Bomba N° 1
– El: de lejos he venido
rodando como un pandero
solo para decirte
negrita cuánto te quiero.
– Ella: en ese viaje que hiciste
creo que te desnutriste
porque tienes los ojos hundidos
y la mirada triste.
Bomba N °2
– El: de un tronco nació una rosa
y del agua un caracol
de los ojos de esta joven
nacen los rayos del sol.
– Ella: del cielo cayo una rosa
y del pueblo una pared
que dicha fuera la mía
si yo cayera en su red.
Bomba N° 3
– El: viene la luna hermosa
con su lucero en campaña
qué triste se mira un hombre
cuando su mujer lo engaña.
– Ella: a los ángeles del cielo
voy a mandarles a pedir
una pluma de sus alas
para poderte escribir.
1. En boca cerrada no entran moscas
En determinados momentos es mejor estar callado antes de meter la
pata.
2. Zapatero a tus zapatos
No hay que meterse donde no te llaman.
3. De tal palo tal astilla
Los hijos
suelen
parecerse a
sus padres.
1. Pablito clavó un clavito en la calva de un calvito. Un clavito clavó Pablito en la calva de un
calvito. ¿Qué clavito clavó Pablito?
2. Cuando cuentes cuentos, cuenta cuántos cuentos cuentas,
porque si no cuentas cuántos cuentos cuentas, nunca sabrás
cuántos cuentos cuentas tú.
3. Erre con erre guitarra, erre con erre barril. Rápido ruedan las ruedas
por los rieles del ferrocarril.
1. ¿Cuál es el último animal
que subió al arca de Noé?
El del-fin.
2. ¿Qué le dice un gusano a otro gusano? Voy a dar una vuelta a la manzana.
3. ¿Por qué las focas miran siempre hacia arriba? ¡Porque ahí están los focos!
Las dos ranitas de Japón
Esta es la historia de dos ranitas. Ambas vivían muy felices en Japón, pero en diferentes
ciudades; una vivía en Kioto y la otra en Osaka.
Una mañana, las dos ranitas se despertaron muy aburridas y decidieron que era hora de
explorar otros lugares:
—Hoy partiré hacia Osaka —se dijo la ranita de Kioto.
—Hoy viajaré a Kioto —se dijo la ranita de Osaka.
Sin saberlo, las ranitas empacaron sus cosas al mismo tiempo y salieron saltando hasta el
camino de la montaña que unía las dos ciudades.
El viaje resultó ser más largo de lo planeado y por esas cosas del destino; las dos ranitas, muy
agotadas, se detuvieron en la cima de la montaña.
Al encontrarse, las dos ranitas se observaron con emoción. Luego, se saludaron y entablaron
conversación. Fue así como supieron hacia donde se dirigían.
—¡Voy a Osaka! — dijo la ranita de Kioto—. Escuché que es una ciudad esplendorosa.
—¡Y yo voy a Kioto! — respondió la ranita de Osaka—. Todos dicen que es una ciudad
espléndida.
—Es una pena que no seamos más altas— dijo la ranita de Kioto—. Si lo fuéramos,
podríamos ver desde lo alto de esta montaña la ciudad que queremos visitar.
—¡Tengo una idea! — exclamó la ranita de Osaka—. Parémonos de puntitas con nuestras
patas traseras y apoyémonos una a la otra. Así podemos echarle un vistazo a la ciudad a
donde vamos.
Entonces, las dos ranitas se pararon de puntitas y se tomaron de las patas delanteras para no
caerse.
La rana de Kioto alzó la cabeza y miró hacia Osaka. La rana de Osaka también alzó la cabeza
y miró hacia Kioto
—
¡Qué decepción! — dijo la ranita de Kioto—. Osaka es igual a Kioto.
—¡Qué desilusión! — dijo la ranita de Osaka—. Kioto es igual a Osaka.
En ese momento, la ranita de Kioto dijo:
—Me alegra que hayamos descubierto esto, ahora podemos ahorrarnos el largo viaje y
regresar a casa.
Las dos se despidieron y comenzaron a saltar muy felices de vuelta a sus ciudades.
Sin embargo, las dos ranitas olvidaron que todas las ranitas del mundo tienen los ojos en la
parte de arriba de la cabeza. En realidad, veían lo que estaba atrás y no adelante. ¡La ranita de
Kioto estaba mirando hacia Kioto y la de Osaka estaba mirando hacia Osaka!
Rayo de Fuego
Cuenta la leyenda, que hace muchos, muchos siglos, en un lejano país del norte, el rey Erico
el Viejo, enfermo y cansado de gobernar, anunció a todos sus súbditos que elegiría a un
sucesor basándose únicamente en la fortaleza que este demostrara.
Pronto, se presentaron ante el rey los hombres más valientes de la región y narraron sus
heroicas hazañas.
El primero en participar fue Trim, un hombre fornido y de barba roja que dijo:
—Una noche se desató una tormenta mientras navegaba y gracias a mi increíble fuerza, tomé
mi embarcación con una mano y nadé con la otra hasta alcanzar la orilla.
Después de Trim, era el turno de Trom, un hombre moreno de barba negra, tan alto y
musculoso que parecía un gigante:
—Mi señor rey —dijo Trom—, mi encuentro con el mar fue más heroico que el de Trim. Una
noche de tormenta, el viento estaba tan iracundo que debí tomar mi embarcación con ambas
manos y nadar solo con mis piernas.
El último en hablar fue Trum, un hombre fortachón de barba rubia que por violento y
presuntuoso no era del agrado del público.
Erico el Viejo, Trim, Trum y todo el reino lo escucharon con toda atención.
—Su majestad, si lo que busca es el mayor acto de fortaleza, soy entonces su único aspirante
al trono. Las historias de Trim y Trom palidecen ante la mía —dijo Trim, convencido de ser
el mejor de todos tres y añadió—: a mí también me sorprendió la tormenta mientras
comandaba una flota de 52 barcos. Entonces, llamé a mi caballo, Rayo de Fuego, que puede
desplazarse sobre la tierra y el mar, até la costa a su cola con una soga de hierro y remolqué al
reino entero hasta los barcos. Como no me era posible llevar los barcos a tierra, llevé la tierra
hasta los barcos.
—¡Increíble, fantástico! —dijo Erico el Viejo, muy sorprendido.
Sin embargo, el rey sabía que elegir a Trum como su sucesor causaría un enorme descontento
entre su pueblo y exclamó:
—Tu hazaña es en realidad heroica, pero Rayo de Fuego, tu caballo, demostró ser más fuerte
que tú. Él salvó a toda una flota y merece ser el rey.
El pueblo celebró la decisión del sabio rey, pues preferían ser gobernados por un caballo que
por un tirano.
Juan y el caldero
En la bella isla de Puerto Rico, vivía Juan con su mamá. Juan era un niño de buen corazón,
pero siempre andaba en problemas por no seguir instrucciones.
Un día su mamá lo llamó y le dijo:
—Juan, necesito que vayas donde tu madrina y le pidas prestado el caldero. Estoy cocinando
un asopao de pollo y no me cabe en la olla. ¡Apúrate que lo necesito con urgencia!
—Claro que sí, mamá —respondió Juan.
El asopao de pollo era su comida favorita, así que salió corriendo colina arriba hacia la casa
de su madrina.
Al llegar, su madrina lo saludó y le entregó el caldero.
—Juan, ten mucho cuidado con mi caldero, recuerda que es de cerámica y puede romperse—
le dijo.
—No te preocupes madrina —respondió Juan, mirando la enorme olla de tres patas.
Entonces, emprendió su camino colina abajo hasta que el sudor empezó a recorrerle por la
cara y sus brazos comenzaron a sentirse muy, pero muy cansados ante el peso del caldero.
Su casa no quedaba muy lejos, Juan puso el caldero en la tierra y se detuvo para pensar:
“Los perros tienen cuatro patas y caminan. Los gatos tienen cuatro patas y caminan. Las
gallinas tienen dos patas y caminan, ¿cómo es posible que este caldero de tres patas no
camine?”
Juan miró el caldero y con toda seriedad le dio la orden:
—Camina caldero de tres patas, mi madre te espera para hacer asopao de pollo.
¡Pero el caldero no se movió ni un poquito! Muy enojado, Juan le dio una patada y lo mandó
rodando por la colina, con tan mala fortuna que el caldero se estrelló contra una roca y se
quebró en mil pedacitos. Nadie supo si Juan cenó asopao de pollo.
Lo que sí se sabe es que después de ese día, la madrina dejó de confiar en Juan... y su mamá
nunca volvió a pedirle favores.