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Umbriel Editores
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Esta es una obra de ficción. Todos los acontecimientos y diálogos, y todos los personajes, son fruto de la
imaginación de la autora. Por lo demás, todo parecido con cualquier persona, viva o muerta, es puramente
fortuito.
ISBN: 978-84-17312-21-3
Índice
Prólogo: St
Stella
ella
LA PRIMERA NOCHE
1. Hope
2. Stella
3. Hope
4. Stella
LA SEGUNDA
SEGUNDA NOCHE
5. Hugh
6. Hope
7. Stella
LA TERCERA
TERCERA NOCHE
8. Hugh
9. Hope
10. Stella
11. Stella
LA CUAR TA TA NOCHE
NOCHE
12. Hope
13. Hope
14. Hugh
15. Stella
16. Stella
LA QUINTA NOCHE
17. Hope
18. Hugh
19. Stella
20. Hugh
21. Stella
22. Stella
LA SEXTA NOCHE
23. Hope
24. Stella
25. Stella
26. Hope
27. Vincent
28. Stella
29. Hugh
LA SÉPTIMA NOCHE
30.
31. Hope
Hugh
32. Hope
33. Stella
34. Hope
35. Hugh
36. Hope
37. Stella
Epílogo
Agradecimientos
Querido Len:
En fin, si estás leyendo esto, es que ya ha ocurrido. Supongo que tendría que alegrarme, y tú
también. Hemos pasado mucho tiempo esperando y yo veía cuánto te estaba minando, aunque
intentaras disimular.
Bueno, la póliza del seguro de vida está en una caja de zapatos encima del armario del dormitorio,
debajo de ese sombrero que me puse para la boda de nuestro Dominic, ¿te acuerdas? ¿El del velo, con
el que tú decías que parecía una mujer fatal? A lo mejor no te acuerdas; bebiste tanta cerveza que
cuatro amigos de Dominic tuvieron que llevarte arriba, pedazo de bruto. Creo que la indemnización
no es gran cosa, pero por lo menos bastará para pagar los gastos del entierro. No tengo ningún deseo
especial en ese sentido. Tú eres quien mejor me conoce, así que confío en que acertarás.
La lavadora. Es fácil, en serio. Solo tienes que girar la rueda en el sentido de las agujas del reloj
hasta la temperatura a la que quieres lavar, pero no te preocupes por eso: lávalo todo a cuarenta
grados. Casi siempre sale bien. Y el detergente ponlo en ese chisme de plástico, dentro del tambor, no
en el cajón. La verdad es que no sé por qué a estas alturas se molestan en poner esos cajones.
Tienes que comer, y no solo cosas que se calienten en el microondas. Tienes que zamparte unas
verduras
(tostadaspor conloqueso
menosyuna vez por
alubias consemana,
tomateprométemelo. La cena
para acompañar), asídel
quedomingo
seguro siempre
que serásla hacías
capaz tú
de
sobrevivir si le pones un poco de empeño. Me figuro que al principio irá un montón de gente a
llevarte comida, pero de todos modos conviene que te compres un libro de cocina. Creo que hay
uno debajo de la cama. Me lo regaló Susan el año pasado por Navidad, y pensé «¡Habrase visto, qué
descaro!»
Len, ¿te acuerdas de la noche en que nos conocimos? ¿Te acuerdas de cómo me sacaste a bailar?
No dijiste nada, ni siquiera me lo pediste, so sinvergüenza. Me cogiste de la mano y me sacaste a la
pista. ¡Y cómo giramos y nos reímos! A mí me daba todo vueltas. Y cuando se acabó la canción, me
besaste. Todavía no me habías dicho ni una palabra, ojo, y me diste un beso que me dejaste
temblando. Lo primero que me dijiste fue: «Más vvale ale que me digas cómo te llamas, porque eres la
chica con la que voy a casarme». Menudo caradura, me dije yo para mí, pero la verdad es que
acertaste de lleno.
Hemos tenido una buena vida, Len, llena de amor y felicidad. Tanto amor y felicidad o más como
tristeza y malos ratos, si lo piensas bien, y últimamente he tenido mucho tiempo para pensarlo. La
verdad es que más no se puede pedir. No te pares porque yo me haya parado. Sigue adelante, Len.
Sigue bailando, baila con nuestros nietos por mí. Hazles reír y mímalos mucho.
Y cuando pienses en mí no me recuerdes como estos últimos días: piensa en mí dando vueltas por
la pista, riendo y bailando en tus brazos.
Recuérdame así.
Tu amante esposa,
Dorothy
Prólogo
Stella
pensado… En fin, tienes un pelo precioso, todos esos rizos cayéndote por la espalda. Y unos
ojos como el ámbar.
Se había fijado en mis ojos, quizás en el mismo instante en que yo me fijé en los suyos.
—Soy una persona muy perezosa —le dije—. Nunca voy deprisa a ningún sitio.
—¿Eso es una manera un poco rara de decir que no quieres tomar un café conmigo?
Me gustó su forma de fruncir el ceño tanto como su sonrisa.
—Es una advertencia —dije—. Para que sepas que quizá no sea tu tipo.
—A veces —contestó— uno sabe sin más que alguien es su tipo.
—¿Por el pelo? —pregunté riendo.
—Por los ojos.
Eso no podía discutírselo.
—¿Te importa que te acompañe un trecho? —preguntó.
—Vale.
Le sonreí cuando echó a andar a mi lado, y caminamos en silencio un rato.
—Cuando has dicho que eras lenta, no era broma —comentó pasado un rato.
Lo segundo que supe de Vincent es que algún día me casaría con él. Pero lo primero fue que
le gustaba correr.
Por eso ahora se me hace tan duro mirarle: su cara desfigurada vuelta hacia la pared
mientras duerme, y el hueco donde antes tenía la pierna.
LA PRIMERA NOCHE
1
Hope
No puedo dormir. Últimamente no pego ojo, por lo menos aquí, donde nunca permiten que la
oscuridad sea total. Pero no es solo por eso; es porque no puedo parar de pensar en cómo
llegué aquí. Lo sé, claro: cogí algo, un bichito, una bacteria, lo que puede ser peligroso cuando
una tiene fibrosis quística. Estuve a punto de morirme, y ahora aquí estoy, en este sitio donde
nunca apagan del todo las luces, en el largo y arduo camino de la recuperación. Todo eso lo sé,
pero lo que no sé, lo que quiero saber, es cómo. Quiero saber en qué momento preciso ese
pequeño cúmulo de bacterias cayó como una flor desprendida en mi torrente sanguíneo. Es
imposible averiguarlo, claro, pero no por eso dejo de querer saberlo, ni me lo quito de la
cabeza. Lo más frustrante de mi estado es que tengo mucho tiempo para pensar y muy poco
para vivir. El tiempo pasa deprisa y despacio a la vez: se dilata y se precipita, se vuelve
aburrido y aterrador. Puedes convivir toda tu vida con la noción de mortalidad, sabiendo que
algún día será el último, y no llegar a entenderlo nunca, ni a importarte lo que eso significa.
Por lo menos, hasta que llega ese último día.
Yo estaba en una fiesta cuando vino la Muerte a buscarme.
Odio las fiestas, pero a aquella fui por Ben, mi mejor amigo.
—No puedes quedarte toda la vida encerrada —me dijo mientras me sacaba a rastras de mi
habitación y me hacía bajar las escaleras—. Tienes veintiún años, casi veintidós. Deberías salir
todas las noches. Estás en la flor de la vida, ¡deberías disfrutarlo!
—Tú estás en la flor de la vida. Yo estoy casi en la vejez —le contesté, a pesar de que sabía
que odiaba que le recordara lo corta que era mi esperanza de vida—. Y, además, sí que podría.
Podría pasarme toda la vida en casa escuchando a Joni Mitchell y leyendo, y diseñando
portadas de libros, y practicando el solo del «Beat It» con la guitarra, y estaría en la gloria.
—Señora K. —Ben me llevó al cuarto de estar, donde mis padres estaban viendo lo de
siempre en la tele: una un
andaba persiguiendo policía alcohólico
asesino que perdió
psicópata—. Dígale aa su esposa
su hija queenes un
unaamargo
chica dedivorcio
veintiúny
años. Que tiene que salir y divertirse. Recuérdele que la vida es para vivirla y no para quedarse
sentada en su habitación, sola, leyendo sobre la vida de otra gente. Además, va a estar toda la
pandilla del colegio, que han vuelto de la universidad. Hace siglos que no nos juntamos todos y
están deseando verla.
Mi madre se giró en su sillón y, a pesar de que sonreía, vi su mirada de preocupación. Pero
eso no era ninguna novedad: llevaba veintiún años preocupada, constantemente. A veces me
pregunto si no deseó cambiarme de nombre después de mi diagnóstico, cuando era todavía un
bebé, y se hizo patente que no tenía esperanza alguna de salvación. Pero para entonces era ya
demasiado tarde: mi nombre, Hope,1 ya me pertenecía, una paradoja cruel con la que ambas
tendríamos que cargar. Mi pobre y querida mamá, bastante tenía ya con lo que tenía. No era
justo
nocheobligarla a decidir
preocupada si debía
y después salir lao destrozaría.
la culpa no, porque Así
de todas formas
que esa se pasaría
fue una el resto
de las cosas quede la
hice
momento me alegré de ver a Sally, me alegré de haber ido a la fiesta. Puede que fuera entonces,
puede que durante aquel arrebato de optimismo y nostalgia, en medio de aquel abrazo,
inhalara lo que había de matarme. Espero que no. Aunque sería muy propio del universo
intentar hundirte precisamente cuando más feliz eres, porque sé por experiencia que el
universo es un capullo de tres pares de narices.
De todos modos, lo bueno de estar entre amigos era que no tenía que dar explicaciones:
sobraba el eterno prólogo que precedía mis conversaciones con extraños, cuando tenía que
hablarles de la fibrosis quística y ellos ponían cara de pena y se sentían incómodos. Era un
alivio estar entre personas que, casi desde el instante mismo en que hice mi entrada en sus
vidas, estaban avisadas de que en cualquier momento podía hacer mutis por el foro.
Al poco rato Sally estaba ya metiéndole la lengua hasta las amígdalas a un chico que
seguramente había venido con ella. Eso al menos pensé yo, porque no conocía al chico, así que
di una vuelta entre la gente buscando a Ben.
—¡Hope! —chilló Clara Clayton, y me plantó un beso pegajoso en la mejilla—. ¡Qué alegría
verte! Si tú estás aquí, eso significa que Ben también ha venido, y tengo muchas ganas de verle.
¡Madre mía, hay que ver lo bueno que está! Oye, ¿no estaréis…?
—Hola, Hope —dijo Tom Green, el que había sido el rompecorazones del colegio durante
muchos años, y que seguía siendo igual de dulce, rubio y fornido que antes—. ¿Qué tal?
¿Cómo te va?
Seguía siendo torpón, amable, simpático, alto, todas esas cosas que hacían que me diera
vueltas la cabeza cuando tenía trece años, aunque ya no, noté con interés. Ahora me parecía
encantador, pero un poco sosaina.
—Me gusta tu look —dijo con cierto esfuerzo—. Es… genial.
Mientras vagaba por la fiesta y la gente apagaba atropelladamente sus cigarrillos cuando me
veía acercarme, me fui relajando. Allí, entre amigos, me sentía a gusto. Me sentía como una
chica de veintiún años en una fiesta. Me relajé, y ese, probablemente, fue mi error.
Pudo ser en cualquiera de aquellos pequeños reencuentros cuando la Muerte se coló de
rondón, durante aquella hora larga en que estuve pegada a la gente mientras me contaban lo
que habían estudiado y lo que pensaban hacer a continuación. Puede que fuera entonces, o
puede que fuera cuando el taxista tosió encima del cambio que me devolvió al volver a casa.
Pero yo no lo creo.
Creo quepara
Porque, fue cuando Ben me
dejarlo claro de besó.
una vez, me paso la vida en mi cuarto, en casa de mis padres,
fingiendo que diseñar portadas de libros es una profesión adulta, una carrera de verdad, y
leyendo libros, libros a montones. Y en una novela victoriana, que un hombre me besara sería
sin duda la causa de mi fallecimiento.
falle cimiento.
Soy muy dada a obsesionarme. Le doy muchas vueltas a las cosas en la cabeza.
Ben se había emborrachado como solo se emborracha él: o sea, de golpe. Y pasó de una
indiferencia casi total a ponerse a bailar, a reír y a dar vueltas, a abrazar a la gente, a hacer
como que tocaba la guitarra y a charlar con las chicas, que escuchaban embobadas sus
tonterías, mientras yo le observaba desde el rincón de la sala, sonriéndome a mi pesar. A Ben le
encanta hacerse el guay (el músico de la banda de rock, la estrella a la que todo el mundo le
importa un carajo), pero no hace falta mucho para que salga a relucir su auténtico yo, el chico
al que yo conocía tan bien, ese friki con mayúsculas: el que de pequeño se llenaba los bolsillos
de lombrices para impedir que los otros niños las pisotearan; el que de noche parecía que se
alimentaba de cabezas de murciélago y de día trabajaba de encargado en una tienda de
telefonía móvil.
De pronto se abalanzó sobre mí, me agarró por los hombros y caímos los dos en el sofá,
riéndonos: él con demasiado ímpetu y yo, con una pizca de frialdad.
—Pero qué capullo eres —le dije con cariño, no obstante.
—Entonces ¿por qué soy tu mejor amigo? —me preguntó y, pasándome el brazo por los
hombros, me apretó contra sí y batió sus pestañas marrones, absurdamente largas.
—Bah, cállate —contesté arrugando la nariz mientras restregaba su mejilla contra la mía
como un perro atolondrado, y procedí a salvaguardarle de sí mismo como solía, es decir,
haciéndole creer que tenía que cuidar de mí, para lo cual no le quedaba más remedio que dejar
de beber tanto y tan deprisa—. ¿Sabes una cosa? No me está gustando mucho esta fiesta. Creo
que me voy a ir a casa. ¿Me acompañas?
—¡No, no te vayas! —Me cogió la cara entre las manos y me hizo mirarle a los ojos,
estrujándome la boca hasta que puse un mohín francamente ridículo—. Siempre te vas
temprano de los sitios. No me abandones, Hope. ¿Cuándo vas a darte cuenta de que odio que
me dejes? Quiero estar contigo todo el tiempo.
—No seas bobo —le contesté, aunque un poco indecisa, porque de pronto me miraba como
si estuviera enfadado y dolido, todo al
a l mismo tiempo.
Me costó interpretar su expresión, y no me gusta la ambigüedad. Por un instante, por un
segundo fugaz, pensé que quizá su comportamiento de esa noche tenía algo que ver conmigo.
—Pues no te vayas —repitió.
—Pero, Ben…
Entonces fue cuando me besó.
Quiero decir que me besó de verdad. Ben, al que conocía desde los cinco años. Ben, que
una vez se metió entre un montón de ortigas y me sacó de ellas en brazos. Ben, que me
sujetaba el pelo y charlaba conmigo mientras yo expectoraba glóbulos de flema durante mis
ataques nocturnos de tos, puntuales como una liturgia. Ben me besó, y fue un beso de verdad,
con lengua, urgente y apasionado. Fue un beso torpe y muy físico, y a mí me cogió por
sorpresa porque nunca había besado a nadie de esa manera, con esa fuerza y esa ansia.
Mientras
aparté de Ben me apretaba contra el sofá, de pronto sentí que no podía respirar. Me agobié y le
un empujón.
—Mierda —dijo—. Sí que estoy borracho. Perdona. Perdona, joder.
Me levanté y fui al baño. Hecha una furia, debería añadir: me fui al baño hecha una furia
para ocultar mi turbación, fingiéndome indignada y ofendida. Pasé mucho rato mirándome al
espejo, mirando mi boca manchada de beso. No sé cómo, pero supe entonces que todo había
cambiado, y no para mejor.
Cuando volví, Ben se había quedado dormido en el sofá con la cabeza apoyada en los
cojines y la boca abierta.
Cogí un taxi para volver a casa, sola, y antes de medianoche ya estaba en la cama.
Al día siguiente, cuando volví a ver a Ben, me dijo que casi no se acordaba de nada y que no
le dejara volver a beber. No habló del beso, y sigo sin saber si es que no se acordaba o prefirió
noUna
hablar de ello.
semana después, me ingresaron en el hospital por una infección pulmonar bacteriana.
El dolor, el dolor y el ahogo, y la necesidad frenética de tragar más aire, consumieron casi
todas mis energías, aunque no todas. Hubo un momento, solo uno, de perfecta lucidez en que
oí al médico decirle a mi madre: «Lo siento, pero está en estado crítico».
Y pensé: «No estoy preparada. No estoy preparada aún».
Salí adelante, sigo aquí, sigo viva, y estoy casi lista para volver a la vida. He ganado este
asalto. Pero no puedo dormir, ¿sabéis?, porque, aunque sea imposible, quiero saberlo. Quiero
saber el momento exacto en que dejé entrar a la Muerte, y no puedo pegar ojo, porque, ¿y si
no estoy lista la próxima vez que me encuentre?
e ncuentre?
Querida Maeve:
Kip y yo nos habíamos prometido que escribiríamos a la mujer del otro cuando llegara el
momento. Y en fin, Maeve, ya ha llegado, ¿no? Siento haber tardado tanto en escribir esta carta
que nunca quise que tuvieras que leer. Ojalá, ojalá se me dieran bien las palabras, ojalá supiera
cómo
hice. Ydecirte
Kip eraloloque
máste parecido
tengo quea un
decir. Ojalá no
hermano quelehehubiera
[Link] esa promesa a Kip, pero se la
Lo hicimos todo a la par. Nos alistamos juntos. Hicimos juntos la instrucción. Kip fue el peor
recluta que había visto el sargento en toda su vida. Pero todos le queríamos. Sabía hacernos reír
los días en que todo pintaba mal. En nuestra primera misión en Afganistán, Kip era el mejor
soldado de todos.
Hablaba constantemente de ti y de la pequeña Casey. Erais la luz de su vida. Nos contaba las
cosas que hacía Casey, se pasaba el día entero hablando de lo guapa, lo graciosa y lo lista que
era, mucho más lista que otros niños de su edad. Kip era militar, pero para él lo primero era su
familia. Sé que intentó ser el mejor marido y padre que que pudo.
El día que sucedió amaneció como otro cualquiera. Una patrulla rutinaria para defender la
provincia contra los talibanes. No había
hab ía nada (ni soplos ni rumores) que indicase que hubiera
algo por lo que tuviéramos que preocuparnos más allá de lo normal. Y lo normal ya era bastante
preocupante. Sabíamos que faltab
faltabaa poco para que volviéramos a casa, pero el mando
m ando nos había
dicho que mantuviéramos los ojos y los oídos bien abiertos, que no bajáramos la guardia ni un
segundo mientras estuviéramos allí, así que estábamos avisados.
Cuando estalló el misil fue…
1. Juego
1. Juego de palabras entre hope-less «sin esperanza» y hope «esperanza». (N. de la T.)
2
Stella
Cada vez que hay un momento de paz, de sosiego, me paro y escucho y espero a que pase. Casi
nunca hay silencio en el Centro Marie Francis de Rehabilitación y Cuidados Paliativos, ni
siquiera de noche. Conversaciones a media voz, murmullos en la semioscuridad, a veces risas, a
veces cantos. De tanto en tanto, un sueño vivido en voz alta. Pero casi nunca hay silencio. Así
que en esos instantes aguzo el oído y espero a que llegue de nuevo el ruido. Y entonces respiro
de nuevo.
Noto que un cuerpo cálido se me enrosca en las piernas y al mirar hacia abajo veo que
Sombra, el gato oficioso de la residencia, ha vuelto a hacer acto de aparición como por arte de
birlibirloque. Negro como la pez, sin ninguna marca reconocible y enormes ojos verde
esmeralda. Nadie sabe de dónde viene ni cuándo aparecerá; se presenta cuando le viene en
gana, sabedor de que, cuando llegue, todo el mundo le hará mil alharacas de alegría. Es
grande, salta a la vista que alguien le cuida bien, alguien que seguramente ignora la misión
humanitaria que cumple el gato todos los días. Es joven, creo, un cachorrito todavía a pesar de
su tamaño. Cuando ve moverse una sombra, se abalanza sobre ella, gira sobre sí mismo y se
retuerce tratando de atrapar su presa. Le acerco la mano y me da zarpazos juguetones, hasta
que le rasco con las uñas detrás de las orejas. Hipnotizado de pronto, agitado por un ligero
temblor, deja que le suba a mi regazo y le acune un momento. Siento el rápido palpitar de su
corazoncito contra mi piel y el vaivén de su pecho. Por eso Dirección hace la vista gorda con
Sombra y nos deja tener un paquete de chucherías para gatos en el cajón del puesto de
enfermeras: porque es bien sabido que el contacto con animales es terapéutico, sedante,
confortador. Y Sombra puede hacer lo que la mayoría de nuestros médicos, y nosotras las
enfermeras y Albie, el labrador medio bobito de nuestro capellán, no podemos, que es pasar de
una habitación a otra como si supiera siempre qué paciente necesita más su atención.
Sonriendo, acaricio
mientras escucho su pelo negro
el delicioso y sedoso
retumbar de su como a él Qué
ronroneo. le gusta,
suertecon pasadas
la mía, largasuny rato
disfrutar firmes,
de
sus atenciones, esta noche.
—¿Un té, Stella? —Thea señala mi taza vacía—. Seguro que te viene bien un descanso.
Sombra parece estar de acuerdo. Ha estado sentado con Issy hasta que se quedó dormida.
—No, gracias —le digo—. Tengo que hacer mis informes y le he prometido a Maggie
sentarme un rato con ella. Le gusta hablar, y además le he dicho que iba a escribirle una carta.
—Esa habla más que toda Inglaterra junta —añade Thea, pero sin malicia.
Aquí se crea, inevitablemente, una especie de intimidad, de solidaridad con los pacientes y
sus familiares. El tránsito se les hace más llevadero, creo yo, sabiendo que no están solos en
esto.
—¿Qué tal estás? —le pregunto.
Thea
estoy responde con
familiarizada: unauna sonrisa leve,
esperanza casi desvaída,
a contrapelo, pero firme.
plantando cara aEs
ununa expresión
desengaño con laHace
seguro. que
ya un año y medio que conozco a Thea. Madre soltera, ha estado trayendo a Issy, su hija de
catorce años, a la residencia desde que le diagnosticaron un raro cáncer de huesos, el sarcoma
de Ewing, en sus últimas fases de desarrollo. Al principio solo eran periodos cortos de
cuidados paliativos para que Thea pudiera dedicar más tiempo a su hija pequeña y a sí misma,
pero ahora, después de años en tratamiento, Issy está aquí porque ya casi ha llegado la hora.
Se supone que no debemos crear vínculos ni relaciones con las familias a las que atendemos,
—¿Qué tal está Vincent? —dice, y Sombra, cansado de pronto de mis arrumacos, salta a la
mesa y, frotando la cabeza contra su mano, la obliga a posarla en ella. Nos tiene muy bien
enseñados.
—Estupendamente —asiento con una sonrisa—. Está muy bien. No para quieto desde que
le pusieron la prótesis nueva. Por lo visto es tecnología punta. La semana pasada volvió de la
carrera en bici y ya está hablando de entrenar para el maratón. Está genial. No para un
momento.
—Ah, qué bien. —Se queda ahí un momento y respira hondo—. Entonces, ¿vas a escribir
una carta para Maggie?
Asiento con la cabeza.
Empecé una noche, para una paciente que ya no podía sostener un bolígrafo y quería
asegurarse de que su marido sabía cómo funcionaba la lavadora cuando ella muriera. Fue
entonces cuando empezó mi trabajo de amanuense, y poco a poco fue creciendo: cada carta
otra historia, otra vida, otro legado. No todos los pacientes
pa cientes quieren dejar constancia por escrito
de sus últimos pensamientos, ni tienen por qué hacerlo, pero hay algo de reconfortante, de
tranquilizador, en dejar una reliquia palpable de lo que se te pasaba por la cabeza cuando
habitabas este mundo.
—¿Te lo piden justo antes de…, ya sabes? ¿Crees que lo saben? ¿Que saben que es hora de
escribir una carta?
Y de pronto me doy cuenta de qué es lo que la aterroriza, de qué es lo que se siente incapaz
de decir en voz alta.
—Issy no me ha pedido que le escriba una carta —contesto.
—Bien… —Asiente, rehuyendo mi mirada mientras recoge su taza vacía—. Vale, será mejor
que vuelva con ella.
Sombra parece estar de acuerdo: se baja ágilmente del alto mostrador y trota hacia la
habitación de Issy, con la cola enhiesta y decidida.
—Yo iré dentro de un rato —le aseguro a Thea con una sonrisa.
Y la veo volver a la habitación de Issy, olvidada ya la taza de té que quería tomarse, y cerrar
la puerta suavemente.
Saco mi bloc de folios del cajón del mostrador y busco en mi bolso mi boli preferido: un
bolígrafo de tinta azul y escritura tan fluida que parece una pluma estilográfica, pero no
mancha. Me encanta
con espirales y trazos su
quetacto, sentirdacómo
siempre, igualselasdesliza porque
palabras la lisa superficie
formen, del papel
significan muchollenándolo
más de
lo que dicen a simple vista.
Querido Franco:
Imagino que no te acordarás de mí. ¿Por qué ibas a acordarte? Hace sesenta años que nos conocimos,
y no nos tratamos mucho tiempo. No sé si sigues viviendo en Monte Bernardi, ni siquiera sé si
todavía vives, aunque por los anuncios de salsa de la tele cualquiera diría que los italianos viven
eternamente, así que espero que sigas vivo.
Era 1954. Yo tenía veinte años y un día fui con Margaret Harris, mi compañera del banco, de
excursión a Brighton. Nos montamos en el tren endomingadas y con sombrero. Mi vestido era de
color amarillo prímula y tenía flores bordadas en los bolsillos.
Íbamos paseando por el paseo marítimo cuando te vimos, aunque tú no te fijaste en nosotras.
Pensamos que debías de ser una estrella de cine, por el porte que tenías allí parado, con las gafas de
sol puestas, el pelo todo repeinado, la camiseta negra y los pantalones blancos. Doblamos la esquina
para espiarte, y luego nos pintamos los labios y pasamos otra vez por delante de ti, meneando
nuestras faldas, riéndonos por lo bajo y dándonos muchos aires. Tú nos dijiste hola en italiano.
Salimos corriendo, chillando de risa, ¡vaya par estábamos hechas!
No volví a verte en todo el día, hasta la hora del baile al final del muelle. Y allí estabas tú, con un
traje azulmuy
hablabas [Link]
Cuando
inglés,teyacercaste a hablar
yo no hablaba conmigo,
ni jota penséPero,
de italiano. que iba
¡ay,atumorirme
acento! de la emoción. No
Pasamos toda la noche besándonos, no paramos ni para respirar, ni para tomar una copa. Tú me
susurrabas extrañas palabras al oído. Puede que fuera la lista de la compra, cualquiera sabe. Pero a mí
me daba igual, porque todo me sonaba a música.
Fue entonces cuando me enteré de que Margaret había cogido el último tren sin esperarme,
enfadada, supongo, porque me hubieras escogido a mí. Me llevaste a tu pensión y subimos las
escaleras sin que se enterara la patrona. Yo nunca había estado con un chico y pensaba que iba a pasar
algo terrible, que me quedaría embarazada o pillaría una enfermedad, pero era joven y boba y en
aquel momento nada de eso parecía importar.
A la mañana siguiente escribiste tu dirección a lápiz en mi agenda y te despediste de mí con un
beso. No volví a saber de ti. No cogí nada, ni me quedé embarazada. No tuve el valor de escribir. Un
par de años después me casé con un buen hombre y he sido feliz. He tenido una buena vida. Pero,
cada vez que cambiaba de agenda, copiaba tu dirección en la nueva. Monte Bernardi: el recuerdo de
una noche en la que lo arriesgué todo por un poco de emoción. Por eso me parece una pena no
utilizarla, aunque sea solamente una vez.
Gracias por aquel baile,
Susan Wilks
3
Hope
—¿Todavía despierta?
Stella mira su reloj como si no supiera que son casi las tres de la mañana. No sé por qué se
preocupa, si ha venido con el único propósito de despertarme.
—Eso parece —contesto.
—Solo quiero…
—Sí, ya sé, conozco el protocolo.
Me pongo un mechón de pelo enredado detrás de la oreja para que me tome la temperatura,
con la guitarra apoyada en el regazo, como suele ocurrir. Tengo a medias una canción en la
cabeza y no se va, así que intento escribirla, o exorcizarla, mejor dicho. Es una canción de lo
más estúpida, tan nerviosa como un gatito. Trata de amor, arcoíris y todo tipo de chorradas, no
como la canción que me gustaría escribir, que trata de… Bueno, no sé, de algo profundo.
—Tienes que tomarme la temperatura, medir mi nivel de oxígeno, mis pulsaciones,
tomarme la tensión, etcétera, etcétera. Y luego, dentro de un par de horas, verás cómo me
tomo mi suero hipertónico y cómo echo el bofe en mi humillación cotidiana. Básicamente, eres
mi dueña. Y yo tu esclava.
Levanta una ceja y casi sonríe.
—Puede que te parezca aburrido, pero gracias a esas medidas y esas comprobaciones saldrás
de aquí dentro de poco —me asegura en su tono sereno y cuidadoso, blando y suave, como si
hubiera encontrado el mando que controla su voz y hubiera bajado
bajad o el volumen.
—Creo que ya estoy lista para marcharme —digo—. Ya no me voy a morir, por lo menos
inmediatamente. Y me parece mal estar aquí ocupando una cama que alguien necesita más que
yo. Además, tengo cosas que hacer.
Antes de llegar a esta especie de extraño limbo que es el Marie Francis pasé varias semanas
en el hospital,
miedo repletashasta
de mis amigos, de fármacos,
el de Ben,miedo y dolor.
que venía Mi miedo,
a verme el miedo
y me contaba de mis padres,
anécdotas el
divertidas
sobre sus clientes de la tienda, pero yo notaba que hasta él tenía miedo de que aquello fuera el
final porque no se ponía tan pesado como de costumbre.
Mi madre lloraba mucho y mi padre me traía cosas: revistas que nunca leía, comida basura
que no quería, peluches que sostenían corazones con mensajes cada vez más absurdos, eso por
no hablar de que eran peluches y yo soy una mujer adulta, aunque a veces pueda pasarme todo
el santo día con un pijama de conejitos. El último decía «Eres mi amorcito»: un saldo del día
de San Valentín, supongo. Yo le agradecí la intención, pero guardé el osito al fondo de mi
creciente montón de peluches, debajo del conejo azul que proclamaba «¡Es niño!».
Por fin me trasladaron al Centro Marie Francis de Rehabilitación y Cuidados Paliativos para
que pasara el resto de la convalecencia, antes de que me dieran el alta. Debería haber estado en
la unidaddeespecializada
montón en fibrosis
recortes y había quística,
tenido que pero eldehospital
prescindir de mi
dos camas, zona
y las había
otras sufrido
cuatro un
estaban
ocupadas. Así que, como aún no estaba en condiciones de irme a casa y la única unidad de
fibrosis quística que tenía una plaza libre estaba en la otra punta del país, me buscaron una
cama aquí, cerca de mis padres, para que pasara la última fase de la recuperación en cuidados
intensivos. Acabé aquí, pero por lo menos no voy a acabar aquí. Los fármacos funcionaron y mi
organismo presentó batalla. Estoy recuperada, o todo lo recuperada que puedo estar teniendo
en cuenta que mi enfermedad es congénita.
Lo digo porque
expulsarlo. Es una aún me duele
pescadilla querespirar.
se muerdeSigue siendo
la cola: un esfuerzo
respirar pantagruélico
me agota tanto que lotomar
únicoaire
quey
puedo hacer es respirar más fuerte, tragando aire con ansia. Pero lo peor, cuando mis
pulmones tenían menos capacidad que una lata de Coca-Cola, ya pasó. Y aunque el aparato
digestivo no me funciona del todo bien y se me sigue viniendo la bilis a la garganta y
llenándome la boca, y es difícil fingir que no soy yo quien expele gases nocivos cuando no hay
nadie más a quien echarle la culpa, me siento mejor, mucho mejor.
Le dije a la Muerte «no, gracias, no estoy preparada», y sigo viva. Y me aburro como una
ostra.
Stella echa un vistazo a los cuadernos que tengo abiertos sobre la cama. Espero que no
pueda leer del revés las letras pastelosas de mis canciones. Si las lee, seguro que cambia de
opinión respecto a la eutanasia.
—Deberías intentar dormir un rato. Es tarde —dice.
Es como su mantra: lo dice casi cada vez que me ve, aunque ella da la impresión de no
dormir nunca: está pálida como un fantasma, le vendría de perlas darse un buen baño de sol.
—¿Sí? —Miro por la ventana, pero solamente veo el reflejo de mi cuarto en la oscuridad—.
Aquí casi no se nota. Es como si el tiempo estuviera detenido o los segundos se movieran muy,
muy despaaaacio.
Mientras estiro un buen rato la última palabra, Stella contempla con benévola tolerancia
aquella demostración de inmadurez. Porque, a fin de cuentas, tengo veintiún años.
—Si necesitas algo que hacer, puedes apuntarte a alguna de las actividades que hay de día.
—Stella estudia sus anotaciones atentamente—. O echar un vistazo a la biblioteca.
Dependemos de las donaciones, pero recibimos muchas y por lo visto siempre tenemos los
últimos best sellers. Me han dicho que hay libros muy buenos.
—Sí, ya miré —contesto, pensando que sería una impertinencia decirle que ya he leído todo
lo que merece
Seguro que la penanoleerse
Stella y quea todo
acertaría lo demás
calcular son chorradas,
el enorme porcentaje porque parecería horas
de mis limitadas una esnob.
de vida
que he dedicado hasta ahora a la lectura. Ignora que mientras otras chicas de mi edad se
pasaban la noche de juerga en Ibiza enrollándose con desconocidos, o se entrenaban para ser
estrellas del atletismo o hacían las maletas para ir a Bali a correr alguna aventura con
patrocinador, yo me quedaba en casa y vivía en otro mundo que solo existe entre las páginas de
un libro o en Internet, el único sitio donde puedo hablar con otras personas con fibrosis
quística, dado que no podemos conocernos en persona. Si se juntan dos enfermos de fibrosis
quística, alguno de ellos puede morir contagiado por los bichitos de los que es portador el
otro, de ahí que nunca nos reunamos.
Hay blogs y foros y grupos de apoyo, pero he empezado a distanciarme de ellos desde que
una chica muy jovencita cuyo blog me encantaba empezó a escribir que pensaba casarse con
un hombre
dijo, al que apenas
claro, porque conocía,
ya se sabe lo cual era absurdo
que seguramente teniendo
no tendría ende
tiempo cuenta su edad.
descubrir queNadie se loy
su novio
ella eran absolutamente incompatibles. Me metía en su blog todas las noches para leer su
entrada diaria. Me encantaba. Me encantaban sus arrebatos inagotables de entusiasmo y lo feliz
que parecía porque iba a casarse. Me encantaba que le hubiera hecho un vestidito de dama de
honor a su bombona de oxígeno portátil y que hablara de que quería irse de luna de miel a
Australia a ver el monte Uluru, como Guillermo y Kate.
Me encantaban sus parrafadas acerca de diademas y esmalte de uñas, y del tiempo que era
capaz ydedellevar
salud que latacones
habíanaltos sin tener
colocado que de
al frente sentarse.
la lista Hablaba
de esperade
decómo se iba pero
trasplantes, deteriorando su
por alguna
razón hasta eso parecía llenarla de entusiasmo. Porque un trasplante equivalía a muchos más
años para estar con su marido y, si tenían que posponer un año la luna de miel, qué más daba.
Escribía que la boda no iba a celebrarse en la iglesia y en verano, sino en la capilla del hospital
al mes siguiente, y que estaba convencida de que, cuando a una persona la querían tanto como
la querían a ella y amaba la vida tanto como la amaba ella, el destino le brindaba la operación
que necesitaba para sobrevivir. Y luego, más o menos una semana antes de la fecha prevista
para la boda, dejó de publicar. Y no volvió a hacerlo. No necesito buscar su nombre en
Internet para saber lo que fue de ella, ni leer los centenares de comentarios que acompañan a
su último post . Así que desde entonces he empezado a distanciarme. Con un final desgraciado
me basta.
—Bueno, estoy segura de que pronto te darán el alta. Solo tenemos que asegurarnos de que
estás estabilizada y puedes irte a casa. No queremos que la infección vuelva a prosperar, y los
médicos querrán asegurarse de que has recuperado tu capacidad pulmonar. —Hace una pausa
—. Has estado muy grave, ¿sabes? Tu organismo se debilitó muchísimo. Y no queremos tirar
por la borda todo el trabajo que hemos hecho porque estés harta de estar aquí sentada.
—Ya lo sé —le contesto—. No soy una cría, y además tengo muchos dolores que me lo
recuerdan constantemente.
Stella ladea la cabeza y me mira.
—Eres una gruñona. ¿Siempre eres así? ¿Como una adolescente castigada?
Quiero ofenderme y por un instante me ofendo, pero luego me descubro soltando una
carcajada.
—Sí —le digo—. Sí, lo soy. Mira, lo siento. Yo tengo mis formas de encarar la situación;
principalmente, esta. No soy una persona superalegre, lo siento.
Esta vez, eseso
—Bueno, ellaeslaalgo
que que
se rí[Link] en común. Pero yo siempre intento ser amable. Como
dice mi madre, no cuesta nada ser educada.
—Perdona —digo, y por un momento me siento tan torpe como una adolescente—. Es esa
expresión, «residencia de cuidados paliativos» —añado cogiendo mi guitarra—. Aquí se muere
la gente.
—La gente se muere en todas partes, no aquí especialmente. Tú no eres la única paciente
del centro que se ha recuperado, ¿sabes? Ni siquiera la más joven. En realidad, una residencia
de cuidados paliativos no es más que un hospital. Su labor es brindar hospitalidad a los
necesitados, solo que hoy en día identificamos eso con la muerte, pero no tiene por qué ser así,
¿no crees? Es de la vida de lo que se trata.
—Así que has leído los folletos para recaudar fondos —contesto, y sonríe un poco, apoyada
en Es
el borde del sillón
azul, con queblanco
un cojín forma con
parteflorecitas
del mobiliario
[Link],
mi habitación.
¿verdad? Y reconfortante. Nada
mis ejercicios, salvo que algunas veces me gusta fingir que soy una persona normal. Que no
estoy enferma.
Y sí, sé que es grotesco.
Pero es lo que tiene vivir con la conciencia de tu propia mortalidad a cuestas desde que
tienes uso de razón: que te vuelve un poco loca.
Querido hijo:
Trabajé mucho durante la mayor parte de tu vida. Es lo que se hacía en mis tiempos. Los hombres
salían a trabajar y volvían a casa cuando los niños ya estaban en la cama. Tu madre se ocupaba de la
casa y yo me ocupaba del dinero. Tuvimos nuestros altibajos, como todas las parejas, pero la cosa
parecía funcionar, o eso pensaba yo. Te he visto crecer y hacer cosas con las que no podía ni soñar. Ir
a la universidad, montar una empresa desde cero. Todavía no he conseguido entender del todo a qué
te dedicas, y sé que eso te molesta porque crees que significa que no me importa o que no estoy
orgulloso de ti. Pero no es verdad. Sí que me importa y sí que estoy orgulloso. Pero es que yo soy de
otra época, y no he sido capaz de entenderlo las veces que lo he intentado.
No vas a trabajar a una oficina después de tomar un buen desayuno. Trabajas desde casa y vas a
recoger a Gracie y a Stevie al colegio. Les haces la comida y les cuidas cuando están enfermos. Y
cuando eran pequeños les cambiabas los pañales y te pasabas las noches en vela, dándoles biberón.
Reconozco que eso me desconcertaba un poco.
Pero he tenido tiempo para reflexionar y me estaba acordando de la última comida familiar que
tuvimos, la última antes de que este tumor cambiara por completo el tiempo del que disponemos.
Estaba pensando en cómo te miran tus hijos, en cómo te quieren, en cómo se ríen, en lo unidos que
estáis. Eres más que su padre: eres su padre y su madre. Ojalá las cosas hubieran sido distintas cuando
tú eras pequeño. Ojalá hubiera llegado a casa a veces antes de que te durmieras. Ojalá hubiera sido el
tipo de
d e padre que tú eres ahora. Ojalá hubiera sido mejor padre para ti, hijo. Ojalá te hubiera dicho
cuánto te quiero y que cada vez que veo tu cara me lleno de orgullo y de alegría, de una alegría
mayor que la que he conocido en toda mi vida. Y de lo que más me enorgullezco es de la clase de
hombre en la que te has convertido: amable, considerado, sin miedo a demostrar su afecto y a dejarse
querer.
Me has dado más de lo que merecía. Ojalá yo hubiera hecho lo mismo por ti.
Papá
4
Stella
Poco después de las cuatro, me siento un rato con Thea en la sala de descanso de los pacientes,
así, en silencio. La veo contemplar la luna a través de la ventana. Tiene a Sombra enroscado en
el regazo, hecho una bola negra, prieta, amorfa, y posa ligeramente la mano en su lomo
mientras se le cierran poco a poco los párpados. Todos los familiares necesitan ese paréntesis,
ese descanso de la garra que les atenaza, la garra de la espera. Mientras estamos aquí sentadas
observo que se relaja visiblemente, aunque sea solo un poco. Baja los hombros, se desdibujan
las arrugas de su cara. Y entonces ese instante pasa y vuelve a acordarse, y su cuerpo se tensa
de nuevo, preparándose para lo que vaya a pasar.
Lo curioso es que estando aquí me siento relajada y en paz, útil y valorada. Es cuando me
ato los cordones de las zapatillas y me preparo para irme a casa cuando mi cuerpo se crispa, a
la defensiva.
Nos sobresaltamos cuando de pronto se oye un estrépito fuera, en el pasillo, voces y ruido
que avisan de una urgencia. Sombra se baja de un salto del regazo de Thea y sale por una
ventana abierta. Me pongo en pie y Laurie, la otra enfermera que hoy hace el turno de noche,
se para en la puerta y dirige la mirada hacia el mismo punto que yo.
—¿Un ingreso? —pregunto.
Me mira y se encoge de hombros. No somos una unidad de urgencias. Aquí no viene nadie
de buenas a primeras; siempre se avisa con antelación del traslado de un paciente. Lanzo una
mirada a Thea y sigo a Laurie por el sereno reino de los pasillos silenciosos, llenos ahora de
personal de emergencias. Hay un paciente en una camilla y, en el centro del alboroto, una cara
que reconozco aunque solamente la haya visto una vez cuando hice la entrevista: mi jefa, Keris
Hunter.
—Es Grace Somner —me dice en medio de la gente mientras llevan la camilla a la única
habitación
Conozcovacante.
ese nombre, aunque no la conozca a ella personalmente. Grace es una voluntaria
formidable, un puntal del equipo de recaudación de fondos del Marie Francis. Hay una foto
suya en recepción: una mujer de cincuenta y tantos años, con una espesa mata de cabello rubio
amontonada sobre un rostro que ha conocido tiempos peores. También dirige el centro de
recursos para adolescentes, no solo para chavales que sufren enfermedades terminales, sino
también para aquellos que han perdido a algún familiar cercano. Les brinda un lugar adonde ir
a gritar y a desahogarse, o a jugar a videojuegos sin parar, o a hablar, o a pintar.
—No tiene familia, por eso pidió en el hospital que me avisaran cuando perdiera la
consciencia. Cáncer de estómago terminal. No sé por qué nos lo ha ocultado tanto tiempo ni
cómo lo ha conseguido. La he traído aquí. ¿Qué iba a hacer? Si no, se morirá en el hospital sin
nadie a quien conozca ni que la conozca a ella.
Son casi las seis cuando giro la llave en la cerradura y abro la puerta muy despacio para que no
chirríe. Contengo la respiración. La casa está en silencio. Oigo el chasquido de la aguja del
tocadiscos,
ver que estáque Vincent
dormido ensiempre ha preferido
el sofá, todavía a los cedés
en chándal. Llevay las descargas
puestos de cascos
aún los Internet.
queRespiro
compró al
para que los vecinos no nos denunciaran por lo alta que ponía la música por la noche. Se ha
quitado la prótesis en algún momento de la noche porque está apoyada contra la mesa baja, en
la que hay varias latas vacías y aplastadas de Jack Daniel’s con Coca-Cola.
Más tranquila al ver que duerme profundamente, entro de puntillas en la habitación y le
miro con el corazón en la boca, llena de amor y deseo. ¡Dios mío, cuánto echo de menos poder
mirarle sin más, y no digamos ya tocarle y sentir su contacto! Tiene la cabeza echada hacia
atrás y torcida de tal manera que tendrá tortícolis cuando se despierte, y desde donde estoy veo
la larga franja morena de su garganta, surcada por el lado derecho de cicatrices que se
extienden por su cara hasta el arranque del cuero cabelludo, donde el pelo le crece ahora a
trozos, irregularmente. Me acerco un poco y me siento en el sillón de enfrente, desde donde
contemplo
musculososely tonificados
arco de suscruzados
pestañas sobre
negraselypecho,
espesas, su preciosacon
estrechando nariz algountorcida,
fuerza sussofá.
cojín del brazos
El anhelo de sentir el calor de su piel se me hace casi insoportable. Me pregunto qué pasaría
si le abriera con mucho cuidado los brazos, retirase el cojín protector y deslizara la mano
suavemente bajo su camiseta y sintiera la firmeza de los abdominales que tanto le cuesta
mantener. Si pasara la mano por el promontorio de sus pectorales, si trazara con los dedos la
urdimbre de cicatrices plateadas que se extiende por su espalda y su costado. Por un instante,
espontáneamente y como por voluntad propia, mi mano se alza y se tiende hacia él. Pero me
detengo. No puedo arriesgarme. No puedo correr el riesgo de que vuelva a rechazarme. Tengo
que averiguar de algún modo qué ocurrió el día que resultó herido, por qué todo cambió entre
nosotros desde entonces. Porque, cuando lo averigüe, sabré por qué no soporta estar a mi
lado, por qué no puede dormir sin música rock que sofoque el ruido de sus pensamientos y si
tenemos alguna posibilidad de seguir juntos.
Por eso no le toco. Me reclino en el sillón y me quedo mirándole un rato más, hasta unos
minutos antes de que suene la alarma de su teléfono y tenga que irse a trabajar. Entonces le
dejo y subo la escalera sin hacer ruido, hasta nuestro dormitorio, confiando en soñar con él.
Querido Keith:
No, espera, amado Keith.
Amado Keith, tú has sido mi único amor, espero que lo sepas. Creo que sí, pero aun así debería
habértelo dicho, ¿verdad? ¡Qué tonto he sido por no decírtelo más, más alto, más fuerte, más veces,
constantemente! Pero siempre he creído que lo sabías.
Cruzábamos una mirada, una caricia, y en ese instante el amor que nos teníamos hacía zumbar el
aire. Nunca hemos tenido que gritarlo a los cuatro vientos, ¿verdad, Keith? Gritar nunca ha sido lo
nuestro. Bueno, menos en el fútbol los sábados por la tarde: ¡qué mala suerte la nuestra, ser hinchas
del peor equipo que jamás haya jugado en la Premier League!
Los sábados por la tarde siempre nos reíamos, ¿verdad que sí? Nos reíamos, cantábamos y
tomábamos una copa antes de volver a casa. Cuando todos los demás se habían marchado ya y a
nosotros aún nos quedaba un trecho por recorrer, nuestros dedos se buscaban y recorríamos esos
últimos metros cogidos de la mano.
En fin, Keith, siempre te he querido. Nunca lo he gritado, pero ahora aquí están esas palabras,
escritas sobre papel. Enmárcalas si quieres, fotocópialas mil veces y clávalas en los árboles. Pon un
anuncio en el campo, cuéntale a todo el mundo que te quiero, Keith, y que la mayor alegría de mi
vida ha sido siempre saber que tú también me querías.
Tuyo por siempre,
Michael
LA SEGUNDA NOCHE
5
Hugh
—¿Hola?
Entro y me quedo escuchando. Y descubro aliviado que no hay nadie más, que solamente
está el gato, el único regalo que me han hecho que no puedo devolver. La chica que se quedó a
pasar la noche, una chica bastante simpática de nombre Joy, se ha ido. Llevaba todo el día
preocupado por si había decidido quedarse y prepararme algo de comer en un wok (por lo
visto a muchas mujeres solteras les gusta cocinar al wok), pero se ha marchado.
El gato está echado en el escalón de abajo y me mira con indiferencia, como diciendo «esto
es lo que hay». Es de un color negro tan denso que casi no tiene límites ni rasgos distinguibles
aparte de sus ojos verdes y luminosos, que me observan con un hastío profundamente
arraigado.
— Jake —le saludo cortésmente con una inclinación de cabeza al entrar en la cocina.
Yo nunca quise tener un gato, era Melanie quien quería, una exnovia que se aseguró de
ocupar un lugar permanente en mi vida dejándome su mascota cuando se largó. Me regaló a
ake por Navidad para darme una sorpresa, una bolita negra y afelpada metida en una caja de
cartón. Lloró cuando le dije que no quería un gato y que, de hecho, era un poco alérgico. Lloró
y lloró a moco tendido, hasta que me di por vencido diciéndome que pasadas un par de
semanas podía llevarlo a un refugio y fingir que lo habían atropellado. Pero al final Jake me
duró más que Melanie. Estaba empezando a acostumbrarme a él cuando, una noche, ella dijo
que no podía soportar ni un minuto más mi indiferencia y mi frialdad y se fue hecha una furia
en busca de la felicidad que decía merecer. Y yo me dije, ¿de verdad soy tan mala persona?
Porque yo no me siento así; siento que tengo un corazón que late y bombea cálidamente.
Aunque la verdad es que no sentí mucho que se marchara. De hecho, fue un alivio. Pero el
caso es que decidí quedarme con el gato únicamente para demostrarle al mundo que sí que
tengo corazón, y que solo hace falta molestarse en mirar para verlo.
Jake me sigue a la cocina con parsimonia y mira elocuentemente su cuenco de comida, listo
para llevarse una decepción. Durante su breve estancia entre nosotros, Melanie le compraba
toda clase de comidas, latitas gourmet de
de colorines y golosinas especiales para gatos. Teníamos
todo un armario de la cocina dedicado a las exigencias culinarias del gato, que eran múltiples y
complejas. Comía mejor que yo, sobre todo porque Melanie era una de esas mujeres que
adoran saltear verduras. Yo me crie comiendo patatas fritas. Desde que Melanie no me llena la
nevera de porquerías, todos los días le doy de comer al gato atún que compro al por mayor en
el supermercado. Es lo que hay, lo tomas o lo dejas. Él se lo come y complementa su dieta con
pajaritos o ratones que caza por la noche y que a menudo se trae a casa para matarlos en la
cocina. Carole, otra de las conservadoras del museo, me ha dicho que eso quiere decir que me
ama. Yo doy por sentado que todos los animalillos destrozados que tiro a la basura son una
especie
Metode amenaza
una de muerte.
pizza congelada enMás vale así.
el horno y abro una lata de cerveza, saco mis notas de
d e trabajo y
las pongo en la mesa de la cocina. Enciendo la radio, la LBC, y bajo el volumen porque me
gusta oírla de fondo. No lo que dice la gente, porque cuando oigo las cosas que dice la mayoría
de la gente me dan ganas de cavar un búnker en medio de un bosque perdido, acumular
comida enlatada y esperar el apocalipsis.
Esta noche estoy investigando el movimiento espiritista y la ola de sesiones de espiritismo
con traqueteo de mesa incluido que barrió el país, el Imperio y el mundo entero en la época
victoriana,depara
misterios una exposición
la muerte especial
. Es un título titulada
provisional. Ya Más allá:ocurrirá
se nos cómo laalgo
ciencia
más trató de resolver
pegadizo. los
Es lo que
les digo siempre a mis jefes. Ahora todo tiene que tener pegada: hasta la Historia ha de ser
como un titular del Daily Mail . Lo cual es una suerte, porque es lo que a mí se me da bien:
hacer atractivo un tema que me apasiona a personas que normalmente se apasionan con los
concursos de la tele. Y además viene muy bien cuando se trata de ligar.
De pequeño, cuando fingía ser Spiderman o el Flash Gordon de los ochenta, jamás me
habría imaginado que acabaría teniendo un trabajo tan prosaico como el de historiador de la
cultura especializado en mentalidades del siglo XIX. Era una de esas cosas que sentía que había
descubierto yo solito. Un tema del que empecé a tirar y a tirar, destapándolo poco a poco,
hasta que pasó de ser una afición a convertirse en una especialidad y finalmente yo, en mi
casita londinense de dos habitaciones, empecé a figurar en casi todas partes como un experto
mundial.
A los victorianos les encantaba reunirse alrededor de una mesa para
p ara hablar con fantasmas.
Soy consciente, cuando me siento a la mesa que lleva en esta cocina desde que yo era un
bebé (la misma mesa donde mi madre me daba de comer puré de zanahoria y a la que se
sentaba mi padre después del trabajo y movía los hombros agarrotados, y torcía el gesto si se
levantaba demasiado deprisa), de que estoy rodeado de fantasmas, aunque solo sean
metafóricos. Es la mesa donde mi madre me dejaba dibujar sobre el mantel y donde mi padre
me explicó con detalle cómo hacer una mosca para pescar; la mesa donde pedí salir a una chica
por primera vez y donde me dieron rotundas calabazas. Y fue aquí donde mi madre dejó sus
anillos de boda.
Es una mesa rodeada de fantasmas, recubierta por las huellas dactilares de las dos personas
a las que más he querido. Personas que salieron prematuramente de escena, uno por la
izquierda y otro por la derecha, antes de que llegara su hora de marcharse y la mía; que
desaparecieron dejándome aquí, solo, con una mesa cargada con las esperanzas frustradas de
sujetos muertos hace tiempo. Y un gato un poco resentido.
—Golpea en la mesa una vez para decir que sí y dos para decir que no —le digo a Jake, que
se ha subido a la mesa para
pa ra sentarse sobre mis papeles.
Es una costumbre peculiar que ha adquirido: le gusta sentarse sobre cualquier cosa que yo
intente leer. Que yo sepa, lo hace con el único propósito de fastidiarme.
No se oye nada, ninguna respuesta como no sea la cháchara sorda de la radio y el ruido
lejano de los trenes. Nada de humo misterioso ni de espejos. Ningún más allá lleno hasta los
topes de muertos poseídos por el ansia incontenible de comunicarle algo urgente a Celia, Cecil
o Cedric, quizás.
—¿Hay alguien ahí? —le pregunto a Jake, que tras pestañear lentamente se baja de la mesa,
llevándose consigo un fajo de mis papeles, y desaparece por la gatera.
Solo un acerca
anécdotas par de de
horas
las después,
médiumscuando entro
que cada en elcelebraban
noche cuarto de sesiones
estar conde
la espiritismo
cabeza rebosante de
en casas
6
Hope
—Voy a entrar —advierte Ben frotándose las manos como un villano de James Bond.
—Ni lo sueñes.
Tiro de él, pero se zafa de mí y sale al pasillo con mi guitarra agarrada del mástil, consciente
de que al final tendré que seguirle, como Shaggy sigue a Scooby. Hoy es el día en que un grupo
de voluntarios viene a tocar para los reclusos, digo, para los pacientes. La semana pasada vino
un tipo que tocaba la guitarra acústica y llevaba unos vaqueros tan apretados que cuando
estaba sentado en el taburete que pidió prestado en la cafetería se le marcaba el paquete. Esta
semana no ha habido tanta suerte. Esta semana tenemos al Hombre Acordeón, que está
cantando «Here comes the sun». Aunque quizá «cantar» no sea el término más adecuado: es
como si Terry Wogan hubiera resucitado de la tumba con un ramalazo folk. Ah, no, espera, no
estoy segura de que Terry Wogan esté muerto. Pero, en fin, ya os hacéis una idea. He pensado
en esconderme en mi habitación y esperar a que pase este espectáculo lamentable.
Pero Ben, cómo no, quiere participar: es incapaz de resistirse al impulso de ser el centro de
atención. Absorbe la admiración de los demás como una esponja reseca, así que es una suerte
que a la mayoría de la gente le caiga bien a primera vista. A veces me pregunto si es un talento
que desarrolló durante su infancia a fuerza de intentar en vano que su madre le hiciera caso.
Entra en la sala de descanso de los pacientes y yo me quedo rondando en la puerta,
esperando a ver qué hace antes de decidirme a entrar, no porque me abochorne presenciar su
total falta de sentido del ridículo, sino porque necesito un instante para que se me desacelere el
corazón: por lo visto, mi cuerpo ha interpretado el corto trayecto como si fuera un maratón. El
dolor que noto a todas horas se intensifica durante un rato y tengo que concentrarme en
respirar, a la espera de que vuelva a convertirse en una molestia sorda que, con un poco de
esfuerzo, puedo sofocar hasta casi olvidarme de su existencia.
La sala está llena de familiares y niños sentados en sofás y arrellanados en pufs. Hay juguetes
desperdigados por el suelo y el ambiente está cargado de un calorcillo que no procede de la
calefacción radiante. Mi pequeña familia, formada por mamá y papá, no está aquí esta noche.
Se marcharon cuando llegó Ben para echarme un ojo, pasándole el testigo con un movimiento
hábil, casi imperceptible. Mamá se puso colorada cuando Ben empezó a coquetear con ella
descaradamente. De pronto les echo de menos con una intensidad que no es propia de mí.
Miro a las familias reunidas aquí esta noche, por cortesía de la Muerte y el acordeón, y percibo
todas esas horas de desvelo y de angustia oscilante, pero sobre todo advierto una especie de
optimismo. La sensación de que la vida no es tan mala si puede ser así, como durante estos
instantes de rara perfección, aunque sea fugazmente.
Ben no es, que digamos, el mejor cantante del mundo, pero lo que le falta en afinación lo
compensa con su encanto. El Hombre Acordeón parece un poco mosqueado cuando Ben se
une a la actuación,
acompañarle pero, allasver
flexionando las sonrisas
rodillas. Desdedemisupuesto
público
enrendido,
la puerta,sonríe y asiente
veo que y empieza
una niña pequeñaa
se baja de las rodillas de su madre y empieza a bailar en círculos a los pies de Ben. Y veo que la
madre, envuelta en una bata de color morado claro, sonríe, lo que a su vez hace sonreír al
padre de la niña, cuya expresión de intensa preocupación se relaja momentáneamente. Puede
que ese sea el mayor talento de Ben: ese don que tiene para hacer que casi todas las personas
con las que se encuentra dejen de pensar en sí mismas y empiecen a pensar en él. La verdad es
que debería hacer algo más con su vida, aparte de convencer a personas desprevenidas para
que
Creosuscriban
—no me contratos de teléfono
gusta reconocerlo que no
porque es necesitan. Debería
una mierda—, perobrillar;
creo quedebería ser una
hay una parteestrella.
de mí
que quiere que Ben siga siendo pequeñito e inseguro, porque si de pronto descubriera el
talento que tiene para vivir pasaría de mí y me dejaría muy atrás, en mi minúsculo mundo de
cuatro paredes.
Canto para mis adentros, siguiendo a Ben y al Hombre Acordeón. Siento vibrar cada nota
dentro de mí, rebotando en mis entrañas vapuleadas y maltrechas como la bola de una
máquina de pinball de carne y hueso, y me doy cuenta de que, a pesar de lo débil que estoy,
podría cantar mucho mejor que ellos. Pero no lo hago. Me limito a mirar y a sonreír cuando
Ben, uno de los músicos espontáneos con más descaro que jamás haya actuado ante un grupo
de incautos espectadores, coquetea con las mujeres, guiña el ojo a los hombres y hace el tonto
con los niños, consiguiendo que las sonrisas cundan por toda la sala.
—¿Qué tal esta? ¿La conocéis? —pregunta cuando termina la canción entre risas y aplausos
y empieza a tocar «One love» de U2.
El Hombre Acordeón se encoge de hombros sabiéndose fuera de su elemento y se sienta.
Pero ni siquiera él se lo toma a mal, porque ese es el don que tiene Ben: el don de hacerse
querer por todo el mundo instantáneamente y de responder en reciprocidad. Nunca, ni por un
segundo, se le ocurre pensar que algo pueda salir mal.
—¿Por qué no entras y te sientas con los demás? —pregunta Stella detrás de mí—. Tu
amigo se ha integrado perfectamente. Tiene un carácter muy… expansivo.
Me vuelvo para mirarla. Los ojos oscuros en la cara estrecha y flaca le dan un aspecto de
singular intensidad, como si lo sintiera todo más vivamente que los demás, incluso que yo
misma. Me pregunto qué secretos guarda para que afloren esas sombras en sus mejillas
hundidas y en sus cuencas oculares.
—Ben no se integra —le contesto—. Se lleva de calle a todo el mundo.
—Bueno, pues no seas tú la única que se queda fuera —me dice observando a Ben, que
aúlla con la cabeza echada hacia atrás—. Es un cielo por venir a verte todas las noches.
—Sí, es muy cumplido para esas cosas. Verás, me lo prometió —le explico—. Y él nunca
rompe una promesa. Le dije que no hacía falta, que estaba en la gloria leyendo y viendo
películas, pero está convencido de que no puedo pasar veinticuatro horas sin verle.
Stella sonríe, indecisa.
—Cuando empecé a salir con mi marido, me acuerdo de que no paraba de lucirse para
impresionarme. Era capaz de hacer cualquier cosa con tal de que me riera, o le gritara, o le
pegara. Le encantaba, le encantaba llamar mi atención. Y tengo que decir que tu Ben me
recuerda un poco a esa época, ahora mismo. ¡Fíjate! Es tan vital, ¿verdad?
Le miramos las dos mientras canta con la cabeza echada hacia atrás, la garganta al aire y los
ojos cerrados, absorbiendo toda la energía de la sala.
—No es
atención, mi más.
nada BenEs—contesto, incómoda—.
el típico payasete Y, además,
que siempre a Ben
tiene que dar lalenota.
gusta ser el centro de
—O puede que lo que le guste sea que le hagas caso, ¿te has parado a pensarlo alguna vez?
—me pregunta Stella con una nota de picardía que yo no había visto hasta ahora.
Suelto un soplido.
—Ben y yo no nos gustamos en ese sentido. Me ha visto expulsar flemas muchas veces, y yo
le he limpiado el vómito de la barbilla más de una vez después
de spués de una noche de juerga.
Esos ojos oscuros me observan un instante más, guardando sus secretos, reservándose sus
cavilaciones.
—¿Ves a Issy, la del rincón? —pregunta indicándome con la cabeza a una chica acurrucada
en un sillón que parece tragársela por completo—. Tiene catorce años. Eres la persona de edad
más parecida a la suya que hay por aquí. Su habitación está enfrente de la tuya y está
obsesionada contigo. Cada vez que entro, intenta sonsacarme sobre ti. Le pareces muy guapa e
interesante. ¿Quieres ir a decirle hola? Le darías una alegría.
Dudo mirando a la chica, menuda y delgada. Es evidente que se siente avergonzada ante ese
chico tan guapo que hace monerías delante de ella. Me parece horriblemente injusto que,
incluso estando tan enferma, una tenga que seguir estando a merced de la adolescencia. Siento
su dolor.
—O podríamos seguir hablando de Ben y de sus verdaderas intenciones respecto a… —
bromea Stella.
—Pensaba que eras una mujer sensible —le digo—. Una especie de Anna Karenina vestida
de enfermera.
—Ni idea. ¿Es una película? —me pregunta—. ¿Qué personaje de películas serías tú? A lo
mejor Ben y tú sois como Baby y Patrick Swayze…
De pronto me parece una idea estupenda
e stupenda ir a sentarme junto a Issy y preguntarle qué música
le gusta e intentar soslayar su mala salud. En eso, al menos, soy una experta.
—En una escala del uno al diez, ¿qué nota le pondrías a este horror? —le pregunto
señalando a Ben, que continúa dando alaridos.
—La verdad es que a mí me gusta —contesta Issy—. Me gusta el ruido, casi c asi cualquier ruido,
aunque el del Hombre Acordeón no. Ese no me gusta nada.
—¡Ja! Yo también le llamo Hombre Acordeón. —Nos sonreímos mutuamente—. ¿Qué
música te gusta? —le pregunto.
—Pues no sé, la que hay en el iPod de mi madre. Aunque la verdad es que prefiero leer.
—¡Yo también! —exclamo, y esta vez sonríe de oreja a oreja—. Qué buen gusto tienes.
—No, qué va —confiesa—. Lo que pasa es que tengo un montón de tiempo que gastar, y
muy poco, a la vez. Leo cualquier cosa y casi todo me gusta, pero algunos autores me gustan
más que otros. Leer es un poco como viajar en el tiempo, ¿verdad? Los libros te sacan de tu
mundo y te llevan al de otra persona. La pena es que en algún momento tengas que volver al
tuyo. ¿Y a ti qué te pasa? No pareces enferma, la verdad.
La pregunta me pilla por sorpresa.
—¿Yo? Fibrosis quística. Es como tener una infección pulmonar horrorosa y estar al mismo
tiempo estreñida toda tu vida, que suele ser bastante corta. Pero, ya sabes, no es… —Hago un
gesto ambiguo, dándome cuenta de que he tomado un rumbo que apenas un minuto antes me
estaba diciendo a mí misma que debía evitar. Nunca le hables de la muerte a un crío en estado
terminal.
—Cáncer
después —concluye
de soltar ella—.
la palabrota Quesi temiera
como es una puñetera
meterse enmierda.
líos. —Agranda un poco los ojos
Yo miro a su madre, que está sentada a su lado, con la que supongo que es su hermana
pequeña en el regazo, y me inclino un poco más hacia ella.
—Sí, menuda putada —digo, y se ríe tapándose la boca con las manos.
—¡No puedes decir eso!
—Creo que acabo de decirlo. —Bajo la voz un poco más—. Pero no se lo digas a tu madre.
Ben se ha metido al público en el bolsillo. Hay un niño pequeño, nieto de alguien, creo, que
baila
dandoalrededor de sus
palmas, cada unopiernas, y Edward
a su ritmo. y Saul,
De pronto dosundearrebato
siento los pacientes máshacia
de cariño ancianos, están
él por haber
salvado la velada de las garras de un voluntario bienintencionado pero falto de talento. Y por
haber llenado la sala de risas, en lugar del aplauso cansino y voluntarioso de costumbre. A
veces me olvido de lo maravilloso que puede ser.
Bajo la mirada al darme cuenta de que Issy me observa.
—Es guapo. —Señala con la cabeza a Ben, que sigue cantando a pleno pulmón—. ¿Besa
bien?
—¡No es mi novio! —exclamo como si yo también tuviera catorce años—. Además, los
chicos están sobrevalorados. Los libros son mucho mejores, créeme.
—Entonces, ¿has tenido muchos novios? —me pregunta con c on curiosidad.
—Ochenta y siete, por lo menos —contesto—. Bueno, vale, solamente dos, y los dos eran…
—Miro a su madre, que finge no estar escuchando cada palabra mientras su hija pequeña se
levanta para ir a bailotear con el otro pequeñajo—. Unos capullos.
Issy vuelve a reírse, tan fuerte esta vez que Ben nos mira levantando una ceja. Ella se ríe
todavía más al verlo y se pone colorada, y esa pincelada de color realza sus bonitas facciones,
dejándome entrever a la chica que podría haber sido. Cuando se ríe le brillan los ojos y le salen
dos pequeños hoyuelos en las mejillas. Ninguna de las dos hace caso de la medicación que el
gotero colocado a su lado introduce a ritmo constante en su organismo. Preferimos fingir que
no está ahí.
—Esta es una experiencia fantástica —dice Issy—. Es un momento estupendo.
—Sí, es la monda —contesto, y sonrío a Ben, que gira y baila con los dos pequeños.
—No, no es solo eso —insiste Issy—. Es un momento feliz. ¿Lo ves? —Señala a su madre,
que se ríe mientras mira a su hija pequeña—. Hacía mucho tiempo que no veía así a mi madre.
Me alegro mucho de estar viéndolo ahora.
A Ben se le agota por fin el repertorio y hace una reverencia y luego otra, y otra más de
propina, se acerca a nosotras y se sienta en el suelo, apartándose de un soplido el flequillo de la
frente con una sonrisa.
—¿Te ha gustado? —le pregunta a Issy, que, muerta de vergüenza, es incapaz de levantar la
vista de su regazo.
—Tengo un libro que creo que puede gustarte —le digo, ansiosa por ahorrarle la penosa
experiencia de estar junto a un chico atractivo—. Enseguida vuelvo. Ben, acompáñame.
Sin darse cuenta de nada, se levanta y me sigue, saludando una última vez a sus fans, que de
pronto parecen más interesados en la atracción principal de la noche: Albie, el labrador
terapéutico.
—Ha sido la bomba —dice.
Me rodea con el brazo al entrar en mi cuarto y me estrecha con fuerza, aplastándome la
nariz contra
presencia su pecho.
mientras Meque
siento concedo el lujo ydeeldescansar
la debilidad dolor de un instante,
fondo de asacar
vuelven fuerzasendemis
insinuarse su
7
Stella
Son las seis y fuera todavía es de noche; el año está demasiado avanzado para que despunte
siquiera el alba antes de que llegue a casa. Una densa oscuridad se extiende aún sobre el
zumbido de las farolas, excepto cuando, aquí y allá, la luna creciente se asoma detrás de las
nubes. Me ato las zapatillas con sumo cuidado; no quiero que los nudos se me desaten
mientras corro, porque cuando empiezo ya no quiero parar. El golpeteo rítmico de mis pies
sobre la acera, esa vibración que atraviesa las suelas y me llega hasta los muslos, se convierte en
mi latido cardíaco. Si paro, flaqueo y me cuesta empezar de nuevo.
Antes no iba corriendo a ninguna parte. Tampoco solía ir caminando a ningún sitio, salvo el
verano que conocí a Vincent. Me gustaba mi coche. Me gustaba el poder y la libertad que me
daba: la certeza de que, pasara lo que pasase, si quería podía coger mis llaves y poner tierra de
por medio antes de que se hiciera de noche. Podía empezar de cero, iniciar una nueva vida
donde nadie me conociera. Eso fue hace tiempo, antes de tener a alguien que me importase,
cuando empezar de cero todavía entraba dentro de lo posible.
Mis padres, en fin, siempre han estado tan enamorados que, más que padres, parecían ser
para mi hermano y para mí unos guardianes cariñosos y benévolos. Cuando mi hermano se
enamoró también perdidamente y se fue a vivir a Devon con su esposa y mis padres se
retiraron a una casita de campo donde por fin pudieron disfrutar ininterrumpidamente de su
mutua compañía, no me importó en absoluto quedarme sola. Porque tenía la esperanza de
conseguir algún día esa misma felicidad.
Y así fue. Conocí a Vincent, tan grande, fuerte y maravilloso, con sus muslos largos y
potentes y un trasero tan firme que se podía arrojar un penique sobre él y rebotaba. Lo sé
porque probé a hacerlo una vez. En aquel entonces estábamos casi siempre desnudos,
inmersos siempre en alguna actividad que nos mantuviera unidos físicamente. Sus dedos se
entrelazaban constantemente con los míos, mis brazos rodeaban siempre su cintura, nuestros
muslos se tocaban sin cesar y nuestras pieles desnudas, sedosas y cálidas, resbalaban
deliciosamente la una sobre la otra. Gravitábamos continuamente el uno hacia el otro. Yo era
su Luna y él la Tierra, o puede que yo fuera la Tierra y él el Sol, porque en aquellos tiempos
Vincent irradiaba calor: la fuerza de la vida brillaba en él. Y todavía brilla, supongo, aunque
ahora sea una fuerza distinta: un huracán de furia que todo lo abarca.
Estar en plena forma era muy importante para él: le encantaba estar fuerte y ágil. Aquel
primer verano, esa época dorada en la que nos conocimos mientras él estaba de permiso,
aprovechaba cualquier excusa para quitarse la ropa y andar por ahí desnudo, con la piel
bruñida. Muchos de sus compañeros llevaban tatuajes, pero Vincent no. Tenía la piel limpia y
tan fresca como el día que nació. Los desconocidos podían pensar que era un engreído porque
no le conocían. Si yo hubiera sido otra chica, sentada en el parque, y le hubiera visto pasar
como un gallito
me habría echadoen un
su vistazo
gallinero, habría
a mí pensado:
misma: «ese está del
baja, morena, encantado
montón,dey conocerse». Y luego
habría pensado que
tenía que ser una pesadilla estar con él, siendo así. Pero yo nunca sentí eso con Vincent porque
le conocía. No era vanidoso. No le importaba su aspecto ni lo que la gente pensara de él. Las
chicas le miraban cuando salía, pero él ni siquiera lo notaba. No pretendía pavonearse;
simplemente, le encantaba sentirse vivo, lo más vivo posible. Le encantaba sentir el dolor de
sus músculos y el latido de su corazón, el sol en la espalda y la lluvia en el pelo. Le apasionaba.
Nunca he conocido a otro hombre que se sintiera tan a gusto en su cuerpo como se sentía
Vincent
Se reíaen de
el suyo, hasta la punta
mí, sentada misma
desnuda en de
la los dedos.
cama comiendo patatas fritas mientras él hacía
flexiones, y yo me reía de él.
—Deberías venir a correr conmigo —me dijo al principio de nuestro noviazgo, y yo
meneaba la cabeza.
—Y tú deberías quererme tal y como soy —contesté yo—. Con mis flacideces. El día que
nos conocimos te dije que soy una perezosa. En el hospital no me siento ni un momento, así
que cuando no estoy trabajando me gusta tumbarme. Y comer.
—Ya lo sé, y te quiero tal y como eres.
Me agarró por la cintura y me levantó en volandas como si no pesara unos setenta y cinco
kilos; o incluso ochenta, si alguna vez me acercaba a una balanza, cosa que no hacía nunca.
—Sobre todo, tus flacideces, de hecho. Pero no lo digo por eso. Lo digo por el bienestar
que produce sentir el suelo bajo las plantas de los pies, el olor del aire… Te sientes fuerte, no
sé, invencible. El ejercicio es mejor que cualquier droga. Quiero que tú también sientas eso.
—¿Y cómo sabes que es mejor que cualquier droga? —bromeé—. Tu cuerpo es un templo.
Ni siquiera tomas cafeína.
A veces, en días como aquel, Vincent me tumbaba en la cama, o en la alfombra, y me besaba
todo el cuerpo hasta que le suplicaba que parase. Nos reíamos sin parar, en aquellos primeros
tiempos. Cada día que pasábamos juntos era como el primero, quizá porque Vincent pasaba
mucho tiempo fuera, porque nuestras separaciones eran tan largas que cuando estábamos
juntos nos moríamos de ansia, febriles y desesperados por aprovechar cada segundo.
segundo.
El día que me compró estas zapatillas de correr fue un día estupendo, lleno de sol, con un
cielo inmenso e inmaculado. Se plantó delante de mí con una rodilla en el suelo y me ofreció la
caja de zapatos como si fuera un anillo en un cojín de terciopelo.
—Las mejores del mercado —me dijo con orgullo.
—¡Y rosas! —grité, mirando las zapatillas de color neón—. ¡Me has comprado unas
zapatillas rosas porque soy una chica! ¡Machista!
—A ti te gusta el rosa —contestó, todavía de rodillas—. Tus cortinas son rosas, tu edredón
es rosa, tienes un cepillo de dientes rosa y un montón de ropa interior rosa. Te las he
comprado rosas porque te gusta el rosa, cariño.
—Ya, pero cuando yo elijo algo rosa es porque me gusta. Pero cuando lo haces tú es una
afirmación patriarcal, la prueba de que esperas que me amolde a tus ideales masculinos —
repliqué en broma.
—Vete a la mierda —contestó riendo—. Joder, pero si hasta tu coche es casi rosa. Bueno,
¡morado! En fin, da igual el color, lo que importa es que son de la talla perfecta para que
salgas a correr: tu número de zapato y medio número más para que no te rocen los dedos.
Aquello hizo que le quisiera todavía un poquito más, así que acepté las zapatillas.
El primer
como díapequeña,
una niña que salimos a correrme
y Vincent juntos, fui arrastrando
prometió un helado los pies y quejándome.
mientras Lloriqueé
corría en círculos a mi
alrededor. Por fin dejó que le esperara en un banco del parque, al sol, con mi helado que se
derretía a velocidad vertiginosa, mientras él desaparecía por la cresta de la colina. Yo seguía
allí, dormitando mientras escuchaba las quejas de los niños y el ladrido de los perros, cuando
regresó reluciente de sudor y se dejó caer en el banco, a mi lado, con una sonrisa de oreja a
oreja.
—¿Qué tal te ha ido? —le pregunté, y dejé
dej é que cogiera mi helado y se lo acabara.
—Ha
Mejor quesido como volar
el helado, mejor—me
que eldijo—.
sexo…¡Como lanzarse por un precipicio y flotar en el aire!
Vi el brillo de guasa de su mirada cuando me lancé hacia él y un poco de helado se
desparramó entre nosotros, frío y pegajoso. Vincent me agarró y me abrazó, y nos reímos tanto
que me corrían lágrimas por la cara. Una señora mayor que pasaba por allí se nos quedó
mirando, chasqueó la lengua y meneó la cabeza. Casi se la oía decir: «Ya aprenderán».
Pero yo decidí en ese mismo instante que no aprendería nunca. Que nunca podría dejar de
querer a aquel hombre. Que nunca nada se interpondría entre nosotros.
—Estás preciosa —me dijo Vincent, ensimismado, mirándome intensamente a los ojos como
hacía a menudo, cuando de repente todo parecía, o me lo parecía a mí, sobre todo, tan intenso
e importante—. Tú eres lo único que importa, ¿sabes? No he sabido lo que era el miedo a
morir hasta que te he conocido.
—Eres muy poético para ser militar, ¿no? —contesté, y rehuí su mirada porque por un
instante sentirme tan amada me pareció un poco peligroso, como si estuviéramos provocando
al destino, tentándole a venir a desbaratar nuestra felicidad.
Vincent me besó con pasión, dejándome impregnada de sudor. Estábamos tan conectados
que parecía que todas nuestras moléculas vibraban al unísono.
Quizá por eso puse más empeño la siguiente vez que me llevó a correr. Todavía sentía que
una enorme plancha de hierro comprimía mis pulmones y le dije que tenía la impresión de que
iba a darme un infarto. Me contestó que así sería, en efecto, y no tardaría mucho si seguía
pasándome la vida sentada. Dijo que necesitaba que viviera más que él porque no soportaría
vivir sin mí, y yo seguí corriendo: a base de amor, me convenció para que siguiera
intentándolo. Le seguí obstinadamente, rezando porque llegara el momento en que me
permitiera parar.
Un día, después de aquello, se puso a llover y me calé hasta los huesos. Acabé con el chándal
cubierto de barro. Cuando llegamos a casa, Vincent me quitó la ropa empapada y me hizo
meterme en la ducha con él. Estaba demasiado agotada para sentirme sexy, mientras él me
lavaba de arriba abajo, arrodillado delante de mí, con el agua corriéndole por los hombros. Me
masajeó los muslos y besó mi pubis. Resolví entonces que no me importaba cuánto corriera ni
lo mucho que me doliera. Merecía la pena, porque estaba decidida a seguirle a todas partes.
Nunca le dejaría.
Luego, un día, poco antes de que Vincent partiera otra vez en misión al extranjero, iba
siguiéndole por el sendero del canal mientras los árboles desgranaban sobre nosotros sus flores
primaverales cuando me di cuenta de que estaba gozando. Correr había dejado de ser cosa de
Vincent, una tortura para mí, y se había convertido en algo nuestro. Algo que compartíamos.
¡Ah, qué pareja tan ufana formábamos, saliendo a correr juntos cada mañana cuando estaba en
casa de permiso! Si alguna vez se lo comentaba a mis amigos, se metían los dedos en la boca y
fingían vomitar.
estábamos Nuestros
rodeados de [Link]: ennoaquel
Ahora ya entonces
los tenemos. Nosteníamos
mudamosuncuando
montón de amigos;
Vincent dejó el
ejército y él no quiso que siguiéramos en contacto con los amigos de antes o, por lo menos, con
los míos. Sus compañeros del ejército son otra cosa: son la familia que nunca tuvo.
Ahora, Vincent tiene a su alrededor un montón de gente maravillosa que le anima, que le
impulsa a seguir adelante, que le inspira para poner en juego el tesón, el esfuerzo y la
dedicación que despliega cada día ante el mundo exterior, de puertas para afuera. Yo, en
cambio, ya no le tengo, y él tampoco parece necesitarme. Ni siquiera estoy segura de cómo
ocurrió; solo sé élque,
Cambió porque ya nodespués de resultar
era el mismo, herido,
porque, todo
cuando dejócambió, incluidadescubrí
de quererme, nuestraque
relación.
yo no
quería seguir siendo quien soy.
Desde fuera todo parece ir, si no bien, al menos pasablemente. Hace año y medio que un
ataque con misiles mató a uno de sus compañeros de unidad y dejó heridos a tres. Año y medio
desde que escapó de la muerte, y ya está recuperado del todo, al menos físicamente.
Recuerdo cuando me dieron la noticia.
Yo trabajaba entonces en un equipo de emergencias y estábamos tratando de salvarle la vida
a una niña pequeña que se había puesto delante de un coche. La madre se había quedado a un
lado, gritando, mientras su hija salía despedida. Tenía heridas en la cabeza y graves lesiones
internas; las fracturas de huesos eran casi lo de menos. Estábamos esforzándonos, como
hacíamos siempre, por pararle los pies a la muerte, por derrotarla y ahuyentarla. Éramos un
equipo de traumatología, sabíamos lo que hacíamos. Éramos gladiadores, expertos: temerarios,
audaces, quizás un poco chulitos. Estábamos convencidos de que, si hacíamos bien nuestra
tarea, si seguíamos el protocolo, teníamos muchas probabilidades de despachar a la Muerte
con las manos vacías. Ese día, el día en que me enteré de lo que le había ocurrido al amor de
mi vida, sabíamos que íbamos por el buen camino, que salvaríamos la vida de aquella niña.
Sería duro, pero lo conseguiríamos.
Y entonces me llamaron y me dijeron que Vincent estaba herido grave y que iban a
trasladarle por avión primero a Camp Bastion para estabilizarle y luego a Birmingham. Lo
primero que pensé fue que no podía volver al quirófano a atender a la niña. No podía porque,
si ese día solamente podía salvarse una vida, no quería que fuera la suya.
Fue un pensamiento siniestro, una idea terrible, irracional, egoísta, pero eso fue lo que se me
pasó por la cabeza. Y ahora, a veces, me siento obligada a pensar en ello; me fuerzo a pensarlo,
a pensar en las extrañas alternativas que creemos que nos plantea el cosmos, en las promesas
que hacemos, en las plegarias que dedicamos a un dios en el que ni siquiera creemos. Llévatela
a ella, no a él. Por favor, Dios mío, no te lo lleves.
Me mandaron a casa, claro. Otra enfermera ocupó mi puesto y cumplió mi tarea, y la niña se
salvó. Recuerdo que me pareció que pasaban siglos antes de que llegara por fin la llamada que
me informó de que Vincent se hallaba lo bastante estable para ser trasladado al Reino Unido y
que los médicos opinaban que iba a salir adelante. Subí a mi coche morado y me fui derecha a
Birmingham. Quería estar a su lado en cuanto llegara.
Estuvo en estado crítico un tiempo, pero en el hospital se ocuparon de todo con rigor
militar, a pesar de que no era un hospital del ejército. Las enfermeras me acogieron bajo su ala
y me trataron especialmente bien porque era una de las suyas. Me contaron que las plantas
ocupadas por militares heridos las dirigían con régimen marcial: estar rodeados de personas
uniformadas, tener una rutina, compañeros de armas, todo ello contribuía a que los hombres y
las mujeres
fue a losaque
trasladado atendían
Headley sanaran
Court para de susleheridas.
que pusieranCuando el estado
una pierna de Vincent
ortopédica lo permitió,a
y aprendiera
LA TERCERA NOCHE
8
Hugh
No me entusiasma el invierno: no me gustan las tardes oscuras, ni volver a casa caminando con
el frío. Me gusta el calor del verano: las gafas de sol, las chicas con vestidos veraniegos, el
atisbo de una piel morena o un escote. A mi madre, no. A mi madre, la estación que más le
gustaba cuando yo era pequeño era el invierno. Solía decir que le encantaba correr las cortinas
y encender las luces. Encendía la chimenea de gas, tendía una manta en el suelo y, antes de que
papá volviera del trabajo, merendábamos juntos delante del fuego bollos o magdalenas, con las
ascuas de plástico refulgiendo, rojas y anaranjadas. Con las piernas cruzadas y la larga melena
rubia enredada todavía por la siesta de esa tarde, mamá me contaba historias mientras yo veía
programas infantiles en la tele.
Eran historias inventadas sobre la marcha, seguramente mucho más terroríficas y sangrientas
de lo que convenía a un niño de mi edad, pero también mágicas, fantasiosas, épicas,
trascendentales y llenas de prodigios. Mi padre era el mejor hombre, la mejor persona, que he
conocido, pero creo que mi curiosidad natural, y mi intelecto, lo mucho o lo poco que tengo,
proceden de mamá. Lo que ocurre es que las circunstancias de su vida no le permitieron sacar
partido a su potencial. Y de todos modos daba igual que me contara historias sobre caballeros
que cortaban cabezas o sobre brujas que roían huesos de niños; el tema no importaba, porque
mamá tenía ese talante, esa vehemencia, ese entusiasmo que hacía que todo pareciera bien.
Nunca tuve miedo de que hubiera monstruos debajo de mi cama o demonios acechando en
el armario, porque daba por sentado que ninguna criatura maligna cometería la estupidez de
enfrentarse a mi madre y a su terca determinación de reírse de todos los peligros, fueran de la
índole que fuesen. La luz feroz que irradiaba borraba todas las sombras. Eso pensaba yo de
ella: que era como una lamparita nocturna hecha carne.
Después de los bollos y las historias, solía quedarse dormida en el sofá y yo me ponía a jugar,
contento de estar solo, hasta que llegaba papá y preparaba la cena. Recuerdo que le costaba un
poco despertarla para cenar. Tenía que zarandearla y llamarla por su nombre muchas veces,
cada vez más fuerte. Pero al final mamá se despertaba, la bonita melena enredada y los ojos
soñolientos, y venía a sentarse a la mesa, la misma mesa en la que todavía me siento. Se pasaba
la cena sonriéndome, sin apenas probar bocado antes de irse a la cama, y entretanto papá
hablaba largo y tendido de las cosas que le habían pasado ese día y me preguntaba qué tal me
había ido a mí. Creo que no me daba cuenta de que casi nunca hablaba directamente con
mamá en esos momentos. Me parece que no me di cuenta hasta hace poco.
Papá me arropaba y me leía un cuento, y me apartaba el pelo de la frente antes de darme un
beso en la mejilla. Yo a veces le preguntaba por qué nunca me acostaba mamá y él me decía:
«Mamá está muy cansada, hijo. Necesita dormir».
Será por eso, supongo, por lo que siempre me acuerdo de papá en verano. De las largas
tardes
sobre de
su calor
quietaa lasuperficie.
orilla del canal, del agua moteada
Esperábamos de sol,
juntos, en de lossilencio,
apacible mosquitosla que revoloteaban
emoción de un
movimiento en el agua, el brusco tirón del sedal, la certeza de que uno de nosotros había
pescado un pez. En invierno, en cambio, en momentos como este, es en ella en quien pienso:
en cómo te arrastraba a su mundo, arrollando su sedal, y te hacía sentirte especial, querido,
excepcional. En cómo me despertaba a veces para llevarme al jardín, pasada la medianoche, en
noches de helada, y me tumbaba sobre la hierba quebradiza y pintábamos cuadros en las
constelaciones del firmamento. Más adelante, después de que se marchara, siempre sentí que
esa parte deYmi
inventaba. infancia
ahora tengonoque
erarecordarme
real, que noque
era soy
másunque uno deadulto,
hombre los cuentos de hadas
que tengo que se
un trabajo
estupendo y una casa bonita, y que solo un tipo patético se detendría a pensar en el vacío que
dejó su madre en su vida veinticinco años atrás.
Quizás esta noche debería haber ido a tomar una copa con esa chica del Museo Británico, a
fin de cuentas. Tiene la capacidad de hablar por los codos sin pararse a respirar. No es una
cualidad muy atractiva que digamos, pero sí eficaz si de lo que se trata es de anestesiar la
mente. Además, es sumamente guapa. Pero ya casi he llegado a casa, así que me tomaré unos
espaguetis a la boloñesa rapiditos con Jake —si es que tiene hueco en su agenda, entre sus
vagabundeos diurnos y sus correrías nocturnas— y luego quizá vaya a tomar una pinta al pub
que hay un poco más abajo, en esta misma calle, antes de irme a la cama.
Siempre se me olvida dejar la luz encendida cuando me voy al trabajo, y la casa está a
oscuras cuando vuelvo. Las de los vecinos de al lado, en cambio, brillan con fuerza, acogedoras
como una bienvenida.
Al llegar, me doy cuenta de que la casa de al lado hoy también está a oscuras, y me paro en
la verja. Y eso no es todo. Hay un chico, el chico de al lado, sentado en el umbral, arrebujado
en lo que parece ser un chándal. Sea lo que sea, no basta para protegerlo del frío que hace
fuera. Parece más bien una sudadera con capucha. Se me pasa por la cabeza fingir que no le he
visto, pero no sé por qué me recuerda un poco a Jake cuando entra en casa y fuera está
lloviendo: reducido a la mitad de su tamaño normal y tiritando. Son las únicas veces que me
deja mimarlo, envolverlo en una toalla y frotarle el pelo mientras se apretuja contra mí para
entrar en calor.
Los nuevos vecinos no llevan mucho tiempo viviendo aquí. La casa la compró una
asociación de viviendas sociales hace un par de años y cualquiera diría que tiene puertas
giratorias: cada pocos meses aparecen caras nuevas, y este chico es una de ellas.
—Eh…, hola —digo—. ¿Estás bien?
No aparta la vista de su teléfono, que le baña la cara de luz artificial y proyecta, erizadas en
picos, las sombras de sus pestañas.
—¿Estás bien? —pregunto otra vez, no porque me interese de verdad, aunque es cierto que
el chaval parece muy indefenso ahí sentado.
Tiene diez u once años, calculo yo.
—¿Por qué quiere saberlo? —me pregunta.
Su voz aguda suena nerviosa y enfadada al mismo tiempo. Desconfía, y no me extraña.
—Bueno, hace frío y está oscuro, y estás sentado solo en el umbral. ¿Tu madre no está en
casa?
—Si estuviera en casa no estaría aquí fuera, ¿no?
—Supongo que no. ¿Va a volver pronto?
Aunqueminopasta
comerme parece correr peligro
precocinada inminente
y tomarme y yo no
una cerveza, estoy
creomuerto de hambre,
que pueda ignorarledeseando
sin más.
caramelos, y de pronto deseo con todas mis fuerzas estar en mi casa vacía y a oscuras,
disfrutando de la perspectiva de una velada a solas con mi cerveza y mi microondas.
—No pasa nada. Ha perdido la llave y ha estado en casa de un amigo —me informa la
madre a la defensiva, y pasa de largo por su lado de la valla, buscando a tientas las llaves de
casa—. No se preocupe por nosotros. Estamos bien. Estamos perfectamente, de hecho.
—No era mi intención cuestionar si es usted buena madre o no…
En cuanto
asustado, y nolome
digo en voz¡Qué
extraña. alta, idiotez,
me doy decir
cuentaeso!
de ¿Por
que hequépuesto
no heelhecho
dedo caso
en laalllaga.
chicoLay he
he
entrado en casa hace diez minutos? Esto es lo que pasa cuando te relacionas con la gente sin
ton ni son: que te ves atrapado.
—Mi hijo está bien, estamos perfectamente. Descuide.
Lucha con las llaves y se le caen. La estoy poniendo nerviosa y lo lamento. Lo mejor que
puedo hacer es entrar y que finjamos todos que nunca hemos mantenido esta conversación.
—Bueno, ya está en casa —digo—. Les dejo. Buenas noches.
—¿Es un pervertido? —oigo que pregunta el chico justo antes de que la madre cierre de un
portazo.
Jake está sentado en el peldaño de abajo. Por suerte, no habla.
—¿Qué tal el día? —le pregunto—. ¿Sexo? ¿Drogas? ¿Has dormido encima del radiador? radia dor?
Pone cara de que las tres cosas son del todo posibles y me sigue de mala gana a la cocina.
Me paro automáticamente a mirar el contestador, pero no hay ninguna lucecita parpadeando:
solo una caja de madera falsa, vacía y polvorienta, no un portal hacia misterios desconocidos.
No sé qué esperaba, qué ilusiones me hizo concebir la llamada perdida de anoche. Ni quién
creía que podía haber intentado localizarme desde una cabina telefónica. Pero esa llamada me
ha brindado algo que no esperaba: una sensación de esperanza, la ilusión de que algo sea
distinto. Aunque la verdad es que no entiendo qué es lo que añoro. Tengo todo lo que quiero.
Un trabajo estupendo, libertad, ninguna atadura sentimental o económica. Todo es
exactamente como a mí me gusta. Y ese dichoso mensaje casi, casi silencioso hace que me
sienta como cuando salgo de casa y no me acuerdo de si he dejado el grifo de la ducha abierto:
un dato importante que se me escapa. Pero eso es ridículo. Yo soy ridículo. Estoy pensando
como una chica.
Es probable que mis estudios sobre las sesiones de espiritismo tampoco ayudan. Puede que
después de pasar tantos días analizando mensajes del «otro lado» creyera que podía ser mi
padre, que llamaba para ver qué tal me iba, si había mejorado mis habilidades de pescador de
la noche a la mañana o si por fin había construido ese soporte para cañas nuevo que teníamos
previsto hacer juntos. Pero seguramente no fue más que alguien que se equivocó al marcar, lo
que derivó en una lucecita parpadeante en una casa desierta. Lo que podría considerarse una
metáfora de mi vida: el hombre al otro lado de la línea al que únicamente un desconocido
llamaría por error. Un hombre perfectamente satisfecho, me recuerdo con vehemencia.
Me sobresalto al oír que tocan a la puerta, y Jake sale disparado por la gatera antes de que le
abra su lata de atún. Suspiro. La última vez que le abrí la puerta a un desconocido, eran unos
cristianos que conocían la Biblia peor que yo y que desde luego no esperaban que replicara a
cada una de sus citas de las Escrituras con una de El origen de las especies.
—Si es un político… —refunfuño mientras recorro el pasillo, pero descubro la respuesta en
cuanto
Es miveo recortarse
vecina una silueta
la pequeñita, con al
suotro ladosombrero
enorme del cristaldeesmerilado.
lana.
Ay, Dios, espero que no haya venido a encararse conmigo. Odio las discusiones. Soy de esas
personas a las que no les importa que les den calabazas por mensaje de texto o las pongan
verdes por correo electrónico. No me gusta nada el conflicto, pero ya es demasiado tarde para
fingir que no estoy en casa: si yo puedo verla a ella, ella puede verme a mí. Puede que, si me
disculpo nada más abrir la puerta, se vaya enseguida.
—Hola, siento mucho lo de antes —digo atropelladamente—. Soy consciente de que hoy en
día los adultos no deben hablar con los niños. No era mi intención hacer que se sintieran
incómodos.
—No, soy yo quien lo siente —dice, pillándome por sorpresa.
—Ah.
No entiendo qué rumbo puede tomar la conversación a partir de aquí, así que me quedo
esperando, aferrado a la puerta.
—Lo de antes… —Señala su umbral—. Lo siento. No quería ser antipática ni nada, es que,
ya sabe, donde vivía antes la gente era muy criticona, y si veía que vivías sola con un niño en
una casa de alquiler social pensaba que eras un parásito que vivía a costa de los servicios
sociales o que tenías al niño descuidado. Pero yo trabajo. Pago el alquiler. Y quiero a mi hijo.
Supongo que soy un poco quisquillosa, pero sé que usted solamente intentaba ser amable.
—Bueno —digo estúpidamente—. No se preocupe. ¡ánimo!
¿Ánimo?
—Pero yo me ocupo muy bien de él —insiste antes de que me dé tiempo a cerrar la puerta
—. Solo para que lo sepa. Está muy bien cuidado, y debería haberme dicho que ninguno de
sus amigos vivía por aquí, pero es que él también intenta cuidar de mí y no quería que tuviera
que salir del trabajo antes de tiempo porque sabe que me cuesta llegar a fin de mes.
Normalmente estoy en casa una hora después de que salga del colegio, pero hoy podía hacer
unas horas extra limpiando en esa residencia que hay al final de la calle y me he enterado de
que estaban buscando gente fija y…, y si dices que no, no vuelven a ofrecértelo…
—No tiene que darme explicaciones —le digo cuando por fin recupero el habla, y la verdad
es que me siento como el mayor mierda del mundo por haber asustado a esta joven, aunque
haya sido sin querer—. Me alegro de que el niño esté
e sté bien. Y usted también. No tengo ninguna
opinión formada sobre su capacidad como madre, aunque estoy seguro de que es estupenda…
Lo digo porque venir aquí… Yo no lo habría hecho.
—¿En serio? —Parece aliviada—. Entonces, ¿no pasa nada?
—No, claro que no —contesto, un poco conmovido porque le importe tanto lo que yo
piense de ella o del chico. Tiene algo de enternecedor.
—Estupendo. —Me hace una seña levantando los dos pulgares y se queda así unos
segundos, paralizada, sin que ninguno de los dos sepa qué hacer a continuación—. Bueno,
entonces me voy a casa.
—Yo también, tengo cosas que hacer —respondo, como si los espaguetis a la boloñesa y la
cerveza fueran «cosas que hacer».
Al cerrar la puerta veo que Jake ha vuelto sigilosamente del jardín.
—Tú, mucho maullar y poco sacar las garras —le digo—. A mí me ha caído bien.
Pero, cuando le quito la tapa a mi cena precocinada y la meto en el microondas, me
pregunto si el parpadeo del contestador de ayer y la llamada a la puerta de esta noche son los
medios porconstruido
que me he los que el puede
universo
ser quiere recordarme que
muy decepcionante esta vida perfecta, libre y sin ataduras
a veces.
Queridísima Lizzie:
Esto es el fin, ¿no? Aquí estoy, a punto de irme al otro barrio, y parece una broma que el destino
vaya a darme la puntilla así.
Has sido una hija estupenda, una persona estupenda, y sé que tu paciencia y tu comprensión no las
has sacado de mí. Yo nunca he sido tan abnegada, tan amable ni tan tolerante como tú.
Tenías quince años el día que dije que me marchaba de casa para trabajar de cantante en un
crucero. Supongo que la culpa la tuvo mi edad: tenía casi cuarenta años y todavía no me sentía a
gusto en mi pellejo. Lo entiendes, ¿verdad, cielo? ¿Entiendes que no era de ti de quien huía? Era de mí
misma. Ay, madre, hablo como esa horrible canción: «nunca he estado en mí». Dios nos guarde de
los hippies.
Podrías haberme odiado entonces, tenías todo el derecho, pero te expliqué lo que pasaba y por
qué y tú me escuchaste y… bueno, siempre fuiste muy madura para tu edad y decidiste
comprenderlo. No sé si de verdad lo entendiste en aquel momento o si fue años después, pero da
igual, porque estabas ahí cuando volví a tierra, la noche de mi debut en aquel tugurio apestoso y
lleno de humo. Hasta trajiste a tus amigos.
Saber que estabas ahí me llenó de satisfacción. Me puse mis lentejuelas y mis pestañas postizas con
orgullo. Fue el primer paso de un viaje muy largo, y tú me ayudaste a darlo. El cariño que me tenías
no flaqueó en ningún momento.
Nunca les ocultaste a tus amigos que ahora tenías dos madres y que una de ellas antes era tu
padre. Con la cabeza muy alta, me cogiste de la mano y me ayudaste a seguir adelante. Tengo mucha,
muchísima suerte por contar contigo. No creo que hubiera vivido tanto tiempo si tú no me hubieras
demostrado que podía ser como soy y que no pasaba nada.
Cáncer de próstata. Menudo chiste, ¿eh? La mujer con la mejor manicura de la ciudad va a morir
por culpa de una biología que nunca quiso. Entiérrame en un ataúd plateado, cielo, cúbreme de
brillantina de los pies a la cabeza, pon música de Dean Martin y baila. Bailad todos, mis nietos y tú,
9
Hope
No estoy del todo segura de a qué me he comprometido, pero ha pasado, y fue durante esa
hora en el pub. Ben me dejó anoche en mi habitación y desde entonces no he parado de darle
vueltas a la cabeza. Y no solo a las cosas de siempre («Dios santo, me encuentro fatal, ¿qué
irán a darnos de cenar?»), sino pensamientos absurdos, aturullados, desquiciados. No paraba
de preguntarme: «pero ¿ha pasado de verdad?». Y, si ha pasado, ¿qué es lo que me ha llevado
a ese estado de enajenación transitoria?
—¿Qué te parece Glastonbury? Deberíamos ir. Voy a sacar las entradas ahora mismo. Así
tendrás algo en perspectiva cuando salgas de aquí —dijo Ben mientras nos tomábamos la
pinta.
Bueno, él su pinta y yo mi refresco. Además de la cerveza, Ben pidió un chupito de vodka.
No entiendo
chupito por qué,
de alcohol. Mesi parece
solo íbamos a tomar
que para él es una
casi copa
comorápida, se una
colgarse le ocurrió pedir
medalla: también
miradme un
aquí,
con mi chupito; el año que viene estaré tocando en el O2 Arena, ya veréis; yo, el más guay, con
mi chupito de vodka.
—Ya no quedarán entradas —le dije—. Seguro que hace meses que no quedan. Además,
tampoco es que me apetezca mucho, con los aseos compartidos, el barro, la lluvia y el camping.
—No seas tonta, para eso son los festivales. Vale, si este año ya no podemos, el año que
viene, ¿qué te parece? —dijo, y yo le miré con escepticismo—. Además, ya sabes, si vienes tú
también a lo mejor nos dan un pase para minusválidos.
Yo le lancé una mirada fulminante y se encogió de hombros.
—Me parece un pelín optimista hacer planes con tanta antelación —le dije—. Sería una
pena gastar tanto dinero y que me muera y no pueda ir. Y, en serio, odio la lluvia y los aseos y
el camping. Podríamos volver a verlo por la tele.
—Eres demasiado joven para ser siempre la voz del destino, ¿sabes? —respondió él—. Me
he vuelto un experto en fibrosis quística, y cuando estás bien y todo está bajo control puedes
hacer de todo, incluso ir a festivales de rock. Además, ya no es que estés condenada a muerte.
Cuando naciste, todo el mundo decía que tendrías suerte si llegabas a los treinta, y ahora es
muy probable que llegues a los cuarenta, y ¿quién sabe qué avances habrá el año que viene o el
siguiente?
—¿Cómo es que sabes tantas cosas? —pregunté.
—Procuro mantenerme al día. Me mantengo informado. Si fueras un poco más joven o
estuvieras en estado terminal —añadió con aire soñador—, podríamos ponernos en contacto
con una de esas fundaciones que hacen realidad las ilusiones de los niños gravemente
enfermos. Los niños moribundos suelen colmarlas.
Pensé en Issy y en el pañuelo de colorines que llevaba en la cabeza, y en el blanco de sus
ojos, que es amarillo,
—Bueno, eso no esydel
en todo
cómocierto,
la hacen reír—pregunté—.
¿no? las [Link] digo porque se están muriendo.
—Sí, ya lo sé, perdona —dijo Ben bajando los ojos, y comprendí que él también estaba
pensando en Issy—. Ya sabes que cuando intento hacerme el gracioso a veces me paso de la
raya y caigo en el mal gusto.
—Sí, lo sé muy bien —contesté yo—. Y de todos modos no tienes que dedicarte a
animarme, ¿sabes? No soy tu… apadrinada.
—¿Qué? —Pareció dolido y se recostó en su silla como
c omo si le hubiera dado un empujón.
No sabeporque…
momento, que estuve a punto
bueno, de decir
porque sí. «No soy tu novia» y que cambié de idea en el último
—Lo que quiero decir es que siempre te estás esforzando por hacer que me sienta bien, pero
no deberías sentirte obligado. Pensándolo bien, a lo mejor tú y yo ya no tenemos tantas cosas
en común. Y yo lo entiendo. Lo digo porque una amistad que se forjó cuando uno de los dos
mojaba los pantalones, y no me refiero a mí, quizá no esté destinada a durar más allá de los
diez años, digamos. Claro que, para ser justos, esa es tu edad mental.
Ben pareció horrorizado.
—Hope Ellen Kingston, tú y yo hicimos un trato. Hicimos un pacto sagrado: fingimos que
nos hicimos una incisión en la palma de la mano y nos hacíamos hermanos de sangre, pero con
tinta de boli rojo. Somos hermanos de tinta roja. Yo estoy aquí para lo que sea. Eres mi mejor
amiga. Me conoces de pe a pa. O sea que sabes todo de mí.
No hizointervenido
habíamos falta que dijera
él, yoeny voz
unaalta a qué
regla se refería.
de plástico conEllaincidente al que aludía
que le tomé… (enexactas
medidas el que
cuando teníamos doce años) sigue grabado a fuego en la memoria de ambos.
—Solamente digo —continué— que hicimos ese pacto cuando teníamos seis años, más o
menos en la misma época en la que también prometiste que serías delantero del Arsenal y que
aprenderías a volar con los brazos. No es un juramento sagrado. No tienes que ser mi animador
particular. Eres… libre, ¿sabes?
—No lo hago por eso —contestó—, porque me sienta obligado. Lo hago porque a las tías
les chifla que me porte tan bien contigo. Gracias a que mi mejor amiga es una inválida, ligo un
montón. Y, además, el destino no rompe relaciones como la nuestra. Somos como Batman y
Robin, o como Romeo y Julieta.
—Sabes que mueren los dos, Romeo y Julieta, ¿verdad? —le pregunté.
—Mierda, nunca la he leído hasta el final. Buscaba la escena en la que hacen el amor —dijo.
Yo lancé un suspiro, como hago siempre, alcé los ojos al cielo como una mayor y él soltó su
risita de colegial, y pensé: «eso es lo que soy». Soy su mejor amiga, su compinche, a la que no
recuerda haber besado. Soy una lapa, su mejor groupie, la que siempre está ahí, diciéndole lo
fantástico que es. Soy su pareja cómica y así es como quiero que sea, para siempre jamás.
Y entonces dijo:
—En el Market Tavern tienen noche de micro abierto todos los sábados por la noche, de
siete a nueve. Tengo una idea. Para volver a estar en plena forma, deberías entrenar los
pulmones. ¿Te acuerdas? Para eso precisamente empezaste a tomar clases de canto, porque
ayuda a fortalecer los pulmones y a que les entre oxígeno, los abre y todo ese rollo. Nos
quedamos todos de piedra cuando descubrimos que sabías cantar. El caso es que podemos
preparar una de tus canciones, tú eliges, solo tú y yo. Ya va siendo hora de que vuelvas a
cantar. Ni siquiera me acuerdo de cuándo fue la última vez que te oí.
—Ya
—Puessabes que noDeberías
deberías. canto —le dije—.Tienes
hacerlo. En público,
una vozquiero decir.
preciosa: diáfana, pura y fuerte, y amplia,
además. Sí, eso vamos a hacer. Tú empezarás a cantar y yo te ayudaré, y haremos un número la
noche del micro abierto. La próxima vez que venga a verte, empiezas a practicar. Traeré mi
guitarra, ensayaremos una de tus canciones y quedará genial. Sí. Porque, ya sabes, a mí me
gusta el grupo y tal, pero son un poco planos con tanto heavy metal y
y tanto delineador de ojos.
Me apetece algo más ligero y más pop.
—¿Estás insinuando que yo escribo canciones pop? —le pregunté.
—Lo
solo unaque
vez,digo es que
y eso escribes—Parecía
es bueno. melodías que
muylasatisfecho
gente tararea
de sídespués
mismo—.de haberlas
¡Sí! ¡Esescuchado
una idea
brillante! ¡Soy un genio! Y en cuanto estés lista para celebrar tu alta iremos a cantar juntos al
Market. Te prometo que no te dejaré sola ni un momento si me dices que sí. Me tendrás
pegado a tu cadera.
Así que me descubrí diciéndole que sí.
Mierda.
Necesito dar un paseo. El pasillo está muy tranquilo. El puesto de enfermeras está vacío y han
mitigado las luces. Se oye un murmullo suave, no de voces exactamente, ni de máquinas, sino
una especie de zumbido de fondo, sofocado por la oscuridad. Actúa como una especie de
garantía, dándonos a entender que, a pesar del silencio, no estamos solos: el Marie Francis
sigue funcionando a nuestro alrededor. Casi como si no fuera un edificio lleno de gente, sino
un ser sensible con vida propia, lo cual en cierto modo es un consuelo.
Oigo a alguien calentando agua en la cocina y el frufrú de un paquete de galletas, y caigo en
la cuenta de que quizás el azúcar sea un buen modo de dejar de darle vueltas a la cabeza. Me
paro junto a la puerta de Issy preguntándome si estará despierta, leyendo, pero la luz está
apagada y la habitación en silencio. Su madre está con ella, duerme abrazada a Issy, cuya
cabeza reposa sobre su pecho. Por lo menos me ha parecido que estaban las dos dormidas,
pero cuando me detengo su madre abre los ojos y me sonríe. Naturalmente, está siempre
alerta, siempre pendiente de lo que pasa en torno a su hija, como cualquier madre protegiendo
a sus cachorros, solo que ella trata de defender a su hija de un enemigo al que no puede
vencerse. Pensar siquiera en lo que debe de estar sintiendo me parece insoportable, y me
acuerdo de mi madre, que estará en casa, levantada todavía pero en bata y zapatillas,
removiendo
mucho tiempo su antes
té condetres
quecucharaditas
la madre de de
Issyazúcar
vuelvahasta que se
a dormir quede
como frío. Imagino que pasará
es debido.
—¿Te apetece una taza de té? —pregunto en voz baja.
—Gracias, eres muy amable —responde con un susurro, temiendo moverse por si molesta a
su hija.
Cierro la puerta y avanzo por el pasillo sin hacer ruido. Noto las baldosas suaves y frías bajo
mis pies descalzos. La puerta de una de las habitaciones está entornada y procuro no mirar,
pero miro y veo a una señora mayor a la que parece que no le queda mucho tiempo, y me da
miedo verla tan cerca del fin. Vuelvo la cara y regreso a la cocinita con una opresión en el
pecho y un latido en las sienes. Mi vida, mi cuerpo, me recuerdan cuánto dependo de este saco
maltrecho de huesos y nervios para existir. No me parece bien; no me parece justo. Debería
poder escapar de este amasijo biológico y existir en otra parte, y es muy duro, casi imposible,
aceptarque
mamá, queestará
no puedo. Por uncocina,
en nuestra instante
en solo quierodehuir
zapatillas de por
andar todocasa.
estoQuiero
y estar con
a mimi mamá.
mamá, Mi
como
se —Ben va aun
le ocurrió ayudarme a empezar
plan absurdo. Voyotra vez con amis
a empezar ejercicios
cantar y por vocales
lo visto—balbuceo—. Anoche
vamos a escribir una
canción juntos, lo que es un disparate porque él ya está en un grupo. No se puede estar en un
grupo y en un dúo al mismo tiempo. Y yo no canto en público, delante de gente, ni por asomo.
No me gusta nada que la gente me mire… «Ay, mirad, la chica con fibrosis quística, pobrecita.
Qué voz tan bonita tiene. ¿A que es una lástima?»
—O a lo mejor escuchan tu voz y disfrutan de tu música y no piensan ni saben que tienes
fibrosis quística —comenta Stella pensativa—. Seguramente la gente no es tan curiosa como
crees, ¿sabes? Cada cual tiene sus preocupaciones. Nadie se para a mirar de cerca la vida de
otra persona a no ser que le afecte directamente.
—¿De veras lo crees? —pregunto—. La verdad es que es horrible. A mí me importa. Me
importan los demás, me interesan otras vidas que no me afectan.
—Sí, lo sé —asiente Stella—. No me refería a eso. Me refiero a que todos tenemos que vivir
y morir solos, a su debido momento, aunque estemos rodeados de gente.
—Caramba, desanimas a cualquiera —le digo—. ¿Por eso te toca siempre el turno de noche,
porque temen que los pacientes se suiciden si los atiendes tú?
Se echa a reír, y la risa altera por completo sus facciones. Parece más joven, luminosa, viva.
—Dios mío, lo siento —dice—. Estoy teniendo una mala noche. Hoy no he dormido muy
bien y… En fin, da igual, pero tienes razón. Tengo que sacudirme este desánimo.
—No es eso lo que he dicho, en absoluto —contesto—. La vida no es algo que una pueda
sacudirse sin más.
Me lanza una mirada que habla por sí sola.
—Creo que me estoy poniendo un pelín dramática —reconozco—. A veces es más fácil que
aceptar que… En fin, que no estoy tan mal como Issy, por ejemplo. O que esa pobre mujer de
la habitación de enfrente. Porque, si lo acepto, entonces… tengo que hacer algo con esta vida
que—A
estoy dejando
lo mejor lo pasar, y notienes
único que sé quéque
es lohacer
que para
tengoempezar
que hacer
es con [Link] escenario y cantar una
subirte
canción con tu amigo —dice Stella—. ¿No sería maravilloso que algo tan sencillo fuera la clave
de la felicidad? Es increíble… Tienes un grupo. Yo siempre he querido tocar en un grupo. Y
lo máximo que he conseguido es cantar las canciones de Bananarama2 con un cepillo de
dientes como micrófono.
—Igual que ellas, entonces —replico, y casi sonríe.
Me gusta hacerla sonreír, borrar, aunque solamente sea un segundo o dos, ese aire de honda
tristeza que siempre lleva consigo. Es como si su semblante reflejara mi interior, en cierto
modo. Hacerla sonreír hace que me sienta menos inmadura y egoísta, más como la mujer
adulta que debería ser.
Crecer con Ben a mi lado ha hecho que mis amistades con otras chicas de mi edad hayan
sido siempre un poco distantes: cordiales y divertidas, pero nunca profundas. Nunca he tenido
una amiga con la que compartir secretos o hablar de cómo me siento, como acabo de hacer con
Stella. Y la verdad es que es agradable.
—Entonces, ¿te parece buena idea? —le pregunto—. Porque le he dicho que sí. Le he dicho
que cantaría con él en público, y me da pavor.
—Sí, me parece buena idea —contesta—. Eres muy valiente. Yo no podría. Pensar en toda
esa gente mirándome, fijándose en mí… Antes me gustaba que me miraran. Que se fijaran en
mí, que volvieran la cabeza. Pero ahora… Creo que la vida es más fácil si eres invisible. Por lo
menos,
olvidadosicómo
una noserlo.
es tan valiente como tú. Yo antes también era valiente, pero me parece que he
—Yo no soy valiente —digo—. Ben intenta que sea tan osada y tan boba y tan segura de mí
misma como él, pero no lo soy. Yo no soy así.
Espera a que diga algo más, y de pronto me salen las palabras a borbotones, se atropellan
caóticamente.
—Es como si hubiera una ley tácita por la cual, si te estás muriendo o tienes una enfermedad
que limita tu esperanza de vida, que es, seamos sinceras, una forma educada de decir que te
estás muriendo, tienes que tomártelo con alegría. Tienes que ser valiente y estar animada,
mantenerte fuerte y servir de inspiración a los demás, tienes que ser desafiante y afrontar la
situación valerosamente… Y yo no lo soy, Stella, yo no soy así. No soy valiente. Tengo miedo
todo el tiempo. Estoy asustada y triste, y enfadada, y no quiero servir de inspiración a nadie.
Quiero ser invisible, como tú has dicho. No quiero que la vida se fije en mí, porque entonces
también se fijará la Muerte.
Se hace un momento de silencio y luego me quedo mirándola, viendo cómo sus grandes ojos
anaranjados se llenan de lágrimas.
—Sí, lo sé —dice—. Sé perfectamente cómo te sientes.
No se me ocurre qué más hacer, así que la abrazo, estrecho su cuerpo delgado y ella me
aprieta, me estruja contra su cuerpo. Y lloramos las dos, allí, en la cocinita, con el hervidor
borboteando de fondo. Salta el botón con un chasquido y Stella me suelta y se limpia las
lágrimas con las yemas de los dedos.
—¿Por qué estás tan triste? —le pregunto cuando me da la espalda y se pone a rasgar los
sobrecitos del té y el cacao.
—¿Quieres que te lo diga con toda sinceridad? —me pregunta—. Porque creo que mi
marido ya no me quiere. De hecho, creo que hago que se odie a sí mismo.
—¿En serio? ¿Cómo lo sabes?
—Porque no soporta mirarme —responde con sencillez, pasándome primero la taza de
chocolate caliente y luego el té para la madre de Issy—. Y cuando la persona que te quiere deja
de quererte, deja de verte, es incluso como si fueras un fantasma.
10
Stella
La habitación de Grace está muy suavemente iluminada y menos desnuda que antes. Keris
debe de haber traído la foto de la mesilla de noche, puede que de su despacho, porque en el
centro se ve a Grace con una camiseta lila con el emblema del Marie Francis, una amplia
sonrisa y los ojos casi invisibles de tan entrecerrados. Tiene los brazos abiertos, e intenta
abarcar a un gran grupo de niños y adolescentes de todas las etnias, chicos y chicas, que
sonríen y levantan los pulgares, y hacen muecas y se ponen cuernos unos a otros. Un par de
ellos sostiene
impresión unola de
de que fotoesos cheques
se tomó en unenormes
momentoquemuyse festivo.
exhibenSasha,
en las galasturno
la del benéficas. Da ha
de día, me la
dicho que Grace ha recibido hoy un montón de visitas, y la habitación está llena hasta arriba
de postales, dibujos, flores y ositos de color pastel que sostienen corazones. Hasta hay un globo
que se mece suavemente en una esquina.
Grace está dormida, con la cara vuelta hacia el rincón más oscuro. No he tenido ocasión de
hablar con ella desde que llegó, pero veo que tiene una cara bondadosa, alterada desde hace
poco por el dolor. Es, en todo caso, una cara con pasado, que ha vivido momentos difíciles. Lo
noto por las arrugas profundas que tiene grabadas alrededor de los ojos y la boca. Pero, al
menos por ahora, está relajada. No siente dolor. Sus manos, cruzadas con recato, reposan
sobre la colcha.
Me muevo a su alrededor sin hacer ruido. Compruebo su pulso, su temperatura, su presión
sanguínea
llena y su nivel
cada rincón de de
estaoxígeno. La rutina me reconforta, la certeza de los números, la paz que
habitación.
—¿Dónde…? —susurra Grace, pestañeando.
Fija lentamente la mirada en mí. La cojo de la mano y sonrío para tranquilizarla. Los
pacientes suelen olvidar dónde están y por qué, durante unos instantes. Les coges de la mano y
les miras a los ojos, y les ayudas a recordarlo de la manera menos pavorosa posible.
—Tranquila, Grace —le digo—. Estás en la residencia, ¿te acuerdas? Me llamo Stella. Te ha
traído Keris y te estamos cuidando.
Veo que sus ojos recorren la habitación, enfocándola poco a poco, y siento cómo se relajan
sus dedos entre los míos.
—¿Qué hora es? —pregunta.
—Casi las dos de la mañana.
—¿Puedo beber un poco de agua, por favor?
—Claro.
Le sirvo una taza y se la ofrezco con una pajita. Menea la cabeza y la ayudo a incorporarse
para que pueda beber directamente de la taza. Está muy débil y hace una mueca, pero
consigue sostener la taza y acercársela a los labios.
—¿Te duele? —le pregunto.
—No. —Menea la cabeza, pero sospecho que está mintiendo.
Los pacientes suelen hacerlo: no quieren que sepas cuánto les duele, por si eso significa algo.
Cuando estás ingresado aquí, afrontando el final de tu vida, no quieres saber nada de nada.
—Voy a avisar al médico de guardia para que revise tu medicación, solo por si acaso.
—Estoy bien.
—¿Hoy ha venido a verte tu familia?
Sorbe un poco de agua.
—No, no tengo familia. Bueno, la tenía, hace años. Pero la perdí.
—Pero sí que tienes un montón de amigos. Muchísima gente que te quiere. Mira todas estas
flores y estas tarjetas… Aquí dentro huele a verano. No hace falta que tengas tantas visitas,
¿sabes? Si te cansas, dilo. A veces la gente no se da cuenta de lo que cuesta tener que poner
buena cara.
—No, prefiero que vengan. Quiero que vengan todos, que me distraigan. No me gusta que
esté todo en silencio, porque entonces puedo pensar y soñar.
Vuelve a apoyar la cabeza en la almohada y le cojo la taza.
—¿Quieres
equipo de día teintentar recuperar
lo habrá el contacto
dicho, pero podemoscon tu familia?
buscarlos —le pregunto—.
si quieres, ponernos enSeguro quecon
contacto el
ellos. En momentos como este solemos querer tender la mano a alguien, resolver disputas
absurdas, cosas que ya no parecen tener ninguna importancia. Podemos intentar contactar con
alguien, si quieres.
—No hay nadie. —Se recuesta en las almohadas y cierra los ojos—. Un trabajo ingrato, el
turno de noche.
—A mí me gusta —contesto—. Es muy tranquilo, en realidad.
—Cuando yo era joven solía pasar en pie toda la noche, incluso después de casarme. Me
quedaba levantada y salía a bailar y a beber. No siempre, claro, solo a veces. Me agobiaba,
¿sabes? Así que agarraba el bolso y me iba a la calle. Me encantaba bailar, y la música, y las
minifaldas. Las discusiones que teníamos, pobre hombre. Yo era alcohólica, ¿comprendes?
Adicta,
—¿Quémejor dicho.
pasó Adicta
con tu a las emociones, al subidón. No soportaba la vida normal.
marido?
—Lo nuestro no duró, como era de esperar. —Sonríe vagamente—. Pero, ay, fue el amor de
mi vida. Bueno, uno de ellos, por lo menos.
Sonrío.
—Siempre se arrepiente una de lo que no ha hecho —digo.
—Del amor no hay que arrepentirse nunca —contesta—. Ese es mi lema. Jamás me
arrepiento de haber amado demasiado a alguien, solo de no haber amado lo suficiente.
Pienso por un instante en las lágrimas que se me han escapado sin querer cuando estaba en
la cocina con Hope. Lágrimas provocadas por el amor, aunque no sé de qué clase. ¿Amo
demasiado a Vincent o no le amo lo suficiente?
—Descansa —le digo—. Yo volveré dentro de un rato.
—He oído hablar de ti —me dice Grace antes de que me vaya—. Hoy, antes, a una de las
enfermeras de día. Escribes cartas, ¿verdad?
Dudo un momento, pero sonríe con tristeza y añade:
—Cuéntame más. Quiero saberlo todo.
Tiene acento del norte de Londres, un acento ancho y llano, de antes de que se pusiera de
moda esa jerga americana que se usa ahora. Habla como hablaba mi abuela, y también mi
madre, antes de que papá y ella vendieran la casa y se jubilaran.
—No hay mucho que contar —digo—. Yo me limito a escribir lo que me dictan las
personas que están demasiado cansadas o débiles para escribir de su puño y letra a los seres
queridos de los que van a despedirse. Cosas que para ellos es importante decir: ideas,
pensamientos, mensajes…
—¿Y cuándo las envías? ¿Después?
Grace me mira intensamente. Tiene el pelo áspero, rubio todavía en las puntas, gris y grueso
el resto. Reconozco una especie de ansia en sus ojos de color gris oscuro. Hay algo que tiene
que hacer y que la mantendrá con vida hasta que lo haga. Todas lo hemos visto: pacientes que
siguen viviendo cuando todas las evidencias científicas afirman que deberían haber muerto. Se
mantienen con vida hasta que llega la persona a la que esperan, o hasta que han completado
una tarea, o han dicho algo que debían decirle a alguien. A las familias suele parecerles un
milagro, aunque aquí nunca suceden milagros. O solo suceden temporalmente. Y sin embargo
una enfermera no tiene que ser religiosa para creer con toda certeza que el espíritu humano
existe. Lo vemos debatirse hasta el último momento, arder como una tea en los ojos de la gente
que se muere,
enfermera que que ya seuna
no abre estáventana
muriendo. Y,habitación
en la pasado esedonde
instante, le rendimos
acaba de morir tributo. Rara para
un paciente es la
ayudar a que su alma siga su camino.
—Sí —le digo—. Siempre me comprometo a enviarlas después de que el paciente haya
muerto.
—Tengo un hijo —dice Grace de repente—. Ese marido del que te he hablado… Tuvimos
un hijo. Ahora tiene treinta y cinco años. Quiero que le escribas y que…, que mandes la carta
cuando yo ya no esté.
—Tienes un hijo. Pero…
Baja los ojos.
—Hace años que no le veo. Si ahora me pongo en contacto con él, no me lo agradecerá.
Cojo su mano entre las mías y me inclino un poco hacia ella.
que—Mira,
no eranlasmás
disputas familiares,sin
que discusiones las importancia
rencillas, sonvan
cosas que pasan.
agriándose. LasLacosas
gentesesesacan
equivoca y lo
de quicio
y, antes de que te des cuenta, han pasado años. Pero estoy segura de que si tu hijo supiera que
estás aquí, que estás tan enferma, querría venir. Estoy segura. Por su bien, y por el tuyo.
Cierra los ojos. Un dolor sin nombre crispa su cara un momento.
—No es tan sencillo, es… Lo que le hice no lo puedo deshacer. No me merezco ni siquiera
intentarlo, es solo que… Quiero asegurarme de que lo sabe todo. Quiero irme sabiendo que le
he dicho la verdad, porque así es mejor, ¿no? Vivir con la verdad. ¿Le escribirás? ¿Y me
prometes no mandar la carta hasta después? —repite.
—Sí —contesto—. Si estás segura de que es lo que quieres.
—¿Y nunca le cuentas a nadie lo que ponen las cartas? ¿Nunca?
Nadie me ha hecho nunca esa pregunta, y me tomo un momento para pensarlo. Es cierto:
nunca hablo de lo que ponen las cartas, con nadie.
—Bueno, siempre y cuando no estés confesando un asesinato —respondo con una sonrisa.
—Vale, entonces, necesito un poco de tiempo —dice Grace, y noto que el sueño vuelve a
apoderarse de ella—. Necesito pensarlo, pensar en lo que quiero decir y explicarlo bien,
porque… Bueno, porque hay quien diría que lo que voy a hacer es precisamente confesar un
asesinato.
Tesoros míos:
Lo primero y lo último que quiero deciros es que lo siento muchísimo. Todo lo que vais a leer en
esta carta debería decíroslo mientras crecéis. Debería explicaros por qué el cielo se vuelve negro de
noche, deciros que no os subáis a los árboles o que miréis a los dos lados antes de cruzar la calle.
Debería deciros que esos chicos no valen la pena y preguntaros qué hora creéis que es. Pero no estaré
aquí para hacerlo. Siento muchísimo, mis amores, no estar aquí.
Mi vida ha sido muy feliz, pero lo que me ha hecho más feliz de todo sois vosotras dos, y sé que a
papá no le importará que lo diga porque él siente lo mismo. Papá y yo nos queremos mucho, y
cuando os tuvimos ese amor se redobló.
Hay muchas cosas que quiero deciros, pero esto es lo único que se me ocurre ahora mismo. Sed
buenas, portaos bien. Nunca sabe uno por lo que están pasando los demás, así que, siempre que
podáis y en la medida de lo posible, sed buenas. Sed fieles a vosotras mismas. Me refiero con esto a
que viváis de la mejor manera posible, honradamente y con decencia. No seréis perfectas. Cometeréis
errores, y puede que hagáis daño a alguien y que alguien os haga daño a vosotras. Pero eso no
importa, siempre y cuando estéis seguras de que, lo que habéis hecho, lo habéis hecho con buena
intención.
No esperéis para empezar a vivir. Ya sé lo que he dicho antes sobre los chicos, pero más adelante,
dentro de unos años, no penséis que sois demasiado jóvenes para enamoraros o sentar la cabeza o
tener hijos, o viajar por el mundo, o convertiros en estrellas de rock, o descubrir la cura contra el
resfriado. No esperéis nunca, por nada: hacedlo, sin más. Nunca hay un momento oportuno,
excepto el ahora. El momento adecuado es siempre el presente.
Portaos bien con papá. Cuando pasen unos tres años o así (antes no), dejad que vuelva a
enamorarse. Y si tenéis una madrastra portaos bien con ella, siempre y cuando se porte bien con
vosotras.
Vosotras, mis tesoros, mi Milly y mi Lucy, solo tenéis tres años y medio. No me olvidéis, por
favor. Recordad cómo os abrazaba, cómo os besaba, cómo vertía mi amor en vosotras, en cada poro,
con la esperanza de que algo quedara de él. Recordadlo y sentidlo. Recordad mi amor todos los días,
a partir de ahora, y sentidlo.
Yo siempre estaré ahí.
Vuestra mamá
11
Stella
Giro la llave en la cerradura y abro la puerta muy despacio. Enseguida me doy cuenta de que
Vincent está levantado; lo noto en el aire, como si su energía chisporroteara en el ambiente.
Una llovizna fría e invisible me ha calado hasta la piel. La sentía en la oscuridad como una
fuerza que iba acumulándose en mi pelo y chorreándome por la nuca. Estoy demasiado
empapada para haber recorrido a pie el trayecto de apenas cinco minutos desde la parada del
autobús, y no me apetece explicar el motivo. Por un instante no sé qué hacer, pero él ya habrá
oído la llave en la cerradura y tengo que entrar. Ni siquiera sé por qué le oculto que salgo a
correr, como no sea porque antes era él quien salía, y luego fuimos los dos, y ahora solo salgo
yo. Aunque Vincent ha empezado a correr otra vez y pronto estará casi tan fuerte y correrá casi
tan rápido como antes, para él nunca será lo mismo. El deleite que obtenía, esa adicción que
me transmitió,
guardo no volverán a ser suyos de la misma manera, como lo eran antes. Por eso lo
en secreto.
—¡Estás aquí! —grita desde el cuarto de estar.
—¿Dónde iba a estar, si no?
Cuando acabo de quitarme la chaqueta y de colgar el bolso en el extremo de la barandilla,
ya está en la cocina preparándose unos huevos. Sigue una dieta hiperproteica para reforzar su
entrenamiento. Tiene buen aspecto: aseado y afeitado. Puede que esta noche haya dormido
bien. Acerco la mano a su cara y hago amago de besarle. Estremeciéndose, se aparta.
—¡Estás helada!
Hay una nota alegre en su voz y yo sonrío y apoyo las manos frías en su nuca. Me agarra y
me estrecha entre sus brazos. Un instante espontáneo, familiar, el eco de un pasado en el que
éramos amantes. Entonces nos acordamos de cómo somos ahora y nos miramos con extrañeza,
como desconocidos que de algún modo se hallaran trabados en un abrazo íntimo.
Lleva puesta la pierna ortopédica más básica, el modelo que usa para andar por casa, y unos
pantalones cortos. Si miro hacia abajo, veré una vara metálica rematada por una zapatilla
deportiva, pero no miro hacia abajo. Sé que no le gusta que repare en los cambios que ha
sufrido. Cuando me sorprende mirándole, algo dentro de él se crispa, como si mi mirada le
recordase todo lo que ha ocurrido. Así que intento no fijarme demasiado.
—¿Ha ido bien el turno? —me pregunta.
Todavía no me ha soltado y me lo tomo como una buena señal. Contengo la respiración con
el corazón acelerado, pendiente de cada uno de sus movimientos, como un pequeño mamífero
que se cruzara por casualidad en el camino de Sombra. Asiento y sonrío con cautela. Esos
hermosos ojos azules parecen despejados y en calma. Aquí, ahora mismo, en este marco tan
estrecho, todo vuelve a ser como antes.
—Muy bien.
Pienso en Issy y en Grace, pero no digo nada. Nunca hablo del trabajo.
—He soñado contigo —añade casi para sí mismo—. Era un sueño bonito.
de mi sujetador, quitándomelos de los hombros. Siento que su boca ciñe mi pezón y el deseo se
apodera de mí. Paso los dedos por su pelo, arqueo las caderas buscándole y siento la emoción
que emana de él: la necesidad, el deseo, la furia. Y con los ojos cerrados busco y vuelvo a
buscar un solo indicio, un destello de algo que no existe. El amor.
Tiro del cordel de mis pantalones, me los quito y él se desabrocha atropelladamente los
vaqueros. Su camiseta, que huele a alcohol rancio, me roza el pecho cuando trata de recuperar
el equilibrio. Y entonces volvemos a unirnos. Siento que el placer y el alivio me recorren como
un suspiro y por un instante vuelvo a ser yo misma. Soy suya, me muevo bajo él, sus dedos
agarran puñados de mi pelo.
Se estremece al alcanzar el clímax y apoya la cabeza en mi cuello. Aquí quieta, respirando
trabajosamente, le rodeo con los brazos y le aprieto contra mí. Es importante, este momento.
Significa algo. Es un comienzo después de muchos meses, de casi un año de conversaciones
corteses y salidas en falso. Ahora estamos conectados. Hemos empezado de nuevo, hemos
dado el primer paso en el camino que nos lleva de vuelta al otro. Es una victoria, una
oportunidad, una oportunidad que yo creía pasada hace tiempo. Es un comienzo, aquí, en el
suelo de la cocina, entre las mondas de zanahoria de ayer o anteayer.
Vincent se aparta y descansa de espaldas a mí. Le veo subirse los pantalones por las caderas;
haciendo un esfuerzo, se sienta y, con la espalda apoyada en la nevera, se frota la cara con las
manos.
—¿UnaYo taza
me incorporo
de té? —ley pregunto
me sientotímidamente.
a su lado, apoyando mi hombro contra el suyo.
Antes, hace mucho tiempo, este momento, después de hacer el amor, era para mí
sumamente precioso. Esos minutos en que sentía su deseo por mí en cada aliento y cada
palabra, en cada gesto. Esos instantes en que me recorría con la mirada como si fuera el ser
más maravilloso y fascinante que hubiera existido nunca. Era como si sintiera que el sol se
apagaba cuando no estaba cerca de mí. Ahora apenas soporta mirarme, pero puede que eso no
importe. El camino es largo y solo hemos dado el primer paso, y los primeros pasos siempre
son dolorosos. Puede que lo que cuente sea darlos.
—¿Por qué no me dejas? —pregunta ahora.
Sus palabras son tan inesperadas que siento que me golpean físicamente, un golpe duro y
amargo que me impulsa a ponerme en pie. Mi rayo de esperanza ha desaparecido súbitamente.
—¿Por qué no te vas, si sabes que yo no puedo? Yo no puedo irme, joder, estoy aquí
atrapado. ¿Por qué no huyes?
—Vincent, te quiero. —Me esfuerzo por borrar esas últimas palabras,
pala bras, esos últimos segundos
—. No quiero huir de ti, quiero correr hacia ti, siempre he querido. Tú eres el final de mi viaje,
mi meta, más bien. Eres mi hogar, y te quiero.
—Pues no lo hagas —replica—. No me quieras. No quiero que me quieras.
Querida Janey:
Sí, fui yo. Fui yo quien en 1978 sacó tu muñeca Lagrimitas de tu cuarto cuando estabas fuera,
jugando debajo del sauce. La cogí y salí a escondidas por la puerta de atrás y crucé la carretera y la tiré
boca abajo al canal. Estuve tirándole piedras hasta que se hundió.
Cuando volviste de jugar, no la encontrabas y te pusiste a llorar y a chillar a moco tendido, ¿te
acuerdas? Decías que tenía que haber sido yo, pero yo dije que no, que había pasado aquel rato
leyendo. Dejé que mamá pusiera la casa patas arriba y que tú siguieras llorando y llorando hasta que
se te pusieron los ojos como dos pelotas de golf rojas y gordas. Sabía que no podía decir la verdad, ni
siquiera cuando empecé a arrepentirme, porque si confesaba papá me daría una paliza. Pero me sentía
fatal porque tú llevabas mucho tiempo queriendo esa muñeca y habían ahorrado para comprártela. Y
porque encima mamá dijo que, si yo le juraba que no había hecho nada, ella me creía porque
confiaba en mí. Y dijo también que esperaba que la muñeca apareciera cualquier día. Pero no
apareció. Y tú nunca volviste a tener una muñeca como aquella.
No sé por qué lo hice. Creo que estaba celoso. Eras tres años más pequeña que yo, y más simpática
y más guapa. Y mamá te trataba como si fueras su bebé, y a mí no. Pero me he sentido mal desde
entonces, a pesar de que al crecer nos hicimos buenos amigos y de que has sido la mejor hermana
que podía desear, sobre todo este último año. Has sido como una roca para Lynn y los chicos.
Así que esta carta va acompañada de otra muñeca, una nueva Lagrimitas que la enfermera fue a
comprarme. Esta hace pipí además de llorar: viene con todas las prestaciones. Lo siento, Janey, siento
de verdad haber tirado la otra al canal. No te lo merecías.
Ánimo, hermana. Te quiere,
Jim xx
LA CUARTA NOCHE
12
Hope
Dicen que tengo que adquirir resistencia, por eso camino arriba y abajo por el pasillo mientras
me pregunto si dar unos cuantos pasos dejará de parecerme alguna vez como subir una
montaña. Al pasar por la habitación de Issy veo que está sola, mirando por la ventana: el cielo
oscuro de la tarde llena sus grandes ojos claros, y su nuevo amigo, el gato al que llaman
Sombra, descansa sobre su regazo.
—Hola —digo—. ¿Tu madre ha ido a por una taza de d e té?
—Ha ido a darse una ducha a las habitaciones de familiares —dice—. Estoy intentando no
morirme antes de que vuelva.
—Joder, no puedes, no irás a morirte, ¿verdad?
Se encoge de hombros.
que—Por lo visto
no pueda ir atodo
darseel una
mundo piensa
ducha. Lo que
que voy a morirme
importa es que pronto, pero no tantodespierta,
quiero mantenerme como paralo
que significa que tengo que aguantarme con el dolor. Pero prefiero estar despejada. Porque no
quiero perdérmelo cuando suceda. ¿Te parece raro?
Estoy en el umbral de su habitación. Las paredes están llenas de pósteres, su iPod rosa está
sobre la cama, a su lado, y hay también una pila de libros, todos ellos con el lomo cuarteado y
las páginas muy manoseadas.
—¿La verdad? —digo—. No lo sé. No sé si es raro. Yo creía que pensaba constantemente
en la muerte, pero me parece que no puede ser, porque en eso no he pensado nunca.
—El caso es que estoy combatiendo el dolor. Ni siquiera me importa. Quiero sentirlo.
Quiero estar aquí, presente, hasta el momento en que deje de estarlo. —De pronto parece
agobiada—. No le digas a nadie que he dicho eso, ¿vale?
—No —le prometo mientras me adentro unos pasos en la habitación—. Claro que no. A mí
puedes contarme todas tus chaladuras de enferma, que te guardaré el secreto. Te lo juro. —
Cojo el libro que le presté—. ¿Has conseguido leerlo?
—Me lo está leyendo mi madre. Me encontraba mejor, pero ya no, ahora me duele otra vez
un montón. Pero me da miedo dormirme. Me da miedo no volver a abrir los ojos, y lo que les
pasará a mi madre y a Katy si no los abro. Ojalá pudiera hacer cosas, saber cosas
cosas para no tener
que preocuparme por ellas.
—¿Cosas de qué tipo?
Me siento, indecisa, al borde de su silla y me da vergüenza reconocer que estoy nerviosa, que
me asusta estar tan cerca de ella. Me da miedo tener tan cerca la Muerte; tan cerca que se fije
también en mí. Pero, si eso pasara, lucharía con ella a brazo partido, y yo al menos tendría una
posibilidad de salir victoriosa. Issy no tiene esa suerte.
—Bueno, mi madre necesita un novio —dice un poco irritada—. Ella dice que no, pero lo
necesita. No es nada mayor y creo que le vendría bien tener pareja. Mi padre nos dejó cuando
éramos muy pequeñas y mi madre está sola desde entonces. Tiene que pensar un poco más en
sí misma. Y deberían adoptar un perro. Yo soy más de gatos, pero Katy lleva prácticamente
toda su vida pidiendo tener un perro, y he leído en algún sitio que los perros te hacen salir de
casa y conocer gente. Creo que mi madre podría conocer a alguien paseando al perro, y a Katy
también le encantaría. Antes, cuando tenía miedo, dormía en mi cama, antes de que yo
enfermara. Si tuviera un perro y pudiera dormir con él… Si supiera que esas cosas van a pasar,
entonces… estaría mucho más preparada. No me siento preparada.
Deja de hablar, agotada, cierra los ojos y arruga la frente, concentrándose, cuando la
atraviesa una oleada de dolor. Pasado un rato vuelve a abrirlos.
—Issy. —Me siento a su lado—. Esto es una putada.
Confiaba en que volviera a sonreír al oírme decir tacos, pero su cara refleja frustración.
—Sí que lo es, joder —dice—. Pero me alegro, si es que sirve de algo, me alegro de que tú
vayas a volver a casa. ¿Podrías mantenerte en contacto con mi madre? Ha pasado estos últimos
años cuidando de mí y de mi hermana pequeña, y no tiene a nadie más. A lo mejor, cuando yo
me muera, podrías escribirle a veces por Facebook y preguntarle qué tal está. No te lo pediría,
pero… no sé a quién más pedírselo.
—Sí —contesto—. Claro que escribiré a tu madre para ver cómo está. Me aseguraré de que
está bien.
—¿Lo harás? ¿No lo dices solamente para que una chica moribunda se sienta mejor?
Y —Todavía
ahora, ¿quémete acuerdo
parece si,dehasta
cuando
queeras tímida
vuelva tu —contesto—. Sí, te
madre, te leo un doydemieste
poco palabra.
libro?LoPuedo
haré.
poner voces y todo.
—Hope —dice—, no me leas el libro. Háblame de ti y de todo lo que has hecho desde los
catorce a los veintiún años. Háblame de los chicos con los que has salido y de cómo es el sexo.
¿Cómo fue la primera vez que te emborrachaste? Cuéntame esas cosas en lugar de leerme.
—Mi primer beso… —Respiro hondo—. Bueno, yo era bastante mayor. Tenía dieciocho
años y fue en un festival en Regent’s Park al que fuimos todas las chicas de mi clase, después
del examen de ingreso a la universidad. Fue una de las pocas veces que he salido sin Ben. Nos
pusimos a hablar todas con un grupo de chicos y cuando se emparejaron todos quedamos
solamente yo, la sosita, y un tío, el soso del grupo. A mí se me daba fatal ligar, pero por suerte
a él no le importó. Se limitó a darme un morreo. Fue bastante intenso y baboso y me
preocupaban los gérmenes, pero me gustó, más que disgustarme. También fue la primera vez
que me estrujaron las tetas, pero eso creo que le gustó más a él que a mí.
»Y en cuanto al sexo, bueno, mira, puede que te lleves una desilusión, pero la única vez que
lo he practicado fue bastante aburrido y torpe y se acabó visto y no visto, así que casi no me
enteré. Además, luego estaba toda pegajosa. Pero me alegré de haberlo hecho.
Me abstengo de decirle que fue con aquel mismo chico, el que conocí en el concierto, y que
durante unos tres meses después de aquel primer beso estuvimos saliendo y besuqueándonos,
él casi siempre con la mano encima de mi sujetador. Lo del sexo fue un error, en realidad. Al
poco tiempo dejamos de vernos y mis pobres pechos lo agradecieron. Tampoco le cuento lo
del beso de Ben; cuesta hablar de un beso que ni tú misma entiendes.
—Yo besé a Jack Fletcher en el baile del colegio, en octavo —me dice con una sonrisilla—.
Fue mágico, como con arcoíris y mariposas, y había música, y él fue un encanto. Estuvimos
saliendo una temporada, pero le dejé cuando se fue a Canadá a pasar las vacaciones de verano.
—Bueno, entonces, ¿por qué me lo preguntas? —bromeo—. Tienes más experiencia que yo.
—Porque quería saber cómo es estar enamorada —contesta—. Creía que tú a lo mejor lo
habías estado. He leído sobre el amor en los libros, claro, pero me gustaría saber cómo es.
—Pues como con arcoíris y mariposas, creo —digo—. Y te sientes eufórica y como loca y en
las nubes, y a veces es muy triste y tremendo. Pero sobre todo sientes que la persona de la que
estás enamorada y tú formáis un único universo en pequeñito que habéis creado vosotros dos,
y que todo lo demás no importa. Así es como creo yo que es, seguramente.
—Sí.
Estira el brazo y le cojo la mano, se la aprieto fuerte, consciente de que seguramente solo
busca un asidero que la mantenga en esta vida unos minutos más, hasta que su madre pueda
sujetarla de nuevo.
—Yo también creo que es así. Hope, ¿puedes prometerme otra cosa, antes de empezar a
leer?
—¿Que no voy a hacer todas las voces de los personajes? —pregunto.
—Cuando salgas de aquí —dice—, besa a todos los chicos c hicos que puedas. Bésalos a todos hasta
que sientas mariposas y arcoíris… Bésalos por mí.
—Sí —me limito a decir, porque no me salen las palabras.
—Y léeme algo del final. Quiero saber qué pasa al final.
Abro el libro por una página al azar, casi al final del libro, y empiezo a leer.
13
Hope
—Yo creo que la canción está tomando forma, ¿tú no? —me pregunta Ben mientras nos
dirigimos cogidos del brazo hacia el ruido y el barullo del mercadillo de Camden.
Son las ocho de la tarde de un día de noviembre, pero sigue abierto y lleno hasta los topes,
como un auténtico hervidero de gente. Para haberme criado a un paso de aquí, nunca me
gustó mucho el mercadillo: no me gustaba la aglomeración de gente, ni esa especie de falsedad
elemental que lo impregna todo. Es como una chica que se empeña en hacerse la simpática. Ya
sabéis, de las que se ríen de cosas que no tienen gracia. Así es Camden.
Ben lleva un abrigo de lana hasta los tobillos que ondea a su espalda. Tiene el pelo negro y
acaba de raparse la nuca, pero por arriba lo lleva tan largo que se le mete en los ojos. No son
solo las chicas las que le miran al pasar; también le miran los hombres, heterosexuales o no.
Parece
—Lamuy seguro
verdad de sí
es que memismo,
parecellevándome
muy buena a—reconozco
mí detrás. Elyo.
mismo Ben de siempre.
—Y hoy, en cuanto te has puesto en serio, has cantado estupendamente.
—Bueno, la verdad es que canto muchísimo mejor que tú en cualquier circunstancia —le
recuerdo, y se ríe.
Maldita sea, he caído en su trampa.
—Claro que sí. Yo casi no sé cantar —dice—. Pero todo es cuestión de actitud, colega.
Coge un bombín, se lo pone en la cabeza
c abeza y me mira moviendo las cejas.
—¿Qué te parece?
—Me parece que te va a aplastar el pelo —contesto, y me río cuando se lo quita de golpe y
se pasa rápidamente los dedos por el pelo peinado con todo cuidado.
Me crujen los pulmones cuando me río y sigo teniendo molestias, pero Stella y Ben tenían
razón: me sienta bien salir, estar bajo las luces y entre la gente.
—Necesitas un traje para nuestro debut —dice Ben—. ¿Puede que algo con PVC y encaje?
¿Y unas botas altas? Y uno de esos corsés…
c orsés…
No le hago caso. Paso los dedos por una hilera de vestidos carísimos y mal confeccionados.
Dejo que me conduzca hacia lo más profundo del laberinto del mercado, donde el aire está
impregnado de olor a pachulí. A mi alrededor se mezclan un sinfín de idiomas: gentes de todo
el mundo tratando de comprar una pizca de glamour en en el sitio equivocado.
—Aquí, no —digo—. Aquí todo es horrible.
—A mí no me lo parece. —Ben coge una especie de túnica de gasa de color naranja—. ¿Qué
tal este? ¿Eh?
Antes de que me dé tiempo a contestar, noto un tirón y me doy cuenta de que alguien me ha
arrancado el bolso del hombro y me lo ha bajado hasta la muñeca. Al levantarle vantar la vista veo a una
figura encapuchada que se aleja a toda prisa entre el gentío. Reviso mi bolso a toda prisa. El
monedero sigue ahí, pero mi teléfono ha desaparecido.
—Ay, Dios, mi teléfono. Pero si no vale nada —digo enseñándole a Ben mi bolso vacío—.
Es muy antiguo, pero tenía grabada toda mi música. Había grabado nuestra canción… ¡Ben!
¡Ben, espera!
Sale zumbando antes de que acabe de decir su nombre. Echa a correr entre la gente, que se
aparta sorprendida, abriendo un pequeño surco por el que me apresuro
a presuro a seguirle.
—¡Ben! ¡Déjalo! ¡No importa! ¡Ben!
Pero no afloja el ritmo y yo me pongo a despotricar en voz alta, con los ojos fijos en él. Bajo
unos escalones y salgo al carril bici del canal. Le veo alejarse del bullicio y de las luces de la
esclusa y adentrarse en la oscuridad.
—¡Dios! ¡Para de una vez, Ben! ¡No es más que un teléfono, joder! —grito, y me doy
cuenta de lo solitaria y estridente que suena mi voz.
Voy a toda prisa. Noto cómo el aire me araña los pulmones agotados cada vez que respiro y
ya no veo a Ben delante de mí, ni al tío que me ha robado el teléfono. Ni luz, ni nada. Me paro
y espero un momento. Estoy sola en un carril bici, junto a un canal, al norte de Londres y a
oscuras. Lo único que permite distinguir dónde acaba la ciudad y empieza el cielo son unas
pocas estrellas que brillan con fuerza suficiente para traspasar el resplandor de las calles. Joder.
Siguiendo el canal, uno no tarda en abandonar la fantasía urbana que componen las calles
de Camden para adentrarse en un mundo industrial mucho más oscuro y sucio, atravesado por
el traqueteo de los trenes y por grandes naves desiertas que se alzan sobre el agua. El suave
resplandor
Ben se haanaranjado
ido; me hadeabandonado,
la ciudad se refleja
el muy engilipollas.
el agua turbia.
O más bien le he seguido yo, como
hago siempre. La gilipollas soy yo.
Y es muy probable que esté más adelante, en el carril bici, desangrándose en la oscuridad,
apuñalado por un carterista que espera agazapado hasta liquidarnos a los dos y tirarnos al
canal, donde nos ahogaremos antes de morir desangrados, atragantados por el agua mugrienta.
Siempre he sido un poco dramática, lo sé.
Podría dar media vuelta y volver andando hacia las luces del mercado.
Pero se trata de Ben. Y sigo sin saber si se acuerda de que la noche que estuvo a punto de
matarme también me besó. Y me encantaría aclararlo antes de que uno de los dos se muera.
Así que, acordándome de Issy, suelto todos los improperios que se me ocurren, y algunos
más de propina, mientras me adentro en la oscuridad buscando a Ben. Avanzo despacio y con
cautela, temiendo ver en cualquier momento su cuerpo sin vida tendido en medio del camino,
pero no veo nada, solo tramos del sendero desigual que la noche desvela y oculta a medida que
avanzo. Si había alguien viéndome desde el puente, me habrá perdido de vista hace rato. A no
ser que me esté siguiendo, claro. Me giro, pero solamente veo oscuridad delante y detrás de mí.
El corazón me late violentamente, se me hincha el pecho, noto los pulmones en carne viva y me
tiemblan las piernas. Estoy lejos de la residencia y mi puto teléfono ha desaparecido. Me dan
ganas de matar a Ben. Si no estuviera casi segura de que algún drogata armado con una navaja
se lo ha cargado ya, le mataría con mis propias manos.
Pero también hay algo más. Estoy aquí fuera. Lo estoy haciendo: estoy viviendo la vida.
Sabía que estaba sobrevalorada.
Muy por delante de mí, una cerilla brilla un instante en la oscuridad, de modo que sé que
hay alguien más aquí, acechando.
¿Y si es el asesino, fumándose un cigarro junto al cuerpo agonizante de Ben? Debería dar
media vuelta y largarme, pero no lo hago. Me descubro caminando muy, muy despacio hacia la
oscuridad.
Hay dos personas, la una junto a la otra, pero ninguna de ellas es Ben. Al acercarme veo que
están abrazados: son amantes. Se besan y fuman con igual ahínco.
a hínco.
—Perdonad —digo, y el tío me mira con desconfianza. Su novia suspira—. He perdido a mi
amigo, un tío alto con un abrigo largo. ¿Ha pasado por aquí? Nos ha robado un la… —Me
interrumpo de golpe.
—Por aquí no ha pasado nadie estos últimos veinte minutos —me dice el hombre, el chico,
más bien, con cierta reticencia, seguramente porque cree que voy a atracarles.
—Ah, vale. Vale, gracias.
Giro sobre mis talones y vuelvo a toda prisa hacia la luz, temiendo que se abalancen sobre
mí en cualquier momento. O bien son los Bonnie y Clyde más cutres del mundo y han
asesinado a Ben y arrojado su cuerpo al canal, o bien me han dicho la verdad y me he dado un
susto de muerte a mí misma sin ningún motivo. En todo caso, no parece buena idea quedarse a
averiguarlo. Cuando vuelvo a salir a la esclusa, su resplandor me parece irreal, y doy vueltas
sobre mí misma buscando a Ben y conteniendo la respiración, consciente de que él no me
abandonaría así, sin más. Por fin, oigo algo por encima del bullicio, un sonido dirigido solo a
mí, y al girarme le veo. Debe de estar subido encima de algo, gritando mi nombre para hacerse
oír entre el estruendo.
—¿Dónde te has metido? —le pregunto en cuanto llego a su lado.
Se baja del banco
—¡Imbécil! —Le yempujo
me entrega el teléfono
tan fuerte conme
que se unacaereverencia y una
el teléfono sonrisilla
al suelo satisfecha.
y acaba debajo del
banco.
—Pero ¿qué…? ¡Vas a romperlo, idiota! —Se agacha para recogerlo—. ¿Se puede saber
qué te pasa? Lo he recuperado. ¡Creía que ibas a alegrarte!
—¡Te has puesto a perseguir a un ladrón que podía llevar un cuchillo! ¡Podrías haber
resultado herido por un teléfono de mierda! ¡Es de locos! —Le atizo un puñetazo en el brazo
y suelta un gritito, apartándose de mí.
—Era un crío y, además, estaba seguro de que podía con él, pero de todos modos ha soltado
el teléfono a los tres minutos de empezar a perseguirle. ¿Dónde estabas?
—¡Buscándote! —grito con todas mis fuerzas, tan alto que por un momento tengo la
impresión de que la música se mitiga y toda la gente se para y me mira.
No es verdad, claro, pero es lo que me parece solo por un segundo.
—Pensaba que te habías ido por el carril bici siguiendo a un asesino potencialmente
peligroso…
—¿Es que los hay de otra clase? —me pregunta, y vuelvo a darle un puñetazo.
—Y me he ido detrás de ti para defenderte y rescatarte medio muerto, o morir de múltiples
heridas de arma blanca y hacerte compañía en las aguas turbias del canal… Y estaba oscuro y
tenía miedo. ¡Y TÚ NO ESTABAS!
—Te pido perdón por no estar muerto en una zanja, es una grosería por mi parte —dice
Ben, un poco menos indignado que antes.
Se acerca y me coge de la mano, tira de mí para alejarme del gentío y vuelvo a bajar por los
escalones por los que acabo de subir, contenta de estar viva.
—¿Has bajado por ahí, a oscuras, para enfrentarte a un navajero por mí?
—Se me ha pasado por la cabeza largarme, pero no sabía cómo iba a explicárselo a tu madre
—contesto—. «Sí, lo siento mucho, señora D., estaba muy oscuro y su hijo murió desangrado
mientras yo iba en busca de un policía.»
policía .»
Su sonrisa es cálida y tentadora, pero no tan acogedora como su abrazo. De pronto me veo
rodeada por sus brazos y su enorme abrigo negro, su pecho pegado a mi mejilla y el olor del
perfume de mujer que se empeña en ponerse…
—Ya sabes que mi madre toma tranquilizantes desde que yo era pequeño. No creo que se
hubiera dado cuenta, y mi padrastro habría aprovechado la oportunidad para apoderarse de
mi habitación. Está esperando que me mude desde que se vino a vivir con nosotros.
—¿Por qué no te vas, entonces? —le pregunto—. ¿Por qué no te vas de casa y te alejas de
él?
—Porque, aunque mi madre esté tan ida que no le importa si estoy vivo o muerto, la sigo
queriendo —responde—. Y me necesita. Mi padrastro no puede cuidar de ella, casi no puede
cuidar de sí mismo. Así que, mientras me necesite y te tenga a ti para rescatarme de psicópatas
armados con navajas, aquí estaré. —Me abraza con fuerza un momento, escondiendo la cara en
la nube de mi pelo—. Significa mucho para mí, ¿sabes? Importarte, quiero decir.
—¿Me estás olisqueando el pelo? —le pregunto.
—Un poco. Me gusta. Huele un poco a champú desinfectante y a lavanda, todo junto.
—Deja de olisquearme el pelo y de abrazarme —digo con la cara pegada a su pecho,
acordándome de aquel beso empapado en alcohol y de su lengua de borrachín metida en mi
boca—. Me confunde.
—¿Cómo
sonrisa puedede
de siempre confundirte
nuevo en launcara.
abrazo? —pregunta, y me suelta al aire de la noche, con su
—¿No lo sabes?
Echamos a andar lentamente hacia el Marie Francis, y me llevo una alegría al ver la puerta
de madera verde en medio del muro de ladrillo.
—No, no lo sé. Un abrazo es uno de los pocos gestos inequívocos que existen. Quiere decir
«eres fantástica, te aprecio mucho». Es el único gesto de cariño que no puede malinterpretarse.
—No como un beso —digo cuando me abre la puerta para que pase.
La adrenalina que ha generado mi casi roce con la muerte debe de seguir corriendo por mis
venas porque, aunque temía pasarme varios años dándole vueltas a aquel beso alcohólico y a lo
que significó, acabo de decir algo que raya en lo explícito.
Al otro lado de la puerta el mundo vuelve a ser apacible y tranquilo, sereno, casi como si la
alta tapia de ladrillo y la puerta pintada de verde mantuvieran a raya no solo el barullo de la
ciudad sino también la sensación agobiante de ese hervidero de gente que avanza sin descanso,
pisoteando todo lo que se interpone en su camino. Hasta el cielo parece más despejado y lleno
de estrellas.
—Bueno, un beso es bastante inequívoco —afirma—. Un beso en la mejilla, en la frente, o
un morreo enorme…
—¿Y qué hay del morreo enorme que me diste la noche en que estoy casi segura de que pillé
la infección bacteriana que estuvo a punto de matarme? —pregunto—. ¿Qué significó?
Se para en seco y se vuelve muy despacio para mirarme.
—Ah —dice—. Confiaba en que no te acordases.
—Para que veas con toda claridad que un gesto de cariño puede inducir a error —respondo
yo al entrar por la puerta de mi habitación que da al patio y que no he cerrado con llave al
salir.
La puerta de la habitación está abierta, y enseguida me doy cuenta de que pasa algo raro.
Desentendiéndome de Ben, salgo al pasillo. Hay casi demasiado silencio y en alguna parte,
Querida mami:
Sé que estarás triste, lo sé. Pero, por favor, no estés triste para siempre. No eres tan mayor. Los
cuarenta son los nuevos veinte, dijeron el otro día en This Morning. Ya has pasado muchos años triste
y no quiero que pases ninguno más. Quiero que Katy y tú seáis muy felices todo el rato.
Mis gorros y pañuelos, dónalos a la planta de oncología infantil del hospital, y también todos mis
juguetes y mis libros. No te quedes con ninguno, menos con Pulpo. Pulpo quiero que se lo des a
Katy.
¿Puedes decirles a Lucy, Jem y Alice que son las mejores amigas del mundo? Nunca se aburrieron
de mí, ni siquiera cuando estaba tan cansada que era un rollo estar conmigo. Venían siempre a verme
y hacían esos vídeos absurdos, tan graciosos, y esa presentación en PowerPoint acerca de por qué era
necesario que se quedaran a pasar la noche conmigo. Me alegro muchísimo de que les dejases
quedarse: fue la noche más divertida de mi vida. En mi joyero, el de la bailarina que da vueltas, hay
tres pulseras de la amistad. ¿Puedes darle una a cada una? Las hice con sus colores favoritos, así que
cada una sabrá cuál le corresponde. También hay una para Jack Fletcher, ese chico de mi clase de
ciencias.
Creo que deberíais adoptar un perro, lo digo muy en serio. Katy tiene muchísimas ganas y sé que
tú pensabas que era demasiado trabajo tener que ocuparse de un perro además de cuidar de nosotras,
pero a la gente le gustan los perros. Y las personas que tienen perro siempre conocen a un montón de
gente y hacen montones de amigos. Creo que deberíais adoptar a una perrita con mucho pelo y
llamarla Kitty , porque me parto de risa al imaginaros a Katy y a ti gritándole «¡Ven aquí, Kitty , Kitty !!»»
a un perro en el parque.
Te quiero, mami. Eres la mejor mamá del mundo, la más amable, la más divertida, la más lista y la
más valiente de todas. Y siempre serás mi mamá, incluso después. No estés triste para siempre, por
favor. Y no estés sola.
Te quiere,
Issy x
14
Hugh
Hay un recipiente grande de helado o algo muy parecido en el umbral de mi casa. Cuesta
distinguirlo con la luz naranja de la farola, pero creo que es eso. Me paro al final del caminito
del jardín y lo miro, posado ahí, sobre las baldosas de ladrillo rojo. Me acerco con precaución y
lo cojo, y algo se mueve dentro. Y me doy cuenta de que, trabadas entre la tapa y la base del
recipiente, hay unas hojas de papel de cocina con el borde estampado con florecitas azules. El
recipiente contuvo en algún momento helado de vainilla, según veo por lo que queda de la
etiqueta.
Justo cuando voy a abrir la puerta de casa, oigo que se abre la puerta de los vecinos y espero,
indeciso. Se notaría mucho si ahora entrara corriendo, además de que sería ridículo. Y aun así,
hablar con ella… En fin, eso supondría tener que hablar. Con ella. No sé por qué me inquieta
pensarlo,
importa loporque se me de
que piensen da mí:
bastante
me dabien
igualhablar
lo quecon lasy mujeres,
digo cómo lo aunque porella,
digo. Con lo general no me
en cambio, es
distinto. Creo que es porque noto que lleva una vida «real»: una vida que no es tan tersa, tan
despreocupada como la mía. Se esfuerza mucho, eso se nota: no solamente en el trabajo o en su
aspecto físico. Se esfuerza en general, para vivir.
—Entonces, ¿ha visto las magdalenas?
Se asoma por encima del murete de ladrillo que separa nuestros estrechos jardines
delanteros. Lleva una sudadera enorme que parece hecha para un hombre de proporciones
gigantescas y que le cuelga muy por debajo de las rodillas. Se ha quitado el gorro y tiene el
cabello largo revuelto y una sonrisa nerviosa.
—Ah, ¿las ha dejado usted? —pregunto—. Y son magdalenas, qué… amable. Gracias.
Antes de que pueda escapar, salta ágilmente el murete y casi aterriza en mi umbral.
Retrocedo automáticamente, dando un paso hacia mi puerta. No sé qué narices tiene una
mujer menuda y pequeñita vestida con un jersey enorme que me intimida tanto, pero de
pronto me siento un bobalicón, como si estuviera pasmado.
—Me preocupaba que hubiéramos empezado con mal pie —dice calurosamente—. Y lo
último que me hace falta es pelearme con mi vecino. Lo digo porque, como acabamos de
llegar…
—No pasa nada, ya se disculpó, aunque tampoco era necesario —contestó—. No se
preocupe, por favor.
No se mueve, lo que significa que yo tampoco puedo moverme. Pasan varios coches por los
charcos de la calle antes de que me dé cuenta de que quiere preguntarme algo.
—El caso es —dice entrelazando los dedos con nerviosismo— que acaba de llamarme mi
jefe y quiere que haga el turno de una compañera, ahora mismo. Solo serían cuatro horas y a la
una estaría de vuelta, pero evidentemente no puedo dejar solo a Mikey. Si digo que no, a lo
mejor pierdo el trabajo. Y si no encuentro a alguien que cuide de él, no puedo ir a trabajar.
—Ajá. —Meto la llave en la cerradura.
misma habitación, pronunciando esas mismas palabras. No recuerdo haberme sentido herido
ni disgustado por esos comentarios que tenía olvidados desde hacía muchos años. De hecho,
creo que pensé que muy bien. Sadie Winters, así se llamaba. Pestañas de un color rojizo claro y
ojos casi plateados. Olía a galletas.
—Bueno, Hugh está aquí, Mikey. —Sarah ya se ha puesto el abrigo, se ha calzado el gorro
enorme y se ha enrollado una bufanda al cuello—. Vas a portarte bien, ¿verdad? —dice, pero
Mikey no contesta, sigue con la mirada fija en la tele, donde está eliminando a un ejército de
zombis con saña y aplomo admirables.
—Está enfadado conmigo —explica Sarah cuando la sigo hasta la puerta—. Niños… No se
enteran de lo que hay que hacer para que las cosas marchen, ¿verdad?
Cuando abre la puerta de la calle, Jake se cuela en la casa y, al verme, se para en seco.
Luego, dándose cuenta de que, siendo un gato, no está en modo alguno obligado a guardar las
formas, pasa de largo delante de mí como si no nos conociéramos.
—¡Ah, hola, Ninja! —Sarah se inclina y Jake, mirándome de reojo, frota la cabeza contra su
palma, como hacía antes con Melanie—. ¿Vienes a cenar? Te he traído una cosa. No sé de
quién es el pobrecillo —me dice mientras coge su bolso—. Pero parece que no le quieren en
casa. Está siempre aquí, pidiendo comida, el pobre minino. He empezado a comprarle comida
para gatos. ¡Mikey le quiere un montón!
—Ya preocupación
ninguna —digo mirandoen ael Jake , queYse
mundo. noenrosca
la tiene,en las piernas de Sarah como si no tuviera
claro.
—Hay una lata de comida en la cocina. ¿Le importa dársela?
—En absoluto —contesto, y miro a Jake, aunque no parece importarle que le haya pillado
engañándome, con las zarpas en la masa.
—Lo mío lo entiendo —le digo al gato cuando Sarah se marcha. La veo un momento correr
calle arriba detrás de un autobús—. Pero que estés dispuesto a pisotear así el recuerdo de
Melanie… Me parece muy mal, Jake. Francamente, muy mal.
Me mira como preguntándose por qué demonios le hablo a un gato. Supongo que tiene
razón. Armándome de valor, vuelvo a la habitación donde Mikey sigue masacrando zombis.
—Trabaja mucho, tu madre —digo, pero Mikey no responde—. Estás un poco cabreado
porque esté aquí, ¿verdad?
Mefalta
hace mira, intrigado
para que mequizá por mi
haga caso, atrevido
todavía usoalgunos
tengo del lenguaje
ases enmalsonante. Bueno,decir
la manga. Puedo si es«joder»
lo que
y «mierda» para demostrarle que yo también puedo hablar como un chaval. Claro que ay,
mierda, joder, ¿a quién trato de engañar? No me interesaba relacionarme con críos ni cuando
yo también era un chaval. ¿Qué sentido tiene intentarlo ahora?
—No necesito que me cuide un adulto —dice—. Están todas las puertas cerradas, no voy a
prenderle fuego a nada y tengo la tele. Puede irse, no se lo diré
d iré a mi madre.
—¿Cuántos años tienes? —le pregunto.
Por lo que he visto hasta ahora, podría tener entre siete años y cuarenta y seis.
—Ya se lo dije, tengo diez años. ¿Por qué lo pregunta, pervertido? ¿Soy demasiado mayor
para usted?
—Mi madre murió cuando yo tenía diez años —digo.
—¿Y? —replica con aspereza, pero baja el mando y añade—: Aunque menuda putada, lo
siento.
—¿Dónde está tu padre? —pregunto acordándome de la sudadera gigantesca que llevaba su
—Bueno,
madre yo enferma,
se puso era un niño.
peroNoyome
no contaron gran hasta
me di cuenta cosa. pasado
Imaginomucho
que querían
tiempo,protegerme.
y entonces Mi
se
murió. Y aunque a mi padre le encantaba hablar de ella cuando estaba vivo, prefería no hablar
de cómo había muerto. Le ponía muy triste.
—Entonces, ¿ahora es huérfano? —Mikey acuna a Jake como si fuera un niño y su carita
hosca se ablanda un poco, dejando ver esas facciones de niño que todavía se le adivinan.
—Bueno, técnicamente sí, casi rondo los cuarenta, así que… no voy a ponerme a cantar
«The sun will come out tomorrow».
—¿Qué? —pregunta hundiendo la cara en la tripa suave de Jake.
No me sorprende que no conozca Annie, pero sí que su comentario haya dado en el blanco
y que una oleada de tristeza invada mi pecho, pillándome desprevenido. Tengo que darle la
espalda de repente y sorber por la nariz mientras busco en los cajones un abrelatas, y hasta
pestañeo para disipar una lágrima que amenaza con caer cuando echo la comida del gato en un
cuenco. Qué tontería. Yo no soy así. Es por culpa de ese absurdo mensaje del contestador, y
por hablar sobre padres y madres con un crío. Todo el mundo sabe que soy un vivalavirgen.
Quiérelas y déjalas si se ponen pesadas, ese es mi lema. Yo nunca me echo a llorar en cocina
ajena. Así que respiro hondo y cuadro los hombros. Mi padre decía que una buena llantina no
le hace daño a nadie. A él se le saltaban las lágrimas a las primeras de cambio, era muy
sentimental el viejo granuja.
—Entonces se murió y ya está. ¿Usted fue al entierro? —pregunta Mikey.
Tardo un segundo en recobrar la compostura. Empiezo a pensar que los niños son como
tigres salvajes: si dejas que olfateen tu debilidad, se abalanzan sobre ti y te arrancan las tripas
de cuajo.
—¿Por qué quieres saberlo? —pregunto.
—Porque mi abuelo se murió y mi madre y mi abuela tuvieron una gran bronca y no
pudimos ir al entierro. Mamá me llevó a ver su tumba después, cuando ya se había ido todo el
mundo. Pero no era más que un montón de tierra mojada. No me cabía en la cabeza que el
abuelo estuviera allí debajo. —Frota la cara contra Jake—. Perdone. No tiene que hablarme de
su madre.
—Sí que fui —digo yo.
Me acuerdo del recipiente de helado; lo pongo sobre la mesa y al quitarle la tapa se oye un
ligero pop. Dentro, entre las hojas de papel de cocina, hay seis magdalenas de chocolate de
aspecto suculento.
—Mi
para madre hace
servirse—. unas
¿Cómo magdalenas
fue? —insiste—.buenísimas —dice Yo
¿Lloró mucho? Mikey, y espera
a veces intentoa que yo coja una
imaginarme que
mi padre se ha muerto y me esfuerzo por llorar, pero no me sale. ¿Usted lloró?
—Sí —respondo—. Lloré mucho, y durante mucho tiempo. Todavía lloro a veces, un
poquito —añado, probando a forjar un vínculo masculino.
—Es patético —dice Mikey, aunque con bastante ternura.
—¿Con tu madre te pones tan chulito? —pregunto yo.
—¿Está de broma? Usted no la ha visto cuando se enfada. —Menea la cabeza y se limpia
unas migas de la boca—. Ni el Increíble Hulk le ganaría.
Querido Martin:
He estado pensándolo y he decidido que quien más te conviene es Dawn. No soy yo, pero dentro de
lo malo es la mejor. Sé lo que estás pensando: dichosa mujer, intentando organizarme la vida desde la
tumba, ¿es que nunca va a dejarme en paz? Pero, Martin, los dos sabemos que eres incapaz de
encontrar ni tu propia sombra sin ayuda. Y yo no podré descansar en paz si tengo que preocuparme
de que andes por ahí sin dar pie con bola. Tú eres un hombre que necesita que alguien le lleve de la
mano, Martin, y creo que Dawn es nuestra mejor opción.
Pero evidentemente no puedes presentarte delante de ella y soltárselo así sin más, como hiciste
cuando me pediste que me casara contigo; estabas rojo como un tomate y tartamudeabas tanto que
tardaste un minuto y medio en preguntármelo.
Tiene que haber un periodo de duelo, Martin. Insisto en ello. El velatorio, el funeral. Quiero un
velatorio como Dios manda, triste y con todo el mundo de luto. Nada de emborracharse, ni de
convertirlo en una juerga. Que solo se sirva té. Lo digo en serio, Martin .
Después, creo que con que pases seis meses solo será suficiente. Ninguno de nosotros está
rejuveneciendo, precisamente. Sobre todo, tú. Además, tratándose de un hombre como tú, en la flor
de la vida, acudirán como moscas a la miel. Especialmente esa Oona Norman, que menea las tetas
con tanto descaro. Cualquiera pensaría que a su edad tendría más luces, pero, entre tú y yo, no creo
que tenga ninguna posibilidad. Puede que te sientas tentado, Martin. No lo dudo, porque eres un
hombre y los hombres tenéis muy poca imaginación en cuestión de tetas y faldas. Pero te conozco y
sé que Oona no te hará feliz el día que lo necesites. Oona no pasaría la aspiradora debajo de los sofás,
Martin. Y habría bolas de pelusa.
Así que, cuando pasen los seis meses, aféitate esa barba ridícula y saca tu mejor traje del armario.
Acabo de mandarlo a la tintorería y lo he guardado con bolas de naftalina, así que tendrás que
airearlo un poco. Y, ahora que lo pienso, más te vale no comer pastelitos de esos que te gustan tanto,
porque no querrás ponerte a buscar novia y que no te quepan los pantalones, ¿no?. Vete a casa de
Dawn e invítala a tomar un café. No le lleves flores ni nada de eso, y no la invites a cenar. Me parece
que sería precipitado. Tomar un café, ir al cine, dar un paseo por el parque o ir a una conferencia de
historia quizá, pero que no sea sobre la guerra. Pasado un mes o así, pídele que se case contigo. Te
dirá que sí: lleva poniéndote ojitos desde que hicimos aquella velada francesa en el club y la
impresionaste con tu manejo del idioma. Y además hace un asado muy rico.
Bueno, Martin, han sido cuarenta años de matrimonio bastante buenos. Eres un buen hombre, un
buen marido y un buen padre. Nunca me has dejado en la estacada ni me has hecho daño. Me has
hecho reír más que llorar, y supongo que eso es lo máximo que puede pedir una mujer.
Me despido ya.
Tuya,
Trudy
15
Stella
La luna casi llena brilla tanto que disipa la perpetua neblina anaranjada, y las calles son un
hervidero, llenas de gente que habrá salido cuando la noche estaba aún por estrenar. No sé
cuál será el motivo: normalmente, cuando falta una hora para que amanezca la calle suele estar
mucho más tranquila. Debe de haber habido algún concierto importante o algún festival en el
que todos los hombres llevaban barba y las mujeres sombrero.
Paro de correr diez minutos antes de llegar a casa y sigo andando con paso cansino y
amodorrado. Ha sido una noche muy larga. Una noche larga y difícil, llena de dolor y de pena,
y de una tristeza casi insoportable de contemplar, y estoy cansada. Estoy muy cansada.
Me he quedado mucho rato con Issy y con su madre, allí sentada, dándole la mano a Thea
mientras lloraba. Los médicos iban y venían. Thea llamó a los abuelos, que estaban cuidando
de su las
entre hijatapas
pequeña, y pasado
del libro un ratotenía
que todavía metíjunto
la carta
a la que Issy
cama. Salímediscretamente
había pedidocuando
que escribiera
llegó su
abuela, pero me paré a abrir una ventana antes de marcharme. Laurie me estaba esperando
junto al mostrador con lágrimas en los ojos. Hemos estado abrazadas un buen rato,
conteniendo entre las dos nuestra tristeza, porque si dejábamos que escapara de los confines de
nuestro abrazo habríamos faltado a nuestro deber.
—Tenemos que ponernos en marcha —ha dicho Laurie sollozando, pasados unos minutos.
Ha sido la primera en apartarse y se ha alisado la camisola para recordarnos a ambas que,
por más pena que sintamos, ese dolor no es nuestro. Yo he asentido con la cabeza.
—Convendría que durmieras un poco —le he dicho a Hope cuando me la he encontrado
llorando, aunque ha sido una bobada decirle eso—. ¿Sabes?, el tiempo que pasaste con ella la
ayudó mucho. Así que no te entristezcas. Le has hecho mucho bien. Y eso significa mucho
para ella ynopara
Grace su madre.
estaba Deberías
despierta cuandoestar contenta.
he ido a verla. Me ha estado mirando un rato en silencio
mientras trabajaba y luego, alargando el brazo, me sujetó la mano.
—¿Qué ha pasado? —me preguntó—. Pareces muy triste. Siéntate un momento y
cuéntamelo.
—No estoy triste —le mentí—. Pero tienes razón, estoy cansada. Ha sido un día muy largo.
—Intenté incorporarme, pero me detuvo.
—Cuéntamelo —ha dicho.
—Hoy ha fallecido una paciente, una chica muy joven. Hace mucho tiempo que conozco a
su familia. Es… Siempre es duro, pero esta vez…
—No sé cómo lo haces —dijo—. Cómo te encariñas con personas que sabes que van a
dejarte. No me explico cómo no te das a la bebida. —Sonríe ligeramente—. A mí, en cambio,
todo me empujaba a la bebida.
—Lo hago porque me parece que es importante —le dije—. Y necesito que algo de lo que
hago en mi vida importe. A veces tengo la sensación de que… En fin, aquí estamos, dando
vueltas por el espacio subidos a una roca, y lo intentamos, todos nos esforzamos por hacer algo
que cuente a lo largo de nuestras vidas, pero… ¿cómo va a importar realmente? ¿Qué puede
cambiar lo que haga una sola persona?
—La bondad lo cambia todo —dijo Grace—. No puedes preocuparte por el resto del
mundo, y menos aún por el resto del universo. Lo único que puedes hacer es mirar a izquierda
y a derecha y tratar de ser amable con quien tengas más cerca. Mi vida empezó a tener algún
significado cuando dejé de pensar solamente en mí misma y empecé a fijarme en todas esas
personas que no tenían a nadie que se preocupara por ellas. Ojalá no hubiera esperado tanto,
pero más vale tarde que nunca. Algo he hecho. ¿Todavía tienes mi carta?
Dudé un momento, sin saber si esta noche precisamente tenía fuerzas para dar
d ar testimonio de
los secretos de otra persona, de sus esperanzas, sus miedos y sus últimos deseos. Claro que a
Grace le hace tanta falta como a cualquiera, y tiene tan poco tiempo como los demás. Sabía
que querría hablar de ello desde el momento en que me dictó la carta. Lo esperaba, en
realidad. Y también esperaba que cambiara de idea.
—Sí —contesté—. Te di mi palabra de que la guardaría hasta que llegara el momento,
aunque… tal vez habría que mandarla ya.
—Debes de pensar que soy una mala persona —me dijo, y a mí me ha costado contestarle.
—Sé que no eres mala persona —le dije—. Me consta que has sido muy generosa con un
montón de gente.
como te has Unatú.
esforzado mala
Peropersona no apremia,
el tiempo se esfuerza tantoy por
Grace, repararpodrías
podrías…, el dañodecir
que la
haverdad,
hecho
aclarar las cosas cara a cara. ¿No crees que sería mejor?
—¿Para quién? ¿Para mí? No me merezco otra cosa, y tampoco me apetece. Cuando una
toma las decisiones que tomé yo, no hay segundas oportunidades, no hay vuelta atrás. —
Cambia de postura en la cama, incómoda y nerviosa.
—¿Ni siquiera para él? ¿Qué me dices de él? Me parece muy cruel. Quizá sea preferible no
mandar la carta.
Los ojos grises de Grace parecían recorrer cada centímetro de mi cara fijándose en cada
detalle, y yo he dejado
dej ado que me mirara, imaginando que estaba haciéndose sus cálculos.
—Necesito saber que sabrá la verdad sobre mí cuando yo ya no esté. Se lo debo. Pero antes
no. Me lo prometiste. ¿Podrás cumplirlo?
—Lo intentaré
—Ponle —contesté—.
empeño. La carta
Déjame pagar por la
misllevo en el bolso.
errores. Ya lo Si
hequieres recuperarla,
pospuesto demasiadote latiempo.
doy.
Necesito pagar.
—Te lo prometo —le dije, viéndola cada vez más acongojada—. Tienes mi palabra.
—¿No me odias? —me preguntó, y me apretó los dedos.
—Claro que no. —Le sonreí con tristeza—. ¿Qué te hace pensar que tus secretos son los
peores que he copiado?
Me miró con suspicacia.
—Además, ¿tanto te importa de verdad lo que yo piense? —añadí.
—Supongo que sí —replicó—. Porque, a pesar de todo el bien que he hecho, sigo
odiándome a mí misma.
Y ahora aflojo el paso casi hasta pararme. Recorrer los últimos metros entre este punto y la
puerta de mi casa es como atravesar un muro de niebla densa y esponjosa: cada paso cuesta
tanto que casi no quiero hacer ese esfuerzo.
Ayer, tumbada en nuestra cama, vi cómo se colaba la luz del día por los resquicios de las
cortinas y se extendía por la pared pintada de verde. Ya estaba pintada de ese color cuando
nos mudamos a esta casa, y yo iba a encargarme de decorarla: pensaba convertir nuestra
habitación en un tálamo sensual mientras Vincent estaba en su última misión en el extranjero.
Compré pintura (un gris oscuro y un rosa profundo y seductor) y hasta busqué un vídeo en
YouTube para aprender a empapelar una pared. Sabía que lo haría chapuceramente y que
mientras estuviera pintando y empapelando no pararía de idear anécdotas divertidas para
contárselas a Vincent la próxima vez que habláramos, para hacerle reír y menear la cabeza y
poner los ojos en blanco. Pero las latas de pintura siguen sin abrir, debajo de la cama, junto
con cuatro rollos de papel pintado estampados con grandes crisantemos. Al día siguiente de
comprar el papel y la pintura, la patrulla de Vincent sufrió la emboscada. Y las paredes se
quedaron así, verdes.
Mientras estaba allí tumbada, permanecía atenta a cualquier sonido procedente de abajo,
confiando en que un ruido en la escalera me avisara de que Vincent subía, de que iba a retirar
sus palabras, a abrazarme y a decirme que lo sentía y que me amaba, a fin de cuentas. Pero solo
había silencio, así que cerré los ojos para no ver la luz, y aun así no me quedé dormida. No
dejaba de pensar en la carta, en la carta de Grace, y en el dolor y las mentiras que ponía al
descubierto. No sé por qué, pero en aquel duermevela, en aquella noche que no acababa de
serlo, mientras las horas se sucedían una tras otra, jalonadas únicamente por el dolor sordo y
constante de Grace
decisión que mis riñones, la carta
confiaba en quedeyoGrace y las
tomase palabras
pareció de Vincent
adquirir se entremezclaron,
un nuevo y la
significado. Como si
lo que fuera a suceder a continuación pudiera cambiarlo todo. Y sin embargo se supone que
nada debe cambiar, al menos hasta que muera Grace. Se lo he prometido. Le he prometido
que no mandaré la carta hasta después de su fallecimiento, y lo que suceda después no será
asunto mío.
Pero para entonces ya será demasiado tarde. Demasiado tarde para Grace, demasiado tarde
para el hombre al que va dirigida la carta, y de alguna forma —no sé cómo ni por qué lo sé, o
por qué lo creo— demasiado tarde también para mí.
Normalmente puedo correr en cualquier circunstancia, hasta cuando estoy enferma, agotada
o dolorida, pero esta noche no. Esta noche tira de mí como un lastre atado a mis tobillos,
estorbándome hasta casi impedirme avanzar. Me paro en lo alto de la carretera que conduce a
nuestra
hace casa.
volar Esteensuele
y caer ser casi
picado, mi tramo favorito
en caída del recorrido,
libre, hacia la serena eltranquilidad
trecho en que la cama.
de mi gravedad me
Ahora,
en cambio, lo único que me apetece es sentarme en la acera mojada y esperar a que la lluvia me
disuelva y me arrastre, capa por capa. Y pienso en cómo sería irse por la cañería y perderse por
fin en el mar, no ser nada en medio de la inmensidad infinita del agua.
Tengo que ponerme las pilas, en serio. Me levanto con esfuerzo, estiro los brazos por sobre
la cabeza y, armándome de valor, echo a correr.
Querida Maeve:
Si supieras cuántas veces te he escrito esta carta, una y otra vez, tratando de encontrar las
palabras adecuadas no solo para ti, también para Kip. Quiero escribir una carta que le haga
justicia, que te demuestre lo que seguro que ya sabes: que era un hombre estupendo, un padre y
un marido maravilloso, un tipo fantástico.
No se me da muy bien expresarme, nunca se me ha dado bien. Cuando estaba en el colegio
no le veía sentido a seguir estudiando y haciendo exámenes, así que cuando me alisté no tenía
un futuro muy prometedor. Siempre he querido expresarme bien, como se expresaba Kip, sobre
todo cuando conocí a Stella. Practicaba cosas que decirle, para conquistarla, y Kip me ayudaba.
Nunca se burló de mí por eso, ni nada parecido. Solo sabía que me había enamorado locamente
de una chica y me echaba una mano. Entendía lo importante que era decirle a una persona
que la quieres. Él ya lo sabía mucho antes de que yo conociera a Stella. Os quería a ti y a Casey
más que nada en el mundo.
Creo que eso era lo mejor de Kip: que te hacía reír y te animaba, y que uno siempre sabía que
podía contar con él. Pero lo que más nos gustaba a todos era que fuera tant an buena persona. Me
acuerdo de que un día nos siguió una perrilla callejera cuando salimos a patrullar, y ladraba y
gemía tanto que revelaba nuestra posición. Los otros compañeros querían matarla, pero Kip dijo
que no. Le dio unos trocitos de galleta para que le siguiera y se la llevó a la base, y la adiestró,
no para que detectara bombas ni nada de eso, sino para que se estuviera calladita y nos hiciera
compañía. La perrita dormía cada noche en un catre. Kip tenía pensado traérsela a casa, para
vosotras. Silky, la llamaba, porque tenía unas orejas muy, muy suaves que se le ponían tiesas si
barruntaba algo.
Lo principal que tengo que decirte sobre Kip es que su muerte fue muy rápida. No sintió
miedoaun
pero ni así
dolor. Fueseenrelajó
nadie una ni
patrulla
bajó la rutinaria; habíamos
guardia. Las cosas nohecho muchas
funcionan así.veces
En laaquel recorrido,
unidad estaba
todo el mundo atento y en su puesto. Fue una emboscada, así de sencillo. Procurábamos estar
preparados para todo. Manteníamos los ojos bien abiertos, nos andábamos con mucho cuidado y
teníamos experiencia, pero a veces… no se puede estar en todo. Silky se paró y levantó las orejas
y nosotros nos paramos, y entonces estalló, así, de repente. No hubo tiempo de reaccionar, ni
de…
16
Stella
unaNuestra
pequeñadesconfianza
parte de sumutua chisporrotea
ser, como en mí,
la hay en el aire,
a laentre
que los dos. Mesimplemente
le gustaría pregunto si no habrá
que nos
acurrucáramos juntos en la cama y durmiéramos abrazados, sin más, y que durante unas pocas
horas deliciosas no pensáramos en nada, en nada en absoluto. Que fuéramos solamente dos
personas que, juntas, mantienen el mundo de fuera a raya. ¡Cuánto me gustaría apoyarme en
él, descansar la cabeza en su hombro, quedarme dormida oyendo el latido de su corazón! Me
permito el lujo de reclinarme en él, más bien de rozarle, en realidad.
Vincent se mantiene muy erguido, con esa tenacidad reconcentrada de quien intenta
disimular la borrachera.
—Creía que a lo mejor no volvías después de lo que pasó, de lo que te dije.
No puede mirarme a los ojos. Parece sumamente triste y abatido por esta falta de
comprensión, por este vacío que hemos creado entre los dos sin saber cómo. Espero que diga
algo más; que sea amable y tierno, que me diga que no lo decía en serio. Espero que lo retire
todo. Haciendo un esfuerzo supremo, coloco una primera piedra, confiando en que siga mi
ejemplo.
—No pasa nada, ¿sabes? Lo entiendo —digo inclinándome un poco hacia delante—. Sé que
estás enfadado y que hay cosas que todavía te atormentan. Cosas que crees que no puedes
contarme. Lo entiendo. Pero hace falta mucho tiempo para recuperarse, Vincent. Mucho
tiempo. Si dejaras que te…
—Tú no tienes ni idea de lo que hace falta —replica bajando la taza—. No tienes ni idea.
Dices lo que te han enseñado a decir en tus cursos de formación. Dices las mismas cosas una y
otra vez, pero tú no estás aquí dentro. —Se toca la sien con dos dedos—. Si estuvieras aquí
dentro… No te gustaría, ni te gustaría yo. Si estuvieras aquí dentro, cambiarías de idea y me
dejarías. La cuestión no es solo acostumbrarse a esto. —Mueve el muñón de la pierna
bruscamente, como dando una patada—. Ni aprender a andar otra vez, ni mirarme al espejo y
ver una y otra vez, grabado en mi piel para siempre, el momento en que mataron a mis
compañeros. Ni siquiera se trata de eso. Tú no puedes entenderlo. Y no tienes ni idea de lo
que es, así que, por favor, deja de esforzarte tanto. Es…, es absurdo.
Otra vez lo mismo, otro de sus intentos de conseguir que me vaya. Supongo que llegará el
día en que lo consiga. El día en que obtenga lo que quiere, si es que es eso de verdad lo que
quiere. Pero hoy no; hoy estoy demasiado agotada.
—El caso es —digo con cautela— que yo no creo que sea absurdo. No lo creo porque…, si
lo creyera, no querría seguir intentándolo. Vincent, ¿no crees que si pasamos un tiempo juntos,
para
dormirvolver a conocernos,
por las noches? casi desde cero, tal vez podría entender qué es lo que te impide
No me contesta. Tiene la mirada fija en el suelo. Ni siquiera se encoge de hombros para
indicarme que me ha escuchado.
—A veces, sin querer, nos distanciamos… No, no es eso. Desde que volviste no hemos
parado de alejarnos, segundo a segundo. Hemos cogido cada cosa, cada recuerdo y cada
sentimiento que nos unía y lo hemos tirado a la basura. Tú no puedes dormir, así que nunca
vienes a la cama. Y yo no puedo dormir sin ti, así que me quedo despierta mirando el techo.
No quieres que esté contigo por las noches, cuando te emborrachas y escuchas música a todo
volumen para no oírte pensar…
Cojo sus preciados auriculares y, tratando de que me mire, arranco del enchufe el cable que
los conecta al equipo de música. Funciona: me mira mientras me enrollo atropelladamente el
cable alrededor
conversación condel puño,No
Grace. pero
sé sisigue sin hablar.
es porque sé queNo sé si será porellaamor
la complicidad, muerte
quedecompartíamos,
Issy o por la
sigue ahí, en alguna parte, y él prefiere mantenerlo a raya. Pero me niego a seguir así. No
puedo seguir callándome.
—Por eso solamente trabajo de noche —añado, y vuelvo a tirar los auriculares sobre la mesa
baja, obligándole a mirarme—. Por eso me voy justo cuando empiezas a desmoronarte. Y de
pronto tengo la impresión de que nuestra vida se ha convertido en una puerta giratoria: yo
entro, tú sales. Y no me extraña que no sepamos qué decirnos cuando nos cruzamos, porque
ya no sabemos nada el uno del otro… Los dos tenemos secretos, pero creo…, creo de verdad
que quizá, si nos permitimos estar juntos, a lo mejor eso puede cambiar. Y si cabe la
posibilidad de que volvamos a estar juntos deberíamos aprovecharla, ¿no crees?
Coge su taza de café y se la bebe en un par de tragos a pesar de que todavía humea.
—Vincent, por favor… ¡di algo!
Traga y vuelve a dejar la taza.
—¿Te acuerdas del día que te pedíped í que te casaras conmigo? —pregunta sin mirarme.
El recuerdo aflora de inmediato, tan brillante como una llama recién encendida.
—Claro que me acuerdo. —Sonrío, indecisa—. Fue el momento más feliz de mi vida. Hacía
un día precioso, soleado y radiante, y habíamos estado por ahí toda la noche. Me estabas
preparando una taza de té y me mirabas tumbada en la cama, y al ver lo desordenada que tenía
la habitación dijiste: «No durarías ni cinco minutos en el ejército. Eres demasiado caótica».
Sonríe tenuemente, pero sé que se acuerda tan bien como yo.
—Y tú dijiste: «Bueno, te lo advertí desde el principio; te avisé de que soy una holgazana»
—me recuerda—. Estabas allí tumbada, en la cama, sin nada encima. Y eras…, eras la cosa
más bonita que había visto nunca.
Hace una eternidad, o eso parece, que no me siento tan a gusto con mi propio cuerpo, ni tan
segura de cómo me mira Vincent. Ahora, cuando lo pienso, me cuesta creer que alguna vez me
haya sentido tan segura de su amor, pero así era. Estaba tan inmersa en él que no dudaba ni
por un momento del deseo que sentía por mí, por mi vientre blando y redondeado y mis
muslos carnosos, por mis pechos, tan empequeñecidos por todo el peso que he perdido, y por
mi larga maraña de pelo. Cuando lo pienso, me parece un sueño.
—«Eres un obseso del orden», eso fue lo que te dije. Y también te dije: «Somos
completamente incompatibles. No sé qué ves en mí».
La presión de su hombro contra el mío aumenta, solo un poco.
—Y yo Hacemos
maravilla. te dije: «Yo tampoco
el amor mejor loquesé,nadie.
comoEnnocuestión
sea quedeensexo,
la cama
somosnos
losentendemos de
campeones del
mundo».
Nos reímos los dos al recordarlo con una risa tímida y apocada, no como las sonoras
carcajadas que compartimos entonces, cuando él se esforzó por poner el té que me había
preparado en el pequeño espacio libre que quedaba en mi mesita, llena a rebosar de
maquillaje, tazas de té vacías y pendientes desparejados, y donde acabó por enfriarse.
Vincent busca mi mano y, aunque no decimos nada, me doy cuenta de que está recordando
lo mismo que yo, lo que sucedió a continuación. El contacto de sus dedos entrelazados con los
míos me embelesa como un hechizo.
Sentado a horcajadas sobre mí, me cogió de las manos y se llevó mis dedos a los labios para
besarlos.
—Quiero
—Sí, clarocasarme
—me reícontigo
yo. —dijo.
Llevábamos juntos dos años, pero el tiempo que habíamos pasado juntos en la misma
habitación sumaba menos de uno.
—Sí, quiero casarme contigo. Te quiero, Stella. ¿Nos casamos?
Yo le aparté, sintiéndome vulnerable de pronto, y me tapé los pechos con la sába
sábana.
na. Supe en
ese momento cuánto le quería y supe también, precisamente por ello, hasta qué punto podía
hacerme daño, y no quise que bromeara sobre algo que, sin haberlo sabido yo hasta ese
instante, significaba tanto para mí.
—No me tomes el pelo —le dije—. No me líes.
—¿Es que no me quieres?
—Claro que te quiero, tonto —contesté—. Ya sabes que te quiero más… de lo que
esperaba. Pero ¿a qué viene esto ahora?
—A que he tenido compañeros que han acabado muertos o muy tocados —dijo—. Voy a
volver al campo de batalla y, antes de irme, quiero asegurarme de que estarás bien, ya sabes,
un—Por eso En
cojín—. no podemos
realidad casarnos:
no sabes porque
nada deenmí.
realidad no tienes
Llevamos ni idea
juntos de cómo
mucho soy. pero
tiempo, —Le casi
tiré
siempre separados. No conoces a mis padres. Sigo siendo tu nuevo ligue. Todavía estamos en
el periodo de luna de miel.
Vincent se inclinó sobre mí, metió las manos bajo las sábanas y recorrió con los dedos mis
muslos y mi pubis.
—Sé muchas cosas de ti —dijo—. Sé que te gusta esto.
—Ser campeones en cuestión de sexo no garantiza un buen matrimonio —murmuré yo,
cerrando los ojos y echándome hacia atrás.
—¿Por qué no? —musitó Vincent mientras sus labios se deslizaban entre mis pechos—.
¿Por qué no basta con eso? Las demás cosas podemos hacerlas después. Porque no sé qué es lo
que todavía no conozco de ti, pero estoy seguro de que me va a encantar, o por lo menos de
que no de
dentro meunmolestará,
mes y medio porque esto nos
me casaré hace perfectos
contigo, el unoSeré
Vincent Carey. para
tu elseñora».
otro. Di que sí. Di «Sí,
Y yo dije sí, sí, sí, Dios mío, sí.
Dándome cuenta de que he cerrado los ojos al sentir en lo hondo de mis entrañas un eco de
aquel instante delicioso, vuelvo a abrirlos y encuentro a Vincent observándome. Me mira a los
ojos y yo me hundo en los suyos, en ese azul clarísimo, en esos dos estanques de pureza
perfecta, contenta de poder zozobrar en ellos.
—Por lo que sentía por ti en aquel momento, Stella —dice—, no quería perder tiempo.
Quería que fueras mi mujer, que fueras mía. Sabía que iba a volver a Helmand para otra
misión y antes de irme quería saber que tenía una mujer en casa. Una familia. En aquel
momento, quería que todo fuera correcto. Te quería, a ti, entera. Con tu pelo rizado y tus
manos
—Y preciosas, y las cosas
me conseguiste —digotiradas
yo—.porMeel conseguiste.
suelo de tu habitación.
Te dije que sí y nos casamos en cuanto
pudimos. No hubo carruaje de cuento de hadas. Solo tú y yo y tus compañeros y mis padres, y
algunas chicas del trabajo, y un montón de confeti y después el pub. Lo hicimos. Formamos
nuestra propia familia. O al menos la empezamos. Éramos tan felices, Vincent, ¿no es cierto? Y
podemos volver a serlo, ¿verdad que sí? ¿De veras me estás diciendo que no podemos volver a
ser así de felices?
—Sí —contesta, no sin amabilidad—. Eso te estoy diciendo. Te estoy diciendo que no
podemos volver a ser así de felices, Stella, y tú no quieres darte por enterada. Nos casamos
cuando apenas nos conocíamos. Nunca nos hemos conocido de verdad. El hombre con el que
te casaste, el hombre al que quieres, ya no está. Y no va a volver. Nunca. Yo ya no soy ese,
Stella. Puedo aprender a caminar otra vez, y a correr y a montar en bici. Pero no puedo
aprender a quererte, ni a ti ni a nadie. Nunca más. Esa parte de mi ser desapareció en la
incineradora junto con mi pierna. Si te quedas aquí y tratas de quererme y de hacerme feliz, o
si esperas que yo te haga feliz, quiero que sepas que eso no va a pasar. No puedo volver a ser
como era antes. Y tú tampoco. No sé si podemos vivir juntos, y mucho menos querernos,
siendo dos personas tan distintas, habiendo cambiado tanto desde que nos conocimos.
—Sí —insisto, porque no sé dejar de insistir—. Sí que podemos. Porque yo todavía te
quiero.
No dice nada, pero de su pecho emerge un ruido de exasperación, penoso y ronco.
—Mira,unnopoco
alejarnos has de
dormido ni estás
esta vida. ¿Quésobrio. A los
te parece dos nosunhace
si damos falta
paseo pordescansar. Necesitamos
la calle? Podemos ir a
ese sitio turco como hicimos todas las noches durante una semana, cuando compramos la casa.
¿Y si tomamos una copa y charlamos, no de lo que ha pasado, ni de nada en concreto?
Podemos charlar de cualquier cosa, como hacíamos antes. Estar juntos, nada más. Me gustaría
muchísimo, Vincent. Podríamos tomarnos un descanso, ¿no crees? Dejar de lastimarnos el uno
al otro y… simplemente tener una cita, pasar un rato juntos y ver cómo nos sentimos.
—Has estado corriendo —dice fijándose de pronto en mí.
—Sí. —Sin saber por qué, como si quisiera que me dé buena suerte, me toco la puntera de
la zapatilla—. Todos los días voy al trabajo corriendo, y vuelvo. Por eso he adelgazado tanto.
No sé por qué no te lo había dicho. Todavía podrías darme mil vueltas. Corro, corro mucho.
Me… ayuda a soportar lo mucho que te echo de menos.
Se ohace
pena un silencio
de rabia, y unamomentáneo. Veo crisparse
especie de agotamiento los músculos
invade su cuerpode su mandíbula,
visiblemente, no sélarga
en una si dey
continua oleada. Por un instante, al menos, está derrotado.
—Odio hacerte daño —suspira—. Estoy harto de hacerte daño. De acuerdo. Esta noche
iremos a ese sitio turco. Cenaremos y tomaremos una copa de algo. Me parece bien. Joder,
ojalá no te estuviera haciendo sufrir tanto. Daría cualquier cosa por no hacerte daño.
—Ojalá supiera yo qué hacer. —Estiro el brazo y cojo sus manos—. Ojalá supiera cómo
recuperarte.
—No puedes. Ya no estoy aquí —afirma.
—Sí que estás aquí, estás aquí. —Apoyo la mejilla en sus nudillos—. Te siento.
Vincent aparta mi mano de su cara.
—No quiero estar aquí así —dice—. Quiero ser el que te levantaba en volandas, te cargaba
al hombro y te subía arriba. Quiero ser el que medía quince centímetros más que tú, como
cuando tenías que ponerte de puntillas para besarme.
—Pero si sigues siéndolo…
Querido Tú:
A veces cuesta no hundirse, no caer en la desesperación. A veces sientes que te empeñas demasiado,
que andas siempre cuesta arriba sin llegar nunca a la cumbre. Sé que es eso lo que sientes: no hace
falta que me lo digas. Y sé que intentas ocultármelo. Que intentas poner buena cara por mí, pero no
hace falta.
Sé que a veces los días te pesan sobre los hombros como un lastre y te parecen fríos y miserables,
hasta en pleno verano. Sé que a veces no le ves sentido a levantarte de la cama, y que solo te levantas
por mí. Porque te necesito.
Yo pronto me habré ido y tú tendrás que seguir levantándote de la cama. Tienes que hacerlo. Y
tienes que seguir yendo a la compra, y al trabajo, y a sacar al perro a dar un paseo. No puedes pararte
solamente porque yo me pare. Tienes que seguir viviendo. Tienes que vivir.
Pide ayuda. Cuéntale a la gente cómo te sientes, lo mal que lo estás pasando. Si te sientes solo y
no sabes qué hacer, dilo. Si sientes que dar un latido tras otro se te hace insoportable, no te lo calles.
Si me quieres, vive. Es el legado que más deseo. Quiero que vivas.
No solo que vayas tirando día a día, desde ahora hasta la próxima vez que te vea, sino que vivas y
rías y seas mil veces más feliz que antes. Vive, amor mío. Vive.
Yo x
LA QUINTA NOCHE
17
Hope
—Vamos fuera —propone Ben, y por un segundo pienso que se refiere a que salgamos a jugar
como cuando éramos pequeños: a inventar juegos complicados, en los que él fingía ser un
jugador de la Premier League y yo una princesa guerrera con un dragón.
dragón.
—Vamos fuera a tocar. A tocar a la luz de la luna y las estrellas, por Issy —insiste.
Yo pensaba que a lo mejor no volvía, después de la vergüenza que pasó ayer por el asunto
del beso, y porque luego yo no pudiera dormir, ni parar de llorar, ni dejarle marchar. Se quedó
mucho rato y me dejó llorar. Se quedó mientras yo hacía mis ejercicios, a pesar de que no tenía
ni pizca de ganas de hacerlos, y hasta que, algún tiempo después, me fui a dormir. Fue todo un
poco dramático, y sé que no le gusta nada el dramatismo. Por eso pensaba que a lo mejor esta
noche no venía. Pensaba que a lo mejor se iba al pub, o a casa de un amigo, y no se lo habría
reprochado, y sin embargo aquí está, nada más salir del trabajo, llevando todavía la camisa del
uniforme y la chapita de su nombre.
Me quedo mirando el reflejo de mi habitación en la puerta de cristal, tratando de
imaginarme sentada en esta cama, intentando descubrir quién soy de verdad. Quién es esta
mujer, esta nulidad que no ha hecho nada, que no ha estado en ningún sitio y que, tarde o
temprano, seguramente más pronto que tarde, estará en el hoyo sin haber dejado tras de sí
ninguna huella de su existencia. Me veo a mí misma solo por un instante: un espectro en vida.
Y me siento terriblemente desilusionada conmigo misma.
—Estamos en noviembre —le recuerdo a Ben.
—Pero se está bien —dice—. Hace calor. Seguramente será por el calentamiento global o
algún rollo de esos. Y anoche, cuando te quedaste dormida, como no soportaba irme a casa,
me fui a dar una vuelta por el
e l jardín y quiero enseñarte una cosa…
—Esomi
Coge suena un poco
guitarra y meamenazador —digo yo.
lanza una bufanda.
—Póntela —dice—. Por si acaso hay una tormenta de nieve. Venga. Ha pasado algo muy
triste. Se lo debemos a Issy, hay que honrar este momento, y dos chavales siniestros, dos
marginados como tú y yo, solo saben hacerlo de una manera: con canciones fúnebres e
introspección.
Tiene razón, desde luego.
Fuera reina una extraña quietud cuando le sigo por el patio (así lo llaman, al menos, en un
rasgo de optimismo) y por un caminito que se aleja hacia el canal.
ca nal. Sigo a Ben por lo que pronto
se convierte en un sendero pedregoso que se pierde de vista entre la espesa franja de árboles
que bordea los terrenos de la residencia. Finjo que la luz que se cuela de soslayo entre los
árboles procede de la luna y no del resplandor de un millar de farolas. Las extrañas sombras
dan al camino un toque mágico, casi irreal. Quizá, si sigo caminando detrás de Ben, llegue a
Narnia o al País de las Maravillas.
Ben se detiene y me indica que espere. No sé por qué, pero no hablamos; solamente
escuchamos los sonidos de la noche a nuestro alrededor: el viento entre los árboles, el
murmullo del mercado, más allá, y, más allá todavía, el estrépito de los trenes, y la inmensidad
de la urbe, chisporroteante de vida. Ben manipula algo delante de mí mientras espero con el
oído atento, inclinándome hacia el silencio, esforzándome por captar una nota fugaz de algo
desconocido. Y entonces, de repente, veo el fulgor de una llama sobre el tocón de un árbol, y
luego otro, y otro. Un momento después, un pequeño círculo de velas nos rodea, dejando ver
un grupo de bancos de poca altura hechos de troncos mal cortados, que convergen en un gran
trono de madera labrada. Recuerdo vagamente que Stella le dijo a mi madre que en el Marie
Francis se celebraban sesiones de cuentacuentos para niños enfermos y chavales que habían
perdido a algún ser querido. Cuentos y juegos de rol: formas de ayudarles a soportar las
múltiples facetas de la pena. Este debe de ser el sitio especial del que hablaba Stella: el lugar al
que acuden los niños para intentar comprender la muerte. Me pregunto si Issy vino aquí
alguna vez.
Ben se sienta en un banco, saca su guitarra y se la apoya en la rodilla.
Por un segundo me parece mal estar aquí, en este lugar, como si fuera en cierto modo un
allanamiento. No tanto por el sitio en sí, sino por los sentimientos a los que otros han hecho
frente en este rincón, por las realidades que de algún modo han asimilado personas mucho más
jóvenes y valientes que yo. Y aun así me siento y me apoyo la guitarra en el regazo. Veo a través
de los árboles las luces del Marie Francis, que brillan con fuerza en los catorce ventanales. La
habitación de Issy sigue a oscuras esta noche. Mañana volverán a encender las luces.
Se escucha el traqueteo de un tren al otro lado del canal, y persiste el eterno runrún del
mercado. Pero no les presto atención. Me repliego en este pequeño mundo y finjo que lo único
que importa en esta vida es la luz de las velas y la luna, y las estrellas, y Ben.
Él se pone a cantar otra vez la canción en la que estamos trabajando, la que empecé yo y él
recogió y convirtió en algo brillante. Escucho su voz solitaria durante unos compases y luego
mis dedos comienzan a moverse sobre las cuerdas de la guitarra: se afanan, piensan, se
acompasan para que la canción tome cuerpo. Y después, súbitamente, como ocurre siempre,
llega un punto en que ya no tengo que pensar lo que hago, simplemente estoy ahí, en ese
instante, inmersa en la música, y forma parte de mí, y atraviesa mi corazón y se difunde por
todas mis terminaciones nerviosas. El gozo y la determinación inundan mi pecho y siento que
estoy Ya canto
Ben. punto no
de solo
estallar
por de
ellacertidumbre. Pienso
sino para ella, en Issy
porque, por yabsurdo
en cuánto
que leparezca,
gustabadurante
oír cantar
unosa
instantes me parece sentirla cerca de mí. Es una sensación muy rara, muy especial, y enseguida
se acaba.
El bosque está completamente desierto; solo estamos Ben y yo y las sillas vacías de los niños.
El ruido de fondo de Londres se vuelve apremiante y Ben se inclina un poco hacia delante, y
tengo la impresión de que trata de mantenerlo a raya por la fuerza.
—Sé que quieres saber por qué te besé y por qué confiaba en que hubieras olvidado que te
besé —dice por fin—. Te besé porque inspiras muchas ganas de besarte y porque estaba muy
borracho. Tan borracho que me olvidé de que no estás en la lista de personas con las que se
puede ligar tranquilamente.
Quiero decir algo, pero Ben se me adelanta.
—Fue como una experiencia extracorporal: me veía a mí mismo, pero no me oía decirme a
mí mismo «no seas capullo». Y allí estabas tú, tan guapa y tan triste que me daban ganas de…
—¿De qué? ¿De consolarme? ¿De besarme por lástima?
—No, no quería hacer nada —puntualiza Ben—. Solo era un deseo. Te deseaba. Por eso te
besé. Y lo siento mucho. Lo siento porque sé que estuvo mal. Ese momento hizo peligrar esos
otros millones de momentos que significan tanto para ti y para mí. Me dejé llevar por mis
genitales. Me dominó la lujuria, un segundo o dos. Y entonces tú me apartaste de un empujón
y solamente pude pensar: «Dios mío, ¿qué he hecho? ¿Lo he echado todo a perder?»
—Me resulta muy difícil saber cómo procesar esa información —le digo agachando la
cabeza.
—Y entonces te pusiste muy enferma y estuviste a punto de morirte. Hope, tú siempre crees
que eres tú quien me sigue a mí , que soy yo quien lleva la voz cantante, pero nunca has
entendido cuánto te necesito. Te necesito aquí, en este mundo, viva, amiga mía, porque… Si
fui yo, si por mi culpa te pusiste enferma, si fui yo quien estuvo a punto de matarte, jamás me
lo habría perdonado. Y te necesito. Sin ti no soy más que un pobre capullo que trabaja en una
tienda de telefonía.
Nos quedamos callados cerca de un minuto. Sopla la brisa en las copas de los árboles y se
oye el lamento lejano de una sirena, anunciando una tragedia remota. En algún sitio tintinea un
carillón de viento.
—Puede que no fuera por tu culpa por lo que me puse enferma —le digo—. Y, aunque
fuera por ti, ¿qué más da? A fin de cuentas, cada vez que asomo la cabeza a la calle es como
jugar a la ruleta rusa, ¿no? Enfermé y la Muerte vino a rondarme, y le dije que se fuera a la
mierda. Durante un tiempo pensé para mis adentros en echarte a ti la culpa. Ya sabes lo
dramática que me pongo a veces. Pero no te culpo. Ya no culpo a nadie de nada. Creo que ya
lo voy captando, el sentido de la vida… Me parece que el meollo de la cuestión es que la única
persona que puede mejorar mi vida soy yo misma. Bueno, y la ciencia médica, y las
organizaciones benéficas y los médicos y todo eso, pero principalmente yo. Porque, aunque no
pueda curarme, puedo optar por ser feliz. Igual que tú puedes optar por no ser un pobre
capullo que trabaja en una tienda de telefonía.
—Muy profundo, pero no estoy del todo seguro de que sea cierto. A fin de cuentas, solo
tengo aprobadas cuatro asignaturas de bachillerato, y una de ellas es teatro.
—Mira, vamos a volver a ser los de siempre —digo—. Ben y Hope, dos perdedores. Porque
puede que tú me necesites, pero yo también te necesito a ti. Así que nos olvidamos del asunto
del beso.
vivos, aquíHemos
y [Link] de ello,
Deberíamos y ahora…
estar haciendopodemos
las cosas olvidarlo.
que hace Somos
la gentejóvenes y estamos
joven. Eso fue lo
que me dijo Issy que hiciera. Me dijo «hazlo todo, hazlo por mí». Y ya sabes que se me da fatal
hacer cosas sola, así que necesito que me ayudes a hacerlo todo por ella. Volvemos a la
normalidad y no hablamos del beso nunca más.
—Vale —asiente Ben—. ¿Hablar de qué?
Me río, y esperamos a que se restablezca una normalidad reconocible para los dos.
—Bueno, vamos a arrasar la noche del micro abierto —dice Ben por fin—. Tu amiga estaría
orgullosa.
—¿De verdad crees que vamos a arrasar? Una cosa es cantar en un bosque donde nadie te
oye y otra muy distinta cantar delante de un montón de gente que también cree que va a
arrasar en la noche de micro abierto.
—¿Y qué es lo que te preocupa? ¿Hacer el ridículo?
—No, me preocupa… —Tengo tantas preocupaciones listas para salir que se me agolpan las
palabras en la boca, pero hago lo que hago siempre: tragármelas—. ¿A ti no te da miedo hacer
parecidas. La única vez que he practicado el sexo duró menos de dos minutos y la verdad es
que fue bastante deprimente. ¿Puedes hacerme ese favor? Quiero sentirme otra vez así, como
me sentí después del beso. Quiero sentirme viva.
Ben parece primero perplejo y luego aterrorizado. Después, se queda pensando un rato.
—Sí —contesta—. Sí, vale, de acuerdo.
18
Hugh
Sarah abre la puerta cuando estoy recorriendo el camino de entrada a mi casa, y me doy cuenta
de que me alegro de volver a verla: he estado pensando en ella.
Anoche, cuando volvió del trabajo, yo me había quedado traspuesto delante de la tele y
Mikey ya se había ido a la cama. De pronto noté su peso en el sofá y, al abrir los ojos y
volverme para mirarla, la vi hundida en los cojines envolventes, y su perfil nítido y su naricilla
dibujaban una pista de esquí perfecta. Olía ligeramente a lejía, y tenía un roto en la rodilla de
los pantalones de chándal y las botas muy desgastadas. Estaba despeinada, sus manos se veían
cuarteadas y frías, y había cerrado los ojos, sombreados de oscuro. Estaba demasiado cansada
para hablar. Mientras la miraba, su respiración se interrumpió un momento, y fue haciéndose
más lenta a medida que se zambullía en el sueño que tanto necesitaba, tras quedarse dormida
en el primer sitio donde había podido sentarse.
—¿Qué tal ha ido? —le pregunté, porque me parecía mal dejarla allí dormida, con el largo
día inconcluso.
Abrió los ojos pestañeando y suspiró.
—Bueno, ya sabes, limpiando lo que otros ensucian. Siempre lo mismo. —Alargó una mano
exhausta que cayó pesadamente sobre mi rodilla con un ruido sordo—. Pero gracias. Me has
salvado la vida.
Antes de que me diera tiempo a contestar, se apoyó en mi pierna para levantarse
cansinamente y la seguí al pasillo, sabiendo que estaría deseando meterse en la cama para
dormir unas horas.
—Buenas noches —dijo, apoyándose en la puerta al abrirla.
Y, justo antes de que yo saliera, se puso de puntillas y me dio un beso
be so en la mejilla. En eso es
en —Hola,
lo que heHugh
estado pensando.
—dice ahora.
—Hola, Sarah —contesto—. ¿Va todo bien?
—Espero que no te importe. Quería darte las gracias por lo de anoche, por quedarte con
Mikey, así que te he preparado un guiso. No es nada del otro mundo, lo he hecho con lo que
tenía en casa. Ni siquiera tienes que comértelo si no quieres.
—Bueno, eso sería una estupidez —contesto—. Huele de maravilla, mejor que la pizza que
tenía pensado pedir.
—Seguramente te parezco muy rara. —Se ríe al pasarme una fuente envuelta en un paño de
cocina—. En el último sitio donde viví nadie hablaba con nadie. Nos pasábamos la vida
intentando no cruzarnos. Pero recuerdo que mi abuela contaba que, en sus tiempos, su vecina
y ella estaban siempre la una en casa de la otra, y eso… Siempre he pensado que debía de ser
agradable vivir así.
La cara que pongo debe de ser muy expresiva, porque se echa a reír.
—No te preocupes, no intento encasquetarte otra vez a mi hijo. Pero creo que si alguien es
amable contigo tienes que devolverle el favor, ¿verdad? De eso se trata, digo yo. Vamos, creo.
—Sí.
Me descubro sonriendo y al coger la fuente noto que está bastante caliente a pesar del paño,
lo que resulta un poco incómodo, porque Sarah no parece tener ganas de irse todavía.
—Mikey me ha dicho que eres huérfano —comenta, preocupada.
—Bueno, mis padres murieron —contesto—. Pero, como le dije a Mikey, no creo que, si
eres mayor de edad, eso cuente como orfandad.
—¿Y vives solo?
Sus ojos oscuros, rodeados por espesas pestañas, se alargan y forman un triángulo rebosante
de compasión. Me tiene lástima, lo cual es muy amable, aunque también algo desconcertante.
—Pues sí, pero no me molesta. Llevo vida de solterón, ya sabes.
Asiente, comprensiva, y me doy cuenta de que sin querer me he mostrado patético.
Me cambio el peso de la fuente de una mano abrasada a la otra.
—Pero la verdad es que me gusta, ¿sabes?
No, eso ha sonado aún peor, da la impresión de que me he puesto a la defensiva. Ahora va a
pensar que soy un pobre hombre solitario que solamente habla con su gato. No, qué va, ni
siquiera sabe lo de Jake y lo de nuestras conversaciones unívocas. ¡Cree que soy aún más
patético que una persona que vive sola con su gato!
—Oye, no te lleves eso a casa. ¿Por qué no pasas y cenas con Mikey y conmigo? Tengo más
comida, y también patatas, y verduras y esas cosas. Procuro que Mikey coma sus cinco raciones
de fruta y verdura al día. Déjame que hoy me asegure de que tú también las comes.
—No puedo —digo, apoyando la fuente en el murete.
De pronto me ha entrado el pánico al imaginarme la expresión dulce de su cara
compadeciéndose de mí toda la noche.
—¿Por qué? —Mira la fuente, y me doy cuenta de que parece que se la estoy devolviendo.
—Por el trabajo, por mi trabajo. Soy conservador de una colección privada, en un museo, y
estoy preparando una exposición nueva, y tengo muchísimas cosas que hacer, así que…
—Pero tendrás que comer, ¿no? —pregunta—. ¿Cómo vas a trabajar si no te alimentas?
Venga, pasa antes de que esto se enfríe. Solo para cenar con nosotros. A Mikey le gusta tener
un hombre con el que hablar de vez en
e n cuando, y puedes irte en cuanto tomemos el pudin.
—¿El
Jake pudin,
está dices? —No
acurrucado en el puedo
regazoseguir resistiéndome
de Mikey a su yamabilidad—.
cuando entro ni siquiera meBueno, si insistes.
lanza una ojeada
que indique una pizca de lealtad.
—Hola, Mikey —digo, y le saludo moviendo la mano de una manera extrañamente
maquinal, como un robot.
—Hola, Hugh —contesta imitando mi acento de clase media y mi gesto. Pero no me ha
llamado pervertido: algo es algo.
Sigo a Sarah a la cocina, donde pone la mesa, que es pequeña y cuadrada y en la que solo
caben dos personas cómodamente, y sin embargo veo que se esfuerza por colocar tres pares de
cubiertos. Tiene la melena tan oscura como los ojos, muy lisa y acabada en una línea desigual,
justo por encima de los riñones. Viste unos vaqueros muy apretados y otra sudadera ancha y
enorme. Es casi como si se vistiera para ser invisible. Intento no imaginarme qué aspecto tiene
su cuerpo bajo el jersey inmenso, pero calculo que puede ser un cuerpo de bailarina: ligero y
fibroso, flexible y misterioso. Rectifico: intento no imaginarme cómo es su cuerpo, sin
conseguirlo.
—Tengo la sensación de estar molestando —digo, desconcertado de pronto por mis propios
pensamientos—. Puedo irme, en serio. Este es un momento para estar en familia, no querrás
tener a un extraño por el medio.
—No digas tonterías —replica Sarah, y se aparta de la mesa minúscula, puesta
precariamente, sacudiéndose mi declaración como si fuera una migaja—. Con nosotros no
tienes que andarte con cumplidos. Solamente vamos a cenar, no a debatir de política ni de ese
Shakespeare o como se llame. Ya está, no ha quedado mal, ¿verdad? ¿Una cerveza?
Derrotado por su completo desinterés por mi protesta, asiento sin decir nada y me pasa una
de las cuatro latas de cerveza
ce rveza que tiene en la nevera.
—Bueno, háblame de tu trabajo. La cena se calienta enseguida —dice mientras abre una
cerveza para sí misma.
—A la mayoría de la gente le parece muy aburrido —le aseguro—. Pero a mí me encanta.
—¿Consiste en limpiar los váteres de una oficina?
Niego con la cabeza.
—Entonces ya me ganas.
—Muy bien. —Me encojo de hombros—. Pero creo que ya te he contado lo más
importante. Trabajo en una colección privada, en un museo. Soy historiador, conservador de…
—Se me ocurre explicarle qué alberga exactamente el museo, pero me refreno. No quiero
alarmarla—. De antigüedades victorianas. Me paso el santo día rodeado de un montón de
trastos viejos, y la verdad es que es mi trabajo ideal. Y ahora el patronato quiere que monte
nuestra primera exposición abierta al público para que les den una subvención que ayude a
costear los gastos de mantenimiento del año que viene, y está siendo muy estresante, la verdad.
Pero supongo que, si no hago lo que se espera que haga, el museo podría cerrar.
—Pues a mí hoy se me atascó la aspiradora cuando estaba pasándola debajo de una mesa y,
cuando conseguí quitar el tapón, vi que era un condón usado, así que podría ser peor.
—Evidentemente, podría serlo —convengo yo, y no puedo evitar sonreír mientras ella
tritura unas patatas hasta hacerlas papilla.
—¿Siempre hablas así? —pregunta, divertida—. Como Sherlock Holmes.
—No tengo ni idea —contesto—. Tendrás que decírmelo tú. Creo que no. En todo caso,
creo que no lo hago a propósito. Me gusta pensar que soy el más guay y el más moderno de los
historiadores
Me mira. que conozco.
—Llevas pajarita.
—Pero con intención irónica —protesto, aunque empiezo a sospechar que tal vez Mikey
tenga razón al respecto—. ¿Te resulta difícil? ¿Arreglártelas tú sola con Mikey?
—A veces a una le cuesta no darse por vencida —responde, y apaga el fuego en el que
estaba calentando una sartén de verduras—. Es duro tener un trabajo de mierda que siempre
va a ser un trabajo de mierda, y también tener un hijo sin padre. Cuesta que coma bien y
educarle para que sea una persona decente. Es duro no tener tiempo ni dinero para poder salir
con las amigas de vez en cuando, y también no tener a nadie especial, ¿comprendes? Claro
que, mira esta casa. Dos habitaciones, una zona bonita… He tenido suerte al conseguirla. Así
que es duro, pero no tanto como para otras personas. ¿Y tú? ¿Qué te resulta difícil…, aparte
de charlar?
—Bueno, mi vida no es nada dura —respondo—. Tengo dinero suficiente, una casa y un
trabajo que me encanta. Alguna novia de vez en cuando. Todo muy cómodo.
Querida Leigh:
Hay una cosa que quería decirte antes de morir. Es una cosa que no puedo decirte a la cara porque, si
lo intento, volverás a mirarme como me miras cuando piensas que me estoy metiendo en tu vida y
que en realidad no entiendo nada. Creo que has olvidado que he hecho las mismas cosas que tú, pero
antes: yo también me enamoré, me casé, tuve hijos. Pero supongo que, lo mismo que tú, nunca
quise escuchar a mi madre. También yo pensaba que se estaba metiendo en mi vida, que no entendía
nada. Por eso te escribo esta carta, porque creo que, si lo ves por escrito, a lo mejor te lo tomas un
poco más en serio.
Solo quería hablarte de Lisa un momentito. Hiciste un camino muy duro para encontrarla, Leigh.
Te llevó mucho tiempo dar con la persona adecuada para ti, fue una época dolorosa y difícil. Pero
Lisa es esa persona, la que te ha recibido con los brazos abiertos, la que te ha querido al margen de lo
que pensaran los demás. Y te ha dado un hijo, mi queridísimo nieto. Te ha convertido en la persona
que yo siempre supe que podías ser: amable, buena, y la mejor madre del mundo. Ha cogido toda la
rabia que tenías acumulada y la ha convertido en cariño. Ha triunfado donde yo fracasé. Pero a veces
creo que has olvidado todo lo que sufristeis para estar juntas. A veces, Leigh, creo que le das poca
importancia. No digo que no la quieras. No me refiero a eso. Lo que digo es que te asegures todos
los días de que ella lo sabe. Haz algo, di algo para que sepa lo mucho que la quieres, y que sin ella no
serías esa mujer y esa hija tan maravillosa a la que quiero tanto.
Mi queridísima Leigh, al margen de lo que pase, recuerda siempre, siempre, que todos los días hay
que hacerle saber a la persona que amas lo mucho que la quieres, y todo irá bien.
Te quiere,
Mamá x
19
Stella
armario encuentro el que antes era mi vestido favorito, el que, íntimamente, siempre pensaba
que resumía mi personalidad: el minivestido de color naranja tostado, hecho de lana ligera,
tejido en un punto muy fino. Siempre me pareció que me sentaba de maravilla. Fue el vestido
que me puse la primera vez que quedé con Vincent porque se me ajustaba perfectamente a la
cadera y el pecho sin marcarme demasiado la tripa. Es curioso cuánto odiaba antes mi tripita.
Ahora la echo de menos porque significaba algo. Porque era sinónimo de satisfacción.
No me queda tan bien desde que empecé a correr a diario. Los sitios donde antes se ceñía a
mis curvas ahora quedan sueltos y huecos, pero mis piernas quedan muy bonitas con unas
mallas y unos zapatos de tacón de cuña, no muy altos. Pruebo a ponerme un poco de carmín,
me cepillo el pelo y dejo de hacerlo al fijarme en la imagen que me devuelve el espejo.
Esa que me mira es una extraña. Una mujer con el pelo corto. Se lo cortó ella misma una
noche con unas tijeras para uñas, porque le estorbaba. Rizos cortos y oscuros que se pegan a
una cara enjuta. Antes no tenía pómulos, nunca tuve los ojos tan grandes ni estuve tan… tan
guapa. No tan guapa como una actriz de cine, pero sí lozana. Me toco la piel, muy pálida
después de llevar semanas sin que le dé el sol, y la noto fresca al tacto. Me asombra darme
cuenta de las contadas veces que me miro al espejo desde hace un tiempo. Siempre me estoy
marchando, siempre ando corriendo, con prisas, con la cabeza gacha, evitando mirar a la cara a
nadie que no sea uno de mis pacientes, incluida yo misma. Apenas me fijo en lo ancha que me
queda la ropa que antes se me ajustaba como un guante, ni en cómo me suenan las tripas
cuando llevo todo el día sin probar bocado. Ni en el bajón de energía que nos empuja a Laurie
y a mí a engullir sobrecitos de azúcar a palo seco en la cocina de la planta, como si fuera
cocaína. No me detengo a mirar detenidamente lo que la vida en la que me he zambullido por
accidente (o hacia la que me he precipitado a la carrera, mejor dicho) ha hecho conmigo.
Porque me dan ganas de llorar. Vincent ya no es el hombre del que me enamoré, y yo no soy la
chica a la que conoció. Y puede que tenga razón: puede que sea demasiado tarde para
revertirlo. Y quizá sea culpa mía porque he huido tanto de ella: de la mujer a la que Vincent
amaba. Como él de mí, y no estoy segura de haber dejado ni rastro de ella.
Noto un calambre en la tripa y caigo en la cuenta de que estoy hambrienta. Hace muchísimo
tiempo que no como auténtica comida, bien cocinada, y de pronto tengo un hambre de lobo.
No hay forma de saber si nos queda una última oportunidad, pero al menos tenemos que
intentarlo.
Vincent Ymecomer, al menos podemos
está esperando comer.
en el cuarto de estar con una copa de vino sobre la mesa. Ha
encendido todas las luces y está mirando la chimenea apagada.
—¿Listo? —le pregunto.
Cojo la copa y me la bebo de un trago. No suelo beber últimamente, y noto el hormigueo
del alcohol en la sangre: se me va derecho a la cabeza. Me fijo en que Vincent tiene un vaso de
Coca-Cola en la mano: un compromiso tácito de respetar nuestra noche juntos.
—Sí —contesta con una sonrisa deliberada y esbozada con todo cuidado.
No digo nada porque sé que lo está intentando, y que para intentarlo tiene que luchar a
brazo partido con un montón de demonios que yo no entiendo.
—Estás muy guapa. Siempre me ha gustado cómo te sienta ese vestido.
Esta noche me ve. Existo.
El restaurante está muy lleno, y entonces me acuerdo confusamente de que es viernes noche.
En mi trabajo pierdo la noción del tiempo. Rara vez tengo un fin de semana libre, y las noches
parecen todas iguales, una tras otra. Pero Baki, el dueño del restaurante, se acuerda de
nosotros y nos recibe como si fuéramos familiares a los que hace tiempo que no ve.
—Vi tu foto en el periódico —le dice a Vincent mientras le estrecha la mano con fuerza
durante unos segundos, como si no quisiera soltarle—. Eres un héroe, un héroe, amigo mío.
Qué valiente. Un héroe y un hombre de los de verdad. Para tu mujer y para ti, mi mejor mesa y
vino gratis.
Su mejor mesa libre, mejor dicho. Nos sentamos al fondo del pequeño comedor, cerca de la
cocina y los aseos, pero no importa: es el lugar perfecto para nosotros. En un rincón, con dos
paredes cercando nuestra mesita. Apenas hemos colgado nuestros abrigos en el respaldo de la
silla cuando nos traen una jarra de vino tinto de la casa.
Sirvo dos copas bien llenas y sonrío a Vincent. Me doy cuenta de que se siente tan inseguro
y tímido como yo, pero puede que eso no sea inconveniente; a fin de cuentas, estamos
intentando volver a conocernos. Y a la luz de las velas los dos parecemos más jóvenes, más
blandos, casi como si el último año y medio no hubiera pasado.
—Bueno… —Estiro el brazo sobre la mesa y pongo la mano sobre la suya—. ¿Qué tal te va
en el gimnasio? ¿Te está gustando?
—No, qué va. —Sonríe desganadamente—. Bueno, los dueños son bastante majos, y a los
clientes les encanto, ya sabes, sobre todo a las mujeres. —Ese asomo de su antigua jactancia me
hace sonreír—. Pero es aburrido: siempre lo mismo, siempre lo mismo, una persona detrás de
otra, y yo… En fin, soy una novedad. —Se da unas palmaditas en su muslo seccionado.
—Bueno, solo iba a ser temporal —digo—. Mientras decidías lo que querías hacer de
verdad.
—Sí —responde, y la conversación languidece durante unos instantes.
Entonces me acuerdo de algo que siempre nos daba tema de conversación, a veces para toda
la noche.
—Habíamos hablado de mudarnos, ¿no? Cuando dejaras el ejército, ¿te acuerdas? De irnos
a Cornualles y hacernos surfistas, dejarnos crecer el pelo y llevar ropa desteñida. —Sonrío y
por un momento, fugazmente, Vincent parece indeciblemente triste, y el placer de aquel viejo
sueño se esfuma por completo. Hablábamos de vender la casa y de irnos a viajar por el mundo
hasta que fuéramos
unas rastas viejos.
grises, muy Y de
largas, vivir en una barcaza.
y adoptaríamos Tú te dejarías crecer la barba y yo tendría
un perro.
—Sí, me acuerdo —dice.
—Todavía podríamos hacerlo —insisto yo—. Podemos hacer lo que queramos. Eso no ha
cambiado.
Me mira a la luz de las velas, escrutando mi cara intensamente, como si buscara algo que sea
capaz de reconocer.
—Vamos a cenar y ya está —dice por fin—. Háblame de tu trabajo.
Pienso en la carta de Grace que llevo en el bolsillo de la chaqueta. No consigo quitármela de
la cabeza desde que cerré el sobre, pero no tengo a quien preguntarle qué debo hacer con ella.
A Vincent no puedo preguntárselo, siendo tan frágil esta tregua entre los dos. La hoja de papel
doblada por la mitad se me antoja una piedra fría y pesada. Es duro cargar con un secreto
ajeno, pero le hice una promesa a Grace. Se la hice por partida doble.
Y, sin embargo, esta carta… Es una carta que hace que parezca imposible cumplir esa
promesa, sobre todo teniendo en cuenta que sé exactamente dónde irá a parar algún día,
porque he pasado cien veces o más por delante de la casa a la que va dirigida.
Si las señas fueran de Escocia o de Francia, o de Irlanda, o incluso de una ciudad lejana,
¿qué haría? ¿Me lo pensaría o la dejaría sin más con las otras dos cartas, en mi mochila,
esperando a que llegue el momento de enviarlas? Le prometí a Grace esperar hasta que
fallezca. Se lo prometí y, sin embargo… La dirección está a un par de calles de distancia.
Menos de dos kilómetros separan a Grace de la persona a cuyo nombre va dirigido el sobre, y
no sé cuántas horas le quedan de vida a Grace.
Lo que me pidió, ¿iba en serio? ¿Lo decía de verdad o quiere que ignore sus instrucciones?
¿De veras quiere que espere a que sea demasiado tarde para que la carta surta algún efecto?
¿Me está pidiendo que haga algo que no se siente capaz de hacer ella misma? No lo sé.
Pienso en la carta, noto su peso frío y procuro olvidarme de ella. Se suponía que esta noche
iba a ser para Vincent y para mí.
—Ayer perdimos una paciente —comento—. Una chica muy jovencita, solo tenía catorce
años. Esas cosas hacen que lo veas todo con otra perspectiva, que pienses en las cosas por las
que de verdad merece la pena luchar. —Le miro—. Es un trabajo muy tranquilo, casi siempre.
Sé que en parte es triste, pero no todos son cuidados paliativos. También tenemos pacientes
que van allí a recuperarse. Y es un sitio lleno de cariño, ¿sabes? Es como si todo el amor que
acumula una persona a lo largo de su vida se juntara en esos últimos instantes para amortiguar
el tránsito.
—El mejor modo de irse, si uno tiene que morir —dice Vincent.
Baki se acerca haciéndonos una reverencia y pedimos lo que siempre pedíamos antes: kofta
de cordero, pan de pita, mezze con humus casero y hojas de parra rellenas, y ensalada.
—¿No te afecta? —me pregunta Vincent—. ¿Tratar con una persona pe rsona y luego ver cómo se va
esa persona, la esencia de esa persona? ¿No te entristece siempre? Yo, cuando pienso en los
compañeros que perdí… Todavía no me acostumbro. No quiero acostumbrarme.
Me acuerdo de cuando abrí la ventana de la habitación de Issy. De cuando cerré la puerta
mientras su madre lloraba en brazos de la abuela
a buela de la niña.
—Es duro, imagino, pero sé por qué estoy allí y por qué lo hago: para facilitar todo lo
posible ese último trecho al paciente y a la familia. Para ayudarles. Antes, cuando trabajaba en
traumatología, solía pensar que todo mi trabajo consistía en derrotar a la muerte, en devolver a
la gente
hacer eseaúltimo
la vida,viaje,
peroesa
esatransición,
es una partida quedea importante.
es igual veces es imposible ganar, y ayudar a la gente a
—Transición… —repite Vincent—. Pero después no hay nada, ¿no? No es una transición,
es un final.
No sé cómo responder ni cómo explicarle lo que siento o lo que veo, así que no lo hago. De
lo único de lo que estoy segura es de que, cuando la esencia de la vida abandona a una
persona, lo que queda atrás cambia tan completamente que tiene que haber una especie de
ente, una fuerza que va a parar a alguna parte, aunque solo sea entre las estrellas.
—Bueno, como te decía antes, no todo son muertes —le digo, tratando de quitarle hierro al
asunto—. También tenemos pacientes que se recuperan. Desde hace un tiempo tenemos a una
chica joven con fibrosis quística que se ha recuperado de una infección muy grave. Le darán el
alta dentro de un día o dos. En una residencia de cuidados paliativos no todo consiste en abrir
ventanas, ¿sabes? Se trata sobre todo de la vida, de vivir, de disfrutar, de querer a la gente, de
encontrar… una meta.
—¿Abrir ventanas? —pregunta Vincent.
esas—Aunque
cosas, quéhoy
tíos,en¿eh?
día eso no es nada, ¿verdad que no? Porque fíjate en los Paralímpicos y
—Sí —dice Vincent, pero el hombre no se marcha.
—¿Cómo fue? —pregunta, con su discreción natural, si es que tenía alguna, disipada por el
vino.
Esta vez Vincent levanta la mirada: quiere ver al sujeto que tiene tan poco tacto, o está tan
borracho o es tan idiota como para meterse en la vida de otra persona
pe rsona de esa manera. Noto una
crispación peligrosa en su forma de apretar los dientes.
—Afganistán —contesta—. Una emboscada. Un muerto, dos heridos —dice, y la
naturalidad con la que habla me parte el corazón.
—Joder, ¿puedo estrecharte la mano?
Le ofrece la mano y noto que las personas de las mesas cercanas nos observan. Vincent me
mira y yo me encojo de hombros ligeramente.
—Claro —dice, y le estrecha la mano al a l hombre. Una sola vez.
—Para mí sois héroes. —El hombre no le suelta la mano—. Los sacrificios que habéis hecho
me parecen alucinantes. Porque, Dios mío, nadie entiende por qué lleváis allí tanto tiempo, ni
de qué va a servir al final. De nada, seguramente. Es todo política, ¿no? Vais allí a mantener a
raya a los terroristas, pero ¿por cuánto tiempo? ¿Y qué cambió eso, en realidad? Chavales
como tú, que vuelven a casa en un cajón de pino o hechos pedazos, ¿y para qué? Para nada. Es
todo un desperdicio.
Vincent sigue sujetándole la mano cuando se levanta de golpe y le da un puñetazo tan fuerte
que el hombre cruza volando el estrecho pasillo y se estrella contra una mesa, y una mujer cae
al suelo despatarrada entre un estrépito de platos
p latos y cubiertos. Se oyen gritos alrededor.
Vincent tiene una expresión de pura rabia. Si pudiera arrodillarse sin dificultad, estoy segura
de que agarraría al tipo ensangrentado por la camisa y volvería a golpearle una y otra vez, y no
sé si podría parar.
—Levántate —dice escupiendo las palabras con una furia fría y serena—. Levántate y dime
otra vez que mis compañeros murieron y yo perdí la pierna para nada. ¡Levántate! ¡Vamos!
—Voy a llamar a la policía —dice una mujer detrás de mí con la voz crispada por el miedo.
El hombre se incorpora a duras penas y retrocede aterrorizado sin apartar los ojos de
Vincent. Estira los brazos, suplicante.
—Lo siento —dice—. No quería decir nada. No lo he pensado…
—No, no lo has pensado. —Vincent da un paso hacia él. é l.
—Vincent.
Me acerco y toco su brazo tenso, y de pronto se vuelve hacia mí y me aparta de un empujón.
No me empuja con mucha fuerza, pero pierdo el equilibrio y choco contra la pared, primero la
espalda y un segundo después la cabeza, y noto un crujido en el cuello. No es dolor lo que
siento, sino más bien asombro. Apoyada contra la pared, le miro fijamente. Me mira y luego,
con un suspiro hondo y estremecido, pasa por encima del hombre caído y se marcha.
—He llamado a la policía —dice la mujer asustada—. Vienen para acá.
Cojo mi chaqueta, dejo todo el dinero suelto que tengo encima de la mesa y salgo a la
ajetreada calle siguiendo a Vincent. Miro a un lado y a otro y veo su cabeza, su paso decidido,
ya muy lejos delante de mí entre el gentío, camino de Regent’s Park. Echo a correr tras él y casi
le alcanzo cuando la calle da paso al parque y el camino se pierde entre una oscuridad
brumosa.
—¡Vincent!
Por fin llego —le llamo,y me
a su lado peroparo
sigue andando
delante con
de él, los puñosa apartarme
retándole cerrados—.de¡Vincent!
un empujón.
—Déjame, Stella —dice—. Vete. No quiero que veas esto. No quiero que me veas así.
—Demasiado tarde, ya te he visto —contesto tocándome el hombro dolorido—. Te he
sentido.
—Lo siento. —Se tapa la cara con las manos—. No quería… No quería hacerlo. Solamente
quería marcharme, por eso te he empujado. No era mi intención. Ha pasado, sin más. No soy
de esos que pegan a una mujer, a ninguna mujer. Es solo que… no consigo asimilarlo, Stella.
No lo asimilo. Y no sé cómo pedir ayuda.
—Vincent. —Apoyo las manos en su pecho. Noto el latido frenético de su corazón—.
Háblame. Cuéntame qué te ocurre. Déjame ayudarte. Si hablas conmigo, será un principio y
juntos podemos buscar la ayuda que necesites. Háblame, porque no puedes seguir seguir así.
—Tú haberme
gustaría no puedesmuerto
ayudarme —responde—.
en aquella ¿Cómo vas a ayudarme, si es por ti por lo que me
emboscada?
—¿Qué? —No entiendo sus palabras—. ¿Qué dices?
me di cuenta de que esa neblina rosa, la neblina rosa que me chorreaba por la cara y las manos,
era todo lo que quedaba de Kip.
Durante unos segundos que parecen eternos me siento incapaz de decir nada. Antes sabía a
grandes rasgos lo que le había ocurrido; ahora, en cambio, las imágenes que ha evocado, el
secreto que ha guardado todo este tiempo, la pesadilla que le impide dormir, se me hacen a mí
también de una viveza insoportable.
—Pero, Vincent, tú no podías hacer nada… No hubo tiempo. No sabías…
—No, ¿lo ves?, en eso es en lo que te equivocas. —Da un paso hacia mí—. Podría haber
hecho otra cosa muy distinta. Podría haber sido un buen compañero, un buen soldado, podría
haber sido un hombre y haber avisado a Kip, haberle advertido, haber tirado de él. A lo mejor
habríamos muerto los dos, pero quizá no.
no. Fue un riesgo, un riesgo que no quise asumir. Tuve
que elegir, Stella. Tuve que elegir entre ser el hombre que siempre creí ser o volver a casa
contigo. Y te elegí a ti.
El aire huele a un humo lejano. Se oyen gritos y alaridos en la distancia, y se diría que, más
allá del charco de luz de una farola en el que nos hemos detenido, el mundo ha dejado de
existir.
—Y yo doy gracias a Dios todos los días porque lo hicieras —susurro.
—Pues no se las des. —Sus hombros se estremecen por el esfuerzo que le cuesta hablar en
tono mesurado, luchando por no alzar la voz—. Yo no me alegro. Todas las noches, cada vez
que cierro los ojos, siento cómo esa neblina, esa lluvia en la que se convirtió mi mejor amigo, se
me pega a la piel. La huelo. Veo la foto de su mujer y su hija que tenía pegada sobre la cama. Y
sé que le fallé. Que le fallé a mi unidad, a mi regimiento, a mí mismo. Sé que no soy el hombre
que siempre creí que era. El hombre que, cuando llegara el momento, daría la talla, haría lo
que le habían enseñado a hacer. Nunca pensé que eso estuviera en duda, porque yo era así. O
eso creía. Pero cuando llegó el momento, fracasé. Soy débil, no sirvo para nada. Tengo el
cuerpo roto, soy un tarado. Ya no soy militar, ni nada…
—Sigues siendo mi marido —contesto, y acerco a él la mano, indecisa.
—No lo entiendes —dice Vincent—. Intento olvidarme de aquello, Stella, pero no voy a
olvidarlo. A veces hay momentos, unos segundos, en que creo que quizá las cosas se arreglen,
pero esos momentos son muy escasos y no duran. Hoy no me levanté porque no quisiera
molestarte. Mea lalevanté
solamente veo personaporque no soy.
que ya no soportaba estar apor
Veo el motivo tu ellado. Porque, cuando te miro,
que fracasé.
Yo echo a correr.
20
Hugh
para mí, por lo visto, y al poco tiempo se cansó de mí y me dejó. No creo que a Jake le parezca
el mejor dueño del mundo. Yo creía que se tiraba toda la noche fuera, matando bichos o
fornicando con montones de gatas, y resulta que lo que le pasa
p asa es que le encantan los mimos de
un niño al que le dan más miedo los zombis de lo que quiere aparentar. De todas formas no se
lo reprocho, así que, si queréis que lo compartamos, por mí bien. Aunque tenéis que dejarme
pagar la comida que come aquí.
—¡Dios mío, te hemos birlado al gato! —Sarah parece sinceramente compungida.
—No, qué va. Lo estamos compartiendo, como te digo, ¿y sabes qué? Que aquí se porta
mejor. En casa siempre parece… decepcionado.
Sarah aprieta los labios en un claro intento de no reírse.
—Pero está claro que le tienes cariño, ¿no?
—Bueno, es bastante simpático para ser un gato —contesto—. Y la verdad es que sería
injusto reprocharle su conducta gatuna. Que te rechace emocionalmente un gato no es lo
mejor que me ha pasado, ya sabes, pero tampoco lo peor. Cuando tenía la edad de Mikey, tuve
un hámster. Y se suicidó. Se escapó de la jaula y se tiró desde la ventana de mi habitación, que
estaba abierta. O sea que, ya ves, un gato que parece aguantarme es todo un avance.
Sarah suelta una carcajada y se tapa la boca con las manos, pero no consigue contener la
risa.
—¡Ay, Dios, qué calamidad eres! —me dice con dulzura—. Eres un desastre. Igual que yo.
Me quedé embarazada a los quince años, no tengo marido, ni familia, ni donde caerme muerta.
¡Vaya par!
Curiosamente, me gusta la idea de que formemos un par. Hacerla sonreír me produce una
extraña satisfacción. Lo que no entiendo es por qué se me escapa la pregunta que hago a
continuación, sin que pueda evitarlo.
—¿Te importa que…? Espero que no te moleste que te pregunte por… —Me remuevo,
cambiando el peso del cuerpo de un pie a otro.
—¿Por el padre de Mikey? —concluye Sarah en e n mi lugar—. ¿Que dónde está ese mamón?
—Bueno, yo no iba a decirlo con esas mismas palabras. Mikey dice que no le conoce.
—Eso es lo que le gustaría, creo —contesta ella con tristeza—. Lo que le dice a la gente, a
los niños del colegio. Pero no es verdad. Su padre vivió con nosotros mucho tiempo. Era un tío
majo,
más depero
unatenía mal genio
vez. Salía y… sePor
y entraba. dejaba llevar.
cosillas de Se juntó
poca con quien ¿sabes?
importancia, no debíaPero
y acabó en lavolvía
siempre trena
a las andadas y al final se metió en asuntos de drogas y… La verdad es que nunca me pegó, ni
yo le tenía miedo. Pero un día me di cuenta de que, si me quedaba con él, mi vida siempre
sería igual. Yo esperando, esperando a que volviera de lo que estuviera haciendo, esperando a
que le metieran en chirona y a que saliera… Y Mikey iba creciendo y veía lo que pasaba, y yo
no quería eso para él. Quiero que sea una persona decente, ¿me entiendes? Quiero que se
esfuerce por ser algo en la vida.
Asiento con la cabeza.
—Sí, sé a qué te refieres. Lo mismo quería mi padre para mí. Era mi héroe. Pienso todos los
días en él y en la suerte que tuve por que fuera mi padre. Hacíamos muchísimas cosas juntos,
¿sabes? Éramos muy buenos amigos, y los últimos años, antes de que muriera, nos dio por
pescarhelada,
agua con mosca. Nos hacíamos
y no hablábamos nuestras
ni una propias
palabra. Y aunmoscas y nos metíamos
así, cuando hastaveces,
pienso en esas el muslo
creoenque
el
era cuando me sentía más unido a él, cuando más aprendí de él. Fue cuando aprendí a estarme
muy quieto.
Hago una pausa. Hace mucho tiempo que no hablo de mi padre, y me doy cuenta de lo bien
que sienta recordar así, en voz alta, delante de otra persona.
—Siento que Mikey no tenga eso, que no tenga un padre como el mío —añado—. Pero te
tiene a ti, y tú eres muy especial.
Sus ojos se agrandan un momento. Baja la mirada y se sonroja por debajo del maquillaje.
—Dios mío —digo, avergonzado por haber hecho que se sienta incómoda—. No quería…
¿Has pensado que intentaba coquetear contigo, o ligar? No, te lo juro. Ni siquiera lo
intentaría. Contigo, no. Suena bastante grosero y no es en absoluto lo que quería decir,
de cir, pero…
—No pasa nada. —Me hace pararme en seco rozándome con la mano—. No te preocupes.
Es bonito, lo que has dicho. Es solo que… no estoy acostumbrada a oír cosas bonitas,
supongo. Pero me ha gustado, ¿vale?
—¿Sí?
La atmósfera cambia de repente y ya no me siento relajado, sino tenso y confuso, sin saber
qué se espera de mí ni cómo voy a hacerlo. Pero, sea lo que sea lo que haga, lo que tengo claro
es que quiero decirle más cosas bonitas a Sarah. Quiero verla reír otra vez. Es una perspectiva
aterradora. Dejo sobre la mesa mi cerveza casi llena.
—Bueno, será mejor que me vaya —digo alegremente—. Todavía tengo cosas que hacer.
—No me has dicho qué haces exactamente en el museo —replica con una sonrisa vacilante.
Eso que veo en sus ojos de un marrón aterciopelado ¿es una mirada invitadora? No lo sé, y
no quiero meter la pata, así que prefiero no pararme a pensarlo.
—No hay mucho que contar —contesto—. Son cosas muy aburridas, muy doctas. Te
aburrirías como una ostra.
—¿Lo dices porque no tengo el bachillerato y por tanto debo de ser muy inculta? —
pregunta.
No sé cómo, ahora la he ofendido.
—No, no, nada de eso. Mi trabajo le parece aburrido hasta a la gente más culta. Es
increíblemente soso. Igual que yo.
Confío en que ese comentario autocrítico haga aflorar otra sonrisa, pero sus ojos tienen una
expresión triste y abatida.
—Hasta
llenar la pilaluego, entonces
de agua caliente.—dice, y da media vuelta y vuelve a la cocina, donde empieza a
Me quedo parado unos segundos, sin saber cómo despedirme.
—Buenas noches —digo—. Y gracias.
Cuando salgo y cierro la puerta de la calle para aventurarme en la noche húmeda y lluviosa,
siento que mi mundo vuelve a contraerse hasta adquirir sus dimensiones de siempre: unos
pocos metros cuadrados. Un mundo minúsculo que, por primera vez desde que soy adulto, me
parece insatisfactorio.
Y entonces veo a una desconocida frente a mi casa, mirando fijamente mi puerta con una
carta en la mano.
Querido Adam:
He esperado, he rezado y me he hecho ilusiones, pero al final tu carta no ha llegado. No es que te
culpe, qué va. En cierto modo me alegro. Creo que eso significa que eres feliz, que estás contento.
Que no notas mi falta.
Te mi
fuiste puseAdam.
[Link] sé cómo
tarde, te llamaron
esa corta tarde quetus
fui padres
madre,adoptivos,
te acuné enpero
mislabrazos
tarde yque fui tuY mamá,
te miré. tú me
miraste. Te quería tanto que el cariño que sentía casi me ahogaba. Era como si me faltara el aire. Pero
tuve que renunciar a ti, Adam, porque era muy joven, tenía diecisiete años. No me quedó más
remedio. Fue lo mejor, para mí y para ti. Pero eso no impidió que esperara que algún día me
escribieras, para poder contarte que aquella tarde te quise más de lo que he querido nunca a nadie.
Eres mi único hijo, mi precioso niño.
Así que, si algún día decides saber algo más sobre mí, esta carta te estará esperando. Puede parecer
gracioso que diga que estoy orgullosa de un hombre al que no conozco, pero lo estoy, porque tengo
plena fe en que aquella personita a la que acuné en mis brazos hace tantos años se ha convertido en
un hombre sensato, inteligente y bueno. Lo sé, no sé cómo. Es como si no hubieran cortado nunca
el cordón que nos unía, como si diera la vuelta al mundo y nos mantuviera unidos, solo un poquito,
pase lo que pase.
Con todo cariño,
Tu madre, Lucy
21
Stella
No supongo ninguna amenaza para él, siendo tan flaca, pero aun así arruga el ceño y da un
paso atrás. Le he asustado.
—¿Quién quiere saberlo?
Habla bien, seguro de sí mismo.
—Estoy buscando a alguien en nombre de una amiga. Esta es su última dirección conocida.
meSiempre
resulta imposible
he creído pronunciar su apellido
que tenía muchos polaco,
amigos, nolos
entre digamos ya salón
bailes de escribirlo.
de los jueves y, un domingo
sí y otro no, el concurso del pub para recaudar fondos a favor de la investigación contra el cáncer.
Pero cuando enfermé desaparecieron todos, uno por uno. Supongo que a algunos, sencillamente, les
traía sin cuidado, y a otros se les hacía demasiado duro. Pero, en fin, es cierto que se hace duro
intentar charlar con un hombre que parece una momia andante. Usted, en cambio, venía todos los
días. Al principio estuve muy antipático y le dije que no se molestara. Estaba enfadado, creo. Pero
usted siguió viniendo, y siempre le estaré agradecido por su bondad, aunque no la merezca.
Preparaba usted algo para que comiéramos juntos y estaba ahí cuando me mareaba por los fármacos,
o apretaba el dolor. Llegué a apoyarme plenamente en usted, con sus maneras tan suaves. Ignoro si
antes era enfermera, pero, en todo caso, sería una enfermera estupenda.
Escribo esto sabiendo que, cuando llegue el momento, estará usted aquí, a mi lado. Y me cogerá
la mano. Imagino que no es lo más corriente enamorarte de una mujer de la que no sabes ni su
nombre de pila y a la que conociste cuando era ya demasiado tarde, pero eso es lo que me ha pasado.
Querida señora W., la quiero a usted. Me ha proporcionado usted un gozo inmenso en mis últimos
días de vida.
Me llamo Noel Kincade.
22
Stella
He corrido y he andado hasta llegar muy lejos con mis mallas. Tengo los pies empapados y
entumecidos. He caminado hasta que el gentío que había en los alrededores de la estación de
metro menguó hasta desaparecer, y he dado vueltas y más vueltas, hasta que el pequeño
restaurante turco ha cerrado y el aire húmedo se ha vuelto tan silencioso como puede serlo en
Londres. He pensado en lo ocurrido, y en lo que he hecho.
En Vincent, en todo lo que ha dicho y en cómo me ha mirado.
En ese pobre hombre, que a estas horas ya habrá leído la carta.
Y me pregunto por las consecuencias, y me pregunto si voy a desmoronarme. Si no estaré
desmadejándome ya en hilos tan finos que el aire los recoge y los arrastra hasta hacerlos
desaparecer.
Creo que hasta ahora no me había dado cuenta de que no es solamente Vincent quien volvió
de la guerra mutilado; a mí me pasó lo mismo. He perdido muchas partes de mí misma, de la
mujer que era antes, y ni siquiera sé dónde empezar a buscarla porque tampoco estoy segura
de cómo era en un principio.
Estos últimos meses he sido sencillamente una mujer que aguardaba a que volvieran a
quererla, a amarla de un modo que he permitido que me definiera. Pero yo ya existía antes de
que Vincent me quisiera. Y si le he perdido, tengo que ser capaz de seguir existiendo. ¿Qué
remedio te queda cuando un hombre deja de quererte? No puedes dejar que el viento te
arrastre, ¿no?
Al entrar en nuestra calle me pregunto qué es lo que he perdido. Sé que me he perdido a mí
misma: a esa mujer fuerte, divertida y capaz que era antes. A la que sabía qué hacer en un
momento de crisis. A la que nunca fallaba. Creo que debí dejarla en la cuneta alguna noche.
Estaba
amaba. tan concentrada en huir que dejé de perseguir lo que quería, o a las personas a las que
Me paro delante del escaparate de la tienda de la esquina y miro mi reflejo en el cristal.
Estoy calada hasta los huesos, voy descalza y tengo los pies mojados. Estoy agotada y pálida.
Soy una persona a medias que vive una vida a medias, cercada por la muerte. Soy un fantasma,
una sombra.
Oigo el largo lamento antes de darme cuenta de que soy yo quien lo produce. Bajo como un
gemido, es un grito de pena, y es mío. Poco a poco, se convierte en sollozos desgarradores, y
me doy cuenta de que estoy llorando. Lloro por la vida que tuve una vez. Por un trabajo
estimulante que servía de algo, que arrancaba a la gente de las garras de la muerte. Por ese
marido guapo, fuerte y valiente que me adoraba. Lloro por la chica que siempre sabía lo que
quería, por esa que sabía cómo desenvolverse en este mundo aterrador. Esa chica ya no está;
yace hecha
Meto trizasenenlaalguna
la llave parte,entro
cerradura, y la echo de menos.
y escucho La echo
los ruidos de lade
d ecasa.
menosEstáy quiero que vuelva.
en silencio.
Subo las escaleras. Un ruido me sobresalta y de pronto me doy cuenta de que es mi teléfono,
que vibra sobre la mesilla de noche, donde ha debido de estar toda la noche. Lo cojo. Treinta y
siete llamadas perdidas en total: una docena de Vincent y el resto de mi servicio de mensajería.
Debe de estar preocupado por mí, he pasado fuera casi toda la noche. He sido muy
desconsiderada, muy egoísta y estúpida. Tengo que decirle que estoy bien. Que ya sé qué debo
hacer para arreglar las cosas.
Llamoabrirse
Oigo a su número. Suena
la puerta de launa
callesola vezacerco
y me y saltaa ellobuzón
alto dedela voz.
escalera. Vincent entra y cierra la
puerta muy despacio, como si no quisiera hacer ruido. Porque no quiere despertarme. Porque
él también ha estado fuera toda la noche.
Se apoya un momento contra la pared del pasillo y veo asomar fugazmente una expresión de
dolor en su rostro. Parece cansado.
—Hola —digo, sentándome en un peldaño de la parte superior de la escalera.
Se sobresalta al verme.
—¿Dónde has estado? —pregunta—. No volvías. Te estuve esperando, te llamé y te llamé.
Y nada. Y entonces me di cuenta de lo que había hecho, de cómo había perdido los nervios.
Fui a la comisaría a entregarme, pensé que era mejor que esperar a que vinieran a por mí. Pero
el tipo no me ha denunciado. Dijo que estaba borracho, y su mujer añadió que era un idiota.
Me dejaron marchar con un aviso, pero qué más da eso. Me pasé de la raya, Stella. Me pasé de
la raya contigo y no quiero que eso vuelva a pasar. Ahora sé que tengo que volver al ejército.
Tengo que pedir ayuda para superar esto. —Me mira fijamente, aunque mi cabeza y mis
hombros quedan en sombras—. Llegué a casa y no estabas, y no contestabas al teléfono, así
que salí a buscarte.
—¿Por qué?
Sentada aquí, en un peldaño de la parte superior de la escalera, me pregunto si debo bajar,
si debo acercarme a mi marido y abrazarle y apoyar la mejilla en su pecho y escuchar el latido
de su corazón hasta que el mío se calme y se sincronice con el suyo. Es lo que quiero hacer, lo
deseo muchísimo, pero esa intimidad tan natural hace tiempo que desapareció.
—¿Por qué has ido a buscarme, si te hago tan desgraciado?
—Yo no… Las cosas que dije… —Vuelve a mirarme—. Ven aquí. No puedo verte la cara.
Se yergue, observándome.
Me levanto
desabrida y bajo un escalón, dos, y vuelvo a sentarme. Mi cara queda expuesta a la luz
del pasillo.
—Me culpas a mí —digo—. ¿Es eso? Me culpas de la muerte de tu amigo, por quererme.
—No es tan sencillo. Dije todas esas cosas cuando estaba enfadado y dolido, y muy cansado.
Tienes que entenderlo, Stella. El día que te vi por primera vez cruzando el parque, yo sabía
quién era. El primer día que hablé contigo y te invité a tomar un café, sabía quién era. El
primer día que te besé y me enamoré de ti antes de acabar de besarte, sabía quién era. Sabía lo
que te estaba ofreciendo. Era un hombre honorable, un hombre dispuesto a dar la vida por sus
compañeros. Era valiente, fuerte y seguro de mí mismo. Así era yo cuando nos conocimos; así
era el hombre que se enamoró de ti. El hombre del que te enamoraste. Pero ese hombre ha
muerto.
—¿Y yo tengo la culpa, tengo yo la culpa de eso, de eesto?
sto? —Señalo con la cabeza su pierna y
abarco
—No, contúunno.
gesto nuestra casa
—Vincent fría y de
se apoya descuidada.
nuevo en la pared—. Tú no, yo. Yo pensaba que
cuando llegara ese momento, cuando fuera cuestión de vida o muerte, pensaba que sería
altruista, que sería un héroe, que lucharía por mis compañeros. Pero no lo hice. Hui. Hui
porque…, porque quería volver a ver tu cara. Y ahora… Desde entonces estoy intentando
escribirle una carta a la mujer de Kip, y no sé cómo decirle que le fallé, que les fallé a ella y a su
hija. Que me fallé a mí mismo.
—A mí no me fallaste. ¿Eso no cuenta? —Me sorprende lo serena que me siento, lo
tranquila
—Peroque¿deestoy—.
qué sirve¿No
esoimporta
si ya nonada?
puedo quererte? —me pregunta Vincent—. Si no puedo
perdonarme a mí mismo por haber elegido vivir, si ya no puedo quererte, entonces, ¿para qué
murió mi mejor amigo? ¿Para qué perdí la pierna? ¿Por qué estoy cubierto de quemaduras?
¿Qué sentido tiene? Porque cuando te miro no siento lo que quiero sentir, y sé que de todos
modos te he fallado a ti también, y que ese tío al que le pegué tiene razón: ha sido todo para
nada.
Se hace un largo silencio. Cada instante que pasa nos aleja un poco más. Dentro de poco nos
perderemos de vista el uno al otro.
—Lo nuestro está roto, ¿verdad? —dice Vincent finalmente—. Yo estoy roto, en cuerpo y
alma. Y tú no puedes arreglarme. Eso solamente puedo hacerlo yo. Solo yo puedo encontrar la
manera de perdonarme. Todo este tiempo, mientras lo intentabas, mientras eras tan leal, tan
cariñosa, mientras tenías… tantas esperanzas, tú también has estado deshaciéndote, y yo lo he
consentido. Estamos en una burbuja, somos dos burbujitas infelices que rebotan la una contra
la otra. Tú no puedes ayudarme, yo no puedo ayudarte a ti… Y seguimos haciéndonos daño
mutuamente, desde lejos.
Me levanto despacio y desciendo hasta colocarme delante de él.
—¿Qué va a pasar? —le pregunto.
—Que voy a marcharme una temporada. Frenchie, ¿te acuerdas de él, de la instrucción?,
tiene una habitación libre en Vauxhall. Dice que puedo pasar allí unos días. Y eso voy a hacer.
Los dos necesitamos despejarnos. Yo tengo que encontrar la manera de contarle a la mujer de
Kip lo que pasó, de mirarla a los ojos y decirle lo que hice. Necesito encontrar la manera de
soportarme a mí mismo. Y tú…, tú necesitas estar libre de mí.
Se inclina y me da un beso ligero en la frente. Entonces me doy cuenta de que ha hecho su
petate, que está apoyado junto a la puerta. Se acerca a la puerta y se para un momento con la
mano
abre laenpuerta
el pomo,
y se de espaldas a mí. Le veo girar la cabeza muy levemente hacia mí. Y entonces
marcha.
Me siento en el peldaño de la base de la escalera de mi casa vacía, cierro los ojos y en ese
instante algo se remueve dentro de mí y se reajusta.
Estoy harta de sentirme así.
Chicas:
Me marcho y solo quería escribiros una notita rápida para despedirme.
He estado pensando en ese crucero que hicimos, después de mi divorcio. Jen, tú dijiste «que le
jodan, vámonos de crucero». Y Sue y May, vosotras os apuntasteis enseguida. Bueno, pues lo único
que
cuatropuedo decir es elque
casi dejamos fue seco
barco una de
suerte
tantoque en bebimos.
como el precio estuviera todo incluido, porque entre las
Cuando se largó Barry pensé que mi vida se había acabado, que me pasaría los siguientes cuarenta
años sola y deprimida. No han pasado ni siquiera la mitad de esos años, pero han sido los mejores de
mi vida gracias a vosotras, amigas mías.
Me hacéis reír hasta que ya no puedo ni hablar. Me volvéis valiente y aventurera. Si no hubiera
sido por vosotras no habría abierto la tienda, ni me habría teñido el pelo de color rojo buzón, ni me
habría puesto un piercing en la nariz. No habría tenido valor para pasarme un año y medio tirándome
al joven y encantador Fernando, que como era de esperar en realidad se llamaba Dan, pero ¡cómo
nos gustaba llamarle Fernando!
El cáncer es una mierda y duele de la hostia, pero me habría perdido muchos meses de vida si no
hubiera sido por vosotras, que me hacíais seguir luchando. En fin, he perdido esta batalla, pero
vosotras tenéis que ganar la guerra por mí. Espero que vayáis a todas las galas de recaudación de
fondos vestidas con peluca y tutú rosa. ¡Si no, me apareceré como un fantasma para atormentaros!
Chao, pipiolas.
Tomaos una copa de vino bien grande a mi salud, y luego tres más.
Cheryl xxxx
LA SEXTA NOCHE
23
Hope
Sombra se estira, se le enganchan las uñas en unas medias e intenta sacudírselas vigorosamente
hasta que, fascinado por los latigazos que dan las medias, empieza a revolcarse intentando
matarlas.
—Y ahora me pregunto: «¿Pero cómo se me ha ocurrido?» —le digo al gato mientras abre
grandes agujeros en mis medias—. ¿Cómo se nos ha ocurrido? No podemos seguir adelante
con esto,menos
todavía llevados por que
tiempo un yo
capricho y por laerrores
para cometer muerteabsurdos.
de una chica
Es unamuy jovenFue
tontería. queelhacalor
tenido
del
momento. Ben estaba preocupado por mí, por lo de sus gérmenes, y yo estaba agobiada por no
poder vivir la vida a tope, y pensaba en Issy y lamentaba no tener mejores anécdotas sobre sexo
que contarle, y ¡qué mal ha sonado eso!
Hago una pausa y Sombra se baja de la silla envuelto en nailon.
—Nos dejamos llevar los dos por ese instante, a la luz de la luna, bajo los árboles. Ese
momento y mi mortalidad… Pero qué idiotas somos. Ben aparecerá dentro de un minuto y me
pondrá esa sonrisita compungida, y yo me encogeré de hombros como diciendo «quién sabe»,
y nos reiremos los dos y nos pondremos a hacer lo que hacemos siempre. A cantar canciones y
a tomarnos el pelo mutuamente. ¿Verdad? ¿A que sí? ¿Me estás escuchando, Sombra?
Dado que el joven gato se revuelca por el suelo despedazando mis medias con sus garras
extendidas, creo poder afirmar sin temor a equivocarme que la respuesta es no. Aun así, puede
que, si a él le importan un carajo mis problemas, a mí tampoco deban importarme.
Stella se ha tomado unos días libres, lo cual es muy desconsiderado por su parte. Si estuviera
aquí, me escucharía. Por lo menos, mejor de lo que me escucha un gato callejero con una
fijación asesina por las medias.
Noto un nudo cálido y prieto en el estómago al pensar en las cosas que hacemos Ben y yo,
en la amistad que tenemos. Así es estar con Ben: siempre, a cada segundo, se oye retumbar el
tambor lejano del anhelo; siempre quiero un poco más de él, solo un poquito más. Puede que
sea como un vampiro, un vampiro que chupa vida, que acecha de noche y absorbe la
experiencia de los demás, la experiencia de Ben, que siempre ha sido tan temerario y tan
valiente. Ben, que nunca se acobarda ante lo que brinda el mundo. Pero esto no puedo
aceptarlo. Es… No puedo absorber su fuerza vital metafórica a través de su pene.
No podemos acostarnos, es así de sencillo, no podemos. Porque después no tendremos
dónde ir. no
Ay, Dios, Nosoporto
habrá más canciones, ni más bromas después de que le vea sus cosas y él me…
ni pensarlo.
¡Ojalá estuviera aquí Stella! Si estuviera, podría hablar con ella. Seguro que se le ocurriría
algún plan, un plan sexual. Tiene pinta de estar acostumbrada a tomar medidas desesperadas.
De pronto me da un ataque de tos, aunque es lógico que me dé: hace ya unos minutos que
me falta la respiración, y seguramente no me he dado ni cuenta. El ruido de mi tos hace salir
disparado a Sombra cuando se abre la puerta, con las medias ondeando frenéticamente tras él.
La enfermera que está de guardia esta noche, una señora llamada Mandy, muy amable pero
que, desde luego, nunca ha necesitado un plan de emergencia en materia sexual, asoma la
cabeza por la puerta y, al verme sentada en la cama, entra.
—Échalo, nena. Con suerte será un reloj de oro —dice mientras me palmea enérgicamente
la espalda.
Noto
pasa unaque
cajaundecúmulo de moco
pañuelos se desprende
de papel. bruscamente la
Una vez desaparecida y seflema,
me viene a lahondo
respiro boca. Mandy
un par me
de
veces y espero a que dejen
dej en de lagrimearme los ojos mientras ella me frota la espalda.
importa. Estás indultado, ¿vale? He estado pensándolo y me he dado cuenta de que era un
plan idiota, impulsivo y absurdo, y puede que estuviéramos los dos un pelín borrachos en ese
momento. Pero un plan idiota es un plan idiota, y solamente porque se nos haya ocurrido no
tenemos que cumplirlo. Es solamente uno más de los muchos planes idiotas que hemos tenido
a lo largo de nuestra historia, y mira cómo salieron. Como aquella vez que te empeñaste en
ponerle motor atodos
Sinclair porque un carrito de la compra,
los matones o aquella
son unos otray me
cobardes quedio
se me ocurrió enfrentarme
un puñetazo a Jessie
en el estómago ya
ti otro, de propina. Fue una ocurrencia estúpida y tú eres un amigo estupendo por ofrecerte a
llevarla a cabo, pero en serio… No pasa nada, lo retiro. Ya puedes… bajar las armas.
Ben no reacciona con el alivio que yo esperaba. Al contrario, frunce aún más el ceño y su
expresión se complica, se cierra en banda.
—Si es lo que quieres —dice por fin—. Como quieras.
—Bueno, ¿no es lo que quieres tú? —le pregunto, confusa.
Se sienta enfrente de mí con las largas piernas flacuchas dobladas hacia dentro. Parece una
especie de pájaro: un grajo o un cuervo, un augurio fatal.
—No quiero que corras riesgos —dice—. Y tú quieres hacer el amor. Y, bueno, si vas a
acostarte con alguien, quiero que sea con alguien que se preocupe por ti y te respete y te cuide,
y que no sea un capullo, como suelen serlo todos los tíos de mi edad, incluido yo, a veces.
Quiero que sea algo bonito y tierno, y cálido y agradable, y lleno de amor. Amor de verdad por
la persona con la que estás haciendo una cosa tan íntima, aunque no sea un tipo de amor
lujurioso.
Se inclina hacia delante. Tiene una expresión muy seria que no estoy acostumbrada a verle, y
eso hace que me ponga derecha y que le escuche.
—Cuando me lo pediste, pensé «joder, qué mal rollo», y me fui a casa pensando «ni hablar,
no podemos hacerlo; mañana, cuando vuelva, me dirá que era una broma y todo arreglado».
Pero luego estuve despierto toda la noche dándole vueltas al asunto y pensando en mis
experiencias anteriores…
—Ben, en serio…
No quiero saber nada de eso.
—No, escúchame. —Se remueve en la silla—. He estado con algunas chicas. No tantas, en
realidad. Menos de diez…
—¡Diez son un montón!
—Yo no he dicho diez, he dicho menos de diez. —Parece exasperado.
—¿Menos de cinco? —Creo que es importante aclarar ese punto.
—¡Ay, Dios! Seis. Me he acostado con seis chicas —contesta.
—Bueno, ¿y por qué no dices que son seis? ¿A qué viene eso de «menos de…»? Porque seis
es el sesenta por ciento de diez.
—Hope —dice—, ¿no crees que a lo mejor estás
e stás desviando la cuestión a propósito?
—Seis —repito yo—. Sexo con seis chicas.
Noto como si me desgarrara por dentro, de enfado y de celos, aunque no sé si es de esas seis
chicas anónimas de quien estoy celosa, o de Ben.
—Sí —dice—. Sí. Y es estupendo, es genial acostarse con chicas. Ya sabes. Es divertido, y
las chicas
Todas son misteriosas
las veces y están el
que he practicado buenas, y todas
sexo han parecen distintas
sido estupendas, desnudas, y es fantástico.
pero nunca…
Titubea, se nota que le cuesta dar con la palabra justa, lo que es muy raro en Ben. Si algo se
le da bien, es hablar.
—Nunca me he sentido del todo a gusto, nunca ha sido bonito, ni tierno, ni especial —
añade—. Y nunca me he sentido… querido. Idolatrado sí, claro, pero no querido.
Le miro. Normalmente, llegados a este punto soltaría una carcajada o una broma, o le
insultaría cariñosamente, pero soy consciente de lo mucho que le ha costado
c ostado decirme esto. Y sé
que muchas
bebiendo veces
sidra le hadel
delante faltado cariño.
televisor Está porpastillas,
y tomando un ladoy su madre,
luego está que se pasa elque
su padrastro, díaculpa
enteroa
cualquiera menos a sí mismo de todo lo que le sale mal en la vida. Ben era el niño de la camisa
sucia, el de los zapatos viejos que le quedaban pequeños. El que todas las noches cenaba
alubias cocidas con pan tostado, a no ser que yo le invitara a cenar a casa. Sé cuánto ha ansiado
toda su vida sentirse querido, aunque pensaba que a estas alturas ya lo había superado; que
ahora que es tan vital, que vive con tanta intensidad el presente, ya no necesitaría a nadie. Y
ahora me dice que, si hacemos lo que habíamos dicho que íbamos a hacer, no será solo por mí,
sino también por él. Qué marrón.
—¿Esto es un plan sofisticado para que no me sienta mal por estar sometiéndote a un
chantaje emocional? —le pregunto—. Porque si es así, está funcionando.
—Tú decides —contesta.
—Bueno, si vamos a hacerlo sobre todo por ti —concluyo—, merece la pena intentarlo.
Ben estira el brazo, me agarra de la mano y, aunque el corazón me va a mil por hora, dejo
que me conduzca a la calle.
24
Stella
Ni lluvia, ni luna.
Después de que se marchara Vincent, he dormido como no dormía desde hacía meses.
Profundamente, sin soñar, a pierna suelta. Me ha despertado el chirrido de un autobús que
pasaba por la calle. Resulta perturbador, este sosiego. Y me pregunto «¿por qué ahora?» ¿Es
sencillamente porque el hombre al que amo, el hombre cuya felicidad y bienestar me han
preocupado y obsesionado durante tanto tiempo, ya no está? ¿He cambiado mi matrimonio
por dormir profundamente, sin soñar?
Puede que sea por el alivio. El sufrimiento de llevar una vida mucho menos satisfactoria de
lo que imaginabas, de lo que esperabas, es abrumador. Y es tan descansado dejar de esforzarse
por arreglar las cosas… Minimizar la vida.
Esta noche no tengo que trabajar, pero voy de todos modos. No tengo ni idea de qué ha
pasado mientras dormía a pierna suelta: ignoro si la entrega de la carta ha tenido
consecuencias. Hugh, así se llama el hijo, el pobre hombre a cuya vida le lancé una granada de
mano ayer mismo, seguramente ya se habrá presentado en el Marie Francis. Tengo que
averiguar qué ha pasado, y disculparme. Pedir perdón por permitir que mi tragedia personal se
mezcle y se confunda con algo que no me incumbía en absoluto. Necesito arreglar las cosas,
hasta donde sea posible. Tengo que empezar de cero, resetear, restablecer la configuración de
inicio.
Así que lo primero que tengo que hacer es ir a ver a Grace y contarle lo que he hecho,
explicárselo. Pedirle disculpas. Puede que sea demasiado tarde; puede que haya fallecido.
Tengo la batería del teléfono descargada y no me ha dado tiempo a cargarla antes de salir de
casa. No sabré qué está pasando, qué me espera dentro de los muros del Marie Francis, al otro
lado de la puerta pintada de verde, hasta que llegue allí.
Mientras corro, inmersa en ese ritmo suave y tranquilizador, se me ocurre que podría no
entrar, no encarar las consecuencias. Podría seguir corriendo y no tendría motivos para volver
atrás. Podría correr y correr hasta la siguiente población, puede que hasta a algún sitio junto al
mar, y empezar de nuevo, empezar de cero. Como la noche que hice mi mochila. Es una idea
que no me quito de la cabeza mientras avanzo por la noche escarchada. Me atrae con un
encanto profundo y duradero, esa idea de hacer tabla rasa de todos mis errores y comenzar de
nuevo. Y sin embargo, en el fondo, sé que no me es posible. Tengo que afrontarlos, eso lo sé.
Lo que no sé es cómo, ni qué va a pasar después.
Hace una noche tranquila. Las calles están desiertas y apenas pasan coches mientras avanzo
con ritmo regular hacia el Marie Francis. Al otro lado de la calle veo apagarse con un parpadeo
los fluorescentes de las panaderías. Dos minutos más y aflojo el ritmo, lista para seguir a un
paso normal.
intenta Un momento
controlarme. después noto
La adrenalina queen
entra alguien me yagarra
acción mis del brazo,seme
piernas para, mepero
aceleran, sujeta,
el
desconocido acelera conmigo, tira de mí hacia atrás. Todo ocurre tan deprisa que no me da
tiempo a pensar, solo a decidir que mi vida de ensueño, mi vida de noctámbula solitaria, ha
llegado a su fin: lo he visto. No sé si pretende robarme o algo peor, pero intento desasirme. Me
para, me sujeta. Cambio bruscamente de dirección, choco contra una pared, noto un pinchazo
de dolor en el hombro y aprovecho el impacto para impulsarme y echar a correr otra vez.
—¡Para! ¡Espera! —grita a mi espalda, y su voz resuena en la calle casi vacía.
En acuanto
gente la quellegue
tal veza le
lo importe
alto de launcalle,
bledobien pasada
lo que me lapase,
entrada
perodel
no Marie
sé por Francis,
qué sigohabrá más
creyendo
que la muchedumbre le disuadirá de su propósito. Puedo buscar un sitio donde meterme,
llamar a la policía. Sigo corriendo, y él también. Acelero y estoy en forma, y me doy cuenta con
una emoción inesperada de que puedo escapar. Se queda atrás, pero sigue llamándome a
gritos, y ya estoy solo a unos metros de la parte más ajetreada de la calle. Y entonces me doy
cuenta de lo que pasa: ¿qué ladrón, que violador le pide a su víctima que deje de correr para
que pueda alcanzarla?
Me doy la vuelta y le miro. Se ha parado un poco más abajo a recuperar el aliento.
Reconozco la bolsa y los zapatos, la bufanda, la chaqueta de pescador. Es él. El hombre al que
le di la carta de Grace. Hugh.
Me quedo ahí parada, en la oscuridad, y espero a que me alcance.
—Lo siento —dice con voz ahogada—. No me he dado cuenta de que no era buena idea
abordar a una mujer sola, de noche. Pero es usted muy rápida.
—¿Qué hace? —le pregunto—. ¿Por qué está aquí?
Se ríe, y su risa suena llena de ira.
—¿Me entrega esa carta y no lo sabe?
—Lo siento, yo… —No sé qué decir—. No debería haberlo hecho.
—No sabía qué hacer —explica desviando la mirada—. Me dio la carta y no sabía qué hacer
ni qué pensar. Si reír o llorar o… ¿qué? Y no puedo…, no puedo verla. A esa mujer que dice
que es mi madre. No puedo ir a verla sin más. Así que solamente hay una persona con la que
puedo hablar: usted.
—No puedo darle ninguna respuesta —le digo.
Nos separa un trecho de acera. Los transeúntes entran y salen de nuestra conversación,
ajenos a este instante que significa tanto, dentro de estos escasos metros cuadrados de calle
mugrienta.
—Tengo que hablar con alguien y con ella no puedo hablar, ¿comprende? Es un fantasma.
Es un sueño. Es… un monstruo.
—No, no lo es. —Sacudo la cabeza—. Eso se lo aseguro. No lo es. Está rota. Rota por la
vida, y eso le ha causado a usted sufrimiento. Pero no es un monstruo. Solo quería hacer
borrón y cuenta nueva.
Su risa suena amarga, fría, y doy un paso atrás. No se lo reprocho, no puedo culparle por lo
que siente. Me culpo a mí misma por haberle dado da do esa noticia.
—Quiere hacer borrón y cuenta nueva. —Menea la cabeza—. Da igual el dolor que cause.
Pues sí, supongo que es muy propio de ella.
—Hugh… —Vacilo un momento—. ¿Puedo tutearte? Entiendo lo que debes sentir.
Cuando me dictó la carta, me quedé de piedra, pero… Grace es tu madre.
que—Mi
me madre —repite
dejó una consuicidio
nota de énfasis,y esbozando
se esfumó una
así, sonrisa
por las cargada
buenas. de
La tristeza—.
madre queLayomadre
creía
muerta desde que tenía diez años.
Querido hijo:
La última carta que te escribí iba a ser eso: la última. Es importante que lo sepas. No fue
fu e una artimaña
ni una mentira. No fue una excusa ni una cláusula de rescisión. Pensaba hacerlo. Pensaba matarme.
Deseaba muchísimo quererte, mi niño. Muchísimo. Y tú volcabas en mí todo tu cariño, aunque
fuera una madre atroz. Daba igual cuántas tardes me emborrachara en el sofá hasta perder el
conocimiento o no fuera a recogerte al colegio. O que algunos días no comieras hasta que llegaba tu
padre. Te fallaba día tras día, año tras año, y aun así tú siempre me recibías con un brillo en los ojos.
Te merecías una madre mucho mejor que yo, que era tan egoísta, tan caprichosa, tan insensible. Pero
no, tampoco se trata de eso. Yo no era insensible. Sabía que eras un niñito adorable, listo, divertido,
tierno, pero no podía sentirlo. No sentía nada, excepto el peso de esa enorme tristeza que tiraba de
mí hacia abajo como una piedra de molino atada al cuello, y pensaba que sería un alivio hundirme
con ella, no tener que seguir luchando por respirar.
Y pensaba en ti sin mí, y estaba segura de que vivirías mucho mejor, y tu padre también, sin tener
que luchar contra ese negro nubarrón que nos cubría a todos.
peroPero
mesoy unademasiado
daba cobarde, mi querido
miedo niñ[Link]íSoy
morir, queuna cobarde
escapé. y siempre
Y durante lo he tiempo
mucho sido. Noestuve
queríacomo
vivir,
muerta. Día tras día, borracha, sola, dejaba que la vida me arrollara. Dormía al raso, hacía cosas…,
cosas de las que me avergüenzo.
Un día, muchos años después de marcharme, encontré una amiga, o más bien me encontró ella a
mí. Una desconocida que pasaba por allí. Me sacó del arroyo y me llevó a un sitio donde pude
lavarme y entrar en calor, y comer bien y sentirme a salvo. Y dejó que me quedara. Yo pensaba todos
los días en marcharme y todos los días me quedaba. Y primero pasé un día sin beber, y luego dos, y
tres, y los días se convirtieron en semanas y las semanas en meses. No fue fácil: lloraba, daba
puñetazos, la amenazaba a ella y a mí misma, pero podría haberme marchado en cualquier
momento. Solo que no me marché. Seguí allí. Y un buen día me levanté y el nubarrón no es que
hubiera desaparecido, pero se había levantado un poco, lo justo para que viera un horizonte más
lejano. Fue entonces cuando lloré por ti, mi querido niño, por ti y por tu padre. Fue entonces
cuando lloré y lamenté de todo corazón lo que os había hecho. Y fue también cuando me enamoré
de ti, cuando te quise, cuando te adoré y ansié abrazarte. Y en ese preciso momento supe que era
demasiado tarde. Supe que no podía volver. Que estabais mejor sin mí, los dos.
En fin, hijo mío, ahora me estoy muriendo y sigo siendo una cobarde. No quiero irme. No quiero
dejar este mundo en el que siento que hace tan poco que he aprendido a vivir. Pero debo pagar el
peaje. No tengo alternativa.
Cuando leas esta carta ya habré muerto. Me odiarás. Te enfadarás, sentirás amargura e indignación.
No entenderás mis motivos. No te pido que me perdones ni que te preocupes siquiera por mi
muerte. Pero mi querido, mi queridísimo niño, por favor, ten presente que tenías una madre que te
quería, desde lejos y no el tiempo suficiente, pero que te quería con todo su corazón cuando estaba
25
Stella
Mirarle desde el otro lado de la mesa es una experiencia curiosa. Es la primera vez que le veo a
plena luz. La carrera debe de haberle pasado factura: tiene la cara reluciente de sudor y el
cabello oscuro se le ha ondulado con la humedad. Hay algo en él que transmite dulzura, al
contrario de lo que le pasa a Vincent con ese físico suyo, tan duro. Tiene cara de haber leído
muchos libros. No he tenido más remedio que cruzar la calle con él hasta la cafetería que abre
toda la noche, la que está junto a la parada de taxis, e invitarle a un café con leche, dulce y bien
cargado.
He sonreído a Hussein, que atendía la barra. Nos conoce a todos los del Marie Francis.
Venimos mucho durante la noche, y a veces nos trae una bandeja de dónuts, de regalo.
—Lo siento —le digo a Hugh.
Parece lo único sensato que puedo decirle. Ha perdido tantas cosas, y hasta lo poco que ha
encontrado lo va a volver a perder.
—Pero quizá…, quizá sea mejor así…
—¿Porque todo sucede por una razón? —pregunta en tono cansino—. Suena a la leyenda
de uno de esos carteles con gatitos que se cuelgan en algunas oficinas. Pero no todo sucede por
una razón. La mayoría de las cosas suceden sin motivo ninguno.
—Lo sé, te lo aseguro —contesto—. Debes de haberla echado de menos mucho tiempo. Tu
vida no habrá sido fácil.
Menea la cabeza una sola vez. Un gesto tenso, controlado, rebosante de dolor. Noto cómo
irradia de él. Y lo reconozco: es ira.
—Para nada. Tuve un padre maravilloso. Nunca me ha faltado nada. Ella tenía razón, en lo
que escribió en la carta: estábamos mejor sin ella.
No respondo. No hay nada que responder. Mirando por la ventana, observo la calle desierta
que se extiende más allá del reflejo de las luces de la cafetería y espero.
—¿Ella no sabe que me has dado la carta? —pregunta por fin.
Niego con un movimiento de la cabeza.
—Iba a decírselo cuando me has parado. He incumplido la promesa que le hice. La he
traicionado y no sé por qué, la verdad, solo que anoche… estaba furiosa y dolida, y cansada de
que las cosas nunca salgan como creo que deberían salir. Por eso hice ese gesto. Pensé que os
merecíais la oportunidad de hablar cara a cara antes de que fuera demasiado tarde. Pero no era
yo quien debía decidirlo. Ha sido una estupidez, un acto egoísta. Y lo siento.
Se queda callado otra vez, y yo no le apremio.
—Creo… En fin, creo que a lo mejor mi matrimonio se deshizo anoche. No es que sea una
excusa válida, ni una razón. Es solo que… el destino se las arregla siempre para lanzarnos una
bomba
[Link]
retirar
he lavenido
mano porque
mientrasnecesitaba
todo lo que
vercreíamos
a Grace.sólido
Pero ydespués…
seguro se No
dispersa
tengoa ni
losidea
cuatro
de
qué va a pasar después. He llegado hasta este punto de mi vida, los treinta y dos años, y me
parece que a partir de hoy voy a tener que empezar de nuevo, completamente. Tengo que
partir de cero. Así que lo que intento decir es que, aunque ahora mismo todo parezca una
mierda, al final, teniéndolo todo en cuenta, sabiendo todo lo que sabes, por muy feas que se
pongan las cosas, siempre puedes empezar de cero, otra vez. Puedes edificar tu vida sobre la
verdad, en vez de sobre un montón de mentiras.
—Te gusta
costando hablar,
un gran ¿verdad?
esfuerzo —pregunta
no apoyar desmayadamente,
la cabeza sobre la mesa. yLomesédoy cuenta
porque a mídetambién
que le está
me
cuesta.
—Lo siento. —Me encojo de hombros—. Creo que en parte ese es mi problema, ¿sabes?
Que siempre quiero arreglarlo todo, salvar a todo el mundo, quieran o no quieran. Creo que
por eso me hice enfermera. Me formé para ser enfermera de traumatología, y era muy sencillo.
Bueno, no era sencillo, era duro, pero teníamos claro lo que intentábamos hacer. Intentábamos
reparar huesos, corazones, cabezas… Personas, en general. Cuando mi marido perdió la pierna
en Afganistán, no pude seguir afrontándolo, no podía ir al trabajo a curar a otras personas
cuando a él no podía curarle. Y necesitaba trabajar para no estorbarle, así que, cuando vi este
trabajo, pensé que me vendría bien. Ya no tendría que luchar contra nada, solo tendría que
cuidar a otros. Pensé que estaría bien. No sé. Puede que a fin de cuentas no esté hecha para ser
enfermera.
—Podrías reciclarte y dedicarte a dar charlas a la gente —masculla Hugh—. Perdona, eso
ha sido una impertinencia. Siento mucho lo de tu marido. Además, no es contigo con quien
estoy enfadado. Es solo que a mi padre y a mí nos costó mucho tiempo recuperarnos, pero lo
conseguimos. Y ahora me encuentro en un momento de mi vida muy estable, incluso
optimista. Incluso estaba pensando en compartir mi vida con otra persona. Estaba bien, y
ahora esto. Ahora tengo que enfrentarme a esto.
—Entonces, ¿todos estos años pensabas que se había suicidado? —le pregunto.
Asiente encogiendo los hombros para protegerse de un frío que únicamente siente él.
—Cuando tenía diez años, bajé una mañana y allí estaba la carta de mamá, encima de la
mesa, escrita en un trozo de papel rayado arrancado de uno de mis cuadernos. Mis deberes
estaban en la parte de atrás. Había puesto encima su reloj, un reloj de oro barato que le regaló
mi padre cuando se casaron, y sus anillos.
Mira fijamente la mesa mientras habla, rememorando aquel instante, viéndolo desarrollarse
sobre la formica de la mesa.
—Mi padre todavía no se había levantado. Era sábado y los sábados se quedaba en la cama
hasta tarde. Yo siempre me levantaba y bajaba a desayunar con mi madre. Ella todavía llevaba
puesto el camisón, nos sentábamos a comer y a charlar, y me contaba chistes y me hacía reír, y
me revolvía el pelo. Algunas veces la ayudaba a ordenar los calcetines o a planchar las fundas
de las almohadas. Siempre pasábamos juntos ese ratito, antes de que vinieran a buscarme mis
amigos y me fuera por ahí a pasar el día. Era algo seguro. Durante toda mi infancia mi madre
fue algo seguro, hasta el día en que encontré la carta.
Aparta su taza de café y hace como si trazara con el dedo sobre la mesa la silueta de una
carta perdida hace mucho tiempo.
—Leí la carta. Decía: «Frank, lo siento mucho. No puedo seguir así. Cuando te conocí
pensé queTe
cambian. podía cambiar
quiero a ti, ay mejor y loNo
al niño. heteintentado, lo he intentado
culpes. Cuida de veras.
de él, Frank. Pero las
Se pondrá muycosas no
triste.
Grace».
Se hace un silencio y pienso en la carta que le puse en las manos hace unas horas.
—Ni siquiera tuvo el valor de escribir mi nombre —dice, incapaz de mirarme a los ojos—.
Yo no entendía bien qué significaba aquella carta, y era el día en que mi padre se levantaba
tarde, así que esperé hasta las once y le preparé un té, como hacía siempre mi madre los
sábados. Y cuando me preguntó dónde estaba ella, le dije: «Abajo hay una carta, encima de la
mesa. Mamále dice
»Nunca que lo siente,
vi moverse perocomo
tan rápido no séaquella
por qué».
vez. Bajó a toda velocidad las escaleras, cogió
los anillos y la carta y salió a la calle. Yo le seguí y le dije que la carta ya estaba allí cuando me
levanté, que llevaba allí mucho tiempo.
»Y él me agarró y me zarandeó y me preguntó por qué no le había despertado. Y siguió
zarandeándome y llorando, zarandeándome y llorando. Cuando me soltó, entró en casa y llamó
a la policía. Ella no se había llevado nada. Ni ropa, ni dinero. Su cartera estaba en el aparador.
Tampoco se había llevado la llave de casa. Más tarde, ese mismo día, encontraron un par de
zapatos en la playa de Clacton. Eran los zapatos de mamá. Es lo único que supimos de lo que
pasó después: un par de zapatos en una playa.
»Hubo una investigación y una vista judicial, más de un año después de que desapareciera.
La causa se cerró sin un veredicto claro, pero nos dieron el certificado de defunción. Hubo un
funeral. Con un ataúd vacío, incluso. Mi padre era aficionado a la pesca, esta chaqueta es suya.
Él me enseñó a amar la pesca. Los fines de semana, después de que ella se fuera, me llevaba al
campo, muy lejos, a pescar. Era maravilloso y también horrible, porque… después de que ella
se fuera había una especie de paz, una tranquilidad que no había antes. Fue después de su
marcha cuando me di cuenta de que yo era como mi padre; de que nos gustaban las mismas
cosas: leer y pescar, la historia y los cuentos de fantasmas. Nuestra vida juntos, solos los dos,
era muy agradable, muy sosegada. Los domingos me llevaba en coche fuera de la ciudad, a
zonas pijas del Támesis, a pescar. Y a veces yo no podía evitar alegrarme de que ella no
estuviera, y no podía evitar preguntarme si no nos estaría observando desde algún lugar bajo el
agua, rabiosa porque no la echáramos más de menos.
Hace una pausa y se estremece, cierra los ojos un momento. Yo cojo el cuenco del azúcar,
saco un sobrecito por hacer algo, por tener algo que mirar, porque mirarle a él en este instante
me parece una intrusión.
—Cuando tenía unos dieciséis años fui a buscar algo al garaje. Estaba construyendo no sé
qué. Quería hacer una mesa, eso era, para el cumpleaños de mi padre, y fui a buscar unas
herramientas. Justo al fondo del garaje había algo cubierto con unas lonas. Retiré las lonas y vi
un montón de cajas apiladas. Cuarenta y cuatro cajas. En cada una había seis botellas de vodka
vacías. Eran suyas, y mi padre las guardó durante años. Iba por la casa recogiendo botellas,
tiraba lo que podía por el fregadero y guardaba las botellas en el garaje. Imagino que en
aquellos días todavía no había reciclaje. Nunca quiso que yo supiera que ella bebía, y yo no me
enteré hasta ese momento. No tenía ni idea. Era un niño feliz, con una mamá divertida que me
sacaba fuera en plena noche a mirar unas estrellas que en realidad no podíamos ver, o que me
despertaba a las cinco de la mañana para que viera con ella el amanecer, y a mí me encantaba.
Me encantaba tener una madre que me llevaba de aventuras, y un papá que se quedaba
durmiendo hasta tarde los sábados. Y luego…, luego todo eso cambió y ella se fue. Se fue y ni
siquiera
años me pudo escribir mi
he despertado nombre
todas en su nota
las mañanas de suicidio.
sabiendo que mi Ymadre
durante los quería
no me últimosloveinticinco
suficiente
para mantenerse con vida. Hasta esta mañana. Ahora sé que no me quería lo suficiente para
morir.
No hay nada que decir, así que los dos guardamos silencio. Nos quedamos sentados en el
café, bebiendo café frío. Entran y salen taxistas. Se oyen risas y conversaciones, la vida sigue
discurriendo a nuestro alrededor, en todas partes salvo en el metro cuadrado que ocupamos.
Aquí, la vida se ha detenido, y entre nosotros hay una especie de lazo: el vínculo de los
supervivientes, quizás. O puede que solo sea el vínculo de los afligidos. Pero, en todo caso, lo
siento. Y me reconforta.
Al mirar a Hugh, noto que, detrás de los cristales de las gafas, tiene unos ojos castaños que
parecen cálidos y amables. No me odia, como yo pensaba, como quizá tenga derecho a
odiarme. Me ve. Ve por qué he hecho lo que he hecho, y lo comprende.
—Pensaba que, si te daba la carta antes de que muriera tu madre, sería una heroína, al
menos en vuestra historia, aunque no en la mía. Tenía la idea de que al menos podía salvar
algo, salvarte a ti, salvar a Grace. Reparar algo terrible. Pero era una idea absurda. Una
estupidez. No debería haberte dado la carta. No debería haberla escrito. Solo quería sentirme
importante de algún modo, para alguien. Sentir que importaba. Ha sido un acto egoísta, y lo
siento muchísimo.
Hugh suspira, sacude la cabeza.
—¿Habría sido mejor que no me la dieras?
—Bueno, tú has seguido con tu vida. Ya habías pasado tu duelo, y ahora te he obligado a
afrontar un sufrimiento del que me imagino que tardaste años en recuperarte. Así que sí, creo
que habría sido mejor.
Miro al otro lado de la calle, al Marie Francis. A esta hora de la noche está a oscuras, parece
cerrado, pero eso es porque desde el otro lado de la tapia no se ve el piso de abajo.
—¿Llegas tarde a trabajar? —me pregunta Hugh.
—Hoy no trabajo. Solo iba a decirle
d ecirle a Grace lo que he hecho.
—¿Cuánto tiempo le queda?
Me acuerdo de mi teléfono apagado y confío en que no sea demasiado tarde, en que no nos
hayan arrebatado esa decisión.
—No estoy segura —digo—. Puedo averiguarlo, si me das un momento.
Asiente con una inclinación de cabeza.
—Necesito saber si tengo tiempo para pensar, o si no hay nada que pensar.
Mandy, la enfermera que está de guardia cuando no trabajo, se lleva una sorpresa al verme.
—¿Qué haces aquí? —pregunta—. Seguro que tienes algo mejor que hacer con ese marido
tuyo tan fortachón.
—Quería saber cómo está Grace. He estado pensando en ella. ¿Cómo está?
Mandy echa un vistazo a sus notas.
—Estable, cómoda. Keris está con ella ahora. Está tranquila. ¿Por qué?
—¿Por qué qué? —Me apoyo en el mostrador, preguntándome si Hugh se alegrará al
saberlo.
—¿Por qué has venido hasta aquí para preguntar por Grace? ¿Por qué no has llamado por
teléfono?
—Ya sabes, a veces un paciente te llega al alma —contesto.
Está claro que Mandy no me cree, y ella sabe que lo sé, pero no insiste.
Querida Deborah:
Espero que al recibir la presente te encuentres mejor que yo. Debo reconocer que me he preguntado
cómo te tomarás la noticia de mi fallecimiento: si te costará disimular la alegría o si reaccionarás de
manera un poco más sobria. Espero que no te pongas loca de contento al saber que me he muerto. Y
que recuerdes como felices algunos de los veinte años que estuvimos casados.
Deborah, quiero disculparme por cómo te traté, por cómo fue nuestro divorcio. Creía que había
dejado de quererte y que me había enamorado de otra mujer. Pero la verdad es que no fue el amor,
ni siquiera el deseo, lo que me empujó a poner fin a lo que hasta entonces había sido un matrimonio
muy satisfactorio. Fue el miedo. De pronto me sentí viejo y me asusté. Creo que pensé que tener una
nueva esposa, una mujer veinte años más joven que yo, me haría en cierto modo inmortal.
La verdad es, Deborah, que seguramente ha sido ella la que me ha llevado hasta el borde mismo de
esta tumba en la que me hallaré muy pronto. Tardé más o menos un año en despertar y recuperar la
sensatez, y quizá te alegre saber que estos últimos ocho años han estado cargados de
remordimientos. ¡Cuánto te he echado de menos! Tu tranquila pasión por la vida, tu elegancia, tu
olor.
[Link] línea suave de tu mejilla, el modo en que te caía el pelo sobre la nuca. Tu familiaridad, tu
Dirás, claro, que solo soy un viejo idiota que siempre quiere lo contrario de lo que tiene, y tienes
razón, imagino. Tú te volviste a casar, por supuesto. Siempre supe que Kevin estaba colado por ti.
Espero de verdad que seáis felices.
En el acuerdo de divorcio me tocó la casita de Devon que sé que te encantaba, y ahora quiero
devolvértela en mi testamento, con la esperanza de que a veces te acuerdes de nuestro primer verano
allí, cuando nos pasábamos el día haciendo el amor y riendo.
Tu primer marido,
George
26
Hope
—Bueno, vamos…
Ben coge la llave que le da el recepcionista y nos dirigimos a un pequeño ascensor que no
parece muy de fiar.
Cuando se abre parece un ataúd estrecho, puesto en vertical y forrado de espejos. Apenas
hay sitio para una persona. Asustada, busco a mi alrededor unas escaleras sólidas por las que
subir tranquilamente pero, si las hay, no están por aquí. Tampoco hay salida de emergencia, lo
cual es un buen resumen de mi vida en general.
—Tú primero —dice Ben.
A falta de una vía de escape, no veo más opción que entrar en la cajita, y Ben entra detrás de
mí.
Enseguida nos vemos atrapados en una cercanía incómoda, y yo cobro conciencia de cada
palmo del cuerpo de Ben, que en teoría conozco tan bien. Tiene el pelo negrísimo gracias a un
tinte semipermanente que él no sabe que yo sé que se aplica. Aunque es muy evidente por las
manchas azuladas que tiene a veces detrás de las orejas. La cicatriz que tiene en la nuca, de
cuando se cayó haciendo el caballito en su bici Chopper cuando teníamos nueve años. Sus
brazos casi desnudos. La curva de su antebrazo. Sus riñones. Nunca antes había pensado en…,
en lo que tiene debajo de los pantalones. ¿Y cómo es posible que un ascensor tarde tanto en
subir dos pisitos de nada? Ben me mira levantando una ceja como si intuyera que me estoy
imaginando sus genitales, y yo cierro los ojos. ¿Estará pensando en mí desnuda? ¿Estoy
pensando yo en mí misma desnuda? No sé cuándo fue la última vez que me depilé. ¿Esperará
que esté ahí abajo tan rasuradita como una actriz porno, cuando en realidad tengo todo mi
pelo, al natural? A lo mejor podemos tener la luz apagada.
Siento un alivio palpable cuando por fin se abre la puerta y salimos a trompicones.
El pasillo largo y estrecho describe al final un extraño recodo siguiendo los recovecos
caprichosos de las habitaciones.
—Habitación treinta y dos —dice Ben, dándose un golpecito en la barbilla con la tarjeta
llave mientras seguimos el rastro de los números por el pasillo.
Por fin estamos delante de una puerta pintada de blanco con nuestro número. Ben pasa
varias veces la tarjeta por la ranura, hasta que por fin la lucecita roja se pone en verde y se abre
la cerradura. Empuja la puerta y se retira para dejarme pasar. Yo espero todo el rato que se ría
y cambie de idea, que me señale y suelte una carcajada y diga «¡Te lo has creído, ja!» o algo
parecido. Pero no. Está muy callado. Y yo también. Esto, más que una cita amorosa, parece el
último trayecto de un condenado a la silla eléctrica.
La habitación no es muy bonita, que se diga. Puede que lo fuera hace unos quince años pero,
si entornas los párpados y no te fijas en las cortinas raídas, las manchas de café de la alfombra,
la sombra de una quemadura de plancha en la moqueta junto al cuarto de baño o las
mosquiteras grisáceas, entonces no está mal del todo. Es mejor que una habitación de hospital,
desde luego. Por lo menos está limpia y con las lamparitas de la cama encendidas es bastante
acogedora. No es un lugar horrible para hacer el amor.
El problema es que, ahora que estamos aquí, no sé qué hacer. Miro a Ben, desconcertada.
—Bueno, tú eres el que ha tenido seis amantes —le digo—. Empiezas tú.
—No han sido seis amantes a la vez —contesta—. Joder, no sé. ¿Te apetece una copa?
—¿Has traído
Pone cara algo? y luego señala con la cabeza el hervidor de agua que hay en el rincón.
de pasmo
—¿Una taza de té?
No puedo evitar taparme la boca con la mano, y él sonríe. Da un paso hacia mí.
—Deberíamos besarnos —dice—. La última vez que te besé, no estaba en mi mejor
momento. Pero ahora estoy sobrio y libre de gérmenes.
—¿Tienes un certificado que lo demuestre? —le pregunto.
Esta vez su sonrisa es tímida, nerviosa. Una sonrisa agradable. Me gusta que no se esté
tomando todo esto a broma. Si lo hiciera, estoy segura de que me acobardaría mucho antes.
—Respecto a esas seis chicas —dice—, en realidad eran solo tres. Y una de ellas no estoy
seguro de que cuente.
Da otro paso hacia mí y me pone las manos con cuidado en las caderas. Yo miro
resueltamente hacia abajo.
—Me va a costar enrollarme con tu coronilla —dice.
—Es que estaba pensando en otras cosas, ¿sabes? En cosas prácticas como…, como
condenas. Digo condones.
—Ese tema está cubierto —dice—. Bueno, todavía no lo está, pero lo estará pronto.
Es un chiste malísimo, pero a los dos se nos escapa la risa.
—Creo que es mejor que nos dejemos de hablar y probemos a besarnos otra vez —dice Ben.
Yo respiro hondo, levanto la vista y veo su cara justo delante de mí. Esa cara tan querida
que conozco desde siempre, esa boca tan dulce. Nos acercamos lentamente y nuestros labios se
rozan, titubeantes. Es una sensación muy rara. Cierro los ojos y me concentro en el leve pálpito
de la sangre bajo su piel. Su lengua prueba mi boca y entonces me acuerdo del beso anterior,
cuando me resistí y todo fue un barullo de dientes, saliva y encías. Esta vez, dejo que él me
guíe. Dejo que explore mi boca y luego exploro la suya. Es casi como escribir una canción, un
ejercicio de equilibrio, un descubrimiento mutuo, sondeándonos el uno al otro en busca de la
armonía. Al poco rato, mucho antes de lo que temía, empieza a gustarme este beso. Si
mantengo los ojos cerrados y no pienso demasiado en quién estoy besando, es una delicia. Le
rodeo el cuello con los brazos y le atraigo hacia mí, y me gusta sentir la resistencia de su cuerpo
firme pegado a mí, más blando. Entonces Ben gime, supongo que de deseo. Gime y, como es
Ben, me entra el miedo y le suelto.
—¿Qué pasa? —pregunta al tomar aliento—. Yo creía que iba bastante bien. b ien.
—No pasa nada, nada —contesto—. Solo que has hecho ese ruido y… ya sabes. Me ha
parecido que te estaba gustando.
—Y me estaba gustando. ¿A ti no? —me pregunta—. Porque imagino que no hay ninguna
regla que diga que no puede gustarnos, ¿no?
—Sí, quiero decir no —respondo—. Me estaba gustando. Pero… Mira, yo no he estado ni
con tres chicas…, digo, chicos. Así que dame un poco de margen. A ver si podemos…
tomárnoslo con más calma. O por lo menos no hacer ruiditos.
Ben sonríe y yo agarro un cojín y se lo tiro.
lo que hacemos siempre, ¿no? Cachondearnos el uno del otro. Es lo que hacen los amigos.
Se queda mirándome unos segundos, y me doy cuenta de que se le están quitando las ganas
a pasos agigantados.
—Esto es un error —dice—. No es culpa tuya, la culpa la tengo yo. No sé en qué estaba
pensando.
Cogerápidamente.
pongo mi camiseta de tirantes y me la da, apartando la mirada de mi desnudez, y yo me la
—Ben, perdona. No quería burlarme de tu potencia sexual. Por favor, Ben, no te enfades
conmigo. Ya sabes lo inepta que soy.
—No pasa nada —dice, aunque salta a la vista que sí pasa—. Entonces…, ¿volvemos a lo de
antes? ¿A como eran las cosas antes de esta noche?
—Ben… —Me siento en la cama mientras empieza a recoger sus cosas—. ¿Qué ha pasado? p asado?
—Nada, y es mejor así. No pasa nada —responde, pero tiene los hombros tensos y la
mandíbula apretada.
Esto no va nada bien.
—Dímelo —insisto.
—Joder, Hope. Si no lo sabes, no vas a saberlo nunca —replica, enfadado—. ¡Y vete a la
mierda, encima me haces hablar como una mujer!
—¿Qué? ¿Cómo? —Me quedo mirándole pasmada y él se da la vuelta y me mira fijamente.
—Estás tan metida en tu propia tragedia… —dice—. ¿Y quién te lo puede reprochar?
Cualquiera lo estaría. Cualquiera estaría enfadado y dolido y asustado si tuviera que convivir
con lo que convives tú. Así que… no pasa nada. No hay de qué preocuparse. No debería haber
dejado que las cosas llegaran a este
e ste punto. Soy un idiota por…
—Te he cabreado de verdad y ni siquiera sé por qué —digo.
Aprieta los labios mientras me mira y me asusta ver lágrimas en sus ojos. Noto que se está
esforzando por no pestañear, por miedo a que se le salten.
—Estoy enamorado de ti, idiota —dice—. Te quiero, Hope. No sé cuándo dejó de ser un
amor platónico y se convirtió en una pasión insoportable y abrasadora, pero así es. Estoy
enamorado de ti. A eso me refería cuando he dicho que me estaba excitando demasiado. Me
daba miedo soltártelo. Llevo años esperando como una colegiala a que te des cuenta de que
estoy colado por ti, y nunca te das cuenta.
—Espera… ¿Qué? —le pregunto, y por un momento es casi como si estuviéramos hablando
en idiomas distintos.
—Pensaba que algún día te fijarías en mí, que de pronto te darías cuenta de que ese chico
que siempre anda rondando a tu alrededor es tu chico ideal, pero no ha sido así, nunca ha sido
así. Y luego estuviste a punto de morirte, joder, y entonces… Ni siquiera entonces. No tuviste
una epifanía, ni nada. Joder, ni siquiera se te ocurrió pensar que a lo mejor te besé porque te
quiero, Hope. No, tenías que pensar en una explicación absurda y sórdida, muy de tu estilo,
porque vives metida en tu psicodrama particular y no te fijas en que hay gente en este mundo
que necesita que estés viva, ni te importa que la haya. Y encima ahora me haces hablar como
una chica, soltar este discurso idiota. Lo próximo que harás será pedirme que nos disfracemos
como para ir a un baile de fin de curso. Pero no. Se acabó. No pienso seguir comportándome
como un cachorrillo patético. Voy a pasar página.
—Ben. —Me levanto—. Ben, estás loco. Para. Tú no eres un cachorrillo patético. En todo
caso lo soy yo.
—No, qué va —contesta—. ¿De verdad no has notado que te sigo a todas partes? No pasa
nada. Entiendo que no sientas lo mismo por mí. A fin de cuentas, soy un chaval de barrio que
todavía vive con su madre, que le ignora, por cierto, y trabajo en una tienda de telefonía. No
soy un buen partido, que digamos, ya lo sé. Pero ¿sabes…, sabes una cosa? Al menos podrías
intentar ser un poco más generosa, un poco más amable por que me haya enamorado de ti. Al
menos podrías… darme las gracias.
—Pero…
Se marcha, sale de la habitación hecho una furia y la puerta choca con la esquina de la mesa.
—Gracias —le digo a la habitación vacía.
¿Qué demonios acaba de pasar? ¿Qué ha sido todo esto? ¿Una retorcida estratagema para
no cumplir nuestro pacto? ¿Una broma? Pienso en todo lo que ha dicho y en cómo lo ha
dicho, y me parece una broma. Ben no me quiere. ¿Verdad? No de ese modo. ¿No?
Porque…, ¿cómo va a quererme? ¿No?
Suena mi teléfono y veo su nombre y una foto suya en la pantalla. Contesto a la llamada.
—Lo siento mucho, de verdad —dice—. Vas a tener que volver andando.
—No me importa volver andando —contesto—. Es aquí al lado.
—¿Estás segura?
—Ben. —Me acerco a la ventana y veo su figura alta pasar bajo una farola, al otro lado de la
calle—. Soy una imbécil y una egoísta, ¿lo sabías?
—Sí, lo sabía.
Nuestros ojos se encuentran. Aunque no puedo verle la cara, lo sé. Siento que estamos
conectados. Y apoyo la mano en el e l cristal.
—De todos modos, soy un jodido perdedor —dice.
—No lo eres —contesto—. Eres la mejor persona que conozco.
—Pero si no tienes literalmente ningún amigo, aparte de mí.
Yo me echo a reír. No es del todo cierto, pero casi.
—Estoy esperando a que bajes, para acompañarte —añade.
—Ben, sobre lo que has dicho… No es que no…
—Para ya de hablar —dice—. Nos vemos dentro de cinco minutos.
27
Vincent
—¿Vincent?
Abre la puerta en bata, y la saludo con un saludo militar. No lo tenía pensado, pero me sale
así. Inclina un poco la cabeza para indicarme que no hace falta que me ponga firme.
—Maeve —digo—. Ha pasado mucho tiempo. Lo siento.
—¿Cómo estás? —pregunta al abrazarme.
No me parece correcto abrazarla, así que no lo hago, pero ella se inclina hacia mí un instante
y apoya la cabeza en mi hombro.
—Cuánto me alegro de verte. No sé, abrazarte a ti es un poco como abrazar a Kip, en cierto
modo.
Coge mi cara entre sus manos frías como si quisiera comprobar que existo de verdad.
—Siento no haber asistido al funeral.
—No seas tonto —contesta, y se retira para invitarme a entrar en su casa.
Dudando, cruzo el umbral. Me siento como un intruso.
—Estabas entre la vida y la muerte —dice—. ¿Cómo ibas a asistir? Pero me alegro mucho
de que salieras adelante, por ti y por Stella. Y también por Kip. Estaría contentísimo si lo
supiera. ¿Te apetece un café o un té? O una cerveza, a lo mejor. No suelo tenerla en casa
últimamente, pero vi que una de las marcas preferidas de Kip estaba de oferta y la compré. No
me di cuenta hasta que llegué a casa y saqué la compra. —Me sonríe, pero es una sonrisa
ribeteada de lágrimas—. Oye, a lo mejor él sabía que ibas a venir. A Kip le encantaba hacer de
anfitrión.
—Mamá, ¿quién es?
Oigo una vocecilla procedente de arriba y un momento después entra corriendo en la cocina
una niña pequeña, en pijama, con el pelo rubio rojizo y la barbilla igual que la de Kip.
—Casey, deberías estar en la cama, pillina. —Maeve la levanta en brazos y la sienta sobre su
cadera—. Este es el tío Vinnie. Era el mejor amigo de papi.
Trago saliva.
—Maeve, Kip y yo nos hicimos una promesa. Prometimos que, si alguna vez pasaba lo peor,
estaríamos ahí para… ya sabes, para los que quedaran. Dijimos que haríamos lo que no hacen
nunca los peces gordos, contar cómo fue el final, cómo fue de verdad. Porque sabíamos que
para las familias es horrible no saber qué ocurrió. Eso es lo peor de todo: no saber.
Maeve asiente con la cabeza pero no dice nada. Entre sus cejas aparece una grieta profunda
que se extiende hacia abajo desde lo alto de la nariz y que la hace parecer mucho mayor de lo
que es. No puede tener mucho más de treinta años.
—Vincent —dice amablemente, ofreciéndome una botella de cerveza abierta—. Sé que has
cruzado Londres para decirme algo y sé que es importante que me lo digas, pero ¿puedes
esperar un momento, por favor, hasta que acueste a esta pequeñina?
p equeñina?
—Claro —digo, y sonrío a Casey.
—¿Quieres que esta noche te lea el cuento el tío Vinnie? —le pregunta a la niña, que ríe
encantada y por un instante se parece aún más a su padre.
No sé si podré hacerlo sin emocionarme, pero tampoco sé decir que no, así que llevo a la
niña arriba y ella me da un libro y luego otro y se mete en la cama.
—Entonces, ¿te lo leo en voz alta? —pregunto.
—Sí, pero
intenta, tontono—dice
se le daCasey—.
tan bienYcomo
haz alas vocecitas.
papá. ¿A ti sePapá
te da hacía
bien? todas las voces y mamá lo
—Voy a intentarlo —contesto.
Me siento al borde de la cama y abro el libro y le leo una historia sobre osos. Pasada una
página, me da un codazo en las costillas y yo intento poner voz de oso y ella se ríe. Así que lo
hago otra vez, y otra, poniendo una voz distinta para cada oso, una grave, otra aguda y una
chillona, que es la que le gusta más. Y se ríe y se ríe, y yo me descubro sonriéndole y haciendo
el indio solamente para que vuelva a reírse.
—¡Otra vez! —me pide en cuanto llegamos al final, así que leemos el cuento otra vez, y
luego otra, hasta que nos partimos los dos de risa y ella se pone a brincar sobre el colchón
como si fuera una cama elástica.
Maeve está en la puerta con los brazos cruzados, fingiéndose enfadada.
—Bueno, ya veo que al tío Vinnie se le da de perlas calmarte —me regaña guiñándome el
ojo—. Venga, ratón, es hora de dormir. Te quiero. Que duermas bien. Hasta mañana.
Apaga casi todas las luces menos la lamparita nocturna que brilla en el rincón, junto a la foto
del papá de Casey con uniforme de gala.
—Un beso, tío Vinnie —dice Casey en un intento desesperado de mantenerse despierta un
rato más.
Me inclino y la beso en la coronilla. Se da la vuelta y se queda dormida al instante.
—Increíble, ¿verdad? —susurra Maeve a mi lado—. Ojalá yo pudiera apagar así mi cabeza.
Abajo, me siento con la espalda muy erguida en el sofá de Kip, en el cuarto de estar de Kip,
bebiendo una cerveza que debería ser suya.
—Más vale que me digas de una vez lo que sea —dice Maeve, un poco nerviosa—. Se nota
que te está haciendo polvo callártelo.
—Te he escrito una carta —le digo—. Te he escrito montones de cartas, pero nunca
conseguía acabarlas. Esta vez creo que por fin lo he hecho como es debido. He tardado mucho
tiempo en reunir el valor necesario para decir lo que tenía que decirte y luego, cuando por fin
tuve la carta acabada, me pareció mal echarla al correo. Por eso te la he traído.
Le doy la carta esperando que la coja y la lea, pero niega con la cabeza.
—Léemela tú, Vincent —dice en voz baja—. Has hecho un camino muy largo para decirme
lo que contiene.
Tiene una expresión tensa cuando me levanto y me mira. No sé por qué, pero siento que
debo estar en pie, para rendir homenaje a Kip, para mostrarle mi respeto.
Saco el rectángulo de papel doblado del bolsillo de mis vaqueros y dejo la botella de
cerveza. Veo la cara de preocupación de Maeve, veo lo mucho que ha sufrido este último año y
medio, y cuánta tristeza y cuánto dolor tiene que asimilar aún, pero sé que debo decirle la
verdad. Miro la carta: el temblor de mi mano es patente. Empiezo a leer.
Querida Maeve:
Quería escribirte para decirte lo buen hombre y lo buen soldado que era Kip Butler. Era mi
compañero, mi hermano, tanto en el ejército como en la vida. Podía ser el hombre más bobo que
he conocido: terco como una mula, y un llorón cuando se tomaba una copa de más. Pero
también era muy bueno: siempre sabía cuándo estabas teniendo un mal día, y siempre sabía
cómo animarte. Me acuerdo de que rescató a una perrita abandonada que estaba muerta de
hambre en la cuneta y se la trajo al campamento. Le dio de comer, la adiestró. Era toda una
heroína, siempre nos hacía reír. Pero Kip no solo era un tipo decente, también era un soldado de
los mejores que pueda haber.
El día que nos atacaron…
Dudo un momento y respiro.
Lo hizo todo bien, igual que el resto de la patrulla. Fue una emboscada y no tuvimos tiempo
de reaccionar. Solo que… hubo un instante, un segundo nada más, al que no paro de darle
vueltas. Creo que en ese instante podría haber agarrado a Kip. Podría haber intentado
apartarle. Pero no lo hice. Perdí los nervios y me lancé hacia el otro lado cuando nos dio el
misil. Kip murió en el acto; ni siquiera se enteró. No sufrió ni un segundo de miedo, ni de dolor.
Y después el equipo de evacuación se ocupó de él enseguida. No se quedó solo ni un segundo,
hasta que estuvimos todos a salvo. Algunos días, cuando me despierto, desearía haber muerto
con él, o en su lugar, porque creo que él tenía muchas cosas por las que vivir y muchas personas
a las que quería y que le querían. Yo solo tenía a una persona que me amaba de verdad, y lo
único que quería era volver a su lado. Ahora ni siquiera me merezco su cariño, porque quererla
hace que me sienta culpable. Durante meses y meses, he sido consciente de que tenía que
decirte que cabía la posibilidad, aunque fuera pequeña, de que pudiera haberle salvado, y que
me dio miedo aprovecharla. Y quiero decirte a la cara cuánto siento haberos fallado, a él y a ti.
Y también a mí mismo.
Trago saliva, dejo de leer y miro a Maeve. Al principio no dice nada, solo esconde la cara
entre las manos. Le tiemblan los hombros. Quizá debería acercarme a ella, pero no sé cómo.
Me quedo aquí de pie, con la carta en la mano. Impotente, desvalido.
Por fin respira hondo, sube y baja los hombros, se destapa la cara y me mira. Tiene una
expresión amable, bondadosa.
Noto la picazón de las lágrimas en los ojos, pero no voy a dejarlas salir.
—Me alegro muchísimo de que hayas venido, Vinnie. De que me lo hayas contado. Es… un
alivio. Saber por ti que no sufrió. Significa mucho para mí.
Me encojo de hombros. No puedo hablar. Se me atascan las palabras en la boca. Ella se
levanta y da un paso hacia mí.
levanta y da un paso hacia mí.
—No sabes si podrías haberle salvado —dice suavemente—. Nunca lo sabremos. Pero si
hubiera sido Kip quien hubiera tenido ese segundo, yo habría querido que se salvara, por mí.
Habría esperado que hiciera todo lo posible por volver a casa, con Casey y conmigo, y rezado
por ello. Vincent, en un solo segundo no puede cambiarse lo que es inevitable. Y tú hiciste lo
correcto. Tomaste la decisión acertada. La decisión que yo habría querido que tomara Kip. Él
sabía lo que hacía. Sabíamos que era posible que pasara esto. Hablamos de ello. Y me dijo que,
si yo se lo pedía, dejaría el ejército porque para él lo más importante éramos Casey y yo, más
que cualquier
trabajo otra cosa
que amaba, en el mundo.
protegiendo Pero no ylelapedí
los derechos que lodedejara,
libertad Vincent.
un pueblo Murió
al que llegóhaciendo
a quererely
respetar. Y si él hubiera tenido ese segundo, sé que nos habría elegido a mí y a Casey. Lo sé,
porque me lo prometió antes de marcharse.
Pasado un momento, se acerca y me abraza.
ab raza.
—Significa muchísimo para mí saber que fue rápido y que no sufrió —me dice,
apretándome muy, muy fuerte.
Un instante después, yo también la abrazo. Y de pronto siento que otra vez puedo respirar,
después de muchos meses conteniendo la respiración.
Querido Simon:
Espero que esta carta llegue a tiempo y que no estés esperándome, preguntándote dónde me he
metido. Parece una ridiculez que nunca nos hayamos dado el número de teléfono o la dirección.
Pero no era así como funcionaba, ¿verdad? Un solo encuentro, una vez al año. Una sola noche
juntos, alejados de nuestras vidas, sin que nadie en el mundo lo supiera, salvo nosotros dos. Solo que
esta vez, cuando llegues a la cafetería de la estación de Penzance el 6 de diciembre, no estaré allí.
Confiaba en poder estar, rezaba por poder ir. Quería tener la oportunidad de despedirme.
La nuestra no ha sido una aventura tórrida, ¿verdad? Casi ni ha sido una aventura, sino más bien
un amor profundo y duradero que ha durado treinta años. Treinta noches, una al año. Dos
habitaciones individuales contiguas en aquel hotelito tan agradable. Un paseo por la playa, una cena
en la que quizá nos dábamos la mano y luego, al día siguiente, después de un grato desayuno, me
acompañabas a la estación y me dabas un beso en la mejilla. Y decías «Adiós. Volveremos a vernos,
cariño mío».
La última vez que lo dijiste ignoraba que sería la última.
Quiero a mi marido, a mis hijos y a mi familia; me encanta mi vida. Los quiero a todos, pero esos
treinta paseos por la playa, esas cenas en el paseo marítimo, esas noches con solo un tabique entre
nosotros… Esos treinta besos de adiós en la mejilla han sido de los momentos más felices de mi vida.
Y te doy las gracias por ello.
Adiós, Simon. Volveremos a vernos, cariño mío.
Frances
28
Stella
El camino a pie entre la cafetería y Euston no es muy largo, pero tardamos en recorrerlo algo
más de la cuenta porque Hugh se empeña en dar da r rodeos, asegurando que son atajos.
—Llevo toda mi vida viviendo aquí —dice mientras bajamos por las calles bordeadas de
casas, pasando ante altos bloques de pisos rebosantes de vida y de dramas, de penas y amores
contenidos, al menos por esta noche, tras minúsculos rectángulos de luz.
—¿Por eso eres capaz de desafiar esa norma física elemental que consiste en caminar en
línea recta para llegar antes a un sitio? —pregunto.
Se ríe, metiéndose las manos en los bolsillos.
—Mi padre era ingeniero. Siempre calculaba la ruta para ir a cualquier parte, hasta el último
milímetro.
más rápidaYo le veía hacerlo. Te aseguro que vamos a llegar a nuestro destino siguiendo la ruta
posible.
—¿Y cuál es nuestro destino, exactamente? —le pregunto—. Ya sé que has dicho que
querías enseñarme dónde trabajas, pero ¿a qué te dedicas? ¿No será algo macabro, como
carnicero o asesino en serie?
Se me hace un poco irreal que este perfecto desconocido y yo nos hayamos embarcado en
esta excursión. Es raro, pero también natural, curiosamente. Como si el hecho de que nuestros
caminos se hayan cruzado en este momento de nuestras vidas obedeciera a un motivo
concreto, aunque ese motivo sea nada más que caminar y charlar sin pensar en cómo se van
desmoronando, trozo a trozo, nuestras respectivas vidas. Él está perdido. Y yo también. Y
ambos queremos encontrar la forma de regresar a lo que conocemos.
Hugh me lleva más allá de los olores y el bullicio de Euston Station, hasta la elegancia
apacible de Bloomsbury, y el gentío que puebla las calles se va adelgazando a medida que el
tiempo avanza despacio hacia la medianoche.
Cuando me ha preguntado en la cafetería qué iba a hacer ahora, le he dicho que nada.
Yo esperaba que me invitara al pub, a tomar la última, o algo por el estilo. Tenía pensado
rechazar la invitación, pero quería saber qué era.
—¿Quieres ver dónde trabajo? —ha dicho.
—¿Dónde trabajas? —he repetido yo—. Bueno, es que es tardísimo…
—Está muy cerca, casi en esta misma calle. En Bloomsbury. En un museo.
—¿El Museo Británico?
—No, ese no. —Ha sonreído como si estuviera acostumbrado a que todo el mundo pensara
lo mismo—. Es el Museo Liston James. Cuando empecé a trabajar allí, hacía poco que había
muerto mi padre. Fue muy duro para mí, perderle. Era mi asidero. Me pasaba las horas
muertas en las salas del museo cuando estaba todo tranquilo, a oscuras y no había nadie,
mirando
[Link]úvestigios de las vidas
tienes problemas, de otra
yo tengo gente y Así
problemas. pensando. Asíallíresolví
que vamos muchos de mis
a resolverlos.
—Pero si acabamos de conocernos —contesté.
Él se encogió de hombros.
—Mejor. Así tendremos una perspectiva distinta.
Y así es como empezamos este paseo: dos desconocidos en una ciudad llena de
desconocidos, buscando un modo de encontrarse.
Hace cada vez más frío. Caminamos a buen paso, en medio de un silencio agradable,
siguiendo
para impedirla ruta delfrío
que el padre de Hugh,
nos lastime con la cabeza gacha y la barbilla hundida en el abrigo
las mejillas.
No aminoramos el paso hasta que nos topamos de frente con el Museo Británico, inundado
de luz, imponente, magnífico. Mientras lo miro montando guardia sobre la ciudad, me doy
cuenta de lo reducida que ha sido mi vida últimamente. El pequeño y oscuro triángulo que
habito: la casa, Vincent y el trabajo, tres puntos entre los que me desplazo corriendo, uno
detrás de otro. Con razón estoy tan cansada.
—Mi museo no es tan grande como ese —comenta Hugh casi en tono de disculpa mientras
cruzamos la calle.
Le sigo por Willoughby Street, una calle estrecha en la que nunca me había fijado. Casi al
final de la calle, oculto tras un restaurante japonés, hay uno de esos rincones secretos con los
que jamás te toparías por accidente, ni siquiera en una ciudad como Londres. Hugh me
conduce aformada
callejuela través depor
un cinco
pasadizo corto
casas y tan estrecho
georgianas que dos
perfectas, apenas cabelado
a cada unaypersona, hasta una
una al fondo. La
calle está iluminada con farolas de hierro forjado que proyectan sombras teatrales sobre el
adoquinado.
—No tenía ni idea de que esto estaba aquí —digo bajando la voz hasta susurrar.
No sé por qué, pero me parece lo más indicado. Es como si hubiéramos retrocedido en el
tiempo. Las ventanas de todas las casas están cerradas y a oscuras. El ruido de la ciudad ha
retrocedido hasta extinguirse y hasta el cielo parece más denso, como si este fuera un mundo
aparte.
—No, la mayoría de la gente no lo sabe. No es precisamente una atracción turística. La casa
Liston James es la del final. Las otras son de unos rusos muy ricos, de una actriz y de un
político, creo. Casi nunca hay nadie. La verdad es que es escandaloso. A veces me dan ganas de
forzar las contraventanas e invitar a entrar a todos esos hombres y mujeres que duermen en los
portales del final de la avenida. Pero supongo que no me educaron para ser un revolucionario,
así que lo único que hago es invitarles a pescado con patatas y a una taza de té los viernes por
la noche.
Nos detenemos ante la puerta desmesuradamente grande, pintada de negro, de la fachada
de la casa y Hugh se saca del bolsillo un manojo de llaves.
—Antes de que entremos, quería avisarte de que la colección es muy peculiar, y a mucha de
gente de hoy en día le produce rechazo. Creo que a ti no, pero si por algún motivo no te gusta,
solo tienes que decírmelo y nos vamos.
Dudo un momento. Dicho así, da un poco la impresión de que estoy a punto de bajar
voluntariamente a un sótano habitado por un maníaco suelto, pero la verdad es que no siento
ninguna inquietud: mi sexto sentido no se agita, ni se me eriza el vello de la nuca. De hecho,
estar con Hugh resulta extrañamente tranquilizador. Como estar con un amigo o con mi
hermano.
—Bueno, ya que estamos aquí —digo.
Abre la puerta y marca un código en un sistema de alarma. Cuando entro en un pasillo
amplio y abovedado, construido en torno a una elegante y sinuosa escalera de mármol, las
luces se encienden a mi alrededor, centelleando en las arañas de cristal. Me detengo un
momento para convencerme de que este sitio existe de verdad y no es un sueño. Tiene todos
los distintivos de una gran mansión londinense, todo lo que uno supone que contienen estas
casonas cuando las ve desde fuera: escayola ornamentada, techos altos, sentido del espacio y la
simetría.
paredes dePero
unaalenorme
mismo tiempo
estancianoestán
se parece a ninguna
pintadas otra sala
de un negro tanque yo haya
denso visto antes.
que absorbe Lasy
la luz
cubiertas por completo de máscaras blancas, separadas entre sí por unos pocos centímetros. Es
como hallarse de pronto en el escenario de un pequeño teatro, con todos los focos encendidos.
Llevada por la curiosidad, me acerco a una pared para examinar las máscaras. Son caras, caras
de todo tipo de personas: hombres, mujeres, niños, casi todos con los ojos cerrados, como si
durmieran. Algunas, en cambio, tienen los ojos abiertos: blancos glóbulos inexpresivos que
miran hacia ninguna parte.
Me vuelvo hacia Hugh, que también está contemplando las piezas expuestas en las paredes
como si tratara de recordar qué se siente al verlas por primera vez.
—¿Es un comité de bienvenida? —pregunto, parándome ante la cara de un bebé regordete,
colocada al nivel de mis ojos.
—Son máscaras
coleccionó hasta su mortuorias —meperdió
muerte. Verás, explica—.
a todaMoldes sacados
su familia. A sudemujer,
cadáveres.
a sus Liston las
seis hijos.
Murieron todos antes que él. Eso le dejó destrozado. Se sentía abandonado. Nunca se
recuperó. Y dedicó su vida a honrar a los muertos; se convirtió en su obsesión. A los que
conocía y a los que no conocía. Cuando murió, la colección pasó a un sobrino que continuó la
tradición y que luego se la legó a su hijo.
»Los victorianos estaban obsesionados con tener algo de sus seres queridos que pudieran
guardar como un tesoro cuando esas personas murieran. No es que no les diera miedo la
muerte. Es que no les daba miedo reconocerlo.
No puedo apartar los ojos de la cara del bebé dormido: los labios gordezuelos, los párpados
suavemente cerrados. Estoy acostumbrada a la muerte y, sin embargo, esta imagen me
emociona de un modo que no consigo entender: es un dolor profundo y tangible, tan intenso
que me quedo sin respiración un momento. Sufro por la muerte de un bebé que falleció hace
casi cien años, y también por otra cosa: por la pérdida de algo que nunca he tenido.
Aparto la cara, cierro los ojos y espero a que esta súbita oleada de emoción remita.
—No te preocupes —dice Hugh en voz baja—. A mucha gente le pasa lo mismo.
—Es curioso —digo—. Mirando esa máscara, acabo de darme cuenta de lo mucho que me
gustaría tener un bebé, un hijo con Vincent. De que siempre he creído que algún día
formaríamos una familia y seríamos padres. Y ahora…, ahora tengo la impresión de que todo
eso se me escapa.
Me mira pensativamente, con el rostro sereno e inmóvil.
—Puede que saber qué es lo que quieres, el futuro por el que has luchado, sea lo que
necesitas para llevarlo a cabo. Es fácil reconocer la derrota y desentenderte de personas a las
que quieres, o de sueños que tenías, porque son complicados. Para lo que hace falta valor es
para luchar por ellos. Y eso es lo que importa: luchar por ellos.
que—Pero
aceptarnolapuedes
[Link] a una persona a que se quede contigo —contesto—. A veces hay
Sigo a Hugh a través de un salón flanqueado de retratos. Dejamos atrás un piano cubierto
definitiva. Hay que luchar hasta el último aliento por las personas a las que quieres, y por tus
sueños, y por el futuro que deseas. Y también puedes luchar por tu pasado, porque todavía
estás a tiempo de averiguar cuánto le importaba a ella, además de a ti. Eso es lo que vas a
hacer. Luchar. Como luchamos todos. Hay que luchar por la gente a la que se quiere.
Querida Angelina:
Te han puesto ese nombre por mí, no por la actriz.
Soy tu bisabuela. Ahora tienes nueve días; y yo, noventa y tres años. Hoy te he cogido en brazos.
Eres una cosita roja, furiosa, graciosísima, con esos ojazos negros. Me ha parecido que te parecías un
poco a mí, no en los ojos, aunque puede que sí en esa barbillita tan obstinada.
Esta carta es para que la leas cuando tengas dieciocho años y va acompañada de un colgante de
plata que a mí me regaló mi abuela, y a ella, la suya. Es una tradición. Sabe Dios cómo habrá
cambiado el mundo dentro de dieciocho años, Angelina, pero si algo se aprende cuando has vivido
tanto como yo es que los seres humanos no cambian. AsíAsí que aquí van mis consejos:
No te fíes de un hombre que no se cuide la barba.
Vota. Aunque sean todos unos inútiles sin remedio, escoge al menos malo de todos y vota. Mi
madre luchó con uñas y dientes para que tú pudieras votar.
Maneja tu dinero, y que tu marido maneje el suyo.
Estudia mucho. Una buena educación vale un imperio.
Usa zapatos cómodos, menos cuando vayas a una boda o a una fiesta, y tu espalda te lo
agradecerá.
Ser educada no cuesta nada. Y ser maleducada puede salirte muy caro.
Tu madre se acordará de mí. Es muy posible que te diga que era una bruja de mil demonios, pero
lo dirá en broma, porque ella y yo nos hemos querido tanto como pueden quererse una abuelita
chiflada y su nieta.
Buenas noches, dulce niña,
Angelina Elizabeth Stoke
29
Hugh
Parece ilógico volver a casa desde el museo en vez de ir a verla, pero aun así es lo que hago,
porque es aquí, en esta casa, donde todo debe cobrar sentido. Antes me preguntaba por qué
nunca se me aparecía, por qué no creía percibir su presencia de cuando en cuando. Ahora ya lo
sé.
Me paro delante de la casa, de mi casa, y me quedo mirándola un buen rato mientras la
lluvia cae en ráfagas implacables y humea alrededor de las farolas. El enlucido está viejo y
desconchado; el jardincito delantero, descuidado y maltrecho. He vuelto a esta misma casa
todos los días desde que mi madre la abandonó. Antes pensaba que seguramente moriría en
ella, algún día. Ahora ya no estoy tan seguro. ¿Es acaso un hogar? ¿O es solo una versión
menor del Museo
En casa de SarahListon James: una
se enciende un mausoleo
luz. En laahabitación
todo cuanto
dehe perdido?
Mikey.
Un momento después se abre la ventana y aparece Jake. Salta ágilmente del alféizar al
porche y de allí, sin hacer ningún ruido, a la acera. Se para un momento a olfatear el aire y
luego se adentra en la oscuridad con un leve contoneo, dejando atrás las dos cómodas
identidades que se ha forjado (al menos, que yo conozca) y se pierde en medio de la noche. A
mí, ni siquiera me mira.
Veo movimiento detrás de las mosquiteras del cuarto de Mikey y se apaga la luz. Y entonces
veo la cara de Sarah un segundo, pequeña y blanca en la ventana, y ella me ve a mí. Debo de
parecer uno de esos mirones que rondan las casas de otras personas, confiando en ver algo
aunque sea de refilón. Y puede que sea eso lo que estoy haciendo. Hablar con Stella me ha
hecho bien. Es una de esas personas a las que parece que comprendo enseguida y que me
entienden a mí. Pero nunca he tenido más necesidad de que me reconforten, y de pronto me
doy cuenta de que, con esta vida que he construido cuidadosamente a base de conocidos y
compañeros de trabajo, no tengo a nadie a quien pueda pedirle que me dé un abrazo.
Unos segundos después estoy abriendo la cancela cuando se abre la puerta de su casa y
aparece ella con una camiseta blanca, las piernas al aire, sin maquillaje y con el largo cabello
negro cayéndole suelto sobre los hombros, y no sé dónde mirar.
—¿Estás bien, Hugh? —Pronuncia mi nombre como si fuera una palabra extranjera,
desconocida, pero a mí me encanta cómo
c ómo suena en sus labios.
—Eh… Pues no, la verdad —confieso—. ¿Te acuerdas de mi madre, que yo creía que
estaba muerta? Pues por lo visto los rumores sobre su muerte eran muy exagerados.
—¿No está muerta? —Da un paso adelante y pisa descalza el caminito frío y húmedo—.
¿Estás seguro? —Se queda pensando un momento—. ¿No estarás borracho?
—Estoy razonablemente seguro —contesto—. Y no estoy borracho. Aunque, ahora que lo
pienso, no sé por qué no he bebido.
—Joder.
Dejo que me coja la mano —mis dedos entumecidos parecen helados, comparados con el
me rodean el cuello, siento su pelo junto a mi mejilla mientras lloro, y sigo llorando hasta que
en el cuartito de estar en penumbra
pe numbra únicamente se oye el silencio y el tictac del reloj.
—Dios mío. —Me aparto de ella—. Pensarás que tu vecino es un… No sé. Una pesadilla.
—No. —Sarah, que estaba de rodillas, se incorpora, se sienta a mi lado y me da la taza de
nuevo. Esta vez me bebo el licor de un trago y noto cómo me abrasa la garganta y cae en mi
estómago
muy malosvacío con¿sabes?
rollos, una sacudida que como
He llorado me daunaganas de vomitar—.
Magdalena más deYo
unatambién
vez. Noheespasado por
fácil estar
en este mundo. Recuperarte, venirte arriba una y otra vez solo para que algún capullo vuelva a
hundirte. Pero qué remedio nos queda, ¿no? Si sigues levantándote, tarde o temprano habrá
algo o alguien que te demuestre por qué merece la pena seguir intentándolo. A veces puede ser
la persona que menos te esperabas.
Me mira con perplejidad, como si la desconcertara.
—Mira, Hugh, tu madre no está muerta. Pero muy pronto va a estarlo. ¿De verdad quieres
pasar los próximos cuarenta o cincuenta años sabiendo que estabas tan asustado o tan
cabreado que no te atreviste a ir a mirarla a los ojos?
—No —contesto—. No, no quiero vivir así. No pienso hacerlo. Luchar hasta el final, ese es
mi lema. Me he dado cuenta esta noche.
—Bien.
Cuando Entonces échate
te despiertes lo verásun minuto,
todo apoya
más claro, la aseguro.
te lo cabeza. Cierra los ojos, duerme un poco.
Se levanta y yo dejo que me ayude a reclinarme en los cojines. Y, con un poco de esfuerzo,
me quita los zapatos y me pone los pies sobre el sofá. De pronto me siento muy cansado. Muy,
muy cansado.
—No puedo dormir. Tengo que ir a verla —digo—. No sé cuánto tiempo le queda.
—No puedes irte así. Casi no te tienes en pie.
—Puedo irme a casa —digo, soñoliento—. Es aquí al lado.
—Me parece que ya has viajado suficiente por hoy. Aquí puedes descansar tranquilo.
Por lo menos eso me parece que dice. O puede que ya esté soñando.
Querida Irene:
Debajo de la tarima del comedor, en el rincón del fondo a la izquierda, junto a la ventana, hay una
lata de galletas con 14.589 libras.
No se lo digas a nadie. Empezó siendo un dinerillo que iba ahorrando con los años: calderilla que
ganaba en los caballos. No te lo dije porque sabía que no te gustaba que apostara, y me sentía mal
por hacerlo a tus espaldas. Por eso tenía la norma de apostar solamente el dinero que ganaba
jugando. Así no me sentía tan culpable.
La verdad es que en los últimos veinte años he perdido más de lo que he ganado, pero hace unos
meses, después del diagnóstico, cuando todavía tenía la cabeza hecha un lío, pensé: «a la mierda».
Quería sentirme vivo, sentir que mi corazón volvía a latir. Así que cogí lo que había en la lata de
galletas, que eran casi dos mil libras, y me lo gasté todo en una apuesta múltiple. No me había
sentido tan vivo en toda mi vida. Y acerté todas, todas, hasta la última.
Me alegra mucho poder dejarte algo. Así que, por favor, no te enfades mucho conmigo por lo de
las apuestas.
Tu Ron
LA SÉPTIMA NOCHE
30
Hope
—¿Por qué siempre se tarda tanto en salir de estos sitios? —pregunta mi madre en voz muy
alta; tanto, que su voz llega hasta el otro lado del pasillo.
Ya me ha hecho la maleta: las cosas limpias, las ha doblado y enrollado cuidadosamente, y
las cosas sucias también, solo que las ha guardado dentro de una bolsa reutilizable. Yo quiero a
mi madre. La quiero, pero también quiero hacerme la colada.
—Creo que deberíamos alegrarnos de que vaya a volver a casa y ya está —responde mi
padre mientras cierra la puerta con suavidad.
Mi madre le lanza una mirada fulminante. Siempre le mira así cuando ella se pone
melodramática y él hace alarde de sensatez, porque le sienta fatal que le conteste así.
—Se
otro están dando
paciente. toda solicitadas.
Están muy la prisa que¿Sabías
puedenque
—le recuerdo—.
solo obtienen elNecesitan
dieciocholapor
habitación
ciento depara
su
financiación de la Seguridad Social? El resto procede de donaciones. Estaba pensando que me
gustaría hacer algo por ellos cuando salga de aquí.
—Una carrera benéfica —dice papá con una sonrisa.
—Bueno, tampoco hay que exagerar. Una lectura benéfica sería más adecuado —digo
pensando en Issy—. O a lo mejor puedo escribir una canción y ponerla en iTunes.
Mis padres cruzan una mirada confiando en que no les vea.
—¿Qué pasa? —pregunto—. ¿Tan mal se me da?
—No pasa nada. Me parece estupendo, estupendo de verdad —dice mi madre—. Es que no
estamos acostumbrados a que… estés tan activa. Pero estamos muy contentos, de verdad.
—Sí —dice mi padre, porque no le gusta que mi madre hable por él, aunque lo haga
siempre.
Miro por la ventana. Es la última vez que veo este paisaje, al que últimamente me he
acostumbrado tanto. Hoy parece que el sol se ha puesto muy temprano. Se ha hecho de noche
sin que me diera cuenta, y no he sabido nada de Ben en todo el día. Hay muchos motivos que
pueden explicarlo. La vergüenza que nos da lo de nuestro frustrado encuentro sexual sería
razón suficiente. O a lo mejor es que tiene su vida: un trabajo (o algo así), otros amigos…
Podría darles mil vueltas a esos motivos, rumiarlos sin parar, si no fuera por una cosa: lo que
dijo anoche.
Miro por la ventana, más allá del reflejo de la habitación, hacia la oscuridad, confiando en
que aparezca como todas las noches a esta hora. Confiando en que el orden natural del mundo
se haya restaurado milagrosamente.
Anoche nos comportamos los dos como cuando Ben me acompañaba a casa: me contó una
anécdota larga y desternillante sobre un hombre mayor que entró en su tienda para preguntar
cómo se echaba al correo un correo electrónico. Me dejó junto a la puerta verde sin mirarme
siquiera. Y después de entrar y de hacer mis ejercicios yo debía de estar tan cansada que dormí
de un tirón hasta las dos, cuando me tocaba otra tanda de medicación y fisioterapia. Y luego
han llegado mis padres, y estas últimas horas no he hecho más que esperar. Esperar a que me
dejen marcharme a casa, esperar a que venga Ben, esperar a que llegue el momento de
empezar. No de empezar otra vez, porque creo que nunca he empezado, por lo menos desde
que volví a casa de la universidad. Esperar para empezar a vivir, esta vez de verdad.
He llamado a Ben y, como no ha contestado, le he mandado un mensaje: «¡Hoy me dan el
alta!» Perocon
los chinos no sus
me compañeros
ha respondido. A lo
quién mejoraestá
atiende ocupado.u Vendiendo
los clientes, odiá[Link]éfonos, jugándose a
Empiezo a pasearme de un lado a otro y mi madre se piensa que es porque estoy deseando
salir de aquí y volver a casa, a pasar esta noche invernal en nuestro chalecito adosado, con la
tele encendida y la cena en una bandeja. Y en cierto modo así es. En cierto modo, añoro esa
vida segura, protegida y minúscula; ese lugar, detrás de una puerta cerrada, en el que no tengo
que preocuparme por nada. Pero ese momento ya pasó. No sé cuántas segundas oportunidades
más voy a tener. Lo que sí sé es que lo primero que voy a hacer el lunes es buscarme una casa
compartida. Puede que me lleve un tiempo y que tenga que tomarme como un trabajo y no
como un pasatiempo lo de diseñar portadas para libros, pero la cuenta atrás para que me
independice ya ha empezado. Solo que mi madre aún no lo sabe.
Vuelvo a mirar el teléfono, y nada. La verdad es que cualquiera pensaría que he sido yo la
que le ha
pareja. Bendeclarado su amor,
y yo, juntos. la que está
Besándonos, en ascuas
haciendo esperando
el amor… Clarotener noticias
que yo suyas.
sé lo que Ben yesto
le pasa: yo,
es como cuando teníamos catorce años y decidió que quería ser judío. Empezó a decirle a todo
el mundo que era judío, aunque no era cierto. Y cuando por fin hablamos del tema a fondo, se
volvió hacia mí y me dijo: «Es que odio ser tan aburrido, Hope. Odio ser tan normal».
Yo le dije en el acto que él nunca sería normal, que eso era imposible. La verdad es que es
de risa. Si lo pensara mejor, si lo pensara de veras, se reiría.
Miro mi reloj.
—Sigue siendo la misma hora que hace cinco minutos —dice mi padre.
—Bueno, no —contesto—. Es cinco minutos más tarde.
—No por mucho madrugar…
—¿Amanece más temprano? —le suelto, y él se encoge de hombros con aire contrito.
Y entonces se me ocurre que seguramente soy demasiado mayor para hacer el papel de
adolescente mona, pero rebelde.
—Voy a salir —digo, sintiéndome de pronto acaloradísima—. A tomar un poco el aire.
—¿Vas a salir? —Mi madre mira a mi padre esperando que me detenga.
Mi padre cumple su papel a la perfección.
—A tomar un poco el aire —dice—. Pero…
Sé perfectamente el rumbo que tomará la conversación, así que salgo al pequeño patio y me
detengo un momento a mirarles mientras discuten si debo salir o no, sin darse cuenta de que ya
me he ido. Me saco el teléfono del bolsillo, sigo el sendero que rodea el edificio y marco el
número de Ben. Tengo que hablar con él como sea. No puede decirme que me quiere y luego
no dar señales de vida. Las cosas no son así, ¿no? No tienen que ser así. Es como…, como
cruzar a nado el canal de la Mancha y luego subirse a un barco a cien metros de Calais. O
como…, como apuntarse a un concurso de talentos y ponerse a leer un libro delante del
jurado. Es una cagada, una gilipollez, ese s típico de Ben: ahora me declaro y un minuto después
te ignoro.
Se oye el pitido de la línea y una voz desconocida contesta:
—¿Qué pasa?
—Eh… ¿Está Ben?
—Te has equivocado de número.
—No, este es el número de Ben. ¿Está por ahí?
—Soy su padrastro, y ahora este teléfono es mío. Estoy harto de que viva a mi costa…
—Eh,
Es [Link]
Por eso, capullo…me embarga el alivio. Aunque no oigo a Ben. ¿Se habrá sentado
un instante,
encima del teléfono? Se oye un ruido, puede que sea una película, golpes, gritos. Oigo gritos.
Abro la boca para hacer lo que suele hacerse, lo de gritar «¡hola!» aunque sabes que nadie va a
oírte. Voy a hacerlo de todos modos cuando oigo otro grito y me quedo paralizada. Es su
madre la que grita: «¡Para! ¡Para de pegarle!»
Cruzo la puerta verde y salgo al barullo de la calle sin darme cuenta de lo que hago. No he
llegado ni al final de la calle y ya me tiemblan las piernas y me duele el pecho. No hay ningún
motivo de salud por el que no pueda hacer ejercicio, dentro de un orden. Los médicos dicen
que tengo que coger resistencia. Pero aun así el dolor, el dolor y el miedo a morirme si corro
demasiado deprisa, me atenazan. De todos modos, no me detengo. No voy a morirme por
correr aunque no esté en forma, y, como no voy a morirme, avanzo todo lo deprisa que puedo,
al
portrote, adentrándome
fin me en el corazón
quedo sin respiración, medeparo
Candem. Paso
un rato frentehasta
a toser a la que
estación
creode
quemetro
voy ay, echar
cuando
el
bofe, y entonces giro a la izquierda y entro en el barrio donde vive Ben.
Siempre ha vivido aquí, y yo siempre he vivido cuatro calles más allá. Él vive en un piso, en
la cuarta planta de un edificio con una galería muy larga que abarca una fila de puertas que
dan al patio donde jugábamos de pequeños. Ahora que somos mayores, tengo la sensación de
que el patio está lleno de adolescentes de aspecto amenazador, un poco más pequeños que yo.
Pero no me paro a pensar que está oscuro ni que me van a estallar los pulmones. Solo sé que
tengo que encontrar a Ben, y el único sitio que se me ocurre para empezar a buscarle es su
casa. El ascensor no está averiado, para variar, y eso es bueno. Lo malo es que me da pavor:
siempre huele a pis rancio y a desinfectante. Lo limpian constantemente, pero aun así se
distingue la silueta fantasmal de las pintadas que han borrado. Las palabras «Zorra, vas a
morir» emergen de la oscuridad y cobran forma mientras miro el lugar donde se adivinan sin
llegar a verse del todo. Contengo la respiración mientras la caja metálica sube traqueteando.
Pienso en la última vez que cogí un ascensor, con Ben, y tomo nota de que no debo volver a
subirme a uno. Siempre me da miedo quedarme atrapada. Y lo que es peor: me da miedo
quedarme atrapada en un ascensor y que me entren ganas de hacer pis. ¿Y entonces, qué?
Pero el ascensor llega al cuarto piso y, tras un instante de inmovilidad aterradora, se abre la
puerta. Enfrente de la puerta de Ben, la galería está más o menos tranquila. Calles aéreas, eso
se suponía que iban a ser cuando las diseñaron. Entre la puerta de Ben y yo hay un grupo de
chicas que fuman con ahínco. Solo son chicas, chicas como yo. Seguramente piensan y se
preocupan por las mismas cosas que yo. Y, sin embargo, me asustan. No tengo ningún motivo
para creer que vayan a hacerme daño, o incluso a fijarse en mí, y aun así estoy convencida de
ello. Trato de hacerme pequeñita y desvío los ojos al pasar por su lado a toda prisa.
Cuchichean y se ríen cuando paso. Estoy segura de que están hablando de mí, y aun así me
paro antes de llegar a la puerta de Ben.
Hace un cuarto de hora (puede que algo menos) que oí lo que parecía una pelea y salí
corriendo sin avisar a mis padres. ¿Y si he exagerado? ¿Y si no es más que una discusión como
otra cualquiera entre Ben y su padrastro y he venido corriendo hasta aquí, empapada de sudor,
para…? ¿Para qué? ¿Para salvarle? ¿Para hacerle una taza de té? ¿Qué estoy haciendo aquí? Y
entonces vuelvo a oírlo. Los gritos vienen del interior de su piso, y esta vez oigo chillar a una
mujer.
Miro a las chicas, que parecen sordas o inmunes a los gritos, corro a la puerta, pulso el
timbre varias
esmerilada veoveces y aporreo
un forcejeo decon fuerza
figuras el cristal.
borrosas queLos
un segundos se alargan.
segundo después Detrás
entran de la puerta
tambaleándose
en otra habitación. Miro otra vez a las chicas, incapaz de creer que puedan ignorar lo que está
pasando.
—¿Es que no lo oís? —les grito.
—Por aquí siempre es así —contesta una.
—¡Llamad a la policía! —les digo—. ¡Creo que se están matando!
—Llámala tú. Llegarán el martes que viene —replica la misma, y me da la espalda.
Vuelvo a aporrear la puerta, pero nadie contesta. Por fuerte que llame, no creo que vayan a
oírme con tanto grito. Miro a mi alrededor y veo una jardinera arrimada a la barandilla, llena
de tierra y colillas. La levanto y la lanzo contra el cristal sin pararme a pensar lo que hago. El
cristal es tan duro que solo se agrieta un poco, pero yo solamente pienso en Ben, en llegar a su
lado,
metidoy en los
unagritos
pelea,demientras
su madre
quedetrás
Mark,desulapadrastro,
puerta. Ben
eseessealto y fuerte,
pelea todos pero nunca por
los viernes se ha
la
noche.
—¡Joder! ¿Estás loca? —me pregunta una de las chicas que fuman como si de pronto se
diera cuenta de lo que estoy haciendo.
No le hago caso. Le doy una patada a la grieta del cristal, y me duele: el dolor me sube por
el muslo como un pinchazo. Le doy otra patada, y otra, primero con una pierna y luego con la
otra, y cada vez me duele más. Me doblo por la cintura y un ataque de tos interrumpe mi
intento de rescate. Una oleada de dolor me atraviesa los pulmones. A lo mejor sí que me
muero. A lo mejor, estando tan débil, acabo muriéndome. Pero no importa. Tengo que seguir
intentándolo, aunque me muera. Intento dar otra patada, pero la chica que fuma se pone
delante de mí.
—Joder —dice—. Apártate.
Coge la jardinera y golpea con ella el cristal, con fuerza, una y otra vez. Está claro que está
mucho más fuerte y más en forma que yo. Cuando el cristal cede por fin, mete la mano dentro,
gira el pestillo y abre la puerta.
—Voy a llamar a la poli —dice—. Pero no voy a decirles quién ha llamado. Si necesitas
ayuda, grita.
Asiento y entro en el piso. Y durante una décima de segundo me paro y me pregunto qué
rayos estoy haciendo, pero luego sigo adelante.
Están en el cuarto de estar.
Veo la escena en una serie de planos fijos, como una serie de Polaroids que se enfocan y se
desenfocan con cada oscilación de la bombilla pelada que cuelga en el centro de la habitación.
La madre de Ben, vestida solamente con una camiseta, está de pie en el rincón, tapándose la
cara con las manos. Gime, se lamenta, grita.
Ben cae contra una mesa cuando su padre le da un puñetazo debajo de la mandíbula. Me
fijo en que Mark tiene un ojo hinchado y en que le sale un hilo de sangre de la nariz. Si él está
así, solo Dios sabe cómo está Ben. Me agacho y gateo por el suelo hasta donde Ben está
Puede que vengan hacia aquí, puede que no, pero es igual porque Mark coge su chaqueta.
—Que os den por culo a todos —dice al salir.
En cuanto se marcha, Ben se sienta en el sofá. Su madre se acerca a él con cautela,
parpadeando, asombrada.
—¿Por qué has hecho eso? —pregunta en un tono cargado de confusión—. No has parado
de provocarle desde que has llegado. Lo estabas buscando.
—No soportaba tener que seguir viviendo con ese bestia —dice Ben—. Él sí que estaba
buscando una excusa, así que se la he dado. Y no me ha costado mucho, ¿no?
Los observo un momento a los dos, madre e hijo, mirándose con ojos rebosantes de
asombro y de dolor. Y veo lo que siempre he sabido: cuánto se quieren y, al mismo tiempo, lo
poco que se entienden.
—Tienen que hacerte una radiografía —digo para romper el silencio.
Levanto con mucho cuidado el borde de la camiseta de Ben. Ya han empezado a aflorar
hematomas en su tripa.
—Podrías tener una hemorragia interna.
Sacude la cabeza.
—No. Si vamos al hospital avisarán a la policía y se meterán donde no les llaman. Además,
es verdadEsto
pisoteen. que tiene
estabaque
buscando pelea,
acabarse. mamá.
Tienes Dejas que Yo
que espabilar. esosnohombres entren
puedo vivir aquíeneternamente,
tu casa y te
¿sabes?
—¿Qué quieres decir? —pregunta ella.
—Quiero decir que creo que quiero marcharme unos meses. Viajar, a lo mejor. No sé —dice
Ben—. Y no puedo hacerlo si estás así, como un zombi. Tienes que cambiar de vida. Hazlo por
mí, si no lo haces por ti misma.
Ella baja la mirada, se retuerce los dedos. Parece mayor, frágil y asustada, aunque tenga
menos de cincuenta años.
—A lo mejor nos vendría bien tomar una taza de té —sugiero para darle algo que hacer.
—Voy a hacer té —dice como si no me hubiera oído.
Espero a que entre en la cocina para sentarme junto a Ben. Él se niega a mirarme.
—¿Qué pasa? —le pregunto.
—¿A ti qué te importa? —replica enfadado.
—¿Qué dices, Ben? Claro que me importa, por supuesto que sí. Pero esto no es propio de
ti. ¡Pelearte con un tío que lleva «amor»
«a mor» y «odio» tatuado en los nudillos!
—¿Y tú qué sabes? —Hace una mueca cuando intenta apartarse de mí—. ¿De verdad crees
que me conoces, Hope?
Está dolido y enfadado, y alterado aún por la pelea y, como sé que las palabras no van a
servir de nada, me acerco a él, le rodeo el cuello con los brazos y apoyo la cabeza en su
hombro. Pasado un rato, su mano magullada se posa sobre mi rodilla.
—¿No te ha impresionado que haya venido hasta aquí y haya echado la puerta abajo para
rescatarte? —le pregunto en voz baja.
—No necesitaba que me rescataras —puntualiza, pero su voz ya no suena enfadada—.
Aunque la verdad es que sí. Sí, creo que es lo más bonito que ha hecho nadie por mí.
Le tiembla muy ligeramente la voz, y ninguno de los dos habla ni mueve un músculo hasta
que se calma.
—Habrá que ponerle unas tablas a esa puerta para esta noche —dice la señora Dargue
desde la cocina como si no hubiera pasado nada—. Nos hemos quedado sin leche.
Cojo la mano amoratada de Ben. Tiene unos dedos muy largos, finos, suaves y amables.
—¿De verdad vas a irte? —le pregunto—. ¿Vas a irte de viaje?
—Tengo que hacer algo, Hope —contesta—. No puedo pasarme la vida trabajando en una
tienda de teléfonos y… matando el tiempo contigo. Somos adultos. Deberíamos empezar a
comportarnos como tales.
—Pero no tiene que ser hoy mismo, ¿no? Podríamos empezar mañana, quizá. Porque acabo
de salir del hospital y estaba pensando en una pizza sin gluten y un maratón de Buffy
Cazavampiros.
Se queda callado un momento y en la comisura de su boca se dibuja una sonrisita muy
dulce.
—Vale, pero a partir de mañana seremos personas maduras.
—Ben… —Su madre vuelve a aparecer, y es como si la escena que acaba de tener lugar se
hubiera borrado por completo de su cabeza—. ¿Qué vamos a hacer con la puerta?
—Yo me encargo —digo.
Salgo al pasillo. Y hago lo que hace una chica que está a punto de ser una mujer: llamo a mi
papá. Llega en menos de veinte minutos con su caja de herramientas, un tablón de
contrachapado
Intentamos y mi madre
convencerla a la venga
de que zaga. Mi madrela lenoche
a pasar prepara un baño
en casa, a la señora
en nuestro Dargue.
bonito chalé
adosado victoriano a cuatro calles de aquí, pero no quiere.
—Este es mi piso —dice—. No voy a ir a ninguna parte.
—Pero tú sí vienes —le digo a Ben—. Buffy.
—Vamos, hijo —dice papá—. Haz lo que te dice la chica. No irás a llevarle la contraria con
esa carita, ¿verdad?
Me pongo colorada cuando Ben me mira.
—Hasta ahora nunca he podido decirle que no.
Querido Hugh:
Siento decirte esto por carta, de verdad que lo siento, pero no puedo seguir esperándote. Puede que
ese sea nuestro problema. Que yo quería amor, risas y un hogar. Y tú querías
que rías diversión, no te interesa
ir en serio.
Creía que íbamos a estar juntos. Creía que podía cambiarte, pero debería haberme dado cuenta de
que eso era imposible. El problema, Hugh, es que yo no soy la persona indicada para quererte. No
buscamos las mismas cosas. Tú crees que eres feliz, pero no lo eres, ¿sabes?
Dejo contigo a Jake porque Angus es alérgico a los gatos.
Buena suerte,
Mel x
31
Hugh
raro porque, cuando no le veo, le echo de menos. Pero, cuando le veo, me siento fatal. Así que,
¿qué es mejor?
Me conmueve que haya compartido conmigo esa experiencia, que haya intuido de algún
modo que el único modo de animarme era hacer que me sintiera menos solo.
—¿Te gusta pescar? —le pregunto.
—No. —Parece ofendido.
—¿Lo has probado alguna vez?
—Yo no soy gay —dice.
—Que te guste pescar no es ningún indicio de tu orientación sexual.
—Te gustan las palabras largas, ¿eh? Y las pajaritas. Pero no creo que seas gay porque te
gusta mi madre.
—Yo… —Me sonrojo y él sonríe, contento de haberme pillado desprevenido—. Me gusta
pescar. Todavía tengo un montón de aparejos, ¿sabes?, pero hace mucho que no… Desde que
murió mi padre. ¿Te apetece venir conmigo algún sábado, solo para ver si te gusta? Porque, ya
sabes, lo he pasado un poco mal últimamente, y tú también.
Mikey arruga su nariz chata pensativamente.
—¿Mi madre también puede venir? —pregunta.
—Claro
pone —contesto
extrañamente de inmediato,
contento en medioporque
de estelamar
ideadedetristeza.
pasar un sábado con Mikey y Sarah me
—Y así puedes preparar el terreno para pedirle salir —comenta a modo de acuerdo—. Voy
a poner la tele.
Me levanto, estiro los brazos por encima de la cabeza y, al pasarme la mano por la cara sin
afeitar, esa burbujita de serenidad que tenía en las tripas se convierte de pronto en un
nerviosismo angustioso que me revuelve el estómago.
Ya está.
Ha llegado la hora.
—Bueno. Me voy —digo, más para mí que para él.
—No, espera —dice Mikey mientras cojo mi chaqueta—. Espera un momento.
—¿Qué pasa? —pregunto.
—Espera, que voy a llamar a mamá y a ponerme las zapatillas —dice—. No podemos dejar
que vayas solo. Te acompañamos, por lo menos.
Pero me armo de valor y todas las fibras de mi cuerpo se tensan cuando me acerco a ella.
—¿Mamá? —digo.
La palabra me suena extraña, me sabe ajena. Ella vuelve la cabeza al oír mi voz, frunce la
frente, desconcertada.
—¿Estoy muerta? —pregunta con calma.
Le cojo la mano. Está caliente y llena de sangre que palpita bajo la piel.
—Mamá, soy Hugh. Yo… me he enterado de que estabas aquí. He venido a decirte… hola.
Hola, mamá. Espero que estés bien.
Fija sus ojos en mí, y contengo la respiración cuando un instante después su cara se llena de
algo parecido a la alegría, y al dolor.
—¿Hijo? ¿Eres tú de verdad?
—Sí, soy yo. Mamá, ¿no te importa que haya venido? Sé que no querías verme…
—Claro que quería verte —dice, sobreponiéndose a su letargo por pura fuerza de voluntad.
Veo que intenta incorporarse y que Stella se adelanta, levanta su cama con un mando a
distancia y recoloca sus almohadas. Mamá no deja de mirarme; ni siquiera parece parpadear.
Creo que tiene miedo de que sea un producto de su imaginación. Aprovecho esos instantes
para estudiar su rostro. Su hermoso y elegante cabello rubio prácticamente ha desaparecido,
pero
propiatodavía distingo enentre
cara escondida ella facciones quederecuerdo,
las sombras y nopodemos
la suya. No solo eso:parar
me veodeamirarnos
mí mismo,el veo
unomi
al
otro, como dos personas a las que, después de llevar sedientas toda la vida, les ofrecieran de
pronto un vaso de agua fresca.
—¿De verdad eres tú?
Su mano se libera de mis dedos y, elevándose milagrosamente, se posa en mi cara. Yo pongo
el mayor cuidado en controlar el vendaval de emociones que amenaza con hacerme pedazos.
No debo permitir que eso ocurra. Debo dominarme férreamente para que no se me escape ni
una molécula de añoranza. No quiero que vea lo que yo mismo no he sabido hasta este mismo
instante: que sigo siendo un niño pequeño que necesita un abrazo de su madre.
Stella parece a punto de marcharse, y yo le lanzo una mirada suplicándole que se quede.
—¿Quieres que me vaya? —le pregunto a mi madre—. Puedo irme si lo prefieres.
—No merezco que estés aquí —contesta—. Te abandoné, y ni siquiera tuve valor para
matarme. Hui.
Pasan unos segundos de silencio durante los cuales solamente se oye el batir de las
máquinas, el zumbido de la calefacción. Tengo la impresión de haber quedado liberado de
algún modo, no estar ya sometido al tiempo y a la gravedad. Solo existo en este momento tan
extraño. Es casi como si esto fuera el Más Allá y hubiera cruzado hasta aquí con ella.
—Eso no importa ahora —le digo por fin, y ella nunca sabrá cuánto me ha costado decir
esas palabras—. Lo único que importa es esto.
Cierra los ojos y una lágrima desciende por su mejilla.
—Lo intenté —dice—. Todos los días intentaba levantarme y vivir lo mejor que podía. Al
principio, no. Al principio solo bebía y hacía daño a los demás, me hacía daño a mí misma,
pero con el paso de los años me fui dando cuenta. Ya que tenía agallas para matarme, debía
tener agallas para seguir viviendo. —Abre los ojos y me agarra con fuerza—. Justo antes de
venir aquí te llamé por teléfono, a casa, al número de antes. Me lo sabía de memoria. La voz
del contestador era la de tu padre. Me sentí como si te estuviera llamando cuando tenías diez
años. Sentí que estaba volviendo al pasado para decirte adiós. Solo que no encontré palabras…
No había palabras.
La respiración al otro lado de la línea, el ruido del tráfico grabado en el contestador… Era
ella. Era mamá.
—No quiero morir, hijo. Ahora que estás aquí, no quiero morir. Tengo miedo.
La ira sigue ahí, más fuerte aún que la tristeza y que la extraña alegría que me produce verla.
Hay una parte inmensa de mí, una parte pueril, que quiere referirle a esta mujer delgada y
frágil la historia triste y desolada de mi vida. Pero no lo hago. Dejo mi mano en la suya y la
escucho hablar, la escucho hablarme de su vida, de su trabajo, de los niños a los que salvó del
desastre, del bien que ha hecho al convertirse en madre postiza de tantos. Le salen las palabras
a borbotones a pesar de la medicación, como si su necesidad de explicarse, de justificarse, de
pedir disculpas fuera mayor, tuviera más vigor que su propio cuerpo. Yo escucho. Soy amable
y comprensivo. Hablo en voz baja, cuidadosamente. Y sin embargo cada vez que respiro, con
cada movimiento de mi cuerpo, deseo preguntarle: «Pero ¿y yo? ¿Por qué no te importaba
tanto como esos niños?» Y por fin deja de hablar y tiende la mano hacia mí. Indeciso,
dejándome guiar por ella, apoyo la cabeza en su hombro y me abraza.
—No pasa nada por llorar, ¿sabes? —dice—. A veces vec es la vida es injusta.
Amor mío:
No me eches de menos, porque siempre estaré contigo. En cada gota de lluvia que toque tu lengua,
en cada bocanada de aire que respires. En las puntas de las hojas que acaricies con los dedos al pasar.
Allí estaré, cada segundo. No me he ido, solamente me he transformado, de este estado de la materia
en otro. Durante un instante, durante un instante fugaz, fui el hombre que te amaba, y ahora soy
otra cosa: soy el aire, la luna, las estrellas. Porque todos estamos hechos de estrellas, amor mío.
Tú y yo, y la vida entera, surgimos de la extinción de una estrella, hace miles de millones de años.
Una estrella que vivió largo tiempo y que luego, antes de extinguirse, brilló como nunca antes, en
toda su pote
potencia:
ncia: una supernova eenn llamas. Y cuando se ext extinguió,
inguió, no dejó de existir. Al contrario:
aquello de lo que estaba hecha volvió a ser parte del universo, y todo lo que constituye universo
volverá a ser parte de nosotros.
Así pues, no me eches de menos, porque no he muerto. Me he transformado en el viento eenn las
copas de los árboles, en las olas del océano, en los guijarros que pisas, en el polvo de tus estanterías,
en el firmamento.
Mires donde mires, allí estaré.
Carl x
32
Hope
quicio), han sido muy extrañas. Extrañas como un sueño. Las hemos pasado en mi dormitorio,
con las cortinas echadas, mientras mi madre se paseaba nerviosa al otro lado de la puerta.
—¿Queréis té? —ha preguntado más de una vez. Y, como yo le decía que no, ella insistía—:
¿Y zumo?
—¡No estamos teniendo relaciones sexuales, mamá! —le he gritado—. Y aunque así fuera,
no sería ilegal.
Entonces me he acordado de lo mucho que la quiero y de lo afortunada que soy por tenerla.
—¡Pero te quiero!
Ben ha dormido un buen rato cuando hemos vuelto. Ha caído enseguida en un sueño
profundo: visto y no visto, estaba ahí y de pronto ya no estaba. No me ha sorprendido que
estuviera tan cansado. Se ha acurrucado en mi cama, abrazado a uno de mis muchos peluches,
y se ha quedado dormido casi antes de tocar con la cabeza la almohada.
Yo he estado leyendo un rato. Acordándome de Issy, me he conectado a Internet y tras
entrar en Facebook he buscado el perfil de su madre y le he mandado una petición de amistad
y luego un mensaje privado, saludándola. Le decía que seguramente es demasiado pronto, pero
que en cuanto me sienta con fuerzas quiero hacer algo para recaudar dinero para la residencia,
y le he propuesto que unamos fuerzas. Ya le había dado mi número de teléfono, y le he dicho
que me un
echado llame. He puesto
vistazo tres besos
a Twitter. al final
He leído los del mensaje.
blogs Después
de varias he visto
personas a lasla que
tele un
me rato y he
gustaría
parecerme y he visto un montón de vídeos de gatos acostados en colchonetas para perros,
hasta que por fin la adrenalina, o lo que sea, se ha disipado, el cansancio se ha apoderado de
mí y yo también me he dormido.
Cuando me he despertado, un rato después, Ben me tenía abrazada por la cintura y su
corpachón se ceñía al mío, curvado como una coma. Durante unos segundos, todavía
soñolienta, he sido consciente de cómo se movía su pecho
pec ho al respirar, y creo que me he vuelto a
dormir con una sonrisa. En todo caso, tenía la sensación de estar sonriendo. Y luego, horas
después, he notado claramente que algo me despertaba y he pasado mucha vergüenza, porque
lo que notaba era la erección de
d e Ben apretada contra mis riñones.
He intentado apartarme, pero él me ha sujetado y me ha apretado contra sí, todavía
profundamente dormido.
—Ben. —Le he zarandeado hasta que ha abierto un ojo soñoliento—. Erección a destiempo.
Ha gruñido al apartarse de mí, ha cogido uno de mis pobres peluches y se lo ha puesto
sobre sus partes.
—¿A destiempo por qué? Estuvimos a punto de acostarnos. Podemos hacerlo ahora si
quieres.
—¡No! —Yo estaba horrorizada—. No podemos acostarnos solo porque tengas una
erección mecánica. No es…
—¿Qué? —Me ha mirado, interesado.
—No es correcto —he contestado yo, a la defensiva—. Y, además, eso ya es agua pasada,
¿no crees?
—Supongo que sí —ha dicho, y he dejado que la lisa piedrecita de la decepción se hundiera
hasta el fondo de mi pecho—. De todos modos, me alegro de que mi pene siga funcionando.
Creo que el resto de mi cuerpo está hecho unos zorros.
Y entonces se me han pasado por la cabeza toda clase de pensamientos raros y, francamente,
bastante… eróticos, así que le he cogido de la mano y le he hecho salir de la cama.
—Ya está, voy a llevarte al Marie Francis para que te hagan un chequeo.
—No es para tanto —protestó.
—Todavía no —respondí—. Pero, si nos quedamos aquí, puede que te mate.
—Qué valiente eres —le digo ahora, de repente, y él parece turbado.
—Yo no lo creo. Me he peleado con un psicópata. Creo que eso me convierte en un id idiota.
iota.
—Sí, ha sido una estupidez, pero no me refería a eso —respondo—. El otro día, en el hotel,
cuando dijiste…, ya sabes.
—Ni idea —contesta, y soy presa del desconcierto, hasta que me doy cuenta de que me está
tomando el pelo—. Cuando dije que en algún momento de estos dos últimos años,
seguramente estando borracho o drogado, me enamoré de ti. Sí, lo recuerdo.
—Te lo has callado mucho tiempo. No me lo dijiste.
dij iste. ¿Por qué? ¿Tan mala amiga soy?
—Sí. —Se pone serio un momento, y luego sonríe—. No, claro que no eres mala amiga. No
te lo dije porque… Bueno, porque a nadie le gusta que le rechacen.
—Pero… no me diste oportunidad de responder.
—No hacía falta. ¡Deberías haber visto la cara
ca ra que pusiste! ¡De puro horror!
—¡No, qué va! No era horror —digo—. Fue por la impresión. Y por la sorpresa. Porque no
me parecía real que pudiera gustarte de verdad a ti, a la persona más divertida, la más lista y la
más—La
guayverdad
que conozco.
es que no me gustas —dice Ben—. Te quiero, joder. Estoy enamorado de ti,
Hope. Estoy enamorado de ti hasta las trancas, como un loco, tanto que me da miedo.
—Bueno —digo—. El caso es que, sí, joder, creo que yo también te quiero.
De pronto me suelta la mano y se tapa la cara.
—¿Qué? —digo—. ¿Qué pasa? ¿Has cambiado de idea?
—Estoy llorando —contesta.
—Serás idiota —le digo, y le aparto la mano de la cara y le beso.
—Bueno, así que ahora también atendemos urgencias, ¿eh? —La doctora Kahn, alta y
guapísima, aparece en la puerta seguida por Stella y mira a Ben—. Bien, acompáñame,
jovencito. Vamos a asegurarnos de que no estás averiado del todo.
—Bueno, del todo no —dice Ben, y una sonrisa ilumina su cara magullada—. Hay una parte
de mí que funciona a las mil maravillas.
Querida Julie:
Bien, ha llegado el momento y todas esas monsergas. Ya sabes que soy un loco de Sinatra, así que
¿podrías, por favor, concederme un último deseo y poner My way en
en mi funeral? Ya sé que a ti nunca
te ha hecho mucho tilín, pero para mí sigue siendo el mejor.
Siempre hemos sido distintos, tú y yo. No es que el nuestro haya sido un matrimonio ideal, pero
has sido una buena esposa y lamento dejarte. Supongo que a veces te alegrarás de no tenerme por
ahí, estorbando, pero creo que también me echarás de menos. Me gusta pensar que sí.
No nos casamos por amor, ¿verdad? Nos casamos por culpa de una noche absurda de sábado y por
nuestro Roy, que fue el resultado. Yo pensaba que mi madre iba a morirse de vergüenza y que tu
padre me mataría. En aquel entonces no quedaba más remedio que casarse. Así que eso hicimos. El
día de la boda nos mirábamos el uno al otro como si nos diéramos miedo. Yo lamentaba que no me
quisieras y no quererte. Pero no lamenté que nos casáramos, ni lamenté que naciera Roy. Era la luz
de nuestros ojos.
Pero ¿te acuerdas de aquel día, del día en que pasó? Roy tenía unos cuatro años y le habíamos
llevado a Brighton porque era festivo. Hacía un calor infernal. Él llevaba puesta su gorra y se quejaba
de que le hacían daño los guijarros en los pies. Íbamos paseando por la orilla, detrás de él, casi sin
hablar. Y entonces, de repente, sin venir a cuento, me cogiste de la mano. Nunca nos cogíamos de la
mano, pero aquel día sí, y paseamos por la playa como una pareja de enamorados.
Roy se metió en el agua hasta las rodillas y chillaba y salpicaba. Tú te hiciste sombra con la mano
para mirarme y dijiste: «Me gusta estar casada contigo, Brian Fletcher».
Y yo contesté, porque me di cuenta en ese preciso instante: «A mí me encanta estar casado
contigo, Julie Fletcher. Te quiero, ¿sabes?».
33
Stella
En casa. Después de dejar a Hugh con su madre y de despedir a Hope y a su chico, me he
dado cuenta de que lo que más me apetecía era estar en casa. Porque esta casa vacía y
desangelada de pronto me parecía eso, un hogar.
Recorro la casa en la que apenas he vivido estos dos últimos años y la veo con nuevos ojos.
El papel de la pared del pasillo, que dejaron los anteriores propietarios: enormes rosas rojas de
las que juramos deshacernos en cuanto entráramos por la puerta. La esquina que Vincent
levantó con la uña, dejando al descubierto la pintura de color crema que hay debajo. La caja de
utensilios de cocina variados, todavía cerrada y etiquetada, en el sitio donde debería estar el
lavavajillas. Evidentemente, está llena de objetos que no uso nunca ni necesito, objetos de los
que no mey guardarlos
periódico acuerdo, asíenque
unacualquiera sabemomento
ca ja. En algún
caja. por qué me molesté
debieron en envolverlos
parecerme en papel
importantes. de
Antes
me parecían importantes muchas cosas que ahora no me interesan en absoluto.
En la escalera hay una taza de té frío y algo de ropa doblada que dejé ahí para subirla al piso
de arriba hace un par de semanas. Ahora está polvorienta y arrugada. En el cuarto de baño hay
una ramita de lavanda marchita en un jarrón de cristal esmerilado. Las corolas deshechas de
sus flores se han esparcido por la repisa de la ventana como moscas muertas. En el dormitorio,
la pintura de un verde frío y el ropero improvisado. Y, al fondo del ropero, la maleta que trajo
Vincent del hospital: todos sus efectos personales guardados aún en una bolsa de viaje que no
se ha abierto desde el día que llegó a casa. No sé por qué no la hemos tocado. Puede que
pensáramos que abrirla podía liberar todo el horror y el sufrimiento de los primeros días de
supervivencia tras el accidente y el regreso a este mundo, a nuestro mundo. Quizá no nos
dábamos cuenta de que eso ya había ocurrido.
Pesa más de lo que parece. La pongo encima de la cama y, al abrir la cremallera, veo la ropa
doblada y mohosa de la parte de arriba. Cojo aire, doy la vuelta a la bolsa y vuelco el contenido
sobre la cama. Es ropa, en su mayoría: camisetas, pantalones de chándal con una pernera
cortada, ropa interior. Pero también hay una bolsa de plástico barata con un colgante dentro:
un pequeño san Cristóbal de oro que Vincent llevaba siempre puesto, desde que le conocí, y
que no ha vuelto a ponerse desde que le hirieron, aunque creo que no me había dado cuenta
hasta ahora. Hace mucho tiempo, poco después de conocernos, recuerdo que toqué la fina
cadena de oro y sostuve la medallita octogonal en la palma de la mano.
—¿Un talismán de la buena suerte? —le pregunté.
—Mi madre me lo regaló cuando me alisté. Aquel día me dijo que estaba muy orgullosa de
mí. Creo que es la única vez que la he oído decirlo. No es para que me dé buena suerte. Creo
que es más bien para acordarme de aquello. Es un poco triste, en realidad. Tú también
deberías regalarme algo. Deberías regalarme algo que pueda llevar en el bolsillo, para
acordarme de ti.
Y entonces sacó unas bragas de mi cajón y las agitó por encima de su cabeza, y dijo que iba a
llevárselas cuando se fuera, y yo chillé y le perseguí por la habitación hasta que estábamos
tumbados en la cama y volvimos a hacer el amor. No volví a ver aquellas bragas, pero no están
en esta bolsa.
Hay una cosa más entre el revoltijo de ropa: un sobre blanco, grande. ¿El informe de alta
del hospital, quizá? Lo cojo y me siento en la cama de golpe. Va dirigido a mí. Y está escrito
con la letra de Vincent.
Vincent, que odia tener que escribir hasta la lista de la compra o una tarjeta de Navidad, me
ha escrito una carta. Claro que ya sé por qué. Sé qué contiene esta carta. Lo que no sabía era
que existiera.
Es su carta de despedida.
La sostengo con delicadeza y la veo temblar entre mis dedos. Y aunque en cierto modo me
parece una traición, o más bien una forma de tentar al destino, me obligo a meter el pulgar
debajo de la solapa y a rasgarla. Saco la carta y la desdoblo. Y ahí está su letra, pulcra e infantil,
un poco trabajosa pero escrita con esmero, cuidadosamente. Sé, ignoro cómo, que no es el
primer borrador; que hizo un intento tras otro, hasta que le quedó como él quería. Veo mi
nombre, pero las demás letras parecen bailar en la hoja, desenfocadas, cuando las lágrimas me
nublan la vista y parpadeo para disiparlas. Tenía que leer esta carta solo en caso de que él
muriera.
vista. Y sin embargo, cuando por fin soy capaz de ponerme a leer, ya no puedo apartar la
Querida Stella:
Si estás leyendo esto es que he muerto. Y será duro para ti. Cuando pienso en ti, sola, teniendo
que enfrentarte a lo que haya pasado, tengo la sensación de que también será duro para mí. Me
duele pensarlo. Pero no lo será: yo ya no estaré. No es de mí mismo de quien tengo que
preocuparme, sino de ti.
Nunca hemos hablado de esto, de la posibilidad de que muera en combate. A lo mejor porque
no queríamos tentar al destino. O quizá porque no queríamos pensar en ello. Siempre hemos
querido creer que tú y yo, juntos, éramos indestructibles.
En fin, hay varias cosas que tienes que hacer para recordarme. No cambies, Stella. No dejes de
ser valiente, decidida, divertida, supersexy y lista a más no poder. No dejes de leer todos esos
libros, ni de salvar todas esas vidas, ni de hacer sonreír a la gente con solo sonreírles. No pierdas
tu alegría de vivir, que es lo que me da más ganas de seguir vivo.
No te quedes sola por mí. Procura salir con tus amigos por lo menos una vez por semana,
incluso al principio. Procura salir de fiesta. A ti te encanta salir y divertirte. Y no dejes de
coquetear. Me duele escribirlo, pero quiero que seas feliz. Y algún día, quizá dentro de una
década, más o menos, puedes intentar conocer a otro hombre. Pero asegúrate de que sienta
siempre que está a mi sombra.
Acuérdate de que, por ti, he sido el mejor hombre y el mejor soldado que he podido. Desde que
eres mi esposa, he madurado, me he preocupado por los demás, me he esforzado. He vivido lo
mejor que he podido, cada momento. Y moriré también lo mejor que pueda.
Piensa en mí, recuérdame. Pero no cambies tu forma de ser por mí. Sé siempre tú, perfecta y
feliz. Yo estaré siempre contigo, de alguna manera. Que estés leyendo esta carta significa que tú
y yo no estábamos destinados a tener un final feliz. Pero tú todavía puedes tener el
el tuyo.
Te quiere,
Vincent
Y de pronto me doy cuenta por vez primera de lo que no hemos comprendido desde un
principio. Hemos llorado por separado la vida que teníamos, añorando lo que no podíamos
recuperar, pero eso no significa que no podamos volver a ser como antes. Vincent me decía
aquí, en esta carta, que si pasaba lo peor no debía cambiar. Y sin embargo lo peor no ha
pasado —Vincent volvió a mi lado—, y aun así los dos hemos cambiado. Hemos dejado que lo
ocurrido nos transformara. Y no tenía por qué ser así. Podemos seguir siendo los mismos: aún
podemos querernos como antes, aunque llevemos una vida distinta. Y, por encima de todo,
podemos, simplemente, vivir. Hemos sido los dos como fantasmas, fantasmas que ocupaban
una casa desierta. Fantasmas surgidos no de la muerte, sino de la falta de ganas de vivir, de
luchar por la vida que nos hacía felices.
Recorro con la mirada esta casa vacía y lúgubre, llena de sombras y rincones inhóspitos, y
me doy cuenta de que sin Vincent, sin el hombre al que quiero, es un cascarón vacío. Es
justamente lo que decía Hugh: ¿qué es el amor si no tienes que esforzarte por conservarlo?
¿Qué es la vida si no luchas cada segundo por vivirla? Todavía podemos tener nuestro final
feliz, juntos. Solo que no será un final: será un comienzo.
Sé dónde está Vincent ahora mismo.
Me ato las zapatillas, salgo por la puerta, levanto la vista hacia lo que queda de noche y echo
a correr.
34
Hope
—¿Estás bien?
Ben está inclinado sobre mí. Parece un poco cansado. La doctora del Marie Francis lo ha
examinado y ha dicho que parecía estar bien, aparte de tener daños en los tejidos blandos y
algunos cortes, pero que convenía vigilarle y llevarle enseguida a urgencias si se observaba
algún cambio.
—¿Que si estoy bien? —Se ríe—. No lo sé. ¿Estoy bien? Dímelo tú.
Sé que quiere que haga o que diga algo, algo que sirva para dar el siguiente paso, para dejar
de ser lo que somos ahora y convertirnos en amantes. Pero yo estoy aterrorizada. Que alguien
que es tan vital para mí, tan importante, pase a ser de pronto tan… decisivo, me da pavor. No
se trata de Ahora
importante. un chico al que
mismo, es lohemásconocido en de
importante untodo.
festival de verano. Es algo mucho más
—Creo que sí, que estás bien —contesto, estrechándole un poco más contra mí—. Ahora
me tienes a mí. Siempre me has tenido, aunque
a unque no parecías darte cuenta.
El mercado está lleno, rebosante de turistas y de jovencitos modernos, de mamás estresadas
y de personas de toda condición que se empujan y pugnan por abrirse sitio. Miro de reojo a
Ben. Tiene la cabeza inclinada y el pelo, sin la gomina que suele ponerse, le cae sobre los ojos.
Parece en cierto modo más joven. Más blando, más dulce. Sin el desparpajo y el descaro que
tanto me gustan en él. Y, sin embargo, sin esas cosas me gusta más aún.
—El caso es —digo— que yo quiero lo mismo que tú. Pero tengo que decirlo, Ben, porque
lo contrario sería injusto. ¿Y mi enfermedad? Porque, dejando a un lado el hecho de que yo
sea muy dependiente, y esté desesperada y deprimida, podría morirme estando contigo. Puede
que incluso antes de que te aburras de mí. Y no sé si…, no sé si debo permitir que pases por
eso.
Se detiene de repente.
—Eso no eres tú quien tiene que decidirlo. Y, de todas formas, si pasa, dará igual que
estemos juntos o no, porque, si pasa, entonces… Pero, bueno, no va a pasar. —Me agarra las
solapas de la chaqueta y me atrae hacia sí—. Te quiero, Hope. Y tú no puedes decidir cuánto
debo quererte. Eso no depende de ti. Lo único que puedes decidir es si quieres aprovecharte
de mis inmensas habilidades como amante. Es lo único en lo que tienes que pensar.
Resoplo y me río al mismo tiempo. Y estoy a punto de besarle cuando me suelta tan
bruscamente que me tambaleo un poco hacia atrás.
—¡Mira dónde estamos! —exclama—. ¡Es una señal!
Estamos enfrente del Market Tavern, y entonces me acuerdo de que esta noche teníamos
planeado subirnos al escenario a cantar nuestra canción. Me invade una oleada de horror, de
emoción y adrenalina, todo al mismo tiempo. Tengo la horrible sensación de estar a punto de
hacer algo impulsivo.
—¡Vamos ahora mismo! —dice Ben tirándome de la manga y señalando el cartel—. ¡Venga,
El pub está abarrotado, lleno de ruido y de olor a cerveza, y en el escenario hay tres barbudos
cantando un tema sorprendentemente folk. La gente se apelotona en la barra y sentado junto al
escenario, con un portafolios, hay un tipo con un sombrero de aspecto
aspec to sospechoso.
—Hola, ¿podemos apuntarnos? —le pregunto—. Lo siento, ya sé que llegamos un poco
tarde.
Me mira de arriba abajo, observa críticamente las trabillas de mi trenca y luego echa un
vistazo a Ben.
—Está completo, guapa —dice—. Si queréis participar, tenéis que venir cuando abrimos.
—¿No puedes hacernos un huequito? Solo queremos cantar una canción.
—Igual que todos los demás. Y te aseguro que con una suele haber de sobra.
—Mira —dice Ben, inclinándose a mi lado—.
lad o—. Seguramente habrás oído hablar de mi banda,
los Black Angels. Si nos haces ese favorcillo, te consigo una actuación. Y siempre llenamos
hasta la bandera.
—Ah, bueno, eso lo cambia todo —dice el tipo.
—¿En serio? —pregunto yo.
—No, qué va. Ni idea de quiénes son. Mirad, ya estoy hasta las narices de que chavalines de
clase
semanamedia sin ningún
que viene talentocon
y apuntaos pero con muchos humos me hagan polvo los oídos. Volved la
antelación.
—Verás, es que me estoy muriendo —digo atropelladamente—. Tengo fibrosis quística. Y
esta es una de las cosas que quiero hacer antes de palmarla. Si no canto esta noche, quién sabe
cuándo podré cantar. A lo mejor la semana que viene me he muerto.
—Buaaa, buaaa. Mira cómo lloro —contesta.
—Jo, tío, espero que no creas en el karma —dice Ben—. Vamos, Hope. Lo has intentado.
Le diremos a ese periodista que no has tenido la suerte de encontrarte con alguien a quien le
importe…
—Esperad… —dice el del sombrero feo—. ¿En serio? ¿De verdad estás enferma?
—Sí —respondo.
Eso por lo menos es verdad, y es verdad que estuve a punto de morir hace poco. Quizá
debería sentirme mal por utilizar así mi enfermedad, pero que le den: que me sirva para algo,
por lo menos.
—Vale. Está bien, entonces. Podéis salir después del siguiente participante. Espero que no
os echen a patadas del escenario.
—Vaya, gracias. Eres muy amable —le digo, no del todo sarcásticamente.
Ahora solo nos falta encontrar dos guitarras.
Ben ha subido al escenario cien veces o un millón, claro. Para él, cualquier acera o cualquier
banco es un escenario. Pero yo no, yo nunca he subido a un escenario, y esta pequeña tarima
triangular en un rincón de un pub de Camden es seguramente la cosa más aterradora que he
visto nunca. La gente continuaba hablando mientras nos preparábamos. Ben probó su micro
diciendo «uno, dos», y yo he hecho lo mismo porque es lo que suele hacerse, aunque la verdad
es que nunca he sabido por qué. Hemos afinado las guitarras que nos han prestado unos tipos
que conoce Ben, y luego nuestro benefactor ha tosido ruidosamente desde un lado del
escenario y me ha mirado como diciendo: «A « A este paso, yo también voy a morirme».
Mi voz es demasiado aguda, demasiado débil y fina para los primeros compases, pero Ben
me tapa con la suya, que es mucho más grave y, aunque no esté del todo afinada, suena
extrañamente melódica. Me recuerdo a mí misma que tengo menos de tres minutos para cantar
y que solo podré intentarlo una vez, así que cierro los ojos y finjo que no hay un montón de
gente mirándome y escuchándome, lo que hasta cierto punto es cierto porque el público sigue
hablando sin parar. Me conecto con la música y con Ben, y cantamos. Unos cuantos compases
más y de pronto nos quedamos él y yo solos y la canción, y noto que sonrío mientras nuestras
voces se entrelazan. La música se eleva y a mí se me pone la carne de gallina. Noto que mis
pulmones funcionan a la perfección, que mi corazón late con fuerza. Son dos minutos y
cincuenta segundos perfectos, maravillosos, y luego se acaba. Abro los ojos. Se oyen algunos
aplausos desganados y un «bravo» no muy entusiasta desde el fondo de la sala, pero la verdad
es que no me importa. Me siento como si todo el estadio de Wembley se hubiera puesto en pie
para aplaudirme.
—¡Muchas gracias! —dice Ben—. ¡Cazatalentos, ahora nos vemos!
Se inclina para saludar y yo hago lo mismo, aunque un poco tarde.
Un par de minutos después salimos corriendo del pub, riéndonos como locos.
—¡Ha sido genial! —digo—. ¡Hemos estado increíbles!
—Oh,
Pero oh, a tifantástica,
has estado te ha picado el gusanillo
genial delLes
de verdad. directo —contesta con
has apabullado él sonriéndome contalento.
tu belleza y tu ternura—.
—¿Y ahora qué hacemos? ¡Tengo ganas de hacer algo!
35
Hugh
Cuando salgo un momento de la habitación de mi madre, me sorprende encontrarme a Sarah
sentada en el pasillo, junto a la puerta.
—¿Has venido? No hacía falta —le digo, aunque en el fondo me alegro de que esté aquí.
La verdad es que me había convencido a mí mismo de que no necesitaba a nadie y de que
estaba bien así, contento viviendo mecánicamente y yendo de flor en flor sin intimar nunca
demasiado, sin ataduras ni preocupaciones. Me persuadí de que así era, a pesar de que mi
padre me enseñó lo contrario. Y entonces ha vuelto mamá de entre los muertos y de un
plumazo ha puesto mi vida del revés y me he permitido el lujo de volver a sentir. Todo el
cariño que sentía por ella y que he mantenido sofocado durante tanto tiempo, toda la furia y la
amargura,
De alguna toda la rabia
manera, justoyalelfinal,
anhelo,
mi han vuelto
madre a embargarme
me ha salvado. Losymédicos
han prendido
acabanendemídecirme
una llama.
que
es probable que esta sea su última noche. Debo ir a acompañar a la madre a la que perdí hace
tantos años, para verla partir de nuevo. Y sin embargo tengo el ánimo lleno de esperanza
mientras estoy aquí, frente a su cuarto. Porque esta vez puedo mirar a los ojos de mi madre:
puedo decirle adiós.
—Bueno, un amigo de Mikey le ha invitado a dormir en su casa, así que he pensado que…
En fin, he pensado que a lo mejor te apetecía tener a alguien aquí —me dice Sarah con una
sonrisilla—. Yo creo que en momentos como este conviene tener a alguien cerca. A alguien
que te coja de la mano y te haga un té.
Respiro hondo y miro la puerta.
—Significa mucho para mí que estés aquí.
—¿Estás
—No muybien?
bien,—pregunta agarrándome
no —contesto—. la mano.
Esta noche, no, no estoy bien. Pero lo estaré algún día.
Siento que algún día por fin estaré bien. ¿Te suena raro?
—A mí todo lo que dices me suena raro. —Sonríe muy tenuemente y luego, inclinándose
hacia delante, me besa con ternura, fugazmente, en la mejilla—. Cuando esto pase, estaré ahí.
Te llevaré a casa y te prepararemos té con tostadas. Cuidaremos de ti, ¿vale? Mikey y yo, y
hasta Ninja. Digo Jake.
—Hablando del gato de los mil nombres… —Le cuento que me he encontrado a mi gato, a
nuestro gato, aquí, enroscado en la cama de mi madre—. Aquí lo llaman Sombra.
—Y yo que pensaba que era un minino callejero —susurra Sarah—. Y resulta que es el
mandamás de Londres.
—Bueno, mientras no descubra que además es mi jefe… —contesto.
Miro sus ojos castaños y me siento más calmado.
—¿Es hora de volver? —pregunta.
Asiento con la cabeza y vuelvo a entrar en la habitación de mi madre.
Pasan las horas y mamá duerme conmigo a su lado. Estoy sumido en un estado de vigilia.
aire parece limpio, como recién lavado, y la luna llena brilla intensamente, deslizándose por
encima de las copas de los árboles que parecen rodearnos. Y entre sus ramas desnudas y
danzantes veo que el primer atisbo del alba ilumina el borde del horizonte.
—¿Verdad que son preciosas? —dice mamá—. ¿Ves las estrellas? ¿Ves el fuego? Bolas de
fuego ardiendo en el cielo, radiantes. Siento su calor en las mejillas, ¿tú no? Es como cuando
eras pequeño y nos tumbábamos en la hierba a ver salir la luna.
Miro el mismo trozo de cielo que está mirando ella, y veo las poquísimas estrellas cuyo brillo
consigue colarse entre la contaminación lumínica.
—Es asombroso —digo.
Mandy me trae una silla y me siento junto
j unto a mamá, mirando el cielo.
—Quería muchísimo a tu padre —dice, y no estoy seguro de si me lo dice a mí o se lo dice al
cielo—. Fue desde el principio un hombre tan bueno que no me lo merecía, desde el principio
mismo. Siempre tenía una sonrisa en la cara, siempre estaba lleno de luz. Yo creía que, si un
hombre así me quería, llenaría de sol todos mis rincones oscuros. Que a fuerza de cariño me
sacaría de dentro la negrura, y volvería a ser feliz. Y él me quería. Me quería muchísimo. Pero
lo único que hice fue llenarle de oscuridad y convertir en trágica su vida, que hasta entonces
era feliz.
—Hay un niño que acaba de mudarse a la casa de al lado, con su madre. Van a prepararme
la cena, y yo voy a llevarles a pescar, como hacía papá. El chico, Mikey, es muy divertido y
tierno, aunque se cree muy duro. Y Sarah es buena y…, y cariñosa. Me gusta mucho.
Al principio creo que no me ha oído, pero luego sonríe y dice en voz baja:
—Me alegro de que tengas a alguien. —Levanta una mano unos centímetros por encima de
la cama—. Esa —dice señalando el lucero del alba, que brilla intensamente sobre la cima de un
árbol—. ¿Sabes qué significa esa estrella?
—No, mamá. —Sonrió apoyando mi mejilla en la suya.
—Significa que te quiero —dice—. Te quiero, Hugh.
Con mucho cuidado, la rodeo con mis brazos y la aprieto, y juntos contemplamos esa
estrella que brilla tan intensamente que podría eclipsar el brillo de una ciudad entera. Y vemos
cómo el cielo se vuelve de un morado más profundo, y cómo surgen franjas de naranja y
amarillo, y cómo los zarcillos del alba penetran en la noche. Y justo antes de que amanezca,
justo antes de que el calor del sol nos toque, siento que su respiración se ralentiza y se para, y
luego un largo suspiro que parece lleno de alivio. Apoyo la cara en su pelo, y lloro.
36
Hope
—Hemos pasado en vela toda la noche —digo apoyándome contra el pecho de Ben, envueltos
los dos en el calor de su enorme abrigo, mientras contemplamos la ciudad—. No está mal,
teniendo en cuenta que empezaste la noche recibiendo una buena
b uena zurra.
—Sí, lo sé: yo, despierto toda la noche con una chica guapa, hablando —contesta—. He
perdido mi toque especial.
—Hablando y besándonos —puntualizo yo, y vuelvo la cabeza para sonreírle—. Y también
hemos ido a esa cafetería, a desayunar a medianoche. Y nos hemos toqueteado bastante.
—Mmm. —Sus manos, que estaban posadas debajo de mi camiseta, empiezan a vagar de
nuevo—. Desde luego, esto se está poniendo que arde. ¿Seguro que no quieres que lo hagamos
en —Sí,
un banco?
seguro. Y, además, me apetece disfrutar de esta fase un poco más.
—Yo estoy muy feliz—dice—. Soy tan feliz que me da miedo. Creo que nunca he tenido
nada que me diera miedo perder, como no fueras tú. Y ahora…, ahora me da el doble de
miedo cagarla.
—No vas a cagarla —le aseguro—. Ni yo tampoco. Los dos hemos cambiado.
—Bueno, puede que nosotros sí, pero el mundo no ha cambiado. —Parece agobiado—. Yo
sigo trabajando en una tienda de teléfonos y mi madre no va a dejar de ser una colgada. Tu
madre va a seguir preocupándose por ti…
—Preocupándose por mí… Me va a matar —contesto.
—¿Por qué? Le dijiste que estabas conmigo y que todo iba bien.
—Sí, pero llevo fuera toda la noche, en un parque, en noviembre. Poco abrigada.
—Y sin sujetadorque
preguntándomelo, —añade Ben—.
yo estaba en loLa verdad
cierto: es que
tienes tengo
unos quemagníficos.
pechos decir, después de varios años
—¡Ben!
La felicidad, la alegría, bullen dentro de mí como una lámpara de lava o un manantial en
primavera. Es como si alguien hubiera tirado por fin del enchufe que me impedía sentir esas
emociones, conocer esas cosas que siempre he intentado soslayar: el deseo, el deleite, la
felicidad.
—Pero si es la verdad —dice Ben—. Y, además, tu madre no puede enfadarse porque hayas
pasado fuera toda la noche. Tienes veintiún años, Hope. Eres una mujer. Una mujer de la
cabeza a los pies, además.
Volviéndome, le beso otra vez, y enseguida se apodera de nosotros el deseo.
—Tenemos que buscar una cama —digo, separándome bruscamente de él.
—¿Estás bien? ¿Estás cansada? —me pregunta, preocupado—. ¿Necesitas echarte?
—No, idiota. Lo que quiero es acostarme contigo. Ahora mismo.
Ben respira hondo entrecortadamente.
—Entonces no sé a qué estamos esperando —dice, y tira de mí para que me levante.
37
Stella
La luna, que se resiste a la llegada del alba, me acompaña mientras corro por las calles de
Londres con paso firme y constante. Días, meses de agotamiento se disuelven bajo su mirada
benévola: llena y redonda, lisa y plateada. Y al poco rato la fatiga se acaba y empiezo a
sentirme fuerte otra vez. Fuerte y decidida. Es maravilloso.
Londres parece inclinarse ante mí mientras recorro el laberinto de sus calles. Sé más o
menos dónde tengo que ir, y doblo a derecha e izquierda dejándome llevar, sin aflojar el ritmo
ni desfallecer. Paso junto a ventanas iluminadas y junto a ventanas en sombras, junto a figuras
agazapadas en portales, junto a parejas nuevas que se abrazan con urgencia apoyadas en las
farolas, junto a grupos de chicas que chillan enfundadas en lentejuelas, junto a gente que ha
salido de fiesta,
un pitillo a bailar,
apoyados en susjunto
taxis.a hombres decididos a cumplir una misión y a taxistas que echan
Cada paso que doy me acerca más a él.
Me acerca más a lo que necesito decirle.
Cruzo Victoria, dejo atrás el palacio y sigo corriendo, deteniéndome solo para dejar pasar el
inmenso torrente del tráfico que nunca cesa en el centro de esta ciudad. Dejo atrás la estación y
bajo por Vauxhall Bridge Road; paso junto a casitas georgianas pintorescas y marchitas,
reclinadas en modernos bloques de apartamentos de ladrillo rojo; junto a bares que siguen
iluminados por dentro, y a través de cuyos cristales reforzados se oye un murmullo de voces.
Las aceras brillan con la lluvia de ayer. Los charcos de agua sucia se convierten de pronto en
mundos radiantes que se hacen añicos y se recomponen a medida que los cruzo.
Vauxhall Bridge me recibe con los ojos abiertos de par en par cuando me salto un semáforo
en rojo para
segundo, subirmea al
me detengo puente
mirar de un que
mi ciudad, salto. Y por una ambos
se extiende instante, durante
lados, una fracción
agolpándose de
a lo largo
de las orillas del río. Me descubro sonriendo cuando echo de nuevo a correr, en línea recta,
hacia la noche. Paso debajo del viaducto del tren, silencioso y quieto, y sigo adelante, dejando
atrás las torres altas y oscuras y los miles de vidas dormidas, hasta que de pronto me paro
apoyando las manos en la pared del edificio en el que está Vincent.
Tengo que entrar como sea sin pulsar el timbre de su alojamiento. No quiero que me echen
de aquí, estando a quince pisos de la redención. Pero, al echar un vistazo al reloj, veo que son
casi las cinco de la mañana. Tiene que haber alguien en pie en esta vasta ciudadela amurallada.
Cierro los ojos y pulso un botón tras otro, disculpándome en silencio por perturbar el sueño de
esos desconocidos y evitando cuidadosamente el único botón que me da miedo pulsar. Por fin,
el portero automático cobra vida con un chisporroteo.
—Cariño, ¿eres tú? —oigo preguntar.
—Sí —contesto, preguntándome quién será ese cariño y cómo es su voz.
Se oye un zumbido, abro la puerta de
d e un empujón y me dirijo al ascensor.
Solo empiezo a dudar cuando se abre la puerta y veo la planta en la que se aloja Vincent.
El pasillo es largo y está a oscuras, flanqueado de puertas a ambos lados. Mientras camino
hacia el 1543, mis piernas invencibles empiezan a temblar, mi corazón fuerte desfallece, mi
avance se hace más lento con cada paso que doy. Y sin embargo aquí estoy y no puedo dar
marcha atrás, de modo que continúo hasta hallarme frente a su puerta.
Apoyo la cabeza en ella y escucho. Dentro casi no se oye nada, aunque me parece escuchar
el ruido de un televisor o una radio. Será Vincent en su vigilia nocturna, tratando de mantener
a raya a sus demonios, a esos recuerdos y sueños que no han dejado de atormentarle desde que
despertó con vida. Estoy casi segura.
Llamo, suavemente al principio, tan suavemente que nadie me oye. No se oye movimiento
dentro, ni pasos acercándose. Así que vuelvo a llamar un poco más fuerte, y luego más fuerte
aún. Y por fin oigo pasos que se acercan, acompañados por un refunfuño. Retrocedo un poco
para que se me vea bien por la mirilla.
—¡Mierda! ¿Eres tú, Stella?
No es Vincent quien me abre, sino su compañero Frenchie, el sargento William French, el
dueño de esta casa.
—Joder, tía, son las cinco de la mañana —dice—. ¿Qué haces aquí?
—Vincent está aquí, ¿verdad? —pregunto tratando de ver más allá de él, de vislumbrar a mi
marido.
—Sí, sí, está aquí. —Frenchie se pasa los dedos por el pelo alborotado—. Pero está
durmiendo, nena. Sé que estáis teniendo problemas, pero despertarle ahora para echarle una
bronca… No creo que sea lo más conveniente. ¿Me entiendes?
—¿Está dormido?
—Sí, como un bebé. Duerme mucho desde que está aquí. Y ronca como un cerdo, el
cabrón. Más os vale arreglar las cosas, porque yo estoy hecho polvo.
—Por favor, Frenchie, déjame verle, por favor. No he venido a discutir. He hecho un
camino muy largo. No me pidas que me vaya, por favor.
—Joder, a las mujeres no hay quien os entienda.
Frenchie se encoge de hombros y se aparta para dejarme pasar. Al entra en el pasillo me veo
un momento en el espejo: estoy acalorada, sudorosa, tengo la ropa empapada y los zapatos
sucios.
—EstáUnahí
poco avergonzada,
dentro. me quito
—Frenchie señalalaslazapatillas embarradas
puerta cerrada en la yque
las dejo
ponejunto a la puerta.
DANIELLE en letras
rosas—. El fin de semana que viene me toca tener a la niña, así que os agradeceré que hagáis
las paces cuanto antes. Estaba viendo la tele. Si la cosa se pone violenta, entraré. Si no, allá
vosotros.
Lentamente, indecisa, empujo la puerta y la cierro sin hacer ruido a mi espalda. Mis ojos
tardan un momento en acostumbrarse a la oscuridad. Una lamparita nocturna rosa brilla
suavemente en una estantería, y entonces veo a Vincent tumbado boca arriba en la cama. Me
da un vuelco el corazón. Tiene la pierna apoyada contra la pared y solo lleva puestos unos
calzoncillos blancos. Duerme profundamente. Su cara parece relajada y en calma. Está
guapísimo.
Ocupa casi toda la cama individual, pero aun así me quito las mallas mojadas y la camiseta y
me tumbo a su lado, paso el brazo por su pecho y me ciño a la curva de su cuerpo. Cambia de
postura ligeramente, se desplaza dormido para dejarme sitio. Sus brazos se mueven para tapar
los míos, para protegerlos, y luego vuelve a caer
c aer en un sueño profundo.
Paso largo rato tensa y nerviosa. Tengo frío y estoy agarrotada, esperando a que se despierte
y me eche de aquí, pero no lo hace. Pasados unos minutos, me doy cuenta de que tengo el
cuello torcido en una postura dolorosa, el hombro apoyado sobre algo duro e incómodo, pero
no me muevo; no me atrevo a moverme. Dejo, en cambio, que el calor y la fortaleza del cuerpo
de Vincent impregnen el mío. Y poco a poco el latido de mi corazón se calma, me pesan los
párpados y el sueño se va entrelazando con mis pensamientos.
No sé si he dormido unos segundos, minutos u horas, pero cuando Vincent se mueve abro los
ojos de golpe. Él se gira en la cama, pasa la mano distraídamente, todavía medio dormido, por
mi costado, y por fin pestañea y abre los ojos.
—¿Stella? —Su voz suena seca, ronca—. ¿Eres tú de verdad?
—Sí —susurro—. He venido a verte.
Cambia un poco de postura y, al empezar a espabilarse, se da cuenta de pronto de que tiene
la mano apoyada en mi cadera y la aparta.
—Quería decirte que lo siento —le digo—. Y que estaba equivocada. Que te he fallado.
Porque lo único que he visto este último año y medio han sido problemas, y lo único que he
hecho ha sido intentar arreglar las cosas: arreglarte a ti, cuidarte, ser tu enfermera. Pero no
necesitas honrado
valiente, que nadie te arregle.Y Yestoy
y decidido. menos yo. Eres
orgullosa de tiperfecto;
y de todomás perfecto.
lo que has Eres
logrado. Noincreíble,
lamento
que te salvaras por mí. Eso nunca lo lamentaré. Me alegro de que así fuera, me siento
agradecida y aliviada porque te mantuvieras con vida por mí. Siento haber sido solo
problemas, y heridas, y conflictos, desde que volviste. Siento no haberte visto a ti. A ti, tan
guapo, tan bello.
Vincent se queda callado un momento. Sus ojos me escrutan, solemnes y taciturnos. Yo le
dejo pensar. Aguardo.
—Fui a ver a Maeve, la viuda de Kip —dice—. Antes de venir aquí, fui a verla y se lo dije.
Le conté lo que ocurrió. Le leí la carta que había estado intentando escribir.
—¿Y qué dijo? —Cojo su mano, entrelazo nuestros dedos, y él no se aparta.
—Dijo que, si hubiera sido él, si Kip no hubiera hecho lo mismo en mi caso, le habría
matado ella. Dijo que no pasaba nada. —Hace una pausa, baja la barbilla—. Tienen una niña,
una niña pequeñita. Es tan dulce, Stella, tan llena de alegría… Alegría de vivir, aunque su
padre haya muerto. Quiero ayudarla, ayudar a Maeve y a Casey. Formar parte de sus vidas, si
me dejan. Sacar por ahí a la niña de vez en cuando. Ayudar a que su madre se recupere. Me
gustaría hacerlo.
—A mí me parece muy buena idea —contesto.
—Después de hablar con ella, pude dormir. He estado durmiendo sin soñar. Por lo menos,
sin tener pesadillas. Es como…, es como si eso fuera lo único que tenía que hacer para que mi
mente me dejara descansar: contarle a Maeve lo que ocurrió.
Asiento y le abrazo, apretándole con fuerza contra mi cuerpo.
—Ya no somos aquellos, ¿verdad? —digo—. La chica a la que le gustaba estar sentada y el
militar que no podía estarse quieto. No somos esos que se conocieron y se enamoraron. Ahora
lo entiendo. Ahora veo lo que estabas intentando hacerme comprender.
—No, no somos
Me estrecha los mismos
la cintura, —responde
desliza Vincent.
los dedos por mi columna.
—He estado tan triste, tan deprimida y desorientada… Tan sola, buscando respuestas que
no existen. Intentando arreglar cosas que no puedo arreglar. Me había perdido, Vincent, pero
creo…, creo que ya me estoy reencontrando. Ahora sé que, pase lo que pase, nunca volveré a
ser esa chica a la que conociste una mañana de verano.
—Eso también lo sé —dice él—. Y yo tampoco volveré a ser el mismo. No me puede crecer
una pierna nueva, ¿verdad? Y tampoco volveré a sentirme invencible, ni a pensar que soy una
especie de superhéroe. Que soy como no soy. La pierna… En fin, sí, a veces la echo de menos.
Pero puedo vivir sin ella. Pero mi identidad, el sentido de lo que soy… Perder eso casi me
volvió loco, Stella. Casi me hundió del todo. Y ahora…, ahora necesito descubrir de nuevo
quién soy. Sé que nunca volveré a ser el hombre al que conociste por primera vez. Puede que
yo no muriera en medio del polvo y el calor, pero ese hombre sí murió allí.
Asiento con un gesto y, en la penumbra de la mañana de invierno, nos miramos de nuevo el
uno al otro, como desconocidos que se vieran por primera vez y que sin embargo se conocieran
mutuamente tan bien como a sí mismos.
—Yo quería a ese Vincent. Me encantaba que fuera tan atrevido, tan loco, tan bobo y tan
divertido como era —le digo—. Le quería. Y el caso es que, aunque tú hayas cambiado, ese
amor no ha cambiado. Nunca ha flaqueado, ni por un segundo. Ni siquiera cuando me ponías
tan furiosa que me daban ganas de darte un puñetazo. Seguía queriéndote. Y de eso se trata,
¿no?
cuandoEsoes es el [Link]
doloroso, Hacer que las
cuando cosas duren,
se tuercen permanecer
las cosas, cuando laahí, hacer
gente que cuente,
cambia, hasta
o la vida les
cambia. Si quieres a alguien, tienes que desear querer a esa persona sea como sea. Y si no,
entonces es que no es amor.
Me incorporo y me arrodillo sobre la cama.
—He leído tu última carta —confieso—. La que solo debía leer si morías.
Se remueve, incómodo, irguiéndose para sentarse.
—¿Recuerdas lo que decías en ella?
Asiente otra vez, apartando la mirada de mí y fijándola donde antes estaba su pierna.
pie rna.
—Pase lo que pase, hayamos cambiado como hayamos cambiado, el hombre que sobrevivió,
el hombre al que he venido a ver atravesando Londres, es el hombre al que amo. Y todavía
podemos, todavía podemos tener nuestro final feliz, si estamos dispuestos a luchar por él.
Puede quetanto
cambiado sea un final
que no distinto, pero ahoraloséentenderé.
puedes soportarlo, que estoy Y
dispuesta a luchar por ti.
seguiré queriéndote, y tePero…
dejaré,siy he
te
desearé lo mejor.
Un fino haz de luz grisácea se cuela por la cortina blanca, proyectando sombras en la cara de
Vincent: el puente de su nariz, el hoyuelo de su barbilla, su expresión de alivio, sus párpados
entornados. Creía que llegado este momento me sentiría abatida por la pena, angustiada,
nerviosa, aterrorizada porque me dijera que no, porque no pudiera seguir queriéndome, pero
no es así. Me siento serena y fuerte. Y sé que, diga él lo que diga, sobreviviré, porque durante
las semanas y los meses que he pasado extraviada
e xtraviada he descubierto otra cosa: la voluntad de vivir,
de experimentar cada instante de mi vida, de todas las maneras posibles. Diga lo que diga
ahora Vincent, sé que estaré bien. Triste, quizá, pero bien.
—Creo que no tengo elección —dice por fin.
Asiento con la cabeza.
—Entiendo.
Con mucho cuidado comienzo a levantarme, pero él me agarra por
p or la muñeca.
—Creo que no tengo más remedio que quererte, Stella. Quererte con todos nuestros
cambios y con todo mi corazón. Y, además, pase lo que pase, sigues teniendo los mismos ojos,
como dos amaneceres que me saludan cada mañana. Lucharé contigo, si me lo permites.
Alargo el brazo, toco su mejilla desfigurada, paso las yemas de los dedos por la piel fruncida
y lustrosa, hasta su pecho y por su muslo, que acaba bruscamente.
—Bueno, yo ya he hecho mi declaración romántica —digo con una sonrisa leve—. No me
queda nada más que decir, pero sí.
Vincent se inclina hacia delante, me rodea con sus fuertes brazos, me sienta a horcajadas
sobre su regazo. Nos besamos con fiereza, ansiosamente. Me levanta la camiseta y yo tiro de
sus calzoncillos y me incorporo un poco para bajárselos. Cerrando los ojos, me siento sobre él
y nos quedamos quietos un instante, sus ojos clavados en los míos. Y entonces, muy despacio,
comienzo a moverme encima de él, me extravío en sus besos, en esa unión perfecta entre los
dos. Aumentamos el ritmo hasta que dejo escapar un grito y me desplomo sobre él, y siento
que se estremece contra mi pecho. Pasado un rato, me retiro y él se tumba, y yo apoyo la
cabeza en su pecho, y me abraza. Con los ojos cerrados, mientras me invade una extraña
sensación de dicha, tardo un rato en darme cuenta de que el calorcillo que me acaricia la
espalda es el sol. Girándome un poco, miro por la ventana y veo un cielo azul claro.
Epílogo
Querido Vincent:
Seguramente te estarás preguntando por qué has recibido una carta dirigida a ti y escrita con la letra
de tu mujer, ¿verdad que sí? Porque ahora mismo estoy sentada a la mesa del desayuno, enfrente de
ti. Pero no me preguntes. No digas nada. Sigue leyendo.
Mientras trabajaba en el Marie Francis, escribí muchas cartas para otras personas: cartas que
reseñaban los momentos más importantes de sus vidas. Aprendí que lo que dice la gente tiene
muchísima más importancia si está escrito. Sobre el papel, las palabras se vuelven inmortales, bellas,
íntimas, tiernas y singulares. Son palabras que siempre estarán ahí, para leerlas una vez, y otra, y otra.
Una carta es un recuerdo que nunca se pierde, que nunca se difumina ni se olvida. Y mucho después
de que nos hayamos ido, quizás algún día, dentro de mucho tiempo, nuestros hijos o nietos leerán
estas palabras y también estarán aquí, en este momento, con nosotros, para siempre.
Hemos recorrido un largo trecho estas últimas semanas, luchando codo con codo. Y todavía nos
queda mucho camino por delante. Un camino que, espero tardaremos en recorrer el resto de
nuestras vidas.
Pero ya no estaremos solos, Vincent. Porque justo antes de sentarme a escribir esta carta he
descubierto que estamos esperando un hijo.
Vas a ser padre.
Y ahora, antes de que te pongas a llorar o tires esta carta y estires el brazo sobre la mesa y me beses
y me digas lo mucho que me quieres, lee la última frase, por favor.
Estamos ganando, Vincent. Estamos ganando.
Con todo mi amor, siempre,
Stella
Agradecimientos
Este ha sido uno de esos libros que no me han revelado sus secretos casi hasta estar acabado, lo
que me ha sacado un poco de quicio. De ahí que haya un montón de gente a la que tengo que
agradecerle su paciencia y su apoyo durante el proceso de escritura.
En primer lugar, gracias a Gillian Green, mi maravillosa, comprensiva e inteligentísima
editora, por ayudarme a ponerlo todo en orden, al estupendo equipo de Ebury, especialmente
a Emily Yau, Amelia Harvell y Louise Jones, y a su fantástico equipo de ventas. ¡Qué casa tan
maravillosa para mi libro!
Gracias mil, como siempre, a mi agente, Lizzy Kremer, que me mantiene en marcha con sus
arengas y sus negativas a dejar que abandone la escritura para buscarme «un trabajo de
verdad». Sin ti no podría hacerlo, Lizzy. Y gracias a las brillantes Harriet Moore, Laura West,
Alice Howe y a todo el equipo
e quipo de David Higham Associates.
A mis queridas y asombrosas amigas escritoras: Julie Cohen, Cally Taylor, Kate Harrison,
Katy Regan, Miranda Dickinson, Tamsyn Murray, Amanda Jennings, Lucy Robinson, Lucy
Dillon, Cesca Major: gracias por escribir vuestros libros, por formar parte de este grupo que
siempre se está dando ánimos mutuamente, y por ser tan divertidas, entrañables y estimulantes.
Muchísimas gracias a mis amigas de toda la vida. Aunque no nos veamos muy a menudo,
siempre sé que estáis ahí: Jenny Matthews, Cathy Carter, Sarah Darby, Rosie Mahony, Margie
Harris, Kirstie Robertson, Catherine Ashley.
Gracias en especial a la enfermera Rachel Dixon por ayudarme a comprender una labor
crucial y difícil. Gracias al Hospice of St. Francis por invitarme a ver un poco del trabajo vital e
increíble que hacen. La residencia de este libro es completamente ficticia, al igual que sus
pacientes y su personal, pero el cariño y el cuidado infinito que hay en ella están inspirados en
ese hospital.
Por último,
Adam, y a mis ymaravillosos
sobre todo, hijos,
graciastana mi familia. Gracias
divertidos, alegres, aagotadores
mi madre yy deliciosos.
a mi encantador
Y a mimarido,
perro,
Blossom, que llegó a mi vida poco después de que empezara a escribir este libro y desde
entonces no ha parado de pedirme que le deje entrar y salir de mi despacho.
Con cariño,
Rowan
Abril de 2015
Índice
Índice 8
Prólogo Stella 11
LA PRIMERA NOCHE 13
1 Hope 14
2 Stella 20
3 Hope 24
4 Stella 30
LA SEGUNDA NOCHE 34
5 Hugh 35
6 Hope 38
7 Stella 43
LA TERCERA NOCHE 48
8 Hugh 49
9 Hope 55
10 Stella 62
11 Stella 67
LA CUARTA NOCHE 72
12 Hope 73
13 Hope 79
14 Hugh 85
15 Stella 91
16 Stella 95
LA QUINTA NOCHE 102
17 Hope 103
19
18SHtuegllha 11
104
9
20 Hugh 122
21 Stella 126
22 Stella 129
LA SEXTA NOCHE 133
23 Hope 134
24 Stella 139
25 Stella 143
26 Hope 149
27 Vincent 154
28 Stella 159
29 Hugh 166
LA SÉPTIMA NOCHE 170
30 Hope 171
31 Hugh 179
32 Hope 185
33 Stella 189
34 Hope 192
35 Hugh 196
36 Hope 200
37 Stella 202
Epílogo 207
Agradecimientos
Agradecimientos 208









