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Drizzt y la Plaga de Conjuros

Este documento presenta un resumen de tres capítulos del libro "El rey fantasma" de R.A. Salvatore. En el primer capítulo, un dragón ciego llamado Hephaestus se enfrenta a un intruso invisible en su guarida. Luego es drenado de su fuerza vital por una presencia fría y muere. En el segundo capítulo, Hephaestus revive mágicamente pero se da cuenta de que ha perdido gran parte de su cuerpo, reducido ahora a huesos y piel.

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Drizzt y la Plaga de Conjuros

Este documento presenta un resumen de tres capítulos del libro "El rey fantasma" de R.A. Salvatore. En el primer capítulo, un dragón ciego llamado Hephaestus se enfrenta a un intruso invisible en su guarida. Luego es drenado de su fuerza vital por una presencia fría y muere. En el segundo capítulo, Hephaestus revive mágicamente pero se da cuenta de que ha perdido gran parte de su cuerpo, reducido ahora a huesos y piel.

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La Plaga de Conjuros ha llegado a Faerun. El Tejido se está deshaciendo.

La magia se ha
descontrolado. En mitad de este cataclismo que sacude al mundo, Drizzt Do’Urden tendrá
que replantearse todo aquello en lo que creía y, peor aún, tendrá que volver a librar
batallas que ya creía ganadas.
R. A. Salvatore

El rey Fantasma
Reinos Olvidados
Transiciones-3

ePub r1.1
Titivillus 20.04.18
Título original: The Ghost King. Transitions, Book III
R. A. Salvatore, 2009
Traducción: Emma Fondevila
Ilustración de portada: Todd Lockwood

Editor digital: Titivillus


ePub base r1.2
A Diane, por supuesto, el amor de mi vida, junto a quien he recorrido
todos estos años una trayectoria de vida y de sueños.
Pero hay alguien más que merece mi agradecimiento por este libro; en realidad, son cinco los que lo
merecen. Esta llamada a la que he respondido, esta finalidad en mi vida, a veces me arrastra. Es mi
deber dejarme ir, seguirla. A veces me lleva a lugares a los que no deseo ir. A veces hace daño.
Cuando en una época terrible de mi vida acabé Mortalis, el cuarto libro de mi serie Las Guerras
Demoniacas, declaré que esperaba no tener que volver a escribir un libro como ése, aunque lo
consideraba lo mejor que había escrito jamás; no tener que volver nunca a ese tenebroso lugar.
Cuando empecé El Rey Fantasma, supe que tenía que volver a él. Estos personajes, estos amigos
de veinte años, me lo exigían. Así, tuve que pasar los últimos meses viendo tres vídeos, canciones de
mi pasado, de la banda y la cantante que me han acompañado durante casi toda la vida.
Stevie Nicks se preguntaba una vez en una canción: «¿Alguna vez han escrito algo para ti? Y en tu
hora más tenebrosa, ¿me oyes cantar?».
¡Ah, señora Nicks!, has estado escribiendo canciones para mí desde mis años de instituto, en la
década de los setenta, aunque no lo sabes. Estuviste conmigo durante aquellos días de soledad y
confusión, aquella época en que estaba despertando a la vida. He visto salir el sol sobre el Fitchburg
State College, sentado en mi coche y esperando que empezara mi clase, al son de The Chain. Fuiste
mi compañera durante aquella ventisca de 1978 cuando descubrí las obras de Tolkien y de repente
vislumbré una forma totalmente nueva de expresarme. Estabas allí cuando conocí a la mujer que sería
mi esposa, y la mañana siguiente de nuestra boda, y en los nacimientos de nuestros tres hijos.
Ibas con nosotros a los partidos de hockey y a las exhibiciones hípicas. A tu concierto en Great
Woods asistió mi familia, incluso mi hermano casi al final de su vida.
Y estuviste ahí, conmigo, mientras escribía este libro. Hermanas de la luna, ¿Alguna vez han
escrito algo para ti? y Rhiannon fueron las tres canciones que me ayudaron a superar mis horas más
negras y que ahora me permiten regresar a ese lugar porque mis amigos de dos décadas, los
compañeros del Valle del Viento Helado, me lo pidieron.
Gracias, pues, Stevie Nicks y Fleetwood Mac por escribir la música de mi vida.

R. A. SALVATORE
El dragón lanzó un hondo rugido y flexionó las garras, adoptando una postura defensiva. Había
perdido los ojos por la agresión del brillo feroz de un artefacto destruido, pero sus otros sentidos
compensaban con creces la pérdida.
Había alguien en la cámara —Hephaestus lo sabía sin duda alguna—, pero la bestia no podía
olerlo ni oírlo.
—Y bien… —dijo el dragón con su voz atronadora, apenas un susurro para la criatura, aunque
reverberaba y era transmitida por el eco a través de las paredes pétreas de la caverna montañosa—.
¿Has venido a enfrentarte conmigo o a ocultarte de mí?
—Estoy aquí mismo, delante de ti, dragón. —La respuesta llegó directamente a la mente del
wyrm.
Hephaestus inclinó su gran cabeza astada ante aquella intrusión telepática y gruñó.
—¿No te acuerdas de mí? Tú me destruíste al destruir la Piedra de Cristal.
—¡Tus crípticos acertijos no me impresionan, drow!
—De drow, nada.
—¡Ilícida! —rugió el dragón, y lanzó su mortífero y feroz aliento hacia el lugar donde en otra
ocasión había destruido de una vez al azotamentes y a su compañero drow, junto con la Piedra de
Cristal.
Al propagarse, las llamas fundieron la piedra y calentaron toda la cámara. Instantes después,
cuando aún no había dejado de salir fuego, Hephaestus oyó otra vez la voz en su mente.
—Gracias.
La confusión dejó al dragón sin aliento apenas un momento, antes de que un frío intenso empezara
a extenderse por el aire y se colara por entre sus escamas rojas. A Hephaestus no le gustaba el frío.
Era una criatura de llamas, calor e ira feroz, y las heladas de las alturas castigaban sus alas cuando
se aventuraba a volar fuera de su guarida en la montaña en los meses invernales.
Sin embargo, ese frío era peor, porque iba más allá de lo físicamente helado. Era el vacío
absoluto de todos los vacíos, la ausencia total de calor vital, los últimos vestigios de Crenshinibon
vomitando la fuerza nigromántica que había forjado aquella poderosa reliquia hacía ya milenios.
Unos dedos gélidos se introdujeron por debajo de las escamas del dragón y, penetrando en su
carne, drenaron la fuerza vital de la gran bestia.
Hephaestus trató de oponer resistencia, gruñendo y resoplando, tensando sus músculos como si
intentara repeler el frío. Una profunda inhalación encendió el fuego interno del dragón, no para
lanzarlo hacia afuera, sino para combatir el frío.
El golpe de una sola escama contra el suelo de piedra resonó en los oídos de la bestia. Balanceó
la enorme cabeza como para ver la calamidad, aunque, por supuesto, no pudo verla.
Sin embargo, Hephaestus sí podía sentir… la podredumbre.
Podía sentir la muerte colándose en su interior, extendiéndose, llegando hasta su corazón y
oprimiéndolo.
La inhalación acabó en un resoplido que dejó salir un chorro de fuego frío. Trató de volver a
inhalar, pero los pulmones no respondieron a su llamada. El dragón empezó a estirar el cuello hacia
adelante, pero el movimiento se detuvo a la mitad y la gran cabeza astada rebotó contra el suelo.
Hephaestus sólo había percibido oscuridad a su alrededor desde el momento de la destrucción de
la Piedra de Cristal, y ahora sentía lo mismo por dentro.
Oscuridad.

Se encendieron dos llamas, dos ojos de fuego, de pura energía, de puro odio.
Y esa visión confundió aún más al ciego Hephaestus. ¡Podía ver! ¿Cómo era posible?
La bestia observó una luz azul; un flujo relampagueante se abría camino reptando y crepitando
entre la escoria del suelo. Había pasado el punto de devastación definitiva, donde el poderoso
artefacto había liberado hacía tiempo las sucesivas capas de magia para cegar a Hephaestus, y luego
otra vez, más recientemente, ese mismo día, para lanzar oleadas de asesina energía nigromántica a fin
de asaltar al dragón y…
¿Y hacer qué? El dragón evocó el frío, la caída de las escamas, la profunda sensación de
decadencia y muerte. No sabía cómo, pero veía otra vez. ¿Cuál sería el precio?
Hephaestus respiró hondo. Más bien lo intentó, y se dio cuenta de que en realidad no respiraba.
Presa de un repentino terror, Hephaestus se concentró en el punto del cataclismo, y al diluirse el
extraño flujo de magia azulada la bestia vio formas agazapadas, que antes habían estado dentro,
danzando entre los restos del artefacto que las había contenido. Replegadas, encorvadas, las
apariciones —los siete liches que habían creado a la poderosa Piedra de Cristal— describían
círculos y entonaban palabras antiguas de poder perdidas hacía tiempo para los reinos de Faerun.
Una mirada más atenta reveló los antecedentes tan diversos de esos hombres de la antigüedad, las
distintas culturas y características pertenecientes a puntos muy distantes del continente. Sin embargo,
desde lejos, parecían todas ellas un corro de criaturas grises muy semejantes, vestidas con harapos
de los que se desprendía una niebla gris a cada movimiento: la fuerza vital del artefacto sensible.
¡Pero habían sido destruidas con la primera explosión de la Piedra de Cristal!
La bestia no alzó la enorme cabeza que remataba el extremo de su cuello serpentino para sembrar
una catástrofe entre los no muertos. Se limitó a observar y a sopesar. Tomó nota de la cadencia y el
tono, y reconoció su desesperación. Querían volver a su morada, volver a Crenshinibon, a la Piedra
de Cristal.
El dragón, curioso y aterrado, posó su mirada en aquel continente vacío, en el que antes fue un
poderoso artefacto que él había aniquilado inadvertidamente a costa de sus propios ojos.
Y se dio cuenta de que lo había destruido por segunda vez. Aunque él no lo supiera, quedaba
poder residual en la Piedra de Cristal, y cuando el ilícida de cabeza rodeada de tentáculos lo había
provocado, Hephaestus había lanzado llamaradas que una vez más atacaron la Piedra de Cristal.
Balanceó la cabeza a un lado y a otro. La rabia se apoderó aún más del dragón, una repulsión
llena de horror que pasó instantáneamente del desánimo más atroz a una furia sin límites.
Porque prácticamente había perdido sus grandes y hermosas escamas de un rojo reluciente, que
ahora yacían esparcidas por el suelo. Sólo unas cuantas salpicaban su forma casi esquelética, restos
patéticos de la majestad y el poder que antes desplegaba. Alzó un ala, una hermosa ala que hasta
hacía poco le permitía surcar sin esfuerzos las corrientes de aire que ascendían de las
noroccidentales montañas Copo de Nieve.
Nada más que huesos y jirones de piel coriácea adornaban aquel derruido apéndice.
Lo que antes era un ser grandioso, majestuoso y de imponente belleza había quedado reducido a
una odiosa burla.
Lo que antes era un dragón, lo que ese mismo día era todavía un dragón, había quedado reducido
a… ¿qué? ¿Muerto? ¿Vivo?
Hephaestus se miró la otra ala, rota y esquelética, y se dio cuenta de que el flujo azulado de
extraño poder mágico la había atravesado. Mirando más de cerca a través de la corriente casi opaca,
Hephaestus reparó en que había una segunda corriente de crepitante energía, un rayo verdoso dentro
del campo azul, que retrocedía y lanzaba chispas en el interior del flujo principal. Pegada al suelo,
esa cuerda visible de energía conectaba el ala del dragón con el artefacto, enlazando a Hephaestus
con la Piedra de Cristal que creía haber destruido hacía tiempo.
—Despierta, enorme bestia —dijo la voz dentro de su cabeza, la voz del ilícida, Yharaskrik.
—¡Tú has hecho esto! —rugió Hephaestus.
El dragón empezó a gruñir, pero de repente y sin advertencia previa, lo golpeó una corriente de
energía psiónica que lo dejó balbuceando cosas inconexas.
—Estás vivo —le dijo la criatura encerrada en esa energía—. Has derrotado a la muerte. Eres
más grande que antes, y estoy contigo para guiarte, para enseñarte poderes que trascienden todo
lo que puedas haber imaginado jamás.
Con un arranque de fuerza surgida de su rabia, la bestia se alzó sobre sus patas, balanceando la
cabeza para hacerse cargo de toda la caverna. Hephaestus no se atrevía a retirar el ala de la corriente
mágica, temeroso de volver a experimentar la nada. Se fue abriendo camino hacia donde estaban las
apariciones danzantes y la Piedra de Cristal.
Las formas agazapadas y sombrías de los no muertos dejaron de describir círculos y se volvieron
a una para mirar al dragón. Retrocedieron, movidas por el miedo o por el respeto, algo que
Hephaestus no pudo determinar. La bestia se acercó a la piedra y adelantó con cautela una garra para
tocarla. En cuanto sus esqueléticos dedos se cerraron en torno a ella, una compulsión repentina, un
impulso arrollador, lo obligó a alzar la pata para golpear con la Piedra de Cristal su mismísima
coronilla, encima de los feroces ojos. Mientras realizaba el movimiento, Hephaestus se daba cuenta
de que la avasalladora voluntad de Yharaskrik lo obligaba a hacerlo.
Sin embargo, antes de que pudiera vengarse de semejante insulto, la rabia de Hephaestus se
desvaneció. Se sintió invadido por el éxtasis, una liberación de tremendo poder y alegría
abrumadora, una sensación de identidad e integridad.
La bestia se echó hacia atrás y liberó el ala del flujo de energía, pero Hephaestus no sintió horror
en modo alguno, ya que su sensibilidad y su conciencia recién estrenadas y su restablecida energía
vital no disminuyeron.
«No, energía vital no —recapacitó Hephaestus—. Más bien lo contrario… Precisamente lo
contrario».
—Eres el Rey Fantasma —le dijo Yharaskrik—. La muerte no te gobierna. Tú gobiernas a la
muerte.
Después de un largo rato, Hephaestus se sentó y pasó revista a la escena, tratando de encontrarle
sentido. La corriente relampagueante llegó a la pared del otro extremo de la caverna y la superficie
rocosa se encendió de golpe, como sí contuviera un millar de diminutas estrellas. A través de la
corriente llegaron los liches no muertos y formaron un semicírculo ante Hephaestus. Oraban en sus
lenguas antiguas, olvidadas hacía tiempo, y mantenían bajas sus horrendas caras dirigidas al suelo
con humildad.
Hephaestus se dio cuenta de que podía gobernarlas, pero prefirió dejar que se arrastraran y se
prosternaran ante él, ya que lo que le preocupaba más era la pared de energía azulada que partía en
dos la caverna.
«¿Qué puede ser?».
—El Tejido de Mystra —respondieron los liches en un susurro, como si pudieran leerle el
pensamiento.
«¿El Tejido?», pensó Hephaestus.
—El Tejido… que se colapsa —respondió el coro de liches—. Magia… desatada.
Hephaestus contempló a las desgraciadas criaturas mientras trataba de encajar las posibilidades.
Las apariciones de la Piedra de Cristal eran los antiguos magos que habían imbuido el artefacto de
sus propias fuerzas vitales. Crenshinibon irradiaba esencias mágicas nigrománticas.
La mirada de Hephaestus volvió a posarse en el flujo, la hebra del Tejido de Mystra que se había
vuelto visible, casi sólida. Pensó nuevamente en lo último que recordaba haber visto cuando había
lanzado su feroz aliento sobre un drow y un ilícida y sobre la Piedra de Cristal. El fuego de dragón
había hecho estallar la poderosa reliquia y había llenado los ojos de Hephaestus de luz brillante,
cegadora.
Entonces, una fría ola de vacío lo había herido, había descompuesto las escamas y la carne que
cubría sus huesos. ¿Acaso ese conjuro…, fuera lo que fuese…, había arrastrado consigo un trozo del
Tejido de Mystra?
—La hebra estaba ahí antes de que tú respiraras —explicaron las apariciones, leyendo sus
pensamientos y disipando esa idea equivocada.
—Surgida de las primeras llamaradas que rompieron la piedra —dijo Hephaestus.
—No —dijo Yharaskrik en la mente del dragón—. La hebra liberó la nigromancia de la piedra
devastada, otorgándome nuevamente sensibilidad y reviviendo a las apariciones tal como ahora
las ves.
—Y tú invadiste mis sueños —acusó Hephaestus.
—Me declaro culpable —admitió el ilícida—. Tú me destruíste en aquellos tiempos y he vuelto
para vengarme.
—¡Volveré a destruirte! —prometió Hephaestus.
—No puedes, porque no hay nada que destruir. Soy pensamiento descarnado, un sentiente sin
sustancia. Y busco dónde alojarme.
Antes de que Hephaestus pudiera siquiera captar la idea como lo que era —una clara amenaza—,
otra oleada de energía psiónica, mucho más insistente y abrumadora, llenó todas sus sinapsis, todos
sus pensamientos, hasta el último rincón de su razón con una distorsión zumbante y crepitante. Ni
siquiera fue capaz de recordar su nombre, y mucho menos de responder a la intrusión mientras la
poderosa mente del ilícida no muerto se abría camino en su subconsciente, a través de todas las
fibras mentales que formaban la psique del dragón.
Entonces, como si de pronto se hubiera disipado la oscuridad, Hephaestus lo entendió… todo.
—¿Qué has hecho? —le preguntó telepáticamente al ilícida. Pero la respuesta estaba allí,
esperándolo, en sus propios pensamientos.
Porque Hephaestus no tuvo necesidad de volver a preguntarle nada a Yharaskrik nunca más.
Hacerlo habría equivalido a reflexionar otra vez él mismo sobre la pregunta.
Hephaestus era Yharaskrik, y Yharaskrik era Hephaestus.
Y ambos eran Crenshinibon, el Rey Fantasma.
El gran intelecto de Hephaestus fue retrocediendo empujado por la realidad de su actual estado y
el entusiasmo de los siete liches, mientras sus pensamientos se inclinaban y por fin convergían para
llevarlo a la certidumbre. La hebra de fuego azul, fuera del origen que fuese, lo había vinculado a
Crenshinibon y a sus persistentes poderes nigrománticos. Cuando la Piedra de Cristal había golpeado
contra su cráneo, Hephaestus había comprendido que si bien eran restos, seguían siendo poderosos.
Se habían fusionado allí, y la energía nigromántica había invadido lo que quedaba de los circuitos
mortales de Hephaestus.
Había resurgido, pero no se trataba de una resurrección, sino de una no muerte.
Las apariciones le hicieron una reverencia, y él entendió sus pensamientos y sus intenciones con
tanta claridad como si fueran los suyos propios. Su única finalidad era servir.
Hephaestus entendió que él mismo era una conexión sentiente entre los reinos de los vivos y los
de los muertos.
El fuego azul salió reptando de la pared del otro extremo y avanzó por el suelo. Llegó hasta
donde había estado la Piedra de Cristal y luego hasta donde había estado la punta del ala de
Hephaestus. En cuestión de segundos, salió de la caverna, dejando el lugar en penumbra, apenas
iluminado por las danzantes llamas anaranjadas de los ojos de los liches, los ojos de Hephaestus y el
suave resplandor verdoso de Crenshinibon.
Pero el poder de la bestia no mermó ante esa marcha, y las apariciones seguían allí prosternadas.
Había resurgido.
Era un dracolich.
¿Dónde acaba la razón y dónde empieza la magia? ¿Dónde acaba la razón y dónde empieza la fe?
Son éstas dos de las cuestiones centrales de lo sentiente; eso me ha dicho un amigo filósofo que
llegó al final de sus días y volvió atrás. Es la reflexión última, la búsqueda definitiva, la realidad
concluyente de quiénes somos. Vivir es morir, y saber que lo harás, y preguntarse, siempre
preguntarse.
Esta verdad es la base de Espíritu Elevado, una catedral, una biblioteca, un lugar de culto y
de razonamiento, de debate y de filosofía. Sus piedras fueron colocadas por la fe y por la magia;
sus paredes se construyeron a base de asombro y de esperanza, su techo está sostenido por la
razón. Allí Cadderly Bonaduce se adentra en las profundidades y exige de sus muchos visitantes,
devotos y eruditos, que no rehúyan las mayores preguntas de la existencia, y que no se protejan ni
ataquen a otros con un dogma irracional.
Actualmente, el mundo está enzarzado en un feroz debate, un verdadero enfrentamiento entre
la razón y el dogma. ¿Somos sólo un capricho de los dioses o el resultado de un proceso
armónico? ¿Eternos o mortales? Y si somos lo primero, ¿cuál es la relación de aquello que existe
para siempre, el alma, con eso otro que sabemos que se han de comer los gusanos? ¿En qué
sentido pueden avanzar la conciencia y el espíritu, el conocimiento de nosotros mismos y/o la
pérdida de individualidad en el estado de comunión con todo lo demás? ¿Cuál es la relación entre
lo que tiene respuesta y lo que no la tiene, y adónde puede llevarnos si lo primero aumenta a
expensas de lo segundo?
Por supuesto, el simple hecho de formular estas preguntas plantea posibilidades
perturbadoras para mucha gente, actos de herejía punible para otros, y de hecho hasta el
mismísimo Cadderly me confesó una vez que la vida sería más sencilla si nos limitáramos a
aceptar lo que es y lo que existe en el presente. No se me escapa la ironía de su historia. Uno de
los sacerdotes más destacados de Deneir, el joven Cadderly, seguía mostrándose escéptico incluso
sobre la existencia del dios al que servía. Realmente era un sacerdote agnóstico, pero tocado con
poderes divinos. De haber rendido culto a cualquier otro dios que no fuese Deneir, cuyos
mismísimos principios alientan la indagación, probablemente el joven Cadderly no habría
encontrado jamás esos poderes para curar o para invocar la ira de su deidad.
Actualmente, confía más en la eternidad y en la posibilidad de algún cielo deneirano, pero
sigue cuestionando, sigue buscando. En Espíritu Elevado, muchas verdades —leyes del mundo en
su conjunto, incluso de los cielos— son sometidas a estudio e indagación. Con humildad y coraje,
los eruditos que allí acuden sacan a la luz detalles del plan de nuestra realidad, cuestionan los
modelos del multiverso y las normas por las que se rige; de hecho, reorientan nuestra
comprensión misma de Toril y de su relación con la luna y las estrellas del cielo.
Muchos califican ese acto de herejía, una exploración peligrosa de los reinos del
conocimiento que debería estar reservada a los dioses, a seres más elevados que nosotros. Peor
aún, esos profetas fanáticos nos advierten del fin del mundo, de que esas inquisiciones y
explicaciones impolíticas rebajan a los propios dioses y apartan de la fe a aquellos que necesitan
oír la palabra. No obstante, para filósofos como Cadderly, la mayor complejidad del multiverso
redunda en una elevación de lo que siente por su dios. La armonía de la naturaleza, sostiene, y la
belleza de la ley y el proceso universal trasuntan una brillantez y una noción de infinitud que van
más allá de lo que nos deparan la ceguera y la ignorancia tozuda y pusilánime.
Para la mente inquisitiva de Cadderly, la ley divina que sustenta el sistema observado supera
con mucho las supersticiones del plano material.
Advierto lo opuesto en Catti-brie y en su aprendizaje y comprensión progresivos de la magia.
A ella la magia la conforta, según dice, porque no puede explicarse. La fuerza de su fe y su
espiritualidad aumentan a la par que su destreza mágica. Tener ante uno lo que simplemente es, lo
que no tiene explicación, sin artificio ni réplica, es la esencia de la fe.
Yo no sé si Mielikki existe. No sé si alguno de los dioses es real, o si son seres de verdad si les
interesa o no el devenir cotidiano de un solitario elfo oscuro. Los preceptos de Mielikki —la
moralidad, el sentido de comunidad y de servicio y el aprecio por la vida— son reales para mi,
están en mi corazón. Ya estaban allí antes de que encontrara a Mielikki, un nombre que darles, y
seguirían estándolo aunque me dieran pruebas contundentes de que no hay un ser real, una
manifestación física de esos preceptos.
¿Actuamos movidos por el temor al castigo, o por lo que nos pide el corazón? Para mí es lo
segundo, y desearía que así fuese para todos los adultos, aunque sé por amarga experiencia que
no suele ser ese el caso. Actuar de una manera capaz de catapultarnos a uno u otro cielo podría
parecer obvio para un dios, para cualquier dios, porque si nuestro corazón no está en armonía
con el creador de ese cielo, entonces… ¿qué sentido tiene?
Es por eso por lo que saludo a Cadderly y a sus indagadores, que dejan de lado lo etéreo, las
respuestas fáciles, y ascienden con valentía hacia la sinceridad y la belleza de una mayor
armonía.
Mientras los numerosos pueblos de Faerun se afanan en sus quehaceres diarios y avanzan
hacia el fin de sus respectivas vidas, se advierte una vacilación mucho mayor en las palabras que
fluyen de Espíritu Elevado, incluso resentimiento y sabotaje. El viaje personal de Cadderly para
explorar el cosmos dentro de las fronteras de su propio y considerable intelecto, sin duda,
favorecerá el miedo, especialmente del concepto más básico y aterrador de todos; la muerte.
Por mi parte, sólo manifiesto apoyo por mi sacerdotal amigo. Recuerdo mis noches en el Valle
del Viento Helado, en lo alto de la atalaya de Bruenor, aparentemente más lejos de la tundra que
se extendía a mis pies que de las estrellas del cielo. ¿Acaso mis cavilaciones eran allí menos
heréticas que las que se hacen en Espíritu Elevado? Y si el resultado al que llegan Cadderly y los
demás se asemeja en algo a lo que se me reveló en aquella solitaria cumbre, reconozco la
fortaleza de la armadura de Cadderly contra las maldiciones de los indiferentes y las acusaciones
de herejía de los necios menos iluminados y más dogmáticos.
Mi viaje a las estrellas, entre las estrellas, en comunión con las estrellas, fue una experiencia
de contento absoluto, de goce sin límites, el momento de la existencia más apacible que haya
conocido jamás.
Y el más poderoso, porque en ese estado de comunión con el universo que me rodeaba, yo,
Drizzt Do’Urden, pasaba por un dios.

DRIZZT DO’URDEN
INCURSIÓN EN LOS SUEÑOS DE UN DROW

—Te encontraré, drow.


Los ojos del elfo oscuro se abrieron de golpe y rápidamente adaptó sus aguzados sentidos al
entorno físico. La voz seguía sonando clara en su mente, invadiendo su momento de tranquila
ensoñación.
Conocía la voz y le transmitía una imagen perfectamente nítida de una catástrofe, guardada entre
los recuerdos que tenía de una década y media antes.
Se ajustó el parche del ojo y se pasó una mano por la rasurada cabeza, tratando de encontrarle
sentido a aquello. No podía ser. El dragón había sido destruido, y nada, ni siquiera un wyrm rojo tan
grande como Hephaestus, podría haber sobrevivido a la intensidad de la explosión que sobrevino
cuando Crenshinibon liberó su poder. Aun en el caso de que la bestia hubiera sobrevivido de alguna
manera, ¿por qué no se había alzado en aquel mismo momento, cuando tenía a sus enemigos
indefensos ante sí?
No, Jarlaxle tenía la certeza de que Hephaestus había sido destruido.
—Te encontraré, drow.
Había sido Hephaestus… La intromisión telepática en la ensoñación de Jarlaxle le había
transmitido con toda claridad la imagen del gran dragón. No podía haber confundido el peso de
aquella voz. Lo había sacado de su meditación y había hecho que instintivamente se retrajera de ella,
obligándolo a volver al presente, a su entorno físico.
Lo lamentó de una manera casi inmediata, y se tomó el tiempo necesario para calmarse oyendo
los ronquidos satisfechos de su compañero enano, para asegurarse de que a su alrededor no había
ningún peligro, antes de cerrar otra vez los ojos y volver a adentrarse en sus pensamientos, antes de
retirarse a un lugar de meditación y soledad.
Pero no estaba solo.
Hephaestus estaba allí, esperándolo. Vislumbró los ojos del dragón, dos ascuas de fuego feroz.
Pudo sentir la rabia de la bestia, resollando con furia y prometiendo venganza. Un gruñido de
satisfacción resonó en la mente de Jarlaxle, la expresión de un depredador que, por fin, tiene a su
presa a tiro. El dragón lo había encontrado de manera telepática, pero ¿significaba eso que sabía
dónde estaba físicamente?
Jarlaxle se sintió invadido por el pánico, por una confusión momentánea. Alzó la mano y se tocó
el parche del ojo, que ese día llevaba sobre el izquierdo. Su magia debería haber impedido la
intrusión de Hephaestus, debería haber protegido al drow de cualquier escudriñamiento o contacto
telepático no deseados. Sin embargo, aquello no era fruto de su imaginación. Hephaestus estaba con
él.
—Te encontraré, drow —volvió a amenazar el dragón.
«Te encontraré», de modo que todavía no lo había encontrado…
Jarlaxle alzó sus defensas, negándose a pensar en su paradero actual al darse cuenta de por qué
Hephaestus seguía repitiendo su declaración. El dragón quería que él pensara en el lugar donde se
encontraba para que la bestia pudiera así llegar a conocerlo.
Llenó su mente con imágenes de la ciudad de Luskan, de Calimport, de la Antípoda Oscura. El
principal lugarteniente de Jarlaxle en su poderosa banda de mercenarios era un consumado psiónico,
y le había enseñado todo tipo de tretas y defensas mentales. Jarlaxle puso en juego todos esos
conocimientos.
El gruñido de Hephaestus, transmitido por medios psiónicos, pasó de la satisfacción a la
frustración y arrancó a Jarlaxle una risita.
—No puedes rehuirme —insistió el dragón.
—¿No estás muerto?
—¡Te encontraré, drow!
—Entonces, volveré a matarte.
La respuesta displicente de Jarlaxle desató la ira de la bestia —tal como él había esperado—, y
esa emoción le hizo perder momentáneamente el control, que era lo que Jarlaxle necesitaba.
Se enfrentó a esa ira con un muro de rechazo, obligando a Hephaestus a abandonar sus
pensamientos. Se cambió el parche al ojo derecho para activar el artilugio con ese contacto y
exacerbar su poder protector.
Últimamente sucedía eso con muchos de sus chismes mágicos. Algo le estaba sucediendo al
mundo en su conjunto, al Tejido de Mystra. Kimmuriel le había advertido que tuviera cuidado con el
uso de la magia, pues con demasiada frecuencia los conjuros, incluso los más simples, tenían
consecuencias desastrosas.
El parche del ojo cumplió su cometido, sin embargo, y combinado con las ingeniosas tretas y
defensas instauradas por Jarlaxle, hizo que Hephaestus quedara excluido de su subconsciente.
Otra vez con los ojos abiertos, el drow pasó revista a su pequeño campamento. Él y Athrogate
estaban al norte de Mirabar. Todavía no había salido el sol, pero por el este el cielo empezaba a
filtrar el resplandor que antecede al amanecer. Los dos tenían concertado para esa misma mañana un
encuentro clandestino con el marchion Elastul de Mirabar, para cerrar un acuerdo comercial entre
aquel egoísta gobernante y la ciudad costera de Luskan. O, para ser más precisos, entre Elastul y
Bregan D’Aerthe, la banda mercenaria, y cada vez más mercantil, de Jarlaxle. Bregan D’Aerthe
usaba la ciudad de Luskan como conexión con el mundo de la superficie, intercambiando bienes de la
Antípoda Oscura por artefactos de los reinos del exterior, transportando valiosas y exóticas
chucherías entre la ciudad-estado drow de Menzoberranzan y Luskan.
El drow pasó revista a su campamento, establecido en una pequeña hondonada entre un trío de
grandes robles. Podía ver el camino, tranquilo y vacío. Desde uno de los árboles una cigarra emitió
su canto rechinante, y un pájaro pareció responderle. Un conejo atravesó como una exhalación el
pequeño prado que había más abajo del campamento, describiendo una trayectoria zigzagueante y
dando grandes saltos, como aterrorizado por el peso de la mirada de Jarlaxle.
El drow se deslizó desde la horquilla del árbol donde había instalado su lecho. Aterrizó
silenciosamente con sus botas mágicas y salió con todo cuidado del bosquecillo para conseguir una
visión más amplia de la zona.
—¿Y adónde es que vas si saberse puede ya? —le gritó el enano.
Jarlaxle se volvió hacia donde estaba Athrogate, que todavía yacía de espaldas, enredado con la
manta y que lo miró con un ojo abierto a medias.
—Muchas veces me pregunto qué es más molesto, enano, si tus ronquidos o tus rimas.
—Yo también —dijo Athrogate—, pero como no me oigo roncar, me inclino por los versos.
Jarlaxle se limitó a menear la cabeza mientras seguía alejándose.
—Mantengo la pregunta, elfo.
—Me ha parecido prudente estudiar el terreno antes de que llegue nuestro estimado visitante —
respondió Jarlaxle.
—Vendrá con la mitad de los enanos de la dotación de Mirabar, eso sin duda —dijo Athrogate.
Era cierto; Jarlaxle lo sabía. Oyó cómo el enano se ponía de pie.
—Prudencia, amigo mío —dijo el drow por encima del hombro, y se puso en marcha otra vez.
—Naa, hay algo más —declaró Athrogate.
Jarlaxle se rió, impotente. Había pocas personas en el mundo que lo conocieran tanto como para
interpretar tan bien sus tácticas evasivas y sus medidas afirmaciones, pero en los años que Athrogate
llevaba a su lado, le había dejado entrever algo del verdadero Jarlaxle Baenre. Se volvió y le dirigió
una sonrisa a su sucio y barbudo amigo.
—¿Y bien? —preguntó Athrogate—. Con palabras arremetes, pero ¿qué es lo que te estremece?
—¿Estremecerme?
El enano se encogió de hombros.
—Sí, sea lo que sea, no puedes impedir que lo vea.
—¡Ya basta! —le rogó el drow, alzando las manos a modo de rendición.
—O me lo dices, o sigo haciendo rimas —le advirtió el enano.
—Prefiero que me golpees con tus poderosos manguales. Por favor.
Athrogate puso los brazos en jarras y miró fijamente al empecinado elfo oscuro.
—Todavía no lo sé —admitió Jarlaxle—. Algo… —Con un movimiento de la mano cogió su
sombrero de ala ancha, le dio forma y se lo puso.
—¿Algo?
—Sí —dijo el drow—. Un visitante; tal vez en mis sueños, tal vez no.
—Dime que es pelirroja.
—Más bien de escamas rojas.
Athrogate hizo una mueca de disgusto.
—Tienes que soñar mejor, elfo.
—Sin duda.

—Espero que mi hija esté bien —dijo el marchion Elastul.


Estaba sentado en un cómodo butacón ante la pesada y ornamentada mesa que habían traído sus
asistentes de su palacio de Mirabar, rodeado por una docena de enanos de expresión adusta
pertenecientes a su guardia. Frente a él, en butacas más pequeñas, estaban Jarlaxle y Athrogate, que
no paraba de atiborrarse de pan, huevos y todo tipo de bocados exquisitos. Aunque la reunión tenía
lugar en medio de la nada, Elastul había impuesto una especie de intercambio civilizado, que, para
deleite del enano, incluía un suculento desayuno.
—Arabeth se ha adaptado bien a los cambios acaecidos en Luskan, es cierto —respondió
Jarlaxle—. Ella y Kensidan han estrechado su relación, y la posición de vuestra hija dentro de la
ciudad es cada vez más destacada y poderosa.
—Ese Cuervo miserable… —susurró Elastul con un suspiro.
Se refería al gran capitán Kensidan, uno de los cuatro grandes capitanes que gobernaban la
ciudad. Estaba bien enterado de que Kensidan se había convertido en el principal miembro de aquel
grupo de élite.
—Kensidan ganó —le recordó Jarlaxle—. Fue más listo que Arklem Greeth y que la Hermandad
Arcana, lo cual no es magra hazaña, y convenció a los demás grandes capitanes de que el rumbo que
él proponía era el mejor.
—Habría preferido al capitán Deudermont.
Jarlaxle se encogió de hombros.
—Así resulta más rentable para todos nosotros.
—Cada vez que pienso que estoy aquí tratando con un drow… —se lamentó Elastul—. La mitad
de los enanos de mi guardia preferirían que te matara en vez de negociar contigo.
—Eso no sería prudente.
—¿O rentable?
—Ni saludable.
Elastul hizo un gesto despectivo, pero su hija Arabeth le había contado lo suficiente sobre
Jarlaxle como para saber que la ironía del drow sólo era mitad broma y mitad auténtica amenaza.
—Si Kensidan el Cuervo y los otros tres grandes capitanes se enteraran de este pequeño acuerdo
que nos traemos entre manos, no les gustaría lo más mínimo —dijo Elastul.
—Bregan D’Aerthe no responde ante Kensidan ni ante los demás.
—Pero tú tienes un acuerdo con los grandes capitanes para comerciar tus productos en exclusiva
a través de ellos.
—Su fortuna se incrementa considerablemente gracias al comercio solapado con Menzoberranzan
—replicó Jarlaxle—. Si yo decido que es conveniente tener tratos al margen de ese acuerdo…,
bueno, soy un mercader, después de todo.
—Un mercader muerto si Kensidan se llega a enterar.
La ocurrencia hizo reír al drow.
—Más probablemente un mercader cauto, porque ¿qué haría yo teniendo que gobernar una ciudad
de la superficie?
Elastul tardó un momento en comprender las implicaciones de aquella bravuconada, y la
posibilidad no le deparó diversión precisamente, ya que le sirvió como recordatorio y advertencia
de que estaba tratando con elfos oscuros.
Con elfos oscuros muy peligrosos.
—Entonces, ¿hay trato? —preguntó Jarlaxle.
—Abriré el túnel que lleva al almacén de Barkskin —respondió Elastul, refiriéndose a un
mercado secreto en el subsuelo de la ciudad de Mirabar, la sección enana—. Las carretas de
Kimmuriel sólo pueden acceder por ahí, y ninguna podrá ir más allá del recinto de la entrada. Y
espero que los precios sean exactamente los que concertamos, ya que el coste que tendré que pagar
por mantener a los guardias adecuados alertas a la presencia de drows no será nada desdeñable.
—¿Presencia de drows? No creo que esperes que nos dignemos adentrarnos más en tu ciudad,
buen marchion. Nos basta con el acuerdo que tenemos ahora, puedes creernos.
—Eres un drow, Jarlaxle, y a los drows nunca les basta.
Jarlaxle se limitó a reír. No tenía ni voluntad ni posibilidad de seguir con esa discusión. Había
accedido a hacer personalmente de intermediario en nombre de Kimmuriel, quien supervisaría el
montaje de la operación, ya que él había recuperado sus ansias de ver mundo y quería alejarse de
Luskan por un tiempo. En verdad, Jarlaxle tenía que reconocer que realmente no le sorprendería nada
volver al norte al cabo de algunos meses y encontrarse con que Kimmuriel había hecho grandes
incursiones en la ciudad de Mirabar, hasta llegar incluso a convertirse en el poder verdadero de la
ciudad, valiéndose de Elastul o de cualquier otro necio que se le pusiera a tiro para darle cobertura.
Jarlaxle se llevó la mano al sombrero, se puso de pie para marcharse y le hizo a Athrogate una
seña para que lo siguiera. Resoplando como un cerdo en presencia de una trufa, el enano seguía
atiborrándose, pringándose la gran barba negra peinada en trencitas con restos de yema de huevo y de
mermelada.
—El camino ha sido largo y ha pasado hambre —le comentó Jarlaxle a Elastul.
El marchion hizo un gesto de disgusto. Sin embargo, a los enanos de la Guardia de Mirabar se les
iban los ojos de pura envidia.

Jarlaxle y Athrogate llevaban casi dos kilómetros recorridos cuando el enano dejó de eructar el
tiempo suficiente para preguntar:
—Entonces, ¿volvemos a Luskan?
—No —respondió Jarlaxle—. Kimmuriel se ocupará de los detalles más prosaicos ahora que
hemos cerrado el trato.
—Un largo camino para una breve conversación y una comida aún más breve.
—Pues te pasaste comiendo media mañana.
Athrogate se frotó la considerable barriga y lanzó un eructo que asustó a una bandada de pájaros
posados en un árbol cercano, mientras Jarlaxle sacudía la cabeza con resignación.
—Me duele la tripa —explicó el enano. Se pasó la mano por ella y volvió a eructar varias veces
y en rápida sucesión—. O sea que no volvemos a Luskan. ¿Adónde vamos, entonces?
Jarlaxle se tomó su tiempo antes de responder.
—No estoy seguro —dijo con sinceridad.
—No voy a echar de menos ese lugar —dijo Athrogate.
Se pasó la mano por encima del hombro y dio una palmadita a la empuñadura de uno de sus
poderosos manguales de cristalacero que llevaba sujetos en diagonal a la espalda, con la
empuñadura hacia arriba y las bolas claveteadas rebotando detrás de sus hombros, mientras
avanzaban por el camino.
—Llevo meses sin usarlos.
Jarlaxle se limitó a asentir con la vista perdida en la distancia.
—Bueno, vayamos a donde vayamos, sin que ninguno de los dos sepamos, pensando y hablando,
es mejor cabalgar que ir andando. ¡Buajajá!
Athrogate rebuscó en un bolsillo donde guardaba una estatuilla negra de un jabalí de guerra capaz
de invocar una montura mágica. Ya se disponía a sacarla cuando Jarlaxle le puso una mano encima
de la suya y lo detuvo.
—No, hoy no —explicó el drow—. Hoy deambularemos sin rumbo fijo.
—¡Bah!, necesito un viajecito movido para echar unos cuantos eructos, maldito elfo.
—Hoy caminaremos —le dijo Jarlaxle en un tono que no admitía réplica.
Athrogate lo miró con desconfianza.
—Entonces, ¿no te interesa saber adónde iremos esta vez?
El drow miró en derredor estudiando el áspero terreno y se frotó la aguzada barbilla.
—Pronto —prometió.
—¡Bah! ¡Podríamos haber vuelto a Mirabar para llevarnos más comida!
Sin embargo, Athrogate palideció al terminar, algo realmente raro en el rudo enano, porque
Jarlaxle le echó una mirada asesina, como para recordarle sin la menor duda quién era el jefe y quién
el secuaz.
—¡Buen día para caminar! —exclamó Athrogate, y acabó con un descomunal eructo.
Acamparon a unos cuantos kilómetros al nordeste del campo donde se habían reunido con el
marchion Elastul, en un pequeño cerro rodeado de árboles bajos y achaparrados, muchos de ellos
secos y otros casi sin hojas. Por debajo del cerro, al oeste, se veían las ruinas desoladas de una
antigua granja, o tal vez de una pequeña aldea, al otro lado de un campo rocoso salpicado de piedras
planas cortadas; la mayor parte estaban caídas, pero quedaban algunas plantadas de canto, lo que
llevó a Athrogate a farfullar algo sobre un antiguo cementerio.
—Eso, o un pabellón —replicó Jarlaxle sin darle la menor importancia.
Selene estaba en el cielo, jugando al escondite con las abundantes nubes de escasa envergadura
que pasaban por encima de sus cabezas.
Bajo la pálida luz, Athrogate no tardó en empezar a roncar felizmente, mientras que a Jarlaxle la
idea de sumirse en estado de ensoñación no le resultaba nada halagüeña.
Estuvo observando mientras las sombras se iban empequeñeciendo bajo la luz de la luna hasta
casi desaparecer y luego se estiraban hacia el este, al pasar Selene por encima de su cabeza y
empezar su declinación hacia el oeste. El cansancio comenzó a apoderarse de él, pero estuvo
resistiéndose un buen rato.
Al fin, el drow se reconvino por su estupidez. No podía permanecer despierto y alerta siempre.
Se recostó contra un árbol muerto, una silueta retorcida cuya sombra parecía el esqueleto de un
hombre con los brazos alzados hacia los dioses en actitud implorante. Jarlaxle no se subió a él
porque no confiaba en que pudiera soportar su peso. En lugar de eso, permaneció de pie, apoyado
contra el rugoso tronco.
Dejó que su mente se apartara de cuanto lo rodeaba y se replegara hacia dentro. Recuerdos y
sensaciones se fundieron en el suave torbellino de la ensoñación. Notó los latidos de su propio
corazón, el torrente de la sangre circulando por sus venas. Sintió los ritmos del mundo, como una
apacible respiración, bajo sus pies, y se entregó a la sensación de una conexión con la tierra, como si
hubiera echado profundas raíces en la roca. Al mismo tiempo, experimentó una especie de
ingravidez, como si estuviera flotando, y la maravillosa relajación de la ensoñación invadiendo su
mente y su cuerpo.
Sólo así se sentía libre. La ensoñación era su refugio.
—Te encontraré, drow.
Hephaestus estaba allí con él, esperándolo. En su mente, Jarlaxle volvió a ver los feroces ojos de
la bestia, sintió el aliento abrasador y el odio más abrasador aún.
—Vete. No tengo ninguna cuenta pendiente contigo —le contestó el elfo oscuro
silenciosamente.
—¡No he olvidado!
—Fue tu propio aliento el que destruyó la piedra —le recordó Jarlaxle a la criatura.
—Gracias a tus artimañas, astuto drow. No he olvidado. ¡Me dejaste ciego, me debilitaste, me
destruíste!
Eso último le resultó extraño a Jarlaxle, no sólo porque el dragón evidentemente no había sido
destruido, sino porque tuvo la clara sensación de que no era Hephaestus quien se estaba comunicando
con él… Sin embargo, ¡era Hephaestus!
Otra imagen se coló en los pensamientos del drow, la de una criatura de cabeza bulbosa cuyos
tentáculos se agitaban amenazadores desde la cara.
—Te conozco, te encontraré —prosiguió el dragón—. Me robaste los placeres de la vida y de
la carne. Me privaste del disfrute del dulce sabor de los alimentos y el placer del tacto.
—Entonces, el dragón está muerto —pensó Jarlaxle.
—¡Yo no! ¡Él! —La voz que parecía la de Hephaestus sonó de forma atronadora en su mente—.
¡Yo estaba ciego y dormía en la oscuridad! ¡Demasiado inteligente para la muerte! ¡Piensa en los
enemigos que te has ganado, drow! ¡Piensa que un rey te encontrará…! ¡Te ha encontrado ya!
Esa última idea lo asaltó con tanta ferocidad y con implicaciones tan terribles que sacó a Jarlaxle
del estado de ensoñación. Miró a su alrededor, frenético, como si esperara que un dragón se lanzara
sobre él y fundiera su campamento con la tierra mediante una explosión de feroz aliento, o que un
ilícida se materializara y lo hiciera volar por los aires con su energía psiónica, de manera que su
mente quedaría deshecha sin remisión.
Sin embargo, la noche era apacible bajo la pálida luz lunar.
Demasiado apacible, según le pareció a Jarlaxle, tanto como ante la presencia sigilosa de un
depredador. ¿Dónde estaban las ranas, las aves nocturnas, los escarabajos?
Algo se movió al oeste y llamó la atención del drow. Recorrió el campo con la vista, buscando el
origen del movimiento… Tal vez se trataba de algún roedor.
Pero no vio nada, salvo el movimiento desigual de la hierba danzando bajo la luz de la luna al
ritmo de la suave brisa nocturna.
Otro movimiento, y Jarlaxle estudió las piedras abandonadas sembradas en el campo. Llevó la
mano hasta el parche que cubría su ojo y lo levantó para poder enfocar mejor. Al otro lado del
campo, había una figura sombría, agazapada, que meneaba la cabeza y hacía señas con los brazos.
Pensó que no era un hombre vivo, sino un fantasma, o un espectro, o un lich.
En el espacio abierto que los separaba, se movió una piedra caída, y otra que estaba de pie se
inclinó cambiando de ángulo.
Jarlaxle dio un paso hacia los antiguos túmulos.
La luna desapareció detrás de una oscura nube y la noche se hizo más profunda. Pero Jarlaxle era
una criatura de la Antípoda Oscura, dotada de ojos capaces de ver bajo aquella escasísima claridad.
En las cavernas sin luz de las profundidades, una mancha de liquen luminoso podía relucir para él
como una antorcha encendida. Incluso en esos momentos, cuando la luna se había escondido, vio que
aquella piedra volvía a moverse levísimamente, como si algo estuviera socavando el terreno bajo su
base.
—Un cementerio… —musitó, dándose cuenta por fin de que las piedras eran lápidas, y
comprendiendo lo que había dicho antes Athrogate.
Mientras, la luna se asomó de nuevo e iluminó el campo. Algo se retorcía en la tierra, junto a la
piedra que se había movido.
Una mano, una mano esquelética.
Un extraño relámpago azul verdoso crepitó a ras de suelo y dejó surcos en el campo. Bajo esa
luz, Jarlaxle pudo ver que más piedras se removían y que el suelo se transformaba en un hervidero.
—Te he encontrado, drow —susurró la bestia en los pensamientos de Jarlaxle.
—Athrogate —dijo Jarlaxle en voz baja—. Despierta, buen enano.
El enano roncó, tosió, eructó y se puso de lado, dándole la espalda.
Jarlaxle sacó una ballesta de mano del soporte que llevaba al cinto y tensó hábilmente la cuerda
con el pulgar mientras se movía. Imaginó un tipo particular de proyectil, romo y pesado, y el bolsillo
mágico que tenía junto al soporte lo hizo afluir a la mano que él tendía.
—Despierta, buen enano —dijo otra vez sin apartar la mirada del campo, donde un brazo
esquelético trataba de asir el aire cerca de la lápida inclinada.
Al ver que Athrogate no respondía, Jarlaxle apuntó la ballesta y pulsó el disparador.
—¡Eh, rayos, a qué viene esto! —dijo el enano, que había dado un respingo cuando el proyectil
lo había golpeado en el trasero.
Athrogate se dio la vuelta y se agitó como un cangrejo patas arriba, pero finalmente se puso de
pie de un salto. Empezó a dar saltitos y vueltas adelante y atrás con las piernas dobladas, mientras se
frotaba las doloridas nalgas.
—¿Qué es lo que pasa, elfo? —preguntó por fin.
—Que armas tanto ruido como para despertar a los muertos —respondió Jarlaxle, señalando por
encima del hombro del enano al campo sembrado de piedras.
Athrogate se volvió de un salto.
—Veo… todo oscuro —dijo.
No bien lo hubo dicho, no sólo asomó la luna entre las nubes, sino que otro extraño rayo
relámpago surcó el campo como si hubieran lanzado sobre él una red de energía. Bajo la luz, se
presentaron esqueletos enteros liberados de sus tumbas, que avanzaban arrastrando los pies hacia el
cerro rodeado de árboles.
—¡Creo que vienen a por nosotros! —bramó Athrogate—. Y parecen un poco hambrientos. ¡Más
que un poco! ¡Buajajá! ¡Yo diría que muertos de hambre!
—Salgamos pitando de aquí —dijo el drow.
Rebuscó en su bolsillo y sacó una estatuilla de obsidiana que representaba un caballo enjuto con
una especie de llamaradas en torno a los cascos.
Athrogate asintió e hizo lo propio, sacando la estatuilla del jabalí.
Ambos tiraron las estatuillas e invocaron al unisono a sus monturas: para Jarlaxle, una pesadilla
equina, que lanzaba humo por los ijares y corría sobre cascos de fuego; para Athrogate, un jabalí
demoníaco, que despedía calor y arrojaba bocanadas de fuego de los planos inferiores. Jarlaxle fue
el primero en montar y girar a su montura para que corriera libremente, pero miró por encima del
hombro y vio que el enano cogía sus manguales, saltaba sobre el jabalí y lo lanzaba entre gruñidos
directamente hacia el cementerio.
—¡Por aquí es más rápido! —aulló el enano mientras revoleaba a un lado y a otro las bolas de
las armas, que pendían al final de las cadenas—. ¡Buajajá!
—¡Oh, señora Lloth! —se lamentó Jarlaxle—. Si me has mandado a éste para atormentarme, que
sepas que me rindo y que te lo puedes llevar de vuelta.
El enano cargó cuesta abajo, entre patadas y sacudidas del jabalí. Otro relámpago azul verdoso
iluminó el prado cubierto de piedras, y pudo ver docenas de muertos vivientes surgiendo de la tierra
abierta y alzando sus manos esqueléticas hacia el enano que se les venía encima.
Athrogate bramó todavía más fuerte y apretó las poderosas piernas contra los flancos del jabalí
demoníaco. El animal, al parecer no menos desquiciado que su barbudo jinete, cargó de lleno contra
la horda andante, y el enano empezó a atizar con los manguales a su alrededor. Con sus potentes
golpes, las armas machacaron huesos, desprendieron dedos y brazos extendidos, y rompieron
costillas.
El jabalí en que iba montado aplastaba con sus patas a los irracionales muertos vivientes que se
acercaban ávidamente. Athrogate clavó los talones en los flancos del animal demoníaco, que dio un
salto a lo alto y descargó el fuego de los planos inferiores. Un estallido de llamaradas anaranjadas
surgió de debajo de sus cascos al aterrizar, lo que provocó una erupción en un radio que era más
ancho que alto era el enano. En torno a Athrogate, la hierba humeaba y entre la vegetación más alta
aparecían lenguas de fuego.
Aunque las llamas prendían en los esqueletos más próximos, no parecían disuadir ni lo más
mínimo a los que venían detrás. Las criaturas se acercaban sin la menor muestra de temor.
Un golpe dado desde arriba por el enano con uno de sus manguales alcanzó un cráneo; éste
estalló y se convirtió en una nube de polvo blanco. Llevó el otro mangual de atrás hacia adelante y
arrancó limpiamente tres brazos esqueléticos tendidos hacia él.
Los esqueletos no parecieron darse cuenta, y seguían avanzando, más y más.
Athrogate rugió con todas sus fuerzas al verse presionado y aumentó la furia de sus golpes. No
necesitaba hacer puntería. No habría errado ningún golpe ni siquiera proponiéndoselo. Los dedos
trataban de asirlo y las calaveras le tiraban mordiscos.
Entonces, el jabalí aulló de dolor. Saltó y lanzó otro círculo llameante, pero los esqueletos,
implacables, no se detenían ante el fuego que ennegrecía sus piernas. Unos dedos sarmentosos se
cerraron sobre el animal, que empezó a retorcerse en un imparable frenesí, y Athrogate salió
despedido con fuerza. Aunque superó la primera línea de esqueletos, aún no había acabado de caer
cuando muchos más se abalanzaron sobre él.

A Jarlaxle no le gustaba nada ese tipo de lucha. La mayor parte de su repertorio de batalla, tanto
mágico como físico, estaba pensado para desorientar, para confundir y para mantener en vilo al
adversario.
A un esqueleto descerebrado o a un zombi era imposible confundirlos.
Con un gran suspiro, Jarlaxle arrancó la gran pluma de su sombrero, la arrojó al suelo y
transmitió órdenes al elemento mágico en un idioma arcano. Casi de inmediato, con una gran
humareda, la pluma se transformó en un ave gigantesca incapaz de volar, en una diatryma de tres
metros de altura y con un cuello tan grueso como el pecho de un hombre corpulento.
Respondiendo a las órdenes telepáticas del drow, la monstruosa ave se lanzó al campo
golpeando a diestro y siniestro a los no muertos con sus cortas alas, y destrozándolos con su
poderoso pico. El ave se abrió camino entre la horda de muertos vivientes, dando patadas, golpes y
picotazos a mansalva. Cada ataque despedazaba a un esqueleto o hacía polvo un cráneo.
No obstante, cada vez eran más los que salían de la tierra removida, para clavar sus garras.
Al lado del cerro, Jarlaxle se puso un anillo con displicencia y sacó una varita del bolsillo.
Apuntó con su anillo, y la magia de éste extendió y aumentó su impacto muchas veces, abriendo un
sendero de fuerza entre las filas más próximas de esqueletos. Saltaron huesos en todas direcciones.
Un segundo golpe hizo trizas a otros tres que trataban de acercársele por el flanco izquierdo.
Una vez asegurado el espacio inmediato, el drow alzó la varita y utilizó sus poderes para
producir un estallido de luz resplandeciente, caliente y mágica, que sembró una devastación
definitiva entre los no muertos.
A diferencia de las llamas del jabalí mágico, la luz de la varita era algo que no podía pasar
desapercibido a los esqueletos. Mientras que el fuego podía chamuscar sus huesos, producirles quizá
alguna leve herida, la luz mágica los golpeaba en el centro mismo de la magia que los había animado,
contrarrestando la energía negativa que había hecho que resurgieran de la tumba.
Jarlaxle centró el estallido en el lugar donde había caído Athrogate, y el esperado grito de
sorpresa y de dolor del enano —dolor producido por el ardor en los ojos— le sonó al drow a
música celestial.
No pudo por menos que reírse cuando el enano surgió finalmente de entre el chasquido de los
esqueletos que se desplomaban.
Sin embargo, la batalla no estaba ganada ni mucho menos. Más y más esqueletos seguían
levantándose y avanzando.
El jabalí del enano había desaparecido, muerto por la horda. La magia de la estatuilla tardaría
horas en poder producir otra criatura. También el ave de Jarlaxle había caído víctima de unos dedos
desgarradores que la estaban despedazando. El drow se llevó la mano a la cinta del sombrero, donde
estaba empezando a crecer una nueva pluma, pero deberían pasar varios días antes de que pudiera
invocar otra diatryma.
Athrogate se dio la vuelta como si estuviera dispuesto a embestir a otro grupo de esqueletos.
—¡Vuelve aquí! —le gritó Jarlaxle.
—¡Todavía hay más que matar, elfo! —respondió el enano, frotándose aún los doloridos ojos.
—Entonces, te dejaré para que te destrocen.
—¡Me estás pidiendo que abandone un combate! —gritó Athrogate mientras sus manguales
pulverizaban otro esqueleto que quería agarrarlo con sus manos.
—Tal vez la magia que levantó a estas criaturas también te despierte convertido en un zombi —
dijo Jarlaxle, que volvió la cabalgadura para dirigirla hacia el cerro.
Un instante después, el drow oyó farfullar a Athrogate mientras éste se acercaba. El enano iba
que echaba chispas mientras sostenía la estatuilla de ónice del jabalí y hablaba entre dientes.
—No puedes invocar otra montura en este momento —le recordó Jarlaxle, tendiéndole una mano
a la que el otro se cogió.
El enano se acomodó detrás del drow, sobre el lomo del corcel, y Jarlaxle acicateó al animal,
que salió como una exhalación dejando a los esqueletos muy, muy atrás. Cabalgaron duro, luego con
un poco más de tranquilidad, y el enano empezó a reír entre dientes.
—¡No te fastidia! —exclamó Jarlaxle.
Athrogate rompió a reír a carcajadas.
—¿Qué pasa? —preguntó Jarlaxle, pero no podía perder tiempo en mirar hacia atrás, y Athrogate
parecía demasiado divertido como para responder como era debido.
Cuando por fin llegaron a un lugar donde podían detenerse sin peligro, Jarlaxle paró
abruptamente la cabalgadura y se dio la vuelta.
Allí estaba Athrogate, rojo de tanto reír y sosteniendo un antebrazo y una mano esquelética que
seguía tratando de asir el aire. Jarlaxle desmontó de un salto, y al ver que el enano no lo seguía
inmediatamente, despidió al corcel haciendo que Athrogate cayera al suelo en medio de un torbellino
insustancial de humo negro.
A pesar de todo, el enano seguía riendo mientras daba golpes en el suelo con los pies,
terriblemente divertido por la visión del brazo esquelético animado.
—¡Quieres deshacerte de una vez de esa maldita cosa! —le dijo Jarlaxle.
Athrogate lo miró con incredulidad.
—Pensaba que tenías más imaginación, elfo —dijo.
El enano se levantó de un salto y se quitó el pesado pectoral. En cuanto se hubo liberado de él
echó hacia atrás la mano con la que sostenía el esquelético despojo y dio un gran suspiro de alivio
cuando los descarnados dedos le rascaron la espalda.
—¿Cuánto tiempo crees que vivirá?
—Espero que más que tú —replicó el drow, cerrando los ojos y meneando la cabeza con
desesperación—. Supongo que no demasiado tiempo.
—¡Buajajá! —exclamó Athrogate con voz ronca. Y luego—: ¡Aaaaah!

—La próxima vez que nos enfrentemos a semejantes criaturas confío en que sigas mi ejemplo —le
dijo Jarlaxle a Athrogate por la mañana, mientras el enano seguía perdiendo el tiempo con su
macabro juguete.
—¿La próxima vez? ¿Qué me cuentas, elfo?
—No fue un encuentro aleatorio —admitió el drow—. Ya van dos veces que me visita en mi
ensoñación una bestia a la que creía haber destruido y que, no sé cómo, ha trascendido la muerte.
—¿Una bestia que hizo revivir a esos esqueletos?
—Un gran dragón —explicó Jarlaxle—, hacia el sur y…
El drow hizo una pausa; no estaba demasiado seguro de dónde se encontraba la guarida de
Hephaestus. Había estado allí, pero teletransportado por la magia. Recordaba el aspecto general de
esa región lejana, pero no los detalles, aunque pensó en alguien que seguramente conocería el lugar.
—Cerca de las montañas Copo de Nieve —añadió—. Un gran dragón que, según parece, puede
recorrer con el pensamiento cientos de kilómetros.
—¿Crees que tenemos que seguir huyendo?
Jarlaxle negó con la cabeza.
—Se me ocurren algunos grandes poderes a los que puedo recurrir para derrotar a esa criatura.
—¡Vaya! —fue el comentario del enano.
—Sólo tengo que convencerlos de que no nos maten primero a nosotros.
—¡Vaya!
—De hecho —dijo el drow—, se trata de un poderoso sacerdote llamado Cadderly, un Elegido
de su dios, que prometió que me mataría si me atrevía a volver.
—¡Vaya!
—Pero encontraré la forma.
—Eso expresas y eso esperas; confío en que el que lo pague yo no sea.
Jarlaxle le echó una mirada asesina.
—¡O sea que no puedes volver a donde quieres…, aunque no se me viene por qué ir a donde sólo
son dragones lo que vieres!
La mirada asesina se convirtió en un gruñido.
—Lo sé, lo sé —dijo Athrogate—. No más rimas, pero ¿a que ésa ha sido buena?
—Hay que elaborarla —dijo el drow—, aunque reconozco que esta vez te has esforzado más que
de costumbre.
—¡Vaya! —dijo el enano, radiante de orgullo.
EL CONTINUUM INTERRUMPIDO

Drizzt Do’Urden se incorporó, apartó las mantas y alzó los brazos desnudos; abriendo bien los
dedos, se estiró hacia el cielo de la mañana. Era un gusto volver a viajar, alejarse de Mithril Hall
después del lóbrego invierno. Resultaba estimulante oler el aire fresco y limpio, lejos del humo de
las forjas, y sentir el viento en los hombros y removiendo su espesa y larga cabellera blanca.
Le gustaba estar a solas con su esposa.
El elfo oscuro describió amplios círculos con la cabeza, estirando el cuello. Volvió a alzar los
brazos y se arrodilló sobre las mantas. Sintió el contacto de la fría brisa sobre el cuerpo desnudo,
pero no le importó. El viento frío le daba vigor y le hacía revivir mil sensaciones.
Lentamente, se puso de pie, exagerando cada movimiento para eliminar las agujetas producidas
por el duro suelo que le había servido de colchón; luego se apartó del pequeño campamento, dejando
atrás el círculo de piedras para echar una mirada a Catti-brie.
La mujer, cubierta sólo con su colorida blusa mágica que había pertenecido en otro tiempo a un
mago gnomo, estaba de pie en una pendiente cercana, con las palmas juntas hacia adelante, en actitud
de profunda concentración. Drizzt se maravilló ante su sencillo encanto. La colorida blusa sólo la
cubría hasta medio muslo, y la belleza natural de Catti-brie no quedaba ni disminuida ni eclipsada
por la prenda de excelsa factura.
Volvían a Mithril Hall desde la ciudad de Luna Plateada, donde Catti-brie tenía a su maga
mentora, la gran dama Alustriel, que gobernaba la ciudad. La visita no había sido placentera. Había
algo en el aire, algo peligroso y aterrador. Reinaba entre los magos la sensación de que algo no iba
bien en el Tejido de la magia. Los informes y los rumores provenientes de todo Faerun hablaban de
conjuros desbaratados, de magia que salía mal o que no funcionaba en absoluto, de brillantes magos
que de pronto se volvían locos.
Alustriel había admitido que temía por la integridad del mismísimo Tejido de Mystra, de la
fuente misma de la energía arcana, y el color ceniciento de su cara era algo insólito, algo que Drizzt
no había visto jamás, ni siquiera cuando el rey Obould y sus hordas de orcos habían abandonado las
cuevas de las montañas movidos por un frenesí asesino. Tenía un aire decaído y medroso que Drizzt
jamás habría creído posible en aquella renombrada campeona, una de las Siete Hermanas, Elegidas
de Mystra, amada soberana de la poderosa Luna Plateada.
La vigilancia, la observación y la meditación figuraban en el orden del día de Alustriel, y ella y
todos los demás luchaban por desentrañar las causas de lo que estaba sucediendo. Catti-brie, cuya
carrera como maga databa de menos de una década, aunque era muy prometedora, se había tomado
muy en serio ese programa.
Drizzt sabía que por eso se había levantado tan temprano y se había apartado de las distracciones
del campamento y de su presencia, para dedicarse a solas a su meditación.
El elfo sonrió mientras la contemplaba, con su pelo cobrizo todavía brillante y espeso, que le
llegaba hasta los hombros, movido por la brisa; sus formas, un poco más rotundas por el paso de los
años tal vez, pero que todavía le resultaban tan hermosas e incitantes, mientras se balanceaba
levemente al ritmo de sus pensamientos.
La mujer abrió los brazos con lentitud, como una invitación a la magia. Las mangas sólo le
llegaban al codo. Drizzt sonrió cuando se levantó del suelo, flotando unos palmos en fácil
meditación. Unas llamaradas purpúreas se elevaron del suelo y acariciaron su cuerpo, como una
extensión de la tela morada de la blusa, como si la magia de la prenda se fundiera con ella en un
conjunto simbiótico. Una ráfaga mágica la golpeó y le echó hacia atrás el pelo.
Drizzt se dio cuenta de que estaba inmersa en conjuros simples, en una magia que no representaba
peligro. Trataba de intimar más con el Tejido, tomando en consideración los temores que le había
transmitido Alustriel.
Un destello de magia en la distancia sorprendió a Drizzt, que echó hacia atrás la cabeza ante el
retumbo del trueno que siguió.
Frunció el entrecejo, confundido. Era un amanecer despejado, pero había sido un relámpago en
las alturas que había llegado hasta el suelo, ya que vio el rastro restallante y persistente de color
azulado en la distancia.
Drizzt llevaba cuarenta y cinco años en la superficie, pero jamás había visto un fenómeno natural
como ése. Había presenciado terribles tempestades desde la cubierta del Duende del Mar del
capitán Deudermont; había visto una tormenta de arena en el desierto de Calim; había sido testigo de
una nevada que había cubierto el terreno hasta la rodilla en una hora. Incluso en una ocasión había
visto el extraño fenómeno denominado «bola relampagueante» en el Valle del Viento Helado, y se
imaginaba que lo que acababa de presenciar era alguna variante de esa peculiar energía.
Sin embargo, ese relámpago había recorrido una trayectoria recta y arrastraba una reverberante
cortina de energía blanco azulado.
Daba la sensación de que atravesaba la campiña hacia el norte de donde él se encontraba. Miró a
Catti-brie, que flotaba y resplandecía sobre la colina del este, y se preguntó si era conveniente
perturbar su meditación para llamarle la atención sobre el fenómeno. Volvió a mirar la línea
relampagueante, y el asombro le hizo abrir mucho los ojos color lavanda. De pronto, había acelerado
y había cambiado de rumbo, venía en dirección a él.
Desvió la vista hacia Catti-brie y se dio cuenta de que, en realidad, iba directa hacia ella.
—¡Cat! —gritó, y empezó a correr.
Ella no parecía oírlo.
Las tobilleras mágicas pusieron alas en sus pies y empezó a correr tan deprisa que sus piernas se
desdibujaron; pero el relámpago lo superaba y lo único que pudo hacer fue gritar una y otra vez
mientras el fenómeno pasaba a su lado. Pudo sentir su torrencial energía. Se le puso el pelo de punta
debido a la poderosa estática, y las hebras blancas quedaron flotando en todas direcciones.
—¡Cat! —volvió a gritarle a la mujer, que brillaba suspendida en el aire—. ¡Catti-brie! ¡Corre!
Estaba sumida en su meditación, aunque de hecho pareció reaccionar levemente, y volvió la
cabeza para mirar a Drizzt.
Demasiado tarde. Abrió mucho los ojos cuando el veloz relámpago superficial la envolvió. De
sus brazos abiertos brotaron chispas azules, y sus dedos se agitaron espasmódicamente mientras su
cuerpo era sacudido por poderosas descargas.
El contorno del extraño relámpago se mantuvo unos instantes y luego siguió su marcha; la mujer
continuó flotando en la reverberante luz azul de su estela.
—Cat —dijo Drizzt con un respingo en tanto atravesaba desesperado el pedregoso terreno.
Catti-brie seguía suspendida en el aire, temblorosa y agitada. Drizzt contuvo la respiración
mientras se acercaba. Vio que tenía los ojos en blanco.
La cogió por la mano y sintió una descarga eléctrica, pero no la soltó, sino que se empeñó en
apartarla de la línea zigzagueante del relámpago. La rodeó con sus brazos y trató en vano de atraerla
hacia el suelo.
—Catti-brie —llamó Drizzt con voz implorante—. ¡Quédate conmigo!
Un buen rato tuvo a la mujer así sujeta, hasta que por fin empezó a relajarse y suavemente inició
el descenso hacia el suelo. Drizzt la echó hacia atrás para verle el rostro. Su corazón latía
irregularmente hasta que se dio cuenta de que otra vez estaba viendo sus hermosos ojos azules.
—¡Por los dioses!, pensé que te había perdido —dijo con un gran suspiro de alivio, pero lo dejó
en suspenso al ver que Catti-brie no parpadeaba.
En realidad, la mujer no lo miraba a él, sino que tenía la vista fija en un punto distante, por detrás
de Drizzt. Éste echó una mirada por encima del hombro para ver qué era lo que atraía tan
poderosamente la atención de Catti-brie, pero no había nada.
—¿Cat? —susurró, mirándola a los ojos, unos ojos que no lo miraban a él ni a ninguna otra cosa,
unos ojos fijos en la nada.
La sacudió. Ella farfulló algo que el elfo fue incapaz de descifrar. Se le acercó más.
—¿Qué? —preguntó, sacudiéndola otra vez.
Catti-brie se elevó del suelo varios centímetros, abrió los brazos y puso otra vez los ojos en
blanco. Las llamas purpúreas volvieron a aparecer, y también la crepitante energía.
Drizzt se dispuso a tirar otra vez de ella hacia el suelo, pero se quedó paralizado por la sorpresa
cuando todo el cuerpo de la mujer se agitó como movido por una oleada de energía. Impotente, el
drow observó, a la vez fascinado y horrorizado.
—¿Catti-brie? —la llamó.
Mientras miraba sus ojos en blanco, se dio cuenta de que había algo diferente. ¡Muy diferente!
Las arrugas de su rostro se habían suavizado y estaban desapareciendo. ¡Su cabellera parecía más
larga y espesa, e incluso el peinado había cambiado a un estilo que hacía años que no llevaba!
También parecía un poco más esbelta y de piel más tersa.
Más joven.
—Era un arco que yo misma encontré en los recintos de un reino enano —dijo ella, o algo así,
porque Drizzt no la entendió bien. Había hablado con un claro acento enano, como el que tenía en la
época que había pasado casi exclusivamente con Bruenor en la lobreguez de la cumbre de Kelvin, en
el lejano Valle del Viento Helado.
Catti-brie todavía flotaba por encima del suelo, pero el fuego mágico y la energía crepitante se
habían disipado. Sus ojos se enderezaron y volvieron a la normalidad de ese azul profundo que había
cautivado el corazón de Drizzt.
—El Buscacorazones, sí —dijo Drizzt. Dio un paso atrás, descolgó de su hombro el poderoso
arco y se lo entregó.
—Sin embargo, no puedo pescar en el Maer Dualdon con un arco, por eso prefiero el sedal de
Panza Redonda —dijo Catti-brie, manteniendo la mirada fija en la lejanía.
En la cara de Drizzt se reflejaba la confusión que sentía.
La mujer dio un profundo suspiro. Volvió a voltear los ojos y otra vez Drizzt vio que los tenía en
blanco. Las llamas y la energía reaparecieron, y de algún lugar llegó una ráfaga de viento que sólo
golpeó a Catti-brie, como si aquellas oleadas de energía que brotaban de ella regresaran a su ser. Su
cabello, su piel, su edad…, todo volvió a ser como antes, y su colorida vestimenta dejó de agitarse
con el viento.
Pasó el momento, y la mujer se posó otra vez en el suelo, nuevamente inconsciente.
Drizzt volvió a sacudirla, la llamó muchas veces, pero ella no parecía darse cuenta. Chasqueó los
dedos delante de sus ojos, pero la mujer ni siquiera parpadeaba. Se dispuso a levantarla en brazos
para llevarla al campamento a fin de poder volver a toda prisa a Mithril Hall, pero al extenderle el
brazo vio un desgarro en su blusa mágica, justo detrás del hombro, y se quedó paralizado al notar
unas magulladuras debajo del tejido. Con un estremecimiento de terror, Drizzt apartó suavemente la
tela rota.
Contuvo la respiración, asustado y confundido. Había visto la espalda desnuda de Catti-brie un
millar de veces y se había maravillado ante el espectáculo de su piel tersa e inmaculada; pero ahora
había una marca, incluso una cicatriz, y tenía la forma inconfundible de un reloj de arena del tamaño
de su puño. La mitad inferior estaba casi totalmente descolorida, mientras que la superior presentaba
un nivel muy bajo de color morado, como si casi toda la arena se hubiera trasvasado ya.
Drizzt lo tocó con manos temblorosas. Catti-brie no reaccionó.
—¿Qué es esto? —susurró, impotente.
Corrió llevando en brazos a Catti-brie, que iba con la cabeza caída, como si estuviera medio
dormida.
CAVILACIONES SOBRE LO INDESCIFRABLE

Era un lugar de torres altísimas y escaleras de vértigo, de airosos contrafuertes y gigantescas


ventanas decoradas, de luz y de ilustración, de magia y de razón, de fe y de ciencia. Era Espíritu
Elevado, la obra de Cadderly Bonaduce, Elegido de Deneir. Cadderly el Cuestionador, lo habían
bautizado sus hermanos de Deneir, el dios que exigía a sus fieles un permanente cuestionamiento y
una aplicación constante de la razón.
Cadderly había levantado la grandiosa estructura sobre las ruinas de la Biblioteca Edificante,
considerada por muchos la biblioteca más magnífica de todo Faerun. De hecho, arquitectos de tierras
tan distantes y dispares como Luna Plateada y Calimport, habían acudido a las montañas Copo de
Nieve para contemplar su creación, para maravillarse ante los airosos contrafuertes, una innovación
reciente en las tierras de Faerun y jamás construidos a una escala tan grandiosa. La obra de la magia,
de inspiración divina, había formado las ventanas de cristal emplomado, y también había creado los
grandes murales de los eruditos trabajando en su interminable búsqueda de la razón.
Espíritu Elevado se había levantado como una conjunción de biblioteca y catedral, un campo
común donde los eruditos, los magos, los sabios y los sacerdotes pudieran reunirse para poner en
tela de juicio la superstición, para abrazar la razón. No había en todo el continente lugar alguno que
representara tan bien la asombrosa conjunción de la fe y la ciencia, donde nadie tenía por qué temer
que la lógica, la observación y la experimentación pudieran apartar a un estudioso de los mandatos
de lo divino. Espíritu Elevado era un lugar donde la verdad se consideraba divina y donde lo opuesto
no tenía lugar.
Los eruditos no albergaban temor de desarrollar allí sus teorías. Los filósofos no sentían miedo
al cuestionar la concepción común del panteón y del mundo. Los sacerdotes de cualquiera y de todos
los dioses no temían ser perseguidos allí, a menos que el mismísimo concepto de debate racional
representara una persecución para una mente estrecha.
Espíritu Elevado era un lugar donde explorar, donde cuestionar, donde aprenderlo… casi todo.
Allí, las discusiones de los diversos dioses del mundo de Toril siempre bordeaban la herejía. Allí se
examinaba la naturaleza de la magia y, por lo tanto, era allí a donde acudían eruditos de todas partes,
en una época de temor e incertidumbre, en una época en que se tambaleaba el Tejido.
Y Cadderly los recibía a todos con los brazos abiertos y compartía sus inquietudes. Tenía el
aspecto de un joven, de alguien que no representaba en absoluto sus cuarenta y cuatro años. Sus ojos
grises tenían el brillo de la juventud, y su melena rizada de color castaño le caía sobre los hombros.
Se movía con la soltura y la agilidad de un hombre de muchos menos años, y andaba con paso
decididamente vivo. Vestía una indumentaria típicamente deneirana: unos pantalones y una casaca de
color crudo, a los que daba un toque personal con una capa azul celeste y un sombrero de ala ancha
del mismo color de la capa, con una banda roja y una pluma en el lado derecho.
Los tiempos eran inquietantes; era probable que la magia del mundo se estuviera destejiendo, y
sin embargo, la mirada de Cadderly Bonaduce reflejaba más entusiasmo que temor. Cadderly era un
eterno estudioso, su mente se lo cuestionaba todo, y no temía a lo que simplemente permanecía
todavía inexplicado.
Lo único que quería era entenderlo.
—¡Bienvenidos, bienvenidos! —saludó una radiante mañana a un trío de visitantes vestidos con
las túnicas verdes de los druidas.
—El joven Bonaduce, supongo —dijo uno de barba gris.
—No tan joven —admitió Cadderly.
—Conocí a tu padre hace muchos años —respondió el druida—. ¿Estoy en lo cierto si supongo
que seremos bienvenidos en estos tiempos de confusión?
Cadderly lo miró con curiosidad.
—Cadderly vive todavía, ¿no es verdad?
—Bueno, sí —respondió Cadderly. Luego sonrió y preguntó—: ¿Cleo?
—¡Ah!, tu padre te ha hablado de… mí… —respondió el druida, pero acabó con los ojos muy
abiertos y tartamudeando—. ¿C…, Cadderly? ¿Eres tú?
—¡Te creía perdido con el advenimiento de la maldición del caos, viejo amigo!
—¿Cómo puedes ser tú…? —Cleo no terminó la frase, presa de una profunda confusión.
—¿No te habían destruido? —preguntó el sacerdote de aspecto juvenil—. ¡Por supuesto que no,
ya que te tengo ante mí!
—¡Anduve deambulando bajo la forma de una tortuga durante años! —exclamó Cleo—, atrapado
por la locura bajo el caparazón de mi animal favorito. Pero tú, ¿cómo puedes ser Cadderly? Había
oído hablar de los hijos de Cadderly. Tú deberías tener la edad…
Mientras hablaba, un joven apareció junto al sacerdote. Se parecía mucho a Cadderly, pero tenía
los ojos almendrados, exóticos.
—Y he aquí a uno de ellos —explicó Cadderly, atrayendo a su hijo hacia sí con el brazo
extendido—. Mi hijo mayor, Temberle.
—Que parece mayor que tú —observó Cleo secamente.
—Es una historia larga y complicada —dijo el sacerdote—. Guarda relación con este lugar,
Espíritu Elevado.
—Te reclaman en el observatorio, padre —dijo Temberle con un cortés saludo a los nuevos
visitantes—. Los hombres de Gond están declarando otra vez su supremacía, ya que los artilugios
superan la magia.
—Seguro que ambas facciones piensan que me sumaré a su causa.
Temberle se encogió de hombros, y Cadderly dio un hondo suspiro.
—Mi viejo amigo —le dijo a Cleo—, me gustaría dedicarte algo de tiempo para ponernos
mutuamente al día.
—Puedo hablarte de mi vida como tortuga —dijo Cleo con tono inexpresivo, y arrancó de
Cadderly una sonrisa.
—En este momento, tenemos en Espíritu Elevado muchos puntos de vista encontrados y muy poco
acuerdo —explicó Cadderly—. Por supuesto, todos andan nerviosos.
—Con razón —dijo otro de los druidas.
—Y la razón es el único medio con que contamos para salir de esto —dijo Cadderly—. Sed
bienvenidos, pues, amigos, y entrad. Tenemos comida abundante y discusión mucho más abundante.
Sumad vuestras voces sin reservas.
Los tres druidas se miraron, y sus dos compañeros hicieron a Cleo un gesto de aprobación.
—Tal como os había anticipado —dijo Cleo—. Estos deneiranos son sacerdotes razonables. —
Se volvió hacia Cadderly, que asintió, sonrió abiertamente y dio su permiso.
—¿Lo ves? —le dijo Cadderly a Temberle mientras los druidas atravesaban la puerta de Espíritu
Elevado—. Te he dicho muchas veces que soy razonable. —Le dio una palmadita en el hombro y
marchó detrás de los druidas.
—Y cada vez que lo haces mi madre me susurra al oído que tu racionabilidad siempre depende
de que responda a tus deseos —dijo Temberle a sus espaldas.
Cadderly dio un traspiés y pareció a punto de caer. No volvió la vista, pero siguió su camino
riendo.

Temberle abandonó el edificio y se dirigió a la muralla meridional, al gran huerto, donde debía
reunirse con su hermana gemela, Hanaleisa. Los dos habían planeado ir esa mañana a Carradoon, la
pequeña ciudad situada a orillas del lago Impresk, a un día de camino de Espíritu Elevado. La
sonrisa de Temberle se ensanchó al aproximarse al gran huerto rodeado por una valla y ver a su
hermana con su tío favorito.
El enano de barba verde saltaba por encima de una fila de semillas recién plantadas, musitando
palabras de aliento y agitando los brazos, uno de los cuales había sido cercenado a la altura del
codo. Parecía un pájaro tratando de levantar vuelo en medio de un vendaval. Ese enano, Pikel
Rebolludo, no era un típico enano, no sólo porque había adoptado las costumbres de los druidas, sino
por muchas otras razones que hacían de él el preferido de Temberle.
Hanaleisa Maupoissant Bonaduce, que parecía una versión más joven de su madre, Danica, con
su cabello color rojo oscuro y sus brillantes ojos pardos, almendrados como los de Temberle, alzó la
vista desde la nueva plantación y sonrió a su hermano, tan divertida como él por las cabriolas de
Pikel.
—El tío Pikel dice que las hará crecer más que nunca —comentó Hanaleisa mientras Temberle
atravesaba la cancela.
—¡Evah! —gritó Pikel con voz ronca, y Temberle tuvo la sensación de que, aparentemente, había
aprendido una palabra nueva.
—Pero yo pensaba que los dioses no estaban escuchando —se atrevió a decir Temberle, a lo que
Pikel respondió con un «Uuuuh» de consternación y una agitación admonitoria de su dedo.
—Ten fe, hermano —dijo Hanaleisa—. Tío Pikel conoce la tierra.
—Ahí, ahí —dijo el enano.
—Carradoon nos espera —dijo Temberle.
—¿Dónde está Rorey? —inquirió Hanaleisa en referencia a Rorick, el hermano de ambos, que
con sus diecisiete años era cinco menor que ellos.
—Con una pandilla de magos, discutiendo sobre la integridad de los hilos mágicos que mueven el
mundo. Espero que cuando esta situación tan rara se acabe, Rorey tenga a una docena de poderosos
magos dispuestos a ser sus mentores.
Hanaleisa asintió, pues ella, al igual que Temberle, conocía bien la propensión y el talento de su
hermano menor para inmiscuirse en cualquier debate. La joven se sacudió la tierra de las rodillas y
dio palmadas para desprenderse de la suciedad.
—Abre la marcha —le dijo a su hermano—. El tío Pikel no va a dejar que mi huerto se muera,
¿verdad, tío?
—¡Duu-dad! —exclamó Pikel con aire triunfal, iniciando su danza de la lluvia…, o danza de la
fertilidad…, o danza del sol…, o lo que fuera que estuviera bailando.
Como de costumbre, los gemelos Bonaduce dejaron a su tío Pikel con unas sonrisas satisfechas
en sus jóvenes rostros, tal como había sucedido siempre, desde su más tierna edad.

Con los antebrazos y la frente firmemente apoyados sobre la esterilla, la mujer levantó los pies del
suelo, colocando las piernas en vertical. Con un grácil movimiento abrió las piernas hacia los lados;
luego las cerró, e hizo el pino con gran seguridad.
Respirando suavemente, con un equilibrio y una armonía perfectos, Danica puso las manos planas
y se impulsó hacia arriba; quedó totalmente apoyada sobre las palmas. Así permaneció como si
estuviera en el agua, como si la gravedad no la afectara en su estado de profunda meditación.
Todavía llevó más allá el movimiento, y lo hizo con tal gracia que era como si un hilo tirara de ella o
una fuerza la impulsara a elevarse de las palmas a los dedos.
Quedó cabeza abajo, absolutamente quieta y recta, inmune al paso del tiempo, sin tensiones. Sus
músculos no se esforzaban por mantener el equilibrio, sino que la sostenían firmemente en esa
posición, de modo que el peso del cuerpo se apoyaba de manera uniforme sobre sus fuertes manos.
Mantenía los ojos cerrados, y la cabellera, cuyo color rojo oscuro tenía ya algunas hebras de plata,
colgaba hacia el suelo.
Estaba totalmente inmersa en el momento, encerrada en su interior, pero percibió que algo se
aproximaba, un movimiento junto a la puerta, y abrió los ojos en el preciso momento en que Ivan
Rebolludo, el hermano de barba amarilla de Pikel, asomó la peluda cabeza.
Danica miró al enano.
—Cuando toda su magia desaparezca, tú y yo nos adueñaremos del mundo, muchacha —dijo él
con un guiño exagerado.
Danica bajó las piernas y se apoyó con elegancia sobre los dedos de los pies, al mismo tiempo
que giraba para quedar de frente al enano.
—¿Qué te cuentas, Ivan? —preguntó.
—Más de lo que debiera y no lo suficiente para estar seguro —respondió—. Pero los chicos
mayores han partido para Carradoon, según me informa mi hermano.
—A Temberle le resulta grata la presencia de algunas jóvenes que hay allí, al menos eso he oído.
—¡Ah! —La cara del enano se puso seria—. ¿Y qué hay de Hana?
Danica se rió de él.
—¿Qué pasa con ella?
—¿Hay algún chico que la ande rondando?
—Tiene veintidós años, Ivan. Eso debería ser cuestión suya.
—¡Bah! No hasta que su tío Ivan hable con el interfecto. ¡Nada de eso!
—Se las puede arreglar sola. Ha sido formada en…
—¡No, no puede!
—Veo que no muestras la misma preocupación por Temberle.
—¡Bah, los chicos hacen lo que se supone que hacen, pero más les vale no hacérselo a mi niña, a
Hana!
Danica se tapó la boca con la mano en un inútil intento de disimular su sonrisa.
—¡Bah! —dijo Ivan, haciéndole un gesto con la mano—. ¡Voy a llevar a esa muchacha a los
salones de Bruenor, ya verás!
—No creo que ella acceda.
—¿Y quién ha dicho que se lo voy a preguntar? ¡Tus jovenzuelos se están desmandando!
Siguió gruñendo hasta que Danica consiguió por fin sofocar la risa el tiempo suficiente para
decir:
—¿Querías preguntarme algo?
Ivan se la quedó mirando un momento, con expresión confusa y aturdida.
—Sí —dijo, aunque no parecía muy seguro—. ¿Dónde está el pequeño? —añadió después de
tomarse un momento más para reflexionar—. Mi hermano estaba pensando en hacer una escapada a
Carradoon, y como él no se ha reunido con los mayores cuando se han ido…
—No he visto a Rorick en todo el día.
—Bueno, no se ha ido con Temberle y Hana. ¿Te parece bien que vaya con su tío?
—No se me ocurre nada más seguro para mis hijos, buen Ivan.
—Ya, y es lo que es —coincidió el enano, enganchando los pulgares en los tirantes de los
pantalones.
—Sin embargo, me temo que no puedo decir lo mismo respecto de mis futuros hijos políticos…
—Sólo respecto del yerno —la corrigió Ivan con un guiño.
—No rompas nada —le rogó Danica—, y no dejes marcas.
Ivan asintió; luego juntó las manos e hizo crujir los nudillos. Con una inclinación de cabeza se
marchó.
Danica sabía que Ivan era inofensivo, al menos por lo que respectaba a los pretendientes de su
hija. Tenía la impresión de que Hanaleisa las pasaría crudas para mantener cualquier relación
teniendo a Ivan y Pikel a su alrededor.
Aunque también era posible que esos dos pusieran a prueba las intenciones de cualquier joven.
Sin duda, un pretendiente tendría que tener una convicción muy poderosa para no marcharse cuando
los enanos empezaran a meterse con él.
Danica rió para sí misma y suspiró, satisfecha, al recordar que, descontando los pocos años que
habían estado alejados sirviendo al rey Bruenor en Mithril Hall, Ivan y Pikel Rebolludo habían sido
los mejores guardianes que ningún niño hubiera tenido jamás.

El ser sombrío que en otro tiempo había sido el archimago Fetchigrol de una civilización grande y
perdida, ni siquiera se reconocía por ese nombre, ya que había abandonado hacía tiempo su identidad
en el ritual de incorporación comunal que había forjado la Piedra de Cristal. Había conocido la vida;
había conocido la no muerte como lich; había conocido un estado de energía pura como parte de la
Piedra de Cristal; había conocido la nada, el olvido.
E incluso de ese último estado había regresado el que había sido Fetchigrol, tocado por el propio
Tejido. Ya no era un espíritu con libre albedrío, sino simplemente una extensión, un apéndice airado
de ese curioso triunvirato de poder que se había fundido en una fuerza malévola singular en una
caverna excavada por el fuego a muchos kilómetros al sudeste. Fetchigrol proporcionaba la ira de
Crenshinibon-Hephaestus-Yharaskrik, del ser en que se habían convertido, el Rey Fantasma.
Y al igual que los siete espectros sombríos, Fetchigrol horadaba la noche en busca de aquellos
que habían perjudicado a sus amos. En las profundidades de las montañas Copo de Nieve, mirando a
un gran lago que brillaba bajo la luz de la luna hacia el oeste, y en una senda que se internaba en las
montañas y conducía a una gran biblioteca, sentía que estaba cerca.
Cuando oyó las voces, un estremecimiento sacudió la sustancia sombría de Fetchigrol, porque
por encima de todo, el espectro no muerto buscaba una salida para su malevolencia, una víctima para
su odio. Se refugió en las sombras, detrás de un árbol que daba al camino, cuando aparecieron un par
de jóvenes humanos que caminaban a tientas bajo la escasa luz tratando de no tropezar con las raíces
que surcaban el camino.
Pasaron justo delante de él sin darse cuenta siquiera, aunque la mujer ladeó la cabeza con
curiosidad y experimentó un estremecimiento.
¡Cuánto habría deseado la criatura no muerta saltar de su escondite y devorarlos! Sin embargo,
Fetchigrol estaba demasiado alejado de su mundo, se había internado en el Páramo Sombrío, el reino
de sombra y oscuridad que había llegado a Faerun para inmiscuirse. Como sus seis hermanos, no
tenía la sustancia necesaria para afectar a las criaturas materiales.
Sólo espíritus. Sólo las energías vitales declinantes de los muertos.
Siguió a la pareja montaña abajo, hasta que por fin encontraron un lugar que les pareció adecuado
para acampar. Confiando en que permanecerían allí al menos hasta la hora que antecede al amanecer,
el malévolo espíritu se lanzó hacia la espesura en busca de un recipiente.
Lo encontró a escasos tres kilómetros del campamento de los jóvenes humanos, en la forma de un
oso muerto cuya carcasa medio podrida estaba erizada de gusanos y moscas.
Fetchigrol se inclinó ante la bestia y empezó un cántico para canalizar el poder del Rey
Fantasma, para invocar el espíritu del oso.
El cadáver se estremeció.

Con paso lento y el corazón más pesado que los agotados miembros, Drizzt Do’Urden cruzó el puente
sobre el río Surbrin. La puerta oriental de Mithril Hall estaba a la vista, y también algunos miembros
del clan Battlehammer, que corrieron a recibirlo y ayudarlo con el peso que cargaba.
Catti-brie iba exánime en sus brazos, balanceando la cabeza a cada paso y con los ojos abiertos
sin ver nada.
Y la expresión de Drizzt, llena de temor y de pesar, añadía peso a esa imagen horrenda.
A gritos de «¡Llamad a Bruenor!» y de «¡Abrid las puertas y despejad el camino!», condujeron a
Drizzt por la puerta trasera. Pero antes de que hubiera dado diez pasos en el interior de Mithril Hall,
apareció una carreta a su lado y un grupo de enanos ayudaron a que él y Catti-brie subieran a la parte
trasera del vehículo.
Sólo entonces se dio cuenta Drizzt de lo agotado que estaba. Había recorrido kilómetros con
Catti-brie en brazos, sin atreverse a parar, ya que ella necesitaba un tipo de ayuda que él no podía
darle. Esperaba que los sacerdotes de Bruenor supieran qué hacer, y los enanos que lo rodearon lo
tranquilizaban asegurándole que así sería.
El carretero condujo al tiro de bueyes a través del barranco de Garumn y por los largos y
sinuosos túneles que llevaban a los aposentos de Bruenor.
La noticia ya se había difundido, y Bruenor estaba en la sala esperándolos. Regis y muchos otros
estaban a su lado, mientras él se paseaba ansiosamente, estrujándose las fuertes manos o mesándose
la gran barba, cuyo color rojo se había ido convirtiendo en naranja por el gris que lo suavizaba.
—¡Elfo! —saludó Bruenor—, ¿qué tienes que contarme?
Drizzt a punto estuvo de derrumbarse ante el tono desesperado de su querido amigo, porque no
tenía mucho que explicar ni podía transmitir esperanzas. Reunió toda la energía que pudo y, pasando
las piernas por encima del costado del vehículo, se dejó caer al suelo ágilmente. Miró a Bruenor a
los ojos y sacó fuerzas para un leve gesto esperanzador con la cabeza. Se esforzó por mantener ese
optimismo mientras rodeaba la carreta y bajaba el portalón trasero para coger en brazos a su amada
Catti-brie.
Bruenor estaba a su lado, con los ojos desorbitados. Las manos le temblaban cuando las alzó
para tocar a su querida hija.
—¿Elfo? —Su voz era apenas un susurro, y hablaba tan entrecortadamente que la breve palabra
se alargó muchísimo.
Drizzt lo miró y se quedó paralizado, incapaz de mover la cabeza ni de esbozar una sonrisa de
esperanza.
Drizzt no tenía respuestas.
Catti-brie había sido alcanzada por la magia desatada, eso era todo lo que podía decir; estaba
perdida para ellos, estaba perdida para la realidad circundante.
—¿Elfo? —repitió Bruenor mientras acariciaba con los dedos la suave cara de su hija.
Permanecía perfectamente quieta, con la mirada fija en la rama sobresaliente del árbol seco, con las
manos entrelazadas de una forma sorprendente hacia adelante. Hanaleisa, tan imbuida de las dotes de
su madre, encontró su centro de paz y fortaleza.
Podría haber alzado los brazos, haber agarrado la rama y haberla partido con el peso de su
cuerpo, haciendo palanca, pero ¿qué gracia habría tenido?
En lugar de eso, convirtió al árbol en su adversario, su enemigo, su desafío.
—¡Date prisa, la noche se pone fría! —le gritó Temberle desde el campamento que habían
montado junto al camino.
Hanaleisa no permitió que ni la sombra de una sonrisa alterara la seriedad de su rostro e hizo
caso omiso de la llamada de su hermana Totalmente concentrada, golpeó de forma repentina
descargando toda su fuerza cerca del punto donde la rama se unía al árbol, primero con el codo
izquierdo, después con el derecho y nuevamente con el izquierdo, antes de adoptar una postura
defensiva y levantar la pierna preparando una patada al aire.
Dio un salto en redondo y, de un puntapié, cortó el extremo de la rama; lejos del tronco, primero,
y en su parte media, a continuación. Con otra patada, desprendió por fin la rama del árbol en el punto
que ya había debilitado con los codos.
La rama cayó limpiamente al suelo en tres trozos iguales.
Hanaleisa tocó el suelo, en una muestra de equilibrio impecable, juntando los dedos de las
manos. Hizo una reverencia al árbol, su adversario derrotado, a continuación, recogió la leña y se
dirigió al campamento, desde donde su hermano la volvía a llamar.
Había dado unos cuantos pasos cuando oyó que algo se arrastraba en el bosque, no muy lejos de
ella. La joven se quedó absolutamente quieta en su sitio, sin hacer el menor ruido, recorriendo con la
vista los espacios que recortaba la luna en medio de la oscuridad y tratando de captar cualquier
movimiento.
Algo avanzaba entre la maleza, algo pesado, a menos de veinte pasos de ella, y se dio cuenta de
que se dirigía directamente al campamento.
Hanaleisa plegó poco a poco las rodillas, depositó en el suelo la leña sin hacer ruido y se
reservó un grueso leño. Se puso de pie y se quedó quieta un momento, tratando de detectar otra vez el
sonido para orientarse. Con gran agilidad alzó primero un pie y luego otro para despojarse de sus
botas y, a continuación, empezó a caminar descalza, con pasos leves.
No tardó en ver la luz del fuego que Temberle se había ingeniado y vio la forma que se movía
torpemente, interponiéndose entre ella y el fuego; parecía una criatura realmente corpulenta.
Hanaleisa contuvo la respiración, tratando de escoger su siguiente movimiento, y sin tardanza,
porque la criatura iba acortando la distancia que la separaba de su hermano. Sus padres la habían
entrenado en las artes del combate, y las dominaba, pero jamás se había encontrado tan cerca del
peligro.
—¿Hana?
La voz de su hermano la arrancó de su contemplación. Temberle había oído a la bestia, que ya
estaba muy cerca de él y avanzaba ahora a gran velocidad.
Hanaleisa salió a la carrera y gritó para atraer la atención de la criatura, temiendo haber vacilado
ya durante demasiado tiempo.
—¡Tu espada! —le gritó a su hermano.
La joven dio un salto al aproximarse a la bestia —un oso, según constató al fin— y se agarró a
una rama que había sobre su cabeza, desde donde tomó impulso para pasar por encima del animal y
colocarse delante. Sólo entonces comprendió Hanaleisa la verdadera naturaleza del monstruo: no se
trataba de un simple oso al que se podía amedrentar y ahuyentar. Vio que tenía la mitad de la cara
destrozada y que a través de la carne descompuesta se atisbaba el hueso blanco de su calavera,
brillante a la luz de la luna.
Al pasarle por encima, la criatura alzó la cabeza para reaccionar, y la joven la golpeó
enérgicamente en pleno hocico con la palma abierta. El golpe sobresaltó al monstruo, pero no detuvo
el movimiento de su garra, que alcanzó de refilón a Hanaleisa e hizo que diera una vuelta en el aire.
La joven aterrizó blandamente, pero un poco desequilibrada hacia un lado, en el momento preciso
en que Temberle pasaba corriendo a su lado espada en mano. Cargó de frente contra el oso con un
poderoso mandoble, que penetró en la piel desprendida de la bestia y partió el hueso.
El oso no se detuvo, al parecer indiferente a la herida, y siguió el camino de la espada directo
hacia Temberle, con las terribles zarpas abiertas y mostrando al rugir sus amenazadores colmillos.
Hanaleisa se interpuso de un salto entre Temberle y el oso, y descargó ambos pies contra el
pecho y los hombros del animal. De haberse tratado de un oso vivo, de doscientos kilos de músculo,
piel dura y hueso resistente, no lo habría movido demasiado, por supuesto, pero su condición de no
muerto jugaba a su favor, ya que gran parte de la criatura se había caído a trozos o había sido
devorada por los carroñeros.
La bestia se tambaleó hacia atrás, y la hoja de la espada quedó lo bastante despejada como para
que Temberle pudiera arrancársela.
—No le claves la espada; hazle cortes —le recordó Hanaleisa.
La joven aterrizó de pie y avanzó propinándole al animal una rápida sucesión de patadas y
puñetazos. Apartó a un lado una zarpa y se colocó por detrás de las mortíferas garras, para descargar
una serie de contundentes golpes de puño en los hombros de la bestia.
Sintió el crujido de los huesos bajo el peso de sus golpes, pero nuevamente la bestia pareció
ajena al castigo y lanzó un revés que obligó a la joven a recular.
El oso pasó a la ofensiva y atacó con ferocidad, esa vez a la mujer. Hanaleisa retrocedió, pero
tropezó con una raíz y quedó atascada contra un grupo de abedules.
Gritó aterrorizada cuando la bestia se le tiró encima, o hizo amago de hacerlo, porque una
poderosa espada relumbró bajo la luz de la luna y asestó en el hombro derecho del oso un golpe tan
fuerte que lo atravesó. La bestia no muerta aulló y persiguió a Hanaleisa, que trataba de escabullirse;
arremetió contra el grupo de abedules y derribó algunos ejemplares con su corpulenta forma. El oso
mordía y daba zarpazos como si ya tuviera seguro a su adversario, pero Hanaleisa se había colado
hacia un lado, arrastrándose para ponerse fuera de su alcance.
El oso trató de seguirla, pero Temberle no perdió el tiempo y desde atrás empezó a asediarlo con
decididos golpes de su espadón. A cada golpe le arrancaba un trozo de carne, de modo que saltaban
gusanos por todas partes y los huesos se reducían a polvo.
A pesar de todo, el oso seguía embistiendo a cuatro patas y acercándose a Hanaleisa.
La joven trató de sobreponerse a la repulsión y el pánico. Apoyó la espalda contra un árbol
sólido y retrajo las piernas, de forma que cuando la bestia se acercó con las fauces abiertas para
morderla, la recibió con reiteradas patadas en el hocico.
La bestia no se arredraba, y tampoco Temberle, que continuaba haciéndole cortes desde atrás
mientras Hanaleisa la castigaba con los pies. ¡Se le desprendieron la mandíbula superior y el hocico,
que quedó colgando hacia un lado, pero el cadáver animado seguía y seguía!
En el último momento, Hanaleisa se arrojó a un lado y hacia atrás con una voltereta. Aterrizó
sobre sus pies, y aunque su instinto la instaba a salir corriendo, suprimió el miedo.
El oso se volvió hacia Temberle con ferocidad. El joven descargó la espada con todas sus
fuerzas sobre la clavícula de la bestia, pero el monstruo la apartó con tanta fuerza que la arrancó de
la mano de Temberle e hizo que saliera volando.
El oso se alzó cuan alto era, con las patas delanteras levantadas hacia el cielo, dispuesto a caerle
encima al guerrero desarmado.
Hanaleisa le saltó a la espalda, y poniendo en su golpe toda la fuerza de su impulso, unida a su
máxima concentración y al vigor de todos sus años de entrenamiento como monje, clavó los dedos
índice y pulgar, extendidos como una espada, en la nuca de la bestia.
Sintió que sus dedos atravesaban el cráneo. Retrocedió y repitió el golpe una y otra vez, hasta
pulverizar el hueso; los dedos se incrustaron en el cerebro de la criatura y se lo arrancaron a trozos.
El oso giró, y Hanaleisa salió despedida contra un par de olmos jóvenes; tras rebotar de uno a
otro, el impulso que llevaba facilitó que atravesara el espacio entre los troncos.
Sin embargo, al deslizarse hacia el suelo por tan estrecha separación, se le quedó atascado el
tobillo. Desesperada, miró al monstruo, que se acercaba.
Entonces vio la espada que descendía detrás del animal, que le atravesó el cráneo y le partió la
cabeza en dos; después continuó por el cuello de la criatura.
¡Y a pesar de todo el monstruo siguió adelante! Hanaleisa lo miraba con ojos desorbitados por el
horror. ¡No podía liberar el pie!
Sin embargo, lo que en realidad movía al oso no muerto hacia adelante era el impulso que
llevaba, hasta que por fin se desplomó entre los olmos y cayó hacia un lado.
Hanaleisa respiró. Temberle corrió hacia ella y la ayudó a soltarse, y luego a ponerse de pie. Le
dolía todo el cuerpo, y sin duda tenía una magulladura en el hombro, pero el oso estaba muerto…
otra vez.
—¿Qué demonio ha llegado a estos bosques? —preguntó la joven.
—No lo… —empezó a decir Temberle, pero se calló de golpe.
Los dos hermanos se estremecieron y se quedaron paralizados por la sorpresa. Una súbita
sensación de frío impregnó el aire.
Oyeron un sonido sibilante, tal vez una risa, y ambos se replegaron para adoptar una postura
defensiva, como les habían enseñado a hacer.
La ráfaga helada pasó de largo, y también la risa.
A la luz del fuego del cercano campamento, vieron una figura de sombra que se alejaba.
—¿Qué era eso? —preguntó Temberle.
—Deberíamos volver —respondió Hanaleisa con voz entrecortada.
—Estamos mucho más cerca de Carradoon que de Espíritu Elevado.
—¡Deprisa entonces! —dijo la muchacha, y ambos corrieron hacia el campamento y recogieron
sus cosas.
Cada uno cargó una rama encendida para que les sirviera de antorcha, y se pusieron en marcha
por el camino. Mientras corrían se encontraron repetidas veces con bolsas de aire frío, risas
escalofriantes y sombras más oscuras que la más oscura noche, que se movían en torno a ellos.
—Más deprisa —se dijeron el uno al otro en más de una ocasión, y sus susurros se hicieron más
insistentes cuando por fin se les agotaron las antorchas y la oscuridad los envolvió estrechamente.
No pararon de correr hasta que llegaron a las afueras de la ciudad de Carradoon, oscura y
dormida a orillas del lago Impresk. Todavía faltaban horas para el amanecer, y como conocían al
propietario de Los Cedros Cimbreantes, una buena posada que había por allí, se acercaron a la
puerta y llamaron insistentemente.
—¡Eh, que ya voy! ¿Qué manera de llamar es ésta a la hora de las brujas? —fue la tosca
respuesta que llegó desde una ventana de la planta superior—. ¡Esperad, eh! ¿Sois los hijos de
Danica?
—Déjanos entrar, buen Bester Bilge —gritó Temberle—. ¡Por favor, déjanos entrar!
Respiraron más tranquilos cuando la puerta se abrió. El alegre Bester Bilge tiró de ellos hacia
dentro; le dijo a Temberle que echara unos cuantos troncos sobre las brasas del hogar y les prometió
algo fuerte para beber y una sopa caliente enseguida.
Temberle y Hanaleisa se miraron con gran alivio, esperando haber dejado fuera el frío y la
oscuridad.
¿Cómo iban a saber que Fetchigrol los había seguido hasta Carradoon y en ese mismo momento
estaba en el viejo cementerio situado extramuros de la ciudad, planeando una matanza para el día
siguiente?
UN INDICIO EN LA GRITA

Athrogate sostenía en alto el brazo esquelético. Gruñó al ver que no se movía y le dio una leve
sacudida. Los dedos empezaron a agitarse otra vez, y el enano sonrió y se lo volvió a echar por
encima del hombro, suspirando con satisfacción al ver cómo le rascaba un lugar de difícil acceso en
medio de la espalda.
—¿Cuánto tiempo crees que durará? —preguntó.
Jarlaxle, demasiado preocupado para pensar siquiera en la antigüedad que esgrimía el enano, se
limitó a encogerse de hombros y a seguir adelante por su sinuoso camino. No sabía con certeza
adónde se dirigía. Cualquiera que conociese a Jarlaxle se habría dado cuenta de la gravedad de la
situación al ver su expresión insegura, pues muy pocas personas, si es que había alguna, habían visto
perplejo a Jarlaxle Baenre.
El drow se dio cuenta de que no podía esperar a que Hephaestus viniera hacia él. No quería
encontrarse con semejante enemigo solo, ni siquiera con Athrogate a su lado. Pensó en volver a
Luskan —Kimmuriel y Bregan D’Aerthe podrían prestarle su ayuda—, pero su instinto lo
desaconsejaba. Una vez más estaría dejando la iniciativa en manos de Hephaestus, y sin duda
llevaría las de perder ante un enemigo que aparentemente podía convocar a secuaces no muertos con
toda facilidad.
Por encima de todo, Jarlaxle quería ser quien atacara al dragón, y estaba convencido de que
Cadderly muy bien podía ser la solución a sus problemas. Pero ¿cómo reclutar para su lucha a un
sacerdote que seguramente no querría tener nada que ver con los elfos oscuros, salvo con un elfo
oscuro en particular?
¿Y acaso no sería una gran idea conseguir que Drizzt Do’Urden y algunos de sus poderosos
amigos participaran en la cacería?
Pero ¿cómo?
Fue así como, siguiendo la dirección que marcaba Jarlaxle, los dos se dirigieron hacia el este,
abriéndose camino por la Marca Argéntea hacia Mithril Hall. Fácilmente les llevaría unos diez días
llegar, y el drow no estaba seguro de contar con tanto tiempo. Ese primer día se negó a caer en
estado de ensoñación, y cuando llegó la noche, meditó levemente, de pie sobre un apoyo inestable.
Una brisa fría lo asaltó, y cuando se removió para acomodarse y evitarla, se resbaló del estrecho
tronco en el que se había colocado y se despertó a consecuencia de la caída. Con la mano ya en el
bolsillo, el drow sacó un puñado de piedrecitas de cerámica. Trazó un rápido círculo,
esparciéndolas a su alrededor, y cada una de ellas, al golpear contra el suelo, se abrió y liberó al
encantamiento que tenía dentro, una esencia mágica de luz brillante.
—¿Qué diablos…? —gritó Athrogate al despertarse por la repentina claridad.
Jarlaxle no le hizo ni caso y partió veloz tras una figura sombría que escapaba de la luz mágica,
algo doloroso para las criaturas no muertas. Lanzó otra bomba de luz por delante de la forma
agazapada que huía, y luego otra cuando salló volando hacia un tramo en sombras.
—¡Deprisa, enano! —gritó el drow, y no tardó en oír a Athrogate bufando y resoplando tras él.
En cuanto el enano lo adelantó, Jarlaxle sacó una varita mágica y lanzó un estallido de luz todavía
más brillante y poderosa, que fue a caer cerca de la figura sombría. La criatura gritó con un alarido
horroroso, sobrenatural, lo que hizo que a Jarlaxle le recorriera la espalda un escalofrío.
Ese aullido no frenó en absoluto a Athrogate, y el bravo enano cargó con decisión, con los
manguales en las manos y los brazos extendidos a uno y otro lado del cuerpo. Athrogate invocó el
encantamiento del mangual que llevaba en la derecha, y un aceite explosivo se extendió por la bola
metálica. El enano se abalanzó contra la criatura acobardada y la golpeó con todas sus fuerzas,
decidido a poner fin al combate con una única explosión.
El mangual no dio contra nada sólido; sólo emitió un zumbido al atravesar el aire de la noche.
Entonces, Athrogate aulló de dolor cuando algo cortante lo golpeó en el hombro; sintió un
horroroso ardor. Reculó, revoleando el arma con desenfreno. La trayectoria zigzagueante de su
mangual nuevamente golpeó en el vacío.
Al ver las manos oscuras y frías del espectro extendiéndose hacia él, el enano decidió aplicar
una táctica diferente. Agitó los manguales desde ángulos diferentes hacia dentro, con la intención de
que las dos cabezas chocaran directamente en el centro de la sombría oscuridad.
Jarlaxle contemplaba el combate con curiosidad, tratando de calibrar a ese enemigo. El espectro
era un secuaz de Hephaestus, evidentemente, y conocía bien las cualidades habituales de los muertos
vivientes incorpóreos.
El arma de Athrogate debería haberlo herido, al menos haberle hecho algún daño, ya que los
manguales del enano tenían poderosos encantamientos. Ni siquiera las criaturas no muertas más
poderosas, las que existían tanto en el plano material primario como en un espacio más oscuro de
energía negativa, tenían una inmunidad tan absoluta a su asalto.
El drow hizo una mueca y cerró los ojos cuando las bolas de los manguales de Athrogate
chocaron una con otra. El aceite volátil explotó y produjo un destello cegador, un estallido
conmocionante que obligó al enano a echarse atrás.
Cuando Jarlaxle volvió a mirar, el espectro parecía totalmente indiferente al estallido, pero el
drow observó algo insólito. Precisamente cuando las bolas chocaron, el espectro pareció reducirse.
En el momento de la explosión, dio la impresión que la criatura se desvanecía o disminuía de
tamaño.
Cuando la criatura no muerta se acercó al enano, pareció cobrar sustancia otra vez, y extendió las
manos oscuras para infligir más dolor frío.
—¡Elfo! ¡No puedo golpear a la maldita cosa! —El enano aulló de dolor y retrocedió.
—¡Más aceite! —gritó Jarlaxle al ser asaltado por una idea—. Vuelve a golpear una bola contra
otra.
—¡Eso duele, elfo! ¡Tengo los brazos entumecidos!
—¡Hazlo! —ordenó Jarlaxle.
Otra vez disparó su varita, y el estallido de luz hizo que el espectro reculara, lo que le dio a
Athrogate unos segundos. Jarlaxle se quitó el sombrero y buscó en el interior, y mientras el enano
daba un golpe fenomenal con sus dos manguales, el drow sacó un círculo plano de tela, como si fuera
el forro negro de su sombrero y lo lanzó. El objeto salió dando vueltas por el aire y se alargó al
pasar al lado del enano.
Los manguales chocaron y, una vez más, la explosión arrojó a Athrogate hacia atrás. El espectro,
tal como había previsto Jarlaxle, empezó a desvanecerse, a desaparecer hacia la nada, pero no, no
hacia la nada, sino hacia algún otro plano o dimensión.
Y el círculo de tela, el bolsillo extradimensional creado por el poder del sombrero encantado de
Jarlaxle, cayó sobre el sitio.
El repentino resplandor causado por las oleadas de energía —púrpura, azul y verde— se
expandió a partir de ese punto, emitiendo un latido de puro poder.
La trama del mundo se abrió.
Jarlaxle y Athrogate flotaron, ingrávidos, con la vista fija en el lugar que había sido una vez un
claro en el bosque y que ahora parecía transformado en un… paisaje estelar.
—¿Qué has hecho elfo? —gritó el enano, cuya voz modulaba su volumen al ser llevada por
vientos intermitentes.
—¡Mantente apartado! —le advirtió Jarlaxle, y sintió un leve tirón en la espalda que lo
arrastraba hacia el lugar estelar; sabía que era una grieta, hacia el plano astral.
Athrogate empezó a agitar los brazos, repentinamente asustado, ya que no estaba lejos del
peligro. Comenzó a dar vueltas y volteretas, pero esos movimientos resultaban inútiles para detener
su deriva inexorable hacia las estrellas.
—¡No, así no! —le gritó Jarlaxle.
—¿Y cómo, estúpido elfo?
Para Jarlaxle la solución era fácil. Su deriva lo llevó junto a un árbol que seguía firmemente
arraigado en el firmamento. Se agarró a él con una mano y se mantuvo sin problemas en su lugar,
sabiendo que un pequeño impulso lo alejaría de la grieta. Porque era exactamente eso, como sabía
Jarlaxle: una grieta en la trama del plano material primario, la consecuencia de mezclar las energías
de dos espacios extradimensionales. Para Jarlaxle, que llevaba consigo elementos de sujeción que
creaban bolsillos extradimensionales cuya capacidad real superaba su capacidad aparente, un par de
bolsas en el cinto que hacían lo mismo y varios otros artilugios que podían facilitar esencias mágicas
similares, las consecuencias de mezclarlos no eran nada desconocido ni inesperado.
Sin embargo, lo que lo sorprendió fue que su agujero extradimensional hubiera reaccionado de tal
modo con ese ser sombrío. Todo lo que había pretendido hacer era atrapar a la cosa dentro del
agujero mágico cuando tratase de fluir de regreso al plano de los vivos.
—¡Arrójale algo! —gritó el drow. Y al ver que Athrogate levantaba el brazo como para lanzar
uno de sus manguales, añadió—: ¡Algo que no necesites recuperar!
Athrogate frenó el lanzamiento en el último momento y se quitó de la espalda la pesada mochila.
Esperó a estar en el punto conveniente de su giro y la lanzó contra la grieta. La reacción opuesta
mandó al enano flotando hacia atrás, lo bastante lejos de la grieta como para que Jarlaxle pudiera
aventurarse con una cuerda. Le arrojó a Athrogate un extremo, de modo que el enano pudiera cogerlo,
y en cuanto lo hizo, el drow tiró con fuerza y atrajo al enano hacia sí y luego un poco más allá.
Jarlaxle se dio cuenta de que Athrogate se trasladaba apenas unos palmos antes de salir de la
zona de ingravidez y de caer de golpe sobre su trasero. Sin apartar un solo instante los ojos del
paisaje estelar que se extendía a apenas diez pasos de distancia, Jarlaxle se impulsó hacia atrás y fue
a caer junto a Athrogate, mientras el enano se ponía de pie.
—¿Qué has hecho? —preguntó el enano con toda seriedad.
—No tengo la menor idea —replicó Jarlaxle.
—Sea lo que sea, lo has conseguido.
Jarlaxle, no demasiado convencido de ello, se limitó a hacer una mueca.
Se quedaron un rato vigilando la grieta. Gradualmente el fenómeno fue disipándose, y el agreste
paisaje fe recuperando su firmamento habitual, sin muestra discernible de deterioro. Todo estaba
como antes, salvo por el hecho de que el espectro había desaparecido.

—¿Seguimos hacia el este? —preguntó Athrogate cuando él y Jarlaxle se pusieron en marcha al día
siguiente.
—Ése era el plan.
—El plan para ganar.
—Sí.
—Creo que ganamos anoche —dijo el enano.
—Hemos derrotado a un secuaz —explicó Jarlaxle—. Según mi experiencia, derrotar al secuaz
de un poderoso enemigo sólo consigue poner más furioso al enemigo.
—Entonces, ¿tendríamos que haber dejado que esa cosa ganara?
El suspiro de Jarlaxle arrancó a Athrogate una sonora carcajada.
Marcharon todo el día, y esa noche, en el campamento, Jarlaxle se permitió un tiempo de
ensoñación.
Y allí, en su propio subconsciente, Hephaestus lo volvió a encontrar.
—Sagaz drow —dijo el dracolich en su mente—, ¿realmente crees que podrás escapar de mí
tan fácilmente?
Jarlaxle instauró sus defensas en forma de imágenes de Menzoberranzan, la gran ciudad de la
Antípoda Oscura. Se concentró en un recuerdo claro, de una batalla que su banda de mercenarios
había librado en nombre de la madre matrona Baenre. En aquella batalla, un Jarlaxle mucho más
joven había entablado combate, uno tras otro, con dos maestros de armas ante las puertas de Melee
Magthere, la escuela drow de artes marciales. Había sido posiblemente la lucha más desesperada
que Jarlaxle había librado jamás, y no habría sobrevivido de no haber sido por la intervención de un
tercer maestro de armas, uno de una Casa de menor rango, la Casa Do’Urden, por cierto, aunque la
batalla había tenido lugar muchas décadas antes de que Drizzt naciera.
Ese recuerdo había cristalizado hacía mucho tiempo en la mente de Jarlaxle Baenre, con
imágenes definidas y claras, y un nivel de tumulto suficiente para mantener ocupados sus
pensamientos. Y con tan tremenda tensión emocional, el drow esperaba no revelar su posición actual
al intruso de Hephaestus.
—¡Bien hecho, drow! —lo felicitó el dragón—. Pero al final dará lo mismo. ¿Realmente crees
que puedes esconderte de mi con tanta facilidad? ¿Realmente crees que tu triquiñuela, tan simple,
aunque indudablemente ingeniosa, puede destruir a uno de los Siete?
Jarlaxle se quedó pensando: «¿Uno de qué Siete?».
Rápidamente retiró la pregunta a un lugar apartado de su mente y reanudó su defensa mental.
Comprendió que su atrevida estratagema poco o nada había sacudido la confianza de Hephaestus,
pero de todos modos estaba convencido de que el dragón no estaba haciendo grandes avances.
Entonces, se le ocurrió una idea que lo arrancó de la confrontación con el dragón y de su ensoñación.
Se cayó del árbol en el cual se había apostado.
—Los Siete —dijo tragando saliva, tratando de recordar todo lo que sabía sobre los orígenes de
la Piedra de Cristal…
Y sobre los siete liches que la habían creado.
—Los Siete… —susurró Jarlaxle otra vez, y un escalofrío le recorrió la espalda.

Jarlaxle apuró todavía más el paso al día siguiente. El corcel de pesadilla y el jabalí infernal corrían
que se mataban por el camino. Cuando avistaron a lo lejos el humo de un campamento, el drow hizo
un alto.
—Orcos, probablemente —le explicó al enano—. Estamos cerca de los límites de los dominios
del rey Obould.
—A matarlos, pues.
Jarlaxle meneó la cabeza.
—Debes aprender a sacar provecho de tus enemigos, mi pequeño y peludo amigo —explicó—.
Si éstos son orcos de Obould, entonces no son enemigos de Mithril Hall.
—¡Bah! —dijo Athrogate, y escupió en el suelo.
—Nos acercaremos a ellos no como enemigos, sino como simples viajeros —ordenó Jarlaxle—.
Veamos qué podemos averiguar. —Al notar la decepción en la cara de Athrogate, añadió—: Pero ten
a mano tus manguales por si acaso.
En efecto, se trataba de un campamento de orcos de Muchas Flechas, que servían a Obould, y
aunque se pusieron enseguida en guardia, preparando las armas, ante la desenfadada llegada de
aquella curiosa pareja formada por un enano y un drow, no lanzaron sus flechas.
—Somos viajeros de Luskan —los saludó Jarlaxle, mostrando un perfecto dominio de la lengua
orca—, emisarios comerciales ante el rey Obould y el rey Bruenor. —Hablando de lado le dijo a
Athrogate que mantuviera la calma y no apurara el paso—. Tenemos buenas viandas que compartir
—añadió Jarlaxle—, y un grog aún mejor.
—Pero ¿qué dices? —preguntó Athrogate viendo la expresión animada de los porcunos soldados
y cómo se hacían unos a otros gestos de satisfacción.
—Que nos vamos a emborrachar todos juntos —le respondió Jarlaxle en un susurro.
—¡Sí, en el gordo trasero de un cerdo! —protestó el enano.
—Como gustes —respondió el drow. Se deslizó de su montura y despidió a su corcel de los
infiernos—. Vamos, averigüemos lo que podamos.
Todo empezó con tacto, mientras Jarlaxle sacaba comida y grog en abundancia. La bebida les
entró bien a los orcos, todavía más cuando el enano escupió el primer trago con disgusto. Miró a
Jarlaxle mudo de asombro, como si jamás pudiera haber imaginado que algo tan fuerte supiera tan
mal. Jarlaxle le respondió con un guiño y se dispuso a volver a llenarle el jarro, pero con una mezcla
diferente, lo cual no le pasó desapercibido al enano.
Revientabuches.
Ni una queja más salió de la boca de Athrogate.
—¿Eres amigo de Drizzt Do’Urden? —le preguntó a Jarlaxle uno de los orcos al que la bebida le
había soltado la lengua.
—¿Lo conoces? —preguntó a su vez el drow, y varios orcos asintieron—. ¡Lo mismo que yo! ¡He
tenido varios encuentros con él y he combatido a su lado a veces, y compadezco a los que se pongan
delante de sus cimitarras!
Eso último no les sentó bien a los orcos, y uno de ellos gruñó de forma amenazadora.
—El corazón de Drizzt está herido —dijo el orco, y la criatura sonrió ferozmente, como si
aquello lo regocijara.
Jarlaxle lo miró fijamente y trató de descifrar esas palabras.
—¿Catti-brie?
—Se ha quedado alelada —explicó el orco—. Tocada por la magia. Alelada por la magia.
Otros dos rieron por lo bajo.
«El Tejido», coligió Jarlaxle, ya que sabía de los acontecimientos traumáticos que estaban
teniendo lugar a su alrededor. También Luskan, una ciudad que antes albergaba la Torre de
Huéspedes del Arcano y que todavía tenía entre sus ciudadanos a muchos de los magos de ese lugar
—y aliados de Bregan D’Aerthe—, había sido afectada por el desbaratamiento del Tejido.
—¿Dónde está? —preguntó Jarlaxle, y el orco se encogió de hombros como si no le importara.
Sin embargo, a Jarlaxle sí le importaba, pues ya estaba trazando un plan. Para derrotar a
Hephaestus necesitaba a Cadderly. Para contar con Cadderly, necesitaba a Drizzt. ¿Podría ser que
Catti-brie y, por consiguiente, Drizzt también necesitaran a Cadderly?

—Guenhwyvar —llamó la jovencita con una mirada serena de sus ojos intensamente azules.
Drizzt y Bruenor estaban mudos de asombro en la pequeña habitación, con los ojos fijos en Catti-
brie, que de golpe había recuperado la fisonomía que tenía antes de la adolescencia. Otra vez había
salido flotando de la cama, con los ojos en blanco y con llamaradas púrpuras y energía crepitante a
su alrededor, mientras su espeso cabello era removido por un viento que ni Drizzt ni Bruenor podían
sentir.
Drizzt ya había presenciado antes esa extraña escena, y había advertido de ello a Bruenor; pero
cuando la postura y la actitud de su hija —todo lo relacionado con su comportamiento— cambiaron
de forma tan sutil y sin embargo llamativa, Bruenor estuvo a punto de desplomarse de debilidad.
Realmente parecía una persona diferente en ese momento, una Catti-brie más joven.
Bruenor la llamó, con voz teñida por la desesperación y el remordimiento, pero ella no dio
señales de oírlo.
—¿Guenhwyvar? —volvió a decir.
Entonces, dio la impresión de que caminaba, lenta y decididamente, aunque en realidad no se
movió. Alargó una mano como para tocar al felino…, el felino que no estaba allí.
—¿Dónde está el elfo oscuro, Guenhwyvar? —preguntó con voz suave y tranquila—. ¿Puedes
llevarme con él?
—¡Por todos los dioses! —musitó Drizzt.
—¿Qué es esto, elfo? —inquirió Bruenor.
La niña se irguió y después se volvió, dándoles la espalda a los dos.
—¿Eres un drow? —Tras la pregunta hizo una pausa, como si le estuvieran respondiendo—. He
oído que los drows son malvados, pero tú no me lo pareces.
—¿Elfo? —El tono de Bruenor era implorante.
—Las primeras palabras que me dirigió —dijo Drizzt en un susurro.
—Yo me llamo Catti-brie. —Seguía hablando a la pared que estaba enfrente de ellos—. Mi
padre es Bruenor, rey del clan Battlehammer.
—Está en la cumbre de Kelvin —dijo Bruenor.
—Los enanos —dijo Catti-brie—. No es mi verdadero padre. Bruenor me adoptó cuando era un
bebé, cuando mis verdaderos padres fueron… —Hizo una pausa y tragó saliva.
—Nuestro primer encuentro, en la cumbre de Kelvin —explicó Drizzt con voz entrecortada. Y en
verdad estaba oyendo a la mujer, que entonces era apenas una niña, igual que lo había hecho aquel
día de invierno extrañamente cálido sobre la ladera de una lejana montaña.
Catti-brie los miró por encima del hombro; bueno, no los miró a ellos, sino que miró por encima
de ellos.
—Es una hermosa pant… —empezó a decir.
Pero de repente inspiró y otra vez puso los ojos en blanco, mientras sus brazos caían a los lados
del cuerpo. La energía mágica invisible se apoderó nuevamente de ella, sacudiéndola con su
intensidad.
Y ante la mirada atónita de los dos hombres, Catti-brie volvió a su edad real.
Cuando tocó el suelo, Drizzt y Bruenor corrieron a abrazarla y suavemente la llevaron otra vez a
su cama y la tendieron sobre ella.
—¿Elfo? —volvió a implorar Bruenor con tono de desesperación.
—No sé —replicó Drizzt, tembloroso y tratando de contener las lágrimas. El momento que Catti-
brie había evocado le era tan caro, estaba tan grabado en su corazón y en su alma…
Estuvieron sentados junto al lecho de la mujer un largo rato, incluso después de que viniera Regis
a recordarle a Bruenor que lo esperaban en la sala de audiencias. Habían llegado emisarios de Luna
Plateada y de Nesme, de Obould y de otras partes del mundo. Era hora de que Bruenor Battlehammer
fuera otra vez el rey de Mithril Hall.
Sin embargo, apartarse del lecho de su hija era una de las cosas más difíciles que había hecho en
su vida. Para alivio del enano, después de comprobar que la mujer dormía profundamente, Drizzt
salió con él, y el fiel Regis se hizo cargo de su vigilancia.

El enano de negra barba esperaba su turno. Era el tercero y trataba de recordar su parlamento. Era un
emisario, un representante formal ante la corte de un rey. No era una situación nueva para Athrogate,
ya que en una época había asistido a diario a audiencias con jefes regionales. En otra época; hacía
mucho tiempo.
—No hagas rimas —se dijo para sus adentros.
Tal como le había señalado Jarlaxle, uno solo de sus tontos juegos de palabras probablemente
pondría a Drizzt Do’Urden sobre la pista de quién era en realidad el enano disfrazado. Carraspeó
audiblemente, echando de menos sus manguales o alguna otra arma que pudiera ayudarle a salir de
allí si se descubría su verdadera identidad.
El primer representante celebró su audiencia con el rey enano y abandonó la estancia.
Athrogate repasó otra vez su parlamento. Se repitió que era realmente simple, que Jarlaxle lo
había preparado bien. Repasó la rutina una y otra vez.
—Adelántate, pues, hermano enano —le dijo Bruenor, sobresaltando a Athrogate—. ¡Tengo
demasiado que hacer como para estar aquí sentado esperando!
Athrogate miró a Bruenor, allí sentado, y luego a Drizzt Do’Urden, que estaba detrás del trono.
Cuando su mirada se encontró con la del drow percibió una chispa de reconocimiento, ya que habían
cruzado armas ocho años antes, durante la caída del Luskan de Deudermont.
Si Drizzt vio a través de su disfraz, se cuidó mucho de demostrarlo.
—Bien hallado, rey Bruenor. ¡He oído contar tantas cosas de ti! —El saludo de Athrogate fue
entusiasta mientras se adelantaba para situarse ante el trono—. Espero que no te moleste que haya
venido a verte directamente, pero si recurro a los míos sin haberme presentado ante ti, seguro que me
echarían fuera.
—¿Y de dónde se supone que eres, buen…?
—Stuttgard —respondió Athrogate—. Stuttgard del clan Stuttgard de las Colinas de Piedra.
Bruenor, perplejo, lo miró con curiosidad.
—Al sur de las montañas Copo de Nieve, muy al sur de aquí —dijo el enano, intentando
embaucarlo.
—Me temo que no conozco ese clan, ni siquiera las Colinas de Piedra —dijo Bruenor.
El rey enano echó una mirada a Drizzt, que se encogió de hombros y negó con la cabeza.
—Bueno, nosotros sí hemos oído de ti —replicó Athrogate—. Son muchas las canciones sobre
Mithril Hall que suenan en las Colinas de Piedra.
—Me alegra saberlo —respondió Bruenor, invitándolo a seguir con un gesto de la mano,
evidentemente ansioso de acabar con las formalidades—. ¿Y estás aquí para ofrecernos
oportunidades de comercio quizá? ¿O para sentar las bases de una alianza?
—¡Naa! —dijo Athrogate—. Soy sólo un enano que recorre el mundo y quiere conocer al rey
Bruenor Battlehammer.
El rey enano asintió.
—Muy bien. ¿Quieres quedarte con nosotros en Mithril Hall durante un tiempo?
Athrogate se encogió de hombros.
—Me dirigía al norte, a Adbar —dijo—. Tengo familia allí. Tenía pensado venir a Mithril Hall
de regreso hacia el oeste, no ahora; pero por el camino oí rumores sobre tu hija.
Eso estimuló a Bruenor, y también al drow que tenía detrás.
—¿Qué has oído sobre mi hija? —preguntó Bruenor en un tono de desconfianza.
—Oí por el camino que ha sido afectada por el decaimiento del Tejido de la magia.
—Conque has oído eso, ¿eh?
—Sí, rey Bruenor; por eso pensé que tenía que venir a toda la velocidad que me permitían mis
cortas piernas.
—¿Eres un sacerdote acaso?
—¡Naa! Sólo un metomentodo.
—Entonces, ¿por qué? ¿Qué? ¿Tienes algo que ofrecerme, Stuttgard de las Colinas de Piedra? —
dijo Bruenor con evidente agitación.
—Un nombre que creo que debes de conocer —dijo Athrogate—. El nombre humano de
Cadderly.
Bruenor y Drizzt se miraron, y a continuación observaron atentamente al visitante.
—Su sede no está muy lejos de mi tierra —explicó Athrogate—. Pasé por allí al venir hacia aquí,
por supuesto. Tiene a un montón de magos y sacerdotes en este momento, todos tratando de
determinar la naturaleza de las cosas. No sé si me entiendes.
—¿Qué pasa con él? —preguntó Bruenor, haciendo evidentes esfuerzos por mantener la calma,
aunque era incapaz de suprimir la urgencia de su tono…, ni de su actitud, ya que se inclinó hacia
adelante en el trono.
—Él y los suyos han estado trabajando en los problemas de la magia —explicó Athrogate—.
Pensé que quizá deberías saber que algunos con el cerebro afectado por el Tejido han acudido allí, y
la mayoría han salido recuperados.
Bruenor pegó un salto en su asiento.
—¿Dices que Cadderly está curando a los alelados por los problemas de la magia?
Athrogate se encogió de hombros.
—Creí que querrías saberlo.
Bruenor se volvió rápidamente hacia Drizzt.
—Un mes o más de duro camino —le advirtió el drow.
—Los artilugios mágicos están funcionando —replicó Bruenor—. Tenemos la carreta que mis
muchachos están construyendo para los viajes a Luna Plateada. Tenemos los zapatos de céfiro…
A Drizzt se le iluminaron los ojos al oír la referencia, porque era cierto que los enanos del clan
Battlehammer habían estado trabajado en una solución a su aislamiento, incluso antes de que
surgieran las tribulaciones mágicas. Al no contar con la teletransportación mágica de sus ciudades
vecinas, ni con creaciones mágicas como los carros de fuego voladores de la dama Alustriel, los
enanos habían optado por una solución más mundana: construir una carreta lo bastante sólida como
para salvar los baches y las piedras de los caminos traicioneros. Se habían procurado ayuda mágica
para conseguir tiros capaces de arrastrar el vehículo.
El drow ya se disponía a abandonar el estrado antes de que Bruenor hubiera acabado la frase.
—Ahora mismo me pongo en marcha —dijo Drizzt.
—¿Puedo desearte lo mejor, rey Bruenor? —preguntó Athrogate.
—Stuttgard de las Colinas de Piedra —repitió Bruenor, y se volvió al escribiente de la corte—.
¡Apúntalo!
—Sí, mi rey.
—Que sepas que si mi hija encuentra la paz en Espíritu Elevado, haré una visita a tu clan, buen
amigo —dijo Bruenor, volviéndose hacia Athrogate—. Y que sepas que para siempre te considero un
amigo de Mithril Hall. ¡Puedes quedarte el tiempo que quieras. Yo corro con todos los gastos! Pero
te ruego que me perdones, tengo que partir.
Lo saludó con una rápida inclinación de cabeza y salió corriendo de la sala antes de que
Athrogate pudiera siquiera darle las gracias.

Pletóricos de energía y entusiasmo por primera vez en esos días interminables, los esperanzados
Drizzt y Bruenor salieron corriendo hacía la habitación de Catti-brie. Se pararon de golpe al ver la
crepitante energía púrpura y azul que se filtraba por las rendijas de la puerta.
—¡Bah, otra vez no! —gruñó Bruenor.
El rey enano llegó a la puerta antes que Drizzt y la abrió de golpe.
Allí estaba Catti-brie, flotando de pie encima de la cama, con los brazos extendidos a ambos
lados, los ojos en blanco, temblando y temblando…
—Mi hija… —empezó a decir Bruenor, pero se mordió la lengua cuando vio a Regis contra la
pared, acurrucado en el suelo y tapándose la cabeza con los brazos—. ¡Elfo! —gritó.
En ese momento, Drizzt ya corría hacia Catti-brie y tiraba de ella para llevarla a la cama.
Bruenor farfulló una maldición y acudió a toda prisa a ayudar a Regis.
Al desvanecerse abruptamente la rigidez, una vez terminado el acceso, Catti-brie se desplomó en
brazos de Drizzt, que la sentó en la cama y la abrazó. Sólo entonces reparó en la desesperación de
Regis.
El halfling trataba de alejar a Bruenor agitando los brazos, y lo golpeó repetidas veces mientras
pugnaba por apartarlo. Estaba evidentemente aterrorizado, como si en vez de ver al enano estuviera
viendo a un gran monstruo.
—Panza Redonda, ¿qué te pasa? —le preguntó Bruenor.
Regis le gritó a la cara; fue una explosión primaria de puro terror. Cuando Bruenor se apartó, el
halfling se arrastró fuera de su alcance, poniéndose primero de rodillas y después de pie. Se lanzó de
cabeza contra la pared opuesta y se dio de bruces contra ella. Rebotó y cayó al suelo con un gruñido.
—¡Oh, por todos los dioses! —dijo Bruenor, agachándose y recogiendo algo del suelo. Se volvió
hacia Drizzt y le mostró lo que tenía en la mano.
Era el colgante de rubí del halfling, la gema encantada que le permitía a Regis lanzar hechizos
sobre víctimas inadvertidas.
Regis se recuperó del golpazo que se había dado y se puso de pie de un salto. Volvió a gritar y
pasó corriendo junto a Bruenor, moviendo los brazos como un poseso, Cuando el enano trató de
detenerlo, el halfling lo abofeteó, lo golpeó e incluso lo mordió. Bruenor no paraba de llamarlo por
su nombre, pero daba la impresión de que Regis no oía una palabra. Era como si el enano fuera un
demonio o un diablo dispuesto a comerse al halfling durante la cena.
—¡Elfo! —llamó Bruenor antes de dar un aullido y retroceder cogiéndose la mano sangrante.
Regis corrió hacia la puerta, pero Drizzt fue más rápido; se le echó encima, y los dos salieron
rodando hacia la pared. Mientras rodaban, Drizzt manipuló la situación para quedar detrás del
halfling, sujetándolo con las piernas por la cintura y con los brazos a la altura de las axilas, de modo
que éste quedó totalmente inmovilizado.
Regis no tenía modo de soltarse, ni de golpear a Drizzt, ni de escabullirse de él, pero no por eso
dejaba de agitarse ni de gritar como un loco.
El pasillo empezó a llenarse de enanos curiosos.
—¿Le has clavado al halfling un alfiler en el culo, elfo? —preguntó uno.
—¡Echadme una mano con él! —rogó Drizzt.
El enano se acercó y trató de coger a Regis, pero retiró la mano rápidamente cuando el halfling
intentó morderlo.
—¡Por los Nueve Infiernos!
—¡Limitaos a sujetarlo! —gritó Bruenor desde el interior de la habitación—. ¡Cogedlo y atadlo,
pero no le hagáis daño!
—¡Sí, mi rey!
Les llevó un tiempo, pero por fin los enanos consiguieron apartar a Regis, que no dejaba de
moverse, de Drizzt.
—Podría golpearlo y dejarlo inconsciente —se ofreció uno, pero la mirada que le echó Drizzt lo
disuadió.
—Lleváoslo a su habitación y evitad que se dañe —dijo el drow. Volvió junto a Catti-brie y
cerró la puerta a su espalda.
—Ni siquiera se dio cuenta —le explicó Bruenor a Drizzt mientras éste se sentaba en la cama
junto a su amada—. No tiene ni idea del mundo que la rodea.
—Eso ya lo sabíamos —le recordó Drizzt.
—¡Ni un poquito! Y ahora el halfling tampoco.
Drizzt se encogió de hombros.
—Cadderly —le recordó al rey enano.
—Para los dos —dijo el enano, mirando hacia la puerta—. Panza Redonda usó el rubí con Catti-
brie.
—Para tratar de llegar a ella —añadió Drizzt.
—Pero, en cambio, fue ella la que llegó a él —dijo el enano.
MUERTOS AIRADOS

—¡Será en Espíritu Elevado! —proclamó el Rey Fantasma. El espectro que perseguía a Jarlaxle
había adivinado las intenciones del drow incluso antes de que el astuto elfo oscuro, con su vil
artimaña, hubiera enviado a la criatura a su viaje extraplanar, y todo lo que sabían los espectros, lo
sabía el dracolich.
Los enemigos de Hephaestus, de Yharaskrik y, sobre todo, de Crenshinibon se congregarían allí,
en las montañas Copo de Nieve, donde un par de espectros del Rey Fantasma ya estaban haciendo de
las suyas.
Entonces, sólo quedaría uno, el humano del sur. La Piedra de Cristal sabía que podría
encontrarlo, aunque no con tanta facilidad como a Jarlaxle. Después de todo, Crenshinibon había
tenido un vínculo íntimo con el elfo oscuro durante muchos días. Con los poderes psíquicos de
Yharaskrik añadidos a los de la piedra, localizar al conocido drow había sido de lo más sencillo.
Jarlaxle se había convertido en el centro de la ira capaz de reunir al trío de poderosos seres unidos
por una causa común. El humano, aunque tangencial, no tardaría en revelarse.
Además, al menos para una de las tres entidades vengativas —el dragón—, la catástrofe que se
avecinaba iba a ser un auténtico deleite.
Para Yharaskrik, la destrucción de sus enemigos sería una cuestión práctica e informativa, una
valiosa prueba para la incómoda pero tal vez provechosa unificación.
Y Crenshinibon, que servía de vínculo entre el vehemente dragón y el pragmático azotamentes,
compartiría las sensaciones que la destrucción de Jarlaxle y de los demás les aportaría a ambos.

—¡Tío Pikel! —exclamó Hanaleisa cuando, bien avanzada la mañana siguiente, vio al enano de
barba verde en una calle de Carradoon. Iba con el equipo de viaje, que en el caso del enano
significaba que llevaba un bastón y una olla sobre la cabeza a modo de yelmo.
Pikel le dedicó una ancha sonrisa y dijo algo hacía el interior de la tienda que tenía detrás.
Cuando el enano avanzó para darle un gran abrazo a Hanaleisa, el hermano pequeño de ésta salió de
la tienda.
—¿Qué estás haciendo aquí? —dijo la muchacha por encima del hombro de Pikel al ver
acercarse a su sonriente hermano.
—Te dije que quería venir.
—Y después te pasaste el resto de la mañana discutiendo con magos sobre la naturaleza del
cosmos —le replicó Hanaleisa.
—¡Duu-dad! —gritó Pikel, apartándose de la joven. Y cuando tanto ella como Rorick lo miraron
con curiosidad, se limitó a añadir—: ¡Ji, ji, ji!
—Se lo inventó todo —explicó Rorick, y Hanaleisa asintió.
—¿Y también los magos y los sacerdotes se lo inventaron todo? —preguntó Hanaleisa—. Según
tu percepción, quiero decir.
Rorick bajó la vista.
—Te sacaron con cajas destempladas —coligió Hanaleisa.
—Porque no pudieron soportar que los desplazara nuestro hermano pequeño. ¡Sin duda! —
intervino Temberle, que venía del herrero al que acababa de visitar a la vuelta de la esquina. Su
espadón había salido muy mal parado la noche anterior, tras el impacto contra la clavícula del oso no
muerto.
La expresión de Rorick se animó un poco al oír aquello, pero cuando alzó la vista para mirar a
sus hermanos, la confusión se adueñó de él.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó, observando que Temberle tenía su espadón en la mano y estaba
examinando la hoja.
—¿Ayer salisteis tarde de Espíritu Elevado? —preguntó Temberle.
—Sí, a mediodía —respondió Rorick—. El tío Pikel quería usar las raíces de los árboles para
bajar de las montañas, pero padre se lo impidió, por temor a la impredecibilidad e inestabilidad de
la magia, incluso la de los druidas.
—¡Duu-dad! —dijo Pikel con una risita.
—Yo tampoco viajaría por medios mágicos —dijo Hanaleisa—. Ahora no.
Pikel se golpeó el pecho con el puño y la miró con hostilidad.
—¿De modo que acampasteis en el bosque anoche? —prosiguió Temberle.
Rorick asintió con la cabeza, sin entender muy bien adónde quería llegar su hermano, pero Pikel
algo sacó en claro, al parecer, y lanzó un «Uuuh».
—Hay algo extraño en esos bosques —dijo Temberle.
—¡Sssse! —concedió Pikel.
—¿De qué estáis hablando? —preguntó Rorick, mirándolos a uno tras otro.
—¡Brr! —dijo Pikel, y se protegió cruzando los brazos sobre el pecho.
—Yo dormí toda la noche de un tirón —dijo Rorick—, y no hacía tanto frío.
—Nosotros luchamos contra un zombi —explicó Hanaleisa—. El zombi de un oso. Y había algo
más por ahí, rondando el bosque.
—¡Sssse! —asintió otra vez Pikel.
Rorick miró al enano con curiosidad.
—No dijiste que hubiera nada raro.
Pikel se encogió de hombros.
—Pero ¿lo sentiste? —preguntó Temberle.
—¡Sssse! —repitió el enano.
—¿De modo que luchasteis…? ¿Luchasteis de verdad? —les preguntó Rorick a sus hermanos con
curiosidad evidente.
Los tres habían crecido a la sombra de la biblioteca, rodeados por poderosos sacerdotes y magos
veteranos. Habían oído historias de grandes batallas, sobre todo de la lucha de sus padres contra la
temida maldición del caos y contra su propio abuelo, pero aparte de las contadas veces en que sus
padres habían tenido que participar en alguna batalla, o en que sus tíos enanos habían ido a servir al
rey Bruenor de Mithril Hall, las vidas de los hermanos Bonaduce habían sido placenteras y pacíficas.
Habían recibido un enérgico entrenamiento en las artes marciales —en lucha con las manos y la
espada— y sobre la vida de los sacerdotes, los magos y los monjes. Siendo como eran hijos de
Cadderly y de Danica, los tres hermanos se habían visto favorecidos con la educación más completa
y exhaustiva que nadie pudiera soñar, pero en las aplicaciones prácticas de sus lecciones,
especialmente en cuanto a la lucha, los tres eran unos neófitos y no se habían estrenado hasta la noche
anterior.
Hanaleisa y Temberle se miraron, preocupados.
—Contadme —insistió Rorick.
—Fue aterrador —admitió su hermana—. Jamás he tenido tanto miedo en toda mi vida.
—Pero fue apasionante —añadió Temberle—, y en cuanto empezamos a luchar, no tuvimos
tiempo para pensar que teníamos miedo.
—No podíamos pensar en nada —dijo Hanaleisa.
—¡Ji, ji, ji! —coincidió Pikel con una inclinación de cabeza.
—Nuestro entrenamiento —dijo Rorick.
—Somos afortunados porque nuestros padres, y nuestros tíos —dijo Hanaleisa mirando a Pikel,
radiante de orgullo—, no dieran por supuesta la paz que hemos conocido y nos enseñaran…
—A combatir —la interrumpió Temberle.
—Y a reaccionar —dijo Hanaleisa, que era un poco más filosófica en relación con la lucha y el
papel que desempeñaban las artes marciales dentro de una perspectiva más global.
En ese sentido, Hanaleisa tenía mucha más afinidad con su madre, y por eso había renunciado a
una larga formación con la espada y con la maza para dedicarse a las técnicas más disciplinadas de
mano abierta empleadas por la orden de Danica.
—Hasta alguien muy ducho en el uso de la espada habría muerto en el bosque anoche de no tener
una mente preparada para dejar a un lado sus temores.
—De modo que vosotros también percibisteis la presencia en el bosque —le dijo Temberle a
Pikel.
—¡Siip!
—Debemos poner sobre aviso a la gente de la ciudad, y hacer llegar un mensaje a Espíritu
Elevado —añadió Hanaleisa.
—¡Siip, siip!
Pikel alzó el brazo bueno al frente y estiró los dedos. Empezó a balancear la mano adelante y
atrás, como un pez que se deslizara bajo las aguas del lago Impresk. Los otros comprendieron que el
enano estaba hablando de su viaje con las plantas incluso antes de que añadiera con una sonrisa:
«¡Duu-dad!».
—No puedes hacer eso —dijo Hanaleisa, y también Temberle sacudió la cabeza.
—Podemos salir mañana en cuanto amanezca —dijo—. Sea lo que sea lo que acecha ahí fuera,
está más cerca de Carradoon que de Espíritu Elevado. Podemos conseguir caballos para hacer la
primera parte del camino; estoy seguro de que los palafreneros nos acompañarán por las sendas más
bajas.
—Si nos movemos con rapidez, podemos llegar antes de que se ponga el sol —reconoció
Hanaleisa.
—Pero ahora mismo, tenemos que preparar a la ciudad para lo que pueda sobrevenir —dijo
Temberle, que miró a Hanaleisa y se encogió de hombros—, aunque realmente no sabemos lo que
hay ahí fuera, ni siquiera sabemos si todavía está ahí. Puede que fuera sólo ese oso que matamos, un
caprichoso espíritu malévolo, y que ahora se haya ido.
—Tal vez no lo fuera —dijo Rorick, y su tono dejó bien claro que esperaba tener razón.
Dado su juvenil entusiasmo, Rorick tenía bastante envidia de sus hermanos en ese momento, un
sentimiento fuera de lugar que pronto se vería corregido.

—Quizá errante durante cien años —farfulló un viejo perro de aguas, término que se aplicaba en
Carradoon a los muchos pescadores curtidos que vivían en la ciudad.
El hombre hizo un gesto despectivo con la mano, como si la historia no fuera para dar miedo.
—Es verdad que el mundo se ha vuelto blando —se lamentó otro parroquiano.
—No, no el mundo —explicó otro—. Sólo nuestra parte de él, por vivir a la sombra de los
padres de estos tres. ¡Nos hemos civilizado, según creo!
Eso arrancó una ovación, en tono un poco burlón, aunque de buena voluntad, de los muchos
parroquianos reunidos.
—El resto del mundo se ha endurecido —continuó el hombre—. Sin duda nos llegará también a
nosotros.
—Y nosotros, los más viejos, recordamos bien las luchas —dijo el primer viejo perro de aguas
—, pero me pregunto si los más jóvenes, criados en tiempos de Cadderly, estarán preparados para lo
que pueda venir.
—Sus chicos lo hicieron bien, ¿no? —fue la respuesta, y todos los presentes en la taberna alzaron
sus jarras de cerveza y brindaron por los gemelos, que estaban en la barra.
—Hemos sobrevivido —dijo Hanaleisa en voz alta, atrayendo la atención de todos—, pero lo
más probable es que todavía haya ahí fuera una especie de mal.
Eso no suscitó el temor que la joven había pretendido, sino que la respuesta fue una reacción
mixta de entrechocar de jarras y risas. Hanaleisa miró a Temberle, y los dos miraron hacia atrás,
donde Pikel saludó la falta de conciencia de la multitud con un profundo «Uuuh».
—¡Carradoon debería apostar centinelas en todas las puertas y a lo largo de las murallas! —gritó
Temberle—. Poned patrullas a recorrer las calles, proporcionadles antorchas, e iluminad la ciudad.
¡Os lo ruego!
Aunque su perorata consiguió atraer algo la atención, todos los ojos se volvieron hacia la puerta
de la taberna cuando se abrió de par en par.
Un hombre entró tambaleándose.
—¡Ataque! ¡Ataque! —gritó.
Pero más que sus gritos, lo que más impresionó a los presentes fue lo que se oía en la calle:
alaridos, voces de terror y de agonía.
Las mesas se volcaron cuando los perros de aguas se pusieron de pie de un salto.
—¡Uh!, ¡oh! —dijo Pikel.
El enano sujetó con la mano el brazo de Temberle y tocó a Hanaleisa con el muñón antes de que
pudieran intervenir. Habían venido a la taberna a advertir a la gente y a organizaría, pero Pikel era lo
bastante astuto como para darse cuenta de lo descabellado de las intenciones de los parroquianos.
Temberle trató de hablar de todos modos, pero ya las tripulaciones de los muchos barcos de
pesca de Carradoon se estaban organizando; pedían grupos que se encaminaran a los muelles para
coger las armas y preparaban bandas para ir a las calles.
—Pero la gente… —trató de protestar Temberle mientras Pikel lo sujetaba insistentemente.
—¡Chsss! —le advirtió el enano.
—Entonces, nosotros cuatro —aceptó Hanaleisa—. Veamos en qué podemos ayudar.
Salieron junto con una veintena de parroquianos, aunque unos cuantos se quedaron atrás —en su
mayoría, capitanes de barco— para tratar de idear algún tipo de estrategia. Con unas palabras
rápidas, Pikel sujetó su bastón de madera de roble negro, su cachiporra mágica, debajo de lo que
quedaba de su brazo y pasó los dedos por un extremo, conjurando una luz que transformó el arma en
una mágica antorcha incombustible.
A menos de dos manzanas de la taberna, de vuelta hacia la puerta por la que habían entrado en
Carradoon, los cuatro se enteraron de cuál era la causa de todo ese tumulto. Cadáveres corrompidos
y esqueletos campaban a sus anchas por las calles: humanos y elfos, enanos y halflings, e incluso
muchos cadáveres de animales. Los muertos andaban… y atacaban.
Al ver a una familia que trataba de escapar por el lateral de la ancha calle, el grupo se dirigió
hacia allí, pero Rorick se paró en seco y gritó; a continuación, se tambaleó y se levantó la pernera
del pantalón. Cuando Pikel le acercó su luz, vieron claramente unos surcos de sangre, junto con algo
pequeño que se revolvía. Rorick agitó la pierna, y la criatura atacante salió volando torpemente hacia
un lado de la calle.
Era un amasijo de huesos, piel y plumas.
—Un pájaro —dijo Hanaleisa con voz entrecortada.
Pikel corrió, impulsó hacia abajo el extremo luminoso de su cachiporra y despachurró a la
criatura contra los adoquines. La luz también resultó dañina para la criatura no muerta, que acabó
llena de heridas y chamuscada.
—¡Sha-la-la! —proclamó Pikel, orgulloso, y levantó en alto su cachiporra.
El enano se volvió velozmente, y ajustándose al mismo tiempo la olla que llevaba por yelmo, se
lanzó al callejón más próximo. En cuanto la luz de la cachiporra atravesó el umbral del callejón,
permitió ver una multitud de esqueletos que se abalanzaban sobre Pikel.
Temberle rodeó con el brazo la espalda de su hermano y lo impulsó hacia arriba y hacia atrás
para sacarlo del callejón, al mismo tiempo que le gritaba a la familia de Carradoon que huía que no
avanzara.
—¡Tío Pikel! —gritó Hanaleisa, corriendo para ayudarle.
Se paró en seco al acercarse al callejón, alertada por el crujido de huesos y por los trozos de
costilla y de cráneo que pasaban volando a su lado. La luz de Pikel no paraba de moverse, como una
llama en un vendaval, impulsada por los movimientos frenéticos del enano. Era la demostración más
feroz que la muchacha había visto jamás y que difícilmente habría imaginado siquiera tratándose de
su amable tío hortelano.
Volvió a fijar la atención en la calle, en la familia que retrocedía, una pareja y tres niños
pequeños. Confiando a Pikel la batalla contra las criaturas del callejón, aunque el número de éstas lo
superaba ampliamente, la muchacha salió a la carrera detrás de la familia. Hanaleisa se lanzó contra
dos esqueletos que la perseguían. Dio un salto repentino para golpearlos, los hizo retroceder varios
pasos, se dio la vuelta mientras caía y aterrizó limpiamente de pie.
Luego, apoyada sobre la punta de un pie, lanzó una patada al aire que alcanzó de lleno la caja
torácica de un atacante. Entre una lluvia de esquirlas de hueso, replegó el pie, se inclinó hacia atrás,
corrigió el ángulo y aplastó la cara del esqueleto con otra patada.
Siempre apoyada en un solo pie, Hanaleisa se volvió con movimiento experto y repitió la patada,
una, dos, tres veces, contra el pecho del segundo esqueleto.
Saltó a lo alto e inició una patada circular ante la cara del esqueleto, con intención no de golpear,
sino de distraerlo, porque cuando aterrizó firmemente sobre sus dos pies, lo hizo inclinada hacia
adelante, en una posición perfecta para lanzar una serie de puñetazos devastadores sobre su enemigo.
Tras haber despachado rápidamente a los dos esqueletos, Hanaleisa retrocedió y siguió a la
familia. Observó con alivio que Pikel se unía a ella al pasar por el callejón. Ambos sonrieron, se
volvieron e hicieron frente a la multitud de no muertos que los perseguían, a patadas, puñetazos y
mucho «sha-la-la».
Al poco tiempo se unieron a ellos más ciudadanos, y también Temberle, que con su espadón
empezó a hacer estragos entre esqueletos y zombis.
¡Pero eran tantos!
Los muertos se habían levantado de un cementerio que había sido el lugar de descanso final de
muchas generaciones de carradeños. También salían de un espeso bosque, donde el ciclo de la vida
se renovaba de manera incansable para alimentar el apetito de un conjuro tan poderoso como
maligno. Incluso en las orillas del lago Impresk, bajo las oscuras aguas, volvían a la no vida
esqueletos de peces —miles de ellos arrojados nuevamente a las aguas después de haberles sido
quitada la carne en los barcos de pesca—; atravesaban los oscuros cascos de las embarcaciones o
nadaban por debajo de ellas para saltar fuera del agua y llenar las orillas y los muelles, en una
desesperada carrera por destruir cualquier cosa que tuviera vida.
Y de pie sobre las oscuras aguas, Fetchigrol observaba. Sus ojos muertos se encendieron con
reflejos color naranja cuando se inició un incendio que destruyó varias casas. Esos ojos relucían con
íntima satisfacción cada vez que un grito de horror atravesaba la oscura ciudad asediada.
Sus sentidos percibieron un naufragio cerca de allí, muchos naufragios, muchos marineros que
llevaban mucho tiempo muertos.

—¡Estoy bien! —insistía Rorick.


El joven trataba de hurtar la pierna a su preocupado tío Pikel, pero el enano lo tenía bien sujeto
con una mano que podría haber parado a un caballo en plena marcha, y amenazaba con el muñón al
obstinado muchacho.
Estaban otra vez en la taberna, pero afuera nada se había calmado; de hecho, parecía todo lo
contrario.
Pikel cortó una tira de tela con los dientes y la puso dentro de la olla que hacía las veces de
yelmo, donde previamente había vertido un poco de potente licor mezclado con algunas hierbas que
siempre llevaba a mano.
—No podemos quedarnos aquí —dijo Temberle desde la puerta—. Se aproximan.
Pikel se dio prisa y apretó el vendaje contra la pantorrilla ensangrentada de Rorick, sujetando un
extremo con su medio brazo y manipulando con mano experta el otro hasta hacer un nudo. Entonces,
lo apretó con los dientes por un cabo y la mano por el otro.
—Demasiado apretado —se quejó Rorick.
—¡Chsss! —lo reconvino el enano.
Pikel recogió el yelmo y se lo puso, vertiendo por olvido o porque no le importaba lo que
quedaba en el recipiente, que le chorreó por el pelo y la barba verdes. No dio la menor muestra de
que le molestara, aunque saboreó lo que le llegó a la boca. Se puso de pie de un salto, con la
cachiporra bien sujeta bajo el muñón, y empujó a Rorick hacia delante.
El joven trató de apresurarse, pero a punto estuvo de caerse al primer paso de su pierna dañada.
La herida era más profunda de lo que Rorick aparentemente creía.
Claro era que Pikel estaba allí para sostenerlo, y ambos salieron detrás de Temberle. Hanaleisa
estaba fuera esperándolos y moviendo al cabeza con aire preocupado.
—Demasiados —dijo con tono serio—. No sólo no ganamos terreno, sino que estamos
replegándonos.
—¿A los muelles? —preguntó Temberle, mirando la afluencia de gente que iba en esa dirección y
al parecer no muy contento con la perspectiva—. ¿Vamos a dar la espalda a lago?
La cara de Hanaleisa reflejaba claramente que tampoco a ella le gustaba la idea, pero no tenían
elección. Se unieron a la población que huía y corrieron con ella.
Encontraron cierta defensa organizada a medio camino, y rápidamente ocuparon un puesto en las
filas. Pikel hizo un gesto de aprobación mientras seguía adelante con Rorick, hacia un grupo de
grandes edificios que daban al paseo costero y los muelles. Estaban construidos sobre una antigua
fortaleza y allí habían decidido hacerse fuertes los capitanes de los barcos.
—Combatamos bien por mamá y papá —le dijo Hanaleisa a Temberle—. No deshonraremos sus
nombres.
Temberle le sonrió. Ya se sentía como un veterano.
No tardó en presentárseles la ocasión cuando su frente corrió calle arriba para apoyar a los
grupos rezagados de pobladores que trataban arduamente de dejar atrás a los monstruos que los
perseguían. Valientemente, Hanaleisa y Temberle cargaron entre los no muertos, aplastando y
destrozando con contundencia.
Su acción llegó a ser devastadora cuando el tío Pikel se les sumó; con su brillante cachiporra
destruyó a cuanto monstruo se le puso delante.
A pesar de sus esfuerzos combinados, tanto ellos tres como el resto de los que combatían a su
lado seguían retrocediendo de forma inexorable. Por cada zombi o esqueleto que machacaban, daba
la impresión de que aparecían otros tres para reemplazarlo. Sus líneas se adelgazaban cada vez que
un hombre o una mujer eran arrollados por las furiosas huestes de muertos vivientes.
Y las desdichadas víctimas no tardaban en ponerse de pie de nuevo para combatir en la otra
facción.
Aquello iba haciendo mella en la moral de los defensores, que horrorizados y debilitados por la
repulsión veían que sus amigos y familiares se levantaban hacia la no muerte para volverse contra
ellos.
Hanaleisa alzó la vista hacia su hermano con desesperación y tristeza en sus ojos, de un intenso
color pardo. No podían replegarse metiéndose en el agua, y las paredes de los edificios no iban a
contener durante mucho tiempo a aquellas hordas. Tenía miedo, y él también.
—Tenemos que encontrar a Rorick —le dijo Temberle a su tío enano.
—¿Eh? —fue la respuesta de Pikel.
El enano no entendió que los gemelos sólo querían asegurarse de que los tres hermanos
estuvieran juntos en el momento de la muerte.
LA POLÍTICA DEL COMPROMISO

Era lo último que Bruenor Battlehammer quería oír en ese preciso momento.
—Obould está enfadado —explicó el gnomo Nanfoodle—. Piensa que somos culpables de la
extraña locura de la magia y del silencio de su dios.
—Sí, para ese cabeza de pedernal nosotros siempre somos culpables de todo —gruñó Bruenor.
El rey enano miró a la puerta que daba al camino hacia el barranco de Garumn y a la salida
oriental de Mithril Hall, esperando ver a Drizzt. Durante la mañana no se había producido nada que
aliviase a Catti-brie ni a Regis. El halfling se había debatido hasta llegar al agotamiento y ahora
languidecía en un sufrimiento inquieto.
—El emisario de Obould… —empezó a decir Nanfoodle.
—¡Ahora no tengo tiempo para él! —gritó Bruenor.
Desde el otro lado, varios enanos observaron aquella salida de tono que no era propia de
Bruenor. Entre ellos estaba el general Banak Buenaforja, que contemplaba la escena desde su silla, a
la que había quedado sometido desde aquella primera batalla de hacía tiempo con las incipientes
hordas de Obould.
—¡No tengo tiempo! —volvió a gritar Bruenor, aunque con cierto tono de disculpa—. ¡Mi hija
tiene que marcharse! ¡Y Panza Redonda también!
—Yo acompañaré a Drizzt —se ofreció Nanfoodle.
—Por los Nueve y además un décimo Infiernos. ¡Claro que lo harías! —fue la ronca respuesta de
Bruenor—. ¡Pero no voy a dejar sola a mi hija!
—Pero eres el rey —gritó uno de los enanos.
—Y todo el mundo se está volviendo loco —respondió Nanfoodle.
Bruenor estaba que echaba chispas, al borde de una explosión.
—No —dijo por fin, y con una seña afirmativa al gnomo, que se había convertido en uno de sus
consejeros de más confianza, atravesó la habitación y se plantó delante de Banak—. No —dijo otra
vez—. No soy el rey. Ahora no.
Un par de enanos dieron un respingo, pero Banak Buenaforja asintió con aire solemne, aceptando
la responsabilidad que ya se veía venir.
—Ya has gobernado el reino antes —dijo Bruenor—, y sé que puedes volver a hacerlo. Ha
pasado demasiado tiempo desde la última vez que salí de viaje.
—Ve y salva a tu hija —respondió el viejo general.
—Esta vez no te puedo dejar a Panza Redonda para que te ayude —prosiguió Bruenor—, pero
este gnomo es listo. —Se volvió a mirar a Nanfoodle, que no pudo por menos que sonreír ante el
inesperado cumplido y ante la confianza que Bruenor había depositado en él.
—Tenemos muchas buenas manos —reconoció Banak.
—Bien, pues no empecéis otra guerra con Obould —le aconsejó Bruenor—, no sin que esté yo
para acabar con algunos de sus perros.
—Jamás.
Bruenor le dio a su amigo una palmada en el hombro, se volvió y se marchó. Una parte
importante de él sabía cuáles eran sus responsabilidades allí, donde el clan Battlehammer lo
reconocía como líder, especialmente en momentos tan conflictivos, pero una parte aún más
importante sabía que, si bien era el rey de Mithril Hall, también era el padre de Catti-brie y el amigo
de Regis.
Y en ese momento aciago, pocas cosas más tenían importancia.

Encontró a Drizzt en el barranco de Garumn, junto con el enano más maloliente y sucio que era
posible imaginar.
—¡Listos para partir, mi rey! —Thibbledorf Pwent lo saludó con entusiasmo.
El mugriento enano no podía dejar de llamar la atención, con su armadura de batalla llena de
arañazos, las placas afiladas y las picas melladas, todo chirriando a cada movimiento.
Bruenor miró al drow, que se limitó a hacer un gesto de resignación. Hacía tiempo que había
renunciado a pelear con luchadores como ése.
—¿Estás dispuesto a ir? —le preguntó Bruenor—. ¿Con la perspectiva de una guerra aquí?
Los ojos de Pwent brillaron al pensar en esa halagüeña perspectiva, pero negó resueltamente con
la cabeza.
—¡Mi lugar está con mi rey! —dijo.
—Buenaforja será el regente de Mithril Hall mientras yo esté ausente.
En los ojos del enano hubo un momento de confusión que se pasó enseguida.
—¡Con mi rey Bruenor! —insistió—. ¡Si tú vas de viaje, Pwent y sus muchachos van de viaje!
Al oír esas palabras, se produjo una gran ovación y varias puertas próximas se abrieron de golpe.
La famosa brigada Revientabuches en pleno salió al ancho corredor.
—¡Oh, no, no! —protestó Bruenor—. ¡Nada de eso!
—¡Pero mi rey! —gritaron al unísono veinte Revientabuches.
—No le voy a quitar al regente Buenaforja en estos tiempos de tribulación la mejor brigada que
ha habido jamás en Faerun —dijo Bruenor—. No, no puedo. —Miró a Pwent a los ojos—. Además,
no hay lugar para ninguno de vosotros en la carreta.
—¡Bah! ¡Nosotros iremos corriendo! —insistió Pwent.
—Vamos a ir con zapatos mágicos y no tenemos suficientes para que todos vosotros podáis
seguirnos —explicó Bruenor—. No tengo dudas de que correríais hasta caer muertos, pero ahí se
acabaría todo. No, amigo mío, tu lugar está aquí en caso de que Obould piense que ha llegado otra
vez la hora de la guerra. —Lanzó un gran suspiro y miró a Drizzt en busca de apoyo—. Hasta yo
tendría que quedarme —musitó por fin.
—Y volverás muy pronto —le prometió el drow—. Ahora tu lugar está en el camino, conmigo,
con Catti-brie y con Regis. Te advierto que no tenemos tiempo para paparruchas. Nuestra carreta nos
aguarda.
—¡Mi rey! —gritó Pwent.
El enano despidió a su brigada con un gesto, pero salió corriendo detrás de Drizzt y de Bruenor
cuando se pusieron en marcha hacia los túneles que los llevarían hasta sus atribulados amigos.
Al final, sólo fueron cuatro los que dejaron Mithril Hall en la carreta tirada por un par de las
mejores mulas que se pudieron encontrar. Y no fue Pwent el que se quedó, sino Regis.
El pobre halfling no podía dejar de moverse, tratando de mantener a raya a unos monstruos que
nadie más podía ver, y con toda la furia y la desesperación de un halfling que estuviera al borde del
propio Abismo. No podía comer. No podía beber. Ni por un momento dejaba de patalear y de
morder, y las palabras no hacían mella en él. Sólo con la colaboración de numerosos ayudantes
pudieron los enanos hacerle ingerir algún alimento, algo que sería imposible en una carreta en
movimiento en medio de parajes inhóspitos.
Bruenor era partidario de llevarlo de todos modos, e insistió hasta ponerse ronco, pero al final
fue Drizzt el que se impuso.
—¡Ya basta! —dijo, guiando a un Bruenor lleno de frustración—. Aun suponiendo que la magia
surta efecto, aunque la carreta aguante —añadió—, tardaremos diez días o más en llegar a Espíritu
Elevado, y otros tantos en volver. No sobreviviría.
Dejaron a Regis en el estupor que le producía el agotamiento, totalmente vencido.
—Tal vez se recupere con el transcurso del tiempo —explicó Drizzt mientras avanzaban a buen
paso por los túneles, atravesando el gran barranco—. No fue afectado directamente por la magia,
como en el caso de Catti-brie.
—¡Está alelado, elfo!
—Y como ya he dicho, puede ser que se le pase. Tus sacerdotes podrán llegar a él. —Drizzt hizo
una pausa—. O lo haré yo.
—¿Qué me estás diciendo, elfo? —inquirió Bruenor.
—Id y preparad la carreta —les indicó Drizzt—, pero esperadme.
Dándose la vuelta salió a todo correr por donde habían venido, en dirección a la habitación de
Regis, donde entró como un vendaval y se fue derecho al pequeño cofre que había encima del
tocador. Con manos temblorosas, sacó el colgante de rubí.
—¿Qué te propones? —preguntó Cordio Carabollo, un sacerdote de gran fama que estaba junto al
halfling.
Drizzt alzó el colgante. El rubí mágico rotaba, tentador, bajo la luz de las antorchas.
—Tengo una idea. Por favor, despertad al halfling, pero sostenedlo con firmeza, todos vosotros.
Miraron al drow con curiosidad, pero tantos años juntos les habían enseñado a confiar en Drizzt
Do’Urden, e hicieron lo que les había dicho.
Regis se despertó moviendo los brazos, pataleando como si estuviera tratando de ahuyentar a un
monstruo invisible.
Drizzt puso su cara muy cerca de la del halfling, lo llamó, pero Regis no dio ni señales de haber
oído a su viejo amigo.
El drow le puso ante los ojos el colgante y lo hizo rotar. Los reflejos atrajeron a Drizzt a su
interior, de una forma persuasiva y tranquilizadora, y poco después, en las profundidades del rubí,
encontró a Regis.
—Drizzt —dijo el halfling en voz alta y también en la mente del drow—, ayúdame.
Drizzt tuvo un levísimo atisbo de las visiones que atormentaban a Regis. Se encontró en una tierra
de sombra —el mismísimo plano de la sombra, tal vez, o algún otro plano inferior—, con oscuras y
ominosas criaturas que lo acechaban por todas partes, tratando de asirlo, de morderle la cara con sus
bocas llenas de afilados dientes. Unas manos con garras lo amenazaban desde el campo periférico de
su visión, siempre un poco por delante de él. Llevado por el instinto, Drizzt desplazó su mano libre
hacia la cimitarra que colgaba de su cadera, emitió un grito y empezó a desenvainar.
Algo lo mordió, arrojándolo a un lado, por encima de la cama que no podía ver, y lo hizo caer
tambaleándose sobre un suelo que tampoco veía.
En la distancia, Drizzt oyó el ruido de algo que rebotaba en el suelo de piedra y supo que era el
colgante de rubí. Sintió una sensación de quemazón en el antebrazo y cerró los ojos en una mueca de
dolor. Cuando los volvió a abrir, se encontraba otra vez en la habitación; Cordio estaba a su lado. Se
miró el brazo y vio un reguero de sangre donde se había cortado al caer con la cimitarra a medio
desenvainar.
—¿Qué…? —empezó a preguntar al enano.
—Lo siento, elfo —dijo Cordio—, pero tuve que sujetarte. Estabas viendo monstruos como el
halfling, y sacando la espada…
—No digas más, buen enano —replicó Drizzt, incorporándose hasta quedar sentado; adelantó el
brazo para apretar fuerte y contener la hemorragia.
—¡Traedme un vendaje! —les gritó Cordio a los demás, que estaban procurando por todos los
medios sujetar al enloquecido Regis.
—Está ahí dentro —le explicó Drizzt a Cordio mientras éste le vendaba el brazo—. Lo encontré.
Gritó pidiendo ayuda.
—Sí, eso lo hemos oído.
—Está viendo monstruos, seres de sombra, en un lugar horrible.
Otro enano se acercó y le entregó a Cordio el colgante de rubí. El sacerdote se lo dio a Drizzt,
pero el drow lo rechazó.
—Guárdalo —dijo—. Tal vez encuentres una manera de llegar a él, pero ten cuidado.
—Ya lo creo; tendré una brigada de Revientabuches listos para sujetarme si es necesario —le
aseguró Cordio.
—Más que eso —dijo Drizzt—. Ten cuidado de poder escapar del lugar donde ahora está Regis.
—Miró con pena a su pobre amigo halfling, comprendiendo por primera vez el horror que sentía
Regis cuando estaba despierto.
Drizzt alcanzó a Bruenor en los salones orientales. El rey estaba sentado en el banco de una
fabulosa carreta de madera pulida y ruedas sólidas, con un subcarruaje provisto de varios fuertes
muelles hechos de una aleación creada por Nanfoodle, casi tan resistente como el hierro, pero mucho
menos quebradiza. En la carreta se apreciaban la maestría y el orgullo del artesano, una
representación digna del arte y la pericia de Mithril Hall.
Sin embargo, el vehículo no estaba terminado todavía, ya que los enanos habían pensado en
incluir una cama y quizá la posibilidad de una ampliación extensible para carga, con unas varas más
largas que permitieran enganchar un tronco de seis u ocho caballos. Ante lo urgente de la situación,
habían abreviado el trabajo y habían colocado rápidamente unas paredes de madera y una puerta
trasera. Habían sacado su mejor tiro de mulas, jóvenes y fuertes, a las que habían colocado
herraduras mágicas que les permitirían avanzar a paso rápido durante todo el día.
—Encontré a Regis en sus pesadillas —explicó Drizzt, acomodándose al lado de su amigo—.
Usé el rubí con él, tal como él había hecho con Catti-brie.
—¡Estás loco de remate!
Drizzt negó con la cabeza.
—Tomé todas las precauciones —le aseguró.
—Sí, eso ya lo veo —dijo Bruenor, cortante, mirando el vendaje del brazo de Drizzt.
—Lo encontré y él me vio, pero sólo brevemente. Está viviendo en el reino de las pesadillas,
Bruenor, y aunque traté de llevármelo conmigo, no pude hacer ningún avance. Más bien fue él quien
tiró de mí a un lugar que me superó como le había pasado a él. Sin embargo, creo que hay esperanza.
—Suspiró y musitó el nombre que habían vinculado a esa esperanza—: Cadderly.
Esa idea hizo que Bruenor transmitiera a las mulas más urgencia mientras salían por la puerta
oriental de Mithril Hall y tomaban a gran velocidad el camino hacia el sudoeste.
Pwent se encaramó al pescante para situarse al lado de Bruenor. Drizzt bajó del vehículo y se
puso a correr, explorando los lados del camino, aunque a menudo tenía que subir a la carreta para
recuperar el aliento, ya que seguían y seguían sin necesidad de dar descanso a los animales. Todo ese
tiempo, Catti-brie permaneció sentada en la trasera de la carreta, sin ver nada que ellos pudieran ver,
sin oír nada que ellos pudieran oír, perdida y sola.

—Los conoces bien —le felicitó Athrogate a Jarlaxle ese mismo día cuando los dos, descansando en
una verde colina, observaban la carreta que avanzaba por la carretera desde el noroeste.
La expresión de Jarlaxle no reflejaba tanta confianza, ya que lo había tomado completamente por
sorpresa la rapidez con que había avanzado el vehículo. No había contado con ver a la partida de
Bruenor hasta la mañana siguiente.
—Dejarán a las mulas agotadas en un día —farfulló con gesto de desaprobación.
En la distancia vio a una figura oscura que se movía entre las sombras. Supo que era Drizzt.
—Corren que se matan por su doliente amiga —comentó Athrogate.
—No hay poder más grande que los vínculos que comparten, amigo mío —dijo el drow.
Jarlaxle acabó con una tos para despejar la garganta y para eliminar de su tono cualquier rastro
de melancolía, pero al mirar de reojo a Athrogate, se dio cuenta de que no había sido lo bastante
rápido como para impedir que el enano lo mirara con incredulidad.
—En sus sentimientos está su debilidad —dijo Jarlaxle, tratando de resultar convincente—, y yo
sé cómo explotar esa debilidad.
—Ya, ya —dijo Athrogate, y remató la respuesta con un sonoro «Buajajá».
Jarlaxle se limitó a sonreír.
—¿Vamos a ir allí, o sólo los seguimos?
Jarlaxle se quedó pensando un momento; luego se sorprendió tanto como el enano cuando se puso
de pie de un salto y se sacudió la ropa.

—¿Stuttgard de las Colinas de Piedra? —preguntó Bruenor cuando la carreta superó una curva del
camino y vieron al enano en medio de la carretera—. Pensaba que te ibas a quedar en Mithril Hall…
—gritó mientras detenía el vehículo delante del enano.
Dejó la frase sin terminar cuando vio las impresionantes armas que llevaba el otro, un par de
manguales de cristalacero que se meneaban a su espalda. La expresión de Bruenor era de absoluta
desconfianza, ya que Stuttgard no llevaba semejante armamento a su paso por Mithril Hall. Sus
sospechas se hicieron más acusadas al pensar en la distancia que habían recorrido, pues eso
significaba que Stuttgard debía de haber salido de Mithril Hall inmediatamente después de su
audiencia con él.
—¡Naa!, pero bien hallado una vez más, rey Bruenor —replicó Athrogate.
—¿Qué te propones, enano? —preguntó Bruenor. Junto a él, Pwent se puso de pie y empezó a
flexionar las rodillas, listo para combatir.
A un lado del camino se oyó un rugido que hizo mirar a todos en esa dirección. Allí, sobre la
rama de un árbol solitario que dominaba el camino estaba Guenhwyvar, moviendo las zarpas como si
tuviera intención de saltar sobre el enano.
—Paz, buen rey —dijo Athrogate, alzando las manos ante sí—. No soy un enemigo.
—Ni eres Stuttgard de las Colinas de Piedra —dijo una voz que llegaba desde un punto más
lejano del camino, por detrás de Athrogate y por delante de la carreta.
Bruenor y Pwent miraron más allá de Stuttgard y asintieron, aunque no podían ver a su
compañero drow. Stuttgard miró por encima del hombro. Sabía que era Drizzt, aunque el drow estaba
bien escondido entre la maleza y no lo podía ver.
—Tendría que haberte reconocido en la corte de Bruenor —dijo Drizzt.
—Son mis manguales —explicó Stuttgard—. Parezco más grande con ellos, al menos eso me
dicen. ¡Buajajá! Han pasado un montón de años desde que cruzamos armas, ¿eh, Drizzt Do’Urden?
—¿Quién es? —le preguntó Bruenor a Drizzt. Luego miró de frente al enano de la carretera—.
¿Quién eres?
—¿Dónde está? —dijo Drizzt a modo de respuesta, suscitando gestos de sorpresa en Bruenor y
Pwent.
—Está delante de ti. ¿Es que estás ciego, elfo? —gritó Pwent.
—Él no —replicó Drizzt—. No… Stuttgard.
—Ah, cómo me entristece que mi apreciado drow no sea capaz de recordar mi nombre —dijo el
enano de la carretera.
—¿Dónde está quién? —Bruenor empezaba a impacientarse y a montar en cólera.
—Se refiere a mí —respondió otra voz.
En el lado del camino opuesto al de Guenhwyvar estaba Jarlaxle.
—Vaya, éste era el grano en el trasero que tenía Moradin —gruñó Bruenor—. Se rascó y tuvo
que caernos a nosotros.
—También yo me alegro de verte, rey Bruenor —dijo Jarlaxle con una reverencia.
En ese momento, Drizzt salió de entre la maleza y avanzó hacia el grupo. El drow no había
desenvainado. De hecho, apoyó el arco sobre el hombro mientras avanzaba.
—¿Qué pasa, mi rey? —preguntó Pwent, mirando nerviosamente primero a Drizzt y luego a
Jarlaxle—. ¿Qué…?
—No va a haber pelea —le aseguró Bruenor, lo que le causó una decepción—. Todavía no va a
haber pelea.
—Jamás —añadió Jarlaxle, colocándose junto a su compañero.
—¡Bah! —dijo Pwent con un bufido.
—¿A qué viene todo esto? —exigió saber Bruenor.
Athrogate farfulló algo cuando Drizzt pasó a su lado, y meneó la cabeza con pesar, haciendo un
ruido tintineante con las cuentas que sujetaban sus trenzas.
—Athrogate —susurró Drizzt al pasar, y el enano lanzó una risotada.
—¡Conque lo conoces! —dijo Bruenor.
—Ya te hablé de él. Cuando lo de Luskan —miró a Jarlaxle—. Hace ocho años.
El mercenario drow asintió.
—Un día aciago para muchos.
—Pero no para ti y los tuyos.
—Te lo dije entonces y te lo repito ahora, Drizzt Do’Urden. La caída de Luskan y del capitán
Deudermont no fue obra de Bregan D’Aerthe. Me habría gustado tanto tratar con él como con…
—Él jamás habría tenido tratos contigo y con tus mercenarios —lo interrumpió Drizzt.
Jarlaxle no terminó la frase; se limitó a abrir las manos, reconociendo la verdad de aquellas
palabras.
—¿A qué viene todo esto? —preguntó Bruenor.
—Nos enteramos de vuestra situación…, de lo de Catti-brie —explicó Jarlaxle—. Lo correcto es
recurrir a Cadderly, por eso envié a este amigo a…
—Y a que nos mintiera —dijo Drizzt.
—Me pareció lo más prudente en ese momento —admitió Jarlaxle—, pero lo correcto es y sigue
siendo recurrir a Cadderly, y tú lo sabes.
—Yo no sé nada de lo que concierne a Jarlaxle —le replicó Drizzt, a lo que Bruenor asintió—.
Si es todo lo que tienes que decir, ¿por qué habrías de reunirte con nosotros en el camino?
—Supongo que le estaba apeteciendo un viaje —dijo Pwent, y sus muñequeras crujieron al
rozarse cuando cruzó los musculosos brazos sobre el pecho.
—No precisamente —respondió el drow—, aunque agradecería la compañía.
Hizo una pausa y miró a las mulas, evidentemente sorprendido de lo frescas que parecían
teniendo en cuenta que habían recorrido más trayecto de lo que podrían recorrer la mayor parte de
los tiros normales en dos días.
—Herraduras mágicas —señaló Drizzt—. Este tiro puede recorrer en un día lo que otros en seis.
Jarlaxle hizo un gesto para indicar que lo había entendido.
—Ahora sí que le apetece un paseo —comentó Pwent, y Jarlaxle no pudo menos que reír, pero
negó con la cabeza.
—No, buen enano, un paseo no —explicó—, pero hay algo que quisiera pediros.
—¡Vaya sorpresa! —dijo Drizzt secamente.
—Yo también necesito a Cadderly, aunque por un motivo totalmente diferente —explicó Jarlaxle
—, y él me va a necesitar a mí, o se alegrará de que esté allí cuando sepa cuál es ese motivo. Por
desgracia, mi última visita al poderoso sacerdote no fue muy bien y me pidió que no volviera.
—Y piensas que te recibirá si vas con nosotros —coligió Bruenor mientras Drizzt asentía.
—¡Bah! —dijo el rey enano con un bufido—. Más te vale encontrar una excusa mejor.
—Mucho mejor —replicó Jarlaxle, dirigiéndose más a Drizzt que a Bruenor—. Y os lo contaré
todo, pero es una larga historia y no debéis retrasaros por el bien de tu esposa.
—¡No trates de hacernos creer que te preocupas por mi hija! —gritó Bruenor, y Jarlaxle
retrocedió un paso.
Sin embargo, Drizzt advirtió algo que Bruenor, demasiado alterado, no pudo ver. Vio un destello
de auténtico pesar en los ojos de Jarlaxle. Recordó la vez que Jarlaxle le había permitido a él, junto
con Catti-brie y Artemis Entreri, escapar de Menzoberranzan, una de las muchas veces que Jarlaxle
le había permitido marcharse. Drizzt trató de ponerlo todo en el contexto de la presente situación,
para descubrir los posibles motivos de las acciones de Jarlaxle. ¿Estaba mintiendo o decía la
verdad?
Se inclinó por lo segundo, y eso lo sorprendió.
—¿En qué piensas, elfo? —le preguntó Bruenor.
—Me gustaría oír esa historia —respondió Drizzt sin apartar en ningún momento la mirada de
Jarlaxle—, pero la escucharé mientras seguimos camino.
Jarlaxle le hizo una señal a Athrogate, que sacó del bolsillo la estatuilla del jabalí, al mismo
tiempo que Jarlaxle sacaba del suyo el corcel de obsidiana. Un momento después, las monturas se
materializaron, y las mulas de Bruenor pegaron las orejas a la cabeza y se removieron, inquietas.
—¿Qué Nueve Infiernos? —farfulló Bruenor, que se vio en apuros para controlar a las mulas.
A una señal de Jarlaxle, Athrogate condujo el jabalí a la parte trasera de la carreta.
—¡Yo quiero uno de ésos! —dijo Thibbledorf Pwent, mirando con ojos codiciosos al jabalí
demoníaco cuando pasó a su lado—. ¡Oh, mi rey!
Jarlaxle sofrenó a su cabalgadura de pesadilla y la puso al paso junto a la carreta. Drizzt subió al
pescante de ese lado para sentarse lo más cerca posible de él. Entonces, llamó a Guenhwyvar.
La pantera sabía cuál era su lugar. Abandonó el árbol, tomó impulso al pasar junto a Athrogate y
saltó a la carreta para hacerse un ovillo alrededor de los pies de Catti-brie, dispuesta a defenderla.
—Es un largo camino —señaló Drizzt.
—Es una larga historia —replicó Jarlaxle.
—Entonces, cuéntala sin prisas y sin omitir detalle.
La carreta seguía sin moverse, y tanto Drizzt como Jarlaxle miraron a Bruenor, que les devolvió
una mirada oscura, llena de dudas.
—¿Estás seguro de esto, elfo? —le preguntó a Drizzt.
—No —respondió el elfo, pero luego miró a Jarlaxle, meneó la cabeza y cambió de idea—. A
Espíritu Elevado —dijo.
—Con esperanzas —añadió Jarlaxle.
Drizzt se volvió a mirar a Catti-brie, que estaba tranquilamente sentada, por completo ajena al
mundo que la rodeaba.
NUMERANDO LAS HEBRAS

—¡Esto es inútil! —gritó Wanabrick Prestocovin. El vehemente mago de Puerta de Baldur adelantó
las manos sobre la mesa y desordenó una pila de pergaminos.
—Tranquilo, amigo —dijo Dalebrentia Promise, otro viajero proveniente de la misma ciudad.
Dalebrentia, más viejo y con una gran barba gris que parecía empequeñecer su escueta figura,
tenía todo el aspecto de un mago, y además lucía la vestimenta típica de su oficio: un sombrero azul
en forma de cono y una túnica del mismo color, pero más oscuro, adornada con estrellas doradas.
—Debemos respetar los pergaminos y libros de Espíritu Elevado —añadió.
Unos meses antes, la explosión de frustración de Wanabrick habría merecido un mar de desdén en
el estudio de la gran biblioteca, donde la enorme colección de conocimientos de todo tipo llegados
de cualquier parte de Faerun, reunida por Cadderly y su gente, era reverenciada y atesorada. Sin
embargo, resultaba revelador que estuvieran tan igualados los magos, sabios y sacerdotes del enorme
estudio que asintieron dándole la razón a Wanabrick y los que mostraron su desprecio ante el
estallido.
El hecho no le pasó desapercibido a Cadderly, que estaba sentado en el otro extremo de la sala,
entre sus propias pilas de pergaminos, en uno de los cuales estaba haciendo ecuaciones matemáticas
para tratar de introducir un principio de predicción y una lógica superior a la aparente aleatoriedad
de los misteriosos acontecimientos.
Él mismo se sentía cada vez más frustrado, aunque conseguía ocultarlo muy bien ante los demás,
porque esa aparente aleatoriedad parecía cada vez menos un velo que había que destejer y cada vez
más un auténtico colapso de la lógica que mantenía en pie el Tejido de Mystra. Los dioses no eran
todos oscuros, no todos habían callado, a diferencia de lo ocurrido durante la terrible Era de los
Trastornos; pero había una distancia palpable en cualquier comunión divina, y una imposibilidad
absoluta de predicción en lo relativo a la formulación de conjuros, a las adivinaciones o a la
hechicería.
Cadderly se puso de pie y se acercó a la mesa donde estudiaba el trío de los visitantes de Puerta
de Baldur, pero a sabiendas desplegó una sonrisa encantadora y caminó con pasos mesurados y
tranquilos.
—Te presentamos nuestras excusas, buen hermano Bonaduce —dijo Dalebrentia cuando
Cadderly se acercó—. Mi amigo es joven y está realmente preocupado.
Wanabrick se volvió hacia Cadderly, inquieto. Su expresión seguía siendo tensa a pesar del
saludo tranquilo de éste.
—No te culpo a ti ni a Espíritu Elevado —dijo Wanabrick—. Al parecer, mi enfado es tan difuso
como mi magia.
—Todos estamos frustrados y cansados —dijo Cadderly.
—Hemos dejado a tres de nuestro gremio en diversos estados de demencia —explicó
Dalebrentia—, y un cuarto, un amigo de Wanabrick, fue consumido por su propia bola de fuego
cuando trataba de ayudar a un granjero a despejar un terreno. Estoy seguro de que la lanzó lejos, pero
estalló incluso antes de dejar su mano.
—El Tejido es eterno —dijo Wanabrick, furioso—. Debe ser… estable y eterno. ¡De lo
contrario, el trabajo de toda mi vida habría sido una broma cruel!
—Los sacerdotes coinciden en eso —dijo un gnomo, un discípulo de Gond.
Su apoyo era elocuente. Los hombres de Gond, amantes de la lógica y de los mecanismos, del
polvo humeante y de los artilugios, construidos con más mafia que magia, habían sido los menos
afectados por los repentinos problemas.
—Es joven —le dijo Dalebrentia a Cadderly—. No se acuerda de la Era de los Trastornos.
—Yo no soy tan joven —replicó Cadderly.
—¡De mente! —gritó Dalebrentia y se rió para romper la tensión.
Los otros dos magos de Puerta de Baldur, uno de mediana edad como Cadderly y el otro todavía
más viejo que Dalebrentia, también rieron.
—¡Pero entre nosotros hay muchos que sienten el crujir de las rodillas una mañana de lluvia y no
están muy de acuerdo, buen hermano Bonaduce rejuvenecido!
Hasta Cadderly sonrió al oír eso, porque su viaje por la edad había sido realmente extraño.
Había comenzado la construcción de Espíritu Elevado después de que la maldición del terrible caos
provocara la destrucción de su predecesora, la Biblioteca Edificante. Valiéndose de la magia que le
dio —mejor dicho que canalizó a través de él— el dios Deneir, Cadderly había envejecido mucho,
hasta el punto de creer que la construcción culminaría con su muerte en un estado de vejez muy
avanzada. Él y Danica aceptaron ese destino por el bien de Espíritu Elevado, el magnífico tributo a
la razón y la iluminación.
Pero el desgaste resultó ser sólo temporal, tal vez una prueba de Deneir para probar la lealtad de
Cadderly a la causa que profesaba, la causa de Deneir. Una vez terminado Espíritu Elevado, el
hombre había empezado a rejuvenecer físicamente, de modo que su aspecto actual era el de una
persona mucho más joven, más joven incluso del que correspondía a su verdadera edad. Tenía
cuarenta y cuatro años, pero parecía que contaba con algo más de veinte, incluso menos que sus hijos
gemelos. Ese extraño viaje hacia la juventud física se había estabilizado a continuación, o eso creía
Cadderly, que tenía la impresión de que iba envejeciendo de una manera más normal en el curso de
los últimos meses.
—Yo he hecho el más extraño de los viajes —dijo Cadderly, apoyando un brazo apaciguador en
el hombro de Wanabrick—. Me temo que lo único constante es el cambio.
—¡Pero seguramente no como éste! —replicó Wanabrick.
—Eso esperamos —dijo Cadderly.
—¿Has encontrado alguna respuesta, buen sacerdote? —preguntó Dalebrentia.
—Sólo que Deneir trabaja a la par que yo, escribiendo su lógica, tratando de encontrar razón al
caos, aplicando reglas a lo que aparentemente no las tiene.
—Y sin éxito —dijo Wanabrick con cierto desdén.
—Paciencia —recomendó Cadderly—. Se encontrarán respuestas y normas que aplicar. En
cuanto las descubramos, también entenderemos el alcance de sus implicaciones, y adaptaremos
nuestro pensamiento y nuestros conjuros en consecuencia.
El gnomo que ocupaba una mesa cercana empezó a batir palmas al oírlo, y el aplauso se
generalizó por todo el estudio. Docenas de magos y sacerdotes se unieron a él y no tardaron en
ponerse de pie. Sabía Cadderly que no lo vitoreaban a él, sino a la propia esperanza frente a la
prueba más aterradora a la que se habían enfrentado.
—Gracias —le dijo tranquilamente Dalebrentia—. Necesitábamos oír eso.
Cadderly miró a Wanabrick, que estaba de pie, con los brazos cruzados y una expresión tensa de
ansiedad y enfado. Sin embargo, consiguió inclinar la cabeza ante Cadderly.
El sacerdote volvió a palmearlo en el hombro y se alejó, prodigando gestos amistosos y sonrisas
entre todos los que lo saludaban en silencio al pasar.
Una vez fuera de la sala, dio un profundo suspiro, lleno de honda preocupación. No había
mentido al decirle a Dalebrentia que Deneir trabajaba con denuedo para desentrañar lo
desentrañable, pero tampoco había dicho toda la verdad.
Deneir, el dios del conocimiento, la historia y la razón, sólo había respondido a los ruegos de
comunión de Cadderly con una sensación de grave turbación.

—Mantén la fe, amigo —le dijo Cadderly a Wanabrick esa misma noche, cuando el contingente
balduriano abandonó Espíritu Elevado—. Estoy seguro de que es una turbulencia pasajera.
Wanabrick no compartía su optimismo, pero de todos modos asintió y se dirigió a la puerta.
—Confiemos en que así sea —le dijo Dalebrentia a Cadderly, acercándose a él y tendiéndole la
mano en señal de gratitud.
—¿No queréis pasar aquí la noche y partir cuando brille el sol?
—No, buen hermano, ya llevamos fuera demasiado tiempo —replicó Dalebrentia—. Varios
miembros de nuestro gremio han sido afectados por la locura del Tejido puro. Debemos volver con
ellos y ver si lo que hemos averiguado aquí puede ser de alguna ayuda. Otra vez más te damos las
gracias por permitirnos usar tu biblioteca.
—No es mi biblioteca, buen Dalebrentia. Es la biblioteca de todos. Yo no soy más que el
guardián del conocimiento aquí contenido, y las responsabilidades que los grandes sabios me
adjudicaron me hacen ser más humilde.
—El guardián, y el autor de unos cuantos volúmenes, debo agregar —puntualizó Dalebrentia—.
Y en verdad que nos haces muy buen servicio como guardián, hermano Bonaduce. En estos tiempos
revueltos, encontrar un lugar donde puedan reunirse las mentes brillantes resulta reconfortante,
aunque no sea demasiado productivo en esta ocasión en concreto. Sin embargo, aquí tratamos con lo
desconocido, y confío en que a medida que se consiga desenredar el Tejido, si es de lo que se trata,
tengas muchas más obras importantes que añadir a tu colección.
—Todo lo que tú y tus pares escribáis será bienvenido —le aseguró Cadderly.
Dalebrentia asintió.
—Nuestros escribientes dejarán constancia de todo lo que se ha hablado aquí hoy para
conservarlo en Espíritu Elevado, de modo que en épocas venideras, cuando problemas como éste
aquejen a Faerun, Tymora no lo quiera, nuestros conocimientos puedan ayudar a los atribulados
magos y sacerdotes del futuro.
Mantuvieron el apretón de manos mientras duró la conversación, imbuyéndose ambos de la
fortaleza del otro, porque tanto Cadderly —tan sabio, el Elegido de Deneir— como Dalebrentia —un
mago cuyo reconocimiento databa ya de la Era de los Trastornos, que había tenido lugar más de dos
décadas antes— sospechaban que lo que todos ellos habían experimentado últimamente no era algo
pasajero, sino que podría representar el fin del Toril que conocían y desembocar en tumultos
inimaginables.
—Leeré con gran interés las palabras de Dalebrentia —le aseguró Cadderly cuando por fin
separaron sus manos y Dalebrentia se internó en la noche para reunirse con sus compañeros.
Formaban un grupo sombrío mientras su carreta rodaba lentamente por el largo camino de acceso
a Espíritu Elevado, pero no tanto como en el momento de su llegada. Aunque no habían descubierto
nada sólido que los ayudara a resolver el preocupante enigma que tenían planteado, era difícil
abandonar Espíritu Elevado sin un asomo de esperanza. En realidad, la magnificencia de la
biblioteca tenía que ver tanto con su contenido como con su construcción, con miles de pergaminos y
volúmenes donados por ciudades tan lejanas como Aguas Profundas y Luskan, Luna Plateada e
incluso la gran Calimport, situada muy al sur. En el lugar había un aura de luminosidad y esperanza,
cierta grandeza y perspectivas prometedoras que seguramente no se daban en ninguna otra estructura
del mundo.
Dalebrentia había subido a la carreta junto al viejo Resmilitu, mientras que Wanabrick iba en el
pescante con Pearson Bluth, que conducía los dos ponis.
—Encontraremos las respuestas que necesitamos —dijo Dalebrentia sobre todo para el
impaciente Wanabrick, aunque también para que lo oyeran todos.
Sólo los acompañaba el repiqueteo de los cascos y el traqueteo de las ruedas sobre las piedras.
Llegaron al largo camino de tierra apisonada que los llevaría de las montañas Copos de Nieve a
Carradoon.
La noche se iba haciendo más oscura a medida que avanzaban bajo el denso dosel de los árboles.
En los bosques que los rodeaban reinaba un silencio casi absoluto, lo cual les habría parecido
extraño de haber reparado en ello. Sólo de vez en cuando había un susurro ocasional del viento entre
las hojas.
Las luces de Espíritu Elevado quedaron atrás y pronto se impuso una oscuridad total.
—Encended una llama —les pidió Resmilitu a los demás.
—Una luz atraerá a los enemigos hacia nosotros —replicó Wanabrick.
—Somos cuatro poderosos magos, jovencito. ¿A qué enemigos debemos temer en esta noche fría
y oscura?
—Vaya, no tan fría —dijo Pearson Bluth, y miró por encima de su hombro.
Aunque lo dicho por el conductor era cierto, éste y los otros dos observaron con sorpresa que
Resmilitu tenía los brazos apretados sobre el pecho y temblaba como una hoja.
—Enciende una luz, pues —le dijo Dalebrentia a Wanabrick.
El joven mago cerró los ojos y movió los dedos mientras formulaba un hechizo para conjurar una
luz mágica encima de su bastón de roble. Se encendió la luz, y aunque no desprendía calor, Resmilitu
hizo un gesto afirmativo.
Dalebrentia se movió para coger una manta de las talegas que llevaban en la parte trasera de la
carreta.
Entonces, todo volvió a estar oscuro.
—¡Ah, Mystra!, nos pones a prueba —dijo Pearson Bluth, mientras Wanabrick soltaba
maldiciones de mayor calado ante el fracaso.
Un momento después, la afabilidad de Pearson se transformó en alarma. La oscuridad se tornó
más intensa que la noche que los rodeaba, como si la esencia mágica de Wanabrick no sólo hubiera
fallado, sino que se hubiese transformado en un conjuro opuesto, de oscuridad. El hombre detuvo a
los ponis. No podía verlos, ni siquiera podía ver a Wanabrick, que estaba sentado a su lado. No tenía
manera de saber si también ellos habían sido engullidos por la negrura absoluta.
—¡Maldita sea esta locura! —gritó Wanabrick.
—Pero si se han borrado las mismísimas estrellas —dijo Dalebrentia en el tono más desenfadado
que pudo fingir, confirmando que la parte trasera de la carreta también había caído víctima de la
aparente inversión del conjuro.
Entonces, Resmilitu gritó mientras le castañeteaban los dientes.
—¡Tanto frío!
Y antes de que los demás pudieran reaccionar, también sintieron un frío tan profundo que los caló
hasta los huesos.
—¿Qué es esto? —dijo atropelladamente Pearson Bluth, porque sabía tan bien como los otros
que el frío no era un fenómeno natural, y sentía al igual que sus compañeros que había una
malevolencia en ese frío, una sensación de muerte.
Resmilitu fue el primero en gritar de dolor cuando alguna criatura invisible subió por el lateral
de la carreta y le clavó sus garras al anciano mago.
—¡Luz! ¡Luz! —gritó Dalebrentia.
Pearson Bluth se aprestó a atender su llamada, pero los ponis empezaron a agitarse y a dar coces
mientras relinchaban lastimosamente. El pobre conductor no podía mantener a raya a los frenéticos
animales. Junto a él, Wanabrick hizo un movimiento ondulante con los brazos, atreviéndose a
adentrarse en el reino sumamente impredecible de la magia para hacer un encantamiento aún mayor.
Produjo una luz más brillante, pero sólo duró un instante, lo suficiente como para ver la forma
contrahecha y sombría que atacaba a Resmilitu.
Era una criatura baja y achaparrada, de carne negra, hombros anchos y encorvados y una cabeza
que parecía salir directamente de ellos. Sus piernas no eran más que colgajos de pellejo, pero tenía
unas brazos largos, con los tendones bien marcados, y unas manos acabadas en largas garras. Cuando
Resmilitu se cayó de la carreta, la criatura lo siguió, propulsándose con los miembros delanteros,
como un hombre sin piernas que se arrastrara.
—¡Fuera! —gritó Dalebrentia, blandiendo una delgada varita de madera pulida con punta de
metal. Lanzó sus proyectiles de energía pura justo cuando se apagaba la luz mágica de Wanabrick.
La criatura aulló de dolor, pero también el pobre Resmilitu, y los demás oyeron cómo se
rasgaban las vestiduras del viejo mago.
—¡Fuera! —repitió Dalebrentia.
Esa frase accionaba su varita mágica, y todos oyeron cómo salían nuevos proyectiles aunque no
pudieron ver ningún destello en medio de la negrura mágica.
—¡Más luz! —gritó Dalebrentia.
Otra vez se oyó la llamada desesperada de Resmilitu, y el aullido de dolor de la criatura, aunque
sonó más como un alarido de placer asesino que como un quejido.
Wanabrick se tiró del pescante encima de la carnosa bestia y empezó a aporrearla con su bastón
para apartarla del pobre Resmilitu.
El monstruo no era demasiado fuerte, y el mago consiguió liberar un brazo, pero entonces fue
Pearson Bluth el que gritó desde delante, y la carreta se sacudió hacia un lado. En ese momento, se
apartó de la oscuridad mágica y la luz que remataba el bastón de roble de Wanabrick volvió a brillar
e iluminó el entorno. Sin embargo, el mago no encontró en ello gran consuelo, porque los animales,
aterrorizados, arrastraron el vehículo, lo sacaron del camino y lo lanzaron por una pronunciada
pendiente. Todos trataron de sujetarse, pero las ruedas delanteras giraron de repente, se atascaron en
una rodera, y la carreta volcó.
La madera se partió y los magos gritaron, pero el alarido más grande fue el de una mula a la que
se le rompieron las patas en el vuelco.
Dalebrentia aterrizó de bruces en el musgo, al pie de un árbol, y tuvo la certeza de haberse roto
un brazo. Sin embargo, trató de dominar el dolor y se puso de rodillas. Echó una rápida mirada a su
alrededor buscando su bastón, pero lo que vio fue al pobre Resmilitu; la bestia estaba destrozando
frenéticamente lo que quedaba de él.
Dalebrentia pensó en acudir en su ayuda, pero se contuvo cuando una ráfaga de luz
relampagueante surgió del otro lado, sacó a la bestia sombría de encima de su amigo y la arrojó lejos
en medio de la noche. Dalebrentia miró a Wanabrick para expresarle su aprobación.
Pero no consiguió hacerlo. Al mirar hacia el hombre que tenía el bastón de luz mágica,
Dalebrentia vio que otras bestias sombrías se arrastraban por detrás del mago más joven. Eran fofas,
encorvadas, y se aproximaban con voracidad.
A un lado de Wanabrick, apareció Pearson Bluth, tambaleándose. Una bestia montada sobre su
espalda le apretaba el cuello con un brazo mientras le clavaba las garras de la otra mano en la cara.
Dalebrentia se puso a formular un conjuro y produjo una especie de guisante abrasador con la
idea de lanzarlo más allá de Wanabrick, lo bastante lejos como para que la explosión afectara a la
horda que se aproximaba, pero sin tocar a su amigo.
Sin embargo, el Tejido desfalleciente engañó al viejo mago. El proyectil apenas había salido de
su mano cuando explotó. Olas de calor intenso lo alcanzaron, y Dalebrentia se echó atrás, llevándose
las manos a los ojos. Se revolcó por el suelo como un loco, tratando de apagar las llamas, demasiado
presa de su dolor como para oír los gritos de sus amigos ni los de las enormes bestias, que también
aullaban al ser castigadas por el fuego.
En algún recoveco de su mente, al viejo Dalebrentia le quedaba la esperanza de que su bola de
fuego hubiera eliminado a los monstruos sin matar a sus compañeros.
Sus esperanzas respecto de lo primero se desvanecieron un instante después, cuando unas garras
se le clavaron en un lado del cuello. Ensartado como un pez, ciego y quemado por su propio fuego y
maltrecho por la caída, era poco lo que podía hacer Dalebrentia para resistirse a la bestia sombría
que lo arrastraba.

Si Cadderly se hubiera quedado en la puerta desde donde había despedido hacía más de media hora a
los magos, podría haber visto a lo lejos, en el camino de la montaña, el súbito estallido de fuego —
que incluso habría encendido un alto pino— similar a los fuegos artificiales que el sacerdote había
usado a menudo para entretener a sus hijos cuando eran pequeños. Pero se había ido para adentro en
cuanto los cuatro de Puerta de Baldur se habían marchado.
La incapacidad de esos visitantes para descubrir nada pertinente movió al sacerdote a volver a su
meditación, a intentar otra vez la comunión con Deneir, el dios que, más que ningún otro de los que
formaban el panteón, podía ofrecer ciertas claves sobre la fuente de acontecimientos tan
impredecibles e inquietantes.
Se acomodó en una pequeña habitación iluminada sólo por un par de velones, uno a cada lado de
la manta que había extendido en el suelo. Allí se sentó con las piernas cruzadas, con las manos sobre
las rodillas y las palmas hacia arriba. Durante un largo rato estuvo concentrado sólo en su
respiración, tratando de que sus inhalaciones y exhalaciones tuvieran la misma duración y usando el
recuento para despejar la mente de preocupaciones y tribulaciones. Estaba solo, e inmerso en su
cadencia, se apartaba del plano material primario y se adentraba en el reino del pensamiento puro, el
reino de Deneir.
Había hecho eso mismo muchas veces desde el advenimiento de los trastornos, pero no sin
conseguir nada notable. Una o dos veces creyó llegar a Deneir, pero el dios se había escabullido de
sus pensamientos antes de que pudiera surgir ninguna imagen clara.
Esa vez, sin embargo, Cadderly sintió profundamente la presencia de Deneir. Insistió, dejando
muy atrás la conciencia. Vio el paisaje estelar a su alrededor, como si estuviera flotando en el cielo,
y vio la imagen de Deneir, el viejo escribano, sentado en el cielo nocturno con un gran rollo
desplegado ante sí, entonando un cántico, aunque al principio no fue capaz de distinguir las palabras.
El sacerdote puso toda su voluntad en acercarse a su dios, sabiendo que la suerte estaba de su
lado, que había entrado en esa región particular de concentración y razón en conjunción con el Señor
de Todos los Glifos y las Imágenes.
Oyó el cántico.
Números. Deneir estaba repasando el Metatexto, la lógica vinculante del multiverso.
Poco a poco, Cadderly empezó a distinguir las hebras levemente brillantes que formaban una red
en el cielo por encima de él y de Deneir, el manto de magia que daba encantamiento a Toril. El
Tejido. Cadderly hizo una pausa y pensó en las implicaciones. ¿Era posible que el Metatexto y el
Tejido estuvieran conectados en un sentido algo más amplio que el sentido filosófico? Y si eso era
cierto, puesto que el Tejido evidentemente estaba desfalleciente y declinante, ¿no podría estarlo
también el Metatexto? «No, eso no es posible», se dijo, y volvió a centrarse en Deneir.
Se dio cuenta de que Deneir estaba numerando las hebras, adjudicándoles un orden y registrando
las pautas en su pergamino. ¿Estaría tratando por algún medio de infundir al decadente Tejido la
lógica y consistencia perfectas del Metatexto? La idea hizo que se estremeciera. ¿Sería su dios, por
encima de todos los demás, el encargado de reparar los fallos de la tela de la magia?
Quiso implorar a su dios, obtener algo de inspiración divina, alguna instrucción, pero,
sorprendido, se dio cuenta de que Deneir no estaba allí para responder a su petición de comunión,
que Deneir no lo había traído a ese lugar. No; si había llegado a ese lugar y a ese tiempo
coincidiendo con Deneir, no había sido por designio, sino por pura coincidencia.
Se acercó más, lo suficiente como para mirar por encima del hombro de Deneir mientras el dios
permanecía allí, suspendido en el vacío, tomando nota de sus observaciones.
El pergamino tenía configuraciones numéricas distribuidas como un gran rompecabezas. Deneir
estaba tratando de descodificar el propio Tejido, de clasificar las hebras por su tipo y por su forma.
¿Sería posible que el Tejido, como la tela de una araña, estuviera compuesto de varias partes que lo
sostenían? ¿Sería posible que el desfallecimiento, si eso es lo que era realmente el período de
turbulencia, fuera el resultado de la ausencia de una de las hebras que lo sostenían?
¿O de un fallo en el diseño? ¡No, seguro que no!
Cadderly siguió observando en silencio por encima del hombro de Deneir. Se aprendió de
memoria unas cuantas secuencias de los números para poder anotarlas más tarde, cuando volviera a
su estudio. Aunque él no era un dios, Cadderly tenía la esperanza de poder entender algo dentro de
aquellas secuencias para después comunicárselo a Deneir, para ayudar al escribano de Oghma en sus
contemplaciones.
Cuando por fin Cadderly volvió a abrir los ojos físicos, se encontró con que los velones todavía
ardían a su lado. Al mirarlos, dedujo que había estado viajando por el reino de la concentración
durante dos horas aproximadamente. Se puso de pie y se dirigió a su escritorio para transcribirlos
números que había visto, la representación del Tejido.
Del Tejido desfalleciente.
Se preguntó dónde estarían las hebras perdidas o errantes.

Cadderly no había visto la luz del fuego en el camino de montaña, pero Ivan Rebolludo, que estaba
recogiendo leña para su forja, sin duda sí la vio.
—¡Vaya!, ¿qué diabluras andan haciendo por ahí? —se preguntó el enano.
Después, Ivan pensó en su hermano y se dio cuenta de que Pikel se pondría furioso al ver un pino
tan majestuoso convertido en una columna llameante.
Ivan se desplazó hasta un afloramiento rocoso para tener una perspectiva mejor. Todavía no
podía ver mucho porque los caminos seguían estando oscuros, pero el viento traía gritos hasta su
nueva atalaya.
El enano dejó caer su mochila junto a la carretilla en la que transportaba la leña, se ajustó el
casco adornado con unos grandes cuernos de ciervo y asió su hacha de batalla de doble hoja,
Hendedora, a la que había dado ese nombre —después de que Cadderly la encantara con un filo
poderosamente aguzado— por lo bien que partía tanto los troncos como los cráneos de los goblins.
Sin siquiera echar una mirada hacia Espíritu Elevado, el enano de barba amarilla corrió por los
oscuros caminos propulsado a gran velocidad por sus cortas piernas.
Cuando llegó, unas fofas bestias sombrías se estaban comiendo los cadáveres de los magos
baldurianos.
Ivan frenó en seco, y las criaturas más próximas repararon en él y se acercaron, arrastrándose
sobre sus largos miembros delanteros.
Ivan pensó en retroceder, pero sólo hasta que oyó el quejido de uno de los magos.
—¡Bien, entonces! —decidió el enano, y cargó contra las bestias.
Hendedora echaba chispas mientras él descargaba golpes a diestro y siniestro de una manera
desenfrenada. La afilada hacha atravesaba sin dificultad el negro pellejo; la sangre de las criaturas,
que no dejaban de chillar, salpicaba por doquier. Eran demasiado lentas para escapar a los
poderosos golpes, y demasiado estúpidas para resistirse a su hambre insaciable y salir corriendo.
Una tras otra fueron cayendo bajo el embate de Ivan; producían un ruido asqueroso al ser
despanzurradas por Hendedora. Los brazos del enano no se cansaban ni sus golpes se hacían más
lentos, aunque siguieron apareciendo bestias durante un buen rato.
Cuando por fin pareció que no quedaba nada que aplastar, Ivan corrió hasta el mago más
próximo, el más viejo del grupo.
—Éste no tiene remedio —musitó cuando le dio la vuelta a Resmilitu y se encontró con que le
habían destrozado el cuello.
Sólo uno de ellos no estaba muerto del todo. El pobre Dalebrentia yacía allí temblando, con la
piel llena de ampollas y los ojos cerrados con fuerza.
—Estoy contigo —le dijo Ivan en un susurro—. Mantén ese hálito de vida que tienes y te llevaré
con Cadderly.
Dicho eso y tras una rápida ojeada a su alrededor, el enano se colgó el hacha a la espalda y se
agachó para pasar una mano bajo las rodillas de Dalebrentia y otra bajo la espalda. Sin embargo,
antes de levantar al hombre, Ivan se sintió invadido por un frío muy intenso… No era el frío del
invierno, sino algo más profundo, como si tuviera a sus espaldas a la propia muerte.
Se dio la vuelta, lentamente al principio, mientras volvía a echar mano de su arma. Vio allí cerca
una forma de sombra que lo miraba fijamente. A diferencia de las fofas bestias que yacían a su
alrededor —a decir verdad, los cuatro magos también habían matado a unas cuantas— tenía más bien
el aspecto de un hombre, viejo y encorvado.
El frío que lo recorrió fue tan intenso que empezaron a castañetearle los dientes. Quiso gritarle
algo al hombre, o sombra, o espectro, o lo que fuese, pero se dio cuenta de que no podía.
Y comprendió que no tenía que hacerlo.
A su mente acudió un torbellino de imágenes de mucho tiempo atrás, de sí mismo bailando con
sus seis poderosos amigos en torno a un artefacto de gran poder.
Imágenes de un dragón rojo tan increíblemente claras que empezó a recular como si la bestia
estuviera sobrevolándolo en ese instante.
Una imagen de otra criatura borró las anteriores, una monstruosidad con cabeza de pulpo y con
tentáculos bajo la barbilla que se movían como las trenzas de la barba de un viejo enano.
Un nombre llegó a sus oídos, arrastrado por una brisa invisible: «Yharaskrik».
Ivan se irguió, levantando en brazos a Dalebrentia.
Luego, lo dejó caer al suelo, levantó la pesada bota y aplastó el cuello del mago, hasta que dejó
de respirar y de moverse.
Con una sonrisa de satisfacción, Ivan, que no era Ivan, miró en derredor. Señaló con la mano a
los magos, uno por uno, que se levantaron atendiendo a su llamada.
Tenían las gargantas desgarradas, los brazos medio comidos, grandes agujeros en el vientre, pero
nada de eso importaba, porque la llamada de Ivan era el eco del Rey Fantasma, y la llamada del Rey
Fantasma hacía que volvieran las almas de la tierra de los muertos con toda facilidad.
Seguido por sus cuatro siniestros guardaespaldas, Ivan Rebolludo se puso en marcha, alejándose
cada vez más de Espíritu Elevado.
No llegó a su destino esa noche, pero encontró una cueva donde él y los suyos pudieron pasar las
horas del día.
Ya tendrían mucho tiempo para matar cuando volviera a reinar la oscuridad.
LA BATALLA DE LA ESPADA Y DE LA MENTE

Hanaleisa dio instantáneamente una patada lateral y le rompió la tibia a un esqueleto que había
traspasado la defensa del espadón de Temberle. La joven se agachó hacia la izquierda, levantando
aún más la pierna derecha, y volvió a golpear, esa vez contra el cráneo de un esqueleto animado que
se había vuelto hacia ella.
Al mismo tiempo, lanzó un directo a un segundo objetivo. El puño produjo un grotesco sonido
acuoso cuando atravesó el pecho corrompido de un zombi.
El golpe habría dejado sin respiración a cualquier hombre, pero los zombis no necesitaban
respirar. La criatura prosiguió con su impulso alucinado y golpeó con su pesado brazo el hombro y el
brazo izquierdo de Hanaleisa, que eran su defensa, de modo que se desvió un paso hacia la derecha y
se acercó a su hermano.
Exhausta tras una larga noche de combate, Hanaleisa logró reunir toda su energía y, dando un
paso adelante, empezó a sacudir al contrincante con una andanada de puñetazos, patadas y rodillazos.
Hizo caso omiso de los macabros resultados de cada golpe que atravesaba la piel descompuesta y
destrozaba los frágiles huesos, dejando agujeros por los que caían órganos podridos y montones de
gusanos. Siguió y siguió golpeando al zombi, hasta que por fin se desmoronó.
Otro ocupó su lugar. Parecía que el ejército enemigo era inagotable.
El espadón de Temberle apareció por delante de Hanaleisa antes de que ella avanzara para hacer
frente a su recién surgido enemigo. Temberle golpeó a la criatura justo debajo del hombro, le
cercenó el brazo, y la espada atravesó las costillas con facilidad, lo que arrojó al zombi a un lado.
—Tuve la impresión de que necesitabas recuperar el aliento —explicó el hermano de Hanaleisa.
Luego lanzó un gemido.
La intervención para defender a Hanaleisa obligó a Temberle a ponerse en guardia contra la
siguiente bestia que se le venía encima. Con el brazo derecho ensangrentado por una herida larga y
profunda, retrocedió rápidamente y atacó con la empuñadura de la espada, golpeando y sacudiendo al
esqueleto.
La que acudió entonces fue su hermana. Dio un salto hacía arriba y hacia adelante para
interponerse entre el esqueleto que se le acercaba y el que atacaba a Temberle. Hanaleisa lanzó los
píes, uno a cada lado y, con un repiqueteo de huesos desencajados, los dos esqueletos salieron
volando en direcciones opuestas.
Hanaleisa aterrizó con ligereza, alzándose sobre la punta del pie izquierdo, giró para descargar
una poderosa patada circular en el abdomen del siguiente zombi que se aproximaba.
Su pie lo atravesó limpiamente, pero cuando trató de retirar la pierna se encontró atascada en la
columna vertebral del monstruo. Volvió a tirar, pues no podía hacer otra cosa, y se encontró cada vez
más enredada, ya que el zombi, que no había quedado totalmente destruido por el poderoso golpe, la
sujetó con sus garras.
De nuevo, intervino la espada de Temberle, que atacó de lado con dureza. Alcanzó al monstruo
en la cara y lo ensartó.
Hanaleisa cayó hacia atrás sin poder desprenderse del cadáver.
—¡Protégeme! —le gritó a su hermano.
Pero Hanaleisa se arrepintió de haber hablado al comprobar que Temberle tenía el brazo
cubierto de sangre, que seguía manando de la herida. Cuando asió la espada para volver a golpear y
tensó los músculos del antebrazo, la sangre brotó en abundancia.
Hanaleisa supo que no podría continuar así mucho tiempo. Ninguno de ellos podría. Exhaustos y
horrorizados, y con la espalda tocando casi contra la pared de los almacenes del muelle, necesitaban
un descanso del incesante ataque y tiempo para poder reagruparse y curarse las heridas…, de lo
contrario, Temberle iba a acabar desangrándose.
Cuando por fin consiguió liberarse, Hanaleisa se puso de pie, dio un salto y miró en derredor
buscando a Pikel o una vía de escape, cualquier cosa que pudiera darle esperanzas. Todo lo que vio
fue a otro defensor que caía arrollado por la horda de no muertos, y un mar de monstruos por todas
partes.
A lo lejos, a apenas unas manzanas de donde ellos estaban, saltaban furiosas llamaradas que
multiplicaban los incendios en Carradoon.
Con un suspiro de pesar y un gruñido de determinación al mismo tiempo que luchaba por contener
las lágrimas, la joven volvió a combatir con ferocidad, golpeando al monstruo que tenía más cerca y
al que atacaba a Temberle con una serie incansable de golpes. Saltaba y giraba, daba patadas y
puñetazos, y su hermano trataba de mantenerse a su altura, pero sus embestidas se hacían más lentas y
seguía perdiendo sangre.
El fin estaba próximo.

—¡Son demasiado pesadas! —se quejó una niña.


Trataba de levantar una barrica con escaso éxito. De repente, sin embargo, se hizo más ligera, y
la niña pasó por la trampilla con tanta facilidad como si el recipiente estuviera vacío. Cuando vio
que nadie lo empujaba desde abajo, la niña miró el fondo, pensando que debía de haberse vaciado.
Apostado en el tejado, Rorick se mantenía concentrado, ordenando a un sirviente invisible que
sostuviera con firmeza la barrica y ayudara a la pequeña. No era un gran conjuro, pero él tampoco
era un gran mago todavía, y en esa época en que la magia era tan impredecible y muchas veces tenía
el efecto contrario al buscado, no se atrevía a intentar otros más difíciles.
Sus esfuerzos lo dejaron satisfecho, al traerle a la memoria que los jefes tienen que ser listos y
reflexivos, no sólo fuertes en las armas o en el Arte. Su padre jamás había sido el mejor luchador, y
hubo de esperar casi al final de los trastornos que habían asolado la Biblioteca Edificante para
disfrutar en toda su magnitud del poder que le había concedido Deneir. A pesar de todo, Rorick se
lamentó de no haber recibido una formación similar a la de sus hermanos. Dependiendo de un bastón
para andar, con el tobillo hinchado y la sucia herida supurando, cada doloroso paso le recordaba que
no era gran cosa como guerrero.
«Tampoco soy gran cosa como mago», pensó, e hizo una mueca cuando su sirviente invisible
desapareció. La niña, desequilibrada por la barrica, se cayó. Un lado del recipiente se rompió y el
whisky se derramó por la esquina del tejado del almacén.
—¿Y ahora qué? —preguntó un marinero.
Rorick tardó un momento en darse cuenta de que el hombre esperaba que fuera él quien tomara
una decisión, pese a ser mucho más viejo y curtido que el menor de los Bonaduce.
—Sé un líder —se dijo Rorick entre dientes, y señaló al trente del almacén, al borde de poca
altura bajo el cual la batalla estaba en su apogeo.

—¡Duu-dad!
Hanaleisa oyó a su derecha el grito familiar, mucho más allá de Temberle. Se disponía a mirar en
esa dirección, pero vio movimiento en lo alto y retrocedió, sorprendida.
Sobrevolando las cabezas de los defensores, empezaron a caer pequeños barriles de whisky.
¡Docenas de ellos! Volaban y caían aplastando a zombis y demás desdichadas criaturas unos, y
reventándose sobre los adoquines otros.
—¿Qué dem…? —gritó más de un sorprendido defensor, entre ellos Temberle.
—¡Duu-dad! —fue la enfática respuesta.
Todos los defensores miraron en esa dirección y vieron que Pikel corría hacia ellos. Llevaba el
brazo derecho extendido hacia un lado, apuntando a la horda con su cachiporra, que lanzaba chispas.
Al principio, la luz brillante bastó para mantener a los no muertos apartados, de modo que el camino
se despejaba mientras él seguía corriendo, pero lo más importante era que esas chispas encendían el
alcohol derramado, y no había nada que ardiera mejor que el whisky de Carradoon.
El enano seguía su carrera lanzando llamas con su cachiporra y otras llamas le respondían.
A pesar del dolor, a pesar de los temores por sus hermanos, Hanaleisa no pudo por menos que
soltar una risita al ver pasar al enano, agitando su muñón como si fuera el ala de un pato herido. En
realidad, no corría, según observó Hanaleisa, sino que se deslizaba.
La asaltó una imagen de un Rorick de cinco años patinando por el huerto de su madre en Espíritu
Elevado, con una bengala chispeante en la mano, y se sintió invadida por una repentina alegría, como
si estuviera segura de que el tío Pikel podría hacer que todo se solucionara.
Sin embargo, desechó rápidamente aquella idea y acabó con un monstruo cercano que había
quedado por delante de la muralla de fuego. Después corrió hacia Temberle, que ya estaba
empezando a gritar para organizar la retirada. Hanaleisa rebuscó en su bolsillo y sacó un lienzo
limpio con el que intentó parar la hemorragia del brazo de Temberle.
Y fue justo a tiempo. Su hermano le hizo un gesto de agradecimiento y, acto seguido, se
desplomó. Hanaleisa lo sujetó pidió ayuda y le dio instrucciones a una mujer para que recogiera el
espadón de Temberle, ya que sabía, como lo sabían todos, que seguramente le volvería a hacer falta,
y muy pronto.
Se dirigieron al almacén. Formaban una hilera de enclenques tropas defensivas, tan deterioradas
física como emocionalmente; tal vez esto último sobre todo, ya que nadie ignoraba que su amado
Carradoon no tenía muchas probabilidades de sobrevivir al sorpresivo ataque.

—Nos has salvado a todos —le dijo Hanaleisa a Rorick poco después, cuando volvieron a reunirse
una vez más.
—Tío Pikel hizo el trabajo peligroso —dijo Rorick, señalando con la barbilla al enano.
—¡Duu-dad! ¡Ji, ji, ji! —dijo Pikel. Y levantando su cachiporra al mismo tiempo que sacudía la
peluda cabeza, añadió—: ¡Buum!
—Todavía no estamos salvados —dijo Temberle, apostado en una pequeña ventana desde donde
se veía la carnicería que estaba teniendo lugar en la calle. Había recuperado la conciencia, pero
todavía estaba débil y su voz sonaba realmente apesadumbrada—. Esos fuegos no van a durar mucho
tiempo.
Era cierto, pero los incendios alimentados por el whisky habían cambiado las tornas y habían
salvado su causa. Los estúpidos muertos vivientes no conocían el miedo y habían seguido avanzando,
de manera que sus ropas y su pellejo putrefactos activaban las llamas cuando caían encima de otros
no muertos.
Sin embargo, unos cuantos rezagados habían conseguido abrirse paso y estaban arañando con sus
garras las paredes del almacén y golpeando los tablones mientras el fuego de fuera se iba agotando.
Un zombi atravesó las llamas y ardió. Sin embargo, siguió avanzando en dirección a la puerta del
edificio y consiguió golpearla con los puños unas cuantas veces antes de sucumbir a las llamas. La
mala suerte quiso que el fuego se extendiera a la madera. Eso no habría tenido grandes consecuencias
de no haber sido porque el contenido de una barrica que se había derramado en el tejado se había
desparramado por la pared.
Se oyeron varios gritos cuando prendió la esquina del almacén. Algunos acudieron para tratar de
apagar las llamas, pero no consiguieron nada. Y lo peor era que los que habían arrojado los
barriletes apenas habían utilizado un tercio de lo que había almacenado en el edificio. El whisky era
una de las principales exportaciones de Carradoon. Cada diez días más o menos salían barcos
cargados de licor.
Había más de cien personas en aquel almacén, y el pánico se propagó entre ellas con la misma
rapidez que el fuego por el tejado.
—¡Tenemos que salir! —gritó un hombre.
—¡A los muelles! —gritaron otros, y se inició la estampida hacía la puerta trasera.
—¡Uh!, ¡oh! —dijo Pikel.
Temberle pasó el brazo de Rorick por encima de sus hombros y los hermanos avanzaron hacia la
salida, apoyándose el uno en el otro y gritándoles a Hanaleisa y a Pikel que los siguieran.
Pikel empezó a moverse, pero Hanaleisa lo cogió por el brazo y lo retuvo.
—¿Eh?
Hanaleisa señaló una barrica que estaba cerca y corrió a por ella. La abrió y la levantó, luego
corrió a la puerta delantera, donde había esqueletos y zombis tratando de entrar. Mirando a Pikel,
Hanaleisa empezó a derramar el contenido a lo largo de la pared.
—¡Ji, ji, ji! —aprobó Pikel, acudiendo a su lado con otra barrica.
Primero, el enano acercó los labios y tomó un buen trago, pero después corrió a lo largo de la
pared, esparciendo el contenido por todo el suelo y la base de los tablones.
El calor se hacía cada vez más intenso. Una viga que cayó del techo trazó una línea de fuego de
un lado a otro del edificio.
—¡Hana! —gritó Rorick desde el fondo del almacén.
—¡Salid! —le gritó su hermana—. ¡Tío Pikel, vamos!
El enano corrió hacia ella, de un salto superó la viga tirada en el suelo, y ambos se dirigieron
deprisa hacia la puerta.
Hubo más desprendimientos peligrosos, y la pared lateral empapada de whisky empezó a arder
con furia. Las llamas se propagaron por las paredes que tenían detrás, pero los no muertos no habían
conseguido entrar.
Hanaleisa de dio cuenta al llegar a la salida.
—¡Vete! —le ordenó a Pikel, empujándolo a través de la puerta.
El enano y los dos hermanos quedaron horrorizados cuando Hanaleisa se volvió y entró a la
carrera en el edificio en llamas.
El humo le inundó las fosas nasales y le hizo arder los ojos. Apenas podía ver, pero conocía el
camino. Saltó por encima de la viga tendida en medio del almacén, se agachó y, con una voltereta,
pasó por debajo de otra que caía desde lo alto.
Se acercó a la puerta delantera y de un salto se lanzó hacia ella en el preciso momento en que una
barrica cercana estallaba y se convertía en una bola de fuego; otra que había detrás explotó también.
Hanaleisa dio una patada a la pesada barra que atrancaba la puerta, poniendo todas sus fuerzas y su
voluntad en el golpe. Oyó el crujido de la madera bajo el pie. Menos mal, porque no tenía tiempo
para repetir el movimiento. En ese momento, las llamas alcanzaron el whisky que ella y Pikel habían
vertido y tuvo que salir a todo correr para no ser presa del fuego.
Pero la puerta estaba abierta, y los no muertos se precipitaron al interior, llevados por su
estupidez y su ansia devastadora.
Más barricas estallaron y la mitad del techo se hundió detrás de Hanaleisa, pero ella mantuvo su
atención centrada y las piernas en movimiento. Como casi no veía nada en medio de la densa
humareda, tropezó contra un madero encendido y se lastimó los dedos de los pies.
Consiguió recuperarse rápidamente y se levantó de nuevo.
Más explosiones, y a su alrededor seguían cayendo trozos encendidos del tejado. El humo se
volvió tan espeso que se desorientó. No podía ver la puerta. Hanaleisa se detuvo derrapando, pero
no tenía tiempo que perder. Volvió a salir corriendo, tropezó con una pila de barriles y los volcó.
No podía ver, no podía respirar, no tenía la menor idea de dónde estaba la salida, y sabía que
cualquier otra dirección la conduciría directamente a la muerte.
Giró a izquierda y derecha. Partió en una dirección y luego retrocedió, desalentada. Llamó a
gritos, pero su voz se perdió entre el rugido de las llamas.
En ese momento, el horror se transformó en resignación. Sabía que estaba condenada, que su
atrevida maniobra había sido un éxito, pero que le costaría la vida.
Que así fuera.
La joven se dejó caer sobre manos y rodillas, y pensó en sus hermanos. Confió en haberles dado
el tiempo necesario para escapar. «El tío Pikel los pondrá a salvo», se dijo, y aceptó su suerte.

Hay que decir a su favor que Bruenor no dijo nada, pero Thibbledorf Pwent y Drizzt no podían por
menos que notar las miradas evidentemente incómodas que echaba a un lado y a otro cada vez que
Jarlaxle y Athrogate entraban o salían de entre los árboles en sus monturas mágicas.
—Tiene las hechuras de un Revientabuches —comentó Pwent, que estaba sentado al lado de
Bruenor en el pescante de la carreta mientras Drizzt caminaba junto a ellos. El Revientabuches
señaló con su barbudo mentón a Athrogate—. Demasiado limpio para mi gusto, pero me agrada ese
puerco que lleva. ¡Y esos manguales!
—O sea que los Revientabuches andan por ahí con drows, ¿verdad? —replicó Bruenor, pero
antes de que Pwent pudiera descifrar aquella observación irónica, llegó la respuesta de Drizzt.
—A veces —dijo.
—¡Bah, elfo!, tú no eres un drow, ni lo has sido nunca —protestó Bruenor—. Ya sabes lo que
quiero decir.
—Lo sé —reconoció Drizzt—. No pretendías ofender ni yo me he sentido ofendido, pero
tampoco creo que Jarlaxle coincida con la idea que tú te has formado de mi pueblo.
—¡Bah!, él no es ningún Drizzt.
—Tampoco lo era Zaknafein de la manera que tú das a entender —respondió Drizzt—, pero el
rey Bruenor habría dado la bienvenida a mi padre en Mithril Hall. De eso, estoy seguro.
—Y este extraño se parece a tu padre, ¿es eso lo que quieres decir?
Drizzt miró a través de los árboles para observar a Jarlaxle montado en su corcel infernal y se
encogió de hombros sin saber realmente qué responder.
—Según me han dicho, eran amigos.
Bruenor guardó silencio un momento y también miró a esa extraña criatura que era Jarlaxle, con
su extravagante sombrero adornado con una pluma. Todo en torno a su persona resultaba chocante
para la estrechez de miras de Bruenor; todo lo suyo hablaba al enano en clave del «otro».
—Es sólo que no estoy seguro de ése —farfulló el rey enano—. Mi hija está aquí llena de
problemas y me pides que confíe en tipos como Jarlaxle y ese enano que tiene como mascota.
—Es cierto —admitió Drizzt—, y no niego que yo mismo tengo dudas.
Drizzt dio un salto y se agarró a la barandilla que había detrás del asiento para viajar un rato en
la carreta. Miró directamente a Bruenor, exigiendo su atención absoluta.
—Pero también sé que si Jarlaxle nos hubiera querido muertos lo más probable es que a estas
alturas estuviéramos caminando por el plano de fuga. Regis y yo no habríamos salido de Luskan sin
su ayuda. Catti-brie y yo no podríamos haber escapado a sus muchos guerreros en las afueras de
Menzoberranzan hace años si él no lo hubiera permitido. No tengo la menor duda de que detrás de su
ofrecimiento de ayuda hay algo más que su preocupación por nosotros o por Catti-brie.
—¡Seguro que él también tiene un problema —dijo Bruenor—, o yo soy un gnomo barbudo! Y un
problema más gordo que eso que nos contó acerca de que quería asegurarse de que la Piedra de
Cristal había desaparecido.
Drizzt asintió.
—Puede que así sea, pero a pesar de todo pienso que tenemos más oportunidades con Jarlaxle de
nuestro lado. Ni siquiera habríamos pensado en recurrir a Espíritu Elevado y a Cadderly si Jarlaxle
no hubiera enviado a su compañero enano a Mithril Hall para sugerirlo.
—¡Para obligarnos a salir! —replicó Bruenor, cuyo tono resultó bastante audible.
Drizzt hizo un gesto con la mano para tranquilizar al enano.
—Te repito, amigo mío, que si lo único que pretendía era hacernos vulnerables, Jarlaxle nos
habría tendido una emboscada en cuanto hubiéramos salido por la puerta, y allí estaríamos ahora y
seríamos pasto de los cuervos.
—A menos que espere algo de ti —insistió Bruenor—. Podría ser que hubiera todavía una bonita
recompensa por la cabeza de Drizzt Do’Urden, gracias a las madres matronas de Menzoberranzan.
Era posible, Drizzt tenía que admitirlo, y echó una mirada a Jarlaxle por encima del hombro, pero
finalmente hizo un gesto negativo. Si Jarlaxle hubiera querido algo así, habría atacado la carreta con
una fuerza aplastante a la salida de Mithril Hall y los habría capturado a los cuatro o a cualquiera de
ellos que pudiera tener algún valor para sus inconfesables planes. Sin embargo, incluso dejando a un
lado esa lógica tan simple, muy dentro de Drizzt había algo más, una comprensión de Jarlaxle y de
sus motivos que lo sorprendía cada vez que se paraba a pensarlo.
—No lo creo —le respondió a Bruenor—. No creo nada de eso.
—¡Bah! —bufó el rey enano, que no parecía nada convencido.
Bruenor hizo sonar las riendas para apurar aún más el paso de los animales, aunque ya habían
recorrido más de setenta y cinco kilómetros en lo que iba del día, y todavía tenían por delante otro
medio día de cabalgada. La carreta proseguía cómodamente el viaje. Los artesanos enanos, sin duda,
habían estado a la altura de la empresa.
—¿De modo que piensas que lo único que quiere de nosotros es una buena recomendación ante
Cadderly? Te has tragado su cuento, ¿no? ¡Bah!
Era difícil encontrar una respuesta adecuada a uno de los «¡Bah!» de Bruenor, y a dos, mucho
más, pero incluso antes de que Drizzt lo intentara siquiera, un grito llegado desde el fondo de la
carreta puso fin a la conversación.
Al volverse, los tres vieron a Catti-brie flotando en el aire, con los ojos en blanco. No se había
elevado lo suficiente como para escapar por el portalón trasero del vehículo, y seguía con ellos en su
estado de ingravidez. Tenía uno de los brazos alzado hacia un lado y flotaba como si estuviera en el
agua, tal como la habían visto otras veces durante sus ataques, pero el otro brazo lo llevaba hacia
adelante, con la mano vuelta, como si estuviera sosteniendo una espada ante sí.
Bruenor tiró de las riendas y se las pasó a Pwent, volviéndose hacia atrás en el asiento incluso
antes de que el Revientabuches pudiera recogerlas. Drizzt llegó primero a la caja de la carreta. Saltó
con agilidad por encima del lateral y sujetó a Catti-brie por el brazo izquierdo, antes de que ésta
pudiera deslizarse más allá de la barandilla. El drow alzó la otra mano para detener a Bruenor y
miró con intensidad a Catti-brie mientras ella ponía en escena lo que veía mentalmente.
Sus ojos volvieron a la normalidad, recuperando su color azul profundo.
Su brazo derecho se retorció, y ella hizo una mueca de dolor. Su mirada parecía enfocada hacia
adelante, aunque teniendo en cuenta que sus ojos miraban a lo lejos, era difícil afirmarlo con
seguridad. Giró lentamente su mano extendida, como forzando la espada imaginaria en un ángulo
descendente. Entonces, subió un poco, como si algo o alguien se hubiera deslizado del extremo del
arma. La respiración de Catti-brie era entrecortada. Una lágrima, sólo una, se deslizó por su mejilla
y, moviendo mudamente los labios, dijo:
—La he matado.
—¿En qué anda ahora? —preguntó Bruenor.
Drizzt le hizo señas de que se callara y le permitiera seguir con su representación. Catti-brie bajó
la cabeza, como si estuviera mirando al suelo, luego la alzó mientras levantaba su espada imaginaria.
—Seguro que está mirando la sangre —susurró Bruenor.
El rey enano oyó el corcel de Jarlaxle galopando a un lado, y también el de Athrogate, pero no
apartó los ojos de su amada hija.
Catti-brie sollozaba entrecortadamente y trataba de recobrar el aliento mientras le corrían las
lágrimas por las mejillas.
—¿Está mirando al futuro o al pasado? —preguntó Jarlaxle.
Drizzt hizo un gesto como si no lo supiera, aunque estaba casi seguro de reconocer la escena que
estaba representando ante él.
—Pero ha flotado y casi sale por el portalón trasero. Yo no quiero hablar, pero está tocada —
dijo Athrogate.
Entonces sí que Bruenor se volvió y echó al enano una mirada asesina.
—Mil perdones, buen rey Bruenor —se disculpó Athrogate—: sólo he dicho lo que pensaba.
Catti-brie volvió a sollozar y a sacudirse violentamente. Drizzt ya había visto suficiente. Atrajo a
la mujer hacia su regazo, la abrazó y le susurró al oído.
Y el mundo se tornó oscuro para el drow. Durante un instante apenas vio a la víctima de Catti-
brie, una mujer con el hábito de la Torre de Huéspedes del Arcano, una maga llamada Sydney. La
conocía y sabía con toda seguridad cuál era el incidente que su amada acababa de revivir.
Antes de que pudiera entender del todo que lo que veía era el cuerpo de la primera persona a la
que Catti-brie había matado en su vida, la primera vez que había sentido en su propia piel la
salpicadura de la sangre de su víctima, la imagen se desvaneció, y él se adentró más, como si
penetrara en el reino de la muerte y en…
Drizzt no lo sabía. Miró a su alrededor alarmado, como si lo que estuviera viendo no fuera la
carreta y a Bruenor, sino un plano extraño, de luz difusa y densas sombras, y una niebla gris oscura
—casi negra— llevada por una brisa imperceptible.
Allí, en aquel otro lugar, se le echaron encima unas bestias oscuras, fofas, como trolls deformes
que se arrastraban sobre brazos desproporcionados, con los tendones muy marcados, y que
mostraban unos dientes largos y afilados.
Rápidamente dio la espalda a Catti-brie y echó mano a sus cimitarras cuando la primera de las
bestias extendió una garra hacia él. Hasta el brillo de Centella le pareció oscuro al lanzar un golpe
descendente, pero el arma hizo su trabajo y cercenó el brazo de aquella cosa a la altura del codo.
Drizzt se deslizó hacia adelante en pos del golpe, atravesando el torso de la desdichada criatura con
Muerte de Hielo.
Se retrajo raudamente hacia el otro lado y giró en redondo. Vio horrorizado que Catti-brie no
estaba allí. Salió en estampida, arrollando a alguien con todas sus fuerzas, a continuación tropezó y
dio una voltereta hacia adelante. Bueno, más bien intentó darla, pero se dio cuenta de que el suelo
estaba varios palmos más bajo de lo que había pensado, y aterrizó sentado, con fuerza,
entrechocando los dientes.
Drizzt lanzaba furiosos tajos y estocadas mientras las bestias oscuras se abalanzaban sobre él.
Consiguió afirmar los pies y levantarse de un salto, simplemente tratando de evitar las muchas garras
que lo amenazaban.
Aterrizó hecho una furia, haciendo girar las cimitarras con movimientos poderosos y
devastadores que obligaron a las bestias a retroceder entre chillidos terribles, de a tres por vez.
—¡Catti-brie! —gritó, porque no podía verla y sabía que se habían apoderado de ella.
Trató de avanzar, pero oyó una llamada desde la derecha, y cuando giró, algo lo golpeó con
rotundidad, como si una de las bestias hubiera saltado sobre él y lo hubiera derribado con una fuerza
increíble.
Perdió una cimitarra al salir despedido hacia atrás tres metros o más, aterrizó contra algo firme,
tal vez un árbol, y se encontró sujeto a él, completamente inmovilizado, como si la fofa bestia, o lo
que fuera que lo apresaba se hubiera convertido en un mazacote en el momento en que lo había
rodeado. Sólo podía mover una mano, y no podía ver nada, apenas podía respirar.
Drizzt trató de liberarse, pensando en Catti-brie, y supo que las bestias negras y fofas lo rodeaban
por todas partes.
TIEMPO DE HÉROES

Apareció una luz, un faro brillante que atravesaba el humo y llamó su atención. Hanaleisa sintió su
invitadora calidez, tan diferente de la mordaz dentellada del fuego. La llamaba, casi como si
estuviera encantada. Cuando por fin salió por la puerta, dejando atrás la densa humareda, y se
encontró en los muelles, Hanaleisa no se sorprendió al ver a un sonriente tío Pikel allí, de pie,
sosteniendo en alto su cachiporra, que emitía una luz relumbrante. Trató de darle las gracias, pero no
paraba de toser, medio ahogada por el humo. A punto de desplomarse, consiguió llegar hasta Pikel y
darle un gran abrazo. Sus hermanos acudieron a su lado y le dieron palmaditas en la espalda para
ayudarla a expulsar el persistente humo.
Después de un buen rato, Hanaleisa pudo dejar de toser y mantenerse en pie. Pikel los condujo
rápidamente a todos lejos del almacén, que seguía siendo sacudido por explosiones de barricas de
whisky de Carradoon que todavía estaban intactas.
—¿Por qué entraste ahí? —le recriminó Rorick en cuanto pasó el peligro más inmediato—. ¡Fue
una necedad!
—¡Tut, tut! —le dijo Pikel, moviendo un dedo en el aire para acallarlo.
Una parte del tejado cayó con gran estruendo y derribó también un tramo de la pared. A través
del agujero que dejó, los cuatro vieron el asalto imparable de los no muertos, los monstruos
descerebrados dispuestos a entrar por la puerta abierta por Hanaleisa. Todos caían casi
inmediatamente y eran devorados por las llamas.
—Ella los invitó a entrar —le dijo Temberle a su hermano pequeño—. Hana ganó tiempo para
nosotros.
—¿Qué están haciendo? —preguntó Hanaleisa entre toses, mirando por encima de sus hermanos
hacia los muelles.
La pregunta era más bien fruto de la sorpresa que una petición de respuesta, ya que ésta era
evidente. La gente se amontonaba a bordo de dos pequeños barcos de pesca amarrados allí cerca.
—Se proponen trasladarnos al otro lado del lago, hacia el norte, a Byernadine —le explicó
Temberle, refiriéndose a la aldea más próxima a Carradoon sobre la orilla del lago.
—No tenemos tiempo —replicó Hanaleisa.
—No tenemos elección —dijo Temberle—. Cuentan con buenas tripulaciones. No tardarán en
conseguir más barcos.
Se empezaron a oír gritos en los muelles. Enseguida hubo también empujones y peleas, ya que la
gente, desesperada, trataba de subir a los dos primeros barcos.
—¡Sólo marineros! —gritó un hombre, imponiéndose al resto, pues el plan había sido llenar esos
dos barcos con pescadores experimentados que pudieran recuperar el resto de la flota.
Pero la operación no estaba saliendo según lo planeado.
—¡Soltad amarras! —gritaba mucha gente desde uno de los barcos mientras otros seguían
saltando a bordo.
—Son demasiados —les susurró Hanaleisa a sus compañeros.
Realmente, el pequeño barco de pesca, de apenas seis metros de eslora, no tenía en absoluto
capacidad para transportar a todos los que se habían amontonado en él. A pesar de todo, soltaron las
amarras y se separaron del muelle. Varias personas se echaron al agua al ver que la embarcación se
iba; nadaron con todas sus fuerzas para alcanzarla y aferrarse desesperadamente a la borda, que a
duras penas sobresalía de las frías aguas del lago Impresk.
El segundo barco también salió, no tan cargado, y las velas cuadradas no tardaron en desplegarse
al apartarse de la costa. Tan atestado estaba el primer barco que la tripulación no podía siquiera
acceder a las jarcias, y mucho menos desplegar las velas. Se escoraba peligrosamente y su rumbo era
errático. Todos los que habían quedado en la orilla daban gritos ahogados y hacían comentarios
nerviosos en voz baja, mientras los gritos y las discusiones a bordo aumentaban con la
desesperación.
Ya muchos movían la cabeza, pesarosos, y esperaban una catástrofe cuando la situación se
deterioró rápidamente. Los que estaban en el agua, de repente, empezaron a gritar y a dar manotazos
descontrolados, Los peces esqueléticos se les clavaban como cuchillos.
El barco se sacudió cuando los que se aferraban a la borda se soltaron, y la gente comenzó a
chillar al ver que las aguas se teñían de sangre.
Entonces, aparecieron los marineros no muertos, obedeciendo a una orden secreta. Sus manos
huesudas se aferraron a las bordas de los dos barcos, y la gente que iba a bordo y la que estaba en la
orilla gritó horrorizada cuando los esqueletos de los pescadores muertos hacía tiempo empezaron a
surgir de las oscuras aguas.
Al cundir el pánico en el primer barco, varias personas cayeron por la borda. La embarcación
empezó a sacudirse, a virar al desplazarse el peso y a dar vueltas sin control. Presas también del
pánico, los marineros del segundo barco no pudieron reaccionar con la rapidez suficiente antes de
que el otro los embistiera. Se produjo el choque y se oyó el ruido de la madera al romperse y los
gritos de docenas de personas convencidas de que había llegado su fin. Muchos cayeron al agua, y
como los esqueletos empezaron a subir a bordo, otros no tenían más remedio que saltar del barco
para intentar llegar a nado hasta la orilla.
Desde muy antiguo los hombres habían navegado por las aguas del lago Impresk. Sus
profundidades habían presenciado millares de renovaciones del ciclo de la vida. El fondo era un
hervidero de muertos que se levantaban y las aguas se removían con el asalto de los peces
esqueléticos, que asediaban a los carradeños en cuanto caían al agua.
Y los que estaban en los muelles, entre quienes se contaban Hanaleisa, sus hermanos y el tío
Pikel, no podían hacer otra cosa que contemplar la escena horrorizados, ya que ni uno solo de los
ochenta que, más o menos, habían subido a esos dos barcos consiguió llegar vivo a la costa.
—¿Y ahora qué? —gritó Rorick con el rostro bañado en lágrimas y hablando entre sollozos tan
profundos que a duras penas le salían las palabras.
A decir verdad, todos los que estaban en los muelles compartían esa horrible pregunta. Entonces,
el almacén se derrumbó con un estruendo espantoso. Muchos de los no muertos fueron destruidos en
esa conflagración gracias al coraje de Hanaleisa, pero todavía quedaban muchos más. Y los
habitantes de Carradoon estaban atrapados contra las aguas del lago, un lago en el cual no se atrevían
a meterse.
Grupos desperdigados empezaron a correr hacía el norte y hacía el sur, desaparecido ya todo
vestigio de orden. Unas cuantas tripulaciones consiguieron reunirse a lo largo de la costa y bastantes
habitantes se acogieron a su protección.
Muchos más tenían los ojos puestos en los hijos de Cadderly y Danica, considerados desde hacía
tiempo los héroes de la baronía. A su vez, los tres hermanos ponían sus esperanzas en el único en
quien podían confiar: el tío Pikel.
Pikel Rebolludo aceptó la responsabilidad con su proverbial entusiasmo, alzando su muñón al
aire. Sujetó su cachiporra bajo el brazo cercenado y empezó a dar vueltas a saltitos, dándose
golpecitos en los labios con un dedo y musitando «¡humm!» una y otra vez.
—Bueno, entonces, ¿qué? —gritó el capitán de un barco.
Muchos se agruparon en torno a los cuatro a la espera de la respuesta.
—Buscaremos un lugar que defender y organizaremos nuestras filas —dijo Temberle cuando se
cansó de esperar una respuesta de Pikel—. Demos con un callejón estrecho. No podemos quedarnos
aquí abajo.
—¡Uh, uh! —exclamó Pikel, contrario a la idea cuando ya el grupo empezaba a organizar su
repliegue.
—¡No podemos quedarnos aquí, tío Pikel! —le dijo Rorick, pero el indomable enano se limitó a
responderle con una sonrisa.
Entonces, el enano de la barba verde cerró los ojos y golpeó las tablas del muelle con su
cachiporra, como si llamara a la tierra que tenía bajo sus pies. Se volvió a la izquierda, hacia el
norte, después vaciló y miró en la otra dirección antes de girar otra vez hacia el norte y ponerse en
marcha a paso ligero.
—¿Qué está haciendo? —preguntaron el capitán y algunos otros.
—No lo sé —respondió Temberle, pero Rorick y él se cogieron del brazo y partieron tras el
enano.
—¡No vamos a seguir a ciegas a ese enano chiflado! —protestó el capitán.
—Entonces, acabaréis muertos —respondió Hanaleisa sin vacilar.
Sus palabras surtieron efecto, porque todos se apresuraron a seguir a Pikel, que los alejó de los
muelles, los condujo a la playa del norte y se dirigió hacia las rocas oscuras que protegían el puerto
de Carradoon de los vientos septentrionales.
—¡No podemos subir a esas paredes rocosas! —se quejó un hombre.
—¡Estamos demasiado cerca del agua! —gritó otra mujer.
Lo cierto era que un trío de marineros no muertos trataba de llegar hasta ellos, lo que obligó a
Temberle, Hanaleisa y otros guerreros a proteger el flanco derecho a lo largo de todo el camino.
Se encaminaron hacia un aparente punto muerto, donde la pedregosa senda subía una empinada
cuesta que acababa en un descenso al lago lleno de piedras.
—¡Brillante! —se quejó el capitán, acercándose a Pikel—. ¡Nos has conducido a una muerte
segura, enano chiflado!
La verdad era que parecía que tenía razón, porque los muertos vivientes iban persiguiendo al
grupo, que no tenía adónde huir.
Pero Pikel no se inmutaba. Se detuvo al borde del precipicio, junto a un pino sacudido por el
viento, y cerró los ojos, entonando una salmodia mágica de los druidas. El árbol respondió bajando
una rama ante él.
—¡Ji, ji, ji! —dijo Pikel, abriendo los ojos y pasándole la rama a Rorick, que estaba a su lado.
—¿Qué? —preguntó el joven.
Pikel señaló con un gesto la caída, y dirigió la mirada de Rorick hacia una cueva que había en el
fondo de la ensenada.
—¿Quieres que salte hasta allí? —preguntó Rorick, incrédulo—. ¿Quieres que me balancee hasta
allí?
Pikel asintió y lo empujó fuera de la cornisa.
Entre gritos, Rorick, guiado por el obediente árbol, quedó posado —con tanta suavidad como la
que emplea una madre para poner a un niño en la cuna— en un estrecho saliente de piedra junto a la
ensenada. Esperó allí al capitán y a otros dos, que fueron los siguientes en balancearse hasta donde él
estaba, antes de encaminarse a la cueva.
Pikel fue el ultimo en bajar, con una hueste de zombis y esqueletos pisándole los talones. Varios
monstruos saltaron detrás de él, y lo que consiguieron fue destrozarse contra las piedras del fondo.
Alzando su cachiporra relumbrante, Pikel pasó delante del grupo allí reunido y abrió la marcha
hacia la cueva, que, a primera vista, parecía una cámara ancha, alta y estrecha, donde el agua les
llegaba a los tobillos. Pero el instinto y la invocación mágica de Pikel lo habían guiado bien. En el
fondo de aquella estrecha cueva había un corredor lateral que se internaba en las paredes rocosas, y
todavía más abajo, en las entrañas de las montañas Copo de Nieve.
Las dos veintenas de supervivientes de Carradoon se internaron en la oscuridad. La mitad de
ellos eran buenos combatientes; el resto, ciudadanos aterrados, algunos ancianos, otros demasiado
jóvenes para blandir un arma. No habían andado mucho cuando llegaron a un punto defendible, donde
el corredor acababa en una estrecha chimenea que daba acceso a otra cámara.
Allí decidieron establecer su primer campamento, apostando un círculo de guardias en la entrada
de la cueva, que cubrieron con una pesada piedra, y otros más vigilando los dos corredores que
salían de la cámara para internarse aún más en las montañas.
No se oyó ni una queja más contra el tío Pikel.
Jarlaxle sacó su varita.
—¡Sólo la cara! —le gritó a Athrogate.
El drow saltó de la montura a la parte trasera de la carreta y pasó por delante de Bruenor, que
estaba apoyado sobre una rodilla sujetándose con la mano derecha el hombro izquierdo en un intento
de contener la hemorragia.
Centella había atravesado la buena armadura del enano y le había hecho una herida profunda.
Jarlaxle sujetó a Catti-brie cuando iba a salir flotando por la parte de atrás, tras haber recibido
un fuerte empujón de Drizzt a causa de su incontrolable agitación. Jarlaxle tiró de ella y la abrazó
estrechamente, como había hecho antes Drizzt, y empezó el mismo viaje a la locura.
Pero Jarlaxle sabía conocer las distorsiones, ya que la magia del parche que llevaba sobre el ojo
repelía los engaños, de modo que mantuvo sujeta a Catti-brie y le susurró palabras suaves mientras
ella sollozaba. Poco a poco, consiguió calmarla y atraerla al fondo de la carreta; al fin la sentó con la
espalda contra la pared lateral.
Se volvió, sacudiendo la cabeza, y vio que Thibbledorf Pwent trataba de desgarrar la manga de
Bruenor, empapada de sangre.
—¡Ay, mi rey! —se lamentó el Revientabuches.
—¡Está respirando —dijo Athrogate desde un lado del camino, donde Drizzt permanecía
inmovilizado por el globo viscoso en que lo había encerrado la varita de Jarlaxle—, y rabiando,
peleando y golpeando, no se mueve pero le gustaría estar atizando!
—No preguntéis —dijo Jarlaxle cuando Bruenor y Pwent miraron a Athrogate y luego a él con
aire inquisitivo.
—¿Qué es lo que ha pasado? —quiso saber Bruenor.
—A tu hija, no lo sé —admitió Jarlaxle—, pero cuando me he acercado he sido atraído por su
intermediación a un lugar oscuro. —Miró furtivamente a Drizzt—. A un lugar en el que me temo que
todavía sigue nuestro amigo.
—Regis —musitó Bruenor. Miró a Jarlaxle, pero el drow tenía la vista fija en la distancia,
absorto en sus pensamientos—. ¿Qué tienes que decirme? —preguntó Bruenor con tono imperativo,
pero Jarlaxle sólo meneó la cabeza.
El mercenario drow miró otra vez a Catti-brie y pensó en el repentino viaje que había
emprendido cuando la había tocado. Creía que era más que una ilusión. Era casi como si su mente se
hubiera adentrado en otro plano de la existencia. Tal vez en el plano de la sombra o en alguna otra
región oscura que esperaba no volver a visitar nunca más.
Pero incluso en esa breve incursión, Jarlaxle realmente no se había alejado, como si ese plano y
el plano material primario se hubieran superpuesto, unidos en una especie de grieta curiosa y
peligrosa.
Pensó en el espectro con el que se había topado cuando Hephaestus había salido en su busca, en
el agujero dimensional al que había arrojado a la criatura y en la grieta hacia el plano astral que
había creado sin querer.
¿Acaso ese espectro, esa criatura agazapada, habría estado pasando físicamente de Toril a la
dimensión de sombra una y otra vez?
—Es real —dijo en voz baja.
—¿Qué? —preguntaron a una Bruenor y Pwent.
Jarlaxle los miró y negó con la cabeza, sin saber muy bien cómo explicar lo que se temía que
había sucedido.

—Se está tranquilizando —gritó Athrogate desde el árbol—. Pregunta por la mujer y está hablando
conmigo.
Con ayuda de Pwent, Bruenor se puso de pie y acudió con el drow y el enano al lado de Drizzt.
—¿Qué tal andamos, elfo? —preguntó Bruenor al llegar junto a Drizzt que estaba totalmente
sujeto contra el árbol.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó a su vez el elfo, fijando la mirada en el brazo de Bruenor.
—Apenas un arañazo —lo tranquilizó Bruenor.
—¡Bah, pero dos dedos más arriba y lo habrías decapitado! —intervino Athrogate.
Bruenor y Jarlaxle miraron airados al bocazas del enano.
—¿Fui yo…? —empezó a preguntar Drizzt, pero hizo una pausa y bajó la cabeza con expresión
de perplejidad.
—Igual que en Mithril Hall —susurró Bruenor.
—Ya sé dónde está Regis —dijo Drizzt, alzando la cabeza, alarmado.
Estaba seguro de que los demás se habían dado cuenta de que todavía tenía más miedo por su
pequeño amigo en ese aciago momento. Y su rostro reflejó aún más miedo y dolor cuando miró a
Catti-brie. Si la mente de Regis había entrado inadvertidamente, quedando atrapada en aquel lugar
oscuro, entonces era seguro que Catti-brie estaba prisionera entre los dos mundos.
—Tú volviste, elfo, y también lo hará el halfling —lo tranquilizó Bruenor.
Drizzt no confiaba tanto en ello. Él apenas había andado de puntillas por esa dimensión umbral,
pero con el rubí, Regis se había asomado a las profundidades de la mente de Catti-brie.
Jarlaxle movió la muñeca y en su mano apareció una daga. Le indicó a Athrogate que se apartara
y, adelantándose, liberó cuidadosamente a Drizzt de lo que lo sujetaba.
—Si tienes intención de volverte majara otra vez, avísame —le dijo Jarlaxle, guiñándole un ojo.
Drizzt no respondió ni sonrió. Su expresión se volvió aún más sombría cuando Athrogate se
acercó a él sosteniendo la cimitarra perdida y todavía manchada con la sangre de su queridísimo
amigo.
Sé que está sometida a un tormento constante, y no puedo llegar a ella. He atisbado el interior de
la oscuridad en la que reside, un lugar de sombras más profundas y más tenebrosas que los planos
inferiores. Me llevó allí, sin querer, cuando traté de confortarla, y en tan poco tiempo estuve a
punto de desmoronarme.
Llevó allí a Regis, sin querer, cuando él trató de llegar a ella con el rubí, y allí se vino
totalmente abajo. Le lanzó a Catti-brie una cuerda porque se estaba ahogando, y ella lo arrancó
de la orilla de la cordura.
Está perdida para mí, y me temo que para siempre. Perdida en un estado de enajenación, en
una vacuidad absoluta, en una existencia lánguida, sin vida. Y las escasas ocasiones en que está
activa son quizá las más dolorosos para mí, porque la profundidad de sus delirios se muestra con
toda claridad. Es como si estuviera reviviendo su vida, por partes, viendo otra vez los momentos
decisivos que formaron a esa hermosa mujer, esa mujer a la que amo con todo mi corazón. Estuvo
otra vez en la ladera de la cumbre de Kelvin, en el Valle del Viento Helado, reviviendo el momento
de nuestro primer encuentro, y si bien ése es para mí uno de mis recuerdos más preciados, ese
hecho hizo que verlo representado otra vez a través de la mirada distante de mi amor fuera aún
más doloroso.
¡Qué perdida debe estar mi amada Catti-brie para haber roto así con el mundo que la rodea!
Y Regis, pobre Regis. No puedo saber cuán profundamente reside Catti-brie en esa oscuridad,
pero me parece muy obvio que Regis entró plenamente en ese lugar de sombras. Soy testigo de la
naturaleza convincente de sus delirios, y también Bruenor, cuyo hombro lleva ahora la cicatriz
del tajo que le hice con mi espada mientras trataba de combatir a monstruos imaginarios. Pero
¿eran imaginarios? No tengo la menor idea. Para Regis, sin embargo, ése es un punto discutible,
porque para él, sin duda, son reales, y lo rodean por todas partes, lo atacan con sus garras, lo
hieren y lo aterrorizan en todo momento.
Me temo que nosotros cuatro — Bruenor, Catti-brie, Regis y yo— somos representativos del
mundo que nos rodea. La calda de Luskan, la locura del capitán Deudermont, el advenimiento de
Obould… Todos estos hechos fueron meros precursores, porque ahora nos enfrentamos al colapso
de lo que en otra época considerábamos eterno, al colapso del Tejido de Mystra. La enormidad de
esa catástrofe se ve claramente en el rostro de la siempre tranquila dama Alustriel Los resultados
potenciales se reflejan en la demencia de Regis, en la vacuidad de Catti-brie, en la casi pérdida
de mi propia cordura y en la cicatriz que lleva el rey Bruenor.
No sólo los magos de Faerun sentirán el peso de este espectacular cambio. ¿Cómo se acabará
con las enfermedades si los dioses no escuchan las súplicas desesperadas de sus sacerdotes? ¿Qué
harán los reyes del mundo cuando cualquier contacto con rivales y aliados potenciales, en lugar
de realizarse por adivinación o teletransportación, se convierta en un arduo y largo proceso?
¿Hasta qué punto se verán debilitados los ejércitos, las caravanas, las pequeñas ciudades, sin el
poder de los usuarios de la magia en sus filas? ¿Y qué beneficio sacarán las razas más bajas,
como los goblins y los orcos, ante la inminencia de esas repentinas debilidades mágicas? ¿Qué
druidas se ocuparán de los campos? ¿Qué magia potenciará y asegurará las exóticas estructuras
del mundo? ¿O se vendrán abajo de una manera catastrófica, como se vinieron abajo la Torre de
Huéspedes del Arcano o la ya hace tiempo desaparecida Netheril?
No hace mucho que tuve una conversación con Nanfoodle, el gnomo de Mithril Hall.
Hablábamos de la conveniencia de canalizar gases explosivos por debajo de la cadena montañosa
donde los gigantescos aliados de Obould tenían almacenada una artillería devastadora. Una
proeza de ingeniería para el gnomo y su grupo de enanos, una hazaña que hizo volar la cadena
montañosa como no lo habría hecho una bola de juego de Elminster. Nanfoodle es más partidario
de Gond, el dios de los inventos, que un practicante del Arte. Le pregunté por aquello, tratando de
averiguar por qué se tomaba tantos trabajos cuando una parte tan importante de lo que podía
hacer se conseguía con mayor rapidez con un simple toque al Tejido.
Por supuesto, jamás obtuve respuesta, ya que no es ésa la forma habitual de actuar de
Nanfoodle. En lugar de eso se lanzó a una discusión filosófica sobre la falsa tranquilidad que nos
da nuestra dependencia de «lo que es» y las expectativas que tenemos puestas en ello.
Jamás había tenido esto tan claro como hoy, porque veo que «lo que es» se está desmoronando
a nuestro alrededor.
¿Saben los granjeros de los alrededores de las ciudades más grandes de Faerun, de Aguas
Profundas y de Luna Plateada, cómo conseguir sus cosechas sin la ayuda mágica de los druidas?
Sin contar con esa ayuda mágica, ¿serán capaces de satisfacer la demanda de las grandes
poblaciones de esas ciudades? ¡Y ése no es más que el nivel superficial de los problemas que
surgirán si nos falla la magia! Hasta las cloacas de Aguas Profundas son cuestiones complicadas.
Esa red cloacal fue construida a lo largo de muchas generaciones, y cuando la ciudad
experimentó una gran expansión, se recurrió al poder de los magos, que invocaban a los
elementales para facilitar el paso de los desechos por algunos puntos críticos. ¿Qué pasará sin
ellos?
¿Y qué será de Calimport? Regis me ha contado a menudo que tiene un exceso de población
que supera todo lo razonable, todo lo que pueden soportar el océano y el desierto. Por eso, los
pachás, fabulosamente ricos, han complementado los recursos naturales empleando a poderosos
clérigos para que los aprovisionen de alimentos y bebidas con que abastecer los mercados, y a
grandísimos magos para teletransportar productos frescos desde lejanas tierras.
¡Menudo caos podría sobrevenir sin esa ayuda!
Y, por supuesto, en mi propia ciudad natal de Menzoberranzan, es la magia la que mantiene
esclavizados a los kobolds, la que protege a las mayores Casas de sus envidiosos rivales, la que
sustenta la cohesión de la sociedad. Dicen que a Lloth le encanta el caos, y puede llegar a
encontrarlo en su máximo exponente si se desvanece la magia.
Las sociedades del mundo han ido creciendo a lo largo de los siglos. Los sistemas que tenemos
instaurados han evolucionado a través de muchas generaciones, y me temo que en esa evolución
hemos olvidado los fundamentos de las estructuras de la sociedad Tal vez peor, puede ser que
aprender de nuevo las artes y los oficios perdidos no baste para atender a las necesidades de
tierras que se han vuelto más opulentas y populosas gracias a que la magia complementa los
sistemas antiguos. Siglos atrás, Calimport no podría haber sostenido a su enorme población.
Tampoco habría podido el mundo, un lugar muchísimo más extenso, alcanzar el gran nivel de
singularidad de unicidad, de comunidad de que ahora goza. Porque ahora la gente viaja a lugares
distantes y se comunica con ellos mucho más que en el pasado. Se suele ver a poderosos
mercaderes de Puerta de Baldur en Aguas Profundas, y viceversa. Sus redes abarcan grandes
distancias porque sus magos pueden mantenerlas. Y esas redes son vitales para garantizar que no
haya guerra entre tan poderosas ciudades rivales. ¡Si la gente de Puerta de Baldur depende de los
artesanos y granjeros de Aguas Profundas, entonces no querrá emprender una guerra con esa
ciudad!
Pero ¿qué sucede si se colapsa todo? ¿Qué sucede si «lo que es», de pronto, deja de ser?
¿Cómo saldremos adelante cuando se acaben los alimentos y las enfermedades no puedan curarse
por medio de la intervención de los dioses?
¿Se volverá a unir la población del mundo para crear nuevas realidades y estructuras que
provean las necesidades de las masas?
¿O todo el mundo deberá soportar calamidades en una escala nunca vista?
Me temo que lo último. La desaparición de «lo que es» traerá guerras y distancias, y un
mundo de focos de civilización recluidos en lugares de difícil acceso para defenderse de la
intrusión de la demencia asesina.
Contemplo con impotencia la falta de vida de Catti-brie, el terror de Regis y el hombro herido
de Bruenor, y temo estar viendo el futuro.

DRIZZT DO’URDEN
EL INTERMEDIARIO BARBUDO

—Te regocija en exceso una treta tan simple —le dijo Hephaestus a su compañero en una cueva al
sur de Espíritu Elevado.
—Es una cuestión de mera eficiencia y oportunidad, dragón, de la cual no obtengo el menor
regocijo —respondió Yharaskrik con la voz de Ivan Rebolludo, en cuyo cuerpo había pasado a
residir el ilícida, al menos en parte.
Cualquiera que conociese a Ivan se habría rascado la cabeza sorprendido ante el extraño acento
que tenía la voz grave del enano. Una inspección más detenida no hubiera hecho sino aumentar la
sensación de extrañeza, porque Ivan mostraba una calma excesiva. Se privaba de mesarse la gran
barba amarilla y de cambiar el peso del cuerpo de uno a otro pie, e incluso de golpearse el pecho o
las caderas con las manos, como tenía por costumbre.
—Todavía sigo con vosotros —añadió Yharaskrik—. Hephaestus, Crenshinibon y Yharaskrik
como uno solo. Tener a este enano bajo mi control me permite dar voz externa a nuestras
conversaciones, aunque no siempre eso es bueno.
—Mientras estás leyendo mis pensamientos —replicó el dragón con un tono en el que era
palpable el sarcasmo—, estás exteriorizando una parte de tu conciencia para proteger de mí los tuyos
propios.
El enano hizo una reverencia.
—¿No lo niegas? —preguntó Hephaestus.
—Estoy en tu conciencia, dragón. Tú sabes lo que yo sé; cualquier pregunta que quieras hacerme
será puramente retórica.
—Pero ya no estamos totalmente unidos —protestó Hephaestus, y el enano lanzó una risita. La
confusión del dragón era evidente—. ¿No eres lo bastante sabio como para segmentar tus
pensamientos en pequeños compartimentos, algunos interiores y otros exteriores, bajo la forma de un
enano feo y retaco?
El Yharaskrik metido en el cuerpo de Ivan volvió a inclinar la cabeza.
—Me halagas, gran Hephaestus. Puedes creer que estamos inexorablemente unidos. No podría
herirte sin herirme a mí, porque hacérselo a uno es realmente hacérselo al otro. Sabes que es verdad.
—Entonces, ¿por qué recurriste al enano, a este huésped representante?
—En particular por ti, que nunca has conocido tal intimidad mental —respondió el ilícida—.
Puede resultar confuso determinar dónde termina una voz y dónde empieza la otra. Podríamos
encontrarnos batallando por controlar el cuerpo que ambos habitamos, agotándonos el uno al otro por
el más simple de los movimientos. Así es mejor.
—Si tú lo dices…
—Mira en tu interior, Hephaestus.
Eso hizo el dracolich y tardó un buen rato en responder. Por fin miró al enano directamente a los
ojos y dijo:
—Es conveniente…
Yharaskrik asintió. Miró hacia un lado de la estancia, más allá de los cuatro cadáveres animados
de los magos baldurianos, al par de criaturas agazapadas que estaban en las sombras más profundas.
—Al igual que Crenshinibon exteriorizó partes de sí mismo —dijo el ilícida con la voz del
enano.
Fetchigrol dio un paso adelante sin dar a Hephaestus tiempo para responder.
—Nosotros somos Crenshinibon —dijo el espectro—. Ahora tenemos cuerpos separados por la
magia del Tejido en decadencia, pero pensamos como uno solo.
Hephaestus hizo un gesto afirmativo con su gigantesca cabeza, pero Yharaskrik, que había notado
una extraña evolución en los últimos días, no coincidió con él.
—No es así —replicó el ilícida—. Sois tentáculos del calamar, pero vuestros movimientos son
independientes.
—Hacemos lo que se nos ordena —protestó Fetchigrol, pero aquellas palabras le sonaron huecas
al Rey Fantasma.
La evolución del ilícida era correcta. Las siete apariciones estaban ganando cierta independencia
de pensamiento una vez más, aunque nada hacía temer que el Rey Fantasma pudiera verse amenazado
por semejante hecho.
—Sois buenos soldados de la causa de Crenshinibon —dijo Yharaskrik—; sin embargo, dentro
de la filosofía que os guía, hay independencia, como habéis mostrado aquí, en estas montañas.
El espectro emitió un gruñido ronco.
—Existimos en dos mundos —explicó Yharaskrik—, y en un tercero, debido a Crenshinibon,
debido al sacrificio de Fetchigrol y sus seis hermanos. Qué fácil es para vosotros, qué fácil es para
todos nosotros, llegar al reino de la muerte y traer de allí a secuaces sin uso de razón, y eso ha sido
lo que ha hecho Fetchigrol.
—El caos se ha establecido en Carradoon —dijo la voz del espectro, aunque la cara oscura del
humanoide no dio indicios de haber hablado—. A medida que los humanos van muriendo, se unen a
nuestras filas.
Yharaskrik hizo con la mano un gesto hacia un lado, a los cuatro magos que había levantado de
entre los muertos, uno incluso antes de que las llamas de una bola de fuego hubieran dejado de
achicharrar su piel ennegrecida.
—¡Y con lo fácil que es! —dijo el ilícida, dejando de lado por primera vez durante la
conversación su cadencia llana—. Aunque sólo fuera por esta capacidad, ya seríamos poderosos.
—Pero tenemos más que este poder singular —dijo Hephaestus.
El compañero espectral de Fetchigrol flotó hacia adelante, impulsado por el Rey Fantasma.
—La carnicería del Páramo Sombrío está a nuestra disposición —dijo Solmé—. La verja no es
fuerte y la puerta no está cerrada. Las bestias reptantes están hambrientas de carne de Toril.
—Y cuantos más maten, más engrosarán nuestras filas —dijo Fetchigrol.
Yharaskrik asintió y cerró sus ojos enanos, sopesando las posibilidades. Ese curioso giro de las
circunstancias, esta combinación fortuita de magia, intelecto y fuerza bruta —de Crenshinibon,
Yharaskrik y Hephaestus—, había originado posibilidades aparentemente ilimitadas.
Pero ¿había originado también un propósito común?
¿Conquistar o destruir? ¿Para qué fin?
El gruñido de Hephaestus arrancó a Yharaskrik de su contemplación, y vio que el dragón lo
miraba con aire de desconfianza.
—Adónde vayamos a parar no es mi preocupación inmediata —advirtió el dragón con la voz
ronca por la rabia acumulada—. Yo quiero tomarme mi venganza.
Yharaskrik oyó el diálogo interno del dragón con toda claridad, con imágenes instantáneas de
Espíritu Elevado, la casa del sacerdote que había ayudado a hacer desaparecer a los tres espíritus
unidos. En ese lugar, el dragón concentraba su odio y su ira. Habían sobrevolado el edificio la noche
anterior, e incluso entonces, Yharaskrik y Crenshinibon habían tenido que contrarrestar el reflejo del
enfado de Hephaestus. De no haber sido por la mediación de aquellas dos voces internas, el dragón
se hubiera lanzado en picado sobre el lugar en un arranque explosivo de pura malevolencia.
Yharaskrik no disentía abiertamente, y ni siquiera permitió que su mente revelara en absoluto su
oposición.
—¡Ya mismo! —rugió Hephaestus.
—No —se atrevió a oponerse el ilícida—. La magia se está deshaciendo, al menos la arcana, y
en algunos casos la divina, pero todavía no está totalmente deshecha. No está perdida para el mundo,
pero no se puede confiar en ella. Ese lugar, Espíritu Elevado, está lleno de sacerdotes y magos
poderosos. Subestimar el poder allí reunido representa un gran peligro. Cuando lo decidamos, caerá,
y ellos también caerán, pero no antes.
Hephaestus volvió a gruñir. Fue un gruñido largo y ronco, pero Yharaskrik no temía un estallido
de la bestia, porque sabía que Crenshinibon reforzaba cada vez más su raciocinio dentro del dragón.
Éste quería acción, devastadora y catastrófica, quería sembrar la muerte entre aquellos que habían
facilitado su caída. Hephaestus era por naturaleza impulsivo y explosivo; era la forma de ser de los
dragones.
Pero la forma de ser del ilícida requería paciencia y una consideración minuciosa, y no había en
el mundo criatura sentiente más paciente que Crenshinibon, que había visto pasar milenios ante sus
ojos.
Contrarrestaron a Hephaestus y calmaron a la bestia. Ayudaron, y no poco, sus promesas de que
Espíritu Elevado quedaría convertido en una ruina humeante. Ésa era una intención firme y una
expectativa sincera, y por supuesto, Hephaestus lo sabía con tanta certeza como si la idea fuera suya.
El dracolich se hizo un ovillo y alimentó sus fantasías. También podía ser una criatura paciente.
Bueno, hasta cierto punto.

—¡Defended ese flanco! —les gritó Rorick a los hombres de la pared izquierda de la cueva,
dispersos entre un montón de rocas caídas.
Estaban con el agua por los tobillos y combatían a muerte contra una multitud de esqueletos y
zombis. El centro de la línea defensiva, encabezada por los tres jóvenes Bonaduce y por Pikel, se
mantenía firme contra el ataque de los no muertos. Allí el agua llegaba casi hasta la rodilla, y su
arrastre afectaba más al avance de los monstruos que a los defensores.
A la derecha, los contornos y curvas del túnel también favorecían a los defensores. Ante ellos,
donde el túnel se hacía aún más ancho, había un profundo pozo. Los esqueletos y zombis que se
atrevían a entrar en él estaban totalmente cubiertos por las aguas, y los que conseguían salir eran
recibidos con una lluvia de pesadas estacas. Ese pozo era el motivo principal por el cual los
defensores habían elegido defender allí el terreno cuando por fin las hordas los encontraron. Al
principio, había parecido una elección prudente, pero la afluencia incansable de sus enemigos estaba
empezando a hacer pensar a muchos —Temberle y Hanaleisa, entre ellos— que tal vez deberían
haber escogido un punto más estrecho que ese espacio de nueve metros.
—No van a aguantar —les dijo Rorick a sus hermanos mientras Hanaleisa le daba una patada en
la cabeza a un esqueleto y lo mandaba volando túnel abajo.
Hanaleisa no necesitó aclaración alguna para saber a qué se refería. Dirigió de inmediato la
mirada a la izquierda, a las muchas rocas que bordeaban aquella parte desmoronada del túnel.
Habían creído que esas rocas iban a ser una ventaja ya que obligarían a la avanzadilla de los
monstruos a concentrarse para abrirse camino entre los numerosos obstáculos, pero cuando los
monstruos atacaron, esas piedras esparcidas empezaron a perjudicar a los defensores, que demasiado
a menudo se encontraban aislados de sus aliados.
Hanaleisa le dio a Temberle una palmada en el hombro y se apartó hacia un lado. Pero apenas
hubo recorrido dos pasos oyó gritar a Rorick de dolor. Se volvió sobre sus talones y lo vio caer;
levantaba la pierna herida, de la que volvía a manar sangre. Temberle trató de echarle una mano,
pero un chapoteo hizo que perdiera pie. Un pez esquelético salió del agua y lo golpeó en toda la cara.
Por toda la parte media de la línea, los defensores empezaron a agitarse y a gruñir mientras los
peces no muertos saltaban del agua y encontraban sus objetivos.
—¡Retirada! —gritó un hombre—. ¡Corred!
—¡No hay adónde ir! —gritó otro.
—¡Volved al túnel! —volvió a gritar el primero, y empezó a internarse más en la cueva seguido
por varios otros. La totalidad de la parte central se derrumbó detrás de ellos.
Rorick y Temberle se pusieron de pie al mismo tiempo. Rorick le indicó a su hermano que se
fuera. Temberle, sangrando profusamente por la nariz, se volvió velozmente, esgrimiendo el pesado
espadón.
Hanaleisa miró al flanco izquierdo justo a tiempo para ver cómo una docena de manos
carcomidas tiraban de un hombre hacia abajo. Se había quedado sin opciones, y al ver que todo se
venía abajo a su alrededor, lo único que pudo hacer fue gritar:
—¡Tío Pikel!
Era lo que había hecho tantas veces en su infancia cuando se enfrentaba a una crisis.
Si Pikel la oyó, no dio muestra alguna, ya que el enano de la barba verde estaba lejos de la
primera línea, con los ojos cerrados. Tenía la mano tendida hacia delante, sujetando la cachiporra
mágica mientras describía lentos círculos con el muñón. Hanaleisa se disponía a llamarlo otra vez,
pero vio que estaba entonando una salmodia.
La joven monje miró hacia la pared izquierda y luego otra vez hacia el centro. Dándose cuenta de
que tenía que confiar en su tío, salió corriendo hacia las rocas, hacia el grupo de esqueletos que no
paraba de aporrear y desgarrar al defensor caído. De un salto se colocó en medio de ellos y empezó
a descargar patadas y puñetazos con contundencia y precisión. De una patada lanzó a un esqueleto a
un lado, y éste se incrustó en el pecho de un zombi. Inmediatamente se apoyó sobre la punta de un pie
con la otra pierna extendida y comenzó a golpear furiosamente mientras describía una veloz rotación.
—¡A mí! —les gritó a los compañeros del hombre caído, muchos de los cuales parecían a punto
de dar la vuelta y huir, al igual que varios de los del centro de la línea.
Hanaleisa hizo una mueca de dolor cuando una mano esquelética se le clavó en el hombro y le
produjo una profunda herida con los dedos huesudos. De un codazo le rompió la cara a la criatura y
la lanzó despedida.
Entonces, redobló las patadas y los puñetazos, decidida a seguir combatiendo hasta el crudo
final.
Los hombres y las mujeres que se habían internado más en la cueva abandonaron toda idea de
retirada y acudieron llenos de furia. Hanaleisa los había inspirado, los había avergonzado.
A la monje guerrera la embargó la satisfacción al verlo, ya que la horda se vio obligada a
retroceder, y el hombre caído fue arrebatado de las garras de los no muertos. Hanaleisa tenía sus
dudas de que eso fuera a influir en el resultado final, pero a pesar de todo y por alguna razón a ella sí
le importaba. Morirían con honor y valor, y eso tenía que contar algo.
Echó una mirada a sus hermanos en el momento en que Pikel, en su cuarto intento, conseguía por
fin completar su conjuro. Una bola blanca y brillante, tan grande como el puño de Hanaleisa, brotó de
la cachiporra del enano y pasó por encima de la primera línea de defensores. La bola tocó a un
esqueleto y siguió adelante. Hanaleisa se quedó con la boca abierta cuando el esqueleto quedó
paralizado y se cubrió de una capa de hielo.
—¿Qué…? —fue todo lo que dijo antes de que la pequeña bola cayera al agua.
Entonces, tanto ella como los demás se quedaron atónitos al ver que el estanque se congelaba
alrededor de la esfera.
Los combatientes de la primera línea dieron un grito de sorpresa y dolor cuando la garra helada
llegó hasta ellos, que o bien retrocedieron, o los dejó aprisionados donde estaban. Sin duda, era una
consecuencia involuntaria, pero valió la pena porque el monstruoso avance, incluso el de los
insidiosos peces no muertos, se detuvo de inmediato.
Unos tentáculos helados se extendieron desde el centro del hielo; avanzaban hacía los lados y se
alejaban de los defensores, guiados por la voluntad de Pikel.
—¡Ahora! —les gritó Hanaleisa a los suyos, que estaban en la pared de la izquierda, y todos
lanzaron un furioso ataque para repeler la marea de muertos vivientes.
Los que no habían quedado atrapados en el hielo rompían con fuerza los cristales para liberar a
sus compañeros. Trabajaban con desesperación al ver que acudían nuevos no muertos desde el otro
lado del área congelada y avanzaban impertérritos por encima de la helada superficie usando a sus
secuaces inmovilizados como asideros para no resbalar.
Sin embargo, Pikel había ganado el tiempo suficiente como para que el vapuleado grupo pudiera
retirarse por el túnel. Se adentraron más en la montaña, hasta que atravesaron un estrecho corredor,
un pasadizo por el que sólo podían avanzar de uno en uno y que finalmente se abría, gracias al cielo,
a una cámara más ancha, de unos cien pasos de amplitud. A la salida del túnel se hicieron firmes.
Dos guerreros recibían a los no muertos que trataban de entrar.
Y cuando esos dos se cansaban o sufrían alguna herida, otros dos ocupaban su lugar.
Mientras tanto, detrás de ellos, Rorick organizaba una fila de defensores provistos de grandes
rocas. Cuando estuvo seguro de que tenían suficientes, dio la voz a los defensores de que se hicieran
a un lado. Uno por uno, los que formaban la cola fueron avanzando y arrojando rocas al túnel, de
manera que hicieron retroceder a los esqueletos y los zombis. En cuanto tiraban la piedra, salían
corriendo a buscar otra.
Así siguieron algún tiempo, hasta que las rocas que caían sólo golpeaban contra otras rocas, hasta
que los monstruos quedaron bloqueados detrás de una pared de piedra cada vez más gruesa. Cuando
acabaron, y mientras los contumaces monstruos seguían arañando el otro lado de la barricada, Pikel
dio un paso adelante y empezó a frotar la piedra y la tierra de las paredes del túnel. Invocó a las
plantas y les ordenó que avanzaran, y éstas enviaron sus zarcillos y sus raíces para rellenar los
huecos entre las piedras; así, al compactarlas, les dieron mayor resistencia.
Pareció que, al menos por el momento, la amenaza había quedado vencida. Su resultado habían
sido muchos cortes y magulladuras, e incluso heridas más serias, y el hombre al que se le había
echado encima un grupo de no muertos no volvería a combatir durante mucho tiempo, y eso si lograba
sobrevivir a sus heridas. Además, los defensores estaban en las profundidades de los túneles, en un
lugar lóbrego que no conocían. ¿Cuántos túneles más podrían encontrar bajo las montañas Copo de
Nieve y cuántos monstruos podrían encontrarlos también y volver a atacarlos?
—¿Qué vamos a hacer, entonces? —preguntó un hombre al apreciar la enormidad de la situación
en que se encontraban.
—Escondernos y luchar —dijo un Temberle decidido, respirando con dificultad por su nariz rota.
—Y morir —añadió otro, un capitán de un barco de pesca, corpulento y entrado en años, con una
gran barba gris.
—Eso, y entonces nos levantaremos y combatiremos con el otro bando —intervino otro.
Temberle, Hanaleisa y Rorick se miraron y no supieron qué contestar.
—¡Uuuuh! —dijo Pikel.
LA PESADILLA VIVIENTE

—Es necesario que os consiga un recambio —dijo Jarlaxle con un suspiro exagerado.
—Hemos hecho más de mil quinientos kilómetros desde Mithril Hall —recordó Bruenor—. Y les
hemos exigido al máximo. Incluso con las herraduras… —Hizo un gesto pesaroso.
Era cierto que esas buenas mulas se encontraban al límite, al menos por el momento, pero se
habían portado de maravilla. Habían tirado de la carreta desde el amanecer hasta la puesta del sol,
todos los días. Asistidas por las herraduras mágicas y por el buen diseño y construcción del
vehículo, consiguieron cubrir más terreno cada día de lo que un tiro normal podía recorrer en diez.
—Es cierto —admitió el drow—, pero están realmente agotadas.
Drizzt y Bruenor se miraron, sorprendidos, cuando Pwent gritó:
—¡Yo quiero uno de ésos! —y señaló al jabalí de Athrogate, que escupía fuego.
—¡Buajajá! —exclamó a su vez Athrogate—. ¡Te aseguro que me siento fantástico cabalgando a
mi feroz puerco en la batalla! ¡Y cuando los orcos creen conocer mi juego, le clavo los talones y
lanza pedos llameantes! ¡Buajajá!
—¡Buajajá! —coreó Thibbledorf Pwent.
—¿Podemos atarlos a los dos a la maldita carreta para que tiren de ella? —preguntó Bruenor,
señalando con la mano a los otros dos enanos—. Estoy dispuesto a clavarles las herraduras mágicas
en los pies.
—Puedes hacerte una idea de lo que llevo aguantando toda la década —dijo Jarlaxle.
—Y sin embargo, no te separas de él —apuntó Drizzt.
—Porque es fuerte contra mis enemigos y puede aguantar su carga —dijo Jarlaxle—, y además
puedo correr más que él cuando hay que batirse en retirada.
Jarlaxle le entregó a Drizzt las riendas de la mula, y éste llevó lentamente al exhausto animal
hasta la parte de atrás de la carreta, donde acababa de atar a su compañera. Sus días de tirar de la
carreta se habían terminado, al menos por un tiempo.
La pesadilla infernal se resistió al tirón de Jarlaxle, que trataba de ponerlo en el arnés.
—No le gusta nada —dijo Bruenor.
—No tiene elección —replicó Jarlaxle, que por fin consiguió atar a la bestia.
El drow se sacudió el polvo de las manos y se dispuso a subir con Pwent y Bruenor a la carreta.
—Mantén un paso vigoroso y constante, buen enano. Verás que el caballo demoníaco es más
que… —Hizo una pausa, y al saltar al interior se encontró con las expresiones escépticas de los dos
enanos—. ¿Os dejo mi corcel y pretendéis que vaya andando? —preguntó como si estuviera herido.
Pwent miró a Bruenor.
—Déjalo subir —decidió Bruenor.
—¡Yo te protegeré, mi rey! —declaró Pwent cuando Jarlaxle se sentó junto al Revientabuches,
que quedó entre él y Bruenor.
—Te mataría antes de que te dieras cuenta de que había empezado la pelea —le dijo Drizzt al
pasar andando.
Pwent abrió los ojos, alarmado.
—Es cierto —le aseguró Jarlaxle.
Pwent empezó a tartamudear, pero Bruenor le atizó un buen codazo.
—¿Qué, mi rey? —preguntó el Revientabuches.
—Que te calles —dijo Bruenor, y Jarlaxle rompió a reír.
El rey enano hizo restallar las riendas, pero en lugar de ponerse en marcha, el corcel de pesadilla
piafó lanzando fuego por la nariz y volvió la cabeza a modo de protesta.
—Déjame a mí, por favor —dijo Jarlaxle, alarmado, y echó mano de las riendas que Bruenor le
cedió.
Sin hacer el menor movimiento con ellas, Jarlaxle puso en marcha a la criatura con su voluntad.
El corcel demoníaco no tenía problemas para tirar de la carreta. Lo único que retrasaba la marcha
era la consideración del drow para con las dos mulas atadas en la parte de atrás, que estaban
exhaustas por la larga cabalgada.
Y realmente había sido larga, ya que habían cubierto la mayor parte del camino por la mañana, y
ya tenían a la vista las montañas Copo de Nieve, aunque todavía quedaba todo un día de marcha.
Jarlaxle les aseguró que su bestia mágica podía seguir después de que se hiciera de noche, que
incluso podía ver en la oscuridad, pero también por consideración a las mulas, que lo habían
entregado todo en el viaje, Bruenor decidió que hicieran un alto a media tarde y se pusieron a
preparar el campamento al pie de las colinas.
Jarlaxle envió a su corcel de pesadilla de vuelta al lugar al que pertenecía, o un plano inferior, y
Athrogate hizo lo propio con su jabalí demoníaco. Entonces, Athrogate y Pwent fueron a buscar
ramas y piedras para levantar defensas alrededor de su campamento. Apenas habían empezado a
moverse, y Jarlaxle y Bruenor acababan de soltar las mulas, cuando los animales empezaron a
removerse nerviosos y a piafar inquietos.
—¿Qué pasa? —preguntó Bruenor.
Jarlaxle tiró con fuerza de las riendas de la mula, pero ésta se echó atrás y resopló.
—Esperad —les dijo Drizzt.
Estaba en la carreta, de pie junto a Catti-brie, que iba sentada, y cuando los demás lo miraron
esperando una aclaración, se quedaron mudos al ver al drow en guardia, con los ojos fijos en los
árboles del otro lado de la carretera.
—¿Qué estás viendo, elfo? —susurró Bruenor, pero Drizzt se limitó a hacerle al enano una seña
con la mano que tenía extendida, imponiéndole silencio.
Jarlaxle volvió a atar las mulas a la carreta en silencio, mirando alternativamente a Drizzt y a los
árboles.
Drizzt se descolgó a Taulmaril del hombro y lo tensó.
—¿Elfo? —susurró Bruenor.
—¡Por los Nueve Infiernos…! ¿Qué…? —dijo entonces Thibbledorf Pwent con voz chillona
desde detrás de los otros tres.
Bruenor y Jarlaxle miraron hacia donde él estaba y vieron a una criatura de brazos largos y
piernas cortas, con piel a manchas grises y negras, que se arrastraba sobre las piedras hacia Pwent y
Athrogate.
Drizzt en ningún momento apartó la mirada de los árboles, y no tardó en ver a otra criatura de la
misma estirpe monstruosa que salía de entre la maleza.
El drow se quedó de piedra. Conocía demasiado bien a esas criaturas sombrías, achaparradas y
con garras. Había ido hasta el umbral de su casa.
Catti-brie estaba allí.
Y Regis.
¿Había vuelto a ir allí? Levantó su arco y lo preparó para disparar, pero respiró hondo, temiendo
estar otra vez en ese estado mental de confusión. ¿Y si lanzaba una flecha directa al corazón de
Bruenor?
—Dispara, Drizzt —oyó decir a Jarlaxle en drow profundo, una lengua en la que no había oído
hablar desde hacía mucho tiempo. Era como si Jarlaxle le hubiera leído el pensamiento—. ¡No te lo
estás imaginando!
Drizzt tensó la cuerda y la soltó, y el arco mágico lanzó una línea ardiente de energía, como un
relámpago, que abrió un boquete en el pecho de la carnosa bestia y la arrojó de vuelta a los arbustos
de donde había salido.
Pero donde había una, había muchas, y un grito de los dos enanos así se lo hizo saber mientras
todavía más irrumpían en el camino delante de él.
El explorador subía y bajaba los brazos furiosamente, buscando en su carcaj mágico una flecha
tras otra; las colocaba, las lanzaba y desgarraba las sombras con líneas sibilantes de relámpagos
luminosos. Eran tantos los monstruos que casi todas las flechas se clavaban en una masa carnosa;
algunas conseguían abrirse paso hasta un segundo monstruo detrás del primero. El hedor de la carne
quemada llenaba el aire, y un ruido burbujeante y explosivo colmaba la calma letal que se producía
entre las descargas atronadoras de Taulmaril.
A pesar de la devastación que sembró entre los monstruos, seguían llegando. Muchos atravesaban
el camino y se acercaban a la carreta. Drizzt lanzó otra flecha y, a continuación, tuvo que dejar el
arco y recurrir a las cimitarras para hacer frente al ataque.
Junto a él, Bruenor saltó de la carreta, golpeando su viejo y querido escudo grabado con la jarra
espumeante del Clan Battlehammer. Cogió su mellada hacha, un arma que llevaba consigo desde
hacia décadas. Mientras el enano saltaba a tierra, Jarlaxle se puso encima del asiento y sacó un par
de sus varitas, incluida la que había usado para inmovilizar a Drizzt.
—Bola de fuego —le explicó a Bruenor, que lo miró, a punto de preguntar por qué no estaba en
el suelo con un arma en la mano.
—¡Enciéndelas, pues!
Pero Jarlaxle se lo pensó mejor y sacudió la cabeza, sin decidirse a hacer el conjuro. Si su otra
varita funcionaba mal, él mismo podría quedar adherido a la carreta, pero si ésta disparaba hacia
atrás, no sólo él se incendiaría, sino también Bruenor y Catti-brie.
Ante la sorpresa del enano, Jarlaxle pasó ambas varitas a su mano izquierda, giró la muñeca
derecha y produjo una hoja que salió de su muñequera mágica. Otro giro de la muñeca alargó esa
espada hasta transformarla en una espada corta. Otro más y se convirtió en una espada larga.
Jarlaxle se disponía a guardar la varita de la bola de fuego, pero cambió de idea y deslizó la otra
en su cinturón. Pensó que si la situación se deterioraba hasta tal punto que necesitase usar un
artilugio, tendría que correr el riesgo.

Athrogate manejaba sus manguales con pericia, haciendo que las pesadas bolas claveteadas gimieran
en el extremo de las cadenas y se abrieran paso por delante de él, a un lado y a otro, y por encima de
su cabeza.
—¡Saca tu arma! —le gritó a Thibbledorf Pwent.
—¡Yo soy el arma, idiota! —respondió el Revientabuches.
Mientras la carnosa criatura se acercaba, justo antes de que Athrogate diera un paso adelante
para lanzar una andanada de manguales voladores, Pwent se lanzó a la carga sobre el enemigo, dando
puñetazos y rodillazos. Afirmado en su sitio con sus primeros pinchos, y mientras la criatura atrapada
movía los brazos y trataba de morderlo, Pwent inició un furibundo movimiento giratorio, una violenta
convulsión, algo parecido a un ataque.
La armadura serrada del enano hizo trizas a la bestia, que rápidamente quedó reducida a un
guiñapo de carne picada.
—¡Buajajá! —lo jaleó Athrogate, saludándolo y sacudiendo de risa la barriga mientras saltaba
por delante de él y se convertía en un remolino de manguales con la siguiente bestia.
Las armas romas no eran tan letales contra la carne gruesa y fofa, que cedía bajo el peso de su
castigo.
Un luchador corriente, con un mangual normal se las habría visto y deseado contra las criaturas
sombrías, pero Athrogate no era un luchador corriente. Tenía la fuerza de un gigante y la capacidad
de lucha aprendida en siglos de batallar, y tampoco sus manguales eran manguales normales.
Manejó las armas con mano experta, hasta colocarse justo delante de la vapuleada criatura y
atacarla con un poderoso porrazo desde arriba que la dejó despachurrada a sus pies, sobre la piedra.
No tuvo tiempo de celebrarlo, apenas de decirle a Pwent que se levantara, cuando ya tenía a otras
tres bestias encima y muchas más detrás de ésas.
Una garras negras trataban de aferrarse a él, pero Athrogate no daba descanso a sus manguales,
golpeando con ellos y recuperándolos una y otra vez. Sin embargo, con el rabillo del ojo el enano vio
a otro monstruo sobre la rama de un árbol, no muy lejos de él, y cuando esa bestia le saltó encima,
Athrogate no tuvo manera de defenderse.
A lo único que atinó fue a cerrar los ojos.

Bruenor se acordó de pronto de que Catti-brie estaba indefensa en la carreta, detrás de él. Con esa
idea fija en su mente, partió en dos a la primera criatura que se le acercó, de la cabeza a la ingle, con
un poderoso hachazo desde arriba. Haciendo caso omiso de la profusión de vísceras y sangre,
Bruenor se abrió paso, eliminó a la segunda con un golpe de lado y bloqueó las garras de una tercera
con un pesado movimiento del escudo.
Percibió la llegada de una cuarta del otro lado e instintivamente le dio un golpe de través con su
hacha, sin darse cuenta, hasta que ya era demasiado tarde, de que no era una bestia fofa, sino un
drow.
Por suerte, el flexible Jarlaxle dio un salto y recogió las piernas.
—Cuidado, amigo —dijo al aterrizar, aunque alargó las palabras porque llevaba la varita entre
los dientes.
El drow se puso delante del sorprendido enano y, dando estocadas con dos espadas, abrió
agujeros en el pecho del siguiente monstruo.
—Podrías haberme advertido —gruñó Bruenor antes de lanzarse otra vez a despedazar bestias a
diestro y siniestro.
Un chillido que sonó a la derecha, por detrás del rey enano, advirtió a éste que las bestias habían
llegado a las mulas.

Drizzt no tuvo ni un momento para apreciar la imagen de Bruenor y Jarlaxle combatiendo codo con
codo, algo que jamás podría haberse imaginado siquiera. Corrió hasta colocarse por delante de ellos,
dando tajos a cada paso; giraba sus cimitarras a tal velocidad que casi no eran perceptibles cuando
atravesaban el cuerpo de una bestia. Describió un giro, moviéndose mientras daba la vuelta, y salió
con tres zancadas para clavar las hojas repetidas veces. Se detuvo y se volvió, y luego saltó y atacó
con un golpe de lado a otra de las criaturas; en el movimiento de regreso, se cobró dos víctimas más.
Drizzt aterrizó ligero como una pluma e inmediatamente describió otro giro con las cimitarras,
que cortaron el aire y la carne gris oscuro de alrededor.
Entonces, el drow volvió hacia la carreta y se animó al ver la montura de Jarlaxle, que acababa
con todas las bestias reptantes que se acercaban demasiado. El corcel infernal las aplastaba bajo sus
cascos, que lanzaban diminutas bolas de fuego.
Drizzt se coló por detrás del animal y se quedó de piedra al ver que una bestia se abalanzaba por
la barandilla del otro lado. El drow tomó impulso en el pescante y saltó limpiamente al otro extremo
sin reducir la marcha. Como un rayo se puso delante de Catti-brie, haciendo picadillo a la bestia al
pasar.
¡Cuánto habría deseado estar con ella! Pero no podía, no cuando las mulas no paraban de tirar y
de removerse presas del terror.
De un salto se puso entre las dos, evitando con agilidad coces y empujones, y eliminó hábilmente
a los enemigos con tajos y estocadas precisos.
Justo detrás de las mulas, se detuvo y cambió de dirección, con la idea de desandar el camino.
Se dio cuenta de que no era necesario en cuanto vio a Jarlaxle y Bruenor, luchando uno al lado
del otro como si hubieran tenido el mismo mentor y hubieran participado juntos en cientos de
batallas. El estilo de combatir de Jarlaxle, que prefería las volteretas hacia adelante y las estocadas,
comparables a los tajos con los brazos abiertos de Drizzt, complementaba la ferocidad sin paliativos
de Bruenor. Juntos trabajaban en ataques sesgados: uno se enfrentaba a la criatura y luego se la
pasaba al otro para que la rematara.
Con un gesto de sorpresa, Drizzt se deslizó por detrás de ellos en lugar de por delante y describió
un círculo alrededor de la carreta con cuidado de no ponerse en el camino del frenético corcel.

Athrogate dio un alarido, creyendo que había llegado su hora, pero una segunda silueta atravesó el
aire, cabeza abajo, y atacó con la pica del yelmo. Thibbledorf Pwent ensartó a la bestia mientras
saltaba, y la apartó hacia un lado a la vez que caía al suelo. Se puso de píe de golpe y empezó a dar
saltitos, con la bestia fofa y moribunda atravesada de lleno en su pica.
—¡Oh, eso es fantástico! —gritó Athrogate—. ¡Es grandioso!
Demasiado furioso para oírlo, el feroz Revientabuches cargó contra un grupo de bestias, dando
puñetazos, empujones, rodillazos y patadas, incluso un mordisco cuando una garra se acercó
demasiado a su cara.
Athrogate acudió corriendo a su lado. Girando furiosamente los manguales, hizo volar trozos de
carne negra con cada golpe. Codo con codo, los enanos avanzaron, lanzando enemigos por todos
lados, mientras uno daba todavía los últimos estertores ensartado en la pica del yelmo de
Thibbledorf Pwent.
Bruenor y Jarlaxle libraban una batalla más defensiva, sin ceder terreno y con estocadas y tajos
medidos. Cuando las filas de los monstruos empezaron a menguar y la carreta quedó segura, Drizzt
saltó al pescante, recuperó su arco y comenzó a disparar hacia la línea de árboles con flechas
destellantes, de manera que el número de bestias que llegaban a Bruenor y Jarlaxle se redujo aún
más.
Pwent y Athrogate, despejado el rocoso campamento, se unieron a los demás, y Drizzt volvió a
dejar el arco y sacó sus cimitarras. Con una inclinación de cabeza y sonrisas cómplices, los cinco se
unieron formando una línea devastadora que limpió la pradera que había cerca del camino y también
la carretera, antes de volverse y correr todos a una hacia la carreta.
Sin más enemigos que despanzurrar, cuatro del grupo —los enanos y Jarlaxle— se situaron
mirando al norte, al sur, al este y al oeste, alrededor de la carreta. Drizzt subió al vehículo y se
colocó al lado de Catti-brie, con Taulmaril el Buscacorazones, a mano, listo para ayudar a sus
camaradas.
Sin embargo, pronto su atención se fijó en su amada carga, y vio que Catti-brie se sacudía
espasmódicamente y se ponía de pie, aunque no trataba de caminar. Se elevó sobre el suelo y puso
los ojos en blanco.
—¡Oh, no! —musitó, y tuvo que replegarse.
Lo más desgarrador de todo era tener que apartarse de su torturada esposa.
CUANDO LAS SOMBRAS SALIERON A LA LUZ

Danica y Cadderly corrían por los pasillos de Espíritu Elevado para ver a qué se debía toda esa
conmoción. Tuvieron que empujar a un grupo de magos y sacerdotes susurrantes y apretujarse para
poder salir por la puerta y encontrarse con que el gran porche frontal del edificio no estaba menos
atestado.
—¡Quédate ahí! —le gritó un mago a Danica en cuanto consiguió abrirse paso y bajó corriendo
los escalones hasta llegar al camino de acceso—. Cadderly, no la dejes…
El hombre calló cuando Cadderly alzó una mano para imponerle silencio. El sacerdote confiaba
en Danica y les estaba recordando a los demás que hicieran lo propio. A pesar de todo, Cadderly se
quedó bastante perplejo por lo que vio. Ciervos, conejos, ardillas y toda clase de animales
atravesaban a todo correr la pradera de Espíritu Elevado.
—Había un oso —explicó un sacerdote mayor.
—¿Un oso les produce semejante pánico? —preguntó Cadderly con evidente escepticismo.
—El oso corría tan deprisa y tan asustado como los demás —aclaró el sacerdote, y como
Cadderly hizo un gesto de incredulidad, varios otros asintieron para confirmar la descabellada
teoría.
—¿Un oso?
—Un gran oso. Tiene que haber un incendio.
Cadderly miró hacia el sur, hacia el lugar de donde venían los animales, y no vio humareda
alguna oscureciendo el cielo del atardecer. Olfateó varías veces, pero no captó el menor olor a humo
en el aire. Miró a Danica, que se dirigía hacia la línea de árboles que había al sur. Un poco más allá
llegó el rugido de otro oso, y luego el de un gran felino.
Cadderly se adelantó hasta los primeros escalones y descendió con cautela. Un ciervo salió de
entre los árboles y atravesó frenéticamente la pradera. Cadderly dio unas palmadas confiando en
asustar a la criatura para que se desviase hacia un lado, pero no dio muestras de oírlo ni de verlo
siquiera. Siguió corriendo y casi lo atropelló al pasar.
—¡Te lo dije! —le gritó el primer mago—. No hay ni atisbo de cordura en ellos.
En los bosques, el oso rugió otra vez, con más fuerza, con más insistencia.
—¡Danica! —gritó Cadderly.
El oso rugía no sólo como afirmación, sino también de dolor, y su gruñido amenazador estaba
mezclado con agudos chillidos.
—¡Danica! —volvió a llamar Cadderly, de forma más insistente y dirigiéndose ya hacia los
árboles. Se paró en seco cuando Danica salió corriendo de la maleza.
—¡Adentro! ¡Adentro! —les gritó a todos.
Cadderly la miró de forma inquisitiva, y luego su expresión manifestó sorpresa y horror al ver
una horda de bestias reptantes que se impulsaban con sus largos brazos a una enorme velocidad y
salían a la carga de los árboles que había detrás de la mujer.
El sacerdote había estudiado los catálogos de los muchos y variados animales y monstruos de
Faerun, pero jamás había visto nada que se les pareciera. En esa identificación instantánea, Cadderly
creyó ver a un hombre sin piernas que se arrastraba sobre unos brazos largos y poderosos, pero esa
idea no resistió un escrutinio más minucioso. Las bestias de piel oscura tenían hombros anchos y la
espalda encorvada, y usaban los brazos para caminar. Tenían también un remedo de pies al final de
unas piernas gruesas, como las aletas de un mamífero marino. Se movían medio saltando, medio
arrastrándose. De haberse mantenido erectas, habrían tenido la estatura aproximada de un hombre, a
pesar de ese vestigio de pies y de sus cabezas achatadas, una especie de semiesfera colocada
directamente sobre los hombros.
Sus caras no tenían nada de humano, ya que a su ausencia de frente se sumaban una nariz plana,
unas fosas nasales abiertas hacia adelante y unos ojos amarillos y brillantes: unos ojos malignos.
Pero lo que más alarmó a Cadderly y a todos los presentes fue su boca agresiva, llena de afilados
dientes. Ocupaba casi todo el ancho de la cara alargada, con una mandíbula inferior articulada,
sobresaliente, que parecía nacer en el pecho y se abría hacia arriba de manera amenazadora, como
mordiendo desde abajo.
Danica corría delante de los monstruos, y era veloz, pero una de las criaturas se le acercó
rápidamente y describió un ángulo para interceptarla.
Horrorizado, Cadderly se dispuso a prevenirla, pero sujetó la lengua al ver que ella llevaba el
peso a los talones y resbalaba hasta detenerse, describía un círculo y saltaba a lo alto, recogiendo las
piernas mientras la criatura pasaba por debajo de ella. La bestia también se detuvo y alzó los largos
brazos, pero las piernas de Danica fueron más rápidas y golpearon su cara vuelta hacia arriba.
Después, valiéndose de esa plataforma como cama elástica dio un salto que la puso fuera del alcance
del monstruo, que vaciló bajo el peso del golpe.
Danica bajó la cabeza y echó a correr a todo lo que le daban las piernas, no sin antes indicarle a
Cadderly que volviera a entrar en la catedral, recordándole con su gesto desesperado que también él
corría un grave peligro.
Al volverse, el sacerdote vio hasta qué punto estaba en peligro, ya que del bosque salían más
criaturas reptantes, muchas más. También vio salir al tan mentado oso tambaleándose y manoteando
para librarse de las criaturas sombrías.
Con el corazón agitado, Cadderly subió de un salto la escalinata, pero en el porche se
amontonaban los magos y sacerdotes, que, presas del pánico, se atropellaban ante la puerta y no
dejaban entrar. Los que estaban dentro abrieron las ventanas que había a ambos lados de la doble
puerta y hacían señas a sus compañeros de que saltaran al interior desde el porche.
Cuando volvió la vista para mirar a Danica, Cadderly se dio cuenta de que no lo iban a
conseguir. ¡Cuánto le habría gustado tener su ballesta, o por lo menos su bastón! Pero había acudido
sin sospechar que estuviera sucediendo nada grave. Físicamente, estaba desarmado, pero todavía
tenía a Deneir.
Cadderly se volvió en lo alto de la escalinata del porche y cerró los ojos; inició una plegaria,
rezó por encontrar una solución. Empezó a formular un conjuro incluso antes de darse cuenta de que
lo estaba intentando. Abrió los ojos y extendió los brazos a ambos lados del cuerpo. Danica llegó al
píe de la escalinata y pasó de un salto a su lado, mientras una hueste de criaturas le pisaba los
talones.
Una descarga de energía brotó de Cadderly, avanzando por el suelo y a través de él en una ola
arrolladora, levantando los adoquines y la hierba, y a muchas de las criaturas.
Otras olas la siguieron y arrastraron a las bestias hacia atrás en una serie de semicírculos
imparables, como las ondas de un estanque cuando se tira una piedra al agua. Pese a todo, las
hambrientas bestias trataron de avanzar, pero inevitablemente fueron perdiendo terreno, alejándose
cada vez más.
—¿Qué es eso? —preguntó una maga con comprensible admiración, y a pesar de su
concentración, Cadderly la oyó.
No tenía respuesta.
Bueno, sólo podía decir que su conjuro les había dado el tiempo que necesitaban para entrar en
Espíritu Elevado, y eso hicieron. Danica y Cadderly fueron los últimos, y prácticamente ella hubo de
tirar de su atónito marido hacia el interior.

Danica sintió un gran alivio al oír que otros daban órdenes de vigilar las ventanas y las puertas, ya
que Cadderly poco podía hacer en ese momento, y la necesitaba. Echó una rápida mirada a su
alrededor, dándose cuenta de pronto de que faltaba alguien. Espíritu Elevado era un lugar enorme,
con muchísimas habitaciones, y no había reparado antes en su ausencia, pero en ese momento de
urgencia y peligro cayó en la cuenta de que la familia de Espíritu Elevado no estaba completa.
¿Dónde estaba Ivan Rebolludo?
Volvió a mirar por todas partes, tratando de recordar dónde había visto por ultima vez al
bullicioso enano, pero un respingo de Cadderly la devolvió a la situación a que se enfrentaban.
—¿Qué has hecho ahí fuera? —le preguntó Danica—. No he visto jamás…
—No tengo la menor idea —admitió él—. He recurrido a Deneir en busca de conjuros, buscando
una solución.
—¿Y él ha respondido?
Cadderly la miró un momento, perdido en sus pensamientos, antes de sacudir la cabeza con aire
preocupado.
—El Metatexto, el Tejido… —musitó—. Ahora él forma parte de ellos.
Danica se lo quedó mirando, intrigada.
—Como si los dos…, tal vez los tres, Deneir, el Metatexto y el Tejido, ya no fueran entes
separados —trató de explicar Cadderly.
—Pero a excepción de Mystra, los dioses nunca fueron parte de…
—No, es más que eso —dijo Cadderly, sacudiendo la cabeza con más fuerza—. Él estaba
escribiendo para el Tejido, configurándolo con cifras, y ahora…
El ruido de cristales rotos, seguido de gritos y luego de alaridos, puso fin a la conversación.
—Ahí vienen —dijo Danica, que empezó a moverse llevándose consigo a Cadderly.
Encontraron una primera batalla en la habitación que estaba sólo a dos puertas del vestíbulo,
donde un grupo de sacerdotes se enfrentaban a la incursión de un par de bestias. Bien armados con
mazas y vestidos con sus armaduras, los sacerdotes tenían la situación controlada.
Cadderly tomó la delantera. Corriendo hacia la escalera central, subió los escalones de tres en
tres, hasta llegar al cuarto piso y a sus habitaciones privadas. Cogió su cinturón, que estaba al lado
de la puerta; era una faja de cuero ancha, con un soporte en cada extremo, para sus ballestas de mano.
Se colocó una bandolera de virotes de factura especial y salió corriendo otra vez al encuentro de
Danica, mientras iba cargando las ballestas.
Se dirigieron a la escalera, pero descubrieron un talento poco oportuno de las extrañas bestias
reptantes: eran expertas escaladoras. En el salón de abajo se rompió una ventana y se oyeron los
golpetazos que daba una de ellas en tanto trepaba al interior.
Danica se adelantó a Cadderly mientras él se dirigía hacia allí a toda prisa; pero cuando llegaron
al salón y abrieron la puerta de una patada, él la hizo a un lado y levantó el brazo, apuntando con la
ballesta.
En el interior había una bestia, y otra en el alféizar de la ventana, y las dos abrían la boca en una
mueca feroz.
Cadderly disparó. El virote atravesó la habitación como un relámpago e impactó en el pecho de
la bestia de la ventana. Los soportes laterales del virote se plegaron hacia adentro y aplastaron la
pequeña ampolla que contenían. Ese choque encendió el aceite mágico, y la explosión abrió un
enorme boquete en la carne negra del monstruo y lo hizo salir volando por la ventana.
Cadderly apuntó con su segunda ballesta a la otra criatura, pero detuvo la acción al ver que
Danica cargaba contra ella. Danica cambió de paso en el último momento, y llevando la pierna
izquierda hacia la derecha, la impulsó poderosamente hacia atrás para desviar los dos brazos
acabados en garras. Con movimiento experto giró las caderas sin detenerse, tomó impulso, y mientras
su pie izquierdo tocaba el suelo, lanzó una patada instantánea con el derecho y le clavó la punta del
pie en el ojo izquierdo de la bestia.
Ésta aulló y se removió, echando los brazos hacia atrás con furia, como era de prever, y Danica
se puso fácilmente fuera de su alcance; luego siguió con un paso adelante y una patada directa al
pecho de la criatura que la lanzó hacia atrás e hizo que se golpeara contra la pared.
Nuevamente reaccionó con furia, y Danica una vez más saltó poniéndose fuera de su alcance.
Entonces, decidió que ésa era la forma de combatir a aquellas criaturas. Golpear duro y
retroceder, repetidas veces, sin quedarse nunca lo bastante cerca como para ser alcanzada por las
horrorosas garras.
Cadderly se alegró sobremanera de que ella tuviera la situación bajo control cuando oyeron que
se rompía la ventana en la siguiente habitación. Giró sobre sus talones y de una patada abrió la puerta
que daba a ella; entró como un torbellino con el brazo izquierdo en alto.
La bestia estaba agazapada justo delante de él, esperando para saltarle encima.
Con un grito sorprendido, Cadderly disparó la ballesta de mano, y el virote impactó en la bestia
reptante a apenas dos palmos de él, tan cerca que percibió el calor de la fuerza del choque cuando el
virote explotó. La bestia salió volando a través de la habitación y terminó contra la pared, con los
largos brazos abiertos y convulsos, y un agujero en el torso, tan grande que Cadderly se dio cuenta de
que podía meter el puño en él sin dificultad.
Su respiración se volvió entrecortada por la sorpresa, pero oyó una conmoción afuera. Dejó caer
la ballesta de la mano izquierda, que quedó colgando sobre su muslo porque estaba bien sujeta, y se
apresuró a recargar la otra arma.
A punto estuvo de dejar caer el virote explosivo cuando Danica entró corriendo en la habitación,
por detrás de él, y dio un portazo.
—¡Son demasiadas! —gritó—. Y nos están rodeando. Tenemos que conseguir que nos manden
ayuda desde abajo.
—¡Ve! ¡Corre! —fue la respuesta de Cadderly, que manipulaba el virote, justo cuando una
sombra llenó la ventana del otro lado.
Danica, sin ver casi al enemigo cercano, corrió a la escalera. La bestia fofa se lanzó contra
Cadderly.
La cuerda de la ballesta se le escapó y tuvo suerte de poder impedir que el virote cayera de la
tablilla acanalada. Sus ojos iban del arco a la bestia y otra vez al arco y de vuelta a la bestia, hasta
que vio una garra asquerosa que se dirigía hacia su cara.

La escalera central de Espíritu Elevado tenía un tramo descendente, luego giraba en un descansillo y
después otro tramo descendente en la dirección contraria; dos tramos por cada piso del edificio.
Danica no corrió realmente escaleras abajo, sino que bajó la mitad del primer tramo y saltó por
encima de la barandilla, aterrizando con ligereza a la mitad del segundo tramo. No pasó directamente
el tercer tramo de la escalera, sino que saltó al descansillo para reconocer la tercera planta.
Tal como había temido, la recibió el sonido de cristales rotos. Gritó otra vez por el hueco de la
escalera y saltó hasta la mitad del siguiente tramo; luego al cuarto, y entonces oyó la conmoción de
mucha gente que corría escaleras arriba.
—¡Dividios en patrullas para asegurar cada planta! —les gritó Danica. Su orden quedó
justificada cuando la cabecera del grupo llegó a la segunda planta y se encontró de inmediato con un
par de bestias que corrían en su dirección por el pasillo.
Unos dedos ondulantes lanzaron proyectiles de fuerza mágica. Los clérigos con armadura se
agruparon en la puerta para proteger a los que no la llevaban.
En Espíritu Elevado casi todos tenían experiencia en batalla, y fue así como varios se
desprendieron del primer grupo con precisión y disciplina mientras el grueso de la columna seguía
subiendo.
Danica ya no estaba en ese sitio y subía los escalones de tres en tres. Había dejado solo a
Cadderly más tiempo del que había previsto, y aunque confiaba en él —¿cómo no habría de hacerlo
cuando lo había visto enfrentarse a un terrible dragón y a un vampiro, y cuando había presenciado
cómo, valiéndose únicamente de su fuerza de voluntad y de la magia divina, había creado la
magnífica biblioteca-catedral?— sabía que estaba solo en la cuarta planta.
Solo y con más de dos docenas de ventanas que defender en esa ala.

Cadderly gritó, alarmado, y volvió la cara para evitar el golpe, pero no fue suficiente para librarse
de las largas y terribles garras. Sintió que se le desgarraba la piel bajo el ojo izquierdo, y la fuerza
del golpe fue tal que a punto estuvo de dejarlo sin sentido.
Cadderly ni siquiera se dio cuenta de que había disparado su ballesta de mano. El virote no
estaba perfectamente colocado en la tablilla, pero de todos modos salió disparado; que el arma
estuviera apuntando en la dirección correcta fue sólo cuestión de suerte. El virote se clavó en la
carne del monstruo, se abrió y explotó, arrojando hacia atrás a la bestia que se estrelló contra la
pared y emitió un aullido espectral mientras se llevaba las manos a la herida que le había abierto el
proyectil.
Cadderly oyó el alarido, pero no pudo saber si era de dolor, de derrota o de victoria. Con la
cabeza baja, salió de la habitación dando tumbos mientras la sangre que le corría por la cara iba
dejando un rastro en el suelo. El golpe no le había tocado el ojo, pero lo tenía tan hinchado que sólo
podía ver parches de luz borrosa.
Tambaleante y desorientado, oyó que más criaturas se arrastraban por las otras habitaciones.
«¡Carga! ¡Carga!», le advertían todos sus sentidos, y trató de hacerlo a ciegas, pero rápidamente se
dio cuenta de que no tenía tiempo.
Cerró los ojos e invocó a Deneir.
Todo lo que encontró eran números, configuraciones inscritas en el Tejido.
Su confusión duró hasta que una criatura entró de repente en la sala que tenía delante. En ese
momento, los números tomaron forma en su mente y de sus labios salió un conjuro.
Un escudo reluciente de energía divina envolvió al sacerdote cuando la criatura se lanzó sobre él,
y aunque Cadderly instintivamente reculó, el ataque de sus garras no pudo producirle daño.
No podían penetrar en la barrera mágica que había levantado no sabía muy bien cómo.
Otro conjuro afluyó a sus pensamientos, y no perdió tiempo en pronunciar las palabras. Dejó que
las ballestas volvieran a sus soportes y alzó las manos. Sintió que la energía lo recorría, una energía
divina, maravillosa y potente, como si la estuviera extrayendo del aire. Recorrió sus brazos y bajó
por el torso hacia las piernas y de allí al suelo, y entonces un resplandor anaranjado se expandió en
todas direcciones, extendiéndose como una telaraña por las tablas del piso.
La criatura que lo golpeaba empezó de inmediato a aullar de dolor, y Cadderly avanzó por la
estancia, arrastrando consigo el terreno consagrado. Demasiado estúpida como para reconocer su
error, la fofa bestia lo seguía sin parar de gritar, mientras la parte inferior de su torso crepitaba bajo
el influjo ardiente de la energía.
Más criaturas se acercaron a él y trataron de atacarlo, pero empezaban a aullar en cuanto
entraban en el círculo de poder. La magia siguió a Cadderly cuando se volvió hacia la escalera.
Allí el poderoso sacerdote vio a Danica, que lo miraba boquiabierta.
La primera criatura murió. Otra cayó, luego una tercera, consumidas por el poder de Deneir, por
el poder de la esencia mágica desconocida que Cadderly había formulado. Le hizo a Danica señas de
que huyera, pero ella no le obedeció, sino que fue a unirse a él.
En cuanto se acercó, también ella empezó a brillar bajo la luz de su escudo divino.
—¿Qué has hecho? —le preguntó.
—No tengo la menor idea —replicó Cadderly. No estaba por la labor de ponerse a indagar sobre
su buena suerte.
—Limpiemos el piso —dijo Danica, y juntos avanzaron pasillo abajo.
Danica abrió la marcha con un chaparrón de patadas y puñetazos que acabaron con dos bestias
que se retorcían de dolor por haber pisado terreno consagrado.
Otra trató de escabullirse a una habitación adyacente, y Danica se volvió contra ella, pero
Cadderly apuntó con un dedo y, a voz en cuello, pronunció otra plegaria. Un rayo de luz, una lanza de
energía divina, brotó de él y atravesó a la bestia, que aulló y se estrelló contra el marco de la puerta
mientras Danica se acercaba.
La bestia sobrevivió a la energía lacerante, pero relumbró, lo que facilitó a Danica la tarea de
dirigir sus golpes y despacharla sin tardanza.
Para cuando cinco sacerdotes ensangrentados y vapuleados llegaron al descansillo decididos a
brindar apoyo a la pareja, un ala de la cuarta planta había quedado despejada de monstruos.
De Cadderly seguía emanando el círculo de poder que fluía a su alrededor, y descubrió también que
sus heridas se curaban por efecto de la magia.
Los demás sacerdotes lo miraron, sorprendidos e intrigados, pero no les dio ninguna respuesta.
Había invocado a Deneir, y Deneir, o algún otro ser de poder, había respondido a sus plegarias con
esencias mágicas desconocidas.
No había tiempo para sentarse a contemplar, Cadderly lo sabía, porque Espíritu Elevado era una
estructura gigantesca llena de ventanas, habitaciones laterales y alcobas, además de pasadizos
estrechos al fondo y una estructura en varios niveles.
Siguieron combatiendo toda la noche y hasta el amanecer, cuando dejaron de entrar monstruos
por las ventanas. Y todavía continuaron durante toda la mañana, cansados y maltrechos, y con varios
de sus compañeros muertos, hasta limpiar penosamente los grandes espacios de Espíritu Elevado.
Tanto Cadderly como Danica sabían que quedaban habitaciones que explorar y limpiar, pero
todos estaban exhaustos. Además, debían reforzar las ventanas con pesados tableros, atender a los
heridos y organizar grupos de combate para la noche ante la posibilidad de un nuevo ataque.
—¿Dónde está Ivan? —le preguntó Danica a Cadderly cuando finalmente disfrutaron de un
momento a solas.
—Creí que había ido a Carradoon.
—No, sólo Pikel, con Rorey y…
A Danica se le atragantaron los nombres en la garganta. Sus tres hijos habían ido a Carradoon,
así que habían atravesado la montaña boscosa de la cual habían salido esas odiosas criaturas.
—¿Cadderly? —susurró, quebrándosele la voz. También él tuvo que respirar hondo para que el
miedo no lo dominara.
—Tenemos que reunimos con ellos —dijo.
Pero Danica estaba negando con la cabeza.
—Tú tienes que quedarte aquí —respondió.
—No puedes…
—Puedo moverme más deprisa si voy sola.
—No tenemos la menor idea de qué fue lo que precipitó esto —se quejó Cadderly—. ¡Ni
siquiera sabemos a qué poder nos enfrentamos!
—¿Y quién mejor que yo para averiguarlo? —preguntó su esposa mientras esbozaba un remedo
de sonrisa confiada.
Apenas un remedo.
NO SOY TU ENEMIGO

En su rostro lucía una sonrisita de complicidad que no coincidía con la de sus ojos, que otra vez
estaban en blanco. Flotaba en el aire.
—¿Te propones matarlo? —preguntó, como si se estuviera dirigiendo a alguien que tuviera
delante. Mientras hablaba, sus ojos se enfocaron otra vez.
—El acento —comentó Jarlaxle cuando Catti-brie echó los hombros hacia atrás, tal vez como si
se estuviera recostando en una silla.
—Si vas a matar a Entreri para liberar a Regis y para impedir que haga daño a alguien más,
entonces mi corazón dice que está bien —dijo la mujer, y se inclinó hacia adelante con intención—,
pero si quieres matarlo para demostrar quién eres o para negar lo que él es, entonces mi corazón
llora.
—Calimport —susurró Drizzt, recordando la escena con claridad.
—¿Qu…? —iba a preguntar Bruenor, pero Catti-brie continuó, interrumpiéndolo.
—Sin duda, el mundo no es justo, amigo mío. Sin duda, has sido ultrajado, pero ¿vas tras el
asesino por tu propia ira? ¿Acaso la muerte de Entreri va a subsanar el ultraje?
»Mírate en el espejo: Drizzt Do’Urden, sin la máscara. Matar a Entreri no va a cambiar el color
de su piel… ni el de la tuya.
—¿Elfo? —preguntó Bruenor, pero en aquel momento sorprendente, Drizzt ni siquiera podía
oírlo.
El peso de aquel lejano encuentro con Catti-brie se le volvió a echar encima. Ahí estaba otra vez,
en ese momento, en aquella pequeña habitación, recibiendo una de las lecciones más profundas de
pura sabiduría que nadie se había molestado en darle jamás. Fue el momento en el que se dio cuenta
de que amaba a Catti-brie, aunque pasarían años antes de que se atreviera a dejarse llevar por sus
sentimientos.
Miró a Bruenor y a Jarlaxle, un poco azorado, demasiado abrumado, y se volvió otra vez hacia su
amada, que siguió reproduciendo aquella vieja conversación, palabra por palabra.
—… si aprendieras a mirar —dijo la mujer con aquella sonrisa encantadora y cautivante en los
labios, aquella sonrisa que tan a menudo había deslumbrado a Drizzt y había eliminado toda
resistencia que él pudiera tener a lo que decía—. Y si hubieras aprendido a amar, seguramente lo
habrías dejado correr, Drizzt Do’Urden.
Volvió la cabeza como si algo hubiera ocurrido cerca, y Drizzt recordó que Wulfgar había
entrado en la habitación en ese momento. Por aquel entonces, Wulfgar era el amante de Catti-brie,
aunque ella había dado muestras de que su corazón prefería a Drizzt.
Y así era incluso entonces, él lo sabía.
Drizzt empezó a temblar al recordar lo que habría de venir. Jarlaxle se le puso detrás y pasó las
manos alrededor de su cabeza. Por un instante, Drizzt se puso tenso, pensando que el mercenario
tenía un garrote. Sin embargo, lo que tenía era un parche que le ató sobre el ojo antes de empujarlo
hacia adelante.
—¡Ve hasta ella! —le dijo en tono imperativo.
—Es sólo para que lo pienses, amigo mío —dijo Catti-brie en voz baja, y Drizzt tuvo que hacer
una pausa antes de seguir acercándose, tuvo que dejarla terminar—. ¿Estás más atrapado por la
forma en que te ve el mundo o por la forma en que tú ves que el mundo te ve?
Mientras las lágrimas desbordaban sus ojos color lavanda, Drizzt cayó sobre ella en un gran
abrazo, obligándola a bajar los brazos extendidos. No se internó en aquel plano de sombras,
protegido como estaba por el parche en el ojo que le había dado Jarlaxle. Drizzt tiró de ella y la
mantuvo muy pegada a él, abrazándola hasta que al final se relajó y volvió a sentarse.
Por fin, Drizzt miró a los demás, en especial a Jarlaxle.
—No soy tu enemigo, Drizzt Do’Urden —dijo el mercenario.
—¿Qué es lo que has hecho? —inquirió Bruenor.
—El parche del ojo protege la mente de intrusiones mágicas o psiónicas —explicó Jarlaxle—.
No totalmente, pero lo suficiente como para que Drizzt, en guardia, no se haya dejado arrastrar al
lugar…
—Por donde vaga ahora la mente de Regis —dijo Drizzt.
—Os aseguro que no entiendo nada de lo que estáis diciendo —dijo Bruenor, plantando las
manos en las caderas—. ¡Por los Nueve Infiernos, elfo!, ¿qué está sucediendo?
Drizzt tenía una expresión confundida y empezó a menear la cabeza.
—Es como si dos planos de existencia, o dos mundos de diferentes planos, hubieran chocado —
dijo Jarlaxle, y todos lo miraron como si le hubiera salido una segunda cabeza de ettin.
Jarlaxle respiró hondo y lanzó una pequeña carcajada.
—No es un accidente que os haya salido al encuentro en el camino —dijo.
—¿Acaso crees que alguna vez hemos creído eso, zoquete? —preguntó Bruenor, arrancando al
drow mercenario una risita impotente.
—Y tampoco fue un accidente que mandara a Athrogate, a Stuttgard si lo preferís, a Mithril Hall
para convenceros de que os pusierais en camino hacia Espíritu Elevado.
—Ya, la Piedra de Cristal —musitó Bruenor en un tono de claro escepticismo.
—Todo lo que te he dicho es verdad —replicó Jarlaxle—; pero es cierto, buen enano, mi relato
no estaba completo.
—Me muero por oírlo.
—Hay un dragón.
—Siempre lo hay —dijo Bruenor.
—Yo y mi amigo al que aquí ves estábamos siendo perseguidos —explicó Jarlaxle.
—¡Malditos cabrones! —dijo Athrogate.
—Perseguidos por criaturas capaces de levantar a los muertos con facilidad —dijo Jarlaxle—.
Los arquitectos de la Piedra de Cristal, creo, que de algún modo han trascendido las limitaciones de
este plano.
—¡Ups!, otra vez me pierdo.
—Criaturas de dos mundos, como Catti-brie —dijo Drizzt.
—Tal vez; no puedo saberlo con certeza. No me cabe duda de que son bidimensionales o tienen
la capacidad de serlo. Este sombrero me permite producir agujeros bidimensionales, y eso fue lo que
hice: arrojé uno de esos artilugios sobre la criatura que me perseguía.
—La que se estaba derritiendo ante mis manguales consiguió aplastarla —explicó Athrogate.
—Desplazamiento planar —dijo Jarlaxle—, y sucedió cuando mi agujero dimensional le cayó
encima, y la combinación de dos magias extradimensionales abrió una grieta en el plano astral.
—Entonces, la criatura se ha ido —dijo Bruenor.
—Para siempre, espero —confirmó Jarlaxle.
—Y a pesar de todo nos necesitas a nosotros y necesitas a Cadderly. ¿Por qué?
—Porque era un emisario, no la fuente. Y la fuente…
—El dragón —dijo Drizzt.
—Como siempre —repitió Bruenor.
Jarlaxle se encogió de hombros, poco dispuesto a aceptarlo.
—Sea lo que sea, sigue vivo, y con el terrible poder de transmitir sus pensamientos por todo el
mundo y enviar también a sus emisarios. Ha estado trayendo secuaces del reino de los muertos a
voluntad, y tal vez… —dijo, e hizo una pausa para dirigir la vista hacia la escena de las bestias
despanzurradas a su alrededor— el poder de evocar secuaces de este otro lugar, de este lugar
oscuro.
—¿Qué te traes entre manos, maldito elfo? —preguntó Bruenor—. ¿Adónde nos arrastras?
—Por el camino que permitirá encontrar una respuesta para la aflicción de tu querida hija, espero
—replicó Jarlaxle sin vacilar—. Y sí, os uno a Athrogate y a mí en nuestra propia búsqueda.
—¡Dirás que nos has metido de lleno en ella! —gruñó Bruenor.
—¡Me están dando ganas de darte un puñetazo en esa lampiña cara! —gritó Pwent.
—Ya estábamos metidos —dijo Drizzt.
Y cuando todos se volvieron para mirarlo allí, de rodillas, abrazando a Catti-brie, no pudieron
por menos que reconocerlo. Drizzt miró a Jarlaxle y dijo:
—Todo el mundo está metido en ella.
LA CONSTERNACIÓN DE LOS
EXPLORADORES

—¡No podemos esperar aquí a que nos ataquen otra vez cuando caiga el sol! —gritó un mago joven,
y muchos otros hicieron suyas esas palabras.
—Ni siquiera sabemos si eso llegará a suceder —les recordó Ginance, una mujer madura,
sacerdotisa de la orden de Cadderly, que había estado catalogando pergaminos en Espíritu Elevado
desde sus comienzos—. ¡Jamás nos hemos enfrentado a criaturas como… esos montones de carne
repugnante! No sabemos si le tienen aversión a la luz del sol o si se retiraron al amanecer por
razones estratégicas.
—Se fueron cuando asomó la luz del amanecer por el este —protestó el primero—. Eso me
indica que tenemos un buen lugar por donde comenzar nuestro contraataque, y eso debemos hacer… y
con contundencia.
—¡Siiií! —gritaron otros.
Ya llevaban algún tiempo discutiendo en la nave de Espíritu Elevado, y hasta ese momento
Cadderly se había mantenido en silencio, sopesando lo que se decía. Varios magos y sacerdotes,
todos ellos visitantes que habían acudido a la biblioteca, murieron en el brutal asalto de la noche
anterior. Cadderly vio con satisfacción que el grupo restante, unos setenta y cinco hombres y mujeres,
en su mayor parte bien entrenados y formados en las artes arcanas o divinas, no habían sucumbido a
la desesperación tras la inesperada batalla. Su espíritu combativo era más que evidente, y eso, bien
lo sabía, sería un factor importante si querían superar esa prueba.
Volvió a centrarse en Ginance, su amiga y uno de los miembros más sabios y eruditos de su clero.
—Ni siquiera sabemos si Espíritu Elevado ha quedado totalmente limpio de bestias —dijo la
mujer, atemperando el entusiasmo.
—¡Por el momento, ninguna de esas feroces criaturas nos está dando dentelladas! —sostuvo el
primer mago.
Ginance pareció tener dificultades para hacerse oír entre los gritos que siguieron; todos ellos
pedían actuar fuera de los confines de la catedral.
—Dais por supuesto que no tienen raciocinio o, por lo menos, que son estúpidas —intervino
finalmente Cadderly, y aunque no habló a gritos, en cuanto empezó a hablar se hizo el silencio, y
todos quedaron pendientes de sus palabras.
El sacerdote respiró hondo al comprobar una vez más la importancia y la reputación de que
gozaba. Él había construido Espíritu Elevado, y eso no era un hecho baladí. Sin embargo, no se dejó
llevar por el respeto que le mostraban, especialmente teniendo en cuenta que muchos de sus
huéspedes eran mucho más avezados que él en el arte de la guerra. Un grupo de sacerdotes de
Sundabar había pasado años viajando por los planos inferiores, combatiendo con demonios y
diablos. Sin embargo, todos tenían los ojos fijos en él, esperando que dijera algo.
—Dais por supuesto que huyeron porque no les gustó la luz del sol, y no por razones tácticas —
explicó Cadderly, eligiendo cuidadosamente sus palabras. Trató de apartar su tonto nerviosismo al
pensar en sus hijos ausentes y en los hermanos Rebolludo, también ausentes—. Y ahora dais por
supuesto que si hubiera más de esas bestias dentro de Espíritu Elevado, estarían atacándonos
ferozmente en lugar de esconderse para hacerlo en un momento más oportuno.
—¿Y tú qué es lo que crees, buen Cadderly? —preguntó el mismo mago joven que se había
mostrado tan agresivo y obstinado con Gínance—. ¿Debemos quedarnos aquí, fortificándonos y
preparándonos para el siguiente asalto, o salir al encuentro de nuestro enemigo?
—Ambas cosas —respondió Cadderly, y muchas cabezas, especialmente las de los veteranos de
más edad, asintieron—. Muchos de vosotros no habéis venido aquí solos, sino con amigos y
asociados de confianza, de modo que dejaré que organicéis el tamaño y la disposición de los grupos
de combate. Yo aconsejaría fuerza bruta y magia, y magia tanto divina como arcana. No sabemos
cuándo terminará esta… plaga, o si arreciará o no, por lo que debemos hacer todo lo que podamos a
fin de estar preparados para todas las contingencias.
—Yo aconsejaría que los grupos fueran como mínimo de siete —dijo uno de los magos de más
edad.
Otra vez empezaron a hablar entre ellos, y Cadderly pensó que era mejor así. Esos hombres y
mujeres no necesitaban que él los guiara en los detalles. Ginance se había acercado a él, todavía
preocupada por la idea de que Espíritu Elevado pudiera estar albergando a huéspedes indeseados.
—¿Están todos nuestros hermanos en condiciones después de lo de anoche? —le preguntó
Cadderly.
—Casi todos. Tenemos una veintena más o menos de hermanos dispuestos a explorar Espíritu
Elevado…, a menos que prefieras que algunos salgan con los demás.
—Unos cuantos —decidió Cadderly—. Ofrece a nuestros hermanos con más conocimiento del
mundo, a los que hayan pasado más tiempo recolectando hierbas medicinales, a los que mejor
conozcan el terreno que rodea la biblioteca, a las distintas partidas de exploración formadas por
nuestros numerosos huéspedes. No obstante, hagamos que la mayoría permanezca dentro de Espíritu
Elevado, ya que conocen mejor las catacumbas, túneles y antecámaras. Ésa es nuestra tarea, por
supuesto.
Ginance aceptó ese gran cumplido con una inclinación de cabeza.
—Lady Danica nos sería de gran ayuda, igual que Ivan… —Se calló al ver la mirada de
amargura que le dirigió Cadderly.
—Danica saldrá de Espíritu Elevado sin tardanza —explicó Cadderly—, sobre todo en busca de
Ivan, que parece estar perdido, y…
—Están a salvo en Carradoon —lo tranquilizó Ginance—. Los tres, y Pikel, también.
—Esperemos que así sea —fue todo lo que pudo responder Cadderly.

Poco después, Cadderly estaba en el balcón de su habitación privada, mirando hacia el sudeste, hacia
Carradoon. Eran muchos los pensamientos que se disputaban su atención mientras él estaba
preocupado por sus hijos y por Danica, que había salido a buscarlos a ellos y también al
desaparecido Ivan Rebolludo. Temía por su hogar, Espíritu Elevado, y las implicaciones que su
caída podría tener sobre su orden y, de una manera más personal, sobre sí mismo. La horda de
monstruos desconocidos que les cayó encima con tal violencia y determinación no había infligido un
daño real a la estructura de la catedral, pero Cadderly había sentido en carne propia la rotura de
cada ventana, como si alguien le hubiera clavado con dureza en la piel la punta de un dedo. Se sentía
íntimamente conectado con el lugar, y de una manera que ni siquiera él llegaba a entender
plenamente.
Tantas preocupaciones, y entre ellas nada menos que la preocupación por su dios y por el estado
del mundo. Había ido hasta allí, hasta el Tejido, y había encontrado a Deneir, de eso estaba seguro.
Incluso le habían sido concedidos conjuros para él desconocidos hasta entonces.
Era Deneir, pero no era Deneir, como sí el dios estuviera cambiando ante sus ojos; como si
Deneir, su dios, la piedra de pensamiento filosófico que Cadderly había usado como base de su
propia existencia, se estuviera convirtiendo en parte de algo más, de algo diferente, tal vez más
grande… y tal vez más oscuro.
¡Cadderly tenía la sensación de que Deneir, en su intento de desentrañar el misterio del colapso
del Tejido, se estaba inscribiendo en su trama, o estaba tratando de inscribir el Tejido en el
Metatexto, y él mismo se incluía en el proceso!
Un fogonazo proveniente de un valle boscoso hacia el este devolvió a Cadderly al presente. Se
puso de pie y se dirigió a la balaustrada para escrutar más intensamente la distancia. Se habían
incendiado algunos árboles; uno de los magos exploradores había lanzado una bola de fuego o un
sacerdote había invocado una columna llameante, sin duda.
Eso significaba que se habían topado con monstruos.
Cadderly miró hacia el sur, hacia la distante Carradoon, más allá de las estribaciones más bajas.
Como el día estaba despejado, pudo ver la orilla occidental del lago Impresk y trató de solazarse con
el aspecto tranquilo de las aguas.
Rogó que la casi catástrofe que acababan de sufrir fuera algo circunscrito a Espíritu Elevado, que
sus hijos y Pikel hubieran llegado a Carradoon sin encontrarse con la horda mortal que había
invadido a las montañas detrás de ellos.
—Encuéntralos, Danica —dijo, y entregó sus palabras a la brisa de la mañana.
Danica había salido de Espíritu Elevado a primera hora de la mañana. El hecho de ir sola le permitía
avanzar más deprisa. Gracias a su entrenamiento en el sigilo y la velocidad, la mujer pronto dejó muy
lejos la biblioteca, avanzando hacia el sudeste por el camino de tierra apisonada de Carradoon.
Marchaba a un lado de la trocha abierta, moviéndose entre la maleza con facilidad y rapidez.
Sus esperanzas empezaron a renacer cuando el sol salió a sus espaldas sin el menor vestigio de
monstruos o de destrucción.
Hasta que el olor a carne quemada inundó sus fosas nasales.
Cautelosa, pero sin reducir la velocidad, Danica corrió hasta la cima de un barranco que había
junto al camino, desde donde vio la escena de una reciente lucha: una carreta destrozada y el terreno
chamuscado.
Los magos baldurianos.
Bajó por la pronunciada pendiente, vio los montones de carne despedazada y reconoció sin
dificultad los restos del mismo tipo de monstruos que habían asaltado Espíritu Elevado la noche
antes.
Tras una rápida inspección en la que no encontró restos humanos, Danica volvió a mirar hacia el
noroeste, hacia Espíritu Elevado. Recordó que Ivan había estado juntando leña la noche en que
habían partido los cuatro magos, y solía hacerlo a uno y otro lado del camino oriental, precisamente
el camino en el que ella se encontraba.
Las esperanzas de Danica respecto de su amigo empezaron a desvanecerse. ¿Se habría topado
con una horda sombría como ésa? ¿Habría visto a los magos baldurianos y habría acudido en su
ayuda?
Ninguna de las dos perspectivas era halagüeña. Ivan era un luchador duro, eso lo sabía bien
Danica, capaz e inteligente, pero estaba solo, y el número de los que habían atacado Espíritu
Elevado, y que evidentemente había atacado también a los cuatro poderosos magos en el camino,
bastaba para superar a cualquiera.
La mujer respiró hondo para tranquilizarse, diciéndose que no debía sacar conclusiones
pesimistas sobre los magos, sobre Ivan ni sobre las implicaciones que eso pudiera tener para sus
propios hijos.
Se recordó que todos ellos eran sobradamente capaces.
Además, no había ningún cadáver, ni enano ni humano, que pudiera identificar.
Empezó a mirar en derredor con mayor atención, en busca de pistas. ¿De dónde habían venido los
monstruos y adónde habían ido?
Encontró un sendero, una huella de árboles muertos y de hierba seca que llevaba hacia el norte.
Con una mirada hacia el este, hacia Carradoon y una rápida plegaria por sus hijos, Danica
decidió ir de caza.

La sangre que Ginance tenía en la cara le confirmó a Cadderly que su preocupación por la posible
presencia de bestias escondidas en Espíritu Elevado había dado en el clavo.
Las catacumbas están plagadas de criaturas —explicó la mujer—. Estamos limpiando habitación
por habitación, cripta por cripta.
—Metódicamente —observó Cadderly.
Ginance asintió.
—No dejamos nada abierto detrás de nosotros. No nos van a sorprender por los flancos.
Cadderly de alegró de oír la confirmación, un recordatorio de que los sacerdotes que habían
respondido a la llamada de Espíritu Elevado en los últimos años eran inteligentes y estudiosos.
Después de todo, eran discípulos de Deneir y de Gond, dos dioses que propugnaban la inteligencia y
la razón como piedras angulares de la fe.
Ginance alzó su tubo luminoso, una combinación de magia y mecánica que usaba un conjuro de
luz infinito y un tubo de material recubierto para crear una lámpara perpetua. Todos los sacerdotes de
Espíritu Elevado tenían una, y con ella podían explorar hasta las sombras más densas.
—No dejéis nada detrás —dijo Cadderly, y con una inclinación de cabeza, Ginance se marchó.
Cadderly recorría a grandes zancadas la habitación, furioso por su propia inactividad, por las
responsabilidades que lo mantenían atado a ese lugar. Se dijo que debería haberse ido con Danica,
pero enseguida descartó la idea. Sabía perfectamente que su esposa podía moverse con más
velocidad, sigilo y seguridad si iba sola. Entonces pensó que debería ir con Ginance a limpiar la
biblioteca.
—No —decidió.
Su sitio no estaba en las catacumbas, pero tampoco en sus habitaciones privadas. Necesitaba
tiempo para recuperar y disponer mentalmente su determinación y su tranquilidad antes de volver al
reino de lo espiritual en su búsqueda de Deneir.
«No, de encontrarlo no», recapacitó, porque sabía muy bien adónde había ido su dios, al
Metatexto.
Tal vez para siempre.
A Cadderly le correspondía resolverlo y, al hacerlo, tratar de desentrañar las extrañas
alteraciones de los conjuros divinos que le habían llegado espontáneamente.
Pero no era el momento.
Cadderly se puso el cinturón con sus armas y volvió a llenar de dardos su carcaj antes de
colgárselo en bandolera. Estudió sus discos unidos por un eje, un par de placas semicirculares del
tamaño de un puño unidas por una pequeña varilla en torno a la cual se enrollaban las mejores
cuerdas elfas. Cadderly podía lanzar esos discos giratorios hasta el extremo de las cuerdas de un
metro y recuperarlos a gran velocidad, y podía modificar el ángulo fácilmente para golpear a
cualquier enemigo como lo haría una serpiente. No sabía con certeza hasta qué punto sería eficaz esa
arma sobre la carne maleable de los extraños invasores, pero por si acaso las guardó en un bolsillo
del cinturón.
Se dirigió hacia la puerta, y al pasar ante el espejo de pared, hizo una pausa para observarse y
pensar en su propósito y en el deber más importante de cuantos tenía, el del liderazgo.
Tenía buen aspecto con su camisa blanca y sus pantalones bombacho marrones, pero decidió que
con eso no bastaba, especialmente porque le daban un aspecto demasiado juvenil, tan juvenil como el
de sus propios hijos. Con una sonrisa, el sacerdote no tan joven fue a su guardarropas, sacó su capa
de viaje de color azul claro y se la echó sobre los hombros. Luego, se puso el sombrero, del mismo
color y de ala ancha, con una cinta roja con el emblema de Deneir, la vela sobre el ojo, bordada en
oro en la parte delantera. Un bastón pulido, que tenía la empuñadura en forma de cabeza de carnero,
completó el atuendo, y Cadderly volvió a tomarse otro momento ante el espejo para reflexionar.
Se parecía tanto al joven que había descubierto en otro tiempo la verdad de su fe.
¡Menudo viaje había sido! ¡Qué aventura! Mientras construía Espíritu Elevado, Cadderly se había
visto obligado a realizar un sacrificio supremo. La mágica creación lo había envejecido de una
manera rápida y continua, hasta tal extremo que todos los que lo rodeaban, incluso su amada Danica,
habían pensado que perecería. Cuando terminó la construcción de la magnífica estructura, Cadderly
estaba preparado para morir, y parecía estar a punto. Sin embargo, ésa no había sido más que una
prueba a la que lo había sometido Deneir, y la misma magia que lo había agotado le dio nuevo vigor,
revirtiendo el proceso de envejecimiento hasta tal punto que recuperó el aspecto de un joven de
veinte años y volvió a sentirse como cuando tenía esa edad, lleno de la energía y de la fuerza de la
juventud, pero con la sabiduría de un veterano más avezado que un hombre que doblara su edad
aparente.
Y otra vez lo convocaban a la lucha, pero Cadderly temía que en esa ocasión las implicaciones
para el mundo en su conjunto serían incluso mayores que cuando se produjo el advenimiento del
caos.
Se volvió a mirar al espejo con detenimiento, al Elegido de Deneir, listo para la batalla y
dispuesto a abrirse camino con la razón a través del caos.
En Espíritu Elevado, la confianza de Cadderly se afianzaba. Su dios no lo abandonaría, y además
estaba rodeado de amigos leales y poderosos aliados.
Danica encontraría a sus hijos.
Espíritu Elevado prevalecería, y todos juntos liderarían la marcha a lo que sobreviniere, fuera lo
que fuese, cuando hubiera pasado la época de turbulencia mágica.
Tenía que creer en eso.
Y tenía que asegurarse de que todos los que lo rodeaban supieran que él creía en ello.
Cadderly bajó al salón principal de audiencias de la primera planta y dejó abiertas las dos hojas
de la puerta, esperando el regreso de los exploradores.
No tuvo que esperar mucho tiempo. Cuando Cadderly entró en la sala que había debajo del arco
de la escalera, el primer grupo de exploradores que venía de vuelta entró dando tumbos por las
puertas delanteras…, al menos la mitad del grupo. Cuatro de sus integrantes habían quedado muertos
en el campo.
Acababa apenas de tomar asiento cuando un par de sus sacerdotes deneiranos entraron,
flanqueando a un sacerdote visitante joven y corpulento. Lo rodeaban y sujetaban mientras uno
trataba de vendarle el brazo, desgarrado y quemado, en el que llevaba el escudo.
—Estaban por todas partes —le explicó a Cadderly el explorador—. Fuimos atacados a menos
de una legua de aquí. Un mago intentó una bola de fuego, pero explotó antes de tiempo y me quemó el
brazo. Un sacerdote trató de curarme allí mismo, pero en vez de eso su conjuro le produjo una herida
a él. Le destrozó el pecho y…, bueno, ¡ya no podemos confiar en la magia!
Cadderly movía la cabeza, pesaroso, mientras oía el relato.
—Creo que vi el combate desde mi balcón. ¿Hacia el este…?
—Norte —lo corrigió el sacerdote—. Norte y oeste.
Esas palabras dejaron a Cadderly atónito, porque la bola de fuego que él había visto había
explotado en aquella dirección. La afirmación del sacerdote de que «estaban por todas partes» quedó
reverberando en la mente de Cadderly, y trató de decirse que sus hijos estaban a salvo en Carradoon.
—Sin poder confiar en la magia, nuestra lucha será más difícil —dijo.
—Es peor de lo que piensas —dijo uno de los escoltas de Espíritu Elevado, y miró al explorador
para que diera más detalles.
—Cuatro de los nueve que íbamos resultaron muertos —dijo el hombre—, pero no
permanecieron muertos.
—¿Resurrección? —preguntó Cadderly.
—Muertos vivientes —explicó el hombre—. Se levantaron y empezaron a luchar otra vez, pero
contra nosotros.
—¿Había un sacerdote o un mago en las filas de los monstruos?
El hombre se encogió de hombros.
—Cayeron, murieron y se levantaron otra vez.
Cadderly iba a responder algo, pero se calló, abriendo mucho los ojos. En la batalla que había
tenido lugar en Espíritu Elevado la noche anterior, por lo menos quince hombre y mujeres habían
muerto, y los habían puesto en una habitación lateral en el primer nivel de las catacumbas.
Se puso de pie de un salto, con expresión evidente de alarma.
—¿Qué pasa? —preguntó el sacerdote explorador.
—Venid conmigo, los tres —dijo corriendo hacia el fondo de la sala.
Cadderly pasó por una puerta lateral y entró en los corredores que le permitirían atravesar con
más rapidez el laberinto de la gran biblioteca.

Danica fue avanzando velozmente, pero mirando muy bien dónde ponía los pies, manteniéndose
apenas apartada de la huella de devastación. Tenía en todas partes entre cinco y diez zancadas de
ancho y había árboles desgajados y hierba pisada en la parte central, como si alguna gran criatura se
hubiera abierto paso por allí. Sólo vio algunos parches secos a ambos lados, no de deterioro
absoluto como había observado en el centro de la senda, sino áreas bien delimitadas, donde daba la
impresión de que los árboles simplemente habían muerto.
La monje era reacia a cruzar la senda, e incluso a entrar en la zona de mayor deterioro, pero
cuando vio una huella en un trozo despejado de terreno, supo que tenía que averiguar más. Contuvo la
respiración al acercarse, porque reconoció enseguida lo que era: una huella gigantesca, cuatro dedos
con grande garras, la impresión dejada por la pata de un dragón.
Danica se arrodilló e inspeccionó la zona, con interés especial en la hierba. No toda estaba seca
en la senda, pero cuanto más cerca de las huellas, más profunda era la devastación. Se puso de pie y
miró en derredor, a los árboles que seguían de pie a los lados, y fue como sí viera un dragón
caminando entre ellos, arrasando los árboles y arbustos que encontraba en su camino, tal vez
flexionando las alas de vez en cuando, lo que las habría hecho chocar con los árboles de los lados.
Se fijó bien en los lugares donde estaban esos árboles muertos, formando tan vivo contraste con
la pujanza del resto del bosque. ¿Acaso el simple contacto de las alas de la bestia los había matado?
Miró otra vez la huella, y la total ausencia de vida en la vegetación inmediata.
Un dragón, pero ¿un dragón que eliminaba todo vestigio de vida sólo con tocar?
Danica respiró hondo al darse cuenta de que aquellas bestias fofas, encorvadas y serpenteantes
podrían ser el menor de sus problemas.
LA CARGA DEL LIDERAZGO

—No es muy probable que su herencia enana los conforte si lo consideran un idiota —le explicó
Hanaleisa a Temberle, que estaba bastante molesto por los rumores que oía entre las filas de los
refugiados de Carradoon.
Temberle había insistido en que Pikel, el único enano del grupo y el único que parecía capaz de
conjurar luz mágica en los túneles totalmente oscuros, los condujera a través de la montaña. Aunque
unos cuantos habían expresado su incredulidad ante la idea de seguir a aquel enano de barba verde
que apenas podía expresarse, nadie se había opuesto abiertamente. ¿Cómo iban a hacerlo si, al fin y
al cabo, Pikel había sido, sin duda alguna, el héroe de la última batalla al congelar el agua y hacer
posible la retirada, evitando así un desastre seguro?
Claro estaba que eso había sucedido el día anterior, y la marcha de las últimas horas había sido
una sucesión de arranques y paradas y de vueltas atrás que había hecho que se difundiera la idea de
que estaban perdidos. Al menos, no habían encontrado muertos vivientes, pero eso era magro
consuelo cuando hasta los niños tenían que avanzar a rastras por aquellas cuevas húmedas y sucias, y
llenas de todo tipo de bichos.
—Están asustados —le respondió Temberle en un susurro—. Se quejarían igual fuera quien fuese
el que los guiara.
—Porque estamos perdidos.
Al decir eso, Hanaleisa señaló con la cabeza a Pikel, que estaba de píe delante de todos, con su
cachiporra encendida sujeta bajo el muñón, mientras se rascaba la espesa barba verde con la mano
buena. El enano de extraño aspecto estaba estudiando los tres túneles que partían por delante de él,
obviamente desorientado.
—¿Cómo no íbamos a estarlo? —comentó Temberle—. ¿Acaso alguien ha pasado antes por
aquí?
Hanaleisa aceptó su comentario con un encogimiento de hombros, pero tiró de su hermano y
juntos fueron a reunirse con el enano y con Rorick, que estaba al lado de Pikel, apoyado en un bastón
que alguien le había dado para que pudiera caminar a pesar de su tobillo herido.
—¿Sabes dónde estamos, tío Pikel? —preguntó Hanaleisa al acercarse.
El enano la miró e hizo un gesto que revelaba su desorientación.
—¿Sabes hacia dónde está Carradoon? ¿En qué dirección?
Sin pararse a pesar y evidentemente seguro de su respuesta, Pikel señaló hacia el lugar de donde
venían y hacia la derecha, lo que Hanaleisa interpretó que era el sudeste.
—Está tratando de llevarnos a un lugar más alto de la montaña antes de encontrar una salida de
los túneles —explicó Rorick.
—No —la respuesta de Temberle fue inmediata, y tanto Rorick como Pikel lo miraron con
curiosidad.
—¿Eh? —dijo el enano.
—Tenemos que salir de los túneles —explicó Temberle—. Ahora.
—¡Uh, uh! —negó Pikel, y levantando la cachiporra extendió los dos brazos hacia adelante,
imitando a un zombi para acentuar lo que quería decir.
—Sin duda, estamos lo bastante lejos de Carradoon como para escapar de esa locura —insistió
Temberle.
—¡Uh, uh!
—No estamos tan lejos —explicó Rorick—. Los túneles avanzan y retroceden formando curvas.
Si saliéramos a una pared rocosa, todavía podríamos ver Carradoon desde ella.
—Eso no lo discuto —dijo Temberle.
—Pero tenemos que salir de los túneles lo antes posible —añadió Hanaleisa—. Arrastrar a un
hombre gravemente herido por estos espacios estrechos y sucios es condenarlo a una muerte segura.
—Y salir a la superficie es muy probable que signifique el fin de todos nosotros —replicó
Rorick.
Hanaleisa y Temberle se miraron significativamente. Ver cómo se levantaban los muertos una y
otra vez era algo que había impresionado profundamente a Rorick, y los dos gemelos, aunque
mayores, participaban de igual repulsión y terror.
Hanaleisa se acercó y le pasó a Pikel el brazo por encima de los hombros.
—Por lo menos haz que volvamos a ver el aire libre —le susurró—. Este encierro y la oscuridad
permanente nos están afectando a todos.
Pikel repitió su imitación de los zombis.
—Lo sé, lo sé —dijo Hanaleisa—. Yo tampoco quiero salir y enfrentarme otra vez a ellos, pero
nosotros no somos enanos, tío Pikel. No podemos quedarnos aquí abajo para siempre.
Pikel se apoyó en su cachiporra y, apesadumbrado, dio un gran suspiro. Volvió a colocársela
debajo del muñón y se metió un dedo en la boca. Estuvo sorbiendo un momento antes de sacarlo con
un ruido hueco y explosivo. Cerró los ojos y empezó una salmodia al mismo tiempo que mantenía el
dedo humedecido hacia delante, sensibilizándose por medios mágicos a las corrientes de aire.
Señaló el corredor de la derecha.
—¿Ése nos sacará de aquí? —preguntó Hanaleisa.
Pikel se encogió de hombros, poco dispuesto, al parecer, a hacer ninguna promesa. Levantó su
cachiporra luminosa y abrió la marcha.
—Necesitamos a los otros cuatro —decidió Yharaskrik, todavía en el cuerpo de Ivan y hablando a
través de su boca—. El lich Primer Abuelo Wu está perdido para nosotros, al menos por ahora, pero
hay otros cuatro perdidos y esperando a que se los llame.
—Están ocupados —insistió Hephaestus.
—No hay ningún asunto más importante que el que tenemos por delante.
El dracolich emitió un aullido bronco y amenazador.
—Haré que vengan —dijo.
—¿El drow y el humano?
—Ya sabes a quién me refiero.
—Ya hemos perdido al Primer Abuelo Wu por causa del drow —le recordó Yharaskrik—. Es
posible que Jarlaxle resultara muerto en ese mismo conflicto.
—No sabemos qué le sucedió al Primer Abuelo Wu.
—Sabemos que está perdido para nosotros, que se ha… ido. No necesitamos saber nada más.
Encontró a Jarlaxle y fue derrotado, y si el drow también murió…
—¡Es algo que nos gustaría saber si quisieras investigarlo! —dijo Hephaestus. Ahí estaba; ésa
era la fuente de su creciente rabia.
—No quieras abarcar demasiado —replicó el ilícida en el cuerpo de enano—. Somos grandes y
poderosos, y nuestro poder sólo se multiplicará en la medida en que podamos traer más secuaces por
la grieta y más no muertos sean llamados a nuestro servicio. Puede ser que pronto aprendamos a
revivir los cuerpos de los reptantes; entonces nuestro ejército no tendrá fin. Pero también nuestros
enemigos son poderosos, y ninguno lo es más que el que tenemos aquí, a nuestro alcance, en el lugar
al que llaman Espíritu Elevado.
—La magia está decayendo.
—Pero no ha rallado. Es impredecible, es cierto, pero sigue siendo potente.
—Fetchigrol y Solmé han encerrado a ese poderoso enemigo en su guarida —sostuvo Hephaestus
con sarcasmo, con voz apenas perceptible cuando se refirió a Cadderly como «poderoso».
—Aun ahora están por los caminos.
—¡Donde muchos han resultado muertos!
—Sólo unos cuantos —dijo Yharaskrik—. Y muchos de nuestros secuaces fueron consumidos en
la batalla. No provienen de una fuente inagotable, gran Hephaestus.
—Pero sí los muertos vivientes… Millones y millones acudirán a nuestra llamada. Y cuantos más
maten, más se engrosarán nuestras filas —proclamó el dracolich.
—La invocación es fácil para los de este mundo que han caído —concedió Yharaskrik—, pero
no se produce sin un coste para el poder de Crenshinibon…, y nadie tiene más probabilidades que el
poderoso Cadderly de descubrir una magia que la contrarreste.
—¡Van a ser míos! —rugió Hephaestus—. El drow y su compañero humano… ese calishita.
¡Serán míos y los devoraré!
El cuerpo de Ivan Rebolludo se afirmó en sus talones. El ilícida invasor sacudía la cabeza de
pelo amarillo con desaliento y resignación.
—Una criatura de siglos debería hacer gala de más paciencia —lo reconvino Yharaskrik—. Un
enemigo por vez. Destruyamos a Cadderly y a Espíritu Elevado; entonces podrás salir de cacería.
Volvemos a llamar a las cuatro apariciones…
—¡No!
—Vamos a necesitar todo nuestro poder para…
—¡No! Dos en el norte y dos en el sur. Dos para el drow y dos para el humano. Si el Primer
Abuelo Wu regresa, entonces traedlo a nuestro lado, pero los otros cuatro seguirán buscando hasta
que hayan encontrado al drow y al humano. Esos necios traicioneros van a ser míos. Y no temáis a
Cadderly y a sus fuerzas. Seguiremos atacándolos hasta que se debiliten; entonces la catástrofe de
Hephaestus caerá sobre ellos. Hoy mismo he ido a reunirme con Solmé, y el terreno iba muriendo a
mi paso, y el contacto de mis alas corrompía los árboles. No temo a ningún mortal, ni a ese Cadderly
ni a nadie más. Soy Hephaestus. Soy la catástrofe. ¡Quien me mire conocerá la perdición!
Puesto que una parte importante de su conciencia seguía residiendo en los circuitos físicos del
interior del dragón, compartiendo ese cuerpo con Hephaestus y Crenshinibon, Yharaskrik
comprendió que no podría convencer al dragón de otro cosa. El ilícida también se dio cuenta, para su
desesperación, de que Hephaestus iba llevando las de ganar en la competencia por la alianza de
Crenshinibon.
Tal vez el ilícida se había equivocado al dejar una parte tan grande de su conciencia en los
circuitos. A lo mejor había llegado la hora de unirse a los demás integrantes de la fuerza vital de
Hephaestus para combatir mejor al obcecado dragón.
Una sonrisa surgió en el rostro de Ivan Rebolludo, una sonrisa irónica, según pensó Yharaskrik,
porque en ese momento había llegado a la conclusión de que sacrificar al enano a la furia de
Hephaestus podría aplacar al dragón por un rato, lo suficiente como para que él recuperara el
dominio en cierta medida.

Un coro de cansadas ovaciones recorrió las filas de los atribulados refugiados de Carradoon cuando,
por fin, vieron un chorro de luz diurna. Jamás había imaginado ninguno de ellos lo profundos y
oscuros que podían ser los túneles que atravesaban las montañas, a excepción de Pikel, por supuesto,
que se había criado en las minas enanas.
Ni siquiera Rorick, que tanto se había opuesto a salir al exterior, pudo ocultar su alivio al saber
que habían llegado realmente al final de aquellos lóbregos corredores. Llenos de esperanza dieron
vuelta a una larga curva que llevaba hacia la luz del día.
Y llegaron con un generalizado y profundo suspiro de decepción.
—¡Uh!, ¡oh! —dijo Pikel, porque habían llegado al final del túnel, pero el túnel acababa en una
chimenea natural, y era realmente larga y estrecha.
—Estamos a más profundidad de lo que pensaba —admitió Temberle, mirando por el hueco que
ascendía más de treinta metros.
La mayor parte de la chimenea no era escalable, y en muchos puntos era demasiado estrecha
como para intentarlo, incluso para alguien tan esbelto como Hanaleisa y Rorick, que eran los más
delgados del grupo.
—¿Sabías que estábamos a esta profundidad? —le preguntó Hanaleisa a Pikel, y como respuesta
el enano empezó a dibujar montañas en el aire y terminó encogiéndose de hombros.
Su razonamiento era correcto. Hanaleisa y los demás lo sabían, porque la profundidad a la que
estaban dependía más de los contornos del terreno montañoso que de la pendiente relativamente
suave de los túneles que habían estado recorriendo.
No obstante, la gran chimenea confirmaba que realmente se estaban internando cada vez más en
las montañas Copo de Nieve.
—Tienes que llevarnos afuera —le dijo Temberle a Pikel.
—¿Para luchar contra hordas de muertos vivientes? —le recordó Ronick, y Temberle le echó a su
hermano una mirada de irritación.
—O al menos tienes que mostrarnos…, mostrarles a ellos —dijo, y miró hacia atrás, a los
muchos carradeños que se iban acercando al dar la curva— que hay una salida. Aunque no salgamos
al exterior —añadió, mirando significativamente a su hermano pequeño—. Es importante que
sepamos que realmente podemos volver a salir. No somos enanos.
Un grito sonó en la retaguardia de la comitiva.
—¡Están combatiendo ahí atrás! —gritó una mujer—. ¡No muertos! ¡Otra vez marineros no
muertos!
—Sabemos que hay una salida —dijo Hanaleisa con desaliento—, porque ahora sabemos que hay
una entrada.
—Aunque sea la entrada por la que vinimos —añadió Temberle, y tanto él como su hermana
recorrieron la fila hacia atrás para volver a las armas, para combatir a monstruos sedientos de sangre
en una pesadilla sin fin.
Para cuando los dos llegaron al lugar de la refriega, la pequeña escaramuza había terminado, y un
trío de zombis empapados y corrompidos se apilaba en el corredor. Pero también había muerto una
carradeña a la que habían cogido por sorpresa. Le habían desgarrado el cuello en el primer momento.
—¿Qué vamos a hacer con ella? —preguntó un hombre, alzando la voz por encima de los
sollozos del marido de la víctima, un marinero.
—¡Quemadla, y deprisa! —gritó otro, lo cual suscitó muchas voces de protesta y muchas más de
aprobación.
Las dos facciones enfrentadas se aferraban más en sus posiciones y daba la impresión de que la
discusión acabaría en peleas dispersas.
—¡No podemos quemarla! —gritó Hanaleisa a voz en cuello, y ya fuera por deferencia a uno de
los hijos de Cadderly o simplemente por la fuerza y la seguridad que transmitía su voz, Hanaleisa
logró poner fin a la cacofonía de la inminente tormenta, al menos por el momento.
—Entonces, ¿prefieres que dejemos que se levante y camine como uno de ellos? —replicó un
viejo perro de mar—. Es mejor quemarla ahora y asegurarnos.
—No tenemos fuego ni instrumentos para encenderlo —le replicó Hanaleisa—. Y aunque los
tuviéramos, ¿queréis que sigamos avanzando por unos túneles llenos de olor que nos siga recordando
nuestra acción?
El marido de la mujer muerta, por fin, consiguió desasirse de los que lo tenían sujeto y se abrió
paso hasta arrodillarse al lado de su esposa. Le levantó la cabeza y la acunó en sus brazos, sacudidos
sus anchos hombros por los sollozos.
Hanaleisa y Temberle se miraron el uno al otro, sin saber qué hacer.
—¡Entonces, cortadle la cabeza! —gritó alguien desde el fondo.
El esposo de la muerta dirigió una mirada amenazadora y llena de odio en la dirección de donde
había llegado la cruel sugerencia.
—¡No! —gritó Hanaleisa, imponiéndose una vez más a la multitud—. No. Buscad algunas rocas.
La enterraremos bajo un túmulo, con el respeto que se merece.
Eso pareció ablandar un poco al doliente marido, pero algunos del grupo empezaron a protestar
todavía más alto.
—¿Y sí llega al estado de muerta viviente como todos los demás y nos ataca? —les replicó un
detractor a Hanaleisa y a Temberle—. ¿Vais a tener vosotros dos la voluntad de acabar con ella, y
delante de este pobre hombre? ¿Estáis seguros de que no estáis cayendo en una crueldad al tratar de
ser bondadosos?
A Hanaleisa le resultó difícil rebatir ese razonamiento, y sintió sobre sus jóvenes hombros la
carga de la calamidad que se abatía sobre ellos. Volvió a mirar al marido, que evidentemente se
hacía cargo del dilema y la miraba, implorante.
—Entonces, unas cuantas rocas más pesadas —dijo Hanaleisa—. Sea cual sea la abominación
que anima a los muertos, si llega hasta ella, cosa que considero improbable —añadió para
tranquilizar al hombre atribulado—, no podrá levantarse contra nosotros ni contra nadie más.
—No, se verá atrapada y manoteando bajo nuestras pesadas piedras. ¡Menuda eternidad le
espera! —dijo el viejo lobo de mar.
Otra vez hubo gritos y otra vez la expresión del marido se volvió pesarosa, mientras abrazaba
aún con más fuerza a su esposa muerta.
—Ya, y si le cortamos la cabeza y llega a suceder eso, puede cogerla bajo un brazo y caminar así
para siempre. ¿Os parece bien eso? —dijo otro hombre, replicando al primero.
—No puedo aguantar esto —le susurró Temberle a su hermana.
—No tenemos elección —le recordó Hanaleisa—. Si no ejercemos nosotros el liderazgo, ¿quién
lo hará?
Al final, optaron por la idea de Hanaleisa: construir un túmulo de pesadas rocas para enterrar con
seguridad a la muerta. Por sugerencia personal de la joven, Pikel llevó a cabo una ceremonia para
consagrar el terreno que rodeaba el túmulo, mientras Hanaleisa les aseguraba a todos, especialmente
al esposo, que ese ritual haría muy improbable que cualquier magia nigromántica pudiera perturbar
su descanso.
Eso pareció dejar un poco más tranquilo al hombre y ablandar algo a los detractores, aunque en
realidad Pikel no conocía ninguna ceremonia de ese tipo, y la danza y canción improvisadas que
ejecutó no fueron más que un espectáculo.
En aquel momento tenebroso y en aquel lugar oscuro, Hanaleisa pensó que un espectáculo
serviría igual.
Se dio cuenta de que era mejor que cualquier otra alternativa que, dicho sea de paso, no se le
ocurría cuál podría ser.
AGUJEROS OSCUROS

Danica vio la entrada de la cueva desde lejos, mucho antes de darse cuenta de que el rastro de muerte
llevaba a ese sitio. Su instinto le dijo que la criatura que había causado tamaña decrepitud y
descomposición no podría estar mucho tiempo bajo el sol.
La huella describía algunas curvas, pero pronto se dirigía hacia la ladera en sombras de la
distante montaña, donde terminaba abruptamente. Era probable que el dragón hubiese levantado el
vuelo.
Cuando Danica llegó por fin a la base de la montaña, miró hacia arriba, a la oscura boca de la
caverna. Sin duda, era lo bastante grande como para dejar entrar a un gran wyrm, una grieta sutil en
lo alto de la pared montañosa, inaccesible para quien no fuera capaz de volar.
O no fuera capaz de escalar con la habilidad de un maestro monje.
Danica cerró los ojos y se encerró en su interior, conectando mente y cuerpo en total armonía. Se
imaginó más ligera, liberada de la presión de la gravedad. Lentamente, la mujer volvió a abrir los
ojos y alzó la barbilla para encontrar un camino entre las piedras. Pocas personas hubieran
vislumbrado allí esa posibilidad, pero para Danica un saliente no más ancho que un dedo resultaba
tan útil como una cornisa capaz de sostener a cinco hombres uno detrás de otro.
Mentalmente alzó el cuerpo y echó mano de un reborde, al que se aferró, calculando la cadencia
de los siguientes movimientos. Trepó como una araña, aparentemente sin esfuerzo, subiendo por la
pared sobre manos y pies; encontraba un apoyo y se estiraba. Danica se movía tanto horizontal como
verticalmente, buscando mejores rebordes, más piedras rotas y asideros más convenientes.
El sol cruzó su punto medio, y Danica seguía escalando. El viento aullaba en torno a ella, pero
hacía caso omiso de su mordaz contacto sin permitir que la desconcentrara. Lo que más la
preocupaba era el tiempo. Su idea al comenzar el ascenso había sido que la criatura a la que buscaba
era una bestia de la oscuridad, y ninguna perspectiva le gustaba menos que la de estar pegada a una
pared de piedra, a muchos metros del suelo, cuando saliera de su agujero.
Teniendo en mente esa idea desazonadora, Danica siguió adelante, buscando a tientas lugares
donde afirmar los dedos de las manos y de los pies. Constantemente cambiaba el peso del cuerpo
para no forzar ningún miembro, ni siquiera un dedo. Al acercarse a la boca de la cueva, el ascenso se
volvió más abrupto y empinado, con varios tramos en los que tuvo que hacer una pausa para
recuperar el resuello. Después había un largo trecho que era más un paseo que una escalada. Danica
se tomó su tiempo en esa senda, procurando sobre todo aprovechar cuanto refugio pudo encontrar
entre las piedras caídas a lo largo del sendero que conducía a las sombras infernales de la cueva que
la aguardaba.

Números.
Contaba y sumaba; restaba y contaba un poco más. Una compulsión dominaba todos sus
pensamientos: contar y sumar, buscar configuraciones en los muchos números que se le pasaban por
la cabeza.
Ivan Rebolludo siempre había sido aficionado a los números. Diseñar una nueva herramienta o
utensilio, elaborar los ratios adecuados y calcular la fuerza necesaria de cada pieza había sido uno
de los mayores gozos del enano artesano. Como aquella vez que Cadderly había acudido a él con un
tapiz que representaba a unos elfos oscuros y sus legendarias ballestas de mano. A partir de esa
imagen y basándose únicamente en su intuición, Ivan había reproducido esas delicadas armas casi a
la perfección.
Números. Todo tenía que ver con los números. Todo se relacionaba con los números, al menos
eso era lo que Cadderly había sostenido siempre. Todo podía reducirse a números y deconstruirse a
voluntad a partir de ese punto. Bastaba con que la inteligencia que hiciese la reducción fuera lo
bastante poderosa como para entender los patrones presentes.
Cadderly había insistido muchas veces en que ésa era la diferencia entre los mortales y los
dioses. Los dioses eran capaces de reducir la vida misma a números.
Esas ideas jamás se habían hecho carne en el mucho menos teórico y mucho más pragmático Ivan
Rebolludo, pero al parecer, según recapacitó, los sermones de Cadderly habían dejado en su cerebro
una impronta mucho más profunda de lo que suponía.
Pensó en las implicaciones de los números, y el recuerdo de una lejana conversación fue lo único
capaz de hacer que el aturdido enano se diera cuenta de que los números que se le presentaban
constantemente como destellos en ese momento no eran más que una distracción intencionada y
maliciosa.
Ivan tuvo la sensación de estar despertando a orillas de un arroyo cantarín, y ese momento de
reconocimiento del sonido le dio un espacio real fuera de sus sueños, una pieza de solidez y realidad
a partir de la cual atraer plenamente sus pensamientos al mundo de la vigilia.
Los números seguían destellando insistentemente. Las pautas aparecían un instante y
desaparecían.
Distracción.
Algo lo tenía enajenado, desequilibrado, apartado de su conciencia. No podía cerrar los ojos a la
intrusión porque ya los tenía cerrados.
«No, cerrados no», comprendió de golpe. Que estuvieran cerrados o no, no tenía ninguna
consecuencia práctica, porque no era él quien los estaba usando ni el que estaba mirando por ellos.
Estaba perdido, deambulando sin rumbo dentro del torbellino de sus propios pensamientos.
Y algo lo había colocado allí.
Y algo lo mantenía allí: una fuerza, una criatura, algún intelecto que estaba en su interior.
El enano había roto el encantamiento de la distracción y se había liberado de la envoltura de
números, aunque se debatía a ciegas.
Un recuerdo atravesó raudo su mente, el recuerdo de un combate en una ladera rocosa al norte de
Mithril Hall, de un trozo de esquisto enorme que surcaba el aire dando vueltas y se llevaba por
delante el brazo de su hermano.
Tan abruptamente como el brazo de Pikel, desapareció el recuerdo, pero Ivan seguía corriendo
por la oscuridad de su mente, buscando fogonazos y momentos de su propia identidad.
Encontró otro recuerdo, de una vez que había volado en un dragón. No era nada sustancial, sólo
una sensación de libertad: el viento removiéndole el pelo, su barba flotando en pos de él.
Un atisbo de la majestuosidad de las montañas desplegándose ante sus ojos.
Le pareció al enano una metáfora adecuada. Era así como se sentía, pero dentro de sí mismo. Era
como si su mente se hubiera elevado por encima del paisaje de todo lo que era Ivan Rebolludo, como
si se estuviera viendo desde arriba y a lo lejos, un espectador de sus propios pensamientos.
Pero al menos lo sabía. Había escapado de la distracción y otra vez sabía quién era.
Ivan empezó a luchar. Se aferraba a cada recuerdo y lo sujetaba con fuerza, blindando sus
pensamientos para asegurarse de que lo que recordaba era cierto. Vio a Pikel, vio a Cadderly, vio a
Danica y a los chicos.
Los chicos.
Los había visto crecer desde que eran unos mocosos hasta convertirse en adultos, altos y
erguidos, y con mucho potencial. Se enorgullecía de ellos como si fueran sus propios hijos, y no iba a
dejar escapar esa idea.
Después de todo, no había en todo el multiverso criatura más terca que un enano. Y pocos enanos
tenían tanta visión de futuro como Ivan Rebolludo. Empezó inmediatamente a usar su reconocimiento
de la criatura que lo dominaba telepáticamente para iniciar un flujo de información en sentido
contrario.
Supo qué lo rodeaba gracias a la memoria del otro. Comprendió las amenazas que se cernían
sobre él, hasta cierto punto, y sintió intensamente el poder del dracolich.
Sabía que si quería sobrevivir, si había alguna manera de sobrevivir, en el momento en que
encontrara por fin una forma de retomar el control de sus circuitos mortales no se podría permitir
sentirse confundido ni sorprendido.

El rostro de Ivan Rebolludo, controlado solamente por Yharaskrik, el ilícida, sonrió.


El enano se estaba despertando.
Yharaskrik sabía que era debido a su propia incertidumbre, porque en cuanto había empezado a
considerar si era prudente volver plenamente a la conciencia contenida en el huésped dragón de
Crenshinibon, también había aflojado su control sobre el enano, cosa inevitable.
Yharaskrik sabía bien que una vez que una criatura poseída, de fuerte intelecto y determinación
—tal vez un enano más que cualquier otra raza—, conseguía librarse de la invasión mental inicial de
poder psiónico, su conciencia se iba abriendo camino como un hilo de agua a través de un dique de
tierra.
Sería imparable, aunque Yharaskrik hubiera decidido que era fundamental detenerlo. Tal vez
pudiera ponerse un tapón temporal, pero nunca detenerlo por completo. Por más telarañas mentales
que Yharaskrik hubiera desplegado para mantener al enano encerrado en un oscuro agujero, ya
estaban empezando a erosionarse.
Al ilícida lo divertía la idea de liberar al enano justo delante de las fauces expectantes del
temible Hephaestus. Pensaba abandonar la mente del enano casi totalmente, dejando apenas un hilo
de conciencia dentro de él para poder sentir el terror desesperado y los últimos momentos de la vida
del enano.
¿Acaso podía haber algo más invasivo e indiscreto que formar parte tan íntimamente de los
momentos finales de otro ser?
De hecho, Yharaskrik había hecho lo mismo muchas veces antes, al sopesar la verdad de la
muerte. Sin embargo, era grande su frustración, porque nunca había sido capaz de enviar su propia
conciencia al reino de la muerte junto con la de su huésped.
Dejando a un lado con un suspiro mental esos fracasos del pasado, el ilícida decidió que no
tenían importancia. Seguía disfrutando de esos momentos de perversión, del hecho de compartir esas
sensaciones y miedos supremos sin ser invitado, de inmiscuirse en la privacidad más profunda que
cualquier criatura sentiente podría conocer jamás.
A través de los ojos de Ivan Rebolludo, Yharaskrik miró a Hephaestus. El dracolich se había
refugiado en el fondo de la cámara más amplia de la caverna de la montaña. No estaba dormido,
porque dormir era para los vivos, sino en un estado de profunda meditación y elucubración,
fantaseando con las victorias inminentes.
«No», decidió el ilícida al sentir la permanente sensación de superioridad del dragón. Yharaskrik
no le daría a Hephaestus la satisfacción de aquella muerte en particular.
Metódicamente, el ilícida metido en el cuerpo del enano se dirigió a donde estaban el yelmo
astado y la pesada hacha del enano y los recogió, trazando su plan por el camino. Quería sentir el
terror ampliado del enano, su furia y su miedo. Yharaskrik salió de la cueva, indicándoles a los
cuatro magos no muertos que lo siguieran, y se asomó a la pendiente rocosa, donde hizo una pausa y
llamó a Fetchigrol a su lado.
A una orden de Yharaskrik, el espectro atravesó una vez más el umbral invisible, pasando del
reino de la muerte al otro mundo, el Páramo Sombrío, que se había abierto para ellos por el poder
del decadente Tejido.
Yharaskrik se detuvo apenas un momento más, para burlar los pensamientos de Ivan Rebolludo.
Entonces, dejó que el enano recuperara el control y la sensibilidad de sus circuitos mortales una
vez más, rodeado por enemigos y sin tener adónde huir y nada que ganar.

Ivan sabía dónde estaba y lo que se le venía encima; lo había sabido a través de la mente del que lo
poseía. No experimentó ningún choque cuando el ilícida se marchó, de modo que el enano se
despertó revoleando su hacha y asestando contundentes cortes con ella. Golpeó al mago quemado,
levantando al aire una nube de jirones de carne chamuscada. Con un revés abrió de lado a lado el
pecho de un segundo zombi y lanzó despedida a la horrenda criatura. Cuando otro se acercó a él tras
el arco de ese corte, Ivan bajó la cabeza y lo embistió con fuerza, abriendo con la cornamenta de
ciervo de su yelmo profundos agujeros en la criatura que cargaba contra él.
Con un gruñido, el mago no muerto cayó hacia atrás, se desprendió de las puntas del yelmo y,
justo a tiempo, recibió el golpe del hacha en un lado de la cabeza. El filo lo atravesó y siguió
hendiéndose en el cuerpo que avanzaba con idea de agarrar al enano.
Para cuando el enano hubo descargado su furia inicial, más enemigos lo cercaron: unas bestias
achaparradas y fofas.
Ivan corrió senda abajo, alejándose de la cueva, aunque sabía que seguramente la ruta no tenía
más salida que un largo despeñadero. Sentía que la conciencia invasora todavía lo sobrevolaba, que
había previsto esa carrera.
Así pues, Ivan se volvió y se abrió camino a empujones entre el par de bestias que lo perseguían,
haciéndolas a un lado a base de pura ferocidad y fuerza. Corrió todo lo que pudo en dirección a la
boca de la cueva y se metió dentro.
Y allí estaba el esqueleto desafiante de un titánico dragón, imbuido con el poder animado de los
no muertos. Ya estaba en movimiento cuando Ivan se topó con él, poniéndose de pie sobre sus cuatro
patas con sorprendente destreza.
Aquella visión casi dejó a Ivan sin aliento. Sabía que en la cueva había algo enorme y terrible
incluso antes de despertar del todo, pero no había previsto una catástrofe de esas proporciones.
Un enano inferior, un guerrero inferior, habría vacilado en la entrada, y las bestias achaparradas
le habrían caído encima desde detrás. Pero incluso en el caso de que se hubieran impuesto en ese
enfrentamiento, el gran monstruo que tenía delante se habría apoderado de él.
Pero Ivan no vaciló. Alzó su hacha y cargó contra el dracolich, lanzando un grito de guerra para
alertar a su dios, Moradin. No tenía la menor duda de que iba a morir, pero podía escoger la forma:
moriría como un auténtico guerrero.

Los primeros sonidos de lucha alertaron a Danica. Rodeó una piedra y se le cayó el alma al suelo,
porque allí vio a Ivan, luchando valientemente contra las bestias reptantes y unos cuantos muertos
vivientes horriblemente mutilados. Danica tuvo la sensación de que por detrás de ellos,
dirigiéndolos, había algún ser espectral, agazapado y sombrío, relumbrando como un humo gris que
al mismo tiempo se disipaba y se hacía más denso. La primera reacción de Danica fue acudir en
ayuda de Ivan, o atacar por detrás a sus adversarios, pero mientras estaba sopesando las
posibilidades, el enano se volvió y salió corriendo senda arriba, hacia, la gran cueva.
Los monstruos lo persiguieron, y el espectro corrió detrás de ellos.
Danica, también.
Ivan entró en la cueva seguido por los monstruos, los zombis y el espectro. Danica llegó hasta el
borde de la entrada y allí se paró en seco, ya que vio la perdición de Ivan y la suya propia. Allí vio
la perdición de todo el mundo.
Danica ni siquiera pudo recuperar el aliento a la vista del gran dracolich, y del dragón quedaba
intacto lo suficiente como para poder reconocer las escamas rojas del wyrm. Sus ojos se fijaron en la
cara de la bestia, de la cual la podredumbre se había llevado la mitad y dejaba ver la blanca
calavera. Las cuencas de los ojos emitían un fuego aterrador y en la frente se veía un cuerno peculiar,
del que emanaba una luz verdosa.
Sintió el poder de aquella luz.
Un poder horroroso.
El grito de batalla de Ivan la arrancó del trance, y miró la carga del enano; vio cómo levantaba el
hacha por encima de su cabeza como si quisiera abrirse camino a través del mismísimo wyrm. Cargó
contra la pata delantera del dracolich, y éste la levantó en el último momento.
Ivan se tiró al suelo, y lo mismo hicieron un trío de bestias fofas y uno de los muertos vivientes
en quien Danica reconoció a uno de los magos de Puerta de Baldur. Eso la apenó.
La bestia dio un pisotón tan poderoso que sacudió la montana entera, abriendo unas grietas en
forma de telaraña por todo el suelo de piedra.
En torno a su pie, el aire se llenó de sangre y de entrañas, una niebla carmesí de absoluta
destrucción, un golpe definitivo.
Danica no pudo contener un respingo.
Algunas de las criaturas que no habían seguido al enano a la perdición y que habían reculado,
tropezando unas con otras mientras trataban de salvarse de morir aplastadas, captaron ese levísimo
sonido.
Danica se lanzó a la carrera para alejarse de la cueva, con las bestias pisándole los talones.
Corrió senda abajo, tratando de pensar cómo o por dónde ir, porque el ángulo practicable de
pendiente no duraría mucho, en dirección alguna.
Se volvió a mirar por encima del hombro y se ocultó rápidamente detrás de un afloramiento
rocoso. Lo rodeó y cambió de dirección, tratando de poner alguna distancia de por medio para poder
llegar a una cornisa e iniciar su descenso por la pared rocosa.
Pero los que la perseguían eran demasiados, y a cada vuelta que daba encontraba nuevas
criaturas que le iban a la zaga.
Se quedó sin espacio y resbaló hasta el borde del precipicio en el punto donde la caída era más
pronunciada, ya que no sólo se elevaba por encima de la distancia que había llevado a Danica a ese
espantoso lugar, sino que se adentraba mucho más hondamente en uno de los lados, en una garganta
que caía a plomo hacia las estribaciones de las montañas Copo de Nieve.
Danica se dio la vuelta y se tiró al suelo cuando una bestia saltó hacia ella. El monstruo le pasó
volando por encima, y entonces su gruñido hambriento se transformó en un grito de terror al
precipitarse hacia una muerte segura.
Danica se incorporó de un salto y rechazó al monstruo siguiente con una patada. El tercero, como
si no hubiera escarmentado con la suerte del primero, saltó sobre ella. La mujer volvió a agacharse,
aunque no del todo esa vez, y la criatura la rozó al pasar por encima. Danica luchó desesperadamente
y recuperó el equilibrio en el momento justo.
Sin embargo, el manoteo de la criatura la alcanzó en el hombro y tiró de ella hacia atrás.
Toda la furia y el tumulto del momento parecieron cesar de repente y a Danica se le llenaron los
oídos con el vacío de un viento lúgubre.
Y se encontró cayendo en el vacío.
Se retorció, dándose la vuelta, y quedó mirando el fondo, a unos trescientos metros de
profundidad, y a las copas de árboles muy altos.
Pensó en Cadderly y en sus hijos, en una vida que aún no estaba completa.
Vivimos en un mundo peligroso, un mundo que parece más arriesgado ahora que el camino de la
magia está en transición, o tal vez a punto de derrumbarse. Si la suposición de Jarlaxle es
correcta, hemos sido testigos del choque entre mundos, o entre planos, hasta tal extremo que las
grietas nos presentarán retos nuevos y tal vez de mayor envergadura a todos nosotros.
Sospecho que es un tiempo para los héroes.
He llegado a aceptar mi propia necesidad personal de acción. Mis momentos de mayor
felicidad son aquéllos en que me enfrento a los desafíos y los supero. En esos instantes de gran
crisis siento que formo parte de algo más grande que yo, algo así como una responsabilidad
común, un deber generacional, y para mi eso es un gran consuelo.
Ahora todos vamos a ser necesarios, todas las espadas y todos los cerebros, todos los eruditos
y todos los guerreros, todos los magos y todos los sacerdotes. Los acontecimientos acaecidos en la
Marca Argéntea, la preocupación que vi en el rostro de la dama Alustriel, no son hechos
localizados, me temo, sino que resuenan hasta los últimos confines de Toril. Puedo imaginar el
caos en Menzoberranzan con la declinación de los magos y de los sacerdotes; la sociedad
matriarcal en su conjunto podría estar en peligro, y las Casas más grandes podrían encontrarse
sitiadas por legiones de kobolds airados.
Es probable que nuestra situación en el mundo de la superficie no sea menos alarmante, de ahí
que sea el tiempo de los héroes. ¿Qué significa eso de ser un héroe? ¿Qué es lo que eleva a
algunos por encima de las hordas de combatientes y magos de batalla? No cabe duda de que las
circunstancias tienen algo que ver. El valor o las acciones extraordinarios suelen darse en los
momentos de mayores crisis.
Y, sin embargo, en esos momentos tan críticos, el resultado suele ser un desastre la mayor
parte de las veces. No surge ningún héroe. Ningún salvador lidera la carga en el campo de
batalla, ni mata al dragón, y la ciudad es devorada por las llamas.
En nuestro mundo, para bien o para mal, se dan muy a menudo las circunstancias favorables
para la creación de un héroe.
Por lo tanto, no se trata sólo de las circunstancias ni de la buena suerte. La suerte puede tener
algo que ver, y de hecho, algunas personas, entre las cuales me cuento, son más afortunadas que
otras, pero puesto que no creo que haya almas benditas y almas malditas, ni que éste o aquel dios
estén asomados a nuestro hombro y se impliquen en nuestros asuntos cotidianos, sé que hay otra
cualidad necesaria para aquellos que encuentran una forma de destacar entre la multitud.
Si se coloca una diana a treinta pasos de distancia y se reúne a los cien mejores arqueros de
cualquier zona para disparar, todos darán en el blanco. Si añadimos una apuesta de oro, unos
cuantos se vendrán abajo, lo que suscitará las burlas de los demás.
Reemplacemos ahora la diana por un asesino y hagamos que ese asesino amenace con la punta
de una daga a la persona que cada uno de los participantes más ama en el mundo. Ahora el
arquero cuenta sólo con un disparo. Si da en el blanco —el asesino— salvará a su ser querido. Si
yerra el disparo, sellará su muerte.
Un héroe seguramente dará en el blanco. Entre los demás, pocos lo conseguirán.
Esa es la cualidad extra que se necesita, la capacidad de mantener la calma y de pensar
racionalmente —no importa cuán devastadoras sean las consecuencias del fracaso—, la
capacidad de dar con ese lugar de concentración pura en momentos de gran tumulto emocional y
físico. Y el héroe hace ese disparo no sólo una vez ni por mera suerte.
El héroe vive para ese disparo. El héroe se prepara para ese disparo todos los días, durante
horas interminables, con la más pura concentración.
En el mundo viven muchos buenos guerreros, que manejan bien la espada o la luz
relampagueante, que sirven bien en sus respectivos ejércitos, que sortean los elementos y a los
enemigos con tranquilo y encomiable estoicismo. Muchos son fuertes en lo que hacen y sirven con
distinción.
Sin embargo, cuando todo está a punto de despenarse hacia el desastre, cuando la victoria o
la derrota dependen de cuestiones que están más allá de la simple fuerza, del coraje y del valor,
cuando todo se balancea en el filo de una espada que media entre la victoria o la derrota, el héroe
encuentra un camino, un camino que parece imposible para todos los que no entienden realmente
el toma y daca de la batalla, el flujo y reflujo del juego de la espada, el encadenamiento lógico de
acciones para contrarrestar la ventaja del enemigo.
Porque un guerrero es alguien entrenado en las técnicas de diversas armas, alguien que sabe
cómo esgrimir un escudo o parar una estocada y responder debidamente, pero un verdadero
guerrero, un héroe, va más allá de esas habilidades. Cada movimiento es instintivo, está integrado
en cada músculo para fluir con una coordinación perfecta y fácil. Cada bloqueo se basa en el
pensamiento claro, tan claro que es al mismo tiempo anticipatorio y reflexivo. Y cada debilidad de
un contrario se advierte a primera vista.
El verdadero guerrero lucha desde un lugar de calma, de rabia controlada y miedo contenido.
Cada situación está debidamente enfocada, cada vía hacia la solución brilla con toda claridad. Y
el héroe va un paso más allá de eso, encontrando la forma, cualquier forma, de recorrer un
camino victorioso donde aparentemente no lo hay.
El héroe encuentra un camino, y cuando ese camino se hace visible, por difícil que sea, el
héroe lanza la estocada, o el bloqueo, o la suprema respuesta, y le roba a su oponente la victoria.
Como cuando Regis usó su colgante de rubí para paralizar a un mago de guerra en Luskan. Como
cuando Catti-brie hizo aquel disparo desesperado en las alcantarillas de Calimport para obligar
a salir a Entreri, que llevaba las de ganar. Como cuando Bruenor se valió de su astucia, su fuerza
y su voluntad inquebrantable para derrotar a Tiniebla Brillante en la oscuridad de Mithril Hall.
«Desastre inevitable» es una expresión que no figura en el vocabulario del héroe, porque es
precisamente en esos momentos en que todo parece abocado al desastre —como cuando Bruenor
cabalgó al llameante dragón de la sombra por las profundidades del barranco de Garumn—
cuando el guerrero con pasta de héroe se eleva por encima de los demás. Es algo instintivo, no
tiene que ver con él ni con su vida.
El héroe hace su disparo.
Me temo que ahora nos van a poner a prueba a todos. En estos tiempos de confusión y de
peligro, muchos serán llevados al borde del desastre, y la mayoría caerá al vacío, pero unos
cuantos cruzarán esa línea oscura y encontrarán una forma de hacer el disparo.
En esos momentos, sin embargo, es importante reconocer que esa reputación no significa
nada, y si bien los hechos pasados podrían inspirar confianza, no son ninguna garantía de
victoria, ni presente ni futura.
Espero que Taulmaril se mantenga firme en mis manos cuando esté al borde de ese precipicio,
porque sé que estoy adentrándome en las sombras de lo inevitable, donde me esperan negras
simas, y no tengo más que pensar en el quebrantado Regis o mirar a mi amada Catti-brie para
comprender lo que nos jugamos en esta contienda.
Espero que me sea concedido disparar a ese asesino, sea quien sea o lo que sea, que nos
retiene a todos a punta de daga, porque si es así, no erraré el tiro.
Porque ésa es la última puntualización que hay que hacer sobre el héroe. En el mencionado
concurso de arco, el héroe siempre aspira a ser el elegido para realizar ese disparo crítico.
Cuando las apuestas son más elevadas, el héroe quiere que el resultado esté en sus manos. No
tiene nada que ver con la hibris, sino con la necesidad, y la confianza de que el héroe en ciernes
se ha entrenado y se ha preparado para ese disparo en concreto.

DRIZZT DO’URDEN
NADA MÁS QUE EL VIENTO

Todo cesó. Todo. La batalla, el miedo y la persecución. Se había acabado, reemplazado sólo por el
sonido del viento y la grandiosa vista desde lo alto. Una sensación de vacío y de soledad envolvió a
Danica. De libertad. De muerte inminente.
Una torsión, un desplazamiento y puro control bastaron para que se pusiera de pie
inmediatamente, y se volvió para quedar de frente a la pared rocosa de la que acababa de caer.
Estiró los brazos y se impulsó hacia adelante, estudiando con la vista lo que tenía enfrente y debajo,
todo en un instante, en un repentino reconocimiento y una selección completa de los mayores ángulos
y anfractuosidades. Golpeó la pared con la palma de una mano, luego con la otra, después atrás y
adelante repetidas veces. A cada contacto sus músculos se crispaban, oponiendo resistencia al
impulso de la caída.
Una piedra saliente mucho más abajo y a la izquierda la llevó a lanzar el pie izquierdo hacia ese
lado, y mientras golpeaba la piedra con las dos manos, daba un leve empujón, una y otra vez, diez
veces en rápida sucesión mientras descendía, desplazándose sutilmente hacia la izquierda.
Con la punta del pie tocó un saliente y desplazó el peso del cuerpo hacía ese pie, doblando la
pierna para absorber el impacto. No podía empezar siquiera a frenar el impulso de la caída tan sólo
con eso, pero consiguió impulsarse hacia atrás en cierta medida, reduciendo algo su velocidad.
Era el arte del monje. Danica podía deslizarse por la pared de un edificio alto y aterrizar sin un
rasguño. Lo había hecho en más de una ocasión, pero, claro estaba, un edificio alto no podía
compararse con la altura de esa pared rocosa, y la pendiente era más difícil, a veces era escarpada y
recta, a veces menos escarpada. Sin embargo, ella trabajaba con la máxima concentración, y sus
músculos respondían a sus exigencias.
Otra protuberancia le dio la ocasión de reducir un poco más el impulso, y una estrecha cornisa le
permitió plantar los dos pies y hacer frente al tirón constante de la gravedad.
Después de eso, a media distancia del suelo, la mujer tomó el aspecto de una araña que corriese
frenéticamente por una pared, trabajando de forma veloz con brazos y piernas.
Una figura oscura pasó a su lado. La sobresaltó y a punto estuvo de hacerle perder la
concentración. Reconoció en ella a una de las bestias fofas, pero no hizo ninguna especulación sobre
el motivo por el que habría caído.
No tenía tiempo para eso, no tenía tiempo para nada que no fuera su concentración absoluta en la
tarea que tenía ante sí.
Nada más que el viento llenaba sus sentidos, eso y el contorno de la pared rocosa.
Estaba cerca del suelo y seguía cayendo demasiado deprisa para sobrevivir. No podía contar con
tocar tierra haciendo una voltereta para absorber el tremendo impacto, de modo que hizo un gancho
con ambos pies contra la roca y se echó hacia atrás, dándose la vuelta justo a tiempo para ver los
altos pinos que había vislumbrado desde arriba.
Acto seguido, se encontró chocando con las ramas. Todo eran astillas y agujas de pino saltando a
su alrededor. Una rama rota le arrancó un buen trozo de piel del costado y se llevó la mitad de su
camisa. No mucho más adelante, una rama más pesada no se rompió, sino que se dobló, y Danica
salió de ella rodando, de cabeza, dando tumbos y chocando, para rebotar en las ramas más bajas y, a
la vez, más resistentes, y abrirse camino entre una lluvia de agujas verdes. Y todavía le quedaban
nueve metros para tocar el suelo.
Medio cegada por el dolor, apenas consciente, la monje se las arregló de todos modos para
sortear los obstáculos y poner los pies por debajo.
Se curvó y rodó de lado al aterrizar. Así siguió dando tumbos, tres, cinco, siete veces. Por fin
paró con la respiración entrecortada. Las piernas, el costado lacerado, un hombro dislocado, le
mandaban punzadas de dolor.
Danica consiguió volverse un poco y vio un montón de carne negra despanzurrada.
«Al menos, no tengo ese aspecto», pensó, pero aunque había evitado la mutilación sufrida por las
bestias reptantes, temía que el resultado fuese el mismo y que no sobreviviera a la caída.
Una oscuridad fría se cernía sobre ella.
Pero Danica siguió luchando, diciéndose que el dracolich iría en su búsqueda, recordándose que
no estaba a salvo; aun cuando consiguiera por algún medio no morir de los golpes recibidos en la
caída, la bestia acabaría con ella.
Se puso boca abajo y se incorporó sobre los codos, o trató de hacerlo, porque su hombro no se lo
permitía y los dolores eran insoportables. Se apoyó en un brazo y vomitó, jadeando. Los ojos
almendrados se le llenaron de lágrimas, ya que las arcadas le producían espasmos en las costillas, lo
que le provocaba un nuevo nivel de agonía.
Se dijo que tenía que moverse. Pero ya no era capaz.
La fría oscuridad la envolvió de nuevo y ni siquiera la poderosa Danica pudo resistirse esa vez.

Mirando desde la puerta de la sala lateral del oscurecido barranco, Catti-brie casi no podía
distinguir las formas de sus compañeros a la luz parpadeante de la antorcha que habla del otro lado.
Todos estaban atrapados en aquel aparente callejón sin salida mientras los perros de la sombra los
perseguían velozmente y un dragón bloqueaba la salida. Hablan perdido a Drizzt, y Wulfgar, además
de Catti-brie, se había llevado lo peor del aliento del dragón, una horrenda nube de negrura y
desesperación que lo había dejado entumecido y casi indefenso.
Se asomó un poco a la puerta, ansiando desesperadamente una respuesta, rogando que su padre
encontrara una forma de salvarlos a todos. No supo qué pensar cuando Bruenor se sacó el yelmo con
gemas incrustadas y lo cambió por el viejo yelmo con la cornamenta rota.
—Mantén el yelmo a salvo. Es la corona del rey de Mithril Hall —dijo, entregándole la corona a
Regis, y entonces sus intenciones quedaron bien claras.
El halfling protestó.
—Entonces, es tuya —dijo, y en su voz se vela claramente la garra del miedo que también
atenazaba a Catti-brie.
—No, ni por derecho ni por elección. Mithril Hall ya no existe, Panza… Regis. ¡Yo soy Bruenor
del Valle del Viento Helado, y lo he sido durante doscientos años, aunque tengo la cabeza demasiado
dura para reconocerlo!
Catti-brie casi se quedó sin habla cuando oyó las palabras que siguieron y entendió con toda
claridad lo que Bruenor estaba a punto de hacer. Regis le preguntó algo que ella no pudo oír, pero
comprendió que era la misma pregunta cuya terrible respuesta resonaba estentóreamente en sus
propios pensamientos.
En ese momento, se vio con claridad la figura de Bruenor saliendo precipitadamente de la
estancia y cargando directamente hacia el barranco.
—Aquí tienes a uno que se te escapó, muchacho —gritó, mirando hacia la pequeña cámara lateral
donde se ocultaban Catti-brie y Wulfgar—. ¡Pero cuando se me mete en la cabeza saltar sobre el
lomo de un gusano, nunca yerro!
Ya está, ya lo había dicho abiertamente, una declaración del supremo sacrificio por todos los
demás, atrapados en las entrañas de una caverna en otro tiempo conocida como Mithril Hall por un
gran dragón de la sombra.
—¡Bruenor!
Catti-brie oyó su voz gritando el nombre, aunque casi no tenía conciencia de haber hablado, tan
paralizada estaba por la idea de que estaba apunto de perder al enano, a su amado padre adoptivo, al
gran Bruenor que había sido la piedra sobre la que había edificado toda su vida, la fortaleza de Catti-
brie Battlehammer.
A la joven todos los movimientos le parecieron ralentizados en aquel terrible momento en que
vio a Bruenor atravesar corriendo el barranco, echando la mano por encima del hombro para prender
su capote… ¡debajo del cual había un jarro de aceite!
El enano no vaciló ni redujo la marcha cuando llegó al borde y saltó, hacha en alto y espalda
llameante.
Una suma de compulsión y terror arrastró a Catti-brie hacia ese lugar, a donde llegó al mismo
tiempo que Regis. Los dos se quedaron mirando, atónitos, al enano en llamas montado sobre el lomo
del gran dragón de la sombra.
Bruenor no había vacilado, pero lo que había hecho había dejado sin fuerzas a Catti-brie. A duras
penas podía tenerse de pie mientras veía a su padre morir, dar su vida para que ella, Wulfgar y Regis
pudieran atravesar el barranco y escapar de la oscuridad de Mithril Hall.
Sin embargo, temía no tener fuerzas para escapar, y Bruenor habría muerto en vano. Wulfgar
estaba a su lado, oponiendo resistencia a la desesperación mágica, luchando con ella con la
determinación de un bárbaro del Valle del Viento Helado. Catti-brie apenas pudo comprender lo que
intentaba cuando levantó su asombrosa maza de guerra y se la arrojó al dragón.
—¿Estás loco? —gritó Catti-brie, sujetándolo.
—Coge tu arco —le dijo, y otra vez volvía a ser Wulfgar, liberado del insidioso conjuro del
dragón—. ¡Si eres una verdadera amiga de Bruenor, no dejes que su muerte haya sido en vano!
¿Una verdadera amiga? Las palabras sacudieron a Catti-brie, recordándole mordazmente que ella
era mucho más que una amiga para aquel enano, su padre, el ancla de su vida.
Sabia que Wulfgar tenía razón, y al recoger su arco con manos temblorosas vio su objetivo con
los ojos llenos de lágrimas.
No podía ayudar a Bruenor. No podía salvarlo de la suerte que él mismo había elegido, la
elección que posiblemente les había salvado la vida a ellos tres.
Era el disparo más difícil que había tenido que hacer jamás, pero tenía que conseguirlo, por el
bien de Bruenor.
La flecha de estela plateada disparada por Taulmaril surcó el aire, y su destello llenó los ojos
llorosos de Catti-brie.

Alguien la agarró y le bajó los brazos colocándoselos a ambos lados del cuerpo. Oyó el bisbiseo de
un susurro lejano, pero no pudo distinguir las palabras ni pudo ver a aquél cuyo contacto sentía.
Era Drizzt, lo sabía por la ternura y la fuerza de aquellas delicadas manos.
Pero Drizzt estaba perdido para ella, para todos ellos. No tenía sentido.
Y Bruenor…
Pero el barranco había desaparecido, el dragón había desaparecido, su padre había desaparecido
y todo el mundo había desaparecido, todos reemplazados por aquella tierra de brumas parduscas y de
bestias sombrías reptantes que se abalanzaban sobre ella y le tendían sus garras.
No podían alcanzarla, no podían herirla, pero eso no era un consuelo para Catti-brie en medio
del vacío. No sentía nada, no tenía conciencia de nada, salvo de esas formas repulsivas y reptantes
en una tierra que no reconocía.
En un lugar donde estaba completamente sola.
Y algo peor aún, lo peor de todo, una línea divisoria entre dos realidades tan estrechas y
borrosas cuya mera incongruencia hurtaba a Catti-brie algo mucho más personal que sus amigos y el
entorno familiar.
Trató de resistirse, trató de concentrarse en el contacto con aquellos brazos fuertes que la
rodeaban —¡tenía que ser Drizzt!—, pero se dio cuenta de que ya no podía siquiera sentir ese
contacto, si es que estaba allí.
El tropel de imágenes empezó a desdibujarse. Los dos mundos competían en su mente con
escenas fugaces y una cacofonía discordante de sonidos inconexos, un choque de dos realidades del
cual no tenía escapatoria.
Se encerró en sí misma, tratando de aferrarse a sus recuerdos, a su realidad, a su individualidad.
Pero no había nada a que aferrarse, ningún asidero que le recordara nada, ni siquiera a Catti-brie.
No tenía pensamientos claros ni recuerdos definidos. No tenía conciencia de sí misma.
Estaba tan perdida que ni siquiera sabía que estaba perdida.

Una pequeña luz anaranjada se filtró por entre los párpados cerrados de Danica, colándose a través
de la negrura que se había apoderado de sus sentidos. Sacudiéndose la pereza consiguió entreabrir un
ojo, y la luz del sol la saludó. El brillante disco del sol apenas asomaba en el este, en la cárcava en
forma de V que se abría entre dos montañas. Danica tuvo incluso la sensación de que aquellas
montañas distantes estaban guiando la luz directamente hacia ella, hacia sus ojos, para despertarla.
Los acontecimientos del día anterior se reprodujeron en sus pensamientos, y no pudo determinar
dónde acababan los sueños y empezaba la tremenda realidad.
¿O acaso habría sido todo un sueño?
¿Y si era así por qué estaba tirada en un cañón junto a una gran pared rocosa?
Lentamente, trató de volverlo todo atrás, y la oscuridad se retiró.
Intentó incorporarse sobre los codos. Lo intentó, pero las oleadas de agonía en el hombro
hicieron que se echara otra vez. Con una mueca de dolor y los ojos cerrados, Danica evocó la caída,
el paso a tumbos entre los árboles, y de allí volvió a la escena en lo alto del precipicio, en la cueva
del dragón no muerto.
Ivan estaba muerto.
Aquello fue para Danica como un mazazo. Volvió a oír el pisotón del dracolich vio una vez más
la carne arrancada volando por la caverna. Pensó en todas las veces que había visto a Ivan con sus
hijos, al tío amantísimo que les brindaba la sabiduría aprendida en duras lecciones, tan diferente del
cariñoso Pikel, mucho más suave que su hermano.
—Pikel —susurró entre la hierba, abrumada por la idea de tener que contarle lo de Ivan.
La mención de Pikel la llevó a pensar en sus propios hijos, que andaban por ahí, con el enano.
Abrió los ojos. El disco del sol ya había superado el horizonte; la mañana avanzaba.
Sus hijos tenían problemas. Estaba segura de ello. Tenían problemas o el peligro ya los había
encontrado y se los había llevado, y eso era algo que Danica no estaba dispuesta a aceptar.
Con un gruñido de desafío, la mujer monje se incorporó sobre un brazo y recogió las piernas bajo
el cuerpo, para después enderezarse y ponerse de rodillas. Tenía el brazo izquierdo colgando, inerte,
no exactamente al lado del cuerpo, sino un poco más atrás. No podía volver la cabeza para mirarse el
hombro porque eso le producía dolor, pero sabía que estaba dislocado.
Así no podía ir a ninguna parte.
Miró la pared de piedra que quedaba detrás de ella. Con un gesto decidido se puso de pie, y
antes de que el dolor la disuadiera, corrió hacia la pared, dio un salto en el aire y se volvió mientras
descendía, haciendo que la parte trasera de su hombro herido chocara contra la pared.
Oyó un crujido y se preparó para el dolor que vendría a continuación. Fueron unas oleadas tan
intensas que se dobló sobre sí misma y vomitó.
Pero pudo verse el hombro, otra vez alineado, y el dolor pronto remitió. Incluso podía mover el
brazo de nuevo, aunque el menor movimiento le producía un dolor intenso.
Se quedó allí apoyada contra la piedra largo rato, replegándose para encontrar en su interior un
lugar de calma contra la furiosa tormenta que se libraba en su cuerpo maltrecho.
Cuando por fin abrió los ojos, lo primero que vio fue a una de las bestias reptantes,
despachurrada contra el suelo. Consiguió mirar pared arriba, a sus espaldas, pensando en el
dracolich y en lo que tendría que hacer para advertir a quienes podrían ayudarla a derrotar a la
bestia.
Miró hacia el sur, guiada por su instinto maternal, hacia el camino que llevaba a Carradoon y a
sus hijos, y a donde deseaba desesperadamente ir. Sin embargo, se centró en una zona no muy hacia
el sur, tratando de orientarse y encontrar el camino que en dirección norte-sur iba hacia Espíritu
Elevado.
Hizo un gesto afirmativo, reconociendo que tendría que atravesar la barrera montañosa para
encontrar ese camino. Más o menos segura de que se encontraba en un profundo valle a varios
kilómetros de la catedral, se puso en marcha. Sus piernas no la sostenían con demasiada firmeza y
tenía un tobillo que parecía a punto de doblarse a cada paso.
Poco después se había hecho un bastón con una rama y se encaminaba hacia su casa luchando
contra el dolor y el miedo al camino. Éste era mucho más empinado que el de Carradoon y acarició
la idea de rodear la ciudad portuaria e ir después por los senderos más transitables.
No pudo por menos que reír ante tan endeble justificación. Tomar esa ruta representaba prolongar
el viaje en un día o más, un tiempo crucial para Cadderly y los demás.
Llegó al camino norte-sur poco después de que el sol estuviera alto. Le flaqueaban las fuerzas y
llevaba la ropa pegada al cuerpo por el sudor. Una vez más miró hacia el sudeste, hacia donde sabía
que estaba Carradoon, y pensó en sus hijos. Cerró los ojos y se volvió hacia el sur; luego miró el
camino que la llevaría a casa, el camino que tenía que tomar por el bien de todos.
Recordó que el camino era bastante llano a lo largo de medio kilómetro más o menos, y luego
empezaba un pesado ascenso hacia las montañas Copo de Nieve. Tenía que subir por allí. No era una
opción, sino un deber. Tenía que informar a Cadderly.
Y Danica se proponía caminar toda la noche para hacerlo. Inició el camino a paso lento,
prácticamente arrastrando un pie y apoyándose con fuerza en el bastón que llevaba en la mano
derecha, ya que el brazo izquierdo le colgaba. Cada paso le removía el hombro, de modo que hizo
una pausa, cortó un trozo de su ya destrozada camisa y confeccionó con él un improvisado
cabestrillo.
Con un suspiro de determinación, la mujer se puso otra vez en marcha; intentó ir un poco más
deprisa, pero las fuerzas se le iban agotando.
Perdió la cuenta del tiempo, pero sabía que las sombras se iban alargando en torno a ella.
Entonces oyó algo —un jinete o una carreta— que se aproximaba desde atrás. Danica se arrastró
fuera del camino y se tiró detrás de un arbusto y una roca, para apostarse en un lugar desde donde
veía la carretera. Se mordió el labio inferior para no gritar de dolor, pero hasta esa noción y esa
sensación se le olvidaron cuando tuvo a la vista a su curiosa presa.
Lo primero que vio fue el caballo, una bestia negra esquelética con fuego alrededor de los
cascos. Lanzaba humo por las anchas ventanas de la nariz. Un corcel infernal, una pesadilla, y cuando
reparó en el conductor de la carreta, más especialmente en el gran sombrero de ala ancha con una
pluma que llevaba, y en el color ébano de su piel…, lo recordó enseguida.
—¿Jarlaxle? —susurró, y su sorpresa se hizo mayúscula cuando, sentado a su lado, vio a otro
elfo oscuro que también reconoció.
La idea de que aquel pícaro de Jarlaxle cabalgara junto a Drizzt Do’Urden fue una conmoción
emocional para Danica. ¿Cómo era posible?
¿Qué significaba aquello para ella y para Cadderly?
Al acercarse la carreta, distinguió un par de cabezas por encima del portalón trasero. Enanos, era
evidente. Un aullido desde un lateral atrajo su atención hacia un tercer enano que cabalgaba sobre un
jabalí que daba la impresión de pastar en los planos inferiores, justo al lado de la pesadilla que
tiraba de la carreta.
Danica se dijo que no podía ser Drizzt Do’Urden, y se previno de que no entraba en el terreno de
lo imposible que el diabólico Jarlaxle estuviera detrás de todos los males que habían caído sobre
Erlkazar. No se podía arriesgar a acudir a ellos, se dijo repetidas veces mientras la carreta avanzaba
por el camino, acercándose a su escondite.
A pesar de esas reservas, reales y fundadas, cuando la carreta se encontraba a apenas tres metros
de ella, con el corcel de pesadilla lanzando llamas y golpeando el camino con sus feroces cascos, la
mujer, desesperada, dándose cuenta instintivamente de que se estaba quedando sin opciones, se puso
de rodillas y pidió auxilio.
—¡Lady Danica! —exclamó Jarlaxle, y Drizzt pronunció su nombre al mismo tiempo.
Los dos drows saltaron de la carreta, corrieron hacia ella y se colocaron uno a cada lado con una
rodilla en tierra. Juntos la levantaron y sostuvieron mirándose con total incredulidad. ¿Qué podría
haber dejado tan maltrecha a la magnífica guerrera monje?
—¿Qué me cuentas, elfo? —preguntó uno de los enanos saltando de la parte trasera de la carreta
—. ¿Es ésa la mujer de Cadderly?
—Lady Danica —explicó Drizzt.
—Tenéis… —dijo la mujer con voz entrecortada—. Tenéis que llevarme junto a Cadderly, tengo
que advertirle…
No terminó la frase y perdió la conciencia.
—Lo haremos —le prometió Drizzt—. Descansa.

Drizzt miró a Jarlaxle con evidente cara de preocupación. No estaba seguro de que Danica pudiera
sobrevivir al viaje.
—Tengo pociones —lo tranquilizó el otro, pero con menos confianza de la que Drizzt hubiera
deseado. Además, ¿quién podía estar seguro de los efectos que sus pociones podrían tener en
semejante momento de magia desatada?
Pusieron a Danica todo lo cómoda que pudieron en la parte trasera de la carreta, junto a Catti-
brie, que estaba sentada contra el fondo y todavía parecía totalmente ajena a todo cuanto la rodeaba.
Jarlaxle se quedó junto a la mujer monje, dándole a beber a cucharadas sus pociones mágicas
sanadoras, mientras que Bruenor conducía la carreta a toda la velocidad de que era capaz la bestia
infernal. Drizzt y Pwent corrían a uno y otro lado, vigilando los flancos, temiendo que lo que hubiera
atacado a Danica no estuviera muy lejos. Por indicación de Jarlaxle, Athrogate y su jabalí iban justo
delante del corcel de pesadilla.
—El camino se vuelve cada vez más empinado —advirtió Bruenor poco después—. A tu caballo
no le está gustando.
—Las mulas están descansadas ahora —replicó Jarlaxle—. Lleguemos hasta donde podamos y
después las volvemos a atar al carro.
—Para entonces, ya se habrá hecho de noche. —Tal vez deberíamos seguir la marcha.
A Bruenor le habría gustado disentir, pero se encontró asintiendo, a pesar de sus reservas.
—¿Elfo? —preguntó el enano al ver que Drizzt examinaba algún arbusto al lado del camino.
—Nada —respondió Drizzt—. No he visto ni vestigio de monstruos, y no hay más huellas que las
de Danica.
—Bueno, eso está bien —dijo Bruenor.
El rey enano tendió la mano y cogió a Drizzt por el cinturón para ayudarlo a subir al lateral de la
carreta en marcha.
—Su respiración es tranquila —comentó Drizzt, refiriéndose a Danica, y Jarlaxle asintió.
—Las pociones han contribuido —dijo Jarlaxle—. Todavía hay cierta predictibilidad en la
magia.
—Pero no ha dicho ni una sola palabra —dijo Bruenor.
—La he mantenido en un estupor —explicó Jarlaxle—, por su propio bien. Un sencillo
encantamiento —añadió, tranquilizador, cuando tanto Drizzt como Bruenor lo miraron con
desconfianza.
Jarlaxle sacó de su chaleco un colgante con un rubí, notablemente parecido al que usaba Regis.
—¡Eh, pero bueno! —protestó Bruenor, y tiró de las riendas hasta detener la marcha.
—No es el de Regis —lo tranquilizó Jarlaxle.
—Tuviste el suyo, en Luskan —recordó Drizzt.
—Sí, durante un tiempo —dijo Jarlaxle—. Y eso fue suficiente para hacer que mis artesanos lo
copiaran. —Como Bruenor y Drizzt lo seguían mirando con hostilidad, Jarlaxle se limitó a encogerse
de hombros y explicarles—: Es lo que hago.
Drizzt y Bruenor se miraron el uno al otro y suspiraron.
—No le robé nada, aunque podría haberlo hecho con toda facilidad —sostuvo Jarlaxle—.
Tampoco lo maté, ni a él ni a vosotros, y podría haberlo hecho…
—Con toda facilidad —confirmó Drizzt—. ¿Cuándo podrás sacarla del trance? —le preguntó a
continuación.
Jarlaxle miró a Danica, que parecía mucho más tranquila.
«Pronto», se disponía a decir, pero la palabra no llegó a salir de su boca. De repente, la mano de
Danica salió disparada y asió la cadena de la que colgaba el rubí. Con una torsión y un torniquete
que parecieron tan simples como el hecho de que se levantara del fondo de la carreta, hizo girar al
sorprendido Jarlaxle y tiró de la cadena hacia atrás, retorciéndola aún más para sujetar rápidamente
al drow por el cuello.
—Se te dijo que no volvieras jamás, Jarlaxle Baenre —dijo Danica con la boca pegada al oído
del elfo oscuro.
—Tu gratitud me abruma, señora —masculló el drow, medio ahogado.
Se quedó rígido cuando Danica tiró y retorció más la cadena.
—Haz con los dedos la más mínima intención de esgrimir un arma, drow —lo desafió—. Te
puedo partir el cuello con tanta facilidad como si fuera una ramita seca.
—¿Qué tal si me ayudas? —le susurró Jarlaxle a Drizzt.
—Danica, suéltalo —dijo Drizzt—. No es nuestro enemigo. Ahora, no.
Danica aflojó la presión apenas, y se quedó mirando con escepticismo al explorador; después,
miró a Bruenor.
Drizzt le dio un codazo al enano, que guardaba silencio.
—Encantado de conocerte por fin, lady Danica —dijo Bruenor—. Rey Bruenor Battlehammer, tu
seg…
Drizzt repitió el codazo.
—Ya, suelta a la rata —le dijo a la mujer—. Fue Jarlaxle el que te dio las pociones que te
salvaron el pellejo, y también ha ayudado mucho a mi hija, a la que aquí ves.
Danica los miró uno por uno, y luego se volvió hacia Catti-brie.
—¿Qué le pasa? —preguntó, soltando a Jarlaxle, que se desplazó hacia adelante para alejarse de
ella.
—Jamás pensé que alguien pudiera sorprender así a Jarlaxle —comentó Drizzt.
—Comparto tu sorpresa —admitió el mercenario.
Drizzt sonrió, disfrutando brevemente del momento. A continuación, se dirigió a la barandilla de
la carreta, pasó por delante de Jarlaxle y fue hasta Danica, que estaba apoyada en el portalón trasero.
—No volveré a subestimarla —prometió Jarlaxle en voz baja.
—Tenéis que llevarme a Espíritu Elevado —dijo Danica, a lo que Drizzt asintió.
—Allí nos dirigíamos —explicó—. Catti-brie fue afectada por el Tejido declinante…, una
especie de fuego azul. Por lo que parece, está atrapada en su propia mente y en un lugar oscuro de
criaturas achaparradas y reptantes.
Danica se sobresaltó al oír aquella descripción.
—¿Las has visto? —preguntó Drizzt.
—Una hueste de bestias de color gris, brazos largos, piernas cortas…, casi sin piernas, atacó
anoche Espíritu Elevado —explicó—. Yo había salido a explorar… —dijo, pero interrumpió la
frase con un gran suspiro—: Ivan Rebolludo ha muerto —concluyó.
Bruenor dio un grito, y Drizzt hizo una mueca de dolor. Desde un lateral del camino Thibbledorf
Pwent lanzó un gemido.
El dragón…, un dracolich, un dragón no muerto…, y algo más…
—¿Un dracolich? —inquirió Jarlaxle.
—¡Dragón muerto andante, dragón muerto parlante, dragón muerto furioso, me parece curioso!
Athrogate salió con una de sus rimas, provocando la admiración de Thibbledorf Pwent y un gesto
de disgusto de Bruenor.
Danica se quedó muda, mirando al extravagante Athrogate.
—Hay que reconocer que no se ve un dracolich todos los días —dijo Jarlaxle con cara de
absoluta normalidad.
Danica no salía de su asombro.
—¿Hablaste de algo todavía más extraño? —la animó Jarlaxle.
—Todo lo que toca muere —explicó la mujer monje—. Di con él tras seguir una huella de
devastación absoluta, a su paso todo se marchitaba: la hierba, los árboles, todo.
—Jamás he oído algo así —dijo Bruenor.
—Cuando vi a la bestia, gigantesca y terrible, supe que no me había equivocado. Va sembrando
la muerte. Es la muerte encarnada, y algo más, tiene un cuerno en la cabeza y relumbra de poder. —
Danica prosiguió, con los ojos cerrados, obligándose a recordar cosas que habría preferido olvidar
—. Creo que era…
—Crenshinibon, la Piedra de Cristal —dijo Jarlaxle, acompañando cada palabra de un gesto
afirmativo.
—Sí.
—Otra vez esa maldita cosa —gruñó Bruenor—. Con que ésas tenemos, elfo. No la has matado.
—Sí que la maté —lo corrigió Jarlaxle—, y me temo que eso es parte del problema.
Bruenor se limitó a sacudir la peluda cabeza.
Danica señaló un pico alto que habían dejado atrás, no muy lejos, al norte.
—Él los controla —miró directamente a Jarlaxle—. Creo que el dragón es Hephaestus, el gran
wyrm rojo cuyo aliento destruyó el artefacto, o eso creíamos.
—El mismo —le aseguró Jarlaxle.
—¿Crees que podrías decirnos de una vez por todas qué te propones? —gruñó Bruenor.
—Ya os había hablado de mis temores —dijo el mercenario—. El dragón y los liches
consiguieron por algún medio liberar el artefacto de la prisión que ellos mismos habían creado…
—La Piedra de Cristal —dijo Danica, tocándose la frente—. Aquí, en el dracolich.
—Unidos por la magia del Tejido que se desmorona —dijo Jarlaxle—, fundidos por la colisión
de los mundos.
Danica lo miró con incredulidad.
—Yo tampoco lo sé, lady Danica —explicó Jarlaxle—. Son suposiciones. Pero de una cosa
estoy seguro, todo esto está relacionado. —Miró a Catti-brie, que tenía los ojos muy abiertos, pero
seguía sin ver nada—. Su aflicción, estas bestias, el dragón que se levanta de entre los muertos…,
todo…, todo forma parte de una misma catástrofe cuyo alcance todavía no conocemos.
—Y por eso hemos venido a descubrirlo —dijo Drizzt—. Hemos traído a Catti-brie con la
esperanza de que Cadderly pueda ayudarla.
—Y creo que vosotros también necesitaréis de nuestra ayuda —le dijo Bruenor a Danica.
Danica sólo pudo suspirar y asentir con impotencia. Echó una mirada a la distante pared de
piedra, la guarida del dracolich y la Piedra de Cristal, la tumba de Ivan Rebolludo. Trató de no mirar
más allá, pero no pudo evitarlo. Temía por sus hijos.
LA ROTURA

Yharaskrik sabía que era más que pensamiento independiente. Era deseo independiente.
Semejante cosa no podía tolerarse. Los siete liches que habían creado la Piedra de Cristal
estaban representados solamente por el poder singular de Crenshinibon. No tenía voz ni voto en la
cuestión, y sus deseos no se consideraban pertinentes.
Pero al sagaz ilícida no se le escapaba el deseo latente en la petición de Fetchigrol. La criatura
no actuaba ni por oportunidad ni por una compulsión de servir a sus tres maestros conjugados en el
Rey Fantasma. Fetchigrol quería algo.
Y la aportación de Crenshinibon al debate interno que se fraguaba dentro del Rey Fantasma era
decididamente un apoyo al espectro transformado en lich.
Yharaskrik apeló telepáticamente a Hephaestus para que se opusiera al lich, y trató de transmitir
la profundidad de su inquietud, pero tenía que andar por la cuerda floja, y no quería que la Piedra de
Cristal reconociera esa preocupación.
El ilícida no podía saber si el dragón había captado la sutil inflexión de su pensamiento, o si
simplemente era que no le importaba, ya que nunca había tenido gran simpatía por él. La respuesta
del dragón llegó en forma de avidez, tal como Fetchigrol había pedido.
—¿Hasta qué punto podemos tantear a los secuaces del Páramo Sombrío antes de que dejemos de
ser sus amos en éste, nuestro mundo? —dijo Yharaskrik en voz alta.
Hephaestus luchó por controlar plenamente la boca del dracolich para responder.
—¿Temes a estos montones achaparrados de carne?
—En el Páramo Sombrío no todo son bestias reptantes —respondió Yharaskrik tras un breve
forcejeo por recuperar el uso de su voz—. Es mejor que utilicemos a los no muertos de nuestro plano
como ejército. Su número es prácticamente ilimitado.
—¡Y son ineficaces! —rugió el dracolich, haciendo temblar las rocas del lugar—. No razonan…
—Pero son controlables —interrumpió el ilícida.
Las voces se distorsionaron, ya que ambos luchaban por el control físico.
—¡Nosotros somos el Rey Fantasma! —bramó Hephaestus—. Somos supremos.
Yharaskrik se dispuso a resistirse, pero hizo una pausa estudiando a Fetchigrol, que estaba ante él
asintiendo con la cabeza. Percibió la satisfacción que emanaba de la criatura de sombra, y supo que
Crenshinibon se había puesto del lado de Hephaestus, que había dado permiso a Fetchigrol para que
volase de vuelta a Carradoon y alzase un gran ejército de bestias reptantes para cazar y matar a los
que habían huido al interior de los túneles.
¡La satisfacción de esa criatura! ¿Por qué Hephaestus no podía entender el peligro de cualquier
emoción independiente emanada de uno de los siete? No deberían tener ninguna satisfacción, como
no fuera la de servir; pero Fetchigrol actuaba movido por su propio ego personal, no por una
compulsión de servir al huésped mayor. Se había puesto de manifiesto gracias a Solmé, que había ido
al Páramo Sombrío a reunir un ejército, mientras que Fetchigrol se limitaba a reanimar carne muerta
para que cumpliera sus órdenes. La huida de tanta gente de Carradoon se había sumado a esa
sensación de fracaso del espectro, por eso la criatura trataba de rectificar la situación.
Sin embargo, al espectro no tendría que haberle importado. ¿Por qué Hephaestus no podía
entender eso?
—Somos más grandes si tenemos generales competentes —surgió un pensamiento, y Yharaskrik
supo que era Crenshinibon, que no estaba dispuesto a hablar con la voz del dragón.
—No se atreverían a contrariarnos —coincidió Hephaestus.
—Utilicemos su ira.
«¿Y qué podríamos ganar?», pensó Yharaskrik, pero tuvo buen cuidado de ocultarlo a los demás.
¿Qué ganarían con la persecución de los carradeños huidos? ¿Por qué tenían que perder ellos el
tiempo preocupándose por el destino de los refugiados?
—Tu precaución me cansa —dijo el dracolich cuando Fetchigrol salió de la caverna dirigiéndose
a Carradoon.
Aunque en un primer momento Yharaskrik pensó que era Hephaestus el que hablaba, lo hicieron
dudar la elección de las palabras y el timbre de la voz, y finalmente llegó a la conclusión de que era
una observación más razonada que los típicos berrinches a los que Hephaestus los tenía
acostumbrados.
—¿Es que no podemos destruir por el simple placer de hacerlo?
El ilícida se quedó de piedra en aquel momento de revelación. No había protegido
adecuadamente sus preocupaciones de los otros dos. El azotamentes no tenía dónde ocultarse de…
¿De quién?
—Del Rey Fantasma —respondió la mente del dragón, leyendo sus pensamientos como si fueran
propios.
Yharaskrik comprendió entonces que el vínculo entre Hephaestus y Crenshinibon se estaba
haciendo más estrecho, que realmente se estaban convirtiendo en un solo ser, en una sola mente.
El ilícida no pudo intentar siquiera ocultar su miedo de que a él le aguardara el mismo destino.
Siendo como era un azotamentes, Yharaskrik conocía muy bien la noción de una mente colmena. En
su hogar de la Antípoda Oscura, cientos de los suyos podía unirse en un receptáculo común de
inteligencia y filosofía, y formulación de teorías. Sin embargo, todos eran siempre ilícidas: seres
iguales de igual inteligencia.
—Y el Rey Fantasma es más grande que los de tu especie —respondió la voz del dracolich—.
¿Es ése tu temor?
¡Tenían acceso a todos sus pensamientos!
—Hay un lugar para ti, Yharaskrik —prometió el Rey Fantasma—. Hephaestus es el instinto, la
ira y el poder físico. Crenshinibon es la conjunción de la sabiduría casi eterna y del
desapasionamiento, o sea del buen juicio, de un verdadero dios. Yharaskrik es la libertad de una
proyección de alcance y la comprensión del surrealismo de los mundos unidos.
Dos palabras entre todas las contenidas en aquella declaración de poder le revelaron a
Yharaskrik la verdad: buen juicio. De las partes del todo propuesto, el buen juicio estaba en lo más
alto de la jerarquía, y por lo tanto, era Crenshinibon el que pretendía mantener su identidad. El
dragón sería el encargado de las reacciones; el ilícida, de la información, y Crenshinibon lo
controlaría todo.
En ese aciago momento, Yharaskrik llegó a la conclusión de que era Crenshinibon el que
otorgaba a los liches una mayor autonomía, y sólo porque la Piedra de Cristal sabía con total certeza
que se mantendrían para siempre como esclavos suyos, su suprema creación.
La única oportunidad de Yharaskrik era llegar a Hephaestus y convencer al dragón de que iba a
perder su propia identidad en aquel papel de sometimiento absoluto.

Solmé había superado a Fetchigrol. Siglos antes, ellos y otros cinco se habían unido con una
finalidad común, una unificación total en un singular artefacto de gran poder y duración infinita. Se
suponía que a Fetchigrol no debía importarle que Solmé lo hubiera superado. La explicación de
Crenshinibon había sido instructiva, no un castigo.
La aparición —una extensión de algo más grande que Fetchigrol, un instrumento para mayor
gloria de Crenshinibon y nada más—, no tenía que importar.
Pero no era así. Esa misma noche, cuando Fetchigrol llegó a los muelles de la destruida
Carradoon y se extendió a través de los planos hasta el Páramo Sombrío, sintió alegría, Su propia
alegría, no la de Crenshinibon.
Y cuando su conciencia volvió a Toril, con la grieta al alcance de la mano, y abrió la rotura,
experimentó una gran satisfacción, suya, personal, no de Crenshinibon, sabiendo que la siguiente
conferencia instructiva estaría dirigida a Solmé y no a él mismo.
Por la grieta empezaron a salir bestias reptantes. Fetchigrol no las controlaba, pero las guiaba,
mostrándoles la pequeña ensenada al norte de los muelles, donde las aguas del Impresk se calmaban
y empezaba el laberinto de túneles. Las bestias reptantes no temían a los túneles. Les gustaban los
rincones oscuros, y no había en todo el universo criatura más aficionada a las cacerías que las
voraces bestias del Páramo Sombrío.
Todavía salieron más cuando la grieta se arremolinó y empezó a cerrarse, para volver a la estasis
del mundo natural.
Fetchigrol, con la bendición de Crenshinibon resonando claramente todavía en sus ansiosos
pensamientos, volvió a abrirla.
Y todavía la abrió otra vez más cuando empezó a cerrarse un poco más tarde, aunque sabía
perfectamente que cada reapertura debilitaba la trama de separación entre los dos mundos. Esa
trama, la realidad de lo que siempre había sido, era el único medio real de control. Poco a poco, el
tercer desgarrón empezó a cerrarse.
¡Fetchigrol volvió a abrirlo!
Cada vez era menor el numero de bestias reptantes que se colaban, ya que la región gris de
sombras que habían estado habitando las apariciones estaba casi vacía de ellas.
Fetchigrol, que no quería perder ante Solmé, buscó más a fondo en el Páramo Sombrío.
Irresponsablemente extendió su llamada hasta los últimos confines del plano gris, hacia regiones que
no podía ver.
No vio ni oyó lo que se aproximaba, porque la bestia era una criatura de la sombra y, por lo
tanto, silenciosa. Una nube negra descendió sobre la aparición y la devoró completamente.
En ese instante terrible, supo que había fracasado. La cuestión no importaba, porque ya no había
asidero para el desastre específico.
Sólo fracaso. Total, absoluto e irrevocable. Fetchigrol lo sintió profundamente. Devoró cualquier
idea que pudiera tener respecto de la situación que se presentaba.
El dragón de la sombra no podía pasar por la grieta, pero se las ingenió para asomar la cabeza y
abrir bien sus fauces y cerrarlas a continuación sobre la desesperada aparición.
Y Fetchigrol no tuvo escapatoria. Un cambio de plano no haría sino ponerlo más decididamente
al alcance del dragón devorador situado al otro lado del desgarro. Tampoco le apetecía escapar,
porque la desesperación creada por la negra nube del aliento del dragón de la sombra hizo que
entendiera que era preferible la eliminación.
Y así, fue eliminado.

En el Páramo Sombrío, el dragón retrocedió, pero marcó el lugar del desgarro con la esperanza de
que pronto se ensanchara lo suficiente como para permitirle pasar. Cuando se retiró, otras bestias se
dirigieron a la abertura. Los noctalas, murciélagos negros gigantes, desplegaron sus membranosas
alas y alzaron el vuelo por encima de las ruinas de Carradoon, ávidos de darse un festín con la carne
más ligera del mundo material.
Temibles incorpóreos pavorosos, humanoides, demacrados y cubiertos con andrajos oscuros,
capaces de drenar la fuerza vital de una víctima con un solo contacto, se arrastraban hacia el exterior
formando partidas de caza.
Y un noctámbulo, un gigantesco humano lampiño de seis metros de altura, con tendones muy
marcados y la fuerza de un gigante de la montaña, se coló por la grieta y bajó hasta las orillas del
lago Impresk.

En la cueva que se abría sobre la pared rocosa, el Rey Fantasma lo supo.


Fetchigrol se había ido. Su energía parpadeó y se apagó, perdida para ellos.
Yharaskrik era un ilícida, y los ilícidas eran criaturas de una lógica despiadada, de modo que
cuando señaló que había tenido razón al condenar el plan de Fetchigrol, se desató sobre él una
oleada de rabia.
Provenía de Hephaestus y Crenshinibon.
Por un momento, Yharaskrik no comprendió que la Piedra de Cristal estuviese de acuerdo con
esa volátil criatura. Crenshinibon también era un artefacto de pensamiento pragmático y lógico. Al
igual que los ilícidas, no tenía nada de emocional.
Pero, a diferencia de Yharaskrik, Crenshinibon también era ambicioso.
En ese preciso momento, Yharaskrik supo que el vínculo no podía mantenerse, que el triunvirato
de conciencias contenidas en el dracolich no era viable y no podía sostenerse. Pensó en encontrar un
huésped fuera del cuerpo del dragón, pero desechó la idea de inmediato al darse cuenta de que no
había nada tan poderoso como el dracolich, y Hephaestus no aguantaría que el ilícida sobreviviera.
Tenía que combatir.
Hephaestus era todo ira y malicia, una muralla de rabia, y el ilícida se fue aproximando a él
metódicamente, abriendo resquicios con la lógica y el razonamiento, recordándole a su oponente las
verdades irrebatibles, porque sólo esas verdades —la irresponsabilidad de abrir de par en par una
puerta a un plano desconocido— y la necesaria precaución que requería el ataque a un enemigo tan
poderoso como la fuerza combinada de Espíritu Elevado, podría servir como premisa sobre la cual
construir su razonamiento.
Por lo que respectaba a los principios del debate, Yharaskrik estaba muy por encima de su
oponente. La verdad y la lógica más elementales estaban de su lado. El ilícida aprovechó los
resquicios y apeló a la razón por encima de la rabia, repetidas veces, pensando en recuperar el favor
de Crenshinibon, que según temía, sería quien en ultima instancia decidiría el resultado de su
empresa.
La batalla interior se convirtió en un asalto feroz en el exterior, cuando Hephaestus en su forma
de dracolich se removió y rascó la piedra con las garras, lanzó por las fauces fuego que fundió la
piedra, acabó con los secuaces que encontró a su paso y sacudió las paredes haciendo que toda la
montaña experimentara intensos temblores.
Poco a poco, la furia de Hephaestus empezó a declinar, y la batalla interna se aquietó para
transformarse en una sesión de diálogo y discurso. Con Yharaskrik marcando el camino, el Rey
Fantasma comenzó a estudiar la forma de corregir la pérdida de Fetchigrol. El Rey Fantasma empezó
a aceptar el pasado y a examinar el siguiente movimiento de aquella lucha más amplia y más
importante.
A Yharaskrik lo reconfortó un poco esa victoria, totalmente convencido de que podría ser de
naturaleza temporal, y teniendo muy claro que debería enfrentarse a Hephaestus muchas más veces
antes de que las cosas finalmente se decidiesen.
El ilícida dirigió sus ideas y argumentos hacia la posibilidad muy real de que la desaparición de
Fetchigrol indicara que el espectro se había internado demasiado en lo que había sido en otro tiempo
el plano de la sombra, pero por razones que el Rey Fantasma todavía desconocía, el plano de la
sombra se había convertido en algo más, algo más grande y peligroso. También daba la impresión de
estar acercándose al plano material primario, y de ser así, ¿qué consecuencias podía traer
aparejadas?
A Crenshinibon no parecía importarle, razonando que el caos sólo podría hacer más fuerte al Rey
Fantasma.
Y si una fuerza organizada, peligrosa y demasiado poderosa, había salido por la grieta, el Rey
Fantasma sólo podría huir. Yharaskrik tuvo la confirmación implícita de que la Piedra de Cristal
estaba mucho más preocupada por la pérdida de dos de los siete.
En el caso de Hephaestus, sólo quedaba una furia sorda e irreductible, y sobre todo, la
conciencia del dragón hervía al pensar que no iba a ser capaz de vengarse de los que en vida habían
contribuido a su ruina.
Mientras que Yharaskrik pensaba en el futuro y en cómo abrir un camino más ancho, y
Crenshinibon pensaba en los cinco que quedaban y en si eran necesarias ciertas reparaciones, el
dragón no hacía más que insistir en un ataque inmediato a Espíritu Elevado.
No eran uno, sino tres, y a Yharaskrik, los muros que separaban a ese triunvirato que era el Rey
Fantasma le parecían tan impenetrables y gigantescos como siempre. De ahí sacó la ineludible
conclusión de que debía encontrar una manera de prevalecer, de forzar la unicidad bajo el dominio
de su propia voluntad y su intelecto.
Y todo eso, confiando en poder ocultar esa peligrosa ambición a sus demasiado íntimos
compañeros.
SACERDOTES DE NADA

—¡No somos nada! ¡No hay nada! —gritó el sacerdote. Recorría a grandes zancadas el salón de
audiencias de Espíritu Elevado y acentuaba cada palabra con una gran pisada. Su intención se veía
reforzada por la sangre que le apelmazaba el pelo y le manchaba un lado de la cara y un hombro, una
herida que parecía peor de lo que era. De los cinco que habían salido con él hacia las montañas
Copo de Nieve, él había sido con mucho el más afortunado, ya que la única superviviente, ademas de
él, había perdido una pierna y parecía que iban a tener que amputarle la otra, eso sólo si la pobre
mujer sobrevivía.
—¡Siéntate, Menlidus, viejo necio! —le gritó uno de sus iguales—. ¿Piensas que este berrinche
va a servir para algo?
Cadderly esperaba que Menlidus, otro sacerdote de Deneir, siguiera el consejo, pero lo dudaba,
y puesto que el hombre era más de una década mayor que él —y parecía que le llevara tres—
prefería no tener que intervenir para imponerle silencio. Además, Cadderly comprendía la
frustración que había detrás de aquel arranque del hombre, y no se apartaba demasiado de sus
desesperadas conclusiones. También él había acudido a Deneir y temía haber perdido para siempre
el contacto con su dios, como si Deneir simplemente se hubiera inscrito en el laberinto numérico del
Metatexto.
—¿Yo soy el necio? —preguntó Menlidus, callando y dejando de pasear mientras se golpeaba el
pecho con un dedo y esbozaba una sonrisa ácida—. Yo he desatado columnas de fuego sobre los
enemigos de nuestro dios. ¿O es que te has olvidado, Donrey?
—Por supuesto que no —replicó el otro—. Tampoco he olvidado la Era de los Trastornos, ni
ninguna de las muchas situaciones desesperadas a las que nos hemos enfrentado antes y que hemos
superado.
Cadderly apreció esas palabras tal como, al parecer, habían hecho todos los presentes, o ésa fue
la impresión que tuvo al mirar en derredor.
Menlidus, sin embargo, se echó a reír.
—No como ésta —dijo.
—Eso no podemos decirlo hasta saber a qué se debe realmente este silencio.
—Tiene que ver con la locura de nuestras vidas, amigo —dijo en tono calmado el derrotado
Menlidus—. ¡Todos nosotros, y míranos bien! ¡Artistas! ¡Pintores! ¡Poetas! Hombre y mujer, enano y
elfo, que tratan de encontrar un significado más profundo en el Arte y en la fe. Artistas, digo, que
evocamos emociones y profundidad con nuestra pintura y nuestros escritos, que sabiamente
colocamos palabras para conseguir un efecto dramático —su risita hizo mella—. ¿O acaso somos
ilusionistas?
—Ni tú mismo te lo crees —dijo Donrey.
—Nos creemos nuestras propias ilusiones —explicó Menlidus—, porque tenemos que hacerlo.
Porque la alternativa, la idea de que no hay nada más, de que todo es una creación de la imaginación
para mantener la cordura, resulta demasiado dura, ¿o no? Porque la verdad de que estos dioses a los
que rendimos culto no son seres inmortales, sino tramposos que nos prometen la eternidad para
comprar nuestra lealtad en última instancia, resulta desgarradora y lleva a la desesperación, ¿o no?
—Creo que ya hemos oído suficiente, hermano —dijo una mujer, una maga de renombre que
también contaba en su haber con proezas clericales de gran importancia.
—¿Eso piensas?
—Sí —respondió, y el tono de su voz no dejaba lugar a dudas. Sin ser del todo amenazador, iba
en esa dirección.
—Somos sacerdotes, todos nosotros —dijo Menlidus.
—Eso no es cierto —replicaron varios magos, y otra vez el sacerdote ensangrentado rió por lo
bajo.
—Sí que es cierto —sostuvo Menlidus—. A lo que nosotros llamamos divino vosotros lo llamáis
arcano. ¡Nuestros altares no son tan diferentes!
Cadderly no pudo evitar una mueca al oír eso, ya que la idea de que toda la magia emanaba de
una misma fuente lo retrotrajo a su juventud en la Biblioteca Edificante. Por aquel entonces él era un
sacerdote agnóstico y también se había preguntado si lo arcano y lo divino no serían simplemente
etiquetas diferentes para la misma energía.
—¡Salvo por el hecho de que los nuestros aceptan la posibilidad de cambio, ya no está arraigado
en el dogma! —gritó un mago, y el volumen empezó a elevarse por todo el salón.
Los magos y los sacerdotes se enzarzaron en disputas verbales.
—Entonces, tal vez no te hable a ti —dijo Menlidus después de que Cadderly le dirigiera una
mirada de reconvención—, sino a nosotros, los sacerdotes. ¿Acaso no somos aquellos que, por
encima de todos los demás, proclamamos que decimos la verdad, la verdad divina?
—Ya basta, hermano, te lo ruego —dijo entonces Cadderly. Sabía adónde quería llegar Menlidus
a pesar de su calma temporal, y no le gustaba nada.
Se acercó a Menlidus lentamente, con una expresión de serenidad muy buscada. Una serenidad
que distaba mucho de sentir, pues no sabía nada de Danica ni de sus hijos desaparecidos. Tenía un
nudo en el estómago y un torbellino de ideas le rondaba la cabeza.
—¿No lo hacemos? —le gritó Menlidus—. ¡Cadderly de Deneir, que creó Espíritu Elevado
basándose en la palabra y el poder de Deneir, debería ser el último en poner en duda mi afirmación!
—Es más complicado que eso —dijo Cadderly.
—¿No te indica tu experiencia que nuestros preceptos no son un dogma sin sentido, sino más bien
la verdad divina? —sostuvo Menlidus—. Si tú no fueras algo más que un conducto de Deneir en la
construcción de esta admirada catedral, esta biblioteca para todo el mundo, ¿no te reirías ante
semejantes dudas expresadas por nuestros amigos seglares?
—Todos tenemos momentos de duda —dijo Cadderly.
—¡No podemos! —exclamó Menlidus, aporreando el suelo con el píe. Sin embargo, ese
movimiento pareció desmoronarlo, y un repentino cansancio hizo que encorvara la espalda—. Pero
debemos, porque se nos muestra la verdad. —Miró al otro lado de la sala, a la pobre Dahlania que
había perdido una pierna y estaba al borde de la muerte—. Rogué por una bendición sanadora —
musitó—. Aunque fuera una simple bendición…, cualquier conjuro capaz de aliviarle el dolor.
Deneir no respondió a mi plegaria.
—En esta triste historia hay algo más —dijo Cadderly en voz baja—. No puedes culpar…
—He dedicado toda mi vida a su servicio, y en este momento, cuando lo invoco en mi momento
más desesperado, no me hace caso.
Cadderly reprimió un suspiro y apoyó una mano reconfortante en el hombro de Menlidus, pero el
hombre volvió a agitarse y rechazó ese contacto.
—¡Porque somos sacerdotes de nada! —gritó Menlidus a todos los presentes—. Fingimos
sabiduría y comprensión, y nos engañamos creyendo ver la verdad suprema en los trazos de una
pintura o en las curvas de una escultura. Os digo que ponemos significado donde no lo hay, y si
realmente queda algún dios, seguramente le deparan gran diversión nuestras penosas ilusiones.
Cadderly no tuvo necesidad de mirar en derredor, a las caras cansadas y atormentadas, para
comprender el cáncer que se estaba extendiendo entre ellos, una prueba de voluntad y de fe que
amenazaba con superarlos a todos. Pensó en hacer salir a Menlidus del salón, en castigarlo de viva
voz y con contundencia, pero desechó la idea. Menlidus no era la causa de la enfermedad; él se
limitaba a elevar su voz al techo.
Cadderly no podía encontrar a Deneir. Tampoco sus plegarias obtenían respuesta. Temía que
Deneir lo hubiera abandonado para siempre, que el dios tan aficionado a la indagación se hubiera
inscrito en el Tejido o se hubiera perdido en su eterna maraña. Sin embargo, Cadderly había
encontrado poder en la lucha contra las bestias de la sombra, y había formulado conjuros tan
poderosos como cualquiera que pudiera haber solicitado a Deneir.
No obstante, creía, o más bien temía, que esos conjuros no provinieran del que él había conocido
como Deneir. No sabía qué ser, si es que había alguno, le había otorgado el poder de consagrar el
terreno bajo sus pies con una magia tan bendita.
Y eso era lo más inquietante.
Porque si el razonamiento de Menlidus era acertado, si los dioses no eran inmortales, ¿era más
duradero el lugar asignado a sus seguidores?
Porque si los dioses no eran lo bastante poderosos y sabios para vencer a la calamidad que se
había desatado sobre Faerun, ¿qué esperanza podían tener los hombres?
Y más aún: ¿qué sentido tenía todo? Cadderly desechó esa idea devastadora casi en el momento
mismo en que se le ocurrió, pero quedó revoloteando en su mente, y en las mentes de todos los
presentes.
Menlidus lanzó con vehemencia su rotunda letanía una última vez:
—Sacerdotes de nada.

—Nos marchamos —le dijo Menlidus a Cadderly a primera hora de la mañana siguiente tras una
noche inquietantemente tranquila.
Esa tregua no le había servido de mucho, sin embargo, al pobre Cadderly, porque Danica aún no
había regresado.
Sin noticias de su esposa, sin noticias de sus hijos desaparecidos, y tal vez lo peor de todo:
Deneir seguía sin responder a sus llamadas desesperadas.
—¿Nos? —preguntó.
Menlidus señaló hacia la puerta. A un lado de la cámara había un grupo de unos doce hombres y
mujeres con ropa de viaje.
—¿Que os marcháis? —preguntó Cadderly, incrédulo—. ¿Espíritu Elevado está bajo una oleada
de ataques y vosotros desertáis…?
—Deneir me ha abandonado; no soy yo el que deserto —replicó Menlidus agriamente, pero con
absoluta calma—. También los han abandonado a ellos sus dioses, y el Tejido a los tres magos, que
piensan que la finalidad de su vida ha sido una broma macabra, igual que la mía.
—No fue necesaria una gran prueba para destruir tu fe, Menlidus —le reprochó Cadderly, aunque
quiso retirar sus palabras tan pronto como hubieron salido de su boca.
Después de todo, el pobre sacerdote había sufrido un fallo de su magia en el peor de los
momentos, y había visto morir a una amiga a causa de ello. Cadderly sabía que no estaba bien juzgar
tamaña desesperacíón, aunque no estuviera de acuerdo con la conclusión a la que había llegado el
hombre.
—Puede que no, Cadderly, Elegido de Nada —replicó Menlidus—. Sólo sé lo que siento y lo
que creo… o lo que ya no creo.
—¿Adónde os dirigiréis?
—Primero a Carradoon; luego a Cormyr, supongo.
Cadderly aguzó el oído al oír eso.
—Tus hijos, por supuesto —dijo Menlidus—. No temas, viejo amigo, porque si bien ya no
comparto tu entusiasmo por nuestra fe, no olvidaré la amistad que me une a Cadderly Bonaduce y a su
familia. Buscaremos a tus hijos, no lo dudes, y nos aseguraremos de que estén a salvo.
Cadderly asintió; eso era todo lo que quería. A pesar de todo, se sintió obligado a señalar el
problema más obvio.
—El vuestro es un camino peligroso. Tal vez deberíais quedaros y, no voy a mentirte, os
necesitamos aquí. A duras penas hemos conseguido repeler el último ataque, y no tengo la menor idea
de lo que puede venírsenos encima a continuación. Nuestros enemigos oscuros andan por ahí, en gran
número, como han descubierto dolorosamente muchas de nuestras patrullas.
—Somos lo bastante fuertes como para abrirnos paso —replicó Menlidus—. Yo te aconsejaría
que los convencieras a todos para que nos acompañaran. Abandonad Espíritu Elevado. Esto es una
biblioteca y una catedral, no una fortaleza.
—Ésta es la obra de Deneir. No puedo abandonarla, del mismo modo que no puedo abandonar lo
que soy.
—¿Un sacerdote de nada?
Cadderly suspiró, y Menlidus le dio una palmada en el hombro, un simbólico cambio de suerte.
—Todos deberían marcharse con nosotros, Cadderly, mi viejo amigo. Por el bien de todos
deberíamos ir a Carradoon formando un poderoso grupo. Te aconsejo que escapes de este lugar y
reúnas un ejército para volver, y…
—No.
Menlidus le echó una mirada insistente, pero no cabía discusión contra ese tono definitivo de la
voz de Cadderly.
—Mi lugar está en Espíritu Elevado —dijo.
—¿Hasta el amargo final?
Cadderly ni siquiera parpadeó.
—¿Vas a condenar a los demás al mismo destino? —preguntó Menlidus.
—Ellos mismos tienen la elección en sus manos. Realmente creo que estamos más seguros aquí
que por los caminos. ¿Cuántas partidas que salieron a patrullar se encontraron con el desastre,
incluida la tuya? Aquí tenemos una posibilidad de defendernos. Ahí fuera estamos combatiendo en un
campo de batalla elegido por el enemigo.
Menlidus se quedó mirando a Cadderly un momento más; luego resopló e hizo un gesto con la
mano a los que esperaban al otro lado del salón. Recogieron sus bártulos, escudos y armas, y
siguieron al hombre corredor abajo.
—Sólo quedamos menos de cincuenta para defender Espíritu Elevado —señaló Ginance,
acercándose a Cadderly cuando hubo partido el sacerdote desencantado—. Si las bestias reptantes
nos atacan con la ferocidad de la primera vez, nos veremos en un apuro.
—Ahora estamos más preparados para un ataque —replicó Cadderly—. Al parecer, los
instrumentos son más fiables que los conjuros.
—Sí, todos están de acuerdo en eso —dijo Ginance—. Las pociones y las varitas mágicas no
fallaron en el campo de batalla, ni siquiera cuando los conjuros se disparaban erróneamente o
resultaban vacíos.
—Tenemos muchas pociones. Tenemos varitas mágicas, y varas, y garrotes, y armas, y escudos
encantados —dijo Cadderly—. Asegúrate de que sean debidamente distribuidos cuando establezcas
nuestras defensas. En todas las paredes.
Ginance asintió y se puso en marcha, pero Cadderly la detuvo y añadió:
—Corre tras Menlidus y ofrécele todo lo que nos resulte prescindible para su viaje. Me temo que
su grupo va a necesitar todo lo que podamos darle, y una buena porción de buena suerte para bajar la
ladera de la montaña.
Ginance se paró en la puerta; luego sonrió y asintió.
—Simplemente porque él abandone a Deneir, Deneir no tiene por qué abandonarlo a él —dijo.
Cadderly sonrió débilmente, aunque muy adentro temía que Deneir, quizá sin querer y por
circunstancias que sobrepasaban su control, ya hubiera hecho exactamente eso con todos ellos.
Sin embargo, Cadderly no tenía tiempo para pensar en nada de eso, ni tiempo para pensar en su
esposa ausente ni en sus hijos desaparecidos. Había encontrado cierta medida de magia poderosa en
su momento de necesidad. Por el bien de todos, tenía que averiguar cuál era el origen de esa magia.
Apenas acababa de iniciar su contemplación cuando unos gritos lo interrumpieron.
Sus enemigos no habían esperado a que se pusiera el sol.
Cadderly bajó corriendo la escalera, colocándose el cinturón con las armas mientras lo hacía, y a
punto estuvo de chocar con Ginance en el último escalón.
—Menlidus —gritó, señalando las puertas principales que estaban abiertas.
Cadderly corrió hacia allí y retrocedió con un respingo. Menlidus y todos los integrantes de su
grupo volvían, andando con las piernas rígidas y los brazos caídos a los lados del cuerpo. Aquellos
que todavía tenían ojos miraban sin ver.
En torno a los zombis venían las bestias reptantes, arrastrándose y saltando a toda velocidad.
—¡Buen combate! —les deseó Cadderly a todos sus defensores.
Por toda la primera y la segunda planta de Espíritu Elevado, había sacerdotes y magos apostados
en cada pared, cada ventana y cada puerta, alzando sus escudos y provistos de armas, varitas y
manuscritos.

Unos doscientos metros por delante de ellos surgieron llamaradas por encima de las ramas de
árboles distantes, sobre un caballete de la montaña. Drizzt, Jarlaxle y Bruenor se enderezaron en el
pescante, sobresaltados, y detrás de ellos, Danica se removió.
—Eso es Espíritu Elevado —señaló Drizzt.
—¿Qué pasa? —preguntó Danica, asomando la cabeza entre Drizzt y Bruenor.
Una columna de humo negro empezó a ascender hacia el cielo por encima de las copas de los
árboles.
—Lo es —dijo Danica sin aliento—. ¡Más deprisa!
Drizzt echó una mirada a Danica y parpadeó, sorprendido, al ver lo rápidamente que se había
curado la mujer. Su entrenamiento y su disciplina, combinados con las pociones de Jarlaxle y las
destrezas propias de su orden monacal, habían propiciado un restablecimiento increíble.
Tomó nota mentalmente de que debía hablar con ella acerca de su entrenamiento, pero puso fin de
manera abrupta a aquella línea de pensamiento y le dio un codazo a Bruenor. Habiendo entendido su
intención, el enano hizo un gesto afirmativo y saltó de la carreta, seguido velozmente de Drizzt.
Bruenor llamó a Pwent, y los tres corrieron hacia la parte trasera y se apoyaron contra el portalón.
—¡Hazlos avanzar! —le gritó a Jarlaxle cuando los tres estuvieron preparados.
Entonces, el drow hizo restallar las riendas apurando a las mulas mientras ellos tres empujaban
con los hombros contra la carreta con todas sus fuerzas, ayudando al vehículo a subir la empinada
cuesta.
Danica se sumó a ellos en un abrir y cerrar de ojos, y aunque hizo un gesto de dolor al aplicar el
hombro a la carreta, siguió empujando.
Cuando culminaron la cuesta, Jarlaxle gritó:
—¡Saltad!
Los cuatro se agarraron con fuerza al portalón y levantaron las piernas mientras la carreta iba
aumentando de velocidad. Sin embargo, duró poco tiempo; por delante se les presentaba otra
empinada cuesta. Las mulas se esforzaron, los cuatro se esforzaron, y a pesar de todo, la carreta
avanzaba lentamente.
Las formas achaparradas de las bestias reptantes aparecieron en el camino, delante de ellos, pero
antes de que Jarlaxle pudiera lanzar un grito de advertencia a los demás, apareció otra figura, un
enano sobre un feroz jabalí infernal, que salió como un estallido de entre los arbustos del lado
opuesto del camino, dejando a su paso zarcillos de humo en las ramas. Athrogate irrumpió entre las
bestias reptantes, y el jabalí demoníaco empezó a saltar y pisotear, produciendo feroces ondas
concéntricas en medio de la hueste. Una de las bestias quedó destrozada y salió volando, otra se
metió debajo de los cascos humeantes, pero una tercera, próxima al otro lado del camino, tuvo
tiempo de reaccionar y emplear sus poderosos brazos para cambiar de rumbo. Dio un gran salto por
encima del jabalí piafante y se puso en el camino de Athrogate.
—¡Buajajá! —aulló el enano, cuyos manguales ya giraban formando círculos enfrentados.
Las armas alcanzaron a la bestia simultáneamente —la derecha por debajo, la izquierda por
arriba—, ambas conectadas para hacer saltar a la cosa reptante por los aires girando de lado como
una peonza. Siguiendo el impulso y con mano experta, Athrogate dobló el brazo derecho por debajo
del izquierdo, y luego invirtió el empuje y lanzó el arma hacia atrás, en un feroz revés que le destrozó
a la criatura la espantosa cara. Además, y como toque final, el enano activó la magia del mangual
después del primer golpe, lo que hizo que la cabeza claveteada del arma empezara a segregar aceite
explosivo.
Un ruido seco y un destello les revelaron la magia a los presentes. Incluso sin la explosión, no
tardaron en saber que había un poder añadido tras el golpe cuando la criatura ejecutó varias
rotaciones completas antes de dar contra el suelo.
Casi sin variar la velocidad, Athrogate lanzó su cabalgadura directamente a través de la maleza
que había al otro lado, con los manguales rotando todavía en el aire y el jabalí lanzando fuego por las
fauces.
Salió por detrás de la carreta cuando ésta hubo pasado, persiguiendo y golpeando a una bestia
reptante a cada paso que daba, y cuando la criatura cayó muerta por fin, Athrogate espoleó la montura
y salió a la carrera detrás de sus compañeros.
Los alcanzó justo cuando el vehículo superaba la última cuesta. La carretera describía entonces
una curva entre una estrecha línea de árboles para desembocar en las ancha pradera del magnífico
Espíritu Elevado.
Toda ella estaba erizada de bestias fofas, lo mismo que las paredes del edificio, cuya esquina
superior estaba en llamas. De varias ventanas salían grandes bocanadas de humo negro.
Athrogate sofrenó a su jabalí hasta detenerse junto a Bruenor y Pwent.
—¡Vamos, enanos, pitando! ¡Vamos a darles una paliza de las que no se olvidan!
Bruenor sólo le echó una breve mirada a Drizzt antes de rodear la carreta, subir a ella por un
lado y recoger el hacha que lo había acompañado en tantas batallas. Como Pwent ya llevaba sus
armas puestas, fue el primero en acudir al lado de Athrogate.
—¡Tú proteges a mi rey! —le exigió Pwent.
La respuesta de Athrogate fue un entusiasta «buajajá». Eso le bastó a Thibbledorf Pwent, cuya
idea de defender era cargar con tal rapidez y furia que los enemigos que lo flanquearan jamás
pudieran alcanzarlo.
—¿Vas a llevar el puerco? —preguntó Bruenor mientras se lanzaba al ataque.
—¡Claro, es una buena manera de presentarme!
Detrás de ellos, y manteniendo firmemente bajo control a las mulas y la carreta, Jarlaxle miró a
Danica y a Drizzt.
—¡A la puerta lateral de la derecha! —les gritó Danica a los enanos.
Drizzt, cimitarras en mano, corrió a situarse junto a Jarlaxle.
—Vamos, vamos, vamos —les dijo Danica mientras saltaba por encima de la barandilla hacia la
trasera del vehículo—. Yo me ocupo de que no suban a la carreta y de Catti-brie.
Drizzt le dirigió una mirada implorante. No quería meter a la indefensa Catti-brie en aquella
lucha tumultuosa.
—No tenemos adónde huir —le dijo Jarlaxle, respondiendo a sus preocupaciones—. O
avanzamos o retrocedemos, pero si Cadderly pierde esta batalla, lo más probable es que corramos la
misma suerte.
Drizzt asintió y se volvió hacia su compañero.
—Despejamos un trozo de camino y volvemos a subir —le explicó Jarlaxle—. Después
repetimos la misma maniobra y avanzamos un poco más.
—Cuando lleguemos a la zona despejada, se nos echarán encima —dijo Drizzt con una mirada
nerviosa a la trasera de la carreta, donde estaba su amada indefensa.
—Entonces, habrá que matar más y más deprisa —dijo Jarlaxle, tocando con los dedos el ala del
sombrero, un gesto que hizo saltar la pluma gigantesca a su mano.
De la muñequera encantada de la misma mano surgió una daga y, con sucesivos giros de la
muñeca, Jarlaxle la alargó varias veces hasta convertirla en una espada.
Drizzt cogió por la rienda a la mula más próxima e hizo avanzar al animal hasta atravesar la línea
de árboles e internarse en el espacio abierto, donde quedaron a la vista de las monstruosas hordas.
Vio delante de él a Bruenor y a los otros enanos, que se abrían camino desenfrenadamente.

Athrogate aulló y espoleó a su jabalí para lanzarlo a la carga. Mientras, alzó los brazos y dio una
voltereta hacia atrás, desmontando en una maniobra perfecta que acabó con él de pie detrás de su
piafante bestia de los infiernos.
Por ambos lados se les echaron encima los monstruos. Mientras el jabalí se defendía del asalto
frontal lanzando llamas por sus aplastantes cascos y balanceando la cabeza de un lado a otro con
impresionante ferocidad, Athrogate se dirigió a la derecha, haciendo girar los manguales. Su primer
choque con los atacantes hizo saltar por los aires sangre y vísceras de las bestias reptantes, que
explotaban bajo el peso de sus armas.
Para no quedarse atrás, Thibbledorf Pwent embistió una fila de bestias que cargaban contra él
con una maniobra lateral, como desafiándolas a encontrar un punto débil en su devastadora armadura.
El Revientabuches arrasaba, dando patadas y puñetazos, rodillazos, codazos y cabezadas con
desenfadada ferocidad, utilizando la totalidad de sus numerosas armas para hacer destrozos entre el
enemigo. Thibbledorf Pwent tenía fama de ser el guerrero más feroz de Mithril Hall —¡lo cual no era
poca cosa!—, y Athrogate había gozado del mismo reconocimientos muchos años antes entre un clan
de enanos todavía más grande. Una tras otra, las bestias reptantes iban quedando despanzurradas a su
paso.
Sin embargo, si alguien pudiera haber pensado que los dos eran guerreros que protegían a su rey,
pronto habría abandonado cualquier idea de que ese rey en particular necesitara protección.
El jabalí demoníaco vaciló bajo una madeja de garras y colmillos. Con una explosión final de
fuego ardiente que calcinó una buena cantidad de carne negra, el jabalí se desvaneció y volvió al
plano donde residía. Antes de que esas bestias reptantes pudieran recuperarse de su repentina
desaparición, un nuevo enemigo apareció ante ellas.
Bruenor irrumpió en el grupo con una sólida embestida de su escudo, que impactó sobre una de
las carnosas bestias con fuerza suficiente para dejar grabado el emblema de su clan en el pecho de la
criatura. La bestia reptante salió despedida por el peso del golpe. Bruenor lanzó el brazo del escudo
hacia la izquierda para estamparlo contra otra criatura y descargó un poderoso tajo de su hacha que
le partió la clavícula a un tercer enemigo y lo derribó con una fuerza tremenda. Apenas había
rematado ese golpe cuando arrancó el hacha y dio un tajo de izquierda a derecha con un revés
devastador. Salió de aquella embestida con un salto y tomó nuevo impulso con una pirueta repentina.
Otra bestia reptante cayó mortalmente herida.
Sin embargo, esa vez Bruenor aterrizó torpemente, y una de las criatura logró colar su garra por
encima del escudo y arañarle la cara.
El enano se limitó a gruñir y alzó el brazo del escudo, arrastrando con él a la fofa criatura que
trataba de asirlo con su brazo libre, lo cual evitó el enano interponiendo el hacha. Lo consiguió con
facilidad y, para desgracia de la bestia, la colisión casi no ralentizó la fuerza del arma, que le abrió
una brecha de lado a lado a la altura del abdomen.
Bruenor volvió a empujar hacia arriba con el escudo para apartar a la bestia; luego dio un nuevo
revés con su hacha y la clavó en el cráneo de otro atacante. Una torsión repentina corrigió el ángulo
para abrir el cráneo en dos y recuperar el arma. Bruenor seguía su marcha imparable, flanqueado por
su devastador equipo.

Veinte zancadas por detrás de los feroces enanos, Drizzt y Jarlaxle no pudieron darse el lujo de
observar la devastadora demostración de proeza marcial, porque también ellos se veían muy
apremiados.
Drizzt se dedicó al centro-derecha y Jarlaxle al centro-izquierda, y cada uno de ellos se enfrentó
con sus enemigos respectivos con la velocidad y el juego de espada propios de los drows. Con sus
espadas rectas, Jarlaxle avanzaba y retrocedía rápidamente, volteando las manos sólo lo suficiente
como para alinear las puntas de sus armas y prepararlas para más estocadas mortales. Cada paso de
la danza de Jarlaxle era subrayado por estocadas certeras. Las bestias reptantes que se aventuraban
acercándose demasiado a él reculaban llenas de agujeros pequeños y precisos.
En el caso de Drizzt, con sus espadas curvas, la danza era más bien una sucesión de cortes de
lado. Cada una de las hojas abría brechas con tanta fuerza, precisión y velocidad que todo lo que se
le ponía por delante, miembros y monstruos, reculaba o era derribado. Mientras Jarlaxle seguía una
trayectoria casi recta, Drizzt no solía mantener la misma dirección durante más de un instante o dos.
Repentinamente consciente de que su mejor atributo frente a los monstruos era su agilidad, el
explorador drow se retorcía y saltaba, giraba y se agachaba en cada ataque.
Luego, otra vez saltaba al aire, en una ocasión incluso sobre las cabezas de dos bestias reptantes
que inútilmente trataban de seguir sus movimientos.
Drizzt aterrizó justo detrás de ellas, asediado por más monstruos, pero todo era una treta. Otro
salto lo elevó por los aires, dio una voltereta hacia atrás y recogió las piernas por encima de las
bestias reptantes que acababa de pisar. Al volverse éstas en su intento de seguirle el ritmo, otra vez
se encontró por detrás de ellas.
Sus cimitarras descendieron y les partió el cráneo.
Otras acudieron a ocupar sus sitios. Las bestias rabiosas, que no conocían el miedo, se movían
con desenfreno, y por más que ambos drows luchaban brillantemente, avanzaban con lentitud hacia
Espíritu Elevado.
Y a pesar de todo lo que se esforzaban, las bestias conseguían colarse detrás de ellos con la
intención de adueñarse de la carreta.

Bruenor fue el primero en darse cuenta.


—¡Mi hija! —gritó, echando una mirada a la bestia que trataba de subir por un lateral de la
carreta.
—¡Estamos demasiado lejos! —reconvino a sus compañeros, enanos y drows—. ¡Volvamos!
Pwent y Athrogate, cubiertos de sangre de las criaturas despachurradas, dieron la vuelta de
inmediato. Bruenor encabezaba la formación cuando los tres iniciaron una segunda carga, todavía
más feroz, volviendo por donde habían venido.
—¡Drizzt! ¡Elfo! —gritaba Bruenor a cada paso, intentando desesperadamente que su amigo
llegara junto a Catti-brie.

También Drizzt cayó en la cuenta de que las bestias habían sido lo bastante astutas como para colarse
detrás de ellos, e intentó el mismo tipo de vuelta que habían iniciado Bruenor y sus compañeros.
Pero casi no podía moverse. Tanto él como Jarlaxle estaban rodeados de bestias reptantes
empeñadas en impedir que regresaran a la carreta. Drizzt sólo podía seguir combatiendo con la
esperanza de encontrar una brecha y gritar para advertir a Danica.
Una bestia reptante trepó por encima de la barandilla de la carreta, y Drizzt casi se quedó sin
respiración.
—¡Jarlaxle! —imploró.
A cinco zancadas de él, Jarlaxle asintió y arrojó la pluma. De inmediato, un ave gigantesca que
no podía volar apareció junto al mercenario.
—¡Ve! —gritó Jarlaxle, maniobrando para acudir al lado de Drizzt mientras el ave dominaba el
campo de batalla.
Avanzaban codo con codo, tratando de encontrar cierto ritmo, de complementar sus variados
estilos, pero Drizzt sabía que no llegarían a tiempo a la carreta.
También Bruenor, que venía detrás de él, gritando, lo sabía.
Pero los cinco, tanto drows como enanos, respiraron más tranquilos cuando una figura se irguió
ante la bestia reptante de la carreta:
Danica se levantó con los puños cerrados delante del pecho. Alzó una pierna por encima de su
cabeza y con sorprendente destreza, sólo igualada por su fuerza, descargó una tremenda patada en la
testuz de la bestia.
Se oyó un crujido espantoso que dejó la cabeza más achatada de lo que era, y la bestia cayó por
el lateral de la carreta como si se le hubiera desplomado encima una montaña.
Los cinco compañeros que seguían luchando denodadamente por acercarse al vehículo le gritaron
a modo de advertencia cuando un nuevo monstruo apareció a su espalda, trepando por el otro lado de
la carrera. Pero Danica no necesitaba la advertencia, y salió del tremendo pisotón pivotando
perfectamente para dar una patada hacia atrás a la segunda bestia en toda su horrorosa cara. También
ésta salió despedida.
Una tercera criatura asomó por encima de la barandilla, y una patada circular la alcanzó en la
feroz mandíbula. Danica se mantuvo apoyada en la pierna derecha y se alzó sobre la punta del pie
para ejecutar un giro completo y golpear a una cuarta criatura.
Otra más que apareció por el lateral fue recibida por una andanada de puñetazos, una rápida
explosión de diez golpes cortos que le dejaron la cara hecha papilla. Antes de que pudiera caer,
Danica la cogió debajo del brazo y, con un potente giro, la lanzó despedida hasta el otro lado de la
carreta para desalojar a otra de sus compañeras.
La mujer se volvió velozmente y se colocó en una postura defensiva al ver a un par de monstruos
en el pescante. Una fue presa de un extraño espasmo y la otra la siguió; entonces, por el pecho de
ambas asomaron los extremos de unas excelentes espadas drows. Las dos bestias reptantes cayeron,
una hacia cada lado de la carreta, y las espadas quedaron libres. Jarlaxle estaba solo en el pescante.
Con una sonrisa, el drow giró la muñeca derecha hacia arriba, y su espada mágica se transformó
en un puñal. Con un guiño, Jarlaxle lanzó el puñal hacia Danica…, a quien pasó rozando para ir a
clavarse en una bestia reptante, a la que arrojó fuera de la carreta por encima del portalón trasero.
Se llevó la mano al sombrero, sacó otra daga de la muñeca y volvió a unirse a Drizzt, que
acababa de liquidar a un cuarteto de bestias reptantes que habían tratado de atacar a las mulas.
—Vosotros tres, con la carreta —les gritó Drizzt a los enanos cuando llegaron.
Cuando Jarlaxle volvió de un salto a su lado y le hizo un gesto con la cabeza, Drizzt empezó a
abrirse camino hacia la diatryma, que no paraba de chillar y dar picotazos y pisotones.
—Tú abres el camino y yo afianzo el terreno —dijo Jarlaxle, cuya orden le llegó claramente a
Drizzt Do’Urden.
En aquella breve carga y retirada, en aquel momento de desesperación por rescatar la carreta, los
dos habían encontrado un nivel de confianza y coordinación que Drizzt jamás hubiera creído posible.
Su amada esposa estaba en aquella carreta, indefensa, y sin embargo él se había parado a combatir
con la primera línea de bestias reptantes cerca de las mulas, totalmente seguro de que Jarlaxle
llegaría al pescante y apoyaría a Danica en su defensa desesperada de Catti-brie.
Así siguieron, combatiendo como uno solo. Drizzt abría camino con sus saltos y sus cortes de
través, mientras que una serie de dagas volaban por detrás y alrededor de él. Cada vez que levantaba
una cimitarra, una daga pasaba silbando por debajo de su brazo. Cada vez que se lanzaba al suelo y
daba una voltereta hacia la derecha, una daga lo adelantaba por la izquierda, o una lluvia de dagas,
ya que los brazaletes de Jarlaxle le proporcionaban una cantidad inagotable de ellas.
A su lado, las bestias reptantes consiguieron, por fin, derribar al diatryma, pero ya no importaba,
porque detrás del drow, Bruenor arreó a las mulas, y la carreta se puso en marcha, mientras Pwent y
Athrogate lo flanqueaban para ocuparse de cualquier monstruo que osara acercarse demasiado.
Danica se encargaba de la trasera del vehículo, golpeando con efecto devastador a cualquiera lo
bastante atrevido como para subir a bordo.
Por fin estaban en marcha y sus enemigos discurrían por delante de ellos. Drizzt se lanzaba a
derecha e izquierda, asumiendo grandes riesgos, dando volteretas y vueltas, siempre confiado en que
una daga vendría en su apoyo si cualquier monstruo encontraba una brecha en sus defensas.

Dentro de Espíritu Elevado, la noticia de la carga de los aliados empezó a difundirse entre los
sacerdotes y los magos, que comenzaron a reunirse para darles su apoyo y lanzar vivas con gran
alivio por los inesperados refuerzos. ¡Y más de uno lanzó un grito de alegría por el regreso de lady
Danica!
La noticia se extendió por toda la biblioteca y los defensores se animaron, sobre todo Cadderly.
Con sus ballestas de mano y sus dardos devastadores había despejado metódicamente la mayor parte
de los balcones de la segunda planta, y había dejado una docena de muertos delante de la puerta
delantera por si acaso, disparando desde lo alto.
Pero a la vista de su esposa, acompañada por héroes de gran renombre, el sacerdote se sentía tan
abrumado que casi no podía respirar. Se quedó mirando la carreta que atravesaba el patio hacia
Espíritu Elevado, donde Drizzt Do’Urden y Jarlaxle, nada menos que Jarlaxle, trabajaban como si
fueran un solo guerrero de cuatro brazos. Drizzt saltaba y giraba sobre sí mismo, aplastando a las
bestias reptantes, cuyos brazos se alzaban para apoderarse de él siempre con un minuto de desfase.
Y detrás venía Jarlaxle, como un relámpago lanzado por un dios, atravesando a las bestias con
cortas y mortíferas puñaladas, y danzando ágilmente entre ellas, que caían al suelo heridas de muerte.
También había enanos, y Cadderly reconoció al rey Bruenor por el legendario yelmo con una
única asta y el escudo con el emblema de la jarra rebosante; manejaba su hacha con letal eficiencia y
tiraba de las mulas, mientras otros dos guerreros enanos flanqueaban a los animales de tiro.
Cualquier bestia que se atrevía a acercarse en demasía era aplastada por un movimiento vertiginoso
de manguales, por un lado, o destrozada por una multitud de picas y bordes cortantes que adornaban
al furioso enano, por otro.
También estaba Danica, y vaya, Cadderly nunca la había visto más hermosa que en ese momento.
Había recibido un buen vapuleo, estaba claro, y le dolía el corazón por ello, pero su espíritu
guerrero hacía caso omiso de las heridas y desplegaba su danza de forma magnífica en la trasera de
la carreta. Ni una sola criatura conseguía traspasar las barandillas.
Debajo del balcón donde estaba, Cadderly oía a sus sacerdotes ordenando la formación y sabía
que se proponían salir a recibir al grupo que llegaba. Cuando se tomó un momento y dejó de
contemplar la magnificencia de los seis guerreros en acción, comprendió que la ayuda iba a ser muy
necesaria.
Muchos monstruos se dieron cuenta de la llegada de carne fresca en la carreta que se acercaba, y
dejando de lado el ataque al edificio, todos los ojos codiciosos se volvieron hacia la presa fácil.
Cadderly comprendió la terrible verdad. A pesar de todo el poder, aquellos seis jamás lo
conseguirían. Una horda de monstruos se aprestaba a lanzarse sobre ellos como las olas cuando
rompen sobre una playa baja.
Su amada esposa jamás llegaría a casa. Se volvió hacia la catedral, pensando en correr a la
escalera, pero se paró en seco al oír una llamada distante, tal como había hecho en aquel momento de
desesperación cuando había sido sorprendido a solas en las plantas superiores por el ataque de las
bestias reptantes.
Se volvió, dirigiendo la vista hacia una nube que había en el cielo. Se dirigió hacia esa nube e
hizo una invocación, y una parte de ella se desprendió. Un carro de nube, tirado por un corcel alado,
llegó corriendo desde las alturas. Cadderly se subió a la balaustrada del balcón y el veloz carro se
detuvo ante él.
Casi sin pensar en que se estaba subiendo a una nube, el sacerdote saltó a bordo. El corcel alado
siguió cada una de sus órdenes mentales, lanzándose desde el balcón justo ante los ojos atónitos de
los sacerdotes y magos que se estaban reuniendo para salir a la carga desde la puerta delantera.
Todos lanzaron un grito de asombro y volvieron a entrar en la catedral. El carro de Cadderly se
lanzaba sobre las bestias asustadas.
Algunos de los no muertos, Menlidus entre ellos, se volvieron para interceptar al nuevo enemigo,
pero Cadderly los miró y canalizó la divinidad que fluía a través de él, liberando un poderoso
estallido de luz que hizo retroceder a los no muertos y los redujo a cenizas.
Hizo una mueca de disgusto por la destrucción de su querido amigo, pero dejó la pena a un lado y
siguió adelante, acercándose rápidamente a la carreta y a los seis guerreros que seguían batallando
contra la hueste de las bestias reptantes. Volvió a lanzar un conjuro, aunque no sabía lo que era,
simplemente confiando en el poder que sentía dentro de sí mismo. Miró a la mayor aglomeración de
monstruos y gritó una única palabra, aunque no era una palabra cualquiera: fue una palabra
atronadora, una explosión de poder vocal dirigida sólo contra sus enemigos, ya que no afectó al
enano de la armadura de pinchos que se movía ferozmente en medio de la multitud.
El enano fue presa de la confusión y se quedó atónito cuando todos los monstruos que pugnaban
por asirlo con sus garras y con sus fauces fueron arrancados de su lado. Salieron volando por los
aires, manoteando, impotentes, bajo el peso del trueno del sacerdote. Aterrizaron duramente a unos
diez metros de distancia, rebotando y tambaleándose, arrastrándose, no queriendo saber nada ni con
el sacerdote con apariencia de dios ni con sus palabras de condenación.
Cadderly no volvió a prestarles atención, y poniendo el carro al lado de la carreta, invitó a sus
amigos a subir a bordo. Pronunció otra palabra de poder, y una gran luz se encendió en torno a él y la
carreta. Todas las bestias reptantes que quedaron dentro de su alcance empezaron a debatirse y a
arder, pero los demás —los drows, los enanos y las dos mujeres—, no experimentaron el menor
dolor. En lugar de eso, quedaron envueltos en una calidez sanadora, y sus muchas heridas recientes
se curaron al contacto de los brillantes haces amarillos de luz mágica.
Bruenor le gritó a Drizzt, quien le había dicho que subiera al carro. Al ver que el rey enano
vacilaba, Athrogate y Pwent pasaron corriendo uno a cada lado, lo engancharon por debajo de los
brazos y lo obligaron a subir con ellos.
De un salto, Drizzt subió a la carreta y se metió en la trasera, cruzando una mirada con Danica.
—Vigila a esas bestias por mí —dijo, confiando plenamente en ella.
El drow enfundó sus cimitarras, fue hacia su amada y la cogió en brazos. Guiados por Danica
llegaron con toda facilidad al carro.
Jarlaxle no los siguió, sino que despidió a Cadderly con un gesto de la mano. Para curarse en
salud, siguió arrojando dagas a las bestias más próximas, y luego invocó a su corcel de pesadilla,
que apareció delante del aterrorizado tiro de mulas. El drow rodeó a las mulas mientras conjuraba
otra espada de su muñequera encantada. El animal infernal, mientras tanto, seguía golpeando el suelo
con sus feroces cascos. Unos cuantos cortes oportunos liberaron a las mulas, y Jarlaxle, con las
riendas en las manos, corrió entre las dos, las dejó atrás y se montó en su corcel.
Hundió los talones en los costados del caballo de pesadilla, que salió al galope por el camino
que había abierto el carro de nube de Cadderly. Llevando las mulas a remolque, las condujo hasta el
porche y atravesó las puertas delanteras, que estaban abiertas, antes de que ninguna bestia reptante
pudiera interceptarlo.
Los sacerdotes cerraron rápidamente las puertas detrás del drow y de sus escoltas de cuatro
patas. Jarlaxle despidió a su corcel infernal y les entregó las riendas de las mulas a los sacerdotes,
que lo miraban sin dar crédito a sus ojos.
—No iba a perder un tiro de mulas tan bueno —explicó—, y estas dos nos han traído desde muy
lejos. —Acabó con una risotada, que se le atragantó cuando, al volverse, se encontró cara a cara con
Cadderly.
—Te dije que no volvieras nunca por aquí —le dijo el sacerdote.
Cadderly hacía caso omiso de los muchos curiosos que se arremolinaban a su alrededor
exigiendo saber qué clase de magia había encontrado para conjurar un carro de nubes, para lanzar
truenos por la boca, para brillar con la luz de un dios sanador, para reducir a los no muertos a
cenizas con una sola palabra. Ellos, que ya no podían lanzar con seguridad ni el más simple conjuro
mágico, habían sido testigos de una demostración de poder que ni los más grandes sacerdotes y
magos de Faerun podían haber imaginado siquiera.
Por toda respuesta, Jarlaxle hizo una profunda reverencia y se llevó la mano al sombrero, al que
le faltaba la pluma. No respondió. Se limitó a llamar a Drizzt, que acudió raudo a su lado mientras
Danica se colocaba junto a Cadderly.
—No es nuestro enemigo —le aseguró Danica a su marido—. Ya no lo es.
—Eso trataba de decirte —dijo Jarlaxle.
Cadderly miró a Drizzt, que asintió, confirmándolo.
—Ya basta de eso. ¿A quién le importa realmente? —gritó un mago, abriéndose camino a
empujones hasta llegar a Cadderly—. ¿Dónde encontraste ese poder? ¿Qué plegarias pronunciaste?
¡Has hecho a un lado a toda una multitud de enemigos con una sola palabra! ¿Un carro hecho de
nube? Por favor, dínoslo, buen Cadderly. ¿Ha respondido Deneir a tu llamada?
Cadderly miró fijamente al hombre, los miró a todos. Su cara era una máscara de estudiosa
concentración.
—No lo sé —admitió—. No oigo la voz de Deneir, pero creo que él tiene algo que ver. —Miró
directamente a Drizzt al terminar—. Es como si Deneir me estuviera dando esta respuesta, como un
último regalo…
—¿Ultimo? —el tono de Ginance era de alarma, y muchos otros musitaban y farfullaban.
Cadderly los miró y se limitó a encogerse de hombros, porque realmente no sabía la respuesta a
ese enigma que era su poder recién encontrado. Luego, miró a Jarlaxle.
—Confío en mi esposa, y confío en Drizzt, y por lo tanto, eres bienvenido aquí en este momento
de mutua necesidad.
—Con información que encontrarás valiosa —le aseguró Jarlaxle, pero el drow fue interrumpido
por un grito agudo que llegó desde detrás de los reunidos.
Todos se volvieron hacia Catti-brie. Drizzt la había dejado en un diván a un lado del vestíbulo,
pero estaba flotando en el aire, con los brazos abiertos, como si estuviera debajo del agua. Tenía los
ojos en blanco y el pelo suspendido a su alrededor, otra vez como si fuera ingrávida.
Volvió la cabeza y escupió, luego giró la cabeza hacia el otro lado, como si le hubieran dado una
bofetada. Otra vez se veía el azul de sus ojos, aunque seguramente estaba viendo algo que no era lo
que tenía delante.
—¡Está poseída por el demonio! —gritó un sacerdote.
Drizzt se colocó sobre el ojo el parche que le había dado Jarlaxle y corrió a su lado, la rodeó con
sus brazos y tiró de ella hacia abajo.
—Ten cuidado, porque está en un lugar oscuro que atrae a nuevas víctimas —le dijo Jarlaxle a
Cadderly, que lo miró con curiosidad, pero siguió acercándose hasta coger la mano de Catti-brie.
El cuerpo de Cadderly se sacudió como alcanzado por un rayo. Sus ojos se contrajeron y toda su
forma cambió; a su figura humana se superpuso un cuerpo angélico espectral, con alas emplumadas y
todo.
Entonces, Catti-brie dio un grito, y Cadderly también. Jarlaxle agarró al sacerdote y tiró de él.
Las líneas fantasmales de la forma de Cadderly desaparecieron, y el sacerdote se quedó mirando a la
mujer boquiabierto.
—Está aprisionada entre dos mundos —dijo Jarlaxle.
Cadderly lo miró, se pasó la lengua por los labios súbitamente secos y no rebatió su afirmación.
LA TOZUDEZ DE UN ENANO

Sintió la sensación que se filtraba en su conciencia, la fuerza de voluntad de otro ser que trataba de
poseerlo, pero Ivan Rebolludo estaba preparado para eso. Él no era un simplón, ni un novato en la
guerra, fuera del tipo que fuera. Había sentido la fuerza de voluntad dominadora de un vampiro justo
antes de destruir a la cosa sin remisión, y había estudiado los métodos de los magos y los
ilusionistas, incluso de los ilícidas, como cualquier guerrero enano bien preparado.
La criatura lo había cogido desprevenido con la primera intrusión, era cierto. Espíritu Elevado y
las montañas Copo de Nieve habían vivido una larga época de paz, con una sola y notable excepción:
la llegada de Artemis Entreri, de Jarlaxle Baenre y de la Piedra de Cristal. Después, una vez que
Cadderly hubo terminado la nueva biblioteca, Ivan y todos los demás habían llegado a considerar
aquel lugar como su hogar, un hogar pacífico y seguro.
A pesar de las turbulencias que agitaban al mundo en su conjunto y de los problemas actuales con
la magia —problemas que jamás habían preocupado realmente a los tipos como Ivan Rebolludo, que
se fiaba más de su fuerza que de unos dedos ondulantes—, Ivan no estaba preparado en aquel
momento para el asalto del Rey Fantasma, e indudablemente no lo estaba tampoco para la intrusión
que lo había superado y le había robado su propio cuerpo. No obstante, durante casi todo el tiempo
que había pasado poseído, Ivan había estudiado a su invasor. En lugar de debatirse contra una pared
sólida que no podía penetrar, el enano se había tomado su tiempo en reunir toda la información que
podía y que trataba de arrebatar a su invasor, incluso mientras éste seguía robándolo.
Así pues, cuando Yharaskrik lo había liberado en lo alto de aquella cornisa de la montaña, Ivan
estaba listo para combatir o, dicho con más exactitud, para huir. E involuntariamente, el ilícida le
había mostrado el camino: una grieta en el suelo por debajo del dracolich que era más que una grieta;
en realidad, era un pozo que descendía por las montañas y —al menos eso esperaba Ivan— llevaba
hacia el laberinto de túneles que se abrían camino por las entrañas de las rocas más bajas.
Como no tenía otro lugar adónde ir, y la muerte era el destino más seguro si permanecía en la
superficie, Ivan se había arrastrado directamente hacia esa ruta, contando con el factor sorpresa para
burlar las garras aplastantes de la gran bestia.
Quiso su buena suerte que cuando el dragón golpeó el suelo con su pata, un grupo de las bestias
fofas le fuera pisando los talones, y que la lluvia de sangre y vísceras que habían volado por todas
partes le proporcionara la cobertura perfecta para su desesperada zambullida.
Y todavía quiso más su buena suerte, porque el pozo al que se tiró no bajaba en línea recta, sino
que se iba torciendo gradualmente hacia un lado, lo que amortiguó el impacto cuando golpeó contra
la tierra y la piedra. Luego, se ensanchaba, lo cual le dio la ocasión de retorcerse mientras descendía
y de poner sus pesadas botas por delante, afirmándolas contra la pendiente. El último tramo del
descenso había sido doloroso: seis metros de caída sin nada más que aire oscuro a su alrededor,
cuando atravesó el techo de una cámara subterránea; pero incluso allí había encontrado el enano la
pizca de heroísmo extra de la que los héroes no solían hablar: la buena suerte.
Había caído en el agua. No era ni muy profunda ni muy limpia, pero suficiente para amortiguar su
caída. Había perdido su yelmo astado, pero había recuperado su hacha, y estaba vivo en un lugar al
que el monstruoso dracolich no podría seguirlo.
La suerte le había dado una oportunidad.
Sin embargo, poco después, Ivan pensó que la suerte lo había abandonado.
El resto del día había deambulado en la oscuridad, chapoteando en el agua, porque no fue capaz
de encontrar terreno seco en la cámara, y tampoco una salida. Había sentido cierto movimiento
alrededor de las piernas en aquel fango que le llegaba hasta el muslo, y se figuró que debía de haber
peces, o algún otro tipo de criaturas reptantes en el estanque subterráneo, algo que poder cazar y que
le sirviera para sobrevivir algún tiempo.
Fuera como fuese, creía que iba a morir solo y desgraciado, en medio de aquella oscuridad.
Que así fuera.
Entonces, había llegado el ilícida buscándolo, susurrando en su subconsciente, tratando de
infiltrarse para controlarlo una vez más.
Ivan levantó una muralla de ira y de pura tozudez enana, que mantuvo a la criatura a raya, y sabía
con certeza que era capaz de mantenerla indefinidamente, que no iba ser poseído otra vez.
—Vete, estúpida bestia —dijo, fijándose y concentrándose en cada palabra que pronunciaba—.
¿Qué quieres de mí aquí abajo, donde no hay salida?
Parecía un razonamiento muy lógico. ¿Qué podía ganar el ilícida?
Sin embargo, la criatura seguía en su intento de meterse en sus pensamientos, buscando
controlarlo.
—¿Qué?, ¿puedes hacerme volar, imbécil? —gritó Ivan en la oscuridad—. ¿Hacerme volar de
vuelta a tu dragón muerto y a las bestezuelas que te son tan caras?
En ese momento, sintió la ira, y la reacción, y comprendió que por un instante muy efímero había
sorprendido al azotamentes con la guardia baja.
Ivan también bajó la guardia, apenas un poco.
Y sintió al otro con claridad dentro de su mente, esforzándose por imponerse. Una oleada de
absoluto rechazo hizo que al enano se le doblaran las rodillas, pero se dominó y, a propósito, bajó la
guardia un poquito más.
Pronto se encontró caminando hacia el extremo septentrional de la ancha cámara. A duras penas
podía distinguir las piedras apiladas a lo largo de la pared. Guiado por la voluntad de Yharaskrik,
contando con que el ilícida tuviera una visión más amplia que él de lo que lo rodeaba, el enano trepó
a las piedras más bajas. Apartó una y sintió una levísima brisa, y cuando sus ojos se adaptaron a la
lobreguez aún más intensa del otro lado, vio que ante sí se abría un túnel ancho y largo.
«¡Hasta aquí hemos llegado!», gritó mentalmente, e Ivan Rebolludo inició el combate de su vida.
Repelió al arrollador intelecto y a la fuerza de voluntad implacable del azotamentes con toda la
terquedad y la ira de que era capaz. Pensó en su hermano, en su clan, en el rey Bruenor, en Cadderly,
en Danica y en los niños, en todo lo que había hecho de él lo que era, lo que daba alegría a su vida y
fuerza a sus miembros.
Rechazó a Yharaskrik, le gritó, de viva voz y por medio de la mente. Se debatió físicamente, se
lanzó contra las piedras, apartándolas para ensanchar la boca del túnel, haciendo caso omiso de las
rocas que caían y lo golpeaban en brazos y hombros, y también se debatió mentalmente, ordenando a
la maldita bestia que se fuera de su interior.
¡De su mente!
Fue tal la furia que se apoderó de él que arrancaba las rocas con los dedos ensangrentados y no
sentía dolor alguno. Tal era la fuerza que acompañaba a aquella furia que arrojaba las piedras,
algunas de las cuales pesaban la mitad que él, hacia atrás, al cenagoso estanque. Y ni se daba cuenta
de las magulladuras, ni de los cortes, ni del esfuerzo que hacían sus fuertes músculos. Sintió que la
furia se apoderaba de todo su ser, levantando un muro de rechazo, exigiendo la expulsión del ilícida.
El agujero ya era lo bastante ancho como para que pasara por él, para que pasaran dos como él,
uno junto al otro, y sin embargo, el enano seguía sacando piedras con sus manos desolladas,
valiéndose de esa sensación física para enfocar su ira.
No tenía la menor idea del tiempo que había pasado así, unos instantes o miles de ellos, hasta que
finalmente, exhausto, cayó por la abertura y rodó por el túnel. Acabó de bruces en el suelo, y allí se
quedó un buen rato, para recobrar el aliento.
A pesar del dolor, una enorme sonrisa se abrió en su barbuda cara, porque supo que estaba
realmente solo.
La bestia con tentáculos había sido rechazada.
Durmió, allí mismo, en el barro, entre las piedras, manteniéndose mentalmente preparado para
impedir otra intrusión, y esperando que ninguna criatura de la Antípoda Oscura lo devorara mientras
yacía allí, exhausto y maltrecho, en medio de la oscuridad.

Rorick se tiró al suelo, justo por debajo de las garras de un enorme murciélago negro.
—¡Tío Pikel! —gritó, rogando al druida que hiciera algo.
Pikel cerró el puño, movió los brazos y aporreó el suelo con los pies, presa de la frustración,
porque no tenía nada, absolutamente nada que ofrecer. La magia había desaparecido, incluso su
afinidad natural con los animales había volado. Pensó en apenas unos días antes, cuando había
convencido a las raíces de las paredes de que hicieran una fuerte barricada, algo temporal al parecer,
ya que los perseguidores llegaban por esa dirección. El enano sabía que no podría alcanzar aquel
nivel de magia, tal vez nunca más, y su frustración se hizo patente en aquella cueva oscura de las
profundidades de las montañas Copo de Nieve.
—¡Uuuuh! —gimió, y volvió a aporrear el suelo, esa vez más fuerte.
Su gemido se convirtió en un gruñido cuando vio al mismo murciélago del que había escapado
Rorick dando la vuelta y lanzándose directamente hacia él.
Pikel culpó al murciélago, pero, por supuesto, no tenía sentido. En realidad, ya nada tenía sentido
para Pikel en ese momento. De modo que culpó al murciélago. A ese murciélago. Sólo a ese
murciélago. Ese murciélago había causado el fallo de la magia y había ahuyentado a su dios.
Se puso a cuatro patas y levantó la cachiporra. Ya no era un artilugio encantado, había dejado de
ser una cachiporra mágica, pero seguía siendo un garrote sólido, como pronto descubrió el
murciélago.
Aquella cosa enorme de alas membranosas se tiró en picado hacia Pikel, que saltó y giró al
mismo tiempo, lanzando el golpe más poderoso que jamás había asestado con su fuerte brazo,
contando incluso los días en que había podido usar los dos. La dura madera golpeó contra el cráneo y
partió el hueso.
El noctala cayó como si una piedra enorme le hubiera alcanzado desde lo alto, y se desplomó
encima de Pikel. Los dos salieron rodando, como una bola de enano y murciélago negro.
Pikel daba cabezazos y patadas a discreción. Mordía y golpeaba con el muñón mientras
descargaba golpes cortos y fuertes con la cachiporra, atizándole a la criatura con denuedo.
Cerca de él, un hombre gritó cuando un noctala se le echó encima y lo agarró por los hombros
con sus enormes garras, pero Pikel no lo oyó. Varios otros también gritaron, y una mujer lanzó un
aullido horrorizado cuando el murciélago voló directamente hacia una pared y soltó allí a su presa:
el pobre hombre se estrelló contra las rocas, donde sus huesos se destrozaron con crujidos
espantosos.
Pikel no lo oyó. Él estaba dando golpes con su garrote y patadas furiosas, aunque el murciélago
que lo había envuelto con aquellas alas enormes ya estaba muerto.
—¡Levántate, tío Pikel!
—¿Eh? —replicó el enano.
Al apartar el ala que le tapaba la cara y seguir el sonido, vio a Hanaleisa corriendo hacia Rorick
que continuaba tirado en el suelo. De pie junto a él, Temberle balanceaba su espadón adelante y
atrás, describiendo amplios arcos por encima de su cabeza, tratando de herir a un obcecado noctala
que no dejaba de revolotear por encima de él, como desafiándolo. Por más que lo intentaba, no
conseguía alcanzar al escurridizo murciélago.
Pero Hanaleisa sí lo hizo. Saltó en alto mientras corría hacia Temberle, dando una voltereta en
pleno vuelo para aumentar la fuerza de su patada. Golpeó firmemente al noctala en un costado y lo
lanzó a varios palmos de distancia, mientras ella daba otra vuelta y aterrizaba sin dejar de correr.
El noctala dirigió su atención hacia ella mientras corregía el rumbo en el aire y se lanzaba a darle
caza.
Esa distracción sirvió para que la espada de Temberle, por fin, lo alcanzara y le desgarrara una
de las membranosas alas de atrás hacia adelante. El murciélago perdió el equilibrio en el aire y cayó
al suelo, donde lo esperaban Hanaleisa y Temberle, que le cayeron encima antes de que pudiera
sacar el ala herida de debajo del cuerpo.
Hanaleisa fue la primera en desentenderse y empezó a dar órdenes a voz en cuello, tratando de
establecer cierta medida de orden y apoyando las líneas de defensa. No obstante, en toda la amplia
cámara, se desarrollaba una lucha frenética: había noctalas volando por todas partes; hombres y
mujeres heridos; espaldas desgarradas; a uno le habían arrancado el cuero cabelludo con una garra;
todos gritaban y corrían, y se tiraban al suelo tratando de protegerse.
Más de una docena de hombres recogieron todas las preciadas antorchas apiladas en el extremo
más alejado de la cueva, en la boca de un túnel que el grupo había pensado recorrer después de un
breve descanso, y salieron corriendo.
Otros los siguieron en medio del caos.
Temberle derribó a otro murciélago, y otro tanto hizo Hanaleisa.
Otros noctalas abandonaron la estancia y partieron túnel abajo en persecución de los que habían
huido.
Cuando por fin acabó, sólo quedaban algo más de veinte refugiados, y tres de ellos estaban
heridos.
—No podemos seguir así —les dijo Hanaleisa a sus hermanos y a su tío cuando hubieron
recogido sus magras provisiones y unas cuantas antorchas que quedaban—. Tenemos que encontrar
una manera de salir de aquí.
—¡Uh-uh! —dijo Pikel en manifiesto desacuerdo.
—¡Entonces, enciende tu porra! —le gritó Hanaleisa.
—¡Uuuh! —dijo el enano.
—¡Hana! —le dijo Rorick a su hermana en tono de reproche.
La joven monje juntó las manos ante sí y respiró hondo, recuperando la compostura.
—Lo siento, pero tenemos que movernos, y deprisa.
—No podemos quedarnos aquí —coincidió Temberle—. Necesitamos llegar lo más cerca
posible de Espíritu Elevado, y tenemos que salir de estos túneles.
Miró a Pikel, pero el enano se limitó a encogerse de hombros. No parecía muy convencido.
—No tenemos otra opción —le aseguró Temberle.
Una conmoción detrás de ellos hizo que se volvieran.
—¡Regresa el explorador! —dijo Rorick.
Corrieron hacia el pescador, Alagist, e incluso a la luz de la antorcha pudieron ver que estaba
profundamente conmocionado.
—Temíamos que hubieras muerto —dijo Hanaleisa—. Cuando vinieron los murciélagos…
—Olvidaos de los malditos murciélagos —replicó el hombre, y como para subrayar sus palabras
se oyó un fuerte golpe que llegaba desde el distante corredor, un ruido atronador.
—¿Qué…? —preguntaron al mismo tiempo Temberle y Rorick.
—Una pisada —dijo Alagist.
—¡Uh, oh! —dijo Pikel.
—¿Qué magia? —le preguntó Hanaleisa al enano.
—¡Uh, oh! —repitió.
—¡Recoged a los heridos! —les gritó Temberle a todos los que seguían allí—. ¡Reunid todo lo
que podamos llevar! ¡Tenemos que salir de aquí!
—No se le puede mover —dijo una mujer que estaba junto a un hombre inconsciente.
—No tenemos elección —le dijo Temberle, corriendo a ayudarla.
La cámara se estremeció bajo las reverberaciones de otra pisada descomunal.
La mujer no discutió cuando Temberle cargó al hombre herido sobre sus hombros.
Pikel, antorcha en mano, abrió la marcha, y todos salieron de la cámara.

—¡Vamos, pues! —gritó Ivan a la oscuridad—. ¡No con la cabeza, maldito calamar, sino todo tú!
¡Sal y juguemos! —No tenía su hacha, pero cogió un par de piedras y las golpeó una contra otra con
un entusiasmo que rayaba en ansias asesinas.
Aquella manifestación física de furia era eco de la que sentía el enano, y una vez más, las
intrusiones de Yharaskrik se quedaron en nada. Ivan estaba convencido de que si el ilícida había
regresado a él, esa vez con alguna esperanza de volver a poseerlo, había quedado definitivamente
desengañado.
Pero el enano seguía solo, maltrecho, ensangrentado y perdido en la oscuridad, sin muchas
esperanzas de encontrar una salida de aquellos túneles que daban vueltas y vueltas. Miró por encima
del hombro a la caverna llena de agua y pensó por un momento en regresar y tratar de encontrar una
forma de sobrevivir a base de pescado, o lo que fuera que nadara en aquellas aguas. ¿Tendría alguna
posibilidad de filtrar o calentar el agua cenagosa para que fuera potable?
—¡Bah! —dijo con un bufido sólo para la oscuridad, y decidió que era preferible morir
intentándolo que conformarse con una existencia en un agujero oscuro y vacío.
Así pues, se puso en marcha, con una piedra en cada mano, una expresión ceñuda y una muralla
de furia en su interior, en busca de una salida.
Caminó durante horas, tambaleándose y cayendo a menudo, porque aunque sus ojos se adaptaban
rápidamente a la oscuridad, todavía tenía que avanzar a tientas. Encontró muchos pasadizos laterales,
algunos sin salida, y otros que eligió simplemente porque «parecían» más prometedores. A pesar de
sus sentidos de enano, de estar como en casa en las profundidades, Ivan no tenía la menor idea de
dónde se encontraba realmente en relación con el mundo de la superficie, e incluso en relación con el
lugar donde había caído, el estanque subterráneo. A cada vuelta, Ivan contenía la respiración,
esperando no estar andando en círculos.
A cada vuelta, el enano también sujetaba una de las piedras bajo el brazo, se mojaba un dedo y lo
levantaba tratando de detectar alguna corriente de aire.
Por fin, sintió una levísima brisa en ese dedo. Contuvo la respiración y escudriñó la oscuridad.
Sabía que podía ser apenas una grieta, una chimenea impracticable, un tortuoso camino de gusano por
el que sería imposible meterse.
Hizo chocar sus piedras y avanzó pisando fuerte, aferrándose al optimismo y blindándose con su
furia. Una hora después seguía sumido en la oscuridad, pero el aire le parecía más liviano y tenía la
misma sensación en el dedo humedecido cada vez que lo levantaba.
Entonces, vio una luz. Una diminuta chispa, muy lejos, rebotando en muchas vueltas y revueltas,
pero una luz. A lo largo de las paredes, las rocas se volvieron más definidas bajo la aguda mirada
subterránea del enano. No cabía duda de que la oscuridad era menos absoluta.
Ivan siguió adelante, pensando cómo organizar un contraataque frente al dracolich, el ilícida y sus
achaparrados secuaces de la sombra. Sus temores iban desde su propio dilema hasta sus amigos de
arriba, a Cadderly y Danica, a los chicos y a su hermano. Apuró el paso, porque Ivan estaba siempre
dispuesto a luchar con un tejón por su propia vida, pero también a luchar contra una horda de tejones
del infierno cuando se trataba de defender a sus amigos.
No obstante, pronto aminoró la marcha, porque se dio cuenta de que la luz no era la luz del día, ni
tampoco el resplandor de algún hongo luminoso de los que tanto abundaban en la Antípoda Oscura.
Era la luz de un fuego…, de una antorcha probablemente.
Ahí abajo, eso tal vez significara que era la luz de un enemigo.
Listo para combatir, Ivan siguió avanzando. Sus nudillos se volvieron blancos sobre las piedras y
empezó a rechinar los dientes imaginando el ruido de unos cuantos cráneos machacados.
Una sola voz bastó para aplacar su actitud belicosa y dejarlo absolutamente atónito.
—¡Uh, oh!
LA CRUDA VERDAD

Después de pasar más de media mañana con Catti-brie, Cadderly salió de la habitación con la cara
cenicienta y una mirada de profundo cansancio.
Drizzt, que esperaba en la antecámara, lo observó esperanzado, y Jarlaxle, de pie junto a él, miró
en cambio a su oscuro compañero elfo. El mercenario reconoció la verdad plasmada en la cara de
Cadderly, cosa que Drizzt no hizo o no pudo hacer.
—¿La has encontrado? —preguntó Drizzt.
Cadderly suspiró levemente y le tendió el parche del ojo.
—Es tal como creíamos —dijo, dirigiéndose más a Jarlaxle que a Drizzt.
El drow mercenario asintió, y Cadderly se volvió hacia Drizzt.
—Catti-brie está aprisionada en un lugar oscuro entre dos mundos: el nuestro y un lugar de
sombra —explicó el sacerdote—. El contacto del Tejido decadente ha tenido muchos efectos nocivos
entre los magos y los sacerdotes de todo Faerun, y por lo poco que he visto, parece ser que no hay
dos enfermedades iguales. En el caso de Fargus de Memnon, el resultado fue instantáneo y fatal: lo
transformó en hielo, en hielo vacío, debajo del cual no había sustancia, no había carne. El sol del
desierto lo convirtió en un charco en menos de nada. Otro sacerdote es víctima de una enfermedad
espantosa, con llagas abiertas por todo el cuerpo que, sin duda, le producirán la muerte. Muchas
historias…
—Que a mí no me interesan —lo interrumpió Drizzt, y Jarlaxle, al que no se le había escapado la
crispación en el tono del explorador, le apoyó una mano tranquilizadora en el hombro—. Dices que
has encontrado a Catti-brie apresada entre dos mundos, aunque en realidad me temo que todo es una
enorme ilusión que esconde un designio siniestro…, tal vez los Magos Rojos, o…
—No es ninguna ilusión. El propio Tejido se ha deshecho, algunos de los dioses se han
esfumado, han muerto…, todavía no lo sabemos con certeza. Y ya sea la causa de que se deshiciera
el Tejido, o el resultado de ello, un segundo mundo se está desmoronando a nuestro alrededor, y esa
conjunción parece haber aumentado la expansión del plano de la sombra, o tal vez incluso ha abierto
puertas a algún otro reino de las sombras y de la oscuridad —dijo Cadderly.
—Y tú la has encontrado, a Catti-brie me refiero, atrapada entre ese lugar y nuestro propio
mundo. ¿Cómo podemos recuperarla y traerla de vuelta…? —Dejó la frase sin terminar al ver la cara
demasiado compasiva de Cadderly.
—¡Tiene que haber una forma! —gritó Drizzt, asiendo al sacerdote por la pechera de su casaca
—. ¡No me digas que no hay esperanza!
—Jamás haría tal cosa —replicó Cadderly—. ¡A diario están sucediendo a nuestro alrededor
todo tipo de cosas inexplicables e inesperadas! He encontrado conjuros que ni siquiera sabía que
poseía, y que no sabía que pudiera conceder Deneir, y con toda humildad y sinceridad te digo que ni
siquiera estoy seguro de que sea Deneir el que me los concede. Me pides respuestas, amigo mío, y yo
no las tengo.
Drizzt lo soltó y dejó caer los hombros junto con su corazón, desanimado. Le dedicó a Cadderly
una leve inclinación de cabeza a modo de agradecimiento.
—Iré a decírselo a Bruenor.
—Deja que lo haga yo —dijo Jarlaxle y Drizzt lo miró con sorpresa—. Tú ve con tu esposa.
—Mi esposa no puede sentir mi contacto.
—Eso no lo sabes —lo reconvino Jarlaxle—. Ve y abrázala; os hará bien a los dos.
Drizzt desvió la mirada de Jarlaxle a Cadderly, que asintió manifestando su acuerdo. El afligido
drow se puso el parche mágico y entró en la habitación contigua.
—La hemos perdido —le dijo Jarlaxle a Cadderly en voz baja cuando estuvieron solos.
—No lo sabemos.
Jarlaxle mantuvo la mirada fija en él, y Cadderly, con expresión apesadumbrada no fue capaz de
desmentirlo.
—No veo la manera de recuperarla —admitió—. Y aunque pudiéramos, me temo que su mente
haya sufrido un daño irreparable. Por lo que yo sé, la hemos perdido para siempre.
Jarlaxle tragó saliva, aunque el pronóstico no lo cogía por sorpresa. Decidió que no se lo diría
todo al rey Bruenor.

—Otra derrota —comentó Yharaskrik.


—¡Los hemos debilitado!
—Apenas hemos arañado sus paredes —declaró el ilícida—. Y ahora tienen nuevos y
poderosos aliados.
—¡Más de mis enemigos reunidos en un lugar para aplastarlos!
—Cadderly, y Jarlaxle, y Drizzt Do’Urden. Conozco a ese Drizzt Do’Urden y no es alguien a
quien se pueda tomar a la ligera.
—Yo también lo conozco. —Crenshinibon se incorporó inesperadamente al diálogo interior, y el
ilícida detectó un odio latente tras la simple declaración telepática.
—Deberíamos salir pitando de este lugar —se atrevió a sugerir Yharaskrik—. La grieta ha
permitido el paso de bestias incontroladas del plano de la sombra, y Cadderly ha encontrado
aliados inesperados…
El dragón no dio ninguna respuesta coherente; se limitó a emitir un gruñido rabioso que reverberó
en las mentes del triunvirato que constituía el Rey Fantasma, un muro de furia y resentimiento y, tal
vez, el «no» más rotundo que Yharaskrik hubiera oído jamás.
A través de los ojos mentales de gran alcance del ilícida, cuya conciencia había desplegado
ampliamente para hacer un reconocimiento de la región, habían visto la grieta en Carradoon. Vieron a
los gigantescos noctámbulos y a los noctalas, y comprendieron que una nueva fuerza había venido
desde el plano material primario. Y a través de los ojos del ilícida presenciaron la última batalla
librada en Espíritu Elevado, la llegada de los enanos y los drows, el poder revelado por Cadderly.
Aquella magia sacerdotal desconocida fue lo que más desconcertó a Yharaskrik, porque había
sentido el trueno mágico en la custodia de Cadderly y había retrocedido ante el brillo del rayo de luz
del sacerdote. Yharaskrik, antiguo azotamentes y en otro tiempo de una gran colmena comunal de
ellos, creía conocer todas las esencias mágicas de Toril, pero jamás había visto nada parecido al
poder que el impredecible sacerdote desplegara ese día.
La carne derretida de las bestias reptantes y las pilas de cenizas en que se habían convertido los
muertos revividos eran para el azotamentes un triste recordatorio de que no había que subestimar a
Cadderly.
Dadas las circunstancias, el sostenido gruñido de obstinación del dracolich no sonaba nada bien
en la mente expansiva de Yharaskrik. El ilícida esperó que el sonido cesara, pero no lo hizo. Esperó
una tercera voz en la conversación, una que impusiera moderación, pero no oyó nada.
Entonces, cayó en la cuenta. Tuvo una revelación. Se había producido un cambio minúsculo pero
importantísimo. El azotamentes se dio cuenta de que el Rey Fantasma ya no era un triunvirato. La
resonancia del gruñido se hizo más profunda, era más el coro de dos voces que el gruñido de una
sola. Dos se habían convertido en uno.
Ni una sola palabra escapó de aquel muro resonante de furia, pero Yharaskrik reconoció una
advertencia palpable. No estaban dispuestos a salir corriendo. Ellos —el azotamentes y aquel ser
dual con el cual compartía el cadáver huésped del dragón, pues ya no era posible contar a
Hephaestus y a Crenshinibon como dos entidades separadas— no mostrarían ninguna reserva. Ni la
grieta, ni los nuevos poderes inexplicados de Cadderly, ni la llegada de poderosos refuerzos a
Espíritu Elevado, amortiguarían la determinación de venganza del Rey Fantasma.
El gruñido se mantuvo, un muro enloquecedor e incesante, una respuesta inapelable a las
preocupaciones del ilícida que cerraba todas las puertas a cualquier debate inteligente y a cualquier
cambio de planes. Eso le quedó perfectamente claro; todo seguiría igual por más que surgieran
nuevas circunstancias o nuevos enemigos.
El Rey Fantasma se proponía atacar Espíritu Elevado.
Yharaskrik trató de colar sus pensamientos dando un rodeo, de encontrar a Crenshinibon, o lo que
quedaba de la Piedra de Cristal como un ente sentiente independiente. Intentó construir una lógica
para poner fin a las vibraciones furiosas del dracolich.
No encontró nada, y todos los senderos desembocaban en un único camino: el desalojo.
Ya no se trataba de un desacuerdo, ya no era un debate sobre el rumbo que debían tomar. Era una
revolución, plena y sin resolución. Hephaestus-Crenshinibon estaba tratando de desalojar a
Yharaskrik con la misma contundencia con que lo había hecho el enano de los túneles.
Sin embargo, la diferencia era que ahora el azotamentes no tenía adónde ir.
El gruñido seguía.
Yharaskrik lanzó una oleada tras otra de energía mental hacia la mente del dragón-piedra. Reunió
sus poderes psiónicos y los liberó con sutileza e inteligencia.
El gruñido seguía.
El ilícida asaltó al Rey Fantasma con un muro de pensamientos y emociones discordantes, una
cacofonía de notas retorcidas que habría vuelto loco al más sabio.
El gruñido seguía.
Atacó a todos los temores íntimos de Hephaestus. Conjuró imágenes de la explosión de la Piedra
de Cristal de hacía ya tantos años, cuando la luz había dejado a Hephaestus sin ojos.
El gruñido seguía.
El azotamentes no encontró resquicio alguno entre el dragón y el artefacto. Eran uno solo, tan
completamente unidos que ni siquiera Yharaskrik fue capaz de desentrañar dónde acababa uno y
empezaba el otro, o cuál de los dos ejercía el control, o de cuál de los dos partía el gruñido, lo que
dejó al ilícida lleno de sorpresa y consternación.
Y seguía, y seguía, inquebrantable, incansable, incesante. El ilícida comprendió que podía seguir
por los siglos de los siglos si era necesario.
¡Qué bestia tan astuta!
Allí ya no había espacio para el azotamentes. No tendría el menor control de los miembros del
gran dracolich. No podría intervenir en conversación ni debate alguno. No encontraría nada que no
fuera el gruñido, los latidos y los días y años y siglos. Sólo el gruñido, la pared impenetrable de una
sola nota que por siempre anularía sus sensibilidades, que lo privaría de su curiosidad, que lo
obligaría a permanecer allí dentro, encerrado en una batalla interminable.
Contra Hephaestus sólo podría haber triunfado, lo sabía. Contra Crenshinibon sólo Yharaskrik
podría haber confiado en encontrar una forma de ganar.
Contra los dos, únicamente existía el gruñido. Entonces, lo vio todo claro. La Piedra de Cristal,
tan arrogante como el propio Yharaskrik, y tan obcecada como el dragón, tan paciente como el
tiempo, había hecho su elección. Al ilícida, aquella elección le pareció ilógica en un primer
momento. ¿Por qué habría de ponerse Crenshinibon de parte de un intelecto inferior como el dragón?
Porque la Piedra de Cristal tenía un ego más fuerte de lo que él había imaginado. Lo que movía a
Crenshinibon era algo más que la lógica. Al unirse con Hephaestus, la Piedra de Cristal llegaría a
dominar.
El gruñido se mantenía.
Hasta el tiempo perdió significado con el retumbo. No había ayer ni había mañana, ni esperanza
ni miedo, ni placer ni dolor.
Sólo una muralla que no se engrosaba ni se adelgazaba, impenetrable e impasible.
Yharaskrik no podía ganar. No podía mantenerse. El Rey Fantasma se convirtió en la fusión de
dos, no de tres, y esos dos se convirtieron en uno cuando Yharaskrik se marchó.
El intelecto descarnado del gran azotamentes empezó a disiparse casi inmediatamente. El olvido
se cernía sobre él.
Todas las mentes marchitas y experimentadas que quedaban en Espíritu Elevado se reunían en
conferencias y seminarios, compartiendo sus observaciones y su intuición sobre el choque de los
mundos y el advenimiento del lugar oscuro, un plano de la sombra reformado al que dieron en llamar
el Páramo Sombrío. Todos, sacerdotes y magos, humanos, enanos y drows, dejaron a un lado las
reservas.
Todos estaban juntos, tramando y planeando, buscando una respuesta. Todos se pusieron de
acuerdo muy pronto en que lo más probable era que las bestias reptantes que atacaban Espíritu
Elevado pertenecieran a otro plano, y a nadie se le ocurrió cuestionar la premisa básica que
planteaba la colisión, o al menos la interacción peligrosa de algún otro mundo con el suyo propio.
Pero quedaban otras preguntas que responder.
—¿Y los muertos vivientes? —preguntó Danica.
—La contribución de Crenshinibon al tumulto —explicó Jarlaxle con sorprendente seguridad—.
La Piedra de Cristal es más que nada un artefacto de nigromancia.
—Dijiste que estaba destruido… La adivinación de Cadderly nos mostró el camino para
destruirla y respondimos a esas condiciones. Entonces, ¿cómo…?
—¿La colisión de mundos? —La de Jarlaxle fue más una pregunta que una afirmación—. ¿El
desmoronamiento del Tejido? ¿El simple caos de los tiempos? No creo que haya vuelto a nosotros tal
como era. Aquella antigua encarnación de Crenshinibon fue realmente destruida, pero es probable
que durante su destrucción los liches que la crearon quedaran libres. Creo que yo combatí con uno, y
que vosotros también os enfrentasteis a otro.
—Supones muchas cosas —señaló Danica.
—No es más que una línea de razonamiento por donde empezar a investigar.
—¿Y crees que esas cosas, esos liches, son los líderes? —preguntó Cadderly.
Antes de que Jarlaxle pudiera responder, intervino Danica.
—El líder es el dracolich.
—En conjunción con lo que queda de Crenshinibon, y por lo tanto, con los liches —dijo Jarlaxle.
—Bueno, sea lo que sea, está sucediendo algo malo, algo peor que todo lo que he visto en los
largos años de mi vida —dijo Bruenor, y mientras hablaba miró hacia la puerta de la habitación de
Catti-brie.
Sobrevino un incómodo silencio, y Bruenor, con un profundo carraspeo que expresaba su
frustración, pidió permiso para marcharse y estar con su desdichada hija.
Para sorpresa de todos, especialmente del propio Cadderly, el sacerdote se encontró del lado de
Jarlaxle cuando se reanudó la conversación. El drow tenía ideas sorprendentes sobre la hipótesis del
mundo dual. Había tenido experiencia con la forma de sombra y por ello ambos estaban convencidos
de que era uno de los liches que habían creado a Crenshinibon en aquella época. A Cadderly esas
ideas le parecieron las más informativas.
Ni Drizzt, ni Bruenor, ni siquiera Danica tenían una percepción tan clara como Jarlaxle de la
trampa en que había caído Catti-brie, ni de las implicaciones funestas, probablemente irreparables de
un nuevo mundo superponiéndose a otro, o de una rotura de la pared entre la luz y la sombra.
Ni los demás magos, ni los sacerdotes captaban muy bien la permanencia del cambio que los
había afectado a todos, ni la pérdida de la magia y de algunos, si no todos, los dioses. Jarlaxle, en
cambio, lo entendía.
Deneir se había ido, Cadderly había llegado a aceptarlo, y no iba a volver, al menos no en la
forma que Cadderly había conocido. El Tejido, la fuente de la magia de Toril, no podía ser retejido.
Era como si la propia Mystra —todo su dominio— hubiera desaparecido en un abrir y cerrar de
ojos.
—Algo de magia permanecerá —dijo Jarlaxle cuando la discusión estaba próxima a su fin. Se
había convertido en poco más que un replanteamiento de los puntos ya tratados—. Tus hazañas lo
demuestran.
—O quizá sean los últimos estertores de una magia moribunda —replicó Cadderly.
Jarlaxle se encogió de hombros y, a regañadientes, concedió la posibilidad de esa teoría.
—¿Es este mundo que se está fusionando con el nuestro un lugar de magia y de dioses? —
preguntó Danica—. Las bestias que hemos visto…
—Creo que no tienen nada que ver con el nuevo mundo, que posiblemente esté tan imbuido como
el nuestro de magia y de fuerza bruta al mismo tiempo —la interrumpió Jarlaxle sin miramientos—.
Las bestias reptantes provienen del Páramo Sombrío.
Cadderly asintió; estaba de acuerdo con el drow.
—Entonces, ¿se está muriendo su magia? —preguntó Drizzt—. ¿Acaso esta colisión de la que
hablas ha destruido también su Tejido?
—¿O tal vez los dos se entrelazarán de una forma nueva, tal vez con este plano de la sombra, este
Páramo Sombrío, entre ambos? —planteó Jarlaxle.
—No podemos saberlo —dijo Cadderly—. Todavía no.
—Y después, ¿qué? —preguntó Drizzt, y todos se dieron cuenta de que su voz tenía un timbre
desacostumbrado, de clara desesperación debida a sus temores por Catti-brie.
—Sabemos con qué instrumentos contamos —dijo Cadderly, poniéndose de pie y cruzándose de
brazos—. Responderemos a la fuerza con la fuerza, y espero que al menos algo de magia se encauce
hacia nuestros muchos lanzadores de conjuros.
—Eso ya lo has demostrado tú —dijo Jarlaxle.
—De una manera que no puedo predecir, y mucho menos controlar o invocar.
—Tengo fe en ti —replicó Jarlaxle, y esa declaración dejó mudos a los cuatro. ¡Parecía tan
imposible que Jarlaxle le dijera eso a Cadderly o a cualquiera!
—¿Debería otorgar Cadderly la misma confianza? —le preguntó Danica al drow.
Jarlaxle se echó a reír, era una risa absurda, de impotencia, y Cadderly se unió a él, y poco
después también Danica.
Sin embargo, Drizzt no pudo. Su mirada se dirigió a un lado de la sala, a la puerta tras la cual
estaba Catti-brie sumida en su oscuridad sin fin.
Catti-brie, su amor perdido.

La desesperación se apoderó de Yharaskrik, que no solía perder la serenidad, cuando advirtió en


toda su magnitud la realidad de su situación. Se le volaron los recuerdos y las ecuaciones se
volvieron confusas. Ya había conocido antes el olvido físico, cuando Hephaestus había soltado su
feroz y arrollador aliento sobre Crenshinibon, y había hecho explotar el artefacto. Sólo gracias a un
sorprendente atisbo de buena suerte que hizo que el Tejido desfalleciente tocara el poder residual del
artefacto, cerca del cual estaban los restos de Yharaskrik, había podido recuperar otra vez la
conciencia.
Ahora el olvido volvía a amenazarlo, y sin esperanza de recuperación. El intelecto descarnado se
debatió sin saber a qué aferrarse durante unos preciosos instantes, antes de que el azotamentes,
desesperado, recurriera al huésped más próximo.
Sin embargo, encontró a Ivan Rebolludo preparado, y el enano alzó tal muralla de rechazo y furia
que Yharaskrik ni siquiera pudo hacer el intento de invadir su conciencia. Tan falto de salidas estaba
el ilícida, que Yharaskrik no sabía ni dónde se encontraba ni que estaba rodeado por seres inferiores
susceptibles de ser poseídos.
Yharaskrik ni siquiera luchó contra aquel rechazo porque sabía que la posesión no resolvería su
problema. No podía habitar para siempre en un huésped reacio, y en caso de que insertara toda su
conciencia en el cuerpo de un ser inferior, de poseer plenamente a un enano, un humano o incluso un
elfo, quedaría limitado por la fisiología de ese ser.
No había escapatoria real, pero incluso mientras era rechazado por Ivan Rebolludo, el
azotamentes tenía otra idea y lanzaba una amplia red, extendiendo su conciencia a lo largo y ancho de
Faerun. Necesitaba otro intelecto despierto, otro psiónico, un pensador que fuera su igual.
Conocía a uno, y a él se dirigió cuando su intelecto desarraigado empezó a perder el hilo.
En una cámara opulenta debajo de la ciudad portuaria de Luskan, a muchos kilómetros hacia el
noroeste, Kimmuriel Oblodra, lugarteniente de Bregan D’Aerthe, el segundo de Jarlaxle Baenre,
sintió una sensación, una llamada.
Un ruego desesperado.
UN SUSURRO EN LA OSCURIDAD

La noche era apacible. El bosque que se extendía más allá del ancho patio de Espíritu Elevado
estaba oscuro y tranquilo.
«Demasiado tranquilo», pensó Jarlaxle, mirando desde un balcón de la segunda planta que era el
puesto de guardia que le habían asignado. Oyó a otros en los pasillos, por detrás de él, que
expresaban su esperanza por la aparente calma, pero para Jarlaxle, esa paz engañosa era
precisamente lo contrario. La pausa le revelaba que sus enemigos no eran tontos. El último ataque se
había convertido en una masacre de bestias reptantes, cuyos restos quemados y despanzurrados
sembraban todavía la pradera.
Sin embargo, era seguro que no estaban acabados. Basándose en el informe de Danica, y en su
propia comprensión del odio que les tenían no sólo a él, sino también a Cadderly y Danica, no veía
posibilidad alguna de que, de pronto, dejaran en paz a Espíritu Elevado.
No obstante, la noche era pacífica; innegable, paradójica e incluso misteriosamente pacífica. Y
en aquella quietud, no turbada siquiera por un hálito de viento, Jarlaxle, y sólo Jarlaxle, oyó una
llamada.
No pudo por menos que abrir mucho los ojos a pesar del control casi perfecto que tenía de sus
emociones, y por reflejo miró a su alrededor. Sabía con qué reservas habían sido admitidos él y
Athrogate en Espíritu Elevado, y a duras penas podía creer que tuviera tan mala suerte como para que
otro aliado, uno que seguramente no sería aceptado en la biblioteca-catedral, pidiera una audiencia.
Trató de desechar aquella llamada tranquila aunque insistente, pero su urgencia no hizo más que
acrecentarse.
Jarlaxle miró hacia el bosque y concentró sus pensamientos en un árbol de gran tamaño que
estaba justo donde acababa el follaje. Entonces, echando otra mirada a su alrededor, el drow saltó
por encima de la balaustrada del balcón y ágilmente se deslizó hasta el suelo. Desapareció en la
oscuridad, escogiendo con mucho cuidado el camino por donde atravesar el ancho patio.
—¡Bah!, lo que yo te decía, elfo —le dijo Bruenor Battlehammer con gesto desdeñoso a Drizzt
mientras observaban cómo se escabullía Jarlaxle de su puesto de guardia—. Ése no tiene más amigo
que el propio Jarlaxle.
Un profundo suspiro dejó ver la honda decepción de Drizzt.
—Llamaré a Pwent y entre los dos le haremos una encerrona a ese molesto enano que trajo
consigo el viejo del sombrero de ala ancha.
Bruenor se disponía a marcharse, pero Drizzt lo sujetó por un hombro.
—No sabemos a qué se debe todo esto —le recordó—. ¿Más exploración? Es posible que haya
visto algo.
—¡Bah! —Bruenor lanzó un bufido y se apartó—. Ve a ver si necesitas confirmarlo con tus
propios ojos. Yo, por mi parte, ya lo sé.
—Espera a mi regreso —le dijo Drizzt.
Bruenor lo miró con furia.
—Por favor, confía en mí esta vez —le rogó Drizzt—. Es mucho lo que nos jugamos todos, Catti-
brie incluida. Si hay alguien que puede ayudarnos a resolver el enigma que se oculta detrás de
nuestros problemas, ése es Jarlaxle.
—Pensaba que era Cadderly. ¿No es por eso por lo que estamos aquí?
—Él, también —dijo Drizzt.
Al ver que Bruenor se relajaba visiblemente, se deslizó hacia la parte exterior de la ventana y
partió detrás de Jarlaxle. Ni una sola criatura vigilante notó su paso silencioso.

—Siempre te encuentro en lugares curiosos —le dijo Kimmuriel Oblodra a Jarlaxle usando el
intrincado lenguaje manual de los drows—. ¿Con Cadderly Bonaduce y sus patéticos sacerdotes?
¿Es posible?
—En esta época todos compartimos preocupaciones y nos beneficiamos…, buscamos acuerdos
de los que nos beneficiamos mutuamente —respondió Jarlaxle con el mismo lenguaje—. Aquí la
situación es desesperada, incluso grave.
—Sé más que tú al respecto —le aseguró Kimmuriel, y Jarlaxle lo miró, intrigado.
—¿Sobre el decaimiento del Tejido, tal vez…? —preguntó en voz baja.
Kimmuriel negó con la cabeza y respondió en voz alta.
—Sobre tu problema. Sobre Hephaestus y Crenshinibon.
—Y el ilícida —añadió Jarlaxle.
—Por causa del ilícida —lo corrigió Kimmuriel—. Yharaskrik, sin forma y a punto de disiparse,
me encontró en Luskan. Ya no forma parte de esa criatura a la que llaman Rey Fantasma. Lo
expulsaron condenándolo a la nada.
—¿Y busca venganza?
—La venganza no es propia de los ilícidas —le explicó Kimmuriel—. Aunque, sin duda, a
Yharaskrik le satisfizo el trato que le ofrecí.
—Cuenta —le dijo Jarlaxle, moviendo los dedos y con expresión divertida.
—Su única esperanza era viajar al plano astral, un lugar de conciencia sin limitaciones corpóreas
—dijo Kimmuriel—. Dado el fracaso de la magia convencional y divina, su mejor oportunidad para
semejante viaje era otro practicante de la psiónica: yo. Sin su propio cuerpo como anclaje, el
azotamentes no podía realizar solo ese viaje.
—¿Lo dejaste ir? —le preguntó Jarlaxle, elevando la voz apenas.
Sin embargo, Jarlaxle estaba más intrigado que furioso, como se echó de ver por la forma en que
llevó la mano a la pluma de diatryma, que casi había vuelto a crecer en su sombrero encantado.
—Para sobrevivir al paso de los años, Yharaskrik debe encontrar una colmena mental de
ilícidas. Nosotros, los que tenemos poderes psiónicos, no nos vemos afectados por lo que está
ocurriendo en todo el multiverso, y contar con semejantes aliados…
—Son criaturas miserables.
Kimmuriel se encogió de hombros.
—Se cuentan entre los más brillantes de todos los seres mortales. No sé lo que será de mis
poderes, ni de la magia, divina o arcana. Sólo sé que el mundo está cambiando, que ha cambiado.
Incluso trasladarme hasta aquí a través de las dimensiones fue un gran riesgo, un riesgo que
necesitaba correr.
—Para advertirme.
—Para advertirte y para informarte, porque a cambio de que le facilitara el paso, Yharaskrik me
reveló todo lo que sabe sobre el Rey Fantasma y sobre los restos del artefacto, Crenshinibon.
—Me conmueve tu preocupación por mí.
—Eres necesario —dijo Kimmuriel, haciendo reír a Jarlaxle.
—Dime, entonces —lo animó Jarlaxle—. ¿Cómo podría, podríamos, derrotar a ese Rey
Fantasma?
Kimmuriel asintió y se lo contó todo detalladamente, repitiendo la narración de Yharaskrik sobre
el ser que era al mismo tiempo Hephaestus y Crenshinibon, sobre sus poderes y sus limitaciones. Le
explicó lo de los secuaces y las puertas que les habían dado acceso a Faerun. Le habló de una grieta
que había percibido, aunque no inspeccionado todavía, y que aún estaba totalmente abierta en la
ciudad que había a orillas del lago, hacia el sudeste. Habló de refugiados humanos y enanos
escondidos en túneles.
—¿Te fías de ese azotamentes? —le preguntó finalmente Jarlaxle.
—Los ilícidas son dignos de confianza —replicó Kimmuriel—. Detestables a veces, siempre
fascinantes, pero mientras se entiendan sus objetivos, su lógica es fácil de seguir. En este caso, el
objetivo de Yharaskrik era la supervivencia. Su situación era real y su necesidad inmediata, y ambas
habían sido causadas por el Rey Fantasma. Conociendo como conozco esa verdad, confío en su
relato.
Jarlaxle creía tener también cierta comprensión de la disposición de los ilícidas, porque había
sido compañero de Kimmuriel Oblodra durante mucho, mucho tiempo, y si alguien en algún momento
hubiera pensado en poner una cabeza de calamar de ocho tentáculos a un drow en particular, seguro
que el candidato más adecuado habría sido Kimmuriel.
No muy lejos de allí, entre la maleza, Drizzt Do’Urden escuchaba todo con interés, aunque gran parte
no era más que una confirmación de lo que ellos ya habían concluido sobre su poderoso enemigo.
Entonces, escuchó la respuesta y las instrucciones de Jarlaxle sin poder creer lo que oía, y realmente
sintió justificada su confianza en él.
—No puedes pedirme que asuma semejante riesgo con Bregan D’Aerthe —oyó decir a
Kimmuriel.
—Lo que podemos conseguir bien vale la pena —replicó Jarlaxle—, y piensa en la oportunidad
que esto te brinda para desentrañar mucho más del misterio que está teniendo lugar a nuestro
alrededor.
Aparentemente, lo último tuvo el efecto deseado sobre Kimmuriel, porque el drow inclinó la
cabeza ante Jarlaxle, se volvió hacia un lado y literalmente cortó el aire con un dedo, que fue dejando
a su paso una línea azul vertical crepitante. Con un gesto de la mano, Kimmuriel transformó aquella
línea azul bidimensional en una puerta y, pasando por ella, desapareció de la vista.
Jarlaxle permaneció allí un momento, con los brazos en jarras, asimilando todo aquello.
Entonces, sacudiendo la cabeza con un gesto de descreimiento, incluso de confusión, el mercenario
se dirigió de vuelta a Espíritu Elevado.
Para cuando Drizzt llegó, sólo instantes después que Jarlaxle, Bruenor y él ya habían sido
convocados a una audiencia con Cadderly.
Y con Jarlaxle, por supuesto.
EL RETO

El Rey Fantasma salió a la puerta de su cueva con un rugido ensordecedor y dio en el suelo un golpe
con la pata que hizo saltar por los aires a las bestias reptantes. La magnífica criatura salió sin
preocuparse de las bestias que trataban de huir. Su gran cola, en parte hueso y en parte carne de
dragón descompuesta, barrió a todos los que estaban demasiado cerca. Sus laceradas alas coriáceas
golpearon a los que estaban a uno y otro lado, y provocaron una gran corriente de aire.
No había ningún plan de ataque, ni la menor preocupación por los secuaces ni por el papel que
pudieran desempeñar. Sólo la furia movía al Rey Fantasma. Liberada de las cautelas de Yharaskrik,
la gran bestia se dejaba llevar por sus emociones. El Rey Fantasma no podía ser derrotado por
simples mortales, cuya magia estaba desfalleciendo. El Rey Fantasma no necesitaba planear, ni
intrigar, ni andarse con timoratas precauciones.
Con las alas desplegadas, el Rey Fantasma saltó desde la cima y cabalgó sobre las corrientes
ascendentes para subir por encima de las montañas Copo de Nieve. Con sus ojos mágicos, escrutó
desde kilómetros de distancia, hasta identificar el símbolo de sus enemigos, el lugar sobre el que
había concentrado su rabia.
Todavía subió más alto, por encima de los jirones de nubes que empañaban parte del estrellado
cielo nocturno. Y allí describió un círculo, aumentando la velocidad, aumentando su odio. Y como un
trueno de los cielos, el Rey Fantasma plegó las alas, enfocó hacia abajo la enorme cabeza y se lanzó
en picado sobre Espíritu Elevado.
Aunque los labios de Hephaestus estaban prácticamente consumidos, cualquiera que lo estuviera
observando habría notado una sonrisa malvada en la cara del dracolich.

Veintiún sacerdotes y magos, casi la mitad del contingente de residentes y visitantes que quedaban en
Espíritu Elevado, se humedecían los labios resecos y preparaban piedras untadas con aceite
explosivo. La otra mitad trataba de dormir en la quietud excesiva de la noche. Revisaban y volvían a
revisar el resto del equipamiento —armas y armaduras, anillos y varitas mágicas, pergaminos y
frascos con pociones—, y esperaban nerviosos el ataque que sabían que llegaría.
También sería una bestia más grande, según les había informado Cadderly después de su reunión
con los recién llegados: los drows y los enanos. Un dragón, un dracolich no muerto, el jefe de los
muchos secuaces a los que habían matado, encabezaría el siguiente ataque, eso les había dicho
Cadderly con seguridad.
Más de la mitad de ellos habían visto antes un dragón, y un puñado había sido testigo incluso del
horrendo esplendor de un dracolich. Eran veteranos curtidos, después de todo, viajeros en su mayor
parte, que habían llegado a Espíritu Elevado para tratar de encontrar sentido a un mundo peligroso
que se había vuelto loco.
Todos, hasta el último hombre, hasta la última mujer, tenían la boca seca, porque ¿qué clase de
experiencias anteriores podría haberles ofrecido —podría haberle ofrecido a nadie— consuelo en
esos tiempos desesperados?
Estaban en actitud de alerta, desplegados en todas las atalayas de Espíritu Elevado, mientras sus
compañeros dormían en pequeños grupos cerca de ellos, con las armas a su lado. «El ataque llegará
pronto», había dicho Cadderly. Probablemente fuera esa misma noche.
En la cámara central de la segunda planta, con fácil acceso a corredores que les permitirían
llegar rápidamente a cualquier pared, Cadderly, Danica, los dos drows y los tres enanos también
aguardaban. Ninguno de ellos podía dormir. Todos esperaban, con cada llegada de Ginance y su
patrulla itinerante, la noticia de que ya tenían encima a la bestia.
Espíritu Elevado estaba alerta, preparado.
Pero nada podría haber preparado a las cincuenta y cuatro almas reunidas en la catedral para la
llegada del Rey Fantasma. Unos cuantos centinelas cerca de la esquina nororiental del gran edificio
notaron el movimiento en lo alto y señalaron al gigantesco proyectil que se lanzaba sobre Espíritu
Elevado. Unos cuantos lograron dar un grito de alarma, y uno levantó el escudo a modo de ridícula
defensa.
Con fuerza inimaginable, el Rey Fantasma salió del picado justo antes de golpear contra el
edificio: extendió sus poderosas patas traseras hacia adelante y dio de lleno contra la catedral.
Nadie —ni siquiera el rey Bruenor, que se mantenía tan firme sobre sus pies, ni siquiera
Athrogate, que poseía el centro de equilibrio bajo de un enano y la fortaleza de una montaña
gigantesca— consiguió permanecer de pie bajo el efecto de ese choque. Espíritu Elevado se
estremeció hasta sus mismísimos cimientos; los cristales de todo el edificio se hicieron trizas bajo la
fuerza del impacto y la torsión de la estructura indómita del mágico edificio.
El rugido atronador del dragón tapó todos los gritos, los golpes y el ruido de los cristales rotos.
Los defensores se pusieron de pie y no rehuyeron la pelea. Cuando Cadderly y su grupo de élite
llegaron a la escena, donde se había derrumbado la pared y estaba de pie el Rey Fantasma, ya habían
arrojado una docena de rocas, cuyo aceite mágico explotó al entrar en contacto con la carne y el
hueso de la bestia.
El Rey Fantasma balanceó la enorme cabeza sobre su cuello serpentino, seleccionando con los
feroces ojos a un grupo de molestos lanzadores de rocas, pero antes de que la bestia pudiera
descargar su furia sobre aquellos hombres y mujeres, la bola de fuego lanzada por un mago desde un
collar de rubíes encantados, envolvió su rostro en mordaces llamaradas.
Siguieron ráfagas relampagueantes. Una columna de fuego divino cayó de forma arrolladora
desde arriba y chamuscó la parte trasera del cuello del dracolich.
La bestia rugió, se sacudió, y el edificio tembló. Otra vez los hombres y Las mujeres, los elfos,
los drows y los enanos acabaron en el suelo. Un balanceo de la poderosa cola del dracolich golpeó
el edificio de arriba abajo, y destrozó más cristales, rompió el revestimiento de piedra y dejó grietas
en los gruesos soportes de madera.
La habitación ya no tenía techo y el grupo de Cadderly que se acercaba pudo ver con claridad a
la bestia. Los tres enanos que iban a la cabeza no vacilaron a la vista de la catástrofe. No podían
ralentizar la marcha. Tenían que ser el foco de la batalla, según los planes que había trazado
Cadderly.
En cuanto sintió el trueno del impacto inicial, la herida inferida al lugar construido con su magia,
Cadderly percibió el asalto en su propio cuerpo. Cuando vio al dracolich, sintió el edificio mágico
en su interior. Nacido de su desesperación, de su furia, del rechazo del horror que representaba, el
poder de conjuros desconocidos empezó a bullir. Ya fuese porque había percibido ese poder o
simplemente porque había reconocido a Cadderly, el Rey Fantasma miró fijamente al grupo que se
aproximaba y abrió las fauces.
—¡Al suelo! —gritó Bruenor, y Thibbledorf Pwent se tiró contra Bruenor y lo apartó hacia un
lado.
Los dos cayeron encima de Athrogate, que salió rodando. Drizzt, Jarlaxle y Danica, que
flanqueaban a los enanos, se apartaron de la línea directa de la bestia.
Sin embargo, Cadderly no se movió ni a izquierda ni a derecha. Extendió las manos hacia
adelante, con una ballesta en una y un bastón en la otra, y entonó unas palabras que desconocía.
Fuego de dragón brotó de la bestia y llenó la habitación por delante de ellos. Si bien la estructura
mágica de Espíritu Elevado amortiguó el efecto sobre paredes y pisos, los muebles, libros y demás
enseres se prendieron, y las llamaradas inmoladoras recorrieron el suelo para dirigirse hacia los
objetivos vivos, saliendo a chorros de las puertas abiertas, pero allí fueron detenidas por la custodia
de Cadderly.
Al reducirse el fuego, el sacerdote disparó su ballesta de mano, más como acto de desafío que
para infligir auténtico daño a la poderosa bestia, aunque no se privó de sonreír cuando el proyectil
explotó contra la cara del dracolich.
Los siete entraron corriendo en la habitación en llamas, haciendo frente a la bestia. Desde la
izquierda y la derecha volaban rocas que golpeaban al dracolich y explotaban con repentinas ráfagas
de fuego mágico. Y no era ésa la única magia: un enjambre de abejas furiosas picando, un huracán de
relámpagos, la furia encendida de un dios.
A modo de réplica, el dracolich batió con sus alas contra Espíritu Elevado. La gran cola golpeó a
diestro y siniestro, destrozando piedra y madera, y lanzando despedidos a magos y sacerdotes; pero
la bestia no apartaba la atención de aquella habitación, de aquellos siete héroes insignificantes.
—Por fin, nos encontramos —dijo el Rey Fantasma, estremeciendo con su voz las maderas
humeantes.
Cadderly le disparó otro dardo a la horrible cara.
Bruenor, Athrogate y Pwent no hicieron ni una pausa. Entraron en tromba por la puerta y
atravesaron la habitación a toda marcha.
El fuego de dragón los empujó hacia atrás.
—¡Todos juntos! —ordenó Cadderly.
Los siete cerraron filas alrededor del sacerdote, que llevaba activada su custodia de fuego y su
protección contra el contacto letal del dracolich.
Conjuro tras conjuro fueron brotando del sacerdote, con palabras que ninguno de ellos entendía, y
que hacían que cada uno de los defensores se sintiera blindado contra el toque letal de la bestia.
Siguieron adelante, directos al cegador aliento del Rey Fantasma. Ese fuego se abría a su paso y se
volvía a cerrar detrás de ellos, y el dracolich no paraba de exhalarlo, de modo que el grupo de los
siete estaba totalmente rodeado por paredes opacas de fuego llameante.
Pero seguían avanzando, y en cuanto el Rey Fantasma acabó, Cadderly dio la orden de marchar a
la carga.
Y eso hicieron: Bruenor levantó su hacha; Athrogate, junto a él, revoleaba sus manguales, y
Thibbledorf Pwent, pasando como una flecha entre los dos, se lanzó con desenfreno contra la bestia.
El batallador se agarró a una de las grandes patas traseras del dracolich, hundió sus púas como
apoyo y empezó a zurrar con ambas manos, desprendiendo piel y hueso con los filos de su armadura
a cada golpe.
Drizzt y Danica marcharon inmediatamente detrás de los enanos… Bueno, Drizzt se dispuso a
hacerlo, pero Cadderly lo agarró por el brazo y luego ahuecó la mano sobre su puño derecho
mientras Drizzt sostenía su cimitarra.
—¡Tú eres el agente de todo lo bueno! —nombró Cadderly al sorprendido drow.
El sacerdote pronunció unas cuantas palabras que ninguno de los dos entendió, y Muerte de Hielo
resplandeció con una luz blanca divina que se impuso a su tonalidad azulada normal.
—¡Vence a la bestia! —le ordenó Cadderly, aunque no era realmente Cadderly, o no sólo
Cadderly.
Drizzt lo comprendió con una mezcla de esperanza y de horror. Era como si otra persona, otra
cosa, algún dios o ángel, hubiese poseído al sacerdote y le hubiera impuesto al drow ese poder y esa
responsabilidad.
Drizzt parpadeó, pero no se permitió vacilación alguna. Sólo se atrevió a convocar a
Guenhwyvar antes de lanzarse al ataque con tal violencia que tropezó contra el dracolich. Se puso al
lado de Danica, que saltaba y giraba, y daba amplias patadas, aporreando a la bestia con golpes
rápidos y contundentes. El Rey Fantasma trató de alcanzarla con sus fauces, pero ella era demasiado
rápida para dejarse coger, y se apartó en el último momento.
Las mandíbulas se cerraron en el vacío, y Drizzt intervino con el arma resplandeciente en la
mano. Primero entró a fondo con Centella. La excelente espada atravesó la piel putrefacta y chocó
contra el hueso. Entonces, lanzó un tajo con Muerte de Hielo, con la cimitarra a la que Cadderly le
había infundido la fuerza del poder divino.
El golpe sonó como la descarga de una piedra gigantesca, un sonido repentino y seco que dejaba
empequeñecido el estallido de una bola de fuego, e hizo que los golpes bañados en aceite de
Athrogate parecieran el golpeteo de un pájaro. La cabeza del Rey Fantasma salió impulsada hacia
atrás, y un gran trozo de su pómulo y de la mandíbula superior salieron volando de su cara y
aterrizaron abajo, en el patio.
También Guenhwyvar salió disparada. Dio un gran salto que le permitió alcanzar con sus garras
la espantosa cara de la bestia.
Todos, incluso el salvaje Pwent, se pararon un momento a mirar con incredulidad.
—Impresionante —comentó Jarlaxle, de pie junto al atónito Cadderly.
El drow lanzó al suelo su pluma y apareció la diatryma gigante. Entonces, levantó los brazos, con
una varita en cada mano. De una surgió un relámpago atronador; de la otra, una línea de burbujas
viscosas, de un mejunje verde, que lanzó a la cara del wyrm con idea de cegarlo o de inmovilizar sus
amenazadoras mandíbulas.
¡Eran una fuerza de batalla increíble!
Pero vaya enemigo que habían encontrado.
El Rey Fantasma no levantó el vuelo y huyó, ni siquiera se detuvo para tratar de evitar a Drizzt y
a esa horrorosa arma. Dio una fuerte pisada que atravesó las vigas y llegó a través del cielo raso a la
primera planta de la estructura. El pobre Pwent estaba de pie junto a la pared y cayó, todo retorcido,
al nivel inferior.
El Rey Fantasma sacudió la cabeza violentamente, y Guenhwyvar salió despedida. Entonces, la
bestia echó la cabeza hacia atrás y se abalanzó con fuerza contra Drizzt, que estaba dentro de la
habitación, un golpe que podría haberlo matado de haberlo alcanzado de lleno. Pero nadie había
conseguido jamás golpear a Drizzt Do’Urden de lleno. Cuando la cabeza se balanceó hacia adentro,
Drizzt se lanzó de lado, adelantándosele. A pesar de todo, el intento de absorber el impulso del golpe
que recibió de refilón hizo que saliera de la habitación mediante una sucesión de volteretas, hasta dar
contra la pared lateral en ruinas de la estancia, y a su paso dejó una estela de pavesas encendidas.
Tocado y un poco mareado, pero no vencido, Drizzt se abalanzó de nuevo sobre la bestia. Vio a
Athrogate, que pasó volando por los aires delante de él tras haber sido alcanzado por una pata
delantera. El mangual empapado en aceite chocó y explotó contra el hueso, astillándolo, pero a pesar
de eso, el Rey Fantasma consiguió lanzar lejos al enano.
—La cabeza me da vueltas, los huesos me revientan —gritó el indomable Athrogate mientras
volaba por la habitación para ir a estrellarse contra el suelo—. ¡Me lanzas como una piedra en un
lago! —remató mientras patinaba por el suelo y acababa contra la esquina de la habitación, junto a la
grieta abierta… Pero la palabra lago le salió bastante distorsionada cuando cayó al suelo por el lado
de afuera.
Con los dos enanos y Guenhwyvar fuera de combate, Danica y Bruenor se vieron muy
apremiados. Bruenor lanzaba golpes por debajo del escudo. Las piernas se le bandeaban, pero no se
doblaban. El hacha estaba siempre lista para responder con un corte decidido. Danica saltaba y
giraba, daba volteretas y saltos mortales por el aire, siempre medio paso por delante de una garra o
un bocado.
—¡No podemos hacernos con él! —dijo Jarlaxle con los dientes apretados. Incluso cuando Drizzt
se reincorporó a la pelea, atacando sin piedad con su cimitarra cargada de poder divino, la expresión
sombría del mercenario se mantuvo.
Desgraciadamente, lo que decía Jarlaxle era la pura verdad. A pesar de todo su poder y de sus
valientes esfuerzos, sólo le infligían a la bestia daños de poca importancia, y ya empezaban a sentir
los efectos del desgaste. Entonces, llegaron gritos que anunciaban que del bosque estaban saliendo
bestias reptantes en número arrollador, y muchos de los que ocupaban la periferia de la batalla
tuvieron que centrar su atención en el exterior.
En ese aciago momento en que se enfrentaron a la verdad, pareció que todo estaba acabado para
Espíritu Elevado y para sus defensores.
Cadderly alzó los brazos, yendo todavía más alto con su magia, y para todos los que presenciaron
el hecho fue como si el poderoso sacerdote hubiera arrancado una estrella o el mismísimo sol del
cielo y lo hubiera incorporado a su propio cuerpo.
Su figura refulgió con tal brillo que los rayos de la luz que emanaba de él se colaron por todos
los entresijos de Espíritu Elevado. Más allá de la pared semiderruida, el patio y el bosque brillaron
como si estuvieran iluminados por la clara luz del mediodía.
La noche desapareció por completo, y también las heridas de todos los que estaban cerca del
sacerdote. El dolor y la fatiga fueron reemplazados por una calidez y una fortaleza como nunca
habían experimentado.
El efecto fue totalmente contrario para el Rey Fantasma, que se encogió sorprendido y presa de
un dolor espantoso.
Más allá de los muros, las bestias reptantes que se acercaban, se retrajeron sobre sus patas
planas, manoteando desesperadas en un intento de cubrirse con los brazos para protegerse de la luz
celestial. Volutas de humo salían de su negro pellejo. Las que pudieron retroceder se arrastraron
hacia la sombra de los árboles.
El rugido del Rey Fantasma sacudió el edificio hasta sus cimientos una vez más. La bestia no
salió volando, sino que empezó a patalear de una manera incontrolada, golpeando a Bruenor, que
recibía cada golpe con una mueca y retribuía con un tajo. La pata delantera de la criatura sólo
encontró aire cuando pretendió alcanzar a Danica, cuyas acrobacias desafiaban la gravedad en una
sucesión de saltos, torsiones y vueltas. Las grandes fauces del dracolich se cerraron sobre la
diatryma y alzaron al ave en el aire, donde la enorme cabeza se sacudió a derecha e izquierda, y de
una dentellada cortaron a la diatryma por la mitad. A continuación, la bestia trató de apresar en sus
fauces a la mujer que la esquivaba, pero allí estaba Drizzt, que atacó haciendo girar sus espadas
curvas a diestro y siniestro, y por encima de la cabeza. A cada giro de la encantada Muerte de Hielo,
sus cortes eran más profundos, empezando por rebanar escamas de dragón, fundiendo luego carne de
dragón y haciendo explotar por fin hueso de dragón.
El Rey Fantasma se retiró de la cornisa, tratando de encontrar apoyo en el suelo para sus patas
traseras. Casi no había bajado todavía cuando Thibbledorf Pwent lo embistió de cabeza, clavando la
púa de su yelmo en la pantorrilla de la bestia y asegurándose así un asidero. Por el otro lado, llegó
Athrogate blandiendo un solo mangual pues el otro lo había perdido en la caída. Hizo girar la pesada
bola por encima de su cabeza con las dos manos, activó su poder oleoso y golpeó la otra pierna del
Rey Fantasma con tanta fuerza que una escama roja se desintegró bajo el golpe y la carne desecada
de la bestia se desmenuzó y disolvió hasta llegar al hueso, que se partió con un crujido audible.
Y por encima del dolor inferido por esos furiosos guerreros, por encima del persistente ardor de
los rayos relampagueantes de Jarlaxle y de la restricción que le imponía el mejunje viscoso del
drow, estaba la agonía que todo lo penetraba de la luz de Cadderly. Esa luz espantosa, que como
espuelas divinas atravesaba hasta el último resquicio del ser del Rey Fantasma.
La bestia volvió a lanzar su aliento de fuego hacia el interior de la habitación, pero la custodia de
Cadderly seguía repeliendo el efecto, y su luz curaba a sus amigos en cuanto eran heridos por las
llamas.
El Rey Fantasma pagaba un alto precio por su esfuerzo, pues mientras él ponía su gran cabeza en
posición para llenar la habitación con su fuego, Drizzt, que primero se le subió a la pata y luego fue
ascendiendo hasta el cuello, encontraba una oportunidad para aporrear el cráneo del dragón. Una y
otra vez, Muerte de Hielo caía con furia, haciendo explotar hueso, carne y escamas bajo cada golpe
atronador.
El feroz aliento del dragón cesó de repente con el último golpe de Drizzt. El Rey Fantasma se
estremeció con tal fuerza que todos, Drizzt y Athrogate incluidos, salieron despedidos. La criatura
dio un salto hacia atrás, hacia el otro extremo del patio.
—¡Acabemos con él! —les gritó Jarlaxle a todos.
La verdad era que en ese momento parecía que el dracolich estaba en las últimas, que un asalto
concertado realmente podría derribar a la bestia.
Y lo intentaron, pero sus armas, conjuros y proyectiles pasaban a través del Rey Fantasma sin
consecuencia, porque de repente no quedaba nada tangible de la bestia, sólo su forma dibujada en luz
azul. Thibbledorf Pwent salió a la carga de la base de Espíritu Elevado, rugiendo como sólo un
Revientabuches podía hacerlo, y saltó con auténtico desenfreno para atravesar limpiamente a la
bestia intangible e ir a caer sobre la hierba.
Lo que resultó más significativo para Drizzt, mientras se disponía a seguir a Pwent, fue la
aparición de Guenhwyvar al otro lado del patio. La pantera no cargó contra el Rey Fantasma. Con las
orejas pegadas a la cabeza y presa de una inquietud nada propia de ella, Guenhwyvar, que jamás
temía a nada, se volvió y salió corriendo.
Drizzt se quedó boquiabierto. Miró a la bestia en la pradera, a Pwent que corría alrededor de la
forma luminosa, a veces incluso dentro de ella, golpeando sin efecto alguno.
Entonces, de repente, no quedó nada visible del Rey Fantasma, ya que la bestia desapareció, se
esfumó transformándose en nada. Se había ido.
Los defensores vieron aquello conmocionados. Cadderly se quedó mirando con estupor el lugar
donde había estado la imagen blancoazulado y pensó en sus recuerdos de las Profecías de Alaundo
sobre ese año, 1385, el Año del Fuego Azul. ¿Coincidencia o representación adecuada de una
catástrofe de mayor envergadura? Antes de que pudiera ahondar más en sus contemplaciones, desde
una habitación alejada en el interior de Espíritu Elevado, Catti-brie lanzó un grito de absoluto terror.
Reconocer que estás completamente indefenso, más que bajarte los humos, te deja abrumado. En
las ocasiones en que alguien se da cuenta, en su fuero interno, de que la fuerza de voluntad, la
fuerza bruta o la técnica no bastan para superar los obstáculos a los que se enfrenta, que está
indefenso frente a ellos, lo que sobreviene es una angustia mental devastadora.
Cuando Errtu arrastró a Wulfgar al Abismo, éste quedó completamente abatido y sufrió
múltiples torturas físicas, pero en las pocas ocasiones en las que fui capaz de convencer a mi
amigo para que me hablara sobre esa época, lo que más destacaba en su relato era la indefensión.
Por poner un ejemplo: el demonio le hacía creer que era libre y que estaba viviendo con la mujer
a la que amaba, para a continuación asesinarlos a ella y a los hijos imaginarios de ambos ante la
mirada impotente de Wulfgar.
Aquellas torturas le dejaron a Wulfgar hondas y perdurables cicatrices. Durante mi infancia
en Menzoberranzan me enseñaron algo que todos los drows varones deben saber. Mi hermana
Briza me llevó hasta el borde de la caverna que era nuestro hogar, donde esperaba un gigantesco
elemental de tierra. La bestia llevaba un arnés y Briza me tendió una de las riendas.
—Sujétalo —me dijo.
No comprendí bien por qué, pero cuando el elemental dio un paso atrás, me arrancó la cuerda
de las manos.
Por supuesto, Briza me golpeó con el látigo, y estoy seguro de que disfrutó haciéndolo.
—Sujétalo —volvió a decir. Cogí la cuerda y me preparé. El elemental volvió a dar un paso
atrás y yo salí volando tras él. Ni siquiera era consciente de que yo existía, o de que estaba
tirando con todas mis exiguas fuerzas para tratar de impedir que se moviera.
Briza me miró con el ceño fruncido mientras me informaba de que tendría que intentarlo de
nuevo.
Yo decidí que superar aquella prueba era cuestión de inteligencia, así que en vez de
prepararme simplemente para el tirón, enrollé la cuerda alrededor de una estalagmita cercana,
mientras Briza asentía con gesto de aprobación, y clavé los talones en el suelo.
El elemental dio un paso atrás al recibir la orden y me golpeó contra la piedra como si fuera
un simple trozo de pergamino arrastrado por un vendaval El monstruo no aminoró el paso, ya que
ni siquiera se dio cuenta.
En ese momento, comprendí mis limitaciones, sin que me cupiera duda alguna. Comprendí mi
impotencia.
Entonces, Briza sujetó al elemental con un conjuro y lo desterró con un segundo conjuro. Lo
que ella trataba de demostrarme era que la magia divina de Lloth superaba tanto la fuerza bruta
como la técnica. Aquello no era más que otra técnica de subyugación utilizada por las matronas
que ostentaban el poder, para hacer comprender a los varones de Menzoberranzan, especialmente
a aquellos que gozaban del favor de Lloth, su bajo estatus, su inferioridad.
Para mí, y sospecho que para muchos de mis congéneres, aquella lección tuvo más de personal
que de social, ya que fue mi primera experiencia real frente a una fuerza que escapaba totalmente
a mi fuerza de voluntad y a mi control. El hecho de que lo intentara con más energía, o de que
fuera más listo, no cambiaría en absoluto el resultado. El elemental hubiera retrocedido un paso
sin ningún impedimento, sin importar cuánto empeño le pusiera yo.
Si dijera que aquello me bajó los humos, me quedaría corto. En aquella oscura caverna
aprendí la primera verdad de la mortalidad y de la carne mortal y ahora vuelvo a sentir esa
terrible e insuperable impotencia.
Cuando miro a Catti-brie, sé que no seré capaz de ayudarla. Todos soñamos con ser héroes,
con encontrar la solución y triunfar sobre la adversidad.
Y todos creemos, hasta cierto punto, que nuestra voluntad puede superar cualquier cosa, y la
resolución y la templanza pueden conducirnos a grandes hazañas…, y es así, al menos hasta
cierto punto.
La muerte es la máxima barrera, y cuando alguien se enfrenta a una muerte inminente, ya sea
la suya o la de un ser querido, un ser mortal la afrontará sobre todo con la máxima humildad.
Todos creemos que podemos vencer a esa plaga, o a esa enfermedad, en el caso de que nos
afectara, con pura fuerza de voluntad. Es una defensa mental habitual frente a lo que sabemos que
es inevitable para todos nosotros. Es entonces cuando me pregunto si la peor realidad de una
muerte lenta es la sensación de que lo que sucede en tu cuerpo escapa a tu control.
En mi caso, el dolor que siento cada vez que miro a Catti-brie tiene muchas facetas, y no es la
menos importante mi propia sensación de impotencia. Me niego a aceptar las miradas que
Cadderly y Jarlaxle intercambiaron, y que expresaban lo que sentían y pensaban. ¡No pueden
tener razón al creer de forma tan evidente que Catti-brie está más allá de cualquier ayuda que
podamos prestarle, y con toda seguridad condenada!
Exijo que estén equivocados.
Aun así, sé que no lo están. Quizá sólo lo «sé» porque temo más que nada en el mundo que
tengan razón, y si la tienen no sabré cómo superarlo. No puedo decirle adiós a Catti-brie, porque
temo que ya lo haya hecho.
Y de este modo, en los momentos de debilidad, pierdo la fe y sé que tienen razón. He perdido
para siempre a mi amada, mi mejor amiga (y aquí vuelve a aparecer mi cabezonería, ya que mi
primer impulso fue escribir «probablemente para siempre»). ¡Soy incapaz de admitir la verdad, y
sin embargo, la admito!
A menudo he visto a mis amigos regresar tras estar al borde de la muerte: a Bruenor a
espaldas de un dragón, a Wulfgar del Abismo, a Catti-brie desde el plano de la sombra de
Tarterus. Hemos triunfado tantas veces frente a la adversidad… ¡Al final siempre salimos bien
parados!
Pero no es cierto. Y quizá la broma más pesada sea la confianza y la seguridad que han
inspirado en mis amigos, los compañeros del Salón, la buena suerte y las grandes hazañas que
hemos conseguido.
Así, cuando finalmente una tragedia inevitable nos golpea, su cruda realidad es aún peor.
Miro a Catti-brie y me doy cuenta de mis limitaciones. Mis fantasías de salir triunfante de
cualquier situación se estrellan contra rocas inmóviles y punzantes. Quiero salvarla, pero no
puedo. La miro, vagando, perdida, y en los momentos en los que estoy dispuesto a aceptar que este
estado es permanente, tengo menos esperanzas de salir victorioso y más de…
Apenas puedo pensar en ello. ¿De veras he de verme reducido a albergar como única
esperanza que esta mujer a la que amo muera rápidamente y sin dolor?
Y seguro que la batalla sigue desarrollándose a nuestro alrededor, en este mundo que se ha
vuelto loco. Y volveré a utilizar mis cimitarras en una lucha que, según me temo, tan sólo acaba de
empezar. Y volverán a necesitarme para mediar entre Bruenor y Jarlaxle, Cadderly y Jarlaxle. No
podré escabullirme para estar a solas con mi dolor y mi tristeza, cada vez mayores. No puedo
abandonar mis responsabilidades para con los que me rodean.
No obstante, todo ha dejado de tener importancia de un modo repentino. Sin Catti-brie, ¿qué
sentido tiene luchar? ¿Por qué vencer al dracolich si el resultado no va a cambiar, si al final
estaremos todos condenados? ¿Acaso no es totalmente irrelevante lo que a nosotros nos parece
importante, en el marco de los milenios y el multiverso?
Éste es el demonio de la desesperación, surgido de la impotencia. Es más profundo que la
indefensión creada por el oscuro aliento del dragón de la sombra Tiniebla Brillante. Más que la
lección de las matronas drows. Y es que la pregunta «¿Qué sentido tiene?» es la más insidiosa y
destructiva de todas.
Debo negarlo. No puedo resignarme a ello, por mi propio bien y el de los que me rodean, y, sí,
por el bien de Catti-brie, que no me permitiría rendirme ante tal idea.
Realmente este torbellino interior me pone más a prueba de lo que podría hacerlo cualquier
demonio, dragón u horda de orcos hambrientos.
Y es que mientras este oscuro momento me muestra la inutilidad de mis esfuerzos, también me
exige que tenga fe, fe en que existe un mundo más allá de este torbellino de muerte, que hay un
lugar donde una comprensión y una comunión universales están por encima de esta existencia
pasajera.
Eso, o todo no pasa de ser una triste broma.

DRIZZT DO’URDEN
VAGANDO ENTRE TINIEBLAS

—¿Cómo voy a decirte algo que no sé? —gruñó Ivan, ayudando a Temberle a incorporarse.
—Pensé… que podrías saberlo… —tartamudeó el hombre.
—Eres un enano —añadió secamente Hanaleisa.
—¡Él también lo es! —dijo Ivan, irritado mientras señalaba con el dedo a Pikel.
Su expresión obstinada desapareció cuando volvió la mirada hacia los hermanos Bonaduce, que
lo miraban, escépticos.
—Sí, ya lo sé —coincidió Ivan, suspirando exasperado.
—¡Duu-dad! —dijo Pikel, y con un significativo y bronco carraspeo se apartó del grupo.
—Debo reconocer que es endiabladamente bueno en los túneles más altos —dijo Ivan en defensa
de su hermano—. Cuando las raíces sobresalen, habla con ellas, ¡y esas malditas cosas le responden!
—La situación actual —le recordó Rorick, acercándose para unirse a la conversación— es que
la gente está harta de túneles y cada vez más nerviosa.
—Preferirían estar ahí fuera, en Carradoon, ¿verdad? —replicó Ivan en un tono sarcástico que no
dejaba lugar a dudas.
Pero para sorpresa de todos, Rorick ni siquiera pestañeó.
—Precisamente eso es lo que están diciendo —informó a los demás.
—Se están olvidando de lo que nos persiguió hasta aquí en un principio —dijo Temberle, pero
Rorick meneaba la cabeza a cada palabra.
—No se están olvidando de nada… y, de todas formas, hemos estado luchando contra los mismos
monstruos en los túneles.
—Desde posiciones defendibles, en un terreno que elegimos nosotros —dijo Hanaleisa, ante lo
cual Rorick se encogió de hombros.
—¿Creéis que podríais encontrar el camino de regreso hasta los túneles que están cerca de
Carradoon? —les preguntó Ivan a Temberle y Hanaleisa.
—No puedes… —comenzó a decir Temberle, pero Hanaleisa lo interrumpió.
—Podemos —dijo ella—. He ido marcando los túneles en varias intersecciones. Estoy segura de
que podemos volver a un lugar próximo al punto de partida.
—Podría ser nuestra mejor opción —dijo Ivan.
—No —dijo Temberle.
—No sabemos si todavía hay algo ahí, muchacho —le recordó Ivan—, pero sí sabemos lo que
nos espera en las montañas, y sé que no viste nada del tamaño de ese maldito dragón en Carradoon, o
ya estarías muerto. Lo que quiero es darte más oportunidades. ¡Y dármelas también a mí! Pero no
conozco otro camino para salir de estos túneles, y por donde vine no se puede escalar. ¡En cualquier
caso, tampoco escalaría por ahí para volver!
Temberle y Hanaleisa se miraron con preocupación, y ambos dirigieron la vista al otro lado de la
sala, iluminada por antorchas, hacia los demacrados refugiados. Se sintieron abrumados por el peso
de la responsabilidad, ya que sus decisiones afectarían a todos los que estaban en aquella cámara,
quizá de manera fatal.
—De todos modos, no os corresponde a vosotros elegir —vociferó instantes más tarde, como si
les estuviera leyendo el pensamiento, aunque lo estaba viendo claramente en la expresión de sus
rostros—. Habéis hecho bien en sacar a esta gente de Carradoon, y me aseguraré de contárselo a
vuestros padres cuando volvamos a Espíritu Elevado. Pero ahora estoy yo aquí, y la última vez que
me molesté en echar un vistazo, vi que tengo un rango superior y más experiencia que vosotros dos
juntos.
»No podemos quedarnos aquí abajo. Tu hermano tiene razón en eso. Si todos fuésemos de la
estirpe de los enanos, nos limitaríamos a ampliar algunos agujeros, a levantar algunos muros, y
llamaríamos hogar a este lugar, y listo. Pero no lo somos. Tenemos que salir de aquí, y no puedo
conduciros al exterior a menos que volvamos por donde vinisteis.
—Pero allí tendremos que luchar —le advirtió Hanaleisa.
—¡Razón de más para ponernos en marcha, entonces! —dijo Ivan con una sonrisa que dejó ver
sus grandes dientes.
Así que volvieron atrás por el mismo camino, y cuando no estaban seguros de si debían ir hacia
la derecha o hacia la izquierda, ya que las marcas de Hanaleisa estaban incompletas o apenas
resultaban legibles, usaban la imaginación y seguían adelante. Y cuando se equivocaban, rehacían el
trecho a paso ligero, siguiendo las bruscas órdenes de Ivan Rebolludo.
A pesar de que gritaba, aportaba un entusiasmo muy necesario, lleno de promesas optimistas. Su
actitud enérgica resultó contagiosa, y el grupo avanzó mucho aquel día. El segundo marchó igual de
bien, salvo por un desvío inusualmente prolongado que casi acabó con Ivan cayendo a un profundo
foso, ya que estaba empeñado en liderar la marcha.
Al tercer día comenzaron a andar más despacio y a hablar más bajo. Aun así siguieron adelante,
ya que no tenían otra elección. Cuando escucharon el eco de los gruñidos de los monstruos
procedentes de túneles lejanos, a pesar de encogerse de miedo ante la perspectiva de tener que
volver a luchar, albergaron la esperanza de que tales sonidos significaran que ya estaban cerca del
final de su tormento en la Antípoda Oscura. Estaban hambrientos y sedientos, ya que apenas habían
comido unos cuantos hongos y algunos peces de las cavernas, y la mayor parte del agua que habían
encontrado era demasiado fétida como para ser potable, pero respiraron hondo y siguieron adelante.
Al torcer la esquina de uno de los pasadizos, en un lugar donde el túnel se abría a una sala más
amplia, divisaron a sus enemigos. No eran monstruos no muertos, sino las reptantes bestias carnosas
que Ivan conocía tan bien y que los avistaron a ellos al mismo tiempo. Ivan Rebolludo, consciente de
que había puesto en peligro a aquellas gentes pobres y desesperadas, incluidos los queridos hijos de
Cadderly, se lanzó rápidamente a la carga. Lo impulsaba la furia, y el empeño por no ser él el
causante del desastre le daba fuerzas renovadas. El enano golpeó al enemigo, que avanzaba hacia
ellos, como una enorme roca contra la corriente. Las bestias reptantes lo rodearon, pero los que
estaban más cerca estallaron bajo el peso de la poderosa hacha de Ivan.
Por su flanco izquierdo, llegaron Temberle y Hanaleisa, lanzando tajos con la espada el uno y una
ráfaga de golpes la otra, y por la derecha aparecieron Pikel y Rorick. Este último intentó lanzar un
conjuro, y cuando falló estrepitosamente, cogió la daga que llevaba al cinto y se alegró de que le
hubieran enseñado a luchar igual que a sus hermanos.
La cachiporra de Pikel no poseía ya ningún brillo mágico, ni encantamiento alguno que añadiera
fuerza a sus golpes, pero, al igual que su hermano, había encontrado un lugar en su interior lleno de
ira, un lugar donde no luchaba sólo por sí mismo, sino por otros que a duras penas podían defenderse
de aquellos enemigos.
—¡Uh, oh! —gritaba una y otra vez, subrayando cada grito con un golpe en la cabeza de una de
las bestias reptantes.
Cierto era que sólo podía golpear con una mano, y que estaba utilizando un arma desprovista de
su encantamiento habitual, pero las bestias reptantes iban cayendo una tras otra, o salían despedidas
hacia atrás, y quedaban agonizando entre espasmos con el cráneo hecho pedazos.
Con aquella proa andante formada por cinco luchadores expertos, los abatidos refugiados
siguieron avanzando mientras hacían retroceder a sus enemigos. Ivan les impedía aminorar la marcha
y cerrar filas, o salir huyendo por donde habían venido, y no con palabras, sino porque no parecía
dispuesto a detenerse o a darse la vuelta. Parecía como si no le importara que los que lo estaban
flanqueando y apoyando pudieran seguirle el ritmo.
Para él aquello no era cuestión de táctica, sino de ira; ira por todo ello: por el dragón y el peligro
que acechaba a los hijos de Cadderly; por la frustración de su hermano, que se sentía abandonado por
su dios; por la inseguridad que había invadido su hogar. Su hacha se movía de izquierda a derecha,
sin siquiera intentar defenderse. Ni un brazo intentando detenerlo ni una criatura saltando sobre él
evitaban que siguiera lanzando tajos a diestro y siniestro. Cercenaba los brazos que lo agarraban, y
más de una criatura saltó sobre él sólo para ganarse un cabezazo o un golpe en la cara con la
empuñadura del hacha. Entonces, mientras la estúpida criatura se desplomaba de forma inevitable,
Ivan la pateaba y le escupía, y finalmente le abría la cabeza en dos con aquella monstruosa arma de
dos filos que empuñaba.
Siguió avanzando sobre el suelo resbaladizo por la sangre y las vísceras, masa gris y trozos de
carne.
Dejó a los demás demasiado atrás, y lo atacaban bestias reptantes desde todos los ángulos,
incluso por la espalda.
Bestias que seguían muriendo alrededor del enano.
Intentaban asirlo y clavarle las garras. Toda parte de Ivan que no estuviese cubierta por la
armadura estaba ensangrentada, y las criaturas morían con mechones de su pelo amarillo entre los
largos dedos. Pero él no aminoró la marcha, y descargaba los golpes incluso con más fuerza y con
más rabia.
Muy pronto, hasta las más estúpidas se dieron cuenta de que debían alejarse de él, de modo que
Ivan podría haber atravesado caminando la sala sin que lo atacaran. Fue entonces, y sólo entonces,
cuando se giró para ayudar a los demás.
La lucha continuó durante largo rato, hasta que los brazos les dolían cada vez que hacían oscilar
las armas, hasta que todos los refugiados se quedaron sin aliento mientras se esforzaban por
continuar luchando. Y continuaron, y las bestias reptantes seguían muriendo una tras otra. Cuando por
fin se acabó, y lo que quedaba del extraño enemigo salió huyendo por los túneles laterales, dejando
la enorme sala llena de sangre y cadáveres, las filas de los refugiados no habían sufrido demasiadas
bajas.
Pero si aquella batalla tenía un final, ninguno de ellos era capaz de verlo.
—¡A Carradoon! —les indicó la indomable Hanaleisa a Ivan y Pikel, alzando la voz para que
todos pudieran oírla, y esperando contra todo pronóstico que su optimismo fingido fuera contagioso.
Ella sabía, al igual que los demás, que la escasez de comida, las constantes batallas, la falta de
luz diurna, el olor a muerte y el llanto por tantas pérdidas habían agotado al grupo. Ivan les había
dado un respiro transitorio. Su tono atrevido, confiado, y su falta de miedo los habían animado
temporalmente.
—¡Tendremos que pelear a cada paso que demos! —se quejó uno de los pescadores, que estaba
sentado sobre una roca, con el rostro lleno de sangre, la suya y la de alguna bestia reptante, y bañado
por las lágrimas—. Me rugen las tripas y me duelen los brazos.
—¡Y no hay nada más que oscura muerte por donde vinimos! —le gritó otro, y comenzó una
nueva discusión.
—Sácanos de aquí —le susurró Hanaleisa a Ivan—. Ahora.
No enterraron a sus muertos bajo montones de pesadas piedras, ni hicieron planes formales con
respecto a los heridos, simplemente ofrecieron sus hombros como soporte y avanzaron a rastras.
Poco después de la batalla se pusieron en marcha, pero parecía que tardaban una eternidad en
avanzar unos pocos centímetros.
—Si hemos de luchar de nuevo, dependerá de vosotros dos que ganemos o perdamos —les
informó Ivan a Temberle y Hanaleisa—. No podemos avanzar demasiado deprisa, es cierto, pero
tampoco podemos luchar más despacio si queremos sobrevivir. Todas las miradas estarán puestas en
vosotros. Encontrad ese lugar en vuestro interior y sacad la fuerza que necesitéis.
Los gemelos se miraron temerosos, pero pronto se mostraron llenos de decisión.

En otra cueva silenciosa que no estaba lejos de aquella en la que los Rebolludo, los hermanos
Bonaduce y el resto de los refugiados se ganaban la victoria a pulso, la oscuridad absoluta se vio
interrumpida por un punto azul brillante, que flotaba a casi dos metros del suelo de piedra. Como si
una mano invisible lo utilizara para dibujar, el punto se movió, cortando la oscuridad con una línea
azul.
Se quedó allí flotando, crepitando con energía mágica durante unos instantes, y después pareció
expandirse, pasando de ser bidimensional a tridimensional al formar una puerta brillante.
Un joven drow salió por ella, al parecer surgiendo de la nada. El guerrero, que llevaba en una
mano una ballesta de mano y en la otra una espada, se deslizó en silencio hacia el interior de la sala,
mirando atentamente de un lado al otro del pasadizo. Después de un rápido reconocimiento de la
zona, se puso frente al portal, se enderezó y envainó la espada.
Al ver la señal, otro elfo oscuro salió al pasadizo. Moviendo los dedos frenéticamente en el
lenguaje silencioso de su raza, le ordenó al explorador que se situara tras la entrada mágica y se
quedara vigilando.
Salieron más drows, asegurando la zona con movimientos metódicos, precisos y disciplinados.
El portal crepitó y su brillo se hizo más intenso. Lo atravesaron más elfos oscuros, entre ellos
Kimmuriel Oblodra, creador de la escisión dimensional psiónica. Un drow que estaba junto a él
comenzó a hablar en la lengua de signos, pero Kimmuriel, dando muestras de gran confianza, lo cogió
por la mano y lo instó a expresarse en susurros.
—¿Estás seguro de ello? —preguntó el drow llamado Mariv.
—Está siguiendo la recomendación y la petición de Jarlaxle —contestó Valas Hune, el segundo
drow que había salido por el portal, que era un explorador de gran renombre—. Así que no, Mariv,
nuestro amigo no está seguro porque sabe que Jarlaxle tampoco lo está. Este último siempre actúa
como si estuviera seguro, por supuesto, pero toda su vida se ha basado en hacer apuestas arriesgadas,
¿no es cierto?
—Me temo que ése es precisamente su encanto —dijo Kimmuriel.
—Y la razón por la que lo seguimos —dijo Mariv, encogiéndose de hombros.
—Lo seguís porque así lo acordasteis, y así lo prometisteis —les recordó Kimmuriel.
Estaba claro que lo incomodaba esa línea de razonamiento, o quizá estaba siendo
condescendiente. Después de todo, tal vez Kimmuriel Oblodra era el único drow lo bastante cercano
a Jarlaxle como para comprender la verdad: era posible que la apariencia de hacer siempre apuestas
arriesgadas fuera la base del encanto de Jarlaxle, pero Kimmuriel sabía que todo era una farsa.
Jarlaxle parecía estar arriesgándose constantemente, pero no solía tomar decisiones de las que no
estuviera seguro. Ésa era la razón por la que el lógico y pragmático Kimmuriel, que nunca se la
jugaba, confiaba en Jarlaxle. No tenía nada que ver con su encanto, sino más bien con que las
promesas de Jarlaxle se cumplían.
—Por supuesto, puedes cambiar de opinión —le dijo por último a Mariv—, pero no te lo
aconsejo.
—A menos que prefiera verte muerto —comentó Valas Hune con una sonrisa maliciosa, y se
alejó para asegurar el perímetro.
—Sé que no estás cómodo con esta misión —le dijo Kimmuriel a Mariv, y tanta empatía
resultaba increíble, casi inexistente, viniendo del insensible y pragmático psiónico drow.
Durante la ausencia de Jarlaxle, cuando la banda había estado dirigida sólo por Kimmuriel,
Mariv había sido seleccionado por él, y había ido ascendiendo en Bregan D’Aerthe. El joven mago
gozaba del favor de Kimmuriel, y estaba entre los tres miembros del tercer rango de la banda
mercenaria, en la que Kimmuriel era el segundo al mando, sin lugar a dudas, y el líder indiscutible
era Jarlaxle. Incluso habiéndose reducido la magia, que actualmente resultaba impredecible, el
ingenioso mago seguía conservando el favor de Kimmuriel, ya que tenía multitud de objetos mágicos
de gran poder y no era ningún principiante con la espada. Estaba bien entrenado, pues se había
graduado en Melee Magthere, la escuela de los guerreros drows, antes de ingresar en Sorcere, la
academia para magos, y seguía teniendo grandes poderes, incluso en una época en la que el Tejido
estaba en decadencia.
A continuación, Kimmuriel se quedó callado, y ordenó con un gesto que se interrumpieran el
resto de las conversaciones mientras esperaba a que el resto de sus fuerzas de asalto cruzaran el
portal y a que finalizaran todos los preparativos. Tan pronto como estuvo todo preparado, todas las
miradas se centraron en él.
—Ya sabéis por qué hemos venido —dijo con voz tranquila a los que lo rodeaban—. Debéis
cumplir las órdenes sin excepción. Atacad con fuerza, tal y como os han ordenado…, y sólo como os
han ordenado.
El psiónico sabía que un número bastante elevado de los guerreros de Bregan D’Aerthe seguían
estando confusos con respecto a su misión, e incluso algunos la rechazaban. No le importaba.
Confiaba en que sus subordinados hicieran lo que les habían ordenado, ya que no hacerlo significaría
enfrentarse a la ira no sólo del mortífero Jarlaxle, sino de Kimmuriel, y nadie torturaba de forma más
exquisita que los psiónicos.
Cuarenta soldados de Bregan D’Aerthe habían penetrado en los túneles que había bajo las
montañas Copo de Nieve, no muy lejos de la destruida ciudad de Carradoon. Comenzaron a salir en
silencio, metódicos y mortíferos.
LA TERRIBLE VERDAD

El grito de triunfo tuvo un comienzo vacilante, entre un mar de miradas indecisas y escépticas. Y es
que cuantos estaban en el exterior de Espíritu Elevado, los enanos que se encontraban en tierra, y los
magos y sacerdotes que luchaban desde los balcones y los tejados, tan sólo vieron aquella única
imagen del gran dracolich desapareciendo ante sus sorprendidos ojos, aparentemente
desvaneciéndose en la nada bajo la brillante luz del sol que había conjurado Cadderly.
Podían estar seguros de que se había ido, y el asalto de sus esbirros también había acabado con
la desaparición del gran dragón. Los magos ni siquiera se molestaron en disparar proyectiles
mágicos a las hordas que comenzaban a retirarse, ya que estaban totalmente concentrados en el lugar
vacío donde antes había estado el dracolich.
A continuación, aquel grito triunfal se convirtió en un coro de voces aliviadas. Se dirigieron entre
aplausos, silbidos y gritos de alegría hacía el lugar donde la bestia había abandonado el campo,
como si la gravedad la hubiera arrastrado.
Las aclamaciones cobraron mayor fuerza, así como los gritos de alegría y esperanza. Los magos
proclamaron que el mismo Tejido quedaría reparado. Los sacerdotes gritaron, llenos de alegría, que
podrían hablar de nuevo con sus dioses. Los vítores dirigidos a Cadderly atravesaron las paredes;
algunos lo proclamaban un dios, una deidad que podía hacer que el mismo sol descendiera sobre sus
enemigos.
—¡Temed todos a Cadderly!
Pero esto sólo ocurría en el exterior de Espíritu Elevado. Aquella euforia la sentían todos los que
no podían oír los gritos de Catti-brie.
Drizzt adelantó a Cadderly, a Danica e incluso a Bruenor con las tobilleras mágicas que le
conferían mayor velocidad, a pesar de lo desesperado que estaba el rey enano por llegar hasta su
hija. El drow atravesó los pasadizos con dificultad, saltó por encima de una barandilla, aterrizando
en el quinto escalón de una escalera que subía, y corrió hasta el tercer piso, subiendo los escalones
de tres en tres. Para no tener que aminorar la marcha al torcer en las esquinas de los pasadizos
secundarios, se golpeaba contra las paredes, y cuando llegó hasta su puerta, con el parche del ojo de
Jarlaxle en la mano, aparte de su cimitarra increíblemente equilibrada, la abrió con un golpe de
hombro.
Jarlaxle lo estaba esperando, aunque Drizzt no fue capaz de adivinar cómo había conseguido el
mercenario llegar antes que él a la habitación, y tampoco tenía tiempo para preguntárselo.
Catti-brie estaba acurrucada contra la pared del fondo y, aunque ya no gritaba, temblaba de puro
miedo. Se cubría la cara con los brazos levantados, y pudo ver entre ellos que tenía los ojos
increíblemente abiertos.
Fue hacia ella de un salto, pero Jarlaxle lo detuvo tirando de él hacia atrás.
—¡El parche! —le advirtió.
Drizzt tuvo el suficiente sentido común como para detenerse un momento y ponerse el parche
mágico, dejando caer a Muerte de Hielo al suelo al mismo tiempo. Fue hacia su amada y la envolvió
en un gran abrazo, tratando de calmarla.
Catti-brie no parecía menos asustada cuando los otros tres llegaron instantes después.
—¿De qué se trata? —preguntó Bruenor a Cadderly y Jarlaxle.
Jarlaxle tenía sus sospechas, y comenzó a responder, pero se interrumpió y meneó la cabeza.
Realmente, ni él ni Cadderly tenían pruebas tangibles, y todos dirigieron la vista hacia Drizzt, que
tenía el ojo —el que no estaba cubierto por el parche— como el de su mujer, desmesuradamente
abierto por el miedo.

No habían destruido al Rey Fantasma, al menos eso resultaba obvio para Drizzt mientras abrazaba
fuertemente a Catti-brie y se deslizaba hacia el interior del foso de desesperación en el que estaba
aprisionada Sus ojos se posaron sobre aquel mundo extraño. Permaneció brevemente en una sombra
grisácea del mundo que lo rodeaba, en un terreno montañoso que era una imitación de las montañas
Copo de Nieve en el Páramo Sombrío.
El Rey Fantasma estaba allí.
En la planicie que se extendía frente a Catti-brie, el dracolich se revolvía y rugía de forma
desafiante y dolorida. Sus huesos parecían más blancos, y su piel, en los puntos donde las escamas
habían caído, presentaba un color rojo intenso, moteado con enormes ampollas. La bestia, que había
recibido quemaduras de la luz sagrada, parecía estar fuera de sí a causa del dolor y la furia, y a pesar
de que acababa de enfrentarse a él en la batalla, Drizzt no se podía imaginar lo que sería enfrentarse
a él en ese momento tan horrible.
Cadderly había herido profundamente a la bestia, pero Drizzt pudo ver con facilidad que las
heridas no eran mortales. De hecho, ya parecía estar curándose, y precisamente eso era lo más
aterrador de todo.
La bestia se encabritó, mostrándose en toda su diabólica gloria, y comenzó a girar, cada vez más
deprisa, mientras de su cuerpo en movimiento surgían sombras que eran como brazos demoníacos de
oscuridad. Éstos se extendieron por la planicie, atrapando a las bestias reptantes que se arrastraban
por doquier, las cuales emitían un único grito antes de morir.
Drizzt jamás había presenciado nada igual, y se concentró únicamente en una pequeña parte de
aquel espectáculo. Por el bien de su salud mental debía mantener una distancia emocional con
respecto al enlace, que era Catti-brie.
El Rey Fantasma estaba extrayendo energía vital de cualquier cosa que estuviera a su alcance; les
robaba la fuerza vital a las bestias reptantes y utilizaba esa energía para curar sus enormes heridas.
Drizzt sabía que el monstruo pronto estaría completamente recuperado, y entonces, el Rey
Fantasma regresaría a Espíritu Elevado.
Haciendo un gran esfuerzo, y con enormes dosis de remordimiento, el drow se apartó de su
amada esposa. No podía consolarla. Ella ni siquiera era capaz de sentir su abrazo ni de oír sus
dulces palabras.
Debía volver con sus compañeros y advertirles. Finalmente, consiguió soltarla, para a
continuación romper el vínculo mental con ella. El esfuerzo lo dejó tan agotado que se desplomó
sobre el suelo de la habitación.
Notó que unas manos fuertes lo sostenían y lo incorporaban mientras lo conducían hasta el borde
de la cama para que se sentara.
Drizzt abrió los ojos y retiró el parche.
—¡Bah! ¿Le ha dado otro de sus ataques? —preguntó Athrogate, que acababa de llegar a la puerta
junto con Thibbledorf Pwent.
—No —contestó Cadderly, que estaba con la vista fija en Drizzt.
Todas las miradas se posaron en el sacerdote, y algunos, especialmente Danica, dejaron escapar
un grito ahogado, sorprendidos al verlo.
Ya no era joven.
Durante años, a los que visitaban por primera vez Espíritu Elevado les costaba bastante aceptar
el aspecto de Cadderly Bonaduce, el sacerdote consumado y venerable, cuyas increíbles hazañas
abarcaban décadas y que parecía tan joven como sus hijos. Pero aquella juventud se había disipado
ante las miradas incrédulas de los tres enanos, los dos drows y su propia esposa.
Cadderly parecía tener al menos unos cincuenta años, si no más. Tenía la piel flácida, los
hombros algo cargados, y sus músculos comenzaron a mermar a ojos vista ante la mirada atónita de
los demás. Parecía más viejo que Danica, más viejo de lo que realmente era, más cerca de los
sesenta que de los cincuenta.
—Cadderly —dijo Danica con voz ahogada.
El sacerdote consiguió esbozar una sonrisa y alzó la mano para acallar las voces de todos.
Pareció estabilizarse, y finalmente, adoptó la apariencia de un hombre de unos cincuenta años,
una edad no muy superior a la real.
—Humanos —gruñó Athrogate.
—La magia de la catedral —dijo Jarlaxle—, de la catedral herida.
—¿Qué es lo que sabes? —le espetó Danica al mercenario drow.
—La verdad —dijo Cadderly, y Danica se volvió hacia él, se acercó, y éste le permitió abrazarlo
—. Mi juventud, mi salud…, están contenidos entre los muros de Espíritu Elevado —les explicó—.
La bestia la ha herido. ¡Nos ha herido a todos! —rió, impotente—, y es seguro que me ha herido a mí.
—La arreglaremos —dijo Danica sin aliento. Pero Cadderly meneó la cabeza.
—No se puede hacer con maderas, clavos y piedra —dijo.
—Entonces, Deneir te ayudará a arreglarla —dijo Jarlaxle, atrayendo hacia sí miradas
desconfiadas ante su inesperada compasión.
Cadderly comenzó a menear la cabeza; a continuación, miró al drow y asintió, ya que no era el
momento de mostrarse pesimistas.
—Pero antes debemos prepararnos para el regreso del Rey Fantasma —comentó Jarlaxle, e hizo
que los demás dirigieran la vista hacia Drizzt Do’Urden, que estaba sentado en la cama mientras
miraba, apesadumbrado, a Catti-brie.
—¿Qué es lo que ella ve, elfo? —preguntó Athrogate—. ¿Qué es lo que recuerda esta vez?
—No es un recuerdo —susurró Drizzt, que apenas podía articular palabra—. Está encogida de
miedo ante la furia del Rey Fantasma.
—En el Páramo Sombrío —dedujo Cadderly, y Drizzt asintió.
—Está ahí, con toda su furia desatada, curando sus heridas —dijo el drow, que parecía muy
apenado, indefenso ante la visión de su esposa perdida y aterrorizada… No podía llegar hasta ella ni
ayudarla. Tan sólo podía mirarla y rezar para que Catti-brie encontrase el modo de salir de la
oscuridad.
Durante un breve instante, a Drizzt Do’Urden le dio por pensar que quizá su mujer estuviera
mejor muerta, ya que parecía que su tormento no tenía fin. Se retrotrajo a aquella tranquila mañana de
camino hacia Luna Plateada, cuando, a pesar de los problemas con las formas que reviste la magia,
todo parecía ir mejor que nunca en su mundo, junto a la mujer a la que amaba. Habían pasado tan
sólo diez días desde que aquella hebra mágica suelta había descendido sobre Catti-brie y se la había
arrebatado a Drizzt, pero a él, sentado en aquella cama, tan cerca y a la vez tan lejos de su esposa, le
parecía que había pasado una eternidad.
Cuando miró a sus compañeros, se dio cuenta de que todo aquel dolor y confusión se veían en la
expresión de su rostro. Bruenor estaba en la puerta, temblando de ira, mientras las lágrimas
empapaban sus mejillas peludas, y con los puños tan cerrados que podría haber roto piedras tan sólo
con apretarlas. Estudió a Danica, que estaba igual de preocupada por el dilema de su propio esposo,
pero aun así se molestaba en echar miradas de soslayo a Cadderly, que estaba a su lado, y a Drizzt,
mostrando el mismo miedo y simpatía por ambos.
Jarlaxle le apoyó a Drizzt la mano en el hombro.
—Si hay algún modo de traerla de vuelta, lo encontraremos —le prometió, y Drizzt sabía que
hablaba muy en serio.
Cuando el elfo dirigió la mirada hacia Bruenor, vio que el enano se había dado cuenta de que
Jarlaxle estaba siendo sincero.
Pero ambos también sabían que no serviría de nada.
—Se está curando, y volverá —dijo Cadderly—. Debemos preparamos lo más rápidamente
posible.
—¿Con qué propósito? —preguntó una voz desde el pasillo, y todos se giraron para ver a
Ginance y a los demás, que estaban allí de píe. El que había hablado era un mago que tenía un brazo
pegado al cuerpo, ya que la manga de su túnica había quedado hecha jirones y éste se había
marchitado, quedando reducido a piel seca y huesos. Uno de los barridos de cola del dracolich lo
había alcanzado en ese punto.
—Si volvemos a derrotarlo, ¿acaso no regresará al lugar del que habláis para curarse? —
preguntó Ginance.
Cadderly hizo una mueca ante la pregunta aplastante que había formulado aquella ayudante de
natural normalmente tan optimista.
Todos comprendieron el significado de la mueca de Cadderly, Drizzt especialmente, ya que la
verdad sin tapujos contenida en el comentario de Ginance era innegable. ¿Cómo podían vencer a una
bestia que podía retirarse tan rápidamente y curarse con tanta facilidad, tal y como Drizzt había visto
al abrazar a Catti-brie?
—Encontraremos el modo —prometió Cadderly—. Enfrente de Espíritu Elevado, en la vieja
estructura que correspondía a la Biblioteca Edificante, luchamos contra un vampiro. Aquella criatura
también podía escapar del campo de batalla si ésta le era desfavorable. Pero encontramos el modo.
—¡Sí, tus enanos metieron a esa cosa gaseosa dentro de un fuelle! —aulló Thibbledorf Pwent,
que había obligado a Ivan Rebolludo a contarle la historia una y otra vez en la época que éste y Pikel
habían pasado en Mithril Hall—. ¡Y lo echaron a un arroyo bajo la luz del sol!
—¿Qué estás diciendo? —inquirió Athrogate, intrigado e impresionado—. ¿Es cierto eso?
—Lo es —confirmó Cadderly, y le guiñó el ojo al resto de la pandilla, que se alegró de tener
aquel alegre respiro.
—¡Buajajá! —rugió Athrogate—. ¡Estoy pensando que necesitamos una canción para eso! Sin
embargo, las expresiones de quienes los rodeaban, sobre todo de los que estaban en el pasillo, no
cambiaron demasiado, ya que la gravedad de la situación pronto les estropeó el respiro.
—Debemos prepararnos —volvió a decir Cadderly cuando se hizo un silencio incómodo.
—O deberíamos abandonar este lugar rápidamente —dijo el mago del brazo marchito—.
Deberíamos dirigirnos a toda prisa hacia Puerta de Baldur, o a alguna otra gran ciudad a la que la
bestia no se atreva a acercarse.
—¡En la que un ejército de arqueros la matará antes de que pueda valerse de su inteligente
retirada! —resonó otra voz al otro lado de la puerta de la habitación.
Drizzt observó a Cadderly mientras ocurría todo aquello, a medida que las voces a favor de la
retirada elevaban el tono y se volvían cada vez más insistentes, y comprendió el torbellino interior
del sacerdote. Cadderly no podía estar en desacuerdo con la lógica de una rápida retirada y huir
lejos de aquel lugar aparentemente condenado.
Pero no podía irse. El daño que Espíritu Elevado sufriera se manifestaría en su cuerpo. Además,
Cadderly y Danica no podían alejarse mucho, ya que sus hijos todavía estaban desaparecidos y
podrían estar ahí fuera, o en Carradoon.
Drizzt miró a Bruenor en busca de consejo.
—Yo no me voy —dijo sin dudarlo el rey enano, imponiéndose al resto de los allí reunidos—.
Que vuelva esa bestia, que la haremos pedazos.
—Eso es una estupidez… —comenzó a argumentar el mago del brazo marchito.
Pero la expresión en el rostro de Bruenor terminó con el debate antes siquiera de que hubiera
comenzado, e hizo palidecer al hombre como si estuviera ante el mismísimo dracolich.
—Yo no me voy —volvió a decir Bruenor—, a menos que sea para ir en busca de los hijos de
Cadderly, o de mi amigo perdido, Pikel, que permaneció conmigo y con mi pueblo en los momentos
más duros. Ha perdido a su hermano, según me ha dicho lady Danica, pero no va a perder a sus
amigos de Mithril Hall.
—Entonces, moriréis —se atrevió a decir alguien desde el pasillo.
—Todos moriremos —replicó Bruenor—. Algunos ya están muertos, aunque no lo sepan. Y es
que cuando echas a correr y dejas a tus amigos atrás, te aseguro que estás muerto.
Alguien comenzó a rebatirlo, pero Cadderly exclamó:
—¡Ahora no es el momento! —Era tan raro ver al sacerdote elevar la voz de aquella manera que
todas las conversaciones se interrumpieron—. Evaluad los daños —les ordenó a todos—, contad a
los heridos…
—Y a los muertos —añadió entre dientes el mago del brazo marchito.
—Y a los muertos —concedió Cadderly—. Id y aprended, pensad, y que sea deprisa. —Miró a
Drizzt y le preguntó—: ¿Cuánto tiempo tenemos?
Pero el drow simplemente se encogió de hombros.
—Deprisa —volvió a decir Cadderly—. Y los que quieran irse que organicen sus carretas lo más
rápidamente posible. No sería bueno que el regreso del Rey Fantasma los pillara en la carretera.

Con su sombrero gigante en la mano, Jarlaxle entró en las dependencias privadas de Cadderly y
Danica, que estaban sentados frente al escritorio del sacerdote mientras observaban cada paso que
daba.
—Me sorprendes —lo saludó Cadderly.
—Tú sorprendes a todos los que te rodean con esa nueva magia que has encontrado —contestó
Jarlaxle, y cogió la silla que Danica le había indicado, junto a ella y frente a Cadderly.
—No —dijo Cadderly—. No he encontrado ninguna magia nueva, sino que ella me ha
encontrado. Ni siquiera soy capaz de explicarla, así que ¿cómo voy a reclamar su posesión? No sé de
dónde viene, o si estará ahí cuando la necesite en la próxima crisis.
—Esperemos que sí —dijo Jarlaxle.
En el exterior de la ventana meridional se oyó un alboroto de caballos relinchando y hombres
dando órdenes.
—Se están marchando todos —dijo Jarlaxle—, incluso tu amiga Ginance.
—Le dije que se fuera —dijo Cadderly—. Ésta no es su lucha.
—Tú también huirías, si pudieras —dedujo Jarlaxle por el modo en que lo había dicho.
Con un fuerte suspiro, Cadderly se puso de pie y fue hasta la ventana para observar lo que estaba
sucediendo en el patio.
—Esta batalla ha confirmado un antiguo miedo —explicó—. Cuando construí Espíritu Elevado,
tejiendo la magia que Deneir permitió que fluyera a través de esta carcasa meramente mortal, me
envejecí. A medida que la catedral se iba completando, me convertí en un hombre anciano.
—Ya nos habíamos dicho adiós —añadió Danica.
—Pensé que había llegado al final de mi vida, y estaba dispuesto a aceptarlo, ya que había
cumplido mis obligaciones para con mi dios. —Hizo una pausa y miró a Jarlaxle con curiosidad—.
¿Eres religioso? —preguntó.
—La única deidad a la que conocí mientras crecía es la única a la que hubiera preferido no
conocer —contestó el drow.
—Has visto mucho mundo —dijo Cadderly.
—No —contestó Jarlaxle—. No sigo a ningún dios en particular. Pensé en entrevistarlos
primero, para ver qué paraíso me ofrecerían cuando por fin deje esta vida.
Danica frunció el rostro al oír aquello, pero Cadderly logró reírse.
—Típica ocurrencia de Jarlaxle.
—Eso es porque no me parece una cuestión seria.
—¿No? —preguntó Cadderly con un gesto exagerado de sorpresa—. ¿Qué podría ser más serio
que descubrir lo que albergas en tu corazón?
—Sé lo que albergo en mi corazón. Quizá es que sencillamente no tengo ganas de encontrarle un
nombre.
Cadderly volvió a reír.
—Mentiría si te dijera que no lo comprendo.
—Y yo mentiría si me molestara en rebatir tu ignorancia, o sería un estúpido.
—Jarlaxle no es ningún estúpido —intervino Danica—, pero me reservaré mi opinión acerca de
lo anterior.
—Me hieres en lo más hondo, lady Danica —dijo el drow sonriendo ampliamente, con lo que
Danica no pudo evitar sonreír también.
—¿Por qué no te has ido? —preguntó Cadderly sin tapujos.
Jarlaxle sabía que esa pregunta era la razón por la cual la pareja lo había invitado a unirse a
ellos.
—La carretera está despejada y nuestra situación es casi desesperada, pero te quedas.
—Jovencito…
—No tan joven —lo corrigió Cadderly.
—De acuerdo con mis estándares, serás joven cuando hayas cumplido más de cien años, y tras
haberte pasado otro siglo pudriéndote en la tierra —dijo Jarlaxle—, pero hablemos de lo que
importa: no tengo ningún lugar al que huir en el que ese Rey Fantasma no vaya a encontrarme. Me
encontró en el norte, a las afueras de Mirabar. Y sabía que te encontraría con la misma facilidad con
que me encontró a mí.
—¿Y Artemis Entreri? —preguntó Danica, a lo que Jarlaxle se encogió de hombros.
—Hace muchos años que no hablo con él.
—Así que viniste aquí esperando hallar una respuesta a tu dilema —dijo Cadderly.
El drow volvió a encogerse de hombros.
—O para trabajar codo con codo y encontrar una solución a nuestro problema común —
respondió—. Y vine con poderosos aliados para nuestra causa.
—¿Y no te sientes culpable al haber involucrado a Drizzt, Bruenor, Catti-brie y esa cosa, Pwent,
en una lucha tan desesperada? —preguntó Danica—. ¿Los conducirías a una muerte casi segura?
—Se ve que tengo más fe en nosotros que la que tú tienes, señora —bromeó Jarlaxle, y se volvió
hacia Cadderly—. Fui totalmente honrado cuando les propuse a Bruenor y Drizzt que harían bien en
traer a Catti-brie a este lugar, ya que sabía que muchas de las mentes más aventajadas de nuestro
tiempo, sin duda, habrían venido a Espíritu Elevado en busca de respuestas… ¿Qué podría
proporcionarnos más información acerca de la situación en que nos encontramos inmersos que el mal
que aqueja a Catti-brie? Creo que todo está conectado, incluso lo que respecta al Rey Fantasma,
máxime cuando Drizzt nos acaba de decir que ella está viendo a la bestia en ese otro mundo en el que
su mente está atrapada.
—Están conectados —coincidió Cadderly, hablando antes de que Danica pudiera responder—.
Ambas son manifestaciones de la misma catástrofe.
—Podemos encontrar pistas acerca de una en la otra —dijo Jarlaxle—. ¡Ya lo hemos hecho!
Gracias a tu dios que Catti-brie está aquí, así hemos podido averiguar la verdad acerca de la derrota
del Rey Fantasma, y saber que la bestia volverá.
—Si pudiera encontrar a mi dios, le daría las gracias —respondió Cadderly, secamente—. Pero
tienes razón, por supuesto. Así que, ahora que lo sabemos, Jarlaxle, la bestia volverá entera,
enfadada y con más conocimientos que en la anterior batalla. ¿Pretendes quedarte a luchar
nuevamente con ella?
—Es el rumbo que mayores posibilidades me da de sobrevivir, espero, así que sí, buen señor
Cadderly; con tu permiso, a mí y a mi compañero enano nos gustaría librar a tu lado la próxima
batalla.
—Concedido —dijo Danica, interrumpiendo a Cadderly, y cuando lo miró le dedicó una sonrisa
de agradecimiento—. Pero ¿tienes alguna idea? Dicen que eres bastante listo.
—¿Así que no has visto lo suficiente de mí como para juzgar tú misma? —le dijo, y con unos
golpecitos en el pecho, le dio a entender que lo había herido en lo más hondo.
—Pues la verdad es que no —respondió.
Jarlaxle estalló en carcajadas durante unos breves instantes.
—Debemos matarlo deprisa, eso seguro —dijo—. No veo la manera de impedir que utilice su
habilidad de caminar entre mundos, por lo que debemos derrotarlo de forma brusca y definitiva.
—Le dimos con todas las magias que pude conjurar —dijo Cadderly—. Tan sólo espero poder
volver a realizar algunos de esos conjuros… No creo que haya poderes más potentes a los que pueda
acceder.
—Hay otros modos —dijo Jarlaxle, y señaló con la cabeza hacia la ballesta de mano de
Cadderly y su bandolera.
—La disparé varias veces —le recordó Cadderly.
—Y cien abejas podrían picarle a un hombre sin obtener demasiados resultados —respondió el
drow—. Pero estuve en un desierto donde había abejas del tamaño de un hombre. Créeme cuando te
digo que no querrías saber lo que se siente cuando te pica una de ésas.
—¿A qué te refieres? —preguntó Danica.
—Mi compañero, Athrogate, es muy inteligente, y el rey Bruenor aun más —respondió Jarlaxle.
—¡Ojalá Ivan Rebolludo estuviera aún con nosotros! —dijo Cadderly, como si expresara un
deseo esperanzado, más que un lamento.
—¿Armas de asedio? ¿Una balista? —preguntó Danica, y Jarlaxle volvió a encogerse de
hombros.
—Drizzt, Bruenor y su Revientabuches también se quedan —informó el drow a Cadderly, y se
levantó de la silla—. Ginance y algunos otros se ofrecieron a llevarse a Catti-brie, pero Drizzt se
negó. —Miró al sacerdote a los ojos al mismo tiempo que añadía—: No tienen pensado perder.
—Deberían haber permitido que Catti-brie se marchara —dijo Danica.
—No —respondió Cadderly, y cuando ambos posaron la vista en él, lo vieron mirando por la
ventana. Danica se dio cuenta de que, de repente, estaba sumido en sus pensamientos—. La
necesitamos —dijo en un tono de voz que indicaba que creía en lo que decía, aunque no sabía con
certeza por qué.

—¿En qué piensas, elfo? —inquirió Bruenor.


El rey enano se puso detrás de Drizzt, que estaba de pie en un balcón que daba al patio de
Espíritu Elevado, mirando atentamente hacia el bosque, que el dracolich había destrozado a su paso.
Drizzt se dio la vuelta para mirarlo y lo saludó con un gesto de la cabeza, pero no le dio ninguna
otra respuesta; simplemente miró hacia el horizonte.
—¡Ah, mi hija! —Bruenor susurró, poniéndose a su lado. ¿Cómo podría Drizzt estar pensando en
otra cosa que no fuera ella?—. Crees que la hemos perdido.
Drizzt siguió sin decir nada.
—Debería abofetearte por perder la fe en ella, elfo —dijo Bruenor.
El drow volvió a mirarlo, y se encogió bajo aquella mirada sincera, ya que la tremenda confianza
del enano había hecho que se desinflara su bravuconería.
—Entonces, ¿por qué nos quedamos? —logró preguntar Bruenor, y ese desafío abrió un último
hueco en el irresistible razonamiento del drow. Drizzt parecía confuso.
—Si no es para traer de vuelta a mi hija, ¿para qué estamos aquí? —explicó Bruenor.
—¿Acaso tú abandonarías a un amigo en un momento de necesidad?
—Entonces, ¿por qué la seguimos teniendo aquí? —prosiguió Bruenor—. ¿Por qué no la metemos
en una de esas carretas que se están alejando para que la lleven a un lugar seguro?
—La mitad de ellos no lograrán salir vivos del bosque.
—¡Bah! ¡Eso no es en lo que estás pensando! —lo regañó Bruenor—. Estás pensando en que
encontraremos la manera. Que cuando matemos a ese dragón, también encontraremos la manera de
traer de vuelta a mi hija. No me mientas elfo, eso es exactamente lo que estás pensando.
—Es lo que espero —admitió Drizzt—, no lo que pienso. No es lo mismo. Tengo esperanzas en
contra de lo que me dice la razón.
—No será para tanto, o no la tendrías aquí, en el lugar donde es probable que muramos.
—¿Acaso hay algún lugar seguro en este mundo? —preguntó Drizzt—. Y hay algo más: cuando el
dracolich comenzó a cambiar al otro plano, Guenhwyvar salió huyendo.
—Si ese gato fuera más listo, habría salido corriendo antes —dijo Bruenor.
—Guenhwyvar no teme a ninguna batalla, pero comprende el dilema que se crea cuando dos
dimensiones se juntan. ¿Recuerdas cuando la torre de cristal del Valle del Viento Helado se
derrumbó?
—Sí —dijo Bruenor, y se puso algo tenso—. Y Panza Redonda cabalgó sobre el maldito gato
hasta su casa.
—¿Recuerdas el palacio del pachá Pook en Calimport?
—Sí, una marabunta de gatos que seguía a Guenhwyvar desde su lugar de procedencia. ¿En qué
piensas, elfo? ¿En que tu gato podría llevarte hasta mi hija en el otro plano, y traeros de vuelta a los
dos?
—No lo sé —admitió Drizzt.
—Pero ¿crees que habrá alguna manera? —preguntó Bruenor con el tono más esperanzado que
Drizzt había oído jamás a su amigo enano.
Miró fijamente a Bruenor mientras sonreía.
—¿Acaso no hay siempre alguna manera?
Bruenor consiguió hacer un gesto de asentimiento, y mientras Drizzt volvía la mirada hacia lo que
había al otro lado del balcón, él se quedó mirando los árboles.
—¿Qué están haciendo? —preguntó Drizzt instantes después, cuando Thibbledorf Pwent y
Athrogate salieron del bosque llevando un pesado tronco a hombros.
—Si pretendemos quedarnos y luchar, entonces tenemos que estar decididos a ganar —dijo
Bruenor.
—Pero ¿qué es exactamente lo que están haciendo? —preguntó Drizzt.
—Tengo miedo de preguntárselo —admitió Bruenor, y ambos compartieron unas risitas
momentáneas que les vinieron muy bien.
—¿Vas a volver a sacar al maldito gato en esta batalla? —preguntó Bruenor.
—Tengo miedo de hacerlo. Lo que une estos mundos, al igual que lo que une la vida y la muerte,
es demasiado impredecible. No querría perder a Guen igual que he perdido…
Su voz se desvaneció, pero no tenía necesidad de terminar la frase para que Bruenor lo
comprendiera.
—El mundo se ha vuelto loco —dijo el enano.
—Quizá siempre lo estuvo.
—No, no empieces a hablar así —lo reconvino Bruenor—. Hemos tenido muchos buenos años y
hemos tomado parte en muchas buenas acciones, y lo sabes.
—Incluso hicimos las paces con los orcos —dijo Drizzt, y Bruenor apretó la mandíbula y dejó
escapar un pequeño gruñido.
—Eres todo un consuelo en los malos momentos, elfo —masculló.
Drizzt sonrió todavía más, se enderezó y se desperezó.
—Vamos a quedarnos y luchar, amigo mío. Y otra cosa que vamos a hacer…
Es ganar —dijo Bruenor—. Puede ser que consigamos hacer volver a mi hija, o puede ser que no,
pero pretendo volverme loco un rato.
Le dio un puñetazo en el hombro a Drizzt.
—¿Estás listo para matar un dragón para nosotros, elfo?
Drizzt no contestó, pero la mirada que le dirigió, con ese fuego brillando en las pupilas violetas
que el rey enano había visto tantas veces, hizo que Bruenor casi compadeciera al dracolich.
Abajo en el patio, Pwent, que iba delante, tropezó, y los dos enanos cayeron uno encima del otro
con su pesada carga.
—Si esos dos no nos matan antes con sus preparativos, ese dragón no va a volver a su escondite
—afirmó Bruenor—. Y si lo hace, ¡pretendo encontrar una manera de perseguirlo hasta allí y acabar
con él de una vez por todas!
Drizzt asintió, y aunque estaba más que preparado para la batalla, se quedó algo intrigado ante
aquella última declaración. Se llevó la mano a la bolsa que colgaba del cinto, donde guardaba a
Guenhwyvar, y se quedó pensando.
Después de todo, había viajado por los planos con el felino.
—¿En qué piensas, elfo? —preguntó Bruenor.
Drizzt le dirigió otra vez esa mirada, tan llena de decisión y de ira contenida.
Bruenor asintió y sonrió, igual de decidido y de enfadado.

—¿Hay alguna manera de aprender? —le preguntó Danica a Cadderly. Cadderly movió la cabeza,
pesaroso—. Lo he intentado. Le he preguntado a Deneir o a cualquier conciencia que me sea posible
encontrar.
—Ya no puedo seguir haciendo esto —admitió Danica.
La mujer se desplomó sobre la silla y se cubrió la cara con las manos. Cadderly acudió junto a
ella en un segundo para abrazarla, pero tenía poco que ofrecer, ya que estaba igual de atormentado
que ella.
Sus hijos estaban ahí fuera, en algún lugar; quizá seguían vivos, pero lo más probable era que
hubieran muerto.
—Tengo que volver a salir —dijo Danica, incorporándose y respirando profundamente, para
calmarse—. Tengo que volver a Carradoon.
—Ya lo intentaste, y casi mueres —le recordó Cadderly—. El bosque no es menos…
—¡Ya lo sé! —le espetó Danica—. Lo sé y me da igual. No puedo seguir aquí esperando.
—¡Yo no puedo ir! —gritó Cadderly.
—Lo sé —dijo Danica con suavidad y ternura; después alargó la mano y le pasó los dedos por la
mejilla—. Estás atado a este lugar, lo sé. No puedes marcharte, porque si cae, tú también caerás, y
nuestros enemigos ganarán. Pero yo me he recuperado de mis heridas y he alejado a la bestia por
ahora. —Cadderly iba a interrumpirla, pero Danica lo hizo callar, poniéndole un dedo sobre los
labios—. Lo sé, amor mío —dijo—. El Rey Fantasma volverá y atacará Espíritu Elevado una vez
más. Soy consciente. Y es una batalla que ansío, ya que veré a esa criatura destruida, pero…
—Pero nuestros hijos están ahí fuera —fue Cadderly quien terminó la frase—. Están vivos. ¡Lo
sé! Si alguno de ellos hubiera caído, Espíritu Elevado hubiera notado la pérdida.
Danica lo miró con curiosidad.
—Son parte de mí, igual que este lugar —intentó explicarle Cadderly—. Estoy seguro de que
están vivos.
Danica se relajó ligeramente y miró a su esposo. Comprendía que se sintiera confiado, pero sabía
también que aquella confianza se basaba más en la necesidad de creer que sus hijos estaban vivos y
en buen estado que en algo sustancial.
—No puedes quedarte aquí —dijo Cadderly, tomándola por sorpresa, y ella se irguió con los
ojos muy abiertos.
—Estás a punto de librar la batalla más desesperada de tu vida, ¿y quieres que me vaya?
—Si el Rey Fantasma vuelve y hemos de derrotarlo… —Cadderly hizo una pausa, casi
avergonzado.
—Será gracias al poder de Cadderly, y no gracias a los puños de Danica —dedujo.
Cadderly se encogió de hombros.
—Somos un buen equipo, los siete, cada uno armado con sus propios métodos de lucha para
hacer frente al Rey Fantasma.
—Pero yo la que menos —dijo la mujer. Alzó sus manos vacías—. Mis armas son menos
eficaces que el hacha de Bruenor, y no tengo trucos como los de Jarlaxle.
—No hay nadie a quien me gustaría más tener a mí lado en la batalla que a ti —dijo Cadderly—.
Pero en realidad no hay nadie en todo el mundo que sea capaz de evitar a los monstruos del bosque y
encontrar a nuestros hijos mejor que tú. Y si no los tenemos, entonces…
—Entonces, ¿qué sentido tiene? —terminó Danica, que se indinó y lo besó apasionadamente.
—Están vivos —dijo Cadderly.
—Y yo voy a encontrarlos —le susurró Danica.
Salió de Espíritu Elevado al cabo de una hora, moviéndose entre los árboles que bordeaban la
carretera que conducía a Carradoon, invisible y silenciosa en la oscuridad de la noche.
EL AMANECER

—¿Por qué no estamos luchando? —le susurró Temberle a Ivan. Incluso los susurros parecían hacer
eco en el silencio sepulcral de los túneles.
—No tengo ni idea —le respondió Ivan a Temberle y al resto de los refugiados que quedaban en
el grupo, que eran menos de veinte—. Espero que sea cosa de tu padre.
—¡Bum! —dijo Pikel esperanzado, y en voz alta, provocando gritos ahogados entre los demás—.
¡Ups! —se disculpó el enano de barba verde, tapándose la mano con la boca.
—O quizá nos estén tendiendo una trampa —intervino Hanaleisa.
Ivan asintió al oírla, ya que había estado a punto de hacer la misma observación.
—Quizá hayan aprendido tras la masacre.
—¿Qué debemos hacer, entonces? —preguntó Rorick.
Cuando miró a su hermano pequeño, Hanaleisa vio que estaba muy asustado, y le puso una mano
en el hombro para tranquilizarlo.
—Sigamos. ¿Qué otra opción tenemos? —dijo Ivan, y alzó la voz a propósito—. Si están
escondidos esperándonos, entonces los mataremos y pasaremos por encima de sus cadáveres
putrefactos.
Ivan palmeó su hacha ensangrentada con la mano abierta y asintió decidido, para después alejarse
pisando con fuerza.
—¡Uh, oh! Pikel se mostró de acuerdo, y se ajustó la olla que le servía de casco, para a
continuación seguirlo con algo de dificultad.
No muy lejos de aquel lugar, la banda sitiada entró en una estancia en la que se encontró con otro
enigma, aunque a primera vista era algo bueno. El suelo de la sala estaba lleno de cadáveres de
bestias reptantes y murciélagos gigantes, e incluso un gigante muerto.
El grupo buscó pistas, principalmente tratando de encontrar los cuerpos de aquellos que habían
luchado contra las bestias. ¿Acaso sería otro grupo de refugiados en plena huida?
—¿Se habrán matado los unos a los otros? —dijo Temberle, haciendo la pregunta que todos
querían hacer.
—No, a menos que usen arcos pequeñitos —contestó uno de los refugiados. Temberle y los
demás se dirigieron hacia donde estaba el hombre, acercando la antorcha para iluminarlo con su
débil luz. Lo encontraron sosteniendo un pequeño dardo, como los que Cadderly usaba con sus
ballestas de mano.
—¡Padre! —dijo Rorick, esperanzado.
—Si fue él, ha estado ocupado —dijo Hanaleisa. La joven se movía de un lado a otro, e iba
encontrando los mismos dardos por el suelo y en los cadáveres. Meneó la cabeza con desconfianza.
Sólo había dos ballestas de mano como aquéllas en Espíritu Elevado, pero en esa lucha se habían
disparado docenas o quizá cientos de dardos. Sacó uno del cadáver de una bestia reptante y la
sostuvo en alto, negando aún más con la cabeza. Ninguno de los dardos tenía la característica que su
padre había añadido: el centro plegable donde se almacenaban las pequeñas ampollas de aceite
explosivo.
—Éstos no son los de Cadderly —confirmó Ivan tras un instante.
No se podía dudar de la veracidad de las palabras del enano, ya que él mismo había diseñado y
había fabricado las ballestas de mano de Cadderly y sus proyectiles.
—Entonces, ¿quién? —preguntó Rorick.
—No estábamos tan lejos —añadió Temberle—, y no hace mucho de esta batalla. Esto ha
ocurrido deprisa y en silencio. —Miró, alarmado, a su hermana y a su tío Ivan.
—La punta está envenenada —dijo Hanaleisa.
Muchos de los allí presentes abrieron los ojos de forma desmesurada, ya que la mayoría
conocían lo que implicaban unos dardos con punta envenenada.
—¿Es que el mundo se ha vuelto del revés? —preguntó Ivan, con un tono más serio, e incluso
más sombrío, que nunca—. Estoy pensando que lo mejor es que salgamos a la superficie cuanto
antes.
—¡Ajá! —coincidió Pikel.
Continuaron la marcha con rapidez, casi convencidos de que el enemigo de su enemigo no
resultaría ser su amigo.

El gigante de piel negra y lampiño avanzó otro paso, tambaleándose.


Clic. Clic. Clic.
El monstruo gimió cuando tres dardos más atravesaron su piel, añadiendo más veneno drow
narcotizante a su sangre. Le costó aun más dar el siguiente paso, arrastrando los pies.
Clic. Clic. Clic.
El gigante cayó sobre una rodilla, sin apenas darse cuenta del movimiento. Unas formas pequeñas
y agazapadas lo atacaron por la izquierda, derecha y centro, con unas finas hojas de brillo mágico. El
noctámbulo agitó los brazos, intentando rechazar a los enemigos que se acercaban, bloquear y apartar
a los elfos oscuros como si fueran mosquitos. Pero cada vez que movía los brazos lo invadía una
enorme pesadez, con lo que sus movimientos eran demasiado lentos para alcanzar a los ágiles
guerreros. Cada intento de bloqueo fallaba al tratar de rechazar las puñaladas, las estocadas y los
tajos, ya que el gigante noctámbulo sólo golpeaba el aire fétido de la caverna. Las heridas que le
infligían al gigante no se quedaban en meros rasguños. Cada golpe alcanzaba con precisión y
eficiencia un punto que sangraría abundantemente. No golpearon al monstruo ni cien ni cincuenta
veces, pero mientras se iba desplomando boca abajo sobre el suelo, vencido por el veneno y la
pérdida de sangre, las heridas del caminante de la noche resultaron mortales.
—El último grupo —le indicó Valas Hune a Kimmuriel—. El camino está despejado.
Kimmuriel asintió y siguió al grupo que iba en cabeza a través de la sala. Otro murciélago gigante
se estrelló contra la pared del fondo, dormido en pleno vuelo. Todavía había muchas bestias
reptantes retorciéndose en el suelo, haciendo movimientos faltos de coordinación y poco precisos,
pero desafiantes, hasta que uno de los guerreros drows encontraba tiempo para rematar el trabajo con
un único golpe en el cuello.
Fuera de la sala, las fuerzas de Bregan D’Aerthe recorrieron un pasadizo que llevaba a una zona
de túneles y salas inundadas por el agua del lago. Tras unos pocos desvíos y giros, todos los elfos
oscuros tuvieron que protegerse de la claridad de la superficie. Hacía rato que había anochecido,
pero la luna estaba en lo alto, y los sensibles ojos de los drows ardían bajo la brillante luz de Selene.
—¿Y por qué sencillamente no abandonamos este lugar? —se atrevieron a sugerirle a
Kimmuriel unos cuantos mediante el lenguaje de señas, pero la respuesta fue una mirada de absoluta
indiferencia.
Había decidido que debían ir a la ciudad en ruinas que había junto al lago antes de cruzar los
límites incivilizados entre el Antiguo Shanatar y el Gran Bhaerynden, así que irían al lugar llamado
Carradoon.
Salieron de los túneles por la ensenada norte de la ciudad y escalaron fácilmente por los
acantilados, hasta llegar a la repisa desde donde se dominaba la ciudad en ruinas. Más de la mitad de
los edificios se habían quemado hasta los cimientos, y pocos de los que aún quedaban se habían
salvado del gran incendio. El aire era denso y estaba lleno de humo y olor a muerte, y en el puerto se
podían ver los esqueletos de los mástiles de los barcos, como si marcaran la situación de varias
fosas comunes. Los elfos oscuros avanzaron en apretada formación, tomando aún más precauciones
en el exterior que en el familiar entorno de los túneles. Algún noctala pasaba por encima de sus
cabezas de vez en cuando, pero a menos que se acercara demasiado, los disciplinados drows
evitaban disparar.
Los exploradores, liderados por Valas Hune, se separaron del grupo a izquierda y derecha,
flanqueándolos, abriendo camino, y asegurándose de que nadie los siguiera.
—¿Qué buscas en estas ruinas? —preguntó Valas en el lenguaje de los signos a Kimmuriel poco
después de entrar en la ciudad.
Kimmuriel le indicó que no lo sabía a ciencia cierta, pero le aseguró al explorador que había
algo que merecía la pena investigar. Lo sentía con mucha intensidad.
La discusión se vio interrumpida por un alboroto en el flanco, ya que ambos drows vieron cómo
comenzaba una batalla en una carretera paralela a la que ellos seguían. Otro noctámbulo había
encontrado a la banda y avanzaba hacia ellos tontamente. El tumulto aumentó cuando el drow más
cercano se enfrentó al monstruo y lo atrajo hacia un tramo muy estrecho entre dos edificios, un lugar
en el que las ballestas de mano de los drows no podían fallar al enorme objetivo.
Kimmuriel y el grueso de sus fuerzas siguieron su camino antes siquiera de que aquella cosa
estuviera muerta, confiando en la disciplina y las tácticas de los hábiles y experimentados miembros
de la compañía.
Un explorador que volvía del muelle presentó el informe que Kimmuriel había estado esperando,
y los condujo rápidamente hasta el lugar.
—No tiene buena pinta —comentó Valas Hune cuando la brecha estuvo a la vista, pronunciando
las primeras palabras en voz alta desde que habían salido de los túneles.
Todos los elfos oscuros que presenciaron el espectáculo supieron inmediatamente lo que era: una
brecha en el tejido que unía dos mundos separados, una puerta mágica.
Se detuvieron a una distancia prudencial, y los defensores se arrastraron por el suelo como
tentáculos para asegurar el área como sólo sabían hacerlo en Bregan D’Aerthe.
—¿Habrá sido hecho a propósito? ¿O será acaso un accidente mágico? —preguntó Valas Hune.
—Eso da igual —respondió Kimmuriel—, aunque espero que encontremos muchas más fisuras.
—Entonces, es bueno que los drows nunca se cansen de matar.
Valas Hune se calló al darse cuenta de que Kimmuriel tenía los ojos cerrados y había dejado de
escucharlo. Observó cómo el psiónico se preparaba, alzaba las manos hacia la fisura dimensional y
abría mucho los ojos, enviando su energía mental en aquella dirección.
No ocurrió nada.
—Está hecha a propósito —contestó Kimmuriel—, y de una manera bastante burda.
—¿No puedes cerrarla?
—Ni una colmena entera de azotamentes podría cerrarla. Sorcere en su mejor día tampoco podría
—dijo, refiriéndose a la gran academia de artes mágicas de Menzoberranzan.
—¿Y ahora qué?
Kimmuriel miró a Mariv, que sacó una gruesa vara hecha de madera y metal del tamaño de su
antebrazo. Estaba adornada con delicadas runas rojas y marrones. Se la tendió a Kimmuriel.
—¿La vara que cancela efectos mágicos? —preguntó Valas Hune.
Kimmuriel miró a un joven guerrero, que era el que había liderado la marcha a través de la puerta
en los túneles, y le hizo señas de que avanzara. Le comunicó en lenguaje de signos las palabras que
activaban la vara con la mano que le quedaba libre. A continuación, le dio el poderoso objeto al
joven drow.
El drow, pasándose la lengua por los labios resecos, se aproximó a la fisura. Su largo cabello
blanco comenzó a agitarse a medida que se acercaba, como si crepitara de energía, o lo agitara el
viento que soplaba al otro lado de la puerta dimensional.
Volvió la vista hacia Kimmuriel, que le hizo un gesto de asentimiento para que siguiera.
El joven drow levantó la vara hacia la fisura, volvió a pasarse la lengua por los labios, y
pronunció las palabras. El objeto mágico emitió un breve destello de poder que lo recorrió a lo largo
y saltó hacia la fisura.
Desde la fisura surgió una profunda oscuridad, una niebla grisácea que se extendió por el
conducto y se introdujo en la mano del guerrero drow, que no fue lo bastante listo como para soltar la
vara a tiempo.
Sí que la soltó cuando su brazo cayó muerto. Miró a Kimmuriel y a los demás, con la expresión
de terror más profunda que hubieran visto jamás mientras su fuerza vital se marchitaba,
convirtiéndose en materia de sombras, y su carcasa vacía caía inerte al suelo.
Nadie acudió en su ayuda, ni se atrevió a ir a investigar.
—No podemos cerrarla —anunció Kimmuriel—. Aquí hemos acabado.
Los alejó de allí a paso ligero, mientras Valas iba reuniendo a sus exploradores a medida que
avanzaban.
Tan pronto como pensó que estaban lo bastante lejos como para que los campos de continuidad
de la fisura no interfirieran, Kimmuriel abrió otra de sus puertas dimensionales.
—¿Volvemos a Luskan? —preguntó Mariv mientras hacían avanzar al menos importante de la
banda para asegurar la integridad de la puerta.
—Por ahora, sí —respondió Kimmuriel, que estaba pensando que quizá su camino los llevaría
aún más lejos, de vuelta a la Antípoda Oscura y Menzoberranzan, donde se convertirían en parte de
una fuerza de defensa drow, compuesta de veinte mil guerreros, sacerdotisas y magos.
El joven drow atravesó la puerta e hizo señas desde el otro lado, desde la casa subterránea que
la banda de Kimmuriel había construido bajo la lejana ciudad portuaria de la Costa de la Espada.
Las fuerzas de Bregan D’Aerthe abandonaron la baronía de Impresk tan rápida y silenciosamente
como habían llegado.

A los refugiados humanos también les ardieron los ojos cuando llegaron a la superficie después de
varios días largos y llenos de penurias en los que habían vagado por los túneles librando batalla tras
batalla. Se protegieron de la luz del amanecer reflejada en el lago Impresk, liderados por Ivan en
dirección al borde de la cueva que estaba en la parte trasera de la pequeña ensenada.
El resto del grupo se apelotonaba tras él, ansiosos de sentir el sol en sus rostros, desesperados
por salir de debajo de toneladas de piedra y tierra. Disfrutaron colectivamente del silencio de la
mañana, sin otros sonidos que no fueran los cantos de los pájaros y el romper de las olas contra las
rocas.
Ivan los sacó rápidamente al exterior. Habían encontrado más noctalas, noctámbulos y bestias
reptantes asesinados por el camino. Estaban convencidos de que los túneles estaban infestados de
elfos oscuros, por lo que Ivan y los demás se mostraron realmente contentos de salir de ellos.
Salir de la ensenada les llevó más tiempo del que esperaban. No se atrevían a aventurarse a
aguas más profundas, puesto que ya habían visto bastante de los peces no muertos. Ascender por el
acantilado no fue fácil para los humanos cansados y los enanos de piernas cortas, ya que cuando
habían descendido lo habían hecho con la ayuda mágica de Pikel. Probaron varias rutas sin éxito, y
finalmente cruzaron la ensenada y escalaron la parte más baja de la cara norte. El sol estaba ya alto
en el este cuando por fin consiguieron rodearlo y divisar Carradoon.
Durante largos instantes permanecieron en lo alto del acantilado mirando las ruinas, sin decir una
sola palabra ni emitir más ruidos que algún sollozo ocasional.
—No tenemos por qué entrar ahí —afirmó Ivan por fin.
—Tenemos amigos… —comenzó a protestar un hombre.
—No queda nada con vida ahí dentro —lo interrumpió Ivan—, al menos nada con vida que
puedas querer ver.
—¡Nuestras casas! —se lamentó una mujer.
—Ya no están —contestó Ivan.
—Entonces, ¿qué vamos a hacer? —le dijo el primer hombre alzando la voz.
—Os ponéis en camino y salís de aquí —dijo Ivan—. Mi hermano y yo vamos a Espíritu
Elevado…
—¡Mi hegmano! —lo jaleó Pikel, e hizo una cabriola en el aire.
—Y los hijos de Cadderly vienen con nosotros —añadió Ivan.
—Shalane no está muy lejos, y la carretera es más segura —replicó el hombre.
—Entonces, seguidla —le dijo Ivan—. Os deseo buena suerte.
Al enano le parecía así de simple, de modo que empezó a caminar en dirección oeste, una ruta
que rodeaba la destruida Carradoon y enlazaba con el sendero que atravesaba las montañas de vuelta
a Espíritu Elevado.
—¿Qué está pasando con el mundo, tío Ivan? —le susurró Hanaleisa.
—Que me aspen si lo sé, muchacha. Que me aspen si lo sé.
LUCIDEZ EN OTRO LUGAR

Cadderly se daba golpecitos en los labios con el dedo mientras estudiaba a la mujer que representaba
una escena delante de él. Aparentemente estaba hablando con Guenhwyvar, y no pudo evitar sentirse
incómodo mientras estudiaba la reconstrucción de un momento privado.
—¡Oh, pero es tan hermosa y elegante! ¿A que sí? —dijo Catti-brie, pasando la mano por el aire
como si estuviera acariciando a la gran pantera mientras ésta se acurrucaba a sus pies—. Con sus
encajes y bodoques, tan alta y erguida, y sin que salga una sola palabra estúpida de esos labios
pintados, no, no.
Cadderly sentía que estaba allí sin estar realmente. Sus movimientos eran demasiado completos y
complejos como para tratarse de un simple recuerdo. No, estaba reviviendo el momento tal y como
había ocurrido. La mente de Catti-brie había viajado atrás en el tiempo, mientras que su cuerpo
estaba atrapado en el tiempo y el espacio actuales.
Cadderly, que había vivido una experiencia única en cuanto al envejecimiento del cuerpo y la
regresión, estaba impresionado con la aparente locura de la mujer. ¿Estaría realmente loca? ¿O acaso
estaba atrapada en una serie genuina pero desconocida de burbujas separadas en el enorme océano
del tiempo? Cadderly había pensado a menudo en el pasado, y se había preguntado si cada momento
que pasaba era un breve cumplimiento de una representación eterna, o si realmente el pasado estaba
perdido tan pronto como llegaba el siguiente instante.
Al observar a Catti-brie, le dio la impresión de que la primera afirmación no era tan improbable
como la lógica le decía.
¿Había alguna manera de viajar en el tiempo? ¿O de prever aquellos inesperados preludios del
desastre?
—¿Te parece hermosa, Guen? —preguntó Catti-brie, sacándolo de sus cavilaciones.
La puerta que había detrás de Cadderly se abrió, y al echar la vista atrás vio a Drizzt entrar en la
habitación; hizo una mueca de dolor cuando se dio cuenta de que a Catti-brie le había dado otro de
sus ataques. Cadderly le rogó que se mantuviera en silencio, agitando la mano y llevándose un dedo a
los labios cerrados. Al verlo, Drizzt, que llevaba la bandeja con la cena de Catti-brie, se quedó muy
quieto mientras miraba a su amada esposa.
—Drizzt piensa que es hermosa —continuó Catti-brie, ajena a su presencia—. Va a Luna
Plateada siempre que puede, y en parte es porque Alustriel le parece hermosa. —La mujer hizo una
pausa y alzó la vista, aunque no estaba mirando a Cadderly ni a Drizzt, eso seguro, y sonreía, a la vez
dulce y apenada—. Espero que encuentre el amor, de veras —le dijo a la pantera invisible—. Pero
no con ella, ni con nadie de su corte, ya que en ese caso tendría que abandonarnos. Quiero que sea
feliz, pero eso no podría soportarlo.
Cadderly le lanzó a Drizzt una mirada inquisitiva.
—Eso fue cuando recuperamos Mithril Hall la primera vez.
—¿Tú y la dama Alustriel? —preguntó Cadderly.
—Amigos —respondió Drizzt, sin apartar la mirada de su esposa—. Me permitió el paso por
Luna Plateada, y allí supe que podría hacer grandes avances para encontrar algo de aceptación en la
superficie —hizo un gesto hacia Catti-brie—. ¿Cuánto tiempo lleva así?
—Lleva un buen rato en este lugar distinto.
—Y ahí está, mi Catti —se lamentó Drizzt—, en ese otro lugar de su mente en el que se
encuentra.
En ese momento, la mujer comenzó a agitarse, retorciendo las manos y echando la cabeza hacia
atrás, y puso los ojos en blanco. El brillo morado del fuego feérico volvió a surgir de ella y se elevó
unos centímetros sobre el suelo, extendiendo los brazos mientras su cabello rojizo se agitaba con un
viento inexistente.
Drizzt dejó la bandeja en el suelo y se puso el parche en el ojo. Tan sólo dudó unos instantes, por
insistencia de Cadderly, mientras éste se acercaba a Catti-brie, e incluso se atrevió a tocarla durante
la peligrosa transición. Cadderly cerró los ojos y abrió la mente a las posibilidades que se
arremolinaban en los espasmos discordantes de la mujer atormentada.
Cayó hacia atrás, y Drizzt lo reemplazó rápidamente; abrazó fuertemente a Catti-brie y la posó
con suavidad en el suelo. El drow miró a Cadderly, pidiéndole explicaciones con la mirada, pero vio
que el sacerdote estaba aún más perplejo, con los ojos muy abiertos, mientras se miraba la mano.
Drizzt también se fijó en la mano que Cadderly había posado sobre Catti-brie. Parecía azul y
traslúcida, pero después se solidificó y volvió a adquirir el color de la piel.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó el drow en cuanto la mujer se estabilizó.
—No lo sé —admitió Cadderly.
—Últimamente oigo mucho esas palabras.
—Estoy de acuerdo.
—Pero pareces estar seguro de que mi esposa no puede salvarse —dijo con un tono algo más
brusco.
—No deseo causar esa impresión.
—He visto cómo os miráis Jarlaxle y tú cuando la conversación trata de ella. No creéis que
podamos volver a traerla con nosotros, al menos no entera. Habéis perdido la esperanza, pero me
pregunto si lo haríais si fuera lady Danica la que estuviera aquí, en este estado, y no Catti-brie.
—Amigo mío, estoy seguro de que tú no…
—¿Debo rendirme y abandonar mis esperanzas también? ¿Es lo que esperáis de mí?
—No eres el único que se agarra a un clavo ardiendo, amigo —lo regañó Cadderly.
Drizzt se calmó ante ese recordatorio.
—Danica los encontrará —aventuró, aunque sus palabras sonaron tremendamente vacías.
Continuó hablando en un tono más suave—. Me siento como si no hubiera terreno firme bajo mis
pies.
Cadderly asintió, comprensivo.
—¿Debería luchar contra el dracolich con la esperanza de volver a encontrar a mi esposa cuando
lo derrotemos? —soltó Drizzt, alzando nuevamente la voz—. ¿O debería pelear contra la bestia con
rabia porque no volveré a encontrarme con ella?
—Lo que me pides…, éstas son preguntas que… —Cadderly suspiró profundamente y alzó las
manos en un gesto de impotencia—. No lo sé, Drizzt Do’Urden. No hay nada seguro en lo que se
refiere a Catti-brie.
—Sabemos que está loca.
Cadderly comenzó a responder.
—¿De veras? —pero se contuvo, ya que no quería involucrar a Drizzt en sus cavilaciones de
momentos antes.
¿Realmente estaba loca Catti-brie? ¿O acaso estaba actuando de forma racional frente la realidad
que se presentaba ante ella? ¿Estaría reviviendo su vida fuera de tiempo, o volvía a esas burbujas
espacio-tiempo y vivía esos momentos como reales?
El sacerdote sacudió la cabeza, ya que no tenía tiempo para explorar las posibilidades de
semejante línea de razonamiento, sobre todo teniendo en cuenta que los estudiosos y los sabios, y los
grandes magos que habían acudido a Espíritu Elevado, habían descartado por completo la
posibilidad de que se pudiera viajar libremente a través del tiempo.
—Pero la locura puede ser algo temporal —señaló Drizzt—. Y aun así, tú y Jarlaxle creéis que
está perdida para siempre… ¿Por qué?
—Cuando la locura ataca con tanta fuerza, la mente puede quedar permanentemente dañada —
contestó Cadderly, dejando claro con su gesto adusto que estaba hablando de un resultado casi
seguro, y no de una posibilidad remota—. Tu mujer parece estar realmente atormentada. Me temo…,
Jarlaxle y yo nos tememos…, que incluso si el hechizo que la envuelve finaliza de alguna manera,
dejará una cicatriz terrible.
—Os lo teméis, pero no lo sabéis.
Cadderly asintió, reconociendo que tenía razón en eso.
—Y yo he presenciado milagros en otras ocasiones, amigo mío. En este mismo lugar. No
abandones la esperanza.
Eso era lo único que podía ofrecerle, y todo lo que Drizzt esperaba oír al final.
—¿Crees que a los dioses todavía les quedan milagros? —preguntó el elfo oscuro con voz queda.
Cadderly rió de pura impotencia y se encogió de hombros.
—Yo cogí el mismo sol y lo atraje hacia mí —le recordó al drow—. No sé cómo, y ni siquiera
fue algo intencional. Cogí una nube e hice un carro con ella. No sé cómo, y ni siquiera fue algo
intencional. Mi voz se convirtió en un trueno… De veras, amigo mío. Me pregunto por qué alguien se
molestaría en hacerme preguntas en este momento. Y lo que es más, me pregunto por qué alguien iba
a creerse mis respuestas.
Drizzt no pudo evitar sonreír cuando oyó aquello, haciendo un gesto de aceptación. Volvió a
posar la vista en Catti-brie y extendió la mano para acariciar su espesa melena.
—No puedo perderla.
—Entonces, destruyamos a nuestro enemigo —propuso Cadderly—. Después podremos
concentrar toda nuestra atención, todos nuestros pensamientos y toda nuestra magia en Catti-brie,
para tratar de encontrarla en su… lucidez en otro lugar… y traer su conciencia de nuevo a nuestro
espacio y tiempo.
—Guenhwyvar —dijo Drizzt, y Cadderly pestañeó, sorprendido.
—Sí, ella estaba acariciando al felino.
—No, me refiero a la siguiente batalla —le explicó Drizzt—. Cuando el Rey Fantasma comenzó
a abandonar el campo de batalla, Guenhwyvar huyó con gran rapidez. Ella nunca huye de la batalla,
aunque se trate de un elemental furioso o un demonio monstruoso, y tampoco de un dragón o un
dracolich. Pero huyó con las orejas gachas, a toda velocidad, en dirección a los árboles.
—Quizá estaba cazando a alguna de las bestias reptantes.
—Estaba corriendo. Acuérdate del encuentro de Jarlaxle con el espectro que cree que una vez fue
un lich de la Piedra de Cristal.
—Guenhwyvar no es de este plano, y tenía miedo de crear una fisura cuando el Rey Fantasma
abriera una puerta dimensional —dedujo Cadderly.
—Una por la que quizá Guenhwyvar podría navegar —contestó Drizzt—, y por la que quizá yo
también podría hacerlo con ella hacia ese otro lugar.
Cadderly no pudo evitar sonreír ante aquel razonamiento, y Drizzt le dedicó un gesto peculiar.
—Hay un viejo dicho que dice que las grandes mentes siguen caminos parecidos para llegar al
mismo destino —dijo.
—¿Guen? —preguntó Drizzt, esperanzado, dando unos golpecitos en la bolsa que llevaba
colgada al cinto.
Pero Cadderly meneó la cabeza.
—La pantera pertenece al plano astral —le explicó el sacerdote—. No puede acudir al lugar
donde reside el Rey Fantasma por voluntad propia, a menos que alguien allí tuviera una figurita
semejante a la tuya y la invocara.
—Huyó del campo de batalla.
—Porque temía que se formara una brecha, un gran desgarrón que consumiría todo lo que
estuviera cerca de ella, y del Rey Fantasma, sí sus peligrosas habilidades llegaban a chocar. Quizá
esa fisura enviaría a nuestro enemigo al plano astral, o a algún otro plano, pero lo más probable es
que esa criatura esté tan bien sujeta a este mundo y al Páramo Sombrío que podría volver. —Seguía
meneando la cabeza—. Pero he puesto pocas esperanzas en ese rumbo y temo que pueda provocar un
desastre aún mayor.
—¿Mayor? —preguntó Drizzt, y comenzó a reír sin ganas—. ¿Mayor?
—¿Estamos en ese punto en el que nos agarramos a un clavo ardiente? —preguntó Cadderly.
—¿Acaso crees que no?
El sacerdote volvió a encogerse de hombros.
—No lo sé —admitió, fijando de nuevo la vista en Catti-brie—. Quizá encontremos otro modo.
—¿Quizá Deneir nos depare un milagro?
—La esperanza es lo último que se pierde.
—Querrás decir que debemos rezar.
—Eso también.

Llevó la cuchara hasta sus labios, y ella no se resistió, sino que ingirió la comida de forma metódica.
Drizzt remojó una servilleta en un cuenco de agua tibia y le limpió parte de las gachas de avena de
los labios.
Ella no pareció darse cuenta, igual que no parecía darse cuenta del sabor de la comida que él le
ofrecía. Cada vez que le metía una cucharada en la boca, cada vez que permanecía inexpresiva, le
hacía daño a Drizzt y le recordaba lo inútil que era todo aquello. Había hecho las gachas de avena tal
y como le gustaban a su esposa, pero a cada cucharada comprendía que podría haberse ahorrado la
canela y la miel, y en su lugar haber utilizado especias picantes. A Catti-brie no le hubiera importado
lo más mínimo.
—Todavía recuerdo aquel momento en la cumbre de Kelvin —le dijo—, cuando lo reviviste
frente a mis ojos volvió a mí increíblemente claro, y recordé tus palabras antes de que las dijeras.
Recuerdo el peinado que llevabas, con aquel flequillo y el largo desigual. Nunca te fíes de un enano
con tijeras, ¿eh?
Improvisó una risita que Catti-brie no pareció escuchar.
—Por supuesto, en aquel entonces no te amaba, no como ahora. Pero ese momento fue para mí tan
especial, tan importante. La expresión de tu cara, amor mío…, el modo en que veías en mi interior,
sin que te importara el color de mi piel. Supe que estaba en casa cuando te encontré en la cumbre de
Kelvin. Por fin estaba en casa.
»Y aunque no me di cuenta durante años de que podía haber algo más entre nosotros, no hasta
aquella vez en Calimport, siempre fuiste muy especial para mí. Y todavía lo eres, y necesito que
vuelvas conmigo, Catti. Nada más importa. El mundo es un lugar más oscuro. Con el Rey Fantasma y
la caída del Tejido, y todas las implicaciones de esta catástrofe, sé que me encontraré con muchos
retos, al igual que muchas buenas personas. Pero creo que puedo superar esos retos, que juntos
encontraremos la manera. ¡Siempre lo hacemos!
»Pero sólo si tú vuelves conmigo. Para derrotar a un poderoso enemigo, un guerrero debe querer
hacerlo. ¿Qué sentido tiene, amor mío, si vuelvo a estar solo?
Suspiró y se quedó allí sentado, mirándola. Pero ella ni pestañeó, no mostró ninguna reacción.
No lo había oído, aunque él quisiera fingir que sí en aras de conservar la salud mental. Drizzt sabía
en su interior que Catti-brie no andaba por allí, justo por debajo de la superficie dañada, oyéndolo
todo.
Drizzt se enjugó una lágrima de los ojos violetas, y a medida que la humedad desaparecía, fue
reemplazada por esa mirada que había conmovido y había animado a Bruenor, la promesa del
Cazador, la decisión, la furia contenida.
Drizzt se inclinó hacia adelante y besó a Catti-brie en la frente, diciéndose que todo aquello era
culpa del Rey Fantasma; que el dracolich era la fuente de todo lo malo que había sucedido en el
mundo, y no el resultado de un desastre mayor.
Se acabaron las lágrimas para Drizzt Do’Urden. Estaba decidido a destruir a la bestia.
MOVIDO POR EL ODIO

Sabían que su enemigo volvería, y sabían dónde querían luchar contra él, pero cuando ocurrió, a
pesar de no ser algo inesperado, el recio Athrogate y Thibbledorf Pwent más que gritar dejaron
escapar un sonoro respingo.
El Rey Fantasma volvió al mundo material de Toril exactamente en el mismo sitio en el que había
desaparecido, al principio envuelto en un brillo azul blanquecino traslúcido que se fue volviendo
corpóreo, poco a poco, en el patio que había enfrente de la catedral, e incluso mientras Pwent y
Athrogate gritaban, y sus rugidos eran repetidos por el eco en los pasillos vacíos, la gran bestia se
elevó en el aire y batió las alas, emprendiendo el vuelo por el cielo nocturno.
—¡Está ahí arriba! ¡Está ahí arriba, mi rey! —exclamó Pwent, dando saltitos y señalando hacia el
cielo.
Bruenor, Drizzt y los demás llegaron a la habitación que daba al balcón, en la que los enanos
habían estado haciendo guardia.
—¿El dracolich ha aparecido en el mismo punto? —preguntó Cadderly, dejando claro que lo
consideraba un detalle importante.
—Justo como dijiste —contestó Athrogate—. Brillando y todo eso. Después se alejó volando.
—¡Está ahí arriba, mi rey! —volvió a gritar Pwent.
Drizzt, Cadderly, Bruenor y Jarlaxle intercambiaron gestos decididos.
—Esta vez no se nos escapa —dijo Bruenor.
Todos los ojos se posaron en Cadderly cuando hicieron esa afirmación, y el gesto de
asentimiento del sacerdote parecía lleno de confianza.
—Permaneced en el interior —les ordenó a todos—. La bestia volverá con rabia y fuego.
Espíritu Elevado nos protegerá.

Danica respiró hondo y se agarró al tronco de un árbol cercano para mantener el equilibrio cuando
oyó el rugido de otro mundo del dracolich al levantar el vuelo. No pudo evitar volver la vista hacía
Espíritu Elevado, que ya estaba a varios kilómetros, y se tuvo que recordar a sí misma que Cadderly
estaba rodeado de poderosos aliados, y que Deneir, o alguna otra entidad divina, milagrosamente
había escuchado sus plegarias.
—Vencerán —dijo Danica en voz baja, muy baja.
Sabía que el bosque que la rodeaba estaba lleno de monstruos. Había visto a un grupo de bestias
reptantes pasar por la carretera y había sentido cómo retumbaban los pasos de algún enorme
monstruo negro que jamás había visto antes.
Estaba a mitad de camino hacia Carradoon y ya debería estar allí, pero había tenido que avanzar
lentamente y con mucho cuidado. A pesar de lo mucho que deseaba luchar, Danica no podía
permitírselo. Su objetivo era Carradoon y sólo Carradoon, para encontrar a sus hijos mientras los
demás se las veían con el Rey Fantasma en Espíritu Elevado.
Ése era el plan (sabían que el dragón no muerto volvería), y Danica tenía que evitar pensar en
cualquier otra posibilidad. Debía confiar en Cadderly. No podía volver atrás.
—¡Hijos míos! —susurró—. Temberle y Rorick…, y Hana, mi Hana…, os encontraré.
Tras ella, a gran altura en el cielo, el chillido del Rey Fantasma escindió la noche como si fuera
una tormenta eléctrica.
Danica hizo caso omiso y se concentró en los árboles que tenía delante, avanzando silenciosa y
rápidamente por el camino que atravesaba los bosques encantados.
—Mátalo, Cadderly —decía entre susurros, una y otra vez.

Sin las interferencias cautelares de Yharaskrik, el Rey Fantasma se deleitó con su vuelo, sabiendo
que su vulnerable objetivo estaba allí abajo, y que pronto destruiría Espíritu Elevado y a los idiotas
que habían permanecido en su interior.
El dulce sabor de la inminente venganza llenó la garganta de Hephaestus, y el dragón no deseaba
otra cosa que lanzarse en picado contra los edificios a toda velocidad y hacerlos pedazos. Pero,
sorprendentemente, las dos entidades que conformaban el Rey Fantasma dejaron a un lado la
temeridad al recordar el dolor de la reciente derrota. El dracolich aún podía sentir la punzada
cegadora de los fuegos de Cadderly, y el peso de la cimitarra de Drizzt. Aunque confiaba en que este
segundo asalto sería distinto, el Rey Fantasma no estaba dispuesto a correr riesgos innecesarios.
Así que desde aquella altura, inmersa entre las nubes, la bestia llamó nuevamente a sus esbirros,
y les ordenó que salieran de los bosques que rodeaban Espíritu Elevado y ablandaran la tierra.
—No matarán a Cadderly —dijo la bestia a los vientos—. ¡Pero harán que se muestre!
El Rey Fantasma plegó las alas y se lanzó en picado, después las abrió del todo y aprovechó la
velocidad y las corrientes de aire, descendiendo en espiral sobre el edificio, registrando el suelo con
su visión mejorada por medios mágicos.
El bosque ya estaba llenándose de movimiento mientras las bestias reptantes, los noctalas e
incluso un noctámbulo acudían en tropel hacia Espíritu Elevado.
La risa del Rey Fantasma retumbó como un trueno lejano.
Oyeron el ruido de cristales rotos de una de las pocas ventanas que había quedado intacta en el
anterior asalto, pero el edificio ni se movió.
—¡Por los dioses! —maldijo Cadderly.
—¡Malditas bestias reptantes! —coincidió Bruenor.
Estaban en la sala de audiencias más grande del edificio, en el primer piso, un lugar que no tenía
ventanas, sólo algunos pasillos de comunicación.
Pwent y Athrogate estaban junto a la barandilla del balcón norte con sus maderos atados, a unos
ocho metros por encima de los demás. Bruenor, Cadderly y los otros estaban en el estrado donde
Cadderly solía celebrar las audiencias, al otro lado de las puertas de doble hoja y el pasillo
principal, que conducía al vestíbulo de la catedral. Drizzt estaba en el umbral de una pequeña y
segura antecámara en la que estaba Catti-brie.
Drizzt se inclinó para arropar mejor a su esposa con la manta, y susurró:
—No te tendrá. Por mi vida, amor mío, que mataré a esa bestia. Encontraré la manera de volver a
ti, o de que tú vuelvas con nosotros.
Catti-brie no reaccionó, sino que se quedó mirando al horizonte.
Drizzt se inclinó y la besó en la mejilla.
—Te lo prometo —susurró—. Te quiero.
No muy lejos de allí, Drizzt oyó un sonido de madera astillada. Se incorporó y salió de la
pequeña antecámara, cerrando la puerta tras de sí.
Cadderly se estremeció al sentir cómo aquellas bestias inmundas entraban a través de las
ventanas rotas de Espíritu Elevado.
—¿Limpiamos el lugar? —gritó Athrogate desde arriba.
—¡No, mantened las posiciones! —ordenó Cadderly, e incluso mientras hablaba, la puerta del
balcón más cercano a los dos enanos comenzó a vibrar y a dar golpes.
Cadderly se concentró en su interior, tratando de conectar con la magia que fortalecía Espíritu
Elevado, rogándoles a la catedral y a Deneir que se mantuvieran fuertes.
—Adelante, pues —le susurró Cadderly al Rey Fantasma—. Da el primer paso.
—Ha aprendido de su derrota —comentó Jarlaxle mientras Drizzt se reunía con ellos—. Está
enviando la carne de cañón. No va a quedar atrapado y aislado como antes.
Cadderly les lanzó una mirada llena de inquietud a Drizzt y a Bruenor.
—Yo lo traeré —prometió Drizzt, y cargó hacia la entrada que estaba al otro lado de la puerta de
doble hoja, con los otros tres pegados a sus talones.
Cadderly lo agarró antes de que pudiera abandonar la habitación. Cuando Drizzt se dio la vuelta,
el sacerdote le cogió la mano derecha, en la que sostenía a Muerte de Hielo; a continuación alargó la
otra mano hacia Centella. Cadderly cerró los ojos y entonó un cántico, y Drizzt sintió nuevamente una
infusión de poder en sus armas.
—Bruenor, la puerta —dijo Jarlaxle, sacando dos varitas negras de metal—. Hazte a un lado.
Jarlaxle hizo un gesto de asentimiento a Drizzt, y a continuación a Bruenor, y éstos abrieron de
par en par las dos puertas. Al otro lado, en el pasillo que conducía al vestíbulo, se agolpaban varias
bestias reptantes y noctalas.
Un rayo abrasador surgió de la varita de Jarlaxle, rompiendo la oscuridad. La segunda varita hizo
lo mismo, después otra vez la primera, la segunda… Aquel lugar sagrado se llenó del hedor de la
carne quemada, mientras los murciélagos caían al suelo uno tras otro.
Hubo un quinto y un sexto rayo. Los monstruos luchaban por salir del pasillo, o se fundían en el
sitio. El séptimo impacto hizo temblar las paredes de Espíritu Elevado.
—¡Vamos! —le ordenó Jarlaxle a Drizzt, y dejó escapar otro rayo de energía crepitante.
Y justo detrás de éste fue Drizzt Do’Urden, corriendo y saltando, girando y lanzando tajos a
diestro y siniestro con aparente desenfreno. Pero cada golpe estaba planeado y perfectamente
calculado para despejar el camino y permitir que Drizzt siguiera avanzando. Un noctala se lanzó a
por él en picado, o simplemente cayó sobre él (la bestia estaba gravemente herida por los muchos
rayos que la habían alcanzado). Drizzt le dio un sólido revés, y su cimitarra, cuyo peso había sido
aumentado por acción divina, lanzó al murciélago gigante hacia atrás, desgarrando su carne con una
facilidad bestial.
El drow saltó por encima de las cabezas de dos bestias reptantes, temblorosas y moribundas, y se
abalanzó sobre otra, a la que derribó mientras giraba sobre sí mismo para cortar en dos a otra bestia
en pleno movimiento. Alcanzó las puertas del vestíbulo, que habían quedado desprendidas por el
impacto de ocho rayos.
—¡Jarlaxle! —gritó Drizzt, que se deslizó por el suelo y abrió las puertas de una patada, dejando
a la vista un vestíbulo lleno de enemigos.
Por encima del drow agazapado volaron los rayos, uno, dos, haciendo estallar a las bestias,
quemándolas o cegándolas, y haciendo que se dispersaran. Entonces, Drizzt se acercó a ellas desde
atrás, apartándolas con sus poderosas cimitarras.
Drizzt atravesó las puertas y salió al patio.
—¡Lucha conmigo, dragón! —gritó.
Un estúpido noctala se abalanzó sobre Drizzt desde arriba y fue recibido por una cimitarra
centelleante que lo atravesó hasta el hueso e introdujo una red de luz divina abrasadora en el interior
de aquella criatura de la oscuridad. El murciélago retrocedió dando vueltas, se elevó, y murió mucho
antes de caer pesadamente al suelo.
Todo pareció detenerse un instante a su alrededor, tanto en los muros como en las ventanas rotas
de Espíritu Elevado. Drizzt realmente había llamado la atención, y los monstruos acudían en tropel a
por él, saltando de los árboles y por las ventanas de la catedral.
El elfo oscuro esbozó una sonrisa malvada.
—Venid, pues —susurró, y le hizo un gesto de complicidad a Catti-brie.

—¡Debemos ir con él! —exclamó Bruenor.


Había conseguido salir de la sala de audiencias junto con Cadderly y Jarlaxle, y se había
arrastrado hasta el vestíbulo para ver lo que sucedía en el patio que estaba al otro lado.
—Espera, enano —respondió Jarlaxle. Mientras hablaba, miraba a Cadderly, tomando nota de la
confianza que el sacerdote también había depositado en Drizzt.
Bruenor iba a responder, pero se calló y contuvo un grito ahogado al ver la primera oleada de
monstruos que iba hacia Drizzt.
El explorador drow se puso rápidamente en movimiento, dando saltos y haciendo giros, pasando
por encima de cabezas y espaldas monstruosas, lanzando tajos con una velocidad y precisión
increíbles. Una tras otra, las bestias reptantes fueron convirtiéndose en montones temblorosos de
carne o salían despedidas hacia atrás por acción de la pesada cimitarra mientras la hacía oscilar.
Drizzt saltó desde la espalda de una de las bestias y aterrizó sobre el suelo, para a continuación
lanzarse rápidamente sobre otra, a la que atravesó con las dos cimitarras a la vez, después hizo un
giro lateral y atacó a otra bestia más con un mortífero revés. El drow siguió girando y salió
disparado desde donde estaba la primera bestia moribunda para lanzarle una estocada a una cuarta,
un tajo a una quinta, y saltar sobre la sexta, lanzando al pasar por encima una estocada de Centella
que la hirió mortalmente, y en el mismo movimiento lanzó un tajo ascendente que le cercenó las patas
a un noctala que se había lanzado en picado sobre él.
—Lo conoces desde hace tiempo… —le dijo Jarlaxle a Bruenor.
—Nunca lo había visto hacer eso —admitió el enano, boquiabierto.
Drizzt, que giraba como un torbellino, desapareció en ese momento de su campo de visión, fuera
del ángulo de las puertas abiertas. Pero los estallidos y los gritos les iban indicando a los amigos que
no había aminorado la marcha de su furiosa carga. Volvió a aparecer, en loca carrera hacía el otro
lado, dejando una oleada de destrucción a cada paso, con cada estocada y cada balanceo. Las bestias
reptantes salían volando para después caer desplomadas, los noctalas caían muertos del cielo, pero
el brillo divino de las cimitarras de Drizzt no disminuía, sino que parecía aumentar con mayor
determinación y furia.
Un gran estrépito en la habitación que tenían detrás los hizo darse la vuelta para ver cómo
agonizaba una bestia reptante en el suelo. Cayó otra más desde arriba, acompañada por las alegres
carcajadas de Thibbledorf Pwent.
—¡Confiad en Drizzt! —les ordenó Cadderly a los otros dos, y el sacerdote lideró la carga de
vuelta a la sala de audiencias, su propio campo de batalla.

La exuberancia de movimientos de Thibbledorf Pwent bastaba para mantener la brecha a la altura de


las puertas rotas. El enano, que soltaba golpes y puñetazos a diestro y siniestro, reía aun más fuerte
con cada trozo de carne que salpicaba su armadura perforadora, y con cada resto nauseabundo que
llegaba a sus rodilleras de pinchos o a los guanteletes.
—¡Apártate hombre! —le gritaba Athrogate una y otra vez, ya que estaba tan ansioso como el
otro enano de golpear algo.
—¡Buajajá! —respondía Thibbledorf Pwent, imitando a la perfección el grito que era la seña de
identidad de Athrogate.
—¡Vaya! —exclamó Athrogate, deteniéndose al oírlo. Pero la pausa fue muy breve, ya que
enseguida dejó escapar un «buajajá» de producción propia.
Thibbledorf Pwent se apartó de un salto, y un par de bestias reptantes salieron precipitadamente
al balcón para enfrentarse a Athrogate, que las enterró de inmediato bajo una ráfaga de golpes de sus
manguales, dejando escapar otra serie de carcajadas aullantes.
Mientras tanto, Pwent fue directo al final del pasillo, apaleando a las siguientes bestias que
estaban a la vista. Enganchó a una con uno de los pinchos de sus guantes y con un giro rápido y hábil,
lanzó a aquella cosa convulsa por el balcón. Después el enano volvió sobre sus pasos, invitando a
más bestias reptantes a entrar en la habitación donde él y Athrogate, codo con codo, las destruyeron.

No aminoró la marcha, ni se sentía cansado. Tenía la imagen de su esposa herida grabada a fuego en
la mente, y eso era lo que lo impulsaba. Dado que no se sentía en absoluto fatigado, comenzó a
preguntarse si el poder con que Cadderly había imbuido sus armas le estaba otorgando de algún
modo mayor fuerza y aguante.
Fue un pensamiento fugaz, ya que su situación actual lo hacía dejar todo lo demás a un lado, salvo
sus instintos de guerrero más arraigados. Drizzt no se daba tiempo para reflexionar, pues cada giro lo
llevaba a enfrentarse con sus enemigos, y cada salto se convertía en una serie de contorsiones y
acometidas para evitar una multitud de brazos extendidos o garras que trataban de arañarlo.
Pero no importaba cuántas garras o cuántos brazos intentaran alcanzarlo, Él siempre iba por
delante, y sus armas, tan llenas de furia y poder, despejaban el camino por dondequiera que
decidiese ir. La carnaza se apilaba a su alrededor, y una neblina de sangre llenaba el aire. Cada vez
que daba un paso, se encontraba con el cadáver carnoso de algún enemigo.
—¡Lucha conmigo, dragón! —gritó con voz alegre y burlona—. ¡Ven aquí abajo, cobarde!
Mientras pronunciaba aquellas dos frases, tuvo tiempo de matar a otras cuatro bestias reptantes, e
incluso las feroces y estúpidas criaturas estaban comenzando a huir del loco guerrero drow. La
tendencia siguió siendo la misma: en vez de correr para evitar a los enemigos, Drizzt se encontró
persiguiéndolos. Y mientras lo hacía, seguía lanzándole desafíos al Rey Fantasma.
Éste contestó al desafío mandándole otra criatura, un enorme noctámbulo, que salió del bosque y
corrió hacia el drow danzante con gran estruendo.
Drizzt había luchado contra uno de esos monstruos con anterioridad, y sabía muy bien lo
formidables que eran, y lo engañosos que podían resultar aquellos miembros delgados cubiertos por
capas de músculo capaces de destrozarlo a uno sólo con pensarlo.
Drizzt sonrió y se lanzó a la carga.

Mientras huían de Drizzt, muchos de los monstruos entraban a la carga por las puertas de doble hoja
de Espíritu Elevado y avanzaban por el pasillo que conducía a la sala de audiencias. La bestia
reptante que iba en cabeza a punto estuvo de atravesar la puerta, pero Bruenor estaba junto a la
entrada con la espalda pegada a la pared, y coordinó perfectamente el poderoso golpe oscilante de su
hacha con las dos manos, enterrándola en el pecho de la bestia y matándola al instante.
El enano dio un tirón y la hizo salir despedida, y mientras lo hacía liberó su brazo izquierdo, tiró
hacia atrás del brazo para volver a posicionar su escudo, y se lanzó contra la siguiente bestia, que
empezaba a atravesar la puerta con dificultad. El enano y la bestia reptante rodaron a un lado,
dejando el camino libre para Jarlaxle y sus rayos, que destellaron uno tras otro a través del pasillo
abarrotado.
Detrás de ellos, Cadderly avanzó unos pasos, justo hasta la puerta, y alzó los brazos hacia el
cielo, obteniendo poder mágico que después liberó a través de sus pies, y lo expandió como un
círculo brillante justo bajo el umbral. El sacerdote retrocedió y las persistentes bestias reptantes
siguieron avanzando, pero al pasar sobre el suelo consagrado de Cadderly, eran consumidos por un
resplandor devastador. Chillaron de dolor mientras se abrasaban, se desplomaron sobre el suelo y
ahí se quedaron agonizando.
Jarlaxle lanzó otro par de rayos por el pasillo.
Otra bestia reptante llegó volando desde el balcón que tenían arriba, pero tanto allí como en la
sala de audiencias la situación se estaba calmando rápidamente.
—¡Venga, bestezuelas! —gritó Athrogate en dirección al pasillo vacío de arriba.
—Venga, dragón —dijo Cadderly a modo de respuesta.
—Venga, Drizzt —tuvo que añadir Bruenor.

Con una velocidad y una ferocidad inusitadas, el monstruo de piel negra le dio un puñetazo al drow
en plena carga, y cualquier guerrero menos hábil que Drizzt habría quedado destrozado por el golpe.
Sin embargo, el explorador, con el aumento de velocidad que le proporcionaban las tobilleras y sus
increíbles reflejos, dio un paso a la izquierda cuando el gigante comenzó a oscilar el brazo.
Anticipándose a la reacción del gigante ante ese movimiento, Drizzt volvió a dar un paso en la otra
dirección para poder correr sin obstáculos mientras el puño de la criatura golpeaba el aire.
Drizzt no aminoró el paso en tanto adelantaba al gigante, pero saltó e hizo un giro para ganar
velocidad mientras lanzaba un tajo hacia afuera con Muerte de Hielo. Quería alcanzar al gigante en
la rótula, y utilizar el impacto para mantener la velocidad mientras giraba hacia el otro lado y poder
rodar fuera de su alcance, pero para su sorpresa no notó ningún impacto.
Drizzt aterrizó casi como si no hubiera dado contra nada sólido, y a pesar de sus experiencias
previas con sus armas imbuidas de poder divino, se encontró casi atónito ante la realidad que se le
presentaba, la de haber atravesado de lado a lado la pierna del monstruo.
Drizzt improvisó y dio una voltereta diagonal hacia la izquierda, elevándose y girando al mismo
tiempo para situarse justo detrás del gigante. Giró una vez más para clavarle a Muerte de Hielo en la
parte trasera del otro muslo, y la criatura, entre aullidos, tuvo que ponerse de puntillas mientras se
tambaleaba para llevarse la mano a la otra pierna herida.
El elfo oscuro retiró la cimitarra, pero sólo para dejarle paso a Centella, ya que dio un tajo
transversal con ella que le cercenó al gigante la pierna que le quedaba.
La enorme bestia se desplomó sobre el suelo, y sus gritos llamaron la atención del Rey Fantasma
mucho más que los gritos de desafío de Drizzt.
El drow ni siquiera se molestó en rematar al gigante, ya que éste no necesitaría ayuda para morir
desangrado, así que se preparó para volver corriendo a la catedral. Todos huyeron a su paso; los
noctalas se refugiaban aleteando en la oscuridad, y las bestias reptantes se subían unas encima de
otras para tratar de alejarse de él. Pilló a unas cuantas y las mató de un solo golpe devastador, para
después recorrer corriendo una ruta menos directa y alcanzar la posición que había previsto para
poder dispersar aún más a aquella horda.
Un grito desgarrador surgió del cielo nocturno, tan intenso y fuerte que dolía. Drizzt dio un salto
mortal y se puso de pie, afianzándose en esa posición y enfrentándose a él. Lo primero que vio fueron
los ojos como ascuas del dracolich, como si fueran estrellas fugaces que descendían hacia él,
después vio el brillo verdoso de Crenshinibon, el nuevo cuerno de la bestia.
—¡Vamos! —gritó Drizzt, y golpeó las cimitarras una contra otra, lo que provocó que saltaran
chispas por el impacto.
Las envainó con un único movimiento y descolgó de su hombro a Taulmaril. Drizzt, sonriendo
con malicia, disparó una flecha plateada, después otra, y luego muchas más, alcanzando a la bestia
mientras ésta descendía en picado hacia él.
HASTA LOS CONFINES MISMOS DE LA
REALIDAD

—¡Allí! —exclamó Rorick, señalando hacia el cielo, por encima de las montañas.
Habían oído el grito de muerte y, siguiendo la mirada de Rorick, vieron al Rey Fantasma
deslizándose por el cielo estrellado.
—Está volando sobre nuestro hogar —dijo Hanaleisa, y los cinco echaron a correr.
Sin embargo, cada diez pasos Ivan les pedía que se detuvieran. Finalmente los demás aminoraron
el paso, respirando con dificultad.
—Si no permanecemos juntos, moriremos —los regañó el enano de barba amarilla—. ¡No puedo
seguir vuestro ritmo, muchacha!
—Y yo no puedo mirar desde lejos cómo atacan mi hogar —replicó Hanaleisa.
—Pero no puedes llegar hasta allí —dijo Ivan—. Hay por lo menos medio día de camino, o más,
si vamos corriendo. ¿Tienes pensado correr durante horas?
—Si es necesario… —comenzó a responder Hanaleisa, pero un gesto de Pikel para que se
callaran le impidió continuar. Todas las miradas se posaron sobre el enano de barba verde mientras
éste daba saltitos y señalaba hacia el oscuro bosque.
Un instante después, escucharon a varias criaturas moverse rápidamente entre la maleza. Como si
fueran uno solo, el grupo se preparó para el ataque, pero se dieron cuenta de inmediato de que
aquellas criaturas, que debían ser esbirros del Rey Fantasma, no iban a por ellos, sino que se dirigían
con rapidez hacia el oeste, por encima de las colinas y hacia Espíritu Elevado. Sus enemigos acudían
en tropel a la lejana batalla.
—Vayamos deprisa entonces, pero sin correr —ordenó Ivan—. ¡Y permaneced juntos!
Hanaleisa encabezaba la marcha a paso ligero. Con su entrenamiento intensivo en sigilo y
resistencia, y la manera tan grácil que tenía de moverse, estaba segura de que realmente podría llegar
corriendo a casa, a pesar de lo lejos que estaba y de que la mayor parte del camino discurría colina
arriba. Aun así, no podía abandonar a los demás rodeados de enemigos, especialmente a Rorick, que
se había torcido el tobillo y avanzaba con dificultad.
—Madre y padre están rodeados de un centenar de magos y sacerdotes capaces. —Ella se dio
cuenta, por el tono de su voz, de que Temberle trataba de animarla, y de paso de animarse a sí mismo
—. Eliminarán esa amenaza.
Poco después, tras haber avanzado un kilómetro aproximadamente, el grupo tuvo que aminorar el
paso, tanto por cansancio como porque el bosque que los rodeaba estaba lleno de criaturas sombrías.
En más de una ocasión, Hanaleisa alzó la mano para que los que iban detrás se detuvieran y se
ocultaran tras el tronco de un árbol o tras un arbusto, creyendo que se iniciaría una pelea. Sin
embargo, todas las veces, aquellas ruidosas criaturas que armaban barullo por delante de ellos, o en
los lados del camino, parecían compartir un propósito, que no tenía que ver nada con el pequeño
grupo de refugiados de Carradoon.
Poco a poco, Hanaleisa comenzó a andar más deprisa cuando los enemigos parecían estar muy
cerca. Parte de ella esperaba que algunos los atacaran, tenía que admitirlo. Cualquier cosa que
mataran en aquellos bosques sería un enemigo menos a las puertas de Espíritu Elevado.
Pero entonces Hanaleisa sintió algo diferente, un movimiento que parecía seguir los suyos. Se
ocultó tras un árbol grande e hizo señas a los demás para que se detuvieran. Después contuvo la
respiración mientras algo se acercaba mucho, en el lado opuesto del árbol tras el que se ocultaba.
Salió de su escondite de un salto al mismo tiempo que su oponente, y lanzó una serie de
puñetazos que habrían alcanzado a un guerrero hábil.
Pero cada golpe era interceptado por una mano abierta que rechazaba sus ataques. A Hanaleisa le
llevó unos instantes comprender su derrota y tan sólo un segundo reconocer en su oponente a la mujer
que la había entrenado durante toda su vida.
—¡Madre! —exclamó, y Danica le dio el abrazo más fuerte que le había dado nunca a nadie.
Rorick y Temberle también la llamaron y acudieron presurosos, junto con Ivan y Pikel, a
abrazarla.
A Danica se le llenaron los ojos de lágrimas de profundo alivio y de pura alegría mientras
abrazaba fuertemente a todos sus hijos y a Pikel, y su rostro se pintó de confusión cuando vio a Ivan.
—Te vi morir —dijo—. Yo estaba en el acantilado, en el exterior de la cueva, cuando el
dracolich te hizo pedazos.
—Querrás decir que hizo pedazos a los que me perseguían —la corrigió Ivan—. ¡Esa estúpida
criatura no se dio cuenta de que estaba de pie sobre un agujero que, aunque a ella le venía algo
pequeño, para mí era un túnel!
—Pero… —empezó a decir Danica. Después simplemente sacudió la cabeza atónita y besó a
Ivan en la peluda mejilla.
—Encontraste el modo —dijo—. Nosotros también encontraremos la manera.
—¿Dónde está padre? —preguntó Hanaleisa.
—Sigue en Espíritu Elevado —respondió Danica, y a continuación observó las montañas con
aire preocupado—. Está enfrentándose al Rey Fantasma.
—Está rodeado de un ejército de magos y sacerdotes guerreros —insistió Rorick, pero Danica
negó con la cabeza.
—Está con un grupo de poderosos aliados —lo corrigió, y miró a Ivan y Pikel—. El rey Bruenor
y uno de sus Revientabuches, y Drizzt Do’Urden.
—Bruenor. —Ivan dejó escapar un grito ahogado—. Mi rey acude a asistirnos en tiempos de
necesidad.
—Drizzit Dudden —añadió Pikel con una risita cantarina.
—Guíanos, milady —instó Ivan a Danica—. Es posible que cuando lleguemos todavía queden
cosas a las que golpear.

El Rey Fantasma no desplegó sus alas para elevarse de nuevo. Siguió descendiendo como un misil,
con las alas plegadas, los ojos como ascuas ardientes y las fauces abiertas. En el último momento,
antes de estrellarse, el Rey Fantasma levantó la cabeza y desplegó las alas, alterando ligeramente su
ángulo de descenso. Impactó contra el suelo y se abrió camino por la turba, excavando una zanja
mientras se deslizaba hacia su presa. Y por si eso no fuera suficiente para acabar rápidamente con el
necio que había retado a un dios, el Rey Fantasma lanzó una bocanada de aliento flamígero.
Siguió adelante, destrozándolo todo a su paso hasta llegar a la misma puerta de Espíritu Elevado.
La carne de las bestias reptantes se llenó de ampollas y estalló, desintegrándose bajo la
conflagración, y la hierba quedó carbonizada y arrasada.
—¡Drizzt! —gritaron a la vez Bruenor, Cadderly y Jarlaxle desde dentro de la catedral,
conscientes de que su amigo seguramente habría quedado desintegrado.
Las llamas podrían haber continuado durante mucho más tiempo, ya que aquello parecía una
catástrofe interminable, pero una cimitarra blandida por un drow que debería haber quedado
enterrado durante aquel asalto golpeó con fuerza un lado de la cara del Rey Fantasma.
Éste, sobresaltado y atónito al ver que Drizzt había sido lo bastante rápido como para apartarse,
trató de descargar toda su furia contra él.
Pero un segundo golpe, con toda la potencia que le daba la magia, volvió a sacudirle la cabeza
hacia un lado.
El Rey Fantasma se incorporó sobre las patas traseras, cerniéndose sobre el drow a pesar de
estar metido dentro de la zanja a una profundidad aproximada de tres o cuatro metros, una hondonada
que había abierto con todo su peso al caer en picado desde el cielo.
Apenas se había puesto en pie y ya estaba tratando de morder al drow. El ruido que produjeron
sus afilados dientes al chocar hicieron que Bruenor, que estaba a las puertas de Espíritu Elevado,
dejara escapar un grito ahogado al creer que su amigo había sido devorado entero.
Pero Drizzt volvió a anticiparse a su enemigo. De nuevo el drow, tan concentrado en la imagen
de su esposa herida, perfectamente centrado en su objetivo y con unos reflejos tan ágiles, se lanzó a
por la bestia en el ángulo preciso, hacia adelante y superando el alcance del Rey Fantasma. Mientras
avanzaba, dio tres pasos rápidos que lo situaron junto a la pata trasera derecha, donde clavó
hondamente sus cimitarras.
Aun así, el poder de la magia de Cadderly y la furia de Drizzt Do’Urden no podían hacer lo
mismo que habían hecho con el noctámbulo y desmembrarlo, y a pesar de su rabia, furia y
concentración, a Drizzt jamás se le escapaban las verdades ineludibles: no podía vencer al Rey
Fantasma él solo.
Así que se puso rápidamente en movimiento de nuevo, y a toda velocidad mientras golpeaba con
fuerza. El dragón volvió a lanzarle una dentellada con esos mortíferos colmillos, y el drow volvió a
esquivarla y a correr, a todo lo que daban sus piernas, alejándose del dracolich y dirigiéndose hacia
Espíritu Elevado.
Por puro instinto, Drizzt hizo de repente un amplio viraje y se lanzó al suelo, notando el calor en
su espalda cuando el Rey Fantasma le lanzó otra vez su aliento de fuego. Drizzt cruzó aquella línea
ennegrecida por el otro lado en el mismo instante en que terminó, anticipándose de nuevo al monstruo
que lo perseguía.
Atravesó las puertas de doble hoja a toda velocidad justo por delante del Rey Fantasma y llamó a
Cadderly, ya que no había a dónde huir.
Tal y como supo que ocurriría, el fuego del Rey Fantasma lo siguió hasta el interior, tratando de
alcanzarlo por la espalda y envolviéndolo por completo mientras llenaba el pasillo de fuego.
Cadderly gimió de dolor cuando las llamas royeron el edificio de Espíritu Elevado y la magia
que sustentaba al sacerdote y a su creación. Extendió las manos resplandecientes frente a sí, llegando
al pasillo y tratando de alcanzar a Drizzt mientras rezaba para que hubiera reaccionado lo bastante
rápidamente.
Sólo cuando Drizzt entró dando tumbos en la habitación, escapando del fuego del dragón,
Cadderly pudo respirar. Pero su alivio, al igual que el de todos, duró apenas un instante antes de que
la estructura entera se sacudiera violentamente.
Cadderly cayó de espaldas e hizo una mueca, y volvió a hacerlo cuando otra explosión hizo
estremecerse al edificio entero. Sus paredes, a pesar de La magia, no pudieron soportar la furia del
Rey Fantasma, que entró con gran estrépito, rompiéndolo todo con los dientes y las garras, y
destrozando paredes sin importar que fueran de piedra o de madera, con la cabeza. Abriéndose
camino a base de destrozarlo todo, el Rey Fantasma se movió por el interior de la estructura,
ensanchando el pasillo y atravesando el cielo raso en el exterior de la sala de audiencias.
En el interior de la sala, los cuatro compañeros retrocedieron lentamente, intentando mantener la
calma y la confianza. Mirar a Cadderly no reforzó su determinación, ya que con cada chasquido o
desgarro éste se estremecía profundamente y envejecía. Frente a su mirada pasmada, el cabello de
Cadderly pasó del gris al blanco, su rostro se llenó de arrugas y comenzó a encorvarse.
La pared frontal de la sala de audiencias crujió y, finalmente, se hizo pedazos cuando la atravesó
el monstruo. El Rey Fantasma alzó la cabeza y emitió un rugido ensordecedor de puro odio.
El edificio volvió a estremecerse cuando el dragón entró pesadamente en la habitación, y volvió
a hacerlo cada vez que daba un paso, lo cual lo puso al alcance de su pretendida presa.
—¡Por mi rey! —chilló Thibbledorf Pwent, que estaba sentado sobre un tronco atado por cuerdas
al balcón del piso de arriba.
Justo delante de él, en la barandilla, Athrogate cortó las cuerdas de la parte delantera del tronco y
le dio un empujón para que se balanceara hacia abajo.
La lanza gigante se clavó en el costado del dragón, golpeándolo de lleno justo por debajo del
hombro y del ala, y de hecho, la criatura se tambaleó, aunque fuera sólo un poco, bajo la fuerza del
impacto.
Sin embargo, el golpe resultaba intrascendente tratándose de un dracolich casi divino.
Salvo que Thibbledorf Pwent cortó en ese momento las cuerdas del segundo tronco, sobre el que
estaba sentado.
—¡Yujuu! —gritó mientras dejaba atrás a Athrogate, que le dio un buen empujón, con lo que éste
siguió la misma trayectoria que el anterior.
Cuando el segundo tronco golpeó contra el primero, a su peso se añadió algo más que el peso del
enano, ya que habían dejado hueca la punta y la habían rellenado con aceite explosivo. La versión
enana de los proyectiles de la ballesta de mano de Cadderly se estrelló contra el otro tronco y
explotó con la fuerza de un rayo.
El primer tronco salió despedido hacia adelante, elevando al Rey Fantasma por los aires y
haciéndolo estrellarse contra la lejana pared opuesta. El segundo tronco se hizo astillas, y el enano
que había estado sentado sobre él salió despedido también hacia adelante, agitando brazos y piernas
mientras iba en pos del dracolich, impactando contra él como si fuera un arpón viviente, incluso
mientras el techo se derrumbaba sobre el aturdido Rey Fantasma. Thibbledorf Pwent avanzó a gatas y
empezó a darle cuchilladas.
Sin embargo, el dragón hizo caso omiso de él, ya que llegó Drizzt, encabezando la carga, con
Bruenor detrás. Jarlaxle, que seguía junto al debilitado Cadderly, comenzó a disparar con sus varitas.
Las flechas punzantes de Taulmaril encabezaban el asalto de Drizzt, destellando al clavarse en la
cara del Rey Fantasma y manteniéndolo ocupado. Cuando estuvo cerca, Drizzt arrojó a un lado el
arco y echó mano de las cimitarras.
Sin embargo, sólo desenvainó a Muerte de Hielo mientras en su mirada aparecía un brillo de
inspiración repentina.

Notó cómo le crujían los huesos, como si fueran las mismísimas vigas de Espíritu Elevado. Su
espalda se curvó y quedó dolorosamente encorvada, y los brazos le temblaban al intentar alzarlos
frente a sí.
Pero Cadderly sabía que había llegado el momento de la verdad, el momento de Cadderly, de
Espíritu Elevado y de Deneir. De algún modo supo que era el último momento del escribano de
Oghma, el acto final de su dios.
Así pues, necesitaba poder, y lo obtuvo. Tal y como había hecho en la batalla anterior contra el
Rey Fantasma, el sacerdote pareció alzar las manos y hacer descender el sol sobre sí mismo. Sus
aliados obtuvieron fuerza y energías curativas; tanto fue así, que Athrogate apenas gimió mientras
bajaba de un salto del balcón, ya que sus piernas torcidas se enderezaron incluso antes de que
apareciera el dolor.
El Rey Fantasma sintió la brutal punzada de la luz de Cadderly, y el sacerdote avanzó. El
dracolich llenó la habitación de fuego, pero la protección mágica de Cadderly aguantó mientras
seguía atacando.
La criatura se concentró entonces en Drizzt, decidida a acabar con aquel malvado guerrero, pero
tampoco esa vez pudo morder lo bastante deprisa como para alcanzar al elfo danzante, y aunque
intentó acorralar a Drizzt con sus golpes contra los escombros de la pared, se encontró con que, en
cambio, era ella la acorralada.
Drizzt saltó sobre el dracolich y agarró la costilla del monstruo, que había quedado al aire con el
agujero que el proyectil enano le había hecho, con la mano que aún seguía libre, y antes de que el
Rey Fantasma o cualquiera de los demás pudiera analizar el sorprendente movimiento del drow, éste
se introdujo en el interior de la bestia, justo en el pulmón, que estaba desgarrado.
El Rey Fantasma se estremeció y se revolvió frenético, fuera de sí por el intenso dolor mientras
el drow, empuñando las dos armas, comenzó a destrozarlo desde adentro. Sus movimientos eran tan
violentos, sus gritos tan potentes y su aliento tan devastador que los demás combatientes tuvieron que
taparse los oídos mientras paraban de luchar, tambaleantes, e incluso Pwent se cayó de la criatura.
Pero en su interior, Drizzt sacó toda su furia, y Cadderly mantuvo su luz radiante para reforzar a
sus aliados y consumir a su enemigo.
El Rey Fantasma se apartó de la pared, dando tumbos y rompiendo el suelo de una patada para
acabar cayendo a las catacumbas. Gritó y lanzó su aliento de fuego, y la magia debilitada de Espíritu
Elevado no pudo resistir más las llamas. El humo se volvió denso y apagó el brillo cegador de la luz
de Cadderly, pero no debilitó su efecto.
—¡Mátalo y deprisa! —gritó Jarlaxle mientras la bestia se estremecía agonizante.
Bruenor levantó su hacha y se lanzó a la carga. Athrogate comenzó a hacer girar sus manguales, y
Thibbledorf Pwent saltó sobre una pierna y se revolvió como sólo un Revientabuches sabía hacerlo.
Un brillo azulado se superpuso al tono dorado de la luz de Cadderly, y los tres enanos vieron
cómo sus armas golpeaban en el vacío.
Drizzt cayó a través del torso insustancial, aterrizando suavemente sobre el suelo, pero se resbaló
con la sangre y las vísceras que lo cubrían. Pwent cayó boca abajo con un «ufff».
—¡Está huyendo! —gritó Jarlaxle, y tras él, en la pequeña habitación, se oyó gritar a Catti-brie.
En el vestíbulo, el Rey Fantasma desapareció.
Cadderly llegó primero a la antesala, aunque cada paso parecía dolerle. Quitó el pestillo y abrió
la puerta, sacándose el colgante de rubí que Jarlaxle le había prestado de debajo de la camisa blanca.
Frente a él, Catti-brie temblaba y gritaba. Drizzt, que estaba detrás, sacó la figurita de ónice.
Cadderly lo miró y meneó la cabeza.
—Guenhwyvar no puede llevarte hasta allí —dijo el sacerdote.
—No podemos permitir que se nos vuelva a escapar —dijo Drizzt. Se acercó de forma
inexorable a Catti-brie, queriendo aliviar todo su dolor.
—No lo hará —le prometió Cadderly. Suspiró profundamente—. Dile a Danica que la quiero, y
prométeme que encontraréis a mis hijos y los protegeréis.
—Lo haremos —contestó Jarlaxle, y Drizzt, Bruenor y Cadderly lo miraron asombrados. Si la
situación hubiera sido menos grave en aquel momento, todos habrían roto a reír.
Sin embargo, supuso un breve momento de alivio. Cadderly le hizo un gesto de agradecimiento a
Jarlaxle y se volvió hacia Catti-brie, alzando el colgante de rubí frente a ella. Con la mano que le
quedaba libre le acarició suavemente el rostro y se acercó a ella, introduciéndose en sus
pensamientos y viendo a través de sus ojos.
Los dos drows y los tres enanos dejaron escapar un grito ahogado, y Cadderly comenzó a brillar
con el mismo tono azul blanquecino que el Rey Fantasma cuando había desaparecido. Al desaparecer
también el sacerdote, todos gritaron.
Catti-brie volvió a gritar, pero esa vez pareció que era por la sorpresa más que por el miedo.
Con un gruñido lleno de decisión, Drizzt volvió a coger a Guenhwyvar, pero Jarlaxle lo agarró de la
muñeca.
—No lo hagas —le pidió el mercenario.
Se vieron interrumpidos por un crujido a sus espaldas, y todos se volvieron para ver cómo una
enorme viga maestra caía desde el balcón hacia el suelo, envuelta en llamas.
—Salid —dijo Jarlaxle, y Drizzt fue hacia Catti-brie y la cogió en brazos.

Era un reflejo sombrío del mundo que había abandonado, sin edificios, una tierra llena de colores
apagados y oscuridad casi absoluta, de bestias horripilantes apiñadas por doquier, y monstruos
terroríficos. Pero en el interior de aquellas nubes de materia de sombras brillaba una luz singular, la
de Cadderly, y sobre él se cernía la más profunda oscuridad de todas, el Rey Fantasma.
En ese lugar lucharon, luz contra oscuridad, el brillo del último regalo de Deneir a su Elegido
contra los poderes combinados de la perversión. Durante largos instantes la luz abrasaba la
oscuridad, y las sombras fluían para cubrir aquella luz. Durante largo rato, ninguno de los dos
parecía tener ventaja, y las demás criaturas del plano de la oscuridad observaban sobrecogidas.
Pero entonces esas criaturas cayeron de espaldas, ya que la sombra no podía imponerse a aquella
luz brillante, aquel calor inexorable de Cadderly Bonaduce. El Rey Fantasma, que poseía una gran
inteligencia de dragón y la sabiduría de varios siglos, sabía también la verdad.
Y es que el trono le había sido usurpado, y un nuevo Rey Fantasma se erguía en la oscuridad. En
aquella batalla final, Cadderly resultó ser invencible.
Con un grito de protesta, el dracolich emprendió el vuelo, dispuesto a huir, y Cadderly tampoco
permaneció allí. Y es que aquél no era su sitio, y allí no le importaba si la bestia vivía o moría.
Pero no podía permitir que la criatura volviera a su lugar de procedencia.
Sabía el sacrificio que lo aguardaba, y que no podía volver a cruzar la membrana entre los
mundos, que estaba atado por su deber para con Deneir, con lo que estaba bien, y con su familia y
amigos.
Cadderly, con una sonrisa satisfecha y seguro de haber vivido una vida plena, abandonó aquel
mundo de oscuridad por otro que era casi su hogar.
LOS ÚLTIMOS RECUERDOS DE LOS DIOSES
CAMBIANTES

No permanecía inerte en los brazos de Drizzt, sino que parecía estar presenciando un espectáculo
sobrecogedor, y por el modo en que se retorcía y los gritos ahogados que emitía, Drizzt no podía ni
imaginarse la batalla que su amigo Cadderly estaba librando contra el Rey Fantasma.
—Mátalo —se encontró susurrando mientras salía dando tumbos de la catedral en ruinas, a través
de las puertas de doble hoja y hasta el amplio porche.
Lo que realmente quería era dirigirle una plegaria silenciosa a Cadderly para que trajera a Catti-
brie de vuelta.
—Mátalo.
Y esa palabra lo abarcaba todo, desde el dracolich tangible y simbólico hasta la locura que se
había extendido por el mundo y había atrapado a Catti-brie. Estaba seguro de que era su última
oportunidad. Si Cadderly no encontraba el modo de romper el conjuro que ataba a su amada esposa,
la habría perdido para siempre.
Para alivio de todos, no quedaban monstruos a los que enfrentarse mientras huían del edificio. El
patio estaba lleno de cadáveres, a los que habían matado Drizzt o el feroz asalto del Rey Fantasma.
El jardín, que solía ser tan tranquilo y hermoso, presentaba la negra cicatriz creada por el fuego del
dragón, la hierba muerta al contacto con el dracolich y la enorme zanja creada por el gran dragón al
lanzarse en picado.
Jarlaxle y Bruenor los condujeron a la salida de aquella estructura, y cuando echaron la vista
atrás, hacia la enorme catedral, el trabajo que le había llevado toda la vida a Cadderly Bonaduce,
comprendieron mejor por qué el asalto había hecho tanta mella en el sacerdote. Ardían fuegos en
varios puntos, especialmente en el ala que acababan de abandonar. Cuando la primera oleada de
fuego había sido rechazada por la fuerza de la magia de la catedral, los conjuros protectores se
habían debilitado. El lugar no quedaría totalmente consumido por las llamas, pero los daños eran
cuantiosos.
—Déjala en el suelo, amigo mío —dijo Jarlaxle, posando la mano sobre el brazo de Drizzt.
Drizzt sacudió la cabeza y se apartó, y en ese mismo instante Catti-brie parpadeó, y por un breve
instante Drizzt creyó distinguir la claridad en su interior… ¡Lo había reconocido!
—¡Mi hija! —exclamó Bruenor, que seguramente había visto lo mismo.
Pero fue algo tan fugaz, si realmente existió, y Catti-brie volvió a ese estado letárgico, que la
había invadido desde que la había herido el Tejido, casi de inmediato.
Drizzt la llamó varias veces, agitándola suavemente.
—¡Catti-brie, Catti-brie! ¡Despierta!
Pero no hubo respuesta.
Cuando por fin se dieron cuenta del estado en el que estaba, Athrogate gritó, y todas las miradas
se posaron en él, y después en el lugar hacia el que miraba: las puertas abiertas de la catedral.
Por ellas salió Cadderly, pero no era el viejo sacerdote de carne y hueso, sino una imagen
traslúcida y fantasmagórica de éste, que caminaba encorvado pero con un propósito. Se acercó a
ellos y los atravesó, provocando escalofríos a medida que se acercaba y pasaba.
Lo llamaron, pero no podía oír.
Era como si para él no existieran, y todos sabían que en su nueva realidad era exactamente así.
El viejo sacerdote se dirigió hacia los árboles, con los otros seis detrás, y con las llamas
anaranjadas de fondo, comenzó a caminar mientras susurraba algo, se agachó y sostuvo la mano justo
por encima del suelo. Tras él, una línea azul blanquecina comenzó a brillar suavemente en la hierba,
y se dieron cuenta de que Cadderly estaba trazando una línea mientras avanzaba.
—Una protección mágica —declaró Jarlaxle.
El drow trató de pasar por encima, y se mostró muy aliviado al ver que no sufría daño alguno.
—Como la barrera de Luskan —coincidió Drizzt—. La magia que se utilizó para sellar la ciudad
vieja, por donde vagan los no muertos.
Cadderly siguió con su recorrido alrededor del perímetro de Espíritu Elevado.
—Si el Rey Fantasma vuelve, deberá ser a este lugar —dijo Jarlaxle, aunque parecía no confiar
mucho en esa afirmación, y su razonamiento sonó más como una plegaria—. Los no muertos no
podrán salir de aquí.
—Pero ¿cuánto tiempo tiene para tejer eso?
—Él lo sabía —dijo Drizzt, respirando con dificultad—. Su mensaje para Danica…
—Para siempre —susurró Jarlaxle.
Al sacerdote le llevó un buen rato completar el primer recorrido, y comenzó otro nuevo, ya que el
primero que había trazado ya se estaba desvaneciendo.
Apenas había empezado con el segundo cuando una voz surgió de la oscuridad del bosque.
—¡Padre! —exclamó Rorick Bonaduce—. ¡Madre, es viejo! ¿Por qué parece tan viejo?
Danica y sus hijos salieron de entre los árboles, con Ivan y Pikel. Los saludos alegres por
haberse reunido al fin tendrían que esperar, ya que el dolor era evidente en los rostros de los tres
jóvenes, y en el de la mujer que había amado tanto a Cadderly.
Drizzt sintió el dolor de Danica en lo más profundo mientras sostenía a Catti-brie.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Danica, apresurándose a reunirse con ellos.
—Logramos expulsarlo y herirlo gravemente —dijo Jarlaxle.
—Cadderly fue tras él cuando desapareció —dijo Bruenor.
Danica dirigió la vista hacia Espíritu Elevado en llamas. Sabía por qué su fantasmal esposo
parecía tan viejo, por supuesto. El edificio estaba en ruinas, su magia se había quedado
prácticamente en nada, y esa magia era la que sostenía a Cadderly tan seguro como sostenía las
maderas, la piedra y el vidrio de la catedral de Deneir. La magia había rejuvenecido a Cadderly, y lo
había conservado así.
El conjuro había sido destruido.
¿Su esposo habría sido destruido también o… qué? Lo miró y no supo qué pensar.
—Sus últimos pensamientos fueron para ti —le dijo Drizzt—. Te amaba. Aún te ama, y sirve a
Deneir igual que nos sirve a nosotros.
—Saldrá de ésta —dijo con decisión Hanaleisa—. ¡Terminará con su cometido y volverá a
nosotros!
Nadie se atrevió a contradecirla. ¿Qué sentido tenía? Pero al mirar a Danica, Drizzt supo que ella
también sabía la verdad, Cadderly se había convertido en el Rey Fantasma. Cadderly, su servicio a
Espíritu Elevado y al resto del mundo, eran eternos.
El sacerdote fantasmal iba por la mitad de su tercer recorrido cuando amaneció por el este, y los
demás, exhaustos, continuaron tras él.
Su brillo disminuyó con el sol naciente hasta que desapareció por completo, arrancando gritos
ahogados, llenos de esperanza y miedo, de sus hijos.
—¡Se ha ido! —exclamó Temberle.
—Volverá —afirmó Rorick.
—No ha desaparecido —dijo Jarlaxle un instante más tarde, y les hizo señas a los demás para
que fueran hacia él.
La línea brillante seguía su recorrido, y cerca de su punto más brillante, el aire estaba mucho más
frío. Cadderly seguía allí, invisible a la luz del día.
El incendio de Espíritu Elevado se iba apagando poco a poco, pero el grupo no volvió a entrar en
la catedral, sino que montaron un campamento frente a la puerta principal. El cansancio los hizo
dormir, aunque montaron guardia por turnos, y cuando volvió a anochecer, el Rey Fantasma, la
aparición de Cadderly, volvió a resultar visible mientras hacía el mismo recorrido eternamente.
Poco después regresaron algunas bestias reptantes, un pequeño grupo que parecía decidido a
atacar Espíritu Elevado. Salieron del bosque por sorpresa y chillaron como uno solo al acercarse a
la línea brillante de Cadderly antes de huir nuevamente hacia la oscuridad.
—La protección mágica de Cadderly es buena —dijo Bruenor.
El grupo descansó algo más tranquilo después de aquello.
—Debemos abandonar este lugar —les dijo Jarlaxle a los demás aquella noche, y eso provocó
muchas miradas, pocas de agradecimiento—. Tenemos que hacerlo —insistió el drow—. Tenemos
que contarle al mundo lo que ha sucedido aquí.
—Ve tú a contárselo —gruñó Hanaleisa, pero Danica posó la mano sobre el brazo de su hija para
tranquilizarla.
—Los monstruos se han batido en retirada, pero siguen estando ahí fuera —advirtió Jarlaxle.
—Entonces, quedémonos aquí, donde no pueden alcanzarnos —replicó Rorick.
—El dracolich puede regresar dentro del perímetro de la protección mágica —advirtió Jarlaxle
—. Debemos aband…
Drizzt lo hizo callar con un gesto de la mano y se giró hacia Danica.
—Con la primera luz del día, mañana —le dijo.
—Éste es nuestro hogar, ¿adónde vamos a ir?
—A Mithril Hall, y desde ahí a Luna Plateada —contestó Drizzt—. Si alguien tiene respuestas, es
la dama Alustriel.
Danica se volvió hacia sus hijos, que no parecían muy felices ante la perspectiva, pero no podían
rebatir una realidad tan evidente. La comida que pudieran rescatar del interior del edificio no iba a
mantenerlos para siempre.
Como solución de compromiso, esperaron dos noches más, pero para entonces, hasta Hanaleisa y
Rorick tuvieron que admitir que su padre no iba a volver con ellos.
Fue, pues, una solemne caravana la que partió de Espíritu Elevado una mañana luminosa. La
carreta no había sufrido graves daños a pesar de haber estado estacionada en el patio, y con cinco
eximios enanos que tenían los conocimientos necesarios, consiguieron repararla por completo. Aún
tuvieron una sorpresa mejor cuando encontraron a las pobres mulas, asustadas y hambrientas pero
muy vivas, vagabundeando por un corredor apartado de la primera planta de la catedral, con sus
herraduras mágicas intactas.
Se pusieron en marcha lentamente hacia Carradoon, vacía y en ruinas, y luego hacia el norte,
camino de Mithril Hall. Sabían que encontrarían enemigos en las montañas Copo de Nieve, y así fue,
pero con las fuerzas combinadas de los cinco enanos, la familia Bonaduce y los dos drows, no había
bestias reptantes, murciélagos gigantes ni noctámbulos, capaces de representar una verdadera
amenaza para el grupo.
Avanzaban a un paso que nada tenía que ver con la furia que los había traído hacia el sur, y veinte
días después atravesaban el Surbrin y entraban en Mithril Hall.
Encorvado y resignado, el Rey Fantasma Cadderly se paseó esa noche por las ruinas de Espíritu
Elevado.
Y a partir de ésa, todas las noches, por siempre jamás.

Todo era un borrón, un torbellino, una bruma gris que desafiaba a la lucidez. Destellos de imágenes,
la mayor parte aterradoras, atravesaban su sensibilidad y la hacían saltar de un recuerdo a otro, a
sensaciones de la vida que había conocido.
Todo era un borrón incomprensible.
Hasta que Catti-brie vio un punto dentro de ese mar en movimiento, un punto focal, como el
extremo de una cuerda que le hubieran arrojado a través de la niebla. Mentalmente y con la mano
trató de asir ese punto de claridad y, ante su sorpresa, consiguió tocarlo. Era firme y liso, del marfil
más puro.
Las nubes se retiraron en un remolino de ese punto, y Catti-brie pudo entonces ver claramente con
los ojos, y en el presente, por primera vez desde hacía semanas. Examinó el elemento salvador, un
solo cuerno. Lo siguió.
Un unicornio.
—¡Mielikki! —dijo en un susurro.
El corazón le golpeaba en el pecho. Trató de abrirse paso a través de la confusión, de salir de la
maraña de hechos que habían sucedido.
¡La hebra del Tejido! Recordó la hebra del Tejido que la había tocado y dañado.
Todavía estaba allí, dentro de ella. Las nubes grises se arremolinaban en los la periferia de su
visión.
—Mielikki —volvió a decir, sabiendo sin la menor duda que era ella, la diosa, la que tenía
delante.
El unicornio bajó la cabeza y dobló las patas delanteras, invitándola.
El corazón de Catti-brie latía desbocado, hasta tal punto que pensó que se le iba a salir por la
boca. Las lágrimas asomaron a sus ojos mientras trataba de negar lo que vendría a continuación y
rogaba en silencio que se retrasara.
El unicornio la miró con sus grandes ojos oscuros llenos de comprensión. Entonces, volvió a
ponerse de pie y retrocedió un paso.
—Concédeme una noche más —susurró Catti-brie.
Salió corriendo de su habitación con los pies descalzos y fue a la puerta siguiente de Mithril
Hall, esa puerta que conocía tan bien, la de la habitación que compartía con Drizzt.
Él estaba en la cama, profundamente dormido, cuando ella entró en la habitación. Soltó las cintas
de su túnica mágica y la dejó caer al suelo antes de deslizarse en la cama, junto a él.
Drizzt se despertó y se volvió, y Catti-brie lo recibió con un beso apasionado. Los dos cayeron
sobre la cama, abrumados, e hicieron el amor hasta quedar exhaustos el uno en brazos del otro.
Después de eso, el sueño de Drizzt se hizo todavía más profundo, y cuando Catti-brie oyó el
suave golpe del cuerno del unicornio en la puerta cerrada, comprendió que Mielikki era el que lo
tenía sumido en ese sopor.
Venía a reclamarle que cumpliera su destino.
Se desasió del abrazo de Drizzt, se incorporó sobre un codo y lo besó en la oreja.
—Siempre te amaré, Drizzt Do’Urden —dijo—. Tuve una vida plena y libre de pesares porque te
conocí y tú me completaste. Que duermas bien, amor mío.
Abandonó el lecho y echó mano de su túnica mágica, pero se detuvo haciendo un gesto negativo
con la cabeza. Se dirigió a su arcón y allí encontró la ropa que le había regalado la dama Alustriel:
un traje blanco, con sobrefaldas llenas de pliegues y frunces, pero sin mangas, con un amplio escote y
sin un ruedo definido. Estaba pensado para flotar a cada movimiento y para resaltar más que ocultar
la belleza de sus formas.
Cogió una capa negra con capucha y se la echó sobre los hombros, dando una vuelta para
apreciar su caída.
Salió descalza. No iba a necesitar zapatos nunca más.
El unicornio estaba esperando, pero no protestó cuando Catti-brie lo condujo silenciosamente
corredor adelante, hasta una puerta no muy lejana. Dentro yacía Regis, atormentado, magullado,
pendiendo su vida de un hilo gracias a los esfuerzos incansables de los leales sacerdotes de Mithril
Hall, uno de los cuales estaba sentado en una silla cerca de la cama del halfling, sumido en un
profundo sopor.
Catti-brie no tuvo necesidad de soltar las ataduras que sujetaban los brazos y las piernas de
Regis, porque no era sólo eso lo que iba a dejar atrás. Regis se liberó de su envoltura carnal, y la
mujer, su guía y compañera, lo levantó suavemente en sus brazos. El halfling emitió un leve gruñido,
pero ella le habló con suaves palabras, y, gracias a la magia de Mielikki que la alentaba, el halfling
se calmó.
En el pasillo, el unicornio dobló nuevamente las patas delanteras, y cuando Catti-brie se montó a
la amazona sobre su lomo, partieron corredor adelante.

El grito de una voz familiar despertó a Drizzt. El pánico que trasuntaba ofrecía un palpable contraste
con la maravillosa sensación cálida de la noche pasada.
Pero si la frenética llamada de Bruenor no había conseguido romper del todo el sopor inducido,
sin duda lo hizo la imagen que cobró nitidez al mismo tiempo que Drizzt tomaba conciencia de la
sensación que le transmitía su tacto.
Catti-brie estaba allí, con él, en la cama, con los ojos cerrados y una expresión de total serenidad
en el rostro, como si estuviera dormida.
Pero no lo estaba.
Drizzt se incorporó de golpe, respirando con dificultad, con los ojos desorbitados y las manos
temblorosas.
—Catti —gritó—. ¡Catti, no! —Tendió hacia ella los brazos y atrajo hacia sí la forma inerte, tan
fría y quieta—. No, no, vuelve conmigo.
—¡Elfo! —volvió a chillar Bruenor, porque fue un chillido, no un grito.
Jamás había oído Drizzt semejante lamento de boca del estoico y sensato enano.
—¡Oh, elfo, por todos los dioses!
Drizzt depositó a Catti-brie en la cama. No sabía si tocarla, si besarla, si tratar de insuflarle vida.
No sabía qué hacer, pero el tercer grito de Bruenor hizo que se tirara de la cama y tambaleándose
fuera hasta la puerta.
Salió corriendo al pasillo, desnudo y sudoroso, y a punto estuvo de arrollar a Bruenor, que
avanzaba por el corredor temblando y dando tumbos con la forma inerte de Regis en los brazos.
—¡Oh, elfo!
—Bruenor, Catti-brie… —tartamudeó Drizzt, pero Bruenor lo interrumpió.
—¡Está sobre el maldito caballo con Panza Redonda!
Drizzt lo miró mudo de asombro, y Bruenor señaló con el mentón corredor adelante y avanzó
tambaleándose hacia el siguiente pasillo. Drizzt iba dándole apoyo y tirando de él. Juntos doblaron la
esquina del corredor y allí, delante de ellos, se les presentó la visión que explicaba plenamente el
grito frenético de Bruenor.
Un unicornio llevaba a Catti-brie, cabalgando a la amazona y acunando a Regis en sus brazos. Ni
la criatura equina ni la mujer se volvieron, a pesar de la conmocionada persecución y de las
insistentes llamadas del drow y el enano.
El corredor describía un pronunciado recodo, pero el unicornio se metió directamente en el muro
y desapareció.
Drizzt y Bruenor se detuvieron. Las piernas casi no los sostenían y las palabras se negaban a salir
de sus bocas.
Detrás de ellos se produjo una conmoción al reaccionar otros enanos a los gritos de su rey, y
también Jarlaxle corrió hacia la horrorizada pareja. Muchos gritaron al ver a Regis muerto en brazos
de Bruenor, ya que el halfling había prestado muy buenos servicios como administrador de Mithril
Hall y como íntimo asesor de su gran rey.
Jarlaxle le ofreció a Drizzt su capa, pero tuvo que ponérsela al explorador que estaba fuera de sí
mismo de terror y de dolor. Por fin, Drizzt miró a Jarlaxle, y cogiéndolo por los pliegues de la
camisa lo arrinconó contra la pared.
—¡Encuéntrala! —le imploró, contra toda lógica, porque sabía dónde estaba la mujer, quieta y
fría—. ¡Tienes que encontrarla! ¡Haré cualquier cosa que me pidas! ¡Te daré todas las riquezas del
mundo!
—¡Mithril Hall y todo lo que contiene! —añadió Bruenor.
Jarlaxle trató de calmarlos a los dos. Asintió y le dio a Drizzt palmaditas en el hombro, aunque,
por supuesto, no tenía la menor idea de dónde empezar ni de lo que tenía que buscar realmente… ¿El
alma de Catti-brie, acaso?
Las promesas de vasallaje y riquezas le sonaron extrañamente discordantes en ese momento. La
encontraría, o al menos lo intentaría. De eso no tenía ninguna duda.
Sin embargo, y esto lo sorprendió muchísimo, no tenía intención de aceptar ni un cobre por sus
esfuerzos, y no quería ninguna promesa de vasallaje de Drizzt Do’Urden.
Tal vez, en esa ocasión, lo movía alguna otra cosa.
Lo sintió como un latido bajo los pies desnudos, la tierra viva, el ritmo de la propia vida, y tuvo
ganas de bailar. Y aunque nunca se le había dado muy bien el baile, sus movimientos fueron fluidos y
gráciles, una perfecta expresión del bosque primaveral en el que la habían colocado. Y aunque tenía
la cadera dañada —irreversiblemente, según creían todos— no sintió el menor dolor al levantar la
pierna ni al saltar y girar en una inspirada pirueta.
Se llegó hasta Regis, que estaba sentado en un pequeño prado de flores silvestres, con la vista
fija en las ondas de un reducido estanque. Le sonrió y se echó a reír mientras danzaba a su alrededor.
—¿Estamos muertos? —preguntó el halfling.
Catti-brie no tenía respuesta. Ahí estaba el mundo, en algún lugar más allá de los árboles del
bosque, y ahí estaba… Aquí. Esta existencia. Este rincón de paraíso, una expresión de lo que había
sido que nacía de la diosa Míelikki, un regalo que les hacía a ella y a Regis, y a todo Toril.
—Entonces, ¿por qué estamos aquí? —preguntó el halfling, al que ya no atormentaban los
encorvados monstruos de sombra.
Porque habían vivido una vida satisfactoria, Catti-brie lo sabía. Porque éste era el regalo de
Mielikki —para ellos y para Drizzt—, una expresión de recuerdos maravillosos de la diosa que
sabía que el mundo había cambiado para siempre.
Catti-brie se alejó, cantando, y aunque nunca se le había dado bien el canto, su voz sonaba con un
tono y una armonía perfectos, otro efecto del bosque encantado.
Seguían en Toril, aunque no lo sabían, en un pequeño reducto de eterna primavera del bosque
situado en medio de un mundo cada vez más oscuro y frío. Pertenecían a ese lugar, de forma tan
innegable como había pertenecido Cadderly a Espíritu Elevado, o tal vez más. Abandonarlo
equivalía a propiciar otra vez la entrada de las pesadillas y el estupor de la confusión más absoluta.
Porque de entrar alguien más, sería como invitarlos a variaciones de lo mismo.
Aquel prado era la expresión de Mielikki, un lugar de posibilidades, de lo que podría ser y no de
lo que era. Allí no había monstruos, aunque abundaban los animales. Y el regalo era de carácter
privado y no podía compartirse, un lugar secreto, la marca indeleble de la diosa Mielikki, el
monumento adecuado de Mielikki en un mundo que avanzaba en una nueva dirección.

Dos montones de piedras.


Dos túmulos, uno con los restos de Regis y otro con los de Catti-brie. Hacía poco más de un mes,
Drizzt y Catti-brie volvían de Luna Plateada, y a pesar de las turbulencias en el Tejido, había sido un
viaje gozoso. Durante más de ocho años, Drizzt se había sentido completo, había sentido que todos
los gozos se habían duplicado y todos los pesares se habían reducido a la mitad mientras recorría su
vida bailando con aquella maravillosa mujer, que jamás le había mostrado otra cosa que no fuera
sinceridad, compasión y amor.
Luego, todo había desaparecido, le había sido arrebatado, y de una manera que no acertaba a
comprender. Trató de consolarse diciéndose que ella ya no sufría, que estaba en paz…, con Mielikki,
evidentemente, teniendo en cuenta la visión del unicornio. Después de todo, las últimas semanas
habían sido un sufrimiento para ella.
Pero no funcionaba, y no podía hacer otra cosa que sacudir la cabeza, tratar de contener las
lágrimas y reprimir el impulso de arrojarse sobre aquel frío y duro túmulo montado en una profunda
cámara decorada de Mithril Hall.
Miró el túmulo más pequeño y le vino a la memoria su viaje con Regis a Luskan. Después, sus
recuerdos se remontaron mucho más atrás, a sus primeros días juntos en el Valle del Viento Helado.
El drow dejó caer la mano sobre Guenhwyvar, a la que había llamado para la ceremonia. Era lo
que correspondía, que la pantera estuviera allí, y de haber conocido una manera de conseguirlo,
también habría correspondido que estuviera allí Wulfgar. En ese momento tomó la decisión de ir al
Valle del Viento Helado para informar personalmente a su amigo bárbaro.
Entonces, todo se vino abajo. La idea de contárselo a Wulfgar, por fin, derribó las defensas del
estoico Drizzt Do’Urden. Empezó a sollozar. Sus hombros se agitaron y sintió que se derrumbaba en
el suelo, como si las piedras se elevaran para enterrarlo… ¡Y cómo le hubiera gustado que así fuera!
Bruenor lo sujetó y lloró con él.
Drizzt pronto se recompuso y se irguió con una mueca fría y una expresión que dejó helados a
todos los presentes.
—Todo irá bien, elfo —susurró Bruenor.
Drizzt se limitó a mirar al frente con una furia fría, dura, indeterminada.
Sabía que nunca volvería a ser el mismo; sabía que aquel gruñido interior no desaparecería con
el paso de los días, de las semanas, de los meses, de los años, ni de décadas quizá. No había ninguna
luz de esperanza al final de aquel oscuro túnel.
Esa vez no.

Cuando Regis quería encontrar un hilo de pescar, lo encontraba. Cuando buscaba un anzuelo y una
caña también los descubría rápidamente. ¡Y cada vez que sacaba una trucha testarteja del pequeño
estanque, el halfling daba un respingo y se preguntaba si no estaría en el Valle del Viento Helado!
Pero sabía que no, porque aunque aquel bosque extraño estuviera situado en esa tierra, no
pertenecía a ella.
No muy lejos había herramientas para tallar y a Regis no le sorprendió encontrarlas, Las quería y
allí estaban, y entonces empezó a preguntarse sí el lugar en sí mismo sería un sueño, una gran ilusión.
¿Cielo o infierno?
¿Se despertaría?
¿Quería despertarse?
Pasaba los días pescando o haciendo tallas, no le faltaba calor y estaba feliz. Comía las comidas
más deliciosas que hubiera conocido jamás, se iba a dormir con la barriga llena y tenía hermosos
sueños.
Además, el canto de Catti-brie llenaba el aire del bosque, aunque sólo la veía en momentos
fugaces, a lo lejos, subiéndose a rayos del sol o de la luna como si fueran una escalera hacia el cielo.
Bailando, siempre bailando. Sus movimientos y su canto daban vida al bosque, y el cantar de los
pájaros la acompañaba alegremente a la luz del sol, y con una belleza irreal en la blanda oscuridad
de la noche.
No se sentía infeliz, ni frustrado, pero muchas veces, llevado de su propia curiosidad, trataba de
andar en línea recta, sin desviarse un solo paso a izquierda ni a derecha, en un intento de llegar a la
linde del bosque.
Inexplicablemente, sin embargo, se volvía a encontrar una y otra vez donde había empezado, a la
orilla de un pequeño estanque.
Lo único que podía hacer era poner los brazos en jarra y reírse…, y volver a coger la caña de
pescar.

Y así discurría todo, y el tiempo llegó a perder su significado, los días y las estaciones ya no tenían
importancia.
Nevó en el bosque, pero no hacía frío, y las flores no pararon de abrirse, y Catti-brie, el alma
mágica de la expresión de Mielikki, no dejó de danzar ni de cantar.
Era su lugar, su bosque, y allí encontraba felicidad, serenidad y paz de espíritu, y si algo
amenazaba al bosque, ella le haría frente. Regis también sabía todo eso, y sabía que era un huésped
allí, que siempre sería bienvenido, pero no estaba tan íntimamente unido a la tierra como lo estaba su
compañera.
Y por eso el halfling decidió que se convertiría en una especie de vigilante. Cultivó un jardín y lo
mantenía perfecto. Se construyó una casa sobre una ladera, con una puerta redonda y un confortable
hogar, con estantes maravillosamente tallados que él mismo había esculpido, y platos y tazas de
madera, y una mesa siempre puesta…
Para huéspedes que no llegaban nunca.

FIN

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