Julio Ramón Ribeyro
1929 - 1994
“Escribir es desoír el
canto de sirena de la
vida”
Poética del cuento
Decálogo del cuentista
• El cuento debe contar una historia. No hay cuento sin historia.
El cuento se ha hecho para que el lector a su vez pueda contarlo.
• La historia del cuento puede ser real o inventada. Si es real, debe
parecer inventada y si es inventada, real.
• El cuento debe ser de preferencia breve, de modo que pueda
leerse de un tirón.
• La historia contada por el cuento debe entretener, conmover,
intrigar o sorprender, si todo ello junto, mejor. Si no logra
ninguno de estos efectos, no existe como cuento.
Poética del cuento
Decálogo del cuentista
• El estilo del cuento debe ser directo, sencillo, sin ornamentos
ni digresiones. Dejemos eso para la poesía o la novela.
• El cuento debe solo mostrar, no enseñar. De otro modo sería
una moraleja.
• El cuento admite todas las técnicas: diálogo, monólogo,
narración pura y simple, epístola, informe, collage de textos
ajenos, etc., siempre y cuando la historia no se diluya y
pueda el lector reducirla a su expresión oral.
Poética del cuento
Decálogo del cuentista
• El cuento debe partir de situaciones
en las que el o los personajes viven un
conflicto que los obliga a tomar una
decisión que pone en juego su destino.
• En el cuento no debe haber tiempos
muertos ni sobrar nada. Cada palabra
es absolutamente imprescindible.
• El cuento debe conducir necesaria e
inexorablemente a un solo desenlace,
por sorpresivo que sea. Si el lector no
acepta el desenlace es que el cuento
ha fallado.
“La observación de este decálogo,
como es de suponer, no garantiza la
escritura de un buen cuento. Lo más
aconsejable es transgredirlo
regularmente, como yo mismo lo he
hecho. O aún mejor: inventar un
nuevo decálogo.”
El eterno
forastero
https://
[Link]/
watch?v=Y4EyB7B1xfw
Ribeyro y el boom
de la literatura
latinoamericana
Dice el escritor colombiano Juan
Gabriel Vásquez en su artículo
“Diario de un diario”: “Nacido en
1929, es quince años menor que
Cortázar, dos años menor que García
Márquez, un año menor que Fuentes,
apenas siete años mayor que Vargas
Llosa. Es decir, era un estricto escritor
del boom latinoamericano. Y sin
embargo, poco o nada tuvo que ver
con el fenómeno narrativo que estos
nombres encabezaron.”
relación con la tradición y los
contemporáneos.
Ribeyro como un anacronismo
Antes de las grandes novelas latinoamericanas publicadas en el
sesenta persistía en Ribeyro la idea de la imposibilidad de la novela a
partir de su tradición. Lo agobia una sensación de soledad por el
desconocimiento de obras ya publicadas para 1954, que son piedra
angular de la literatura latinoamericana del siglo XX: Ficciones, Un
sueño realizado y otros cuentos, El llano en llamas.
Dice Vásquez: “Ribeyro no sabía en ese momento quién era Borges,
no sabía quiénes eran Onetti ni Rulfo. Leía a Benjamin Constant, a
Maupassant, a Chéjov, a Flaubert. En su pequeño piso de la rue de
l’Harpe, ya se había instalado en la habitación que ocuparía el resto
de su vida: el siglo XIX. De alguna manera, ya era lo que sería toda
su vida: un anacronismo.”
Descreencia de los experimentalismos de la literatura
del siglo XX
• El cambio para él, más que formal, debía ser de fondo, de contenido. Dice
Ribeyro: «La modernidad no reside en los recursos que se emplean para escribir,
sino en la forma como se aprehende la realidad. Un escritor que sigue pensando
como hace cincuenta años será un escritor caduco aunque eche mano a todos los
recursos inventados por Joyce, Faulkner y Robbe-Grillet juntos».
• Del diario de Ribeyro, rescata el escritor ecuatoriano Leonardo Valencia Assogna
en su ensayo “El inasible”: “Fuentes –escribe el 22 de julio de 1964–, en cambio, se
traza esquemas muy rígidos que llena de conceptos, adornados a menudo con una
retórica de segunda mano. ¡Qué difícil es ser moderno! O ser original. Fuentes cree
–y muchos con él, incluso los adeptos franceses de la nueva novela– que estar al día
es emplear una técnica novedosa, cuando lo que hace falta es adoptar una nueva
actitud ante la realidad y sobre todo ante el lenguaje.”
• Dice Ribeyro, citado por el escritor español Ramón Chao: “Me conmueve la
desesperación de tantos jóvenes por no perder el carro de la modernidad. No se
dan cuenta de que ese carro conduce inexorablemente al museo de Antigüedades.”
Ribeyro y la política
Los autores del Boom se afiliaron al
proyecto revolucionario cubano y
publicaron obras literarias y de crítica
social en su órgano de difusión: la
Casa de las Américas. Ribeyro no.
Sin embargo, su empresa literaria,
sobre todo en los inicios, estuvo
signada por la intención de restituirles
la voz a los que nunca la han tenido.
De ahí el título de sus cuentos
completos: La palabra del mudo. No es
de extrañar que Vargas Llosa,
refiriéndose a uno de los primeros
libros de su compatriota, al advertir
su marcado realismo, le haya dicho:
“Estás lleg ando a los límites
soportables del naturalismo”.
Géneros, novela y cuento
Aunque escribe tres novelas afortunadas –Crónica de San Gabriel,
Los geniecillos dominicales (respecto a esta obra, dijo el poeta
peruano Salazar Bondi: “se notaba mucho la costura entre lo
vivido y lo inventado”) y Cambio de guardia–, estás no pueden
equipararse a las obras capitales de los autores del boom. Es
primordialmente un cuentista y al final de su vida, viendo
publicado su diario, se da cuenta de que esa fue su obra capital,
algo así como la novela que nunca escribió. Recuerda Vásquez:
“Un amigo de Ribeyro, Víctor Li, le sugiere que los géneros
literarios no nacen de consideraciones formales sino de los rasgos
profundos de nuestra personalidad. El género como resultado de
ciertas subjetividades. Ribeyro se enfrenta a la idea de que su
manera de ver el mundo sea cuentística, de que él, simple e
inevitablemente, sea de los que ven el mundo en forma de
cuentos.”
Cambio de registro literario
• El escritor colombiano Santiago Gamboa, apadrinado por Ribeyro en
París, considera “Solo para fumadores” el mejor cuento de Ribeyro;
sin embargo, recalca el hecho de que este es un cuento que no se
atiene a los presupuestos estéticos y temáticos del resto de los cuentos
del autor peruano. En concordancia con Gamboa, dice Vásquez: “Su
mejor cuento no se parece en nada al resto de sus cuentos. Pienso en
posibles razones. ‘Sólo para fumadores’, al contrario que la mayor
parte de la obra, no es producto de un momento y una circunstancia,
no es producto de una memoria precisa ni una anécdota, sino que
Ribeyro lo estuvo escribiendo, tal vez sin saberlo, toda su vida.” El
paralelismo entre los textos de ficción y la construcción de un diario,
pensado en un inicio como la trasescena de esa obra, se rompe dando
como resultado un cuento que gira en torno a la figura autoral. “Solo
para fumadores” se relaciona con el diario; el registro de este cuento,
continúa Vasquez, “su fraseo, es el de las memorias personales,
diríamos el de las confesiones.”
Cambio de registro
literario
• Al entender “Solo para fumadores” en función del
diario, dice Juan Gabriel Vásquez: “Nuevas
exploraciones sobre ‘Sólo para fumadores’.
Regreso a 1955, donde Ribeyro, atribulado por
las pocas páginas de su novela, escribe: ‘El peligro,
sin embargo, es que ellas se están desarrollando
por las vías de la autobiografía. No puedo eludir,
como sí lo consigo en el cuento, mis propias
experiencias’. Regreso aún más, a 1954 y al
prólogo de Los gallinazos sin plumas, donde Ribeyro
definía el cuento como un fragmento por
oposición a un resumen. ‘Sólo para fumadores’ se
me presenta, en la obra de Ribeyro, como una
gigantesca contradicción, como una
defenestración de sus posiciones más arraigadas.
Es un resumen, no un fragmento; y es voluntaria,
intensa, descaradamente autobiográfico.
Cambio de registro literario
En el cuento, Ribeyro desecha todas sus lealtades (para con
Maupassant, para con Chéjov). ¿Pero cómo llegó a hacerlo? En mayo
de 1967, veinte años antes de publicar el cuento, anota: ‘Desde hace
meses, lo que necesito es sintonizar ese flujo verbal que vive
soterradamente en mí, pero que constantemente se pierde o es
interferido por ondas parásitas. Se trata de una voz, de un tono
fundamental, que es el que dará a todo lo mío su coloración definitiva.
Ese tono se acerca un poco a lo subjetivo, lo arbitrario, lo personal’. Y
luego: ‘Quizás ésa sea mi verdadera voz. ¡Pero también hay otras! Es
como si existiera en mí no uno sino varios escritores que pugnaran por
expresarse, que quieren hacerlo todos al mismo tiempo, pero que no
logran a la postre más que asomar un brazo, una pierna, la nariz o la
oreja, alternativamente, en desorden, abigarrados y un poco grotescos’.
Palabras que me interesan: subjetivo, arbitrario, personal. Confrontar con la
poética predominante en los demás cuentos: impersonal, rigurosa,
radicalmente objetiva.”
Cambio de registro literario
• Dice Valencia Assogna: “En los cuentos [Ribeyro] se prohibió cualquier
alusión a lo biográfico, literalmente enmudecía para que los otros
hablaran. Solo que, en paralelo, con sus diarios, cartas y en los últimos
libros de cuentos, desde “Solo para fumadores”, empezó a socavar la
distancia en un juego concéntrico de construcción o aproximación a su
“yo”.
• Del diario, remarca Valencia Assogna: “Me doy cuenta del carácter
estéril, irritante de este tipo de obras –escribe Ribeyro– refugio de
escritores fascinados por su propia persona y que no pudieron nunca
emanciparse de la autocontemplación para acceder a la esfera
verdaderamente creativa y superior de la impersonalidad. Esto no quiere
decir que diarios de este tipo no tengan páginas admirables, pero la
verdadera obra debe partir del olvido o la destrucción (transformación) de
la propia persona del escritor. El gran escritor no es el que reseña verídica,
detallada y penetrantemente su existir, sino el que se convierte en el filtro,
en la trama, a través de la cual pasa la realidad y se transfigura.”
Enfermedad y autobiografía
• En 1994, dice Chao, Ribeyro manifiesta en una carta a un amigo:
“La única manera de vivir muchos años es estando siempre
enfermo. La muerte es un usurero que prefiere cargar primero con
la buena moneda.”
• Desde que se entera de que está gravemente enfermo, Ribeyro
“no sólo escribe, sino que algo en su manera de percibir la
escritura ha comenzado a cambiar. El 26 de septiembre: ‘Pasé hoy
en limpio mi cuento ‘El polvo del saber’, el segundo que escribo
en el curso del año’. Y lo describe así: ‘Más que cuento, relato
autobiográfico, sin intriga, dentro de la línea de ‘El ropero, los
viejos y la muerte’. Cada vez más me oriento por esta vía, cuyos
antecedentes son ‘Los eucaliptos’, ‘Página de un diario’, ‘Por las
azoteas’. Relatos tal vez demasiado personales, que mis críticos no
aprecian, pero que para mí tienen un encanto particular.’”
Enfermedad y
autobiografía
• La enfermedad y la muerte
como acicate de la
autobiografía. Cómo una
situación tan violenta como
una enfermedad mortal que
acentúa la conciencia de la
finitud, moldea la concepción
de la ficción y, por ende, su
obra; “Silvio en el rosedal” es
un buen ejemplo.
Enfermedad y autobiografía
• La enfermedad y la muerte como acicate de la autobiografía.
Cómo una situación tan violenta como una enfermedad mortal
que acentúa la conciencia de la finitud, moldea la concepción de la
ficción y, por ende, su obra; “Silvio en el rosedal” es un buen
ejemplo.
• Como hilo conductor de estas dos estéticas que convergen en una
misma obra, podría tenerse en cuenta esto: “Comprendo ahora
con mayor claridad que lo que le resta audiencia y repercusión a
mi obra literaria es su carácter antiépico, cuando el grueso de los
lectores de narrativa anhelan la epopeya. Todo ello se encuentra en
García Márquez, Asturias, Rulfo, Vargas Llosa, Arguedas, etc. Y el
mundo de mis libros, hélas, es un mundo más bien sórdido,
defectista, donde no ocurre nada grandioso, poblado por pequeños
personajes desdichados, sin energía, individualistas y marginados,
que viven fuera de la historia, de la naturaleza y la comunidad”.
Enfermedad y autobiografía
• “Nada importante he hecho, tres novelitas, cada vez menos convincentes,
casi un centenar de cuentos y otras cosas menores. Nada de eso me
permitirá permanecer, durar. Jugador de tercera división, algunos me
vieron alguna vez hacer una jugada maestra y meter un magnífico gol.
Algunos, después, me olvidaron”.
• Cita Santiago Gamboa: “Diré algo en cuanto a la génesis del diario dentro
de mi propia obra literaria, ¿por qué surgió?, ¿cómo surgió? Lo cierto es
que siempre me interesaron los diarios íntimos, desde la lectura del diario
de Henri-Frédéric Amiel, cuando tenía catorce o quince años. […] El
diario está compuesto de una variedad muy grande de elementos y se da
en tantos planos que es bastante difícil hacer un comentario global. Lo
único que yo he percibido y que le da una cierta continuidad es justamente
ese desasosiego, esa sensación de descontento, de duda, esa constante
interrogación sobre si lo que estoy escribiendo tiene valor, y hasta una
especie de deseo de no realizar una obra definitiva, pues quizá eso me
condenaría a no hacer nada más. Es la idea de seguir siempre buscando, y
de ahí surge el título, La tentación del fracaso.
Principio de verdad
• Dice Valencia Assogna: “Una vez concluida su escritura de ficción la voz
se la dio a sí mismo. Pudo haberse deshecho de sus diarios o dejarlos
intactos, pero la decisión de publicarlos fue la apuesta final de alguien
que se supo callar para hablar al último y hacerlo con más vitalidad. No
obstante, eso también hay que tomarlo con cuidado. Hay más de un
espejismo en la aparente concesión o confesionalismo de sus diarios.”
• Dice también Valencia Assogna: “Para quienes creían escudriñar al
autor más íntimo en sus diarios, al apático de la vida literaria, esta
correspondencia (con su hermano Juan Antonio) revela, por contraste, la
voluntad y el rigor formal de configurar el diario en Latinoamérica como
género, y no como cúmulo de anécdotas de cualquiera escribiente. Nos
manifiesta también el trabajo de ocultamiento que efectuó. Configura,
además, un punto de vista estrictamente narrativo fuera de los géneros
tradicionales, insistiendo en que las posibilidades ficticias de lo narrativo
no se circunscriben a las formas canónicas de la novela y el relato.”
Algunas prosas
apátridas
Algunas prosas
apátridas
83. Arte del relato: sensibilidad para percibir las significaciones
de las cosas. Si yo digo: "El hombre del bar era un tipo calvo",
hago una observación pueril. Pero puedo también decir:
"Todas las calvicies son desgraciadas, pero hay calvicies que
inspiran una profunda lástima. Son las calvicies obtenidas sin
gloria, fruto de la rutina y no del placer, como la del hombre
que bebía ayer cerveza en el Violín Gitano. Al verlo, yo me
decía: ¡en qué dependencia pública habrá perdido este
cristiano sus cabellos!". Sin embargo, quizás en la primera
fórmula resida el arte de relatar.
Algunas prosas
apátridas
105. Tomo conciencia ahora, solo en casa, de mis ideales de
adolescente, cuando imaginaba en mi cuarto de Miraflores, al lado
de la parra y los manzanos, cómo sería de agradable una vida de
escritor. Entonces remedaba esa vida y, sentado frente a mi
escritorio, fingía escribir. ¡Cuánta ilusión e inocencia había en esos
gestos! Ahora soy eso que imaginé, fumo, bebo y escribo de verdad
y para ser sincero diré que eso puede entretenerme pero no me
reconforta. Tal vez porque escribir significa desoír el canto de
sirena de la vida, tal vez porque nada de lo que he hecho me
satisface, tal vez porque a menudo tengo la impresión de que en
algún momento erré el camino y ello me ha condenado para
siempre a pasar á cotè de la question.
Algunas prosas
apátridas
115. Mi gato negro y yo, en esta noche lluviosa de verano. La
pieza silenciosa. Uno que otro carro se desliza por la calzada
húmeda. El barrio duerme, pero mi gato y yo velamos, nos
resistimos a dar por concluida la jornada, sin haber hecho
nada, al menos yo, que la justifique, que la dote de
significación y la diferencie de otras, igualmente parsimoniosas
y vacías. Quizás por eso escribo páginas como esta, para dejar
señales, pequeñas trazas de días que no merecerían figurar en
la memoria de nadie. En cada una de las letras que escribo
está enhebrado el tiempo, mi tiempo, la trama de mi vida, que
otros descifrarán como el dibujo en la alfombra.
Algunas prosas
apátridas
152. Intento de leer novelas, completamente distintas, desde la de un autor francés muy
renombrado, Michel Fournier, hasta autores de América Latina desconocidos, como mi viejo
amigo R. R. Laborioso empeño por avanzar e interesarme por lo que dicen. ¿A qué se debe?,
me pregunto. Quizás a que ambos son escritores meritorios, pero no grandes escritores. En
Fournier (Le roi del aulnes) hay algo que me irrita. Es un hombre lleno de ideas, demasiadas
ideas. Filósofo convertido en novelista y ya sabemos lo que esto da generalmente. R. R. (El
Bonche) en cambio, aventurero metido a literato, nos arroja su escrito a la cara como un
pedazo de bistec crudo. Ambos encarnan defectos que aquejan a las narradores
contemporáneos. Defectos diferentes: el hombre llegado a la novela desde la universidad y el
que llega a ella desde la vida. El primero me molesta por su excesivo afán de mostrarse
inteligente, el segundo por disimularlo y aparecer como el hombre vital que se caga en la tapa
del órgano. Pero la novela es otra cosa y ambos, sumando sus cualidades, hubieran dado
seguramente un novelista ideal. Defecto común: creer que se puede llegar a la novela
burlándose de la novela, el primero valiéndose de su savoir faire y su propósito metafísico, el
segundo de su desdén por la literatura. Cuando en realidad sólo se puede ser un gran
novelista cuando no se quiere escribir otra cosa que una novela, con todos los riesgos que eso
implica, cuando se la respeta y se admira por anticipado la posibilidad del fracaso, sin excusa
ni defensa posible, pues de lo contrario la novela termina burlándose de nosotros.
Bibliografía
• Ribeyro, Julio Ramón (2003). La tentación del fracaso. Barcelona: Seix
Barral.
• Ribeyro, Julio Ramón (2007). Prosas apátridas. Barcelona: Seix Barral
• Vásquez, Juan Gabriel. “Diario de un diario. Un álbum fotográfico
de Julio Ramón Ribeyro”. En: El Malpensante, diciembre de 2007,
nº 82.
• Valencia Assogna, Leonardo. “El inasible”. En: Quimera (España)
Junio 1999, nº 181.
• Gamboa, Santiago. Prólogo a La tentación del fracaso de Julio Ramón
Ribeyro (2003), Barcelona: Seix Barral.
• Chao, Ramón. Prólogo a La tentación del fracaso de Julio Ramón
Ribeyro (2003), Barcelona: Seix Barral.