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Esclava

Eve St. Jones


© Todos los derechos reservados

Todos los derechos están reservados. Quedan prohibidos, dentro de los límites
establecidos por la ley y bajo los apercibimientos legales previstos, la reproducción total o
parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, el
tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra sin la
autorización previa y por escrito de los titulares del copyright.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares y situaciones son producto
de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con
personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales) hechos o
situaciones son pura coincidencia.

ADVERTENCIA: este libro contiene situaciones y lenguaje adulto, además de escenas


sexualmente explícitas, que podrían ser consideradas ofensivas para algunos lectores. La
venta de este libro es solo para adultos. Por favor, asegúrese de que este libro está
archivado en un lugar al que no puedan acceder lectores menores de edad.

Título: Esclava
Copyright © 2022 – Eve St. Jones

Primera edición, octubre 2022

Instagram: @evestjones

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ÍNDICE

Esclava

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ÍNDICE

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Otras novelas
Capítulo 1

El coche me deja al pie de una amplia escalinata, y el conductor


aguarda, silencioso, a que yo descienda.
Me retuerzo las manos en el regazo, algo que hago desde que
tengo uso de razón ante una situación que escapa a mis
posibilidades.
Tomo aire, respiro profundamente, y parece que consigo las
fuerzas necesarias para descender del vehículo. Cuando al fin
salgo, el coche arranca, despacio, casi sin ruido, y desaparece de la
vista, dejándome sola en medio… ¿en medio de qué?
He seguido todas las indicaciones y he estado a la hora
acordada en la Estación Central. Estaba segura de que recibiría una
llamada que me indicaría sucintamente cuál sería el próximo paso,
pero no. Ha llegado este hombre, el que me ha traído hasta aquí, y
con acento coreano me ha dicho que le siga. Nada más, ni siquiera
se ha vuelto para comprobar si estoy detrás de él.
Cuando he visto el enorme vehículo negro y de corte elegante
aparcado en una zona restringida y él ha ocupado el asiento del
conductor, he de reconocer que me he asustado. Me han educado
para que no me fie de nadie, y menos de los hombres. Meterme ahí
es la cosa menos prudente que he hecho en mi vida, pero ya ves,
aquí estoy.
Hemos salido de la ciudad en dirección norte, hacia los grandes
bosques. Según avanzábamos me he ido impacientando, hasta el
punto de preguntar un par de veces que a dónde nos dirigíamos,
pero no he recibido respuesta alguna.
En este momento estoy a la entrada de una gran mansión, una
de tantas que escalonan los bosques perdidos del noroeste, tan
privadas y recónditas que nadie podría encontrarme aquí.
A mi espalda hay un gran parque, hemos tardado veinte minutos
hasta aquí desde que atravesamos la cancela de seguridad
custodiada por dos hombres armados. Frente a mí, un edificio
imponente, de grandes ventanas y elegante silueta, como si se
tratara de un palacio francés en medio de la nada.
Tomo aire de nuevo. No sé a qué me enfrento ni qué
consecuencias tendrá, pero sé que es peligroso.
Me estiro del vestido, que está arrugado, y maldigo por no
haberme puesto algo más cómodo, como si en algún momento yo
hubiera sabido que estaría aquí. Sonrío con amargura, otro de mis
rictus de incomodidad, y subo la escalinata de seis peldaños para
acceder a la enorme puerta de madera.
No hay llamador ni campana, y voy a golpearla con los nudillos
cuando esta se abre muy lentamente, como si estuviera sujeta a
rieles engrasados.
Al otro lado aparece una mujer, también asiática. Es joven y
bonita, y va vestida de uniforme, con un delantal y una cofia
blanquísimas sobre el vestido negro. Me pasa por la cabeza la
absurda idea de cómo es posible que aún existan personas que
hagan vestir así a los criados, pero recuerdo en la situación en que
me encuentro, y otro ramalazo de miedo me recorre la espalda.
—No sé por qué estoy aquí, pero… —intento decirle, y ella hace
lo mismo que el chófer, darme la espalda y dirigirse a la enorme
escalera central que cierra el formidable vestíbulo.
Quien viva aquí no ha escatimado en gastos. El suelo es de un
mármol tan blanco e impoluto que ni pueden verse las juntas. Hay
cuadros cubriendo las paredes, antiguos y modernos, y si mi escasa
cultura pictórica no me falla, dos de ellos son de pintores famosos.
El techo del vestíbulo lo cierra una cúpula recubierta de vidrios de
colores, que deja entrar una luz cálida y multiforme, decorando las
paredes que quedan desnudas.
La criada ya está a mitad de la escalera, y tampoco se ha
molestado en averiguar si la sigo.
Salgo del aturdimiento y me lanzo a su encuentro. Subimos los
dos amplios tramos y llegamos a un segundo vestíbulo, donde hay
un sofá y más cuadros. Ella se dirige a una doble puerta, que abre
muy despacio, como si un portazo pudiera ser algo mortal, y sin
más, se da la vuelta y regresa por donde ha venido.
Me quedo allí en medio, tan confundida como asustada. Mi
cabeza no deja de lanzarme la idea de qué diablos hago aquí, de
por qué he accedido a esto. Pero ya es tarde. Ya solo puedo
continuar adelante.
Atravieso la doble puerta. Es un despacho, o una biblioteca, no
estoy segura. Está tapizada de estanterías repletas de libros, la
mayoría muy antiguos, y hay una enorme vidriera que da a la
fachada principal, al camino de grava por el que he llegado.
Solo entonces lo veo, al hombre.
Está sentado en una butaca grande, enorme, de madera
repujada. Va impecablemente vestido de negro, creo que es un
esmoquin, porque jamás he visto ninguno fuera de las películas, con
camisa blanca y pajarita del mismo color.
¿Qué edad tendrá? Muy posiblemente no llegue a los cuarenta,
como yo, aunque no podría jurarlo, porque todo en él parece
inmortal.
Tiene el cabello oscuro, bien peinado hacia un lado, muy
correcto. Mandíbula dura, nariz grande, ojos grises al parecer. Su
boca es carnosa y sus cejas definidas, lo que le aportan un aspecto
entre sensual y peligroso. Es un hombre guapo, sin duda, con una
belleza animal, de esas que hablan más de deseo que de equilibrio.
Su postura en la silla dice mucho de él. Una pierna cruzada
sobre la otra y el codo apoyado en el brazo, donde descansa su
mandíbula. Está estudiándome, analizando detenidamente cada uno
de mis gestos, de mis movimientos, de mis expresiones.
Respiro con dificultad y me siento tan insignificante como un
insecto. No sé quién es ni a qué se dedica. No conozco su nombre
ni de dónde viene. Ni siquiera sería capaz de volver aquí sola, sin la
compañía del tipo que me ha traído.
Me aparto un mechón de oscuro cabello que se empeña en
metérseme en la boca y lo miro directamente. ¿Debo hablar? ¿Debo
decir algo?
Vuelvo a tirar de mi vestido. ¿Por qué diantres me habré puesto
hoy este de algodón, que me da aire de campesina? Pero… ¿Quién
me iba a decir esta mañana que mi vida daría este giro vertiginoso?
Pasan los segundos, los minutos. Él no se inmuta. Yo me
impaciento y cambio el peso de un pie al otro.
—Yo solo quería…
No me deja terminar.
—No te he dado permiso para hablar.
Su voz es agradable y bien modulada. No lo ha dicho con
agresividad, sino de la misma manera con que se pediría una tarta
de queso después del almuerzo. Aun así, un escalofrío me recorre
la espalda al escucharlo.
Me callo de inmediato, por supuesto. Soy medio consciente de
dónde me he metido.
Él se levanta. Tiene un absoluto dominio de su cuerpo, como un
gato, porque lo hace con una agilidad tal que parece que no pesa.
Viene hacia mí, despacio, con las manos a la espalda. Y me
rodea, sin dejar de mirarme, analizando las curvas que marca este
jodido vestido, mirando descaradamente partes de mi cuerpo que
me pertenecen solo a mí.
Después se planta de frente, con las manos a la espalda,
encarándome sin ningún disimulo.
Más segundos de silencio, quizá minutos, hasta que habla de
nuevo.
—¿Eres consciente de que me perteneces?
Me lo dice muy despacio, como si necesitara asegurarse de que
le he entendido bien.
Yo trago saliva y asiento.
—Eres mía —prosigue—. Como son mías esa mesa y aquella
lámpara. Podré hacer contigo lo que quiera y cuando me plazca, sin
pedir permiso, sin comunicártelo siquiera. Tengo derecho a exigirte
que permanezcas ahí de pie, durante horas, días si me place, o a
que te comas tus propios excrementos si eso me divierte. ¿Me has
entendido?
Intento que la lágrima que vuela sobre mi párpado no descienda
por la mejilla, pero solo asiento por segunda vez.
—Eres tan mía, que a veces te pediré que te adelantes a mis
deseos, o que materialices mis sueños, y si te equivocas…. Tu vida
también me pertenece.
Esta vez las lágrimas ruedan por mis mejillas, incapaz de
detenerlas, pero no hablo, no digo nada, ni siquiera me muevo de
donde estoy.
Él vuelve sobre sus pasos y se sienta de nuevo, a un par de
metros de mí. Parece un animal salvaje, imposible de domesticar,
pero también la expresión máxima de la exquisitez humana.
Coloca de nuevo los codos sobre el reposabrazos, junta las
yemas de los dedos, y entonces habla de nuevo.
—Y ahora —su voz retumba como una campana—, quítate toda
la ropa.
Capítulo 2

Me tiemblan los dedos, pero consigo, torpemente, desatar uno a


uno los malditos botones de mi feo vestido.
Tengo un anticuado sentido del pudor, y mostrarme desnuda ante
nadie ha sido para mí algo difícil. Ni siquiera en el gimnasio, donde
mis compañeras de clase bandean desnudas mientras se secan el
cabello o se embadurnan en hidratantes. Yo soy de las que se
esconden en la toalla, de las que hacen equilibrios para ponerse la
ropa bajo ella, sin que se vea nada.
Y ahora me encuentro en medio de un bosque perdido, en una
casa que tiene el aspecto de su dueño, y ante un hombre al que no
he visto jamás.
Él sigue ahí, sentado, aunque ahora se ha recostado ligeramente
en la gran silla, como si se hubiera puesto cómodo para disfrutar de
mi vergüenza.
Cuando he desabrochado todos los botones me atrevo a mirarlo.
Sus ojos están clavados en mí, sin perder detalles, atentos a lo que
hacen mis dedos y a como se encoge mi cuerpo para intentar ser
invisible.
Despacio, temblorosa, me bajo el escote, hasta dejar un hombro
al aire, mientras mi otra mano sujeta tan fuerte el vestido que mis
nudillos están blancos.
No soy una belleza, lo sé. Tengo treinta y ocho años y he
trabajado desde que tengo uso de razón, lo que me hace aún más
inexplicable el interés que este hombre pueda tener por mi cuerpo.
Trago saliva y bajo el otro hombro, dejando la espalda al
descubierto.
Intento localizar en él una señal de que pare, de que me detenga,
de que ya es suficiente, pero únicamente descruza las piernas para
acomodarse.
Sé que me ha dado una orden y sé que debo obedecerla.
De nuevo las lágrimas acuden a mis ojos y me pregunto por qué
habré dado el paso, por qué me he metido en esto.
Respiro y bajo el vestido hasta la cintura, dejando expuestos el
sujetador y mi vientre. Mis senos son más grandes de lo que me
corresponde, lo sé, y siempre me han hecho sentir incómoda. Mi
barriga no es tan tersa como hace unos años, aunque mantiene la
forma estrecha en la cintura y amplia en las caderas.
¿Será suficiente? ¿Me puedo marchar ya? No me atrevo a
decirlo en palabras, pero mis ojos suplicantes lo explican por mí.
—Sigue —es todo lo que sale de su boca.
Ahora son las rodillas las que me tiemblan. Decido no alargarlo,
así que abro las manos y el vestido de algodón cae al suelo, como
un sudario.
Mis manos, mis brazos, no saben qué hacer. Instintivamente
tiendo a cubrirme, a taparme, pero él me lo ha dejado claro, quiere
verme desnuda, así que cuanto antes, mejor.
Intento serenarme, adquirir una templanza que no tengo. Me
pongo derecha, espigada, con las manos en los costados, y lo
encaro.
Veo cómo me evalúa. Primero clava sus ojos en los míos. Los
siento fríos, violentos. Después bajan por mi cuerpo, como si se
tratara de una de esas máquinas que te hacen una tomografía.
—Continúa —me apremia.
Solo llevo puestos el sujetador y las braguitas, que por una vez
en la vida la casualidad ha querido que sean a juego. Me recrimino
por pensar en eso. ¿Cómo puedo pensar en que es importante algo
tan nimio cuando me estoy desnudando delante de un desconocido?
Mis manos se alzan, como si tuvieran vida propia, y trastean con
el cierre del sujetador. No atinan al principio y, por un momento, creo
ver una expresión de exasperación en los ojos de este hombre.
Al fin cede, y cae al suelo, dejando mi busto completamente
expuesto.
Ya te he dicho que, en comparación con mi tamaño, tengo el
pecho grande, y las areolas pequeñas y rosadas lo hacen aún más.
Creo que me encojo. Lo hago desde adolescente, cuando empezó a
crecerme, con la intención, inconsciente, de disimularlo. Cuando me
doy cuenta, torpemente vuelvo a espigarme para aparentar algo de
dignidad.
No espero la orden, porque sé que saldrá de su boca, y me bajo
las braguitas, hasta sacarlas por los pies y dejarlas a un lado.
Ahora sí. Ahora estoy desnuda. Completamente expuesta.
La lágrima que había jugueteado con mis párpados al fin se
decide y rueda por mi mejilla. No sé qué pretende, pero estoy
segura de que me sacará de dudas muy pronto.
Me contempla a su gusto, sin disimular su apetito, su curiosidad
en mí, en este cuerpo que a veces me avergüenza y me acompleja.
Cuando se pone de pie, de improviso, doy un paso hacia atrás.
No lo hago conscientemente, no. Ha sido instintivo, de la misma
manera que te apartarías si a tu lado apareciera un tigre a punto de
saltar.
Consigo serenarme y permanezco firme.
Él, despacio, recorre los pasos que lo separan de mí.
Por mi cabeza pasan muchas cosas: los malabares que he
hecho para que no me vean desnuda, el cuidado que siempre he
tenido para no ser seducida por un indeseable, mis continuos
remilgos, lo de Miriam. Porque todo eso solo ha servido para que
haya acabado en manos de un desconocido que tiene licencia para
hacer conmigo lo que quiera.
—Cierra los ojos —me ordena.
Lo hago de inmediato y se lo agradezco, como cuando nos
cubrimos la cabeza con una sábana después de haber visto una
película de terror.
Cuando siento su mano sobre mi esternón, otra lágrima se me
escapa de los ojos, aunque debo reconocer que es un tacto suave,
cálido, casi liviano. Permanece allí mucho tiempo. Tanto que llego a
pensar que eso es todo. Que no quiere más de mí. Pero en algún
momento empieza a desplazarse, a descender, hasta tomar uno de
mis senos y abarcarlo.
Es ahí donde las sensaciones empiezan a ser confusas. Por un
lado, siguen presentes el temor y la vergüenza, pero por otro hay
algo nuevo, desconocido, como una marea de fondo apenas
perceptible.
Cuando dos dedos ágiles pellizcan mi pezón abro los ojos.
Él está muy cerca de mí, y tiene la mirada clavada en la mía.
—Te he dado una orden —me recuerda, y yo los cierro de nuevo.
Es entonces cuando su boca sustituye a sus gruesos dedos, y su
lengua.
Hay algo experto en su forma de moverse sobre mi piel, porque
me chupa, me muerde, me devora, con una intensidad que se
asemeja a cuando recogemos con los dientes el fruto de una almeja
y chupamos el jugo que queda atrapado en la concha.
Es en ese momento, cuando mis hipersensibles pezones están
duros como monedas y su lengua juega con ellos, cuando soy
capaz de poner nombre a esa corriente secreta y oculta que pugna
por imponerse, y cuando sus dedos, esos que antes han jugado con
ellos, se acurrucan en mi entrepierna, lo sé a ciencia cierta: placer.
Este descubrimiento es una revelación que me confunde. Debo
sentirme humillada, ultrajada, y sin embargo estoy a punto de dejar
escapar de mis labios un gemido de placer.
Pugno por abrir los ojos de nuevo, pero no sé si una segunda
desobediencia tendrá un castigo que yo pueda asumir, así que los
aprieto con fuerza, para intentar comprender qué sucede y por qué
este cuerpo mío reacciona de esta manera a los ultrajes.
Cuando sus dedos húmedos localizan mi clítoris y comienzan a
frotarlo no puedo contenerlo más, y el suspiro salta de mis labios, se
expande hasta convertirse en un gemido.
No estoy segura, pero creo oír un gruñido de este hombre que es
ahora dueño de mi cuerpo, uno solo, hasta que su boca desciende a
lametazos, rodea mi ombligo, y sustituye a sus dedos en la cavidad
excitada que no consigue proteger mis muslos.
Nunca me han hecho nada así. Nunca he sentido una boca en mi
sexo, unos labios que aprietan, dientes que muerden, lenguas que
indagan.
Mis piernas flaquean de placer y se abren solas, se ofrecen,
como si no necesitaran protegerme.
De pie, absolutamente entregada, mi cabeza y mi cuerpo son dos
cosas diferentes.
La primera está tan confusa que se revela contra los espasmos
de placer. El segundo está tan entregado que prefiere no saber qué
está pasando. Y yo misma, la unión de ambas que me conforma,
soy un mar de confusiones en una situación inesperada.
Mientas su boca me come con avidez y sus dedos vuelven a mis
pezones, noto que llega. Es una punción intensa en los riñones, algo
que se expande, que explota entre ellos. Y entonces el placer me
recorre, me arrasa, hace abrirse cada una de mis células, como si
estuvieran dormidas, acurrucadas, y vieran la luz por primera vez.
Mi boca gime, mis piernas aprietan la cabeza de aquel hombre
para que no se detenga ni se separe ni intente dejar de proporcionar
todo este bendito placer que me arrasa como una ola.
No sé cuánto dura. El tiempo ha dejado de ser una dimensión,
pero pasa lentamente, como si se alejara una divina tempestad,
hasta que un último boqueo de mi boca parece indicarle que ya todo
ha pasado.
Agotada, desmadejada, consigo mantenerme en pie con
dificultad.
Solo entonces abro los ojos, aunque no me lo ha ordenado.
Él está allí, de pie, a un metro escaso de mí.
Se ha llevado el antebrazo a la boca, supongo que para limpiarse
los fluidos que aquel torrente ha debido provocar.
Hay algo extraño en su mirada. Nuevo. Como si todas las
suposiciones a las que había llegado conmigo no terminaran de
cumplirse.
Cuando aparta el brazo, sus labios están rojos, hinchados de
tanto comer.
—Vístete y vete —me ordena—. Te recogerán mañana a las diez
en el mismo sitio.
Voy a responder, pero no me sale la voz del cuerpo. Aún estoy
demasiado impresionada con lo que ha pasado.
Él abandona la estancia por una puerta disimulada entre las
estanterías repletas de libros, y yo me quedo allí, sola, y
preguntándome qué es todo esto.
Capítulo 3

Cuando llego a casa me tiemblan las piernas.


El miedo provoca en mí una flaqueza que es desconocida hasta
este instante. También me martillea la pregunta de si esta flaqueza
no se deberá, además, al placer que ha recorrido mi cuerpo hace
apenas una hora.
La llave se resbala de entre mis dedos cuando intento abrir la
puerta. La recojo y vuelve a caerse. Tengo que respirar una, dos,
tres veces, e intentar serenarme antes de intentarlo de nuevo. Está
vez la tomo con fuerza, hasta sentir blancos los nudillos, y consigo
girarla en la cerradura.
Nada más entrar el olor de mi hogar me abofetea, como si
quisiera burlarse de todo lo que me está pasando, de esta locura en
que se ha convertido mi vida en solo unas horas, sin sentido alguno,
y muy próxima a la aniquilación.
—Mamá, ¿Dónde te habías metido?
Mi hija viene hacia mí, con las manos en jarra, como me ve a mí
hacerlo a veces. Me entran ganas de ir hacia ella, abrazarla, besarla
y decirle que nunca más me iré sin darle un puñado de besos.
—Hemos salido más tarde y, para colmo, he perdido el tren de
las siete —es lo que digo—. ¿Es muy tarde?
La cabeza de mi marido aparece por la puerta de la cocina. Lleva
guantes de fregar y mi delantal puesto.
—¿Dónde estabas? He empezado con la cena, pero me temo
que comeremos tarde. No soy tan rápido como tú.
Dejo el bolso en el recibidor. Tiffany quiere que le dé un beso,
con siete años su pasión por mí es desmedida, y a mí me encanta,
pero de repente recuerdo lo que me ha hecho ese hombre, y me
quedo paralizada antes de abrazarla.
—¿Te has lavado las manos?
—Papá dice que aún no vamos a cenar.
—Da igual —le sonrío, aunque no estoy muy segura de que haya
conseguido hacerlo—. Hazlo y después te ayudo con los deberes.
De estudiado mal humor se marcha hasta el baño de la planta
baja, mientras relata no sé qué de sus manos limpias.
Vuelvo a contar hasta tres antes de entrar en la cocina.
Como ya esperaba, está todo por medio. Arthur no termina de
enterarse que cada cacharro que utilice debe meterlo en el
lavavajillas. Hay toda una pila en el fregadero y la encimera está
repleta de montones de basura, pieles de verdura y envases
destrozados. ¿Cómo es posible que necesite tantos utensilios para
hacer una crema de verduras? Ahora está sazonando unos filetes
de pollo congelado que tomaremos de segundo. Demasiada sal y
exceso de pimienta. Mi hija no querrá comerlos, pero a diferencia de
cualquier otra vez, no digo nada.
—Muy tarde, ¿no? —me pregunta.
Está molesto, lo conozco tan bien que sé el tono de cada una de
sus palabras. Ahora querría estar en el salón con la tablet,
descansando mientras yo me encargo de todo, pero ha tenido que
meterse en este fregado que detesta. ¿Se habrá preguntado alguna
vez si a mí me encanta, o lo hago por obligación?
—Hasta que no hemos pasado todas las facturas del mes el
señor Flint no nos ha dejado marchar.
—¿Eso no lo hacéis a principio del siguiente?
—Debe de haber discutido con su mujer, porque lleva todo el día
de un humor de perros.
Su mirada me dice que no le convence, porque rara vez pasa
algo extraordinario en mi oficina, donde trabajo de contable, así que
añado la información que le falta.
—Y, no te lo vas a creer, pero he perdido el tren y he tenido que
esperar al de las ocho. Menos mal que había poca gente.
Arthur me mira de soslayo y me dedica una sonrisa forzada.
—Otro día, avisa. Así me vendré directo del trabajo.
—¿Te han pagado?
Veo su incomodidad, aunque lo disimula de maravilla.
—Aún no. Pero me han asegurado que antes del miércoles
estará todo liquidado.
Ruego porque así sea. Si no, no sé qué haremos.
Empiezo a meter cosas en el lavavajillas, cuando lo recuerdo.
—¿Qué haces? —al parecer, mi marido tiene mejor memoria que
yo.
—No me acordaba de que se había estropeado.
Él se ha vuelto hacia mí, y me mira mientras se limpia los
guantes en el delantal limpio. Lo planché ayer antes de acostarme,
con mis últimas fuerzas del día. Verlo es como si se burlara de mis
esfuerzos porque esta familia funcione.
—¿Estás bien? —me pregunta, despacio, porque no debe estar
acostumbrado a verme así.
—Me duele un poco la cabeza.
—Ya te he dicho que me van a pagar.
—No es por eso —voy hacia él y le doy un beso ligero en los
labios—. Debe ser por todo lo que he corrido desde que me he
levantado esta mañana. Ya sabes que cuando me acelero lo paga
mi jaqueca.
Me arrepiento de inmediato. Es posible que el perfume de aquel
tipo esté impregnado en mi piel, en mi ropa, incluso que el olor a
sexo aún no haya desaparecido de mi cuerpo.
—¿A qué huele?
Me hago la inocente.
—No tengo ni idea.
—Creo que eres tú.
Hago como que olfateo mi ropa mientras busco una excusa
plausible.
—¡Ah! Cristina nos ha pulverizado a todos con su agua de
colonia. A mí no me gusta nada, ¿y a ti?
—Huele a perfume de hombre. Tu compañera está fatal del
olfato.
Mi hija aparece de nuevo para decirnos que se va al salón a
terminar los deberes. Lo veo como una salvación, aunque sentarme
al lado de Tiffany sin haberme duchado tras lo que ha sucedido es
casi un sacrilegio.
Intento ir detrás cuando Arthur me pregunta de nuevo.
—¿Qué es eso?
Me vuelvo hacia él, ya en la puerta: si ha empezado a hacer la
cena por una vez en su vida, que la termine, que yo fregaré esta
noche mientras él ve un programa de televisión.
—No sé a qué te refieres.
Arthur tiene las cejas fruncidas, y me señala un punto de mi
cuerpo. Cuando llevo la vista hacia allí y lo veo, de nuevo me
tiemblan las piernas y temo que mi rostro se haya puesto tan
encendido como mi vergüenza.
Es un rosetón entre mi cuello y el escote. Un punto donde los
labios de aquel hombre han besado, succionado y lamido mi piel.
Algo propio de una adolescente, pero no de una mujer casada y con
una hija que hace meses que no tiene relaciones sexuales con su
marido.
—Creo que es una reacción alérgica.
Él no se mueve de donde está. Sabe tan bien como yo de qué se
trata, pero parece estar dudando si lo dice en voz alta o se busca
una excusa para parecer estúpido. Hay verdades que, una vez
dichas, lo cambian todo y no tienen marcha atrás.
Me está mirando fijamente a los ojos como yo hago con los
suyos. Busca un indicio, una razón por la que poner sobre la mesa
algo así, algo por lo demás inconcebible, porque… ¿quién le va a
hacer eso a su mujer, con la de chicas atractivas que hay ahí fuera?
Cuando aparta sus pupilas suspiro aliviada, aunque lo hago de
manera tan ligera que no puede darse cuenta. Su mente, que evita
los problemas, le habrá dado alguna otra explicación de por qué su
esposa llega dos horas tardes con el cuello marcado.
—Tómate algo —vuelve a los filetes de pollo, que va a empezar
a freír, aún congelados—. Esas cosas solo se quitan si te tomas
algo.
Le sonrío, y salgo de la cocina mareada.
Si Arthur hubiera llegado a otra conclusión, no sé qué habría
pasado. Una de las normas es que nunca, nadie…
—Mamá, ¿no me ibas a ayudar con los deberes? —me dice mi
hija desde el salón.
—Dame un segundo, necesito hacer un pis.
Me meto en el baño y cierro el pestillo.
Cuando me siento sobre el inodoro no puedo aguantar las
lágrimas, que caen por mis mejillas como una cascada.
Me encojo sobre mí misma, hecha un nudo, intentando contener
todo el dolor, toda la vergüenza y el miedo que anida en mi cuerpo
en este instante. Oigo a mi hija decir algo, quizá pensando que la
escucho, que la puerta del baño está abierta como siempre que
entro, para que ella se sienta acompañada, y mi llanto se recrudece.
No solo no sé dónde me he metido, si no que no tengo idea de
cómo voy a salir de aquí. Quizá he ido demasiado lejos, o me he
dejado llevar por el convencimiento de que podría con ello, sin ser
consciente de lo difícil que sería.
Ahora, ese hombre es mi dueño y yo soy su esclava.
Lo ha dejado claro, puede hacer conmigo lo que quiera, incluso
quitarme la vida si le place.
Y yo tengo una familia a punto de desmoronarse a la que
rescatar.
Capítulo 4

A las diez en punto el coche me espera en el mismo lugar.


Si ayer el sentimiento que me embargaba era una mezcla entre
miedo y curiosidad, hoy es una combinación letal entre terror y
deseo.
Anoche pude esquivar las preguntas incómodas que Arthur
siguió haciendo, hasta acostarme antes que él, aduciendo que
estaba cansada. Esta mañana se ha marchado sin despedirse. Sé
que no sabe nada, que no sospecha nada, pero cree que no le
perdono los problemas con su trabajo.
En esta ocasión me he arreglado más de lo que hago
habitualmente, aunque aún no logro saber por qué. Este vestido
negro hace años que no me lo pongo. La última vez que Arthur me
preguntó por él, le dije que se me marcaba todo y no tenía ya edad
para eso. Me pregunto por qué ha sido mi primera elección de hoy
cuando he abierto el armario.
El mismo chófer de ayer me abre la puerta del coche. Le miro
descaradamente a la cara antes de entrar, pero su rostro es
inexpresivo, como si no tuviera alma.
Durante el trayecto hasta la mansión, intento tranquilizarme,
explicarme que, si soy capaz de soportarlo un poco más, quizá todo
se resuelva y vuelva a ser como era antes… pero me doy cuenta de
que algo no marcha cuando antes de llegar al puente el coche toma
otra dirección.
—¿A dónde vamos? —pregunto a sabiendas de que no me va a
decir nada.
Los edificios de acero y cristal de las afueras comienzan a dar
paso a las bonitas casas coloniales del centro. En cierto modo eso
me calma: perdida entre los bosques del note puedo desaparecer
para siempre y nadie descubriría qué ha pasado, pero en el centro…
El coche se detiene en una de las vías más concurridas. Siento
cierta vergüenza cuando desciendo, porque alguien me puede
reconocer y preguntarse qué hace una mujer como yo bajando de
un vehículo con chófer que debe costar lo que mi sueldo de varios
años.
De pie en medio de una calle concurrida no sé qué hacer.
Cuando me inclino en busca de una explicación, el chófer me indica
el callejón que tengo justo en frente, una calle trasera entre dos
edificios donde se apilan los contenedores de basura de los
restaurantes circundantes.
La miro con aprensión, pero sé que no debo rechistar, solo
obedecer, y me dirijo hacia allí, sin comprender muy bien qué se le
ha podido perder a un tipo elegante en un lugar como aquél.
Cuando dejo los contenedores atrás es como si la ciudad
desapareciera. La mugre se apodera de suelos y paredes y el
bullicio urbano se amortigua. Siento miedo, porque cualquiera
podría atacarme y… pero recuerdo de repente qué hago allí, y el
terror desaparece de un plumazo porque estoy inmersa en algo más
preocupante que un tipo con una navaja hasta arriba de drogas.
Cuando llego al final de la calle sin salida, me pregunto si me he
confundido, pues no hay nada ni nadie, y mucho menos el hombre
elegante que dice ser mi dueño.
No he terminado de voltearme cuando una puerta metálica y
mugrosa se abre en una pared de ladrillo, y un hombre enorme y
vestido de negro que cubre sus ojos con gafas oscuras me abre
paso para que acceda.
Hubiera sido ridículo pensarlo, como lo es suponer que saldré
indemne de todo esto. Accedo al interior, y una luz tenue y amarilla
lo difumina todo.
El pequeño recibidor desnudo da paso a una escalera
descendente pintada de rojo: suelo, paredes, techo. Miro al tipo, que
ya no me presta atención, y la bajo con una mano apoyada en la
pared, pues no hay nada donde agarrarse y los escalones son de
vértigo.
Mi corazón ha intuido el peligro y late acelerado. De nuevo estoy
en la boca del lobo cuando debería estar en mi oficina, pasando
facturas de comidas y dietas de hoteluchos de mala muerte.
Cuando llego al final de la escalera de caracol, como si hubiera
descendido a los infiernos, me quedo impactada.
He oído hablar de sitios así, pero siempre había pensado que
eran las recreaciones oníricas de mentes enfermas.
Justo a mi derecha, un tipo le está haciendo el amor a una mujer
que tiene empotrada contra la pared. Ambos están enmascarados y
desnudos, y ella gime a cada embate, como si fuera a partirla en
dos, porque no hay delicadeza en ninguno de sus movimientos.
Pero no solo están este par de amantes.
En la cama central, cuatro personas desnudas y con antifaces se
retuercen unos sobre otros, como una nidada de serpientes, y sobre
la pared del fondo, y en el suelo, y al otro lado de la sala.
Una docena de personas practican sexo delante de mí, desnudos
y enmascarado, sin mostrar el mínimo signo de pudor. Son de
edades dispares. Aquel chico debe ser muy joven, y la mujer que es
penetrada a mi derecha ha debido pasar hace tiempo los cincuenta.
Tampoco parece que importe el color de la piel ni el estatus social,
porque una de las mujeres que está en la cama tiene el sofisticado
aspecto de una millonaria, mientras que su amante parece un
vagabundo.
Noto cómo se me acelera el pulso
Todos están cubiertos con antifaces menos yo, y cuando veo la
figura alta y estilizada, que cubre sus ojos con una máscara de
cuero negro, acercándose, sé que es él, y viene a por mí.
En esta ocasión solo lleva unos pantalones del mismo material
que su máscara, que se ajustan a sus piernas y caderas y
desaparecen dentro de unas botas recias.
Ayer no fui consciente de su cuerpo joven, musculado, como el
de un adonis esculpido en travertino. Hoy se muestra en todo su
esplendor, y de nuevo aparece en mi cabeza la idea de qué querrá
con una mujer como yo, cercana a los cuarenta, descuidada por no
tener tiempo de atender mi cuerpo, mi trabajo y mi familia.
—Ven —me ordena, y se da la vuelta, como si no tuviera duda
alguna de que voy a obedecer.
Atravesamos la sala, que está saturada del sonido de los
gemidos. Seguimos por un pasillo donde un hombre desnudo me
pasa una mano por el rostro antes de que yo logre zafarme. Y
llegamos a otra habitación, una de las tres tapadas con medias
cortinas que dejan poco a la imaginación, donde hay una cama
redonda, en la que se aman un hombre y una mujer desnudos.
Me pongo rígida en cuanto entro. Los dos llevan antifaz y
parecen tan necesitados de sexo como los demás. Solo yo y mi amo
parecemos no encajar allí, ya que somos los únicos con ropa sobre
el cuerpo.
La mujer me ha visto y me sonríe. Le dice algo al otro, que se
incorpora sobre el codo para observarme.
—Ya os lo dije —suena la voz de mi amo tras la máscara—.
Tenía un regalo para vosotros.
Sé que se refiere a mí, lo que provoca que mis manos comiencen
a temblar, intuyendo lo que pretende.
—No está mal —dice aquel hombre, cuya verga es enorme y
está completamente excitada.
—Es vuestra. Haced con ella lo que os plazca.
Yo me quedo mirándolo, quizá con la boca desencajada porque
había supuesto que él y yo… pero solo se apoya contra la pared,
como un buen espectador, y se cruza de brazos, expectante.
El hombre desnudo parece satisfecho. Se pone de pie, viene
hacia mí y me toma por la barbilla.
—¿Lo que queramos?
—Lo que os apetezca —insiste—. Ni se quejará ni protestará,
¿verdad?
Esto último me lo dice a mí, y yo asiento, mientras un nudo me
atenaza la garganta.
Cuando el enmascarado tira de mí hasta tumbarme en la cama,
cuando la mujer acaricia mi pecho por encima del vestido, cuando la
mano del individuo traspasa el dobladillo para acariciar la cara
interior de mis muslos, sé que van a tomar mi cuerpo de todas las
maneras, y no podré hacer nada para impedirlo.
Inmóvil, más bien paralizada, no me quejo cuando me desnudan,
ni cuando ella dirige su boca a mi pecho y me muerde los pezones
con fuerza. Comiéndome las lágrimas presencio cómo la mujer
desciende con la lengua por mi vientre hasta llegar al pubis. Aprieto
las rodillas, y le lanzo a mi amo una mirada de súplica que corta la
voz femenina.
—Ábrelas.
Trago saliva y obedezco. No puedo hacer otra cosa. Ese es el
pacto. Cuando separo las rodillas, la boca de la mujer se lanza hacia
mi intimidad, devorando con ganas una parte de mí a la que pocas
veces han besado.
Las lágrimas iniciales dan paso a un gemido cuando su lengua
se enreda en mi clítoris y lo masajea tan profundamente que una
oleada de placer me parte en dos. Eso me desconcierta, porque
debería sentirme humillada pero nunca excitada.
Es entonces cuando el hombre, de rodillas frente a mi cabeza, se
inclina para que su enorme falo entre en mi boca. Siento una arcada
que no puedo disimular, pero a él parece satisfacerle.
Mientras ella me devora por debajo, él me obliga a que le haga
una felación y me manosea el pecho, el vientre, la cara.
Y poco a poco, las náuseas iniciales, la absoluta repugnancia, da
paso a un placer nunca antes sentido, a unas sensaciones que no
podía imaginar, a una pérdida de control que libera mi mente y la
entrega, por completo, al placer.
Cuando mi amo se une a nosotros solo deseo que me posea.
Lo hace despacio, como cada uno de sus movimientos. Se
coloca frente a mí, baja la portañuela de su pantalón de cuero, y
deja al descubierto una verga robusta, generosa, diría que perfecta.
Es entonces cuando toma por las caderas a la enmascarada que
sigue arrodillada ante mí, y lentamente la penetra.
Ella se retuerce como una gatita, pero no deja de devorarme,
cosa que agradezco. Yo no puedo dejar de mirar a mi amo, y él no
aparta sus pupilas de las mías. Parece que toda esta coreografía
que suena a gemidos y huele a sexo, está hecha para nosotros dos,
siempre que yo sepa cuál es mi lugar y reconozca cuál es el suyo.
Llego al orgasmo enseguida. El primero de los muchos que me
deparará esta jornada, porque sé que estos tres no quedarán
satisfechos con cualquier cosa.
Capítulo 5

Todo comenzó hace una semana.


Podría remontarme más atrás, y contarte cómo mi marido decidió
formar parte de una empresa que está en números rojos y a cuyas
deudas respondemos con la casa en la que vivimos y los escasos
ahorros que aún nos quedan. Podría decirte que Arthur y yo apenas
nos hablamos, que no hacemos el amor desde hace tanto tiempo
que ni lo recuerdo. Podría contarte que le debo tanto dinero a mi
madre y a mis hermanos que me da vergüenza llamarlos para cosas
tan simples como felicitarles el cumpleaños. Quizá podría contarte
que trabajo diez horas al día como contable, aunque estudie Arte y
mi ilusión desde niña era montar un estudio para enseñar a pintar a
los más pequeños.
¿Cómo terminé en una empresa de mobiliario de oficinas
pasando facturas a un programa informático? Fue a los tres meses
de que Arthur no lograra traer dinero a casa.
Pensarán que poner en los hombros de uno solo de los
miembros de una pareja la responsabilidad económica es de otros
tiempos, y podría darte la razón. Pero yo siempre quise trabajar,
comenzar con mi estudio, incluso tenía los alumnos, pero mi marido
era de la opinión de que uno debía criar a los hijos y otro encargarse
de la subsistencia, y como él ya cobraba una buena nómina…
Todas estas razones pueden ser más que suficientes para
explicar lo que hice hace solo una semana, pero hay una más. Una
que por ahora me la voy a guardar, y que es tan íntima que nunca
antes he hablado con nadie de ello.
Aquel día, un martes cualquiera, mientras volvía a casa tras un
día duro donde los números de las facturas seguían bailando
delante de los ojos, perdí el tren que me llevaría y casa y no me
quedó más remedio que esperar al siguiente.
La estación estaba vacía. Los de hora punta se llenan de
inmediato pero los que pasan en minutos extraños casi siempre
acaban vacíos.
Aburrida, cansada, desesperada, por ese orden, era incapaz de
permanecer sentada en el banco de hierro, duro y frío, y paseé
arriba y debajo de la estación.
La vi a la segunda vuelta y no tengo la más remota idea de por
qué me llamó la atención.
Era un papel pequeño, la mitad de una cuartilla, y estaba clavado
con cuatro chinchetas al panel de corcho donde se colocaban los
avisos para viajeros.
Podía haberme pasado desapercibido. Creo que incluso si
estuviera leyendo atentamente los horarios de los trenes, no me
hubiera llamado la atención. Pero lo hizo.
Ponía una frase escueta, en un tipo de letra corriente y en un
tamaño que era pequeño como para ser llamativo: «Si quieres dar
un vuelco a tu vida, llama».
Creo que sonreí al leerlo. Me pareció que podía ser uno de esos
anuncios de quiromantes y tarotistas que hay pegados en las farolas
de cualquier gran ciudad. Debajo, al igual que estos, habían cortado
el pie del anuncio como si se tratara de las teclas de un piano y en
cada una de ellas había un número de teléfono.
Creo que lo que de verdad me llamó la atención fue que cada
uno de estos números era diferente. Lo habitual en estos anuncios
era que, si te interesaba, arrancaras el número para llamar, que
siempre era, por supuesto, el mismo.
Sonó el silbido del tren anunciando que se acercaba a la
estación. Miré y lo vi entrar, deteniéndose hasta quedar inmóvil. Sé
que apenas pararía más allá de que unos pocos pasajeros se
apearan, así que debía marcharme ya.
Arranqué el número y lo metí en el bolso, para después saltar al
tren cuando ya sonaba el silbido que anunciaba su partida.
Acababa de firmar una sentencia y no había sido consciente.
Capítulo 6

El coche me ha traído de nuevo a casa cinco horas después de


haberla abandonado esta mañana.
Te preguntarás qué he hecho durante todo ese tiempo, y la
respuesta es fácil: me han tomado todas y cada una de las personas
que ocupaban el local.
Después de que la pareja terminara conmigo el amo me ha
ordenado que pasara a la siguiente habitación. Allí había dos
hombres que se daban placer el uno al otro, pero que me han
acogido en su juego.
Después he tenido que ir a la tercera, hasta estar tan cansada,
que cuando he regresado al gran salón de entrada, donde en ese
instante se amaban seis personas entremezcladas, simplemente he
dejado que me hagan y no he podido participar en los juegos.
¿Cómo me he sentido? Al principio aterrada, también asqueada,
pero cuando han comenzado a sucederse los orgasmos…
He descubierto que jamás he tenido uno antes de entrar en este
juego. Es cierto que la excitación del sexo con mi marido, y con los
hombres con los que estuve antes de conocerlo, me hacía sentir
muy bien. Pero esto, la manera en que el gozo me parte en dos, me
embriaga, me hace gritar… no, es algo nuevo para mí.
Creo que con la única persona con la que no he practicado el
acto sexual de todos los que ocupaban el local ha sido con él, con el
hombre misterioso que me hace llamarlo amo.
Él ha estado presente todo el tiempo, ha participado con otras
personas, sin importarle edad o sexo, ha derramado sus fluidos
cuando el clímax era insostenible, pero no me ha tocado. Sus
manos no se han acercado a mí, su sexo no me ha buscado, su piel
se ha mantenido alejada. Únicamente sus ojos no han dejado de
observarme, mientras me penetraban, me chupaban, me mordían,
me amaban, o mientras él hacía cada una de estas cosas a otros
tantos amantes ocasionales.
¿Por qué? No lo sé. Quizá sean esas las reglas: derecho a todo,
incluso a no hacer nada más que darme órdenes.
Cuando recojo mi teléfono móvil en el coche hay seis llamadas
perdidas de mi trabajo. Simplemente no me he presentado, ni ayer
ni hoy. Intento recordar si alguna vez les di el teléfono de Arthur,
pero creo recordar que no, lo que me tranquiliza.
Desciendo deprisa porque no quiero dar explicaciones si me
cruzo con una vecina, y cuando llego a casa me doy una ducha
caliente que se lleva los rastros de sexo y la tranquilidad.
De nuevo empiezo a llorar, pero esta vez es diferente. Lo hago
porque me he permitido gozar, sentir, dejarme llevar, en un entorno
tan reprobable que no puedo contarlo a nadie.
Cuando logro tranquilizarme, me pongo ropa cómoda y comienzo
a preparar la cena. En breve llegará mi hija y no mucho después
abrirá la puerta mi marido.
Hoy quiero que sea una noche perfecta, que olvidemos nuestros
problemas económicos, que cenemos charlando de cosas
agradables y que nos quedemos dormidos en el sofá viendo una
película romántica.
Lo tengo casi todo listo cuando suena el timbre de la puerta. Aún
es pronto para que llegue mi pequeña, pero el cartero pasa
últimamente a cualquier hora.
Abro sin preguntar, y cuando veo quién está al otro lado, mi
corazón se detiene.
—No —apenas logro murmurar.
Es él, el amo, el hombre misterioso al que ahora pertenezco.
Viste con la elegancia de la primera vez, un traje azul impecable,
que se ajusta a su cuerpo como un guante, y camisa blanca sin
corbata.
No necesito que diga nada, simplemente me aparto para que
entre.
Él lo hace despacio, con aquel andar felino que lo caracteriza,
como si fuera a saltar sobre su presa de un instante a otro. Cuando
lo veo entrar en la cocina, un espacio familiar donde han sucedido
las cosas más hermosas de mi vida matrimonial, siento de nuevo
nauseas.
—Huele bien —dice husmeando sobre la sopa de fideos chinos.
—Preparaba la cena. —Estoy tan nerviosa que me retuerzo las
manos—. Llegarán en cualquier momento.
Él observa alrededor, como si estuviera en un museo de
curiosidades. Mi pequeña casa de barrio obrero debe parecerle una
caja de cerillas. Cuando me mira, hay una sonrisa esbozada en su
boca.
—¿Y qué les dirás sobre mí?
—No lo sé.
—Puedes decirle que soy un viejo amigo de la universidad.
Dudo que Arthur se lo trague porque lo conocería si fuera cierto.
—Puedo hacerlo —solo quiero que se largue cuanto antes.
—O que soy tu amo y tienes que obedecer todos mis deseos.
Gimo de desesperación. Lo que he hecho hasta ahora he podido
mantenerlo oculto, pero si alguno de los dos aparece… ¿Cómo
podré explicarlo?
—Mi hija es muy pequeña aún —vuelvo a gemir, a suplicar.
Él se acerca. Está muy cerca de mí, pero no me toca.
—Te he visto disfrutar esta mañana. Sabía que, si lograba
romper esa coraza, florecerías.
Me quedo callada. No sé a qué se refiere. ¿Al placer? ¿A los
orgasmos? Quizá no hubiera sido necesario algo tan extremo para
lograrlo.
—Quiero ver tu dormitorio.
Miro hacia la puerta. Es difícil encontrar un argumento creíble si
Arthur me pilla con un desconocido en el lugar donde ambos
dormimos, pero no digo nada. Subo por las escaleras y evito mirar el
cuarto de mi hija. Paso directamente al nuestro.
La cama está sin hacer y las cortinas corridas. Él pasea
alrededor, como si evaluara una obra de arte. Creo que para él soy
algo así, una arcilla que pretende modelar a su antojo, a su gusto
retorcido.
Cuando se quita la americana y la deja con cuidado sobre una
silla, mi espalda se envara de inmediato. Pero cuando comienza a
desatarse los botones de la camisa, sé lo que pretende.
—Aquí no, por favor —suplico.
—Tengo curiosidad por ver qué se siente.
—Mi marido te hará daño —le digo, y es posible que pierda los
papeles si me ve…
—Quizá pueda intentarlo. Desnúdate.
Comienzo a llorar, pero le obedezco. Me deshago de la bata y
me quito la camisa ancha y descolorida que uso para dormir.
Él está desatándose el cinturón y se ha deshecho de los zapatos.
—Quítatelo todo y túmbate.
Se refiere a las braguitas, que aún llevo puestas, y que arrojo a
un lado con la última lágrima.
¿Y si es mi hija la que entra corriendo? No tiene llave, pero no es
la primera vez que no la busca bajo el felpudo de los vecinos.
Miro hacia un lado, hacia la pared, para que haga con mi cuerpo
lo que desee y rogando para mis adentros que sea rápido.
Pero cuando él se tumba sobre mí, cuando su carne joven y
caliente oculta mi cuerpo, ese algo extraño, como un fuego dormido,
vuelve alojarse entre mis riñones, a vivificar cada célula, y mi boca
emite un quedo gemido.
Es muy distinta esta vez a las otras. Muy diferente a como lo he
visto poseer, sin alma, a hombres y mujeres en aquel local oscuro.
Su cuerpo fibrado serpentea sobre el mío con una delicadeza
que me eriza la piel. Sus manos, grandes y fuertes, me abarcan
despacio, como si dimensionara cada centímetro de mi anatomía. Y
su boca, rica y jugosa, se empeña en mi cuello, en el hueco bajo mi
oreja, sobre la clavícula, mordisqueando mis pezones.
Todo es tan lento, tan húmedo, tan endiabladamente sexy, que
los gemidos de placer se suceden entre mis labios, y mis manos
inertes lo abrazan y acarician como él a mí, y como si no me
pertenecieran.
Cuando sus rodillas me abren las piernas y se encaja entre ellas,
me penetra sin dificultad. Estoy tan deliciosamente lubricada que
acojo su generosidad con un deseo desconocido por mí.
De nuevo se hace esperar, entrando lo imprescindible,
aguardando a que el placer me recorra para entrar un poco más,
salir de nuevo y volver con más ímpetu.
El juego hace que llegue al paroxismo, y cuando al fin se acopla
a mí, cuando me siento llena, desbordada, y comienza el vaivén de
sus caderas, lo abrazo fuerte, anudo mis piernas a sus nalgas, y
aprieto para que quede tan dentro de mí como deseo.
Se corre con un mordisco involuntario en mi cuello.
Para mí es, indudablemente, la mejor lección de sexo que me
han dado en mi vida.
No es que lo acompañe en su orgasmo, porque ya me han
recorrido tres cuando él llega al cénit.
Se aparta de mí como ha venido, despacio, como un gato que se
aleja de algo que ya no le interesa.
Mientras se viste, yo permanezco en la cama tumbada y abierta,
aún extasiada.
No comprendo qué está pasando, pero en este instante casi no
me importa.
Incluso el terror a que lleguen mi hija y mi marido han sido
borrados por el orgasmo, por el placer que me acaba de rendir.
Cuando vuelve a estar impecablemente vestido, se ajusta el
botón de la americana.
—Quiero verte mañana por la noche.
Me incorporo sobre los codos. Hasta ahora nos hemos visto por
la mañana, durante mis horas de trabajo. No me importa dejar de
nuevo mi mierda de oficina. Llamaré a primera hora y pondré una
excusa, pero mañana…
—Es el cumpleaños de mi hija —suplico.
Me mira un instante, mientras termina de ajustarse uno de los
gemelos.
—No es una petición, es una orden.
De nuevo me brillan los ojos. No puedo faltar, no puedo faltarle a
mi pequeña.
—Déjame solo que mañana…
—No vuelvas a contradecirme —su voz es fría pero agradable,
como si lo que me estuviera pidiendo fuera perdón—. Yo mando y tú
obedeces, ¿entendido?
No me queda más remedio que asentir.
—Sí, señor.
Capítulo 7

Apenas diez minutos después de marcharse, mi hija entra en la


casa usando la llave de los vecinos.
—¡Qué pronto has llegado! —se abalanza contra mí, y temo que
el olor del sexo esté aún pegado a mi piel.
Me tiemblan las piernas y las manos, lo reconozco. No soy capaz
de encontrar una excusa para no estar mañana en el cumpleaños
de mi hija, una celebración, que, además, paga mi hermana.
La haremos aquí, en nuestra propia casa. Vendrán los padres de
Arthur, su cuñado, y toda mi familia. Además de los amigos que mi
hija ha querido invitar.
La idea inicial era soplar una vela los tres juntos, lo que nos
podemos permitir, pero mi hermana ha insistido, y lo ha conseguido
sin que me haga sentir que le debo algo.
Mi marido aparece cuando la cena está lista. En cuanto le veo la
cara sé que las cosas van mal. Las ojeras, que nunca ha tenido, son
ahora dos sombras negras bajo los párpados, y el brillo de los ojos,
ligeramente irritados, me dice que ha estado llorando.
No quiero preguntarle. El socio mayoritario se ha largado con
todo el dinero de bonos, banco y acciones, que ha vendido de
manera fraudulenta. Ahora, los restantes, deben hacerse cargo de la
deuda.
Arthur ha sido el último en entrar, un peón al que hace unas
semanas ofrecieron, como a otros tantos, formar parte de la firma.
Eso fue justo antes de que todo se supiera, pero los documentos ya
estaban firmados, y nuestro patrimonio comprometido.
Según el presidente, ganarán la batalla en los tribunales, pero
para entonces no tendremos casa, ni ahorros, ni universidad mi hija
y posiblemente ya no seamos una familia.
No, hoy no quiero preguntarle, ni mañana. Quizá pasado, cuando
estemos solos y yo tenga templanza para encajar un nuevo golpe.
La cena parece alegrarnos porque mi pequeña hace la lista de
todo lo que espera recibir mañana.
De nuevo me acuesto antes que él, para no tener que estar a
solas.
Esta mañana en la oficina argumento que ayer me desmayé en
el tren y me tuvieron ingresada toda la jornada haciéndome pruebas,
que estuve tan mareada que ni recordé que tenía que avisar.
Alguien pronostica que estoy embarazada. Si supiera la de meses
que hace que Arthur y yo no intimamos… y con mi amo no ha dado
tiempo a tener síntomas si así fuera.
Durante todo el día la cita de esta noche no me sale de la
cabeza. Lo he pensado, de verdad, pero no encuentro ni un solo
argumento creíble para dejar plantada a mi familia y a mi hija sin
causar un desastre.
Son las siete de la tarde cuando decido que no acudiré a mi cita,
que me quedaré con los míos, aunque tenga consecuencias
imprevisibles. ¿Qué me hará? ¿Me dará una paliza? Prácticamente
me han violado, él y sus amistades, no creo que me duela más. ¿Me
arruinará? Ya lo estoy, a eso no le tengo más miedo del que tengo.
¿Me matará? En la situación en que nos encontramos sería
bienvenida.
Los invitados llegan puntuales, mi casa se llena de risas y
aplausos, de una felicidad que casi me hace olvidar dónde estoy
metida.
Mi hija es absolutamente feliz, y yo le agradezco a mi hermana
con un abrazo que haya hecho posible un día normal, como si todo
no se fuera a ir al traste en semanas.
El tiempo pasa, las charlas animadas, la tarta de queso, la copa
de espumoso. No soy consciente de lo tarde que es hasta que no
escucho el timbre de la puerta.
Un presentimiento oscuro me atenaza. No esperamos a nadie y
no son horas de visita. ¿Y sí..?
El terror se aloja en la parte baja de mi espalda. Voy a ponerme
de pie, a encargarme de aquello, cuando Arthur, que está cerca de
la puerta, dice que irá él.
No me da tiempo a decirle que no lo haga, que es un asunto mío,
que… cuando ya ha abierto y habla con quien quiera que está
afuera.
Observo desde el fondo del salón cómo arruga la frente, cómo
mete la barbilla, cómo me busca desde el otro lado, sin comprender,
hasta darse la vuelta y venir hacia mí.
—Son dos hombres. Preguntan por ti.
Todos se callan alrededor. Son las diez de la noche y aquello es
del todo inusual. Un dolor de estómago lacerante me ocupa la parte
baja del vientre. Mi hermana me mira como preguntándose quién
puede ser. Arthur parece demandar una explicación.
Me pongo de pie. Intento esbozar una sonrisa de tranquilidad,
pero no me da tiempo. Dos tipos enchaquetados, impecablemente
vestidos de negro, acaban de entrar en mi casa y vienen hacia el
salón, sin haber esperado una invitación.
Arthur sigue la mirada de mis ojos.
—¡Eh! ¿Qué hacen?
Pero ellos lo ignoran, lo sobrepasan, y se plantan al otro lado de
la mesa, muy serios, con la apariencia exacta de dos matones o dos
mafiosos que encierran un preocupante peligro.
—Debe acompañarnos.
Creo que ni han mirado alrededor. Únicamente han buscado mis
ojos y no se apartan de ellos.
Trago saliva. Los manda él, no es necesario tener mucha
imaginación. Uno es un hombre negro, alto y fuerte, con barba. Tan
atractivo como peligroso. El otro parece el lado cremoso de un
helado de dos sabores, muy rubio con una perilla casi blanca y
cabello del mismo color.
Me pregunto si no esconderán armas debajo de esas chaquetas
tan bien ajustadas.
—¿Me dirás qué es esto? —Arthur tiene la mirada helada.
—Cariño —mi hermana me pone una mano en el hombro—,
¿qué ha pasado?
Mi prioridad es que mi familia esté a salvo, lo que solo me da la
opción de acompañarlos. Paso las manos sudorosas sobre la falda,
amplío la sonrisa y miro las caras de sorpresa que buscan una
explicación a mi alrededor.
—Será solo un momento, ¿verdad? —pero ellos no contestan—.
Solventaremos unos asuntos y regresaré antes de que os vayáis.
—¿Qué pasa aquí? —insiste mi marido.
—Sabes que puedes contar con nosotros para todo —añade mi
hermana.
Mi amo me lo había dejado claro. No hay posibilidad alguna de
rebelarse. No ha tenido escrúpulos en mandar a sus matones a por
mí, sabiendo que estaría rodeada de mi familia.
—Confiad en mí —sonrío sin saber cómo y le doy un beso a mi
hija, que tiene los ojos brillantes—. Seguid con la fiesta, por favor.
Atravieso el salón bajo la mirada confundida de los que me
quieren. Los dos hombres se colocan cada uno a mi lado, como
escoltas. Antes de que pueda marcharme, mi marido me coge por la
blusa.
—Tienes que explicármelo.
Puedo darle muchas respuestas. Puedo contarle a dónde nos ha
llevado su falta de previsión, pero prefiero no hacerlo.
—Encárgate de que nuestra hija termine feliz el día de su
cumpleaños, y tranquiliza a mi familia —le digo en voz baja, para
que los presentes no se enteren.
Y me doy la vuelta. Abandono mi casa escoltada por dos tipos
peligrosos y hacia un castigo tan inmediato como incierto.
Capítulo 8

El mismo chófer y el mismo coche nos esperan en la esquina de


mi casa. Al parecer con mi amo no hay sitio para la discreción.
Avanzamos por la calle, yo en medio de los dos, hasta que uno
me abre la puerta y el otro se sienta a mi lado mientras que el
primero se acomoda junto al conductor.
El coche arranca con una suavidad pasmosa, atravesando las
calles de manera tan suave que ni se aprecia que nos movemos.
Nadie habla. En cierto momento me acude una idea absurda a la
cabeza: es como si no hubieran castigado en el colegio y no
pudiéramos cruzar unas palabras los unos con los otros.
Mientras abandonamos la ciudad, esta vez sí, camino de los
bosques del norte, me dedico a observar a los dos matones que me
acompañan. El que está a mi lado tiene la piel tan oscura como la
noche y es de una belleza sorprendente. La americana perfecta
oculta un pecho que debe ser fuerte y desarrollado, porque incluso
debajo de una prenda tan recia da forma a la tela. Tiene el mentón
duro, la nariz ancha y unos dientes blanquísimos. Es uno de esos
hombres en los que todo en él habla de sexualidad.
El otro es su versión en negativa. Tan fuerte como el primero,
debe ser albino. Sus ojos son muy azules, casi transparentes, y la
barba tan clara le aporta un aire exótico. Sospecho que es más
fribrado, porque se le marcan las venas del cuello, incluso sus
manos de largos y fuertes dedos están surcados de ellas.
Miro al exterior, donde la noche lo oculta todo. En breve recibiré
mi castigo. Sé que tendrá la proporción de mi ofensa, y me pregunto
cómo de grave la valorará mi amo.
Creo que una desobediencia es para él algo importante. Prefiero
no pensar en el catálogo de daños que alguien que se sabe con ese
poder es capaz de infringir.
Cuando nos detenemos a las puertas de la mansión, creo que
me he quedado dormida en algún momento, porque me ha parecido
un viaje demasiado corto. ¿Es posible que ante una situación tan
terrible como esta yo pueda dormirme?
El que me acompaña sale y abre la puerta. El otro ya está fuera.
Forman cada uno a un lado, como si yo fuera un reo peligroso a
quien hay que vigilar de cerca.
La puerta se abre sin necesidad de que llamemos.
Esta vez no subimos las amplias escaleras, si no que nos
dirigimos a la izquierda, atravesando un par de salones tan bien
decorados como los de un palacio, hasta llegar a uno muy íntimo,
donde la chimenea arde con fuerza y hay un cómodo sofá tapizado
de rojo.
Él está allí, vestido de esmoquin, elegante y grácil, aunque sé
que debajo de esa ropa formal hay un cuerpo endiabladamente
hermoso capaz de hacerle a una mujer cosas sorprendentemente
dulces. Tiene una copa en la mano, de coñac, y un cigarrillo en la
otra. Está de pie, junto a la ventana, aunque se ha vuelto cuando
hemos aparecido.
—¿Y bien? —me pregunta en cuanto aparezco.
—No podía dejar a mi hija sola —expongo la excusa de ayer.
Él da una larga calada al cigarrillo, y después un sorbo elegante
a su copa. El líquido ambarino que oscila dentro debe costar una
auténtica fortuna.
—¿Qué debo hacer contigo entonces? —pregunta al fin.
Bajo la cabeza. Ha llegado el momento.
—Estoy dispuesta aceptar mi castigo.
Él me analiza con sus ojos de felino.
—Podría hacer que no vieras nunca más a tu hija.
Aquello me aterra, era una posibilidad que no había
contemplado, que el castigo recayera sobre los míos.
—No —le suplico—, eso no, por favor.
Cruza una pierna sobre la otra. Disfruta con mi sufrimiento. Está
claro que eso es lo que quiere de mí.
—Tienes que entender —me dice, como un padre cariñoso—
que si estás en esto, las reglas no se pueden violar, porque el precio
de la ofensa se multiplica por diez.
Estoy dispuesta a tirarme de rodillas, a rogarle si es necesario.
—Lo que sea que recaiga sobre mí.
No se acerca, pero me mira fijamente. En todo momento tengo la
impresión de que me analiza, mis gestos, mis palabras, la forma en
que pienso. Su voz se vuelve más cálida.
—He estado dándole vueltas a qué hacer contigo esta noche
desde que me di cuenta de que no vendrías, y te aseguro que he
tenido algunas ideas perversas —sonríe como una hiena antes de
atacar—. Al final he decidido que, por ahora, te has portado como
esperaba, y que no puedo ser demasiado cruel.
Intento que el alivio no se me note, pero me doy cuenta de que
puede estar mintiendo.
—Estoy agradecida por su generosidad.
—Estos dos hombres —señala a uno y a otro con la barbilla—,
son fieles servidores de esta casa desde hace mucho tiempo. Creo
que va siendo hora de que les haga un regalo.
Los miro, ellos también lo hacen, uno a otro, un tanto
sorprendidos.
—Haced con ella lo que os plazca, creo que lo vais a pasar bien.
Me quedo estupefacta. Ellos al final sonríen. Sospecho que no es
la primera vez que se llevan un premio como este, porque no
parecen escandalizados.
A estas alturas yo tampoco lo estoy. De hecho, casi suspiro
aliviada.
Aquí no hay preámbulos. Uno de ellos, el albino, se empieza a
desnudar, sin dejar de mirarme. Según se arranca las prendas,
confirmo lo que había sospechado. Sus brazos son fuertes, de
venas marcadas, y cuando se le queda el torso desnudo, también
hay una que parte de su cintura y desaparece dentro de los
pantalones. No tarda en quitárselos. Ya está excitado. En ese
estado justo en que su falo queda perpendicular al suelo y aún
puede crecer más. Aun así, ya es demasiado grande para mí.
El otro también está desnudo. Sus músculos son más grandes,
más robustos, y su pecho lampiño es una sucesión de músculos
perfectamente definidos.
Son dos Adonis, cada uno a su manera, y solo comparten la
generosidad de su virilidad, tan desarrollada como preparada para
atacar.
Yo sigo de pie, vestida, casi inmóvil ante la situación que se
desarrolla ante mí.
Miro a mi amo. Se ha acomodado, recostado elegantemente
contra la ventana mientras observa a nuestro grupo.
Decido que esta vez lo voy a provocar. Que esta vez, de alguna
manera, voy a ganar la partida.
Cuando mis amantes vienen hacia mí, les dejo hacer. Uno me
come la boca, mientras el otro, encajado en el costado contrario, lo
hace con mi cuello.
Me están desatando la falda, que cae al suelo y se esparce
alrededor, y mis braguitas desaparecen casi sin tocarlas. No me
quitan la camisa masculina que tanto me gusta para las fiestas. Uno
me desata un botón para buscarme el pecho y el otro me acaricia la
espalda bajo la tela.
Entre besos y caricias el tiempo pasa delicioso. Yo intento no
apartar los ojos de mi amo, solo cuando nuestros juegos no me
permiten mantener el contacto visual. Dejo hacer a los dos, plegada
a lo que les apetezca, pero por ahora solo parecen desear
acariciarme y besarme, lo que no está mal.
Cuando el albino se coloca de frente a mí, de pie, en medio de la
sala, y su amigo ocupa mi retaguardia, creo comprender cuáles son
sus intenciones. Y cuando siento la presión, enorme e insistente, de
cada uno de ellos, sé que me van a llenar por delante y por detrás a
la vez, para goce y disfrute de nuestro señor.
Así es, y reconozco que no me duele tanto como había
imaginado. Mientras uno encaja su verga en el interior de mi vagina
y entra hasta el fondo, el otro separa mis nalgas, las humedece, y
avanza, atravesando los esfínteres hasta llegar muy dentro de mí.
Atravesada, ensartada, extasiada de placer, busco de nuevo los
ojos de mi amo, mientras estos dos hombres se contorsionan sobre
mí, uno delante y otro detrás, sus lenguas en mi cuello, buscando mi
boca, y yo les dejo hacer lo que quieran con mi cuerpo.
En un momento dado, cuando los tres rompemos el silencio de la
habitación a gemidos, noto que los ojos del amo se opacan, como si
las cosas no estuvieran saliendo como quisiera.
¿Quizá buscaba humillarme y está comprendiendo el placer que
estoy sintiendo? ¿Quizá lamenta no ser uno de estos dos?
Nos corremos muy cerca uno de otros. El primero es el que me
cabalga por detrás, que lanza un gemido tan profundo que me
provoca un orgasmo portentoso. Y por último el albino, que se
sacude espasmódicamente mientras me inunda con su semen.
Extasiada, aún húmeda y muy bien atendida, veo cómo se
separan de mí, recogen sus ropas del suelo, y se marchan
desnudos, como ángeles.
Yo permanezco allí plantada, con las piernas apretadas me
aparto el cabello de la cara.
—¿Desea algo más el señor?
Me mira de una forma que me provoca un estremecimiento.
—Vete. Mañana te recogerán a la misma hora que hoy.
Y lo hago. Busco mi falda y mis braguitas y salgo sin mirar atrás,
mientras en mi mente aparece la idea de que debo volver a ser
desobediente si el castigo es así de delicioso.
Capítulo 9

Aquella vez en la estación de trenes, cuando arranqué


apresuradamente el número de teléfono de un anuncio que ondeaba
en el tablón y lo arrojé en mi bolso, me olvidé de él.
Solo dos días después, mientras rebuscaba en su interior el
documento con el PIN de una antigua tarjeta de crédito de
emergencia que nos habíamos jurado que nunca utilizaríamos,
reparé en él.
Recuerdo que tomé el trocito de papel blanco entre mis dedos
con un número de teléfono impreso y me lo quedé mirando,
intentando recordar qué era.
Aquella mañana había sido tremenda, porque Arthur me confesó
que no cobraría un solo dólar ese mes y que los pocos que
teníamos en la cuenta habían sido embargados por orden del juez.
Por aquel entonces ya le había pedido suficiente dinero a mi
hermana, a mis padres y a mis amigos como para insistir, y
entonces recordé la frase que rubricaba el cartel: «Si quieres dar un
vuelco a tu vida, llama».
Sí, lo más seguro era que se tratara de un quiromante, o de
alguien que echaba el tarot, o incluso de un prestamista que
terminaría de hundirnos en la miseria. Sin embargo, llamé. Quizá la
desesperación me llevó a ello, o la necesidad de escuchar de
alguien fuera de mi círculo una sola palabra de aliento, una
afirmación de que las cosas podrían salir bien, aunque fuera
mentira.
Mi hija estaba terminando de desayunar y yo había subido a mi
habitación con la excusa de que iba a cambiarme de reloj antes de
llevarla al colegio.
Solo sonó dos veces antes de que escuchara una voz de mujer
al otro lado.
—Parque Central, tras la Glorieta de los ánades, el segundo
banco bajo los tilos. En veinte minutos.
Recuerdo que me quedé mirando mi teléfono, como si fuera algo
extraño, extraterrestre.
—¿Hola? —atiné a decir.
La voz no cambió un ápice su modulación.
—Si quieres dar un vuelco a tu vida, nos vemos en veinte
minutos. No habrá más oportunidades.
Sin más, colgó.
Creo que solté una carcajada, porque me parecía una excelente
estrategia de marketing que había conseguido, incluso, alejar por un
instante la angustia que me atenazaba.
Arrojé el teléfono al fondo del bolso, localicé el PIN de la tarjeta
de crédito y me dispuse a llevar a mi hija a la escuela, a pesar de
que aquella voz femenina, bien modulada y con un timbre limpio y
elegante, no salía de mi cabeza.
Camino de mi trabajo di un pequeño rodeo. Si no me paraba a
tomarme el sándwich de mantequilla en el coche antes de subir a la
oficina, me daría tiempo a estar en la Glorieta de los ánades a la
hora convenida.
¿Por qué lo hice? ¿Por qué fui a una cita absurda? Creo que por
una absoluta necesidad de llenar mi cabeza de otra cosa que no
fueran desgracias, y quizás porque la promesa de una vida mejor
vibraba aquí dentro, aunque no quisiera reconocerlo.
Cuando llegué al lugar indicado el corazón me palpitaba dentro
del pecho como hacía tiempo que no lo sentía. En cierto modo era lo
más parecido a una aventura en mi monótona vida, en mi dramática
existencia. No tengo ni idea de qué es un tilo, pero no tuve dudas de
que aquella era la mujer en cuanto la vi.
Estaba sentada en un banco, leyendo un grueso libro de
cubiertas forradas. Botas altas que desaparecían bajo una
gabardina de excelente calidad bien anudada a la cintura, gafas de
sol y un sombrero de ala lo suficientemente ancha como para hacer
difícil verle las facciones. Parecía alguien de buena posición que
descansaba su ociosa vida mientras su cocinera le preparaba un
desayuno ecológico.
Así que era cierto… ¿o me lo estaba imaginando y no era más
que una casualidad?
Miré el reloj. Aún me quedaban unos minutos para la hora
acordada, incluso podría llegar un cuarto de hora tarde a la oficina,
porque me debían demasiadas atrasadas que no me iban a pagar.
Nerviosa, anduve los pasos que nos separaban, y solo me
detuve cuando estuve a su lado.
De cerca su piel parecía joven, más que la mía, y el cabello que
sobresalía de una coleta a la espalda y caía sobre su hombro, de un
negro profundo.
—¿Puedo? —pregunté.
Ella no alzó los ojos del libro, pero su mano hizo un gesto
elegante que me invitaba a sentarme.
Lo hice, por supuesto, con el bolso sobre el regazo, y sin saber
qué hacer.
Pasaron los segundos, y también los minutos. Aquello era
absurdo. Seguramente el mensaje clavado en la pizarra de corcho
de la estación no era más que una broma sofisticada para burlarse
de los crédulos como yo, e iba a levantarme cuando la mujer habló.
—Las reglas son sencillas, pero es necesario que las cumpla.
No había apartado los ojos del libro y la voz era la misma de la
llamada.
—¿Qué reglas? —no tenía ni idea de qué me estaba hablando.
—La primera, una vez que se toma el número de teléfono solo se
puede hacer una sola llamada y venir al punto convenido a la hora
acordada, que es justamente… ahora.
Miré mi reloj. En ese momento daban los veinte minutos desde
que habláramos.
Yo la miraba, perpleja.
—¿De qué va esto?
—Desea transformar su vida, ¿no es cierto?
—Pero… ¿de qué va?
Cerró el libro con cuidado, pero no me miraba, su cabeza seguía
al frente. Sus ojos entretenidos en un grupo de niños que jugaban
con unas palomas.
—Aquí y ahora debe decidir si participa o no —me indicó—. Solo
entonces se le explicará todo.
Aquello era absurdo y yo no salía de mi asombro.
—No puedo tomar una decisión sobre algo de lo que no tengo
idea.
Se miró el reloj de pulsera. Me pareció que era un Cartier, uno de
esos de edición limitada,
—Tiene treinta segundos.
Yo la observaba, perpleja. Ante mí tenía a una mujer sofisticada
invitándome a participar en algo de lo que no iba a darme
información. Me estaría partiendo de risa en su cara si mi situación
no fuera desesperada. Decidí aceptar. Total, no perdía nada. Si lo
que me contaba no me interesaba, con dar la vuelta sería suficiente.
—De acuerdo, sí —le dije.
—¿Está segura?
—Sí.
Ella cruzó las manos. Juraría que suspiró, como si se quitara un
gran peso de encima.
—Entonces está dentro, y el juego empieza en este mismo
instante.
Se puso de pie y se limpió una inexistente pelusa de su
gabardina. Yo la miraba entre fascinada y llena de incredulidad.
Incluso me asaltó la idea de si no me estarían grabando con una
cámara oculta para burlarse de mí.
—¿Me explicará de qué va?
Se estaba ajustando el cinturón y recolocándose el cabello, como
si llevara allí sentada una eternidad y volviera a la vida.
—Esté atenta porque recibirá instrucciones —me indicó—. A
veces será una llamada. Otras una nota a la vista. O se la
transmitirá alguien que no conoce mientras cruza la calle.
—Instrucciones de qué.
—Depende —de repente parecía tener prisa por marcharse—.
Cada jugador lo hace en un marco diferente. Cuando se asigne a su
mentor, él mismo decidirá cuáles serán sus pruebas.
Hizo una inclinación de cabeza y empezó a retirarse. Yo me puse
de pie y fui tras ella.
—Oiga, deténgase. No entiendo nada.
No se detuvo, por supuesto, y tuve que acelerar el paso para
alcanzarla mientras ella trasteaba en un bolso de piel con aspecto
de carísimo.
—Llame aquí solo en caso extremo —me tendió una tarjeta
blanca donde solo había impreso nueve números diminutos—. Solo
si por alguna razón muy justificable no puede atender las
instrucciones. Nosotros valoraremos si lo aceptamos o no.
Había llegado a una de las vías interiores del parque. Como si
supiera que íbamos aparecer, un gran coche negro con chófer se
detuvo justo delante de ella.
—Creo que no me gusta lo que me está contando —le dije
cuando abría ya la puerta. Al parecer yo había perdido todo el
interés para ella.
La mujer se detuvo un instante antes de entrar. Fue la primera
vez que me miró, aunque sus gafas de sol me impidieron ver su
expresión.
—Ya está dentro —me advirtió—, y me temo que no puede dar
marcha atrás.
—Ah, ¿no? —la desafié—. ¿Y por qué? ¿Me va a denunciar?
Ella sonrió justo antes de meterse en el coche.
—No. Le haremos daño a su marido y a su hija.
Capítulo 10

Cuando me traen de regreso a casa, tras haber dejado mi cuerpo


a disposición de los dos matones a los que me ha entregado mi
amo, hace tiempo que ha pasado la media noche.
Arthur me espera en su butaca, frente al televisor apagado. Nada
más verlo sé que ha tomado algunas copas de más. No lo culpo:
hace unas horas dos desconocidos han venido a por su mujer y esta
no le ha dado ninguna explicación.
—¿Me dirás quiénes eran esos dos? —tiene la voz pesada, igual
que los ojos vidriosos.
—Será mejor que te acuestes.
—¿Qué carajo estás haciendo? —no tiene fuerzas para
levantarse—. ¿En qué mierda te has metido?
Puedo ser yo quien le pida explicaciones, cosa que aún no he
hecho. Quien le exija que repare su mala decisión, tomada sin
consultarme. Quien le grite por haber perdido el dinero que debía
pagar la universidad de mi hija. Quien le arañe porque vamos a
perder nuestra casa.
—Quédate si quieres —es lo que le digo, y paso de largo—. Me
voy a dormir.
Solo me aseguro de que mi hija está bien, lo que me confirma la
sonrisa que ha quedado grabada en su boca dormida. Cuando me
meto en la cama duermo a pierna suelta, sin remordimientos. Quizá
porque he cruzado tantos límites en los últimos días y semanas, que
ya poco me preocupa. Quizá porque el placer del sexo ha
conseguido relajar espacios de mi cuerpo que ni siquiera sabía que
existían.
Cuando me despierto Arthur no está y mi hija tampoco. Hay una
nota en el frigorífico escrita con la tambaleante letra de Tiffany que
dice que se quedará a comer en el colegio.
Llego diez minutos tarde al trabajo y noto algunas miradas
extrañas clavadas en mí. Cuando la recepcionista se acerca, lo
comprendo al instante.
—Te las ha dejado un mensajero antes de que llegaras.
Es un ramo de rosas rojas. Cuento tres docenas. Ha debido de
costar una fortuna.
Alguien me pregunta si es nuestro aniversario. Las más cercanas
saben que no es así, y conocen nuestra situación financiera, por lo
que su forma de mirarme está llena de suspicacia.
—También han traído aquella caja para ti.
Está sobre el mostrador de recepción. Es negra y tiene grabadas
en oro las siglas de una marca de ropa italiana de precios
astronómicos.
No tengo que imaginarme muchas cosas para saber lo que están
pensado mis compañeras.
Intento no darle más importancia diciéndole a la recepcionista
que la recogeré más tarde, que tengo demasiado trabajo. Así lo
hago, pero mientras paso números desde interminables hojas de
papel a un programa informático, no dejo de pensar en aquella caja
y en qué contendrá.
A la hora del almuerzo, cuando la mitad de la plantilla ha bajado
al parque a tomar un sándwich sobre el césped, atravieso la oficina,
cojo la caja y entro con ella en el aseo para encerrarme en uno de
los cubículos.
Mi corazón palpita como si hubiera hecho algo deshonroso.
La coloco sobre el inodoro y al fin la abro. Envuelto en papel
delicado hay un vestido de seda negra. Es tan ligero que parece que
puede romperse solo con mirarlo. Las tirantas son dos cadenas
doradas y el escote es amplio, un poco caído, como una
combinación de alta costura.
En la caja hay algo más, un saco de terciopelo negro. Lo cojo e
inmediatamente sé que contiene. Cuando extraigo las dos sandalias
doradas con un tacón de vértigo y veo la marca que luce en la
planta, calculo que todo aquel conjunto cuesta mucho más de lo que
yo cobraría en dos años de trabajo pasando facturas.
Hay una nota al fondo, escrita a máquina.
«Te espero en esta dirección a la hora de ayer. Póntelos».
Esta vez sé que no voy a desobedecerlo.
Llamo a mi vecina y le pido que se encargue esta tarde de mi
hija, poniendo como excusa que me retrasaré en el trabajo. Le digo
a mi supervisora que hoy intentaré recuperar las horas del día en
que me puse enferma, y aguardo a quedarme sola en el despacho
para cambiarme, a última hora de la jornada.
Cuando salgo del baño soy otra persona.
El tacón me vuelve más espigada y me obliga a caminar más
despacio. Diría que me aporta una elegancia que creía no poseer.
El vestido, a pesar de ser casi inexistente, resalta aquellas partes
de mi anatomía que más me gustan y disimulan las que menos.
Me dejo el cabello suelto y me pinto los labios de rojo. Cuando
me miro en el espejo veo a una mujer bonita y sensual, muy lejos de
la madre amargada que me he sentido en los últimos tiempos.
Un taxi me deja en la dirección indicada. Es un restaurante, uno
al que nunca he ido porque no podemos permitírnoslo.
Titubeo en la puerta. No sé a qué nombre está la reserva ni qué
tengo que decir.
Cuando me detengo ante el atril donde está el jefe de sala, este
me hace una ligera inclinación de cabeza.
—Señorita, la están esperando.
Hace demasiado tiempo que no me llaman señorita, como para
sorprenderme porque ese hombre sabe quién soy y quién me
espera.
El restaurante es una maravilla. Hay un cuarteto tocando música
en directo, variaciones de piezas clásicas con un aire actual, y en el
volumen adecuado. La alfombra es de esas que apetece tumbarse
en ellas para echar una siesta, y los manteles llegan hasta el suelo,
con un hilo pesado, de los que necesitan mucha plancha.
Está completo. Cada mesa ocupada, cada silla, aunque no lo
parece porque es suficientemente amplio como para no resultar
agobiante.
Mientras atravieso el salón siento algunas miradas fijas en mí.
Las de los hombres de deseo, lo que me resulta delicioso. Las de
las mujeres de curiosidad. Supongo que se preguntan quién soy y
con quién pretendo reunirme.
Su mesa está en el centro del salón, como si orquestara todo lo
que sucede alrededor. Está impecablemente vestido con un traje
azul y una elegante camisa blanca. En esta ocasión lleva corbata, y
el cabello engominado. Es un dandi perfecto, un perfecto caballero.
Se levanta cuando me ve aparecer, aunque es el camarero quien
me acerca la silla.
—He acertado con la talla.
Me siento, y noto que mi cuerpo se ha vuelto sensual al moverse
en la suave tela de la silla.
—Gracias, es perfecto.
Cuando lo miro, él me está observando. Me parece ver una
sonrisa en sus labios, pero es tan leve que me pregunto si de
verdad existe.
—Veo que vas aprendiendo.
Aprovecho para ganar terreno.
—¿Me enteraré alguna vez qué es todo esto?
—Todo a su tiempo. He pedido por ti.
El camarero nos sirve un vino espumoso que sospecho que será
champán. A nuestro alrededor las conversaciones son quedas,
como si esta gente adinerada no pudiera alzar la voz.
—Nunca había venido a este restaurante.
Él sonríe de nuevo, de aquella manera inexistente.
—Es más caro de lo que vale, pero tiene unos magníficos aseos.
Me llama la atención el último comentario.
El camarero me pone delante un plato con una porción diminuta
de pescado.
—Me gusta el salmón.
Él no contesta. Su plato es igual que el mío, y toma los cubiertos
adecuados para comer la primera porción. No sé qué hacer ni qué
decir, así que lo imito, sintiéndome un tanto usurpadora en un papel
que no es el mío.
Cuando levanto la mirada del plato él me está observando.
—¿Cuál es la fantasía sexual que más se repite en tu cabeza?
Creo que me sonrojo. No ha bajado la voz y sospecho que los de
la mesa de al lado se han enterado,
—No lo sé.
—¿Recuerdas que debes obedecerme en todo? —toma otro
bocado—. Contestar honestamente a mis preguntas forma parte de
esto.
No debo equivocar mi papel. La seguridad de los míos está en
juego.
De repente recuerdo su comentario de hace unos minutos y
comprendo qué quiere que conteste.
—Hacer el amor en un aseo público.
Él se reubica en la silla. En sus ojos brilla la satisfacción.
—Resultas más interesante de lo que me había figurado. Nunca
sabemos qué esclavo nos tocará, pero en tu caso ha sido una grata
sorpresa.
Me muerdo el labio inferior. Este vestido hace que me sienta
deseable y pretendo explotarlo.
—Y solo nos quedan dos días antes de superar la prueba.
En dos días tendré toda la información y sabré cuál es mi
destino.
Él parece no prestar atención. Está demasiado centrado en lo
que podrá hacer con mi cuerpo dentro de unos minutos, sin que yo
tenga derecho a quejarme.
—Ve al aseo y espérame.
Me limpio con la servilleta, que dejo junto al plato delicadamente.
No me pongo de pie de cualquier manera, sino que tengo cuidado
de que el escote se desplace hasta dejar entrever una parte
generosa de mi pecho. Solo entonces, me dirijo a los aseos,
basculando mis caderas de un lado a otro como me marcan los
tacones, y con la absoluta conciencia de que muchos de los
hombres que están sentados en las mesas de mi alrededor me
desean en este instante.
Capítulo 11

El aseo es tan lujoso como todo lo demás.


Es una gran sala circular a la que se llega descendiendo por
unas interminables escaleras tapizadas de un terciopelo estampado
con enormes flores de colores, suelo, paredes, techo.
La sala es dorada, como si la hubieran recubierto con delicadas
láminas de pan de oro. En el centro hay una hilera de lavabos, con
grifos que también parecen bañados en oro. Las paredes circulares
se dividen en puertas del mismo material lujoso, sin distintivo
alguno.
Mientras me lavo las manos, de una de ellas sale una mujer
rubia, ataviada con un vestido de esos que aparecen en las
portadas de las revistas. No hace por mirarme, simplemente se
marcha. Cierro el grifo y de otro de los cubículos sale un caballero
entrado en años, que me saluda con una inclinación de cabeza, se
enjuaga las manos y también se larga.
Así que son unos servicios unisex.
Lo confirmo cuando me asomo al interior. Cada cabina es tan
amplia que cabría una bañera, aunque en ella solo hay un inodoro
que se multiplica por mil ya que suelo, techo y las cuatro paredes
son de pequeños espejos biselados.
No sé muy bien qué tengo que hacer, pero solo necesito
aguardar para ver aparecer a mi amo.
Baja las escaleras despacio, sin prisa alguna.
—¿Te gustan? —me pregunta.
—Me gusta todo.
Pasa por mi lado y entra en el servicio al que acabo de
asomarme. En ese momento escucho voces, y dos mujeres
aparecen por el hueco de la escalera. Son bonitas y elegantes,
como todas las que he visto arriba.
Lo miro a él, sin saber si debo esperar a que se marchen.
—Entra —me ordena sin bajar la voz.
Antes de obedecerle observo cómo se miran las dos, al
comprender lo que pretendo.
Cuando los espejos me devuelven mi imagen desde todos los
ángulos siento un ligero mareo. Voy a cerrar la puerta tras de mí,
pero él me detiene con un gesto.
—Déjala abierta. Seguro que alguien siente curiosidad.
Con aquella mirada felina viene hacia mí, me toma por la cintura
y me besa.
Para mí es toda una sorpresa. Esperaba alguna orden
humillante, como que me pusiera de rodillas o me quitara la ropa,
pero no.
Sus labios saben lo que hacen, al igual que sus dedos, que
arrugan la delicada tela de mi vestido, enrollándola en la palma de
su mano hasta que mis piernas quedan expuestas, así como el perfil
de encaje de mis braguitas.
Mientras desliza su mano dentro de la prenda, abro los ojos y
veo los dos rostros de las mujeres, mirándonos alarmadas desde el
ángulo exterior, tras la pila de lavabos. Sospecho que cuando suban
a las mesas se lo dirán a sus acompañantes, o al jefe de sala: que
dos de los comensales están haciendo el amor, descaradamente, en
los aseos.
Él parece, no solo ajeno, sino disfrutando de esto, de la mirada
externa, del escándalo que provoca.
Cuando las yemas de sus dedos impactan sobre la parte más
delicada de mi anatomía, mi cuerpo vibra, y cuando incide, se me
escapa un gemido tan ahogado, que provoca en él la misma
reacción.
Sin prisas, disfrutando de cada gesto, se desata el cinturón para
desabrochar los pantalones. Me tiene empotrada contra la pared, en
el lugar más expuesto del cubículo. La puerta abierta y el reflejo de
los espejos proyecta nuestra imagen hacia el exterior.
Cuando sus manos aprietan mis senos y su boca se encaja en el
hueco de mi cuello, siento cómo su verga me penetra, con la misma
delicadeza, pero con una determinación que no admite réplicas.
Vuelvo a gemir. Él acelera el movimiento de sus caderas. Mi
cabeza se divide en dos, entre el placer que me hace sentir y la
vergüenza de que algunas de las personas que nos han visto cenar
bajen a lavarse las manos. Sí, en aquel sótano del centro fui
poseída por muchos, pero todos ellos sabían a lo que iban. Estos
solo han venido a cenar, y encontrarse con nuestra imagen en los
aseos...
El movimiento irrefrenable de sus caderas me arrastra a un
torbellino de placer, y estoy a punto de alcanzar el orgasmo cuando
una voz helada me penetra los oídos.
—Disculpen, pero no pueden hacer eso aquí.
Me pongo rígida de inmediato. En la puerta de nuestro cubículo
está el jefe de sala con una expresión de absoluto escándalo en los
ojos.
Intento bajarme el vestido, apartarme, pero él no me deja,
continúa follándome como si nada, incluso diría que estaba
esperando este momento para arremeter con más fuerza.
—Señor —insiste el hombre, descompuesto.
Y entonces él, con unos pocos movimientos de su cadera, se
corre dentro de mí, sin intentar ahogar un profundo gemido que
sospecho se habrá oído en el salón.
Yo estoy demudada, y en cuanto se aparta me bajo el vestido y
subo el escote, que había dejado expuestos mis pechos.
—¿Quiere probar? —le ofrece mi cuerpo, pero el hombre aparta
la mirada y endurece la expresión de su mandíbula.
Me siento absolutamente avergonzada. He hecho cosas peores
para él, como entregarme a sus dos guardaespaldas o permitir que
me secuestren de mi casa en la celebración del cumpleaños de mi
hija, pero esto…
—Subiremos en cuanto nos ordenemos la ropa —le ordena mi
amo—. Pónganos café y un baldaquino de dulces. Después de follar
es bueno tomar azúcar.
El hombre lo duda, un tanto boquiabierto, pero la determinación
de mi amo es tal, que da la vuelta y desaparece escaleras arriba.
—¿Vamos a..?
No termino de decirlo.
—Por supuesto. Nunca dejo el postre.
Cuando entramos en el comedor el silencio es total y juraría que
todos los ojos están descaradamente puestos en nosotros. Hay
expresiones de escándalo, de horror, pero también de lascivia. El
único que parece no haber cambiado su actitud es el jefe de sala,
que ordena que nos sirvan a unos camareros que no saben qué
hacer.
Siento mi rostro encendido y soy incapaz de cruzar la mirada con
nadie.
Él no se da prisa. Degusta su café y prueba un poco de cada
tarta, dejándolas casi enteras.
Las mesas a nuestro alrededor empiezan a ser desalojadas.
Una mujer mayor, cuando pasa por mi lado, me llama
descaradamente zorra.
Me siento avergonzada, humillada, cosas que él parece disfrutar
más que el sexo.
Cuando pide la cuenta deja una generosa propina, tan abundante
que el jefe de sala nos acompaña hasta el exterior sin dejar de
hacer reverencias.
Su coche nos espera justo allí, y el chófer abre la puerta para
que nos acomodemos.
Yo no he vuelto a hablar desde que hemos regresado de los
baños. Él tampoco lo ha solicitado.
Durante el trayecto miro por la ventanilla, mientras me pregunto
por qué habré accedido a esta humillación sin levantar la voz, por
qué me habré metido en todo esto sin dudarlo.
Antes de que me dé cuenta estoy en la esquina de mi calle.
—Ya te diré cuándo nos veremos —me dice sin mirarme.
Bajo y tampoco vuelvo la vista atrás.
Solo quiero darme una ducha, meterme en la cama e intentar
dormir hasta mañana. A esta hora mi hija debe estar dormida y, con
suerte, Arthur se habrá tomado dos copas de más y estará
inconsciente en el sofá.
Cuando llego a mi casa sé que algo no marcha, porque la puerta
está solo encajada.
El corazón me da un vuelco. Me temo lo peor.
Con la mano en el pecho franqueo la entrada. Las luces están
encendidas y escucho voces en el salón.
Me dirijo allí sin pensarlo.
—¿Dónde estabas? —suena la voz de Arthur.
Está tan furioso como desconcertado, sobre todo cuando ve mi
aspecto, con aquel vestido que parece un guante. Pero yo no me fijo
en él. Tengo la vista clavada en los dos agentes de policía que hay a
su lado, y que me observan con las cejas fruncidas.
—Había quedado para cenar. Te lo dije —logro murmura.
—Señora —dice uno de ellos—, su marido insiste en que sucede
algo raro.
Lo miro con una bien disimulada expresión de perplejidad.
—No sé a qué se refiere.
Arthur está fuera de sí. Sospecho que si no estuvieran allí esos
agentes me habría golpeado, cosa que jamás ha hecho antes.
—Los tipos de ayer —Le tiembla la voz—. Esa ropa. ¿Qué está
pasando?
Le dedico una mirada de condescendencia que me hace sentir
como una bruja, pero no puedo dar pábulos a la verdad o nos
meteremos todos en un verdadero lío. Les sonrío a los policías, a
los que no creo caerles muy bien, ya que se compadecen de Arthur.
—Agentes, me parece que esto es un asunto que debemos
resolver entre mi marido y yo.
Uno de ellos se vuelve hacia él. Parece realmente incomodo.
—Señor, ella está aquí. No podemos hacer nada.
—¿No le van a preguntar? —se escandaliza.
Intento que aquello termine cuanto antes.
—Deja de humillarte.
Los agentes se excusan, y se dirigen a la puerta. En sus rostros
leo que sienten lástima por Arthur y se preguntan si aún no se ha
dado cuenta de que su mujer es una zorra, el mismo insulto con el
que me ha cruzado la mujer del restaurante.
Cuando nos quedamos solos, intenta venir hacia mí, pero lo
detengo levantando una mano.
—Dos días más. Dame solo dos días más y te prometo que te lo
contaré todo.
Él me mira. ¿Hay furia, miedo, rencor? Soy incapaz de
identificarlo.
Se da la vuelta y sube las escaleras.
Al parecer hoy me toca a mí dormir en al sofá.
Capítulo 12

Dos días después de hablar con aquella misteriosa mujer en el


parque se pusieron en contacto conmigo.
Salía en ese instante de casa, camino del trabajo y, aunque
aquel encuentro no salía de mi cabeza, cada vez estaba más
convencida de que era una broma pesada o un programa de la tele,
de esos que gastan el día de los Santos.
Cerraba la puerta cuando llegó un mensajero y preguntó por mí.
Había dejado la moto al otro lado de la cancela, pero no se había
quitado el casco. Intenté ver sus facciones, pero el cristal tintado de
la visera lo volvía invisible.
—Es para usted.
Me entregó un paquete, una caja pequeña envuelta en un papel
marrón. No recordaba haber pedido nada, y me llevaron los
demonios solo de pensar en que Arthur, a pesar de nuestra
situación financiera, se hubiera atrevido a concederse un capricho,
como hacía antes.
—¿De dónde lo mandan? —le pregunté con evidente mal humor.
—Solo sé que tengo que dárselo en mano.
No tuve que firmar nada ni me pidió dato alguno. Mientras se
marchaba estuve tentada en abrir de nuevo mi casa y dejarlo sobre
la mesa con una nota tipo «Espero que lo devuelvas cuanto antes»,
pero el mensajero había dejado claro que el paquete era para mí, y
aquella superficie lisa no llevaba ni dirección ni remitente, ni ninguna
señal que indicara para quién era ni de dónde procedía.
Lo desenvolví allí mismo, en la puerta.
Bajo el papel había una caja negra, igualmente limpia. A esas
alturas me comía la curiosidad, así que la abrí, desgarrando los
bordes que estaban sellados.
Lo que había dentro me dejó perpleja, porque era incapaz de
encontrar una explicación.
Era un teléfono móvil, uno de esos que ya no se fabrican, de los
que se cierran sobre sí mismos y tienen una pequeña antena. Casi
sonreí. ¿Era una broma? Porque dudaba que aquel tipo de artilugio
estuviera siquiera en el mercado.
Pero la sonrisa se me heló en los labios cuando el teléfono
empezó a sonar, tanto que estuve a punto de tirar la caja al suelo y
pisarla, como si se tratara de un insecto inoportuno.
Miré alrededor. La calle estaba tranquila, como siempre a esa
hora, y no había nadie sospechosos porque… quien estuviera
llamando debía saber que en ese mismo instante yo tenía el aparato
en la mano.
Supe en ese momento que eran ellos.
La mujer del parque me había dicho que se pondrían en contacto
conmigo por cualquier medio, y estaba claro que a aquella gente,
fueran quienes fueran, les gustaban los recovecos.
Apenas recordaba cómo funcionaban esos aparatos. Lo abrí,
pulsé la tecla verde y me lo llevé al oído.
—¿Diga?
—Ha tardado demasiado —era una voz masculina, con un ligero
acento del este.
—¿Quién es? —atiné a preguntar.
—Hoy empieza el juego.
La explícita amenaza a mi familia seguía pesando sobre mí, pero
hay veces que las razones son más poderosas que los hechos.
De nuevo miré alrededor. ¿Me estarían viendo? ¿Habría alguien
apostado tras alguna ventana? Decidí probar hasta dónde eran
capaces de llegar.
—No voy a hacer nada si no me explica quiénes son.
—Sí, lo va a hacer —contestó al instante—, porque le han dicho
qué les sucederá a sus seres queridos si no obedece.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—Iré a la policía.
—No, eso no lo hará.
—¿Por qué está tan seguro?
En esta ocasión sí hubo un silencio. Por un instante imaginé que
me había salido con la mía, que les resultaba demasiado díscola
como para continuar con todo aquello, pero me equivocaba.
—Porque perderá un millón de euros.
Me quedé petrificada en la puerta de mi casa. Un millón de
euros. Con eso no solo se acabarían nuestros problemas
financieros, sino que se resolvería nuestra vida y la de mi hija en
adelante.
Me flaquearon las piernas.
—¿De qué está hablando?
—Si juega durante seis días y resiste hasta el final —continuó—,
recibirá el premio. Un millón de euros.
Eran solo seis días. Menos de una semana. Por muy exigentes
que fueran podría resistirlo casi todo.
—¿Y si me niego? —pregunté.
Creo que escuché una risa al otro lado, pero no estoy segura.
—Repito que esa posibilidad no existe, y no le aconsejaría que
probara si lo que le digo es verdad.
Mi mente procesaba los pros y los contras. En cualquier otra
ocasión no lo habría dudado, pero ante el abismo al que nos
asomábamos, sin dinero, con la casa embargada y nuestro futuro
hipotecado…
—¿Qué tengo que hacer?
Su voz sonó nítida.
—No contarle nada de esto a nadie, nunca, y bajo ningún motivo.
Y Obedecer.
—¿A quién?
Escuché su respiración. Tuve la impresión de que quien había al
otro lado no era alguien joven, a pesar del timbre brillante.
—Cada jugador tiene su propio amo. Cada jugador es un esclavo
para su amo durante seis días.
—¿Amo?
—Y ha de obedecerle en todo —apuntilló—, en cada capricho y
cada deseo. Si no lo hace, si se siente defraudado, quedará
eliminada.
—Me echarán del juego.
Porque no era una mala opción dejarse perder si aquello me
sobrepasaba.
—Me temo que es un poco más… literal.
De nuevo me recorrió un escalofrío. Ya sabía que aquella gente
no se andaba con bromas. Me lo habían dicho y su forma de actuar
así lo indicaba.
—¿Y qué tengo que hacer? —le pregunté.
Ora vez se hizo esperar. Cuando habló su voz me pareció muy
cansada.
—La esperará un coche a las diez de esta mañana en la puerta
de la Estación Central.
Y después colgó.
Así fue cómo empecé hace cuatro días, así fue cómo conocí a mi
amo, y de esta manera fue cómo empecé a atar cabos, porque, por
suerte para mí, ellos creían que yo no sabía nada de todo aquello.
Capítulo 13

Cuando despierto me duele todo el cuerpo.


El sofá no es precisamente cómodo ya que debíamos haberlo
cambiado justo antes de que Arthur me contara lo de su trabajo.
Miro el reloj y me sobresalto al ver la hora. Llegaré tarde si no me
doy prisa. ¿Cómo es que no ha sonado el despertador? Y solo
entonces recuerdo que esta noche he sido yo quien ha sido
desahuciada del dormitorio y el despertador se ha quedado en la
mesilla.
Consigo sentarme con dificultad. Mi antigua hernia siempre
empieza a gritar cuando estoy estresada, y en este momento de mi
vida me quedaría muy corta usando esa palabra. Tengo un sabor
amargo en la boca y una mala sensación en el corazón.
Es entonces cuando veo a Arthur, a mi marido.
Está sentado en la silla, al otro lado del salón. Tiene los brazos
cruzados y me mira fijamente. Su rostro está lívido y sus ojos
enrojecidos. No ha debido dormir. De hecho, sospecho que duerme
mal últimamente y no solo por nuestros problemas económicos, no.
Reconozco que me impresiona. Algo frío y laminoso me recorre
la espalda. ¿Desde cuándo llevará ahí, observándome? ¿Qué se
propone?
—Me has asustado —le digo.
Él no cambia ni la postura ni la expresión. Por un momento me
pregunto si es él, o solo una proyección de una imagen fija.
—¿Me lo vas a contar?
Me pongo de pie. Aún estoy vestida con la ropa de ayer. Anoche
me quedé profundamente dormida. Creo que hace tiempo que no
dormía de un tirón. Este es uno de esos momentos en los que
volvería a fumar.
—Te pedí tiempo —le contesto, mientras me dirijo a las escaleras
—. Solo eso.
—No hay tiempo. Nos estás poniendo en peligro.
—Es por el bien de todos.
Él viene hacia mí de dos zancadas y me corta el camino.
En ese instante creo que me va a golpear, pero ni siquiera me
toca. En sus ojos veo la repugnancia que siente por mí, también la
incomprensión.
—¿Ir a cenar a restaurantes que no podemos permitirnos con
hombres que no conocemos? —me escupe a la cara.
Yo me quedo atónita y así lo expresa mi rostro.
—¿Cómo lo sabes?
—Esta es una ciudad pequeña.
El estupor da paso a la rabia. ¿Por qué los demás no se meten
en sus cosas? Por mi cabeza pasan una lista de nombres, de
encantadores vecinos y también vecinas que seguro que se han
pasado para saber si estoy bien porque han visto a alguien que se
parece a mí.
—¿Qué te han contado?
Él vuelve a cruzar los brazos. Pocas veces lo he visto tan
alterado. Es apenas una sombra del hombre del que me enamoré.
—Que te han visto subir y bajar de un coche con chófer —me
dice, mientras analiza el impacto de sus palabras en mi expresión—.
Que te han visto entrar en callejones infectos.
Siento que me flaquean las piernas. Mentirle descaradamente a
alguien con quien compartes un hijo no está dentro de mi ideario de
lo que es correcto. Pero… ¿Qué he hecho bien desde que empecé
con todo esto? ¿Qué he hecho que simplemente no sea firmemente
reprobable por esta sociedad?
—Tiene una explicación —intento ganar tiempo para pensar una
respuesta.
—Pues dímela.
—No puedo.
Él guarda silencio. Creo que intenta encontrar una sola razón
para comprenderme, pero al final no la haya.
Se da la vuelta, y se encamina hacia la salida.
—Entonces no podemos seguir contigo.
—¿De qué hablas?
Lo sigo, aunque para mí es un alivio que me deje sola, que no
me pregunte más, que pueda acabar sin más presión lo que estoy
llevando a cabo.
—Nos vamos —me dice.
Solo entonces lo entiendo.
No me habla de él, está hablando de mi hija. Siento auténtico
pavor. Lo sigo, aunque cuando sus pasos se aceleran poco puedo
hacer.
Fuera está nuestro coche. Veo las maletas apiladas en el asiento
trasero y a Tiffany sentada en el lugar del copiloto. Arthur ya ha
metido la llave en la puerta, mientras mi pequeña me mira con ojos
vidriosos.
—Ni se te ocurra llevarte a mi hija —lo amenazo, pero me he
quedado clavada en el suelo, inmóvil.
Arthur tiene el rostro congestionado. Es posible que esté a punto
de llorar. Para alguien como él, dar este paso ha debido serle difícil.
Veo que intenta calmarse, tomar aire, cerrar los ojos para poder
hablar.
—Debimos hacerlo cuando lo de Mariam —me dice—. Fue
entonces cuando todo empezó a irse a la mierda.
—Empezó a irse a la mierda cuando tú conseguiste que lo
perdiéramos todo —lo acuso. Lo que sea para que no me quite a mi
pequeña.
—Porque tú eras un cadáver, una muerta en vida —ha levantado
la voz.
Un par de persianas de las casas cercanas empiezan a alzarse.
Hay carnaza y no quieren perdérsela
—Estaba seguro —arremete de nuevo— de que si podía darte
una mejor vida te olvidarías de todo y volverías a ser la misma.
—Soy la misma —me defiendo.
Él escupe, aunque baja un poco la voz para que mi aterrorizada
hija no lo oiga.
—Haces el amor con desconocidos en los servicios de un
restaurante y frecuentas clubes de sexo grupal. No. No te conozco.
Vuelvo a suplicarle.
—No te la lleves.
—No estas capacitada para cuidarla.
—¿Y tú sí?
Abre la puerta. Ya no hay marcha atrás.
—Yo al menos me mantengo cabal.
—¡Arthur!
En este momento, cuando todo lo que me importa está a punto
de desaparecer, suena el teléfono. Él se detiene un instante, como
si quisiera comprobar qué voy a hacer. Una, dos, tres llamadas. El
corazón se me va a salir del pecho. Desde dentro del coche mi hija
me mira con los ojos brillantes. Con un pie dentro, mi marido me
contempla para asegurarse de que está tomando la decisión
adecuada.
Si lo cojo, quizá los pierda para siempre. Si no lo cojo y es él…
esta última opción me parece terrible. Han prometido que le harán
daño a mi familia si vuelvo a fallarles. La otra vez, cuando el
cumpleaños de mi pequeña, fueron indulgentes, pero también me
advirtieron que no habría una segunda oportunidad.
Sin dejar de mirar a Arthur, deslizo el dedo por la pantalla del
teléfono y me lo llevo al oído.
—Es un mal momento —suplico, porque es él.
—Te recogerán en veinte minutos.
—Te lo ruego.
—Está preparada.
Me cuelga. Me quedo mirando la pantalla aún encendida y solo
cuando mi marido arranca el coche me doy cuenta de que ha dado
el paso definitivo.
Me lanzo hacia él, segura de que en el último momento tendrá
piedad de mí, como tantas veces la he tenido yo de él, pero no se
detiene. Ni siquiera cuando consigo cogerme de la manilla para
intentar abrir la puerta.
De hecho, acelera, y me arrastra hasta que la suelto.
Tirada en el suelo, con las rodillas sangrando, me como las
lágrimas, mientras me juro a mí misma que todo esto debe valer la
pena.
Capítulo 14

Nunca se retrasa, nunca se equivoca, nunca comete errores.


Veinte minutos más tarde el coche me está esperando para
recoger los restos de mujer que soy ahora.
Me ha dado apenas tiempo de darme una ducha rápida y
vestirme con lo primero que he encontrado en el armario, aunque lo
he hecho sin prisas, porque mi mente nublada, colapsada, no está
dispuesta a concederme un instante de paz.
Atravesamos la ciudad como las otras veces, en absoluto
silencio, aunque ya no soy la misma mujer de hace unos días. Quizá
porque no quedan rastros de cordura en mí.
Nos detenemos delante de la mansión, de la imponente fachada
que ha sido testigo de los actos más abyectos. La puerta se abre
mientras subo las escalinatas de acceso y cuando entro la criada ya
se retira al fondo de uno de los salones concatenados que se abren
al jardín de la planta baja.
Escucho música de piano. Unos acordes un tanto torpes que me
recuerdan a Chopin. Provienen del fondo, de esa parte de la
mansión que aún no conozco.
Atravieso el vestíbulo en línea recta. Cruzo dos salones más,
decorados de manera palaciega. No me detengo a observarlos, ya
tendré tiempo para hacerlo. El último de ellos se abre con una
cristalera al jardín trasero, donde hay una piscina en forma de fuente
monumental. Hay un piano en el centro y él lo está tocando,
impecablemente vestido de traje.
—Siempre he querido hacer el amor sobre un piano —me dice.
Sé lo que tengo que hacer, tampoco en esta ocasión es
necesario que me lo ordene.
Empiezo a quitarme la ropa, primero la chaqueta de paño, que
tiene los cuellos salpicados de bolitas, después los zapatos, cuyas
suelas necesitan un remiendo.
Mientras me desnudo voy repasando todos los elementos que
pululan por mi cabeza y que, por un momento, mientras venía hacia
aquí, se han convertido en una luz muy breve, pero suficientemente
luminosa como para que mis ojos brillen al descubrirlo.
De lo último que me deshago es de las medias y, completamente
desnuda, necesito auparme para subirme a la cola del piano, cuya
tapa está cerrada. Las recias cuerdas vibran bajo ella, haciendo que
las ondas sonoras recorran la caja de resonancia y agiten mi
cuerpo.
Él sigue tocando, mí, do, sol, y más ideas difusas van
encontrando espacio en el puzle en que se ha convertido todo esto.
¿Y si..? ¿Y si fuera posible..?
Cuando golpea la última tecla, el acorde final, la vibración ya es
una con mi cuerpo, y mientras pasan los segundos, los minutos, se
va desvaneciendo mientras una idea cierta termina de configurarse
en mi cabeza.
Es entonces cuando él repta hacia mí, como una serpiente, como
el hacedor del mal, desnudo como yo y excitado.
Mientras yo disfrutaba de las ondas sonoras postreras se ha
desnudado, y ahora viene a reclamar lo que es suyo.
No hay preámbulo, ni siquiera caricias. Cuando está sobre mí,
sin que su cuerpo apenas me roce, sostiene su virilidad con una
mano y se introduce en mi interior, sin pedir permiso, sin importarle
si es doloroso para mí, sin darme la menor dignidad humana.
Me utiliza como a una muñeca, entrando y saliendo, como si
únicamente se masturbara con mi vagina.
En esta ocasión no siento placer como en las anteriores. Se ha
producido la transformación y estoy en el lado contrario de la
ecuación.
Cuando termina, ahogando un prolongado gemido, siento la
humedad que chorrea entre mis muslos a la vez que él se retira,
para limpiarse con mi vestido.
Permanezco tumbada, mirando al techo que, cínicamente, está
repleto de querubines pintados.
—¿Qué excusa pondrás hoy en el trabajo?
Solo entonces me incorporo, y empiezo a calzarme las medias y
la ropa interior.
—Que no soporto a mi jefe, por ejemplo.
Lo veo sonreír con franqueza por primera vez. Es curioso, ha
perdido el carácter divino que tenía cuando le conocí. Ahora solo es
humano.
—Te echarán a la calle.
—Quizá no me importa.
Sus ojos se eclipsan un momento. Sé que se está preguntando
qué sucede, porque una mariposa es muy diferente de una oruga y
ha debido apreciar la metamorfosis.
El vestido está inservible. Hay un enorme manchurrón de semen
en la delantera, así que únicamente me coloco la chaqueta mientras
observo el cinismo de una Venus desnuda que configura el pie de
una hermosa lámpara de mesa, confeccionada en bronce.
—¿Puedo hacerte una pregunta, mi amo? —me atrevo a lanzar,
aunque no a mirarlo a los ojos.
Tarda en contestarme, pero cuando lo hace, aparece de nuevo la
arrogancia en su voz, esa que indica que el poder es suyo y yo
apenas soy nada.
—Hazla. Ya decidiré si la contesto o no.
No lo dudo.
—¿Qué te pareció Mariam?
Lo miro a los ojos justo en el momento en que pronuncio su
nombre, y lo que veo en ellos, el terror que acaba de aparecer en
sus pupilas, es lo que me dice que no me he equivocado.
No me doy prisa, como quizás supongas. Una vez que el poder
desaparece, el desamparo es absoluto.
Tomo la pesada lámpara de bronce, la que tiene a una diosa
desnuda como base, la sujeto con fuerza, y le golpeo en la cabeza.
Al principio no reacciona. Creo que le parece imposible que esté
sucediendo algo así. Pero cuando cae de rodillas y siente la sangre
empapándole la cara, levanta las manos y su boca esboza un gesto
de terror.
Yo no me detengo. Le golpeo una segunda vez y una tercera.
Creo que ya está muerto, pero aún así me siento a horcajadas sobre
él y sigo, sigo hasta que su cabeza es apenas una papilla
sanguinolenta de sesos aplastados, mezclados con esquirlas de
hueso y sangre.
Solo entonces me pongo de pie, me limpio las manos con el
mismo vestido con que él se ha retirado el semen, y aparto con un
dedo el trozo de cerebro que ha salpicado la solapa de mi chaqueta.
¿Te he dicho que la piscina trasera tiene forma de fuente
monumental? Me encamino hacia el ventanal y me quedo allí,
absorta, porque me encanta la forma en que el agua desciende por
las volutas de mármol tallado y se precipita al estanque.
Mariam y yo apenas nos conocíamos.
Éramos dos mujeres solitarias que tomaban cada día el tren de
las siete y compartían asientos cercanos, así fue durante diez años.
Esto hizo que entre las dos surgiera una amistad de tren, ese tipo
de relación donde nos contábamos cosas, charlábamos sobre las
novelas que leíamos, algo de los maridos, mucho de los hijos, pero
poco más.
Lo cierto es que me lo contó todo, todo esto, pero hasta hace
unos minutos no he sido capaz de atar todos los cabos.
Recuerdo aquellos días en que estaba despistada. Se sentaba a
mi lado y apenas hablaba, con la mirada perdida en la nada. Uno de
ellos me dijo algo que casi se diluyó en mi memoria.
—¿Por qué cogería aquel número? ¿Por qué llamaría?
Le pregunté a qué se refería, pero no me contestó y cambió de
tema rápidamente.
Con el paso de los días, su turbación dio paso al terror. Estaba
muy alterada y en dos ocasiones vi marcas sobre su piel. Le
pregunté si las cosas en su matrimonio iban bien, y me cambió de
tema nuevamente.
El séptimo día Mariam desapareció.
Dejé de verla en el tren, y llegué a pensar que quizá había
cambiado de horario o de trayecto. Probé a tomar el que pasaba
antes y el que pasaba después, pero en ninguno de ellos viajaba mi
amiga.
Yo estaba tremendamente preocupada, y así se lo dije a Arthur.
Él me aconsejó que no me metiera, que las cosas de matrimonio
han de resolverse desde dentro, no desde fuera. Pero era incapaz
de sacármela de la cabeza.
Sabía dónde trabajaba, en una lavandería del barrio Este, y una
tarde pedí salir una hora antes y fui a buscarla.
La encontré sin dificultad, la lavandería, porque me dijeron que
no habían vuelto a ver a Mariam, justo desde el mismo día en que
yo la perdí de vista. Incluso me explicaron, extrañados, que no había
ido a recoger su paga de la semana, y eso que era jueves.
La idea de que le había pasado algo no salía de mi cabeza, y de
que su marido era el responsable, aún más.
En esta ocasión no le dije nada a Arthur, pero fui a su casa a
buscarla, a la dirección que me habían facilitado en su trabajo.
Cuando conocí a su marido y a sus hijos, la idea se desmoronó
completamente. Eran una unida familia de hispanos, y pocas veces
he visto a un hombre más dolido por la desaparición de su esposa.
Me explicó que estaba rara los últimos días, que llegaba a horas
intempestivas o se iba a otras en los que la familia estaba reunida.
Creía que estaba metida en algo, quizá en una secta, y estaba
seguro de que se había marchado con ellos. Lo que en verdad los
convenció fue el dinero anónimo que ingresaron en su cuenta unos
meses después.
Todo aquello era tan extraño, tan raro, porque la Mariam que yo
conocía cada tarde durante diez años era la mujer más amable y
sencilla con la que he tratado.
Hubiera quedado ahí, como un caso de tantos, de mujeres que
salen de su casa y nunca vuelven, si cinco meses después no me
hubiera cruzado con ella.
Estábamos de vacaciones en la costa, porque aún Arthur no
había puesto nuestras vidas boca arriba. Él estaba con mi hija
comprando un helado, y yo miraba el escaparate de una joyería a la
que jamás tendría acceso cuando, al mirar al interior, la vi.
A Mariam.
Se estaba probando un anillo cuya piedra brillaba incluso desde
fuera, rodeada de tres dependientes que se deshacían en halagos y
cortesía.
Era ella y no lo era. Me explico, era Mariam, pero su aspecto, su
ropa, su cabello, aquellos tacones, eran las de una mujer de fortuna
y no los de una chica que trabajaba en una lavandería.
Me quedé impactada, tanto que me costó reaccionar, pero
cuando ella salió y ya estaba a punto de entrar por la puerta de un
gran coche que un chófer mantenía abierta, fui a su encuentro.
—¡Mariam! —grité su nombre.
Solo eso.
Pero ella volvió la cabeza, de esa manera que todos hacemos
cuando sabemos que nos llaman, y me miró.
Lo supe. Eso no se puede negar. Era ella.
Vi que me reconocía, me pareció observar que sus ojos se
alegraban, pero de la misma manera entró en el vehículo, este
arrancó, y nunca más supe de ella.
Quizá por eso, por sus palabras en el tren, arranqué el papel con
el número de teléfono en aquella estación. Y según han ido
avanzando todos estos días se me han ido despejando dudas y he
comprendido que en este juego era en el que estaba metida
Mariam.
Esta mañana, mientras venía hasta aquí, he llegado a la
conclusión de que la Mariam que vi en la joyería de la playa era la
que había ganado un millón de dólares, estaba convencida.
Pero hace un instante, mientras me atravesaban las vibraciones
sonoras del piano, una duda apareció en ese cuadro perfecto: si
había ganado todo ese dinero… ¿por qué no lo había compartido
con su familia? Sí, les había ingresado dinero unos meses después,
pero no podía ser tanto porque seguían viviendo en el mismo sitio.
Era un matrimonio unido, lo sé, y unos hijos adorables.
Y mientras este malnacido que yace en el suelo me poseía, una
idea se fraguó en mi mente, tan absurda como posible: ¿Y si
hubiera otra manera de ganar, incluso más que ese millón de euros?
Tanto que un millón de relucientes monedas fuera una pálida
recompensa en comparación.
¿Cómo?
Sustituyendo al amo.
Así es.
Porque desde el principio hay cosas que no me cuadraban en él,
como si no terminara de encajar en una mansión como esta. Como
si él mismo hubiera asesinado al anterior amo para ocupar su lugar,
sus derechos y también sus deberes, una nueva y fascinante vida,
en conclusión.
Eso es lo que apareció en mi mente mientras los últimos acordes
del piano aún retumbaban. ¿Y si una de las reglas del juego fuera
esa? Que el premio gordo fuera convertirte en la dueña de todo
esto.
Lo sabré dentro de unos segundos.
Habrán oído los golpes y él ha gritado antes de morir. En nada
estarán aquí la criada, posiblemente el chófer, y sospecho que los
dos matones, si no hay más gente.
Si me he equivocado me matarán.
Si no… habré perdido a mi hija y seré la nueva dueña de todo
esto, la nueva ama que deberá extorsionar a nuevos esclavos.
Eso me duele, mi hija, pero Arthur sabrá qué hacer con ella y,
según creo, podré pagar todas sus deudas para que puedan
empezar de nuevo. Sí, velar por ellos desde las sombras.
Oigo pasos sobre el mármol. Estoy preparada para todo. Me
vuelvo, si me van a golpear, o a disparar, prefiero ver la muerte de
frente.
La criada entra primero y se detiene ante la enorme mancha de
sangre, detrás viene el chófer, que se pone muy pálido allí mismo.
Los dos matones no tardan en aparecer, con una mano bajo la
chaqueta, como si fueran a desenfundar una pistola.
Hay un instante en que estoy segura de que van a acabar
conmigo, pero entonces la muchacha me hace una reverencia y su
voz amable se dirige hacia mí.
—¿Desea la señora que le prepare un baño mientras limpian
todo esto?
El chófer se da la vuelta, y los otros dos cogen el cadáver uno de
cada pie, y lo apartan de mi vista.
Yo me vuelvo otra vez hacia la fuente. El sol saca ahora reflejos
dorados en el mármol, y solo pienso en lo bien que me vendrá un
buen baño caliente.

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