He sentido dolor desde que te fuiste y cada noche sueño con que vuelvas
y me beses. Tocándome donde me duele. En mi... —Bajo la voz y susurro la palabra en
la que sólo he pensado en la oscuridad de la noche—, coño.
Ni siquiera tengo tiempo para recuperar el aliento después de eso. Dean me
levanta, haciendo que mis dos muslos se aprieten alrededor de sus caderas y reclama
mi boca en un beso. Y luego, nos estamos moviendo. Me está llevando a algún lado,
pero eso no me importa. Como antes, su beso se convierte en mi mundo entero.
Hasta que ese mundo se inclina sobre su eje y yo estoy acostada de espaldas.
Siento la suavidad del colchón y el techo llena mi visión, mientras Dean se arrodilla
ante mí, asentándose entre mis muslos extendidos.
Desde mi posición, Dean parece enorme, más grande que el cielo. Debería sentirme
vulnerable o incluso tímida. Nos estamos preparando para tener sexo, ¿no? Pero no lo
sé. Ni siquiera cuando él hace un trabajo rápido con nuestra ropa, y ambos estamos
desnudos en unos tres segundos.
Estoy más interesada en verlo. Sus anchos y marcados músculos. Las ranuras y
pendientes de su cuerpo. Una ligera dispersión de vello oscuro en su pecho.
Los ojos de Dean queman mientras mira mi pequeño cuerpo, y yo me retuerzo en
la cama, dispuesta a hacer algo... cualquier cosa.
—¿Te duele, Peque? —susurra, con los dedos cayendo de la parte superior de mi
pecho, a través del valle de mis pechos hasta mi tembloroso estómago.
—Sí.
—¿Dónde? Muéstrame.
Un rubor me supera, pero estoy decidida a no dejar que me disuada. He esperado
lo suficiente por este momento.
Mi mano tiembla cuando me alcanzo y toco mi parte más íntima, haciendo que
mis caderas se alcen. No es que no me haya tocado a mí misma. Es sólo que no lo he
hecho delante de alguien.
Toco mi resbaladizo centro. Dios, está tan resbaladizo, tan hinchado. Mis dedos
se deslizan sobre la humedad. Bajo su intensa mirada, mi coño brota. De nuevo, debería
sentirme tímida, pero no lo hago. De hecho, no puedo dejar de tocarme. Tampoco puedo
dejar de observar sus reacciones.
Su pecho está subiendo y bajando rápidamente. Los músculos de sus muslos y su
estómago se están flexionando. Sin mencionar su verga. Su verga está palpitando. He
estado evitando mirarla porque no quiero tener miedo. En mi estómago, a través de
las capas de nuestra ropa, su verga se sentía enorme. Pero no puedo dejar de mirarla
ahora.
Es enorme y oscura, y cuanto más toco mi coño, más creo que nunca va a caber.
Un segundo después, no puedo pensar en nada más que en Dean. Porque gruñendo,
cae sobre mí. Sobre mi coño. Su cálida boca envuelve todo mi centro e incluso mis
dedos.
—Dean... —Gimo, mis caderas volviéndose locas, mis piernas temblando con
sensaciones.
Dean extiende sus palmas sobre mis muslos y los mantiene abiertos. Chupa mis
dedos, bebiendo todos mis jugos antes de concentrarse en mi coño. Mis manos van a
sus hombros mientras trato de agarrarme a las olas de lujuria que destrozan todo mi
cuerpo.
Nunca me he sentido así, nunca. Así de desamarrada y sobrepasada. Los pulsos
de lujuria se disparan desde algún lugar profundo dentro de mi estómago en todas las
direcciones, haciendo que mi corazón se acelere, haciendo que mis dedos de los pies se
enrosquen.
Pero aparentemente, eso no es suficiente. Dean suelta mi coño y besa y muerde
mis muslos, mi estómago. Él sigue estimulando mi clítoris con sus dedos mientras se
arrastra por mi cuerpo, chupando la carne a lo largo del camino. Su boca se cierra
sobre mi pezón y lo pierdo.
Arqueando mi espalda y cerrando los ojos, grito su nombre y me vengo.
Me vengo y me vengo como nunca, y se siente como si no fuera a parar. Mi cuerpo
no para de venirse o de sacudirse o de retorcerse. Nunca dejaré de sentir la emoción
de mi orgasmo.
Mis ojos se abren para encontrar a Dean flotando sobre mi cuerpo. Su pelo es un
desastre y sus labios están brillosos con mis jugos. Estoy tan llena que ni siquiera
puedo ruborizarme.
—¿Sabes a qué sabes, Peque? —susurra, asentándose entre mis piernas.
La cabeza de su verga toca mi coño que está revoloteando y entierro mis uñas en
sus bíceps—. ¿Qué?
Sonriendo, me dice—: Cachonda.
—Cállate —murmuro.
—Estabas cachonda por mí, ¿verdad, Peque?
—N-No.
Me besa—. Lo estabas —empuja mi abertura con su grande verga, estirándome
un poco—. Lo estás.
Sin mi voluntad, mi espalda arquea y él se desliza un poco más profundo. Los dos
siseamos Hay una extraña presión en mi pelvis. Me hace quererlo más, aunque sé que
me va a doler.
—Tú también lo estás —susurro.
Lame sus labios, quedándose inmóvil dentro de mí—. Sí, lo estoy.
Froto sus hombros con mi palma, sintiendo su piel caliente—. Estás ardiendo.
—Eso también.
Abro la boca para decir algo, pero no puedo porque siento a Dean jugando con mi
clítoris una vez más. Se agacha y chupa el lado de mi cuello, justo debajo de mi oreja.
¿Quién sabía que ese era mi punto? Echo la cabeza hacia atrás y gimo fuerte, mis
piernas alzándose y envolviéndose alrededor de su cintura.
Gruñe en mi piel cuando mi coño revolotea sobre la cabeza de su verga. Puedo
sentirla temblando, humedeciéndose.
Me doy cuenta de que él me está haciendo más fácil aceptarlo dentro de mi cuerpo.
El darme cuenta hace que me enamore aún más de él.
—Me estás cuidando —susurro, frotando mi mejilla en su pelo, siento su pulgar
en mi clítoris, sus dientes en mi cuello.
Dean levanta la vista, sus ojos intensos y llenos de lo que siento por él en cada
rincón de mi corazón. Amor—. Siempre.
—Te amo, Dean.
—Yo también te amo, Fallon.
Me besa y pierdo todas mis palabras. Me pierdo a mí misma. En él, en su boca, en
su cuerpo que está moviéndose a un ritmo lento y suave dentro de mí. No siento
presión ni dolor cuando empuja profundamente, quitándome la virginidad de un solo
golpe.
Todo lo que siento es mi amor por él. Mi lujuria y mi hambre, y este deseo de
hacerlo mío por siempre y para siempre.
Dean siente lo mismo, creo. No puede dejar de tocarme, de correr sus manos por
todo mi cuerpo. Tampoco puede dejar de besarme. Doy lo mejor que puedo. Lo toco,
juego con su pelo, corro mis uñas por su sudorosa espalda.
Es la sensación más maravillosa del mundo, estar conectada a él de esta manera.
Mi mejor amigo. Mi alma gemela. El amor de mi vida.
Los empujes de Dean se vuelven más rápidos, más urgentes. Sacuden todo mi
cuerpo, haciéndome gemir en su boca. Siento mi clímax construyéndose y
construyéndose, en lo profundo de mi vientre.
En el momento en que Dean rodea mi espalda con sus brazos y me abraza a su
pecho como si me necesitara, como si necesitara mi piel para respirar, me toma.
Mi segundo orgasmo es aún más intenso, más cargado. Estoy gimiendo,
temblando constantemente, masajeando su pene con mi pulsante canal. Desencadena
el clímax de Dean y él saca su verga, derramando su semen sobre mi estómago. Es
caliente y espeso, y huele como a todos mis sueños lujuriosos juntos.
Respiramos en la boca del otro, besándonos perezosamente, tratando de
ralentizar nuestros corazones. Aunque no creo que eso suceda pronto. Nuestros
corazones probablemente no se van a relajar por mucho tiempo, especialmente si el
sexo va a ser así todo el tiempo.
Dean deja de besarme y abro los ojos y lo encuentro mirándome—. ¿Qué?
Traza un dedo sobre la manzana de mi mejilla—. Eres jodidamente preciosa.
Me ruborizo—. Tú también lo eres.
Se ríe entre dientes y me da un beso en la nariz. Sonrío ante su tierno gesto.
—Mamá siempre lo supo —le digo.
—¿Qué?
—Mi mamá. Siempre supo que te amaba y que tú me amabas.
Dean se pone rígido sobre mí. Rígido y con el cejo fruncido. Es como si estuviera
abrazando una montaña con mis muslos y mis brazos—. Me encargaré de tu papá.
—No. Nosotros nos encargaremos de él. Juntos.
—Fallon, tú—
Pongo mi dedo en su suave boca y aprieto su cintura con mis piernas—. Oh, ibas
a decir algo como... —Profundizo mi voz para imitar la suya—. Fallon, no sabes cómo
hacer estas cosas. Porque eres tan joven e ingenua —rodando los ojos, le digo—: ¿Sabes
qué? Tal vez tenías razón. Tal vez debí haberme ido con un chico de mi edad. Al menos,
no sería tan mandón.
Los ojos de Dean llamean y quita mi dedo de su boca—. Tal vez no deberías hablar
de otros chicos cuando mi verga está tan cerca de tu coño.
Lo siento poniéndose duro y rozando mi coño aún húmedo—. Eres malo, Dean.
Sonriendo de lado, Dean frota nuestras narices—. Tú no eres una santa, Fallon.
Me sedujiste.
—Lo hice, ¿no?
La mirada de sus ojos cambia, se vuelve grave mientras declara—: Te amo.
—Yo también te amo.
Mientras él vuelve a entrar en mí, cierro los ojos y sonrío. Pienso en algo que mi
mamá siempre me decía cuando era niña y no sabía por qué algunos días eran tristes
para mí. Y por qué, en esos días, tenía ganas de llorar o dormir.
Siempre me obligaba a levantarme, a seguir adelante. Me decía que era una
luchadora. Que, si no enfrentaba el día, me perdería muchas cosas, muchas
posibilidades. Me decía que nací con algo más que sangre en las venas. Nací con fuerza.
Ella tenía razón.
Pero también nací con otra cosa. Nací con amor.
Amor por este hombre.
Nací con amor por Dean y ahora que lo tengo en mis brazos, nunca lo dejaré ir.
No importa qué enfrentemos cuando lleguemos a Nueva York mañana.
Fallon
Siempre me ha gustado Nueva York.
¿Saben cómo hay gente que dice que le encanta la energía de ésta? Es verdad. Hay
algo en el aire, su olor, su sensación.
Se siente como en casa.
Lo cual supongo que no debería ser una sorpresa porque aquí es donde nací. Aquí
es donde crecí, en los suburbios a un par de horas de la ciudad.
Hay terrenos abiertos alrededor de mi casa, todos verdes y exuberantes con
árboles y arbustos. Cuando llueve, todo brilla y se ve fresco. Es nuestra cosa favorita
de la casa, mía y de mi mamá: los terrenos abiertos.
Mi papá la construyó para ella. Bueno, la compró y luego la renovó.
Es una parte de su historia de amor. Vivir en una casa como un castillo. Mi mamá,
la Princesa de la Nieve y mi papá, el Rey de Hielo.
Es la primera vez que estoy en casa desde que me fui a California hace unos meses
para empezar mi primer año.
El día que me fui me convencí de que era sólo temporal. Que las lágrimas de mi
mamá y la cara de mi papá cuando pasé por la seguridad del aeropuerto también eran
temporales. Que un día volvería para siempre. Un día volvería con Dean y
empezaríamos nuestra vida aquí.
Donde crecimos y finalmente nos enamoramos el uno del otro, aunque no lo
reconociéramos.
Hoy, mientras estoy sentado en su coche en el que he estado viajando durante los
últimos cinco días, tengo más que el mero pensamiento.
Tengo más que la fantasía.
Estoy en Nueva York y mi sueño está sentado a mi lado, sosteniendo mi mano en
su muslo. Sus dedos están envueltos alrededor de los míos en un apretado agarre.
Un agarre muy, muy fuerte.
Pero creo que esa soy yo. Creo que soy yo la que está aplastando su gran y fuerte
mano con la mía.
Tal vez porque, incluso aunque mis sueños se han hecho realidad y Dean está aquí
conmigo, no estoy cómoda como lo estaría normalmente.
No siento el mismo calor líquido extendiéndose por mis venas al ver mi casa. De
hecho, tengo frío y estoy nerviosa y sé que no es porque estoy en Nueva York donde el
invierno es realmente invierno.
—Hey.
La voz de Dean hace eco en el interior de su coche y yo quito la mirada de mi casa.
—Hey —le susurro, estudiando su cara.
Su hermoso rostro con rasgos reales. Una impresionante estructura de huesos.
Un magnífico trabajo de líneas y picos y valles.
—¿Estás bien? —pregunta con esa voz profunda suya.
Profunda y hecha de miel espesa, creo.
Antes era poderosa, siempre lo ha sido, si lo pienso bien, pero su poder se ha
vuelto casi cósmico desde anoche.
Desde que usó esa voz mientras estaba dentro de mí.
Aprieto mis muslos—. Sí.
No está convencido. Sus ojos pasan por mis rasgos como si tratara de descubrir
todos mis secretos.
Pero esa es la cosa. No tengo ninguno, no para él.
Ya no. Especialmente no después de anoche.
Dean traza la curva de mi mejilla con su dedo—. ¿Todavía te duele?
Probablemente me estoy poniendo roja ahora mismo. Probablemente puede verlo
suceder, mi piel poniéndose rosa justo debajo de su dedo que está usando para dibujar
círculos en mi mejilla.
El conocimiento de ello se refleja en sus ojos brillantes. Son intensos y sonrientes
al mismo tiempo.
Sacudo la cabeza porque mi voz me está fallando.
—¿No?
—No —susurro, mis dedos apretando aún más su mano—. Simplemente...
—¿Simplemente qué?
—Simplemente lo siento —respondo, retorciéndose en mi asiento y apretando mis
muslos de nuevo, lo que él nota.
Entonces bajo los ojos porque los suyos se han llenado de imágenes de anoche y de
esta mañana.
No es que hayamos tenido sexo esta mañana. Dean no lo haría. Pensó que estaba
demasiado adolorida, lo cual era correcto, pero eso no significaba que yo quisiera que se
abstuviera.
Ya la he cagado y te tuve dos veces anoche, Peque. Necesitas tiempo para recuperarte.
Eso es lo que me dijo, que me tuvo. Me hizo retorcerme de la misma manera que me
estoy retorciendo ahora, como si yo fuera algo para comer, algo para hincarle el diente y
devorar.
Después de ese comentario suyo, declaré que me había recuperado. Que podía
comprobarlo si quería y lo hizo. Bajó y su examen se convirtió en algo realmente erótico
con lengua y labios y tal vez incluso sus dientes en mí.
Después de que se alimentara de mí, fue mi turno. No para alimentarme de él, sino
para alimentarme de medicinas. Salió corriendo y me consiguió medicamentos para el
dolor. Y como está tan familiarizado con mis antidepresivos, sabía qué marca de
analgésicos comprar.
Como dije antes, no es que haya ningún secreto entre nosotros. Así que es raro que
yo actúe así, tímida y nerviosa. Tal vez sea porque estamos al final del viaje. Nuestra
soledad ha terminado. Ahora viene la realidad de decírselo a mis padres, de ser una pareja
delante de ellos.
No puedo pensarlo más que esto porque Dean está exigiendo mi atención.
—Oye, ojos aquí arriba, Peque —ordena, el dedo que estaba en mi mejilla ahora en
mi barbilla, y levanta mi cara.
Cuando nuestros ojos se encuentran, se gira en su asiento y se acerca.
—¿Sientes qué? —repite su pregunta de antes, mirándome.
—A ti. Te siento —susurro.
Sus pómulos se ruborizan y acuna mi mejilla. Bueno, acunar es gentil. La agarra. Su
palma se abre y sus dedos me agarran la mandíbula en un agarre posesivo.
Un agarre que mata mi timidez pieza por pieza. Un agarre que me hace desear que
estuviéramos de vuelta en la habitación del motel, enredados en las sábanas y entre
nosotros.
—¿Sí? ¿Me sientes?
Su voz áspera y filiforme vibra en mi vientre, en mi centro que se ha vuelto
resbaladizo sólo de recordar la forma en que me hizo el amor y me folló.
—Sí —respondo.
—¿Qué sientes?
—Que estás dentro de mí. Que sigues ahí.
Es entonces cuando suelta mi mano que estaba unida a él en su muslo y agarra mi
otra mejilla también.
Sus pulgares hacen un círculo alrededor de mi garganta mientras sus dedos se
entierran en mi pelo—. Dentro de ti, sí. Ahí es donde estoy. Ahí es donde siempre estaré,
¿entiendes? Te follaré tantas veces, de tantas maneras diferentes, que siempre me
sentirás. Ahora eres mía.
Empuño su suéter mientras siento que un hilo de mi humedad sale de mi interior al
escuchar sus palabras—. Sí.
—Dilo. Di que eres mía.
—Soy tuya, Dean.
—Siempre has sido mía.
—Siempre.
Su boca se curva, pero no con una sonrisa humorística. Es una apretada, rebosante
de arrepentimiento—. He sido demasiado estúpido para verlo.
Suelto su suéter y froto la comisura de la boca—. Está bien. Ahora lo ves.
Frunce el cejo, sus rasgos se agrupan en líneas intensas—. Sí. Sí, lo hago —Voy a
decir algo más, pero él me detiene—. Dime que sabes que haré cualquier cosa por ti.
Mi corazón duele.
Se aprieta y siento un dolor en el pecho. La gente siempre dice que el amor duele,
pero tal vez no es algo malo.
Tal vez a veces el amor duele porque el hombre que amas te devuelve el amor.
No sólo te ama, sino que te ama tanto que puedes ver que el amor toma una forma
física en la forma en que te sostiene y te mira.
La forma en que se abre para ti.
A veces el amor duele porque está desgarrándose en las costuras.
—Lo sé. Siempre lo he sabido, Dean —Me lame los labios—. Siempre me has
protegido. ¿Sabes cómo te llama mi mamá a veces?
—¿Cómo?
—El encantador de Fallon.
Él traga espesamente, sus ojos están llenos de emociones.
—Eres mi encantador, Dean. Eres mi protector. ¿Y sabes qué más?
—¿Qué?
—Mi mamá, cuando habla de papá, dice que nació para él. Nació para amarlo. Y yo
siento lo mismo. Sobre ti. Siento que yo también nací para ti. Nací para amarte y haré
cualquier cosa por ti. Y sé que tú harás cualquier cosa por mí porque tú también naciste
para mí.
Me inclino y beso su garganta rasposa. Su agarre en mi pelo se contrae, sus dedos
hacen un puño con mis hebras, tirando de mi cabeza hacia atrás.
—Hablaré con él. Hablaré con tu papá —repite sus palabras de anoche e
inmediatamente frunzo el cejo.
—Soy tu protector, ¿no? —dice con voz ronca.
—Sí, pero escucha—
—No. Sea cual sea su reacción inicial, yo seré el que la tome.
—Pero Dean, él es mi papá y yo—
—Sí, él es tu papá, pero tú eres mía —Su puño se flexiona en mi pelo mientras
continúa—: Y te protegeré de todos, incluido él, si es necesario.
Mi papá es mi papá y lo amo más que a nadie en este. mundo. No necesito que me
protejan de él. Sé cómo manejarlo.
Pero este hombre delante de mí, este hombre al que he amado desde hace tanto tiempo
como he amado a mi papá, necesita esto. Él absolutamente necesita esto de mí. Sus fosas
nasales ensanchándose, sus dedos apretados en mi pelo, la forma en que se inclina hacia
mí con determinación... todo apunta al hecho de que quiere esto.
Y no sé cómo rechazarlo.
Todo dentro de mí se aprieta y yo asiento—. Okay.
Con mi consentimiento, un poco de rigidez de su cuerpo se escurre—. Okay.
—Te amo —susurro, sonriendo, sintiendo un orgullo femenino de que lo complací.
—Naciste para mí —susurra tragando, en lugar de reconocer mi te amo, sus ojos se
deslizan sobre mi cara.
—Lo hice.
Se inclina y presiona su boca en mi frente, susurrando en mi piel, escribiendo las
palabras con sus labios—. Y yo nací para ti.
Okay, tengo que admitir que esto es mejor, mucho mejor que decir que yo también te
amo.
—¿Quieres salir?" pregunta entonces.
Respiro profundamente—. Sí.
—Bien. Porque podrían salir a buscarnos en cualquier momento.
Con una última mirada persistente a mí, Dean me suelta y salgo del coche al profundo
invierno.
Fallon
Tengo miedo, no voy a mentir al respecto, pero después de nuestro pequeño
momento en el coche apenas, recuerdo que soy fuerte también.
Puedo hacerlo.
Puedo enfrentar lo que pase de aquí en adelante mientras Dean esté conmigo.
Sonriéndole sobre el techo del auto, me doy la vuelta y subo por el camino que he
tomado un millón de veces antes, que sé que mi papá debe haber despejado temprano
esta mañana antes de que alguien se haya levantado, después de la nieve de anoche, a
mi papá le gusta hacer cosas lejos de los ojos de todos, en silencio para que nadie le
preste atención. Así que nadie sabe que es él quien elimina todos los obstáculos en
nuestro camino antes de que nos demos cuenta.
Tan pronto como estoy en el porche, la puerta marrón con el aldabón más grande
que he visto se abre y ahí está mi madre, con su largo pelo plateado en un moño
ordenado, en un elegante pero cómodo par de jeans y una blusa de seda.
Ella irradia con sus brillantes ojos verdes y agita su brazo en un gesto de
invitación—. ¿Qué están haciendo ahí fuera? Hace frío. Vengan acá.
Mis propios ojos, grises como los de mi papá, se llenan de agua ante su voz. Tiene
la voz más suave de todas.
Y cuando mis días son duros y no sé si alguna vez sonreiré, oigo esa voz en mi
cabeza. La oigo decir que somos guerreras. Que podemos hacer lo que queramos y que,
si quiero sonreír, lo haré.
Mi cerebro no me detendrá.
—No hace frío, mamá. Bueno, no en el coche —digo, caminando hacia ella.
Ella frunce el cejo un poco entonces. No de mala manera, simplemente de manera
curiosa. Su mirada se mueve sobre mi cara y me pregunto si puede leer todo lo que
hay en mi corazón.
Oh, ¿a quién estoy engañando? Por supuesto que puede y lo hace, su sonrisa se
vuelve suave. Tan suave como su voz.
Entonces mira por encima de mis hombros y sé que ha encontrado a Dean, que
probablemente está caminando hacia el porche ahora mismo, porque sus ojos están
tan llorosos como los míos.
Pero antes de que se acerque, mamá me devuelve la mirada—. ¿Lo hace?
Mi corazón se aprieta de nuevo de esa manera tan dolorosa como lo hizo en el
coche. La alcanzo y le doy un fuerte abrazo mientras le susurro—: Lo hace.
Mi mamá me devuelve el abrazo—. Bien.
Me inclino hacia atrás y la miro seriamente—. ¿Crees que papá va a perder la
cabeza?
—Tal vez —dice con un brillo en los ojos.
—Mamá, estás disfrutando esto — acuso.
Se inclina para besarme en la mejilla—. Tal vez un poco.
Antes de que pueda decir algo, siento a Dean subiendo los escalones del porche y
acercándose detrás de mí. Me muevo para que mi mamá pueda llegar a él, y con eso
quiero decir que literalmente llegue a él.
—Dean, estoy muy enojada contigo —exclama ella mientras lo envuelve en un
fuerte abrazo—. Se supone que tienes que reportarte conmigo cada semana y cada
semana, algo surge y no llamas.
El marco de Dean se suaviza y sonríe mientras se rinde ante el abrazo de mi
mamá—. Lo siento. El trabajo ha sido una locura.
Ella le frunce el cejo; lo sé por su tono, aunque no puedo ver su cara—. ¿Y? ¿No
merezco cinco minutos de su tiempo? Es la primera vez que te veo en dos años. ¿Tienes
idea de lo preocupada que he estado por ti? ¿Lo preocupados que hemos estado todos?
Tú y yo, vamos a hablar ahora que estás aquí. Tienes que entender cómo funciona esto.
Dean quiere sonreírle a mi mamá. Hay líneas entre su boca que están casi listas
para salir y profundizar.
Mi mamá es como yo, pequeña y puede ser muy divertida cuando se pone severa
con los tres hombres de mi vida, mi papá, Brendan y Dean.
En realidad, no. Es más divertido que estos tres tipos que la sobrepasan, y por
extensión, a mí, asientan y obedecen cada una de sus palabras.
Que es lo que hace Dean.
Él asiente seriamente—. Okay, señora —Luego, se inclina y la besa en la frente—
. Es bueno estar en casa.
Tengo que morderme el labio con eso. En su casa.
Cómo su voz cambió y se profundizó con satisfacción y un suspiro. Lo suelto que
se ve ahora que mamá lo está abrazando como familia y cuánto pertenece a este lugar.
Sí, aquí es donde él pertenece, con nosotros, con nuestra familia.
Gracias a Dios que planeé este viaje de cinco días.
Lo observo con mi mamá por unos segundos sin escuchar realmente lo que están
hablando cuando escucho a alguien hacer buu en mi oído y chocar con mi hombro.
Salto y me doy la vuelta.
—¡Brendan!
Se queda ahí parado sonriendo como un idiota.
Bueno, no un idiota, o al menos, no un idiota para el mundo, aunque podría serlo
para mí.
Mi hermano menor se está poniendo muy guapo, si lo digo yo. Eso es porque si
yo soy la copia de nuestra madre, Brendan se parece a nuestro padre.
Tiene el mismo pelo oscuro y grueso que papá. Sólo que el de Brendan cae sobre
sus cejas en ondas desordenadas. Y aunque le queda mucho por crecer y está en esa
incómoda fase adolescente en la que sus miembros son delgados y demasiado largos,
tiene una complexión alta y ancha como la de nuestro padre.
Sus ojos, sin embargo, son diferentes a los de nuestro padre.
Tiene los ojos verdes de mi mamá. Brillantes, grandes y hermosos.
Es como si hubiera una pequeña cosa en él que le dice al mundo entero que es el
hijo de mi madre. Como yo tengo una cosita en mí—mis ojos grises—que grita mi
papá.
—Estás tan acabada, Peque. Papá está perdiendo la cabeza porque tardaste cinco
putos días en llegar aquí —dice Brendan con una voz sorprendentemente profunda,
una voz que de alguna manera no se escuchaba en nuestras numerosas conversaciones
por teléfono—¿exactamente cuánto creció desde que me fui a la universidad hace unos
meses?
Apunto mi dedo a mi hermano—. Oye, no me llames Peque.
Brendan mira a Dean y guiña. ¡Estos dos!
Antes de que Dean pueda devolver el guiño o decir algo, mamá se gira y grita—:
¡Brendan! Cuida tu boca.
Él encoge sus torpes hombros de adolescente—. ¿Qué? Papá dijo lo mismo esta
mañana. “Cinco putos días, Willow. Es basura.”
Rayos.
Papá nunca usa la palabra con P delante de nosotros.
Estoy segura de que lo hace delante de mamá, como lo demuestra lo que acaba de
decir Brendan, pero tiene la regla de no hacerlo nunca delante de los niños.
—¿Sabes qué? Sigue hablando y te quitaré el teléfono —amenaza mamá,
alejándose de Dean, que se ríe entre dientes—. ¿Recuerdas esa cosa a la que estás
pegado todo el tiempo?
Brendan camina de reversa cuando mamá se acerca a él, con las manos en alto
en rendición—. Pero mamá, no lo entiendes. Es el mejor día de todos. Mi papá
finalmente va a gritarle a Fallon.
Mi reacción por defecto sería decir que no me va a gritar. Pero creo que hoy podría
ser el día en que lo haga.
Él estaba totalmente en contra del viaje. Sin mencionar que estaba totalmente en
contra de que me mudara a la universidad porque quería que me quedara cerca de la
familia.
Para que quede claro, papá nunca le grita a nadie. Gritar no es algo que él haga.
Simplemente dice tu nombre en voz baja y tranquila, y te da una mirada con
decepcionada, y tú te marchitas de vergüenza.
Para que conste, papá casi nunca me ha mirado así. Pero mira a Brendan así todo
el tiempo. Brendan es un poco problemático en nuestra familia, por lo que mantengo
que es la razón por la que tiene las legendarias miradas de decepción de papá.
Pero según Brendan, mi hermano tiene esas miradas porque papá se niega a
enojarse conmigo, así que Brendan tiene que cargar con el peso de todo. Así que es un
chiste corriente que soy la favorita de papá.
Tal como está, todo lo que hago ahora es fruncirle el cejo a mi hermano menor y
él menea sus cejas hacia mí—. Aww, ¿estás asustada? Deberías estarlo. Ha estado
perdiendo la puta cabeza durante la última semana.
—Suficiente —Mamá levanta la voz y Brendan finalmente se ve avergonzado—.
Despídete de tu teléfono y estás castigado.
—Pero mamá—
—No, no me mires así. Ya he tenido suficiente de ti y de tus malas palabras.
Vienes aquí y hablas con tu boca de marinero. Y ni siquiera saludas a Dean.
Brendan saluda a Dean—. Hola, Dean.
Dean sonríe y levanta la barbilla—. Hola, niño —Luego, con voz firme, declara—
. No se le va a gritar a nadie. Y menos a tu hermana. No mientras yo esté aquí.
Ante esto, la boca de Brendan cae abierta, es la única forma de describirlo. Sus
labios se abren en forma de O y sus ojos verdes se ensanchan.
—De ninguna manera —respira, su mirada oscilando entre Dean y yo—. ¿Se
besaron e hicieron las paces?
¿Qué?
Ahora es mi turno. De quedar boquiabierta, quiero decir. Y que mis propios ojos
sigan los de mi hermano y se ensanchen.
Oh, por Dios.
¿Cómo lo sabe? ¿Cómo lo sabe mi hermano?
Quiero decir, yo podría tolerar que mi mamá sepa, pero no mi hermano. Es mi
hermano menor. Se supone que no debe saber estas cosas. Pero la forma en que me
mira, a nosotros, a Dean y a mí, está claro que lo sabe.
No estoy segura de cuál es la reacción de Dean, pero yo estoy sin palabras en este
momento. Todo lo que puedo hacer es pararme aquí y mirar a mi hermano, quien,
después de un segundo o dos, se encoge de hombros.
—¿Qué? No soy idiota. Me doy cuenta de las cosas. Fallon ama a Dean. Todos lo
saben.
Sus palabras me sacan de mi estupor y me abalanzo sobre él. Literalmente me
abalanzo sobre él como solía hacerlo cuando éramos niños y él sale corriendo,
gritando.
—Vuelve aquí, Brendan —grito detrás de él.
Puedo oír a mi mamá detrás de mí, pidiéndonos que paremos, pero no me importa.
También soy consciente de que Dean es testigo de nuestro comportamiento pagano, el
mío y el de mi hermano, pero la verdad es que ya lo sabe. Nos ha visto a Brendan y a
mí pelear en numerosas ocasiones, así que esto no es nuevo.
Lo que es nuevo es el hecho de que mi hermano lo sabe.
¿Cómo lo sabe? ¿Lo saben todos?
Incluyendo a mi papá.
Dios, por favor no dejes que mi papá lo sepa hasta que yo, o mejor dicho Dean,
tenga la oportunidad de decírselo.
Así que corro tras mi hermano que sigue gritando, ¿Cuál es el problema? Todos lo
saben. Aunque es mucho más rápido que yo, sin mencionar que sus estúpidas piernas
largas le dan aún más ventaja, que antes de que yo esté a la mitad del pasillo que lleva
a nuestro patio trasero, él ya está saliendo por la puerta.
Aun así, trato de alcanzarlo. Pero cuando mis pies se resbalan y choco con algo
muy duro que casi me deja saca el aire, sé que he perdido toda esperanza.
Pero no me importa la esperanza perdida o alcanzar a mi hermano o quién sabe
qué, porque acabo de chocar con la misma persona en la que he estado pensando todo
el camino hasta aquí.
Mi papá.
Tiene sus manos en mis brazos, manteniéndome firme, gracias a Dios, y a juzgar
por la puerta abierta de su estudio, acaba de salir, probablemente después de todo el
alboroto que estábamos haciendo.
Al crecer, cuando papá trabajaba en su oficina, mamá obviamente nos decía que
no hiciéramos ruido. Yo la obedecía, por supuesto. Pero también extrañaba a mi papá.
Así que abría su puerta en silencio y me acercaba de puntillas a su escritorio. Incluso
contenía la respiración para estar completamente en silencio.
Solía pensar que, si no hacía ningún ruido, mi papá no notaría a una niña
pequeña de pelo plateado flotando en su habitación mientras él se concentraba en el
trabajo.
Para crédito suyo, él fingía que no me notaba. Se quedaba absorto en lo que hacía
y yo me sentaba en la alfombra, junto a las patas de su escritorio gigante, y jugaba
con lo que fuera que lograra colar.
Y cuando me notaba, él actuaría tan sorprendido que me hacía reír. Me decía que
tenía la risa más bonita, como la de mi mamá, y por eso nunca debía dejar de reír.
Como las palabras de mi mamá, también pienso en sus palabras, en momentos
en los que siento que no volveré a reírme nunca más.
Ahora mismo, le sonrío—. Papá.
Sus ojos grises me miran fijamente desde detrás de sus lentes de marco negro,
preocupados y brillantes.
—¿Estás bien?
—Sí. Estoy bien.
Suspira, las líneas alrededor de sus ojos y esa permanente arruga entre sus cejas
se profundiza—. Ambos deberían saber que no se debe correr en la casa. Los pisos son
resbaladizos, Fallon.
—Pero no resbalé —miento. Medio me resbalé un poco.
Las líneas de su cara cambian de lugar. Hace un segundo, las líneas alrededor de
sus ojos estaban amontonadas, pero ahora, las líneas que rodean sus labios se
profundizan.
—No lo hiciste —dice en voz baja.
Miro su cara, la cara que probablemente sea una de las primeras que vi cuando
llegué a este mundo. Es un rostro que he visto casi todos los días de mi vida desde
entonces, un rostro que significa calor, seguridad y hogar.
Él significa calor, seguridad y hogar. Siempre lo hará.
Y por eso no puedo mentirle.
Suspiro y mis hombros se desinflan—. Bien. Me resbalé. Pero sólo un poco.
Lentamente, esas líneas se profundizan un poco más y él sonríe.
Mi papá es súper controlado. No sonríe tan seguido ni habla tan seguido tampoco.
Nosotros somos los que hablamos cerca de él, mi mamá, yo y Brendan, y a veces
apostamos por quién puede hacer reír a papá. Normalmente gano yo. Bueno, después
de mi mamá.
Así que esto se siente como una victoria. Su pequeña pero afectuosa sonrisa.
Envuelvo mis brazos alrededor de su cintura—. Bien. No puedo mentirte.
Por eso quiero decirte que... estoy enamorada de alguien. Alguien que conoces.
Por favor, no te enojes.
Tengo esperanza en que no lo hará.
Quiero decir, no fue un gran fan de mi novio de la preparatoria, Brad. Mi papá
nunca ha sido fan de ninguno de los chicos con los que solía salir, aunque sólo fueran
amigos. Es súper protector conmigo.
Siempre lo obedecía, sin importar qué.
Pero a veces, cuando no entendía sus maneras, mi mamá me decía que yo era su
niña y que a veces debería ser más tolerante con él. Y otras veces, mi mamá sacudiría
la cabeza hacia mi papá y me dejaba hacer lo mío, como ir al baile de graduación con
Brad.
De todos modos, a papá le agrada Dean, ¿no? Así que estoy esperando que sea más
receptivo a la idea.
La sonrisa de papá se convierte en una risa entre dientes—. Bueno, me alegro de
que lo recuerdes.
Sonriendo, lo abrazo y cierro los ojos—. Te extrañé, papá.
Sus propios brazos me rodean y él me abraza con fuerza.
Por unos segundos se queda en silencio y creo que este es el único gesto que voy
a tener, él apretándome fuertemente y envolviéndome en sus fuertes brazos para que
nada dañino pueda tocarme.
Pero luego susurra en un tono que sólo puede llamarse gutural—: También te
extrañé, niña.
Okay, hoy será un festival de lágrimas porque al oír la voz baja de mi papá,
lágrimas se juntan en mis ojos y los cierro fuerte.
—Te amo demasiado —susurro—. Es tan bueno estar de vuelta.
Entonces siento el cambio en él. No es un cambio malo. De hecho, amo que frote
su barbilla en mi cabeza, haciéndome sentir cálida.
Pero sé lo que va a decir, lo que ha estado diciendo desde que anuncié que me iba
a mudar a California para la universidad a principios de este año.
—La oferta sigue en pie, Fallon. Sólo dilo, cariño, y podrás empezar tu semestre
de primavera aquí —dice—. De hecho, están trayendo a un par de personas nuevas al
departamento de inglés que creo que querrás conocer.
Mi papá es el jefe del departamento de psicología de una universidad aquí, todavía
trabaja en el Hospital Psiquiátrico Heartstone pero sólo en una capacidad limitada ya
que quería pasar más tiempo con nosotros y un horario flexible en la academia le
permitió hacerlo. Y durante mucho tiempo, quise ir a la misma escuela en la que él
enseña.
Pero entonces, Dean se paró y se fue a la costa oeste, y me di cuenta de lo que
había perdido. Así que después de pasar dos agonizantes años lejos del hombre que
amo, decidí dar el gran salto y mudarme al otro lado del país.
Papá no estaba feliz, por supuesto. No podía entender por qué tomé una decisión
tan drástica y no podía decírselo. No hasta que se lo dijera a Dean primero.
De nuevo, mamá vino a mi rescate y convenció a papá de que me dejara ir. Y papá
nunca puede rechazar a mi mamá, es un hecho.
El día que me fui, pude ver el dolor en sus ojos, el agua suprimida y me rompió
el corazón en un millón de pedazos. Creo que nunca había visto a mi papá al borde de
las lágrimas antes de ese día.
Lloré durante todo el viaje de seis horas en avión. No sabía que dejar a mi papá
para ir tras el amor de mi vida me haría tanto daño, le haría tanto daño a él.
Pero ahora he vuelto y Dean está conmigo, y una vez que él le cuente a mi papá,
hablaré con él yo misma. Lo entenderá, ¿verdad?
Me alejo de su abrazo y lo miro mientras pongo una sonrisa valiente—. Está bien,
papá. Me gusta estar en California. De verdad que sí. Todos son realmente agradables.
Por todos, me refiero a un puñado de personas con las que he hablado.
Así que todavía no he hecho ningún amigo allí. También he estado ocupada
suspirando por cierto hombre de cabello oscuro y ojos cafés. Y bueno, traté de hacerme
amiga de mi compañera de cuarto y cuando me preguntó por qué estaba allí, le dije
estúpidamente la verdadera razón: que estaba allí por un hombre al que he amado toda
mi vida y que es catorce años mayor que yo. Lo que la asqueó totalmente, así que ahora
no hablamos mucho.
Además, soy como mi mamá. No me gusta el sol o las cosas soleadas o las playas.
Soy una chica de invierno. Me gusta la lluvia y los cielos grises, así que California no
es realmente para mí.
Papá me mira con el cejo fruncido, sus ojos extrañamente sabiendo todo sin que
yo se lo diga—. Me estás mintiendo.
Vuelvo a parpadear mis lágrimas—. Por favor, confía en mí, ¿okay? California no
es tan malo.
Su cara pone de piedra—. Bueno, me gustaría mucho más si no estuviera a cinco
mil kilómetros de distancia y si no insistieras en cubrir esa distancia en el mayor
tiempo posible.
Hago una mueca—. Perdón si te preocupé.
Sacude la cabeza—. ¿Tienes idea de lo peligroso que es viajar así? Quedarse en
moteles en lugares desconocidos. Conducir por las autopistas durante horas y horas.
Un parpadeo y todo puede pasar.
—Papá—
—Si insistes en vivir tan lejos de nosotros, no vas a volver a hacer esto —me
dice con severidad.
Derrotada, accedo—. Sí, de acuerdo.
—Bien.
Trago y antes de que pueda cambiar de opinión, digo—: Él me cuidó, papá. Dean
me cuidó.
Se lo digo a propósito. Esta es mi pequeña forma de decirle a mi papá que Dean
es un buen tipo. No es que mi papá no lo supiera ya. Dean creció delante de mi papá,
pero, aun así.
Tenía que decirlo.
Y tan pronto como lo hago, lo siento en el pasillo.
Dean.
Siento su presencia y mi papá también. Mueve su mirada de mí y probablemente
hacia Dean. Detecto un ligero apretamiento en su mandíbula, pero no puedo estar
segura de si es mi propio nerviosismo el que me hace ver cosas o si realmente está
ahí.
Papá me suelta y yo me giro para encontrarlo caminando hacia Dean. Dean está
parado al borde del pasillo con mi mamá. Cuando ve que mi papá se acerca a él,
comienza su propio viaje hacia mi papá.
Los dos tienen el pelo oscuro—el de mi papá salpicado con plateado—y son altos
y anchos. Aunque mi papá está en sus cincuenta ya, todavía se ve distinguido. Y bueno,
Dean es... Dean, el hombre que hace que mi corazón se acelere sólo de pensar en él.
Cuando se encuentran en medio del pasillo, mi papá y Dean, me doy cuenta de que
ambos son exactamente de la misma altura.
¿Cómo sucedió eso? ¿Y cómo no lo supe antes?
Ambos se paran frente al otro por unos segundos. No puedo ver la expresión en
la cara de mi papá, pero sí veo a Dean.
Veo el respeto en sus ojos por mi papá. Sin mencionar el amor y la nostalgia. Sus
ojos cafés están llenándose de eso.
Pero esa es su única seña.
Con mi madre, Dean era más abierto y cariñoso. Pero con mi papá, es reservado.
Sus rasgos apenas muestran que está viendo a mi papá después de dos años enteros.
—Simon —Dean lo saluda con un pequeño asentimiento mientras le ofrece su
mano a mi papá.
Espero con la respiración contenida a que mi papá la tome.
Tómala, papá.
Mi papá no lo hace. No toma la mano de Dean.
Lo hace mejor.
Avanza y le da un abrazo a Dean, que Dean devuelve inmediatamente. De hecho,
incluso cierra los ojos y aprieta la mandíbula en esa manera típica suya, cuando está
abrumado por las emociones. Y me doy cuenta de que estaba esperando que mi papá
diera el primer paso.
Por alguna razón, Dean esperaba que mi papá lo recibiera de vuelta a nuestra
familia.
Es estúpido, ¿verdad? Él siempre ha sido familia.
—Es bueno verte —dice papá y puedo sentir que sus ojos están cerrados también,
y está abrazando a Dean tan fuerte como me estaba abrazando a mí.
—Es bueno estar de vuelta —dice Dean.
Intento controlarla, pero una enorme sonrisa se extiende por mis labios.
Estoy tan absorta en verlos juntos que no tengo ni idea de cuándo mamá y
Brendan se acercan a mí.
Me agarro del brazo de mamá—. Todo va a estar bien, ¿verdad?
Ella me besa el lado de la frente—. Sí.
Sintiéndome feliz, rodeo con mi brazo el cuello de Brendan y le beso la mejilla;
aunque tengo que levantarme de puntillas para hacerlo—. Tienes una bocota, ¿no? La
rellenaré con tierra si no la mantienes cerrada.
Él sonríe, envolviendo su propio brazo alrededor de mi cuello y abrazándome a
su lado—. Me gustaría verte intentarlo, Peque.
Después de su reunión en el pasillo, papá y Dean, junto con todos nosotros, van
a la sala de estar. Pasamos un par de horas hablando y pasando el rato y comiendo
todas las galletas de Navidad que mamá hizo.
Tan deliciosas como son, debo admitir que las disfrutaré más cuando Dean hable
con papá. Tal como está, estoy sentada ahí mordisqueando cosas con medio corazón
latiendo con un poder de dos.
La única vez que me distraigo de la inminente conversación es cuando mamá
menciona que habrá una reunión en la víspera de Navidad, mañana, y sus amigos de
Heartstone y un par de personas más vendrán.
—¿Te refieres a la tía Renn, al tío Tristán y a la tía Penny? —Pregunto,
refiriéndome a los amigos de mi mamá.
—Sí —Mi mamá irradia.
—¿Qué pasa con mi tiita Vi y el tío Graham?
—Por supuesto. Todos van a venir.
—O sea, ¿sus hijos también? ¿Rosie? —Mi inocencia no tiene límites aquí—. ¿Va
a venir Rosie?
Mamá está irritada, pero responde de todos modos—: Sí, Fallon. Todos los niños
van a estar aquí, incluyendo a Rosie.
Me encojo de hombros, tan orgullosa de mí misma por mantener mi fachada
lisa—. Sólo preguntaba.
Dean me mira raro y mi papá también, pero los ignoro a ambos.
Todo mi enfoque está en un chico de catorce años llamado Brendan Blackwood,
también conocido como mi hermano.
Brendan se puso atento ante la mención de hija de mi tiita Vi—sólo la llamo tiita
a ella porque soy la más cercana a ella—y del tío Graham, la dulce y tímida Rose
Edwards de doce años. Pero todos la llaman Rosie. Lo entiendo totalmente; es súper
bonita y delicada como una flor.
Completamente opuesto a como es mi hermano, ruidoso, juguetón y descarado.
Pero entonces, los opuestos se atraen, ¿verdad?
Al menos eso espero. Porque Brendan tiene un enorme flechazo por ella.
Oh, él intenta negarlo y actuar calmado y sereno cuando ella está cerca. Pero yo
lo conozco. Sé que las puntas de sus oídos se ruborizan cuando está en extrema
angustia. Y eso es lo que pasa cuando la ve.
Es muy gracioso en realidad.
Ensancho ojos hacia él, y secretamente me para el dedo desde el sillón en el que
está tirado.
Quiero reírme, pero no lo hago.
Mañana va a ser muy emocionante. Bueno, una vez que la gran charla se haga y
superada.
Treinta minutos después, cuando estamos en la cocina, me arrepiento. Debí
reírme en ese momento porque no creo que vuelva a reírme nunca más. Un
sentimiento muy familiar para mí, pero Dios, esta vez se siente tan real.
Tan, tan real. Más real que la enfermedad que tengo.
Porque Dean y mi papá están en su estudio ahora mismo y están hablando.
Mientras yo estoy aquí con mi mamá y mi hermano en la cocina.
Tan pronto como se fueron a hablar, mamá me arrastró a la cocina y me dio
algunas cosas para hacer—honestamente no sé qué—para mantener mi mente
despejada.
—Todo va a estar bien. Déjalos hablar —me dijo severamente.
Pero no puedo concentrarme en otra cosa que no sea lo que está pasando en el
estudio de mi papá. Estoy corriendo a través de múltiples escenarios en mi cabeza.
Estoy imaginando cómo sucederá. Cómo nos darán la noticia de que todo está
bien ahora. Que a papá no le importa si salgo con Dean.
¿Caminarán juntos a la cocina? ¿Mi papá me pedirá que los vea en su oficina?
¿Tendrá preguntas? Apuesto a que sí.
Imagino e imagino y aun así, nada me prepara para ello en absoluto. Nada me
prepara para lo que dice Dean cuando minutos después, entra en la cocina.
Solo.
Tenemos una enorme isla en el medio, hecha de mármol blanco, y yo estoy de pie
a un lado y Dean al otro. Estamos justo enfrente uno del otro.
Técnicamente, lo primero que debería ver al entrar en la habitación soy yo. Estoy
justo ahí, justo donde sus ojos deberían aterrizar.
Pero no lo hace. No me mira.
Sólo mira a mamá, que le sonríe. Yo estaba haciendo lo mismo, sonriéndole, pero
por la expresión de su cara, mi sonrisa se muere.
Dean parece sombrío. Y apretado. Tenso.
Agarro al borde de la isleta para mantenerme firme.
—Huele bien aquí —le dice a mamá, su voz profunda y engañosamente no se ve
afectada por lo que sea que lo está haciendo lucir así, tan retraído—. Pero me temo
que tendré que pasar de la cena. Gracias por todo, Willow.
Y así como así, se da la vuelta y se va.
Escucho sus pasos caminando por el pasillo, el pasillo donde choqué con mi padre,
el pasillo donde mi padre lo abrazó como a un hijo.
Eso fue como hace dos horas, ¿verdad? Papá y Dean se abrazaron hace dos horas
y ahora Dean se está yendo.
¿Cómo es eso posible?
El sonido de la puerta cerrándose detrás de él me despierta y corro tras él.
Sé que mi papá dijo que no se puede correr dentro de la casa, pero no me importa.
Nadie me detiene tampoco. No escucho a mi mamá llamándome. No escucho a mi
hermano.
No me impiden correr por el pasillo, abrir la puerta y lanzarme a la noche de
invierno.
—Dean —llamo cuando lo veo caminando por el camino de ladrillos. No se detiene.
Así que salgo tras él, bajo los escalones del porche...y empujo a mis piernas para ir a
alcanzarlo.
—Dean, detente —jadeo, agarrando su suéter a la altura de su espalda baja cuando
lo alcanzo.
Entonces se detiene, pero no se da vuelta.
Veo que sus hombros suben y bajan. Se mueven y se ondulan arriba y abajo en
un movimiento brusco. Siento en mi corazón que también empieza a temblar. No puedo
llamarlo un latido. Mi corazón está latiendo con fluidez. Está sacudiéndose
rítmicamente en dolor.
—¿Dean? —Susurro su nombre otra vez. Como una pregunta. Una súplica para
que se dé la vuelta, una llamada de auxilio porque me duele mucho el corazón.
Él lo oye y me da la cara.
Sus respiraciones están saliendo de su boca en forma de vaho, igual que las mías,
creo, mientras dice—. Métete a la casa, Fallon. Hace frío.
Me mira, a lo que llevo puesto, y es cuando una brisa fría golpea mi cuerpo. O
quizás es cuando la siento que golpea mi cuerpo.
Tengo puesta una camiseta de Harry Potter junto con un par de jeans. Me había
quitado el suéter y el abrigo e incluso los calcetines hace mucho tiempo.
Así que ahora estoy aquí parada con ropa que apenas protege del clima, pero está
bien. Apenas lo siento.
Apenas siento nada más que su dolor.
—¿Qué pasó? —Le pregunto, acercándome, mis pies descalzos pegándose al
camino de ladrillos con frío.
—Métete a la casa —ordena, su cara llena de sombras y los ojos tan oscuros que
me hacen pensar en las profundidades de un pozo sin fondo.
—No, no hasta que me digas. ¿Dijo algo? Él dijo algo, ¿no? —Agarro su suéter con
ambas manos—. Te dije que hablaría con él contigo. Te dije—
—Y yo te dije que te protegería de cualquiera que pudiera ser su reacción.
Sus palabras vibran entre nosotros, autoritarias y posesivas, un estallido de
calor en este clima frío.
Voy a decirle algo, pero escucho a mi papá salir al porche.
—Fallon, métete.
Sólo dos palabras. Una de ellas es mi nombre y, aun así, siento la orden de mi
papá hasta los huesos.
Lo siento hasta el punto donde sé, sé que, en cualquier momento, mis puños en
el suéter de Dean se abrirán y él se deslizará a través de mi alcance. En cualquier
momento, tendré que verlo irse mientras me paro aquí, viéndolo irse.
Porque no puedo desafiar a mi papá.
Un desafío fue suficiente. Mudarme a la universidad fue suficiente. Y luego, hacer
este viaje por carretera.
Dos de ellos entonces. Dos rebeliones.
Aun así, cualquiera que sea el número, fueron suficientes para que me durara
toda la vida.
Levanto la vista hacia Dean con ojos amplios y temerosos, mis puños apretados
a pesar de las palabras de mi papá. No quiero dejarlo ir. Quiero hablar con él, con mi
papá, y resolver esto.
Podemos resolver esto, ¿no?
Es Dean. Mi papá ama a Dean. Es de la familia.
¿Qué pasó ahí dentro que fue tan terrible que Dean tiene que irse?
La mandíbula de Dean se aprieta cuando no obedezco a mi papá y lo suelto. Pone
sus manos en las mías, sus manos cálidas y rebosantes de calor, y me obliga a soltarlo.
Cuando mis dedos pierden el contacto con la tela, Dean baja aún más su cara.
Con mi corazón martillando en mi pecho, lo siento besarme en mi cabeza. Es un
beso suave. Un beso de pluma, pero, aun así, arranca mis lágrimas y gotean por mis
mejillas.
—Tu papá tiene razón. Métete a la casa, Peque —me susurra, su mirada nadando
con intensidad y lucha mientras me limpia las lágrimas.
Por fin, se aleja de mí y mira a mi papá. Entre ellos pasa una mirada que no
entiendo, pero que está llena de... hostilidad. Al menos, por parte de mi papá.
Y entonces, lo que predije hace un momento se hace realidad.
Él se escapa y yo lo veo irse mientras me paro en el mismo lugar donde me besó
y limpió mis lágrimas.
Willow
Recuerdo el día en que nació Fallon.
Recuerdo el pánico que había sentido. El pánico en las primeras contracciones.
El pánico al descubrir que mi niña iba a nacer. Estaba atrasada en realidad, así que no
debería haber sido un shock, pero, aun así.
Nadie te dice nunca sobre eso, sobre el nivel de pánico que vas a sentir. O tal vez
lo hacen, pero no lo entiendes realmente.
No te sientes realmente preparada para ello, en el momento en que tu hijo entra
en este mundo.
No te sientes realmente preparada para el miedo, el dolor, el caos en la habitación
del hospital. Nada puede prepararte para la alegría, el amor puro en tu corazón cuando
el pequeño ser humano que hiciste está retorciéndose, pateando sus piernas, llorando
a mares en las manos de los médicos y enfermeras.
Sin mencionar el deseo que sientes de abrazarla tú misma, y cuando te la dan, el
pánico, de nuevo esa emoción, sientes que es inmenso, más intenso que cualquier otra
cosa que hayas sentido antes.
Pero, sobre todo, nada puede prepararte para el tipo de amor que sientes, el tipo
de amor en el que caes, con el hombre que has amado durante años ya.
No, nada puede prepararte para el momento en que tu esposo sostiene a tu bebé
por primera vez.
Tal como es, recuerdo haber llorado en ese momento.
Lloré mucho ese día, y también grité mucho. Y cuando Simon sostuvo a Fallon
por primera vez, mi sistema de agua no se detuvo.
Para entonces, ambos estábamos exhaustos.
Había sido un parto largo, a través del cual grité todas las obscenidades que
conocía, y todo a mi estoico esposo Rey de Hielo.
Y bueno, ese fue el día, entre otros días en los últimos veinte años de nuestro
matrimonio, en que realmente puse a prueba su paciencia y rompí su legendario
control en pedazos.
Simon estaba inquieto.
Más que eso, estaba aterrorizado y angustiado. Juro que un par de líneas nuevas
habían surgido alrededor de su boca y su frente entre el momento en que me llevaron
al hospital y el momento en que nuestra niña nació.
Todo eso desapareció, todo su estrés y pánico como el mío, cuando sostuvo a
Fallon en sus brazos por primera vez.
Lo vi. Lo vi con mis propios ojos.
La forma en que su fuerte pero exhausto cuerpo se suavizó. La forma en que hizo
una cuna con sus brazos para poder sostenerla en la curva de ellos.
La forma en que sus ojos grises, los que me recuerdan a los cielos lluviosos,
rebosaron de lágrimas, aunque sus labios se extendieron con una gran sonrisa.
Recuerdo la mirada de asombro en su cara de rey cuando su hija agarró su dedo
en su pequeño puño.
Lo recuerdo todo.
Recuerdo a mi esposo enamorándose de alguien más, un pequeño humano que
habíamos creado y que me hizo enamorarme de él aún más, con los brazos abiertos.
También recuerdo el día en que tuve el presentimiento de que mi niña también se
había enamorado de otra persona.
Un chico silencioso y solitario llamado Dean.
Creo que fue en su tercer cumpleaños cuando le propuso matrimonio en broma.
Traté de negarlo por un tiempo. De hecho, lo negué durante años y años, pero
supongo que siempre lo supe. Siempre supe que tenían algo especial.
Y así supe que este día llegaría, el día en que Simon y Dean, el chico al que Simon
y yo habíamos acogido en nuestra familia, chocarían cabezas.
No porque no le agrade Dean ni nada de eso.
Sino porque Simon tendrá problemas para dejar ir al segundo amor de su vida,
su hija.
Eso es exactamente lo que está pasando, y probablemente debería decírselo. O mi
esposo agonizará por ello durante días y días; todavía lleva tiempo para que entienda
las cosas que implican emociones, especialmente las suyas.
Mi Rey de Hielo.
Es casi medianoche. Brendan está profundamente dormido, pero sé que Fallon
está despierta, aunque la luz de su habitación esté apagada.
Fue una cena tensa después de que Dean se fuera abruptamente. Quería hablar
con Simon en ese momento, pero sabía que necesitaba tiempo para dejar atrás lo que
pasó en su estudio con Dean. Y Fallon necesitaba calmarse también.
Así que esperé a que subiera a nuestra recámara, pero nunca lo hizo.
Eso es lo suyo también. A veces se cierra y desaparece en su trabajo si no puede
procesar lo que está pasando alrededor de él, y tengo que sacarlo.
Esta noche es una de esas noches, creo, y toco la puerta de su oficina.
—Entra.
Su profunda voz masculina llega a través de la gruesa puerta marrón y
extrañamente, esta noche me recuerda a nuestros días en Heartstone, el momento de
mi vida en el que todo era tan sombrío y duro.
Cuando tenía dieciocho años, intenté matarme saltando de un tejado. Luego traté
de mentir sobre ello porque esta cosa dentro de mí, mi enfermedad, la depresión, me
hizo sentir débil. Y no quería sentirme débil. Así que mentí e inventé historias sobre
la caída hasta que todos los que me rodeaban pensaron que debía ser enviada a un
hospital psiquiátrico.
Y entonces, lo encontré.
El hombre de ojos grises y cara estoica pero impresionante, que parecía un rey y
me recordaba a mi cosa favorita: la lluvia.
Me hizo darme cuenta de que soy una guerrera. Que mi enfermedad no es mi
debilidad. Que mi enfermedad es lo que me hace fuerte. El hecho de que me levante de
la cama todas las mañanas incluso cuando no quiero. El hecho de que vivo incluso
cuando algunos días no tengo ganas.
Me hizo darme cuenta de que mi caída de ese techo no es algo de lo que
avergonzarse. Y a su vez, me hizo enamorarme de él.
No fue un camino fácil para nosotros. Él era mi psiquiatra y yo era su paciente.
Había un estigma, el juicio de la gente, el propio conflicto moral de Simon y sus
problemas. Pero lo logramos y aquí estamos ahora, veinte años después, con una
familia y un hogar como un castillo.
Abro la puerta y entro.
Está sentado detrás de su escritorio en su gran monstruo de silla de cuero que le
dije que odiaba el día que la compró hace unos ocho años.
Esto es una locura, Simon. Parece que viene de los años ochenta.
Ves la habitación en ella, dijo y señaló el amplio asiento, su voz baja y áspera, sus
ojos encapuchados. Tú serás la que me agradezca por ello cuando montes mi verga en
ella más tarde.
Bueno, odio decirlo, pero sí le agradecí por ello. Le he dado las gracias incontables
veces desde entonces. Así que tal vez no odio tanto esta silla, pero, aun así, es un
retroceso a los ochenta.
—Hola —lo saludo mientras cierro y le pongo seguro a la puerta tras de mí.
Me mira por unos segundos en silencio, sus ojos tan hermosos detrás de sus
gruesos lentes.
—Hola —dice finalmente, y es evidente en su voz astillada y filiforme, que está
luchando.
No es que nadie sea capaz de decirlo.
Nop, con él nadie puede decir nada excepto yo.
Tiene una buena cara de póquer. Siempre la tuvo. Mandíbula ancha, pómulos
altos, una frente lisa que puede estar ligeramente estropeada por las líneas de la edad,
pero nada demasiado loco.
Y está sentado en su silla con sus hombros musculosos y sus dedos colocados en
forma de torre como el rey que es.
Sólo yo sé que además de ser un rey frío y helado, también es un hombre. Un
hombre con vulnerabilidades y grietas en su fachada pulida como el resto de nosotros.
Sigo caminando hacia él, hacia mi rey, su oficina es un reflejo del hombre que es:
madera fuerte y cuero pulido.
Y él sigue mirándome desde detrás de su escritorio.
—¿Recuerdas cuando solía entrar en tu oficina? —Le pregunto en voz baja, mis
pies silenciosos en el suelo de madera, aunque todo dentro de mí está zumbando como
siempre lo hace cuando nos miramos fijamente—. ¿En Heartstone?
Estoy al otro lado de su escritorio ahora, mis muslos presionando el borde de
este.
Por alguna loca razón, iba a detenerme allí, en su gigantesco escritorio cubierto
con sus libros y papeles.
Pero él empuja su silla ligeramente hacia atrás y la gira para hacerme sitio,
invitándome silenciosamente a acercarme, y por supuesto, voy.
Rodeo el escritorio bajo su intensa mirada y me acerco a él, me acerco a sus
muslos extendidos que parecen tan poderosos y musculosos incluso a través de sus
pantalones.
Tan pronto como estoy a distancia de contacto, Simon desenrolla sus dedos y
extiende un brazo, agarrando mi muñeca. Me empuja hacia delante y un segundo
después, estoy sentada en su regazo con mi lado presionando su pecho que se ha vuelto
más duro con los años y su brazo que hace una banda apretada alrededor de mi cintura.
—Lo recuerdo, sí —responde a mi pregunta anterior—. Yo miraría la hora
constantemente. Enviaría a la gente lejos, terminaría las reuniones abruptamente si
se alargaban.
—Estabas obsesionado conmigo —me burlo.
—Lo estaba.
Riéndome entre dientes, rodeo mis brazos alrededor de su cuello y juego con su
grueso y oscuro cabello. Bueno, oscuro salpicado de plateado que de alguna manera lo
hace parecer aún más de la realeza y guapo.
Un rey gobernando su reino durante años. Gobernando sobre su Princesa de
Nieve, o mejor dicho su Reina ahora, durante años también.
—También solía sentarme en tu regazo —susurro sobre su mandíbula
ensombrecida.
Su brazo se flexiona alrededor de mí—. Todavía te sientas en mi regazo.
Beso la esquina de su boca—. Incluso después de veinte años.
Su otra mano trepa hacia mi cabello plateado suelto. Inclina mi cabeza
ligeramente hacia atrás y besa la comisura de mi boca en respuesta a la mía—. Te
sentarás en mi regazo después de otros veinte también.
Mi pecho se llena con fuertes latidos.
No sé cómo puede hacerme esto, incluso después de dos décadas de estar juntos,
pero lo hace. De hecho, lo hace aún más ahora.
Con cada año que pasa, con cada cosa nueva que descubro sobre él, me enamoro
de él aún más. Creo que es interminable y sin fondo, este enamoramiento de él.
Frotando mi nariz con la suya, le susurro—: Sabes, no eres tan malo en el
departamento de romance si te aplicas.
Un lado de su boca se levanta y paso mi dedo sobre las líneas, las huellas de su
sonrisa—. He aprendido de la mejor.
—¿Lo has hecho?
—Sí —sus ojos bajan más a mi camisón—. De mi Princesa de Nieve.
Tengo puesto su camisón favorito, una cosa blanca con volantes que le gusta. Me
dice que me veo exactamente como una princesa de nieve en él, su Princesa de Nieve.
Y luego, tengo que besarlo cuando está siendo tan dulce, mi Rey de Hielo.
Mi esposo es maravilloso todo el tiempo, pero cuando está usando sus propias
palabras para expresarse, no hay forma de detener el ajetreo en mi sangre.
Cuando rompemos el beso y salimos a tomar aire, susurro—: Te amo.
Él traga, sus ojos nublándose—. ¿Todavía?
Asiento, dejando que todo mi amor por él se muestre en mi mirada—. Siempre.
Sin embargo, en lugar de calmarlo, lo agita. Su pecho se ondula contra mi cuerpo
en un aliento fuerte. La mandíbula que he estado besando tiene tics mientras aprieta
los dientes.
—No me mires así —susurra con dureza, sacudiendo la cabeza con
autodesprecio—. Como si fuera un héroe o algo así. No después de esta noche.
Dios.
Simon tiene un sentido muy estricto del código moral. He luchado con él muchas
veces en el pasado y sabía que esto no sería diferente.
A veces deseo que no sea tan bueno, tan jodidamente bueno, hasta el punto de que
se tortura a sí mismo con él. A veces desearía poder arroparlo dentro de mi corazón y
mantenerlo ahí para siempre, para que esté en paz.
Suspirando, acuno su dura mandíbula—. ¿Qué ha pasado esta noche?
Su respuesta es apretar la mandíbula de nuevo.
—Háblame —insto.
—No hay nada de qué hablar.
Suspiro de nuevo y presiono su mejilla para que sepa que no voy a aceptar un no
por respuesta—. Simon, ¿qué pasó esta noche?
Sus ojos se angustian aún más, si es posible—. No es lo suficientemente bueno
para ella.
—¿Y eso por qué?
—Porque es demasiado grande para ella.
—¿Y?
Su brazo alrededor de mí se flexiona de nuevo y frunce el cejo
estruendosamente—. Y ella es demasiado joven. Apenas tiene dieciocho años. No sabe
lo que es el amor. Sólo está encaprichada. Sólo ha estado en la universidad por cuánto,
¿4 meses? Ni siquiera ha visto qué otras opciones tiene. Hay otros chicos ahí fuera.
Necesita esperar.
—¿Ella necesita esperar?
—Sí.
—Por otros chicos.
Se toma su tiempo para responder a eso—. Sí.
—¿Entonces estarás bien si ella trae a casa a alguien más?
Esta vez, su silencio antes de responder es aún más largo. Puedo ver la lucha en
sus rasgos, en su cuerpo apretado.
—Sí —Aprieta los dientes—. Años después.
Dios, es tan mentiroso. Aun así, asiento pensativamente—. ¿Cuántos años
exactamente?
No le gusta eso.
—Willow —dice, irritado—. No estoy de humor para hablar de esto.
Probablemente tampoco le guste lo que le voy a decir ahora, así que mantengo mi
voz tranquila y suave. Sigo jugando con las puntas de su cabello.
—Okay —Asiento—. ¿Estás de humor para escuchar una historia?
—Willow—
Pongo un dedo en su boca suave—. Shh. Sólo escúchame. Por favor...
Me da una mirada por unos cuantos latidos antes de asentir. Sé que le está
costando. También sé que probablemente ya sabe la historia que le voy a contar.
Sin mencionar que es consciente de que no le va a gustar, así que me inclino
hacia él y le doy un dulce beso en los labios como recompensa.
—Había una vez una chica. Llamémosla Princesa de Nieve —susurro en sus
labios, mirando sus intensos ojos grises—. Fue enviada a vivir en un castillo. Pero
este no era un castillo ordinario en absoluto. Se llamaba Hospital Psiquiátrico
Heartstone. Ella odiaba cada segundo. Quería salir de allí lo antes posible. Pero
entonces, conoció a un hombre, llamémosle Rey de Hielo. Como todas las cosas y
personas dentro de ese castillo, ella también lo odió al principio. De hecho, ella lo
odiaba a él más. Porque era el doctor y a nuestra Princesa de Nieve no le gustaban los
doctores, especialmente los psiquiatras. Ella pensaba que los psiquiatras hacían
demasiadas preguntas. Pero luego, lentamente, se dio cuenta de que este psiquiatra
era diferente. Era especial y la hacía sentir especial también. Así que se enamoró de él.
En contra de todas las reglas y del mejor criterio. Pero nunca adivinarás la mejor
parte.
Le sonrío y vuelvo a besar su dura mandíbula antes de decir—: Ella tenía
dieciocho. Y él tenía treinta y dos.
Permanece en silencio por unos momentos y le doy una mirada aguda. Luego
respira con fuerza—. ¿Hay un punto en todo esto?
Quiero reírme de su pregunta. Puede ser tan terco cuando quiere.
Pero he criado a dos niños; sé cómo tratar con gente que es deliberadamente
terca.
—Sí —De nuevo, adopto una voz tranquila—. El punto es que la edad no tiene
nada que ver con quién te enamoras. Ella lo ama, Simon. Como yo te amé a ti cuando
apenas sabía lo que era el amor. Y él la ama como tú me amaste a mí, a pesar de todas
las diferencias entre nosotros.
—No lo hace —se corta.
—¿Qué?
—No la ama.
Mis manos en su pelo se detienen y trato de bajarme de su regazo para que
podamos tener una discusión seria—. ¿De qué estás hablando?
Pero ya debería saberlo. Simon me rodea con sus dos brazos fuertes y me
mantiene conectada y tendida sobre él.
Cuando estoy firmemente instalada en su regazo de nuevo, explica—: Él la dejó
—Ante mi confuso cejo fruncido, él continúa—. ¿Sabes lo que me dijo? Me dijo que hace
dos años se fue a California porque la amaba. Porque no sabía qué hacer con sus
sentimientos por ella.
Tiene que dejar de hablar por un segundo porque está muy enojado. Pinta sus
pómulos de un rubor escarlata y le rodeo el cuello con los brazos.
—¿Recuerdas lo deprimida que estaba después de que él se fue? Durante días, la
vi luchar. La vimos luchar. Apenas sonreía. Apenas se interesaba por nada. Lloraba y
yo no sabía cómo arreglarlo. No sabía cómo mejorarlo para ella. Ni siquiera sabía por
qué hasta hoy. Pasó por todo eso porque él la dejó. La hizo llorar. Y todavía la hace
llorar —penetra su mirada torturada en la mía.
—Ella odia California. Fallon odia L.A. pero está allí por él. Porque él está allí. Mi
hija está sola al otro lado del país por su culpa. Él no es lo suficientemente bueno para
ella.
Mis propios ojos están llenos de lágrimas. Fue un shock para todos nosotros,
Dean se fue a vivir a miles de kilómetros de distancia. No teníamos ni idea de que
estaba planeando una mudanza tan grande. No hasta que vino a cenar una noche y nos
dio la noticia.
Recuerdo haber visto la cara de Fallon. Estaba destrozada, se había puesto pálida.
Y permaneció así durante días después. Permaneció así, en shock, en una niebla
durante días.
Se puso tan mal que quise traer a Dean de vuelta.
Quería llamarlo y exigirle que volviera. Porque mi niña lo amaba. Quería exigirle
que él también la amara.
Pero no puedes forzar el amor. No puedes desearlo, obligarlo o conjurarlo. Ni
siquiera puedes ganarte el amor. Si pudieras, no habría amantes no correspondidos
en el mundo. O historias de amor rotas.
El amor sólo se puede dar. Sólo se puede dar por libre voluntad.
Eso fue exactamente por lo que nunca se lo dije a Simon.
Nunca le dije por qué su hija estaba tan afectada. Nunca le dije que ella amaba a
Dean. Él habría volado a California y obligado a Dean a volver. Habría hecho todas las
cosas que yo quería hacer. Se habría torturado a sí mismo con eso, con la impotencia.
Lo conozco. A mi esposo le gusta arreglar las cosas y no era algo que se pudiera
arreglar.
Así que cuidé de mi hija lo mejor que pude. Intenté estar ahí para ella y para mi
esposo.
Y esta noche, tengo que estar ahí para ellos otra vez, para mi hija y para el hombre
que amo. Así que digo lo que no me gusta pensar.
—Tú también me hiciste llorar —susurro.
Se encoje como si le hubiera dado una bofetada, y me corta mucho sacarlo a
relucir. Pero tengo que. Tengo que hacerlo. Así lo entiende.
Y para amortiguar el golpe, maniobro mi cuerpo en su regazo.
Me pongo a horcajadas con él, pongo mis rodillas a cada lado suyo y meto mis
dedos en su pelo. Los suyos agarran mi cintura y me presionan contra su torso.
—Lloré por ti, Simón —le digo, apoyando mi frente contra la suya—. Durante
días, durante semanas. Durante mucho tiempo pensé que no me amabas y no sabía
cómo aceptarlo. No sabía cómo vivir una vida sin ti. No digo esto para hacerte sentir
mal porque todo está en el pasado y lo has compensado un millón de veces. Pero te
digo esto porque quiero que lo entiendas. Quiero que entiendas que la razón por la que
nuestra hija estaba tan triste era porque lo amaba. Y a veces la gente que amamos nos
hiere más. Es un hecho desafortunado, pero es la verdad. ¿Y quieres saber otra verdad?
Cuando finalmente admitiste que me amabas, nunca había sido más feliz. De hecho,
cada día mi felicidad crece porque estás conmigo. Conozco la felicidad por ti. Y en los
días difíciles, cuando mi enfermedad me hace pensar que nunca podré ser feliz y que
siempre estaré triste, tú haces que mi tristeza no sea tan triste.
Sus dedos están apretando mi carne duramente. Tan duro como su respiración,
tan duro como la angustia agitándose en sus rasgos—. Willow, yo—
—Ella es feliz, Simon —le digo con una voz rota y llena de lágrimas—. Dean la
hace feliz. Y creo que la razón de ello es porque es como tú. Ella lo ama porque ella es
como yo y él es como tú.
—Ese es el problema, Willow. Que es como yo —suelta, como si estas palabras
hubieran estado en la punta de su lengua toda la noche y sólo ahora tiene el coraje de
decirlas.
—¿Qué significa eso?
—Algunos días no puedo... —Su mandíbula se mueve hacia adelante y hacia atrás
mientras trata de reunir sus pensamientos—. No puedo soportar lo mucho que te amo.
Algunos días tengo tanto miedo. Me siento tan débil. Siento como si alguien estuviera
apretando mi corazón. Algunos días siento que te necesito, necesito verte y tocarte,
olerte o no podré respirar. Necesito que respires, Willow. Necesito que le des sentido
al mundo. Te necesito... demasiado.
Me agarra la cara, con sus pulgares clavados en mis mejillas—. Él es como yo.
No la ama. Esto no es amor. Esto es... locura, demencia y adicción. Esto es una
necesidad visceral, ¿entiendes? Él la necesita. La necesita demasiado. Como yo, él lucha
con las emociones. Es débil. No puedo... Mi hija no puede estar con un hombre así. No
la dejaré estar con un hombre así, como yo. Ella necesita a alguien... mejor. Ella
necesita...
Cuando se queda sin palabras, agacho la cara.
Cierro los ojos para no derramar lágrimas y presiono mi frente contra su pecho.
Conozco su cuerpo por dentro y por fuera y conozco el lugar donde tiene un tatuaje.
El que se hizo para mí: WG.
Willow Guerrera.
Porque él cree que soy una guerrera. Y porque tengo el mismo tatuaje en mi
muñeca.
¿Por qué siempre olvida que él también es un guerrero?
Froto mi frente contra él, el tatuaje en su pecho, antes de mirarlo—. Dios, Simon.
Eres un idiota.
Parece desconcertado y yo emito una carcajada rota.
—Sé que me necesitas, idiota —continúo, agarrando su cara—. Lo sé. Y está bien.
Porque yo también te necesito. También necesito que respires, Simon. Necesitar a
alguien no te hace débil. Sólo te hace humano. Eres humano, cariño. Los humanos se
caen, ¿recuerdas? Tú te caes. Te cansas. Te exhaustas y estás bien. Porque caerse es
parte de la vida. Es tu habilidad volver a levantarte lo que te hace mi héroe. Eres mi
héroe, pero eres humano.
Besando sus labios suavemente, prosigo—. Eres un padre, un esposo, un hombre.
Y tienes problemas para dejar ir a tu hija. No importa a quién traiga a casa, siempre
tendrás problemas para dejarla ir.
—Ella es mi... —Él traga, sus ojos enrojecidos detrás de sus lentes—. Ella todavía
es un bebé.
—Y él la cuidará. Siempre la ha cuidado.
Entrecierra los ojos, como si lo estuviera recordando, todos los años que Dean ha
cuidado de Fallon. Todas las veces que Fallon eligió pasar tiempo con Dean en vez de
pasar tiempo con Simon. Mi esposo también solía disgustarse por eso.
—Sí.
Me hace reír—. Sé que no eras un fanático de eso. Eres demasiado posesivo.
—Por supuesto que soy posesivo. Es mi hija.
—Por eso no te lo dije.
—¿No me dijiste qué?
Me muerdo el labio—. Que tu hija ha estado enamorada de Dean toda su vida.
Incluso le propuso matrimonio en su tercer cumpleaños.
Se pone rígido, su pecho deja de moverse arriba y abajo—. ¿Perdón?
—Sabía que enloquecerías.
Su mandíbula se aprieta antes de decir severamente—. Por favor, dime que estás
bromeando.
—Nop. Sé que es un shock, pero te acostumbrarás. Como yo lo hice —Simon abre
la boca para decir algo, pero lo beso de nuevo y uso el mismo tono que uso con
Brendan—. Simon, déjalo. Tampoco fue fácil para mí, pero lo hice. Eso es lo que pasa.
Los niños crecen, se enamoran y se van. Lo mejor que podemos esperar es que
encuentren la felicidad. Y Dean la hace feliz, ¿recuerdas? Sin mencionar que Fallon
también hace feliz a nuestro Dean. Dean es nuestra familia también, ¿okay? Tú eres el
que encontró a un niño perdido y lo salvó. Es exactamente como tú. Lo que significa
que tampoco está durmiendo. Probablemente esté allí, en su gran casa vacía,
torturándose por lo que pasó. Lo invitaré aquí mañana y tú hablarás con él y dejarás
todo atrás. Así que fin de la discusión.
Lo fulmino con la mirada por si acaso. Eso siempre funciona con Brendan.
También funciona con mi esposo.
Pero de una manera muy diferente.
Pierde toda su lucha y su irritación. Su cuerpo se vuelve cálido y flexible. Bueno,
tan flexible como es posible con toda su dureza y músculos, y me aprieta la cintura
otra vez.
—Estás siendo mandona esta noche —murmura, sus labios curvándose una
sonrisa.
—Porque estás siendo un idiota esta noche.
Se ríe y me arranca los labios con un beso. A los dos segundos, tenemos que
romperlo porque oímos un ruido.
Viene del pasillo, pequeños pasos y crujidos de tablas del suelo.
—Esa es... —Simon se calla frunciendo el cejo.
Es Fallon y creo que sé lo que está haciendo. Al igual que yo, también va a ir con
su hombre solitario de cabello oscuro.
Tal vez esto me hace una mala madre, pero realmente quiero reírme. Aprieto mis
labios porque esto es seriamente divertido.
Me trago mi alegría—. Ajá. Sí.
Simon está alerta ahora—. ¿Qué está haciendo?
—Probablemente se esté escabullendo para ver a Dean —Está a punto de
levantarse, pero yo lo detengo—. Esto es lo que pasa cuando le prohíbes a los niños
hacer cosas. Lo hacen de todas formas. A tus espaldas.
—Willow, déjame levantarme. La voy a detener.
—No, no lo harás —Puse mis manos en sus amplios hombros, tratando de
mantenerlo sentado—. La detienes ahora y tratará de ir a él de nuevo cuando todos
nos quedemos dormidos. Déjala ir. Deja que lo vea. Y a juzgar por todo lo que ha pasado
esta noche, probablemente él también necesite verla.
Entramos en un concurso de miradas, mi esposo y yo. Sus hermosos ojos grises
y los míos verdes.
Cuento los segundos hasta que Simon pierde su pelea de nuevo.
Siete segundos.
Le lleva siete segundos perder toda su pelea.
—Bien. Pero si no vuelve en una hora, iré allí y la arrastraré a casa.
No soy tan ingenua como para pensar que no pasó nada entre mi hija y Dean
cuando viajaron juntos. Pero mientras ella esté aquí, me gustaría que ambos actuaran
como los adultos responsables que son. Así que, si eso incluye arrastrar a Fallon de
vuelta, estoy de acuerdo.
Sonriendo, asiento—. Okay. Una hora.
Luego lo beso de nuevo y esta vez no salimos a tomar aire por lo que parece una
eternidad.
—¿Este es un mensaje para mí? —gruñe después de haberme robado el aliento
con éxito.
Sus ojos son oscuros y posesivos. Casi tan posesivos como su agarre en mi
camisón, sus nudillos rozando la parte inferior de mis pechos.
Simon es la única persona en este mundo que me conoce completamente. Que
puede trazar las estrías de nuestros dos hijos, que conoce todos los secretos de mi
cuerpo y que puede contar historias sobre ellos.
Y es tan embriagador pensar que soy la única persona que puede hacer lo mismo
con él.
Es tan emocionante cómo el amor por mi hombre medicina sigue fluyendo por
mis venas de la misma manera que cuando yo tenía dieciocho años y él treinta y dos.
—Sí —susurro, moviéndome en contra él—. ¿Y sabes lo que estoy pensando?
Sus ojos están encapuchados y pesados—. ¿Qué es eso?
—Estoy pensando que no te he agradecido por esta fea silla en mucho tiempo.
Excitación está impresa en sus rasgos mientras me mira como siempre lo hace.
Como lo ha hecho desde el día que nos conocimos en el pasillo de Heartstone.
—Está bien —murmura, sus dedos tirando de la tela de mi camisón—. Ahora me
lo agradecerás.
—Lo haré.
Por esta silla y por los últimos veinte maravillosos años y los veinte que están
por venir.
Fallon
Dean vive a unas pocas cuadras de nosotros.
He estado en su casa antes, numerosas veces, por supuesto. Pero esta es la
primera vez que veo su casa a medianoche, cubierta de oscuridad. Sus ventanas, el
techo, el porche.
¿Siempre se ha visto tan solitaria, tan distante y desolada?
Me recuerda a Dean.
Ya nadie vive aquí. O por lo menos, no habitualmente. El papá de Dean vive en
Europa ahora. Se retiró y se fue justo después de que Mia cumpliera 18 años. No fue
un momento agradable en su vida o la de Dean, cuando su padre se levantó y se fue
sólo así.
De todos modos, Dean vivió aquí solo hasta que se fue a California. Y ahora cuando
Mia vuelve de visita, normalmente se queda con mi mamá y mi papá.
Dean le paga a alguien para el mantenimiento de la casa, la limpieza, el césped,
etc.
Cuando se fue y casi nunca volvió o llamó, me preguntaba si vendería la casa. Si
cortaría todos los lazos de este lugar, de nosotros, de mí.
Pero ahora sé que no lo habría hecho.
Él me ama. Lo hace.
Nunca habría vendido este lugar.
Incluso cuando él estaba en la agonía de la negación de mis sentimientos, nunca
habría cortado todos los lazos con el lugar donde nos encontramos.
En fin, esta casa me recuerda cómo estaba él cuando lo vi hace cinco días, cuando
comenzamos nuestro viaje de regreso a casa.
Estaba tan... severo y apretado e inflexible. Tan reservado y solitario. Oscuro.
Igual que esta casa.
Creo que no se relajó hasta anoche, hasta que confesó su amor por mí. Y entonces,
vi los últimos vestigios de rigidez drenándose de él hoy, cuando estuvo con mi familia.
Nuestra familia.
No puedo dejar que vuelva a estar solo, no cuando nos acabamos de encontrar,
no cuando acaba de recuperar a su familia.
Así que me escabullí de mi casa, algo que nunca había hecho y algo en lo que no
creo que sea una experta de ninguna manera.
Nunca quise hacer esto. Escabullirme así a espaldas de mis padres, a espaldas de
mi papá. Se siente como si lo estuviera traicionando o algo así, y la culpa de ello es
tan pesada, más pesada de lo que pensé que sería.
Pero con o sin culpa, tengo que ver a Dean. Tengo que asegurarme de que está
bien después de lo que pasó.
¿Qué pasó?
Mi papá no habló durante toda la cena y yo estaba demasiado triste y enojada
para preguntarle. He tenido muchas peleas con mi madre mientras crecía, pero nunca
he tenido una discusión con mi papá. Siempre le he obedecido, siempre hice lo que me
decía.
Bueno, excepto por las dos rebeliones que he tenido recientemente.
No importa ahora. No importa que tenga que ir a espaldas de mi papá porque no
puedo dejar a Dean solo.
Es el hombre que amo. Tengo que estar con él. Y mañana, haré que mi papá
también lo entienda. Le diré que amo a Dean y le rogaré que no me haga elegir.
Pero por ahora, aquí estoy.
Estoy en su puerta, estiro mi mano y la toco fuerte.
Unos segundos más tarde, oigo pasos acercándose y luego un clic seguido de la
puerta abriéndose y revelando el amor de mi vida.
Mi corazón se contrae al verlo.
Al ver lo desordenado y cansado que se ve. Su cabello está parado en puntas, su
mandíbula oscura con algo de barba, y sus ojos están ensombrecidos por la
preocupación y medias lunas púrpuras debajo.
La preocupación puede que sea por mí porque frunce el cejo y me mira de arriba
a abajo como si no pudiera creer que estoy aquí, y para asegurarse de que estoy bien.
—¿Fallon?
—Hola.
—¿Qué coño estás haciendo aquí? —espeta, sus bíceps sobresaliendo de su
camiseta negra, tensos.
—No estabas respondiendo a mis mensajes o llamadas y...
—¿Y qué?
—Y quería verte.
Su ceño se profundiza por un segundo, se mueve entre sus cejas antes de
alisarse—. No debiste haber venido, Fallon.
—Tenía que hacerlo.
—¿Y eso por qué?
—Porque estás sufriendo.
Algo pasa cuando digo eso. A él, quiero decir.
No puedo describirlo realmente más que diciendo que él se retrae, pero sé que no
se ha movido ni un centímetro.
Sin embargo, algo se agita a través de él, a través de su cuerpo, casi un espasmo,
y sus rasgos oscuros se ven más firmes y feroces.
Antes de que pueda preguntárselo, me agarra del brazo y me mete en su casa. La
puerta se cierra detrás de mí y me empuja contra ella.
Me asustaría encontrarme dentro de una casa tan oscura como la noche, más
oscura, de hecho. La noche contiene la luna para iluminarla. Dentro de la casa de Dean,
no hay tal alivio. No hay luces, ni la llama parpadeante de una vela.
Y yo estoy atrapada entre la puerta y él.
Extrañamente o tal vez no tan extrañamente, el hecho mismo alivia mis miedos.
El hecho de que estoy segura, a salvo, porque él tiene su cuerpo sobre el mío como una
manta.
—¿Dean? —Susurro porque, aunque estamos tan cerca y mis manos están
agarrando su camiseta, no puedo verlo realmente.
Pero lo escucho.
Escucho su profundo y salvaje aliento, y escucho el golpe de su palma contra la
pared antes de que la luz inunde su entrada.
Me lleva unos momentos ajustarme al repentino brillo.
Pero cuando mi visión se despeja, lo encuentro a pocos centímetros de mí. Quiero
decir, sabía que estaba muy cerca de mí; lo sentí. Sentí cada centímetro de él, pero,
aun así, es una sorpresa.
Una buena. Una gloriosa.
—¿Cómo llegaste aquí? —pregunta, con las dos palmas de sus manos a cada lado
de mí.
—Me escabullí después de que todos se durmieran —le digo.
Él mira mis labios mientras hablo antes de mirarme a los ojos—. Porque yo
estaba sufriendo.
—Sí —susurro, desplegando los dedos de su camisa para poder levantar las
manos y acariciar su dura y su rasposa mandíbula—. Siento lo que sea que haya
pasado, Dean. Siento lo que sea que mi papá te dijo. Hablaré con él. Arreglaré—
—¿Alguna vez has roto una regla, Fallon? —pregunta, su cálido y sabroso aliento
abanicando mis labios.
No estoy segura de por qué me está preguntando esto de repente, especialmente
cuando ya sabe la respuesta. Pero sacudo la cabeza—. Eh, no realmente.
—No realmente —repite, su mirada penetrante y aguda—. ¿Alguna vez te
escabulliste de la casa después de que tus padres se durmieran?
Vuelvo a sacudir la cabeza—. No. ¿Por qué?
—Pero lo hiciste esta noche.
—Sí.
—¿Caminaste hasta aquí?
Me hizo la misma pregunta en el motel la noche que llamé a su puerta. También
fue la noche en que dijo que no le gustaban las niñas como yo.
Aunque sus palabras son las mismas esta noche, el aire que nos rodea se siente
diferente. Más cargado y eléctrico. Más peligroso y afilado.
—Lo hice, sí.
—Lo hiciste —Él se lame los labios y yo tengo que apretar el impulso de tocar la
punta de su lengua con la punta de mi dedo o mejor, con la punta de mi propia lengua.
—Y todo eso lo hiciste porque yo estaba sufriendo —susurra, haciéndome apartar
la mirada de su boca.
Trago cuando repite mis palabras por segunda vez—. Sí.
—Como tú te mudaste al otro lado del país porque yo me mudé al otro lado del
país —Su expresión se vuelve rígida por un segundo como si viera ese hecho bajo una
nueva luz, mi mudanza a la costa oeste—. Eso es lo que me dijiste, ¿verdad? Me dijiste
que te mudaste al otro lado del país para estar conmigo.
—Sí, lo hice.
—Harás cualquier cosa por mí, ¿verdad?
—Sí, cualquier cosa.
A raíz de mis palabras ansiosas, su pecho se mueve contra el mío, frotando mis
pezones mientras exhala una respiración afilada. Una respiración afilada y furiosa
que extrañamente me excita y me hace querer quitarle toda su rabia y dolor al mismo
tiempo.
—¿Qué pasó, Dean? ¿Por qué estás haciendo todas estas preguntas? —Froto mis
pulgares sobre sus duros pómulos—. ¿Qué te dijo mi papá?
—Me dijo la verdad.
Sus palabras salen juntas y apretadas entre los dientes. Él hace lo mismo con sus
manos. Presiona sus dedos contra la puerta. Y los presiona tan fuerte que sus nudillos
y sus uñas se vuelven incoloras.
La vena del lado de su cuello se vuelve tensa y rígida.
Froto su mandíbula en círculos tranquilizantes—. ¿Qué verdad?
—La verdad sobre mí. Sobre cómo herí a la chica que haría cualquier cosa por
mí. Que se mudaría al otro lado del país. Que se escabulliría de su casa en medio de la
noche. Por mí. Porque ella pensó que yo estaba sufriendo.
—Dean—
—Me dijo, Fallon, cómo lastimé a esa chica cuando la dejé hace dos años. Porque
no sabía cómo manejar mis putos sentimientos por ella.
Mis manos aún están en su cara. Se ponen rígidas y mi cuerpo también.
Recuerdo ese momento cuando me dejó. No me gusta pensar en ello, pero está
ahí, almacenado en mis recuerdos.
Dolió.
Dolió mucho cuando se fue. Cuando simplemente... desapareció. Ni siquiera
llamaba o enviaba mensajes. Hubo semanas en las que no supe nada de él.
Fue duro. Más duro que mi enfermedad, el hecho de que él se hubiera ido. Con mi
enfermedad, sabía que tenía que luchar contra ella. Aunque no lo sentía así, sabía que,
si seguía luchando contra ella, podría salir de ella.
Pero con él lejos y mi comprensión de que lo amaba, de que siempre lo había
amado, no sabía si podría recuperarme de eso.
No sabía si podría vivir, y mucho menos ser feliz o poder reír, porque él se había
ido y no me amaba.
Siento sus dedos en mis mejillas, trayéndome de vuelta al momento. Ha alejado
sus manos de la puerta y ahora está agarrando mis mejillas, con pasión, violencia e
intensidad.
—Dime, Peque —susurra con brusquedad—. Dime cuánto te he lastimado.
Lágrimas se derraman por mis mejillas y caen sobre sus dedos, el agua incolora
se fusiona con su piel, mojándola.
Sacudo la cabeza—. Se acabó. Está en el pasado.
Me agarra fuerte a la cara—. Necesito escucharlo. Necesito oír cuánto he
lastimado a esa chica. La chica que he amado desde que tengo memoria. Necesito oír lo
cobarde que soy. Lo jodidamente pendejo por dejarla así. Por hacerla llorar por mí
cuando prometí que no lo haría. Que siempre la mantendría a salvo y protegida.
—Dean, por favor.
—Dime. Dime cómo rompí mi promesa a ti, Fallon. Necesito saberlo.
Creo que nunca he visto a nadie tan desgarrado y roto, y mucho menos a él.
Pesadez cubre cada parte de su cara, cada parte de su cuerpo.
Está tan cargado de culpa.
No estoy segura de lo que el pasado pueda lograr, pero no puedo rechazarlo. Pero
si tengo que decírselo, entonces diré todo, todas las cosas que están en mi corazón.
—Dolió —susurro, y él hace una mueca de dolor—. Dolió mucho cuando te fuiste,
Dean. Pensé que iba a morir. Quería morir. Todo se sentía tan inerte e incoloro. No
pude salir de la cama durante días. No quería comer nada. No quería... hacer nada. Me
sentaba junto al teléfono, esperando tu llamada. Y luego, yo te llamaba, pero no
contestabas. Había días en los que no sabía lo que estaba pasando alrededor de mí,
¿sabes? Porque cuando te fuiste me di cuenta de cuánto te amaba y así como así, perdí
a mi mejor amigo y al hombre que amaba, el hombre que ni siquiera sabía que amaba.
Perdí tanto en una sola vez. De todos modos, falté demasiado a la escuela. Mis amigos
y mis profesores, todos pensaron que estaba pasando por algo muy serio. También
preocupé mucho a mi mamá y a mi papá. Pero no sabía cómo salir de eso, cómo hacer
que dejara de doler. Pero entonces...
Mi visión es borrosa, pero parpadeo las lágrimas para poder verlo claramente.
Así puedo decirle que el dolor que sentí por su ausencia me hizo aún más fuerte.
Mucho más fuerte que ahora, puedo prestarle algo de mi fuerza.
Él siempre me ha protegido. Durante toda mi vida, Dean ha sido mi... campeón. Y
ahora es mi turno de ser el suyo.
—Entonces me di cuenta de algo.
Sus ojos están vidriosos—. ¿De qué te diste cuenta?
—Me di cuenta de una cosa sobre el amor —susurro—. Me di cuenta de que nada
puede curar la enfermedad causada por el amor.
Es verdad.
Nada puede curar la enfermedad causada por el amor. Ni la ciencia, ni Dios.
Sólo él puede curarla.
Este hombre delante de mí. El amor de mi vida.
Y tuve que luchar por él.
—Me di cuenta de que tenía que luchar por ti —digo en voz alta y lo digo con una
sonrisa—. Me di cuenta de que, si te amaba, tenía que salir de esta desesperación y
luchar. Y tenía que hacerlo yo misma. Tenía que hacerlo sin la ayuda de mis píldoras
o terapia o mis padres. Sabía que tenía que luchar sola, Dean. Toda mi vida he luchado
con mi enfermedad y por terrible que sea, he tenido mucha suerte de tener a tanta
gente a mi lado. Mi mamá y mi papá. A ti. Siempre seguí lo que ustedes me decían que
hiciera. Siempre caminé por este estrecho y recto camino. Tienes razón. Nunca he roto
una regla ni me he olvidado de tomar mis pastillas. Durante los días realmente
oscuros, he anotado mis pensamientos en un diario porque mamá siempre me dijo que
la ayudaba. He hecho listas como ella para curar mi ansiedad. Mi papá me da libros y
artículos para leer y yo los leo de cabo a rabo. Siempre he sabido que no estoy sola,
que tengo un ejército de personas que luchan conmigo, que luchan contra mi mente.
—Pero esta era la primera vez que me arriesgaba, Dean. Me estaba arriesgando.
Estaba luchando sola y fue tan aterrador. Pero también fue algo que me sacó de mi
caparazón. Tu amor me sacó de mi caparazón. Nunca hubiera imaginado viajar fuera
del estado, y mucho menos a California. Quiero decir, no me gusta mucho, pero ¿estás
escuchando lo que estoy diciendo? Ahora vivo en California. Vivo en un dormitorio,
con gente. Hago todo por mí misma, por mi cuenta. Es aterrador, pero ¿no es eso parte
de crecer?
Le sonrío y beso sus firmes labios—. Crecí, Dean. Crecí debido eso. Porque te
fuiste. Dolió, pero me di cuenta de que algunas batallas tenía que lucharlas yo sola. No
rompiste tu promesa. Me cuidaste incluso cuando no estuviste allí. A veces está bien
estar triste, sabes. Está bien sentirse herido. Porque a veces el dolor puede crear cosas
hermosas. A veces el dolor puede hacerte crecer. Crecí gracias a ti.
Me quedo sin palabras y sólo quedan respiraciones entre nosotros, la suya y la
mía. Brumosas, resbaladizas y cálidas. Calientes incluso.
Sólo se oye el ruido de nuestros pechos moviéndose juntos mientras nos
miramos, en una casa grande con una pequeña luz en la entrada.
Su mejilla palpita bajo mi palma, y luego aparta sus manos de mi cara y las pone
en mi cintura.
Antes de que pueda juntar dos y dos, Dean ya me ha levantado del suelo y mis
muslos ya se han envuelto alrededor de su cintura.
—Dean, ¿qué estás... —dejo de hablar cuando él empieza a caminar hacia dentro—
. ¿Qué estás haciendo?
Cuando termino mi pregunta, estaremos a mitad de camino del oscuro pasillo que
lleva a la parte de atrás de la casa con todas las recámaras.
Una vez más, estamos sumergidos en la oscuridad, no sé ni cómo es capaz de ver
a dónde ir, pero me siento tan segura como siempre. Me tiene pegada a su gran pecho,
respirando con fuerza, y he metido mi nariz a un costado de su cuello.
Un segundo después volvemos a la luz. Es mantecosa y amarilla, como la luna
cuando la noche es profunda y oscura, y viene de una pequeña lámpara en una mesita
de noche.
Estamos en su recámara, me doy cuenta, de pie al borde de su cama.
Mi corazón martillea en mi pecho y aprieto mis muslos que de repente se han
puesto todos temblorosos. Rompiendo nuestro abrazo, estudio su habitación.
De nuevo, he estado aquí antes, incontables veces.
Pero nunca la he visto en la oscuridad de la noche. Nunca he visto sus sábanas
desordenadas o su almohada abollada.
Nunca he visto las señales que deja después de haber dormido en su cama.
Aunque no creo que haya dormido en absoluto. No a juzgar por el alboroto y el
caos en su cama. Las sábanas están enredadas, las almohadas esparcidas.
Es como si hubiera estado tratando de ponerse cómodo, pero no pudo. Es como si
estuviera moviéndose y girando, todo solo en su cama.
Entonces mis ojos se posan en el montón de su ropa de viaje. Están tiradas y
olvidadas, como la caja de pizza vacía.
Mis manos sobre sus hombros se convierten en un puño cuando veo lo que
probablemente cenó.
—¿Es eso lo que comiste? ¿Pizza? —Susurro, trayendo mis ojos hacia él.
Él me ha estado observando todo este tiempo.
Bañado en la luz mantecosa de su lámpara nocturna, Dean me ha estado mirando
fijamente mientras yo miraba su habitación.
Tardíamente me doy cuenta de que no ha dicho ni una sola palabra. No desde que
le conté lo que me pasó cuando me fui. Simplemente me levantó del suelo y me llevó a
su habitación.
—¿Dean?
Finalmente, rompe su silencio, como si mis preguntas lo distrajeran de lo que es
el verdadero problema, de lo que realmente está pensando en este momento.
—Sí. Pizza —murmura, mirándome fijamente.
—No me gusta eso.
—¿No?
Sacudo la cabeza, frunciendo el cejo—. No.
—¿Por qué no?
—Porque no deberías tener que hacerlo. No deberías tener que comer comida para
llevar, solo en tu gran y oscura casa cuando mi mamá había cocinado para ti. Cuando
todos cenamos juntos. No me gusta que estés solo.
Entonces sonríe, una pequeña y triste sonrisa—. Pero siempre he estado solo,
Fallon. Desde que era un niño. Desde que tu papá me encontró en el cementerio el día
del funeral de mi mamá. Incluso antes de eso.
Siento el dolor de sus palabras en mi pecho. Tanto que me cuesta respirar. Pero
de alguna manera, me las arreglo para susurrar—: No estás solo, Dean. Nunca has
estado solo.
—No lo sabía —dice en voz baja, con un toque de asombro en su voz—. No sabía
que no estaba solo. Ese encuentro con tu papá fue un golpe del destino. No tenía ni
idea de que el hecho de que tu papá encontrándome me llevaría a encontrarte. Una
chica que nació para mí. Una chica que vi crecer. Una chica con tanta fuerza y luz y
un puto inmenso amor. Cada día me robabas un pedazo de mi corazón, Fallon. Cada
puto día desde que puedo recordar hasta que no quedó nada en mi pecho. Hasta que
todo mi corazón se fue. Se había ido y te pertenecía. Cada día luchaba contra él.
Luchaba y peleaba y fui a la guerra conmigo mismo. Todos los días me maldecía. Me
odiaba a mí mismo por esos sentimientos. Durante años, venía a mi gran y oscura
casa y me quedaba despierto en esta cama, pensando que dejaría de verte, que dejaría
de ver a tu familia. Que estaba traicionando la única figura paterna que he conocido.
Que estoy traicionando a la única madre que he conocido. Pero nunca pude hacerlo.
Nunca pude distanciarme y me odiaría aún más por eso. Así que me escapé. Corrí al
otro lado de este país. Y todo el tiempo, tú estabas allí. Mientras yo luchaba contra mí,
torturándome, tú luchabas por mí. Estabas creciendo en silencio. Lo estabas haciendo
todo por mí, ¿no?
—Sí.
—Eres una guerrera, ¿lo sabes?
Trago—. Sí. Y tú eres mi protector.
Entonces se mueve, abrazándome fuerte.
Cierro los ojos y entierro mi cara en su cuello cuando siento que se agacha,
bajándose a la cama y llevándome con él.
Me deposita en sus sábanas, y odio el hecho de tener mi chaqueta puesta porque
no puedo sentirlas. No puedo sentir la textura de la cobija con la que se cubre cuando
duerme. No puedo sentir la seda de sus sábanas en mi piel.
Pero antes de que pueda pedirle que me quite la chaqueta, que me quite toda la
ropa para que pueda sentir lo que siente mientras duerme solo en esta cama, agarra
mi cabello en un puño y jala mi cuello hacia atrás, flotando sobre mí.
—Nací para ti, ¿no? —pregunta, rudamente.
—Sí.
—Y tú naciste para mí. Fuiste hecha para mí —me dice y todo lo que puedo hacer
es agarrar su camiseta y asentir—. Tu suave piel. Tu pequeño y curvilíneo cuerpo.
¿Sabes por qué eres suave y sedosa en todas partes?
—¿Por qué?
—Porque yo soy duro en todas partes. Soy tosco y espero. Tú eres blanda porque
yo soy afilado.
Siento todas las palabras que está diciendo. Las siento en la punta de mis dedos,
con los que estoy sosteniendo su camisa.
Las siento entre mis piernas.
Me hace doler, lo duro que es él.
—Lo sé —susurro.
—¿Y sabes por qué eres tan pequeña y cálida? —susurra, sus palabras se sienten
brumosas y somnolientas.
—¿Por qué?
—Porque mi verga grande y dura necesita un hogar cálido y ajustado.
En cuanto lo dice, mi cuerpo se sacude debajo de él—. Dean...
Se acerca a mi gemido de llamada.
Se instala entre mis muslos, presionando la parte inferior de nuestros cuerpos,
dándome algo contra lo que moverme.
No sólo eso, roza sus labios sobre los míos. No sé cómo llegaron a estar tan
sudorosos cuando hace tanto frío ahí afuera, pero nuestras dos bocas se deslizan una
contra la otra, cubiertas por un rocío.
—Eres mi hogar, Fallon —gruñe—. Tu corazón, tu alma, tu cuerpo. Tu pequeño
coño es mi hogar. He sido un tonto, ya ves. He sido un puto tonto. Nunca dejas tu
hogar, ¿verdad? Nunca dejas el lugar al que perteneces. Y yo pertenezco contigo.
No sé lo que está pasando, pero mis ojos se sienten llorosos incluso cuando mi
coño se aprieta. Vibra con sus palabras. Revolotea y se humedece.
Sin mencionar que se hincha, y por lo tanto, se hace más pequeño.
Mi canal corre como un río y se hace aún más estrecho para él. Más caliente.
Porque soy su hogar.
—Dean, por favor —clavo las uñas en su estómago—. Por favor, cógeme.
—No —dice, aunque se está sacudiéndose contra mí, estableciendo un ritmo como
lo haría si estuviera dentro de mí.
—Dean—
Mete las dos manos en mi pelo suelto y me corta el habla—: Escúchame, Peque.
Esta noche, vas a dormir en tu propia cama.
—¿Qué?
Sus rasgos se ven duros bajo la luz amarilla, más duros que antes. Como si odiara
lo que va a decir a continuación.
—Te voy a llevar a casa y vas a dormir en tu propia cama.
—Pero no tienes que hacerlo. Nadie lo sabe y—
—Esa es la cosa. Nadie lo sabe —Su mandíbula pulsa—. Nadie sabe que te
escabulliste. Rompiste las reglas. Lo hiciste a espaldas de tus padres. Por mí. Ya no,
¿okay? No vas a romper más reglas por mí. No te lo permitiré. Así que vas a ser la chica
buena que eres y vas a dejar que te acompañe a casa. Y luego haré lo que iba a hacer
de todos modos.
—¿Qué ibas a hacer?
—Iba a ir a tu casa mañana e iba a hablar con tu papá sobre nosotros.
Parpadeo—. ¿Ibas a venir a mi casa mañana?
—Sí. No me voy a ir, Peque. Ya te he dejado lo suficiente, he roto mis promesas
lo suficiente para durar toda la vida.
El arrepentimiento brilla en su cara y yo sacudo la cabeza—. Pero—
—Lo hice —me dice con gravedad—. Te dejé luchar por nuestro amor sola. No
tenías que llevar esa carga tú misma, pero lo hiciste. Porque yo no estuve allí. Pero
voy a cambiar eso. Voy a hacer otra promesa, Peque. A ti, a mí mismo, y le voy a hacer
una promesa a tu papá.
—¿Qué promesa?
—Que cuidaré de su hija. Que estaré ahí para ella sin importar lo que pase. Sin
importar lo que pase de aquí en adelante, viviré para ella. Viviré para hacerla feliz. La
haré reír. Lucharé contra sus demonios. Le secaré las lágrimas y tomaré su mano. Le
diré que nací para ti y que moriré por ti también. Y un día, cuando haya expiado todos
mis pecados, cuando haya borrado todo el daño que te he causado, te haré mi esposa.
Mi aliento se escapa en un apuro—. ¿Esposa?
—Sí. Se lo diré, Peque. Le diré a tu papá que voy a hacer de su hija mi esposa.
¿Por qué suena tan sexy y posesivo? Tan cavernícola.
Haré de tu hija mi esposa...
Me hace morderme el labio tan fuerte que casi pruebo metal—. ¿Vas a hacerme
tu esposa?
Acuna mi barbilla y me hace soltar el labio maltratado con su pulgar.
Inclinándose, besa ese punto, lo sana lamiéndolo—. Sí, tan pronto como piense en una
propuesta mejor que la tuya. La de hace tantos años.
Me río entre dientes rotamente. Sí, proponerle matrimonio a un chico de
diecisiete cuando yo tenía tres, fue bastante estúpido.
Pero él no lo devuelve. No ríe entre dientes o se ríe o sonríe.
De hecho, parece más serio que nunca, su mirada tan penetrante—. Nunca olvidé
ese día. Incluso cuando quise. Siempre estuvo conmigo, en el fondo de mi mente.
Trago—. Tal vez porque sabías que íbamos a estar aquí algún día.
—Sí, tal vez.
Hay un momento de silencio entre nosotros. No es incómodo o torpe, pero está
lleno de tensión. Una fricción causada por tantas cosas. De esta lujuria ardiente que
sé que no se cumplirá y del hecho de que, en un rato, él estará en mi puerta,
devolviéndome a mis padres a salvo mientras planea hablar con mi papá mañana.
Un escalofrío recorre mi columna vertebral, un escalofrío de aprensión—. ¿Qué
si... qué mi papá se enoja otra vez? Se supone que no debo estar aquí y... ¿qué si dice
que no?
Durante unos segundos, él permanece en silencio y quieto; sólo sus ojos se están
moviendo, por toda mi cara.
—Entonces rogaré —gruñe—. Me pondré de rodillas y le rogaré. Le rogaré que te
dé. Suplicaré y lucharé hasta que lo haga. Porque ahora estoy luchando por lo correcto.
Estoy luchando por ti.
Parece un guerrero en este momento. Mi guerrero.
Creo que nunca me he sentido tan querida y amada. Tan femenina y apreciada.
Y una lágrima se me escapa por el rabillo del ojo porque lo amo tanto y no quiero
que tenga que rogar, pero sé que lo hará si tiene que hacerlo.
Me limpiará las lágrimas si tiene que hacerlo también. Lo cual hace. Atrapa mis
lágrimas con su lengua y las succiona.
—Te amo —susurro.
No responde con palabras sino con un beso.
Un beso que inflama cada parte de mi cuerpo. Inflama mi lujuria por él. Despierta
mi cuerpo, haciéndolo más sensible.
Tan sensible que es difícil de soportarlo.
Y lo sabe porque al romper el beso, se mueve por mi cuerpo. Manteniendo
nuestros ojos conectados, abre mi chaqueta y trabaja en los botones de mis jeans.
—Pero dijiste... —Jadeo cuando sus dedos se enganchan en mi ombligo y tiran de
él.
Es como tirar de una cuerda conectada a mi clítoris, inundando mi núcleo.
—Sé lo que dije —susurra, bajando mis jeans y mis bragas—. Dije que no te
follaré y no lo haré.
Logra quitarme los pantalones y dejarme los muslos desnudos—. Entonces, ¿qué
estás haciendo?
Sonriendo, se mete entre mis piernas, las cuales envuelvo alrededor de sus
hombros, mis talones bajando a su espalda—. Estabas preocupada porque no tuve una
buena cena, ¿verdad?
Agarro su pelo oscuro en un puño, retorciéndose, finalmente obteniendo la
sensación de sus suaves sábanas—. Sí.
—Bueno, la voy a tener ahora —alcanza mi clítoris con su lengua y da una
pasada—. Estoy comiendo mi cena.
Dean
Simon está parado en el borde de su patio trasero, mirando los preparativos para la
reunión de esta noche.
El pronóstico dice que hará más calor, un par de días antes de que llegue la
tormenta de nieve, así que Willow quiso trasladar las cosas al patio trasero. Y cuando
se trata de Willow, Simon puede hacer milagros. Así que conseguir personas vinieran
a ayudar a preparar la Nochebuena no era gran cosa para él.
Eso lo entiendo.
Siempre he sentido lo mismo por Fallon. Si quiere algo, ella debería tenerlo. Y yo
debería ser quien se lo dé.
Hay un orgullo en eso. Una posesividad. Felicidad.
Al menos Simon y yo tenemos eso en común. Así que, aunque no le guste que esté
con Fallon, al menos podría entender por qué no puedo dejar ir a su hija.
Por qué es mía y no dejo que nada se interponga en nuestro camino.
Ni siquiera él.
Abro la puerta de cristal y salgo. Hay gente dando vueltas, poniendo mesas y
sillas, colgando luces en los árboles. Aunque hubo nieve un par de días antes, el patio
trasero se ve bien y limpio.
Vengo a pararme al lado de Simon.
Ambos estamos en silencio, pero sé que él está consciente de mi presencia. Juntos
vemos el procedimiento delante de nosotros, el bullicio tan temprano en la mañana.
Apenas son las nueve, pero la casa parece estar despierta y parece que ha estado
así durante bastante tiempo.
—Pensé que sólo iban a venir unas pocas personas —murmuro después de ver a
cuatro tipos colocando una larga, muy larga, mesa de comedor al estilo granja en algún
lugar hacia la izquierda.
Simon suspira, pero hay una sonrisa en su voz—. A Willow le gusta hacer las
cosas a lo grande.
—Sí, lo recuerdo —también suspiro, pero con una sonrisa—. Ella también lo
haría en mis cumpleaños. Y en los de Mia.
Mi hermana menor, Mia, va a pasar la Nochebuena con sus amigos de la
universidad en la ciudad, pero estará aquí mañana. No puedo creer que no la haya visto
en dos años.
Trabaja en la ciudad y sé que viene a casa de los Blackwood al menos una vez al
mes para ponerse al día. Willow no lo tendría de otra manera.
Pero yo también debería haber estado allí para ella. Como debí haber estado ahí
para Fallon.
Ahora lo haré mejor. Lo estoy haciendo.
—Y lo gracioso es que —continúa Simon, todavía viendo a la gente trabajando en
su patio trasero—, hubo un tiempo en que ella lo odiaba. Odiaba las grandes
multitudes, especialmente en los cumpleaños. Sus cumpleaños. Le recordaría su
propio cumpleaños número 18 cuando... lo intentó.
Se pone rígido a mi lado al pensar en el intento de suicidio de Willow que la llevó
a Heartstone. Yo también me pongo rígido.
No puedo imaginarme no tener a Willow en mi vida. Es la única madre que he
conocido en veinte años. Una amiga, una confidente.
—Entonces, ¿por qué las tiene? Grandes fiestas, quiero decir —pregunto.
—Porque le gusta probar que puede hacerlo —Simon sonríe de nuevo—. Dice que
cada vez que da una fiesta con éxito, cree que puede hacer cualquier cosa. Aunque sé
que, en algún momento del día, la encontraré escondida en el closet, diciéndome que le
impida hacer estas cosas. Y entonces, ella saldrá del closet como siempre lo hace y
seguirá con su día como si nada hubiera pasado. Sólo yo lo sabría. Yo sabría que es
una guerrera. Mi guerrera.
Se calla por un segundo y por el rabillo del ojo, lo noto frotando su pecho, el lado
izquierdo del mismo donde está su corazón, y mi propio corazón comienza a golpear.
Mi propio corazón recuerda cómo cuando Fallon era pequeña, se escondía bajo la
cama antes de ir a la escuela. Y no salía hasta que Willow me llamaba y yo corría a
hablar con ella.
—Siempre ha sido más fuerte que yo —dice Simon y pienso en Fallon. Pienso en
cómo siempre ha sido más fuerte que yo también.
Cómo se ha enfrentado a su enfermedad todos los días y cómo se mudó al otro
lado del país para estar conmigo.
Crecí, Dean...
—Fallon es como ella —me dice Simon en un tono bajo—. Fallon es exactamente
como Willow.
Lo miro entonces, a su duro perfil—. Sé que tú—
Simon agacha la cabeza mientras me corta—. Cuando te fuiste, yo... —Él traga,
poniendo sus manos detrás de su espalda—. Fue inesperado. Creo que no me lo tomé
muy bien.
Hace una pausa otra vez, pero sé que tiene más que decir así que guardo silencio.
Además, no creo que pueda hablar de todos modos, no cuando hay una roca
sentada en mi garganta. Nunca hablamos de esto, sobre mí yéndome abruptamente.
Bueno, lo hicimos anoche, pero Simon nunca se expresó más que diciendo que yo no
era lo suficientemente bueno para su hija.
Aprieto mis puños ahora, para prepararme para lo que tenga que decirme.
—Te vi crecer —Finalmente me mira, sus ojos rebosantes de emociones—.
Supongo que empecé a pensar en ti como mi hijo y no lo sé, yo sólo... me afectó cuando
te fuiste. Estaba enojado contigo. Por dejarnos, por dejar a Fallon. Por dejar esta
familia. Pero luego me dije a mí mismo que no tengo derecho. No tengo nada que decir
en lo que sea que elijas hacer con tu vida. Yo—
—Tienes todo el derecho —Ahora me toca a mí cortarlo—. Tú... Tú estuviste ahí
para mí cuando mi propio padre no lo estaba. Tú me trajiste a este hogar. Me
convertiste en tu familia y yo... no quería hacerte daño. Lo que siento por Fallon, se
me escapó de las manos. Siempre me he sentido protector de ella, pero de alguna
manera esos sentimientos cambiaron y lo odié. Odié que te estuviera traicionando, el
único hombre que he respetado en mi vida. Cuando me fui, pensé que estaba haciendo
lo correcto. Por ti. Por ella. Por todos los miembros de esta familia. Pensé que la estaba
protegiendo de hombres como yo.
Girándome completamente hacia él, miro a los ojos del único hombre que he
considerado mi padre—. Pero no me iré esta vez. Le hice una promesa. Y moriría antes
de romper otra promesa a Fallon.
Simon me mira con gravedad desde detrás de sus lentes, sus ojos grises tan
parecidos a los de la chica que amo.
Y me doy cuenta de que sí, él también es mi familia. Esta es mi familia. Este es
mi hogar, y si no nos da su bendición, algo se romperá dentro de mí.
Siempre sentiré que he decepcionado a mi padre.
Sus ojos sonríen entonces y algo brilla en ellos que yo también entiendo. Una
especie de solidaridad.
—Me sentí de la misma manera. Por Willow. Todavía lo siento. Cada vez que llora,
siento algo —Aprieta la mandíbula y vuelve a frotar ese punto, en su pecho—. Aquí.
Definitivamente es solidaridad.
Este amor que siente por Willow y el amor que yo siento por Fallon.
—¿Alguna vez se hace más fácil? —pregunto.
En esto, sus labios se contraen—. No. Se pone peor.
—No lo creo.
Se ríe entre dientes—. Cuanto más tiempo pasas con ella, más descubres
pequeñas cosas sobre ella, más te enamoras y sí, se pone aún peor. Porque entonces
tienes una hija como ella y pierdes el sueño preguntándote si eres suficiente, si haces
lo suficiente para protegerla o si sólo la estás cagando. Y para colmo, unos años más
tarde llega un hijo y es... otra vez tan parecido a ella, impulsivo y aventurero, y sientes
que tienes que aprender a ser un adolescente de nuevo. Un tipo diferente esta vez y sí,
definitivamente la estás cagando. Así que no, Dean, nunca va a ser más fácil.
Trago, sintiendo algo en mi pecho, algo de lo que Simon estaba hablando.
Algo que me hace pensar en una versión diminuta de Fallon, una chica de ojos
grises y pelo plateado. Está corriendo por la casa como solía hacer Fallon, robando
fresas y leyendo Harry Potter. Y entonces, veo a un chico. Es moreno como yo, pero es
valiente como Fallon y su hermana.
Todo esto pasa por mi mente en una fracción de segundo y sé, jodidamente sé,
que esta es la vida que quiero.
Y de repente, la chica con la que la quiero, la veo en mi visión periférica.
Fallon está caminando por el pasillo, dirigiéndose hacia el patio trasero. Lo hace
lentamente, casi de puntillas, con un ligero ceño en el entrecejo, con nerviosismo en
los ojos.
Su pelo se mueve alrededor de sus hombros, todo plateado y suave, tan bonito.
Igual que ella.
—No quiero que sea fácil —le digo a Simon, todavía observando a Fallon.
Simon se gira para mirarla también y sus ojos van y vienen entre nosotros—. La
haces feliz.
—No, es ella. Ella me hace feliz a mí.
—Bien. Porque por mucho que quiera lo mejor para mi hija, quiero lo mismo para
mi hijo también.
Giro mi mirada hacia él, sintiendo que la roca de mi garganta se expande, y él
sonríe ligeramente, dándome palmaditas en el hombro—. Y aprecio que la hayas traído
a casa anoche.
Cuando la traje a casa, Willow abrió la puerta y le echó una mirada a Fallon que
decía que iba a tener una plática con su hija. Luego me dijo que, si hubiera llegado
cinco minutos tarde, Simon iba a venir a buscarme. Y que necesitaba que viniera a
ayudar a preparar la fiesta de mañana, así que debería estar aquí a las nueve.
Llegué a las 8:45.
En ese momento se abre la puerta de cristal y miro a Fallon, mientras le digo a
Simon—: No debió haber caminado sola por las calles de noche.
—Mis pensamientos exactamente.
—¿Papá? —dice con dudas.
Simon camina hacia ella y se detiene a su lado. Ella me mira mientras su papá se
inclina y besa su pelo—. Hablaremos más tarde.
—¿Qué signi—
Simon no espera a que Fallon complete la pregunta. Simplemente la deja conmigo.
Supongo que es su única manera de decirle, de decirnos a los dos, que está de acuerdo
con todo.
Fallon se precipita hacia mí—. ¿Qué pasó? ¿Dijo algo? —Le sonrío, le pongo el pelo
detrás de su oreja, la tocando su bonita mejilla rosada—. Sí, dijo muchas cosas.
Me agarra la muñeca—. ¿Qué dijo? —Luego clava sus uñas en mi piel—. No,
espera. Lo que sea que haya dicho, es sólo porque me ama, ¿okay? No se lo eches en
cara. Y he pensado en ello, creo que estás siendo completamente injusto.
—¿Injusto?
—Sí. Es genial que quieras hablar con él y explicarle todo por tu cuenta. Sé que
me estás protegiendo y todo eso. Pero yo también debería poder opinar, ¿verdad?
Debería exponer mi caso también.
Agarro su cintura entonces, mis labios contrayéndose con diversión ante la
mirada determinada de su cara—. ¿Y cómo expondrías el caso, Peque?
Ella frunce el cejo, apoyándose en mi cuerpo—. Bueno, le diré que te amo. Que
nací para ti y que me haces feliz. Mi papá no puede estar en contra de algo que me hace
feliz.
Presiono un beso en su frente—. No lo está.
—¿Qué?
Sonriendo, digo—: Todo está bien.
Sus ojos se ensanchan y tengo esta loca necesidad de besarla—. Cállate.
Me río entre dientes—. Okay.
Agarra mi suéter en un puño, poniéndose de puntillas—. Estás bromeando. ¿Estás
bromeando?
Sí, tal vez debería besarla, poner mi boca en sus labios separados e incrédulos—
. Nop.
Ella jadea y me golpea el pecho—. ¿Y no podías decir eso antes? He estado tensa
por aquí.
Me encogí de hombros—. Esto es mucho más divertido.
Me golpea el pecho otra vez, pero su pequeña mano apenas hace efecto—. Eres
tan ridículo. No tienes ni idea de lo que he estado pasando.
—Dime.
Ella suspira—. Después de que me acompañaste a casa, mamá habló conmigo.
—¿Sobre qué?
—Sobre... —Se ruboriza—. ¿Sabes? Cosas. Ella dijo que no quiere saber si ya lo
hicimos, pero no es estúpida. Dijo que podríamos haber hecho otras cosas y que, si
quiero ir más lejos y si tengo preguntas, debería ir a buscarla. Porque quiere que esté
preparada y a salvo.
Suelto una carcajada, imaginando a Willow teniendo la charla con Fallon.
Fallon me fulmina con la mirada—. Esto no es gracioso. Estaba mortificada.
Especialmente después de lo que... pasó antes de que me trajeras a casa.
Entonces me lamo los labios. Aún saben a ella, o tal vez he perdido completamente
la cabeza por esta chica de dieciocho años.
La chica para la que nací.
Me mira fijamente los labios y se los lame, y mi verga se contrae en mis
pantalones.
Sí, he perdido la cabeza.
Me inclino hacia abajo, uniendo nuestras caras como si estuviéramos
compartiendo un secreto—. Bueno, la próxima vez que tu mamá quiera hablar, dile
que no tiene que preocuparse. Porque yo te enseñaré todo. Y eso es porque eres mía.
Yo te cuido ahora.
Su rubor aumenta, bajando a su garganta—. ¿Lo harás?
—Sí, lo haré.
—Okay —susurra, su cuerpo balanceándose.
—Dime lo que le dirás a tu mamá.
Sus respiraciones se vuelven entrecortadas—. Que Dean me enseñará todo.
—¿Y eso por qué?
—Porque ahora soy suya. Y él me cuidará.
—Bien.
Al carajo, voy a besarla.
Sé que es su casa y que sus padres están por aquí. Y su papá podría tener un
problema con ello y echarme, pero no me importa.
Tengo que besarla.
Y ella quiere que la bese, con la forma en que sigue lamiéndose los labios y
moviéndose contra mí sin descanso.
Es mi trabajo darle todo lo que quiere.
Pero justo cuando estoy a punto de hacerlo, suena el timbre y se abre la puerta
principal. Ambos nos giramos para ver quién es.
Una castaña entra. En realidad, ahora que el sol cae sobre ella, se ven unas
cuantas hebras doradas, lo que hace muy difícil determinar su color de pelo.
Lo que, a su vez, me dice quién es. Violet, una de las amigas de Willow que conoció
cuando estaba en Heartstone. Y el hombre grande y barbudo que entra detrás de ella es
su esposo, Graham Edwards.
Aprieto los dientes.
No me gusta Graham Edwards. Para nada.
Aunque su tamaño es en su mayor parte intimidante, no tengo miedo de darle.
Por lo que va a pasar en exactamente 2.5 segundos.
—Oh, por Dios, mi tiita Vi y el tío Graham están aquí —dice Fallon junto a mí—.
Oh, por Dios, ¿me estoy sonrojando? —Se gira hacia mí con las manos en sus mejillas
y los ojos anchos—. Me estoy sonrojando, ¿verdad? —Luego se abanica la cara con esas
manos—. Dios, qué vergüenza. Siempre hago eso cuando él está acerca. Es tan grande
y masculino, ¿sabes? Creo que nunca he visto a nadie tan grande, alto y de en sueño.
Maldita sea. Necesito dejar de ruborizarme.
Lo sé.
Jodidamente sé lo de ruborizarse.
Ella ha estado haciendo eso desde que cumplió doce años o algo así. Cada vez que
venían, se sonrojaba y me daba ganas de golpear algo.
Golpearlo, para ser exactos. Graham Edwards.
Así que sí, no tengo miedo de agarrármelo.
De hecho, me gustaría intentarlo un día de estos. Sólo para probarle que no es
tan grande, alto y jodidamente de ensueño.
—He visto más grandes —digo cortante, apenas aferrándome a mi animosidad.
Fallon finalmente se centra en mí.
No oculto nada. Ahora que es mía, necesita saber que no dejaré que se ruborice
por otros hombres.
No tiene permitido sonrojarse por otros hombres.
—Y sí, tienes que dejar de sonrojarte —le digo.
Ella me frunce el cejo—. ¿Me estás ordenando que deje de sonrojarme?
—Sí.
—¿Sabes que es algo involuntario? Sonrojarme. Sucede.
—Ocurre cuando estás emocionada. Así que deja de estar jodidamente
emocionada.
Me mira unos segundos antes de que una pequeña sonrisa aparezca en sus
labios—. ¿Estás celoso?
Me inclino para intimidarla un poco—. Joder, sí, lo estoy.
—Pero es mi tío Graham.
—No me importa quién es. No tienes permitido sonrojarte por otros hombres.
Entonces ella se ríe entre dientes—. Estás loco. Pero está bien. Dejaré de
ruborizarme y de emocionarme en este mismo instante —Cuando aprieto la
mandíbula, ella la acaricia con su mano suave—. Pero sólo me emociono por lo genial
que es su historia de amor. La de mi tío Graham y la de mi tiita Vi.
Yo también conozco su historia de amor.
No porque me interese especialmente, sino porque Fallon, cuando la escuchó y
estaba en su escenario de Disney, seguía contándomela.
Es la cosa más genial, Dean. Mi tiita Vi y mi tío Graham son como amantes
destinados. Se amaron durante mucho tiempo antes de que el mundo los separara
porque él era el papá de su mejor amiga y la gente pensaba que su diferencia de edad y
esas cosas eran asquerosas. Y entonces, mi tío Graham desapareció. Pero mi tiita Vi
dijo, no, voy a encontrarlo y lo hizo. Todo el camino hasta Colorado. ¿Has estado alguna
vez en Colorado? Es todo bosques y montañas y tan bonito. Y él vivía en esta remota
cabaña, solo, triste y miserable sin ella y cuando ella apareció, lo devolvió a la vida. ¿Y
adivina qué? Él le da rosas todo el tiempo. Es tan bella y la bestia, ¿verdad?
No entiendo cómo es la bella y la bestia, pero como sea.
Así que sé sobre su historia de amor y lo que pasaron en más detalles de lo que
me gustaría.
—Además, ¿qué crees que me dio la idea de mudarme hasta la estúpida California?
—se burla y yo me pongo serio.
—Escucha, Fallon, si no quieres quedarte allí, podemos volver aquí. Sé que no te
gusta estar allí. Podemos—
Me pone un dedo en los labios—. No me gusta. Y eso es porque nunca me has
mostrado el lugar. Tal vez si lo haces, podría empezar a gustarme.
Beso su dedo—. Lo haré —Te mostraré el lugar. Te llevaré a donde quieras.
—Porque ahora soy tuya.
—Sí, lo eres.
Me agacho para volver a besarla.
Y otra vez, nos interrumpen. Esta vez por pasos y una voz—: ¿Por qué no se van
a una habitación o algo así?
Esto lo dice Brendan que pasa a nuestro lado—probablemente estaba en el patio
trasero en algún lugar ayudando con las cosas de la fiesta—en un instante y casi choca
con la puerta trasera de cristal en un intento de entrar lo antes posible.
—¿Qué... pasa con él? —Pregunto, mientras lo veo correr por el pasillo a donde
se reúnen todos los invitados.
Fallon se ríe—. Una chica.
—¿Qué?
—Rosie.
Rosie es la hija de Violet y Graham y un par de años más joven que Brendan, creo.
Ella está de pie a un lado, sus manos inquietas mientras los adultos se abrazan y se
saludan. Es obvio que está incómoda y tímida.
—¿Qué pasa con ella? —Pregunto, viendo a Brendan caminar a la escena.
—Pues mi hermanito tiene un enorme flechazo por ella. O sea, enorme.
—¿Qué?
—Síp. Él va a hablar con ella, probablemente trate de bromear y ella será tímida
y dulce y las orejas de Brendan se pondrán muy rojas. Sólo observa.
Así que lo hago.
Observo como Brendan inclina su barbilla hacia Rosie, que se muerde el labio y
lo saluda con vacilación. Entonces Brendan empieza a hablar, apoyado contra la pared,
actuando como un chico genial y Rosie asiente y sonríe. Pero ella apenas es capaz de
hacer contacto visual con él.
Y bueno, él se pone rojo.
El área alrededor de su cuello está enrojecida y también sus orejas.
Pobre chico.
Fallon se ríe a mi lado—. Oh, por Dios, mi hermano idiota. Está mal por ella.
—No me digas.
Rosie le dice algo antes de irse y Brendan simplemente se queda ahí, viéndola
irse. Cuando ella está fuera de vista, le da una patada a la pared en señal de decepción.
—Dios, no puedo imaginarme cómo reaccionaría mi tío Graham si se enterara de
que mi loco hermano está literalmente loco por Rosie. Pensaste que mi papá era malo,
mi tío Graham lo recogerá y lo arrojará al lago detrás de su cabaña.
Aprieto su cintura mientras Brendan desaparece de vista también—. No lo sé.
Creo que el chico tiene una oportunidad. Sólo necesita ser persistente.
Y personalmente, me gustaría ver a Brendan bajarle los humos a Graham.
—Oh, ¿como tú lo fuiste? —pregunta Fallon, finalmente volviéndose hacia mí.
—No, como tú lo fuiste.
—Eso valió la pena, ¿eh?
—Lo hizo. Creo que el amor vale la pena.
—Lo vale.
Miro en sus preciosos ojos grises, olvidando otra potencial historia de amor
horneándose—. ¿Puedo finalmente besarte ahora?
—Sí, por favor.
Y entonces, ella se acerca a mí con una sonrisa y finalmente consigo jodidamente
besarla.
Hay algunas cosas que no le gustan a mi marido.
Las multitudes y por lo tanto las fiestas, como en la que estamos.
Las ciudades, aunque vivamos en Denver. Así que de vez en cuando, nos vamos a
su cabaña en el bosque donde se siente más en paz. Donde yo también me siento más
en paz.
Porque ahí es donde a nuestra historia de amor le crecieron piernas y alas y voló.
Pero, sobre todo, lo que no le gusta a mi marido es un chico mirando a su bebé,
Rose. Ha habido incidentes en los que, si un chico mira fijamente a Rosie, digamos en
una tienda o en la calle o algo así, Graham frunce el cejo tan ferozmente y de forma
tan oscura que el chico se escabulle.
Hay muchas razones para su posesividad.
La primera es que, bueno, Graham es súper posesivo por naturaleza y Rosie es su
bebé.
Además, la tuvimos después de muchos problemas. Sin mencionar que tuve un
embarazo muy difícil, y Graham se volvía loco por mi mínima molestia, vagando por
la casa en frustración, tratando de mejorar las cosas para mí, y luego tratando de
disculparse por hacerme pasar por todo eso.
Lo cual era tan tonto, en realidad. Quedé embarazada porque quería. Él no me
obligó. Pero decía, yo te embaracé, ¿no? Puse un bebé en ti porque soy esta puta bestia
que está obsesionada con cada centímetro de ti y quería verte así. Toda hinchada con
mi bebé. Así que es mi culpa. Mi puta culpa.
Pero creo que la mayor razón para la posesividad de Graham es que nuestra hija
es como yo, tímida y callada, su nariz en un libro o en sus diarios en los que le encanta
escribir. Siempre tiene audífonos puestos, escuchando música, su cabeza en las nubes
y lejos del mundo.
Así que Rosie no suele tener ni idea de si un chico se le queda mirando de todas
formas.
Pero la cosa es que no creo que Rosie sea ajena a Brendan. Creo que sabe que él la
mira fijamente y creo que le gusta.
Mi tímida bebé tiene un pequeño flechazo. Por eso cuando le dijimos que íbamos
a ir a casa de la tía Willow en Navidad, se animó.
Su ánimo significa que sonrió y se mordió el labio. Y tan pronto como pudo,
corrió arriba para escribir en su diario.
No creo que Graham sepa todo esto.
Yo tampoco se lo voy a decir. Como dije, se pone cauteloso en las fiestas, pero lo
hace por mí y yo realmente quería ver a Willow este año. Bueno, sobre todo a Fallon y
Dean, ya que ahora están juntos.
Así que ahora mismo, mi único objetivo es llevar a mi esposo a nuestra habitación
y hacer que se duerma.
Porque es medianoche y está demasiado preocupado por las cosas que no deberían
preocuparle.
Además, está fuera, en el bosque que rodea la gran propiedad de Simon y Willow.
Cuando lo encontré fuera de la cama, supe que aquí es donde lo encontraría, en la
naturaleza, bajo el cielo abierto.
Así es como le gustan las cosas.
Naturales, crudas y vastas.
Creo que vivir en Colorado durante los últimos diecinueve años lo ha convertido
en un hombre de montaña. Él incluso corta su propia madera.
Un escalofrío pasa a través de mí cuando pienso en él empuñando el hacha con
sus pesados y musculosos brazos.
Su espalda está hacia mí, así que no me ha visto venir hacia él, pero puede
sentirme, como siempre lo hace. Como si el aire cambiara alrededor de él cuando estoy
cerca.
Gira la cabeza para mirarme y yo sonrío tímidamente cuando sus ojos me
encuentran. Pero no me devuelve la sonrisa, lo cual está bien.
En lugar de una sonrisa, sus ojos cambian.
Se vuelven brillantes e intensos. Se vuelven pesados, desbordándose con todos
los sentimientos.
Todos los sentimientos que tiene por mí.
Todos los sentimientos que han crecido y cambiado de forma y se han hecho más
grandes durante casi dos décadas.
Yo tomaría eso como una sonrisa.
Tomaría esos sentimientos reflejados no sólo en sus ojos sino también en su
hermoso rostro. El rostro que ha madurado a lo largo de los años. Su mandíbula se ha
vuelto algo más ancha y cuadrada, sus pómulos afilados y lijados con la edad y sus
cejas marcadas bellamente con surcos.
Pero lo mejor de él es su barba. Se ha vuelto más gruesa y salvaje, enhebrada con
plateado, como su pelo oscuro.
Sí, tomaría sus ojos y su cara bañada en mi amor por una pequeña sonrisa.
Me mira caminar hacia él y cuando lo alcanzo, sé que mis mejillas están todas
rosadas. Y sé que le gusta eso tanto como a mí me gustan sus ojos y rasgos cambiantes.
—Hola —susurro.
Es diciembre y todavía está con su típica camisa de cuadros y jeans desgastados.
Y, sin embargo, de alguna manera, siempre está caliente. Tan caliente que puedo sentir
su calor, aunque estemos a unos pocos centímetros de distancia.
—Hola —me saluda con una voz áspera y casi somnolienta.
Me acerco a él, agarrándome de las mangas de su camisa, codiciando su calor—.
¿No puedes dormir?
Me rodea con sus brazos en la cintura y me acerca aún más en su calor de oso.
—No —responde, frotando sus grandes manos por mi espalda, calentándome—.
¿Te desperté?
Llevo mis brazos a sus anchos y gigantescos hombros y los agarro—. No, sólo me
di la vuelta para abrazarte porque hacía mucho frío, pero ya no estabas.
Me acerca su cara, su vello rozando mi frente. Me pongo de puntillas, esperando
que su barba me roce también las mejillas.
—Lo siento —dice, su aliento cálido flotando sobre mis labios—. Pero te conseguí
esto.
Me ofrece algo, una rosa, y estoy tan sorprendida que se me escapa una risa.
Willow y Fallon nos llaman la bella y la bestia, y yo lo creo completamente.
Especialmente ahora, cuando tiene una rosa en su gran mano que está ofreciéndome
con una media sonrisa.
¿Dónde la tenía? ¿Cómo es que no me di cuenta?
Probablemente porque nunca me doy cuenta de nada cuando él está cerca.
Tomo la flor—. ¿De dónde sacaste una rosa en invierno?
Se encoge de hombros, sus grandes hombros y su pecho moviéndose contra mí—
. Tenían una en alguna parte.
Agachando la cabeza, la huelo—. Gracias.
Lleva su mano hacia adelante y frota su pulgar en mi mejilla, girando la
almohadilla de éste en mi acalorado rubor—. Todavía te ruborizas como una rosa.
Su voz, baja y casi ronroneando, me hace ponerme sobre sus pies—. Porque mi
bestia sigue siendo tan romántica.
—Sí, no sé. Puedo ser bastante malo —dice, sonriendo ligeramente, con sus
manos en mi pelo rubio, formando un puño flojo.
—Puedes serlo. Pero eso me gusta.
Agarrando mi pelo con una mano, agarra en un puño mi camisón y la bata
esponjosa que llevo encima con la otra y me jala hacia él.
Nuestros cuerpos chocan entre sí y también lo hace la rosa y él gruñe—: ¿Hay
alguna razón por la que no esté a solas con mi esposa ahora mismo, en mi propia puta
cabaña?
—Porque estamos aquí —le respondo, mis brazos firmes y apretados alrededor
de su cuello, jugando con su rico y suave cabello y la rosa que me dio atrapada en algún
lugar entre nuestros cuerpos—. Porque tenemos amigos y nos invitaron a su casa en
Navidad para una fiesta.
—No me gustan las fiestas —gruñe de nuevo, un ceño grueso entre las cejas.
Lo sé.
Si se hubiera salido con la suya, nos quedaríamos en la cabaña en medio del
bosque para siempre, aislados del mundo. El mundo que una vez intentó separarnos,
pero nuestro amor lo conquistó todo.
Yo también deseo eso. Que nos quedáramos en nuestra cabaña para siempre.
Pero no podemos.
Tenemos a Rosie y va a una escuela muy buena en Denver que le gusta. Tengo mi
propio trabajo, trabajando en la biblioteca de esa misma escuela.
Y mi esposo tiene su propio negocio.
Tiene una floristería y un vivero. Comenzó como una pequeña empresa en su
cabaña donde cultivaba rosas, pero ahora se ha expandido. Tiene gente trabajando para
él y suministra rosas para grandes funciones y eventos en Denver.
—Sé que no te gustan las fiestas. Pero —susurro—, ahora estás solo con tu
esposa.
Sus ojos cambian de nuevo y también sus rasgos. Su cuerpo grande y musculoso
se vuelve muy apretado y sus dedos se vuelven urgentes y necesitados.
—No lo suficientemente solo para lo que quiero hacerle —dice en voz baja.
Hundo mis dedos en su barba entonces—. ¿Y qué es lo que quieres hacerle?
Él sonríe... una pequeña y malvada sonrisa—. Alimentarla con paletas.
Mi cuerpo se sacude. De verdad se sacude y se mueve como si estuviera atrapado
en un espasmo.
Dios, paletas.
Tengo algo por las paletas. Me encantan. Siempre lo he hecho y a él le encanta
dármelas. Dárselas a mi boca, a mi coño, el cual se contrae al pensarlo.
—Eres tan malo — susurro, sacudiendo la cabeza, me ruborizo.
—Y tú eres tan fácil.
—Cállate —Agacho mi cabeza y descanso mi mejilla contra su pecho, abrazándolo.
Él se ríe entre dientes en respuesta y frota su mandíbula en mi cabello.
Cierro los ojos, tomando su calor—. Entonces, ¿por qué no puedes dormir?
—No me gusta este lugar.
Tarareo—. Sabes, todavía tenemos un par de días antes de llegar a la cabaña. ¿Vas
a estar despierto todo el tiempo?
Después de Willow, vamos a visitar al hijo de Graham, Brian, y a su esposa en la
ciudad.
Cuando digo que el mundo estaba en contra de que estuviéramos juntos, eso
también incluye a su hijo, Brian. Él solía ser mi mejor amigo en la preparatoria y tenía
un pequeño flechazo por mí. Así que la idea de mí y su papá no era algo de lo que fuera
fan.
Pero entró en razón y ahora somos una familia.
Puede que sea incómodo para algunos, pero funciona para nosotros. Además,
Rosie ama a su hermano mayor y a su familia, y ellos también la aman. Él tiene dos
hijos adorables con una chica maravillosa que conoció en la universidad. Así que
dejaremos que Rosie lo visite por unos días mientras nosotros nos vamos a la cabaña
para pasar un tiempo a solas.
—¿Graham? —insisto cuando no responde a mi pregunta.
Incluso entonces, su única respuesta es un largo suspiro que siento contra mi
mejilla.
Así que creo que es hora de sacar las armas grandes.
—Pero fue una buena fiesta, ¿verdad? —Murmuro, mordiéndome el labio.
Gruñe.
—Estoy tan feliz por Fallon y Dean. Ella lo ha amado siempre. Esa pobre chica.
Gruñe otra vez.
Me muerdo el labio con más fuerza a medida que avanzo—. Simon y Willow
también parecían felices. Incluso Brendan, ¿verdad? Tan, tan felices de que su hermana
encontrara el amor. Creo que Dean y Brendan se conocen desde hace mucho tiempo.
Parecían muy unidos el uno con el otro...
Entonces se pone rígido y yo hago una pausa.
Especialmente cuando empuña mi pelo otra vez y me tira hacia atrás para poder
mirarme a la cara—. ¿Estás tratando de provocarme, Violet?
—Tal vez —Va a decir algo, pero yo lo detengo—. Así que mejor me dices cuál es
el problema. Así podré resolverlo por ti.
—El problema —dice—, es Brendan. El chico que sigue observando a mi hija. La
miró durante toda la cena y yo quería abalanzarme sobre la mesa, agarrarlo de la
camisa y tirarlo por la ventana.
Ven, lo sabía.
Yo malditamente lo sabía.
Mi cariño es tan predecible.
Aprieto mis labios para no reírme. Quiero decir, no es una broma, él enojado y
afectado.
Pero se ve tan... feroz ahora mismo.
Tan salvaje al pensar en un chico de catorce años, mirando a Rosie.
—No sé cómo Simon se sentó durante esa cena sin perder la cabeza. Dean tocando
a su hija —gruñe Graham, trayéndome al momento—. Si alguien estuviera tocando a
mi hija, le habría roto cada dedo de su mano. Tal como está, quiero poner el temor de
Dios en ese chico Brendan.
Su cara está toda arrugada y enojada, y froto mi mano en su barba—. No, no
quieres. Porque es un niño. Ambos son niños. No vas a tirar a un chico de catorce años
por la ventana sólo porque miró un poco de más a tu hija.
—Conozco a los niños, ¿okay? Conozco a los chicos. Yo crie a un niño. Sé cómo
piensan.
—Es un buen chico. Es el hijo de Simon. Lo bueno está prácticamente en su ADN.
Déjalo estar. Él no va a hacer nada.
—Más vale que no lo haga. O le enseñaré una puta lección que nunca olvidará —
Luego mira hacia otro lado, con los ojos entrecerrados—. ¿Sabes qué? Al carajo. He
estado debatiendo esta mierda durante demasiado tiempo. Voy a tener una plática con
Simon. Tal vez perdió la cabeza, entregando su hija a otro hombre, así como así. Pero
mejor que mantenga a su hijo lejos de mi hija o yo—
Le cubro la boca con mi mano, cortando sus palabras.
Sus respiraciones están golpeando mi palma, soplando sobre ella, calientes y
afectadas, y sacudo mi cabeza hacia él.
—No, escúchame tú —le digo severamente—. No vas a tener una plática con nadie
—Sus ojos se vuelven tormentosos—. Vas a calmarte y a relajarte. Además,
¿entregando a su hija? ¿Qué significa eso? Las hijas no son objetos, Graham. Como las
esposas no son objetos. Las hijas tienen una mente propia. La hija de Simon tiene
mente propia. Nuestra hija tiene mente propia. Eso es lo que le estamos enseñando.
Quito mi mano de sus labios y los encuentro separados y húmedos.
Pero, maldita sea, no me voy a dejar seducir por ellos.
No voy a ser seducida por la forma en que me está mirando, como si me deseara.
Como si estuviera tan excitado por mi arrebato.
No tengo muchos, pero cuando los tengo, él se… excita. Y entonces, yo me excito
y no, no vamos a ir allí antes de que yo termine de hablar.
—Además —sigo adelante—. Son niños. Deja que sean niños. Son inocentes. Los
niños son soñadores. El amor adolescente es todo mariposas, piel de gallina y miradas
tímidas y sueños, ¿sabes? Sonríes por las cosas más pequeñas. No puedes dormir. Hay
música en tu cabeza. Tarareas una melodía todo el tiempo. Te muerdes el labio cuando
piensas en él. Es... mágico. Está lleno de color y pasión y anhelos inocentes. Es
garabatear en tu diario, escribir su nombre una y otra vez, dibujando corazones por
todos lados.
No sé cómo sucedió, pero me he desviado completamente del tema, a pesar de que
me esforcé mucho por mantenerme en él.
Estaba esforzándome tanto en mantenerme enojada con él por ser tan ultra
posesivo y loco.
Pero ahora lo estoy mirando a los ojos y él a los míos.
Estoy sonriendo y él tiene un ligero tic en sus labios, y ambos nos estamos
balanceando bajo la luz de la luna. O por lo menos, yo me estoy balanceando y él
simplemente está moviendo sus pies para hacerme compañía.
Bailando conmigo a la luz de la luna.
Y mi corazón va a estallar en mi pecho cuando se inclina y susurra—: ¿Sí? ¿Es
eso lo que hiciste?
Trago, pensando en cómo me enamoré de él de un solo vistazo.
Tenía dieciséis años en ese momento. Él era mayor y el papá de mi mejor amigo
y un montón de otras cosas que hacían imposible que estuviéramos juntos. Al menos
hasta que cumplí dieciocho años y lo seguí a Colorado.
—Sí —respondo—. Dibujaba corazones alrededor de tu nombre.
Sus puños en mi pelo se aprietan y sueltan, haciendo que mi cuero cabelludo
hormiguee, haciendo que cada parte de mi cuerpo hormiguee—. ¿Y qué nombre es ese?
—Sr. Edwards.
Durante mucho tiempo fue el Sr. Edwards, el papá de mi mejor amigo, y lo amé
desde lejos, escribiendo sobre él en mis diarios.
Lujuria marca sus rasgos, haciéndolos oscuros—. Señor Edwards, ¿eh?
—Sí, hasta que te convertiste en mi Graham.
—¿Es eso todo lo que soy?
—No.
—¿Qué soy entonces?
Me lame los labios—. Mi cariño.
—¿Así que ahora haces corazones sobre ‘cariño’ en tu diario?
Sonrío, sacudiendo la cabeza—. No. Ahora hago corazones en todo el cuerpo de
mi cariño. Con mi lengua.
—Estás hecha de luna y magia —gruñe sobre mis labios, lamiéndolos.
—Y tú eres mi sueño adolescente que es aún mejor en la realidad.
Siento su sonrisa en mi boca antes de que me diga—: Sé que me estás distrayendo.
Pero esto no ha terminado. Nadie mira a mi hija y se sale con la suya.
Estoy bastante segura de que es inofensivo, el enamoramiento que tienen el uno
del otro. Sin mencionar que son niños y que viven a cientos de kilómetros de distancia.
Así que no creo que nada salga de ello.
Pero, aun así, digo—: Sabes, no puedes realmente detener el amor. Puedes
intentarlo, pero no tendrás éxito —Va a discutir; estoy segura, pero lo distraigo de
nuevo—. ¿Y qué hay de su esposa? ¿Puede alguien mirarla?
—Si quieren que sea lo último que vean.
—Eres una bestia —Le muerdo el labio—. Ahora besa tu belleza —Él lo hace.
Y mientras lo hace, besarme, envío un deseo a las estrellas de que mi Rose
encuentre un amor como este algún día también.
Me dijo que me reuniera con él a medianoche en su patio trasero.
—Donde están las rosas —dijo, tan pronto como llegamos a su casa para la fiesta
de Navidad.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque quiero verte —Cuando fruncí el cejo, se explicó—: Tengo algo que darte.
Un regalo. Un regalo de Navidad.
Mi corazón empezó a acelerarse—. ¿Por qué no puedes dármelo delante de todos
los demás? ¿Mañana?
Me miró durante unos segundos antes de decir—: Por favor. Sólo tomará cinco
minutos.
—No puedo —le dije y casi salí corriendo.
Cuando me di la vuelta para mirarlo por última vez, lo vi patear la pared. Y me
sentí... mal.
No quiero que patee cosas y se lastime a sí mismo por mi culpa.
No estoy segura de si fue entonces cuando decidí venir a verlo o quizás siempre
supe que lo haría. Pero aquí estoy.
Junto a los rosales.
Y estoy aterrorizada.
Oh, Dios, estoy tan asustada. Tan, tan asustada.
No por mí, no. Sino por él.
Brendan Blackwood.
Mi papá lo mataría; lo sé.
Realmente se enoja cuando un chico se acerca a mí. No es que lo hagan mucho.
Pero, aun así. Da mucho miedo. Todos los chicos de mi clase le tienen miedo, incluso
los que son mis amigos.
Normalmente, lo encuentro divertido.
Porque por muy aterrador y grande que parezca mi papá, no es así en absoluto.
Al menos no con mi mamá y conmigo. Es un osito de peluche gigante y lo amo
demasiado.
Pero Dios, es un gigante. Y agarrará a Brendan por la garganta y lo lanzará al
otro lado de la habitación. O al menos, sacudirá a Brendan tanto que se le aflojarán los
dientes.
Tal vez debería irme. No quiero meterlo en problemas. Algo se aprieta en mi pecho
cuando pienso en Brendan metiéndose en problemas.
Algo se aprieta en mi pecho cuando pienso en él pateando la pared también, pero
meterse en problemas con mi papá es mucho peor.
Además, él no está aquí todavía y tal vez ni siquiera venga. Porque él piensa que
no voy a estar aquí.
Así que es muy tonto de mi parte estar en el frío con mi pijama de flores y la
bata, todo el tiempo pensando que debería haber traído mi otra pijama menos infantil,
y esperar por él.
Pero tan pronto como pienso esto, veo su alta forma caminando hacia mí.
Está oscuro, así que no puedo ver nada excepto el contorno de su cuerpo. Pero sé
que es él. Y tan pronto como me ve, empieza a trotar.
Tengo mucho miedo de que despierte a todos con sus fuertes pies, pero, aun así,
sonrío.
Eso es lo que pasa con Brendan Blackwood. Me hace sonreír.
Es tan... ruidoso y abierto y tonto y encantador y lindo. Y cuando estoy sola en la
noche, tratando de dormir, pienso en él.
Okay, pienso en él todo el tiempo.
Y encima de eso, cuento los días hasta que puedo volver a verlo. Normalmente,
nos vemos una o dos veces al año y en el último año más o menos, la espera para verlo
se ha vuelto muy dura.
Cuando llega a mí, mi corazón está en algún lugar de mi estómago y tengo
problemas para respirar.
—Viniste —Él sonríe—. Sabía que lo harías.
¿Mencioné que es lindo?
O sea, muy lindo.
Ahora que está cerca, puedo verlo bajo la lámpara de la pared. Tiene ese loco pelo
oscuro que le cae sobre la frente. Se ve tan suave.
Tan suave como el suéter que lleva puesto.
Sin mencionar que me encantan sus ojos. Son tan verdes que no puedes evitar
amar el color, saben. Son tan brillantes y llamativos en su cara. También he estado
comprando cosas color verde durante los últimos dos años. Mi mochila, mi diario, los
bolígrafos. Mis vestidos.
Todo verde.
Jalo el cinturón de mi bata cuando me doy cuenta de que estoy mirando
fijamente—. ¿Cómo?
Sonríe suavemente y encoge sus grandes hombros—. Sólo una corazonada.
A pesar de que me digo a mí misma que no debería mirar fijamente, lo sigo
haciendo.
Miro sus ojos verdes y su sonrisa se vuelve aún más suave. Como su pelo y su
suéter. Siento que, si lo dejo, él me mirará todo el tiempo. Día y noche. Durante toda
la Navidad y el Año Nuevo.
En realidad, lo hará de todas formas, incluso si no lo dejo.
Esa es otra cosa que hace. Finjo que no me doy cuenta de que me está mirando,
pero lo hago. Y mis dedos de los pies se enroscan.
Como lo están haciendo ahora.
Deja de mirar, Rose.
Metiendo mi cabello detrás de mi oreja y bajo los ojos—. ¿Qué querías darme?
Él se acerca y yo levanto los ojos. Todavía tiene una sonrisa en los labios, pero es
más torcida, haciéndolo parecer tan... sí, lindo que tengo que tragar de nuevo.
—Esto.
Me ofrece algo y lo tomo con los dedos temblorosos. Está envuelto para regalo,
pero en cuanto lo toco, sé lo que es.
Y entonces, tengo que mirarlo fijamente—. Paletas.
Son mis caramelos favoritos. Los míos y los de mi mamá. Su sabor favorito es el
de cereza, y solía ser el mío también pero ahora me gusta el de manzana verde.
—Me conseguiste paletas —repito.
Se encoge de hombros otra vez—. Sé que te gustan.
—¿Cómo?
Entonces sonríe, echando hacia atrás su loco pelo oscuro—. Una corazonada.
Apretando su regalo a mi pecho, le susurro—: Yo no te compré nada.
—No pasa nada —Luego—. Aunque sí quiero algo.
Mi respiración se vuelve realmente rápida cuando dice eso. Creo que es porque él
inclina su cara hacia mí, y yo nunca—en toda mi vida—he estado tan cerca de un
chico antes.
Da miedo.
Y emocionante, y estoy sudando dentro de mi bata.
—¿Qué? —Pregunto mientras lo veo morderse el labio.
Yo lo hago mucho, morderme el labio. Pero no creo que me vea tan... sexy. Mis
amigas de la escuela hablan de que los chicos son lindos y sexys, y todas las cosas que
las hacen reír. Normalmente sigo la corriente y digo que sí, pero no estoy realmente
de acuerdo con ellas.
Porque no creo que haya ningún chico en mi escuela que sea guapo o sexy. No
como Brendan.
Se mete las manos en los bolsillos y dice, rompiendo mis pensamientos—: Que
respondas una pregunta.
Oh.
Oh, okay.
Responder una pregunta. Eso es lo que quiso decir.
No otra cosa. No es algo que tenga que ver con... los labios.
Soy una idiota.
Me aclaro la garganta, mi cara se siente caliente—. Okay. ¿Qué es?
Sumerge aún más la cara y noto que su nariz está ligeramente torcida—. ¿Tienes
novio?
Pero ya no está sonriendo. Tiene un diminuto ceño entre las cejas.
—¿Por qué? —pregunto.
—Porque no quiero que tengas novio.
—¿No quieres que tenga novio?
—No.
—¿Por qué no?
Alejándose, respira profundamente y vuelve a empujar su cabello hacia atrás—.
Porque me gustas. Y yo voy a ser tu novio.
Aturdida, susurro—: ¿Te gusto?
—Joder, sí.
—Maldijiste.
Hace una mueca—. Sí, no le digas a mi mamá. Me matará.
Aprieto la bolsa de paletas tan fuerte como mi corazón se aprieta. De nuevo, ante
la idea de que se meta en problemas. Así que suelto—: No lo haré.
Sus ojos verdes se vuelven brillantes cuando digo eso, todos brillantes y
bonitos—. ¿Y? ¿Tienes? ¿Tienes novio?
En lugar de responder a su pregunta, le hago una pregunta—. ¿Por eso siempre
me miras fijamente? Porque te gusto.
Él sacude su cabeza lentamente, haciendo exactamente lo que acabo de decir:
mirarme fijamente. A mi pelo castaño suelto y a mis mejillas que arden de vergüenza—
. No, siempre me quedo mirándote porque eres bonita.
Jadeo.
Nadie me ha llamado bonita antes. Quiero decir, mis padres lo han hecho, por
supuesto. Pero ellos me aman, así que ellos tienen que decir estas cosas, ¿verdad?
Lo que quiero decir es que, un chico nunca me ha llamado bonita antes, y aunque
lo hayan hecho, no lo recuerdo.
No en este momento.
Cuando él sonríe de esa manera tan torcida y sus ojos brillan, me hace sonrojar
más que antes.
Voy a decir algo, algo como gracias cuando recuerde lo que dijo—. ¿Va a ser? —
Frunzo el cejo—. Dijiste que tú vas a ser mi novio.
Todavía tiene esa sonrisa en su cara y sigue mirándome como antes—. Sí.
—¿No es un poco arrogante?
—Yo le llamo confianza.
—Ya sabes—
En ese momento oímos murmullos y conversaciones susurradas.
Son mis padres. Están caminando hacia la casa, absortos el uno en el otro.
Me congelo por un segundo.
Pero sólo un segundo antes de que agarre el suéter de Brendan y lo jale hacia mí,
hacia la pared de su casa, a un lugar donde estamos parcialmente escondidos por los
rosales.
Oh, Dios.
Lo sabía.
Sabía que esto era una mala idea. Ahora nos atraparán y mi papá realmente
matará a Brendan y todos mis miedos se harán realidad.
Mi pecho está apretándose tan fuerte que casi aplasto todos mis caramelos con
lo fuerte que estoy sosteniendo la bolsa.
No quiero hacer ningún ruido y alertarles de que estamos aquí. Pero creo que lo
sabrán de todos modos porque mi corazón no deja de martillar.
Es tan fuerte que sé que mis padres lo oyen, los padres de Brendan también lo
oirán, y todos ellos nos encontrarán.
Sólo que no lo hacen.
Ellos simplemente... siguen caminando y desaparecen.
Desaparecen.
Se fueron.
De verdad, de verdad se fueron. Y tomo mi primer aliento real en años.
Okay, no en años. Pero, aun así, se siente de esa forma.
Y entonces, siento algo más.
Algo a lo que no he estado prestando atención debido a mi mini enloquecimiento.
Brendan está muy cerca de mí. Tan cerca que puedo sentir su aliento caliente en
mis mejillas. No sólo eso, siento un par de cosas más.
Sus ojos en mí, por ejemplo.
Creo que mientras yo miraba a mis padres con terror, él me miraba a mí. Me
miraba sin ningún cuidado de que le pillaran.
Y no sólo eso, me estaba tocando.
Mi cabello, quiero decir.
—Se fueron —susurra y mis dedos se enroscaron en mis pantuflas.
Sé que estoy siendo una idiota, sin girar mi cara para mirarlo, pero tengo que
reunir todo mi coraje. Tengo que calmar todo el zumbido de mi estómago para poder
ser capaz de mirarlo.
Poder ser capaz de encontrarme con sus ojos cuando está jugando con mi pelo.
Mordiéndome el labio, de alguna manera logro la hazaña y lo encuentro
sonriendo. Aunque, esta es muy pequeña y suave. Más pequeña y suave que todas sus
otras sonrisas.
—Me estás tocando —susurro—. M-mi pelo.
—Lo sé.
—No puedes tocarme.
—Sí puedo —Entonces sonríe—. Porque tú también me estás tocando.
Frunzo el cejo y cuando baja la vista a algo entre nosotros, me doy cuenta de que
tiene razón. Estoy tocando su suéter. En realidad, lo estoy frotando entre mis dedos.
Es tan suave como pensé que sería. Más suave, en realidad.
Arranco mi mano, sintiéndome tímida y avergonzada. Es la primera vez que hago
algo sin darme cuenta de que lo estaba haciendo.
Es una locura como todas las cosas que siento por él.
—Yo no... —Sacudo la cabeza—. Mi papá te va a matar.
—No le tengo miedo a tu papá —dice con esa confianza suya—. Y si nos hubieran
encontrado, te habría protegido.
Protegerme.
Okay, eso, nadie me lo ha dicho nunca. No es que necesite protección de mi papá,
pero, aun así. Nadie ha sido lo suficientemente valiente para decirme eso.
Y eso me hace querer protegerlo aún más. Porque de verdad puedo imaginarme a
mi papá siendo malo con él.
Así que trato de asustarlo un poco más—. Deberías. Él es grande.
Se encoge de hombros, su dedo curvándose en un mechón de mi pelo como si
disfrutara jugando con él—. Yo también soy grande. Y juego a la pelota. Voy al gimnasio
y todo.
Bueno, tiene razón. Es grande y creo que, con el tiempo, sólo se hará más grande.
Quiero decir, es más alto que todos los chicos de mi clase. De hecho, tengo que
estirar el cuello para mirarlo y él tiene que inclinarse hacia abajo.
Es como mi mamá y mi papá. Mi mamá es demasiado baja para él, así que él
siempre se agacha. A veces mi mamá se para sobre sus pies.
Ella sólo lo hace cuando piensa que no estoy mirando.
Mis padres son muy juguetones y a veces me hacen reír con lo enamorados que
están el uno del otro.
Pero la mayoría de las veces me hacen soñar con encontrar ese tipo de amor
algún día. Y el pensamiento de amor en estos días me hace pensar en Brendan.
No puedes amarlo, Rose. Eres demasiado joven para todo eso. ¿Y recuerdas a tu
papá? Así que asústalo. Ahora mismo.
—Nunca funcionará entre nosotros —suelto, tratando de hacer eso.
Su dedo en mi pelo se detiene y frunce el cejo—. ¿Sí? ¿Por qué no?
—A, porque vivo en Colorado y sólo nos vemos como, dos veces al año. Y B, eres
súper arrogante.
Él me sonríe de lado—. A, hay una pequeña cosa llamada teléfono y videollamada
y FB. Y B, te gusta.
—¿Me gusta qué?
—Que yo sea arrogante.
Medio sí me gusta, pero él no debería saberlo. No debería saber lo que me gusta y
lo que no me gusta. No debería ser capaz de leerme tan fácilmente.
Debería decirle que deje de hacerlo.
Pero todo lo que hago es parpadearle—. ¿Cómo lo sabes?
Entonces me suelta el pelo y pasa su dedo por mi mejilla—. Una corazonada.
Además, te ruborizas cada vez que digo algo arrogante.
Una vez me pasé una rosa por la mejilla mientras escribía en mi diario, pensando
en él. Se me puso la piel de gallina y temblé, pero esto es mucho peor.
Esto me está haciendo temblar y me está acelerando el corazón y me hace querer...
tocarlo de nuevo.
Esta vez con toda la intención de hacerlo.
—Tengo que irme. Mi mamá podría ir a verme y se preocupará si descubre que
no estoy.
Pierde su sonrisa junto con el brillo de sus ojos, y odio eso.
Lo odio tanto que me rindo y lo toco.
Levanto la mano y muevo su loco pelo de la frente.
Entonces sonríe. Y el brillo de sus ojos vuelve.
—Okay, te dejaré ir. Pero primero dame tu número de teléfono.
—Oh, y ahora también eres mandón.
Él se encoge de hombros, como si fuera algo casual—. Tiene que ser. Porque a ti
también te gusta eso —Voy a protestar, pero me pasa su dedo por la mejilla una vez
más—. Vamos, Rosie. Como un regalo de Navidad.
Me llamó Rosie.
Todos me llaman así, pero nadie lo hace como él lo acaba de hacer. Como si su
vida dependiera de ello, de que yo acepte lo que sea que me esté pidiendo.
Y es entonces cuando me doy cuenta de que nunca podré decirle que no. Nunca
puedo negarle nada y eso debería dar miedo.
Sólo que no pasa.
Nada da miedo ahora mismo. Ni mi papá ni lo que él pueda hacerle a Brendan. O
cómo Brendan parece saber todos mis pensamientos y cómo mi respiración se vuelve
loca cuando me toca o me sonríe o me mira fijamente.
Nada me asusta.
—No tengo un bolígrafo —susurro.
—Por suerte, yo sí.
Lo saca del bolsillo y me lo ofrece. Incluso mientras lo tomo, pregunto—: ¿Por
qué tienes un bolígrafo en tu bolsillo? ¿Ya sabías que me ibas a pedir mi número de
teléfono?
También me ofrece la palma de su mano, para que pueda escribir el número en
ella—. Sí. También sabía que me lo darías.
Le clavo la punta del bolígrafo en la piel—. ¿Una corazonada?
Él asiente con la cabeza—. Sí.
Sacudo mi cabeza hacia él y luego, escribo mi número en su gran palma. Es muy
caliente al tacto, tan diferente a la mía. Toda áspera y bronceada y... algo que sólo
puede pertenecer a un chico.
Cuando termino, él mira la palma como me mira a mí. Con toda su atención.
También lo toca por un segundo, mi número.
Sonriendo, levanta la vista y se aleja—. Ahora, puedes irte.
No sé qué me hace hacer lo que hago a continuación. Pero me acerco a él—. Pero
mi número de teléfono no es tu regalo de Navidad.
—¿Qué?
Antes de que pueda pensar en ello, cierro toda la distancia entre nosotros y me
paro sobre sus pies como he visto a mi mamá hacer con mi papá miles de veces.
La boca de Brendan está abierta y sus ojos están ensanchados con shock. En
cuanto a mí, pensaré en este paso audaz más tarde, en mi habitación.
Por ahora, me inclino y susurro—: Es este —Beso su mejilla suavemente—. Feliz
Navidad, Brendan. Gracias por mis paletas.
Y luego, sin siquiera mirarlo, salgo corriendo, mi corazón martillando y
martillando porque acabo de recibir mi primer beso junto a los rosales.
Fallon
Tres años después
Sale del agua, todo mojado y bronceado.
Goteando.
No creo haber visto a nadie tan jodidamente sexy antes, su piel como terciopelo.
En realidad, creo que su forma musculosa y color miel hace que el océano se vea
ridículamente azul en contraste. O tal vez sólo estoy siendo tonta.
Pero está bien.
Puedo ser tonta por él.
Para Dean.
El amor de mi vida.
Corre los dedos a través de su pelo, haciéndolo para atrás, y se limpia las gotas
de agua corriendo por su hermosa cara.
Sus ojos marrones me encuentran tan pronto como los abre y comienza a
caminar hacia mí. Observo las diminutas gotas de agua deslizándose por la curva
arqueada de su pecho, abriéndose paso hasta su abdomen marcado. Las veo caer de sus
bíceps, las colinas de sus hombros, mientras él vuelve a escurrir su cabello.
Dios, ¿alguien ha sido alguna vez más guapo que Dean Collins?
O más grande y amplio y tan jodidamente asombroso que cuando llega a mí,
proyecta una sombra sobre mí, sobre mi diminuto cuerpo y me protege de la única
cosa que no me gusta, el sol deslumbrante.
De hecho, hace que llueva, esas gotas de su cuerpo goteando sobre mí.
Estamos en la playa y yo estoy acostada en mi reclinadora, leyendo Harry Potter.
Dean y yo, tenemos una regla.
Cada mes dejo de lado mi aversión al sol y salimos a la playa.
Pero muy raramente me meto en el agua. No es que no pueda nadar, pero no soy
tan fan del agua. Así que me siento aquí, con mi sombrero de paja y mis lentes de sol,
fingiendo leer Harry Potter mientras veo a mi guapo novio nadar en el océano azul.
Dejo a un lado mi libro y me apoyo en mis codos—. ¿Tuviste un buen chapuzón?
Él sigue mirándome fijamente, a mi cuerpo vestido de bikini. Bueno, es más bien
un top de bikini blanco y unos shorts de mezclilla, pero, aun así. Mucho menos de lo
que suelo llevar puesto todos los días.
—Podría haber sido mejor —murmura, su mirada deslizándose por mi pecho
revoloteando.
Me quito mis lentes de sol, me siento derecha porque se me hace difícil quedarme
quieta y tengo que moverme y hacer algo con mi cuerpo o arderé en llamas o algo así.
—¿Cómo? —Pregunto, mirándolo.
Después de hacer un recorrido minucioso de mi cuerpo mientras he estado
cavando los dedos de los pies en la arena, él vuelve a mis ojos—. Si hubieras estado
allí.
Me encojo de hombros con timidez—. Bueno, sabes que no me meto en el agua.
Sonriendo ligeramente, asiente—. Ya lo sé. Llevo un año intentando enseñarte a
surfear.
Sí, surfear.
No creo que esté hecha para eso. Requiere mucha coordinación y tampoco soy
muy buena en eso. Aunque compré una tabla de surf muy buena que está junto a mi
silla. Incluso la decoré con todas las insignias de Harry Potter.
—Lo sé. Pero me encanta mi tabla de surf —Le sonrío.
Él mira mi sonrisa tonta con demasiada intensidad y yo trato de averiguar qué
está pasando por su mente.
Pero sólo tengo uno o dos segundos de reflexión antes de que de repente se incline,
me bañe con gotas del océano y me agarre la mano con fuerza.
Luego me jala hacia arriba, hacia él, y yo salgo volando. Ni siquiera tengo tiempo
para chillar o hacer mucho más antes de que me maniobre y me siente en su regazo.
En realidad, estoy a horcajadas con él y mi libro está tirado en la arena en algún lugar.
—¡Dean! —Digo, indignada, mirando a la multitud alrededor de nosotros.
Pero nadie está realmente prestando atención. Todos están en su propio mundo.
Él simplemente sonríe de lado—. Es divertido cuando te enojas.
—Eres un animal —acuso, no es que me importe, pero, aun así. Necesita saber
que no puede ponerme donde quiera—. ¿Por qué siempre tienes que tratarme como
muñeca de trapo?
—Porque eres pequeña —dice, quitándome el sombrero de paja.
—No es agradable seguir sacando el tema todo el tiempo —le digo, tratando de
aferrarme a mi ira.
Pero lo está haciendo difícil.
Especialmente cuando pone sus palmas extendidas en mi cintura, todas mojadas
por el océano, haciéndome jadear y moverme en su regazo.
Él roza sus labios húmedos contra los míos—. Y porque puedo.
—Eso no significa que debas —susurro, deslizando mi boca sobre la suya a
cambio, probando la sal marina y su sabor fuerte.
—Y también porque eres mía.
No creo que nadie diga ‘mío’ como lo hace Dean.
Él lo hace tan... en capas.
En su boca, ‘mía’ suena protector, posesivo, sexy y seguro, todo al mismo tiempo.
Tantos matices en una palabra de tres letras que no tengo más remedio que derretirme
y gotear como el agua se aferra a su piel.
—Lo soy —susurro, envolviendo mis brazos alrededor de sus hombros y pegando
mi pecho al suyo.
Mis pezones se arrugan tan pronto como hacemos contacto, mi bikini blanco
absorbe toda el agua de su piel y se vuelve casi translúcido.
O al menos, creo que lo es.
Porque no puedo apartar la vista de su preciosa cara.
—Y porque eso no estaba funcionando para mí —continúa, flexionando su agarre
en mi pequeña cintura.
—¿Qué es lo que no estaba funcionando para ti?
—Tú, acostada ahí con un aspecto muy sexy cuando quiero tener una discusión
seria.
Me muevo en su regazo cuando me llama sexy y aprieta la mandíbula y me impide
moverme en su regazo.
—Lo siento —susurro cuando me mira—. ¿Qué discusión seria?
Sus ojos van y vienen entre los míos y murmura, como si fuera para él mismo—
: Pensé en hacer esto de rodillas, pero afrontémoslo, estuve allí abajo justo esta
mañana. Viviría allí abajo si pudiera. De rodillas. Con mi boca en tu coño.
Me muevo en su regazo otra vez, clavando mis uñas en su cuero cabelludo. Me
siento caliente y temblorosa mientras susurro—: Dean, ¿de qué estás hablando?
—Sobre el hecho de que iba a decirte esto de rodillas, pero por muy tortuoso que
se sienta ahora mismo —me aprieta la cintura otra vez—, tenerte en mi regazo cuando
no puedo hacer nada al respecto, aquí es donde perteneces En mi regazo. Así que aquí
es donde te voy a decir.
—¿Decirme qué?
Por fin, se centra en mí en vez de parecer que está hablando consigo mismo. Sus
pulgares se clavan en mi vientre y tengo que morderme el labio por el delicioso dolor
que están causando.
—Que te voy a hacer mi esposa el primer día de tus finales exámenes —Dejo de
respirar por un segundo.
¿Dijo " voy a hacerte mi esposa" o estoy... o estoy escuchando cosas?
Estoy escuchando cosas, ¿no? Quiero decir, es muy posible que lo esté porque he
querido que lo diga desde hace años.
En realidad, sólo han pasado tres años.
Tres años desde que inventé ese viaje por carretera de Los Ángeles a Nueva York.
Tres años desde que aceptó que me ama también y le dijimos a mis padres que
afortunadamente, después de un pequeño bache en el camino, dieron su aprobación.
Y tres años desde que le dije que quería casarme con él tan pronto como
llegáramos a California después de nuestras vacaciones de Navidad. Le dije eso en el
cuarto día, mientras conducía de vuelta con la capota abajo porque el invierno no se
siente como tal por estos lados. Y California Dreamin', en el fondo, cedí a sus demandas
y cambié de Lana para poner algo de rock antiguo.
Pero dijo que no.
Dijo que quería que primero terminara la universidad. Pero accedió a una cosa.
Me mudó a su casa tan pronto como llegamos a California. Y cumplió su promesa y me
llevó a todas partes. Me mostró todas las cosas de Los Ángeles y alrededores.
No sólo eso, durante los últimos tres años, ha estado viniendo conmigo a visitar
a mi familia—nuestra familia—durante todas las vacaciones.
A mi papá todavía no le gusta que viva en la costa oeste, tan lejos de todos, pero
se ha relajado un poco. Sobre todo, porque Dean está conmigo, y yo estoy con él. Lo
que significa que me aseguro de que le llame a mi mamá todas las semanas sin
importar lo que pase.
Incluso nos visitaron el año pasado, papá, mamá y Brendan.
Hablando de Brendan, ha crecido mucho en los últimos tres años.
Está tan alto como papá y Dean. Pero esa no es la parte importante.
La parte importante es que está saliendo con Rosie.
¡Sí, están saliendo!
Oh, por Dios, enloquecí completamente cuando mi mamá me contó. Han estado
saliendo desde hace un par de años. Desde la Navidad de hace tres años.
Aunque, todos apenas se enteraron el año pasado. Aparentemente, hubo un gran
drama porque mi tío Graham estaba enojado y mi papá también estaba un poco molesto
porque todo estaba pasando en secreto.
Pero gracias a Dios por mi mamá y mi tiita Vi. Las cosas están arregladas.
Aunque, mi tío Graham tiene una correa muy apretada en la agenda de Rosie y cuán a
menudo habla con mi hermano por teléfono ya que todo es a distancia ahora mismo.
Con todo, estoy muy feliz por el idiota de mi hermano y la dulce Rose.
¿Lo ven? Ese viaje por carretera y esa Navidad fueron mágicos.
Pero, de todos modos, volviendo a Dean. Nunca cambió su respuesta sobre casarse
conmigo.
No hasta ahora.
—¿T-tu esposa?
Mis brazos están temblando alrededor de él y también mi cuerpo. No puedo creer
que él realmente haya dicho eso.
—Sí. Prometí que lo haría una vez que terminaras la universidad —dice, sus ojos
penetran los míos, sus brazos apretándose alrededor de mí, manteniéndome
equilibrado—. Y por eso trabajaste tan duro, ¿no?
—Sí.
—Por mí.
Asiento con la cabeza—. Por ti.
Por trabajar duro, quiere decir que estoy en camino de graduarme un semestre
antes. Mis exámenes finales empiezan en un par de semanas y hoy iba a ser nuestra
última salida antes de eso.
—Así que ahora es el momento de cumplir la promesa.
—Pero dijiste que el primer día de los exámenes finales. No me estaré graduando
entonces.
Él sonríe—. Sí, pero me di cuenta de que ya no quería hacerla esperar. La chica
que trabajó tan duro por mí.
Lo observo, observo su hermoso rostro, mi cuerpo y mi respiración temblando.
—Entonces voy a ser tu esposa en dos semanas —susurro lentamente, el
conocimiento de esto empieza a hundirse en mis huesos como la miel caliente.
—Sí —Él traga—. Yo... lamento haberte hecho esperar, Peque. Lamento todas las
cosas por las que te hice pasar en el pasado. Todas las cosas por las que aún te hago
pasar. Mi trabajo y la forma en que no puedo expresarme a veces. Pero te prometo que
haré todo lo posible para hacerte feliz. Cualquier cosa y todo para que sigas amándome.
Él tiene razón.
Sólo porque estamos juntos no significa que se haya convertido en un hombre
fácil. Es un adicto al trabajo. Es un fanático del control. Puede ser emocionalmente
distante a veces y tengo que entrar ahí y romper sus paredes.
Es muy parecido a mi padre en ese sentido.
Pero nunca he dudado que me ame. Sé que lo hace. Lo veo todos los días en sus
ojos cuando se despierta a mi lado o cuando vuelve a casa después de un largo día de
trabajo y su cara se relaja al verme en nuestro sofá con mis libros de texto alrededor.
Sé que me ama y definitivamente me hace feliz.
—Sabes, pensé que ibas a venir con una buena propuesta —me burlo.
Algo de tensión se le escapa—. Lo intenté. Pero la que se le ocurrió a una niña de
tres años fue jodidamente increíble.
Yo sonrío—. Lo fue, ¿verdad?
—Joder, sí.
Estoy a punto de decir que sí y besarlo cuando me diga algo más—. Y nos
mudaremos de nuevo a la costa este una vez que hayas terminado. He estado
investigando y tengo una oferta de trabajo—
—Pero te acaban de ascender aquí.
El año pasado, Dean fue nombrado asistente del fiscal y no sé nada sobre esto de
los abogados, pero he visto suficientes películas y he visto a Dean realmente feliz como
para saber que es un gran puto asunto.
—Sí, pero no me importa.
—No.
—¿Qué?
—No quiero mudarme a la costa este.
Frunce el cejo, parpadea—. Pero ese era el plan, ¿verdad? Dijiste que querías
terminar la universidad antes de mudarte y ahora has terminado.
Yo dije eso.
Nunca me gustó California. Nunca me gustó el sol, las playas, el clima de una
estación. Y sabía que tenía la opción de volver con Dean, si quería.
Pero luego pensé que tal vez debería esperar y ver.
Además, una vez que descubrí que a Dean le gustaba estar aquí, le gustaba su
trabajo, su oficina—incluso tiene un par de amigos aquí—decidí que, por él, al menos
podría quedarme aquí hasta que terminara la universidad.
Pero creo que me está empezando a gustar.
Las mismas cosas que no me gustaban, creo que ahora me gustan.
Me gustan los caminos anchos, los sombreros de paja, mi tabla de surf que nunca
usaré, las bebidas junto a la piscina, las sandalias, los bikinis, las palmeras, los cielos
azules abiertos.
Océanos azules y mi novio, bueno, que pronto será mi esposo, saliendo de ellos
con su piel aterciopelada y sus músculos goteando.
Le sonrío—. Sé lo que dije, pero me gusta estar aquí ahora.
—Te gusta L.A.
—Sí —Froto mi nariz contra la suya—. Me mostraste tantas cosas aquí. Tantas
vistas nuevas. Me hiciste tolerar el sol. La playa. Incluso intenté hacer surf. ¿Hola?
¿Qué tan increíble soy? Supongo que sólo estaba esperando que me hicieras
enamorarme de todo eso.
Él me estudia para ver si estoy bromeando—. ¿Estás segura de esto?
—Síp. Siempre soñé contigo, ya sabes. Con estar contigo, pasar mi vida contigo.
Pero ahora también me tienes soñando con California.
—Lo hice, ¿eh?
Asiento, colocando un suave beso en sus cálidos labios, tocados por el océano y
el sol—. Me tienes en California soñando.
FIN