Nicolás Álvarez de las Asturias
Lección 4. Las persecuciones en el Imperio romano
Lecturas complementarias:
— Actas de los mártires: ed. D. RUIZ BUENO, BAC, Madrid 1951, 751-761 [introducción crítica y martirio
de S. Cipriano]
— X. BASURKO, Historia de la liturgia, CPL, Barcelona 2006, 102-105.
— BENEDICTO XVI (J. RATZINGER), Pueblo y casa de Dios en la doctrina de San Agustín sobre la Iglesia,
Encuentro, Madrid 2012, capítulo 9.
— L. W. HURTADO, Destructor de los dioses. El cristianismo en el mundo antiguo, Sígueme, Salamanca
2017, 205-256.
— M. SORDI, Los cristianos y el imperio romano, Encuentro, Madrid 1988, 161-168.
1. Elementos para su comprensión
1.1. El Imperio romano: organización política y evolución (27 a. C. - 302)
La transformación definitiva de la República romana en Imperio puede datarse en el
27 a. C, cuando el Senado nombró a Octavio prínceps (primer ciudadano), confiriéndole
todo el poder (imperium) y dándole el título de Augusto. Comienza así la época del
principado, que dura hasta el 284.
Durante este periodo se fue afianzando el sistema de sucesión dinástica, aunque con
numerosas interrupciones y cambios, fruto normalmente de la inestabilidad en la ciudad
de Roma y, más concretamente, en la corte imperial y en el ejército. Las principales
dinastías fueron la Julia (descendientes de Julio César), la Flavia (descendientes de
Vespasiano), la Antonina (iniciada por Nerva) y la Severa (descendientes de Septimio
Severo). Uno de los emperadores de esta última dinastía, Caracalla, concedió en el 212 la
ciudadanía romana a todos los habitantes libres del Imperio.
Entre los años 235 (muerte de Alejandro Severo) y el 384 (ascenso de Diocleciano)
se produjo lo que se ha denominado como la “crisis del siglo III”, marcada por la presión
en las fronteras exteriores y las dificultades económicas y sociales, que dieron al ejército
un gran protagonismo en el nombramiento y deposición de los sucesivos emperadores.
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En este periodo incierto, comenzaron las persecuciones más globales contra los cristianos
(Decio y Valeriano).
Con el ascenso al poder de Diocleciano (284-305) el principado dio paso al dominado,
en el que el gobierno imperial, se orientaliza en sus formas y adquiere tintes de poder
absoluto. Diocleciano reorganizó profundamente el Imperio, acentuando las diferencias
entre oriente y occidente y estableciendo una organización política bajo la forma de la
tetrarquía y una división administrativa en diócesis, en las que se agrupaban las distintas
provincias.
1.2. El sistema religioso romano: religión civil, pax deorum y grupos marginales
La manera mejor de comprender el sistema religioso romano es partir de lo que
podríamos definir como “carácter utilitarista” de la religión tradicional. Su finalidad era,
en efecto, doble: por una parte, mediante el culto se trataba de lograr el favor de los dioses
para la prosperidad de Roma y la sociedad civil; por otra, se buscaba lograr que la religión
fomentase el patriotismo de los ciudadanos romanos.
Para lograr el favor de los dioses y así garantizar la prosperidad de Roma, se
contemplaban tres medidas complementarias: (i) la integración en el Panteón romano de
las divinidades extranjeras, garantizando de este modo tanto su culto como su
“benevolencia” hacia Roma (es el sistema de la pax deorum); (ii) el estatus de religio
licita para aquellas que encontraban dificultad de integración, pero estaban circunscritas
a un ámbito específico (territorio o etnia), como fue el caso de los judíos; y (iii) la
persecución contra aquellas manifestaciones religiosas que fueran incompatibles con el
sistema de la pax deorum o alteraran el orden público por inmoralidad o rigorismo.
Por otra parte, la función principal de la religión romana no era poner a los ciudadanos
en contacto con Dios, sino hacerles buenos ciudadanos. En este sentido la religión romana
difiere del concepto habitual de grupo religioso que tenemos en la actualidad (asociación
libre y voluntaria que une a las personas que tienen una misma visión acerca de Dios).
Por ello, la piedad —virtud fundamental de la religión— no se dirige en Roma a Dios,
sino a la misma Roma: lo que se espera del ciudadano romano no es que sea capaz de
morir por los dioses, sino que muera por Roma.
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Esta descripción del sistema religioso romano permite comprender dos cuestiones
muy importantes para hacernos cargo de la novedad cristiana y de las dificultades que
tuvo:
(i) En primer lugar, la estrecha vinculación entre el poder político y la religión
tradicional, expresada en este tiempo tanto en la consideración del emperador como
pontifex maximus como en su “divinización”, que le hacía objeto de culto.
En efecto, si la tarea principal del gobernante es lograr el bien de sus súbditos,
amenazado por tantas amenazas que escapan al control humano, se comprende que su
tarea sea garantizar el culto debido a todos los dioses que podrían favorecer o dificultar
la vida de su pueblo. De ahí tanto su condición de pontifex maximus como la lógica del
sistema de la pax deorum. De ahí también que se considerara un peligro político cualquier
amenaza contra dicha paz.
Además, si el objeto último de la religión tradicional es Roma y la teoría política la
identifica cada vez más con su gobernante, se percibe mejor el sentido de la
“divinización” del emperador, signo del carácter absoluto que para los romanos tenía el
Estado.
(ii) En segundo lugar, se comprende que la religión tradicional no satisficiera ni a los
filósofos (muchas veces acusados de impiedad o ateísmo, por negar el valor a los dioses)
ni las necesidades religiosas de los romanos, que las saciaron acudiendo a las religiones
y cultos mistéricos provenientes de Oriente y, también, en el cristianismo.
1.3. Consecuencias del Bautismo
Para completar el cuadro, resulta importante asomarse a la comprensión de la cuestión
propia de los cristianos. Se trata, en definitiva, de percibir cómo entendían la conversión
y las consecuencias que implicaba.
En este sentido, un análisis del “antes” y del “después” de la conversión, muestra que
“hacerse cristiano” era asumir tanto una fe y un culto propio, como un comportamiento
moral, en algunos aspectos, profundamente “contracultural”. También que exigía una
lealtad por encima de la debida a la sociedad civil, por mucho que ésta fuera también
importante. De hecho, hacerse cristiano significaba “secularizar” (despojar de su aura
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divina) la organización política del Imperio y el Bautismo se entendía en términos de
juramento de fidelidad, en analogía al juramento que los soldados hacían al emperador.
Por otra parte, para hacerse cristiano no era necesario pertenecer ni a una etnia
determinada ni a una clase social específica. Es más, el cristianismo se entendía como
universal y llamado a desterrar las religiones, consideradas falsas e idolátricas. Se
comprende así que haya habido momentos a lo largo del Imperio romano en el que el
cristianismo fuera perseguido como superstitio illicita.
2. Las “diez” persecuciones y su alcance
Antes de entrar en la descripción de las persecuciones acaecidas durante los tres
primeros siglos, resulta necesario señalar algunas cautelas:
1. Durante los tres primeros siglos se alternaron tiempos de tolerancia de facto y
tiempos de persecución, y estas últimas no siempre fueron universales. De hecho,
hasta la persecución de Valeriano (253-260) no hizo falta una legislación
persecutoria especial. Bastaba con urgir o no urgir la ley general en materia
religiosa.
2. El número de mártires, así como el índice de defecciones es difícil de conocer de
modo exacto, aunque el cuadro general que distingue entre momentos de mayor
fidelidad y momentos de mayores defecciones puede tenerse por correcto.
3. El modelo narrativo establecido por Lactancio y sus continuadores, que habla de
10 persecuciones asociadas a otros tantos emperadores no responde exactamente
a la realidad. Los episodios de persecución fueron más frecuentes, y algunos de
los emperadores señalados por Lactancio como perseguidores no merecen en
realidad ese calificativo, aunque durante su gobierno se dieran episodios de
persecución.
Una cronología válida de las persecuciones que tenga en cuenta también la evolución
de su alcance y cobertura legal podría ser la siguiente:
v Persecuciones locales y esporádicas (62-180).
Ø Nerón (62-63). Martirio de Pedro y Pablo. Supone un cambio en la política inicial
de las autoridades romanas respecto al cristianismo, pues hasta entonces los
habían intentado proteger del fanatismo judío. Parece que este cambio se debió a
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una evolución general en la política religiosa de Nerón, que llegó a la convicción
de que los estoicos, cristianos y miembros de otras religiones orientales estaban
minando los fundamentos religiosos del imperio. Para perseguirlos, no necesitó
otra legislación que la común contra las supersticiones ilícitas (este sería el
Instititum Neronianum del que hablan algunas fuentes). Finalmente, debe
destacarse que el hecho de esta persecución prueba que ya para entonces los
cristianos de Roma eran distinguibles de los judíos.
Ø Domiciano (81-96). Martirio de Clemente Romano, entre otros. Aunque puntual,
resultó decisiva para manifestar de modo definitivo la distinción entre cristianos
y judíos. De hecho, varios en la corte adujeron ser judíos y fueron absueltos. Sin
embargo, el hecho del martirio cristiano pone de manifiesto que la profesión de fe
cristiana se consideraba debida y el refugio en el judaísmo, una deslealtad.
Ø Trajano (97-117). Martirio de Ignacio de Antioquía y Simeón, obispo de
Jerusalén, entre otros. Se trata de una persecución cuyo sentido puede deducirse
del Rescripto de Trajano en respuesta a la pregunta del gobernador Plinio. Los
cristianos no se percibían como un problema que atajar, pero, si eran acusados y
se confesaban cristianos, había que castigarlos. Solo se castiga a los denunciados
(no se aceptaban denuncias anónimas) que se confiesan cristianos, no a los que lo
habían sido o abjuraban. Será un criterio seguido habitualmente en los años
posteriores. Esta persecución debe ponerse en conexión con la lucha de Trajano
contra las asociaciones secretas, especialmente las de trasfondo religioso, pues
formaban grupos al margen del Estado, y con la creciente animosidad contra los
cristianos en algunos sectores de la sociedad.
Ø Antonino Pío (138-161). Martirio de Policarpo de Esmirna, obispo. Basada en la
preocupación de que la religión tradicional no desaparezca a causa de los nuevos
fenómenos religiosos.
Ø Marco Aurelio (161-180). Es la primera persecución en la que de modo más
general se pide que se busque a los cristianos. Se cambia el planteamiento de
Trajano por una acción particular de la justicia de desenmascarar a los cristianos,
con el fin de obligarles a apostatar o matarlos. Probablemente, este cambio de
planteamiento tuvo que ver con la difusión de la herejía montanista dentro del
cristianismo, con una marcada posición beligerante contra el Estado, siendo muy
difícil desde fuera diferenciar entre montanistas y cristianos.
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v Entre la tolerancia de hecho y las persecuciones puntuales (180-249). Son años en los
que fundamentalmente hubo paz y crecimiento de la Iglesia, interrumpidos tan solo
por dos momentos significativos de persecución.
Ø Septimio Severo (192-211). El martirio de muchos catecúmenos y las
informaciones de Eusebio de Cesarea han llevado a considerar que este emperador
se empeñó en atajar la propaganda cristiana, emanando incluso legislación
antiproselitista. Si embargo, el carácter intermitente de esta persecución hace
improbable la existencia de dicha legislación.
Ø Máximo Tracio (235-238): Martirio de Ponciano, papa, e Hipólito, antipapa.
v Persecuciones universales y sistemáticas (249-305). Es el momento de grandes
persecuciones que tienen como denominador común la convicción de que o se toman
medidas serias contra los cristianos o el Imperio acabará siendo cristiano.
Ø Decio (249-251). Martirio del papa Fabián. Es la primera gran persecución,
desencadenada por un edicto del emperador que obligaba a todos los ciudadanos
romanos sacrificar ante los dioses y ante la figura del emperador, como confesión
pública de lealtad a la religión tradicional y al Imperio. En el fondo, era una
disposición sólo problemática para los cristianos. La persecución de Decio fue la
más dramática para los cristianos porque se produjeron apostasías masivas,
seguramente en relación con el carácter ya relativamente masivo del cristianismo
y la relativa tranquilidad del periodo anterior. Los cristianos consideraron
apóstatas –caídos o lapsi– tanto a aquellos que habían sacrificado –sacrificati– o
sólo habían ofrecido unos granos de incienso –thurificati–, como también a los
que fingieron haber dado culto a los dioses, obteniendo por soborno o mentira un
certificado de haberlo hecho –libellatici–. Más importante que explicar las causas
de estas deserciones, resulta la respuesta pastoral de la Iglesia, en la que se
enfrentaron posturas rigoristas (que le negaban la reincorporación a la Iglesia, a
pesar del arrepentimiento y la penitencia) y quienes les admitían a penitencia y
reconciliación, que fue la postura que terminó por imponerse.
Ø Valeriano (253-260). Martirio del papa Sixto, del diácono Lorenzo y del obispo
Cipriano de Cartago. Es la primera persecución que para ser llevada a cabo exige
un cambio legislativo. Se busca excluir a los cristianos de las estructuras políticas,
privar a la Iglesia de su jerarquía y confiscar los bienes eclesiásticos para paliar la
precaria situación del Estado. Se diferencia de las anteriores en que solo se dirige
contra los ministros sagrados o contra los que tenían responsabilidades políticas
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y en que se castiga el hecho de ser o haber sido cristiano, no el no sacrificar a los
dioses. Por ello, para acabar con esta persecución fue necesario un cambio
legislativo, el Edicto de Galieno (262), por el que se volvía a la situación anterior.
Ø Diocleciano (275-305). Martirio de Sebastián, Emeterio, Celedonio y Marcelo,
militares; Inés, virgen; Marcelino, papa; los niños Justo y Pastor… Fue la última
persecución y la más total, el último intento de conseguir que el imperio romano
conservara la religión tradicional. Fue el resultado de la aplicación de una serie de
edictos que van de la destrucción de los lugares de culto, a la confiscación de
todos los bienes pasando por la condena de la jerarquía y llegando a la persecución
de todos los cristianos. Como finalidad última estaba acabar con la impiedad de
los cristianos que se consideraba causa de la ruina del Imperio.
Las persecuciones ponen indirectamente de manifiesto la expansión del cristianismo,
su resistencia a desaparecer y su arraigo social, que incluía la capacidad, de hecho, de
poseer bienes y edificios de culto. También el carácter público, al menos en el siglo III,
de la jerarquía eclesiástica. En este sentido, la imagen de unos siglos de cristianismo de
catacumbas es errónea.
3. El martirio
3.1. Valor teológico y espiritual
El concepto de martirio es esencial para comprender la Iglesia. Se puede estudiar
de maneras complementarias. Por una parte, se relaciona con el carácter testimonial de la
vida cristiana, que hunde sus raíces en el carácter testimonial de la Revelación. Por otra,
revela la concepción cristiana del hombre, en la cual la vida es un don sagrado, pero no
es el más sagrado. En efecto, el cristiano considera que se puede entregar la vida por
motivos más grandes. Sin duda lo son la familia y la patria, pero también la confesión de
la fe verdadera. Desde este punto de vista, las persecuciones grabaron a fuego que ser
cristiano incluye estar dispuesto a dar la vida como testimonio de la fe. Finalmente, el
martirio se comprende como camino de identificación con Cristo. Los santos de esta
época o inmediatamente posteriores, hablan del martirio de una forma elogiosa, como si
quienes lo padecieron fueran dignos de envidia. Esto ha llevado incluso a que, en
momentos de especial fervor, la Iglesia haya tenido que prohibir los martirios voluntarios.
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En este contexto surgió una noción teológica que ha tenido cierta importancia para
la vida de la Iglesia antigua: el bautismo de sangre. Así se consideraba que el martirio
abría las puertas de la salvación a aquellos catecúmenos que morían por la fe aunque
todavía no hubieran recibido el Bautismo, de modo análogo a como las abre el deseo de
recibirlo (bautismo de deseo).
3.2. Las Actas y Pasiones de los mártires
Se trata de documentos muy importantes, aunque de un género histórico mixto.
Son, a la vez (no siempre en la misma medida), documentos históricos, pero también
literatura espiritual. Algunas se basan en los documentos oficiales del proceso romano
(Actas) o en relaciones compuestas por testigos oculares (Pasiones) y tienen una alta
veracidad histórica. Otras muestran que se conservaba la memoria del martirio y la
“necesidad” de los cristianos de conocer los detalles de su muerte, que muchas veces se
reconstruían a través de esquemas narrativos predeterminados, forjándose así “leyendas
martiriales”.
3.3. El culto a los mártires
El culto a los mártires está atestiguado prácticamente desde los orígenes,
comenzando con la celebración de la Eucaristía sobre sus sepulcros –martyrium–. Su
origen puede deberse a dos grandes motivos, no necesariamente contrapuestos, pero que
requieren un análisis cuidadoso:
(i) La justificación del culto a los mártires no es una aportación extraña. Encuentra su
fundamento bíblico en el Apocalipsis, que testimonia la presencia en el cielo de los
mártires y su intercesión.
(ii) Para algunos el culto a los mártires no sería más que la cristianización del culto a los
difuntos propio de Roma y de las civilizaciones antiguas. Sin quitarle importancia a este
factor, debe notarse que el cristianismo, además de la oración de petición por los difuntos
–también atestiguado desde muy antiguo–, ofreció desde el principio selectivamente el
culto de veneración sólo a los mártires, lo cual lo convierte este último en un fenómeno
de origen específicamente cristiano.
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