La venganza de Harry Potter
La venganza de Harry Potter
1. La caja de chocolates.
El pacto había comenzado el día en que Harry Potter cumplió los dieciséis años.
Había recibido regalos de parte de Hermione, los Weasley, Sirius y los miembros
que quedaban del ED y que lo seguían respetando. Ese verano había intercambiado
cartas con todos y recibido muchas peticiones de ir a pasar veranos en otras casas.
Pero Harry sabía que Dumbledore no lo aprobaría, y además, por una vez en todos
sus veranos, no quería irse.
Ese mismo 31 de Julio que Harry estaba desenvolviendo sus regalos con una
sonrisa divertida, Dudley Dursley recibía una caja de chocolates.
Era una caja de chocolates de tamaño extra grande, redonda, con papel plateado y
una flor de papel color rosa. Tenía una nota impresa que decía "Para Dudley, con
amor". No había firma, pero sí un extraño perfume a violetas revoloteando en el
ambiente alrededor de la caja.
Cuando Harry bajó a desayunar sus tíos hablaban, emocionados, de que su Dudley
ya tenía admiradoras. Dudley, en particular, se veía entre sonrojado y satisfecho.
Había comido ya la mitad de los chocolates y dejó una gran mitad para mostrarle a
Harry y contarle con voz socarrona:
—Eh, mira, enfermo. A que en tu escuela de raritos no recibes cosas como esta,
¿verdad?
Vernon siguió con las burlas y Petunia calló, aunque no los detuvo. Harry terminó
su desayuno en silencio, haciendo oídos sordos, mientras Dudley terminaba de
comer todos los chocolates que le quedaban, haciendo mucho ruido al masticar y
sin siquiera saborear. Comía como un cerdo.
—¿Qué quieres que haga? —casi gritó Harry. Sentía la voz al borde de la histeria,
pero no por el sentimiento que todos querrían—. ¡No puedo hacer nada! ¡No puedo
hacer… nada fuera del colegio!
—¡HAZ ALGO! —gritó feroz Vernon, adelantándose, pisando el charco de sangre y
cayendo sobre su gordo trasero al suelo. Harry no tuvo siquiera ganas de reír.
Guardó la varita en el bolsillo de los pantalones y corrió al teléfono. Llamó a
emergencias con una voz que pretendía estar asustada y fue a avisar que lo había
hecho. Luego, sin decir nada —porque ya había disfrutado del espectáculo— fue a
su habitación.
Se quedó allí incluso cuando vino la ambulancia. Ni sus tíos ni nadie fueron a ver
qué hacía, o nada. Harry oyó cómo se llevaban a su primo y como sus tíos iban con
él. La casa quedó en silencio, vacía, casi hueca.
El funeral de Dudley fue tres días más tarde. Había estado ingresado en
emergencias toda la noche y muerto al alba siguiente, casi veinticuatro horas
después de haber ingerido los chocolates. Y eso fue lo que buscaron en su
estómago: la sustancia que se encontraba dentro de los dulces. Resultó ser simple
y barato veneno para ratas mezclado con insecticida, que era lo que había causado
las náuseas. No tenían idea de muchas de las cosas que habían sucedido, ni por
qué, pero la policía investigadora fue a la casa a rastrear huellas de la caja de
chocolates. Además de las huellas de Dudley y de su madre —que había admitido
que había tocado la caja para admirarla cuando llegó y los forenses le creyeron—
estaban las huellas de Archivald "Archie" Keyglass, un amigo de Dudley que Petunia
sabía que se había peleado con él hace tiempo. Lo había conocido en un torneo de
boxeo y se habían llevado bien, pero según Petunia Dursley el chico se había
comportado muy violento con su Dudders y éste no había querido ser amigo de
semejante tipejo mal parado.
Harry fue al funeral de Dudley con ropas negras que tampoco eran suyas, pero por
lo menos no eran de su primo. Había mucho llanto, muchas flores, mucho dolor y
mucha pena. A este punto todo el vecindario sabía que Dudley había sido asesinado
por un amigo suyo, mayor que él, que en esos momentos estaba siendo
interrogado y apresado por la justicia. Harry mantuvo la cabeza gacha y no hizo
contacto visual con nadie. Se mostró penoso, triste, pero no se atrevió a llorar por
parecer exagerado. Después de todo, su tío tampoco lloraba, si bien lo hacía
Petunia.
Buenos deseos,
Harry".
La lechuza blanca voló con la carta entre las patas y Harry la observó hasta que se
perdió de vista, sonriendo. Y ahora sí que tenía verdaderos motivos para sonreír.
2. El lado gris.
A mediados de Junio, Harry fue a Londres. No tenía idea de qué había soñado, pero
había despertado con unas extrañas ganas de ir a Londres, caminar, gastar un poco
de dinero. Había cambiado unos cuantos galeones por libras el año anterior y no
había gastado ese dinero en casi nada. Así que se armó con su varita —de la cual
nunca se separaba— las ropas muggles que Sirius le había comprado —que le
sentaban mucho mejor que las de su primo— y su bolsita con libras y galeones.
Bien separados, claro.
Llamó al autobús noctámbulo y le dijo que lo llevara hasta alguna zona comercial
de Londres. Stan asintió, feliz de tener a Harry Potter de nuevo en su autobús, y le
dijo al conductor que fueran a Londres como siguiente parada.
Si bien a Harry no le gustaba mucho viajar por ese medio no tenía otra opción, así
que viajó, conteniendo las náuseas y agradecido de no haber desayunado. Sabía,
también, que ir solo a Londres supondría un gran peligro pero, ¿qué más daba?
Dumbledore no tendría el maldito control de su jodida vida.
Observó algunas tiendas pensando en comprar algo para Ron o Hermione, cuando
su estómago gruñó inesperadamente. Comenzó a caminar sin rumbo, buscando
algún lugar para comer algo —después de todo, eran casi las once y seguía sin
desayunar— cuando un café bastante apagado y solitario llamó su atención. La
gente pasaba sin verlo, pero había gente en su interior, y podía ver justamente a
una extraña pareja sentada junto a una de las grandes ventanas.
Estaba sentado en una esquina lejos de las ventanas, bajo una lámpara, y si de
pronto no hubiera visto hacia allí seguramente se habría marchado sin verlo. Pero
allí estaba. Tenía un libro en sus manos, un libro de tapas de cuero oscuro y hojas
amarillentas, y leía con verdadero interés en sus ojos oscuros. Harry se planteó
verdaderamente marcharse de allí por estar teniendo alucinaciones, pero de pronto
Voldemort en una forma que Harry nunca había visto, con cabello, ojos oscuros,
piel clara y rasgos altivos, atractivos, alzó la vista y le sonrió.
Sin saber qué hacer fue hasta su mesa. Había otra silla más allí, y Harry tomó
asiento, incapaz de creer sus propios movimientos.
Lord Voldemort, con rostro humano, cabello ondulado hasta el cuello y profundos
ojos oscuros, le sonrió.
—Harry.
La voz era nueva, una voz grave que Harry no había oído nunca antes. El chico
endureció la mandíbula.
—Voldemort.
Dijo la palabra con todo el odio que podía poner en la voz. Qué situación irreal,
estar allí con Voldemort, sentados en la mesa de un café, vestidos con ropas
muggles —aunque las de Voldemort eran de mucha mejor calidad y mucha más
clase que las suyas—. Lo que lo extrañaba era que Voldemort aparentaba no más
de veinticinco años, y toda la juventud en su rostro lo amilanaba.
—Harry, muchacho —resopló él, cerrando el libro luego de dejar una marcador en
sus páginas—, no hace falta tanto rencor. Estoy aquí para hablar contigo.
Voldemort rió.
—Sí lo haría.
—He dicho que no —su voz no dejaba réplica. Harry trabó los dientes al sentir un
acceso de dolor en la cicatriz—. Ah, pequeño Harry. Lamento mucho tu cicatriz. No
sólo es tu mayor dolor, si no, mi mayor error. Pero, de otra manera…
—¿Por qué estás aquí? —lo cortó Harry, incapaz de creer la situación irreal. Tal vez,
si la situación se seguía poniendo más bizarra, despertaría en su cama en el
número 4 de Privet Drive, tan cerca del cumpleaños de Dudley como para que sus
tíos se preocuparan por ver si seguía vivo, cosa que en casos y días normales
tampoco hacían.
—¿Por qué querías hablar conmigo? Es decir, no digo que hablar sea una manera
diferente de comunicarnos, después de que intentaste matarme tantas veces… —las
palabras le salían ácidas. Voldemort rió entre dientes.
—Sabía que tenías un genio que apreciar, Harry. Pero no me había dado cuenta de
él hasta este momento —comentó, con una sonrisa burlona en su repentinamente
embellecido rostro—. Quería llegar a… un acuerdo.
—Silencio —Voldemort lo fulminó con una mirada feroz—. ¿Quieres saber por qué?
—¿Es necesario? —resopló Harry—. ¿Debo fingir interés, o puedo pedir un café…?
Muero de hambre.
—Toma —le alcanzó un plato con unos croissants y un café a medio beber que
estaba en frente suyo—. No lo he envenenado.
Voldemort rodó los ojos oscuros, pero le dio un sorbo al café y, cuando tragó, un
mordisco al croissant. Esperó unos instantes para demostrarle que no había
envenenado nada y Harry lo aceptó con una expresión reticente. Le dio un sorbo al
café caliente que estaba particularmente dulce y una mordida al croissant que
Voldemort había mordido. Sí, definitivamente, no podría ponerse más irreal su
sueño.
—¿Segunda opción?
—Sí, ya sabes —Voldemort hizo un ademán con la mano—. Otra opción a seguir el
camino que estás siguiendo. Porque… llegó a mis oídos que estás desconfiando de
Dumbledore.
Harry se echó hacia atrás. Sólo una persona lo sabía, solamente a él se lo había
dicho ese verano, y Sirius jamás sería capaz de…
—¿Qué sería esa otra opción? —preguntó Harry, desesperado por cambiar de tema.
Si Kreacher había hablado de eso, ¿de qué otras cosas más habría hablado?
¿Estaría enterado de…?
Harry esperó. Voldemort tomó aire, posiblemente preparado para dar un gran
discurso, y comenzó:
Voldemort cerró los labios y guardó silencio unos instantes. Harry casi deliró.
—¿Te estás disculpando? —Harry alzó ambas cejas, inclinándose ligeramente hacia
su enemigo mortal—. Porque eso no parece una disculpa.
El hombre frente a él guardó silencio una vez más. Finalmente, con un siseo que a
Harry le sonó forzado, dijo.
—Lamentomuchohabermatadoatuspadres.
Y lo dijo en pársel, tan rápido que Harry no podía asegurarse de haberlo oído. Casi
rió. ¿Sería que Voldemort hablaba en pársel cuando se encontraba nervioso o
cargado de tensión? Pero no se atrevió a reír, porque pequeñas punzadas
comenzaban a golpearle la cicatriz y tuvo que decir:
—Me queda claro tu razón, pero, ¿por qué? —Voldemort alzó una ceja ante la
pregunta de Harry, así que él se explicó—. ¿Por qué crees que así como si nada iré
tras tus mortífagos y tu trasero como uno de ellos, y dejaré completamente mi
lealtad a Dumbledore?
—No espero que seas uno de mis mortífagos —se quejó Voldemort, como si Harry
no hubiera comprendido absolutamente nada—. Para nada. Simplemente… creo que
debemos poner una tregua en marcha. Libre de ataques. Yo y mis mortífagos…
—Incluso a ellos. Pero —Harry frunció el ceño. Siempre tenía que haber un
"pero"—, si me veo obligado a atacarlos, como aquella vez en el Ministerio, lo haré.
No puedo dejar correr la voz de que Voldemort se ha vuelto blando.
—Mi propio lado —dijo Harry—. Sin las manipulaciones de Dumbledore, sin ti como
enemigo. Lo venía planeando hace tiempo, pero supongo que ahora es la primera
vez que lo formulo en voz alta.
—No —lo interrumpió Harry—. Necesito una prueba de que se cumplirá. No puedo
permitirme confiar y darme cuenta de que todo era una farsa.
Luego le extendió la mano. Harry la tocó y sintió como si una ola de calor le
recorriera desde la punta de los dedos hasta el corazón. Se llevó la mano al pecho,
abrumado por el calor, y Voldemort hizo lo mismo. Ambos habían tenido esa cálida
y extraña sensación que se suponía debía ser fría cuando sus manos se
estrecharan.
—Pues sólo por eso te llamaré así siempre que pueda —se burló Harry y se marchó
del café sonriendo, pero sintiendo un ardor molesto en la cicatriz.
3. Cylean Rousseau.
A mediados de agosto una gran parte de la Orden del Fénix fue a buscar a Harry al
número 4 de Privet Drive. Claramente, no hubo forma esta vez de que los Dursley
salieran de casa, por lo que se encontraron a algunos brujos e incluso a un hombre
lobo en su cocina por primera vez sin protestar ni decir nada al respecto. Tonks
incluso se veía afectada por el deceso del muchacho, tiñendo su cabello de negro
en el momento en que vio tanto luto por la casa. Habían pasado dos semanas de la
muerte de Dudley y aún seguían andando en la casa con susurros, comiendo casi
nada y dejándose hundir por la pena. Harry no sabía si soportaría otro verano con
ese nivel de aburrimiento y dolor, ya bastante tenía él con el suyo propio.
Tomaron un traslador que Dumbledore había hecho hasta el parque que estaba en
la esquina de Grimmauld Place y fueron al número 12 con aparente tranquilidad.
Moody constantemente chequeaba a Harry, que no parecía para nada afectado con
la muerte de su primo, pero no decía nada.
Harry fulminó a Sirius con la mirada. El hombre alzó ambas manos y sonrió.
—Arruinador de sorpresas.
—Toda mi vida —Sirius hizo una ligera reverencia, sonriendo burlonamente—.
Cylean estaba esperando conocerte. Se ha quedado estos tres días porque quería
conocer a Harry Potter y no tenía idea de cuando Dumbledore había enviado a
buscarte. Aunque claro, yo tampoco tenía mucha idea, así que le he dejado.
—Y ha valido la pena, eso sí que sí —Cylean arrastró a Harry a una de las sillas de
la mesa—. Cuéntamelo todo, Harry. Nunca he creído lo sucedido el año pasado tal
como lo narra El Profeta. Tú debes ser el único que sabe por completo la verdad.
Cuéntame, ¿qué sucedió?
—El año pasado fue una dictadura en Hogwarts —comenzó a contar—. Umbrigde se
hacía con el poder. Ponía decretos estúpidos y nos prohibía hacer magia de verdad,
todo porque el Ministerio no creía que Voldemort —Cylean se sobresaltó
ligeramente al oír el nombre salir tan aireadamente de sus labios— había
regresado. Era una locura: se hacía llamar la Suma Inquisidora y castigaba a todos
los que no la obedecían —le mostró la mano con la cicatriz que tenía "no debo decir
mentiras" grabado en su piel—. Así como este había muchos más. A nadie le
gustaba quedar de castigo con Umbrigde. Entonces, atacaron al Sr. Weasley… —se
detuvo—. Asumo que esa parte ya se la han contado, ¿no?
—Oh, Merlín, no importa. Tú cuéntame —casi exigió. Harry rió. Le recordaba a Colin
Creevey en su primer año, aunque sin cámara fotográfica.
—Nunca me canso de oír esa historia —suspiró feliz Sirius, que se había sentado
detrás de Harry, y apoyó la barbilla en el hombro de su ahijado—. ¿Qué? —dijo,
ante la mirada casi estupefacta que le daba Cylean—. Es una buena historia.
Además Umbrigde era una perra.
Tenía una voz extraña, delicada de cierta forma, y más aún cuando hablaba
emocionado.
—Las grandes hazañas de uno no son bien apreciadas por esa misma visión —dijo
de pronto la voz sabia de Dumbledore desde la puerta de la cocina. El anciano
profesor se encontraba allí, y los ojos de Cylean brillaron con el reconocimiento—.
Señor Rousseau, es emocionante que un profesor se encuentre tan impresionado
con las hazañas de un alumno.
—Oh… si… yo… —balbuceó, sin saber qué decir. Sirius rió contra el hombro de
Harry haciéndole vibrar y Harry se lo apartó, molesto—. Lo siento, señor.
—No tiene que disculparse —Dumbledore le quitó importancia con una sonrisa—.
Incluso grandes personas pueden dejarse impresionar por las pequeñas y grandes
cosas que le impone la vida.
—Claro que no, profesor —Harry se levantó y le dirigió una sonrisa a Sirius y a
Cylean—. Regreso enseguida.
Harry siguió a Dumbledore hasta una de las habitaciones de la primera planta. Las
paredes vacías pero limpias demostraban que se habían quitado cuadros
recientemente.
Había un sofá en un rincón pero Harry negó, y no porque el sofá estuviera cubierto
de polvo.
Dumbledore sonrió.
—Me he enterado de lo sucedido con tu primo, Harry —su voz sonaba agravada por
la pena—. Es algo que lamento mucho. Era una vida muy joven para dejar este
mundo.
—Y después de todo, comprendería si no quisieras volver a esa casa, pero tus tíos
necesitan de ti por lo menos por otro año más… tú necesitas de ellos.
Harry se siguió mordiendo la lengua tan fuerte que creyó que se iba a hacer
sangre.
—Lo sé —dijo, luego de unos segundos, y alzó la vista. Dumbledore le miraba con
aquellos ojos azules serenos, y Harry se dijo que habría falta mucho para que el
anciano desconfiara de él—. ¿Cómo te sientes respecto a eso, Harry?
—Dudley… mi primo… —Harry agachó la mirada. No podía mentirle mirándolo a los
ojos, de verdad que no podía—. No era una gran persona, pero no merecía morir.
Mentira, gritó una voz en su cabeza. Harry cerró los ojos, acallando la voz.
Y ahí estaba otra frase. Harry se obligó a dibujar una sonrisa triste.
—¿Sí, profesor?
—El profesor Rousseau será su nuevo profesor de Defensa este año. Y le he pedido
que te de clases de Oclumancia.
Cylean y Sirius estaban allí, tonteando como dos críos. Harry se dio cuenta de que
el hombre no podría tener más de treinta años, o tal vez menos, pero no estaba
juzgándolo sin conocerlo… simplemente creía que era extraño que un completo
desconocido fuera a dar clases a Hogwarts. Al fin y al cabo, había tenido malas
experiencias con profesores de Defensa, nadie lo culpaba por juzgar.
—Harry —Sirius lo llamó—. Cylean estaba diciéndome que sabe cocinar. ¿Quieres
aprender? Ya que será tu profesor…
—Ya sé cocinar bastante bien, Sirius —Harry le dirigió una sonrisa cargada de
veneno a la burla de su padrino—. Gracias.
Cylean tenía la mirada gacha, estaba como avergonzado. Pero Sirius empujó
ligeramente al hombre y ambos se pusieron a cocinar, Cylean explicándole a Sirius
cómo cortar las cebollas o cómo quebrar correctamente los huevos. Harry suspiró.
Era mucho pedir que Sirius aprendiera a cocinar viviendo solo; es más, era
pedir demasiado. Pero después de todo, era Sirius, así que sabía que no podía
contar con mucha madurez de su parte… la mayor parte del tiempo.
Harry les vio cocinar tortillas de patatas y cebollas con una sonrisa en el rostro. Ver
a su padrino aprender algo y tomárselo con seriedad era algo nuevo. Allí,
cabeceando, no se dio cuenta de que se había dormido hasta que Sirius le despertó
un tiempo más tarde.
Dumbledore se había ido, se sorprendió Harry, y sólo estaban Tonks y Remus para
comer. Remus lucía más deshecho que nunca, con más canas que el año anterior,
pero con una sonrisa de dicha que competía con la de Tonks, que les informó que
estaban saliendo.
—No, es que, ¡joder! —apretó con demasiada fuerza el tenedor, que saltó de entre
sus dedos partido en dos—. Todos encuentran pareja menos yo.
—Gracias.
Harry sonrió, sintiéndose cómodo con el ambiente en la casa. La noche pasó rápida,
entre comentarios, charlas informares y risas. Remus y Tonks se fueron casi a las
once.
—Pues, yo debo irme —suspiró el profesor Rousseau, mientras Sirius lavaba los
platos.
—Vamos, vete —dijo Sirius. Cylean agachó los hombros y caminó hasta la puerta,
de la cual al pasar asomó la cabeza.
—Me iré.
—Pues adiós —siguió Sirius, sonriendo. Harry no se contuvo y soltó una carcajada.
—Sí, puede ser —dijo Sirius, encogiéndose de hombros—. ¿Qué más da? Que se
quede.
—¡Genial! Gracias.
Harry durmió en la habitación que solía compartir con Ron, esta vez solo. Ya quería
ver a su amigo. Seguro la señora Weasley le dejaba ir al número 12 cuando supiera
que Harry estaba allí… por lo que tenía que escribir una carta rápidamente.
Harry asintió.
—Claro.
—Bien, porque tenía algo que confiarte. ¿Podemos ir a un lugar más… privado?
—Primero que nada, buenos días —tenía una sonrisa extraña, una sonrisa que a
Harry le resultaba familiar, pero no tanto—. ¿Crees que podrías guardarme un
secreto?
—Te he dicho que no me llamaras así, Harry —suspiró él—. Pero, podría
acostumbrarme a que me llames así en privado, y profesor Rousseau, o Cylean, en
público.
Harry se maldijo. Joder. Debía haber hablado antes. Pero ya era tarde, y su lado
gris se burlaba de él, de su credulidad, de su inocencia.
Harry no sabía la definición de Voldemort para genial, pero esperaba que no fuera
torturar un par de chicos cuando le dieran malas respuestas.
—Oh, Harry, qué poco me conoces —Tom se recargó contra un librero, luciendo
muy despreocupado—. He estado estos últimos tres días bajo la atenta vigilancia
del viejo. Y, ¿tú creerías que el Cylean Rousseau que conociste sería Lord
Voldemort?
4. Secretos compartidos.
—¡Harry!
Harry abrió los ojos. Una borrosa mata de cabello castaño estaba frente a sus ojos.
El chico soltó un gruñido y se dio la media vuelta, enterrando la cara en la
almohada. Su amiga lo sacudió nuevamente.
—Vamos, Harry, arriba. ¡Buenos días!
Hermione rió.
—Ron está en la cocina con Ginny, Fred y George. La señora Weasley ya casi tiene
hecho el desayuno.
—Bueno, al menos habrá algo para desayunar —se lo pensó unos instantes y se
incorporó en la cama—. ¿Dónde se quedarán los gemelos? La habitación que ellos
ocupaban está ocupada.
La palabra "profesor" fue casi mágica. Hermione se veía intrigada y maravillada por
partes iguales.
—¿Profesor?
—¿Cómo es?
—Simpático. Se lleva bien con Sirius… Puede que sea buen profesor.
Hermione rió, con un ligero rubor en las mejillas. Mucho tiempo había pasado desde
que se había sentido ilusionada con Lockhart, lo suficiente para hacerla sentir ligera
vergüenza de la niña que había sido.
Tom, bajo la forma física de Cylean, tenía los ojos cerrados y el rostro se crispó
levemente ante la luz que se derramaba cuando abrió la puerta. A Harry se le
dibujó, de forma involuntaria, una sonrisa en el rostro. Se acercó y cerró la puerta
detrás de él.
El día anterior, Harry, bajo la atenta mirada y ayuda mínima de su nuevo profesor,
había terminado las redacciones de Transformaciones, Encantamientos y
Herbología, además de investigado algunas cosas de Historia de la Magia que debía
de hacer mismo ese día.
—La señora Weasley, los gemelos, Ginny, Ron y Hermione están aquí —le informó
Harry—. Se supone que nos están esperando para desayunar.
Tom le miró ceñudo y le enseñó el dedo corazón. Harry soltó una carcajada. Era
extraño verlo con esa mirada furiosa en ese rostro tan… simpático.
—¿Tan grave es? —Harry fingió una expresión afligida—. Oh, lo siendo tanto.,
—Cállate, so idiota.
Tom le lanzó una almohada que Harry esquivó mientras salía rumbo al pasillo,
soltando risitas entre dientes. Se mantuvo en silencio mientras bajaba a la cocina.
El aroma a té y chocolate caliente llenaba las escaleras rumbo a la cocina.
—¡Ustedes dos! —farfullaba la señora Weasley, tan alto que se le oía desde las
escaleras—. No sé qué sea lo que están planeando, pero…
—¿Nosotros-
—… planeando algo?
—Bromeas, mamá.
—George, mamá nunca bromea —la voz de Ginny se hizo clara entre los gemelos
mientras Harry entraba en la cocina—. Así que será mejor que… ¡Harry!
—… verte aquí-
—… sano y salvo-
La señora Weasley soltó un gruñido y se abrió paso entre sus hijos para abrazar a
Harry.
—El desayuno ya está hecho. Dumbledore me ha dicho que tenéis visita, así que he
hecho algo para él también… —aunque no parecía muy contenta por el hecho que
tuvieran visita. Era como si algo no terminara de agradarle.
—¿Dónde está Sirius? —preguntó Harry luego de medio desayuno sin ver a su
padrino por ninguna parte.
—Durmiendo, según creo —la señora Weasley tenía una expresión ciertamente
molesta en el rostro, como si estuviera obligada a hacer algo desagradable. Harry
decidió no preguntar.
—No, claro —Fred sonrió enigmáticamente—. Haría algo peor, como maldecirnos.
—Gracias, Fred.
—Um… buenos días a todos —saludó, tanteando el terreno. La mirada que Molly
Weasley le lanzaba era mordaz y congelada, y Cylean pasó saliva—. Huele
realmente bien.
—Venga, profesor, siéntese —Harry señaló el asiento junto a él—. También hay
para usted.
Cylean sonrió ampliamente y tomó asiento junto a Harry. La señora Weasley hizo
un movimiento de varita y una taza voló frente al profesor; con otro movimiento
una tetera llenó la taza y el azucarero voló frente a la plata pulida.
—Llámame Molly.
—Molly.
—Seré su nuevo profesor de Defensa contra las Artes Oscuras este año. Antes di
clases en Beauxbatons, donde también fui alumno.
—¿Es decir-
—… que no conoce Hogwarts? —preguntaron los gemelos.
—Oh, sí, conozco —había admiración genuina en los ojos del profesor—. El profesor
Dumbledore me mostró el castillo en el verano.
—Qué torpeza la mía —hizo una mueca—. Soy Cylean Rousseau. Pero fuera de
clases pueden llamarme Cylean, siempre que no me falten el respeto —se dio la
media vuelta para mirar a su futuro alumno—. Harry, no me hace faltan
formalidades aquí. Tutéame, ya te lo dije.
Harry continuó comiendo, notando cómo el silencio se volvía más y más denso a
medida que avanzaba el desayuno. Hermione fue la primera en romperlo.
Cylean rodó los ojos ligeramente y Harry pudo apreciar una verdadera reacción de
Tom y no una actuada como Cylean. Pero el hombre intentó remediando,
sonriendo.
—¡Oh! Sí, Harry me ha dicho que estás con él. Sexto año, así que… veremos… —se
lo meditó unos segundos, dándole un trago a la taza de té que ya poco le quedaba
—. Iniciaremos con unos duelos para practicar los hechizos ya aprendidos. Eso nos
tomará la primera clase. Luego, veremos algunos escudos, diez formas de
desarmar a un contrincante en un duelo con un mismo hechizo pero con diferentes
movimientos de varita, además de las clases prácticas de ejercitación al aire libre,
cuyos premios serán cincuenta puntos… Déjame recordar lo que planeaba…
¡Oh, oui! El encantamiento Patronus…
No, no se lo había contado. Harry pateó a Tom debajo de la mesa. Tom le pisó el
pie.
—Lo sé, Hermione —Harry sonrió, burlón—. Mis clases no tenían notas.
—¡Ginny! Apenas tienes quince años, cariño, ¿cómo puedes hacer un Patronus si…?
—Nuestra hermanita-
—… sigue enamorada-
Ginny se levantó de su asiento y caminó con paso firme hasta donde estaban sus
hermanos. Se remangó las mangas de la túnica y golpeó con fuerza las cabezas de
Fred y George, que reían a carcajadas.
—¡Mamá! —protestó Ginny, pero era imposible detener las risas de la mesa. Incluso
Hermione reía en voz baja.
—Oh —Cylean sonrió—. ¿Ese perro que es famoso por perseguir nutrias?
—No sé de qué me hablas, Harry —le dio un último trago a su taza y mordió otra
tostada, completamente azorado. Harry rió entre dientes y Hermione lo miraba
todo sin comprender.
—El mío es un ciervo. Pero eso todo el mundo lo sabe —Harry suspiró y también le
dio un trago final a su té. Migas de pan y azúcar se había acumulado al fondo de la
taza e hizo una mueca. Cylean envió también esas tazas al fregadero donde Molly
Weasley estaba apoyada, supervisando el trabajo.
—… los increíbles-
—… los magníficos-
—… ¡los imponentes!
—¡Vuestros Patronus son zorros! —chilló Ginny, sonriendo ampliamente. Harry rió.
—No, los suricatos eran otra cosa —Fred lanzó una mirada de advertencia a Harry,
diciéndole que cierre la boca. La señora Weasley, por suerte, no se dio cuenta del
intercambio.
—¿Podemos hoy, mamá? —preguntó Ginny, levantando con las manos sus tazas y
cubiertos para llevarlos al fregadero. La señora Weasley le dirigió una sonrisa.
—Sí, ¿por qué no? También avisaremos a Remus y a Tonks. De seguro tampoco
tienen nada que hacer… —había sarcasmo ácido en la voz de la mujer. Harry no
comprendía qué había hecho Tom para caerle tan mal a la señora Weasley. Debía
haber sido algo muy grave.
—Por supuesto.
—Prof… Cylean, compórtate con Ginny mientras no estoy —bromeó Harry, algo
reticente a dejar a los dos solos. Después de todo, Ginny conocía a Tom de cierta
manera, y si alguien podía darse cuenta de todo el engaño era justamente ella, tan
perceptiva.
—¿Se han dado cuenta que mamá trata mal al profesor? —les preguntó. Hermione
asintió al igual que Harry.
—Y no tengo idea por qué —dijo ella—. El profesor Rousseau es muy simpático.
Parece que será buen profesor.
—El profesor tampoco era tan mayor —Ron se encogió de hombros—. Tendría
veintidós, según le explicó Dumbledore a mamá, y era joven. Ese alumno tenía
dieciocho cumplidos y estaba recursando…
—Espera… —Harry dudó unos instantes—. ¿Alumno? ¿Dices que Cylean es… gay?
—Vaya… eso es un cambio —murmuró Hermione, alzando ambas cejas—. Pero, ¿no
es muy irresponsable de parte de Dumbledore darle el cargo a quien ya tiene
antecedentes de algo así…?
—El profesor Rousseau es abiertamente gay y todo el que lo conozca lo sabe —Ron
resopló, como si fuera algo completamente obvio—. Pero, Harry… mamá teme que
el profesor Rousseau se enrolle... contigo.
Harry procesó la información, y las risas de pronto fueron tan fuertes que lo
tumbaron de la cama. Se sujetaba el estómago, sin poder parar. Puede que el
verdadero Cylean Rousseau lo hubiera intentado, pero Tom… ¡Tom!
Se incorporó, incapaz de hacerlo por sí solo, siendo ayudado por Ron y Hermione.
—Vamos, Harry —Ron le dio unos golpes en la espalda, consiguiendo calmar las
toses en que se habían transformado las violentas risas—, cálmate. No hace falta
tanto…
—Hermione, no soy un niño. Y además, nadie dice que Cylean pueda estar
interesado en mí. Justamente, de todos los alumnos de Hogwarts, en mí. ¿Por qué
motivos podría…?
—Hermione —Harry, por nada del mundo, iba a decirles la verdad. No iban a
saberlo—. Cylean. No. Está. Interesado. En. Mí.
—Y te dejó que le llamaras por su nombre —apuntó Ron. Harry suspiró y se subió
los lentes a la frente para frotarse los ojos.
—¿Por qué tu madre debe creer que un hombre adulto se enrollaría conmigo? ¿O
por qué podría creer que yo aceptaría ese rollo? —Harry observó a su amigo
interrogante. Ron palideció.
—Puede que… que le haya contado a Fred sobre tus preferencias y… mamá lo oyó.
—¡HARRY! —regañó Hermione, pero Ron parecía tomárselo muy en serio porque
salió de la habitación con rapidez. Hermione observó donde se había ido el pelirrojo
y luego observó a Harry, suspirando—. No puedes hacer magia fuera de la escuela.
Harry lo meditó.
Harry decidió hablar con Tom al respecto de ello, pero luego. En ese momento
solamente suspiró y sacudió la cabeza.
—Lo dejaré que sufra unos minutos más. Además, me costará encontrarlo…
Tom y Harry tuvieron un tiempo a solas luego de volver del Callejón Diagón. La
señora Weasley se había quedado en el mercado muggle comprando alimentos para
hacer una buena cena y Cylean le había pedido amablemente a alguien que le
ayudara a armar su baúl con las cosas que había comprado. Podía hacerlo con la
magia, le dijo, pero luego el baúl estaba tan desordenado que le costaba cerrarlo.
Harry se había ofrecido a ayudarlo, ante las miradas alarmadas de Hermione y Ron.
—He comprado vía lechuza unas cuantas cosas este verano —le dijo Tom,
sonriendo de lado. Había adoptado nuevamente la forma física de Tom Riddle, y a
Harry se le escapaba de cómo lo hacía. No podía ser un metamorfomago… ¿o sí?
—Me parece que has comprado medio Callejón Diagón —siseó Harry, tomando un
libro del suelo. "Las Artes Oscuras: como reconocerlas" decía el título, pero tan
pronto Harry intentó poner los ojos en las letras, éstas se volvieron borrosas y le
dieron dolor de cabeza.
—Tiene un encantamiento para impedir que sea leído por otra persona que no sea
quien puso ahí el encantamiento. Como profesor de Defensa, tengo mis motivos,
¿no? —le guiñó un ojo a Harry y le arrebató el libro de las manos. Luego, con una
floritura de varita, éste se dirigió en orden hasta el baúl que no parecía tener fondo.
Casi todas las cosas de la habitación volaron al baúl y se acomodaron en perfecto
orden, incluso la almohada y las sábanas. Harry rió.
Harry observó la varita. Era desconocida a sus ojos, de madera clara y bastante
larga, y por la forma en que los dedos de Tom la sostenían, parecía que incluso
acabara de comprarla.
—¿Es nueva? —preguntó, mientras Tom, con otro movimiento de varita, conseguía
que las sábanas pulcramente dobladas fueran a la cama y la almohada fuera sobre
ellas.
—¿Qué hechizo se supone que estás usando para usar su cuerpo? Y su varita… ¿es
un mortífago o ya ha muerto?
—No deberías hablar con tanta ligereza sobre estos temas —Tom chasqueó la
lengua y se recargó en la pared—. Pero si quieres saberlo, está bajo los atentos
cuidados de mis mortífagos más cercanos.
Harry asintió, sin preguntar nada más. No estaba seguro de querer saber qué había
sucedido con él.
—Hoy —Tom de pronto encaró a Harry con fuego en los ojos— tus amigos,
Hermione y Ron, estaban mirándome con mucha sospecha. ¿Les has dicho algo
sobre mí?
—¿Qué? —Harry alzó una ceja, burlón—. ¿Sobre que eres Voldemort?
—Temían —Harry iba hablando con burla en la voz— que sacaras tu otra varita y
me la ofrecieras en medio del Callejón.
—Tranquilo, Tom —el chico dijo el nombre con una intensidad que consiguió que
Tom le mirara ceñudo—, por mí no se enterarán de nada.
—Eso espero —bufó Tom, pero una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios—.
¿Quieres darles un susto de muerte?
—¿Qué, quieres aparecerte en la cocina con la cabeza calva y sin nariz? Creo que
más que susto de muerte levantaría sospechas.
Tom tomó una almohada y le dio con ella a Harry. Harry comprendió.
Comenzaron una guerra de almohadas en la que Harry incluso perdió los lentes,
que salieron volando a un lugar de la habitación. Por más que lo veía todo borroso
seguía golpeando, cayendo varias veces, desordenando las impecables sábanas.
Tenía la respiración agitada y el corazón disparado cuando Tom le alcanzó los
lentes, justo antes de que golpearan la puerta de la habitación.
Tom volvía a lucir como Cylean, sonrojado y sonriente, cuando abrió la puerta. Ron
y Hermione estaban allí, observándolo todo como si esperaran encontrarse a Harry
en una situación comprometedora.
La expresión de horror de Ron estaba clara cuando Harry señaló el baúl. Cylean
recuperaba el aliento, sonriente.
—¡Pero…! —comenzó a protestar Harry, lanzándole una mirada terca. Cylean señaló
la puerta.
—Fuera.
5. Hogwarts.
Harry sabía a qué venía aquello: por alguna extraña razón Molly Weasley tenía la
idea de que Harry Potter caería en las redes del profesor Cylean Rousseau que,
mientras no se comportaba maravillado, o ilusionado, o incluso modesto, era un
perfecto galán. Había demostrado aquella forma de comportamiento con unas
copas de whiskey de fuego encima, hablando arrastrando las palabras al igual que
Sirius, frente a la mayor parte de la Orden del Fénix.
Y aun así Cylean Rousseau seguía manteniendo el puesto de profesor. Parecía que a
Albus Dumbledore sólo le había resultado divertido el estado de embriaguez de su
nuevo empleado. Sin embargo Tom le había confiado por cartas que realmente no
había estado tan ebrio, y que había hecho aquello con motivo de acercarse más a
Sirius, que parecía considerarlo casi de la familia.
—Harry —Hermione tenía esa mirada en su rostro, esa mirada que tenía desde que
había salido de la habitación que había ocupado Cylean esa vez—. No creo que
estés… entendiendo en dónde te estás metiendo.
Harry suspiró.
—No sólo lo digo por ti… —Hermione se inclinó hacia él—. Créeme, si lo dijera sólo
por ti ya habría parado después de la sexta o séptima vez que me ignoraste. Ahora
lo digo por él.
—Déjame hablar antes de irme a patrullar el tren —Harry suspiró y ella lo intentó
de nuevo—. Mira, puede que por el hecho de que el profesor Rousseau esté
disponible quieras estar con él. Es atractivo, simpático, agradable, no te trata como
un niño…
—Hermione…
—Bien.
—Pero, Harry, piensa en él. En su carrera. Ya le sucedió una vez, y, ¿tú acaso
quieres que lo despidan y nos quedemos con cualquier otro idiota como profesor?
—¡Por supuesto que no! —Harry suspiró—. Hermione, sabes muy bien cuál es mi
historia, y que tardaré en superarla. No puedes suponer que me iré a la cama con
el primero de turno.
—Pero… tú y él…
—Diría que somos amigos —Harry sonrió, tranquilizador—. Nos llevamos bien. Pero
ahí acaba la cosa. Me enseñará Oclumancia. Y punto. Sí, puede que nos
acerquemos, porque verá mi mente, y yo le obligaré a que me cuente cosas
personales sobre él para compensar, pero no marchará más allá de eso. Puedo casi
prometértelo.
—Porque cada vez que prometo algo, termino rompiendo la promesa de una forma
u otra —Hermione le miró extrañada—. ¡Es la verdad! Además, aún no te he
comprado tu regalo de cumpleaños. Y prometí que lo haría. Te lo debo.
—Mi regalo de cumpleaños —Hermione estaba más seria que de costumbre— será
que este año intentes no meterte ni meter a nadie en problemas. ¿Vale?
Harry se quedó solo observando a Hedwig, que cada tanto ululaba. Harry extendió
la mano y la acarició por entre los barrotes de la jaula. La lechuza le lanzó un
picotón cariñoso en los dedos mientras pasaba sus manos por el cuello, la cabeza, y
parte de las alas de su lechuza.
Pero Harry podía ver en Luna algo que no había visto el año anterior. Era una
extraña entereza, una seguridad que allí no estaba, casi una dicha. Luna había
cambiado, todos los habían hecho. Después de todo, estaban en una jodida guerra.
En Hogsmeade se subió a un carruaje con Luna, Neville —que lo saludó,
completamente satisfecho con las noticias de un nuevo profesor competente de
Defensa— y luego aparecieron Hermione y Ron. Evitaban mirarse y Harry no podía
pensar el porqué de no hacerlo, pero luego creyó que sabía demasiado cuando
Hermione despidió a Ron con un puntapié nada disimulado que dejó a su amigo
cojeando. Probablemente habrían discutido, y había sido una discusión seria. Harry
suspiró mientras iba a sentarse a su mesa. Realmente, estos dos…
Algunos aplausos —Harry aplaudió lo más fuerte que pudo, sentando ejemplo en la
casa Gryffindor— porque no a muchos les sonaba conocido. Parecía que el
escándalo no había salido de Francia, y Harry rezaba porque se mantuviera allí.
Mientras Ron no mencionara nada a nadie…
La cena fue majestuosa, como todas. Irse a dormir otra vez en el dormitorio que
compartía con Ron, Neville, Seamus y Dean fue ciertamente reparador después de
muchas agitaciones. Había abandonado esas habitaciones estando en el lado de la
luz, y volvía a pisarlas en el lado gris, su lado por elección, decidiendo sobre sí
mismo por una vez en su vida.
Los horarios le decían que tenía Defensa los miércoles… con los Slytherin. Aunque
sabía que esperar por la conversación en el desayuno, Harry esperó al miércoles
ansioso y aterrado en partes iguales. Dos horas de Defensa, y a demostrar lo que
verdaderamente era capaz de hacer frente al mismísimo Lord Voldemort, sin el
hecho de que si erraba lo mataría. Y contando que si fallaba por puro nervio Draco
Malfoy estaría allí para burlarse.
El profesor Cylean Rousseau tenía el cabello suelto a ambos lados del rostro como
una cortina rubia. Apenas entraron todos los alumnos comenzó a pasar lista,
anotando en un cuadernillo muggle con bolígrafo muggle. Draco Malfoy, sentado en
una de las primeras filas, arrugó el rostro en claro disgusto.
—Cinco puntos menos para Slytherin por criticar, aunque sea en el pensamiento,
mis métodos de aprendizaje —murmuró Cylean, con los ojos azules fijos en los de
Malfoy, que retrocedió—. Oh, no, señor Malfoy. No leí su mente, pero sus
pensamientos estaban escritos en su rostro. Ahora, si me disculpáis, me toca
presentarme adecuadamente.
—Mi nombre es Cylean Rousseau. Tengo treinta años; cumplo treinta y uno el
veinticinco de octubre, y sois libres de hacerme un regalo como queráis. El caso es
que ustedes habéis tenido, hasta el momento, profesores dispares: un hombre con
pavor a su materia, un engreído obliveateador, un genio de la materia que
realmente sabía manejarse, un impostor… —su mueca se convirtió en sonrisa por
unos instantes—. El año pasado han tenido una enviada del Ministerio que ahora
está en Azkabán por maltrato infantil. Así que todos quienes habéis recibido un
castigo con ella, por favor id a mi despacho y mostradme las marcas que no sólo os
daré una poción para borrarlas definitivamente, sino que os daré de uno a cinco,
dependiendo de qué sea por qué han sido castigados, si ha sido por mera…
estupidez —sonrió— o por su valía. A una dictadura hay que oponerse, chicos. Es lo
primero que deben saber en caso de guerra.
—Lo que haremos en esta primera clase es comprobar sus conocimientos. Nos
pondremos en parejas… no, yo les pondré en parejas, y compartiráis sus
conocimientos sobre la materia de hechizos. Pero no seáis farsantes, porque luego
habrá duelos, y solamente podrán atacar al otro con el hechizo que éste le haya
enseñado. Un ejemplo… dejadme ver… —observó a sus alumnos con fijación en la
mirada—. Si el señor Weasley y el señor… Zabini —Ron palideció— hicieran pareja,
el señor Weasley debería enseñarle al señor Zabini un hechizo y viceversa. Luego,
en los duelos, para practicar conocimientos, deberán batiros a duelo con un escudo
simple y con ese mismo hechizo. Puede ser de desarme o de… ¿oh, cómo se dice?
—se llevó la mano a la frente, como si le costara pensar—. No recuerdo la palabra.
Pero pondrán ser desde Expelliarmus hasta Desmaius. A eso me refería. Muy bien,
os pondré en parejas.
—Draco Malfoy irá con —y Harry esperaba oír su nombre, cuando el profesor dijo—
Blaise Zabini. Harry Potter practicará conmigo un hechizo que, oh, le encantará —
dijo aquella última palabra con una mirada burlona y una sonrisa maliciosa en los
labios. Harry no sabía qué veía de Cylean allí, porque estaba auténticamente
seguro de que esa era una expresión puramente de Tom Riddle—. Tienen el resto
de esta primera hora antes de los duelos. Empezad.
Se pusieron en las parejas mencionadas. Harry fue con Cylean detrás del escritorio,
que pronto tomó su varita y apuntó hacia un lado.
—Presta mucha atención y copia lo que haga —dijo, y apuntó hacia la pared. Luego
hizo un movimiento de muñeca casi como una medialuna. Harry hizo lo mismo, con
fluidez. Cylean le sonrió—. Bien. Ahora, la pronunciación. El hechizo
es Levicorpus. Practicarás con aquella silla.
Harry echó un vistazo a toda el aula. Los pupitres habían acabado contra la pared y
los duetos estaban lanzando chispas, entrenándose y explicándose. No sabía qué
haría ese hechizo, pero si hacía estallar la silla, no llamaría la atención.
—No hables de esto aquí. El aula tiene oídos —apuntó él, pero nadie prestaba
atención. Harry vio como Crabble se peleaba con un simple Expelliarmus que
Neville le estaba enseñando y como Daphne parecía enseñarle a Hermione un
hechizo que, al hundirse en la pared, causó una repentina explosión de llamas. El
profesor Rousseau corrió allí y apagó las llamas, sin decir nada ni quitar puntos.
La media hora pasó con rapidez. Tom aprovechó y enseñó otros hechizos a Harry —
como el Muffliato, para evitar que sus conversaciones fueran oídas, o
el Sectumsempra, que no debía utilizar en absoluto si no quería meterse en
problemas, pero era bueno para cortar tanto objetos como personas, incluso mejor
que el Diffindo y lo que cortaba sólo podía repararse con un contrahechizo muy
potente—, mientras pasaba la media hora. Harry los hacía sin dudarlo. La silla del
rincón terminó en pedazos mientras Harry reía junto a Cylean.
La primera hora acabó y Cylean fue llamando a los dúos para los duelos. Comenzó
con Neville y Crabble; Neville desarmó a su oponente en dos segundos con un
simple Expulso. A Harry le sorprendía que el soso Crabble supiera un hechizo así,
pero tampoco podía juzgar. Luego siguió Ron y fue desarmado por Theodore, luego
Hermione desarmó a Daphne con ese hechizo que prendió fuego su túnica. Cylean
la apagó con otro movimiento de varita antes de que llegara a quemar a la joven.
A medida que iban ganando, Cylean iba dando puntos. Pero daba puntos a la
inversa: si ganaba un Gryffindor, daba puntos a Slytherin, y si ganaba un Slytherin,
daba puntos a Gryffindor.
—Profesor… —preguntó Hermione, ya casi hastiada de oír como los puntos eran
repartidos en su mayoría a los Slytherins—. ¿Por qué da los puntos a los
compañeros que han perdido?
—Oh, señorita Granger, ellos no han perdido —Cylean tenía una sonrisa casi ácida
—. Ellos han enseñado algo que ya hecho a su oponente ganarles. Yo les doy su
respectivo reconocimiento.
—Cinco puntos menos para Slytherin y para Gryffindor por payasear. Vosotros dos,
¡mejor que peleéis como si estuvieseis en una batalla real! —apuntó. Los chicos,
Seamus Finnigan y Goyle, comenzaron a atacarse en serio. Goyle voló por los aires,
finalmente, y Cylean premió a Slytherin con otro punto.
—Ya lo veremos.
—Corpanesca.
Harry no tenía idea de qué haría ese hechizo, pero no esperó recibirlo. Se arrojó al
suelo y, desde el suelo apuntando a los pies del profesor Rousseau, gritó:
—¡Levicorpus!
—Que se lo haya enseñado no quiere decir que lo haya aprendido bien. Y ahora,
cinco puntos para Slytherin, por defender sus derechos —sonrió condescendiente y
luego observó a Harry—. Potter, ¿qué espera? ¡Bájeme!
—Con un Liberacorpus bastará.
Harry lo hizo y el profesor Cylean cayó al suelo con un golpe sordo. Se levantó,
sacudió la ropa y resopló.
—Dos puntos menos para el señor Potter por no pensar en hacer un hechizo
amortiguador —el timbre sonó y parte de la clase parecía reticente a irse, con
sonrisas simpáticas—. Muy bien, eso es todo por hoy. ¡Para la semana que viene,
quiero una lista de todos los hechizos que sabéis manejar y para qué sirven!
Además, quiero una muestra práctica de ellos. Quien haga la lista más extensa
recibirá diez puntos, y quien sepa explicarme un hechizo que yo no sepa,
veinticinco. ¡Marchaos!
Todos fueron saliendo con sonrisas en el rostro. Habían ganado muchos puntos, y
con los puntos que Harry había ganado se equilibraran todos aquellos que habían
ganado los Slytherins. Había sido una clase realmente entretenida.
—Señor Potter, venga conmigo un momento —pidió Cylean. Harry, que salía con
Hermione y Ron, se encogió de hombros y volvió al interior del aula—. Vosotros,
Granger, Weasley, pueden irse.
—¿Quieres que me disculpe por haberte dejado boca abajo frente a toda la clase?
¡Tú fuiste quien me dijo el hechizo!
—Pero no esperaba que lo hicieras —afirmó Tom—. Aun así, no es para eso que te
llamé. Tengo que darte tus nuevos horarios de Oclumancia.
—Así que va en serio —Harry suspiró. De verdad no le agradaba casi nada tener
que mostrarle sus más oscuros pensamientos a Voldemort, pero apostaba que sería
mejor que Snape. Cualquiera sería mejor que Snape—. Bien. ¿Cuándo será?
—Antes discúlpate.
—Bromeas.
Tom sonrió.
Harry retrocedió un paso, mirando fijamente las manos de Tom. Seguían sujetando
su varita y mientras Harry retrocedía lentamente, a punto de echar a correr tan
pronto llegara a la puerta, todo sucedió realmente rápido. Harry llegó a la puerta y
corrió unos metros por el pasillo, y entonces Tom apuntó con su varita y una luz
brillante cayó sobre la cabeza de Harry. Éste se tocó el cabello, sintiendo cómo le
ardía el casco, pero se encogió de hombros y avanzó. A su espalda se oían las
carcajadas de Tom que, extrañamente con la voz de Cylean, sonaban simpáticas, y
casi le contagiaron la risa.
—Harry… tu cabello… —Ron estaba casi sin palabras mientras Harry se sentaba con
ellos en la mesa de Gryffindor. Su cabello seguía apuntando a todas direcciones,
pero ahora estaba del mismo color del cabello de Cylean. Hermione frunció el ceño.
—No quise disculparme ante el profesor Cylean —explicó Harry. Hermione resopló.
—No es así porque sí. Pero supongo que se irá al lavarlo, o algo así.
—Bien —Harry suspiró y luego oyó una risa sarcástica a sus espaldas. Malfoy
estaba a punto de decirle algo cuando Harry replicó—. Mira, Malfoy. Luces tan bien
de rubio que quería probar qué tal me sentaba a mí. ¿Qué tal luzco?
—Jódete, Potter.
Harry rió mientras Malfoy se alejaba rumbo a su mesa. Hermione y Ron se miraron,
consternados, pero finalmente Ron se encogió de hombros y Hermione también lo
hizo. Comenzaron a comer con expresiones de normalidad; ese año pronosticaba a
ser un año entretenido, y ciertamente, no se equivocaban.
6. Oclumancia.
El viernes Harry tuvo su día agitado. Por suerte ese año había eliminado Pociones y
no porque no planeara soportar a Snape otro año más, aunque esa era una opción
válida; en realidad no le alcanzaba con la nota de los TIMOs lo suficiente como para
cursar Pociones ese año. Sin embargo, Hermione si la cursaba, y debía
aguantársela mientras reescribía largos y largos pergaminos con usos y
especializaciones de tal cosa, y qué tipos de venenos mortales son capaces de
sacarse de qué plantas.
Así que, cuando estuvo frente a la puerta del despacho del profesor Rousseau, a
Harry le latía la cabeza e incluso se estaba imaginando los peores escenarios allí.
Habían hecho un pacto y una tregua, pero eso no quitaba el hecho que Voldemort
había sido su enemigo durante unos quince jodidos años, y aliado apenas unos
meses. La sensación que sentía en el estómago era nauseabunda.
Harry se tocó el cabello. Seguía rubio, aunque las raíces estaban negras. Se había
visto en el espejo y había intentado arreglarlo, en vano. Ahora parecía que se
hubiera decolorado el cabello él mismo, y si sus compañeros Gryffindor y Slytherin
no hubieran visto que minutos antes tenía la melena negra, seguramente lo
fastidiarían mucho más de lo que hacían actualmente.
Tom le sonrió.
—¡Oh, por supuesto! —Harry se sobresaltó. Tom había sonado mucho como su alter
ego de profesor, que todo el tiempo estaba soltando "oh" en voces trágicas,
emocionadas y maravilladas—. Lo lamento, Harry. Es difícil estar tanto tiempo solo.
—Lo supongo —Harry hizo otra mueca, diferente esta vez. Voldemort iba a ver en
su mente su infancia, si es que no la sabía. Iba a ver su pena, su dolor…
Tom le miró unos segundos y buscó en su cajón una botellita de algo. Era una
pequeña poción de líquido azul claro traslucido en un frasco transparente. Se lo
arrojó y Harry lo atrapó con manos temblorosas.
Harry sintió que le hervía la sangre. Una corriente de ira fuerte y feroz cruzó por él,
odiando lo mucho que Snape lo había hecho sufrir el año anterior.
Harry se sobresaltó.
—No hace mucho. Recién a mediados del año pasado pude darme cuenta que tenía
algunos de tus pensamientos en mi cabeza. Supe cosas como el ED, o el odio que
tenías hacia Umbrigde, o como ella te torturaba. ¡Imagina que poder desperdiciado,
que incluso traspasaba mis escudos oclumantes…!
Harry calló unos segundos mirando la pequeña poción en sus manos. No tendría
más que un trago, y su camino para ser un Oclumante, o por lo menos poder
esconder su mente ante ciertas personas, estaba allí. Y si bien ahora no quería
esconder sus pensamientos de Voldemort —o al menos, no todos— sí quería
esconderlos de Dumbledore. Un Oclumante podía poner un escudo sobre las cosas
importantes y dejar a la visión ciertas cosas irrelevantes, ¿no?
Se lo preguntó a Tom.
Harry hizo tripas corazón y bebió de un trago la pequeña poción que sabía cómo si
tragase agua de mar. Al principio no sintió nada. Casi le alza una ceja a Tom que le
miraba, paciente, cuando lo sintió.
—Lo que ves, Harry, es tu mente. O por lo menos una proyección parcial de ella.
Son las cosas que ves, comprendes, asimilas. Comprendes que aquel poster es de
una banda porque tiene un guitarrista, y comprendes que el libro que está sobre mi
escritorio es de Defensa porque soy profesor de ella, ¿no es así? —Harry asintió,
demasiado anonadado con todo lo que veía. Los colores parecían intensificarse
mientras fijaba la vista en ellos, e incluso sus manos lucían borrosas. Las acercó a
su rostro, observando como dejaban una estela color carne al pasar—. Sé que es
alucinante, pero concéntrate. Haré un hechizo Legeremens y verás lo que sucede
con tu mente.
Harry asintió. Sabía que era incapaz de hablar. Incluso la voz de Tom se oía como
si tuviera la cabeza dentro de un cubo con agua.
Harry se dejó caer contra el espaldar de la silla cuando sintió que Tom abandonaba
su mente medio minuto después. Sentía el corazón en la garganta y le ardían los
ojos.
—Lo que debes hacer —seguía explicando, con esa voz ligeramente desconectada.
La voz se oía más rápido de lo que la boca de Tom se movía, y Harry se sentía
ligeramente idiota, como si aquella poción ralentizara sus sentidos además de
alterarlos—. Es crear en tu mente. Debes crear un escudo con el mismo… "humo"
de tu mente. Debes hacer que deje de ser humo y se vuelva tan fuerte como la
piedra.
—Con dificultad —se burló Tom, y Harry no llegó a fruncir el ceño antes de que él
siguiera hablando—. Verás, debes imaginar. Algo tan simple como eso que haga las
paredes de tu mente adaptarse a lo que imaginas. Si te aseguras, si sabes que tu
mente debe ser un escudo, es mucho más fácil sin la poción. Solamente debes
centrar los pensamientos que quieres guardar dentro del escudo y dejar los
inofensivos a la vista. No es algo que debas hacer siempre, con crearlo una vez lo
suficientemente fuerte se debería mantener en pie. Y sí, hay gente que sabe
romper escudos, no importa lo fuerte que estos sean. Allí, luego se debe volver a
formar un escudo… pero eso no es importante ahora —Harry, mientras Tom
hablaba, estaba dejando caer su cabeza observando extrañado la forma que
hombre hablaba, con los labios moviéndose cada vez más lento, el cabello
cayéndole de lado por el rostro, los ojos tan oscuros pero con un brillo casi rojizo
cuando se fijaba en ellos—. ¡Harry, por Merlín, deja de mirarme y concéntrate!
El chico se sobresaltó y asintió con la cabeza. Había escuchado todas las palabras,
pero había entendido menos de la mitad. ¿Imaginar un escudo? ¿Así de simple?
Volvió a maldecir a Snape.
—Legeremens.
Harry se vio arrastrado dentro de sus recuerdos, pero no prestó atención a estos
mientras intentaba modificar las paredes de su consciencia. El humo parecía
ofuscado mientras Harry intentaba modificarlo a gusto, convertirlo en piedra,
convertirlo en ladrillos. Finalmente el humo adoptó una forma más dura y fija, tal
vez de cristal o vidrio que, ante la insistencia de Tom, parecía estar quebrándose.
Harry se esforzó aún más e intentó que la zona quebrara se reparara, pero esta se
abrió con un estallido y el humo volvió a ponerse loco, zumbando por todas partes.
—Vaya. Me has mantenido afuera unos segundos —le sonrió, y Harry respondió a la
sonrisa. Nunca había probado drogas, pero se sentía como si estuviera drogado—.
Eso es más de lo que hubiera creído que conseguirías por hoy.
Harry rió, entre feliz y satisfecho, y su propia risa causó un temblor en todo el
humo. Harry se volteó, allí, y vio un hueco. Había un pequeño hueco en un rincón
del humo, un hueco de forma redondeada y de fondo completamente negro.
—Hay un hueco en mi mente —resopló Harry—. Esa debe ser nuestra particular
conexión mental.
Tom siguió con los ojos al lugar donde Harry estaba mirando, aunque en realidad
no podía ver nada.
—Puede ser —aceptó Tom—. ¿Listo para otra prueba? Esta vez intenta ir dentro de
tus recuerdos. Impedir que los vea, o confundirme.
Pero volver a verlo… Harry no podía sentirlo en sus propios labios, pero casi estaba
allí. El beso. Aquel primer beso. Cedric…
Casi pudo sentir que el efecto de la poción se acababa mientras todo a su alrededor
dejaba de brillar. Ya no podía ver el humo ni los brillos, y el tiempo parecía volver a
correr con normalidad. Tom se removía, incómodo.
—Y, Harry…
Harry alzó la vista. Los ojos de Tom, extraños, relucían de un modo que parecía
casi otra persona.
—Lo siento.
—No es tan grave como para que te disculpes. Sólo nos enrollamos un par de veces
—se encogió de hombros—. Íbamos a ir al baile, juntos, pero luego de hablar con
McGonagall ella dijo que no podríamos, porque sería mal visto… luego discutimos
porque a él le parecía mal y a mí no. Nos encontramos un par de veces más, pero
no teníamos nada serio.
—De igual forma, lo que vi… —cerró los ojos, apartó el rostro—. ¿Una alacena? ¿En
serio?
—Tampoco fue tan malo. Le tomé cariño a mi alacena —bromeó, pero Tom no
parecía de humor para hacer bromas.
—¡Enseñarte a cocinar a los seis años, cuando ni siquiera eras tan alto para llegar a
la estufa! Que tu primo ese te golpeara cuando dormías… ¿Y qué fue eso de echarle
pintura roja a la salsa de tu comida? ¡Por Merlín! —Tom estaba horrorizado—. Estos
muggles… Debes querer matarles.
—¿Y dentro de cuánto será eso? Para declararte como aliado mío oficialmente.
Harry rió.
—Dentro de mucho, mucho tiempo. Tanto, que dudo que suceda —se encogió de
hombros, suspirando sonoramente—. Fue extraño. La poción… todo se veía como
en cámara lenta, y todo brillaba, había demasiada niebla…
—Es una mente que no está aclarada, si hay tanta —le remarcó Tom—. Por lo
general, la mente de un adulto está más fija. Es más brillante y no hay tanta
niebla. Cuando cumplas los veinte, vuelve a beber la poción y verás la diferencia.
No acabarás de sorprenderte.
La risa de Harry fue fácil, sutil. Tom también rió, ligeramente.
—Ajá.
—Tom, basta. No quiero saber qué tipos de planes tiene el vejete para mí ahora,
eso sólo me hará rehusarme más a ellos. Quiero mantener un perfil bajo con el
director este año. Si me pide directamente hacer algo, lo haré, sí, pero si me da
esas indicaciones indirectas suyas… —Harry arrugó el entrecejo—. No, para nada.
No seguiré caminos que están escritos para salvadores y héroes. No otra vez.
Había algo en la sonrisa de Tom, algo que Harry no estaba seguro de haber visto
antes. Era una forma extraña, algo parecido al orgullo. Pero no orgullo propio, ni
orgullo maníaco, sino orgullo genuino, por algo, por alguien.
—¿Quieres chocolate caliente antes de la cena? —ofreció Tom, cerrando los ojos
unos instantes y volviendo a adoptarla forma de Cylean. Harry vio la forma casi
lenta en que cambió esta vez, con los cabellos volviéndose rubios y el rostro
modificándose, alargándose y cargándose de esa expresión bonachona que Cylean
Rousseau tenía, sin importar qué hiciera o dijera.
Una elfina doméstica apareció en el medio del despacho. Harry se sobresaltó. Tenía
orejas muy largas y una nariz pequeñísima. Vestía con la bata de Hogwarts.
La elfina volvió a aparecer con dos tazas cargadas de chocolate caliente en las
manos. Cylean le sonrió mientras tomaba las tazas.
La elfina hizo una reverencia tan exagerada que sus orejas tocaron el piso. Luego
desapareció sin mirar ni una sola vez hacia atrás.
—Bueno, es lo más bizarro que he oído hoy —rió entre dientes y Tom también lo
hizo. Al calmarse comenzaron a beber el chocolate. A Harry se le ocurrió una
pregunta—. Tom, ¿por qué te gustan las cosas dulces?
—¿Qué, acaso es un delito? —Tom le miró con una ceja alzada. Seguía bajo la
forma de Cylean y no era ni tanto tan amenazante como debería serlo—. Pues…
supongo que mereces que te lo cuente. Verás…
—La primera vez que probé un dulce tenía diez años. Fue antes de venir a
Hogwarts, por su puesto. Nunca había probado uno. La señora Cope, la jefa del
orfanato, no era muy aficionada a ellos y los pocos que recibía de padres queriendo
adoptar niños me lo robaban otros niños. A todos les adoptaban, menos a mí —
bebió otro sorbo de chocolate, con la mirada fija en la taza—. No voy a hablar de
las adopciones. Los dulces… yo, estaba fascinado. Nunca había probado nada igual.
Hasta el momento, incluso bebía el té amargo. Todos lo hacíamos. Los dulces
resultaron ser algo extraño, inesperado, algo que me encantaba. Luego, en
Hogwarts, tampoco podía permitirme comprar mis propios dulces, pero algunos
podía robar. Eran pocos, sí, pero me fascinaron incluso más los dulces mágicos que
los muggles. Y las tartas de melaza, pastel de calabaza, tarta de moras… —le dio
otro sorbo al chocolate. Harry le miraba con atención—. Pase toda una infancia sin
saber lo que era lo dulce y una adolescencia comiendo dulces robados. Le tomé
gusto a tomarlo todo dulce: las tartas, el té… Incluso ahora ese gusto no se va.
Harry observó la mirada penosa de Tom. Era extraño, muy extraño, porque allí no
estaba el hombre que había matado a sus padres y que había intentado matarlo,
allí no estaba el hombre que había matado a Cedric, allí había un hombre triste,
consumido por una vida que había sido cruel con él.
Harry bebió su chocolate sin decir nada, sin saber que decir. El silencio los envolvió
como un manto acogedor.
—Yo… lo siento —dijo finalmente Harry—. Incluso yo sabía lo que era lo dulce. No
conocía muchos, pero…
—Sí, sí —Tom hizo un ademán con la mano—, lo sé. Es sólo la triste historia de un
sociópata enfermo que se obsesionó con las cosas que no pudo tener.
Harry sonrió.
—Calla.
Pero no era una mirada de odio, y Harry tampoco sintió dolor en su cicatriz. Era
una mirada media burlona, y Harry, inesperadamente, se sintió incluso más cerca
de él que de cualquier otra persona.
7. La clase práctica.
Las semanas de Harry se dividían entre estudios, charlas con sus amigos y clases
de Oclumancia. Avanzaba muy bien y ya casi era capaz de hacer un muro que Tom
tardaba en romper, e incluso había dejado de usar la poción.
Después del desayuno fueron a los jardines donde el profesor Rousseau los llevaba.
Era el camino que colindaba con un pequeño bosque cerca del Bosque Prohibido,
pero más cerca de Hogsmeade que de otra cosa.
—Muy bien, maravilladme con vuestros conocimientos. ¿Quién sabe qué es el juego
"busca la bandera" o "atrapa la bandera"?
—Es un juego de dos equipos, en el cual cada equipo tiene que buscar la bandera
de su equipo que debe custodiar el equipo contrario —indicó ella, y Cylean sonrió.
—Bien. Cinco puntos para Gryffindor. Ahora, con lo que ya saben, ¿quién quiere
jugar?
Todas las manos se alzaron casi antes de que el profesor terminara de hablar.
Cylean sonrió.
—Guay. Entonces, ahora que ya sabremos que jugaremos todos, quiero señalar a
los Capitanes de los equipos, o mejor dicho Capitanas, que serán… —echó una
mirada entre los grupos de Slytherins y Gryffindors con una expresión calculadora—
la señorita Parkinson y la señorita Granger.
—Ah, bella juventud —extrajo desde dentro de su túnica dos banderas, una con el
logo de Gryffindor y otra con el logo de Slytherin—. Los de Slytherin custodiaran la
bandera de Gryffindor y los de Gryffindor custodiaran la bandera de Slytherin.
Capitanas, tienen cinco minutos para examinar este bosquecillo de aquí —señaló a
su espalda los árboles bien distanciados— y esconder su bandera. Cuando yo lo
diga, y oirán mi voz desde dentro del bosque, se dividirán y comenzarán a buscar
su bandera. Deben quedar como mínimo dos personas custodiando la bandera;
escojan bien. ¡Oh! Cuando derribéis a un compañero debéis lanzar chispas rojas por
su varita para que pueda ir a recogerlo yo y la Saeta de Fuego del señor Potter —
extrajo desde dentro de su túnica una pequeña escoba que, al tocarla con su varita,
se agrandó y adoptó el tamaño real de una escoba de carreras. A Harry los ojos se
le saltaron. Cylean le sonrió burlonamente—. Tranquilo, señor Potter. Se la
devolveré sana y salva para cuando la necesite. ¿Recuerdo que las selecciones de
Quidditch son mañana?
Harry asintió, mirando al profesor con ojos entrecerrados. Éste sonrió, casi dulce.
Señaló el bosque y los alumnos fueron hasta allí con reticencia, pero adentrándose
más y más. Hermione tomó la bandera y la ató a una rama. Luego lanzó un
encantamiento y fundió esa rama con un árbol, quedando la bandera a un metro
sobre el suelo.
—¿No sería eso hacer trampa? —preguntó Lavender Brown, apoyada contra el
brazo de Ron. Hermione la fulminó con la mirada.
Parvati frunció el ceño ligeramente mirando a su antigua pareja de baile, pero forzó
una sonrisa ante la mirada ceñuda de Hermione.
—Creo que podéis manejaros solitas —espetó Hermione, tironeando del brazo de
Ron—. Vámonos, Ron —se alejaron un poco del grupo y Hermione observó de reojo
a Harry—. Harry, ¿podrías desilusionarnos?
Luego Hermione desilusionó a Harry mucho mejor de lo que él lo había hecho, pero
siguieron avanzando. Harry podía ver dónde se encontraba Hermione si ella se
movía, pero si quedaba quieta no la distinguía de su entorno. Sucedía lo mismo con
Ron.
—Nosotros hemos avanzado unos cien metros y hemos ido hacia la oeste,
avanzando unos veinte metros. Ahora hemos avanzado unos treinta metros.
Debemos ir al este y…
—Hermione, sólo dinos a dónde hay que ir —protestó Ron. Hermione calló
abruptamente y quedó así, invisible y silenciosa. Ron resopló.
—¡Hermion-…!
—¡Desmaius!
—No, no pueden —una voz bajó desde sobre los árboles. Cylean estaba sentado en
una rama, con la Saeta de Fuego en la mano—. Despertará por sí mismo. Cinco
puntos menos por desobedecer instrucciones directas. Ahora, seguid buscando —
miró a ambos lados y señaló una dirección—. Si vais por allí os espera una
emboscada. Id con cuidado.
—Pero, Harry, ¿vas a creer lo que el profesor Rousseau dijo? Puede estar
engañándonos.
—Confío en él.
Fueron por el lado contrario al que Cylean les había dicho que los esperaba una
emboscada. Y pronto Harry la vio. Era un pequeño claro, una sección de dos metros
redondos sin árboles en cuyo centro, en una rama alta y gruesa, estaba atada la
bandera de Gryffindor. Crabble y Goyle estaban patrullando, caminando torpemente
en círculos alrededor de la bandera.
—Tengo una idea mejor, Harry —Hermione se inclinó hacia él y se la dijo. Harry
sonrió.
—Bien. Hagámosle.
—Serpensortia.
—¿Puedes comprenderme?
En pársel, claro.
—¿Quién está allí? —preguntó la serpiente. Harry quiso reír. Era tan extraño estar
hablando con una serpiente… otra vez.
—Mira… necesito que vayas donde está aquella bandera y muerdas los nudos para
traérnosla. ¿Puedes hacer eso?
—No me subestimes.
La serpiente se arrastró por entre medio de los pies de Harry y atravesó unos
arbustos para ir en busca de la bandera. Sabía de qué hablaba, porque se subió a
la rama y se acercó a los nudos de la bandera. Goyle fue el primero en darse
cuenta.
—¡Vince! ¡Mira!
—¡Sácala de ahí!
—¡Sácala tú!
La serpiente ya había quitado los dos nudos y la bandera caía suavemente entre la
tierra. Cuando Harry se asomó en el claro para tomar la bandera oyó un "Vípera
Evanesca" dicho con voz clara y firme. La serpiente le miró, Harry incluso pudo oír
un "¡NO!" de su parte, mientras se desvanecía consumida por una pequeña llama.
Harry se volteó y vio a Draco Malfoy asomándose entre unos arbustos. No lucía tan
arreglado como siempre: uno de los bordes de su túnica estaba raído y tenía
pequeñas hojas en el cabello, pero miraba a Harry triunfante.
—¡Expelliarmus!
—Pero, Harry…
—Hermione, hazlo.
Hermione lo hizo y Harry pudo sentir el calor cayéndole en la nuca. Se vio las
manos y, cuando Malfoy lo vio, le lanzó un hechizo. Harry hizo un Protego bastante
fuerte, porque el hechizo azul rebotó y dio en la copa de un árbol, haciendo un
agujero entre las hojas. El escudo de Harry abarcaba también a Hermione, quieta y
silenciosa.
Harry les había enseñado el Muffliato a Ron, Neville, Luna, Ginny y Hermione.
Nunca sabían cuando lo iban a necesitar.
Harry dejó caer el escudo y alzó la varita. Draco comenzó a hablar para lanzar otro
hechizo, pero el Desmaius de Hermione lo tomó por sorpresa y le dio en el pecho.
Draco cayó entre la tierra húmeda y Harry hizo visible a Hermione.
—¡Eso ha sido genial! Por favor, salid del bosque. Seguid los banderines.
Los banderines, con forma de puntas de flecha, apuntaban a una dirección. Harry y
Hermione la siguieron y se encontraron con Theodore Nott limpiándose el rostro de
tierra y a Neville, limpiándose la nariz de la que caían unas gotas de sangre.
Hermione rodó los ojos, pero siguieron caminando siguiendo los banderines.
Entonces, Hermione se dio cuenta de algo:
—Vale, iré a buscarlo. Vosotros id y avisad al profesor que fui a buscar a Malfoy.
Harry retrocedió lo que habían avanzado, siguiendo siempre la línea de banderines
que indicaban, desde diferentes sitios, la forma de volver al punto inicial. Entonces
se encontró a Malfoy en la tierra, con los ojos cerrados. Le lanzó un Enervate.
Malfoy seguía con los ojos cerrados. Harry volvió a lanzar otro Enervate, un hechizo
que tampoco le salía tan bien, y recién en ese momento Malfoy abrió los ojos.
—¿Qué…? —observó a Harry con los ojos entrecerrados—. ¿Habéis tomado la puta
bandera, verdad?
Harry rió.
—Estás muy divertido este año, ¿eh, Potter? —le pinchó Malfoy mientras caminaban
—. Supongo que debe ser entretenido ser el favorito del profesor.
—¿Y qué hay de tu cabello? —Malfoy le señaló los cabellos que ya lucían
extravagantes, notándose las raíces completamente negras mientras la melena
desordenada lucía rubia—. Yo sé arreglar eso.
—¿Y por qué querrías arreglarme el cabello? —preguntó Harry, alzando una ceja.
Malfoy le dirigió una sonrisa socarrona.
Malfoy era Slytherin en sangre y alma. Harry sonrió. Por más de que el rubio fuera
un desgraciado, ciertamente comenzaba a caerle algo mejor.
—Vale.
—Padre lo usa para cubrirse las canas. Dice "Hearie rubio" y ya no están. Pero… tú
no sabes sobre ello —lo acusó Malfoy. Harry puso expresión de no entender lo que
decía.
—¿Saber de qué? Tú no me has dicho nada —y le guiñó un ojo. Malfoy se
sobresaltó ligeramente.
—Sí, nada de nada —rió entre dientes, una risa ligera y sutil—. Recuérdalo: me
debes un favor.
Los Gryffindors hicieron una fila ordenada. Cylean se acercó y tocó la frente de
todos ellos con la punta de la varita, analizando algo. Luego de hacerlo con todos,
incluidos Ron y Harry, continuó:
—Os restaré dieciocho más, aunque los señores Weasley, Potter y la señorita
Granger han recibido hechizos desilusionadores, asumo que hechos con propósito
de esconderse, han recibido hechizos. Así que Gryffindor gana hoy setenta y dos
puntos.
Todos los Gryffindor comenzaron a reír casi a carcajadas y a aplaudir entre ellos.
Los Slytherins les miraban, ceñudos. Luego Cylean se volteó hacia el grupo de
Slytherins y sonrió.
Blaise Zabini fue el primer lanzado hacia el bosque. Draco esperó a que todos se
adentraran y comenzó a seguir, en solitario, un grupo de banderines. Cylean
sonrió.
Draco Malfoy trajo la bandera de Slytherin, atada a la rama rota, ocho minutos
después. Se había limpiado con parte de la túnica el rostro de tierra y arreglado el
cabello con las manos, pero aún se notaba que había estado con la cara casi
enterrada. Cylean volvió a llamar a los Slytherins que se habían adentrado al
bosque y premió con sus prometidos cincuenta puntos a Draco.
—Vale. Como os habéis ensuciado, os doy lo que queda de la hora para que vayáis
a bañaros, cambiaros o hacer lo que queráis. Si algún profesor pregunta, os he
enviado porque estabais hechos un asco —les miró, pasando desde Neville, cuya
nariz sangraba, hasta Tracey Davis, con hojas de arbusto en su cabello—. Y lo
están. Longbottom, tú ve a la enfermería. Cinco puntos menos por pelear con los
puños con otro alumno, pero cinco puntos más por ganar la pelea.
Neville rió y Theodore Nott observó ceñudo al profesor. Cylean le vio y negó
ligeramente con la cabeza, ciertamente desaprobador.
A excepción de Harry y sus amigos, los Slytherin no tenían idea de por qué un
profesor pediría eso. Harry estaba casi radiante. Verían, oficialmente, el
encantamiento Patronus.
Esa noche hubo fiesta en la torre de Gryffindor a la hora de la cena, mientras todos
los demás cenaban. Harry estaba exultante, al igual que todos los que habían
jugado en la clase práctica del profesor Rousseau. Hubo cervezas de mantequilla y,
de pronto, mientras Harry se dirigía al baño para refrescarse el rostro, oyó una voz
en su cabeza.
Era una voz grave y oscura, una voz que tembló en su mente como si tuviera eco.
Harry se llevó la mano a la frente, frotándose la cicatriz que ardía un poco. Se
disculpó con Ron y salió de la sala común para encontrarse, doblando la esquina, al
profesor Rousseau. Él le sonrió.
8. El cuerpo de otro.
—Tiene contraseña —le explicó Tom—. En realidad, dos contraseñas. Yo uso una,
los demás profesores, si por alguna razón deben pasar, usan otra. La contraseña
que tú usarás será: Dumort.
—No.
Harry suspiró.
—Con poción multijugos —respondió Harry sin dudarlo. Tom sonrió a medias.
—Cerca, pero no. Esta poción que tomé me da permanentemente la forma de quien
dé su sangre para la poción —hizo una extraña sonrisa, algo rara, demasiado tensa,
demasiado quebradiza—. La hice en el verano. Cylean Rousseau había sido tan
idiota como para pensar que podía aprovecharse de Bellatrix en el Callejón
Knockturn. Ella no lo mató cuando vio que era un metamorfomago, porque sabía
que yo estaba buscando un metamorfomago.
Harry se sobresaltó.
—Para ser tan bueno en hechizos, Harry, a veces eres un tanto estúpido. Por
supuesto que lo soy.
Harry resopló.
—¿Efectos secundarios?
Harry sintió deseos de reír. Tom lucía confundido y ofuscado, pero se permitió ser
amable con él.
—Sientes vergüenza que antes no sentías, ¿no? —preguntó Harry. Tom le fulminó
con la mirada—. No me refiero a eso. Me refiero a que… sientes cosas que antes no
sentías. No sólo tienes el cuerpo de Cylean, sino sus sentimientos, emociones,
gustos… es por eso que no te has quejado ni una sola vez de esas bandas muggles
o cualquier otra cosa, ¿verdad?
Tom arrugó ligeramente los labios, pero asintió. Harry sentía ganas de reír, pero no
lo hizo: se mantuvo impasible.
—¿Por qué me cuentas esto? —preguntó, sin querer sonar mal—. Puedes contárselo
a Colagusano y él no divulgará nada. ¿Qué te hace pensar que yo guardaré el
secreto?
—Tenemos un pacto, Harry —le recordó Tom con frialdad—. No puedes romper una
parte de él sin revelar cómo lo supiste. Si se sabe de Voldemort está dando clases,
además de conviviendo de paz con Harry Potter, bueno…
—Sería un asco para tu reputación de Señor Oscuro —rió finalmente Harry. Tom
frunció el ceño y antes de que Harry pudiera reaccionar Tom le sujetaba
firmemente del brazo y lo guiaba hacia la puerta.
—¡No te traje aquí para que te burlaras de mí! —se quejaba él. Harry, desde la
puerta, se negó a irse.
—Tíntame de cualquier color que quieras, pero por Merlín, no me dejes calvo.
—¿Quieres probar?
—Por favor, no —casi rogó. Entonces la sonrisa cruel de Tom transmutó a una casi
amable.
—Sólo porque lo has pedido "por favor" —bajó la varita que en algún momento
había sacado—. Ahora, ven, siéntate y escúchame.
Harry asintió con la cabeza y fue de nuevo a ocupar el sofá de Tom. Tom volvió a
su asiento en el apoyabrazos.
—Es como si fuera otra persona. Hay veces que no puedo discernir si lo que quiero
hacer es algo… natural, mío, o si es algo que Cylean quiere hacer. Es… jodidamente
frustrante.
—No fue una burla, Tom —Harry se inclinó hacia él—. Haz algo que marque la
diferencia entre Cylean y tú. Algo diferente; por ejemplo, reserva los "oh's" y "ah's"
impresionados para Cylean, y las maldiciones para ti. Intenta crear… no sé cómo
decirlo —Harry se llevó las manos de dedos juntos a los labios, pensándolo—. Crea
y mantén control de dos personalidades. La que muestras en público y la que en
verdad eres.
Harry le sonrió.
—Pues eso es lo que yo hago. Si yo, que tengo dieciséis, lo hago, tú que tienes…
¿Cuántos? ¿Setenta? Podrías hacerlo también.
Para remarcar su afirmación abrió los brazos, como exponiéndose. Esta vez no
llevaba camiseta de banda, sino una camiseta negra con una estrella de siete
puntas en blanco.
—Volvamos a lo importante, ¿quieres? —Harry le sonrió de lado—. Debes crear
cosas… resaltadores de personalidad los llamaría Hermione. Por ejemplo, yo con
Dumbledore y la Orden soy un jodido Héroe, mientras que con Ron y Hermione
puedo permitir comportarme un poco mal, con Sirius soy totalmente sincero y
contigo… bueno —se encogió de hombros—, tenemos un pacto que abarca más de
lo que al principio parecías. Te debo una, realmente.
—¿Culpa?
—Yo la siento a toda hora —confesó Tom, sin conseguir que su expresión fuera
afectada—. Pienso en… en personas que maté. Como tus padres. O que ordené a
matar, como el chico Diggory, y… no, no puedo arrepentirme, no pongas esa cara
compungida, Harry —le miró. Harry resopló antes de dejar a Tom seguir hablando
—. No me arrepiento. Sé que nunca seré capaz de arrepentirme, porque soy
demasiado… yo, aún, como para arrepentirme. Pero siento culpa. Aquella vez, la
primera lección de Oclumancia, yo no sabía qué decir cuando vi que tú y Diggory
erais… cercanos —sacudió la cabeza. Un mechón de cabello negro saltó de detrás
de la oreja de Tom, cubriéndole parte del rostro en extraño desorden que no dejaba
de ser elegante—. Sentí la culpa más poderosa que haya sentido nunca. Y no… no
sé cómo manejar estas… estas cosas que siento.
Tom le miró con soberbia, pero al ver que Harry realmente quería ayudarlo —y si
no era ayudarlo, era acompañarlo— respondió, suspirando.
—Miles de cosas que no sabía diferenciar en primer momento. Pude sentir aprecio y
orgullo por mi clase, por mis alumnos, e incluso defendí a una niña de primero de
Slytherin que estaba siendo insultada por ser mestiza. La defendí sin pedir nada a
cambio, porque sabía lo que se sentía estar en su lugar y…
—Eso es empatía —le interrumpió Harry. Tom le fulminó con la mirada y, con un
movimiento que pecaba de elegante, le enseñó el dedo corazón.
Harry se dijo a sí mismo que si Cylean Rousseau era gay, entonces Tom se sentiría
atraído por hombres, también, si todo en él había cambiado.
—¿Cuánto… "avanzaste" —Tom abrió y cerró comillas con los dedos en el aire— con
Diggory?
—Ya tuve esta conversación con mi padrino —se quejó—. No mucho, en realidad.
Unos cuantos besos y unas cuantas pajas cuando debíamos estar preparándonos
para las pruebas en privado. Sin embargo, me enseñó muchas cosas.
—Ya veo —Tom asintió y se sumió en un extraño silencio—. Supongo que eso es
todo. Necesitaba hablar con alguien… creo que es parte de lo que Cylean está
haciendo conmigo.
—Hablas como un loco —se burló Harry. Tom le lanzó el mismo almohadón que
Harry le había lanzado.
Harry le dirigió una sonrisa de lado antes de levantarse e ir hacia la puerta. Estaba
allí cuando Tom volvió a sujetarle del brazo, pero esta vez con menos fuerte,
deteniéndolo.
—¿Harry?
Harry volteó a verlo. Tom tenía una mirada extraña en los ojos oscuros, unos ojos
que parecían tener un destello curioso, algo que él no había visto allí jamás.
Entonces, una sonrisa se curvó ligeramente en su rostro antes de murmurar:
—Joder, sí me voy a arrepentir por esto, pero, Harry… —se inclinó hacia él
ligeramente. Harry respondió a su inclinación, acercándose ligeramente, como una
presa hipnotizada por los ojos de una serpiente—. ¿Aceptarías ser mi sujeto de
experimentación?
Harry no tenía idea de por qué se sentía tan jodidamente hechizado por los ojos de
Tom. No eran claros y maravillados como los de Cylean, eran oscuros y profundos,
como nunca había visto unos antes. Las palabras salieron de su boca sin pensárselo
dos veces.
Tom lo besaba como si sus labios hubieran hecho para ser besados, y pronto Harry
encontró con que todo él estaba en llamas. Era un calor que le devoraba toda la
piel y que jamás había sentido. Era felicidad hasta un punto ciego. Era… joder, era
como si algo dentro de él estuviera por fin completo.
Tom se apartó luego de unos instantes que parecieron horas, dejando a Harry
atontado.
—Aquel fuego… fue como si estuviera completo, por fin —se atrevió a decir. No
servía de nada mentir; después de todo, Tom vería en su mente que era una
mentira y se enfadaría con él. A Tom no le gustaba que le mientan.
—Fue… oh, por Salazar, fue increíble —jadeó—. Jamás me había sentido así antes.
En algún punto habían quedado pegados casi pecho con pecho. Tom arrastró a
Harry al sofá para volver a unir sus labios así una y otra vez, una y otra vez, una y
otra vez. Cada beso parecía ser mejor que el anterior, y aquel fuego que no ardía
recorría sus venas convirtiendo su sangre en miel. Cylean había despeinado a Harry
más de la cuenta, Harry se había encargado de deshacer el ordenado desorden de
la cabeza de Tom, convirtiéndolo en un simple catástrofe que competía con el suyo
propio. Labios que peleaban por poder y lenguas que se enredaban en busca del
origen de ese extraño y adictivo fuego. Porque todo parecía ser, simplemente,
fuego.
Tom le tomó del rostro y volvió a besarlo y así siguieron hasta incluso diez y media,
diez y cuarenta, once menos diez, cuando Tom cometió el primer error.
—Quédate conmigo esta noche —dijo, con voz ronca y cargada de deseo—. Harry…
—¡Demonios, debía haberme ido hace tiempo ya! —se levantó, dejando a Tom en el
sofá, con expresión confundida—. Lo lamento, Tom, pero mis amigos se van a
preocupar y…
—Oh, sí —al decir "oh" se palmeó la frente—. Ya, tú vete. Nos veremos el viernes.
Harry ya respiraba aliviado de no haber sido visto por ningún profesor cuando
observó las figuras inmóviles y despiertas de Ron y Hermione en unos sillones junto
a la chimenea, solos en una sala común parcialmente vacía. Harry tragó saliva.
9. Cuidados de amigos.
Hermione parecía la señora Weasley por el nivel de enfado que llevaba encima.
Tenía el rostro enrojecido y los cabellos completamente alborotados, escapando de
un moño irregular.
—¿Dónde estabas?
—No, Harry —ella camino hacia él—. ¿Dónde estabas? Estábamos preocupados por
ti. Desapareciste en medio de la fiesta, te llevaste el mapa y la capa, y…
Harry calló de pronto. Ron, detrás de Hermione, negaba con la cabeza. Harry no lo
negó.
—¡Harry! —Hermione lucía horrorizada—. ¡Es un profesor, y tú un alumno! Tiene
treinta años y ya tiene antecedentes de hacer… hacer eso con un alumno. ¡Puede
estar jugando contigo!
—Harry, por favor —su amiga se inclinó hacia él, mirándole con ojos consternados
—. No soy idiota.
Harry suspiró. Detrás de su amiga, Ron se levantó de su asiento y caminó hacia él.
—Harry, queremos lo mejor para ti. Sé que no te has interesado en nadie desde
Cedric, pero no por eso tienes que salir con la primera persona que se interesa en
ti…
—¡Pero tú dijiste…!
—Sé lo que dije, Hermione. Sé que dije que iba a intentar no interesarme en él,
pero me resulta imposible. Es… jodidamente atractivo, es un genio, es simpático,
es intenso. Es diferente. Simplemente eso, Hermione, él es… diferente.
—¿Y? —Harry se encogió de hombros—. El año que viene cumpliré diecisiete. Seré
mayor de edad.
—Conocías a Cedric hace menos de un mes cuando comenzaste a salir con él —le
recordó suavemente Hermione. Harry soltó un gruñido frustrado.
—Todo es diferente para ti, Harry, ¿te das cuenta? —Hermione miró hacia el fuego
unos instantes y luego volvió a levantarse, a mirarlo fijamente a los ojos—. Es
diferente el profesor Rousseau, es diferente lo que tuviste con Cedric, es diferente
lo que sientes por… Dios, Harry, no te consigo comprender —Hermione le miraba
con súplica—. ¿Estás seguro de lo que estás haciendo?
—Pero tú eres de tomarte muy en serio las cosas, Harry. A eso nos referimos —
Hermione seguía intentando hacerle entrar en razón—. Puede que el profesor
Rousseau también lo vea como un simple beso, pero… ¿y si te ilusionas con él y
resulta que es un juego para él?
—También será un juego para mí, Hermione —Harry suspiró—. ¿Me dejas hablar?
Su amiga asintió. Ron también lo hizo, bastante trastornado por el rumbo que
estaba tomando la conversación.
—¡Harry!
—No van a hacerme cambiar de opinión. Estoy a un año de ser mayor de edad. No
soy un niño. Puedo decidir qué hacer con mi vida.
Hermione y Ron suspiraron. Ambos agacharon ligeramente sus cabezas hasta que
Hermione fue a enfrentarse a Harry, con los ojos castaños brillando, cargados de
lágrimas.
—Harry, sólo queremos lo mejor para ti —dijo ella, con la voz afectada—.
Queremos que estés bien. Que no te suceda nada malo… Sabemos que sabes
cuidarte por ti mismo, pero, ¿nos dejas preocuparnos un poco? ¿Qué clase de
amigos seríamos si no?
—Sólo recordad que sé cuidarme yo solo, ¿vale? —tomó las manos de Hermione y
las apretó entre las suyas. Ron le sonrió de lado, con una extraña expresión triste
en el rostro—. Si Cylean intenta aprovecharse de mí de alguna manera le patearé el
trasero con esas botas de puntas de acero que Sirius me obsequió para mi
cumpleaños.
Nuevamente los pupitres fueron movidos contra la pared y todos los alumnos de
sexto año se esparcieron por el aula en pequeños grupos.
—Debéis pensar el momento más feliz que os ocurra. Ese momento especial, puede
tener cualquier origen, sólo debe ser un pensamiento feliz. Entonces, hacéis este
movimiento de mano —movió la mano en un círculo que disminuía al interior— y
debéis decir: ¡Expecto Patronum! Primero, practicaremos el movimiento de mano.
Haced una fila.
A regañadientes todos hicieron una fila. Cylean fue corrigiéndoles uno a uno el
movimiento de mano y luego la pronunciación.
—Expecto Patronum —dijo toda la clase, con voz monótona. Cylean dio una
palmada en el aire.
—¡Expecto Patronum!
—Bien, ahora que os sale medianamente bien… —rodó los ojos, pero sonreía—.
Intentad juntad todo. Pensamiento feliz, movimiento de mano, pronunciación del
hechizo. El primero en conseguirlo que no sea el señor Potter recibirá diez puntos.
—Diez puntos para Gryffindor. Vamos, los demás, ¿qué estáis esperando?
Los demás alumnos comenzaron con las prácticas y pronto el aula estaba llena de
luces y animales. Quienes habían pertenecido al ED tenían Patronus corpóreos que
correteaban felizmente por el aula. La primera en conseguirlo, que no lo sabía de
antemano, fue Pansy Parkinson, cuyo Patronus se elevó en el aire convertido en
una mariposa. Cylean la felicitó y la premió con cinco puntos.
Casi al final de la hora toda la clase podía hacer un Patronus decente: el de Dean
era un lince, el de Blaise un tiburón, el de Daphne un unicornio. Sin embargo,
Draco Malfoy, al fondo del aula, seguía sin hacer un Patronus. Su Patronus seguía
siendo incorpóreo, tratándose de una luz brillante y clara, pero que, según las
propias palabras de Cylean, no sería capaz de espantar ni a un boggart.
—No le interesa.
—¿Le está faltando el respeto a un profesor, Malfoy? —Cylean se inclinó sobre él y
susurró ligeramente en su oído—. Porque yo podría descontarle muchos puntos,
¿sabe?
Cylean siguió pasando por los alumnos observando los Patronus revoloteando por
toda el aula. Llegó hasta Harry que estaba recargado en un pupitre, observando
como el Patronus de Lavender, un mono, perseguía al Jack Russell de Ron y el Jack
Russell perseguía a la nutria de Hermione.
—Que intrigante, una serpiente —Harry le dirigió una sonrisa amplia a Cylean—.
Nunca me lo había esperado.
—Muy bien. Para la clase que viene estudiaréis la teoría del hechizo Repellerius. Se
encuentra en la página 38 del libro Artes Oscuras: cómo reconocerlas y
combatirlas.
—Ron, Hermione, os veo luego —les saludó con una mano y se recargó en un
pupitre. Sus amigos se miraron y suspiraron antes de salir rumbo al Gran Comedor.
El aula quedó vacía y Tom le sonrió ampliamente.
—Hablé con Severus —dijo, con una voz desenfadada—, y aceptó que cursaras
Pociones con la condición de que hicieras todas las pociones que te has perdido
durante los tiempos que no has cursado la clase.
—Snape me odia.
—Lo sé. Por eso he hecho algo que probablemente te facilitará las clases.
—Léelo.
—Tú…
—Creí que necesitabas mejorar tu coartada. ¿Qué otro futuro podría tener el Niño-
qué-vivió que ser uno de los mejores Aurores conocidos? Pero si no estudias
Pociones…
—Recuerda que tus dos horas libres después del almuerzo ahora están ocupadas
con Pociones. Ve.
Tom sonrió.
—Malfoy.
—El Gran Comedor queda por allí —señaló otro camino—. Tú me estás siguiendo.
—No hace falta que te expliques, Malfoy —Harry le sonrió de lado—. Puedo
ayudarte. ¿Supongo que recuerdas dónde queda la Sala de los Menesteres?
—¿Cuándo?
Harry asintió. Draco volvió a exponer esa sonrisa extraña que era mitad falsa y
mitad reticente.
Se adentraron juntos al Gran Comedor y luego de una última mirada cada uno fue a
su mesa. Harry se sentó entre Ron y Hermione que, por suerte, no se habían dado
cuenta que venía hablando con Draco Malfoy. Ya bastante difícil sería explicar qué
quería el profesor Rousseau, o "profesor R." como le llamaba Ron.
Por suerte ninguno de sus amigos le interrogó y Harry pudo comer en paz. Una paz
que se vio truncada cuando piso el aula de Pociones en las Mazmorras dos minutos
después de hora, y Snape le mirara con una mirada tan seria que, si tan sólo las
miradas matasen…
—Diez puntos menos de Gryffindor por llegar tarde al aula —siseó Snape,
levantando la vista de la lista que estaba pasando. Harry tomó asiento junto a una
sorprendida Hermione, a pesar de que tenían un caldero para cada uno.
—Diez puntos menos a Granger por ayudar al señor Potter. ¿No estáis grandecitos
ya para pedir ayuda al compañero de banco? —arrugó su rostro en un amago cruel
—. Me parece que no.
—No tengo idea. Supongo que le debía un favor o algo por el estilo —Harry se
encogió de hombros, sonriendo de lado—. Mejor nos vamos antes de que la vieja
serpiente salga de su nido y nos quite más puntos.
Hermione negó ligeramente con la cabeza pero comenzó a caminar más rápido,
intentando llegar a su clase.
Tenían Herbología, por lo que el camino hasta el invernadero 6 era largo. Cuando
llegaron estaban casi todos allí. Neville le sonrió ampliamente.
—Vaya, Harry. ¿Qué has hecho para que Snape te dejara asistir a Pociones?
Neville rió.
—Más de lo que crees. Por cierto, ¿es verdad que tú y el profesor Cylean…? —Harry
envió una mirada furiosa a Ron—. Vale, mejor no pregunto.
—Sólo guarda el secreto, Neville —pidió Harry a su amigo. Neville rió, feliz por
Harry. Había cambiado, el ED lo había endurecido, le había dado seguridad. Y Harry
estaba seguro de que Neville guardaría el secreto, aunque no tenía idea de qué
secreto en particular debía guardar o hasta qué punto el rumor se había extendido
por la escuela.
11. Amortentia.
Ese jueves Harry esperó a Draco en la Sala de los Menesteres. Había pedido un
lugar para practicar el encantamiento Patronus y la sala le había dado un lugar
amplio y espacioso, con altos ventanales. Harry estaba esperando recargado contra
una mesa de aspecto caro. Draco Malfoy entró unos minutos después que él, con
expresión hastiada.
Harry le sonrió.
—Saca tu varita y empecemos.
Draco rió.
—¿Así que Draco Malfoy tiene una mente sucia? —se burló Harry, mientras sacaba
su varita—. Quién lo hubiera dicho.
—Lo estás haciendo demasiado brusco. Mira, es así… —se acercó a él para sujetarlo
del brazo y moverlo en el modo correcto—. Afloja la mano. No tan… firme.
Draco lo hizo tres veces más antes de que Harry estuviera satisfecho. Luego, la
pronunciación.
—Expecto Patronum.
—Expecto Patronum.
Draco observó fastidiado a Harry antes de repetirlo unas cinco veces, lenta y
pausadamente, diciéndolo cada vez mejor que la anterior.
—Mucho mejor esa última. Ahora, lo más importante, tu recuerdo feliz. ¿En qué
piensas?
—Bien. Pienso en cuando Slytherin ganó el torneo de Quidditch hace unos años.
—No es un recuerdo tan feliz. Debe ser algo que evoque verdadera sensación de
felicidad, algo que te llene de calidez con sólo recordarlo. Algo lo suficientemente
feliz como para vencer a todos los Dementores del mundo.
—¿Draco Malfoy gruñendo? —rió Harry. Recibió una dura mirada—. Vale, no me
burlo. Pero te ha salido bien, o mejor que en clase. ¿Qué recuerdo usaste?
—Ese es el camino.
Draco, finalmente, con la frente perlada de sudor, arrojó un maleficio a Harry que
dio contra una columna. Harry le lanzó un Expelliarmus que hizo volar la varita de
Malfoy por los aires. Draco Malfoy, enfadado y frustrado, era peligroso.
Harry echó a reír a carcajadas, tan fuertes que comenzaron a curvarle el cuerpo.
Cuando recién pudo detenerse Draco le miraba con hostilidad tan aireada que Harry
tuvo que detener su risa con toda la fuerza de voluntad que pudo conseguir.
—Malfoy, ¿en serio crees que vencí a Voldemort con voluntad? Como tú dices, tenía
un año. ¿Que fui acumulando poder? Bromeas, ¿verdad? No podía hacer un simple
hechizo con once años. Nunca fui bueno en Transformaciones, ni Encantamientos.
En lo único que fui jodidamente bueno desde pequeño fue el Quidditch, ¡y ni
siquiera es algo importante!
Malfoy le quedó mirando, evaluándolo unos instantes, para luego negar con la
cabeza.
—Pero tú…
Harry suspiró y trató de controlar su genio. Le miró con una sonrisa a medias, casi
cálida.
—Tú sólo piensa en el momento más feliz que has tenido. Un momento cargado de
felicidad, con trascendencia en tu vida. Ese momento que, estando sumido en la
más profunda amargura, puedes volver, sonreír… sentirlo. Siéntelo, Malfoy. Hazlo.
Malfoy seguía con los ojos cerrados. Medio minuto después, con el rostro
aparentemente sereno, hizo el movimiento con la mano y exclamó un "¡Expecto
Patronum!" con voz clara, sencilla, pero que era repentinamente sentimental.
—¡Es…! —Draco tenía una amplia sonrisa en los labios mientras el pavo real
caminaba por la sala—. Esto es… —pero pronto el pavo real se desvaneció en una
nube de humo. Draco volvió a intentar otro Patronus, pero éste volvió a salir como
un escudo brillante. Draco soltó un suspiro sonoro.
—Bueno, al menos ahora ya sabes que puedes hacerlo —comentó Harry, tratando
de animarle—. ¿Qué tal eso? ¿Un pavo real albino?
—Padre tiene uno en la mansión. Él dice que son los animales más orgullosos y
ególatras que se pueden encontrar. Supongo que tiene un significado, ¿no?
—Si fueras mi amigo, Potter, lo verías seguido. Tengo un humor del cual ninguno se
ha quejado.
—Un humor reservado estrictamente a tus amigos, ¿no? —Harry rió entre dientes y
Draco le fulminó con la mirada—. Podemos hacer una tregua. No seríamos amigos
si tú no quieres, pero tampoco no nos maldeciríamos en los pasillos. Y no
insultaríamos a nuestros respectivos amigos.
—Con los problemas que tengo, tú sólo eres otro más —le extendió la mano que,
esta vez, Harry aceptó con un movimiento seguro.
—¿Sabes? Para ser un Gryffindor gritón y exasperante, no eres tan mala compañía.
—Me debes un galeón —le recordó Harry y Draco, rodando los ojos, buscó en los
bolsillos de sus pantalones una bolsita. Pescó un galeón entre el puñado de ellos
que tenía allí y se lo entregó. La campana de las ocho sonó, anunciando que
comenzaba la hora de la cena—. Fue un placer hacer negocios contigo.
Draco rodó los ojos y comenzó a dirigirse hasta la puerta. Harry le siguió.
—Vamos, anda. Y luego era yo el que estaba desesperado por estar en tu lado
bueno.
—Eso querrías.
Rieron y caminaron cruzándose con unos cuantos alumnos más. Algunos Hufflepuff
les miraron extrañados; después de todo, eran Draco Malfoy y Harry Potter, uno a
menos de un metro del otro, sin hechizarse o, en caso extremo, golpearse.
—Con una bestia salvaje, querrás decir —Draco le sacó el dedo del medio mientras
avanzaba, solo, hacia las puertas del comedor.
—¡Y eso que todavía no he estado en tu cama! —bromeó Harry, en voz alta. Malfoy
soltó una carcajada fresca y ligera antes de desaparecer por la puerta. Harry esperó
unos instantes y se adentró.
Hermione le esperaba bastante ceñuda y Harry se sintió culpable. Había dejado
bastante a sus amigos de lado estos últimos tiempos.
—¿Dónde has estado, Harry? No te vimos después de clases —dudó Hermione. Ron,
con la boca llena, asintió con la cabeza, apresurándose por tragar y preguntar, en
un susurro:
—No —Harry se sirvió patatas en su plato y unas fetas de carne asada—. He estado
dando clases de Patronus.
—A Draco Malfoy.
—Alza los brazos, Ron —insistió Hermione. Ron alzó ambos brazos y se alivió casi al
instante.
Ron asintió con la cabeza, sus orejas tomando un repentino color rojo.
—Por cierto, Harry —Hermione buscó en su mochila y le alcanzó una pequeña caja
—. Una lechuza le trajo a Ron esto cuando estábamos viniendo al Gran Comedor.
Es para ti, de parte de Hocicos.
Harry observó la caja. Estaba envuelta en papel del Profeta y venía con una nota
con la clara caligrafía de Sirius. La guardó en su mochila, no queriendo leerla en
frente de todos sus compañeros.
—¿Por qué Hocicos les enviaría a ustedes algo para mí? —preguntó Harry. Ron se
encogió de hombros y Hermione le imitó.
—Tal vez no quiso arriesgarse a que las lechuzas que van destinadas a ti sean
interceptadas. ¡Vaya a saber por qué!
Siguieron comiendo sin más temas de conversación. Harry jugueteó un poco con su
comida antes de comer realmente, pensando en el obsequio de Sirius. ¿Qué sería?
¿Por qué no se lo habría enviado a él directamente? Harry terminó de comer y fue
con Ron y Hermione a la Sala Común cuando Colin Creevey le alcanzó.
—¡Harry!
Harry le sonrió. No era capaz de sentirse molesto con él, no en aquel momento.
Había tratado mal al pobre chico, y había resultado un gran miembro del ED.
Colin rió.
—Avistamientos. Los haces sonar como si fueran extraterrestres u ovnis —tenía una
sonrisa que se fue desvaneciendo unos instantes—. Nunca se está suficientemente
preparado, Harry. Pensábamos que podías enseñar a los menores algunas cosas
Defensivas, o con sólo dar charlas motivadoras… —Colin se mordió ligeramente el
labio y Harry comprendió. Colin sólo tenía quince años y seguramente el ED había
sido el grupo de amigos más grande que haya podido conocer. Harry también se
sentía cómodo en el ED, así que le sonrió al chico.
—Podría pensarlo.
—¿Harry? —dudó, mirando hacia la puerta cerrada. Dejó el libro sobre el sofá y
pasó junto al chico, apenas rozándole por sobre la túnica, brazo con brazo. El
corazón de Harry rebotó en su pecho, incapaz de creerlo, incapaz de darse cuenta
de que estaba allí, de que iba a hablarle, verle, que lo conocía, que…
Harry decidió en ese momento atacarlo. Por más de que Cylean le sacaba media
cabeza, Harry le empujó contra la pared y comenzó a besarle como si no hubiera
mañana. Y es que, técnicamente, no habría mañana, porque no planeaba separarse
de él. Los días serían todos hoy, y todos los hoy serían junto a Cylean, que luego
de la parcial sorpresa respondía gustoso al beso. Lenguas ardientes y labios
separados, humedad, necesidad, deseo…
—Yo no… ¿qué? —Tom se acercó hacia él, acunó su rostro en sus manos—. ¿Te
sientes bien, Harry?
—Apártate —siseó Harry, confundido. No quería que Tom le tocara, no quería que le
hablara, no quería verlo, joder, quería a Cylean. Tom le miró frunciendo el cejo y
acrecentó la presión de sus dedos.
—¿No soy qué? —Tom se inclinó sobre él, respirándole sobre los labios—. ¿Qué se
supone que es esto? ¿Un especie de juego macabro tuyo? Quiero que sepas que no
me está gustando para nada.
Lo soltó, y el aire tocándole en los sitios donde habían estado sus dedos casi
quemaba. Quería que lo tocara, pero no él, aunque sabía que era él. Quería que
Cylean Rousseau estuviera allí, frente a él, le besara y le amara como él lo hacía.
Aquel pensamiento hizo que sus rodillas se curvaran y, por suerte, Tom le sostuvo
antes de caer. Amaba a Cylean Rousseau, con su sonrisa de dientes blancos y
parejos, con aquel cabello rubio tan sedoso cuando pasaba las manos sobre él, con
esos chispeantes ojos azules, con esos aretes de rebelde, con esa forma de
sentarse sobre el escritorio, tan descaradamente sensual…
—Harry, por Merlín —Tom le llevó hasta el sofá y lo dejó caer allí—. ¿Qué te
sucede?
—Amo —dijo Harry, sin comprenderlo. Veía a Tom y sentía aquel extraño
sentimiento de necesidad. Sabía que allí estaba Cylean, pero era incapaz de sentir
algo por Tom cuando verdaderamente amaba a Cylean—. Joder, Tom. No lo
comprendo.
Harry cerró los ojos deseando ver a Cylean, al Cylean de su mente, sonriente y
alegre, pero cuando los vio allí estaba Tom, ceñudo, con los ojos oscuros
profundamente alterados.
—Cylean.
—Harry, ¿qué estabas haciendo antes de venir conmigo? ¿Bebiste algo, comiste
algo…? —Tom le hablaba como se le hablaría a un animal salvaje, herido, para
tranquilizarlo. Harry ladeó la cabeza ligeramente, con el corazón aún resonándole
con fuerza en el pecho.
Tom le arrebató la caja la abrió. Los dulces tenían diferentes colores y formas, y
Tom recogió uno para partirlo al medio. De su interior goteó una extraña jalea color
rosa.
El gruñido que Tom soltó fue terrible. Le arrebató la caja de dulces a Harry, su
cabello acortándose y volviendo a ser negro, mientras revisaba en un amplio
armario en un rincón. Harry le miró completamente atento, esperando que Tom
cumpliera su palabra y que se transformara en Cylean de una vez por todas. Sólo
esperaba eso.
Tom volvió con una botella mediana de vidrio con un líquido extraño dentro y una
copa. Le sirvió un trago a la copa y se la alcanzó.
—¿Qué es?
Y pronto todo dejó de tener color. Veía a Cylean, a Tom usando aquella máscara de
Cylean, y no sentía nada. Es más, se sentía estúpido. Cylean era un personaje,
¿cómo podía haber pensado por un minuto que…?
—Oh, demonios —Harry se dejó caer contra el sofá, mirando el techo. Tom negó
con la cabeza.
—No creo que haya sido Sirius —le dijo con suavidad—. Él no tiene los materiales.
Habrá sido alguien que se aprovechó de…
—Es una broma —siseó Harry—. Una jodida broma. Estoy en mi cama de la Torre,
me despertaré y me daré cuenta que todo era una puta broma de mi inconsciente
y…
—No iba a decir eso, idiota. Iba a decir que Dumbledore estaría feliz de que te
enamoraras de alguien. Ya sabes, por todo eso de que el amor importa más que el
odio y…
—De todas formas alguien me lo dio contra mi voluntad. ¿En serio crees que
Dumbledore podría…? —pero Harry calló, con el peso de sus propios pensamientos.
Se enredó las manos en los cabellos, meditándolo—. Oh, por las bolas de Merlín.
Tom se acercó y tomó asiento junto a Harry. Le envolvió con un brazo y dejó que
Harry se recostara contra su pecho, así, hasta calmarse.
—Puede que yo haya creído que el director es un desgraciado, pero llegar a esto…
—dijo Tom unos minutos después—. Puede que me equivoque, tienes razón.
Aunque… se me ocurre un plan.
—No estoy de humor para planes, Tom —Harry aún no superaba la vergüenza.
Quería esconder el rostro en el pecho de Tom para siempre; es más, quería
esconder su cabeza bajo tierra para siempre.
—Yo no querría creer que fue Dumbledore, Tom —le corrigió Harry. El hombre
suspiró.
—Bien. ¿Qué tal si finges que estás bajo los efectos de la Amortentia?
—Paso —Harry se estremeció. Habían sido unos minutos, pero los recordaba como
si estuvieran quemados en su piel, en su sangre. El fuego, la necesidad absurda, el
deseo. El deseo, sobre todo.
—No, tú escucha —Tom siguió—. Finge que estás bajo los efectos de la Amortentia.
Intenta conquistarme. No, no lo digo para aumentar mi ego, Harry —Harry había
alzado la mirada del pecho de Tom para fulminarlo con ojos entrecerrados—, lo
digo para saber quién fue. Que se corran los rumores. Y en cualquier caso, lo
máximo será que McGonagall te dé un antídoto como el que te acabo de dar y
finjas que no tenías idea de todo eso.
—Soy un pésimo actor, Tom —suspiró Harry—. Pero, ¿qué buscas con eso?
—No sólo saber quién te dio la Amortentia, si no saber quién querría eso. Es decir,
¿quién querría que me enrollara otra vez con un alum alumno? ¿Quieren
perjudicarme a mí… o a ti?
Harry suspiró. Sentía un gran vacío en el fondo del pecho, un vacío extraño y
alarmante que era justamente lo contrario de lo que había sentido bajo los efectos
de la poción. Tom le revolvió los cabellos.
—Lo que estás sintiendo ahora son los efectos del antídoto. Te sentirás mal por
unos minutos, pero luego pasará.
Harry rió ligeramente. Cylean Rousseau parecía haber tenido una vida bastante
movida a pesar de su corta edad.
—El verdadero Cylean lo hubiera hecho —la campana sonó anunciando las diez, la
hora del toque de queda—. Ya es hora de volver. ¿Te parece si te acompaño?
—Ya, pero así me aseguraré de que ningún maniático te ponga un filtro de amor en
la garganta.
Harry soltó una carcajada y se acercó a la puerta. Tom comenzó a quitar los
hechizos y estaban a punto de salir cuando lo acorraló contra el marco de madera,
y Harry sonrió, pícaro.
—¿Sabes que es lo gracioso de esto? —dijo, con tono juguetón—. No necesito una
poción de amor para querer besarte.
—Yo tampoco.
Tom sabía que el viejo director era madrugador, por lo que ya a esa hora, cuando
el cielo apenas comenzaba a colorearse con las luces del alba, ya estaría de pie y
en su oficina, probablemente haciendo las cosas misteriosas que hace el director de
un colegio cuyo personal cuenta con un ex-mortífago marcado y un fantasma.
—Profesor Rousseau, es un gusto tenerle aquí. Es una mañana muy agradable, ¿no
cree? —lanzó una mirada hacia los ventanales. Tom asintió ligeramente, pasando
saliva.
—Sí, lo es. Señor, ¿cree que podría tener unas palabras con usted por… por un
asunto personal?
—Las instrucciones que me haga amigo del señor Potter. Que sea su compañero, su
confidente. Anoche ha sucedido algo que está fuera de mi comprensión y…
—Más allá de las diferencias entre ambos, profesor Rousseau. Y más allá entre las
diferencias de edad, también —Dumbledore juntó ambas manos bajo el mentón—.
¿Qué es lo que siente por el señor Potter?
—El señor Potter me agrada, claramente —Tom no quería llegar hasta donde
Dumbledore quería tan rápidamente. Cylean lo rechazaría un poco—. Es un chico
marcado por una infancia difícil y por haber perdido a un amor juvenil. Lo he visto
en su mente. Tiene mucho dolor… pero mucho amor que dar.
—Pe-pero señor… —tartamudeó, confundido—. Usted… ¿Me está diciendo que usted
aprobaría aquel romance?
Dumbledore apretó los labios en una fina línea. Luego de levantó de su asiento y
caminó hacia la ventana. Tom le siguió, quedando unos pasos por detrás de él.
—Es un día tranquilo, Cylean —le llamó por el nombre y Tom se removió,
ligeramente incómodo. Incómodo realmente, y no por actuación—. Aquí, por lo
menos. Pero, ¿tienes idea de lo que pasa en otros rincones de Gran Bretaña?
—Merope Gaunt no era una bruja realmente mala. Ella sólo quería ser amada —
compuso una expresión compungida—. Esa bruja dio unas gotas de Amortentia a
un muggle atractivo del cual estaba enamorada, Tom Riddle. Huyeron juntos.
Cuando ella estaba embarazada dejó de suministrarle la poción, quizá pensando
que el hombre se había enamorado de verdad de ella, o que se quedaría con ella
por el bebé. Pero el hombre no lo hizo —había una mirada triste en sus ojos. Tom
se fingió afligido—. Merope Gaunt dio a luz a un Tom Marvolo Riddle en un orfanato
para morir unas horas después —se detuvo, mirando a Tom, a Cylean, como si
quisiera que comprendiera—. Voldemort es incapaz de amar porque fue concebido
por una poción de amor. Es un ser hecho de odio, de resentimientos, de maldad.
Nunca podrá igualar su poder a alguien que ama. Y aunque Harry crea amar, ese
amor… es simplemente necesario.
Tom tuvo que morderse el labio, indeciso, para luego preguntar, a media voz:
—¿Usted me está diciendo que el señor Potter realmente no está enamorado? ¿Qué
cree estarlo? ¿Cómo Tom Riddle padre?
—Harry, Cylean. Frente a mí, puedes llamarlo Harry, así como yo te he llamado
Cylean.
Tom asintió.
—Espero que Harry ame y sea amado con el mismo poder. Si ama a alguien con
poder, éste dará su poder a Harry. Y Harry lo necesita. Mucho. Es un muchacho
excepcionalmente talentoso, y cuenta con el amor de sus amigos, pero necesita un
punto al cual aferrarse, alguien quien le acompañe por las noches, alguien que esté
allí para cuidarlo de sus fantasmas.
Tom apartó los ojos de los de Dumbledore, tiñendo sus mejillas de un poderoso
rojo.
—Yo…
—¡Ah, Cylean, Cylean! ¿No es el cariño una de las fuerzas más poderosas? El
aprecio, el amor…
—Usted me está diciendo que debo entablar una relación amorosa con Harry Potter
—Tom fue hasta la silla y se sentó, sujetándose de la cabeza—. Para bien suyo y
del Mundo Mágico.
Dumbledore le sonrió.
—Piénselo, Cylean. Verá que no hay otra opción posible —Dumbledore le sonrió
amargamente, como si ya hubiera tomado todas las opciones en cuenta y se
hubiera decidido por la más viable—. Tratarás muy bien a Harry. Estoy seguro.
—Piénsalo bien, Cylean. Ten en claro que, si pudiera evitártelo, lo haría. Pero es
necesario, para ganar la guerra, que Harry Potter esté enamorado de quien le dé,
no sólo el amor que necesita, sino la fuerza suficiente para enfrentarse a
Voldemort.
Tom se estremeció pero no dijo nada. Se retiró con un escueto "Que tenga un buen
día".
Camino a sus habitaciones privadas Tom pensó en Harry con cierta amargura.
Había deseado matarlo y, ahora, deseaba con las mismas fuerzas su bienestar.
Tom soltó un suspiro y observó casi con anhelo el retrato de la Dama Gorda al
pasar por allí. Debería hablar con Harry, claro. Pero el momento no era ahora. Le
dejaría tener un día tranquilo. Después de todo, ser drogado con una poción de
amor no era nada gratificante cuando te dabas cuenta de las cosas estúpidas que
has pensado cuando estabas bajo sus efectos.
Y además de saberlo por Cylean, lo sabía por él mismo, por el té que Dumbledore
le había ofrecido el primer día que lo llamó para tomar el cargo.
Harry fingió bajar de las nubes, como solía perderse siempre que estaba lejos de
Cylean. Era fácil parecer drogado por una poción de amor. Absurdamente fácil.
Solamente debía poner ojos soñadores y apartar la vista, parecer ausente en todas
partes, sonreír ampliamente cada vez que veía a Cylean y hacer las cosas que él
dijera paso por paso… en medio de su actuación, si Cylean le dijera que se arrojara
de la Torre de Astronomía que él detendría su caída, Harry confiaría en él lo
suficiente para hacerlo.
Hermione estaba planeando una reunión del ED al aire libre ese fin de semana,
cuando fueran a Hogsmeade. Sería un cambio agradable, después de todo, cambio
que todos los miembros habían aceptado con gusto. Que el ED volviera a unirse era
algo que todos habían esperado, más por volver a ver a los amigos y trabajar en
equipo que otra cosa.
Aunque tras las puertas… tras las puertas era otra cosa. Tom adoptaba su forma de
rostro cincelado y cabellos negros, forma que Harry había aprendido a ver con otros
ojos porque, si Cylean era atractivo, Tom lo eclipsaba. Le daba clase de Oclumancia
—Harry ya había aprendido a hacer un escudo más o menos decente— y le
enseñaba, también, unas Artes Oscuras que técnicamente eran legales. Había
muchos hechizos en los que Harry necesitaba práctica ya que nunca había
trabajado con encantamientos oscuros, pero sabía hacer la mayor parte bien y
defenderse de ellos más que bien. Tom intentaba ayudarle a crear un escudo que le
volvía invisible además de impenetrable —cuando había dicho esa palabra Harry
había soltado un "Tú trata de 'penetrarme' y verás que ya lo soy" que se había
desatado a una guerra de almohadones y hechizos de Rictusempra— y Harry
mejoraba cada clase. Tom era un excelente profesor y una excelente compañía.
La clase de Encantamientos pasó sin pena ni gloria, pero era algo diferente aquel
momento. Aquel día, particularmente, porque era veinticinco de octubre, y era el
cumpleaños número treinta y uno de Cylean Rousseau.
Harry sabía que ese no era el verdadero cumpleaños de Tom, que él cumplía años
el treinta y uno de diciembre. Pero, ¿qué más daba? Así que Harry había hablado
con los elfos domésticos y había pedido un pastel dulce, con chocolate y fresas, y
varios aperitivos más. Luego los elfos deberían llevar todo eso a la Sala de los
Menesteres y Harry llevaría a Tom allí. Y, posiblemente, la gente los viera al pasar.
Y, posiblemente, siguieran corriendo los rumores de que allí había algo. Y,
posiblemente, quien le había dado la Amortentia a Harry se sintiera satisfecho.
Las clases terminaron a las seis. Harry esperaba de corazón que Tom no tuviera
ninguna detención, y se sorprendió gratamente cuando lo encontró en su despacho
cubierto de regalos, tarjetas y demás cosas de quienes habían enviado sus
obsequios para celebrar el cumpleaños de Cylean.
—Feliz cumpleaños, Cylean —dijo Harry desde la puerta. Tom alzó la vista de unos
pergaminos que estaba corrigiendo y le sonrió.
Tom sonrió medio de lado, casi burlón, para guardar los pergaminos y acompañarlo
hasta el séptimo piso. Mientras caminaban se miraban, intercalaban insultos casi en
broma, se cruzaban con compañeros que les saludaban —"Hola, Harry"; "Feliz
cumpleaños, profesor Rousseau"; "¡Que tenga un buen día, profesor R."— hasta
llegar a la Sala de los Menesteres. Cuando se adentraron, y Tom no pareció nada
asombrado cuando vio que Harry pasaba tres veces por el muro con los ojos
cerrados hasta que apareció la puerta, y prácticamente lo empujó hacia dentro de
la Sala.
Había una mesa redonda con pastel y dulces. Decorados de papeles brillantes,
estandartes de Slytherin, sofás cómodos verdes, muebles oscuros brillantes. Tom le
sonrió, maravillado.
—Es un hermoso regalo, Harry —murmuró, mientras atrapaba sus labios con los
suyos encerrados allí, en la Sala que viene y va. Harry lo apartó luego de unos
merecidos minutos.
Tom rió y fue a servirse. Harry había pedido cerveza de mantequilla y sirvió en los
vasos con un movimiento fluido mientras Tom se deleitaba con el pastel.
Tom sonrió.
—¿Estás diciendo que puedes sucumbir a mis encantos, pero no a los de Cylean?
—Oh, cállate.
—Tienes suerte de que el profesor Rousseau sea atractivo. Podría haber sido
alguien como Flitwick.
Harry se estremeció.
—¿Y qué es eso de profesor R? —preguntó Tom, burlón—. La mitad y más de los
estudiantes me llaman así por los pasillos.
—Es un apodo que Ron te dijo una vez en la Sala Común. Supongo que corrió como
pólvora.
Tom bufó.
—¿Tú le dijiste a Draco Malfoy que me pida ayuda para conseguir hacer un
Patronus?
—¡Claro que no! Sólo le he dicho que era patético que un chico con sus
antecedentes y su futuro no fuera capaz de hacer un simple Patronus.
—No tuvo una vida fácil —Tom suspiró, mientras se llevaba otro bocado de pastel a
la boca. Masticó y tragó, y Harry no comprendía cómo podía ser elegante hasta
comiendo—. Es decir, tiene muchas presiones sobre él. Debe ser el mejor en sus
clases, competir todo el tiempo contigo… sois contrapuestos. Él, el hijo de la
Oscuridad. Tú, el Niño de la luz. Hijo de Mortífagos, hijo de Aurores y condenado a
salvar el Mundo Mágico. Está resentido con su vida, aunque creo que hacer las
paces contigo lo ha ayudado —se encogió de hombros. Harry suspiró.
Harry puso los ojos en blanco, pero no comentó nada. Se sirvió otro vaso de
cerveza de mantequilla y bebió, siempre recargado contra el mueble, a más de dos
metros de Tom. El hombre parecía muy ocupado comiendo y bebiendo como para
percatarse de su lejanía.
Y es que, tal vez, Harry evitaba un poco estar tan cerca de Tom, porque tenía un
efecto en él que nadie más tenía. Le hacía sentirse débil, ligeramente soñador, con
la cabeza en cualquier parte y solamente deseando enterrar las manos en ese
cabello sedoso y besarle hasta encontrar el mañana en sus labios.
—Eres un niño grande —bufó—. Supongo que sí. Pero para tu cumpleaños real
buscaré un regalo de verdad. No un pastel y todo eso.
—Vale. Haré que hagan un pastel para año nuevo y te daré un trozo un día antes.
—Gracias.
—De veras que has cambiado —comentó Harry. Tom se encogió de hombros detrás
de su vaso de cerveza de mantequilla—. Es decir, ¿quién diría que estaría con Tom
Riddle comiendo y bebiendo, hablando de banalidades, en un lugar donde él podría
matarme sin dejar rastros, cambiando la sala al irse?
—Ya no es de mi interés matarte —dijo Tom, casi perverso. Harry se inclinó hacia
él, y aunque los separaban metros, corrían chispas.
—¿Lo es? —Tom entrecerró los ojos—. ¿Y qué hay de nuestra fiesta privada?
Entre Harry y Tom se habían comido la mitad del pastel. Harry planeaba darle el
resto a Ron y Hermione, y Neville, tal vez. Estaba seguro de que Ron estaría más
que satisfecho.
—Vale, vamos. Puedes venir por el pastel luego. Yo iré a fingir que como algo. Creo
que por ahora estoy satisfecho.
Le dio un ligero empujón y Harry entendió el ligero ruego en las palabras. Claro, si
se lo hacía ver, nunca lo reconocería, de seguro, pero Harry sabía que Tom
quería, ansiaba, más. Y Harry aún no era capaz de dárselo.
Salieron de la Sala de los Menesteres y caminaron juntos por los pasillos casi
vacíos. Todos se reunían en el Gran Comedor para la cena y, antes de llegar, Tom
se permitió tomar el rostro de Harry entre sus manos y plantarle un beso. En esos
momentos lucía como Cylean, pero Harry estaba seguro de poder sentir los
verdaderos labios de Tom sobre los suyos.
14. Halloween.
Halloween los atrapó aún sin las palabras "despedido" o "expulsado" resonando por
los pasillos. O Snape había decidido mantener la boca cerrada o Dumbledore
realmente no quería hacer nada por la situación dada entre alumno y profesor.
Harry apostaba a la segunda.
Harry estaba seguro que la próxima vez que Tom se cruzara a Snape le pondría
bajo un Crucio.
—Y yo no creí que el gran profesor Snape fuera un fetichista —Tom le miró con
altanería, y una sonrisa curva se plantó en sus labios. Cylean no era Cylean en
expresión, era nada más ni nada menos que el Tom Riddle que Harry conocía—. Ya
sabes, por ver desde las sombras cosas que no le incumben.
—Yo que vosotros —siseó con voz grave, amenazante— me iría despidiendo de
Hogwarts.
—Como si el director fuera a expulsar a Harry Potter —dijo Tom, con una sonrisa
amplia en el rostro—. En cuanto a mí, te enviaré mis recuerdos desde el número
ciento cuatro de La Hilandera.
Halloween resultó tener una sorpresa diferente, y no por eso menos agradable.
—Te recuerdo que debes asistir —le dijo Tom a Harry por última vez mientras se
ponía el sol. Harry le sacó la lengua.
—Nadie me obliga.
—Yo lo haré.
—No te atreverías.
—Ponme a prueba.
Tom se fue, ondeando la túnica negra detrás de él. Harry esperaba que Tom no
recordara la contraseña de la Torre de Gryffindor, porque no pensaba ir.
Cylean Rousseau había tenido la asombrosa idea de hacer algo ese Halloween.
Cylean había hablado sobre ello con Dumbledore mismo ese verano. Dumbledore
había aceptado la idea y el Gran Comedor, además de estar decorado, se hallaba
cargado de hechizos de broma donde menos lo esperara cualquiera, y los alumnos
y profesores irían disfrazados. A Dumbledore, claro, le había encantado la idea.
Hermione no estaba tan segura de ello, pero Harry había arreglado con ella para no
salir de la Torre de Gryffindor y cenar su banquete arriba. Hermione estaba mejor
con ese plan, ya que no tenía muchas ganas de buscarse un disfraz —los cuales
habían sido enviados a hacer con días de antelación por muchos otros magos y
brujas—.
La hora de la cena se acercó. Ron se había puesto su túnica de gala nueva e iba del
brazo con Lavender. Se despidió de Harry con una sonrisa nerviosa, la chica tirando
de él como si fuera de goma.
Hermione se enterró en un libro, pero al ver que los planes de Harry de quedarse
con ella iban en serio le sugirió hablar sobre cualquier cosa. Harry aceptó y
comenzaron a intercambiar comentarios sobre las clases, los profesores, sus
nuevas ideas, y los temas pasaron a ser más burlones, como lo extraño que lucía
Sirius luego del hechizo de que Cylean le había lanzado que lo hizo rubio platino, y
lo ridículo que lucía el mismísimo Harry cuando se volvió rubio por el mismo
hechizo de Cylean. Harry le enseñó el hechizo —Hermione se divirtió
inexplicablemente cambiando los colores de cabello de Harry, volviéndolo pelirrojo,
rubio, un rojo oscuro como el de su madre, un castaño claro, nuevamente rubio y
así, aunque Harry sospechaba de lo que divertía a Hermione era aprender un
hechizo nuevo del cual no tenía idea— cuando Cylean Rousseau interrumpió en la
Sala Común.
Harry le miró, ligeramente asombrado. Tenía el cabello rubio a ambos lados del
rostro, y los ojos pintados de negro. Vestía con ropas muggles de cuero y hebillas,
y las botas con plataforma le hacían como mínimo diez centímetros más alto. Las
uñas en puntas brillaron, negras, cuando atravesó el cuadro con los ojos
entrecerrados y fijos en él.
Harry rió.
—Créeme, puedo y lo seré.
—Harry… —alzó la vista hacia el techo, como rogando, y luego volvió la vista a los
ojos verdes de su amigo—. Creo que deberías ir. Si prometiste algo…
—La señorita Granger también puede venir —Cylean sonrió—. Tengo un disfraz que
le sentará muy bien y estoy seguro le agradará. Puedo arreglarla en menos de
cinco minutos y quedará irreconocible.
Hermione sonrió.
—¡Y Cylean gana! —chilló él, de forma casi infantil, tironeando de las manos de
Hermione y Harry—. Venid, venid conmigo.
Los sacó de la Sala Común, ante la risa de los pocos presentes, unos chicos de
cuarto y un grupo de niñas de segundo que se estaban terminando de arreglar sus
disfraces.
Harry tomó asiento y esperó a que Hermione estuviera lista. Cylean le dio una
túnica blanca y un vestido, y esperó a que ella se la pusiera en su habitación. Harry
no intercambió ni una mirada con Tom en esos momentos, y no respondió a sus
intentos de iniciar una charla.
—Es el turno de Harry —dijo el profesor, mirando radiante a Harry. El chico apretó
los labios y suspiró.
La túnica resultó ser rojo brillante, y debajo se calzó ropas ajustadas de Cylean. El
hombre le tintó los cabellos, teñidos de rubio, de castaño rojizo y no le dejó
esconder los ojos detrás de los lentes. También le alcanzó lentes de contacto y
Harry se estremeció levemente al ponérselos.
—¿Qué se supone que soy? —preguntó Harry, mirándose en el espejo. Hermione
tenía el cabello cayéndole por la espalda, mientras la túnica se ondeaba radiante a
su espalda—. ¿Y qué se supone que es Hermione?
—Hermione es el cisne blanco del Lago de los Cisnes —Cylean sonrió ampliamente
—. Odette. Y tú, eres Godric Gryffindor.
Le lanzó una mirada casi hastiada a Hermione. Su amiga rió entre dientes.
—Es una pena que los nuestros disfraces no combinen —suspiró Harry, pasándose
una mano por el cabello, desordenándolo mucho más—. Ya sabes, para lucir
medianamente bien.
—¿Ah, sí? —se acercó a Hermione con pasos decididos y apuntó las telas con su
varita. Murmuró algo entre dientes, con los ojos entrecerrados, y las ropas
comenzaron a transformarse, y no sólo la túnica, si no el vestido blanco que llevaba
debajo. Todo pasó a ser de un brillante negro y azul, con elegantes patrones y
diseños, con el estandarte de Ravenclaw bordado sobre el corazón. Luego apuntó a
la chica con su varita y oscureció sus cabellos, para dejarse caer en el suelo,
prácticamente agotado.
—Espero… —jadeó Cylean, mirando desde el suelo a Harry, con una sonrisita
satisfecha— que sea de tu agrado, oh gran Gryffindor.
Hermione apartó a Harry para verse al espejo y debía admitir que lucía incluso
mejor que con el traje blanco de plumas. El cabello oscuro enmarcaba su rostro
claro y los ojos castaños casi relucían. Le sonrió a Cylean que seguía tendido en el
alfombrado.
—Es más que perfecto —Harry le sonrió a Hermione, que se sonrojó ligeramente—.
Y mucho mejor que un pollo que se convierte en princesa.
—¡Es un cisne! —farfulló Cylean, aún en el suelo—. Y creí que le luciría bien.
—Lo que es genial es que ninguno de ellos podrá hacer una copia de la diadema de
Rowena Ravenclaw —Cylean se incorporó y atrajo una diadema pequeña, de plata y
plumas blancas, y la transfiguró en una elegante que parecía ser las alas de un
cuervo—. Señorita Granger —dijo, pasándoselo. Ella se lo colocó sobre los cabellos
oscuros y sonrió al espejo.
—Esperemos que no hayan lores Gryffindors y ladies Ravenclaws por allí, ¿no? —
sonrió. Harry rió.
—En realidad no hay —Cylean les guiño un ojo—. Dije en mis clases de primero
hasta quinto que por favor reservaran a los Fundadores para aquellos mayores que
tuvieran la oportunidad de participar en los concursos. Y a los mayores, que
dejaran los Fundadores para los profesores, aunque no me imagino a McGonagall
disfrazada de Rowena, ¿no?
—Vamos ya, fundadores —Cylean les puso las manos en la espalda y los fue
empujando ligeramente hacia la puerta—. Tenemos una cena a la cual asistir.
El Gran Comedor estaba decorado de una forma maravillosa, como todos los
Halloween, pero esta vez casi todos los alumnos usaban sus mejores disfraces. Si
bien algunas sangres pura que celebraban el Samhain en vez del Halloween lucían
sus mejores túnicas en vez de disfraz, incluso Draco Malfoy parecía haberle pillado
el gusto a disfrazarse, con una capa verde esmeralda y una corona de rey. Observó
a Harry unos segundos cuando éste entró en el Gran Salón y le hizo un
asentimiento con la cabeza, esbozando una pequeñísima sonrisa. Harry sonrió y le
guiñó un ojo antes de ir a la mesa de Gryffindor.
—¿Y de qué se supone que estás disfrazado tú, Cylean? —preguntó Harry en un
susurro mientras iban a tomar asiento. Cylean suspiró.
Harry rió. Hermione también lo hizo. Ron, desde unos metros más allá y junto a
Lavender que vestía de princesa, observó a sus amigos con ojos como platos.
—Bien, señorita, caballero —Cylean les hizo una inclinación respetuosa y se dirigió
a la mesa de los profesores. Harry le siguió con la mirada, ni siquiera teniendo que
actuar la expresión soñadora y alegre que tenía en sus ojos.
—No significa nada, Harry, sólo que he estado siendo muy tonta —Hermione
suspiró—. El profesor Rousseau verdaderamente no tiene malas intenciones. Pude
verlo. Realmente… es completamente diferente a como creía.
—¡Oh, Hermione! —susurró contra su pelo—. No tienes idea de lo que eso significa
para mí.
La cena transcurrió sin más. La comida era exquisita, como toda aquella de
Hogwarts, y Harry se deleitó al ver a muchos de sus compañeros disfrazados.
Algunos eran buenos disfraces, otros eran tan malos que daban risa. Su mayor
gracia fue ver a Colin Creevey con la túnica de fotógrafo del Profeta que tratándolos
de usted pidió a Harry una foto con Hermione. Harry, de tan buen humor que
estaba, se la concedió.
Con una mirada a la mesa de profesores se dio cuenta de que entre ellos tampoco
había faltado el disfraz. Con las excepciones de McGonagall y Snape, todos los
profesores llevaban disfraces elaborados, túnicas elegantes y sus mejores arreglos.
Sin embargo, Cylean destacaba. Después de acabar su cena comenzó a pasear por
las mesas, entablando conversaciones despreocupadas con todos los alumnos y
riendo de chistes que otros contaban, contando los suyos propios.
Llegó a la mesa de Gryffindor asustando a Neville por la espalda, que se estaba
peleando con una tarta de moras de aspecto comestible pero que, cada vez que
quería cortarla, ésta se escurría en el plato hacia la otra punta.
—¡Vaya, gracias! —dijo, después de tragar—. Llevo casi diez minutos. Creí que se
cansaría.
Cylean negó.
—Tiene razón, señor Potter —Cylean le guiñó un ojo—. Señorita Lovegood, cuide
que el señor Potter no haga escándalo.
La fiesta terminó entre las votaciones para el mejor disfraz. Los profesores y los
prefectos votaron y hubo un empate entre Draco Malfoy y Harry Potter. Ambos, que
ya no eran enemigos, se miraron con los ojos entrecerrados para luego reír a
carcajadas.
—Valió la pena —dijo Harry mientras se deshacía de la túnica roja.
—Eres un bastardo.
—Lo sé. Literalmente.
—Dumbledore me lo dijo.
Harry se deshizo del color de cabello, volviéndolo negro nuevamente. Se quitó los
lentes de contacto y se puso sus lentes nuevamente. Tom le observó desde su sofá,
con los cabellos oscuros y la pequeñísima sonrisa en el rostro.
Tom rió.
Harry se carcajeó.
—Oh, creo haber oído a Lucius despotricar contra eso un par de veces. Era su elfo
más leal. Tenía todos los secretos de la familia Malfoy —Tom se encogió de
hombros, como si considerara demasiado arriesgado de parte de Lucius Malfoy
dejar que un simple elfo doméstico supiera todas las cosas que el Mortífago había
hecho—. Volviendo a la fiesta, ¿has visto que no ha sido tan horrible?
—¿Me estás proponiendo lo que creo que me estás proponiendo? Porque besarnos
está bien, vale, pero, ¿ser pareja?
Harry rió.
Tom rió, con una risa grave y extraña, oscura en cierta medida.
—Es tan extraño, de una forma que no te haces una idea —le miró con ojos
profundos, pozos de conocimiento oscuro, magia poderosa y ambición—. Confías en
mí sin temor. No hay marca ni juramento que te ate, y sin embargo, estás aquí.
Decides venir a verme por tu cuenta, respondes a mis insultos con insultos,
osas burlarte. Es tan jodidamente extraño.
—En parte —Tom tomó aire y lo expulsó con lentitud—. Hablaba en serio, sabes.
—¿Sobre qué?
Harry retrocedió.
—No sólo es por fachada —continuó Tom, ignorándole, sin mirarle a los ojos como
si quisiera evitarlo—, aunque sería una gran actuación y si a alguno de nosotros nos
dieran Veritaserum podríamos decir la verdad, aunque sería mejor que te enseñe a
transformar el Veritaserum en agua antes de que toque tu boca —se interrumpió,
como si se hubiera ido del tema que quería hablar—. Hablo en serio. Harry
Potter, sé mi pareja.
—Vale —aceptó, y tan pronto aceptó todo se estabilizó dentro de él. Era como si la
guerra que estaba sucediendo en su mente de pronto se detuviera, los duelistas se
voltearan y dejaran de agitar sus varitas entre ellos. Por un momento todo estaba
en paz—. ¿Y qué significará esto? ¿Por qué me lo pides?
—Me siento como si tuviera trece años de nuevo. Me gustas, ¿vale? —se rió
levemente, como un niño lo haría—. Y quiero ver que se siente… quiero probarlo.
Quiero saber qué se supone que uno debe sentir. Qué es las cosas… Hace un
tiempo, Dumbledore me dijo que el… que los sentimientos vuelven poderosa a la
gente. Quiero tener poder. Más del que tengo. Quiero ser capaz de conocer otro
tipo de poder. Y contigo me siento poderoso de una manera que no consigo
explicarme. Es como si nuestra magia fuera compatible, y estando junto a ti me
volviera un ser diferente. Puedo bromear. Puedo reír. Pero reír de verdad. Y tú de
verdad que necesitas alguien que esté de tu lado. No del lado oscuro, ni del lado de
la luz. Simplemente de tu lado. Que no te vea como arma.
—Te estás contradiciendo —farfulló Harry, en parte abrumado. Tom buscó la forma
de explicarse.
—Que contigo me sienta poderoso no significa que te esté utilizando como arma. Si
vamos a ser sinceros, no te necesito, pero te necesito al mismo tiempo. No tienes
un uso práctico para mí, ahora, pero sí un uso… diferente. Quiero estar contigo,
joder —Tom se frotó la sien izquierda—. La he jodido. Deja que te haga un
encantamiento desmemorizador y déjame comenzar de nuevo.
Tom sonrió, una sonrisa radiante y ancha que no iba con el rostro calculador. Era
una sonrisa verdadera. Una sonrisa hermosa.
—Entonces, ¿pareja?
Le extendió la mano. Harry la tomó, y sintió como el fuego corría por sus manos.
—Pareja.
—Por supuesto.
Era el primer fin de semana desde que se habían convertido en pareja oficialmente
y Harry planeaba tener una cita en toda regla con el profesor Rousseau. Lo que
significaba ir a las Tres Escobas, pedir unas cervezas de mantequilla o hidromiel
con especias y hablar de cualquier cosa que no fuera incriminatoria. Luego, tal vez,
se colarían en la casa de los gritos, tan inofensiva que era y tanto temor que le
tenían los pueblerinos.
Tom gruñó.
—Oh, pues mira quién habla —Harry bufó y rió luego—. Te veo allí.
Se acercó para depositar en sus labios un suave beso. Tom gruñó y enredó sus
manos en los cabellos de Harry, despeinándolo aún más, y Harry devolvió el beso
con fuego en los labios. Sucedía eso tan extraño cada vez que se besaban, e incluso
cada vez que se tocaban. Era como si una electricidad extraña recorriera sus
brazos, estuviera en su sangre, espesándola como miel y haciéndola arder de un
modo que, para ser molesto, no estaba tan mal. Y finalmente todo se apagaba, les
dejaba con deseos de más, con necesidad de más… pero Harry no era capaz de
avanzar. Por más de que fueran pareja oficial y secretamente y eso.
—¿Qué haremos hoy, Harry? —preguntó Neville, que los estaba esperando fuera.
Harry le sonrió a su amigo.
—¡Harry! —Ron le sujetó del brazo—. ¿Es cierto? —Harry intentó parecer culpable
—. ¿Por qué no me lo has dicho antes?
Harry agachó la cabeza ligeramente.
—Pues, tú estabas tan ocupado con Lavender que no quise molestarte —se mordió
ligeramente el labio, se encogió de hombros—, pero, ya qué. He conseguido que
Cylean acepte verse conmigo en las Tres Escobas.
—Harry —Hermione le miró con los ojos entrecerrados unos instantes, para
sorprender a todos diciendo—, eso es genial.
Hermione rió.
—Así que es recíproco —Neville dio una pequeña palmada en la espalda de Harry—.
Bueno, supongo que suerte. He oído algunos rumores pero no creí que fueran
ciertos.
—¿Rumores? —Harry alzó una ceja. Caminaban apartados del grupo, por detrás de
todos, por la calle empedrada que dirigía hacia Hogsmeade—. ¿Qué tipo de
rumores?
—Nada en específico. Algunos rumores por aquí y por allá —Neville restó
importancia—. Como que estás enamorado del profesor R. desde que comenzó el
curso, y que él está sucumbiendo poco a poco a tus encantos.
—Vamos, chicos. Harry, se hará tarde —Hermione los empujó nuevamente rumbo
al camino. Iban ligeros como plumas, con las túnicas arrastrándose por el suelo
empedrado y las sonrisas amplísimas en el rostro.
Primero dieron una pequeña vuelta general por Hogsmeade. Finalmente Harry se
despidió de sus amigos —Ginny se separó de Colin y Dennis Creevey para unirse a
Luna, Neville, Ron y Hermione, y lució bastante desconcertada de que Harry se
despidiera de ellos— para meterse en Las Tres Escobas y buscar una mesa pequeña
y vacía. Estaba seguro de que Tom no tardaría en llegar.
Casi diez minutos después Tom apareció bajo la forma de Cylean Rousseau, con un
gorro de lana negro sobre el cabello rubio y los ojos nuevamente delineados. Sus
uñas tenían pintura descascarada en las puntas y no llevaba túnica. Saludó a Harry
con la mano apenas lo vio, y pidió dos grandes vasos de cerveza de mantequilla
para la mesa que compartiría con Harry.
Harry rió.
—¿De qué se supone que hablemos sin parecer sospechosos? —preguntó Tom
luego de que madame Rosmerta había traído las bebidas. Harry dudó.
Tom dejó caer la cabeza contra la mesa, aunque con suavidad. No quería causar un
alboroto.
—Sólo a ti se te ocurre hacer esto. ¿Por qué tenía que ser Las Tres Escobas?
Tom se estremeció.
La risa de Harry fue extraña, sin nervios, sin histeria y casi sin emoción.
Simplemente extraña. Tom observó intrigado a Harry y lanzó un Muffliato en torno
a ellos, luego unos encantamientos más de privacidad y uno que consiguiera que
solamente consiguieran verlos si los estuvieran buscando específicamente. Luego se
inclinó hacia Harry.
—¿Qué sucede?
—Harry…
—Cylean.
Tom suspiró.
Harry dejó que fuera su cabeza la que dio contra la mesa ese instante.
—Vale, bien. Estaba preguntándome qué persona encontraría beneficioso darme
una jodida poción de amor para enamorarme justamente de ti.
Cylean buscó por sobre la mesa la mano de Harry y le dio un fuerte apretón. El
fuego recorrió la punta de sus dedos y Harry entrelazó su mano con la de su
profesor.
—No te preocupes por eso ahora —le dijo, sonriendo de lado—. No estamos siendo
exactamente discretos, así que quien haya sido debe actuar dentro de poco. Y
créeme que nos daremos cuenta.
Harry fingió estremecerse sólo para hacer reír a Tom. Tom rió, una risa ligera y
sutil, pero que a Harry le recorrió como calor por el cuerpo.
—Fuera del tema de quién gustaría verte enamorado de un profesor, ¿tienes otro
tema que tocar?
Harry se dio cuenta, de pronto, lo extraño y ligero que se sentía con Tom. Le
agradaba su compañía, e incluso le había perdonado realmente todo lo cometido.
Aún no habían hablado de ningún tema serio que contuviese las palabras
"Mortífagos" y "Aurores" unidos en "muertos en redadas", pero era una situación de
pequeña estabilidad. Por lo visto en los periódicos, los seguidores del Señor
Tenebroso se habían mantenido bastante calmados en esos últimos meses, después
del ataque al Ministerio.
Tom llegó a la mesa con otra ronda de cervezas y Harry bebió un sorbo de su
nuevo vaso, sorprendiéndose de lo extraña que sentía la cabeza. Tal vez era que
esos vasos eran considerablemente más grandes de los que solía tomar, y joder,
qué atractivo que era el maldito Tom en esa fachada de Cylean Rousseau.
—¿Te he dicho que eres de entre los guapos el más? —murmuró Harry en voz baja.
Tom rió.
—¿Cylean o yo?
—Será mejor que me beba yo esto. Tengo mayor resistencia al alcohol que tú, por
lo visto —le arrebató la cerveza de mantequilla de las manos y se bebió lo que
quedaba de un trago. Harry le sacó la lengua, burlón.
—No estoy ebrio.
Le alcanzó una pequeña botella de vidrio verde, no más alta que un pulgar. Harry
se la bebió sin dudarlo e hizo una mueca. Segundos después volvía a sentir la
cabeza normal, aunque estaba ligeramente mareado.
—Me alegra que confíes en mí —Tom le sonrió, cálido—. La llevo siempre. Evita que
te embriagues. Debes beberte una medida cuando sientas que estás ligeramente
ido y hace todo el trabajo. También puedes mezclarla con el alcohol para que no
tenga el efecto de embriagarte.
—No lo soy con tu libro. Snape no sabe dónde meterse sus insultos.
—Ya veré que hacer con Snape. Tal vez le dé un lugar en el frente en la próxima
redada.
—Ya que es seguro… ¿qué planeas con todo esto? No ha habido ninguna en estos
meses. Solo ataques menores y algunas desapariciones, pero… ¿qué tienes en
mente?
Tom compuso una expresión seria. Era extraño ver el rostro de Cylean tan serio,
casi tétrico. El rostro del francés no estaba hecho para ser serio, y casi dolía la falta
de sonrisa en su rostro.
—Tal vez, aunque estemos seguros, no sea seguro hablar aquí —Tom forzó una
sonrisa—. Pero recuerda que mi juramento me prohíbe dañar a una larga lista de
conocidos tuyos. Por más de que organice misiones homicidas, nadie que conozcas
resultará herido. No puedo prometerte la seguridad de todo el mundo, pero sí la
seguridad de que no habrá ataques planeados a ellos.
—Longbottom, Lovegood, Weasley uno, Weasley dos —Ginny rodó los ojos, pero
sonreía—, Granger, mi alumna favorita.
—Creí que Harry era su alumno favorito —dijo Neville, alzando ligeramente el borde
de una ceja. Harry sintió deseos de reír; Neville había recibido clases para hacer
eso, ya que decía que "uno no puede tener una expresión decente si no lo hace".
—Mentiroso —gruñó Harry—, primero dices que te encanta pasar el tiempo conmigo
y luego te marchas al primer momento que se te cruza. Así quedará todo, verás.
Cylean soltó una carcajada, mientras con un movimiento discreto de mano retiraba
todas las protecciones que había puesto en torno a ellos.
—Nunca miento, señor Potter —le dirigió una sonrisa amplia y luego se volvió hacia
sus alumnos—. Cuidad de Harry por mí, ¿vale?
—Siempre cuidamos de Harry —Ginny soltó una risita—, y luego dice que se puede
cuidar solo. Cosa que no es cierto.
—Pues claro que lo sé —Cylean rodó los ojos—, pero eso no te da derecho a
lanzarle algo a una mujer —hizo una pausa para continuar, segundos luego—.
Hazlo cuando esté de espaldas, desprevenida. Probablemente le des un golpe fatal
y debas encargarte del cadáver luego, pero es mejor que sufrir las represalias.
Ginny entrecerró los ojos. Hermione bufó. Harry soltó una carcajada. Luna seguía
en aquel mundillo suyo tan peculiar, por lo que no hubo respuesta de parte de ella.
—¡Harry! —lo regañó Hermione—. Creí que habías terminado tus deberes.
—Yo gano puntos extra haciendo trabajo de campo —bufó Harry, y Luna echó a reír
de forma alta y llamativa, consiguiendo ocultar el incriminador rubor del profesor
Rousseau.
—Adiós, chicos —musitó el profesor, antes de marcharse como un bólido del lugar.
Harry echó a reír tan pronto Cylean atravesó la puerta, llegando a ver un brillo casi
maníaco en los ojos del hombre.
—Hermione —Harry tomó las manos de su amiga con una sorpresiva calidez—, no
debes preocuparte. Sabemos lo que hacemos. Además, dudo mucho que
Dumbledore me expulse o lo despida; Hogwarts se quedaría sin Niño-que-vivió y
sin profesor de Defensa al mismo tiempo, y el año no va ni por la mitad. ¿Crees
que se arriesgaría?
—Harry —Ron tomó asiento junto a Hermione, mirándolo con profundidad. Harry
tuvo que apartar la vista de pronto, porque sentía deseos de decirles la verdad. De
contarles todo. Pero no podía. No realmente—, ¿estás seguro de todo esto?
Harry asintió. Ginny tomó asiento junto a su hermano y Luna junto a Hermione.
Neville junto a Luna.
—Lo estoy —respondió con firmeza—. Incluso creo que el profesor Rousseau puede
que me guste más de lo que creo.
—Espera, ¿dices que podrías estar enamorado de él? —la chica se inclinó hacia la
mesa, susurrando en voz baja—. No lo creo, Harry, piénsalo bien. No sólo es un
profesor, es mayor que tú, y puede estar aprovechándose de ti…
—Ginny —Ron la silenció—, ya le hemos dicho a Harry todo dos millones de veces.
Si no nos ha oído a nosotros, ¿por qué crees que te oirá a ti?
—A mí me parece bien —Luna sonreía y tenía los ojos fijos en la madera de la mesa
—. Harry merece ser feliz, y el profesor R. es capaz de hacerlo feliz. ¿Os habéis
visto juntos? Disminuyen sus cantidades de wrackspruts cuando se miran. Están
muy felices juntos, y sólo causamos molestias si nos oponemos a ello.
—Gracias, Luna.
—Bueno, Luna tiene una forma diferente de decirlo, pero es lo que nosotros vemos.
Por más de que Ron esté reacio a admitirlo, ambos os veis mucho más felices. Un
poco de amor es bueno para combatir una guerra.
Más tarde, cuando regresaron a Hogwarts, Harry se puso a terminar los pergaminos
que Tom le había recordado que le debía. No es que quisiera tener las mejores
notas de la clase, pero no quería darle a Cylean motivos para fastidiarlo. Estaba en
ello cuando Ginny se sentó frente a él.
Harry alzó la mirada. Estaban lejos de otras mesas, con la luz de las velas
brillantes. Tampoco había tanta gente, así que cualquier cosa que dijeran no sería
oída sin la necesidad de usar un Muffliato.
El chico le sonrió.
—Harry… sé que no puedo hacerte cambiar de opinión, pero puedo intentar poner
algo de sentido común en tu cabeza. ¿Tú estás verdaderamente seguro de que él…
ya sabes, te quiere?
Harry asintió.
Ginny suspiró.
Harry lo pensó. No era algo que pensara comúnmente, era algo que pasaba por
alto. Sentía algo por Tom, o por Cylean, diablos, sentía algo por él. Algo que
pasaba del cariño a la confianza, de la amistad al deseo, del calor al más puro
fuego.
—Yo… —Harry dudó— simplemente le quiero. Lo veo y soy incapaz de apartar los
ojos de él. Me gusta. Lo admiro. Es… tiene una magia, un poder más allá del que
soy capaz de comprender. Es un hombre magnífico, además; divertido, pero
intenso. Sabe qué decir en el momento preciso, y no teme burlarse de sí mismo —
eran verdades a medias, todas ellas. Sin embargo no dejaban de ser ciertas. Ginny
asintió, suspirando.
—Es infantil de mi parte decir esto, Harry, pero, ¿estás seguro de que no te ha
dado una poción de amor? —le miró con un brillo extraño en los ojos. Harry se
sobresaltó, mirándola confundido, o tal confundido como podría—. Me refiero… tú,
sólo de pronto comenzaste a interesarte por él, cuando oí que claramente no
querías involucrarte. Y tan de pronto como comenzaste a interesarte él te
respondió. No creas que no nos dábamos cuenta. Harry, él puede aparentar ser
bueno, pero sé que hay algo allí. Hay algo que nadie ve. Hay oscuridad en su
mirada, y crueldad en su sonrisa. Sé que desprecia a Hermione aunque diga lo
contrario y, ¡he visto que tiene los ojos puestos en Malfoy! No de esa forma —
apresuró, ante la mirada de Harry—, pero es como si le estuviera vigilando. Lo
mismo hace con todos los sangres pura: tiene un ojo fijo sobre ellos. ¡Y sobre ti!
Tienes que ver cómo te mira, Harry. Es… enfermizo. Tiene ese brillo en la mirada,
esa fijación segura, esa casi necesidad… lo he oído de Lavender Brown y de Parvati
Patil. La forma en la que el profesor se dirige a ti, lo hace como si estuvieran solos,
como si fueran íntimos…
—Ginny —Harry la interrumpió. La chica siempre había sido muy despierta, con los
ojos siempre observando cosas que los demás no veían. En cierta forma casi daba
miedo que con una mirada ella pueda asegurarse saber muchas cosas, demasiadas
—. Cylean no me drogó. Yo no lo amo. Simplemente me gusta. No es una relación
seria, y apenas hemos pasado de unos simples besos, no debes preocuparte por…
—Déjame a ver si comprendo —Ginny se apartó el cabello de los ojos, pasando las
uñas sobre el cuero cabelludo—, todo el mundo puede saber que os veis. Que estáis
colados por el otro. Pero, claro, no pueden saber que vosotros estáis en una
relación. Explícame eso.
—Supongo que tienes razón —Harry se mordió el labio y luego suspiró—. Los
rumores corren rápido.
Apenas llegaba estaba oyendo a Katie Bell hablándolo con Cho. Ambas lo
saludaron, y Cho le deseó suerte con el profesor R; Harry tuvo la decencia de
parecer confundido al principio, y la burla de guiñarle un ojo.
—Señor Potter —dijo, a modo de saludo, para posar sus ojos en Ginny y asentir con
la cabeza—, señorita Weasley, si fuera tan amable…
—¿Cuándo?
Siguió a McGonagall por los pasillos y escaleras hasta la oficina del director. La
mujer murmuró un "Cheesecake" a la gárgola para que esta los dejara entrar. Pero
fue Harry el que subió por las escaleras, solo, sin la profesora de Transformación.
Harry pasó saliva y se concentró en una emoción fuerte: la confusión. Estaba
completamente confundido, sí, y a la vez asustado aunque no quisiera reconocerlo.
¿Cómo reaccionaría Dumbledore ante los rumores? ¿De verdad despediría a Tom? Y
yendo a temas más urgentes, ¿cómo funcionaría su escudo Oclumante? ¿Sería lo
suficientemente fuerte como para mantener fuera al entrometido director?
"En el despacho de Dumbledore" fue todo lo que pudo pensar antes de llegar allí y
tocar la puerta. Se concentró aún más en su escudo, lo alzó, comprobó su grosor.
Era poderoso, no tanto como el de un profesional, pero nadie podría saber sus
pensamientos con sólo mirarlo a los ojos. Habría falta un Legeremens bastante
fuerte para quebrar su escudo y ver todos sus pensamientos, todos sus miedos,
todos sus sentimientos expuestos. Harry no dudaba de que el viejo director pudiera
romper su escudo con facilidad, pero tampoco se atrevería a hacerlo si no quería
que Harry desconfiara de él… ¿verdad?
—Adelante, Harry, querido muchacho. Toma asiento. Tenemos algo de qué hablar.
Harry tragó saliva y se adentró, con una clara idea de por qué había sido llamado
allí.
16. Dumbledore.
Harry volvió a tragar saliva. Dumbledore tenía un brillo peculiar en sus ojos azules,
un brillo más que extraño.
—He oído que frecuentas mucho a un profesor, Harry. Supongo que sabrás a qué
profesor me refiero, ¿no es así? —Dumbledore le hizo una pequeña sonrisa a Harry.
Harry le miró, alternó la mirada entre la sonrisa casi satisfecha en el rostro, entre el
brillo poderoso de los ojos y lo comprendió. Oh, de verdad, lo comprendió todo.
—¿El profesor Snape? —Harry alzó una ceja—. Es que… siempre quiere que haga
más pociones después de clase alegando que debo completar lo que no hice en las
clases que estuve ausente. Además me impone castigos injustificados… ¡ni siquiera
me peleo con los Slytherin!
Harry había comenzado a justificarse sin sentido, actuando más bien nervioso.
Dumbledore soltó una risita.
—Oh, sí… él.
—¿Hay algo que deba saber, Harry? —Dumbledore le sonrió como un ancianito
dulce—. ¿Algo que involucre a un alumno y un profesor que yo deba conocer?
Puedes confiar en mí, Harry. No tomaré represalias.
—Puede ser.
—Querido muchacho, no debes temer conmigo. Puedes decirme la verdad. ¿Es eso
cierto? ¿Estás en una relación con el profesor Rousseau? Porque de ser así, no me
molestaría en lo absoluto. Simplemente debo estar informado al respecto.
Harry asintió, sin dejar de mirar los ojos del profesor. Era casi hipnótico. Las
emociones pasaban, rápidas; la satisfacción, la victoria, el poder. Harry sentía como
su sangre hervía, pero se mantuvo impasible.
Harry se sonrojó en contra de todo lo que hubiera querido, pero iba bien para el
papel que estaba llevando a cabo.
—El miedo sólo puede ser superado con la seguridad. No sólo con la seguridad en
uno mismo y con la seguridad física, si no con la seguridad emocional. Ellos podrían
ser capaces de ayudarte…
—No —Harry apretó los labios. No iba a ceder—. Sentirán lástima. No quiero que
sientan lástima de mí.
—¿Qué sientes por él, Harry? —Dumbledore le miraba con curiosidad. Harry había
hablado de Cylean imitando algún tipo de brillo en los ojos, esa sonrisa bobalicona
que ponía cada vez que hablaba de él. Era la expresión que había visto en algunas
chicas enamoradas, y la imitaba a la perfección.
—Lo amo —mintió, con una facilidad que le sorprendió. También le sorprendió el
tono sentimental en ambas palabras. Le sorprendió haberlo dicho con tanto
sentimiento, algo que a cualquiera sería muy difícil de fingir.
El brillo de los ojos de Dumbledore era maníaco. Tenía esos ojos azules reluciendo
ante la noticia. Harry casi podía imaginarse los pensamientos de la mente del
director. Después de todo, otro plan suyo había funcionado. Harry estaba
enamorado de Cylean Rousseau. Había sido él, el mismísimo Dumbledore, quien le
había dado Amortentia y todo aquello era una pantomima para hacerle creer que se
preocupaba.
—Entendido.
—Bien, Harry, supongo que eso era todo. Simplemente quería aclarar algunas cosas
contigo.
Harry asintió con la cabeza y comenzó a irse. No fue tan grande su sorpresa cuando
llegó al pie de las escaleras y vio a Cylean allí.
—¡Cylean! —susurró Harry, al verlo. El hombre lo tomó con fuerza en sus brazos,
abrazándole.
Lo soltó de una forma que le dejó el cuerpo necesitando más. Necesitaba ese
contacto, ese calor, esa electricidad. Pero Cylean le sonrió de lado.
—¡Lo sabías! —le espetó, pero sin siquiera enfadarse. Después de todo, Tom lo
había sugerido. Cylean suspiró.
—Sigo sin querer saberlo —Harry se encogió de hombros—. Será mejor que nos
apresuremos. Tengo hambre.
—Eres un caso especial, Harry Potter. Pero me alegro de que seas delgado. ¿Te
imaginas si fueras un Crabbe o un Goyle con una cicatriz en la frente?
Harry también soltó una carcajada y caminaron, juntos, demasiado juntos, tal vez
sus manos chocándose con los dedos entrelazándose por unos segundos y
soltándose. Estaban bien. Y tenían, por extraño que suene, la aprobación de
Dumbledore. Nadie podría separarlos ahora. Nadie.
17. "Supuestamente".
Ginny tomó asiento frente a Harry, que terminaba sus deberes de Encantamientos
junto a Ron y Hermione. Harry soltó un sonoro suspiro y enrolló su pergamino a
medio terminar.
Ron miró a Harry con los ojos entrecerrados. Por más de que supiera que Harry no
iba a enrollarse con ella, no estaba seguro de dejarlo a solas en una habitación
cerrada con su hermanita. Aunque su hermanita estuviera saliendo con Dean
Thomas.
No había nadie en las habitaciones de sexto año. Ginny tomó asiento en la cama de
Ron, junto a la de Harry. Harry tomó asiento en su propia cama y Ginny suspiró.
—Harry, ¿has pensado en lo que hablamos? ¿En verdad estás seguro de conocer a
la persona con la que estás saliendo?
—Harry —Ginny le miró con los ojos entrecerrados—. Vosotros dos tenéis
demasiada confianza. Y no es sólo confianza. Es… no sé cómo describirlo. Como si
estuvierais unidos por algo, un lazo poderoso, fuerte. Sé que ocultáis algo, así que,
Harry, ¿es tan grave como me lo temo, o no lo es?
Harry lo pensó. No, no lo estaba. Quería negarlo, fuerte y poderoso, pero algo
empujaba detrás de su lengua. La noche anterior había mentido con la verdad de
una forma que le había resultado demasiado fácil. Todo había sido demasiado fácil.
Dumbledore había sido demasiado incauto. Él mismo se sentía como un niño tonto,
torpe, ilusionado.
—No —corroboró Harry, pero sabía que no era cierto. Sabía que no amaba a Tom,
era demasiado pronto para decirlo. Pero sabía que sentía algo muy fuerte por él.
Algo demasiado fuerte, algo que hacía que su corazón se volviera loco, su mente se
sintiera liviana y sus ojos se volvieran soñadores. Algo demasiado parecido a
cuando bebió la Amortentia.
—Eres increíble, Harry. Pero, yo estoy segura de que hay más —se levantó de la
cama y caminó hasta la puerta, Harry siguiéndola—. Estoy muy segura. No me
mentirás con eso, no te creeré. Puedo confiar en que no os meteréis en problemas,
pero no me pidas que crea que tú no estás enamorado de él o de que él es capaz
de darte una poción de amor. Yo lo sé. Siento… siento como si lo conociera. Cada
vez que lo miro a sus ojos. Cada vez que lo oigo hablar —Ginny se estremeció—.
Me recuerda a alguien.
—¿A quién? —preguntó Harry, temiendo que Ginny se diera cuenta. Ella apretó los
labios y soltó un murmullo en voz baja:
—A Tom Riddle.
—Vale, no te burles —ambos rieron por unos segundos, sus risas apagándose de a
poco dejando una estela de mejoría—. Vamos abajo. Ron debe estar contando los
minutos para subir a buscarnos.
Harry se inclinó para depositar en los labios de Tom un suave beso. El hombre se
colgó de su cuello, hundiendo sus dedos en los desordenados y crespos cabellos del
chico como si fuera agua. Se besaron con esa magia que los unía como si fueran
una sola persona durante largos segundos.
—Cada vez me convenzo de que necesito más —se quejó Tom. Harry se apartó con
violencia.
—Pero quieres.
Harry frunció el ceño y atacó sus labios con pasión. Tom rió, pero no avanzó
demasiado, incorporándose y apegándose a su cuerpo. Tom acariciaba su cuello,
llenaba de besos sus labios, su rostro, su mandíbula. Harry se estremecía con cada
roce de labios.
—Y tú —protestó Harry, aclarando su cabeza—, ¿cómo sabes cómo suena una niña
Hufflepuff?
—Créeme, las Hufflepuff no tienen nada de inocentes. Pueden fingir, pueden actuar,
pero de inocentes sólo tienen la piel de cordero.
Ambos rieron.
—Ya es tarde —suspiró Tom, soltando el agarre con el que sostenía a Harry—.
Faltan apenas diez minutos para el toque de queda.
Harry le sacó la lengua. Tom se inclinó para mordérsela. En aquel momento, entre
risas y pequeñas burlas, hubo un pequeño destello en la mano de Cylean. Él alzó su
mano derecha, observando un anillo plateado que brillaba con una sucesión de
líneas delgadas y alargadas. Harry le miró extrañado.
—¿Qué es eso?
Tom se incorporó, apartándose de él. Lanzó polvos flú a la chimenea del rincón
siseando el nombre "Rabastan" y enterró la cabeza en las llamas. Harry no fue
capaz de oír nada de la conversación, pero cuando Tom salió de las llamas tenía
una expresión hastiada.
—¿Por qué?
—La mayor parte de ellos desconoce mi posición aquí —se encogió de hombros—, y
quieren idear planes de ataque. Bellatrix debe calmarlos, aunque ella tampoco está
muy contenta con lo que está sucediendo. Rabastan es el más centrado, y quien se
encarga de impartir Crucios en mi nombre. Rodolphus… bueno, él es bastante
insufrible, pero sabe guardar secretos.
—Lo ignoro. Lo importante es que creen que estoy en busca de seguidores, magos
oscuros y poderosos que serán capaces de favorecernos en esta guerra. Y en
realidad, son los gemelos y Bellatrix quienes se encargan de ello.
—No.
—Diablos.
Harry rió.
—Yo sí.
—Tú, maldito mocoso —Tom le fulminó con unos ojos oscuros que destellaban—,
eres un caso único. Ni siquiera Abraxas Malfoy me contradecía tanto, y fue uno de
mis primeros seguidores.
—Lo comprendo —Harry tuvo que ocultar una sonrisa—. ¿Me presentaras ante tus
Mortífagos?
—¿Cómo Harry Potter? —Tom alzó una ceja—. Ni hablar. Se volverán locos por
matarte antes de dejarme explicar.
—Te escucho.
Tom le sacó la lengua, burlón. Harry tomó un almohadón del sofá y estaba a punto
de lanzárselo cuando Tom le detuvo con un movimiento de mano.
—Crearé una nueva identidad para mí —Tom asintió con la cabeza, de acuerdo con
esa idea—. Tú me ayudarás. Me presentarás ante los Mortífagos y harás correr el
rumor de que alguien demasiado cercano a Dumbledore es aliado del Señor
Tenebroso —los ojos de Harry brillaban ligeramente, completamente abiertos.
Estaba inclinado hacia delante, con los dedos tamborileando sobre su rodilla—. De
que hay Mortífagos en el colegio, entre los alumnos. Que el imperio de Dumbledore
está cayendo. Que la luz está perdiendo.
—Es un plan muy básico, incluso para alguien como tú, ¿sabes? —Harry intentó
parecer molesto—. No te culpo. No llevas idea de cómo funcionan realmente las
cosas, el vejete chiflado impidió que tuvieras una capacidad de comprensión de la
realidad. Funcionas limitadamente, y joder, no me mires así, no te estoy insultando
—Tom suspiró—. Podríamos presentarte ante mis Mortífagos como un aliado, claro
que sí. Pero deberás buscar seguidores. Comenzar desde cero. Conseguir alzarte en
tu propio poder… y aún no estás listo para ello.
—Bien —Harry se levantó del sofá y se estiró, haciendo sonar los huesos de su
espalda—. Me voy a la Sala Común. Tú piensa en un maldito nombre para mí.
Tom rodó los ojos cuando Harry pasó a su lado, lanzándole un beso burlón y
marchándose de sus habitaciones sin dudarlo. Luego lanzó un hechizo de protección
a la puerta, y otro que haría vibrar su varita si alguien llegaba a tocar la puerta.
Fue a la chimenea, tomó polvos flú y se lanzó a la mansión Riddle.
Los Lestrange y Colagusano estaban allí, en el salón. Bellatrix tenía los ojos
entrecerrados y fue la primera en caer de rodillas cuando su señor atravesó las
llamas.
—Ha habido una pequeña rebelión entre los Mortífagos y los aliados. Hemos traído
brujos que desean ser iniciados, y uno de ellos pertenece a la Orden del Fénix.
—¡Claro que sucede algo, Harry! —Hermione apretó ligeramente los labios, con las
mejillas sonrosadas—. El profesor Rousseau y tú. Eso sucede.
—Lo hago, Harry, pero… ¡debéis ser discretos! —tenía una expresión alarmada—.
En la reunión de prefectos de ayer muchos de ellos fueron a preguntarnos a Ron y
a mí, directamente si tú y el profesor Rousseau tenían algo. Hemos dicho que no,
claro, pero… —Hermione le miró directamente a los ojos— Harry, tú y el profesor
estáis haciéndoos notar demasiado. Pasas demasiado tiempo con él, en su
despacho y sus habitaciones privadas. Mucha gente está comentando… los
profesores también lo comentan… Harry, sois demasiado obvios.
Hermione lucía impactada. Tenía los ojos bien abiertos, saltones en el rostro
blanco. Negó, como si no lo creyera, pero finalmente soltó un quejido desde el
fondo de su garganta.
—Yo tampoco sabría qué decir, Hermione. Es complicado. Pero no puedo quejarme,
después de todo, mi vida nunca fue fácil —y le guiñó un ojo, burlón. Su amiga soltó
un ligero suspiro.
—Entonces, debes actuar como si estuvieras enamorado del profesor. ¿Así que es
todo una actuación? ¿Tú de verdad no sientes nada por él?
—¿Estás enamorado?
—No —respondió Harry, por impulso—. Pero tampoco estoy fingiendo algo que no
siento. Le tengo mucho cariño, mucho aprecio. Joder, me gusta. Es atractivo,
simpático, sencillo, amable, es… es mucho más de lo que podría pedir. Creo que,
por esta vez, el director me puso ante una buena opción.
—Así que —Hermione tenía una sonrisa ligera en los labios—, de verdad no
estás enamorado de él. Aunque actúes y hables como si tal. ¿Seguro que te dio el
antídoto de la Amortentia?
Harry asintió.
—No estoy enamorado. Puede que sienta cosas por él, pero no estoy enamorado.
Tal vez, con el tiempo… —y la sonrisa de Hermione fue en aumento.
—Oh, Harry, estoy feliz por ti —su amiga lo abrazó con una calidez que Harry
adoraba sentir—. Demasiado feliz. Yo… no te había visto tan feliz desde hacía
tiempo. Puedo decir que desde el cuarto año, que a pesar de todos los
problemas eras feliz…
—¿Y tú, Hermione? —preguntó Harry, mirando a su amiga con un brillo pícaro en
los ojos—. ¿Cómo está tu vida sentimental? ¿Sigues enviándote cartas con Viktor
Krum?
—Solo algunas veces. Él… no me interesa mucho —y se mordió el labio, sus mejillas
sonrojándose. Harry le palmeó el hombro.
—¡Harry! —Hermione le miró, nuevamente sorprendida—. ¿Por qué crees que yo…?
—Eres un buen amigo, Harry —dijo ella, tomando su mano por sobre la mesa. La
mano que había tenido escrito "No debo decir mentiras", y que ya era lisa y blanca
como había sido en un principio gracias a Cylean. Le había dado una esencia que
borraba todas las cicatrices, pero la que no había podido borrar había sido la de
rayo en su frente. Parecía que incluso se había marcado más contra su piel, allí,
latente y furiosa.
En aquel momento Harry supo que intentaría mantener a Hermione de su lado. Sin
importar el lado que éste fuere, si se mantenía gris o si se oscurecía, necesitaba a
su amiga con él. Ella le ponía los pies en la tierra y le volvía más perceptivo. Ella le
ponía las cosas en razón. Y la necesitaba.
—Así que estás "supuestamente" —Hermione abrió y cerró comillas con las manos,
cambiando de tema casi de la nada— enamorado de Cylean. Y ya veremos qué es
lo que siente él por ti; tendrá que decírmelo.
—Claro que sí. Podría ir con excusa de entregar un pergamino que extendí y de
paso acusarle de ser un desalmado por fingir que te quiere, para que me diga que
es lo que verdaderamente siente por ti. Eso sería maravilloso, ¿no?
Harry sentía un pinchazo en las costillas de tanto reírse. Hermione no podía estar
hablando en serio, ¿verdad?
18. Confesiones.
—Quiero que me cuentes tu plan.
—Ya… —Harry tomó asiento frente a Tom, arrebatándole el libro que estaba
leyendo. Alcanzó a leer parte de la biografía de un tal Harpo el loco, antes de que
Tom lo tomara con rudeza de sus manos—. ¿Cuál es tu plan?
—¿Para qué?
Tom suspiró. Harry le imitó. Tom se frotó la sien izquierda, en un claro gesto de
hartazgo.
—Mira, he tenido a niños de primero y mocosos de tercero hoy y ha tocado la clase
práctica que no hemos podido hacer la semana anterior por la lluvia. Ahora quisiera
descansar un poco y…
—Vale. Pero será esta noche. ¿Dumbledore dijo algo sobre que te quedes en mi
habitación?
Harry pasó saliva, comprendiendo a dónde quería llegar Tom. Intentó no hacer una
mueca.
—Dijo que a su debido tiempo —se encogió de hombros más claramente, evitando
ver ese chispazo feroz en los ojos de su (joder, qué extraño sonaba pensar en él de
esa forma) novio—. Supongo que no le molestará. Le diré a Ron que me cubra.
Una chica de primero estaba de ese lado, con el rostro marcado por haber estado
llorando y el cabello despeinado.
La pequeña miró por sobre el hombro de Cylean, percatándose de que allí estaba
Harry. Ella hipó y lo señaló.
—Él no tiene que estar aquí —dijo con voz repentinamente firme. Harry fue hacia
ella.
—Harry, llama a Minsky para que traiga chocolate caliente para los tres. Yo me
encargaré de esta pequeña.
La niña respondió al casi tierno abrazo de Cylean con más lágrimas. Harry fue hacia
la otra punta de la oficina del profesor para darles algo de espacio y llamó a la
elfina doméstica, que apareció con el tan familiar "pop".
—Señor.
La elfina asintió.
—¡Minsky enseguida le trae al amo sus chocolates! —y desapareció con aquel "pop"
una vez más. Harry se atrevió a mirar a la pequeña y a Cylean, que le pasaba las
manos por el rostro y le borraba las lágrimas.
—Yo… yo… —parecía a punto de llorar nuevamente cuando la elfina apareció con las
tres tazas de chocolate. Tom conjuró dos sillas cómodas e idénticas para que Harry
y él tomaran asiento frente a la pequeña que había envuelto la taza con sus
manitas y temblaba.
Ella asintió.
—Hay unas niñas… unas niñas muy malas. Me golpearon por haberle hecho ganar
puntos a Hufflepuff cuando debía ganar Ravenclaw. Son muy malas, muy malas —
arrugó el rostro de una forma dolorosa, y Harry sintió pena y rabia—. Me jalaron
del cabello y me golpearon. Les dijeron a las niñas de mi casa que yo era una lerda
y que no debían juntarse conmigo… una de las niñas, Amy Wollfstone, no sé por
qué pero todas las niñas quieren juntarse con ella… y obedecen todo lo que les
dice… Y no sé… yo…
—Yo… —la niña se mordió el labio, dejando la taza sobre el escritorio— creo que
debo irme. Yo… os interrumpí… lo siento…
—No tiene importancia, señorita Redmond. Pero siempre que necesite ayuda, ya
sabe que puede recurrir a nosotros —le sonrió amistosamente—. Pero, por
curiosidad, ¿por qué no ha acudido a la profesora Sprout?
Kaira se sonrojó, marcando aún más en el rostro las líneas de las lágrimas.
—Yo… ella… —sacudió la cabeza—, no le iréis a contar, ¿verdad?
—No creas eso, pequeña —le dijo Cylean, con una voz susurrante y baja—. Es una
grandiosa profesora, y le tiene mucho aprecio a sus alumnos. Puedes ir con ella la
próxima vez que suceda algo, aunque me aseguraré de que no vuelva a suceder
nada, ¿comprendido?
—Es increíble —se quejó Tom, y Harry creyó que hablaba de la pequeña, hasta que
se detuvo frente a él y le aferró de los hombros—. ¿Cómo lo has hecho?
Harry no comprendía.
—¿Así fue? Yo sólo pensé… —meditó unos segundos. Ni siquiera sabía por qué esa
vez había sido diferente—, pues, supongo que estaba muy concentrado.
—Es increíble —repitió. Entonces, le miró fijamente a los ojos y se concentró. Harry
pudo sentirlo en su escudo, como si quisiera introducirse en él pero no era una
persona, era una voz. La sintió luchar contra el escudo y ganar, pero sin romperlo,
finalmente encontrando su lugar por el hueco.
"¿Puedes oírme?"
"Puedo".
—Pero no es hora de jugar —dijo el profesor, como para sí mismo—. Harry, ¿te
importaría? Debo arreglar los asuntos de una niñita Hufflepuff.
Tom sonrió.
—Algo así. Créeme, será efectivo. La pequeña Amy Wollfstone está utilizando algo
prohibido que debo confiscar. Lo haré tan pronto sea posible —le señaló la puerta,
con el dedo índice extendido—. Márchate. Te esperaré después de la cena y te lo
contaré todo.
Harry sabía a qué se refería, y no era sólo a sus resultados con la niña Wollfstone.
Asintió con la cabeza y se marchó, pero antes de que pudiera hacerlo Tom cruzó la
distancia que les separaba y sostuvo su rostro entre los delgados dedos. Era Tom
de nuevo, con el fuego en los ojos oscuros y los labios ardientes sobre los suyos.
Harry se dejó hacer, cálido y dulce, hasta que Tom le dio una mordida que le hizo
apartarse, fulminándole con la mirada. Tenía sangre en el labio y Tom rió.
—Mío —dijo, mientras le limpiaba la sangre con la lengua, y Harry se vio obligado a
reír, porque otra cosa era matarle y eso significaría limpiar mucha más sangre de la
que tenía en el labio.
Volvió a la Sala Común. Era un lunes con toda la esencia de un lunes, y Hermione
terminaba sus apuntes de Aritmancia para el día siguiente. Harry se sentó a su
lado, sin atreverse a interrumpirla.
—Hola, Harry —dijo ella, luego de terminar algo muy extraño, con números y
cálculos hechos a pluma afilada—, ¿cómo estás? Has estado ausente hoy.
Hermione suspiró.
—Bien, supongo —Harry se mordió el labio. Sabía que parecía nervioso. Sabía
que estaba nervioso. Con sólo pensar en la noche que se le venía encima se le
antojaba un dolor horrible de estómago, pero no quería compartirlo con Hermione,
no de esa manera, al menos—. ¿Y tú?
—No me engañas, Harry —Hermione le sonrió de lado. Claro, después de todo, era
Hermione Granger. Últimamente, nadie podría engañarla ni queriendo—. ¿Qué
sucede?
—Yo… —se sentía débil, pequeño, y tonto, y tan débil como la pequeña Kaira
Redmond cuyo rostro cubierto de lágrimas le había dado tanta pena. Ahora temía la
pena sobre él, no quería sentirla, no quería, diablos—. Estoy bien —mintió.
Hermione suspiró. Luego otra vez. Y otra.
—Bien, vale —Harry se frotó la frente, fastidiado—. Cylean… quiere que pase la
noche con él.
—Más o menos —no quería mentirle a Hermione, decirle que, en realidad, eran casi
tres semanas. Era relativamente poco, pero no iba a decir que pensaba otra cosa
de Tom. Él, claro, tenía necesidades y no siempre su mano derecha era suficiente.
Harry lo sabía. Aunque hacía tiempo se había vuelto incapaz de sentir algún ápice
de deseo en solitario, algo que tuviera que atender con cortinas cerradas,
encantamientos silenciadores y manos a secas. Su amiga le comenzó a formar
círculos en la espalda, sobre la túnica.
—Iba a decírselo, pero una niña Hufflepuff de primero interrumpió y luego debió
hacerse cargo de eso…
—Sí, tienes razón —Hermione asintió con la cabeza—. Puedes ir y hablar con él.
Dudo que intente hacer algo en contra de tu voluntad. No parece ser de ese tipo.
Harry asintió con la cabeza, aunque dudaba. No, claro que no, Cylean no era de ese
tipo, y podía asegurar que Tom tampoco. El problema era que Tom le pediría
explicaciones, y claramente él no se las daría. A menos que…
—Sí, hablaré con él —Harry suspiró y echó la cabeza hacia atrás—. De todas
formas, no es como si no hubiera hecho lo mismo antes.
—Ambas —le dio una sonrisa de lado—. No soy una pura flor, ¿sabes?
—Eh, tranquilo —Hermione puso una mano sobre la suya—. No me enfadaré porque
nombres a Ron. Él… es feliz, ¿no? —compuso una sonrisa fingida—. Y yo estoy
demasiado ocupada con mis clases como para ocuparme por… por…
Hermione se recompuso unos minutos después, con el rostro veteado por las
lágrimas y una sonrisa falsa dibujada.
—Yo… yo… estoy bien, Harry, sólo que… ¡es demasiado! —se quejó, limpiándose el
rostro húmedo con los bordes de la túnica—. Tú no tienes idea… las clases son
difíciles, me cuesta concentrarme, y Ron está todo el tiempo con esa niña boba y
cursi, y…
—Ya, ya —Harry la abrazó con fuerza—. ¿Por qué no hablas con él? Yo… creo que él
está saliendo con Lavender porque cree que tú no estás interesada en él. Deberíais
hablar, aunque supongo que es difícil encontrarlo solo, ¿no?
—Claro que no, Hermione —Harry le sonrió, dulce—. Nos vemos en la cena.
—Entonces, nos vemos mañana —le sonrió suavemente, acarició sus cabellos
erizados levemente y besó su frente—. Duerme bien, Hermione. Deja descansar ese
cerebrito trabajador tuyo.
Ella rió, una risa pequeña y risueña que a Harry le plantó una sonrisa mientras iba
en busca de Neville. Lo buscó en el Mapa del Merodeador y lo encontró que estaba
con Luna en los invernaderos. Fue hacia allí, pasando junto a Ron y Lavender en los
pasillos, dirigiéndole a su amigo la mirada más fría que pudo. Claro, Ron no tenía
exactamente la culpa de hacer sufrir a Hermione, pero… Ron tenía la culpa.
Neville estaba atendiendo unas plantas extrañas, con flores desagradables de
perfume fuerte y pétalos violáceos.
—¡Hola, Harry! —lo saludó Neville, y luego presentó a las flores—. ¿Te gustan?
Son Lisarias. Tienen propiedades medicinales. Si sus pétalos se hierven se crea un
fuerte anestésico. Le pedí permiso a la profesora Sprout para dibujarlas, son
maravillosas.
—Luna hará una nota sobre flores y plantas curativas en El Quisquilloso —explicó.
Harry les sonrió, más cuando Luna, con la varita detrás de la oreja y todo el cabello
rubio cayéndole de un lado del rostro, levantó los ojos para cruzar su mirada con
Harry y sonreírle.
—No es grave, en realidad. Es sólo que necesito que me cubras esta noche.
—Oh —Neville pareció pillarla al vuelo—. Oh. Pero, ¿no es muy precipitado?
—Es agradable que me cuides, Neville, pero ninguno debe cuidar del otro. Estamos
bien ahora, ¿no?
—Ya, Harry, pero aun así me parece muy precipitado. ¿No estáis… yendo muy
rápido?
—Creo que no seré yo quien te cubra esta noche —murmuró Neville, con voz
ciertamente perversa, consiguiendo que a Luna se le escapara una carcajada. Harry
intentó no ponerse verde, pero fingió una sonrisa.
—No soy exactamente moreno, Neville —resopló Harry. Neville rodó los ojos.
—Ya sabes, cuando luces confiado y ese tipo de cosas, como en el partido de
Quidditch del otro día, luces más alto. Cuando no… bueno, es como si menguaras
de tamaño unos centímetros, como si no quisieras ser notado.
—No quiero sonar como una niña ni nada de eso, pero… —dudó unos instantes—,
no sé si esté listo para…
—No me digas que planeas… acostarte con él, sólo para no ser una decepción. Por
favor, dime que me estoy equivocando.
—Neville…
—No, Neville no, ¡Harry! —Neville lo sujetó de los hombros— No te enredes en algo
que va más allá de lo que quieres. Si no estás seguro de ello, no lo hagas. Así de
simple. ¡Creí que lo comprendías!
—Lo comprendo, Neville —Harry se apartó a Neville de forma casi delicada—. Sólo
que… no quisiera ser una carga para Cylean. Le quiero, y quiero…
—Pues debes decidir —terció su amigo, mirándolo fijamente a los ojos—. Puedo
suponer que no eres el puro y santo muchacho que muchos creen, pero el profesor
R. seguramente comprenderá la situación. Apenas tienes dieciséis, Harry. Debes
poner en claro tus prioridades, y no hacer algo de lo que luego podrías arrepentirte.
Harry sabía que estaba en problemas, y que probablemente había hablado de más,
y que seguramente le debía una explicación a Neville. Pero aún no estaba listo para
hablar. Había pasado tiempo, y no estaba listo para hablar con ellos. No con ellos.
Pero, tal vez, sí con Tom. Él seguramente comprendería.
Trató de concentrarse en la parte positiva de esa noche. Tom le había dicho que le
contaría sus planes, y enterarse de algo como ello valdría la pena. Pero se estaba
haciendo mala sangre. Hablaría con Tom, y probablemente volvería a la cama con
su capa de invisibilidad de madrugada. No sería la primera vez.
—Vaya, profesor, no sabía que usted también era un metamorfomago —dijo Harry,
fingiéndose impresionado. Tom soltó un bufido y cerró la puerta detrás de él,
colocando sus tan acostumbrados encantamientos de privacidad. Harry sentía que
estaba a punto de desmayarse. El corazón le resonaba por todo el cuerpo y le
sudaban las manos. Se las limpió contra la túnica, nervioso. Tom estaba sirviendo
tazas de té que endulzó al gusto de ambos. Harry aferró sus dedos a la porcelana,
quemándose, consiguiendo detener los temblores.
—Siéntate, vamos, no te quedes ahí de pie —Tom le dio un ligero empujón y Harry
fue a sentarse en su sitio de siempre, intentando no desentonar, por más nervioso
e incómodo que se sentía.
Harry se sentó y Tom se sentó delante de él. Llevaba una túnica abierta sobre una
de esas ropas muggles que Cylean siempre usaba, y que, realmente, a Tom le
sentaban muy extrañas. El rostro de Tom iba junto a trajes elegantes, o a túnicas
de gala, no a ropajes muggles.
—La caída de la luz —dijo Tom solemne, y Harry se sobresaltó—. Eso es lo que
tengo planeado. La caída de la luz, la muerte de Dumbledore, apoderarme de
Hogwarts desde dentro, apoderarme del Ministerio. Nadie sospecharía de Cylean
Rousseau. Nadie.
—Toma tu té —ordenó, para seguir hablando con voz oscura, grave, poderosa—.
Cylean Rousseau es justo lo que yo estaba buscando. Las dificultades son mínimas,
aunque se presentan. Dumbledore mismo le había buscado para unirlo a la Orden,
a pesar de que nunca conoció al real Cylean Rousseau, aunque sí se enviaron
cartas. Todo sucedió de una forma tal que incluso aparenta ser algo planeado por
las mismísimas estrellas, Harry —se detuvo unos instantes, él también bebió su té
—. Aún no hay muchos planes. Voldemort se mueve por las sombras, está
desaparecido. Algunas pocas reuniones después de algunas cuantas situaciones…
en fin. Mientras tanto, Cylean Rousseau enseña magia oscura legal en Hogwarts.
Todos los hechizos, incluso el escudo Repellerium, son de magia oscura. Poderosos,
letales, y bien utilizados, crean y oscurecen el aura mágica de cada uno de los
mocosos que tengo como alumnos. Tendré seguidores, poderosos seguidores que
saben los hechizos que yo les enseño. Además, Lucius Malfoy se está encargando
del Ministerio mientras tanto. Él y varios ayudantes más del lugar están subiendo a
niveles insospechados. Poder, poder, y más poder. Magia, magia, y más magia.
Sangre, sangre, y más sangre —la sonrisa era apenas una mueca maliciosa que
curvaba sus labios, que parecía cortar el rostro divino en dos—. Es poder todo lo
que quiero, Harry. Y mis planes no te involucraban, no de manera directa, aunque
ahora me doy cuenta de que no hay forma que no te involucres en ellos. Debemos
buscarte un lugar, ¿no?
Harry sintió una risa suave subir por su garganta. El té había estado exquisito, y
sentía los músculos relajados, la cabeza despejada, la sonrisa maliciosa pintada en
el rostro. Harry sabía que tanto tiempo rodeado de oscuridad cabría oscurecer un
poco su alma. No tenía idea hasta qué punto.
—Ya, lo siento, ¿va? —observó el fondo de la tasa. Un poso de azúcar quedaba con
las hebras de té, algo granulado y dulce que deseó pasar con la lengua—. Tú… ¿qué
es esto?
—Creí que necesitabas relajarte. Has estado nervioso toda la cena y apenas has
comido. Creí que…
Harry sintió una oleada de rabia demasiado fuerte, que casi le tumba.
—¡Me drogaste!
—Supongamos.
Harry bufó. Sentía la cabeza demasiado ida, como cuando bebía demasiada cerveza
de mantequilla. Tom le sonrió, sin sentirse en lo mínimo culpable.
—No creas que lo he hecho con malas intenciones, Harry. Me tienes en muy baja
estima —bufó—. Lo he hecho para que te sientas mejor. ¿Vale?
—No —Harry tenía que cerrar los ojos para no verle el rostro a Tom, para no ver el
gozo en sus ojos, la expresión satisfecha—. Tú has… me has…
—No.
Harry abrió los ojos. Tom retrocedió como si le hubieran dado una puñalada.
Aquellos ojos, más verdes que nunca, relucían cargados de lágrimas. Tom le
observó sin comprender, con la confusión marcada más que nunca en el rostro.
—No puedo —murmuró Harry, esquivando los ojos de Tom—, no puedo, no puedo,
lo siento, no puedo.
—No pienses que estoy contigo sólo por una razón, Harry. Si fuera así me hubiera
enrollado con cualquier otro que estuviera más dispuesto. Me he dado cuenta que
no querías, pero creí que se trataba de temor propio al hecho… ya sabes, al dolor —
Harry dejó que lágrimas cayeran por su rostro. Tom parecía dudar. Había consolado
con maestría a la niña, pero con Harry no tenía idea de qué diablos hacer—. ¿Qué
sucede?
—No…
—No vengas a fastidiarme diciéndome que no sucede nada, Harry. Sé que sucede
algo —Tom hablaba con firmeza, con casi dureza en la voz—. Debes decírmelo.
—No.
Harry hablaba con la voz firme, a pesar de que las lágrimas cayeran por su rostro,
de los ojos enrojecidos. Parecía que la poción no sólo le había relajado, si no que
había conseguido que todas sus emociones se dispararan de forma alarmante.
—Harry… —la voz de Tom peleaba con una amenaza. Él negó con la cabeza, rápida
y violentamente—. Harry —Tom ya ordenaba—. Cuéntame —y ablandó el todo—.
Por favor.
—Fue Archivald Keyglass. Por órdenes de Dudley —su voz era apenas un hilo—. En
el verano después de cuarto año. Cedric… Dudley encontró algunas notas y cartas
que tenía de él. Creyó que sería "divertido" hacer que su amigo se colara a la casa
de noche, una noche que Petunia y Vernon estaban donde Marge, para… —Harry se
detuvo. Tom tenía las manos cerradas en puños, con los nudillos blancos, y cuando
Harry siguió hablando su rostro estaba inexpresivo, su voz hueca, sin ningún tipo
de emoción—. Dudley lo filmó. Todo. Reían a carcajadas. Sus risas. Aún no puedo
quitármelas de la mente, sus risas, joder…
—Harry —Tom le sujetó de los hombros, le hizo mirarlo a los ojos—. Harry,
cálmate.
Tom sujetó a Harry del rostro, con dedos firmes pero sensibles. Le limpió las
lágrimas que corrían por sus mejillas y le mostró una sonrisa que parecía más que
nada una mueca agridulce.
—Harry, mi Harry —comenzó, con una voz extraña, que Harry no supo identificar—.
No quisiera ofenderte, pero no eres normal. Nunca lo has sido. Sin embargo, no ser
normal no es malo. La normalidad es para aquellos que están dispuestos a creer
que pertenecen a un sitio predicho. La gente que no es normal puede pertenecer a
donde le plazca. Las divisiones sociales, todo es una separación que consigue
formar a los normales de los… anormales, por decirlo. Tú no eres normal, pero tus
amigos tampoco lo son —Tom hablaba con esa cadencia extraña, una voz que a
Harry le ponía el vello de punta al mismo tiempo que le cautivaba—. Weasley tiene
un gran complejo de inferioridad a pesar de que es un brujo muy bueno, Granger
es una sabelotodo demasiado inteligente para estar en Gryffindor y ser nacida de
muggles —Harry sintió cierta calidez porque Tom no la hubiera llamado
"sangresucia"—, Longbottom es un genio en la Herbología y acaba de salir de un
caparazón de debilidad. Lovegood… bueno, todos sabemos que puede que no esté
bien de la cabeza, pero es maravillosa. La chica Weasley es capaz de darlo todo por
sus amigos, a la vez que es capaz de darlo todo por sí misma. Tus amigos más
cercanos no son normales, y tú… —Tom le dibujó una extraña sonrisa—, eres el
Niño que vivió, aunque ya no eres un niño. Eres un brujo excepcional, con más
máscaras que un Slytherin. Un niño condenado a la luz cuyas verdaderas lealtades
se encuentran consigo mismo y con sus apreciados. Tú… eres diferente. No eres
normal. Y no hay nada de malo en no serlo. Has tenido una vida difícil, has tenido
complicaciones que nadie más ha tenido. Has tenido… —Tom sonrió ligeramente—
has tenido toda tu vida un Señor Tenebroso corriendo tras tus pasos. Un Señor
Oscuro, que debo decir que está un poco loco —las comisuras de la boca de Harry
se elevaron levemente—. Créeme, no eres normal, pero de entre las personas de
aquí y las que tu aprecias, ¿quién lo es? Yo no. Tú no. Tus amigos no. Y sin
embargo, sé que estarán ahí para ti. Puedes confiar en ellos, te lo aseguro. No
sentirán pena de ti, querrán acompañarte, y máxime, cruciar al miserable de
Archivald Keyglass.
Harry dejó que una risa nerviosa le recorriera por todo el cuerpo.
—Tom… —su voz era suave, débil—. Gracias. Por todo. Yo no debí pensar que tú…
—Sí te había drogado para acostarme contigo, no me idealices —le reprendió Tom.
Harry volvió a reír.
Harry sacudió la cabeza. Ya había dejado de sentirla tan liviana. Ahora la sentía
pesada, como si estuviera haciendo fuerza para romper su cuello.
—No, ya… —buscó las manos de Tom, aún sobre su rostro, y enredó sus dedos con
los suyos—. Yo… me siento mejor, ahora.
—¿Qué terapia?
—Claro. Para algo los tienes —le guiñó un ojo, burlón, y Harry suspiró.
—Sabes, es imposible tener amigos cuando todos están muertos de miedo con sólo
oír tu nombre.
Esta vez la sonrisa de Harry fue verdadera. No fue ancha y amplia, ocupando todo
su rostro como lo era normalmente, fue casi una mueca de diversión que a Tom le
dio una calidez en todo el pecho.
—Creo que debo irme —suspiró Harry, mientras oía las campanas sonar. Tom negó.
—¿Estarás bien?
—No me refiero a eso —Harry suspiró—. Me refiero a que… si estarás bien conmigo
aquí.
—Yo estoy bien contigo —resopló Tom, como si fuera obvio. Harry rió.
—Vale. Yo también.
La noche no era cálida, pero ambos la sentían como tal. Los envolvió en sonrisas y
té, charlas despreocupadas y la recuperación minuto a minuto de Harry. Una hora
después Harry se encontraba listo para acostarse, y Tom le alcanzó unas ropas de
dormir que Harry se puso con movimientos rápidos, intentando no exponer
demasiada piel al mismo tiempo. No quería provocar de alguna manera Tom.
Las sábanas frías los recibieron y Tom envolvió en sus brazos a Harry, acomodando
la cabeza del muchacho en su pecho, oyendo los latidos de su corazón.
—¿Sabes, Harry? —la voz de Tom era trémula unos largos minutos después—. Creo
que también debo confiarte algo. Es algo peligroso en los oídos equivocados, pero
tengo la certeza de que te hará bien saberlo.
—¿Sí? —Harry se separó, buscando los ojos oscuros de Tom. El hombre tenía una
expresión cálida en el rostro, una expresión tan extrañamente cálida que jamás
creyó que vería en él.
—Te quiero.
—Oh —Harry tomó aire, una sonrisa dibujándose en su rostro. Era un momento tan
extraño, tan dulce y a la vez distante—. Oh. Yo… yo también te quiero, Tom.
Tom le sonrió y rozó sus labios con los suyos en un beso casto, dulce, cargado de
sentimiento.
19. Sirius.
"Querido Canuto:
Hola, ¿cómo estás? Espero que bien. Cuando recibas esta carta probablemente
pensarás que te contaré cosas sobre Quidditch, el ED, las nuevas reuniones que
estamos manteniendo y las clases. Pero esta carta será algo diferente, porque
tengo algo muy importante que confiarte, algo que no te he confiado antes y que
seguramente me reprocharás con todo ese latazo de que 'Soy tu padrino, debo
estar al tanto de tu vida, acompañarte, aconsejarte'.
Lo conoces. No digo que lo conoces bien, pero lo has conocido antes que yo. Es un
hombre… y digo hombre porque no es ningún niño. Es mayor que yo. Tiene treinta
y un años.
Enamorado, Canuto. Estoy enamorado. Y jamás me había sentido así por alguien.
Incluso con Cedric, yo sabía que eso no iba a durar. Él se graduaría ese año, y yo
seguiría. No podríamos visitarnos a menudo. Yo, con él, sabía que era un
pasatiempo. Me gustaba, a él yo le gustaba, por extraño que en esa época me
parecía. Sin embargo esto es completamente diferente. Completamente. Yo… sé
que amo a Cylean. Lo que siento por él es fuerte, capaz de derribar murallas y dar
vuelta guerras. Es poderoso. Es casi como mágico.
Aunque claro, soy parcial. Estoy enamorado de él, por lo que puedo decir mil cosas
sobre él halagando sus virtudes y favoreciendo sus defectos. Es… la persona que yo
estaba buscando. Es justo quien necesitaba. Lo quiero. Lo aprecio. Lo amo.
¿Y tú? ¿Cómo están las cosas allí? ¿Qué tal las cosas con Lupin y Tonks? Lupin me
ha dicho que suelen pasar mucho tiempo allí, haciéndote compañía. ¿Alguna
novedad?
Te quiere,
Harry".
Había arreglado para ese día hablar con Luna, Neville, Ginny, Hermione y Ron. Ron
se había alegrado de tener algo de qué hablar, porque él pasaba tanto tiempo con
Lavender que, según él mismo, "había olvidado lo que era ser hombre". Luego de
una charla mañanera con Tom había llegado a la conclusión de que, para superarlo,
necesitaba hablarlo. De que el bâtard de Dumbledore tenía razón, que debía confiar
en sus amigos. Que sólo hablarlo con Tom había significado que sentía menos peso
sobre sus hombros, hablarlo con sus amigos…
—¡Oye! ¡Fíjate por donde…! —comenzó Draco, hasta que se dio cuenta de que era
Harry y le posó la mano en el brazo, intentando sostenerlo para que no se cayera
—. Merlín, ¿estás bien?
—Soy solo Harry, aunque me han dicho que el parecido es sorprendente —se burló
Harry, y Draco se apartó de él, bufando.
—Eres un desgraciado.
—Sólo era un comentario, Malfoy —Harry suspiró—. Oye… sabes que puedes confiar
en mí, ¿verdad?
—Supongo que bien —Draco se encogió de hombros—. Déjame que envío una carta
y hablamos, ¿vale?
Harry asintió y observó a Draco tomar una carta de su túnica y atarla a la pata de
una lechuza de plumaje negro de tan pardo. Le dijo unas palabras en voz baja y la
lechuza emprendió un vuelo orgulloso, con las largas alas extendidas a ambos lados
del cuerpo.
—Sí, supongo —se encogió de hombros—. Verás, es… difícil. Son problemas
familiares.
—Yo también tengo de esos, no te preocupes —le dijo Harry. Draco asintió y se
recargó en una de las ventanas del pasillo. Harry hizo lo mismo, quedando a su
lado. Draco, encogiéndose de hombros, comenzó:
—¿Por qué no se lo cuentas a tus amigos? Es decir, seguro que Blaise Zabini por lo
menos comprende la situación en la que estás metido.
Draco bufó.
—¿Qué es lo que tu tía quiere que hagas? —preguntó Harry, sin poder con su
curiosidad. Los ojos de Draco parecían haber oscurecido varios tonos cuando
murmuró.
—Hacer daño. Llamar la atención. Quiere que haga suficiente mal en Hogwarts para
tener mi lugar asegurado cuando salga de aquí. Y ya sabes a qué lugar me refiero.
Draco suspiró.
—El Señor Tenebroso no es el mejor camino para mí. Pero Dumbledore tampoco es
algo que yo acepte. El Señor Tenebroso es… extremista, derrama demasiada sangre
sin pensar en las consecuencias. Dumbledore manipula.
—No estás de acuerdo con Voldemort, pero tampoco con Dumbledore. Eso es un
lado gris. A partir de allí se pueden crear diferentes teorías y todo ese coñazo, pero
lo que importa es que es un lado para aquellos que no defienden los ideales de
ninguna de las puntas de esta guerra.
—Y tú, el Niño de la luz, ¿formarías parte de ese "lado gris"? —Draco esta vez sí
sonrió casi burlón. Harry asintió, serio, y la expresión de Draco decayó—. ¿Cómo es
eso posible? ¿Quién más…?
—Yo, por ahora —Harry tomó aire—. No estoy de acuerdo con los ideales de
Voldemort, pero tampoco con los de Dumbledore, ahora. Las cosas cambiaron. O
tal vez todo sigue igual, y el que he cambiado he sido yo. No soy enemigo
declarado de ninguno. Incluso, con Voldemort, tenemos una especie de paz tensa
—murmuró, en voz baja, creyendo que tal vez había hablado demasiado. Pero
Draco Malfoy no parecía ser de aquellos que van corriendo a contarlo todo.
—Se ve que este año has hecho muchas treguas —casi felicitó Draco. Harry sonrió,
una sonrisa torcida que casi evocaba maldad.
—Pues sí, así es. Qué mejor forma de salvar mi vida que buscarme treguas y
aliados.
Draco dejó que una pequeña risa escapara de sus labios. Sacudió la cabeza, como
si no le creyera, con una expresión de asombro total en los ojos. Era extraño,
divertido, pero extraño.
—Puede ser que me una, sí. Pero deberás buscarte un nombre guay y deberemos
llamarnos de alguna forma que no incluya la palabra "leones", ¿vale?
—Apesta —fue sincero Draco. Harry soltó una carcajada que se contagió al rubio.
Ambos reían, sus risas resonando por las paredes de piedra, espantando a los
pájaros de los árboles por el sonido y las vibraciones, fuertes y resonantes.
—Puede que suene un poco mal —Harry tenía una sonrisa dibujada en el rostro—,
pero conseguiré un nombre que mole.
—Espero que para ese momento también hayas conseguido aliados que valgan la
pena.
—Yo igual —Harry le sonrió a Draco, una sonrisa sincera que Draco devolvió a
regañadientes. No era una sonrisa sincera, claro, era más bien de compromiso,
pero a Harry le bastó. Eso, de momento, era suficiente.
El domingo Harry lo pasó con Tom la mitad del día y la otra mitad con Hermione.
Su amiga intentaba aparentar que lo llevaba todo bien, pero Harry era capaz de ver
marcas de lágrimas en su rostro. Habló mucho con ella e intentó animarla. A veces,
parecía funcionar. Otras veces no tanto.
—¿Que qué hay? —Harry se sentó en la cama de Ron, mirándolo ceñudo—. ¿Tienes
idea de las consecuencias de tus acciones, Ron?
—¡Ronald! —Harry protestó—. ¿Tú de verdad no tienes idea de por qué te voy a
acabar cortando las bolas?
Ron le miró, ojos azules bien abiertos y rostro pecoso más pálido que de
costumbre.
—¡No te hagas el idiota! —Harry apretó los dientes—. ¡No tienes idea de lo mucho
que estás haciendo sufrir a Hermione!
Ron se sobresaltó. Fue como si una corriente eléctrica le diera una sacudida por
todo el cuerpo.
—Ron, eres un idiota —gruñó Harry. Ron le miró con las cejas alzadas y Harry se
encaminó hacia la puerta. Ron le detuvo.
—¡Espera! —gritó Ron. Harry se detuvo, le contempló con rabia—. Yo… creo que sé
a lo que te refieres. Ella… yo no puedo estar con ella, Harry. No puedo.
—¿Por qué no? —intentó que su voz sonara comprensiva. Falló por kilómetros.
Ron pasó saliva. Ciertas veces, cuando Harry hablaba con ese tono gélido y hueco,
incluso daba miedo.
—Yo… ella… —Ron dudaba. Tuvo que cerrar los ojos unos segundos y soltarlo todo
de sopetón—. Le haré daño. Ella merece a alguien mejor que yo.
—¡Ronald Weasley, eres un miserable idiota! —Harry había alzado la voz y no había
encantamiento silenciador detrás de una puerta que consiguiera acallar su grito—.
¿Por qué demonios crees eso? ¡Ella está enamorada de ti, por Merlín, Morgana,
Circe, y Dios! —Harry comenzó a caminar de lado a lado de la habitación, con pasos
largos y las manos en puños—. ¡Eres un bastardo! ¡La quieres, sabes que ella te
quiere, y aun así sigues con esa niña estúpida y ñoña! ¿Por qué no haces las cosas
bien por una vez en la vida? Compórtate como el hombre que eres, ten las bolas
para aceptar que te equivocas, termina con Lavender y encuentra a Hermione antes
de que sea demasiado tarde —Ron tenía el rostro en un color indeterminado entre
blanco y verde, una expresión perpleja y aterrada—. No dejes pasar la oportunidad.
El amor se presenta en situaciones y momentos muy diferentes. Es tu decisión
dejar que se vaya, claro, pero te perderías del tremendo amor que Hermione siente
por ti. Ella te ama con locura, Ron, y está muerta de celos porque estés con
Lavender. Y no sólo son celos, es sufrimiento. Sufre porque no está contigo, porque
la dejaste de lado. Es horrible de tu parte, Ron. Horrible.
El domingo pasó. El lunes pasó con la esencia típica de lunes y Harry recibió la
respuesta de Sirius recién el martes.
"Harry:
Por favor, mantente alejado de Cylean Rousseau mientras pasa el tiempo. Por
favor. Hazlo por mí.
Cariños,
Canuto".
—Sirius me envió esto —Harry le mostró la carta a Tom esa tarde, después de
clases. Tom la leyó con rapidez y le miró preocupado.
—¿Qué le contaste a Sirius? —preguntó Tom. Harry enrojeció unos instantes antes
de encogerse de hombros.
Tom sonrió.
—¿Y lo estás?
—¿Tú no?
—Yo no puedo admitirlo. Supuestamente, soy un ser de odio incapaz de sentir amor
o afecto. Y créeme, prefiero que sigan creyendo eso.
Harry rodó los ojos. Era lo más cercano a un "sí" que tenía de parte de Tom. Le
había dicho que le quería, pero pocas veces, las necesarias realmente.
—De todas formas te gusto —provocó Tom, arrancándole a Harry una carcajada.
—Claro, claro —le restó importancia—. ¿De qué crees que quiera hablar conmigo?
—Lo di a entender.
Harry bufó.
—Lo estaría, si estuvieras saliendo con alguien de tu edad. Supongo que ningún
padre aceptaría de primera que su niñito, ese que apenas conocen, esté con un
treintañero.
—Tienes razón en eso —Tom le sonrió, cálido—. Pero Sirius tiende a creer que debe
comportarse como tu padre, y eso significa tratarte como niñito.
Harry resopló.
—Bueno, justo ahora te estás comportando como un niñito. Sólo te falta dar
patadas en el suelo y hacer morros.
Harry frunció el ceño y le fulminó con la mirada. Tom volvió a reír, con esa risa que
revitalizaba y contagiaba. Era una risa que a Harry se le había introducido bajo la
piel.
—Habla con Sirius —le recomendó Tom, volviendo al tema— y pregunta qué tiene
para decirte. Si quieres, podría ir yo también y esconderme bajo tu capa de
invisibilidad.
—Como siempre.
—Sé que hace tiempo esa palabra dejó de ser un insulto para mí. Sólo señalas lo
obvio.
—¡Creí que era la única materia en que no necesitabas ayuda! —decía Tom, burlón,
mientras Harry abandonaba la oficina. Sonreía mientras salía. La charla con Sirius
no podía ser tan mala, no podía, realmente. Era Sirius, después de todo.
No era completamente mentira. Harry sabía que no querría a nadie como estaba
queriendo a Tom. Pero Sirius no tenía por qué saberlo.
—Harry… tú… —Sirius le miró, irónicamente ardiendo sus ojos de entre las llamas
de la chimenea—, ¿has comido o bebido algo que él te haya preparado? ¿Cuándo
has comenzado a tener esos sentimientos?
—No me ha dado ningún filtro de amor —resopló Harry, componiendo una mirada
soñadora. No era difícil—. Yo le quiero por lo que es.
—No, no… —Harry sacudió la cabeza—. Estoy bien, Sirius. No estoy bajo los efectos
de una poción de amor, créeme. Si así lo estuviera, mis amigos te hubieran dicho
algo. No, no, simplemente estoy enamorado. ¡Créeme, Sirius! —habló un poco más
alto, luciendo ciertamente acalorado. Sirius apretó los labios y negó con la cabeza.
—Bien, lo dejaré de lado por ahora —compuso una sonrisa casi triste y Harry
también sonrió—. Recuerdas la charla que te di en cuarto año, ¿no?
—¡Oh, vamos! —Sirius volvía a ser el hombre juguetón que Harry sabía que era—
No pudo haber sido tan mala. Tienes suerte de que hayan sido sólo con bananas. Si
también hubiera usado donas… pues eso estaría bastante más diferente.
—Nunca he vuelto a comerme una banana o una dona viéndolo del mismo modo,
Sirius —suspiró Harry. Su padrino rió a carcajadas, aunque era una risa sofocada,
que no sonó muy fuerte en la Sala Común.
—Ya lo creo —Sirius se inclinó más dentro del fuego, de forma tal que su rostro
parecía más cerca de lo que estaba antes. Harry también se inclinó hacia el fuego
—. ¿Vosotros habéis…?
—Ah, cachorro, vamos. ¿Es una historia triste? ¿Es por Cedric? —Sirius susurraba,
con voz afligida. Harry negó.
—Es más patética que triste. Y no es por Cedric. Es por… por mí.
—Te hirieron, ¿no es así? —gruñó, con voz amenazante—. ¿Quién fue? ¿Cuándo…?
—Sirius… —Harry agachó la mirada. No quería hablar de ello—. No ahora. Por favor.
—Cuando vengas aquí, hablaremos —no era una amenaza, era más que nada un
ruego—. Por favor, Harry. Si te sucedió algo debemos hacer algo. Es…
—No hay nada que puedas hacer ahora, Sirius —Harry intentó no ser duro. Después
de todo, Sirius quería protegerlo—. Ya lo he hecho yo.
Tal vez era decir mucho. Tal vez Sirius uniera los cabos y se daría cuenta de lo que
Harry había hecho. Sin embargo el hombre endureció el rostro y asintió con la
cabeza.
—Yo te adoro a ti, ahijado mío. Ahora vete a dormir. Cuando vengas a casa
hablaremos bien, ¿vale? Mientras tanto, responde mis cartas. Cuéntamelo todo,
como vais, como estáis… ¿va?
—Claro que sí, Sirius —Harry extendió la mano hacia el fuego. Sirius sonrió
cálidamente.
Sirius se carcajeó.
20. Inocente.
Sin embargo, no era más que eso. Lluvia. Lluvia que no arruinaba el humor de un
profesor bastante peculiar y de un alumno conocido como el Niño-qué-vivió-para-
convertir-la-vida-de-sus-amigos-en-un-Infierno.
—Tiene problemas. Está con detenciones —chasqueó la lengua y quitó del interior
de su túnica la carta que Sirius le había escrito. En ella, en pocas palabras, su
padrino había reafirmado lo horrible que era estar encerrado, pero que estaba bien,
y que se aburría a montones, peor que estaba bien, y que Buckbeack estaba
realmente hermoso aunque no parecía muy predispuesto a pasar tiempo encerrado
al igual que él, pero que estaba bien, y que amaba/odiaba ver a Lunático con Tonks
(pero que estaba bien). Harry suspiró y se frotó la frente, más específicamente la
cicatriz, allí donde alguna vez había sentido dolor por el hombre que ahora le
quería.
—Está con unos Slytherins de séptimo. No es algo con lo que tenga mucho interés
—Harry hizo una mueca. Neville rió.
—Lo compadezco.
Hermione puso los ojos en blanco y siguió con su redacción. Terminó de dar sus
últimos detalles al pergamino de longitud incomparable antes de pasar al siguiente.
Harry suspiró y se estiró en el sillón, las palabras de Sirius resonando en su mente.
Sirius quería ser libre, y Harry no tenía idea de cómo ayudarlo. Podría ir a declarar
bajo Veritaserum, pero no habrían pruebas y…
Oh, Jesús. Y Merlín. Por supuesto que Harry tenía pruebas. O mejor dicho, ¡Tom las
tenía! Una extraña sonrisa comenzó a dibujarse en su rostro al comprender el
hecho. Podría liberar a Sirius. Dejarlo correr a todo potencial en las calles, ser libre
de verdad… y además, Tom había asegurado su bienestar. Podría ser. Podría…
—Hermione tiene razón —la chica asintió y Neville continuó—. Esa sonrisa auguraba
planes increíblemente malévolos. Y por lo menos, merecemos saber de qué se
tratan.
Harry se mordió el interior de la mejilla.
—No, no es nada —se encogió de hombros—, era sólo una estupidez. Seguid con lo
vuestro. Yo… voy a dar una vuelta.
—Harry James Potter —Hermione comenzó con voz severa, y Harry se escabulló
con pasos rápidos, saludando con la mano.
—¡Hermione Jean Granger! —replicó él, mientras se iba—. Nos veremos a la hora
de la cena.
Hermione trabó las mandíbulas, pero suspiró y comenzó a recoger los pergaminos
de su amigo mientras éste desaparecía por el hueco del retrato, saludando a su
paso a sus compañeros —mayores y menores— quienes le tenían cierto afecto;
después de todo, habían ganado el partido de Quidditch contra Ravenclaw de la
quincena anterior y contra Hufflepuff de hace solo unos días, todo por sus sesiones
de entrenamiento, sus consejos y demás.
Harry fue hacia la oficina de Cylean y tocó la puerta. Cylean tenía los ojos
entrecerrados y expresión casi furiosa mientras Harry le contemplaba con
maravilla.
—Ahora estoy ocupado —Cylean hizo una mueca—. Créeme, la pasaría mejor
contigo, pero tengo castigo hasta las siete y luego está la cena…
—Espero —después de todo, eran las siete menos cuarto. Cylean suspiró y le dejó
pasar. Conjuró una silla a un lado de la suya y le alcanzó un libro. Harry comenzó a
leer con desgana —hablaba sobre grandes brujos que hicieron grandes cosas
estúpidas; entre ellos estaba Grindelwald y, otra vez mencionado, Herpo el Loco—
hasta que dieron las siete y los alumnos se marcharon. Harry apenas prestaba
atención a lo que estaban haciendo: podrían estar escribiendo líneas o siendo
torturados bajo un Crucio, tan ensimismado que estaba con su lectura.
Tom le arrancó el libro de las manos y Harry casi le mira ceñudo antes de recordar
por qué estaba allí. El hombre comenzó con los encantamientos de privacidad y
Harry esperó pacientemente a que terminara.
—¿Y bien?
—Necesito que se haga de dominio público que Colagusano está vivo. Y que él
traicionó a mis padres. Y que él es el Mortífago.
Harry apretó los labios en una fina línea. En su mente, Tom sonreía, le decía que
Colagusano era un inútil y que estaba buscando formas de librarse de él sin
perjudicarse. Entonces le haría algún encantamiento de memoria al animago y lo
enviaría directo al Ministerio.
—Hay grilletes que prohíben la animagia, Harry —le informó Tom—. Además, eso
me comprometería. Podríamos cambiar la memoria de Colagusano, sí, pero, ¿nos
arriesgaríamos que revisaran si su memoria fue modificada?
Harry se dejó caer contra el espaldar de su silla. Todo había parecido tan,
tan, tan fácil en su cabeza.
—Podríamos…
—Harry, no es una buena idea —le dijo Tom, intentando de que su voz sonara
suave. Harry percibió el intento, y lo agradeció en silencio—. Buscaré una forma de
liberar a Sirius, pero mientras tanto…
—Entiendo —Harry cerró los ojos y sintió el calor del pecho de Tom contra su
frente, sus brazos rodeándolo. Tom era alguien que se comportaba bastante
afectuoso para ser un Señor Tenebroso, aunque aún no supiera como formular las
palabras—. Yo… tan sólo quiero que Sirius sea libre. Quiero poder salir con él en el
verano, poder ir a comprar junto a él, poder… no sé, ¡lo que sea! ¡Jugar al
Quidditch! ¡Con Sirius!
(Tom apretó ligeramente los dientes. En algún rincón dentro de él, algo se removía
con una profundidad perturbada y emocional que no le pertenecía. Harry estaba
proyectando sus emociones a través del enlace, una emoción muy fuerte y que él
conocía muy bien: frustración, impotencia).
Harry sintió como los dedos de Tom acariciaban su cabello, intentando relajarlo, y
accedió a aquellas caricias. Abrió los ojos para buscar los de Tom por sobre él, y el
hombre le sonrió levemente.
—Milord.
Voldemort observó con fiereza al Mortífago frente a él. Era un hombre menudo y
casi calvo, de ojos pequeños y piel curtida por el sol. Sin embargo, a pesar del mal
efecto visual, era un brujo bastante bueno.
El hombre se levantó y Voldemort le miró con los ojos rojos entrecerrados. Phils
aún no le miraba a los ojos, así que no se estremeció en lo absoluto.
—Me has fallado —le dijo el Señor Tenebroso, y Phils tuvo la decencia de no
parecer impresionado—. La tercera vez que un Mortífago me falla, debe pagar las
consecuencias.
Phils cerró los ojos con fuerza, esperando el Crucio de su Señor. Su Señor
solamente sonrió.
Phils parpadeó, confundido, y se atrevió a hablar con una voz siseante y cargada de
terror.
—Pero milord, no comprendo a lo que usted se refiere. ¿Me entregará a los
Aurores? ¿Se arriesgará a que…?
Phils apretó ligeramente los dientes y observó como Voldemort sacaba de su túnica
una pequeña botella. Le quitó la tapa y un amargo hedor se filtró por el ambiente.
Phils arrugó el rostro, sin siquiera poder impedirlo, pero Voldemort no pareció para
nada afectado por aquel fétido aroma.
Los ojos de Harry casi se caen de su rostro. Comenzó a leer, con temblores de
emoción en los dedos, los labios entreabiertos, olvidando completamente su
desayuno.
"Se ha mantenido en el más absoluto secreto que, hace unos días, un Mortífago
irrumpió en el Ministerio. Sin embargo, esta periodista os los cuenta. ¿Cómo lo ha
hecho? En el Departamento de Aurores, encargados del aprisionamiento del
Mortífago en cuestión, se ha dicho que tenía contactos sobre cómo adentrarse. El
problema dicta en la identidad del Mortífago: no es nada más ni nada menos que
Peter Pettigrew, quien supuestamente fue asesinado hace quince años por Sirius
Black.
Esta noble periodista ofrece sus disculpas a Sirius Black, quien en nombre de la Ley
es llamado a declarar su propia versión de los hechos en un juicio que no tuvo hace
quince años. Sin embargo, las pruebas son lo suficientemente fuertes como para
encontrarse con que todos nos hemos equivocado alguna vez.
Próximamente haré una entrevista Cornelius Fudge con respecto al juicio del señor
Black, en forma de esclarecer los hechos sobre los que él no tuvo culpa alguna…"
Harry dejó de leer, con los ojos llorosos y una sonrisa estúpida en el rostro.
Hermione, que había leídopor sobre su hombro, lo abrazó con fuerza.
—Oh, Harry; oh, Harry —ella estaba casi tan emocionada como él. Harry se limpió
los ojos con el borde de la túnica, sintiendo como su cuerpo se relajaba por
completo. Tom lo había hecho. De alguna manera se había arriesgado para que
Colagusano fuera al Ministerio, aun cuando había dicho que no lo haría, y…
—Lo sé, Hermione. Debo… debo… —intercaló la mirada entre la mesa de los
profesores y su amiga, que suspiró y asintió.
—Lo sé yo también, Harry. Ve. Luego celebraremos —le susurró, y él echó a correr
por todo el Gran Comedor rumbo a las puertas y se desapareció hasta las
escaleras, dispuesto a encontrar a Cylean donde fuera que estuviese.
Lejos de la vista de todos sacó el Mapa del Merodeador. Buscó "Tom Riddle" con
ojos feroces y lo encontró en el séptimo piso. Entonces, Tom Riddle desapareció y
Harry supo dónde buscar.
Corrió escaleras arriba y pensó, frente al muro, "necesito encontrar a Tom, necesito
encontrar a Tom, necesito encontrar a Tom" y la puerta apareció. Harry se
introdujo en una sala decorada de tonos verdes y negros, muy cómoda y amplia, en
la cual estaba Tom, sentado, con una sonrisilla satisfecha mientras leía El Profeta.
—Fue absurdamente fácil —comenzó Tom, con una sonrisa que se ampliaba a
medida que pasaban los segundos—. No es Colagusano quien está encerrado
ahora, es otro Mortífago que ha sido desmemorizado y obligado a beber la poción
que a mí me ha convertido en Cylean Rousseau. Luego su memoria también ha sido
modificada y ha sido probado el Veritaserum en él varias veces antes de dejarlo ir.
Por eso nos hemos demorado tanto.
Harry se lanzó a los brazos de Tom y cubrió su rostro de besos. Tom echó a reír a
carcajadas y expuso más piel para que Harry siguiera besando.
—¡Calla! —Harry cubrió los labios de Tom con los suyos y Tom respondió al beso
enredando ambas lenguas, consiguiendo escalofríos placenteros por las espaldas de
ambos—. Merlín, cualquiera que diga que tú no tienes corazón merecerá que yo
mismo le haga un Crucio.
Tom volvió a reír. Harry abrazó con fuerza a su pareja, envolviéndole con
demasiada fuerza, tal vez, pero Tom no se quejó.
—Recuerda que me debes algo —musitó Tom, contra sus labios—. Y tengo una idea
aproximada de lo que podría ser, ¿tú no?
No había muchas personas que Harry amara realmente en ese mundo. Una de esas
escasas personas era Sirius Black. Y cualquiera que hiciera algo bueno por las
personas que Harry Potter amaba, tenía de inmediato el favor y el agradecimiento
de Harry Potter. Sólo que Tom no tenía ni idea de que el agradecimiento de Harry
Potter hacia él fuera tan profundo.
Tom apartó a Harry mientras pudo. Sabía que si seguía, había una parte de su
anatomía que no podría controlar, y que si Harry aún recelaba lo dejaría
enloquecido.
Pero Harry negó con la cabeza y le apartó el rostro de su cuello, donde una marca
rojiza se comenzaba a lucir.
(En aquel momento pasaron mil cosas por la cabeza del Señor Tenebroso, Tom
Riddle, como hasta qué punto Harry había llegado con Cedric Diggory, y si era
jodidamente real lo que estaba sucediendo, o incluso si Harry maldito Potter le
estaba jugando sucio; sin embargo se relajó y dejó que un jadeo grueso
abandonara su garganta, la cual parecía como si se encontrara a cuarenta grados
de calor bajo un ardiente sol. Todo su cuerpo parecía así de caliente. Todo él.
Todo.)
Pero si Harry le había sorprendido con su iniciativa, cuando se dejó caer hasta sus
rodillas y le atrapó con la caliente y húmeda lengua fue el fin de la cordura de Tom
Riddle, porque Harry Potter era jodidamente bueno en eso. Y aunque al principio
pareció dudar, lamiéndole como una paleta y sin buscar sus ojos en ningún
momento (ojos que, de todas formas, estaban sin mirar y mirando al mismo
tiempo, sin creer y creyéndolo al mismo tiempo) la excitación llegaba a niveles
insospechados, porque la confianza le embargó casi como arrogancia,
introduciéndole en su boca y succionando, con mucho cuidado de los dientes, con
mucho cuidado de no herirle, pero con la boca de quien se ha sentido orgulloso de
poder usarla de esta manera.
Harry Potter no era inocente. No era nada inocente. No era la pura y dulce flor
mancillada. Era un bastardo deseoso cuya pubertad le envolvió en una relación de
poder y deseo, experimentación y competición, que acabó mal. Que había sido
herido de la peor forma, arruinándole las probabilidades de sentir real deseo hasta
que éste despertó con un nombre y apellido, enterrado en su carne. Tom Marvolo
Riddle le permitió volver a sentirse de esa forma, con la sangre corriéndole como
miel, el cuerpo acalorado a un nivel que ni el mejor baño frío podría refrescarlo.
Sólo el calor y la humedad, y el roce podrían menguarlo.
Tom Riddle se dio cuenta de ello de forma tal que, cuando acabó —mencionando
entre dientes "Maldito seas Harry Potter", estaba mirando al bastardo de ojos
verdes frente a él con otro tipo de mirada. Había sido el mejor trabajo oral que le
habían hecho en la vida entera, y no porque estuviera enamorado de Harry Potter
lo decía…
(Hasta ese momento Tom Riddle no había pensado en estar enamorado de Harry
Potter, lo que significaba un progreso mayor aún y otra catarsis mental).
—No soy una dulce e inocente flor, Tom —le recordó Harry, abrochándose sus
pantalones. En medio del proceso Tom jamás se había percatado de la rapidez y de
la mano desaparecida de Harry debajo de sus propias túnicas. Lanzó un hechizo de
limpieza allí también, y Harry compuso una expresión de alivio—. Gracias.
—Hasta te he dejado sin palabras —se burló Harry, sentándose con un poco de
brusquedad en el regazo de Tom—. Mira qué bueno que soy.
—No presumas.
—Estoy seguro que lo haré —prometió Tom. Harry rió y relajó el rostro contra el
cuello de su pareja.
Sirius era libre. O por lo menos, lo sería dentro de poco. Y él acababa de superarse
a sí mismo. Su sonrisa, fatigada pero al mismo tiempo feliz, era lo que consiguió
hacer que Tom, al verla, también sonriera. Eran sonrisas casi gemelas la una con la
otra, sonrisas gemelas de quienes acababan de encontrarse; realmente;
finalmente.
—¡Remus!
—¡Cachorro!
—¡Sirius!
—¡Harry!
Harry le guiñó un ojo. Sirius tironeó de los cabellos de Harry, llamando su atención.
—Pero no me has ido a recibir al Andén —Harry le miró, curioso, y Sirius resopló.
—Remus no me ha dejado. Ha dicho que podría haber sido una trampa para
capturarme, y hasta que la Orden no se asegure que dicho juicio contra la rata
existió realmente no me dejarán salir.
—¿Y por qué no os apuráis? —preguntó rumbo a Tonks y Remus. Tonks pareció no
saber qué responder y fue el turno de Remus de hablar, aunque en voz baja.
Harry suspiró.
Mientras ellos iban rumbo a la cocina Harry rodeó nuevamente a su padrino con sus
brazos. No estaba tan delgado como había estado, y había un destello de vida en
sus ojos que antes no estaba allí. Harry se sentía feliz por él.
—¡Debo ser yo quién te pregunte eso a ti! —se quejó—. Y, ahora, dime, ¿qué es
eso que tienes en el cuello? ¿Es lo que creo que es o te atacó nuevamente un
escregruto?
Harry apartó la mirada de los ojos de Sirius, sonrojándose ligeramente; una cosa
era comportarse burlón y seductor con Tom, otra cosa muy diferente era su
padrino. Sirius rió a carcajadas.
—Acabo de notar —comentó Harry, evitando por completo el tema—, que el retrato
de tu madre no nos está molestando.
Fue hasta las cortinas y las corrió. Detrás de ellas apareció un cuadro que, antes,
había tenido a una mujer horrible con una boca como letrina. Ahora el retrato
estaba cubierto de arañazos hundidos en la tela y desgarrando por completo lo que
había sido una desagradable imagen. Walburga Black no se veía por ninguna parte.
—Puso un encantamiento adherente, pero no hizo nada más para evitar que fuera
roto. ¡No sé por qué no se me ocurrió antes!
Harry dejó que su risa fluyera y se mezclara con la de Sirius. En ese momento
Remus y Tonks trajeron unas tazas de té caliente para todos. Harry se los
agradeció de corazón: de verdad estaba helado.
—¡Anda, Harry, vamos! ¡Debía compartir la alegría de que tienes pareja con
alguien!
Harry siguió taladrando a su padrino con los ojos hasta que este murmuró un bajo
y quedo "Lo siento".
—Mucho mejor —comentó Harry, y siguieron hablando hasta que Sirius dejó caer,
por casualidad, de que Cylean tal vez pasaría con ellos navidad.
La víspera de navidad Harry despertó con unos labios subiendo y bajando por su
cuello, un aliento cálido en las clavículas y un dulce beso en su nuez de Adán.
Tom estaba allí y aunque lucía como Cylean era terriblemente caliente. Estaba
sentado sobre su regazo, pero apenas sentía su peso. Y allí, luciendo como Cylean
y a una hora de la madrugada terriblemente temprana, Tom se encargó
de devolverle el favor a Harry con lengua ávida, labios apremiantes y una boca
húmeda.
—Hoy es día de ir a comprar los regalos —sugirió Tom en su oído, con una voz
desesperadamente sensual—. Aunque yo te he dado el tuyo por adelantado.
—Exijo un regalo igual mañana —espetó Harry, recuperando el aliento. Tom rió,
salpicando su cuello de calor y volviendo mucho más interesante la mañana. Pero
Tom se apartó de él y se estiró como un gato.
El día se volvió muy interesante.
Fueron al Callejón Diagón a comprar regalos para todos. Cylean se mostraba atento
y considerado, mientras que Harry sabía que Tom moría por empalarlo contra una
pared. Harry sabía que todo su nerviosismo y su temor había quedado atrás; tal
vez no del todo, claro, siempre existiría el temor, el rechazo, el odio a sí mismo, y
todo ello se iba borrando con los besos que Tom le iba dejando cada vez que creían
que nadie les miraba.
Pero eran Harry Potter y Cylean Rousseau (seguidos de cerca por Remus Lupin y
Nymphadora Tonks) y, claro, todos les miraban la mayor parte del tiempo.
Harry compró hasta que tuvo que volver a sacar dinero de Gringotts. Compró libros
para él y Hermione, libros para Cylean-Tom, libros para Draco (pensaba hacerle
algún obsequio, como para comenzar su amistad con un buen paso), libros para
Remus, un collar encantado anti-torpeza para Tonks, túnicas nuevas para Sirius
junto con obsequios de perro, el nuevo álbum de Las Brujas de Macbeth para
Ginny, dulces casi ilimitados para Ron, una Lisaria que debía ser entregada en
Hogwarts para Neville, unos pendientes de sistemas solares para Luna… compró
como nunca antes había comprado. Incluso compró algunas cosas para Cho Chang
y Angelina Johnson, a las cuales agregó una nota y envió vía lechuza en ese mismo
instante.
Cylean se perdió por los callejones unos largos minutos hasta que los encontró de
nuevo, con más y más bolsas de regalos para todos.
No eran los únicos que hacían las compras de navidad a último minuto. Tonks tuvo
que saludar a varios brujos y brujas que la conocían. Cuando finalmente llegaron a
Grimmauld Place —cargados de bolsas— Molly Weasley ya estaba allí haciendo la
cena de navidad.
Harry dejó sus bolsas y Sirius, en forma de perro, llegó corriendo para lamerle la
cara de arriba abajo y olfatear en sus compras.
—En realidad, Harry —Harry se sobresaltó. Kingsley Shackelbot estaba allí, solemne
como siempre—, Sirius podría salir en cualquier momento. Simplemente hemos
considerado que hasta el día veintiséis no se presente al ojo público.
—El juicio de Sirius Black —dijo Kingsley—. Allí será interrogado y le darán
Veritaserum. Cuando confiese que no hizo nada de lo que creen que hizo,
simplemente lo declararán libre.
—Y, probablemente —Sirius sonreía— me darán una gran suma en metálico, por
compensación de estar años en Azkabán que no me correspondían. Aunque nunca
había sucedido, es lo que dice Fudge en el último artículo de Skeeter.
—Me alegro por ti, Sirius —dijo Cylean, quitándose la bufanda azul del cuello y
atrapando a Harry con ella, acercándolo a él—. Ahora, ¿crees que tu ahijado y yo
podremos tener unas palabras a solas?
—Me sorprende el cambio —dijo Tonks, cuando ambos se desaparecieron por las
escaleras—. Cylean pasó a ser una persona totalmente diferente. ¿No lo veis? Tiene
más… brillo, diría.
—¿Sabéis lo que haré? —declaró Sirius—. Tan pronto salga libre de esta pocilga,
¡me conseguiré una novia que me mime!
Tan pronto estuvieron en la habitación que Cylean ocuparía el hombre comenzó con
sus encantamientos de privacidad y seguridad. Harry le miró con paciencia. Fuera
del colegio, aún, no podía hacer magia.
—¿Qué sucede, Tom? —preguntó, aún en voz baja. Tom, adoptando la forma de él
mismo, le sonrió.
—¿Cuál?
—No puedes hacer magia fuera del colegio, por lo que tu presentación ante mis
Mortífagos es, por ahora, limitada. Fuera de ello, lo he considerado y te he
conseguido algo que te gustará.
Le alcanzó una caja de regalo a Harry. Harry la abrió sin dudarlo ni un segundo y
tocó, maravillado, la máscara que había allí. Era ovalada y completamente blanca,
esculpiendo un rostro de facciones cinceladas y realistas, con los ojos
completamente negros y los labios con una mueca de malicia permanente. Estaba
hecha de algún tipo de material duro e inflexible, y cuando Harry se la probó y
corrió a espejo que Tom acababa de conjurar, lucía aterradora.
—Creo que puedo encargarme de tu cabello —Tom caminó hasta el espejo también,
detrás suyo. Harry le vio, y se dio cuenta de que los ojos negros no se movían.
Estaban fijos hacia el frente, y por más que mirase a cualquier sitio no se movían.
El rostro tampoco cambiaba. Era divinamente tétrica.
—¿Qué? ¿Acaso debo ser yo quien cree tu nueva identidad? —bufó Tom. Harry rió.
—No soy oscuro —le reprochó Harry—, pero molará que todos crean que sí.
—Así que, mi Érebo, ¿listo para verte cara a cara con mis Mortífagos?
La cena de navidad fue maravillosa. Pavo relleno y pollo asado, jamón al horno,
pilas y pilas de patatas fritas, ensaladas de las más variadas. Para acompañar a
todos allí estaban Andrómeda y Ted Tonks, y lejos de ellos junto a Remus,
Nymphadora. En medio de todo estaba Mundungus Fletcher, los gemelos Weasley
fastidiando a Ron, Ginny hablando con Tonks madre e hija al mismo tiempo, y
claro, Sirius junto a Harry y Cylean.
Harry despertó solo, pero tarde. Supo que era tarde en cuanto abrió los ojos y
sintió sabor amargo en el paladar. Se encargó primero de sus dientes y luego fue a
la sala para darse cuenta de que sólo estaban allí Remus y Sirius, hablando entre
dientes, en voz muy baja. Ambos lucían preocupados, y Sirius tenía una expresión
de clara duda en el rostro.
—Yo no creo que él… —decía Remus, pero Sirius vio a Harry y su expresión cambió.
Sonrió ampliamente y Remus también lo hizo, luego de unos segundos.
—Me gustaría desayunar antes —pidió Harry. Sabía que a Sirius le emocionaban los
regalos, y hacerlo esperar era gratificante.
Sirius hizo un puchero, pero no protestó mientras iban camino a la cocina. Remus
se encargó de preparar un desayuno decente —a pesar de que Harry hubiera
estado satisfecho de todas formas si hubieran desayunado las sobras de la noche
anterior, en especial el jamón glaseado que había estado delicioso— y luego de
desayunar fueron hacia el árbol decorado, bajo el cual se encontraban pilas y pilas
de regalos.
—¡Buenos días! —saludó Cylean, adentrándose en la cocina con una bata azul
brillante—. ¡Regalos!
—Desayuna primero —regañó Harry. Cylean le fulminó con la mirada y fue hasta la
pila de regalos en busca de alguno que dijera "Cylean Rousseau". Había varios.
Cylean cazó uno de la pila, envuelto en papel claro y brillante.
Harry tembló. Sus dedos temblaron. Rompió el papel encontrándose con un álbum
de fotos. Pasó las imágenes una por una, sus ojos llenándose de lágrimas. No tenía
idea de dónde su tía había escondido esas fotografías, o cómo había conseguido
ubicarlo, o cómo demonios había llegado todo hasta allí, pero allí estaba un álbum
rosado con letras brillantes que decía "Lily Evans" en la tapa y tenía fotografías de
su madre desde que era una bebe hasta el día de su boda. Eran fotografías
muggles, y en una página se encontraba la huella del pie de su madre cuando ella
era una bebé, junto con un mechón de cabello rojo oscuro.
Había una fotografía de su madre con su padre, Sirius, Remus y Peter y una mujer
que, por el rostro redondeado y los cabellos rubios, sólo podía ser Alice Longbottom
a sus diecisiete años, todos con ropas muggles en el jardín delantero de una bonita
casa con porche y grandes ventanas. Era una de las últimas del álbum, y cuando
Harry llegó a la última —Lily Evans transformándose en Lily Potter— las lágrimas
habían salpicado las hojas.
—Harry —Cylean también se acercó a él, también lo abrazó, también besó su frente
con cuidado—. Harry.
—Lo lamento —se disculpó Cylean. Y Harry sabía que lo decía de verdad. "Me vi
obligado. Yo…" los pensamientos se introdujeron en su mente y Harry negó.
—Ya. Estoy bien —fingió una sonrisa—. Fue una sorpresa. Eso es todo.
Le alcanzó el álbum a Sirius y fingió desinterés, aunque moría por tenerlo junto a
él, abrazarlo contra su pecho.
Siguieron abriendo los regalos y después del regalo de su tía Harry no consiguió
conmoverse con ningún otro. Sin embargo le encantó el libro que Cylean le
obsequió al igual que los chascos de los gemelos.
Navidad pasó. Y, antes de que Harry pudiera darse cuenta, ya era veintiséis por la
madrugada y era el juicio de Sirius a la misma vez que su primera reunión con los
Mortífagos y su primera vez en la piel de Érebo.
—Espero —la voz de Tom sonaba irritante. Todo sonaba irritante— que hayas
planeado algún discurso.
—¿Tus Mortífagos me dejarán vivo para hablar? —preguntó Harry, de mal humor.
Estaban en la habitación de Cylean en Grimmauld Place, pero no lo estarían por
mucho tiempo. Se suponía que ellos quedarían solos allí mientras Remus y Kingsley
llevaban a Sirius al Ministerio, y Sirius le había abrazado con demasiada fuerza
como si temiera no volverlo a ver, y era todo tan jodidamente irritante…
Harry bufó. Tom soltó una carcajada que tenía una nota de histeria.
—Lo harás bien —le prometió—. Confío en ti. Sabes improvisar. Mientras no me
insultes y me vea obligado a mantenerte varios minutos bajo un Crucio… —Harry
hizo una mueca y Tom sonrió—. Aunque, a veces, la idea no es tan mala, no
querría herirte ahora.
Harry chasqueó la lengua y negó con la cabeza. Tom no lo evitó y depositó un beso
en aquellos labios rebeldes. Harry se apartó y le dio un ligero empujón,
resistiéndose a las caricias que Tom le daba. Era demasiado temprano. Demasiado.
Y el día se presentaba a ser horrible.
Harry sintió la varita de Tom haciéndole algunas letras extrañas sobre la cabeza.
Luego, un ardor incómodo en el casco, y cuando se quiso dar cuenta los rebeldes
cabellos ahora eran lacios y largos, llegándole hasta la barbilla. Suspirando se
colocó la máscara y se contempló en el espejo: no lucía nada mal.
—Sigo siendo un enano —protestó Harry. Tom volvió a reír con esa nota
discordante.
—Usarás unas de las botas de Cylean. Tenemos casi el mismo pie.
Tom le quitó la máscara y le sostuvo del rostro. Harry evitó su mirada, pero Tom
presionó más, obligándole a mirarle.
—Fue tu idea, en primer lugar —dijo el hombre, en voz baja y demasiado grave—.
Yo sólo continúo con unos planes. Érebo es parte del plan. Tú eres parte del plan.
No te arrepientas ahora.
Harry suspiró.
—Él es inocente, ¿no? —murmuró Tom. Harry asintió con la cabeza—. Entonces, no
deberás preocuparte por nada. Estará bien. No volverá a Azkabán.
—¿Debería?
—Me verás como Voldemort. Y puede que veas cosas que no te agradarán. ¿No
temes que te haga daño si te equivocas?
—¿Quieres practicar?
Harry suspiró. Suspiró otra vez más, más profundamente, antes de ponerse la
máscara de nuevo y subirse una capucha invisible. Se alejó unos pasos y avanzó
hacia Tom con pasos firmes, espalda recta y barbilla alzada. Tom sintió cierto
respeto; no caminaba como solía caminar Harry Potter, con la espalda curva y
pasos vacilantes, caminaba con la seguridad de quien sabe lo que vale y siente
orgullo por sí mismo.
—Mis leales Mortífagos… —comenzó Tom, con una voz extraña para su rostro, una
voz que coincidía aún más con el rostro de serpiente de Voldemort que otra cosa—.
He recorrido el mundo en busca de gente como vosotros para servirme. Y he
encontrado a un brujo que no se ha dejado subyugar. Ante vosotros tenéis el fruto
de un acuerdo que ha derrumbado los límites de la realidad que conocéis. Él es
Érebo. Y aprenderéis a respetarlo.
—Suena tan… extraño —le explicó—. ¿Por qué no improvisas algo? Esto suena
demasiado formal. Demasiado ensayado.
Tom asintió.
—Se llama Cruxe. Se conjura con ese mismo nombre. No debes sentir odio, pero sí
debes tener claras las ideas para hacer daño a alguien. No es muy avanzado… y
tampoco es muy oscuro.
—No, estúpido. Estoy ofreciendo conjurar una rata para que practiques.
—Se supone que no lo sé —sacó su varita y pronunció un Accio rata. Una rata
pequeña y marrón voló a sus manos, y Tom la sujetó de la cola. Ésta se retorció,
soltando chillidos e intentando morder los dedos que la aprisionaban.
Harry sacó su varita, también, y apuntó con ella a la rata. Se concentró. Necesitaba
aprender el hechizo. Necesitaba…
—Cruxe.
La rata comenzó a chillar y retorcerse con más fuerza. Harry detuvo la maldición,
sorprendido. La rata quedó en silencio, respirando agitada, colgando de la cola,
balaceándose en el aire.
—Cruxe.
La rata siguió chillando y la electricidad corría por los dedos de Harry. Era una
electricidad diferente, su propio corazón estaba acelerado y golpeaba contra el
pecho con una fuerza feroz. Detuvo nuevamente la maldición, sintiendo que iba a
devolver todo el desayuno en el suelo de la cocina, y se echó atrás en la silla,
verde.
Tom soltó la rata y fue hacia él. La rata quedó en el suelo, quieta durante largos
segundos, hasta que pareció recuperarse y atontada comenzó a correr a su
guarida.
—¿Harry? ¿Estás…?
—No creo poder hacerlo, Tom —siseó Harry, descompuesto. Tom le acunó en los
brazos como si fuera un niño pequeño.
—Maldito malcriado.
La Mansión Malfoy nunca había sido el lugar favorito de Voldemort. Era un buen
lugar, simplemente, pero no era ni por asomo el lugar que preferiría para hacer de
hogar como se había obligado antes de descubrir la Mansión Slytherin, en los
pantanos, y trasladarse allí.
Tom Riddle lucía como Lord Voldemort, con el rostro de serpiente y los ojos rojos.
Llevaba túnicas negras y su varita, la real, la de tejo, estaba guardada en el interior
de su manga hasta que la necesitara.
Harry parecía hacer una buena representación de Érebo. Los cabellos negros le
caían por el cuello y la túnica negra se ondulaba a su paso. Las botas ocultas por la
larga túnica le regalaban unos buenos ocho centímetros y, si bien había sido
gracioso ver a Harry caminar con ellas al principio, sus pies se habían adaptado
muy bien al calzado alto y apretado.
Érebo se mantenía varios pasos por detrás de Voldemort, pero sin agachar la
cabeza, sin demostrar sumisión. Voldemort le había sonreído levemente antes de
adentrarse a una sala enorme, de techos altos, decorada de verde y negro, en la
cual todos los Mortífagos encapuchados y enmascarados cayeron de rodillas y se
inclinaron.
Eran más de cien, en varias filas y con separaciones entre ellos. Más de cien
personas con la Marca Tenebrosa. Más de cien personas que podrían provocar a
Érebo, y Érebo se vería obligado a torturar.
Sin embargo sucedió algo. Tan pronto pensó en la tortura, en la electricidad que le
recorrió el brazo mientras torturaba a la rata, deseó volver a hacerlo. Apretó los
dientes, maldiciendo mentalmente a Tom. Sólo él podía enseñarle una maldición de
efecto adictivo a corto plazo.
Todos se levantaron y alzaron los rostros. Aún con las máscaras, Harry pudo sentir
las miradas incrédulas de muchos Mortífagos ante su presencia.
—He marcado a muchos estos últimos tiempos. Vosotros sabéis que ser marcados
es una responsabilidad tanto como un orgullo. Debéis sentir y aceptar la Marca para
que esta os responda a vosotros como debiera ser. Con que la aceptéis una vez,
estaréis atados a ella. ¿No es así, Lucius?
Todos guardaron silencio, sin comprender a dónde iría su Señor con aquel extraño
discurso introductor.
—He encontrado, sin embargo —el rostro de Voldemort se curvó en una mueca con
un brillo perverso en los ojos rojos— un simple brujo. Un simple brujo con un
potencial innegable. Está aquí, entre nosotros, detrás de mí, a mi lado derecho, que
es donde corresponderá siempre. Junto a mí. ¿Comprendéis eso?
—Silencio —ordenó, con voz firme y ácida, una voz modificada por la varita. La voz
era poderosa, una voz que se oía en las mentes de todos los Mortífagos pero en
ninguna parte a la vez. Todos guardaron silencio, retrocediendo un paso—. Muy
bien hecho.
Érebo volvió a tocarse el cuello con la varita. La voz resonó en las mentes de todos
más que en sus oídos, nuevamente, consiguiendo que todos prestaran atención
solamente a sus palabras.
—Os aseguro que no soy peligroso, porque yo soy peligroso solamente con quienes
desean arriesgar mi vida, y vosotros no sois peligro para mí. Debéis comprender
cuál es vuestro lugar y cuál es el mío. Vosotros sois la basura de mis zapatos, la
descomposición de la materia, el terror de los inocentes. Pero yo no soy inocente.
No soy nada que vosotros hayáis conocido antes. Soy Érebo, y seré vuestra sombra
maldecida. Si me respetáis, os respetaré. Si me faltáis el respeto, os faltaré el
respeto. Así serán mis reglas. Si me maldecís por la espalda, os maldeciré hasta
que no podáis reconoceros en un espejo. Si me obligáis a actuar, no me detendré.
Sin embargo podéis contad conmigo. Si estáis de mi lado, estaré del vuestro.
Terminó su discurso quitándose la varita del cuello y sujetándola entre sus dedos
con parsimonia. Voldemort tenía una sonrisa de morbosa satisfacción en el rostro.
—Muy bien, joven señor —Rabastan agachó ligeramente la cabeza, pero una voz
entre aquellas sobresaltó a todos los Mortífagos.
Era la voz de una Mortífaga, una voz que Harry no conocía. Voldemort sí pareció
conocerla.
—Déjala desconfiar —pidió Érebo, con aquella voz que se fundía con la mente de
todos—. ¿Sabes por qué uso una máscara, Odile? ¿Sabéis vosotros por qué utilizo
yo una máscara?
—Así que ya sabéis —Voldemort se alejó de los Mortífagos y Érebo siguió sus pasos
—. Confiaréis en Érebo tanto como en mí. Deberéis tener especial cuidado con su
salud, porque he oído que Érebo es alguien con tendencia a meterse en grandes
problemas.
Érebo soltó una risa fría que recorrió la espina dorsal de todos los Mortífagos.
Harry sonreía porque otra cosa era darle puñetazos o Cruxes hasta que ya no
pudiera moverse. Incluso el Crucio parecía capaz de aliviar la quemazón que sentía
en los dedos.
La reunión acabó un par de horas después. Horas tensas donde las haya, llenas de
terror y respeto. Voldemort fue invitado por Lucius a beber un té en la salita de
estar extendiendo la invitación hacia Érebo. Érebo declinó pero acompaño a
Voldemort hasta el lugar, en el cual Narcissa Malfoy servía con una varita casi
blanca y tallada el té en delicadas tazas de plata, con el escudo Malfoy hundido en
el metal.
—Una reunión favorable por lo que veo, milord —fue el saludo de Narcissa. Lucius
tomó asiento y Voldemort también lo hizo en un pequeño sillón individual,
conjurando con su varita otro sillón a su lado, idéntico al cual se había sentado,
para que Érebo tomara asiento. Érebo asintió con la cabeza mientras se sentaba, la
tensión en el aire cortándose con un cuchillo.
—Fue… formidable.
—Mis disculpas por interrumpir, milord, pero, ¿quién es… él? —preguntó Narcissa.
Voldemort entrecerró los ojos ligeramente, con una pequeña molestia, pero
respondió de igual manera.
—Olvidaba, Narcissa, que tú no has estado en la reunión —Voldemort negó con la
cabeza—. Érebo es alguien de mi propiedad, pero que tiene su propio lado en esta
Guerra. No comparte ideales con la Luz ni con la Oscuridad, porque para él ninguna
de ellas está acertada. ¿No es así, Érebo?
Voldemort bebió té. Era una escena muy extraña para los ojos de Harry, que se
encargó de ocultar completamente la risa ante esa imagen: el aterrador Voldemort
bebiendo té-pesadilla-de-diabético. El Señor Oscuro terminó su té y se levantó con
un movimiento fluido; Érebo, Lucius y Narcissa se levantaron al mismo tiempo.
—Érebo y yo nos iremos ahora mismo, Lucius —dirigió una mirada fría a Érebo—.
Érebo, saluda.
—Un gusto conoceros, Lucius, Narcissa —Érebo agachó ligeramente con la cabeza
en un saludo cortés—. La Mansión es un lugar fascinante. Espero poder conocerla
más a fondo uno de estos días.
—Será bienvenido cuando desee, joven señor —dijo Lucius, servil, con un brillo de
sospecha en los ojos. Sin embargo no dijo nada mientras ambos se retiraban.
Salieron por el pasillo en el mismo momento que doblaba la esquina Bellatrix
Lestrange.
—Me voy con Érebo, Bellatrix —el tono de Voldemort no admitía réplica. Entonces,
sus ojos se posaron en los ojos negros de la máscara de Érebo y ambos partieron
sin decir nada más. Harry camino siguiendo los pasos de Voldemort hasta estar
lejos de Bellatrix, lejos de la salita, lejos de los cuadros—. Sujétate de mí —ordenó
fríamente al chico. No había nadie en aquel salón, ni siquiera retratos, sólo una
gran chimenea con varios sofás. Harry, reticente a tener que tocar a Voldemort
(porque para qué negarlo, con ese aspecto daba grima) envolvió los brazos en su
cuello y Voldemort se desapareció, sin ver que había un chico rubio en uno de los
asientos junto a la chimenea, observando con los ojos abiertos de pánico y
curiosidad.
Harry no supo en el momento que Voldemort había pasado a ser Cylean Rousseau
—físicamente hablando, claro— pero tan pronto llegaron a la puerta de Grimmauld
Place estaban abrazados. Tom le retiró a Harry la máscara y la guardó entre sus
túnicas. Harry se frotó el cabello con ambas manos hasta volverlo casi como era
normalmente, completamente desordenado.
Entraron. No había nadie, tampoco, y Harry respiró más aliviado. Fue directamente
a su habitación para quitarse las túnicas negras y la capa, deshaciéndose de los
guantes negros en el camino y sintiendo un zumbido muy familiar en la cabeza.
—¿Cómo ha sido? ¿Ha satisfecho tus expectativas? —preguntó casi burlón Tom, con
esa voz que a Harry lo relajó casi por completo.
—Todos llevaban máscaras. Daba miedo —se burló él, mientras subían las escaleras
rumbo a la habitación de Harry para que se quitara y devolviera las túnicas negras
elegantes al armario donde Tom las había robado, pertenecientes a un ya difunto
Regulus Black.
Snape sonrió —tenía una sonrisa cruel, oscura y sádica en el rostro apergaminado—
y movió su varita. Harry esperó algún hechizo, pero sólo lanzó un Muffliato al
retrato. Harry esperó a que Snape acabara de silenciar el retrato conectado con el
despacho de Dumbledore cuando le oyó decir:
23. El juicio.
Salieron temprano, por la madrugada. Remus iba con su mejor túnica, Kingsley
lucía sus túnicas formales e inclusive Tonks tenía un trajecillo monísimo y
encantador. Sirius, en su forma de animago, correteaba detrás de Remus que en
cada cruce de calle le rascaba detrás de las orejas.
Mientras el día se iba coloreando fueron llegando al Ministerio, esperando hasta las
siete de la mañana del día nevado y frío para adentrarse al Ministerio e ir a la Sala
de Interrogatorios, la misma Sala que había juzgado a Harry Potter años atrás.
—Canuto, te transformarás antes de entrar. Nadie tiene por qué verte —intentó
animar Remus. Canuto soltó un ladrido disconforme y siguió caminando por los
pasillos del Ministerio, observando el trámite de los magos y siguiendo con la
mirada a Lunático, Tonks y Kingsley. Tonks, en un sector, saludó amorosamente a
su novio y se despidió, debiendo llegar a una reunión prontamente. Remus la miró
hasta que ella se perdió de vista, y luego sus ojos preocupados pasaron a su amigo
animago.
"No te preocupes por mí, Lunático"intentó decirle Sirius, pero siguió en su forma de
perro, siguiendo los pasos casi vacilantes del Auror y de Lunático. Acabaron por
llegar a la sala, custodiada por dos Aurores de cabezas rapadas y expresiones de
hastiados. Probablemente estaban allí desde incluso antes de que ellos salieran de
la cama.
—Traemos al señor Sirius Black para su juicio —dijo él, con la voz solemne. Uno de
los Aurores detuvo su mirada en el perro negro y grande detrás de Remus, con los
ojos brillantes y demasiada humanidad en la mirada para tratarse de un simple
animal.
—El juicio comenzará temprano hoy —dijo uno de ellos, y Kingsley condujo a Sirius
ante el Tribunal.
El Ministro mismo estaba allí, con los ojos asombrados al ver entrar a Sirius Black
por su propio pie, sin ser arrastrado por ningún Auror. A su lado estaban Remus y
Kingsley, que les acompañaron hasta la silla del acusado.
Los murmullos corrían suaves y rápidos, voces y voces que envolvían todo y
convertían la sala en un hervidero de palabras. El Ministro pidió silencio.
—Nombre.
—El señor Sirius Orion Black es acusado de ser un Mortífago leal y declarado, de
traicionar a la familia Potter y entregarlos a El-que-no-debe-ser-nombrado —
comenzó Amelia Bones, con seriedad en la mirada y en la voz—. La defensa pide la
declaración de los hechos del señor Black.
—Yo jamás fui un Mortífago —declaró él—. No lo soy actualmente. Podéis ver mi
brazo libre de cualquier tipo de marca. Tengo tatuajes, pero todos ellos son simples
dibujos hechos de tinta muggle.
—Vaya a la noche del treinta y uno de octubre de mil novecientos ochenta y uno.
¿Qué sucedió esa noche?
Sirius comenzó a hablar, usando las palabras que había deseado usar muchos años
antes, palabras que eran verdaderas y cargaban todo el peso de aquellos años en
Azkabán.
—Lo encontré al día siguiente, a pleno día, en una calle secundaria del sur de
Londres. No podía huir por mucho tiempo, así que intentó distraer. Cerca se
encontraba un Auror principiante que intentó detenerme cuando saqué mi varita en
medio del gentío y apunté a Pettigrew.
—Sacó una cuchilla, gritando "¡James y Lily, Sirius! ¿Cómo pudiste?". Se cortó el
dedo meñique e hizo estallar la calle. Murieron doce muggles y el Auror. Luego se
transformó en rata y se perdió entre las demás ratas de las alcantarillas.
Fudge arrugó levemente el entrecejo. Las palabras coincidían. Sirius Black había
estado en Azkabán siendo inocente.
—Muy bien —fue Amelia Bones la que habló—. Quienes consideren culpable a Sirius
Black.
Ninguna mano se alzó. Sirius sintió una euforia que le movió por todo el cuerpo.
Todas las manos se alzaron, incluidas las manos de Fudge y Amelia Bones. Sirius
les quedó mirando sonriendo, sin tener el control de su propio rostro y de su propio
cuerpo. Temblaba con sentimientos contenidos que iban desde la rabia hasta la
felicidad y se cruzaban con demasía fuerza.
—Se le serán otorgados al señor Black los títulos de familia y será considerado
Heredero de la Noble y Ancestral Casa de los Black —dijo con decisión Fudge—. Por
cada año que pasó en Azkabán siendo inocente, se le retribuirá con cien mil
galeones. El señor Black es considerado libre de todos los cargos, y puede circular
con libertad sin temor por el Ministerio o los dementores.
Así, rápido, sencillo y simple. Sirius aún estaba sentado cuando las personas
comenzaron a abandonar el Atrio, cada uno preocupado por sus cosas. Algunas
personas más le dirigieron miradas, otros le ignoraron.
—No es gracioso, Sirius —Remus sonrió ampliamente—. Eso fue rápido. Muy
rápido. Me parece que Fudge no quería extenderlo más. No pidió declaraciones de
otras personas… Quería sacárselo de encima, ¿no?
Sirius sonrió. Fue una sonrisa casi perruna, feroz, y Remus retrocedió unos pasos.
Sirius pareció reaccionar y saltó para aferrarse con fuerza al cuello de Remus y
abrazarlo. Lo envolvió con sus brazos con una fuerza ajena y una calidez voraz. Lo
abrazó como si hasta ese momento no pudiera encontrar la felicidad y allí
estuviera, tan cerca de su mano, tan cálida y resplandeciente enredada entre sus
dedos. Siempre había estado allí. Siempre. Y sólo necesitaba ser libre, libre, al fin,
para encontrarse.
—¡Lunático! —chilló, como un niño pequeño, como el niño pequeño de once años
que había conocido a un serio Remus Lupin que agachaba la cabeza detrás de un
libro—. ¡Soy libre!
—Ya podré llevar a Harry a jugar Quidditch. Podré llevarlo de compras. Podré
compraros los regalos de navidad que os debo y, no me mires así Lunático porque
te debo un buen regalo, y os debo regalos a todos, ¡joder! Podré salir y no habrá
nada que Dumbledore o nadie haga para impedirlo.
Comenzó a reír. Era una risa furiosa, efusiva, temblorosa. Sirius reía como si nunca
hubiera reído antes. Remus intentó calmarlo con las manos en su espalda, pero
Sirius seguía riendo y sacudiendo la cabeza. Kingsley le dio unas palmadas,
consiguiendo que la tranquilidad del hombre se traspasara a Sirius.
Sirius Black caminó por los pasillos del Ministerio como un hombre libre. También
como un hombre libre caminó por Londres, donde ya muy pocas personas
recordaban al prófugo de la ley Sirius Black.
Llegó al número 12 sin ser seguido por Mortífagos y sin temor. Se adentró con
velocidad a la casa, Remus diciendo cosas sobre hacer una pequeña fiesta en La
Madriguera, que Sirius ignoró con el corazón adolorido mientras subía las escaleras
hasta llegar a la habitación de Harry.
—Claro que entiendo, Potter —gruñó la voz de Snape y Sirius se sobresaltó. ¿Qué
estaba sucediendo allí dentro?—. Te has hartado de ser el juguete de Dumbledore y
ahora eres el juguete del Señor Oscuro. ¿No es eso lo que está sucediendo?
Harry rió y a Sirius se le puso el vello de punta. Esa risa era cínica, asquerosamente
fría, una risa que se esperaría del ser más oscuro y no de su ahijado.
Sirius quedó allí, temblando, helado, con la sonrisa perdida en algún sitio lejano y
las manos deseando envolverse en torno al cuello de alguien.
—Mocoso insolente…
—¿Qué te hace pensar que el Señor Tenebroso tendrá consideración contigo? ¿Qué
cumplirá el acuerdo que han hecho? ¿Qué has tenido que ofrecer a cambio de la
seguridad, de salvar tu trasero?
—Estoy más cerca de su Señor de lo que usted ha podido estar alguna vez.
Digamos que tenemos una relación muy… especial.
Snape pasó con rapidez junto a él, agitando la túnica detrás de sí con ese frufrú de
telas tan típicas del profesor de Pociones. Sirius se quitó el hechizo desilusionador y
aguardó varios instantes, con el corazón hundido en el fondo de su pecho.
Y otra vez.
—¡No te hagas, Harry! ¡Lo oí! ¡Lo que hablabas con Snape!
Harry boqueó como un pez fuera del agua. Su rostro empalideció y, con los ojos
bien abiertos detrás de los lentes, no pudo negarlo,
—¿Fue algo que hicimos, Harry? ¿No te protegimos bien? —Sirius tomó las manos
de Harry, notando que sus propias manos temblaban de una forma incorregible—.
¿Qué sucedió, Harry? ¿Qué?
—No fue tu culpa, Sirius. Ni la de ninguno de ustedes. Fue… fue sólo algo mío. Yo…
—Sirius podía ver a Harry enfriarse ante sus ojos. Su mirada se tornó oscurecida,
su labio inferior tembló como si fuera a llorar, pero no había lágrimas en esos ojos
cargados de odio—. Puede que haya sido culpa de Dumbledore. Si no pude confiar
en el Jefe de la Luz, he decidido confiar en el Señor de la Oscuridad. Él… me
prometió su seguridad. Yo también hice un pacto. Ambos lo hicimos. Estamos
mágicamente enlazados a través del pacto. Estamos juntos.
Había algo detrás de aquella última palabra que Sirius ignoró. No quiso ahondar
más en el tema, en aquella maldita palabra que nunca debía unir a Voldemort y a
su ahijado.
—Sirius —envolvió la palabra con los labios—. Ya lo he hecho. Ya está hecho. Hoy
fui a la primera reunión.
Sirius jadeó y tomó con casi violencia a Harry del brazo, levantándole la manga y
encontrándose con la piel suave y tersa, sin marca alguna. Sin esperarlo las
lágrimas de alivio cayeron por sus mejillas.
—No me marcará, Sirius —Harry apretó los dientes ligeramente—. No hará eso
conmigo. No valgo exactamente eso para él. Yo no soy un seguidor, y él lo sabe.
Sirius se limpió las lágrimas con violencia, apretando los dientes, sintiéndose
destruido como nunca lo había estado. Era obvio para él que Regulus se uniría a los
Mortífagos, aunque nunca esperó que tan joven ni así, pero Harry… su Harry no era
un Slytherin, no era malvado, no era oscuro. Era su Harry. Su ahijado.
—Harry… —Sirius le miró con oscura decepción—. ¿Cómo pudiste? ¿Por qué no
confiaste en mí? Si no querías confiar en la Orden, podías confiar en mí.
—No quería herirte, Sirius —dijo con sinceridad Harry—. No quería que tú…
estuvieras decepcionado de mí. Sé que no soy lo que hubieras deseado por hijo de
James Potter. Sé que es una deshonra para él, para su memoria, pero… aunque lo
sé, no puedo evitarlo. Las cosas parecían alineadas, dispuestas a suceder. Yo le
debo un favor a Voldemort. Él me ayudó cuando nadie más estaba dispuesto a
hacerlo.
—¡Yo HABRÍA estado dispuesto a ello! —gritó Sirius, sujetando a Harry de las
muñecas con fuerza—. ¡Yo podría haberte ayudado, Harry!
—No quería preocuparte —musitó Harry, aunque Sirius pudo ver que era una
mentira. No quiso darse cuenta cuando aumentó la presión en ambas muñecas. No
quiso darse cuenta cuando Harry se quejó e intentó apartarse—. ¡Sirius! ¡Suéltame!
—No, Harry —Sirius se encontró fundido en una ira animal. Una ira humedecida por
el dolor, pero que era ira al fin y al cabo—. ¿Cómo demonios pudiste? ¡Tú eres mi
sobrino! ¡Mi jodido sobrino! ¡Estás saliendo con un miembro de la Orden del Fénix,
Dumbledore tiene un ojo enorme sobre ti! ¿Cómo has siquiera podido…? —Sirius se
detuvo cuando sintió algo punzante en la nuca. Algo punzante que, segundo a
segundo, se iba calentando más y más.
Reconoció la voz. Era Cylean. Se volteó, dispuesto a tener la ayuda del novio de su
ahijado, cuando le vio cambiar ante sus ojos. La puerta cerrada y con varios
encantamientos de privacidad no podía ser abierta por nadie desde fuera. Ni nadie,
tampoco, podría oír lo que sucedía adentro.
Cylean cambió de forma lenta, pausada. Su altura siguió siendo la misma, pero su
cabello se oscureció y enredó en torno a su rostro del más absoluto negro. Sus ojos
se juntaron unos centímetros y el rostro dejó de ser travieso para transformarse en
uno agudo, casi cruel, de ojos y cabellos oscuros como la mirada, y como la
sonrisa, sádica.
Sirius Black no tenía la menor idea de por qué sabía que ese hombre era
Voldemort, pero estaba seguro de que él lo era.
—Tom —pidió Harry, con voz baja—, creo que es hora de decirle.
—¡Tom!
—No puedo confiar a la ligera en nadie, Harry. ¿Quieres que tu padrino siga con
vida? Que haga el juramento. Ahora.
Tom le explicó la teoría y que él debía hacerlo. Sirius sujetó el brazo de Voldemort,
reticentemente, mientras Harry usaba la varita de Cylean para conjurar el
juramento.
Las últimas frases fueron una puñalada hacia Sirius, que apretó los dientes antes
de escupir un:
—Lo juro.
—Tú, Tom Marvolo Riddle —continuó él—, ¿juras no herir, mutilar, torturar e
inclusive matar a Sirius Black en forma de guardar tu secreto?
—Esto no era parte del trato, Harry —se quejó Voldemort. ¡Se quejó Voldemort!
Sirius tuvo que contener su mandíbula.
—Lo juro.
—Bien.
En enlace de luces se deshizo y ambos se frotaron los brazos. Sirius se cruzó de
brazos frente al pecho, con el ceño fruncido, el corazón herido y los labios
apretados.
—¡Mi turno, mi turno! Siempre soy yo el que debe estar revelando la verdad a las
personas. Primero a Snape, luego a Sirius…
Sirius se sentó. Y esperó. Y supo que, fuera lo que iba a suceder, no sería nada
bueno.
24. Verdades.
—¿Qué relación tenéis vosotros? —fue la primera pregunta de Sirius cuando tomó
asiento en la cama de Harry. Tom conjuró una silla frente a Sirius y, cuando
observó a Harry parado junto a él, conjuró otra silla idéntica a la suya junto a él.
Ambos se sentaron y Sirius esperó.
"Seré sincero con él" le dijo mentalmente Harry a Tom. Tom asintió discretamente
con la cabeza.
—Estamos saliendo.
—¿Por qué?
—Le lancé un hechizo de Impulsión para que fuera a un café muggle y encontrarnos
allí. Hablamos, y le solicité una tregua. Todo se fue dando a partir de allí. Tardó en
darse, si eso piensas. Harry era bastante reacio al principio.
—Estás confundiendo a tu padrino —le dijo Tom, entrecerrando los ojos. Harry le
sonrió.
Sirius observó el intercambio con los labios firmemente apretados en una línea.
Sirius se apretó las sienes, tal vez sintiendo un dolor de cabeza atroz que ni Harry
ni Tom podían ayudar.
Tom no dudó. Su rostro estaba completamente serio, con los ojos oscuros
entrecerrados y expresión impasible.
Sirius resopló.
La sonrisa que se formó en los labios de Tom Riddle era siniestra. Harry se alejó
unos centímetros para cuando Tom comenzó a hablar.
—Quiero inculcar artes oscuras legales. Son hechizos que no dañan a nadie, en
absoluto, pero que son capaces de corromper incluso el alma más pura. Hay
derivaciones de maldiciones prohibidas que no están del todo prohibidas… tal vez
porque no son conocidas por muchas personas. Hay escudos capaces de detener
explosiones o de conseguir que la maldición hacia uno mismo sea rebotada. Hay
miles de posibilidades que el Ministerio ha prohibido por considerar que está más
allá de lo que pueden comprender, porque la gente teme a lo que no consigue
entender. Hay hechizos que podrían hacer más fáciles las vidas de las personas,
más aún en guerra, y el Ministerio los considera peligrosos y prohibidos. Hay
escudos capaces de desviar la maldición Cruciatus al que la esté lanzando. Hay…
una infinidad de posibilidades interminables de cosas que los jóvenes de hoy no
aprender por temor. No todo es blanco o negro. Hay matices grises, e importan.
Harry sonrió de lado, ligeramente, para borrar toda expresión de su rostro. El
rostro de Sirius se veía pensativo, demasiado serio para lo que le gustaría de su
padrino. Suspiró.
—Tiene su sentido. Aunque sigues siendo un desgraciado brujo oscuro que mató a
mi mejor amigo y su esposa, y a ¡miles de personas más!
Harry suspiró.
—Aprendes a ignorar ese hecho cuando el hombre hace pucheros para que no le
despiertes por las mañanas.
Tom observó a Harry con una expresión traicionada en sus ojos oscuros.
—Pero, Sirius no puede decirle a nadie. A parte de él, nadie más lo sabe. Tranquilo.
Las mejillas de Tom estaban de un rosa suave, apenas notorio, pero marcado
debido a su palidez. Harry tuvo que rodar los ojos.
—¿Tú lo amas?
Harry observó primero a Sirius, luego a Tom. Intercaló las miradas en ambos antes
de asentir sin mirar a ninguno.
—Dímelo mirándome a los ojos, Harry. ¿Le has podido perdonar por la muerte de
tus padres? ¿Has podido dejar que te tocara sabiendo que con esa mano empuñó la
varita que los mató? ¿Esas manos que han matado y torturado? ¿Has pensado
siquiera en ello?
Harry apretó los dientes. No quería pensar en ello. Cuando estaba con Tom
intentaba ignorar todo lo que el hombre hacía en su "tiempo libre". Todo parecía
abstracto y lejano cuando lo ignoraba de un modo total y completo. Estaba con
Tom, no con Voldemort, y si bien había ido a la reunión de Mortífagos porque era
un aliado del Señor Oscuro, seguía sin compartir sus ideales. Eso de matar y
torturar gente no era lo suyo.
Harry se aferró a los cabellos, deseando enterrar el rostro entre las rodillas. Voces
zumbaban en su cabeza. Voces desconocidas, gritos de personas que morían, gritos
de personas torturadas, gritos y ruegos, súplicas, entre ellas las de su madre, las
últimas palabras de su padre…
Harry se dio cuenta de que no podía seguir allí dentro. Sin decir nada se levantó del
asiento y salió de la habitación, dando un portazo. Sirius se quedó allí, helado, y
Tom maldijo entre dientes.
—Esto se va a poner insoportable —gruñó Tom, y Sirius le vio con los ojos
entrecerrados. Si le veía bien podía ver por qué su ahijado se había sentido atraído
por él, pero, ¿acaso no veía la sangre en sus manos? ¿No veía la tortura? ¿El dolor?
—No deseo matarlo, si eso es lo que temes. Mis intenciones con él han cambiado.
Al principio, pensaba que tenerlo de mi lado sería beneficioso para la causa: ¡El
Niño de Oro siendo parte de la Orden Oscura! Nunca planeé lo que sucedería. No
tenía la menor idea de los planes de Dumbledore con Cylean Rousseau. La vieja
cabra está cada día más loca: sabe de los gustos de Harry, y ha decidido que lo
mejor para el mundo mágico sería drogar con Amortentia al Chico-que-vivió para
que se enamorase de su profesor. Créeme, Black, ha sido espeluznante. Odio las
pociones de amor. Le he dado un antídoto, pero lo que sucedió luego de ello… —se
detuvo, unos instantes, mirando con profundidad directamente a los ojos de Sirius
para sonreír sádicamente—. El viejo le había dado a tu nombre dulces cargados de
Amortentia. He partido uno. ¿Sabes a qué olía?
—¿A qué?
Sirius dejó que su mandíbula colgara. Cerró la boca cuando la mirada feroz del
Señor Oscuro le fulminó a la expresión incrédula.
—Tú amas a mi ahijado.
—Deseo cuidarlo y darle una vida en la que ya no deba ser más un arma. Planeo
hacer un mundo nuevo para él, para mí, para ambos. Planeo proteger y cuidar sus
intereses, atender sus peticiones, ayudarlo siempre que pueda —seguía hablando
con aquella expresión amenazante, con esos ojos fríos y calculadores sin ser
tocados por el menor sentimiento que juraba sentir—. ¿De dónde crees que
apareció Colagusano para que tú pudieras ser libre?
—¿Tú le entregaste?
—Algo así.
La sonrisa cínica en el rostro de Tom Riddle le dijo a Sirius Black que era mejor no
preguntar.
—Eres capaz de todo por Harry… ¿incluso de dejar tus ambiciones de lado? ¿De ser
un brujo de la luz?
—Dumbledore…
Unas manos conocidas acariciaron sus hombros y Harry dejó que un molesto
sollozo saliera de su garganta, pero se detuvo. No quería llorar. No quería nada.
—Harry, mírame —oyó la voz de Cylean, y alzó la vista. No quería ver a Tom, por lo
que era mucho mejor que estuviera en forma de Cylean. Con gente en Grimmauld
Place no podía arriesgarse a ser encontrado.
—Sirius tiene razón —musitó Harry, sin querer levantar el rostro del pecho de
Cylean, donde lo había enterrado. Los anteojos se le clavaban en la nariz. No le
importaba—. ¿Qué he estado haciendo?
—Soy alguien diferente a quien era antes —comentó Cylean—. No debes sentirte
mal por ello.
—Hablas como un niño pequeño —Cylean le acarició el cabello, con los labios cerca
de su frente, que al hablar le rozaban—. Te lo dije alguna vez: no hay bien ni mal,
sólo poder, y personas demasiado débiles para conseguirlo. Tú no eres débil, Harry.
Yo no soy débil. El bien y el mal está sobrevalorado.
—Pero…
—Pero nada, Harry. Sé que todo esto está siendo muy difícil para ti, ¿vale? Pero
también lo está siendo para mí. Intento dar un cambio a mi forma de aplicar los
ideales. La rabia y la locura me consumieron por décadas, pero ahora tengo la
cabeza más despejada, la mente más abierta. Puedo volver a mis ideales de cuando
era sólo Tom Riddle. Puedo volver a desear sólo un mundo donde los nacidos de
muggle sean criados por sangres pura, y donde los squibs sean preparados para
pocionistas o herbólogos, pero no abandonen nuestro mundo. Puedo ver todo como
hacía años no le veía. Y si lo que deseas es ver cambios en mí, podemos comenzar
desde ahora. Este es nuestro principio, este es nuestro comienzo.
Cylean suspiró. Tom suspiró. Pudo notar los dos tipos de suspiros, el suspiro
relajado y exasperado de Cylean, el suspiro frustrado de Tom. Él comenzó a
masajearle la espalda, desatando los nudos de tensión por el día.
—Me has hecho aprender una maldición adictiva —le recordó—. Estuve tentado a
usarla con Snape.
—No era adictiva —murmuró Tom—. Es sólo que tú necesitabas utilizarla. Una vez
que la aprendes, es difícil dejar los efectos que ésta te produce.
—¿Cómo puedes pensar algo así de mí? —hubo un silencio incómodo que siguió a
otro suspiro de Tom—. No, no le he maldecido. Aunque he estado a punto. Le he
invitado a considerar que tiene otra opción.
Harry se apartó ligeramente de Tom en forma de Cylean para mirar aquellos ojos
claros. Parecía que mientras más le veía más podía darse cuenta de las cosas de
uno en otro; los retazos de Tom en Cylean, los trozos de Cylean en Tom.
Harry negó.
—No es exactamente lo que quiero, pero eres libre de hacer lo que gustes.
—¿Incluso besarte?
Harry se lo pensó.
—Podría ser.
Tom besó a Harry suavemente, un beso delicado en el que sopesaba sus labios
entre los suyos, succionando ligeramente el labio inferior del chico y acariciando su
mejilla con la mano. Harry respondió ligeramente a aquel beso, sintiendo estallar
algo cálido en todo su pecho.
Quería a Tom. Quería a Cylean. Quería a Voldemort. Estaba seguro de que les
quería por igual, habiendo hecho lo que hubieran hecho; Cylean no era real, Tom
había matado hasta convertirse en Voldemort, Voldemort había matado a sus
padres y a Cedric. Pero no se arrepentía de sus acciones. Ni se arrepentiría en un
futuro cercano. Había tenido dudas, pero todo era más fácil cuando estaba en
brazos de Tom, y él le demostraba que todo podía ser diferente.
Aquí empezaba el cambio. Justo en ese momento.
25. Libertad.
—¡Hola, cachorro!
Harry se puso sus anteojos y observó ceñudo a Sirius, que levitaba un puñado de
bolas de nieve que iban volando por toda la habitación. Sirius parecía despejado,
libre, con los ojos atentos y la sonrisa en el rostro.
Harry recordó que ese sería el primer día oficial de libertad para su padrino.
Saldrían al parque, no muy lejos de allí, el parque que estaba justo en la esquina y
que se extendía por toda la calle. Iban a salir al callejón Diagón, pero Kingsley no lo
consideró ni por un segundo: demasiado peligroso.
—Roncas —Tom le devolvió la almohada con un golpe y ambos se miraron con los
ojos entrecerrados unos largos segundos antes de estallar entre risas. Tom le
revolvió los cabellos—. Anda, vamos a la ducha y a desayunar.
—Sí, profe.
Tom maldijo en voz alta, tomó su almohada y fue directo a su habitación. Al menos
allí tenía ropa limpia.
Desayunaron liviano y poco, más que nada porque Sirius estaba botando en la silla
de la emoción. Parecía un pequeño crío el día antes de navidad. Y aunque navidad
ya había pasado, Sirius insistía con que debía comprarles regalos a todos.
—¡Hora de salir! —chilló su padrino, mientras Harry iba hacia la puerta seguido de
Cylean, Kingsley, Remus y Tonks. Salieron y no había muchas personas en el
exterior, por lo que se podía ver desde la puerta. Afrontaron el exterior con pasos
firmes y Sirius se quedó observándolo todo, desde el cielo nublado hasta el césped
cargado de nieve. Tenía una sonrisa extraña en su rostro, una expresión que
variaba entre la euforia y la melancolía. Sirius era libre. Al fin.
—Anda, Sirius. Vamos a hacer un muñeco de nieve —ofreció Harry. Caminaron
hasta el parque con ropajes muggles, abrigados y prácticamente irreconocibles.
En algún momento entre hacer el muñeco y ángeles de nieve todo se volcó en una
guerra de bolas de nieve en la que Kingsley, Remus y Tonks bombardeaban a
Cylean, Sirius y Harry. Sirius, escondido detrás de un fuerte y dándose cuenta de
que nadie lo veía, se transformó en Canuto y rodeó el parque para destrozar las
bolas de nieve que sus enemigos habían creado, sin contar con que Tonks tenía
algunas de reserva que le arrojó. Sirius se volvió a transformar en él mismo y aulló,
derrotado.
No había muchas personas fuera, lo que resultó un alivio. No querían explicar por
qué el ex convicto Sirius Black estaba allí, tan feliz y tan libre. Después de todos los
juegos Sirius sugirió/pidió/exigió ir a un pub muggle en que sirvieran scones y café
bien caliente. Kingsley examinó la zona y escogió uno bastante pequeño y privado.
Cylean se disculpó con ellos, besó a Harry y se despidió, diciendo que necesitaba
hacer algunas compras pero que volvería a la casa temprano. Ya en el café,
mientras Remus y Tonks pedían en la caja y Kingsley custodiaba la puerta (nunca
hay que bajar la guardia) Sirius tomó asiento en una mesa del fondo junto con
Harry.
—Quería hablar contigo, Harry. En privado —añadió, al ver la mirada en los ojos de
su ahijado, la forma en que miraba hacia los demás de aquel inusual grupo, como
buscando ayuda.
—Quería… disculparme.
—Harry —Sirius arrastró las erres—. Ya sabes por qué. No hemos podido hablar…
es que necesitaba pensarlo. Y he llegado a la conclusión de que, sin importar el
camino que tomes, iré contigo.
Los ojos de Harry brillaron. Fueron como luces en la oscuridad, destellos verdes en
un marco negro.
—¿En serio?
—No, es una broma —Sirius endureció su rostro unos segundos para que luego se
quebrara con una amplia sonrisa—. Anda, cachorro. Te seguiré a donde sea. Aún si
muero en el intento.
—Intentaremos que no mueras, ¿vale? —pidió Harry, rodando los ojos—. ¿Estás
conmigo? ¿Así? ¿Sencillo?
—Siempre estaré contigo, Harry —susurró Sirius, de forma baja e íntima, y era una
promesa. La sonrisa de Harry ocupaba casi todo su rostro, y era completamente
sincera—. Pero para poder estar contigo, necesitaré que me cuentes todo. Desde el
principio. Y esta vez tú me lo contarás, sin bromas, sin problemas. Con toda la
seriedad que sea posible en un hijo de Merodeador.
—No me quejo de tu cintura, amor —dijo Remus, sonriendo. Tonks se llevó las
manos a la cintura, ofuscada.
—Compro —Tonks sonrió—. Vamos, Sirius puede cuidarse solo y confío en que
Harry sepa patear traseros sin la ayuda de una varita.
—Yo no sabía que Tom me había lanzado un hechizo de Impulsión. No tengo idea
de cómo lo hizo —admitió Harry, cuando estuvieron rodeados de nieve y en una
banca congelándose los traseros—. Pero lo hecho, está. Al principio no lo creía… no
realmente. ¿Voldemort, cambiar? Pero no ha cambiado. Sigue siendo él mismo,
pero su cuerpo ha cambiado, por lo tanto sus reacciones y expresiones pasan por
un filtro antes de que él mismo las exponga. Antes de decir algo ese algo pasa por
el filtro Cylean, y es dicho con acento francés. Antes de sonreír maliciosamente
pasa por el filtro Cylean y sonríe de forma curva, cómica. Es… diferente, sí, pero
sigue siendo él mismo. En parte eso me confunde —Harry se mordió el labio y
Sirius conjuró un encantamiento calentador para ambos. Lo iban a necesitar. Su
ahijado se lo agradeció con la mirada—. Yo… no puedo decir qué fue lo que me hizo
cambiar. No puedo decírtelo. Pero tú sabías que mi fe en Dumbledore se
tambaleaba cuando él no hizo nada por las torturas de Umbridge. Tú sabías eso,
¿recuerdas? —Sirius asintió. Harry continuó—. Fue un proceso difícil confiar en
Tom. Pero hicimos un pacto. Él se encargó de algo que a mí me molestaba, y en
cambio… no, no iba a serle leal, Sirius —esquivó la mirada dura y cargada de
preocupación de su padrino encogiéndose de hombros—. Nunca le prometí lealtad.
No de esa forma. Pero prometí hacer una tregua: yo no atentaría contra su vida, él
no atentaría contra la mía ni la de mis seres queridos. Dumbledore me dijo la
profecía, y de alguna forma que no tengo idea Voldemort… Tom, pudo saber qué
decía también. Y eso le hizo meditarlo y dar vuelta la situación a su favor, como un
buen Slytherin haría.
—Eso lo comprendo, Harry. O por lo menos, creo que lo comprendo —Sirius enredó
sus dedos entre el cabello, tirando de las raíces y causándose dolor. Necesitaba
centrarse.
Harry se mordió el labio. Sabía que lo que iba a hacer era básicamente como
traicionarse a sí mismo, porque era algo que no planeaba revelarle a Sirius. No
planeaba revelárselo a nadie, en realidad, luego de que Dumbledore actuara como
había actuado. No planeaba ser objeto de lástima de nadie.
—Tom… sabe algo sobre mí. Algo que nadie más sabe. Mi alma está tan destruida
como la suya, Sirius —Harry apartó los ojos de los de su padrino—. Yo… bueno, no
fui exactamente el autor, pero sí el autor intelectual, y el muy enfermo se lo
merecía, aunque…
—Se lo conté a Dumbledore. El viejo… dio una poción a ambos que les quitó todo el
interés en mí. Al principio no creí que existiera, estuve mucho rato tras libros de
pociones —Harry hizo una mueca recordando aquellos días enterrado en el dolor y
la desconfianza, simplemente leyendo sobre pociones para olvidar y pociones de
desinterés, filtros del olvido, elixires de la amnesia... Apretó los ojos unos segundos
y luego los abrió. Seguía sin haber lágrimas en sus ojos—. Les borró la memoria,
aparte. Arrancó de raíz aquellos recuerdos, por lo que, en caso de que le dieran
Veritaserum, podía decir que jamás lo hizo porque no recordaría haberlo hecho. Lo
pensé mucho. Demasiado, seguramente. Buscó formas de protegerse a sí mismo
con todo lo que había sucedido. Después de todo, ¿qué dirían de él, el gran Albus
Dumbledore, si el único chico que tenía a cargo fue abusado sexualmente por su
propio primo? ¿Y abusado toda su vida por el resto de su familia sanguínea? ¿No
sería mejor para él ir con su padrino prófugo de la ley y…? —se detuvo unos
segundos y una sonrisa extraña, salvaje, apareció en su rostro—. ¡Estas vacaciones
podré volver contigo, Sirius! ¡Podremos ir a donde sea! ¡Eres libre!
Sirius tampoco había caído en eso. Ahora podría cuidar de Harry. Pero la euforia de
Harry no era nada comparada con los destrozos de su interior al saber aquella
verdad.
—¡Claro que lo siento, mocoso! Siento horrores lo que te ha sucedido, pero creo
que aún estoy en shock. Pensar que si no hubiera sido por cazar a la rata hubiera
podido cuidarte como es debido… —chasqueó la lengua y soltó a Harry, que parecía
haberse puesto del color de los cabellos de su madre por el férreo abrazo de su
padrino—. Y también debo analizar bien a dónde vamos a ir de vacaciones. ¿Te
parece ir a España? ¿Francia? ¿Holanda? Podemos ir a Egipto. ¡O a Las Vegas! Te
falsificaré una documentación… o creo que con un simple Confundus a la gente
adecuada bastará.
Harry rió.
Sirius sonrió, pero su sonrisa fue perdiendo intensidad mientras veía la expresión
del rostro de su ahijado. Tomó su mano y le dio un apretón.
—Harry, no creas que te siento diferente por lo que ha pasado. Eres mi Harry, mi
cachorro de Cornamenta. Te quiero sin importar lo que hayas vivido y tus
elecciones. Te ha sucedido una desgracia y la has afrontado. Has vivido mucho más
que yo a tu edad, y eso que yo me quejaba de haber tenido una vida difícil.
—Por lo que te acabo de contar es por lo que decidí hacer una tregua con Tom. Él
se cargó a Dudley, y Archivald Keyglass está en la cárcel.
—¿Al… revés?
Harry negó.
—Es más castigo para Archivald ser abusado que la muerte. Con la muerte,
obtendría paz. Dudley murió en mucho sufrimiento.
—¿Cómo sabes que Archivald será abusado? —preguntó Sirius, enarcando una ceja.
La sonrisa cínica de Harry fue casi toda la respuesta que necesitaba.
—Créeme, lo será. Tom se encargó de todo. Ahora mismo debe estar gozando un
buen dolor de trasero.
Harry rió, una risa grave y oscura que a Sirius le puso el vello de punta.
—No decidí confiar en él. Sabía que no podía confiar en muchas cosas, pero sí en su
palabra. Juramento mágico.
Sirius lo meditó.
—¿Y cómo te enamoraste de él? ¿Qué tiene Lord Voldemort de especial? No es que
menosprecie que haya matado a media población mágica, pero no creí que tenías
esos gustos… —Sirius trató de bromear, con la garganta seca. Harry se encogió de
hombros.
—El amor es inexplicable. Fue gradual. Al principio no estaba seguro, luego… fue
como despertar. Como abrir los ojos. Como respirar por primera vez el aire
completamente puro. Como comenzar a caminar sin un peso en la espalda. Yo… no
lo amé desde el principio, claro que no. Fue ganándose mi confianza. Era…
simpático, sencillo. Se comportaba como un crío y no como un Señor Oscuro. Es
inteligente. Es poderoso. Me ofreció una opción. La acepté. Ahora soy su aliado, su
amigo, su pareja. Y él… lo es todo para mí.
Sirius suspiró.
—No creí que era una mentira. Creí que estabas confundido —Sirius echó la cabeza
hacia atrás y suspiró—. Es… ¿es difícil quererlo?
Harry negó.
—Es sorprendentemente fácil. Una vez que lo tienes cerca no puedes alejarte más
de él. No es una opción. Es una necesidad. Es energía, devoción, satisfacción. Es
poder. Es magia, una magia demasiado complicada como para que cualquiera de
nosotros la comprenda. Es… como si estuviera escrito, de alguna manera. Nada se
nos ha complicado. Todo se nos ha puesto demasiado fácil. Siento que incluso es
un sueño, un sueño demasiado agradable para ser verdad.
—Te seguiré, cachorro. Eres el aliado de Voldy, por lo que tienes algún tipo de
poder. Así que te seguiré. Estaré contigo. No me apartaré de tu lado. Y si me
matan, volveré como Inferi y os haré la vida imposible a todos.
—Yo que creía que oirían eso cuando te lleve a Las Vegas.
Harry le sacó la lengua a su padrino sin sombras en sus ojos. No había rastro
alguno de dolor o de pena, de tristeza o lamentaciones; en ninguno de los dos.
Simplemente se abrazaron con fuerza, afectuosamente, con una dulzura que a
ambos les había faltado en sus vidas y obtuvieron tarde.
—Érebo.
—Mola. Oscuro y siniestro. Digno compañero de Voldemort. ¿No suena bien? Voldy,
Éreby, Voldy, Éreby…
—Estoy sorteando un Crucio y tú, Black, estás comprando todos los números.
Ambos se voltearon a ver a Cylean que, cruzado de brazos, había atravesado las
barreras de seguridad y oído sobre el Muffliato. Ningún hechizo era infalible al
Señor Oscuro.
—Lo lamento, oh gran señor de la oscuridad —se disculpó falsamente Sirius. Cylean
bufó.
De momento.
26. Sentir.
"Neville:
Espero que no te resulte extraña esta carta. Te la enviaré vía Fleance, la lechuza de
Cylean, no porque algo malo le haya sucedido a Hedwig, no, si no porque Fleance
es veloz como ella sola, y necesito una respuesta vía flú (estoy en Grimmauld
Place, como sabrás) o vía lechuza con la mismísima Fleance porque es urgente.
(No que no aprecie el consejo de Ron en caso de que éste fuera a dármelo, pero
tampoco voy a pedírselo, vamos; ¿te das cuenta de lo que le hace a Hermione, y
voy a pedirle consejo? No, no, gracias).
Cariños,
Harry".
Era veintiocho por la noche, casi medianoche, cuando Neville sintió que su ventana
era picoteada y fue a abrir. Leyó la carta de Harry con ojos entreabiertos y dejó que
una carcajada brotara de su garganta al leer la desesperación y nerviosismo de su
amigo. Harry estaba completamente loco, pero bien, era su amigo loco.
La lechuza —un ave de color pardo claro, con una corona de plumas que parecían
una peluca vieja— ladeó la cabeza y Neville la invitó a pasar.
Fleance voló desde la ventana hasta su brazo. El chico encendió una vela con un
fósforo junto a su mesa de noche y a la luz de la vela recorrió la habitación hasta
su escritorio. Deseando tener ya mismo los diecisiete años para hacer magia fuera
del colegio encendió varias velas más y tomó una pluma y pergamino.
"Harry:
Sinceramente,
Neville".
Neville envió a Fleance y el ave le picoteó en los dedos con cansancio antes de
lanzarse a la noche cerrada. El chico suspiró. Mañana mismo hablaría con Harry.
Era temprano, apenas las nueve de la mañana, y había madrugado. Sentía ojeras
en el rostro por haber despertado a medianoche, pero nada que no pudiera
arreglar.
Sirius Black abrió la puerta. Neville había visto de Sirius fotografías en el profeta, y
una fotografía de él cuando era joven en la que estaba con su padre y su madre y
los padres de Harry en una reunión de gala, pero aquella era la primera vez que le
veía en persona. Le sonrió.
Vio de reojo como Sirius guardaba la varita bien en la manga y luego de echar una
mirada al exterior cerraba la puerta.
—No es seguro venir en el pleno día —regañó Sirius, mientras avanzaban por el
pasillo siendo seguidos por corrientes oscuras manando de todas las esquinas—.
¿Por qué has venido?
—Harry tenía que hablar conmigo. Luego, si no le molesta, usaré el flú para irme
entrada la tarde.
—Que. No. Me. Trates. De. Usted —siseó Sirius, moviéndose hasta quedar frente a
Neville—. ¿Tú lo sabes?
—Nada —Sirius esquivó la mirada de Neville—. Yo sólo decía… Harry está saliendo
con…
—Ya desayuné en casa, gracias señor —Neville se escabulló antes de que Sirius
pudiera maldecirlo por no tutearlo.
—¡Neville! —Harry le miró con una sonrisa ancha que le ocupaba todo el rostro.
Estaba sentado muy junto al profesor R, cuya esencia mágica se agitó en torno a
él, turbulenta y siniestra, para envolver al chico mientras se paraba. Harry se
estremeció sin dudarlo unos instantes, casi sin darse cuenta, para ir tras Neville y
chocar las manos—. ¡Has venido!
—Hola, profesor R.
Sintió, como cada vez que lo veía, como la magia de Cylean Rousseau —oscura,
pesada a un modo casi asfixiante— le envolvía y probaba su destreza. Era un reto
secreto con su profesor. El profesor R era demasiado oscuro como para su gusto
general, e incluso tenía residuos de imperdonables en sus manos —Neville podía
saberlo; las había visto en las esencias de sus padres— y se contuvo de hacer una
mueca cuando sintió el empuje contra su propia magia. La magia del profesor R
estaba reaccionando de forma violenta ante la invasión, y dejó de examinarle
mientras volvía su atención a Harry.
Ah, Harry. No tenía idea de qué había sucedido, pero la magia de su amigo, que
antes se tornaba como un hogar en calma, ahora reaccionaba extasiada. Era gris,
dócil y amplia, y se movía en torno a él como una sombra. Neville le sonrió
ampliamente a su amigo.
—¿Creíste que te respondería una miserable carta que me mandas por primera vez
en todo el año? Esto merecía una visita en persona —le cuchicheó, muy bajo, y el
rostro de su amigo pasó de ser alegre a avergonzado.
Neville negó.
—Ya no soy tu profesor, Neville, puedes llamarme Remus —el hombre lobo le
sonrió. Había ese aire salvaje en su esencia que a Neville conseguía incomodarlo y
causarle curiosidad al mismo tiempo. Si bien era algo que se veía solo con los ciclos
de la luna, su magia se volvía inestable y salvaje mientras más cercanos a la luna
llena estuvieran. No sólo había cambios en él, en su magia también. Neville se
había cuidado mucho de no decírselo, no quería incomodar al pobre hombre.
Remus sonrió.
—¿Por qué no? Podría quedarme mirando algunos libros. Un día tranquilo, para
variar.
Harry le sacó el dedo del medio que, para desgracia suya, tenía jalea de una de las
tostadas. Cylean capturó el dedo y lo lamió, y Harry no fue el único que enrojeció
varios tonos.
Neville sintió la magia de Sirius antes que su mano, y pronto el hombre se estaba
apoyando en él para dejar de reír.
Sirius le dio un recorrido por las habitaciones y Neville sintió extraños espasmos por
todo el cuerpo que intentó esconder con cada aura mágica oscura en cada uno de
los rincones. La oscuridad era fuerte, terrible. Dolía en cierta forma, como una
presión angustiante en el medio del pecho que conseguía que los ojos se le
cargaran de lágrimas. En algún momento, Sirius Black se dio cuenta.
Él asintió.
—Lo sé.
Sirius no hizo ninguna pregunta y cuando fueron a la sala Harry ya estaba allí.
Estaba completamente abrigado para internarse en la nieve y Neville vio el gozo en
las facciones de Sirius al ver que el profesor R tenía una expresión desalentadora.
Neville sabía que lo que el profesor de Defensa sentía por Harry iba más allá de un
simple amorío: era obsesión, una forma de verlo que iba más allá de un simple
romance. El profesor estaba enlazado a él de una manera que su magia
reaccionaba con tenerlo cerca: se envolvía y lo apresaba, se unía a la magia de
Harry de forma que podrían parecer una sola del más gris plomizo con el gris
perlado. Oscuridad y sombras, tensión y poder, fracciones de segundos en que las
miradas decían más que las palabras combinados con las marcas de mordiscos en
el cuello de su amigo cuando llegaba por las noches a la Sala Común. Todo era
oscuro, todo se envolvía de esa forma que le pegaba la lengua al paladar y le
dificultaba pronunciar palabra alguna.
—Estoy listo, Neville —le sonrió Harry cuando estuvieron frente a frente. Cylean
reclamó la atención de su novio con un tirón de cabello.
—Despídete.
—No nos veremos por unas horas, no por varios años —se quejó Harry, pero
procedió a depositar el más dulce de los besos sobre los labios del rubio. Neville se
aclaró la garganta cuando Cylean le sujetó del rostro y le abrió los labios con la
lengua; Harry se apartó sonriendo, pícaro, con una expresión entre perversa y
avergonzada.
Después de todo, aunque Harry se encontraba actuando como una dulce flor en
ciertas ocasiones, Neville sabía que no lo era. Su amigo tenía una oscuridad
comparable con la del profesor, aunque de una forma diferente. Siempre de una
forma diferente.
—Sirius, Remus —Harry les sonrió a los hombres mientras se ponían sus abrigos.
Era ropa muggle, y Neville se alegraba de tener algo de ropa de ese tipo que había
pertenecido a su padre tantos años atrás.
Neville decidió no decir nada de la extraña magia que rodeó a Harry por unos
minutos, y tampoco del destello que brilló en la cicatriz de su amigo por unos
segundos, antes de que Harry sonriera con picardía y le dirigiera a su pareja una
mirada tranquilizadora. Otro rayo de luz —Neville casi se había acostumbrado a
verlos; tenía la teoría de que se trataba de algún tipo de hechizo hecho por su
profesor para comunicarse mentalmente con Harry, y que Harry también sabía
utilizarlo, aunque desconocía su origen— y allí se despidieron con una mirada que
lo decía todo.
Algunos podrían decir que era amor, pero Neville sabía que era más que eso. Era
necesidad, poder, afecto, posesión. Pero, ¿amor? Dudaba mucho que alguien con el
aura mágica de Cylean Rousseau pudiera sentir amor alguna vez en su vida.
Incluso, si pensaba en ello, se sentía mal por Harry y quería decírselo. Pero algo se
lo impedía, porque decirle a Harry lo que veía y sentía era revelar sus poderes, y le
había prometido a sus padres —cáscaras vacías de lo que alguna vez habían sido—
que lo mantendría en secreto, ya que los mismos poderes que tenía él los habían
tenido sus padres, y por aquel motivo la Cruciatus había tenido un destino tan fatal
para ellos: la magia oscura había encerrado y destrozado sus mentes y sus
sentidos.
Se internaron entre callejuelas y esquinas hasta llegar a una zona comercial. Harry,
tan pronto estuvieron entre las multitudes, se volvió hacia su padrino y su amigo.
—Sirius, Remus, ¿podréis darme un poco de espacio? —pidió, con voz suave—.
Quiero comprar unas cosas con Neville… unas sorpresas. ¿Va?
—Harry, nosotros debemos… —comenzó Black, y Neville sintió la magia del hombre
avanzar hacia ellos como si quisiera atraparlos y mantenerlos ocultos. Harry le
sonrió ampliamente a su padrino.
—Dudo mucho que Voldemort sepa dónde estamos. Y de todas formas, dudo
mucho que ataque ahora —fue como si Harry le recordara algo a su padrino, y
Remus no fue el único que se dio cuenta de que algo importante se estaba
perdiendo allí. Sirius asintió suspirando.
—Tres —negoció Remus, frunciendo ligeramente el ceño. Harry rodó los ojos.
—Tres y media —suplicó, como un niño pequeño que está negociando hasta que
hora quedarse despierto. Neville sonrió con una mezcla entre ternura y burla.
—Vale —Remus sujetó del brazo a Sirius—. Anda, Sirius. Vamos a que te pruebes
veinte pantalones de cuero diferentes y al final no compres ninguno.
Neville no tenía idea de por qué aquella mirada traicionada en el rostro de Sirius,
pero la ignoró para ocuparse en Harry. Se despidieron con la mano y se alejaron
unos cuantos metros entre la multitud, internándose entre las filas de tiendas con
escaparates coloridos, decorados con árboles de navidad y lucecillas. Era
demasiado extraño; Neville reconocía la navidad desde que comenzó a asistir a
Hogwarts. Su abuela celebraba el Yule y ese tipo de tradiciones. De todas formas,
había aprendido a gustarle.
—Entonces, ponme al tanto de las cosas, Harry —pidió Neville, casualmente,
mientras observaban el escaparate de una tienda de zapatos. Harry observaba con
los ojos entrecerrados unas botas de plataforma demasiado alta, y Neville casi
podía ver la imagen de su profesor enfundado en esas botas.
—Me alegra que hayas venido a verme, Neville —dijo Harry, dirigiéndole una
sonrisa—. Necesitaba ayuda. De verdad que la necesitaba.
—Un lugar más cálido estaría bien —sugirió Neville, y se introdujeron en una tienda
de ropa para fingir que iban a comprar. Neville había traído dinero, pero eran
galeones, y dudaba mucho que los muggles aceptaran gigantescas monedas de oro
como pago. Se lo dijo a Harry.
—No te preocupes, tomé unas cuantas libras —sacó de su bolsillo algo de cuero,
alargado y grueso y le enseñó papeles. Billetes, recordó que se llamaban. Eran
bastantes, aunque no sabía el valor que tendrían. Asintió y le enseñó una camisa,
fingiendo que estaba interesado en ello.
—Yo creo que la cadena con la serpiente es buena idea —musitó Neville mientras le
alcanzaba una camisa gris. Harry le miró con escepticismo.
—Bromeas, ¿verdad?
—Pensaba pedirle ayuda a Sirius o a Remus, pero iba a ser demasiado humillante.
Sirius intentó volver a darme "la charla"… desde cuarto que no mencionaba nada al
respecto —Harry suspiró mientras tomaba una camisa roja de la percha y se la
apegaba al pecho por sobre la ropa—. ¿Qué dices?
—Creo que al profesor R le gustará más el verde —le alcanzó otra camisa de un
color más oscuro que el de la bufanda que su amigo llevaba—. Si quieres agradar al
profesor R, claro.
Neville rió.
—Puede que tenga un gusto discutible, pero sé unir las cosas en su sitio —esperó a
ver la mirada incrédula de Harry para decirle, con una sonrisa—. ¿Estás seguro de
lo que piensas hacer? Después de lo que te ha sucedido… creo que es un gran paso.
Harry se sobresaltó.
Harry agachó la mirada unos instantes. Neville se acercó a él para oírle hablar en
un débil susurro.
—Desde que dijiste algo así como que sabes lo que es el dolor. Y supe qué era lo
que te sucedía.
Harry le sonrió.
—Lo sería más aún si tú confiaras en mí, y todos podríamos ayudarte si confiaras
en todos nosotros. Sé que no somos exactamente el grupo más unido, y menos aún
desde que estás con el profesor R (no lo tomes como una ofensa, Harry, pero es la
verdad), pero podremos ayudarnos entre nosotros. ¿O acaso no recuerdas la
serpiente que conjuramos en la cama de Dean Thomas cuando engañó a Ginny? No
cuenta como ayuda, pero sí fue bastante bueno para ella verlo correr gritando en
calzoncillos de leones… ¡Por Merlín, no sabía que se fabricara ropa interior con logos
de casas de Hogwarts!
Neville rió.
—¿Qué somos, niñas de tercero hablando de los chicos que nos gustan? —Neville
buscó entre la hilera de camisas una blanca y de la puso en la cabeza y agudizó la
voz—. ¡Oh, Harriet, estoy pensando en casarme de blanco la semana próxima con
mi amigo Slytherin por correspondencia! ¡Que sí, claro que me gusta, es divino,
pero aún no sé quién es! ¡Oh, Harriet, amiga mía, estoy tan frustrada!
Neville detuvo sus risas y burlas para mirar a Harry con los ojos bien abiertos.
—Harry…
—¿Qué?
—Me llamaste Nev —había una sonrisa floreciendo en los labios del chico. Harry le
miró confundido.
—No, Harry. Es que nunca nadie me había dado un apodo. Estoy que flipo —Neville
le sonrió ampliamente a su amigo—. Volvamos a lo que importa. Pruébate estas
camisas y te hablaré en los probadores.
Harry observó la pila de camisas que tenían en las manos. Una roja que descartó
de inmediato, dos verdes —una lisa y la otra con cuadros de verde más claro y
líneas grises— dos blancas, dos grises. Bufó y tomó una de cada antes de dirigirse
a los probadores.
—¿Y se las respondiste? —Harry salió del probador con la camisa verde a cuadros.
Tenía la piel expuesta de gallina y Neville le acomodó el cuello de la camisa.
—Esta te luce genial —decidió—. Y sí. Al principio no sabía cómo responderle, pero
luego ubiqué a la lechuza y le hice que le llevara cartas a su amo. Me costó
bastante.
—Unas cuantas semanas. Mientras tanto, cada tres días, puntualmente, me llegaba
una carta.
—¡Oh, ya recuerdo! —la voz de Harry era fuerte y potente, y Neville tuvo que
chistar para que bajara el volumen del tono—. Es esa lechuza parda con pechera
casi negra. Creí que eran cartas de tu abuela.
—Mi abuela tiene a Fox, ¿recuerdas? Es la vieja lechuza de papá. Está vieja, y es
bastante torpe, pero abuela se niega a comprar otra.
—¿Cuántos años puede vivir una lechuza? —preguntó Harry, curioso. Neville se
encogió de hombros, aunque su amigo no podía verlo.
Harry salió con la camisa gris y Neville volvió a acomodarle el cuello. Harry resopló.
—¿Sabes, Nev? —comentó, con una sonrisa pícara—. Eres muy maternal.
—Claro que sí, Harry querido —Neville endulzó la voz de forma que sonaba con una
dulzura tan falsa como la de Umbridge. Harry le sacó la lengua y volvió a meterse
en el probador para salir con la camisa blanca. Tenía el cuello y los puños de color
negro, y los botones también de ese tono. Neville le tocó el pecho con la punta del
dedo—. Esta. Definitivamente esta.
Harry se miró reflejado en los espejos. Si bien era delgado, el largo de la camisa le
hacía lucir más alto, e iba bien con los pantalones que estaba usando. El chico
asintió y Neville vio cómo su magia se agitaba, conforme.
Era tan extraño como la magia de uno podía estar tan enlazada a los sentimientos y
emociones.
—Entonces —Harry se inclinó hacia él mientras pagaban las dos camisas que iba a
llevar: la verde a cuadros y la blanca y negra—, ¿dices que podría usar el colgante…
y nada más?
Neville asintió.
—Podrías buscar un lugar especial. No que sea algo cursi, porque no os veo de ese
rollo, pero podéis… bueno, el profesor R debe tener algún lugar propio… ¿podrías
pedirle que te llevara allí?
Tal vez tenía que ver con Cylean, pero Neville no quería pensar en que aquel
hombre con tanta oscuridad fuera tanta luz para Harry, a pesar de que era más que
obvio.
—Eso es muy básico hasta para ti, Harry. ¿Dónde ha quedado el valiente Gryffindor
que ha vivido miles de aventuras?
—No han sido miles —Harry hizo un puchero. Lucía terriblemente adorable—. Y tú
también has hecho aventuras.
—Y yo, siendo cortejado por un Slytherin, estoy demostrando que soy un digno
león.
—Tengo novio.
Ambos amigos rieron mientras iban a pagar. Luego de ello a Harry le quedaban
algunos cuantos billetes, pero por la expresión de su rostro Neville supuso que no
era suficiente para comprar otra cosa. Ninguno contaba con que las botas saldrían
tanto.
Las paredes estaban cubiertas de libros de arriba abajo, y no sólo de libros: había
magia en el aire. Detrás de una afilada barra se encontraba una mujer castaña
leyendo un periódico, rodeada de una poderosa magia turbulenta, contenida.
Neville, no sin sorpresa, reconoció al Profeta en sus manos.
—Deben estar a una tienda de distancia, insultando entre dientes porque me metí
en más callejones de los que ellos conocen.
Andrómeda rió.
—Como quieras, Harry. Lleva a tu apuesto amigo a algún rincón para hablar. ¿No
es eso lo que hiciste aquí ayer con el profesor Rousseau? —alzó las manos y abrió y
cerró comillas—. "Hablar".
—¡Por supuesto que hablé con él! —Harry se llevó la mano al pecho, actuando
ofendido—.Y Neville es un buen amigo mío, nada más.
Ella sonrió.
—Sé que nunca engañarías a tu querido profesor, Harry. Pero tal vez él no lo sabe.
Ha venido aquí antes a decirme que os pusiera un ojo encima si llegabais a
apareceros por aquí. Y no creo que haya sido pensando en vuestra seguridad.
Neville se encontró riendo con Harry. Pensar que alguien como Cylean Rousseau
estaría celoso de alguien como él mismo era flipante.
—En fin, Harry —la mujer le sonrió afectuosamente—, toma asiento. Ya sabes qué
hacer si quieres privacidad.
—Ven, Nev —Harry le llamó con un movimiento de mano y Neville fue tras él hasta
una mesa al fondo. Eran mesas redondas y de madera, sin manteles. Las rodeaban
sillones bajos que hacían recordar a Neville al aula de Adivinación, y se estremeció
ligeramente al pensar en la esencia de ese lugar en específico.
Harry tocó el centro de la mesa que tenía un pequeño círculo de madera más
oscura. Lo acarició con el dedo y Neville pudo ver —y sentir— la magnitud del
encantamiento de privacidad que los rodeaba. Ahora sabía por qué no había notado
a nadie, mágico o no, al entrar al lugar: todos estaban envueltos en aquella barrera
protectora individual de cada mesa. Neville sintió la magia de la mujer haciendo
efecto allí, y supo que sólo ella podía ver a sus clientes como si ningún tipo de
protección privada les rodeara.
También se dio cuenta de por qué Harry había escogido ese lugar: allí podrían tener
toda la privacidad que desearan.
—Es una idea muy interesante —extendió la mano ligeramente para atravesar el
campo privado y sentir la magia en su piel. Era una intrincada línea de humo
brillante, rodeándolos, envolviéndolos. Sólo ellos podrían oírse… ellos, y
Andrómeda, pero la mujer no parecía muy dispuesta a escuchar a hurtadillas,
además de que estaba demasiado lejos como para hacerlo.
—Adelante. Será un secreto —Harry se inclinó hacia él y Neville pasó saliva antes
de hablar.
—Estás bromeando.
Mientras Neville iba hablando la expresión de Harry varió. Primero pareció herido,
luego consternado, y finalmente la euforia lo envolvía.
—¡Vaya, Neville! ¡Eso es genial! —no había nada actuado en la voz genuinamente
maravillada de Harry—. ¡Eso debe ser maravilloso!
—No creas, Harry —Neville suspiró—. Tiene sus desventajas. Eso fue lo que llevó a
la locura a mis padres.
—Tranquilo, Harry —Neville le sonrió—. Estoy bien, ¿sabes? Bien. Yo… creo que no
podía vivir en su sombra. He decidido que dejaré sus guerras y buscaré las mías
propias. He… madurado, supongo, y aprendido a ver en mis errores, en los errores
de todos. Yo, bueno, supongo que los amo después de todo, son mis padres, pero
es más el peso de saber que no están lo que me ha llevado a avergonzarme mucho
tiempo. Y ahora seguramente dirás que no es una vergüenza que tus padres
estén… así —su rostro se afligió por un momento y Harry extendió la mano para
darle un apretón en la suya—, pero yo lo sentía. También sentí despecho, claro.
Eran mis padres y no estaban. Pero comencé a darme cuenta de que ellos lo
hicieron para protegerme, para proteger mi futuro, para proteger sus creencias.
Yo… no seré la sombra de mis padres, no por más tiempo. He decidido avanzar.
Harry tenía una expresión solemne, pero conmovida. Le sonrió ligeramente, una
mueca apenas, pero a Neville le infundió una calidez inesperada. No había hablado
de ello con nadie. Bueno, había hablado con Luna, pero Luna era… diferente. Era
una chica, en primer lugar, y además tenía una forma diferente de ver las cosas;
diferente incluso a otras chicas de su edad. Pero hablar de ello con Harry
era liberador.
—Supongo que no soy quien para decirlo, pero, estoy orgulloso de ti, Neville.
El chico sintió que sus ojos ardían por un momento y su pecho se infló. Consideraba
a Harry su amigo. Por eso, aquello significaba tanto para él.
—Vaya, chicos. Aquí tienen. Café, tarta de melaza. Si quieren más solo pidan —
Andrómeda irrumpió el momento dejando tazas de café humeante y dos grandes
porciones de tarta de melaza en un platón de porcelana con caramelo. Lucía casi
tan buena como la que preparaban los elfos domésticos en Hogwarts, y también
llevaba un poco de crema junto a un borde. Harry aceptó los cubiertos y le dio un
sorbo al té. Neville, al ver la crema, también aceptó los cubiertos.
—Son tus decisiones, Harry. Tú también debes escoger qué lugar luchar, qué pieza
defender. Eres el chico que nunca tuvo opción. Tiene sentido que quieras
involucrarte en algo que has decidido por mérito propio por primera vez.
—Bueno, entonces, supongo que puedo contártelo —se inclinó aún más sobre la
mesa—. Cylean no es un Mortífago.
—Tenemos una hora más —le recordó Neville, y Harry comenzó a contarle.
Desde que comenzó, Neville supo que no era la verdad. Harry era muy malo
mintiendo e inventando historias, e incluso podía sentir como su magia se retorcía,
nerviosa por el engaño que estaba cometiendo. Pero le siguió la corriente, apenas
herido por la desconfianza de Harry. Sus motivos tendría.
Sintió rabia por el director y su forma de no hacer nada, sintió rabia por la familia
de Harry, sintió despecho y desprecio por los Aurores que habían secundado a
Dumbledore en el arte de hacer olvidar a los jóvenes lo que le habían hecho a su
amigo. Pudo ver partes verdades y partes mentiras entre las narraciones de sus
primeros encuentros con Cylean, y sobre la forma en que Harry había acabado
transformado en un doble espía o algo similar al trabajo que efectuaba el profesor
Snape, miembro de ambas Ordenes, pero solo siéndose fiel a sí mismo. Se sintió
incluso de acuerdo con el pacto de seguridad que había llevado Harry con
Voldemort, aunque le causó nerviosismo que su amigo estuviera tan cercano a ese
hombre como para estrechar su mano, teniendo en cuenta de que había intentado
matarlo toda su vida.
Cuando Harry terminó bebió de un trago lo que quedaba de su café, ya frío, y atacó
su porción de tarta con hambre. Les quedaban menos de cinco minutos para comer
y marcharse al inicio de la calle a encontrarse con Sirius y Remus.
—Entonces, eso sucedió —Neville suspiró en su cuello y le dirigió una sonrisa—. No
puedo decir que apoyo tus decisiones, pero son eso, Harry. Tus decisiones, tuyas, y
de nadie más. Si así es lo que quieres… bien por ti.
Harry sonrió.
—Gracias, Neville.
—Vaya, nosotros veníamos por algo para entrar en calor —dijo Sirius, acercándose
a ellos y a Andrómeda—. Hola, prima.
—Hola, Sirius. Me alegro mucho por tu libertad —ella le dedicó una sonrisa cálida—.
¿A dónde irán estos chicos después?
Neville observó la mirada en el rostro de Harry. Había ligera decepción allí, aunque
no sabía qué la causaba, y decidió mejor no preguntar. Sería mejor así.
—Ejem —Sirius Black se aclaró la garganta de forma grave para llamar su atención.
Neville se volteó y le sonrió ligeramente—. Sujétate de mi brazo. Nos apareceremos
cerca de la casa de Augusta. ¿Aún tiene esas barreras anti-aparición en la casa?
Sirius Black le dejó frente a los portones de su casa y se aseguró de que entrara.
Luego, con una sonrisa extraña, le revolvió los cabellos. Neville no supo por qué
dijo lo que dijo, pero cuando lo hizo, hubo un sentimiento especial allí:
—Gracias por cuidar de Harry, Neville. Pero ahora deberás cuidarlo más de ahora
en adelante.
—Me doy cuenta. ¿Os habéis vuelto locos escogiendo o ha sido algo más tranquilo?
Harry recordó que esa noche era luna llena. Tal vez por ese motivo Remus se veía
tan desmejorado, aunque sabía disimularlo de una manera fantástica.
Primero pasó por su habitación a dejar los bolsos. Se quitó el abrigo y lo arrojó
descuidadamente sobre la cama. Hizo lo mismo con el sweater marca Weasley que
había utilizado, con la bufanda de Tom y quedó en camisa. Mientras avanzaba por
el pasillo hasta la biblioteca veía la luz del sol extinguirse lentamente en el día
nublado. Era la primera hora de la tarde, pero eso no quitaba el hecho de que
estaban en invierno, y los inviernos eran fríos y oscuros en Londres.
—¿De qué hablaron? —inquirió Tom, con un tono de voz incluso peor que le gélido:
falsamente dulce. Le hacía recordar a Umbridge, en cierta forma. Le daba
escalofríos.
—De todo y de nada. ¿Por qué? —intentó fingir inocencia. Ya se imaginaba lo que
vendría… aunque no había forma de que les hubiera oído a menos que…
Harry apretó los labios antes de escupir un "bastardo" en voz baja. Guardó silencio
e intentó controlar su genio.
No pudo.
—Puse un encantamiento en la bufanda que te di para poder oír lo que decías —no
parecía arrepentido en lo más mínimo—. Necesitaba tener un control sobre la
situación.
—¡Control sobre la situación! —gritó Harry, fuera de sí—. ¡No era una maldita
situación! ¡Era una jodida salida con un amigo!
—¿Todo esto fue por celos? —preguntó, con indignación—. ¡Por Merlín, Tom! ¡Paso
más horas al día con Draco Malfoy que con Neville Longbottom y no estás celoso de
Malfoy! ¿Por qué estar celoso de Neville?
Harry iba a seguir hablando cuando fue arrastrado hasta una pared. Su espalda
golpeó con fuerza y todo el aire se escapó de sus pulmones a la vez que una mano
se aferraba a su garganta.
—Que te quede claro, Potter —siseó Tom, directamente en su oído, con una voz
que era oscura en la oscuridad, espesa y poderosa—. No estoy celoso. Comprende
eso. Tú… me… fallaste.
—No le dije que tú eras Voldemort —Harry se mordió el labio, sintiendo cómo su
pecho se doblaba y su corazón latía demasiado fuerte—. No le dije… le dije que eras
un Mortífago, y por Dios, Tom, es sólo Neville. No le dirá a nadie.
—Yo no estaría tan seguro —Tom aún seguía cerca de él, tan cerca que podía sentir
el calor de su cuerpo, pero tan distante emocionalmente que dolía—. ¿Por qué
confías ciegamente en él? ¿Por qué crees que no te traicionará? No debes fiarte de
nadie, maldita sea. ¿No te das cuenta que estamos en peligro? ¿No te das cuenta
de que cada paso que damos es arriesgarnos? No sólo se trata de la jodida
aprobación de tus amigos, de tu padrino, del jodidísimo director, ¡se trata de
nuestra posición! Longbottom podría hablar. Se iría de boca, y todo se iría al caño.
Todos mis planes se irán al traste por culpa de un mocoso que no supo guardar un
miserable secreto.
Si Harry hubiera podido retroceder más, lo hubiera hecho. Pero con la espalda
contra la pared no pudo hacer nada. Le ardían los ojos y deseó que fuera efecto del
polvo del aire. Sentía la garganta cerrada con un nudo poderoso.
—Valoras mucho la amistad, Harry —Tom pasó a su lado, mirándole con frialdad—.
Cuando te den una puñalada por la espalda, sabrás que yo te lo dije.
Cuando oyó el sonido del portazo salió de la biblioteca, necesitando hablar con
Tom. Era orgulloso. Pero sabía que si se enfadaba, seguramente no se resolvería
nunca; Tom no era de aquellos que ceden, o piden perdón.
Tom tenía una residencia en Londres. Sabía dónde era, él mismo le había dicho.
¿Habría ido allí? Y de todas formas, ¿a dónde más podría ir? Se suponía que tenía
un solo lugar al cual acudir en caso de abandonar Grimmauld Place, en caso de
abandonarlo a él.
Harry se internó en la nieve. El viento le cortaba la piel y era tarde para volver e
internarse en la calidez de un abrigo. Si entraba, Sirius no le dejaría salir, por lo
que echó a correr, agitándose pero por lo menos entrando en calor.
Llegó a la dirección y sólo debía cruzar la calle, una calle de doble mano con
bastante tráfico. Apresurado como estaba, con la adrenalina corriéndole por las
venas con suficiente fuerza para volverlo irracional, se zambulló de un salto a la
calle repleta de automóviles casi siendo atropellado por uno. Corrió, y estando a
punto de llegar al otro lado de la calle sintió cómo una mano tiraba de su ropa y le
arrojaba a la acera, a la vez que sintió el silbido del automóvil al pasar a toda
velocidad donde antes había estado. Oyó el crack de los lentes al romperse y
maldijo entre dientes. Quieto, sentía los músculos entumecidos y el corazón
latiéndole desaforadamente en el pecho.
—¿Estás loco? —oyó una voz muy conocida, y Harry sintió ligero alivio. La voz no
estaba fría y hueca como minutos atrás, y a pesar de que estaba cargada de rabia,
era mejor que oírle vacío.
—Tom —Harry se levantó, con los trozos rotos de los lentes en las manos. Tom
tironeó de él hasta arrastrarlo por la calle rumbo al edificio que se erigía de forma
natural, con ladrillos desnudos naranjas y ventanas de marcos blancos con
llamativos y bonitos balcones cargados de plantas. Le arrastró rumbo a un ascensor
y una vez dentro de él (y que Tom marcara el tercer piso) sacó una varita blanca
con mango en forma de hueso. Harry la reconoció.
—Reparo —dijo Tom, señalando los lentes de Harry, y estos volvieron a estar como
si nada les hubiera sucedido. Harry sintió calidez. Tom se preocupaba.
—Cylean tiene un gusto extraño —comentó Harry, y se dio cuenta de que estaba
empapado y temblando. Tom también parecía haberse dado cuenta de ello, porque
fue hacia un rincón y volvió con un tapado que más que abrigo parecía edredón. Lo
cubrió y lanzó varios encantamientos sobre él: al instante, Harry estaba seco y
cálido, aunque no se deshizo del abrigo.
—No, aún no tuve el… placer —la forma en que dijo la palabra le hacía ver el
inmenso placer que sería para él conocer a alguien con un gusto tan extraño para
fundir el mundo mágico y el mundo muggle en un solo departamento de forma que
resultaba una mezcla estúpida y asquerosa de cosas—. Espero que en los escasos
cinco minutos que estuviste corriendo por media ciudad, sin considerar que podrías
haber utilizado el flú, hayas aprendido algo.
—¿No salir sin abrigo cuando hay nieve? —Harry intentó bromear. Tom frunció el
ceño, sin embargo parecía ligeramente ablandado. Había algo diferente en su
rostro, algo más crudo y emocional… ¿tal vez sus ojos brillaban un poco más que
de costumbre? ¿O tal vez tenía el rostro levemente enrojecido? Harry no alcanzaba
a comprender—. Vale, bien. Yo… no puedo evitar confiar en mis amigos, Tom. Ellos
nunca me han fallado.
—Déjame recordarte tu cuarto año, cuando Ronald Weasley creía que habías puesto
tu nombre en el Cáliz.
—¿Tom? —se acercó a él, puso la mano sobre la suya, sobre su pecho. El corazón
latía con fuerza resonante, demasiado rápido, demasiado fuerte—. ¿Estás… bien?
—Eres un idiota —gruñó Tom, luego de unos segundos—. Un maldito idiota. ¿Tienes
idea de que…? ¿Tienes idea de lo peligroso que fue…? —estaba confundido,
peleando con sus palabras. Harry le miró sin comprender. Desde que había entrado
a aquel departamento se sentía completamente perdido—. ¿Acaso puedes hacerte
una idea de…? No, no puedes, niñato malcriado, engreído, estúpido…
—¿Tom? —Harry se inclinó hacia él, intentando comprender—. ¿De qué hablas?
Los ojos de Tom se abrieron con fuerza. Harry intentó retroceder. Los iris estaban
completamente rojos.
—¿Cómo no puedo preocuparme por ti, maldito ingrato? —gruñó Tom, arrastrando
las palabras con un tono de voz bajo, tembloroso, pero a la vez más seguro que
nunca—. Te amo.
—Yo también te amo, Tom. Y escúchame, ¿vale? No permitiré que nada me pase,
que nada nos pase. Que nada nos separe. Neville nos apoya, Hermione lo hace,
Luna lo hace, incluso Ginny lo hace y está más cercana a la verdad que Neville. Mis
amigos harán lo que sea para verme feliz, y estoy feliz contigo. Sirius nos apoya.
Maldición, hasta el viejo chiflado de Dumbledore nos apoya, aunque quedará de
cuadritos si llega a saber la verdad. No me perderás. Sólo quiero que me asegures
algo.
Hubo un silencio. Tom tragó saliva y preguntó, luego, con la voz ronca:
—¿Qué?
—Estoy bien con eso —susurró Harry, para levantar el rostro y besarlo. Funcionaba
que Tom estuviera inclinado sobre él, porque el hombre le sacaba unos centímetros
cruciales a la hora de alcanzar sus labios y unirse.
Tom retrocedió hasta el sofá y se dejó caer, Harry tomando asiento a horcajadas
suyo. Los labios del hombre recorrieron su rostro, su mandíbula, bajaron por su
cuello. Lamió la nuez de adán con la punta de la lengua, y Harry dejó que un
indecoroso gemido partiera de sus labios rumbo directamente a la entrepierna de
Tom.
El abrigo cayó al suelo descuidadamente y las manos de Tom, frías al contraste con
la piel de Harry, recorrieron su espalda por sobre la camisa y se hundieron por
debajo de la tela, acariciando pecho y espalda. Harry se estremeció, aunque poco
tenía que ver con la temperatura en las manos de su pareja y más con las
sensaciones que le producía tener la lengua de Tom en su cuello y sus manos
explorando su cuerpo. Era diferente a todo lo que había sentido hasta el momento.
Demasiado diferente.
Harry buscó con sus manos deshacer los botones de la camisa de Tom y,
tembloroso como nunca antes, acabó por arrancarlos. La cabeza le daba vueltas. El
cuerpo le ardía, febril. Todo punzaba y todo quemaba, y en contraste las heladas
manos de Tom le causaban escalofríos feroces por todo el cuerpo.
Tom dejó que Harry envolviera sus piernas en torno a sus caderas y se dejó llevar a
su interior. Primero despacio, besando los ojos cerrados con fuerza de su ahora
amante, acariciándole para eliminar la tensión de su cuerpo. Se movió, primero
despacio intentando acostumbrarle a tenerle, y luego aumentando de velocidad a
medida que los quejidos se transformaban en gemidos, moviéndose dentro y fuera
una y otra vez.
Harry dejó que su cuerpo se arqueara, sus brazos envueltos con fuerza en torno al
cuello de Tom, sus bocas unidas, sus lenguas frotándose. Todo se volvía irracional y
racional, ambicioso y feroz, fogoso y arduo. El placer los envolvía y los llevaba
hasta el límite para que Tom aminorase el movimiento y continuara, lento,
pausado, hasta que sus cuerpos volvían a llegar al borde del quiebre y todo volvía a
girar.
Podrían haber sido horas, pero apenas fue poco más de media de ella cuando Tom
volvió a darle al punto más sensible de Harry, Harry se curvó y gruñó, todo
estallando. La estrechez se volvió tal que ni Tom pudo tolerarlo, acabando allí,
dejándose caer mitad en el alfombrado y mitad en el suelo, con la respiración
errática.
Fue particularmente cálido, particularmente dulce —como una caricia, una disculpa,
un susurro en la oscuridad después de una pesadilla— y sencillamente ideal. Fue lo
que ambos necesitaban.
Harry se volteó para volver a unir sus labios con los de Tom, encontrando con que
su amante parecía demasiado satisfecho como para protestar cuando, pícaro, le
mordió. Ambos rieron, risas roncas, jadeantes, se voltearon y esta vez era Harry
quien se encontraba sobre el pecho de Tom con los dedos enredados en su
cabello, agradeciéndole, cuando oyeron el estruendo.
Harry observó a Tom, preocupado, y éste se levantó y movió su varita para limpiar
a ambos. El chico sintió frío y se envolvió en el abrigo que cerró mientras oía los
golpes.
La figura de Tom se volvió difusa mientras se ponía una bata azul oscura de tela
suave —Harry la reconocía de la habitación de su profesor— y entonces, cuando
abrió la puerta, Harry enterró la cara en la alfombra intentando pasar
desapercibido.
—Oh, diablos, yo, Merlín, Morgana, no quería, es decir —Sirius comenzó a trabarse
con las palabras, algo realmente extraño en él, y Tom le enseñó la puerta.
—Si me dice algo a mí voy a matarlo —se acercó y lo cargó en brazos como si fuera
una princesa. Harry intentó protestar, pero encontró que se le dificultaba moverse
—. ¿Listo para regresar a Grimmauld? Allí estaremos mejor que aquí.
Era viernes por la tarde y Harry consiguió hacer un escudo capaz de mantener
fuera de su mente total y completamente a Tom. El hombre sonrió, completamente
satisfecho.
—Ahora, practicaremos otra cosa —comenzó Tom, sonriéndole con picardía. Harry
rodó los ojos y tomó asiento frente a él, cruzándose de piernas y haciendo lo que
ya se venía acostumbrando. La nueva idea de Tom era involucrarlo en la más
cantidad de magia posible. Por eso aprovechaban los viernes a reforzar su escudo
Oclumante —el cual, sin embargo, Tom podía atravesar con facilidad debido a su
peculiar conexión— y luego a entrenar en diferentes artes. Iban al séptimo piso, a
la Sala de los Menesteres, de ser necesario. Si no se mantenían callados y
meditando en el despacho de Cylean Rousseau, e incluso entrenaban. Semanas de
entrenamiento todos los viernes, además de los entrenamientos de Quidditch,
estaban dotando a Harry de unos brazos bastante más tonificados y una espalda
más amplia.
—En verano podremos nadar —le sugirió Tom—. Así podrías mejorar tu capacidad
respiratoria y, además, ensanchar más la espalda.
—Podríamos ver la Sala Común de Slytherin desde el lago —le sugirió Tom, y Harry
bufó.
—¿Cómo sabes…? Ah, ya, olvídalo —Tom puso los ojos en blanco y compuso una
expresión—. Concéntrate.
Harry cerró los ojos e hizo lo que debía hacer. Se concentró en visualizarse a sí
mismo. Cada pequeño detalle, cada facción. Era un trabajo duro, porque para los
principiantes en este tipo de magia resultaba muy duro e incómodo, porque se
debía visualizar a uno mismo sin el menor cambio, y era muy difícil saber cada
centímetro de uno mismo. Por suerte Tom se había encargado de hacerle notar a
Harry cada parte de su cuerpo, por minúscula e insignificante que sea, como aquel
lunar en la cadera, o aquella cicatriz en el tobillo, o la mancha de nacimiento en la
espalda baja.
El jadeo le dijo que había funcionado. Abrió los ojos y Tom conjuró un espejo para
él, y se vio reflejado: para él mismo, que se había aprendido a conocer, era un
cambio notorio: su cabello resultaba más claro, no negro como siempre había sido,
sino castaño. Para cualquier otra persona estaría igual.
—Sí, claro. Dominándolo. Llevas casi un mes y apenas has cambiado el tono de tu
cabello.
—Tú eras el que apostó que podías enseñarme cuando dije que no podrías.
Ambos se miraron, ceñudos, unos instantes, para luego aflojar ambas expresiones.
—Bien. Tienes otra opción —Tom se levantó de su silla y rebuscó entre los cajones
del escritorio. Fue sacando pergaminos, plumas, pequeñas botellas de vidrio con
sustancias indefinidas, bolsas de cuero, trozos de madera, asas de jarras de té, una
barra de chocolate de Honeydukes (que Harry robó de la mesa con poco disimulo)
hasta que sacó una pequeña botella de vidrio opaco. La sustancia en su interior era
muy líquida, pero a través de la luz adecuada Harry pudo ver que era
completamente roja.
Harry siguió a Tom, luciendo como Cylean, por los pasillos y escaleras rumbo a las
mazmorras. A medida que avanzaban sentía un retorcijón extraño, no demasiado
seguro de a qué se dirigían exactamente.
Dentro del caldero había una cuchara de madera negra que Tom utilizó para
revolver en un orden estricto. Luego, destapó la pequeña botella y agregó todo el
contenido de aquella cosa roja en la otra cosa roja (Harry se sorprendía a sí mismo
siendo tan inteligente y perceptivo, por Merlín) que comenzó a echar burbujas
blancas. Harry comenzó a sentir un aroma extraño, diferente, que casi lo tumbó de
espaldas. Tom le sujetó con fuerza.
—¿Qué diablos se supone que es esto? —preguntó Harry, frunciendo el ceño. Tom
le miró de lado, con una sonrisa traviesa.
—Hacer trampa.
Harry hizo tripas corazón y tomó la cuchara. No había gran cantidad, menos de un
sorbo, pero le bebió haciendo una mueca. La poción en su boca sabía extraña y
ardía, además de tener un sabor metálico que le hizo recordar de pronto a noches
de despertarse con los labios mordidos y sangre en la lengua.
Sangre.
A eso sabía.
Quiso escupir pero ya era tarde, la poción había pasado por su garganta y le
recorría como un acero al rojo vivo por el pecho. Fulminó con la mirada a Tom —
nunca demasiado seguro de que no le daría algún tipo de veneno, aunque diablos,
confiaba en él pero no lo hacía al mismo tiempo— mientras sentía el calor
expandirse por todo su cuerpo. Parecía ser de efecto rápido, porque se encontró de
rodillas y jadeando, preso de un calor que correspondía al sabor metálico en su
boca.
Le ardían los dedos, las manos, los brazos, el pecho, el cuello, la cabeza, las
piernas. Sentía los ojos llorosos y se contuvo de gritar. Entonces, la quemazón
disminuyó y pudo tranquilizarse, tomar asiento en el suelo y recuperar el aire en
grandes bocanadas.
—¿Cómo te sientes?
—Fatal, amor venenoso —le gruñó, sintiendo su voz áspera contra la garganta—.
¿Qué se supone que era eso?
La bofetada que fue hasta el rostro de Tom sorprendió tanto al hombre como al
chico.
—¡No soy un puto conejillo de indias! —le gritó, mientras Tom se tocaba la mejilla y
le miraba ceñudo—. ¿Qué te costaba probarla primero en ti mismo?
—¿Me… acabas de dar… tu capacidad mágica? —dudó Harry, alzando una ceja—.
¿Por qué querrías…?
—Supongo que quiero asegurarme de que nadie pueda vencerte. Siendo Érebo,
está más que claro que querrán ponerte a prueba, y no puedes sobrevivir siempre
de la suerte. Necesitas un poco más del poder que tienes para sobrevivir en un nido
de víboras.
Harry bizqueó.
—¡Ginny Weasley golpea más fuerte que tú! —le gritó, y echó a correr.
Harry estaba riendo cuando llegó a la Sala Común. Se sentía normal, o como
mínimo, casi. Había practicado hasta hartarse y conseguía hacer cambios completos
en su apariencia. Al principio había sido extraño y para qué negarlo, doloroso, pero
luego había demostrado ser mucho más fácil de lo que cualquiera podría haberle
dicho. ¿Que no se podía aprender a ser metamorfomago? Pues ahí tenían. Já.
—¡Harry, necesito hablar contigo! —Ron le sujetó con fuerza del brazo y lo arrastró
hasta las habitaciones. Harry comenzó a preocuparse cuando vio que Ron se
sujetaba del cabello, con las mejillas enrojecidas y los labios completamente
mordidos.
—Vale, Ron. ¿Qué sucede? —preguntó. Ron negó con la cabeza, sacó su varita y
apuntó a la puerta.
—Ron, cálmate —Harry apoyó las manos en los hombros de Ron y le miró a los ojos
—. Comienza por el principio. ¿Qué sucedió?
Ron enrojeció de forma potente, y Harry supo que nada de lo que pudiera decir en
aquellos momentos sería algo bueno.
—Me acosté con Lavender en Halloween —parecía ser una lamentación—. Había
bebido. Habíamos bebido. ¿Recuerdas que te dijimos que pediríamos a Dobby que
trajera cerveza de mantequilla y whiskey de fuego? Pues cuando tú estabas con el
profesor R, nosotros comenzamos a beber. Luego Lavender sugirió irnos a la Sala
de los Menesteres y…
Harry bufó.
—No estará embarazada, ¿verdad? —observó cómo Ron pasaba de rojo a verde en
unos segundos—. Está embarazada —no era una pregunta. Ron asintió igualmente.
Harry sintió unas enormes ganas de abofetear a su amigo—. ¿Cuándo te lo dijo?
—Dijo que madam Pomfrey se lo confirmó hoy. Ella tiene la obligación de contárselo
a Dumbledore. No ha habido un embarazo en Hogwarts desde los tiempos en que
debían casar a los cabeza de familia y dejar heredero antes de los veinte años. De
eso ya hace unos buenos cien años.
Ron jadeó y soltó una risa que tenía de risa lo mismo que de gruñido, con un tinte
histérico. Harry le dio una palmada en la espalda.
—¿Qué harás?
—Su madre lo sabe y la apoya, pero está segura de que su padre se enfadará un
mogollón. Tiene miedo de que alguien intente hacerle algo. Está… paranoica —Ron
compuso una mueca de extraño terror—. Oh, diablos, Harry. No sé qué hacer.
—Pero sí sabes. Te harás cargo —Harry no tenía idea de a qué se refería Ron. Ron
negó.
—Sí, eso sí sé. Me haré cargo del niño. Es mi hijo después de todo —Ron tomó aire
—. Pero quiero dejar a Lavender. Yo… no quiero estar con ella. Hoy iba a decírselo,
justamente, pero ahora no sé si estaría bien dejarla… o tal vez deba hacerlo cuando
nazca el bebé…
—Yo diría que no lo aplaces más, Ron. Mira lo que sucedió por el mero hecho de
involucrarte con ella —Harry sonrió burlón y Ron le fulminó con la mirada—. Va, lo
siento. Tú sabes de lo que opiné con respecto a ella todo el tiempo. Pero ahora…
oh, Merlín, ¿Hermione lo sabe?
—No. Y no vayas a contárselo. Quiero contárselo yo. Ya sabes, para que no haya…
confusiones.
—¿Qué tipo de confusión puede haber, Ron? —Harry le miró con una ceja alzada—.
Dejaste embarazada a tu novia.
Ron empalideció.
—Lo sé —Harry tironeó a Ron para que tomara asiento en la cama frente a él—.
Pero es lo que sucedió. Aunque, conociendo a Lavender, ahora mismo debe estar
contándoselo a todo el colegio.
—No puede, por suerte. Está en la enfermería. Madam Pomfrey quería hacerle
algunos estudios para comprobar la salud del bebé. Oh, Merlín. Un bebé. Un bebé.
—Supongo que te lo dirán muchos de ahora en adelante, Ron, pero déjame ser el
primero: ¡Felicidades por darle al blanco!
—No lo creo de tus padres, Ron, pero no conozco a los señores Brown. De todas
formas, siempre puedes decir que te harás cargo del bebé, no de ella.
—Voy a tener que conseguir un trabajo este verano —bufó Ron—, y pedir a mamá
que comience a tejer cosas para bebés. Ya sabes, zapatitos, chaquetillas, gorros…
Puede que Ron intentara negarlo, pero el comienzo de una sonrisa bobalicona se le
dibujó en los labios. Harry rió esta vez mucho más fuerte.
—Ron, mírate. Pronto serás un padre baboso con su niño —y recibió otra almohada.
Esta vez le respondió y Ron volvió a darle con la almohada, volándole los lentes del
rostro. Harry alzo las manos—. ¡Vale, me rindo! ¿Dónde están mis lentes?
Ron rió y le alcanzó los lentes. Harry se los puso y bizqueó un poco: se habían
rayado en un rincón. Se los quitó y lanzó un Reparo sobre ellos. Se los volvió a
poner y todo lucía mejor. Ron le esperó pacientemente.
—Ya no podré hacer esto —dijo, como desanimándose—. Ser infantil. Debo
madurar, cambiar.
—Mucho —coincidió Harry—. Oye, Ron, ¿quieres saber algo? Va con el tema,
tranquilo.
—Vale, ¿vamos a hablar de esto? ¿En serio? —Ron se apartó riendo—. Está bien,
Harry. Picaré. ¿Quién ha estado abajo?
El color subió con rapidez al rostro de Harry. Ron soltó una carcajada fuerte y
estruendosa.
—¡No te creo! Y yo que veía al profesor R, ya sabes, más… —abrió y cerró comillas
en el aire— "pasivo".
Harry negó.
—¿Neville lo sabía? —Ron entrecerró los ojos—. Ah, supongo que es mi culpa. He
estado ocupado estos tiempos. ¡Ser padre, qué trabajo!
—¡Te has enterado hoy! —regañó Harry. Ron le sacó la lengua y ambos rieron como
los viejos amigos que eran.
—Hoy tengo algo en mente para ti. Algo diferente —murmuró, trayéndole un libro
—. Te recomendaría que lo leyeras, aunque por la forma que tu magia se adaptó a
la mía diría que no necesitas teoría.
—¿Animagia? —lo abrió y pasó los ojos por las palabras. Sí, era eso mismo.
Animagia—. ¿Me ayudarás a convertirme en un animago?
—Sólo si tú quieres —Tom intentó parecer desinteresado—. Creí que como tu padre
y tu padrino habían conseguido ser animagos mientras estaban en el colegio, tú
también lo querrías.
Tom bufó.
—Vaya —dijo—. No sé qué era, pero era jodidamente pequeño. Y tenía cola. Y
patas peludas, negras.
—No siento deseos de despellejarte para utilizarte como alfombra, así que levántate
—Harry rió y se levantó despacio, aun ligeramente aturdido—. ¿Listo para probar
transformarte? ¿O necesitas leer la teoría primero?
—¡Odio esto! —gruñó Harry mientras que, con los iris alargados como gato, lo
miraba todo, y su cola se movía agitándose, indignada—. ¿Por qué no me dijiste
que podría suceder algo así? ¡Me siento Hermione en segundo año!
Tom rió y le beso con hambre, necesidad y fuego. Y todo parecía volver a la
normalidad.
—Ahora, intenta volver a tu forma humana —provocó Tom, como buen profesor,
burlándose de las capacidades y habilidades de su alumno. Harry lo consiguió al
primer intento, quedando sentado a horcajadas sobre el profesor, dispuesto a
devorarle los labios entreabiertos.
El sábado que siguió a esa noche Harry decidió darles una pequeña sorpresa a sus
compañeros. Se vistió, se transformó en gato y huyó de Tom antes de que él
despertara para ir a la torre de Gryffindor. Esperó a que alguien entrara o saliera, y
no tardó mucho: a su suerte Parvati Patil salía con una descompuesta Lavender
Brown, cuyo vientre apenas comenzaba a notarse. Harry aprovechó y se coló en el
hueco del retrato adentrándose en la Sala Común.
—¿Ron? ¿Todo está bien? —preguntó, al ver al pelirrojo sentado en la cama con
expresión de haber visto un fantasma (o algo peor).
—¡Un gato! —chilló Ron—. ¡Un pulgoso gato negro me mordió la nariz!
Neville soltó una carcajada. Harry decidió salir de debajo de la cama y saltar a los
pies de la cama de Neville que, al verlo, lo tomó del cuero y lo levantó.
Ron bizqueó.
—¿Cómo que no es un gato? ¿Qué es? —preguntó, sobándose la nariz. Harry sabía
que exageraba: no había mordido tan fuerte.
—Es Harry —Neville rascó la cabeza del gato y Ron se los quedó mirando unos
instantes, sin comprender.
—Neville, creo que pasar tanto tiempo con Luna te está afectando. Es… un gato —
Ron señaló al animago con la mano—. ¿Tienes fiebre?
—Vamos, Harry, muéstrale —Neville dejó de acariciarlo y Harry, como último acto
antes de volver a su forma humana, le mordió el dedo. No lo suficiente para hacerle
sangre, pero sí para molestarle.
—Qué lástima que tienes novio, Nev. Sabes usar las manos.
Neville lo apartó riendo a carcajadas. Ron, sin saber qué pensar de aquello —no de
lo que Harry había dicho, si no que Harry era un animago no registrado— sólo
sonrió, tirante.
—Vamos, Harry. Ningún gato tiene los mismos ojos que tú tienes —se levantó de la
cama y le dio una palmada en la espalda—. Voy a bañarme. Ron, será mejor que
pongas a Harry al tanto de lo que has hablado con Lav-Lav anoche.
—Ah, eh, cierto… bueno, Harry, Lavender está de tres meses y medio, y bueno,
madam Pomfrey y Neville dicen que es muy posible que sea una niña… no sé por
qué, tampoco quiero saberlo. Entonces, Lavender escogió como madrina de la niña
a Parvati, y quería saber si tú querrías… ya sabes… ser el padrino.
Harry sonrió.
—Claro, viejo. Lo que sí, no puedo prometerte ser una buena influencia.
Ambos rieron.
—¿Cómo han quedado las cosas con Hermione? —preguntó Harry, lentamente. Ron
se puso pálido.
—Ya ha vuelto a hablarme. Está muy pálida y duerme poco. Lavender me dice que
está constantemente leyendo y se queda despierta hasta muy tarde. Tampoco le
habla a nadie, excepto a ti y a Neville, claro. Está… bueno, yo diría que deprimida.
—Es muy difícil para ella —Harry suspiró—. El chico que le gusta tendrá un hijo con
otra. Y aunque hayas terminado con Lavender (y sigo sorprendiéndome de que lo
haya aceptado tan bien) ella sigue sin querer estar contigo. Tiene sus motivos, sí,
pero no debería hacerse mala sangre.
—Hablaré yo con ella. Será mejor así. Si ella tomó la decisión de mantener
distancia contigo, por algo será. No queremos que empeore su situación.
—Harry, yo… la quiero —Ron apretó los labios—. Ella me gusta, la quiero, pero mira
lo que le hice a Lavender. También quería a Lavender, y no quiero lastimar a
Hermione. Ha sido mi amiga por mucho tiempo, no quisiera perderla si algo sucede
y no funciona. ¿Y si realmente no estoy enamorado de ella? Yo quiero que ella sea
feliz, Harry. La aprecio. Quiero verla realmente feliz. Y ahora… no sé qué hacer.
—Yo hablaré con ella —prometió Harry—. Ahora, será mejor que te vayas a asear y
te cambies. Creo que deberás hacer una visita en la enfermería a tu ex novia
embarazada.
Ron se puso verde unos instantes y asintió. Cogió unas túnicas limpias y se dirigió
al baño. Harry, más relajado y más tenso a la vez, se dejó caer sobre la cama,
apartando todos los pensamientos amargos de su mente y centrándose en el tema
que coronaría su día. Ahora que ya podía transformarse en animago, sólo le
quedaba algo que hacer: contárselo a Sirius.
—¿Cansado, Potter?
—Claro, jefe —rodó los ojos, con claro sarcasmo—. Sin embargo, que yo
sepa, Adolebit es una maldición punzante muy peligrosa si da en zonas íntimas.
—No tendré compasión contigo, pequeña —susurró Harry, cerca de ella, y Ginny
rió. Ambos sabían que el otro no tendría compasión; después de todo, eran los
mejores duelistas de sus respectivos años—. Uno, dos, tres… reverencia…
—¡Reducto!
—¡Expelliarmus!
—Vamos, Harry, sé que puedes con más de ello —Ginny sonrió. Cuando luchaba,
era una criatura diferente al ser ciertamente dulce que todos conocían—.
¡Rictusempra!
—Admite que soy mejor que tú y que soy la líder suprema de los duelos.
—¡Jamás! —Harry seguía riendo y Ginny deshizo el hechizo para atacarlo ella a
cosquillas. Harry la volteó y echó a correr.
Ginny se levantó del suelo y le gritó a los miembros del ED —que miraban
sonriendo y burlándose:
—¡Atrapadlo!
Neville le puso el pie a Harry al pasar y este se dio de morros contra el suelo. En
ese momento, entre todos los miembros del ED, comenzaron a lanzarle hechizos.
Era domingo, el primer domingo de marzo, y el día oficial para las reuniones del
Escuadrón de Defensa. Harry, luego de votación, había cambiado el nombre: ya no
eran un ejército, o por lo menos él quería verlo así. Todos habían estado de
acuerdo.
Con lo que no habían estado de acuerdo era con las inclusiones de algunos
Slytherins al Escuadrón, como Theodore Nott o el mismísimo Draco Malfoy. Una
chica de Slytherin, Daphne Greengrass, también se había unido cuando Draco lo
hizo, pero se mantenía en silencio y contemplativa, sin decidir si confiar o actuar.
—¡Calmaos! —Cylean dio una palmada y todos finalizaron sus hechizos. Harry
quedó recostado contra el frío suelo de la Sala, aún con risas temblorosas cayendo
de sus labios y las lágrimas corriéndole por el rostro. Pero sonreía, una sonrisa
amplia y maliciosa.
Cylean le tendió la mano y Harry la aceptó para levantarse. Se limpió las ropas y el
rostro, negando con la cabeza, con el rostro enrojecido furiosamente.
—Oye, Ginny —dijo, como al pasar—, no eres mejor que yo, y sigo siendo el líder
supremo de los duelos. Sólo el profesor R. puede quitarme la corona.
—Y, por lo visto, los pantalones también —bromeó Neville. Harry le sacó el dedo del
medio y todos rieron—. ¿Qué hace aquí, profesor? —preguntó, acercándose más a
él, como si fuera atraído por algo. Harry pensó que tal vez era por la sensación de
magia que rodeaba al hombre; verdaderamente le gustaría saber cómo sería ver o
sentir la magia…
—Vine a salvarle el pellejo a Harry. Sus risas se oían desde mi despacho —bromeó,
poniendo los ojos en blanco y revolviéndole aún más los cabellos a Harry—. En fin.
¿Quién se ha enfrentado a quién y qué me he perdido?
Neville se encargó de relatar los duelos que habían hasta el momento —Draco
Malfoy agachó la cabeza al ver la mirada de su profesor fija en él con un brillo
extraño en esos ojos claros— y Cylean tuvo que sonreír y decir que ahora, por
castigo, Ginny Weasley se encargaría de arbitrar.
Estaba relajado, casi con todo su cuerpo apoyando en Tom, cuando una figura rubia
con vientre redondeado se acercó a él. Harry le sonrió a Lavender.
—Hola, Harry —ella sonrió—, quería hablar contigo unos minutos a solas. ¿Puedes?
—Cylean, espérame aquí, ¿va? —se dirigió a Cylean y le dio un guiño de ojo para
luego sonreír a Lavender—. Claro, vamos.
—¿Enyd? —Harry dudó hasta que se percató de quién hablaba Lavender—. Oh, tu
hija. Será mi ahijada, por supuesto que cuidaré de ella.
—Me refiero a… confío en que serás un buen padrino, pero… Ron no tiene mucho
dinero, y mi padre ha dicho que si no me caso con él, me desheredará. No tengo
planes inmediatos de casarme, ¡y mucho menos con Ron! —compuso una expresión
afectada completamente sincera. Harry había aprendido a ver cuándo sus
compañeras actuaban y cuando no. Lavender estaba siendo completamente sincera
—. Así que voy a tener que conseguir un trabajo de medio tiempo y el año próximo
estudiar en casa. Ron también deberá trabajar. Y sólo quería saber si tú podrías
ocuparte de… ya sabes…
—Madam Pomfrey hizo unas pruebas. Es una poción espesa e incolora que se pone
sobre el vientre y reacciona ante la magia: si es una niña se vuelve de color rojo
claro, y si es un niño de verde. Madam Pomfrey me lo aplicó y se volvió de un rosa
brillante, lo que significa que está confirmado que es una niña. ¡Una niña! —y rió,
soñadoramente. Harry asintió, sonriendo de lado.
—Pues, felicitaciones. Buscaré cintas rosas para cuando nazca. ¿Ya sabéis a que
fecha?
—A finales de Julio, según los cálculos —Lavender sonrió—. Puede que nazca en tu
cumpleaños. Entonces, deberíamos celebrar por dos.
Harry se imaginó que entonces habría algo diferente por lo que celebrar.
—Mientes. No me conoces bien, por eso te parezco serio. Pero quienes ya están
conmigo todo el tiempo creen que no hay otro como yo para haceros reír. Viene de
sangre.
—Puede que haya nombrado algo de ello… pero no a mí, no exactamente a mí. Dijo
algo de unos Merodeadores. ¿Por qué?
Harry sonrió y le contó a Lavender sobre los Merodeadores, sobre cómo estaba en
su sangre el humor y los chascos, y el ser básicamente insoportable. Lavender
prometió "guardar el secreto" con una risita burlona mientras se adentraban a la
Sala de los Menesteres.
Dentro era un caos. El duelo que se estaba llevando a cabo había enviado a todos
los presentes contra las paredes y en cada rincón había sectores quemados,
humeantes; los rayos de luz eran feroces, iban y venían en un ataque sin medidas.
Harry alzó la ceja y se puso delante de Lavender para protegerla.
Draco Malfoy estaba allí, y frente a él, lanzando hechizos a diestra y siniestra,
Hermione Granger. Harry se detuvo unos momentos a ver la escena antes de oír a
Ginny dar el duelo por empatado.
Ambos compañeros se miraron con reacia amargura. Los ojos grises de Draco no
abandonaron el rostro de Hermione durante todo el lapso en que ella se movió de
su camino, guardando su varita en el bolsillo de su túnica y quitándose algunos
cabellos del rostro. Había apreciación en los ojos del heredero de los Malfoy, algo
capaz de verse incluso en la distancia.
—¡Ha sido una gran reunión, damas y caballeros! —Cylean caminó al centro, sus
pasos resonando en el suelo con cada pisada—. Creo que ya es tarde. Es hora de
que todos vayáis a asearos así estáis listos para la hora del té. ¿Qué os parece?
Todos se marcharon del lugar, inclusive Lavender, que agradeció a Harry con una
última sonrisa antes de marchar junto a Parvati. Harry quedó allí, remoloneando,
observando las fotografías que se encontraban en las paredes. Entre ellas estaban
algunas de los Merodeadores en época escolar, la fotografía de la Orden del Fénix
original, y la fotografía del Ejército de Dumbledore. La cara de Marietta Edgecombe
había sido quemada de la fotografía, aparentemente con un cigarro (aunque Harry
desconocía quién lo había hecho).
Unas manos cálidas y conocidas se posaron en sus hombros y Harry se volteó para
recargarse contra el pecho del hombre. Tom acarició sus cabellos casi
desinteresadamente, con una sonrisa sutil, mientras observaba a un rincón.
—¿Sabes? Creo que no tenemos ninguna fotografía juntos —dijo en voz baja—. Y
puede que Colin Creevey me haya prestado su cámara.
—¿No estarás celoso? Tendré una fotografía con Cylean, no contigo —se burló
desganadamente Harry, enredando los dedos en el cuello de su pareja, sonriendo
con apenas una débil mueca en los labios.
—Oye, tampoco es para insultar —Harry le dio un pisotón que Tom respondió
inclinándose y mordiéndole el labio hasta hacerle sangre. Luego lamió la herida y
succionó su labio, lenta y tortuosamente. Harry rió y respondió a aquel beso
cargado de una extraña frustración.
—¿Debería suceder algo? —preguntó con falsa inocencia. Harry frunció apenas el
ceño.
—No me engañas. Pero, si no quieres confiar en mí, bien —se apartó ligeramente,
pero Tom le sujetó y le estrechó contra su cuerpo con demasiada fuerza—. Vale, lo
capto. Apoyo moral. Sea lo que sea que esté sucediendo, estoy contigo. ¿Vale,
Tom? —murmuró en voz baja, siendo abrazado con fuerza por los brazos de su
profesor.
Harry apartó su cuerpo del de Tom y le miró interrogante. Las facciones de Cylean
estaban contraídas, extrañas. No había signos de lágrimas en sus ojos, pero la
expresión estaba penosa. Harry le sujetó de las manos con fuerza.
—No sé a qué viene esto, créeme. Pero yo estoy bien ahora. Y todo lo que he
pasado me ha traído hasta aquí, contigo, y es donde quiero estar.
—¿Sueles ser cursi muy seguido o sólo los domingos? —se burló. Harry rió
ligeramente.
—Sólo los domingos —se paró de puntillas para besar a Tom con ternura—. Eres
increíble, Tom.
—¿Por qué, ahora? —Tom sonrió un poco más repuesto—. Es decir, sé que soy
increíble, pero, ¿qué te hace hacérmelo notar justo ahora?
Más tarde Harry observaba la fotografía. Le hubiera gustado ver a Tom en ella,
pero allí estaba Cylean y debía conformarse. El hombre estaba detrás de él, le
sujetaba de los hombros y miraba a la cámara, luego el chico sonreía aún más por
algo que su profesor le susurraba y ambos reían, relajados, unidos. No se
arriesgarían a besarse en una fotografía que podría caer en las manos de cualquiera
—aunque parecía ser que su relación ya era de conocimiento más o menos general,
los padres del alumnado aún no sabían nada— pero era suficiente. Tom había
insistido por una fotografía que tener con él, como si supiera que pasaría tiempo sin
verlo… ¿era eso? ¿Sería eso? ¿Alguna situación que apartara a Tom de él por un
largo periodo de tiempo?
—Te iré a visitar a Hogsmeade el próximo fin de semana —anunció Sirius a través
del espejo doble que le había dado. Harry lo había tenido escondido al fondo del
baúl, desconociendo de su uso práctico, hasta que su padrino le dijo para qué
servía esas vacaciones, ofreciéndole un modo de comunicación más eficiente que el
flú e incluso las cartas. Por qué ninguno de ellos se había percatado de ello antes
era un misterio.
—Es genial. Podremos pasar por Honeydukes, y por las Tres Escobas, y podrás dar
una vuelta, volver a ver a Hermione y Ron…
—Ah, ¿cómo están tus amigos?
—¡Yo estoy bien! —dijo Ron, a la izquierda de Harry, apareciendo junto a su amigo
para que Sirius le viera—. ¿Te has enterado de que será una niña, Sirius? ¡Harry
será el padrino!
—Ni Harry ni tú paráis de repetirlo. Sois como loros —bufó Sirius—. Pero, es
enserio. ¿Enyd? Ron, ¿no deberías tener poder de decisión sobre el nombre de esa
pobre criatura?
—¡Enyd no es un mal nombre! —protestó Ron. Sirius puso los ojos en blanco.
Ron se puso pálido y miró hacia la cama de su amigo. Neville, detrás del Profeta,
asintió.
—Creo que consultaré otros nombres con Lavender —murmuró en voz baja, y Sirius
soltó una risa que tenía mucho más de animal que de humana.
—Es un tema complicado. Está… creo que nunca la había visto así antes. Está
perdida en sí misma —se mordió ligeramente el labio, tocando con la lengua la
herida que Tom le había hecho, sintiéndose ciertamente reconfortado con la
sensación—. Está detrás de los libros y sus notas nunca han sido tan buenas. Pero
está distante. No se le puede hablar… está más que nunca en las cocinas, con los
elfos domésticos, y planificando formas de darles vacaciones y cosas así. Cuando
no puede ponerse a leer ella escribe, o se encierra en su habitación. Parvati me ha
dicho que la oyen quedarse hasta tarde escribiendo o leyendo, que la luz
del Lumos sale de su varita. Está… destruida.
—Espero que hayáis intentado ayudarla —murmuró muy serio Sirius. Harry alzó
una ceja.
—Ron está en la etapa de la negación —susurró hacia Sirius—, quiere creer que él
no tiene la culpa. No hemos podido hacer nada todavía, con ninguno de los dos.
Sirius suspiró sonoramente y Ron fingió que no había oído nada. Del otro lado de la
habitación, Neville también suspiró.
—¿Cómo está Lavender? —preguntó Sirius, cambiando de tema—. Ya tiene…
¿cuánto? ¿Cuatro meses?
—Sí, cuatro meses y medio —Harry sonrió—. Puede que parezca extraño, pero me
siento emocionado de conocer a mi ahijada. Espero que se parezca a la madre,
aunque el padre no es tan malo cuando lo conoces mejor…
Sirius rió cuando una almohada derribó a Harry y lanzó el espejo por los aires.
Desde el suelo, Sirius vio como Harry lanzaba almohadas contra Ron, Neville, y
luego Dean y Seamus que entraron al cuarto y se unieron a la guerra de
almohadas.
—Eh, Harry, no quisiera molestarte pero, ¿por qué está Sirius Black en un espejo
en el suelo, y riéndose a carcajadas? —preguntó Dean, de pronto, mirando al
hombre en el espejo. Sirius le guiñó un ojo.
—¿Tú eres Dean Thomas? —Dean retrocedió un paso y Sirius rió—. Tranquilo. Estoy
en un espejo, no puedo morderte.
Harry palmeó a Dean en el brazo y fue a recoger a Sirius del suelo, sonriendo, con
los cabellos más desordenados que nunca por la batalla de almohadas. A pesar de
que tenían dieciséis, diablos, si podían divertirse lo hacían.
—Seamus Finnigan, ¿tu madre no es por casualidad Anna Geralt? —preguntó Sirius,
con un brillo pícaro en la mirada. Seamus, levemente pálido de que un ex convicto
supiera el nombre de su madre, asintió—. Oh, pues ambos éramos de Gryffindor.
Era un año más joven que yo, pero siempre fue una mujer guapa. ¿Cómo está
ahora?
—Vale —aceptó Harry. Dean y Seamus fueron a los baños a cambiarse. Ron y
Neville ya traían los pijamas, al igual que Harry, aunque Harry en vez de camisa
pijama llevaba una vieja camiseta gris de Tom, manchada con alguna extraña
poción de un feo marrón rojizo, que le iba un poco grande al cuerpo—. Buenas
noches, Sirius —saludó, sonriendo—. Espero que descanses y que el profesor Lupin
te ponga la correa antes de sacarte a pasear. No es bueno perseguir gatos por ahí.
—Esa sonrisa no pronostica nada bueno —auguró Sirius—. ¿Qué planeas, cachorro?
—Supongo —Harry sonrió con dulzura—. Sirius se llevará una gran sorpresa.
Tom soltó una risa extraña, que tenía partes iguales de diversión y de maldad.
—Ya lo creo.
Sirius había arreglado que lo esperaría en la puerta de las Tres Escobas en forma
de Canuto, para atraer menos la atención. Aún no era de dominio público el hecho
de que Sirius Black fuese un animago, y los que lo sabían, dudaba mucho que
pudieran reconocerlo.
Harry pidió un último beso colgándose del cuello de Tom. Tom, poniendo los ojos
en blanco, le dio lo pedido. Y luego otro. Y otro.
—Se hace tarde —anunció Tom, luego de una maratón de besos que los había
dejado a los dos jadeantes. Y a la mierda la compostura y el orden, pensó Harry,
aunque no compartió el pensamiento con Tom porque de verdad tenía ganas de ver
a Sirius.
Así que se separaron y Harry volvió a arreglarse. Entonces, cuando salían, Harry se
transformó en su forma animaga y Tom en Cylean, dispuestos a marcharse del
castillo.
En aquella forma Harry siguió a Cylean con sus pequeñas patitas, dificultándosele
tanto bajar las escaleras que Tom tuvo que cargarlo hasta llegar a bajar
completamente e ir hacia las puertas de entrada. La profesora McGonagall estaba
allí, supervisando quién salía y quién se quedaba.
Echó a correr con toda la velocidad que pudo, apartándose de los estudiantes,
alejándose del castillo y siguiendo el sendero hacia la Casa de los Gritos. Con toda
la velocidad que pudo y con toda la fuerza en sus patas Harry trepó de un árbol y
se quedó aferrado a unas ramas bajas a más de dos metros del suelo. Canuto, feliz,
moviendo la cola, siguió ladrándole unas cuantas veces más.
—Y uno no registrado, así que si puedes gritarlo más alto para que el Ministerio me
coja, hazlo.
Sirius cerró la boca y echó a reír a carcajadas. Harry dejó su irritación volar y se
abrazó a su padrino.
—Estoy seguro de que James estaría orgulloso —Sirius lo despeinó más de lo que
estaba—. Un animago a los dieciséis años. Bueno, nosotros lo conseguimos a los
quince, pero… ¡es genial, Harry!
Harry intentó pararse, dándose cuenta de que le dolía pisar. Sirius se levantó del
suelo y le ayudó a caminar.
—Anda, vamos a las Tres Escobas. Allí le pediremos a Rosmerta si tiene algo para
curar ese tobillo.
—No hay una, ¡auch!, excursión a Hogsmeade, ¡auch!, que me impida herirme,
¡auch! Este año me salió bastante bien, algo malo, ¡auch!, debía suceder.
—Intenta dejar de pisar con ese pie, o déjame que te lleve en brazos.
—¿En brazos? ¡Auch! ¡Ni en broma!
Sirius le sujetó con fuerza y le levantó en vilo. Harry intentó resistirse, pero Sirius
le tironeó del cuello.
—Theo, lo siento —se disculpó con su novio—. ¡Harry! ¿Qué sucedió? ¿Está bien?
—Se cayó de un árbol —Sirius intentó dejarlo en el suelo sin que el pie herido de
Harry pisara—. Ven, Neville. Ayúdame.
—No, no. Claro que no. Estoy en mi día libre con mi padrino y amigos en
Hogsmeade. Nadie me impedirá disfrutarlo. Luego iré directo a la enfermería, pero
ahora, ¡dejadme!
Sirius soltó a Harry y éste se fue de bruces al suelo. Theo soltó una risita nerviosa y
Neville puso los ojos en blanco.
—Vale, Harry. Haz lo que quieras —le tendió la mano para ayudarle a levantarse—.
Cuando el profesor R. se entere te matará.
Cuando finalmente se hizo hora de volver Harry intentó usar el pie y los ojos se le
llenaron de lágrimas. Se levantó el pantalón para encontrarse con el tobillo
hinchado y maldijo entre dientes mientras Sirius enviaba un Patronus en busca de
Cylean para que se lo llevara directo a la enfermería.
Cylean llegó cinco minutos después de que Sirius hubiera lanzado la llamada.
Fulminó a Harry con la mirada antes de cargarlo en brazos.
—No, definitivamente no te puedo dejar ni diez minutos solo, ¡menos toda una
tarde! ¡Mira ese pie! —gruñó, mientras salían de la taberna y se dirigían al castillo,
seguidos de cerca por Theodore y Neville, y Sirius.
Harry se colgó del cuello de Cylean para hacerle más fácil el cargarle mientras iban
al castillo. Se dirigieron directo a la enfermería, donde madam Pomfrey sonrió
tranquilamente: era conocimiento público que Harry Potter había estado muy poco
en la enfermería ese año.
—Señor Potter, ¿qué hacía subido a un árbol? Cualquiera diría que con sus
antecedentes, tiene suerte de no haberse roto el cuello.
—Esto tiene un esguince. Y parece tener horas. ¿Por qué no vino inmediatamente
conmigo luego de sentir que dolía, señor Potter?
Harry enrojeció.
—¡Pues ahora esto le costará más! —madam Pomfrey fue en busca de una pomada
que al aplicarla ardió, y luego alivió el dolor—. Debe ponérsela cada seis horas,
pero por ahora no puede caminar hasta que la hinchazón mengüe. Será mejor que
se quede aquí por esta noche.
—¡¿Qué?! —Harry resopló—. ¡Es un simple esguince!
—Lo era, hace horas —madam Pomfrey sonrió dulcemente antes de dirigirse al
profesor que disimulaba una sonrisa burlona—. Señor Rousseau, ¿podría
asegurarse de avisar a los amigos del señor Potter?
—Uno de ellos está aquí afuera. A su novio no le gustan las enfermerías —explicó
Cylean, acercándose a Harry para darle unas palmadas suaves en la cabeza—.
Tranquilo. Mejorarás.
Se marchó en busca de Neville dejando a Harry con el rostro rojo y los dientes
apretados. Luego de unos minutos en los que madam Pomfrey estuvo vendando el
tobillo de Harry y explicándole cómo hacerlo correctamente —ya que él debería
hacerlo por la siguiente semana— el profesor Rousseau volvió a entrar, seguido de
Neville.
—Lo es —coincidió Harry—. ¿No estáis dispuestos a un trío? Estoy seguro que a mi
novio no le molestaría compartirme.
—Me parece que sobro aquí —dijo con frialdad el profesor—. Harry, Neville. Nos
vemos. Ah —se volteó a ver a Harry, que sonreía—, cinco puntos menos para
Gryffindor.
Harry soltó una carcajada. Neville negó con la cabeza, riendo entre dientes.
—¡No te molestes, Cylean, amor de mi vida! —Harry extendió los brazos hacia su
profesor—. ¡Sólo era una broma! ¡Tú sabes que siempre serás mi único y verdadero
amor!
Neville no podía parar de reír cuando Harry comenzó a lanzar besos en dirección
hacia el rubio. Cylean no se contuvo y finalmente soltó una carcajada, al tiempo de
que Hermione entraba.
Harry se dio cuenta de que su amiga estaba mal al momento que la vio. Tenía
grandes ojeras bajo los ojos castaños y el cabello en cualquier orden. La piel pálida
de su amiga estaba cetrina, y tenía un ligero temblor en la ceja izquierda.
—¡Harry! —se lanzó a sus brazos, casi asfixiándolo—. ¡Me has preocupado! ¡Cuando
Theodore Nott se acercó a mí y me dijo que estabas en la enfermería pensé
cualquier cosa! ¿Qué te sucedió?
Harry le contó que se había caído de un árbol por tontear con Sirius. Hermione
supo que había algo más allí, algo que no quería mencionar por estar madam
Pomfrey presente. Cuando Harry terminó de hablar su amiga lo envolvió en un
asfixiante abrazo, y poco faltó para que se echara a llorar en su hombro. Había
tanta tensión en ella. Tanta amargura. Tanta pena. Harry se dijo a sí mismo que
debía conseguir verla mejor, pero desconocía cómo.
—¡Eres un mentiroso! ¡Te preguntamos en Las Tres Escobas si estabas bien y nos
dijiste que sí! ¡Qué demonios, Harry!
Las campanas de las ocho sonaron. Era la hora de la cena, y uno a uno fueron
despidiéndose todos de Harry. Madam Pomfrey hizo llamar a algunos elfos
domésticos para que le trajeran a Harry y al profesor Rousseau algo de cenar, y
ella misma fue al Gran Comedor a comer.
—Sí, claro —Tom rodó los ojos—. Tan sólo que tan pronto estuviste de pie te fuiste
de cara al suelo.
—¿Cómo diablos…? Oh, Neville —Harry se palmeó la frente—. Debí saber que te lo
diría.
—Y he de suponer que tú crees lo mismo. Así seríamos tres los que lo creemos.
—Sí, supongo —le guiñó un ojo, burlón—. ¿Quieres que traiga el espejo así puedes
hablar con Sirius?
—¡Claro! —aceptó Harry, sonriendo ampliamente. Tom le dirigió una sonrisa cálida
y estaba dispuesto a irse cuando Harry tironeó de la manga de su túnica—. Oye,
Tom… —susurró.
Tom rió.
—¿Harry? ¡Harry! —la voz conocida de su padrino venía muy cerca de él. Harry se
dio cuenta de que no tenía sus lentes y tanteó en la mesita de noche de junto a su
camilla para ponérselos. Cuando lo hizo cogió el espejo en el que Sirius se veía.
—Hola, Sirius —gruñó Harry con voz patosa. La luz de las ventanas era suave, sutil,
y dejaba ver el rostro de su padrino con los contornos afilados—. ¿Qué tal llegaste?
—Menos mal que estás en la enfermería —Sirius puso los ojos en blanco—. Sin
embargo, me alegro de que hayas pasado el día conmigo. Añoraba Hogsmeade.
—¿Kotka?
—Significa gato en búlgaro. Digamos que, ahora que no puedo llamarte cachorro ni
cervatillo, aunque no quiere decir que deje de llamarte cachorro, te llamaré Kotka.
Pero será nuestro secreto, ¿eh? —Sirius le sonrió cálidamente—. Anda, dime. ¿Qué
hay de ese tobillo? ¿Era fractura?
—Esguince —Harry hizo una mueca—. Hasta mañana no puedo caminar, y es mejor
si mañana también me quedo en cama.
—¿Ya has hecho los exámenes de aparición? —preguntó Sirius, de pronto. Harry
negó.
—¡Ah, cierto! Lo han cambiado. Yo lo hice a los dieciséis —su padrino se encogió de
hombros—. Pero supongo que lo harás directamente en el Ministerio en el verano.
Te acompañaré, ¿vale?
—¿Por qué tan interesado en ello? —dudó Harry, intrigado. Sirius compuso una
expresión inocente.
Sirius rió.
A Harry se le escapó un bostezo. Sirius acercó los dedos al cristal del espejo, como
si deseara enredarlos en la melena de su ahijado y dejar la mano allí hasta que se
duerma.
—Duerme, Harry —Sirius sonrió—. Te cantaría hasta que te duermas, pero creo que
ni tú ni yo queremos oír eso, ¿verdad?
Harry dejó el espejo sobre la mesita de noche junto a sus lentes. Se cubrió con el
edredón de lana que alguien le había echado por encima —estaba calentito, y era
muy suave— y se dejó llevar por el tan conocido gusto del sueño.
Era viernes por la tarde y Draco Malfoy llevaba todo el día con un molesto y
repulsivo dolor de cabeza. Había ido por una poción para ello y se había encontrado
con que madam Pomfrey necesitaba examinarlo primero para darle una poción, ya
que algunos alumnos tenían la costumbre de ir a pedir algunas por el mero hecho
de pedir. Draco maldijo a aquellos alumnos y continuó su día en un estado de
irritación que nadie se salvó.
Primero comenzó con Theodore Nott. El muchacho sólo había estado hablando con
Adrian Pucey de lo bueno que era realmente Neville Longbottom, y de que si se
unía al Escuadrón de Defensa podría aprender algunas "tácticas" para manejarse
entre los miembros de la luz y conseguir un salvavidas si alguna misión pesada era
puesta sobre sus hombros. Draco le había gritado canalla traidor, y Theodore, rojo
como un tomate, le había gritado que él también asistía a las jodidas reuniones,
que callara. Y no, Draco no pudo mantenerse callado, y tuvieron que separarle
entre cuatro porque iba a saltarle encima para desfigurarle la cara a golpes cuando
Theodore le llamó "traidor a la sangre, al igual que yo".
Luego la habían ligado Crabbe y Goyle, torpes y confiados con que ser los mejores
aliados de Draco Malfoy se salvarían.
Luego había sido el mismísimo Adrian Pucey, por las mazmorras mientras iban al
Gran Comedor.
Luego había sido la hermana pequeña de Daphne, Astoria, que Draco sabía estaba
enamorada de él, acercándole para alcanzarle un libro que se olvidó y dirigiéndole
algunas palabras amables. Draco la había enviado al infierno muggle y la pobre
chica casi se echa a llorar. Si no fuera porque era un Slytherin lo habría hecho.
Se había dado cuenta de que la chica no tenía un buen día con sólo verle las ojeras.
Tenía el cabello atusado y la piel demasiado blanca; un poco de color no le vendría
mal. También tenía los labios muy resecos.
—Fíjate por dónde vas, sangresucia —gruñó. Granger dejó caer los libros cuando
Draco le dio un empujón para pasar a su lado y siguió caminando. Draco esperó
alguna reacción de su parte, después de todo estaba sola, y sabía que Granger
tenía un carácter fuerte.
Ella estaba llorando. Lágrimas gruesas caían por su rostro, y apretaba los labios
como si algo le doliera. Draco se inclinó hacia ella y le sujetó de la barbilla, uniendo
sus ojos grises con los castaños cargados de lágrimas, inyectados en sangre.
Granger hizo lo que Draco no creería que haría en un momento como ese: rió.
—Tranquilo, Malfoy. No me afectas lo suficiente como para llorar por ti. Es sólo que
tengo un mal día —se encogió de hombros, guardando los libros en su mochila.
Granger se limpió las lágrimas con la túnica y Draco buscó en su bolsillo,
obsequiándole un pañuelo: era de algodón con las iniciales "D. L. M" bordadas en
plata. Granger lo aceptó sin dudarlo y se limpió con más esmero las lágrimas.
—Todos tenemos un mal día —murmuró Draco, sin pedir el pañuelo de regreso—.
¿Qué es exactamente lo que te sucede?
Con Granger en los brazos, con la cabeza apoyada en su pecho, Draco emprendió el
camino a la enfermería.
Hermione abrió los ojos levemente. Se sentía extraña, con la cabeza dándole
vueltas y envuelta por un aroma que fácilmente pudo identificar, haciéndosele un
nudo en lo profundo de la garganta.
Levantó el rostro, dispuesta a encontrarse con Ron, pero se sorprendió tanto que
emitió un quejido ahogado.
—¿Malfoy? —siseó, incrédula. Malfoy agachó los ojos hacia ella, con expresión casi
harta.
—Genial, Granger. ¿Quién creías que era? Por la expresión en tu rostro mientras
despertabas, cualquiera creería que pensabas que era cualquiera menos yo —
Malfoy puso los ojos en blanco. Hermione intentó controlar su sonrojo.
Era imposible, pero Malfoy olía como Ron. Con aquel aroma que aceleraba su
corazón por haberlo sentido en la Amortentia; pergamino nuevo, césped recién
podado y aquel aroma que hasta el momento había identificado como el de Ron,
una colonia extraña, tal vez un champú.
—Te desmayaste sobre mí —Malfoy compuso una expresión burlona—. Yo sabía que
la gente caía ante mí, ¿sabes, Granger? Pero nunca creí que fuera tan literal.
Con el paso de los metros Hermione fue sintiendo cómo su cuerpo se relajaba en
respuesta a la cadencia de los pasos. Cuando llegaron a la enfermería Malfoy la
dejó suavemente en la primera camilla que encontró al momento en que madam
Pomfrey aparecía ante ellos, con expresión preocupada.
—¡Oh, Granger! El señor Potter acaba de irse —murmuró ella, con voz suave—.
¿Cómo se encuentra? ¿Qué le sucedió?
—Muy mal. Se debe comer tres veces al día, y si es posible un desayuno muy
completo. Hay un dicho muggle que dice "desayuna como rey, come como príncipe
y cena como mendigo". Como mínimo un desayuno de rey para recuperar la salud
—madam Pomfrey releyó el pergamino con aquellas marcas extrañas—. Y dormir.
Le recetaré unas pociones de nutrición y una para dormir sin soñar, si eso es lo que
está molestándole…
Malfoy se quedó allí, con la espalda recta, sentado como símbolo de la elegancia,
esperando por Granger. Cuando madam Pomfrey dijo que ella se quedaría todo ese
día y esa noche para asegurar su bienestar, Malfoy asintió.
Hermione observó cómo madam Pomfrey hacía los mismos movimientos de varita
con Malfoy que con ella. Otro pergamino fue llenado y la mueca en el rostro de la
mujer era clara.
Malfoy palideció.
—¿Qué?
—Por lo visto tiene una migraña capaz de producirse por muchas horas de lectura.
Debería considerar comprar unos lentes para el descanso de la vista, hay una
tienda en Hogsmeade que vende unos muy buenos…
Draco Malfoy estaba cada vez más pálido. Hermione se contuvo de reír.
—Preferiría una poción para el dolor cada vez que lo tenga —expresó el rubio.
Madam Pomfrey se encogió de hombros.
—Como quiera —se volteó hacia Hermione, que sonreía débilmente—. Tranquila,
cariño. Ahora mismo te traeré una poción para quitar esa debilidad.
—Anda. Cuéntame.
—Por qué estás haciendo huelga de hambre, y por qué tienes esas ojeras.
—Hay cosas que no te interesan, Malfoy —gruñó Hermione—. ¿Qué te crees, que
porque me ayudaste de pronto debo confiar en ti? ¿Qué te hace pensar eso?
—Una sola burla al respecto —avisó— y para que los Malfoy tengan un heredero,
deberás adoptar.
—Uy, mira como tiemblo —Malfoy sonrió, burlón, antes de cambiar la burla por la
seriedad y asentir—. Comprendo, Granger. Cuéntame.
Hermione dudó unos segundos y comenzó a contarle.
—Todo comenzó en clase de Pociones, ¿recuerdas que el profesor Snape nos hizo
olerla? Yo sentí… el aroma de Ron —creyó que Draco se burlaría. Él se mantuvo
serio—. O eso creía —se corrigió, recordando como el aroma había llenado sus
fosas nasales estando en brazos del rubio—. Pero Ron comenzó a salir con
Lavender Brown, y ahora la muy… está embarazada, y Ron cree que mejor
debemos ser amigos porque lo nuestro no puede funcionar porque él no es
suficiente para mí, y Lavender fue a pedirme disculpas porque ella no sabía lo que
yo sentía por Ron antes de involucrarse con él, y no puedo odiarla. No puedo odiar
a Ron tampoco. No puedo odiar a nadie por lo que estoy viviendo.
Cerró los ojos y dejó caer la cabeza contra la almohada esperando la burla. La burla
que no llegó.
—Granger, te diré algo que no deberás decir en ningún momento que yo te lo dije.
Así me entere yo de que lo has hecho, te haré imposible hasta el último día de tu
vida —Hermione abrió los ojos. Draco Malfoy estaba junto a ella, de cuclillas en el
suelo junto a su cama, con el rostro a la misma altura que el suyo—. Eres
demasiado mujer para sufrir a manos de un hombre que no vale la pena.
Hermione sintió que su rostro enrojecía con fuerza. Apartó la vista de los
normalmente fríos ojos del rubio, demasiado anonadada por lo que le acababa de
decir.
Hermione abrió y cerró la boca, incapaz de decirlo. Volvió sus ojos castaños a los
grises y, mirándole fijamente, lo hizo.
—Soy demasiado mujer para sufrir a manos de un hombre que no vale la pena.
—Así está bien. Ahora, convéncete a ti misma de ello. No merece la pena sufrir por
Weasley. No hay hombre que tenga cojones que haga sufrir a una mujer que está
enamorada de él. Supéralo. Búscate a otra persona. Y, por el amor de Morgana,
come un poco. Estás muy delgada.
Hermione sintió que una risa suave subía por su garganta. Negó con la cabeza,
mirándose: ella se veía como siempre, aunque tal vez sí estaba bastante más
delgada que antes. Debía llamar a algunos elfos domésticos a que le ajustaran el
uniforme y las túnicas.
Apretó ligeramente los labios y sintió una mano sobre la suya. Observó, congelada,
como Malfoy le daba un apretón en la mano y sonreía.
—¿Por qué me ayudas, Malfoy? —preguntó con la voz demasiado baja. Aun así
Malfoy la oyó.
—Es un tema complicado —miró a ambos lados, como asegurándose de que nadie
les oiría—. Mis padres se casaron porque sus padres concertaron su matrimonio. Mi
madre, Narcissa, se enamoró perdidamente de mi padre. Aun así él no la amaba.
Dudo mucho que padre sea capaz de amar a alguien, aunque sea su esposa y su
hijo. Cuando era pequeño… —Draco pareció darse cuenta de que estaba hablando
de más. Soltó la mano de Hermione con un intento de frialdad y su rostro se
endureció—. Vaya, parece que me estoy yendo de lengua.
—Bien, señor Malfoy, puede irse —de forma sutil madam Pomfrey le estaba
expulsando de la enfermería. Malfoy le mostró una expresión altiva a la mujer y
luego una casi sonrisa a Hermione.
—Nos veremos por ahí, Granger. Iré a dejar tus cosas a alguno de tus amigos —
señaló la mochila gruesa y remendada que colgaba de su espalda junto a la suya.
Hermione le dedicó una sonrisa extraña incluso para ella, y Malfoy se marchó de la
enfermería sin mirar atrás.
Si Hermione lo hubiera recordado, si tan sólo hubiera recordado que tenía el Mapa
del Merodeador activo en su mochila, tal vez le hubiera dicho que le dejara la
mochila, que ella se haría cargo.
Pero no lo recordó, y Malfoy se llevó el Mapa del Merodeador con él. E inclusive con
el mapa en su mochila, ¿qué forma habría para que lo descubriera?
Parecía que los amigos de Granger habían hecho un pacto para no cruzarse con él
ese día. Se había topado con muchos Gryffindors pero ninguno cercano a la
muchacha, lo que había llevado a que cargara todo el día la jodida mochila en su
espalda. Hasta este punto sentía que la columna se le iba a quebrar.
Y ahora el idiota de Crabble había tironeado muy fuerte de un borde y todos los
libros, pergaminos, plumas y tinteros se hicieron añicos en el suelo.
—Maldición —gruñó Draco, mientras levantaba las cosas, manchándose con tinta
los dedos. Lanzó un Fregortego sobre la tinta, pensado que debería comprarle un
tintero nuevo a limpió los dedos con la túnica —recordando que su pañuelo lo tenía
Granger, maldita sea— y comenzó a recoger las cosas. No podía confiar en Crabbe
y Goyle, capaces de meter todo arrugado y a la fuerza.
Estaba viendo a una tal Mary McDonald caminando junto a Colin Creevey por un
pasillo. Sin que Crabbe y Goyle le vieran guardó el pergamino en el bolsillo interior
de su túnica y se volvió a cargar la mochila al hombro.
Se despidió de sus amigos que iban camino a las cocinas a robar algo para comer
aun cuando faltaba menos de dos horas para la cena. Allá ellos. Draco, a solas,
sacó el pergamino: se había librado de las manchas de tinta y ahora mostraba a
Crabbe y Goyle caminando rumbo al pasillo por el que se iba a las cocinas. Draco
siguió la línea del pasillo y se encontró a sí mismo. Caminó unos pasos hacia un
lado, dándose cuenta que las huellas del pergamino también se movían, y una
sonrisa salvaje cruzó su rostro.
—Así que este es el secreto de Potter, Granger y Weasley —dijo, en voz baja,
intentando buscarles por el castillo. Weasley estaba una habitación en la torre del
séptimo piso rodeado de chicos y chicas de Gryffindor, por lo que Draco supuso que
sería la Sala Común de esa casa. Obviamente no iba a entrar allí, así que debía
buscar a Potter.
Siguió por la línea del séptimo piso hasta encontrar una habitación demasiado
grande para ser un aula. En ella se encontraba Potter. Y Tom M. Riddle.
Llegó a aquella habitación en menos tiempo del que le hubiera gustado. Tal vez
debería ir directamente a hablar con el profesor Snape, pero seguramente le
tacharía de loco, y le diría que no se metiera donde no le llamaban. Además
preguntaría seguramente de dónde habría sacado ese mapa, y Draco no se sentía
cómodo diciendo que lo había sacado de la mochila de Granger.
Tocó la puerta con los nudillos y esperó, sin saber qué esperar realmente. ¿Qué le
abriera Voldemort, o que le abriera Potter? La puerta de madera hundida en la
piedra estaba cargada de una magia que a Draco le puso el vello de punta: eran
oscuros encantamientos protectores que avisarían si alguien iba a abrir la puerta,
además de que notaba la fuerza con la que habían sido lanzados, con qué tipo de
magia era compatible aquellos hechizos. Se parecía mucho a la magia de…
El profesor farfulló algo y cerró levemente la puerta. Draco oyó que decía "Harry,
Malfoy quiere hablar contigo" con voz ligeramente hastiada, lo contrario a lo que
era normalmente el profesor, tan amable y risueño.
Potter se demoró en salir. Cuando salió tenía el rostro sonrojado y los labios
abusados, además de una expresión frustrada.
—Granger está en la enfermería desde hoy temprano, luego del almuerzo. Creí que
deberías saberlo —dijo, con todo el desprecio que pudo acumular en su voz. Potter
abrió los ojos de manera desmesurada.
—¿Qué le sucedió? ¿Está bien? —preguntó, con voz alarmada. Draco se encogió de
hombros.
—Es un lindo mapa el que tiene Granger, Potter —felicitó—. Permite encontrarte sin
problemas. Sirve en demasía.
—¿Qué viste? —Potter le sujetó de los brazos con violencia—. ¡¿Qué viste?!
Draco se desprendió de su agarre con cierta dificultad, pero su expresión decía que
había sido lo más fácil del mundo.
—¿Crees que no lo sabía ya, Potter? —fingió estar completamente al tanto—. Sólo
se han confirmado mis sospechas. Tranquilo, no diré nada. Después de todo, no
serías el único que perdería en la situación si la verdad se revelara.
Fingió saberlo todo, como siempre hacía. Después de todo, si Voldemort estaba en
el colegio, Lucius Malfoy debía saberlo, ergo él también… o por lo menos
sospecharlo.
Potter estaba pálido, pero asintió. Pareció dudar unos segundos y musitó, en voz
baja:
—Gracias.
—Ya me parece —Harry la miró de arriba abajo. Estaba demasiado delgada, y las
ojeras en su rostro parecían marcadas con hollín—. ¿Qué te ha dicho madam
Pomfrey?
—No, Harry. Gracias, pero no. Estoy… bien, creas o no —tenía una extraña
expresión en el rostro, una sonrisa suave y dulce—. No vale la pena hacerme tanta
mala sangre por las cosas que suceden, porque no puedo evitar que sucedan. He
estado actuando de forma muy estúpida últimamente. He sido una tonta.
—Entonces… ¿crees que Ron venga a verme? —preguntó Hermione, curiosa. Harry
se encogió de hombros.
—Dijo que vendría, pero lucía extrañamente verde. Creo que tiene miedo de que
esto haya sido su culpa. Yo ya le he gritado, le he dicho: "¡Por supuesto que fue tu
jodida culpa, Ronald Bilius Weasley! ¡Ahora ve a verla y hazte cargo!" y él casi se
ha meado encima, lo que me lleva a pensar que vendrá a visitarte cuando estés
dormida, te tomará de la mano tiernamente y te dirá que te adora, pero que no
puede estar contigo.
—¿Ah, sí? —se inclinó hacia ella, cómplice—. ¿Encontraste otro candidato?
Hermione rió mientras se sonrojaba.
Hermione asintió.
—No digo que esté de pronto enamorada de él, Harry. Eso sería imposible. Me ha
llamado sangresucia y cosas así desde segundo año. Le he pegado en tercero. Me
ha ignorado en cuarto. El caso es que… puede que haya cambiado. No es el mismo
Malfoy que nos insultaba los años anteriores: este Malfoy tiene algo dentro que está
deseando salir, y se esconde detrás de una máscara. ¡Pensar que me ha traído en
brazos hasta la enfermería! El antiguo Malfoy no se habría preocupado siquiera.
—Es tu vida, Hermione. Pero te llega a herir y llamaré a Viktor Krum para que le
destroce la cara a golpes.
Hermione rió.
—¿Estás loca, Hermione? Puede que yo sea bueno con la varita, pero nunca me has
visto pelear a los puños.
Su amiga rió con una alegría que hacía mucho tiempo que no tenía y Harry se sintió
bien, tranquilo, feliz por ella. Incluso la alegría de su amiga quitaba la niebla que
significaba que Draco Malfoy les hubiera descubierto, fingiendo que lo sabía todo,
cuando en realidad Harry y Tom sabían perfectamente que él no podía saber nada
del asunto.
—¡Vaya, Hermione! ¡Hacia cuanto que no te oía reír! —se oyó la voz de Neville
adentrándose con un ramo de flores. Eran bonitas, coloridas y olorosas, de color
azul brillante—. ¿Cómo te sientes?
—Muy bien, Neville. Gracias. ¡Hum, huelen muy bien! ¿Qué son? —preguntó,
mientras se acercaba una de las flores a la nariz. Harry creía que no hacía falta:
desde donde estaba se podía sentir el aroma a las flores.
—Son jazmines azules —explicó Neville, sentándose a los pies de la camilla de
Hermione—. Huelen como los jazmines, y sus pétalos son molidos y utilizados para
hacer sombras de ojo. Creí que te gustarían.
—Ahora, ¿qué sucedió para que rieras? —Neville llamó la atención de su amiga—.
Quisiera saber a quién debo abrazar por ello.
—Te sorprenderías, Nev —Harry puso los ojos en blanco y Hermione se lanzó a
explicarle a su amigo sobre el aroma de la Amortentia, sobre cómo había pensado
que Ron era el destinado para ella y se había sentido completamente unida a
aquella fantasía, y cómo Malfoy olía también como su Amortentia. Neville oyó
atentamente y sonrió al Hermione finalizar la historia.
—Eso te enseña, Hermione, a no confiar tanto en las pociones —le guiñó un ojo—.
Confía mejor en las plantas. Ellas tienen vida, y dicen muchas más cosas de las que
podrían decir.
—Muy bien, chicos —madam Pomfrey se acercó a ellos con una poción en las
manos—. Es hora de que os vayáis a la cama. La señorita Granger debe descansar,
y no podrá hacerlo si vosotros estáis hablándole.
—Bien —Neville besó la mejilla de Hermione, dulce y tierno—. Nos vemos, Herm.
—¡No le hagas recordar los deberes! —le reprochó, y ambos rieron mientras salían.
Hermione les miró con una sonrisa enternecida hasta que salieron de la enfermería.
Luego aceptó la poción para dormir sin soñar y se sumió en un sueño tranquilo por
primera vez en semanas.
—Claro que no —musitó, seriamente. Tom hizo un puchero. Harry le sacó la lengua
—. Simplemente no tengo grandes deseos de compartir habitación con Ron hoy.
Harry suspiró y dejó caer su cabeza contra el hueco del cuello de Tom.
—Calma, Harry —Tom enredó los dedos en los cabellos de Harry, acariciando el
casco con suavidad—. Tranquilo. Respira.
Tom rió entre dientes y le acarició el cuello con dedos, suaves como plumas, y
Harry se dejó caer ante aquella caricia. Otra mano fue a su mejilla, suave y dulce, y
Harry cerró los ojos, dejándose mimar como si fuera un cachorro en busca de
afecto.
—Aún es temprano. Si luego decides volver… —susurró Tom contra su oído. Harry
negó.
—Me quedaré aquí. Contigo. Por toda la noche. Y por siempre, querría.
Tom rió.
Harry no supo exactamente qué lo despertó, pero la cama estaba perdiendo el calor
de Tom y la puerta estaba entreabierta. La luz que se filtraba por las cortinas mal
cerradas decía que era muy tarde, pero oía voces, voces que no gritaban pero
tampoco hablaban en susurros. Eran voces normales en la habitación siguiente.
—Harry está dormido, profesor —dijo la voz conocida de Cylean Rousseau. Harry
prestó atención.
—¿Por qué lo hizo, profesor? —preguntó Cylean, con voz dura—. Usted supo
primero que nadie lo que Archivald Keyglass y Dudley Dursley le hicieron a Harry.
¿Por qué no lo sacó de esa casa?
—Por supuesto que no, profesor. Estoy seguro de que sus decisiones han sido las
correctas. Pero, ¿por qué hacerle sufrir de esa forma? ¿Obligándole a seguir
viviendo con gente que abusó de él?
Harry se mantuvo en silencio, oyendo lo que jamás creyó que oiría: las razones por
una vida de mierda. Todo parecía tener sentido, pero aun así, no parecía una cosa
que el Dumbledore de sus primeros años haría. Parecía una cosa que
el verdadero director haría. Aquello consiguió que la rabia corriera por sus venas
con fuerza.
—Pero eso no es todo, ¿no es así, profesor? —la voz de Cylean acariciaba la noche
—. Hay otra cosa. Puedo sentirlo en usted.
—Somos pocos y nos conocemos mucho, Cylean. Sí, hay algo. Pero me veré
obligado a pedirte que guardes el secreto.
—Lo que oirás ahora, Cylean, a nadie debes decírselo. Necesito que lo jures por tu
vida. Jamás repetirás estas palabras.
—Tom Riddle también. Es por ese motivo que no murió aquel treinta y uno de
octubre de mil novecientos ochenta y uno. Su cuerpo fue destruido, pero su alma
continuó vagando en la tierra. No tengo idea a dónde fue, o qué hizo, pero sí
suposiciones. Intentó volver… y lo consiguió. De todas formas, es una sombra de lo
que era. Un despojo. Menos que humano.
Harry podía imaginarse a Tom con una expresión intrigada y aterrorizada, mientras
que interiormente maldecía al viejo. Harry haría lo mismo, aunque no alcanzaba a
comprender qué era un Horrocrux, casi podía suponerlo.
—Es… terrible —la voz de Cylean sonaba una octava más aguda—. Pero, ¿qué tiene
que ver Harry con los horrocruxes de Quien-usted-sabe? Además, Quien-usted-
sabe ya "murió" una vez… ¿no debería ser mortal?
Un jadeo horrorizado.
—¡Eso es terrible! —el sonido de algo que caía contra el suelo, tal vez la silla de
Tom al él levantarse de golpe—. ¡Es… inhumano! ¡Bestial!
—Y usted cree… —hubo silencio—. Usted cree que Harry es el único capaz de
destruir los horrocruxes. Que, a sus dieciséis años, es el más capaz para hacerlo.
—No sólo le pido a él que lo haga, Cylean. Le pido a ambos que tengan
consideración por el Mundo Mágico.
Hubo silencio. Harry no tenía idea de qué podría estar sucediendo en la habitación
siguiente, y por más que deseaba alcanzar su varita y crear alguna especie de
poderosa magia amorosa para hacer visible a través de la pared a ambos hombres,
sabía que no se arriesgaría a ser descubierto. No que Tom se enfadara, pero
seguramente Dumbledore no lo vería venir, y no le gustaría.
—Me está pidiendo… ¿qué? —hubo acidez en la voz de Cylean—. ¿Que le ayude a
buscar horrocruxes? ¿Destruirlos? ¿Que esté a su lado? ¿Que haga qué? ¿Que
muera por él?
Hubo más silencio, un silencio denso y oscuro. Harry se estremeció cuando una fría
ventisca le recorrió la espalda, y deseó acercarse a un edredón pero no lo hizo. Se
quedó inmóvil, inquieto, hasta que oyó la sílaba.
—Sí.
—No te pido que mueras por él, Cylean. Te pido que estés a su lado y aceptes todo
lo que sucederá. Vendrán tiempos difíciles, y Harry, lo que más necesita, es alguien
como tú a su lado.
Un arrastrar de sillas. Las palabras cálidas de Dumbledore sólo llenaron de frialdad
el corazón de Harry.
Cuando la puerta se abrió Harry se sentó en la oscuridad. Pudo ver entre las
sombras borrosas mientras buscaba sus lentes que Tom caminaba por la
habitación, encendiendo velas una a una, tomándose el trabajo. Harry esperó hasta
que Tom se volteara, con expresión derrotarla, para enarcar una ceja.
—No puedo repetir las palabras que el viejo me dijo —escupió como veneno Tom.
Harry asintió.
Tom, que de por sí era pálido, palideció aún más al oír la palabra. Tenía los ojos
oscuros muy abiertos y los labios apretados en una fina línea. Era una imagen casi
cómica, si no existiera la gravedad en la situación.
Tom suspiró y fue a sentarse a los pies de la cama, habiéndole arrojado un edredón
a la cama que Harry usó para envolverse por completo.
—Entonces, has creado de esas cosas y… ¿Dumbledore quiere que yo las destruya?
No me lo ha pedido.
Silencio entre ambos. Harry observó a Tom y extendió los brazos de forma que
invitaba a su novio, con expresión trastornada, a refugiarse en el ellos. Tom se
movió patosamente, algo que Harry no creyó posible, y envolvió a Harry con sus
brazos. Acariciando el cabello del chico, suspiró contra su cuello, rozando la
sensible piel de su cuello.
—Me haces cosquillas, Tom —protestó Harry, apartándoselo—. Pero, vamos. ¿Estás
bien?
—Claro que lo estoy —bufó Tom, ofendido—. Pero me sorprende mucho que
Dumbledore haya dicho que hay seis horrocruxes, cuando tú ya has destruido uno.
—El diario, en tu segundo año. Era un Horrocrux. Y por supuesto que estoy bien,
bastardillo.
Harry palideció, pero volvió a los brazos de Tom lentamente.
—Lo siento —murmuró—. No sabía lo que era. Tampoco quería… bueno, sí, porque
estabas matando a Ginny y era la hermanita de Ron y…
31. Situaciones.
El hecho de que Cylean Rousseau y Harry Potter eran pareja comenzó como un
rumor los primeros meses de clase. No de que eran pareja, estrictamente, si no
como un rumor de que había algo allí, un sentimiento platónico, un amorío, un
romance. La forma en que ambos se miraban dejaba relucir una historia por detrás,
una historia de la cual todos querían enterarse.
Enero.
Colin Creevey quería hablar con el profesor Cylean Rousseau. Tenía que hacerle
una consulta con respecto al pergamino que le había pedido; no era algo que le
quitara el sueño, pero quería mejorar sus notas en todas las materias, incluidas
Defensa contra las Artes Oscuras. Y eso significaba hacerles preguntas a todos los
profesores sobre cómo mejorar sus trabajos. Y si bien Colin era bueno en la
práctica, no era tan bueno en lo teórico.
Llegó al despacho del profesor, haciendo una mueca y recordando cuando ese lugar
había pertenecido a Umbridge. Se estremeció antes de tocar.
—Ohhh.
Un gemido.
Retrocedió un palmo, sin saber qué hacer. ¿Podría ser que su profesor estuviera en
peligro? Pero ese gemido no era de un hombre en peligro… era de un hombre
excitado. Con el rostro al rojo vivo pegó la cabeza contra la puerta.
Colin enrojeció aún más de ser posible al reconocer la voz de Harry Potter, y
decidió que preguntaría después, tal vez más tarde, o tal vez cuando pudiera mirar
a la cara a sus dos profesores sin sentir vergüenza.
Lo que no sabía es que Tom Riddle, mejor conocido como Cylean Rousseau, con la
cabeza enterrada entre las piernas de su novio, sonreía enigmáticamente al haber
reconocido al joven detrás de la puerta, pegando la oreja y oyéndolo, yendo
corriendo a esparcir el rumor, con muy pocos que le creyeran pero, tal vez, los
suficientes.
Aquel día había nieve. Estaban a mediados de Enero, y el frío por las esquinas la
obligaba a utilizar una gruesa bufanda de lana y un gorro abrigado. Padma era muy
friolenta. Por ese mismo motivo estaba prácticamente huyendo de las mazmorras,
donde el viento helado se colaba por las esquinas y perforaba los huesos.
Saliendo del aula de Pociones los oyó. Eran Slytherins un año mayor que ella, los
conocía: Adrian Pucey y compañía, el grupo más fastidioso —si se descontaba a
Draco Malfoy y compañía, de su mismo año, aunque ese año estaban más
tranquilos— que ella podía reconocer durante ese año. Les oía hacer pullas y llamar
a alguien sangresucia y, como ella no era una Gryffindor, no salió de impulsiva para
defender a quien fuera que estuvieran fastidiando. Se lanzó un encantamiento
desilusionador, deseando de corazón que funcionara, y se acercó a donde estaban
para contemplarlo.
Natalie McDonald era una Gryffindor de tercer año de trenzas del color del
chocolate y grandes ojos oscuros. Era una jovencita muy mona, y Padma la
reconoció porque la joven tomaba tutorías de Adivinación con su hermana. Parvati
había hablado muy bien de ella.
Adrian Pucey la apuntaba con su varita. Sus amigotes reían a carcajadas, y Adrian
hablaba con voz desagradable.
Repetía la palabra una y otra vez. La niña no lloraba, y tenía los labios firmemente
apretados, abrazando con fuerza su mochila. No tenía su varita a mano y Padma se
sintió mal por ella.
—¡Petrificus Totalus!
La chica asintió.
Padma sonrió.
—El profesor Snape me castigó. Debo estar en el aula de Pociones cuando termine
su última clase.
Pero era del profesor Snape de quien hablaban, lo que hacía que fuera complicado
pensar que pudiera tener consideración.
Estaba caminando por un pasillo cuando lo oyó. No era un grito, ni un insulto, era
un quejido.
Padma intentó seguir la voz. Se oía detrás de una puerta, pero nunca había sido
impulsiva —o, tal vez, no tanto— por lo que se detuvo a oír.
Padma se apartó, sintiendo que la sangre corría a su rostro. Eran las voces de
Harry Potter y del profesor Cylean Rousseau. Su mano tembló. ¿Ellos estaban…?
—¡Ah!
Su rostro enrojeció de forma intensa. El gemido nublado con claro placer le hizo
estremecer. Era un gemido masculino, un gemido con la voz del jefe del ED, Harry
Potter. ¿Acaso ellos estaban…? Porque eso sería… extraño.
La voz de Cylean, tal vez más grave, más nublada por un deseo oscuro y
necesitado. Pero estaba bien. Padma no se sentía asqueada, ni horrorizada, como
cualquiera debería suponer. Se sentía intrigada, y tal vez algo tonta por no haber
hecho caso a los rumores que corrían por la escuela, rumores que habían llegado
por todas las esquinas y por todos los rincones. Rumores, rumores, rumores. Nunca
tan verdaderos.
Dentro, Tom Riddle reía contra el cuello de Harry, y hundía nuevamente sus dedos
en un terreno agridulce, para prepararle para lo mejor.
Febrero.
Harry Potter estaba con la espalda contra la pared, mientras que el profesor
Rousseau le sujetaba del cabello, guiando sus labios contra los suyos. Se besaban
de una forma que debería estar prohibida, pecaminosa e íntima.
—Ejem.
—Hola —dijo, de forma patosa, Neville—. ¿Para quién son esos chocolates? Luce
como un buen regalo.
Neville lo sonrió.
—Mi regalo.
Theodore se sobresaltó.
—¿De qué me hablas? —había pasado de rojo a blanco a unos segundos, con los
ojos claros bien abiertos y las cejas alzadas, dándole a su rostro un aire de
sorpresa.
Theodore tenía el rostro nuevamente tan rojo como el cuello de la túnica de Neville.
Neville le sonrió y se inclinó para robarle un casto beso en los labios. Theodore se
apartó como si le hubiera dado un choque eléctrico.
Hubo un destello de fuego en los ojos claros de Theodore. Sus labios se curvaron
en una sonrisa oscura, y atacó.
Volteó posiciones y golpeó la espalda de Neville contra el muro, para atacar sus
labios con fiereza, pero al mismo tiempo, consideración. Pidió permiso para besarle
con un tímido empujón, y acarició su boca con los labios más tiernos y la lengua
más hambrienta. Si Neville no hubiera estado tan entregado, probablemente se
hubiera dado cuenta de que sus rodillas estaban al borde del flaqueo, y de que se
aferraba a Theodore como si la vida se le fuese en ello.
Theodore rió. El chico lucía más confiado que de costumbre; Neville no lo había
notado demasiado: era callado y bastante serio, no se juntaba con Malfoy y
compañía, no fastidiaba a nadie. Pero se defendía muy bien. Y se defendía muy
bien.
Neville no se contuvo y volvió a besarlo. Hizo lo mismo durante todo el día, cartas y
anonimatos olvidados, enlazándose en una relación desesperada y necesitada.
Pero sí, mucho más importante fue el tercer ítem en cuestión de San Valentín,
hecho de que Theodore Nott se salvó de ser Obliviado por ver al profesor Rousseau
con la cabeza hundida en el cuello de Harry Potter, besándolo allí, con las manos
dentro de su pantalón, a plena luz del día, en el aula de Defensa. Si no hubiera sido
porque Neville salió a defensa de su novio —"¡Maldita sea, buscaos una habitación,
y dejad en paz a MI novio!"— seguramente sería como un grupo de niños de
primero, creyendo que había algo que había olvidado… y sin saber qué.
Marzo.
Lavender Brown siempre había sido alguien chismosa. Pero cuando vio con sus
propios ojos la imagen que la dejaría marcada prácticamente de por vida —el mejor
amigo de su ex novio, jefe y profesor del Escuadrón de Defensa, futuro padrino de
su hija, que ya no se llamaría Enyd, cabalgando en silencio sobre el regazo de su
profesor de Defensa contra las Artes Oscuras, en plena Sala Común, sólo que a una
hora inhumana para estar despiertos— supo que debía guardarlo en secreto.
Parvati Patil también los vio. Dean Thomas les oyó. Lo mismo hizo Seamus
Finnigan.
Parvati les vio besándose. Era un beso tan íntimo y cargado de pasión que huyó,
olvidándose de su mochila en el aula y temiendo volver a buscarla.
Dean Thomas oyó gemidos del otro lado de la puerta. Gemidos claros, marcados de
placer, por lo que se volteó y le dijo a Seamus que probablemente su profesor
estaba ocupado. Entonces, le oyeron jadear: "¡Harry!" con voz clara y audible, y
oyeron la conocida voz de su amigo diciéndole, jadeante: "¿Por qué no usas tu
boca para otras cosas más importantes?", el claro golpeteo de cuerpos chocándose,
tal vez demasiado fuerte porque ambos amigos tenían las orejas pegadas a la
puerta y las bocas desencajadas desde que habían oído la voz de su amigo.
Parvati, que había jurado mantener el secreto, no pudo evitar comentar que había
algo entre ambos hombres en sus tutorías de Adivinación a las pequeñas de trece y
catorce años. Ellas la miraron asombradísimas, con los ojos desencajados, pero
prometieron guardar el secreto.
El hecho era que casi medio colegio sabía la verdad. Y quienes no lo sabían, lo
sospechaban, y no tardarían en saberlo.
—No hay verdad alguna que usted deba saber que no sepa ya —susurró el
avinagrado profesor, inclinando la cabeza para que el cabello le cubriera parte de la
cara—. Pido permiso para retirarme.
—Severus, Severus… nos conocemos desde que tenías once años de edad, y
siempre pude ver en ti tus lealtades: sólo eres fiel a ti mismo. No eres fiel a
Voldemort, ni a mí; mientras el mundo no conspire en tu contra, en tu afán por
salvar al hijo de Lily, harás cualquier cosa… ¿no es así? —Dumbledore observó al
pensativo profesor—. Lo que debes hacer es decirme la verdad.
—¿Quién es?
—Es un brujo desconocido que conoció viajando por el mundo. Se hace llamar
Érebo.
—¿Cómo es? —Dumbledore juntó los dedos por sobre la mesa, tocándose las
yemas con parsimonia, esperando saberlo todo. No esperaba que Tom consiguiera
alguien que le hiciera compañía; Voldemort tenía seguidores, no compañeros.
—Es bastante centrado. Se define como "libre", no como seguidor del Señor
Oscuro, sino como su aliado. Es… poderoso.
—De una forma que impone respeto —concedió Severus, y el anciano (pero no por
eso desmejorado) director dejó que el hechizo de Impulsión dejara de hacer efecto.
—Puedes irte, Severus —dijo Dumbledore, con una sonrisa tranquila, y el profesor
algo desconcertado asintió. No se despidió ni nada, salió ondeando la túnica con el
susurro de las telas y la salida teatral golpeando la puerta al cerrarla.
Sonrió.
32. Quiebre.
—Hay cosas, en los tiempos que corren, que son mucho más peligrosas que
Voldemort. Harry, debes prometerme que lo que te diré ahora no lo repetirás en
ningún lugar, a nadie. ¿Puedes prometer eso?
Era el despacho de un profesor que Harry no conocía. Era gordo, con cabello rubio
paja y un bigote pronunciado.
—Ten cuidado Tom, no querrás que te cojan fuera de la cama a estas horas, y
siendo un prefecto… —dijo, con una voz afable.
—Señor, quería preguntarle algo —la voz de ese Tom joven era extraña,
aturdidoramente bonita. En cierta forma cautivadora, humilde; era la voz de un
comprador nato.
El profesor que Harry no conoció miró fijamente a Tom Riddle con sus gruesos
dedos acariciando sin pensar el borde de su vaso de vino.
—Proyecto para Defensa Contra las Artes Oscuras ¿es eso? —dudó, aunque algo en
su tono, o en su rostro, dejaba claro que no eran meros deberes, y que lo sabía.
—No exactamente señor —dijo Tom—. Me topé con el término mientras leía y no lo
entiendo bien del todo.
—No… bueno… te resultaría muy difícil encontrar un solo libro en Hogwarts que te
diera detalles sobre Horrocruxes, Tom. Es un asunto muy oscuro, realmente muy
Oscuro —dijo el profesor.
—¿Pero usted obviamente lo sabe todo sobre ellos señor? Quiero decir, un mago
como usted… perdón, quiero decir, si no puede contármelo, obviamente… tan solo
sabía que si alguien podía decirme algo, ese sería usted… así que pensé en
preguntar…
Harry se dio cuenta de la actuación de Tom; este Tom de la memoria era joven, en
cierta forma inexperto, con solo algunos años de mago encima como para
considerarse un gran y poderoso ser, pero conseguía una forma de manipulación
nata. El tono casual, los halagos cuidadosos, nada estaba sobre exagerado. Harry
podía asegurar que Tom quería con locura aquella información, y que todo no era
improvisado.
—Bien —dijo el profesor, sin mirar a Tom, pero jugueteando con el lazo de su caja
de piña cristalizada—. Bueno, no te hará daño que te dé un repaso sobre el tema,
por supuesto. Tan sólo para que lo entiendas. Un Horrocrux es la palabra usada
para un objeto en el cual una persona ha escondido una parte de su alma.
—No entiendo muy bien cómo funciona eso, señor —dijo Tom.
Su voz estaba cuidadosamente controlada, pero Harry podía sentir su excitación, tal
vez porque era palpable o tal vez porque conocía demasiado bien a su Tom.
La cara de del profesor se arrugó y Harry recordó, casi de pronto, unas palabras
que había oído casi dos años antes.
"Fui arrancado de mi cuerpo, era menos que un espíritu, menos que el más ínfimo
de los fantasmas… pero aun así estaba vivo". La voz de Voldemort resonó en su
mente, cruel y fría, y Harry la descartó para prestar atención a lo que estaba
viendo.
—Hay un hechizo, pero no me preguntes ¡no lo sé! —el profesor sacudió su cabeza,
como un elefante viejo molesto por los mosquitos—. ¿Parezco de los que lo han
intentado…? ¿Parezco un asesino?
—Sí, señor —dijo Tom—. Lo que no comprendo, sin embargo… sólo por curiosidad…
quiero decir, ¿es realmente útil un único Horrocrux? ¿Puedes partir tu alma solo
una vez? ¿No te haría más fuerte dividir tu alma en más trozos? Quiero decir, por
ejemplo, ¿no es el siete el número más poderoso para la magia? No serian siete…
—¡Por las barbas de Merlín, Tom! —gritó el profesor, sobresaltándose—. ¡Siete! ¿No
es suficientemente malo pensar en matar a una sola persona? Y en cualquier caso…
suficientemente malo es ya dividir el alma… pero partirla en siete trozos…
—De todos modos, Tom… No comentes lo que te he dicho… Es decir, lo que hemos
discutido. A la gente no le gustaría pensar que hemos estado charlando sobre
Horrocruxes. Es un tema prohibido en Hogwarts, sabes… Dumbledore es
especialmente estricto sobre ello…
—No diré una sola palabra, señor —dijo Tom y se fue, pero no antes de que Harry
hubiera captado un destello de su cara, llena de la misma felicidad salvaje que
había tenido aquella vez que le sugirió hacer el acuerdo, aquel pacto que los había
unido tanto tiempo atrás.
—Entonces… —Harry observó cualquier rincón para intentar apartar la extrañez del
momento—. ¿Eso es? ¿Es por eso que Voldemort no murió aquella noche que
intentó matarme? ¿Creó Horrocruxes?
—El profesor Slughorn fue un buen hombre. Cometió errores, como todos, pero fue
un hombre respetable. Murió hace unos días, y en su lecho de muerte, envió un
Patronus hacia mi persona diciendo que se arrepentía de no haber confiado en mí
antes, y que por favor fuera a verlo. Grande fue mi sorpresa al obtener esta
memoria tan preciada… y necesitaba compartirlo contigo, Harry.
Harry observó a los brillantes ojos del director e inmediatamente sintió la punzante
sensación de alguien intentando entrar en su mente. Pero su escudo Oclumante era
fuerte, incluso más fuerte aún desde que Tom había compartido aquella poción con
él, aquella poción tan rara que le otorgaba mayor poder y mayor fuerza. Incluso su
vista había mejorado, le dijo a Tom, varios días después de beberla; no lo
suficiente para dejar de usar los lentes, pero sí lo suficiente para bajarle la
graduación.
Dumbledore sonrió.
—Ah, la edad, Harry. Es la edad. ¿En qué iba…? Oh, sí —su semblante se
ensombreció—. Voldemort.
—Creó Horrocruxes, ¿no es así? —Harry arqueó una ceja. Intentaba tomárselo con
calma—. Siete.
—Pero podrían ser cualquier cosa —susurró lo suficientemente alto para que
Dumbledore le oyera—. Podrían ser una pluma, un zapato viejo, una lata… y estar
en cualquier parte.
Harry creyó que se había equivocado, pero había verdadero desprecio en la voz de
Dumbledore al pronunciar la última palabra. Decidió ignorarlo.
—No, tiene razón —reconoció—. Él ocultaría un trozo de su alma en algo que valiera
la pena. En algo que lo hiciera grande. En algo que fuera… digno.
Harry sintió que sus rodillas flaqueaban. Se aferró al marco de la ventana para
mantenerse erguido.
Harry recordaba.
Harry sintió que iba a vomitar. Se contuvo. Tomó aire con lentas bocanadas,
sintiendo las piernas temblorosas, los ojos en llamas, la boca nunca tan húmeda
con su propia saliva. Estaba al borde del colapso. Y sabía, más que presentía, que
iba a venir lo peor.
Harry tomó aire por la nariz y lo expulsó lentamente por la boca. Intentó calmar su
acelerado corazón. "Respira", se dijo, intranquilo. "Respira". Eso hizo.
—Me sorprende la calma con la que estás aceptando todo esto, Harry —dijo
Dumbledore, con ambas manos entrelazadas en la espalda—. Cuando lo supe,
bueno… no actué de forma muy madura que digamos, por más de que me precie de
tener la edad que tengo.
Rió en voz baja. Harry apenas pudo elevar las comisuras de sus labios en algo
similar a una sonrisa.
—No estoy tan bien. Sólo… no puedo creerlo —tomó aire y se recargó contra el
marco de la ventana, su espalda dando contra el frío vidrio—. Si antes creía que
vencer a Voldemort sería difícil… ahora…
Dumbledore volvía a ser aquel hombre serio y con la mirada solemne. Asintió.
—Sí, lo sé, Harry. Es demasiado peso para un chico de tu edad. Pero yo mismo te
ayudaré con tu tarea.
—¿Cuáles son los otros Horrocruxes? —preguntó—. Debe ser algo que lo convierta
en… bueno, digno. Algo para él podría ser algo verdaderamente mágico, algo
ancestral, poderoso…
—Es serían tres —murmuró Harry—. El diario fue otro. Faltan dos. ¿Cuáles serían?
—¿Nagini? —Harry intentó que su voz no sonara sorprendida. Falló—. ¿Por qué
Nagini?
—Harry, ¿no crees que Voldemort estará satisfecho de ser el único hablante de
pársel reconocido? Al menos, hasta que tú llegaste, claro —la sonrisa era extraña
en el rostro del director—. La serpiente sería su último lazo místico. Aquello que lo
hará impresionante, poderoso, un ser de magia y dones más allá de lo verosímil. Lo
convertiría en un ser de oscuridad digna.
—No digo que tú seas oscuro, Harry, ni menos. No hay otro que esté convencido de
tu lealtad hacia la luz —Harry intentó evitar reír con ello. Esta vez, por primera vez
en lo que llevaba allí dentro, consiguió mantenerse impasible—. Pero Voldemort lo
ve como un método de alcanzar lo que desea, de hacerse temer.
Harry cerró los ojos y se imaginó a sí mismo actuando como Voldemort. Con capa,
palabras crueles, lanzando imperdonables. La idea no era del todo agradable, pero
tampoco sentía asco de sí mismo. Pero volviendo a la realidad, abrió los ojos y
asintió nuevamente. Con Dumbledore, era mejor asentir.
Aunque algo pasó por su cabeza. Algo extraño, porque no era una voz ajena, era
una voz propia, una voz que no solía oír; era una voz que había estado allí desde
que tenía memoria: su propia consciencia.
Horrocrux.
Harry.
Serpiente.
Voldemort.
Trozos de alma.
Conexión.
Pársel.
—Lo… siento… —murmuró—. Creo que debo irme de aquí. Necesito un poco de aire.
—Lo que necesites, Harry. Ve en paz. Pero recuerda, no debes contarle a nadie lo
que has visto aquí, ni lo que hemos hablado. ¿Entendido?
Salió tranquilamente después de haber asentido por última vez en la tarde, a pesar
de que su interior se desatara una catástrofe. Bajó varios niveles hasta llegar casi a
las mazmorras, perdido y desorientado, y se encerró en un aula vacía y en desuso.
Los calderos estaban repletos de telarañas y habían pergaminos con ilustraciones
en las paredes; ilustraciones de plantas, y letras borrosas, con la tinta corrida por
la humedad y por el tiempo.
Era un Horrocrux.
Harry enterró la cabeza entre las manos y las primeras lágrimas —de frustración,
confusión, rabia, molestia, desazón— corrieron por sus mejillas.
Tom Riddle, bajo la forma de Cylean Rousseau, encontró a Harry en aquella aula
vacía en posición fetal. Era la hora de la cena y no lo había visto después de que
había ido con Dumbledore al gran comedor. Granger y Weasley no lo habían visto,
por lo que se coló en la Sala Común de Gryffindor en busca del Mapa, y le encontró.
Tom suspiró.
—No es por nada de lo que el viejo haya dicho. Es por ti, y por ser… tú. Vete.
—¡Suéltame!
—¡Maldición, Potter! —Tom clavó sus dedos en los brazos de Harry, levantándolo en
el aire y levantándose él, sin hacer el menor esfuerzo. Harry soltó un quejido
ahogado—. ¿Qué demonios te sucede? ¡No puedes despreciarme así como así!
—¿No puedo? ¡¿No puedo?! —Harry luchó y se soltó. Cayó mal, pero no aceptó la
mano de Tom para levantarse—. ¡Tú no puedes ser tan jodidamente tú! ¡Nunca
dejaste de serlo! ¡Me usaste! ¡Todo este tiempo! ¡Me has estado usando!
Tom parpadeó.
—¿Qué demon…?
—Repite eso.
—¡GRITA UN POCO MÁS FUERTE, CON UN CUERNO! —Tom señaló hacia la puerta
con la mano y ésta se cerró, y hechizos sin varita de privacidad y silencio rodearon
toda la habitación—. ¿De qué diablos hablas, Harry?
—Cierra. Tu. Puta. Boca. Joder, Harry. Creí que me tenías un poco más de estima.
¿Qué te convertí en un Horrocrux? Puedo jurarte que jamás en la vida lo supe.
¿Quién te lo dijo, Dumbledore?
—No me lo dijo Dumbledore —Harry siseó, en voz baja pero segura, cargada de
rabia—. Yo mismo le deduje. No es muy ilógico, si lo pones a pensar. Tú me
convertiste en un Horrocrux, y luego te aliaste a mí sólo para proteger tu propia
vida…
—Te maldeciré como no te retractes ahora mismo de lo que dijiste, Harry Potter.
—Hazlo. Me da igual. Me da igual todo lo que hagas. Me da igual todo lo que, joder,
estés pensando hacer de aquí en adelante. No formaré más parte de esta farsa.
—¿Farsa? ¿A qué exactamente llamas farsa, Harry Potter? Y ten cuidado con lo que
dirás.
—Lo que tú dices sentir por mí. Es… como tú. Falso. Todo es falso. ¿Me equivoco?
Harry llegó a la Sala Común de Gryffindor cuando ya todos se habían ido a dormir.
Había estado vagando por los pasillos del castillo, bajo su capa de invisibilidad,
hasta que se aseguró que no se toparía con nadie. Pasaría el fin de semana en la
cama y le importaría un cuerno qué demonios con todos los que lo rodeaban. Todo
había sido mentira. Su corazón destrozado, y todo había sido mentira. La más
cruel, la más vil.
Todo.
Pero se equivocaba.
—Ah, hola, Harry —Neville escribía en un pergamino con una larga pluma negra.
Estaba junto al fuego, y cuando alzó la vista para mirarlo, su rostro se tornó
preocupado—. ¿Estás… estás bien?
Harry estalló.
Y se lo contó.
Todo.
Neville le contempló con los ojos bien abiertos cuando terminó de hablar,
tembloroso y fundido en lágrimas que caían por sus mejillas, sin titubear, sin
dudarlo. Cuando acabó Neville le miraba con los grandes ojos azules entre
impresionados y horrorizados, pero era Neville, después de todo, y podía confiar en
él.
—Bueno, Harry, en primer lugar, debo dudar de tu salud mental. Luego, mis dudas
presentadas, debo decirte que has sido totalmente ingrato con Cy-¿Tom? —Neville
dudó, bizqueó, y siguió—. Es decir, él ha demostrado cambiar. Y puedo decirte que
él te quiere. No como podría querer una persona, es decir, no te quiere, por
ejemplo, como Sirius quiere a Remus –y oh, sí, Harry, disculpa que te use esto
como ejemplo, pero es el amor más puro que he podido ver desde hace mucho
tiempo– pero te ama. De una forma visceral, extraña, una forma que se siente en
la carne más que en el alma. Es… extravagante su forma de querer. Pero yo no
dudaría ni un momento de la genuinidad de los sentimientos por ti.
—Pero, Neville, Tom me quiere por ser su Horrocrux. ¿No entiendes eso? Me… no
me quiere, me utilizó.
—Discrepo.
—¡Neville!
—Harry, tú te has acostumbrado a que te vea. Pero no has visto cómo te mira, no
realmente. Ni cómo te trata. Siente algo por ti más allá de lo explicable. No sólo es
posesividad… aunque hay gran cantidad de ella en él. Es amor. Un amor insano,
enfermo, sí, pero amor al final.
Harry enterró la cara en las manos, clavándose los lentes contra la nariz y los ojos.
Neville extendió el brazo por entre la mesa para dar un apretón al hombro de su
amigo.
—¿En verdad crees que he sido… ingrato? —Harry levantó la cabeza para mirarle a
los ojos. La duda asombraba en aquellos pozos verdes. Neville sonrió de lado.
—Más que ingrato, diría estúpido. ¿Por qué no le preguntaste bien las cosas?
¿Tanto te cuesta usar la cabeza, Harry?
—Casi tanto como pules tu varita —Neville le guiñó un ojo, y Harry bufó—. Y no lo
digo con doble sentido, Harry. Pero tú no usas la cabeza. Te vas guiado por tus
impulsos. Desde el primer momento te has guiado por tu corazón y no por tu
cabeza; créeme, sé lo que es eso. Pero ahora deberías meditarlo un poco, tal vez
consultarlo con la almohada, y mañana hablar con Tom. Oh, diablos, se
siente terrible llamarle Tom. ¿Puedo seguir llamándole profesor R?
Harry bufó.
—Se supone que tú no lo sabes. Se supone que nadie debe saberlo. Llámalo como
quieras.
Neville asintió con la cabeza.
Aporreó la puerta pero ni esta se abrió y tampoco nadie salió de allí. Harry apoyó la
espalda contra la madera, luego el oído, pero recordó que Tom siempre ponía sus
hechizos de privacidad, y que sería imposible saber si estaba allí dentro o no y…
Harry soltó un quejido ahogado. Se quedaría allí hasta que saliera, o se decidiera
entrar.
Dos horas después, con el cuerpo agarrotado por estar tanto tiempo en la misma
posición, y el trasero helado por el suelo, se rindió. Tenía hambre, y las pocas
personas que pasaban por allí le miraban como si se hubiera vuelto loco. Harry les
fulminaba con la mirada —en especial a unas niñas de primero, que le miraron y
rieron— y les dejaba marcharse.
Más tarde, con el estómago lleno, se dijo que tal vez debería dejar de hacer el
idiota y probar en el despacho de su profesor, pero también tenía llave, y por más
de que le abrió con la navaja que Sirius le había regalado, no había nadie dentro.
Lamentablemente no podía hacer lo mismo con la habitación de Tom, debido a que
ella no tenía cerradura.
—Por supuesto que no, Harry. ¿Por qué haría eso? —había un brillo extraño en sus
ojos azules—. ¿Habéis peleado?
—Me temo que eso no será posible. El profesor Rousseau no ha dimitido, pero me
ha dicho que este fin de semana se ocupará de visitar a su hermano y a su cuñada.
Al parecer, ha nacido un nuevo sobrino de nuestro querido profesor, esta vez un
niño. ¿Te lo ha contado?
—El lunes sin falta —respondió Dumbledore, con una extraña sonrisa—. No te
preocupes, Harry. La ausencia es al amor como el viento es al fuego, apaga a los
pequeños amores pero hace crecer a los grandes —le dijo, con aquel tono de
sabiondo experimentado que a Harry le ponía el vello de punta—. Estaréis bien.
Dumbledore se marchó, y Harry se preguntó qué hacía el director por esos lares.
No preguntó más, porque estaba pensando en meterse en la profundidad de las
mantas de su cama y no salir hasta el lunes.
Pero salió, al final. Para la cena y para ir al baño. E incluso salió el domingo, con la
cabeza en cualquier parte, sin oír las invitaciones de Hermione y Ron, e incluso
ignorando a Ginny, que en vano preguntaba qué le sucedía. Luna iba a su aire, y
Neville le dijo que mientras no hiciera algo loco, estúpido o que atentara contra su
vida, tenía vía libre para hacer lo que quisiera.
—Kraig Vaisey.
Él sonrió.
—Me sorprende que me reconocieras —caminó hasta donde Harry estaba sentado y
tomó asiento junto a él despreocupadamente—. Sólo nos vemos en los partidos de
Quidditch.
Vaisey extrajo algo de los bolsillos interiores de su túnica y Harry temió que sacara
una navaja, pero sacó un paquete blanco y rojo de cigarros muggles. Al ver la
expresión de Harry, Vaisey se encogió de hombros.
—Fumo de vez en cuando, para liberar la tensión —se colocó un cigarro entre los
dientes y lo encendió con la punta de la varita. Le dio una calada profunda y liberó
humo por la boca y la nariz como un dragón enfadado. Una sonrisa curvó sus labios
y se recargó en sus manos, por detrás de su cuerpo—. Así que… Harry Potter.
Harry se removió, incómodo, tal vez por la intensidad extraña con la que Vaisey
pronunciaba su nombre.
—Fumo —le lanzó un soplo de humo que le llegó hasta la nariz y le hizo toser—. Y
pienso. Pienso en muchas cosas.
Harry picó.
Vaisey rió.
—En Érebo.
—Las malas lenguas comentan que es su puta —la sonrisa en los labios de Vaisey
era genuinamente burlona—. Pero yo no creo eso. ¿Tú que crees, Harry Potter?
Harry se apartó y se levantó, dispuesto a apuntar con la varita a Vaisey, pero éste
siguió fumando, prácticamente echado en el suelo, sin dignidad alguna. Cuando
acabó el cigarro lo apagó contra el suelo, arrastrándolo y dejando un reguero de
cenizas.
—No he llegado hasta aquí para pelear contigo, Harry Potter. He llegado hasta aquí
para unirme a ti.
Harry parpadeó.
—He oído un dicho muggle que dice "no puedes jugar con Dios y con el Diablo".
Pero tú lo haces. Y lo haces bien. Jodidamente bien. Por eso mismo, quiero estar
del lado de quien sé triunfará en esto. Ya sea por los motivos que sea, hagas lo que
hagas, cuenta conmigo.
Harry bufó.
Harry puso los ojos en blanco y Vaisey, completamente burlón, le sacó la lengua.
Harry no pudo evitar reír ante aquella imagen extraña. Vaisey le acompañó en sus
risas.
—Soy Harry Potter —gruñó Harry—. No Érebo. Harry Potter. Soy un niño de luz.
—¡Anda, vale, mis cojones por un niño de luz! —alzó ambas manos al cielo—. No te
creo ni una palabra, Harry Potter. Sólo sé lo que ya sé. No puedes contradecirme.
Sé la verdad en esto, y supongo que ni al director ni a tu novio le gustará saber
que eres la puta del Señor Oscuro.
—¿Por qué no? —Vaisey extrajo otro cigarro—. Ven, siéntate. Fuma conmigo. No
me gusta fumar a solas, y Adrian ha estado dejando el cigarro últimamente.
Harry tomó asiento, guardando su varita pero dejándola a mano. Aceptó el cigarro
que Vaisey le ofreció y le dio una calada; se volvió en toses casi al instante. Vaisey
rió a carcajadas.
—Dame eso —le arrebató el cigarro de los dedos y le dio unas palmadas en la
espalda—. Me parece que el cigarro no es para ti, no, no, para nada. Entonces,
debemos buscar un vicio nuevo. Mientras te buscamos un vicio nuevo, podrías
decirme si tu novio sabe que estás acostándote con el Señor Oscuro, o si le
sorprenderá mucho cuando lo diga.
—En primer lugar —Harry siseó— deja de llamarlo "nuestro Señor" como si yo
también estuviera a su merced.
—¿Ah, no lo estás? —Vaisey le miró con repentino interés en sus ojos plateados—.
Oh, vaya. Deberé matar a Adrian por la información mal dada. Porque, ya sabes, el
tío de Adrian, Yaxley, es un Mortífago. Y dijo que Érebo estaba a servicio del Señor
Oscuro.
—Pues no —Harry se pasó la lengua por los dientes, dudando—. No así. No de esa
manera.
—Oh, pero sí de otras —el chico rió—. Vaya, ¡qué sorpresas te trae la vida! Uno
viene deseando unirse al lado de Érebo, que por cierto, ¿qué lado sería?, y acaba
dándose cuenta de que si bien Harry Potter no está del lado del Señor Oscuro, sí
está con él… curioso, muy curioso.
Harry se estremeció.
—Sería el lado "gris" —respondió Harry, suspirando—. Y todo debe ser secreto.
—Vamos, ¿de veras crees que me arriesgaría a perder mi puesto en Slytherin por
ser miembro de un grupito súperespecial fundado por Harry Potter? Estás de broma
—Vaisey le guiñó el ojo, burlón—. Me caes bien, Harry Potter. Creo que tendremos
un poco de futuro por aquí delante.
Harry observó el rostro de Vaisey, bajo la brillante luz del sol. Sus ojos plateados
estaban entrecerrados, con las pestañas doradas dándole un brillo etéreo. El cabello
casi gris le caía por un lado del rostro, y Harry se encontró de pronto apartando la
vista, pero Vaisey le sujetó del rostro y acercó sus labios a los suyos.
Fue un beso corto, un beso que atrapó sus labios entreabiertos con otros
recubiertos de humo, sabor a tabaco y menta, pero cuando Harry se apartó Vaisey
ya le estaba soltando.
—Tenía que hacerlo —dijo, sonriendo burlón, como si nada hubiera sucedido—. Al
menos una sola vez.
Aquel beso sólo había servido para recordarle lo mucho que realmente había
deseado los besos de Tom.
33. Cornamenta.
—Guardad vuestros libros, sacad sus varitas y poneros en pareja —dijo fríamente
Cylean Rousseau, mientras todos los alumnos de sexto año de los miércoles lo
hacían. Inmediatamente Harry fue frente a Draco Malfoy, en acuerdo no pactado
verbalmente. Esta vez le tocó a Blaise Zabini estar a solas, y el profesor Rousseau
no hizo el menor signo de acompañarle. En realidad, no estaba de muy buen
humor, y era algo notorio entre todos. Si podía hechizarlos en los pasillos, lo hacía;
si podía gritarles, lo hacía; si podía encargarse de destruir cada pequeño retazo de
autoestima que tuvieran niños menores de trece años, lo hacía sin dudarlo.
Harry pasó saliva cuando los ojos fríos de su profesor se posaron en él unos
segundos. Le mantuvo la mirada y la esquivó solo cuando Harry hizo el ademán de
avanzar hacia él, atrapado por aquellos ojos. Cylean Rousseau caminó frente a los
alumnos.
Theodore se sobresaltó.
—No —Cylean barrió la clase con los ojos—. Señor Weasley, ¿qué es tan gracioso?
Señorita Brown, cámbiese de pareja. Sí, con el señor Weasley estará bien. Señorita
Patil, con la señorita Granger. Así, muy bien. Señorita Granger, baje esa mano,
puedo saber que se equivoca aún sin oírla hablar.
Una extraña sonrisa cruzó el rostro del profesor Rousseau antes de señalar una tiza
con la mano desnuda. No tenía varita en mano, aun así la tiza voló y escribió sobre
la pizarra: "CUIDAR DE TU COMPAÑERO". Lo subrayó dos veces y contempló a los
alumnos boquiabiertos.
—Cuando peleáis en parejas, debéis tener total atención en cuidar las espaldas de
vuestros compañeros. ¿Entendéis? Si vuestro compañero está siendo atacado,
debes conjurar un escudo para él; si tu compañero está conjurando un escudo,
debes desarmar a quienes le están atacando. Si os valéis por vosotros mismos en
una batalla, no servirá de nada. Podrán mataros a ambos con facilidad si
no cuidáis de vuestros compañeros.
La tiza, flotando en el aire, cayó en la mano del profesor y éste sonrió con una
extraña amargura.
—Quiero que todos vosotros estéis atentos. No bajéis la guardia. Atacáis a quien os
parezca mejor. Un duelo múltiple de a dúos. Pero no ataquéis todos al mismo,
porque ya sabemos quién ganará si atacáis todos al señor Potter y al señor Malfoy.
Hubo resoplidos y risas. Harry sonrió, pero Cylean no le devolvió la sonrisa. Draco
le alzó la ceja interrogante, pero Harry negó con la cabeza.
—Es largo de contar, y estamos a punto de ser atacados —siseó Harry, en voz baja,
y Draco asintió con la cabeza. Se pusieron en guardia y cuando Cylean dijo
"¡Atacad!" en voz alta y clara, hubo segundos de duda antes de que se oyeran las
palabras.
Los minutos corrían y los hechizos eran devueltos por el escudo. Entonces, Harry se
hartó. Lanzó un Aresto Momentum hacia sus compañeros y luego convocó todas las
varitas. Cuando finalizó, lanzó un Finite hacia los que había hechizado y bufó.
—¿Qué demonios…? ¡Harry! —Ron buscaba su varita y gruñó al ver que Harry la
tenía. En la otra punta del salón, el profesor Rousseau soltó una risa extraña, grave
y sarcástica.
—Muy bien pensado, señor Potter —se acercó con Lavender detrás, observando a
su amiga con disculpa en los ojos—. Tan bien que ha convocado mi varita también.
Ahora, haga el favor de devolverlas a todas. Diez puntos para Gryffindor.
—¿Quiere que sean cinco? —bufó. Harry negó y el profesor extendió la mano para
que su varita fuera puesta en ella. Harry reconoció la varita de pino y la entregó,
sacándole a su profesor la primera mueca similar a sonrisa verdadera que podría
dirigirle.
Claramente, a Tom Riddle no le gustaba para nada ser desarmado.
Harry devolvió una a una las varitas y cuando todos estuvieron armados
nuevamente el profesor Rousseau fue corrigiendo.
Todos se fueron marchando uno a uno. Draco se despidió de Harry, que se quedó
remoloneando, intentando recoger su varita que accidentalmente había ido a parar
debajo de una mesa. Ante su sorpresa, Hermione esperaba a Draco en la puerta, y
ambos fueron hombro con hombro al exterior del salón.
Harry cogió su varita y la hizo girar entre sus dedos mientras se vaciaba el aula.
Cuando allí solo estuvo el profesor Rousseau cerró la puerta con un movimiento de
varita y se acercó hacia el hombre.
—Qué extraño —Tom se volteó a verlo con los ojos azules de Cylean—. Creí que no
querías tener nada que ver más con esta farsa. Porque eso es lo que fue, ¿no?
—Lo sient-…
Tom le fulminó con unos ojos que ardían de color rojo. Harry suspiró.
—Lo siento —acabó por decir—, pero, estaba bajo presión. Acababa de enterarme
de que soy tu maldito Horrocrux y creo que estaba en posición de pensar y decir…
Aunque tal vez pudiera arreglarlo todo en Hogsmeade. Ese fin de semana irían.
Podría hablar con Tom a solas, sólo si él no volvía a irse con otra excusa de
Cylean…
—Yo creo que es natural —expresó Luna—. Todas las parejas tienen altibajos. Aún
más si dudas de los sentimientos del profesor R por ti.
—¿Qué secreto? —Ginny tomó asiento junto a Luna. Luna sonrió enigmáticamente.
—¡Vaya! —Ron llegó para sentarse junto a su hermana—. ¡Puedes hablar, Nott!
—¡Ron! —regañaron Neville y Harry al mismo tiempo. Hermione, junto a Harry, les
siseó.
—¿Por qué no usas ese libro tuyo, Potter? —preguntó Draco, mirando a Harry de
reojo. Se llevó la punta de la pluma a la boca y la mordió, nervioso, sin saber qué
poner en la traducción de las Runas. Hermione se inclinó sobre Draco y le señaló un
pasaje en su libro.
—Pues, Malfoy, mi libro no tiene todas las respuestas —bufó Harry, pasando a la
siguiente página en busca de las propiedades curativas de salvia. Encontró,
finalmente, y cuando iba a copiar Neville negó con la cabeza.
—No, Harry. La salvia no reduce el estrés, reduce la ansiedad, ese libro debe estar
mal.
—Muy buen ejemplo, amor —Neville se inclinó para besar a su novio y Ginny gimió.
—Cuatro.
—Será maravilloso —Luna sonrió—. Será una niña muy inteligente, aunque algo
superficial si no se guía por el buen camino. Deberemos hacer, con papá, en el
Quisquilloso, una sección de niños para que Ron pueda leer.
—Hemos decidido esperar hasta el nacimiento para escoger el nombre. Pero hemos
pensado en Leila, Jean y Vera.
—Mi segundo nombre es Jean —musitó Hermione. Ron sonreía como si viera por
primera vez la luz del sol.
—Tiempo de Norte y Sur —musitó, con una extraña sonrisa en su rostro—. Tiempo
de minutos, Malfoy.
Malfoy asintió.
—Luna siempre hace las cosas bien —bufó Neville—. Ni sorprendente deberías.
—Un secreto oscuro y tenebroso que hará vuestras almas temblar —siseó Vaisey,
acercándose al grupo con un libro bajo el brazo—. ¿No es así, Harry Potter?
Vaisey rió.
—¿Celoso de que sepa algo que tú no, Malfoy? —el chico sonrió, burlón—. Pues
debo decirte que debes acostumbrarte. Muy pocos formamos parte del Aquelarre.
Vaisey se marchó silbando por lo bajo. Rodeándolo a él, casi todos bufaron.
—Bien, Harry. Estoy oficialmente perdido —resopló Ron—. ¿Me pones al día?
—No creo que sea algo para discutir ahora —Harry garabateó con su pluma unas
líneas y remolinos en el borde de su pergamino—. Y tampoco creo que sea algo de
lo que yo tenga ganas de discutir.
—Harry, eres injusto —bufó Ginny—. Vaisey, a quien no recuerdo haberte oído
hablar más de una vez en todo lo que llevas en Hogwarts, sabe el secreto. Pero
nosotros no sabemos nada. ¡Eres cruel!
Harry suspiró.
—En verdad, Ginny, no es algo para discutir ahora. ¿Por qué mejor no hacemos los
deberes? —Harry pasó a la siguiente página para seguir leyendo las propiedades de
la Salvia y bufó antes de levantarse—. Tenías razón, Neville. Este libro está mal.
¿Alguno que me recomiendes?
—Eres un sol, Nev. Gracias —Harry se levantó y le revolvió los cabellos mientras
Neville se apartaba, en vano—. Ahora regreso.
—Neville, sé que tú sabes lo que Harry sabe y no quiere que nosotros sepamos;
¿puedes contármelo? Guardaré el secreto.
—Claro que no, Gin. No puedo decirte nada. ¿Qué pensaría Harry de mí si te
contara algo? Lo mismo va para ti, Ron.
—Pero, ¿Harry es idiota o qué? Sabe que estaremos con él pase lo que pase.
—Yo lo sé. Tú lo sabes. Hermione lo sabe. Luna lo sabe. Ron puede que no lo sepa
bien.
—¡OYE!
—Lo siento, Ron, compañero, pero si hay alguien con antecedentes de dejar a sus
amigos de lado por "equis" situación, ese eres tú. Pero tranquilo, confío en poder
darte una patada en el trasero si vuelves a hacerlo.
—Ron, eres tan cómico —se burló su hermana—. Pero, poniéndonos serios, ¿por
qué vosotros lo sabéis y no habéis dicho nada? ¿Qué habéis hecho para que Harry
confíe bien en vosotros?
—Oh, yo lo adiviné por mí mismo. Si no fue difícil para mí, tampoco será difícil para
vosotros —y completó la frase poniendo los ojos en blanco y volviendo a su
redacción. Dibujó una runa extremadamente difícil de memoria y tradujo su
significado debajo, armando la frase. "El tiempo fluirá". Hermione observó su letra
prolija y ordenada con una pequeña atención brillante en sus ojos castaños. Neville
le sonrió, aunque ella no se diera cuenta.
—Sí, lo haces, Longbottom. Cierra la boca ante tu Señor —bromeó Malfoy, y Neville
le fulminó con la mirada. Harry rió a carcajadas.
—¡LOS DE ALLÍ, SILENCIO! —gritó madam Pince, señalando con su varita hacia el
grupo de Harry. Harry asintió y se disculpó. Todos agacharon la mirada y volvieron
a sus libros, pergaminos y deberes.
—Puedes confiar en mí —susurró Ginny hacia Harry. Ron repitió las palabras de su
hermana. Hermione puso los ojos en blanco.
—Ron, Ginny, Harry confiará en nosotros cuando esté listo —dijo sabiamente la
chica—. Y no veo a Luna quejarse.
Luna observaba atentamente a Draco. Éste pareció sentirse incómodo, porque sin
palabras movió sus labios, preguntando "¿Qué?". Luna le dijo, en voz muy baja:
—Pero yo no tengo ningún tatuaje —susurró Draco, y Luna sonrió de forma mística.
Harry apoyó las manos en los hombros de Draco y le susurró al oído:
—Sí, Luna tiene razón. Más atención a tu decisión con el tatuaje. El Aquelarre
podría no querer a gente tatuada entre ellos.
Draco pasó saliva mientras Harry iba a sentarse entre Hermione y Neville, y abría
su libro y buscaba las malditas propiedades de la maldita salvia.
—No he podido encontrarte estos días —se disculpó el joven—. Espero que no te
moleste que haya bautizado nuestra pequeña asociación.
—Creí que tus amigos estaban enterados —Vaisey se veía descolocado—. ¿No lo
están? Me disculpo.
—Oh, está bien, está bien —hizo un ademán con la mano—. Supongo que tarde o
temprano deberán saberlo.
—Lo que me lleva a preguntarte —Vaisey se detuvo en el camino, y Harry se
detuvo frente a él. Vaisey era un chico atractivo, aunque tal vez demasiado blanco
entre su rostro y su cabello como para gustarle a Harry; a pesar de ello, la forma
en que sus ojos se entrecerraban y su nariz se arrugaba era llamativo—, ¿quiénes
más forman parte del Aquelarre?
—Draco Malfoy, Neville Longbottom, Sirius Black, en cierta forma Cylean Rousseau
y tú.
—Es verdad —Harry sonrió—. Sé que no somos mucha gente, pero acabamos de
comenzar.
Vaisey rió.
—Mejor pocos que nadie —le tocó el hombro, acercándose levemente a él. Harry se
retiró de su toque, y Vaisey compuso una mueca—. Vale, he de admitir que mi
dignidad no está en sus días como para soportar un rechazo. ¿Quieres dar una
vuelta? Como amigos.
—En realidad, iba a encontrarme con Cy-el profesor R —le sonrió levemente y
Vaisey se encogió de hombros.
—Ya, sí. Creo haber oído que estaría en Cabeza de Puerco. ¿Sabes dónde es?
Harry asintió.
Su tono no admitía réplica. Harry avanzó caminando junto a Vaisey, que vestía con
una camisa de mangas dobladas hasta los codos, mostrando sus brazos de vello
fino y plateado. Tenía las manos medio metidas en los bolsillos de unos jeans
muggles, y Harry se encontró preguntándose si era rechazado entre los Slytherin
por preferir la ropa, cigarros e incluso música muggle a túnicas, pipas y bandas
como Las Brujas de Macbeth.
—Por ahora está sin funcionar —musitó Harry—. Es una historia larga.
—Eso es duro.
—Lo sé —Harry suspiró—. Me disculpé. Actué impulsado por rabia, bien, pero me
arrepentí a la mañana siguiente…
—… como muchas de las cosas que yo hice. Oh, lo siento, continúa.
—Me dijiste que era una historia larga —Vaisey le lanzó una mirada demasiado
indigna, demasiado suplicante para el gusto de lo que Harry veía en Slytherin—.
Bien, no te juzgo. Yo también estaría hecho una furia.
—Me ayuda mucho que pienses eso —gruñó Harry, pateando una piedra del camino
—. En fin. Pero no era eso lo que querías preguntarme, ¿no?
—No, tienes razón —Vaisey sonrió de medio lado y se acercó a Harry para hablar
en su oído—. Quería preguntarte cómo funciona eso entre el profesor, el Señor
Oscuro y tú.
Harry rió.
Vaisey rió a carcajadas, como si Harry acabara de contar el chiste más cómico del
mundo.
—Fingiré que lo creo —dijo cuando acabó de reír—. En fin. Tú dime, ¿cómo
funciona?
—De una forma más fácil de lo que parece —Harry le sonrió a Vaisey. Había un
extraño brillo en sus ojos, y Vaisey pudo percibirlo. Amor. Pasión. Pero no dirigidas
a él. Dirigidas hacia Cylean Rousseau, o hacia Lord Voldemort. Tal vez hacia ambos.
Una sonrisa curvó los labios del Slytherin; sí, Harry no era suyo, ni lo sería nunca.
Pero al menos era feliz. Estaba enamorado. No podía competir con ello.
—Estás enamorado —dijo Vaisey, como si fuera una epifanía. Harry asintió.
—Soy un estúpido enamorado. Por eso necesito pedirle disculpas a Cylean, decirle
que me equivoqué, que si él es capaz de perdonarme.
—Pero, ¿cómo fue eso? —Vaisey tironeó de Harry hasta sacarlo del camino y
sentarlo bajo un árbol. Harry bufó cuando Vaisey se sentó despreocupadamente
frente a él, con las piernas cruzadas a lo indio—. Cuéntamelo todo. Si no, ¿de qué
otra forma puedo aconsejarte?
Harry decidió que si lo resumía y dejaba fuera los detalles más importantes, estaría
bien.
—Supongamos que Cylean hizo algo conmigo. Algo que me convertía en parte
suya, ¿lo sigues? —Vaisey asintió—. No sé cómo ni por qué lo hizo, pero yo me
enteré de ello. Y decidí que nunca me había amado, y que sólo había estado
conmigo por interés, por proteger aquello preciado que salvaba su vida. Es difícil,
pero no es fácil —Vaisey rió ante aquella frase—. Le dije de todo, supongo. Y ahora
él no quiere ni hablarme. Ni verme. Y yo sé que lo amo, y que no importa qué
suceda, lo amaré, aun si él no me ama de regreso.
—Estamos hablando de algo serio —Vaisey dijo, con tono cómplice—; aquí tenemos
a un hombre que puede estar enamorado o no, y en acción a un muchacho que ha
cometido el peor error de su vida. Anda, sí que es complicado. No sé cómo
ayudarte, pero en primer lugar, que vayas sabiendo que el profesor te quiere es
buena opción.
Harry entró. El horrible lugar estaba aún peor que antes, si eso podía ser cierto.
Más sucio y ruinoso, más cargado de gente extraña por los rincones.
Se acercó, deseando haber traído con él la capa de invisibilidad. Pero no. Por
suerte, Tom no pareció reparar en él, bebiendo y riendo entre dientes con el
extraño. Harry le observó desde lejos: sus anillos brillando sutilmente bajo la luz
tenue del lugar, la suave marca de la espuma de la cerveza en sus labios, el cabello
largo pasándosele por detrás de la oreja, la misma que tenía un colmillo
atravesándole el lóbulo. Tenía una sonrisa extraña en su rostro, totalmente
diferente a la que se esperaría de Cylean Rousseau, ya que esta era demasiado
amplia para su expresión, demasiado hueca para la mirada en sus ojos azules.
Entonces, Tom se dio cuenta de que estaba del otro lado de la barra, mirándolo.
Sus ojos lo examinaron de arriba abajo, y se pasó la lengua por los dientes, con
obvio fastidio.
—Vitto, puedes irte. Tengo que arreglar algunos temas —alcanzó a oír Harry, o tal
vez algo parecido. Luego de que el hombre se desapareciera del lugar con un
sonoro "¡crack!" Tom se volvió hacia Harry, con un caminar demasiado parecido al
de Voldemort como para que Harry pudiera sentirse cómodo. Su camiseta sin
mangas dejaba los brazos al descubierto, unos brazos torneados que en muchos
momentos habían sostenido a Harry, abrazándolo contra su cuerpo, y las palabras
habían prometido no soltarlo jamás.
Harry siguió a Tom hacia el exterior. El clima era hermoso. Los aromas, ideales; el
sol brillaba cálido, tampoco tan ardiente, pero sí lo suficiente para llenar de pecas
color miel los brazos de Cylean Rousseau.
—Quería disculparme.
—Mira, sé que he actuado mal. Sé que debí dejarte hablar, ¡no me interrumpas! —
Harry alzó las manos, y Tom cerró la boca—. Pero me di cuenta de algo. De algo
que en medio de la furia del momento no me había dado cuenta. Algo que supe
desde que Vaisey me besó.
—¿Que ese maldito hijo de puta hizo qué? —gruñó Tom, entrecerrando los ojos
como una fiera a punto de atacar. Harry le detuvo.
El escudo pudo evitar la siguiente maldición, esta vez desde otra punta. Harry
intentó ayudar a levantar a Tom, que veía la mano ensangrentada con una extraña
fascinación, a la vez que sujetaba la varita de pino con dedos extrañamente
temblorosos.
—¡Tom, maldita sea, reacciona! —Harry sacudió a Tom, que al ver sus ojos verdes
pareció reaccionar—. Ven, tenemos que salir de aquí, ¿puedes aparecerte en…?
—¡CRUCIO!
—¡Frexes Frej! ¡AH! —Harry se volteó a ver como Tom se doblaba, de sus labios
cayendo finos hilos de sangre roja oscura. Su cuerpo se convulsionó, rojo y blanco,
rojo y dorado, rojo y azul, y cayó de rodillas.
Harry dejó caer el escudo contra su voluntad y fueron atacados por hechizos. Pero
a Harry no le importaba. Necesitaban ayuda. Necesitaban…
—Expecto Patronum.
Pero de la varita sólo brotó una niebla plateada. Harry gimió y repitió el
encantamiento una y otra vez, pero temblaba, y de todas ellas brotaba la niebla
conocida. Tenía lágrimas de frustración en los ojos. Aparecerse no era una solución.
Pedir ayuda mediante Patronus tampoco. ¿Qué harían? Eran nueve y ellos solo dos.
Y Tom estaba herido, maldición. Eso era lo que le dificultaba tanto la atención.
—Haz el escudo, Harry —pidió Tom, y Harry formó un escudo en torno al que Tom
había hecho, para oírle pronunciar "¡Expecto Patronum!".
Harry sintió cómo sus ojos se llenaron de lágrimas y mientras los hechizos volaban,
enviados por Tom y por él, vio llegar a la ayuda: un grupo de gente en túnicas, e
incluso algunos alumnos de séptimo. Los doblaban en número. Los Mortífagos
fueron desapareciendo uno en uno, vencidos, pero cuando Harry dejó caer el
escudo, confiado en que el ataque había cesado, uno se apareció justo detrás de
Tom.
Observó sus manos, manchadas con sangre, propia y de Cylean, cuando cayó en
claro que no servía de nada preocuparse. No servía de nada porque, maldición,
Cylean, Tom, era Voldemort. Y cuando los Mortífagos supieran que habían
secuestrado a Voldemort…
Rayos, Harry quería estar allí mismo para verlo. Quería oírles gritar. Quería utilizar
la varita para matarles. O tal vez una muerte más cruel, con cuchillos, sangre,
vísceras y sal.
La sonrisa fue oculta con unas manos propias, manchadas de sangre. Pero no podía
preocuparse. Todo iba a salir bien. Todo.
Tom Riddle abrió los ojos, pero lo rodeaba una oscuridad húmeda que le hacía doler
los huesos. Intentó incorporarse en la negrura, con el frío de un suelo clavándosele
en las costillas, sintiendo el goteo de su propia sangre humedeciendo el suelo bajo
él.
La cabeza le zumbaba. Al apoyar la espalda contra una pared, tan fría y húmeda
como el suelo, un acceso de náuseas le recorrió todo el cuerpo. Sintió la bilis en la
garganta y pasó saliva, estremeciéndose. No, definitivamente no.
Las luces crecieron hasta darle forma y color al espacio que lo rodeaba. Un sótano
húmedo y frío, sin ventanas, con unas afiladas escaleras por la que recordaba que
su cuerpo había rodado cuando estaba en la semi inconsciencia. También recordaba
un recibidor que conocía bien, unos cuadros que le observaban al pasar.
—¿Hola?
Tom volteó la cabeza tan rápido que le dolió el cuello. Junto a él, demasiado junto,
se encontraba una figura irreconocible. El rostro estaba seco, cubierto de cicatrices
que le trepaban por las mejillas, los labios, la nariz; una de ellas cortaba su ojo
derecho, que permanecía cerrado, con una costra pegada a las pestañas claras. El
cabello era como un plumón claro, corto y desprolijo, y lo único que parecía darle
un sentido de reconocimiento a su rostro era su frente ancha, y el brillo atontado
en el ojo izquierdo abierto, azul como un cielo despejado.
Las luces titilaron con su enfado. Y, claramente, no tenía su varita. Pero tenía algo
mejor.
"¿Harry?".
"Déjame recordarte, señor sabelotodo, que estabas herido cuando Lucius Malfoy –o
bueno, yo creo que era Lucius Malfoy– te secuestró".
"¿Harry?".
"¡Lo siento, Tom! Es que… estaba tan preocupado. ¿Te encuentras bien?".
"Me encontraría mejor si estuviera en una cama, o si por lo menos tuviera algo que
hiciera que esta hemorragia se detenga".
"Sí, claro. Todos están bien. Quédate tranquilo. Ahora mismo llamaré a alguien a
que vaya por ti…"
"No, no lo harás".
"Sí, claro. Tom, está bien, te concedo el primer punto. Pero no creo que seas tan…
disculpa la palabra, pero, idiota, para huir solo".
"Mejor así. ¿Crees poder liberarte esta noche? ¿Debo estar al tanto?"
"Es imposible matarme, ¿olvidas eso? Aun así, juro seguir dándote coñazo un buen
rato, niñato".
Tom pudo sentir la risa en Harry y deseó porque no haya sido muy alta. Podría
pasar por una risa nerviosa, pero él sabía sobre las escasas dotes actorales de su
amante, y era pésimo cuando no estaba cien por cien en sus pies. Por lo que
debería aguantarse.
Pero volvió en sí y dejó desvanecerse las luces. Si iba actuar, lo haría a oscuras.
La calavera negra pareció ladear la cabeza cuando Lucius pasó los dedos por ella.
Entonces, la puerta se abrió de un portazo.
¿Ojos rojos?
El hombre siseó en pársel algo que sólo podía ser dicho por el mismísimo Señor
Oscuro, porque Lucius se retorció, aferrándose de la Marca, con un dolor que le
trepaba por las venas como si fuera la maldición Cruciatus en su sangre.
—Lucius —el hombre, que si no era Voldemort definitivamente imitaba su voz muy
bien, se acercó a él—, ¿qué, por Salazar, significa esto?
—Me has fallado, Lucius —la voz de Voldemort era seseante, oscura. Lucius agachó
la mirada—. ¿Qué crees que debo hacer?
—Mi Señor… por favor… —Lucius alzó la mirada para encontrarse con unos ojos
rojos y una sonrisa cruel. Y la pesadilla comenzó.
Harry despertó por la mañana del domingo con un dolor de cabeza horrible.
Desayunó ligero, ausente, ignorando todas las cosas que le decían sus compañeros
—tanto palabras de apoyo como que debía hacer algo para salir adelante y no
estancarse— y pasó a la enfermería. Estaba adentrándose cuando oyó que le
llamaban.
Le alcanzó una carta. Estaba abierta, y Draco, pálido como él solo, le alcanzó el
sobre con una mirada extrañada.
—Gracias —Harry extrajo la carta del sobre y reconoció la letra de Tom—. Oh,
vaya.
—Eh… bueno…
Madam Pomfrey no tuvo problemas en darle a Harry una poción para el dolor de
cabeza. Éste cesó a los minutos que Harry la había bebido, mientras caminaba con
Draco Malfoy hasta el exterior. Tomaron asiento bajo un árbol, junto al lago, y
Draco extrajo de los bolsillos de su túnica unas barras de chocolate de Honeydukes.
Le dio una a Harry y abrió la suya con parsimonia, esperando para oír la historia.
—Bueno, primero déjame leer la carta, ¿vale? —pidió, dejando el chocolate de lado
y fijando sus ojos en la letra clara y ordenada de su novio (imposible de imitar).
"Joven Malfoy:
Harry puso los ojos en blanco y continuó leyendo unos centímetros más abajo.
"Harry:
Buenos días, querido. ¿Cómo has amanecido? Lamento mucho el dolor de cabeza,
he tenido una noche larga. Muy larga, de hecho. Torturar… nunca perderé la
práctica de ello, puedo saberlo, pero hasta más de las tres de la madrugada no me
hice con una varita y debí recurrir al modo muggle. Tengo suerte: me he informado
mucho del tema en mis viajes por Europa. Pero tampoco disponía con muchos
elementos, sólo un abrecartas, un cuchillo aserrador de cocina y pequeños
utensilios de escritorio.
Lamento haber comenzado así la carta. Sé que no es lo que tú querías. Pero debía
comenzar de esta forma, ya que he puesto un hechizo a ese comienzo para que a
partir de allí pueda leerse por personas que no sean tú. Así haría creer al chico
Malfoy que tenía un mínimo de confianza en él. (Mágico).
Quería que supieras que he estado mejor, sí, pero por lo menos ya no tengo
heridas en el cuerpo. Los elfos de la Mansión se han encargado de sanarme con
ayuda de Narcissa. Esa mujer me odia. He de admitir que no me he dado cuenta
hasta el final el estado en que su marido había quedado. Pero no está muerto, no;
matarlo sería un premio consuelo para lo que ha hecho. No merece la muerte. (Y
eso me lo has enseñado tú, amado mío).
Planearé y arreglaré varias cosas ahora que estoy aquí. Tú sigue actuando.
Consigue el apoyo de tus amigos. Harry, Érebo necesita aliados. Hazlos.
Draco asintió.
Draco Malfoy tragó saliva y dejó el chocolate de lado. Los dedos le temblaban
ligeramente.
—Sí, lo sé. Pero… —sacudió los ojos—. Oh, no importa. ¿Qué querías hablar
conmigo?
—¿Responder tus preguntas? —le miró con una ceja alzada—. Anda, vamos. Sé que
te lo has estado guardando. Crees que sabes, pero no es así. Pregunta.
—Pues sé que eres el aprendiz del señor Oscuro —murmuró Draco—. Y que estáis
en una relación, a pesar de que tú no estás de su lado. Estás en un lado gris.
—Madre me contó sobre él. Es terrorífico para ella, y para cualquiera. Tiene poderes
que… —algo pareció conectarse en su mente y sus mejillas se tornaron rosadas—.
Diablos, ¿tú eres Érebo?
—No, no lo haré. Estamos en los terrenos de Hogwarts, ¿de verdad crees que me
expondré de esa manera? —dijo fluidamente—. Anda, tranquilo. Ven.
—Así que… —se apartó el cabello de los ojos—. ¿Hay alguien más del lado de
Érebo?
—Neville y Vaisey.
—Sí. ¿Cómo sab-? —cortó la pregunta con la boca entreabierta—. ¿Te acosó a ti
también?
—Un poco —Harry se encogió de hombros—. No es nada. Pero dijo que quería estar
de mi lado, seguirme. No creo que haya sido una broma. Hablaba muy en serio.
—Vale. Supongamos que le creo —el rubio puso los ojos en blanco—. Pero también
ha dicho estar profundamente enamorado de mí, por lo que no debes creer todo lo
que diga. Tiene un enamoramiento muy rápido por las personas.
Harry rió.
—Porque somos amigos, ¿lo olvidas? Además, tú ya sabes que estoy saliendo con
Cylean, que resulta que es Tom, es decir, Voldemort, con mucha magia encima…
Draco asintió.
—Me da igual mientras pueda pasarla bien. He salido con Pansy y ha sido un
suplicio. Luego lo intenté con Theodore Nott, pero estaba demasiado enamorado de
Longbottom como para prestarme atención. Luego lo intenté con Daphne
Greengrass, y bien, no salió tan bien como cualquiera creería. A pesar de ello, no
tengo muchas quejas con respecto al tema del amor. Se presentará cuando menos
lo espere.
Harry rió.
—Sí, y es difícil, porque todos creen que eres una víbora sin corazón.
—Vaya, Draco Malfoy confesando que sus sentimientos han sido heridos por sus
compañeros —Harry se llevó la mano al pecho y suspiró—. Qué trágico.
—¿Considerarías salir en una cita a ciegas con alguien? —preguntó Harry. Draco
puso los ojos en blanco.
—Conociéndote, no. Serías capaz de hacerme una cita a ciegas con Lovegood. No
que tenga un problema con ella, claro, pero no me van las rubias.
—Muy hipócrita de tu parte, siendo rubio —le picó Harry. Draco puso los ojos en
blanco.
—Sí, lo sé. Siempre creí que siendo rubio debía tener una pareja de cabello o piel
oscura. Ya sabes, como contraste —Draco se encogió y volvió a coger su chocolate
—. Aunque últimamente he pensado… —guardó silencio. Harry le instó a continuar.
—¿Sí?
—No, nada —Draco se encogió de hombros—. Supongo que tengo una chica en la
mira, pero es más que nada platónico.
—Si es platónico, no tendrás problemas con que te prepare una cita a ciegas.
Draco bufó.
—Si eso es lo que quieres… —se recostó contra el tronco del árbol—. Creo que sería
conveniente abrir un poco mis horizontes.
Harry le pasó un brazo por los hombros y con esa misma mano le despeinó los
cabellos rubios. Draco intentó apartárselo, pero Harry siguió despeinándolo hasta
que la cabeza rubia de Draco Malfoy parecía el nido de un pájaro.
El chico bufó, se levantó y se alejó mientras se arreglaba el cabello con las manos.
Al no poder extrajo del bolsillo de su túnica un cepillo para el cabello y comenzó a
pasárselo. Harry le miraba, divertido, cuando oyó que le llamaban.
—¿Harry?
—Harry, no debes fingir. Somos tus amigos —ella se acercó y le tendió la mano—.
Ron y Hermione te están buscando.
Harry puso los ojos en blanco, pero no sonrió. Draco Malfoy volvía a estar bien
arreglado y ya no era gracioso.
Caminaron en silencio. Harry tenía las manos medio metidas en los bolsillos del
pantalón, la cabeza gacha, los labios entreabiertos. Lavender le detuvo en la
puerta.
—Harry, quiero que sepas que todos estamos contigo. Todos. El ED, nosotros, tus
amigos. ¿Bien? Estamos contigo.
—Gracias, Lavender —Harry fingió una sonrisa forzada, una sonrisa trágica—. Pero
no os preocupéis. Sé que Cylean estará bien. Lo siento dentro de mí.
Lavender sonrió.
—Sí, debe ser. Ten fe, Harry. La fe derrumba montañas.
Encontraron a Ron y Hermione por separado. Ella estaba buscándolo por aulas
vacías sin llave en los pisos inferiores, Ron estaba convencido de que estaba en la
Sala de los Menesteres, así que pasaba frente a la puerta una y otra vez
conjurando diferentes salas y desilusionándose cada vez que se daba cuenta de que
no había rastros de vida humana dentro de ellas.
—Romperás la magia de la sala si sigues haciendo eso, Ron —le dijo Harry—. Ven,
vámonos. ¿Para qué me buscabais?
—Queríamos saber cómo te encontrabas después de todo. Sé que debe ser difícil.
—Estoy bien —Harry asintió—. Estoy seguro de que Voldemort no le hará daño a
Cylean. Lo usará para que me acerque a él, para que vaya tras él. No le hará más
daño que dejarlo encerrado en un sótano húmedo y frío. Tengo la certeza.
Ron suspiró.
Tom Riddle acarició las teclas del majestuoso piano en un rincón de la sala de
música de la mansión Malfoy. Tocó una escala de notas y luego un sinsentido de
sonidos que sonaron forzados, desafinados. Hacía mucho que nadie tocaba ese
piano.
—¿Milord?
Tom se volteó. La figura de Bellatrix estaba allí, con la cabeza gacha, los labios
temblorosos y las manos unidas.
—Acércate.
Bellatrix levantó el rostro para contemplarlo con un brillo extraño en aquellos ojos
desviados por la locura. Caminó los pasos que le acercaban a aquella figura
humana, alta, de entre veinte y treinta años, con el rostro hermoso cincelado por
una calma atroz.
—¿Cómo lo permitiste?
Bellatrix cayó de rodillas. Tom bufó. No recordaba por qué le gustaba ver a tantas
personas de rodillas, para ser sinceros; al único que quería de rodillas era a Harry.
A su Harry. Y no exactamente para adorarle, aunque sí para servirle…
de esa manera.
Tom Riddle acarició la varita de madera clara que le pertenecía a Cylean Rousseau.
La movió y Bellatrix levantó el rostro para fijarse en sus ojos, rojos como la sangre.
—No te mataré, Bellatrix, porque no soy yo quien debe hacerlo. Pero te informaré
que tu vida está llegando a su fin. No me falles, o dejaré de apartarte para quien
debe hacerlo y te mataré yo mismo.
Bellatrix asintió con la cabeza de forma sumisa. Luego Tom movió su varita y la
puerta se abrió.
—Vete —ordenó, y la mujer se levantó y salió tan rápido como pudo sin perder la
dignidad.
Tom suspiró y tomó asiento en el banquillo del piano. Volvió a acariciar las teclas,
esta vez sin tocarlas, e intentó recordar lo poco que había aprendido de este arte.
Había sido cosa del padrino de Harry y del hombre lobo, Remus. Ambos le habían
visto interesado en el monumental instrumento en aquella habitación oscura y le
habían enseñado poco y nada.
Tocó varias teclas, desafinadas, y volvió a hacer una escala. Aun así enterró con
brutalidad los dedos en las teclas al sentirse frustrado, hastiado. Había pasado
mucho tiempo sin Harry, toda una semana de hacerle la ley del hielo y luego ahora
sin poder verlo, y le estaba pasando factura.
"¿Harry?"
"¡Tom!"
La sonrisa que creció en los labios del hombre fue involuntariamente cálida.
"¿Qué carta?"
"Era broma, Tom. Sí, me llegó. Malfoy se comportó muy bien, aunque estaba
preocupado por su padre"
Tom suspiró.
"Tom, no me jodas".
"No estaba pensando en hacer eso ahora, pero sería bastante productivo. Deja que
le pongo un hechizo a la puerta para que ningún bastardo la abra".
"¡TOM RIDDLE!"
"¿Qué? Oh, diablos. Está bien. No atentaré contra su vida más de lo que ya hice".
"Me jodes".
"Tom…"
"Vale, puede que no esté exactamente en San Mungo. Está en con un sanador
clandestino en el callejón Knockturn".
"¿Quién coño eres y qué has hecho con Tom Riddle? ¡Responde, FARSANTE!"
"Que llevo mucho tiempo sin besarte. Sin tocarte. Sin tenerte durmiendo conmigo".
"¿Sí, Tom?"
"Tardaremos en estar juntos. Habla con Sirius. Pídele que se ofrezca a ser profesor
de Defensa en mi ausencia. No quiero que estos mocosos bajen su rendimiento".
Ambos rieron suavemente. Tom pudo sentir la diversión de Harry, y vio, de reojo,
como alguien se acercaba a la puerta.
—Muy bien, todos pueden ir a almorzar. Pero recuerden que la próxima clase habrá
un examen teórico; tranquilos, tendrá los conocimientos básicos, sólo será un
pequeño aviso para que estudien un poco antes de los exámenes finales y para que
me pongan al corriente de lo que habéis aprendido este año. ¡Podéis iros! —la
sonrisa feliz de Sirius Black se hizo presente mientras se recargaba contra el
escritorio, en una muy buena imitación de la forma de moverse y comportarse del
antiguo profesor de Defensa, Cylean Rousseau.
—Si me comporto así, probablemente todos dejarán de temerme —le informó Sirius
a Harry cuando arribó al castillo una semana después del secuestro de Cylean—. He
visto como me miran algunos Hufflepuff. Y tu amigo, Seamus Finnigan, parece
creer que porque estuve en Azkabán no temo a utilizar las Imperdonables en él.
Harry puso los ojos en blanco. Sí, había sido un pequeño shock para todos los
alumnos llegar aquella noche y ver, en el lugar de Cylean Rousseau en la mesa de
los profesores, a su suplente, el profesor Sirius Black.
—Está chalado —dijo Colin Creevey, con los ojos casi fuera de sus órbitas.
—Está como una cabra —le siguió Parvati Patil, con el tenedor a medio camino de la
boca—. Harry, ¿es así siempre o…?
Esa noche Harry fue a las habitaciones privadas de Cylean y tocó. Su padrino le
abrió con una expresión divertida.
—Así que este es su nidito de amor —comentó, burlón—. Parece muy Ravenclaw
para mi gusto.
—Cualquier habitación que tenga más de tres libros será muy Ravenclaw para ti —
bufó Harry—. Quería saber cómo estabas.
—¿Y ese anillo? —Harry levantó la mano de Sirius para verlo. Era grande, pesado,
plateado y negro, con aquel lobo aullándole a la media luna en el cielo negro.
—Estaba revisando unas cajas con libros de escuela cuando lo encontré. Tengo la
vaga impresión de que Remus me lo obsequió, pero no soy capaz de recordarlo —
se pasó la lengua por los labios—. Ven, pasa, vas a ayudarme a dar mi primera
clase. Comienzo mañana.
Sirius rió.
Harry se demoró guardando sus cosas para quedar a solas con Sirius. Su padrino se
acercó y le revolvió los cabellos.
—Quiero recordarte que soy tu padrino, Kotka, y no tu novio. Así que puedes irte
yendo.
Sirius se sonrojó.
—¡Mocoso! —le empujó fuera de su silla—. ¡¿Acaso estás insinuando que no soy
atractivo?!
—No serías capaz de sacarme puntos aún si Snape te pusiera una varita al cuello —
le burló, mientras se levantaba del suelo donde había aterrizado por el empujón de
su padrino—. Ahora, ¿me dirás de qué temas tratará el examen?
Sirius sonrió.
—En realidad —Harry le sonrió—. Quería decirte que fue muy buena tu clase. No te
veía como profesor.
—Suerte —Harry salió del aula con una sonrisa que fue ensombreciendo a medida
que caminaba. Debía seguir actuando mal. Debía seguir actuando ausente,
distraído, triste, pero a la vez confiado, inyectado de energías, de esperanzas, de
necesidad de hacer algo por Cylean.
Para almorzar había carne de ternera asada en enormes cantidades, con ensalada
de patatas y arvejas. Harry tomó una porción y se sirvió, oyendo las
conversaciones de sus amigos y compañeros.
—… y entonces Theo me dijo que me fuera al diablo, y yo le dije que por qué no se
iba conmigo —relataba Neville a Hermione, que reía ligeramente, como si no
hubiera atravesado por una depresión básicamente paralizante semanas atrás.
—Pues yo creo que vosotros hacéis una bonita pareja —dijo Lavender, junto a
Neville, que comía tranquilamente—. Oh, disculpa que me entrometa.
—… y mamá dijo que se llama Érebo —decía una voz femenina, clara y fina—.
Mamá no está muy segura de que signifique eso. ¿El-que-no-debe-ser-nombrado
con un compañero? Es muy sospechoso.
Harry agudizó el oído y ubicó a la muchacha hablando. Era una chica de quinto,
Emily Sanders. Había asistido una vez al Escuadrón de Defensa, animada por Colin
Creevey, a quien estaba contándole eso y la escuchaba con atención, pero se había
retirado. No le gustaba la violencia.
—Pero, ¿estás segura de ello? —Colin se inclinó aún más hacia Emily—. ¿Por qué tu
madre debería saberlo? ¿Tu madre es una…? ¿Está de su lado?
—Tuvo que hacerlo. Desde la muerte de papá, todo se volvió difícil para ella. Debió
unírsele. Pero ella no quería.
—Debió ser una horrible decisión —Colin Creevey no parecía horrorizado. Hablaban
en voz muy baja, pero como Harry se estaba esforzando en oír podía descifrar las
palabras entre el cotilleo general—. ¿Tú eres partidaria de él?
"Buen provecho".
"Así se hace".
"¡TOM!"
"¿Ahora mismo? Matar a Colagusano. ¿Es tan difícil conseguir un espejo como el
que tienes con Sirius?"
—Sí, sólo… recordé algo que sucedió con Cylean —y compuso la mirada más triste
que pudo. Hermione pareció tragárselo.
—Oh —le dio una sonrisa infundiéndole ánimos—. Estará bien. Puedo jurarlo.
"¿Harry?"
"Me has hecho reír. Tuve que dar una explicación. Estoy comiendo, y de luto por tu
desaparición, ¿lo olvidas?"
"Me disculpo".
"De todas formas, creo que es mejor que no consigas el espejo. A mis compañeros
de habitación les resultará extraño que el Señor Oscuro le deje a su prisionero
comunicarse así tan campante con su novio".
"Lo siento".
Harry quedó en silencio, comió un poco más y dejó que su cabeza zumbara con los
recuerdos de la clase de Sirius, intentando que de algún modo así Tom les viera y
le dijera algo al respecto. Pero no hubo respuesta. Cuando acabó de comer se
levantó y caminó hasta la torre de Gryffindor, decidido a tener una buena charla
con su novio a costa de perderse una clase, pero Tom seguía sin responder.
"Harry".
"Cuéntame".
"Más tarde. Ahora estás volando, y no quiero que te caigas de la escoba, ¿vale?"
"Vale".
Cuando acabó el entrenamiento Harry, como capitán, dio unos buenos consejos a
sus jugadores. Delmeza Robins había jugado de forma radiante, y Ginny había sido
aún más buena. Su equipo había triunfado, y en unas fechas jugarían la final contra
Slytherin. Y ganarían. Harry estaba seguro de ello.
Cuando llegó a la Torre de Gryffindor cogió ropas limpias y fue hasta el baño de
Prefectos. Lo cargó de espuma y se relajó contra el agua caliente, dispuesto a
ponerse al día con Tom.
"Eres taaan gracioso, mira cómo río", le dijo con claro sarcasmo. "Lo lamento. Se
me presentaron… dificultades".
"Uff. Simplemente, uff" la voz mental de Tom sonaba hastiada. Era una voz
diferente a su voz normal, una voz grave y rasposa, ácida, pero al mismo tiempo
atrapante. Era como la voz del mismísimo demonio. "Organicé una reunión de
mortífagos hoy. Todos ellos estaban entusiastas. Pensaban que íbamos a hacer un
ataque suicida a Hogwarts. Entonces, les dije que necesitaba la colaboración de
algunos de ellos, muy selectos, para que protegieran algo. Obviamente, a mí, en
versión Cylean. Escogí a los peores y tuve muchas réplicas. Les dije que si fallaban,
les mataría; fallarán, y me los podré quitar de encima".
"¿Has batallado con Mortífagos enfadados porque no les escogiste a ellos para
darles muerte?"
"No, pero…"
"Tengo una idea mejor" Harry pudo sentir algo extraño cruzando la conexión, y de
pronto, fue capaz de ver a través de los ojos de Tom. Se encontraba en una mullida
cama de sábanas blancas y paredes de empapelado verde oscuro. Pero lo que más
llamaba la atención era que se estaba quitando las túnicas, como si fuera a meterse
en las sábanas, cosa que hizo a medias, dejando parte de su entrepierna
descubierta. "Ahora, Harry Potter, te tocarás para mí. ¿Tienes tu varita a mano?
Será mejor que pongas muchos hechizos silenciadores".
Harry rió y lanzó varios hechizos de privacidad hacia la puerta y las ventanas. Si
Tom quería que lo complaciera de esa manera… lo iba a hacer.
.
Harry se había ido a dormir pacíficamente. Ya casi se cumplía el mes del secuestro
de Cylean Rousseau, y nada habían podido hacer para traerle de vuelta.
Dumbledore había citado a Harry para pedirle que bajara sus barreras oclumantes
para dejar entrar a Voldemort en su mente, barreras que Harry sólo tenía arriba
para evitar los entrometimientos del viejo director. Y de Snape. Sobre todo de
Snape.
Estaba soñando. Soñaba que volaba en la noche, y que había visto una snitch, y
aceleraba el vuelo, en busca de ella, y entonces la snitch desaparecía, todo
desaparecía, y se encontraba entrando a una habitación, bajando unas empinadas
escaleras y encontrándose con un cuerpo encogido en sí mismo.
El brujo oscuro repitió la maldición imperdonable una y otra vez, y Harry fue
arrancado de aquel sueño cuando algo helado le cayó en el rostro.
Harry sentía que las lágrimas le caían por el rostro cuando comprendió lo que había
sucedido. El plan estaba en marcha. Lo había olvidado.
—No, no… —Harry negó, enterrándose las manos en los cabellos. La desesperación
que le consumía era fuerte, total, el corazón le latía con fuerza en el pecho,
temblaba con furia, con ira, con dolor—. No, él está, lo están…
—Harry, ¿qué sucedió? —preguntó Neville. Pero antes de que Harry pudiera
responder, otra voz respondió por él, una voz que Neville reconoció y se echó hacia
atrás.
—Sí, por supuesto —dijo, y Harry sonrió temblorosamente. Neville le pasó los
brazos por el cuerpo y le abrazó con fuerza mientras los demás llegaban.
El plan estaba compuesto por varias fases. La primera fue la Visión. La segunda
sería la Reacción. La tercera sería la Acción. La cuarta sería La Entrega. La quinta…
bueno, no había planeado seguir con vida en la quinta, por lo que tocaba
improvisar.
—¿Has visto alguna seña particular del lugar? —preguntó Dumbledore con voz
calmada—. ¿Un lugar, un nombre…?
—Había un tapiz de los Black —dijo rápidamente Harry—. En una pared que iba
hasta el sótano. Parecía un salón.
Sirius fue aprisionado por dos miradas terroríficamente idénticas.
Dumbledore asintió con seriedad y contempló a Harry a los ojos. Harry puso aquella
imagen fuera de su escudo Oclumante, mostrándole al director lo que quería ver.
Luego de la intromisión en su mente Dumbledore se retiró y asintió a McGonagall.
—Debemos ir allá.
—¡Yo quiero ir! —saltó Harry. McGonagall le contempló con una extraña mirada de
lástima en su normalmente duro semblante.
—No creo que sea conveniente, Potter —dijo ella, con voz clara. Dumbledore le dio
la razón.
—¿Por qué yo tampoco puedo ir? —preguntó él, frunciendo el ceño. Dumbledore le
contempló como si fuera la amabilidad personificada.
Sirius se mordió el labio, pero al ver que Harry no insistía, no dijo nada.
Vaisey llegó junto con Draco Malfoy a las habitaciones de Cylean Rousseau, ahora
de Sirius Black, ambos bajo la capa de invisibilidad de Harry.
—Si me dejaras de pisar, pedazo de… —comenzó Malfoy, gruñón por haber sido
despertado a estas horas de la madrugada.
—Calmaos —regañó Harry. Ambos guardaron silencio—. Estáis aquí como miembros
oficiales del Aquelarre. Me alegra que ambos durmierais con los brazaletes que os
di —Harry señaló su propio brazalete, una fina correa de cuero con una gema verde
colgando—. Es efectivo, ¿no creéis?
—Potter, la puta gema me quemó el brazo —y para demostrarlo, Draco se levantó
la manga un poco para dejar ver la mancha de quemadura que se encontraba justo
donde caía la gema.
Harry rió.
—Bien. Estáis aquí como miembros del Aquelarre. Esta noche haremos nuestra
primera presentación a la sociedad.
—No, idiota —Vaisey puso los ojos en blanco—. He de suponer que vamos a salir
del castillo para ir en busca de Cylean Rousseau. O enfrentarnos a los que vayan a
buscarlo a él, para luego entregárselos.
—No, es solo inteligencia —y le guiñó el ojo. Harry puso los ojos en blanco.
—Muy bien. Dejadme presentaros a dos miembros más del Aquelarre —llamó a la
puerta de la habitación y Sirius salió, seguido por Neville—. Ellos vendrán con
nosotros. Ya saben el plan y los pasos a seguir.
Sirius estaba inusitadamente serio. Tenía los cabellos húmedos y una túnica de un
gris oscuro, además de llevar en sus manos unos juegos de túnicas idénticos pero
de menor tamaño. Neville vestía igual, y cargaba una caja de terciopelo en sus
manos.
—Estas máscaras —dijo Neville, dejando la caja sobre una mesa ratona en el centro
del recibidor—, son de Mortífagos, ¿no, Harry?
Harry asintió.
—Sí, lo son, pero les haré un par de modificaciones. Pasadme una —Neville le
alcanzó una con la punta de los dedos, claramente molesto de tener que coger una
con las manos desnudas, como si tuvieran veneno. Harry la cogió y la señaló con su
varita, pronunció unas palabras y transfiguró la máscara de Mortífagos en una
máscara totalmente negra, con la estructura ósea facial marcada, sonrisa y ojos
blancos. Se la alcanzó a Neville para hacer lo mismo con las otras máscaras—.
Estas máscaras —dijo Harry, con voz clara una vez que hubo terminado la
transfiguración de todas ellas— sólo podréis quitárosla vosotros y yo. Nadie más.
No hay forma de que alguien que no sean vosotros o yo pueda quitárosla.
Los cuatro asintieron con severidad. Sirius les alcanzó las túnicas.
—Me aseguraré de tocar todo lo que esté a mi alcance. Y con eso, me refiero a
Draco Malfoy también.
Draco le cerró la puerta en la cara. Vaisey intentó abrirla, pero le había echado el
seguro. Bufó y procedió a cambiarse en medio del recibidor.
Una vez con las túnicas puestas rodearon a Harry, como si esperaran que él les
dijera qué hacer. Harry les dijo que le esperaran allí unos instantes y se encerró en
la habitación. Cogió túnicas de Cylean, negras y ajustadas, para concentrarse en su
imagen frente a espejo. El cabello se aliso y alargó hasta los hombros, y se
concentró aún más para crecer los centímetros que le harían alto y definitivamente
diferente. Entonces, decidió ir más lejos aún, ya que según sabía su máscara podía
ser arrebatada en cualquier momento: modificó su rostro. Empalideció su piel, afinó
sus cejas y las arqueó, ocultó su cicatriz, aclaró sus ojos de verde oscuro a verde
azulado, se aplicó un hechizo de aumento en los ojos para deshacerse de los
molestos lentes. Le dio un toque de relleno a sus labios y contempló la obra: no
lucía como él. Sí, había un aire en la forma del rostro, la barbilla y la forma de los
ojos, además de la nariz, pero nadie que le quitara la máscara vería a Harry Potter
en aquellos rasgos aristocráticos.
Se calzó la máscara y la capucha. Dejó caer el cabello a ambos lados del rostro.
Ladeó la cabeza un poco y sonrió, preparado para salir.
—¿Harry? —dudó, aun boquiabierto. Harry se quitó la máscara y puso los ojos en
blanco. La mandíbula de Vaisey pareció caer ahora. Malfoy tuvo más dignidad.
—Vaya, ¡Potter! ¡Qué escondidito lo traías! —burló Draco, con una sonrisa burlona
que no le quitaba el brillo maravillado de los ojos. Harry caminó con seguridad
hasta donde Draco estaba. Con su nueva estatura, le sacaba una cabeza.
Le dio con el dedo en el pecho, e inmediatamente Draco retrocedió, con las mejillas
encendidas.
—Mucho mejor, Malfoy —siseó Harry, con voz grave. Neville rió.
—Debo admitir que luces bien, Harry. Muy maduro, un digno compañero de
Voldemort.
La sonrisa de Harry era radiante, no coincidía con su rostro. Era como la sonrisa
inocente de un niño en el cuerpo de una criatura pecadora.
Harry se carcajeó.
—¿Qué hora es? —preguntó Sirius—. Los planes de Dumbledore era arribar allí
antes del amanecer.
—Son cerca de las cuatro. Podemos llegar y preparar todo. Ellos llegarán sobre las
cinco, o seis, he de suponer —Harry puso los ojos en blanco ante aquello; si Cylean
hubiera estado verdaderamente en peligro, ya estaría muerto—. Es decir que
vayamos partiendo. Neville, ¿trajiste el Mapa?
Sirius tocó la puerta con la varita y pronunció una contraseña nueva. Harry no
alcanzó a oírla, pero sabía que era una medida de seguridad contra los que
quisieran adentrarse allí. También echó varios conjuros para evitar que la puerta
fuera abierta y luego extrajo un extraño collar desde su bolsillo.
—Calzaros las máscaras, subiros las capuchas y sujetad el collar —ordenó Harry,
mientras él mismo se calzaba su máscara. Un segundo antes de sujetarlo hizo una
mueca y pronunció—: ¡Esperad! —antes de echar a correr rumbo a la habitación,
abrir con pársel el baúl secreto de su profesor y extraer una varita de tejo con
forma de hueso que Tom no había tenido encima en el momento de su secuestro.
La guardó en su bolsillo y volvió—. Lo lamento. Ahora sí.
A pesar de que no pudo verlo, casi se imaginó los ojos en blanco de Draco, Vaisey,
Neville y Sirius.
Sirius pronunció, con voz clara y fuerte: "Luces del norte" y sintieron sujeción,
vértigo, para desaparecerse llevados por el traslador.
Caminaron dignamente hacia los sonidos de batalla. Todo cesó unos instantes al
ver a las figuras que se encontraban. Eran cinco, con Érebo a la cabeza, que se
paraba con un digno movimiento. Levantó la varita en forma de hueso, la cual se
sentía extrañamente cómoda en sus dedos, tal vez por el núcleo gemelo, y maldijo
un par de veces con maldiciones no verbales a los primeros miembros de la Orden
que vio. Disfrutó especialmente de maldecir a Mundungus Fletcher, que se veía
demasiado descolocado en aquel lugar, como si estuviera allí solo por compromiso
u obligación.
—Deteneos. Ahora.
—Joven señor, ellos han atacado —dijo servilmente Rabastan Lestrange. Érebo
chasqueó la lengua.
—Una acción muy injustificada de parte de la Orden del Pavo Quemado. Oh, lo
siento, la Orden del Fénix —soltó una risa extraña y grave, resonante, y
Mundungus Fletcher retrocedió hasta que su espalda dio contra una pared—. ¿Por
qué estáis aquí?
—¿Y por qué creéis que es aquí donde está? —preguntó Érebo con apatía—. Podría
estar en cualquier sitio.
—Sabemos dónde está —una mujer de cabellos negros y ojos oscuros avanzó un
paso para poner la mano sobre el hombro de Andrómeda—. Vosotros le tenéis.
—¿Pero qué estáis haciendo? —gritó con ferocidad otro miembro de la Orden. Harry
notó que habían reclutado a muchos cuyos rostros y nombres no conocía durante
estos últimos tiempos—. ¿¡Por qué no atacáis!?
El hombre se levantó y dirigió una maldición hacia Érebo. Antes de que él moviera
la varita de Voldemort, Canis se puso delante de él y repelió la maldición sin hablar.
Se apartó con una inclinación respetuosa de cabeza.
Los Mortífagos rieron. Algunos llevaban capuchas y máscaras, otros tenían los
rostros descubiertos, entre ellos algunos de bajo rango que Harry sólo conocía de
vista.
Los Mortífagos miraron confundidos como ambos hombres avanzaban con las
espaldas erguidas y los rostros cubiertos en alto hasta las escaleras. Érebo se
permitió mirar a ambos bandos, todos habiendo quedado helados ante la voz. Era
un efecto que había leído en el libro sobre cómo conjurar aquel encantamiento de
voz mental: una vez que le oían, un efecto secundario era que parte de los
pensamientos que se tenían mientras se utilizaba el encantamiento eran
traspasados a las personas. Si pensabas en que deberían hacerte caso, ellos lo
hacían. Era casi como un hechizo de Impulsión. Trabajaba con la mente. Y era
absurdamente desconocido y fácil.
—¡Al Señor Oscuro no le gustará que tomes esta decisión por él! —gritó una voz
que Érebo reconoció.
—Odile, cállate —ladró, con una risa hueca—. Él está de acuerdo conmigo en que
este hombre no sirve de nada. ¿Para qué nos serviría, si lo único que tiene es
falsedad? Ni siquiera ama de verdad. Ni siquiera es amado de verdad. ¿Podríamos
romper algo que nunca estuvo entero?
Canis y Spunk soltaron a Cylean Rousseau, que cayó de morros al suelo, sin
fuerzas para levantarse por él mismo.
—Harry —susurró Cylean, tan bajo que Harry apenas lo oyó—. ¿Cómo está Harry?
—Dejad que nuestros invitados se vayan —ordenó Érebo, con aquella voz fría—. No
tenemos por qué arriesgar nuestro tiempo en una batalla ganada. Vosotros, iros.
Ahora. Antes de que me arrepienta.
La Entrega resultó ser fácil, y más rápida de lo que pensaron. Y pronto estaban en
la quinta fase, y les tocaba retirarse.
—¿Por qué les dejaste ir? —chilló—. ¡Eran nuestros! ¡Podríamos haberlos hecho
pedazos!
—¡Sois unos estúpidos! —gritó—. ¡Es imposible que se nos presentara una opción
mejor! ¡Cuando el Señor Oscuro se entere…!
—Calla, niña estúpida —siseó Érebo, hablando con su voz real—. ¿Crees que no lo
he meditado con tu Señor? ¿Qué no lo hemos hablado? Todo está perfectamente
ideado. Forma parte de un plan incluso que le vengan a buscar aquí. ¿Crees, de
otra manera, que hubieran utilizado una ubicación en la que fuera fácil
desaparecerse por la ausencia de escudos mágicos?
Odile calló. Apretó los labios, y se marchó, desapareciéndose con un sonoro sonido.
Érebo asintió.
—Harry —susurró ella—. Harry, oh, Harry, sólo tú puedes ayudarme ahora…
—¿Quién era? ¿Qué quería? —preguntó Sirius, quitándose la máscara, tan pronto
estuvieron de vuelta en Hogwarts. Harry se deshizo de su máscara y fue alterando
su aspecto hasta lucir como él mismo. Vaisey contempló el cambio con un brillo en
los ojos demasiado perturbador para Neville, que apartó la vista del Slytherin
mientras se deshacía de su máscara.
—Nada importante. Esperaba que le dijera por qué les había dejado ir, pero ella fue
mucho más tranquila que Odile.
—Odile es una oveja descarriada —bufó Sirius—. Alastor la crió como si fuera su
hija, y ella se hizo una Mortífaga apenas alcanzó la mayoría de edad. Fue una
decepción.
—Sirius, acabas de venir de una guerrilla del Aquelarre —le recordó Harry—, y dices
que Odile es una oveja descarriada.
—No. No lo eres —aceptó Harry—. Pero estás muy cerca de ello. Casi más cerca
que yo, diría.
—Lo sé, lo sé, ahora cállate —Harry le sonrió con ternura—. Draco, Vaisey, será
mejor que regresen a la Sala Común. Cambiaos. Podéis volver a llevaros mi capa
de invisibilidad. Draco, tú te la quedarás.
Vaisey le miró como si fuera idiota pero no dijo nada. Recogió sus pijamas y túnicas
del suelo y se lo calzó todo sin mirar bien. Harry volvió a evitar mirarlo.
—Bien. Pero, Neville, quería hacerte una pregunta… algo personal —Harry se
mordió el labio. Tom había hablado con él sobre el tema y a pesar de que Harry
creyera que sería algo que Neville no querría, no se jactaba de conocer muy bien a
Neville.
Neville empalideció.
—No yo —le susurró Harry—. Tom dice que si quisieras, tú mismo podrías cobrar
venganza.
—No lo sé —suspiró—. Es… difícil decir eso. No creo nunca haber querido venganza,
pero, diablos, supongo que estaría bien.
Harry rió.
—Quién diría que eras tan oscuro, Nev.
—No se trata de oscuridad, Harry. Se trata de vida. La vida es lo que nos moldea,
no la luz y la oscuridad. Si me hubieras preguntado hace un tiempo, te hubiera
dicho que no sin pensarlo dos veces, porque jamás se me hubiera pasado por la
cabeza hacerle a alguien algo malo. Porque así había sido mi crianza. Pero, todo
este último tiempo la vida me ha mostrado muchas cosas: que se puede amar a la
persona que odiabas, y que se puede odiar a las personas que creías amar. No digo
que odie a mi abuela, Harry, pero ella… no me quiere a mí, quiere a mi padre. Y me
ha menospreciado todo el tiempo, incluso ahora, de momento lo hace por cartas. Y,
diablos, yo puedo vivir mi vida independientemente de lo que hayan hecho mis
padres. Te seguiré, Harry. Y, si puedo cobrarme a Bellatrix, lo haré.
Harry sonrió.
—Eres guay, Neville —canceló el Muffliato a la vez que veía a Draco acercarse con
Vaisey, ambos con los pijamas y las túnicas sobre ellos.
Ambos se fueron musitando unas palabras vagas, aunque Harry pudo ver que
ambos estaban ligeramente impresionados por lo sucedido media hora antes.
Neville también se cambió a su pijama, mientras Sirius y Harry miraban a otro lado.
Harry imitó sus movimientos, volviendo a ponerse su pijama a cuadros rojos y
dorados, un bonito regalo de Tom.
—Toma esto, Harry —Sirius le alcanzó una botella pequeña de poción para dormir
sin sueños—. Será mejor que te duermas con esto y estés dormido para cuando
Dumbledore regrese.
Sirius suspiró.
—Es increíble. Estoy flipando —jadeó Neville, tan pronto Harry comenzó con una
respiración profunda y calmada, la respiración del sueño—. No puedo creer que
acabe de estar en la misma habitación que un grupo de mortífagos. Y no atentaron
contra mi vida. ¿Acaso has visto cómo respetaban a Harry? Le tenían miedo.
Sirius asintió mientras recogía las túnicas y las máscaras para arrojarlos al fondo de
un baúl. Cogió las túnicas negras de Harry y encontró la varita de tejo en el bolsillo.
La sostuvo en sus dedos vacilante, unos largos segundos, contemplando la forma,
las marcas, las muecas.
—Y pensar que esta varita ha matado a James y a Lily —susurró Sirius—. Y Harry
ama a quien sostuvo esta varita para matarles.
—¿A Voldemort? Por supuesto. Pero no puedo guardarle rencor a Tom. Sé que son
una sola persona, pero… hace feliz a Harry como nadie podría hacerlo. Incluso si
creyera que era solo Amortentia, Harry era libre, feliz. Feliz como nunca lo ha sido.
No puedo odiar a alguien que le da felicidad a alguien que amo.
—Es por eso que tampoco puedes odiar a Tonks, ¿verdad? —Neville ladeó la
cabeza, curioso. Sirius se sobresaltó.
—¿Qué estás…?
Los ojos de Sirius brillaron. Sus ojos fueron hacia su mano, en la que el anillo opaco
relucía, y negó con la cabeza.
—¡Él te ama, Black! No tienes idea de cuánto. Pero por algún tipo de razón, no cree
que sea bueno para ambos estar juntos. Yo lo sé. Sé muchas cosas que nadie
pensaría que puedo saber… ¿quién creería que yo puedo saber algo? Pero lo sé.
Esta es una de las cosas que sé.
36. Reencuentro.
Harry abrió los ojos y se encontró con todos borrones. Tanteó en busca de sus
lentes y estos fueron puestos sobre sus ojos.
Hermione le sacudía ligeramente, y Harry sentía que algo había muerto en su boca.
Se la cubrió con una mano mientras intentaba ubicarse en espacio y momento.
—¿Qué sucede, Hermione? —preguntó, dudoso. La chica lucía feliz. Eufórica.
Harry jadeó y se olvidó de pronto del mal aliento, de que tenía los lentes torcidos y
de que estaba en pijamas en una cama demasiado grande para ser la suya. Se
incorporó tan rápido que sintió un mareo, pero preguntó:
—Dumbledore vino a decírnoslo esta mañana. Ya es de tarde, por cierto, pero Sirius
te dispensó de clases, te dejó descansar… dijo que pasaste la noche en vela
preocupándote, y te tuvo que dar una poción para dormir sin soñar para conseguir
que pegaras el ojo.
Harry entrecerró los ojos como si estuviera enfadado con Sirius por drogarle. Pero
el enfado le duró poco.
—¿Qué hora es? —preguntó, buscando algún indicio de luz solar. Todo estaba
oscuro. Y para empeorar, su estómago gruñó estrepitosamente.
—Está en San Mungo. Sirius ha dicho que mañana podréis ir a verle; es sábado.
Hoy urgía que descansaras. ¿Has tenido una visión de Voldemort? Eso ha sido lo
que desencadenó la búsqueda, me han dicho.
—Hubo una gran batalla —relató Hermione—, o por lo menos eso nos dijo Bill, el
hermano de Ron. Hasta que de pronto apareció alguien enmascarado, que hablaba
con la varita en su cuello y detuvo la pelea. Entregó sin rechistar al profesor
Rousseau diciendo muchas cosas… pero, oh, Harry, habían matado a Ted Tonks.
¿Lo recuerdas? Es el padre de Tonks. Y Mundungus Fletcher estaba prácticamente
orinado en los pantalones del terror. Dijo que no se esperaba semejante…
"recibimiento".
—Debe ser horrible. Pobre Tonks —se mordió el labio, intentando resistirse.
Finalmente no pudo—. ¿Quién era el enmascarado?
—Se hacía llamar Érebo. Y, Harry, hay algo que debes explicarme porque no
alcanzo a comprender, y he estado todo el día dándole vueltas a lo mismo sin tener
idea de que…
—¿Qué cosa, Hermione? —Harry intentó tener una expresión neutra. Su amiga se
mordió el labio, miró a las cortinas cerradas, y susurró:
—¿Por qué bromeabais con Vaisey sobre eso llamado Aquelarre? El grupo de Érebo
se llama Aquelarre y…
—El profesor Sirius Black está en su oficina. ¿El amo Harry Potter quiere que llame
a Sirius Black? —preguntó Dobby, con una gran expectación en los enormes ojos.
Harry asintió.
Dobby dejó la bandeja de comida a los pies de la cama e hizo una inclinación
exagerada en la que sus orejas tocaron en suelo y se desapareció con un "pop".
—Tenemos tiempo.
—Será mejor que me vaya. Sirius me indicó despertarte, pero debo ir a la cena.
Todos están bastante eufóricos: la noticia ya ha salido en El Profeta matutino.
—Al parecer había un periodista en San Mungo cuando llegaron con el profesor
Rousseau. Ha costado, pero ha sonsacado algunas declaraciones y ha salido esta
mañana como nota de última hora. Ha sido fatal. Por suerte, Rita Skeeter no se ha
encargado esta vez, porque creo que de otro modo vomitaría.
—Hermione, estoy comiendo —le recordó Harry. Hermione se disculpó con la
mirada.
—Lo siento, Harry, pero estoy siendo sincera —la puerta de la habitación se abrió
dejando ver a Sirius, cargando una pila de pergaminos—. ¡Ah, hola, Sirius!
Sirius sonrió.
—¿Te has enterado de las nuevas buenas, Harry? Bueno, pues sí, claro. He enviado
a Hermione a avisarte… —Harry rió con disimulo y Sirius dejó los pergaminos sobre
el escritorio de la habitación—. Será mejor que vayas a comer, Hermione. No te
queremos enferma de nuevo. Todos estuvimos muy preocupados.
Sirius tomó asiento junto a Harry y le robó una pata de pollo. Harry apenas si peleó
por él: Sirius era demasiado buen padrino como para no dejarle la felicidad de
robarle algo de comida del plato.
—¿Y? ¿Cómo te sientes, Harry? —Sirius ladeó la cabeza, divertido—. Has estado
enfermo todo el día por quedarte hasta hartas horas de la madrugada sin poder
dormir pensando en el destino de tu amado, por cierto.
Harry rió.
—Muy acercado a la verdad. ¿Es verdad que podremos ver a Tom, quiero decir,
Cylean, mañana?
Sirius asintió.
—¡Cylean! —Harry dejó que todos los sentimientos que había estado sintiendo
durante todas esas semanas salieran en aquel quejido ahogado. Cylean abrió los
ojos, nunca tan azules, y una débil sonrisa se curvó en sus labios.
—Harry.
Pareció agotado con tan sólo decir esa palabra, y cerró los ojos. Harry se acercó de
forma tímida hasta donde él estaba para sujetar su mano con una mano
temblorosa, tocarlo, subir los dedos por las venas azules de sus brazos y tocarle el
rostro ensombrecido con una barba dorada áspera, las cejas desprolijas, los
párpados cerrados que apenas temblaron bajo su toque.
Harry sintió su corazón latir de forma desaforada en el pecho. Era todo una
actuación, pero una actuación que estaba trastornándole: los ojos le ardían, la
garganta le era un nudo, e iba a llorar. Pero no llorar por estar actuando. Llorar de
verdad. Llorar porque le había echado de menos todo este tiempo, llorar por haber
visto cómo se torturaba a sí mismo en aquella visión, llorar por no poder recibir sus
besos, llorar porque Abril se había acabado y con Mayo quedaba menos tiempo
para estar todo el tiempo junto a Cylean… Junto a Tom…
—¿Te encuentras bien? —preguntó, con la voz débil. Harry dejó que las lágrimas
fluyeran, porque de otro modo no sería creíble, porque de cualquier modo sentía
que necesitaba llorar.
—¡Claro que estoy bien, bastardo! —Harry sentía las emociones desbocadas—.
¡Estoy perfectamente! ¡Sólo que te he extrañado un montón, y que ahora que te
tengo cerca tengo miedo de acercarme por miedo a hacerte daño, y estás tan débil,
joder! ¿Sabes lo preocupado que he estado por ti todo este tiempo? Me preguntaba
dónde estarías, cómo estarías, cómo te estarían tratando —la risa burlona le salió
como un sollozo ahogado—. Merlín, Cylean. Merlín bendito.
—Yo también.
—¿Te he dicho que eres un actor excelente? —le susurró cuando Harry apoyó su
frente contra la suya. Harry negó.
—Y tú para mí.
Pero le necesitaba tanto…
—Si me disculpa, joven Potter —la voz chillona del sanador le hizo apartarse y
mirarlo de malas maneras—, es mi turno de controlar el estado del señor Rousseau,
¿así que podría…? Luego podría volver a entrar, claro.
—¡Te he dicho que no, Albus! —Sirius tenía los brazos en jarra, y contemplaba al
director ceñudo—. ¡He intercedido legalmente para tener la custodia de Harry! ¡El
vendrá conmigo este verano!
—Sirius, debes comprender… —Dumbledore hablaba con voz calmada, a pesar del
fuerte tono que había utilizado Sirius—. Es primordial para todos nosotros que
Harry vuelva a casa de sus tíos este verano. Es más que necesario que esto se lleve
a cabo, sólo por la seguridad de Harry…
—¡La seguridad! ¡La seguridad! ¡Me corro en la seguridad, Albus! ¡Harry está
mucho más seguro conmigo, un mago experimentado, que con un grupo de
muggles! ¿Tú acaso sabías lo que vivía Harry en esa casa? ¿Tenías idea?
—¡Pero NO lo hace! —Sirius parecía muy tentado a sujetar al director del cuello—.
¡Ella permitió que sucediera todo lo que sucedió! ¡Ella consintió a su hijo hasta que
se creyó invencible! ¡Ella puso ideas erróneas en la cabeza del pastel de cerdo de
su hijo para que creyera que abusar de Harry sería una gran, gran idea! ¿Cómo
gente como esa podría ser la más adecuada para Harry, Albus? ¡Explícame!
—Lo lamento mucho, Sirius —dijo Dumbledore con una sonrisa trágica en el rostro
poblado de arrugas—. Decession.
Ambos asintieron. Harry no les conocía el rostro. Eran dos Aurores del Ministerio,
no dos Aurores de la Orden. Eso le favorecía.
Dumbledore salió, seguido de un atontado Sirius. Harry pudo ver el brillo desvaído
en sus ojos grises, el cómo parecía mirar sin hacerlo del todo. Sintió rabia, pero no
fue capaz de expresarla.
—Adentro. En sanador me pidió que saliera por unos minutos —Harry se mordió el
labio—. ¿Qué sucedió? ¿Por qué estabais allí?
—¡No, Harry! —Sirius le sujetó de los hombros con demasiada brusquedad—. ¡Por
supuesto que te quiero! Y más aún, conmigo, este verano. Pero será mejor para ti
ir a casa de tus tíos… será temporal. Tan pronto cumplas los diecisiete tendré un
departamento listo para ambos. Será poco tiempo, un par de semanas… ¡lo
prometo!
Harry, que ya tenía lágrimas en el rostro por la conversación con Tom, dejó florecer
un par más y se limpió el rostro con la manga de la túnica.
—¿Estás… hablando en serio? ¿Realmente quieres que viva contigo cuando cumpla
diecisiete?
—¡Claro!
Harry intentó sonreír, pero falló al ver la sonrisa victoriosa de Albus Dumbledore.
...
Harry cenó sin ganas, y cuando sus amigos preguntaron, dijo que era porque le
había preocupado el estado de salud de Cylean. Todos le dieron apoyo moral.
Finalmente, Harry acabó de comer y en vez de ir a la Sala Común, fue a las
habitaciones que habían pertenecido a su novio.
Sirius le esperaba.
—No, Harry. De verdad debes ir a casa de tus tíos este verano. No es algo que yo
desee, claro, pero es algo que el viejo ya decidió. No puedes, no podemos, tomar
una decisión diferente sin tener el radar de Dumbles sobre nosotros.
—Bien. Pero tan pronto cumpla los diecisiete, iremos a Las Vegas.
—Ese es mi muchacho.
...
Los días se convirtieron en semanas, y abril le dio paso a mayo, y con mayo
llegaron los exámenes.
Harry salía del colegio todos los días para ir a San Mungo. Se llevaba los
pergaminos y los libros y estudiaba junto a Tom, que poco a poco iba ganando algo
de peso, sus heridas se iban sanando, y debía ser tratado por un sanador mental
tres veces a la semana. Esos días Harry le acompañaba en silencio mientras Tom,
en una actuación merecedora de un premio, narraba los horripilantes sucesos que
había vivido en un mes de cautiverio: las torturas, el maltrato, la humillación. Al
principio la sanadora Goone había querido dejar a Harry fuera, pero Tom había
insistido: necesitaba a Harry con él. Y si bien al principio ella había parecido reacia,
se fue dando cuenta de que la presencia de Harry Potter ayudaba a Cylean
Rousseau.
Por los pasillos del colegio se corría la voz de que la maldición del puesto de
Defensa había afectado a Cylean Rousseau, y no sabían si iba a dar clases el año
próximo.
—Es terrible —había oído decir a una chica de primero—. Era tan buen profesor…
—¿Qué esperaban, niñatos? —bramó él, cuando le vieron frente al aula de clase y
muchos jadearon, como si estuvieran viendo un fantasma por primera vez—. ¿Qué
me perdería algo tan importante como los exámenes para vosotros? Ahora,
hacedlos. Si desaprobáis, os asesinaré; no he estado todo el año dándoos clases
para que desaprobéis un examen. Comenzad.
Fue el primero en entregar la parte teórica y salir al exterior por la parte práctica,
que se haría después del almuerzo, pero quería ver a Sirius. Allí, su padrino
terminaba de arreglar algunas cosas.
—Muy bien, Harry —la sonrisa de Sirius era brillante—. ¿Qué tal te ha ido?
El resto del examen transcurrió bien. Más que bien para Harry. Y cuando acabaron,
se dejó relajar sobre el sillón favorito de la habitación de Tom.
—Bonita impresión, hoy —le dijo cuando el hombre entró, seguido por su padrino.
Tom se apartó el cabello del rostro y puso los ojos en blanco.
Harry rió.
—Los sanadores han dicho que debe tomárselo con calma —dijo Sirius, pasando
junto a Tom y dándole un empujón con el hombro—. Así que ve a la cama.
—No me parece que estés bien —comentó Harry, acercándose a su novio—. ¿Qué
te sucede?
—Mucho tiempo sin utilizar las habilidades de metamorfomago. No creí que pudiese
ser de este modo, ya sabes, cuando no usas algo esto parece resentirse.
Harry asintió.
—No deberías…
—¡Mientes! —Harry se levantó para ver el pergamino que Sirius leía. Estaba en
blanco—. ¡Casi me haces dar un infarto!
—Black, ¿puedo ver tu anillo? —preguntó, seriamente. Sirius alzó las cejas, pero se
lo quitó y se lo entregó—. Vaya.
—¿Qué sucede? —Harry observó el anillo. Plateado y negro, con el lobo aullándole a
la luna. La sonrisa de Tom era extraña.
—Remus no sería capaz —Harry no sabía qué decir exactamente. Pero decir esto
fue lo peor que pudo decir.
—Lo peor es que no sé de lo que sería capaz y de lo que no. No sé. Porque sé que
él borró mi memoria, pero no sé qué sucedió, no sé qué… diablos, no…
Se levantó del suelo, como si fuera un Inferi poseído, y caminó hasta la chimenea.
Arrojó polvos flú y gritó "La guarida" antes de arrojarse al fuego verde.
Harry contempló aquello con duda, para luego volver hacia Tom que lo
contemplaba, serio. Se acercó a su pareja y tomó asiento junto a él para dejarse
abrazar y reposar su cabeza contra el pecho de su amor, oyendo los latidos de su
corazón, mientras su propio corazón estaba en crisis por la historia, lo que pudo
suceder y no, con Sirius y Remus.
Eran jóvenes. Eran valientes. Eran audaces. Formaban parte de la Orden del Fénix
a sus escasos dieciocho años. Y a Remus Lupin se le había otorgado una misión.
—De la misma forma en que ellos se infiltran entre nosotros: con cuidado, con
atención, y sobre todo, con precaución.
Remus no sabía si con "ellos" se refería a los Mortífagos o a los hombres lobo, pero
asintió.
—¡No irás! —el joven Sirius Black tenía los cabellos largos, el rostro adulto, pero se
comportaba como un niñato—. Es muy peligroso, Lunático. ¿Qué haremos nosotros
sin ti?
Remus sonrió.
—Pero nos veremos —pidió Sirius—. Necesito verte, viejo. Eres mi mejor amigo.
—Creí que erais James Potter y Sirius Black, los revoltosos de Hogwarts.
Remus sonrió.
No sabía si iba a poder cumplir esa promesa, pero sí sabía que lo intentaría.
Remus se encontraba en una manada. Era la primera vez en la vida que tenía una,
y si descontabais la carne cruda, los salvajes que eran los miembros de la manada,
y que era tratado como un cachorro, no estaba tan mal.
Remus había pasado la luna llena con los demás lobos, sintiéndose tan liberado
como cuando la pasaba con sus amigos.
Sirius le había entendido. Sirius… sí, puede que en el colegio haya estado muy
unido James, pero también le había apoyado, le había escuchado, había estado con
él cuando lo necesitó. Habían sido unidos, inseparables… y ahora, esta misión le iba
a separar.
Todo lo que ocurría en la manada era comunicado a la Orden. Desde las cosas
banales hasta las más "escandalosas".
El sol después de la luna llena acababa de salir y Remus abrió los ojos en su cuerpo
humano. No se sentía tan destrozado como solía sentirse, pero seguía sintiéndose
mal. No sabía cómo hacían los demás lobos para sentirse bien luego de las
transformaciones, y tampoco iba a preguntar; no sabía si realmente quería
abandonar un poco de normalidad en su vida.
Remus se lo puso y caminó junto a Grimmorg, que era el siguiente al mando de la
manada de Carson. Era un treintañero, con cabellos pálidos y una cicatriz sobre el
labio superior. Tenía el cuerpo plagado de pecas, desde sus mejillas hasta los
hombros dorados. De alguna forma, cuando Remus le veía, sentía pánico y
vergüenza al mismo tiempo. Le hacía recordar a cómo se sentía con Sirius.
No habían quedado atrás sus infantiles deseos por su mejor amigo, pero había
aprendido a superarlo. Sirius jamás le correspondería, se había repetido hasta el
hartazgo. Y si bien su amigo no hacía alardes de ninguna novia en las cartas que se
enviaban a escondidas, podría ser que no lo dijera para no refregarle su felicidad en
el rostro a él, que estaba de incógnito en una manada, sintiéndose ligeramente
atraído por otro hombre lobo, de los más salvajes que pudieran haber en la
manada.
No era peligroso, pero le gustaba jugar brusco. Las mujeres que compartían lecho
con él solían salir con grandes marcas en la espalda o en las caderas desnudas. Los
hombres que también compartían su cama solían demostrar las profundidades de
las uñas en sus espaldas musculosas, como más heridas de guerra entre ellos.
Parecía ser que, quien más heridas tenía, subía de categoría. Si fueran sinceros,
Remus debería estar con los de arriba, pero al hacerse él mismo las heridas…
bueno, no contaba.
La luna llena le agotaba. Correr toda la noche en forma de lobo le agotaba. Caminar
tanto por las laderas, las montañas, todo aquello le agotaba. El frío le entumecía los
músculos, y si se quedaba quieto, lo sufría más. Grimmorg le hablaba con media
voz plagada de irrefrenable deseo, y Remus temía caer, más que por miedo, por
vergüenza, porque a sus diecinueve años jamás había dormido con alguien. Había
besado, sí; había sido besado. Había acariciado. Pero eran recuerdos difusos,
personas difusas, nadie había dejado una marca, nadie había querido permanecer a
su lado, nadie había querido permanecer en su cama, con él, con sus cicatrices, con
su dolor.
—¿Duele? —preguntó con voz suave Grimmorg, mientras descubría las heridas de
Remus. Él negó.
—Ya no tanto.
—Gracias.
—Eres demasiado educado para ser un hombre lobo. No eres como nosotros.
Remus cerró los ojos. Los labios sobre él eran rasposos, ácidos; la boca le sabía al
gusto metálico de la sangre. Pero no era desagradable, no, para nada. La sombra
de barba del rostro de Grimmorg le pinchaba, y Remus se encontró con unas
manos demasiado cálidas recorriendo su espalda.
Las manos recorrían la piel. Pero Remus se arrepentía. Los dedos exploraban, los
labios trepaban el camino de heridas, las constelaciones de lunares en la espalda.
Pero cuando sus labios volvieron a unirse, Remus negó.
—No… no puedo.
—Me doy cuenta. Tu cabeza esta en otra parte. Seré indiscreto, ¿eres virgen?
Remus se sobresaltó.
—Yo…
—Sí, lo eres —Grimmorg le acarició el rostro—. Eres una criatura extraña, Lupin. Un
lobo que ha surgido de la nada, cargado de cicatrices de transformaciones en
solitario por toda su vida, un lobo que se encuentra plagado de dolor y
arrepentimiento, un lobo enamorado de un hombre que, he de suponer, no te
corresponde. ¿Le has hablado de tus sentimientos?
—No he podido.
—Planeaba dártelo a ti, pero es mejor que tú se lo des a tu ser amado. Puedes ir
con él. Si no regresas, ya sabré lo que sucedió —Grimmorg le guiñó un ojo—. Pero
siempre tendrás lugar entre mis brazos.
Remus se apareció en su pequeña casa, en el lugar donde habían vivido sus padres.
Era una casa muy pobre, y muy pequeña, pero allí tenía ropa y forma de asearse.
Era casi la medianoche. Dudó antes de seguir golpeando, pero eso hizo, hasta que
Sirius abrió del otro lado con expresión de dormido.
—Lunático, no puedo creerlo. Has vuelto… —Sirius le miró a los ojos, y Remus
también. Si bien Sirius era algunos centímetros más alto que él, así como estaban
se encontraban a la misma estatura. Y Remus no se contuvo. Enredó su mano al
largo cabello de Sirius, atrapó su rostro, ladeó su cabeza y lo besó.
Tanto tiempo había querido hacer esto. Tanto tiempo había querido rozar sus
labios, hundirse allí, mantenerse en ese lugar por siempre. Los labios que tanto
había deseado ahora estaban sobre los suyos, se movían en armonía, ¡le
correspondía! Le besaba, se besaban, y cuando las lenguas dieron paso a la acción,
Sirius se apartó, jadeante.
—No puedes imaginarte el tiempo que he esperado por esto —susurró Remus
contra su piel—. No puedes imaginarte todo lo que te he querido, todo lo que te
he deseado…
Sirius rió.
—Estoy de acuerdo.
La ropa fue dejada atrás, en un camino de acción. Sirius parecía tener experiencia,
pero sus dedos temblaron cuando estaba desabrochándole el pantalón, como si
temiera que Remus se arrepintiera. Remus no lo hizo. Guió sus manos, como si
fuera él el experimentado, y se dejó llevar.
No hubo parte de sus pieles que no fueran besadas, acariciadas, marcadas con
labios y dientes. Las manos recorrieron todo, los labios se cerraron sobre heridas,
besándolas, las respiraciones se volvieron pesadas sobre los muslos, sobre el
cuello, sobre el ombligo húmedo de saliva.
Fue algo lento. Fue pausado. Fue cargado de una sensación lejana al dolor y
cercana al anhelo. Cuando acabaron, uno sobre otro, húmedos, sucios y cansados,
se dejaron llevar por el sueño. Hasta que Remus recordó el anillo.
—Espera aquí —pidió, y convocó su túnica, que había quedado en algún sitio
indeterminado entre la sala y la habitación. Extrajo el anillo y se lo ofreció a Sirius.
—Significa devoción eterna. Amor. Protección. Eres eso para mí, Sirius. Te amo.
—Oh, vaya —Sirius sonrió, levantando la cabeza—. Qué extraño.
—¿Qué sucede? —Remus enarcó una ceja. Sirius le besó el hueco detrás de la
oreja.
Remus rió, con una risa aliviada desde el fondo del alma.
Remus despertó en una semana indeterminada de sus veinte años con la noticia de
que Lily estaba embarazada. James se alegraba y preocupaba al mismo tiempo. Se
alegraba y preocupaba por todo últimamente. Y es que los últimos tiempos eran
peligrosos, cargados de ataques, desapariciones, atentados. Había un toque de
queda, y cualquier brujo que estuviera fuera de sus casas después de las ocho sería
arrestado e interrogado. Claro que no querían admitir que los Mortífagos también
se reunían de día.
"Lupin:
Dudo mucho que esta carta llegue al tiempo que deseo que llegue, pero es
necesario que la leas. Es urgente.
Cuida a tus seres amados, podrían ser secuestrados o heridos para obligarte a
volver a la manada.
Ten cuidado.
Sé fuerte.
–Grimmorg".
Remus supo lo que tenía que hacer antes siquiera de acabar de leer la carta. La
idea surgió. Ya creía que era demasiado peligroso para él, para Sirius, estar a su
lado… ahora la idea, la oscura y dolorosa idea…
Esta junto a él le podía costar la vida.
Se amaron como no se habían amado antes. Se besaron con ese aire a despedida.
Sirius no sabía la verdad, por supuesto que no; se opondría, se resistiría. Le había
dicho que debería irse de Gran Bretaña un tiempo, y que le dejaría. Serían sólo
unas semanas. Había prometido que volvería. Prometido una y otra vez, repetido
una y otra vez lo que no podría volver a decir.
"Sirius, te amo".
"Sirius, bésame".
"Sirius, te amo".
Sirius parecía saber que algo iba mal; no era idiota. Pero se debería tener una
imaginación muy furiosa para conseguir adivinar lo que haría.
Y es que tan pronto Sirius se quedó dormido, Remus salió de la cama. Besó sus
labios por última vez y le apuntó con la varita.
La sonrisa se borró de los labios de Sirius, y sus párpados cerrados temblaron, pero
cada recuerdo fue bloqueado. Cada momento, cada beso, cada caricia, cada
mañana cuando el sol les daba en la cara por la pequeña ventana y les hacía
arrugar el entrecejo.
Luego, le quitó el anillo, pero no fue capaz de deshacerse de él. Buscó entre las
cosas de Sirius y lo metió en una pequeña caja de madera, debajo de fotografías,
papeles, anotaciones. Sirius probablemente se desharía de ellos en una limpieza sin
mirar atrás. Y él no debería deshacerse del anillo, no debería deshacerse de algo
que significaba su amor absoluto e incondicional por Sirius Black.
Sirius Black llegó por flú a la casa de Remus. Le encontró sentado, leyendo, y la
rabia que le consumía le hizo sujetarlo de la túnica y darle la espalda contra la
pared.
—No… no sé de qué me hablas, Sirius —Remus dudó, con los ojos bien abiertos.
Sirius sabía que podía ver el dolor, pero sobre todo, la furia en su rostro. Los ojos
grises brillantes, como estrellas, y el entrecejo fruncido. Hasta podría sentir los ojos
inyectados en sangre.
—¡Por Merlín, Remus! —Sirius lo soltó y se apartó de él—. ¡No te hagas! ¡Lo sé! ¡Sé
que borraste mi memoria!
—Pero, ¿cómo…?
—Lo supe en cuanto Cylean me dijo que esto —y le señaló el anillo en su dedo—
era un anillo de compromiso. Lo supe todo. Sabía que algo había sucedido entre
nosotros, pero que tú lo borraste. ¡COBARDE! ¿POR QUÉ NO ME ENFRENTASTE?
—¿Qué era tan importante como para que debas borrar mi memoria? ¿¡QUÉ!?
¡EXPLÍCATE!
—Sirius… —se mordió el labio—. Iban a matarte. Si sabían que me amabas, que yo
te amaba, iban a matarte. Los miembros de la manada de Durplein. Me
encontraron, al final. Debí… debí… diablos, debí deshacerme de ellos antes de que
ellos se deshicieran de ti.
Remus asintió.
—Me lo merecía.
—Sí, te lo merecías.
Ambos se miraron unos segundos y luego apartaron la mirada.
—No puedo mirarte, Remus —jadeó Sirius—. Te he amado desde que tengo
memoria, y ahora no puedo ni mirarte a la cara. Si era para protegerme, ¿por qué
no devolverme mis recuerdos cuando salí de Azkabán? ¿Por qué…? —hablaba con
voz ahogada. Con la voz cargada de dolor, una voz tan terroríficamente trágica que
se sentía como sal en una herida—. Diablos, Remus. ¿Por qué coño no arriesgarte
conmigo? ¿Acaso dejaste de amarme? ¿Acaso alguna vez lo hiciste?
—¡Maldición, Sirius! —Remus alzó la vista—. ¡Yo siempre te amé! ¡Créeme! Sólo
que no podía… creí que… me odiarías.
—Pues, bien creído entonces —gruñó Sirius con voz gélida—, porque lo que siento
por ti ahora está muy lejos de ser amor.
—Debería pensarlo.
Pero tenía una extraña mueca en su rostro. Una mueca que gritaba que sí.
Remus sacó su varita y apuntó a Sirius. Parecía no suceder nada, pero entonces,
Sirius se aferró a la cabeza nuevamente en la noche, dejando que las nuevas
imágenes, viejas memorias olvidadas, llenaran su mente. Muchas se habían ido,
otras simplemente se habían bloqueado. Cuando Remus bajó la varita ambos se
mantuvieron en silencio mientras Sirius procesaba la nueva —vieja— información.
—No te disculpes, maldita sea —Sirius chasqueó la lengua—. Lo que has hecho no
tiene perdón.
—Tú dijiste…
—Tú también dijiste que me amabas —le recordó Sirius— y mira lo que has hecho.
Se dio la vuelta, tomó polvos flú y dijo "Habitación de Cylean Rousseau, Hogwarts".
Pero antes de irse se quitó el anillo y lo arrojó a los pies de Remus para
desaparecer en las llamas verdes.
38. Consecuencias.
Gryffindor había ganado la Capa de Quidditch, a pesar del estado en que su Capitán
y Buscador se había encontrado, muy poco dispuesto a entretenerse con
"trivialidades" como un partido de Quidditch que no obtuvo toda su pasión hasta
que Cylean estuvo de vuelta, sano y salvo. Los exámenes de Hogwarts pasaron y a
todos los alumnos les quedaba una semana de relajación antes de ir a casa. Una
semana para disfrutar del sol, del calor, del buen clima.
Hagrid dejó que algunos alumnos montaran hipogrifos. Harry fue uno. A pesar de
que no era Buckbeack lo pasó bien. También dejó que algunas chicas acariciaran
unicornios, y el calamar gigante hizo acto de presencia moviendo sus tentáculos y
salpicando agua a los que descansaban a la orilla del lago negro.
—Qué extraño —le dijo Draco Malfoy a Hermione Granger uno de esos últimos días
—. Uno pensaría que el año sería más… complicado.
—Yo no la he tenido fácil, Malfoy —la chica despegó los ojos de su libro para
contemplar al Slytherin—. Y tú tampoco, por lo que sé.
—Porque, quieras o no, soy tu jodido amigo. Sí, bien jodido por su novio. Así que,
decidme, Hermione, Draco, ¿estáis juntos o no?
—Un amigo que se morrea así con su amiga, uff, yo también quiero uno así —dijo
Ginny, tomando asiento junto a Hermione—. ¿Sabéis que Dean salió del armario?
Está con Seamus.
—Vaaaya —alargó la "a"—. Quién lo diría. Teniéndote a ti, preferir estar con
Seamus… ¡AUCH! —se frotó el brazo, donde Theo lo había pellizcado—. ¿Qué
quieres que diga, Theo, amor? ¿Tú has visto lo buenorra que se ha puesto Gin estos
últimos tiempos? Parece que mientras más gay descubro que soy, más buena se
pone.
—¡Neville! —Ginny rió, cubriéndose el rostro—. ¿Qué diría Ron si te oye? ¡Te
mataría!
—¡Nada, nada! —Neville rió, mientras Theo lo fulminaba con la mirada al igual que
Ron—. Yo soy gay, tranquilo. No sucederá nada con tu hermanita.
—Traidor —gruñó Ron, rumbo a Neville, mientras se levantaba del suelo e iba a
acompañar a Lavender—. Tranquila, Lavender. Estará bien. Llenaré todo. Bill me ha
dicho que podrá darme un trabajo de mensajero en Gringotts, ya sabes, porque los
duendes se sienten superiores como para utilizar magia para enviar los mensajes…
Lavender pareció satisfecha con esto y se fue rumbo al castillo, seguida por un Ron
que parecía aliviado de haber calmado la furia de su ex novia embarazada.
Draco rió.
—Sí, es muy gracioso verlos juntos. Acabarán casándose —apostó ella. Theo alzó
ambas cejas.
—Yo pongo quince a que se casan, pero se divorcian antes del año —apostó Ginny.
—¿De dónde sacarás dinero, tú, engendro pelirrojo? —le preguntó bromeando
Neville. Ginny le sacó la lengua.
—¿Alguien más quiere apostar? —preguntó Theo, que estaba sacando de su túnica
un pequeño libro y anotando con un bolígrafo muggle. Draco compuso una
expresión de sorpresa al ver ello.
—Yo paso —se encogió de hombros—. No estoy tan desesperado por dinero como
para apostar sobre la vida amorosa de Weasley.
Ginny levantó la mano para chocar con Neville, pasando por en medio de Hermione
y Draco. Neville chocó y Theo anotó la apuesta.
—Oíd, chicos, creo que falta alguien —comentó Theo, llevándose el bolígrafo hacia
los labios—. ¿Quién será?
—Luna está con Hagrid —comentó Hermione. Theo asintió.
—¿No falta Potter? —preguntó Draco, alzando una ceja despectivamente. Theo
chasqueó los dedos.
Draco se estremeció.
—Pero se verán en el verano, ¿a que sí? —preguntó Ginny. Neville compuso una
mueca.
—Harry irá a pasar el verano a casa de sus tíos —murmuró él—. Dudo mucho que
les agrade la idea de que el profesor R los vaya a visitar.
—Claro, todos los amigos de Harry iremos —Neville le revolvió los cabellos a su
novio con cariño—. Y también deberemos secuestrar a Harry para el nacimiento de
Vera. Nacerá más o menos para su cumpleaños.
—Sí, pobre Ron —Ginny suspiró—. Oh, ¿no creéis que deberíamos ir a preguntarle a
Harry si quiere pasar su cumpleaños en casa? Tal vez decida pasarlo con el profesor
R.
—El profesor Rousseau está invitado, supongo —comentó Hermione. Ginny asintió.
—Yo quiero a Harry Potter, ¿me invitáis? —dijo una voz a espaldas de Ginny,
sobresaltándola. Se volteó para encontrar al pálido Vaisey.
—El treinta y uno de julio, a partir del mediodía. Habrá un buen almuerzo, y pastel.
Puedes venir por la red flú. Sólo di "La Madriguera" y llegarás a casa.
—Ah, bien —Vaisey se inclinó sobre Ginny para susurrar algo en su oído. Ella se
volteó, dispuesta a golpearlo, pero el chico se apartó riendo a viva voz. Ginny se
levantó con agilidad dispuesta a perseguirlo, pero Vaisey echó a correr tan rápido
que fue imposible alcanzarlo. Era rápido. Y ágil esquivando
hechizos Mocomurciélago.
—Es un bastardo. Me dijo que si esa era la flú para llegar a casa, que cómo llegaba
a mi cama —puso los ojos en blanco—. Luego me besó el cuello.
—Se ha armado un buen follón a principios de año cuando se creyó que su novio,
Adrian Pucey, tenía una cornamenta más grande que la del Patronus de Potter por
mi culpa.
Draco bufó y se cubrió el rostro con las manos, mientras a su alrededor todos reían.
—Sois maravillosos, chicos —bramó él, con claro sarcasmo—. Sois geniales.
—Lo sabemos —Neville le guiñó un ojo y rodeó sus hombros con el brazo—. ¡Somos
tus amigos, Draco! Somos descojonantemente geniales.
A Draco se le escapó una risita. Todos volvieron a reír, mientras el rostro del rubio
pasaba a su tonalidad natural.
—¿Sabéis? Creo que prefiero a Potter en su modo más bromista que a vosotros.
A unos escasos metros, Harry les contemplaba con una sonrisa. Sus amigos
sentados a la orilla del lago, salpicados con las "gotitas" que el calamar gigante les
lanzaba de vez en cuando, con las túnicas abiertas e incluso sin ellas, con sonrisas
amplias.
Debía confiar en ellos. Iba a hacerlo. Ya había hablado con Tom sobre el asunto. En
el verano, les contaría todo. Y estaba seguro de que ellos no iban a dejarlo solo.
Sirius había tomado otras, ya que había decidido permanecer en el castillo. Pero
cuando Harry se adentró en la habitación de Cylean Rousseau, encontró las paredes
desnudas de libros y de imágenes muggles, las mesillas sin fotografías, los baúles
armados en el pequeño recibidor antes de la habitación propiamente dicha.
El hombre estaba tendido en la cama. Los cabellos negros, un poco más largos que
a principio de año, se derramaban sobre la almohada blanca. Los labios estaban
entreabiertos y los párpados cerrados, con las pestañas como tinta sobre las ojeras
marcadas. Tenía mal aspecto. Necesitaba dormir.
Harry siguió con su trabajo hasta que unas manos se enredaron en su cabello. Tom
le contemplaba con unos ojos que no eran castaños, pero tampoco eran rojos:
parecían ser del color del vino tinto.
—Eres pícaro, Harry —siseó Tom, tironeando de él lo suficiente para que trepara
por su cuerpo hasta unir sus labios. Harry se frotó contra él unos instantes,
mientras sus lenguas se unían, y dejó que un gemido profundo abandonara su boca
—. Algún día serás mi perdición, Harry Potter —gruñó Tom Riddle, mientras con
manos hábiles le quitaba la ropa interior y se deshacía de ella. Invirtieron lugares
—. Ponte de espaldas —pidió Tom, y Harry obedeció. Sus labios recorrieron el
cuello, la columna, la cintura, los hoyuelos de la espalda, el lunar a un lado del
trasero.
Harry se aferró a las sábanas cuando sintió aquella lengua hundiéndose en él, soltó
gemido tras gemido, soltó quejido tras quejido, inundado en el placer. Y cuando por
fin estuvo listo, Tom se aferró a sus caderas e irrumpió en él, lenta y
pausadamente.
Tom pegó su pecho a la espalda de Harry, besó su cuello, lo mordió. Jugó con sus
dedos recorriendo toda clase de curvas, arrancando toda clase de gemidos de su
boca. Se hundía, profundo, tocaba un punto ideal, salía, se volvía a hundir en un
vaivén que les llevaba al cielo.
Y Tom se lo otorgó.
Se movió con mayor rapidez, con mayor intensidad, apretando más fuerte sus
caderas. Harry jadeó, y mientras una mano de Tom sujetaba sus caderas, otra
recorrió el camino hasta él, hasta donde se encontraba, frotándole de arriba abajo.
Jadearon, gimieron, y cayeron el uno sobre el otro cuando tocaron fondo, cuando
se maravillaron por la fabulosa sensación de amarse.
Se abrazaron, desnudos como estaban, y Tom los cubrió a ambos con una sábana.
El aire que se colaba por la ventana entreabierta no era exactamente frío, pero era
mucho mejor prevenir.
Se quedaron allí, con los ojos cerrados, las respiraciones alteradas. Finalmente Tom
ladeó la cabeza para depositar en los labios de Harry un lento beso.
—Lo sé —guardó silencio unos segundos—. Sucede que he pasado mucho tiempo
lejos de ti. Y…
—Eres alguien especial para mí. Demasiado especial. En todo este tiempo te has
convertido en alguien sin quien mi vida estaría incompleta. No puedo idealizar un
mundo en el que no estés conmigo. Y quiero… quiero…
—¿Sí? —Harry se incorporó un poco para ver aquellos enigmáticos ojos—. ¿Qué
quieres, Tom?
—Quiero que estés conmigo —susurró—. Quiero que todos lo sepan. Quiero que
tengamos el mundo a nuestros pies. Que seamos uno ante el mundo. Quiero que te
cases conmigo.
Harry jadeó.
—Sé que no debería pedírtelo. Sé que tenemos mucho que perder si la verdad sale
a la luz. Pero podemos empezar de a poco. Hay algunos de tus amigos que lo
saben, y planeas contarles la verdad a los demás. Confío en que estarán contigo, y
una vez que cuentes todo lo que Dumbledore te ha hecho, todo lo que Dumbledore
ha hecho, puedan apoyarte en esto. No necesitamos matar, si eso quieres. Puedo
dejar de matar. Pero necesitamos un mundo que sepa respetarnos por quienes
somos: magos. El mundo mágico se está contaminando con cosas muggles, Harry;
el mundo mágico está cada día más hundido, más podrido. Hay corrupción, hay
desastres, hay homicidios entre mismos familiares por herencias millonarias.
Debemos parar todo esto. Sé que podremos hacerlo. Juntos.
Harry dejó caer su cabeza contra las almohadas, con una sonrisa maravillada en los
labios, con una expresión atontada en el rostro.
—Por supuesto que acepto, Tom. Te amo, maldita sea. Que el mundo se joda. Que
les den a todos. Yo estaré contigo.
Tenía dos finas tiras de plata que se entrelazaban y atrapaban una piedra opaca,
roja y circular. No era ostentoso. No era llamativo. Parecía ser una joyería más, si
Harry no supiera que significaba algo más, mucho más profundo que ello. Algo
secreto y oculto. Algo que dentro de poco sus amigos sabrían, y no sabía si le
aceptarían, pero le daba prácticamente igual porque estaría con Tom el resto de su
vida, y eso le haría feliz. Tom llenaría sus momentos tristes, Tom completaría su
vida, Tom le daría una vida nueva.
—Vaya, yo sabía que tenía varios hechizos, pero dudaba que tuviera algo así. Que
idiota, Tom. Creí que sabría tener precaución. Cualquiera puede ver este anillo y
sentir eso…
—Ese es el mejor problema. Harry, ¿te casarás con él? ¿En serio? —los ojos de
Neville brillaban. Harry asintió.
—Y aceptaste sin dudarlo —Neville se dejó caer contra su asiento—. Vaya, Harry.
Esto es mucho.
—Lo amo —susurró Harry— y sé que lo amaré sin importar qué tiempo pase. Ha
hecho de todo para darme la felicidad que me arrebató. Todos merecen otra
oportunidad. Él también es humano. Él también me ama.
Neville le sonrió.
Nadie más se percató del anillo de Harry, y aunque Draco le contempló el dedo con
una extraña mirada, no dijo nada.
Llegaron a King Cross con las familias y los recibimientos. A Harry le esperaba
Remus, sonriendo ampliamente, y le dio un extraño abrazo.
—Harry —saludó, mientras le revolvía los cabellos—. Vaya, estás más alto que la
última vez que te vi, y no fue hace mucho. ¿Te estás dejando crecer el cabello?
—Eh, sí, supongo —se había olvidado de volver a su cuerpo original aquella vez que
había salido como Érebo. A su estatura original, al menos. Al principio había
menguado unos centímetros para que las túnicas no le quedaran tan cortas, pero le
había gustado tanto la sensación de ser alto que había permanecido en esa
estatura.
—Luces bien —Remus le dirigió una sonrisa radiante, aunque la alegría no había
llegado a sus ojos—. Y hay una sorpresa para ti en la estación.
Si les veías y no les conocías bien podrías decir que se llevaban bien. Pero Harry
conocía a Tom, y podía ver el duro resentimiento en los ojos azules del cuerpo de
Cylean Rousseau.
—¡Harry! —Cylean le sonrió radiante. Petunia esbozó una extraña sonrisa en los
labios.
—Me aparecí desde Hogsmeade —le guiñó un ojo—. Tenía algo que hablar con tu
tía. Tal vez no lo sepas, pero hemos estado compartiendo cartas.
—Estos últimos días. Se me ocurrió escribir a tu tía cuando salí del hospital; quería
preguntarle si no le importaba si te iba a visitar un par de veces en el verano. No es
que necesitara su autorización, pero creí que de ese modo sería más fácil para
ella… ¿y con qué me encuentro?
Los ojos de Cylean brillaban. Harry ladeó la cabeza y contempló a su tía con la duda
escrita en su rostro.
—Luego de lo que le sucedió a mi pequeño Dudders… —ella dudó— me divorcié de
Vernon. Me mudé aquí, a Londres; estoy rentando un piso. Y… creí que debía
disculparme contigo. Te he tratado muy mal todo este tiempo. Porque estaba
celosa… veía en ti a mi hermana, a quien yo había querido ser. Tienes… tienes los
ojos de tu madre, Harry. Y lo lamento. Dejé que te maltrataran, te maltraté.
Destruí tu infancia y la convertí en algo que habría traumatizado a cualquier niño…
Era mi responsabilidad cuidarte. Mi responsabilidad total encargarme de ti, de que
recibieras afecto, que recibieras el amor que tus padres jamás te hubieran negado.
Yo… lo lamento mucho. Quiero arreglar las cosas, Harry. Por favor, perdóname.
Harry avanzó unos pasos y dejó que su tía se arrojara contra él y le envolviera en
un apretado abrazo. Palmeó la espalda de su tía, que era unos centímetros más
baja que él, que le soltó como si estuviera avergonzada para dedicarle la primera
sonrisa que le había dedicado en toda su vida.
—Cylean es mi novio —le dijo Harry—. Estamos juntos desde más o menos medio
año.
Ella sonrió.
Harry asintió, saludó con la mano a Remus y tomó la mano de Cylean. Así, ambos
emprendieron camino a una nueva vida.
¿Fin?