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La venganza de Harry Potter

Este documento narra cómo Harry Potter se encuentra con Tom Riddle en un café en Londres. Más tarde, Harry envía una carta a Tom contándole sobre cómo planeó y se alegró por la muerte de su primo Dudley, asegurándole a Tom que su "tregua" está pactada. El documento también describe el funeral de Dudley y la reacción de los Dursley.

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La venganza de Harry Potter

Este documento narra cómo Harry Potter se encuentra con Tom Riddle en un café en Londres. Más tarde, Harry envía una carta a Tom contándole sobre cómo planeó y se alegró por la muerte de su primo Dudley, asegurándole a Tom que su "tregua" está pactada. El documento también describe el funeral de Dudley y la reacción de los Dursley.

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Parcial.

El lado gris es diferente, mucho más de lo que acostumbraría el lado de la


luz. Una tregua, un nuevo profesor de Defensa que no es quien dice ser y los inicios
de algo entre Tom Riddle y Harry Potter que, realmente, puede generar un cambio.

1. La caja de chocolates.

El pacto había comenzado el día en que Harry Potter cumplió los dieciséis años.
Había recibido regalos de parte de Hermione, los Weasley, Sirius y los miembros
que quedaban del ED y que lo seguían respetando. Ese verano había intercambiado
cartas con todos y recibido muchas peticiones de ir a pasar veranos en otras casas.
Pero Harry sabía que Dumbledore no lo aprobaría, y además, por una vez en todos
sus veranos, no quería irse.

Ese mismo 31 de Julio que Harry estaba desenvolviendo sus regalos con una
sonrisa divertida, Dudley Dursley recibía una caja de chocolates.

Era una caja de chocolates de tamaño extra grande, redonda, con papel plateado y
una flor de papel color rosa. Tenía una nota impresa que decía "Para Dudley, con
amor". No había firma, pero sí un extraño perfume a violetas revoloteando en el
ambiente alrededor de la caja.

Cuando Harry bajó a desayunar sus tíos hablaban, emocionados, de que su Dudley
ya tenía admiradoras. Dudley, en particular, se veía entre sonrojado y satisfecho.
Había comido ya la mitad de los chocolates y dejó una gran mitad para mostrarle a
Harry y contarle con voz socarrona:

—Eh, mira, enfermo. A que en tu escuela de raritos no recibes cosas como esta,
¿verdad?

Harry bebió un sorbo de té y comió lentamente su beicon. Ni a Vernon ni a Petunia


parecía molestarle, en esta ocasión, que Dudley haya sacado el tema a cuestión. El
chico estaba envalentonado y demasiado seguro de sí mismo; seguramente,
pensaba Harry, era la primera cosa que recibía de una chica como para sentirse de
otra manera.

Vernon siguió con las burlas y Petunia calló, aunque no los detuvo. Harry terminó
su desayuno en silencio, haciendo oídos sordos, mientras Dudley terminaba de
comer todos los chocolates que le quedaban, haciendo mucho ruido al masticar y
sin siquiera saborear. Comía como un cerdo.

Harry se dirigió a su habitación, cerró la puerta y espero. La carta lo decía…


confiaba en lo que iba a suceder incluso más que en cualquier otra cosa. Y
finalmente, los gritos comenzaron. Harry podía imaginarse lo que sucedía, pero no
podía representarlo en su mente tal cual estaba sucediendo. La tentación fue
grande, así que tomó su varita y fingiendo no saber absolutamente nada bajó las
escaleras de dos en dos, con los ojos alarmados y los dedos apretados fuertemente
en torno a la varita.

Dudley vomitaba sangre. Su cuerpo rechoncho estaba consumido por espasmos


feroces. Sangre, también, le caía por la nariz. Sus tíos ni siquiera lo vieron a él ni
dijeron nada por su varita: ambos estaban inclinados sobre su hijo, su Dudders,
que poco a poco dejaba una gran mancha sanguinolenta en el suelo de la cocina.
—¡Muchacho! —gritó de pronto Vernon, al verlo con la varita en mano, observando
con expresión perpleja el vómito de sangre—. ¡Haz algo!

—¿Qué quieres que haga? —casi gritó Harry. Sentía la voz al borde de la histeria,
pero no por el sentimiento que todos querrían—. ¡No puedo hacer nada! ¡No puedo
hacer… nada fuera del colegio!
—¡HAZ ALGO! —gritó feroz Vernon, adelantándose, pisando el charco de sangre y
cayendo sobre su gordo trasero al suelo. Harry no tuvo siquiera ganas de reír.
Guardó la varita en el bolsillo de los pantalones y corrió al teléfono. Llamó a
emergencias con una voz que pretendía estar asustada y fue a avisar que lo había
hecho. Luego, sin decir nada —porque ya había disfrutado del espectáculo— fue a
su habitación.

Se quedó allí incluso cuando vino la ambulancia. Ni sus tíos ni nadie fueron a ver
qué hacía, o nada. Harry oyó cómo se llevaban a su primo y como sus tíos iban con
él. La casa quedó en silencio, vacía, casi hueca.

Allí, tendido en su cama, con una expresión de éxtasis, se permitió reír a


carcajadas. Rió a carcajadas hasta que se quedó sin aire, le dolió el estómago, rodó
por la cama y cayó al suelo, pero siguió riendo como si estuviera loco.

Y, tal vez, lo estaba.

El funeral de Dudley fue tres días más tarde. Había estado ingresado en
emergencias toda la noche y muerto al alba siguiente, casi veinticuatro horas
después de haber ingerido los chocolates. Y eso fue lo que buscaron en su
estómago: la sustancia que se encontraba dentro de los dulces. Resultó ser simple
y barato veneno para ratas mezclado con insecticida, que era lo que había causado
las náuseas. No tenían idea de muchas de las cosas que habían sucedido, ni por
qué, pero la policía investigadora fue a la casa a rastrear huellas de la caja de
chocolates. Además de las huellas de Dudley y de su madre —que había admitido
que había tocado la caja para admirarla cuando llegó y los forenses le creyeron—
estaban las huellas de Archivald "Archie" Keyglass, un amigo de Dudley que Petunia
sabía que se había peleado con él hace tiempo. Lo había conocido en un torneo de
boxeo y se habían llevado bien, pero según Petunia Dursley el chico se había
comportado muy violento con su Dudders y éste no había querido ser amigo de
semejante tipejo mal parado.

Harry fue al funeral de Dudley con ropas negras que tampoco eran suyas, pero por
lo menos no eran de su primo. Había mucho llanto, muchas flores, mucho dolor y
mucha pena. A este punto todo el vecindario sabía que Dudley había sido asesinado
por un amigo suyo, mayor que él, que en esos momentos estaba siendo
interrogado y apresado por la justicia. Harry mantuvo la cabeza gacha y no hizo
contacto visual con nadie. Se mostró penoso, triste, pero no se atrevió a llorar por
parecer exagerado. Después de todo, su tío tampoco lloraba, si bien lo hacía
Petunia.

La casa se mantuvo en silencio cuando volvieron. Petunia se encerró en la


habitación de su hijo a llorar rodeada de sus cosas. Los llantos se oían desde la
habitación de Harry, que se cubrió la cabeza con la almohada mientras, también,
ocultaba las risas.

Finalmente, después de una cena pre-hecha que Petunia le subió al cuarto —y le


obsequió un extraño abrazo fortísimo que a Harry le dejó mal sabor en la boca—
Harry tomó una pluma, un pergamino y comenzó su carta:
"Tom:

Todo funcionó. A la perfección. Archivald está en prisión y probablemente no salga.


Lo han dado en las noticias, aunque supongo que ya lo has visto. Dudley… bueno,
esa bola de grasa tal vez tenga el trato que se merece en el Infierno, ese bastardo.

Yo me encuentro bien. Mejor que bien. No tienes idea de lo mucho que me ha


costado no comenzar a reír en el funeral. Y pensar, sólo pensar, que el verdadero
responsable está tan cerca de ellos que ni se lo esperan… Por una vez los Dursley
no me han culpado a mí; creo que no sospechan de quien dejaron encerrado toda
la noche. Es decir, ¿cómo podría haber dejado la caja con los chocolates allí? Y el
preparado… Dudo mucho que los chocolates se vendan envenenados; los únicos
que conozco que venden chocolates con algo incluido son los gemelos. Y ya sabes,
también dudo mucho que ellos usen veneno real para alguna de sus bromas.

Me distraigo. Espero que te encuentres bien, realmente. No puedo controlar mi


júbilo. Y claro, no tienes que decir nada: nuestra tregua queda completamente
pactada.

No tortures a muchos mortífagos. Oh, espera, si son mortífagos tortúralos lo que te


plazca.

Buenos deseos,

Harry".

Despertó a Hedwig y le dio la dirección. La lechuza estaba extrañada por la


dirección nueva, aunque tampoco pareció protestar: ese verano, Harry la enviaba a
muchos lugares nuevos.

La lechuza blanca voló con la carta entre las patas y Harry la observó hasta que se
perdió de vista, sonriendo. Y ahora sí que tenía verdaderos motivos para sonreír.

2. El lado gris.

A mediados de Junio, Harry fue a Londres. No tenía idea de qué había soñado, pero
había despertado con unas extrañas ganas de ir a Londres, caminar, gastar un poco
de dinero. Había cambiado unos cuantos galeones por libras el año anterior y no
había gastado ese dinero en casi nada. Así que se armó con su varita —de la cual
nunca se separaba— las ropas muggles que Sirius le había comprado —que le
sentaban mucho mejor que las de su primo— y su bolsita con libras y galeones.
Bien separados, claro.

Llamó al autobús noctámbulo y le dijo que lo llevara hasta alguna zona comercial
de Londres. Stan asintió, feliz de tener a Harry Potter de nuevo en su autobús, y le
dijo al conductor que fueran a Londres como siguiente parada.

Si bien a Harry no le gustaba mucho viajar por ese medio no tenía otra opción, así
que viajó, conteniendo las náuseas y agradecido de no haber desayunado. Sabía,
también, que ir solo a Londres supondría un gran peligro pero, ¿qué más daba?
Dumbledore no tendría el maldito control de su jodida vida.
Observó algunas tiendas pensando en comprar algo para Ron o Hermione, cuando
su estómago gruñó inesperadamente. Comenzó a caminar sin rumbo, buscando
algún lugar para comer algo —después de todo, eran casi las once y seguía sin
desayunar— cuando un café bastante apagado y solitario llamó su atención. La
gente pasaba sin verlo, pero había gente en su interior, y podía ver justamente a
una extraña pareja sentada junto a una de las grandes ventanas.

Pensando que pasaría desapercibido entró al café. El nombre que se marcaba en el


anuncio era "Factótum" y si bien Harry desconocía la palabra, el ambiente bohemio
y ciertamente oscuro que envolvía el lugar lo dejaba mal parado con su camiseta
roja con un león y sus pantalones jeans. Estaba a punto de darse la vuelta cuando
lo vio. Era imposible no reconocerlo.

Estaba sentado en una esquina lejos de las ventanas, bajo una lámpara, y si de
pronto no hubiera visto hacia allí seguramente se habría marchado sin verlo. Pero
allí estaba. Tenía un libro en sus manos, un libro de tapas de cuero oscuro y hojas
amarillentas, y leía con verdadero interés en sus ojos oscuros. Harry se planteó
verdaderamente marcharse de allí por estar teniendo alucinaciones, pero de pronto
Voldemort en una forma que Harry nunca había visto, con cabello, ojos oscuros,
piel clara y rasgos altivos, atractivos, alzó la vista y le sonrió.

Su cicatriz ardió, pero no hizo nada. No hubo un dolor desesperado y desgarrador


como cuando lo había observado con furia; no, nada se comparaba a aquel dolor,
pero ese ardor había sido como… como un reconocimiento.

Sin saber qué hacer fue hasta su mesa. Había otra silla más allí, y Harry tomó
asiento, incapaz de creer sus propios movimientos.

Lord Voldemort, con rostro humano, cabello ondulado hasta el cuello y profundos
ojos oscuros, le sonrió.

—Harry.

La voz era nueva, una voz grave que Harry no había oído nunca antes. El chico
endureció la mandíbula.

—Voldemort.

Dijo la palabra con todo el odio que podía poner en la voz. Qué situación irreal,
estar allí con Voldemort, sentados en la mesa de un café, vestidos con ropas
muggles —aunque las de Voldemort eran de mucha mejor calidad y mucha más
clase que las suyas—. Lo que lo extrañaba era que Voldemort aparentaba no más
de veinticinco años, y toda la juventud en su rostro lo amilanaba.

—Harry, muchacho —resopló él, cerrando el libro luego de dejar una marcador en
sus páginas—, no hace falta tanto rencor. Estoy aquí para hablar contigo.

—Hasta que llame a los Aurores.

Voldemort rió.

—No, no harías eso.

—Sí lo haría.
—He dicho que no —su voz no dejaba réplica. Harry trabó los dientes al sentir un
acceso de dolor en la cicatriz—. Ah, pequeño Harry. Lamento mucho tu cicatriz. No
sólo es tu mayor dolor, si no, mi mayor error. Pero, de otra manera…

—¿Por qué estás aquí? —lo cortó Harry, incapaz de creer la situación irreal. Tal vez,
si la situación se seguía poniendo más bizarra, despertaría en su cama en el
número 4 de Privet Drive, tan cerca del cumpleaños de Dudley como para que sus
tíos se preocuparan por ver si seguía vivo, cosa que en casos y días normales
tampoco hacían.

—Para hablar contigo —suspiró, relajándose contra la silla. Tenía debajo de la


manga de la camisa verde oscuro su varita. La extrajo un poco y murmuró un
hechizo que Harry no llegó a oír, y un zumbido sordo los envolvió—. De esta
manera no tendremos oídos oyendo lo que no deben.

Parecía orgulloso de sí mismo. Harry sintió asco.

—¿Por qué querías hablar conmigo? Es decir, no digo que hablar sea una manera
diferente de comunicarnos, después de que intentaste matarme tantas veces… —las
palabras le salían ácidas. Voldemort rió entre dientes.

—Sabía que tenías un genio que apreciar, Harry. Pero no me había dado cuenta de
él hasta este momento —comentó, con una sonrisa burlona en su repentinamente
embellecido rostro—. Quería llegar a… un acuerdo.

—¿Acuerdo? —Harry alzó una ceja. Voldemort asintió con la cabeza.

—Sí, a un acuerdo —se detuvo unos instantes suspirando trágicamente—. Como


has visto, mis intentos por matarte han sido fallidos. Y si bien podría matarte justo
ahora… no lo haré.

—Vaya, me siento honrado por tu consideración.

—Silencio —Voldemort lo fulminó con una mirada feroz—. ¿Quieres saber por qué?

—¿Es necesario? —resopló Harry—. ¿Debo fingir interés, o puedo pedir un café…?
Muero de hambre.

Voldemort parecía sorprendido, pero rió entre dientes.

—Toma —le alcanzó un plato con unos croissants y un café a medio beber que
estaba en frente suyo—. No lo he envenenado.

—Bebe primero y lo comprobaré.

Voldemort rodó los ojos oscuros, pero le dio un sorbo al café y, cuando tragó, un
mordisco al croissant. Esperó unos instantes para demostrarle que no había
envenenado nada y Harry lo aceptó con una expresión reticente. Le dio un sorbo al
café caliente que estaba particularmente dulce y una mordida al croissant que
Voldemort había mordido. Sí, definitivamente, no podría ponerse más irreal su
sueño.

—Mientras comes, yo hablo —ofreció Voldemort. Harry se encogió de hombros y


siguió comiendo—. Bien. Quería llegar a un acuerdo contigo porque ya estoy harto
de… ¿cómo oí decir a uno de mis mortífagos? —cambió su expresión a una
pensativa y dijo, imitando a la perfección una voz que sólo podría ser la de Lucius
Malfoy—. "No es por insultar al Señor Oscuro, Bella, pero… ¿no ha estado actuando
como un idiota desde que Potter le venció en el cementerio?" —su expresión
cambió a enfado unos instantes. Harry le fulminó con la mirada al sentir una
punzada en su cicatriz—. Vale. Me tranquilizo —tomó aire y lo soltó lentamente—.
Bella le crució por eso, claro está. Pero he quedado como un idiota, e incluso mis
Mortífagos lo saben. Así que he decidido ponerte las cosas más fáciles para que
tomes una segunda opción.

Harry terminó de tragar y preguntó.

—¿Segunda opción?

—Sí, ya sabes —Voldemort hizo un ademán con la mano—. Otra opción a seguir el
camino que estás siguiendo. Porque… llegó a mis oídos que estás desconfiando de
Dumbledore.

Harry se echó hacia atrás. Sólo una persona lo sabía, solamente a él se lo había
dicho ese verano, y Sirius jamás sería capaz de…

—Oh, no —repuso Voldemort, antes de que Harry sacara conclusiones apresuradas


—. Tu padrino no me ha dicho nada, no sería capaz. El elfo de la casa Black ha
avisado a Bella lo que ha oído dentro de esas paredes. Y han sido cosas… que no
puedo quejarme por saber.

Harry enrojeció rápidamente y desvió la mirada. Su mayor secreto y su peor


enemigo lo sabía. Era demasiado.

—¿Qué sería esa otra opción? —preguntó Harry, desesperado por cambiar de tema.
Si Kreacher había hablado de eso, ¿de qué otras cosas más habría hablado?
¿Estaría enterado de…?

—Quién lo diría, Harry Potter interesado en otra opción además de Dumbledore —


suspiró Voldemort, con un atisbo de decepción—. Creí que sería difícil convencerte
y ya traía un gran discurso haciendo referencia a la mente abierta y ese tipo de
cosas que tú debes conocer bien, ¿no? —provocó. Harry ignoró la provocación con
una mirada desviada hacia cualquier parte—. Pero, déjame contarte.

Harry esperó. Voldemort tomó aire, posiblemente preparado para dar un gran
discurso, y comenzó:

—Me he presentado ante el Ministerio en busca de una profecía. Porque


seguramente sabrás de qué habla esa profecía, ¿no? —Harry había oído sobre la
profecía, así que asintió con la cabeza. Dumbledore le había contado todo, lo que
había acrecentado el sentimiento de Harry de ser usado como arma por ambos
bandos—. Y he dejado en claro que había regresado ante el mismísimo Ministro de
la Magia, de esa forma El Profeta te dejaría en paz con esos rumores sobre tu
locura… por un tiempo —su sonrisa se volvió burlona por unos instantes, y continuó
—. Después de oír la profecía tomé una decisión. Tú no me atacarás si yo no lo
hago, porque lo que has buscado todo este tiempo ha sido defenderte y defender a
todos los que aprecias, lo tengo por seguro. Así que llegué a una silenciosa
decisión… —parecía querer sumarle suspenso y que Harry hablara. Harry no lo hizo,
y Voldemort continuó de mala gana—. Intentaré ser tu aliado, no tu enemigo.
La carcajada que se le escapó a Harry fue auténtica y, si bien no llamó la atención
del café, sí lo hizo de Voldemort que le observó impaciente, con una ceja alzada.

—¡Estás bromeando! —soltó Harry, luego de unos instantes—. Bromeas, ¿verdad? Y


ni siquiera bromeas, porque esto es un jodido sueño, y tú realmente no estás aquí
diciéndome que quieres ser mi aliado porque…

Un dolor punzante le dio en la cicatriz, consiguiendo que se inclinara en su silla y


callando sus risas. Voldemort le miraba, furioso.

—Niño malcriado —siseó—. ¿Cómo osas burlarte de mis intentos de…?

—¿Cómo quieres que no esté malcriado? —gruñó Harry, incorporándose—. ¡Tú


mataste a mis padres!

Voldemort cerró los labios y guardó silencio unos instantes. Harry casi deliró.

—Verdaderamente, mereces una disculpa por eso —suspiró Voldemort—. Ellos no


tenían la culpa de una maldita profecía… tú tampoco.

—¿Te estás disculpando? —Harry alzó ambas cejas, inclinándose ligeramente hacia
su enemigo mortal—. Porque eso no parece una disculpa.

El hombre frente a él guardó silencio una vez más. Finalmente, con un siseo que a
Harry le sonó forzado, dijo.

—Lamentomuchohabermatadoatuspadres.

Y lo dijo en pársel, tan rápido que Harry no podía asegurarse de haberlo oído. Casi
rió. ¿Sería que Voldemort hablaba en pársel cuando se encontraba nervioso o
cargado de tensión? Pero no se atrevió a reír, porque pequeñas punzadas
comenzaban a golpearle la cicatriz y tuvo que decir:

—Acepto tus disculpas.

Voldemort sonrió, punzadas de dolor olvidadas.

—Entonces, ¿qué piensas?

—Me queda claro tu razón, pero, ¿por qué? —Voldemort alzó una ceja ante la
pregunta de Harry, así que él se explicó—. ¿Por qué crees que así como si nada iré
tras tus mortífagos y tu trasero como uno de ellos, y dejaré completamente mi
lealtad a Dumbledore?

—No espero que seas uno de mis mortífagos —se quejó Voldemort, como si Harry
no hubiera comprendido absolutamente nada—. Para nada. Simplemente… creo que
debemos poner una tregua en marcha. Libre de ataques. Yo y mis mortífagos…

—"Mis mortífagos y yo" —corrigió Harry. Recibió una punzada en la cicatriz de


respuesta.

—Mis mortífagos y yo —repitió Voldemort— no atacaremos a tus amigos, si tú y tus


amigos no nos atacáis primero.
—Tengo una larga lista de amigos —provocó Harry. Voldemort suspiró.

—Estoy dispuesto a considerarla.

—¿Incluso a los nacidos de muggles?

Voldemort tenía cara de estar metiéndose en un agujero sin fondo.

—Incluso a ellos. Pero —Harry frunció el ceño. Siempre tenía que haber un
"pero"—, si me veo obligado a atacarlos, como aquella vez en el Ministerio, lo haré.
No puedo dejar correr la voz de que Voldemort se ha vuelto blando.

—Y yo no puedo dejar correr la voz de que me he pasado al "lado gris".

—¿"Lado gris"? —Voldemort se veía divertido—. ¿Y eso se supone que es…?

—Mi propio lado —dijo Harry—. Sin las manipulaciones de Dumbledore, sin ti como
enemigo. Lo venía planeando hace tiempo, pero supongo que ahora es la primera
vez que lo formulo en voz alta.

—Comprendo —Voldemort asintió con la cabeza—. Entonces, ¿tregua?

—No —lo interrumpió Harry—. Necesito una prueba de que se cumplirá. No puedo
permitirme confiar y darme cuenta de que todo era una farsa.

—Muy Slytherin de tu parte, Harry —casi halagó Voldemort—. Bien. Haré un


juramento de magia —alzó la mano derecha en el aire y se llevó la izquierda al
corazón—. Yo, Tom Marvolo Riddle, conocido como Lord Voldemort o El Señor
Tenebroso, el Mejor Mago de Todos los Tiempos —Harry bufó ante esa parte— juro
cumplir mi palabra de no herir a los amigos y estimados de Harry Potter si ellos no
me buscan a mí y a mis mortífagos para herirnos primero.

Luego le extendió la mano. Harry la tocó y sintió como si una ola de calor le
recorriera desde la punta de los dedos hasta el corazón. Se llevó la mano al pecho,
abrumado por el calor, y Voldemort hizo lo mismo. Ambos habían tenido esa cálida
y extraña sensación que se suponía debía ser fría cuando sus manos se
estrecharan.

—Aún no estamos en tregua —dijo Harry, en voz baja, ocurriéndosele de pronto


algo—. Tengo una condición.

Los ojos de Voldemort refulgieron con un brillo casi maníaco.

—¿Cuál será esa oh gran condición?

—Guarda el sarcasmo. Te gustará la tarea. Verás…

Harry no le contó por qué. No se lo había contado a Sirius, tampoco se lo contaría


al mismísimo Lord Voldemort. Sólo le contó lo que tenía planeado hacer, pero que
no tenía manera de hacerlo sin ayuda y, ¿a quién se la pediría? Voldemort pareció
casi satisfecho al ver el progreso criminal de su nuevo aliado, y propuso una idea
para condimentar la venganza, porque algo como aquello no podía ser más que una
cruel y retorcida venganza.
—Bueno, hasta que no hagas eso, nuestra tregua no será oficial —concedió Harry
—. Hasta ese entonces… Tom.

Voldemort le miró horrorizado.

—No me llames así, maldito mocoso.

—Pues sólo por eso te llamaré así siempre que pueda —se burló Harry y se marchó
del café sonriendo, pero sintiendo un ardor molesto en la cicatriz.

3. Cylean Rousseau.

A mediados de agosto una gran parte de la Orden del Fénix fue a buscar a Harry al
número 4 de Privet Drive. Claramente, no hubo forma esta vez de que los Dursley
salieran de casa, por lo que se encontraron a algunos brujos e incluso a un hombre
lobo en su cocina por primera vez sin protestar ni decir nada al respecto. Tonks
incluso se veía afectada por el deceso del muchacho, tiñendo su cabello de negro
en el momento en que vio tanto luto por la casa. Habían pasado dos semanas de la
muerte de Dudley y aún seguían andando en la casa con susurros, comiendo casi
nada y dejándose hundir por la pena. Harry no sabía si soportaría otro verano con
ese nivel de aburrimiento y dolor, ya bastante tenía él con el suyo propio.

Tomaron un traslador que Dumbledore había hecho hasta el parque que estaba en
la esquina de Grimmauld Place y fueron al número 12 con aparente tranquilidad.
Moody constantemente chequeaba a Harry, que no parecía para nada afectado con
la muerte de su primo, pero no decía nada.

Sirius le recibió en la cocina con un abrazo enorme, de esos que te quitan el


aliento. Harry se sintió feliz por primera vez en dos semanas, feliz de verdad, sin
sentimientos de extraña culpa que nublen su mente impidiéndole evitar reír en paz.

—Y aquí está mi ahijado —dijo, señalándole a un hombre que estaba en la cocina


del sótano. Harry se sorprendió al verlo porque no lo conocía de nada, y
ciertamente le recordaba a Bill Weasley: cabello largo, colmillo en el lóbulo de la
oreja, pero unos cuantos aretes colgando del cartílago de su otra oreja y ropas
muggles, negras y gastadas. Sus uñas, cortas, también estaban pintadas de negro.
En vez de cabello pelirrojo era rubio oscuro, y se lo pasó detrás de la oreja antes de
saludar a Harry con una mano entusiasta y de apretón fuerte.

—¡Harry Potter! —dijo, con un ligerísimo acento francés—. Es un honor conocerte,


al fin. Tu padrino lleva hablando de ti desde que llegué, y de eso hace ya tres días.

Harry fulminó a Sirius con la mirada. El hombre alzó ambas manos y sonrió.

—Culpable —dijo, sin quitar la sonrisa—. Harry, déjame presentarte: él es Cylean


Rousseau y es un nuevo miembro de la Orden. Además, será tu nuevo profesor de
Defensa.

Cylean le dio un ligero empujón de broma a Sirius.

—Arruinador de sorpresas.
—Toda mi vida —Sirius hizo una ligera reverencia, sonriendo burlonamente—.
Cylean estaba esperando conocerte. Se ha quedado estos tres días porque quería
conocer a Harry Potter y no tenía idea de cuando Dumbledore había enviado a
buscarte. Aunque claro, yo tampoco tenía mucha idea, así que le he dejado.

—Y ha valido la pena, eso sí que sí —Cylean arrastró a Harry a una de las sillas de
la mesa—. Cuéntamelo todo, Harry. Nunca he creído lo sucedido el año pasado tal
como lo narra El Profeta. Tú debes ser el único que sabe por completo la verdad.
Cuéntame, ¿qué sucedió?

Harry enrojeció unos instantes.

—El año pasado fue una dictadura en Hogwarts —comenzó a contar—. Umbrigde se
hacía con el poder. Ponía decretos estúpidos y nos prohibía hacer magia de verdad,
todo porque el Ministerio no creía que Voldemort —Cylean se sobresaltó
ligeramente al oír el nombre salir tan aireadamente de sus labios— había
regresado. Era una locura: se hacía llamar la Suma Inquisidora y castigaba a todos
los que no la obedecían —le mostró la mano con la cicatriz que tenía "no debo decir
mentiras" grabado en su piel—. Así como este había muchos más. A nadie le
gustaba quedar de castigo con Umbrigde. Entonces, atacaron al Sr. Weasley… —se
detuvo—. Asumo que esa parte ya se la han contado, ¿no?

Cylean asintió, luego negó.

—Oh, Merlín, no importa. Tú cuéntame —casi exigió. Harry rió. Le recordaba a Colin
Creevey en su primer año, aunque sin cámara fotográfica.

—Voldemort atacó al Sr. Weasley usando a su serpiente en el Ministerio. Fue un


caos. Finalmente, hubo un atentado al Ministerio, y Voldemort se apareció en el
Departamento de Misterios con un grupo de Mortífagos que acababan con
cualquiera que se cruzaba en su camino. Al mismo tiempo un grupo menor de
Mortífagos entró a Hogwarts por el Bosque Prohibido generando distracciones. Se
desató una batalla terrible de la que lo único bueno que sacamos es que a
Umbrigde se la llevaron los centauros, y que el Ministro vio con sus propios ojos a
Voldemort, dándonos la razón a Dumbledore y a mí.

—Nunca me canso de oír esa historia —suspiró feliz Sirius, que se había sentado
detrás de Harry, y apoyó la barbilla en el hombro de su ahijado—. ¿Qué? —dijo,
ante la mirada casi estupefacta que le daba Cylean—. Es una buena historia.
Además Umbrigde era una perra.

—Es —remarcó Harry—. No murió. Está en Azkabán por cargos de tortura a


menores de edad y discriminación.

—Es increíble —jadeó Cylean, maravillado—. ¡Merlín, Harry Potter acaba de


contarme una de sus aventuras! Esto es increíble.

Tenía una voz extraña, delicada de cierta forma, y más aún cuando hablaba
emocionado.

—Tampoco es para tanto —repuso Harry, desviando la mirada.

—Las grandes hazañas de uno no son bien apreciadas por esa misma visión —dijo
de pronto la voz sabia de Dumbledore desde la puerta de la cocina. El anciano
profesor se encontraba allí, y los ojos de Cylean brillaron con el reconocimiento—.
Señor Rousseau, es emocionante que un profesor se encuentre tan impresionado
con las hazañas de un alumno.

Las mejillas pálidas de Cylean tomaron un color rosado.

—Oh… si… yo… —balbuceó, sin saber qué decir. Sirius rió contra el hombro de
Harry haciéndole vibrar y Harry se lo apartó, molesto—. Lo siento, señor.

—No tiene que disculparse —Dumbledore le quitó importancia con una sonrisa—.
Incluso grandes personas pueden dejarse impresionar por las pequeñas y grandes
cosas que le impone la vida.

Harry se contuvo de rodar los ojos. Dumbledore parecía tener un repertorio de


frases para toda ocasión. ¿Es que acaso las anotaba para recordarlas y decirlas en
el momento adecuado?

—Harry, muchacho —Dumbledore se inclinó hacia él—. ¿Te importaría venir


conmigo un momento?

—Claro que no, profesor —Harry se levantó y le dirigió una sonrisa a Sirius y a
Cylean—. Regreso enseguida.

Sirius le alzó los pulgares. Cylean sonrió, ligeramente avergonzado por su


desplante anterior.

Harry siguió a Dumbledore hasta una de las habitaciones de la primera planta. Las
paredes vacías pero limpias demostraban que se habían quitado cuadros
recientemente.

—Harry —Dumbledore le sonrió bonachonamente, como si fuera un ancianito


adorable, y Harry sabía que él no lo era—. ¿Quieres sentarte?

Había un sofá en un rincón pero Harry negó, y no porque el sofá estuviera cubierto
de polvo.

—Prefiero estar parado, gracias.

Dumbledore sonrió.

—Me he enterado de lo sucedido con tu primo, Harry —su voz sonaba agravada por
la pena—. Es algo que lamento mucho. Era una vida muy joven para dejar este
mundo.

Harry se mordió la lengua, dejó que Dumbledore continuara.

—Y después de todo, comprendería si no quisieras volver a esa casa, pero tus tíos
necesitan de ti por lo menos por otro año más… tú necesitas de ellos.

Harry se siguió mordiendo la lengua tan fuerte que creyó que se iba a hacer
sangre.

—Lo sé —dijo, luego de unos segundos, y alzó la vista. Dumbledore le miraba con
aquellos ojos azules serenos, y Harry se dijo que habría falta mucho para que el
anciano desconfiara de él—. ¿Cómo te sientes respecto a eso, Harry?
—Dudley… mi primo… —Harry agachó la mirada. No podía mentirle mirándolo a los
ojos, de verdad que no podía—. No era una gran persona, pero no merecía morir.

Mentira, gritó una voz en su cabeza. Harry cerró los ojos, acallando la voz.

—Nadie merece la muerte si no quiere ir por ella.

Y ahí estaba otra frase. Harry se obligó a dibujar una sonrisa triste.

—Me gustaría estar con mi padrino si no le importa, profesor.

—¡Oh! Lo entiendo perfectamente, Harry. Mis disculpas —Dumbledore le señaló a la


puerta y Harry avanzó hasta ella, aunque Dumbledore le detuvo—. Aunque no era
exactamente eso lo que quería hablar contigo.

Harry se volteó a verlo.

—¿Sí, profesor?

—El profesor Rousseau será su nuevo profesor de Defensa este año. Y le he pedido
que te de clases de Oclumancia.

Harry alzó ambas cejas, ciertamente sorprendido.

—Pero el profesor Rousseau…

—Sé lo que parece, Harry —Dumbledore sonrió ligeramente—. Pero es un buen


profesor. Apenas terminar Beauxbatons fue contratado allí como profesor de
Defensa contra la Magia Oscura, pero decidió dejarlo después de un par de años
para recorrer el mundo… aunque se ha mantenido mayormente en Europa. Pero,
¿quién soy yo para contar la historia de un hombre sin saber si él quiere contarla?
—sonrió como si se hubiera percatado de que estaba haciendo algo mal, y le volvió
a señalar la puerta—. Era eso, Harry. Ve. Seguramente el profesor Rousseau tiene
muchas preguntas que hacerte.

Con esto le guiñó el ojo y salió.

Harry estaba ciertamente confundido. No decía que el profesor Rousseau fuera un


chiste de profesor porque claro, se llevaba bien con Sirius, pero tampoco parecía
alguien muy serio. Harry rió por el juego de palabras mientras iba sigilosamente a
la cocina.

Cylean y Sirius estaban allí, tonteando como dos críos. Harry se dio cuenta de que
el hombre no podría tener más de treinta años, o tal vez menos, pero no estaba
juzgándolo sin conocerlo… simplemente creía que era extraño que un completo
desconocido fuera a dar clases a Hogwarts. Al fin y al cabo, había tenido malas
experiencias con profesores de Defensa, nadie lo culpaba por juzgar.

—Harry —Sirius lo llamó—. Cylean estaba diciéndome que sabe cocinar. ¿Quieres
aprender? Ya que será tu profesor…

—Ya sé cocinar bastante bien, Sirius —Harry le dirigió una sonrisa cargada de
veneno a la burla de su padrino—. Gracias.
Cylean tenía la mirada gacha, estaba como avergonzado. Pero Sirius empujó
ligeramente al hombre y ambos se pusieron a cocinar, Cylean explicándole a Sirius
cómo cortar las cebollas o cómo quebrar correctamente los huevos. Harry suspiró.
Era mucho pedir que Sirius aprendiera a cocinar viviendo solo; es más, era
pedir demasiado. Pero después de todo, era Sirius, así que sabía que no podía
contar con mucha madurez de su parte… la mayor parte del tiempo.

Harry les vio cocinar tortillas de patatas y cebollas con una sonrisa en el rostro. Ver
a su padrino aprender algo y tomárselo con seriedad era algo nuevo. Allí,
cabeceando, no se dio cuenta de que se había dormido hasta que Sirius le despertó
un tiempo más tarde.

—Vamos, Harry, arriba —lo sacudió ligeramente—. Ya está la comida.

Dumbledore se había ido, se sorprendió Harry, y sólo estaban Tonks y Remus para
comer. Remus lucía más deshecho que nunca, con más canas que el año anterior,
pero con una sonrisa de dicha que competía con la de Tonks, que les informó que
estaban saliendo.

—¿En serio? —Harry estaba emocionado—. Eso es genial.

—Sí, sí —Sirius acuchilló con demasiada fuerza su tortilla—. Genial.

—Vamos, Sirius —Harry le pateó por debajo de la mesa—. Muestra tu alegría.

Sirius forzó una sonrisa. Remus sonrió.

—¿Celoso, Sirius? —bromeó Tonks, y Sirius le sacó la lengua.

—No, es que, ¡joder! —apretó con demasiada fuerza el tenedor, que saltó de entre
sus dedos partido en dos—. Todos encuentran pareja menos yo.

—Yo estoy soltero —dijo Harry. Sirius bufó.

—Tú tienes dieciséis años.

—Yo estoy soltero —repitió Cylean, al terminar de tragar—. Y tengo treinta.

—¡Vaya! —Tonks lucía impresionada—. Luces más joven.

Cylean se sonrojó ligeramente.

—Gracias.

Harry sonrió, sintiéndose cómodo con el ambiente en la casa. La noche pasó rápida,
entre comentarios, charlas informares y risas. Remus y Tonks se fueron casi a las
once.

—Pues, yo debo irme —suspiró el profesor Rousseau, mientras Sirius lavaba los
platos.

—Vamos, vete —dijo Sirius. Cylean agachó los hombros y caminó hasta la puerta,
de la cual al pasar asomó la cabeza.
—Me iré.

—Hazlo —siguió Sirius. Harry los miraba divertido.

—Me iré a mi departamento solitario y vacío. No tendré nada que hacer… me


aburriré y me despertaré a cualquier hora…

—Pues adiós —siguió Sirius, sonriendo. Harry no se contuvo y soltó una carcajada.

—Sirius, creo que el profesor Rousseau quiere quedarse.

Sirius se volteó a verlo. Había súplica en los ojos de Rousseau.

—Sí, puede ser —dijo Sirius, encogiéndose de hombros—. ¿Qué más da? Que se
quede.

Rousseau volvió a entrar en la cocina con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Genial! Gracias.

Harry rió. Era genial.

Harry durmió en la habitación que solía compartir con Ron, esta vez solo. Ya quería
ver a su amigo. Seguro la señora Weasley le dejaba ir al número 12 cuando supiera
que Harry estaba allí… por lo que tenía que escribir una carta rápidamente.

Era de mañana cuando envió la carta. Apenas se coloreaba el alba y Hedwig ya


volaba rumbo a La Madriguera. Tal vez, si al volver le enviaba una carta a
Hermione, ella aceptara ir también y pasarían el resto de las vacaciones juntos…

—¿Harry? —Harry se sobresaltó y se volteó. El profesor Rousseau llevaba


nuevamente ropas muggles, pantalones desgastados y camiseta con una boca de
lengua roja—. ¿Podemos hablar?

Harry asintió.

—Claro.

—Bien, porque tenía algo que confiarte. ¿Podemos ir a un lugar más… privado?

Harry se encogió de hombros.

—Creo que la biblioteca estaba por aquí.

Fueron a la biblioteca y Harry cerró detrás del profesor y de él. Él le sonrió.

—Primero que nada, buenos días —tenía una sonrisa extraña, una sonrisa que a
Harry le resultaba familiar, pero no tanto—. ¿Crees que podrías guardarme un
secreto?

—Depende —evadió Harry. El profesor se mordió el labio.

—Vaya, no esperaba esa respuesta. ¿Depende de qué?


—De si me conviene guardarlo o no.

La sonrisa de Cylean Rousseau se amplió.

—Muy Slytherin de tu parte, Harry.

Harry retrocedió, con los ojos bien abiertos.

—Esto es una broma. Joder…

Pero no lo era. Cylean Rousseau, en frente de él, ya no era Cylean Rousseau.


Seguía siendo alto y delgado y vistiendo esas ropas muggles desarregladas, pero
no era rubio, ni tenía ojos azules, ni aretes en las orejas. Ahora tenía el cabello
negro, los ojos oscuros y el rostro anguloso.

—Tom —siseó Harry, sin creerlo. Tom Riddle le sonrió.

—Te he dicho que no me llamaras así, Harry —suspiró él—. Pero, podría
acostumbrarme a que me llames así en privado, y profesor Rousseau, o Cylean, en
público.

Harry se maldijo. Joder. Debía haber hablado antes. Pero ya era tarde, y su lado
gris se burlaba de él, de su credulidad, de su inocencia.

—Tranquilo, Harry —Tom se acercó a él, sonriendo de lado—, no planeo herir a


nadie. ¿Sabes? Siempre quise dar clases en Hogwarts. Es como un hogar para mí.
Por eso aproveché esta oportunidad para volver… será genial, te lo prometo.

Harry no sabía la definición de Voldemort para genial, pero esperaba que no fuera
torturar un par de chicos cuando le dieran malas respuestas.

—Eso es una locura —siseó Harry—. Dumbledore se dará cuenta, te atrapará y…

—Oh, Harry, qué poco me conoces —Tom se recargó contra un librero, luciendo
muy despreocupado—. He estado estos últimos tres días bajo la atenta vigilancia
del viejo. Y, ¿tú creerías que el Cylean Rousseau que conociste sería Lord
Voldemort?

—Sinceramente, no —Harry hizo una mueca. Había sido un crédulo.

—Dumbledore tampoco lo cree, y Sirius… él tampoco.

—Oh, diablos —Harry suspiró—. ¿Seguirás con esto hasta el final?

—Por supuesto —Tom le dedicó una sonrisa amplia—. Hasta el final.

4. Secretos compartidos.

—¡Harry!

Harry abrió los ojos. Una borrosa mata de cabello castaño estaba frente a sus ojos.
El chico soltó un gruñido y se dio la media vuelta, enterrando la cara en la
almohada. Su amiga lo sacudió nuevamente.
—Vamos, Harry, arriba. ¡Buenos días!

—Oh, Hermione, ¡gracias por despertarme! —gruñó Harry, buscando en la mesa de


luz y poniéndose sus lentes—. ¡Son las… seis de la mañana!

Hermione rió.

—Ron está en la cocina con Ginny, Fred y George. La señora Weasley ya casi tiene
hecho el desayuno.

—Bueno, al menos habrá algo para desayunar —se lo pensó unos instantes y se
incorporó en la cama—. ¿Dónde se quedarán los gemelos? La habitación que ellos
ocupaban está ocupada.

Su amiga alzó una ceja.

—¿Ocupada? ¿Quién se está quedando?

A Harry se le saltó una sonrisa.

—El profesor Cylean Rousseau.

La palabra "profesor" fue casi mágica. Hermione se veía intrigada y maravillada por
partes iguales.

—¿Profesor?

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—Sí. Este año nos dará clases de Defensa.

Hermione cambió su expresión a una de sospecha.

—¿Cómo es?

Harry, con una sonrisa casi burlona, se encogió de hombros.

—Simpático. Se lleva bien con Sirius… Puede que sea buen profesor.

Su amiga sonrió cálidamente.

—Será mejor que Umbridge.

—Cualquiera será mejor que Umbridge. Incluso Lockhart.

Hermione rió, con un ligero rubor en las mejillas. Mucho tiempo había pasado desde
que se había sentido ilusionada con Lockhart, lo suficiente para hacerla sentir ligera
vergüenza de la niña que había sido.

—Me gustaría conocerlo.

—Iré a despertarlo. Tú ve a avisarle a la señora Weasley que ya bajo.


Hermione abrazó a su amigo antes de salir. Harry fue al baño a arreglarse, se
cambió y fue directo a la habitación de "Cylean".

Tom, bajo la forma física de Cylean, tenía los ojos cerrados y el rostro se crispó
levemente ante la luz que se derramaba cuando abrió la puerta. A Harry se le
dibujó, de forma involuntaria, una sonrisa en el rostro. Se acercó y cerró la puerta
detrás de él.

Había oscuridad en la habitación, pero Harry ya sabía dónde se encontraba Tom. Se


acercó a él y comenzó a sacudir su hombro. Hubo un quejido y luego un Lumos en
voz adormilada. Tom tenía los ojos azules lagañosos y la raya de la almohada
cruzándole la mejilla.

—Tom —cuchicheó Harry—. Arriba.

—¿Qué es esto? —gruñó el Señor Tenebroso, luciendo ciertamente patético—. ¿Un


nuevo tipo de tortura porque te obligué a hacer tus deberes ayer?

El día anterior, Harry, bajo la atenta mirada y ayuda mínima de su nuevo profesor,
había terminado las redacciones de Transformaciones, Encantamientos y
Herbología, además de investigado algunas cosas de Historia de la Magia que debía
de hacer mismo ese día.

—La señora Weasley, los gemelos, Ginny, Ron y Hermione están aquí —le informó
Harry—. Se supone que nos están esperando para desayunar.

Tom hundió la cara en la almohada, repitiendo el movimiento que Harry había


hecho, y murmuró algo muy parecido a "malditos bastardos, todos".

—Una sangresucia y un grupo de traidores a la sangre —se quejó Tom—. Es mi día


de suerte.

—Calla, que son mis amigos —resopló Harry—. Compórtate.

Tom le miró ceñudo y le enseñó el dedo corazón. Harry soltó una carcajada. Era
extraño verlo con esa mirada furiosa en ese rostro tan… simpático.

—Ya, ya —Tom sacudió su varita y las velas en la pared se encendieron, iluminando


la habitación—. En diez minutos bajo. Debo arreglarme y mentalizarme para esto.

—¿Tan grave es? —Harry fingió una expresión afligida—. Oh, lo siendo tanto.,

Tom le dio un manotazo en broma.

—Cállate, so idiota.

Harry rió mientras iba a la puerta.

—Eso serás tú.

Tom le lanzó una almohada que Harry esquivó mientras salía rumbo al pasillo,
soltando risitas entre dientes. Se mantuvo en silencio mientras bajaba a la cocina.
El aroma a té y chocolate caliente llenaba las escaleras rumbo a la cocina.
—¡Ustedes dos! —farfullaba la señora Weasley, tan alto que se le oía desde las
escaleras—. No sé qué sea lo que están planeando, pero…

—¿Nosotros-

—… planeando algo?

—Bromeas, mamá.

—George, mamá nunca bromea —la voz de Ginny se hizo clara entre los gemelos
mientras Harry entraba en la cocina—. Así que será mejor que… ¡Harry!

Los gemelos y la señora Weasley se voltearon. Ginny lo envolvió en un apretado


abrazo y los gemelos le palmearon la espalda.

—Es realmente agradable-

—… verte aquí-

—… sano y salvo-

—… y entusiasmado con nuestros nuevos proyectos.

—No lo ocultes, Harry.

—Estás deseando saber qué hay de nuevo en Sortilegios Weasley.

La señora Weasley soltó un gruñido y se abrió paso entre sus hijos para abrazar a
Harry.

—Harry, querido, ¿cómo estás? ¿Cómo te sientes?

—Muy bien, señora Weasley. Gracias por preguntar.

—El desayuno ya está hecho. Dumbledore me ha dicho que tenéis visita, así que he
hecho algo para él también… —aunque no parecía muy contenta por el hecho que
tuvieran visita. Era como si algo no terminara de agradarle.

—¿Visita? —Ginny lucía curiosa. Harry se encogió de hombros y fue a la mesa


donde ya tenía servida una taza de té y unas tostadas, además de salchichas y
huevos revueltos. Harry se sorprendió por el hambre que sentía al oler la comida;
normalmente no sentía hambre hasta más tarde. Ron, con la boca llena, lo saludó
desde el otro lado de la mesa.

—«Hofa» Harry —saludó Ron, masticando—. Es un gusto volver a «vefte».

—¿Y el profesor, Harry? —preguntó Hermione después de un trago de té—. Creí


que bajaría contigo.

—Quería arreglarse un poco antes —Harry se encogió de hombros y atacó su


porción de huevos—. Vaya, señora Weasley, cada vez cocina mejor.

La señora Weasley enrojeció levemente.


—Gracias, Harry, querido.

—¿Dónde está Sirius? —preguntó Harry luego de medio desayuno sin ver a su
padrino por ninguna parte.

—Durmiendo, según creo —la señora Weasley tenía una expresión ciertamente
molesta en el rostro, como si estuviera obligada a hacer algo desagradable. Harry
decidió no preguntar.

—Si lo despertábamos ahora, seguramente nos hechizaría —se rió Ginny.

Hermione rodó los ojos.

—Sirius no sería capaz de algo como eso.

—No, claro —Fred sonrió enigmáticamente—. Haría algo peor, como maldecirnos.

—Genial esa, George —dijo George. Fred le guiñó el ojo.

—Gracias, Fred.

La señora Weasley soltó un dramático suspiro. Segundos después la puerta de la


cocina se abrió. Todos se voltearon a ver al profesor Rousseau que, con el largo
cabello rubio atado en la nuca, los aretes y la expresión de acabar de salir de la
cama, parecía más joven que nunca.

—Um… buenos días a todos —saludó, tanteando el terreno. La mirada que Molly
Weasley le lanzaba era mordaz y congelada, y Cylean pasó saliva—. Huele
realmente bien.

—Venga, profesor, siéntese —Harry señaló el asiento junto a él—. También hay
para usted.

Cylean sonrió ampliamente y tomó asiento junto a Harry. La señora Weasley hizo
un movimiento de varita y una taza voló frente al profesor; con otro movimiento
una tetera llenó la taza y el azucarero voló frente a la plata pulida.

—Muchas gracias, señora Weasley —agradeció Cylean. La señora Weasley sonrió a


regañadientes.

—Llámame Molly.

—Molly.

Cylean le sonrió, simpático. Molly no tuvo más que devolverle la expresión.

—¿Usted es profesor? —preguntó Ginny. Cylean asintió con la cabeza, endulzando


con cinco cucharadas su taza de té. Harry observó el gesto de Cylean con
curiosidad; no tenía idea de que a Tom le gustara lo dulce.

—Seré su nuevo profesor de Defensa contra las Artes Oscuras este año. Antes di
clases en Beauxbatons, donde también fui alumno.

—¿Es decir-
—… que no conoce Hogwarts? —preguntaron los gemelos.

—Oh, sí, conozco —había admiración genuina en los ojos del profesor—. El profesor
Dumbledore me mostró el castillo en el verano.

—Perdone, profesor, pero, ¿cómo se llama? —preguntó Ginny, siempre curiosa. El


profesor se sonrojó ligeramente. Harry tuvo que morderse la lengua para no soltar
una carcajada. ¡Merlín, Tom era tan buen actor!

—Qué torpeza la mía —hizo una mueca—. Soy Cylean Rousseau. Pero fuera de
clases pueden llamarme Cylean, siempre que no me falten el respeto —se dio la
media vuelta para mirar a su futuro alumno—. Harry, no me hace faltan
formalidades aquí. Tutéame, ya te lo dije.

Y le guiñó un ojo. La señora Weasley soltó un resoplido medio molesto.

Siguieron desayunando. Ron, entre bocado y bocado, observaba ciertamente


impresionado al profesor francés. Lucía como alguien agradable, e incluso
amigable, además de joven. Sin embargo no lucía como alguien capacitado para
enseñar Defensa contra las Artes Oscuras. Y a Ron le impresionaba que vestía
como muggle, con una camiseta negra con un logo de banda muggle en el pecho y
un collar de cuero en el cuello.

Harry continuó comiendo, notando cómo el silencio se volvía más y más denso a
medida que avanzaba el desayuno. Hermione fue la primera en romperlo.

—Profesor, ¿qué nos enseñará este año?

Cylean rodó los ojos ligeramente y Harry pudo apreciar una verdadera reacción de
Tom y no una actuada como Cylean. Pero el hombre intentó remediando,
sonriendo.

—¡Oh! Sí, Harry me ha dicho que estás con él. Sexto año, así que… veremos… —se
lo meditó unos segundos, dándole un trago a la taza de té que ya poco le quedaba
—. Iniciaremos con unos duelos para practicar los hechizos ya aprendidos. Eso nos
tomará la primera clase. Luego, veremos algunos escudos, diez formas de
desarmar a un contrincante en un duelo con un mismo hechizo pero con diferentes
movimientos de varita, además de las clases prácticas de ejercitación al aire libre,
cuyos premios serán cincuenta puntos… Déjame recordar lo que planeaba…
¡Oh, oui! El encantamiento Patronus…

—Pe-pero profesor Rousseau… —Hermione se veía ciertamente entusiasmada de un


profesor con las clases tan preparadas—. El encantamiento Patronus no lo
tendremos que ver hasta séptimo.

—Pues en mi clase, lo verán —Cylean sonrió de lado, en su mejilla marcándose un


hoyuelo—. Asumo que lo sabéis hacer, ¿no? Harry me ha contado lo del ED.

No, no se lo había contado. Harry pateó a Tom debajo de la mesa. Tom le pisó el
pie.

Ron se veía asombrado de tanta confianza de Harry con un profesor. Harry le


intentó dar una sonrisa tranquilizadora.
—Bueno, el prof… —Cylean le dirigió una mirada ácida que hizo retroceder a Harry
— Cylean —se corrigió, y el hombre sonrió— es miembro de la Orden. Si no lo sabía
por mí, tarde o temprano iba a saberlo.

—Pues sí —Hermione regresó la conversación a su sitio—. Lo sabemos hacer.


Aunque será… bueno, diferente hacerlo frente a una clase oficial. No que no note tu
esfuerzo, Harry, pero…

—Lo sé, Hermione —Harry sonrió, burlón—. Mis clases no tenían notas.

La chica se sonrojó ligeramente. Harry le guiñó un ojo, cómico.

—¿Cuáles son vuestros Patronus? —preguntó interesada la señora Weasley. Ginny


fue la primera en responder.

—El mío es un caballo.

La señora Weasley miró asombrada a su hija.

—¡Ginny! Apenas tienes quince años, cariño, ¿cómo puedes hacer un Patronus si…?

—Harry es un buen profesor —dijo ella, sonriendo de lado y observando a Harry


con una mirada de aprecio. Fred y George se miraron entre ellos antes de estallar
en carcajadas.

—Nuestra hermanita-

—… sigue enamorada-

—…¡del gran Harry Potter!

Ginny se levantó de su asiento y caminó con paso firme hasta donde estaban sus
hermanos. Se remangó las mangas de la túnica y golpeó con fuerza las cabezas de
Fred y George, que reían a carcajadas.

—¡Ginny! —regañó su madre.

—¡Mamá! —protestó Ginny, pero era imposible detener las risas de la mesa. Incluso
Hermione reía en voz baja.

—Compórtense —simplemente regañó la señora Weasley, frunciendo el ceño y


levantándose de la mesa, llevando su taza, plato y cubiertos al fregadero. Con otro
movimiento de varita la esponja enjabonada comenzó a fregar los elementos
sucios.

—Pues a mí me ha quedado la curiosidad —preguntó Cylean, sacando su varita y


moviéndola en frente de la mesa. Las tazas de Fred y George, Hermione y él
mismo, que ya estaban vacías, volaron para ir al fregadero en una fila recta y
pareja, seguidos por las cucharas, tenedores y cuchillos, con una forma de moverse
que parecía que caminaban. Ron rió—. ¿Cuáles son las formas de vuestros
Patronus?

—El mío es una nutria —respondió Hermione, desviando la vista, sonriendo de


forma casi soñadora.
—El mío un perro —Ron se encogió de hombros—. Creo que el Jack Russel Terrier.

—Oh —Cylean sonrió—. ¿Ese perro que es famoso por perseguir nutrias?

Ron se sobresaltó. Harry rió.

—Te lo dije, Ron.

Ron enrojeció hasta las orejas.

—No sé de qué me hablas, Harry —le dio un último trago a su taza y mordió otra
tostada, completamente azorado. Harry rió entre dientes y Hermione lo miraba
todo sin comprender.

—El mío es un ciervo. Pero eso todo el mundo lo sabe —Harry suspiró y también le
dio un trago final a su té. Migas de pan y azúcar se había acumulado al fondo de la
taza e hizo una mueca. Cylean envió también esas tazas al fregadero donde Molly
Weasley estaba apoyada, supervisando el trabajo.

—Los nuestros —Fred abrazó a George, y ambos hicieron movimientos exagerados


con las manos— son los mejores-

—… los increíbles-

—… los magníficos-

—… ¡los imponentes!

—¡Vuestros Patronus son zorros! —chilló Ginny, sonriendo ampliamente. Harry rió.

—¿No eran suricatos?

—No, los suricatos eran otra cosa —Fred lanzó una mirada de advertencia a Harry,
diciéndole que cierre la boca. La señora Weasley, por suerte, no se dio cuenta del
intercambio.

—Estaba pensando —dijo ella, llamando la atención de todos—. Ir a comprar las


cosas del colegio en estos días. Podría ser mañana, o incluso pasado…

—Si es hoy, yo podría acompañarlos —ofreció Cylean, guardando su varita en el


bolsillo—. Mañana debo partir a Hogwarts. Aún debo adaptarme al castillo y
preparar ciertas cosillas.

—¿Podemos hoy, mamá? —preguntó Ginny, levantando con las manos sus tazas y
cubiertos para llevarlos al fregadero. La señora Weasley le dirigió una sonrisa.

—Sí, ¿por qué no? También avisaremos a Remus y a Tonks. De seguro tampoco
tienen nada que hacer… —había sarcasmo ácido en la voz de la mujer. Harry no
comprendía qué había hecho Tom para caerle tan mal a la señora Weasley. Debía
haber sido algo muy grave.

—Eso sería estupendo —dijo George, sonriente—. Déjame ir a avisarles. ¿Vienes,


George?
Antes de que nadie dijera nada Fred y George fueron a la chimenea; George lanzó
polvos flú, diciendo la dirección de la casa de Remus. Molly no pudo detenerlo
porque ya había desaparecido en la chimenea. Fred hizo lo mismo, con un guiño a
su madre.

—¡Estos chicos! —protestó la mujer, pero se dio la vuelta para terminar de


supervisar el trabajo de lavado de los utensilios y tazas. Ya estaban enjuagándose
—. Algún día van a matarme estos dos.

Ron rodó los ojos. Luego miró a Hermione y Harry.

—¿Les parece si vamos arriba? Tengo algo que contarles.

Cylean dirigió una mirada extrañada a Harry. Harry se encogió de hombros.

—Claro, vamos. ¿Hermione?

—Por supuesto.

—Prof… Cylean, compórtate con Ginny mientras no estoy —bromeó Harry, algo
reticente a dejar a los dos solos. Después de todo, Ginny conocía a Tom de cierta
manera, y si alguien podía darse cuenta de todo el engaño era justamente ella, tan
perceptiva.

Ginny bufó y rodó los ojos, pero Cylean le sonrió.

Casi un minuto después estuvieron en la habitación de Hermione y Ginny. Ella


estaba desempacando mientras Ron comenzaba a contarles.

—¿Se han dado cuenta que mamá trata mal al profesor? —les preguntó. Hermione
asintió al igual que Harry.

—Y no tengo idea por qué —dijo ella—. El profesor Rousseau es muy simpático.
Parece que será buen profesor.

—Pues —Ron tenía una expresión extraña— a mamá no le agrada el profesor


Cylean porque lo echaron del puesto de profesor en Beauxbatons por enrollarse con
un alumno.

—¡Bromeas! —Hermione lucía horrorizada—. Pero, ¿cómo es posible que…?

—El profesor tampoco era tan mayor —Ron se encogió de hombros—. Tendría
veintidós, según le explicó Dumbledore a mamá, y era joven. Ese alumno tenía
dieciocho cumplidos y estaba recursando…

—Espera… —Harry dudó unos instantes—. ¿Alumno? ¿Dices que Cylean es… gay?

—Vaya… eso es un cambio —murmuró Hermione, alzando ambas cejas—. Pero, ¿no
es muy irresponsable de parte de Dumbledore darle el cargo a quien ya tiene
antecedentes de algo así…?

—El profesor Rousseau es abiertamente gay y todo el que lo conozca lo sabe —Ron
resopló, como si fuera algo completamente obvio—. Pero, Harry… mamá teme que
el profesor Rousseau se enrolle... contigo.
Harry procesó la información, y las risas de pronto fueron tan fuertes que lo
tumbaron de la cama. Se sujetaba el estómago, sin poder parar. Puede que el
verdadero Cylean Rousseau lo hubiera intentado, pero Tom… ¡Tom!

Se incorporó, incapaz de hacerlo por sí solo, siendo ayudado por Ron y Hermione.

—Vamos, Harry —Ron le dio unos golpes en la espalda, consiguiendo calmar las
toses en que se habían transformado las violentas risas—, cálmate. No hace falta
tanto…

—Además, no tiene nada de gracioso —reprochó Hermione, seria—. ¡Harry, un


profesor podría estar interesado en ti! Podría…

—Hermione, no soy un niño. Y además, nadie dice que Cylean pueda estar
interesado en mí. Justamente, de todos los alumnos de Hogwarts, en mí. ¿Por qué
motivos podría…?

—Harry, no quieres verlo —Hermione suspiró—. El profesor Rousseau te ha dado


muchas libertades. Ha puesto una expresión radiante cuando le señalaste que se
sentara junto a ti, y te ha estado mirando por todo el desayuno. Yo creí que era
solamente admiración, pero…

—Hermione —Harry, por nada del mundo, iba a decirles la verdad. No iban a
saberlo—. Cylean. No. Está. Interesado. En. Mí.

—Y te dejó que le llamaras por su nombre —apuntó Ron. Harry suspiró y se subió
los lentes a la frente para frotarse los ojos.

—¿Por qué tu madre debe creer que un hombre adulto se enrollaría conmigo? ¿O
por qué podría creer que yo aceptaría ese rollo? —Harry observó a su amigo
interrogante. Ron palideció.

—Puede que… que le haya contado a Fred sobre tus preferencias y… mamá lo oyó.

—Ron, te doy cinco minutos. Busca cualquier sitio de la casa y escóndete, por


Merlín, porque te prometo que tan pronto te encuentre te cruciaré.

—¡HARRY! —regañó Hermione, pero Ron parecía tomárselo muy en serio porque
salió de la habitación con rapidez. Hermione observó donde se había ido el pelirrojo
y luego observó a Harry, suspirando—. No puedes hacer magia fuera de la escuela.

—Usaré la varita de Sirius.

—Sirius no tiene varita.

—Sí, tiene. Se la quitaré mientras duerme.

—Si atrapan a Sirius y examinan su varita, encontrarán una Imperdonable y


volverá a Azkabán.

Harry lo meditó.

—Entonces, usaré la varita de Cylean.


—¡Harry! —Hermione lucía ofuscada, con su mata de cabello castaño en un marco
espeso junto al rostro coloreado. Harry sabía que semejantes discusiones, por muy
imposibles que fueran, herían a su amiga. Después de todo, habían sido sus padres
los torturados después de la vuelta de Voldemort.

Harry decidió hablar con Tom al respecto de ello, pero luego. En ese momento
solamente suspiró y sacudió la cabeza.

—Está bien, Hermione. Olvidaré esa idea absurda.

—Perfecto —Hermione sonrió, aunque seguía luciendo afectada—. Ahora, ve y


discúlpate con Ron.

—Lo dejaré que sufra unos minutos más. Además, me costará encontrarlo…

—¡Harry! —volvió a protestar Hermione, y Harry se levantó, suspirando.

—Vale, vale. Pero me debes hacer sufrir a Ron un poco.

Tom y Harry tuvieron un tiempo a solas luego de volver del Callejón Diagón. La
señora Weasley se había quedado en el mercado muggle comprando alimentos para
hacer una buena cena y Cylean le había pedido amablemente a alguien que le
ayudara a armar su baúl con las cosas que había comprado. Podía hacerlo con la
magia, le dijo, pero luego el baúl estaba tan desordenado que le costaba cerrarlo.
Harry se había ofrecido a ayudarlo, ante las miradas alarmadas de Hermione y Ron.

La habitación de Cylean parecía haber adoptado un toque suyo. Había un perfume


distinguido en el aire, y la presencia de magia oscura, esa presencia que a Harry le
crispaba el vello de los brazos, era fuerte en el ambiente, incluso más que en otras
habitaciones. Pero Tom no podía estarse arriesgando a hacer magia negra en el
cuartel general de la Orden. No sería tan idiota.

Tom lanzó varios hechizos a la puerta cerrada al adentrarse en su habitación; tan


pronto entrar allí Harry se arrepintió. Había libros por todas partes, además de
bolsas de papel con elementos para pociones y demás cosas, como pergaminos
manchados y arrugados, bolas de papel de anotador y bolígrafos muggles.

—He comprado vía lechuza unas cuantas cosas este verano —le dijo Tom,
sonriendo de lado. Había adoptado nuevamente la forma física de Tom Riddle, y a
Harry se le escapaba de cómo lo hacía. No podía ser un metamorfomago… ¿o sí?

—Me parece que has comprado medio Callejón Diagón —siseó Harry, tomando un
libro del suelo. "Las Artes Oscuras: como reconocerlas" decía el título, pero tan
pronto Harry intentó poner los ojos en las letras, éstas se volvieron borrosas y le
dieron dolor de cabeza.

—Tiene un encantamiento para impedir que sea leído por otra persona que no sea
quien puso ahí el encantamiento. Como profesor de Defensa, tengo mis motivos,
¿no? —le guiñó un ojo a Harry y le arrebató el libro de las manos. Luego, con una
floritura de varita, éste se dirigió en orden hasta el baúl que no parecía tener fondo.
Casi todas las cosas de la habitación volaron al baúl y se acomodaron en perfecto
orden, incluso la almohada y las sábanas. Harry rió.

—Creo que eso pertenece a la casa.


—Lo sé —Tom observó a la varita con decepción—. Aún no responde como debería.

Harry observó la varita. Era desconocida a sus ojos, de madera clara y bastante
larga, y por la forma en que los dedos de Tom la sostenían, parecía que incluso
acabara de comprarla.

—¿Es nueva? —preguntó, mientras Tom, con otro movimiento de varita, conseguía
que las sábanas pulcramente dobladas fueran a la cama y la almohada fuera sobre
ellas.

—Es la varita del real Cylean Rousseau.

—¿Qué hechizo se supone que estás usando para usar su cuerpo? Y su varita… ¿es
un mortífago o ya ha muerto?

—No deberías hablar con tanta ligereza sobre estos temas —Tom chasqueó la
lengua y se recargó en la pared—. Pero si quieres saberlo, está bajo los atentos
cuidados de mis mortífagos más cercanos.

Harry asintió, sin preguntar nada más. No estaba seguro de querer saber qué había
sucedido con él.

—Hoy —Tom de pronto encaró a Harry con fuego en los ojos— tus amigos,
Hermione y Ron, estaban mirándome con mucha sospecha. ¿Les has dicho algo
sobre mí?

—¿Qué? —Harry alzó una ceja, burlón—. ¿Sobre que eres Voldemort?

—¿Qué otra cosa más les deberías decir?

—Oh, no sé —Harry se encogió de hombros—. No saben nada. No les dije nada. No


tendría por qué. Tú guardas mi secreto, yo guardo el tuyo. Ninguno tiene que
hablar si el otro no lo hace primero. Esto es una tregua, ¿recuerdas?

Tom sonrió, ciertamente satisfecho.

—Entonces, ¿por qué me miraban como si estuvieran esperando que sacara mi


varita y te hechizara en medio del Callejón?

—Temían —Harry iba hablando con burla en la voz— que sacaras tu otra varita y
me la ofrecieras en medio del Callejón.

Tom pareció comprenderlo de inmediato.

—Entonces… ¿ya lo saben?

—¿Que estás interpretando el papel de un hombre abiertamente gay que ha


abusado de un chico en edad escolar en Beauxbatons? Ron nos lo contó hoy.

Tom soltó un gruñido.

—Maldición. ¿Y cómo se enteró él?

—Dumbledore se lo dijo a la señora Weasley.


—¡Esto es magnífico! —Tom alzó los brazos al cielo, para dejarlos caer suspirando
—. Ya. Qué más da. Es mejor esto a que sepan la verdad.

—Tranquilo, Tom —el chico dijo el nombre con una intensidad que consiguió que
Tom le mirara ceñudo—, por mí no se enterarán de nada.

—Eso espero —bufó Tom, pero una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios—.
¿Quieres darles un susto de muerte?

—¿Qué, quieres aparecerte en la cocina con la cabeza calva y sin nariz? Creo que
más que susto de muerte levantaría sospechas.

Tom tomó una almohada y le dio con ella a Harry. Harry comprendió.

Comenzaron una guerra de almohadas en la que Harry incluso perdió los lentes,
que salieron volando a un lugar de la habitación. Por más que lo veía todo borroso
seguía golpeando, cayendo varias veces, desordenando las impecables sábanas.
Tenía la respiración agitada y el corazón disparado cuando Tom le alcanzó los
lentes, justo antes de que golpearan la puerta de la habitación.

Tom volvía a lucir como Cylean, sonrojado y sonriente, cuando abrió la puerta. Ron
y Hermione estaban allí, observándolo todo como si esperaran encontrarse a Harry
en una situación comprometedora.

Harry, que se acomodaba la camiseta, les sonrió a sus amigos.

—A, Hermione, Ron —saludó—. Acabamos de… terminar.

La expresión de horror de Ron estaba clara cuando Harry señaló el baúl. Cylean
recuperaba el aliento, sonriente.

—Consideraré que Harry me ha ayudado y vosotros no a la hora de dar puntos —


remarcó Cylean—. Ahora, iros. Todos. Debo cambiarme para la cena.

—¡Pero…! —comenzó a protestar Harry, lanzándole una mirada terca. Cylean señaló
la puerta.

—Fuera.

Harry resopló, se secó el sudor de la frente con el borde de su camiseta y salió de


la habitación sin mirar a Hermione y a Ron. Mientras él avanzaba por el pasillo Ron
se recargó en la pared, observando a su amigo que caminaba, campante.

—Mamá va a matarlo —gruñó Ron—. A él, al profesor Rousseau, y sobre todo a


Dumbledore.

—Sobre todo a Dumbledore —corroboró Hermione.

5. Hogwarts.

El Expreso de Hogwarts salió del Andén 9 ¾ con normalidad. Una normalidad


común, una normalidad que debía de destacarse en todos los años.
Sin embargo, Harry Potter sabía que ese año no iba a ser un año normal. No por el
hecho que tuviera a Voldemort como profesor de Defensa en cubierto, no, si no por
el hecho que todo el jodido verano había estado soportando las palabras
extrañadas de Molly Weasley, diciéndole que un muchacho de su edad debía estar
interesado en otras personas de forma muy especial, y que considerara a las
personas que tuviera en frente, como amigos, conocidos, y demás.

Harry sabía a qué venía aquello: por alguna extraña razón Molly Weasley tenía la
idea de que Harry Potter caería en las redes del profesor Cylean Rousseau que,
mientras no se comportaba maravillado, o ilusionado, o incluso modesto, era un
perfecto galán. Había demostrado aquella forma de comportamiento con unas
copas de whiskey de fuego encima, hablando arrastrando las palabras al igual que
Sirius, frente a la mayor parte de la Orden del Fénix.

Y aun así Cylean Rousseau seguía manteniendo el puesto de profesor. Parecía que a
Albus Dumbledore sólo le había resultado divertido el estado de embriaguez de su
nuevo empleado. Sin embargo Tom le había confiado por cartas que realmente no
había estado tan ebrio, y que había hecho aquello con motivo de acercarse más a
Sirius, que parecía considerarlo casi de la familia.

—Harry —Hermione tenía esa mirada en su rostro, esa mirada que tenía desde que
había salido de la habitación que había ocupado Cylean esa vez—. No creo que
estés… entendiendo en dónde te estás metiendo.

Harry suspiró.

—No sólo lo digo por ti… —Hermione se inclinó hacia él—. Créeme, si lo dijera sólo
por ti ya habría parado después de la sexta o séptima vez que me ignoraste. Ahora
lo digo por él.

—Hermione… —Harry intentó detener a su amiga nuevamente. Ella resopló.

—Déjame hablar antes de irme a patrullar el tren —Harry suspiró y ella lo intentó
de nuevo—. Mira, puede que por el hecho de que el profesor Rousseau esté
disponible quieras estar con él. Es atractivo, simpático, agradable, no te trata como
un niño…

—Hermione…

—¡Déjame terminar! —estalló su amiga. Harry retrocedió.

—Bien.

—Pero, Harry, piensa en él. En su carrera. Ya le sucedió una vez, y, ¿tú acaso
quieres que lo despidan y nos quedemos con cualquier otro idiota como profesor?

—¿Hermione Granger usando lenguaje soez?

—¡Harry James Potter…!

—¡Ya, ya! Guardo silencio.

—En realidad no guardes silencio. Respóndeme.


—Mira, Hermione —Harry se llevó la mano a la frente. Comenzaba a dolerle la
cabeza—. No estoy interesado en Cylean. Nos llevamos bien, sí, es simpático, sí, es
atractivo, claro que sí. Pero no estoy interesado románticamente en él. Puede que
para un polvo esté bien, pero para estar junto a él como pareja…

—¡Harry! —Hermione lucía horrorizada—. ¿Tú y él… ya habéis…?

—¡Por supuesto que no! —Harry suspiró—. Hermione, sabes muy bien cuál es mi
historia, y que tardaré en superarla. No puedes suponer que me iré a la cama con
el primero de turno.

—Pero… tú y él…

—Diría que somos amigos —Harry sonrió, tranquilizador—. Nos llevamos bien. Pero
ahí acaba la cosa. Me enseñará Oclumancia. Y punto. Sí, puede que nos
acerquemos, porque verá mi mente, y yo le obligaré a que me cuente cosas
personales sobre él para compensar, pero no marchará más allá de eso. Puedo casi
prometértelo.

—¿Por qué no prometérmelo, entonces?

—Porque cada vez que prometo algo, termino rompiendo la promesa de una forma
u otra —Hermione le miró extrañada—. ¡Es la verdad! Además, aún no te he
comprado tu regalo de cumpleaños. Y prometí que lo haría. Te lo debo.

—Mi regalo de cumpleaños —Hermione estaba más seria que de costumbre— será
que este año intentes no meterte ni meter a nadie en problemas. ¿Vale?

—Vale —accedió Harry. Su amiga le sonrió y con un último saludo marchó a


patrullar el tren, como prefecta que era.

Harry se quedó solo observando a Hedwig, que cada tanto ululaba. Harry extendió
la mano y la acarició por entre los barrotes de la jaula. La lechuza le lanzó un
picotón cariñoso en los dedos mientras pasaba sus manos por el cuello, la cabeza, y
parte de las alas de su lechuza.

—¿Está ocupad-¡Hola, Harry! —Harry se volteó para ver a Luna adentrándose al


compartimiento. Harry le sonrió.

—Hola, Luna. ¿Qué tal los wrackspruts?

Luna sonrió, soñadora.

—Aún revolotean, Harry. Siempre lo hacen.

Se vieron envueltos en una conversación llena de idioteces. Harry le contó a Luna


sobre el nuevo profesor que tendrían ese año y ella le contó de que habían estado
las vacaciones en busca de animales desconocidos y salvajes que se creían
extintos. Estaba muy desilusionada por el hecho de no haber encontrado ni uno.

Pero Harry podía ver en Luna algo que no había visto el año anterior. Era una
extraña entereza, una seguridad que allí no estaba, casi una dicha. Luna había
cambiado, todos los habían hecho. Después de todo, estaban en una jodida guerra.
En Hogsmeade se subió a un carruaje con Luna, Neville —que lo saludó,
completamente satisfecho con las noticias de un nuevo profesor competente de
Defensa— y luego aparecieron Hermione y Ron. Evitaban mirarse y Harry no podía
pensar el porqué de no hacerlo, pero luego creyó que sabía demasiado cuando
Hermione despidió a Ron con un puntapié nada disimulado que dejó a su amigo
cojeando. Probablemente habrían discutido, y había sido una discusión seria. Harry
suspiró mientras iba a sentarse a su mesa. Realmente, estos dos…

La Ceremonia de Selección fue magnífica, y luego del repetido discurso de


Dumbledore —estudiantes, tienen prohibido el acceso al bosque prohibido, por algo
se llama de esta manera; Filch tiene prohibidos los elementos comprados en
Sortilegios Weasley— dio la presentación al nuevo profesor de Defensa contra las
Artes Oscuras, el egresado de Beauxbatons, Cylean Rousseau.

Algunos aplausos —Harry aplaudió lo más fuerte que pudo, sentando ejemplo en la
casa Gryffindor— porque no a muchos les sonaba conocido. Parecía que el
escándalo no había salido de Francia, y Harry rezaba porque se mantuviera allí.
Mientras Ron no mencionara nada a nadie…

La cena fue majestuosa, como todas. Irse a dormir otra vez en el dormitorio que
compartía con Ron, Neville, Seamus y Dean fue ciertamente reparador después de
muchas agitaciones. Había abandonado esas habitaciones estando en el lado de la
luz, y volvía a pisarlas en el lado gris, su lado por elección, decidiendo sobre sí
mismo por una vez en su vida.

Los horarios le decían que tenía Defensa los miércoles… con los Slytherin. Aunque
sabía que esperar por la conversación en el desayuno, Harry esperó al miércoles
ansioso y aterrado en partes iguales. Dos horas de Defensa, y a demostrar lo que
verdaderamente era capaz de hacer frente al mismísimo Lord Voldemort, sin el
hecho de que si erraba lo mataría. Y contando que si fallaba por puro nervio Draco
Malfoy estaría allí para burlarse.

El profesor Cylean Rousseau tenía el cabello suelto a ambos lados del rostro como
una cortina rubia. Apenas entraron todos los alumnos comenzó a pasar lista,
anotando en un cuadernillo muggle con bolígrafo muggle. Draco Malfoy, sentado en
una de las primeras filas, arrugó el rostro en claro disgusto.

—Cinco puntos menos para Slytherin por criticar, aunque sea en el pensamiento,
mis métodos de aprendizaje —murmuró Cylean, con los ojos azules fijos en los de
Malfoy, que retrocedió—. Oh, no, señor Malfoy. No leí su mente, pero sus
pensamientos estaban escritos en su rostro. Ahora, si me disculpáis, me toca
presentarme adecuadamente.

Se levantó de la silla y se sentó en el escritorio. Era la primera vez que Harry lo


veía con túnica tan de cerca, aunque esta fuera negra y verde oscuro, elegante y
ajustada. La usaba abierta y debajo llevaba ropas muggles que causaban
sensación: pantalones llenos de agujeros, botas militares, camiseta de unos tal Sex
Pistols. Si se contaba al hecho que sus pestañas negras se veían más espesas y
oscurecidas, como si le hubiese pasado kohl en la mañana para resaltar la mirada,
era completamente obvio que Cylean Rousseau no sería un profesor como la
norma.

—Mi nombre es Cylean Rousseau. Tengo treinta años; cumplo treinta y uno el
veinticinco de octubre, y sois libres de hacerme un regalo como queráis. El caso es
que ustedes habéis tenido, hasta el momento, profesores dispares: un hombre con
pavor a su materia, un engreído obliveateador, un genio de la materia que
realmente sabía manejarse, un impostor… —su mueca se convirtió en sonrisa por
unos instantes—. El año pasado han tenido una enviada del Ministerio que ahora
está en Azkabán por maltrato infantil. Así que todos quienes habéis recibido un
castigo con ella, por favor id a mi despacho y mostradme las marcas que no sólo os
daré una poción para borrarlas definitivamente, sino que os daré de uno a cinco,
dependiendo de qué sea por qué han sido castigados, si ha sido por mera…
estupidez —sonrió— o por su valía. A una dictadura hay que oponerse, chicos. Es lo
primero que deben saber en caso de guerra.

Casi todos parecían impresionados. Una chica de Gryffindor soltó un suspiro de


fascinación. Harry se aseguró que, después de todo, no hubiera sido Hermione.

—Lo que haremos en esta primera clase es comprobar sus conocimientos. Nos
pondremos en parejas… no, yo les pondré en parejas, y compartiráis sus
conocimientos sobre la materia de hechizos. Pero no seáis farsantes, porque luego
habrá duelos, y solamente podrán atacar al otro con el hechizo que éste le haya
enseñado. Un ejemplo… dejadme ver… —observó a sus alumnos con fijación en la
mirada—. Si el señor Weasley y el señor… Zabini —Ron palideció— hicieran pareja,
el señor Weasley debería enseñarle al señor Zabini un hechizo y viceversa. Luego,
en los duelos, para practicar conocimientos, deberán batiros a duelo con un escudo
simple y con ese mismo hechizo. Puede ser de desarme o de… ¿oh, cómo se dice?
—se llevó la mano a la frente, como si le costara pensar—. No recuerdo la palabra.
Pero pondrán ser desde Expelliarmus hasta Desmaius. A eso me refería. Muy bien,
os pondré en parejas.

Tomó su cuadernillo muggle y comenzó a decir nombres, aparentemente al azar,


pero todos ellos de diferentes casas. Por ejemplo, a Hermione le tocó con Daphne
Greengrass, y a Ron con Theodore Nott. Cuando sólo quedaban tres el profesor
Rousseau se lo pensó.

—Draco Malfoy irá con —y Harry esperaba oír su nombre, cuando el profesor dijo—
Blaise Zabini. Harry Potter practicará conmigo un hechizo que, oh, le encantará —
dijo aquella última palabra con una mirada burlona y una sonrisa maliciosa en los
labios. Harry no sabía qué veía de Cylean allí, porque estaba auténticamente
seguro de que esa era una expresión puramente de Tom Riddle—. Tienen el resto
de esta primera hora antes de los duelos. Empezad.

Se pusieron en las parejas mencionadas. Harry fue con Cylean detrás del escritorio,
que pronto tomó su varita y apuntó hacia un lado.

—Presta mucha atención y copia lo que haga —dijo, y apuntó hacia la pared. Luego
hizo un movimiento de muñeca casi como una medialuna. Harry hizo lo mismo, con
fluidez. Cylean le sonrió—. Bien. Ahora, la pronunciación. El hechizo
es Levicorpus. Practicarás con aquella silla.

Harry echó un vistazo a toda el aula. Los pupitres habían acabado contra la pared y
los duetos estaban lanzando chispas, entrenándose y explicándose. No sabía qué
haría ese hechizo, pero si hacía estallar la silla, no llamaría la atención.

—Levicorpus —pronunció Harry. Cylean le corrigió la pronunciación dos veces antes


de que lo dijera correctamente y le volvió a mostrar el movimiento de muñeca.
Cuando Harry lanzó el "Levicorpus" la silla se levantó desde las patas, con el
espaldar apuntando hacia abajo. Se elevó sus buenos dos metros, y Cylean sonrió.
—Estoy impresionado —murmuró, demasiado bajo para ser oído por cualquiera a
excepción de Harry—. Yo hubiera creído que mis intentos por acabar contigo se
debían más a mis fallas que a tus virtudes. Supongo que me equivocaba.

Harry le lanzó una sonrisa burlona.

—No hables de esto aquí. El aula tiene oídos —apuntó él, pero nadie prestaba
atención. Harry vio como Crabble se peleaba con un simple Expelliarmus que
Neville le estaba enseñando y como Daphne parecía enseñarle a Hermione un
hechizo que, al hundirse en la pared, causó una repentina explosión de llamas. El
profesor Rousseau corrió allí y apagó las llamas, sin decir nada ni quitar puntos.

La media hora pasó con rapidez. Tom aprovechó y enseñó otros hechizos a Harry —
como el Muffliato, para evitar que sus conversaciones fueran oídas, o
el Sectumsempra, que no debía utilizar en absoluto si no quería meterse en
problemas, pero era bueno para cortar tanto objetos como personas, incluso mejor
que el Diffindo y lo que cortaba sólo podía repararse con un contrahechizo muy
potente—, mientras pasaba la media hora. Harry los hacía sin dudarlo. La silla del
rincón terminó en pedazos mientras Harry reía junto a Cylean.

La primera hora acabó y Cylean fue llamando a los dúos para los duelos. Comenzó
con Neville y Crabble; Neville desarmó a su oponente en dos segundos con un
simple Expulso. A Harry le sorprendía que el soso Crabble supiera un hechizo así,
pero tampoco podía juzgar. Luego siguió Ron y fue desarmado por Theodore, luego
Hermione desarmó a Daphne con ese hechizo que prendió fuego su túnica. Cylean
la apagó con otro movimiento de varita antes de que llegara a quemar a la joven.

A medida que iban ganando, Cylean iba dando puntos. Pero daba puntos a la
inversa: si ganaba un Gryffindor, daba puntos a Slytherin, y si ganaba un Slytherin,
daba puntos a Gryffindor.

—Profesor… —preguntó Hermione, ya casi hastiada de oír como los puntos eran
repartidos en su mayoría a los Slytherins—. ¿Por qué da los puntos a los
compañeros que han perdido?

—Oh, señorita Granger, ellos no han perdido —Cylean tenía una sonrisa casi ácida
—. Ellos han enseñado algo que ya hecho a su oponente ganarles. Yo les doy su
respectivo reconocimiento.

Hermione retrocedió, y en los siguientes duelos todos intentaban perder. Cylean se


hartó.

—Cinco puntos menos para Slytherin y para Gryffindor por payasear. Vosotros dos,
¡mejor que peleéis como si estuvieseis en una batalla real! —apuntó. Los chicos,
Seamus Finnigan y Goyle, comenzaron a atacarse en serio. Goyle voló por los aires,
finalmente, y Cylean premió a Slytherin con otro punto.

Draco Malfoy evadió el hechizo de Blaise Zabini y apuntó a su amigo con un


certero Desmaius, Cylean dio otro punto a Slytherin y otro a Gryffindor, para ser
justos, cosa que a Draco no le agradó para nada.

—Entonces, señor Potter… —Cylean se puso en el centro de la sala y Harry en


frente a él, a unos dos metros y medio de distancia—. He oído que usted ha
actuado de profesor el año pasado. Seguro tendrá en claro que no se la pondré
fácil.
Harry le sonrió.

—Ya lo veremos.

Cylean alzó la varita y dijo, con voz clara y firme:

—Corpanesca.

Harry no tenía idea de qué haría ese hechizo, pero no esperó recibirlo. Se arrojó al
suelo y, desde el suelo apuntando a los pies del profesor Rousseau, gritó:

—¡Levicorpus!

Cylean saltó para esquivarlo, pero el hechizo le dio en el tobillo. Inmediatamente el


pie se elevó por los aires y Cylean quedó cabeza abajo, con los cabellos largos
completamente desordenados y la túnica cayéndole, rozando el suelo.

Harry sintió ardor en la cicatriz a la vez que Cylean reía a carcajadas.

—¡Excelente! Diez puntos para Gryffindor.

Desde los Slytherin comenzaron las protestas.

—¿Por qué a él diez y a nosotros solo uno? —preguntó Tracey Davis.

El profesor Cylean, aún de cabeza, se cruzó de brazos sobre el pecho.

—Porque él me ha puesto a mí, el profesor, de cabeza. Vosotros habéis desarmado


a sus compañeros.

—Pero usted le ha enseñado el hechizo —protestó Theodore Nott. Cylean resopló.

—Que se lo haya enseñado no quiere decir que lo haya aprendido bien. Y ahora,
cinco puntos para Slytherin, por defender sus derechos —sonrió condescendiente y
luego observó a Harry—. Potter, ¿qué espera? ¡Bájeme!

La mitad de la clase estalló en risitas.

—No sé cómo —Harry decidió bromear un poco. Cylean estaba ceñudo.

—Con un Liberacorpus bastará.

Harry lo hizo y el profesor Cylean cayó al suelo con un golpe sordo. Se levantó,
sacudió la ropa y resopló.

—Dos puntos menos para el señor Potter por no pensar en hacer un hechizo
amortiguador —el timbre sonó y parte de la clase parecía reticente a irse, con
sonrisas simpáticas—. Muy bien, eso es todo por hoy. ¡Para la semana que viene,
quiero una lista de todos los hechizos que sabéis manejar y para qué sirven!
Además, quiero una muestra práctica de ellos. Quien haga la lista más extensa
recibirá diez puntos, y quien sepa explicarme un hechizo que yo no sepa,
veinticinco. ¡Marchaos!
Todos fueron saliendo con sonrisas en el rostro. Habían ganado muchos puntos, y
con los puntos que Harry había ganado se equilibraran todos aquellos que habían
ganado los Slytherins. Había sido una clase realmente entretenida.

—Señor Potter, venga conmigo un momento —pidió Cylean. Harry, que salía con
Hermione y Ron, se encogió de hombros y volvió al interior del aula—. Vosotros,
Granger, Weasley, pueden irse.

Después de la clase de Defensa tenían el almuerzo. Ron y Hermione marcharon


rumbo al Gran Comedor con miradas preocupadas.

—¿Sucede algo, Tom? —preguntó Harry, recargándose en un pupitre. Tom lo apartó


y con una varita volvió todos los pupitres a su sitio en el centro del aula.

—¿Qué va a suceder? —hubo ardor en la cicatriz de Harry y apretó ligeramente los


dientes, pero no comentó nada. Tom suspiró y se pasó la mano por el cabello,
organizándolo nuevamente. Sin embargo después de estar boca abajo lo seguía
teniendo apuntando en todas direcciones. Harry apenas si rió.

—¿Quieres que me disculpe por haberte dejado boca abajo frente a toda la clase?
¡Tú fuiste quien me dijo el hechizo!

—Pero no esperaba que lo hicieras —afirmó Tom—. Aun así, no es para eso que te
llamé. Tengo que darte tus nuevos horarios de Oclumancia.

—Así que va en serio —Harry suspiró. De verdad no le agradaba casi nada tener
que mostrarle sus más oscuros pensamientos a Voldemort, pero apostaba que sería
mejor que Snape. Cualquiera sería mejor que Snape—. Bien. ¿Cuándo será?

—Antes discúlpate.

—Bromeas.

—Yo nunca bromeo.

—¡Yo te he oído bromear! —protestó Harry. Tom rodó los ojos.

—Vale, puede que bromee. De vez en cuando. Ahora, o te disculpas o tu cabello


será rubio.

—¿Sabes? Creo que el rubio irá bien con mis ojos.

Tom sonrió.

—Viernes después de tu última clase y hasta la cena en mi despacho. Vete.

Harry retrocedió un paso, mirando fijamente las manos de Tom. Seguían sujetando
su varita y mientras Harry retrocedía lentamente, a punto de echar a correr tan
pronto llegara a la puerta, todo sucedió realmente rápido. Harry llegó a la puerta y
corrió unos metros por el pasillo, y entonces Tom apuntó con su varita y una luz
brillante cayó sobre la cabeza de Harry. Éste se tocó el cabello, sintiendo cómo le
ardía el casco, pero se encogió de hombros y avanzó. A su espalda se oían las
carcajadas de Tom que, extrañamente con la voz de Cylean, sonaban simpáticas, y
casi le contagiaron la risa.
—Harry… tu cabello… —Ron estaba casi sin palabras mientras Harry se sentaba con
ellos en la mesa de Gryffindor. Su cabello seguía apuntando a todas direcciones,
pero ahora estaba del mismo color del cabello de Cylean. Hermione frunció el ceño.

—No quise disculparme ante el profesor Cylean —explicó Harry. Hermione resopló.

—Es un profesor, no puede hechizar a un alumno así porque sí.

—No es así porque sí. Pero supongo que se irá al lavarlo, o algo así.

—Harry… —Ron le miró, con la burla escrita en el rostro—. Es un hechizo, no un


tinte barato. Seguramente no se irá hasta que te lo quite.

—Bien —Harry suspiró y luego oyó una risa sarcástica a sus espaldas. Malfoy
estaba a punto de decirle algo cuando Harry replicó—. Mira, Malfoy. Luces tan bien
de rubio que quería probar qué tal me sentaba a mí. ¿Qué tal luzco?

La expresión de Malfoy era un poema.

—Jódete, Potter.

Harry rió mientras Malfoy se alejaba rumbo a su mesa. Hermione y Ron se miraron,
consternados, pero finalmente Ron se encogió de hombros y Hermione también lo
hizo. Comenzaron a comer con expresiones de normalidad; ese año pronosticaba a
ser un año entretenido, y ciertamente, no se equivocaban.

6. Oclumancia.

El viernes Harry tuvo su día agitado. Por suerte ese año había eliminado Pociones y
no porque no planeara soportar a Snape otro año más, aunque esa era una opción
válida; en realidad no le alcanzaba con la nota de los TIMOs lo suficiente como para
cursar Pociones ese año. Sin embargo, Hermione si la cursaba, y debía
aguantársela mientras reescribía largos y largos pergaminos con usos y
especializaciones de tal cosa, y qué tipos de venenos mortales son capaces de
sacarse de qué plantas.

Sin embargo, desde la clase de la Amortentia el miércoles anterior —Hermione le


había explicado a Harry qué era— ella estaba muy diferente. Saltaba con el mínimo
toque y se ponía a chillar de la nada. Incluso, Harry se la encontró llorando cuando
entraba tarde a la Sala Común. Ella no explicaba por qué, y Harry no quería
entrometerse, pero seguramente tenía mucho que ver con el aroma de la
Amortentia, y que Ron estuviera repentinamente interesado en salir con Lavender
Brown, una chica ñoña y bastante extraña.

Así que, cuando estuvo frente a la puerta del despacho del profesor Rousseau, a
Harry le latía la cabeza e incluso se estaba imaginando los peores escenarios allí.
Habían hecho un pacto y una tregua, pero eso no quitaba el hecho que Voldemort
había sido su enemigo durante unos quince jodidos años, y aliado apenas unos
meses. La sensación que sentía en el estómago era nauseabunda.

Harry tocó la puerta y el profesor abrió. El despacho se encontraba repleto de


posters de bandas muggles que Harry sólo reconocía de las camisetas que su
profesor había llevado en el verano y en clases. Unos tal Rolling Stones con una
lengua saliendo de una boca roja, unos Ramones, unos extraños Sex Pistols con el
anotado "Good save the Queen" en letras blancas y pequeñitas; además, había
varias fotografías movibles en marcos por la pared. Fotografías del real Cylean
Rousseau, pensó Harry, mientras Tom cerraba a su espalda con doble llave y
echaba varios silenciosos encantamientos. Cuando el murmullo del
hechizo Muffliato se extendió Harry se sintió repentinamente a salvo. Irónicamente,
si se tenía en cuenta con quién estaba encerrado.

—Veo que aún no has buscado el contrahechizo.

Harry se tocó el cabello. Seguía rubio, aunque las raíces estaban negras. Se había
visto en el espejo y había intentado arreglarlo, en vano. Ahora parecía que se
hubiera decolorado el cabello él mismo, y si sus compañeros Gryffindor y Slytherin
no hubieran visto que minutos antes tenía la melena negra, seguramente lo
fastidiarían mucho más de lo que hacían actualmente.

—Tampoco interesa —Harry se encogió de hombros y tomó asiento en la silla que


estaba frente al escritorio. Tom volvía a ser él, con los cabellos negros ondeados y
los profundos ojos oscuros. Harry se sintió extrañamente relajado mientras Tom,
con una última mirada, cerraba las cortinas de la ventana manualmente. Las
cortinas eran de verde oscuro, y Harry sonrió—. ¿Cuesta mucho esconder el amor a
Slytherin?

—Demasiado —Tom resopló—. He tenido unas impresionantes ganas de


aparecerme por las mazmorras sólo por recordar viejos tiempos. Pero luego pienso
que Severus me echaría a patadas; después de todo, sólo soy el afrancesado
francés que da clases de una materia que él siempre deseó.

—¿Snape es un Mortífago y no sabe la verdad? Me refiero, que estás aquí.

Tom le sonrió.

—Sólo Mortífagos de mi entera confianza saben la verdad, como los Lestrange y


Colagusano. Los Malfoy deben suponer que sucede algo, porque tienen en su
sótano a un muy desmejorado Cylean Rousseau que, después de lo que he hecho
con él, no tiene ni siquiera la apariencia que tengo yo ahora.

Harry hizo una mueca.

—No quería tanta información, ¿sabes?

—¡Oh, por supuesto! —Harry se sobresaltó. Tom había sonado mucho como su alter
ego de profesor, que todo el tiempo estaba soltando "oh" en voces trágicas,
emocionadas y maravilladas—. Lo lamento, Harry. Es difícil estar tanto tiempo solo.

—Lo supongo —Harry hizo otra mueca, diferente esta vez. Voldemort iba a ver en
su mente su infancia, si es que no la sabía. Iba a ver su pena, su dolor…

Tom le miró unos segundos y buscó en su cajón una botellita de algo. Era una
pequeña poción de líquido azul claro traslucido en un frasco transparente. Se lo
arrojó y Harry lo atrapó con manos temblorosas.

—Que no se te caiga —Harry lo observó con atención—. Bébelo. Ayudará.

—¿Ayudará? ¿A qué? —dudó. Tom rodó los ojos.


—Siempre tan desconfiado, Harry. Ayudará a que consigas visualizar tu mente y tus
escudos. Cualquier Oclumante que inicia en ello debe beberlo, ¿que acaso Snape no
te lo ha dado?

Harry sintió que le hervía la sangre. Una corriente de ira fuerte y feroz cruzó por él,
odiando lo mucho que Snape lo había hecho sufrir el año anterior.

—Vaya, Harry —Tom retrocedió un paso, llevándose la mano a la cabeza—. Deja de


pensar "jodido Snape, maldito bastardo" e insultos así, tan muggles, porque te juro
que…

Harry se sobresaltó.

—¿Estabas leyendo mi mente?

—Tú estabas dejando caer tus pensamientos en mi mente. Suele suceder, e incluso


más cuando te enfadas.

Harry parpadeó, perplejo.

—¿Quieres decir…? —se detuvo, no muy seguro—. ¿Desde cuándo…?

—No hace mucho. Recién a mediados del año pasado pude darme cuenta que tenía
algunos de tus pensamientos en mi cabeza. Supe cosas como el ED, o el odio que
tenías hacia Umbrigde, o como ella te torturaba. ¡Imagina que poder desperdiciado,
que incluso traspasaba mis escudos oclumantes…!

Harry calló unos segundos mirando la pequeña poción en sus manos. No tendría
más que un trago, y su camino para ser un Oclumante, o por lo menos poder
esconder su mente ante ciertas personas, estaba allí. Y si bien ahora no quería
esconder sus pensamientos de Voldemort —o al menos, no todos— sí quería
esconderlos de Dumbledore. Un Oclumante podía poner un escudo sobre las cosas
importantes y dejar a la visión ciertas cosas irrelevantes, ¿no?

Se lo preguntó a Tom.

—Efectivamente, Harry —respondió él, sentándose en el escritorio—. Ahora bébela.

Harry hizo tripas corazón y bebió de un trago la pequeña poción que sabía cómo si
tragase agua de mar. Al principio no sintió nada. Casi le alza una ceja a Tom que le
miraba, paciente, cuando lo sintió.

La habitación era pequeña en comparación. Y allí estaba, por todas partes, un


extraño flujo de información en brillos y colores más vívidos que nunca. Todo
relucía, todo se veía con un halo de neblina que borroneaba por los bordes pero
fijaba en el centro. Harry casi cae de la silla si Tom no le hubiera sujetado.

—Lo que ves, Harry, es tu mente. O por lo menos una proyección parcial de ella.
Son las cosas que ves, comprendes, asimilas. Comprendes que aquel poster es de
una banda porque tiene un guitarrista, y comprendes que el libro que está sobre mi
escritorio es de Defensa porque soy profesor de ella, ¿no es así? —Harry asintió,
demasiado anonadado con todo lo que veía. Los colores parecían intensificarse
mientras fijaba la vista en ellos, e incluso sus manos lucían borrosas. Las acercó a
su rostro, observando como dejaban una estela color carne al pasar—. Sé que es
alucinante, pero concéntrate. Haré un hechizo Legeremens y verás lo que sucede
con tu mente.

Harry asintió. Sabía que era incapaz de hablar. Incluso la voz de Tom se oía como
si tuviera la cabeza dentro de un cubo con agua.

—Legeremens —siseó Tom, y Harry sintió la intromisión a su mente y mientras


repasaba recuerdos que brillaban, centellaban y se volvían borrosos examinaba con
la vista el estado de su mente en la habitación. Las paredes de humo se torcieron,
se curvaron y se volvieron entre sí, dispuestas a atacar a quien estuviera
entrometiéndose. Pero no pudieron hacer nada.

Harry se dejó caer contra el espaldar de la silla cuando sintió que Tom abandonaba
su mente medio minuto después. Sentía el corazón en la garganta y le ardían los
ojos.

—¿Lo has visto? —preguntó él. Harry asintió.

—Las paredes… eran humo, y parecía que querían cerrarse…

—Lo que debes hacer —seguía explicando, con esa voz ligeramente desconectada.
La voz se oía más rápido de lo que la boca de Tom se movía, y Harry se sentía
ligeramente idiota, como si aquella poción ralentizara sus sentidos además de
alterarlos—. Es crear en tu mente. Debes crear un escudo con el mismo… "humo"
de tu mente. Debes hacer que deje de ser humo y se vuelva tan fuerte como la
piedra.

—¿Cómo voy a hacer eso? —preguntó Harry, sintiendo la desolación en su propia


voz. No tenía idea de cómo controlar aquellas paredes. Su mente nunca había sido
del todo suya, ahora lo comprendía, pero una cosa era controlar sus pensamientos
y otra, muy diferente, era control sobre su mente explícitamente dicho.

—Con dificultad —se burló Tom, y Harry no llegó a fruncir el ceño antes de que él
siguiera hablando—. Verás, debes imaginar. Algo tan simple como eso que haga las
paredes de tu mente adaptarse a lo que imaginas. Si te aseguras, si sabes que tu
mente debe ser un escudo, es mucho más fácil sin la poción. Solamente debes
centrar los pensamientos que quieres guardar dentro del escudo y dejar los
inofensivos a la vista. No es algo que debas hacer siempre, con crearlo una vez lo
suficientemente fuerte se debería mantener en pie. Y sí, hay gente que sabe
romper escudos, no importa lo fuerte que estos sean. Allí, luego se debe volver a
formar un escudo… pero eso no es importante ahora —Harry, mientras Tom
hablaba, estaba dejando caer su cabeza observando extrañado la forma que
hombre hablaba, con los labios moviéndose cada vez más lento, el cabello
cayéndole de lado por el rostro, los ojos tan oscuros pero con un brillo casi rojizo
cuando se fijaba en ellos—. ¡Harry, por Merlín, deja de mirarme y concéntrate!

El chico se sobresaltó y asintió con la cabeza. Había escuchado todas las palabras,
pero había entendido menos de la mitad. ¿Imaginar un escudo? ¿Así de simple?
Volvió a maldecir a Snape.

—Otra vez —pidió Harry. Tom asintió.

—Legeremens.
Harry se vio arrastrado dentro de sus recuerdos, pero no prestó atención a estos
mientras intentaba modificar las paredes de su consciencia. El humo parecía
ofuscado mientras Harry intentaba modificarlo a gusto, convertirlo en piedra,
convertirlo en ladrillos. Finalmente el humo adoptó una forma más dura y fija, tal
vez de cristal o vidrio que, ante la insistencia de Tom, parecía estar quebrándose.
Harry se esforzó aún más e intentó que la zona quebrara se reparara, pero esta se
abrió con un estallido y el humo volvió a ponerse loco, zumbando por todas partes.

Tom acabó el hechizo con una ligera mirada impresionada.

—Vaya. Me has mantenido afuera unos segundos —le sonrió, y Harry respondió a la
sonrisa. Nunca había probado drogas, pero se sentía como si estuviera drogado—.
Eso es más de lo que hubiera creído que conseguirías por hoy.

Harry rió, entre feliz y satisfecho, y su propia risa causó un temblor en todo el
humo. Harry se volteó, allí, y vio un hueco. Había un pequeño hueco en un rincón
del humo, un hueco de forma redondeada y de fondo completamente negro.

—Hay un hueco en mi mente —resopló Harry—. Esa debe ser nuestra particular
conexión mental.

Tom siguió con los ojos al lugar donde Harry estaba mirando, aunque en realidad
no podía ver nada.

—Puede ser —aceptó Tom—. ¿Listo para otra prueba? Esta vez intenta ir dentro de
tus recuerdos. Impedir que los vea, o confundirme.

Harry asintió. Tom dijo Legeremens y ambos estuvieron de nuevo en un


cementerio, en el cual Cedric Diggory recibía el Avada Kedavra en el pecho. Harry
se concentró en lo que había hecho anteriormente, aunque era bastante difícil… y
cuando pasaban a otro recuerdo, Harry consiguió que hubiera una barrera. Casi
podía sentirla, su recuerdo partido en dos pero intacto a la vez. Tom estaba allí, de
pie en el otro lado de la barrera, y Harry observó detrás de él el salón vacío, y a
Cedric, allí, con una sonrisa cómoda.

—Ven conmigo —decía el Cedric que vivía en su mente, y el Harry de su pasado, un


chico pequeño y de cabellos más largos y desordenados que nunca, se acercaba a
Cedric con pasos lentos, dubitativo. Fue un instante, el instante en que los labios de
ambos se juntaron, que Harry se encontró sin ser capaz de mantener la barrera.

Al instante estaba fuera de su mente y Tom le miraba ciertamente preocupado.


Porque sí, podía ver la preocupación en sus ojos oscuros, preocupación clara y
firme, como si fuera un hijo querido. Pero allí se iba otro secreto de Harry, otro
que, de todas formas, no era tan secreto. Se lo había contado a Sirius, a Ron,
Hermione, y por parte de Cedric, Cho lo sabía. Además, Tom había hecho ese
verano alusión a ya saber de la orientación de Harry.

Pero volver a verlo… Harry no podía sentirlo en sus propios labios, pero casi estaba
allí. El beso. Aquel primer beso. Cedric…

Casi pudo sentir que el efecto de la poción se acababa mientras todo a su alrededor
dejaba de brillar. Ya no podía ver el humo ni los brillos, y el tiempo parecía volver a
correr con normalidad. Tom se removía, incómodo.

—No sabía que tú y él…


—No muchos lo sabían —Harry se encogió de hombros. Sentía el cuello adolorido—.
Supongo que ahora eres una de las pocas personas en saberlo.

—No le contaré a nadie —murmuró Tom. Harry asintió.

—Cuento con eso.

—Y, Harry…

Harry alzó la vista. Los ojos de Tom, extraños, relucían de un modo que parecía
casi otra persona.

—Lo siento.

A Harry se le formó una sonrisa irónica en los labios.

—No es tan grave como para que te disculpes. Sólo nos enrollamos un par de veces
—se encogió de hombros—. Íbamos a ir al baile, juntos, pero luego de hablar con
McGonagall ella dijo que no podríamos, porque sería mal visto… luego discutimos
porque a él le parecía mal y a mí no. Nos encontramos un par de veces más, pero
no teníamos nada serio.

Tom asintió con la cabeza. Seguía luciendo demasiado serio.

—De igual forma, lo que vi… —cerró los ojos, apartó el rostro—. ¿Una alacena? ¿En
serio?

Harry supo de inmediato a qué se refería.

—Tampoco fue tan malo. Le tomé cariño a mi alacena —bromeó, pero Tom no
parecía de humor para hacer bromas.

—¡Enseñarte a cocinar a los seis años, cuando ni siquiera eras tan alto para llegar a
la estufa! Que tu primo ese te golpeara cuando dormías… ¿Y qué fue eso de echarle
pintura roja a la salsa de tu comida? ¡Por Merlín! —Tom estaba horrorizado—. Estos
muggles… Debes querer matarles.

—Quiero —hubo un extraño destello en la mirada de Tom—, pero no puedo hacerlo.


Al menos, no ahora. Lo haré más tarde, cuando el poder se me suba a la cabeza e
intente conquistar el mundo.

—¿Y dentro de cuánto será eso? Para declararte como aliado mío oficialmente.

Harry rió.

—Dentro de mucho, mucho tiempo. Tanto, que dudo que suceda —se encogió de
hombros, suspirando sonoramente—. Fue extraño. La poción… todo se veía como
en cámara lenta, y todo brillaba, había demasiada niebla…

—Es una mente que no está aclarada, si hay tanta —le remarcó Tom—. Por lo
general, la mente de un adulto está más fija. Es más brillante y no hay tanta
niebla. Cuando cumplas los veinte, vuelve a beber la poción y verás la diferencia.
No acabarás de sorprenderte.
La risa de Harry fue fácil, sutil. Tom también rió, ligeramente.

—No hace falta que sigamos practicando —ofreció él a Harry—. Podemos


simplemente conversar.

—¿De qué querría hablar Lord Voldemort conmigo?

—De planes. Planes que te involucran. Planes de Dumbledore que te involucran.

—¿Se trata de Dumbledore?

—Ajá.

—No quiero saber nada.

Tom ni siquiera se sorprendió.

—No me sorprende, pero esto es importante…

—Tom, basta. No quiero saber qué tipos de planes tiene el vejete para mí ahora,
eso sólo me hará rehusarme más a ellos. Quiero mantener un perfil bajo con el
director este año. Si me pide directamente hacer algo, lo haré, sí, pero si me da
esas indicaciones indirectas suyas… —Harry arrugó el entrecejo—. No, para nada.
No seguiré caminos que están escritos para salvadores y héroes. No otra vez.

Había algo en la sonrisa de Tom, algo que Harry no estaba seguro de haber visto
antes. Era una forma extraña, algo parecido al orgullo. Pero no orgullo propio, ni
orgullo maníaco, sino orgullo genuino, por algo, por alguien.

Harry se removió, ligeramente incómodo.

—¿Quieres chocolate caliente antes de la cena? —ofreció Tom, cerrando los ojos
unos instantes y volviendo a adoptarla forma de Cylean. Harry vio la forma casi
lenta en que cambió esta vez, con los cabellos volviéndose rubios y el rostro
modificándose, alargándose y cargándose de esa expresión bonachona que Cylean
Rousseau tenía, sin importar qué hiciera o dijera.

—Podría ser —aceptó Harry. Tom sonrió y chasqueó los dedos.

—Minsky, ven, por favor.

Una elfina doméstica apareció en el medio del despacho. Harry se sobresaltó. Tenía
orejas muy largas y una nariz pequeñísima. Vestía con la bata de Hogwarts.

—¿Sí, amo? ¿Necesita algo en lo que Minsky pueda ayudarlo, amo?

—Dos tazas de chocolate caliente, Minsky.

La elfina sonrió e hizo una reverencia.

—Ya mismo se las traigo, amo.

Desapareció con un chasquido y Harry rió.


—Quién diría: "Cylean Rousseau" —abrió y cerró comillas— siendo amable con elfos
domésticos.

Harry sintió un pinchazo en la cicatriz. Cylean sonrió, mordaz.

La elfina volvió a aparecer con dos tazas cargadas de chocolate caliente en las
manos. Cylean le sonrió mientras tomaba las tazas.

—Muchas gracias, Minsky.

La elfina hizo una reverencia tan exagerada que sus orejas tocaron el piso. Luego
desapareció sin mirar ni una sola vez hacia atrás.

—Parece que no me ha visto —suspiró Harry. Tom le alcanzó la taza.

—A los elfos domésticos no le impresionas, Harry. He hablado con la mitad de ellos


en busca de uno que valiera la pena. Minsky resultó ser la adecuada. Además —
dijo, como si recordara algo de pronto—, Hermione me ha enlistado en la
P.E.D.D.O.

A Harry se le escapó una carcajada.

—Bueno, es lo más bizarro que he oído hoy —rió entre dientes y Tom también lo
hizo. Al calmarse comenzaron a beber el chocolate. A Harry se le ocurrió una
pregunta—. Tom, ¿por qué te gustan las cosas dulces?

—¿Qué, acaso es un delito? —Tom le miró con una ceja alzada. Seguía bajo la
forma de Cylean y no era ni tanto tan amenazante como debería serlo—. Pues…
supongo que mereces que te lo cuente. Verás…

Tom guardó silencio unos instantes. Luego, comenzó a contar.

—La primera vez que probé un dulce tenía diez años. Fue antes de venir a
Hogwarts, por su puesto. Nunca había probado uno. La señora Cope, la jefa del
orfanato, no era muy aficionada a ellos y los pocos que recibía de padres queriendo
adoptar niños me lo robaban otros niños. A todos les adoptaban, menos a mí —
bebió otro sorbo de chocolate, con la mirada fija en la taza—. No voy a hablar de
las adopciones. Los dulces… yo, estaba fascinado. Nunca había probado nada igual.
Hasta el momento, incluso bebía el té amargo. Todos lo hacíamos. Los dulces
resultaron ser algo extraño, inesperado, algo que me encantaba. Luego, en
Hogwarts, tampoco podía permitirme comprar mis propios dulces, pero algunos
podía robar. Eran pocos, sí, pero me fascinaron incluso más los dulces mágicos que
los muggles. Y las tartas de melaza, pastel de calabaza, tarta de moras… —le dio
otro sorbo al chocolate. Harry le miraba con atención—. Pase toda una infancia sin
saber lo que era lo dulce y una adolescencia comiendo dulces robados. Le tomé
gusto a tomarlo todo dulce: las tartas, el té… Incluso ahora ese gusto no se va.

Harry observó la mirada penosa de Tom. Era extraño, muy extraño, porque allí no
estaba el hombre que había matado a sus padres y que había intentado matarlo,
allí no estaba el hombre que había matado a Cedric, allí había un hombre triste,
consumido por una vida que había sido cruel con él.

Harry bebió su chocolate sin decir nada, sin saber que decir. El silencio los envolvió
como un manto acogedor.
—Yo… lo siento —dijo finalmente Harry—. Incluso yo sabía lo que era lo dulce. No
conocía muchos, pero…

—Sí, sí —Tom hizo un ademán con la mano—, lo sé. Es sólo la triste historia de un
sociópata enfermo que se obsesionó con las cosas que no pudo tener.

Harry sonrió.

—Para ser un "sociópata enfermo" como dices, pareces muy resentido.

Tom le fulminó con la mirada.

—Calla.

Pero no era una mirada de odio, y Harry tampoco sintió dolor en su cicatriz. Era
una mirada media burlona, y Harry, inesperadamente, se sintió incluso más cerca
de él que de cualquier otra persona.

7. La clase práctica.

Las semanas de Harry se dividían entre estudios, charlas con sus amigos y clases
de Oclumancia. Avanzaba muy bien y ya casi era capaz de hacer un muro que Tom
tardaba en romper, e incluso había dejado de usar la poción.

Fue el último miércoles de septiembre que sucedió. Cylean fue en el desayuno a


decirles a todos los de sexto, mesa por mesa, que la clase de ese día sería en los
jardines de Hogwarts. A Harry ya le habían contado Luna y Ginny, que tenía
Defensa los lunes, que el profesor Rousseau les había hecho hacer una clase
práctica afuera, pero que les había amenazado con cincuenta puntos menos a
cualquiera que dijera de qué trataba la clase porque él se enteraría. Ginny había
respetado al pie de la letra la amenaza, al igual que Luna, pero ambas
consideraban a la práctica como maravillosa.

Después del desayuno fueron a los jardines donde el profesor Rousseau los llevaba.
Era el camino que colindaba con un pequeño bosque cerca del Bosque Prohibido,
pero más cerca de Hogsmeade que de otra cosa.

—¡Muy bien, monsieurs y madamoiselles! —Cylean se puso frente a la confusa clase


que lo miraba, impaciente—. Hoy tengo preparada una clase especial. No es una
clase teórica, así que por favor, dejad sus mochilas allí —señaló un rincón en el que
una piedra grande tenía forma de canasto. Todos fueron a dejar sus mochilas allí,
para volver frente al profesor—. Esta es una clase práctica. No sólo práctica:
evaluativa.

Hubo murmullos. Cylean suspiró.

—Muy bien, maravilladme con vuestros conocimientos. ¿Quién sabe qué es el juego
"busca la bandera" o "atrapa la bandera"?

Parvati Patil alzó la mano.

—Señorita Patil —indicó el profesor Rousseau.

—Es un juego de dos equipos, en el cual cada equipo tiene que buscar la bandera
de su equipo que debe custodiar el equipo contrario —indicó ella, y Cylean sonrió.
—Bien. Cinco puntos para Gryffindor. Ahora, con lo que ya saben, ¿quién quiere
jugar?

Nadie alzó la mano. Cylean suspiró.

—Reformularé mi pregunta —sonrió cínicamente antes de decir—. ¿Quién quiere


jugar por 100 puntos para su casa?

Todas las manos se alzaron casi antes de que el profesor terminara de hablar.
Cylean sonrió.

—Guay. Entonces, ahora que ya sabremos que jugaremos todos, quiero señalar a
los Capitanes de los equipos, o mejor dicho Capitanas, que serán… —echó una
mirada entre los grupos de Slytherins y Gryffindors con una expresión calculadora—
la señorita Parkinson y la señorita Granger.

Ambas mujeres se fulminaron con miradas frías. Cylean sonrió.

—Ah, bella juventud —extrajo desde dentro de su túnica dos banderas, una con el
logo de Gryffindor y otra con el logo de Slytherin—. Los de Slytherin custodiaran la
bandera de Gryffindor y los de Gryffindor custodiaran la bandera de Slytherin.
Capitanas, tienen cinco minutos para examinar este bosquecillo de aquí —señaló a
su espalda los árboles bien distanciados— y esconder su bandera. Cuando yo lo
diga, y oirán mi voz desde dentro del bosque, se dividirán y comenzarán a buscar
su bandera. Deben quedar como mínimo dos personas custodiando la bandera;
escojan bien. ¡Oh! Cuando derribéis a un compañero debéis lanzar chispas rojas por
su varita para que pueda ir a recogerlo yo y la Saeta de Fuego del señor Potter —
extrajo desde dentro de su túnica una pequeña escoba que, al tocarla con su varita,
se agrandó y adoptó el tamaño real de una escoba de carreras. A Harry los ojos se
le saltaron. Cylean le sonrió burlonamente—. Tranquilo, señor Potter. Se la
devolveré sana y salva para cuando la necesite. ¿Recuerdo que las selecciones de
Quidditch son mañana?

Harry asintió, mirando al profesor con ojos entrecerrados. Éste sonrió, casi dulce.

—Bien. Le desocuparé la escoba para entonces. Como decía… —se aclaró la


garganta y continuó—. Cada compañero caído son diez puntos menos para cada
equipo. Por cada hechizo que recibáis serán dos puntos menos. Quien obtenga su
bandera gana. Ahora, ¡iros!

Señaló el bosque y los alumnos fueron hasta allí con reticencia, pero adentrándose
más y más. Hermione tomó la bandera y la ató a una rama. Luego lanzó un
encantamiento y fundió esa rama con un árbol, quedando la bandera a un metro
sobre el suelo.

—Si pones un encantamiento de fijación —añadió Harry, mientras sus compañeros


le miraban—, no podrán sacarla por más que quieran.

—¿No sería eso hacer trampa? —preguntó Lavender Brown, apoyada contra el
brazo de Ron. Hermione la fulminó con la mirada.

—No creo. Siempre pueden cortar la rama.

Hermione hizo el encantamiento a la bandera y ésta brillo unos instantes antes de


opacarse nuevamente.
—¿Cuándo creen que el profesor Rousseau anuncie…? —comenzó Parvati, pero una
voz, fuerte y clara, como si estuviera junto a ellos, los sobresaltó.

—Comenzad a buscar. ¡Corred, corred como si vuestras vidas pendieran de ello! Y


no he avisado… si tardáis toda la hora, serán veinte puntos de los que habrá que
restar. Si tardáis una hora serán cincuenta y si tardáis menos de una hora cien…
¡Lamento no haberos avisado, ahora apresuraros, corred! —Lavender y Parvati
rieron entre ellas, cuando la voz las volvió a sobresaltar—. Brown y Patil, ¿qué
hacéis riéndoos cuando deberíais estar buscando la bandera? ¡Cinco puntos menos
para Gryffindor!

—Seamus y Neville, Dean quedaros a custodiar la bandera —ordenó Hermione—.


Harry, Ron, ¡vamos!

—¿Y nosotras? —preguntó prepotentemente Lavender. Hermione estaba dispuesta


a responderle de malas maneras cuando Harry se apresuró.

—Intentad que no os den.

Parvati frunció el ceño ligeramente mirando a su antigua pareja de baile, pero forzó
una sonrisa ante la mirada ceñuda de Hermione.

—Creo que podéis manejaros solitas —espetó Hermione, tironeando del brazo de
Ron—. Vámonos, Ron —se alejaron un poco del grupo y Hermione observó de reojo
a Harry—. Harry, ¿podrías desilusionarnos?

—Ya —dijo Harry, tocando a Hermione con su varita en la cabeza y haciéndole un


encantamiento desilusionador a ella y a Ron. No le salía perfectamente, claro, pero
era mejor que nada. Aún se veía la forma de la cabellera de Hermione, y levemente
distorsionado todo desde la altura de Ron.

Luego Hermione desilusionó a Harry mucho mejor de lo que él lo había hecho, pero
siguieron avanzando. Harry podía ver dónde se encontraba Hermione si ella se
movía, pero si quedaba quieta no la distinguía de su entorno. Sucedía lo mismo con
Ron.

Avanzaron casi en círculos unos momentos, antes de que Hermione se pusiera a


razonar.

—Nosotros hemos avanzado unos cien metros y hemos ido hacia la oeste,
avanzando unos veinte metros. Ahora hemos avanzado unos treinta metros.
Debemos ir al este y…

—Hermione, sólo dinos a dónde hay que ir —protestó Ron. Hermione calló
abruptamente y quedó así, invisible y silenciosa. Ron resopló.

—¡Hermion-…!

—¡Desmaius!

El chorro de luz roja le pegó a Ron en el cuello, e inmediatamente se hizo visible. El


cuerpo desmayado cayó al suelo y una entusiasta Tracey Davis se asomó entre los
arbustos. Era tan pequeña que le había sido fácil esconderse, con el cabello negro
ondeado en un prolijo orden.
—Eso fue fácil —dijo ella, sonriendo y comenzó a lanzar Desmaius por todas
direcciones, esperando darle a alguien. Por suerte no les dio ni a Harry ni a
Hermione que estaban allí, helados, silenciosos, casi sin respirar. Entonces Harry
movió su varita y siseó un Desmaius apuntando directamente al pecho de la chica.
Tracey Davis no lo vio venir y cayó entre los arbustos.

—Harry, no podemos… —comenzó Hermione cuando Harry intentaba reanimar a


Ron. Pero por más de que lanzaba Enervate tras Enervate, Ron se seguía
inconsciente.

—No, no pueden —una voz bajó desde sobre los árboles. Cylean estaba sentado en
una rama, con la Saeta de Fuego en la mano—. Despertará por sí mismo. Cinco
puntos menos por desobedecer instrucciones directas. Ahora, seguid buscando —
miró a ambos lados y señaló una dirección—. Si vais por allí os espera una
emboscada. Id con cuidado.

Cylean saltó del árbol subiéndose a la escoba, lanzó un encantamiento a Ron y a


Tracey y se los cargó al hombro. Con cierta dificultad emprendió el vuelo,
marchándose del bosque.

Hermione estaba anonadada.

—¿Vio a través de nuestros hechizos desilusionadores? —lucía estupefacta, pero


hablaba muy bajo—. Es…

—Un genio —completó Harry—. Vamos, por aquí.

—Pero, Harry, ¿vas a creer lo que el profesor Rousseau dijo? Puede estar
engañándonos.

—Confío en él.

Fueron por el lado contrario al que Cylean les había dicho que los esperaba una
emboscada. Y pronto Harry la vio. Era un pequeño claro, una sección de dos metros
redondos sin árboles en cuyo centro, en una rama alta y gruesa, estaba atada la
bandera de Gryffindor. Crabble y Goyle estaban patrullando, caminando torpemente
en círculos alrededor de la bandera.

—Muffliato —susurró Harry, para luego acercarse a Hermione y murmurarle—.


Podemos lanzaros un Desmaius a cada uno, pero no se quedan quietos, y podría
haber más…

—Tengo una idea mejor, Harry —Hermione se inclinó hacia él y se la dijo. Harry
sonrió.

—Bien. Hagámosle.

Hermione alzó la varita y susurró:

—Serpensortia.

Una serpiente brotó de la punta de la varita de Hermione. La serpiente se arrastró,


dispuesta a irse, cuando Harry se arrodilló y susurró.

—¿Puedes comprenderme?
En pársel, claro.

La serpiente se volteó y se acercó a donde estaba Harry desilusionado.

—¿Quién está allí? —preguntó la serpiente. Harry quiso reír. Era tan extraño estar
hablando con una serpiente… otra vez.

—Soy un hablador. Me llamo Harry Potter. ¿Puedes hacerme un favor?

—Claro que puedo, hablador.

Harry rió en voz baja.

—Mira… necesito que vayas donde está aquella bandera y muerdas los nudos para
traérnosla. ¿Puedes hacer eso?

—No me subestimes.

La serpiente se arrastró por entre medio de los pies de Harry y atravesó unos
arbustos para ir en busca de la bandera. Sabía de qué hablaba, porque se subió a
la rama y se acercó a los nudos de la bandera. Goyle fue el primero en darse
cuenta.

—¡Vince! ¡Mira!

Crabble observó cómo hipnotizado la serpiente que ya había deshecho el primer


nudo. Goyle tenía los ojos abiertos, enormes.

—¡Sácala de ahí!

—¡Sácala tú!

Ambos chicos se miraron, y sin decir nada, echaron a correr.

—¡Draco!¡Draco! —gritaban, mientras se desaparecían entre los árboles. Harry rió.

La serpiente ya había quitado los dos nudos y la bandera caía suavemente entre la
tierra. Cuando Harry se asomó en el claro para tomar la bandera oyó un "Vípera
Evanesca" dicho con voz clara y firme. La serpiente le miró, Harry incluso pudo oír
un "¡NO!" de su parte, mientras se desvanecía consumida por una pequeña llama.

Harry se volteó y vio a Draco Malfoy asomándose entre unos arbustos. No lucía tan
arreglado como siempre: uno de los bordes de su túnica estaba raído y tenía
pequeñas hojas en el cabello, pero miraba a Harry triunfante.

—¡Desmaius! —gritó el rubio, y Harry desvió el hechizo con un movimiento de


varita.

—¡Expelliarmus!

Draco saltó y evitó el hechizo, que golpeó contra un árbol.

—¡Vamos, Potter, hazte ver!


—Hermione, hazme visible.

—Pero, Harry…

—Hermione, hazlo.

Hermione lo hizo y Harry pudo sentir el calor cayéndole en la nuca. Se vio las
manos y, cuando Malfoy lo vio, le lanzó un hechizo. Harry hizo un Protego bastante
fuerte, porque el hechizo azul rebotó y dio en la copa de un árbol, haciendo un
agujero entre las hojas. El escudo de Harry abarcaba también a Hermione, quieta y
silenciosa.

—No puede oírnos —susurró Hermione—. Por tu Muffliato.

Harry les había enseñado el Muffliato a Ron, Neville, Luna, Ginny y Hermione.
Nunca sabían cuando lo iban a necesitar.

Draco Malfoy apretó los dientes y alzó la barbilla.

—¡Furunculus! —gritó, y el escudo de Harry rebotó el hechizo, aunque vibró como


si estuviera a punto de romperse. Harry, sin mirar a Hermione, dijo:

—Quitaré el escudo y tú lanzarás un Desmaius. No erres, por favor, Hermione.

No pudo ver como ella asentía.

Harry dejó caer el escudo y alzó la varita. Draco comenzó a hablar para lanzar otro
hechizo, pero el Desmaius de Hermione lo tomó por sorpresa y le dio en el pecho.
Draco cayó entre la tierra húmeda y Harry hizo visible a Hermione.

Sonriendo, ella tomó la bandera y de pronto el pequeño trozo de tela se transformó


en una bengala que voló de sus manos al cielo y estalló, formando un león cuyo
rugido se oyó por todo el bosque. Pequeños banderines de Gryffindor cayeron
desde el cielo, y entonces se oyó la voz de Cylean en el bosque:

—¡Eso ha sido genial! Por favor, salid del bosque. Seguid los banderines.

Los banderines, con forma de puntas de flecha, apuntaban a una dirección. Harry y
Hermione la siguieron y se encontraron con Theodore Nott limpiándose el rostro de
tierra y a Neville, limpiándose la nariz de la que caían unas gotas de sangre.

—¡Neville! —regañó Hermione—. ¡Te dije que debías cuidar la bandera!

—Lavender no quería que la atacaran a solas, así que cambiamos lugares.

Hermione rodó los ojos, pero siguieron caminando siguiendo los banderines.
Entonces, Hermione se dio cuenta de algo:

—¡Por Dios, Harry! ¡Nos hemos dejado a Malfoy desmayado en el claro!

Harry comenzó a reír a carcajadas. Nott le miraba extrañado.

—Vale, iré a buscarlo. Vosotros id y avisad al profesor que fui a buscar a Malfoy.
Harry retrocedió lo que habían avanzado, siguiendo siempre la línea de banderines
que indicaban, desde diferentes sitios, la forma de volver al punto inicial. Entonces
se encontró a Malfoy en la tierra, con los ojos cerrados. Le lanzó un Enervate.

Malfoy seguía con los ojos cerrados. Harry volvió a lanzar otro Enervate, un hechizo
que tampoco le salía tan bien, y recién en ese momento Malfoy abrió los ojos.

—¿Qué…? —observó a Harry con los ojos entrecerrados—. ¿Habéis tomado la puta
bandera, verdad?

Harry rió.

—Sí, hace como cinco minutos. Se ha acabado el juego. Ven, Malfoy.

Le ofreció la mano para levantarse. Malfoy le miró, desconfiado, pero terminó


aceptando la mano, levantándose y gruñendo.

—Tengo tierra en el rostro. Genial.

Harry rió nuevamente.

—Estás muy divertido este año, ¿eh, Potter? —le pinchó Malfoy mientras caminaban
—. Supongo que debe ser entretenido ser el favorito del profesor.

—Como si no lo supieras en Pociones —burló Harry. Malfoy se encogió de hombros.

—¿Y qué hay de tu cabello? —Malfoy le señaló los cabellos que ya lucían
extravagantes, notándose las raíces completamente negras mientras la melena
desordenada lucía rubia—. Yo sé arreglar eso.

—¿Y por qué querrías arreglarme el cabello? —preguntó Harry, alzando una ceja.
Malfoy le dirigió una sonrisa socarrona.

—Para que me debas un favor.

Malfoy era Slytherin en sangre y alma. Harry sonrió. Por más de que el rubio fuera
un desgraciado, ciertamente comenzaba a caerle algo mejor.

—Vale.

Malfoy apuntó con su varita a la cabeza de Potter y murmuró un "Hearie


negro". Harry se llevó la mano al cabello, tironeó de un mechón y lo observó:
completamente negro. Le dirigió una sonrisa amistosa a Malfoy que le miraba con
expresión satisfecha.

—¿Cómo es que sabes ese hechizo? Y por cierto, debes enseñármelo.

Malfoy rodó los ojos.

—Padre lo usa para cubrirse las canas. Dice "Hearie rubio" y ya no están. Pero… tú
no sabes sobre ello —lo acusó Malfoy. Harry puso expresión de no entender lo que
decía.
—¿Saber de qué? Tú no me has dicho nada —y le guiñó un ojo. Malfoy se
sobresaltó ligeramente.

—Sí, nada de nada —rió entre dientes, una risa ligera y sutil—. Recuérdalo: me
debes un favor.

—Lo tendré en mente.

El camino de banderines terminaba cuando ya había mucha luz despejada como


para ver que salían del bosque. Allí los esperaban, y casi fue extraño para
Gryffindors y Slytherins ver como Draco Malfoy y Harry Potter salían del bosque,
aparentemente ilesos, sin menor signo de lucha.

—Perfecto. Muchas gracias por traer a su compañero, señor Potter —Cylean le


sonrió ampliamente. Estaba sentado en la escoba que flotaba a unos metros del
suelo, como si estuviera montando un caballo a la femenina, con ambas piernas
cayendo de un solo lado. Lucía elegante y despreocupado—. Cinco puntos para
Gryffindor por esto. Entonces, ahora, los puntos. Habéis tardado treinta y dos
minutos desde que habéis ingresado al bosque. Por lo tanto, habéis ganado cien
puntos de los que os restaré… —observó a Ron, aún sentado en el suelo, sobándose
la frente— diez por el desmayo del señor Weasley y… oh, Gryffindors, haced una
fila.

Los Gryffindors hicieron una fila ordenada. Cylean se acercó y tocó la frente de
todos ellos con la punta de la varita, analizando algo. Luego de hacerlo con todos,
incluidos Ron y Harry, continuó:

—Os restaré dieciocho más, aunque los señores Weasley, Potter y la señorita
Granger han recibido hechizos desilusionadores, asumo que hechos con propósito
de esconderse, han recibido hechizos. Así que Gryffindor gana hoy setenta y dos
puntos.

Todos los Gryffindor comenzaron a reír casi a carcajadas y a aplaudir entre ellos.
Los Slytherins les miraban, ceñudos. Luego Cylean se volteó hacia el grupo de
Slytherins y sonrió.

—Ahora, si cualquiera de vosotros consigue su bandera en menos de diez minutos,


serán cincuenta puntos. Si es en quince, veinticinco, si es en veinte, quince, y si es
en media hora, diez. ¡Buscad! Tenéis media hora por delante.

Blaise Zabini fue el primer lanzado hacia el bosque. Draco esperó a que todos se
adentraran y comenzó a seguir, en solitario, un grupo de banderines. Cylean
sonrió.

—Muy inteligente de parte de Malfoy —comentó, para sí—, seguir la línea de


banderines que llevan a quienes custodiaban la bandera.

Harry le sonrió de lado a Cylean, en medio de la celebración.

Draco Malfoy trajo la bandera de Slytherin, atada a la rama rota, ocho minutos
después. Se había limpiado con parte de la túnica el rostro de tierra y arreglado el
cabello con las manos, pero aún se notaba que había estado con la cara casi
enterrada. Cylean volvió a llamar a los Slytherins que se habían adentrado al
bosque y premió con sus prometidos cincuenta puntos a Draco.
—Vale. Como os habéis ensuciado, os doy lo que queda de la hora para que vayáis
a bañaros, cambiaros o hacer lo que queráis. Si algún profesor pregunta, os he
enviado porque estabais hechos un asco —les miró, pasando desde Neville, cuya
nariz sangraba, hasta Tracey Davis, con hojas de arbusto en su cabello—. Y lo
están. Longbottom, tú ve a la enfermería. Cinco puntos menos por pelear con los
puños con otro alumno, pero cinco puntos más por ganar la pelea.

Neville rió y Theodore Nott observó ceñudo al profesor. Cylean le vio y negó
ligeramente con la cabeza, ciertamente desaprobador.

—Podéis iros. Y para la semana próxima —recalcó, oyendo algunos suspiros


ofuscados de quienes, obviamente, no querían hacer pergaminos—, practicaréis
pensar en el momento más feliz que os ocurra. Debéis tener en mente eso: un
momento feliz, tan feliz que pueda eclipsar a cualquier sombra. Esa será vuestra
tarea.

A excepción de Harry y sus amigos, los Slytherin no tenían idea de por qué un
profesor pediría eso. Harry estaba casi radiante. Verían, oficialmente, el
encantamiento Patronus.

Esa noche hubo fiesta en la torre de Gryffindor a la hora de la cena, mientras todos
los demás cenaban. Harry estaba exultante, al igual que todos los que habían
jugado en la clase práctica del profesor Rousseau. Hubo cervezas de mantequilla y,
de pronto, mientras Harry se dirigía al baño para refrescarse el rostro, oyó una voz
en su cabeza.

—Sal de la sala común. Estaré esperándote…

Era una voz grave y oscura, una voz que tembló en su mente como si tuviera eco.
Harry se llevó la mano a la frente, frotándose la cicatriz que ardía un poco. Se
disculpó con Ron y salió de la sala común para encontrarse, doblando la esquina, al
profesor Rousseau. Él le sonrió.

—Lamento sacarte de tu fiesta, Harry. ¿Querrías venir conmigo unos momentos?


No tomará mucho tiempo. Lo prometo.

Harry asintió. Después de todo, ¿qué podía perder?

8. El cuerpo de otro.

Las habitaciones privadas de Cylean quedaban cerca de la torre de Gryffindor, a


solo unos cuantos pasillos de distancia. Era una puerta que no tenía pomo ni forma
aparente de abrirse.

—Tiene contraseña —le explicó Tom—. En realidad, dos contraseñas. Yo uso una,
los demás profesores, si por alguna razón deben pasar, usan otra. La contraseña
que tú usarás será: Dumort.

Harry pronunció patosamente el francés y la puerta se hundió en la piedra,


abriéndose. Dentro todo relucía de color verde, azul y negro. Las paredes estaban
empapeladas de más posters de bandas muggles y más variedad de fotografías,
además de mayor cantidad de libros de las que había en el despacho del profesor.
Eran más de la mitad de los que allí había.
—¿Por qué estoy aquí? —preguntó Harry, sentándose en un sofá de tela verde. Éste
se hundió ligeramente bajo su peso: era cómodo y suave.

Tom terminó de lanzar su completa colección de hechizos (de silencio, de


privacidad, de aviso cuando alguien se acerque, de aviso si están intentando oír
detrás de la puerta, de hacer pasar desapercibida la puerta) y se volteó a ver a
Harry.

—Porque quiero confiarte algo.

Harry se cruzó de piernas de forma elegante mientras Tom, adoptando la forma de


él mismo, con los cabellos y ojos oscuros, se sentaba en el apoyabrazos del sofá.

—¿Y no podías esperar hasta nuestra clase de Oclumancia?

Tom arrugó el entrecejo.

—No.

Harry suspiró.

—Bien, vale. Cuéntame.

Tom le dirigió una mirada extraña.

—¿Nunca te has preguntado cómo obtuve la forma de Cylean Rousseau?

—Con poción multijugos —respondió Harry sin dudarlo. Tom sonrió a medias.

—Cerca, pero no. Esta poción que tomé me da permanentemente la forma de quien
dé su sangre para la poción —hizo una extraña sonrisa, algo rara, demasiado tensa,
demasiado quebradiza—. La hice en el verano. Cylean Rousseau había sido tan
idiota como para pensar que podía aprovecharse de Bellatrix en el Callejón
Knockturn. Ella no lo mató cuando vio que era un metamorfomago, porque sabía
que yo estaba buscando un metamorfomago.

Harry se sobresaltó.

—¿Es decir que ahora eres un metamorfomago?

—Para ser tan bueno en hechizos, Harry, a veces eres un tanto estúpido. Por
supuesto que lo soy.

Harry resopló.

—Me lo trajo a la mansión de los Slytherin, en los pantanos. Lo sumimos en un


complejo encantamiento de confusión y conseguimos que donara voluntariamente
su sangre. Él no tenía idea de por qué la necesitábamos, pero se tragaba cualquier
cosa que le dijéramos. Tampoco fue como si nos molestara —Tom se encogió de
hombros ligeramente—. La poción estuvo lista y pronto me transformé
completamente en Cylean Rousseau. No me costó adaptarme a las habilidades de
metamorfomago: podía adoptar desde la forma inhumana que me fue otorgada en
mi nuevo cuerpo hasta la forma humana que había tenido muchos años atrás. Los
Lestrange estaban impresionados. Decidí que se mantendría en secreto y solo ellos
y Colagusano lo sabrían. Sin embargo, envíe a los sótanos de los Malfoy a un
desmejorado Cylean Rousseau, que hablaba completamente en francés, no tenía
cabello y tenía el rostro consumido de tal forma que es irreconocible. Además, avisé
a Lucius y Narcissa que en ningún momento su hijo podría saber de aquel
prisionero. Ellos lo tomaron como alguien que podría servirme, no como alguien
que ya me había servido —la sonrisa en el rostro de Tom era feroz, ciertamente
extraña, como si faltara algo—. Lo que no me esperaba eran… los efectos
secundarios.

Harry alzó una ceja, sin comprender.

—¿Efectos secundarios?

—Adopté no sólo la forma física de Cylean Rousseau, sino su cuerpo, su mente. He


sido un doble de él en cuerpo y mente. No he podido actuar como yo mismo
durante mucho tiempo. La mayor parte del tiempo estoy, ¡incluso pensando en
"oh's" y "ah's" afectados! Es como tener dos personalidades. En las reuniones,
intento equilibrarlo, pero incluso mis Mortífagos creen que me he vuelto loco… o
más de lo que ya estaba. Debo meditar lo que digo diez veces antes de decirlo… es
como si Cylean Rousseau se estuviera vengando de mí desde la tumba.

—Dijiste que no estaba muerto.

—Lo estará, dentro de poco —Tom frunció el ceño—. Es increíble la cantidad de


cosas que ignoraba sobre… sobre, bueno…

Harry sintió deseos de reír. Tom lucía confundido y ofuscado, pero se permitió ser
amable con él.

—Sientes vergüenza que antes no sentías, ¿no? —preguntó Harry. Tom le fulminó
con la mirada—. No me refiero a eso. Me refiero a que… sientes cosas que antes no
sentías. No sólo tienes el cuerpo de Cylean, sino sus sentimientos, emociones,
gustos… es por eso que no te has quejado ni una sola vez de esas bandas muggles
o cualquier otra cosa, ¿verdad?

Tom arrugó ligeramente los labios, pero asintió. Harry sentía ganas de reír, pero no
lo hizo: se mantuvo impasible.

—¿Por qué me cuentas esto? —preguntó, sin querer sonar mal—. Puedes contárselo
a Colagusano y él no divulgará nada. ¿Qué te hace pensar que yo guardaré el
secreto?

—Tenemos un pacto, Harry —le recordó Tom con frialdad—. No puedes romper una
parte de él sin revelar cómo lo supiste. Si se sabe de Voldemort está dando clases,
además de conviviendo de paz con Harry Potter, bueno…

—Sería un asco para tu reputación de Señor Oscuro —rió finalmente Harry. Tom
frunció el ceño y antes de que Harry pudiera reaccionar Tom le sujetaba
firmemente del brazo y lo guiaba hacia la puerta.

—¡No te traje aquí para que te burlaras de mí! —se quejaba él. Harry, desde la
puerta, se negó a irse.

—Vale, está bien, lo siento. No es mi intención —se disculpó Harry, suspirando—.


Lo siento. Verdaderamente.
—Me estoy tentando a dejarte sin cabello esta vez.

Harry compuso una expresión de horror.

—Tíntame de cualquier color que quieras, pero por Merlín, no me dejes calvo.

La sonrisa de Tom fue casi cruel.

—¿Quieres probar?

Harry se cubrió el cabello con las manos.

—Por favor, no —casi rogó. Entonces la sonrisa cruel de Tom transmutó a una casi
amable.

—Sólo porque lo has pedido "por favor" —bajó la varita que en algún momento
había sacado—. Ahora, ven, siéntate y escúchame.

Harry asintió con la cabeza y fue de nuevo a ocupar el sofá de Tom. Tom volvió a
su asiento en el apoyabrazos.

—¿Qué es lo que verdaderamente te molesta de esto, Tom? —preguntó Harry. Tom


se lo meditó unos segundos.

—Es como si fuera otra persona. Hay veces que no puedo discernir si lo que quiero
hacer es algo… natural, mío, o si es algo que Cylean quiere hacer. Es… jodidamente
frustrante.

—Y ese insulto fue algo de parte de Tom.

—Harry, si vuelves a burlarte yo-…

—No fue una burla, Tom —Harry se inclinó hacia él—. Haz algo que marque la
diferencia entre Cylean y tú. Algo diferente; por ejemplo, reserva los "oh's" y "ah's"
impresionados para Cylean, y las maldiciones para ti. Intenta crear… no sé cómo
decirlo —Harry se llevó las manos de dedos juntos a los labios, pensándolo—. Crea
y mantén control de dos personalidades. La que muestras en público y la que en
verdad eres.

—Eso suena jodidamente fácil —resopló Tom—. Pero no parece tanto.

Harry le sonrió.

—Pues eso es lo que yo hago. Si yo, que tengo dieciséis, lo hago, tú que tienes…
¿Cuántos? ¿Setenta? Podrías hacerlo también.

—Para tu información tengo sesenta y nueve años —Tom frunció el entrecejo


ligeramente—. Y no se me nota en lo más mínimo.

Para remarcar su afirmación abrió los brazos, como exponiéndose. Esta vez no
llevaba camiseta de banda, sino una camiseta negra con una estrella de siete
puntas en blanco.
—Volvamos a lo importante, ¿quieres? —Harry le sonrió de lado—. Debes crear
cosas… resaltadores de personalidad los llamaría Hermione. Por ejemplo, yo con
Dumbledore y la Orden soy un jodido Héroe, mientras que con Ron y Hermione
puedo permitir comportarme un poco mal, con Sirius soy totalmente sincero y
contigo… bueno —se encogió de hombros—, tenemos un pacto que abarca más de
lo que al principio parecías. Te debo una, realmente.

Tom hizo una extraña mueca que pareció sonrisa.

—¿Por qué? ¿Por matar a tu primo? —Harry asintió. Su expresión no si inmuto ni un


ápice—. He matado antes. Lo que me lleva a preguntarte… ¿cómo puedes vivir con
la culpa?

Harry alzó una ceja.

—¿Culpa?

—Yo la siento a toda hora —confesó Tom, sin conseguir que su expresión fuera
afectada—. Pienso en… en personas que maté. Como tus padres. O que ordené a
matar, como el chico Diggory, y… no, no puedo arrepentirme, no pongas esa cara
compungida, Harry —le miró. Harry resopló antes de dejar a Tom seguir hablando
—. No me arrepiento. Sé que nunca seré capaz de arrepentirme, porque soy
demasiado… yo, aún, como para arrepentirme. Pero siento culpa. Aquella vez, la
primera lección de Oclumancia, yo no sabía qué decir cuando vi que tú y Diggory
erais… cercanos —sacudió la cabeza. Un mechón de cabello negro saltó de detrás
de la oreja de Tom, cubriéndole parte del rostro en extraño desorden que no dejaba
de ser elegante—. Sentí la culpa más poderosa que haya sentido nunca. Y no… no
sé cómo manejar estas… estas cosas que siento.

—Todo ser humano tiene sentimientos —murmuró Harry—. Puede que tú


originalmente no hayas tenido sentimientos, o no hayas sabido desarrollarlos,
pero… es diferente ahora, ¿no? —Tom asintió—. ¿Qué otras cosas has sentido?

Tom le miró con soberbia, pero al ver que Harry realmente quería ayudarlo —y si
no era ayudarlo, era acompañarlo— respondió, suspirando.

—Miles de cosas que no sabía diferenciar en primer momento. Pude sentir aprecio y
orgullo por mi clase, por mis alumnos, e incluso defendí a una niña de primero de
Slytherin que estaba siendo insultada por ser mestiza. La defendí sin pedir nada a
cambio, porque sabía lo que se sentía estar en su lugar y…

—Eso es empatía —le interrumpió Harry. Tom le fulminó con la mirada y, con un
movimiento que pecaba de elegante, le enseñó el dedo corazón.

—Siento… calma, serenidad, corrigiendo trabajos. Me siento completamente


conectado conmigo mismo, completamente satisfecho, cada vez que planeo una
clase nueva y cada vez que una clase sale como lo planee. Siento… joder,
siento atracción física hacia personas que nunca había mirado.

Harry se dijo a sí mismo que si Cylean Rousseau era gay, entonces Tom se sentiría
atraído por hombres, también, si todo en él había cambiado.

—Debe ser difícil. Si te sirve de ayuda, lo importante es experimentar con esas


atracciones —le recomendó Harry—. Cuando descubrí que… bueno, que me iban
las varitas —Tom soltó una risotada y Harry le lanzó con un almohadón del sofá—,
tenía trece. No había ningún chico que me gustara exactamente, pero Cedric
Diggory era… bueno, era guapísimo, y no me costaba notarlo. Luego, en el Mundial
de Quidditch, él y yo nos conocimos un poco mejor y decidimos salir… —Tom le
miraba con mucho interés y Harry decidió resumir—. Lo que importa es que, si
tenía dudas sobre algo, estas se aclararon. Me gustaban los hombres. Era lo único
bueno que salió de todo eso.

Hablaba con cierta amargura. Tom se acercó a él y tomó asiento a su lado.

—¿Así nada más? —preguntó—. Tomas a alguien como sujeto de experimentación


y… ¿esto es todo?

—Supongo que será así —Harry se encogió de hombros—. Yo le vi así.

—¿Cuánto… "avanzaste" —Tom abrió y cerró comillas con los dedos en el aire— con
Diggory?

Harry ni siquiera se sonrojó.

—Ya tuve esta conversación con mi padrino —se quejó—. No mucho, en realidad.
Unos cuantos besos y unas cuantas pajas cuando debíamos estar preparándonos
para las pruebas en privado. Sin embargo, me enseñó muchas cosas.

—Ya veo —Tom asintió y se sumió en un extraño silencio—. Supongo que eso es
todo. Necesitaba hablar con alguien… creo que es parte de lo que Cylean está
haciendo conmigo.

—Hablas como un loco —se burló Harry. Tom le lanzó el mismo almohadón que
Harry le había lanzado.

—Estoy loco —remarcó, sonriendo burlonamente él también—. Aunque ahora más


que nunca. Puedes irte. Creo que la fiesta todavía seguirá hasta que llegues.

Harry le dirigió una sonrisa de lado antes de levantarse e ir hacia la puerta. Estaba
allí cuando Tom volvió a sujetarle del brazo, pero esta vez con menos fuerte,
deteniéndolo.

—¿Harry?

Harry volteó a verlo. Tom tenía una mirada extraña en los ojos oscuros, unos ojos
que parecían tener un destello curioso, algo que él no había visto allí jamás.
Entonces, una sonrisa se curvó ligeramente en su rostro antes de murmurar:

—Joder, sí me voy a arrepentir por esto, pero, Harry… —se inclinó hacia él
ligeramente. Harry respondió a su inclinación, acercándose ligeramente, como una
presa hipnotizada por los ojos de una serpiente—. ¿Aceptarías ser mi sujeto de
experimentación?

Harry no tenía idea de por qué se sentía tan jodidamente hechizado por los ojos de
Tom. No eran claros y maravillados como los de Cylean, eran oscuros y profundos,
como nunca había visto unos antes. Las palabras salieron de su boca sin pensárselo
dos veces.

—¿Eso significaría morrearnos por los pasillos?


Tom sonrió.

—Si eso quieres.

—Sería guay. Cylean es muy atractivo. Tú también, Tom, no me quejo, pero


Cylean… —Harry fue observando como Tom entrecerraba los ojos y pronto había
unos labios sobre los suyos, unos labios posesivos e imperativos que devoraban su
boca con una lentitud que le dejaba acostumbrarse.

Tom lo besaba como si sus labios hubieran hecho para ser besados, y pronto Harry
encontró con que todo él estaba en llamas. Era un calor que le devoraba toda la
piel y que jamás había sentido. Era felicidad hasta un punto ciego. Era… joder, era
como si algo dentro de él estuviera por fin completo.

Tom se apartó luego de unos instantes que parecieron horas, dejando a Harry
atontado.

—¿Lo… sentiste? —preguntó Tom, de pronto, con repentina intensidad—. Harry,


diablos, dime si lo sentiste.

Harry asintió con la cabeza.

—Aquel fuego… fue como si estuviera completo, por fin —se atrevió a decir. No
servía de nada mentir; después de todo, Tom vería en su mente que era una
mentira y se enfadaría con él. A Tom no le gustaba que le mientan.

Tom asintió repentinamente ofuscado.

—Fue… oh, por Salazar, fue increíble —jadeó—. Jamás me había sentido así antes.

Harry sonrió de lado.

—Me agrada que sepas apreciar mis artes con la boca.

Tom le fulminó con la mirada.

—No has hecho casi nada.

—¿Quieres volver a intentar?

En algún punto habían quedado pegados casi pecho con pecho. Tom arrastró a
Harry al sofá para volver a unir sus labios así una y otra vez, una y otra vez, una y
otra vez. Cada beso parecía ser mejor que el anterior, y aquel fuego que no ardía
recorría sus venas convirtiendo su sangre en miel. Cylean había despeinado a Harry
más de la cuenta, Harry se había encargado de deshacer el ordenado desorden de
la cabeza de Tom, convirtiéndolo en un simple catástrofe que competía con el suyo
propio. Labios que peleaban por poder y lenguas que se enredaban en busca del
origen de ese extraño y adictivo fuego. Porque todo parecía ser, simplemente,
fuego.

La campana dio las diez de la noche y si a Harry le atrapaban fuera de la cama a


esas horas, y más con un profesor, sin un castigo, sería catastrófico. Se despidió de
Tom con un beso que apenas rozaba sus labios.
—Nos veremos el viernes —fue casi una promesa, pero Tom no tenía idea si podía
esperar hasta el viernes.

Tom le tomó del rostro y volvió a besarlo y así siguieron hasta incluso diez y media,
diez y cuarenta, once menos diez, cuando Tom cometió el primer error.

—Quédate conmigo esta noche —dijo, con voz ronca y cargada de deseo—. Harry…

Pero Harry ya se había apartado.

—¡Demonios, debía haberme ido hace tiempo ya! —se levantó, dejando a Tom en el
sofá, con expresión confundida—. Lo lamento, Tom, pero mis amigos se van a
preocupar y…

Tom asintió, como si comprendiera finalmente algo.

—Oh, sí —al decir "oh" se palmeó la frente—. Ya, tú vete. Nos veremos el viernes.

Harry le sonrió y huyó de las habitaciones privadas del profesor. Corrió en la


oscuridad hasta el retrato de la Dama Gorda que dormitaba.

—Acromántula —Harry dijo la contraseña y la Dama Gorda entreabrió los ojos, le


miró y le dejó pasar.

Harry ya respiraba aliviado de no haber sido visto por ningún profesor cuando
observó las figuras inmóviles y despiertas de Ron y Hermione en unos sillones junto
a la chimenea, solos en una sala común parcialmente vacía. Harry tragó saliva.

—Merlín te ayude, Harry —fue la burla que tuvo en su mente.

9. Cuidados de amigos.

Hermione parecía la señora Weasley por el nivel de enfado que llevaba encima.
Tenía el rostro enrojecido y los cabellos completamente alborotados, escapando de
un moño irregular.

—¿Dónde estabas?

Harry se encogió de hombros.

—Por ahí. Hermione, estoy cansado, ¿me dejas…?

—No, Harry —ella camino hacia él—. ¿Dónde estabas? Estábamos preocupados por
ti. Desapareciste en medio de la fiesta, te llevaste el mapa y la capa, y…

—Hermione, estoy bien —remarcó Harry—. No tienes por qué preocuparte. Estoy


más que bien, en realidad, estoy…

—¿Estabas con el profesor Rousseau?

Harry calló de pronto. Ron, detrás de Hermione, negaba con la cabeza. Harry no lo
negó.
—¡Harry! —Hermione lucía horrorizada—. ¡Es un profesor, y tú un alumno! Tiene
treinta años y ya tiene antecedentes de hacer… hacer eso con un alumno. ¡Puede
estar jugando contigo!

Harry se frotó la frente, suspirando.

—Hermione, no. Cálmate. Estuvimos hablando y pasando el rato. Me estuvo


contando de sus próximas clases y…

—Harry, por favor —su amiga se inclinó hacia él, mirándole con ojos consternados
—. No soy idiota.

Harry suspiró. Detrás de su amiga, Ron se levantó de su asiento y caminó hacia él.

—Harry, queremos lo mejor para ti. Sé que no te has interesado en nadie desde
Cedric, pero no por eso tienes que salir con la primera persona que se interesa en
ti…

—¿Y qué les hace pensar que yo no soy el interesado en Cylean?

Ambos amigos se miraron. Hermione evaluó a Harry con la mirada y negó.

—Harry, puede que estés impresionado. El profesor Rousseau es un buen profesor,


más que bueno, realmente, pero…

—Hermione —Harry observó a Ron y a Hermione. Ron estaba en silencio, como si


no pudiera creerlo—, Cylean me gusta.

Decirlo en voz alta era hacerlo real. Cylean, Tom, le gustaba. Le gustaba. Le


gustaba como maldecía entre dientes o su forma de dar clases, le gustaba el
cabello negro de Tom cuando ladeaba la cabeza, o los ojos claros de Cylean cuando
le fulminaba con la mirada. Le gustaba la forma de pararse de Tom, y la forma de
sentarse de Cylean. Le gustaba ambas facetas de su nuevo profesor de una forma
que jamás había experimentado antes. Le atraía.

Hermione lucía horrorizada.

—¡Pero tú dijiste…!

—Sé lo que dije, Hermione. Sé que dije que iba a intentar no interesarme en él,
pero me resulta imposible. Es… jodidamente atractivo, es un genio, es simpático,
es intenso. Es diferente. Simplemente eso, Hermione, él es… diferente.

Hermione se dejó caer en un sofá con expresión perturbada.

—Pero, Harry —Ron le miraba como si no comprendiera—, él tiene treinta años.

—¿Y? —Harry se encogió de hombros—. El año que viene cumpliré diecisiete. Seré
mayor de edad.

—Hasta entonces, ¡es ilegal! —Ron fruncía el ceño. Harry suspiró.

—No sé qué estamos discutiendo —suspiró—. No es como si tuviéramos una


relación secreta ni nada de eso. Simplemente nos besamos y… —Harry supo que
había dicho demasiado cuando los ojos de Ron casi saltaron de su rostro—. ¡No
sucedió nada más! ¿Vosotros en serio creéis que soy capaz de meterme en la cama
de cualquiera? ¡Nos conocemos hace menos de tres meses!

—Conocías a Cedric hace menos de un mes cuando comenzaste a salir con él —le
recordó suavemente Hermione. Harry soltó un gruñido frustrado.

—Eso fue diferente.

—Todo es diferente para ti, Harry, ¿te das cuenta? —Hermione miró hacia el fuego
unos instantes y luego volvió a levantarse, a mirarlo fijamente a los ojos—. Es
diferente el profesor Rousseau, es diferente lo que tuviste con Cedric, es diferente
lo que sientes por… Dios, Harry, no te consigo comprender —Hermione le miraba
con súplica—. ¿Estás seguro de lo que estás haciendo?

—Total y completamente —Harry le sonrió a su amiga—. Puede que Cylean sea un


profesor y apenas lo conozca, pero siento como si le conociera de toda la vida. Es…
alguien nuevo, completamente nuevo, que puede hacer un gran cambio en mi vida.
Estoy seguro de eso.

—Pero no estás saliendo con él —Hermione le miró, intrigada. Harry negó.

—Claro que no. Sólo nos besamos un poco.

—Así que fue solo un beso.

—Bueno, fueron unos cuantos besos.

—Harry —Hermione le regañó, aunque parecía estar ablandándose—. Tú entiendes


a lo que me refiero. Es decir, no se repetirá, ¿verdad?

Harry sintió cierta rabia.

—¿Por qué no habría de repetirse, Hermione? Cylean me gusta, yo le gusto. Es


natural que nos besemos si tenemos tiempo.

Hermione apretó los labios en una línea. Ron se acercó a Harry.

—Harry, tú y yo sabemos que esto no tiene futuro alguno. Es un profesor y los


profesores de Defensa duran, máximo, un año. ¿Qué sucederá el año que viene,
cuando el profesor R. se vaya a seguir dando vueltas por el mundo y tú debas
continuar aquí, en Hogwarts?

Harry rodó los ojos.

—Ron, sólo nos besamos. No me propuso matrimonio —suspiró, hastiado, y caminó


hasta un sofá dejándose caer allí, en el acojinado y cómodo.

—Pero tú eres de tomarte muy en serio las cosas, Harry. A eso nos referimos —
Hermione seguía intentando hacerle entrar en razón—. Puede que el profesor
Rousseau también lo vea como un simple beso, pero… ¿y si te ilusionas con él y
resulta que es un juego para él?

—También será un juego para mí, Hermione —Harry suspiró—. ¿Me dejas hablar?
Su amiga asintió. Ron también lo hizo, bastante trastornado por el rumbo que
estaba tomando la conversación.

—Vosotros debéis conocerme mejor. Puede que me haya tomado en serio lo de


Cedric cuando solo salimos un par de veces y no fue nada serio. Pero, he cambiado.
Por ahora todo es puro entretenimiento para mí, y estoy seguro que para Cylean
también. Soy un alumno que le cae bien y que sabe hacer buenos hechizos,
además que es el único que parece querer pasar tiempo con él. ¿Tienes idea de lo
solo que se siente? Los demás profesores le evitan porque saben de lo que sucedió
en Beauxbatons. Casi todos los alumnos lo tienen en un altar. Cylean también
necesita compañía, Hermione, y si quieres saber, jamás se ha intentado
aprovechar. ¡Tampoco soy una inocente flor como para que se aprovechen de esa
forma de mí! —Harry tuvo que controlarse de alzar la voz. Le latía la cabeza y
sentía el corazón acelerado. Se contuvo de decir el "otra vez" porque claro, ninguno
de sus amigos sabía lo que había sucedido aquel verano—. Ha sido un perfecto
caballero. Y por Merlín, me siento una tía diciendo esto, pero, todo lo que ha hecho
conmigo ha sido porque yo quise hacerlo. Nos hemos besado, repito, nos hemos
besado, no me ha besado a la fuerza ni me ha metido su polla en la garganta…

—¡Harry!

—Hermione, no te escandalices y no grites —le regañó Harry, sintiéndose más


liberado—. No pueden esperar que no me interese por Cylean. Si bien al principio
me trataba diferente, porque claro, soy el jodido Niño-qué-vivió, ahora me trata
como cualquier otra persona. No tiene preferencias conmigo, ni tampoco es parcial.
Y en realidad, favorece a Slytherin siempre que puede.

—Harry… —Ron le miraba con curiosidad, y Harry negó con la cabeza.

—No van a hacerme cambiar de opinión. Estoy a un año de ser mayor de edad. No
soy un niño. Puedo decidir qué hacer con mi vida.

Hermione y Ron suspiraron. Ambos agacharon ligeramente sus cabezas hasta que
Hermione fue a enfrentarse a Harry, con los ojos castaños brillando, cargados de
lágrimas.

—Harry, sólo queremos lo mejor para ti —dijo ella, con la voz afectada—.
Queremos que estés bien. Que no te suceda nada malo… Sabemos que sabes
cuidarte por ti mismo, pero, ¿nos dejas preocuparnos un poco? ¿Qué clase de
amigos seríamos si no?

La sonrisa se le dibujó a Harry en el rostro.

—Sólo recordad que sé cuidarme yo solo, ¿vale? —tomó las manos de Hermione y
las apretó entre las suyas. Ron le sonrió de lado, con una extraña expresión triste
en el rostro—. Si Cylean intenta aprovecharse de mí de alguna manera le patearé el
trasero con esas botas de puntas de acero que Sirius me obsequió para mi
cumpleaños.

Ron rió y Hermione sonrió. Todo estaba bien. De momento.

10. Patronus y Pociones.

—Hoy os enseñaré a hacer el encantamiento Patronus —dijo el profesor Rousseau


tan pronto acabó de tomar lista, sentado sobre el escritorio con los pantalones
negros agujereados y la camiseta de Siouxsie and the Banshees, que era una
banda muggle cuya cantante era una bruja, según Tom le había contado a Harry
luego de una clase de Oclumancia.

Nuevamente los pupitres fueron movidos contra la pared y todos los alumnos de
sexto año se esparcieron por el aula en pequeños grupos.

—Debéis pensar el momento más feliz que os ocurra. Ese momento especial, puede
tener cualquier origen, sólo debe ser un pensamiento feliz. Entonces, hacéis este
movimiento de mano —movió la mano en un círculo que disminuía al interior— y
debéis decir: ¡Expecto Patronum! Primero, practicaremos el movimiento de mano.
Haced una fila.

A regañadientes todos hicieron una fila. Cylean fue corrigiéndoles uno a uno el
movimiento de mano y luego la pronunciación.

—Practicad conmigo: Expecto Patronum.

—Expecto Patronum —dijo toda la clase, con voz monótona. Cylean dio una
palmada en el aire.

—¡Poned energías en ello!

—¡Expecto Patronum!

—Bien, ahora que os sale medianamente bien… —rodó los ojos, pero sonreía—.
Intentad juntad todo. Pensamiento feliz, movimiento de mano, pronunciación del
hechizo. El primero en conseguirlo que no sea el señor Potter recibirá diez puntos.

La primera en hacerlo fue Hermione. Una nutria de luz salió de la punta de su


varita, envuelta en aquel color azul y dejando aquella estela. Ron hizo el hechizo
luego de ella y el Jack Russell Terrier comenzó a perseguir a la nutria por todo el
aula, causando cierto enfado por Lavender, quien era novia de Ron. Cylean sonrió.

—Diez puntos para Gryffindor. Vamos, los demás, ¿qué estáis esperando?

Los demás alumnos comenzaron con las prácticas y pronto el aula estaba llena de
luces y animales. Quienes habían pertenecido al ED tenían Patronus corpóreos que
correteaban felizmente por el aula. La primera en conseguirlo, que no lo sabía de
antemano, fue Pansy Parkinson, cuyo Patronus se elevó en el aire convertido en
una mariposa. Cylean la felicitó y la premió con cinco puntos.

Casi al final de la hora toda la clase podía hacer un Patronus decente: el de Dean
era un lince, el de Blaise un tiburón, el de Daphne un unicornio. Sin embargo,
Draco Malfoy, al fondo del aula, seguía sin hacer un Patronus. Su Patronus seguía
siendo incorpóreo, tratándose de una luz brillante y clara, pero que, según las
propias palabras de Cylean, no sería capaz de espantar ni a un boggart.

—¿Con qué recuerdo está luchando tanto, señor Malfoy?

Malfoy miró al profesor con los dientes apretados.

—No le interesa.
—¿Le está faltando el respeto a un profesor, Malfoy? —Cylean se inclinó sobre él y
susurró ligeramente en su oído—. Porque yo podría descontarle muchos puntos,
¿sabe?

—Haga lo que quiera —gruñó Draco, volviendo a intentar hacer Patronus. De la


punta de su varita salió nuevamente un chispazo de luz, pero ningún animal, y
tampoco un escudo. Cylean se inclinó más hacia Malfoy y susurró algo en su oído,
algo demasiado bajo como para que cualquiera pudiera oírlo. Malfoy lució
horrorizado y volvió a intentar el encantamiento.

Cylean siguió pasando por los alumnos observando los Patronus revoloteando por
toda el aula. Llegó hasta Harry que estaba recargado en un pupitre, observando
como el Patronus de Lavender, un mono, perseguía al Jack Russell de Ron y el Jack
Russell perseguía a la nutria de Hermione.

—Señor Potter, no veo su Patronus.

Harry se encogió de hombros.

—He estado intentando hacerlo de forma no verbal.

—¿Y ha tenido éxito?

Harry volvió a encogerse de hombros e hizo un movimiento con la mano que


sostenía la varita. De ésta brotó una luz brillante que se transformó en el ciervo
cornamenta que echó a correr entre medio de los demás Patronus que se apartaban
para dejarlo pasar. Cylean sonrió, satisfecho, y le dio cinco puntos.

—Usted no nos ha mostrado su Patronus, profesor —dijo Harry, picándolo. Cylean


alzó una ceja, pero más alumnos le miraban, así que el profesor sacó su varita y
pronunció "Expecto Patronum" casi con apatía. De la punta de su varita brotó una
serpiente gigante que a Harry le hizo recordar a Nagini. La serpiente se arrastró por
entre los pies de los alumnos que se apartaban como si fuera una serpiente de
verdad. Cylean echó a reír antes de guardar la varita y que la serpiente se
disolviera en el aire.

—Que intrigante, una serpiente —Harry le dirigió una sonrisa amplia a Cylean—.
Nunca me lo había esperado.

Cylean frunció el ceño.

—Un punto menos, Potter.

Siguió caminando analizando Patronus y premiando. La clase acabó cuando sonó el


timbre.

—Muy bien. Para la clase que viene estudiaréis la teoría del hechizo Repellerius. Se
encuentra en la página 38 del libro Artes Oscuras: cómo reconocerlas y
combatirlas.

Todos se estaban marchando cuando Cylean apoyó su mano en el hombro de Harry


y acercó su boca a su oído.

—¿Puedo hablar contigo unos minutos? Llegarás al almuerzo, no te preocupes.


Harry asintió.

—Ron, Hermione, os veo luego —les saludó con una mano y se recargó en un
pupitre. Sus amigos se miraron y suspiraron antes de salir rumbo al Gran Comedor.
El aula quedó vacía y Tom le sonrió ampliamente.

—Hablé con Severus —dijo, con una voz desenfadada—, y aceptó que cursaras
Pociones con la condición de que hicieras todas las pociones que te has perdido
durante los tiempos que no has cursado la clase.

La expresión de Harry era de horror.

—¡Estás loco! —no era una pregunta. Tom rió entre dientes.

—Claro que no. No quieres llamar la atención negativamente de Dumbledore sobre


ti, ¿no? Entonces, seguirás con tu idea de ser Auror. Por lo tanto necesitarás saber
de Pociones.

—Snape me odia.

—Lo sé. Por eso he hecho algo que probablemente te facilitará las clases.

Rebuscó en los cajones de su escritorio y tomó un libro negro. Era un libro de


Pociones titulado "Elaboración de Pociones Avanzadas". Harry lo observó casi con
asco.

—Es un libro. ¿En qué diablos me ayudará un libro?

Tom se lo puso en las manos.

—Léelo.

Harry lo abrió en una página al azar y se sorprendió: estaba escrito a mano. Y a


mano por una letra que él conocía muy bien; Tom solía escribir cosas mientras
corregía los pergaminos, y dejaba sus opiniones personales escritas allí, con tinta
verde. Ese libro estaba por completo escrito con la letra de Tom, con anotaciones
en los márgenes y pequeños dibujos de diferentes semillas y demás. Harry
parpadeó, impactado.

—Tú…

—Creí que necesitabas mejorar tu coartada. ¿Qué otro futuro podría tener el Niño-
qué-vivió que ser uno de los mejores Aurores conocidos? Pero si no estudias
Pociones…

—Gracias —dijo repentinamente conmovido Harry. Se le dibujó una sonrisa en el


rostro, una extraña y enternecida sonrisa, mientras pasaba las hojas. En la última,
al final del libro, decía "Me dois un baiser"—¿Y eso se supone significa…? —
preguntó Harry, suponiéndolo. Tom sonrió de lado, moviendo su varita y cerrando
la puerta con ella.

—"Me debes un beso" —le sonrió—. ¿Podrías cumplir?

—Te has hecho adicto a mis besos, Tom.


Tom rió mientras le besaba. Nuevamente, aquel fuego los recorrió por completo
unos instantes hasta que se separaron.

—Debería irme al comedor —protestó Harry cuando se separaron. Tom le sonrió.

—Recuerda que tus dos horas libres después del almuerzo ahora están ocupadas
con Pociones. Ve.

Harry soltó un gruñido, pero se dirigió a la puerta hasta que se detuvo:

—Tom, ¿si Snape me quita el libro y ve que es un manuscrito?

Tom sonrió.

—Nadie más que tú podrá verlo.

—Te mereces más que un beso por eso.

Tom entrecerró los ojos.

—Te mereces un beso y un guiño de ojos.

Harry le lanzó un beso y le guiñó el ojo mientras corría hacia la puerta. La


maldición que Tom le lanzó golpeó a la puerta de forma tal que la hizo vibrar.

El chico guardó el libro de Pociones en su mochila y se encaminó rumbo al Gran


Comedor cuando una figura comenzó a caminar a su lado. Harry apenas se
sobresaltó: era Draco Malfoy.

—Potter —saludó Malfoy y Harry asintió.

—Malfoy.

Siguieron caminando unos metros en silencio, ambos rumbo al Gran Comedor.


Harry tuvo una corazonada y dobló por otro camino; Draco le siguió.

—Bien. ¿Qué quieres, Malfoy?

Malfoy se encogió de hombros.

—¿Qué te hace pensar que quiero algo?

—Me estás siguiendo.

—No te estoy siguiendo.

—El Gran Comedor queda por allí —señaló otro camino—. Tú me estás siguiendo.

Draco maldijo en voz baja.

—Quiero que me devuelvas el favor.

Harry le miró intrigado mientras retomaban el camino correcto. Draco se explicó:


—Quiero poder hacer el encantamiento Patronus. Joder, tú lo has hecho de forma
no verbal y yo no he tenido idea de cómo hacerlo. Con un cuerno, tú…

—No hace falta que te expliques, Malfoy —Harry le sonrió de lado—. Puedo
ayudarte. ¿Supongo que recuerdas dónde queda la Sala de los Menesteres?

—¿Séptimo piso, sala que viene y va?

—Nunca mejor explicado.

Draco expuso una sonrisa a medias.

—¿Cuándo?

—¿Mañana? Yo tengo los viernes ocupados y hoy tengo entrenamiento de Quidditch


después de mi última clase.

—Perfecto. ¿A las siete?

Harry asintió. Draco volvió a exponer esa sonrisa extraña que era mitad falsa y
mitad reticente.

Se adentraron juntos al Gran Comedor y luego de una última mirada cada uno fue a
su mesa. Harry se sentó entre Ron y Hermione que, por suerte, no se habían dado
cuenta que venía hablando con Draco Malfoy. Ya bastante difícil sería explicar qué
quería el profesor Rousseau, o "profesor R." como le llamaba Ron.

Por suerte ninguno de sus amigos le interrogó y Harry pudo comer en paz. Una paz
que se vio truncada cuando piso el aula de Pociones en las Mazmorras dos minutos
después de hora, y Snape le mirara con una mirada tan seria que, si tan sólo las
miradas matasen…

—Diez puntos menos de Gryffindor por llegar tarde al aula —siseó Snape,
levantando la vista de la lista que estaba pasando. Harry tomó asiento junto a una
sorprendida Hermione, a pesar de que tenían un caldero para cada uno.

—¡Harry! ¿Cómo conseguiste que te dejara asistir a clase? —preguntó Hermione en


un cuchicheo. Harry se encogió de hombros.

—Luego te explico —respondió en un susurro, mientras Snape anunciaba que iban a


trabajar con un antídoto para venenos compuesto mayormente de un bezoar. Harry
buscó el antídoto en la página de su libro y observó las anotaciones con la elegante
letra de Tom. En las dos horas siguientes se arregló para que su poción fuera tal
cual las indicaciones que su profesor le había escrito, ignorando por completo a
Snape y a las cosas que iba poniendo en la pizarra. Finalmente Snape pasó asiento
por asiento evaluando las pociones y su rostro se crispó cuando vio la poción de
Harry, tal cual estaba como debía estar.

—Diez puntos menos a Granger por ayudar al señor Potter. ¿No estáis grandecitos
ya para pedir ayuda al compañero de banco? —arrugó su rostro en un amago cruel
—. Me parece que no.

Hermione parecía ofuscada y dispuesta a protestar, pero por suerte no lo hizo,


porque la mirada cabreada —tanto de Snape como de Harry— la silenció.
La clase finalizó con Snape embotellando con la varita las mejores pociones. Harry
observó con una mueca burlona como el amargado profesor también embotellaba la
suya.

Mientras iban a su siguiente clase Hermione lucía maravillada.

—¡Eso fue increíble, Harry! ¿Cómo has conseguido…?

—No tengo idea —respondió Harry—. Ni de la poción ni de cómo conseguí entrar a


la clase. La poción, supongo que seguí bien las instrucciones del libro. Y la clase…
fue cosa de Cylean.

—¿El profesor Rousseau conoce al profesor Snape?

—No tengo idea. Supongo que le debía un favor o algo por el estilo —Harry se
encogió de hombros, sonriendo de lado—. Mejor nos vamos antes de que la vieja
serpiente salga de su nido y nos quite más puntos.

Hermione negó ligeramente con la cabeza pero comenzó a caminar más rápido,
intentando llegar a su clase.

Tenían Herbología, por lo que el camino hasta el invernadero 6 era largo. Cuando
llegaron estaban casi todos allí. Neville le sonrió ampliamente.

—Vaya, Harry. ¿Qué has hecho para que Snape te dejara asistir a Pociones?

Harry rodó los ojos.

—¿Tan rápido corren los rumores aquí?

Neville rió.

—Más de lo que crees. Por cierto, ¿es verdad que tú y el profesor Cylean…? —Harry
envió una mirada furiosa a Ron—. Vale, mejor no pregunto.

—Sólo guarda el secreto, Neville —pidió Harry a su amigo. Neville rió, feliz por
Harry. Había cambiado, el ED lo había endurecido, le había dado seguridad. Y Harry
estaba seguro de que Neville guardaría el secreto, aunque no tenía idea de qué
secreto en particular debía guardar o hasta qué punto el rumor se había extendido
por la escuela.

Aunque finalmente, no tardaría en averiguarlo.

11. Amortentia.

Ese jueves Harry esperó a Draco en la Sala de los Menesteres. Había pedido un
lugar para practicar el encantamiento Patronus y la sala le había dado un lugar
amplio y espacioso, con altos ventanales. Harry estaba esperando recargado contra
una mesa de aspecto caro. Draco Malfoy entró unos minutos después que él, con
expresión hastiada.

—Hagamos esto fácil, Potter.

Harry le sonrió.
—Saca tu varita y empecemos.

Draco rió.

—No tienes idea, acaso, de lo sucio que ha sonado eso.

—¿Así que Draco Malfoy tiene una mente sucia? —se burló Harry, mientras sacaba
su varita—. Quién lo hubiera dicho.

Draco extendió su mano e hizo el movimiento. Harry negó con la cabeza.

—Lo estás haciendo demasiado brusco. Mira, es así… —se acercó a él para sujetarlo
del brazo y moverlo en el modo correcto—. Afloja la mano. No tan… firme.

Draco lo hizo tres veces más antes de que Harry estuviera satisfecho. Luego, la
pronunciación.

—No se dice Espectro, se dice Expecto. ¿Correcto?

—Expecto Patronum.

—Acentúa la "o", con fuerza. Patronum.

—Expecto Patronum.

—Muy bien. Repítelo varias veces, a ver si lo pillas.

Draco observó fastidiado a Harry antes de repetirlo unas cinco veces, lenta y
pausadamente, diciéndolo cada vez mejor que la anterior.

—Mucho mejor esa última. Ahora, lo más importante, tu recuerdo feliz. ¿En qué
piensas?

—¿Es muy necesario que te lo diga?

—Sólo si quieres aprender a hacer un Patronus correctamente.

Draco suspiró, desganado.

—Bien. Pienso en cuando Slytherin ganó el torneo de Quidditch hace unos años.

Harry negó con la cabeza.

—No es un recuerdo tan feliz. Debe ser algo que evoque verdadera sensación de
felicidad, algo que te llene de calidez con sólo recordarlo. Algo lo suficientemente
feliz como para vencer a todos los Dementores del mundo.

Draco frunció los labios.

—Vale, ¿un ejemplo?

—Yo pienso en mis padres —respondió Harry, encogiéndose de hombros ante la


mirada intrigada del Slytherin—. En lo que sé de ellos. En las cosas que me
contaron… pienso en cómo eran, cómo lucían el día de su boda, lo felices que
fueron… es un pensamiento relativamente feliz, si no tengo en cuenta que no llegué
a acumular recuerdos propios de ellos.

Draco asintió con la cabeza.

—Vale. Déjame intentarlo.

Harry se apartó y dejó que Draco lo intentara.

—¡Expecto Patronum! —dijo el rubio, y de la punta de su varita salió una luz


plateada brillante que, sin embargo, no adoptó la forma de ningún animal. Se
mantuvo allí unos instantes, como un escudo, y luego se desvaneció. Draco soltó
un gruñido.

—¿Draco Malfoy gruñendo? —rió Harry. Recibió una dura mirada—. Vale, no me
burlo. Pero te ha salido bien, o mejor que en clase. ¿Qué recuerdo usaste?

—Cuando recibí mi carta de Hogwarts.

—Ese es el camino.

Siguieron practicando. Cuando Draco se quejó de que era


demasiado complicado Harry movió su varita e hizo un Patronus no verbal. El ciervo
salió trotando por toda la Sala, trayéndole a Harry recuerdos nada agradables que
espantaron a cornamenta con un estallido de humo.

Draco, finalmente, con la frente perlada de sudor, arrojó un maleficio a Harry que
dio contra una columna. Harry le lanzó un Expelliarmus que hizo volar la varita de
Malfoy por los aires. Draco Malfoy, enfadado y frustrado, era peligroso.

—¡Para ti es muy fácil! —gritó Draco, enfadado—. Eres el jodido Niño-que-vivió.


Venciste al Señor Tenebroso cuando tenías un año de edad. Has acumulado poder
desde entonces y te has vuelto poderoso y jodidamente insoportable. ¿Tienes idea
de lo que es ir a clase contigo? ¡Maldito fanfarrón!

Harry echó a reír a carcajadas, tan fuertes que comenzaron a curvarle el cuerpo.
Cuando recién pudo detenerse Draco le miraba con hostilidad tan aireada que Harry
tuvo que detener su risa con toda la fuerza de voluntad que pudo conseguir.

—Malfoy, ¿en serio crees que vencí a Voldemort con voluntad? Como tú dices, tenía
un año. ¿Que fui acumulando poder? Bromeas, ¿verdad? No podía hacer un simple
hechizo con once años. Nunca fui bueno en Transformaciones, ni Encantamientos.
En lo único que fui jodidamente bueno desde pequeño fue el Quidditch, ¡y ni
siquiera es algo importante!

Malfoy le quedó mirando, evaluándolo unos instantes, para luego negar con la
cabeza.

—Pero tú…

—Yo no soy ni la mitad de lo que cuentan, Malfoy. No tengo superpoderes, y sí,


puede que sea jodidamente insoportable, pero, ¿sabes qué? Es porque la mayor
parte de la gente no se molesta en conocerme. Nadie tiene idea de quién soy
realmente. Todos suponen. En segundo año me trataban como la mierda porque
creían que era el Heredero de Slytherin, en cuarto creían que había puesto mi
nombre en el Cáliz, en quinto que era un mentiroso farsante… —Harry tomó aire,
aclarando levemente su mente—. Todos vosotros estabais equivocados, claro, pero,
¿quién se ha disculpado? Nadie. Habéis hecho de unos años que deberían haber
sido lo mínimo agradable a algo realmente repugnante. ¿Tenéis idea de lo que ha
sido vivir de este modo? Tú puedes creer lo que quieras, Malfoy, pero no pidas mi
ayuda mientras estás pensando en mí como un bastardo arrogante.

Harry se estaba marchando cuando un murmullo a su espalda lo detuvo. Se volteó,


incrédulo, para ver arrepentimiento —¡Arrepentimiento!— en los ojos de Draco
Malfoy.

—Yo… lo siento —repitió él—. Es que… es todo tan jodidamente difícil. Este año, el


año anterior, las clases…

Harry suspiró y trató de controlar su genio. Le miró con una sonrisa a medias, casi
cálida.

—Vale, Malfoy. Estás disculpado. ¿Quieres volver a intentar el Patronus? Te apuesto


un galeón a que en la próxima hora lo consigues —y le lanzó su varita que Draco
atrapó en el aire. Rumiando insultos entre dientes, Malfoy se concentró. Harry fue
por detrás suyo, tocándole la espalda por sobre la túnica.

—Tú sólo piensa en el momento más feliz que has tenido. Un momento cargado de
felicidad, con trascendencia en tu vida. Ese momento que, estando sumido en la
más profunda amargura, puedes volver, sonreír… sentirlo. Siéntelo, Malfoy. Hazlo.

Malfoy seguía con los ojos cerrados. Medio minuto después, con el rostro
aparentemente sereno, hizo el movimiento con la mano y exclamó un "¡Expecto
Patronum!" con voz clara, sencilla, pero que era repentinamente sentimental.

De la punta de su varita brotó un pavo real completamente blanco. Caminó,


claramente pavoneándose, y cuando vio la mirada asombrada de Draco en él, abrió
la cola demostrando su plumaje.

—¡Es…! —Draco tenía una amplia sonrisa en los labios mientras el pavo real
caminaba por la sala—. Esto es… —pero pronto el pavo real se desvaneció en una
nube de humo. Draco volvió a intentar otro Patronus, pero éste volvió a salir como
un escudo brillante. Draco soltó un suspiro sonoro.

—Bueno, al menos ahora ya sabes que puedes hacerlo —comentó Harry, tratando
de animarle—. ¿Qué tal eso? ¿Un pavo real albino?

Draco sonrió ligeramente.

—Padre tiene uno en la mansión. Él dice que son los animales más orgullosos y
ególatras que se pueden encontrar. Supongo que tiene un significado, ¿no?

Harry soltó una carcajada.

—¿Draco Malfoy burlándose de sí mismo? Esto es nuevo.

Malfoy rodó los ojos.

—Si fueras mi amigo, Potter, lo verías seguido. Tengo un humor del cual ninguno se
ha quejado.
—Un humor reservado estrictamente a tus amigos, ¿no? —Harry rió entre dientes y
Draco le fulminó con la mirada—. Podemos hacer una tregua. No seríamos amigos
si tú no quieres, pero tampoco no nos maldeciríamos en los pasillos. Y no
insultaríamos a nuestros respectivos amigos.

Draco se encogió de hombros.

—Con los problemas que tengo, tú sólo eres otro más —le extendió la mano que,
esta vez, Harry aceptó con un movimiento seguro.

—Gracias por considerarme un problema. Muy amable de tu parte.

Ambos rieron mientras se soltaban. Draco le sonrió, burlón.

—¿Sabes? Para ser un Gryffindor gritón y exasperante, no eres tan mala compañía.

—Y tú, para ser un Slytherin pedante y terco, tampoco lo eres.

—Terco serás tú —Draco estaba guardando su varita en el interior de su túnica


mientras Harry reía, haciendo lo mismo.

—Me debes un galeón —le recordó Harry y Draco, rodando los ojos, buscó en los
bolsillos de sus pantalones una bolsita. Pescó un galeón entre el puñado de ellos
que tenía allí y se lo entregó. La campana de las ocho sonó, anunciando que
comenzaba la hora de la cena—. Fue un placer hacer negocios contigo.

Draco rodó los ojos y comenzó a dirigirse hasta la puerta. Harry le siguió.

—¿Vamos juntos al Gran Comedor? —preguntó. El Malfoy se encogió de hombros.

—Vamos, anda. Y luego era yo el que estaba desesperado por estar en tu lado
bueno.

—Agradece que no te hechice.

—Eso querrías.

Rieron y caminaron cruzándose con unos cuantos alumnos más. Algunos Hufflepuff
les miraron extrañados; después de todo, eran Draco Malfoy y Harry Potter, uno a
menos de un metro del otro, sin hechizarse o, en caso extremo, golpearse.

Cuando se acercaban al Gran Comedor Draco comenzó a ralentizar el paso. Harry


suspiró, comprendiendo su dilema.

—Anda, ve tu primero. ¿Qué pensarán las serpientes si te ven con un león?

—Con una bestia salvaje, querrás decir —Draco le sacó el dedo del medio mientras
avanzaba, solo, hacia las puertas del comedor.

—¡Y eso que todavía no he estado en tu cama! —bromeó Harry, en voz alta. Malfoy
soltó una carcajada fresca y ligera antes de desaparecer por la puerta. Harry esperó
unos instantes y se adentró.
Hermione le esperaba bastante ceñuda y Harry se sintió culpable. Había dejado
bastante a sus amigos de lado estos últimos tiempos.

—¿Dónde has estado, Harry? No te vimos después de clases —dudó Hermione. Ron,
con la boca llena, asintió con la cabeza, apresurándose por tragar y preguntar, en
un susurro:

—¿Has estado con el profesor R?

—No —Harry se sirvió patatas en su plato y unas fetas de carne asada—. He estado
dando clases de Patronus.

—¡Vaya! —Hermione estaba más satisfecha—. ¿A quién?

—A Draco Malfoy.

Ron se atragantó con su zumo de calabaza. Neville le golpeó la espalda, intentando


que se aliviara.

—Alza los brazos, Ron —insistió Hermione. Ron alzó ambos brazos y se alivió casi al
instante.

—¿Cómo…? ¿Sabes? En realidad, no quiero saber —Ron se encogió de hombros


mirando a su amiga para dirigirle una mirada traicionada a Harry—. ¿A Draco
Malfoy? ¿Malfoy? Dime que por lo menos te ha pagado.

—Me ha dicho que no me insultará ni hechizará. Ni a ninguno de mis amigos —


remarcó Harry. En realidad, no había sido ello, pero, ¿qué más daba que lo
pensaran sus amigos? Hermione frunció ligeramente los labios.

—Pero, Harry, ¿cómo sabes que cumplirá su promesa?

—Hermione, le enseñé a hacer un Patronus decente, no a maldecir con una de esas


maldiciones que me enseñó Cylean…

—¿Cylean te enseñó maldiciones nuevas? —preguntó Ron, intrigado—. Creí que


todo el tiempo que pasabais juntos estabais… ya sabes…

—Ron, ¿conoces el término "discreción" o el hecho de "ser discreto"? —preguntó


fríamente Harry. Ron tragó saliva y asintió, ligeramente más pálido—. Aplícalo.

Ron asintió con la cabeza, sus orejas tomando un repentino color rojo.

—Por cierto, Harry —Hermione buscó en su mochila y le alcanzó una pequeña caja
—. Una lechuza le trajo a Ron esto cuando estábamos viniendo al Gran Comedor.
Es para ti, de parte de Hocicos.

Harry observó la caja. Estaba envuelta en papel del Profeta y venía con una nota
con la clara caligrafía de Sirius. La guardó en su mochila, no queriendo leerla en
frente de todos sus compañeros.

—¿Por qué Hocicos les enviaría a ustedes algo para mí? —preguntó Harry. Ron se
encogió de hombros y Hermione le imitó.
—Tal vez no quiso arriesgarse a que las lechuzas que van destinadas a ti sean
interceptadas. ¡Vaya a saber por qué!

Siguieron comiendo sin más temas de conversación. Harry jugueteó un poco con su
comida antes de comer realmente, pensando en el obsequio de Sirius. ¿Qué sería?
¿Por qué no se lo habría enviado a él directamente? Harry terminó de comer y fue
con Ron y Hermione a la Sala Común cuando Colin Creevey le alcanzó.

—¡Harry!

Harry le sonrió. No era capaz de sentirse molesto con él, no en aquel momento.
Había tratado mal al pobre chico, y había resultado un gran miembro del ED.

—Hola, Colin. ¿Sucede algo?

—Nos preguntábamos si volverías a reunir al ED.

Harry le miró, confuso.

—¿Por qué? Tenemos un buen profesor de Defensa, y no ha habido ataques, ni


desapariciones, ni avistamientos de Mortífagos.

Colin rió.

—Avistamientos. Los haces sonar como si fueran extraterrestres u ovnis —tenía una
sonrisa que se fue desvaneciendo unos instantes—. Nunca se está suficientemente
preparado, Harry. Pensábamos que podías enseñar a los menores algunas cosas
Defensivas, o con sólo dar charlas motivadoras… —Colin se mordió ligeramente el
labio y Harry comprendió. Colin sólo tenía quince años y seguramente el ED había
sido el grupo de amigos más grande que haya podido conocer. Harry también se
sentía cómodo en el ED, así que le sonrió al chico.

—Podría pensarlo.

Ya en la Sala Común, Harry observó nuevamente su paquete. Leyó la nota de Sirius


con una mirada rápida —"Harry: Espero que te encuentres bien. ¡No te olvides de
responder mis cartas! Me he estado sintiendo abandonado. Cariños, Canuto"— y se
la guardó en el bolsillo de la túnica para abrir la pequeña caja. Era del tamaño de la
palma de su mano y estaba cargada de dulces muggles. Eran pequeñas gomitas de
jalea con formas de grageas, todas de diferentes colores. Harry se llevó un puñado
a la boca, riendo, mientras escondía la caja. Siempre solía compartir con Ron y
Hermione, pero, ¿qué más daba? Esta vez serían para él. Y para Tom, de seguro le
gustarían…

Tom. Terminó de comer el dulce y casi involuntariamente se levantó del sofá.

—Harry, ¿dónde vas? —preguntó Ron, alzando la cabeza de su pergamino de


Encantamientos, pero Harry o no le oyó o simplemente le ignoró. Salió de la Sala
Común, sus pasos siendo empujados por un instinto fuerte, un fuego que le recorría
la sangre.

Quería ver a Cylean. Lo necesitaba.


—Dumort —susurró a la puerta que se abrió. Harry la cerró detrás de él y observó
al elegante profesor Cylean Rousseau sentado cómodamente en su sofá leyendo un
libro. Alzó la vista cuando le vio entrar, arqueando ligeramente una ceja.

—¿Harry? —dudó, mirando hacia la puerta cerrada. Dejó el libro sobre el sofá y
pasó junto al chico, apenas rozándole por sobre la túnica, brazo con brazo. El
corazón de Harry rebotó en su pecho, incapaz de creerlo, incapaz de darse cuenta
de que estaba allí, de que iba a hablarle, verle, que lo conocía, que…

Se volteó a verle echar encantamientos de privacidad y silencio, y todo ese latazo


de cosas que a Harry le ponía el vello de punta. Cuanto poder. Cuanta magia.

—¿Sucede algo? —preguntó, volviéndose hacia él, mirándolo a través de esas


pestañas doradas. A Harry se le secó la boca con solo verlo—. ¿Harry? ¿Te
encuentras…?

Harry decidió en ese momento atacarlo. Por más de que Cylean le sacaba media
cabeza, Harry le empujó contra la pared y comenzó a besarle como si no hubiera
mañana. Y es que, técnicamente, no habría mañana, porque no planeaba separarse
de él. Los días serían todos hoy, y todos los hoy serían junto a Cylean, que luego
de la parcial sorpresa respondía gustoso al beso. Lenguas ardientes y labios
separados, humedad, necesidad, deseo…

Harry se separó ligeramente para apreciarlo y se encontró con que Cylean


Rousseau no estaba allí. En su lugar estaba Tom Riddle, mirándole con fuego en los
ojos oscuros. Harry retrocedió varios pasos, con el corazón en la garganta, fuego
cruzándole las venas, necesidad oscura en lo más hondo de su ser.

—Tú no… —Harry comenzó a respirar aceleradamente. No podía comprenderlo.


Cylean era Tom, ¡lo sabía! Tom era Cylean. Pero, sin embargo…

—Yo no… ¿qué? —Tom se acercó hacia él, acunó su rostro en sus manos—. ¿Te
sientes bien, Harry?

—Apártate —siseó Harry, confundido. No quería que Tom le tocara, no quería que le
hablara, no quería verlo, joder, quería a Cylean. Tom le miró frunciendo el cejo y
acrecentó la presión de sus dedos.

—¿Estás jugando conmigo, Potter?

—No, yo no —Harry comenzó a respirar aceleradamente, confundido, agitado—. ¡Tú


lo estás haciendo! ¡No eres…! —y se detuvo, sin saber de qué forma acusarle,
porque sencillamente no podía acusarle de dejar de ser Cylean porque
Tom nunca había sido Cylean, e intentaba no serlo en frente suyo. ¿Qué demonios
sucedía entonces?

—¿No soy qué? —Tom se inclinó sobre él, respirándole sobre los labios—. ¿Qué se
supone que es esto? ¿Un especie de juego macabro tuyo? Quiero que sepas que no
me está gustando para nada.

Lo soltó, y el aire tocándole en los sitios donde habían estado sus dedos casi
quemaba. Quería que lo tocara, pero no él, aunque sabía que era él. Quería que
Cylean Rousseau estuviera allí, frente a él, le besara y le amara como él lo hacía.
Aquel pensamiento hizo que sus rodillas se curvaran y, por suerte, Tom le sostuvo
antes de caer. Amaba a Cylean Rousseau, con su sonrisa de dientes blancos y
parejos, con aquel cabello rubio tan sedoso cuando pasaba las manos sobre él, con
esos chispeantes ojos azules, con esos aretes de rebelde, con esa forma de
sentarse sobre el escritorio, tan descaradamente sensual…

—Harry, por Merlín —Tom le llevó hasta el sofá y lo dejó caer allí—. ¿Qué te
sucede?

—Amo —dijo Harry, sin comprenderlo. Veía a Tom y sentía aquel extraño
sentimiento de necesidad. Sabía que allí estaba Cylean, pero era incapaz de sentir
algo por Tom cuando verdaderamente amaba a Cylean—. Joder, Tom. No lo
comprendo.

Tom se mostró menos enfadado y más preocupado cuando Harry se sujetó la


cabeza con fuerza, queriendo ordenar sus pensamientos.

—Amas —Tom chasqueó la lengua—. ¿A qué? ¿A quién? ¿Qué sucede? —Harry


siguió en silencio, viendo su furia que le hacía dar comezón en la cicatriz—.
Explícate.

Harry cerró los ojos deseando ver a Cylean, al Cylean de su mente, sonriente y
alegre, pero cuando los vio allí estaba Tom, ceñudo, con los ojos oscuros
profundamente alterados.

—Tú —dijo, casi en un nivel de incomprensión que no tenía nombre—. Pero no


tú. Él.

—¿Él? —verdaderamente, Tom estaba tan cerca de comprenderlo como él mismo.


No lo llegaba a entender ni un poquito.

—Cylean.

—Quieres decir… —Tom se pellizcó el puente de la nariz, respirando hondo—.


¿Amas a Cylean? ¿Estás consciente que es sólo una máscara que…? —se detuvo y
rápidamente tomó las manos de Harry. Harry quiso apartarse, pero él era Cylean,
aunque no lo fuera, y su contacto aliviaba un poco la desesperada necesidad que le
consumía. Le miró fijamente a los ojos, con aquella oscuridad que se le introducía
poco a poco en el alma.

En cierta forma era Cylean. Harry lo sabía. Y aquello lo confundía aún más.

—Harry, ¿qué estabas haciendo antes de venir conmigo? ¿Bebiste algo, comiste
algo…? —Tom le hablaba como se le hablaría a un animal salvaje, herido, para
tranquilizarlo. Harry ladeó la cabeza ligeramente, con el corazón aún resonándole
con fuerza en el pecho.

—¿Por qué preguntas? ¿Yo…?

—Harry, haz memoria. Si me dices, adoptaré la forma de Cylean, ¿te parece? —y


como respuesta a ello, su cabello se alargó y se volvió rubio, pero su rostro y sus
ojos seguían siendo las de Tom. Harry casi sonrió; Tom lucía jodidamente bien de
rubio.
—Yo… —se llevó la mano al bolsillo de la túnica, extrayendo la caja de dulces—
comí un puñado de estos. Me los envió de Sirius. ¿Por qué…?

Tom le arrebató la caja la abrió. Los dulces tenían diferentes colores y formas, y
Tom recogió uno para partirlo al medio. De su interior goteó una extraña jalea color
rosa.

El gruñido que Tom soltó fue terrible. Le arrebató la caja de dulces a Harry, su
cabello acortándose y volviendo a ser negro, mientras revisaba en un amplio
armario en un rincón. Harry le miró completamente atento, esperando que Tom
cumpliera su palabra y que se transformara en Cylean de una vez por todas. Sólo
esperaba eso.

Tom volvió con una botella mediana de vidrio con un líquido extraño dentro y una
copa. Le sirvió un trago a la copa y se la alcanzó.

—Hasta el fondo —pidió. Harry miró con desconfianza el contenido de la copa.

—¿Qué es?

—Veneno —Tom chasqueó la lengua, pero sonrió—. Vamos, bébelo. Si quisiera


envenenarte lo hubiera hecho en aquel café muggle. Confía en mí.

Tomó asiento en frente a él y se transformó en Cylean mientras Harry bebía aquella


cosa. Le temblaban las manos y quería arrojarse hacia él, besarlo, abrazarlo, peinar
su cabello… Terminó de beber la poción e hizo una mueca. Era desconocida, con un
gusto amargo muy persistente y…

Y pronto todo dejó de tener color. Veía a Cylean, a Tom usando aquella máscara de
Cylean, y no sentía nada. Es más, se sentía estúpido. Cylean era un personaje,
¿cómo podía haber pensado por un minuto que…?

—Oh, demonios —Harry se dejó caer contra el sofá, mirando el techo. Tom negó
con la cabeza.

—No creo que haya sido Sirius —le dijo con suavidad—. Él no tiene los materiales.
Habrá sido alguien que se aprovechó de…

—¿Qué demonios era eso? —gruñó Harry, subiéndose los lentes a la frente y


frotándose los ojos. Se sentía jodidamente avergonzado.

—Amortentia —respondió sencillamente Tom, haciendo una mueca—. La poción de


amor más poderosa que existe.

—Es una broma —siseó Harry—. Una jodida broma. Estoy en mi cama de la Torre,
me despertaré y me daré cuenta que todo era una puta broma de mi inconsciente
y…

—Harry —le interrumpió Tom, con bastante suavidad—. No es una broma. Te


dieron Amortentia. Y una Amortentia bastante poderosa, según veo, o solamente es
que tomaste en mucha cantidad. ¿Cuántas de esas comiste?

Harry, con el rostro completamente rojo, resopló.

—No tengo idea. Comí un puñado.


—Eso responde mucho —Tom suspiró—. Dumbledore…

—¿Qué? —a Harry se le escapó una carcajada—. ¿Piensas ir con el chivatazo a


Dumbledore? No creía eso de ti, Tom.

Tom frunció el ceño.

—No iba a decir eso, idiota. Iba a decir que Dumbledore estaría feliz de que te
enamoraras de alguien. Ya sabes, por todo eso de que el amor importa más que el
odio y…

—¿Estás diciéndome que Dumbledore me envenenó?

—Bueno, la Amortentia no es exactamente un veneno…

—De todas formas alguien me lo dio contra mi voluntad. ¿En serio crees que
Dumbledore podría…? —pero Harry calló, con el peso de sus propios pensamientos.
Se enredó las manos en los cabellos, meditándolo—. Oh, por las bolas de Merlín.

Tom se acercó y tomó asiento junto a Harry. Le envolvió con un brazo y dejó que
Harry se recostara contra su pecho, así, hasta calmarse.

—Puede que yo haya creído que el director es un desgraciado, pero llegar a esto…
—dijo Tom unos minutos después—. Puede que me equivoque, tienes razón.
Aunque… se me ocurre un plan.

—No estoy de humor para planes, Tom —Harry aún no superaba la vergüenza.
Quería esconder el rostro en el pecho de Tom para siempre; es más, quería
esconder su cabeza bajo tierra para siempre.

—Pero este no es un plan cualquiera —intentó animarle Tom—. Es un plan serio.


Para intentar saber quién puede que te haya dado Amortentia, si tú insistes en que
no fue Dumbledore.

—Yo no querría creer que fue Dumbledore, Tom —le corrigió Harry. El hombre
suspiró.

—Bien. ¿Qué tal si finges que estás bajo los efectos de la Amortentia?

—Paso —Harry se estremeció. Habían sido unos minutos, pero los recordaba como
si estuvieran quemados en su piel, en su sangre. El fuego, la necesidad absurda, el
deseo. El deseo, sobre todo.

—No, tú escucha —Tom siguió—. Finge que estás bajo los efectos de la Amortentia.
Intenta conquistarme. No, no lo digo para aumentar mi ego, Harry —Harry había
alzado la mirada del pecho de Tom para fulminarlo con ojos entrecerrados—, lo
digo para saber quién fue. Que se corran los rumores. Y en cualquier caso, lo
máximo será que McGonagall te dé un antídoto como el que te acabo de dar y
finjas que no tenías idea de todo eso.

—Soy un pésimo actor, Tom —suspiró Harry—. Pero, ¿qué buscas con eso?

—No sólo saber quién te dio la Amortentia, si no saber quién querría eso. Es decir,
¿quién querría que me enrollara otra vez con un alum alumno? ¿Quieren
perjudicarme a mí… o a ti?
Harry suspiró. Sentía un gran vacío en el fondo del pecho, un vacío extraño y
alarmante que era justamente lo contrario de lo que había sentido bajo los efectos
de la poción. Tom le revolvió los cabellos.

—Lo que estás sintiendo ahora son los efectos del antídoto. Te sentirás mal por
unos minutos, pero luego pasará.

—¿Y tú como lo sabes? —inquirió Harry. Tom sonrió.

—Cylean Rousseau tiene una amarga experiencia con la Amortentia, y yo tengo su


cuerpo, recuerdos incluidos. ¿Sabes acaso lo molesto que es tener recuerdos de
otra persona en tu mente?

Harry rió ligeramente. Tom siguió hablándole, queriendo tranquilizarlo.

—¿Quieres saber lo que sucedió en Beauxbatons cuando Cylean se enrolló con un


alumno? —Harry asintió, sonriendo de lado—. Sucede que este alumno, Deniè
Mountague, estaba recursando y estaba enamoradísimo de Cylean. Era el segundo
año que Cylean daba clases, pero ya tenía sus admiradoras… y admiradores. Deniè,
de alguna manera, consiguió un poco de Amortentia que agregó a unos chocolates
que regaló al crédulo y amanerado profesor Rousseau. Él se los comió y días
después declaró, secretamente, su amor por el chico Mountague. Comenzaron a
salir, en secreto, claro, un secreto que se extendió por toda la escuela porque
ninguno de los dos era demasiado buen actor. Madame Maxime no toleró la relación
entre un alumno y un profesor y antes de fin de año despidió a Cylean. Pero
Cylean, que aún seguía bajo efectos de la Amortentia, se sentía demasiado ligado a
su alumnito, a un punto casi enfermo. Madame Maxime, entonces, sospechó que se
podría tratar de una poción de amor y le dio un antídoto a Cylean sin que éste
supiera que era. Cylean se mostró confundido y completamente aterrado; ¡había
vivido una historia de amor con un alumno! —Tom rió libremente y Harry se
permitió reír con él—. Nunca se pudo probar quién drogó a Cylean de esa manera,
por lo que no hubo expulsión; ese año Deniè terminó la escuela y se fugó de su
casa con un jugador de Quidditch. Madame Maxime quiso recontratar a Cylean,
pero él se negó; quedó destrozado y aprendió la lección: siempre, siempre, pero
siempre, tener un antídoto a poción de amor en el armario, y beberlo cada vez que
comenzara a sentir cosas por alguien, para probar si eran reales.

Harry rió ligeramente. Cylean Rousseau parecía haber tenido una vida bastante
movida a pesar de su corta edad.

—Y es por eso que tenías el antídoto —comentó Harry. Tom asintió.

—El verdadero Cylean lo hubiera hecho —la campana sonó anunciando las diez, la
hora del toque de queda—. Ya es hora de volver. ¿Te parece si te acompaño?

—No me perderé —protestó Harry, levantándose. Tom se levantó detrás de él.

—Ya, pero así me aseguraré de que ningún maniático te ponga un filtro de amor en
la garganta.

Harry soltó una carcajada y se acercó a la puerta. Tom comenzó a quitar los
hechizos y estaban a punto de salir cuando lo acorraló contra el marco de madera,
y Harry sonrió, pícaro.
—¿Sabes que es lo gracioso de esto? —dijo, con tono juguetón—. No necesito una
poción de amor para querer besarte.

Tom sonrió satisfecho antes de acercar los labios a los suyos.

—Yo tampoco.

12. El poder del amor.

Eran las seis de la mañana. Tom —Cylean— se acomodó la túnica y se alisó el


cabello con la mano. Actuaba como el verdadero Cylean Rousseau actuaría: sabía
que Cylean era de aire nervioso con la gente que admiraba, pero que era de fácil
amistad; el real se habría ganado como amigo a Harry Potter en poco tiempo. Tal
vez como algo más que amigo.

Tom sabía que el viejo director era madrugador, por lo que ya a esa hora, cuando
el cielo apenas comenzaba a colorearse con las luces del alba, ya estaría de pie y
en su oficina, probablemente haciendo las cosas misteriosas que hace el director de
un colegio cuyo personal cuenta con un ex-mortífago marcado y un fantasma.

Abrió la gárgola —Dulces de membrillo— y se encaminó a la oficina del director. Era


lo que menos quería hacer, pero claro, el verdadero Cylean Rousseau, después de
su experiencia, lo haría. El verdadero Cylean confiaba en Dumbledore, el único
capaz en creer su palabra después de que Madame Maxime se negó a decir nada
para los periódicos franceses. Dumbledore le había dado un trabajo por el que
Cylean debía estar completamente agradecido, así que, ahí iba…

Tocó la puerta. Dumbledore le abrió con una extraña sonrisa en el rostro.

—Profesor Rousseau, es un gusto tenerle aquí. Es una mañana muy agradable, ¿no
cree? —lanzó una mirada hacia los ventanales. Tom asintió ligeramente, pasando
saliva.

—Sí, lo es. Señor, ¿cree que podría tener unas palabras con usted por… por un
asunto personal?

El director se vio sumamente intrigado. Le dejó pasar.

—Tome asiento, profesor. ¿Quiere un té? ¿Un caramelo de limón?

Tom forzó una sonrisa mientras se sentaba.

—No, muchas gracias, señor. Quisiera hablar con usted…

—Eso ya me lo ha dicho, profesor —Dumbledore tomó su asiento detrás del


escritorio. Tom se sintió ligeramente intranquilo—. ¿De qué asunto personal quiere
hablarme? Aunque lamento decirle que, si lo que necesita es ausentarse por algún
tiempo, dudo mucho poder permitirlo.

Tom se permitió sonreír un poco.

—Oh, no, no es nada de eso. Estoy muy satisfecho con mi trabajo.

—Me alegro por eso, profesor.


—Lo que sucede es que… Profesor, no sé si estoy siguiendo sus instrucciones muy
bien.

Dumbledore se acomodó los lentes con la punta del dedo.

—¿Mis instrucciones, señor Rousseau? ¿Cuáles, particularmente? Recuerdo haberle


dado muchas.

Tom rió ligeramente, con un aire nervioso.

—Las instrucciones que me haga amigo del señor Potter. Que sea su compañero, su
confidente. Anoche ha sucedido algo que está fuera de mi comprensión y…

Dumbledore pareció medianamente interesado.

—¿Qué cosa ha sucedido?

Tom se mordió el labio.

—El señor Potter se ha confesado conmigo. Me ha dicho que le… le gusto —agachó


la cabeza avergonzado, sin saber cómo reaccionar. Dumbledore se inclinó hacia su
profesor de Defensa, intrigado.

—Y a usted… ¿le gusta el señor Potter?

—¡Señor! —Tom se vio entre sorprendido y atemorizado—. No puede esperar que


yo… él es un alumno, y yo…

—Más allá de las diferencias entre ambos, profesor Rousseau. Y más allá entre las
diferencias de edad, también —Dumbledore juntó ambas manos bajo el mentón—.
¿Qué es lo que siente por el señor Potter?

—El señor Potter me agrada, claramente —Tom no quería llegar hasta donde
Dumbledore quería tan rápidamente. Cylean lo rechazaría un poco—. Es un chico
marcado por una infancia difícil y por haber perdido a un amor juvenil. Lo he visto
en su mente. Tiene mucho dolor… pero mucho amor que dar.

—Lo sé —Dumbledore sonrió—, y sería una ensoñación de mi parte pedir que el


señor Potter entregara ese amor a alguien como usted.

Tom se sobresaltó. Dejó que la estupefacción se marcara en su rostro.

—Pe-pero señor… —tartamudeó, confundido—. Usted… ¿Me está diciendo que usted
aprobaría aquel romance?

Dumbledore apretó los labios en una fina línea. Luego de levantó de su asiento y
caminó hacia la ventana. Tom le siguió, quedando unos pasos por detrás de él.

—Es un día tranquilo, Cylean —le llamó por el nombre y Tom se removió,
ligeramente incómodo. Incómodo realmente, y no por actuación—. Aquí, por lo
menos. Pero, ¿tienes idea de lo que pasa en otros rincones de Gran Bretaña?

—Mortífagos —murmuró Tom. Dumbledore asintió, con gravedad en la mirada.


—Eso es. Los Mortífagos… son seres de odio. Incluso Voldemort —Tom se vio
repentinamente horrorizado, y Dumbledore le dirigió una sonrisa condescendiente—
es un ser puramente de odio. No puede amar. ¿Sabes, Cylean, de qué forma fue
concebido Voldemort?

—No —Tom se mordió ligeramente el labio. Dumbledore comenzó a contar.

—Merope Gaunt no era una bruja realmente mala. Ella sólo quería ser amada —
compuso una expresión compungida—. Esa bruja dio unas gotas de Amortentia a
un muggle atractivo del cual estaba enamorada, Tom Riddle. Huyeron juntos.
Cuando ella estaba embarazada dejó de suministrarle la poción, quizá pensando
que el hombre se había enamorado de verdad de ella, o que se quedaría con ella
por el bebé. Pero el hombre no lo hizo —había una mirada triste en sus ojos. Tom
se fingió afligido—. Merope Gaunt dio a luz a un Tom Marvolo Riddle en un orfanato
para morir unas horas después —se detuvo, mirando a Tom, a Cylean, como si
quisiera que comprendiera—. Voldemort es incapaz de amar porque fue concebido
por una poción de amor. Es un ser hecho de odio, de resentimientos, de maldad.
Nunca podrá igualar su poder a alguien que ama. Y aunque Harry crea amar, ese
amor… es simplemente necesario.

Tom tuvo que morderse el labio, indeciso, para luego preguntar, a media voz:

—¿Usted me está diciendo que el señor Potter realmente no está enamorado? ¿Qué
cree estarlo? ¿Cómo Tom Riddle padre?

Dumbledore asintió con expresión severa.

—Nuestro Harry se encuentra en una circunstancia muy peculiar. El mundo pende


de sus manos, y es muy joven para que el amor haga aparición en él de la forma
que necesitamos. Harry debe amar con su corazón a alguien que sepa devolver
aquel amor del mismo modo, y personas así no se encuentran en este colegio.
Excepto… —y le dio una mirada que lo decía todo. Tom tragó saliva.

—¿Yo? Pero yo… el señor Potter es…

—Harry, Cylean. Frente a mí, puedes llamarlo Harry, así como yo te he llamado
Cylean.

Tom asintió.

—Harry… es un alumno. Puede ser atractivo, inteligente y llamativo, pero es un


alumno. Tiene dieciséis años y yo cumpliré treinta y uno en tan solo unas semanas.
No puede esperar que él y yo…

—Espero que Harry ame y sea amado con el mismo poder. Si ama a alguien con
poder, éste dará su poder a Harry. Y Harry lo necesita. Mucho. Es un muchacho
excepcionalmente talentoso, y cuenta con el amor de sus amigos, pero necesita un
punto al cual aferrarse, alguien quien le acompañe por las noches, alguien que esté
allí para cuidarlo de sus fantasmas.

—Y ese alguien… —Tom observó a Dumbledore perplejo—. Señor, ¿cómo puede


pensar que ese alguien seré yo? ¿Que soy la persona correcta? Harry bien podría
interesarse en otras personas, de su edad, de su tiempo…
—Cylean, piénsalo —Dumbledore se acercó a él—, no sólo se trata de una relación…
se trata del fin de una guerra. Harry necesita amar y ser correspondido. Sé que tú
guardas una admiración muy poderosa hacia él, una admiración que puede
convertirse en cariño. Que, si no me equivoco, ya se está transfigurando.

Tom apartó los ojos de los de Dumbledore, tiñendo sus mejillas de un poderoso
rojo.

—Yo…

—¡Ah, Cylean, Cylean! ¿No es el cariño una de las fuerzas más poderosas? El
aprecio, el amor…

—Usted me está diciendo que debo entablar una relación amorosa con Harry Potter
—Tom fue hasta la silla y se sentó, sujetándose de la cabeza—. Para bien suyo y
del Mundo Mágico.

Dumbledore le sonrió.

—Sé que probablemente no querrás volver a repetir tu experiencia en Beauxbatons,


Cylean. Pero, este es un caso especial. Yo mismo autorizo a que suceda lo que
tenga que suceder, todo mientras se proteja la salud física y mental de Harry, y se
refuerce su magia.

Tom asintió, queriendo parecer realmente muy afectado.

—Pero es… Será…

—Piénselo, Cylean. Verá que no hay otra opción posible —Dumbledore le sonrió
amargamente, como si ya hubiera tomado todas las opciones en cuenta y se
hubiera decidido por la más viable—. Tratarás muy bien a Harry. Estoy seguro.

Tom decidió parecer un poco descompuesto. Después de todo, si realmente fuera


Cylean Rousseau, sería una gran carga sobre sus hombros. Dumbledore le tocó el
hombro ligeramente, un toque fraternal que a cualquier otra persona relajaría. Tom
decidió también relajarse ante su toque.

—Creo que debo irme, señor. Necesito… pensarlo.

—Piénsalo bien, Cylean. Ten en claro que, si pudiera evitártelo, lo haría. Pero es
necesario, para ganar la guerra, que Harry Potter esté enamorado de quien le dé,
no sólo el amor que necesita, sino la fuerza suficiente para enfrentarse a
Voldemort.

Tom se estremeció pero no dijo nada. Se retiró con un escueto "Que tenga un buen
día".

Camino a sus habitaciones privadas Tom pensó en Harry con cierta amargura.
Había deseado matarlo y, ahora, deseaba con las mismas fuerzas su bienestar.

Tom soltó un suspiro y observó casi con anhelo el retrato de la Dama Gorda al
pasar por allí. Debería hablar con Harry, claro. Pero el momento no era ahora. Le
dejaría tener un día tranquilo. Después de todo, ser drogado con una poción de
amor no era nada gratificante cuando te dabas cuenta de las cosas estúpidas que
has pensado cuando estabas bajo sus efectos.
Y además de saberlo por Cylean, lo sabía por él mismo, por el té que Dumbledore
le había ofrecido el primer día que lo llamó para tomar el cargo.

13. El cumpleaños de Cylean.

—Harry, ¡préstame un poco de atención!

Harry fingió bajar de las nubes, como solía perderse siempre que estaba lejos de
Cylean. Era fácil parecer drogado por una poción de amor. Absurdamente fácil.
Solamente debía poner ojos soñadores y apartar la vista, parecer ausente en todas
partes, sonreír ampliamente cada vez que veía a Cylean y hacer las cosas que él
dijera paso por paso… en medio de su actuación, si Cylean le dijera que se arrojara
de la Torre de Astronomía que él detendría su caída, Harry confiaría en él lo
suficiente para hacerlo.

—Lo siento, Hermione —se disculpó, fingiéndose avergonzado—. Estaba pensando…

—Sí, lo sé —su amiga suspiró—. Harry…

—Hermione —Harry imitó la voz de su amiga—, de verdad no quiero sermones


ahora. Es muy temprano.

Hermione estaba planeando una reunión del ED al aire libre ese fin de semana,
cuando fueran a Hogsmeade. Sería un cambio agradable, después de todo, cambio
que todos los miembros habían aceptado con gusto. Que el ED volviera a unirse era
algo que todos habían esperado, más por volver a ver a los amigos y trabajar en
equipo que otra cosa.

—Come tu desayuno, Harry, y deja de mirar a la mesa de los profesores —regañó


Hermione, dándole una mordida a su tostada. Harry agachó la cabeza, a
regañadientes, y lanzó una última mirada hacia Cylean. Le había visto fijamente
todos esos días y había llegado a la conclusión de que, al menos, no era
desagradable a la vista. Le miraba con ojos soñadores y sonrisa tirante, una sonrisa
que podía poner cuando nadie más le miraba. Aunque tal vez, con lo disimulado
que era Harry, y los cotillas que eran los Gryffindor —en especial Lavender, novia
de Ron, a la que él le contaba prácticamente todo— la mitad de la escuela se había
enterado que Harry Potter tenía un enamoramiento con el profesor Rousseau. Y el
profesor Rousseau, por lo que sabían, se había hecho el desentendido de una
manera más que perfecta, fingiendo que no sabía nada cuando le preguntaban y
actuando de forma cortés y educada con él, pero sin darle motivos para que nadie
sospechara de otra cosa.

Aunque tras las puertas… tras las puertas era otra cosa. Tom adoptaba su forma de
rostro cincelado y cabellos negros, forma que Harry había aprendido a ver con otros
ojos porque, si Cylean era atractivo, Tom lo eclipsaba. Le daba clase de Oclumancia
—Harry ya había aprendido a hacer un escudo más o menos decente— y le
enseñaba, también, unas Artes Oscuras que técnicamente eran legales. Había
muchos hechizos en los que Harry necesitaba práctica ya que nunca había
trabajado con encantamientos oscuros, pero sabía hacer la mayor parte bien y
defenderse de ellos más que bien. Tom intentaba ayudarle a crear un escudo que le
volvía invisible además de impenetrable —cuando había dicho esa palabra Harry
había soltado un "Tú trata de 'penetrarme' y verás que ya lo soy" que se había
desatado a una guerra de almohadones y hechizos de Rictusempra— y Harry
mejoraba cada clase. Tom era un excelente profesor y una excelente compañía.

Además, besaba como el diablo.


—Harry, despierta —ahora era Ron, y aunque Harry no estaba dormido, soñaba con
los ojos abiertos—. Come. Tenemos Encantamientos, y querrás haber comido algo.

La clase de Encantamientos pasó sin pena ni gloria, pero era algo diferente aquel
momento. Aquel día, particularmente, porque era veinticinco de octubre, y era el
cumpleaños número treinta y uno de Cylean Rousseau.

Harry sabía que ese no era el verdadero cumpleaños de Tom, que él cumplía años
el treinta y uno de diciembre. Pero, ¿qué más daba? Así que Harry había hablado
con los elfos domésticos y había pedido un pastel dulce, con chocolate y fresas, y
varios aperitivos más. Luego los elfos deberían llevar todo eso a la Sala de los
Menesteres y Harry llevaría a Tom allí. Y, posiblemente, la gente los viera al pasar.
Y, posiblemente, siguieran corriendo los rumores de que allí había algo. Y,
posiblemente, quien le había dado la Amortentia a Harry se sintiera satisfecho.

Las clases terminaron a las seis. Harry esperaba de corazón que Tom no tuviera
ninguna detención, y se sorprendió gratamente cuando lo encontró en su despacho
cubierto de regalos, tarjetas y demás cosas de quienes habían enviado sus
obsequios para celebrar el cumpleaños de Cylean.

—Feliz cumpleaños, Cylean —dijo Harry desde la puerta. Tom alzó la vista de unos
pergaminos que estaba corrigiendo y le sonrió.

—Gracias, Potter. ¿Quieres pasar?

—En realidad, quiero llevarte a mi territorio.

Tom sonrió medio de lado, casi burlón, para guardar los pergaminos y acompañarlo
hasta el séptimo piso. Mientras caminaban se miraban, intercalaban insultos casi en
broma, se cruzaban con compañeros que les saludaban —"Hola, Harry"; "Feliz
cumpleaños, profesor Rousseau"; "¡Que tenga un buen día, profesor R."— hasta
llegar a la Sala de los Menesteres. Cuando se adentraron, y Tom no pareció nada
asombrado cuando vio que Harry pasaba tres veces por el muro con los ojos
cerrados hasta que apareció la puerta, y prácticamente lo empujó hacia dentro de
la Sala.

Había una mesa redonda con pastel y dulces. Decorados de papeles brillantes,
estandartes de Slytherin, sofás cómodos verdes, muebles oscuros brillantes. Tom le
sonrió, maravillado.

—Es un hermoso regalo, Harry —murmuró, mientras atrapaba sus labios con los
suyos encerrados allí, en la Sala que viene y va. Harry lo apartó luego de unos
merecidos minutos.

—Tienes pastel. Come.

Tom rió y fue a servirse. Harry había pedido cerveza de mantequilla y sirvió en los
vasos con un movimiento fluido mientras Tom se deleitaba con el pastel.

—¿Y cómo va la misión "Amortentia"? —preguntó Tom, recostado cómodamente en


el sofá como un emperador de época. Harry, frente a él, recargado en el mueble,
rió.
—Todo el maldito colegio cree que he sucumbido a los encantos del maravilloso
profesor Cylean Rousseau —Harry rodó los ojos, burlón—. Como si tuviera más
encantos que Tom Riddle.

Tom sonrió.

—¿Estás diciendo que puedes sucumbir a mis encantos, pero no a los de Cylean?

—He —le remarcó Harry— sucumbido a tus encantos. Cylean es sólo un comodín


Amortentiado.

Tom soltó una carcajada.

—Eres increíble, Harry.

Harry hizo un movimiento con la mano.

—Oh, cállate.

—¿Tus amigos siguen molestándote?

—Dilo tú —Harry suspiró, repentinamente amargo—. Hermione no para de


repetirme que es un error y Ron trata de evitar el tema todo lo que puede. Creo
que aún no supera la situación.

—Tienes suerte de que el profesor Rousseau sea atractivo. Podría haber sido
alguien como Flitwick.

Harry se estremeció.

—Oh, diablos, no quiero ni pensarlo.

—¿Y qué es eso de profesor R? —preguntó Tom, burlón—. La mitad y más de los
estudiantes me llaman así por los pasillos.

—Es un apodo que Ron te dijo una vez en la Sala Común. Supongo que corrió como
pólvora.

Tom bufó.

—¿Qué tal van las clases de Patronus?

Harry le miró con ojos entrecerrados.

—¿Tú le dijiste a Draco Malfoy que me pida ayuda para conseguir hacer un
Patronus?

Tom alzó ambos brazos.

—¡Claro que no! Sólo le he dicho que era patético que un chico con sus
antecedentes y su futuro no fuera capaz de hacer un simple Patronus.

Harry rodó los ojos.


—Eres un idiota. Pues sí, van bien. Malfoy ya es capaz de hacer un Patronus
corpóreo y mantenerlo por unos minutos, aunque se termina disolviendo al cabo de
unos minutos. No es capaz de mantener unos sentimientos felices por mucho rato.

—No tuvo una vida fácil —Tom suspiró, mientras se llevaba otro bocado de pastel a
la boca. Masticó y tragó, y Harry no comprendía cómo podía ser elegante hasta
comiendo—. Es decir, tiene muchas presiones sobre él. Debe ser el mejor en sus
clases, competir todo el tiempo contigo… sois contrapuestos. Él, el hijo de la
Oscuridad. Tú, el Niño de la luz. Hijo de Mortífagos, hijo de Aurores y condenado a
salvar el Mundo Mágico. Está resentido con su vida, aunque creo que hacer las
paces contigo lo ha ayudado —se encogió de hombros. Harry suspiró.

—¿Y por qué crees que hemos hecho las paces?

La expresión de Tom se volvió pícara.

—Créeme, Harry. Ustedes han hecho las paces. Puedo jurarlo.

Harry puso los ojos en blanco, pero no comentó nada. Se sirvió otro vaso de
cerveza de mantequilla y bebió, siempre recargado contra el mueble, a más de dos
metros de Tom. El hombre parecía muy ocupado comiendo y bebiendo como para
percatarse de su lejanía.

Y es que, tal vez, Harry evitaba un poco estar tan cerca de Tom, porque tenía un
efecto en él que nadie más tenía. Le hacía sentirse débil, ligeramente soñador, con
la cabeza en cualquier parte y solamente deseando enterrar las manos en ese
cabello sedoso y besarle hasta encontrar el mañana en sus labios.

—¿Tendré dos cumpleaños este año? —preguntó Tom, mientras terminaba su


segundo trozo de pastel. Harry sonrió, burlón.

—Eres un niño grande —bufó—. Supongo que sí. Pero para tu cumpleaños real
buscaré un regalo de verdad. No un pastel y todo eso.

Tom puso expresión afectada.

—Pero amo el pastel —se quejó. Harry rió.

—Vale. Haré que hagan un pastel para año nuevo y te daré un trozo un día antes.

Tom le dirigió una sonrisa ancha.

—Gracias.

—De veras que has cambiado —comentó Harry. Tom se encogió de hombros detrás
de su vaso de cerveza de mantequilla—. Es decir, ¿quién diría que estaría con Tom
Riddle comiendo y bebiendo, hablando de banalidades, en un lugar donde él podría
matarme sin dejar rastros, cambiando la sala al irse?

—Ya no es de mi interés matarte —dijo Tom, casi perverso. Harry se inclinó hacia
él, y aunque los separaban metros, corrían chispas.

—¿Y qué es de tu interés ahora?


Tom se levantó y cortó la distancia que los separaba, fundiendo sus labios con los
suyos. Era pura atracción, labios que se querían y ojos que se extrañaban cuando
no se veían. Pero cuando las manos de Tom comenzaron a recorrer su espalda,
apretándolo contra él, Harry se separó. Las campanas de las ocho sonaron.

—Creo que es hora de irnos.

—¿Lo es? —Tom entrecerró los ojos—. ¿Y qué hay de nuestra fiesta privada?

Harry apartó el rostro, ligeramente sonrojado.

—Podremos seguirla otro día. Ya casi no queda pastel.

Entre Harry y Tom se habían comido la mitad del pastel. Harry planeaba darle el
resto a Ron y Hermione, y Neville, tal vez. Estaba seguro de que Ron estaría más
que satisfecho.

Tom suspiró, desganado, pero lo soltó.

—Vale, vamos. Puedes venir por el pastel luego. Yo iré a fingir que como algo. Creo
que por ahora estoy satisfecho.

Le dio un ligero empujón y Harry entendió el ligero ruego en las palabras. Claro, si
se lo hacía ver, nunca lo reconocería, de seguro, pero Harry sabía que Tom
quería, ansiaba, más. Y Harry aún no era capaz de dárselo.

Salieron de la Sala de los Menesteres y caminaron juntos por los pasillos casi
vacíos. Todos se reunían en el Gran Comedor para la cena y, antes de llegar, Tom
se permitió tomar el rostro de Harry entre sus manos y plantarle un beso. En esos
momentos lucía como Cylean, pero Harry estaba seguro de poder sentir los
verdaderos labios de Tom sobre los suyos.

No había nadie en el pasillo a la derecha y nadie a la izquierda cuando se


separaron, riendo como niños haciendo una travesura, pero cuando doblaron se
encontraron a un estupefacto profesor de pociones. Snape, con los ojos bien
abiertos y expresión ligeramente sorprendida, lucía claro la verdad: los había visto.

14. Halloween.

Halloween los atrapó aún sin las palabras "despedido" o "expulsado" resonando por
los pasillos. O Snape había decidido mantener la boca cerrada o Dumbledore
realmente no quería hacer nada por la situación dada entre alumno y profesor.
Harry apostaba a la segunda.

—Profesor Snape —había susurrado Tom, casi amenazante, al verlo al doblar el


pasillo. El profesor de Pociones le había fulminado con la mirada.

—Profesor —dijo el cargo con burla— Rousseau. ¿Vuelve al ataque de jóvenes


alumnos? ¿O sólo de niños arrogantes y ególatras como el señor Potter? Debo decir
que le creí con mejor gusto.

Harry estaba seguro que la próxima vez que Tom se cruzara a Snape le pondría
bajo un Crucio.
—Y yo no creí que el gran profesor Snape fuera un fetichista —Tom le miró con
altanería, y una sonrisa curva se plantó en sus labios. Cylean no era Cylean en
expresión, era nada más ni nada menos que el Tom Riddle que Harry conocía—. Ya
sabes, por ver desde las sombras cosas que no le incumben.

Snape apretó los labios en una fina línea.

—Yo que vosotros —siseó con voz grave, amenazante— me iría despidiendo de
Hogwarts.

—Como si el director fuera a expulsar a Harry Potter —dijo Tom, con una sonrisa
amplia en el rostro—. En cuanto a mí, te enviaré mis recuerdos desde el número
ciento cuatro de La Hilandera.

El profesor de Pociones palideció aún más y su rostro adoptó una expresión de


rabia. Se volteó, fulminando con la mirada a alumno y profesor, y caminó con un
elegante movimiento de túnica hasta el Gran Comedor. Tom había reído
ligeramente, pero Harry no había estado tan seguro.

Finalmente, allí estaban, en Halloween, sin ser despedidos o expulsados. Era un


jueves otoñal típico, y Harry se había pasado la tarde con Hermione y Ron, cada
cual con sus problemas. Ron, huyendo de Lavender quien parecía estar volviéndole
loco, y Hermione enfadada con Ron, ignorándole siempre que podía, pero hablando
amablemente con Harry, como si se disculpara por su comportamiento de madre-
gallina-regañona en todo el verano y hasta el momento. Le había gustado el pastel
y Harry se había enterado que había sido una de las pocas personas que no le
habían enviado regalo a Cylean. Merlín, hasta el director le había enviado un
obsequio al extravagante profesor. Harry se había estado quedando hasta el toque
de queda con Tom, siendo ayudado con sus tareas y releyendo —y partiéndose de
risa— con las cartas y notas que el profesor había recibido.

Halloween resultó tener una sorpresa diferente, y no por eso menos agradable.

—Te recuerdo que debes asistir —le dijo Tom a Harry por última vez mientras se
ponía el sol. Harry le sacó la lengua.

—Nadie me obliga.

—Yo lo haré.

—No te atreverías.

—Ponme a prueba.

Harry frunció el ceño.

—Bien. Iré. Pero no usaré un disfraz.

—Con que vayas es suficiente.

Tom se fue, ondeando la túnica negra detrás de él. Harry esperaba que Tom no
recordara la contraseña de la Torre de Gryffindor, porque no pensaba ir.

Cylean Rousseau había tenido la asombrosa idea de hacer algo ese Halloween.
Cylean había hablado sobre ello con Dumbledore mismo ese verano. Dumbledore
había aceptado la idea y el Gran Comedor, además de estar decorado, se hallaba
cargado de hechizos de broma donde menos lo esperara cualquiera, y los alumnos
y profesores irían disfrazados. A Dumbledore, claro, le había encantado la idea.
Hermione no estaba tan segura de ello, pero Harry había arreglado con ella para no
salir de la Torre de Gryffindor y cenar su banquete arriba. Hermione estaba mejor
con ese plan, ya que no tenía muchas ganas de buscarse un disfraz —los cuales
habían sido enviados a hacer con días de antelación por muchos otros magos y
brujas—.

La hora de la cena se acercó. Ron se había puesto su túnica de gala nueva e iba del
brazo con Lavender. Se despidió de Harry con una sonrisa nerviosa, la chica tirando
de él como si fuera de goma.

Hermione se enterró en un libro, pero al ver que los planes de Harry de quedarse
con ella iban en serio le sugirió hablar sobre cualquier cosa. Harry aceptó y
comenzaron a intercambiar comentarios sobre las clases, los profesores, sus
nuevas ideas, y los temas pasaron a ser más burlones, como lo extraño que lucía
Sirius luego del hechizo de que Cylean le había lanzado que lo hizo rubio platino, y
lo ridículo que lucía el mismísimo Harry cuando se volvió rubio por el mismo
hechizo de Cylean. Harry le enseñó el hechizo —Hermione se divirtió
inexplicablemente cambiando los colores de cabello de Harry, volviéndolo pelirrojo,
rubio, un rojo oscuro como el de su madre, un castaño claro, nuevamente rubio y
así, aunque Harry sospechaba de lo que divertía a Hermione era aprender un
hechizo nuevo del cual no tenía idea— cuando Cylean Rousseau interrumpió en la
Sala Común.

Harry le miró, ligeramente asombrado. Tenía el cabello rubio a ambos lados del
rostro, y los ojos pintados de negro. Vestía con ropas muggles de cuero y hebillas,
y las botas con plataforma le hacían como mínimo diez centímetros más alto. Las
uñas en puntas brillaron, negras, cuando atravesó el cuadro con los ojos
entrecerrados y fijos en él.

—¡Profesor Rousseau! —dijo Hermione, claramente azorada de que el hombre


estuviera allí. Harry, que volvía a tener el cabello rubio, le sonrió a Tom.

—Ah, hola, Cylean. ¿Qué haces aquí?

Cylean le tironeó del brazo.

—Asegurándome de que cumplas tu palabra. Hay una bonita cena de disfraces en


media hora, y si no llegas a aparecer, quedaré muy mal. Así que, o vienes conmigo,
o me encargaré de hacer tu vida un infierno.

Harry rió.

—No eres peor que Voldemort.

Cylean se estremeció, pero se recompuso unos instantes después.

—Créeme, puedo y lo seré.

Hermione los miraba intercalando el asombro y el enfado. Finalmente los ojos de


Cylean, exageradamente pintados, se posaron en Hermione.
—Señorita Granger, por favor, le ruego —Cylean se inclinó hacia ella—. Ayúdeme a
convencer al señor Potter de cumplir su palabra.

Harry le dirigió a Hermione una mirada implorante. Hermione suspiró.

—Harry… —alzó la vista hacia el techo, como rogando, y luego volvió la vista a los
ojos verdes de su amigo—. Creo que deberías ir. Si prometiste algo…

—¡Pero Hermione! —Harry se aferró al brazo de su amiga—. No pienso dejarte sola.

—La señorita Granger también puede venir —Cylean sonrió—. Tengo un disfraz que
le sentará muy bien y estoy seguro le agradará. Puedo arreglarla en menos de
cinco minutos y quedará irreconocible.

Hermione frunció ligeramente el ceño. Harry le lanzó una mirada suplicante a


Hermione.

—Hermione, dile que tú no quieres ir. Vamos, díselo.

Hermione sonrió.

—Bueno, realmente creo que no será tan mala idea asistir.

—¡Y Cylean gana! —chilló él, de forma casi infantil, tironeando de las manos de
Hermione y Harry—. Venid, venid conmigo.

Los sacó de la Sala Común, ante la risa de los pocos presentes, unos chicos de
cuarto y un grupo de niñas de segundo que se estaban terminando de arreglar sus
disfraces.

Fueron a las habitaciones privadas de Cylean. Harry se sorprendió de que Tom no


usó la contraseña de Dumort, en su lugar dijo Bleu ciel. Hermione pareció bastante
sorprendida por lo elegante del lugar y la cantidad de libros adornando las paredes,
aunque Harry sabía que no eran un simple adorno.

Harry tomó asiento y esperó a que Hermione estuviera lista. Cylean le dio una
túnica blanca y un vestido, y esperó a que ella se la pusiera en su habitación. Harry
no intercambió ni una mirada con Tom en esos momentos, y no respondió a sus
intentos de iniciar una charla.

Hermione salió con la túnica de la cual se desprendían plumas en las mangas. Se


miraba en el espejo de Cylean, maravillada, y Tom le pasó una poción alisadora de
cabello y un peine para que se encargara de sus greñas.

—Es el turno de Harry —dijo el profesor, mirando radiante a Harry. El chico apretó
los labios y suspiró.

—Mientras no sea doloroso…

La túnica resultó ser rojo brillante, y debajo se calzó ropas ajustadas de Cylean. El
hombre le tintó los cabellos, teñidos de rubio, de castaño rojizo y no le dejó
esconder los ojos detrás de los lentes. También le alcanzó lentes de contacto y
Harry se estremeció levemente al ponérselos.
—¿Qué se supone que soy? —preguntó Harry, mirándose en el espejo. Hermione
tenía el cabello cayéndole por la espalda, mientras la túnica se ondeaba radiante a
su espalda—. ¿Y qué se supone que es Hermione?

—Hermione es el cisne blanco del Lago de los Cisnes —Cylean sonrió ampliamente
—. Odette. Y tú, eres Godric Gryffindor.

Harry se miró en el espejo, entrecerró los ojos, se tocó el cabello.

—¿Godric Gryffindor? ¿Bromeas?

La sonrisa de Cylean era casi salvaje.

—He encontrado un retrato de él en uno de los libros. Podrías incluso ser el


Heredero de Gryffindor con lo similar que eres a él.

Harry bufó y rodó los ojos.

—He pasado de ser el "Heredero de Slytherin" al "Heredero de Gryffindor" —dijo,


burlón—. Supongo que es mejor, ¿no?

Le lanzó una mirada casi hastiada a Hermione. Su amiga rió entre dientes.

—Es una pena que los nuestros disfraces no combinen —suspiró Harry, pasándose
una mano por el cabello, desordenándolo mucho más—. Ya sabes, para lucir
medianamente bien.

—¿Hablas de mí o del profesor Rousseau? —preguntó Hermione, mirando a su


amigo con una ceja arqueada. Cylean rodó los ojos.

—Señorita Granger, por supuesto que habla de usted. Yo jamás podría


lucir solamente medianamente bien.

A Hermione se le escapó un bufido. A Harry, una carcajada.

—Hablaba de Hermione, sí —Harry se observó en el espejo, se acomodó el cuello de


la túnica, se ajustó las mangas—, podría haber quedado mucho mejor como
Rowena Ravenclaw.

Los ojos de Cylean adquirieron un brillo casi maníaco.

—¿Ah, sí? —se acercó a Hermione con pasos decididos y apuntó las telas con su
varita. Murmuró algo entre dientes, con los ojos entrecerrados, y las ropas
comenzaron a transformarse, y no sólo la túnica, si no el vestido blanco que llevaba
debajo. Todo pasó a ser de un brillante negro y azul, con elegantes patrones y
diseños, con el estandarte de Ravenclaw bordado sobre el corazón. Luego apuntó a
la chica con su varita y oscureció sus cabellos, para dejarse caer en el suelo,
prácticamente agotado.

—Espero… —jadeó Cylean, mirando desde el suelo a Harry, con una sonrisita
satisfecha— que sea de tu agrado, oh gran Gryffindor.

Hermione apartó a Harry para verse al espejo y debía admitir que lucía incluso
mejor que con el traje blanco de plumas. El cabello oscuro enmarcaba su rostro
claro y los ojos castaños casi relucían. Le sonrió a Cylean que seguía tendido en el
alfombrado.

—Es más que perfecto —Harry le sonrió a Hermione, que se sonrojó ligeramente—.
Y mucho mejor que un pollo que se convierte en princesa.

—¡Es un cisne! —farfulló Cylean, aún en el suelo—. Y creí que le luciría bien.

—Lo hizo —intentó tranquilizarlo Hermione—. A mí me gustó.

—Lo que es genial es que ninguno de ellos podrá hacer una copia de la diadema de
Rowena Ravenclaw —Cylean se incorporó y atrajo una diadema pequeña, de plata y
plumas blancas, y la transfiguró en una elegante que parecía ser las alas de un
cuervo—. Señorita Granger —dijo, pasándoselo. Ella se lo colocó sobre los cabellos
oscuros y sonrió al espejo.

—Luces radiante, Hermione —halagó Harry. Su amiga le sonrió.

—Esperemos que no hayan lores Gryffindors y ladies Ravenclaws por allí, ¿no? —
sonrió. Harry rió.

—En realidad no hay —Cylean les guiño un ojo—. Dije en mis clases de primero
hasta quinto que por favor reservaran a los Fundadores para aquellos mayores que
tuvieran la oportunidad de participar en los concursos. Y a los mayores, que
dejaran los Fundadores para los profesores, aunque no me imagino a McGonagall
disfrazada de Rowena, ¿no?

Harry rió a carcajadas y Hermione compuso una sonrisa discreta.

—Aunque yo me imagino a la profesora Sprout como Helga Hufflepuff, ¿no crees,


Hermione? —preguntó Harry, volteándose ligeramente para ver a su amiga. Ella
asintió ligeramente, con un sonrojo en las mejillas y una sonrisa en los labios.

—Vamos ya, fundadores —Cylean les puso las manos en la espalda y los fue
empujando ligeramente hacia la puerta—. Tenemos una cena a la cual asistir.

El Gran Comedor estaba decorado de una forma maravillosa, como todos los
Halloween, pero esta vez casi todos los alumnos usaban sus mejores disfraces. Si
bien algunas sangres pura que celebraban el Samhain en vez del Halloween lucían
sus mejores túnicas en vez de disfraz, incluso Draco Malfoy parecía haberle pillado
el gusto a disfrazarse, con una capa verde esmeralda y una corona de rey. Observó
a Harry unos segundos cuando éste entró en el Gran Salón y le hizo un
asentimiento con la cabeza, esbozando una pequeñísima sonrisa. Harry sonrió y le
guiñó un ojo antes de ir a la mesa de Gryffindor.

—¿Y de qué se supone que estás disfrazado tú, Cylean? —preguntó Harry en un
susurro mientras iban a tomar asiento. Cylean suspiró.

—Iba a disfrazarme de Mortífago pero a Dumbledore no le gustó la idea. Así que me


disfracé de muggle. ¡Ni siquiera tuve que gastar dinero!

Harry rió. Hermione también lo hizo. Ron, desde unos metros más allá y junto a
Lavender que vestía de princesa, observó a sus amigos con ojos como platos.
—Bien, señorita, caballero —Cylean les hizo una inclinación respetuosa y se dirigió
a la mesa de los profesores. Harry le siguió con la mirada, ni siquiera teniendo que
actuar la expresión soñadora y alegre que tenía en sus ojos.

—Harry —Hermione llamó su atención ligeramente—, ahora lo comprendo.

—¿Eh? —Harry la miró alzando una ceja. Hermione sonrió.

—Ahora lo comprendo —dijo—. Ahora sé por qué te gusta.

Harry se sintió enrojecer.

—¿Y eso significa…?

—No significa nada, Harry, sólo que he estado siendo muy tonta —Hermione
suspiró—. El profesor Rousseau verdaderamente no tiene malas intenciones. Pude
verlo. Realmente… es completamente diferente a como creía.

Harry sintió una sonrisa ancha dibujarse en su rostro.

—Entonces, ¿dejarás de fastidiarme con que…?

—Sigo pensando que es irresponsable de parte de ambos —Hermione frunció


ligeramente los labios, pero sonrió nuevamente—, sin embargo, ¿quién soy yo para
decirles lo que deben hacer? El profesor Rousseau ya es mayor, y tú cumplirás
diecisiete el año próximo. Tenías razón. No debía meterme. Ambos podéis vivir
como os plazca. Yo os apoyaré.

Harry se sintió congelado. Entonces, sorpresivamente, abrazó a su amiga con


fuerza.

—¡Oh, Hermione! —susurró contra su pelo—. No tienes idea de lo que eso significa
para mí.

—Significa que me estás asfixiando, Harry —resopló su amiga y Harry la soltó de


inmediato—. Gracias. Pues, he estado pensándolo y si no sirve de nada advertirte,
mejor es confiar en ti. Sí, creo que es mejor. Después de todo, solamente te gusta,
¿no? ¿Qué más puede suceder? —Harry se encogió de hombros, ligeramente
sonrojado. Se sentía como una chiquilla pre-púber hablando sobre su primer novio
—. Confiaré en vosotros, y en que no os meteréis en problemas.

La cena transcurrió sin más. La comida era exquisita, como toda aquella de
Hogwarts, y Harry se deleitó al ver a muchos de sus compañeros disfrazados.
Algunos eran buenos disfraces, otros eran tan malos que daban risa. Su mayor
gracia fue ver a Colin Creevey con la túnica de fotógrafo del Profeta que tratándolos
de usted pidió a Harry una foto con Hermione. Harry, de tan buen humor que
estaba, se la concedió.

Con una mirada a la mesa de profesores se dio cuenta de que entre ellos tampoco
había faltado el disfraz. Con las excepciones de McGonagall y Snape, todos los
profesores llevaban disfraces elaborados, túnicas elegantes y sus mejores arreglos.
Sin embargo, Cylean destacaba. Después de acabar su cena comenzó a pasear por
las mesas, entablando conversaciones despreocupadas con todos los alumnos y
riendo de chistes que otros contaban, contando los suyos propios.
Llegó a la mesa de Gryffindor asustando a Neville por la espalda, que se estaba
peleando con una tarta de moras de aspecto comestible pero que, cada vez que
quería cortarla, ésta se escurría en el plato hacia la otra punta.

—La solución es tomarla con la mano y morderla —dijo Cylean en el oído de su


alumno, y Neville lo hizo, mordiéndola y comiendo con ganas.

—¡Vaya, gracias! —dijo, después de tragar—. Llevo casi diez minutos. Creí que se
cansaría.

—Es una tarta —Cylean chasqueó la lengua—. Las tartas no se cansan.

Neville rió y Cylean continuó caminando.

—¿De qué está disfrazado, señor Thomas?

Dean Thomas sonrió.

—Es un personaje de Star Wars. ¿La conoce?

Cylean negó.

—Nunca fui fanático de las series del espacio.

Dean comenzó a contarle sobre su disfraz y Cylean agregó algunos comentarios


antes de seguir por la mesa.

—Señorita Lovegood, ¿no debería estar en la mesa de Ravenclaw? —inquirió


Cylean, mientras veía a Luna hablando muy alegre con Harry. Luna le sonrió
ampliamente a Cylean, con esa expresión ida tan propia de ella.

—Yo sólo seguía a Rowena Ravenclaw.

Hermione agachó la cabeza, pero sonreía.

—Puede quedarse, señorita Lovegood, pero no haga mucho escándalo.

Harry soltó una carcajada.

—¿¡Luna haciendo escándalo!?

—Tiene razón, señor Potter —Cylean le guiñó un ojo—. Señorita Lovegood, cuide
que el señor Potter no haga escándalo.

Ambos rieron. Cylean siguió interrumpiendo postres y ayudando a aquellos que le


caían mejor, dejando que otros lucharan para comerse sus postres. Cuando volvía a
pasar por la mesa de Gryffindor le arrebató el último trozo de tarta de melaza a
Harry, que le fulminó con la mirada antes de tomar otro trozo.

La fiesta terminó entre las votaciones para el mejor disfraz. Los profesores y los
prefectos votaron y hubo un empate entre Draco Malfoy y Harry Potter. Ambos, que
ya no eran enemigos, se miraron con los ojos entrecerrados para luego reír a
carcajadas.
—Valió la pena —dijo Harry mientras se deshacía de la túnica roja.

Se encontraban nuevamente en las habitaciones privadas de Cylean. Harry le había


dicho a Hermione que volvería antes del toque de queda, y aún le quedaba una
gran hora para ello.

Tom le miró con los ojos radiantes.

—No quiero ser desagradable, pero, oh, te lo dije.

—Eres un bastardo.

—Lo sé. Literalmente.

Harry rió entre dientes.

—Sólo tú podrías convertir un insulto en un estatus.

—Ser bastardo no es un estatus. Pero tú, ¿cómo lo sabías?

Harry se encogió de hombros.

—Dumbledore me lo dijo.

Harry se deshizo del color de cabello, volviéndolo negro nuevamente. Se quitó los
lentes de contacto y se puso sus lentes nuevamente. Tom le observó desde su sofá,
con los cabellos oscuros y la pequeñísima sonrisa en el rostro.

—Ese viejo entrometido.

—Dobby lo llama "vejete chiflado".

Tom rió.

—Dobby es un genio. Y por cierto, ¿quién es Dobby?

Harry se carcajeó.

—Es un elfo doméstico que liberé de los Malfoy.

—Oh, creo haber oído a Lucius despotricar contra eso un par de veces. Era su elfo
más leal. Tenía todos los secretos de la familia Malfoy —Tom se encogió de
hombros, como si considerara demasiado arriesgado de parte de Lucius Malfoy
dejar que un simple elfo doméstico supiera todas las cosas que el Mortífago había
hecho—. Volviendo a la fiesta, ¿has visto que no ha sido tan horrible?

El chico se estremeció ligeramente.

—Lo único bueno de todo es que Hermione ha decidido confiar en mí y apoyarnos.

—Entonces, ¿sería correcto pedirte que salieras oficialmente con Cylean? A lo


"relación secreta-prohibida entre alumno ejemplar y profesor aprovechador".
Harry alzó una ceja.

—¿Me estás proponiendo lo que creo que me estás proponiendo? Porque besarnos
está bien, vale, pero, ¿ser pareja?

—No serías la pareja de Tom Riddle. Serías la pareja de Cylean Rousseau.

—¿Pero podría besar a Tom Riddle cuando me plazca?

—Supongo —Tom se llevó la mano a la barbilla, meditándolo—. Claro, deberé


preguntarle a Cylean si no le molesta.

Harry se vio a sí mismo riéndose, tomando sus ropas y encerrándose en la


habitación de Tom para cambiarse. Lo hizo en tiempo record, y cuando salió Tom
tenía los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás. No era muy tarde, pero había
unas ligeras sombras bajo sus ojos y la expresión fatigada parecía dolorosa.

—¿Cansado? —preguntó Harry, tomando asiento en el apoyabrazos del sofá donde


estaba Tom. El hombre abrió los ojos y apenas sonrió.

—Es insoportablemente fatigador tener sentimientos.

Harry rió.

—Sí, normalmente, suelen suceder esas cosas de estar agotado emocionalmente.


¿Algo en específico que contar? —Tom pareció dudar y Harry sonrió, sincero—.
Puedes confiar en mí. Yo confío en ti.

Tom rió, con una risa grave y extraña, oscura en cierta medida.

—Es tan extraño, de una forma que no te haces una idea —le miró con ojos
profundos, pozos de conocimiento oscuro, magia poderosa y ambición—. Confías en
mí sin temor. No hay marca ni juramento que te ate, y sin embargo, estás aquí.
Decides venir a verme por tu cuenta, respondes a mis insultos con insultos,
osas burlarte. Es tan jodidamente extraño.

Harry se inclinó hacia Tom.

—Pero eso no es lo que te molesta.

—En parte —Tom tomó aire y lo expulsó con lentitud—. Hablaba en serio, sabes.

El muchacho le miró sin entender.

—¿Sobre qué?

—Sobre que seas mi pareja. Sobre que estemos juntos.

Harry retrocedió.

—No sólo es por fachada —continuó Tom, ignorándole, sin mirarle a los ojos como
si quisiera evitarlo—, aunque sería una gran actuación y si a alguno de nosotros nos
dieran Veritaserum podríamos decir la verdad, aunque sería mejor que te enseñe a
transformar el Veritaserum en agua antes de que toque tu boca —se interrumpió,
como si se hubiera ido del tema que quería hablar—. Hablo en serio. Harry
Potter, sé mi pareja.

Harry no sabía si reír o qué decir. La cabeza le zumbaba ligeramente, e incluso


sintió un pequeñísimo dolor en la cicatriz que supo identificar: no era enfado, ni
rabia, era frustración. La más pura y simple frustración. Harry también estaba
frustrado. Estaba confundido.

—Vale —aceptó, y tan pronto aceptó todo se estabilizó dentro de él. Era como si la
guerra que estaba sucediendo en su mente de pronto se detuviera, los duelistas se
voltearan y dejaran de agitar sus varitas entre ellos. Por un momento todo estaba
en paz—. ¿Y qué significará esto? ¿Por qué me lo pides?

Tom se encogió ligeramente de hombros, un movimiento apenas perceptible, pero


buscó los ojos de Harry. Su voz fue apenas un murmullo.

—Me siento como si tuviera trece años de nuevo. Me gustas, ¿vale? —se rió
levemente, como un niño lo haría—. Y quiero ver que se siente… quiero probarlo.
Quiero saber qué se supone que uno debe sentir. Qué es las cosas… Hace un
tiempo, Dumbledore me dijo que el… que los sentimientos vuelven poderosa a la
gente. Quiero tener poder. Más del que tengo. Quiero ser capaz de conocer otro
tipo de poder. Y contigo me siento poderoso de una manera que no consigo
explicarme. Es como si nuestra magia fuera compatible, y estando junto a ti me
volviera un ser diferente. Puedo bromear. Puedo reír. Pero reír de verdad. Y tú de
verdad que necesitas alguien que esté de tu lado. No del lado oscuro, ni del lado de
la luz. Simplemente de tu lado. Que no te vea como arma.

—Te estás contradiciendo —farfulló Harry, en parte abrumado. Tom buscó la forma
de explicarse.

—Que contigo me sienta poderoso no significa que te esté utilizando como arma. Si
vamos a ser sinceros, no te necesito, pero te necesito al mismo tiempo. No tienes
un uso práctico para mí, ahora, pero sí un uso… diferente. Quiero estar contigo,
joder —Tom se frotó la sien izquierda—. La he jodido. Deja que te haga un
encantamiento desmemorizador y déjame comenzar de nuevo.

Harry rió, su risa con un tono histérico.

—No hace falta. Yo… comprendo —sacudió la cabeza ligeramente. Comprendía, en


parte, y era capaz de sentir una extraña paz que no sentía hacía mucho. Se
sentía bien—. Yo también quiero estar contigo.

Tom sonrió, una sonrisa radiante y ancha que no iba con el rostro calculador. Era
una sonrisa verdadera. Una sonrisa hermosa.

—Entonces, ¿pareja?

Le extendió la mano. Harry la tomó, y sintió como el fuego corría por sus manos.

—Pareja.

Y Tom se incorporó para besarlo.

15. Hogsmeade y problemas.


—Te veo en las Tres Escobas.

Tom arrugó el rostro ligeramente.

—¿Estás seguro de esto, Harry?

—Por supuesto.

—Sigo sin creer que es buena idea.

Era el primer fin de semana desde que se habían convertido en pareja oficialmente
y Harry planeaba tener una cita en toda regla con el profesor Rousseau. Lo que
significaba ir a las Tres Escobas, pedir unas cervezas de mantequilla o hidromiel
con especias y hablar de cualquier cosa que no fuera incriminatoria. Luego, tal vez,
se colarían en la casa de los gritos, tan inofensiva que era y tanto temor que le
tenían los pueblerinos.

—Incluso ya le he dicho a Ron y Hermione. Lavender no puede ir a Hogsmeade, se


ha metido en problemas, por lo que ellos irán junto con Neville y Luna. También irá
Ginny. Así que supongo que, mientras ellos estén aparte, no arruinarán nuestra
cita.

Tom gruñó.

—Eres un mocoso malvado.

—Oh, pues mira quién habla —Harry bufó y rió luego—. Te veo allí.

Se acercó para depositar en sus labios un suave beso. Tom gruñó y enredó sus
manos en los cabellos de Harry, despeinándolo aún más, y Harry devolvió el beso
con fuego en los labios. Sucedía eso tan extraño cada vez que se besaban, e incluso
cada vez que se tocaban. Era como si una electricidad extraña recorriera sus
brazos, estuviera en su sangre, espesándola como miel y haciéndola arder de un
modo que, para ser molesto, no estaba tan mal. Y finalmente todo se apagaba, les
dejaba con deseos de más, con necesidad de más… pero Harry no era capaz de
avanzar. Por más de que fueran pareja oficial y secretamente y eso.

Harry se reunió en la entrada con Ron y Hermione. Lavender acababa de


despedirse lanzando besos al aire, con mirada ensoñada y efusivos chillidos de
protesta hacia su jefa de casa.

—¿Qué haremos hoy, Harry? —preguntó Neville, que los estaba esperando fuera.
Harry le sonrió a su amigo.

—Vosotros no tengo idea. Yo tengo una cita.

Las cejas de Luna se alzaron levemente.

—Oh, ¿ya has conseguido que el profesor R. te dé una cita?

Los ojos de Ron casi se saltaron de su rostro.

—¡Harry! —Ron le sujetó del brazo—. ¿Es cierto? —Harry intentó parecer culpable
—. ¿Por qué no me lo has dicho antes?
Harry agachó la cabeza ligeramente.

—Pues, tú estabas tan ocupado con Lavender que no quise molestarte —se mordió
ligeramente el labio, se encogió de hombros—, pero, ya qué. He conseguido que
Cylean acepte verse conmigo en las Tres Escobas.

—Harry —Hermione le miró con los ojos entrecerrados unos instantes, para
sorprender a todos diciendo—, eso es genial.

—¡Hermione! —protestó Ron. Su amiga rió.

—Vamos, Won-Won —Hermione murmuró empalagosamente, tomando del brazo a


su amigo y moviendo el dedo frente al rostro del pelirrojo—. Deja a Harry
divertirse.

Ron se apartó de Hermione.

—¿Quién eres y qué hiciste con Hermione Granger?

Hermione rió.

—He conocido un poco al profesor Rousseau. He hablado con él, también. De


verdad siente algo por Harry. Déjalos ser.

—Así que es recíproco —Neville dio una pequeña palmada en la espalda de Harry—.
Bueno, supongo que suerte. He oído algunos rumores pero no creí que fueran
ciertos.

—¿Rumores? —Harry alzó una ceja. Caminaban apartados del grupo, por detrás de
todos, por la calle empedrada que dirigía hacia Hogsmeade—. ¿Qué tipo de
rumores?

—Nada en específico. Algunos rumores por aquí y por allá —Neville restó
importancia—. Como que estás enamorado del profesor R. desde que comenzó el
curso, y que él está sucumbiendo poco a poco a tus encantos.

Harry rió y sacudió ligeramente con la cabeza.

—Es extraño, ¿saben? —observó a sus amigos, que le sonreían ligeramente—.


Tener amigos que me comprendan y apoyen tanto.

—Aunque yo no sería quien te apoyara, Harry —se burló Neville. Harry le lanzó un


manotazo y Neville lo despeinó. Luna comenzó a reír a carcajadas y Ron la imitó.

—Vamos, chicos. Harry, se hará tarde —Hermione los empujó nuevamente rumbo
al camino. Iban ligeros como plumas, con las túnicas arrastrándose por el suelo
empedrado y las sonrisas amplísimas en el rostro.

Primero dieron una pequeña vuelta general por Hogsmeade. Finalmente Harry se
despidió de sus amigos —Ginny se separó de Colin y Dennis Creevey para unirse a
Luna, Neville, Ron y Hermione, y lució bastante desconcertada de que Harry se
despidiera de ellos— para meterse en Las Tres Escobas y buscar una mesa pequeña
y vacía. Estaba seguro de que Tom no tardaría en llegar.
Casi diez minutos después Tom apareció bajo la forma de Cylean Rousseau, con un
gorro de lana negro sobre el cabello rubio y los ojos nuevamente delineados. Sus
uñas tenían pintura descascarada en las puntas y no llevaba túnica. Saludó a Harry
con la mano apenas lo vio, y pidió dos grandes vasos de cerveza de mantequilla
para la mesa que compartiría con Harry.

—Bueno, te has esmerado —halagó el chico. Tom le guiñó un ojo.

—Nunca he dejado de hacerlo.

Harry rió.

—¿De qué se supone que hablemos sin parecer sospechosos? —preguntó Tom
luego de que madame Rosmerta había traído las bebidas. Harry dudó.

—No había pensado en eso.

Tom dejó caer la cabeza contra la mesa, aunque con suavidad. No quería causar un
alboroto.

—Sólo a ti se te ocurre hacer esto. ¿Por qué tenía que ser Las Tres Escobas?

—¿Qué? —Harry le dirigió una sonrisa provocativa—. ¿Preferías Madame Pudipié?

Tom se estremeció.

—No, creo que prefiero Las Tres Escobas.

La risa de Harry fue extraña, sin nervios, sin histeria y casi sin emoción.
Simplemente extraña. Tom observó intrigado a Harry y lanzó un Muffliato en torno
a ellos, luego unos encantamientos más de privacidad y uno que consiguiera que
solamente consiguieran verlos si los estuvieran buscando específicamente. Luego se
inclinó hacia Harry.

—¿Qué sucede?

Harry alzó una ceja.

—¿Por qué preguntas?

—Te sucede algo.

—No me sucede nada.

—Harry…

—Cylean.

Tom suspiró.

—Dijiste que confiabas en mí.

Harry dejó que fuera su cabeza la que dio contra la mesa ese instante.
—Vale, bien. Estaba preguntándome qué persona encontraría beneficioso darme
una jodida poción de amor para enamorarme justamente de ti.

Cylean buscó por sobre la mesa la mano de Harry y le dio un fuerte apretón. El
fuego recorrió la punta de sus dedos y Harry entrelazó su mano con la de su
profesor.

—No te preocupes por eso ahora —le dijo, sonriendo de lado—. No estamos siendo
exactamente discretos, así que quien haya sido debe actuar dentro de poco. Y
créeme que nos daremos cuenta.

Harry le sonrió a Tom.

—Seguramente que nos daremos cuenta. Te despedirán o algo así, o me


expulsarán o algo así. ¿Te imaginas si quieren romper mi varita en dos? No creo
que el vejete chiflado lo permita.

Harry fingió estremecerse sólo para hacer reír a Tom. Tom rió, una risa ligera y
sutil, pero que a Harry le recorrió como calor por el cuerpo.

—Fuera del tema de quién gustaría verte enamorado de un profesor, ¿tienes otro
tema que tocar?

—Tengo mil temas que tocar, Cylean —Harry le sonrió y se perdieron en una charla


sobre nada y todo a la vez, sus manos entrelazadas de una forma que les hacía
sentir tan cómodos que no pensaron en quitarlas hasta que Tom tuvo que pedir
otra ronda de cervezas de mantequilla. En aquel momento Harry observó su mano,
áspera y de dedos hechos para trabajar, y la sintió casi desnuda. Le faltaba algo. Le
faltaba Tom.

Harry se dio cuenta, de pronto, lo extraño y ligero que se sentía con Tom. Le
agradaba su compañía, e incluso le había perdonado realmente todo lo cometido.
Aún no habían hablado de ningún tema serio que contuviese las palabras
"Mortífagos" y "Aurores" unidos en "muertos en redadas", pero era una situación de
pequeña estabilidad. Por lo visto en los periódicos, los seguidores del Señor
Tenebroso se habían mantenido bastante calmados en esos últimos meses, después
del ataque al Ministerio.

Tom llegó a la mesa con otra ronda de cervezas y Harry bebió un sorbo de su
nuevo vaso, sorprendiéndose de lo extraña que sentía la cabeza. Tal vez era que
esos vasos eran considerablemente más grandes de los que solía tomar, y joder,
qué atractivo que era el maldito Tom en esa fachada de Cylean Rousseau.

—¿Te he dicho que eres de entre los guapos el más? —murmuró Harry en voz baja.
Tom rió.

—¿Cylean o yo?

—Ambos. Hay cierto misticismo en compartir pareja. Me siento poliamoroso.

Tom rió, sacudiendo la cabeza.

—Será mejor que me beba yo esto. Tengo mayor resistencia al alcohol que tú, por
lo visto —le arrebató la cerveza de mantequilla de las manos y se bebió lo que
quedaba de un trago. Harry le sacó la lengua, burlón.
—No estoy ebrio.

—Claro que no —Tom le sonrió, sarcástico—. Bébete esto.

Le alcanzó una pequeña botella de vidrio verde, no más alta que un pulgar. Harry
se la bebió sin dudarlo e hizo una mueca. Segundos después volvía a sentir la
cabeza normal, aunque estaba ligeramente mareado.

—¿Qué se supone que era?

—Me alegra que confíes en mí —Tom le sonrió, cálido—. La llevo siempre. Evita que
te embriagues. Debes beberte una medida cuando sientas que estás ligeramente
ido y hace todo el trabajo. También puedes mezclarla con el alcohol para que no
tenga el efecto de embriagarte.

—Es muy útil —Harry le devolvió la botella de poción—. Debes enseñarme a


hacerla.

—Creí que eras un desastre en Pociones.

—No lo soy con tu libro. Snape no sabe dónde meterse sus insultos.

Tom rió entre dientes.

—Ya veré que hacer con Snape. Tal vez le dé un lugar en el frente en la próxima
redada.

El rostro de Harry se ensombreció ligeramente.

—Hablando de eso, ¿es seguro hablar de ello aquí?

—Nos rodee de encantamientos de privacidad. Incluso nadie podrá vernos, sólo lo


hará si nos está buscando específicamente —le guiñó un ojo—. Es bastante seguro.

—Ya que es seguro… ¿qué planeas con todo esto? No ha habido ninguna en estos
meses. Solo ataques menores y algunas desapariciones, pero… ¿qué tienes en
mente?

Tom compuso una expresión seria. Era extraño ver el rostro de Cylean tan serio,
casi tétrico. El rostro del francés no estaba hecho para ser serio, y casi dolía la falta
de sonrisa en su rostro.

—Tal vez, aunque estemos seguros, no sea seguro hablar aquí —Tom forzó una
sonrisa—. Pero recuerda que mi juramento me prohíbe dañar a una larga lista de
conocidos tuyos. Por más de que organice misiones homicidas, nadie que conozcas
resultará herido. No puedo prometerte la seguridad de todo el mundo, pero sí la
seguridad de que no habrá ataques planeados a ellos.

Harry asintió, aunque finalmente Tom no había respondido a su pregunta. Estaba


dispuesto a preguntar nuevamente cuando observó que la puerta de las Tres
Escobas se abría y entraban sus amigos. Hermione le buscó entre las mesas y le
sonrió ampliamente, caminando hacia él. Neville, Ron, Luna y Ginny le siguieron.
Cylean echó una mirada sobre su hombro, sonriéndole ampliamente a sus alumnos,
abandonando completamente la expresión solemne.
—¡Profesor R! —saludó Neville, con una amplia sonrisa. Cylean se volteó en la silla
para observar mejor a sus alumnos.

—Longbottom, Lovegood, Weasley uno, Weasley dos —Ginny rodó los ojos, pero
sonreía—, Granger, mi alumna favorita.

—Creí que Harry era su alumno favorito —dijo Neville, alzando ligeramente el borde
de una ceja. Harry sintió deseos de reír; Neville había recibido clases para hacer
eso, ya que decía que "uno no puede tener una expresión decente si no lo hace".

—Y lo es. Mi alumno favorito y mi alumna favorita —les guiñó un ojo, burlón—.


¿Quieren beber algo? Yo estaba yéndome.

—Mentiroso —gruñó Harry—, primero dices que te encanta pasar el tiempo conmigo
y luego te marchas al primer momento que se te cruza. Así quedará todo, verás.

Cylean soltó una carcajada, mientras con un movimiento discreto de mano retiraba
todas las protecciones que había puesto en torno a ellos.

—Nunca miento, señor Potter —le dirigió una sonrisa amplia y luego se volvió hacia
sus alumnos—. Cuidad de Harry por mí, ¿vale?

—Siempre cuidamos de Harry —Ginny soltó una risita—, y luego dice que se puede
cuidar solo. Cosa que no es cierto.

—¡Calla! —Harry estuvo a punto de lanzarle con el vaso vacío de cerveza de


mantequilla. Cylean tomó los vasos y los alejó del alcance de Harry—. Cylean,
colabora conmigo. Tú sabes todas las cosas que he hecho solo.

—Pues claro que lo sé —Cylean rodó los ojos—, pero eso no te da derecho a
lanzarle algo a una mujer —hizo una pausa para continuar, segundos luego—.
Hazlo cuando esté de espaldas, desprevenida. Probablemente le des un golpe fatal
y debas encargarte del cadáver luego, pero es mejor que sufrir las represalias.

Ginny entrecerró los ojos. Hermione bufó. Harry soltó una carcajada. Luna seguía
en aquel mundillo suyo tan peculiar, por lo que no hubo respuesta de parte de ella.

—Igualmente tampoco lo haré —Harry soltó un melodramático suspiro—. Nos


vemos luego, Cylean. Termina de corregir los pergaminos que pides y que nunca
lees.

—¡Sí que los leo! —protestó Cylean—. Y tú me debes dos.

—¡Harry! —lo regañó Hermione—. Creí que habías terminado tus deberes.

—Yo gano puntos extra haciendo trabajo de campo —bufó Harry, y Luna echó a reír
de forma alta y llamativa, consiguiendo ocultar el incriminador rubor del profesor
Rousseau.

—Adiós, chicos —musitó el profesor, antes de marcharse como un bólido del lugar.
Harry echó a reír tan pronto Cylean atravesó la puerta, llegando a ver un brillo casi
maníaco en los ojos del hombre.

—Harry —Hermione se sentó frente a él en la silla que estaba ocupando Cylean,


inclinándose ligeramente hacia su amigo. Neville fue en busca de sillas para
acompañar a su amigo en la mesa—, no creo que debas hablar sobre estos temas
en lugares públicos. Podría correrse el rumor y… ya sabéis…

—Hermione —Harry tomó las manos de su amiga con una sorpresiva calidez—, no
debes preocuparte. Sabemos lo que hacemos. Además, dudo mucho que
Dumbledore me expulse o lo despida; Hogwarts se quedaría sin Niño-que-vivió y
sin profesor de Defensa al mismo tiempo, y el año no va ni por la mitad. ¿Crees
que se arriesgaría?

—Harry —Ron tomó asiento junto a Hermione, mirándolo con profundidad. Harry
tuvo que apartar la vista de pronto, porque sentía deseos de decirles la verdad. De
contarles todo. Pero no podía. No realmente—, ¿estás seguro de todo esto?

Harry asintió. Ginny tomó asiento junto a su hermano y Luna junto a Hermione.
Neville junto a Luna.

—Lo estoy —respondió con firmeza—. Incluso creo que el profesor Rousseau puede
que me guste más de lo que creo.

Ginny se veía escandalizada.

—Espera, ¿dices que podrías estar enamorado de él? —la chica se inclinó hacia la
mesa, susurrando en voz baja—. No lo creo, Harry, piénsalo bien. No sólo es un
profesor, es mayor que tú, y puede estar aprovechándose de ti…

—Ginny —Ron la silenció—, ya le hemos dicho a Harry todo dos millones de veces.
Si no nos ha oído a nosotros, ¿por qué crees que te oirá a ti?

La chica apretó los labios en una línea de resignación.

—A mí me parece bien —Luna sonreía y tenía los ojos fijos en la madera de la mesa
—. Harry merece ser feliz, y el profesor R. es capaz de hacerlo feliz. ¿Os habéis
visto juntos? Disminuyen sus cantidades de wrackspruts cuando se miran. Están
muy felices juntos, y sólo causamos molestias si nos oponemos a ello.

Harry le dio una sonrisa cálida a su amiga.

—Gracias, Luna.

Neville también sonreía.

—Bueno, Luna tiene una forma diferente de decirlo, pero es lo que nosotros vemos.
Por más de que Ron esté reacio a admitirlo, ambos os veis mucho más felices. Un
poco de amor es bueno para combatir una guerra.

Harry tuvo que reír.

—¿Cuándo te volviste tan sabio, Neville?

Su amigo le guiñó un ojo.

—Cuanto tú te convertiste en un idiota enamorado.


Harry dejó que la carcajada fluyera por todo su ser, relajándose completamente.
Poco le importaba la expresión casi enfadada de Ginny, o la mirada oscurecida de
Ron. Él era feliz. Feliz. Y nadie podría arrebatárselo.

Más tarde, cuando regresaron a Hogwarts, Harry se puso a terminar los pergaminos
que Tom le había recordado que le debía. No es que quisiera tener las mejores
notas de la clase, pero no quería darle a Cylean motivos para fastidiarlo. Estaba en
ello cuando Ginny se sentó frente a él.

—Así que, ¿Cylean Rousseau?

Harry alzó la mirada. Estaban lejos de otras mesas, con la luz de las velas
brillantes. Tampoco había tanta gente, así que cualquier cosa que dijeran no sería
oída sin la necesidad de usar un Muffliato.

El chico le sonrió.

—Sí. Cylean Rousseau.

Ginny apretó los labios.

—Harry… sé que no puedo hacerte cambiar de opinión, pero puedo intentar poner
algo de sentido común en tu cabeza. ¿Tú estás verdaderamente seguro de que él…
ya sabes, te quiere?

Harry asintió.

—Sé que él me aprecia. Y le gusto. Y me gusta.

Ginny suspiró.

—¿Qué es exactamente lo que sientes por él?

Harry lo pensó. No era algo que pensara comúnmente, era algo que pasaba por
alto. Sentía algo por Tom, o por Cylean, diablos, sentía algo por él. Algo que
pasaba del cariño a la confianza, de la amistad al deseo, del calor al más puro
fuego.

—Yo… —Harry dudó— simplemente le quiero. Lo veo y soy incapaz de apartar los
ojos de él. Me gusta. Lo admiro. Es… tiene una magia, un poder más allá del que
soy capaz de comprender. Es un hombre magnífico, además; divertido, pero
intenso. Sabe qué decir en el momento preciso, y no teme burlarse de sí mismo —
eran verdades a medias, todas ellas. Sin embargo no dejaban de ser ciertas. Ginny
asintió, suspirando.

—Es infantil de mi parte decir esto, Harry, pero, ¿estás seguro de que no te ha
dado una poción de amor? —le miró con un brillo extraño en los ojos. Harry se
sobresaltó, mirándola confundido, o tal confundido como podría—. Me refiero… tú,
sólo de pronto comenzaste a interesarte por él, cuando oí que claramente no
querías involucrarte. Y tan de pronto como comenzaste a interesarte él te
respondió. No creas que no nos dábamos cuenta. Harry, él puede aparentar ser
bueno, pero sé que hay algo allí. Hay algo que nadie ve. Hay oscuridad en su
mirada, y crueldad en su sonrisa. Sé que desprecia a Hermione aunque diga lo
contrario y, ¡he visto que tiene los ojos puestos en Malfoy! No de esa forma —
apresuró, ante la mirada de Harry—, pero es como si le estuviera vigilando. Lo
mismo hace con todos los sangres pura: tiene un ojo fijo sobre ellos. ¡Y sobre ti!
Tienes que ver cómo te mira, Harry. Es… enfermizo. Tiene ese brillo en la mirada,
esa fijación segura, esa casi necesidad… lo he oído de Lavender Brown y de Parvati
Patil. La forma en la que el profesor se dirige a ti, lo hace como si estuvieran solos,
como si fueran íntimos…

—Ginny —Harry la interrumpió. La chica siempre había sido muy despierta, con los
ojos siempre observando cosas que los demás no veían. En cierta forma casi daba
miedo que con una mirada ella pueda asegurarse saber muchas cosas, demasiadas
—. Cylean no me drogó. Yo no lo amo. Simplemente me gusta. No es una relación
seria, y apenas hemos pasado de unos simples besos, no debes preocuparte por…

—Oh, así que sí estáis en una relación.

Harry apretó los labios.

—Pues sí —gruñó, maldiciendo internamente. Tampoco quería decírselo así—. Pero


no debes contárselo a nadie. Se supone que es un secreto.

—Déjame a ver si comprendo —Ginny se apartó el cabello de los ojos, pasando las
uñas sobre el cuero cabelludo—, todo el mundo puede saber que os veis. Que estáis
colados por el otro. Pero, claro, no pueden saber que vosotros estáis en una
relación. Explícame eso.

—Supongo que tienes razón —Harry se mordió el labio y luego suspiró—. Los
rumores corren rápido.

Apenas llegaba estaba oyendo a Katie Bell hablándolo con Cho. Ambas lo
saludaron, y Cho le deseó suerte con el profesor R; Harry tuvo la decencia de
parecer confundido al principio, y la burla de guiñarle un ojo.

—No me sorprendería que… —comenzó Ginny, pero no pudo terminar porque el


retrato se abrió dejando pasar a la profesora McGonagall a la Sala Común. Harry se
sobresaltó al ver la expresión completamente seria en el rostro de la profesora.

—Señor Potter —dijo, a modo de saludo, para posar sus ojos en Ginny y asentir con
la cabeza—, señorita Weasley, si fuera tan amable…

Ginny asintió y se levantó.

—Hablamos luego, Harry.

Se marchó dejando a la profesora y al chico solos. Harry observó a McGonagall sin


comprender.

—¿Sucede algo, profesora?

—El director quiere hablar contigo.

Harry se sobresaltó ligeramente.

—¿Cuándo?

—Tan pronto como sea posible.


Harry comenzó a guardar sus cosas en tiempo record. Enrolló los pergaminos y
tapó los tinteros. Lo metió todo en su mochila y se la lanzó a Neville, que justo
bajaba.

—Déjala en mi cama, ¿vale? —al Neville asentir, confundido, Harry le sonrió—.


¡Gracias!

Siguió a McGonagall por los pasillos y escaleras hasta la oficina del director. La
mujer murmuró un "Cheesecake" a la gárgola para que esta los dejara entrar. Pero
fue Harry el que subió por las escaleras, solo, sin la profesora de Transformación.
Harry pasó saliva y se concentró en una emoción fuerte: la confusión. Estaba
completamente confundido, sí, y a la vez asustado aunque no quisiera reconocerlo.
¿Cómo reaccionaría Dumbledore ante los rumores? ¿De verdad despediría a Tom? Y
yendo a temas más urgentes, ¿cómo funcionaría su escudo Oclumante? ¿Sería lo
suficientemente fuerte como para mantener fuera al entrometido director?

"¿Dónde estás?" oyó la voz de Tom en su mente. Harry intentó concentrarse lo


suficiente, visualizar el agujero en su mente.

"En el despacho de Dumbledore" fue todo lo que pudo pensar antes de llegar allí y
tocar la puerta. Se concentró aún más en su escudo, lo alzó, comprobó su grosor.
Era poderoso, no tanto como el de un profesional, pero nadie podría saber sus
pensamientos con sólo mirarlo a los ojos. Habría falta un Legeremens bastante
fuerte para quebrar su escudo y ver todos sus pensamientos, todos sus miedos,
todos sus sentimientos expuestos. Harry no dudaba de que el viejo director pudiera
romper su escudo con facilidad, pero tampoco se atrevería a hacerlo si no quería
que Harry desconfiara de él… ¿verdad?

Dumbledore le abrió la puerta y Harry suspiró.

—Adelante, Harry, querido muchacho. Toma asiento. Tenemos algo de qué hablar.

Harry tragó saliva y se adentró, con una clara idea de por qué había sido llamado
allí.

16. Dumbledore.

Harry tomó asiento en la silla frente al escritorio de Dumbledore. El anciano director


tomó asiento del otro lado, con una expresión que de tan calmada era tétrica.

—Y bien, Harry, ¿cómo te encuentras?

—Muy bien, profesor. ¿Por qué pregunta?

Dumbledore apoyó los brazos en el escritorio.

—He oído algunos rumores.

Harry volvió a tragar saliva. Dumbledore tenía un brillo peculiar en sus ojos azules,
un brillo más que extraño.

—¿Qué tipo de rumores? —Harry intentó no parecer hosco, hacerse el


desentendido. Dumbledore no sería capaz de expulsarlo. Tenía demasiada fe en su
jodido Niño-que-vivió como para expulsarlo por involucrarse con un profesor. Tal
vez lo regañara, e incluso le amenazara (aunque no lo creía posible) pero,
¿expulsarlo?

—He oído que frecuentas mucho a un profesor, Harry. Supongo que sabrás a qué
profesor me refiero, ¿no es así? —Dumbledore le hizo una pequeña sonrisa a Harry.
Harry le miró, alternó la mirada entre la sonrisa casi satisfecha en el rostro, entre el
brillo poderoso de los ojos y lo comprendió. Oh, de verdad, lo comprendió todo.

—¿El profesor Snape? —Harry alzó una ceja—. Es que… siempre quiere que haga
más pociones después de clase alegando que debo completar lo que no hice en las
clases que estuve ausente. Además me impone castigos injustificados… ¡ni siquiera
me peleo con los Slytherin!

Harry había comenzado a justificarse sin sentido, actuando más bien nervioso.
Dumbledore soltó una risita.

—Me refería al profesor Rousseau, Harry.

Harry agachó la cabeza y trató de parecer avergonzado.

—Oh, sí… él.

—¿Hay algo que deba saber, Harry? —Dumbledore le sonrió como un ancianito
dulce—. ¿Algo que involucre a un alumno y un profesor que yo deba conocer?
Puedes confiar en mí, Harry. No tomaré represalias.

Harry se mordió el labio.

—Puede ser.

Lo sintió antes de verlo. Fue el ambiente, como si estuviera torciéndose y


curvándose, como si todo dejara de tener importancia a excepción de la expresión
en el rostro del director. Podía ver cada faceta, cada máscara, cada pequeñísima
emoción cruzando esos ojos azules. Y Dumbledore sonrió, confirmando las
sospechas de Harry.

—Querido muchacho, no debes temer conmigo. Puedes decirme la verdad. ¿Es eso
cierto? ¿Estás en una relación con el profesor Rousseau? Porque de ser así, no me
molestaría en lo absoluto. Simplemente debo estar informado al respecto.

Harry asintió, sin dejar de mirar los ojos del profesor. Era casi hipnótico. Las
emociones pasaban, rápidas; la satisfacción, la victoria, el poder. Harry sentía como
su sangre hervía, pero se mantuvo impasible.

—No debes avergonzarte de ello. Eres joven, y el profesor Rousseau no es


exactamente mayor —tenía una sonrisilla en el rostro—. Pero debo saberlo. ¿El
profesor Rousseau ha sido brusco contigo? Luego de lo sucedido en casa de tus
tíos, es mi deber preocuparme de que la experiencia no se repita. ¿Ha intentado
propasarse?

Harry se sonrojó en contra de todo lo que hubiera querido, pero iba bien para el
papel que estaba llevando a cabo.

—No, señor. Él es… considerado.


—¿Le has contado lo sucedido?

Harry negó con la cabeza. Dumbledore suspiró.

—¿Tampoco se lo has contado al señor Weasley o a la señorita Granger?

Harry volvió a negar con la cabeza. El suspiro de Dumbledore fue melancólico.

—El miedo sólo puede ser superado con la seguridad. No sólo con la seguridad en
uno mismo y con la seguridad física, si no con la seguridad emocional. Ellos podrían
ser capaces de ayudarte…

—No —Harry apretó los labios. No iba a ceder—. Sentirán lástima. No quiero que
sientan lástima de mí.

—Los subestimas, Harry. Ellos querrán acompañarte, ayudarte. Puedo asegurarlo —


Dumbledore tenía una sonrisa triste—. Pero, volviendo al tema. ¿No tienes algún
tipo de queja hacia Cylean, Harry?

—Ninguna —respondió Harry—. No sólo es buen profesor, es un hombre sensible,


repito, considerado. Se fija mucho en mis emociones y no tiene malicia alguna
cuando está en mi mente. Se preocupa por mí. Se fija que coma, que duerma, que
ría…

—¿Qué sientes por él, Harry? —Dumbledore le miraba con curiosidad. Harry había
hablado de Cylean imitando algún tipo de brillo en los ojos, esa sonrisa bobalicona
que ponía cada vez que hablaba de él. Era la expresión que había visto en algunas
chicas enamoradas, y la imitaba a la perfección.

Harry observó a Dumbledore a través de las pestañas, siempre observando sus


ojos. Iba a lanzar una pequeña bomba. Quería verle fijamente y asegurarse de que
tenía razón en cuanto pronunciara las palabras.

—Lo amo —mintió, con una facilidad que le sorprendió. También le sorprendió el
tono sentimental en ambas palabras. Le sorprendió haberlo dicho con tanto
sentimiento, algo que a cualquiera sería muy difícil de fingir.

El brillo de los ojos de Dumbledore era maníaco. Tenía esos ojos azules reluciendo
ante la noticia. Harry casi podía imaginarse los pensamientos de la mente del
director. Después de todo, otro plan suyo había funcionado. Harry estaba
enamorado de Cylean Rousseau. Había sido él, el mismísimo Dumbledore, quien le
había dado Amortentia y todo aquello era una pantomima para hacerle creer que se
preocupaba.

—Yo estoy de acuerdo con vuestra relación. El profesor Rousseau ha demostrado


ser un hombre muy amable, y digno de mi confianza —comenzó Dumbledore y
Harry cerró la mano en un puño. ¿Quién diablos se creía el viejo para dar su "visto
bueno"? En todo caso, quién debería darlo sería Sirius, pero… ¡él! ¡Viejo
entrometido!—. Pero no puedo decir lo mismo de los demás profesores, e incluso
de algunos padres. Así que os rogaría seáis discretos. Ha llegado a mis oídos que os
han visto juntos en Las Tres Escobas. Y que os andáis besando en los pasillos —
Harry enrojeció apropiadamente. El director continuó—. Como ya he dicho, no estoy
en contra de que demostréis vuestro amor. Cada quien es libre de hacer lo que
desee, pero como ya seguro sabrás, estarán quienes se opongan. Así que es mejor
prevenir que lamentar.
Harry dibujó una sonrisa en su rostro. Trató de que no fuera sarcástica.

—¿Puedo pasar alguna noche en sus habitaciones? —preguntó, queriendo quedar


como el tierno muchacho enamorado que Dumbledore creía que era—. Sé que
estaría mal, pero iría a desayunar a tiempo…

—Eso a su tiempo, mi querido muchacho —el director le guiñó un ojo. Harry se


contuvo de estremecerse—. Cuando te sientas listo para ello. No debes forzar nada,
ni dejar que él te fuerce a nada. ¿Entendido?

—Entendido.

Dumbledore se recargó en el espaldar de su silla.

—Bien, Harry, supongo que eso era todo. Simplemente quería aclarar algunas cosas
contigo.

—¿Y no con el profesor Rousseau?

—Él ya sabe mi opinión al respecto de vuestra relación. Pero quédate tranquilo, de


aquí no saldrá —Harry le sonrió de medio lado mientras sonaba la campana de las
ocho que anunciaba el comienzo de la cena—. Será mejor que te vayas, Harry. Ha
sido un gusto hablar contigo.

Harry asintió con la cabeza y comenzó a irse. No fue tan grande su sorpresa cuando
llegó al pie de las escaleras y vio a Cylean allí.

—¡Cylean! —susurró Harry, al verlo. El hombre lo tomó con fuerza en sus brazos,
abrazándole.

—Por Merlín, Harry, me habías preocupado.

Lo soltó de una forma que le dejó el cuerpo necesitando más. Necesitaba ese
contacto, ese calor, esa electricidad. Pero Cylean le sonrió de lado.

—Vámonos antes de que el vejete chiflado aparezca. Luego me lo contarás todo.

—Cylean —cuchicheó Harry, demasiado bajo—. Ya sé quién me dio la Amortentia.


Fue Dumbledore.

Cylean asintió con la cabeza. Harry contuvo su verdadera sorpresa.

—¡Lo sabías! —le espetó, pero sin siquiera enfadarse. Después de todo, Tom lo
había sugerido. Cylean suspiró.

—Tú fuiste quien dijo que no quería saberlo.

—Sigo sin querer saberlo —Harry se encogió de hombros—. Será mejor que nos
apresuremos. Tengo hambre.

—Harry, tú siempre tienes hambre.

—Lo sé. Y por más que coma, jamás engordo.


Cylean soltó una carcajada.

—Eres un caso especial, Harry Potter. Pero me alegro de que seas delgado. ¿Te
imaginas si fueras un Crabbe o un Goyle con una cicatriz en la frente?

Harry también soltó una carcajada y caminaron, juntos, demasiado juntos, tal vez
sus manos chocándose con los dedos entrelazándose por unos segundos y
soltándose. Estaban bien. Y tenían, por extraño que suene, la aprobación de
Dumbledore. Nadie podría separarlos ahora. Nadie.

17. "Supuestamente".

—Nosotros tenemos una charla pendiente.

Ginny tomó asiento frente a Harry, que terminaba sus deberes de Encantamientos
junto a Ron y Hermione. Harry soltó un sonoro suspiro y enrolló su pergamino a
medio terminar.

—Vale, vamos a mi habitación.

Ron miró a Harry con los ojos entrecerrados. Por más de que supiera que Harry no
iba a enrollarse con ella, no estaba seguro de dejarlo a solas en una habitación
cerrada con su hermanita. Aunque su hermanita estuviera saliendo con Dean
Thomas.

No había nadie en las habitaciones de sexto año. Ginny tomó asiento en la cama de
Ron, junto a la de Harry. Harry tomó asiento en su propia cama y Ginny suspiró.

—Harry, ¿has pensado en lo que hablamos? ¿En verdad estás seguro de conocer a
la persona con la que estás saliendo?

—Ginny, Cylean es un hombre de bien. Confío en él. Él me aprecia, me considera…

—Harry —Ginny le miró con los ojos entrecerrados—. Vosotros dos tenéis
demasiada confianza. Y no es sólo confianza. Es… no sé cómo describirlo. Como si
estuvierais unidos por algo, un lazo poderoso, fuerte. Sé que ocultáis algo, así que,
Harry, ¿es tan grave como me lo temo, o no lo es?

Harry se frotó la frente y suspiró.

—No es nada grave ni tenebroso, Ginny, no te preocupes. Simplemente, Cylean y


yo estábamos necesitando a alguien como nosotros. Él necesitaba a alguien como
yo, y yo necesitaba a alguien como él. Somos los únicos capaces de amansar a
nuestros demonios.

Los ojos de Ginny brillaron.

—Hablas como si estuvieras enamorado.

Harry volvió a suspirar, lenta y dramáticamente.

—No estoy enamorado, Gin. Sabes que te lo diría si así fuera.


—No —lo corrigió Ginny—, no me lo dirías, pero finjamos que sí. ¿De
verdad no estás enamorado de Cylean?

Harry lo pensó. No, no lo estaba. Quería negarlo, fuerte y poderoso, pero algo
empujaba detrás de su lengua. La noche anterior había mentido con la verdad de
una forma que le había resultado demasiado fácil. Todo había sido demasiado fácil.
Dumbledore había sido demasiado incauto. Él mismo se sentía como un niño tonto,
torpe, ilusionado.

—No —corroboró Harry, pero sabía que no era cierto. Sabía que no amaba a Tom,
era demasiado pronto para decirlo. Pero sabía que sentía algo muy fuerte por él.
Algo demasiado fuerte, algo que hacía que su corazón se volviera loco, su mente se
sintiera liviana y sus ojos se volvieran soñadores. Algo demasiado parecido a
cuando bebió la Amortentia.

Pero no podía estar enamorado. No, claramente que no. No debía.

Ginny soltó un suspiro tras otro.

—Eres increíble, Harry. Pero, yo estoy segura de que hay más —se levantó de la
cama y caminó hasta la puerta, Harry siguiéndola—. Estoy muy segura. No me
mentirás con eso, no te creeré. Puedo confiar en que no os meteréis en problemas,
pero no me pidas que crea que tú no estás enamorado de él o de que él es capaz
de darte una poción de amor. Yo lo sé. Siento… siento como si lo conociera. Cada
vez que lo miro a sus ojos. Cada vez que lo oigo hablar —Ginny se estremeció—.
Me recuerda a alguien.

—¿A quién? —preguntó Harry, temiendo que Ginny se diera cuenta. Ella apretó los
labios y soltó un murmullo en voz baja:

—A Tom Riddle.

Harry sacudió la cabeza.

—Ginny, Cylean no es Tom Riddle —mintió con facilidad, abrazando a su amiga—.


Él es un mago de la luz. Incluso forma parte de la Orden. Es maravilloso conmigo,
no ha atentado contra mi vida en ningún momento. Además, ¿tú creerías a Tom
Riddle capaz de hacer las cosas que hace Cylean? Vestirse con ropas muggles,
hablar en francés, ¡pintarse los ojos!

Ginny soltó una risita.

—Tal vez tengas razón. Puede que esté un poco paranoica.

—Un poco —se burló Harry. Ginny le dio un ligero empujón.

—Vale, no te burles —ambos rieron por unos segundos, sus risas apagándose de a
poco dejando una estela de mejoría—. Vamos abajo. Ron debe estar contando los
minutos para subir a buscarnos.

Harry, esta vez, sí tuvo que darle la razón.

—Así que Ginevra Weasley lo sabe.


Tom se recostó en el sofá, con la cabeza sobre el regazo de Harry. El chico
entrelazó sus dedos a los cabellos de Tom, suaves contra su piel.

—Lo sospecha. No se lo he confirmado. Aún guardo tu secreto.

—Y yo aún guardo el tuyo.

Harry se inclinó para depositar en los labios de Tom un suave beso. El hombre se
colgó de su cuello, hundiendo sus dedos en los desordenados y crespos cabellos del
chico como si fuera agua. Se besaron con esa magia que los unía como si fueran
una sola persona durante largos segundos.

—Cada vez me convenzo de que necesito más —se quejó Tom. Harry se apartó con
violencia.

—Yo aún no.

—Pero quieres.

—Sí, quiero —Harry se mordió el labio—. Pero no estoy listo.

—Suenas como una niña Hufflepuff.

Harry frunció el ceño y atacó sus labios con pasión. Tom rió, pero no avanzó
demasiado, incorporándose y apegándose a su cuerpo. Tom acariciaba su cuello,
llenaba de besos sus labios, su rostro, su mandíbula. Harry se estremecía con cada
roce de labios.

—Y tú —protestó Harry, aclarando su cabeza—, ¿cómo sabes cómo suena una niña
Hufflepuff?

La risa de Tom fue grave.

—Tú no tienes ni idea sobre mi vida en Hogwarts, ¿no?

—No te veía como un Slytherin aprovechador de niñas Hufflepuff inocentes.

—Créeme, las Hufflepuff no tienen nada de inocentes. Pueden fingir, pueden actuar,
pero de inocentes sólo tienen la piel de cordero.

Ambos rieron.

—Ya es tarde —suspiró Tom, soltando el agarre con el que sostenía a Harry—.
Faltan apenas diez minutos para el toque de queda.

—Puedo quedarme aquí —sugirió Harry. Tom rodó los ojos.

—Y tentarme toda la noche. Vale, vale, tú si eres un Slytherin.

Harry le sacó la lengua. Tom se inclinó para mordérsela. En aquel momento, entre
risas y pequeñas burlas, hubo un pequeño destello en la mano de Cylean. Él alzó su
mano derecha, observando un anillo plateado que brillaba con una sucesión de
líneas delgadas y alargadas. Harry le miró extrañado.
—¿Qué es eso?

Tom se incorporó, apartándose de él. Lanzó polvos flú a la chimenea del rincón
siseando el nombre "Rabastan" y enterró la cabeza en las llamas. Harry no fue
capaz de oír nada de la conversación, pero cuando Tom salió de las llamas tenía
una expresión hastiada.

—Rabastan —explicó Tom, tomando asiento en el apoyabrazos del sofá—, y


Rodolphus están intentando calmar las aguas entre los Mortífagos.

—¿Por qué?

—La mayor parte de ellos desconoce mi posición aquí —se encogió de hombros—, y
quieren idear planes de ataque. Bellatrix debe calmarlos, aunque ella tampoco está
muy contenta con lo que está sucediendo. Rabastan es el más centrado, y quien se
encarga de impartir Crucios en mi nombre. Rodolphus… bueno, él es bastante
insufrible, pero sabe guardar secretos.

—¿Y dónde creen que estás? Si no es en Hogwarts…

Tom se encogió de hombros.

—Lo ignoro. Lo importante es que creen que estoy en busca de seguidores, magos
oscuros y poderosos que serán capaces de favorecernos en esta guerra. Y en
realidad, son los gemelos y Bellatrix quienes se encargan de ello.

—Así que Rodolphus y Rabastan son gemelos.

—Bueno, sí. Tú tienes a tus gemelos, yo tengo a los míos.

Harry soltó una risita que tenía también parte de bufido.

—¿A quiénes habéis reclutado hasta ahora?

—Según los informes… —Tom lo meditó— a varios pocionistas europeos, a una


colonia de vampiros italianos, a un par de ancianos que saben más sobre
maldiciones que sobre otras cosas, a un grupo de concejales del Ministerio…
¿Cuentan los que están bajo Imperius?

—No.

—Diablos.

Harry rió.

—¿Cómo crees que tomen tu tregua con el Niño-que-vivió?

Tom volvió a encogerse de hombros con un movimiento fluido y relajado.

—Tampoco me interesa mucho. Quienes se opongan, verán las consecuencias.


Nadie puede contradecirme.

—Yo sí.
—Tú, maldito mocoso —Tom le fulminó con unos ojos oscuros que destellaban—,
eres un caso único. Ni siquiera Abraxas Malfoy me contradecía tanto, y fue uno de
mis primeros seguidores.

—Lo comprendo —Harry tuvo que ocultar una sonrisa—. ¿Me presentaras ante tus
Mortífagos?

—¿Cómo Harry Potter? —Tom alzó una ceja—. Ni hablar. Se volverán locos por
matarte antes de dejarme explicar.

—Entonces, inventaremos un nombre y seré tu aliado —los ojos de Harry brillaron


—. Es más. Tengo una gran idea.

—Te escucho.

—Fíngete más interesado, oye.

Tom le sacó la lengua, burlón. Harry tomó un almohadón del sofá y estaba a punto
de lanzárselo cuando Tom le detuvo con un movimiento de mano.

—Habla. Nos queda poco tiempo, y no quiero quedarme con la curiosidad.

—Crearé una nueva identidad para mí —Tom asintió con la cabeza, de acuerdo con
esa idea—. Tú me ayudarás. Me presentarás ante los Mortífagos y harás correr el
rumor de que alguien demasiado cercano a Dumbledore es aliado del Señor
Tenebroso —los ojos de Harry brillaban ligeramente, completamente abiertos.
Estaba inclinado hacia delante, con los dedos tamborileando sobre su rodilla—. De
que hay Mortífagos en el colegio, entre los alumnos. Que el imperio de Dumbledore
está cayendo. Que la luz está perdiendo.

Tom puso los ojos en blanco.

—Es un plan muy básico, incluso para alguien como tú, ¿sabes? —Harry intentó
parecer molesto—. No te culpo. No llevas idea de cómo funcionan realmente las
cosas, el vejete chiflado impidió que tuvieras una capacidad de comprensión de la
realidad. Funcionas limitadamente, y joder, no me mires así, no te estoy insultando
—Tom suspiró—. Podríamos presentarte ante mis Mortífagos como un aliado, claro
que sí. Pero deberás buscar seguidores. Comenzar desde cero. Conseguir alzarte en
tu propio poder… y aún no estás listo para ello.

Harry chasqueó la lengua y Tom le forzó una sonrisa.

—Pero me ayudarás, ¿no? —Harry observó a Tom detenidamente—. ¿Lo harás?

—Claro que sí.

—Bien —Harry se levantó del sofá y se estiró, haciendo sonar los huesos de su
espalda—. Me voy a la Sala Común. Tú piensa en un maldito nombre para mí.

Tom rodó los ojos cuando Harry pasó a su lado, lanzándole un beso burlón y
marchándose de sus habitaciones sin dudarlo. Luego lanzó un hechizo de protección
a la puerta, y otro que haría vibrar su varita si alguien llegaba a tocar la puerta.
Fue a la chimenea, tomó polvos flú y se lanzó a la mansión Riddle.
Los Lestrange y Colagusano estaban allí, en el salón. Bellatrix tenía los ojos
entrecerrados y fue la primera en caer de rodillas cuando su señor atravesó las
llamas.

—Milord —murmuró, con la voz consternada y sentimental. Tom tuvo que


contenerse de soltar un suspiro. Los gemelos también se inclinaron y poco faltó
para que Colagusano besara el suelo que pisaba.

—¿Qué sucede, Rabastan? No me has aclarado la situación.

El hombre se incorporó y comenzó a hablar, observando el suelo en todo momento.

—Ha habido una pequeña rebelión entre los Mortífagos y los aliados. Hemos traído
brujos que desean ser iniciados, y uno de ellos pertenece a la Orden del Fénix.

Harry se adentró en la Sala Común encontrándose con Hermione, sola, terminando


algunos deberes de Runas Antiguas. Las Runas estaban dibujadas en pergaminos y
debajo de ellas toda una serie de diferentes significados que tendrían en las
diferentes combinaciones. Ella alzó la vista de sus pergaminos y le invitó a
sentarse. Harry lo hizo, junto a ella, y Hermione comenzó a guardar sus cosas
lentamente.

—Creo que debemos hablar de algo, Harry.

Harry la miró, confundido.

—¿Sucede algo, Hermione?

—¡Claro que sucede algo, Harry! —Hermione apretó ligeramente los labios, con las
mejillas sonrosadas—. El profesor Rousseau y tú. Eso sucede.

Harry compuso una expresión herida.

—¡Dijiste que nos apoyabas!

—Lo hago, Harry, pero… ¡debéis ser discretos! —tenía una expresión alarmada—.
En la reunión de prefectos de ayer muchos de ellos fueron a preguntarnos a Ron y
a mí, directamente si tú y el profesor Rousseau tenían algo. Hemos dicho que no,
claro, pero… —Hermione le miró directamente a los ojos— Harry, tú y el profesor
estáis haciéndoos notar demasiado. Pasas demasiado tiempo con él, en su
despacho y sus habitaciones privadas. Mucha gente está comentando… los
profesores también lo comentan… Harry, sois demasiado obvios.

Harry se frotó las sienes, sintiendo una ligera migraña.

—Hermione, tenemos que ser obvios —Harry decidió contarle la verdad. Después


de todo, ella era su mejor amiga—. Es parte de un pequeño plan que tenemos.

—¿Cuál? —Hermione lucía ofendida—. ¿Ser despedidos y expulsados


respectivamente?
—No, no —Harry negó con la cabeza—. Debemos lucir interesados claramente el
uno en el otro. Más que nunca. Es… es por la Amortentia.

Hermione soltó un quejido ahogado. Harry siguió contándole.

—Dumbledore me dio Amortentia para enamorarme de Cylean. No sé con qué


propósito, ni tampoco quiero saberlo. Cylean supo qué me hacía reaccionar como lo
estaba haciendo y me dio el antídoto, pero decidimos actuar como si
yo verdaderamente estuviera bajo los efectos de la Amortentia. No podíamos ir y
decirle a Dumbledore, aunque sé que Cylean tuvo una charla en la que Dumbledore
le contó sus planes. Yo tampoco quería saberlos —apretó los labios. Hablaban casi
en susurros, encimados uno sobre el otro—. Dumbledore me dijo que aprobaba mi
relación con Cylean el día que volvimos de Hogsmeade. Pero que debía decirle si él
intentaba cualquier cosa… bueno, cualquier cosa mala, yo iría en busca de él para
ayudarme. Aunque no creo que Cylean trate de aprovecharse.

Hermione lucía impactada. Tenía los ojos bien abiertos, saltones en el rostro
blanco. Negó, como si no lo creyera, pero finalmente soltó un quejido desde el
fondo de su garganta.

—Oh, Harry. Yo… no sé qué decir.

—Yo tampoco sabría qué decir, Hermione. Es complicado. Pero no puedo quejarme,
después de todo, mi vida nunca fue fácil —y le guiñó un ojo, burlón. Su amiga soltó
un ligero suspiro.

—Entonces, debes actuar como si estuvieras enamorado del profesor. ¿Así que es
todo una actuación? ¿Tú de verdad no sientes nada por él?

Harry apretó ligeramente los labios, sintiendo cómo su rostro se calentaba.

—En verdad… puede que sienta algo por él.

—¿Estás enamorado?

—No —respondió Harry, por impulso—. Pero tampoco estoy fingiendo algo que no
siento. Le tengo mucho cariño, mucho aprecio. Joder, me gusta. Es atractivo,
simpático, sencillo, amable, es… es mucho más de lo que podría pedir. Creo que,
por esta vez, el director me puso ante una buena opción.

—Así que —Hermione tenía una sonrisa ligera en los labios—, de verdad no
estás enamorado de él. Aunque actúes y hables como si tal. ¿Seguro que te dio el
antídoto de la Amortentia?

Harry asintió.

—No estoy enamorado. Puede que sienta cosas por él, pero no estoy enamorado.
Tal vez, con el tiempo… —y la sonrisa de Hermione fue en aumento.

—Oh, Harry, estoy feliz por ti —su amiga lo abrazó con una calidez que Harry
adoraba sentir—. Demasiado feliz. Yo… no te había visto tan feliz desde hacía
tiempo. Puedo decir que desde el cuarto año, que a pesar de todos los
problemas eras feliz…

—Sí… —Harry suspiró—. Ahora también soy feliz.


—Me alegro tanto. De verdad.

—¿Y tú, Hermione? —preguntó Harry, mirando a su amiga con un brillo pícaro en
los ojos—. ¿Cómo está tu vida sentimental? ¿Sigues enviándote cartas con Viktor
Krum?

Los ojos de Hermione mostraban su sorpresa.

—Solo algunas veces. Él… no me interesa mucho —y se mordió el labio, sus mejillas
sonrojándose. Harry le palmeó el hombro.

—Lo sé. Y también sé que Ron siente algo por ti.

—¡Harry! —Hermione le miró, nuevamente sorprendida—. ¿Por qué crees que yo…?

—Hermione, no intentes mentirme —Harry sonrió—. Sé que os queréis pero sois


demasiado tontos para aceptarlo. Ron está con Lavender pero no la tolera. Tú estás
con tus Runas, tu Historia de la Magia Antigua, tu Aritmancia, cargándote de
trabajos para no pensar en él. Pero ya va a pasar, ¿sabes? —Harry tenía esa
expresión de fe, de amistad amplia y verdadera que conseguía a Hermione hacerla
sonreír—. Si ambos estáis destinados a estar juntos, tarde o temprano sucederá.

—Eres un buen amigo, Harry —dijo ella, tomando su mano por sobre la mesa. La
mano que había tenido escrito "No debo decir mentiras", y que ya era lisa y blanca
como había sido en un principio gracias a Cylean. Le había dado una esencia que
borraba todas las cicatrices, pero la que no había podido borrar había sido la de
rayo en su frente. Parecía que incluso se había marcado más contra su piel, allí,
latente y furiosa.

En aquel momento Harry supo que intentaría mantener a Hermione de su lado. Sin
importar el lado que éste fuere, si se mantenía gris o si se oscurecía, necesitaba a
su amiga con él. Ella le ponía los pies en la tierra y le volvía más perceptivo. Ella le
ponía las cosas en razón. Y la necesitaba.

—Así que estás "supuestamente" —Hermione abrió y cerró comillas con las manos,
cambiando de tema casi de la nada— enamorado de Cylean. Y ya veremos qué es
lo que siente él por ti; tendrá que decírmelo.

—Hermione —Harry reía entre dientes al imaginarse a su amiga obligando al


profesor a hablar—, ¿estás segura de interrogarlo?

Ella le sonrió ampliamente.

—Claro que sí. Podría ir con excusa de entregar un pergamino que extendí y de
paso acusarle de ser un desalmado por fingir que te quiere, para que me diga que
es lo que verdaderamente siente por ti. Eso sería maravilloso, ¿no?

Harry sentía un pinchazo en las costillas de tanto reírse. Hermione no podía estar
hablando en serio, ¿verdad?

—Claro que sí, Herm. Claro que sí.

Pero resulta que sí, que estaba hablando en serio.

18. Confesiones.
—Quiero que me cuentes tu plan.

Tom alzó la vista de su libro y la posó en el muchacho frente a él.

—¿Qué te hace pensar que tengo uno?

—Vamos, Voldemort no se internaría en Hogwarts sin plan alguno. Debes haber


pensado en algo. Ya sabes, para tomarte las molestias de hacer una rara y oscura
poción que te hizo adoptar la forma física de un aspirante a profesor de Defensa,
que irónicamente es francés, y puede que no me haya dado cuenta antes pero si
Cylean Rousseau es gay, ¿por qué habría de aprovecharse de Bellatrix en el
Callejón Knockturn?

—Aprovecharse sexualmente no es una de las únicas formas de aprovecharse —le


dijo Tom, lanzando su pila de encantamientos de privacidad en la puerta y
volviendo a su asiento, donde se recargó con elegancia, oscureciendo su cabello y
ojos hasta lucir como él mismo—. Cylean creyó que podría estafar a Bellatrix, ya
sabes. Venderle objetos oscuros a precios altos cuando ella sabía que eran una
ganga.

—¿Y qué hacía Cylean Rousseau con objetos oscuros?

—¿Crees que lo sé? —Tom se encogió de hombros—. Verdaderamente, lo ignoro.


Tampoco me interesa. No es como si ahora se le pudiera preguntar, de todas
formas…

—Ya… —Harry tomó asiento frente a Tom, arrebatándole el libro que estaba
leyendo. Alcanzó a leer parte de la biografía de un tal Harpo el loco, antes de que
Tom lo tomara con rudeza de sus manos—. ¿Cuál es tu plan?

Tom soltó un denso suspiro.

—¿Por qué tan interesado de pronto?

—Porque ya sé el plan de Dumbledore. El vejete chiflado quiere, de alguna manera,


que esté contigo para vencer a Voldemort —la burla era clara en su voz—. Tiene
esa extraña teoría de que el amor es algo que ningún brujo oscuro tiene, y
seguramente estará pensando que debo sentirlo para vencer al Señor Tenebroso —
hizo un movimiento de terror con las manos, agitando los dedos frente a su rostro.
A Tom se le escapó una risita, aunque la cicatriz le escoció. Al Lord no le gustaba
que se burlaran de él—. Y básicamente, es eso. Sé que sabes más, sé que tienes la
idea porque seguramente el vejete chiflado te lo ha contado todo. Pero no quiero
saberlo, ¿vale? No ahora, por lo menos —se encogió de hombros—. Ahora, quiero
saber tu plan.

—¿Para qué?

—Para poner en marcha el mío.

—Y creo que yo quiero saber cuál es ese.

—Después de que sepa el tuyo.

Tom suspiró. Harry le imitó. Tom se frotó la sien izquierda, en un claro gesto de
hartazgo.
—Mira, he tenido a niños de primero y mocosos de tercero hoy y ha tocado la clase
práctica que no hemos podido hacer la semana anterior por la lluvia. Ahora quisiera
descansar un poco y…

—Haré lo que me pidas. Pero, por favor, cuéntame.

Los ojos oscuros de Tom brillaron, repentinamente interesados.


Repentinamente muy interesados.

—Vale. Pero será esta noche. ¿Dumbledore dijo algo sobre que te quedes en mi
habitación?

Harry pasó saliva, comprendiendo a dónde quería llegar Tom. Intentó no hacer una
mueca.

—Dijo que a su debido tiempo —se encogió de hombros más claramente, evitando
ver ese chispazo feroz en los ojos de su (joder, qué extraño sonaba pensar en él de
esa forma) novio—. Supongo que no le molestará. Le diré a Ron que me cubra.

La sonrisa de Tom era una sonrisa de tiburón, exponiendo la malicia y el gozo en


partes iguales. En ese mismo instante tocaron a la puerta e inmediatamente Tom
volvía a ser Cylean Rousseau, y Harry se apartó del camino de su profesor para que
éste, quitando todos los hechizos, fuera a abrir la puerta.

Una chica de primero estaba de ese lado, con el rostro marcado por haber estado
llorando y el cabello despeinado.

—¡Pro-profesor! —tartamudeó, y fue corriendo a casi colgarse de las piernas de su


profesor. Lucía demasiado pequeña para tener once años, y comenzó a llorar tan
pronto estuvo enredada en las piernas de Cylean. El hombre quedó helado, con los
labios entreabiertos y clara expresión de querer arrancársela del cuerpo. Sin
embargo no lo hizo, y se arrodilló frente a ella para consolarla.

—Ya, pequeña. ¿Qué sucedió?

La pequeña miró por sobre el hombro de Cylean, percatándose de que allí estaba
Harry. Ella hipó y lo señaló.

—Él no tiene que estar aquí —dijo con voz repentinamente firme. Harry fue hacia
ella.

—Tranquila. Puedes confiar en mí —le dijo, sonriendo apenas. La pequeña soltó un


quejido antes de seguir llorando.

—Harry, llama a Minsky para que traiga chocolate caliente para los tres. Yo me
encargaré de esta pequeña.

La niña respondió al casi tierno abrazo de Cylean con más lágrimas. Harry fue hacia
la otra punta de la oficina del profesor para darles algo de espacio y llamó a la
elfina doméstica, que apareció con el tan familiar "pop".

—Señor.

Harry hizo una mueca.


—Eh… Cylean dice si podrías traer tres chocolates calientes.

La elfina asintió.

—¡Minsky enseguida le trae al amo sus chocolates! —y desapareció con aquel "pop"
una vez más. Harry se atrevió a mirar a la pequeña y a Cylean, que le pasaba las
manos por el rostro y le borraba las lágrimas.

—Ella es Kaira Redmond —presentó Cylean a Harry, mientras la niña tomaba


asiento en la silla que había ocupado Harry y movía los pies, que habían quedado
en el aire, de adelante hacia atrás—. Y creo que tiene algo que contarnos.

La pequeña sorbió por la nariz. Cylean hizo aparecer un pañuelo de colores


brillantes y se lo alcanzó; Kaira se limpió la nariz con él y lo dobló luego.

—Yo… yo… —parecía a punto de llorar nuevamente cuando la elfina apareció con las
tres tazas de chocolate. Tom conjuró dos sillas cómodas e idénticas para que Harry
y él tomaran asiento frente a la pequeña que había envuelto la taza con sus
manitas y temblaba.

—Puede confiar en nosotros, señorita Redmond. Prometemos no divulgar nada de


lo que se diga aquí.

Ella asintió.

—Hay unas niñas… unas niñas muy malas. Me golpearon por haberle hecho ganar
puntos a Hufflepuff cuando debía ganar Ravenclaw. Son muy malas, muy malas —
arrugó el rostro de una forma dolorosa, y Harry sintió pena y rabia—. Me jalaron
del cabello y me golpearon. Les dijeron a las niñas de mi casa que yo era una lerda
y que no debían juntarse conmigo… una de las niñas, Amy Wollfstone, no sé por
qué pero todas las niñas quieren juntarse con ella… y obedecen todo lo que les
dice… Y no sé… yo…

—Hablaré con la señorita Wollfstone —afirmó Cylean—. Ahora, bebe tu chocolate y


no te preocupes, ¿vale?

Kaira asintió con la cabeza y le dio sorbitos al chocolate caliente. Se lo acabó en


silencio, hipando de vez en cuando, mientras Harry y Tom se lanzaban miradas
curiosas como si estuvieran intercambiando frases cortas. Finalmente Harry pudo
sentir en su mente unas palabras que él no había pensado directamente, pero que
claramente estaban allí "No se lo merece".

"Nadie se lo merece" pensó él, en respuesta, mirando a Tom. El hombre pareció


sobresaltarse.

"Tienes razón. Nadie lo merece".

—Yo… —la niña se mordió el labio, dejando la taza sobre el escritorio— creo que
debo irme. Yo… os interrumpí… lo siento…

—No tiene importancia, señorita Redmond. Pero siempre que necesite ayuda, ya
sabe que puede recurrir a nosotros —le sonrió amistosamente—. Pero, por
curiosidad, ¿por qué no ha acudido a la profesora Sprout?

Kaira se sonrojó, marcando aún más en el rostro las líneas de las lágrimas.
—Yo… ella… —sacudió la cabeza—, no le iréis a contar, ¿verdad?

—Claro que no —le aseguró Harry. La pequeña asintió.

—La profesora Sprout no me tiene mucha paciencia en Herbología y yo creí que…


ya sabéis, le molestaría.

—No creas eso, pequeña —le dijo Cylean, con una voz susurrante y baja—. Es una
grandiosa profesora, y le tiene mucho aprecio a sus alumnos. Puedes ir con ella la
próxima vez que suceda algo, aunque me aseguraré de que no vuelva a suceder
nada, ¿comprendido?

Ella asintió con la cabeza.

—Gracias —dijo, antes de bajarse de la silla y obsequiarle a Tom un abrazo. El


hombre se quedó allí, helado por unos instantes, antes de devolverlo. La pequeña
también abrazó a Harry y luego se marchó, con un "Gracias, gracias, gracias" antes
de irse. Tan pronto cerró la puerta detrás suyo Tom se levantó y pasó como un
vendaval a asegurar la puerta con todas sus armas mágicas.

—Es increíble —se quejó Tom, y Harry creyó que hablaba de la pequeña, hasta que
se detuvo frente a él y le aferró de los hombros—. ¿Cómo lo has hecho?

Harry no comprendía.

—¿El qué cosa?

—Me hablaste. Por tu mente. Como si me estuvieras hablando a viva voz.

Harry alzó las cejas, completamente perplejo.

—¿Así fue? Yo sólo pensé… —meditó unos segundos. Ni siquiera sabía por qué esa
vez había sido diferente—, pues, supongo que estaba muy concentrado.

Tom tenía expresión alucinada.

—Es increíble —repitió. Entonces, le miró fijamente a los ojos y se concentró. Harry
pudo sentirlo en su escudo, como si quisiera introducirse en él pero no era una
persona, era una voz. La sintió luchar contra el escudo y ganar, pero sin romperlo,
finalmente encontrando su lugar por el hueco.

"¿Puedes oírme?"

"Puedo".

Tom se sobresaltó nuevamente, pero no desistió.

"Intenta con algo complejo".

"Snape es un asno grasiento".

"No quería tener esa imagen en mi mente".


Tom se apartó, con expresión maravillada y los ojos ciertamente desenfocados. Esa
expresión le sentaba muchísimo mejor a Cylean que a Tom, se dijo Harry, y era
más que mejor verlo a Cylean que a Tom con esa expresión.

—Pero no es hora de jugar —dijo el profesor, como para sí mismo—. Harry, ¿te
importaría? Debo arreglar los asuntos de una niñita Hufflepuff.

—Entonces, ¿de verdad vas a hacerlo? ¿Hablar con las niñas y todo eso?

Tom sonrió.

—Algo así. Créeme, será efectivo. La pequeña Amy Wollfstone está utilizando algo
prohibido que debo confiscar. Lo haré tan pronto sea posible —le señaló la puerta,
con el dedo índice extendido—. Márchate. Te esperaré después de la cena y te lo
contaré todo.

Harry sabía a qué se refería, y no era sólo a sus resultados con la niña Wollfstone.
Asintió con la cabeza y se marchó, pero antes de que pudiera hacerlo Tom cruzó la
distancia que les separaba y sostuvo su rostro entre los delgados dedos. Era Tom
de nuevo, con el fuego en los ojos oscuros y los labios ardientes sobre los suyos.
Harry se dejó hacer, cálido y dulce, hasta que Tom le dio una mordida que le hizo
apartarse, fulminándole con la mirada. Tenía sangre en el labio y Tom rió.

—Mío —dijo, mientras le limpiaba la sangre con la lengua, y Harry se vio obligado a
reír, porque otra cosa era matarle y eso significaría limpiar mucha más sangre de la
que tenía en el labio.

Volvió a la Sala Común. Era un lunes con toda la esencia de un lunes, y Hermione
terminaba sus apuntes de Aritmancia para el día siguiente. Harry se sentó a su
lado, sin atreverse a interrumpirla.

—Hola, Harry —dijo ella, luego de terminar algo muy extraño, con números y
cálculos hechos a pluma afilada—, ¿cómo estás? Has estado ausente hoy.

—Esa serás tú —Harry le dio un ligero empujón a Hermione de broma y la chica le


miró ceñuda. Ah, le había hecho hacer una línea en un costado del pergamino—. Lo
siento.

Hermione suspiró.

—No importa. Ya lo he terminado. ¿Qué tal todo?

—Bien, supongo —Harry se mordió el labio. Sabía que parecía nervioso. Sabía
que estaba nervioso. Con sólo pensar en la noche que se le venía encima se le
antojaba un dolor horrible de estómago, pero no quería compartirlo con Hermione,
no de esa manera, al menos—. ¿Y tú?

—No me engañas, Harry —Hermione le sonrió de lado. Claro, después de todo, era
Hermione Granger. Últimamente, nadie podría engañarla ni queriendo—. ¿Qué
sucede?

—Yo… —se sentía débil, pequeño, y tonto, y tan débil como la pequeña Kaira
Redmond cuyo rostro cubierto de lágrimas le había dado tanta pena. Ahora temía la
pena sobre él, no quería sentirla, no quería, diablos—. Estoy bien —mintió.
Hermione suspiró. Luego otra vez. Y otra.

—Bien, vale —Harry se frotó la frente, fastidiado—. Cylean… quiere que pase la
noche con él.

Hermione parpadeó. No se horrorizó como hubiera pensado en un principio, ni


tampoco se escandalizó. Sólo soltó un suspiro, este sí verdadero, y le frotó la
espalda a Harry.

—Tarde o temprano iba a suceder, Harry, aunque no me esperaba tan temprano.


¿Cuánto tiempo lleváis saliendo oficialmente? ¿Menos de dos meses?

—Más o menos —no quería mentirle a Hermione, decirle que, en realidad, eran casi
tres semanas. Era relativamente poco, pero no iba a decir que pensaba otra cosa
de Tom. Él, claro, tenía necesidades y no siempre su mano derecha era suficiente.
Harry lo sabía. Aunque hacía tiempo se había vuelto incapaz de sentir algún ápice
de deseo en solitario, algo que tuviera que atender con cortinas cerradas,
encantamientos silenciadores y manos a secas. Su amiga le comenzó a formar
círculos en la espalda, sobre la túnica.

—Y tú no quieres —no era una pregunta. Harry asintió.

—Es muy… pronto.

—Díselo —sugirió Hermione. Harry hizo una mueca.

—Iba a decírselo, pero una niña Hufflepuff de primero interrumpió y luego debió
hacerse cargo de eso…

—Oh —Hermione suspiró—. ¿Y si no te presentas?

—Me vendría a buscar.

—Sí, tienes razón —Hermione asintió con la cabeza—. Puedes ir y hablar con él.
Dudo que intente hacer algo en contra de tu voluntad. No parece ser de ese tipo.

Harry asintió con la cabeza, aunque dudaba. No, claro que no, Cylean no era de ese
tipo, y podía asegurar que Tom tampoco. El problema era que Tom le pediría
explicaciones, y claramente él no se las daría. A menos que…

—Sí, hablaré con él —Harry suspiró y echó la cabeza hacia atrás—. De todas
formas, no es como si no hubiera hecho lo mismo antes.

—¿Qué, hablar o… hacerlo? —preguntó su amiga, con una expresión indescifrable.


Harry rió levemente.

—Ambas —le dio una sonrisa de lado—. No soy una pura flor, ¿sabes?

Hermione pareció lucir escandalizada por unos segundos, pero se encogió de


hombros, finalmente.

—Ya qué —suspiró ella—. Supongo que no debería sorprenderme.


—No, claro que no —Harry le dirigió una sonrisa amplia, amistosa—. Debo decirle a
Ron. O a Neville, mejor —se reprendió mentalmente por mencionar a Ron frente a
Hermione. Era claro que su amiga estaba resolviendo su situación de amor-no-
correspondido, aunque Harry estaba seguro de que Ron, finalmente, acabaría con
Hermione. Era imposible no darse cuenta de cómo la miraba, aunque parecía que él
mismo ignoraba todo el cariño que sentía por su amiga.

—Eh, tranquilo —Hermione puso una mano sobre la suya—. No me enfadaré porque
nombres a Ron. Él… es feliz, ¿no? —compuso una sonrisa fingida—. Y yo estoy
demasiado ocupada con mis clases como para ocuparme por… por…

Su rostro se descompuso unos instantes y antes de que Harry se diera cuenta,


Hermione le abrazaba y lloraba sobre su hombro. Harry la abrazó y consoló sus
llantos, acariciando su encrespada melena y formando pequeños círculos con la
palma de la mano en su espalda. No tenía mucha idea de cómo consolar a
muchachas llorosas, aunque fuera su mejor amiga, pero parecía funcionar.

Hermione se recompuso unos minutos después, con el rostro veteado por las
lágrimas y una sonrisa falsa dibujada.

—Yo… yo… estoy bien, Harry, sólo que… ¡es demasiado! —se quejó, limpiándose el
rostro húmedo con los bordes de la túnica—. Tú no tienes idea… las clases son
difíciles, me cuesta concentrarme, y Ron está todo el tiempo con esa niña boba y
cursi, y…

—Ya, ya —Harry la abrazó con fuerza—. ¿Por qué no hablas con él? Yo… creo que él
está saliendo con Lavender porque cree que tú no estás interesada en él. Deberíais
hablar, aunque supongo que es difícil encontrarlo solo, ¿no?

Hermione asintió con la cabeza, apretando los labios ligeramente.

—Eres un sol, Harry —suspiró ella, terminando de limpiarse el rostro. No hipaba


como la pequeña Kaira, pero temblaba ligeramente—. Yo… creo que iré a leer un
rato. Necesito pensar un poco en cualquier otra cosa. ¿No te molesta que te deje
solo?

—Claro que no, Hermione —Harry le sonrió, dulce—. Nos vemos en la cena.

Ella hizo una mueca.

—Tal vez tampoco baje a cenar.

Harry intentó que su expresión no se descompusiera. Después de todo, ella


también necesitaba tiempo. No todo giraba en torno de él.

—Entonces, nos vemos mañana —le sonrió suavemente, acarició sus cabellos
erizados levemente y besó su frente—. Duerme bien, Hermione. Deja descansar ese
cerebrito trabajador tuyo.

Ella rió, una risa pequeña y risueña que a Harry le plantó una sonrisa mientras iba
en busca de Neville. Lo buscó en el Mapa del Merodeador y lo encontró que estaba
con Luna en los invernaderos. Fue hacia allí, pasando junto a Ron y Lavender en los
pasillos, dirigiéndole a su amigo la mirada más fría que pudo. Claro, Ron no tenía
exactamente la culpa de hacer sufrir a Hermione, pero… Ron tenía la culpa.
Neville estaba atendiendo unas plantas extrañas, con flores desagradables de
perfume fuerte y pétalos violáceos.

—¡Hola, Harry! —lo saludó Neville, y luego presentó a las flores—. ¿Te gustan?
Son Lisarias. Tienen propiedades medicinales. Si sus pétalos se hierven se crea un
fuerte anestésico. Le pedí permiso a la profesora Sprout para dibujarlas, son
maravillosas.

Harry vio el dibujo de la flor y luego vio a Luna, escribiendo en un pergamino a


toda velocidad. Neville siguió su mirada y le dijo:

—Luna hará una nota sobre flores y plantas curativas en El Quisquilloso —explicó.
Harry les sonrió, más cuando Luna, con la varita detrás de la oreja y todo el cabello
rubio cayéndole de un lado del rostro, levantó los ojos para cruzar su mirada con
Harry y sonreírle.

—Es muy interesante —concedió Harry—. Verás, Neville… necesito un favor.

Neville detuvo su dibujo y Luna su escritura. Ambos se quedaron mirando a Harry


con expresiones curiosas.

—¿Qué sucede, Harry? Por tu expresión, es grave.

Harry intentó reír, pero la risa se le quedó pegada a la garganta.

—No es grave, en realidad. Es sólo que necesito que me cubras esta noche.

—Oh —Neville pareció pillarla al vuelo—. Oh. Pero, ¿no es muy precipitado?

Harry se encogió de hombros.

—Puede ser, pero Cylean me ha insistido bastante.

—Así llegue a lastimarte yo…

A Harry se le dibujó una sonrisa en el rostro.

—Es agradable que me cuides, Neville, pero ninguno debe cuidar del otro. Estamos
bien ahora, ¿no?

Neville asintió con la cabeza.

—Ya, Harry, pero aun así me parece muy precipitado. ¿No estáis… yendo muy
rápido?

—Puede ser, no sé —Harry intentó hacerse el desentendido—. ¿Me cubrirás?

—Creo que no seré yo quien te cubra esta noche —murmuró Neville, con voz
ciertamente perversa, consiguiendo que a Luna se le escapara una carcajada. Harry
intentó no ponerse verde, pero fingió una sonrisa.

—Tal vez sea yo quien lo cubra a él.


—Puede ser, no sé —Neville imitó a Harry, haciéndose también el desentendido. Las
carcajadas de Luna resonaban, claras y agradables, demasiado fuertes, por todo el
invernadero. Luego el chico observó a Harry detenidamente y se acercó a Luna
para murmurarle algo muy bajo en el oído y separar a Harry de la chica,
sujetándolo con firmeza pero sin violencia del brazo—. ¿Te encuentras bien? Con lo
de esta noche, quiero decir. Te ves… pálido.

—No soy exactamente moreno, Neville —resopló Harry. Neville rodó los ojos.

—Lo sé, Harry. Pero, me refiero… luces verde —y le miró de arriba abajo—, e


incluso diría que has menguado unos centímetros.

—¿Cómo es posible eso? —preguntó Harry. Neville alzó las cejas, sorprendido


porque Harry no lo supiera.

—Ya sabes, cuando luces confiado y ese tipo de cosas, como en el partido de
Quidditch del otro día, luces más alto. Cuando no… bueno, es como si menguaras
de tamaño unos centímetros, como si no quisieras ser notado.

Harry se mordió el interior de la mejilla y se encogió de hombros.

—No quiero sonar como una niña ni nada de eso, pero… —dudó unos instantes—,
no sé si esté listo para…

—Pues díselo —Neville apenas si se sonrojó con la insinuación de Harry. Era


extraño ver a Neville tan liberado en ciertas cosas y reservado en otras. Una cosa
era bromear. Otra cosa más diferente era las implicancias reales del asunto—. Te
oirá. Es un buen hombre.

—Lo sé —Harry suspiró—, pero no quiero… bueno, decepcionarlo.

Neville le miró como si no comprendiera.

—No me digas que planeas… acostarte con él, sólo para no ser una decepción. Por
favor, dime que me estoy equivocando.

—Neville…

—No, Neville no, ¡Harry! —Neville lo sujetó de los hombros— No te enredes en algo
que va más allá de lo que quieres. Si no estás seguro de ello, no lo hagas. Así de
simple. ¡Creí que lo comprendías!

—Lo comprendo, Neville —Harry se apartó a Neville de forma casi delicada—. Sólo
que… no quisiera ser una carga para Cylean. Le quiero, y quiero…

—Pues debes decidir —terció su amigo, mirándolo fijamente a los ojos—. Puedo
suponer que no eres el puro y santo muchacho que muchos creen, pero el profesor
R. seguramente comprenderá la situación. Apenas tienes dieciséis, Harry. Debes
poner en claro tus prioridades, y no hacer algo de lo que luego podrías arrepentirte.

—Neville —Harry bajó la voz—, estamos debatiendo sobre si voy a acostarme o no


con él. No sobre si voy a matar a alguien. No soy una dulce muchachita que puede
quedarse embarazada. Y si dices por el dolor, sé lo que es sentir dolor y he de
considerar que Cylean se ha mostrado mucho más atento conmigo, por lo que
puedo estimar que será atento a la hora de…
La expresión de Neville se volvió aún más preocupada.

—¿Sabes lo que es sentir dolor en general o ese tipo de dolor? —Harry esquivó la


mirada. Había metido la pata—. Harry…

Las campanas comenzaron a sonar. Ya estaba servida la cena en el Gran Comedor.


Harry lo utilizó de excusa para marcharse.

—¡Ah, la cena! Tengo hambre. ¿Me acompañáis?

—Harry… —Neville le lanzaba una mirada de advertencia. Harry se escabulló,


agradeciendo ser pequeño y rápido, un digno buscador de Quidditch. Luna les
siguió, tarareando en voz baja, con esos ojos claros perdidos.

Harry sabía que estaba en problemas, y que probablemente había hablado de más,
y que seguramente le debía una explicación a Neville. Pero aún no estaba listo para
hablar. Había pasado tiempo, y no estaba listo para hablar con ellos. No con ellos.
Pero, tal vez, sí con Tom. Él seguramente comprendería.

La cena le sabía a cenizas en la boca. Le costaba comer y al final terminó dejando


la mitad de su plato y no comió postre. Bebió mucho zumo de calabaza, porque la
garganta nunca había estado tan seca.

Trató de concentrarse en la parte positiva de esa noche. Tom le había dicho que le
contaría sus planes, y enterarse de algo como ello valdría la pena. Pero se estaba
haciendo mala sangre. Hablaría con Tom, y probablemente volvería a la cama con
su capa de invisibilidad de madrugada. No sería la primera vez.

Los pasos entre la cena, la búsqueda de su capa y el ir a las habitaciones de Cylean


fueron algo borroso, confuso y cuando susurró Dumort a la puerta sintió que sus
manos temblaban de una forma incontenible.

—Bienvenido, mi querido muchacho —dijo Tom, en una sobria imitación de


Dumbledore que a Harry le sacó una sonrisa.

—Vaya, profesor, no sabía que usted también era un metamorfomago —dijo Harry,
fingiéndose impresionado. Tom soltó un bufido y cerró la puerta detrás de él,
colocando sus tan acostumbrados encantamientos de privacidad. Harry sentía que
estaba a punto de desmayarse. El corazón le resonaba por todo el cuerpo y le
sudaban las manos. Se las limpió contra la túnica, nervioso. Tom estaba sirviendo
tazas de té que endulzó al gusto de ambos. Harry aferró sus dedos a la porcelana,
quemándose, consiguiendo detener los temblores.

—Siéntate, vamos, no te quedes ahí de pie —Tom le dio un ligero empujón y Harry
fue a sentarse en su sitio de siempre, intentando no desentonar, por más nervioso
e incómodo que se sentía.

Harry se sentó y Tom se sentó delante de él. Llevaba una túnica abierta sobre una
de esas ropas muggles que Cylean siempre usaba, y que, realmente, a Tom le
sentaban muy extrañas. El rostro de Tom iba junto a trajes elegantes, o a túnicas
de gala, no a ropajes muggles.

—La caída de la luz —dijo Tom solemne, y Harry se sobresaltó—. Eso es lo que
tengo planeado. La caída de la luz, la muerte de Dumbledore, apoderarme de
Hogwarts desde dentro, apoderarme del Ministerio. Nadie sospecharía de Cylean
Rousseau. Nadie.

Harry alzó la ceja, sintiéndose curioso. Tom le hizo un gesto.

—Toma tu té —ordenó, para seguir hablando con voz oscura, grave, poderosa—.
Cylean Rousseau es justo lo que yo estaba buscando. Las dificultades son mínimas,
aunque se presentan. Dumbledore mismo le había buscado para unirlo a la Orden,
a pesar de que nunca conoció al real Cylean Rousseau, aunque sí se enviaron
cartas. Todo sucedió de una forma tal que incluso aparenta ser algo planeado por
las mismísimas estrellas, Harry —se detuvo unos instantes, él también bebió su té
—. Aún no hay muchos planes. Voldemort se mueve por las sombras, está
desaparecido. Algunas pocas reuniones después de algunas cuantas situaciones…
en fin. Mientras tanto, Cylean Rousseau enseña magia oscura legal en Hogwarts.
Todos los hechizos, incluso el escudo Repellerium, son de magia oscura. Poderosos,
letales, y bien utilizados, crean y oscurecen el aura mágica de cada uno de los
mocosos que tengo como alumnos. Tendré seguidores, poderosos seguidores que
saben los hechizos que yo les enseño. Además, Lucius Malfoy se está encargando
del Ministerio mientras tanto. Él y varios ayudantes más del lugar están subiendo a
niveles insospechados. Poder, poder, y más poder. Magia, magia, y más magia.
Sangre, sangre, y más sangre —la sonrisa era apenas una mueca maliciosa que
curvaba sus labios, que parecía cortar el rostro divino en dos—. Es poder todo lo
que quiero, Harry. Y mis planes no te involucraban, no de manera directa, aunque
ahora me doy cuenta de que no hay forma que no te involucres en ellos. Debemos
buscarte un lugar, ¿no?

Harry sintió una risa suave subir por su garganta. El té había estado exquisito, y
sentía los músculos relajados, la cabeza despejada, la sonrisa maliciosa pintada en
el rostro. Harry sabía que tanto tiempo rodeado de oscuridad cabría oscurecer un
poco su alma. No tenía idea hasta qué punto.

—Recuerda nuestra tregua. No puedes…

—No pienso herir a quien te importe, Harry. No pienses mal de mí.

Harry le compuso una expresión afectada.

—Ya, lo siento, ¿va? —observó el fondo de la tasa. Un poso de azúcar quedaba con
las hebras de té, algo granulado y dulce que deseó pasar con la lengua—. Tú… ¿qué
es esto?

Tom tenía expresión implacable cuando le arrebató la taza de las manos.

—Creí que necesitabas relajarte. Has estado nervioso toda la cena y apenas has
comido. Creí que…

Harry sintió una oleada de rabia demasiado fuerte, que casi le tumba.

—¡Me drogaste!

Tom no tenía expresión culpable.

—Supongamos.
Harry bufó. Sentía la cabeza demasiado ida, como cuando bebía demasiada cerveza
de mantequilla. Tom le sonrió, sin sentirse en lo mínimo culpable.

—Eres un bastardo —le gruñó Harry, y a pesar de la rabia, sentía demasiadas


ganas de reír. Estaba tan relajado. Los músculos, laxos, las espalda contra el
espaldar del sofá, la cabeza como si estuviera flotando en torno a su cuello.

Tom se acercó a él para acariciarle la mejilla. Harry se apartó.

—Déjame —siseó. Tom le sostuvo del rostro con firmeza.

—No creas que lo he hecho con malas intenciones, Harry. Me tienes en muy baja
estima —bufó—. Lo he hecho para que te sientas mejor. ¿Vale?

—No —Harry tenía que cerrar los ojos para no verle el rostro a Tom, para no ver el
gozo en sus ojos, la expresión satisfecha—. Tú has… me has…

—Tranquilo —Tom le acarició el rostro con los pulgares—. Relájate.

—No.

—Harry, si no pones de ti en esto…

Harry abrió los ojos. Tom retrocedió como si le hubieran dado una puñalada.
Aquellos ojos, más verdes que nunca, relucían cargados de lágrimas. Tom le
observó sin comprender, con la confusión marcada más que nunca en el rostro.

—¿Harry? —dudó, sin atreverse a acercarse—. ¿Harr-?

—No puedo —murmuró Harry, esquivando los ojos de Tom—, no puedo, no puedo,
lo siento, no puedo.

Tom se arrodilló en el alfombrado, mirándole, buscando en su rostro las respuestas.

—Te he presionado —musitó—. No debería haberlo hecho.

—No —Harry sacudió la cabeza—. Está bien que presiones. Es… humano. Pero yo


no… no creo poder ni ahora ni…

Tom avanzó y tomó sus manos.

—No pienses que estoy contigo sólo por una razón, Harry. Si fuera así me hubiera
enrollado con cualquier otro que estuviera más dispuesto. Me he dado cuenta que
no querías, pero creí que se trataba de temor propio al hecho… ya sabes, al dolor —
Harry dejó que lágrimas cayeran por su rostro. Tom parecía dudar. Había consolado
con maestría a la niña, pero con Harry no tenía idea de qué diablos hacer—. ¿Qué
sucede?

—No…

—No vengas a fastidiarme diciéndome que no sucede nada, Harry. Sé que sucede
algo —Tom hablaba con firmeza, con casi dureza en la voz—. Debes decírmelo.

—No.
Harry hablaba con la voz firme, a pesar de que las lágrimas cayeran por su rostro,
de los ojos enrojecidos. Parecía que la poción no sólo le había relajado, si no que
había conseguido que todas sus emociones se dispararan de forma alarmante.

—Harry… —la voz de Tom peleaba con una amenaza. Él negó con la cabeza, rápida
y violentamente—. Harry —Tom ya ordenaba—. Cuéntame —y ablandó el todo—.
Por favor.

Harry siguió negando con la cabeza. Tom suspiró, completamente preocupado.


Harry parecía llorar con más fuerza, quebrándose por completo, y cuando Tom le
acunó en sus brazos el chico temblaba como si estuviera en medio de la nieve en
ropa interior. Tom no tenía idea de qué hacer cuando finalmente Harry comenzó a
hablar, en susurros patosos cargados de rabia, de pena y por sobre todo, de odio.

—Fue Archivald Keyglass. Por órdenes de Dudley —su voz era apenas un hilo—. En
el verano después de cuarto año. Cedric… Dudley encontró algunas notas y cartas
que tenía de él. Creyó que sería "divertido" hacer que su amigo se colara a la casa
de noche, una noche que Petunia y Vernon estaban donde Marge, para… —Harry se
detuvo. Tom tenía las manos cerradas en puños, con los nudillos blancos, y cuando
Harry siguió hablando su rostro estaba inexpresivo, su voz hueca, sin ningún tipo
de emoción—. Dudley lo filmó. Todo. Reían a carcajadas. Sus risas. Aún no puedo
quitármelas de la mente, sus risas, joder…

—Harry —Tom le sujetó de los hombros, le hizo mirarlo a los ojos—. Harry,
cálmate.

—Se lo conté a Dumbledore —siguió Harry, con la voz hueca—. Él desmemorió a


Dudley y Archivald. Les dio a ambos una poción que les haría desinteresarse
completamente en mí. Funcionó. Ninguno de ellos volvió a intentar nada, pero…
Dumbledore no me sacó de esa casa. No castigó a ninguno de ninguna manera.
Hasta ese momento tenía fe en él, pero mi fe se fue quebrando. No podía estar del
lado de quien no hace nada para defender a su "Niño de oro" —apretó ligeramente
los labios, emociones contradictorias corriendo a sus ojos—. No le conté a nadie. No
podía. Iban a sentir pena. No iban a verme igual. No iba a poder… ser normal. No
con ellos. Mis amigos son los únicos que me ven como alguien normal. Si no me
veían ellos, ¿quién más iba a hacerlo?

Tom sujetó a Harry del rostro, con dedos firmes pero sensibles. Le limpió las
lágrimas que corrían por sus mejillas y le mostró una sonrisa que parecía más que
nada una mueca agridulce.

—Harry, mi Harry —comenzó, con una voz extraña, que Harry no supo identificar—.
No quisiera ofenderte, pero no eres normal. Nunca lo has sido. Sin embargo, no ser
normal no es malo. La normalidad es para aquellos que están dispuestos a creer
que pertenecen a un sitio predicho. La gente que no es normal puede pertenecer a
donde le plazca. Las divisiones sociales, todo es una separación que consigue
formar a los normales de los… anormales, por decirlo. Tú no eres normal, pero tus
amigos tampoco lo son —Tom hablaba con esa cadencia extraña, una voz que a
Harry le ponía el vello de punta al mismo tiempo que le cautivaba—. Weasley tiene
un gran complejo de inferioridad a pesar de que es un brujo muy bueno, Granger
es una sabelotodo demasiado inteligente para estar en Gryffindor y ser nacida de
muggles —Harry sintió cierta calidez porque Tom no la hubiera llamado
"sangresucia"—, Longbottom es un genio en la Herbología y acaba de salir de un
caparazón de debilidad. Lovegood… bueno, todos sabemos que puede que no esté
bien de la cabeza, pero es maravillosa. La chica Weasley es capaz de darlo todo por
sus amigos, a la vez que es capaz de darlo todo por sí misma. Tus amigos más
cercanos no son normales, y tú… —Tom le dibujó una extraña sonrisa—, eres el
Niño que vivió, aunque ya no eres un niño. Eres un brujo excepcional, con más
máscaras que un Slytherin. Un niño condenado a la luz cuyas verdaderas lealtades
se encuentran consigo mismo y con sus apreciados. Tú… eres diferente. No eres
normal. Y no hay nada de malo en no serlo. Has tenido una vida difícil, has tenido
complicaciones que nadie más ha tenido. Has tenido… —Tom sonrió ligeramente—
has tenido toda tu vida un Señor Tenebroso corriendo tras tus pasos. Un Señor
Oscuro, que debo decir que está un poco loco —las comisuras de la boca de Harry
se elevaron levemente—. Créeme, no eres normal, pero de entre las personas de
aquí y las que tu aprecias, ¿quién lo es? Yo no. Tú no. Tus amigos no. Y sin
embargo, sé que estarán ahí para ti. Puedes confiar en ellos, te lo aseguro. No
sentirán pena de ti, querrán acompañarte, y máxime, cruciar al miserable de
Archivald Keyglass.

Harry dejó que una risa nerviosa le recorriera por todo el cuerpo.

—Tom… —su voz era suave, débil—. Gracias. Por todo. Yo no debí pensar que tú…

—Sí te había drogado para acostarme contigo, no me idealices —le reprendió Tom.
Harry volvió a reír.

—Eres un bastardo miserable, imbécil, idiota, infeliz…

—Todo eso y más. Vamos, Harry, descárgate.

Harry sacudió la cabeza. Ya había dejado de sentirla tan liviana. Ahora la sentía
pesada, como si estuviera haciendo fuerza para romper su cuello.

—No, ya… —buscó las manos de Tom, aún sobre su rostro, y enredó sus dedos con
los suyos—. Yo… me siento mejor, ahora.

—Te dije que podías confiar en mí —le espetó Tom—. Y también puedes hacerlo en


tus amigos. Son buena gente, incluso la sangresucia.

—Ibas tan bien —resopló Harry—. Tan bien.

—Debo ser yo mismo, es parte de mi terapia.

—¿Qué terapia?

—La división de personalidad con Cylean. ¿No era así?

Harry sonrió levemente.

—Tal vez deba confiar en mis amigos.

—Claro. Para algo los tienes —le guiñó un ojo, burlón, y Harry suspiró.

—¿Y tú? ¿Tienes amigos?

—Sabes, es imposible tener amigos cuando todos están muertos de miedo con sólo
oír tu nombre.
Esta vez la sonrisa de Harry fue verdadera. No fue ancha y amplia, ocupando todo
su rostro como lo era normalmente, fue casi una mueca de diversión que a Tom le
dio una calidez en todo el pecho.

—Creo que debo irme —suspiró Harry, mientras oía las campanas sonar. Tom negó.

—Quédate. Puedes simplemente quedarte conmigo. No te haré hacer nada que no


quieras, ¿vale? Simplemente, quédate conmigo.

Harry ladeó ligeramente la cabeza.

—¿Estarás bien?

—¿Eres tú el que acaba de pasar por una crisis nerviosa y me preguntas


si yo estaré bien?

—No me refiero a eso —Harry suspiró—. Me refiero a que… si estarás bien conmigo
aquí.

—Yo estoy bien contigo —resopló Tom, como si fuera obvio. Harry rió.

—Vale. Yo también.

La noche no era cálida, pero ambos la sentían como tal. Los envolvió en sonrisas y
té, charlas despreocupadas y la recuperación minuto a minuto de Harry. Una hora
después Harry se encontraba listo para acostarse, y Tom le alcanzó unas ropas de
dormir que Harry se puso con movimientos rápidos, intentando no exponer
demasiada piel al mismo tiempo. No quería provocar de alguna manera Tom.

Las sábanas frías los recibieron y Tom envolvió en sus brazos a Harry, acomodando
la cabeza del muchacho en su pecho, oyendo los latidos de su corazón.

—¿Sabes, Harry? —la voz de Tom era trémula unos largos minutos después—. Creo
que también debo confiarte algo. Es algo peligroso en los oídos equivocados, pero
tengo la certeza de que te hará bien saberlo.

—¿Sí? —Harry se separó, buscando los ojos oscuros de Tom. El hombre tenía una
expresión cálida en el rostro, una expresión tan extrañamente cálida que jamás
creyó que vería en él.

—Te quiero.

—Oh —Harry tomó aire, una sonrisa dibujándose en su rostro. Era un momento tan
extraño, tan dulce y a la vez distante—. Oh. Yo… yo también te quiero, Tom.

Tom le sonrió y rozó sus labios con los suyos en un beso casto, dulce, cargado de
sentimiento.

—Con esto me basta —dijo entre sus labios.

19. Sirius.

"Querido Canuto:
Hola, ¿cómo estás? Espero que bien. Cuando recibas esta carta probablemente
pensarás que te contaré cosas sobre Quidditch, el ED, las nuevas reuniones que
estamos manteniendo y las clases. Pero esta carta será algo diferente, porque
tengo algo muy importante que confiarte, algo que no te he confiado antes y que
seguramente me reprocharás con todo ese latazo de que 'Soy tu padrino, debo
estar al tanto de tu vida, acompañarte, aconsejarte'.

Lo que debo confiarte es que estoy saliendo con alguien.

Sí, he encontrado a alguien. No sabría decirte si es con quien quiero compartir mi


vida, pero sí quiero compartirlo todo con él. Ahora, por lo menos. Es… maravilloso.
Es un brujo excelente, es una gran persona, es simpático, amable, gentil. Sabe de
todo tipo de magias, y es… increíble. Cada vez que lo veo siento la cabeza más
liviana. Cada vez que nos besamos siento fuego en la piel. Es inexplicable. Jamás
me había sucedido antes. Me resulta insoportable estar lejos suyo, y es horrible la
pena que sufro durante las horas que no estoy a su lado.

Lo conoces. No digo que lo conoces bien, pero lo has conocido antes que yo. Es un
hombre… y digo hombre porque no es ningún niño. Es mayor que yo. Tiene treinta
y un años.

Supongo sabrás de quién hablo, ¿no? Estoy hablando de Cylean Rousseau, mi


profesor de Defensa. Me ha cautivado de una manera que nadie supo hacer. Me ha
enamorado.

Enamorado, Canuto. Estoy enamorado. Y jamás me había sentido así por alguien.
Incluso con Cedric, yo sabía que eso no iba a durar. Él se graduaría ese año, y yo
seguiría. No podríamos visitarnos a menudo. Yo, con él, sabía que era un
pasatiempo. Me gustaba, a él yo le gustaba, por extraño que en esa época me
parecía. Sin embargo esto es completamente diferente. Completamente. Yo… sé
que amo a Cylean. Lo que siento por él es fuerte, capaz de derribar murallas y dar
vuelta guerras. Es poderoso. Es casi como mágico.

Te lo cuento porque ya me he cansado de guardar el secreto. Después de una larga


charla con Cylean, he llegado a la conclusión de que debes saberlo. Hermione, Ron,
Neville, Luna y Ginny lo saben. Todos me apoyan. Y confío en que tú también
estarás conmigo. Sabes lo mucho que he necesitado el cariño de alguien; no que
con el tuyo y de Lupin no sea suficiente, es sólo que… necesitaba otro tipo de amor
en mi vida.

Sé que Cylean me quiere. No sabría decir cuánto, porque ha vivido y ha querido


más que yo, pero me quiere. Me cuida. Se preocupa por mí. Me ayuda con mis
trabajos y es mi más fiel y leal seguidor en Quidditch. Ha conseguido que Snape
me admitiera en clase de Pociones cuando no me alcanzaba la nota de los TIMOs.
Se preocupa por mi estabilidad… no sólo es un profesor ejemplar, es una persona
sin igual.

Aunque claro, soy parcial. Estoy enamorado de él, por lo que puedo decir mil cosas
sobre él halagando sus virtudes y favoreciendo sus defectos. Es… la persona que yo
estaba buscando. Es justo quien necesitaba. Lo quiero. Lo aprecio. Lo amo.

Estoy demasiado feliz, y espero que a ti te alegre la noticia. He decidido confiar en


ti, finalmente, no porque no lo hiciera desde antes, claro, si no porque temía que se
enterasen en la Orden y se opusieran. Aun así, tengo la autorización de
Dumbledore. ¡Dumbledore, imagínate! Es sinceramente sorprendente. Dumbledore
está a favor de que salgamos. Y ahora que tengo su favor puedo contártelo a ti.
Espero de corazón que estés feliz por mí.

¿Y tú? ¿Cómo están las cosas allí? ¿Qué tal las cosas con Lupin y Tonks? Lupin me
ha dicho que suelen pasar mucho tiempo allí, haciéndote compañía. ¿Alguna
novedad?

Te quiere,

Harry".

—Toma, Hedwig. Llévasela a Canuto —Harry ató la carta a la pata de la lechuza. Su


lechuza blanca le picoteó amorosamente los dedos antes de emprender vuelo.
Tenía una sonrisa cálida dibujada en el rostro, y el cuerpo mucho más relajado que
cualquier otro día.

Había arreglado para ese día hablar con Luna, Neville, Ginny, Hermione y Ron. Ron
se había alegrado de tener algo de qué hablar, porque él pasaba tanto tiempo con
Lavender que, según él mismo, "había olvidado lo que era ser hombre". Luego de
una charla mañanera con Tom había llegado a la conclusión de que, para superarlo,
necesitaba hablarlo. De que el bâtard de Dumbledore tenía razón, que debía confiar
en sus amigos. Que sólo hablarlo con Tom había significado que sentía menos peso
sobre sus hombros, hablarlo con sus amigos…

Salió de la lechucería sacudiendo ligeramente la cabeza, topándose con una figura


que lo chocó con fuerza, casi tumbándolo.

—¡Oye! ¡Fíjate por donde…! —comenzó Draco, hasta que se dio cuenta de que era
Harry y le posó la mano en el brazo, intentando sostenerlo para que no se cayera
—. Merlín, ¿estás bien?

—Soy solo Harry, aunque me han dicho que el parecido es sorprendente —se burló
Harry, y Draco se apartó de él, bufando.

—Sí, estás bien.

—Sí, estoy bien. Gracias.

Draco observó con atención a Harry unos instantes.

—¿Enviando una carta?

—No, encontrándome a solas con mi lechuza. Soy zoofílico, ¿sabes?

Draco le miró ceñudo.

—Eres un desgraciado.

—Preguntas idiotas requieren respuestas idiotas —Harry sonrió de lado, burlón—.


¿Cómo te encuentras?

Draco se encogió de hombros.

—He estado mejor.


—Luces… pálido.

—Soy pálido, Potter —gruñó Draco—. Además, no comprendo por qué mi color de


piel puede significar algo.

—Sólo era un comentario, Malfoy —Harry suspiró—. Oye… sabes que puedes confiar
en mí, ¿verdad?

—¿Por qué habría de hacerlo? —gruñó Draco. Harry se encogió de hombros.

—Porque puedo aceptar tu mano ahora.

Draco frunció el ceño, pero extendió la mano como si le estuviera ofreciendo


nuevamente la amistad. Harry la aceptó con un apretón cálido y fuerte. La sonrisa
de Draco no le llegaba a los ojos.

—Supongo que bien —Draco se encogió de hombros—. Déjame que envío una carta
y hablamos, ¿vale?

Harry asintió y observó a Draco tomar una carta de su túnica y atarla a la pata de
una lechuza de plumaje negro de tan pardo. Le dijo unas palabras en voz baja y la
lechuza emprendió un vuelo orgulloso, con las largas alas extendidas a ambos lados
del cuerpo.

—Caminemos —ofreció Draco. Harry asintió y comenzaron a caminar, bajando las


escaleras, en un silencio que les rodeaba. Era temprano por la mañana del sábado
y el desayuno aún no se había servido; los fines de semana se servía una hora más
tarde.

—Puedes contarme qué sucede, Malfoy —musitó Harry. El rubio asintió.

—Sí, supongo —se encogió de hombros—. Verás, es… difícil. Son problemas
familiares.

—Yo también tengo de esos, no te preocupes —le dijo Harry. Draco asintió y se
recargó en una de las ventanas del pasillo. Harry hizo lo mismo, quedando a su
lado. Draco, encogiéndose de hombros, comenzó:

—Como sabrás, Bellatrix Lestrange se fugó de Azkabán a principios de año, junto


con muchos prófugos más, todos ellos Mortífagos —Harry asintió con la cabeza—.
Bien. Ella… no puedo decir dónde se está quedando, pero está conviviendo con
madre y padre la mayor parte del tiempo, y pone a madre el vello de punta.
Azkabán la cambió. Nunca fue muy compasiva, pero luego de pasar años encerrada
allí, está peor que nunca. Las vacaciones de verano fueron un suplicio. Se la pasaba
amenazando a todo mundo, o demasiado nerviosa y emocionada para hablar.
Después de todo, el mismísimo Señor Tenebroso había organizado la fuga que la
liberó de la cárcel. Está completamente agradecida y no sabe cómo pagarle —Draco
agachó la cabeza. Hablaba en voz baja, tan baja que Harry debía inclinarse para
oírlo, y era apenas un susurro—. Me ha estado enviando cartas con hechizos de
impulsión.

—¿Hechizos de impulsión? —Harry preguntó—. ¿Qué es eso?

Draco ni siquiera se molestó en insultarlo.


—Es un hechizo que obliga a uno a hacer algo. No es tan efectivo como la
maldición Imperius, pero para una mente que no esté preparada, como la de un
adolescente, puede obligarlo a hacer… locuras. Desde saltar de la Torre de
Astronomía a matar a Dumbledore —se mordió el labio, nervioso—. No que me
haya intentado hechizar para que haga ninguna de esas cosas.

—¿Por qué no se lo cuentas a tus amigos? Es decir, seguro que Blaise Zabini por lo
menos comprende la situación en la que estás metido.

Draco bufó.

—Son jodidos Slytherins, Harry. No hacen nada que no beneficie primero. No puedo


demostrar mi debilidad allí. No puedo —se pasó las manos por el cabello, arañando
el casco con las uñas—. Es… terrible. No puedo confiar en nadie. No sé quién está
de mi lado. Le he enviado cartas a madre y ella me ha dicho que revisará la
correspondencia que tía Bellatrix me envía, pero no puede revisarlo todo…

—¿Qué es lo que tu tía quiere que hagas? —preguntó Harry, sin poder con su
curiosidad. Los ojos de Draco parecían haber oscurecido varios tonos cuando
murmuró.

—Hacer daño. Llamar la atención. Quiere que haga suficiente mal en Hogwarts para
tener mi lugar asegurado cuando salga de aquí. Y ya sabes a qué lugar me refiero.

Harry asintió. Sabía muy bien a qué lugar se refería Draco.

—¿Y tú no estás de acuerdo?

Draco suspiró.

—El Señor Tenebroso no es el mejor camino para mí. Pero Dumbledore tampoco es
algo que yo acepte. El Señor Tenebroso es… extremista, derrama demasiada sangre
sin pensar en las consecuencias. Dumbledore manipula.

—Y que lo digas —coincidió Harry—. Entonces, ¿estarías dispuesto a unirte a un


"lado gris"?

La pregunta salió de sus labios antes de pensarla, e inmediatamente se arrepintió.


Pero Draco Malfoy no se burló de él y tampoco le miró con altanería. Había
curiosidad en sus ojos grises.

—¿Qué es eso del "lado gris"?

—No estás de acuerdo con Voldemort, pero tampoco con Dumbledore. Eso es un
lado gris. A partir de allí se pueden crear diferentes teorías y todo ese coñazo, pero
lo que importa es que es un lado para aquellos que no defienden los ideales de
ninguna de las puntas de esta guerra.

—Y tú, el Niño de la luz, ¿formarías parte de ese "lado gris"? —Draco esta vez sí
sonrió casi burlón. Harry asintió, serio, y la expresión de Draco decayó—. ¿Cómo es
eso posible? ¿Quién más…?

—Yo, por ahora —Harry tomó aire—. No estoy de acuerdo con los ideales de
Voldemort, pero tampoco con los de Dumbledore, ahora. Las cosas cambiaron. O
tal vez todo sigue igual, y el que he cambiado he sido yo. No soy enemigo
declarado de ninguno. Incluso, con Voldemort, tenemos una especie de paz tensa
—murmuró, en voz baja, creyendo que tal vez había hablado demasiado. Pero
Draco Malfoy no parecía ser de aquellos que van corriendo a contarlo todo.

—Me parece que quiero saber la historia detrás de eso.

—No tiene mucha historia —Harry se encogió de hombros—. Nos contactamos y


llegamos a un acuerdo de paz. Una tregua, por así decirlo.

—Se ve que este año has hecho muchas treguas —casi felicitó Draco. Harry sonrió,
una sonrisa torcida que casi evocaba maldad.

—Pues sí, así es. Qué mejor forma de salvar mi vida que buscarme treguas y
aliados.

Draco dejó que una pequeña risa escapara de sus labios. Sacudió la cabeza, como
si no le creyera, con una expresión de asombro total en los ojos. Era extraño,
divertido, pero extraño.

—Puede ser que me una, sí. Pero deberás buscarte un nombre guay y deberemos
llamarnos de alguna forma que no incluya la palabra "leones", ¿vale?

—¡Oye! —Harry se fingió herido—. Yo pensaba hacerlo con "Los Leones de


Halloween".

—Apesta —fue sincero Draco. Harry soltó una carcajada que se contagió al rubio.
Ambos reían, sus risas resonando por las paredes de piedra, espantando a los
pájaros de los árboles por el sonido y las vibraciones, fuertes y resonantes.

—Puede que suene un poco mal —Harry tenía una sonrisa dibujada en el rostro—,
pero conseguiré un nombre que mole.

—Espero que para ese momento también hayas conseguido aliados que valgan la
pena.

—Yo igual —Harry le sonrió a Draco, una sonrisa sincera que Draco devolvió a
regañadientes. No era una sonrisa sincera, claro, era más bien de compromiso,
pero a Harry le bastó. Eso, de momento, era suficiente.

El sábado pasó sin muchos problemas. Hubo un entrenamiento de Quidditch para el


partido de la semana próxima contra Ravenclaw. Harry, como Capitán, se
encargaba de motivar al equipo, hacer entrenamientos prácticos que coincidieran
con los horarios de todos y, si era posible, dejarles tiempo libre para divertirse.
Ninguno de los miembros del equipo de Quidditch de ese año había considerado
que sus entrenamientos eran duros, y todos halagaban sus métodos.

El domingo Harry lo pasó con Tom la mitad del día y la otra mitad con Hermione.
Su amiga intentaba aparentar que lo llevaba todo bien, pero Harry era capaz de ver
marcas de lágrimas en su rostro. Habló mucho con ella e intentó animarla. A veces,
parecía funcionar. Otras veces no tanto.

Ese domingo a la noche encontró a Ron a solas en el dormitorio, con la cabeza


cubierta con la almohada.
—Hola, Ron —saludó, tal vez con más frialdad de la que había pretendido. Ron se
descubrió el rostro y le sonrió.

—Ah, hola, Harry. ¿Qué hay?

—¿Que qué hay? —Harry se sentó en la cama de Ron, mirándolo ceñudo—. ¿Tienes
idea de las consecuencias de tus acciones, Ron?

Ron parpadeó, perplejo.

—¿Qué…? ¿A qué te refieres, Harry?

—¡Ronald! —Harry protestó—. ¿Tú de verdad no tienes idea de por qué te voy a
acabar cortando las bolas?

Ron le miró, ojos azules bien abiertos y rostro pecoso más pálido que de
costumbre.

—¡Harry, no tengo idea!

—¡No te hagas el idiota! —Harry apretó los dientes—. ¡No tienes idea de lo mucho
que estás haciendo sufrir a Hermione!

Ron se sobresaltó. Fue como si una corriente eléctrica le diera una sacudida por
todo el cuerpo.

—¿Her-Hermione? —tartamudeó—. Pe-pero, ¿por qué?

—Ron, eres un idiota —gruñó Harry. Ron le miró con las cejas alzadas y Harry se
encaminó hacia la puerta. Ron le detuvo.

—¡Espera! —gritó Ron. Harry se detuvo, le contempló con rabia—. Yo… creo que sé
a lo que te refieres. Ella… yo no puedo estar con ella, Harry. No puedo.

Harry suspiró. Bueno, al menos eso era avanzar un poco.

—¿Por qué no? —intentó que su voz sonara comprensiva. Falló por kilómetros.

Ron pasó saliva. Ciertas veces, cuando Harry hablaba con ese tono gélido y hueco,
incluso daba miedo.

—Yo… ella… —Ron dudaba. Tuvo que cerrar los ojos unos segundos y soltarlo todo
de sopetón—. Le haré daño. Ella merece a alguien mejor que yo.

—¡Ronald Weasley, eres un miserable idiota! —Harry había alzado la voz y no había
encantamiento silenciador detrás de una puerta que consiguiera acallar su grito—.
¿Por qué demonios crees eso? ¡Ella está enamorada de ti, por Merlín, Morgana,
Circe, y Dios! —Harry comenzó a caminar de lado a lado de la habitación, con pasos
largos y las manos en puños—. ¡Eres un bastardo! ¡La quieres, sabes que ella te
quiere, y aun así sigues con esa niña estúpida y ñoña! ¿Por qué no haces las cosas
bien por una vez en la vida? Compórtate como el hombre que eres, ten las bolas
para aceptar que te equivocas, termina con Lavender y encuentra a Hermione antes
de que sea demasiado tarde —Ron tenía el rostro en un color indeterminado entre
blanco y verde, una expresión perpleja y aterrada—. No dejes pasar la oportunidad.
El amor se presenta en situaciones y momentos muy diferentes. Es tu decisión
dejar que se vaya, claro, pero te perderías del tremendo amor que Hermione siente
por ti. Ella te ama con locura, Ron, y está muerta de celos porque estés con
Lavender. Y no sólo son celos, es sufrimiento. Sufre porque no está contigo, porque
la dejaste de lado. Es horrible de tu parte, Ron. Horrible.

Harry acabó su regañina y salió de la habitación con la cabeza zumbándole


peligrosamente. Hermione no estaba a la vista, lo cual agradeció. Tampoco quería
cruzársela. Quería ir inmediatamente con Tom y relajarse un poco. Tal vez tomar
aquel té especial que el hombre hacía, que le daba calidez en todo el cuerpo y le
dejaba la cabeza liviana. Una vez que él mismo escogía estar drogado, era una
experiencia diferente a la primera vez.

El domingo pasó. El lunes pasó con la esencia típica de lunes y Harry recibió la
respuesta de Sirius recién el martes.

"Harry:

Debemos hablar con urgencia.

El miércoles a la medianoche. Ya sabes dónde.

Por favor, mantente alejado de Cylean Rousseau mientras pasa el tiempo. Por
favor. Hazlo por mí.

Cariños,

Canuto".

—Sirius me envió esto —Harry le mostró la carta a Tom esa tarde, después de
clases. Tom la leyó con rapidez y le miró preocupado.

—¿Qué le contaste a Sirius? —preguntó Tom. Harry enrojeció unos instantes antes
de encogerse de hombros.

—Oh, que estaba enamorado de ti. No de ti-ti, si no de Cylean Rousseau, que


vendría a ser básicamente lo mismo.

Tom sonrió.

—¿Y lo estás?

—¿Tú no?

—Yo no puedo admitirlo. Supuestamente, soy un ser de odio incapaz de sentir amor
o afecto. Y créeme, prefiero que sigan creyendo eso.

Harry rodó los ojos. Era lo más cercano a un "sí" que tenía de parte de Tom. Le
había dicho que le quería, pero pocas veces, las necesarias realmente.

—En fin. Hablaré con él —Harry se encogió de hombros—. Probablemente tenga


celos de padrino. O crea que eres muy mayor para mí. Lo que técnicamente es
cierto.

—Cumpliré setenta, apenas. No soy tan anciano.


—Pero lo eres.

—De todas formas te gusto —provocó Tom, arrancándole a Harry una carcajada.

—Claro, claro —le restó importancia—. ¿De qué crees que quiera hablar conmigo?

—No es por darme crédito, pero de mí —Tom sonrió, burlón—. De Cylean, en


realidad.

—Sí, lo sé —Harry tomó asiento en la silla cómoda de la oficina de Cylean—. Pero


de qué, básicamente.

—Tal vez no lo aprueba.

—Dejé en claro que no me importaba si lo aprobaba o no.

—¿Lo escribiste o lo diste a entender?

—Lo di a entender.

Tom chasqueó la lengua.

—Bueno, he ahí el problema.

Harry bufó.

—Creí que Sirius estaría feliz por mí.

—Lo estaría, si estuvieras saliendo con alguien de tu edad. Supongo que ningún
padre aceptaría de primera que su niñito, ese que apenas conocen, esté con un
treintañero.

—Pero Sirius no es mi padre, y yo ya no soy un niñito.

—Tienes razón en eso —Tom le sonrió, cálido—. Pero Sirius tiende a creer que debe
comportarse como tu padre, y eso significa tratarte como niñito.

Harry resopló.

—Pero no soy un niño —repitió—, y no quiero que me traten como tal.

—Eres un adolescente —le recordó Tom— y normalmente los adultos te tratarán


como tal.

—¡Pero no quiero! —protestó Harry. Tom rió.

—Bueno, justo ahora te estás comportando como un niñito. Sólo te falta dar
patadas en el suelo y hacer morros.

Harry frunció el ceño y le fulminó con la mirada. Tom volvió a reír, con esa risa que
revitalizaba y contagiaba. Era una risa que a Harry se le había introducido bajo la
piel.
—Habla con Sirius —le recomendó Tom, volviendo al tema— y pregunta qué tiene
para decirte. Si quieres, podría ir yo también y esconderme bajo tu capa de
invisibilidad.

—Es una buena idea —meditó Harry. Tom le sonrió.

—No debes aceptar si no quieres. En verdad, Sirius merece cuidarte.

—Sí, tienes razón.

—Como siempre.

—Eres un bastardo, ¿sabes?

—Sé que hace tiempo esa palabra dejó de ser un insulto para mí. Sólo señalas lo
obvio.

Harry puso los ojos en blanco.

—Mejor me voy. Tengo tareas que hacer.

—Debes entregarme un pergamino con todos los niveles del escudo Repellerium y


cómo extenderlo a más personas para mañana. Esta vez no perdonaré una falta,
Harry —Tom intentaba lucir severo, cosa que no le funcionaba mucho. Harry
asintió.

—Ya lo tengo por la mitad. Hermione me está ayudando.

—¡Creí que era la única materia en que no necesitabas ayuda! —decía Tom, burlón,
mientras Harry abandonaba la oficina. Sonreía mientras salía. La charla con Sirius
no podía ser tan mala, no podía, realmente. Era Sirius, después de todo.

El miércoles Harry tomó una siesta en el regazo de Tom mientras él corregía


apuntes. Cenó y se quedó leyendo uno de los libros que su pareja le había dado
para pasar el rato. La sala común se fue vaciando y, a diez minutos de la
medianoche, Harry quedó solo. Esperó hasta medianoche y unos minutos después
de oír las campanas por todo el castillo el rostro de Sirius apareció en la chimenea.

—Harry —saludó el hombre, y Harry sintió unas enormes ganas de abrazarlo. Lo


había extrañado.

—Sirius —cuchicheó Harry, sentado de piernas cruzadas en el suelo, frente a la


chimenea, lo más cerca que podía estar sin quemarse. Y el calor era bien recibido,
estaban a fines de noviembre después de todo.

—Quisiera que me aclararas todo el asunto respecto a tu profesor, Harry —Sirius


hablaba con la voz cargada de seriedad, una voz que pocas veces era usual en el
burlón Sirius Black—. ¿Cómo es eso de que estás… enamorado de él?

—No es un amor adolescente —dijo Harry con rapidez—. Es… diferente. Él es


diferente. Yo lo quiero de una forma que sé que no querré a nadie.

No era completamente mentira. Harry sabía que no querría a nadie como estaba
queriendo a Tom. Pero Sirius no tenía por qué saberlo.
—Harry… tú… —Sirius le miró, irónicamente ardiendo sus ojos de entre las llamas
de la chimenea—, ¿has comido o bebido algo que él te haya preparado? ¿Cuándo
has comenzado a tener esos sentimientos?

—No me ha dado ningún filtro de amor —resopló Harry, componiendo una mirada
soñadora. No era difícil—. Yo le quiero por lo que es.

—No ha sido Cylean, Harry —Sirius estaba alarmado—. Ha sido Dumbledore. Es


parte de un plan suyo. ¡Le dije que no debía meterse de ese modo en tu vida!
Mereces un poco de libertad de elección alguna vez. Harry, por favor, tienes que
comprar un antídoto… es más, yo te enviaré uno…

—No, no… —Harry sacudió la cabeza—. Estoy bien, Sirius. No estoy bajo los efectos
de una poción de amor, créeme. Si así lo estuviera, mis amigos te hubieran dicho
algo. No, no, simplemente estoy enamorado. ¡Créeme, Sirius! —habló un poco más
alto, luciendo ciertamente acalorado. Sirius apretó los labios y negó con la cabeza.

—Bien, lo dejaré de lado por ahora —compuso una sonrisa casi triste y Harry
también sonrió—. Recuerdas la charla que te di en cuarto año, ¿no?

El rostro de Harry enrojeció violentamente.

—La recuerdo a la perfección, Sirius. No hace falta que repitamos la desagradable


experiencia.

—¡Oh, vamos! —Sirius volvía a ser el hombre juguetón que Harry sabía que era—
No pudo haber sido tan mala. Tienes suerte de que hayan sido sólo con bananas. Si
también hubiera usado donas… pues eso estaría bastante más diferente.

—Nunca he vuelto a comerme una banana o una dona viéndolo del mismo modo,
Sirius —suspiró Harry. Su padrino rió a carcajadas, aunque era una risa sofocada,
que no sonó muy fuerte en la Sala Común.

—Ya lo creo —Sirius se inclinó más dentro del fuego, de forma tal que su rostro
parecía más cerca de lo que estaba antes. Harry también se inclinó hacia el fuego
—. ¿Vosotros habéis…?

—No —dijo Harry, con rapidez—. Y no por algún tiempo.

—¿Por qué? Es lo más natural del mundo.

Harry se mordió el labio y agachó la mirada.

—Es una larga historia y no es para contarla ahora.

—Ah, cachorro, vamos. ¿Es una historia triste? ¿Es por Cedric? —Sirius susurraba,
con voz afligida. Harry negó.

—Es más patética que triste. Y no es por Cedric. Es por… por mí.

Algo relampagueó en la mirada de Sirius. Entonces su padrino abrió los ojos


completamente y su boca, para decir algo, que abrió y cerró como si no encontrara
las palabras. Luego soltó una maldición en voz baja.

—Te hirieron, ¿no es así? —gruñó, con voz amenazante—. ¿Quién fue? ¿Cuándo…?
—Sirius… —Harry agachó la mirada. No quería hablar de ello—. No ahora. Por favor.

—Cuando vengas aquí, hablaremos —no era una amenaza, era más que nada un
ruego—. Por favor, Harry. Si te sucedió algo debemos hacer algo. Es…

—No hay nada que puedas hacer ahora, Sirius —Harry intentó no ser duro. Después
de todo, Sirius quería protegerlo—. Ya lo he hecho yo.

Tal vez era decir mucho. Tal vez Sirius uniera los cabos y se daría cuenta de lo que
Harry había hecho. Sin embargo el hombre endureció el rostro y asintió con la
cabeza.

—Puedes… puedes guardar el secreto, ¿no? —dudó Harry. Sirius asintió.

—Claro que sí, Cervatillo. Lo guardaré.

—No me llames Cervatillo —protestó Harry. Sirius sonrió.

—Te llamaré como quiera, cachorro.

—Odio ambos apodos.

—Yo te adoro a ti, ahijado mío. Ahora vete a dormir. Cuando vengas a casa
hablaremos bien, ¿vale? Mientras tanto, responde mis cartas. Cuéntamelo todo,
como vais, como estáis… ¿va?

—Claro que sí, Sirius —Harry extendió la mano hacia el fuego. Sirius sonrió
cálidamente.

—Buenas noches, cachorro.

—Buenas noches, Sirius. Te… te quiero.

Sirius se carcajeó.

—También te quiero, cachorro. También.

20. Inocente.

Noviembre acabó con un suspiro. Los primeros días de diciembre eran


considerablemente más fríos y, en cierta forma, amargos. Las clases al aire libre
del profesor Rousseau eran prácticamente imposibles de realizarse y todas ellas se
desarrollaban dentro del aula. Comenzaban los días de lluvias e incuso para Harry
era complicado jugar al Quidditch. En años nunca habían atravesado días tan
lluviosos, con gruesas gotas que empapaban con sólo caminar bajo ellas medio
minuto. El camino a los invernaderos era un pantano e incluso era imposible tomar
la clase de Cuidado de Criaturas Mágicas.

Sin embargo, no era más que eso. Lluvia. Lluvia que no arruinaba el humor de un
profesor bastante peculiar y de un alumno conocido como el Niño-qué-vivió-para-
convertir-la-vida-de-sus-amigos-en-un-Infierno.

Harry resopló por última vez frente a su redacción de Encantamientos.


—¡Harry! —regañó Hermione, cuando Harry enterró la cara entre los brazos
gimiendo en voz baja—. ¿Te encuentras bien?

La voz de Harry era suplicante.

—Quiero ver a Cylean —gimió. Hermione rió.

—Eso lo sabía, claro, pero, ¿por qué no vas?

—Tiene problemas. Está con detenciones —chasqueó la lengua y quitó del interior
de su túnica la carta que Sirius le había escrito. En ella, en pocas palabras, su
padrino había reafirmado lo horrible que era estar encerrado, pero que estaba bien,
y que se aburría a montones, peor que estaba bien, y que Buckbeack estaba
realmente hermoso aunque no parecía muy predispuesto a pasar tiempo encerrado
al igual que él, pero que estaba bien, y que amaba/odiaba ver a Lunático con Tonks
(pero que estaba bien). Harry suspiró y se frotó la frente, más específicamente la
cicatriz, allí donde alguna vez había sentido dolor por el hombre que ahora le
quería.

—Entonces ve a supervisarlas con él —sugirió Neville tomando asiento junto a


Harry—. Supongo que no le importará, ¿no?

—Está con unos Slytherins de séptimo. No es algo con lo que tenga mucho interés
—Harry hizo una mueca. Neville rió.

—Lo compadezco.

Hermione puso los ojos en blanco y siguió con su redacción. Terminó de dar sus
últimos detalles al pergamino de longitud incomparable antes de pasar al siguiente.
Harry suspiró y se estiró en el sillón, las palabras de Sirius resonando en su mente.
Sirius quería ser libre, y Harry no tenía idea de cómo ayudarlo. Podría ir a declarar
bajo Veritaserum, pero no habrían pruebas y…

Oh, Jesús. Y Merlín. Por supuesto que Harry tenía pruebas. O mejor dicho, ¡Tom las
tenía! Una extraña sonrisa comenzó a dibujarse en su rostro al comprender el
hecho. Podría liberar a Sirius. Dejarlo correr a todo potencial en las calles, ser libre
de verdad… y además, Tom había asegurado su bienestar. Podría ser. Podría…

—¿Harry? —Neville se inclinó hacia su amigo—. Por algún motivo, no acaba de


gustarme tu sonrisa. Pareciera que acabas de planear algo maquiavélico.

Hermione observó a Harry detenidamente y asintió.

—Harry, sea lo que sea que estés pensando, no funcionará.

Harry frunció el ceño.

—Hermione, creo saber cuándo mis ideas funcionarán o no. Y últimamente no la he


cagado en nada.

Neville rodó los ojos por el lenguaje vulgar de Harry.

—Hermione tiene razón —la chica asintió y Neville continuó—. Esa sonrisa auguraba
planes increíblemente malévolos. Y por lo menos, merecemos saber de qué se
tratan.
Harry se mordió el interior de la mejilla.

—No, no es nada —se encogió de hombros—, era sólo una estupidez. Seguid con lo
vuestro. Yo… voy a dar una vuelta.

—Harry James Potter —Hermione comenzó con voz severa, y Harry se escabulló
con pasos rápidos, saludando con la mano.

—¡Hermione Jean Granger! —replicó él, mientras se iba—. Nos veremos a la hora
de la cena.

Hermione trabó las mandíbulas, pero suspiró y comenzó a recoger los pergaminos
de su amigo mientras éste desaparecía por el hueco del retrato, saludando a su
paso a sus compañeros —mayores y menores— quienes le tenían cierto afecto;
después de todo, habían ganado el partido de Quidditch contra Ravenclaw de la
quincena anterior y contra Hufflepuff de hace solo unos días, todo por sus sesiones
de entrenamiento, sus consejos y demás.

Harry fue hacia la oficina de Cylean y tocó la puerta. Cylean tenía los ojos
entrecerrados y expresión casi furiosa mientras Harry le contemplaba con
maravilla.

—¿Qué sucede? No tengo tiempo para ayudarle, Potter —Cylean chasqueó la


lengua. Harry observó al interior de la oficina: Adrian Pucey y otro tío más estaban
sentados en el escritorio, cabizbajos, con las manos sobre las rodillas. Ninguno alzó
la mirada cuando Cylean mencionó el apellido de Harry.

—Tengo que hablar contigo —cuchicheó Harry—. En privado.

—Ahora estoy ocupado —Cylean hizo una mueca—. Créeme, la pasaría mejor
contigo, pero tengo castigo hasta las siete y luego está la cena…

—Espero —después de todo, eran las siete menos cuarto. Cylean suspiró y le dejó
pasar. Conjuró una silla a un lado de la suya y le alcanzó un libro. Harry comenzó a
leer con desgana —hablaba sobre grandes brujos que hicieron grandes cosas
estúpidas; entre ellos estaba Grindelwald y, otra vez mencionado, Herpo el Loco—
hasta que dieron las siete y los alumnos se marcharon. Harry apenas prestaba
atención a lo que estaban haciendo: podrían estar escribiendo líneas o siendo
torturados bajo un Crucio, tan ensimismado que estaba con su lectura.

Tom le arrancó el libro de las manos y Harry casi le mira ceñudo antes de recordar
por qué estaba allí. El hombre comenzó con los encantamientos de privacidad y
Harry esperó pacientemente a que terminara.

—¿Y bien?

Harry tomó aire, una profunda bocanada de aire.

—Necesito que se haga de dominio público que Colagusano está vivo. Y que él
traicionó a mis padres. Y que él es el Mortífago.

La ceja oscura de Tom se disparó hacia arriba; el brujo lo miraba, incrédulo.

—¿Y eso para…?


—Darle la libertad a Sirius, por su puesto.

Tom sonrió levemente.

—Lo siento, pero no puedo hacer algo como eso.

La expresión de Harry se descompuso.

—¿Por qué no?

—Colagusano, aunque ciertamente inservible, es un mago bastante mediocre con


una habilidad notable para salirse con la suya, trátese del tema que se trate. Sabe
muchos de mis secretos. Sabe que estoy dando clases en Hogwarts. Sabe que no
soy el real Cylean Rousseau y dónde está éste. Colagusano me es útil, y dudo
mucho que deje de serlo.

Harry apretó los labios en una fina línea. En su mente, Tom sonreía, le decía que
Colagusano era un inútil y que estaba buscando formas de librarse de él sin
perjudicarse. Entonces le haría algún encantamiento de memoria al animago y lo
enviaría directo al Ministerio.

Tom sonrió levemente.

—No era lo que esperabas, ¿no es así?

Harry no respondió. Tom soltó un suspiro que sonó cargado de amargura.

—Créeme, Harry. Si hubiera otra forma de liberar a Sirius que no me pusiera en un


compromiso… sé lo que él significa para ti. No te privaré de otro padre —hizo una
mueca—. Veré otra forma de ayudarle, ¿vale?

—Colagusano puede ir a declarar y luego escaparse de Azkabán como rata —ofreció


Harry—. Podría…

—Hay grilletes que prohíben la animagia, Harry —le informó Tom—. Además, eso
me comprometería. Podríamos cambiar la memoria de Colagusano, sí, pero, ¿nos
arriesgaríamos que revisaran si su memoria fue modificada?

Harry se dejó caer contra el espaldar de su silla. Todo había parecido tan,
tan, tan fácil en su cabeza.

—Podríamos…

—Harry, no es una buena idea —le dijo Tom, intentando de que su voz sonara
suave. Harry percibió el intento, y lo agradeció en silencio—. Buscaré una forma de
liberar a Sirius, pero mientras tanto…

—Entiendo —Harry cerró los ojos y sintió el calor del pecho de Tom contra su
frente, sus brazos rodeándolo. Tom era alguien que se comportaba bastante
afectuoso para ser un Señor Tenebroso, aunque aún no supiera como formular las
palabras—. Yo… tan sólo quiero que Sirius sea libre. Quiero poder salir con él en el
verano, poder ir a comprar junto a él, poder… no sé, ¡lo que sea! ¡Jugar al
Quidditch! ¡Con Sirius!
(Tom apretó ligeramente los dientes. En algún rincón dentro de él, algo se removía
con una profundidad perturbada y emocional que no le pertenecía. Harry estaba
proyectando sus emociones a través del enlace, una emoción muy fuerte y que él
conocía muy bien: frustración, impotencia).

Harry sintió como los dedos de Tom acariciaban su cabello, intentando relajarlo, y
accedió a aquellas caricias. Abrió los ojos para buscar los de Tom por sobre él, y el
hombre le sonrió levemente.

—Encontraré una forma, Harry. Ya verás.

—Gracias —Harry también sonrió y se levantó de su asiento para rodear el cuello


de Tom con los brazos y dar un beso de afecto en sus labios. Un beso que se
transformó en algo juguetón, abandonando todo dolor que pudiera haber sentido.

—Milord.

Voldemort observó con fiereza al Mortífago frente a él. Era un hombre menudo y
casi calvo, de ojos pequeños y piel curtida por el sol. Sin embargo, a pesar del mal
efecto visual, era un brujo bastante bueno.

—Levántate, Howard Phils.

El hombre se levantó y Voldemort le miró con los ojos rojos entrecerrados. Phils
aún no le miraba a los ojos, así que no se estremeció en lo absoluto.

—Me has fallado —le dijo el Señor Tenebroso, y Phils tuvo la decencia de no
parecer impresionado—. La tercera vez que un Mortífago me falla, debe pagar las
consecuencias.

La primera vez era una advertencia. La segunda una amenaza. La tercera un


castigo. Era la regla para los nuevos iniciados, para que comprendieran. Voldemort
estaba decepcionado de que, de todos los nuevos iniciados, solo una aún no le
había fallado. Una Mortífaga que era una completa sorpresa para todos, pero que
cumplía mejor que algunos Mortífagos que habían servido para él durante años.

Phils cerró los ojos con fuerza, esperando el Crucio de su Señor. Su Señor
solamente sonrió.

—Phils, Phils, Phils —chasqueó ligeramente la lengua, sonando decepcionado—. Tu


falla ha sido grande. Una falta de respeto. Has sido destituido de tu cargo en el
Ministerio, y tus conexiones reales han sido descubiertas. Has tenido que matar a
quienes no debías, y has tenido que encargarte de quienes, aún, no debían morir —
Phils se atrevió a contemplar a Voldemort con los ojos cargados de terror—. Por
aquel motivo, creo que el mejor plan que tenemos es entregarte a la misma
justicia. Tú no sólo me has defraudado a mí, sino a todo el Departamento de
Aurores. ¿Qué crees que harían ellos si lo supieran todo? Está a nada de
descubrirse, Phils. Este será tu castigo.

Phils parpadeó, confundido, y se atrevió a hablar con una voz siseante y cargada de
terror.
—Pero milord, no comprendo a lo que usted se refiere. ¿Me entregará a los
Aurores? ¿Se arriesgará a que…?

—Yo —remarcó Voldemort, con voz fría— no me arriesgaré a nada. Tú recibirás tu


castigo.

Phils apretó ligeramente los dientes y observó como Voldemort sacaba de su túnica
una pequeña botella. Le quitó la tapa y un amargo hedor se filtró por el ambiente.
Phils arrugó el rostro, sin siquiera poder impedirlo, pero Voldemort no pareció para
nada afectado por aquel fétido aroma.

—Abre la boca, Phils. Me serás más útil muerto que vivo.

La tercera semana de diciembre y última semana de clases antes de las vacaciones


de navidad Harry observó cómo las lechuzas traían la correspondencia. Le había
escrito a Sirius dos noches atrás, el viernes, y no esperaba una respuesta tan
pronto, pero observó atónito como Hedwig volaba y aterrizaba con una nota y un
periódico. Era El Profeta y leyó la nota antes de que el periódico.

"Me debes un pequeñísimo favor.

Destruye la nota, mon amour".

Harry incendió la nota y abrió el periódico. El titular principal decía, en letras


grandes y remarcadas:

"SIRIUS BLACK INOCENTE".

Por Rita Skeeter.

Los ojos de Harry casi se caen de su rostro. Comenzó a leer, con temblores de
emoción en los dedos, los labios entreabiertos, olvidando completamente su
desayuno.

"Se ha mantenido en el más absoluto secreto que, hace unos días, un Mortífago
irrumpió en el Ministerio. Sin embargo, esta periodista os los cuenta. ¿Cómo lo ha
hecho? En el Departamento de Aurores, encargados del aprisionamiento del
Mortífago en cuestión, se ha dicho que tenía contactos sobre cómo adentrarse. El
problema dicta en la identidad del Mortífago: no es nada más ni nada menos que
Peter Pettigrew, quien supuestamente fue asesinado hace quince años por Sirius
Black.

El Mortífago, inmovilizado, fue llevado a declarar en un juicio bajo el uso de


Veritaserum. Grande fue la sorpresa de todos los oyentes del Wizengamot cuando
llegó a sus oídos que había sido Pettigrew, no Black, quien traicionó a los Potter, y
que había sido el mismo Pettigrew quien cortó su propio dedo luego de hacer
estallar una calle matando a doce muggles en el proceso. Bajo propia palabra de
Pettigrew: 'Sirius Black es inocente'.

Esta noble periodista ofrece sus disculpas a Sirius Black, quien en nombre de la Ley
es llamado a declarar su propia versión de los hechos en un juicio que no tuvo hace
quince años. Sin embargo, las pruebas son lo suficientemente fuertes como para
encontrarse con que todos nos hemos equivocado alguna vez.
Próximamente haré una entrevista Cornelius Fudge con respecto al juicio del señor
Black, en forma de esclarecer los hechos sobre los que él no tuvo culpa alguna…"

Harry dejó de leer, con los ojos llorosos y una sonrisa estúpida en el rostro.
Hermione, que había leídopor sobre su hombro, lo abrazó con fuerza.

—Oh, Harry; oh, Harry —ella estaba casi tan emocionada como él. Harry se limpió
los ojos con el borde de la túnica, sintiendo como su cuerpo se relajaba por
completo. Tom lo había hecho. De alguna manera se había arriesgado para que
Colagusano fuera al Ministerio, aun cuando había dicho que no lo haría, y…

Su mirada vagó a la mesa de los profesores. Tom no estaba allí. Frunció


ligeramente el ceño y se levantó de la mesa.

—Lo sé, Hermione. Debo… debo… —intercaló la mirada entre la mesa de los
profesores y su amiga, que suspiró y asintió.

—Lo sé yo también, Harry. Ve. Luego celebraremos —le susurró, y él echó a correr
por todo el Gran Comedor rumbo a las puertas y se desapareció hasta las
escaleras, dispuesto a encontrar a Cylean donde fuera que estuviese.

Lejos de la vista de todos sacó el Mapa del Merodeador. Buscó "Tom Riddle" con
ojos feroces y lo encontró en el séptimo piso. Entonces, Tom Riddle desapareció y
Harry supo dónde buscar.

Corrió escaleras arriba y pensó, frente al muro, "necesito encontrar a Tom, necesito
encontrar a Tom, necesito encontrar a Tom" y la puerta apareció. Harry se
introdujo en una sala decorada de tonos verdes y negros, muy cómoda y amplia, en
la cual estaba Tom, sentado, con una sonrisilla satisfecha mientras leía El Profeta.

Harry cerró la puerta detrás de él y corrió hacia Tom.

—¡Tom! —casi gritó, feliz—. ¡Lo hiciste! ¿Cómo…?

—Fue absurdamente fácil —comenzó Tom, con una sonrisa que se ampliaba a
medida que pasaban los segundos—. No es Colagusano quien está encerrado
ahora, es otro Mortífago que ha sido desmemorizado y obligado a beber la poción
que a mí me ha convertido en Cylean Rousseau. Luego su memoria también ha sido
modificada y ha sido probado el Veritaserum en él varias veces antes de dejarlo ir.
Por eso nos hemos demorado tanto.

Harry se lanzó a los brazos de Tom y cubrió su rostro de besos. Tom echó a reír a
carcajadas y expuso más piel para que Harry siguiera besando.

—¿Sabes? —comentó, inesperadamente burlón—. Creo que Sirius tiene razón al


apodarte cachorro. Te comportas como uno.

—¡Calla! —Harry cubrió los labios de Tom con los suyos y Tom respondió al beso
enredando ambas lenguas, consiguiendo escalofríos placenteros por las espaldas de
ambos—. Merlín, cualquiera que diga que tú no tienes corazón merecerá que yo
mismo le haga un Crucio.

Tom volvió a reír. Harry abrazó con fuerza a su pareja, envolviéndole con
demasiada fuerza, tal vez, pero Tom no se quejó.
—Recuerda que me debes algo —musitó Tom, contra sus labios—. Y tengo una idea
aproximada de lo que podría ser, ¿tú no?

Harry no se apartó ni se tensó. No le fulminó con la mirada ni hizo algún tipo de


burla para aligerar el ambiente. En realidad, sólo sonrió, perverso, antes de
comenzar a besar a Tom. Y Tom sintió, diablos, otro sabor completamente diferente
en esos besos.

No había muchas personas que Harry amara realmente en ese mundo. Una de esas
escasas personas era Sirius Black. Y cualquiera que hiciera algo bueno por las
personas que Harry Potter amaba, tenía de inmediato el favor y el agradecimiento
de Harry Potter. Sólo que Tom no tenía ni idea de que el agradecimiento de Harry
Potter hacia él fuera tan profundo.

Tom apartó a Harry mientras pudo. Sabía que si seguía, había una parte de su
anatomía que no podría controlar, y que si Harry aún recelaba lo dejaría
enloquecido.

—No debes hacerlo —le murmuró. Harry negó.

—Quiero hacerlo —remarcó Harry—. Déjame intentar. Déjame…

Tom no se contuvo. Volvió a besar a Harry quien estaba sentado a horcajadas


sobre él. Se besaban con hambre, con necesidad, como quien lo hace por última
vez. Tom sentía la duda de Harry en sus labios, por lo que cuando los labios del
hombre llegaron al cuello de Harry, bebiendo de su piel como si fuera el manjar
más delicioso, Harry se detuvo, jadeante.

Tom estaba a punto de hacer un comentario mordaz al respecto y además, estaba


seguro de que no pasaría de allí. Harry llevaba tanto dolor encima que era difícil
arrancarlo en un instante, y menos de raíz.

Pero Harry negó con la cabeza y le apartó el rostro de su cuello, donde una marca
rojiza se comenzaba a lucir.

—No, no —le detuvo—. Eres tú de quien debo encargarme ahora.

Tom sintió un estremecimiento cuando las manos de Harry fueron hasta su


entrepierna, sin dudarlo ni un instante. Los dedos rápidos y hábiles de Harry se
deshicieron de su botón y su cremallera para atraparle con unas manos demasiado
húmedas, demasiado calientes.

Tom Riddle, Voldemort, el Señor Tenebroso y todas sus malditas subpersonalidades


se deshicieron como miel al sol en cuanto Harry le hubo envuelto con una mano
para nada inexperta.

(En aquel momento pasaron mil cosas por la cabeza del Señor Tenebroso, Tom
Riddle, como hasta qué punto Harry había llegado con Cedric Diggory, y si era
jodidamente real lo que estaba sucediendo, o incluso si Harry maldito Potter le
estaba jugando sucio; sin embargo se relajó y dejó que un jadeo grueso
abandonara su garganta, la cual parecía como si se encontrara a cuarenta grados
de calor bajo un ardiente sol. Todo su cuerpo parecía así de caliente. Todo él.
Todo.)
Pero si Harry le había sorprendido con su iniciativa, cuando se dejó caer hasta sus
rodillas y le atrapó con la caliente y húmeda lengua fue el fin de la cordura de Tom
Riddle, porque Harry Potter era jodidamente bueno en eso. Y aunque al principio
pareció dudar, lamiéndole como una paleta y sin buscar sus ojos en ningún
momento (ojos que, de todas formas, estaban sin mirar y mirando al mismo
tiempo, sin creer y creyéndolo al mismo tiempo) la excitación llegaba a niveles
insospechados, porque la confianza le embargó casi como arrogancia,
introduciéndole en su boca y succionando, con mucho cuidado de los dientes, con
mucho cuidado de no herirle, pero con la boca de quien se ha sentido orgulloso de
poder usarla de esta manera.

Harry Potter no era inocente. No era nada inocente. No era la pura y dulce flor
mancillada. Era un bastardo deseoso cuya pubertad le envolvió en una relación de
poder y deseo, experimentación y competición, que acabó mal. Que había sido
herido de la peor forma, arruinándole las probabilidades de sentir real deseo hasta
que éste despertó con un nombre y apellido, enterrado en su carne. Tom Marvolo
Riddle le permitió volver a sentirse de esa forma, con la sangre corriéndole como
miel, el cuerpo acalorado a un nivel que ni el mejor baño frío podría refrescarlo.
Sólo el calor y la humedad, y el roce podrían menguarlo.

Tom Riddle se dio cuenta de ello de forma tal que, cuando acabó —mencionando
entre dientes "Maldito seas Harry Potter", estaba mirando al bastardo de ojos
verdes frente a él con otro tipo de mirada. Había sido el mejor trabajo oral que le
habían hecho en la vida entera, y no porque estuviera enamorado de Harry Potter
lo decía…

(Hasta ese momento Tom Riddle no había pensado en estar enamorado de Harry
Potter, lo que significaba un progreso mayor aún y otra catarsis mental).

—Eres un bastardo —gruñó Tom, lanzando varios hechizos de limpieza sobre


ambos. Harry rió, libre, completamente libre. Sus túnicas escolares no volverían a
ser las mismas—. Si yo hubiera sabido que tú…

—No soy una dulce e inocente flor, Tom —le recordó Harry, abrochándose sus
pantalones. En medio del proceso Tom jamás se había percatado de la rapidez y de
la mano desaparecida de Harry debajo de sus propias túnicas. Lanzó un hechizo de
limpieza allí también, y Harry compuso una expresión de alivio—. Gracias.

—Gracias debería decir yo —Tom estaba intentando recuperar el aliento. Harry


estaba también agitado, con la respiración errática y el rostro perlado de sudor;
Tom lucía más digno, aunque tal vez sólo era porque físicamente lucía más digno—.
Eso fue… no sabía que tú…

—Hasta te he dejado sin palabras —se burló Harry, sentándose con un poco de
brusquedad en el regazo de Tom—. Mira qué bueno que soy.

Tom le dio un golpe en la cabeza.

—No presumas.

—Cedric me enseñó todo lo que sé —comentó Harry—. A menos que quieras


destituirlo y enseñarme tú cosas que yo jamás habré imaginado.

—Estoy seguro que lo haré —prometió Tom. Harry rió y relajó el rostro contra el
cuello de su pareja.
Sirius era libre. O por lo menos, lo sería dentro de poco. Y él acababa de superarse
a sí mismo. Su sonrisa, fatigada pero al mismo tiempo feliz, era lo que consiguió
hacer que Tom, al verla, también sonriera. Eran sonrisas casi gemelas la una con la
otra, sonrisas gemelas de quienes acababan de encontrarse; realmente;
finalmente.

21. Grimmauld Place.

—¡Remus!

—¡Cachorro!

—¡Sirius!

—¡Harry!

Harry abrazó a Sirius y Remus abrazó a Harry, envolviéndose los tres en un


complicado entretejido de brazos, piernas y saludos. Tonks rió.

—También es un gusto verte, Harry.

Harry le guiñó un ojo. Sirius tironeó de los cabellos de Harry, llamando su atención.

—¿Has leído eso, Harry? —preguntó Sirius, completamente emocionado,


mostrándole un periódico; la hoja donde decía que Sirius Black era inocente—. ¡Soy
libre!

—Pero no me has ido a recibir al Andén —Harry le miró, curioso, y Sirius resopló.

—Remus no me ha dejado. Ha dicho que podría haber sido una trampa para
capturarme, y hasta que la Orden no se asegure que dicho juicio contra la rata
existió realmente no me dejarán salir.

Completando su expresión consternada, Sirius hizo un puchero exagerado que a


Harry le dieron tremendas ganas de abrazar a su padrino. Lo hizo.

—¿Y por qué no os apuráis? —preguntó rumbo a Tonks y Remus. Tonks pareció no
saber qué responder y fue el turno de Remus de hablar, aunque en voz baja.

—Debemos asegurarnos de que no es una trampa, Harry. Hay muchos queriendo


dañar a Sirius. No queremos que eso suceda, ¿no es así?

Harry suspiró.

—No, no queremos —coincidió—. Ahora, ¿quién de vosotros sería tan amable de


traerme algo caliente? ¡Hace un frío de morirse afuera!

—No lo comprendo, Harry —Tonks se acercó a él, mirándole curiosa—. ¿Arthur te


ha traído hasta la puerta y luego se ha ido?

—Así es —Harry se encogió de hombros—. Dijo que debía encargarse de arreglar


algunas protecciones en La Madriguera. Molly llevó a Ron y Ginny allí.

—¿Y Hermione? —preguntó Remus. Harry hizo una mueca.


—Es un tema delicado. Decidió pasar estas vacaciones con sus padres.

No quería ahondar en el tema; era privacidad de su amiga, no suya. Remus asintió


y Tonks también.

Mientras ellos iban rumbo a la cocina Harry rodeó nuevamente a su padrino con sus
brazos. No estaba tan delgado como había estado, y había un destello de vida en
sus ojos que antes no estaba allí. Harry se sentía feliz por él.

—¿Cómo estás? —le preguntó. Sirius rodó los ojos.

—¡Debo ser yo quién te pregunte eso a ti! —se quejó—. Y, ahora, dime, ¿qué es
eso que tienes en el cuello? ¿Es lo que creo que es o te atacó nuevamente un
escregruto?

Harry apartó la mirada de los ojos de Sirius, sonrojándose ligeramente; una cosa
era comportarse burlón y seductor con Tom, otra cosa muy diferente era su
padrino. Sirius rió a carcajadas.

—Acabo de notar —comentó Harry, evitando por completo el tema—, que el retrato
de tu madre no nos está molestando.

La sonrisa de Sirius fue a animal.

—Oh, me he encargado de ella.

Fue hasta las cortinas y las corrió. Detrás de ellas apareció un cuadro que, antes,
había tenido a una mujer horrible con una boca como letrina. Ahora el retrato
estaba cubierto de arañazos hundidos en la tela y desgarrando por completo lo que
había sido una desagradable imagen. Walburga Black no se veía por ninguna parte.

Harry sonrió ampliamente, y la sonrisa de Sirius era incluso perversa.

—Puso un encantamiento adherente, pero no hizo nada más para evitar que fuera
roto. ¡No sé por qué no se me ocurrió antes!

Harry dejó que su risa fluyera y se mezclara con la de Sirius. En ese momento
Remus y Tonks trajeron unas tazas de té caliente para todos. Harry se los
agradeció de corazón: de verdad estaba helado.

Tomaron asiento e intercambiaron algunos comentarios antes de pasar a hablar de


cosas que Harry no les había contado en las cartas. Cuando Remus le preguntó,
ligeramente incómodo, cómo le estaba yendo con Cylean, Harry fulminó a Sirius
con la mirada.

—¡Anda, Harry, vamos! ¡Debía compartir la alegría de que tienes pareja con
alguien!

Harry siguió taladrando a su padrino con los ojos hasta que este murmuró un bajo
y quedo "Lo siento".

—Mucho mejor —comentó Harry, y siguieron hablando hasta que Sirius dejó caer,
por casualidad, de que Cylean tal vez pasaría con ellos navidad.

—¡Es una broma! —Harry le miró, perplejo—. ¿Por qué no me lo dijo?


—Oh, tal vez no quería aguarte la sorpresa —Sirius se encogió de hombros—. Pero
estuvimos intercambiando algunas cartas. Y él dijo que te tenía algo preparado,
aunque se supone que yo no debía decírtelo. Actúa sorprendido.

Harry rodó los ojos.

Sin embargo, sí iba a sorprenderse.

La víspera de navidad Harry despertó con unos labios subiendo y bajando por su
cuello, un aliento cálido en las clavículas y un dulce beso en su nuez de Adán.

Tom estaba allí y aunque lucía como Cylean era terriblemente caliente. Estaba
sentado sobre su regazo, pero apenas sentía su peso. Y allí, luciendo como Cylean
y a una hora de la madrugada terriblemente temprana, Tom se encargó
de devolverle el favor a Harry con lengua ávida, labios apremiantes y una boca
húmeda.

Cuando Harry acabó —con los dedos enredados en la desordenada cabellera de


Cylean y murmurando incoherencias— ya las primeras luces del alba brillaban y
Harry se sentía terriblemente mareado y terriblemente cansado. El placer había
sido algo esquivo para él durante meses, algo que aprendió a volver a disfrutar en
brazos de Tom. El quererlo para sí era tan natural y necesario, casi como respirar.

—Hoy es día de ir a comprar los regalos —sugirió Tom en su oído, con una voz
desesperadamente sensual—. Aunque yo te he dado el tuyo por adelantado.

—Exijo un regalo igual mañana —espetó Harry, recuperando el aliento. Tom rió,
salpicando su cuello de calor y volviendo mucho más interesante la mañana. Pero
Tom se apartó de él y se estiró como un gato.

El día se volvió muy interesante.

Fueron al Callejón Diagón a comprar regalos para todos. Cylean se mostraba atento
y considerado, mientras que Harry sabía que Tom moría por empalarlo contra una
pared. Harry sabía que todo su nerviosismo y su temor había quedado atrás; tal
vez no del todo, claro, siempre existiría el temor, el rechazo, el odio a sí mismo, y
todo ello se iba borrando con los besos que Tom le iba dejando cada vez que creían
que nadie les miraba.

Pero eran Harry Potter y Cylean Rousseau (seguidos de cerca por Remus Lupin y
Nymphadora Tonks) y, claro, todos les miraban la mayor parte del tiempo.

Harry compró hasta que tuvo que volver a sacar dinero de Gringotts. Compró libros
para él y Hermione, libros para Cylean-Tom, libros para Draco (pensaba hacerle
algún obsequio, como para comenzar su amistad con un buen paso), libros para
Remus, un collar encantado anti-torpeza para Tonks, túnicas nuevas para Sirius
junto con obsequios de perro, el nuevo álbum de Las Brujas de Macbeth para
Ginny, dulces casi ilimitados para Ron, una Lisaria que debía ser entregada en
Hogwarts para Neville, unos pendientes de sistemas solares para Luna… compró
como nunca antes había comprado. Incluso compró algunas cosas para Cho Chang
y Angelina Johnson, a las cuales agregó una nota y envió vía lechuza en ese mismo
instante.
Cylean se perdió por los callejones unos largos minutos hasta que los encontró de
nuevo, con más y más bolsas de regalos para todos.

No eran los únicos que hacían las compras de navidad a último minuto. Tonks tuvo
que saludar a varios brujos y brujas que la conocían. Cuando finalmente llegaron a
Grimmauld Place —cargados de bolsas— Molly Weasley ya estaba allí haciendo la
cena de navidad.

—¡Remus!¡Tonks! —se detuvo un instante al verlo y jadeó, emocionada—. ¡Harry!

Harry dejó sus bolsas y Sirius, en forma de perro, llegó corriendo para lamerle la
cara de arriba abajo y olfatear en sus compras.

—¡Sirius! —regañaron Molly y Harry a la vez. El animago se apartó, agachando la


cabeza, con la cola entre las piernas. Harry le acarició detrás de la cabeza.

—Tranquilo, Sirius. Ya podremos salir a jugar. Lo prometo.

—En realidad, Harry —Harry se sobresaltó. Kingsley Shackelbot estaba allí, solemne
como siempre—, Sirius podría salir en cualquier momento. Simplemente hemos
considerado que hasta el día veintiséis no se presente al ojo público.

Harry alzó una ceja.

—¿Qué sucederá el día veintiséis?

—El juicio de Sirius Black —dijo Kingsley—. Allí será interrogado y le darán
Veritaserum. Cuando confiese que no hizo nada de lo que creen que hizo,
simplemente lo declararán libre.

—Y, probablemente —Sirius sonreía— me darán una gran suma en metálico, por
compensación de estar años en Azkabán que no me correspondían. Aunque nunca
había sucedido, es lo que dice Fudge en el último artículo de Skeeter.

—Me alegro por ti, Sirius —dijo Cylean, quitándose la bufanda azul del cuello y
atrapando a Harry con ella, acercándolo a él—. Ahora, ¿crees que tu ahijado y yo
podremos tener unas palabras a solas?

—Me sorprende el cambio —dijo Tonks, cuando ambos se desaparecieron por las
escaleras—. Cylean pasó a ser una persona totalmente diferente. ¿No lo veis? Tiene
más… brillo, diría.

—Es más feliz —corroboró Remus. Ambos enamorados se miraron y sonrieron.


Sirius rodó los ojos y bufó.

—¿Sabéis lo que haré? —declaró Sirius—. Tan pronto salga libre de esta pocilga,
¡me conseguiré una novia que me mime!

Remus se carcajeó. Tonks rió en voz baja.

Tan pronto estuvieron en la habitación que Cylean ocuparía el hombre comenzó con
sus encantamientos de privacidad y seguridad. Harry le miró con paciencia. Fuera
del colegio, aún, no podía hacer magia.
—¿Qué sucede, Tom? —preguntó, aún en voz baja. Tom, adoptando la forma de él
mismo, le sonrió.

—He estado pensando en tu plan. Y tiene una pequeñísima falla.

Harry cazó al vuelo a qué se refería Tom.

—¿Cuál?

—No puedes hacer magia fuera del colegio, por lo que tu presentación ante mis
Mortífagos es, por ahora, limitada. Fuera de ello, lo he considerado y te he
conseguido algo que te gustará.

Le alcanzó una caja de regalo a Harry. Harry la abrió sin dudarlo ni un segundo y
tocó, maravillado, la máscara que había allí. Era ovalada y completamente blanca,
esculpiendo un rostro de facciones cinceladas y realistas, con los ojos
completamente negros y los labios con una mueca de malicia permanente. Estaba
hecha de algún tipo de material duro e inflexible, y cuando Harry se la probó y
corrió a espejo que Tom acababa de conjurar, lucía aterradora.

Si no fuera por el maldito cabello.

—Creo que puedo encargarme de tu cabello —Tom caminó hasta el espejo también,
detrás suyo. Harry le vio, y se dio cuenta de que los ojos negros no se movían.
Estaban fijos hacia el frente, y por más que mirase a cualquier sitio no se movían.
El rostro tampoco cambiaba. Era divinamente tétrica.

Harry se quitó la máscara y observó a Tom con curiosidad.

—¿Y cómo me llamaré?

—¿Qué? ¿Acaso debo ser yo quien cree tu nueva identidad? —bufó Tom. Harry rió.

—Sí, obviamente. Eres tan bueno creando nombres.

Tom rodó los ojos.

—No te sale hacerte el gracioso, mi Érebo.

—¿Érebo? —Harry enarcó una ceja. El nombre no era desagradable, y mencionarlo


le daba un gusto extraño en la lengua. Tom le explicó.

—Érebos, en la mitología griega, era el dios de la de la oscuridad. Era la noche y la


sombra detrás de una persona, el eclipse de luna y de sol, el susurro de los pájaros
carroñeros, el padre de Caronte, el dueño de un poder que involucraba las sombras
y el dolor ajeno. Se beneficiaba de la magia oscura porque él era la magia oscura.

—No soy oscuro —le reprochó Harry—, pero molará que todos crean que sí.

—Así que, mi Érebo, ¿listo para verte cara a cara con mis Mortífagos?

—¿Qué? —Harry alzó ambas cejas—. ¿Ahora?


—No —Tom sonrió de lado—. El día veintiséis. El mismo día que a Sirius le están
enjuiciando.

—¡Debo estar con Sirius! —protestó Harry. Tom negó.

—No. Alegaremos que estabas demasiado extasiado y te saqué del Ministerio. De


allí iremos a la Mansión Malfoy, y no me mires así Harry allí se hacen todas las
reuniones, y te presentaré. Érebo, mi aliado. Érebo, mi segunda voz.
Érebo, mi Érebo. Mío.

Harry, interiormente, sintió una calidez que no supo expresar. Exteriormente


frunció el ceño.

—Debo estar con Sirius.

La mirada gélida que Tom le dirigió acalló todas sus protestas.

—Debes y tienes que estar conmigo.

Harry suspiró. Aquel tono no tenía réplica.

La cena de navidad fue maravillosa. Pavo relleno y pollo asado, jamón al horno,
pilas y pilas de patatas fritas, ensaladas de las más variadas. Para acompañar a
todos allí estaban Andrómeda y Ted Tonks, y lejos de ellos junto a Remus,
Nymphadora. En medio de todo estaba Mundungus Fletcher, los gemelos Weasley
fastidiando a Ron, Ginny hablando con Tonks madre e hija al mismo tiempo, y
claro, Sirius junto a Harry y Cylean.

Comieron hasta hartarse y fueron a dormir luego de la noche larga.

De madrugada Tom se introdujo en la habitación de Harry y en su cama. No le


provocó, sólo lo envolvió con sus brazos. Harry se acurrucó allí, oyendo los rápidos
latidos del corazón del hombre, y la noche pasó como un suspiro.

Harry despertó solo, pero tarde. Supo que era tarde en cuanto abrió los ojos y
sintió sabor amargo en el paladar. Se encargó primero de sus dientes y luego fue a
la sala para darse cuenta de que sólo estaban allí Remus y Sirius, hablando entre
dientes, en voz muy baja. Ambos lucían preocupados, y Sirius tenía una expresión
de clara duda en el rostro.

—Yo no creo que él… —decía Remus, pero Sirius vio a Harry y su expresión cambió.
Sonrió ampliamente y Remus también lo hizo, luego de unos segundos.

—¡Cachorro! —Harry fue a abrazar a Sirius, sintiéndose curioso de lo que habían


estado hablando—. Feliz navidad. ¿Cómo estás? ¿Ya quieres abrir los regalos?

—Me gustaría desayunar antes —pidió Harry. Sabía que a Sirius le emocionaban los
regalos, y hacerlo esperar era gratificante.

Sirius hizo un puchero, pero no protestó mientras iban camino a la cocina. Remus
se encargó de preparar un desayuno decente —a pesar de que Harry hubiera
estado satisfecho de todas formas si hubieran desayunado las sobras de la noche
anterior, en especial el jamón glaseado que había estado delicioso— y luego de
desayunar fueron hacia el árbol decorado, bajo el cual se encontraban pilas y pilas
de regalos.

—¡Buenos días! —saludó Cylean, adentrándose en la cocina con una bata azul
brillante—. ¡Regalos!

—Desayuna primero —regañó Harry. Cylean le fulminó con la mirada y fue hasta la
pila de regalos en busca de alguno que dijera "Cylean Rousseau". Había varios.
Cylean cazó uno de la pila, envuelto en papel claro y brillante.

—¡Es de la señorita Granger! —chilló, y lo abrió, encontrándose con un libro y una


pequeña carta. Harry rodó los ojos mientras le daba a Sirius los juguetes para perro
que había comprado para él (Sirius se transformó en Canuto para mordisquear un
juguete de goma con forma de hueso que hacía un chillido extraño y que, luego de
unas mordidas, huyó rodando de la boca del animago) y buscó sus propios regalos.

Hermione le había dado dos libros de magia de la mente. Tanto de Legeremancia


como de Oclumancia. Fue abriendo todos los regalos ciertamente emocionado y sus
dedos resbalaron sobre un regalo envuelto en papel rojo brillante, que tenía una
tarjeta simple que decía "Harry: lo lamento tanto" con una letra que Harry se
demoró en reconocer. Cuando finalmente la reconoció, jadeó.

Harry tembló. Sus dedos temblaron. Rompió el papel encontrándose con un álbum
de fotos. Pasó las imágenes una por una, sus ojos llenándose de lágrimas. No tenía
idea de dónde su tía había escondido esas fotografías, o cómo había conseguido
ubicarlo, o cómo demonios había llegado todo hasta allí, pero allí estaba un álbum
rosado con letras brillantes que decía "Lily Evans" en la tapa y tenía fotografías de
su madre desde que era una bebe hasta el día de su boda. Eran fotografías
muggles, y en una página se encontraba la huella del pie de su madre cuando ella
era una bebé, junto con un mechón de cabello rojo oscuro.

Sirius se transformó nuevamente en hombre para abrazar a Harry, que lloraba. La


niña de las fotografías no se parecía a él, a excepción de los ojos. La misma forma,
en mismo color, e incluso las mismas pestañas largas y oscuras, haciendo sombra
sobre los pómulos (que en el rostro de su madre eran redondeados, en los suyos
altos).

Había una fotografía de su madre con su padre, Sirius, Remus y Peter y una mujer
que, por el rostro redondeado y los cabellos rubios, sólo podía ser Alice Longbottom
a sus diecisiete años, todos con ropas muggles en el jardín delantero de una bonita
casa con porche y grandes ventanas. Era una de las últimas del álbum, y cuando
Harry llegó a la última —Lily Evans transformándose en Lily Potter— las lágrimas
habían salpicado las hojas.

—Harry —Cylean también se acercó a él, también lo abrazó, también besó su frente
con cuidado—. Harry.

—Mi madre. Ella…

—Lo lamento —se disculpó Cylean. Y Harry sabía que lo decía de verdad. "Me vi
obligado. Yo…" los pensamientos se introdujeron en su mente y Harry negó.

—Ya. Estoy bien —fingió una sonrisa—. Fue una sorpresa. Eso es todo.
Le alcanzó el álbum a Sirius y fingió desinterés, aunque moría por tenerlo junto a
él, abrazarlo contra su pecho.

Siguieron abriendo los regalos y después del regalo de su tía Harry no consiguió
conmoverse con ningún otro. Sin embargo le encantó el libro que Cylean le
obsequió al igual que los chascos de los gemelos.

Navidad pasó. Y, antes de que Harry pudiera darse cuenta, ya era veintiséis por la
madrugada y era el juicio de Sirius a la misma vez que su primera reunión con los
Mortífagos y su primera vez en la piel de Érebo.

22. Los Mortífagos.

—Espero —la voz de Tom sonaba irritante. Todo sonaba irritante— que hayas
planeado algún discurso.

—¿Tus Mortífagos me dejarán vivo para hablar? —preguntó Harry, de mal humor.
Estaban en la habitación de Cylean en Grimmauld Place, pero no lo estarían por
mucho tiempo. Se suponía que ellos quedarían solos allí mientras Remus y Kingsley
llevaban a Sirius al Ministerio, y Sirius le había abrazado con demasiada fuerza
como si temiera no volverlo a ver, y era todo tan jodidamente irritante…

—Mejora un poco el humor, Harry —Tom le revolvió los cabellos,


desordenándoselos aún más.

—Tú lo dices porque no ves tu vida amenazada.

—Creí que te habías acostumbrado a ver tu vida amenazada.

Harry bufó. Tom soltó una carcajada que tenía una nota de histeria.

—Lo harás bien —le prometió—. Confío en ti. Sabes improvisar. Mientras no me
insultes y me vea obligado a mantenerte varios minutos bajo un Crucio… —Harry
hizo una mueca y Tom sonrió—. Aunque, a veces, la idea no es tan mala, no
querría herirte ahora.

Harry chasqueó la lengua y negó con la cabeza. Tom no lo evitó y depositó un beso
en aquellos labios rebeldes. Harry se apartó y le dio un ligero empujón,
resistiéndose a las caricias que Tom le daba. Era demasiado temprano. Demasiado.
Y el día se presentaba a ser horrible.

—¿Cómo arreglarás mi cabello? —preguntó Harry. Tom le sonrió.

—Pensé en ello. Quédate quieto.

Harry sintió la varita de Tom haciéndole algunas letras extrañas sobre la cabeza.
Luego, un ardor incómodo en el casco, y cuando se quiso dar cuenta los rebeldes
cabellos ahora eran lacios y largos, llegándole hasta la barbilla. Suspirando se
colocó la máscara y se contempló en el espejo: no lucía nada mal.

Aunque no había dejado de estar irritado con el mundo.

—Sigo siendo un enano —protestó Harry. Tom volvió a reír con esa nota
discordante.
—Usarás unas de las botas de Cylean. Tenemos casi el mismo pie.

—Tengo suerte de no tener los pies de Ron —resopló Harry, acomodándose el


cabello hasta cubrir parte de la máscara—. Así luce mejor.

Tom le quitó la máscara y le sostuvo del rostro. Harry evitó su mirada, pero Tom
presionó más, obligándole a mirarle.

—Fue tu idea, en primer lugar —dijo el hombre, en voz baja y demasiado grave—.
Yo sólo continúo con unos planes. Érebo es parte del plan. Tú eres parte del plan.
No te arrepientas ahora.

Harry hizo una mueca.

—Lo sé. Es que… no creo estar listo para esto.

—Lucías bastante emocionado el otro día.

Harry soltó una carcajada gélida.

—Créeme, estaba asombrado, no emocionado.

—Asombro, emoción. Da igual. Impresión, incluso. Lo que significa es que no


estabas de tan mal humor como para insultarme mientras despertabas. ¿Qué
sucede?

Harry suspiró.

—Estoy preocupado por Sirius.

—Él es inocente, ¿no? —murmuró Tom. Harry asintió con la cabeza—. Entonces, no
deberás preocuparte por nada. Estará bien. No volverá a Azkabán.

—Además, estoy preocupado por tus Mortífagos.

—¿Y no estás preocupado por mí?

Harry enarcó una ceja.

—¿Debería?

—Me verás como Voldemort. Y puede que veas cosas que no te agradarán. ¿No
temes que te haga daño si te equivocas?

—Sé que no lo harías. Aunque intentaré no fallar.

Tom apenas si sonrió.

—¿Quieres practicar?

—¿Para que te burles de mis intentos por ser intimidante?

Tom le dio un ligero golpe en la cabeza.


—No, para darte algo más de confianza. ¿Qué has planeado?

Harry suspiró. Suspiró otra vez más, más profundamente, antes de ponerse la
máscara de nuevo y subirse una capucha invisible. Se alejó unos pasos y avanzó
hacia Tom con pasos firmes, espalda recta y barbilla alzada. Tom sintió cierto
respeto; no caminaba como solía caminar Harry Potter, con la espalda curva y
pasos vacilantes, caminaba con la seguridad de quien sabe lo que vale y siente
orgullo por sí mismo.

—Mis leales Mortífagos… —comenzó Tom, con una voz extraña para su rostro, una
voz que coincidía aún más con el rostro de serpiente de Voldemort que otra cosa—.
He recorrido el mundo en busca de gente como vosotros para servirme. Y he
encontrado a un brujo que no se ha dejado subyugar. Ante vosotros tenéis el fruto
de un acuerdo que ha derrumbado los límites de la realidad que conocéis. Él es
Érebo. Y aprenderéis a respetarlo.

Ante la risa de Harry y la mirada furiosa de Tom, Harry debió explicarse.

—Suena tan… extraño —le explicó—. ¿Por qué no improvisas algo? Esto suena
demasiado formal. Demasiado ensayado.

Tom le chasqueó la lengua.

—Veré qué hago. ¿Tú también improvisarás?

—Tengo una idea aproximada de las cosas que diré.

Tom asintió.

—Ven, vamos a desayunar algo.

Tom adoptó nuevamente la forma de Cylean a pesar de que estaban solos en


Grimmauld Place y fueron a la cocina. Harry preparó café y huevos mientras Tom,
con reticencia y una mueca en el rostro, movía su varita para que las tazas del
desayuno de quienes ya se habían marchado se lavaran. Harry se burló de él,
rompiendo un poco la tensión del momento, y comieron en silencio.

—Puedes hacer magia en la Mansión Malfoy, ¿sabes?

Harry se atragantó ligeramente.

—¿Por qué me lo dices ahora?

—Por si necesitas utilizar tus propios métodos para que te respeten.

—No pienso cruciar a nadie.

—Lo suponía. Pero si es necesario, puedes…

—No, Tom, no puedo. No debo —Harry bebió un sorbo de café que le calentó el


estómago estrujado en un nudo—. Créeme, no puedo. He leído sobre la
maldición Cruciatus. Debes sentir verdadero odio, verdadera necesidad de hacer
daño para utilizarla. Yo… no puedo. Lo siento —se disculpó, mordiéndose el labio.
Tom suspiró.
—Hay otra maldición que puedes utilizar. Actúa como un Crucio, pero no lleva a la
locura ni causa daños permanentes. Es más fácil recuperarse de ella que de
la Cruciatus.

Harry le miró con interés. Tom continuó.

—Se llama Cruxe. Se conjura con ese mismo nombre. No debes sentir odio, pero sí
debes tener claras las ideas para hacer daño a alguien. No es muy avanzado… y
tampoco es muy oscuro.

—No me preocupa hacer magia oscura, y lo sabes —Harry se encogió de hombros


—. Creo que podré hacer esa, si es realmente necesario.

—¿Quieres practicar? —preguntó Tom, serio. Harry le miró con sorpresa.

—¿Te está ofreciendo?

—No, estúpido. Estoy ofreciendo conjurar una rata para que practiques.

Harry sintió que una sonrisa suave se dibujaba en su rostro.

—Pero, estamos en Grimmauld Place y…

—No creo que suceda nada. No estamos en un sector muggle. El Ministerio ni


siquiera sabe que este lugar existe, no hay restricciones aquí.

Harry resopló, apartándose un mechón de cabello del rostro.

—Me lo hubieras dicho antes.

Tom puso los ojos en blanco.

—Se supone que no lo sé —sacó su varita y pronunció un Accio rata. Una rata
pequeña y marrón voló a sus manos, y Tom la sujetó de la cola. Ésta se retorció,
soltando chillidos e intentando morder los dedos que la aprisionaban.

Harry sacó su varita, también, y apuntó con ella a la rata. Se concentró. Necesitaba
aprender el hechizo. Necesitaba…

Fue como una corriente eléctrica y lo dijo:

—Cruxe.

La rata comenzó a chillar y retorcerse con más fuerza. Harry detuvo la maldición,
sorprendido. La rata quedó en silencio, respirando agitada, colgando de la cola,
balaceándose en el aire.

—Muy bien —felicitó Tom—. Intenta otra vez.

Harry contuvo las náuseas.

—Cruxe.
La rata siguió chillando y la electricidad corría por los dedos de Harry. Era una
electricidad diferente, su propio corazón estaba acelerado y golpeaba contra el
pecho con una fuerza feroz. Detuvo nuevamente la maldición, sintiendo que iba a
devolver todo el desayuno en el suelo de la cocina, y se echó atrás en la silla,
verde.

Tom soltó la rata y fue hacia él. La rata quedó en el suelo, quieta durante largos
segundos, hasta que pareció recuperarse y atontada comenzó a correr a su
guarida.

—¿Harry? ¿Estás…?

—No creo poder hacerlo, Tom —siseó Harry, descompuesto. Tom le acunó en los
brazos como si fuera un niño pequeño.

—Tranquilo. No lo harás, bien. Si quieres, puedes quedarte aquí. Te he forzado


demasiado. No debí…

—Tranquilo, bastardo —gruñó Harry, apartándolo—. Dije que no creía


poder torturar a alguien. No dije que no quisiera ver la cara de estupefacción de tus
Mortífagos cuando aparezcas junto a un brujo desconocido que no maldice a nadie.

Tom bufó y besó la cicatriz de Harry.

—Maldito malcriado.

—Es tu culpa —chasqueó la lengua Harry, acomodándose en el pecho de quien


había sido su enemigo. Tom asintió con la cabeza, sin decir nada, disculpándose en
silencio por la situación en la que involucraba a su Harry.

La Mansión Malfoy nunca había sido el lugar favorito de Voldemort. Era un buen
lugar, simplemente, pero no era ni por asomo el lugar que preferiría para hacer de
hogar como se había obligado antes de descubrir la Mansión Slytherin, en los
pantanos, y trasladarse allí.

Ahora, con los gustos adquiridos de Cylean Rousseau, el lugar le parecía


pretencioso y ostentoso. Harry, a su lado, pensaba lo mismo. No que Tom estuviera
haciendo algo especial para leer su mente, sólo que casi lo gritaba.

Tom Riddle lucía como Lord Voldemort, con el rostro de serpiente y los ojos rojos.
Llevaba túnicas negras y su varita, la real, la de tejo, estaba guardada en el interior
de su manga hasta que la necesitara.

Harry parecía hacer una buena representación de Érebo. Los cabellos negros le
caían por el cuello y la túnica negra se ondulaba a su paso. Las botas ocultas por la
larga túnica le regalaban unos buenos ocho centímetros y, si bien había sido
gracioso ver a Harry caminar con ellas al principio, sus pies se habían adaptado
muy bien al calzado alto y apretado.

Érebo se mantenía varios pasos por detrás de Voldemort, pero sin agachar la
cabeza, sin demostrar sumisión. Voldemort le había sonreído levemente antes de
adentrarse a una sala enorme, de techos altos, decorada de verde y negro, en la
cual todos los Mortífagos encapuchados y enmascarados cayeron de rodillas y se
inclinaron.

Eran más de cien, en varias filas y con separaciones entre ellos. Más de cien
personas con la Marca Tenebrosa. Más de cien personas que podrían provocar a
Érebo, y Érebo se vería obligado a torturar.

Sin embargo sucedió algo. Tan pronto pensó en la tortura, en la electricidad que le
recorrió el brazo mientras torturaba a la rata, deseó volver a hacerlo. Apretó los
dientes, maldiciendo mentalmente a Tom. Sólo él podía enseñarle una maldición de
efecto adictivo a corto plazo.

—Mis Mortífagos —saludó Voldemort.

—Milord—dijeron al unísono todos ellos, como si hubiera estado ensayado. Érebo no


pudo ver la sonrisa gozosa en el rostro de Voldemort, pero sí sentirla.

—Levantaros. Alzad los rostros a mí.

Todos se levantaron y alzaron los rostros. Aún con las máscaras, Harry pudo sentir
las miradas incrédulas de muchos Mortífagos ante su presencia.

—He marcado a muchos estos últimos tiempos. Vosotros sabéis que ser marcados
es una responsabilidad tanto como un orgullo. Debéis sentir y aceptar la Marca para
que esta os responda a vosotros como debiera ser. Con que la aceptéis una vez,
estaréis atados a ella. ¿No es así, Lucius?

Lucius agachó la cabeza y varios mortífagos rieron. Voldemort siguió.

—He viajado, como muchos sabréis. He estado en todo el mundo y os he


encontrado a cada uno de vosotros. Os he ofrecido el poder, lejos de la luz y la
oscuridad, solamente poder. Os he ofrecido todo lo que alguna vez habéis deseado
y habéis aspirado a tener. Y aquí estáis, mis Mortífagos. Aquí estáis.

Todos guardaron silencio, sin comprender a dónde iría su Señor con aquel extraño
discurso introductor.

—He encontrado, sin embargo —el rostro de Voldemort se curvó en una mueca con
un brillo perverso en los ojos rojos— un simple brujo. Un simple brujo con un
potencial innegable. Está aquí, entre nosotros, detrás de mí, a mi lado derecho, que
es donde corresponderá siempre. Junto a mí. ¿Comprendéis eso?

Hubo murmullos entre los Mortífagos, y ni Voldemort ni Érebo consiguieron capturar


más que palabras sueltas. Érebo se adelantó un paso, quedando a la misma
distancia de los Mortífagos que Voldemort y tocó su cuello con su varita.

—Silencio —ordenó, con voz firme y ácida, una voz modificada por la varita. La voz
era poderosa, una voz que se oía en las mentes de todos los Mortífagos pero en
ninguna parte a la vez. Todos guardaron silencio, retrocediendo un paso—. Muy
bien hecho.

Quitó la varita de su cuello y ladeó el rostro para mirar a Voldemort. El Señor


Oscuro observó con una sonrisilla maliciosa a Érebo mientras los Mortífagos
observaban, asombrados, el intercambio.
—Él es Érebo —presentó Voldemort, sin inmutarse—. Él será vuestra más cruel
pesadilla si alguna vez le faltáis el respeto. Él será vuestro más grande dolor si
llegáis a fallarle de cualquier manera. Érebo merece el mismo respeto que todos me
otorgáis a mí, ¿comprendéis?

Todos los Mortífagos asintieron.

Érebo volvió a tocarse el cuello con la varita. La voz resonó en las mentes de todos
más que en sus oídos, nuevamente, consiguiendo que todos prestaran atención
solamente a sus palabras.

—Os aseguro que no soy peligroso, porque yo soy peligroso solamente con quienes
desean arriesgar mi vida, y vosotros no sois peligro para mí. Debéis comprender
cuál es vuestro lugar y cuál es el mío. Vosotros sois la basura de mis zapatos, la
descomposición de la materia, el terror de los inocentes. Pero yo no soy inocente.
No soy nada que vosotros hayáis conocido antes. Soy Érebo, y seré vuestra sombra
maldecida. Si me respetáis, os respetaré. Si me faltáis el respeto, os faltaré el
respeto. Así serán mis reglas. Si me maldecís por la espalda, os maldeciré hasta
que no podáis reconoceros en un espejo. Si me obligáis a actuar, no me detendré.
Sin embargo podéis contad conmigo. Si estáis de mi lado, estaré del vuestro.

Terminó su discurso quitándose la varita del cuello y sujetándola entre sus dedos
con parsimonia. Voldemort tenía una sonrisa de morbosa satisfacción en el rostro.

—Milord… ¿cómo deberemos llamarle? —preguntó la voz oscurecida de un


Mortífago. Voldemort avanzó unos pasos hasta él.

—Pregúntale a Érebo, Rabastan.

—¿Cómo deberemos llamarle?

Érebo ladeó la cabeza, el cabello negro parcialmente cubriendo el rostro artificial.


Su máscara no expresaba en lo absoluto emoción alguna. Era tétrico.

—Érebo, o joven señor.

—Muy bien, joven señor —Rabastan agachó ligeramente la cabeza, pero una voz
entre aquellas sobresaltó a todos los Mortífagos.

—¡Un brujo que no muestra su rostro! ¿Acaso teme que le delatemos?

Era la voz de una Mortífaga, una voz que Harry no conocía. Voldemort sí pareció
conocerla.

—Odile, Érebo tiene sus motivos, motivos que no te explicará.

—Déjala desconfiar —pidió Érebo, con aquella voz que se fundía con la mente de
todos—. ¿Sabes por qué uso una máscara, Odile? ¿Sabéis vosotros por qué utilizo
yo una máscara?

Los Mortífagos negaron. Más de uno de ellos estaba escéptico.

—Uso una máscara —continuó Érebo— no porque considere que no debéis ver mi


rostro, sino porque soy una nueva adquisición de Dumbledore. Soy aquel en que
Dumbledore confía, aunque hace muy poco esté de su lado. Y no me arriesgaré a
que vosotros, Mortífagos incompetentes, rebeléis mi identidad.

—Así que ya sabéis —Voldemort se alejó de los Mortífagos y Érebo siguió sus pasos
—. Confiaréis en Érebo tanto como en mí. Deberéis tener especial cuidado con su
salud, porque he oído que Érebo es alguien con tendencia a meterse en grandes
problemas.

Érebo soltó una risa fría que recorrió la espina dorsal de todos los Mortífagos.

—No ha oído mal, Señor.

Después de las pertinentes presentaciones de Érebo ante los Mortífagos, la reunión


transcurrió de forma normal para lo que sería una reunión entre Mortífagos. Muchos
de ellos fueron amenazados, otros pocos cruciados. Unos realmente pocos fueron
felicitados y otros ni siquiera fueron dignos de mirar a los ojos del Señor Oscuro.
Fue una reunión normal, incluso mientras Severus Snape, con la máscara blanca de
Mortífago en el rostro, expresó su información sobre la Orden y sus movimientos
ante la mirada fija de Voldemort y Érebo.

Harry sonreía porque otra cosa era darle puñetazos o Cruxes hasta que ya no
pudiera moverse. Incluso el Crucio parecía capaz de aliviar la quemazón que sentía
en los dedos.

La reunión acabó un par de horas después. Horas tensas donde las haya, llenas de
terror y respeto. Voldemort fue invitado por Lucius a beber un té en la salita de
estar extendiendo la invitación hacia Érebo. Érebo declinó pero acompaño a
Voldemort hasta el lugar, en el cual Narcissa Malfoy servía con una varita casi
blanca y tallada el té en delicadas tazas de plata, con el escudo Malfoy hundido en
el metal.

—Una reunión favorable por lo que veo, milord —fue el saludo de Narcissa. Lucius
tomó asiento y Voldemort también lo hizo en un pequeño sillón individual,
conjurando con su varita otro sillón a su lado, idéntico al cual se había sentado,
para que Érebo tomara asiento. Érebo asintió con la cabeza mientras se sentaba, la
tensión en el aire cortándose con un cuchillo.

—Ha sido la primera reunión de mi Érebo —fue la respuesta de Voldemort, con


aquel tono susurrante—. ¿Cómo ha sido la reunión, Érebo?

Érebo se inclinó ligeramente hacia Voldemort e intentó modular su voz.

—Fue… formidable.

Si al oír su voz Lucius Malfoy se impresionó en algo, no lo demostró.

—No hay reuniones como la de los Mortífagos, Érebo. Aprenderás a verlo —


Voldemort compuso aquella expresión de satisfacción y perversidad en igual
manera de tal forma que asustaba. Érebo no se demostró aterrado en lo más
mínimo.

—Mis disculpas por interrumpir, milord, pero, ¿quién es… él? —preguntó Narcissa.
Voldemort entrecerró los ojos ligeramente, con una pequeña molestia, pero
respondió de igual manera.
—Olvidaba, Narcissa, que tú no has estado en la reunión —Voldemort negó con la
cabeza—. Érebo es alguien de mi propiedad, pero que tiene su propio lado en esta
Guerra. No comparte ideales con la Luz ni con la Oscuridad, porque para él ninguna
de ellas está acertada. ¿No es así, Érebo?

Érebo asintió con la cabeza, sin despegar los labios.

"No soy de tu propiedad" siseó mentalmente Harry.

"Sí, lo eres. Y no me contradigas".

Harry se contuvo de soltar un quejido. Voldemort siguió, impávido, como si nada


hubiera sucedido.

Voldemort bebió té. Era una escena muy extraña para los ojos de Harry, que se
encargó de ocultar completamente la risa ante esa imagen: el aterrador Voldemort
bebiendo té-pesadilla-de-diabético. El Señor Oscuro terminó su té y se levantó con
un movimiento fluido; Érebo, Lucius y Narcissa se levantaron al mismo tiempo.

—Érebo y yo nos iremos ahora mismo, Lucius —dirigió una mirada fría a Érebo—.
Érebo, saluda.

—Un gusto conoceros, Lucius, Narcissa —Érebo agachó ligeramente con la cabeza
en un saludo cortés—. La Mansión es un lugar fascinante. Espero poder conocerla
más a fondo uno de estos días.

—Será bienvenido cuando desee, joven señor —dijo Lucius, servil, con un brillo de
sospecha en los ojos. Sin embargo no dijo nada mientras ambos se retiraban.
Salieron por el pasillo en el mismo momento que doblaba la esquina Bellatrix
Lestrange.

La mujer llevaba túnicas negras y se inclinó en una reverencia ante Voldemort.

—Milord —murmuró, con la voz deseosa—. La reunión ha sido majestuosa, como


usted.

La boca de Harry se crispó en una sonrisa. Agradeció tener la máscara puesta.

—Bella, ¿qué haces todavía aquí?

Bellatrix retrocedió ligeramente.

—Visitaba a mi sobrino y a mi hermana. ¿Usted ya se va, milord? Podría...

—Me voy con Érebo, Bellatrix —el tono de Voldemort no admitía réplica. Entonces,
sus ojos se posaron en los ojos negros de la máscara de Érebo y ambos partieron
sin decir nada más. Harry camino siguiendo los pasos de Voldemort hasta estar
lejos de Bellatrix, lejos de la salita, lejos de los cuadros—. Sujétate de mí —ordenó
fríamente al chico. No había nadie en aquel salón, ni siquiera retratos, sólo una
gran chimenea con varios sofás. Harry, reticente a tener que tocar a Voldemort
(porque para qué negarlo, con ese aspecto daba grima) envolvió los brazos en su
cuello y Voldemort se desapareció, sin ver que había un chico rubio en uno de los
asientos junto a la chimenea, observando con los ojos abiertos de pánico y
curiosidad.
Harry no supo en el momento que Voldemort había pasado a ser Cylean Rousseau
—físicamente hablando, claro— pero tan pronto llegaron a la puerta de Grimmauld
Place estaban abrazados. Tom le retiró a Harry la máscara y la guardó entre sus
túnicas. Harry se frotó el cabello con ambas manos hasta volverlo casi como era
normalmente, completamente desordenado.

Entraron. No había nadie, tampoco, y Harry respiró más aliviado. Fue directamente
a su habitación para quitarse las túnicas negras y la capa, deshaciéndose de los
guantes negros en el camino y sintiendo un zumbido muy familiar en la cabeza.

—¿Cómo ha sido? ¿Ha satisfecho tus expectativas? —preguntó casi burlón Tom, con
esa voz que a Harry lo relajó casi por completo.

—Todos llevaban máscaras. Daba miedo —se burló él, mientras subían las escaleras
rumbo a la habitación de Harry para que se quitara y devolviera las túnicas negras
elegantes al armario donde Tom las había robado, pertenecientes a un ya difunto
Regulus Black.

Antes de entrar a la habitación de Harry, Tom le susurró al oído:

—Cuidado con lo que dices en tu habitación. El retrato de Phineas Nigellus Black


está conectado con la oficina de Dumbledore.

Harry asintió y se adentró en su habitación, deshaciéndose de sus túnicas en el


camino, cuando una figura en un rincón apareció. Harry se sobresaltó. Severus
Snape se quitó su propia capa de invisibilidad con una sonrisa tirante y sardónica
en los labios.

—Así que… Harry Potter.

Harry retrocedió un paso, chocando con la puerta cerrada a su espalda.

—Profesor Snape —siseó Harry—. ¿Qué hace aquí?

—Bonita capa de invisibilidad, Potter —gruñó Snape, arrojándola sobre la cama—.


Me sorprende que la deje tan desprotegida, importando lo que debe importar para
usted.

Harry apretó los dientes y los puños para no saltarle al cuello.

—¿Qué hace aquí, profesor?

Snape sonrió —tenía una sonrisa cruel, oscura y sádica en el rostro apergaminado—
y movió su varita. Harry esperó algún hechizo, pero sólo lanzó un Muffliato al
retrato. Harry esperó a que Snape acabara de silenciar el retrato conectado con el
despacho de Dumbledore cuando le oyó decir:

—Eras tú, Potter. Estoy seguro de ello. Eras tú, Érebo.

23. El juicio.

Salieron temprano, por la madrugada. Remus iba con su mejor túnica, Kingsley
lucía sus túnicas formales e inclusive Tonks tenía un trajecillo monísimo y
encantador. Sirius, en su forma de animago, correteaba detrás de Remus que en
cada cruce de calle le rascaba detrás de las orejas.
Mientras el día se iba coloreando fueron llegando al Ministerio, esperando hasta las
siete de la mañana del día nevado y frío para adentrarse al Ministerio e ir a la Sala
de Interrogatorios, la misma Sala que había juzgado a Harry Potter años atrás.

—Canuto, te transformarás antes de entrar. Nadie tiene por qué verte —intentó
animar Remus. Canuto soltó un ladrido disconforme y siguió caminando por los
pasillos del Ministerio, observando el trámite de los magos y siguiendo con la
mirada a Lunático, Tonks y Kingsley. Tonks, en un sector, saludó amorosamente a
su novio y se despidió, debiendo llegar a una reunión prontamente. Remus la miró
hasta que ella se perdió de vista, y luego sus ojos preocupados pasaron a su amigo
animago.

"No te preocupes por mí, Lunático"intentó decirle Sirius, pero siguió en su forma de
perro, siguiendo los pasos casi vacilantes del Auror y de Lunático. Acabaron por
llegar a la sala, custodiada por dos Aurores de cabezas rapadas y expresiones de
hastiados. Probablemente estaban allí desde incluso antes de que ellos salieran de
la cama.

—Shackelbot —saludó uno. Kingsley asintió con la cabeza en saludo.

—Traemos al señor Sirius Black para su juicio —dijo él, con la voz solemne. Uno de
los Aurores detuvo su mirada en el perro negro y grande detrás de Remus, con los
ojos brillantes y demasiada humanidad en la mirada para tratarse de un simple
animal.

—Sirius, por favor —pidió Remus. El animago asintió y se transformó en Sirius


Black, con los largos cabellos bastante más arreglados y la barba pulcramente
recortada. Tenía túnicas elegantes, negras, que le envolvían el cuerpo delgado y
blanco con maestría, ocultando la delgadez que se le adhería a los huesos.

Los Aurores apenas si parecían sorprendidos.

—El juicio comenzará temprano hoy —dijo uno de ellos, y Kingsley condujo a Sirius
ante el Tribunal.

El Ministro mismo estaba allí, con los ojos asombrados al ver entrar a Sirius Black
por su propio pie, sin ser arrastrado por ningún Auror. A su lado estaban Remus y
Kingsley, que les acompañaron hasta la silla del acusado.

—Suerte —deseó Remus, antes de hacerse a un lado.

Los murmullos corrían suaves y rápidos, voces y voces que envolvían todo y
convertían la sala en un hervidero de palabras. El Ministro pidió silencio.

—Nombre.

—Sirius Orion Black.

—El señor Sirius Orion Black es acusado de ser un Mortífago leal y declarado, de
traicionar a la familia Potter y entregarlos a El-que-no-debe-ser-nombrado —
comenzó Amelia Bones, con seriedad en la mirada y en la voz—. La defensa pide la
declaración de los hechos del señor Black.
—Yo jamás fui un Mortífago —declaró él—. No lo soy actualmente. Podéis ver mi
brazo libre de cualquier tipo de marca. Tengo tatuajes, pero todos ellos son simples
dibujos hechos de tinta muggle.

—Vaya a la noche del treinta y uno de octubre de mil novecientos ochenta y uno.
¿Qué sucedió esa noche?

Sirius comenzó a hablar, usando las palabras que había deseado usar muchos años
antes, palabras que eran verdaderas y cargaban todo el peso de aquellos años en
Azkabán.

—Llegué y cuando vi la destrucción de la casa lo supe todo. Peter Pettigrew había


sido el traidor. Él era, porque él había sido el verdadero Guardián del Secreto.
Había llegado con mi motocicleta hasta el Valle de Godric y allí me encontré a
Rubeus Hagrid, quien me convenció de que debía llevarse a Harry por órdenes de
Dumbledore. Le di a Harry mi motocicleta y luego fui en busca de Pettigrew.

—¿Y qué sucedió?

—Lo encontré al día siguiente, a pleno día, en una calle secundaria del sur de
Londres. No podía huir por mucho tiempo, así que intentó distraer. Cerca se
encontraba un Auror principiante que intentó detenerme cuando saqué mi varita en
medio del gentío y apunté a Pettigrew.

—¿Atacó al señor Pettigrew?

Sirius hizo una mueca.

—No. Aunque debería haberlo hecho.

—¿Qué hizo el señor Pettigrew al verse apuntado con su varita?

—Sacó una cuchilla, gritando "¡James y Lily, Sirius! ¿Cómo pudiste?". Se cortó el
dedo meñique e hizo estallar la calle. Murieron doce muggles y el Auror. Luego se
transformó en rata y se perdió entre las demás ratas de las alcantarillas.

Fudge arrugó levemente el entrecejo. Las palabras coincidían. Sirius Black había
estado en Azkabán siendo inocente.

—Muy bien —fue Amelia Bones la que habló—. Quienes consideren culpable a Sirius
Black.

Ninguna mano se alzó. Sirius sintió una euforia que le movió por todo el cuerpo.

—Quienes consideren inocente a Sirius Black.

Todas las manos se alzaron, incluidas las manos de Fudge y Amelia Bones. Sirius
les quedó mirando sonriendo, sin tener el control de su propio rostro y de su propio
cuerpo. Temblaba con sentimientos contenidos que iban desde la rabia hasta la
felicidad y se cruzaban con demasía fuerza.

—Se le serán otorgados al señor Black los títulos de familia y será considerado
Heredero de la Noble y Ancestral Casa de los Black —dijo con decisión Fudge—. Por
cada año que pasó en Azkabán siendo inocente, se le retribuirá con cien mil
galeones. El señor Black es considerado libre de todos los cargos, y puede circular
con libertad sin temor por el Ministerio o los dementores.

Así, rápido, sencillo y simple. Sirius aún estaba sentado cuando las personas
comenzaron a abandonar el Atrio, cada uno preocupado por sus cosas. Algunas
personas más le dirigieron miradas, otros le ignoraron.

Remus se inclinó hacia él, tocando su hombro.

—Muérdeme, Lunático —pidió Sirius. Remus suspiró.

—No es gracioso, Sirius —Remus sonrió ampliamente—. Eso fue rápido. Muy
rápido. Me parece que Fudge no quería extenderlo más. No pidió declaraciones de
otras personas… Quería sacárselo de encima, ¿no?

Sirius sonrió. Fue una sonrisa casi perruna, feroz, y Remus retrocedió unos pasos.

—¿Sirius? —dudó. Su amigo seguía sin responder—. ¿Canuto?

Sirius pareció reaccionar y saltó para aferrarse con fuerza al cuello de Remus y
abrazarlo. Lo envolvió con sus brazos con una fuerza ajena y una calidez voraz. Lo
abrazó como si hasta ese momento no pudiera encontrar la felicidad y allí
estuviera, tan cerca de su mano, tan cálida y resplandeciente enredada entre sus
dedos. Siempre había estado allí. Siempre. Y sólo necesitaba ser libre, libre, al fin,
para encontrarse.

—¡Lunático! —chilló, como un niño pequeño, como el niño pequeño de once años
que había conocido a un serio Remus Lupin que agachaba la cabeza detrás de un
libro—. ¡Soy libre!

Apoyó su frente en la de Remus, abrazado a él, con sus respiraciones acariciándose


y el calor del ambiente aumentando. Kingsley, en vano, se aclaró la garganta.
Remus lo apartó ligeramente atontado.

—Lo eres, Sirius. Eres libre.

La sonrisa casi quebrada de Sirius le respondió. Era una sonrisa cargada de


esperanzas, pero rota. Remus se dio cuenta de que era porque lo había apartado, y
trató de abrazarlo nuevamente, pero Sirius se escurrió de sus brazos.

—Ya podré llevar a Harry a jugar Quidditch. Podré llevarlo de compras. Podré
compraros los regalos de navidad que os debo y, no me mires así Lunático porque
te debo un buen regalo, y os debo regalos a todos, ¡joder! Podré salir y no habrá
nada que Dumbledore o nadie haga para impedirlo.

Comenzó a reír. Era una risa furiosa, efusiva, temblorosa. Sirius reía como si nunca
hubiera reído antes. Remus intentó calmarlo con las manos en su espalda, pero
Sirius seguía riendo y sacudiendo la cabeza. Kingsley le dio unas palmadas,
consiguiendo que la tranquilidad del hombre se traspasara a Sirius.

—Vámonos a casa, Sirius —murmuró Remus—. Harry se alegrará por ti.

Sirius Black caminó por los pasillos del Ministerio como un hombre libre. También
como un hombre libre caminó por Londres, donde ya muy pocas personas
recordaban al prófugo de la ley Sirius Black.
Llegó al número 12 sin ser seguido por Mortífagos y sin temor. Se adentró con
velocidad a la casa, Remus diciendo cosas sobre hacer una pequeña fiesta en La
Madriguera, que Sirius ignoró con el corazón adolorido mientras subía las escaleras
hasta llegar a la habitación de Harry.

—Usted no entiende —estaba diciendo Harry cuando Sirius se acercó. La voz


sonaba fuerte, como si estuviera muy cerca de la puerta—. No lo entiende.

¿Con quién estaría hablando su ahijado?

—Claro que entiendo, Potter —gruñó la voz de Snape y Sirius se sobresaltó. ¿Qué
estaba sucediendo allí dentro?—. Te has hartado de ser el juguete de Dumbledore y
ahora eres el juguete del Señor Oscuro. ¿No es eso lo que está sucediendo?

—Repito: No sé de qué me habla, profesor.

—¡No me trates así, mocoso! Es una falta de respeto. Me mientes en la cara.


¿Crees que no me daría cuenta? Sólo una persona podría estar a un lado del Señor
Tenebroso sin ser un Mortífago, y esa persona eres tú. ¿Qué no me he dado
cuenta? La voz mental que se oyó dentro de todos nosotros era inusitadamente
similar a la voz mental que he oído cuando me encontraba en tu mente. Potter,
eres un fraude. Confiesa.

Harry rió y a Sirius se le puso el vello de punta. Esa risa era cínica, asquerosamente
fría, una risa que se esperaría del ser más oscuro y no de su ahijado.

—Supongo que me ha atrapado, profesor —dijo el título con burla, y a Sirius se le


heló la sangre—. Sí, era yo. Y me veo obligado a pedirle que guarde el secreto.

—¿Y por qué crees que yo te debo algo?

—Porque sé que sólo es fiel a usted mismo. No es fiel a Dumbledore, ni es fiel a


Voldemort. Es un Mortífago y miembro de la Orden. Créame, al Señor Oscuro no le
agradará saber sus verdaderas lealtades, si no es que ya no las tiene en duda.

Sirius quedó allí, temblando, helado, con la sonrisa perdida en algún sitio lejano y
las manos deseando envolverse en torno al cuello de alguien.

—Mocoso insolente…

—Búsquese nuevos insultos.

Sirius apretó los dientes.

—¿Qué te hace pensar que el Señor Tenebroso tendrá consideración contigo? ¿Qué
cumplirá el acuerdo que han hecho? ¿Qué has tenido que ofrecer a cambio de la
seguridad, de salvar tu trasero?

Harry volvió a carcajearse.

—Estoy más cerca de su Señor de lo que usted ha podido estar alguna vez.
Digamos que tenemos una relación muy… especial.

—¿Qué insinúas, muchacho?


—Usted es inteligente. Resuélvalo por sí mismo. Y déjeme cambiarme.

Sirius se apartó de la puerta y se desilusionó a sí mismo con rapidez, envidiando la


maldita capa de su ahijado, que había sido de su amigo, y que le permitía volverse
completamente invisible a la vista de todos.

Snape pasó con rapidez junto a él, agitando la túnica detrás de sí con ese frufrú de
telas tan típicas del profesor de Pociones. Sirius se quitó el hechizo desilusionador y
aguardó varios instantes, con el corazón hundido en el fondo de su pecho.

No tocó la puerta al entrar. Simplemente la abrió, encontrándose con que Harry se


deshacía de una túnica negra demasiado elegante y se ponía sus ropajes muggles,
aquellos que él mismo le había enviado a comprar vía Remus. Harry se volteó, con
esperanza en el rostro, y sonrió ampliamente.

—¡Sirius! —se terminó de pasar la camiseta por la cabeza y corrió a enfrentarse a


Sirius—. ¡Cuéntame! ¿Qué sucedió?

Sirius tomó aire.

Y otra vez.

—Quiero una explicación, Harry. Ahora.

Harry parpadeó, confundido.

—¿Una explicación? ¿De qué cosa?

—¡No te hagas, Harry! ¡Lo oí! ¡Lo que hablabas con Snape!

Harry boqueó como un pez fuera del agua. Su rostro empalideció y, con los ojos
bien abiertos detrás de los lentes, no pudo negarlo,

—Sirius… —comenzó, pero Sirius se acercó, negando con la cabeza.

—¿Fue algo que hicimos, Harry? ¿No te protegimos bien? —Sirius tomó las manos
de Harry, notando que sus propias manos temblaban de una forma incorregible—.
¿Qué sucedió, Harry? ¿Qué?

Harry negó con la cabeza, completamente bloqueado.

—No fue tu culpa, Sirius. Ni la de ninguno de ustedes. Fue… fue sólo algo mío. Yo…
—Sirius podía ver a Harry enfriarse ante sus ojos. Su mirada se tornó oscurecida,
su labio inferior tembló como si fuera a llorar, pero no había lágrimas en esos ojos
cargados de odio—. Puede que haya sido culpa de Dumbledore. Si no pude confiar
en el Jefe de la Luz, he decidido confiar en el Señor de la Oscuridad. Él… me
prometió su seguridad. Yo también hice un pacto. Ambos lo hicimos. Estamos
mágicamente enlazados a través del pacto. Estamos juntos.

Había algo detrás de aquella última palabra que Sirius ignoró. No quiso ahondar
más en el tema, en aquella maldita palabra que nunca debía unir a Voldemort y a
su ahijado.

—No —Sirius retrocedió un paso, completamente ofuscado—. No. No puedes… tú


no… ¡Harry, tú no!
Harry se soltó del agarre firme de su padrino con seriedad.

—Sirius —envolvió la palabra con los labios—. Ya lo he hecho. Ya está hecho. Hoy
fui a la primera reunión.

Sirius jadeó y tomó con casi violencia a Harry del brazo, levantándole la manga y
encontrándose con la piel suave y tersa, sin marca alguna. Sin esperarlo las
lágrimas de alivio cayeron por sus mejillas.

—Harry… aún no es tarde… no estás marcado… no…

—No me marcará, Sirius —Harry apretó los dientes ligeramente—. No hará eso
conmigo. No valgo exactamente eso para él. Yo no soy un seguidor, y él lo sabe.

Sirius se limpió las lágrimas con violencia, apretando los dientes, sintiéndose
destruido como nunca lo había estado. Era obvio para él que Regulus se uniría a los
Mortífagos, aunque nunca esperó que tan joven ni así, pero Harry… su Harry no era
un Slytherin, no era malvado, no era oscuro. Era su Harry. Su ahijado.

—Harry… —Sirius le miró con oscura decepción—. ¿Cómo pudiste? ¿Por qué no
confiaste en mí? Si no querías confiar en la Orden, podías confiar en mí.

—No quería herirte, Sirius —dijo con sinceridad Harry—. No quería que tú…
estuvieras decepcionado de mí. Sé que no soy lo que hubieras deseado por hijo de
James Potter. Sé que es una deshonra para él, para su memoria, pero… aunque lo
sé, no puedo evitarlo. Las cosas parecían alineadas, dispuestas a suceder. Yo le
debo un favor a Voldemort. Él me ayudó cuando nadie más estaba dispuesto a
hacerlo.

—¡Yo HABRÍA estado dispuesto a ello! —gritó Sirius, sujetando a Harry de las
muñecas con fuerza—. ¡Yo podría haberte ayudado, Harry!

—No quería preocuparte —musitó Harry, aunque Sirius pudo ver que era una
mentira. No quiso darse cuenta cuando aumentó la presión en ambas muñecas. No
quiso darse cuenta cuando Harry se quejó e intentó apartarse—. ¡Sirius! ¡Suéltame!

—No, Harry —Sirius se encontró fundido en una ira animal. Una ira humedecida por
el dolor, pero que era ira al fin y al cabo—. ¿Cómo demonios pudiste? ¡Tú eres mi
sobrino! ¡Mi jodido sobrino! ¡Estás saliendo con un miembro de la Orden del Fénix,
Dumbledore tiene un ojo enorme sobre ti! ¿Cómo has siquiera podido…? —Sirius se
detuvo cuando sintió algo punzante en la nuca. Algo punzante que, segundo a
segundo, se iba calentando más y más.

—Yo que tú, Black, soltaría a Harry ahora.

Reconoció la voz. Era Cylean. Se volteó, dispuesto a tener la ayuda del novio de su
ahijado, cuando le vio cambiar ante sus ojos. La puerta cerrada y con varios
encantamientos de privacidad no podía ser abierta por nadie desde fuera. Ni nadie,
tampoco, podría oír lo que sucedía adentro.

Cylean cambió de forma lenta, pausada. Su altura siguió siendo la misma, pero su
cabello se oscureció y enredó en torno a su rostro del más absoluto negro. Sus ojos
se juntaron unos centímetros y el rostro dejó de ser travieso para transformarse en
uno agudo, casi cruel, de ojos y cabellos oscuros como la mirada, y como la
sonrisa, sádica.
Sirius Black no tenía la menor idea de por qué sabía que ese hombre era
Voldemort, pero estaba seguro de que él lo era.

—Voldemort —siseó, en voz quebrada. Voldemort, allí, en su propia casa.


Voldemort, allí, sabiendo dónde se encontraba el Cuartel General de la Orden del
Fénix. Voldemort.

Voldemort era Cylean Rousseau.

Pero Cylean Rousseau estaba saliendo con Harry.

¿Eso significaba que…?

—Tom —pidió Harry, con voz baja—, creo que es hora de decirle.

Tom Riddle chasqueó la lengua.

—Sí. Pero sólo si hace el Juramento Inquebrantable de guardar el secreto.

—¡Tom!

—No puedo confiar a la ligera en nadie, Harry. ¿Quieres que tu padrino siga con
vida? Que haga el juramento. Ahora.

Harry se posicionó junto a Voldemort mirándole con unos ojos oscurecidos,


afectados.

—Sirius, deberás hacerlo. Tom, ¿cómo se hace un…?

Tom le explicó la teoría y que él debía hacerlo. Sirius sujetó el brazo de Voldemort,
reticentemente, mientras Harry usaba la varita de Cylean para conjurar el
juramento.

—Tú, Sirius Black —comenzó Harry—, ¿juras mantener el secreto de la verdadera


identidad de Cylean Rousseau… y mis verdaderas lealtades?

Las últimas frases fueron una puñalada hacia Sirius, que apretó los dientes antes
de escupir un:

—Lo juro.

—Tú, Tom Marvolo Riddle —continuó él—, ¿juras no herir, mutilar, torturar e
inclusive matar a Sirius Black en forma de guardar tu secreto?

—Esto no era parte del trato, Harry —se quejó Voldemort. ¡Se quejó Voldemort!
Sirius tuvo que contener su mandíbula.

—Tú júralo —siseó Harry. Voldemort suspiró.

—Lo juro.

—Bien.
En enlace de luces se deshizo y ambos se frotaron los brazos. Sirius se cruzó de
brazos frente al pecho, con el ceño fruncido, el corazón herido y los labios
apretados.

—Ahora —fulminó a Harry y a Voldemort con su peor mirada—. Van a explicarme


qué demonios es todo esto.

Tom tocó a Harry y se apartó.

—Tu turno, Harry.

Harry alzó ambas manos al aire.

—¡Mi turno, mi turno! Siempre soy yo el que debe estar revelando la verdad a las
personas. Primero a Snape, luego a Sirius…

—¿Le revelaste la verdad a Snape? —gruñó Voldemort, con un siseo amenazante.


Harry cerró la boca.

—Puede que le haya dado alguna pista.

—Bien. Ahora deberé matar al bastardo.

—Sigo esperando —interrumpió Sirius. Harry le dedicó a Sirius una mirada


conciliadora.

—Creo que deberías sentarte. Créeme, será mejor así.

Sirius se sentó. Y esperó. Y supo que, fuera lo que iba a suceder, no sería nada
bueno.

24. Verdades.

—¿Qué relación tenéis vosotros? —fue la primera pregunta de Sirius cuando tomó
asiento en la cama de Harry. Tom conjuró una silla frente a Sirius y, cuando
observó a Harry parado junto a él, conjuró otra silla idéntica a la suya junto a él.
Ambos se sentaron y Sirius esperó.

"Seré sincero con él" le dijo mentalmente Harry a Tom. Tom asintió discretamente
con la cabeza.

—Estamos saliendo.

Sirius apretó los labios.

—¿Por qué?

Harry se encogió de hombros.

—Comprendí que vivir con él es más fácil que vivir contra él.

Sirius echó la cabeza hacia atrás. La situación era increíble. Impensable.

—¿Cómo comenzó todo?


Fue el turno de Tom de hablar.

—Le lancé un hechizo de Impulsión para que fuera a un café muggle y encontrarnos
allí. Hablamos, y le solicité una tregua. Todo se fue dando a partir de allí. Tardó en
darse, si eso piensas. Harry era bastante reacio al principio.

—Mientes —protestó Harry—. Yo estaba básicamente feliz de que alguien se


arriesgara tanto por mí, ¿sabes?

—Estás confundiendo a tu padrino —le dijo Tom, entrecerrando los ojos. Harry le
sonrió.

—Te estoy confundiendo a ti, y eso es lo que no soportas.

Sirius observó el intercambio con los labios firmemente apretados en una línea.

—Sirius —Harry de pronto volvió sus ojos hacia su padrino, repentinamente


alarmado—. No quiero que pienses que he traicionado a mis padres. He oído
disculpas de parte de Tom, de Voldemort, quiero decir, y además he visto por qué
ha hecho todo. Todo ha sido por esa profecía. Me lo ha mostrado en sus recuerdos.
Ha sido bastante difícil, al principio, pero… Tom es alguien que vale la pena.

Sirius se apretó las sienes, tal vez sintiendo un dolor de cabeza atroz que ni Harry
ni Tom podían ayudar.

—¿Por qué estás haciendo esto? ¿Cuál es tu jodido plan? Y le pregunto a


Voldemort, no a ti, Harry —aclaró, cuando Harry había abierto la boca para hablar.

Tom no dudó. Su rostro estaba completamente serio, con los ojos oscuros
entrecerrados y expresión impasible.

—Planeo hacer caer a la Orden desde dentro. Apoderarme del Ministerio, de


Hogwarts. Pero de manera sutil, e intentando no herir a nadie en el proceso. Ha
sido un camino muy difícil y sólo me veré obligado a atacar si no hay otra opción
para mí.

Sirius resopló.

—De alguna manera lo sabía. Pero, ¿por qué enseñar en Hogwarts?

La sonrisa que se formó en los labios de Tom Riddle era siniestra. Harry se alejó
unos centímetros para cuando Tom comenzó a hablar.

—Quiero inculcar artes oscuras legales. Son hechizos que no dañan a nadie, en
absoluto, pero que son capaces de corromper incluso el alma más pura. Hay
derivaciones de maldiciones prohibidas que no están del todo prohibidas… tal vez
porque no son conocidas por muchas personas. Hay escudos capaces de detener
explosiones o de conseguir que la maldición hacia uno mismo sea rebotada. Hay
miles de posibilidades que el Ministerio ha prohibido por considerar que está más
allá de lo que pueden comprender, porque la gente teme a lo que no consigue
entender. Hay hechizos que podrían hacer más fáciles las vidas de las personas,
más aún en guerra, y el Ministerio los considera peligrosos y prohibidos. Hay
escudos capaces de desviar la maldición Cruciatus al que la esté lanzando. Hay…
una infinidad de posibilidades interminables de cosas que los jóvenes de hoy no
aprender por temor. No todo es blanco o negro. Hay matices grises, e importan.
Harry sonrió de lado, ligeramente, para borrar toda expresión de su rostro. El
rostro de Sirius se veía pensativo, demasiado serio para lo que le gustaría de su
padrino. Suspiró.

—Tiene su sentido. Aunque sigues siendo un desgraciado brujo oscuro que mató a
mi mejor amigo y su esposa, y a ¡miles de personas más!

Harry suspiró.

—Aprendes a ignorar ese hecho cuando el hombre hace pucheros para que no le
despiertes por las mañanas.

Tom observó a Harry con una expresión traicionada en sus ojos oscuros.

—¡Me dijiste que no le dirías a nadie!

Harry le guiñó un ojo.

—Pero, Sirius no puede decirle a nadie. A parte de él, nadie más lo sabe. Tranquilo.

Las mejillas de Tom estaban de un rosa suave, apenas notorio, pero marcado
debido a su palidez. Harry tuvo que rodar los ojos.

Sirius se acercó a Harry, tembloroso.

—¿Tú lo amas?

Harry observó primero a Sirius, luego a Tom. Intercaló las miradas en ambos antes
de asentir sin mirar a ninguno.

Sirius le sujetó del rostro y le hizo mirarlo a los ojos.

—Dímelo mirándome a los ojos, Harry. ¿Le has podido perdonar por la muerte de
tus padres? ¿Has podido dejar que te tocara sabiendo que con esa mano empuñó la
varita que los mató? ¿Esas manos que han matado y torturado? ¿Has pensado
siquiera en ello?

Harry apretó los dientes. No quería pensar en ello. Cuando estaba con Tom
intentaba ignorar todo lo que el hombre hacía en su "tiempo libre". Todo parecía
abstracto y lejano cuando lo ignoraba de un modo total y completo. Estaba con
Tom, no con Voldemort, y si bien había ido a la reunión de Mortífagos porque era
un aliado del Señor Oscuro, seguía sin compartir sus ideales. Eso de matar y
torturar gente no era lo suyo.

—No —farfulló Harry, sin saber que decir—. Suéltame.

Sirius le soltó ante la mirada feroz y homicida que Tom le lanzaba.

—Harry, debes pensarlo. Él… él no es alguien normal. Él ha matado y torturado. Ha


sido oscuro por toda su vida. ¿En serio quieres pasar tu vida con alguien así?

Harry se aferró a los cabellos, deseando enterrar el rostro entre las rodillas. Voces
zumbaban en su cabeza. Voces desconocidas, gritos de personas que morían, gritos
de personas torturadas, gritos y ruegos, súplicas, entre ellas las de su madre, las
últimas palabras de su padre…

Harry se dio cuenta de que no podía seguir allí dentro. Sin decir nada se levantó del
asiento y salió de la habitación, dando un portazo. Sirius se quedó allí, helado, y
Tom maldijo entre dientes.

—Esto se va a poner insoportable —gruñó Tom, y Sirius le vio con los ojos
entrecerrados. Si le veía bien podía ver por qué su ahijado se había sentido atraído
por él, pero, ¿acaso no veía la sangre en sus manos? ¿No veía la tortura? ¿El dolor?

—¿Qué quieres de mi ahijado? —siseó Sirius. La expresión de Tom era como si le


hubieran insultado.

—No deseo matarlo, si eso es lo que temes. Mis intenciones con él han cambiado.
Al principio, pensaba que tenerlo de mi lado sería beneficioso para la causa: ¡El
Niño de Oro siendo parte de la Orden Oscura! Nunca planeé lo que sucedería. No
tenía la menor idea de los planes de Dumbledore con Cylean Rousseau. La vieja
cabra está cada día más loca: sabe de los gustos de Harry, y ha decidido que lo
mejor para el mundo mágico sería drogar con Amortentia al Chico-que-vivió para
que se enamorase de su profesor. Créeme, Black, ha sido espeluznante. Odio las
pociones de amor. Le he dado un antídoto, pero lo que sucedió luego de ello… —se
detuvo, unos instantes, mirando con profundidad directamente a los ojos de Sirius
para sonreír sádicamente—. El viejo le había dado a tu nombre dulces cargados de
Amortentia. He partido uno. ¿Sabes a qué olía?

Sirius alzó la barbilla.

—¿A qué?

—Pergamino antiguo, gel desinfectante y el cabello de Harry.

Sirius dejó que su mandíbula colgara. Cerró la boca cuando la mirada feroz del
Señor Oscuro le fulminó a la expresión incrédula.

—Tú amas a mi ahijado.

Tom asintió severamente.

—Deseo cuidarlo y darle una vida en la que ya no deba ser más un arma. Planeo
hacer un mundo nuevo para él, para mí, para ambos. Planeo proteger y cuidar sus
intereses, atender sus peticiones, ayudarlo siempre que pueda —seguía hablando
con aquella expresión amenazante, con esos ojos fríos y calculadores sin ser
tocados por el menor sentimiento que juraba sentir—. ¿De dónde crees que
apareció Colagusano para que tú pudieras ser libre?

Sirius abrió completamente los ojos, comprendiendo.

—¿Tú le entregaste?

—Algo así.

La sonrisa cínica en el rostro de Tom Riddle le dijo a Sirius Black que era mejor no
preguntar.
—Eres capaz de todo por Harry… ¿incluso de dejar tus ambiciones de lado? ¿De ser
un brujo de la luz?

Tom endureció el rostro.

—La oscuridad llama. No puedo abandonar mi causa. Todo lo que he vivido me ha


enseñado que la luz es engañosa, terrible y despiadada con quienes desean poder.
La luz no es para aquellos que deseen dominar, la luz es para aquellos que ya han
sido dominados por una idea de inferioridad. La oscuridad es una cruel amante que
te abriga con su magnificencia y de toma con seguridad de entre los brazos del
desprecio para llevarte al reinado. Todos los grandes magos han sido ambiciosos y
oscuros.

—Dumbledore…

—No me hables de la vieja cabra, Black —gruñó Riddle—. Él es poderoso, pero,


¿sabes que tu gran Dumbledore ha sido amante de Grindelwald? Compartían lecho
mientras planeaban dominar sobre los muggles por el bien mayor. He tenido la
suerte de que muchas de las cartas que se enviaban llegaran a mí, pero aún no he
utilizado la información para nada que valga la pena. Dumbledore pelea para sí
mismo, no para nadie más. Él está dispuesto a ganar una guerra contra sus mismos
ideales.

Sirius endureció el rostro.

—No creo que…

—Y, si no me equivoco —Tom siguió hablando, ignorando las palabras de Sirius—,


fue Dumbledore quien hizo en encantamiento Fidelius. Dumbledore sabía quién era
el verdadero guardián del secreto, y aun así te dejó en Azkabán para pudrirte. ¿Por
qué crees que haya sido? ¿Por qué te quería en Azkabán? Piénsalo, Black, y abre
los ojos. Si de verdad tienes cerebro, sabes dónde buscarme.

Tom se levantó de su silla y la desapareció junto con la silla de Harry. Adoptó la


forma de Cylean y quitó todos los hechizos, inclusive el que prohibía que Phineas
Nigellus Black oyera ni viera nada. El retrato estaba molesto, y le fulminó con una
apática mirada mientras Cylean sonreía casi tiernamente. Luego salió de la
habitación, dejando a Sirius con la cabeza enterrada en las manos, sin saber qué
pensar.

Harry estaba en la biblioteca, sentado en un sillón que parecía querer tragárselo y


abrazándose las rodillas. No quería pensar. No quería oír nada.

Unas manos conocidas acariciaron sus hombros y Harry dejó que un molesto
sollozo saliera de su garganta, pero se detuvo. No quería llorar. No quería nada.

—Harry, mírame —oyó la voz de Cylean, y alzó la vista. No quería ver a Tom, por lo
que era mucho mejor que estuviera en forma de Cylean. Con gente en Grimmauld
Place no podía arriesgarse a ser encontrado.

—Vete —gruñó Harry—, quiero estar solo.


—No te dejaré —Cylean lo sujetó y levantó en vilo para tomar asiento él y sentar a
Harry en su regazo. Harry supo que no debió utilizar mucha fuerza, porque él
mismo era delgado hasta parecer insano y Cylean tenía un cuerpo torneado.

—Sirius tiene razón —musitó Harry, sin querer levantar el rostro del pecho de
Cylean, donde lo había enterrado. Los anteojos se le clavaban en la nariz. No le
importaba—. ¿Qué he estado haciendo?

—Soy alguien diferente a quien era antes —comentó Cylean—. No debes sentirte
mal por ello.

—Pero tú… has hecho muchas cosas… malas.

—Hablas como un niño pequeño —Cylean le acarició el cabello, con los labios cerca
de su frente, que al hablar le rozaban—. Te lo dije alguna vez: no hay bien ni mal,
sólo poder, y personas demasiado débiles para conseguirlo. Tú no eres débil, Harry.
Yo no soy débil. El bien y el mal está sobrevalorado.

Harry sacudió la cabeza ligeramente.

—Pero…

—Pero nada, Harry. Sé que todo esto está siendo muy difícil para ti, ¿vale? Pero
también lo está siendo para mí. Intento dar un cambio a mi forma de aplicar los
ideales. La rabia y la locura me consumieron por décadas, pero ahora tengo la
cabeza más despejada, la mente más abierta. Puedo volver a mis ideales de cuando
era sólo Tom Riddle. Puedo volver a desear sólo un mundo donde los nacidos de
muggle sean criados por sangres pura, y donde los squibs sean preparados para
pocionistas o herbólogos, pero no abandonen nuestro mundo. Puedo ver todo como
hacía años no le veía. Y si lo que deseas es ver cambios en mí, podemos comenzar
desde ahora. Este es nuestro principio, este es nuestro comienzo.

Harry apretó ligeramente los labios.

—Pero seguirás torturando y matando.

—Sólo si se oponen libremente a mí.

—No puedo aceptar eso.

Cylean suspiró. Tom suspiró. Pudo notar los dos tipos de suspiros, el suspiro
relajado y exasperado de Cylean, el suspiro frustrado de Tom. Él comenzó a
masajearle la espalda, desatando los nudos de tensión por el día.

—A veces, sólo tienes que ceder.

Harry asintió. Debía ceder. Y pensarlo.

—Me has hecho aprender una maldición adictiva —le recordó—. Estuve tentado a
usarla con Snape.

—No era adictiva —murmuró Tom—. Es sólo que tú necesitabas utilizarla. Una vez
que la aprendes, es difícil dejar los efectos que ésta te produce.

—Adictiva —musitó Harry. Tom resopló.


—Vale, puede que sea adictiva.

La risa sacudió ligeramente a Harry.

—¿Qué le dijiste a Sirius?

—Un par de verdades.

—No lo has maldecido, ¿verdad?

—¿Cómo puedes pensar algo así de mí? —hubo un silencio incómodo que siguió a
otro suspiro de Tom—. No, no le he maldecido. Aunque he estado a punto. Le he
invitado a considerar que tiene otra opción.

—Sirius nunca se unirá al lado oscuro.

—No, pero estará donde esté su corazón. Y su corazón está contigo.

Harry se apartó ligeramente de Tom en forma de Cylean para mirar aquellos ojos
claros. Parecía que mientras más le veía más podía darse cuenta de las cosas de
uno en otro; los retazos de Tom en Cylean, los trozos de Cylean en Tom.

—Debería disculparme con Sirius.

—¿Te arrepientes de lo que has hecho?

Harry negó.

—He llegado a la conclusión de que arrepentirse es algo estúpido.

—¡Y quieres que yo me arrepienta!

Harry le dio un golpe en la cabeza con la palma abierta.

—No es exactamente lo que quiero, pero eres libre de hacer lo que gustes.

—¿Incluso besarte?

Harry se lo pensó.

—Podría ser.

Tom besó a Harry suavemente, un beso delicado en el que sopesaba sus labios
entre los suyos, succionando ligeramente el labio inferior del chico y acariciando su
mejilla con la mano. Harry respondió ligeramente a aquel beso, sintiendo estallar
algo cálido en todo su pecho.

Quería a Tom. Quería a Cylean. Quería a Voldemort. Estaba seguro de que les
quería por igual, habiendo hecho lo que hubieran hecho; Cylean no era real, Tom
había matado hasta convertirse en Voldemort, Voldemort había matado a sus
padres y a Cedric. Pero no se arrepentía de sus acciones. Ni se arrepentiría en un
futuro cercano. Había tenido dudas, pero todo era más fácil cuando estaba en
brazos de Tom, y él le demostraba que todo podía ser diferente.
Aquí empezaba el cambio. Justo en ese momento.

25. Libertad.

El veintiocho de Diciembre Harry despertó con algo frío estampándose en su rostro.

—¡Hola, cachorro!

Harry se puso sus anteojos y observó ceñudo a Sirius, que levitaba un puñado de
bolas de nieve que iban volando por toda la habitación. Sirius parecía despejado,
libre, con los ojos atentos y la sonrisa en el rostro.

Harry recordó que ese sería el primer día oficial de libertad para su padrino.
Saldrían al parque, no muy lejos de allí, el parque que estaba justo en la esquina y
que se extendía por toda la calle. Iban a salir al callejón Diagón, pero Kingsley no lo
consideró ni por un segundo: demasiado peligroso.

—Déjame cambiarme, Sirius. Ahora me levanto —protestó Harry, aún de mal


humor, limpiándose la nieve del rostro con las sábanas. Sirius rió como un crío
haciendo una travesura antes de que Harry se volteara y se encontrara con Tom,
bajo la forma de Cylean, en el suelo, mirándole ceñudo—. ¿Cuándo te colaste en mi
cama?

—Anoche —Tom se levantó, frotándose los ojos—. Tú roncabas.

—No sé qué dices, yo no ronco —protestó Harry, lanzándole una almohada.

—Roncas —Tom le devolvió la almohada con un golpe y ambos se miraron con los
ojos entrecerrados unos largos segundos antes de estallar entre risas. Tom le
revolvió los cabellos—. Anda, vamos a la ducha y a desayunar.

—Sí, profe.

Harry se internó en el baño y cuando Tom iba a adentrarse después de él le cerró la


puerta en la cara. Tom golpeó, molesto.

—Anda, Harry. No es gracioso.

—¡No estoy bromeando!

Tom maldijo en voz alta, tomó su almohada y fue directo a su habitación. Al menos
allí tenía ropa limpia.

Desayunaron liviano y poco, más que nada porque Sirius estaba botando en la silla
de la emoción. Parecía un pequeño crío el día antes de navidad. Y aunque navidad
ya había pasado, Sirius insistía con que debía comprarles regalos a todos.

—¡Hora de salir! —chilló su padrino, mientras Harry iba hacia la puerta seguido de
Cylean, Kingsley, Remus y Tonks. Salieron y no había muchas personas en el
exterior, por lo que se podía ver desde la puerta. Afrontaron el exterior con pasos
firmes y Sirius se quedó observándolo todo, desde el cielo nublado hasta el césped
cargado de nieve. Tenía una sonrisa extraña en su rostro, una expresión que
variaba entre la euforia y la melancolía. Sirius era libre. Al fin.
—Anda, Sirius. Vamos a hacer un muñeco de nieve —ofreció Harry. Caminaron
hasta el parque con ropajes muggles, abrigados y prácticamente irreconocibles.

En algún momento entre hacer el muñeco y ángeles de nieve todo se volcó en una
guerra de bolas de nieve en la que Kingsley, Remus y Tonks bombardeaban a
Cylean, Sirius y Harry. Sirius, escondido detrás de un fuerte y dándose cuenta de
que nadie lo veía, se transformó en Canuto y rodeó el parque para destrozar las
bolas de nieve que sus enemigos habían creado, sin contar con que Tonks tenía
algunas de reserva que le arrojó. Sirius se volvió a transformar en él mismo y aulló,
derrotado.

No había muchas personas fuera, lo que resultó un alivio. No querían explicar por
qué el ex convicto Sirius Black estaba allí, tan feliz y tan libre. Después de todos los
juegos Sirius sugirió/pidió/exigió ir a un pub muggle en que sirvieran scones y café
bien caliente. Kingsley examinó la zona y escogió uno bastante pequeño y privado.
Cylean se disculpó con ellos, besó a Harry y se despidió, diciendo que necesitaba
hacer algunas compras pero que volvería a la casa temprano. Ya en el café,
mientras Remus y Tonks pedían en la caja y Kingsley custodiaba la puerta (nunca
hay que bajar la guardia) Sirius tomó asiento en una mesa del fondo junto con
Harry.

—Quería hablar contigo, Harry. En privado —añadió, al ver la mirada en los ojos de
su ahijado, la forma en que miraba hacia los demás de aquel inusual grupo, como
buscando ayuda.

Harry suspiró y asintió.

—¿Qué sucede, Sirius?

No había cariño en su voz, sólo sonido hueco. Sirius reprimió un estremecimiento.


Su ahijado sabía guardar sus sentimientos cuando quería hacerlo, al mismo tiempo
que sabía no expresar absolutamente nada. Sintió rabia y dolor al mismo tiempo.

—Quería… disculparme.

Harry alzó una ceja.

—¿Y por qué, si debo saber?

—Harry —Sirius arrastró las erres—. Ya sabes por qué. No hemos podido hablar…
es que necesitaba pensarlo. Y he llegado a la conclusión de que, sin importar el
camino que tomes, iré contigo.

Los ojos de Harry brillaron. Fueron como luces en la oscuridad, destellos verdes en
un marco negro.

—¿En serio?

—No, es una broma —Sirius endureció su rostro unos segundos para que luego se
quebrara con una amplia sonrisa—. Anda, cachorro. Te seguiré a donde sea. Aún si
muero en el intento.

—Intentaremos que no mueras, ¿vale? —pidió Harry, rodando los ojos—. ¿Estás
conmigo? ¿Así? ¿Sencillo?
—Siempre estaré contigo, Harry —susurró Sirius, de forma baja e íntima, y era una
promesa. La sonrisa de Harry ocupaba casi todo su rostro, y era completamente
sincera—. Pero para poder estar contigo, necesitaré que me cuentes todo. Desde el
principio. Y esta vez tú me lo contarás, sin bromas, sin problemas. Con toda la
seriedad que sea posible en un hijo de Merodeador.

Harry asintió solemnemente. En aquel momento los cafés llegaron y la charla se


interrumpió por varios comentarios de Remus, que cargaba vasos plásticos con café
en una bandeja, mientras que Tonks llevaba los scones. Kingsley se unió luego de
unos minutos de vigilancia y comieron con avidez, incluso Tonks, que decía que
estaba a régimen para aumentar la cintura.

—No me quejo de tu cintura, amor —dijo Remus, sonriendo. Tonks se llevó las
manos a la cintura, ofuscada.

—¡O de la falta de ella, querrás decir!

—Tonks… —comenzó Kingsley—. Estás llamando la atención.

El cabello de la metamorfomaga había cambiado del castaño al rojo, aunque de


forma casi imperceptible. Le dejó como estaba, sin querer llamar más la atención
de lo que ya había llamado.

—Si me disculpáis —Sirius se levantó cuando terminaron—. Me gustaría dar una


vuelta a solas. Con Harry —agregó. Harry supo que era para hablar con él.

Kingsley se veía reacio.

—Pueden atacaros en cualquier momento y…

—Vamos, Kingsley, ya te estás comportando como Moody —Sirius palmeó la


espalda del Auror—. Podemos dar un paseo de un par de horas, solos. Cualquier
cosa tengo una varita que me funciona casi tan bien como me funcionaba la mía. Y
tú sabes que no soy tímido al utilizarla.

Kingsley asintió, serio, pero no parecía querer dar el brazo a torcer.

—Nos mantendremos en el parque. Vosotros sólo debéis quedaros a unos cuantos


metros y ver de lejos —ofreció Harry. Sirius le lanzó una mirada insultada, pero
Harry sabía que tanta protección no era por su padrino, era por él mismo. Así que
mientras se mantuvieran a unos metros y Sirius lanzara un Muffliato por
privacidad…

—Compro —Tonks sonrió—. Vamos, Sirius puede cuidarse solo y confío en que
Harry sepa patear traseros sin la ayuda de una varita.

Remus observó a su novia de forma escandalizada, pero ella se encogió de


hombros.

Diez minutos después Sirius y Harry estaban en el parque, rodeados de


encantamientos de privacidad que Sirius se sabía de memoria, agregándole
el Muffliato que Harry había hecho con la varita de Sirius. No había muggles a la
vista, por lo que nadie tuvo que enterarse.
A pesar de ser un día frío y nevado, era un buen día. O tal vez era que las
percepciones de ambos estaban alteradas: la libertad tenía consigo un poco de
custodia, pero era libertad al fin y al cabo. Libertad cálida y luminosa, como un rayo
de sol luego de mucho tiempo en la oscuridad. Era básicamente eso.

—Yo no sabía que Tom me había lanzado un hechizo de Impulsión. No tengo idea
de cómo lo hizo —admitió Harry, cuando estuvieron rodeados de nieve y en una
banca congelándose los traseros—. Pero lo hecho, está. Al principio no lo creía… no
realmente. ¿Voldemort, cambiar? Pero no ha cambiado. Sigue siendo él mismo,
pero su cuerpo ha cambiado, por lo tanto sus reacciones y expresiones pasan por
un filtro antes de que él mismo las exponga. Antes de decir algo ese algo pasa por
el filtro Cylean, y es dicho con acento francés. Antes de sonreír maliciosamente
pasa por el filtro Cylean y sonríe de forma curva, cómica. Es… diferente, sí, pero
sigue siendo él mismo. En parte eso me confunde —Harry se mordió el labio y
Sirius conjuró un encantamiento calentador para ambos. Lo iban a necesitar. Su
ahijado se lo agradeció con la mirada—. Yo… no puedo decir qué fue lo que me hizo
cambiar. No puedo decírtelo. Pero tú sabías que mi fe en Dumbledore se
tambaleaba cuando él no hizo nada por las torturas de Umbridge. Tú sabías eso,
¿recuerdas? —Sirius asintió. Harry continuó—. Fue un proceso difícil confiar en
Tom. Pero hicimos un pacto. Él se encargó de algo que a mí me molestaba, y en
cambio… no, no iba a serle leal, Sirius —esquivó la mirada dura y cargada de
preocupación de su padrino encogiéndose de hombros—. Nunca le prometí lealtad.
No de esa forma. Pero prometí hacer una tregua: yo no atentaría contra su vida, él
no atentaría contra la mía ni la de mis seres queridos. Dumbledore me dijo la
profecía, y de alguna forma que no tengo idea Voldemort… Tom, pudo saber qué
decía también. Y eso le hizo meditarlo y dar vuelta la situación a su favor, como un
buen Slytherin haría.

—Eso lo comprendo, Harry. O por lo menos, creo que lo comprendo —Sirius enredó
sus dedos entre el cabello, tirando de las raíces y causándose dolor. Necesitaba
centrarse.

La mano de su ahijado sobre la suya lo detuvo. Sirius le dirigió una mirada


exasperada.

—¿Qué es lo que no comprendes, entonces?

Sirius intentó explicarse.

—No comprendo cómo le perdonaste. Cómo confías en él. Cómo… no lo comprendo,


Harry, no soy capaz de hacerlo.

Harry se mordió el labio. Sabía que lo que iba a hacer era básicamente como
traicionarse a sí mismo, porque era algo que no planeaba revelarle a Sirius. No
planeaba revelárselo a nadie, en realidad, luego de que Dumbledore actuara como
había actuado. No planeaba ser objeto de lástima de nadie.

—Tom… sabe algo sobre mí. Algo que nadie más sabe. Mi alma está tan destruida
como la suya, Sirius —Harry apartó los ojos de los de su padrino—. Yo… bueno, no
fui exactamente el autor, pero sí el autor intelectual, y el muy enfermo se lo
merecía, aunque…

—Harry… ¿qué estás diciendo?

Había desesperanza en la voz de Sirius. Harry fue al grano.


—En el verano después de cuarto año, Dudley, mi primo, convenció a un amigo
suyo de que violarme iba a ser una buena idea. Podrían filmarlo y chantajearme.
De seguro, si le mostraban el vídeo a tía Petunia (y en todo momento, sin mostrar
el rostro de quien estaba conmigo) ella no me dejaría asistir más a ese colegio raro
al que iba y me llevaría por siempre lejos de allí —Harry narró con voz vacía, nula
de todo sentimiento. No quería ver el rostro de Sirius. No quería ver el rostro de
nadie—. Su amigo, Archivald Keyglass, estuvo muy dispuesto. De alguna forma
extraña yo le parecía atractivo, por lo que no era una oportunidad perdida. Dudley
lo filmaría todo. Archivald lo haría. Y lo hizo.

Oyó el sonido de los dientes apretándose después de que Sirius cerrara la


mandíbula. Harry no tenía lágrimas que derramar. Se sentía extrañamente vacío.

—Se lo conté a Dumbledore. El viejo… dio una poción a ambos que les quitó todo el
interés en mí. Al principio no creí que existiera, estuve mucho rato tras libros de
pociones —Harry hizo una mueca recordando aquellos días enterrado en el dolor y
la desconfianza, simplemente leyendo sobre pociones para olvidar y pociones de
desinterés, filtros del olvido, elixires de la amnesia... Apretó los ojos unos segundos
y luego los abrió. Seguía sin haber lágrimas en sus ojos—. Les borró la memoria,
aparte. Arrancó de raíz aquellos recuerdos, por lo que, en caso de que le dieran
Veritaserum, podía decir que jamás lo hizo porque no recordaría haberlo hecho. Lo
pensé mucho. Demasiado, seguramente. Buscó formas de protegerse a sí mismo
con todo lo que había sucedido. Después de todo, ¿qué dirían de él, el gran Albus
Dumbledore, si el único chico que tenía a cargo fue abusado sexualmente por su
propio primo? ¿Y abusado toda su vida por el resto de su familia sanguínea? ¿No
sería mejor para él ir con su padrino prófugo de la ley y…? —se detuvo unos
segundos y una sonrisa extraña, salvaje, apareció en su rostro—. ¡Estas vacaciones
podré volver contigo, Sirius! ¡Podremos ir a donde sea! ¡Eres libre!

Sirius tampoco había caído en eso. Ahora podría cuidar de Harry. Pero la euforia de
Harry no era nada comparada con los destrozos de su interior al saber aquella
verdad.

—Harry, lo sé, pero… ¿qué tiene que ver eso con…?

Harry hizo una mueca. Aparentemente, su intento de desviar la conversación no


había funcionado.

—No lo sientes ni un poquito, ¿eh? —se burló amargamente Harry, lanzándole un


puntapié a la nieve. En un instante estuvo rodeado por unos fuertes brazos.

—¡Claro que lo siento, mocoso! Siento horrores lo que te ha sucedido, pero creo
que aún estoy en shock. Pensar que si no hubiera sido por cazar a la rata hubiera
podido cuidarte como es debido… —chasqueó la lengua y soltó a Harry, que parecía
haberse puesto del color de los cabellos de su madre por el férreo abrazo de su
padrino—. Y también debo analizar bien a dónde vamos a ir de vacaciones. ¿Te
parece ir a España? ¿Francia? ¿Holanda? Podemos ir a Egipto. ¡O a Las Vegas! Te
falsificaré una documentación… o creo que con un simple Confundus a la gente
adecuada bastará.

Harry rió.

—Aún falta tiempo. Podemos pensarlo.

Sirius sonrió, pero su sonrisa fue perdiendo intensidad mientras veía la expresión
del rostro de su ahijado. Tomó su mano y le dio un apretón.
—Harry, no creas que te siento diferente por lo que ha pasado. Eres mi Harry, mi
cachorro de Cornamenta. Te quiero sin importar lo que hayas vivido y tus
elecciones. Te ha sucedido una desgracia y la has afrontado. Has vivido mucho más
que yo a tu edad, y eso que yo me quejaba de haber tenido una vida difícil.

Harry rodó los ojos. Su padrino nunca cambiaría.

—Por lo que te acabo de contar es por lo que decidí hacer una tregua con Tom. Él
se cargó a Dudley, y Archivald Keyglass está en la cárcel.

—Debió ser al revés —objetó Sirius.

Los ojos de Harry casi saltan de sus cuencas.

—¿Al… revés?

—Debiste matar al gilipollas de Archivald y cargarle la culpa a Dudley.

Harry negó.

—Es más castigo para Archivald ser abusado que la muerte. Con la muerte,
obtendría paz. Dudley murió en mucho sufrimiento.

—¿Cómo sabes que Archivald será abusado? —preguntó Sirius, enarcando una ceja.
La sonrisa cínica de Harry fue casi toda la respuesta que necesitaba.

—Créeme, lo será. Tom se encargó de todo. Ahora mismo debe estar gozando un
buen dolor de trasero.

Harry rió, una risa grave y oscura que a Sirius le puso el vello de punta.

—Entonces… decidiste confiar en Voldemort porque te cargó a tu primo.

—No decidí confiar en él. Sabía que no podía confiar en muchas cosas, pero sí en su
palabra. Juramento mágico.

Sirius lo meditó.

—¿Y cómo te enamoraste de él? ¿Qué tiene Lord Voldemort de especial? No es que
menosprecie que haya matado a media población mágica, pero no creí que tenías
esos gustos… —Sirius trató de bromear, con la garganta seca. Harry se encogió de
hombros.

—El amor es inexplicable. Fue gradual. Al principio no estaba seguro, luego… fue
como despertar. Como abrir los ojos. Como respirar por primera vez el aire
completamente puro. Como comenzar a caminar sin un peso en la espalda. Yo… no
lo amé desde el principio, claro que no. Fue ganándose mi confianza. Era…
simpático, sencillo. Se comportaba como un crío y no como un Señor Oscuro. Es
inteligente. Es poderoso. Me ofreció una opción. La acepté. Ahora soy su aliado, su
amigo, su pareja. Y él… lo es todo para mí.

Sirius suspiró.

—Lo amas de verdad.


Harry le miró ofendido.

—¡Por supuesto! ¿Por qué crees que te mentiría en algo así?

Sirius negó con la cabeza.

—No creí que era una mentira. Creí que estabas confundido —Sirius echó la cabeza
hacia atrás y suspiró—. Es… ¿es difícil quererlo?

Harry negó.

—Es sorprendentemente fácil. Una vez que lo tienes cerca no puedes alejarte más
de él. No es una opción. Es una necesidad. Es energía, devoción, satisfacción. Es
poder. Es magia, una magia demasiado complicada como para que cualquiera de
nosotros la comprenda. Es… como si estuviera escrito, de alguna manera. Nada se
nos ha complicado. Todo se nos ha puesto demasiado fácil. Siento que incluso es
un sueño, un sueño demasiado agradable para ser verdad.

Sirius le sonrió a Harry, lenta y pausadamente. Harry, soñadoramente, le devolvió


la sonrisa.

—Te seguiré, cachorro. Eres el aliado de Voldy, por lo que tienes algún tipo de
poder. Así que te seguiré. Estaré contigo. No me apartaré de tu lado. Y si me
matan, volveré como Inferi y os haré la vida imposible a todos.

Harry rió y se lanzó hacia su padrino. Lo envolvió en un abrazo cálido y apretado,


con toda la fuerza de sus brazos que, por las clases privadas de Cylean, eran
incluso más fuertes de lo que aparentaban. Tom no quería un flacucho flácido, o por
lo menos eso le había dicho. Un entrenamiento común era levantar pequeñas bolas
de plomo de varios kilogramos haciendo ejercicios de brazos. Harry no se sentía tan
ridículo haciéndolo cuando Tom lo hacía junto a él y los músculos de sus brazos y
su espalda se marcaban —porque el muy bastardo entrenaba sin camisa, lo que
llevaba a situaciones comprometedoras.

—Te quiero, Sirius. ¿Sabes? Eres el padrino más guay de la historia.

—Yo que creía que oirían eso cuando te lleve a Las Vegas.

Harry le sacó la lengua a su padrino sin sombras en sus ojos. No había rastro
alguno de dolor o de pena, de tristeza o lamentaciones; en ninguno de los dos.
Simplemente se abrazaron con fuerza, afectuosamente, con una dulzura que a
ambos les había faltado en sus vidas y obtuvieron tarde.

—Entonces, ¿me seguirás? —dudó Harry, queriendo confirmarlo.

Sirius le guiñó el ojo.

—Hasta el fin del mundo, cachorro —Harry sonrió ampliamente—. Y, ¿cómo se


llama nuestro grupillo súperespecial?

Harry se encogió de hombros.

—Aún no le he creado un nombre. Tampoco me he creado un nombre para mí. Tom


lo hizo.
—¿Cómo es?

—Érebo.

—Mola. Oscuro y siniestro. Digno compañero de Voldemort. ¿No suena bien? Voldy,
Éreby, Voldy, Éreby…

—Estoy sorteando un Crucio y tú, Black, estás comprando todos los números.

Ambos se voltearon a ver a Cylean que, cruzado de brazos, había atravesado las
barreras de seguridad y oído sobre el Muffliato. Ningún hechizo era infalible al
Señor Oscuro.

—Lo lamento, oh gran señor de la oscuridad —se disculpó falsamente Sirius. Cylean
bufó.

—Es lo máximo que podré obtener de ti.

Padrino y ahijado rieron a carcajadas.

En aquellos momentos, estaban bien. Todo parecía estar arreglado.

De momento.

26. Sentir.

"Neville:

Espero que no te resulte extraña esta carta. Te la enviaré vía Fleance, la lechuza de
Cylean, no porque algo malo le haya sucedido a Hedwig, no, si no porque Fleance
es veloz como ella sola, y necesito una respuesta vía flú (estoy en Grimmauld
Place, como sabrás) o vía lechuza con la mismísima Fleance porque es urgente.

El treinta y uno de diciembre es una fecha especial. Hoy, veintiocho, he comprado


un pequeñísimo regalo para Cylean que no alcanza a la semejante necesidad que
me consume. ¿Qué es el treinta y uno? Supondrás que se trata de nuestro primer
mes o algo así, suficientemente banal como para preocuparme. Pues sí, has
acertado, mi querido Neville (y no puedo escribir mucho la palabra 'querido' porque
parece que Cylean huele cuando la escribo, ya que suele aparecer de improvisto…).
Necesito consejo de mi gran amigo Neville.

(No que no aprecie el consejo de Ron en caso de que éste fuera a dármelo, pero
tampoco voy a pedírselo, vamos; ¿te das cuenta de lo que le hace a Hermione, y
voy a pedirle consejo? No, no, gracias).

He pensado en una serie de regalos para Cylean. Ninguno se compara con el


anterior, claro, porque ninguno es tan absurdamente estúpido como el anterior.
Estoy bloqueado. No tengo la menor idea de qué regalarle a Cylean y menos aún
de cómo aceptará algún tipo de obsequio; podría ser atrevido y arriesgarme, no por
nada soy un Gryffindor, pero me encuentro incapaz de dar el primer paso. Necesito
consejo, Neville. Consejo de alguien que sé que tiene los mismos problemas para
dar el primer paso.
(No creas que no me he dado cuenta de las miradillas que lanzas a la mesa de
Slytherin. Soy demasiado viejo y tengo demasiada experiencia con mirar a
hurtadillas como para caer en un truco tan viejo como 'tengo algo en el ojo').

¿Qué me aconsejas, Neville? ¿Qué puedo hacer? ¿Qué puedo comprar?

Si sirve de algo decírtelo, el obsequio que he comprado hasta el momento y que


pienso arrojar por la ventana tan pronto entre en estado histérico (que pasará
pronto) por encontrarlo demasiado humillante es una cadena. Una cadena con una
serpiente (ya sabes, el Patronus de Cylean) que es lo único que pienso utilizar la
noche del treinta y uno de diciembre. Supongo comprendes eso.

Consejo, Neville. Consejo.

Cariños,

Harry".

Era veintiocho por la noche, casi medianoche, cuando Neville sintió que su ventana
era picoteada y fue a abrir. Leyó la carta de Harry con ojos entreabiertos y dejó que
una carcajada brotara de su garganta al leer la desesperación y nerviosismo de su
amigo. Harry estaba completamente loco, pero bien, era su amigo loco.

La lechuza —un ave de color pardo claro, con una corona de plumas que parecían
una peluca vieja— ladeó la cabeza y Neville la invitó a pasar.

—Ven, Fleance, ven.

Fleance voló desde la ventana hasta su brazo. El chico encendió una vela con un
fósforo junto a su mesa de noche y a la luz de la vela recorrió la habitación hasta
su escritorio. Deseando tener ya mismo los diecisiete años para hacer magia fuera
del colegio encendió varias velas más y tomó una pluma y pergamino.

"Harry:

No desesperes. Estaremos en contacto más pronto de lo que crees.

Sinceramente,

Neville".

Neville envió a Fleance y el ave le picoteó en los dedos con cansancio antes de
lanzarse a la noche cerrada. El chico suspiró. Mañana mismo hablaría con Harry.

El veintinueve de diciembre Neville se trasladó desde la Casa Longbottom en


Cornwall hasta Londres en flú, y desde Londres hasta el número 12 de Grimmauld
Place caminando y tocó el timbre. Su abuela, miembro de la Orden, le había
revelado el lugar y no le fue difícil verlo o encontrarlo.

Era temprano, apenas las nueve de la mañana, y había madrugado. Sentía ojeras
en el rostro por haber despertado a medianoche, pero nada que no pudiera
arreglar.

Sirius Black abrió la puerta. Neville había visto de Sirius fotografías en el profeta, y
una fotografía de él cuando era joven en la que estaba con su padre y su madre y
los padres de Harry en una reunión de gala, pero aquella era la primera vez que le
veía en persona. Le sonrió.

—Usted debe ser Sirius Black.

Sirius le lanzó una sonrisa casi mordaz.

—No me trates de usted. ¿Quién eres?

—Neville. Neville Longbottom —Neville le sonrió de lado a Sirius, y vio como la


aflicción pasaba por su mirada—. Antes que nada, no se disculpe, ¿está bien?

—¡No me trates de usted! —protestó Sirius, moviéndose de la puerta para que


pasara—. Adelante.

Neville se adentró en la oscura casa, estremeciéndose por la temperatura fría y el


aura mágica que se le escurría entre los dedos y le erizaba los cabellos de la nuca.
Era un muchacho muy sensible a ese tipo de cosas desde que tenía memoria,
aunque sin los libros necesarios no habría podido manejarlo y habría acabado
enloquecido; por ese mismo motivo supo que, recorriendo ese pasillo y bajando
unas escaleras, se encontraban Harry y el profesor R, y probablemente el profesor
Lupin. Recordaba bastante bien las esencias mágicas cuando las había sentido
tanto tiempo.

Vio de reojo como Sirius guardaba la varita bien en la manga y luego de echar una
mirada al exterior cerraba la puerta.

—No es seguro venir en el pleno día —regañó Sirius, mientras avanzaban por el
pasillo siendo seguidos por corrientes oscuras manando de todas las esquinas—.
¿Por qué has venido?

—Harry tenía que hablar conmigo. Luego, si no le molesta, usaré el flú para irme
entrada la tarde.

—Que. No. Me. Trates. De. Usted —siseó Sirius, moviéndose hasta quedar frente a
Neville—. ¿Tú lo sabes?

—¿Saber qué? —Neville alzó una ceja.

—Nada —Sirius esquivó la mirada de Neville—. Yo sólo decía… Harry está saliendo
con…

—El profesor R —dijo Neville, encogiéndose de hombros—. ¿Por qué?

—Oh, lo sabes —Sirius sonaba extrañado—. Bien, pasa. Están desayunando.


¿Quieres desayunar algo?

—Ya desayuné en casa, gracias señor —Neville se escabulló antes de que Sirius
pudiera maldecirlo por no tutearlo.

Se adentró en la cocina recibiendo algunas miradas sobre él y sonrió,


tentativamente.

—¡Neville! —Harry le miró con una sonrisa ancha que le ocupaba todo el rostro.
Estaba sentado muy junto al profesor R, cuya esencia mágica se agitó en torno a
él, turbulenta y siniestra, para envolver al chico mientras se paraba. Harry se
estremeció sin dudarlo unos instantes, casi sin darse cuenta, para ir tras Neville y
chocar las manos—. ¡Has venido!

—¿Cómo no hacerlo? —Neville le guiño un ojo—. ¿Cómo estás?

—Desayunando —respondió amargamente el profesor R—. Hola, Longbottom.

Neville le sonrió al profesor.

—Hola, profesor R.

Sintió, como cada vez que lo veía, como la magia de Cylean Rousseau —oscura,
pesada a un modo casi asfixiante— le envolvía y probaba su destreza. Era un reto
secreto con su profesor. El profesor R era demasiado oscuro como para su gusto
general, e incluso tenía residuos de imperdonables en sus manos —Neville podía
saberlo; las había visto en las esencias de sus padres— y se contuvo de hacer una
mueca cuando sintió el empuje contra su propia magia. La magia del profesor R
estaba reaccionando de forma violenta ante la invasión, y dejó de examinarle
mientras volvía su atención a Harry.

Ah, Harry. No tenía idea de qué había sucedido, pero la magia de su amigo, que
antes se tornaba como un hogar en calma, ahora reaccionaba extasiada. Era gris,
dócil y amplia, y se movía en torno a él como una sombra. Neville le sonrió
ampliamente a su amigo.

—¿Creíste que te respondería una miserable carta que me mandas por primera vez
en todo el año? Esto merecía una visita en persona —le cuchicheó, muy bajo, y el
rostro de su amigo pasó de ser alegre a avergonzado.

—Ya, Neville, lo siento —se disculpó—. ¿Quieres desayunar?

Neville negó.

—Anda, termina. Tenemos que ir de compras.

Luego se volvió a ver al profesor Lupin, sonriendo de lado.

—Hola, profesor Lupin. ¿Cómo está?

—Me encuentro muy bien, Neville. ¿Y tú? ¿Cómo has estado?

Neville, completamente congraciado con el profesor, le sonrió ampliamente.

—Realmente muy bien, profesor. ¿Usted?

—Ya no soy tu profesor, Neville, puedes llamarme Remus —el hombre lobo le
sonrió. Había ese aire salvaje en su esencia que a Neville conseguía incomodarlo y
causarle curiosidad al mismo tiempo. Si bien era algo que se veía solo con los ciclos
de la luna, su magia se volvía inestable y salvaje mientras más cercanos a la luna
llena estuvieran. No sólo había cambios en él, en su magia también. Neville se
había cuidado mucho de no decírselo, no quería incomodar al pobre hombre.

—Bien, Remus. ¿Les molestaría si me llevo a Harry de compras hoy? Tenemos


algunas cosas que hacer, y sería mejor que hubiera gente cuidando por la
reputación de Harry de meterse en problemas, ya sabéis —hizo un ademán con la
mano, como si todo estuviera contado. Harry se atragantó con su té. Neville rió.

Remus sonrió.

—Claro, ¿por qué no? —miró a Sirius—. ¿Tú vienes?

—Obviamente —dispuso Sirius, con cierta expresión enfurruñada—. Cylean


también…

—No —Neville endureció el rostro—. Si no es molestia, profesor R, preferiría que le


diera un poco de espacio a Harry. Podréis arreglaros más tarde juntos, pero un
poco de espacio a solas con unos amigos estaría bien, ¿no le parece?

Sintió como si la magia de su profesor se oscureciera aún más. La magia se desató,


furiosa, extendiéndose por toda la habitación y Neville sintió el vello de los brazos
ponerse de punta. Era el único que podía sentirlo.

Pero Cylean Rousseau sonrió falsamente.

—¿Por qué no? Podría quedarme mirando algunos libros. Un día tranquilo, para
variar.

—¿Insinúas que no soy tranquilo? —atacó Harry. El profesor R rió.

—No lo insinúo. Lo dejo en claro.

Harry le sacó el dedo del medio que, para desgracia suya, tenía jalea de una de las
tostadas. Cylean capturó el dedo y lo lamió, y Harry no fue el único que enrojeció
varios tonos.

—¡Eres un…! —siseó Harry, apartando la mano como si la hubiera sacado de un


caldero en llamas. Sirius estalló en estruendosas carcajadas que tenían un tinte
nervioso, y Neville no necesitaba ser exactamente el lápiz más afilado del lapicero
para darse cuenta que algo sucedía allí. Aparte de la tensión sexual entre su
profesor y su amigo, claro. Era algo que parecía ser importante, algo de lo que el
tranquilo profesor Lupin desconocía, pero que involucraba a Harry y al profesor R. Y
a Sirius, o al menos en parte. ¿Qué sería?

Neville sintió la magia de Sirius antes que su mano, y pronto el hombre se estaba
apoyando en él para dejar de reír.

—Vamos, déjalos desayunar. Te presentaré el lugar.

Sirius le dio un recorrido por las habitaciones y Neville sintió extraños espasmos por
todo el cuerpo que intentó esconder con cada aura mágica oscura en cada uno de
los rincones. La oscuridad era fuerte, terrible. Dolía en cierta forma, como una
presión angustiante en el medio del pecho que conseguía que los ojos se le
cargaran de lágrimas. En algún momento, Sirius Black se dio cuenta.

—¿Te encuentras bien, Neville?

Él asintió.

—Sucede que… —negó—, no, no es nada. Esta casa es muy… oscura.


La expresión de Sirius era inescrutable.

—Lo sé.

Sirius no hizo ninguna pregunta y cuando fueron a la sala Harry ya estaba allí.
Estaba completamente abrigado para internarse en la nieve y Neville vio el gozo en
las facciones de Sirius al ver que el profesor R tenía una expresión desalentadora.
Neville sabía que lo que el profesor de Defensa sentía por Harry iba más allá de un
simple amorío: era obsesión, una forma de verlo que iba más allá de un simple
romance. El profesor estaba enlazado a él de una manera que su magia
reaccionaba con tenerlo cerca: se envolvía y lo apresaba, se unía a la magia de
Harry de forma que podrían parecer una sola del más gris plomizo con el gris
perlado. Oscuridad y sombras, tensión y poder, fracciones de segundos en que las
miradas decían más que las palabras combinados con las marcas de mordiscos en
el cuello de su amigo cuando llegaba por las noches a la Sala Común. Todo era
oscuro, todo se envolvía de esa forma que le pegaba la lengua al paladar y le
dificultaba pronunciar palabra alguna.

—Estoy listo, Neville —le sonrió Harry cuando estuvieron frente a frente. Cylean
reclamó la atención de su novio con un tirón de cabello.

—Despídete.

—No nos veremos por unas horas, no por varios años —se quejó Harry, pero
procedió a depositar el más dulce de los besos sobre los labios del rubio. Neville se
aclaró la garganta cuando Cylean le sujetó del rostro y le abrió los labios con la
lengua; Harry se apartó sonriendo, pícaro, con una expresión entre perversa y
avergonzada.

Después de todo, aunque Harry se encontraba actuando como una dulce flor en
ciertas ocasiones, Neville sabía que no lo era. Su amigo tenía una oscuridad
comparable con la del profesor, aunque de una forma diferente. Siempre de una
forma diferente.

—Sirius, Remus —Harry les sonrió a los hombres mientras se ponían sus abrigos.
Era ropa muggle, y Neville se alegraba de tener algo de ropa de ese tipo que había
pertenecido a su padre tantos años atrás.

Neville decidió no decir nada de la extraña magia que rodeó a Harry por unos
minutos, y tampoco del destello que brilló en la cicatriz de su amigo por unos
segundos, antes de que Harry sonriera con picardía y le dirigiera a su pareja una
mirada tranquilizadora. Otro rayo de luz —Neville casi se había acostumbrado a
verlos; tenía la teoría de que se trataba de algún tipo de hechizo hecho por su
profesor para comunicarse mentalmente con Harry, y que Harry también sabía
utilizarlo, aunque desconocía su origen— y allí se despidieron con una mirada que
lo decía todo.

Algunos podrían decir que era amor, pero Neville sabía que era más que eso. Era
necesidad, poder, afecto, posesión. Pero, ¿amor? Dudaba mucho que alguien con el
aura mágica de Cylean Rousseau pudiera sentir amor alguna vez en su vida.
Incluso, si pensaba en ello, se sentía mal por Harry y quería decírselo. Pero algo se
lo impedía, porque decirle a Harry lo que veía y sentía era revelar sus poderes, y le
había prometido a sus padres —cáscaras vacías de lo que alguna vez habían sido—
que lo mantendría en secreto, ya que los mismos poderes que tenía él los habían
tenido sus padres, y por aquel motivo la Cruciatus había tenido un destino tan fatal
para ellos: la magia oscura había encerrado y destrozado sus mentes y sus
sentidos.

Pasó la amargura con un trago de su propia saliva y palmeó la espalda de Harry


mientras se dirigían a la puerta.

El aire nevado le golpeó en el rostro y Neville se sintió feliz de haber traído su


bufanda de Gryffindor, y decidió no decir nada sobre la bufanda verde opaco de
Harry, enroscada en su cuello y cubriéndole la barbilla. Era una bufanda que
claramente no era suya, no sólo por la esencia que desprendía, sino porque Harry
tenía muy pocas cosas color verde. La enemistad con Slytherin causaba muchos
más problemas de los que cualquiera querría ver.

Se internaron entre callejuelas y esquinas hasta llegar a una zona comercial. Harry,
tan pronto estuvieron entre las multitudes, se volvió hacia su padrino y su amigo.

—Sirius, Remus, ¿podréis darme un poco de espacio? —pidió, con voz suave—.
Quiero comprar unas cosas con Neville… unas sorpresas. ¿Va?

Remus sonrió y Sirius hizo una mueca.

—Harry, nosotros debemos… —comenzó Black, y Neville sintió la magia del hombre
avanzar hacia ellos como si quisiera atraparlos y mantenerlos ocultos. Harry le
sonrió ampliamente a su padrino.

—Dudo mucho que Voldemort sepa dónde estamos. Y de todas formas, dudo
mucho que ataque ahora —fue como si Harry le recordara algo a su padrino, y
Remus no fue el único que se dio cuenta de que algo importante se estaba
perdiendo allí. Sirius asintió suspirando.

—Vale. Lunático, caminemos por aquí. Mientras estén cerca…

Harry le guiñó un ojo a su padrino. Remus se acercó a él y le apoyó una mano en el


hombro.

—Cuídate, Harry —pidió de corazón. Harry asintió.

—Serán unas horas. Nos encontraremos al principio de la calle en cuatro horas,


¿vale?

—Tres —negoció Remus, frunciendo ligeramente el ceño. Harry rodó los ojos.

—Tres y media —suplicó, como un niño pequeño que está negociando hasta que
hora quedarse despierto. Neville sonrió con una mezcla entre ternura y burla.

—Vale —Remus sujetó del brazo a Sirius—. Anda, Sirius. Vamos a que te pruebes
veinte pantalones de cuero diferentes y al final no compres ninguno.

Neville no tenía idea de por qué aquella mirada traicionada en el rostro de Sirius,
pero la ignoró para ocuparse en Harry. Se despidieron con la mano y se alejaron
unos cuantos metros entre la multitud, internándose entre las filas de tiendas con
escaparates coloridos, decorados con árboles de navidad y lucecillas. Era
demasiado extraño; Neville reconocía la navidad desde que comenzó a asistir a
Hogwarts. Su abuela celebraba el Yule y ese tipo de tradiciones. De todas formas,
había aprendido a gustarle.
—Entonces, ponme al tanto de las cosas, Harry —pidió Neville, casualmente,
mientras observaban el escaparate de una tienda de zapatos. Harry observaba con
los ojos entrecerrados unas botas de plataforma demasiado alta, y Neville casi
podía ver la imagen de su profesor enfundado en esas botas.

—Me alegra que hayas venido a verme, Neville —dijo Harry, dirigiéndole una
sonrisa—. Necesitaba ayuda. De verdad que la necesitaba.

Neville le guiñó un ojo.

—Y para eso soy tu amigo, ¿no?

Harry le palmeó la espalda.

—¿Vamos a alguna parte?

—Un lugar más cálido estaría bien —sugirió Neville, y se introdujeron en una tienda
de ropa para fingir que iban a comprar. Neville había traído dinero, pero eran
galeones, y dudaba mucho que los muggles aceptaran gigantescas monedas de oro
como pago. Se lo dijo a Harry.

—No te preocupes, tomé unas cuantas libras —sacó de su bolsillo algo de cuero,
alargado y grueso y le enseñó papeles. Billetes, recordó que se llamaban. Eran
bastantes, aunque no sabía el valor que tendrían. Asintió y le enseñó una camisa,
fingiendo que estaba interesado en ello.

—Yo creo que la cadena con la serpiente es buena idea —musitó Neville mientras le
alcanzaba una camisa gris. Harry le miró con escepticismo.

—Bromeas, ¿verdad?

—No bromeo. Es orgulloso, arriesgado y le gustará la idea. Tenlo por seguro.

Harry rodó los ojos.

—Pensaba pedirle ayuda a Sirius o a Remus, pero iba a ser demasiado humillante.
Sirius intentó volver a darme "la charla"… desde cuarto que no mencionaba nada al
respecto —Harry suspiró mientras tomaba una camisa roja de la percha y se la
apegaba al pecho por sobre la ropa—. ¿Qué dices?

—Creo que al profesor R le gustará más el verde —le alcanzó otra camisa de un
color más oscuro que el de la bufanda que su amigo llevaba—. Si quieres agradar al
profesor R, claro.

Harry sonrió débilmente.

—No te veía como consejero de modas, Neville.

Neville rió.

—Puede que tenga un gusto discutible, pero sé unir las cosas en su sitio —esperó a
ver la mirada incrédula de Harry para decirle, con una sonrisa—. ¿Estás seguro de
lo que piensas hacer? Después de lo que te ha sucedido… creo que es un gran paso.
Harry se sobresaltó.

—¿Después de lo que me ha sucedido? —preguntó, alzando ambas cejas. Neville le


dio una sonrisa intentando infundirle ánimos.

—Harry, por más que lo parezca, no soy idiota. Tu negativa de acostarte con tu


novio hasta hace unos meses era total e irrevocable, y te ponías nervioso con sólo
una sugerencia. Podías bromear al respecto, sí, pero no era lo mismo… tenías un
tinte nervioso en la voz, no creas que no me doy cuenta. Por suerte no lo comenté
con Hermione y ella ha estado muy ocupada para darse cuenta por sí misma. Puede
que no sea el lápiz más afilado, Harry, pero reconozco los signos cuando los veo.

Harry agachó la mirada unos instantes. Neville se acercó a él para oírle hablar en
un débil susurro.

—¿Desde hace cuánto lo sabes?

—Desde que dijiste algo así como que sabes lo que es el dolor. Y supe qué era lo
que te sucedía.

Harry apretó los labios.

—Yo… no creas que no confiaba en ti, Neville, pero tampoco se lo he dicho a


Hermione ni a Ron, y menos a los demás, sólo no podía, yo… —Harry comenzó a
balbucear y Neville le chistó.

—Chist. Calla. No te preocupes, Harry. Es… una situación horrible, créeme. No lo sé


de primera mano pero he leído sobre el tema desde que supe lo que te había
sucedido. Por eso, que estés dispuesto a dar un paso así, es señal de que eres
fuerte. Muy fuerte. No muchos podrían.

Harry le sonrió.

—Eres realmente un buen amigo, Neville.

Neville también le sonrió.

—Lo sería más aún si tú confiaras en mí, y todos podríamos ayudarte si confiaras
en todos nosotros. Sé que no somos exactamente el grupo más unido, y menos aún
desde que estás con el profesor R (no lo tomes como una ofensa, Harry, pero es la
verdad), pero podremos ayudarnos entre nosotros. ¿O acaso no recuerdas la
serpiente que conjuramos en la cama de Dean Thomas cuando engañó a Ginny? No
cuenta como ayuda, pero sí fue bastante bueno para ella verlo correr gritando en
calzoncillos de leones… ¡Por Merlín, no sabía que se fabricara ropa interior con logos
de casas de Hogwarts!

Harry rió. Neville le sonrió de lado, intentando animarlo.

—Se lo he dicho a Cylean —susurró Harry, tocándose la bufanda como si recordara


algo desagradable—. Él me ha dicho que tendría paciencia conmigo. Pero yo… yo
también quiero estar con él, Neville.

—Demasiada información, gracias —Neville compuso una expresión asqueada digna


de un Malfoy. Harry le lanzó un manotazo consiguiendo que ambos rieran—. Bueno,
Harry, si estás seguro de ello… ¡Te ayudaré!
—¿Tienes experiencia en ello, Neville? —preguntó Harry, entrecerrando los ojos.
Neville se encogió de hombros.

—Tengo un "amigo" por correspondencia. Es alguien de Hogwarts, y un Slytherin,


pero no tengo idea de quién es.

Los ojos de Harry se abrieron como platos detrás de sus lentes.

—¿Qué? ¡Neville, debiste habérmelo contado!

Neville rió.

—¿Qué somos, niñas de tercero hablando de los chicos que nos gustan? —Neville
buscó entre la hilera de camisas una blanca y de la puso en la cabeza y agudizó la
voz—. ¡Oh, Harriet, estoy pensando en casarme de blanco la semana próxima con
mi amigo Slytherin por correspondencia! ¡Que sí, claro que me gusta, es divino,
pero aún no sé quién es! ¡Oh, Harriet, amiga mía, estoy tan frustrada!

Harry estalló en carcajadas.

—Basta, Nev. Estás llamando la atención.

Neville detuvo sus risas y burlas para mirar a Harry con los ojos bien abiertos.

—Harry…

—¿Qué?

—Me llamaste Nev —había una sonrisa floreciendo en los labios del chico. Harry le
miró confundido.

—¿Te molesté? Lo sient-…

—No, Harry. Es que nunca nadie me había dado un apodo. Estoy que flipo —Neville
le sonrió ampliamente a su amigo—. Volvamos a lo que importa. Pruébate estas
camisas y te hablaré en los probadores.

Harry observó la pila de camisas que tenían en las manos. Una roja que descartó
de inmediato, dos verdes —una lisa y la otra con cuadros de verde más claro y
líneas grises— dos blancas, dos grises. Bufó y tomó una de cada antes de dirigirse
a los probadores.

Separados por una cortina Neville comenzó a contarle a Harry.

—¿Querías saber de mi "amigo" por correspondencia? —oyó el "¡Sí!" desde el otro


lado y comenzó a contarle—. En octubre comencé a recibir cartas anónimas. La
firmaba "el chico de Slytherin" y estaban llenas de halagos y cosas así. Que me
había convertido en alguien que valía la pena, pero que me había visto cuando yo
era invisible y todo ese rollo. Las guardo en mi baúl. Cuando volvamos al colegio te
las mostraré.

—¿Y se las respondiste? —Harry salió del probador con la camisa verde a cuadros.
Tenía la piel expuesta de gallina y Neville le acomodó el cuello de la camisa.
—Esta te luce genial —decidió—. Y sí. Al principio no sabía cómo responderle, pero
luego ubiqué a la lechuza y le hice que le llevara cartas a su amo. Me costó
bastante.

—¿Cuánto es "bastante"? —preguntó Harry, metiéndose nuevamente tras la cortina


para probarse otra.

—Unas cuantas semanas. Mientras tanto, cada tres días, puntualmente, me llegaba
una carta.

—¡Oh, ya recuerdo! —la voz de Harry era fuerte y potente, y Neville tuvo que
chistar para que bajara el volumen del tono—. Es esa lechuza parda con pechera
casi negra. Creí que eran cartas de tu abuela.

—Mi abuela tiene a Fox, ¿recuerdas? Es la vieja lechuza de papá. Está vieja, y es
bastante torpe, pero abuela se niega a comprar otra.

—¿Cuántos años puede vivir una lechuza? —preguntó Harry, curioso. Neville se
encogió de hombros, aunque su amigo no podía verlo.

—Unos veinticinco, treinta años. Ya debe estar en sus últimas.

Harry salió con la camisa gris y Neville volvió a acomodarle el cuello. Harry resopló.

—¿Sabes, Nev? —comentó, con una sonrisa pícara—. Eres muy maternal.

—Claro que sí, Harry querido —Neville endulzó la voz de forma que sonaba con una
dulzura tan falsa como la de Umbridge. Harry le sacó la lengua y volvió a meterse
en el probador para salir con la camisa blanca. Tenía el cuello y los puños de color
negro, y los botones también de ese tono. Neville le tocó el pecho con la punta del
dedo—. Esta. Definitivamente esta.

Harry se miró reflejado en los espejos. Si bien era delgado, el largo de la camisa le
hacía lucir más alto, e iba bien con los pantalones que estaba usando. El chico
asintió y Neville vio cómo su magia se agitaba, conforme.

Era tan extraño como la magia de uno podía estar tan enlazada a los sentimientos y
emociones.

—Entonces —Harry se inclinó hacia él mientras pagaban las dos camisas que iba a
llevar: la verde a cuadros y la blanca y negra—, ¿dices que podría usar el colgante…
y nada más?

Neville asintió.

—Podrías buscar un lugar especial. No que sea algo cursi, porque no os veo de ese
rollo, pero podéis… bueno, el profesor R debe tener algún lugar propio… ¿podrías
pedirle que te llevara allí?

—Creo que mejor expulsaré a Remus y Sirius de la casa —comentó Harry,


pasándole los billetes necesarios a la vendedora de la caja—. Sería mejor así.

Neville le acomodó a Harry la bufanda antes de salir al aire invernal. Se congelaron


hasta entrar a otra tienda, esta de zapatos. Harry pasó de largo todos hasta
encontrarse con unas botas acordonadas de caña alta que salían bastante caras,
por lo visto, pero el dinero que su amigo tenía parecía ser más del que pedían.
Neville notó que Harry intentaba vestir de otro tipo de manera: desde que Sirius le
compraba cosas vía Remus o algún Auror que conviviera con él, y desde que él
mismo dejaba de preferir las cosas usadas de su primo, había un cambio. La ropa
que le calzaba como un guante le hacía ver alto, delgado y cargado de vida como
nunca antes.

Tal vez tenía que ver con Cylean, pero Neville no quería pensar en que aquel
hombre con tanta oscuridad fuera tanta luz para Harry, a pesar de que era más que
obvio.

—¿Qué tienes pensado hacer, exactamente? —preguntó Neville mientras la


vendedora de la tienda buscaba botas de la talla de Harry. Harry lo pensó unos
instantes, su rostro adquiriendo una mirada pícara.

—Pensaba pedirle a Dobby que prepare algunos dulces y tenerlos en mi habitación.


Cylean duerme en otra, pero a medianoche siempre se cuela en mi cama.
Entonces, iba a ser yo quien se colara en su cama.

Neville puso los ojos en blanco.

—Eso es muy básico hasta para ti, Harry. ¿Dónde ha quedado el valiente Gryffindor
que ha vivido miles de aventuras?

—No han sido miles —Harry hizo un puchero. Lucía terriblemente adorable—. Y tú
también has hecho aventuras.

—Y yo, siendo cortejado por un Slytherin, estoy demostrando que soy un digno
león.

La vendedora de la tienda se acercó con la caja de las botas y ambos guardaron


silencio mientras Harry se las probaba. Caminó unos pasos, probando su ajuste, e
hizo varios movimientos de tobillo y de puntas para comprobar que le sentaran
bien. Accedió a comprarlas y la vendedora le guiñó un ojo. Harry aprovechó para
comentar, con voz pícara:

—Tengo novio.

El color del rostro de la mujer pasó de ser sonrosado a rojo en un instante.


Balbuceó una disculpa y se retiró con torpeza.

Neville le dio un golpe en la cabeza.

—¿Sabes, Harry? Hay veces que eres insufrible.

—Es parte de mi encanto.

Ambos amigos rieron mientras iban a pagar. Luego de ello a Harry le quedaban
algunos cuantos billetes, pero por la expresión de su rostro Neville supuso que no
era suficiente para comprar otra cosa. Ninguno contaba con que las botas saldrían
tanto.

—Anda, Nev. Te invito a un café. Conozco un buen lugar.


Neville fue guiado con toda familiaridad por un laberinto de tiendas y galerías hasta
introducirse en un pub de aspecto oscuro. Al entrar sonó una campanilla,
anunciando nuevos visitantes.

Las paredes estaban cubiertas de libros de arriba abajo, y no sólo de libros: había
magia en el aire. Detrás de una afilada barra se encontraba una mujer castaña
leyendo un periódico, rodeada de una poderosa magia turbulenta, contenida.
Neville, no sin sorpresa, reconoció al Profeta en sus manos.

—Hola, Andrómeda —saludó Harry, llamando la atención de la mujer que sonrió


afablemente—. Él es Neville Longbottom. Vinimos por un café y un poco de tarta de
melaza.

Andrómeda frunció el ceño.

—¿No deberían estar Sirius y Remus con vosotros?

—Deben estar a una tienda de distancia, insultando entre dientes porque me metí
en más callejones de los que ellos conocen.

Andrómeda rió.

—Vamos, sentaos. Os invita la casa.

—No, Andrómeda. Yo pago —Harry observó la mirada atenta de la mujer y sonrió


de lado, pícaro—. Insisto.

Ella alzó las manos al cielo.

—Como quieras, Harry. Lleva a tu apuesto amigo a algún rincón para hablar. ¿No
es eso lo que hiciste aquí ayer con el profesor Rousseau? —alzó las manos y abrió y
cerró comillas—. "Hablar".

—¡Por supuesto que hablé con él! —Harry se llevó la mano al pecho, actuando
ofendido—.Y Neville es un buen amigo mío, nada más.

Ella sonrió.

—Sé que nunca engañarías a tu querido profesor, Harry. Pero tal vez él no lo sabe.
Ha venido aquí antes a decirme que os pusiera un ojo encima si llegabais a
apareceros por aquí. Y no creo que haya sido pensando en vuestra seguridad.

Neville se encontró riendo con Harry. Pensar que alguien como Cylean Rousseau
estaría celoso de alguien como él mismo era flipante.

—En fin, Harry —la mujer le sonrió afectuosamente—, toma asiento. Ya sabes qué
hacer si quieres privacidad.

—Ven, Nev —Harry le llamó con un movimiento de mano y Neville fue tras él hasta
una mesa al fondo. Eran mesas redondas y de madera, sin manteles. Las rodeaban
sillones bajos que hacían recordar a Neville al aula de Adivinación, y se estremeció
ligeramente al pensar en la esencia de ese lugar en específico.

Harry tocó el centro de la mesa que tenía un pequeño círculo de madera más
oscura. Lo acarició con el dedo y Neville pudo ver —y sentir— la magnitud del
encantamiento de privacidad que los rodeaba. Ahora sabía por qué no había notado
a nadie, mágico o no, al entrar al lugar: todos estaban envueltos en aquella barrera
protectora individual de cada mesa. Neville sintió la magia de la mujer haciendo
efecto allí, y supo que sólo ella podía ver a sus clientes como si ningún tipo de
protección privada les rodeara.

También se dio cuenta de por qué Harry había escogido ese lugar: allí podrían tener
toda la privacidad que desearan.

—¿Conoces a Nymphadora Tonks? —preguntó Harry, mirándole a los ojos. Neville


asintió: había oído hablar de ella—. Ella, Andrómeda, es su madre. Además es
prima de Sirius. Tiene este local para juntar algo de dinero muggle… Ella y su
esposo, Ted, viven como muggles, lo que supongo es una ofensa para la familia
Black.

Neville apretó ligeramente los labios, intentando no llevarse por su línea de


pensamientos. Con la edad que Andrómeda tenía, fácilmente podría ser la hermana
de Bellatrix, lo que no le dejaba muchas buenas ideas respecto a la mujer. Pero
Sirius era primo de ella, tanto de Bellatrix como de Andrómeda, y era un buen tipo.
No debía prejuzgar.

—Es una idea muy interesante —extendió la mano ligeramente para atravesar el
campo privado y sentir la magia en su piel. Era una intrincada línea de humo
brillante, rodeándolos, envolviéndolos. Sólo ellos podrían oírse… ellos, y
Andrómeda, pero la mujer no parecía muy dispuesta a escuchar a hurtadillas,
además de que estaba demasiado lejos como para hacerlo.

—¿Qué haces, Neville? —preguntó Harry, siguiendo la línea de su mano, buscando


que qué cosa estaba haciendo su amigo. Neville sintió ganas de darse la frente
contra la mesa.

—Oh, nada… —se encogió de hombros mientras meditaba en silencio unos


instantes. Él sabía muchos secretos de Harry, los guardaba, ¿por qué no debía
Harry saber un secreto suyo? Él también lo guardaría—. ¿Puedo contarte un
secreto?

—Adelante. Será un secreto —Harry se inclinó hacia él y Neville pasó saliva antes
de hablar.

—Eh… este… puedo sentir la magia.

Harry parpadeó y sonrió.

—Estás bromeando.

—No bromeo, Harry —Neville lo pateó por debajo de la mesa, frunciendo


ligeramente el ceño—. Desde que era pequeño. Mis padres… ellos también podían
hacerlo. Mi madre aprendió a hacerlo, pero lo de mi padre era de nacimiento, al
igual que mi abuela. Ambos podían ver, sentir, la magia. Yo siempre pude hacerlo,
aunque abuela me dijo que debía mantenerlo en secreto. Pero he buscado unos
cuantos libros y estoy aprendiendo a manipularlo. Antes… no sólo era mi torpeza lo
que me dificultaba hacer las cosas, sino la concentración de magia. Me
desestabilizaba. ¿Y recuerdas en primero, cuando la escoba me sacó volando? Era
porque aún no conseguía controlar mi propia magia y la magia de la escoba fue
muy fuerte para mí. La magia… todo era visual, sensitivo, ¿sabes? Y me confundía
muchísimo. Recién el año pasado busqué unos libros… hablé con el director, que me
dio acceso al área restringida de la biblioteca para buscar sobre lo que me sucedía.
Encontré cómo controlarlo, y estoy aprendiendo a utilizarlo.

Mientras Neville iba hablando la expresión de Harry varió. Primero pareció herido,
luego consternado, y finalmente la euforia lo envolvía.

—¡Vaya, Neville! ¡Eso es genial! —no había nada actuado en la voz genuinamente
maravillada de Harry—. ¡Eso debe ser maravilloso!

—No creas, Harry —Neville suspiró—. Tiene sus desventajas. Eso fue lo que llevó a
la locura a mis padres.

La expresión de Harry cambió abruptamente.

—Oh, Nev, lo siento, no quería decir…

—Tranquilo, Harry —Neville le sonrió—. Estoy bien, ¿sabes? Bien. Yo… creo que no
podía vivir en su sombra. He decidido que dejaré sus guerras y buscaré las mías
propias. He… madurado, supongo, y aprendido a ver en mis errores, en los errores
de todos. Yo, bueno, supongo que los amo después de todo, son mis padres, pero
es más el peso de saber que no están lo que me ha llevado a avergonzarme mucho
tiempo. Y ahora seguramente dirás que no es una vergüenza que tus padres
estén… así —su rostro se afligió por un momento y Harry extendió la mano para
darle un apretón en la suya—, pero yo lo sentía. También sentí despecho, claro.
Eran mis padres y no estaban. Pero comencé a darme cuenta de que ellos lo
hicieron para protegerme, para proteger mi futuro, para proteger sus creencias.
Yo… no seré la sombra de mis padres, no por más tiempo. He decidido avanzar.

Harry tenía una expresión solemne, pero conmovida. Le sonrió ligeramente, una
mueca apenas, pero a Neville le infundió una calidez inesperada. No había hablado
de ello con nadie. Bueno, había hablado con Luna, pero Luna era… diferente. Era
una chica, en primer lugar, y además tenía una forma diferente de ver las cosas;
diferente incluso a otras chicas de su edad. Pero hablar de ello con Harry
era liberador.

—Supongo que no soy quien para decirlo, pero, estoy orgulloso de ti, Neville.

El chico sintió que sus ojos ardían por un momento y su pecho se infló. Consideraba
a Harry su amigo. Por eso, aquello significaba tanto para él.

—Vaya, chicos. Aquí tienen. Café, tarta de melaza. Si quieren más solo pidan —
Andrómeda irrumpió el momento dejando tazas de café humeante y dos grandes
porciones de tarta de melaza en un platón de porcelana con caramelo. Lucía casi
tan buena como la que preparaban los elfos domésticos en Hogwarts, y también
llevaba un poco de crema junto a un borde. Harry aceptó los cubiertos y le dio un
sorbo al té. Neville, al ver la crema, también aceptó los cubiertos.

Neville probó el café y la tarta, y se relamió de gusto. Estaba exquisito. Luego se


inclinó hacia Harry para, preguntar, como si nada:

—Harry, ¿el profesor Rousseau es un Mortífago?

Harry casi escupe su café.


—¿Qué? —se limpió la comisura de los labios con la manga del abrigo—. ¿Por qué lo
preguntas?

—Bueno, puedo sentir y ver la magia. Y la de él es demasiado oscura. Es de un gris


turbulento y plomizo que pasa a negro cuando está rodeado de oscuridad, como en
la casa de tu padrino. Es… siniestro.

Harry endureció sus facciones. Se inclinó hacia él y susurró:

—Y si así fuera… ¿qué?

Neville se encogió de hombros.

—Son tus decisiones, Harry. Tú también debes escoger qué lugar luchar, qué pieza
defender. Eres el chico que nunca tuvo opción. Tiene sentido que quieras
involucrarte en algo que has decidido por mérito propio por primera vez.

Harry sonrió de forma cálida.

—Bueno, entonces, supongo que puedo contártelo —se inclinó aún más sobre la
mesa—. Cylean no es un Mortífago.

Neville alzó una ceja. Harry continuó.

—Cylean es la mano derecha de Voldemort.

Él, frente a Harry, ni siquiera se asombró. Esperaba algo como eso.

—Me sorprende que el director no lo supiera, o no ponga cartas en el asunto.

—Es una historia muy larga —suspiró Harry—. ¿Tienes tiempo?

—Tenemos una hora más —le recordó Neville, y Harry comenzó a contarle.

Desde que comenzó, Neville supo que no era la verdad. Harry era muy malo
mintiendo e inventando historias, e incluso podía sentir como su magia se retorcía,
nerviosa por el engaño que estaba cometiendo. Pero le siguió la corriente, apenas
herido por la desconfianza de Harry. Sus motivos tendría.

Sintió rabia por el director y su forma de no hacer nada, sintió rabia por la familia
de Harry, sintió despecho y desprecio por los Aurores que habían secundado a
Dumbledore en el arte de hacer olvidar a los jóvenes lo que le habían hecho a su
amigo. Pudo ver partes verdades y partes mentiras entre las narraciones de sus
primeros encuentros con Cylean, y sobre la forma en que Harry había acabado
transformado en un doble espía o algo similar al trabajo que efectuaba el profesor
Snape, miembro de ambas Ordenes, pero solo siéndose fiel a sí mismo. Se sintió
incluso de acuerdo con el pacto de seguridad que había llevado Harry con
Voldemort, aunque le causó nerviosismo que su amigo estuviera tan cercano a ese
hombre como para estrechar su mano, teniendo en cuenta de que había intentado
matarlo toda su vida.

Cuando Harry terminó bebió de un trago lo que quedaba de su café, ya frío, y atacó
su porción de tarta con hambre. Les quedaban menos de cinco minutos para comer
y marcharse al inicio de la calle a encontrarse con Sirius y Remus.
—Entonces, eso sucedió —Neville suspiró en su cuello y le dirigió una sonrisa—. No
puedo decir que apoyo tus decisiones, pero son eso, Harry. Tus decisiones, tuyas, y
de nadie más. Si así es lo que quieres… bien por ti.

Harry sonrió.

—Gracias, Neville.

Se volvieron para marcharse al mismo instante en que las figuras de Sirius y


Remus entraban por la puerta del pub. Ambos fijaron la vista en los chicos, que ya
habían salido del escudo de privacidad, y les sonrieron.

—Vaya, nosotros veníamos por algo para entrar en calor —dijo Sirius, acercándose
a ellos y a Andrómeda—. Hola, prima.

—Hola, Sirius. Me alegro mucho por tu libertad —ella le dedicó una sonrisa cálida—.
¿A dónde irán estos chicos después?

—A casa, por supuesto —respondió Sirius, sonando ofendido. Remus le dio un


empujón ligero y Sirius suspiró—. Acompañaré a Neville a casa de su abuela. Harry
irá con Remus a casa.

Neville observó la mirada en el rostro de Harry. Había ligera decepción allí, aunque
no sabía qué la causaba, y decidió mejor no preguntar. Sería mejor así.

Se despidieron en la puerta de Grimmauld Place. Neville, del otro lado de la calle,


agitó la mano hacia Harry y le gritó algo así como "Nos veremos en el colegio,
¡escríbeme!" y Harry rió antes de ser tragado, junto con Remus, por el aura oscura
de la casa. Era increíble lo que los muggles se perdían, se dijo Neville, mirando
como la magia oscura y poderosa trepaba las paredes y se elevaba hacia el cielo
como un halo. Era tenebroso, truculento y ciertamente maravilloso.

—Ejem —Sirius Black se aclaró la garganta de forma grave para llamar su atención.
Neville se volteó y le sonrió ligeramente—. Sujétate de mi brazo. Nos apareceremos
cerca de la casa de Augusta. ¿Aún tiene esas barreras anti-aparición en la casa?

Neville asintió y se sujetó al brazo del padrino de su amigo. Un tirón seguido de un


"¡Crack!" y todo giró —la magia que lo rodeó fue poderosa, potente, embriagante—
y pronto Neville veía como se erigía la mansión Longbottom, lo único que él
recordaba haber llamado hogar —aparte de Hogwarts, claro.

Sirius Black le dejó frente a los portones de su casa y se aseguró de que entrara.
Luego, con una sonrisa extraña, le revolvió los cabellos. Neville no supo por qué
dijo lo que dijo, pero cuando lo hizo, hubo un sentimiento especial allí:

—Gracias por cuidar de Harry, Neville. Pero ahora deberás cuidarlo más de ahora
en adelante.

Neville intentó preguntarle algo, pero los portones de hierro de la mansión se


cerraron y con otro crack Sirius Black se desapareció, dejándolo en amplios jardines
y desolación.
Harry entró al número 12 con una extraña sensación de liviandad. También se
sentía ligeramente descompuesto, pero aquello era una consecuencia de haber sido
sincero —o casi— con alguien tan cercano. En menos de una semana había
revelado la verdad a dos personas que quería y no había sido rechazado por ello.
Ahora haría falta a Remus, pero tenía una idea del peso que significaría aquello
para el profesor Lupin: después de todo, su novia era un Auror. Sería difícil para él
ocultárselo.

Remus dio un apretón en los hombros.

—¿Cómo pasaste el día? —preguntó, cálidamente, mientras se dirigían a la sala.

Harry levantó sus bolsas.

—Compré un par de cosas.

El hombre lobo rió.

—Me doy cuenta. ¿Os habéis vuelto locos escogiendo o ha sido algo más tranquilo?

—¿Qué, me crees Sirius? —burló Harry, sacándole al hombre una carcajada—. Si


mal no recuerdo, era él el que iba a comprar diez tipos de guantes de cuero de
dragón para usar con su motocicleta y finalmente acabó comprando una peluca
rubia.

Remus rió, recordando aquellos momentos de su juventud. En particular era una


anécdota muy divertida que Harry se sabía del tipo de cosas que Sirius Black le
repetía en sus noches buenas.

—Ha sido entretenido, después de todo —y Harry no supo si su ex profesor se


refería a aquella situación o a la tarde de compras. Después de todo, asintió—.
Bien, Harry, aquí te dejo. Quedé con encontrarme con Tonks. Tiene
la matalobos preparada.

Harry recordó que esa noche era luna llena. Tal vez por ese motivo Remus se veía
tan desmejorado, aunque sabía disimularlo de una manera fantástica.

Se despidieron allí. Remus no había ni siquiera alcanzado a quitarse la chaqueta


nevada porque ya se estaba marchando. Entonces, allí estaba. A solas con Tom…
porque Tom, si mal no recordaba, le había prometido estar en la biblioteca
esperándolo. Una sonrisa curvó sus labios. Ah, Tom.

Primero pasó por su habitación a dejar los bolsos. Se quitó el abrigo y lo arrojó
descuidadamente sobre la cama. Hizo lo mismo con el sweater marca Weasley que
había utilizado, con la bufanda de Tom y quedó en camisa. Mientras avanzaba por
el pasillo hasta la biblioteca veía la luz del sol extinguirse lentamente en el día
nublado. Era la primera hora de la tarde, pero eso no quitaba el hecho de que
estaban en invierno, y los inviernos eran fríos y oscuros en Londres.

Harry no tocó la puerta al entrar a la biblioteca. Tom, luciendo como Cylean, le


fulminó con unos ojos fríos mientras cerraba de un golpe el libro entre sus dedos.
Era un grueso tomo encuadernado en cuero negro que lanzó polvo a ambos lados al
ser tratado con tanta brutalidad. Harry retrocedió un paso.

Tom estaba enfadado. Podía sentirlo.


No era exactamente dolor en la cicatriz, hacía tiempo que todo había dejado de ser
dolor en su cicatriz. Era como un sentimiento que no era suyo, corroyendo sus
venas lenta y tortuosamente, subiendo y bajando por todo el cuerpo al igual que la
sangre. Tom estaba enfadado. Y cuánto.

El hombre dejó delicadamente el libro sobre la mesa ratona junto al sofá y se


levantó para eliminar la distancia entre ambos. En todo momento sus ojos no
habían abandonado su rostro, su mirada fría seguía siendo la misma. No era un
juego. No era una broma.

—¿Fue entretenida tu salida con Longbottom? —preguntó, gélido. Harry asintió,


envalentonándose.

—Sí, realmente entretenida.

El clima del ambiente se podía cortar incluso con un papel.

—¿De qué hablaron? —inquirió Tom, con un tono de voz incluso peor que le gélido:
falsamente dulce. Le hacía recordar a Umbridge, en cierta forma. Le daba
escalofríos.

—De todo y de nada. ¿Por qué? —intentó fingir inocencia. Ya se imaginaba lo que
vendría… aunque no había forma de que les hubiera oído a menos que…

La sonrisa fría y hueca de Tom le puso el vello de punta.

—¿Por casualidad no mencionaste que yo era un Mortífago? Oh, no, déjame


recordar —se llevó la mano a la frente, suspirando, con falsa frustración—. "El
segundo de Voldemort".

Harry apretó los labios antes de escupir un "bastardo" en voz baja. Guardó silencio
e intentó controlar su genio.

No pudo.

—¿Me seguiste? —siseó.

—Puse un encantamiento en la bufanda que te di para poder oír lo que decías —no
parecía arrepentido en lo más mínimo—. Necesitaba tener un control sobre la
situación.

—¡Control sobre la situación! —gritó Harry, fuera de sí—. ¡No era una maldita
situación! ¡Era una jodida salida con un amigo!

—Era una situación en la que mi compañero se ve a solas con otro muchacho de su


edad próximo a convertirse en peón de la Orden del Fénix a seguir por los pasos de
sus padres.

Harry soltó una risa histérica, discordante.

—¿Todo esto fue por celos? —preguntó, con indignación—. ¡Por Merlín, Tom! ¡Paso
más horas al día con Draco Malfoy que con Neville Longbottom y no estás celoso de
Malfoy! ¿Por qué estar celoso de Neville?
Harry iba a seguir hablando cuando fue arrastrado hasta una pared. Su espalda
golpeó con fuerza y todo el aire se escapó de sus pulmones a la vez que una mano
se aferraba a su garganta.

—Que te quede claro, Potter —siseó Tom, directamente en su oído, con una voz
que era oscura en la oscuridad, espesa y poderosa—. No estoy celoso. Comprende
eso. Tú… me… fallaste.

Lo soltó. Harry se frotó el cuello.

—No le dije que tú eras Voldemort —Harry se mordió el labio, sintiendo cómo su
pecho se doblaba y su corazón latía demasiado fuerte—. No le dije… le dije que eras
un Mortífago, y por Dios, Tom, es sólo Neville. No le dirá a nadie.

—Yo no estaría tan seguro —Tom aún seguía cerca de él, tan cerca que podía sentir
el calor de su cuerpo, pero tan distante emocionalmente que dolía—. ¿Por qué
confías ciegamente en él? ¿Por qué crees que no te traicionará? No debes fiarte de
nadie, maldita sea. ¿No te das cuenta que estamos en peligro? ¿No te das cuenta
de que cada paso que damos es arriesgarnos? No sólo se trata de la jodida
aprobación de tus amigos, de tu padrino, del jodidísimo director, ¡se trata de
nuestra posición! Longbottom podría hablar. Se iría de boca, y todo se iría al caño.
Todos mis planes se irán al traste por culpa de un mocoso que no supo guardar un
miserable secreto.

Si Harry hubiera podido retroceder más, lo hubiera hecho. Pero con la espalda
contra la pared no pudo hacer nada. Le ardían los ojos y deseó que fuera efecto del
polvo del aire. Sentía la garganta cerrada con un nudo poderoso.

—Lo siento —siseó Harry, tragándose su orgullo—. No pensé en eso… Neville


siempre ha sido un buen amigo para mí. Pero… No creo que él sea capaz de decir
nada. Él es mi amigo.

—Valoras mucho la amistad, Harry —Tom pasó a su lado, mirándole con frialdad—.
Cuando te den una puñalada por la espalda, sabrás que yo te lo dije.

Tom se marchó de la biblioteca dejando a Harry hecho un manojo de nervios. Le


dolía la cabeza y sentía deseos de llorar por la situación. En poco menos de cinco
minutos todo se había ido a la mierda. Pero completamente.

Cuando oyó el sonido del portazo salió de la biblioteca, necesitando hablar con
Tom. Era orgulloso. Pero sabía que si se enfadaba, seguramente no se resolvería
nunca; Tom no era de aquellos que ceden, o piden perdón.

Echó a correr escaleras abajo y persiguió la puerta. Llegó a ver la silueta de la


túnica de Tom encogerse en sí misma y desaparecer con un atronador sonido. Se
quedó allí, gélido, con el corazón en la garganta y el frío filtrándose entre sus
huesos.

Entonces, comenzó a correr.

Tom tenía una residencia en Londres. Sabía dónde era, él mismo le había dicho.
¿Habría ido allí? Y de todas formas, ¿a dónde más podría ir? Se suponía que tenía
un solo lugar al cual acudir en caso de abandonar Grimmauld Place, en caso de
abandonarlo a él.
Harry se internó en la nieve. El viento le cortaba la piel y era tarde para volver e
internarse en la calidez de un abrigo. Si entraba, Sirius no le dejaría salir, por lo
que echó a correr, agitándose pero por lo menos entrando en calor.

El departamento de Cylean Rousseau no quedaba lejos, pero debió esquivar


automóviles, personas caminando y niños que le miraban como si estuviera loco.
Posiblemente lo estaba.

Llegó a la dirección y sólo debía cruzar la calle, una calle de doble mano con
bastante tráfico. Apresurado como estaba, con la adrenalina corriéndole por las
venas con suficiente fuerza para volverlo irracional, se zambulló de un salto a la
calle repleta de automóviles casi siendo atropellado por uno. Corrió, y estando a
punto de llegar al otro lado de la calle sintió cómo una mano tiraba de su ropa y le
arrojaba a la acera, a la vez que sintió el silbido del automóvil al pasar a toda
velocidad donde antes había estado. Oyó el crack de los lentes al romperse y
maldijo entre dientes. Quieto, sentía los músculos entumecidos y el corazón
latiéndole desaforadamente en el pecho.

—¿Estás loco? —oyó una voz muy conocida, y Harry sintió ligero alivio. La voz no
estaba fría y hueca como minutos atrás, y a pesar de que estaba cargada de rabia,
era mejor que oírle vacío.

—Tom —Harry se levantó, con los trozos rotos de los lentes en las manos. Tom
tironeó de él hasta arrastrarlo por la calle rumbo al edificio que se erigía de forma
natural, con ladrillos desnudos naranjas y ventanas de marcos blancos con
llamativos y bonitos balcones cargados de plantas. Le arrastró rumbo a un ascensor
y una vez dentro de él (y que Tom marcara el tercer piso) sacó una varita blanca
con mango en forma de hueso. Harry la reconoció.

—Reparo —dijo Tom, señalando los lentes de Harry, y estos volvieron a estar como
si nada les hubiera sucedido. Harry sintió calidez. Tom se preocupaba.

Llegaron al tercer piso, a la puerta B, blanca con letras cobrizas, y se adentraron al


más extraño departamento que Harry pudiera haber visto nunca. Las paredes
estaban completamente adornadas con posters de bandas y fotografías en
movimiento, fotografías de paisajes y dibujos al acuarela sin marco, solo papeles
pegados a los ladrillos que, a pesar de estar desnudos, demostraban estar
cubiertos. Los muebles eran de madera clara, algunos de ellos muy viejos y otros
realmente nuevos. Había un gran sofá remendado en muchos lados en el centro de
la habitación frente a una mesa ratona de madera cubierta con un mantel de lana
tejida. Decoraciones extrañas —muñecas rusas, monos de jade, Budas, Shivas,
katanas cruzadas en una de las paredes, una planta de aspecto extraño
completamente azul— hacían al lugar cargado y nada acogedor.

—Cylean tiene un gusto extraño —comentó Harry, y se dio cuenta de que estaba
empapado y temblando. Tom también parecía haberse dado cuenta de ello, porque
fue hacia un rincón y volvió con un tapado que más que abrigo parecía edredón. Lo
cubrió y lanzó varios encantamientos sobre él: al instante, Harry estaba seco y
cálido, aunque no se deshizo del abrigo.

—Este departamento no es de él, es de su hermano —explicó Tom, observándolo


todo como si quisiera lanzar un Incendio sobre todas las cosas extravagantes de
aquel lugar—. Thierry.
—¿Lo conoces? —preguntó Harry, siguiendo los pasos de Tom, que fue a sentarse
sobre el sofá de tela remendada. Harry se sentó a su lado, a una prudente
distancia.

—No, aún no tuve el… placer —la forma en que dijo la palabra le hacía ver el
inmenso placer que sería para él conocer a alguien con un gusto tan extraño para
fundir el mundo mágico y el mundo muggle en un solo departamento de forma que
resultaba una mezcla estúpida y asquerosa de cosas—. Espero que en los escasos
cinco minutos que estuviste corriendo por media ciudad, sin considerar que podrías
haber utilizado el flú, hayas aprendido algo.

—¿No salir sin abrigo cuando hay nieve? —Harry intentó bromear. Tom frunció el
ceño, sin embargo parecía ligeramente ablandado. Había algo diferente en su
rostro, algo más crudo y emocional… ¿tal vez sus ojos brillaban un poco más que
de costumbre? ¿O tal vez tenía el rostro levemente enrojecido? Harry no alcanzaba
a comprender—. Vale, bien. Yo… no puedo evitar confiar en mis amigos, Tom. Ellos
nunca me han fallado.

—Déjame recordarte tu cuarto año, cuando Ronald Weasley creía que habías puesto
tu nombre en el Cáliz.

Harry fulminó con la mirada a Tom.

—Bueno, pero Ron volvió. Se arrepintió de su desconfianza. Él… es mi amigo ahora,


pero él y yo estamos bastante distanciados. Le quiero, sí. Pero Neville… él ha
estado ahí, conmigo, desde hace mucho tiempo. Siempre en silencio y guardando
mis secretos. Puedo confiar en Neville. Podemos confiar en Neville.

Tom arrugó el entrecejo unos instantes. Luego, su rostro se descompuso. Harry


creyó que estaba a punto de hacer una rabieta monumental como ya le había visto
hacer y Tom le había dicho que los Señores Oscuros fingiendo ser profesores no
hacen rabietas, sólo hacen protestas explosivas, y había sido muy gracioso, pero el
rostro de Tom permaneció descompuesto y se echó hacia atrás en el sofá, tomando
bocanadas de aire cada vez más grandes, y con los ojos fuertemente cerrados.

Harry jamás le había visto así.

—¿Tom? —se acercó a él, puso la mano sobre la suya, sobre su pecho. El corazón
latía con fuerza resonante, demasiado rápido, demasiado fuerte—. ¿Estás… bien?

Tom le hizo un gesto con la mano. Harry esperó.

—Eres un idiota —gruñó Tom, luego de unos segundos—. Un maldito idiota. ¿Tienes
idea de que…? ¿Tienes idea de lo peligroso que fue…? —estaba confundido,
peleando con sus palabras. Harry le miró sin comprender. Desde que había entrado
a aquel departamento se sentía completamente perdido—. ¿Acaso puedes hacerte
una idea de…? No, no puedes, niñato malcriado, engreído, estúpido…

—¿Tom? —Harry se inclinó hacia él, intentando comprender—. ¿De qué hablas?

Los ojos de Tom se abrieron con fuerza. Harry intentó retroceder. Los iris estaban
completamente rojos.

—¡Casi te atropellan! —siseó, en una voz oscura y amenazante—. ¡Casi te hace


añicos un mugroso automóvil! —hablaba en gritos susurrados, y era más peligros
que si estuviera gritando—. ¿Tienes idea de lo que me pasó por la cabeza cuando
saltaste a esa calle? Me aparecí en la acera para esperarte tan pronto te vi del otro
lado y de pronto, ese repugnante muggle con ese cacharro metálico acelera como
si deseara pasarte por encima… —tenía las aletas de la nariz dilatadas, los ojos de
un rojo furioso, las manos le temblaban—. ¡ERES UN ESTÚPIDO! —gritó finalmente
—. Hoy, te arriesgas con el mocoso Longbottom de compras solos sin la protección
del perro y del lobo, ¿acaso no te das cuenta de que los bastardos que tengo de
seguidores están al ojo avizor en busca de algo que les haga que les tenga estima?
¡Capturar a Harry Potter y a su amiguito casi squib les pondría en alto rango! —le
sujetó con fuerza de los hombros—. Le contaste la verdad a Longbottom. Bien.
Confiaste ciegamente más en él que en mí. Rompiste nuestro acuerdo.
Bien. Bien. Y ahora, casi como si quisieras seguir metiendo la pata, te lanzas a una
calle llena de tráfico y estás a punto de ser atropellado no una, ¡dos veces! —le
sacudió con fuerza, clavándole los dedos en la carne a través del grueso abrigo.
Harry, perplejo, intentó calmar su acelerada respiración—. ¿Sabes lo cerca que he
estado de perderte? No tienes idea de lo que he sufrido todo el puto día.

Harry boqueó, incapaz de decir algo. Las palabras se le quedaban detenidas en la


garganta, e incluso le costaba respirar normalmente. Boqueó nuevamente, como
pez fuera del agua, y Tom frustrado le soltó con violencia, haciéndole retroceder un
paso. Se aferró de los cabellos con las manos, aún sus ojos rojos, y tembló de pies
a cabeza.

Harry reconocía los síntomas. Tom estaba al borde o en el inicio de un ataque de


nervios. Se adelantó y buscó las manos de Tom, enredando sus dedos, abrazándolo
y abrazándose en el proceso.

—Lo siento —susurró, con la voz consternada, recuperando el habla—. He sido


estúpido. Siempre lo soy, ¿a que sí? Pero hoy más que siempre. No… no sabía que
te preocupases por mí de esta forma.

—¿Cómo no puedo preocuparme por ti, maldito ingrato? —gruñó Tom, arrastrando
las palabras con un tono de voz bajo, tembloroso, pero a la vez más seguro que
nunca—. Te amo.

Hubo silencio. A Harry, el corazón le estalló en el pecho, impartiéndole calidez por


todo el cuerpo. Te amo. Las palabras eran dulces, extrañas de su boca, y Harry
sabía que había una parte de Cylean en todo el asunto porque dudaba mucho que
Tom realmente estuviera consciente de lo que hacía o decía debido al estado de
desesperación y nerviosismo en el que estaba, pero allí, así, lo había dicho. Harry
sonrió.

—Yo también te amo, Tom. Y escúchame, ¿vale? No permitiré que nada me pase,
que nada nos pase. Que nada nos separe. Neville nos apoya, Hermione lo hace,
Luna lo hace, incluso Ginny lo hace y está más cercana a la verdad que Neville. Mis
amigos harán lo que sea para verme feliz, y estoy feliz contigo. Sirius nos apoya.
Maldición, hasta el viejo chiflado de Dumbledore nos apoya, aunque quedará de
cuadritos si llega a saber la verdad. No me perderás. Sólo quiero que me asegures
algo.

Hubo un silencio. Tom tragó saliva y preguntó, luego, con la voz ronca:

—¿Qué?

—Yo tampoco te perderé a ti.


—Mocoso, nunca te dejaré ir, que eso te quede en claro.

—Estoy bien con eso —susurró Harry, para levantar el rostro y besarlo. Funcionaba
que Tom estuviera inclinado sobre él, porque el hombre le sacaba unos centímetros
cruciales a la hora de alcanzar sus labios y unirse.

Se besaron lenta y pausadamente, al principio, como una muestra mutua de cariño,


de aprecio, de amor. Si bien los besos de Tom nunca tenían aquel cariño —siempre
solían ser brutales, devastadores, poderosos, avariciosos— esta vez tenía ese matiz
diferente. El matiz de una confesión, de un secreto a voces. Estaba completamente
enamorado, realmente enamorado, y aquello no podría cambiarlo nada, ni nadie.

Tom retrocedió hasta el sofá y se dejó caer, Harry tomando asiento a horcajadas
suyo. Los labios del hombre recorrieron su rostro, su mandíbula, bajaron por su
cuello. Lamió la nuez de adán con la punta de la lengua, y Harry dejó que un
indecoroso gemido partiera de sus labios rumbo directamente a la entrepierna de
Tom.

El abrigo cayó al suelo descuidadamente y las manos de Tom, frías al contraste con
la piel de Harry, recorrieron su espalda por sobre la camisa y se hundieron por
debajo de la tela, acariciando pecho y espalda. Harry se estremeció, aunque poco
tenía que ver con la temperatura en las manos de su pareja y más con las
sensaciones que le producía tener la lengua de Tom en su cuello y sus manos
explorando su cuerpo. Era diferente a todo lo que había sentido hasta el momento.
Demasiado diferente.

Y diferente para bien.

Harry buscó con sus manos deshacer los botones de la camisa de Tom y,
tembloroso como nunca antes, acabó por arrancarlos. La cabeza le daba vueltas. El
cuerpo le ardía, febril. Todo punzaba y todo quemaba, y en contraste las heladas
manos de Tom le causaban escalofríos feroces por todo el cuerpo.

La piel estuvo descubierta. Se tomaron su tiempo. No había apuro. Mientras la


nieve golpeaba el vidrio de la ventana sus cuerpos se envolvían con calidez,
caricias, manos que se buscan y bocas que piden por más. En algún momento
Harry dio de espaldas contra el suelo alfombrado, una alfombra peluda que le hacía
cosquillas en la espalda, y Tom besó sus rodillas, sus muslos pálidos, hundió la
lengua y tomó posesión de aquello que podría considerar suyo. Harry se retorció
preso de una conjugación nueva del verbo sentir. Las ropas habían quedado
abandonadas en un rincón sobre el sofá, las manos se extendían sobre pieles
desnudas y sudorosas, se veían bajo la débil iluminación de las farolas eléctricas de
la calle y el fuego de la chimenea en un rincón de la habitación, demasiado lejano
para ofrecerles calor pero no demasiado lejano para permitirles verse,
contemplarse, amarse bajo el color dorado de las llamas.

Tom dejó que Harry envolviera sus piernas en torno a sus caderas y se dejó llevar a
su interior. Primero despacio, besando los ojos cerrados con fuerza de su ahora
amante, acariciándole para eliminar la tensión de su cuerpo. Se movió, primero
despacio intentando acostumbrarle a tenerle, y luego aumentando de velocidad a
medida que los quejidos se transformaban en gemidos, moviéndose dentro y fuera
una y otra vez.

Harry dejó que su cuerpo se arqueara, sus brazos envueltos con fuerza en torno al
cuello de Tom, sus bocas unidas, sus lenguas frotándose. Todo se volvía irracional y
racional, ambicioso y feroz, fogoso y arduo. El placer los envolvía y los llevaba
hasta el límite para que Tom aminorase el movimiento y continuara, lento,
pausado, hasta que sus cuerpos volvían a llegar al borde del quiebre y todo volvía a
girar.

Podrían haber sido horas, pero apenas fue poco más de media de ella cuando Tom
volvió a darle al punto más sensible de Harry, Harry se curvó y gruñó, todo
estallando. La estrechez se volvió tal que ni Tom pudo tolerarlo, acabando allí,
dejándose caer mitad en el alfombrado y mitad en el suelo, con la respiración
errática.

Fue particularmente cálido, particularmente dulce —como una caricia, una disculpa,
un susurro en la oscuridad después de una pesadilla— y sencillamente ideal. Fue lo
que ambos necesitaban.

Harry se volteó para volver a unir sus labios con los de Tom, encontrando con que
su amante parecía demasiado satisfecho como para protestar cuando, pícaro, le
mordió. Ambos rieron, risas roncas, jadeantes, se voltearon y esta vez era Harry
quien se encontraba sobre el pecho de Tom con los dedos enredados en su
cabello, agradeciéndole, cuando oyeron el estruendo.

La puerta estaba siendo aporreada.

Harry observó a Tom, preocupado, y éste se levantó y movió su varita para limpiar
a ambos. El chico sintió frío y se envolvió en el abrigo que cerró mientras oía los
golpes.

La figura de Tom se volvió difusa mientras se ponía una bata azul oscura de tela
suave —Harry la reconocía de la habitación de su profesor— y entonces, cuando
abrió la puerta, Harry enterró la cara en la alfombra intentando pasar
desapercibido.

Sirius Black estaba allí, furioso.

—¡Maldita sea! —gruñó—. ¿Dónde está Harry?

Harry quería que un agujero se abriera en la tierra y le tragase. Sin embargo, se la


arregló para responder.

—Por Merlín, ¿acaso no se puede tener privacidad?

Sirius le buscó en la lúgubre habitación hasta encontrarle. Pareció querer acercarse


cuando se percató de las ropas sobre el sofá, y su rostro se descompuso como si
hubiera chupado un limón.

—Oh, diablos, yo, Merlín, Morgana, no quería, es decir —Sirius comenzó a trabarse
con las palabras, algo realmente extraño en él, y Tom le enseñó la puerta.

—Si me haces el favor, Black, espéranos en Grimmauld Place. Harry y yo iremos en


unos minutos.

Sirius, demasiado sumiso para el gusto de Harry, asintió con la cabeza y se


marchó. La poca luz de la habitación cubrió el tono rosado de sus mejillas.

Harry enterró la cara en la alfombra de nuevo.


—Si me dice algo voy a matarlo —amenazó, y Tom rió sonoramente.

—Si me dice algo a mí voy a matarlo —se acercó y lo cargó en brazos como si fuera
una princesa. Harry intentó protestar, pero encontró que se le dificultaba moverse
—. ¿Listo para regresar a Grimmauld? Allí estaremos mejor que aquí.

—En cualquier lugar, donde estés tú, yo estaré bien.

Tom sonrió y besó la frente de Harry, completamente conmovido.

—Entonces, estamos en las mismas.

27. Animagia y metamorfomagia.

Era viernes por la tarde y Harry consiguió hacer un escudo capaz de mantener
fuera de su mente total y completamente a Tom. El hombre sonrió, completamente
satisfecho.

Habían vuelto a Hogwarts hacía un par de semanas. Todo se desarrollaba normal. O


por lo menos, lo suficientemente normal para ambos.

—Ahora, practicaremos otra cosa —comenzó Tom, sonriéndole con picardía. Harry
rodó los ojos y tomó asiento frente a él, cruzándose de piernas y haciendo lo que
ya se venía acostumbrando. La nueva idea de Tom era involucrarlo en la más
cantidad de magia posible. Por eso aprovechaban los viernes a reforzar su escudo
Oclumante —el cual, sin embargo, Tom podía atravesar con facilidad debido a su
peculiar conexión— y luego a entrenar en diferentes artes. Iban al séptimo piso, a
la Sala de los Menesteres, de ser necesario. Si no se mantenían callados y
meditando en el despacho de Cylean Rousseau, e incluso entrenaban. Semanas de
entrenamiento todos los viernes, además de los entrenamientos de Quidditch,
estaban dotando a Harry de unos brazos bastante más tonificados y una espalda
más amplia.

—En verano podremos nadar —le sugirió Tom—. Así podrías mejorar tu capacidad
respiratoria y, además, ensanchar más la espalda.

Harry rodó los ojos.

—¿Nadar en el Lago? ¿Estás loco?

—Podríamos ver la Sala Común de Slytherin desde el lago —le sugirió Tom, y Harry
bufó.

—Sí, claro. Como si no nos intentaran maldecir a través del vidrio.

—¿Cómo sabes…? Ah, ya, olvídalo —Tom puso los ojos en blanco y compuso una
expresión—. Concéntrate.

Harry cerró los ojos e hizo lo que debía hacer. Se concentró en visualizarse a sí
mismo. Cada pequeño detalle, cada facción. Era un trabajo duro, porque para los
principiantes en este tipo de magia resultaba muy duro e incómodo, porque se
debía visualizar a uno mismo sin el menor cambio, y era muy difícil saber cada
centímetro de uno mismo. Por suerte Tom se había encargado de hacerle notar a
Harry cada parte de su cuerpo, por minúscula e insignificante que sea, como aquel
lunar en la cadera, o aquella cicatriz en el tobillo, o la mancha de nacimiento en la
espalda baja.

Entonces, intentó concentrar su magia en una parte de su cuerpo. Lo intentó en un


sector fácil: el cabello. Como el cabello era algo muerto si algo salía mal no sentiría
dolor, y siempre podría cortarlo; después de todo, crecería en la mañana.

El jadeo le dijo que había funcionado. Abrió los ojos y Tom conjuró un espejo para
él, y se vio reflejado: para él mismo, que se había aprendido a conocer, era un
cambio notorio: su cabello resultaba más claro, no negro como siempre había sido,
sino castaño. Para cualquier otra persona estaría igual.

Una sonrisa se formó en su rostro.

—Es difícil, pero lo estoy dominando.

Tom soltó una carcajada.

—Sí, claro. Dominándolo. Llevas casi un mes y apenas has cambiado el tono de tu
cabello.

Harry le sacó la lengua.

—No tengo la culpa de no haber nacido metamorfomago, o no haberlo adquirido a


través de una extraña y oscura poción.

Tom negó con la cabeza, con la burla escrita en sus facciones.

—Tú eras el que quería aprender.

—Tú eras el que apostó que podías enseñarme cuando dije que no podrías.

Ambos se miraron, ceñudos, unos instantes, para luego aflojar ambas expresiones.

—Bien. Tienes otra opción —Tom se levantó de su silla y rebuscó entre los cajones
del escritorio. Fue sacando pergaminos, plumas, pequeñas botellas de vidrio con
sustancias indefinidas, bolsas de cuero, trozos de madera, asas de jarras de té, una
barra de chocolate de Honeydukes (que Harry robó de la mesa con poco disimulo)
hasta que sacó una pequeña botella de vidrio opaco. La sustancia en su interior era
muy líquida, pero a través de la luz adecuada Harry pudo ver que era
completamente roja.

Harry tragó saliva.

—¿Qué se supone que es eso?

—Lo que estaba buscando. Ven, acompáñame.

Harry siguió a Tom, luciendo como Cylean, por los pasillos y escaleras rumbo a las
mazmorras. A medida que avanzaban sentía un retorcijón extraño, no demasiado
seguro de a qué se dirigían exactamente.

Entraron en un aula de las mazmorras aparentemente en desuso por la cantidad de


polvo que tenía. Tom se acercó a un rincón y destapó un caldero, cuyo fuego era
tan mínimo que parecía extinguido. El líquido en su interior era del rojo más vivo
que Harry jamás hubiera visto nunca, aunque tal vez era comparado con los ojos
de Voldemort.

Dentro del caldero había una cuchara de madera negra que Tom utilizó para
revolver en un orden estricto. Luego, destapó la pequeña botella y agregó todo el
contenido de aquella cosa roja en la otra cosa roja (Harry se sorprendía a sí mismo
siendo tan inteligente y perceptivo, por Merlín) que comenzó a echar burbujas
blancas. Harry comenzó a sentir un aroma extraño, diferente, que casi lo tumbó de
espaldas. Tom le sujetó con fuerza.

—¿Qué diablos se supone que es esto? —preguntó Harry, frunciendo el ceño. Tom
le miró de lado, con una sonrisa traviesa.

—Hacer trampa.

Extrajo la cuchara y se la alcanzó. El aroma era extraño, no era apetitoso, pero


tampoco repugnante. Olía más a perfume que a algo comestible; aun así, Harry
frunció el ceño.

—¿Qué diablos se supone que hace?

—Deja de maldecir —regañó suavemente Tom, poniéndole la cuchara frente a los


labios—, y confía en mí.

Harry hizo tripas corazón y tomó la cuchara. No había gran cantidad, menos de un
sorbo, pero le bebió haciendo una mueca. La poción en su boca sabía extraña y
ardía, además de tener un sabor metálico que le hizo recordar de pronto a noches
de despertarse con los labios mordidos y sangre en la lengua.

Sangre.

A eso sabía.

Quiso escupir pero ya era tarde, la poción había pasado por su garganta y le
recorría como un acero al rojo vivo por el pecho. Fulminó con la mirada a Tom —
nunca demasiado seguro de que no le daría algún tipo de veneno, aunque diablos,
confiaba en él pero no lo hacía al mismo tiempo— mientras sentía el calor
expandirse por todo su cuerpo. Parecía ser de efecto rápido, porque se encontró de
rodillas y jadeando, preso de un calor que correspondía al sabor metálico en su
boca.

Le ardían los dedos, las manos, los brazos, el pecho, el cuello, la cabeza, las
piernas. Sentía los ojos llorosos y se contuvo de gritar. Entonces, la quemazón
disminuyó y pudo tranquilizarse, tomar asiento en el suelo y recuperar el aire en
grandes bocanadas.

Tom se arrodilló para quedar frente a él.

—¿Cómo te sientes?

—Fatal, amor venenoso —le gruñó, sintiendo su voz áspera contra la garganta—.
¿Qué se supone que era eso?

Tom sonrió enigmáticamente.


—Una variación de la poción multijugos. Es de mi propia creación. Es más o menos
permanente, y se necesita sangre otorgada por propia voluntad para poder adoptar
no la forma física, sino la capacidad mágica de otra persona. Creí que sería bueno
probarla y ver si realmente funciona…

La bofetada que fue hasta el rostro de Tom sorprendió tanto al hombre como al
chico.

—¡No soy un puto conejillo de indias! —le gritó, mientras Tom se tocaba la mejilla y
le miraba ceñudo—. ¿Qué te costaba probarla primero en ti mismo?

Tom siseó en pársel un insulto demasiado malsonante para el lenguaje humano.

—Es mi sangre, pequeño mocoso ingrato. Le eché un encantamiento de


conservación para poder utilizarla sin la necesidad de herirme a mí mismo
innecesariamente.

Harry no tardó en comprenderlo.

—¿Me… acabas de dar… tu capacidad mágica? —dudó Harry, alzando una ceja—.
¿Por qué querrías…?

—Supongo que quiero asegurarme de que nadie pueda vencerte. Siendo Érebo,
está más que claro que querrán ponerte a prueba, y no puedes sobrevivir siempre
de la suerte. Necesitas un poco más del poder que tienes para sobrevivir en un nido
de víboras.

Harry bizqueó.

—Eh… gracias. Y disculpa por la bofetada.

Tom se encogió de hombros y le tendió la mano para ayudarle a levantarlo.


Desvaneció la poción y le lanzó varios encantamientos al caldero antes de salir de
las mazmorras. Ya estaban saliendo cuando Harry sintió que Tom le tocaba el
brazo. Se volteó a verlo y fue recibido con un bofetada igual de fuerte de la que le
había propinado.

Harry rió, frotándose la mejilla.

—¡Ginny Weasley golpea más fuerte que tú! —le gritó, y echó a correr.

Harry estaba riendo cuando llegó a la Sala Común. Se sentía normal, o como
mínimo, casi. Había practicado hasta hartarse y conseguía hacer cambios completos
en su apariencia. Al principio había sido extraño y para qué negarlo, doloroso, pero
luego había demostrado ser mucho más fácil de lo que cualquiera podría haberle
dicho. ¿Que no se podía aprender a ser metamorfomago? Pues ahí tenían. Já.

Ron le esperaba en la puerta de la Sala Común.

—¡Harry, necesito hablar contigo! —Ron le sujetó con fuerza del brazo y lo arrastró
hasta las habitaciones. Harry comenzó a preocuparse cuando vio que Ron se
sujetaba del cabello, con las mejillas enrojecidas y los labios completamente
mordidos.
—Vale, Ron. ¿Qué sucede? —preguntó. Ron negó con la cabeza, sacó su varita y
apuntó a la puerta.

—¡Mu-Muffliato! —siseó, y el hechizo funcionó. Fue extraño ya que normalmente


Ron no era capaz de hacer hechizos tan… "oscuros" como ese—. Harry, debes
ayudarme, no sé qué hacer, ella me lo dijo y yo no tenía idea y…

—Ron, cálmate —Harry apoyó las manos en los hombros de Ron y le miró a los ojos
—. Comienza por el principio. ¿Qué sucedió?

Ron enrojeció de forma potente, y Harry supo que nada de lo que pudiera decir en
aquellos momentos sería algo bueno.

—Me acosté con Lavender en Halloween —parecía ser una lamentación—. Había
bebido. Habíamos bebido. ¿Recuerdas que te dijimos que pediríamos a Dobby que
trajera cerveza de mantequilla y whiskey de fuego? Pues cuando tú estabas con el
profesor R, nosotros comenzamos a beber. Luego Lavender sugirió irnos a la Sala
de los Menesteres y…

Harry bufó.

—No estará embarazada, ¿verdad? —observó cómo Ron pasaba de rojo a verde en
unos segundos—. Está embarazada —no era una pregunta. Ron asintió igualmente.
Harry sintió unas enormes ganas de abofetear a su amigo—. ¿Cuándo te lo dijo?

—Dijo que madam Pomfrey se lo confirmó hoy. Ella tiene la obligación de contárselo
a Dumbledore. No ha habido un embarazo en Hogwarts desde los tiempos en que
debían casar a los cabeza de familia y dejar heredero antes de los veinte años. De
eso ya hace unos buenos cien años.

Ron jadeó y soltó una risa que tenía de risa lo mismo que de gruñido, con un tinte
histérico. Harry le dio una palmada en la espalda.

—¿Qué harás?

—¡Pues me haré cargo! —Ron se cruzó de brazos frente al pecho, ocultando lo


mucho que le temblaban los dedos—. Pero no puedo seguir con Lavender. Le he
dicho que me haré cargo, por supuesto, pero quiero terminar con ella…

—¿Le has contado a tu madre? —preguntó. Ron negó.

—No sé si mamá me mataría o me besaría. Creo que me mataría y luego besaría mi


cadáver —Ron hizo una mueca—. Papá estaría orgulloso, supongo. ¿Sabes que Bill
nació nueve meses exactos después de la boda de mis padres? Y ellos se casaron
tres meses después de acabar Hogwarts.

—¿Lavender le ha dicho algo a sus padres?

—Su madre lo sabe y la apoya, pero está segura de que su padre se enfadará un
mogollón. Tiene miedo de que alguien intente hacerle algo. Está… paranoica —Ron
compuso una mueca de extraño terror—. Oh, diablos, Harry. No sé qué hacer.

—Pero sí sabes. Te harás cargo —Harry no tenía idea de a qué se refería Ron. Ron
negó.
—Sí, eso sí sé. Me haré cargo del niño. Es mi hijo después de todo —Ron tomó aire
—. Pero quiero dejar a Lavender. Yo… no quiero estar con ella. Hoy iba a decírselo,
justamente, pero ahora no sé si estaría bien dejarla… o tal vez deba hacerlo cuando
nazca el bebé…

—Yo diría que no lo aplaces más, Ron. Mira lo que sucedió por el mero hecho de
involucrarte con ella —Harry sonrió burlón y Ron le fulminó con la mirada—. Va, lo
siento. Tú sabes de lo que opiné con respecto a ella todo el tiempo. Pero ahora…
oh, Merlín, ¿Hermione lo sabe?

Ron volvió a ponerse verde.

—No. Y no vayas a contárselo. Quiero contárselo yo. Ya sabes, para que no haya…
confusiones.

—¿Qué tipo de confusión puede haber, Ron? —Harry le miró con una ceja alzada—.
Dejaste embarazada a tu novia.

Ron empalideció.

—Suena horrible cuando lo dices así.

—Lo sé —Harry tironeó a Ron para que tomara asiento en la cama frente a él—.
Pero es lo que sucedió. Aunque, conociendo a Lavender, ahora mismo debe estar
contándoselo a todo el colegio.

Ron volvió a hacer una mueca de terror.

—No puede, por suerte. Está en la enfermería. Madam Pomfrey quería hacerle
algunos estudios para comprobar la salud del bebé. Oh, Merlín. Un bebé. Un bebé.

Harry rió suavemente.

—Supongo que te lo dirán muchos de ahora en adelante, Ron, pero déjame ser el
primero: ¡Felicidades por darle al blanco!

Ron le arrojó la almohada.

—No bromees —protestó—. Y lo peor es que no puedo decir que me arrepiento


porque he pasado bien el tiempo que he pasado con Lavender. Ella incluso es
bonita, e interesante una vez que dejó de decir cursilerías. Le interesa la Astrología,
las estrellas y el horóscopo… leer las hojas de té y todo eso. No es mala chica. Es
que… simplemente, no es para mí —se dejó caer en la cama y se frotó los ojos con
las palmas de las manos—. La quiero, pero no lo suficiente para pasar una vida con
ella. Aunque ella parece estar dispuesta a casarse conmigo sí… —se levantó, con los
ojos bien abiertos y la boca colgando—. ¿Crees que nuestros padres nos obliguen a
casarnos?

Harry se encogió de hombros.

—No lo creo de tus padres, Ron, pero no conozco a los señores Brown. De todas
formas, siempre puedes decir que te harás cargo del bebé, no de ella.

—Voy a tener que conseguir un trabajo este verano —bufó Ron—, y pedir a mamá
que comience a tejer cosas para bebés. Ya sabes, zapatitos, chaquetillas, gorros…
Puede que Ron intentara negarlo, pero el comienzo de una sonrisa bobalicona se le
dibujó en los labios. Harry rió esta vez mucho más fuerte.

—Ron, mírate. Pronto serás un padre baboso con su niño —y recibió otra almohada.
Esta vez le respondió y Ron volvió a darle con la almohada, volándole los lentes del
rostro. Harry alzo las manos—. ¡Vale, me rindo! ¿Dónde están mis lentes?

Ron rió y le alcanzó los lentes. Harry se los puso y bizqueó un poco: se habían
rayado en un rincón. Se los quitó y lanzó un Reparo sobre ellos. Se los volvió a
poner y todo lucía mejor. Ron le esperó pacientemente.

—Ya no podré hacer esto —dijo, como desanimándose—. Ser infantil. Debo
madurar, cambiar.

—Ron —Harry detestaba ver aquella mirada de menosprecio en los ojos de su


amigo—, has madurado en el momento exacto en que decidiste que te harías
cargo. No puedes esperar cambiar de un día para el otro. Mientras tanto, disfruta,
sé feliz. ¿Vale? Que luego deberás hacerte cargo de un pequeño o pequeña, aunque
yo digo que un padre un poco infantil no está mal.

Ron le dedicó una sonrisa amplia y brillante.

—Vaya, Harry. Y tú me dices a mí que soy yo el que he madurado —Harry alzó la


almohada dispuesto a lanzársela y Ron le rechazó con la mano—. Vale, no. Es
decir… estás cambiado. Y, ¿cuándo ha sido la última vez que nos detuvimos a
hablar de nosotros? ¿De algo que no sean las clases? Ha pasado mucho.

—Mucho —coincidió Harry—. Oye, Ron, ¿quieres saber algo? Va con el tema,
tranquilo.

Ron bizqueó pero asintió.

—Ya me acosté con el profesor R —le sonrió, acercándose a él—. Y créeme, ha


valido la pena.

Ron echó a reír a carcajadas.

—Vale, ¿vamos a hablar de esto? ¿En serio? —Ron se apartó riendo—. Está bien,
Harry. Picaré. ¿Quién ha estado abajo?

El color subió con rapidez al rostro de Harry. Ron soltó una carcajada fuerte y
estruendosa.

—¡No te creo! Y yo que veía al profesor R, ya sabes, más… —abrió y cerró comillas
en el aire— "pasivo".

Harry negó.

—Créeme, es todo menos pasivo.

—Harry, me encantaría oírte hablar de tu conquista, pero el tema me enferma un


poco —Ron hizo una mueca burlona—. Es mi profesor, y tengo que verle a la cara
todos los días, y no tengo deseo alguno de pensar que se ha acostado con mi mejor
amigo.
—De todas formas, me alegro que lo tomaras bien —Harry sonrió—. Neville ha
flipado cuando se lo dije.

—¿Neville lo sabía? —Ron entrecerró los ojos—. Ah, supongo que es mi culpa. He
estado ocupado estos tiempos. ¡Ser padre, qué trabajo!

—¡Te has enterado hoy! —regañó Harry. Ron le sacó la lengua y ambos rieron como
los viejos amigos que eran.

Harry tuvo que admitirlo: de verdad añoraba a Ron.

—¿Qué practicaremos hoy? —preguntó Harry el viernes siguiente luego de volver a


mantener a Tom fuera de su mente. Tom le revolvió los cabellos y le alcanzó una
poción para el dolor de cabeza que Harry aceptó con una sonrisa; Tom, esta vez,
había sido todo menos blando intentando romper el escudo mental de Harry. No lo
había conseguido, aunque Harry creía que se trataba por aquella poción que Tom le
había dado una semana atrás. Se sorprendía a sí mismo haciendo cosas que antes
consideraba imposibles, como transfigurar cosas de un solo toque de varita, o
mover cosas con el sólo movimiento de la mano. Se sentía diferente. Se sentía
poderoso.

—Hoy tengo algo en mente para ti. Algo diferente —murmuró, trayéndole un libro
—. Te recomendaría que lo leyeras, aunque por la forma que tu magia se adaptó a
la mía diría que no necesitas teoría.

Harry observó el título del libro. Alzó una ceja, curioso.

—¿Animagia? —lo abrió y pasó los ojos por las palabras. Sí, era eso mismo.
Animagia—. ¿Me ayudarás a convertirme en un animago?

—Sólo si tú quieres —Tom intentó parecer desinteresado—. Creí que como tu padre
y tu padrino habían conseguido ser animagos mientras estaban en el colegio, tú
también lo querrías.

La sonrisa de Harry era amplísima.

—Pues sí, muy considerado de tu parte.

Tom rodó los ojos.

—Anda, vale. ¿Quieres leer o practicar?

—Hoy me siento con suerte. Practiquemos.

Tom bufó.

—Anda, siempre estás con suerte —echó varios encantamientos de privacidad a la


puerta y luego arrastró la silla para quedar frente a Harry—. Ahora, primero,
debemos ver en qué animal te convertirás. Es un proceso sencillo: debes poner la
mente en blanco, casi como cuando meditas para aumentar tus barreras
oclumantes, sólo que no te concentraras en tu mente: te centrarás en tu cuerpo.
Harry escogió el suelo a la silla, porque sabía que si meditaba y realmente entraba
en algún tipo de trance después sería más fácil recostarse en el suelo que dejarse
caer como una bolsa de patatas completamente destruido.

Se concentró en meditar. En algún momento sintió la voz de Tom guiando sus


pensamientos en el camino correcto, en la mente en blanco, en ubicar su cuerpo
como una figura animal. Entonces, Harry abrió los ojos y lo vio todo diferente. Fue
un instante, pero se sintió pequeño —todo se veía gigante, muy por sobre su
cabeza— y cuando ladeó la cabeza se encontró con unas pequeñas patas negras, y
sentía lo que se debería sentir como una cola enroscándose en torno a las mismas
patas. Parpadeó y volvió a sentirse humano, dejándose caer contra el suelo.

—Vaya —dijo—. No sé qué era, pero era jodidamente pequeño. Y tenía cola. Y
patas peludas, negras.

Tom tomó asiento y le dio un puntapié ligero en la pierna.

—No siento deseos de despellejarte para utilizarte como alfombra, así que levántate
—Harry rió y se levantó despacio, aun ligeramente aturdido—. ¿Listo para probar
transformarte? ¿O necesitas leer la teoría primero?

Harry sonrió lobunamente.

—¿Teoría? ¿Quién la necesita? —Harry le guiñó un ojo.

Aunque resulta que sí, la necesitaba.

Media hora después Tom estaba considerando seriamente llamar a madam


Pomfrey, o peor, a Minerva McGonagall.

—¡Odio esto! —gruñó Harry mientras que, con los iris alargados como gato, lo
miraba todo, y su cola se movía agitándose, indignada—. ¿Por qué no me dijiste
que podría suceder algo así? ¡Me siento Hermione en segundo año!

Tom negó con la cabeza, escondiendo una sonrisa burlona.

—Sólo necesitamos revertir la transformación. Ahora, si colaboraras…

Harry decidió concentrarse y dejar de jugar. Se estaban perdiendo la cena. Y


aunque era una sensación deliciosa que Tom le rascara detrás de las orejas felinas
que habían reemplazado a las orejas humanas, no pensaba que nadie más le viera
en tan humillante situación.

Era casi medianoche cuando consiguieron revertir la transformación. Harry volvía a


tener sus orejas, sus ojos y no tenía cola; nunca se había sentido tan alegre de no
tener cola como en aquel momento. Por lo menos sabía que su forma de animago
era un gato, lo cual era algo bastante agradable y desagradable al mismo tiempo.
Su padre había sido un ciervo, su padrino un perro, y él, ¿un gato?

Al menos como gato podría cazar ratas.

El sólo pensarlo le hizo sonreír.

—Bien. ¿Te quedas o te vas? —preguntó burlonamente Tom, recargándose en su


escritorio. Harry le sonrió.
—Sabes, no hemos utilizado el escritorio de tu despacho todavía…

Tom rió y le beso con hambre, necesidad y fuego. Y todo parecía volver a la
normalidad.

Recién a mediados de Febrero —después de un San Valentín cargado de pasión en


el que Harry utilizó únicamente su belleza natural y en el que se reveló cuál era el
enamorado de Neville; Harry ni siquiera se sorprendió al verlo devorándole la boca
a Theodore Nott— Harry recién pudo completar su transformación en animago bien
hecha. Tan pronto estuvo transformado en gato saltó al regazo de Tom e hizo lo
que ansiaba hacer desde que había sabido cuál era su forma animaga: ronroneó.

Tom echó a reír a carcajadas y le llenó de caricias.

—Ahora, intenta volver a tu forma humana —provocó Tom, como buen profesor,
burlándose de las capacidades y habilidades de su alumno. Harry lo consiguió al
primer intento, quedando sentado a horcajadas sobre el profesor, dispuesto a
devorarle los labios entreabiertos.

Se besaron fogosamente durante largos minutos hasta que la campana sonó y


debieron volver al mundo real para ir a cenar. No queda más que decir que esa
noche, como muchas otras, Harry la pasó en la habitación de Tom.

El sábado que siguió a esa noche Harry decidió darles una pequeña sorpresa a sus
compañeros. Se vistió, se transformó en gato y huyó de Tom antes de que él
despertara para ir a la torre de Gryffindor. Esperó a que alguien entrara o saliera, y
no tardó mucho: a su suerte Parvati Patil salía con una descompuesta Lavender
Brown, cuyo vientre apenas comenzaba a notarse. Harry aprovechó y se coló en el
hueco del retrato adentrándose en la Sala Común.

Fue hasta las habitaciones y agradeció a Merlín que estuviera la puerta


entreabierta. La empujó con la cabeza y saltó a la cama de Ron. Sabía que su
cuerpo no pesaba mucho, pero si le mordía la punta de la nariz tal vez gritara y
despertara a Neville —y, por alguna razón, Seamus Finnigan y Dean Thomas no
estaban allí; Harry recordaba haberlos visto en la Sala Común, aunque no
comprendía por qué estaban despiertos tan temprano un sábado—. Así que hizo
eso. Caminó por sobre el pecho de Ron, se inclinó y le mordió la punta de la nariz.

Ron se despertó sobresaltado y Harry sacó las uñas, clavándolas superficialmente.


Fue más un instinto, pero cuando Ron gritó Harry saltó del pecho de su amigo y se
echó bajo su propia cama.

Neville se despertó balbuceando cosas incoherentes.

—¿Ron? ¿Todo está bien? —preguntó, al ver al pelirrojo sentado en la cama con
expresión de haber visto un fantasma (o algo peor).

—¡Un gato! —chilló Ron—. ¡Un pulgoso gato negro me mordió la nariz!

Neville soltó una carcajada. Harry decidió salir de debajo de la cama y saltar a los
pies de la cama de Neville que, al verlo, lo tomó del cuero y lo levantó.

—¿Este gato? —preguntó, mientras se lo acercaba al regazo y le hacía caricias bajo


la barbilla. Harry comenzó a ronronear casi de inmediato—. Pero si no es un gato.
Harry dejó de ronronear y le miró, queriendo decirle "No me arruines la sorpresa".

Ron bizqueó.

—¿Cómo que no es un gato? ¿Qué es? —preguntó, sobándose la nariz. Harry sabía
que exageraba: no había mordido tan fuerte.

—Es Harry —Neville rascó la cabeza del gato y Ron se los quedó mirando unos
instantes, sin comprender.

—Neville, creo que pasar tanto tiempo con Luna te está afectando. Es… un gato —
Ron señaló al animago con la mano—. ¿Tienes fiebre?

—Vamos, Harry, muéstrale —Neville dejó de acariciarlo y Harry, como último acto
antes de volver a su forma humana, le mordió el dedo. No lo suficiente para hacerle
sangre, pero sí para molestarle.

Volvió a su forma humana, quedando sentado en el regazo de Neville. Le colocó los


brazos en torno al cuello y acercó sus labios al oído de su amigo, murmurando:

—Qué lástima que tienes novio, Nev. Sabes usar las manos.

Neville lo apartó riendo a carcajadas. Ron, sin saber qué pensar de aquello —no de
lo que Harry había dicho, si no que Harry era un animago no registrado— sólo
sonrió, tirante.

—¿Por qué me mordiste? —preguntó Ron, recuperando su indignación. Harry le


miró alzando una ceja, abandonando el regazo de Neville.

—Ron, soy un jodido animago y sólo se te ocurre preguntarme por qué te mordí —


Harry puso los ojos en blanco y Ron le sacó la lengua, burlón—. Supongo que
quería despertarte sin cambiar de forma. Es decir, no contaba con que Neville me
descubriera.

—Vamos, Harry. Ningún gato tiene los mismos ojos que tú tienes —se levantó de la
cama y le dio una palmada en la espalda—. Voy a bañarme. Ron, será mejor que
pongas a Harry al tanto de lo que has hablado con Lav-Lav anoche.

Harry tomó asiento en los pies de la cama de Ron. Ron asintió.

—Ah, eh, cierto… bueno, Harry, Lavender está de tres meses y medio, y bueno,
madam Pomfrey y Neville dicen que es muy posible que sea una niña… no sé por
qué, tampoco quiero saberlo. Entonces, Lavender escogió como madrina de la niña
a Parvati, y quería saber si tú querrías… ya sabes… ser el padrino.

Harry sonrió.

—Claro, viejo. Lo que sí, no puedo prometerte ser una buena influencia.

Ron rodó los ojos.

—Nunca esperé eso de ti, Harry. Que quede en claro.

Ambos rieron.
—¿Cómo han quedado las cosas con Hermione? —preguntó Harry, lentamente. Ron
se puso pálido.

—Ya ha vuelto a hablarme. Está muy pálida y duerme poco. Lavender me dice que
está constantemente leyendo y se queda despierta hasta muy tarde. Tampoco le
habla a nadie, excepto a ti y a Neville, claro. Está… bueno, yo diría que deprimida.

—Es muy difícil para ella —Harry suspiró—. El chico que le gusta tendrá un hijo con
otra. Y aunque hayas terminado con Lavender (y sigo sorprendiéndome de que lo
haya aceptado tan bien) ella sigue sin querer estar contigo. Tiene sus motivos, sí,
pero no debería hacerse mala sangre.

—¿Crees… —Ron dudó— crees que debo hablar con ella?

Harry se encogió de hombros.

—Hablaré yo con ella. Será mejor así. Si ella tomó la decisión de mantener
distancia contigo, por algo será. No queremos que empeore su situación.

Ron asintió con la cabeza.

—Harry, yo… la quiero —Ron apretó los labios—. Ella me gusta, la quiero, pero mira
lo que le hice a Lavender. También quería a Lavender, y no quiero lastimar a
Hermione. Ha sido mi amiga por mucho tiempo, no quisiera perderla si algo sucede
y no funciona. ¿Y si realmente no estoy enamorado de ella? Yo quiero que ella sea
feliz, Harry. La aprecio. Quiero verla realmente feliz. Y ahora… no sé qué hacer.

—Yo hablaré con ella —prometió Harry—. Ahora, será mejor que te vayas a asear y
te cambies. Creo que deberás hacer una visita en la enfermería a tu ex novia
embarazada.

Ron se puso verde unos instantes y asintió. Cogió unas túnicas limpias y se dirigió
al baño. Harry, más relajado y más tenso a la vez, se dejó caer sobre la cama,
apartando todos los pensamientos amargos de su mente y centrándose en el tema
que coronaría su día. Ahora que ya podía transformarse en animago, sólo le
quedaba algo que hacer: contárselo a Sirius.

28. El perro y el gato.

Harry levantó la varita y apuntó a su oponente. Ambos tenían gotas de sudor


recorriéndole la frente y la espalda, las ropas desarregladas y las respiraciones
erráticas.

Su oponente levantó la varita nuevamente y sonrió sardónicamente.

—¿Cansado, Potter?

Harry sonrió ampliamente.

—Ya quisieras, Malfoy —hizo una floritura de muñeca y pronunció—: ¡Adolebit!

La maldición punzante salió, fucsia, de la punta de la varita de Harry. Malfoy la


esquivó arrojándose al suelo descuidadamente y se levantó, pronunciando otra
maldición. Harry formó un escudo total a base de Repellerium y la maldición chocó
contra él, para volver hacia Draco. El rubio volvió a dejarse caer contra el suelo y la
maldición golpeó contra los ladrillos de detrás suyo, dejando una quemadura
gruesa.

Harry quitó el escudo.

—Tiempo fuera. Malfoy, ¿qué parte de "nada de hechizos peligrosos" no


comprendiste? ¡Imagina si te daba, o peor, me daba! ¿Tienes idea del dolor que
sería para tu trasero si esa maldición me llegaba a dar?

Malfoy se levantó y se limpió el sudor del rostro con la manga de la camisa.

—Claro, jefe —rodó los ojos, con claro sarcasmo—. Sin embargo, que yo
sepa, Adolebit es una maldición punzante muy peligrosa si da en zonas íntimas.

—Entonces, confía en que no apuntaré a Draco junior —Harry le guiñó un ojo


divertido, consiguiendo que el rostro del muchacho se tornara más rojo aún de lo
que estaba—. Descansa por ahora, Malfoy —Harry cambió la mirada y volvió la
vista hacia los otros miembros del ED, ahora llamado Escuadrón de Defensa—.
¿Quién toca ahora?

—A mí me gustaría —se adelantó Ginny, sonriendo dulcemente. Harry le sonrió.

—No tendré compasión contigo, pequeña —susurró Harry, cerca de ella, y Ginny
rió. Ambos sabían que el otro no tendría compasión; después de todo, eran los
mejores duelistas de sus respectivos años—. Uno, dos, tres… reverencia…

Ginny obedeció con una sonrisa feroz y comenzó atacando.

—¡Reducto!

Harry esquivó el hechizo y lanzó una respuesta feroz.

—¡Expelliarmus!

Ginny lo esquivó y sonrió.

—Vamos, Harry, sé que puedes con más de ello —Ginny sonrió. Cuando luchaba,
era una criatura diferente al ser ciertamente dulce que todos conocían—.
¡Rictusempra!

El hechizo le dio a Harry en una costilla cuando no consiguió apartarse a tiempo.


Echó a reír a carcajadas, demasiado libre y como no solía hacerlo. Las cosquillas
eran demasiadas, y levantó la mano, consiguiendo conjurar una bandera blanca en
la punta de la varita.

—¡Basta! ¡Basta! —pidió. Ginny se acercó a él y lo apuntó con su varita de tejo en


la frente.

—Admite que soy mejor que tú y que soy la líder suprema de los duelos.

—¡Jamás! —Harry seguía riendo y Ginny deshizo el hechizo para atacarlo ella a
cosquillas. Harry la volteó y echó a correr.
Ginny se levantó del suelo y le gritó a los miembros del ED —que miraban
sonriendo y burlándose:

—¡Atrapadlo!

Neville le puso el pie a Harry al pasar y este se dio de morros contra el suelo. En
ese momento, entre todos los miembros del ED, comenzaron a lanzarle hechizos.
Era domingo, el primer domingo de marzo, y el día oficial para las reuniones del
Escuadrón de Defensa. Harry, luego de votación, había cambiado el nombre: ya no
eran un ejército, o por lo menos él quería verlo así. Todos habían estado de
acuerdo.

Con lo que no habían estado de acuerdo era con las inclusiones de algunos
Slytherins al Escuadrón, como Theodore Nott o el mismísimo Draco Malfoy. Una
chica de Slytherin, Daphne Greengrass, también se había unido cuando Draco lo
hizo, pero se mantenía en silencio y contemplativa, sin decidir si confiar o actuar.

El ED ya no era un secreto. Cylean se había encargado de que todos los profesores


lo supieran, y algunas veces asistía para velar por la seguridad de sus alumnos,
aconsejar y, ¿por qué no? Lanzarle algún hechizo a Harry y convertirlo en la burla
de sus compañeros.

En ese momento, Cylean atravesó la puerta de la Sala de los Menesteres


encontrándose a su novio revolcándose en el suelo, llorando de la risa, con
carcajadas que brotaban casi asfixiadas, con dedos haciéndole cosquillas y varitas
lanzando Rictusempras.

—¡Calmaos! —Cylean dio una palmada y todos finalizaron sus hechizos. Harry
quedó recostado contra el frío suelo de la Sala, aún con risas temblorosas cayendo
de sus labios y las lágrimas corriéndole por el rostro. Pero sonreía, una sonrisa
amplia y maliciosa.

Cylean le tendió la mano y Harry la aceptó para levantarse. Se limpió las ropas y el
rostro, negando con la cabeza, con el rostro enrojecido furiosamente.

—Oye, Ginny —dijo, como al pasar—, no eres mejor que yo, y sigo siendo el líder
supremo de los duelos. Sólo el profesor R. puede quitarme la corona.

—Y, por lo visto, los pantalones también —bromeó Neville. Harry le sacó el dedo del
medio y todos rieron—. ¿Qué hace aquí, profesor? —preguntó, acercándose más a
él, como si fuera atraído por algo. Harry pensó que tal vez era por la sensación de
magia que rodeaba al hombre; verdaderamente le gustaría saber cómo sería ver o
sentir la magia…

—Vine a salvarle el pellejo a Harry. Sus risas se oían desde mi despacho —bromeó,
poniendo los ojos en blanco y revolviéndole aún más los cabellos a Harry—. En fin.
¿Quién se ha enfrentado a quién y qué me he perdido?

Neville se encargó de relatar los duelos que habían hasta el momento —Draco
Malfoy agachó la cabeza al ver la mirada de su profesor fija en él con un brillo
extraño en esos ojos claros— y Cylean tuvo que sonreír y decir que ahora, por
castigo, Ginny Weasley se encargaría de arbitrar.

—Ven, Harry, descansa un poco. Ahora lo harán… —observó a todos y sonrió—,


Dean Thomas y Theodore Nott. Vamos, caballeros, veremos qué tal.
Harry fue guiado hasta un rincón por Cylean, con una mano en su espalda. El chico
aún tenía la respiración errática y los lentes torcidos.

El duelo comenzó y Harry observó los intercambios de hechizos mientras Tom


movía sus dedos hábilmente por todo su cuello, desatando nudos y relajando su
postura.

Estaba relajado, casi con todo su cuerpo apoyando en Tom, cuando una figura rubia
con vientre redondeado se acercó a él. Harry le sonrió a Lavender.

—Hola, Harry —ella sonrió—, quería hablar contigo unos minutos a solas. ¿Puedes?

Harry se separó de Cylean y asintió.

—Cylean, espérame aquí, ¿va? —se dirigió a Cylean y le dio un guiño de ojo para
luego sonreír a Lavender—. Claro, vamos.

Salieron de la Sala de los Menesteres y se quedaron a solas en la esquina. Lavender


dudó unos instantes, y sonrió con cierta amargura.

—Yo… no quisiera molestar, pero, querría saber si tú nos ayudarías a… bueno, a


Ron y a mí… —su rostro enrojecía—. Con los cuidados de Enyd.

—¿Enyd? —Harry dudó hasta que se percató de quién hablaba Lavender—. Oh, tu
hija. Será mi ahijada, por supuesto que cuidaré de ella.

Lavender enrojeció aún más.

—Me refiero a… confío en que serás un buen padrino, pero… Ron no tiene mucho
dinero, y mi padre ha dicho que si no me caso con él, me desheredará. No tengo
planes inmediatos de casarme, ¡y mucho menos con Ron! —compuso una expresión
afectada completamente sincera. Harry había aprendido a ver cuándo sus
compañeras actuaban y cuando no. Lavender estaba siendo completamente sincera
—. Así que voy a tener que conseguir un trabajo de medio tiempo y el año próximo
estudiar en casa. Ron también deberá trabajar. Y sólo quería saber si tú podrías
ocuparte de… ya sabes…

A cada palabra enrojecía aún más. Harry le sonrió ligeramente.

—Tranquila, Lavender. Me ocuparé económicamente de su niña. Y hablando de eso,


¿cómo estáis tan seguros de que es una niña?

Lavender sonrió. Era una sonrisa extraña en su rostro, demasiado feliz.

—Madam Pomfrey hizo unas pruebas. Es una poción espesa e incolora que se pone
sobre el vientre y reacciona ante la magia: si es una niña se vuelve de color rojo
claro, y si es un niño de verde. Madam Pomfrey me lo aplicó y se volvió de un rosa
brillante, lo que significa que está confirmado que es una niña. ¡Una niña! —y rió,
soñadoramente. Harry asintió, sonriendo de lado.

—Pues, felicitaciones. Buscaré cintas rosas para cuando nazca. ¿Ya sabéis a que
fecha?

—A finales de Julio, según los cálculos —Lavender sonrió—. Puede que nazca en tu
cumpleaños. Entonces, deberíamos celebrar por dos.
Harry se imaginó que entonces habría algo diferente por lo que celebrar.

—¿Volvemos? —Lavender le sonrió—. Y disculpa por haberte hechizado con


el Rictusempra. Sólo que a veces eres tan serio…

Harry le dio un ligero empujón.

—Mientes. No me conoces bien, por eso te parezco serio. Pero quienes ya están
conmigo todo el tiempo creen que no hay otro como yo para haceros reír. Viene de
sangre.

—¿De sangre? —Lavender se inclinó para oír más—. ¿Por qué?

—¿Alguna vez Ron te mencionó a los señores Lunático, Colagusano, Canuto y


Cornamenta? —preguntó, sonriendo nostálgico. Lavender hizo una extraña
expresión que parecía ser de concentración.

—Puede que haya nombrado algo de ello… pero no a mí, no exactamente a mí. Dijo
algo de unos Merodeadores. ¿Por qué?

Harry sonrió y le contó a Lavender sobre los Merodeadores, sobre cómo estaba en
su sangre el humor y los chascos, y el ser básicamente insoportable. Lavender
prometió "guardar el secreto" con una risita burlona mientras se adentraban a la
Sala de los Menesteres.

Dentro era un caos. El duelo que se estaba llevando a cabo había enviado a todos
los presentes contra las paredes y en cada rincón había sectores quemados,
humeantes; los rayos de luz eran feroces, iban y venían en un ataque sin medidas.
Harry alzó la ceja y se puso delante de Lavender para protegerla.

Draco Malfoy estaba allí, y frente a él, lanzando hechizos a diestra y siniestra,
Hermione Granger. Harry se detuvo unos momentos a ver la escena antes de oír a
Ginny dar el duelo por empatado.

Ambos compañeros se miraron con reacia amargura. Los ojos grises de Draco no
abandonaron el rostro de Hermione durante todo el lapso en que ella se movió de
su camino, guardando su varita en el bolsillo de su túnica y quitándose algunos
cabellos del rostro. Había apreciación en los ojos del heredero de los Malfoy, algo
capaz de verse incluso en la distancia.

—¡Ha sido una gran reunión, damas y caballeros! —Cylean caminó al centro, sus
pasos resonando en el suelo con cada pisada—. Creo que ya es tarde. Es hora de
que todos vayáis a asearos así estáis listos para la hora del té. ¿Qué os parece?

Todos estuvieron de acuerdo. Nuevamente Harry fue rodeado por aplausos,


abrazos, saludos, y todo aquello. El ex Ejército de Dumbledore, ahora Escuadrón de
Defensa, seguía adorando a su líder aunque hubieran aprovechado tiempo atrás
para caerle con cosquillas de forma insoportable.

Todos se marcharon del lugar, inclusive Lavender, que agradeció a Harry con una
última sonrisa antes de marchar junto a Parvati. Harry quedó allí, remoloneando,
observando las fotografías que se encontraban en las paredes. Entre ellas estaban
algunas de los Merodeadores en época escolar, la fotografía de la Orden del Fénix
original, y la fotografía del Ejército de Dumbledore. La cara de Marietta Edgecombe
había sido quemada de la fotografía, aparentemente con un cigarro (aunque Harry
desconocía quién lo había hecho).

Unas manos cálidas y conocidas se posaron en sus hombros y Harry se volteó para
recargarse contra el pecho del hombre. Tom acarició sus cabellos casi
desinteresadamente, con una sonrisa sutil, mientras observaba a un rincón.

—¿Sabes? Creo que no tenemos ninguna fotografía juntos —dijo en voz baja—. Y
puede que Colin Creevey me haya prestado su cámara.

Harry rió levemente.

—¿No estarás celoso? Tendré una fotografía con Cylean, no contigo —se burló
desganadamente Harry, enredando los dedos en el cuello de su pareja, sonriendo
con apenas una débil mueca en los labios.

Tom negó, sonriendo.

—Quiero una jodida foto, ¿vale?

—Oye, tampoco es para insultar —Harry le dio un pisotón que Tom respondió
inclinándose y mordiéndole el labio hasta hacerle sangre. Luego lamió la herida y
succionó su labio, lenta y tortuosamente. Harry rió y respondió a aquel beso
cargado de una extraña frustración.

—¿Qué sucede? —preguntó, apartándose ligeramente. Tom le miró alzando una


ceja.

—¿Debería suceder algo? —preguntó con falsa inocencia. Harry frunció apenas el
ceño.

—Vamos, dime. Estoy preparado. Dispara.

—¿Dispara? —Tom frunció el ceño y comprendió—. Oh, debe ser algún


dicho muggle, ¿no? —Harry asintió—. Pues… no, no sucede nada. Lo digo en serio.

Harry puso los ojos en blanco.

—No me engañas. Pero, si no quieres confiar en mí, bien —se apartó ligeramente,
pero Tom le sujetó y le estrechó contra su cuerpo con demasiada fuerza—. Vale, lo
capto. Apoyo moral. Sea lo que sea que esté sucediendo, estoy contigo. ¿Vale,
Tom? —murmuró en voz baja, siendo abrazado con fuerza por los brazos de su
profesor.

Sintió un beso cálido en su cicatriz y se relajó un poco. No había dolor alguno en


ello. Atrás, muy atrás, habían quedado las emociones desbocadas que le causaban
dolor y sensaciones amargas. Ahora, todo lo que era capaz de sentir era la dicha
que los envolvía a ambos, la felicidad, el amor… Y quién diría que Tom Riddle era
capaz de amar como lo hacía.

Tom escondió el rostro en el hueco de su cuello, curvando su espalda, haciéndole


graciosas cosquillas al respirar. Había algo realmente malo allí. Algo que Harry no
alcanzaba a comprender, pero que parecía volverse en contra de Tom, destruirlo
levemente. No era un hombre de muchas debilidades, pero en aquel momento
parecía haber dejado caer todas sus máscaras, mostrándolo todo.
—Créeme, si pudiera evitarte todo lo que te he obligado a vivir, lo hubiera hecho —
susurró, en voz realmente baja—. Sin embargo, cuando lo pienso, me doy cuenta
que si te hubiera evitado todo lo sucedido probablemente no habríamos
congeniado, y me siento el ser más repulsivo del mundo. Cosa que ya sé que soy,
créeme, y no lo tengo fácil tampoco.

Harry apartó su cuerpo del de Tom y le miró interrogante. Las facciones de Cylean
estaban contraídas, extrañas. No había signos de lágrimas en sus ojos, pero la
expresión estaba penosa. Harry le sujetó de las manos con fuerza.

—No sé a qué viene esto, créeme. Pero yo estoy bien ahora. Y todo lo que he
pasado me ha traído hasta aquí, contigo, y es donde quiero estar.

Tom sonrió en un intento de sonrisa burlona.

—¿Sueles ser cursi muy seguido o sólo los domingos? —se burló. Harry rió
ligeramente.

—Sólo los domingos —se paró de puntillas para besar a Tom con ternura—. Eres
increíble, Tom.

—¿Por qué, ahora? —Tom sonrió un poco más repuesto—. Es decir, sé que soy
increíble, pero, ¿qué te hace hacérmelo notar justo ahora?

Harry le sacó la lengua.

—Bastardo —gruñó—. Anda, vamos por la puta fotografía.

Más tarde Harry observaba la fotografía. Le hubiera gustado ver a Tom en ella,
pero allí estaba Cylean y debía conformarse. El hombre estaba detrás de él, le
sujetaba de los hombros y miraba a la cámara, luego el chico sonreía aún más por
algo que su profesor le susurraba y ambos reían, relajados, unidos. No se
arriesgarían a besarse en una fotografía que podría caer en las manos de cualquiera
—aunque parecía ser que su relación ya era de conocimiento más o menos general,
los padres del alumnado aún no sabían nada— pero era suficiente. Tom había
insistido por una fotografía que tener con él, como si supiera que pasaría tiempo sin
verlo… ¿era eso? ¿Sería eso? ¿Alguna situación que apartara a Tom de él por un
largo periodo de tiempo?

Con sólo pensarlo consiguió que un retorcijón de molestia le llegara al estómago. Lo


ignoró y acarició la fotografía en la que ambos enamorados reían, ajenos a todo:
ajenos a las guerras, ajenos al dolor, a la pérdida. Sólo eran ellos dos. Y Harry pudo
sonreír, imitando a su fotografía.

—Te iré a visitar a Hogsmeade el próximo fin de semana —anunció Sirius a través
del espejo doble que le había dado. Harry lo había tenido escondido al fondo del
baúl, desconociendo de su uso práctico, hasta que su padrino le dijo para qué
servía esas vacaciones, ofreciéndole un modo de comunicación más eficiente que el
flú e incluso las cartas. Por qué ninguno de ellos se había percatado de ello antes
era un misterio.

—¿Vendrás? ¿En serio? —preguntó Harry, ilusionado. Sirius asintió.

—Es genial. Podremos pasar por Honeydukes, y por las Tres Escobas, y podrás dar
una vuelta, volver a ver a Hermione y Ron…
—Ah, ¿cómo están tus amigos?

—¡Yo estoy bien! —dijo Ron, a la izquierda de Harry, apareciendo junto a su amigo
para que Sirius le viera—. ¿Te has enterado de que será una niña, Sirius? ¡Harry
será el padrino!

—Ni Harry ni tú paráis de repetirlo. Sois como loros —bufó Sirius—. Pero, es
enserio. ¿Enyd? Ron, ¿no deberías tener poder de decisión sobre el nombre de esa
pobre criatura?

—¡Enyd no es un mal nombre! —protestó Ron. Sirius puso los ojos en blanco.

—Es un nombre de anciana. Si mal no me equivoco, una de las hermanas de


Augusta Longbottom se llama así. Está pasado de moda.

Ron se puso pálido y miró hacia la cama de su amigo. Neville, detrás del Profeta,
asintió.

—Así es. Es la esposa de tío abuelo Algie.

Ron pasó de pálido a verde.

—Creo que consultaré otros nombres con Lavender —murmuró en voz baja, y Sirius
soltó una risa que tenía mucho más de animal que de humana.

—Así me gusta, muchacho. Ten en cuenta las probabilidades. ¿Y cómo está


Hermione?

Ron se apartó y Harry suspiró.

—Es un tema complicado. Está… creo que nunca la había visto así antes. Está
perdida en sí misma —se mordió ligeramente el labio, tocando con la lengua la
herida que Tom le había hecho, sintiéndose ciertamente reconfortado con la
sensación—. Está detrás de los libros y sus notas nunca han sido tan buenas. Pero
está distante. No se le puede hablar… está más que nunca en las cocinas, con los
elfos domésticos, y planificando formas de darles vacaciones y cosas así. Cuando
no puede ponerse a leer ella escribe, o se encierra en su habitación. Parvati me ha
dicho que la oyen quedarse hasta tarde escribiendo o leyendo, que la luz
del Lumos sale de su varita. Está… destruida.

—Espero que hayáis intentado ayudarla —murmuró muy serio Sirius. Harry alzó
una ceja.

—¡Por supuesto! Hemos intentado hablarle, acompañarle, ayudarle. Pero se


encierra. Está… dolida.

Sirius observó con ferocidad hacia donde Ron se encontraba, haciéndose el


desentendido. Harry rodó los ojos.

—Ron está en la etapa de la negación —susurró hacia Sirius—, quiere creer que él
no tiene la culpa. No hemos podido hacer nada todavía, con ninguno de los dos.

Sirius suspiró sonoramente y Ron fingió que no había oído nada. Del otro lado de la
habitación, Neville también suspiró.
—¿Cómo está Lavender? —preguntó Sirius, cambiando de tema—. Ya tiene…
¿cuánto? ¿Cuatro meses?

—Sí, cuatro meses y medio —Harry sonrió—. Puede que parezca extraño, pero me
siento emocionado de conocer a mi ahijada. Espero que se parezca a la madre,
aunque el padre no es tan malo cuando lo conoces mejor…

Sirius rió cuando una almohada derribó a Harry y lanzó el espejo por los aires.
Desde el suelo, Sirius vio como Harry lanzaba almohadas contra Ron, Neville, y
luego Dean y Seamus que entraron al cuarto y se unieron a la guerra de
almohadas.

—Eh, Harry, no quisiera molestarte pero, ¿por qué está Sirius Black en un espejo
en el suelo, y riéndose a carcajadas? —preguntó Dean, de pronto, mirando al
hombre en el espejo. Sirius le guiñó un ojo.

—¿Tú eres Dean Thomas? —Dean retrocedió un paso y Sirius rió—. Tranquilo. Estoy
en un espejo, no puedo morderte.

Harry palmeó a Dean en el brazo y fue a recoger a Sirius del suelo, sonriendo, con
los cabellos más desordenados que nunca por la batalla de almohadas. A pesar de
que tenían dieciséis, diablos, si podían divertirse lo hacían.

—Sí, él es Dean Thomas, y aquel de allá es Seamus Finnigan —Harry apuntó el


espejo para que los viera—. ¡Saluden, chicos!

Dean saludó reticentemente, Seamus saludó más confiado.

—Seamus Finnigan, ¿tu madre no es por casualidad Anna Geralt? —preguntó Sirius,
con un brillo pícaro en la mirada. Seamus, levemente pálido de que un ex convicto
supiera el nombre de su madre, asintió—. Oh, pues ambos éramos de Gryffindor.
Era un año más joven que yo, pero siempre fue una mujer guapa. ¿Cómo está
ahora?

—Felizmente casada —respondió tajante Seamus, apretando ligeramente los labios.


Sirius se carcajeó y Harry se mordió la lengua para no hacer lo mismo.

—Muy informativo, Seamus —rió Neville, palmeándole la espalda al chico—. ¿Por


qué no vamos todos a dormir? Mañana tenemos clases y ha sido un día largo, ¿no?

—Vale —aceptó Harry. Dean y Seamus fueron a los baños a cambiarse. Ron y
Neville ya traían los pijamas, al igual que Harry, aunque Harry en vez de camisa
pijama llevaba una vieja camiseta gris de Tom, manchada con alguna extraña
poción de un feo marrón rojizo, que le iba un poco grande al cuerpo—. Buenas
noches, Sirius —saludó, sonriendo—. Espero que descanses y que el profesor Lupin
te ponga la correa antes de sacarte a pasear. No es bueno perseguir gatos por ahí.

Le guiñó un ojo, cómplice, y Ron rió. Sirius pareció no comprenderlo, y Harry


pronto se dio cuenta de que no había compartido aún con su padrino su forma de
animago. Una idea cruzó por su mente y sonrió maliciosamente. Sirius se percató
de ello.

—Esa sonrisa no pronostica nada bueno —auguró Sirius—. ¿Qué planeas, cachorro?

Harry se encogió de hombros.


—Oh, nada, una pequeña sorpresa —le sonrió más pacíficamente—. Dulces sueños,
Canuto.

—¡Harry! ¡Espera! —intentó detenerlo Sirius, pero Harry ya había "desconectado" el


espejo, observando su reflejo: los lentes torcidos y la sonrisa malévola.

Y sonrió. ¿Qué otra cosa podía hacer?

—Entonces, ¿listo? —Tom le preguntó a Harry mientras se calzaba la corbata del


uniforme. Harry remoloneó los dedos en el nudo deshecho para que Tom se la
ajustara.

—Supongo —Harry sonrió con dulzura—. Sirius se llevará una gran sorpresa.

Tom soltó una risa extraña, que tenía partes iguales de diversión y de maldad.

—Ya lo creo.

Sirius había arreglado que lo esperaría en la puerta de las Tres Escobas en forma
de Canuto, para atraer menos la atención. Aún no era de dominio público el hecho
de que Sirius Black fuese un animago, y los que lo sabían, dudaba mucho que
pudieran reconocerlo.

Harry pidió un último beso colgándose del cuello de Tom. Tom, poniendo los ojos
en blanco, le dio lo pedido. Y luego otro. Y otro.

—Se hace tarde —anunció Tom, luego de una maratón de besos que los había
dejado a los dos jadeantes. Y a la mierda la compostura y el orden, pensó Harry,
aunque no compartió el pensamiento con Tom porque de verdad tenía ganas de ver
a Sirius.

Así que se separaron y Harry volvió a arreglarse. Entonces, cuando salían, Harry se
transformó en su forma animaga y Tom en Cylean, dispuestos a marcharse del
castillo.

Harry se había acostumbrado demasiado rápido a su forma animaga. Era ágil,


veloz, pequeño y discreto. Habían muchos gatos en Hogwarts, más que nada de las
niñas, y por ser delgado el animal también era delgado; nada de pomposos gatos
peludos. Su pelaje era corto y desordenado, como si el animal estuviera
constantemente despeinado, y ni siquiera los intentos de Hermione por peinarle
funcionaban.

En aquella forma Harry siguió a Cylean con sus pequeñas patitas, dificultándosele
tanto bajar las escaleras que Tom tuvo que cargarlo hasta llegar a bajar
completamente e ir hacia las puertas de entrada. La profesora McGonagall estaba
allí, supervisando quién salía y quién se quedaba.

—Profesora —saludó Cylean educadamente, y McGonagall sonrió ligeramente.

—Profesor. ¿Va a dar una vuelta?

—Es un agradable día para ir al pueblo —comentó Cylean, casi desinteresadamente.


Harry aprovechó para adelantarse y caminó por los terrenos del colegio, siguiendo
las multitudes de alumnos que iban con las túnicas ondeando al viento, rumbo a
Hogsmeade. Encontró a Neville y a Theodore caminando de la mano, con los
cuerpos muy juntos, y decidió mantenerse alejado de ellos. Siguió su camino
observando pies de personas que conocía y de personas que no hasta encontrarse
con la figura peluda de Sirius.

Incluso a metros de él podía reconocerlo, echado aburrido junto a la puerta de Las


Tres Escobas.

Harry se aceró caminando grácilmente, moviendo elegantemente su cola. El gato


cruzó mirada con el perro un segundo antes de que éste se irguiera en sus cuatro
patas, soltara un ladrido y echara a correrlo.

Verdaderamente Harry no había pensado en eso.

Echó a correr con toda la velocidad que pudo, apartándose de los estudiantes,
alejándose del castillo y siguiendo el sendero hacia la Casa de los Gritos. Con toda
la velocidad que pudo y con toda la fuerza en sus patas Harry trepó de un árbol y
se quedó aferrado a unas ramas bajas a más de dos metros del suelo. Canuto, feliz,
moviendo la cola, siguió ladrándole unas cuantas veces más.

Harry bufó y cesó la transformación. Quedó aferrado de ambas manos a la rama,


que se quebró ante su renovado peso y cayó sobre Canuto. El animago soltó un
aullido lastimero y se transformó en Sirius.

—Vaya, no salió como lo planee —murmuró Harry, sobándose el tobillo—. ¡Ah,


diablos! Creo que me lo doblé.

Sirius le miró con ojos como platos.

—¡Es increíble! —lo envolvió en un fuerte abrazo, todavía de cualquier manera


sobre el césped frío y húmedo—. ¡Mi ahijado es un animago!

—Y uno no registrado, así que si puedes gritarlo más alto para que el Ministerio me
coja, hazlo.

Sirius cerró la boca y echó a reír a carcajadas. Harry dejó su irritación volar y se
abrazó a su padrino.

—Estoy seguro de que James estaría orgulloso —Sirius lo despeinó más de lo que
estaba—. Un animago a los dieciséis años. Bueno, nosotros lo conseguimos a los
quince, pero… ¡es genial, Harry!

Harry intentó pararse, dándose cuenta de que le dolía pisar. Sirius se levantó del
suelo y le ayudó a caminar.

—Anda, vamos a las Tres Escobas. Allí le pediremos a Rosmerta si tiene algo para
curar ese tobillo.

—No hay una, ¡auch!, excursión a Hogsmeade, ¡auch!, que me impida herirme,
¡auch! Este año me salió bastante bien, algo malo, ¡auch!, debía suceder.

Sirius le revolvió los cabellos burlonamente.

—Intenta dejar de pisar con ese pie, o déjame que te lleve en brazos.
—¿En brazos? ¡Auch! ¡Ni en broma!

Sirius le sujetó con fuerza y le levantó en vilo. Harry intentó resistirse, pero Sirius
le tironeó del cuello.

—Vamos, gatito. O te dejas de quejar y cooperas o me veré obligado a desmayarte.


¡Recuérdalo, oficialmente vuelvo a tener varita!

Harry se dio cuenta de que seguramente quería demostrárselo, pero lo estaba


sujetando con ambos brazos y ambos se irían al traste si dejaba de hacer fuerza
para cargarlo.

Llegaron a Las Tres Escobas y se encontraron con Neville y Theodore. Neville


sujetaba a Theodore de los hombros y le decía algo muy cerca del oído, pero se
distrajo inmediatamente al ver a Harry.

—Theo, lo siento —se disculpó con su novio—. ¡Harry! ¿Qué sucedió? ¿Está bien?

—Se cayó de un árbol —Sirius intentó dejarlo en el suelo sin que el pie herido de
Harry pisara—. Ven, Neville. Ayúdame.

—Theo, ¿puedes enviar un Patronus a…? —comenzó Neville, dispuesto a llamar a


alguien del colegio que viniera a recoger a Harry, pero él negó.

—No, no. Claro que no. Estoy en mi día libre con mi padrino y amigos en
Hogsmeade. Nadie me impedirá disfrutarlo. Luego iré directo a la enfermería, pero
ahora, ¡dejadme!

Sirius soltó a Harry y éste se fue de bruces al suelo. Theo soltó una risita nerviosa y
Neville puso los ojos en blanco.

—Vale, Harry. Haz lo que quieras —le tendió la mano para ayudarle a levantarse—.
Cuando el profesor R. se entere te matará.

—Créeme, ya no intenta matarme, eso es lo más preocupante —Harry rengueó


hasta la puerta, donde se aferró—. ¿Y? ¿Entramos?

Se ubicaron en una mesa cercana a la puerta, Harry dando ligeros saltitos y


aferrándose de las paredes. Madam Rosmerta saludó efusivamente a Sirius e invitó
ella el hidromiel caliente con especias y las cervezas de mantequilla. Theodore lucía
ligeramente incómodo, pero cuando Harry le incluyó en la conversación concluyó
que era extrañamente tímido. Callado, con gustos que tenían mucho más que ver
con la escritura que con la guerra, Theo parecía estar hecho de una temblorosa
arcilla que en manos de Neville se transformaba en obra de arte. Cuando Neville le
hablaba, Theo cambiaba por completo y respondía confiado de sí mismo, con una
sonrisa extraña que irradiaba picardía. Harry concluyó que le caía bien.

A poco tiempo llegaron Ginny y Luna, y ambas llenaron de preguntas a Sirius;


Ginny por aparentar, Luna para ponerlo en una nota del Quisquilloso. Sirius
respondió de buena gana y Theo prometió a Luna comprar el próximo número para
ver la entrevista realizada. Harry le prometió que los artículos de Luna eran mucho
mejor que los de Rita Skeeter, y con ello consiguió tranquilizar un poco al pobre
Nott.
Lavender y Parvati se acercaron en algún momento de la tarde. Harry las invitó a
un alhelí, teniendo en cuenta de que Lavender no podía beber alcohol. Parvati lucía
emocionada con la perspectiva de ser la madrina de la pequeña, y Sirius discutió un
poco con Lavender sobre la elección del nombre de la niña. Al final la rubia estaba
reticente al nombre Enyd, aunque ella misma lo hubiera escogido.

Cuando finalmente se hizo hora de volver Harry intentó usar el pie y los ojos se le
llenaron de lágrimas. Se levantó el pantalón para encontrarse con el tobillo
hinchado y maldijo entre dientes mientras Sirius enviaba un Patronus en busca de
Cylean para que se lo llevara directo a la enfermería.

Cylean llegó cinco minutos después de que Sirius hubiera lanzado la llamada.
Fulminó a Harry con la mirada antes de cargarlo en brazos.

—No, definitivamente no te puedo dejar ni diez minutos solo, ¡menos toda una
tarde! ¡Mira ese pie! —gruñó, mientras salían de la taberna y se dirigían al castillo,
seguidos de cerca por Theodore y Neville, y Sirius.

—¡Déjame despedirme de Sirius! —protestó Harry. Cylean bufó y se volteó,


dejando que Harry abrazara a su padrino—. Hablamos esta noche por el espejo,
¿vale?

Sirius le dio unas palmadas en la espalda.

—Claro, claro. ¡Cuida ese pie!

Harry se colgó del cuello de Cylean para hacerle más fácil el cargarle mientras iban
al castillo. Se dirigieron directo a la enfermería, donde madam Pomfrey sonrió
tranquilamente: era conocimiento público que Harry Potter había estado muy poco
en la enfermería ese año.

—¿Qué sucedió? —preguntó amablemente la mujer. Cylean explicó.

—Por lo visto, se cayó de un árbol.

—Señor Potter, ¿qué hacía subido a un árbol? Cualquiera diría que con sus
antecedentes, tiene suerte de no haberse roto el cuello.

Cylean soltó una risita. Harry lo fulminó con la mirada.

—Intentaba sorprender a mi padrino —protestó Harry, mientras se quitaba el


zapato y la media para exponer el tobillo rojo e hinchado. Madam Pomfrey suspiró.

—Esto tiene un esguince. Y parece tener horas. ¿Por qué no vino inmediatamente
conmigo luego de sentir que dolía, señor Potter?

Harry enrojeció.

—Eh… este… quería pasar el día con mi padrino.

—¡Pues ahora esto le costará más! —madam Pomfrey fue en busca de una pomada
que al aplicarla ardió, y luego alivió el dolor—. Debe ponérsela cada seis horas,
pero por ahora no puede caminar hasta que la hinchazón mengüe. Será mejor que
se quede aquí por esta noche.
—¡¿Qué?! —Harry resopló—. ¡Es un simple esguince!

—Lo era, hace horas —madam Pomfrey sonrió dulcemente antes de dirigirse al
profesor que disimulaba una sonrisa burlona—. Señor Rousseau, ¿podría
asegurarse de avisar a los amigos del señor Potter?

—Uno de ellos está aquí afuera. A su novio no le gustan las enfermerías —explicó
Cylean, acercándose a Harry para darle unas palmadas suaves en la cabeza—.
Tranquilo. Mejorarás.

Se marchó en busca de Neville dejando a Harry con el rostro rojo y los dientes
apretados. Luego de unos minutos en los que madam Pomfrey estuvo vendando el
tobillo de Harry y explicándole cómo hacerlo correctamente —ya que él debería
hacerlo por la siguiente semana— el profesor Rousseau volvió a entrar, seguido de
Neville.

—Eres un idiota, Harry —resopló Neville, sentándose en la camilla junto a la de


Harry—. Debiste haberme dejado llamar a alguien de aquí para que te busque. Pero
oh, no, el señor quería pasar el día con su padrino.

—Calla —siseó Harry, conteniéndose para no lanzarle una almohada—. ¿Y


Theodore?

—Ha ido a avisarle a Ron y Hermione —Neville le guiñó un ojo—. Es un amor.

—Lo es —coincidió Harry—. ¿No estáis dispuestos a un trío? Estoy seguro que a mi
novio no le molestaría compartirme.

Neville rió. Cylean le fulminó con la mirada.

—Me parece que sobro aquí —dijo con frialdad el profesor—. Harry, Neville. Nos
vemos. Ah —se volteó a ver a Harry, que sonreía—, cinco puntos menos para
Gryffindor.

"Y si vuelves a bromear con ello, te restaré más".

Harry soltó una carcajada. Neville negó con la cabeza, riendo entre dientes.

—¡No te molestes, Cylean, amor de mi vida! —Harry extendió los brazos hacia su
profesor—. ¡Sólo era una broma! ¡Tú sabes que siempre serás mi único y verdadero
amor!

Neville no podía parar de reír cuando Harry comenzó a lanzar besos en dirección
hacia el rubio. Cylean no se contuvo y finalmente soltó una carcajada, al tiempo de
que Hermione entraba.

Harry se dio cuenta de que su amiga estaba mal al momento que la vio. Tenía
grandes ojeras bajo los ojos castaños y el cabello en cualquier orden. La piel pálida
de su amiga estaba cetrina, y tenía un ligero temblor en la ceja izquierda.

—¡Harry! —se lanzó a sus brazos, casi asfixiándolo—. ¡Me has preocupado! ¡Cuando
Theodore Nott se acercó a mí y me dijo que estabas en la enfermería pensé
cualquier cosa! ¿Qué te sucedió?
Harry le contó que se había caído de un árbol por tontear con Sirius. Hermione
supo que había algo más allí, algo que no quería mencionar por estar madam
Pomfrey presente. Cuando Harry terminó de hablar su amiga lo envolvió en un
asfixiante abrazo, y poco faltó para que se echara a llorar en su hombro. Había
tanta tensión en ella. Tanta amargura. Tanta pena. Harry se dijo a sí mismo que
debía conseguir verla mejor, pero desconocía cómo.

Luego llegaron Ron y Ginny. Ginny estuvo a punto de abofetear a Harry.

—¡Eres un mentiroso! ¡Te preguntamos en Las Tres Escobas si estabas bien y nos
dijiste que sí! ¡Qué demonios, Harry!

Harry intentó calmarla. Ron parecía descolocado con la presencia de Hermione,


pero tampoco tan verde como para que él tuviera que estar en una camilla.

—Estaba bien, Gin. Tranquila. Tranquilos todos, ¿vale?

Las campanas de las ocho sonaron. Era la hora de la cena, y uno a uno fueron
despidiéndose todos de Harry. Madam Pomfrey hizo llamar a algunos elfos
domésticos para que le trajeran a Harry y al profesor Rousseau algo de cenar, y
ella misma fue al Gran Comedor a comer.

Una vez solos Tom le dio una colleja.

—Cuando tu padrino me mandó ese Patronus diciendo que necesitabas mi ayuda…


No tienes idea de lo que sufrí hasta que vi que era tu maldito tobillo.

—Qué considerado —Harry pinchó un trozo de carne del estofado de ternera y se lo


llevó a la boca. Masticó, tragó y murmuró—. Podía manejarme solo.

—Sí, claro —Tom rodó los ojos—. Tan sólo que tan pronto estuviste de pie te fuiste
de cara al suelo.

Harry enrojeció completamente.

—¿Cómo diablos…? Oh, Neville —Harry se palmeó la frente—. Debí saber que te lo
diría.

—Claro que me lo diría. En realidad, él me lo diría todo sobre ti, si yo no lo supiera.


Tiene la idea de que somos la pareja perfecta —Tom se sentó con cuidado al borde
de su camilla, acariciándole con la punta de los dedos la mejilla. Harry dejó caer el
rostro en la mano de Tom.

—Y he de suponer que tú crees lo mismo. Así seríamos tres los que lo creemos.

Tom rió y retiró la mano.

—Sí, supongo —le guiñó un ojo, burlón—. ¿Quieres que traiga el espejo así puedes
hablar con Sirius?

—¡Claro! —aceptó Harry, sonriendo ampliamente. Tom le dirigió una sonrisa cálida
y estaba dispuesto a irse cuando Harry tironeó de la manga de su túnica—. Oye,
Tom… —susurró.

Tom le miró intrigado.


—¿Sí?

—Eres lo mejor. Te amo.

Tom rió.

—También te amo, mocoso —se acercó a robarle un beso antes de marcharse.


Harry se quedó allí recostado, mirando el techo, sin tener idea del momento que se
durmió con una sonrisa en el rostro.

Era casi medianoche cuando oyó su nombre.

—¿Harry? ¡Harry! —la voz conocida de su padrino venía muy cerca de él. Harry se
dio cuenta de que no tenía sus lentes y tanteó en la mesita de noche de junto a su
camilla para ponérselos. Cuando lo hizo cogió el espejo en el que Sirius se veía.

—Hola, Sirius —gruñó Harry con voz patosa. La luz de las ventanas era suave, sutil,
y dejaba ver el rostro de su padrino con los contornos afilados—. ¿Qué tal llegaste?

—Menos mal que estás en la enfermería —Sirius puso los ojos en blanco—. Sin
embargo, me alegro de que hayas pasado el día conmigo. Añoraba Hogsmeade.

Harry le sonrió a su padrino.

—Eres genial, Sirius. ¿Cómo podría escoger entre la enfermería o tú y escoger la


enfermería? Por supuesto que disfruté el día contigo.

Sirius le expuso una sonrisa gigantesca.

—Entonces, Kotka, ¿qué tal ese tobillo?

Harry alzó una ceja.

—¿Kotka?

Sirius puso los ojos en blanco.

—Significa gato en búlgaro. Digamos que, ahora que no puedo llamarte cachorro ni
cervatillo, aunque no quiere decir que deje de llamarte cachorro, te llamaré Kotka.
Pero será nuestro secreto, ¿eh? —Sirius le sonrió cálidamente—. Anda, dime. ¿Qué
hay de ese tobillo? ¿Era fractura?

—Esguince —Harry hizo una mueca—. Hasta mañana no puedo caminar, y es mejor
si mañana también me quedo en cama.

—¿Ya has hecho los exámenes de aparición? —preguntó Sirius, de pronto. Harry
negó.

—No. Se supone que debo tener diecisiete para eso.

—¡Ah, cierto! Lo han cambiado. Yo lo hice a los dieciséis —su padrino se encogió de
hombros—. Pero supongo que lo harás directamente en el Ministerio en el verano.
Te acompañaré, ¿vale?
—¿Por qué tan interesado en ello? —dudó Harry, intrigado. Sirius compuso una
expresión inocente.

—¿Por qué no podría estar interesado en la educación de mi ahijado favorito?

—Soy tu único ahijado. Si no estás interesado en mi educación, serías un fraude —


Sirius frunció el ceño y Harry le lanzó un guiño—. Tranquilo, sé que no lo eres. La
educación no es tan importante. Después de todo, eres Sirius Black.

Sirius rió.

—Sí, puede que tengas razón.

A Harry se le escapó un bostezo. Sirius acercó los dedos al cristal del espejo, como
si deseara enredarlos en la melena de su ahijado y dejar la mano allí hasta que se
duerma.

—Duerme, Harry —Sirius sonrió—. Te cantaría hasta que te duermas, pero creo que
ni tú ni yo queremos oír eso, ¿verdad?

Harry dejó escapar una carcajada que sonó demasiado estruendosa en la


enfermería desolada.

—Shhh —oyó la voz de su padrino—. Vamos, descansa, Harry. Dulces sueños.

—Duerme bien, Sirius —Harry le dedicó una sonrisa somnolienta y dulce—.


Descansa.

—Tú también, cachorro. Tú también.

Harry dejó el espejo sobre la mesita de noche junto a sus lentes. Se cubrió con el
edredón de lana que alguien le había echado por encima —estaba calentito, y era
muy suave— y se dejó llevar por el tan conocido gusto del sueño.

29. Tom M. Riddle.

Era viernes por la tarde y Draco Malfoy llevaba todo el día con un molesto y
repulsivo dolor de cabeza. Había ido por una poción para ello y se había encontrado
con que madam Pomfrey necesitaba examinarlo primero para darle una poción, ya
que algunos alumnos tenían la costumbre de ir a pedir algunas por el mero hecho
de pedir. Draco maldijo a aquellos alumnos y continuó su día en un estado de
irritación que nadie se salvó.

Primero comenzó con Theodore Nott. El muchacho sólo había estado hablando con
Adrian Pucey de lo bueno que era realmente Neville Longbottom, y de que si se
unía al Escuadrón de Defensa podría aprender algunas "tácticas" para manejarse
entre los miembros de la luz y conseguir un salvavidas si alguna misión pesada era
puesta sobre sus hombros. Draco le había gritado canalla traidor, y Theodore, rojo
como un tomate, le había gritado que él también asistía a las jodidas reuniones,
que callara. Y no, Draco no pudo mantenerse callado, y tuvieron que separarle
entre cuatro porque iba a saltarle encima para desfigurarle la cara a golpes cuando
Theodore le llamó "traidor a la sangre, al igual que yo".

Luego la habían ligado Crabbe y Goyle, torpes y confiados con que ser los mejores
aliados de Draco Malfoy se salvarían.
Luego había sido el mismísimo Adrian Pucey, por las mazmorras mientras iban al
Gran Comedor.

Luego había sido Pansy Parkinson, preguntándole qué le pasaba.

Luego había sido la hermana pequeña de Daphne, Astoria, que Draco sabía estaba
enamorada de él, acercándole para alcanzarle un libro que se olvidó y dirigiéndole
algunas palabras amables. Draco la había enviado al infierno muggle y la pobre
chica casi se echa a llorar. Si no fuera porque era un Slytherin lo habría hecho.

Y, finalmente, la había pagado con Hermione Granger.

Se había dado cuenta de que la chica no tenía un buen día con sólo verle las ojeras.
Tenía el cabello atusado y la piel demasiado blanca; un poco de color no le vendría
mal. También tenía los labios muy resecos.

No miraba por donde iba y lucía total y completamente desorientada. Llevaba un


gran montón de libros en los brazos y Draco se quedó en si sitio, esperando que le
esquivara, y cuando no lo hizo sintió la rabia subir por su garganta. Draco Malfoy
podría ser de todo, menos invisible.

—Fíjate por dónde vas, sangresucia —gruñó. Granger dejó caer los libros cuando
Draco le dio un empujón para pasar a su lado y siguió caminando. Draco esperó
alguna reacción de su parte, después de todo estaba sola, y sabía que Granger
tenía un carácter fuerte.

Se volteó, extrañado, y la encontró inclinada recogiendo los libros con la cabeza


gacha. Algo creció en el pecho de Draco Malfoy, algo parecido a "el jodido de Potter
me cortará la cabeza si algo le sucede a Granger" y se inclinó para ayudarla.

Ella estaba llorando. Lágrimas gruesas caían por su rostro, y apretaba los labios
como si algo le doliera. Draco se inclinó hacia ella y le sujetó de la barbilla, uniendo
sus ojos grises con los castaños cargados de lágrimas, inyectados en sangre.

—¿Te encuentras bien, Granger?

Granger hizo lo que Draco no creería que haría en un momento como ese: rió.

—Tranquilo, Malfoy. No me afectas lo suficiente como para llorar por ti. Es sólo que
tengo un mal día —se encogió de hombros, guardando los libros en su mochila.
Granger se limpió las lágrimas con la túnica y Draco buscó en su bolsillo,
obsequiándole un pañuelo: era de algodón con las iniciales "D. L. M" bordadas en
plata. Granger lo aceptó sin dudarlo y se limpió con más esmero las lágrimas.

—Todos tenemos un mal día —murmuró Draco, sin pedir el pañuelo de regreso—.
¿Qué es exactamente lo que te sucede?

—Vamos, Malfoy, acabas de llamarme sangresucia. ¿Crees que confiaría en ti? —


Granger le miró a través de las pestañas—. Ahora, si me permites.

Draco la sujetó del hombro.

—Lamento haberte llamado sangresucia. También tengo un mal día. Puedes… —le


costaba decir las palabras. Nunca había necesitado decirle eso a alguien—. Puedes
confiar.
Granger le dirigió una sonrisa sarcástica.

—Creo que mejor…

No terminó de hablar. Los párpados le temblaron y el cuerpo se desmoronó. Draco


la sujetó antes de que su cabeza diera contra el suelo.

Hermione Granger acababa de desmayarse.

Diablos de Cornualles, malditos diablos de Cornualles.

Draco se cargó la mochila de la joven en la espalda —"¿Qué coño llevaba allí


dentro?¿Piedras?"— y luego la cargó a ella. Tenía la vaga idea de que Potter
también estaba en la enfermería, si no había salido ya. No lo había visto en las
clases en todo el día.

Con Granger en los brazos, con la cabeza apoyada en su pecho, Draco emprendió el
camino a la enfermería.

Hermione abrió los ojos levemente. Se sentía extraña, con la cabeza dándole
vueltas y envuelta por un aroma que fácilmente pudo identificar, haciéndosele un
nudo en lo profundo de la garganta.

Levantó el rostro, dispuesta a encontrarse con Ron, pero se sorprendió tanto que
emitió un quejido ahogado.

—¿Malfoy? —siseó, incrédula. Malfoy agachó los ojos hacia ella, con expresión casi
harta.

—Genial, Granger. ¿Quién creías que era? Por la expresión en tu rostro mientras
despertabas, cualquiera creería que pensabas que era cualquiera menos yo —
Malfoy puso los ojos en blanco. Hermione intentó controlar su sonrojo.

Era imposible, pero Malfoy olía como Ron. Con aquel aroma que aceleraba su
corazón por haberlo sentido en la Amortentia; pergamino nuevo, césped recién
podado y aquel aroma que hasta el momento había identificado como el de Ron,
una colonia extraña, tal vez un champú.

Pero Malfoy olía así.

Hermione sintió que si hubiera estado caminando sus piernas fallarían.

Intentó que la voz no le fallara.

—¿Es parte de tu servicio comunitario esto, Malfoy? —preguntó, ácida, y Malfoy


sonrió.

—Supongamos —murmuró en voz baja mientras seguía caminando. Hermione ladeó


la cabeza y se encontró con rostros de alumnos de otras casas sorprendidos por la
inusual escena, además de darse cuenta a dónde se dirigían. Sólo había un camino
que llevaba esa cantidad de pasillos: la enfermería.
—¿Qué me sucedió? —dudó, sintiendo que la voz le temblaba, pero sin querer
demostrarle a Malfoy algún signo de debilidad, lo cual es estúpido, ya que te está
llevando en brazos.

—Te desmayaste sobre mí —Malfoy compuso una expresión burlona—. Yo sabía que
la gente caía ante mí, ¿sabes, Granger? Pero nunca creí que fuera tan literal.

Hermione frunció el ceño y le fulminó con su peor mirada. Malfoy ni siquiera se


inmutó, miró al frente y siguió caminando.

Con el paso de los metros Hermione fue sintiendo cómo su cuerpo se relajaba en
respuesta a la cadencia de los pasos. Cuando llegaron a la enfermería Malfoy la
dejó suavemente en la primera camilla que encontró al momento en que madam
Pomfrey aparecía ante ellos, con expresión preocupada.

—¡Oh, Granger! El señor Potter acaba de irse —murmuró ella, con voz suave—.
¿Cómo se encuentra? ¿Qué le sucedió?

—Se desmayó —informó Malfoy, ante la mirada silenciadora de Hermione—. Y creo


que necesita algunas pociones de nutrición, o comer más. Estaba realmente liviana.

Hermione, ante lo que no quería hacer, enrojeció ligeramente, sus mejillas


tornándose de un incómodo rosado. Malfoy no se burló.

—¿Ha estado comiendo bien, señorita Granger? —preguntó madam Pomfrey,


acercándose a ella para hacer unos movimientos con su varita frente a ella—.
¿Durmiendo bien?

Hermione asintió con la cabeza. Draco puso los ojos en blanco.

—Dejemos que se haga un diagnóstico —Malfoy se acercó a la camilla siguiente y


tomó asiento, esperando. La varita echaba chispas que quedaban en el aire y
madam Pomfrey cogió un pergamino en el que fueron escribiéndose líneas verdes y
azules, letras y extrañas cosas. Madam Pomfrey chasqueó la lengua—. No, señorita
Granger. Aquí dice que la última comida en condiciones que tomó fue hace dos
días.

Hermione se sonrojó completamente.

—No tengo apetito —explicó. Madam Pomfrey negó con la cabeza.

—Muy mal. Se debe comer tres veces al día, y si es posible un desayuno muy
completo. Hay un dicho muggle que dice "desayuna como rey, come como príncipe
y cena como mendigo". Como mínimo un desayuno de rey para recuperar la salud
—madam Pomfrey releyó el pergamino con aquellas marcas extrañas—. Y dormir.
Le recetaré unas pociones de nutrición y una para dormir sin soñar, si eso es lo que
está molestándole…

Malfoy se quedó allí, con la espalda recta, sentado como símbolo de la elegancia,
esperando por Granger. Cuando madam Pomfrey dijo que ella se quedaría todo ese
día y esa noche para asegurar su bienestar, Malfoy asintió.

Luego la enfermera se volteó hacia el rubio.

—Usted, señor Malfoy, ¿no debería estar en clase?


—Estoy haciéndome responsable por la salud de Granger, si tenemos en cuenta que
se desmayó sobre mí. Además, espero a que me haga una revisión y me de mi
poción para el dolor de cabeza.

Hermione observó cómo madam Pomfrey hacía los mismos movimientos de varita
con Malfoy que con ella. Otro pergamino fue llenado y la mueca en el rostro de la
mujer era clara.

—¿Ha considerado utilizar lentes, señor Malfoy?

Malfoy palideció.

—¿Qué?

—Por lo visto tiene una migraña capaz de producirse por muchas horas de lectura.
Debería considerar comprar unos lentes para el descanso de la vista, hay una
tienda en Hogsmeade que vende unos muy buenos…

Draco Malfoy estaba cada vez más pálido. Hermione se contuvo de reír.

—Preferiría una poción para el dolor cada vez que lo tenga —expresó el rubio.
Madam Pomfrey se encogió de hombros.

—Como quiera —se volteó hacia Hermione, que sonreía débilmente—. Tranquila,
cariño. Ahora mismo te traeré una poción para quitar esa debilidad.

Se marchó hacia su oficina al final de la larga hilera de camillas enfrentadas. Malfoy


se inclinó ligeramente hacia Hermione y expuso una sonrisa suave, casi amistosa.

—Anda. Cuéntame.

Hermione le miró como si se hubiera vuelto loco.

—¿Que te cuente qué exactamente, Malfoy?

Malfoy puso los ojos en blanco.

—Por qué estás haciendo huelga de hambre, y por qué tienes esas ojeras.

—Hay cosas que no te interesan, Malfoy —gruñó Hermione—. ¿Qué te crees, que
porque me ayudaste de pronto debo confiar en ti? ¿Qué te hace pensar eso?

—Granger —Malfoy recargó su mentón en la mano, mirándola con aburrimiento—.


Hay ciertas veces en las que necesitas confiar en las personas que menos creías
que lo harías. Eso suele ser de buena ayuda. Por ejemplo, hace unos meses confié
en Potter. No voy a decir que sea mi mejor amigo, pero me facilitó un poco la vida.

Hermione le miró con desdén unos segundos antes de encogerse de hombros.

—Una sola burla al respecto —avisó— y para que los Malfoy tengan un heredero,
deberás adoptar.

—Uy, mira como tiemblo —Malfoy sonrió, burlón, antes de cambiar la burla por la
seriedad y asentir—. Comprendo, Granger. Cuéntame.
Hermione dudó unos segundos y comenzó a contarle.

—Todo comenzó en clase de Pociones, ¿recuerdas que el profesor Snape nos hizo
olerla? Yo sentí… el aroma de Ron —creyó que Draco se burlaría. Él se mantuvo
serio—. O eso creía —se corrigió, recordando como el aroma había llenado sus
fosas nasales estando en brazos del rubio—. Pero Ron comenzó a salir con
Lavender Brown, y ahora la muy… está embarazada, y Ron cree que mejor
debemos ser amigos porque lo nuestro no puede funcionar porque él no es
suficiente para mí, y Lavender fue a pedirme disculpas porque ella no sabía lo que
yo sentía por Ron antes de involucrarse con él, y no puedo odiarla. No puedo odiar
a Ron tampoco. No puedo odiar a nadie por lo que estoy viviendo.

Cerró los ojos y dejó caer la cabeza contra la almohada esperando la burla. La burla
que no llegó.

—Granger, te diré algo que no deberás decir en ningún momento que yo te lo dije.
Así me entere yo de que lo has hecho, te haré imposible hasta el último día de tu
vida —Hermione abrió los ojos. Draco Malfoy estaba junto a ella, de cuclillas en el
suelo junto a su cama, con el rostro a la misma altura que el suyo—. Eres
demasiado mujer para sufrir a manos de un hombre que no vale la pena.

Hermione sintió que su rostro enrojecía con fuerza. Apartó la vista de los
normalmente fríos ojos del rubio, demasiado anonadada por lo que le acababa de
decir.

—Quiero oírlo de ti. Vamos, dilo. Repítelo.

Hermione abrió y cerró la boca, incapaz de decirlo. Volvió sus ojos castaños a los
grises y, mirándole fijamente, lo hizo.

—Soy demasiado mujer para sufrir a manos de un hombre que no vale la pena.

La sonrisa de Malfoy era tan cálida como un rayo de sol.

—Así está bien. Ahora, convéncete a ti misma de ello. No merece la pena sufrir por
Weasley. No hay hombre que tenga cojones que haga sufrir a una mujer que está
enamorada de él. Supéralo. Búscate a otra persona. Y, por el amor de Morgana,
come un poco. Estás muy delgada.

Hermione sintió que una risa suave subía por su garganta. Negó con la cabeza,
mirándose: ella se veía como siempre, aunque tal vez sí estaba bastante más
delgada que antes. Debía llamar a algunos elfos domésticos a que le ajustaran el
uniforme y las túnicas.

Apretó ligeramente los labios y sintió una mano sobre la suya. Observó, congelada,
como Malfoy le daba un apretón en la mano y sonreía.

—¿Por qué me ayudas, Malfoy? —preguntó con la voz demasiado baja. Aun así
Malfoy la oyó.

—Es un tema complicado —miró a ambos lados, como asegurándose de que nadie
les oiría—. Mis padres se casaron porque sus padres concertaron su matrimonio. Mi
madre, Narcissa, se enamoró perdidamente de mi padre. Aun así él no la amaba.
Dudo mucho que padre sea capaz de amar a alguien, aunque sea su esposa y su
hijo. Cuando era pequeño… —Draco pareció darse cuenta de que estaba hablando
de más. Soltó la mano de Hermione con un intento de frialdad y su rostro se
endureció—. Vaya, parece que me estoy yendo de lengua.

Hermione se encogió de hombros.

—No se lo contaré a nadie.

—Igualmente —Malfoy se encogió de hombros. Madam Pomfrey apareció con dos


botellas. Malfoy se bebió la suya haciendo una mueca y Hermione olió la suya
primero: tenía un aroma extraño, a mantequilla, y era oscura y espesa. La bebió y
dejó que se asentara en su estómago como una gran comida.

—Bien, señor Malfoy, puede irse —de forma sutil madam Pomfrey le estaba
expulsando de la enfermería. Malfoy le mostró una expresión altiva a la mujer y
luego una casi sonrisa a Hermione.

—Nos veremos por ahí, Granger. Iré a dejar tus cosas a alguno de tus amigos —
señaló la mochila gruesa y remendada que colgaba de su espalda junto a la suya.
Hermione le dedicó una sonrisa extraña incluso para ella, y Malfoy se marchó de la
enfermería sin mirar atrás.

Si Hermione lo hubiera recordado, si tan sólo hubiera recordado que tenía el Mapa
del Merodeador activo en su mochila, tal vez le hubiera dicho que le dejara la
mochila, que ella se haría cargo.

Pero no lo recordó, y Malfoy se llevó el Mapa del Merodeador con él. E inclusive con
el mapa en su mochila, ¿qué forma habría para que lo descubriera?

—¡¿Acaso tú eres idiota?! —Malfoy gruñó, mientras veía el lío de pergaminos y


libros en desorden sobre el suelo—. ¡Te dije que tuvieras cuidado!

Parecía que los amigos de Granger habían hecho un pacto para no cruzarse con él
ese día. Se había topado con muchos Gryffindors pero ninguno cercano a la
muchacha, lo que había llevado a que cargara todo el día la jodida mochila en su
espalda. Hasta este punto sentía que la columna se le iba a quebrar.

Y ahora el idiota de Crabble había tironeado muy fuerte de un borde y todos los
libros, pergaminos, plumas y tinteros se hicieron añicos en el suelo.

—Maldición —gruñó Draco, mientras levantaba las cosas, manchándose con tinta
los dedos. Lanzó un Fregortego sobre la tinta, pensado que debería comprarle un
tintero nuevo a limpió los dedos con la túnica —recordando que su pañuelo lo tenía
Granger, maldita sea— y comenzó a recoger las cosas. No podía confiar en Crabbe
y Goyle, capaces de meter todo arrugado y a la fuerza.

Lanzó un Reparo a la mochila rasgada y la tela se unió nuevamente. Fue guardando


primero los libros y luego los pergaminos, cuando sus dedos se toparon con uno
extraño que tenía huellas que se movían, y nombres. Joder, nombres.

Estaba viendo a una tal Mary McDonald caminando junto a Colin Creevey por un
pasillo. Sin que Crabbe y Goyle le vieran guardó el pergamino en el bolsillo interior
de su túnica y se volvió a cargar la mochila al hombro.
Se despidió de sus amigos que iban camino a las cocinas a robar algo para comer
aun cuando faltaba menos de dos horas para la cena. Allá ellos. Draco, a solas,
sacó el pergamino: se había librado de las manchas de tinta y ahora mostraba a
Crabbe y Goyle caminando rumbo al pasillo por el que se iba a las cocinas. Draco
siguió la línea del pasillo y se encontró a sí mismo. Caminó unos pasos hacia un
lado, dándose cuenta que las huellas del pergamino también se movían, y una
sonrisa salvaje cruzó su rostro.

—Así que este es el secreto de Potter, Granger y Weasley —dijo, en voz baja,
intentando buscarles por el castillo. Weasley estaba una habitación en la torre del
séptimo piso rodeado de chicos y chicas de Gryffindor, por lo que Draco supuso que
sería la Sala Común de esa casa. Obviamente no iba a entrar allí, así que debía
buscar a Potter.

Siguió por la línea del séptimo piso hasta encontrar una habitación demasiado
grande para ser un aula. En ella se encontraba Potter. Y Tom M. Riddle.

Draco se sobresaltó. Conocía aquel nombre, su padre había hablado de él en su


segundo año. Era el verdadero nombre de Voldemort. Voldemort estaba en el
castillo. Pero, ¿qué hacía Voldemort con Potter? ¿Juntos? ¿Demasiado juntos, en
una gran habitación, a solas?

El rubio cerró el pergamino y lo guardó en la mochila de Granger, entre varios


libros de aspecto grueso y peso que le había destrozado la espalda todo el día, y se
encaminó al séptimo piso.

Llegó a aquella habitación en menos tiempo del que le hubiera gustado. Tal vez
debería ir directamente a hablar con el profesor Snape, pero seguramente le
tacharía de loco, y le diría que no se metiera donde no le llamaban. Además
preguntaría seguramente de dónde habría sacado ese mapa, y Draco no se sentía
cómodo diciendo que lo había sacado de la mochila de Granger.

Tocó la puerta con los nudillos y esperó, sin saber qué esperar realmente. ¿Qué le
abriera Voldemort, o que le abriera Potter? La puerta de madera hundida en la
piedra estaba cargada de una magia que a Draco le puso el vello de punta: eran
oscuros encantamientos protectores que avisarían si alguien iba a abrir la puerta,
además de que notaba la fuerza con la que habían sido lanzados, con qué tipo de
magia era compatible aquellos hechizos. Se parecía mucho a la magia de…

El profesor Cylean Rousseau abrió la puerta. Tenía el rostro completamente serio y


el cabello desordenado, como si acabara de levantarse de la cama. La túnica estaba
cerrada, y Draco notó que el cuello descubierto no dejaba a la vista camisa alguna.

—Profesor Rousseau —saludó Draco, fingiéndose inocente—. ¿Se encuentra Potter


aquí?

El profesor farfulló algo y cerró levemente la puerta. Draco oyó que decía "Harry,
Malfoy quiere hablar contigo" con voz ligeramente hastiada, lo contrario a lo que
era normalmente el profesor, tan amable y risueño.

Potter se demoró en salir. Cuando salió tenía el rostro sonrojado y los labios
abusados, además de una expresión frustrada.

—Malfoy, ¿sucede algo? —preguntó, saliendo y cerrando la puerta detrás de él,


dejando al profesor dentro. Draco notó pequeños detalles en su antiguo enemigo,
como que tenía la corbata desarreglada y el último botón de la camisa sin abrochar.
No llevaba túnica.

—Granger está en la enfermería desde hoy temprano, luego del almuerzo. Creí que
deberías saberlo —dijo, con todo el desprecio que pudo acumular en su voz. Potter
abrió los ojos de manera desmesurada.

—¿Qué le sucedió? ¿Está bien? —preguntó, con voz alarmada. Draco se encogió de
hombros.

—Se desmayó. La llevé hasta la enfermería. No me agradezcas —hizo un ademán


con la mano para quitarle importancia, a la vez que se quitaba la mochila de los
hombros y le alcanzaba a Potter las pertenencias de su amiga—. Esto le pertenece.
No os he encontrado a Weasley y a ti durante todo el día, así que mejor guárdate
esto.

Se disponía a marcharse —después de todo, parecía estar interrumpiendo algo


serio— cuando Potter dudó.

—¿Cómo sabías que estaba aquí?

Draco sonrió como si lo tuviera todo bajo control.

—Es un lindo mapa el que tiene Granger, Potter —felicitó—. Permite encontrarte sin
problemas. Sirve en demasía.

Potter jadeó y se puso pálido, todo el color de su rostro desapareciendo.

—¿Qué viste? —Potter le sujetó de los brazos con violencia—. ¡¿Qué viste?!

Draco se desprendió de su agarre con cierta dificultad, pero su expresión decía que
había sido lo más fácil del mundo.

—¿Crees que no lo sabía ya, Potter? —fingió estar completamente al tanto—. Sólo
se han confirmado mis sospechas. Tranquilo, no diré nada. Después de todo, no
serías el único que perdería en la situación si la verdad se revelara.

Fingió saberlo todo, como siempre hacía. Después de todo, si Voldemort estaba en
el colegio, Lucius Malfoy debía saberlo, ergo él también… o por lo menos
sospecharlo.

Potter estaba pálido, pero asintió. Pareció dudar unos segundos y musitó, en voz
baja:

—Gracias.

Draco Malfoy le dirigió una sonrisa socarrona digna de su familia.

—Es lo mínimo que podía hacer, Potter.

Y se marchó, fingiendo que lo comprendía todo, cuando en realidad no tenía ni idea


de nada.

30. Visita inesperada.


—¿Te encuentras bien, Hermione?

La chica abrió los ojos y le sonrió a Harry.

—He tenido mejores días.

—Ya me parece —Harry la miró de arriba abajo. Estaba demasiado delgada, y las
ojeras en su rostro parecían marcadas con hollín—. ¿Qué te ha dicho madam
Pomfrey?

—Que debía comer y dormir —Hermione sonrió levemente—. Cosa que no he


podido hacer últimamente.

Harry soltó un sonoro suspiro.

—¿Quieres hablar conmigo? —preguntó, tomando la mano de su amiga. Ella negó.

—No, Harry. Gracias, pero no. Estoy… bien, creas o no —tenía una extraña
expresión en el rostro, una sonrisa suave y dulce—. No vale la pena hacerme tanta
mala sangre por las cosas que suceden, porque no puedo evitar que sucedan. He
estado actuando de forma muy estúpida últimamente. He sido una tonta.

Harry le sonrió ligeramente.

—Bueno, si tú lo dices… ¿quién soy yo para contradecirte?

Hermione rió pícaramente. Harry se dio cuenta de que verdaderamente su amiga


lucía mucho mejor. Tenía un brillo en los ojos, un brillo nuevo que había
considerado perdido. Tenía una sonrisa verdadera, y a pesar de lo demacrada que
estaba, no dudaba que se pondría mucho mejor en tan sólo unos días, con la
comida adecuada y un poco de sol. Ya venían tardes soleadas para cambiar ese
tono tan blanco.

—Entonces… ¿crees que Ron venga a verme? —preguntó Hermione, curiosa. Harry
se encogió de hombros.

—Dijo que vendría, pero lucía extrañamente verde. Creo que tiene miedo de que
esto haya sido su culpa. Yo ya le he gritado, le he dicho: "¡Por supuesto que fue tu
jodida culpa, Ronald Bilius Weasley! ¡Ahora ve a verla y hazte cargo!" y él casi se
ha meado encima, lo que me lleva a pensar que vendrá a visitarte cuando estés
dormida, te tomará de la mano tiernamente y te dirá que te adora, pero que no
puede estar contigo.

Hermione hizo una mueca. Harry suspiró.

—¿He sido demasiado duro? —preguntó—. Lo siento.

—No, no se trata de eso —Hermione se encogió de hombros—. Pero creo que


estaba equivocada. Todo esto fue por el aroma a mi Amortentia, y la idea de que
Ron debería ser la persona ideal para mí, pero… puede haber más de una persona
con el mismo aroma, ¿sabes?

Los ojos de Harry brillaron.

—¿Ah, sí? —se inclinó hacia ella, cómplice—. ¿Encontraste otro candidato?
Hermione rió mientras se sonrojaba.

—Es sólo… él siempre me ha tratado mal, pero hoy ha sido terriblemente


considerado. No sé qué bicho le ha picado, pero me ha dado incluso palabras de
aliento y…

—Espera —Harry la detuvo—. ¿Estamos hablando de Malfoy?

Hermione asintió.

—No digo que esté de pronto enamorada de él, Harry. Eso sería imposible. Me ha
llamado sangresucia y cosas así desde segundo año. Le he pegado en tercero. Me
ha ignorado en cuarto. El caso es que… puede que haya cambiado. No es el mismo
Malfoy que nos insultaba los años anteriores: este Malfoy tiene algo dentro que está
deseando salir, y se esconde detrás de una máscara. ¡Pensar que me ha traído en
brazos hasta la enfermería! El antiguo Malfoy no se habría preocupado siquiera.

—¿Pero…? —insistió Harry. Hermione sonrió.

—Me ha ayudado aun cuando yo no se lo pedí. Lo ha hecho casi


desinteresadamente. Y… puede que sea una persona diferente. Se unió al
Escuadrón de Defensa, ¿no? —le miró con ojos entrecerrados—. Podría considerar
acercarme un poco a él.

Harry suspiró sonoramente.

—Es tu vida, Hermione. Pero te llega a herir y llamaré a Viktor Krum para que le
destroce la cara a golpes.

Hermione rió.

—¿Por qué no lo haces tú?

Harry le dio un ligero golpe en el brazo.

—¿Estás loca, Hermione? Puede que yo sea bueno con la varita, pero nunca me has
visto pelear a los puños.

Su amiga rió con una alegría que hacía mucho tiempo que no tenía y Harry se sintió
bien, tranquilo, feliz por ella. Incluso la alegría de su amiga quitaba la niebla que
significaba que Draco Malfoy les hubiera descubierto, fingiendo que lo sabía todo,
cuando en realidad Harry y Tom sabían perfectamente que él no podía saber nada
del asunto.

—¡Vaya, Hermione! ¡Hacia cuanto que no te oía reír! —se oyó la voz de Neville
adentrándose con un ramo de flores. Eran bonitas, coloridas y olorosas, de color
azul brillante—. ¿Cómo te sientes?

Hermione agradeció las flores con una sonrisa.

—Muy bien, Neville. Gracias. ¡Hum, huelen muy bien! ¿Qué son? —preguntó,
mientras se acercaba una de las flores a la nariz. Harry creía que no hacía falta:
desde donde estaba se podía sentir el aroma a las flores.
—Son jazmines azules —explicó Neville, sentándose a los pies de la camilla de
Hermione—. Huelen como los jazmines, y sus pétalos son molidos y utilizados para
hacer sombras de ojo. Creí que te gustarían.

—Son hermosas, Neville. Gracias —volvió a agradecer, mientras Harry conjuraba un


jarrón y aparecía. Neville conjuró algo de agua y Hermione las colocó allí.
Hermosas, con un perfume muy dulce, daban una alegría diferente al ambiente.

—Ahora, ¿qué sucedió para que rieras? —Neville llamó la atención de su amiga—.
Quisiera saber a quién debo abrazar por ello.

—Te sorprenderías, Nev —Harry puso los ojos en blanco y Hermione se lanzó a
explicarle a su amigo sobre el aroma de la Amortentia, sobre cómo había pensado
que Ron era el destinado para ella y se había sentido completamente unida a
aquella fantasía, y cómo Malfoy olía también como su Amortentia. Neville oyó
atentamente y sonrió al Hermione finalizar la historia.

—Eso te enseña, Hermione, a no confiar tanto en las pociones —le guiñó un ojo—.
Confía mejor en las plantas. Ellas tienen vida, y dicen muchas más cosas de las que
podrían decir.

Hermione le dedicó una sonrisa especial a Neville.

—Muy bien, chicos —madam Pomfrey se acercó a ellos con una poción en las
manos—. Es hora de que os vayáis a la cama. La señorita Granger debe descansar,
y no podrá hacerlo si vosotros estáis hablándole.

—Bien —Neville besó la mejilla de Hermione, dulce y tierno—. Nos vemos, Herm.

Hermione se sonrojó también cuando Harry le besó la otra mejilla.

—¡Descansa! Recupérate. Hoy la profesora McGonagall te echó de menos —le


recordó Harry, y Neville le dio una colleja.

—¡No le hagas recordar los deberes! —le reprochó, y ambos rieron mientras salían.
Hermione les miró con una sonrisa enternecida hasta que salieron de la enfermería.
Luego aceptó la poción para dormir sin soñar y se sumió en un sueño tranquilo por
primera vez en semanas.

Harry se adentró a la habitación de Tom y se deshizo de la túnica después de un


largo día. Se aflojó la corbata y Tom le miró a través de las páginas de un grueso
tomo que ojeaba, echado en el sofá.

—¿Esto es una especie de invitación? —preguntó, pícaro. Harry rió.

—Claro que no —musitó, seriamente. Tom hizo un puchero. Harry le sacó la lengua
—. Simplemente no tengo grandes deseos de compartir habitación con Ron hoy.

La expresión de Tom cambió. Marcó el libro con un marcapáginas y lo cerró,


dejándolo de lado. Palmeó a su costado para invitar a Harry a sentarse junto a él,
pero el chico escogió el regazo del hombre, sentándose de forma lo más delicada
posible para no causarle peso de pronto.
—¿Qué tiene Weasley ahora?

Harry suspiró y dejó caer su cabeza contra el hueco del cuello de Tom.

—Que no tiene. Sigue negándose a hablar con Hermione. Ya pasa de la semana de


que Hermione salió de la enfermería y todos la tratan muy dulce… todos menos él.
Él sigue siendo el mismo gilipollas de siempre —Harry soltó otro profundo y
frustrado suspiro—. Créeme, si los golpes hicieran efecto, practicaría con él. Es
terrible. Es cabezotas, y se niega a hablar con Hermione. Tiene miedo de que ella le
haga algún tipo de reclamos, y puede ser un Gryffindor, pero a veces se comporta
como todo un… un, diablos, ni siquiera hay una casa para lo que él es, aunque
Pettigrew fue Gryffindor y aun así…

—Calma, Harry —Tom enredó los dedos en los cabellos de Harry, acariciando el
casco con suavidad—. Tranquilo. Respira.

Harry lo hizo. Fue ralentizando su respiración, muy cercano al estado de


meditación, relajándose poco a poco. Tom acarició sus cabellos hasta que sintió el
cuerpo de Harry total y completamente relajado contra él, pero no dormido.
Despacio besó su frente, encontrándose con los ojos curiosos de Harry.

—¿Mejor? —preguntó. Harry se encogió de hombros.

—Puede que ya no desee asesinarlo.

Tom rió entre dientes y le acarició el cuello con dedos, suaves como plumas, y
Harry se dejó caer ante aquella caricia. Otra mano fue a su mejilla, suave y dulce, y
Harry cerró los ojos, dejándose mimar como si fuera un cachorro en busca de
afecto.

Pero su cuerpo no reaccionaba como el de un cachorro, mucho menos como el de


un niño.

—Aún es temprano. Si luego decides volver… —susurró Tom contra su oído. Harry
negó.

—Me quedaré aquí. Contigo. Por toda la noche. Y por siempre, querría.

Tom rió.

—Nada me haría más feliz.

Con un movimiento de varita recogió la túnica del chico mientras se lo cargaba al


hombro. Harry protestó, por su puesto, pero cuando su espalda dio contra la cama
no hubo protestas mientras otros labios devoraban los suyos, una lengua
interrumpía sus consonantes y unos dedos ágiles recorrían los botones de su
camisa, deshaciéndolos.

Todo se transformó en un estallar a puertas cerradas. En caricias, besos, gemidos y


sonoros jadeos. En una apuesta por ver quién resistía más antes de dejarse llevar.
En risas ahogadas contra cuellos y sudor poniéndolo todo más resbaloso. Podría
estar comenzando la temporada calurosa, pero esa habitación era un infierno. Sus
pieles eran un infierno particular del cual las lenguas parecían querer buscar más y
más.
Ambos se dejaron caer entre las sábanas deshechas y manchadas cuando todo
acabó. Harry trepó por el pecho de Tom y besó sus labios con cuidado,
adormeciéndose en su pecho. Y así se hubiera mantenido si, entre la vigilia y el
sueño, Tom no se hubiera levantado.

Harry no supo exactamente qué lo despertó, pero la cama estaba perdiendo el calor
de Tom y la puerta estaba entreabierta. La luz que se filtraba por las cortinas mal
cerradas decía que era muy tarde, pero oía voces, voces que no gritaban pero
tampoco hablaban en susurros. Eran voces normales en la habitación siguiente.

—Harry está dormido, profesor —dijo la voz conocida de Cylean Rousseau. Harry
prestó atención.

—He de asegurarme su bienestar. Después de las cosas que sucedieron… es mi


deber cuidar de él.

Harry decidió mantenerse neutral a la conversación. Se trataba de Dumbledore


después de todo, y sabía que no le agradaría en nada.

—¿Por qué lo hizo, profesor? —preguntó Cylean, con voz dura—. Usted supo
primero que nadie lo que Archivald Keyglass y Dudley Dursley le hicieron a Harry.
¿Por qué no lo sacó de esa casa?

—Muchas cosas deben sacrificarse y muchas otras perderse para un triunfo en


estos tiempos, Cylean —Dumbledore se oía más cerca de la habitación. Harry cerró
los ojos y acompasó su respiración cuando oyó la puerta abrirse. La sábana le
cubría de la cintura hacia abajo, pero dejaba al descubierto su espalda con las
cicatrices de una vida siendo Harry Potter: el colacuerno húngaro en el hombro,
golpes y azotes de los Dursley en medio de la columna. Oyó los pasos de
Dumbledore alejarse y la puerta siendo cerrada por completo; aun así oyó la voz
del director detrás de ella—. Duerme como un ángel.

—¿Esa será su respuesta? —Harry oía la voz de su profesor y amante demasiado


baja, pero era capaz de cazar las palabras y darles sentido—. ¿Una frase filosófica
será su respuesta ante todo?

—¿Estás dudando de mí, Cylean?

Hubo silencio roto rápidamente.

—Por supuesto que no, profesor. Estoy seguro de que sus decisiones han sido las
correctas. Pero, ¿por qué hacerle sufrir de esa forma? ¿Obligándole a seguir
viviendo con gente que abusó de él?

Hubo silencio unos instantes. Podía suceder cualquier cosa, desde un


silencioso Avada Kedavra hasta una lectura de mentes. Harry no quería y quería al
mismo tiempo saber qué sucedía allí. Por ese motivo se mantuvo en silencio,
atento, esperando.

—Harry necesitaba ser protegido —fue la voz de Dumbledore—. Por favor, no me


juzgues, Cylean.

Hubo más silencio. Dumbledore siguió hablando.


—Cuando su madre se sacrificó por él aquella noche en el Valle de Godric, elevó
una poderosa magia antigua. Es inverosímil que una nacida de muggles conociera y
manejara semejante poder —Dumbledore hablaba con voz débil, y Harry debió
poner empeño en oírle—. Aquella magia le protegió de la maldición asesina. Esa
magia de sangre, antigua y poderosa, sólo ella era capaz de salvar una vida. El
sacrificio… el amor —silencio, y el arrastrar de algo por el suelo—. Dejé a Harry
viviendo con los Dursley porque la sangre de Lily corría por las venas de Petunia.
De esa forma se mantendría la protección alzada, y Voldemort jamás podría herirlo
en esa casa.

Harry se mantuvo en silencio, oyendo lo que jamás creyó que oiría: las razones por
una vida de mierda. Todo parecía tener sentido, pero aun así, no parecía una cosa
que el Dumbledore de sus primeros años haría. Parecía una cosa que
el verdadero director haría. Aquello consiguió que la rabia corriera por sus venas
con fuerza.

—Pero eso no es todo, ¿no es así, profesor? —la voz de Cylean acariciaba la noche
—. Hay otra cosa. Puedo sentirlo en usted.

Hubo una risita grave de parte del director.

—Somos pocos y nos conocemos mucho, Cylean. Sí, hay algo. Pero me veré
obligado a pedirte que guardes el secreto.

—Guardaré el secreto. Usted sabe que puede confiar en mí.

—Lo que oirás ahora, Cylean, a nadie debes decírselo. Necesito que lo jures por tu
vida. Jamás repetirás estas palabras.

Harry pudo imaginarse la escena a la perfección. Cylean Rousseau llevándose la


mano al pecho y pronunciando las palabras que pronunció con elegancia "Juro
jamás repetir las palabras que me sean dichas ahora". Luego el asentimiento del
director, y la forma en la que el hombre se inclinaría hacia él y pronunciaría las
palabras, las verdades, de una buena vez.

—¿Estás familiarizado con el término Horrocrux, Cylean?

Oyó un jadeo estrepitoso.

—Herpo el loco creó uno.

Casi pudo ver la expresión en los labios de Dumbledore.

—Tom Riddle también. Es por ese motivo que no murió aquel treinta y uno de
octubre de mil novecientos ochenta y uno. Su cuerpo fue destruido, pero su alma
continuó vagando en la tierra. No tengo idea a dónde fue, o qué hizo, pero sí
suposiciones. Intentó volver… y lo consiguió. De todas formas, es una sombra de lo
que era. Un despojo. Menos que humano.

Harry podía imaginarse a Tom con una expresión intrigada y aterrorizada, mientras
que interiormente maldecía al viejo. Harry haría lo mismo, aunque no alcanzaba a
comprender qué era un Horrocrux, casi podía suponerlo.
—Es… terrible —la voz de Cylean sonaba una octava más aguda—. Pero, ¿qué tiene
que ver Harry con los horrocruxes de Quien-usted-sabe? Además, Quien-usted-
sabe ya "murió" una vez… ¿no debería ser mortal?

—Harry es la única persona capaz de destruirlos. Él tiene un poder que Voldemort


—Harry sonrió al imaginarse a Cylean dando un bote en la silla— no tiene. El amor
de él es fundamental para ganar esta guerra. Y no, Cylean. Voldemort no es mortal.
Existen, si mis fuentes son exactas, seis horrocruxes más que ponen a Tom Riddle
como inmortal.

Un jadeo horrorizado.

—¡Eso es terrible! —el sonido de algo que caía contra el suelo, tal vez la silla de
Tom al él levantarse de golpe—. ¡Es… inhumano! ¡Bestial!

—Coincido, Cylean —Dumbledore sonaba como un padre afectuoso intentando


tranquilizar los ánimos descontrolados de su hijo adolescente. Harry se estremeció
ante la imagen mental—. Pero es de Voldemort de quien estamos hablando.

—Y usted cree… —hubo silencio—. Usted cree que Harry es el único capaz de
destruir los horrocruxes. Que, a sus dieciséis años, es el más capaz para hacerlo.

—El amor que le profesas es tan auténtico que él se ve envuelto en él como un


escudo protector. La magia, el amor, nunca han sido tan unidos.

—El amor…. Profesor, el amor no lo puede todo. No es una fuerza capaz de


derrumbar todas las adversidades. Y si usted cree que Harry podrá vencer a Quien-
usted-sabe sólo con el poder del amor…

—No sólo le pido a él que lo haga, Cylean. Le pido a ambos que tengan
consideración por el Mundo Mágico.

Hubo silencio. Harry no tenía idea de qué podría estar sucediendo en la habitación
siguiente, y por más que deseaba alcanzar su varita y crear alguna especie de
poderosa magia amorosa para hacer visible a través de la pared a ambos hombres,
sabía que no se arriesgaría a ser descubierto. No que Tom se enfadara, pero
seguramente Dumbledore no lo vería venir, y no le gustaría.

—Me está pidiendo… ¿qué? —hubo acidez en la voz de Cylean—. ¿Que le ayude a
buscar horrocruxes? ¿Destruirlos? ¿Que esté a su lado? ¿Que haga qué? ¿Que
muera por él?

—¿Serías capaz de hacerlo, Cylean? —la voz de Dumbledore era profunda, y


parecía sonar en todos los rincones—. ¿Serías capaz de morir por amor? ¿De morir
por o en vez de la persona a la cual amas?

Hubo más silencio, un silencio denso y oscuro. Harry se estremeció cuando una fría
ventisca le recorrió la espalda, y deseó acercarse a un edredón pero no lo hizo. Se
quedó inmóvil, inquieto, hasta que oyó la sílaba.

—Sí.

—No te pido que mueras por él, Cylean. Te pido que estés a su lado y aceptes todo
lo que sucederá. Vendrán tiempos difíciles, y Harry, lo que más necesita, es alguien
como tú a su lado.
Un arrastrar de sillas. Las palabras cálidas de Dumbledore sólo llenaron de frialdad
el corazón de Harry.

—Cuida bien de él, Cylean. Hazlo ahora que está a tu alcance.

Luego, por los ruidos, supo que Dumbledore se había marchado.

Cuando la puerta se abrió Harry se sentó en la oscuridad. Pudo ver entre las
sombras borrosas mientras buscaba sus lentes que Tom caminaba por la
habitación, encendiendo velas una a una, tomándose el trabajo. Harry esperó hasta
que Tom se volteara, con expresión derrotarla, para enarcar una ceja.

—No puedo repetir las palabras que el viejo me dijo —escupió como veneno Tom.
Harry asintió.

—Lo sé. Lo oí. Pero, ¿qué demonios es un Horrocrux?

Tom, que de por sí era pálido, palideció aún más al oír la palabra. Tenía los ojos
oscuros muy abiertos y los labios apretados en una fina línea. Era una imagen casi
cómica, si no existiera la gravedad en la situación.

Tom suspiró y fue a sentarse a los pies de la cama, habiéndole arrojado un edredón
a la cama que Harry usó para envolverse por completo.

—Un Horrocrux es un objeto en el cual depositas un trozo de alma para vivir


eternamente.

Harry no se mostró impresionado. Esperaba algo de esa magnitud para Voldemort.

—Entonces, has creado de esas cosas y… ¿Dumbledore quiere que yo las destruya?
No me lo ha pedido.

—Aún —le recordó Tom—. Aún no lo ha hecho.

Silencio entre ambos. Harry observó a Tom y extendió los brazos de forma que
invitaba a su novio, con expresión trastornada, a refugiarse en el ellos. Tom se
movió patosamente, algo que Harry no creyó posible, y envolvió a Harry con sus
brazos. Acariciando el cabello del chico, suspiró contra su cuello, rozando la
sensible piel de su cuello.

—Me haces cosquillas, Tom —protestó Harry, apartándoselo—. Pero, vamos. ¿Estás
bien?

—Claro que lo estoy —bufó Tom, ofendido—. Pero me sorprende mucho que
Dumbledore haya dicho que hay seis horrocruxes, cuando tú ya has destruido uno.

Harry se sobresaltó tanto que se apartó y le quedó mirando, horrorizado.

—¿Qué? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¡Por Merlín! ¿¡Estás bien, Tom!?

Tom puso los ojos en blanco.

—El diario, en tu segundo año. Era un Horrocrux. Y por supuesto que estoy bien,
bastardillo.
Harry palideció, pero volvió a los brazos de Tom lentamente.

—Lo siento —murmuró—. No sabía lo que era. Tampoco quería… bueno, sí, porque
estabas matando a Ginny y era la hermanita de Ron y…

—No me des explicaciones —Tom habló contra su cabello—. No las necesito.

Harry asintió con la cabeza, acomodándose sobre el pecho de su pareja, oyendo el


latir acompasado y fuerte de su corazón. El silencio, pero no incómodo, los envolvió
como un manto. Harry ya estaba casi dormido nuevamente cuando recordó aquello.

—Tom —murmuró. Oyó un "¿Mhn?" de parte suya y preguntó—. ¿De verdad


estarías dispuesto a morir por mí?

Hubo una risa grave, sutil.

—Por supuesto que sí, tontillo. Ahora, duerme. Lo necesitas. Lo necesitamos.

Harry rió, y se acomodó aún más en el pecho de su novio, durmiéndose un poco


más relajado de lo que estaba antes.

31. Situaciones.

El hecho de que Cylean Rousseau y Harry Potter eran pareja comenzó como un
rumor los primeros meses de clase. No de que eran pareja, estrictamente, si no
como un rumor de que había algo allí, un sentimiento platónico, un amorío, un
romance. La forma en que ambos se miraban dejaba relucir una historia por detrás,
una historia de la cual todos querían enterarse.

Por más de que preguntaban a Hermione Granger y Ronald Weasley, sus


inseparables amigos, ninguno decía nada al respecto. Luego se le preguntó a
Ginevra Weasley, Neville Longbottom y Luna Lovegood, sus también muy queridos
amigos, y ninguno dijo nada que pudiera esclarecer la situación, exceptuando a
Luna, que comentó algo parecido a "wrackspruts" pero que aún nadie tiene idea de
lo que era.

Se le preguntó a Dean Thomas y Seamus Finnigan. Se le preguntó a Colin y Dennis


Creevey. Se le preguntó a Parvati Patil. Se le preguntó a Lavender Brown. Ellos
mismos fueron también los que preguntaban, y obtenían en respuesta un "¡Pues
eso es lo que iba a preguntarte a ti!".

No fue hasta que se los encontró en pequeñas… "situaciones comprometedoras"…


que comenzaron en enero del 1997.

Enero.

Colin Creevey quería hablar con el profesor Cylean Rousseau. Tenía que hacerle
una consulta con respecto al pergamino que le había pedido; no era algo que le
quitara el sueño, pero quería mejorar sus notas en todas las materias, incluidas
Defensa contra las Artes Oscuras. Y eso significaba hacerles preguntas a todos los
profesores sobre cómo mejorar sus trabajos. Y si bien Colin era bueno en la
práctica, no era tan bueno en lo teórico.

Llegó al despacho del profesor, haciendo una mueca y recordando cuando ese lugar
había pertenecido a Umbridge. Se estremeció antes de tocar.

Fue un segundo que estuvo detrás de la puerta. Un instante. Pero lo oyó.

—Ohhh.

Un gemido.

Retrocedió un palmo, sin saber qué hacer. ¿Podría ser que su profesor estuviera en
peligro? Pero ese gemido no era de un hombre en peligro… era de un hombre
excitado. Con el rostro al rojo vivo pegó la cabeza contra la puerta.

—Oh, Merlín, así.

Colin enrojeció aún más de ser posible al reconocer la voz de Harry Potter, y
decidió que preguntaría después, tal vez más tarde, o tal vez cuando pudiera mirar
a la cara a sus dos profesores sin sentir vergüenza.

Lo que no sabía es que Tom Riddle, mejor conocido como Cylean Rousseau, con la
cabeza enterrada entre las piernas de su novio, sonreía enigmáticamente al haber
reconocido al joven detrás de la puerta, pegando la oreja y oyéndolo, yendo
corriendo a esparcir el rumor, con muy pocos que le creyeran pero, tal vez, los
suficientes.

Padma Patil estaba preocupada por su hermana. Sabía del enamoramiento de su


gemela por otra muchacha, aunque desconocía quien era, podía sospecharlo. Una
joven de su mismo año, rubia, y embarazada. Lavender Brown. Y aunque
desconocía totalmente si aquella chica tenía algún tipo de sentimiento por su
hermana, no quería arriesgarse a que le rompieran el corazón. Sabía sobre la
fragilidad sentimental de Parvati, sumado a las supersticiones y fatalismos que la
hacían un genio en Adivinación; Parvati era una chica extraña. Fuerte, en parte;
terca, en todo momento; muy valiente, pero no lo suficiente como para arriesgarse
a confesarle sus sentimientos a su mejor amiga.

Aunque claro, no dejaban de ser suposiciones de Padma. Y siendo una Ravenclaw,


no se equivocaba mucho.

Aquel día había nieve. Estaban a mediados de Enero, y el frío por las esquinas la
obligaba a utilizar una gruesa bufanda de lana y un gorro abrigado. Padma era muy
friolenta. Por ese mismo motivo estaba prácticamente huyendo de las mazmorras,
donde el viento helado se colaba por las esquinas y perforaba los huesos.

Saliendo del aula de Pociones los oyó. Eran Slytherins un año mayor que ella, los
conocía: Adrian Pucey y compañía, el grupo más fastidioso —si se descontaba a
Draco Malfoy y compañía, de su mismo año, aunque ese año estaban más
tranquilos— que ella podía reconocer durante ese año. Les oía hacer pullas y llamar
a alguien sangresucia y, como ella no era una Gryffindor, no salió de impulsiva para
defender a quien fuera que estuvieran fastidiando. Se lanzó un encantamiento
desilusionador, deseando de corazón que funcionara, y se acercó a donde estaban
para contemplarlo.

Natalie McDonald era una Gryffindor de tercer año de trenzas del color del
chocolate y grandes ojos oscuros. Era una jovencita muy mona, y Padma la
reconoció porque la joven tomaba tutorías de Adivinación con su hermana. Parvati
había hablado muy bien de ella.

Adrian Pucey la apuntaba con su varita. Sus amigotes reían a carcajadas, y Adrian
hablaba con voz desagradable.

—Sangresucia —decía, feroz—. ¿Por qué vienes a la guarida de las serpientes,


sangresucia? ¿Eh, sangresucia? ¿Te quedaste sin voz, sangresucia?

Repetía la palabra una y otra vez. La niña no lloraba, y tenía los labios firmemente
apretados, abrazando con fuerza su mochila. No tenía su varita a mano y Padma se
sintió mal por ella.

Levantó su varita y pronunció, en voz baja, pero seguramente:

—¡Petrificus Totalus!

El hechizo le dio en la espalda a Adrian, que quedó rígido. Los amigotes se


voltearon, esperando ver al atacante, pero Padma les siguió hechizando.

—¡Expelliarmus! ¡Levicorpus! ¡Tarantallegra!

Los amigos de Adrian tomaron el cuerpo petrificado y lo cargaron, huyendo y


desapareciendo detrás de una pared —escapando ilesos de todos los hechizos que
golpearon en los muros— probablemente la Sala Común de Slytherin. Padma no les
siguió con la mirada. Se quitó el hechizo desilusionador y fue hasta donde estaba
Natalie.

—¿Te encuentras bien?

La chica asintió.

—Gracias —le sonrió ampliamente—. Vaya, eres igual a Parvati.

Padma sonrió.

—Lo sé. ¿Qué hacías aquí? No es un lugar para nosotras.

Ella apretó levemente los labios.

—El profesor Snape me castigó. Debo estar en el aula de Pociones cuando termine
su última clase.

Padma compuso una mueca.

—Ya terminó su última clase. Mejor apresúrate, ¿vale?

La chica asintió con la cabeza y le dedicó una sonrisa cálida.


—Gracias —volvió a agradecer y avanzó al trote hasta el aula del profesor Snape
donde Padma esperaba que el hombre no la tratara con tanto desprecio.

Pero era del profesor Snape de quien hablaban, lo que hacía que fuera complicado
pensar que pudiera tener consideración.

Padma la vio desaparecer en la puerta y siguió su camino, tranquila, en paz consigo


misma.

Estaba caminando por un pasillo cuando lo oyó. No era un grito, ni un insulto, era
un quejido.

Padma intentó seguir la voz. Se oía detrás de una puerta, pero nunca había sido
impulsiva —o, tal vez, no tanto— por lo que se detuvo a oír.

—Joder, joder, joder.

—Es lo que intento.

Padma se apartó, sintiendo que la sangre corría a su rostro. Eran las voces de
Harry Potter y del profesor Cylean Rousseau. Su mano tembló. ¿Ellos estaban…?

—¡Ah!

Su rostro enrojeció de forma intensa. El gemido nublado con claro placer le hizo
estremecer. Era un gemido masculino, un gemido con la voz del jefe del ED, Harry
Potter. ¿Acaso ellos estaban…? Porque eso sería… extraño.

—Por Merlín, Harry. Quédate quieto.

La voz de Cylean, tal vez más grave, más nublada por un deseo oscuro y
necesitado. Pero estaba bien. Padma no se sentía asqueada, ni horrorizada, como
cualquiera debería suponer. Se sentía intrigada, y tal vez algo tonta por no haber
hecho caso a los rumores que corrían por la escuela, rumores que habían llegado
por todas las esquinas y por todos los rincones. Rumores, rumores, rumores. Nunca
tan verdaderos.

Decidió dejar de oír. Puso un encantamiento silenciador en la puerta, para que


nadie más pudiera oírlos, y se marchó con las mejillas sonrojadas, repentinamente
acalorada, sintiendo que de enterrar el rostro en la nieve esta se derretiría en
segundos.

Dentro, Tom Riddle reía contra el cuello de Harry, y hundía nuevamente sus dedos
en un terreno agridulce, para prepararle para lo mejor.

Febrero.

Astoria Greengrass asistía regularmente a la enfermería. Era de salud frágil. Asistía


sola, aunque al principio había asistido con su hermana mayor, en estos momentos
ella se encontraba ocupada como para encargarse de la pequeña Greengrass.
Ocupada en cosas como el Escuadrón de Defensa, su nuevo novio y su amigo más
cercano, Theo Nott, que le enviaba misivas secretas a Neville Longbottom,
perfumadas con la colonia varonil e intensa. Astoria había visto de cerca una de
esas cartas, arrugando el rostro con desprecio (porque, qué mal gusto el de
Theodore, intentar liarse justamente con un Gryffindor) y había añorado que
alguien la quisiera de esa manera.

Caminaba rumbo a la enfermería cuando les vio. Y para ser sinceros,


¿cómo no verlos? Estaban ocultos a medias detrás de un tapiz.

Harry Potter estaba con la espalda contra la pared, mientras que el profesor
Rousseau le sujetaba del cabello, guiando sus labios contra los suyos. Se besaban
de una forma que debería estar prohibida, pecaminosa e íntima.

Aquel momento de apreciación le costó una punzada en el pecho. Todos tenían un


amor. Todos. Incluso Theo Nott, parecía estar a punto de revelarle su identidad a
Longbottom para el día de los enamorados. Tal vez ella debería prestarle atención a
Dennis Creevey, que, después de todo, no estaba tan mal…

El día de San Valentín sucedieron varias cosas en Hogwarts.

En primer lugar, Neville Longbottom descubrió quién era su admirador secreto.

Le esperó en la lechucería muy temprano por la mañana, habiéndole pedido a Harry


Potter su tan preciada capa. Sabía que quien le enviaba las cartas no
desaprovecharía la ocasión de enviarle algo en ese momento, y le encontró: el
extraño e introspectivo Theodore Nott, atando a la pata de una lechuza una carta y
un paquete; la firma mágica en él era la que se encontraba en las cartas que le
llegaban, y el aroma… ah, el aroma era una delicia. Neville actuó impulsado por su
corazón más que por su mente y se quitó la capa, aclarándose la garganta.

—Ejem.

Nott se sobresaltó y dejó caer el paquete, una caja redonda de chocolates de


Honeydukes envueltos en papel madera, que rodó unos metros en porquería de
lechuza hasta quedar junto a una ventana. El Slytherin ni siquiera se volteó a ver
quién era el extraño: corrió hasta la caja y le lanzó un rápido Fregortego.

—¿Qué demonios te crees que…? —comenzó Theodore, dándose vuelta y


encontrándose cara a cara con el objeto de su devoción. Se quedó allí, helado, con
los labios entreabiertos, las mejillas blancas coloreándose más y más a medida que
avanzaban los segundos.

—Hola —dijo, de forma patosa, Neville—. ¿Para quién son esos chocolates? Luce
como un buen regalo.

Theodore apartó la mirada.

—Qué te importa —gruñó, enrojeciendo aún más—. ¿Qué quieres, Longbottom?

Neville lo sonrió.

—Mi regalo.
Theodore se sobresaltó.

—¿De qué me hablas? —había pasado de rojo a blanco a unos segundos, con los
ojos claros bien abiertos y las cejas alzadas, dándole a su rostro un aire de
sorpresa.

—Digamos que… sé algunas cosas —Neville extendió la mano y quitó la carta de la


pata del ave. Theodore intentó arrebatársela, balbuceando alguna excusa patosa,
pero Neville la abrió y leyó la conocida letra, las conocidas palabras, la invitación—.
Si la invitación sigue en pie —murmuró, mirándolo a los ojos—, me gustaría dar un
paseo contigo por los jardines hoy.

Theodore tenía el rostro nuevamente tan rojo como el cuello de la túnica de Neville.

—Yo… yo… ¿cómo lo…?

Neville le sonrió y se inclinó para robarle un casto beso en los labios. Theodore se
apartó como si le hubiera dado un choque eléctrico.

—Vamos, Nott —acarició el apellido con la lengua—. ¿O debería decir Theodore? —


sonrió casi perversamente, acercándose a él, acorralándolo con su cuerpo contra
una pared. Neville sintió a Theodore temblar contra él—. ¿Dónde están esas cosas
que querías hacerme? ¿Y esas promesas? ¿Dónde quedó aquello de que nuestro
primer beso iba a ser memorable?

Hubo un destello de fuego en los ojos claros de Theodore. Sus labios se curvaron
en una sonrisa oscura, y atacó.

Volteó posiciones y golpeó la espalda de Neville contra el muro, para atacar sus
labios con fiereza, pero al mismo tiempo, consideración. Pidió permiso para besarle
con un tímido empujón, y acarició su boca con los labios más tiernos y la lengua
más hambrienta. Si Neville no hubiera estado tan entregado, probablemente se
hubiera dado cuenta de que sus rodillas estaban al borde del flaqueo, y de que se
aferraba a Theodore como si la vida se le fuese en ello.

—Espero no haberte decepcionado, Neville —siseó Theodore contra su oído,


habiendo dejado al Gryffindor con la cabeza flotando en nubes de placer. Y sólo
había sido un beso. Merlín, cómo sería cuando estuvieran juntos…

Neville bajó nuevamente a la tierra para sonreírle seductoramente.

—Lo único que ha hecho ha sido decirme lo que me he estado perdiendo.

Theodore rió. El chico lucía más confiado que de costumbre; Neville no lo había
notado demasiado: era callado y bastante serio, no se juntaba con Malfoy y
compañía, no fastidiaba a nadie. Pero se defendía muy bien. Y se defendía muy
bien.

Neville no se contuvo y volvió a besarlo. Hizo lo mismo durante todo el día, cartas y
anonimatos olvidados, enlazándose en una relación desesperada y necesitada.

Eso fue lo primero que sucedió.


Lo siguiente fue que un grupo de niños de primero debió ser Obliviado por ver
besarse a Harry Potter con un hombre extraño, alto y atractivo, de cabello negro en
ondas ordenadas y luciendo como un ser surgido de las sombras.

Pero sí, mucho más importante fue el tercer ítem en cuestión de San Valentín,
hecho de que Theodore Nott se salvó de ser Obliviado por ver al profesor Rousseau
con la cabeza hundida en el cuello de Harry Potter, besándolo allí, con las manos
dentro de su pantalón, a plena luz del día, en el aula de Defensa. Si no hubiera sido
porque Neville salió a defensa de su novio —"¡Maldita sea, buscaos una habitación,
y dejad en paz a MI novio!"— seguramente sería como un grupo de niños de
primero, creyendo que había algo que había olvidado… y sin saber qué.

Marzo.

Lavender Brown siempre había sido alguien chismosa. Pero cuando vio con sus
propios ojos la imagen que la dejaría marcada prácticamente de por vida —el mejor
amigo de su ex novio, jefe y profesor del Escuadrón de Defensa, futuro padrino de
su hija, que ya no se llamaría Enyd, cabalgando en silencio sobre el regazo de su
profesor de Defensa contra las Artes Oscuras, en plena Sala Común, sólo que a una
hora inhumana para estar despiertos— supo que debía guardarlo en secreto.

Bueno, tal vez Parvati guardara el secreto.

Parvati Patil también los vio. Dean Thomas les oyó. Lo mismo hizo Seamus
Finnigan.

Parvati les vio besándose. Era un beso tan íntimo y cargado de pasión que huyó,
olvidándose de su mochila en el aula y temiendo volver a buscarla.

Dean Thomas oyó gemidos del otro lado de la puerta. Gemidos claros, marcados de
placer, por lo que se volteó y le dijo a Seamus que probablemente su profesor
estaba ocupado. Entonces, le oyeron jadear: "¡Harry!" con voz clara y audible, y
oyeron la conocida voz de su amigo diciéndole, jadeante: "¿Por qué no usas tu
boca para otras cosas más importantes?", el claro golpeteo de cuerpos chocándose,
tal vez demasiado fuerte porque ambos amigos tenían las orejas pegadas a la
puerta y las bocas desencajadas desde que habían oído la voz de su amigo.

Parvati, que había jurado mantener el secreto, no pudo evitar comentar que había
algo entre ambos hombres en sus tutorías de Adivinación a las pequeñas de trece y
catorce años. Ellas la miraron asombradísimas, con los ojos desencajados, pero
prometieron guardar el secreto.

Cabe decir que no lo cumplieron.

Tom Riddle reía. Reía muy fuerte.


Ahora todos sabían que Harry Potter le pertenecía. No exactamente a él, claro, pero
sí a Cylean Rousseau… que básicamente era él. El mago jamás había tenido tanta
personalidad como la que le retrataba él.

El hecho era que casi medio colegio sabía la verdad. Y quienes no lo sabían, lo
sospechaban, y no tardarían en saberlo.

Todo estaba perfecto.

Mientras tanto, tiempo atrás, un día gris de Enero.

Albus Dumbledore se inclinó más en su cómodo sillón de su oficina. Frente a él, el


profesor Severus Snape parecía a punto de estallar.

—Debes decirme la verdad, Severus —insistió el anciano director, acariciando con la


punta de los dedos su alargada barba—, o me veré obligado a averiguarla por otros
medios.

Severus Snape esquivaba sus ojos. Albus Dumbledore sonreía.

—No hay verdad alguna que usted deba saber que no sepa ya —susurró el
avinagrado profesor, inclinando la cabeza para que el cabello le cubriera parte de la
cara—. Pido permiso para retirarme.

El director chasqueó la lengua.

—Severus, Severus… nos conocemos desde que tenías once años de edad, y
siempre pude ver en ti tus lealtades: sólo eres fiel a ti mismo. No eres fiel a
Voldemort, ni a mí; mientras el mundo no conspire en tu contra, en tu afán por
salvar al hijo de Lily, harás cualquier cosa… ¿no es así? —Dumbledore observó al
pensativo profesor—. Lo que debes hacer es decirme la verdad.

Y lanzó un hechizo de Impulsión.

Las palabras escaparon de los labios de Severus.

—Voldemort tiene un compañero.

El anciano director se sobresaltó ligeramente, pero sonrió, como si lo supiera desde


el primer momento. Porque así era.

—¿Quién es?

Severus compuso una expresión de disgusto.

—Es un brujo desconocido que conoció viajando por el mundo. Se hace llamar
Érebo.
—¿Cómo es? —Dumbledore juntó los dedos por sobre la mesa, tocándose las
yemas con parsimonia, esperando saberlo todo. No esperaba que Tom consiguiera
alguien que le hiciera compañía; Voldemort tenía seguidores, no compañeros.

El profesor Snape se estremeció, y Dumbledore maldijo para sus adentros no poder


penetrar en aquella mente para ver qué era aquello que hacía estremecer al
hombre.

—Es bastante centrado. Se define como "libre", no como seguidor del Señor
Oscuro, sino como su aliado. Es… poderoso.

—¿Poderoso? —los ojos de Dumbledore brillaron—. ¿De qué manera?

—De una forma que impone respeto —concedió Severus, y el anciano (pero no por
eso desmejorado) director dejó que el hechizo de Impulsión dejara de hacer efecto.

Aquel hechizo había sido creado hacía tiempo, y un profesor de Encantamientos de


los años 50 lo había quitado de su desempolvado libro de hechizos; efectuaba en el
cuerpo, no en la mente, por lo que podía ejercer en los cuerpos de poderosos
oclumantes sin dejar rastros. Dumbledore no sabía mucho de biología humana, y
tampoco le interesaba, pero el hechizo dejaba fluir de un modo diferente la sangre,
haciendo que llegara de una forma diferente a distintas zonas cerebrales, obligando
a la persona a sentir deseos de hacer algo. Era control de un método más burdo y
carnal. No mental, sí efectivo.

Dumbledore asintió con la cabeza, con paciencia. Un hombre de su edad debería


tenerla. La paciencia era una total virtud que se desarrollaba con el tiempo y los
años. En estos momentos, se alegraba de tenerla, porque de otro modo saltaría
sobre el escritorio y penetraría a la fuerza en la mente del hombre para ver
exactamente lo que había visto, oír la voz del tal Érebo, prestar atención a cada
detalle, ver si había alguna forma de acercarse a él…

—Puedes irte, Severus —dijo Dumbledore, con una sonrisa tranquila, y el profesor
algo desconcertado asintió. No se despidió ni nada, salió ondeando la túnica con el
susurro de las telas y la salida teatral golpeando la puerta al cerrarla.

Y Albus Dumbledore sonrió.

Sonrió.

32. Quiebre.

Harry acudió a la oficina de Dumbledore cuando este lo pidió. Se despidió de Tom


con amargura por perderse la clase de todos los viernes en la cual hacían de todo
menos estudiar, últimamente al menos, pero acudió de todas formas al llamado del
anciano director.

Dumbledore esperaba en su oficina, detrás del escritorio, con los lentes de


medialuna y una túnica estrafalaria. Harry no le dedicó dos miradas antes de tomar
asiento y sonreír falsamente.

—¿Está todo bien, señor? —preguntó. Dumbledore asintió.

—Seguramente te deberás preguntar por qué te he llamado —murmuró él. Harry


asintió.
—Así es, señor.

Dumbledore se inclinó hacia él.

—Hay cosas, en los tiempos que corren, que son mucho más peligrosas que
Voldemort. Harry, debes prometerme que lo que te diré ahora no lo repetirás en
ningún lugar, a nadie. ¿Puedes prometer eso?

—Tiene mi palabra —asintió Harry. Dumbledore se levantó de su asiento y fue a la


pared, hacia el Pensadero tallado con runas, aquel sitio tan extraño y tan peculiar.
Harry lo recordaba.

El director cogió un pequeño vial y derramó el pensamiento en la vasija. Llamó a


Harry con la mano y ambos se internaron en una memoria, dejándolo todo atrás.

Era el despacho de un profesor que Harry no conocía. Era gordo, con cabello rubio
paja y un bigote pronunciado.

—Ten cuidado Tom, no querrás que te cojan fuera de la cama a estas horas, y
siendo un prefecto… —dijo, con una voz afable.

—Señor, quería preguntarle algo —la voz de ese Tom joven era extraña,
aturdidoramente bonita. En cierta forma cautivadora, humilde; era la voz de un
comprador nato.

—Pregunta, entonces, chico, pregunta… —dijo el profesor desconocido.

—Señor —Tom sonrió suavemente— me preguntaba que sabría usted sobre…


¿sobre Horrocruxes?

El profesor que Harry no conoció miró fijamente a Tom Riddle con sus gruesos
dedos acariciando sin pensar el borde de su vaso de vino.

—Proyecto para Defensa Contra las Artes Oscuras ¿es eso? —dudó, aunque algo en
su tono, o en su rostro, dejaba claro que no eran meros deberes, y que lo sabía.

—No exactamente señor —dijo Tom—. Me topé con el término mientras leía y no lo
entiendo bien del todo.

—No… bueno… te resultaría muy difícil encontrar un solo libro en Hogwarts que te
diera detalles sobre Horrocruxes, Tom. Es un asunto muy oscuro, realmente muy
Oscuro —dijo el profesor.

—¿Pero usted obviamente lo sabe todo sobre ellos señor? Quiero decir, un mago
como usted… perdón, quiero decir, si no puede contármelo, obviamente… tan solo
sabía que si alguien podía decirme algo, ese sería usted… así que pensé en
preguntar…

Harry se dio cuenta de la actuación de Tom; este Tom de la memoria era joven, en
cierta forma inexperto, con solo algunos años de mago encima como para
considerarse un gran y poderoso ser, pero conseguía una forma de manipulación
nata. El tono casual, los halagos cuidadosos, nada estaba sobre exagerado. Harry
podía asegurar que Tom quería con locura aquella información, y que todo no era
improvisado.
—Bien —dijo el profesor, sin mirar a Tom, pero jugueteando con el lazo de su caja
de piña cristalizada—. Bueno, no te hará daño que te dé un repaso sobre el tema,
por supuesto. Tan sólo para que lo entiendas. Un Horrocrux es la palabra usada
para un objeto en el cual una persona ha escondido una parte de su alma.

—No entiendo muy bien cómo funciona eso, señor —dijo Tom.

Su voz estaba cuidadosamente controlada, pero Harry podía sentir su excitación, tal
vez porque era palpable o tal vez porque conocía demasiado bien a su Tom.

—Bueno divides tu alma, de hecho —dijo el hombre— y escondes una parte en un


objeto fuera del cuerpo. Entonces, incluso si el cuerpo de alguien es atacado o
destruido, no puede morir ya que parte de su alma permanece ligada a la tierra e
intacta. Pero por supuesto la existencia de ese modo…

La cara de del profesor se arrugó y Harry recordó, casi de pronto, unas palabras
que había oído casi dos años antes.

"Fui arrancado de mi cuerpo, era menos que un espíritu, menos que el más ínfimo
de los fantasmas… pero aun así estaba vivo". La voz de Voldemort resonó en su
mente, cruel y fría, y Harry la descartó para prestar atención a lo que estaba
viendo.

—… Pocos lo querrían Tom, muy pocos. La muerte sería preferible.

Pero la sed de conocimiento, la ambición, de Tom era ahora visible, su expresión


era ansiosa, no podía mantenerla oculta por más tiempo.

—¿Cómo divides tu alma?

—Bueno —dijo el profesor, incómodo—, debes entender que el alma se supone


debe permanecer intacta y entera. Dividirla es un acto de violación, está contra la
naturaleza.

—¿Pero cómo lo haces?

—Con un acto de maldad… el acto de maldad por excelencia. Cometiendo asesinato.


Matar rasga el alma. El mago que intente crear un Horrocrux debe usar ese daño
para sus propósitos: debe encapsular la parte rasgada…

—¿Encapsularla? ¿Pero cómo…?

—Hay un hechizo, pero no me preguntes ¡no lo sé! —el profesor sacudió su cabeza,
como un elefante viejo molesto por los mosquitos—. ¿Parezco de los que lo han
intentado…? ¿Parezco un asesino?

—No, señor, por supuesto que no —dijo Tom, rápidamente—. Lo siento… no


pretendía ofender…

—En absoluto, en absoluto, no estoy ofendido —dijo el hombre ásperamente—. Es


natural sentir cierta curiosidad sobre estas cosas… los magos de cierto calibre
siempre se han sentido atraídos por ese aspecto de la magia…

—Sí, señor —dijo Tom—. Lo que no comprendo, sin embargo… sólo por curiosidad…
quiero decir, ¿es realmente útil un único Horrocrux? ¿Puedes partir tu alma solo
una vez? ¿No te haría más fuerte dividir tu alma en más trozos? Quiero decir, por
ejemplo, ¿no es el siete el número más poderoso para la magia? No serian siete…

—¡Por las barbas de Merlín, Tom! —gritó el profesor, sobresaltándose—. ¡Siete! ¿No
es suficientemente malo pensar en matar a una sola persona? Y en cualquier caso…
suficientemente malo es ya dividir el alma… pero partirla en siete trozos…

El profesor parecía profundamente perturbado ahora: estaba mirando a Tom como


si no lo hubiese visto realmente antes y Harry podría asegurar que se estaba
arrepintiendo de haber entablado la conversación.

—Por supuesto —murmuró—, todo esto es hipotético, lo que estamos discutiendo,


¿no? Todo académico…

—Sí, señor, por supuesto —dijo Tom rápidamente.

—De todos modos, Tom… No comentes lo que te he dicho… Es decir, lo que hemos
discutido. A la gente no le gustaría pensar que hemos estado charlando sobre
Horrocruxes. Es un tema prohibido en Hogwarts, sabes… Dumbledore es
especialmente estricto sobre ello…

—No diré una sola palabra, señor —dijo Tom y se fue, pero no antes de que Harry
hubiera captado un destello de su cara, llena de la misma felicidad salvaje que
había tenido aquella vez que le sugirió hacer el acuerdo, aquel pacto que los había
unido tanto tiempo atrás.

La memoria acabó y Harry se encontró a sí mismo fuera del Pensadero, con un


extrañamente impávido Dumbledore inclinado frente a él. Aceptó la mano del viejo
para levantarse y se sacudió el inexistente polvo de las ropas.

—Entonces… —Harry observó cualquier rincón para intentar apartar la extrañez del
momento—. ¿Eso es? ¿Es por eso que Voldemort no murió aquella noche que
intentó matarme? ¿Creó Horrocruxes?

Dumbledore observó por la ventana. La puesta de sol teñía de colores cálidos el


dulce paisaje: jóvenes disfrutaban, allí abajo, del dulce clima de finales de marzo.
Si bien la primavera no había tardado en presentarse, aún nada florecía a
excepción de brotes verdes. El sol anunciaba un buen fin de semana,
probablemente hermoso para ir a Hogsmeade. Harry perdió su mirada en el
horizonte, allí, hasta que la voz de Dumbledore lo sacó de su ensimismamiento.

—El profesor Slughorn fue un buen hombre. Cometió errores, como todos, pero fue
un hombre respetable. Murió hace unos días, y en su lecho de muerte, envió un
Patronus hacia mi persona diciendo que se arrepentía de no haber confiado en mí
antes, y que por favor fuera a verlo. Grande fue mi sorpresa al obtener esta
memoria tan preciada… y necesitaba compartirlo contigo, Harry.

Harry observó a los brillantes ojos del director e inmediatamente sintió la punzante
sensación de alguien intentando entrar en su mente. Pero su escudo Oclumante era
fuerte, incluso más fuerte aún desde que Tom había compartido aquella poción con
él, aquella poción tan rara que le otorgaba mayor poder y mayor fuerza. Incluso su
vista había mejorado, le dijo a Tom, varios días después de beberla; no lo
suficiente para dejar de usar los lentes, pero sí lo suficiente para bajarle la
graduación.
Dumbledore sonrió.

—Me sorprende que el profesor Rousseau haya conseguido ayudarte a crear un


escudo tan fuerte, Harry —murmuró en aprobación el director—. Aún más teniendo
en cuenta la relación existente entre vosotros dos, y la idea vaga de que no
estudiáis mucho que digamos si estáis a solas.

A contra de lo que hubiera querido, Harry se sonrojó.

—Solemos dedicar horas libres al estudio —terció Harry, y la risa de Dumbledore se


transformó en una extraña tos áspera y húmeda. Harry no supo qué hacer, pero
Dumbledore se repuso unos instantes después.

—Ah, la edad, Harry. Es la edad. ¿En qué iba…? Oh, sí —su semblante se
ensombreció—. Voldemort.

Harry intentó ensombrecer su rostro también. Asintió.

—Creó Horrocruxes, ¿no es así? —Harry arqueó una ceja. Intentaba tomárselo con
calma—. Siete.

—Seis, Harry —Dumbledore caminó hacia la percha de Fawkes. El ave estiró el


cuello para acercarse más a su amo, y el director acarició la cabeza emplumada con
la punta de los dedos—. Dividió su alma en siete partes: la que lleva dentro de él, y
seis más. Y la única forma de acabar con él es destruyendo los horrocruxes

Harry sintió un nudo en la garganta. Caminó hacia la ventana, observando; allí


incluso casi podía distinguir una cabellera dorada que podría pertenecer a cualquier
persona, pero Harry sabía que era Cylean, Tom. Él, ahí, tan tranquilo; pero
Dumbledore planeaba matarlo.

Era algo que no podía permitir.

—Pero podrían ser cualquier cosa —susurró lo suficientemente alto para que
Dumbledore le oyera—. Podrían ser una pluma, un zapato viejo, una lata… y estar
en cualquier parte.

—Harry, estás pensando mal. Lo que tú describes son trasladores, no horrocruxes.


Y, ¿de verdad crees que Voldemort ocultaría una parte de su alma en algo que
tenga tan poco significado para él? ¿En algo tan banal, tan muggle?

Harry creyó que se había equivocado, pero había verdadero desprecio en la voz de
Dumbledore al pronunciar la última palabra. Decidió ignorarlo.

—No, tiene razón —reconoció—. Él ocultaría un trozo de su alma en algo que valiera
la pena. En algo que lo hiciera grande. En algo que fuera… digno.

Las palabras se le pegaban a la garganta. Dolía, de cierta forma.

—Lo bueno es que ya hay uno destruido.

Harry se sobresaltó como si le hubieran dado una punzada eléctrica. Intentó no


voltearse y dar la cara, porque estaba mortalmente pálido, y su expresión era
agónica. Intentó controlarse.
—¿Usted lo destruyó?

—No, Harry. Tú lo hiciste.

Harry sintió que sus rodillas flaqueaban. Se aferró al marco de la ventana para
mantenerse erguido.

—¿Cuándo? Yo jamás… —decidió callar. Él jamás, ¿qué? ¿Jamás lo destruiría?


¿Jamás pondría en riesgo la vida de Tom? Dumbledore le tocó el hombro,
haciéndole dar un respingo.

—En tu segundo año. El diario de Tom Riddle, ¿lo recuerdas, Harry?

Harry recordaba.

—Eso era un Horrocrux.

—Estoy totalmente seguro de ello.

Harry sintió que iba a vomitar. Se contuvo. Tomó aire con lentas bocanadas,
sintiendo las piernas temblorosas, los ojos en llamas, la boca nunca tan húmeda
con su propia saliva. Estaba al borde del colapso. Y sabía, más que presentía, que
iba a venir lo peor.

—¿Sabe cuáles son los demás? ¿Tiene alguna idea…?

—Tengo una vaga idea de dónde se encuentra el siguiente. Tiene un significado


muy especial para Voldemort, aquel en específico. No guardo duda de que está bien
al resguardo, pero es necesario arriesgarse hasta último momento para
conseguirlo. Es el único modo que tenemos para vencer a Voldemort.

Harry tomó aire por la nariz y lo expulsó lentamente por la boca. Intentó calmar su
acelerado corazón. "Respira", se dijo, intranquilo. "Respira". Eso hizo.

—¿Hay algo más, señor? ¿Algo más que deba saber?

Cuando Dumbledore no respondió Harry reforzó sus escudos oclumantes y se volteó


para mirarle a la cara. El director tenía una mirada cargada de tristeza, como si
estuviera convencido de que la agonía que significaba ser Harry Potter se
multiplicaría por mil. Entonces, Harry lo supo. Había algo allí, algo que Dumbledore
no le diría, pero que sabía, que tenía en claro…

Harry se sentía más descompuesto que nunca.

—Me sorprende la calma con la que estás aceptando todo esto, Harry —dijo
Dumbledore, con ambas manos entrelazadas en la espalda—. Cuando lo supe,
bueno… no actué de forma muy madura que digamos, por más de que me precie de
tener la edad que tengo.

Rió en voz baja. Harry apenas pudo elevar las comisuras de sus labios en algo
similar a una sonrisa.

—No estoy tan bien. Sólo… no puedo creerlo —tomó aire y se recargó contra el
marco de la ventana, su espalda dando contra el frío vidrio—. Si antes creía que
vencer a Voldemort sería difícil… ahora…
Dumbledore volvía a ser aquel hombre serio y con la mirada solemne. Asintió.

—Sí, lo sé, Harry. Es demasiado peso para un chico de tu edad. Pero yo mismo te
ayudaré con tu tarea.

"Con tu tarea". Harry sintió un acceso de náuseas. Las reprimió.

—¿Cuáles son los otros Horrocruxes? —preguntó—. Debe ser algo que lo convierta
en… bueno, digno. Algo para él podría ser algo verdaderamente mágico, algo
ancestral, poderoso…

—No te equivocas mucho, Harry —Harry oyó la sonrisa de Dumbledore en su voz,


sin verlo—. Tengo la vaga impresión de que existen otros Horrocruxes en cosas que
pertenecieron a los mismos fundadores de Hogwarts. Algo de Slytherin, algo de
Ravenclaw, algo de Hufflepuff… porque algo que perteneció a Gryffindor está aquí,
a salvo —su mirada se dirigió hacia la espalda colgada contra la pared. Harry la
observó, allí, tan hermosa, con una extraña sensación de dolor en el pecho.

—Es serían tres —murmuró Harry—. El diario fue otro. Faltan dos. ¿Cuáles serían?

—Algo que signifique que él es descendiente de Salazar Slytherin. Y, si mal no me


equivoco, su serpiente.

—¿Nagini? —Harry intentó que su voz no sonara sorprendida. Falló—. ¿Por qué
Nagini?

—Harry, ¿no crees que Voldemort estará satisfecho de ser el único hablante de
pársel reconocido? Al menos, hasta que tú llegaste, claro —la sonrisa era extraña
en el rostro del director—. La serpiente sería su último lazo místico. Aquello que lo
hará impresionante, poderoso, un ser de magia y dones más allá de lo verosímil. Lo
convertiría en un ser de oscuridad digna.

Harry asintió. Dumbledore le miró con ojos perdidos.

—No digo que tú seas oscuro, Harry, ni menos. No hay otro que esté convencido de
tu lealtad hacia la luz —Harry intentó evitar reír con ello. Esta vez, por primera vez
en lo que llevaba allí dentro, consiguió mantenerse impasible—. Pero Voldemort lo
ve como un método de alcanzar lo que desea, de hacerse temer.

Harry cerró los ojos y se imaginó a sí mismo actuando como Voldemort. Con capa,
palabras crueles, lanzando imperdonables. La idea no era del todo agradable, pero
tampoco sentía asco de sí mismo. Pero volviendo a la realidad, abrió los ojos y
asintió nuevamente. Con Dumbledore, era mejor asentir.

Aunque algo pasó por su cabeza. Algo extraño, porque no era una voz ajena, era
una voz propia, una voz que no solía oír; era una voz que había estado allí desde
que tenía memoria: su propia consciencia.

"¿Y por qué puedes hablar pársel?"

Se sujetó de la ventana hasta que sus nudillos se pusieron blancos. La cabeza le


daba vueltas, las palabras, los momentos.

Horrocrux.
Harry.

Serpiente.

Voldemort.

Trozos de alma.

Conexión.

Pársel.

El aire escapó de sus pulmones y Dumbledore se acercó a él y le sujetó de los


hombros.

—¿Harry, mi querido muchacho? —lo sacudió levemente—. ¿Te encuentras bien?

Harry asintió, pero lo había comprendido.

—Lo… siento… —murmuró—. Creo que debo irme de aquí. Necesito un poco de aire.

—Lo que necesites, Harry. Ve en paz. Pero recuerda, no debes contarle a nadie lo
que has visto aquí, ni lo que hemos hablado. ¿Entendido?

Salió tranquilamente después de haber asentido por última vez en la tarde, a pesar
de que su interior se desatara una catástrofe. Bajó varios niveles hasta llegar casi a
las mazmorras, perdido y desorientado, y se encerró en un aula vacía y en desuso.
Los calderos estaban repletos de telarañas y habían pergaminos con ilustraciones
en las paredes; ilustraciones de plantas, y letras borrosas, con la tinta corrida por
la humedad y por el tiempo.

Harry se sentó en un rincón y se aferró de la cabeza. En aquel momento le hallaba


sentido. Había una conexión entre Voldemort y él, una conexión que, si bien podía
significar cualquier cosa, significaba esto. Esto que era, esto que la profecía había
predicho.

Esto que era.

Era un Horrocrux.

Harry enterró la cabeza entre las manos y las primeras lágrimas —de frustración,
confusión, rabia, molestia, desazón— corrieron por sus mejillas.

Tom Riddle, bajo la forma de Cylean Rousseau, encontró a Harry en aquella aula
vacía en posición fetal. Era la hora de la cena y no lo había visto después de que
había ido con Dumbledore al gran comedor. Granger y Weasley no lo habían visto,
por lo que se coló en la Sala Común de Gryffindor en busca del Mapa, y le encontró.

—Harry… ¿Harry? —dudó, acercándose a él. Se acuclilló y enredó sus dedos en su


cabello. Cuando Harry alzó sus ojos los tenía rojos e hinchados, pero ya no habían
lágrimas allí.
—Vete —siseó Harry. Tom se sobresaltó.

—¿Qué sucedió? —amoldó su mano al rostro de su amante con cuidado—. ¿Te


encuentras bien?

—Vete —volvió a decir Harry, enterrando la cabeza entre las rodillas.

Tom suspiró.

—Sea lo que sea que el viejo haya dicho…

—No es por nada de lo que el viejo haya dicho. Es por ti, y por ser… tú. Vete.

Tom alzó una ceja ante la voz que le llegó amortiguada.

—Harry, ¿qué demonios…? —le levantó el rostro a la fuerza, y Harry se apartó de él


de un empellón.

—¡Suéltame!

—¡Maldición, Potter! —Tom clavó sus dedos en los brazos de Harry, levantándolo en
el aire y levantándose él, sin hacer el menor esfuerzo. Harry soltó un quejido
ahogado—. ¿Qué demonios te sucede? ¡No puedes despreciarme así como así!

—¿No puedo? ¡¿No puedo?! —Harry luchó y se soltó. Cayó mal, pero no aceptó la
mano de Tom para levantarse—. ¡Tú no puedes ser tan jodidamente tú! ¡Nunca
dejaste de serlo! ¡Me usaste! ¡Todo este tiempo! ¡Me has estado usando!

Tom parpadeó.

—¿Qué demon…?

—¡No te hagas el desentendido! ¡Sabes bien de lo que hablo! —Harry se apartó el


cabello de la frente y señaló la cicatriz allí—. ¡Esto es de lo que hablo! ¡De lo que
hiciste conmigo! ¡Me has estado usando como un mero recipiente, cuidando de mí
nada más porque soy tu puto Horrocrux!

Tom se quedó helado, boquiabierto. Harry le miraba como si estuviera a punto de


maldecirlo. Tom intentó asegurarse de que sus oídos no fallaron.

—Repite eso.

—¿Sorprendido de que sepa la verdad, Tom? ¿O debería decir Voldemort? —Harry


era cínico, ácido—. ¡Me convertiste en TU HORROCRUX!

—¡GRITA UN POCO MÁS FUERTE, CON UN CUERNO! —Tom señaló hacia la puerta
con la mano y ésta se cerró, y hechizos sin varita de privacidad y silencio rodearon
toda la habitación—. ¿De qué diablos hablas, Harry?

—¡No te hagas el desentendido! —repitió Harry—. ¡Eso hiciste! ¡Me transformaste


en tu Horrocrux! ¡Por ese motivo existe esta conexión entre nosotros, por eso
puedo hablar pársel, por ese motivo me estoy volviendo oscuro! ¡Estás ahondando
en mi mente, más profundo de lo que nadie nunca estuvo! ¡Estás…!
Harry calló cuando la varita le apuntó al cuello. Pero no se apartó. Fulminó con
aquella mirada verde a Tom Riddle, en figura de Cylean Rousseau, que usaba
aquella varita clara y larga que no le pertenecía para maldecirle.

—Cierra. Tu. Puta. Boca. Joder, Harry. Creí que me tenías un poco más de estima.
¿Qué te convertí en un Horrocrux? Puedo jurarte que jamás en la vida lo supe.
¿Quién te lo dijo, Dumbledore?

—No me lo dijo Dumbledore —Harry siseó, en voz baja pero segura, cargada de
rabia—. Yo mismo le deduje. No es muy ilógico, si lo pones a pensar. Tú me
convertiste en un Horrocrux, y luego te aliaste a mí sólo para proteger tu propia
vida…

—Te maldeciré como no te retractes ahora mismo de lo que dijiste, Harry Potter.

Harry alzó la barbilla.

—Hazlo. Me da igual. Me da igual todo lo que hagas. Me da igual todo lo que, joder,
estés pensando hacer de aquí en adelante. No formaré más parte de esta farsa.

Tom estrechó los ojos.

—¿Farsa? ¿A qué exactamente llamas farsa, Harry Potter? Y ten cuidado con lo que
dirás.

Su voz era peligrosa, pero Harry no se amedrantó.

—Lo que tú dices sentir por mí. Es… como tú. Falso. Todo es falso. ¿Me equivoco?

Tom bajó la varita. Se dio la vuelta y se marchó sin mirar atrás.

Harry llegó a la Sala Común de Gryffindor cuando ya todos se habían ido a dormir.
Había estado vagando por los pasillos del castillo, bajo su capa de invisibilidad,
hasta que se aseguró que no se toparía con nadie. Pasaría el fin de semana en la
cama y le importaría un cuerno qué demonios con todos los que lo rodeaban. Todo
había sido mentira. Su corazón destrozado, y todo había sido mentira. La más
cruel, la más vil.

Todo.

Pero se equivocaba.

—Ah, hola, Harry —Neville escribía en un pergamino con una larga pluma negra.
Estaba junto al fuego, y cuando alzó la vista para mirarlo, su rostro se tornó
preocupado—. ¿Estás… estás bien?

Harry estalló.

Y se lo contó.

Todo.
Neville le contempló con los ojos bien abiertos cuando terminó de hablar,
tembloroso y fundido en lágrimas que caían por sus mejillas, sin titubear, sin
dudarlo. Cuando acabó Neville le miraba con los grandes ojos azules entre
impresionados y horrorizados, pero era Neville, después de todo, y podía confiar en
él.

—Bueno, Harry, en primer lugar, debo dudar de tu salud mental. Luego, mis dudas
presentadas, debo decirte que has sido totalmente ingrato con Cy-¿Tom? —Neville
dudó, bizqueó, y siguió—. Es decir, él ha demostrado cambiar. Y puedo decirte que
él te quiere. No como podría querer una persona, es decir, no te quiere, por
ejemplo, como Sirius quiere a Remus –y oh, sí, Harry, disculpa que te use esto
como ejemplo, pero es el amor más puro que he podido ver desde hace mucho
tiempo– pero te ama. De una forma visceral, extraña, una forma que se siente en
la carne más que en el alma. Es… extravagante su forma de querer. Pero yo no
dudaría ni un momento de la genuinidad de los sentimientos por ti.

Harry detuvo su llanto.

—Pero, Neville, Tom me quiere por ser su Horrocrux. ¿No entiendes eso? Me… no
me quiere, me utilizó.

—Discrepo.

—¡Neville!

—Harry, tú te has acostumbrado a que te vea. Pero no has visto cómo te mira, no
realmente. Ni cómo te trata. Siente algo por ti más allá de lo explicable. No sólo es
posesividad… aunque hay gran cantidad de ella en él. Es amor. Un amor insano,
enfermo, sí, pero amor al final.

Harry enterró la cara en las manos, clavándose los lentes contra la nariz y los ojos.
Neville extendió el brazo por entre la mesa para dar un apretón al hombro de su
amigo.

—¿En verdad crees que he sido… ingrato? —Harry levantó la cabeza para mirarle a
los ojos. La duda asombraba en aquellos pozos verdes. Neville sonrió de lado.

—Más que ingrato, diría estúpido. ¿Por qué no le preguntaste bien las cosas?
¿Tanto te cuesta usar la cabeza, Harry?

—¡Oye! —Harry se sacudió la mano de Neville, pero él se levantó y caminó a su


lado—. Uso mi cabeza.

—Casi tanto como pules tu varita —Neville le guiñó un ojo, y Harry bufó—. Y no lo
digo con doble sentido, Harry. Pero tú no usas la cabeza. Te vas guiado por tus
impulsos. Desde el primer momento te has guiado por tu corazón y no por tu
cabeza; créeme, sé lo que es eso. Pero ahora deberías meditarlo un poco, tal vez
consultarlo con la almohada, y mañana hablar con Tom. Oh, diablos, se
siente terrible llamarle Tom. ¿Puedo seguir llamándole profesor R?

Harry bufó.

—Se supone que tú no lo sabes. Se supone que nadie debe saberlo. Llámalo como
quieras.
Neville asintió con la cabeza.

—Entiendo —el muchacho envolvió a Harry con un brazo, en un extraño y precario


abrazo—. No soy de abrazar a otras personas que no sean mi novio, Harry, pero
necesitas calmarte. ¿Vale? Necesitas pensarlo bien. Te agradezco la confianza, pero
no hay mucho que yo pueda hacer. No creo poder ir a hablar con el profesor R y
decirle que perdone tu desconfianza, menos aún si se marchó de la forma que dices
que se marchó. Es decir, ¡si tú eres una reina del drama, él es aún peor! —Neville
sonaba escandalizado, tal vez ligeramente exaltado, pero palmeó a Harry en la
espalda—. Ve a dormir.

Harry aceptó y devolvió el abrazo a Neville con torpeza. Neville le palmeó


nuevamente la espalda, le revolvió los cabellos y le dejó marchar rumbo a las
habitaciones. Cuando Neville estuvo solo se desplomó en uno de los sillones, con el
corazón más acelerado que nunca, la alarma en sus ojos claros. La idea de Harry
saliendo con Voldemort era… perturbadora. Y el secreto que debía mantener le
causaba una vaga sensación de vértigo, como ver a través de las ventanas de la
habitación en un día de lluvia. Se estremeció, pero le dejó pasar, y volvió a su
pergamino. No había novedad que le permitiera suspender en Herbología.

El sábado por la mañana Harry despertó con un peso de terror en el pecho. El


malestar se extendía por todo su cuerpo, e incluso el ambiente soleado y cargado
de aromas vegetales se le antojaba nauseabundo. Se dio una larga ducha y se
encargó de limpiar los residuos de lágrimas que aún se encontraban en su rostro.
Luego, armado con un amplio repertorio de disculpas, se dirigió a las habitaciones
de Tom.

—Dumort —susurró, pero la puerta no se abrió. Parpadeó, confundido, y la empujó.


Nada. Cerrada completamente—. Bleu ciel —probó, y tampoco se abrió. Su corazón
se aceleró y empujó nuevamente la puerta—. Dumort. ¡Dumort! ¡DUMORT!

Aporreó la puerta pero ni esta se abrió y tampoco nadie salió de allí. Harry apoyó la
espalda contra la madera, luego el oído, pero recordó que Tom siempre ponía sus
hechizos de privacidad, y que sería imposible saber si estaba allí dentro o no y…

Claro, que estúpido. El Mapa.

Corrió a su mochila pero no lo encontró. Entonces, recordó que Tom le había


encontrado, probablemente con ayuda del mapa, por lo tanto él tenía el mapa y…
DIABLOS.

Harry soltó un quejido ahogado. Se quedaría allí hasta que saliera, o se decidiera
entrar.

Dos horas después, con el cuerpo agarrotado por estar tanto tiempo en la misma
posición, y el trasero helado por el suelo, se rindió. Tenía hambre, y las pocas
personas que pasaban por allí le miraban como si se hubiera vuelto loco. Harry les
fulminaba con la mirada —en especial a unas niñas de primero, que le miraron y
rieron— y les dejaba marcharse.

Cuando se levantó le costó moverse un poco momentáneamente, pero caminó


rumbo al Gran Comedor. Debía de quedar algo de desayuno en las mesas.

Más tarde, con el estómago lleno, se dijo que tal vez debería dejar de hacer el
idiota y probar en el despacho de su profesor, pero también tenía llave, y por más
de que le abrió con la navaja que Sirius le había regalado, no había nadie dentro.
Lamentablemente no podía hacer lo mismo con la habitación de Tom, debido a que
ella no tenía cerradura.

Suspiró. El despacho estaba inusualmente limpio. ¿Podría ser que…?

—¿Harry, muchacho? —Harry se sobresaltó cuando se encontró con Dumbledore


saliendo del despacho de profesor de Defensa. El director le contempló con
curiosidad—. ¿Te encuentras bien?

—Señor, ¿Cylean ha dimitido? —jadeó, horrorizado. Dumbledore negó con la


cabeza.

—Por supuesto que no, Harry. ¿Por qué haría eso? —había un brillo extraño en sus
ojos azules—. ¿Habéis peleado?

Harry se mordió el labio.

—Algo así. Yo… necesito hablar con él.

Dumbledore negó con la cabeza.

—Me temo que eso no será posible. El profesor Rousseau no ha dimitido, pero me
ha dicho que este fin de semana se ocupará de visitar a su hermano y a su cuñada.
Al parecer, ha nacido un nuevo sobrino de nuestro querido profesor, esta vez un
niño. ¿Te lo ha contado?

—Este… dijo algo al respecto —mintió Harry—. ¿Dijo que volvería?

—El lunes sin falta —respondió Dumbledore, con una extraña sonrisa—. No te
preocupes, Harry. La ausencia es al amor como el viento es al fuego, apaga a los
pequeños amores pero hace crecer a los grandes —le dijo, con aquel tono de
sabiondo experimentado que a Harry le ponía el vello de punta—. Estaréis bien.

Dumbledore se marchó, y Harry se preguntó qué hacía el director por esos lares.
No preguntó más, porque estaba pensando en meterse en la profundidad de las
mantas de su cama y no salir hasta el lunes.

Pero salió, al final. Para la cena y para ir al baño. E incluso salió el domingo, con la
cabeza en cualquier parte, sin oír las invitaciones de Hermione y Ron, e incluso
ignorando a Ginny, que en vano preguntaba qué le sucedía. Luna iba a su aire, y
Neville le dijo que mientras no hiciera algo loco, estúpido o que atentara contra su
vida, tenía vía libre para hacer lo que quisiera.

Con estos retazos en mente Harry se encontró a sí mismo el por el mediodía en la


torre de Astronomía, mientras todos sus compañeros iban a Hogsmeade. O al
menos, todos los que él creía.

—Así que… Harry Potter.

Harry se volteó y se encontró con una figura enfundada en la túnica de Slytherin.


Le reconoció luego de un amplio examen visual.

—Kraig Vaisey.
Él sonrió.

—Me sorprende que me reconocieras —caminó hasta donde Harry estaba sentado y
tomó asiento junto a él despreocupadamente—. Sólo nos vemos en los partidos de
Quidditch.

—Soy bueno con las caras —mintió Harry.

Vaisey extrajo algo de los bolsillos interiores de su túnica y Harry temió que sacara
una navaja, pero sacó un paquete blanco y rojo de cigarros muggles. Al ver la
expresión de Harry, Vaisey se encogió de hombros.

—Fumo de vez en cuando, para liberar la tensión —se colocó un cigarro entre los
dientes y lo encendió con la punta de la varita. Le dio una calada profunda y liberó
humo por la boca y la nariz como un dragón enfadado. Una sonrisa curvó sus labios
y se recargó en sus manos, por detrás de su cuerpo—. Así que… Harry Potter.

Harry se removió, incómodo, tal vez por la intensidad extraña con la que Vaisey
pronunciaba su nombre.

—¿Qué haces aquí, Vaisey? —preguntó Harry, y el chico rió.

—Fumo —le lanzó un soplo de humo que le llegó hasta la nariz y le hizo toser—. Y
pienso. Pienso en muchas cosas.

Harry picó.

—¿En qué piensas?

Vaisey rió.

—En Érebo.

Harry le miró con una ceja alzada.

—¿Érebo? —preguntó, haciéndose el desentendido. La sonrisa en los labios del


cazador de Slytherin era lobuna. Se incorporó y acercó sus labios al oído de Harry,
con el humo acariciándole el cuello cuando habló.

—Érebo, Harry Potter, es el compañero del Señor Oscuro.

Se apartó, riendo entre dientes, haciéndole recordar a Harry a un ebrio. Por un


momento dudó de qué era lo que estaba fumando realmente, pero el aroma a
tabaco negro siendo quemado le reveló la verdad. Arrugó levemente la nariz.

—¿Voldemort tiene un compañero? —se hizo el desentendido.

—Las malas lenguas comentan que es su puta —la sonrisa en los labios de Vaisey
era genuinamente burlona—. Pero yo no creo eso. ¿Tú que crees, Harry Potter?

—¿Puedes llamarme Harry o Potter, simplemente? —preguntó Harry, y Vaisey rió


antes de darle otra calada al cigarro—. Pues, no había oído de él hasta este
momento.
Vaisey se inclinó sobre sus rodillas hacía Harry.

—¿Seguro, Potter? —habló, consiguiendo que el humo gris le recorriera el cuello y


el rostro. Harry tosió, pero Vaisey le sujetó del rostro para que siguiera inhalando
—. ¿Estás totalmente seguro de que no has oído hablar de él con anterioridad? He
oído algunas cosas muy… interesantes, como que Érebo es alguien en quien el viejo
director confía, y por ese motivo usa máscara. Tiene un bonito cabello negro, y usa
una máscara terrorífica que consigue que el Señor Oscuro parezca un calvo más —
rió, con una risa grave que le perforó los oídos—. ¿Seguro que no eres el rostro
bonito que se oculta detrás de la máscara? ¿Qué no eres tú quien calienta el lecho
de nuestro Señor todas las noches?

Harry se apartó y se levantó, dispuesto a apuntar con la varita a Vaisey, pero éste
siguió fumando, prácticamente echado en el suelo, sin dignidad alguna. Cuando
acabó el cigarro lo apagó contra el suelo, arrastrándolo y dejando un reguero de
cenizas.

—No he llegado hasta aquí para pelear contigo, Harry Potter. He llegado hasta aquí
para unirme a ti.

Harry parpadeó.

—¿Qué? ¿Por qué harías eso?

Vaisey le observó con un brillo de burla y reconocimiento en sus ojos grises.

—He oído un dicho muggle que dice "no puedes jugar con Dios y con el Diablo".
Pero tú lo haces. Y lo haces bien. Jodidamente bien. Por eso mismo, quiero estar
del lado de quien sé triunfará en esto. Ya sea por los motivos que sea, hagas lo que
hagas, cuenta conmigo.

Harry bufó.

—Pero yo no soy Érebo.

—Seguro —Vaisey sonrió—. Seguro.

Harry puso los ojos en blanco y Vaisey, completamente burlón, le sacó la lengua.
Harry no pudo evitar reír ante aquella imagen extraña. Vaisey le acompañó en sus
risas.

—Entonces, ¿lo considerarás? —preguntó Vaisey finalmente—. ¿Recurrirás a mí


como uno de tus seguidores?

—Soy Harry Potter —gruñó Harry—. No Érebo. Harry Potter. Soy un niño de luz.

Vaisey rió a carcajadas.

—¡Anda, vale, mis cojones por un niño de luz! —alzó ambas manos al cielo—. No te
creo ni una palabra, Harry Potter. Sólo sé lo que ya sé. No puedes contradecirme.
Sé la verdad en esto, y supongo que ni al director ni a tu novio le gustará saber
que eres la puta del Señor Oscuro.

Harry le fulminó con la mirada.


—¿Te estás atreviendo a amenazarme?

—¿Por qué no? —Vaisey extrajo otro cigarro—. Ven, siéntate. Fuma conmigo. No
me gusta fumar a solas, y Adrian ha estado dejando el cigarro últimamente.

Harry tomó asiento, guardando su varita pero dejándola a mano. Aceptó el cigarro
que Vaisey le ofreció y le dio una calada; se volvió en toses casi al instante. Vaisey
rió a carcajadas.

—Dame eso —le arrebató el cigarro de los dedos y le dio unas palmadas en la
espalda—. Me parece que el cigarro no es para ti, no, no, para nada. Entonces,
debemos buscar un vicio nuevo. Mientras te buscamos un vicio nuevo, podrías
decirme si tu novio sabe que estás acostándote con el Señor Oscuro, o si le
sorprenderá mucho cuando lo diga.

Harry cerró los ojos y contó hasta diez.

—Lo sabe —dijo, ácido. Vaisey sonrió.

—Ah, vaya. ¿Le va eso de compartir? A mí no me iría, más teniendo en cuenta


cómo eres. Te querría todo, todito, para mí; pero no es de mí de quien estamos
hablando —Vaisey se peinó con los dedos, sonriente—. Pero, Harry Potter, debió
haber sucedido algo muy intenso para que hayas considerado abandonar las
falditas de Dumbledore. Algo muy extraño, algo que nadie pensaría… ¿y acabar en
la cama de nuestro Señor? No, increíble.

—En primer lugar —Harry siseó— deja de llamarlo "nuestro Señor" como si yo
también estuviera a su merced.

—¿Ah, no lo estás? —Vaisey le miró con repentino interés en sus ojos plateados—.
Oh, vaya. Deberé matar a Adrian por la información mal dada. Porque, ya sabes, el
tío de Adrian, Yaxley, es un Mortífago. Y dijo que Érebo estaba a servicio del Señor
Oscuro.

—Pues no —Harry se pasó la lengua por los dientes, dudando—. No así. No de esa
manera.

—Oh, pero sí de otras —el chico rió—. Vaya, ¡qué sorpresas te trae la vida! Uno
viene deseando unirse al lado de Érebo, que por cierto, ¿qué lado sería?, y acaba
dándose cuenta de que si bien Harry Potter no está del lado del Señor Oscuro, sí
está con él… curioso, muy curioso.

Harry se estremeció.

—Sería el lado "gris" —respondió Harry, suspirando—. Y todo debe ser secreto.

—Vamos, ¿de veras crees que me arriesgaría a perder mi puesto en Slytherin por
ser miembro de un grupito súperespecial fundado por Harry Potter? Estás de broma
—Vaisey le guiñó el ojo, burlón—. Me caes bien, Harry Potter. Creo que tendremos
un poco de futuro por aquí delante.

Harry observó el rostro de Vaisey, bajo la brillante luz del sol. Sus ojos plateados
estaban entrecerrados, con las pestañas doradas dándole un brillo etéreo. El cabello
casi gris le caía por un lado del rostro, y Harry se encontró de pronto apartando la
vista, pero Vaisey le sujetó del rostro y acercó sus labios a los suyos.
Fue un beso corto, un beso que atrapó sus labios entreabiertos con otros
recubiertos de humo, sabor a tabaco y menta, pero cuando Harry se apartó Vaisey
ya le estaba soltando.

—Tenía que hacerlo —dijo, sonriendo burlón, como si nada hubiera sucedido—. Al
menos una sola vez.

Se levantó, sacudió su túnica y pisó el cigarro que descansaba en el suelo. Con un


movimiento de varita los desvaneció y se marchó con la espalda relajada, con el
cuerpo libre y las manos en los bolsillos. Harry se quedó allí, se tocó los labios, se
tocó el pecho.

Aquel beso sólo había servido para recordarle lo mucho que realmente había
deseado los besos de Tom.

33. Cornamenta.

—Guardad vuestros libros, sacad sus varitas y poneros en pareja —dijo fríamente
Cylean Rousseau, mientras todos los alumnos de sexto año de los miércoles lo
hacían. Inmediatamente Harry fue frente a Draco Malfoy, en acuerdo no pactado
verbalmente. Esta vez le tocó a Blaise Zabini estar a solas, y el profesor Rousseau
no hizo el menor signo de acompañarle. En realidad, no estaba de muy buen
humor, y era algo notorio entre todos. Si podía hechizarlos en los pasillos, lo hacía;
si podía gritarles, lo hacía; si podía encargarse de destruir cada pequeño retazo de
autoestima que tuvieran niños menores de trece años, lo hacía sin dudarlo.

Harry pasó saliva cuando los ojos fríos de su profesor se posaron en él unos
segundos. Le mantuvo la mirada y la esquivó solo cuando Harry hizo el ademán de
avanzar hacia él, atrapado por aquellos ojos. Cylean Rousseau caminó frente a los
alumnos.

—Cuando peleáis en parejas, ¿qué es lo más importante? —ignoró la mano alzada


de Hermione para pasar sus ojos en Theodore Nott—. ¿Señor Nott?

Theodore se sobresaltó.

—Eh… pues… ¿Qué no te den?

—No —Cylean barrió la clase con los ojos—. Señor Weasley, ¿qué es tan gracioso?
Señorita Brown, cámbiese de pareja. Sí, con el señor Weasley estará bien. Señorita
Patil, con la señorita Granger. Así, muy bien. Señorita Granger, baje esa mano,
puedo saber que se equivoca aún sin oírla hablar.

Hermione bajó la mano con el rostro tintándose de rojo.

—¿En verdad nadie sabe qué es lo más importante cuando peleáis en parejas? —


Cylean recorrió con la mirada todos los rostros, sin detenerse en ninguno más de
un segundo—. Bien. Perfecto. Os mataréis entre vosotros.

Una extraña sonrisa cruzó el rostro del profesor Rousseau antes de señalar una tiza
con la mano desnuda. No tenía varita en mano, aun así la tiza voló y escribió sobre
la pizarra: "CUIDAR DE TU COMPAÑERO". Lo subrayó dos veces y contempló a los
alumnos boquiabiertos.
—Cuando peleáis en parejas, debéis tener total atención en cuidar las espaldas de
vuestros compañeros. ¿Entendéis? Si vuestro compañero está siendo atacado,
debes conjurar un escudo para él; si tu compañero está conjurando un escudo,
debes desarmar a quienes le están atacando. Si os valéis por vosotros mismos en
una batalla, no servirá de nada. Podrán mataros a ambos con facilidad si
no cuidáis de vuestros compañeros.

La tiza, flotando en el aire, cayó en la mano del profesor y éste sonrió con una
extraña amargura.

—Ahora, os atacaréis en parejas. No importa quién ataque a quien, o si es a


traición, o si es por la espalda… ¿ah, la señorita Brown no puede? Bien, bien. Señor
Weasley, con el señor Zabini. Señorita Brown, venga conmigo, veremos este
espectáculo de luces y colores. Tranquila, su nota no se resentirá por su situación.

Lavender agradeció apartándose el cabello del rostro y poniéndose junto al profesor


Rousseau. Luego de verla a salvo, éste sonrió.

—Quiero que todos vosotros estéis atentos. No bajéis la guardia. Atacáis a quien os
parezca mejor. Un duelo múltiple de a dúos. Pero no ataquéis todos al mismo,
porque ya sabemos quién ganará si atacáis todos al señor Potter y al señor Malfoy.

Hubo resoplidos y risas. Harry sonrió, pero Cylean no le devolvió la sonrisa. Draco
le alzó la ceja interrogante, pero Harry negó con la cabeza.

—Es largo de contar, y estamos a punto de ser atacados —siseó Harry, en voz baja,
y Draco asintió con la cabeza. Se pusieron en guardia y cuando Cylean dijo
"¡Atacad!" en voz alta y clara, hubo segundos de duda antes de que se oyeran las
palabras.

"¡Duro!"; "¡Adolebit!"; "¡Expelliarmus!"; "¡Protego!"; "¡Repellerium!"; "¡Incendio!";


"¡Reducto!"; "¡Frexes Frej!". Maldiciones conocidas y desconocidas, enseñadas por
el profesor Rousseau o por el profesor Potter, pero maldiciones a fin. Harry se
encontró defendiendo la espalda de Draco Malfoy como jamás creyó que haría, e
incluso lo mismo hizo Draco, defendiéndole con fervor.

Los minutos corrían y los hechizos eran devueltos por el escudo. Entonces, Harry se
hartó. Lanzó un Aresto Momentum hacia sus compañeros y luego convocó todas las
varitas. Cuando finalizó, lanzó un Finite hacia los que había hechizado y bufó.

—¿Qué demonios…? ¡Harry! —Ron buscaba su varita y gruñó al ver que Harry la
tenía. En la otra punta del salón, el profesor Rousseau soltó una risa extraña, grave
y sarcástica.

—Muy bien pensado, señor Potter —se acercó con Lavender detrás, observando a
su amiga con disculpa en los ojos—. Tan bien que ha convocado mi varita también.
Ahora, haga el favor de devolverlas a todas. Diez puntos para Gryffindor.

—¿Sólo diez? —protestó Harry. Cylean alzó una ceja.

—¿Quiere que sean cinco? —bufó. Harry negó y el profesor extendió la mano para
que su varita fuera puesta en ella. Harry reconoció la varita de pino y la entregó,
sacándole a su profesor la primera mueca similar a sonrisa verdadera que podría
dirigirle.
Claramente, a Tom Riddle no le gustaba para nada ser desarmado.

Harry devolvió una a una las varitas y cuando todos estuvieron armados
nuevamente el profesor Rousseau fue corrigiendo.

—Crabbe, Goyle, mal hecho, os habéis centrado en vosotros mismos y ni os habéis


defendido. Id a la enfermería cuando la clase acabe. Longbottom, Nott, bien
practicado; debéis apuntar un poco mejor, pero vuestra mejoría en los duelos es
fantástica. Patil, Granger… —Harry se desconectó de las correcciones mirando el
caminar amanerado y meneante de su profesor—. Potter, Malfoy. Habéis actuado
bien juntos, y teniendo en cuenta de que todos parecían querer atacaros, también
os habéis defendido muy bien. Debo daros diez puntos a cada uno. Bien, creo que
esto es todo por hoy…

Todos se fueron marchando uno a uno. Draco se despidió de Harry, que se quedó
remoloneando, intentando recoger su varita que accidentalmente había ido a parar
debajo de una mesa. Ante su sorpresa, Hermione esperaba a Draco en la puerta, y
ambos fueron hombro con hombro al exterior del salón.

Harry cogió su varita y la hizo girar entre sus dedos mientras se vaciaba el aula.
Cuando allí solo estuvo el profesor Rousseau cerró la puerta con un movimiento de
varita y se acercó hacia el hombre.

—Qué extraño —Tom se volteó a verlo con los ojos azules de Cylean—. Creí que no
querías tener nada que ver más con esta farsa. Porque eso es lo que fue, ¿no?

Harry se mordió el labio.

—Te he estado buscando. Yo…

—Ahórrate tus disculpas —Tom se recargó en el escritorio—. No estoy para tus


estupideces, hoy.

Harry entrecerró los ojos.

—¿Puedes, al menos, escucharme?

Tom le miró con una extraña burla hueca en su mirada.

—¿Lo hiciste tú?

Harry agachó la mirada.

—Lo siento, yo no…

—No pensaste, no meditaste, ni siquiera recordaste. Actuaste como el niño


impulsivo que eres. No me merezco a alguien como tú —siseó ácido Tom,
mirándose las uñas como si éstas fueran lo más importante del mundo—. Es más.
Aún veo que tienes dudas, y que quieres una versión del hecho. Pues, no estoy de
humor.

Harry apretó los dientes.

—Tom, tan sólo…


—No, Tom nada —algo estalló detrás de ellos y Harry se volteó para mirar. Un
vidrio había estallado, y los demás vibraban. Harry supo que si Neville hubiera
estado allí probablemente se hubiera aterrado; la magia de Tom hacía estallar
vidrios, temblar los objetos en todo el aula, vibrar las mesas y las sillas—. Nada de
esto me sirve, Harry Potter. Eres un bastardo miserable. ¿Acaso tienes la menor
idea de…? —guardó silencio, sus ojos mirando el techo, para luego sonreír—. No.
No tienes idea.

Harry intentó volver a disculparse.

—Lo sient-…

—Vete. No quiero verte.

Tom le fulminó con unos ojos que ardían de color rojo. Harry suspiró.

—Lo siento —acabó por decir—, pero, estaba bajo presión. Acababa de enterarme
de que soy tu maldito Horrocrux y creo que estaba en posición de pensar y decir…

Tom sacó su varita y apuntó a Harry. El chico ni siquiera se movió.

—Ve-te. Vete. VETE.

Harry apretó los labios y se marchó, sintiendo el movimiento de Tom detrás de él


para cerrarle la puerta en las espaldas apenas las hubo traspasado. Era la hora del
almuerzo, pero Harry no sentía hambre. En realidad, no sentía ganas de nada.

Aunque tal vez pudiera arreglarlo todo en Hogsmeade. Ese fin de semana irían.
Podría hablar con Tom a solas, sólo si él no volvía a irse con otra excusa de
Cylean…

—Yo creo que es natural —expresó Luna—. Todas las parejas tienen altibajos. Aún
más si dudas de los sentimientos del profesor R por ti.

Harry suspiró y enterró la cabeza en su libro.

—Neville, ¿por qué le contaste?

—Oh, no le he dicho nada —Neville le acarició la mejilla con la pluma—. Luna es


prácticamente una vidente. Tenemos suerte de que aún no sepa sobre el secreto
peor guardado de la historia.

—¿Qué secreto? —Ginny tomó asiento junto a Luna. Luna sonrió enigmáticamente.

—Si te lo dijera, dejaría de ser un secreto.

La pelirroja hizo un puchero.

—¡No es justo! ¿Acaso no confiáis en mí?

—Luna tampoco sabe —murmuró Neville, acariciándole el cabello a Theo—. Y Theo


tampoco.
—Y no estoy para nada satisfecho con eso, si sirve de algo.

—¡Vaya! —Ron llegó para sentarse junto a su hermana—. ¡Puedes hablar, Nott!

—¡Ron! —regañaron Neville y Harry al mismo tiempo. Hermione, junto a Harry, les
siseó.

—Estamos en la biblioteca, por si no os habéis dado cuenta. Guardad silencio.

Draco, junto a Hermione, asintió.

—Granger tiene razón. Callaos. Trato de estudiar.

Ron puso los ojos en blanco.

—¿No creéis que el grupo se ha agrandado un poco? —preguntó, en tono burlón.


Harry le respondió con una mueca ácida.

—Ron, cállate y estudia, o vete. Trato de hacer una redacción de Pociones.

—¿Por qué no usas ese libro tuyo, Potter? —preguntó Draco, mirando a Harry de
reojo. Se llevó la punta de la pluma a la boca y la mordió, nervioso, sin saber qué
poner en la traducción de las Runas. Hermione se inclinó sobre Draco y le señaló un
pasaje en su libro.

—Puedes poner esto de aquí —dijo, en voz baja, y Draco asintió.

—Pues, Malfoy, mi libro no tiene todas las respuestas —bufó Harry, pasando a la
siguiente página en busca de las propiedades curativas de salvia. Encontró,
finalmente, y cuando iba a copiar Neville negó con la cabeza.

—No, Harry. La salvia no reduce el estrés, reduce la ansiedad, ese libro debe estar
mal.

Harry alzó las manos al cielo.

—Por Merlín, Neville. ¿Estrés y ansiedad no son lo mismo?

—No —murmuró Theo—. Por ejemplo, a mí me da ansiedad estar lejos de Neville,


pero me dan estrés los exámenes.

—Muy buen ejemplo, amor —Neville se inclinó para besar a su novio y Ginny gimió.

—¿Sabéis lo doloroso que es estar soltera?

—Yo también estoy soltero, hermanita —bufó Ron, abriendo un libro de


Encantamientos en cualquier página y pasando las páginas en busca de la que
quería.

Ginny puso los ojos en blanco.

—Ya, sí, pero tú serás padre en… ¿Cuántos meses?

—Cuatro.
—Será maravilloso —Luna sonrió—. Será una niña muy inteligente, aunque algo
superficial si no se guía por el buen camino. Deberemos hacer, con papá, en el
Quisquilloso, una sección de niños para que Ron pueda leer.

Ron pareció empalidecer. Ginny rió.

—Así se habla, Luna.

Luna sonrió enigmáticamente.

—¿Cómo… cómo se llamará? —preguntó Hermione, con un tono tímido. Ron le


dedicó una amplia sonrisa.

—Hemos decidido esperar hasta el nacimiento para escoger el nombre. Pero hemos
pensado en Leila, Jean y Vera.

—Mi segundo nombre es Jean —musitó Hermione. Ron sonreía como si viera por
primera vez la luz del sol.

—Lo sé. Por eso lo propuse.

Hermione agachó la cabeza, sonriente. Draco Malfoy soltó un extraño suspiro


exasperado y le dio un ligero codazo a la chica.

—Granger, cuando dices de la traducción de la Runa Iwah, ¿sería "tiempo" de


minutos, horas, segundos, o "tiempo" de clima?

Hermione puso los ojos en blanco.

—Tiempo de Norte y Sur —musitó, con una extraña sonrisa en su rostro—. Tiempo
de minutos, Malfoy.

Malfoy asintió.

Luna sacó su varita de detrás de su oreja y la movió imitando un movimiento de su


libro de Transformaciones. Tocó con la punta de la varita un rollo de pergamino en
el centro de la mesa y éste se transformó en una lagartija. La lagartija, aun así, era
de color amarillento, apergaminado. Ginny le sonrió.

—Muy bien hecho, Luna.

—Luna siempre hace las cosas bien —bufó Neville—. Ni sorprendente deberías.

Ginny le sacó la lengua.

—Volviendo al tema —Ginny se inclinó hacia Harry—. ¿Qué secreto?

—Un secreto oscuro y tenebroso que hará vuestras almas temblar —siseó Vaisey,
acercándose al grupo con un libro bajo el brazo—. ¿No es así, Harry Potter?

Harry le fulminó con la mirada.


—Vaisey, ¿de qué estás hablando? —bufó Draco, mirándolo de reojo, echando la
cabeza levemente hacia atrás para no enterrar la cabeza en los cabellos de
Hermione.

Vaisey rió.

—¿Celoso de que sepa algo que tú no, Malfoy? —el chico sonrió, burlón—. Pues
debo decirte que debes acostumbrarte. Muy pocos formamos parte del Aquelarre.

Harry tosió para evitar una risa.

—¿El Aquelarre? —preguntó, con una sonrisa trepándole los labios.

—¿No suena maravillosamente original? —Vaisey revolvió los cabellos de Harry—.


Si me disculpa, mi Señor. Debo estudiar para un examen de Defensa. Con su
permiso.

Vaisey se marchó silbando por lo bajo. Rodeándolo a él, casi todos bufaron.

—Bien, Harry. Estoy oficialmente perdido —resopló Ron—. ¿Me pones al día?

—No creo que sea algo para discutir ahora —Harry garabateó con su pluma unas
líneas y remolinos en el borde de su pergamino—. Y tampoco creo que sea algo de
lo que yo tenga ganas de discutir.

—Harry, eres injusto —bufó Ginny—. Vaisey, a quien no recuerdo haberte oído
hablar más de una vez en todo lo que llevas en Hogwarts, sabe el secreto. Pero
nosotros no sabemos nada. ¡Eres cruel!

Harry suspiró.

—En verdad, Ginny, no es algo para discutir ahora. ¿Por qué mejor no hacemos los
deberes? —Harry pasó a la siguiente página para seguir leyendo las propiedades de
la Salvia y bufó antes de levantarse—. Tenías razón, Neville. Este libro está mal.
¿Alguno que me recomiendes?

—No sé mucho de pociones, pero sí de Herbología; podrías buscar Plantas y hojas:


manual de sanación que, si mal no recuerdo, tenía un apartado para la salvia.

—Eres un sol, Nev. Gracias —Harry se levantó y le revolvió los cabellos mientras
Neville se apartaba, en vano—. Ahora regreso.

Tan pronto Harry se marchó Ginny se acercó a Neville.

—Neville, sé que tú sabes lo que Harry sabe y no quiere que nosotros sepamos;
¿puedes contármelo? Guardaré el secreto.

Neville se acomodó los cabellos con la mano y negó con la cabeza.

—Claro que no, Gin. No puedo decirte nada. ¿Qué pensaría Harry de mí si te
contara algo? Lo mismo va para ti, Ron.

Ron bufó. Draco soltó una risilla extraña.


—¿De qué te ríes, Malfoy?

Malfoy puso los ojos en blanco.

—Es tan obvio, si te lo pones a pensar.

Ron le miró con los ojos bien abiertos.

—¡¿Tú lo sabes, Malfoy?! ¡Por Godric, es imposible!

—No se trata de confianza, Ron —Neville le sonrió levemente a su amigo,


intentando tranquilizarlo—. Se trata de inseguridad. La verdad es muy cruda como
para que cualquiera la acepte, y Harry necesita a sus amigos más que nunca antes.
Eso significa que no, no es que no confíe en vosotros, es que no quiere que le
dejéis por no comprender la situación.

Ginny compuso una mueca de fastidio.

—Pero, ¿Harry es idiota o qué? Sabe que estaremos con él pase lo que pase.

Neville se encogió de hombros.

—Yo lo sé. Tú lo sabes. Hermione lo sabe. Luna lo sabe. Ron puede que no lo sepa
bien.

—¡OYE!

—Lo siento, Ron, compañero, pero si hay alguien con antecedentes de dejar a sus
amigos de lado por "equis" situación, ese eres tú. Pero tranquilo, confío en poder
darte una patada en el trasero si vuelves a hacerlo.

Ron compuso una expresión ofendida y Ginny rió.

—Ron, eres tan cómico —se burló su hermana—. Pero, poniéndonos serios, ¿por
qué vosotros lo sabéis y no habéis dicho nada? ¿Qué habéis hecho para que Harry
confíe bien en vosotros?

Malfoy se encogió de hombros.

—Oh, yo lo adiviné por mí mismo. Si no fue difícil para mí, tampoco será difícil para
vosotros —y completó la frase poniendo los ojos en blanco y volviendo a su
redacción. Dibujó una runa extremadamente difícil de memoria y tradujo su
significado debajo, armando la frase. "El tiempo fluirá". Hermione observó su letra
prolija y ordenada con una pequeña atención brillante en sus ojos castaños. Neville
le sonrió, aunque ella no se diera cuenta.

—En mi caso, Harry estaba al borde de la crisis nerviosa y yo estaba en el lugar


adecuado en el momento adecuado. No creo que haya meditado mucho el confiar
en mí, aunque ya desde antes me había dicho algo que se acercaba a la verdad.

—¿Y cuál es la verdad? —preguntó Ron, recargando la cabeza en la mano.

—No la creeríais —susurró Harry en su oído, con voz sombría, haciéndole


sobresaltar. Luego les guiñó el ojo—. ¿Vosotros creéis que por irme a buscar un
libro no os tengo un oído encima? Aún más teniendo en cuenta de que mi Aquelarre
está desesperadamente buscando delatarme. ¿No es así, Malfoy, Neville?

Neville le sacó el dedo del medio.

—Sea lo que sea tu Aquelarre, no formo parte de él.

—Sí, lo haces, Longbottom. Cierra la boca ante tu Señor —bromeó Malfoy, y Neville
le fulminó con la mirada. Harry rió a carcajadas.

—¡LOS DE ALLÍ, SILENCIO! —gritó madam Pince, señalando con su varita hacia el
grupo de Harry. Harry asintió y se disculpó. Todos agacharon la mirada y volvieron
a sus libros, pergaminos y deberes.

—Puedes confiar en mí —susurró Ginny hacia Harry. Ron repitió las palabras de su
hermana. Hermione puso los ojos en blanco.

—Ron, Ginny, Harry confiará en nosotros cuando esté listo —dijo sabiamente la
chica—. Y no veo a Luna quejarse.

Luna observaba atentamente a Draco. Éste pareció sentirse incómodo, porque sin
palabras movió sus labios, preguntando "¿Qué?". Luna le dijo, en voz muy baja:

—No me gusta tu decisión de tatuaje, Malfoy.

—Pero yo no tengo ningún tatuaje —susurró Draco, y Luna sonrió de forma mística.
Harry apoyó las manos en los hombros de Draco y le susurró al oído:

—Sí, Luna tiene razón. Más atención a tu decisión con el tatuaje. El Aquelarre
podría no querer a gente tatuada entre ellos.

Draco pasó saliva mientras Harry iba a sentarse entre Hermione y Neville, y abría
su libro y buscaba las malditas propiedades de la maldita salvia.

Ese fin de semana fueron a Hogsmeade. Harry estaba deshaciéndose de su túnica a


favor de la cómoda camisa blanca y negra que había comprado con Neville cuando
Vaisey se le acercó.

—No he podido encontrarte estos días —se disculpó el joven—. Espero que no te
moleste que haya bautizado nuestra pequeña asociación.

—No, está bien —Harry se encogió de hombros—. Pero no es algo de ir contando


así porque sí.

—Creí que tus amigos estaban enterados —Vaisey se veía descolocado—. ¿No lo
están? Me disculpo.

Harry volvió a encogerse de hombros.

—Oh, está bien, está bien —hizo un ademán con la mano—. Supongo que tarde o
temprano deberán saberlo.
—Lo que me lleva a preguntarte —Vaisey se detuvo en el camino, y Harry se
detuvo frente a él. Vaisey era un chico atractivo, aunque tal vez demasiado blanco
entre su rostro y su cabello como para gustarle a Harry; a pesar de ello, la forma
en que sus ojos se entrecerraban y su nariz se arrugaba era llamativo—, ¿quiénes
más forman parte del Aquelarre?

—Draco Malfoy, Neville Longbottom, Sirius Black, en cierta forma Cylean Rousseau
y tú.

Vaisey tenía los ojos demasiado grandes cuando se sorprendía.

—¿Sirius Black?¿El ex prófugo de Azkabán? ¡Vaya! ¿Es verdad que es tu padrino?

—Es verdad —Harry sonrió—. Sé que no somos mucha gente, pero acabamos de
comenzar.

Vaisey rió.

—Mejor pocos que nadie —le tocó el hombro, acercándose levemente a él. Harry se
retiró de su toque, y Vaisey compuso una mueca—. Vale, he de admitir que mi
dignidad no está en sus días como para soportar un rechazo. ¿Quieres dar una
vuelta? Como amigos.

—En realidad, iba a encontrarme con Cy-el profesor R —le sonrió levemente y
Vaisey se encogió de hombros.

—Ya, sí. Creo haber oído que estaría en Cabeza de Puerco. ¿Sabes dónde es?

Harry asintió.

—Bien. Déjame acompañarte igualmente.

Su tono no admitía réplica. Harry avanzó caminando junto a Vaisey, que vestía con
una camisa de mangas dobladas hasta los codos, mostrando sus brazos de vello
fino y plateado. Tenía las manos medio metidas en los bolsillos de unos jeans
muggles, y Harry se encontró preguntándose si era rechazado entre los Slytherin
por preferir la ropa, cigarros e incluso música muggle a túnicas, pipas y bandas
como Las Brujas de Macbeth.

—Entonces, ¿cómo funciona eso? —preguntó Vaisey. Harry le miró intrigado y


Vaisey sacó una mano de sus bolsillos para contemplar un conjunto de anillos
plateados, uno de ellos con un escudo de armas radiante en el espacio circular—.
Ya sabes, la relación con el profesor.

—Por ahora está sin funcionar —musitó Harry—. Es una historia larga.

—Cabeza de Puerco queda lejos —Vaisey sonrió. Harry se encogió de hombros.

—Supongo que dudé de sus sentimientos hacia mí. Le llamé farsante.

—Eso es duro.

—Lo sé —Harry suspiró—. Me disculpé. Actué impulsado por rabia, bien, pero me
arrepentí a la mañana siguiente…
—… como muchas de las cosas que yo hice. Oh, lo siento, continúa.

—Eso es todo, en realidad.

—Me dijiste que era una historia larga —Vaisey le lanzó una mirada demasiado
indigna, demasiado suplicante para el gusto de lo que Harry veía en Slytherin—.
Bien, no te juzgo. Yo también estaría hecho una furia.

—Me ayuda mucho que pienses eso —gruñó Harry, pateando una piedra del camino
—. En fin. Pero no era eso lo que querías preguntarme, ¿no?

—No, tienes razón —Vaisey sonrió de medio lado y se acercó a Harry para hablar
en su oído—. Quería preguntarte cómo funciona eso entre el profesor, el Señor
Oscuro y tú.

Harry rió.

—Funcionando. No somos personas celosas.

Vaisey rió a carcajadas, como si Harry acabara de contar el chiste más cómico del
mundo.

—Fingiré que lo creo —dijo cuando acabó de reír—. En fin. Tú dime, ¿cómo
funciona?

—De una forma más fácil de lo que parece —Harry le sonrió a Vaisey. Había un
extraño brillo en sus ojos, y Vaisey pudo percibirlo. Amor. Pasión. Pero no dirigidas
a él. Dirigidas hacia Cylean Rousseau, o hacia Lord Voldemort. Tal vez hacia ambos.
Una sonrisa curvó los labios del Slytherin; sí, Harry no era suyo, ni lo sería nunca.
Pero al menos era feliz. Estaba enamorado. No podía competir con ello.

—Estás enamorado —dijo Vaisey, como si fuera una epifanía. Harry asintió.

—Soy un estúpido enamorado. Por eso necesito pedirle disculpas a Cylean, decirle
que me equivoqué, que si él es capaz de perdonarme.

—Pero, ¿cómo fue eso? —Vaisey tironeó de Harry hasta sacarlo del camino y
sentarlo bajo un árbol. Harry bufó cuando Vaisey se sentó despreocupadamente
frente a él, con las piernas cruzadas a lo indio—. Cuéntamelo todo. Si no, ¿de qué
otra forma puedo aconsejarte?

—No necesito tus consejos, Vaisey.

Vaisey le sacó la lengua.

—Sí los necesitas, Harry Potter. Vamos, cuéntame.

Harry decidió que si lo resumía y dejaba fuera los detalles más importantes, estaría
bien.

—Supongamos que Cylean hizo algo conmigo. Algo que me convertía en parte
suya, ¿lo sigues? —Vaisey asintió—. No sé cómo ni por qué lo hizo, pero yo me
enteré de ello. Y decidí que nunca me había amado, y que sólo había estado
conmigo por interés, por proteger aquello preciado que salvaba su vida. Es difícil,
pero no es fácil —Vaisey rió ante aquella frase—. Le dije de todo, supongo. Y ahora
él no quiere ni hablarme. Ni verme. Y yo sé que lo amo, y que no importa qué
suceda, lo amaré, aun si él no me ama de regreso.

Vaisey puso los ojos en blanco.

—Estamos hablando de algo serio —Vaisey dijo, con tono cómplice—; aquí tenemos
a un hombre que puede estar enamorado o no, y en acción a un muchacho que ha
cometido el peor error de su vida. Anda, sí que es complicado. No sé cómo
ayudarte, pero en primer lugar, que vayas sabiendo que el profesor te quiere es
buena opción.

Harry se mordió el labio.

—Me quiere, sí, pero, ¿cómo? ¿Por qué lo hace?

Vaisey tenía un extraño brillo en sus ojos.

—Pregúntaselo a él —se levantó de un salto y le tendió la mano a Harry, que la


aceptó. Ambos se limpiaron los pantalones de tierra antes de seguir el camino a
Hogsmeade.

Vaisey se separó de Harry en la puerta de Cabeza de Puerco, donde le dejó entrar


con un escueto "Mucha suerte, Harry Potter".

Harry entró. El horrible lugar estaba aún peor que antes, si eso podía ser cierto.
Más sucio y ruinoso, más cargado de gente extraña por los rincones.

En una punta de la barra Cylean Rousseau bebía. Hablaba con un extraño


encapuchado, cuyo rostro estaba cubierto casi completamente por vello. Su nariz
sobresalía, blanca y de punta, y estaba inclinado en una postura lamentable.

Se acercó, deseando haber traído con él la capa de invisibilidad. Pero no. Por
suerte, Tom no pareció reparar en él, bebiendo y riendo entre dientes con el
extraño. Harry le observó desde lejos: sus anillos brillando sutilmente bajo la luz
tenue del lugar, la suave marca de la espuma de la cerveza en sus labios, el cabello
largo pasándosele por detrás de la oreja, la misma que tenía un colmillo
atravesándole el lóbulo. Tenía una sonrisa extraña en su rostro, totalmente
diferente a la que se esperaría de Cylean Rousseau, ya que esta era demasiado
amplia para su expresión, demasiado hueca para la mirada en sus ojos azules.

Entonces, Tom se dio cuenta de que estaba del otro lado de la barra, mirándolo.
Sus ojos lo examinaron de arriba abajo, y se pasó la lengua por los dientes, con
obvio fastidio.

—Vitto, puedes irte. Tengo que arreglar algunos temas —alcanzó a oír Harry, o tal
vez algo parecido. Luego de que el hombre se desapareciera del lugar con un
sonoro "¡crack!" Tom se volvió hacia Harry, con un caminar demasiado parecido al
de Voldemort como para que Harry pudiera sentirse cómodo. Su camiseta sin
mangas dejaba los brazos al descubierto, unos brazos torneados que en muchos
momentos habían sostenido a Harry, abrazándolo contra su cuerpo, y las palabras
habían prometido no soltarlo jamás.

Harry tragó saliva.

—¿Podemos hablar? En privado —pidió, casi rogó. Tom suspiró.


—Vamos. Sígueme.

Harry siguió a Tom hacia el exterior. El clima era hermoso. Los aromas, ideales; el
sol brillaba cálido, tampoco tan ardiente, pero sí lo suficiente para llenar de pecas
color miel los brazos de Cylean Rousseau.

Tom caminó despreocupadamente hacia el oeste, saliendo de los caminos


concurridos y estando con los árboles como única compañía. Se recargó en un pino
y fulminó a Harry con unos ojos azules demasiado gélidos.

—¿Qué es lo que quieres ahora, Potter?

Harry se acercó un palmo a él.

—Quería disculparme.

—No acepto tus disculpas.

Harry se mordió el labio.

—Mira, sé que he actuado mal. Sé que debí dejarte hablar, ¡no me interrumpas! —
Harry alzó las manos, y Tom cerró la boca—. Pero me di cuenta de algo. De algo
que en medio de la furia del momento no me había dado cuenta. Algo que supe
desde que Vaisey me besó.

—¿Que ese maldito hijo de puta hizo qué? —gruñó Tom, entrecerrando los ojos
como una fiera a punto de atacar. Harry le detuvo.

—Sí, me besó. Y en ese momento me di cuenta de que no me importaba qué


hubiera sucedido, porque te amaba. Te amo, joder. No me importa si lo que sientes
por mí es desinterés, y odio, e incluso si después de todo sientes amor, porque yo
te amo, y eso es lo que importa. Me di cuenta, cuando él me besó, que no quería
besar a otras personas, que quería besarte a ti.

Tom quedó en silencio unos segundos. Luego se llevó la mano a la frente,


murmurando un vago: "Vas a matarme, Harry. Juro que algún día lo
harás". Entonces, Harry lo vio. Fue una sombra, un segundo, una capa negra que
salió detrás de un árbol.

—¡CUIDADO! —gritó, lanzándose hacia Tom, tirando de él hacia el suelo. El


encapuchado lanzó un hechizo que, a pesar de sus intenciones, acabó golpeando a
Tom en un costado. Tom jadeó cuando el dolor le avasalló de pronto.

—¿Qué demonios…? —comenzó, llevándose la mano al costado y, al ponerla frente


a sus ojos, esta estaba cubierta de sangre. Los ojos azules y grandes de Cylean
Rousseau se abrieron aún más, mientras Tom buscaba con la mano manchada de
sangre su varita.

—¡Maldición! —gritó Harry, cogiendo su varita y creando un escudo—.


¡Repellerium!

El escudo pudo evitar la siguiente maldición, esta vez desde otra punta. Harry
intentó ayudar a levantar a Tom, que veía la mano ensangrentada con una extraña
fascinación, a la vez que sujetaba la varita de pino con dedos extrañamente
temblorosos.
—¡Tom, maldita sea, reacciona! —Harry sacudió a Tom, que al ver sus ojos verdes
pareció reaccionar—. Ven, tenemos que salir de aquí, ¿puedes aparecerte en…?

—¡CRUCIO!

La maldición imperdonable golpeó en el escudo y fue desviada hacia el mago que la


había lanzado. Harry fue consciente de su entorno. Eran diez encapuchados, diez
figuras de negro con rostros blancos y…

—Mortífagos —murmuró Tom, gruñendo—. Esto es genial, oh, por Salazar.

—¿Podemos lanzar hechizos desde dentro del escudo? —preguntó Harry,


manteniendo la varita alzada para mantener el escudo rodeándolos. Tom asintió.

—Déjamelo a mí… ¡Frexes Frej! —la maldición incapacitante brotó de la varita de


Tom. Era una maldición demasiado oscura que el profesor R había enseñado
particularmente a aquellos que quisieran aprenderla, es decir, todo el alumnado.
Pero no contaba en el régimen de estudios, y dudaba mucho de que el ministerio la
aprobara.

La maldición dio en el blanco. El segundo atacante cayó en un grito de agonía. La


maldición Frexes era conocida por llevar consigo la intención: si la utilizabas
queriendo incapacitar, incapacitaba; si la usabas queriendo desmayar, desmayaba;
si la usabas queriendo herir hasta la muerte… funcionaba, no tan bien, pero como
un sustituto al Avada Kedavra. Harry lo había leído, por ese motivo no le había
gustado en nada.

—¡Frexes Frej! ¡AH! —Harry se volteó a ver como Tom se doblaba, de sus labios
cayendo finos hilos de sangre roja oscura. Su cuerpo se convulsionó, rojo y blanco,
rojo y dorado, rojo y azul, y cayó de rodillas.

Harry dejó caer el escudo contra su voluntad y fueron atacados por hechizos. Pero
a Harry no le importaba. Necesitaban ayuda. Necesitaban…

—Tom, por favor —rogó—, crea un escudo.

Tom, a la mitad de sus fuerzas, lo hizo. Harry intentó concentrarse y pronunció:

—Expecto Patronum.

Pero de la varita sólo brotó una niebla plateada. Harry gimió y repitió el
encantamiento una y otra vez, pero temblaba, y de todas ellas brotaba la niebla
conocida. Tenía lágrimas de frustración en los ojos. Aparecerse no era una solución.
Pedir ayuda mediante Patronus tampoco. ¿Qué harían? Eran nueve y ellos solo dos.
Y Tom estaba herido, maldición. Eso era lo que le dificultaba tanto la atención.

—Haz el escudo, Harry —pidió Tom, y Harry formó un escudo en torno al que Tom
había hecho, para oírle pronunciar "¡Expecto Patronum!".

Se volteó, esperando ver la serpiente gigante arrastrándose por el aire, moviéndose


en busca de ayuda, y su mandíbula cayó. Allí, frente a sus ojos, un ciervo con una
amplia cornamenta le miraba con aquellos brillantes ojos plateados. El ciervo ladeó
la cabeza, y como si obedeciera a una orden muda, avanzó al trote hasta el pueblo,
en busca de ayuda.
—Tú… —Harry observó los ojos azules de Tom, brillantes—. Tú me amas.

Tom puso los ojos en blanco.

—¡Por supuesto que sí, niño estúpido!

Harry sintió cómo sus ojos se llenaron de lágrimas y mientras los hechizos volaban,
enviados por Tom y por él, vio llegar a la ayuda: un grupo de gente en túnicas, e
incluso algunos alumnos de séptimo. Los doblaban en número. Los Mortífagos
fueron desapareciendo uno en uno, vencidos, pero cuando Harry dejó caer el
escudo, confiado en que el ataque había cesado, uno se apareció justo detrás de
Tom.

—Despídete de tu amorcito, Potter —dijo una voz muy parecida a la de Lucius


Malfoy, antes de desaparecerse con un malherido Tom Riddle en cuerpo de Cylean
Rousseau. Harry gritó y lanzó una maldición al aire, pero ya no estaban. No se
encontraban allí. Ya no.

Harry cayó de rodillas, observando la sangre, la gran cantidad de sangre, en el


césped. Varias manos tocaron sus hombros, varias voces preguntaron por su salud
—entre ellas la voz de Vaisey— pero Harry guardó silencio. Sus brazos temblaban,
su espalda y pecho ardían por las maldiciones punzantes recibidas. Los Mortífagos
no tenían órdenes de matar, por lo visto. Pero sí de herir. De secuestrar. De llevar.

Observó sus manos, manchadas con sangre, propia y de Cylean, cuando cayó en
claro que no servía de nada preocuparse. No servía de nada porque, maldición,
Cylean, Tom, era Voldemort. Y cuando los Mortífagos supieran que habían
secuestrado a Voldemort…

Rayos, Harry quería estar allí mismo para verlo. Quería oírles gritar. Quería utilizar
la varita para matarles. O tal vez una muerte más cruel, con cuchillos, sangre,
vísceras y sal.

La sonrisa fue oculta con unas manos propias, manchadas de sangre. Pero no podía
preocuparse. Todo iba a salir bien. Todo.

Eso quería creer.

34. El error fatal.

Tom Riddle abrió los ojos, pero lo rodeaba una oscuridad húmeda que le hacía doler
los huesos. Intentó incorporarse en la negrura, con el frío de un suelo clavándosele
en las costillas, sintiendo el goteo de su propia sangre humedeciendo el suelo bajo
él.

La cabeza le zumbaba. Al apoyar la espalda contra una pared, tan fría y húmeda
como el suelo, un acceso de náuseas le recorrió todo el cuerpo. Sintió la bilis en la
garganta y pasó saliva, estremeciéndose. No, definitivamente no.

—Lumos —susurró, y de la punta de sus dedos brotaron haces de luz blanquecina


—. Lumos máxima.

Las luces crecieron hasta darle forma y color al espacio que lo rodeaba. Un sótano
húmedo y frío, sin ventanas, con unas afiladas escaleras por la que recordaba que
su cuerpo había rodado cuando estaba en la semi inconsciencia. También recordaba
un recibidor que conocía bien, unos cuadros que le observaban al pasar.

Vas a pagarlo caro, Lucius Malfoy.

—¿Hola?

Tom volteó la cabeza tan rápido que le dolió el cuello. Junto a él, demasiado junto,
se encontraba una figura irreconocible. El rostro estaba seco, cubierto de cicatrices
que le trepaban por las mejillas, los labios, la nariz; una de ellas cortaba su ojo
derecho, que permanecía cerrado, con una costra pegada a las pestañas claras. El
cabello era como un plumón claro, corto y desprolijo, y lo único que parecía darle
un sentido de reconocimiento a su rostro era su frente ancha, y el brillo atontado
en el ojo izquierdo abierto, azul como un cielo despejado.

Cylean Rousseau. El verdadero Cylean Rousseau.

Tom bufó. Sinceramente, su suerte no podía mejorar.

Las luces titilaron con su enfado. Y, claramente, no tenía su varita. Pero tenía algo
mejor.

Cerró los ojos y se concentró.

"¿Harry?".

El chico se demoró unos segundos en responder.

"¡Tom! ¡Por el amor de Merlín! ¿Estás bien? ¿Dónde estás?".

"Niño idiota, ¿de verdad crees que alguien podría herirme?".

"Déjame recordarte, señor sabelotodo, que estabas herido cuando Lucius Malfoy –o
bueno, yo creo que era Lucius Malfoy– te secuestró".

"Sí, tienes razón" Tom dejó el suspenso "Es Lucius Malfoy. Estoy en la Mansión


Malfoy. Mejor dicho, en el mugroso sótano de la Mansión Malfoy con Cylean
Rousseau hablando en francés".

Casi se esperó oír la risa de Harry. Al no oírla, dudó.

"¿Harry?".

"¡Lo siento, Tom! Es que… estaba tan preocupado. ¿Te encuentras bien?".

"Me encontraría mejor si estuviera en una cama, o si por lo menos tuviera algo que
hiciera que esta hemorragia se detenga".

"¿Estás muy malherido?".

"Cuando viajé, en mi juventud, me encontré en escaramuzas peores. Estaré


bien". Tom suspiró, pasándose las manos por el cabello. "Harry, ¿atacaron a
alguien más?"
"¿Estás preocupado por si atacaron a las personas de Hogsmeade o por si me
atacaron a mí?".

"¡No estoy preocupado!".

"Sí, claro. Todos están bien. Quédate tranquilo. Ahora mismo llamaré a alguien a
que vaya por ti…"

"No, no lo harás".

Harry guardó silencio un minuto. Era extraña aquella conversación, aquella


conexión mental tan frágil y fuerte a la vez.

"¿Disculpa?" Harry sonaba extremadamente ofendido. "Que yo sepa, estás herido,


en un sótano húmedo, y probablemente estén esperando a que te aterres un poco
–¡como si eso fuera a suceder!– para torturarte. ¿Cómo no quieres que envíe a
alguien a buscarte?"

"En primer lugar, encontrarían al Cylean Rousseau verdadero". Terció Tom,


intentando que Harry comprendiera. "En segundo lugar, ¿insinúas, mocoso, que no
soy capaz de valerme por mí mismo? Puedo salir de esta casa tan rápido como
entré".

La diversión de Harry fue palpable, al mismo tiempo que su frustración.

"Sí, claro. Tom, está bien, te concedo el primer punto. Pero no creo que seas tan…
disculpa la palabra, pero, idiota, para huir solo".

"Por supuesto que sé que no me convendría en nada" bufó Tom. "Pero haré pagar


caro a Lucius Malfoy. ¿Está su hijo cerca? ¿Puedes darle un escarmiento por mí?"

"No, Tom. Yo estoy en mi cama, supuestamente dormido. Ya es muy tarde. Y no


tienes por qué meterte con Draco, él no tuvo la culpa de nada".

"¿Cuándo pasó de ser Malfoy a ser Draco?".

"Celos no, por favor, Tom".

"No estoy celoso, niñato".

"Como digas". La diversión de Harry era clara. "Tom, debes prometerme que no


harás ninguna locura".

"Depende de lo que tú llames 'locura'".

"Ja, ja, ja. Muy gracioso. Me refiero a matar a alguien".

"¿Desde cuándo matar a alguien es una locura?" pero Tom se respondió a sí mismo


antes de oír la respuesta de Harry. "Ignora la pregunta estúpida".

"Mejor así. ¿Crees poder liberarte esta noche? ¿Debo estar al tanto?"

"No, tú duerme. ¿Sí? Mañana te daré noticias. Lo prometo".


"Que no te maten" pidió Harry. "Júralo".

"Es imposible matarme, ¿olvidas eso? Aun así, juro seguir dándote coñazo un buen
rato, niñato".

Tom pudo sentir la risa en Harry y deseó porque no haya sido muy alta. Podría
pasar por una risa nerviosa, pero él sabía sobre las escasas dotes actorales de su
amante, y era pésimo cuando no estaba cien por cien en sus pies. Por lo que
debería aguantarse.

Dejó la conexión fluir, sintiendo las emociones de Harry: cariño, tranquilidad,


impaciencia y angustia, pero a la vez un alivio que derrumbaba todo. Harry había
estado preocupado. Por él. Cuando no merecía la preocupación, aun así lo había
hecho. Una sonrisa trepó por sus labios.

Pero volvió en sí y dejó desvanecerse las luces. Si iba actuar, lo haría a oscuras.

Lucius Malfoy estaba tocando aquella marca oscura en su brazo. La calavera


escupiendo la serpiente se había convertido en una cicatriz en su vida diaria. Pero
ahora le haría respetar. Había planeado aquello como una forma de tener al chico
Potter en sus manos y entregárselo personalmente al Señor Oscuro.

La calavera negra pareció ladear la cabeza cuando Lucius pasó los dedos por ella.
Entonces, la puerta se abrió de un portazo.

Lucius se volteó, sujetando su bastó dispuesto a sacar su varita, y la imagen que le


llegó a los ojos fue extrañamente perturbadora. Ahí se encontraba aquel hombre
que acababa de secuestrar con la ayuda de Yaxley, los Carrow, Avery, Fenwick,
Rosier, y un par más cuyos apellidos no eran dignos de recordar. Allí estaba, con
los cabellos largos a ambos lados del rostro, la boca crispada en una mueca feroz y
los ojos rojos llameantes.

¿Ojos rojos?

El hombre siseó en pársel algo que sólo podía ser dicho por el mismísimo Señor
Oscuro, porque Lucius se retorció, aferrándose de la Marca, con un dolor que le
trepaba por las venas como si fuera la maldición Cruciatus en su sangre.

—Lucius —el hombre, que si no era Voldemort definitivamente imitaba su voz muy
bien, se acercó a él—, ¿qué, por Salazar, significa esto?

—¿Mi… mi Señor? —Lucius se irguió, observando el rostro extraño frente a él, un


rostro que ante sus ojos fue mutando lentamente. Las facciones se alargaron, se
afilaron. El cabello cambió de color y los ojos cambiaron su forma. Entonces, frente
a él se encontraba la criatura bestialmente bella del retrato inmóvil que
acompañaba a su padre, Abraxas Malfoy, conocido como Tom Riddle, el que pasó a
convertirse en Lord Voldemort.

Lucius cayó de rodillas.

—Me has fallado, Lucius —la voz de Voldemort era seseante, oscura. Lucius agachó
la mirada—. ¿Qué crees que debo hacer?
—Mi Señor… por favor… —Lucius alzó la mirada para encontrarse con unos ojos
rojos y una sonrisa cruel. Y la pesadilla comenzó.

Harry despertó por la mañana del domingo con un dolor de cabeza horrible.
Desayunó ligero, ausente, ignorando todas las cosas que le decían sus compañeros
—tanto palabras de apoyo como que debía hacer algo para salir adelante y no
estancarse— y pasó a la enfermería. Estaba adentrándose cuando oyó que le
llamaban.

—Potter —la voz arrogante de Draco Malfoy sonaba en su espalda, y Harry se


volteó a verlo—. Esto es tuyo.

Le alcanzó una carta. Estaba abierta, y Draco, pálido como él solo, le alcanzó el
sobre con una mirada extrañada.

—Gracias —Harry extrajo la carta del sobre y reconoció la letra de Tom—. Oh,
vaya.

Draco se mordió el labio.

—Eh… bueno…

Harry puso los ojos en blanco.

—Ven, Malfoy. Beberé algo para el dolor de cabeza y luego hablaremos.

Draco asintió, extrañamente aliviado.

Madam Pomfrey no tuvo problemas en darle a Harry una poción para el dolor de
cabeza. Éste cesó a los minutos que Harry la había bebido, mientras caminaba con
Draco Malfoy hasta el exterior. Tomaron asiento bajo un árbol, junto al lago, y
Draco extrajo de los bolsillos de su túnica unas barras de chocolate de Honeydukes.
Le dio una a Harry y abrió la suya con parsimonia, esperando para oír la historia.

—Bueno, primero déjame leer la carta, ¿vale? —pidió, dejando el chocolate de lado
y fijando sus ojos en la letra clara y ordenada de su novio (imposible de imitar).

"Joven Malfoy:

Buenos días serán para usted, no digo lo mismo de su padre. La vida de su


progenitor está en sus manos: hágale llegar esta carta a Harry Potter y no lea más
a partir de aquí. Me enteraré si lo ha hecho.

Mis cordiales saludos, lord Voldemort".

Harry puso los ojos en blanco y continuó leyendo unos centímetros más abajo.

"Harry:
Buenos días, querido. ¿Cómo has amanecido? Lamento mucho el dolor de cabeza,
he tenido una noche larga. Muy larga, de hecho. Torturar… nunca perderé la
práctica de ello, puedo saberlo, pero hasta más de las tres de la madrugada no me
hice con una varita y debí recurrir al modo muggle. Tengo suerte: me he informado
mucho del tema en mis viajes por Europa. Pero tampoco disponía con muchos
elementos, sólo un abrecartas, un cuchillo aserrador de cocina y pequeños
utensilios de escritorio.

Lamento haber comenzado así la carta. Sé que no es lo que tú querías. Pero debía
comenzar de esta forma, ya que he puesto un hechizo a ese comienzo para que a
partir de allí pueda leerse por personas que no sean tú. Así haría creer al chico
Malfoy que tenía un mínimo de confianza en él. (Mágico).

Quería que supieras que he estado mejor, sí, pero por lo menos ya no tengo
heridas en el cuerpo. Los elfos de la Mansión se han encargado de sanarme con
ayuda de Narcissa. Esa mujer me odia. He de admitir que no me he dado cuenta
hasta el final el estado en que su marido había quedado. Pero no está muerto, no;
matarlo sería un premio consuelo para lo que ha hecho. No merece la muerte. (Y
eso me lo has enseñado tú, amado mío).

Planearé y arreglaré varias cosas ahora que estoy aquí. Tú sigue actuando.
Consigue el apoyo de tus amigos. Harry, Érebo necesita aliados. Hazlos.

Con todo mi corazón,

tu Señor Oscuro personal".

Harry guardó la carta y mordió un trozo de chocolate. Luego de tragarlo contempló


el rostro blanco de Malfoy y suspiró.

—Tu padre estará bien, ¿sabes?

Draco asintió.

—El señor Oscuro no lo mataría.

—Aunque lo merece —la mirada plateada le dijo que lo mataría a la primera


oportunidad—. ¿Qué? Hizo un ataque sin la autorización del Lord. Créeme, si no
hubiera sido porque intervine en sus decisiones, lo hubiera matado.

Draco Malfoy tragó saliva y dejó el chocolate de lado. Los dedos le temblaban
ligeramente.

—Tranquilo, Malfoy —Harry le puso la mano en el hombro—. Él no lo ha hecho. Eso


es lo que importa.

Draco asintió con la cabeza.

—Sí, lo sé. Pero… —sacudió los ojos—. Oh, no importa. ¿Qué querías hablar
conmigo?

—¿Responder tus preguntas? —le miró con una ceja alzada—. Anda, vamos. Sé que
te lo has estado guardando. Crees que sabes, pero no es así. Pregunta.
—Pues sé que eres el aprendiz del señor Oscuro —murmuró Draco—. Y que estáis
en una relación, a pesar de que tú no estás de su lado. Estás en un lado gris.

—Muy bien —Harry asintió—. ¿Qué sabes sobre Érebo?

Draco se puso más pálido aun si eso fuera posible.

—Madre me contó sobre él. Es terrorífico para ella, y para cualquiera. Tiene poderes
que… —algo pareció conectarse en su mente y sus mejillas se tornaron rosadas—.
Diablos, ¿tú eres Érebo?

Harry le guiñó el ojo.

—Claro que sí.

Draco se dejó caer al césped de forma descuidada.

—Anda, mátame ahora, antes de que el Señor Oscuro lo haga.

Harry rió con una risa temblorosa.

—No, no lo haré. Estamos en los terrenos de Hogwarts, ¿de verdad crees que me
expondré de esa manera? —dijo fluidamente—. Anda, tranquilo. Ven.

Harry le tendió una mano que Draco aceptó para incorporarse.

—Así que… —se apartó el cabello de los ojos—. ¿Hay alguien más del lado de
Érebo?

—Neville y Vaisey.

—¡Vaisey! —Draco bufó—. Ese chico. Es intolerable. Suele acosar a la mitad de la


población masculina de Slytherin, a pesar de que tiene novio.

Harry tosió para ocultar su risa.

—¿Adrian Pucey, no? —preguntó. Draco asintió.

—Sí. ¿Cómo sab-? —cortó la pregunta con la boca entreabierta—. ¿Te acosó a ti
también?

—Un poco —Harry se encogió de hombros—. No es nada. Pero dijo que quería estar
de mi lado, seguirme. No creo que haya sido una broma. Hablaba muy en serio.

Draco asintió con una expresión grave en el rostro.

—Vale. Supongamos que le creo —el rubio puso los ojos en blanco—. Pero también
ha dicho estar profundamente enamorado de mí, por lo que no debes creer todo lo
que diga. Tiene un enamoramiento muy rápido por las personas.

Harry rió.

—Pues me alegro. Menos problemas para mí. Y hablando de enamoramientos,


¿cómo vas en el tema del amor?
Draco le fulminó con la mirada.

—Bromeas, ¿verdad? —bufó—. ¿Por qué debería contarte eso?

—Porque somos amigos, ¿lo olvidas? Además, tú ya sabes que estoy saliendo con
Cylean, que resulta que es Tom, es decir, Voldemort, con mucha magia encima…

Draco compuso una mueca.

—Tus gustos son dudables.

Harry le sacó la lengua.

—Y yo no conozco los tuyos. ¿Estás saliendo con Pansy Parkinson?

Draco hizo otra mueca, más desagradable que la anterior.

—No. Es insoportable. Prefiero la gente con cerebro.

—Cuando dices "gente", ¿también te refieres a hombres?

Draco asintió.

—Me da igual mientras pueda pasarla bien. He salido con Pansy y ha sido un
suplicio. Luego lo intenté con Theodore Nott, pero estaba demasiado enamorado de
Longbottom como para prestarme atención. Luego lo intenté con Daphne
Greengrass, y bien, no salió tan bien como cualquiera creería. A pesar de ello, no
tengo muchas quejas con respecto al tema del amor. Se presentará cuando menos
lo espere.

Harry rió.

—¿Has considerado alguien fuera de tu casa? —preguntó. Draco asintió.

—Sí, y es difícil, porque todos creen que eres una víbora sin corazón.

—Vaya, Draco Malfoy confesando que sus sentimientos han sido heridos por sus
compañeros —Harry se llevó la mano al pecho y suspiró—. Qué trágico.

Draco le dio un empujón de broma.

—¿Considerarías salir en una cita a ciegas con alguien? —preguntó Harry. Draco
puso los ojos en blanco.

—Conociéndote, no. Serías capaz de hacerme una cita a ciegas con Lovegood. No
que tenga un problema con ella, claro, pero no me van las rubias.

—Muy hipócrita de tu parte, siendo rubio —le picó Harry. Draco puso los ojos en
blanco.

—Sí, lo sé. Siempre creí que siendo rubio debía tener una pareja de cabello o piel
oscura. Ya sabes, como contraste —Draco se encogió y volvió a coger su chocolate
—. Aunque últimamente he pensado… —guardó silencio. Harry le instó a continuar.
—¿Sí?

—No, nada —Draco se encogió de hombros—. Supongo que tengo una chica en la
mira, pero es más que nada platónico.

Los ojos de Harry brillaron, ávidos.

—Si es platónico, no tendrás problemas con que te prepare una cita a ciegas.

Draco bufó.

—Si eso es lo que quieres… —se recostó contra el tronco del árbol—. Creo que sería
conveniente abrir un poco mis horizontes.

Harry le pasó un brazo por los hombros y con esa misma mano le despeinó los
cabellos rubios. Draco intentó apartárselo, pero Harry siguió despeinándolo hasta
que la cabeza rubia de Draco Malfoy parecía el nido de un pájaro.

El chico bufó, se levantó y se alejó mientras se arreglaba el cabello con las manos.
Al no poder extrajo del bolsillo de su túnica un cepillo para el cabello y comenzó a
pasárselo. Harry le miraba, divertido, cuando oyó que le llamaban.

—¿Harry?

Se volteó. Lavender Brown estaba allí, mirando la escena extrañada. Harry


compuso una expresión trágica.

—Oh, Lavender. Hola. ¿Todo bien?

La muchacha embarazada se acercó a él.

—Harry, no debes fingir. Somos tus amigos —ella se acercó y le tendió la mano—.
Ron y Hermione te están buscando.

Harry asintió con la cabeza.

—Bien —se volvió hacia Draco—. Nos vemos, Malfoy.

—Hasta pronto, Potter. Avísame cuando consigas mi cita.

Harry puso los ojos en blanco, pero no sonrió. Draco Malfoy volvía a estar bien
arreglado y ya no era gracioso.

Caminaron en silencio. Harry tenía las manos medio metidas en los bolsillos del
pantalón, la cabeza gacha, los labios entreabiertos. Lavender le detuvo en la
puerta.

—Harry, quiero que sepas que todos estamos contigo. Todos. El ED, nosotros, tus
amigos. ¿Bien? Estamos contigo.

—Gracias, Lavender —Harry fingió una sonrisa forzada, una sonrisa trágica—. Pero
no os preocupéis. Sé que Cylean estará bien. Lo siento dentro de mí.

Lavender sonrió.
—Sí, debe ser. Ten fe, Harry. La fe derrumba montañas.

—Esperemos que no las derrumbe encima de nosotros —bromeó vagamente Harry


y ambos entraron.

Encontraron a Ron y Hermione por separado. Ella estaba buscándolo por aulas
vacías sin llave en los pisos inferiores, Ron estaba convencido de que estaba en la
Sala de los Menesteres, así que pasaba frente a la puerta una y otra vez
conjurando diferentes salas y desilusionándose cada vez que se daba cuenta de que
no había rastros de vida humana dentro de ellas.

—Romperás la magia de la sala si sigues haciendo eso, Ron —le dijo Harry—. Ven,
vámonos. ¿Para qué me buscabais?

Ron compuso una expresión compungida.

—Queríamos saber cómo te encontrabas después de todo. Sé que debe ser difícil.

—Estoy bien —Harry asintió—. Estoy seguro de que Voldemort no le hará daño a
Cylean. Lo usará para que me acerque a él, para que vaya tras él. No le hará más
daño que dejarlo encerrado en un sótano húmedo y frío. Tengo la certeza.

Ron suspiró.

—Ya me gustaría a mí estar tan seguro de ello, Harry.

Tom Riddle acarició las teclas del majestuoso piano en un rincón de la sala de
música de la mansión Malfoy. Tocó una escala de notas y luego un sinsentido de
sonidos que sonaron forzados, desafinados. Hacía mucho que nadie tocaba ese
piano.

—¿Milord?

Tom se volteó. La figura de Bellatrix estaba allí, con la cabeza gacha, los labios
temblorosos y las manos unidas.

—Acércate.

Bellatrix levantó el rostro para contemplarlo con un brillo extraño en aquellos ojos
desviados por la locura. Caminó los pasos que le acercaban a aquella figura
humana, alta, de entre veinte y treinta años, con el rostro hermoso cincelado por
una calma atroz.

—¿Cómo lo permitiste?

Bellatrix cayó de rodillas. Tom bufó. No recordaba por qué le gustaba ver a tantas
personas de rodillas, para ser sinceros; al único que quería de rodillas era a Harry.
A su Harry. Y no exactamente para adorarle, aunque sí para servirle…
de esa manera.

—Milord —la voz de Bellatrix fue débil—. No estaba enterada. Mi esposo y yo no


estábamos enterados de nada. No se nos fue comunicado nada, y no fue hasta que
Narcissa vino a nosotros esta mañana que no supimos lo sucedido… No pudimos
hacer nada.

Tom Riddle acarició la varita de madera clara que le pertenecía a Cylean Rousseau.
La movió y Bellatrix levantó el rostro para fijarse en sus ojos, rojos como la sangre.

—No te mataré, Bellatrix, porque no soy yo quien debe hacerlo. Pero te informaré
que tu vida está llegando a su fin. No me falles, o dejaré de apartarte para quien
debe hacerlo y te mataré yo mismo.

Bellatrix asintió con la cabeza de forma sumisa. Luego Tom movió su varita y la
puerta se abrió.

—Vete —ordenó, y la mujer se levantó y salió tan rápido como pudo sin perder la
dignidad.

Tom suspiró y tomó asiento en el banquillo del piano. Volvió a acariciar las teclas,
esta vez sin tocarlas, e intentó recordar lo poco que había aprendido de este arte.
Había sido cosa del padrino de Harry y del hombre lobo, Remus. Ambos le habían
visto interesado en el monumental instrumento en aquella habitación oscura y le
habían enseñado poco y nada.

Tocó varias teclas, desafinadas, y volvió a hacer una escala. Aun así enterró con
brutalidad los dedos en las teclas al sentirse frustrado, hastiado. Había pasado
mucho tiempo sin Harry, toda una semana de hacerle la ley del hielo y luego ahora
sin poder verlo, y le estaba pasando factura.

Cerró los ojos, concentrándose.

"¿Harry?"

El chico respondió al instante.

"¡Tom!"

La sonrisa que creció en los labios del hombre fue involuntariamente cálida.

"Mocoso. ¿Te llegó mi carta?"

"¿Qué carta?"

"Maldito Malfoy del demonio…"

"Era broma, Tom. Sí, me llegó. Malfoy se comportó muy bien, aunque estaba
preocupado por su padre"

Tom suspiró.

"Hace bien en preocuparse"


"Tom, me prometiste…"

"No rompí mi promesa. Dije que no le mataría, y no está muerto"

"Dijiste que no harías ninguna locura"


"Técnicamente, no dije. Pensé. Y las promesas pensadas…"

"Tom, no me jodas".

"No estaba pensando en hacer eso ahora, pero sería bastante productivo. Deja que
le pongo un hechizo a la puerta para que ningún bastardo la abra".

"¡TOM RIDDLE!"

"¿Qué? Oh, diablos. Está bien. No atentaré contra su vida más de lo que ya hice".

"Bien. ¿Dónde está Malfoy padre ahora, después de todo?"


"En San Mungo".

"Me jodes".

"No, no lo hago, pero dije, ya que tú quieres…"

"Tom…"

"Vale, puede que no esté exactamente en San Mungo. Está en con un sanador
clandestino en el callejón Knockturn".

"Ay, Tom. Vas a matarme un día de estos".

"Créeme, ya no tengo esos planes en mente. Mi único plan es amarte".

"¿Quién coño eres y qué has hecho con Tom Riddle? ¡Responde, FARSANTE!"

"Jaaa, jaaa, jaaa. Me estoy descojonando de risa".

"Debía intentarlo. ¿Qué mosco te picó?"

"Que llevo mucho tiempo sin besarte. Sin tocarte. Sin tenerte durmiendo conmigo".

"Creí que era el único que lo echaba de menos".

"Pues no" Tom rió suavemente, abriendo los ojos. La habitación cargada de


instrumentos y libros le daba un aire extraño a la conversación, un aire cargado de
ansiedad, de deseo, de añoranza. "Harry…"

"¿Sí, Tom?"

"Tardaremos en estar juntos. Habla con Sirius. Pídele que se ofrezca a ser profesor
de Defensa en mi ausencia. No quiero que estos mocosos bajen su rendimiento".

Tom oyó claramente la risa de Harry.

"Has cambiado, Tom Riddle. Y me gusta".

"Creí que te gustaba como era antes".

"Claro, me encantaba estar enamorado de un megalómano controlador sociópata


corrompedor de menores".
"¿Corrompedor de menores?"

"De todo lo que dije, ¿eso es lo único que te molestó?"

"Bueno, tengo mis prioridades".

"Tus prioridades están peor organizadas que las de Hermione".

"Creo que no quiero saber la historia de eso".

Ambos rieron suavemente. Tom pudo sentir la diversión de Harry, y vio, de reojo,
como alguien se acercaba a la puerta.

"Tengo que dejarte" le dijo. "Hay alguien cerca".

"Vale. Te amo, Tom".

"Yo igual, mocoso del diablo".

35. Érebo al rescate.

—Muy bien, todos pueden ir a almorzar. Pero recuerden que la próxima clase habrá
un examen teórico; tranquilos, tendrá los conocimientos básicos, sólo será un
pequeño aviso para que estudien un poco antes de los exámenes finales y para que
me pongan al corriente de lo que habéis aprendido este año. ¡Podéis iros! —la
sonrisa feliz de Sirius Black se hizo presente mientras se recargaba contra el
escritorio, en una muy buena imitación de la forma de moverse y comportarse del
antiguo profesor de Defensa, Cylean Rousseau.

—Si me comporto así, probablemente todos dejarán de temerme —le informó Sirius
a Harry cuando arribó al castillo una semana después del secuestro de Cylean—. He
visto como me miran algunos Hufflepuff. Y tu amigo, Seamus Finnigan, parece
creer que porque estuve en Azkabán no temo a utilizar las Imperdonables en él.

Harry puso los ojos en blanco. Sí, había sido un pequeño shock para todos los
alumnos llegar aquella noche y ver, en el lugar de Cylean Rousseau en la mesa de
los profesores, a su suplente, el profesor Sirius Black.

Sirius estaba pulcramente afeitado, llevaba túnicas negras elegantes, un anillo


extravagante con un lobo aullándole a la luna en su dedo anular, y un elegante
peinado. Al principio, cuando Dumbledore presentó al suplente del profesor, todos
guardaron silencio. No fue hasta que Harry comenzó a aplaudir que todos
aplaudieron con él. Sirius, feliz de volver a Hogwarts aunque fuera en calidad de
profesor, se levantó y dirigió unas cuantas palabras a los alumnos.

—Como todos aquí sabréis —comenzó—, el puesto de profesor está maldito. Y si no


lo sabéis, ¿qué demonios habéis hecho con vuestra vida en este colegio, si no es
averiguar todo lo posible sobre él? —la sonrisa extraña, casi animal en el rostro del
nuevo profesor, dejaba extrañas impresiones sobre él en los alumnos—. Quiero
agradecer al director Dumbledore por permitirme enseñar hasta que el profesor
Rousseau se reincorpore. Como espero que esta vez sí sepáis, él fue secuestrado
por Mortífagos, lo cual era presumible que iba a suceder tarde o temprano… pero
no vamos a discutir las manías del viejo Voldy de siempre, a final de año, hacer
algo para que sepan que aún está ahí. Vamos a discutir sobre esta deliciosa cena
entre nosotros, y nuestros amigos. Eso es todo. Podéis comer en paz.
Harry siguió comiendo recibiendo miradas extrañadas de los miembros del ED.
Todos habían oído hablar del padrino de Harry Potter, Sirius Black, pero no habían
creído que fuera así de…

—Está chalado —dijo Colin Creevey, con los ojos casi fuera de sus órbitas.

—Está como una cabra —le siguió Parvati Patil, con el tenedor a medio camino de la
boca—. Harry, ¿es así siempre o…?

—¿O Azkabán le afectó al cerebro? —Neville se inclinó hacia Lavender—. Déjame


decirte algo: Harry está igual de mal de la cabeza que el señor Black. Y dudo
mucho que haya pisado alguna vez Azkabán.

Harry le dio una colleja.

—Compórtate —musitó, serio. Neville le sacó la lengua y siguió comiendo.

Esa noche Harry fue a las habitaciones privadas de Cylean y tocó. Su padrino le
abrió con una expresión divertida.

—Así que este es su nidito de amor —comentó, burlón—. Parece muy Ravenclaw
para mi gusto.

—Cualquier habitación que tenga más de tres libros será muy Ravenclaw para ti —
bufó Harry—. Quería saber cómo estabas.

—He vuelto a Hogwarts —Sirius sonrió—. Aunque me faltan Cornamenta y Lunático,


estaré bien. Podré sobrellevarlo.

—¿Y ese anillo? —Harry levantó la mano de Sirius para verlo. Era grande, pesado,
plateado y negro, con aquel lobo aullándole a la media luna en el cielo negro.

Sirius se encogió de hombros.

—Estaba revisando unas cajas con libros de escuela cuando lo encontré. Tengo la
vaga impresión de que Remus me lo obsequió, pero no soy capaz de recordarlo —
se pasó la lengua por los labios—. Ven, pasa, vas a ayudarme a dar mi primera
clase. Comienzo mañana.

—¡Mañana es miércoles! ¡Mañana comenzarás conmigo!

—Y comenzaré con un examen.

Los ojos de Harry saltaron.

—Bromeas —guardó silencio—. Bromeas —repitió—. ¿Verdad?

Sirius rió.

—Puede que sí.

Harry suspiró aliviado.

—En realidad, lo tomaré dentro de una semana.


Harry le fulminó con la mirada.

Y así, volvían a la clase.

Harry se demoró guardando sus cosas para quedar a solas con Sirius. Su padrino se
acercó y le revolvió los cabellos.

—Quiero recordarte que soy tu padrino, Kotka, y no tu novio. Así que puedes irte
yendo.

El chico puso los ojos en blanco.

—Como si pudiera confundiros. Tom es atractivo.

Sirius se sonrojó.

—¡Mocoso! —le empujó fuera de su silla—. ¡¿Acaso estás insinuando que no soy
atractivo?!

—Y, pues… —Harry rió—, años en Azkabán te han echado a perder.

Sirius comenzó a reír a carcajadas.

—¿Quién dice que estuve en Azkabán? Si no fueras Gryffindor, te restaría puntos.

Harry le sacó la lengua.

—No serías capaz de sacarme puntos aún si Snape te pusiera una varita al cuello —
le burló, mientras se levantaba del suelo donde había aterrizado por el empujón de
su padrino—. Ahora, ¿me dirás de qué temas tratará el examen?

—Sólo si prometes no decírselo a tus compañeros.

Harry se llevó la mano derecha al corazón y alzó la izquierda.

—Juro solemnemente que mis intenciones SÍ son buenas.

Sirius sonrió.

—Bien intentado, pero no te lo diré. Quieres mucho a tus compañeros, y te estás


llevando bien con los Slytherin. Quiero quitarle puntos a algunas serpientes en el
examen.

Harry hizo morros, pero guardó sus cosas y se dispuso a marchar.

—En realidad —Harry le sonrió—. Quería decirte que fue muy buena tu clase. No te
veía como profesor.

—¡Gracias, Kotka! —Sirius le envolvió en un apretado abrazo—. Anda, recojo mis


cosas y nos vemos en el comedor. Veré si puedo disuadir al vejete de sentarme en
la mesa de Gryffindor. No hay comida como en esa mesa.

—Suerte —Harry salió del aula con una sonrisa que fue ensombreciendo a medida
que caminaba. Debía seguir actuando mal. Debía seguir actuando ausente,
distraído, triste, pero a la vez confiado, inyectado de energías, de esperanzas, de
necesidad de hacer algo por Cylean.

Para almorzar había carne de ternera asada en enormes cantidades, con ensalada
de patatas y arvejas. Harry tomó una porción y se sirvió, oyendo las
conversaciones de sus amigos y compañeros.

—… y entonces Theo me dijo que me fuera al diablo, y yo le dije que por qué no se
iba conmigo —relataba Neville a Hermione, que reía ligeramente, como si no
hubiera atravesado por una depresión básicamente paralizante semanas atrás.

—Pues yo creo que vosotros hacéis una bonita pareja —dijo Lavender, junto a
Neville, que comía tranquilamente—. Oh, disculpa que me entrometa.

Neville le dirigió una sonrisa feliz a la muchacha embarazada.

—No te disculpes, es un halago —y siguió comiendo.

—… entonces, desarmé a Anthony Goldstein, ¡Anthony Goldstein! ¡El Ravenclaw de


sexto! —decía un joven y emocionado Dennis Creevey, haciendo referencia a
alguna reunión del ED.

—… y mamá dijo que se llama Érebo —decía una voz femenina, clara y fina—.
Mamá no está muy segura de que signifique eso. ¿El-que-no-debe-ser-nombrado
con un compañero? Es muy sospechoso.

Harry agudizó el oído y ubicó a la muchacha hablando. Era una chica de quinto,
Emily Sanders. Había asistido una vez al Escuadrón de Defensa, animada por Colin
Creevey, a quien estaba contándole eso y la escuchaba con atención, pero se había
retirado. No le gustaba la violencia.

—Pero, ¿estás segura de ello? —Colin se inclinó aún más hacia Emily—. ¿Por qué tu
madre debería saberlo? ¿Tu madre es una…? ¿Está de su lado?

Emily se mordió el labio.

—Tuvo que hacerlo. Desde la muerte de papá, todo se volvió difícil para ella. Debió
unírsele. Pero ella no quería.

—Debió ser una horrible decisión —Colin Creevey no parecía horrorizado. Hablaban
en voz muy baja, pero como Harry se estaba esforzando en oír podía descifrar las
palabras entre el cotilleo general—. ¿Tú eres partidaria de él?

—No, claro. No me gusta la violencia —compuso una mueca—. La considero inútil,


innecesaria. Papá murió por ella. No quiero que nadie más que quiero y conozco
muera.

Colin sonrió ligeramente.

—Sí, es una sensación horrible. Aunque yo no la he vivido, puedo imaginarla.

"Buen provecho".

Harry dejó caer su tenedor, pálido como un fantasma.


"Tom" bufó, recogiéndolo y pinchando un trozo ya cortado de carne. "Me
asustaste".

"No es de buena educación escuchar conversaciones ajenas" le reprendió el


hombre. "Podrías encontrarte con cosas que no quieres oír".

"No es de buena educación entrometerte en mis pensamientos" le reprendió Harry,


comiendo y ocultando su sonrisa burlona detrás de masticar. "¿Cómo te
encuentras?"

"Muy bien, gracias. ¿Qué tal ha dado la clase Sirius?"

"Muy bien. Nos tomará examen la clase siguiente".

"Así se hace".

"¡TOM!"

"¿Qué? Conmigo la teníais demasiado fácil, mocosos vagos".

Harry bebió un poco de zumo de calabaza para evitar reír.

"¿Qué plan se supone que tienes en mente?" preguntó el chico, cortando un trozo


de patata a la mitad con el tenedor y llevándoselo a la boca.

"¿Ahora mismo? Matar a Colagusano. ¿Es tan difícil conseguir un espejo como el
que tienes con Sirius?"

Harry no evitó reír. Hermione le miró preocupada.

—Harry, ¿estás bien?

—Sí, sólo… recordé algo que sucedió con Cylean —y compuso la mirada más triste
que pudo. Hermione pareció tragárselo.

—Oh —le dio una sonrisa infundiéndole ánimos—. Estará bien. Puedo jurarlo.

"¿Harry?"

"Me has hecho reír. Tuve que dar una explicación. Estoy comiendo, y de luto por tu
desaparición, ¿lo olvidas?"

"Me disculpo".

"De todas formas, creo que es mejor que no consigas el espejo. A mis compañeros
de habitación les resultará extraño que el Señor Oscuro le deje a su prisionero
comunicarse así tan campante con su novio".

"Sí, tienes razón. ¿Pero qué puedo hacer? Extraño verte".

"Tienes una copia de nuestra fotografía".

"Está empapada en sangre. Y no es lo mismo".


Harry se estremeció.

"Lo siento".

"Añoro ver ese nido de pájaros que tienes por cabello".

"¡Oye! Mi cabello es genial".

"Sí, claro. Esa ni tú te la crees".

"Me guardaré los comentarios".

Harry quedó en silencio, comió un poco más y dejó que su cabeza zumbara con los
recuerdos de la clase de Sirius, intentando que de algún modo así Tom les viera y
le dijera algo al respecto. Pero no hubo respuesta. Cuando acabó de comer se
levantó y caminó hasta la torre de Gryffindor, decidido a tener una buena charla
con su novio a costa de perderse una clase, pero Tom seguía sin responder.

"¿Tom? ¿Puedes responderme? ¿Tom?"

Harry comenzó a desesperarse.

Y Tom no respondió en lo siguiente del día.

Recién al anochecer, cuando Harry estaba prácticamente cayéndose de la escoba


en la práctica de Quidditch, oyó la voz de Tom en su mente.

"Harry".

Todo su cuerpo se relajó y suspiró aliviado.

"Tom, ¡diablos! Ahora estoy volando. ¿Qué sucedió? ¿Estás bien?"

"He tenido mejores días".

Sonaba desanimado. Agotado en extremo.

"Cuéntame".

"Más tarde. Ahora estás volando, y no quiero que te caigas de la escoba, ¿vale?"

"Vale".

Cuando acabó el entrenamiento Harry, como capitán, dio unos buenos consejos a
sus jugadores. Delmeza Robins había jugado de forma radiante, y Ginny había sido
aún más buena. Su equipo había triunfado, y en unas fechas jugarían la final contra
Slytherin. Y ganarían. Harry estaba seguro de ello.

Cuando llegó a la Torre de Gryffindor cogió ropas limpias y fue hasta el baño de
Prefectos. Lo cargó de espuma y se relajó contra el agua caliente, dispuesto a
ponerse al día con Tom.

"¿Qué tal tu día, Tom?"


"Agotador. ¿El tuyo?"

"Estamos igual. Estaba esperando que me respondieras. Lo que vino bien a mi


fachada de alma en pena".

"Eres taaan gracioso, mira cómo río", le dijo con claro sarcasmo. "Lo lamento. Se
me presentaron… dificultades".

"¿Dificultades?" Harry alzó una ceja. "¿Qué tipo de dificultades?"

"Uff. Simplemente, uff" la voz mental de Tom sonaba hastiada. Era una voz
diferente a su voz normal, una voz grave y rasposa, ácida, pero al mismo tiempo
atrapante. Era como la voz del mismísimo demonio. "Organicé una reunión de
mortífagos hoy. Todos ellos estaban entusiastas. Pensaban que íbamos a hacer un
ataque suicida a Hogwarts. Entonces, les dije que necesitaba la colaboración de
algunos de ellos, muy selectos, para que protegieran algo. Obviamente, a mí, en
versión Cylean. Escogí a los peores y tuve muchas réplicas. Les dije que si fallaban,
les mataría; fallarán, y me los podré quitar de encima".

"¿Ya estás planeando tu rescate?"

"Paciencia, mocoso. Tengo algo en mente. Ya verás cuando sea el tiempo".

Harry se relajó contra el agua caliente. Comenzó a enjabonarse el cuerpo y oyó la


suave risa de Tom.

"No puedo creer lo descarado que eres. ¡Te estás bañando!"

"También he tenido un día largo".

"¿Has batallado con Mortífagos enfadados porque no les escogiste a ellos para
darles muerte?"

"No, pero…"

"No justifica. Ahora mismo me recompensarás por estar hastiado de todos y de


todo".

Harry puso los ojos en blanco.

"Bien. ¿Qué hago?¿Te ruego perdón?".

"Tengo una idea mejor" Harry pudo sentir algo extraño cruzando la conexión, y de
pronto, fue capaz de ver a través de los ojos de Tom. Se encontraba en una mullida
cama de sábanas blancas y paredes de empapelado verde oscuro. Pero lo que más
llamaba la atención era que se estaba quitando las túnicas, como si fuera a meterse
en las sábanas, cosa que hizo a medias, dejando parte de su entrepierna
descubierta. "Ahora, Harry Potter, te tocarás para mí. ¿Tienes tu varita a mano?
Será mejor que pongas muchos hechizos silenciadores".

Harry rió y lanzó varios hechizos de privacidad hacia la puerta y las ventanas. Si
Tom quería que lo complaciera de esa manera… lo iba a hacer.
.

Estaban a finales de Abril cuando sucedió.

Harry se había ido a dormir pacíficamente. Ya casi se cumplía el mes del secuestro
de Cylean Rousseau, y nada habían podido hacer para traerle de vuelta.
Dumbledore había citado a Harry para pedirle que bajara sus barreras oclumantes
para dejar entrar a Voldemort en su mente, barreras que Harry sólo tenía arriba
para evitar los entrometimientos del viejo director. Y de Snape. Sobre todo de
Snape.

El arisco profesor de pociones le había estado torturando. Harry se excusaba para


no hacer los deberes ya que sin la ayuda de Tom eran horribles, pero Snape le
quitaba punto por punto a Gryffindor, punto por punto que Sirius, por su parte,
devolvía. Con sólo irse a quejar con él que el enorme murciélago le había quitado
puntos injustamente Sirius le daba el doble. Pero no pensaba abusar.

Esa noche había sido diferente.

Estaba soñando. Soñaba que volaba en la noche, y que había visto una snitch, y
aceleraba el vuelo, en busca de ella, y entonces la snitch desaparecía, todo
desaparecía, y se encontraba entrando a una habitación, bajando unas empinadas
escaleras y encontrándose con un cuerpo encogido en sí mismo.

Harry le reconoció. Era Cylean Rousseau, pero su cabello estaba sucio y


desgreñado, y sus ojos estaban inyectados en sangre. Estaba delgado y consumido,
y vestía una túnica sucia y raída.

—¡Crucio! —dijo la voz clara de Voldemort. Y Harry le observó, a través de los ojos


del Señor Oscuro, torturar a aquel hombre. Pero no podía ser. ¿Qué se supone que
era? ¿Una prueba? ¿Un reto? ¿Un castigo? Los gritos de Cylean Rousseau se oían
por las paredes, trepaban y resonaban. Eran gritos de verdadero horror, hasta que
todo quedó en silencio, con un hombre consumido, jadeando en busca de aire,
patético, llorando con todas sus fuerzas.

El brujo oscuro repitió la maldición imperdonable una y otra vez, y Harry fue
arrancado de aquel sueño cuando algo helado le cayó en el rostro.

—¡Harry! ¡Despierta! —Ron le sacudía con fuerza. Harry jadeó, totalmente


despierto, con las imágenes zumbándole en el rostro, el pánico, el dolor… No era
Tom, Tom era quien le estaba torturando, no era Tom, Tom era quien le estaba
torturando…

Repitió aquello como un mantra, pero le fue imposible calmarse.

—¡Harry! ¡Por Merlín! ¿Qué sucedió?

Harry sentía que las lágrimas le caían por el rostro cuando comprendió lo que había
sucedido. El plan estaba en marcha. Lo había olvidado.

—Voldemort —musitó—. Estaba torturando a Cylean. Están en una mansión, una


casa muy grande, donde está en tapiz de los Black en la pared… Pero no es
Grimmauld Place…
—Ven, Harry —Neville le ayudó a levantarse además de alcanzarle los lentes—.
Tranquilo. Vamos a hablar con Sirius. Y con Dumbledore. Vamos.

—No, no… —Harry negó, enterrándose las manos en los cabellos. La desesperación
que le consumía era fuerte, total, el corazón le latía con fuerza en el pecho,
temblaba con furia, con ira, con dolor—. No, él está, lo están…

—Tranquilo, Harry. ¡Vosotros! —Neville señaló a todos—. Id a buscar a McGonagall


y Dumbledore. YA.

Ron, Dean y Seamus se levantaron y así, en pijamas, echaron a correr rumbo a la


puerta. Harry observó el reloj. Eran las tres de la madrugada.

—Harry, ¿qué sucedió? —preguntó Neville. Pero antes de que Harry pudiera
responder, otra voz respondió por él, una voz que Neville reconoció y se echó hacia
atrás.

—Es simple, Longbottom. Es hora de que Cylean Rousseau vuelva a Hogwarts.


Hemos ideado un plan. ¿Nos apoyarás?

Neville contempló a Harry como si no creyera a la voz extraña y demasiado grave


que había salido de su garganta.

—Sí, por supuesto —dijo, y Harry sonrió temblorosamente. Neville le pasó los
brazos por el cuerpo y le abrazó con fuerza mientras los demás llegaban.

La fiesta estaba por comenzar.

El plan estaba compuesto por varias fases. La primera fue la Visión. La segunda
sería la Reacción. La tercera sería la Acción. La cuarta sería La Entrega. La quinta…
bueno, no había planeado seguir con vida en la quinta, por lo que tocaba
improvisar.

Por suerte iban por la segunda fase.

Dumbledore, McGonagall y Sirius le hicieron calmarse. Le dieron una poción para


relajarse, y Harry relató con voz temblorosa.

—Estaba en una mansión… lo estaban torturando… Voldemort le estaba


torturando…

Dumbledore asintió gravemente. Miró a Sirius, y Sirius miró a Harry en todo


momento. Harry sabía que su padrino quería mandar todo al diablo y preguntarle si
estaba fingiendo, y regañarlo por preocuparle, pero no lo haría porque tenía una
fachada que mantener. Estaban seguros de ello.

—¿Has visto alguna seña particular del lugar? —preguntó Dumbledore con voz
calmada—. ¿Un lugar, un nombre…?

—Había un tapiz de los Black —dijo rápidamente Harry—. En una pared que iba
hasta el sótano. Parecía un salón.
Sirius fue aprisionado por dos miradas terroríficamente idénticas.

—Los Black tienen una mansión en York. Pero está inhabitable.

Dumbledore volvió a virar hacia Harry.

—¿Estás seguro de que se veía un tapiz de los Black?

—Lo estoy, señor. Reconocí el escudo de armas.

Dumbledore asintió con seriedad y contempló a Harry a los ojos. Harry puso aquella
imagen fuera de su escudo Oclumante, mostrándole al director lo que quería ver.
Luego de la intromisión en su mente Dumbledore se retiró y asintió a McGonagall.

—Debemos ir allá.

—¡Yo quiero ir! —saltó Harry. McGonagall le contempló con una extraña mirada de
lástima en su normalmente duro semblante.

—No creo que sea conveniente, Potter —dijo ella, con voz clara. Dumbledore le dio
la razón.

—No, Harry. Te quedarás en Hogwarts, con Sirius.

—¿Por qué yo tampoco puedo ir? —preguntó él, frunciendo el ceño. Dumbledore le
contempló como si fuera la amabilidad personificada.

—Porque debes cuidar de Harry.

Sirius se mordió el labio, pero al ver que Harry no insistía, no dijo nada.

Algo debería tener planeado.

Y, efectivamente, todo estaba saliendo como debía salir.

Tercera fase: Acción.

Vaisey llegó junto con Draco Malfoy a las habitaciones de Cylean Rousseau, ahora
de Sirius Black, ambos bajo la capa de invisibilidad de Harry.

—Definitivamente quiero una de estas —dijo el mayor—. Es muy útil.

—Si me dejaras de pisar, pedazo de… —comenzó Malfoy, gruñón por haber sido
despertado a estas horas de la madrugada.

—Calmaos —regañó Harry. Ambos guardaron silencio—. Estáis aquí como miembros
oficiales del Aquelarre. Me alegra que ambos durmierais con los brazaletes que os
di —Harry señaló su propio brazalete, una fina correa de cuero con una gema verde
colgando—. Es efectivo, ¿no creéis?
—Potter, la puta gema me quemó el brazo —y para demostrarlo, Draco se levantó
la manga un poco para dejar ver la mancha de quemadura que se encontraba justo
donde caía la gema.

Harry rió.

—Ups. Bien, vale, lo lamento. Vaisey, ¿tienes quejas?

—Ninguna, Harry Potter.

—Bien. Estáis aquí como miembros del Aquelarre. Esta noche haremos nuestra
primera presentación a la sociedad.

A Draco los ojos casi se le salieron de las órbitas.

—¿Qué…? ¿Aquí? ¿En Hogwarts?

—No, idiota —Vaisey puso los ojos en blanco—. He de suponer que vamos a salir
del castillo para ir en busca de Cylean Rousseau. O enfrentarnos a los que vayan a
buscarlo a él, para luego entregárselos.

Harry le miró con los ojos como platos.

—Vaisey, ¿consideraste la carrera de Adivino?

—No, es solo inteligencia —y le guiñó el ojo. Harry puso los ojos en blanco.

—Muy bien —continuó—. Creedme, este plan lo he repasado varias veces, y no


puede fallar. Esto haremos —se inclinó sobre ellos para susurrar con velocidad los
pasos a seguir durante varios minutos—. ¿Dudas? —preguntó, luego de acabar de
hablar.

Ambos negaron. Harry sonrió.

—Muy bien. Dejadme presentaros a dos miembros más del Aquelarre —llamó a la
puerta de la habitación y Sirius salió, seguido por Neville—. Ellos vendrán con
nosotros. Ya saben el plan y los pasos a seguir.

Sirius estaba inusitadamente serio. Tenía los cabellos húmedos y una túnica de un
gris oscuro, además de llevar en sus manos unos juegos de túnicas idénticos pero
de menor tamaño. Neville vestía igual, y cargaba una caja de terciopelo en sus
manos.

—Estas máscaras —dijo Neville, dejando la caja sobre una mesa ratona en el centro
del recibidor—, son de Mortífagos, ¿no, Harry?

Harry asintió.

—Sí, lo son, pero les haré un par de modificaciones. Pasadme una —Neville le
alcanzó una con la punta de los dedos, claramente molesto de tener que coger una
con las manos desnudas, como si tuvieran veneno. Harry la cogió y la señaló con su
varita, pronunció unas palabras y transfiguró la máscara de Mortífagos en una
máscara totalmente negra, con la estructura ósea facial marcada, sonrisa y ojos
blancos. Se la alcanzó a Neville para hacer lo mismo con las otras máscaras—.
Estas máscaras —dijo Harry, con voz clara una vez que hubo terminado la
transfiguración de todas ellas— sólo podréis quitárosla vosotros y yo. Nadie más.
No hay forma de que alguien que no sean vosotros o yo pueda quitárosla.

Los cuatro asintieron con severidad. Sirius les alcanzó las túnicas.

—Cambiaos, ahí tenéis la habitación —señaló. Ambos asintieron. Cogieron una


túnica y se digirieron a la habitación, oyendo un sonoro "¡No toquéis nada!" de
parte de Harry.

Vaisey se volteó y sonrió.

—Me aseguraré de tocar todo lo que esté a mi alcance. Y con eso, me refiero a
Draco Malfoy también.

Draco le cerró la puerta en la cara. Vaisey intentó abrirla, pero le había echado el
seguro. Bufó y procedió a cambiarse en medio del recibidor.

Sirius y Harry se vieron obligados a apartar la vista, Harry en honor a su relación,


Sirius repitiéndose que era un chiquillo de diecisiete años.

Una vez con las túnicas puestas rodearon a Harry, como si esperaran que él les
dijera qué hacer. Harry les dijo que le esperaran allí unos instantes y se encerró en
la habitación. Cogió túnicas de Cylean, negras y ajustadas, para concentrarse en su
imagen frente a espejo. El cabello se aliso y alargó hasta los hombros, y se
concentró aún más para crecer los centímetros que le harían alto y definitivamente
diferente. Entonces, decidió ir más lejos aún, ya que según sabía su máscara podía
ser arrebatada en cualquier momento: modificó su rostro. Empalideció su piel, afinó
sus cejas y las arqueó, ocultó su cicatriz, aclaró sus ojos de verde oscuro a verde
azulado, se aplicó un hechizo de aumento en los ojos para deshacerse de los
molestos lentes. Le dio un toque de relleno a sus labios y contempló la obra: no
lucía como él. Sí, había un aire en la forma del rostro, la barbilla y la forma de los
ojos, además de la nariz, pero nadie que le quitara la máscara vería a Harry Potter
en aquellos rasgos aristocráticos.

Se calzó la máscara y la capucha. Dejó caer el cabello a ambos lados del rostro.
Ladeó la cabeza un poco y sonrió, preparado para salir.

Tan pronto Sirius le vio se le cayó la mandíbula.

—¿Harry? —dudó, aun boquiabierto. Harry se quitó la máscara y puso los ojos en
blanco. La mandíbula de Vaisey pareció caer ahora. Malfoy tuvo más dignidad.

—Vaya, ¡Potter! ¡Qué escondidito lo traías! —burló Draco, con una sonrisa burlona
que no le quitaba el brillo maravillado de los ojos. Harry caminó con seguridad
hasta donde Draco estaba. Con su nueva estatura, le sacaba una cabeza.

Le dio con el dedo en el pecho, e inmediatamente Draco retrocedió, con las mejillas
encendidas.

—Mucho mejor, Malfoy —siseó Harry, con voz grave. Neville rió.

—Debo admitir que luces bien, Harry. Muy maduro, un digno compañero de
Voldemort.
La sonrisa de Harry era radiante, no coincidía con su rostro. Era como la sonrisa
inocente de un niño en el cuerpo de una criatura pecadora.

—Me alegra que puedas pronunciar su nombre, Neville.

—Desde que sé que comparte cama contigo no le temo tanto.

Harry se carcajeó.

—¿Qué hora es? —preguntó Sirius—. Los planes de Dumbledore era arribar allí
antes del amanecer.

—Son cerca de las cuatro. Podemos llegar y preparar todo. Ellos llegarán sobre las
cinco, o seis, he de suponer —Harry puso los ojos en blanco ante aquello; si Cylean
hubiera estado verdaderamente en peligro, ya estaría muerto—. Es decir que
vayamos partiendo. Neville, ¿trajiste el Mapa?

Neville desplegó el Mapa del Merodeador y buscó con la mirada.

—Dumbledore no está en ningún sitio.

—Estará en Grimmauld Place organizando la partida. Ya se habrá comunicado con


todos los miembros de la Orden posibles. Tenemos tiempo. No volverá hasta tener
a Cylean Rousseau.

—Bien. Dejadme poner algunas medidas de seguridad y vamos.

Sirius tocó la puerta con la varita y pronunció una contraseña nueva. Harry no
alcanzó a oírla, pero sabía que era una medida de seguridad contra los que
quisieran adentrarse allí. También echó varios conjuros para evitar que la puerta
fuera abierta y luego extrajo un extraño collar desde su bolsillo.

—Calzaros las máscaras, subiros las capuchas y sujetad el collar —ordenó Harry,
mientras él mismo se calzaba su máscara. Un segundo antes de sujetarlo hizo una
mueca y pronunció—: ¡Esperad! —antes de echar a correr rumbo a la habitación,
abrir con pársel el baúl secreto de su profesor y extraer una varita de tejo con
forma de hueso que Tom no había tenido encima en el momento de su secuestro.
La guardó en su bolsillo y volvió—. Lo lamento. Ahora sí.

A pesar de que no pudo verlo, casi se imaginó los ojos en blanco de Draco, Vaisey,
Neville y Sirius.

Sirius pronunció, con voz clara y fuerte: "Luces del norte" y sintieron sujeción,
vértigo, para desaparecerse llevados por el traslador.

Llegaron y en aquel momento oyeron las voces de la batalla, sintieron la vibrante


magia atravesando las habitaciones más lejanas. Harry suspiró y dio unas órdenes
rápidas.

—Manteneos seguros. Tened cuidado. Que no os hieran. Debéis proteger la puerta


de la habitación del fondo.

—Eh, no conozco el lugar —reconoció Neville.

—Yo tampoco —enunció Vaisey.


—Yo sí —Draco se encogió de hombros—. Tía Bellatrix me trajo. Ella hizo que el
viejo elfo doméstico que tenía cuando niña, Kreacher, le pusiera en orden.

—Bien. ¡Sirius, no es momento para despotricar contra el viejo elfo! —regañó—.


Vosotros tendréis nombres. Sirius, serás Canis. Sí, te llamaré así porque quiero y
porque puedo. Vaisey, serás Vasili. Draco, Spunk. No, no te diré por qué, no
preguntes porque te mataré si lo haces. Sí, puedo matarte, cierra la boca; ¿qué
cómo sé que la tienes abierta? Soy más inteligente, más guapo y efectivamente
más poderoso que tú, puedo saber cosas tan básicas como esas… Pues te callas
igual. Neville, serás Lion. Ninguna discusión, ahora, ¡marchaos!

Caminaron dignamente hacia los sonidos de batalla. Todo cesó unos instantes al
ver a las figuras que se encontraban. Eran cinco, con Érebo a la cabeza, que se
paraba con un digno movimiento. Levantó la varita en forma de hueso, la cual se
sentía extrañamente cómoda en sus dedos, tal vez por el núcleo gemelo, y maldijo
un par de veces con maldiciones no verbales a los primeros miembros de la Orden
que vio. Disfrutó especialmente de maldecir a Mundungus Fletcher, que se veía
demasiado descolocado en aquel lugar, como si estuviera allí solo por compromiso
u obligación.

Tocó su cuello con la varita y las palabras vibraron.

—Deteneos. Ahora.

Los Mortífagos detuvieron su lucha en un susurro descontento. Los miembros de la


Orden parecieron quedar estáticos, como detenidos por una fuerza invisible.

—¿Qué ha sucedido aquí? —las palabras fueron susurradas a aquellas mentes de


todos los presentes. Érebo observó con la inexpresiva máscara como, detrás de él,
aquellos que habían venido con él, los miembros del Aquelarre, parecían
repentinamente intimidados.

—Joven señor, ellos han atacado —dijo servilmente Rabastan Lestrange. Érebo
chasqueó la lengua.

—Una acción muy injustificada de parte de la Orden del Pavo Quemado. Oh, lo
siento, la Orden del Fénix —soltó una risa extraña y grave, resonante, y
Mundungus Fletcher retrocedió hasta que su espalda dio contra una pared—. ¿Por
qué estáis aquí?

—Hemos venido en busca de uno de los nuestros —dijo valientemente Andrómeda


Tonks. Érebo la contempló apáticamente. La mujer tenía los ojos enrojecidos y las
lágrimas resecas le brillaban en los ojos. Harry contempló un cadáver en el suelo,
con los ojos bien abiertos, y reconoció a Ted Tonks en el lugar.

—¿Y por qué creéis que es aquí donde está? —preguntó Érebo con apatía—. Podría
estar en cualquier sitio.

—Sabemos dónde está —una mujer de cabellos negros y ojos oscuros avanzó un
paso para poner la mano sobre el hombro de Andrómeda—. Vosotros le tenéis.

Érebo soltó un suspiro.


—Sí, es verdad. Tenemos a alguien de vuestro lado que, sinceramente, ha dejado
de ser útil en el momento que supimos que lo único que enlaza a este hombre con
Harry Potter es una poción de amor.

La mujer soltó un jadeo cortó.

—Eso… eso es… —dijo en voz débil Andrómeda—. Pero él…

—Guardaos vuestras dudas —Érebo avanzó un paso y la Orden del Fenix se puso


en guardia—. No os atacaré. No estoy de vuestro lado, pero tampoco estoy en
contra de vosotros.

—¡Eres un asqueroso Mortífago! —bramó un miembro de la Orden, alguien que


Harry sólo conocía de oírlo nombrar: Sturgis Podmore.

La risa de Érebo puso el vello de gallina.

—No, te equivocas, Sturgis. No soy un Mortífago. Soy Érebo. Y estoy de mi propio


lado en esta guerra.

—¿Pero qué estáis haciendo? —gritó con ferocidad otro miembro de la Orden. Harry
notó que habían reclutado a muchos cuyos rostros y nombres no conocía durante
estos últimos tiempos—. ¿¡Por qué no atacáis!?

Claramente acababa de despertar de alguna maldición, Érebo desconocía si había


sido lanzada por él o por algún Mortífago. Por la fea hemorragia que tenía en la
cabeza, creía que por un Mortífago.

—Porque yo lo digo —anunció Érebo.

El hombre se levantó y dirigió una maldición hacia Érebo. Antes de que él moviera
la varita de Voldemort, Canis se puso delante de él y repelió la maldición sin hablar.
Se apartó con una inclinación respetuosa de cabeza.

—Nosotros no somos Mortífagos. Nosotros somos el Aquelarre. No tenemos malas


ni buenas intenciones, y si no nos atacáis primero, no os atacaremos. No tenemos
motivos para ser hostiles. Y vosotros, vasallos del Señor Oscuro, no debéis poneros
al nivel de alguien que es capaz de atacar en vez de pedir por las buenas que le
den la debida libertad a una persona.

Los Mortífagos rieron. Algunos llevaban capuchas y máscaras, otros tenían los
rostros descubiertos, entre ellos algunos de bajo rango que Harry sólo conocía de
vista.

—¿Queréis de vuelta a Cylean Rousseau? Bien. Spunk, Canis, ir en su busca. Se


encuentra bajando las escaleras. La contraseña de la puerta es Zesha.

Los Mortífagos miraron confundidos como ambos hombres avanzaban con las
espaldas erguidas y los rostros cubiertos en alto hasta las escaleras. Érebo se
permitió mirar a ambos bandos, todos habiendo quedado helados ante la voz. Era
un efecto que había leído en el libro sobre cómo conjurar aquel encantamiento de
voz mental: una vez que le oían, un efecto secundario era que parte de los
pensamientos que se tenían mientras se utilizaba el encantamiento eran
traspasados a las personas. Si pensabas en que deberían hacerte caso, ellos lo
hacían. Era casi como un hechizo de Impulsión. Trabajaba con la mente. Y era
absurdamente desconocido y fácil.

—No… no… soltadme… no —Érebo ladeó la cabeza e intentó no aterrorizarse.


Igualmente su corazón se encogió. Cylean tenía el cabello despeinado y sucio, las
túnicas manchadas de sangre y el rostro consumido. Sus brazos eran palillos, y sus
piernas finas masas huesudas, con las ropas quedándole varios tamaños más
grande.

—¡Al Señor Oscuro no le gustará que tomes esta decisión por él! —gritó una voz
que Érebo reconoció.

—Odile, cállate —ladró, con una risa hueca—. Él está de acuerdo conmigo en que
este hombre no sirve de nada. ¿Para qué nos serviría, si lo único que tiene es
falsedad? Ni siquiera ama de verdad. Ni siquiera es amado de verdad. ¿Podríamos
romper algo que nunca estuvo entero?

Canis y Spunk soltaron a Cylean Rousseau, que cayó de morros al suelo, sin
fuerzas para levantarse por él mismo.

—Levantadlo —dijo la voz clara y audible de Albus Dumbledore. Érebo observó a


través de su máscara al anciano, e ignoró claramente cómo era levantado de los
suelos Cylean Rousseau por Remus Lupin y Emmeline Vance.

—Tranquilo —oyó la voz de Emmeline, diciendo en voz baja—. Tranquilo.

—Harry —susurró Cylean, tan bajo que Harry apenas lo oyó—. ¿Cómo está Harry?

—Bien —respondió Remus, pasando el brazo de Cylean—. Quédate tranquilo. Lo


buscaremos cuando estemos en casa.

Érebo no evitó reír.

—¿No es patético? Como finge su preocupación… Ha mentido tanto que ya cree su


propia mentira.

Los Mortífagos rieron. Rieron fuerte, como si comprendieran, como si lo tuvieran


todo perfectamente entendido. Aunque claramente no alcanzaban a comprender
mucho. ¿De qué deberían reír? ¿De qué?

—Dejad que nuestros invitados se vayan —ordenó Érebo, con aquella voz fría—. No
tenemos por qué arriesgar nuestro tiempo en una batalla ganada. Vosotros, iros.
Ahora. Antes de que me arrepienta.

La Orden del Fénix tomó la retirada. Fueron desapareciéndose de uno en uno, y el


último en marchar fue Albus Dumbledore, que le sonrió a Érebo como si estuviera
encantado de conocerlo.

La Entrega resultó ser fácil, y más rápida de lo que pensaron. Y pronto estaban en
la quinta fase, y les tocaba retirarse.

—Retiraros —ordenó Érebo fríamente—. Todos vosotros.


Los Mortífagos se fueron desapareciendo de uno en uno. Entre ellos quedó una muy
enfurecida Odile Moody, la sobrina del famoso Auror, que con su ralo cabello color
paja parecía lamentar no haberle lanzado una imperdonable a su tío. Ella se
encaminó hacia Érebo con una fiereza atronadora.

—¿Por qué les dejaste ir? —chilló—. ¡Eran nuestros! ¡Podríamos haberlos hecho
pedazos!

—Estaba Dumbledore entre ellos —habló Sirius, adelantándose—. Ese hombre no se


hubiera entregado sin luchar. Y es mucho mejor, porque este Cylean Rousseau no
valía la pena.

Odile chasqueó la lengua.

—¡Sois unos estúpidos! —gritó—. ¡Es imposible que se nos presentara una opción
mejor! ¡Cuando el Señor Oscuro se entere…!

—Calla, niña estúpida —siseó Érebo, hablando con su voz real—. ¿Crees que no lo
he meditado con tu Señor? ¿Qué no lo hemos hablado? Todo está perfectamente
ideado. Forma parte de un plan incluso que le vengan a buscar aquí. ¿Crees, de
otra manera, que hubieran utilizado una ubicación en la que fuera fácil
desaparecerse por la ausencia de escudos mágicos?

Odile calló. Apretó los labios, y se marchó, desapareciéndose con un sonoro sonido.

Quedó otra rezagada. Tenía capucha y máscara. Se acercó y habló:

—Quisiera hablar a solas con usted, joven señor.

Érebo asintió.

—Canis, Spunk, Vasili, Lion, esperadme en la habitación en la cual hemos llegado.


Nos retiraremos tan pronto acabe esta conversación —les dijo con su voz natural.
Ellos asintieron y se marcharon por el alargado pasillo hasta cruzar la puerta.

Érebo se volvió hacia la Mortífaga, que ante su sorpresa se quitó la capucha y la


máscara, revelando un rostro conocido, unos cabellos rosados, unos ojos cargados
de lágrimas.

—Harry —susurró ella—. Harry, oh, Harry, sólo tú puedes ayudarme ahora…

Tonks se aferró a él como si fuera una salvavidas, la calma en medio de la


tempestad. Y lloró.

—¿Quién era? ¿Qué quería? —preguntó Sirius, quitándose la máscara, tan pronto
estuvieron de vuelta en Hogwarts. Harry se deshizo de su máscara y fue alterando
su aspecto hasta lucir como él mismo. Vaisey contempló el cambio con un brillo en
los ojos demasiado perturbador para Neville, que apartó la vista del Slytherin
mientras se deshacía de su máscara.

—Nada importante. Esperaba que le dijera por qué les había dejado ir, pero ella fue
mucho más tranquila que Odile.
—Odile es una oveja descarriada —bufó Sirius—. Alastor la crió como si fuera su
hija, y ella se hizo una Mortífaga apenas alcanzó la mayoría de edad. Fue una
decepción.

—Sirius, acabas de venir de una guerrilla del Aquelarre —le recordó Harry—, y dices
que Odile es una oveja descarriada.

Sirius puso los ojos en blanco.

—Yo —remarcó— no soy un Mortífago.

—No. No lo eres —aceptó Harry—. Pero estás muy cerca de ello. Casi más cerca
que yo, diría.

—¡Oye, Harry, yo no…!

—Lo sé, lo sé, ahora cállate —Harry le sonrió con ternura—. Draco, Vaisey, será
mejor que regresen a la Sala Común. Cambiaos. Podéis volver a llevaros mi capa
de invisibilidad. Draco, tú te la quedarás.

—¿Por qué yo no? —preguntó Vaisey, claramente ofendido, mientras se


desabotonaba la túnica gris con todo el descaro del mundo.

—No es que no confíe en ti, Vaisey, pero no confío en ti. Créeme.

Vaisey le miró como si fuera idiota pero no dijo nada. Recogió sus pijamas y túnicas
del suelo y se lo calzó todo sin mirar bien. Harry volvió a evitar mirarlo.

Neville se recostó en el sofá y bostezó.

—Ha sido una noche larga —bufó. Harry le sonrió.

—Bien. Pero, Neville, quería hacerte una pregunta… algo personal —Harry se
mordió el labio. Tom había hablado con él sobre el tema y a pesar de que Harry
creyera que sería algo que Neville no querría, no se jactaba de conocer muy bien a
Neville.

—¿Sí? —Neville ladeó la cabeza. Harry conjuró un Muffliato y se acercó a él.

—Tú… ¿deseas algún tipo de venganza por lo sucedido a tus padres?

Neville empalideció.

—¿Estás diciendo que tú…?

—No yo —le susurró Harry—. Tom dice que si quisieras, tú mismo podrías cobrar
venganza.

Neville se mordió el labio.

—No lo sé —suspiró—. Es… difícil decir eso. No creo nunca haber querido venganza,
pero, diablos, supongo que estaría bien.

Harry rió.
—Quién diría que eras tan oscuro, Nev.

Neville le sacó la lengua.

—No se trata de oscuridad, Harry. Se trata de vida. La vida es lo que nos moldea,
no la luz y la oscuridad. Si me hubieras preguntado hace un tiempo, te hubiera
dicho que no sin pensarlo dos veces, porque jamás se me hubiera pasado por la
cabeza hacerle a alguien algo malo. Porque así había sido mi crianza. Pero, todo
este último tiempo la vida me ha mostrado muchas cosas: que se puede amar a la
persona que odiabas, y que se puede odiar a las personas que creías amar. No digo
que odie a mi abuela, Harry, pero ella… no me quiere a mí, quiere a mi padre. Y me
ha menospreciado todo el tiempo, incluso ahora, de momento lo hace por cartas. Y,
diablos, yo puedo vivir mi vida independientemente de lo que hayan hecho mis
padres. Te seguiré, Harry. Y, si puedo cobrarme a Bellatrix, lo haré.

Harry sonrió.

—Eres guay, Neville —canceló el Muffliato a la vez que veía a Draco acercarse con
Vaisey, ambos con los pijamas y las túnicas sobre ellos.

—Vayan a dormir. Lo necesitan.

Ambos se fueron musitando unas palabras vagas, aunque Harry pudo ver que
ambos estaban ligeramente impresionados por lo sucedido media hora antes.
Neville también se cambió a su pijama, mientras Sirius y Harry miraban a otro lado.
Harry imitó sus movimientos, volviendo a ponerse su pijama a cuadros rojos y
dorados, un bonito regalo de Tom.

—Toma esto, Harry —Sirius le alcanzó una botella pequeña de poción para dormir
sin sueños—. Será mejor que te duermas con esto y estés dormido para cuando
Dumbledore regrese.

Harry asintió y se tendió en el sofá. Bebió de dos tragos el contenido y no demoró


en caer dormido.

Sirius suspiró.

—Es increíble. Estoy flipando —jadeó Neville, tan pronto Harry comenzó con una
respiración profunda y calmada, la respiración del sueño—. No puedo creer que
acabe de estar en la misma habitación que un grupo de mortífagos. Y no atentaron
contra mi vida. ¿Acaso has visto cómo respetaban a Harry? Le tenían miedo.

Sirius asintió mientras recogía las túnicas y las máscaras para arrojarlos al fondo de
un baúl. Cogió las túnicas negras de Harry y encontró la varita de tejo en el bolsillo.
La sostuvo en sus dedos vacilante, unos largos segundos, contemplando la forma,
las marcas, las muecas.

—Y pensar que esta varita ha matado a James y a Lily —susurró Sirius—. Y Harry
ama a quien sostuvo esta varita para matarles.

—¿Guardas rencor? —preguntó Neville, sentándose sobre el apoyabrazos del sofá


donde Harry dormía.

—¿A Voldemort? Por supuesto. Pero no puedo guardarle rencor a Tom. Sé que son
una sola persona, pero… hace feliz a Harry como nadie podría hacerlo. Incluso si
creyera que era solo Amortentia, Harry era libre, feliz. Feliz como nunca lo ha sido.
No puedo odiar a alguien que le da felicidad a alguien que amo.

—Es por eso que tampoco puedes odiar a Tonks, ¿verdad? —Neville ladeó la
cabeza, curioso. Sirius se sobresaltó.

—¿Qué estás…?

—No me digas que no tengo la razón —Neville le sonrió ligeramente—. Amas a


Remus. Y él te ama a ti.

Los ojos de Sirius brillaron. Sus ojos fueron hacia su mano, en la que el anillo opaco
relucía, y negó con la cabeza.

—Él no me ama. No sé qué estás diciendo.

Neville rió con una risa demasiado poco propia de él.

—¡Él te ama, Black! No tienes idea de cuánto. Pero por algún tipo de razón, no cree
que sea bueno para ambos estar juntos. Yo lo sé. Sé muchas cosas que nadie
pensaría que puedo saber… ¿quién creería que yo puedo saber algo? Pero lo sé.
Esta es una de las cosas que sé.

Sirius apretó los labios con fuerza.

—Creo que quiero estar solo un momento.

—Bien —aceptó Neville—. Estaré en la habitación, veré si puedo dormir un poco.

Sirius asintió de forma ausente. Había algo que se escapaba de su conocimiento,


una laguna. Había encontrado su anillo en una caja de madera cargada de viejos
recuerdos: libros que Remus le había regalado, hojas con anotaciones de sus
épocas de clase, sus mejores bromas… El anillo había estado al fondo, pulcramente
oculto, como si hubiera querido olvidarlo. Lo extraño era que Sirius no le recordaba.
Recordaba, o tenía la sensación, de que Remus se lo había obsequiado, pero luego
no recordaba exactamente qué había sucedido… y una sensación de angustia le
trepaba por la garganta, le subía por el pecho y le hacía temblar. Opresión.
Molestia. Dolor. Quería a Remus. Y quería respuestas.

Pero no obtendría ninguna de las dos. Nunca.

O bien, eso creía.

36. Reencuentro.

—¡Harry! —Harry entreabrió los ojos. Estaba teniendo un sueño agradable, en el


que el sol se derramaba sobre él y Tom, que se encontraban en un jardín rodeado
de flores coloridas y muy perfumadas—. ¡Harry, despierta!

Harry abrió los ojos y se encontró con todos borrones. Tanteó en busca de sus
lentes y estos fueron puestos sobre sus ojos.

Hermione le sacudía ligeramente, y Harry sentía que algo había muerto en su boca.
Se la cubrió con una mano mientras intentaba ubicarse en espacio y momento.
—¿Qué sucede, Hermione? —preguntó, dudoso. La chica lucía feliz. Eufórica.

—¡Está libre, Harry! —Hermione sonrió, radiante—. Han liberado al profesor


Rousseau.

Harry jadeó y se olvidó de pronto del mal aliento, de que tenía los lentes torcidos y
de que estaba en pijamas en una cama demasiado grande para ser la suya. Se
incorporó tan rápido que sintió un mareo, pero preguntó:

—¿Dónde? ¿Cómo? ¿Él está… bien?

Hermione asintió con los ojos cargados de lágrimas.

—Dumbledore vino a decírnoslo esta mañana. Ya es de tarde, por cierto, pero Sirius
te dispensó de clases, te dejó descansar… dijo que pasaste la noche en vela
preocupándote, y te tuvo que dar una poción para dormir sin soñar para conseguir
que pegaras el ojo.

Harry entrecerró los ojos como si estuviera enfadado con Sirius por drogarle. Pero
el enfado le duró poco.

—¿Qué hora es? —preguntó, buscando algún indicio de luz solar. Todo estaba
oscuro. Y para empeorar, su estómago gruñó estrepitosamente.

—Bueno, hmn… —Hermione dudó, avergonzada—. Acaba de oscurecer.

—¿He dormido todo el día? —Harry jadeó, pero se pasó la mano por el rostro,


incómodo—. ¿Cómo está Cylean? ¿Dónde…?

Hermione le puso una mano en el pecho.

—Está en San Mungo. Sirius ha dicho que mañana podréis ir a verle; es sábado.
Hoy urgía que descansaras. ¿Has tenido una visión de Voldemort? Eso ha sido lo
que desencadenó la búsqueda, me han dicho.

—¿Qué…? —Harry dudó—. ¿Qué sucedió?

—Hubo una gran batalla —relató Hermione—, o por lo menos eso nos dijo Bill, el
hermano de Ron. Hasta que de pronto apareció alguien enmascarado, que hablaba
con la varita en su cuello y detuvo la pelea. Entregó sin rechistar al profesor
Rousseau diciendo muchas cosas… pero, oh, Harry, habían matado a Ted Tonks.
¿Lo recuerdas? Es el padre de Tonks. Y Mundungus Fletcher estaba prácticamente
orinado en los pantalones del terror. Dijo que no se esperaba semejante…
"recibimiento".

Harry asintió con gravedad, recordando la conversación con Tonks.

—Debe ser horrible. Pobre Tonks —se mordió el labio, intentando resistirse.
Finalmente no pudo—. ¿Quién era el enmascarado?

Hermione cambió su expresión a una extraña curiosidad.

—Se hacía llamar Érebo. Y, Harry, hay algo que debes explicarme porque no
alcanzo a comprender, y he estado todo el día dándole vueltas a lo mismo sin tener
idea de que…
—¿Qué cosa, Hermione? —Harry intentó tener una expresión neutra. Su amiga se
mordió el labio, miró a las cortinas cerradas, y susurró:

—¿Por qué bromeabais con Vaisey sobre eso llamado Aquelarre? El grupo de Érebo
se llama Aquelarre y…

—¡Harry Potter! —Harry se sobresaltó y Hermione detuvo su hablar para


encontrarse con Dobby a los pies de la cama, con una bandeja repleta de comida—.
¡Es hora de la cena para Harry Potter!

—Vaya, gracias, Dobby —Harry sonrió—. ¿Sabes dónde está Sirius?

Dobby asintió fervorosamente.

—El profesor Sirius Black está en su oficina. ¿El amo Harry Potter quiere que llame
a Sirius Black? —preguntó Dobby, con una gran expectación en los enormes ojos.
Harry asintió.

—Sí, me gustaría hablar con Sirius, Dobby. Gracias.

Dobby dejó la bandeja de comida a los pies de la cama e hizo una inclinación
exagerada en la que sus orejas tocaron en suelo y se desapareció con un "pop".

—Harry, ¿podrías responderme…? Porque si no, imaginaré algo peor de lo que es —


Hermione intentó sonar segura y severa, pero su voz salió débil, baja. Harry
alcanzó la bandeja de comida intentando que la copa cargada de zumo de calabaza
no se volcara sobre las sábanas.

—Es… largo de explicar, Hermione —Harry bebió la copa, asombrándose de la sed


que tenía y que no sintió hasta vaciar la copa por completo—. Muy largo.

Hermione apretó los labios en una fina línea.

—Tenemos tiempo.

Harry suspiró mientras levantaba un poco de puré de patatas con su tenedor.

—Tengo hambre, Herm. ¿Te parece si hablamos de esto después? En realidad,


querría evitar el tema. Pero no te preocupes, hablaré contigo de esto. Lo prometo.

Hermione soltó un largo suspiro antes de levantarse de la cama.

—Será mejor que me vaya. Sirius me indicó despertarte, pero debo ir a la cena.
Todos están bastante eufóricos: la noticia ya ha salido en El Profeta matutino.

—Vaya, qué rapidez —Harry no dejaba de asombrarse de la prensa—. ¿Cómo se


enteraron?

—Al parecer había un periodista en San Mungo cuando llegaron con el profesor
Rousseau. Ha costado, pero ha sonsacado algunas declaraciones y ha salido esta
mañana como nota de última hora. Ha sido fatal. Por suerte, Rita Skeeter no se ha
encargado esta vez, porque creo que de otro modo vomitaría.
—Hermione, estoy comiendo —le recordó Harry. Hermione se disculpó con la
mirada.

—Lo siento, Harry, pero estoy siendo sincera —la puerta de la habitación se abrió
dejando ver a Sirius, cargando una pila de pergaminos—. ¡Ah, hola, Sirius!

Sirius sonrió.

—¿Te has enterado de las nuevas buenas, Harry? Bueno, pues sí, claro. He enviado
a Hermione a avisarte… —Harry rió con disimulo y Sirius dejó los pergaminos sobre
el escritorio de la habitación—. Será mejor que vayas a comer, Hermione. No te
queremos enferma de nuevo. Todos estuvimos muy preocupados.

Hermione agachó el rostro y se sonrojó, balbuceando unas palabras incómodas, y


se marchó sólo dedicándole un "buen provecho" a Harry.

Sirius tomó asiento junto a Harry y le robó una pata de pollo. Harry apenas si peleó
por él: Sirius era demasiado buen padrino como para no dejarle la felicidad de
robarle algo de comida del plato.

—¿Y? ¿Cómo te sientes, Harry? —Sirius ladeó la cabeza, divertido—. Has estado
enfermo todo el día por quedarte hasta hartas horas de la madrugada sin poder
dormir pensando en el destino de tu amado, por cierto.

Harry rió.

—Muy acercado a la verdad. ¿Es verdad que podremos ver a Tom, quiero decir,
Cylean, mañana?

Sirius asintió.

—Os reencontraréis, por fin.

Harry sonrió. No esperaba otra cosa.

La habitación en San Mungo en la que el profesor Cylean Rousseau se encontraba


estaba custodiada por Aurores. Harry entró luego de un chequeo general que
asegurara su identidad.

Entró seguido de un sanador con aspecto de anciano estrafalario, con larga y


puntiaguda barba blanca y cabellos como si hubiera sufrido un choque eléctrico.

—¡Cylean! —Harry dejó que todos los sentimientos que había estado sintiendo
durante todas esas semanas salieran en aquel quejido ahogado. Cylean abrió los
ojos, nunca tan azules, y una débil sonrisa se curvó en sus labios.

—Harry.
Pareció agotado con tan sólo decir esa palabra, y cerró los ojos. Harry se acercó de
forma tímida hasta donde él estaba para sujetar su mano con una mano
temblorosa, tocarlo, subir los dedos por las venas azules de sus brazos y tocarle el
rostro ensombrecido con una barba dorada áspera, las cejas desprolijas, los
párpados cerrados que apenas temblaron bajo su toque.

—Te he echado de menos —susurró Cylean, con la voz completamente ahogada,


como si con sólo hablar sintiera dolor—. Mucho. Me preocupaba a cada segundo
sobre qué te pudieron hacer, o qué te habría pasado…

Harry sintió su corazón latir de forma desaforada en el pecho. Era todo una
actuación, pero una actuación que estaba trastornándole: los ojos le ardían, la
garganta le era un nudo, e iba a llorar. Pero no llorar por estar actuando. Llorar de
verdad. Llorar porque le había echado de menos todo este tiempo, llorar por haber
visto cómo se torturaba a sí mismo en aquella visión, llorar por no poder recibir sus
besos, llorar porque Abril se había acabado y con Mayo quedaba menos tiempo
para estar todo el tiempo junto a Cylean… Junto a Tom…

Cylean abrió los ojos, preocupado.

—¿Te encuentras bien? —preguntó, con la voz débil. Harry dejó que las lágrimas
fluyeran, porque de otro modo no sería creíble, porque de cualquier modo sentía
que necesitaba llorar.

—¡Claro que estoy bien, bastardo! —Harry sentía las emociones desbocadas—.
¡Estoy perfectamente! ¡Sólo que te he extrañado un montón, y que ahora que te
tengo cerca tengo miedo de acercarme por miedo a hacerte daño, y estás tan débil,
joder! ¿Sabes lo preocupado que he estado por ti todo este tiempo? Me preguntaba
dónde estarías, cómo estarías, cómo te estarían tratando —la risa burlona le salió
como un sollozo ahogado—. Merlín, Cylean. Merlín bendito.

Cylean le contemplaba con fiera preocupación que se fue ablandando hasta un


cariño demasiado empalagoso. Intentó incorporarse y Harry fue quien se agachó
para rozar sus labios de forma tímida con los suyos; y, a pesar de ser un roce de
labios, fue privado e íntimo, cálido y tierno. Fue aquello que más necesitaban,
aquello que habían anhelado, aquello que llevaban semanas esperando.

—Te amo, mocoso —susurró Tom en sus labios. Harry rió.

—Yo también.

—¿Te he dicho que eres un actor excelente? —le susurró cuando Harry apoyó su
frente contra la suya. Harry negó.

—Según tú, soy pésimo. Tal vez es que no estaba actuando.

Tom rió suavemente.

—Me siento halagado. Eres especial para mí, ¿lo sabes?

—Y tú para mí.

Volvieron a besarse hasta que el sanador se aclaró la garganta unos segundos


después y debieron separarse. Los sanadores eran discretos, por suerte; lo que
sucedía dentro de la habitación de un paciente era secreto profesional, y mejor así,
porque de otra forma Harry debería haber matado al anciano por haberle visto
besarse con Tom.

Pero le necesitaba tanto…

—Si me disculpa, joven Potter —la voz chillona del sanador le hizo apartarse y
mirarlo de malas maneras—, es mi turno de controlar el estado del señor Rousseau,
¿así que podría…? Luego podría volver a entrar, claro.

Harry asintió y salió de la habitación. Grande fue su sorpresa a no encontrar a


Sirius por ninguna parte, pero oír jaleo en una habitación al finalizar el pasillo.
Parecía que alguien se había olvidado de poner encantamientos de silencio y
privacidad, y Harry se acercó a ver quiénes se encontraban allí, discutiendo a viva
voz.

—¡Te he dicho que no, Albus! —Sirius tenía los brazos en jarra, y contemplaba al
director ceñudo—. ¡He intercedido legalmente para tener la custodia de Harry! ¡El
vendrá conmigo este verano!

—Sirius, debes comprender… —Dumbledore hablaba con voz calmada, a pesar del
fuerte tono que había utilizado Sirius—. Es primordial para todos nosotros que
Harry vuelva a casa de sus tíos este verano. Es más que necesario que esto se lleve
a cabo, sólo por la seguridad de Harry…

—¡La seguridad! ¡La seguridad! ¡Me corro en la seguridad, Albus! ¡Harry está
mucho más seguro conmigo, un mago experimentado, que con un grupo de
muggles! ¿Tú acaso sabías lo que vivía Harry en esa casa? ¿Tenías idea?

Dumbledore parecía sorprendido de aquel planteo.

—Llevaba un corriente, sí. Pero, Sirius, es importante la protección de la sangre de


Harry. Con el sacrificio de Lily, solo Petunia es capaz de cuidar suficiente de Harry…

—¡Pero NO lo hace! —Sirius parecía muy tentado a sujetar al director del cuello—.
¡Ella permitió que sucediera todo lo que sucedió! ¡Ella consintió a su hijo hasta que
se creyó invencible! ¡Ella puso ideas erróneas en la cabeza del pastel de cerdo de
su hijo para que creyera que abusar de Harry sería una gran, gran idea! ¿Cómo
gente como esa podría ser la más adecuada para Harry, Albus? ¡Explícame!

Dumbledore sacó su varita y suspiró. Sirius se puso en guardia, pero cuando el


anciano director le apuntó con la varita, no sacó la suya, como si esperase que no
fuera capaz de maldecirlo.

—Lo lamento mucho, Sirius —dijo Dumbledore con una sonrisa trágica en el rostro
poblado de arrugas—. Decession.

Harry retrocedió con náuseas. Retrocedió hasta la puerta de la habitación de Sirius,


en la que los Aurores se contemplaban ajenos al escándalo en aquella habitación, y
Harry exigió:

—Por favor, no le digáis a nadie que estaba en aquella puerta.

Ambos asintieron. Harry no les conocía el rostro. Eran dos Aurores del Ministerio,
no dos Aurores de la Orden. Eso le favorecía.
Dumbledore salió, seguido de un atontado Sirius. Harry pudo ver el brillo desvaído
en sus ojos grises, el cómo parecía mirar sin hacerlo del todo. Sintió rabia, pero no
fue capaz de expresarla.

—Harry —Sirius se adelantó a Dumbledore como si acabara de espabilarse de haber


dormitado un poco—. ¿Y Cylean?

—Adentro. En sanador me pidió que saliera por unos minutos —Harry se mordió el
labio—. ¿Qué sucedió? ¿Por qué estabais allí?

—Estábamos arreglando un par de cosas —respondió Dumbledore afablemente—.


Entre ellas, tu destino este verano.

Harry subió sus muros de Oclumancia y contempló los ojos de Dumbledore.


"Vamos, dímelo ya, estúpido viejo. ¿Acaso crees que estaré feliz por ello? Anda,
atrévete". Dumbledore no apartó la mirada; es más, solo sonrió.

—Harry —Sirius se acercó a él para poner una mano en su hombro—. No es que no


te quiera este verano en casa, pero sucede que Grimmauld estará lleno de
miembros de la Orden yendo y viniendo, ya sabes, será muy complicado, y deberé
buscar otro departamento en donde vivir, y aún no sé muy bien si podré sacar
dinero de Gringotts porque todas las cuentas Black han sido congeladas por no
tener heredero…

—Excusas —Harry no quería enfadarse con Sirius, de verdad que no quería;


probablemente Dumbledore acababa de hacerle un conjuro de memoria y decisión,
y no quería enfadarse con Sirius, pero debía enfadarse con Sirius—. Tú… no me
quieres en tu casa, contigo. Entiendo.

—¡No, Harry! —Sirius le sujetó de los hombros con demasiada brusquedad—. ¡Por
supuesto que te quiero! Y más aún, conmigo, este verano. Pero será mejor para ti
ir a casa de tus tíos… será temporal. Tan pronto cumplas los diecisiete tendré un
departamento listo para ambos. Será poco tiempo, un par de semanas… ¡lo
prometo!

Harry, que ya tenía lágrimas en el rostro por la conversación con Tom, dejó florecer
un par más y se limpió el rostro con la manga de la túnica.

—¿Estás… hablando en serio? ¿Realmente quieres que viva contigo cuando cumpla
diecisiete?

La sonrisa de Sirius fue radiante.

—¡Claro!

Harry intentó sonreír, pero falló al ver la sonrisa victoriosa de Albus Dumbledore.

...

Apenas llegaron a Hogwarts, Harry se decidió a decirle la verdad a Sirius.

—Sirius… —contempló a su padrino con una expresión indescifrable. Sirius le miró,


ladeando levemente la cabeza, como un chiquillo—. Dumbledore te lanzó un
hechizo.
Sirius alzó las cejas.

—Ven a mi habitación después de la cena. Hablaremos allí.

Harry cenó sin ganas, y cuando sus amigos preguntaron, dijo que era porque le
había preocupado el estado de salud de Cylean. Todos le dieron apoyo moral.
Finalmente, Harry acabó de comer y en vez de ir a la Sala Común, fue a las
habitaciones que habían pertenecido a su novio.

Sirius le esperaba.

—Lo sé —dijo simplemente—. Sé que Dumbledore me lanzó un hechizo. Es un


poderoso hechizo que consigue que las personas se replanteen sus decisiones, les
hace dudar, concordar con otras. Fue muy utilizado en la época de Grindelwald,
según oí. Pero tiene puntos ciegos: no puede hacer que uno olvide sus decisiones,
simplemente olvida que el hechizo fue lanzado hacia ellos y dudan de lo que
tomaron. El hechizo, o maldición según lo veas, afecta a la mente… pero no hace
nada cuando muchas de las decisiones y pensamientos fueron ocultos tras un muro
de Oclumancia.

Harry sonrió, radiante.

—Dumbledore no verá qué lo golpeó.

Pero Sirius negó con la cabeza.

—No, Harry. De verdad debes ir a casa de tus tíos este verano. No es algo que yo
desee, claro, pero es algo que el viejo ya decidió. No puedes, no podemos, tomar
una decisión diferente sin tener el radar de Dumbles sobre nosotros.

Harry cerró los ojos, que le ardían.

—Bien. Pero tan pronto cumpla los diecisiete, iremos a Las Vegas.

Cuando abrió los ojos Sirius sonreía, radiante.

—Ese es mi muchacho.

...

Los días se convirtieron en semanas, y abril le dio paso a mayo, y con mayo
llegaron los exámenes.

Harry salía del colegio todos los días para ir a San Mungo. Se llevaba los
pergaminos y los libros y estudiaba junto a Tom, que poco a poco iba ganando algo
de peso, sus heridas se iban sanando, y debía ser tratado por un sanador mental
tres veces a la semana. Esos días Harry le acompañaba en silencio mientras Tom,
en una actuación merecedora de un premio, narraba los horripilantes sucesos que
había vivido en un mes de cautiverio: las torturas, el maltrato, la humillación. Al
principio la sanadora Goone había querido dejar a Harry fuera, pero Tom había
insistido: necesitaba a Harry con él. Y si bien al principio ella había parecido reacia,
se fue dando cuenta de que la presencia de Harry Potter ayudaba a Cylean
Rousseau.
Por los pasillos del colegio se corría la voz de que la maldición del puesto de
Defensa había afectado a Cylean Rousseau, y no sabían si iba a dar clases el año
próximo.

—Es terrible —había oído decir a una chica de primero—. Era tan buen profesor…

Hablaban de él como si estuviera muerto, como si jamás fueran a verlo recuperado.


Por eso fue una sorpresa para todos cuando, el día de los exámenes, con túnica
púrpura, pantalones rasgados y camiseta sin mangas de The Clash, el cabello libre
a ambos lados del rostro. Había una cicatriz rosada en su mejilla, y ya no llevaba
aretes, pero era él, el profesor Cylean Rousseau.

—¿Qué esperaban, niñatos? —bramó él, cuando le vieron frente al aula de clase y
muchos jadearon, como si estuvieran viendo un fantasma por primera vez—. ¿Qué
me perdería algo tan importante como los exámenes para vosotros? Ahora,
hacedlos. Si desaprobáis, os asesinaré; no he estado todo el año dándoos clases
para que desaprobéis un examen. Comenzad.

Harry sonrió. Cylean se sentó en el escritorio y comenzó a ojear un cuaderno con


las notas de Sirius sobre las clases que se había perdido. Harry no había visto a
Tom en el desayuno, por lo que creía que acababa de llegar. Y sonrió, simplemente
sonrió, mientras hacía el examen con una facilidad sorprendente.

Fue el primero en entregar la parte teórica y salir al exterior por la parte práctica,
que se haría después del almuerzo, pero quería ver a Sirius. Allí, su padrino
terminaba de arreglar algunas cosas.

—Muy bien, Harry —la sonrisa de Sirius era brillante—. ¿Qué tal te ha ido?

—Fabuloso —le dijo—. Un Extraordinario.

Sirius le guiñó un ojo.

El resto del examen transcurrió bien. Más que bien para Harry. Y cuando acabaron,
se dejó relajar sobre el sillón favorito de la habitación de Tom.

—Bonita impresión, hoy —le dijo cuando el hombre entró, seguido por su padrino.
Tom se apartó el cabello del rostro y puso los ojos en blanco.

—No sé de qué me hablas.

Harry rió.

—Los sanadores han dicho que debe tomárselo con calma —dijo Sirius, pasando
junto a Tom y dándole un empujón con el hombro—. Así que ve a la cama.

—Estoy bien —remarcó Tom, mientras todo él cambiaba. El cabello se oscureció al


igual que los ojos, la piel y el rostro se modificaron. Sin embargo, después del
cambio, lucía agotado.

—No me parece que estés bien —comentó Harry, acercándose a su novio—. ¿Qué
te sucede?

—Nada —siseó Tom—. ¿Por qué coño debería sucederme algo?


—Porque luces agotado.

Tom chasqueó la lengua.

—Mucho tiempo sin utilizar las habilidades de metamorfomago. No creí que pudiese
ser de este modo, ya sabes, cuando no usas algo esto parece resentirse.

Harry asintió.

—No deberías…

—Sí, si debo. Si no vuelvo a utilizarlas, se resentirán aún más —chasqueó la lengua


nuevamente, sentándose junto a Harry—. En fin. ¿Qué tal te ha ido en el examen
práctico?

—Mejor que en teórico, espero —murmuró Sirius, leyendo un pergamino—. Aquí


hay millones de cosas erradas.

—¡Mientes! —Harry se levantó para ver el pergamino que Sirius leía. Estaba en
blanco—. ¡Casi me haces dar un infarto!

Sirius, infantilmente, le sacó la lengua. Entonces Tom, ladeando la cabeza, vio el


dedo anular de Sirius.

—Black, ¿puedo ver tu anillo? —preguntó, seriamente. Sirius alzó las cejas, pero se
lo quitó y se lo entregó—. Vaya.

—¿Qué sucede? —Harry observó el anillo. Plateado y negro, con el lobo aullándole a
la luna. La sonrisa de Tom era extraña.

—No sabía que te habías comprometido, Black.

—¿Comprometido? —dudó Sirius—. ¿Por qué lo dices?

—Es un anillo de compromiso —expresó Tom, jugueteando con él en sus dedos—.


Están hechos por hombres lobo para comprometer a sus parejas. Sin embargo,
tienen muchas propiedades mágicas lupinas: protegen al que lo usa, y cosas así.
Greyback tenía varios de ellos para sus "cachorros".

Sirius quedó helado. Entonces, cuando el anillo volvió a su dedo, se aferró a la


cabeza. Se dejó caer en el suelo, aferrándose a la cabeza con ambas manos, como
si estuviera en un gran dolor.

—¿Sirius? —dudó Harry, acercándose a él—. ¿Te encuentras… bien?

—¡Maldición! —gritó Sirius—. ¡Maldito bastardo! ¡MALDITO!

—Sirius… —Harry le tocó, pero Sirius se apartó.

—¡Me obliviató! —gritó—. ¡Remus me obliviató!

—¿Qué? —Harry se apartó—. ¿Cómo pudo…?


—No lo recuerdo. ¡Es por eso que no lo recuerdo! ¡Es por eso que tengo una
laguna, y que luego de ello desconfiaba de él! Él… me borró la memoria.

—Remus no sería capaz —Harry no sabía qué decir exactamente. Pero decir esto
fue lo peor que pudo decir.

—Lo peor es que no sé de lo que sería capaz y de lo que no. No sé. Porque sé que
él borró mi memoria, pero no sé qué sucedió, no sé qué… diablos, no…

Se levantó del suelo, como si fuera un Inferi poseído, y caminó hasta la chimenea.
Arrojó polvos flú y gritó "La guarida" antes de arrojarse al fuego verde.

Harry contempló aquello con duda, para luego volver hacia Tom que lo
contemplaba, serio. Se acercó a su pareja y tomó asiento junto a él para dejarse
abrazar y reposar su cabeza contra el pecho de su amor, oyendo los latidos de su
corazón, mientras su propio corazón estaba en crisis por la historia, lo que pudo
suceder y no, con Sirius y Remus.

37. La historia del anillo.

Eran jóvenes. Eran valientes. Eran audaces. Formaban parte de la Orden del Fénix
a sus escasos dieciocho años. Y a Remus Lupin se le había otorgado una misión.

—Debes infiltrarte —había dicho el líder de la Orden, Albus Dumbledore, quien


había sido su director—. Debes infiltrarte en la manada de Greyback.

—¿Cómo? —dudó él. El director sonrió con benevolencia.

—De la misma forma en que ellos se infiltran entre nosotros: con cuidado, con
atención, y sobre todo, con precaución.

Remus no sabía si con "ellos" se refería a los Mortífagos o a los hombres lobo, pero
asintió.

Esa noche le tocó despedirse de Sirius.

—¡No irás! —el joven Sirius Black tenía los cabellos largos, el rostro adulto, pero se
comportaba como un niñato—. Es muy peligroso, Lunático. ¿Qué haremos nosotros
sin ti?

Remus sonrió.

—Podréis manejaros. Yo debo hacerlo.

—Pero nos veremos —pidió Sirius—. Necesito verte, viejo. Eres mi mejor amigo.

—Creí que James era tu mejor amigo.

—James es mi mejor amigo, pero tú eres mi mejor-mejor. Somos Remus Lupin y


Sirius Black, los peludos de Hogwarts.

—Creí que erais James Potter y Sirius Black, los revoltosos de Hogwarts.

Sirius puso los ojos en blanco.


—Tecnicismos. Pero, Remus… debes volver. Con nosotros. Conmigo.

Remus sonrió.

—Lo haré. Lo prometo.

No sabía si iba a poder cumplir esa promesa, pero sí sabía que lo intentaría.

Las semanas se transformaron en meses, y Remus, en la lejanía, fue enterándose


de las cosas. Que James y Lily se habían casado. Que Sirius le extrañaba. Que
Peter había conseguido infiltrarse y oído conversaciones que podrían significar
ataques en un futuro.

Remus se encontraba en una manada. Era la primera vez en la vida que tenía una,
y si descontabais la carne cruda, los salvajes que eran los miembros de la manada,
y que era tratado como un cachorro, no estaba tan mal.

No era la manada de Greyback, aún no había llegado a ella. Era la manada de


Carson, un hombre lobo de unos cincuenta años, grueso y enorme, con los brazos
cubiertos de tatuajes y un lenguaje que se limitaba a gruñidos. Tenía dos mujeres,
dos mujeres muy hermosas que compartían lecho con él. Vivían como nómades.
Viajaban. Robaban. Saqueaban. Ciertas veces se enlazaban en peleas con otras
manadas.

Remus había pasado la luna llena con los demás lobos, sintiéndose tan liberado
como cuando la pasaba con sus amigos.

Pero añoraba a Sirius, mucho más que a nadie.

Sirius le había entendido. Sirius… sí, puede que en el colegio haya estado muy
unido James, pero también le había apoyado, le había escuchado, había estado con
él cuando lo necesitó. Habían sido unidos, inseparables… y ahora, esta misión le iba
a separar.

Todo lo que ocurría en la manada era comunicado a la Orden. Desde las cosas
banales hasta las más "escandalosas".

Pero Remus Lupin no iba a comunicarles, nunca, a nadie, sobre Grimmorg.

—Oye, tú, cachorro —Grimmorg le arrojó un pantalón—. Vístete.

El sol después de la luna llena acababa de salir y Remus abrió los ojos en su cuerpo
humano. No se sentía tan destrozado como solía sentirse, pero seguía sintiéndose
mal. No sabía cómo hacían los demás lobos para sentirse bien luego de las
transformaciones, y tampoco iba a preguntar; no sabía si realmente quería
abandonar un poco de normalidad en su vida.
Remus se lo puso y caminó junto a Grimmorg, que era el siguiente al mando de la
manada de Carson. Era un treintañero, con cabellos pálidos y una cicatriz sobre el
labio superior. Tenía el cuerpo plagado de pecas, desde sus mejillas hasta los
hombros dorados. De alguna forma, cuando Remus le veía, sentía pánico y
vergüenza al mismo tiempo. Le hacía recordar a cómo se sentía con Sirius.

No habían quedado atrás sus infantiles deseos por su mejor amigo, pero había
aprendido a superarlo. Sirius jamás le correspondería, se había repetido hasta el
hartazgo. Y si bien su amigo no hacía alardes de ninguna novia en las cartas que se
enviaban a escondidas, podría ser que no lo dijera para no refregarle su felicidad en
el rostro a él, que estaba de incógnito en una manada, sintiéndose ligeramente
atraído por otro hombre lobo, de los más salvajes que pudieran haber en la
manada.

No era peligroso, pero le gustaba jugar brusco. Las mujeres que compartían lecho
con él solían salir con grandes marcas en la espalda o en las caderas desnudas. Los
hombres que también compartían su cama solían demostrar las profundidades de
las uñas en sus espaldas musculosas, como más heridas de guerra entre ellos.

Parecía ser que, quien más heridas tenía, subía de categoría. Si fueran sinceros,
Remus debería estar con los de arriba, pero al hacerse él mismo las heridas…
bueno, no contaba.

Remus estaba agotado.

La luna llena le agotaba. Correr toda la noche en forma de lobo le agotaba. Caminar
tanto por las laderas, las montañas, todo aquello le agotaba. El frío le entumecía los
músculos, y si se quedaba quieto, lo sufría más. Grimmorg le hablaba con media
voz plagada de irrefrenable deseo, y Remus temía caer, más que por miedo, por
vergüenza, porque a sus diecinueve años jamás había dormido con alguien. Había
besado, sí; había sido besado. Había acariciado. Pero eran recuerdos difusos,
personas difusas, nadie había dejado una marca, nadie había querido permanecer a
su lado, nadie había querido permanecer en su cama, con él, con sus cicatrices, con
su dolor.

Sin embargo, sucedió.

Grimmorg no parecía ser de los arrogantes y egocéntricos hombres lobo de la


manada. Era más calmado. Salvaje, sí, pero no insistía cuando veía que algo no
saldría bien. Remus le respetaba de alguna manera. Le gustaba. Lo había aceptado.
Así que aquella noche, Grimmorg se coló en su tienda para asegurarse de que sus
heridas estuvieran sanando bien. Se había visto en una pelea con otro lobo,
defendiendo su comida, y Grimmorg los había detenido antes de que Carson los
viera y los castigara. Pero Remus había sido herido.

—¿Duele? —preguntó con voz suave Grimmorg, mientras descubría las heridas de
Remus. Él negó.

—Ya no tanto.

—Es mejor así —le alcanzó una túnica—. Póntela.


Remus no se había sentido tan agradecido por ponerse una túnica nunca en su
vida.

—Gracias.

Grimmorg chasqueó la lengua.

—Eres demasiado educado para ser un hombre lobo. No eres como nosotros.

—No, no lo soy —coincidió Remus, en voz baja—. Lo lamento.

Grimmorg le puso una mano en el hombro.

—No te disculpes. Es una muestra de debilidad. Sólo debes agradecerle a tus


superiores. Y no debes diferenciarte. Todos somos lobos. La infección corre por
nuestra sangre, por nuestra saliva. Todas las lunas llenas nos unimos como uno
solo. Todos comemos carne, todos sentimos la agonía de la transformación… Todos
somos uno. Eso es una manada.

Remus asintió. Y entonces, Grimmorg lo estaba besando.

Remus cerró los ojos. Los labios sobre él eran rasposos, ácidos; la boca le sabía al
gusto metálico de la sangre. Pero no era desagradable, no, para nada. La sombra
de barba del rostro de Grimmorg le pinchaba, y Remus se encontró con unas
manos demasiado cálidas recorriendo su espalda.

No supo cuando se arrepintió de haberse puesto la túnica.

Las manos recorrían la piel. Pero Remus se arrepentía. Los dedos exploraban, los
labios trepaban el camino de heridas, las constelaciones de lunares en la espalda.
Pero cuando sus labios volvieron a unirse, Remus negó.

—No… no puedo.

Grimmorg se apartó. No le forzó, no le obligó. Simplemente sonrió.

—Me doy cuenta. Tu cabeza esta en otra parte. Seré indiscreto, ¿eres virgen?

Remus se sobresaltó.

—Yo…

—Sí, lo eres —Grimmorg le acarició el rostro—. Eres una criatura extraña, Lupin. Un
lobo que ha surgido de la nada, cargado de cicatrices de transformaciones en
solitario por toda su vida, un lobo que se encuentra plagado de dolor y
arrepentimiento, un lobo enamorado de un hombre que, he de suponer, no te
corresponde. ¿Le has hablado de tus sentimientos?

Remus se mordió el labio.

—No he podido.

—Mal hecho —negó con la cabeza—. ¿Y qué sucede si en verdad sí te corresponde?


¿Si también te ama? Es por eso que no te forzaré. Ve a buscarlo. Y dale esto —
extrajo de su bolsillo un pequeño anillo. Remus lo sostuvo entre sus dedos: era un
anillo plateado, con un lobo aullándole a una luna.

—Es muy… elaborado —susurró Remus. Grimmorg asintió.

—Planeaba dártelo a ti, pero es mejor que tú se lo des a tu ser amado. Puedes ir
con él. Si no regresas, ya sabré lo que sucedió —Grimmorg le guiñó un ojo—. Pero
siempre tendrás lugar entre mis brazos.

Remus sonrió y se guardó el anillo en el bolsillo de la túnica mientras se la ponía.


Luego se inclinó sobre Grimmorg y le dio un casto beso en los labios.

—Gracias —susurró, y el lobo rió.

—¡Vete, antes de que me arrepienta!

—Pero, ¿qué significa el anillo? —dudó Remus, antes de salir de la tienda.


Grimmorg sonrió.

—Devoción eterna. Amor. Protección. Tú dáselo y él jamás podrá salir de tus


brazos.

Remus se apareció en su pequeña casa, en el lugar donde habían vivido sus padres.
Era una casa muy pobre, y muy pequeña, pero allí tenía ropa y forma de asearse.

Se bañó, afeitó y cambió. Obtuvo de vuelta su varita y realizó algunos hechizos


para volver a sentirse él mismo. Luego se apareció en la entrada del departamento
de Sirius y aporreó la puerta.

Era casi la medianoche. Dudó antes de seguir golpeando, pero eso hizo, hasta que
Sirius abrió del otro lado con expresión de dormido.

—¿Qué demon…? —sus ojos brillaron con el reconocimiento—. ¡LUNÁTICO!

Y se lanzó a sus brazos.

A Remus poco le importó el dolor de sus heridas. Poco le importó el cansancio de


todo su cuerpo. Poco le importó la misión que Dumbledore le había dado. Estaba
entre los brazos de Sirius, y estaba en su hogar.

—Lunático, no puedo creerlo. Has vuelto… —Sirius le miró a los ojos, y Remus
también. Si bien Sirius era algunos centímetros más alto que él, así como estaban
se encontraban a la misma estatura. Y Remus no se contuvo. Enredó su mano al
largo cabello de Sirius, atrapó su rostro, ladeó su cabeza y lo besó.

Tanto tiempo había querido hacer esto. Tanto tiempo había querido rozar sus
labios, hundirse allí, mantenerse en ese lugar por siempre. Los labios que tanto
había deseado ahora estaban sobre los suyos, se movían en armonía, ¡le
correspondía! Le besaba, se besaban, y cuando las lenguas dieron paso a la acción,
Sirius se apartó, jadeante.

—Creo que deberías entrar —musitó—. Ahora.


Remus eso hizo, y cerró la puerta detrás de sí.

Sirius volvió a arrojarse a su cuerpo, a sus labios, y le besó, se besaron, se


enredaron ambos cuerpos que habían estado destinados a quererse. Al fin, por fin,
y sin fin.

—No puedes imaginarte el tiempo que he esperado por esto —susurró Remus
contra su piel—. No puedes imaginarte todo lo que te he querido, todo lo que te
he deseado…

Sirius rió.

—Puedo imaginármelo a la perfección, Lunático —plagó su cuello de besos,


succionando la piel, dejando que pequeños gemidos escaparan de la boca del
hombre lobo—. Lo he esperado por mucho tiempo. ¿Estás seguro de que no estoy
soñando?

Remus sostuvo su rostro entre sus manos.

—No —susurró—. Y si es un sueño, yo tampoco quiero despertar nunca.

—Creo —Sirius le sujetó del cuello de la túnica, abriéndolo y dejando al descubierto


parte del pecho del otro hombre— que deberíamos ir al cuarto.

—Estoy de acuerdo.

La ropa fue dejada atrás, en un camino de acción. Sirius parecía tener experiencia,
pero sus dedos temblaron cuando estaba desabrochándole el pantalón, como si
temiera que Remus se arrepintiera. Remus no lo hizo. Guió sus manos, como si
fuera él el experimentado, y se dejó llevar.

Fue una primera vez pare recordar.

No hubo parte de sus pieles que no fueran besadas, acariciadas, marcadas con
labios y dientes. Las manos recorrieron todo, los labios se cerraron sobre heridas,
besándolas, las respiraciones se volvieron pesadas sobre los muslos, sobre el
cuello, sobre el ombligo húmedo de saliva.

No fue algo cliché. No rompieron muebles, no destruyeron la casa, no mordieron


almohadas.

Fue algo lento. Fue pausado. Fue cargado de una sensación lejana al dolor y
cercana al anhelo. Cuando acabaron, uno sobre otro, húmedos, sucios y cansados,
se dejaron llevar por el sueño. Hasta que Remus recordó el anillo.

—Espera aquí —pidió, y convocó su túnica, que había quedado en algún sitio
indeterminado entre la sala y la habitación. Extrajo el anillo y se lo ofreció a Sirius.

—Es hermoso —susurró, mientras dejaba que Remus se lo pusiera en el dedo


anular. Le iba algo pequeño. Pero, a decir verdad, las manos de Sirius siempre
habían sido grandes, de dedos largos.

—Significa devoción eterna. Amor. Protección. Eres eso para mí, Sirius. Te amo.
—Oh, vaya —Sirius sonrió, levantando la cabeza—. Qué extraño.

—¿Qué sucede? —Remus enarcó una ceja. Sirius le besó el hueco detrás de la
oreja.

—Es que, yo también te amo, Remus.

Remus rió, con una risa aliviada desde el fondo del alma.

—Eres un bastardo, Sirius. Ya me habías asustado.

Sirius rió contra su cuello. Minutos después, envueltos en el sonido de sus


respiraciones, ambos se quedaron dormidos.

Remus despertó en una semana indeterminada de sus veinte años con la noticia de
que Lily estaba embarazada. James se alegraba y preocupaba al mismo tiempo. Se
alegraba y preocupaba por todo últimamente. Y es que los últimos tiempos eran
peligrosos, cargados de ataques, desapariciones, atentados. Había un toque de
queda, y cualquier brujo que estuviera fuera de sus casas después de las ocho sería
arrestado e interrogado. Claro que no querían admitir que los Mortífagos también
se reunían de día.

También despertó con una carta inesperada.

"Lupin:

Dudo mucho que esta carta llegue al tiempo que deseo que llegue, pero es
necesario que la leas. Es urgente.

Carson ha sido vencido por el segundo de Greyback. No estamos ni en guerra ni en


paz con él. El segundo de Greyback, Durplein, es experto en Legeremancia y está
buscando a todos quienes fueron miembros de la manada –hayan sido expulsados
de la manada o hayan salido por voluntad propia– para que se unan a él, y a
Greyback. Urge que te escondas, que te pongas a salvo. Es muy peligroso. No
acepta un no por respuesta.

(También es un Mortífago. No sé si sepas lo que es uno ya que por lo visto sueles


aislarte de la sociedad, pero es un seguidor de Quien-tú-sabes).

Cuida a tus seres amados, podrían ser secuestrados o heridos para obligarte a
volver a la manada.

Ten cuidado.

Sé fuerte.

–Grimmorg".

Remus supo lo que tenía que hacer antes siquiera de acabar de leer la carta. La
idea surgió. Ya creía que era demasiado peligroso para él, para Sirius, estar a su
lado… ahora la idea, la oscura y dolorosa idea…
Esta junto a él le podía costar la vida.

Remus no iba a aceptar que Sirius muriera por su culpa.

Esa noche fue su última noche juntos.

Se amaron como no se habían amado antes. Se besaron con ese aire a despedida.
Sirius no sabía la verdad, por supuesto que no; se opondría, se resistiría. Le había
dicho que debería irse de Gran Bretaña un tiempo, y que le dejaría. Serían sólo
unas semanas. Había prometido que volvería. Prometido una y otra vez, repetido
una y otra vez lo que no podría volver a decir.

"Sirius, te amo".

"Sirius, bésame".

"Sirius, te amo".

"Te quiero. Te amo".

Sirius parecía saber que algo iba mal; no era idiota. Pero se debería tener una
imaginación muy furiosa para conseguir adivinar lo que haría.

Y es que tan pronto Sirius se quedó dormido, Remus salió de la cama. Besó sus
labios por última vez y le apuntó con la varita.

—Obliviate —susurró, con voz trémula. Y en la lúgubre madrugada, Sirius lo olvidó.


Todo.

La sonrisa se borró de los labios de Sirius, y sus párpados cerrados temblaron, pero
cada recuerdo fue bloqueado. Cada momento, cada beso, cada caricia, cada
mañana cuando el sol les daba en la cara por la pequeña ventana y les hacía
arrugar el entrecejo.

Luego, le quitó el anillo, pero no fue capaz de deshacerse de él. Buscó entre las
cosas de Sirius y lo metió en una pequeña caja de madera, debajo de fotografías,
papeles, anotaciones. Sirius probablemente se desharía de ellos en una limpieza sin
mirar atrás. Y él no debería deshacerse del anillo, no debería deshacerse de algo
que significaba su amor absoluto e incondicional por Sirius Black.

Sirius Black llegó por flú a la casa de Remus. Le encontró sentado, leyendo, y la
rabia que le consumía le hizo sujetarlo de la túnica y darle la espalda contra la
pared.

—¡Sirius! —Remus jadeó—. ¿Qué te sucede?

—¿¡Qué me hiciste!? —preguntó, a voz de grito—. ¿¡QUÉ HICISTE CONMIGO!?

—No… no sé de qué me hablas, Sirius —Remus dudó, con los ojos bien abiertos.
Sirius sabía que podía ver el dolor, pero sobre todo, la furia en su rostro. Los ojos
grises brillantes, como estrellas, y el entrecejo fruncido. Hasta podría sentir los ojos
inyectados en sangre.

—¡Por Merlín, Remus! —Sirius lo soltó y se apartó de él—. ¡No te hagas! ¡Lo sé! ¡Sé
que borraste mi memoria!

Remus boqueó como un pez fuera de agua.

—Pero, ¿cómo…?

—Lo supe en cuanto Cylean me dijo que esto —y le señaló el anillo en su dedo—
era un anillo de compromiso. Lo supe todo. Sabía que algo había sucedido entre
nosotros, pero que tú lo borraste. ¡COBARDE! ¿POR QUÉ NO ME ENFRENTASTE?

Remus apretó los dientes.

—Tú no sabes nada, Sirius.

—¡Exactamente! ¡No sé NADA porque TÚ borraste MI memoria!

—¡Tuve que hacerlo!

—¿Qué era tan importante como para que debas borrar mi memoria? ¿¡QUÉ!?
¡EXPLÍCATE!

—Sirius… —se mordió el labio—. Iban a matarte. Si sabían que me amabas, que yo
te amaba, iban a matarte. Los miembros de la manada de Durplein. Me
encontraron, al final. Debí… debí… diablos, debí deshacerme de ellos antes de que
ellos se deshicieran de ti.

Sirius quedó helado.

—Tú… ¿les mataste?

Remus asintió.

—¡Debí hacerlo! ¡Debí hacerlo todo, Sirius! ¡Lo siento!

—Pero, ¿por qué no me devolviste mis recuerdos cuando ellos ya no estuvieron?


Tú… ¿por qué demonios no…?

—Sucedió lo de James y Lily —susurró Remus—. Y te llevaron a Azkabán. Yo no


quería creer que habías sido tú, pero habían pruebas, y en nuestros últimos
encuentros tú actuabas muy extraño conmigo…

—Porque yo sospechaba de ti —susurró Sirius—. Yo sospechaba que tú eras el


traidor.

Remus agachó la cabeza.

—Me lo merecía.

—Sí, te lo merecías.
Ambos se miraron unos segundos y luego apartaron la mirada.

—No puedo mirarte, Remus —jadeó Sirius—. Te he amado desde que tengo
memoria, y ahora no puedo ni mirarte a la cara. Si era para protegerme, ¿por qué
no devolverme mis recuerdos cuando salí de Azkabán? ¿Por qué…? —hablaba con
voz ahogada. Con la voz cargada de dolor, una voz tan terroríficamente trágica que
se sentía como sal en una herida—. Diablos, Remus. ¿Por qué coño no arriesgarte
conmigo? ¿Acaso dejaste de amarme? ¿Acaso alguna vez lo hiciste?

—¡Maldición, Sirius! —Remus alzó la vista—. ¡Yo siempre te amé! ¡Créeme! Sólo
que no podía… creí que… me odiarías.

—Pues, bien creído entonces —gruñó Sirius con voz gélida—, porque lo que siento
por ti ahora está muy lejos de ser amor.

—Si yo te devolviera tus recuerdos ahora… —Remus dudó—. ¿Me perdonarías?

—Debería pensarlo.

Pero tenía una extraña mueca en su rostro. Una mueca que gritaba que sí.

Remus sacó su varita y apuntó a Sirius. Parecía no suceder nada, pero entonces,
Sirius se aferró a la cabeza nuevamente en la noche, dejando que las nuevas
imágenes, viejas memorias olvidadas, llenaran su mente. Muchas se habían ido,
otras simplemente se habían bloqueado. Cuando Remus bajó la varita ambos se
mantuvieron en silencio mientras Sirius procesaba la nueva —vieja— información.

—Entonces, sí me amabas —susurró Sirius.

—Aún lo hago —respondió Remus—. Lo hice durante veinte años y lo seguiré


haciendo.

—¿Por qué estás con Tonks, entonces?

Remus se mordió el labio.

—Necesitaba… necesitaba estar con alguien.

—Podías haber estado conmigo.

—Lo sé —Remus se removió, incómodo—. Lo siento.

—No te disculpes, maldita sea —Sirius chasqueó la lengua—. Lo que has hecho no
tiene perdón.

—Tú dijiste…

—Tú también dijiste que me amabas —le recordó Sirius— y mira lo que has hecho.

Se dio la vuelta, tomó polvos flú y dijo "Habitación de Cylean Rousseau, Hogwarts".
Pero antes de irse se quitó el anillo y lo arrojó a los pies de Remus para
desaparecer en las llamas verdes.

38. Consecuencias.
Gryffindor había ganado la Capa de Quidditch, a pesar del estado en que su Capitán
y Buscador se había encontrado, muy poco dispuesto a entretenerse con
"trivialidades" como un partido de Quidditch que no obtuvo toda su pasión hasta
que Cylean estuvo de vuelta, sano y salvo. Los exámenes de Hogwarts pasaron y a
todos los alumnos les quedaba una semana de relajación antes de ir a casa. Una
semana para disfrutar del sol, del calor, del buen clima.

Hagrid dejó que algunos alumnos montaran hipogrifos. Harry fue uno. A pesar de
que no era Buckbeack lo pasó bien. También dejó que algunas chicas acariciaran
unicornios, y el calamar gigante hizo acto de presencia moviendo sus tentáculos y
salpicando agua a los que descansaban a la orilla del lago negro.

—Qué extraño —le dijo Draco Malfoy a Hermione Granger uno de esos últimos días
—. Uno pensaría que el año sería más… complicado.

—Yo no la he tenido fácil, Malfoy —la chica despegó los ojos de su libro para
contemplar al Slytherin—. Y tú tampoco, por lo que sé.

—No me refiero a eso —Malfoy se encogió de hombros—. Ah, qué va.

—Oídme, tortolitos —Neville tomó asiento junto a Draco—. ¿Cómo la estáis


pasando? ¿Funcionan las cosas entre vosotros?

Malfoy arrugó la nariz, orgulloso.

—¿Y por qué debo decirte nada a ti, Longbottom?

—Porque, quieras o no, soy tu jodido amigo. Sí, bien jodido por su novio. Así que,
decidme, Hermione, Draco, ¿estáis juntos o no?

—No —espetó Hermione, desinteresadamente—. Malfoy es sólo mi amigo.

—Un amigo que se morrea así con su amiga, uff, yo también quiero uno así —dijo
Ginny, tomando asiento junto a Hermione—. ¿Sabéis que Dean salió del armario?
Está con Seamus.

Neville soltó un silbido.

—Vaaaya —alargó la "a"—. Quién lo diría. Teniéndote a ti, preferir estar con
Seamus… ¡AUCH! —se frotó el brazo, donde Theo lo había pellizcado—. ¿Qué
quieres que diga, Theo, amor? ¿Tú has visto lo buenorra que se ha puesto Gin estos
últimos tiempos? Parece que mientras más gay descubro que soy, más buena se
pone.

—¡Neville! —Ginny rió, cubriéndose el rostro—. ¿Qué diría Ron si te oye? ¡Te
mataría!

—¿Matarlo? ¿Por qué? —Ron se acercó a su hermana, arrodillándose junto a ella—.


¿Qué sucedió?

—¡Nada, nada! —Neville rió, mientras Theo lo fulminaba con la mirada al igual que
Ron—. Yo soy gay, tranquilo. No sucederá nada con tu hermanita.

Ginny se llevó la mano al pecho.


—Ya me había ilusionado.

Todos rieron, incluidos Hermione y Draco.

—¡Ronald WEASLEY! —oyeron un grito sonoro detrás de ellos, y todos se voltearon


a ver a Lavender, con la barriga de siete meses sobresaliendo de la túnica de
colegio, mientras caminaba hacia ellos. Ron se levantó, empalideciendo—. ¿Dónde
DIABLOS estabas? ¿Sabes lo que me cuesta moverme? Debemos terminar de llenar
las solicitudes de trabajos de verano, y Parvati estaba diciéndome que Neville le ha
dicho que tú no has llenado ninguna…

—Traidor —gruñó Ron, rumbo a Neville, mientras se levantaba del suelo e iba a
acompañar a Lavender—. Tranquila, Lavender. Estará bien. Llenaré todo. Bill me ha
dicho que podrá darme un trabajo de mensajero en Gringotts, ya sabes, porque los
duendes se sienten superiores como para utilizar magia para enviar los mensajes…

Lavender pareció satisfecha con esto y se fue rumbo al castillo, seguida por un Ron
que parecía aliviado de haber calmado la furia de su ex novia embarazada.

Draco rió.

—Le tiene en las manos —bromeó. Hermione ladeó la cabeza y sonrió.

—Sí, es muy gracioso verlos juntos. Acabarán casándose —apostó ella. Theo alzó
ambas cejas.

—¿Pondrías dinero en ello?

—No más de cinco galeones.

—Yo pongo diez a que no —Theo compuso una sonrisa torcida.

—Yo pongo quince a que se casan, pero se divorcian antes del año —apostó Ginny.

—¿De dónde sacarás dinero, tú, engendro pelirrojo? —le preguntó bromeando
Neville. Ginny le sacó la lengua.

—De algún lado cogeré.

—¿Alguien más quiere apostar? —preguntó Theo, que estaba sacando de su túnica
un pequeño libro y anotando con un bolígrafo muggle. Draco compuso una
expresión de sorpresa al ver ello.

—Yo paso —se encogió de hombros—. No estoy tan desesperado por dinero como
para apostar sobre la vida amorosa de Weasley.

—Bueno, yo sumo diez galeones a la apuesta de Gin.

Ginny levantó la mano para chocar con Neville, pasando por en medio de Hermione
y Draco. Neville chocó y Theo anotó la apuesta.

—Oíd, chicos, creo que falta alguien —comentó Theo, llevándose el bolígrafo hacia
los labios—. ¿Quién será?
—Luna está con Hagrid —comentó Hermione. Theo asintió.

—Sí, lo sabía. Pero, ¿quién más…?

—¿No falta Potter? —preguntó Draco, alzando una ceja despectivamente. Theo
chasqueó los dedos.

—¡Eso, él! Qué extraño. ¿Dónde estará?

—Probablemente con el profesor Rousseau —Hermione se encogió de hombros—.


Se deben estar… despidiendo.

Draco se estremeció.

—No quiero ni imaginarme cómo.

—Pero se verán en el verano, ¿a que sí? —preguntó Ginny. Neville compuso una
mueca.

—Harry irá a pasar el verano a casa de sus tíos —murmuró él—. Dudo mucho que
les agrade la idea de que el profesor R los vaya a visitar.

—Oh, diablos, que putada. Otro verano con esos muggles —Draco chasqueó la


lengua—. ¿Creéis que podremos secuestrarlo de esa casa del horror?

—Conociendo a tu familia, Malfoy, te meterían de patitas en Azkabán por atentar


contra la vida del gran Harry Potter —se burló Ginny—. Pero podremos intentar.
Mamá celebrará su cumpleaños número diecisiete en casa, ya tiene la autorización
de Dumbledore. Puedes venir, si quieres, claro.

—Espero que la invitación se extienda hacia mí —burló Theodore.

—Claro, todos los amigos de Harry iremos —Neville le revolvió los cabellos a su
novio con cariño—. Y también deberemos secuestrar a Harry para el nacimiento de
Vera. Nacerá más o menos para su cumpleaños.

—Sí, pobre Ron —Ginny suspiró—. Oh, ¿no creéis que deberíamos ir a preguntarle a
Harry si quiere pasar su cumpleaños en casa? Tal vez decida pasarlo con el profesor
R.

—El profesor Rousseau está invitado, supongo —comentó Hermione. Ginny asintió.

—Están invitados todos aquellos que quieran a Harry.

—Yo quiero a Harry Potter, ¿me invitáis? —dijo una voz a espaldas de Ginny,
sobresaltándola. Se volteó para encontrar al pálido Vaisey.

—¿Vendrías a casa de unos, oh, no sé, "traidores a la sangre"? —preguntó la


pelirroja con una ceja alzada. Vaisey sonrió.

—Sólo si puedo traer a mi novio conmigo.

—Sí, puedes —Ginny se encogió de hombros—. Pero deberás conseguir un muy


buen regalo.
—A Harry no le importan los regalos —chasqueó la lengua Neville. Ginny bufó.

—Me da igual. Harry necesita regalos en su vida.

—Bien. Compraré un buen regalo y asistiré. ¿Fecha y hora?

—El treinta y uno de julio, a partir del mediodía. Habrá un buen almuerzo, y pastel.
Puedes venir por la red flú. Sólo di "La Madriguera" y llegarás a casa.

—Ah, bien —Vaisey se inclinó sobre Ginny para susurrar algo en su oído. Ella se
volteó, dispuesta a golpearlo, pero el chico se apartó riendo a viva voz. Ginny se
levantó con agilidad dispuesta a perseguirlo, pero Vaisey echó a correr tan rápido
que fue imposible alcanzarlo. Era rápido. Y ágil esquivando
hechizos Mocomurciélago.

—¿Qué te dijo? —preguntó Hermione, cuando Ginny volvió a sentarse a su lado. La


pelirroja chasqueó la lengua.

—Es un bastardo. Me dijo que si esa era la flú para llegar a casa, que cómo llegaba
a mi cama —puso los ojos en blanco—. Luego me besó el cuello.

Draco puso los ojos en blanco.

—Tranquila, Weasley. Lo hace con todos.

Ginny lo contempló extrañamente atontada.

—¿También te lo ha hecho a ti?

Draco chasqueó la lengua.

—Se ha armado un buen follón a principios de año cuando se creyó que su novio,
Adrian Pucey, tenía una cornamenta más grande que la del Patronus de Potter por
mi culpa.

Neville rió. Theo también lo hizo.

—¡Lo recuerdo, lo recuerdo! —soltó una carcajada—. Pero, Draco, os pillaron


besándose en los baños… sin túnicas.

Draco enrojeció hasta las orejas.

—¡Él me estaba besando a MÍ! ¡Yo no correspondía en lo absoluto!

Theo chasqueó la lengua.

—Eso no es lo que llegó a mis oídos.

Draco bufó y se cubrió el rostro con las manos, mientras a su alrededor todos reían.

—Sois maravillosos, chicos —bramó él, con claro sarcasmo—. Sois geniales.

—Lo sabemos —Neville le guiñó un ojo y rodeó sus hombros con el brazo—. ¡Somos
tus amigos, Draco! Somos descojonantemente geniales.
A Draco se le escapó una risita. Todos volvieron a reír, mientras el rostro del rubio
pasaba a su tonalidad natural.

—¿Sabéis? Creo que prefiero a Potter en su modo más bromista que a vosotros.

—Oh, Draco, hieres mi hermoso corazón —Theo se llevó la mano al pecho—.


Aunque no tan hermoso como tus ojos, por supuesto.

Draco rió. Neville soltó a Draco y empujó a su novio lejos de él.

—Porque claro, mis ojos no son bonitos en lo absoluto —chasqueó la lengua, y


Theo estalló en carcajadas ante la expresión molesta de Neville. Neville tampoco
pudo contenerse mucho tiempo y rió a su vez.

A unos escasos metros, Harry les contemplaba con una sonrisa. Sus amigos
sentados a la orilla del lago, salpicados con las "gotitas" que el calamar gigante les
lanzaba de vez en cuando, con las túnicas abiertas e incluso sin ellas, con sonrisas
amplias.

Debía confiar en ellos. Iba a hacerlo. Ya había hablado con Tom sobre el asunto. En
el verano, les contaría todo. Y estaba seguro de que ellos no iban a dejarlo solo.

Última noche en el castillo.

El banquete de despedida había sido fastuoso, ostentoso, y Harry había comido


hasta que se hartó de ello. Luego subió a la Sala Común a terminar de hacer su
baúl; cuando hubo terminado, se dirigió a las habitaciones de su pareja.

Sirius había tomado otras, ya que había decidido permanecer en el castillo. Pero
cuando Harry se adentró en la habitación de Cylean Rousseau, encontró las paredes
desnudas de libros y de imágenes muggles, las mesillas sin fotografías, los baúles
armados en el pequeño recibidor antes de la habitación propiamente dicha.

No tocó antes de entrar; Tom ya sabía que estaba ahí.

El hombre estaba tendido en la cama. Los cabellos negros, un poco más largos que
a principio de año, se derramaban sobre la almohada blanca. Los labios estaban
entreabiertos y los párpados cerrados, con las pestañas como tinta sobre las ojeras
marcadas. Tenía mal aspecto. Necesitaba dormir.

Pero Harry no sabía cuánto tiempo estaría sin él.

Trepó a la cama y apoyó su cabeza en el pecho de su amante, oyendo los rítmicos


latidos de su corazón, relajándose. Cuando comprobó que Tom dormía
plácidamente se levantó y se deshizo de su túnica, su camisa, sus pantalones. Se
entrometió bajo las sábanas para probar la piel salada del hombre, recorrer con la
lengua el vientre, rozar con los dientes la curva de la cadera, bajar poco a poco los
pantalones pijamas negros para encontrarse con que Tom no tenía ropa interior.
Tal vez lo había estado esperando. Y era verdad que Harry se había demorado
mucho.

Lamió con cuidado la sensible hombría de su novio, encontrándose con respuestas


inmediatas. El vientre no fue lo único que se endureció bajo sus dedos, y los
párpados de Tom temblaron. Un suspiro salió de sus labios, y luego otro más
grande, más afectado.

Harry siguió con su trabajo hasta que unas manos se enredaron en su cabello. Tom
le contemplaba con unos ojos que no eran castaños, pero tampoco eran rojos:
parecían ser del color del vino tinto.

—Eres pícaro, Harry —siseó Tom, tironeando de él lo suficiente para que trepara
por su cuerpo hasta unir sus labios. Harry se frotó contra él unos instantes,
mientras sus lenguas se unían, y dejó que un gemido profundo abandonara su boca
—. Algún día serás mi perdición, Harry Potter —gruñó Tom Riddle, mientras con
manos hábiles le quitaba la ropa interior y se deshacía de ella. Invirtieron lugares
—. Ponte de espaldas —pidió Tom, y Harry obedeció. Sus labios recorrieron el
cuello, la columna, la cintura, los hoyuelos de la espalda, el lunar a un lado del
trasero.

Harry se aferró a las sábanas cuando sintió aquella lengua hundiéndose en él, soltó
gemido tras gemido, soltó quejido tras quejido, inundado en el placer. Y cuando por
fin estuvo listo, Tom se aferró a sus caderas e irrumpió en él, lenta y
pausadamente.

No estaban desesperados por acabar. Era una despedida. No exactamente un adiós,


pero sí un hasta pronto. Un nos veremos. Un ojalá.

Tom pegó su pecho a la espalda de Harry, besó su cuello, lo mordió. Jugó con sus
dedos recorriendo toda clase de curvas, arrancando toda clase de gemidos de su
boca. Se hundía, profundo, tocaba un punto ideal, salía, se volvía a hundir en un
vaivén que les llevaba al cielo.

—Más —rogó Harry, sintiéndose en su límite pero incapaz de acabar—. Más.

Y Tom se lo otorgó.

Se movió con mayor rapidez, con mayor intensidad, apretando más fuerte sus
caderas. Harry jadeó, y mientras una mano de Tom sujetaba sus caderas, otra
recorrió el camino hasta él, hasta donde se encontraba, frotándole de arriba abajo.
Jadearon, gimieron, y cayeron el uno sobre el otro cuando tocaron fondo, cuando
se maravillaron por la fabulosa sensación de amarse.

Se abrazaron, desnudos como estaban, y Tom los cubrió a ambos con una sábana.
El aire que se colaba por la ventana entreabierta no era exactamente frío, pero era
mucho mejor prevenir.

Se quedaron allí, con los ojos cerrados, las respiraciones alteradas. Finalmente Tom
ladeó la cabeza para depositar en los labios de Harry un lento beso.

—¿Y eso? —preguntó él, sonriendo enternecido. Tom sonrió.

—¿Acaso no puedo besar a mi novio cuando quiera?


—Sí, puedes. Pero no eres de dar ese tipo de besos.

—Lo sé —guardó silencio unos segundos—. Sucede que he pasado mucho tiempo
lejos de ti. Y…

—¿Y? —Harry le animó a continuar. Tom contempló el techo mientras hablaba.

—Eres alguien especial para mí. Demasiado especial. En todo este tiempo te has
convertido en alguien sin quien mi vida estaría incompleta. No puedo idealizar un
mundo en el que no estés conmigo. Y quiero… quiero…

—¿Sí? —Harry se incorporó un poco para ver aquellos enigmáticos ojos—. ¿Qué
quieres, Tom?

—Quiero que estés conmigo —susurró—. Quiero que todos lo sepan. Quiero que
tengamos el mundo a nuestros pies. Que seamos uno ante el mundo. Quiero que te
cases conmigo.

Harry jadeó.

—Tom, esto es…

—Sé que no debería pedírtelo. Sé que tenemos mucho que perder si la verdad sale
a la luz. Pero podemos empezar de a poco. Hay algunos de tus amigos que lo
saben, y planeas contarles la verdad a los demás. Confío en que estarán contigo, y
una vez que cuentes todo lo que Dumbledore te ha hecho, todo lo que Dumbledore
ha hecho, puedan apoyarte en esto. No necesitamos matar, si eso quieres. Puedo
dejar de matar. Pero necesitamos un mundo que sepa respetarnos por quienes
somos: magos. El mundo mágico se está contaminando con cosas muggles, Harry;
el mundo mágico está cada día más hundido, más podrido. Hay corrupción, hay
desastres, hay homicidios entre mismos familiares por herencias millonarias.
Debemos parar todo esto. Sé que podremos hacerlo. Juntos.

Harry dejó caer su cabeza contra las almohadas, con una sonrisa maravillada en los
labios, con una expresión atontada en el rostro.

—¿Aceptas ser mío, Harry? ¿Aceptas que yo sea tuyo?

—Por supuesto que acepto, Tom. Te amo, maldita sea. Que el mundo se joda. Que
les den a todos. Yo estaré contigo.

—Y yo contigo —susurró Tom antes de volver a besarlo.

En el Expreso de Hogwarts Harry jugueteó con su anillo —mientras esperaba que


sus amigos le encontraran en el compartimiento— en el dedo anular de la mano
derecha. Mano derecha porque era de comprometido, mano izquierda sería el de
matrimonio.
Era un anillo fino, de plata, y se sentía extraño en su dedo. No necesitaba ser
Neville para saber que estaba cargado con una poderosa magia en él. Una poderosa
y fortísima magia, una que incluso él podía sentir.

Tenía dos finas tiras de plata que se entrelazaban y atrapaban una piedra opaca,
roja y circular. No era ostentoso. No era llamativo. Parecía ser una joyería más, si
Harry no supiera que significaba algo más, mucho más profundo que ello. Algo
secreto y oculto. Algo que dentro de poco sus amigos sabrían, y no sabía si le
aceptarían, pero le daba prácticamente igual porque estaría con Tom el resto de su
vida, y eso le haría feliz. Tom llenaría sus momentos tristes, Tom completaría su
vida, Tom le daría una vida nueva.

Neville fue el primero en entrar. Sus ojos se detuvieron en el anillo en su mano y,


como un bólido, quedó frente a él.

—¿Cuándo te lo propuso? —preguntó, tironeándole la mano para contemplar el


anillo más de cerca. Harry rió.

—Primero dime qué tipo de hechizos tiene encima.

Neville puso los ojos en blanco.

—Son fuertes. Hechizos de protección —movió su mano frente al anillo—, hechizos


que le avisaran quién intente quitártelo a la fuerza. Joder, también hay una
maldición a quien se lo ponga que no seas tú. No sé qué hace, sólo puedo sentirla…
También hay poderosa magia muy oscura, Harry. No sabría describirla. Parece
como si fuera un juramento inquebrantable…

Harry ladeó la cabeza.

—Vaya, yo sabía que tenía varios hechizos, pero dudaba que tuviera algo así. Que
idiota, Tom. Creí que sabría tener precaución. Cualquiera puede ver este anillo y
sentir eso…

Neville chasqueó la lengua.

—Ese es el mejor problema. Harry, ¿te casarás con él? ¿En serio? —los ojos de
Neville brillaban. Harry asintió.

—No es como si estuviéramos hablando de vestidos de novia, fechas para la fiesta


o si debemos invitar a Aurores y Mortífagos que festejen unidos por una noche…
apenas anoche me lo propuso.

—Y aceptaste sin dudarlo —Neville se dejó caer contra su asiento—. Vaya, Harry.
Esto es mucho.

—Lo amo —susurró Harry— y sé que lo amaré sin importar qué tiempo pase. Ha
hecho de todo para darme la felicidad que me arrebató. Todos merecen otra
oportunidad. Él también es humano. Él también me ama.

Neville le sonrió.

—Eso no lo pongo en duda, Harry.


Ginny escogió ese momento para entrar con Luna. Harry había encogido los baúles
de ambas en la estación, mientras que todos sus demás amigos los habían
encogido ellos mismos. Lo único que llevaban encima, sin encoger, eran las
mascotas. Hedwig picoteaba sus chuches de lechuza mientras oía la conversación
entre los amigos.

Hermione y Draco entraron luego; le siguieron Lavender y Ron. El compartimiento


pareció sentirse bastante lleno. Le siguió Theo que, ante no tener lugar para
sentarse, aterrizó en las piernas de su novio.

Nadie más se percató del anillo de Harry, y aunque Draco le contempló el dedo con
una extraña mirada, no dijo nada.

Llegaron a King Cross con las familias y los recibimientos. A Harry le esperaba
Remus, sonriendo ampliamente, y le dio un extraño abrazo.

—Harry —saludó, mientras le revolvía los cabellos—. Vaya, estás más alto que la
última vez que te vi, y no fue hace mucho. ¿Te estás dejando crecer el cabello?

Harry se quedó helado.

—Eh, sí, supongo —se había olvidado de volver a su cuerpo original aquella vez que
había salido como Érebo. A su estatura original, al menos. Al principio había
menguado unos centímetros para que las túnicas no le quedaran tan cortas, pero le
había gustado tanto la sensación de ser alto que había permanecido en esa
estatura.

—Luces bien —Remus le dirigió una sonrisa radiante, aunque la alegría no había
llegado a sus ojos—. Y hay una sorpresa para ti en la estación.

Harry se despidió de sus amigos con abrazos, sonrisas, y promesas de que le


escribirían. Luego salió a la estación para encontrarse, boquiabierto, con Cylean
hablando animadamente con su tía.

Si les veías y no les conocías bien podrías decir que se llevaban bien. Pero Harry
conocía a Tom, y podía ver el duro resentimiento en los ojos azules del cuerpo de
Cylean Rousseau.

—¡Harry! —Cylean le sonrió radiante. Petunia esbozó una extraña sonrisa en los
labios.

—Cylean, ¿cómo llegaste aquí? —preguntó Harry, sonriente. Remus le acompañaba.

—Me aparecí desde Hogsmeade —le guiñó un ojo—. Tenía algo que hablar con tu
tía. Tal vez no lo sepas, pero hemos estado compartiendo cartas.

—¿Compartiendo cartas? —Harry alzó una ceja. Cylean asintió.

—Estos últimos días. Se me ocurrió escribir a tu tía cuando salí del hospital; quería
preguntarle si no le importaba si te iba a visitar un par de veces en el verano. No es
que necesitara su autorización, pero creí que de ese modo sería más fácil para
ella… ¿y con qué me encuentro?

Los ojos de Cylean brillaban. Harry ladeó la cabeza y contempló a su tía con la duda
escrita en su rostro.
—Luego de lo que le sucedió a mi pequeño Dudders… —ella dudó— me divorcié de
Vernon. Me mudé aquí, a Londres; estoy rentando un piso. Y… creí que debía
disculparme contigo. Te he tratado muy mal todo este tiempo. Porque estaba
celosa… veía en ti a mi hermana, a quien yo había querido ser. Tienes… tienes los
ojos de tu madre, Harry. Y lo lamento. Dejé que te maltrataran, te maltraté.
Destruí tu infancia y la convertí en algo que habría traumatizado a cualquier niño…
Era mi responsabilidad cuidarte. Mi responsabilidad total encargarme de ti, de que
recibieras afecto, que recibieras el amor que tus padres jamás te hubieran negado.
Yo… lo lamento mucho. Quiero arreglar las cosas, Harry. Por favor, perdóname.

Harry avanzó unos pasos y dejó que su tía se arrojara contra él y le envolviera en
un apretado abrazo. Palmeó la espalda de su tía, que era unos centímetros más
baja que él, que le soltó como si estuviera avergonzada para dedicarle la primera
sonrisa que le había dedicado en toda su vida.

Harry, extrañamente, se sintió bien.

—Entonces, ¿el señor Rousseau vendrá a visitarte seguido? ¿Por qué?

—Llámeme Cylean, Petunia. Ya se lo he dicho.

Petunia sonrió de una forma extraña.

—Cylean es mi novio —le dijo Harry—. Estamos juntos desde más o menos medio
año.

—¡Vaya! —Petunia no parecía asqueada, ni tampoco horrorizada como hubiera de


esperar—. Entonces, puede venir a visitarnos. Pero no se quedará a dormir.

Harry, en contra de su voluntad, enrojeció varios tonos.

—No creo que nosotros…

—Conozco a los jóvenes de hoy, Harry. Y no es que no confíe en vosotros, pero no


confío en vosotros. Estás bajo mi responsabilidad. Y te cuidaré. O por lo menos, lo
intentaré, lo más que pueda.

Harry sonrió ligeramente avergonzado.

—Entonces… ¿dónde queda el piso que estás rentando, tía Petunia?

Ella sonrió.

—Hay que tomar un autobús para llegar. Es en Muswell Hill.

—Os acompaño —dijo Cylean, libremente. Remus se despidió de Harry y le entregó


la jaula de Hedwig. El baúl encogido de Harry se hallaba en su bolsillo.

Harry asintió, saludó con la mano a Remus y tomó la mano de Cylean. Así, ambos
emprendieron camino a una nueva vida.

¿Fin?

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