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LA Contrademocracia: P1Erre Rosanvallon

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LA C O N T R A D E M O C R A C IA

P1ERRE ROSANVALLON
LA CONTRADEMOCRACIA
La política en la era de la desconfianza
ERRE RO SANVALLO N
El ideal democrático hoy no tiene rival en el mundo, pero
los regímenes que lo reivindican suscitan casi en todas
partes fuertes críticas. La erosión de la confianza en los
representantes es por lo tanto uno de los principales
problemas de nuestro tiempo. Pero, aunque los ciu­
dadanos vayan menos a las urnas, no han devenido por
ello en pasivos: los vemos manifestar en las calles, cues­
tionar, movilizarse por internet... Para comprender ese
nuevo Janus ciudadano, esta obra propone aprehender
los mecanismos para instituir la confianza y la expresión
social de la desconfianza como dos esferas y dos momen­
tos distintos de la vida de las democracias. La actividad
electoral-representativa se organiza en torno de la pri­
mera dimensión: su estudio es clásico. Pero la segunda
nunca ha sido explorada de manera sistemática.
Pierre Rosanvallon se aboca a ello y propone una historia
y una teoría del papel estructurante de la desconfianza en
las democracias. Este cambio radical de perspectiva lleva
a explorar un continente político que pasó desapercibido
durante mucho tiempo: el de la "contrademocracia". Éste
resulta de un conjunto de prácticas de control, de obs­
trucción y de enjuiciamiento, a través de las cuales la
sociedad ejerce su poder de corrección y de presión.
Junto al pueblo-elector, esto da voz y rostro a las figuras
de un pueblo-vigilante, de un pueblo-veto y de un pueblo-
juez. En ello está su virtud, pero también su problema.
Porque, al valorar en demasía las propiedades de control
y de resistencia del espacio público, puede también
hacerle el juego al populismo y la "impolítica", al impedir
la formulación positiva de un mundo común.

Pierre Rosanvallon es profesor en el Collége de France


y preside La République des Idées. Esta obra inaugura
un nuevo ciclo de sus trabajos. Entre sus libros anterio­
res se encuentran La nueva cuestión social. Repensar el
Estado providencia (1995) y La nueva era de las desigualdades
(1997), este último junto a Jean Paul Fitoussi, publicados
por Ediciones Manantial. 973-987-500-107.7
issn

9 7X9875 OO1O77I
Título original: La contre-démocratie.
La politique á Ldge de la défiance
Éditions du Senil, París
©Éditions du Seuíl, 2006

Traducción: Gabriel Zadunaisky


Revisión técnica: Carlos de Santos

Diseño de tapa: INICIATIVA, Rey/Cané

Cet ouvrage, publié dans le cadre du Programme d’Aide á la Publication


Victoria Ocampo, beneficie du sonríen du Ministére franjáis des Affaires
Etrangéres et du Service de Coopération et d’Action Culturelie de FAmbassade
de France en Argentine. -
Esta obra, publicada en el marco del Programa de Ayuda a la Publicación
Victoria Ocampo, recibió el apoyo del Ministerio de Relaciones Exteriores
de Francia y del Servicio de Cooperación y Acción Cultural de la Embajada
de Francia en la Argentina.

Rosanvallon, Fierre
La contrademocracia : la política en la era de la desconfianza. - la
ed. - Buenos Aires : Manantial, 2007.
320 p. 114x21 cm,

ISBN 978-987-500-107-7

1. Teoría Política. I. Título


CDD 320.1

Hecho el depósito que marca la ley 11.723


Impreso en la Argentina

© 2007, de la edición en castellano y de la traducción,


Ediciones Manantial SRL
Avda. de Mayo 1365, 6o piso
(1085) Buenos Aires, Argentina
Tel: (54-11) 4383-7350 / 4383-6059
info@[Link]
[Link].

ISBN 978-987-500-107-7

Derechos reservados
Prohibida la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la
transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por
cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitali-
zación u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infrac­
ción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.
índice

DESCONFIANZA Y DEMOCRACIA.
(INTRODUCCIÓN)................................................................ 19

La sociedad de la desconfianza........................................... 23

La disociación de la legitimidad y de la confianza. La confianza como


“institución invisible”. Las instituciones destinadas a compensar la ero­
sión de la confianza por la organización de la desconfianza. Desconfian­
za liberal y desconfianza democrática. Las formas de esta última delinean
una contra democracia. Definiciones. Los factores de orden científico,
económico y sociológico que explican el advenimiento de una sociedad
de la desconfianza. El telón de fondo de las mutaciones de la democracia.

Las tres dimensiones de la contrademocracia.................. 30

Los poderes de control. El término y la cosa. La puesta a prueba de


la reputación de un poder. Los poderes de sanción y de obstrucción. Los
factores formales y sociológicos de su multiplicación. El consiguiente
advenimiento de un pueblo-veto. El fortalecimiento del pueblo-juez.

El mito del ciudadano pasivo.............................................. 35

Más allá de la cuestión de la abstención. La diversificación de los


repertorios, de los vectores y de los objetivos de la actividad política.
Democracia de expresión, de implicación y de intervención. Los fenó­
menos emergentes a conceptualizar y sintetizar.
8 LA CONTRADEMOCRACIA

¿Despolitización o impolítica?.............. ............................ 38

La inadecuación de la noción de despolitízación. El problema no es


el de la pasividad sino el de la impolítica. La superposición de una acti­
vidad democrática y de efectos no políticos. La evolución hacia una
“democracia civil”.

Releer la historia de la democracia ............................... 39

El carácter a la vez “post” y “pre-democrático” de los tres poderes


indirectos. Ejemplos. La historia como laboratorio en actividad del pre­
sente. La política como espacio de experiencia. Una desoccidentaliza-
ción de la mirada.

I. LA DEMOCRACIA DE CONTROL............................... 43

1. Vigilar, denunciar, calificar......................................... 49

La vigilancia............................ ........................ 49

La vigilancia como disposición política. Los dos registros de la


voluntad y de la atención. La historia del término "control” [surveillan-
ce] y la idea de gobierno indirecto. El poder de censura de la opinión
pública se ejerce sin representación: los análisis del período revoluciona­
rio en Francia. El público como termostato regulador de la acción gu­
bernamental.

La denuncia ................................................................. 56

1789 y la “electricidad de la denuncia”. La figura del escándalo. El


ejemplo de los muckrakers estadounidenses. Las funciones de agenda y
de institución. La economía de la reputación en las democracias de opi­
nión. El poder de la vergüenza.

La calificación.............................................................. 66

La puesta a prueba de la competencia de los gobernantes. Las prácti­


cas de evaluación como forma de crítica política: elementos de historia.
El control, entre racionalización del Estado y apropiación ciudadana.
ÍNDICE 9

2. LOS ACTORES DEL CONTROL.................................................... 71

El ciudadano vigilante........................................................... 72

La visión del filósofo Alain. La democracia definida por el control y


la interpelación. Una visión escéptica de la política, a doble distancia del
universo militante y del parlamentarismo republicano.

La nueva militancia...... ........................ ........................ 74

Los movimientos sociales de la década de 1970: nuevos actores,


nuevos campos y nuevas formas. La necesidad de pensar también su
funcionamiento propiamente democrático. Su especificidad se organiza
en torno de las actividades de vigilancia, de denuncia y de calificación.
Tienen más por objeto tratar situaciones que representar poblaciones.

Internet, forma política..................................................... 78

Los “medios-asociaciones”. Internet no es sólo un medio. Es una


forma social y una forma política. La década de 1980 y el optimismo
“e-democrático”. La situación de Internet como encarnación de la fun­
ción de control.

El control funcional de los notables............................. 82

Las autoridades independientes y la función de vigilancia. El ejemplo


de la Comisión Nacional de Deontología de la Seguridad en Francia.

Las agencias internas de auditoría y evaluación............ 84

El efecto del New Public Management. Las tres figuras de un terce­


ro vigilante en las democracias contemporáneas: como funcionalidad,
ótica o actividad social.

3. El hilo de la historia.......................................................... 87

Los tres momentos....................................................... 87

El surgimiento de la democracia y la competencia por el ejercicio del


control y la rendición de cuentas. El objetivo del control precede al del
ejercicio del poder. El parlamentarismo como institucionalización y
10 LA CONTRADEMOCRACIA

racionalización de estos contrapoderes. La visión de John Stuart Mili.


La república jacobina es también visceralmente parlamentaria.

El dualismo democrático:
los elementos de una larga historia............................... 94

Procedimientos electorales-representativos y poderes de control: el


dualismo griego. Las categorías de magistrados encargados del control
en Atenas. El rol de los éforos. La visión del siglo xvm sobre esas magis­
traturas. La creación de un consejo de censores por la Constitución de
1776 en Pensílvania. Los proyectos franceses de 1791 a 1793.

La institucionalización imposible ................................. 101

El fracaso ejemplar de la experiencia de Pensílvania. El Tribunado


del año vin en Francia. ¿Cómo hacer existir una institución puramente
funcional, exterior al juego político? Los proyectos de institucionaliza­
ción de un poder de control en los socialistas franceses de 1830 a 1848.

4. El conflicto de las legitimidades.................................. 111

La pluma y la tribuna................................................... 111

La competencia de las democracias simbolizadas por las figuras del


diputado y del periodista. El periodismo como “función pública” en
1789. La crítica bonapartista del poder mediático. La visión jacobina.
La libertad y la institución. El decisionismo opuesto a la noción de con­
trol.

Las tres legitim ida des ................. 118

Legitimidad institucional y legitimidad de experiencia. La calidad de


generalidad en el fundamento de la legitimidad política. Las tres moda­
lidades de la generalidad: el número, la independencia, el universal mo­
ral. Las tres legitimidades: social-proced ¡mental, por imparcialidad, sus­
tancial. La dimensión histórica de esa tipología.

Las nuevas vías de la legitimidad.................................. 121

La nueva percepción sociológica y política de la noción de mayoría.


La desacralización de la elección. La reducción de esta última a un
ÍNDICE 11

modo de designación de los gobernantes. La noción jurídica de órgano


aplicada a los medios: condiciones y consecuencias.

II. LA SOBERANÍA DE OBSTRUCCIÓN......................... 125

1. Del derecho de resistencia a la soberanía compleja... 131

Las teorías medievales de la resistencia y


del consentimiento............................................................. 131

La idea de consentimiento del pueblo es anterior al surgimiento del


ideal democrático. La centralidad de la noción de tiranía. La formación
de una teoría política negativa.

La era de la Reforma.................................................... 133

La profundización de la noción de derecho de resistencia. Las obras


de Calvino, John Knox y John Ponet. Los “monarch omaques” franceses
y su tentativa de dar un cuadro constitucional y ya no solamente moral
a la resistencia. Althusius y la idea de éforos elegidos por el pueblo.

La Ilustración, el poder negativo y ios tribunos


del pueblo .................................................................... 138

La lectura del tribunado romano por Montesquieu y Rousseau.


Poder negativo y división de poderes en el siglo xvm. La transformación
del término “veto”.

La experiencia revolucionaria francesa........................... 141

Los debates de 1791 y 1793 sobre la institucionalización de un


poder de obstrucción. Condorcet y su visión de una soberanía comple­
ja. La retórica jacobina y la cuestión de la insurrección.

Fichte y la idea de un eforado moderno.......................... 145

Fichte y el proyecto de establecimiento de un “poder de prohibi­


ción”. Su visión de la división de los poderes entre “fuerza positiva” y
“fuerza absolutamente negativa”. El problema: ¿cómo hacer existir el
eforado según un modelo puramente funcional?
12 LA CONTRADEMOCRACIA

El sentido de un olvido...................................................... 149

De la noción de eforado a la visión liberal de la limitación de pode­


res. La empresa de Mommsen para borrar la dimensión constitucional
del tribunado. El derecho de resistencia en el siglo XX.

2. Las democracias críticas de sí mismas.......................... 153

La lucha de clases como política negativa....................... 154

La cultura obrera de la resistencia en el. siglo xix. La huelga como


poder de obstrucción. Proudhon y la separación social. Jaurés y el pro­
yecto de transformar la “fuerza negativa” del proletariado en “fuerza
positiva”. El reconocimiento de una legitimidad social específica.

Las metamorfosis de la oposición.................................... 158

La organización de una oposición como modalidad del poder de


obstrucción. Las visiones liberales del rol de la oposición. La aprehen­
sión constructiva y funcional de Guizot. La oposición como “sistema”
en Inglaterra: de John Stuart Mili a la idea contemporánea de un “esta­
tuto”.

El rebelde, el resistente y el disidente............................ 161

Las diferentes figuras morales y políticas del rebelde: Wilkes en la


Inglaterra del siglo xvni; Thoreau y Emerson en el Estados Unidos del
siglo XIX; Blanqui en Francia. El resistente y su negativa a ceder al fata­
lismo. El disidente o el “hombre que sobra”, fuerza de descalificación
del poder, heraldo de una antipolítica.

La declinación de la dimensión crítica


en las dem o eradas.............................................................. 168

La soberanía crítica conforma un sistema con los mecanismos elec­


torales representativos. Las condiciones de su erosión: el desdibujamien-
to de las identidades sociales ligado a las transformaciones del capitalis­
mo; el rol estructurante de la oposición minado por la declinación de
los partidos; los descontentos han reemplazado a los rebeldes. El adve­
nimiento consiguiente de una soberanía negativa mucho más estrecha.
ÍNDICE 13

3. La política negativa........................................................ 173

La era de la “deselección"................................................. 173

La entrada en una democracia de sanción. Las elecciones de ruptu­


ra. El juicio del pasado, variable decisiva. El nuevo estilo de las campa­
nas electorales. El ejemplo estadounidense de la prioridad dada a la
denigración del adversario. La democracia de rechazo.

Obstrucción y veto................................ 179

El rol creciente del veto. Los diferentes regímenes están definidos


cada vez más por las posibilidades de bloqueo por los diferentes actores.
Las razones de esta evolución: los factores ideológicos; la transforma­
ción del “liberalismo del miedo”; la mayor facilidad para organizar coa­
liciones reactivas heterogéneas. La eficacia aparentemente superior de
las acciones negativas. No confundir política negativa y despolitización.

La democracia débil........................................................... 184

Pasividad y consentimiento por ausencia de protesta. La necesidad de


interesarse por las zonas grises de la política, por las energías débiles. El
ejemplo del procedimiento de elección tácita (un candidato es nombrado
sin que se realice la elección si es el único que se presenta). La democra­
cia por defecto, por falta de elección explícita, y la actitud de los “recha­
zantes” contemporáneos.

III. EL PUEBLO-JUEZ............................................................ 189

1. Referencias para una historia........................................ 195

El ejemplo griego ........................ ................... .................... 195

El ciudadano es a la vez jurado y miembro de la asamblea. Los jui­


cios “políticos” en Atenas: procedimientos de invalidación de decretos y
procedimientos de denuncia. El sentido de la atracción por los juicios.
Mayorías compuestas y minorías compactas.

El impeachment inglés.................................................. 201


14 LA CONTRADEMOCRACIA

El poder de juzgar, primer poder. Acto jurídico y evaluación políti­


ca se mezclan. La contribución de Coke. Del procedimiento de impeach-
■ment al voto de desconfianza. Responsabilidad penal y responsabilidad
política.

El recall estadounidense......................... 205

El procedimiento y su campo de aplicación. ¿Es una forma de demo­


cracia directa? Los ciudadanos que votan en un recall son jueces y no
electores. Tres ejemplos de petitorios de recall, Recall e ímpeachment.

2. LOS CUASILEGISLADORES.......................................................... 211

La calidad democrática del jury.......................................... 211

La historia “racionalista” y “probabilística” del jury. El jury es tam­


bién una institución política. Las experiencias revolucionarias america­
na y francesa. Historias cruzadas del jury y del sufragio universal.

La producción de las normas en competencia................ 216

Los jurados como productores de normas. La cuestión de las “abso­


luciones escandalosas” en el siglo XIX. Las decisiones de los jurados en
materia política en la Revolución Francesa. Los jurados como “protec­
tores del pueblo” y “actores políticos” en Estados Unidos.

Los legisladores en las sombras.......................................... 220

Los conseils des prud’hommes [tribunales laborales] en Francia. La


distancia de sus decisiones respecto de la ley. Las estrategias jurídicas de
las grandes asociaciones estadounidenses. El ejemplo de la ACLU.

3. La PREFERENCIA POR EL JUICIO............................................... 223

La cuestión de la judicialización de lo político.............. 223

Lo político y lo penal. El pasaje de democracias de confrontación y


representación a democracias de imputación. Las formas de puesta a
prueba de los gobernantes. La demanda de enjuiciamiento.
ÍNDICE 15

El imperativo de justificación........................................... 226

El proceso obliga a las partes a explicarse y justificarse públicamen­


te. La diferencia entre un juicio y una campaña electoral en este sentido.
Las condiciones de la argumentación.

La obligación de decidir............................................... 228

Gobernar y juzgar. El juicio, conjunción del entendimiento y la


voluntad. Una modalidad de la acción para formar un mundo común.

El espectador activo ..................................................... 229

El juicio mira al pasado, la decisión política, al futuro. El juez es un


espectador activo que participa de la institución y de la regulación de la
polis. Política del juicio vs. política de la voluntad.

El hecho de la teatralidad.................................................. 231

Los ritos de soberanía. Arquitectura política comparada de una sala


de audiencia y una cámara parlamentaria. La función de institución
social de una corte de justicia.

El espacio de la particularidad ejemplar....................... 233

El juicio, entre particularidad y generalidad. La aporía expuesta por


Platón en La Política. Una manera de relacionar los hechos y los valo­
res.

Votar y juzgar......................................................... ............ 235

Un mismo “poder de la última palabra”. La competencia de juicios.


Esbozo de una economía general del juicio político. La oposición como
juicio simbólico hecha al gobierno.

IV. LA DEMOCRACIA IMPOLÍTICA............................... 241


16 LA CONTRADEMOCRACIA

1. Sentimiento de impotencia y figuras


DE LA DESPOLITIZACIÓN........................................................... 247

La era de la impolítica............................................... ......... 247

La organización de la desconfianza mina el supuesto de una confian­


za surgida de las urnas. La era del consumismo político. La declinación
de la legibilidad y la visibilidad de lo político. La noción de impolítica.

El horizonte de la transparencia................................... 250

El problema es el de una forma de democracia. La perspectiva de la


transparencia sustituye el ejercicio de la responsabilidad.

Las dos despolitizaciones ............................................. 252

La noción de gobernanza: las razones de un éxito. Tres característi­


cas. Despolitización por descentramiento y despolitización por vacia­
miento.

2. LA TENTACIÓN POPULISTA........................................................ 257

Una patología de la democracia


electoral-representativa ................................................ 258

Populismo y visión sustancialista de la representación. Un criterio


insuficiente.

Populismo y contrademocracia..................................... 259

Una patología del control. El encierro, de la soberanía negativa en su


inmediatez. La exacerbación destructora de la idea del pueblo-juez. La
superioridad de una caracterización funcional sobre una aprehensión
ideológica.

3. Lecciones de economía impolítica.............................. 265

El regreso de un término......... .. 265

La reaparición dei término “control” [K surveillance”] en la década


de 1970. Significación y relaciones.
ÍNDICE 17

La función económica de control.................................... 266

El mercado y la necesidad de un supervisor, de un tercero corrector.


El rol de las agencias de calificación como tercero evaluador. Un meca­
nismo de mano visible. Certificación y control experto. Los mecanismos
de auditoría. Los whistleblowers.

El mercado o el triunfo del veto................................ 272

El mercado y el forum. Exit y Voice. La expresión lograda de una


soberanía negativa. El mercado es más el revelador que la causa de la
impolítica contemporánea. Es la figura absolutizada de la “democracia
civil".

La economía impolítica..................................................... 274

Desarrollo de las formas indirectas de regulación y declinación del


modelo representativo en economía. Consecuencia sobre la idea de
nacionalización. Las visiones concurrentes de un control eficaz. El capi­
talismo puede al mismo tiempo estar más regulado y ser más injusto.

EL RÉGIMEN MIXTO DE LOS MODERNOS.


(CONCLUSIÓN).................................................................... 279

Las nuevas vías de la democracia


electoral-representativa ................................................ 282

Las tensiones estructurantes. Pueblo-principio y pueblo-sociedad. El


desarrollo de las formas de democracia participativa. El ejemplo fran­
cés. El riesgo de una “democracia disminuida”. El giro deliberativo y
sus límites.

Consolidarla contrademocracia.......................... 288

Retorno sobre la historia. La imposibilidad de hacer existir una


“institución pura”. La pluralización necesaria de las formas contrade­
mocráticas. Algunas propuestas. Las condiciones de una apropiación
ciudadana: la obligación permanente de justificación puede ser más efi­
caz que la elección periódica. Hacia nuevos poderes de obstrucción y
juicio.
18 LA CONTRADEMOCRACIA

Repolitizar la democracia....... ................. 294


Superar la impolítica. Una democracia definida por sus trabajos y
no sólo por sus estructuras. La dimensión cognitiva de lo político;
Gobernar significa hacer inteligible el mundo y dar a los ciudadanos los
medios para manejarse. Reconsiderar la cuestión de la voluntad en polí­
tica. Cómo recuperar una cierta teatralidad de lo político. Las condicio­
nes de un trabajo de resimbolización.

El régimen mixto de los modernos ............................... 300

Los tres pilares de la expresión democrática y sus respectivos demo­


nios. La base de una comparación ampliada. De lo nacional a la cosmo-
política.

El experto y el ciudadano.................................................. 302

Un nuevo tipo de realismo político. Rechazar la opción entre la iro­


nía y el radicalismo, la razón fría y el compromiso ciego.

índice de nombres.................................................................... 305


DESCONFIANZA Y DEMOCRACIA

(Introducción)
.0 V «t ¡Cá 7 C<M

El ideal democrático hoy no tiene rival, pero los regímenes


que lo reivindican suscitan casi en todas partes fuertes críticas.
Éste es el gran problema político de nuestro tiempo. Por eso mis­
mo, la erosión de la confianza de los ciudadanos en sus dirigentes
y en las instituciones políticas es uno de los fenómenos más estu­
diados por la ciencia política en los últimos veinte años. Una serie
de estudios importantes, tanto nacionales como comparativos,
han establecido claramente el diagnóstico en la materia. Prolifera
igualmente la literatura consagrada al análisis del desarrollo de la
abstención electoral. Hecho significativo, ni siquiera las democra­
cias más recientes escapan al problema, como lo testimonia la
situación en los ex países comunistas de la Europa del este, así
como la que predomina en aquellos de Asia o América latina
donde hubo dictaduras. ¿Cómo entender estos hechos general­
mente vistos como indicativos de una “crisis”, de un “mal”, de
una “desafección” o de una “avería”? Hoy en día dominan las
interpretaciones que invocan, a menudo confusamente, los efec­
tos del crecimiento del individualismo, el pusilánime repliegue
sobre la esfera privada, la declinación de la voluntad política, la
. aparición de elites cada vez más alejadas del pueblo. Comúnmen-
¡i te, el origen de lo que se estigmatiza en bloque como una funesta
“declinación de lo político” se relaciona con distintas formas de
y ceguera o de renunciamiento de los gobernantes y con actitudes
' de desaliento o relajamiento de los gobernados. Se deplora una
carencia o un abandono, se señala el alejamiento de un modelo
22 LA CONTRADEMOCRACIA

inicial, se denuncia la traición a una promesa. Estas apreciaciones


están en boca de todos y aparecen en todos los escritos, vinculan­
do de modo vago y al mismo tiempo repetido una consideración
morosa o agria sobre el presente con la nostalgia de un pasado
ciudadano ampliamente idealizado. Del seno de esa decepción
termina por emerger de manera problemática un odio sordo
hacia las democracias.
Esta obra explora otras pistas para comprender el estado
actual de las democracias. Propone ampliar el campo del análi­
sis, tomando en cuenta de manera dinámica las reacciones de la
sociedad a las disfuncionalidades originales de los, regímenes
representativos. Históricamente, la democracia se ha manifesta­
do siempre como una promesa y un problema a la vez. Promesa
de un régimen acorde con las necesidades de la sociedad, funda­
da sobre la realización de un doble imperativo de igualdad y
autonomía. Problema de una realidad que a menudo está muy
lejos de haber satisfecho estos nobles ideales. El proyecto demo­
crático ha quedado siempre incumplido allí donde se lo procla­
mó, ya sea que haya sido groseramente pervertido, sutilmente
limitado o mecánicamente contrariado. En cierto sentido, jamás
hemos conocido regímenes plenamente “democráticos”, en la
acepción más rigurosa del término. Las democracias realmente
existentes han quedado inacabadas o incluso confiscadas, en
proporciones muy variables según cada caso. De allí que el
1 desencanto haya convivido permanentemente con las esperanzas
que hicieron nacer las rupturas con los mundos de la dependen­
cia y el despotismo. El principio de la construcción electoral de
la legitimidad de los gobernantes y la expresión de la desconfian­
za ciudadana respecto de los poderes han estado así práctica­
mente siempre vinculados. El famoso Acuerdo del pueblo, publi­
cado en Londres el Io de mayo de 1649, que constituye el primer
^manifiesto democrático moderno, mostraba ya de manera ejem­
plar ¿sa dualidad. Garantía de libertades civiles y religiosas, ins­
titución del juicio por jurados, sufragio universal, limitación de
los mandatos electivos, estricta subordinación del poder militar a
los poderes civiles, acceso de todos a las funciones públicas:
todos los principios que alimentarían las revoluciones de los
siglos XVII y XVIH se encontraban ya formulados en ese texto pre­
cursor. Pero es significativo que hiciera referencia al mismo tiem­
po a la “dolorosa experiencia” de la corrupción del poder, al
DESCONFIANZA Y DEMOCRACIA 23

riesgo de que se impusieran los intereses particulares, a pesar de


todas las precauciones tomadas, y que la representación se vol­
viera dominación. La determinación de las condiciones de for­
mación de un poder legítimo y la formulación de una “reserva
de desconfianza” se expresaron así en conjunto desde un
comienzo.

LA SOCIEDAD DE LA DESCONFIANZA

La historia de las democracias reales es indisociable de una


tensión y un cuestíonamiento permanentes. Desde un comienzo
ha estado continuamente en discordancia aquello que la teoría de
los gobiernos representativos-democráticos había ligado en el
mecanismo electoral: la legitimidad y la confianza. Esas dos cua­
lidades políticas que se consideran superpuestas en el resultado
de las urnas no son de la misma naturaleza. La legitimidad es
entendida aquí como una cualidad jurídica, estrictamente proce-
dimental; es producida de modo perfecto y absoluto por la elec­
ción. La confianza es mucho más compleja. Constituye una espe­
cie de “institución invisible”, para retomar una fórmula famosa
del economista Arrow,1 que cumple al menos tres funciones. En
primer lugar, produce una ampliación de la calidad de legitimi­
dad, agregando a su carácter estrictamente procedimental una
dimensión moral (la integridad en sentido amplio) y una dimen­
sión sustancial (la preocupación por el bien común). La confian­
za tiene también un papel temporal: permite presuponer el carác­
ter de continuidad en el tiempo de esa legitimidad ampliada.
Simmel destaca, de manera muy esclarecedora en esa perspectiva,
que es “una hipótesis sobre una conducta futura”.2 La confianza
es, en fin, un economizador institucional, permite ahorrarse todo
un conjunto de mecanismos de verificación y prueba. Esta diso-

1. Cf. Kenneth J. Arrow, The Limits of Organizaban, Nueva York, Norton,


1974, pág. 26.
2. Georg Simmel, Sociologie, Études sur les formes de la soeialísation (1908),
París, PUF, 1999, págs. 355-356. “Bastante seguros porque fundamos la acción
práctica basados en ella, la confianza es también un estado intermedio entre ei
saber y el no saber sobre el prójimo. El que sabe todo no necesita la confianza. El
que no sabe nada no puede razonablemente tener confianza” (ibid.).
Leyhmít'7 v C/.-Socrscoz;

24 LA CONTRADEMOCRACIA

ciación de la legitimidad y de la confianza ha constituido un pro­


blema central en la historia de las democracias. La disociación ha
sido la regla; la superposición, la excepción (en Francia se habla
de “estado de gracia” por expresar que existe después de una
elección un período muy breve en el que las dos cualidades se
confunden excepcionalmente). Las reacciones a esta situación de
hecho se han desarrollado en dos direcciones. Se han multiplica­
do en primer lugar las propuestas y las experiencias que buscan
reforzar los condicionantes de la legitimidad procedimental. Se
aumenta por ejemplo la frecuencia en que se recurre a las urnas,
se desarrollan también mecanismos de democracia, directa, se
intenta además reforzar la dependencia de los elegidos. Lo que se
busca en todos esos casos es la mejora de la “democracia electo­
ral”. Pero paralelamente también se ha formado todo un entre-
1 cruzamiento de prácticas, de puestas a prueba, de contrapoderes
sociales informales y también de instituciones, destinados a...com­
pensar la erosión de la confianza mediante una organización de
la desconfianza. No se puede pensar la democracia y rehacer su
historia sin ocuparse de estas últimas formas.
Hay así dos dimensiones a tener en cuenta para comprender
correctamente el movimiento de las diversas experiencias demo­
cráticas'. el funcionamiento y los problemas de las instituciones
electorales-representativas, por un lado, y la constitución de este
universo de la desconfianza, por el otro. La primera dimensión
es la que hasta ahora retuvo principalmente la atención de los
historiadores y teóricos políticos. Por mi parte, yo he propuesto
un abordaje sistemático de este campo al elaborar un análisis
razonado de las tensiones estructurantes que operan en las insti­
tuciones de la ciudadanía, de la representación y de la sobera­
nía.3 Ahora es necesario ocuparse de la segunda dimensión. Cier­
tamente, las diversas expresiones de esa desconfianza ya han
sido objeto de múltiples estudios puntuales: la historia de las
resistencias y las reacciones a las presiones de los poderes, socio­
logía de las formas de desafección cívica o de rechazo del sistema

3. Véase mi trilogía Le Sacre du citoyen, Histoire du suffrage uníversel en


France, París, Gallimard, 1992; Le Peuple introuvable. Histoire de la représen-
tation démocratlque en France, París, Gallimard, 1998; La Démocratie inache-
vée. Histoire de la souveraineté du peuple en France, París, Gallimard, 2000.
DESCONFIANZA Y DEMOCRACIA 25

político, etc. De esta manera se han considerado acciones y acti­


tudes particulares. Pero no han sido resituadas en un conjunto,
salvo cuando fueron relacionadas de manera muy general y vaga
con el combate de los hombres y mujeres por vivir en un mundo
más justo y libre. El objeto de esta obra es, por el contrario,
comprender las manifestaciones de la desconfianza en un marco
global que reubique de manera articulada y coherente sus carac­
terísticas más profundas, en síntesis, entenderlas en tanto canfor-
man políticamente un sistemaf'(Sc>br& esta base se propondrá una"
comprensíori ampliada del funcionamiento, de la historia y de la
teoría de las democracias.
Para situar en forma adecuada el problema, es necesario
señalar previamente que la expresión de esa desconfianza ha
tomado dos grandes vías, la liberal y la democrática. La descon­
fianza liberal respecto del poder ha sido teorizada y comentada a
menudo. Montesquieu le ha dado su expresión canónica4 y los
Padres Fundadores del régimen norteamericano le han dado for­
ma constitucional. Toda la visión de un Madison, en el período
de debate de la Constitución Federal, se basa en la obsesión por
prevenir la acumulación de poderes. Su proyecto no fue edificar
un gobierno bueno y fuerte fundado en la confianza popular,
sino constituir un poder débil e institucionalizar la sospecha. El
objetivo para él era más bien proteger al individuo de las inva­
siones del poder público antes que coronar al ciudadano. Por el
lado francés, Benjamín Constant o Sismondi, un economista que
fue también uno de los grandes teóricos políticos de principios
del siglo XIX, defendió posiciones comparables. Para este último,
la piedra angular del tipo de régimen que él defendía es la “dis­
posición constante a la resistencia”.5 El recuerdo del antiguo
régimen es determinante para estos autores. Quieren hacer impo­
sible un regreso al despotismo. Más democracia significa, bien

4. Recordemos a título informativo la formulación en De l'esprit des lois


(1758): “Es una experiencia eterna, que todo hombre con poder es llevadora
abusar de éste; avanza hasta que encuentra límites. ¡Quién lo diría! La virtud
misma necesita límites. Para que no se pueda abusar del poder es necesario que.
por la disposición de las cosas, el poder contenga ai poder" (libro XI, cap. 4).
5. Jcan Charles Lconard 5imóñclé"de Sismondi, Etudes^sur les constitutions
des peuples libres, Bruselas, 1836, pág. 230. Continúa: “Es bajo la garantía de
esa disposición que deben establecerse todas las instituciones” (ibid).
26 LA CONTRADEMOCRACIA

mecánicamente en este caso, más sospecha hacia los poderes.6


Con ese espíritu Benjamín Constant va a considerar que la liber­
tad presupone que la opinión sea sistemáticamente opuesta a los
agentes del gobierno; habla incluso de una necesaria “vigilancia
del odio”.7 Pero su verdadera originalidad se encuentra en otra
parte, en el hecho de que es el primero en distinguir claramente
una desconfianza “antigua”, que viene del rechazo a los poderes
arbitrarios impuestos a la sociedad, y una desconfianza “moder­
na”, que tiene su raíz en la constatación de los posibles yerros de
los nuevos regímenes surgidos de la voluntad general. Al evocar
el “terrible ejemplo” de Robespierre, señala el divorcio que
conoció la Francia de 1793 entre un proceso político en el que
“la confianza universal llevó a hombres honestos a las funciones
administrativas” y el hecho de que éstos “permitieron organizar
empresas de asesinato”.8 Para Constant, por lo tanto, és la con­
fianza democrática misma la que hay que igualmente limitar. En
el momento en que fue adoptada en 1830 la carta de la monar­
quía parlamentaria, coronando el tipo de régimen que siempre
defendió, hace el elogio del texto y destaca abruptamente que
“toda (buena) constitución es un acto de desconfianza”.9 La des­
confianza liberal se puede entender allí como un “poder de pre­
vención”, retomando una expresión apropiada de Bertrand de
Jouvenel.10 Se inscribe por ello en una perspectiva temerosa y
pesimista sobre la democracia. La desconfianza es en ese caso
sospecha del poder popular, temor a sus errores, reticencia a la
instauración de un ^fra_g¿o_umyersal^
Existe otro enfoque, de tipo democrático, de la desconfianza.
En este caso, el objetivo es velar por que el poder sea fiel a sus
; ‘compromisos, buscar los medios que permitan mantener la exi-
’ ■^éncialmc1átrdel lüñll6érvi¿i<5TittnWTDmúh. Es el tipo de descoñ-

6. Cf. La introducción de Mark. E. Warren a Democracy and Trust, Cam­


bridge, Cambridge University Press, 1999.
7. De la forcé du gouvernement actuel de la France et de la nécessité de s’y
rallier, s. 1. (París), 1796, pág. 66.
8. Ibid., pág. 67.
9. Courrier francais, 5 de noviembre de 1829, en Benjamín Constant, Recueil
d’articles, 1S29-1830, París, Champion, 1992, pág. 53.
10. Bertrand de Jouvenel, “The Means oí Constestation”, Government and
Opposition^ vol. I, n° 2, enero de 1966.
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DESCONFIANZA Y DEMOCRACIA
/ 7a <A -facete s

fianza que nos interesa en este libro. En una era postotalitaria, es


ésta la que se manifiesta principalmente. Tal desconfianza demo­
crática se expresa y se organiza de múltiples maneras. Distingui­
ré tres modalidades principales: los/poderes de control ísurvei-
llance], lay/formas de obstrucción, la/puesta a prueba a través de
un juicio. A la sombra de la democracia electoral-representativa,
estos tres contrapoderes dibujan los contornos de lo que propon­
go llamar una contrademocracia. Esta contra democracia no es lo
contrario de la democracia; es más bien una forma de democra- ;
cia que se contrapone a la otra, es la democracia de los poderes
indirectos diseminados en el cuerpo social, la democracia de la
desconfianza organizada frente a la democracia de la legitimidad .
electoral. Esta contrademocracia conforma de este modo un sis­
tema con las instituciones democráticas legales. Apunta a pro­
longar y extender sus efectos; constituye su contrafuerte. Por eso,
debe ser comprendida y analizada como una verdadera forma
política cuya caracterización y evaluación constituyen el objeto
de este libro.
El impacto de esta desconfianza política, de tipo democrático,
es tanto más importante en cuanto las sociedades contemporá­
neas están caracterizadas estructuralmente por una erosión gene­
ral del papel de la confianza en su funcionamiento, así como por
un consecuente acrecentamiento de las reacciones de desconfian­
za . Tres factores, de orden científico, económico y sociológico,
explican respectivamente este advenimiento de sociedad de
la desconfianza,. El primer factor, científico, fue aclarado corree- r
tamente por Ulrich Beck en su obra La sociedad del riesgo.11 El 7¿
punto de partida de su razonamiento es la constatación trivial de
la entrada en un mundo que ha roto con el optimismo tecnológi­
co que había prevalecido hasta la década de l%0. La era de las f/3ccd(}
catástrofes y las incertidumbres, que es la nuestra, ha conducido /
así a conjugar la aprehensión respecto de las industrias y las tec­
nologías modernas con la noción de riesgo mucho más que con
la de progreso. Esta sociedad del riesgo es estructuralmente una,
.sociedad de la desconfianza frente al porvenir. Pero el problema

. . ...
11. Ulrich Beck, La Société du risque. Sur la vote d’une autre modemité, '
París, Aubier, 2001 [trad. cast.: La sociedad del riesgo: hacia una nueva moder­
nidad, Barcelona, Paidós, 1986].
28 LA CONTRADEMOCRACIA

es que los ciudadanos a pesar de todo están condenados a confiar


en los científicos; no disponen, de hecho, de elementos autóno­
mos de apreciación sobre los problemas en cuestión. El papel de
los científicos es percibido así como ineludible y problemático al
mismo tiempo. La única estrategia que pueden adoptar los ciuda­
danos es por lo tanto obligar a estos últimos a explicarse y rendir
cuentas. Intentar instituir positivamente la desconfianza, como
una suerte de barrera de protección, de un condicionamiento
protector de los intereses sociales. De allí la paradoja, bien for­
mulada por los comentaristas de Beck: “El ciudadano, cuando
busca resolver los problemas que los especialistas no han podido
prever ni evitar, se encuentra nuevamente en sus manos. No tie­
ne por lo tanto otra solución que mantener la delegación, pero
multiplicando los dispositivos para controlarlos y supervisar­
los”.12 La evolución del universo científico y técnico conduce de
este modo a estructurar una cierta desconfianza social, de una
manera que la reivindicación del “principio de precaución” no
expresa más que muy pobremente (es el equivalente, en su regis­
tro, del poder liberal de prevención en el campo político).
La confianza también experimenta una regresión en el orden
macroeconómico. Si aquella se define como una forma de saber
que permite formular hipótesis sobre un comportamiento futuro,
debemos constatar que el saber implicado, que en este caso se
llama previsión económica, declina. Las grandes instituciones
encargadas de esta tarea han dejado de proponer proyecciones
confiables de mediano y largo plazo. Ya sea que son técnicamen­
te incapaces de proveerlas o que éstas ya no son más creíbles por
haberse equivocado demasiadas veces. Los tiempos en que el
Parlamento votaba en Francia sobre tasas de crecimiento a pla­
zos de cinco años parecen corresponder a otra era (¡aunque eso
'era aún así hace treinta años en el marco del Plañí). La entrada
. en un mundo económico menos previsible, porque está regido
por un sistema de interacciones más abierto y complejo, partici­
pa así de la potenciación de las actitudes de desconfianza, articu­
ladas largamente en este caso sobre un sentimiento más amplio
.acerca de la impotencia de las políticas públicas.

12. Michel Callón, Pierre Lascoumes y Yannick Barthe, Agir dans un monde
incertain, Essai sur la démocratie technique, París, Senil, 2001, pág. 311.
DESCONFIANZA Y DEMOCRACIA 29

El advenimiento de una sociedad de la desconfianza resulta en


tercer lugar de mecanismos de tipo sociológico. En una “sociedad
de dista nci amiento”,,_usAndo_JLa-.fójmmda^de_Nlidia£^^
baseg'materiales de establecimiento de la confianza social se pul­
verizan; los individuos confían menos unos en los otros porque
no se conocen lo suficiente. La falta de confianza en el prójimo y
la desconfianza hacia los gobernantes aparecen bastante correla­
cionadas, como lo han establecido importantes estudios compara­
tivos: Brasil, que bate todos los récords de desconfianza política,
es también el país en el que los indicadores de confianza interper­
sonal son más bajos; la situación de Dinamarca, exactamente
inversa, muestra que la confianza muy fuerte en los demás se
refleja en una relación de menos recelo hacia los gobiernos.13
Hecho significativo, la tolerancia a la corrupción es por su lado
tanto mayor donde es más pronunciado el desencanto democráti­
co.14 Así, desconfianza democrática y desconfianza estructural
coinciden y se consolidan. Estos diferentes factores son los que
han llevado a hablar de la entrada en una “sociedad de la descon­
fianza generalizada” para calificar el mundo contemporáneo.15
Tal sociedad constituye el telón de fondo delante del cual hay que
volver a situar las transformaciones de la democracia que nos
interesan aquí.

13. Sólo el 2,80% de los brasileños declara que, en un sentido general, “se
puede confiar en la mayoría de la gente”, la cifra alcanza el 66,50% en Dina­
marca (22,20% en Francia, un puntaje que se ubica en la parte inferior de la
tabla). Cf Ronald Inglehart (et al.), Human Beliefs and Valúes: A Cross-Cultu-
ral Sourcebook Based on the 1999-2002 Valúes Surveys, México, Siglo XXI,
2004.
14. Cf. Alejandro Moreno, “Corruption and Democracy: A Cultural Assess-
ment”, en R. Inglehart (comp.), Human Valúes and Social Change: Bindings
from the Valúes Surveys, Ley de y Boston, Brill, 2003.
15. Para Francia véase la encuesta Euro RSCG, La Société de défiance géné-
ralísée: enquéte sur les nouveaux rapports de forcé et les enjeux relationnels dans.
la société franqaise, julio de 2004. Señalemos que este contexto es el que explica j
,en profundidad el florecimiento actual de los trabajos sociológicos y filosóficos
sobre la noción de confianza. Véanse en particular los trabajos de Russel Hardin,
Diego Gambetta y Mark E. Warren. En francés, véase Vincent Mangematín y |
Christían Thuderoz, Des mondes de confiance. Un concept a l’épreuue de la rea- I
lité sociale, París, CNRS, 2003, y con Denis Harrison, La Confiance. Approches I
économiques et sociologiques, Montreal, Gaétan Morin, 1999. :
30 LA CONTRADEMOCRACIA

LAS TRES DIMENSIONES DE LA CONTRADEMOCRACIA

Comencemos con los poderes de control. Para comprender su


naturaleza y reconstruir su génesis, debemos recordar que históri­
camente la idea de soberanía del pueblo se expresó de dos mane­
ras. En primer lugar a través del derecho al sufragio ejercido por
los ciudadanos para designar a sus dirigentes. Es la dimensión
más evidentemente reconocida y consagrada del principio demo­
crático. Pero la posesión de ese poder periódico de elección y de
legitimación casi siempre vino acompañada de una aspiración a
consagrar y prolongar sus efectos por la acción de un control más
permanente. Desde un comienzo, efectivamente, el vínculo electo­
ral apareció como insuficiente para obligar a los representantes a
cumplir con sus compromisos. Se pensó ciertamente en un
momento en poder hacer que ese vínculo fuera más coactivo,
arraigándolo en fórmulas de mandato imperativo. Pero las condi­
ciones de una deliberación parlamentaria abierta se vieron por
ello gravemente alteradas (un verdadero debate presupone que se
pueda cambiar de opinión luego de confrontar argumentos). Por
lo que se abandonó en todas partes esa alternativa, y se buscó
entonces mediante otros medios más indirectos formas de alcan­
zar la democracia. Al proyecto de una “representación utópica”,
que haría vivir plenamente al representado en el representante, se
superpuso la práctica efectiva de un cuestionamiento permanente,
de una presión sobre los elegidos organizada de manera más difu­
sa y más exterior. La búsqueda de un “contrapoder”, a la vez
estabilizador y corrector, ha estado siempre subyacente en la vida
de las democracias. La experiencia revolucionaria francesa mos­
tró con claridad la centralidad de esta dualidad. Desde 1789 un
término ha servido para designar esta forma complementaria de
soberanía que se deseaba implementar para realizar plenamente
el ideal de un gobierno de la voluntad general: el control Se ha
celebrado la vigilancia del pueblo controlador, perpetuamente
activo, como el gran remedio para el mal funcionamiento de las
instituciones, en particular para remediar lo que podríamos lla­
mar la entropía representativa (es decir, la degradación de la rela­
ción entre elegidos y electores). .
Desviado más tarde, durante el Terror, bajo las formas de una
tiranía de las sociedades populares, el término “control” [survei-
llance\ fue luego, de hecho, desterrado del vocabulario político.
DESCONFIANZA Y DEMOCRACIA 31

El término, pero no la cosa. Bajo modos múltiples y cambiantes,


la sociedad civil de hecho jamás cesó de ejercer formas de inspec­
ción, de control, de peritaje, de puesta a prueba a través de múl­
tiples canales. Estos poderes incluso se desarrollaron de forma
considerable. Mientras que finalmente la economía institucional
de las democracias representativas no experimentó ninguna revo­
lución mayor en dos siglos (en materia de concepción de la repre­
sentación, de ejercicio de la responsabilidad, del papel atribuido a
las elecciones), esos poderes de control se vieron considerable­
mente enriquecidos y diversificados. Estudiaremos sucesivamente
sus tres modalidades principales: la vigilancia, la denuncia y la
calificación. Cada una contribuye a encastrar la legitimidad elec­
toral en la forma de legitimidad social más amplia que constituye
el capital de reputación de una persona o de un régimen. Estos
diferentes mecanismos tienen de entrada como consecuencia
poner a prueba la reputación de un poder. La reputación es tam­
bién un tipo de “institución invisible” que constituye uno de los
factores estructurantes de la confianza. Estas puestas a prueba tie­
nen muchas características diferentes. Presentan un carácter per­
manente (mientras que la democracia electoral es intermitente);
pueden ser realizadas por individuos y no sólo por organizacio­
nes; amplían y facilitan el campo de intervención de la sociedad
(John Stuart Mili ya señaló que no se puede hacer todo pero se
puede controlar todo). Es la razón por la cual esta “democracia
del control” está actualmente en pleno auge.
La multiplicación de los poderes de sanción y de obstrucción
constituye la segunda forma de desconfianza estructurante de la
contrademocracia. En Del espíritu de las leyes, Montesquieu
subrayó la distinción, a sus ojos central, entre la facultad de
actuar y la facultad de impedir. Puso el acento en una asimetría
cuya importancia no ha dejado de crecer en la medida que los
ciudadanos experimentaban los límites de la democracia de man­
dato para realizar sus objetivos y esperanzas. Viéndose finalmen­
te poco capaces de obligar a los gobiernos a realizar ciertas
acciones o tomar ciertas decisiones, los ciudadanos recuperaron
una forma de eficacia al multiplicar las sanciones con respecto al
poder. Así se erigió progresivamente a la sombra de la “demo­
cracia positiva” -la de la expresión electoral y de las institucio­
nes legales- lo que podríamos llamar una “soberanía social
negativa”. En primer lugar hay una razón de orden “técnico”
32 LA CONTRADEMOCRACIA

para esa evolución: las acciones de obstrucción producen resulta­


dos que son realmente tangibles y visibles. Lograr que se retire
un proyecto de ley cumple perfectamente la intención del actor,
mientras que la medida del éxito de una presión por imponer
una política determinada estará en todos los casos mucho más
sujeta a controversia. La voluntad se cumple completamente
siempre en un acto de obstrucción, porque está polarizada sobre
una decisión unívoca y clara que agota su contenido y su proyec­
to. El mandato o la simple autorización no poseen esas cualida­
des: la cuestión del cumplimiento de la voluntad queda abierta
en ese marco, porque el futuro es incierto y las acciones de aquel
al que se ha dado mandato quedan indeterminadas. La tensión
de la promesa o del compromiso, que está en el centro de la
democracia de mandato, se ve superada en el marco de una
democracia negativa.
Desde un punto de vista sociológico, es igualmente patente
que las coaliciones negativas son más fáciles de organizar que las
mayorías positivas. Aquellas, en efecto, pueden acomodar muy
bien sus contradicciones. Mejor aún, su heterogeneidad es lo que
explica la facilidad de su formación y su éxito. Tales mayorías
reactivas no necesitan ser coherentes para desempeñar su papel.
Tienen un poder tanto más considerable en cuanto la intensidad
de las reacciones cumple un papel esencial en el orden de las opo­
siciones que expresan. En la calle, en la protesta mediática o en
la expresión simbólica, ya no es sólo cuestión de aritmética. En
cambio, las verdaderas mayorías sociales de acción son mucho
más difíciles de constituir. Por naturaleza, presuponen, en efecto,
ya sea un consenso pasivo como un acuerdo positivo y delibera­
do. No pueden, como sucede a menudo con las mayorías electo­
rales, y más aún con las coaliciones reactivas, fundarse en equí­
vocos o ambigüedades. Por lo tanto son más frágiles y volátiles.
La experiencia muestra de sobra que es mucho más fácil para un
hombre político perder votos por declaraciones torpes que ganar-,
los adoptando posiciones originales o valientes. La soberanía del
pueblo se manifiesta así cada vez más como poder de rechazo, ya
sea a través de la expresión electoral periódica o de las reacciones
permanentes ante las decisiones de los gobernantes. Se superpone
de esta manera una suerte de nueva democracia de rechazo a la
original democracia de proyecto. De ese modo se ha impuesto la
soberanía de un pueblo-veto. El gobierno democrático ya no se
DESCONFIANZA Y DEMOCRACIA 33

define sólo por un procedimiento de autorización y legitimación.


Deviene esencialmente estructurado por la confrontación perma­
nente con diferentes categorías de veto provenientes de grupos
sociales, fuerzas políticas o económicas. De allí la idea planteada
por algunos de que los regímenes políticos se caracterizan en la
actualidad menos por su arquitectura propiamente institucional
(sistema presidencial o parlamentario, bipartidista o multiparti-
dísta, etc.) que por las modalidades por las cuales las condiciones
de la acción están determinadas por las posibilidades de bloqueo
provenientes de los diferentes actores.
La contrademocracia está constituida en tercer lugar por el
aumento del poder del pueblo-juez. La judicialización de la polí­
tica constituye su vector más visible. Todo pasa hoy en día como
si los ciudadanos esperaran del proceso judicial los resultados
que desesperan de obtener por la elección. Tal judicialización se
inscribe en el marco de una declinación de la “reactividad” de
los gobiernos frente a las demandas de los ciudadanos. Vemos
que cuanto más obligados a rendir cuentas precisas están los
gobiernos (principio de la accountability) menos parecen escu­
char las demandas de la sociedad (el principio de responsive-
ness). Hemos pasado así de las democracias de confrontación a
las democracias de imputación. En los últimos veinte años se ha
vuelto banal hablar, sobre la base de esta constatación, de una
elevación de la figura del juez en el orden político. Pero esta
apreciación no capta más que una dimensión limitada del pro­
blema. Lo esencial reside, en efecto, en la comprensión de las
propiedades comparadas del voto y del juicio. La preferencia
contemporánea por el juicio no cobra así sentido si no se refiere
a las propiedades específicas de ese acto como tipo de decisión.
Se trate de las condiciones de la justificación, de las formas de
teatralidad o del modo de relación con la particularidad, el juicio
como procedimiento de puesta a prueba de un comportamiento
se ha impuesto, progresivamente, como una forma metapolítica
considerada superior a la elección porque produce resultados
más tangibles.
Al pueblo elector del contrato social se le han superpuesto de
manera cada vez más activa las figuras del pueblo-controlador,
del pueblo-veto y del pueblo-juez. De ello han resultado modos
de ejercicio indirecto de la soberanía de acuerdo con formas no
organizadas por las constituciones. Soberanía que bien podemos
34 LA CONTRADEMOCRACIA

calificar de indirecta en el sentido de que está constituida por un


conjunto de efectos, sin proceder formalmente de una autoridad
ni expresarse bajo la forma de decisiones explícitas que puedan
calificarse de políticas. La democracia electoral representativa y
la contrademocracia de los poderes indirectos deben tomarse en
conjunto para captar en su complejidad el movimiento efectivo
de apropiación social del poder. La oposición usual entre demo­
cracia real y democracia formal aparece por lo mismo como
poco esclarecedora en este marco mayor. La sola distinción de
las formas directas o representativas del gobierno se revela por su
lado igualmente mucho menos rica. Las categorizaciones estre­
chas de esta naturaleza de aquí en más deben ceder su lugar a
una visión multiforme de la actividad democrática. De allí se
deriva su posibilidad de elaborar una gramática ampliada del
gobierno en común de los hombres y mujeres. En su Contrato
social, Rousseau quería “complicar” la definición de la ciudada­
nía. Al simple derecho de voto propuso agregar los derechos de
opinar, de proponer, de dividir, de debatir.lé En un ensayo clási­
co, Albert Hirschman sugirió más recientemente enriquecer el
vocabulario de la acción colectiva distinguiendo las expresiones
de voice, exit y loyalty (que podemos traducir como protesta o
toma de la palabra crítica, defección e indiferencia aprobado­
17 Tomar en cuenta la contrademocracia conduce a ampliar
ra).16
ese léxico con los términos “vigilancia”, “calificación”, “presión
por revelación”, “obstrucción”, “sometimiento a prueba de jui­
cio”. Este trabajo está consagrado en primer lugar a la historia y
la teorización de estas diferentes expresiones de la contrademo­
cracia.

16. Du contrat social, libro IV, cap. i. En sus Lettres écrites de la montagne
(7a. carta), señala en el mismo sentido: “Deliberar, opinar, votar, son tres cosas
muy diferentes que los franceses no distinguen suficientemente. Deliberar es
sopesar los pros y los contras; opinar es dar su opinión y justificarla; votar es
sufragar, cuando no queda más que recoger los votos” (París, Gallimard,
“Biblíothéque de la Pléiade”, pág. 833) [trad. cast.: Del contrato social, Madrid,
Alianza, 1982].
17. Cf. Albert O. Hirschman, Exit, Voice and Loyalty: Responses to Decline
in Firms, Organizations and States, Cambridge (Mass.), Harvard University
Press, 1970.
DESCONFIANZA Y DEMOCRACIA 35

EL MITO DEL CIUDADANO PASIVO

Los términos dentro de los cuales está comprendida la cues­


tión de la participación política se ven modificados por esta pers­
pectiva, invitando a reconsiderar el sonsonete de la desafección
democrática. Los indicadores de la confianza de los ciudadanos
en las instituciones políticas testimonian sin duda un fuerte mo­
vimiento de declinación.1819 El crecimiento de la abstención cons­
tituye igualmente un dato observable en casi todos los países en
los últimos veinte años.1? Pero estos indicadores deben interpre­
tarse con precaución;20 y deben por sobre todo resituarse dentro
de una comprensión más amplía de las transformaciones de la
implicación ciudadana. La ciencia política se ha esforzado du­
rante mucho tiempo por distinguir las formas de “participación
no convencional”, constatando que se multiplican, aunque la
concurrencia a las urnas pueda parecer menos frecuente. Los
indicadores de participación en huelgas o manifestaciones, la fir­
ma de petitorios, la expresión de formas de solidaridad colecti­
vas en las situaciones extremas sugieren así que no hemos ingre­
sado en una nueva era de apatía política y que la idea de un
creciente repliegue sobre la esfera privada no tiene fundamen­
to.21 De modo que conviene más hablar de mutación que de

18. Para una síntesis reciente, véase Mattei Dogan (comp.), Political Mistrust
and the Discrediting of Politicians, Leyde y Boston, Brill, 2005.
19. Véanse, por ejemplo, los datos reunidos por Jacques Capdevielle, Démo-
cratie : la panne, París, Textuel, 2005, y por Mark N. Franklin (eí al.), Voter
Turnout and the Dynamics of Electoral Competition in Establisbed Democracies
since 1945, Cambridge, Cambridge üníversity Press, 2004.
20. Las tasas de abstención deben tomarse para plazos largos, los ciclos de
participación pueden depender de la naturaleza de los comicios en cuestión. Des­
de el período revolucionario francés, se asiste así a fuertes variaciones (Michelet
señaló que “el pueblo se volvió a casa” en 1791, luego de haber votado masiva­
mente en 1790). El fenómeno de la intermitencia electoral es igualmente esencial;
para ello habría que hablar más bien de "itinerarios de participación” (sobre el
caso francés, véase Fran^ois Héran, “Voter toujours, parfois... ou jamais”, en
Bruno Cautrés y Nonna Mayer (comps.), Le Nouveau Désordre electoral. Les
legons dn 21 avril 2002, así como Franjéis Clanché, “La participation électorale
au printemps 2002. De plus en plus de votants intermittents”, Insee Premiere, n°
877, enero de 2003). La ciencia política distingue también abstencionistas “den­
tro del juego” y “fuera del juego”.
21. Véase, por ejemplo, entre una vasta literatura sobre el tema, Pippa Norris,
36 LA CONTRADEMOCRACIA

declinación de la ciudadanía. Simultáneamente, se han diversifi­


cado los repertorios de la expresión política, los vectores de esta
expresión, así como sus objetivos. Mientras los partidos se ero­
sionan, se desarrollan los grupos de interpelación (advocacy
groups) y las asociaciones de diversos tipos. Las grandes institu­
ciones de representación y de negociación han visto empequeñe­
cerse su papel mientras se multiplican las organizaciones ad hoc.
Los ciudadanos tienen así muchos otros medios fuera del voto
para expresar sus reclamos o sus quejas. El fenómeno de la abs­
tención y de la declinación de la confianza debe resituarse por
ello en un análisis ampliado de las mutaciones de las formas de
la actividad democrática. El voto es ciertamente la expresión
más visible y la más institucional de la ciudadanía. Es el acto que
desde hace mucho tiempo simboliza la idea de participación
política y de igualdad cívica. Pero esta noción de participación es
compleja. Mezcla en efecto tres dimensiones de la interacción
entre el pueblo y la esfera política: la expresión, la implicación,
la intervención. La democracia de expresión corresponde a la
toma de palabra de la sociedad, a la manifestación de un senti­
miento colectivo, a la formulación de juicios sobre los gobernan­
tes y sus acciones, o también a la expresión de reivindicaciones.
La democracia de implicación engloba el conjunto de los medios
por los cuales los ciudadanos se ponen de acuerdo y se vinculan
entre ellos para producir un mundo común. La democracia de
intervención se constituye con todas las formas de acción colec­
tiva para obtener un resultado deseado.
La vida democrática se articula en torno de esas tres formas
de actividad política. Lo propio de la elección es que se propone
superponer en los hechos estos diferentes modos de existencia
cívica (que corresponden también a diferentes “momentos” de la
vida pública); el voto ha querido constituir su modalidad aglo­
merada y condensada más incontestable, por ser la más organi­
zada y visible. En la era dorada de la participación electoral, esa

Democratic Phoenix: Reinuenting Political Actiuism. Cambridge, Cambridge


University Press, 2002. Consultar igualmente Pascal Perríneau (comp.), L’Enga-
gement politique. Déclin ou mutation?, París, Presses de la FNSP, 1994, así como
Líonel Arnaud y Christine Guionnet (comps.). Les Frontiéres du politique.
Enquete sur les processus de politisation et de dépolitisation, Reúnes, Presses uni-
versitaires de Rennes, 2005.
DESCONFIANZA Y DEMOCRACIA 37

dimensión globalizante e integradora del voto estaba encastrada


en su dimensión identitaria: el voto no era entonces tanto la
expresión de una preferencia individual como la manifestación
de una pertenencia colectiva.22 Desde André Siegfried hasta los
sociólogos políticos de la década de 1960, esta característica fue
señalada en múltiples trabajos. La historia de la democracia se
identificó por mucho tiempo en esa medida con un proceso de
concentración del campo político del que la larga lucha por la
obtención del sufragio universal ha sido a la vez el medio y el
símbolo. Es dentro de ese marco que hay que apreciar las muta­
ciones actuales de la democracia: si la democracia de elección
está incontestablemente erosionada, las democracias de expre­
sión, de implicación y de intervención se han desplegado y afir­
mado. Conviene entonces hablar en todos los sentidos de un
mito del ciudadano pasivo.23 Esas mutaciones de la actividad
política han sido estudiadas en numerosos trabajos científicos así
como en toda una literatura de naturaleza más militante. Pero la
conceptualización teórica de esos fenómenos sigue siendo impre­
cisa. Lo testimonia lo variable del vocabulario empleado para
calificarlos. La ciencia política evoca así en la última docena de
años el advenimiento de formas políticas “no convencionales”,
de una nueva “política de protesta” {protest politics), de una
“ciudadanía civil”, para describir esas manifestaciones proteifor­
mes que testimonian el advenimiento de tipos inéditos de inter­
venciones y reacciones políticas. En el universo de los actores
militantes más directamente implicados, emerge igualmente un
nuevo tipo de vocabulario. Se habla así de “izquierda movimien-
tista”, de “política no gubernamental”,24 de “política de los

22. La ciencia política de la década de 1960 estableció así el “paradigma de


Michigan” (el nombre de la universidad donde se realizó la investigación), mos­
trando que los electores no se determinaban a partir de sus conocimientos políti­
cos, muy limitados, sino que votaban en función de identidades partidistas pre­
cozmente fijadas.
23. Es necesario señalar también el hecho de que los ciudadanos se informan
más. Cf. los datos reproducidos por Étienne Schweisguth, “La dépolitisation en
questions”, en Gérard Grunberg, Nonna Mayer y Paul M. Sníderman, La Démo-
cratie a Lépreuve, París, Presses de Sciences-Po, 2002, págs. 56-57.
24. Véase por ejemplo el trabajo realizado en Francia en revistas como Mul­
titudes o Vacarme.
38 LA CONTRADEMOCRACIA

gobernados”.2526 Las nociones de antipoder o de contrapoder son


27
también frecuentemente utilizadas,2é al mismo tiempo que se
opera en numerosos círculos una relectura de los trabajos de
Michel Foucault sobre la gubernamentalidad moderna. El con­
cepto de contrademocracia también debe ubicarse dentro de esta
perspectiva. Puede dar a la vez un lenguaje y una coherencia
intelectual a estos diferentes universos proponiendo un marco
sistemático para la descripción de estas múltiples transformacio­
nes de la democracia contemporánea; este marco las integra
ordenándolas en una teoría razonada de la democracia.

¿DESPOLITIZACIÓN O IMPOLÍTICA?

Si bien no hay despolitización en el sentido de un menor inte­


rés por los asuntos públicos y una declinación de la actividad ciu­
dadana, sí se ha modificado mucho cierto tipo de relación con la
cosa misma de lo político. Pero el cambio es de otro orden del
que habitualmente se sugiere. El problema contemporáneo no es
el de la pasividad, sino el de la impolítica,17 es decir, de la falta de
aprehensión global de los problemas ligados a la organización de
un mundo común. Lo propio de las diferentes figuras de la con­
trademocracia que vamos a estudiar es en efecto que llevan al
aumento de la distancia entre la sociedad civil y las instituciones.
Delinean así una suerte de contrapolítica fundada sobre el con­
trol, la oposición, la disminución de poderes que ya no se busca
prioritariamente conquistar. Estos rasgos se manifiestan de mane­
ra doble. Los diversos mecanismos o comportamientos en juego

25. Cf. Parcha Chatterjee, The Politics of the Governed, Nueva York,
Columbia University Press, 2004. .
26. Cf. Miguel Benasayag y Diego Szrulwark, Du contre-pouvoir: de la sub-
jeetivité contestataire a la construction de conire-potwotrs, 2da. ed., París, La
Découverte, 2002, y John Hoiloway, Change tbe World Without Taking Power.,
Londres, Piuco Press, 2002.
27. Empleo esa expresión en un sentido literal, diferente del que expone
Roberto Esposito en Catégories de ITmpolitique, París, Senil, 2005. Sobre los
otros usos de ese término, véase también Étienne Balibar, “Qu’est-ce que la phi-
losophie politique? Notes pour une topique”, Actuel Marx, n° 28, 2do. semestre
de 2000.
DESCONFIANZA Y DEMOCRACIA 39

tienen como primera consecuencia disolver las expresiones de


pertenencia a un mundo común. De esencia reactiva, no pueden
servir para estructurar y sostener una proposición colectiva. Esta
contrademocracia impolítica tiene así por rasgo distintivo super­
poner una actividad democrática y efectos no políticos. Es por
este motivo que no se inscribe en el marco de las clasificaciones
usuales de los regímenes y que constituye una forma original que
escapa de las oposiciones tradicionales entre liberalismo y repu­
blicanismo, así como entre gobierno representativo y democracia
directa.
Las formas diseminadas de esta contrademocracia tienen
como segunda consecuencia ocultar la visibilidad y por sobre
todo la legibilidad. Ahora bien, se trata de dos cualidades cons­
titutivas de la esencia misma de lo político. No hay política si
las acciones no pueden inscribirse en una misma narración ni
ser representadas sobre un escenario público único. El desarro­
llo de las formas de contrademocracia presenta así un carácter
indísociablemente complejo y problemático. Complejo porque
se mezclan elementos positivos de aumento del poder social y
tentaciones populistas-reactivas. Problemático también, porque
la evolución hacia una “democracia civil” que se perfila condu­
ce a formas de fragmentación y diseminación allí donde sería
necesario poder afirmar el imperativo de una coherencia y de
una globalidad. Creo que de allí procede profundamente el
desencanto que signa a las democracias contemporáneas. No
está constituido sólo por una decepción que podría ser superada
(mejorando por ejemplo los procedimientos que organizan el
sistema representativo), sino que está estructurado por la aporía
que forma la combinación de lo democrático y de lo impolítico.
Es sobre la base de esta constatación que reflexionaremos in
fine sobre las condiciones del advenimiento de una nueva era de
las democracias.

RELEER LA HISTORIA DE LA DEMOCRACIA

El abordaje que proponemos conduce igualmente a ver de


manera renovada la historia de la democracia. Los distintos
tipos de poderes indirectos que hemos evocado han tenido por
característica ser a la vez “post” y “predemocráticos”. Posdemo-
40 LA CONTRADEMOCRACIA

créticos en el sentido de que se establecen en reacción ante las


promesas no cumplidas de los gobiernos representativos estable­
cidos luego de los combates contra el absolutismo en Holanda,
en Gran Bretaña, en Estados Unidos y en Francia en los siglos
XVII y XVIII. Pero predemocráticos también, porque el ejercicio de
los poderes de control y resistencia en muchos casos constituyó
una primera etapa de la emancipación humana. El derecho de
resistir la tiranía se formuló en la Edad Media, cuando nadie
podía imaginar una forma de soberanía popular. De la misma
manera, los poderes fueron controlados y juzgados mucho antes
de que se planteara su sometimiento a la elección. Esta constata­
ción lleva a romper con las historias lineales tradicionales de la
democracia que suponen la realización progresiva de un tipo-
ideal, la lenta salida de un régimen de servidumbre, que alcanza­
rían su punto cúlmíne en una autonomía lograda. Lo “viejo” y
lo “nuevo”, el “liberalismo” y la “democracia”, el poder social
informal y la vida de las instituciones regulares no dejaron de
hecho de entrecruzarse. Si la contrademocracia precedió a la
democracia electoral-representativa, sus historias se entrelazan
de un modo complejo que trataremos de desenredar. Esto signi­
fica además que la historia social y la historia institucional de la
democracia no pueden separarse. “Social” en su principio, la
contrademocracia es, en efecto, fuerza material, resistencia prác­
tica, reactividad directa. En su esencia es problema, sanción y
cuestionamiento. Mientras la democracia electoral representativa
obedece a los ritmos lentos de las instituciones, la contrademo­
cracia se manifiesta de manera permanente y no obedece a nin­
guna restricción. De cierta manera, es vida inmediata de la
democracia.
Este abordaje conduce a reforzar los lazos de la historia y la
teoría política, continuando con la orientación utilizada en mis
libros precedentes. He insistido a menudo en que la historia debe
entenderse como el laboratorio en actividad de nuestro presente
y no sólo como el esclarecimiento de su trasfondo. La vida de la
democracia de ningún modo está hecha de la confrontación con
un modelo ideal: en primer lugar es la exploración de un proble­
ma a resolver. De allí la necesidad de tomar distancia de la idea
de que un cierto “modelo original” de la democracia haya sido
claramente formulado y a la vez contradicho abiertamente. Par­
tir de la complejidad de lo real y de su dimensión aporética con­
DESCONFIANZA Y DEMOCRACIA 41

duce de manera más rica a interesarse en la “cosa misma” de lo


político, a penetrar su carne, a poder explorar en consecuencia el
campo de su Constitución. La historia no sólo ofrece a la teoría
un repertorio de ejemplos: se ofrece más poderosamente como
campo de experiencia y de puesta a prueba de representaciones
del mundo. De ahí surge mi perspectiva de alcanzar el punto en
el que unen sus ambiciones la curiosidad atenta del historiador y
el rigor del filósofo político.
La comprensión de la política como espacio de experiencia se
impone aún con más fuerza en el caso del estudio de la contrade­
mocracia. Si la descripción de las instituciones puede acomodar­
se a veces al lenguaje estereotipado de los manuales, los poderes
de control y de obstrucción no pueden apreciarse si no es en el
movimiento de su actividad. Esta visión de las dos caras de la
democracia como prácticas vivas no tiene sólo una dimensión
metodológica. Permite también enfocar de otro modo el estudio
comparativo de lo político. Si la democracia es percibida en una
perspectiva clásicamente normativa, no es realmente posible nin­
guna comparación útib no se puede hablar más que de fracasos
y éxitos, no hay más que grados diferentes de realización a clasi­
ficar, tipologías a precisar. Entonces es grande el peligro de
tomar los valores particulares como universales o de sacralizar
los mecanismos específicos. A la inversa, si partimos de los pro­
blemas que la democracia debe resolver, por ejemplo la tensión
entre el principio sociológico y el principio político de la repre­
sentación,28 es mucho más fácil examinar en un mismo marco la
variedad de las experiencias nacionales o históricas. Las virtudes
de un comparativismo de esta naturaleza aumentan mucho en el
estudio de los fenómenos contrademocráticos. La contrademo­
cracia tiene por característica ser a la vez, como hemos dicho,
pre y posdemocrática. Existe bajo las formas de contrapoderes
puros o bajo la forma de poderes que podríamos calificar como
“complementarios”. Al ampliar de este modo el análisis, proce­
demos a una “desoccidentalización” natural de la mirada. En
efecto, existen en todas partes las prácticas de control, las expre­
siones de soberanía de obstrucción, las puestas a prueba a través
de un juicio. Existen y existieron históricamente: se puede sentar

2S. Cf. Le P suple mtrouvable, op. cit.


42 LA CONTRADEMOCRACIA

las bases de un compara tivism o generalizado en el tiempo y en el


espacio. La voluntad de comprender mejor el presente ya no se
separa en esa perspectiva de la tentativa de pensar de manera
unificada, a escala del mundo, la larga lucha de los hombres y
las mujeres por edificar una polis libre.
I

LA DEMOCRACIA DE CONTROL

L Vigilar, denunciar, calificar


2. Los actores del control
3. El hilo de la historia
4. El conflicto de las legitimidades
La noción de poder de control tiene una larga historia. La
necesidad de recurrir a ella fue invocada desde el comienzo de la
Revolución Francesa para contrapesar la tendencia de los repre­
sentantes a autonomizarse, a transformarse -tomando las célebres
palabras de Mirabeau- en “una especie de aristocracia de
hecho”. Un constituyente habla en ese sentido de “la necesidad
de alguien que supervise en nombre de la Nación a los represen­
tantes de la Nación misma”.123“Amigos de la libertad, que un con­
trol eterno nos ponga al abrigo de los peligros que correremos si
se confía nuestro destino por completo a nuestros ministros”,
advertía por su lado el editorial militante de La Bouche de fer.~
Una influyente mujer de letras de la época se expresa en términos
similares, estimando que “el gobierno representativo se convierte
pronto en el más corrupto de los gobiernos si el pueblo deja de
inspeccionar a sus representantes”? El ojo del control del pueblo
se impone en ese contexto como un tema mayor del imaginario
revolucionario. Lo volvemos a encontrar representado en las

1. Archives parlementaires de France (en adelante A. P.) Ira. serie, t. ¡x, pág.
61.
2. Suplemento al n° 70, 21 de junio de 1791, pág. 1.
3. Madame Roland, carta del 31 de julio de 1791, en Letires de Madame
Roland, París, 1902, t. 11. pág. 354. “Los franceses -señala nuevamente- confían
en todo, y es así como se pierde la libertad. Es cierto que esta confianza es infini­
tamente cómoda: libra de la obligación de velar, de pensar y de juzgar” (ibid.).
46 LA CONTRADEMOCRACIA

medallas o los sellos, constituyendo un motivo omnipresente en


las incontables alegorías grabadas del poder popular que reflejan
el espíritu de aquellos tiempos. Se espera que ese contrapoder de
control atenúe los problemas del sistema representativo, que per­
mita superar las decepciones nacidas de la dificultad de instituir
la confianza: es entendido como un medio para erigir la descon­
fianza en virtud democrática activa. “Legisladores patriotas, no
calumnien la desconfianza”, argumenta por este motivo Robes-
pierre. “La desconfianza, podría decirse, es la guardiana de los
derechos del pueblo; ella es para el sentimiento profundo de la
libertad lo que los celos son para el amor.”4 La experiencia revo­
lucionaria francesa amplía así el vocabulario de la ciencia política
de la época para delinear los contornos de un nuevo poder de esa
naturaleza.
La idea de control está asociada entonces a otro imperativo: el
de la consagración de la nueva figura de la generalidad social que
el término “opinión pública” busca introducir en los espíritus. La
apelación a un control por la opinión pública se impone en esos
años porque ofrece un lenguaje e imágenes para resolver el gran
problema del período: el de la soberanía del pueblo. Va a dar
legibilidad y consistencia a la abstracción dominante de Rousse­
au. La idea de control ilustra en efecto de un modo casi familiar
el concepto de soberanía; lo hace apropiable, practicable, lo des­
poja de su glacial majestad. La evocación de la opinión cumple el
mismo papel en su registro sociológico. Hace sensible la figura
del nuevo amo social, le da un rostro cotidiano. El pueblo de este
modo ya no está retirado sobre su Olimpo, dios invisible y silen­
cioso.5 Adopta una forma inmediatamente tangible en su expre­
sión más común captada en las conversaciones callejeras así
como en el comentario de los innumerables periódicos. “Ese tér­
mino, pueblo, es un nombre vano si no significa la opinión públi­
ca” señala en este sentido un importante publicista.6 Sin la mani­
festación de esa opinión, insiste, “el pueblo no tiene nombre, es
un ser puramente metafísico; tampoco es un cuerpo sin alma, es

4. Citado por Lucien Jaume, Le Diseours jacobin et la Démocratie, París,


Fayard, 1989, pág. 197.
5. Cf. sobre ese punto Le Peuple introuuable, op. cit.
6. Fréron, L’Orateur du peuple, n° xxxvi, 7 fritnario año ll, pág. 284.
LA DEMOCRACIA DE CONTROL 47

un cadáver”. La referencia a la opinión permite así resolver el


problema de la expresión de la voluntad general. La opinión es
para los hombres de 1789 una fuerza que no cesa de manifestar­
se en todas partes sin estar representada ni instituida en un lugar
particular. Constituye plenamente por eso el pueblo como presen­
cia activa y permanente.
Aunque el término “control” [surveillance]^ marcado por los
excesos del Terror, es luego abandonado, la idea y las prácticas
subsisten. Existe así toda una fase, más oculta y evolutiva, de la
política moderna cuya historia conviene reescribir y cuyas formas
es necesario analizar con precisión. Señalamos de entrada que
tomarla en cuenta conduce a describir un universo del poder
opuesto al que fueron afectas a teorizar las ciencias sociales en la
década de 1970. A partir de los trabajos pioneros de Michel Fou-
cault, la sociedad de control ha sido evocada sobre todo para
calificar un conjunto de dispositivos por medio de los cuales los
poderes se deslizan en la intimidad del mundo para asentar más
eficazmente su dominación. La figura del panóptico en el orden
carcelario, tomada de Bentham, simboliza su forma y sus méto­
dos. La idea de un poder cuya eficacia reposa en el trabajo invisi­
ble de un control permanente y diseminado, irrigando el conjun­
to de la sociedad, se impuso así en los espíritus como algo dado.
Es cierto que tanto los avances de la tecnología, desde la infor­
mática hasta las cámaras de vigilancia urbana, como el desarro­
llo de sistemas de gestión que siguen cada vez más de cerca la
conducta de los individuos, ha dado cierta consistencia a las
visiones orwellianas. Pero esto no debe conducir a subestimar el
fenómeno inverso: el control del poder por la sociedad. La con­
trademocracia moviliza en efecto, pero al servicio de la sociedad,
mecanismos de control análogos a los descritos por Foucault. De
los cuales la vigilancia, la denuncia y la calificación constituyen
las tres modalidades principales.
1

Vigilar, denunciar, calificar

LA VIGILANCIA

Velar, estar en estado de alerta, estar en guardia son atribu­


tos esenciales de la ciudadanía. También son atributos origina­
rios: el antiguo ciudadano no podía imaginarse sólo bajo las
especies del elector episódico. Tal vigilancia es a la vez control y
acción. Control en primer lugar, es decir, una mirada puntillosa
y permanente sobre los actos de los gobernantes. “Un pueblo
libre -escribe el Orador del género humano durante la Revolu­
ción Francesa-, es un pueblo vigilante, que ve todo, que oye
todo, que está en todas partes y nunca duerme.”1 La vigilancia
corrige las arritmias del llamado a las urnas, haciendo que el
pueblo esté siempre disponible, haciendo del “pueblo dormido”
evocado por Locke y Rousseau un gigante pronto a reaccionar.
La vigilancia caracteriza en ese sentido una disposición: la pre­
sencia, la atención. En el lenguaje político de las décadas de
1960 o 1970 se empleaba el término “movilización” para califi­
car el estado en el cual debía encontrarse un grupo militante
para cumplir eficazmente su papel. No se trataba tanto de defi­
nir una condición previa de la acción como de calificar una for­
ma de presencia en el mundo y en las cosas. Lo propio de tal dis-

1. Anacharsis Cloots, Écrits révolutionnaires (1790-1794), París, Champ


libre, 1979, pág. 110.
50 LA CONTRADEMOCRACIA

posición no se refiere sólo al agente que la manifiesta: participa


de la construcción de una cualidad global de la esfera pública.
También debe considerarse la vigilancia como una modali­
dad de la acción. Por sí misma no “produce” nada, pero no
puede entenderse como una simple actitud pasiva. Define una
forma particular de intervención política que no depende de la
toma de decisión ni del ejercicio de una voluntad. Ante todo es
creadora de posibilidades o de limitaciones, y estructura un
campo general de acción. En un ensayo estimulante, Traite de
Tefficacité, el filósofo y sinólogo Fran^ois Jullien ha analizado
en estos términos lo que considera la diferencia esencial de la
acción entre la visión occidental y la china.2 Por el lado occi­
dental se impuso, desde Maquiavelo hasta Schopenhauer, la
tarea de edificar un imperio del sujeto, con un hombre dueño de
las situaciones, que impone a las cosas la impronta de su volun­
tad, erigiendo al mundo en campo de experimentación de su
facultad de realizarse en la creación radical o en el enfrenta­
miento de las resistencias. La acción es comprendida en ese caso
como un choque entre dos universos, una empresa de conquista
y domesticación. No hay nada de ello en la visión china: lo
esencial reside allí en una atención al mundo que permite explo­
tar en forma permanente sus tensiones, utilizar mejor sus carac­
terísticas. El ejercicio del poder no consiste entonces en desple­
gar fuerzas sino en dejarse guiar al terreno por una atención
minuciosa, en optimizar el potencial de las situaciones. Antes
que una “psicología de la voluntad”, los chinos prefirieron una
“fenomenología del efecto”, escribe Jullien. Vemos claramente
las diferencias que pueden derivarse de ello en materia de estra­
tegia. Cara-a-cara clausewitziano, por un lado, con el horizonte
de grandes confrontaciones decisivas; arte de la no batalla ense­
ñado por Sun Tzu, por otro lado, con un aprovechamiento ince­
sante y discreto del potencial de las situaciones. De ello se deri­
van visiones diferentes de la eficacia y del éxito y, in fine sin
duda, dos visiones de lo político. Al arte occidental de gobernar
desde arriba, imponiéndose por la fuerza, se le opone la pers­
pectiva de un gobierno desde abajo, casi invisible, que consiste

2. Framjois Jullien, Traité de l’efficacitét París, Grasset, 1997, así como Con-
férence sur l’efftcacité., París, PUF, 2005.
LA DEMOCRACIA DE CONTROL 51

en acercar a los demás insensiblemente a la propia posición,


modelando el marco de su acción.
Debemos dejar a los historiadores la tarea de apreciar la vali­
dez de tal comparación entre los dos universos. Pero podemos
considerar esta conceptualización como típica-ideal, que descri­
be de manera esclarecedora las dos modalidades posibles de toda
acción política. Aun en Occidente se podría encontrar, por otra
parte, el rastro del segundo enfoque del poder. No sería difícil
mostrar cómo la reflexión liberal europea de comienzos del siglo
XIX sobre la gobernabilidad corresponde a aquello que Jullien
considera lo propio del mundo chino.3 Para retomar el hilo de
nuestra reflexión, podemos incluir en el marco de tal distinción
las dos categorías de la decisión política tradicional y de la vigi­
lancia. La vigilancia es, si se quiere, “no-acción” o “no-batalla”,
pero entraña efectos políticos y conduce a su manera el mundo.
Para expresar las cosas con un vocabulario más contemporáneo,
se puede decir también que se oponen dos tipos de control: el de
la patrulla de policía, por un lado, y el de la alarma de incendio,
por el otro.4 La patrulla policial corresponde a una concepción
clásica de la acción pública que se delega en agentes especializa­
dos. Es un control directo, centralizado, voluntarista. El modelo
de la alarma de incendio es más descentralizado; se apoya en dis­
positivos diseminados. Tiene también como característica esen­
cial no movilizar sólo a profesionales. Recurrir a los bomberos
presupone en efecto la intervención previa de particulares; su efi­
cacia depende de una atención social difusa. Desde ese modelo
de la alarma de incendio se debe abordar la eficacia de la vigilan­
cia. Se trata de una eficacia que se manifiesta esencialmente
como un resultado, definido por un estado social dado. Pero no

3. Cf. mis elaboraciones sobre las nociones de “gobierno interior” y “gobier­


no de los espíritus”, en Le Moment Guizot, París, Gallimard, 1984. Sobre el
nacimiento de la teoría liberal de la gobernabilidad, véase también Michel Fou­
cault, idaissance de la bíopolitique, París, Gallimard-Seuil, 2004, y Sécurité, terri-
toire, popuiation, París, Gallimard-Seuil, 2004. En esta última obra, Foucault
desarrolla la idea de un “poder pastoral” como “poder individualizante”, defini­
do por las funciones de vigilia y vigilancia (págs. 130-134). Recordemos también
que él había señalado que gobernar es “conducir la conducta de los otros”.
4. Mathew D. McCubbins y Thomas Schwartz, “Congressional Oversight
Overlooked: Pólice Patrols versus Fire Alarms”, American Journal of Political
Science, vol. 28, 1984.
52 LA CONTRADEMOCRACIA

es menos tangible e incluso puede ser superior a la de la acción


de los poderes constituidos.56
La historia del término “control” [surveillance] es por otro
lado interesante. Apareció a fines de la década de 1760 en las
obras económicas de los fisiócratas. Baudeau y Dupont de
Nemours lo emplearon por primera vez en 1768 para calificar
un modo de acción y de regulación distinto a la vez de las accio­
nes de policía y de los equilibrios de mercado. “Hay por cierto
-escriben- una atención que debe tener la autoridad que vela por
el buen orden y la tranquilidad pública: es la de impedir las que­
rellas, los tumultos, los robos, las vías de hecho en los mercados.
Hace falta por consiguiente un control”^ El Estado que contro­
la que preconizan es un Estado activo, que no es adepto del lais-
ser-faire. Esboza un tipo inédito de poder caracterizado por la
categoría de atención., y ya no por la de intervención. Es un Esta­
do que vela (muy diferente en esto de la imagen liberal degrada­
da de un Estado guardián nocturno pasivo). Este control tiene
como característica ser “continuo y general”.7 Es un gobierno
indirecto, que instituye una regulación del tercer tipo, la de una
mano que guía, entre la mano invisible del mercado y la mano
de hierro de la soberanía pública tradicional. La nueva potencia
soberana que esos fisiócratas querían instaurar tiene así por fun­
ciones esenciales “velar, cuidar, proteger”.89 Organiza de esa
manera la disposición discreta del mundo.
El ideal fisiocrático es el que pusieron en práctica los nuevos
enfoques de la gobernabilidad teorizados por los liberales del
comienzo del siglo XIX como Guizot? Pero existe también una
reapropiación cívica. Lo testimonia el hecho de que el término

5. Es la conclusión a la que llega el artículo citado más arriba.


6. Abbé Nicolás Baudeau y Pierre-Samuel Dupont de Nemours, Avis au Peu-
ple sur son premier besoín, ou Petits traites économíques, en Éphémérides du
citoyen, t. v, 1768. El término “control” [surveillance] está señalado por los
autores.
7. Abbé Nicolás Baudeau, Premiére introduction d la philosophie économi-
que ou Analyse des États pólices (1771), en Physiocrates, París, édition Daire,
1846, t. U; pág. 683.
8. Guillaume-Francois Le Trosne, De Pordre social, París, 1777, pág. 88.
9. Cf. particularmente los desarrollos de su obra Des moyens de gouverne-
ment et d’opposition dans l'état actuel de la Prance, París, 1821.
LA DEMOCRACIA DE CONTROL 53

“control” [surveillance] es inmediatamente retomado en 1789


por el mundo de las sociedades populares y los redactores de
periódicos. Las potencialidades democráticas de la vigilancia apa­
recen entonces evidentes, en la medida que ésta califica una for­
ma de presencia activa, accesible a todos y constituida por la
acción de todos. De allí la celebración de ese poder de control
durante la Revolución. El Club des cordeliers, que está en el cora­
zón de la efervescencia intelectual y política que rodea la activi­
dad de aquellos que aspiran a encontrar la vía de una soberanía
viva del pueblo, se califica en ese espíritu de “sociedad de descon­
fianza y de control”. El Cercle social, un club en torno al cual
gravitan en 1790-1791 figuras como Brissot, Condorcet o Lant-
henas, se propone por su parte ser el agente de una “vigilancia
inquieta y cotidiana”. Dado que es ejercido directamente, en ese
control se ve el medio para compensar las debilidades y las rigide­
ces del sistema representativo. “La opinión pública es la clase de
ley por la que todo individuo puede ser el ministro”, señala así Le
Tribun du peupled® La idea, repetida mil veces durante la década
revolucionaria, es que los defectos inherentes a la representación
se eliminan, o al menos se corrigen, por la vigilancia de la prensa.
El Cercle Social teorizó esta cualidad en uno de sus primeros
manifiestos: “El poder de control y de opinión (cuarto poder de
censura, del que no se habla) en tanto pertenece por igual a todos
los individuos, y puede ser ejercido por todos los individuos por
sí mismos, sin representación y sin peligro para el cuerpo político,
constituye esencialmente la soberanía nacional”.10 11 Si cada uno de
los poderes ordinarios (Ejecutivo, Legislativo, Judicial o, incluso,
el administrativo) es ejercido por un número limitado de indivi­
duos, no importa cómo fuesen nombrados, el poder de control es
de ese modo el que da, con mayor evidencia, consistencia visible
y permanente al “pueblo-rey”. También es considerado como el
más eficaz. Cuando examina los distintos medios de que dispo­

10. Io de enero de 1790, pág. ni.


11. Reproducido en La Bouche de fer, n° 1, octubre de 1790, pág. 9. “El
Poder Ejecutivo tiene funcionarios electos, el poder administrativo tiene funcio­
narios electos, ei poder representativo tiene funcionarios electos, pero el poder de
censura tiene a todos los individuos”, señala por su lado Le Tribun du peuple.
marzo de 1790, t. ti, pág. 134.
54 LA CONTRADEMOCRACIA

nen los ciudadanos para hacerse oír e influir en el cuerpo legislati­


vo, Brissot pone en primer lugar el “poder de censura”, mientras
que le da menos importancia a la obligación de reelección, que
los teóricos del gobierno representativo colocarán posteriormente
en el punto más alto.1213
Si la Revolución Francesa exaltó la vigilancia a la antigua del
ciudadano activo, sólo mucho más tarde ésta se impuso como
una actitud política ordinaria. A la vigilancia cívica tradicional
de los hombres y mujeres preocupados por el bien público se le
superpuso luego lo que podríamos llamar una vigilancia de
regulación^ que progresivamente adquirió una importancia cre­
ciente en el mundo contemporáneo. La vigilancia cívica es direc­
tamente política, manifestándose de múltiples modos: interven­
ciones de la prensa, de asociaciones, de sindicatos, peticiones,
huelgas, etc. Cumple siempre un papel esencial de alerta y pro­
testa, sobre todo en los períodos de crisis o de conflictos. Pero
después aparece otra forma de vigilancia, más difusa, que se
manifiesta como un flujo continuo de evaluaciones y de críticas
de la acción de los gobernantes por los gobernados, a un nivel
muy descentralizado y en los campos más diversos de las políti­
cas públicas. Consiste en una especie de inspección continua de
los diferentes dominios de la acción gubernamental.15 Opera a
través de un conjunto de canales diferentes, que van desde las
encuestas hasta la edición de informes, desde la intervención en
las comisiones especializadas hasta la publicación de reportajes.
El desarrollo de Internet por su lado ha contribuido a multipli­
car la circulación de todos esos elementos. Esta vigilancia de
regulación tiene como consecuencia la construcción de la aten­
ción pública como una cuasi-institución, invisible y dispersa,
pero al mismo tiempo productora de efectos importantes.14 La

12. Cf Le Patrióte franjáis, n° 45, 2 de agosto de 1791, pág. 232.


13. Robert Goodin ha desarrollado en esa perspectiva una comparación
sugestiva entre el representante electo y la figura del inspector, en la medida que
encarnan dos modalidades de la transmisión de las informaciones y paralelamen­
te dos maneras de tomar en cuenta los intereses de la sociedad. Cf. “The Good
Inspector”, en Eugéne Bardach y Robert A. Kagan, Going by the Book: The Pro-
blem of Regulatory Cnreasonableness^ Filadelfia, Temple University Press, 1982.
14. Cf Bryan D. Jones, Reconceiving Decision-Making in Democratic Politics:
Attention, Cholee and Public Policy, Chicago, University of Chicago Press, 1994.
LA DEMOCRACIA DE CONTROL 55

ciencia política ha hablado de “función de agenda” para carac­


terizarlos, señalando notoriamente que si los medios son relati­
vamente poco capaces de influenciar a las personas sobre cues­
tiones de fondo, cumplen en cambio un papel decisivo para
determinar los temas en torno de los cuales cristalizan los deba­
tes en la sociedad.15 La vigilancia contribuye por ese rodeo a
modelar el campo de las políticas públicas y establecer el orden
de prioridades de la acción gubernamental.16 Por este motivo se
manifiesta más eficaz que muchas formas de participación insti­
tucionalizadas. El público actúa de esta manera a modo de un
termostato regulador de las decisiones políticas.17
De ese modo se opera el pasaje a una suerte de democracia
difusa, en la que el vector no es tanto la extensión de los proce­
dimientos de participación política como el poder creciente de
las distintas formas de la atención social. Es un elemento decisi­
vo a tener en cuenta, destaquémoslo, para entender la cuestión
de la democratización fuera del marco de los espacios naciona­
les. Las prácticas de vigilancia constituyen en efecto cada vez
más la palanca de la intervención práctica de los ciudadanos allí
donde no forman (aún) un verdadero cuerpo político. En una de
sus resoluciones más famosas, la Corte de Justicia de la Unión
Europea ha destacado considerablemente esta dimensión al esti­
mar que “la vigilancia de los particulares interesados en la salva­
guarda de sus derechos comporta un control eficaz” de los
gobernantes.18 La figura del ciudadano-vigilante excede así a la
del ciudadano-elector.

15. Véanse los artículos fundacionales de Roger W. Cobb y Charles D. Eider,


“The Polítics of Agenda-Building: An Alternative Perspective for Modern Demo-
cratic Theory”, The Journal of Polítics, vol. 33, n° 4, noviembre de 1971, y de
Maxwell McCombs y Donald Shaw, “The Agenda-Setting Function of Mass-
Media”, Public Opinión Quarterly, ns 36, 1972.
16. Para una presentación de la literatura reciente sobre la cuestión, cf. Jac-
ques Gerstlé, “Démocratie représentatíve, réactivité politique et imputabílité",
[Link] frangaise de Science politique, vol. 53, n° 6, diciembre de 2003.
17. Cf. Christopher Wiezlen, “The Public as Thermostat : Dynamics of Pre-
ferences for Spending”, American Journal of Politícal Science, vol. 39, n° 4,
1995.
18. Arrét Van Gend en Loss de. 1963. Cf Louis Dubouis y Claude Gueydan,
Les Grands Textes du droit de l’Union européenne, París, Dalloz, 2002, t. 1.
págs. 440-442,
LA DEMOCRACIA DE CONTROL 57
56 LA CONTRADEMOCRACIA

fallas y los vicios de una clase dirigente o de un sistema. Así fue


LA DENUNCIA
como la figura del escándalo se impuso como el único objeto per­
tinente de la actividad social de denuncia; el escándalo que con­
La vigilancia se declina también en un segundo modo: el de la
fiere a los hechos señalados, como se ha indicado, una suerte de
denuncia. La Revolución Francesa integró la expresión, también
“ultrarrealidad”.20 En esa caza de escándalos siempre se mezclan
en este caso, al léxico de la acción cívica. Tenemos bien presentes
dos dimensiones: la estigmatización nihilista de los poderes, a
en ese sentido las inflamadas diatribas de un Marat, librando a la
vindicta pública diariamente en su Ami du peuple, la lista de los priori sospechados de encarnar la corrupción del mundo, pero
también la fe en las virtudes políticas de la transparencia. Volve­
enemigos de la patria y los completados. Sabemos también cómo
remos luego al primer aspecto, característico de las visiones popu­
el Terror hizo de la política de sospecha sistemática, instituyendo
listas. Detengámonos en el segundo. En su interesante estudio Sil-
la delación como imperativo cívico, un temible instrumento de
houette du scandale, escrito entre las dos guerras, bajo la
represión. Pero, lejos de esas patologías exaltadas, desde 1789 se
influencia del affaire Stavisky, Marcel Aymé subrayó los efectos
impuso un enfoque más normal y sereno de la denuncia. Si cele­
de una operación de revelación y en primer lugar su papel de edu­
bramos entonces la “electricidad de la denuncia” es porque parti­
cipa de aquello que se entiende como un elemento de la actividad cación moral y política. Dado que “plantea con impudor un pro­
blema vulgar de la existencia”,21 el escándalo promueve una con­
cívica: el control de los actos de los gobernantes por medio de la
versión por la mirada. Al tener una función evidente de presión y
publicidad.19 Mirabeau mismo se convirtió en el apóstol de la
denuncia comprendida de esa manera. En su reglamento, el Club de regulación, propone también una lección de civismo. “El
des cordeliers resume este enfoque al poner entre sus principales escándalo -escribe en este sentido Marcel Aymé- es la Fuente de
Juvencia en la que la humanidad lava la suciedad de sus costum­
objetivos el proyecto de “denunciar al tribunal de la opinión
bres, el espejo en el que la sociedad, la familia, el individuo descu­
pública los abusos de los distintos poderes y todo tipo de ataque
bren la imagen violenta de su vida. Si desaparecen estas enseñan­
contra los derechos del hombre”. Lo que se privilegia es la fun­
zas, será la asfixia de toda moral y el mundo entrará en un estado
cionalidad de esta actividad, en su dimensión casi rutinaria de
examen de la conducta de las personas y más aún de evaluación de somnolencia y de embrutecimiento.”22
de sus políticas. Denunciar, es entonces simplemente, según la Denunciar un escándalo es ante todo “develarlo”, hacer
manifiesto aquello que estuvo oculto. Para poner límite a una
estricta etimología del término “hacer saber”, hacer conocer,
develar, revelar. Contar, de ese modo, con los efectos de la publi­ situación condenable, exponiendo eventualmente a los culpables
cidad para volver a poner en orden el mundo. a los rigores de la ley, sin duda. Pero no sólo esto. La denuncia
Esta visión militante y casi banal de la denuncia pareció del escándalo descansa también en la fe en el papel directamente
corrector de la publicidad. Desde los redactores de periódicos de
menos apremiante y urgente durante casi todo el siglo XIX cuando
se trataba de conquistar o de reconquistar el derecho político más la Revolución Francesa hasta los muckrakers estadounidenses,23
elemental: el de votar. No subsistió realmente si no su forma más se constituyó un mismo credo periodístico sobre esta base. Los
excepcional: el señalamiento de problemas cuya amplitud parecía
constituir de pronto una especie de espejo que magnificaba las
20. Marcel Aymé, SUhouette du scandale (1938), París, Grasset, 1973, pág. 34
21. Ibid., pág. 15.
22. Ibid, pág. 102.
23. Cf la selección de artículos presentada por Arthur Weinberg y Lila
19. Cf. Jacques Guílhaumou, “Fragments of a Discourse oí Denunciation Weinberg (comps.), The Muckrakers: The Era in Journalism that Moved Ameri­
(1789-1794)”, en Keíth Michael Baker (comp.), The French Re uo hition and the ca to Reform. The Most Significant Magazine Arricies of 1902-1912, Nueva
Creatíon of Modern Political Culture, vol. w,The Terror, Oxford, Pergamon, York, Simón & Schuster, 1961; véase también David Mark Chalmers, The Social
1994, así como el capítulo “La dénonciation”, de la obra citada de L. Jaume, Le and Political Ideas ofthe Muckrakers, Nueva York, Simón & Schuster, 1964.
Discours jacobin et la Démocratie.
58 LA CONTRADEMOCRACIA LA DEMOCRACIA DE CONTROL 59
términos estadounidenses de literature of exposwe o de exposu- cas objetivas de estas empresas mediáticas de denuncia, más allá
re journalism probablemente reflejen mejor el significado del del discurso utópico que transmitían sobre ellas mismas. Los
género que la expresión francesa “presse a scandales” [prensa podemos mencionar muy sucintamente. Para empezar, las fun­
de escándalos], con connotaciones a la vez peyorativas y mercan­ ciones de agenda. Si bien la ciencia política contemporánea ha
tiles. En la década de 1900, los redactores del Cosmopolitan, del estudiado mucho esta cuestión, ya desde fines del siglo XIX han
McClure’s o del Every-body’s pusieron en la picota a los “nue­ sido señalados los papeles de dar forma al debate público y de
vos zares”, que se habían apropiado de los bienes públicos. Para construcción de los temas políticos importantes desempeñados
ellos no se trataba sólo de hacer sensacionalismo, de aumentar por el periodismo de investigación, entendido en su sentido más
las tiradas denunciando las grandes y pequeñas malversaciones amplio.27 En Estados Unidos los escritos críticos de los muckra-
de una clase política corrupta. Eran también predicadores que kers fueron así indisociables de la determinación de los proyec­
querían redimir al mundo de sus faltas, llamarlo a la conversión. tos del Progressive movemenP,28
Se ha señalado justamente en este sentido que periodistas como En segundo lugar, podemos hablar de un efecto de institución
Lincoln Steffens, el autor del resonante The Shame of the Cities de las acciones de denuncia: conducen efectivamente a reafirmar
(1904), utilizaban en sus artículos un vocabulario saturado de y profundizar las normas o valores colectivos. Desde Durkheim
moralismo protestante como shame, sin, guilt, salvation, damna- hasta Gluckman, toda una línea de antropólogos y sociólogos ha
tion, pride, souL24 La prensa tenía así para ellos una verdadera puesto el acento sobre esta dimensión.29 Han mostrado que la
función de regeneración, indisociablemente espiritual y política. denuncia sirve para reforzar la conciencia común, divulgando
El editor del Cosmopolitan Magazine lo expresaba con una fór­ con estruendo aquello que contribuye a destruirla. Uno de estos
mula extraordinaria en 1906: “Nuestro objetivo es sanear con el autores entiende el escándalo como una suerte de “test” que
agua pura del espíritu público las cloacas de los intereses priva­ pone a prueba los fundamentos de la organización colectiva,30
dos corruptos”.25 mientras que otro señala la manera en la que el chismorreo y el
Este periodismo de denuncia redentora sin duda ha conocido temor al escándalo operan en las pequeñas comunidades como
cambios de acuerdo con el contexto político. Pero es posible pro­
poner una historia suya relativamente unificada desde un punto
de vista intelectual. Desde los primeros panfletarios de la revolu­
ción inglesa al periodismo de investigación contemporáneo se dal: Power and Visibility in the Media Age, Londres, Polity Press, 2000, así
sigue un mismo hilo a través de la expresión de diferentes sensi­ como las dos obras de Géraldine Muhhnann, Une histoire politique du journalis-
bilidades.26*Se puede describir cierto número de funciones políti­ me, XIXe-XXe siécle, París, PUF, 2004, y Du journalisme en démocratie, París,
Payot, 2004.
27. En la Inglaterra de fines del siglo XIX, William T. Stead, de la Pall Malí
Gazette, fue el primero en explicitar la importancia del papel de la prensa en la
construcción de las políticas públicas (véase la obra de Thompson citada más
24. Cf. Stanley K. Schultz, “The Moraiity of Politics: The Muckraker’s arriba, pags. 53-58).
Vision of Democracy”, The Journal of American History, vol. 52, n° 3, diciem­ 28. Llamamos así a la corriente política estadounidense de comienzos del
bre de 1965. siglo xx crítica del rumbo oligárquico en el orden económico y político.
25. “Turn the waters of a puré public spirit into the corrupt pools of prívate 29. Véanse los importantes comentarios expuestos sobre este punto en la
interests and wash the offensíve accumularions away”: citado en ei artículo indi­ introducción de Andrei S. Markovits y de Mark Silverstein a The Politics of
cado más abajo, pág. 530. En la misma veta, Louis D. Brandéis, del Harper’s Scandal: Power and Process in Liberal Democracies, Nueva York, Holmes &
Weekly, considerado “el abogado del pueblo”, señala que “si se sabe que la luz Meier, 1988. Para un comentario informado sobre el enfoque sociológico, véanse
del sol es conocida como el mejor desinfectante, la luz de la publicidad es el poli­ también Damien de Blic y Cyril Lemieux, “Le scandale córame épreuve. Éléments
cía más eficaz”, en Other People’s Money and How the Bankers Use It (1913), de sociologie pragmatique”, Politix, n° 71, 2005.
nueva edición, Nueva York, F. A. Stokes, 1932, pág. 32. 30. Cf el artículo fundacional de Éric de Dampierre, “Thémes pour l’étude
26. Para una primera aproximación véase John B. Thompson, Political Scan- du scandale”, Annales E. S. C., julio-septiembre de 1954.
60 LA CONTRADEMOCRACIA LA DEMOCRACIA DE CONTROL 61

instancias centrales de mantenimiento de los valores del grupo.31 dores marxistas tendieron a minimizar la importancia que se
Es también lo que sugirió Hannah Atendí en sus comentarios a acordaba espontáneamente a los escándalos económicos y finan­
la Crítica del juicio de Kant, al mostrar cómo la formación de un cieros. Al concluir una obra consagrada al affaire de Panamá,
juicio contribuye a soldar una pluralidad de actores.32 En un uno de ellos señala en ese espíritu: “No hay que dejarse atrapar
enfoque más psicológico de lo social y lo político, el señalamien­ por el prestigio de los escándalos [...]. No son ellos los que dan
to de una “fuerza civilizadora de la hipocresía”33 refuerza este cuenta del desarrollo histórico. Los regímenes y los sistemas eco­
efecto de institución, induciendo a las personalidades políticas nómicos y políticos no mueren jamás por sus escándalos. Mue­
estigmatizadas a participar, por sus declaraciones virtuosamente ren por sus contradicciones. Es absolutamente otra cosa”.34 En
defensivas, en la consolidación de los valores que se sospechan la Francia de fines del siglo XIX marcada por la revelación de
burlados. toda una serie de fenómenos de corrupción, los socialistas se
Estos efectos de agenda y de institución pueden ser considera­ pronunciaban con igual vehemencia contra la “derecha moral”,
dos como las grandes invariantes de las acciones de denuncia que se contentaba con hacer cruzadas contra las ovejas negras.
ligadas a la revelación de escándalos. Pero actualmente está Eso es lo que cambió al final del siglo XX. El desencanto ideo­
emergiendo una nueva función moral y política de la denuncia. lógico alentó un abordaje más individualizado de las cuestiones
Está ligada a la relación inédita que las sociedades contemporá­ políticas. Por eso mismo se agudizó el problema de la confianza
neas mantienen con la transparencia. La referencia vaga a la personal en los gobernantes.35 Aumentó así la centralidad de los
entrada en una era mediática no puede por cierto tomarse como escándalos y, en consecuencia, de las políticas de denuncia. Eso
una explicación en la materia. Hay que situar más atrás, en la explica una multiplicación de los “affairesK, que no es tanto el
transformación misma de la vida política, el origen de un cambio resultado de una declinación de la moral política como de una
radical de gran amplitud. Creo que ha sido provocado por la renovada exigencia social de transparencia. Lo que ha cambiado
“desideologización” de lo político y las formas de desencanto de entrada es el instrumento de medida y la sensibilidad a los
que entraña. Cuando la política era comprendida esencialmente problemas.36 Los medios no crearon el fenómeno: no hicieron
como una confrontación de sistemas que se excluían, estructura­ más que reflejar, aunque de manera amplificadora, el adveni­
da por la lucha de clases, la cuestión de los cambios de rumbo miento de una nueva política de la desconfianza. Los líderes
personales aparecía como secundaria. La “normalidad” de las políticos, a su vez, han acentuado ellos mismos su exposición
situaciones era lo que constituía el problema para los que critica­ mediática, haciendo de la puesta en escena de su vida privada un
ban el estado del mundo; la denuncia de fenómenos eventuales elemento clave de su credibilidad.37 Si se les exige menos que
de corrupción no podía en ese caso sustituir a una crítica del
“sistema”. La “ley de la ganancia” en general y no la malversa­
ción de algunos banqueros ambiciosos era lo que, por ejemplo,
buscaba denunciarse. El desorden estaba en la norma misma y 34. Jean Bouvier, Les Deux Scandales de Panamá, París, Julliard, 1964, pág.
204.
no en su transgresión: se lo consideraba “establecido”, según la
35. El punto es justamente señalado por J. B. Thompson, Political Scandal,
fórmula consagrada. Es llamativo constatar así que los historia­ op. cit, pág. 111.
36. Cf. los análisis de Suzanne Garment, Scandal; The Crisis of Mistrust in
American Politics, Nueva York, Times Books, 1991. Sobre las condiciones de
una dinámica de crisis propia de la eclosión de los escándalos, véanse los análisis
31. Cf. Max Gluckman “Gossip and Scandal”, Current Anthropology, vol. de Hervé Rayner, Les Scandales politiques: l’opération "Mains propres” en Ita-
4, n° 3, junio de 1963. lie, París, Michel Houdiard éditeur, 2005.
32. Cf. Hannah Arendt, Juger. Sur la philosophie politique de Kant, París, 37. Cf. sobre este punto los buenos comentarios de Luc Boltanskí y Laurent
Senil, 1991. Thévenot: “El renunciamiento al secreto -escriben- es [...] el precio a pagar para
33. Véase sobre ese punto los análisis de Jon Elster. acceder a la condición de grande. Para ser conocido hay que aceptar revelar todo
62 LA CONTRADEMOCRACIA

demuestren su pertenencia a un campo, deben, en cambio, mul­


tiplicar las pruebas de su honestidad personal y manifestar su
proximidad con los electores.* 38 La simplicidad y la transparencia
se han convertido por eso mismo en las virtudes políticas cardi­
nales. Así, la entrada en una era política de la mediatización y la
búsqueda de exposición de sí constituyen ahora un sistema que
eleva la denuncia al rango de actividad democrática central.
El efecto principal de la denuncia de escándalos es afectar la
reputación de los individuos involucrados; reputación que cons­
tituye una suerte de capital simbólico cuya importancia política
no cesa de crecer. Ha llegado a ser, en efecto, una variable clave
de la producción de confianza. En tanto que “institución invisi­
ble”, la confianza es un economizador de informaciones; ella
presupone algo adquirido; sustituye también procedimientos for­
males de compromiso (el contrato, el juramento, entre otros).
Pero no puede existir en sí misma; caracteriza un estado de rela­
ciones entre personas o grupos, entre gobernados y gobernantes
por ejemplo. De modo que ese estado de relaciones debe ser pro­
ducido, cultivado, en una palabra, garantizado, para mantener­
se. En la política “tradicional”, la pertenencia del electo a un
partido es lo que constituye esa garantía (que es entonces indiso-
ciablemente disciplinaria e ideológica). El partido en ese caso es
la institución “visible” que enmarca la relación de confianza
entre los electores y sus representantes. En la “nueva” política, la
reputación constituye la principal mediación organizadora de la
confianza. En cierto sentido, se ha convertido en el depósito de
garantía del hombre político.
Podemos decir que la reputación es el principio cardinal de
las democracias de opinión, en el sentido de que constituye su
regulador social interno, que se sobreimpone a los efectos de los
mecanismos propiamente institucionales. Extrañamente, nuestras
democracias contemporáneas se asemejan de esta manera a las

sin ocuhar nada a su público" {De la justification. Les économies de la grandeur,


París, Gallimard, 1991, pág. 226).
38. Véase el número especial de la revista Mois consagrado a la proximidad
(n° 77, marzo de 2005), así como Christian Le Kart y Rémi Lefebvre (comps.),
La Proximité en palitiqne : iisages, rhétoriques, pratiques, Reúnes, Presses uni-
versítaires de Reúnes, 2005.
LA DEMOCRACIA DE CONTROL 63

antiguas sociedades gobernadas por el honor. El honor, en efec­


to, es también un capital simbólico; también está constituido por
el juicio social: por honor, señala Mandeville, “no entendemos
otra cosa que la buena opinión de los demás”.39 Montesquieu
propuso el análisis clásico, ya conocido, de la lógica del honor en
las monarquías. El honor, como juego de espejos de las posicio­
nes sociales, suerte de motor atomizado de las distinciones busca­
das y reconocidas, ha terminado por sustituir, explica,40 el
gobierno de la virtud y la organización estable de los órdenes y
de los cuerpos para regir las monarquías. La evolución es del
mismo orden en los dos casos: La mirada de los otros se ha con­
vertido en el poder que manda. Hay una misma visión de los
efectos destructivos del descrédito, una misma obsesión por evi­
tar la censura y la vergüenza41 en las relaciones entre individuos
tanto como entre las naciones. Poder esencialmente social para el
honor, poder más político para la reputación. Así como el honor
sustituye en el siglo XVIII la virtud como regulador social central,
la reputación ha tendido a imponerse a fines del siglo XX a la
elección como regulador político mayor. Los primeros analistas
de la sociedad mediática lo presintieron. Nadie lo ha dicho mejor
que Junius, el gran campeón de la denuncia política en la Inglate­
rra del siglo XVin. “Los que se imaginan que nuestros periódicos
no son un freno para los hombres perversos y un obstáculo para
la ejecución de medidas perniciosas, no conocen nada de los
asuntos de nuestros país”, escribe. “[...] Nuestros ministros y
magistrados tienen en realidad pocos castigos que temer y pocas
dificultades para combatir, excepto la censura de la prensa y el

39. Bernard Mandeville, La Pable des abeilles (1714), Remarque C, París,


Vrin, 1974, pág. 58. .
40. Cf. Esprit des lois> libro Hl, caps. 5 y 6.
41. Sobre los efectos de la vergüenza, cf Marcha C. Nussbaum, Hiding from
Humanity: Disgust, Shame, and the Lata, Princeton, Princeton University Press,
2004; John Braithwaite, “Shame and Modernity”, The Srítish Journal of Crimi-
nology, vol. 33, n° 1, invierno de 1993 (este autor ha lanzado una gran discusión
sobre los efectos de los castigos públicos estigmatizantes en la reducción de la cri­
minalidad). Sobre el efecto propiamente político de ese “poder de la vergüenza”
(Power of Shame) en las relaciones entre naciones, especialmente en materia de
denuncia de los derechos del hombre, véanse los desarrollos de Jack Donnelly,
International Human Rights, 2da. ed., Boulder (Co.), Westview Press, 1998.
64 LA CONTRADEMOCRACIA LA DEMOCRACIA DE CONTROL 65

espíritu de resistencia que ella ejerce entre el pueblo. Mientras se tación, cuya consecuencia puede ser la disminución o incluso la
mantiene ese poder de censura, el ministro y el magistrado están destrucción pura y simple de su valor. Constituye entonces un
obligados a cada instante a optar entre su deber y su reputación. instrumento político muy poderoso. Esto es así tanto más por el
Una alternativa de este tipo, perpetuamente ante ellos, no opera­ hecho de que ya no tiene por objeto sólo la corrupción, sino
rá por cierto un milagro en su corazón; pero sin duda influirá también la simple denuncia de acciones o comportamientos que
hasta cierto punto en su conducta”.42 “The more strictly we are se juzgan criticables, aunque sean legales. La noción misma de
watched, the better we behave” (cuanto más estrictamente somos escándalo se ha ampliado considerablemente, llegando a englo­
vigilados, mejor nos comportamos) resumirá algunos años más bar lo que es considerado socialmente como “anormal” o injus­
tarde Bentham en una célebre fórmula. to.47 De esta manera, la norma social se transforma en el verda­
La reputación es un bien fluctuante. Es frágil y se pierde dero juez de las acciones y hace o destruye las reputaciones:
mucho más rápido que lo que se gana. Es también acumulativa, equivale a decir que se impone de ahora en más como una figura
se acrecienta por el solo hecho de su duración.43 Pero la reputa­ eficaz de la soberanía. De este modo la democracia como estado
ción tiene igualmente una dimensión temporal en ese otro senti­ social se .superpone a la democracia como régimen. El poder del
do de que sirve para predecir o explicar un comportamiento conformismo descrito por Tocqueville ya no rige sólo las cos­
futuro: produce de ese modo un efecto de anticipación.44 Para lo tumbres: se ha impuesto también como fuerza política. En el
que nos interesa aún debemos señalar la dimensión informativa antiguo mundo del honor, Pierre Bayle señaló que la denuncia
de la reputación: es un condensador de informaciones y así hace pública constituía “una especie de homicidio civil”.48 En la nue­
posible y racional la toma de decisiones en situaciones en las va era de la publicidad, puede equivaler a un ostracismo políti­
que la información es imperfecta. Este es un punto bien estable­ co. La destrucción de la reputación tiene de este modo conse­
cido por la teoría económica.45 Los economistas por su parte cuencias potencialmente más perdurables y profundas que una
han mostrado que la reputación es un capital y que tiene un simple derrota electoral. Hasta el punto de que se puede hablar
valor, que supera en el largo plazo los beneficios que se podría de democracy by disclosure (democracia por revelación).49
obtener a corto plazo de acciones o de comportamientos que
serían indiferentes a esa dimensión.46 Tomada en ese marco, la
denuncia puede analizarse como una puesta a prueba de la repu­

42. Prefacio de Junios a las Lettres de Junius, París, Champ libre, 1977, pág.
43. Junios reconoce haber tomado la expresión “poder de censor” de ia prensa
de Lolme (que la utilizó en 1778 en su Constitution de l’Angleterref
43. Cf. el capítulo X, “Del poder, de la importancia, de la dignidad, dei 47. Cf en Francia ei affaire Gaymard (ministro de Finanzas obligado a dimi­
honor y la calificación”, de la primera parte del Leviatán (“Of Power, Worth, tir en febrero de 2005, al revelar a los medios que gracias a su cargo se benefició
Dignity, Honour and Worthíness”) de Thomas Hobbes. con un departamento de funcionario de 600 m2, que la opinión pública conside­
44. Cf. Jonathan Mercer, Reputation and International Politics, Ithaca, Cor- ró excesivo). En este tipo de caso lo que se persigue es la estigma tización moral
nell University Press, 1996, págs. 6-9. Para una discusión de la importancia de de un comportamiento.
ese factor y un desarrollo de una visión más amplia que el enfoque económico, 48. Citado por L. Boltanski, “La dénonciation”, Actes de la recherche en
véanse Geoffrey Brennan y Philip Pettit, The Economy of Esteem: An Essay on Sciences sociales, n° 51, 1984 pág. 4 (tomado de Reinhart Koselleck, Le Régne
Civil and Political Society, Oxford, Oxford University Press, 1994. de la critique [1954], París, Minuit, 1979, págs. 94-95).
45. Cf. David M. Kreps y Robert Wilson, “Reputation and Imperfect Infor­ 49. Cf. Mary Graham, Democracy by Disclosure: The Rise ofTechnopopu-
mation”, Journal of Economía Theory, vol. 27, n° 2, agosto de 1982. lism, Washington, Brookings Institute, 2002. Véase también “Transparency pro-
46. Cf. los aportes de D. M. Kreps, A Course ín Microeconomic Theory, ject” en la Kennedy School (Harvard University) que reúne investigaciones sobre
Nueva York, Harvester, 1990 (cf cap. XIV, 5, “Reputation”). los efectos políticos y sociales de la publicidad.
66 LA CONTRADEMOCRACIA

LA CALIFICACIÓN

La calificación, y más en general la evaluación, es la tercera


forma que adopta el poder de vigilancia. Consiste en una evalua­
ción documentada, técnicamente argumentada, a menudo cuanti-
ficada, de acciones particulares o de políticas más generales. El
objetivo es el peritaje de la calidad y la eficacia de una gestión.
También aquí es una reputación la que se pone a prueba, pero de
orden “técnico”: se trata de testear la competencia de los gober­
nantes. Es interesante constatar que tal práctica de evaluación en
algunos casos ha servido de sustituto o de pantalla de una crítica
política imposible. Es así como en la China clásica los conflictos
de poder se expresaron y se arbitraron durante mucho tiempo en
el interior de la actividad burocrática de control administrativo y
financiero. Como lo ha mostrado Pierre-Étienne Will, en la dinas­
tía de los Ming, aunque allí no había evidentemente ni democra­
cia ni formas de representación, el equivalente de las alternancias
políticas se realizaba en el momento de las “grandes calificacio­
nes” (daji) periódicas.50 La administración imperial hizo de la
organización de una inspección muy estructurada un elemento de
su poder y eficacia. Pero esa actividad de censura y esa vigilancia
funcional sirvieron a su vez de punto de apoyo para el surgimien­
to de contrapoderes, lo que hizo posible un cuestionamiento de
las políticas públicas. Los auditores generales de la administra­
ción, que intervenían cada tres años, permitían así prácticamente
el ejercicio de un poder de amonestación. Llamados los “funcio­
narios que se expresan” (yanguan^ los censores unían de hecho
la vigilancia profesional y el cuestionamiento. Por esa vía se hizo
posible una forma de “reapropiación social” de las evaluaciones
de la acción pública. De modo que no debe sorprender que Sun
Yat-Sen, el padre de la República China, haya propuesto agregar
a los tres poderes de Montesquieu el “poder de control”51 (el
Yuan de control) para constituir la arquitectura política de la
China del siglo XX.

50. Pierre-Étienne Will, “Le contróle constitutionnel de l’excés de pouvoir


sous la dynastie des Ming”. Agradezco al autor por haberme facilitado el manus­
crito de este artículo, que aparecerá en 2007.
51. Sun Yat-Sen, que fue el primer presidente de la República China en 1912,
LA DEMOCRACIA DE CONTROL 67

Esa función de evaluación y de calificación tiene una larga his­


toria. En efecto, puede ser relacionada legítimamente con la prác­
tica de los controles internos organizados por los poderes mis­
mos. Desde la alta Edad Media, los normandos establecieron un
sistema de jurisdicción de cuentas que marca en Europa el debut
de una profesionalización y una regularización del Tesoro real.52
El Ministerio de Hacienda inglés [Exchequer] retomará ese mode­
lo perfeccionándolo, constituyendo la matriz del desarrollo del
sistema jurídico y administrativo público. La creación en 1780 de
la Statutory Commission for Examining the Public Accounts y,
luego, en 1866, la creación por Gladstone del Exchequer and
Audit Department^ constituyeron las etapas decisivas en la mate­
ria. En el caso francés, el desarrollo de las Cámaras de cuentas
fue igualmente inseparable de la génesis de un Estado moderno
en el que la racionalización administrativa y financiera condicio­
na el desarrollo.53 Esas técnicas de control y de evaluación siguie­
ron el hilo de una especie de historia natural de su desarrollo téc­
nico. Pero también estuvieron en el centro de una batalla política
por la publicidad, inseparable del advenimiento de gobiernos
representativos. En el mundo actual, las técnicas de evaluación
son evidentemente más sofisticadas. Han sido desarrolladas noto­
riamente en el marco de la búsqueda de una nueva frontera entre
el sector privado y el público. La perspectiva de un New Public
Management54 ha inducido en efecto una necesidad de medidas,

agregaba además el “poder de examen”, consistente en elegir a los funcionarios


por medio de un concurso. De lo que surge la famosa teoría de los cinco poderes.
El aporte histórico de China residía según él en la definición de esos dos poderes,
al estar constituido el aporte específico de Occidente por la doctrina de Montes-
quieu. Cf. Sun Yat-Sen, “La Constitution des cinq pouvoirs”, anexo a Souvenirs
d‘un révolutionnaire chináis (1925), París, 1933. Véanse también los desarrollos
de Tcheng Chao Yuen, L’Évolution de la vie constitutionnelle de la Chine sous
l’infktence de Sun Yat-Sen et de sa doctrine (1885-1937), París, 1937.
52. Cf. Charles Homer Haskins, Norman Institutions, Nueva York, F.
Ungar, 1960.
53. Cf. Philippe Contamine y Olivier Mattéoni (comps.), La France des prin-
cipautés. Les Chambres des comptes, XIVe et XVe síseles, París, Comité pour
i’histoire économique et financiére de la France, 1996.
54. Sobre el sentido y las consecuencias de esa mutación, véase P. Lascoumes
y Patrick Le Calés (comps.), Gouverner par les Instruments, París, Presses de
Sciences-Po, 2004.
68 LA CONTRADEMOCRACIA

evaluaciones y comparaciones sin precedente. En todos los domi­


nios no se habla de otra cosa que de bencbmarking y ninguna
organización pública escapa a ese tipo de puesta a prueba de su
eficacia. La evaluación de políticas en las que intervienen un
número creciente de factores ha reforzado esa necesidad. La apre­
ciación de la eficacia de una acción se ha vuelto por lo mismo
muy compleja. Eso explica la multiplicación, desde las décadas de
1970 y 1980, de las agencias que evalúan sistemáticamente las
reformas públicas.55 Por lo mismo, ya ninguna estructura pública
puede ampararse detrás de un “estatuto” que baste para legitimar
su existencia o sus modos de funcionamiento. Los nuevos instru­
mentos de evaluación condujeron así a una verdadera recomposi­
ción del Estado.
Lo mismo vale para el orden propiamente político. Una nueva
atención ciudadana se enfocó en el desarrollo de los medios de
investigación y de peritaje. Si la evaluación y la calificación son
técnicas de gestión, también sirven en efecto de soporte a una dis­
cusión pública más argumentada; introducen una obligación más
fuerte de legitimación de las acciones. Los ciudadanos ponen a
prueba cada vez más sistemáticamente la competencia de los
gobernantes: juzgan en forma permanente el resultado de sus
acciones. Se apoyan en lo que se ha convenido en llamar su
“saber de uso”; son capaces de proceder a evaluaciones que inte­
gran un conjunto de informaciones a menudo no tenidas en cuen­
ta en las decisiones de los gobernantes, tomadas con mayor dis­
tancia. Pero por otra parte la relación entre gobernantes y
gobernados ha dejado de estar caracterizada por el “desnivel de
capacidades” que constituía un elemento clave de la práctica ori­
ginaria de los sistemas representativos. La diseminación de la
información técnica y del conocimiento experto en general, así
como el aumento del nivel intelectual, ha contribuido de manera
decisiva a ese juzgamiento permanente de los gobernantes, de allí
en más mucho más vulnerables y más dependientes. En cierto

55. Para Francia, véase Patríele Viveret, L’Évaluation des politiques et des
actions publiques. Rapport au Premier ministre, París, La Documentaron
fran^aise, 1989 {el autor hace el balance de las experiencias extranjeras en esa
época), así como Bernard Perret, L’Évaluation des politiquee publiques, París, La
Découverte, 2001.
LA DEMOCRACIA DE CONTROL 69

modo, se convirtieron en los alumnos de los gobernados, someti­


dos, como están, a un control permanente de sus acciones. Los
ciudadanos han conquistado verdaderamente, bajo esta modali­
dad de la calificación, el equivalente de un nuevo poder: un poder
aquí también prácticamente directo, que se ejerce sin representan­
tes. La democracia por esa vía está igualmente en tren de trans­
formarse profundamente.
2

Los actores del control

En las tres formas de control cuyos mecanismos acabamos de


explorar intervienen categorías de agentes muy dispares. El con­
trol se afirmó primero como actividad multiforme de la sociedad,
en un contexto de intensa movilización cívica. Luego se desarro­
lló principalmente bajo las formas de la actividad mediática, en el
sentido más amplio del término. Así, la prensa no sólo testimonió
en el siglo XIX el ejercicio vivo de una libertad: se manifestó como
poder contrademocrático. La Pluma y la Tribuna se complemen­
taron e hicieron conflictivamente sistema a partir de ese período.
Pero ese cara a cara de dos poderes ligados por una misma ambi­
ción de representación se amplió en forma progresiva en el curso
del siglo XX. Otros agentes y otras instancias se impusieron para
participar de las acciones de vigilancia, de revelación y de califica­
ción, siendo particularmente notable la evolución a partir de la
década de 1980. Emergieron entonces nuevas organizaciones ciu­
dadanas, hicieron su aparición autoridades de vigilancia indepen­
dientes, se pusieron en pie instancias de evaluación de nuevo tipo.
Se delineó así un nuevo universo del poder social de control. Pero
ese imperativo tampoco dejó de manifestarse como una ética per­
sonal, como una disposición individual. El filósofo francés Alain
ha ilustrado perfectamente ese tipo de actitud en los albores del
siglo XX.
72 LA CONTRADEMOCRACIA

EL CIUDADANO VIGILANTE

Alain es un hombre que ha encarnado de una manera a la vez


melancólica y ejemplar lo más generoso y auténtico que ha gene­
rado el espíritu republicano del siglo XIX. Para él, la República
no es solo un régimen, es decir, un modo de legitimación y de
organización de los poderes. Es inseparable de una moral públi­
ca y de un comportamiento cívico. Recupera así los acentos de
sus ancestros de 1789 para llamar a los ciudadanos a “controlar,
vigilar, juzgar los terribles poderes [que los gobiernan]”.1 “Que­
rría -propone como ideal- que el ciudadano se mantuviera infle­
xible por su lado, inflexible de espíritu, armado con la descon­
fianza, y manteniendo la duda siempre en cuanto a los proyectos
y las razones del jefe.”2 Pero en él este rigor está teñido de escep­
ticismo sobre la naturaleza de la política. A sus ojos, el poder
está condenado a no ser amado, los poderes electos no son al fin
de cuentas mejores que los otros. Por lo mismo, le parece inevi­
table que “el ciudadano libre sea casi siempre un descontento”.3
Alain, que es un ardiente republicano, no es al mismo tiempo
más que un demócrata moderado, incluso si la soberanía del
pueblo no le inspira los temores que expresan Renouvier y Foui-
llée, los otros dos grandes filósofos de la República que lo prece­
dieron inmediatamente. El autor de los Propos ve en el sufragio
universal un mecanismo de regulación mucho más que una fuer­
za que comanda. La democracia es esencialmente para él “un
poder de control y de resistencia”.4 A sus ojos, sólo la negativa
es soberanía efectiva. “¿Donde está entonces la democracia -pre­
gunta- si no está en ese tercer poder que la ciencia política no ha
logrado definir y que yo llamo el Controlador? [...]. Ese poder se
ejerció mucho tiempo a través de revoluciones y barricadas. Hoy
se ejerce a través de la interpelación. La democracia será, en ese

1. Propos sur les pouvoirs, París, Gallimard, “Folio”, 1985, pág. 160 (Pro­
posición del 12 de julio de 1930).
2. Ibid., pág. 161. . :•
3. Ibid, pág. 204 (Proposición del 27 de enero de 1934).
4. Propos de politique, París, 1934, pág. 264. “La falsa idea de la democracia
-dice nuevamente” es que el pueblo gobierna; pero tampoco es, como se dice, un
error de la democracia; es un error sobre la democracia. La democracia reserva al
pueblo un poder de observar y juzgar. No hace falta más” {ibid, pág. 324).
LA DEMOCRACIA DE CONTROL 73

sentido, un esfuerzo perpetuo de los gobernados contra los abu­


sos del poder.”5 Por eso aprueba que Auguste Comte considera­
ra que el poder popular sólo se encuentra en la censura. La idea
de un pueblo gobernante cede su lugar en él a la de un pueblo
que desconfía.
Con su lenguaje de ardiente republicano, Alain se aproxima
de ese modo a la visión liberal. Si habla de buen grado como
Condorcet, piensa realmente como Montesquíeu o Benjamín
Constant. Sin embargo, la inquietud cívica lo diferencia de estos
últimos, la nostalgia del ciudadano continuamente activo no deja
de aflorar en su pluma, aunque no tenga la ambición de inventar
las nuevas formas políticas que podrían conjurar los problemas
o las desviaciones que deplora. El ciudadano más sabio es en el
fondo, a sus ojos, el que renuncia al poder y se mantiene a dis­
tancia. Este compañero de ruta del radicalismo no cree en un
verdadero progreso de las instituciones y de las prácticas demo­
cráticas. Para él hay una esencia del poder que es inútil pretender
modificar; no piensa más que en moderarlo, enmarcarlo, limitar­
lo. El ciudadano vigilante en Alain se transmuta en un ciudada­
no fatigado, que ya no sueña: se contenta modestamente con
evocar el “peso maravilloso de una buena cantidad de sabios con
los pies en la tierra que juzgan al acróbata”.6 Su grandeza de
alma está signada por su ausencia de cinismo. Al contrario de
muchos teóricos realistas de la democracia, que erigen su mini­
malismo en imperativo categórico, él liga su escepticismo a una
moral de la modestia y una práctica de la proximidad popular.
En él, el liberalismo a la inglesa se combina de este modo con la
virtud antigua. Mientras prolonga la tradición republicana origi­
nal por considerar que la libertad es hija de la vigilancia, erige
igualmente la sospecha en virtud política cardinal. La vigilancia
que propone no está vinculada ni a una expectativa ni a una exi­
gencia: se expresa en una actitud de retirada y no en un deseo de
implicarse. Alain es un hombre entre dos mundos, entre el viejo
y el nuevo, entre el liberalismo y el republicanismo, entre la dis­

5. Propos sur les pouvoirs, op. cít, pág. 214 (Proposición del 12 de julio de
1910). Véase al respecto el conjunto de las Propos reunidas por el editor con el
título “La démocratíe comme contre-pouvoir institutionnalisé” (págs. 213-229).
6. pág. 185 (Proposición dei 26 de mayo de 1928).
74 LA CONTRADEMOCRACIA

rancia y ía participación, entre la política y la ética. ¿Una figura


de excepción? Sin duda, no, porque expresa a su manera, por sus
ambigüedades, un rasgo esencial de la ciudadanía moderna: la
superposición de sentimientos de rechazo y de impaciencia res­
pecto de lo político.
El ciudadano encarnado por Alain ha marcado un hito en la
historia del control democrático. Este hijo sosegado y melancóli­
co de la imaginación revolucionaria de 1789 o de 1793 ha per­
manecido al mismo tiempo extraño aí universo militante de su
tiempo y distante del parlamentarismo republicano. Por ello que­
dó sin descendencia inmediata. Pero al inicio de un nuevo siglo
aporta un fuerte testimonio de una historia y un problema. Ad­
quiere de este modo una actualidad tardía, en un mundo que
prácticamente ha olvidado su nombre, presentando a sus lectores
un espejo que les hace comprender mejor su dificultad para con­
ciliar la mezcla de desilusión y de rechazo de la resignación que
los atraviesa sordamente. Abre así a su manera personal el cami­
no a los movimientos y las instancias de las que vamos a hablar.

LA NUEVA MILITANCIA

Es en función de las diferentes figuras del poder de control


que debe estudiarse lo que ha de calificarse como “nuevos movi­
mientos sociales”. En la década de 1970, la sociología y la cien­
cia política mostraron que la sociedad ya no está estructurada
sólo por los conflictos de clase en torno de la cuestión del traba­
jo. Se subrayó entonces la importancia creciente tomada por la
expresión pública y la organización de nuevas identidades colec­
tivas (minorías sexuales, grupos generacionales, movimientos
feministas, etc.). En forma paralela, ha sido muy estudiada la for­
mación de nuevos “campos de historicidad”, para utilizar el len­
guaje de Alain Touraine, organizados en torno a los conflictos
sociales inéditos que conciernen por ejemplo al medio ambiente,
las autonomías regionales, las relaciones entre los sexos. Desde
entonces las ciencias sociales no han cesado de explorar en esas
dos direcciones las variaciones y los desplazamientos de la movi­
lización social y la expresión de las identidades. El análisis de los
movimientos sociales, en. ese marco, fue motivado por la apre­
hensión de los problemas emergentes a los cuales se enfrentaron
LA DEMOCRACIA DE CONTROL 75

las sociedades con mayor urgencia (gíobalización económica,


desigualdades y precariedad social, derechos del hombre) o por
la consideración de las evoluciones del individualismo moderno
(creciente sensibilidad a las cuestiones de derecho y de dignidad,
comprensión más compleja de la identidad sexual, por ejemplo).
Las ciencias sociales han analizado también las transformaciones
de los “mecanismos” de la acción colectiva (en ese sentido, por
ejemplo, se ha hablado en Francia en la década de 1980 del sur­
gimiento de un nuevo tipo de “militancia moral”)7 y han investi­
gado las modalidades del compromiso.89 Buscaron tomar en
cuenta la multiplicidad de los repertorios de acción, y en particu­
lar las formas “no convencionales” de intervenciones ciudadanas
en el campo político.5 Finalmente, se preocuparon por estudiar
precisamente las formas de movilización de recursos que han
estado en juego en cada caso.10
Esos numerosos trabajos dieron cuenta de las transformacio­
nes que afectaron el activismo social y político en el mundo con­
temporáneo. Pero no se han aplicado demasiado en cambio sobre
la función propiamente democrática de esos diferentes movi­
mientos. Si bien se comprobó claramente que ya no se trata de
instancias de representación y de negociación, bajo el modelo
sindical tradicional, han sido poco profundizadas las categorías
con las cuales se puede aprehender la especificidad funcional de
su tipo de protesta.11 La fuerte atención puesta en la renovación
de la militancia (por no dar más que algunos ejemplos, con aso­
ciaciones como Attac o Act-Up, los forums sociales y los diversos
movimientos altermundialistas, la creciente fuerza de los advo­
ca cy groups y las ONG) contrasta así con la poca presencia de tra­

7. Emmanuéle Reynaud, “Le militantisme moral”, en Henri Mendras (comp.),


La Sagesse et le Désordre. France 1980. París, Gallimard, 1980.
8. Cf. “Devenirs milirants”, número especial de la Rei/ne frangaise de Science
polidque, febrero-abril de 2001.
9. Cf, el volumen La Polidque ailleurs, editado por el CURAPP, París, PUF,
1998. Véanse igualmente los numerosos trabajos sobre la evolución de las prác­
ticas de manifestación (para Francia, las obras de Danieile Tartakowsky).
10. Cf. Olivier Fillieule (comp.), Sociologie de la protestado». Les formes de
l’actíon collective dans la France contemporaíne, París, L’Harmattan, 1993.
11. Es parcialmente una excepción la tesis de Daniel Mouchard, Les “Exclus”
dans l’espace public. Mobilisations et logiques de representado» dans la France
contemporaíne, París, Instituí d’études poli tiques, 2001.
76 LA CONTRADEMOCRACIA

bajos que busquen interpretar su papel en el marco de las trans­


formaciones de la democracia misma. La noción de poderes de
control permite avanzar sobre ese punto. La característica domi­
nante de esos “nuevos movimientos sociales” es en efecto que se
organizan en torno de las tres acciones de vigilancia, denuncia y
calificación. Constituyen de este modo el vector más visible y más
estructurado de contrademocracia de la que esta obra se propone
hacer la historia y la teoría.
La función de vigilancia es la más evidentemente común a un
gran número de esas organizaciones. Muchas operan como watch-
dog committees (comités de vigilancia) en sus dominios de inter­
vención. El vocabulario del activismo social por lo mismo se ha
ampliado. Se habla así de whistleblowers, de los que lanzan el
alerta, para designar a los individuos o los grupos que cumplen un
papel activo en el señalamiento de los problemas allí donde actú­
an. El fenómeno ha cobrado bastante amplitud como para que se
le consagre un nuevo campo de la sociología.12 Aunque son parti­
cularmente activos en el dominio del consumo, de la salud o del
medio ambiente, las instancias que intervienen de ese modo tien­
den hoy en día a extenderse a casi todos los sectores de la vida
política y social. La denominación misma de los grupos militantes
se ha transformado con el desarrollo de esta función. En la década
de 1970 se trataba de “colectivos de lucha”, de “comités de defen­
sa”, de “grupos de movilización”. Hoy se ve cada vez más el esta­
blecimiento de watch groups u “observatorios” (el Observatorio
de las desigualdades o el Observatorio del comunitarismo, por
sólo tomar dos ejemplos). Ese tipo de organización vincula de
manera casi funcional la capacidad de experticia13 (y prácticamen­
te sobre todo de contraexperticia) y las actividades de interpela­
ción. Los advocacy groups presentan así a menudo una doble
cara, uniendo una actividad de think-tank y un papel de grupo de

12. Véanse sobre ese punto los estimulantes trabajos de Francís Chateauray-
naud: Les Sombres Précurseurs. Une sociologie pmgmatique de l’alerte et du ris~
que, París, édítions de EHESS, 1999; “Qui est garanr de la vigilarme collective”
Emdronnement et société, n° 23, 1999; “Incontournables présences : l’exercice
de la vígilance”, en Claude Gilberr (comp.), Rísques collectifs et situations de cri-
se, París, L’Harmattan, 2003.
13. Cf. la buena síntesis de Daniel Béland y Jean-Philippe Viriot Durandal,
“L’expertise comrne pouvoir : le cas des organisations de retraltés face aux pou-
LA DEMOCRACIA DE CONTROL 77

presión,14 con el objetivo de poner a prueba la razón gobernante.


En ese caso se muestra a veces muy delgada la frontera entre la
tarea de editor y la actividad militante. Esas organizaciones produ­
cen de este modo “efectos de autoridad”, por emplear una expre­
sión de Pierre Bourdieu, pero ejercen aún más un verdadero poder,
es decir, una capacidad de modificar y coaccionar la conducta de
aquellos que tienen como blanco.
La función de calificación se inscribe en un registro muy cer­
cano al de la contra experticia. Los ratings de diferentes países en
términos de corrupción que publica regularmente una organiza­
ción no gubernamental como Transparency International,15 tie­
nen en el campo político un impacto que puede compararse con
el de las calificaciones de los títulos en el campo financiero por
Moody's o Standard & Poors. Un país con mala calificación ve
bajar su crédito y erosionarse su capacidad de endeudamiento
con las grandes instituciones financieras. A la inversa, los países
que cooperan abiertamente con Transparency para fortalecer los
dispositivos de lucha contra la corrupción se ven recompensados
de muchas maneras. La sanción de la calificación puede ser en
ciertos casos límite casi tan severa como una derrota electoral.
La actividad de denuncia es, en fin, determinante para estos gru­
pos que revelan situaciones a menudo disimuladas u ocultas. Las
prácticas de naming y de blaming resumen bien en este sentido
lo que representa el centro de su militancia.16
Los diferentes grupos a los que nos hemos referido cubren un
espectro ideológico que puede ser muy amplio. Difieren también
considerablemente en cuanto a su mayor o menor radicalidad. Un
abismo separa así a los pequeños grupos que promueven acciones
espectaculares perturbadoras como Act-Up de las grandes ONG
muy profesionalizadas. Pero en tanto formas políticas, todas esas

voirs publics en France et aux Etats-Unis”, Lien social et politiquee, n° 50, otoño
de 2003. '
14. Cf. Lisa Young y Joanna Everitt, Advocacy Gronps, Vancouver, Univer-
sity of Brítish Colombia Press, 2004 (contiene interesantes análisis generales aun­
que el campo de estudio se limita a Canadá),
15. Véase [Link]/surveys.
16. Cf. William L. F. Felstiner, Richard L. Abel y Ausún Sarat, “The Emer-
gence and Transformation oí Disputes: Naming, Blaming, Ciaiming...”, Lata and
Society Reinew, vol. 15, n° 3-4, 1980-1981.
78 LA CONTRADEMOCRACIA

organizaciones presentan muchos rasgos comunes. A diferencia


de los grupos de intereses tradicionales, tienen como característi­
ca que no se definen por la defensa de sus miembros. Su relación
con la noción de adherente es por lo mismo completamente dife­
rente del de las organizaciones tradicionales. Los movimientos
contrademocráticos tienen simpatizantes y donantes, pero no
buscan prioritariamente miembros en sentido estricto. A la inver­
sa de los antiguos movimientos sociales, de los que los sindicatos
son el emblema, no tienen función de representación y negocia­
ción social. Su objetivo es mostrar los problemas y coaccionar a
los poderes, no representar a sectores de la población. Correspon­
den a una era en la que el objeto de la política consiste en tratar
situaciones más que en federar grupos estables y gestionar estruc­
turas. Su característica común es no buscar tomar el poder si no
influenciarlo: conciben en los hechos que la vida de la democracia
está estructurada por la tensión entre la esfera electoral-represen-
tativa y el universo contrademocrático, y ya no por la simple libre
competencia para el ejercicio del poder gubernamental. Por lo
mismo, la relación de esas organizaciones con los partidos políti­
cos ha cambiado considerablemente. Hasta la década de 1970, la
cuestión de la “salida política” de las luchas sociales era esencial;
dominaba una visión vertical y jerárquica de la política. Lo social
no era entonces más que una especie de propedéutica de lo políti­
co. Incluso los que rechazaban con fuerza la radicalización leni­
nista de esa visión pensaban la cuestión del poder en términos
relativamente unívocos. Ya no es así. Por ello, se vio afectada la
autoridad de los partidos políticos, al mismo tiempo que se rela-
tivizó la vieja noción de alternancia.

INTERNET, FORMA POLÍTICA

Algunos sociólogos han destacado la dimensión mediática


que presentan a menudo esas organizaciones, y llegan incluso a
hablar de ellas como “asociaciones mediáticas”.17 El paralelo se
justifica ampliamente, aun si las relaciones entre los dos univer-

17. Cf. Érik Neveu, “Medias, mouvemems socíaux, espaces pubiícs”, Rése-
aux. Communication, technologie, société, n° 98, 1999.
LA DEMOCRACIA DE CONTROL 79

sos son complejas, hechas de convergencia y distancia a la vez: la


publicidad es en efecto el mecanismo de estos dos mundos. “La
cuestión de la visibilidad está en el corazón de todas nuestras
acciones”, señala así el animador de una organización militan­
te,18 con una fórmula que numerosos periodistas se apropiarían
con gusto. Pero si la relación es pertinente, no aclara demasiado
por sí misma; no hace más que remitir al objeto “publicidad y
opinión pública”, el cual también debe ser construido a partir de
la diversidad de las funciones de control. La relación de los
medios y de esos movimientos sólo cobra sentido cuando se la
refiere a idénticas funciones contrademocráticas. Los medios, se
podría decir, constituyen la forma rutinaria y funcional de una
democracia de control en la que las organizaciones militantes de
la sociedad civil encarnan de alguna manera el polo activista.
Son por ello funcionalmente complementarios. Es esto lo que da
consistencia a la célebre consigna: Don’t bate the media, become
the medial (¡No odien a los medios, conviértanse en los me­
dios!).
Este comentario nos lleva a profundizar en el lugar que ocu­
pa el desarrollo de Internet en ese nuevo universo de los poderes
de control. Hasta el presente hemos pensado implícitamente
Internet bajo la especie de “medio nuevo”. Y es de esa manera
como podemos describir en primera instancia su función de
puesta en circulación de opiniones, de informaciones y análisis.
Internet es sin duda un medio, con sus especificidades en térmi­
nos de costos de acceso, de modo de producción, de procesos de
difusión, de regulación. Pero no podemos quedarnos sólo con
esa visión. La Red ha llegado así a ser una forma social por dere­
cho propio, al mismo tiempo que una verdadera forma política.
Es una forma social original en primer lugar, porque colabora de
maneras inéditas en la constitución de las comunidades. El lazo
social, en efecto, ya no es concebido en su caso bajo la forma de
una agregación, de una coordinación o de una identificación,
que son lo que estudia ordinariamente la economía o la sociolo­
gía. Lo social creado por Internet es pura circulación, interacción
libre, sucesión de encuentros puntuales, posibilidad abierta de
ramificaciones arborescentes. Por eso las obras de Deleuze, Sim-

18. Responsable de Act-Up, en acarme, n“ 31, primavera de 2005, pág. 23.


80 LA CONTRADEMOCRACIA

mel o Tarde19 permiten comprenderlo mejor que las de Durk-


heim o de Marx, para resumir las cosas de modo extremadamen­
te lapidario. Forma social, Internet lo es también en el sentido de
que expresa de una manera inmediatamente sensible, casi física,
la opinión pública. Las fórmulas realmente visionarias de los
revolucionarios de 1789, para celebrar la omnipresencia y la
fuerza de esta última, parecen de pronto adquirir un relieve par­
ticular. Volvámonos por ejemplo a Bergasse, un hombre de la
Constituyente. “La opinión pública “escribe- [...] es realmente el
producto de todas las inteligencias y de todas las voluntades; se
la puede ver en cierto sentido, como la conciencia manifiesta de
una nación entera.”20 Internet encarna de aquí en más de forma
casi material esta fuerza ínvasora en la que cada uno participa
sin que nadie pueda adueñarse de ella, amplificando así a un
mismo tiempo las patologías y las promesas atribuidas a esta
“reina del mundo”. Aquí hay todo un campo nuevo para refle­
xionar, que en esta obra sólo se puede mencionar.
La característica de Internet como forma política, por el con­
trario, nos interesa más directamente. En la década de 1980 la
idea dominante era que las nuevas tecnologías de la comunica­
ción iban a revolucionar las prácticas democráticas, al permitir
una intervención más directa de los ciudadanos. Repentinamen­
te, las restricciones propiamente materiales que condujeron his­
tóricamente a privilegiar los procedimientos representativos
parecían en efecto poder ser superadas. Una serie de obras han
celebrado el posible advenimiento de una “teledemocracia”, rea­
lizando el ideal de Rousseau de la participación inmediata de
todos en las decisiones colectivas.21 Se decía que gracias a Inter­

19. El sociólogo Gabriel Tarde tuvo como rasgo original, mal percibido por
mucho tiempo, pensar lo social a partir de mecanismos de interacciones que ana­
lizó con los conceptos clave de imitación, repetición, oposición y adaptación.
20. Sur la maniere dont il convient de limiter le pouvoir législatif et le pou-
voir exécutif dans une mcmarchie, septiembre de 1789, reproducido en A. P.,
Ira. serie, t. íx, pág. 119.
21. Véase por ejemplo, entre las primeras obras sobre el rema, Benjamín R.
Barber, Strong Democracy: Participatory Politice for a New Age, Berkeley, Uni-
versity of California Press, 1984 (por el lado de los entusiastas), o Christopher F.
Arterton, Teledemocracy: Can Technology Protect Democracy?, Beveriy Hills,
Sage Publications, 1987 (por el lado de los reticentes).
LA DEMOCRACIA DE CONTROL 81

net se podría reunir una gran comunidad virtual tan fácilmente


como un pequeño grupo. Se ha reavivado por ejemplo la nostal­
gia estadounidense de los town meetings de los orígenes, con el
llamado a la formación de nuevos electronic town meetings 2223
Gracias a Internet, se pensaba también, el costo del voto bajaría
de tal manera que los ciudadanos podrían ser consultados tan
fácil como frecuentemente. La idea del “televoto” ha tenido en
un momento sus profetas exaltados de múltiples categorías. Ha
hecho su aparición ahora todo un nuevo vocabulario: se ha
hablado de “democracia electrónica”, de “e-government”, de
“ciber-democracia”.25 Este entusiasmo se ha apagado un poco
por múltiples razones. Las principales han sido intelectuales,
subrayando que la democracia no podía limitarse a un proceso
de decisión inmediata. La atención intelectual por lo mismo se
ha visto en parte desviada hacía la temática más rica y más com­
pleja de la deliberación. Pero la perspectiva abierta en la década
de 1990 no ha dejado por ello de dibujar un horizonte que ha
sido juzgado positivo en su principio general. Una obra llamati­
va como [Link] de Cass Sunstein24 ha ilustrado adecua­
damente un nuevo enfoque, más reflexivo y más lúcido, del pro­
blema.
Sin embargo, me parece, que a estos proyectos y estas refle­
xiones sobre los usos políticos de Internet, más allá de todas sus
diferencias, les falta lo esencial. Efectivamente, se concentran
sobre las aplicaciones a la dimensión electoral representativa de
la vida pública; se sitúan sobre el plano de la participación o de
la deliberación para debatir acerca del progreso democrático. Sin
embargo, el papel efectivo mayor de Internet no es ése: reside
más bien en su adaptación espontánea a las funciones de vigilan­
cia, de denuncia y de calificación. Mejor, Internet es la expresión
realizada de esos poderes. Los blogs los difractan al infinito y ni

22. Este tema ha estado en el centro de la campana del líder populista Ross
Perot en el curso de la campaña presidencial estadounidense de 1992. Pero hay
también muchos escritos militantes que van en el mismo sentido.
23. Véase en francés el número especial sobre la democracia electrónica en
Hermés, nu 26-27, 2000.
24. Princeton, Princeton Universíty Press, 2001. El autor hace un balance
informado y equilibrado de las potencialidades y los peligros de Internet en mate­
ria de libertades, de deliberación y de participación.
82 LA CONTRADEMOCRACIA

siquiera los sitios más organizados dejan de solicitar la interac­


ción en ese sentido. Es llamativo constatar que las librerías vir­
tuales piden a sus visitantes que califiquen y comenten los libros
que compran, lo que conduce a una transformación radical de la
noción de crítica. Es la metáfora de lo que Internet está en cami­
no de realizar en el orden político: un espacio generalizado de
vigilancia y de evaluación del mundo. Lejos de constituir un sim­
ple “instrumento”, es la función misma de control; es el movi­
miento que la define de manera particularmente adecuada, con
las potencialidades, pero también los desvíos, incluso las manipu­
laciones, que ello puede implicar. En esta medida, Internet puede
ser considerada propiamente como una forma política, Pero tam­
bién han emergido otras modalidades organizadas del control.
En numerosos países se han creado también instituciones de un
nuevo tipo, así como autoridades independientes, con el objetivo
de controlar la actividad de los poderes públicos en múltiples
dominios.

EL CONTROL FUNCIONAL DE LOS NOTABLES

La democracia de control presenta otra forma en el período


contemporáneo: el de las autoridades independientes. Las instan­
cias de esa naturaleza se han multiplicado en todas las socieda­
des en los últimos treinta años. El fenómeno fue intensamente
analizado y comentado. Los fundamentos de la legitimidad de
tales organismos han sido ampliamente debatidos. Pero son por
sobre todo instancias de regulación de las telecomunicaciones, de
los mercados bursátiles, de los medios audiovisuales, las que son
tomados en cuenta en las reflexiones, jurídicas y políticas. Ahora
bien, también existe otro tipo de instituciones emparentadas con
ellas: las que tienen una función de vigilancia y control. Es de un
modo general el papel de los ombudsmen o de los “mediadores”
que pueden en ciertos casos dar a los ciudadanos una posibilidad
de lograr que sus reivindicaciones o sus problemas personales
sean tomados en cuenta por los sistemas burocráticos rígidos y
cerrados sobre ellos mismos. Pero es más significativo el caso de
las instancias que tienen como función, por ejemplo, velar para
que las fuerzas policiales se atengan a las exigencias éticas y jurí­
dicas que encuadran sus misiones. Con la policía estamos de
LA DEMOCRACIA DE CONTROL 83

hecho en el corazón práctico y simbólico del Estado, cuya prime­


ra misión es proteger los derechos fundamentales de los indivi­
duos, garantizando su seguridad. En el Reino Unido, la Pólice
Complaints Authority fue creada con ese objetivo en 1984. Tie­
ne una función de control deontológico y supervisa directamente
o controla a posteriori las investigaciones sobre el comporta­
miento de las fuerzas policiales. También podemos mencionar el
Conseil de surveillance des activités de la süreté [Consejo de con­
trol de las actividades de seguridad] de Quebec o el Comité per-
manent de contróle des Services de pólice [Comité permanente de
control de los servicios de policía] en Bélgica.
En Francia se creó con el mismo objetivo una Commission
nationale de déontologie de la sécurité [Comisión Nacional de
Deontologia de la Seguridad] en 2000. Esta comisión es caracteri­
zada por la ley como autoridad administrativa independiente,
cuyo objetivo fijado por el Poder Legislativo es el de “velar por el
respeto de la deontologia por parte de las personas que ejercen
actividades de seguridad en el territorio de la República”.25 Com­
puesta por miembros nombrados principalmente por las legislatu­
ras y los principales cuerpos judiciales del Estado, la comisión
dispone de poderes de investigación amplios. El informe público
anual de sus actividades hace mención de las acciones que se han
tomado a partir de las opiniones formuladas sobre los asuntos en
los que ha intervenido. También opera lo que podríamos llamar
una función de “control cívico delegado”. El debate parlamenta­
rio que llevó a su creación llamó la atención. Numerosas voces se
elevaron en el momento de ese debate para sostener que tal comi­
sión no tendría motivo de existir si la justicia ordinaria y los con­
troles internos de la policía funcionaran correctamente, y que era
más conveniente, por lo tanto, acrecentar los medios de esas ins­
tancias ordinarias. Un diputado señaló abruptamente que una
instancia de ese tipo “consagraba el fracaso de los servicios de
justicia pero también el de las autoridades políticas, tanto las par­
lamentarias como las gubernamentales.”26 El comentario merece

25. Artículo T de la ley del 6 de junio de 2000.


26. Cf. el Rapport fait au nom de la Commission des lois sur le projet de loi
portant création d’un Conseil supérieur de la déontologie de la séeurité, por Bru­
no Le Roux, diputado, 25 de febrero de 1998.
84 LA CONTRADEMOCRACIA

una reflexión. Si la administración y el gobierno representativo


funcionasen “perfectamente”, no sería necesario, en efecto, nin­
gún poder corrector de control. El problema es justamente que se
puede constatar una propensión estructural a su mal funciona­
miento, aunque sea marginalmente. Es por este motivo que se
necesita de un tercero vigilante para asegurar la buena marcha de
las instituciones públicas”.27 La existencia de tales poderes exte­
riores de control también tiene la utilidad de consolidar indirecta­
mente la credibilidad de las instituciones. “Aunque existen los sis­
temas de control internos en los servicios públicos, la sospecha de
autocontrol que pesa sobre ellos no les permite intervenir eficaz­
mente”, señala el legislador francés.28 De modo que lo que fue
creado con las instituciones de este tipo es un contrapoder estruc­
tural.

LAS AGENCIAS INTERNAS DE AUDITORÍA Y EVALUACIÓN

El aumento espectacular del número de instancias de auditoría


y evaluación internas de las estructuras públicas y gubernamenta­
les es un fenómeno que se puede observar en la mayoría de los
países democráticos. Se ha podido hablar también en ese sentido
de una verdadera “industria” de-la evaluación. Una estadística
establecida para el caso británico revela que la administración de
ese país cuenta con alrededor de 135 cuerpos e instancias de ins­
pección, de control, de evaluación y de auditoría.29 La mayoría
de esos organismos tienen su origen, ya lo hemos recordado, en la
búsqueda de un imperativo de gestión racional, cuyas exigencias
se multiplicaron espectacularmente con la entrada en la era de un
New Public Management. Pero estos instrumentos “internos” de
control y de regulación no pueden entenderse sólo por su funcio­
nalidad directa. Han evolucionado progresivamente en todas par­

27. Cf. Reinier H. Kraakman, “Gatekeepers: The Anatomy of a Third-Party


Enforcement Strategy”, Journal of Pato, Economías and Organizaron, vol. 2, n°
1, primavera de 1986.
28. Informe citado.
29. Cf. Chrístopher Hood, Colín Scott, Oliver James, George Jones y Tony
Travers, Begulatíon inside Government: Waste-Watchers, Quality Pólice and
Sleaze-Busters, Oxford, Oxford University Press, 1999.
LA DEMOCRACIA DE CONTROL 85

tes mostrando su permeabilidad a los otros tipos existentes de


poderes de control. Aunque hay diferencias evidentes entre los
modelos nacionales, la tendencia en general es a la apertura de
estos dispositivos a las demandas de la sociedad,30 que terminan
por escapar de este modo en parte al control de sus creadores.
Sus funciones van mecánicamente en el sentido de una amplia­
ción y evolucionan de hecho hacia una autonomía creciente.31
Aunque las formas y las instituciones sean claramente diferentes,
se constituye de este modo en las sociedades contemporáneas un
espíritu de control democrático que resulta de los efectos de
influencia mutua que ejercen los agentes públicos, autónomos y
militantes de esta función. En estos diferentes círculos se encuen­
tran con mayor frecuencia el mismo lenguaje y las mismas refe­
rencias. La necesidad de unos de restablecer de modo durable los
lazos de confianza y la sospecha organizada de los otros tienden
así a converger funcionalmente y definen de conjunto la figura de
un tercero vigilante en las democracias.
Los imperativos de credibilidad y de eficacia se superponen de
esas maneras diferentes para desdoblar de hecho la representación
del interés general bajo los modos de un tercero vigilante. Esto
quiere decir que la democracia de aquí en más no puede florecer si
no integra en su definición sus riesgos de mal funcionamiento y no
prevé entre sus instituciones el medio para criticarse a sí misma.
Este tercero vigilante puede tener tres rostros: puede existir como
una funcionalidad (es el caso de las instancias internas a la esfera
pública), como una ética (situación de las autoridades indepen­
dientes) o como una actividad social (puede tratarse en este último
caso de una vigilancia “profesional” difusa, al modo de lo que
hacen los medios, o incluso de una vigilancia “militante” ejercida
por pequeños grupos como los que hemos mencionado). Pero un
mismo perfil tiende a definirse en su creciente interacción.

30 Cf. Steve Jacob, “La volonté des acteurs et le poids des structures dans
i’institurionnalisation de l’évaluation des politiques publiques”, Reuue fran^aise
de science politicpte, vol. 55, n° 5-6, octubre-diciembre de 2005.
31 Véanse las conclusiones de la monografía de Olivier Benoít, “Les cham­
bres regionales des compres face aux élus locaux. Les effets ínattendus d’une ins-
titution”, Revue frangaise de Science politique., vol. 53, n° 4, agosto de 2003.
Nótese que ese tipo de evolución ha sido una característica clave del “poder de
control” en la China clásica.
3

El hilo de la historia

LOS TRES MOMENTOS

La distinción de las formas y las propiedades de la contrade­


mocracia con relación a la democracia instituida ofrece igualmen­
te una conceptualización útil para definir un marco global a la
historia de la libertad y de la soberanía colectiva. Se pueden dis­
tinguir tres tiempos. El primero es el de la conquista de poderes
parciales de control en su doble dimensión liberal (imposición de
límites y de controles regulares al poder existente) y democrática
(ejercicio de esos controles por asambleas representativas). Esos
poderes, ya lo hemos mencionado, están vinculados ellos mismos
al surgimiento de un Estado regular y organizado: las cuestiones
de control del Estado por sí mismo, en una perspectiva de “racio­
nalización” y de control del Estado por parte de la sociedad, en
una perspectiva de “democratización”, no han cesado de cruzar­
se y enlazarse. El surgimiento de formas democráticas de este
modo está inscripto en el movimiento de una competencia por el
ejercicio del control y de la rendición de cuentas.
Sería necesario disponer de una masa de informaciones consi­
derable para emprender, desde ese punto de vista, la redacción
de una historia de las instituciones públicas en los diversos paí­
ses. Sin duda no se la puede esbozar aquí. Pero ciertos datos
limitados dentro de la historia de las estructuras municipales y
parroquiales, en el nivel más elemental del poder social, permi­
ten sugerir su consistencia en términos corrientes. Las comunas
88 LA CONTRADEMOCRACIA

de la Europa medieval ofrecen numerosos ejemplos de conflictos


y reivindicaciones concernientes a las condiciones de control de
la actividad de los ediles. Una documentación reunida sobre la
región de Auvergne muestra la existencia de luchas permanentes
entre los notables y la masa de los miembros de las corporacio­
nes de oficios, exigiendo estos últimos que las cuentas de los
ingresos y los gastos de su aldea no fueran verificadas sólo por el
círculo estrecho de los grupos en el poder. Hubo negociaciones
que en ciertos casos desembocaron en el reconocimiento de un
derecho de control de los simples habitantes sobre la actividad
de los cónsules locales? La formación de una conciencia ciuda­
dana aparecía directamente ligada a este ejercicio. La gente de
oficio se pensaba así como una comunidad de control mucho
antes de soñar con definirse como una comunidad de soberanía
activa; son ellos ante quienes deben rendir cuentas los poderes.
El examen de las condiciones de realización de investigaciones
sobre la gestión de los podestats (alcaldes), en las comunas italia­
nas, conduce a la misma constatación.1 23
En la misma época se descubren prácticas idénticas igualmen­
te frecuentes en las comunidades rurales, de tamaño sin duda
más restringido, en el seno de las cuales las asambleas generales
de habitantes constituían la instancia de referencia para el ejerci­
cio de las decisiones prácticas concernientes a la organización de
la vida común. En esas comunidades, los juráis, consuls
* o síndi­
cos encargados de la ejecución de las decisiones podían ser nom­
brados de acuerdo con fórmulas muy diversas: sorteo, rotación,
cooptación por los responsables salientes, elección directa o en
dos instancias. Pero casi siempre debían rendir cuentas de su
actividad ante la asamblea comunitaria siguiendo el mismo tipo
de procedimiento? Allí nuevamente es el control el que constitu­

1. Cf. el capítulo “Le contróle des compres dans les villes auvergnates et
vellaves aux XIVC et XVd siécles”, en Albert Rigaudiére, Penser et construiré l’É-
tat dans la Prance [Link] Age fXIIIc-XV€ siécle}, París, Comité pour I’histoire
économíque et financiére de la France, 2003.
2. Para una primera visión de conjunto véase Daniel Waley, Les Républiques
médiévales italiennes, París, Hachette, 1979.
* Jurats, magistrados municipales del sur de Francia; consuls, antiguamente,
magistrados municipales (n. del r.}.
3. Cf las informaciones aportadas por los estudios reunidos en los Recueils
LA DEMOCRACIA DE CONTROL 89

ye la verdadera prueba de legitimidad de los administradores de


la colectividad. Lo testimonia a fortiori el hecho de que las con­
diciones técnicas de verificación de las cuentas están habitual­
mente mucho más formalizadas y se aplican más rigurosamente
que las formas utilizadas para el nombramiento de los adminis­
tradores mismos? El examen de la administración de las parro­
quias conduce a la misma conclusión. Se constata allí también
que la elección de síndicos o de mayordomos de parroquia va
siempre unida al ejercicio de un procedimiento de verificación
colectiva de su acción. Hecho significativo, las comunidades pro­
testantes del siglo XVI a menudo hicieron del refuerzo y de la
democratización del control de su gestión un elemento fuerte de
su identidad.*45 La prehistoria de los gobiernos representativos ha
consistido de esta manera en el desarrollo de esas primeras for­
mas de control, todavía parciales, todavía frágiles.
En un segundo tiempo, la construcción de sistemas parlamen­
tarios modernos va a institucionalizar, racionalizar y estructurar
los diferentes poderes de control y de vigilancia que habían co­
menzado a surgir. Gran Bretaña abrió el camino. Además de un
control parlamentario de las cuentas muy tempranamente orga­
nizado, también el derecho de investigación autónoma de los
actos de poder constituyó uno de los atributos más celosamente
ejercidos por el Parlamento. La investigación parlamentaria per­
mitió instruir numerosos proyectos de reforma, y les dio a los
representantes la posibilidad de forjar su propio juicio, técnica­
mente oponible a los puntos de vista del gabinete. Adoptado des­
pués por Francia, ese sistema de control suscitó al comienzo del
siglo XIX la admiración de los republicanos y liberales más avan­

de la société Jean Bodin, “Les communautés rurales”, vol. 43 y 44, 1984 y 1986.
Véase igualmente Les Structures du pouvoir dans les communautés rurales en
Belgique et dans les pays limitrophes, XIF-XDG siécles, Bruselas, Crédit commu-
nal de Belgique, 1988.
4. Se encuentran interesantes indicaciones sobre ese punto en Henry Babean,
Les Assemblées genérales des communautés d’habítants en i-ranee, du XHB sié~
ele á la RévolutioH, París, 1893.
5. Cf. Michel Reulos, “Ressources financíeles et regles de gestión dans les
Églises réformées fran^aises au XVP siécle”, en L’Hostie et le Denier. Les finan-
ces eeclésiastiques du haut Moyen Age d l’époque moderne, Ginebra, Labor y
Fides, 1991.
90 LA CONTRADEMOCRACIA

zados.6 Para ellos, el Parlamento fue ante todo el gran controla­


dor. Así lo testimonian de manera ejemplar las fórmulas que fue­
ron utilizadas en Francia en la Cámara de Diputados para califi­
car las funciones de la investigación parlamentaria en el
momento en que fue consagrado su ejercicio. “Los derechos y
los deberes de la Cámara, había subrayado el informante sobre
esta cuestión, no se limitan a estudiar las necesidades y los dese­
os del país, a darle leyes o fijar sus impuestos; es necesario que se
sepa también .que un desorden grave no puede señalar un vicio
en la Administración sin que la representación nacional se
inquiete por eso, dirija su mirada escrutadora a las causas del
mal y revele el resultado de sus investigaciones, rio importa cuá­
les sean sus consecuencias”.7 Escrutar, revelar, denunciar: las
funciones de representación y de legislación aparecen allí como
secundarias con relación a la preocupación por vigilar los actos
del poder y por ponerlos a plena luz.
En ese segundo tiempo, el Parlamento manejó, de esta forma,
toda la panoplia de los instrumentos de control y de cuestiona-
miento del poder: el trabajo de investigación, la expresión de la
oposición, el debate permanente, la atención cotidiana a los
actos del gobierno, el eventual voto de desconfianza. En la Fran­
cia del siglo XIX esos contrapoderes fueron retomados de la
sociedad que los había ejercido en un momento durante la Revo­
lución. Si bien es cierto que subsisten poderes autónomos de la
prensa, se puede considerar sin embargo que el parlamentarismo
liberal consiste ante todo en la tentativa de atribuirse el monopo­
lio del control, a distancia por consiguiente de todo objetivo pro­
piamente democrático de ejercicio del poder. John Stuart Mili es
quien más claramente explícito esta perspectiva en su obra Del
gobierno representativo. Su razonamiento reposa sobre el princi­
pio de la asimetría entre acción y control, que constituye, para
él, el verdadero mecanismo de la distinción de los poderes. “Es

6. Cf. Léon Faucher, “Usages du Parlement britannique en ñutiere d’enqué-


te”> Le Courrier frarteais, 13 de enero de 1835, así como el artículo “Enquéte”
del Dictionnaire politique editado por Pagnerre en 1842. Véase igualmente Alain
Laquiéze, Les Origines du régime parlementaire en France (1814-1848), París,
PUF, 2002, págs. 317-329.
7. Informe de Martin (du Nord) del 10 de abril de 1832, A. P., 2da. serie, t.
77, pág. 416.
LA DEMOCRACIA DE CONTROL 91

radicalmente distinto controlar los actos del gobierno y ejecutar­


los realmente. El mismo hombre o el mismo cuerpo puede ser
apto para controlarlo todo, pero no puede hacerlo todo; y en
muchos casos, cuanto menos trate de obrar por sí, tanto más efi­
caz será su control sobre todas las cosas.”8 Como contrapartida,
el control se ejerce sobre un campo más amplio. Es un poder
extensivo, se podría decir, mientras que la acción directa se
caracteriza por su intensidad. Esa asimetría es la que existe, de
acuerdo con su opinión, entre el Poder Ejecutivo y el Poder Le­
gislativo. “La verdadera tarea de una asamblea representativa no
es la de gobernar, es radicalmente inapropiada para ello -seña­
la-; su tarea es más bien la de vigilar y controlar al gobierno, de
sacar a la luz todos sus actos, exigir su explicación y justificación
cuando sus actos parezcan cuestionables, acusarlos si son conde­
nables, echar de su empleo a los hombres que componen el
gobierno si abusan de su cargo o si lo ejercen de una manera
contraria a la voluntad expresa de la nación y nombrar sus suce­
sores, sea expresa o virtualmente”.9
Ese poder parlamentario de control es pasivo para Mili; su
función es esencialmente negativa. No es de orden democrático,
en el sentido de que no se articula sobre un poder de mando de
la voluntad general. Hay por otra parte en este teórico del parla­
mentarismo liberal una distinción casi sociológica entre control y
gobierno, a considerable distancia también aquí de toda perspec­
tiva propiamente democrática: la acción requiere para él de
capacidades superiores a las del control. Esta distinción funcio­
nal se deriva claramente en él de la percepción de una distancia
entre las elites y la masa. “La acción -dice abruptamente-, debe
estar a cargo, no de un cuerpo numeroso, sino de individuos
nombrados a tal efecto, siendo la verdadera tarea de una asam­
blea la de vigilar y procurar que esos individuos sean elegidos
honrada y acertadamente; y hecho esto no mezclarse con su con­
ducta, a no ser para censurarlos o sugerirles alguna idea, o bien,
finalmente, para concederles o negarles el sello del asentimiento

8. Le Gouvernement représentatif, trad. francesa, París, 1865, pág. 102


(capítulo v, “Des fonctíons qui appartiennent aux corps représentatifs”) [trad.
cast.: De/ gobierno representativo, Madrid, Tecnos, 2007].
9. Ibid., pág. 119.
92 LA CONTRADEMOCRACIA

nacional. Es por falta de esta juiciosa reserva que las asambleas


populares acometen empresas superiores a su aptitud, como es la
de gobernar y legislar.”10 En la concepción de Mili, el parlamen­
to es la voz central de la opinión. Aunque no llega a utilizar ese
adjetivo, su idea es que expresa la única opinión “autorizada”.
Al constituir un “comité de quejas” y un “congreso de opinio­
nes” encarna en efecto de manera suficiente la opinión general.
Esta concepción del parlamentarismo se inscribe casi natural­
mente en forma repetitiva en la visión más minimalista de la
democracia: la de un poder regulatorio y protector de las liberta­
des. Mili reconoce sin duda la necesidad de una cierta interven­
ción popular. Pero ésta no se parece en nada a una participación:
no se la entiende más que bajo la forma de un “poder de control
supremo” o de un “poder de control final”.11 La esencia del
gobierno representativo reside así para él en la organización de
una cascada de controles, de los que el ejercicio del sufragio para
la designación de representantes no constituye más que el acto
inicial. Podemos llamar “liberal” tal forma política en la cual el
ejercicio directo del poder democrático (la elección) presenta la
doble característica de ser a la vez funcionalmente negativa (no
engendra más que un poder de control) y estructuralmente
“secundar-izada”-, la forma de legitimación que implican la elec­
ción de los representantes y el nombramiento de los gobernantes
por estos últimos está limitada por el sistema de la pirámide des­
cendente de controles. Mili constituye así el punto teórico culmi­
nante del abandono de los esbozos anteriores de democracia
dual: el Parlamento en su visión absorbe la totalidad de los
poderes democráticos indirectos.
La paradoja es que la República jacobina mantuvo, también,
esa misma visión de la apropiación parlamentaria de los poderes
de control. Aunque sea “más democrática” al celebrar al pueblo
elector, haciendo del sufragio universal “el principio incontes­
table” de la organización colectiva, la República jacobina no
concibe sin embargo los contrapoderes más que en el marco
organizado de las instituciones. En ese sentido es visceralmente
parlamentaria: con ella triunfa el principio electoral y monista

10. Ibid.., págs. 121-122.


11. Ibid.„ págs. 99-100.
LA DEMOCRACIA DE CONTROL 93

¿e la democracia. Robespierre y Bonaparte la encarnaron y teo­


rizaron, antes de que los republicanos del siglo XIX presentaran
una versión de ella culturalmente desabrida pero filosóficamen­
te fiel. Como en la teoría del parlamentarismo liberal a la ingle­
sa, son rechazadas las intervenciones políticamente activas de la
sociedad. En los dos casos, se instauró un régimen del “pueblo
ausente’1. Una ausencia por saturación de abstracción en el caso
francés; una ausencia producida por la distancia y la prudencia
en el caso inglés. Pueblo ausente, pero sin embargo pueblo
inquieto en los hechos, que busca hacer oír su voz fuera de las
urnas. Los contrapoderes, surgidos directamente de las impa­
ciencias de la opinión pública, y expresados en la calle o en los
títulos de la prensa sensacionalista, se manifestaron regularmen­
te bajo el registro salvaje de las luchas sociales y de los cambios
de humor, estigmatizando con fuerza desde fines del siglo xix
los desórdenes y desarreglos de los poderes establecidos.
La tercera etapa es aquella que se abre en la década de 1970,
cuando el debilitamiento del parlamentarismo, conjugado con el
advenimiento de una sociedad civil capaz de actuar con autono­
mía, condujo a una expresión más socializada de las diferentes
formas de democracia indirecta. Los poderes de control se desa­
rrollaron y recompusieron. También se vieron desplazados, par­
ticipando de un amplio movimiento de reapropiación de las for­
mas de vigilancia, de investigación y de evaluación que habían
terminado por ser absorbidas en el orden parlamentario en el
curso de los siglos XIX y XX.12

12. Movimiento que no impidió que las prerrogativas del Parlamento fueran
paralelamente extendidas en numerosos países. Incluso Francia, con mucho
retraso en ese dominio en relación con la mayoría de las otras democracias, ha
visto extenderse el derecho de investigación {cf. Élisabeth Vallet, “Les commis-
sions d’enquéte parlementaire sous la Cinquiéme République”, Revue fran^aise
de droit constitutionnel, na 54, abril-junio de 2003) o la posibilidad para la opo­
sición de cuestionar al gobierno mejor organizada {cf. Guy Carcassonne, "La
place de l’opposition : le syndrome franjáis”, Pouvoirs, n° 85, 1998).
94 LA CONTRADEMOCRACIA

EL DUALISMO DEMOCRÁTICO:
LOS ELEMENTOS DE UNA LARGA HISTORIA •

Si la democracia se apoya sobre los dos pies de los procedi­


mientos electorales-representativos y los poderes de control, ¿no
sería necesario imaginar formas de institucionalización de estos
últimos para consolidarlos? ¿No sería de este modo que se
podría concretar el pasaje a una cuarta etapa de la historia de las
democracias, señalando su plena madurez? Esta cuestión no con­
cierne a la simple especulación. Retoma en efecto el hilo de una
larga historia del dualismo democrático. Una historia demasiado
tiempo olvidada, que es necesario recordar en sus grandes líneas
para avanzar en nuestra reflexión. Es necesario remontarse a sus
orígenes, es decir, a los griegos, para seguir sus etapas y com­
prender sus mecanismos.
En la Atenas de la era clásica, era el sorteo de los magistrados,
más aún que la elección, lo que se consideraba propio de la
democracia. El primer procedimiento es visto en efecto como el
más radicalmente igualitario, pues presupone que todos los ciu­
dadanos tienen una capacidad equivalente para ejercer los cargos
públicos. Ese punto ha sido ampliamente documentado y discuti­
do.13 Pero se ha olvidado lo que era para los contemporáneos
una segunda característica, también esencial, de la democracia: la
institución de controles sistemáticos de la acción de aquellos que
ejercían una función pública o administraban fondos colectivos.
En su Investigación, Heródoto es el primero en subrayar esa
dimensión. “En un régimen popular -escribe- la suerte distribuye
los cargos, el magistrado rinde cuentas de sus actos, toda decisión
es llevada ante el pueblo.”14 La rendición de cuentas al fin del
mandato era la principal forma de ese tipo de control. Aunque se
aleje de las prudencias aristocráticas y “tecnocráticas” de Platón
respecto del nombramiento de los gobernantes, no es sobre ese
último punto donde Aristóteles pone el acento para definir la
democracia. El control estricto de los magistrados por los ciuda-

13. Cf. recientemente Bernard Manin, Principes du gouvernement représen-


tatif, París Calmann-Levy, 1995.
14. L'Enquéte, ni, 80, en Heródoto y Tucídides, CEuvres completes, París,
Gallímard, “Bibliorheque de la Pléiade”, 1964, pág. 255.
LA DEMOCRACIA DE CONTROL 95

daños es, para él, el elemento clave. Si bien La Política propone


abordajes diferentes de la democracia, y Aristóteles parece a veces
dudar, él mismo, en su definición del buen régimen, siempre afir­
ma con fuerza ese principio del control popular. Incluso en el
caso en que confía a los ciudadanos sólo poderes restringidos,
Aristóteles no limita su poder de inspección sobre los magistra­
dos. Ese poder es el que constituye al fin de cuentas el verdadero
pivote de las formas de “constituciones mixtas” que él promueve.
Si la democracia es en primera instancia el régimen de la isono-
mía, la soberanía de los ciudadanos deriva así de su calidad de
euthynoi, es decir, de “corregidores”, de “controladores”.1516
Hay muchas maneras de encarar las modalidades de ese con­
trol en Grecia. En la Atenas clásica de la que habla Aristóteles,
varías categorías de magistrados (sorteados) estaban encargados
de controlar a los agentes (ellos mismos sorteados o elegidos) del
Ejecutivo. Se distinguen así los corregidores {euthynoi\ los audi­
tores de cuentas (logistaíL los controladores (exétastaí) o incluso
los abogados públicos (synégoroi).u La mayoría de las demás
ciudades griegas conocieron también, hasta el final de la época
helenística, mecanismos equivalentes que consistían en la rendi­
ción de cuentas al fin del mandato o el control de los magistra­
dos en ejercicio de sus cargos.17 Las modalidades de estos proce­
dimientos y el papel cumplido por los ciudadanos ordinarios en
su aplicación constituyeron el mejor indicador del grado de
democratización de las diferentes ciudades. Y su debilitamiento y
posterior desaparición marcará del modo más tangible la decli­
nación de la democracia.
Esta visión originaria del “pueblo controlador” permite igual­
mente comprender por qué el modo de selección de los magistra­
dos por sorteo se había podido imponer tan fácilmente. Si los

15. Sobre esta etimología, véanse ios aportes de Pierre Frdhlich, Les Cites
grecques et le Controle des magistrats (IV‘f-Ier siéde avant Jésus-Christ), Ginebra,
Droz, 2004.
16. Cf. La Politique, Vi, 8, 1322 b 7-12 [trad. cast.: La política, Madrid,
Espasa Caipe, 1983].
17. Cf. los datos reunidos por P. Frdhlich, Les Cites grecques..., op. dt. Esta
obra mayor, basada en las adquisiciones más recientes de la investigación, epigráfi­
ca, y que presenta además el interés de no limitar sus investigaciones al caso úni­
co de Atenas, señala ese segundo aspecto del control en el ejercicio del cargo.
96 LA CONTRADEMOCRACIA

gobernantes no son más que simples ejecutantes, sometidos a


controles tan estrictos como regulares, sus cualidades personales
pueden en efecto ser consideradas variables relativamente secun­
darias. La existencia de un “buen gobierno” no depende sólo de
sus virtudes o sus talentos: la eficacia de los procedimientos de
control es la que debe cumplir el papel motriz. Legitimación “dé­
bil” por el sorteo y poder “fuerte” de control componían en Ate­
nas un dispositivo institucional coherente. Podemos parafrasear
sobre este punto a Adam Smith al decir que no es de la benevo­
lencia y de la virtud del gobierno que los griegos esperaban la
realización del bien común, sino más bien del interés de los
gobernantes en no ser “corregidos” (las sanciones podían ser muy
pesadas). No contamos con elementos para apreciar cómo se for­
jó esta visión. Pero es razonable pensar que fue la experiencia his­
tórica de la exposición de los regímenes políticos a los fenómenos
de corrupción lo que condujo progresivamente a hacer de la pues­
ta a prueba de la responsabilidad de los gobernantes el instru­
mento de intervención más eficaz. Parecería por otra parte que
ésa es la opinión de Aristóteles. Cuando critica la corruptibilidad
de los gerontes de Esparta, imputa esencialmente el fenómeno a
la ausencia de control de esos magistrados. “Se ha visto que hom­
bres revestidos con esta magistratura se han dejado corromper
por regalos y han sacrificado al favor los intereses del Estado; así
que más seguro habría sido no hacerlos irresponsables, como lo
son actualmente en Esparta.”18
En esta perspectiva, el control ciudadano define la democracia
mucho más que la simple designación popular de los dirigentes.
Pero esta dualidad se volvió progresivamente ilegible para nues­
tros ojos modernos de tanto terminar por imponerse la elección
como una suerte de institución democrática total, de la que se
supone que superpone una técnica de selección de los gobernan­
tes, un modo de organización de la confianza entre los ciudada­
nos y el poder, al mismo tiempo que un sistema de regulación de
la acción pública. Es decisivo comprender esto para reinterpretar
la historia de la democracia, y también de este modo las raíces
más profundas del malestar político contemporáneo.

18. La Politique, u, 9, 26, 1271 a 3-6, traducción al francés dejóles Tricot,


revisada por P. Fróhlich (pág. 35).
LA DEMOCRACIA DE CONTROL 97

La mirada del siglo xvin sobre Atenas no es la nuestra. La


centralidad de la cuestión de los poderes de control entonces se
percibía bien. La época se alimentó de la lectura de Plutarco y
las instituciones de la Antigüedad eran familiares para todos los
que frecuentaban un centro educativo. La referencia a los censo­
res romanos y a los éforos de Esparta se encuentra así en todas
las plumas. Montesquieu dio gran importancia a los ephoroi, es
decir, etimológicamente, “quienes miran, observan, controlan”
los poderes existentes.19 Rousseau también apreció su rol y dedi­
có un capítulo entero del Contrato social a los censores romanos
que estaban encargados de controlar las cuentas públicas y que
tenían cierta jurisdicción propia en los asuntos judiciales. De
Lolme y Filangieri subrayaron igualmente la importancia de un
“poder censor”20 y la Enciclopedia de Diderot y d’AIembert con­
sagró artículos bien documentados a esas instituciones encarga­
das, según su expresión, de “contrabalancear” las autoridades
gobernantes. Todos estos autores hacían votos a la vez por el
desarrollo de instituciones representativas y por la instauración
de poderes de control inspirados en esos modelos antiguos. La
perspectiva de la puesta en práctica de contrapoderes de esa
naturaleza es entonces liberal a la vez que democrática. Es de
esencia liberal porque conduce a enmarcar la acción de los
gobiernos sospechados de tender naturalmente al despotismo. Si
bien apunta al control del poder del monarca, el autor de El
espíritu, de las leyes se preocupa también por canalizar los des­
bordes de un eventual poder popular. Se felicita de que en Espar­
ta los éforos hayan sido capaces de “castigar las debilidades de
los reyes, de los grandes y las del pueblo”.21 Este enfoque “libe­
ral” del control reaparece en Inglaterra; lo reencontramos for­

19. Sobre la interpretación histórica del papel de los éforos véase Nicolás
Richer, Les Éphores. Études sur l’histoire et sur l’image de Sparte (VHE-IIF sié­
cles avant Jésus-Christ), París, Publicarions de la Sorbonne, 1998.
20. Jean-Louis de Lolme, Constitution de LAngleterre (1778), París, 5a. ed.,
1819, pág. 297, y Gaetano Filangieri, La Science de la législation (1780-1785),
libro 1, cap. vii¡, “De la nécessité d’un censeur des lols”.
21. Id., libro V, cap vm, La Enciclopedia concluye por su lado el artículo
“Éforos” subrayando “las ventajas de una magistratura creada para que la auto­
ridad real y aristocrática no se inclinen por la dureza o la tiranía, ni la libertad
popular, por la licencia y la revuelta”.
98 LA CONTRADEMOCRACIA

mulado a lo largo del siglo xvni. Una de las grandes voces del
espíritu republicano de la época, el Independent Whig, hizo del
ejercicio de un control y de una censura protectoras su razón de
ser esencial?2
Otros, en cambio, captaron la esencia democrática de ese
control y vieron que ella conduce a ampliar las modalidades de
la intervención popular. Es la concepción de Rousseau. También
lo es la de Richard Price, que habla de ella con acentos tomados
tanto de Genevois como de Montesquieu.22 23 Pero es por sobre
todo la adopción de la Constitución de Pensílvania, en 1776, lo
que simbolizará ese enfoque. Se ha reconocido que ese texto
estableció el régimen más democrático de todos los estados esta­
dounidenses: cámara única; derecho de sufragio para todos los
que paguen un impuesto, sea cual fuere su monto; sistema de
rotación organizado para los miembros de la Cámara de Repre­
sentantes. La disposición más singular residía en la creación
(artículo 47) de un Conseja de Censores 24 Compuesto por fun~

22. “He claims a Right of examimng ail public Mensures and, if they deser­
ve ir, of censuring them. As he never saw much Power possessed without some
Abuse, he ralees upon him to watch those that have it; and to acquit or expose
them according as they apply it to the good of their country, or their own croo-
ked Purposes.” Este extracto de la selección de panfletos publicados por John
Tranchard y Thomas Gordon durante el reinado de Jorge 1 con el título Indepen-
dent Whig (1723) es citado aquí por Caroline Robbins, The Eighteenth-Century
Commonwealthman: Studies in the Transmission, Development and Circumstan-
ce of English Liberal Thought from the Restoration of Charles 11 until the War
tvith the Thirteen Colonies, Nueva York, Atheneum, 1968, pág. 120.
23. Cf. por un lado, los acentos “liberales” de su visión del control en su
Observations on the Nature of Civil Liberty (1776): “There is nothing that
requires more to be watched than power. There is nothing that ought to be
opposed with a more determined resolution than its encroachments. Sleep in a
State, as Montesquieu says, is always followed by slavery” (en Richard Price,
Political Writings, Cambridge, Cambridge University Press, 1991, pág. 30). Por
el otro, en la defensa de la Revolución Francesa, Discourse on the Love of our
Country (1789), que publicó contra Burke, retoma la idea de la resistencia a los
abusos dei poder como derecho fundamental, pero va más lejos en un sentido
“democrático”, al hablar del derecho a “formar un gobierno para nosotros mis­
mos” (the right “to frame a government for ourselves”, ibid. pág. 190).
24. Sobre esta institución, véase: Lewis H. Meader, “The Council of Cen-
sors”, The Pennsylvania Magazine ofüistory and Riography^ vol. 22, n° 3, octu­
bre de 1898; J. Paul Selsam, The Pennsylvania Constitution of 1776: A Study in
LA DEMOCRACIA DE CONTROL 99

cionarios populares electos, elegidos en las diferentes ciudades y


condados, a ese consejo se le encargó verificar si los Poderes Eje­
cutivo y Legislativo cumplían correctamente o no sus funciones
de “guardianes del pueblo”. Al deliberar en público, tenía la
autoridad de imponer reprimendas, podía impulsar procesos
judiciales, dar de baja a agentes considerados en falta, recomen­
dar la abrogación de leyes que eran juzgadas contrarias a la
Constitución; también podía tomar la decisión de convocar una
convención. Los estadounidenses de la época habían abrevado,
igual que los europeos, en las referencias a Roma, Esparta y Ate­
nas. Los Román Antiquities de Kenneth se leían en todas las
universidades. Editorialistas y autores de panfletos solían firmar
“Cato”, “Cassandra” o “Espartaco”. Pasaron al acto con la
Constitución de Pensilvania (el estado de Vermont adoptó poco
tiempo después un consejo de la misma naturaleza). La medida
fue ampliamente discutida en Europa. Con la ayuda de Benja­
mín Franklin, el duque de La Rochefoucauld tradujo al francés
el texto de la Constitución a comienzos de 1777. La enciclope­
dia metódica le consagra inmediatamente un largo artículo. Bris-
sot redacta por su lado una obra casi militante sobre el código
de Pensilvania en el que aprueba calurosamente la creación del
Consejo de censores.25 Condorcet, Mably, Mirabeau y Turgot
toman igualmente la pluma para discutir su función.26 La pues­
ta en práctica del principio representativo y la perspectiva de
una institucionalización del control son entonces igualmente
celebrados.

Revolutionary Democracy, Nueva York, Di Capo Press, 1971; Donald S. Lutz,


Popular Consent and Popular Control: V/hig Political Theory in the Early State
Constitutions, Barón Rouge, Louisiana State University Press, 1980.
25. Brissot de Warville: “Reflexiona sur le Code de Pennsylvanie”, Bibliothé-
que philosophique du légíslateur, du politíque, et du jurisconsulte, t. in, Berlín,
1783 (véanse págs. 253-257).
26. Véanse: J. Paul Selsam y Joseph G. Rayback, “French Comment on the
Pennsylvania Constitution of 1776”, The Pennsylvania Magazine ofHistory and
Biography, voL 76, n° 3, julio de 1952; Christian Lerat, “La premiére Constitu­
tion de Pennsylvanie : son rejet á Philadelphie, ses échos en France”, en Jean-
Louis Seurin et al., Le Discours sur les révolutions, t. H, París, Económica, 1991;
Horst Díppel, “Condorcet et la discussion des constitutions américaines en Fran­
ce avant 1789”, en Condorcet, homme des Lumiéres et de la Réuolution, París,
ENS éditions, 1997.
100 LA CONTRADEMOCRACIA

Menos de veinte años más tarde, se formulan proyectos de


organización de tal función de control de los gobernantes en los
debates constitucionales franceses. Desde 1791 encontramos
numerosas propuestas de esa naturaleza elaboradas en los
ambientes ligados al Cercle social o al Club des cordeliers. Lavi-
comterie consagra así un largo capítulo de su obra programática,
Du peuple et des rois, 1791, a exponer la utilidad de la creación
de un grupo de censores. En La Bouche de fer, Bonneville sugie­
re por su lado hacer elegir en los departamentos doce tribunos
del pueblo encargados de vigilar los poderes públicos; en la mis­
ma publicación se propone igualmente un proyecto de estableci­
miento de una “censura nacional”,27 En la primavera de 1793,
la idea de un cuerpo de censores o eforato reaparece con fuerza
en los proyectos constitucionales que se debaten en la Conven-'
ción. Se habla allí de instaurar un “control del soberano armóni­
camente organizado” (Daunou), un “tribunal de ¿foros” (Adres-
se des citoyens de la section de l’Unité), un “orador del pueblo”,
encargado de denunciar las negligencias, las omisiones, las infi­
delidades y las intrigas de los gobernantes (Poultier), un “tribu­
nal de la conciencia del pueblo” (Prunelle de Lierre), un “jury
nacional” instalado junto a la representación, con el objeto de
“vengar al ciudadano oprimido en su persona frente a las veja­
ciones del Cuerpo Legislativo y del Consejo Ejecutivo” (Hérault
de Séchelles), un “tercer poder regulador” (Bacon), un “colegio
de ¿foros” (Rouzet), un “tribunal de los censores” ( Kersaint).28
La imaginación de los convencionales es, como vemos, particu­
larmente fértil en la materia. Bajo nombres muy diversos y de
acuerdo con modalidades muy variadas, se manifiesta una mis­
ma preocupación por institucionalizar una función de vigilancia
social y comprender la soberanía como la articulación dinámica,
y eventualmente conflictiva, de un poder representativo y un
poder de control, teniendo ambos un mismo origen popular.
Proyectos similares se formularon nuevamente en Francia en

27. Recordemos que la denominación “bouche de fer” [boca de hierro] fue


tomada del antiguo ejemplo veneciano de una “boca de piedra”, en la cual ios
ciudadanos podían deslizar sus denuncias o recriminaciones respecto de los pode­
res.
28. Véanse los volúmenes 63 a 67 de las A. P., Ira. serie.
LA DEMOCRACIA DE CONTROL 101

1799, bajo la pluma de Daunou o de Cabanis. En la misma épo­


ca, en el momento de la formación de las “Repúblicas herma­
nas”, se encontrará nuevamente su rastro.29 La Constitución del
año VIH tendrá por su parte esa marca con la institución del Tri­
bunado. Pero va a fracasar. En cuanto a las constituciones de
pensilvania y de Vermont, serán revisadas y se suprimirá el Con­
sejo de Censores. Por el lado de Gran Bretaña, el debate no se
dio en esos términos. Es necesario comprender al mismo tiempo
estos fracasos y esta ausencia.

LA INSTITUCIONALIZACIÓN IMPOSIBLE

Comencemos por la experiencia de Pensilvania. Creado en


1776, el Consejo de los Censores de Pensilvania se reunió por
primera vez en 1783 (se preveía que cada siete años tendría una
larga sesión). No tendrá otra reunión dado que una nueva cons­
titución adoptada en 1790 lo suprimió. Por cierto que hubo
motivos de orden directamente “políticos” para su eliminación.
Los sentimientos revolucionarios del período de la independen­
cia se habían en efecto debilitado. En el proceso de ratificación
del proyecto de constitución federal, en el invierno de 1787­
1788, la convención reunida en el estado había adherido al pun­
to de vista de los federalistas moderados.30 Continuando ese
movimiento, el monocamarismo también fue suprimido en 1790,
sospechado de no oponer ninguna barrera a la irrupción de
eventuales pasiones populares. La abolición del Consejo de Cen­
sores se inscribe entonces en un contexto de reacción, dominado
por la expresión de un liberalismo prudente. Pero no podemos
limitarnos a esa constatación. También hay una razón de orden
propiamente institucional para ese retroceso: las sesiones del
Consejo estuvieron dominadas por el enfrentamiento entre radi­

29. Cf. por ejemplo las propuestas de Mario Pagano en Ñapóles. Véase
Mario Battaglini, Mario Pagano e il progetto di Costituzione della Republica
napoletana, Roma, Archivio Guido Izzi, 1994.
30. Cf. The Documentary Tílstory of the Ratification of the Constitution,
vol. II, Merryll Jensen (comp.), Pennsylvania, Madison, State Elistory Society of
Wisconsin, 1976.
102 LA CONTRADEMOCRACIA

cales y moderados?1 La misión encomendada al Consejo -hacer


existir un contrapoder de tipo funcional- fue entonces parasita­
do por esos conflictos internos. Lo propio de tal instancia de
control y de propuesta es en efecto que su eficacia presupone
una cierta unidad para que pueda existir plenamente como insti­
tución. Transformada en una arena política, que no hace más
que reproducir los enfrentamientos del espacio público general y
de la Asamblea Representativa, su misión se volvió indescifrable
y efectivamente imposible. Eso explica el sentimiento mayorita-
rio en 1790: que era finalmente más simple confiar en el juego
directo de las relaciones entre la oposición y la mayoría, por un
lado, y en el funcionamiento de un equilibrio interno de poderes
(bicamarismo, existencia de una corte constitucional) por el
otro. Pero al mismo tiempo se eliminó cierta dimensión demo­
crática. La historia de este fracaso es por ello ejemplar. El exa­
men de otro caso, el del Tribunado francés de 1800, permite
prolongar este análisis.
La Constitución del año VIII se apoyaba sobre una arquitectu­
ra muy compleja que reflejaba a la vez la imaginación de Sieyés
y las impaciencias de Bonaparte.31 Instituyó tres asambleas: un
3233
Senado, un Cuerpo Legislativo y un Tribunado. El Senado tenía
por función principal asegurar el control de la constítucionalidad
de las leyes. El Cuerpo Legislativo votaba las leyes y el presu­
puesto, pero sin deliberación ni derecho de enmienda: era un
“cuerpo de mudos”, que ejercía en realidad simplemente un
poder de juicio. Bonaparte le dio en ese punto su impronta al
texto, otorgando al gobierno grandes poderes; correspondiéndo­
le, por ejemplo, enteramente la iniciativa de los proyectos de ley.
El Tribunado estaba encargado de debatir esos proyectos. Tenía
el derecho de emitir opiniones sobre las iniciativas a tomar;
podía además pronunciarse sobre “los abusos a corregir y las
mejoras a emprender en todos los sectores de la administración

31. Sobre esta historia, véase L. Meader, "The Council of Censors”, are cit.
32. Cf, Jean Bourdon, La Constítution de l’an vin, Rodez, 1942.
33. Artículo 29 de la Constitución. Sobre la génesis de ese artículo, véase la
muy importante carta sobre las cuestiones constitucionales de Bonaparte a
Talleyrand del 21 de septiembre de 1797, en Correspóndanse genérale., 9na. ed.,
Thierry Lentz (comp.), París, Fayard, 2004, t. i, págs. 1196-1198. Bonaparte
habla ahí de una magistratura de control, pero en un sentido muy restringido,
LA DEMOCRACIA DE CONTROL 103

pública”;33 analizaba las peticiones; también podía denunciar a


los ministros ante el Cuerpo Legislativo (encargado a su vez de
acusarlos ante una Alta Corte) y discutir los casos en los que la
Constitución podía ser suspendida. La; institución, como vemos,
retomaba así, aunque edulcoradas, un cierto número de ideas
emitidas en 1791 o 1793 sobre la organización de un poder de
control La denominación de Tribunado hacía eco directamente
a esos proyectos anteriores inspirados por el mundo antiguo y en
particular a una institución especialmente destacada por Rousse­
au en el Contrato social. Tenía una connotación democrática, al
evocar la imagen de aquellos “tribunos del pueblo”, cuyas fun­
ciones fueron a menudo exaltadas a partir de 1789. Le Tribun
du peuple: fue también el título que adoptaron sucesivamente los
periódicos prestigiosos e innovadores de Bonneville y de Babeuf.
Pero allí también la experiencia abortó, por motivos históricos
evidentes -advenimiento del Primer Imperio y, desde el año x,
instauración del Consulado vitalicio- que no es necesario deta­
llar aquí. Pero también, de manera más interesante, la institución
no había podido instaurarse, antes de sucumbir a los apetitos del
Primer Cónsul. Los interrogantes y los'debates suscitados desde
la realización de la primera sesión del Tribunado permiten cap­
tar la medida de la cuestión. .
Apenas votada la Constitución (tuvo que organizarse un ple­
biscito), Bonaparte resolvió amordazar esa Asamblea, desconfian­
do de que se transformara mecánicamente en una especie de foro
de oposición organizada. El primer proyecto de ley que hizo lle­
var ante el Tribunado propuso así una reforma de la “formación
de la ley”, que buscaba encuadrar de manera tan limitante los
términos y los plazos de la deliberación que mencionaba expresa­
mente que debía considerarse que la Asamblea había dado su
consentimiento si ella no se expresaba “:¡en la fecha indicada por
el gobierno!”. De hecho, significaba dar al gobierno el poder de
reducir el debate a una simple lectura, anulando materialmente
toda posibilidad de examen real. Se multiplicaron entonces los
artículos y los discursos para debatir el espíritu de la institución.

porque para él se trata, de hecho, de un poder legislativo con un campo de inter­


vención muy reducido. Nótese que Bonaparte pidió a Talleyrand que hiciera
conocer esa carta a Sieyés.
104 LA CONTRADEMOCRACIA

La cuestión decisiva planteada por Bonaparte era la de la relación '


entre su función de control y la idea de oposición. Roederer, el
antiguo constituyente, que había aprobado el golpe de Estado del
18 Brumario, defiende la Asamblea en un vigoroso artículo publi­
cado en su Journal de París. “¿Sabemos bien qué es el Tribuna­
do? -pregunta-, ¿Es realmente la oposición organizada! ¿Es ver­
dad que un tribuno está condenado a oponerse siempre sin razón
y sin medida al gobierno; a atacar todo lo que hace y todo lo que
propone; a declamar contra el gobierno aun cuando apruebe su
conducta; a calumniarlo cuando sólo pueden decirse cosas bue­
nas? Si ése fuera el oficio del tribuno, sería el más vil y el más
odioso de los oficios. Pero yo tengo otra idea. Yo veo al Tribuna­
do como una asamblea de hombres de Estado encargados de con­
trolar, revisar, depurar, perfeccionar la obra del Consejo de Esta­
do y colaborar con él para el bienestar público. Un verdadero
consejero de Estado es un tribuno ubicado cerca de la autoridad
suprema. El verdadero tribuno es un consejero de Estado ubicado
en medio del pueblo.”34 A sus ojos, el ejercicio “funcional” de un
control no podía por consiguiente asimilarse mecánicamente a la
manifestación, de naturaleza más “política”, de una organizada
oposición al poder. Pero si Roederer plantea la distinción, no la
construye realmente. Benjamín Constant, miembro de la Asam­
blea,, interviene también en el debate. Pronuncia en la Asamblea
un importante discurso sobre el mismo tema.35 También rechaza
“considerar el Tribunado como un cuerpo de oposición perma­
nente”, reconociendo que ello llevaría a privarlo de su crédito y
su influencia. Pero es llamativo constatar que el joven publicista,
que comienza a hacerse un nombre a la medida de la hostilidad
que muestra rápidamente hacia él el Primer Cónsul, fracasa igual­
mente en elaborar intelectualmente la diferencia entre oposición
política y control institucional, que es subyacente a la función
misma del Tribunado. En su intervención multiplica las negacio­
nes y acumula las expresiones precautorias: “La oposición no tie-

34. "Du Tribunal”, Journal de París, 15 nivoso del año vju (5 de enero de
1800). Reproducido en (Euvres du comte P. L. Roederer, París, 1867, t. Vi, pág.
399.
35. Discurso del 15 nivoso del año vni, en B. Constant, Discours au Tribunal,
(Euvres completes, t. ¡v, Tübingen, Max Niemeyer Verlag, 2005, págs. 73-84.
LA DEMOCRACIA DE CONTROL 105

ne fuerza si no tiene discernimiento”, “el Tribunado no es una


asamblea de oradores, ni tiene por ocupación hacer una oposi­
ción de tribuna”. Rechaza con fuerza “la idea de una oposición
perpetua y sin distinción de objeto”. Pero tampoco define positi­
vamente las instancias de su función, se contenta con hablar en
términos morales de su “tenacidad valiente” o de su “indepen­
dencia”. El problema proviene de que Constant en efecto es inca­
paz de inscribir la noción de poder de control en una arquitectu­
ra democrática. Pero sólo en una perspectiva de esa naturaleza
puede pensarse un poder tal, inscripto en el objetivo de una doble
soberanía del pueblo. De modo que hay en él un punto ciego: no
distingue entre las potencialidades democráticas del Tribunado
(aumentar el poder social reduciendo la entropía representativa) y
su uso liberal (proteger de los errores del gobierno). Entonces no
es sorprendente que el cómplice de Madame de Staél haya aban­
donado posteriormente la referencia a una institución marcada
por una indeterminación de esa naturaleza para convertirse más
restrictivamente en el teórico de un “poder neutro”, con la fun­
ción clara y exclusivamente liberal.30 Ese poder neutro, calificado
de “tercer poder” entre el Legislativo y el Ejecutivo, o de “poder
preservador”, presenta de hecho en lo esencial los atributos de
una corte constitucional. Constant señala con fuerza en ese senti­
do que debe ser “el poder judicial de los otros poderes”.36 37 Tam­
bién es el espíritu con el cual Sieyés esbozó desde el año ni su idea
de jury constitucional.38
Por el otro, lado, la irritación de Bonaparte respecto del Tri­
bunado estaba alimentada por las impaciencias del hombre de
acción. “¿Para qué un cuerpo de cien miembros -decía, en el
verano de 1800-, inútil y ridículo cuando todo va bien, pertur­

36. Da una versión elaborada de esta noción en sus Lragments d’un ouvrage
abandonné sur la possibilité d’une Constitution républicaine dans un grand pays,
edición establecida por Henri Grange, París, Aubier 1991. Cf el conjunto del libro
viu, “D’un pouvoir neutre ou préservateur nécessaire dans toutes les constitutions”.
37. Ibíd., pág. 390.
38. Cf los análisis de Pasquale Pasquino, Sieyés et l’Invention de la constitu­
tion en France, París, Odile Jacob, 1998. Para una perspectiva general sobre el
surgimiento de la idea de tercer poder en Francia en ese período, véase Marcel
Gaucher, La Révolution des poui/oirs. La souveraineté, le peuple et la représen-
tation, 1789-1799, París, Gallimard, 1995.
106 LA CONTRADEMOCRACIA

bador cuando algo sale mal, una verdadera toxina?”39 Pero es en


términos estrictamente jacobinos que rechazaba la idea de una
oposición positiva y de un control activo. La soberanía del pue­
blo tenía sentido, para el Primer Cónsul, sólo si podía afirmarse
de manera polarizada. Está claro para él que la nación no nece­
sitaba de garantías contra el poder, dado que todas las autorida­
des que la constituían emanaban de ella. Bonaparte participaba
de esa manera del antipluralismo dominante en Francia en ese
período; a sus ojos, la democracia no puede ser más que no libe­
“¿Concebimos -se pregunta en enero de 1802- una oposi­
ral.4041
ción contra el pueblo soberano? ¿Tribunos allí donde no hay un
patriciadoV^ Las imágenes de luchas revolucionarias y el espec­
tro del caos que se perfilaban aún entonces detrás de la mera
palabra “oposición” le facilitaron, es cierto, la tarea.
Si bien en Francia se dio vuelta una página decisiva con el fra­
caso del Tribunado en dar vida a un poder de control, la idea
estuvo lejos de abandonarse. Fue retomada con insistencia en los.
medios republicanos radicales de la década de 1830. La Société
des droits de l’homme et du citoyen señala así en el Exposé de sus
principios que el pleno ejercicio de la soberanía del pueblo
requiere de la creación de un “consejo permanente de investiga­
ción y de mejoras” que tendría especialmente por función “la
revisión de las instituciones públicas”.42 La Tríbune des departe-

39. Citado por Roederer en (Euvres, op. cit., t. JI¡, págs. 335-336. Thibande­
an señala que habla aún más crudamente de “metafísicos sólo buenos para echar
al agua. Es una plaga que tengo sobre mí” (Mémoires sur le Consulat, París,
1827, pág. 204}.
40. Cf. P. Rosanvallon. Le Modéle politique franjáis. La société avile contre
le jacobinisme de 1789 á nos jours, París, Senil, 2004.
41. Citado por Roederer en (Euvres, op. cit., t. ¡u, pág. 427. Podemos cotejar
esas expresiones con un texto significativo de 1791. “Nuestro gobierno -escribía
entonces L’Ami des patrióles-, no tiene ninguna necesidad de oposición, y todo
lo que se ha dicho y repetido sobre la necesidad de un equilibrio entre los pode­
res no es aplicable útilmente, a ninguna relación”; el periódico denunciaba en el
mismo movimiento a la oposición como “partido de intrigas, que sólo puede
oponerse a que se aplique la ley” (citado por Ferdinand Brunot, Hístoire de la
langue frangaise, París, Armand Colín, 1968, t. ¡x, La Réuolution de l’Empire,
2a. parte, pág. 821).
42. Exposé des principes républicains de la Société des droits de l’homme et
du citoyen, París, s. d. (1832), pág. 6. ;
LA DEMOCRACIA DE CONTROL 107

ments, el periódico de la montaña de la época, que se reclama


heredero de Robespierre, hizo una sugerencia análoga. Figuras
importantes del socialismo naciente como Buchez o Charles Tes­
te conciben también un órgano de control y de proposición, dis­
tinto de las asambleas representativas. En su Programme démo-
cratique de 1840, Charles-Fran^ois Chevé detalla detenidamente
las tareas que podrían devolverse a un “comité de perfecciona­
miento y de investigación” cuyos miembros serían elegidos o
escogidos por concurso para representar ciertas capacidades par­
ticulares. ¿El objetivo de tal institución? Para Chevé sería erigir
un “poder, desprovisto de toda autoridad política, por fuera de
las preocupaciones partidistas y de actualidad [...] que sería a la
vez una agencia permanente de investigación y un laborioso taller
de perfeccionamiento, la gran cancillería de los reclamos popula­
res y el laboratorio incesante de las mejoras futuras”.43 Se mez­
clan así en ese comité funciones de representación, de proposición
y de control, disociadas de las tareas correspondientes al cuerpo
legislativo. Encontramos nuevamente en 1848 rastros de proyec­
tos de una inspiración vecina. El socialista Pierre Leroux sugiere,
por ejemplo, instituir un jury nacional de trescientos ciudadanos
sorteados en los departamentos, que tendría por misión supervi­
sar y juzgar la representación nacional, completando de un modo
específico las funciones correspondientes a la prensa (para el con­
trol) y a las elecciones (para el juzgamiento de la acción del
poder).44 Un respetado publicista republicano propuso por su
parte la organización de una Inspección^ elegida por sufragio uni­
versal, encargada de “tener los ojos abiertos sobre todo lo que se
hace o de velar sobre todo lo que se haga”, haciendo referencia a
las instituciones del mundo antiguo.45 En este caso también el
objetivo es permitir el ejercicio de una “vigilancia continua”, con­
siderada “indispensable en el régimen republicano” porque co­
rresponde a una de las expresiones de la voluntad soberana del

43. Charies-Fran^ois Chevé, Programme démocratique, ou Résumé d'une


organísation complete de la démocratie radícate, París, 1840, págs. 4-5.
44. Véanse los capítulos [V y v de su Projet d’une Constítution démocratique
et sacíale, París, 1848.
45. Auguste Biliiard, De l’organísatíon de la Républíque fran^aise, París,
1848, pág. 272.
108 LA CONTRADEMOCRACIA

pueblo, y consistente en una democratización y una ampliación


de la idea judicial del ministerio público.46
Esos diversos proyectos muestran que la reflexión sobre la ins-
titucionalización de una forma de poder de control siempre está
presente en Francia en la primera mitad del siglo XIX. Pero ningu­
no es realmente tomado en cuenta en el momento decisivo de la
redacción de la Constitución de la n República. El monismo jaco­
bino y las prudencias liberales o conservadoras de hecho se aliaron
a partir de 1848 para rechazar las perspectivas de un control acti­
vamente democrático. Por cierto que hubo muchas ingenuidades
en esas primeras visiones entusiastas de las virtudes del control,
entre 1789 y 1848. También hubo muchos equívocos, dado que
los desbordes de las sociedades revolucionarias quizá dieron a esa
palabra un regusto ácido a orientación totalitaria. Sobre todo,
muchas imprecisiones, el fervor patriótico de todos esos comba­
tientes inventivos de la libertad los condujo a menudo a imaginar
un pueblo ideal y desinteresado. Pero en todos los casos quedó
una intuición pujante, que abrió el camino a una comprensión ori­
ginal de la política moderna, agregando un capítulo importante a
la suma de todos los tratados políticos anteriores. Por sobre todo
se restauró y se enriqueció la antigua imagen del ciudadano vigi­
lante, el que merece indiscutiblemente la denominación de ciuda­
dano activo. En esa exhortación omnipresente a tener los ojos
abiertos sobre todo y sobre todos, en esta época se esbozó una
cierta moral pública para una era democrática. Fue a continuación
silenciosamente abandonada, ya que su fe en el papel de la opi­
nión pública la hacía simultáneamente sospechosa tanto para los
defensores inquietos del orden establecido como para los que can­
taban el advenimiento de una nueva era positiva. Un mismo temor
al poder irreflexivo del número y a las pasiones trastornadas de la
multitud condujo así al siglo xix por las aguas igualmente apaci­
guadas del liberalismo conservador o del socialismo científico,
contentándose los republicanos con erigir el sufragio universal en
el punto incontestable y suficiente de la democracia.

46. Véase el muy interesante capítulo Xl, “Complément de l’organisation


politique. De l’Inspection ou du Ministére public”, de la obra antes citada de
Billiard. Recordemos que el Ministerio Público está compuesto de magistrados
encargados de representar al Estado y los intereses generales de la sociedad.
LA DEMOCRACIA DE CONTROL 109

Luego, la idea de control fue reciclada. Se la inscribió en la


sola perspectiva del funcionamiento regular del gobierno repre­
sentativo y del régimen parlamentario del que Inglaterra dio al
siglo XIX el modelo para todo el mundo. Con la excepción de la
adopción de un sistema de control de la constitucionalidad de las
leyes, las tres modalidades clave del control liberal del poder que
constituyen la acción de la oposición, la función parlamentaria y
la intervención de la opinión encontraron en efecto en ese país su
puesta en práctica realizada y razonada. Es cierto que de todos
modos se manifestaron formas de control social directamente
democráticas, lo hemos descrito. Pero la perspectiva de su insti-
tucionalización se borrará antes incluso de que su misión fuera
realmente pensada.
4

El conflicto de las legitimidades

La multiplicación de los poderes de control tiene como conse­


cuencia decisiva generar lo que podríamos llamar una competen­
cia de las democracias. El sistema electoral-representativo se ve en
efecto enfrentado a la actividad de diversas formas de contrade­
mocracia. Es una competencia en términos de funciones: control
parlamentario versus control de autoridades independientes, por
ejemplo. Pero es también, especialmente, una competencia entre
categorías de actores, entre representantes, asociaciones mili­
tantes y los medios. Se desarrollan de este modo conflictos de
representatividad y de legitimidad. La tensión entre los poderes
establecidos y los medios de comunicación, los diputados y los
periodistas, constituye un buen ejemplo. Por otra parte, no es
algo nuevo.

LA PLUMA Y LA TRIBUNA

Si el pueblo es la opinión pública, como se decía en 1789, la


cuestión de su representación es por lo mismo susceptible de dar
lugar a conflictos. Por un lado el pueblo-elector, representado
por aquellos que han sido designados por las urnas; por el otro,
su doble, el pueblo-opinión, expresado, aunque imperfectamen­
te, por los órganos de esa opinión. De ahí la competencia poten­
cial entre las figuras del diputado y del periodista. La Revolución
Francesa constituyó en ese sentido un terreno extraordinario de
112 LA CONTRADEMOCRACIA

experiencias, al permitir la comprensión, en el sentido más pro­


fundo, de los mecanismos de esa competencia entre la Pluma y la
Tribuna. En 1789, los franceses en efecto tomaron la palabra y
la pluma al mismo tiempo que tomaban la Bastilla. Daban igual
importancia al nuevo poder de expresarse libremente como al de
designar a sus representantes. El periódico se impuso en esas
condiciones como una verdadera institución política encargada
de observar, de censurar, de denunciar. Los nombres mismos de
varias de esas hojas resumen sus intenciones: Le Sentinelle du
peuple [El centinela del pueblo], Le Dénonciateur [El denuncian­
te], Le Censeur patrióte [El censor patriota], Le Furet parisién
[El fisgón parisino], Le Ródeur franjáis [El merodeador fran­
cés].1 También se honraba mucho la memoria del Junius inglés.
La primera publicación de Marat adopta así el título de Le
Junius franeáis, mientras que Bonneville lanzó su Tribune du
peuple remitiéndose “al ejemplo de los que hacen sonar la alar­
ma pública de Inglaterra”, que ese “patriota desconocido”
encarnaba para los contemporáneos.2 Las proclamas de fe de
todas esas plumas, modestas o célebres, en ese punto son llama­
tivamente repetitivas. Unas pocas citas bastan para resumir su
espíritu. Camille Desmoulins llama a la formación de un “impe­
rio de censores” por la opinión pública,3 mientras celebra al
periodista como el que tiene “el álbum del censor”.4 En su
Patrióte frangais, Brissot subraya que “la libertad de prensa es el
único medio para que el pueblo vigile, ilumine, censure a sus
representantes”.5 “Una gaceta libre es un centinela que vela sin
cesar por el pueblo” proclama fieramente el epígrafe de esa hoja.
Por lo mismo, el periodista cambia de estatus. Ya no es como
en el pasado el modesto plumífero de letras o el servidor asala­
riado de los poderosos que le dan órdenes. Se impone como una

1. Cf. la obra de referencia de Claude Labrosse y Pierre Rétat, Naissance du


journal révolutionnaire, Lyon, Presses uníversitaires de Lyon, 1989.
2. Subrayado por él. Cf su “Adresse á I’Assemblée nationale” en el Prospec­
tas de junio de 1789 {Le Vieux Tribun du peuple, reedición, París, 1793, t. i,
pág. 88).
3. Les Révohítious de Prance et de Brabant, n’ 1, 28 de noviembre de 1789,
pág. 3.
4. 'lbid., n° 2, 5 de diciembre de 1789, pág. 47.
5. Le Patrióte franjáis, n° X, 7 de abril de 1789, pág. 3.
LA DEMOCRACIA DE CONTROL 113

figura política central, intocable y casi sagrada. Más aún, se con­


vierte en una verdadera institución. Camille Desmoulins teorizó
entonces ese nuevo papel:6 “Hoy -escribe- los periodistas ejer­
cen el ministerio público”, cumplen “una verdadera magistratu­
ra”. Michelet destaca justamente que el periodismo se impone en
esa época como una "función pública”.7 Si esos hombres de
letras pueden, sin sorpresa, considerarse la expresión de la opi­
nión pública, en realidad hacen mucho más. Ejercen a la vez una
tarea de representación y poseen una parte de la soberanía.
Compiten con los representantes electos en expresar día tras días
las expectativas de la sociedad. “Soy el ojo del pueblo, ustedes
son en el mejor de los casos el dedo meñique”, dice Marat, bur­
lón y despectivo, a los representantes de la Comuna de París.8
Desmoulins presenta igualmente y de modo reiterado al periodis­
ta como el rival del diputado, proclamándolo incluso superior a
este último. ¿Su poder propio? Es el del control. Con esa palabra
clave de la lengua revolucionaria, es a las antiguas funciones de
los censores, de los éforos o de los eutinos, a los que numerosos
contemporáneos desean dar una consistencia directa, indepen­
diente de todo soporte institucional. En este caso, el poder de
control ejercido por los periódicos es visto como un poder de
tipo democrático. De ese modo, ejercen una forma de soberanía
política, bajo las formas de una “institución invisible”; no son
solamente el medio para hacer vivir una libertad. “La prensa sin
trabas tiene el lugar de Senado, de veto y de todo el andamiaje
anglicano” llega a decir bruscamente uno de los más celebres
periodistas de la época.9 Los problemas de fondo que plantea la
dualidad de soberanía que se deriva de ello no son tratados sin
embargo durante el período revolucionario. Esa dualidad apare­
ce indisociablemente, como un medio de ampliar la actividad

6. Cf. Jean-Claude Bonnet, “Les roles du journalisme selon Camille Desmou­


lins”, en P. Retar (comp.), La Révolution du journal 1788-1794, París, ediciones
del CNRS, 1989.
7. Jules Michelet, Histoire de la Révolution frangaise, libro 11, cap 7, París,
Gallimard, Bibliothéque de la Pléiade, t. 1, pág. 240.
8. Citado por C. Labrosse y P. Retar, Naissance du journal réuolutionnaire,
op. cít., pág. 197.
9. A. Cloots, citado por J.-C. Bonnet, “Les roles du journalisme...”, are cit.
pág. 180.
114 LA CONTRADEMOCRACIA

cívica general y de regular el sistema representativo. Pero es una


visión política no construida jurídicamente. La cohabitación de
un poder electo y de una prensa que se concibe como una insti­
tución política es simplemente reubicada por los contemporáne­
os en un movimiento de conjunto que parece superponer eficaz­
mente sus respectivos esfuerzos.
Poco sensible en los períodos revolucionarios, tanto como en
los contextos en los que falta conquistar los derechos políticos, la
competencia potencial de las legitimidades que proviene de esa
dualidad se manifiesta, en cambio, abiertamente, cuando el régi­
men de sufragio universal se ha impuesto de manera estable. El
período del Segundo Imperio en Francia constituyó un laborato­
rio ejemplar de esa nueva configuración. Radicalizó tanto más
sus términos cuanto el régimen pretendió hacer provenir su no
liberalismo de una atención puntillosa a la soberanía de las urnas
(entendiéndose el restablecimiento del pleno sufragio universal,
luego del golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851, como su
símbolo). El argumento central de los bonapartistas para justifi­
car las restricciones impuestas a la libertad de prensa fue en efec­
to decir que esta última no tenía ninguna legitimidad democráti­
ca porque no era un poder de tipo representativo. Granier de
Cassagnac, uno de los principales ideólogos del régimen, desarro­
lló ampliamente ese argumento. “El principal rasgo de la influen­
cia de la prensa -decía- es el de carecer totalmente de delegación.
A la inversa de todos los poderes regulares, el menor de los cua­
les tiene su raíz y su delegación en la ley constitucional, la prensa
es un poder espontáneo, voluntario, que no se remite más que a
sí mismo, sus intereses, sus caprichos o sus ambiciones. El núme­
ro de poderes públicos es limitado,.el número de periódicos no lo
es; las atribuciones de esos poderes están definidas, las atribucio­
nes de la prensa no tienen regla ni medida.”10 La prensa, según
otra de sus expresiones particularmente chocantes, es práctica­
mente “la rival de los poderes públicos”,11 aunque no soporta

10. Discurso del 16 de marzo de 1866, Armales du Sénat et du Corps législa-


tif, París, 1866, t. 3, pág. 138.
11. Ibid., pág. 139. “¿Acaso el buen sentido -dice nuevamente- no se rebela
ante la idea de crear benévolamente, sin necesidad, junto a los poderes existentes,
junto ai Emperador, ei Senado, el Cuerpo Legislativo, un poder político inmenso
LA DEMOCRACIA DE CONTROL 115

ninguna obligación de legitimidad y de representatividad. Si no


Se contiene a la prensa, dice, ella sería “una completa y flagrante
usurpación de los poderes públicos”.12 “Sin tener el derecho de
elegir -destaca nuevamente-, busca dirigir las elecciones; sin
tener el derecho de figurar en los cuerpos deliberantes, busca
influenciar las deliberaciones; sin tener el derecho de participar
en los consejos del soberano, busca provocar o prevenir los actos
del gobierno. En una palabra, busca sustituir con su acción la de
todos los poderes establecidos y legales, sin estar en realidad
investida de un derecho propiamente dicho.”13
Los periódicos son vistos en esa perspectiva como “cientos de
pequeños Estados en medio del Estado”. Un periódico es un
poder público en manos de particulares: el periodista interviene
con su conciencia o sus intereses personales como único manda­
to. No es elegido por nadie pero encarna un verdadero poder
social.14 ¿El periódico una institución privada? Los bonapartis-
tas se convirtieron en los denunciadores implacables del periódi­
co como estructura capitalista. Granier de Cassagnac da una
definición que no sería rechazada por ciertos modernos perdona­
vidas de los medios: “Una sociedad de capitalistas [que] agrupa
en torno de ella cierta cantidad de escritores de talento”.15 La
conclusión se impone entonces lógicamente: los periódicos que

y nuevo, que sería además independíente en su esfera y cuya autoridad delimita­


da y definida se constituiría en rival del gobierno regular establecido por todos?”
{ib id.}.
12. Adolphe Granier de Cassagnac, L’Empereur et la Démocratie moderas,
París, 1860, pág. 21.
13. Jbid.
14. “¿Donde está, en esta constitución habitual de la prensa periódica, el
derecho político y la delegación del país?”, pregunta. “¿De dónde viene la inves­
tidura de esos capitalistas o escribientes que no tienen otros lazos que sus intere­
ses o sus conveniencias, que los convierte en directores, controladores de los
cuerpos políticos, jueces del gobierno? ¿Dónde está ese sacerdocio del que algu­
nos periodistas hablan de tanto en tanto? ¿Que se diga cómo la prensa periódica
podría dominar todos los poderes públicos sin poseer las prerrogativas del menor
de ellos? (ibid, pág. 22). Es desde ya el argumento central empleado bajo la Res­
tauración por los adversarios de la libertad de prensa. “Para ser diputado hay
que ser elegido por los electores, dicen algunos; el periodista se enviste por sí
mismo de su temible ministerio” (citado por Émile Oilivier, Solutions politiques
et sociales, París, 1894, pág. 114).
15. L’Empereur et la Démocratie moderne, op. cit. pág. 22.
116 LA CONTRADEMOCRACIA

sólo representan intereses parciales deben ser subordinados al


interés general, no deben sustituir el sufragio universal para
expresar a la opinión pública como poder de la generalidad, Al
no poder concebirse una imposible elección de los periodistas, es
necesario por consiguiente controlarlos, oponerles la palabra de
los funcionarios electos, que se supone que expresan adecuada­
mente la voluntad general puesto que surgen de ella.16 Es enton­
ces toda una concepción de lo público lo que está en debate en la
visión cesarista de lo político. El público nunca es comprendido
como el espacio en el que se da la interacción y la reflexión entre
los grupos y los individuos; sólo se lo percibe bajo las especies
estereotipadas de la institución legal.
Los republicanos franceses no tendrán palabras demasiado
duras para estigmatizar el reinado de Napoleón ni. Si bien se
rebelan contra los múltiples atentados a las libertades cometidos
por el régimen, se ven impedidos sin embargo de criticarlo desde
un puntó de vista estrictamente democrático. El golpe inicial del
2 de diciembre de 1851 bastó a sus ojos para descalificar el
Segundo Imperio, y los dispensaba de tener que presentar una
verdadera argumentación jurídica y filosófica para desmontar la
fórmula del cesarismo. Se limitaron en el fondo a una denuncia
liberal de sus malas acciones y fueron, por lo mismo, ciegos a las
raíces profundas del mal. El problema es que Napoleón ni y sus
partidarios no hicieron otra cosa que radicalizar cierta visión
jacobina del monismo democrático, sacando las conclusiones
últimas de su antipluralismo. Los republicanos superarán prácti­
camente la dificultad al proponer una versión moderada y sosa
de ese jacobinismo; lo atemperarán con antiguas prudencias aris­
tocráticas (heredadas del orleanismo) y lo cruzarán con un libe­
ralismo prudente. Esta fórmula de compromiso definirá las con­
diciones de un equilibrio pragmático, pero sin darle de ese modo
un verdadero fundamento intelectual. Lo que explica el hecho de

16. No sorprende entonces que el régimen soñara un momento, en ese espíri­


tu, con el lanzamiento de un periódico muy barato que pueda dar a la palabra
pública rodo su lugar (véase sobre ese punto Émile de Gírardin, “L’État journa-
liste”, en Forcé on richesse. Qiiestions de l’année 1864, París, 1865, págs. 575­
582. La expresión “Estado periodista” [Étaí journaliste] fue lanzada por Havin,
director del periódico republicano de oposición Le Siécle).
LA DEMOCRACIA DE CONTROL 117

que cierto antiliberalismo reaparezca regularmente en Francia.


Aunque no se manifieste ciertamente de modo práctico bajo el
antiguo modo cesarista, conserva en cambio ideológicamente
cierta pretensión de deslegitimar todas las expresiones de la
sociedad que no han sido consagradas por las urnas. De allí pro­
cede la vieja desconfianza hacia el hecho asociativo junto con la
negativa de reconocer una forma de legitimidad política a los
que intervienen desde una sociedad civil siempre reducida a los
límites de las particularidades que ella traduce. Lo que se acepta
como libertad se niega al mismo tiempo como institución. Desde
el estatuto restrictivo de las asociaciones a las modalidades de
los derechos de petición o de manifestación, una misma visión
estrechamente legal de la democracia se afirma a lo largo de la
historia francesa.
Vale decir que los poderes de control no serán reconocidos
como poderes democráticos en ese marco jacobino. En la pers­
pectiva intelectualmente convergente del decisionismo se encuen­
tran, como es lógico, igualmente descalificados. En páginas que
se cuentan entre las más vigorosas de su obra, Cari Schmitt tam­
bién se dedicó a denunciar el concepto de control (Aufsicht)
como un “contraconcepto”, que se opone de hecho al tipo de
orientación política (Führertitm) que prefiere.17 Es sobre la base
de ese argumento que sostiene sus ataques más fuertes a la Cons­
titución de Weimar y exhorta a los alemanes a hacer retroceder
las pretensiones de las “fuerzas indirectas” deshonradas. Para él
también la soberanía no puede expresarse más que de modo úni­
co e indivisible. El desarrollo de los poderes de control al inicio
del siglo XXI invita a reabrir intelectualmente ese dossier de la
legitimidad si no se quiere permanecer en esas visiones jacobinas
y decisionistas, que uno siente que están descolocadas respecto
de la experiencia contemporánea. No podemos aspirar aquí a
tratarlo de manera desarrollada.18 Pero conviene al menos esbo­
zar una presentación sumaria del marco en el que debería ser
comprendido.

17. Cf. Cari Schmitt, État, mouvemcnt, peuple. L’organisaiion tnadique de


l’unité politique, París, Kimé, 1997, págs. 53-57.
18. Esta cuestión será el objeto de una próxima obra.
118 LA CONTRADEMOCRACIA

LAS TRES LEGITIMIDADES

Las contribuciones prácticas que pueden aportar en sus domi­


nios de intervención ayudan a otorgar a una asociación u organi­
zación cualquiera, “legitimidad de experiencia”. Se podría hablar
también en su caso de una “legitimidad-utilidad”; su acción es
reconocida socialmente de ese modo. Pero hay mucha distancia
entre una legitimidad de ese tipo, de orden moral o funcional, y
una legitimidad propiamente política. Este segundo caso concier­
ne en efecto a cualidades diferentes, en primer lugar, una cuali­
dad de generalidad. Para avanzar en nuestra reflexión sobre la
posibilidad de reconocer una legitimidad de tipo político a los
poderes indirectos, es necesario primero profundizar en esta cate­
goría de generalidad. Se pueden distinguir esquemáticamente tres
formas con las cuales se puede manifestar: el número, la indepen­
dencia, la universal moral. Tipos específicos de institucionaliza-
ción se asocian a cada una de esas dimensiones.
La generalidad como número es la que se impone del modo
más evidente en el orden democrático. Se considera así como
legítimo un régimen que tiene el asentimiento expreso de una
mayoría de la población, al estar prácticamente asimilada esta
mayoría, por convención, a una forma de acuerdo unánime, en
principio superior.19 El sufragio universal es por consiguiente la
institución organizadora de esa legitimidad. Se puede hablar en
ese sentido de una legitimidad social procedimental. La generali­
dad como independencia define una generalidad concebida nega­
tivamente como no particularidad. Los cuerpos definidos por su
imparcialidad son las instituciones adaptadas a su puesta en
práctica. Ése puede ser el caso principalmente de las cortes de
justicia o de las autoridades independientes. Dado que el sufra­
gio universal establece un régimen en el que todos son accionis­
tas, garantizando en principio que el poder no puede ser confis­
cado por algunos, se trata igualmente en este caso de conjurar
esa privatización, pero de otro modo: estableciendo una institu­

19. Sobre ese pasaje del principio superior de la unanimidad al principio


pragmático de mayoría, véase el sugestivo artículo de B. Manin, “Volonté gené­
rale ou délibération? Esquisse d’une théorie de la délíbération politique”, Le
Débati 33, enero de 1985.
LA DEMOCRACIA DE CONTROL 119

ción de la que ningún grupo pueda declararse propietario. La


distancia común de todas las partes intervinientes en el poder en
cuestión garantiza el carácter plenamente público de este último.
Es entonces, en el sentido fuerte del término, una legitimidad por
imparcialidad. La tercera categoría de generalidad, la universal
moral, corresponde a la afirmación de valores reconocidos por
todos; también puede ser definida por un universal de tipo cog-
nitivo, el de la razón, o por un “universal instrumental” como el
que expresa el derecho. Las instituciones que expresan esas últi­
mas formas de generalidad pueden ser múltiples, según la mane­
ra en que se entiendan las cosas, yendo desde las autoridades
morales socialmente reconocidas (personalidades emblemáticas,
instituciones religiosas, asociaciones caritativas, etc.) hasta las
autoridades de naturaleza más intelectual. Se puede hablar en ese
caso de una legitimidad sustancial.
El cuadro que aparece a continuación resume esta clasifica­
ción:

Tipo de Pormas de Institución de


legitimidad generalidad implementación
correspondiente

Legitimidad social La mayoría como Sufragio universal


procedimental equivalencia de la
unanimidad

Legitimidad por La igual distancia Justicia o


imparcialidad respecto de todas autoridades
las partes implicadas independientes

Legitimidad Universalidad de Autoridades


sustancial los valores o de privadas diversas
la razón

Esta tipología no describe solamente formas de legitimidad.


Corresponde igualmente a una historia. La legitimidad sustan­
cial es así la más antigua, expresando desde el origen que los
poderes se encastran en un orden más amplio de lo sagrado; se
secularizó progresivamente con la ruptura decisiva introducida
en el siglo XVII por las teorías del derecho natural. Se manifiesta
hoy en las múltiples variantes de referencias a los derechos del
120 LA CONTRADEMOCRACIA

hombre, a filosofías de la justicia o a una moral. La visión de


una legitimidad por imparcialidad se impone por su lado en los
enfoques medievales de un poder esencialmente definido por la
función de justicia. Luego fue racionalizada bajo las modalida­
des del Estado de derecho moderno y se desplegó más tardía­
mente bajo las modalidades de múltiples formas de autoridades
independientes. Se puede señalar por otra parte con ese propósi­
to que el término “legitimidad” hizo su aparición en la lengua
política francesa al comienzo del siglo XIX para calificar en ese
sentido un sistema político prioritariamente definido por el dere­
cho20 (en oposición implícita a la visión democrática). La con­
cepción social procedimental, la más reciente, se impuso luego a
esos diferentes enfoques para caracterizar los regímenes regidos
por el sufragio universal. Esas definiciones no designan figuras
mutuamente excluyentes. Las tres legitimidades no han dejado
de entremezclarse o de superponerse, oponiéndose para jerarqui­
zarse. Además del primer marco, de una distinción de las formas
de generalidad que apuntan a encarnar, coinciden respecto de
ciertos puntos. La legitimidad de las urnas y la legitimidad de la
razón proponen por ejemplo dos interpretaciones de la sobera­
nía del número: es banalmente aritmética en el primer caso,
mientras que en el segundo pretende corresponder a una unidad
de todos los espíritus, expresada por la noción de evidencia.21 Se
pueden destacar muchos otros elementos comunes.

20. Talleyrand parece haber sido el primero en emplear el término en ese


sentido. Thiers subraya así que el ex prelado quería “representar al derecho” lue­
go de haber servido a Napoleón, “al que definió con un término feliz, que tuvo
un inmenso éxito, el de la legitimidad” (Histoire du Consulat et de l’Empire,
París, s. d., t. XVII, pág. 445). "
21. Es la perspectiva del racionalismo político que desarrollaron los fisiócra­
tas en el siglo xvm en Francia. “La evidencia -subraya así Le Mercier de la Rivié-
re-, debe ser el principio mismo de la autoridad porque es la de la unión de las
voluntades” (cf. mi artículo “Political Rationalism and Democracy in France in
the ISth and 19th Centuries”, Philosophy and Social Criticism, vol. 28, n° 6,
2002).
LA DEMOCRACIA DE CONTROL 121

LAS NUEVAS VÍAS DE LA LEGITIMIDAD

El conflicto contemporáneo entre los poderes de control y la


democracia electoral-representativa debe interpretarse en ese
marco general. Pero éste ha sido modificado a su vez por dos
factores políticos y sociales esenciales. El primero corresponde
simplemente a la nueva percepción sociológica y política de la
noción de mayoría. Esta aparecía de modo muy fuerte cuando se
trataba de oponerse a formas antiguas de dominación de clase o
de luchar contra un sufragio censitario. La idea de soberanía de
la mayoría encarnaría, entonces, con alguna evidencia, el comba­
te por la emancipación colectiva; la expresión de la mayoría bien
podría ser considerada en ese caso como un equivalente práctico
de la unanimidad, correspondiendo a la formulación de un inte­
rés plausiblemente general. Las cosas ya no se entienden de esa
manera. La idea de minoría ya no se asocia a la idea de grupo
opresor. Al contrario, a menudo son las minorías las que hoy en
día se consideran las más oprimidas. Así, la falta de unanimidad
se ha vuelto mucho más sensible. La referencia a una legitimidad
de tipo sustancial se impone en esa medida para representar la
situación de las poblaciones excluidas y los grupos, minoritarios,
y permite por ese sesgo volver a dar sentido ai ideal primero de
una comunidad coherente que expresa a sú manera la noción de
unanimidad. Se puede considerar,, para decir las cosas de otro
modo, que el horizonte regulador definido por esta noción de
unanimidad está articulado hoy sobre las dos formas de legitimi­
dad mencionadas y ya no por una sola.
Un segundo factor, de orden directamente político, conduce a
modificar los términos en los que se considera la cuestión de la
legitimidad. Se trata de la relativización y de la desacralización
del sentido de la elección. En la teoría clásica del gobierno repre­
sentativo, así como en la práctica, los electores tenían por fun­
ción legitimar a los gobernantes, quienes a partir de allí veían
reconocérseles una capacidad de acción autónoma muy grande.
Eso ya rió es realmente el caso. Por una razón mayor: el manda­
to electoral se inscribe de ahora en más en un universo que es
políticamente menos “previsible”, es decir, que ya no está estruc­
turado por organizaciones disciplinadas, con programas bien
definidos, inscriptas en un campo con divisiones claramente defi­
nidas. Resulta de ello una distinción mucho más pronunciada
122 LA CONTRADEMOCRACIA

que en el pasado entre legitimidad de los gobernantes y legitimi­


dad de sus acciones. Mientras que la elección en otros tiempos
vinculaba las dos dimensiones, hoy en día tiene un alcance más
restringido. Se puede decir que la elección no es en adelante más
que un simple modo de designación de los gobernantes. La legi­
timidad de las políticas que llevan a cabo es puesta a prueba en
forma permanente, debe conquistarse día tras día, o caso por
caso. De ahí, aquí también, el creciente peso de una legitimidad
de orden sustancial: ya no se considera que el servicio al bien
común y el respeto a los valores fundantes del lazo social pro­
vengan del solo hecho de la elección. Los poderes de control que
hemos estudiado se emplean para cubrir la distancia entre las
dos legitimidades. Han adquirido de ese modo una mayor legiti­
midad.
Este “suplemento” de legitimidad de las prácticas contrade­
mocráticas contemporáneas debe igualmente reubicarse en el
marco más antiguo de la dificultad para representar el pueblo. Si
hemos evocado la cuestión del estatus jurídico y material de la
expresión mayoritaria, conviene en efecto volver a esa dimensión
más sociológica del problema de la representación. Desde su ori­
gen, lo hemos dicho ya, las democracias modernas están atrave­
sadas por una tensión entre su principio político (la soberanía
del pueblo) y su característica sociológica (la dificultad para
representar una sociedad de individuos). La libre expresión de la
opinión pública debe entenderse en ese contexto: contribuye a
una mayor legibilidad de lo social y participa así de la tarea de la
representación. El papel de la prensa, que hemos considerado
aquí como una modalidad del poder de control, está funcional­
mente justificado de este modo. ¿Pero cómo legitimarlo demo­
cráticamente, es decir, en tanto que participa también de la
expresión de la voluntad general (y no solamente de un modo
“liberal” como garante de las demás libertades)? La idea es que
la prensa representa la opinión pública, que es su órgano. El
órgano: es justamente la palabra y el problema al mismo tiempo.
La prensa es el órgano de la opinión del modo en que los repre­
sentantes pudieron ser considerados en otros tiempos por ciertos
juristas como el órgano de la nación.22 En efecto, la opinión

22. Sobre esta teoría del órgano en el derecho público francés y alemán, Cf.
LA DEMOCRACIA DE CONTROL 123

pública es, como la soberanía nacional, indivisible y permanente;


nadie puede realmente pretender poseerla. Ese carácter inapro­
piable e irrecuperable de generalidad la constituye en poder legí­
timo. Daunau ha comentado ese rasgo en una fórmula fuerte:
“Uno de los caracteres esenciales de la opinión pública -subra­
ya- es que se sustrae a toda dirección imperiosa; es ingoberna­
ble. Se la puede reprimir, ahogar, incluso destruir: no se la podrá
regir”.23 Quiere decir claramente que excede siempre así las
expresiones que le son atribuidas en forma momentánea, y que
nadie puede pretender encarnarla por sí solo.
El conflicto entre la prensa y los representantes, entre el poder
de control y los poderes gobernantes, es así igualmente un con­
flicto entre modos diferentes de representación. En el fondo, los
medios y las organizaciones equivalentes son los que ilustran real­
mente la teoría jurídica de la representación orgánica: la opinión
no existe en sí misma, no adquiere consistencia si no es reflejada
por ellos, si no es organizada bajo la forma de un sondeo de opi­
nión, de una investigación, de una acción colectiva o incluso de
un proceso de interpelación. La tensión inherente a la noción mis­
ma de representación -dividida entre la visión “antigua” del
mandato estricto y la “moderna” de órgano- es reproducida en el
seno mismo del conflicto de legitimidad siempre latente entre los
poderes de control y los gobernantes. Esta noción de órgano no
podría, por eso, comprenderse de manera estrecha. Sólo tiene un
sentido dinámico, como expresión de un trabajo, abierto y per­
manente; no tiene nada de sustancial.24 Los medios son un órga­
no movedizo, imperfecto y siempre aproximado de la opinión
pública. Es por cierto ese rasgo el que ha llevado a distinguir pro­
gresivamente en el curso de la Revolución Francesa el carácter
difuso del control ejercido por los periódicos, del tipo de control
puesto en práctica por las sociedades patrióticas.25 Estas últimas

Raymond Catre de Malberg, Contribution a la théone genérale de l’État, París,


1922, t. n, págs. 227-243.
23. Essaí sur les garanties individttelles que rédame l’état actuel de la société
(1819), París, Belín, 2000, pág. 107.
24. Cf. la famosa fórmula de Jellinek: "Detrás del representante existe otra
persona; detrás del órgano no hay nada”. Citada por R. Carré de Malberg, Con-
tribution..., op. cit., t. 11, pág. 288.
25. Aunque las dos formas de control son consideradas como equivalentes en
124 LA CONTRADEMOCRACIA

fueron estructuradas como aparatos, relativamente cerrados, acti­


vando en forma permanente mecanismos de control interno,
organizadas de acuerdo con principios de disciplina que tienen
una función de reducción de diferencias, capaces de ejercer coer­
ción directa. La prensa es por el contrario indisociable de la idea
de libertad de prensa
*, no puede cumplir su cometido si no es bajo
la forma de una diversidad y de una reflexividad permanentes.
Los diversos poderes de control conjugan y amplían un trabajo
abierto de esa naturaleza; no pueden entonces concebirse en repo­
so. Su legitimidad deriva de una actividad: aquella que lleva a
una colectividad a ponerse a prueba a sí misma permanentemen­
te. La desconfianza puede de ese modo alimentar una visión polí­
tica exigente y constructiva.26*24

la importante literatura sobre el t,ema del año 1791 (Brissot o Lanthenas dicen
sobre ese punto lo mismo que Robespierre), la distinción es fuertemente subraya­
da en ei año ni, dado que las prácticas vanguardistas y los abusos de autoridad
en numerosas sociedades populares pusieron de manifiesto con estruendo el pro­
ceso de confiscación del poder social que se dio en esas sociedades. Es la razón
por la que el principio de una libertad ilimitada de la prensa (al ser inapropiable)
fue disociado del problema de la autorización de las sociedades populares sospe­
chadas de querer sustituir a la sociedad misma. Lejos de corregir los límites del
gobierno representativo, como es el caso del poder de control de la opinión
pública, la actividad de las sociedades populares fue percibida como restrictiva
de su alcance, pretendiendo los pequeños grupos de militantes autoproclamados
sustituir la expresión del sufragio universal.
24. Esta conclusión me acerca a un Philip Pettit, permitiéndome superar la
tensión entre vigilancia cívica y principio de confianza democrática sobre la que
se basa su trabajo. Para Pettit, la vigilancia no está automáticamente vinculada a
una actitud de desconfianza, puede por el contrario inscribirse en una relación de
confianza, a condición de considerar esta última como estructurada por “un
nivel de expectativas extremadamente exigente” (Républicamsme. Une tbéorie de
la liberté et du goiwernement, París, Gallimard, 2004, pág. 354). Pero se puede;
considerar que es sobre este punto preciso que sus desarrollos son los más frági­
les (Cf. las páginas “Conflanee et vigilance” de su obra, ibid., págs. 352-355).
n

LA SOBERANÍA DE OBSTRUCCIÓN

1. Del derecho de resistencia a


LA SOBERANÍA COMPLEJA
2. Las DEMOCRACIAS CRÍTICAS DE SÍ MISMAS
3. La política negativa
“Llamo facultad de estatuir al derecho de ordenar por sí mis­
mo o de corregir lo que otro ha ordenado. Llamo facultad de
impedir al derecho de anular una resolución tomada por otro.”
Esta distinción de Montesquieu1 es esencial para entender las
transformaciones de la política contemporánea. Pone el acento
en una dimensión negativa de la vida política que casi no es ana­
lizada. Es evidente que adquiere una importancia creciente. Lejos
de limitarse a reacciones aisladas, las acciones de obstrucción
*
definen un campo realmente específico, constituyendo la segun­
da gran figura del universo contrademocrático. Esta dimensión
remite a una larga historia. Mucho antes de pretender ser parte
de la soberanía, los hombres y mujeres, en efecto, han manifesta­
do su capacidad de resistencia a los poderes que les eran impues­
tos. Por la pasividad, la maniobra, la manipulación hábil de las
reglas, han buscado aflojar la tenaza de la dominación. Múlti­
ples trabajos han descrito las modalidades y los efectos de esos
comportamientos; por ejemplo, se han estudiado a menudo las
oposiciones larvadas al fisco. Pero las resistencias de la sociedad

1. Esprit des lois, libro xi, cap. 6.


* Se han traducido las palabras francesas empécher y empechement por
impedir y obstrucción, y esta última significa todas las acciones de impedimento,
obstrucción y bloqueo. Obstrucción es la palabra más comúnmente utilizada en
el léxico de ciencia política en castellano (n. del t.).
128 LA CONTRADEMOCRACIA

a la autoridad han sido también frontalmente políticas. Las rebe­


liones, levantamientos y otras revueltas salvajes han marcado así
la historia de la humanidad, y la idea de que podía ser pensado
jurídica y moralmente un “derecho de resistencia” para cuestio­
nar la legitimidad de un poder fue formulada en un tiempo en el
que la noción del derecho de voto aún no tenía ningún sentido.
La intervención del pueblo se ha visto entonces, de entrada,
según un modo negativo, suponiéndose demostrado simétrica­
mente su consentimiento, por la sola ausencia de resistencia de
su parte.
Aparecieron nuevos enfoques de la capacidad de obstrucción
con el advenimiento del sufragio universal. El proyecto de desdo­
blar la soberanía del pueblo entre un poder electoral positivo y
un poder organizado de oposición fue así objeto de intensos
debates durante la Revolución Francesa. La idea fue, allí también,
que el pueblo sólo puede ser libre y tener el mando si dispone de
una suerte de “reserva de desconfianza” para oponerse, si fuera
necesario, al poder que él mismo consagró. En ese dominio tam­
bién fueron diferentes en ese momento las lecturas liberal y
democrática de esta capacidad de obstrucción. Aunque las fórmu­
las constitucionalizadas de lo que habría parecido una democra­
cia de tipo dualista fueran luego abandonadas, la acción de los
mecanismos de obstrucción se mantuvo muy presente bajo otras
formas. Las democracias se vieron trabajadas de entrada por una
tensión entre legitimidad política y legitimidad social proveniente
del conflicto de clases. Se estructuraron de ese modo por cierta
integración en su funcionamiento del propio cuestionamiento,
distante de la visión original de un poder legitimado de modo
durable y suficientemente legitimado por las urnas. El desarrollo
de una oposición política y parlamentaria estructurada y la inter­
vención permanente de voces desobedientes y discordantes conso­
lidaron lo que podríamos llamar una soberanía crítica. Hay allí
una dimensión esencial de la vida de las democracias que convie­
ne no perder de vista.
El hecho dominante del período actual reside precisaniente en
la degradación de esa soberanía crítica, que participaba de mane­
ra constructiva de la vida conflictiva de la democracia, en una
soberanía puramente negativa. La soberanía efectiva del pueblo
se afirma, en adelante, mucho más en la modalidad de una suce­
sión de rechazos puntuales que a través de la expresión de un
LA SOBERANÍA DE OBSTRUCCIÓN 129

proyecto coherente. Las elecciones, por ejemplo, se han converti­


do principalmente en ocasiones para sancionar a las autoridades
salientes; expresan menos que en el pasado las opciones para el
porvenir. Los votantes aparecen a menudo como "rechazantes”,
mientras que la vida social está cada vez más regulada, de hecho,
por una enmarañada serie de vetos sucesivos. La incertidumbre
frente al futuro y la dificultad de pensar una democracia comple­
ja se han unido para acelerar el fenómeno. La vitalidad contrade-
mocrátíca se ha visto, al mismo tiempo, degradada bajo las for­
mas de corporativismos estrechos o de reacciones populistas
puramente reactivas. Esto produce profundas transformaciones
del campo político, que hacen necesario dedicarse a describir el
tipo de sistema que insensiblemente van creando. La larga histo­
ria de los poderes de obstrucción puede dar la perspectiva necesa­
ria para comprender mejor sus mecanismos.
1

Del derecho de resistencia


a la soberanía compleja

LAS TEORÍAS MEDIEVALES DE LA RESISTENCIA


Y DEL CONSENTIMIENTO

La idea de que no hay poder legítimo sin consentimiento del


pueblo es bastante anterior al surgimiento del ideal democrático
de un orden instituido y regulado por la colectividad. Se impone
desde la Edad Media, al comienzo del siglo Xin, expresada por la
célebre máxima: “Lo que concierne a todo el mundo debe por lo
mismo ser aprobado por todos”.1 Los grandes autores del perío­
do, sean filósofos o teólogos, la consagran. Pero no debe ser mal
interpretada, comprendida en una perspectiva democrática
moderna. La máxima tiene en efecto una connotación constitu­
cional muy laxa. No remite a procedimientos claramente defini­
dos y no implica especialmente ninguna referencia a la idea de
voto.2 Posee sobre todo un sentido moral, asignando al Príncipe

1. Traducción de la célebre máxima latina del código Justiniano: “Quod


omnes tangit ab ómnibus approbetur”. La fórmula ha conocido variantes con
“ comprobetur”, “tractari et approbari debet”, etc. Esta máxima es citada a
menudo con las inicíales QOT. Acerca de su importancia, véase: André Gouron,
“Aux origines medievales de la máxime Quod omnes tangit”, en Histoire du
droit social. Mélanges en hommage a Jean Imbert, París, PUF, 1989; Gaines Post,
“A Román Legal Theory of Consent: Quod Omnes Tangit, en Medieval Repre­
sentar ion”, Wisconsin Law Review, 1950 (vol. único); Ralph Giesey, “Quod
Omnes Tangit: a Post-Scriptum”, Studia Gratiana, vol. XV, 1972.
2. Véase sobre ese punto los aportes de Arthur P. Monahan, Consent. Coer-
132 LA CONTRADEMOCRACIA

un imperativo de gobierno al servicio del bien común. Se trata


simplemente de afirmar que la colectividad es la fuente de la
autoridad política y que constituye también su objetivo. SÍ aquí
se expresa una cierta idea de soberanía del pueblo, es en un sen­
tido puramente pasivo. El acento está puesto en la afirmación
solemne de un principio, con una relativa indiferencia a las con­
diciones de su puesta en práctica. Para todos esos autores de la
Edad Media, la consideración y la definición del bien importan
por sobre todo, y su realización depende de las virtudes del Prín­
cipe. Lo esencial es pensar la diferencia entre los buenos y los
malos gobernantes, marcar lo que distingue al Príncipe dedicado
a la colectividad del tirano que gobierna para su propio benefi­
cio, sin tener en cuenta las necesidades y la voluntad de sus súb­
ditos. La noción de consentimiento es importante en esa medida:
aporta el criterio que hace la diferencia práctica entre tiranía y
servicio al bien común. Determina de esta manera una suerte de
límite político. ¿Pero cómo trazarlo prácticamente? No puede
hacerse más que de modo negativo: el consentimiento del pueblo
no se aprecia más que por la ausencia de oposición de su'parte.
De ahí la centralidad de las nociones de tiranía y de tiranicidio
en el pensamiento político medieval. La definición del mal y de
las condiciones de la lucha contra éste es la que organiza las
representaciones de lo político.
Como es ausencia, pérdida, destrucción, el mal es más fácil de
definir y de reconocer que el bien. De Bartolus o Jean de Salís-
bury a Marsilio de Padua o Guillermo de Ocam, la Edad Media
va a forjar poco a poco en esa dirección las grandes líneas de una
teoría política negativa? La política es aprehendida a partir de
esos puntos de inversión y de vaivén. Por ello los regímenes van a
ser juzgados principalmente bajo el criterio de su propensión a
degenerar en tiranía. Y la preocupación mayor de la filosofía
moral y política será, paralelamente, reflexionar sobre las accio­
nes que apuntan a alejar ese peligro. De ahí la centralidad de la
cuestión radical del tiranicidio. De ahí, también, más ampliamen-

cion, and Limit. The Medieval Origins of Parliamentary Democracy> Montreai y


Kingston, McGill-Queen’s University Press, 1987.
3. Para un enfoque sintético de esta vasta cuestión, véase Mario Turchetti,
Tyrannie et tyrannicide de l’Antiquité a nos jours, París, PUF, 2001.
LA SOBERANÍA DE OBSTRUCCIÓN 133

te, la importancia de la teoría del derecho de resistencia. La capa­


cidad de obstrucción es por ello el modo de acción original real­
mente estructurante del campo político. El poder de decir que no,
la posibilidad de revocar al Príncipe o a los administradores es lo
que constituye así las primeras formas consideradas legítimas y
viables de una intervención de la sociedad en el campo político.4
Intervención que no se imagina evidentemente más que para
casos límite, porque no se ve otro motivo vital para interferir en
la acción del soberano. Si se examinan los poderes reivindicados
por los primeros estados generales en Francia, son mencionados
a menudo el derecho de recusar a ciertos miembros del Consejo
del rey, así como el de deponer a una regente usurpadora o un
rey tiránico, casi tanto como los “derechos de control”, que con­
sisten en exigir rendición de cuentas sobre la administración
financiera o aquellos que buscan instaurar el principio de consen­
timiento del impuesto.5 Históricamente, la referencia a los pode­
res de obstrucción ha ido paralela a la reivindicación de poderes
de control.

LA ERA DE LA REFORMA

La noción de derecho de resistencia fue profundizada en el


siglo XVI, en la era de la Reforma, por reacción ante la formula­
ción en el campo católico de una visión absolutista de la prerro­
gativa real (sobre la que se apoyaban los defensores de la reli­
gión dominante para alejar de la corresponsabilidad del poder a
los dignatarios ganados por las nuevas ideas). Para defenderse,
los partidarios de la Reforma se valían de las teorías medievales
del consentimiento popular y del derecho de resistencia. Calvino
inició ese uso en el capítulo XX del libro cuarto de su Institución

4. Dejamos de lado aquí la cuestión del sujeto de esa intervención. Porque


incluso cuando se trata del pueblo en ese período, en todos los casos se entiende
de manera no sociológica, como una figura casi moral, representada por otros.
No se trata jamás de la masa o del número que podrían actuar inmediatamente
por sí mismos.
5. Cf. para el siglo XVI y el XVII, Arlette Jouanna, Le Devoir de révolte. La
noblesse francaise- et la gestation de l’État moderne, 1S59-1661, París, Fayard,
1989 (véase cuadro pág. 301).
134 LA CONTRADEMOCRACIA

de la religión cristiana (1536), consagrado al gobierno civil, al


evocar decididamente el deber de “oponerse y resistir a la intem­
perancia o crueldad de los reyes”? La reanimación de esas doc­
trinas tuvo así un motivo religioso. Pero repercutieron rápida­
mente en el campo político, tanto en Inglaterra como en Francia.
En Inglaterra, John Knox propuso una interpretación bastan­
te radical de la negativa a obedecer a las autoridades juzgadas
liberticidas. En su Apology for the Protestants (1557), ataca vio­
lentamente a María Tudor acusada de “oprimir a los inocentes
contra toda equidad y justicia y además por combatir a Dios”?
Un año más tarde resuena aún más fuerte la denuncia contra una
reina juzgada idólatra y tiránica, llamando a la rebelión? John
Ponet, obispo de Rochester y Winchester, publicó en la misma
época y con un espíritu similar, pero más estructurado intelec­
tualmente, A Shorte Treatise of Politike Power (1556). A la vez
que señala los límites de la autoridad civil en materia de concien­
cia, reconoce al pueblo el derecho de resistir y de desobedecer sí
los gobiernos abusan de su autoridad. Christopher Goodman y
George Buchanan, otras dos grandes figuras de la religión refor­
mada en Inglaterra y Escocia, multiplican los escritos en esa
dirección. En su Dialogus De Jure Regni apud Scotos (1579),
Buchanan sostiene enérgicamente que “el pueblo tiene más poder
que los reyes, que sólo del pueblo obtienen todos los derechos

6. Jean Calvin, Institution de la religión chrétienne, edición publicada por


Jean-Daniel Benoit, t. sv, París, Vrin, 1961, pág. 536 [trad. cast.: Institución de
la religión cristiana, Madrid, Visor, 2003, 2 vols.J. Según Cal vino, ese deber de
resistencia debía ser ejercido por los “magistrados constituidos para la defensa
del pueblo” (ibid.}. Cal vino pensó en los Estados generales, aproximando explí­
citamente su función a la de los ¿foros de Lacedemonia, los demarcos de Atenas
y los “defensores populares" en Roma. Sobre el alcance de ese capítulo véanse
los comentarios de Quentin Skinner, The Foundations of Modern Political
Thought, vol. H, Cambridge y Nueva York, Cambridge University Press, 1979,
(3ra. parre: “Calvinism and the Theory of Revolution”).
7. John Knox, Kpology for the Protestaras in Prison at Paris (1557), en
David Laing (comp.), The Works ofjohn Knox, Edimburgo, 1846-1864, t. !V,
pág. 327.
8. Cf. particularmente The First Blast of the Trumpet against the Mons-
trous Regiment of Women (1558), retomado en la reciente recopilación J.
Knox, On Rebellion, Roger A. Masón (comp.), Cambridge, Cambridge Univer­
sity Press, 1994.
LA SOBERANÍA DE OBSTRUCCIÓN 135

que reclaman; y en consecuencia el conjunto de los ciudadanos


tiene sobre los reyes el mismo poder que éstos tienen sobre cual­
quier miembro del pueblo”?
Los autores ingleses y escoceses que acabamos de recordar
dan al derecho de resistencia y al imperativo del consentimiento
popular una dimensión más netamente política que los filósofos
y los teólogos de la Edad Media. Sus escritos no son tratados
teóricos, sino instrumentos de intervención directa en los debates
y los conflictos políticos del período. Si bien no se contentan con
una visión moral de los problemas, tampoco hay en ellos un ver­
dadero pensamiento constitucional. Ése es el paso decisivo que
darán por su lado los “monarch omaques” franceses. Con ese
neologismo, que significa literalmente “los que combaten a los
monarcas”, se designa esencialmente a los publicistas hugonotes
que defienden el derecho de resistencia a los gobiernos usurpa­
dores o liberticidas. Algunos textos famosos, publicados después
de las masacres de San Bartolomé, dieron a esa corriente un eco
intelectual considerable. Se puede citar por ejemplo Le Réveille-
matin des Franjáis (1574), el Franco-Gallia de Hotman (1574),
el Vindiciae contra tyrannos (1579) atribuido a Duplessis-Mor-
nay, o incluso el compendio de Théodore de Béze publicado en
Ginebra, Du droit des magistrats sur leurs sujets (1575). Una
larga tradición ha querido ver en ellos a “precursores del Con­
trato social”, en tanto celebran de manera repetitiva los derechos
del pueblo, exigen a los gobiernos que hagan el bien público y
fustigan duramente las pretensiones absolutistas. Su perspectiva
está sin embargo todavía lejos de ser la de un Rousseau; no tie­
nen la idea de una soberanía activa del pueblo e intelectualmen­
te están más cerca de los pensadores medievales que del mundo
del individualismo democrático.9 10 Son también mucho más mo­
derados que Knox y sus pares, y no encontramos en ellos la radi-
calidad de tono de un Calvino. Todos esos teóricos hugonotes se
diferenciaron cuidadosamente de los jefes anabaptistas de la
Guerra de los campesinos y de los diversos levantamientos que
marcaron los primeros años de la Reforma en Alemania. Pero

9. Citado por M. Turchetti, Tyrannie et tyrannicide..., op. cit., pág. 407.


10. Remito sobre ese punto a mis exposiciones en Le Sacre du citoyen, op.
cit., págs. 21-38.
136 LA CONTRADEMOCRACIA

todos tienen en común haber intentado desarrollar un pensa­


miento propiamente constitucional del derecho de resistencia.
Esa es su verdadera originalidad. ■
La literatura manarchoniaque pone el acento, lo que no es de
sorprenderse, sobre el papel de los Estados generales. El Franco-
Gallía de Hotman se presenta por otra parte como una historia
constitucional de los orígenes de Francia, mostrando que los pri­
meros verdaderos reyes del país, después de la fusión de los fran­
cos y los galos (de ahí el título del libro) habían sido instituidos
por una asamblea general representativa. Hotman espera la orga­
nización estructurada y regular de un poder de resistencia y
simultáneamente una instancia de consentimiento de la “restau­
ración” de ese parlamentarismo antiguo. Béze sugiere por su lado
que los “magistrados inferiores” tengan también una función de
control del Príncipe (se entiende por ello ciertas categorías de
nobles de “alta alcurnia” así como ciertos magistrados electos de
las grandes ciudades). El más original es el autor del Vindiciae
contra tyrannos. Imagina en efecto la constitución de una especie
de doble poder en el Estado. Por un lado, el poder real directa­
mente activo, del otro, instancias de control, y sólo su unión for­
maba la administración pública. Tiene de ese modo la idea de un
poder compartido, o al menos poderes complementarios y articu­
lados. Los términos que utiliza son muy significativos. Habla de
“éforos” y de “controladores públicos”,11 considerados como
“tutores” del pueblo frente al monarca. Remitiendo a la institu­
ción lacedemonia del eforado, familiar a los espíritus colmados
de la cultura antigua,12 el Vindiciae contra tyrannos abre el cami­
no a la comprensión institucionalizada de un poder de obstruc­
ción que enfrente al gobierno activo. Aunque el Contr Un de La
Boétie13 se impuso más tarde como uno de los textos emblemáti­
cos del derecho de resistencia, continuamente reeditado hasta
nuestros días, debe distinguirse de esa literatura, aunque los

11. Vindiciae. contra tyrannos, trad. francesa de 1581, pág. 233.


12. Véase sobre ese punto “La Sparte huguenote”, en Máxime Rosso, La
Renaissance des institutíons de Sparte dans la pensée fran^aise (XVIe-XVIIIe sie-
cle), Aix-en Provence y Marselía, Presses universítaires d’Aix-Marseille, 2005,
págs. 84-101.
13. La primera edición completa es de 1576. La obra será luego editada con
el título Discours de la servitnde volontaire.
LA SOBERANÍA DE OBSTRUCCIÓN 137

medios calvinistas buscaran apropiárselo publicando muchas edi­


ciones piratas; la obra no contiene en efecto ninguna propuesta
de orden estrictamente constitucional.
Algunos años más tarde, en un contexto intelectual muy dife­
rente, el del surgimiento de las primeras formulaciones de la teo­
ría del derecho natural, Althusius consagró un capítulo entero de
su Política Methodice Digesta (1603) a desarrollar la idea. “Los
administradores de la asociación universal -escribe- son de dos
tipos: los éforos y el magistrado supremo.”14 En relación con los
primeros, Althusius habla de un poder de limitación y obstruc­
ción, insistiendo en que el magistrado supremo no sea negligente
o inactivo, y velando por que sus inclinaciones personales no lo
conduzcan a actuar en detrimento del bien público.15 El poder de
obstrucción cambia por lo tanto de naturaleza en esa perspectiva;
ya no es comprendido sólo como una intervención-límite, repre­
sentando una resistencia última y radical a un poder también
límite, el de la tiranía. Althusius lo integra en una arquitectura
ordinaria de los poderes, una arquitectura democrática moderna
incluso, dado que apela a la elección de los éforos por el pueblo
entero.16 Guardianes leales de las libertades, defensores de los
intereses del pueblo frente al magistrado supremo, asegurando la
regencia en los períodos de interregno y garantes del manteni­
miento de los diferentes poderes en sus esferas propias de activi­
dad, los éforos de Althusius no se limitan entonces a ejercer el
derecho de deponer a un soberano que se ha vuelto tiránico.17 Se
está realmente lejos en este caso del antiguo abordaje medieval.
Althusius marca la ruptura y anuncia tanto a Rousseau como la
idea de la soberanía democrática. Pero innova al romper simultá­
neamente con la visión defendida por Bodin de una soberanía

14. Cap xvhí, “The Ephors and Theír Duties”. Utilizo la edición inglesa
abreviada de Frederick S. Carney (Indianápolis, Liberty Fund, 1995). Aquí, pág.
99.
15. Ibid. págs. 99-100
16. Las modalidades de esa elección pueden ser variables a sus ojos, porque
evoca la posibilidad de un sorteo tanto como de un voto en el seno de los cuer­
pos constituidos, o incluso un escrutinio organizado sobre la base de una simple
división aritmética de los ciudadanos (ibid., pág. 102).
17. Considera esa función sólo como una de las cinco tareas que les corres­
ponden (ibid., págs. 103-109).
138 LA CONTRADEMOCRACIA

única e indivisible.18 Por ello es el primer pensador de una demo­


cracia dualista en la que gobierno y poder de obstrucción concu­
rren conjuntamente a lograr la buena gestión de la polis. ■

LA ILUSTRACIÓN, EL PODER NEGATIVO


Y LOS TRIBUNOS DEL PUEBLO

La cuestión de los poderes de resistencia estuvo siempre en el


centro de las preocupaciones de los filósofos políticos en el siglo
XVIIL Pero a partir de allí se la comprende en una perspectiva
francamente constitucional. En primer lugar, se inscribe en la
preocupación liberal por determinar de manera estricta los lími­
tes del poder. Remite igualmente a la búsqueda democrática de
las formas más pertinentes de la soberanía del pueblo. En ade­
lante, se retrocederá hasta la Antigüedad romana en busca de
modelos que puedan responder esos interrogantes. El estudio del
funcionamiento de los tribunos del pueblo ha servido así de refe­
rencia histórica en la época para reflexionar sobre el poder de
obstrucción. Por cierto que no se trata aquí de apreciar la con­
formidad a la verdad histórica de las descripciones que la Ilustra­
ción hizo de la institución. Lo que importa es la manera en que
la han comprendido y descrito. En los desarrollos consagrados
en sus páginas a los éforos de Esparta y a los tribunos de Roma,
hay que tener en cuenta el hecho de que esas instituciones fueron
a menudo confundidas en el siglo XVIII; los poderes de control y
de obstrucción que nos esforzamos por distinguir estaban enton­
ces frecuentemente superpuestos. El Tribunado del año VIH se
parece más al eforado, mientras que Althusius confía a sus éfo­
ros tareas que son próximas a las de los tribunos romanos. En la
mayoría de los autores se advierte también una confusión entre
“tribunos del pueblo” y “tribunos de la plebe” (constituyendo
esta última una clase social distinta).
Veto, intercedo: me opongo, intervengo. Esa función esencial

18. Cf. su crítica del autor de los Six Livres de la République, ibid., págs.
104-105. Althusius consagra también páginas muy críticas de su Política a
Wiiliam Barclay. Cita el De Regno et Regali Potestate (1600) del católico abso­
lutista inglés, reprochándole su visión del poder soberano (ibid. págs. 109-116).
LA SOBERANÍA DE OBSTRUCCIÓN 139

de los tribunos romanos retiene la atención del siglo XVIII.19 “Su


poder consistía sobre todo en impedir antes que actuar” resume
¡a Enciclopedia de Diderot y d’Alembert.20 “Los tribunos del
pueblo, precisa la Enciclopedia metódica, eran magistrados
encargados de proteger al pueblo contra la opresión de los gran­
des, defender sus derechos y su libertad contra las iniciativas de
los cónsules y del Senado”.2122Montesquieu y Rousseau les consa­
graron capítulos del Espíritu de las leyes y del Contrato social21
Las desviaciones de la institución, que terminó por usurpar el
poder ejecutivo en lugar de simplemente contenerlo, por cierto
que fueron denunciadas por los dos autores. Pero uno y otro se
sintieron fascinados por ese Tribunado, que consistía en constitu-
cíonalizar un poder de orden negativo, al poder un solo tribuno
detener todo con solamente pronunciar la palabra “veto”. “No
pudiendo hacer nada, podía impedir todo”: es la característica
que retiene Rousseau. El Tribunado, para hablar propiamente, no
es una parte constitutiva de los poderes de la polis (es, señala
Rousseau, “una magistratura particular que no forma parte de
las otras”), pero sin embargo es una condición de su buen funcio­
namiento de conjunto en la medida en que “coloca de nuevo a
cada término en su verdadera relación”. ¿Se pueden conservar los
beneficios de la institución evitando la posibilidad de sus desvíos?
Es la pregunta que plantea Rousseau y sugiere que tal poder no
debía manifestarse más que de manera intermitente. El Contrato
social no agota la discusión, pero ésta es retomada algunos años
más tarde en las Lettres écrites de la montagne23 en una perspec­
tiva por cierto completamente diferente. Rousseau se opone en

19. Para una visión de conjunto de cómo eran considerados los tribunos en
esa época véase Pierangelo Catalano, Tribunato e resistenza, Turín, Paravja,
1971.
20. Artículo “Tribun du peuple”, t. xxxív.
21. Encyclopédie méthodique, serie Économie pohtique et diplomatique, por
Jean-Nicolas Démeunier, París, 1788, t. iv, pág. 569.
22. Esprit des lois: libro V, cap. 8; Contrat social: libro IV, cap. 5. Sobre
Rousseau, véase Jean Cousín, “J-T Rousseau interprete des institutions romaínes
dans le Contrat social”, en Études sur le “Contrat social” de Jean-jacques Rous­
seau, París, Les Belles Lettres, 1964.
23. Las Lettres écrites de la montagne (1764) son una respuesta a las Lettres
écrites de la campagne de Jean-Robert Tronchin (también de 1764).
140 LA CONTRADEMOCRACIA

ese texto al uso del derecho negativo que pretendía arrogarse en


Ginebra el Pequeño Consejo (detentador del Ejecutivo) sobre la
legislación o la transmisión de las críticas de los ciudadanos al
Consejo General. El poder de obstrucción estaba así completa­
mente pervertido en ese caso, porque conducía a reforzar al Eje­
cutivo; la fuerza de inercia que constituía no estaba al servicio de
la libertad ni de los derechos del pueblo. La polémica en la que
intervinieron las Cartas tiene aspectos muy técnicos que son difí­
ciles de exponer sin entrar en el detalle del funcionamiento de las
instituciones ginebrinas;24 no es posible por lo tanto dedicarse
aquí a tal desarrollo. Lo importante, para continuar con el hilo
de nuestra investigación, es señalar lo que revela este episodio en
cuanto a la centralidad de la noción misma de poder negativo en
este período.
Si Rousseau se dedicó a explorar la posibilidad de un poder
negativo de esencia democrática, instrumento de ampliación y de
realización de la soberanía popular, fue, sin embargo, esencial­
mente en la perspectiva de una regulación de la separación de los
poderes que se consideró esta negatividad a fines del siglo XVIII.
Por otra parte, el término mismo de “veto” cambia entonces de
sentido. En los años de 1750 a 1770, la Enciclopedia lo conside­
raba únicamente en su relación con la historia romana. Veinte
años más tarde cobró un sentido constitucional diferente. Se lo
utilizó en Estados Unidos como sinónimo de “rechazo califica­
do” {qualtfied negative) para designar el derecho acordado por
los Padres Fundadores al presidente de bloquear la entrada en
vigor de un texto adoptado por el Poder Legislativo (veto supe­
rable por una mayoría de dos tercios en cada cámara). En Fran­
cia, es la denominación que comúnmente se le dio al principio de
la “sanción del rey”, que suspende las leyes, acordado al Poder
Ejecutivo por la Constitución de 1791. Estos mecanismos france­
ses y estadounidenses fueron creados en la perspectiva imagina­
da por Montesquieu de la articulación del poder de estatuir y del
poder de impedir. Se trata entonces claramente, en esos dos

24. Cf. Céline Spector, “Droit de représentation et pouvoir négatif : la garde


de la liberté dans ia constitution genevoíse”, en Bruno Bernardí, Florent Guénard
y Gabriella Silvestrini, La Religión, la Liberté, la Justice. Un commentaire des
“Lettres écrites de la montagne” de Jean-Jacques Rousseau, París, Vrin, 2005.
LA SOBERANÍA DE OBSTRUCCIÓN 141

casos, de contribuir al buen funcionamiento del equilibrio de los


poderes en concordancia con la preocupación “liberal” por que
se puedan contener mutuamente.2526 Pero los revolucionarios fran­
ceses no se van a conformar con esa sabia comprensión del
poder de obstrucción. Lo van a retomar desde la visión democrá­
tica asociada a la referencia a los tribunos romanos, pero sin por
ello lograr darle realmente forma constitucional.

LA EXPERIENCIA REVOLUCIONARIA FRANCESA

La cuestión del Tribunado resurgió en Francia desde la pri­


mavera de 1790, evocada en los ambientes del Cercle social y del
Club des cordeliers por quienes se preocupaban por enraizar la
soberanía popular en mecanismos más amplios que los de la
representación. El abate Fauchet, uno de los comentaristas más
avisados del Contrato social, evoca así la creación de un “poder
moderador” electo, que tendría por función especial suspender
las acciones o los textos juzgados contrarios a la voluntad gene­
ral y de apelar al soberano para zanjar las disputas. El objetivo,
explica, es que “el todo cuide al todo”.2é Lavicomterie también
consagra un capítulo de su tratado democrático Du peuple et des
rois (1791) a describir lo que podrían ser tribunos modernos,
“guardianes de la soberanía del pueblo”, para prevenir las tenta­
tivas de usurpación de los poderes delegados.27 Estos magistra­
dos debían ser al mismo tiempo para él “atemperadores” de los
poderes establecidos y “conservadores” de los derechos del pue­
blo. Lavicomterie es consciente como Rousseau de los peligros
que tal institución acarrearía si terminara por convertir su capa­
cidad de obstrucción en una especie de poder totalizante. ¿La
solución? Retoma las palabras de Rousseau para señalar la nece­
sidad de su independencia absoluta respecto de los distintos

25. Cf. Christian Bidégaray y Claude Érneri, “Du pouvoir d’empécher: veto
ou contre-pouvoir”, Re-une du droit public, n° 2,1994.
26. “Treiziéme discours sur Puniversalité d’action du Souverain dans l’État”,
La Bouche de fer, décimo suplemento, 1791, t. vi!, pág. 60.
27. Op. cit., cap. X, “Des éphores ou des tribuns”, págs. 78-90. Las citas que
siguen provienen de ese capítulo.
142 LA CONTRADEMOCRACIA

cuerpos constituidos. Al organizar por sobre todo “su carácter


no permanente y su no movilidad”, dice, el riesgo de que ellos
mismos puedan abusar de su poder será nulo. Un poder que no
sea una institución, un poder puramente funcional e impersonal:
tales son en el fondo las condiciones de Lavicomterie para la cre­
ación de un tribunado moderno que no se desvíe de su cometido.
¿Podrían haber sido satisfechas esas condiciones? La experiencia
revolucionaria responderá negativamente a esta pregunta. El
desarrollo del debate constitucional de 1793 permite compren­
der las razones intelectuales y políticas de ello y, por lo mismo,
aclarar la larga historia de la soberanía de obstrucción.
Ya hemos evocado en el capítulo precedente los múltiples
proyectos que apuntaban en 1793 a institucionalizar un poder
social de fiscalización de los gobernantes. Pero la idea de consti­
tuir un poder de obstrucción está igualmente muy presente. El
proyecto de Hérault de Séchelles, que sirve de base al debate en
la Convención, lleva esa marca.28 Lo atestiguan los dos artículos
del título “De la soberanía del pueblo”: “Artículo I. El pueblo
ejerce su soberanía en las asambleas primarias. Artículo II. Nom­
bra inmediatamente sus representantes y los miembros del jury
nacional”. Todo ciudadano puede recurrir a ese jury encargado
de sancionar los actos de los poderes constituidos y de bloquear
su acción a fin de “proteger a los ciudadanos de la opresión del
Cuerpo Legislativo y del Consejo Ejecutivo”. Se compone de una
persona elegida en cada departamento. Hay por consiguiente dos
poderes paralelos que provienen inmediatamente de la expresión
popular: la representación y su control. La instancia propuesta
es entonces de orden democrático, ya que participa de la sobera­
nía; no es sólo un escudo protector, de tipo liberal, que encuadra
los poderes. Esta concepción bicéfala de la soberanía del pueblo
es rechazada vivamente por la Convención, marcando la imposi­
bilidad de superar cierto culto jacobino de la totalidad: la sobe­
ranía no se ha sabido definir en Francia más que bajo la forma
de lo Uno. La propuesta de creación de una instancia de control,

28. Presentación a la Convención del 10 de junio de 1793, A. P., Ira. serie,


t. LXV1, págs. 256-264. Las citas que siguen son extraídas de esas páginas. Para
mayor ilustración sobre ios debates en torno de ese proyecto, cf. La Démocratie
machevée, op. cit., págs. 66-81.
LA SOBERANÍA DE OBSTRUCCIÓN 143

elegida al mismo tiempo y en las mismas formas que el Poder


Legislativo, es acusada de implicar un dualismo que portaría en
sí los gérmenes de una confusión así como de una desvaloriza­
ción de la soberanía del pueblo. “Vosotros habéis decretado que
la Legislatura ejercería la soberanía; es ridículo querer erigir a su
lado una autoridad superior”, resume en ese sentido un contra­
dictor de Hérault de Séchelles.29 Robespierre adelantó un razo­
namiento análogo para oponerse a la creación de un Tribunado.
“¡Qué nos importan -"dice- las combinaciones que equilibran la
autoridad de los tiranos! Es la tiranía la que hay que extirpar; el
pueblo no debe buscar el beneficio de poder respirar algunos ins­
tantes en medio de las peleas de sus amos; debe encontrar en sus
propias fuerzas la garantía de sus derechos Hay un solo tri­
buno del pueblo que puedo admitir: es el pueblo mismo.”30 Esos
argumentos nos retrotraen una vez más a la vieja dificultad que
tiene el derecho público francés para pensar la soberanía de otro
modo que como un poder único, comprendiéndose mecánica­
mente toda disgregación o desmultiplicación como un factor de
debilitamiento. La defensa de la forma más ortodoxa del gobier­
no representativo termina por superponerse entre los revolucio­
narios franceses a la visión exaltada de un pueblo encarnado por
sus dirigentes de forma adecuada.
El objetivo de aquellos que, como Condorcet31 o Hérault de
Séchelles, imaginaron la construcción de una soberanía compleja,
era integrar en la organización de los poderes públicos una forma
de poder de obstrucción. De ese modo veían una alternativa posi­
ble a la política concebida como una oscilación entre consenti­
miento pasivo y revuelta de los ciudadanos. Todo su esfuerzo en
ese sentido fue el de establecer un “medio de resistencia” alterna­
tivo a la insurrección. “Cuando el cuerpo social es oprimido por
el Cuerpo Legislativo “Comenta en ese sentido Hérault de Séche-

29. Intervención de Thuriot, del 16 de junio de 1793 {A. P., t. LXVI, pág.
577). Chabot señala por su lado el 11 de junio: “No establezcáis poderes que
puedan rivalizar entre sí; no expongáis al pueblo a esa división de opiniones
entre el cuerpo legislativo y el jurado nacional” (A. P. t. LXVí, pág. 284).
30. Discurso del 10 de mayo de 1793, A. P., t. LXV!, pág. 430.
31. Véase. L. Jaume, “Condorcet*. droit de resístante ou censure du peuple?”
en Doniiníque Gros y OUvier Camy (comps.), Le Droit de résistance d Poppres-
ion, París, Le Gente humain-Seuil, 2005.
144 LA CONTRADEMOCRACIA

lies— el único medio de resistencia es la insurrección; pero sería


absurdo organizaría. Es imposible determinar la naturaleza y el
carácter de las insurrecciones; hay que abandonarse al genio del
pueblo y confiar en su justicia y su prudencia. Pero hay otro
caso, aquel en el que el Cuerpo Legislativo oprimiría a algunos
ciudadanos, entonces es necesario que esos ciudadanos encuen­
tren en el pueblo un medio de resistencia”.32 Eran^ois Robert
busca los términos más sorprendentes para situar la cuestión. Al
retomar la idea evocada en ese período de un cuarto poder, bus­
ca también encontrar un modo de acción intermedio entre la
calle y las urnas. Si el cuerpo legislativo usurpa por ejemplo sus
derechos, “¿qué hacer?”, pregunta. “El pueblo no está allí en
masa, no podría estar allí; ¿entonces hace falta una insurrección?
No -responde- no hace falta una insurrección; hace falta una
institución que ocupe su lugar, que asuma el lugar del pueblo,
que sea considerado como el pueblo [sic), y que incite o reprima
la acción o la inacción de todos los poderes constituidos.”33 Una
institución que ocupa el lugar del pueblo y de la insurrección:
esta formulación extraordinaria define perfectamente en su radi-
calidad lo que está en juego al darle forma a la democracia.
Robespierre y sus amigos se oponen a ese enfoque. “Sujetar a
formas legales la resistencia a la opresión es el último refinamien­
to de la tiranía” resume crudamente el Incorruptible.34 Equivale
a decir que la política sólo se concibe como tironeada entre su
centro ordinario y su borde extremo. Es considerar también, de
otra manera, que no hay ningún espacio de intervención, de con­
flicto o de negociación entre la sumisión al orden establecido y la
revuelta.35 Es cierto que el término “insurrección” termina por
banalizarse en ese período. A fuerza de ser invocada como un
“deber sagrado”,36 la insurrección llega a ser casi una categoría

32. A. P., t, lxvií, pág. 139.


33. A. P., t. lxíii, pág. 387.
34. Artículo 31 de su proyecto de Dédaration des droits, presentado el 24 de
abril de 1793, A. P., t. LXin, pág. 199.
35. Patrice Gueniffey definió en ese sentido el espíritu de la Revolución como
“un absolutismo representativo mezclado con retornos insurreccionales de la
democracia directa” {Le Nombre de la Raison, París, ediciones de la EHSS,
1993, pág. iv).
36. Cf. el artículo 35 de la Dédaration de junio de 1793: “Cuando el gobier­
LA SOBERANÍA DE OBSTRUCCIÓN 145

política ordinaria. La insurrección tal como hablaban de ella los


sans-culottes del año n no remite obligadamente a un golpe
armado, califica de manera más fluida todo un conjunto de
acciones de resistencia, de iniciativas diversas y actitudes de con­
trol o de vigilancia, incluso algunos llegaron a hablar de “insu­
rrección pacífica”.37 Más allá de las variaciones semánticas, en
todo caso lo que está en discusión es una desinstitucionalízacíón
de lo político, y conviene comprender también en esos términos
todo el período del Terror. Entre la presión difusa de la opinión
y la insurrección, nombres modernos del derecho de resistencia y
el tiranicidio, no hay lugar alguno a los ojos de esos jacobinos
para una institución jurídicamente organizada del poder de obs­
trucción.

FICHTE Y LA IDEA DE UN EFORADO MODERNO

La reflexión sobre la constitucionalización de un poder de obs­


trucción encontrará a fines del siglo XVIII su expresión más profun­
da no en París sino en Jena, bajo la pluma de Fichte. El filósofo
consagra así un capítulo de sus Fondement du droit naturel (1796­
1797) al proyecto de creación de un eforado moderno.38 Frente a
los tres poderes constituidos, que son directamente activos en sus
dominios respectivos, el eforado debe constituir para Fichte “un
poder absolutamente prohibitivo”, un poder de “controlar conti­
nuamente la conducta del poder público”.39 El objetivo no es tanto

no viola los derechos del pueblo, la insurrección es para el pueblo y para cada
porción del pueblo, el más sagrado y el más indispensable de los deberes”.
37. F. Brunot señala ese deslizamiento en su Histoire de la langue francaise,
op. cit. (cf. t. ix, 2da. parte, La Révolution et l’Empire., 1937, pág. 855).
38. Johann Gottlieb Fichte, Fondement du droit naturel selon les principes
de la doctrine de la Science (1796-1797), traducido y anotado por Alain Renaut,
París, PUF, 1984, págs. 174-200. Todas las citas que siguen son tomadas de esa
traducción. Véase también el comentario informado de ese proyecto de Alain
Renaut en Le Systéme du droit. Philosophie et droit dans la pensée de Fichte,
París, PUF, 1986 (cap. in, “La synthése républicaine”).
39. Señalado por Fichte. Es notorio que la institución que Fichte llama “efo­
rado” tiene de hecho las características del Tribunado romano; lo impreciso de
su vocabulario en ese punto es característico de la época que mantiene una rela­
ción índisociablemente fuerte y fluida con las instituciones de la Antigüedad.
146 LA CONTRADEMOCRACIA

a sus ojos prever la posibilidad de una oposición a decisiones par­


ticulares, lo que dependería de una acción de tipo judicial, sino ins­
tituir un poder de suspensión más global. El eforado está allí “para
abolir en el momento todo procedimiento, suspender el poder
público completo y en todas sus partes”. Tiene así la capacidad de
decretar una “interdicción de Estado”, que Fíchte toma de la for­
ma de interdicción eclesiástica por la cual la Iglesia encuentra el
medio infalible para obligar a obedecerla a aquellos que la necesi­
tan. La justificación de tal poder es doble para él. Permite primero
salir de la alternativa democracia directa/democracia representati­
va. Entre una democracia representativa que corre el riesgo de
degradarse en aristocracia electiva, y una democracia directa ame­
nazada por los bandazos demagógicos tanto como por las dificul­
tades prácticas, el eforado abre una tercera vía: la de una democra­
cia reflexiva^ inscripta en un trabajo permanente de interrogación
sobre sí misma. El eforado corrige en primer lugar la pesadez de la
democracia representativa: si el pueblo da su confianza a los
gobernantes al elegirlos, retiene siempre la posibilidad de interven­
ción y de sanción. El eforado remedia igualmente los equívocos de
la democracia directa al desdoblar de cierto modo al pueblo:
comunidad general abstracta de los ciudadanos electores por un
lado; sucesión de comunidades específicas frente a las cuestiones
particulares, por el otro. La creación del eforado conduce por lo
tanto a la formación de un régimen que es a la vez más democráti­
co y más liberal. Resuelve la aporta del pueblo imposible de encon­
trar de la democracia, dándole dos rostros y dos expresiones dis­
tintas para abordarlo mejor;40 expresiones que por otra parte
tienen cada una su propia temporalidad. Evita así por lo mismo la
confusión que introduciría una forma de democracia en la que el
pueblo pretendiera realizarse bajo la forma de lo Uno, corriendo el
riesgo de volverse implacablemente contra sí mismo al ser simultá­
neamente juez y parte, amo y súbdito.
Fíchte ha desarrollado de esa manera las intuiciones de Con-
dorcet sobre el desarrollo de una soberanía compleja.41 Pero a la

40. Con el eforado, señala, “el pueblo es declarado por anticipado como
comunidad por la constitución, para un caso determinado” [Fondement..., op.
cit., pág. 184).
41. Remito sobre ese punto a mis reflexiones en La Demacrarte inachevée,
op. cit.
LA SOBERANÍA DE OBSTRUCCIÓN 147

vez ha radicalizado su expresión y precisado sus condiciones. Su


dualismo democrático es de entrada más radical. No consiste
sólo, como en Condorcet, en pensar la distinción entre una sobe­
ranía delegada (el Poder Legislativo representativo) y una sobera­
nía de control (bajo la forma del control de constitucionalidad o
del poder constituyente resucitado en las convenciones). Fichte
radicaliza la cuestión de la división de los poderes, simplificándo­
la. La distinción esencial se sitúa para él entre “poder absoluta­
mente positivo” y “poder absolutamente negativo". El Ejecutivo,
el Legislativo y el Judicial son en efecto poderes activos, de mane­
ra complementaria. Fichte considera así que su separación es sólo
aparente, incluso ficticia: el Ejecutivo es el verdadero poder cen­
tral. La teoría liberal de la separación de los poderes es, por ello,
relativamente inoperante a sus ojos, salvo en el sentido de que
corresponde de hecho -lo que es cercano a la posición de un
Montesquieu- a la perspectiva de un régimen mixto que equilibre
democracia, aristocracia y monarquía (visión que se podría consi­
derar actualizada a continuación por cierta concepción del equili­
brio liberalismo/democracia). La división realmente operativa se
sitúa de ese modo para él entre poder positivo (organizado en
torno al Ejecutivo) y poder negativo (de intervención crítica autó­
noma). De ahí la indispensable institución del eforado.
El interés de la exposición de Fichte no se limita sólo a ese
punto. Está también vinculado al análisis que propone de las con­
diciones formales de existencia de un eforado. Los éforos deben
en primer lugar ser elegidos por el pueblo para encarnar un poder
plenamente legítimo. Pero nadie puede, al mismo tiempo, presen­
tarse como candidato a tal posición. Fichte reformula de esa
manera lo que fue percibido como un imperativo central durante
la Revolución Francesa: la prohibición de las candidaturas electo­
rales, que se sospechaba que favorecían las intrigas y que desna­
turalizaban la esencia de las elecciones a realizar, la de la detec­
ción de las personas más calificadas.42 Se consideraba que la

42. Cf. los aportes fundamentales de P. Gueniffey, en Le Nombre et la Raí-


son, op. cít. Para evitar las maniobras y las manipulaciones, es decir, la priva­
tización del proceso político, se decidió dejar fuera de la ley el principio mismo
de las candidaturas. ¡Los electores se encontraban así absolutamente libres
para votar a cualquier personal El sistema sólo se hizo posible por la existencia
148 LA CONTRADEMOCRACIA

elección sin candidaturas permitía que las personas quedaran


eclipsadas por la función ejercida.43 El cargo de los éforos es por
consiguiente limitado en el tiempo. La fuerza del poder de obs­
trucción está regulada por la brevedad de los mandaros de los
que lo ejercen (estos últimos debían estar sujetos a una rendición
de cuentas final). Es también otra manera de disociar a las perso­
nas y las funciones. La búsqueda del mismo objetivo condujo
paralelamente a Fichte a sugerir que un sistema de sanciones y
recompensas juiciosamente calculadas llevaría a los éforos a rea­
lizar bien su tarea, de tal suerte que el derecho y el cuidado del
bien público estuvieran ligados a su propio interés. Los que
detentan el poder de prohibir deben, en fin, ser absolutamente
independientes del Ejecutivo. Fichte llega a imponer que para ello
sean totalmente prohibidas todas las “relaciones de frecuenta­
ción, de parentesco, de amistad” con quienes ejercen este últi­
mo.44 El conjunto de estas diversas disposiciones conduce así a
despersonalizar radicalmente a los que detentan el eforado, de tal
suerte que tiendan a existir sólo como función pura. Hay una asi­
metría notable entre los dos poderes. El poder positivo, por defi­
nición, está siempre ocupado en acciones particulares, amenaza­
do por las formas de corrupción, y esa característica reclama
justamente en contrapartida el despliegue de un poder negativo
que debe identificarse estructuralmente con su tarea para justifi­
car su existencia. Fichte veía por cierto que los éforos podían a su
vez fracasar en su misión, y propone por ello la posibilidad de un
“suplemento del eforado”, bajo la forma de la insurrección popu-

de un sistema de dos grados. La solución revolucionaria, más allá de la inge­


nuidad táctica que implica, tiene su lógica: consistía en personalizar radical­
mente la elección, situándola en un espacio de opción que podía considerarse
como absolutamente no política, suponiéndose que los criterios del voto ata­
ñían únicamente a la distinción de las cualidades intelectuales y morales de los
individuos.
43. “No se debe -escribe Fichte- tener la posibilidad de postularse para el
eforado; aquellos hacia quienes se vuelva la mirada y la confianza del pueblo,
precisamente en el interés de esa opción sublime, aquellos que se destaquen siem­
pre por ser probos y grandes, ésos serán éforos” (Fondement..., op. cit., pág.
194).
44. Se advertirá que Fichte retoma así todas las interdicciones que las comu­
nas medievales italianas formularon para garantizar que sus Podestats estuvieran
al servicio del interés general.
LA SOBERANÍA DE OBSTRUCCIÓN 149

¡ar, como modo de control último dei poder. El autor de Fonde-


■ment du droit naturel se vincula también de esa manera a las teo­
rías del derecho de resistencia, Pero se inscribe globalmente en
una perspectiva mucho más audaz. Si termina por dudar de la
viabilidad de tal organización de los poderes,45 de todos modos
aclaró magistralmente los términos de un problema esencial. En
adelante no se puede reflexionar sobre las formas que podría
adoptar una soberanía más realizada, por ser más compleja, sin
referirse a esos desarrollos.

EL SENTIDO DE UN OLVIDO

Con Fichte se acaba el momento de los proyectos revoluciona­


rios que buscan implementar una soberanía democrática crítica.
La idea será olvidada; incluso las obras dedicadas a la historia de
las ideas la ignorarán mayormente. Por cierto que la preocupa­
ción que le dio sustento no desapareció. Pero a partir de allí se
expresó sobre todo a través de los dispositivos liberales de limita­
ción de los poderes. Es en torno- de las cortes constitucionales, de
las técnicas de veto presidencial, del procedimiento de disolución
parlamentaria que se establecieron formas de contrapoder organi­
zadas. Así se produjo un cierto estrechamiento de la perspectiva,
según el modo que hemos observado precedentemente con el fra­
caso de los proyectos de institucionalización de poderes de con­
trol, De esa manera, las instituciones del parlamentarismo liberal
integraron doblemente, pero reduciendo radicalmente su alcance,
las preocupaciones subyacentes en las diversas formulaciones de
una economía compleja de la democracia. Todo sucedió como si
hubiese una dimensión y una forma de la democracia que se
habría querido ignorar u ocultar, para quedarse con las teorías
tranquilizadoras del gobierno representativo o con una invoca­
ción simplifícadora de la democracia directa.
Es entonces significativo constatar que la cuestión del tribu­
nado será minimizada y sistemáticamente desvalorizada en el

45. Se encontrará la marca de esa distancia en los textos de 1812. Cf. J. G.


Fichte, Lettres et témoígnages sur la Réuolution francatse. París, Vrin, 2002,
págs. 191-192,
150 LA CONTRADEMOCRACIA

siglo XIX por los especialistas del derecho romano. Lo testimonia


de modo brillante la gran construcción de un Mommsen que se
esforzará por borrar la especificidad del poder de los tribunos.
En Droit Public Pomain^ asimila así su acción negativa a una
acción “anormal”, considerada como una especie de desviación
arcaica, que expresa una disfuncionalidad.46 Mommsen recono­
ce la función social inicial de representación de la plebe, como
clase olvidada, que habían tenido los tribunos. Pero no piensa en
la utilidad propiamente política de su papel institucional crítico,
al considerar, por lo mismo, que al reconocerse claramente un
“pueblo romano” compuesto de todos, sin exclusión, habían
perdido su objeto.47 El siglo Xix, más allá de Mommsen, se dedi­
có a reconstruir, de la Antigüedad a la época contemporánea,
una historia de las categorías de “república” y de “democracia”
cuidadosamente expurgada de aquello que pudiese resultar no
acorde a la estricta construcción de gobiernos liberales represen­
tativos. ¿Habría que considerar que el poder de obstrucción debe
ser considerado, a semejanza del derecho de resistencia, como un
“concepto de transición”,48 devenido inútil en las democracias
liberales? Es cierto que desde el siglo XIX hasta nuestros días la
conquista del sufragio universal y la resistencia a los demonios
totalitarios han hecho de la “democracia elemental” un bien pre­
cioso por el que los hombres han luchado y continúan haciéndo­
lo en numerosos lugares del Planeta. A su manera lo testimonian
a contrario el hecho de que es en los antiguos países fascistas o
nazis que la cuestión de un derecho constitucional de resistencia
ha resurgido, siendo objeto de intensas discusiones en el siglo
xx.49 Aunque la Constitución italiana de 1948 lo desechó final­

46. Theodor Mommsen, Le Droit public romain, nueva edición, París, De


Boccard, 1984, t. IH, pág, 329 (véase globalmente págs. 323-357). Se advertirá
que la minimización del Tribunado va en él junto con una celebración del poder
de acción bajo su forma más radical, ligada a circunstancias excepcionales, la
dictadura. Véase el largo prefacio, sabio y lúcido, de Yan Thomas, “Mommsen
et í’Isolierung du droit”, a esa edición.
47. Cf. ibid., pág. 354.
48. La fórmula es empleada por Jean-Fabien Spitz en su artículo, “Droit de
résistance”, en Philippe Raynaud y Stéphane Riáis (comps.), Dictionnaire de phi-
losophie politique, París, PUF, 1996.
49. Se puede recordar paralelamente que en Alemania se desarrolló la noción
LA SOBERANÍA DE OBSTRUCCIÓN 151

mente, figura en la Ley Fundamental alemana; es igualmente el


caso en Grecia y Portugal. Pero más allá de esos casos excepcio­
nales, el desencanto que marca el comienzo del siglo XXI incita a
volver sobre esas reflexiones olvidadas, para intentar devolver su
impulso y su consistencia a un ideal democrático en baja.

de “democracia militante” (streitbare Demokratie) para oponer al legalismo de


la República de Weimar, que se volvió contra sí mismo, con el acceso al poder de
Hitler, un enfoque moral y filosófico de la legitimidad política. Véase la decisiva
reflexión de Karl Lówenstein, “Militant Democracy and Fundamental Rights”,
American Political Science Revieiu, vol. 31, n° 3, junio'de 1937.
2

Las democracias críticas de sí mismas

La arquitectura institucional de los regímenes representativos


fue organizada en todas partes en la primera mitad del siglo XIX
en torno a la preocupación liberal por edificar poderes limitados.
Pero lo esencial de las reivindicaciones democráticas no se situó
en ese momento sobre ese terreno de la ingeniería constitucional.
Evidentemente, la conquista del sufragio universal se impuso, en
efecto, como el combate prioritario, el eje estructurante de la his­
toria de la democracia en todo ese período, siguiendo sin duda
una cronología propia en cada país. Se esperaba todo del sufragio
universal en los años de esa larga lucha: que realizara una socie­
dad en la que cada uno tuviera su lugar; que pusiera fin a la
corrupción; que hiciera triunfar naturalmente el sentido del inte­
rés general. Se pensaba así que el reinado del número haría adve­
nir por sí mismo una sociedad democrática. Los términos con los
que el Bulletín de la République saludara en la Francia de 1848 el
advenimiento del voto para todos resume bien ese estado de espí­
ritu: “A partir de esa ley, ya no hay proletarios en Francia”, lee­
mos.1 “Se ha encontrado la ciencia política [...]. Será de aquí en
más de aplicación grande y simple” comenta líricamente Ledru-
Rollin.2 Esas expectativas ingenuas no se vieron satisfechas. Por

1. Bulletín de la Republique, n° 4, 19 de marzo de 1848. Remito sobre esa


cuestión al Sacre du citoyen, op. cit. La literatura carlista en Gran Bretaña expre­
sa una sensibilidad análoga.
2. Ibid., n° 19, 22 de abril de 1848.
154 LA CONTRADEMOCRACIA

eso la centralidad de la cuestión social en la formulación de las


representaciones propiamente políticas a partir de esa época. Por­
que considera que es “dejado afuera”, según la fórmula de Blan-
qui, el mundo obrero se manifiesta desde entonces como una
fuerza social que busca afirmar su dignidad en la reivindicación
positiva de su distancia, pudiendo constituirlo colectivamente en
sujeto político, a sus ojos, sólo una cierta aspiración al separatis­
mo. Las figuras del rebelde, del resistente y del disidente esbozan
paralelamente, por su lado, los contornos de una fuerza moral
crítica en el mundo de la mal-democracia liberal. Se compuso de
esa manera el horizonte práctico de una suerte de soberanía críti­
ca. Bajo la forma de tal exterioridad social y moral se expresará a
partir del siglo XIX el dualismo que algunos, durante la Revolu­
ción, buscaron institucionalizar políticamente en el centro mismo
del proceso democrático. Lejos está, naturalmente, de ser la mis­
ma cosa. Pero la dinámica de una crítica no estructuraría en
menor medida, de esa manera, a la sociedad, para moverla de
manera positiva y hacer que se interrogara permanentemente
sobre sí misma.

LA LUCHA DE CLASES COMO POLÍTICA NEGATIVA

Aunque los obreros votaron en Francia a partir de 1848, no


dejaron de tener el sentimiento de que quedaban al margen. En
primer lugar porque no se sentían representados por las elites
republicanas, lo que explica el largo combate por encontrar la
vía de una representación específica de la identidad obrera.3 Pero
también porque estaban excluidos de la prosperidad económica.
El término “proletario” es indisociablemente utilizado por otra
parte en un sentido social y político. Remite en forma explícita
en las mentes a la que en Roma era la última clase, marginada,
de los ciudadanos. El hecho del conflicto de clases es percibido
así como una cuestión radical planteada a la democracia misma.
Es por ello que, espontáneamente, algunos autores de la época
utilizaron un vocabulario arcaico, hablando de ilotas, de proleta­
rios o de plebe, para calificar el tipo de antagonismo social

3. Remito sobre ese punto al Peuple introuvable, op. cit.


LA SOBERANÍA DE OBSTRUCCIÓN 155

estructurante del nuevo mundo del capitalismo. En consecuencia,


también fueron las visiones anteriores del derecho de resistencia
|as que se reapropiarían los obreros de la época para expresar su
relación con el orden establecido. Si bien aspiran también a que
surjan tribunos, es sin embargo esencialmente en materia econó­
mica y social que quieren poder expresar su “reserva de descon­
fianza”, reivindicando el derecho de coaligarse y oponerse para
resistir su explotación. Los obreros imaginan así el ejercicio real­
mente eficaz de su soberanía bajo el modo de una separación
social.
Por eso la doble importancia de la huelga, que es a la vez un
medio para construir una relación de fuerzas y una forma de
expresión, hecho político y social total podríamos decir. Es con
la huelga como los obreros conquistaron en el siglo XIX el único
poder que podían ejercer efectivamente: el poder de obstrucción.
“No irritéis a ese pueblo que produce todo, y que para ser formi­
dable sólo necesita quedar inmóvil”: estas palabras de Mirabeau
citadas por Jaurés resumen la idea.4 El movimiento obrero
naciente celebra de buen grado la secesión de la plebe'romana;5
se refiere así a la práctica de los artesanos de la Edad Media con­
sistente en “poner en interdicción” a un pueblo o un táller para
hacerse escuchar.6 Se habla así también en el siglo XIX de “con­
denar una villa” o “hacer un bloqueo” para colocaran estable­
cimiento bajo una especie de interdicción. La fuerza obrera se
manifiesta en esos casos decretando una interdicción social. Si
los cartistas ingleses pusieron tan rápidamente sus esperanzas en
la conquista del sufragio universal, que no será más que gradual
en el continente, los obreros franceses conocieron de manera
más precoz la decepción, y se lanzaron por lo tanto más decidi­
dos a tal política negativa. Un mismo hilo se extiende allí, de
Proudhon, el gran campeón de la separación obrera, al sindica-

4. Citado en Hubert Lagardelle, La Greve genérale et le Socialisme. Enquéte


Internationale, París, 1905, pág. 111.
5. Sobre este vínculo, cf. Jean Ailemane, Le Socialisme en France, París,
1900, pág. 39. Sobre este tema de la secesión, véase también ia obra de Proud­
hon y particularmente De la capacité politique des classes ouvriéres (1865).
: 6. Cf. Émiie Coornaert, Les Compagnonnages en France, du Moyen Áge a
nos jours, París, Éditions Ouvriéres, 1966, págs. 274 y 282.
156 LA CONTRADEMOCRACIA

lismo revolucionario, para celebrar la fuerza irrecuperable de la


disidencia social.
La idea de la huelga general reúne a fines del siglo Xix la aspi­
ración revolucionaria con la fe en las virtudes activas de una
“suspensión universal y simultánea de la fuerza productiva”.7Se
unen en ella la fuerza moral del rechazo a llevar una existencia
considerada indigna y la constitución de una verdadera sobera­
nía crítica. Era, en el siglo xix, la manera de volver a dar consis­
tencia, bajo un modo social, al viejo derecho de resistencia. Para
los defensores de esa visión, se trataba de hacer política de otra
manera, de activar una energía social profundamente diferente
de la de las batallas electorales. El movimiento apuntaba más
allá de una simple suspensión del trabajo. Creían que ese modo
era la manera más eficaz de expresar la soberanía obrera. Los
grandes nombres del sindicalismo revolucionario, Pouget, Sorel,
Pelloutier o Griffuelhes, se convirtieron en sus grandes teóricos.
Pero posiblemente sea Emile de Girardin, ese genial entrometido,
quien mejor expresó la ambición cuando abogó antes que nadie
por declarar una huelga general en respuesta al golpe de Estado
del 2 de diciembre de 1851. Es “por el vacío”, decía, que hay
que derribar a Luis-Napoleón: “¡La huelga universal: el aisla­
miento, la soledad, el vacío en torno de ese hombre! Que la
nación se retire de él. Con sólo rodearlo cruzando los brazos, se
lo hará caer”.8 El socialismo parlamentario combate esa visión.
Jaurés explica, por ejemplo, que el objetivo del socialismo es
transformar la “formidable fuerza negativa” del proletariado en
una “fuerza positiva”,9 expresada en una mayoría electoral que
es lo único que hará cambiar realmente las cosas, fules Guesde
lleva adelante también el combate contra la idea de huelga gene­
ral, que él asimila con desprecio a una “barricada de holgaza-

7. La expresión es de Fernand Pelloutier, Histoire des Bourses du Travail,


París, 1902, pág. 66. Sobre la huelga general, cf. Robert Brécy, La Gréve genéra­
le en France, París, EDI, 1969, y H. Lagardelle, La Gréve genérale..., op. cít.
8. Intervención en una reunión de republicanos del 3 de diciembre de 1851.
Un testimonio informa que Girardin habría hablado ahí, sería la primera ocu­
rrencia de la expresión, de ‘‘huelga general” (Eugéne Ténot, París en décembre
1851, París, 1868, pág. 208).
9. La Petite Bepublique, Io de septiembre de 1901 (artículo reproducido en
H. Lagardelle, La Gréve generala..., op. cít.).
LA SOBERANÍA DE OBSTRUCCIÓN 157

nes”, cuando de lo que se trata es de organizar “la recuperación


del poder político por el proletariado organizado”?0 El espectro
del blanquismo y de las desilusiones producidas por la antigua
cultura de las barricadas que él promovía tuvo mucho peso para
descalificar la perspectiva del “poder del vacío” que implicaba la
idea de huelga general. Con su rechazo, al ser asimilada a una
simple variante de las viejas prácticas insurreccionales, también
se repetía, sin embargo, una ceguera.
Incluso si de esa manera fue reinscripta en el marco de la
política electoral, la lucha de clases no dejó de existir como
hecho social. Subsistió cotidianamente el ejercicio de una oposi­
ción, una manera de existir en el conflicto, también el sentimien­
to de disponer de recursos propios de acción. Así se superpusie­
ron por mucho tiempo en las democracias industriales dos
formas de legitimidad. La legitimidad política de un gobierno
surgido de las urnas, por un lado. Pero también, por el otro, la
legitimidad propiamente social reconocida a los representantes
del mundo del trabajo. Legitimidad que limitaba efectivamente a
la primera y que era prácticamente reconocida como tal: el
papel institucional específico atribuido a los sindicatos, que
derogaba el derecho común de la época, lo testimonia.10 11 La
lucha de clases fue entonces un elemento estructural de la vida
de las democracias. En la violencia misma que podía a veces
expresar, planteaba una cuestión radical a la sociedad: la inter­
pelaba sobre sus fundamentos e impedía a los gobiernos repre­
sentativos considerarse cumplidos y realizados bajo la forma
exclusiva de las instituciones liberales. El conflicto de las dos
legitimidades, política y social, permaneció subyacente en forma
ininterrumpida en la vida de las sociedades, para activarla e
inquietarla.

10. Intervención en el congreso de tille (agosto de 1904) del Partido Socialis­


ta de Francia, íbiá, págs. 83 y 88.
11. Es necesario recordar que los sindicatos se vieron reconocidos a partir
del fin del siglo XIX en un papel de cuasi institución pública. Fueron considerados
plenamente representativos del mundo obrero. Cf. P. Rosanvallon, La Question
syndícale. Históire et avenir d’une forme sacíale, nueva ed., París, Hachette,
1999.
158 LA CONTRADEMOCRACIA

LAS METAMORFOSIS DE LA OPOSICIÓN

La organización de una oposición política y parlamentaria


estructurada ha constituido otra modalidad histórica esencial de
ejercicio de un poder de obstrucción. Su función propiamente
democrática de ese modo, a decir verdad, ha emergido muy lenta­
mente. Por mucho tiempo el reconocimiento de la oposición se
inscribió por sobre todo en una perspectiva liberal; en primer
lugar, ha sido considerada como uno de los componentes de la
libertad de expresión. De Benjamín Constant a Robert Dahl, la
oposición ha sido comprendida como una manifestación organi­
zada del pluralismo.12 En la misma dirección ha estado asociada
al principio del respeto y de la protección de las minorías, al tener
por función representarlas y defender sus intereses, previniendo el
riesgo de tiranía de la mayoría.13 Se la ha visto en fin como uno
de los medios más eficaces para limitar el poder, prolongando y
canalizando la contrafuerza difusa constituida por la opinión
pública. Benjamín Constant ha sido uno de los primeros en teori­
zar la eficacia liberal superior de una oposición activa con rela­
ción a los diversos mecanismos de la separación de los poderes.
Sólo la competencia entre las dos fuerzas de la mayoría y de la
oposición permite en efecto a sus ojos limitar globalmente el
dominio de la autoridad social.14 Estos diferentes enfoques del
papel de la oposición tienen en común no verla positivamente
como un instrumento de acción y de intervención correspondien­
te a una forma de reparto del ejercicio del poder democrático.
Guizot es el primero en romper abiertamente con esta visión.
Por cierto que en él no se trata de incluir la oposición en una
economía general de la soberanía popular. Pero innova en tanto
destaca que cumple una función plenamente política en su nega-
tividad. En su gran obra, Des moyens de gouvernement et d’op~

12. Cf. Robert Dahl (comp.), Political Oppositions in Western Democracies,


New Haven, Yale University Press, 1966.
13. Cf. Giovanni Sartori, “Oppositíon and Control: Problems and Pros­
pecta ”, Government and Opposition, vol. !, n° 2, enero de 1966.
14. Véanse las exposiciones de Valerle Gérard, L’Opposition pohtique : lími-
ter le pouvoir ou le concurrencert Deux types de légitimation de l’opposition
politique : Benjamín Constant et Frangois Guizot, mémoire de DEA, París, Insti-
tut d’études politiques, 2002.
LA SOBERANÍ[Link] OBSTRUCCIÓN 159

positio^^5 muestra de manera muy novedosa que es un elemen­


to constituyente del poder, que contribuye indirectamente a su
acción. Al tener por objetivo el reemplazo del gobierno existen­
te, la oposición lo pone constantemente a prueba; lo obliga a
explicarse, a demostrar su eficacia, a justificar abiertamente sus
opciones: introduce de esa manera una obligación de argumenta­
ción al mismo tiempo que contribuye a su racionalización. La
oposición, resume Guizot, “sostiene, enderezándolo, el mismo
poder que combate”.15 16 La oposición por lo tanto sólo es eficaz si
no se contenta simplemente con denunciar la acción del gobierno
en ejercicio. Pero si bien el carácter argumentado de su crítica le
permite ejercer un verdadero contrapoder, condicionando fuerte­
mente a la mayoría, ello a su vez la compromete; debe a su tur­
no convencer que tiene razón contra el gobierno y que será
capaz de dirigir mejor el país. “Como el ministerio -señala-, la
oposición está obligada a tener un sistema y un porvenir. No
gobierna, pero el gobierno es su objetivo necesario, porque si
triunfa, gobernará a su vez.”17 El poder de obstrucción de la
oposición tiene en ese marco una función política efectiva y no
sólo restrictiva o limitativa. Este enfoque constructivo de la opo­
sición esbozado por Guizot sin embargo no ha inspirado dema­
siado la práctica francesa. El monismo hexagonal en efecto ha
resistido la perspectiva dualista sobre la que se basaba, dado que
la legitimidad no podía ser para él más que una e indivisible. El
viejo antipluralismo jacobino ha tenido en ese terreno el mismo
tipo de consecuencias que en otros dominios. La reticencia a
reconocer el rol de los partido políticos, la negativa a considerar

15. Fran^ois Guizot, Des moyens de gouvernement et d’opposition dans l’é-


tat actué/ de la France, París, 1821.
16. Ibid., pág. 307.
17. Ibid. pág. 320. "El papel de la oposición “dirá- no se limita, en el
gobierno representativo bien organizado, a espiar la conducta del poder, a descu­
brir y proclamar sus faltas; también posiblemente tenga por principal misión
indicar, solicitar las mejoras, las reformas que puede recibir la sociedad
Libre del peso de la gestión, exenta de la responsabilidad inmediata y positiva
ligada a ella, la oposición en general se lanza primera e intrépidamente en la
carrera de la civilización; señala anticipadamente sus avances, las conquistas
posibles; presiona, suma el poder de apoderarse de esas conquistas para beneficio
del país” (discurso del 16 de marzo de 1830, en F. Guizot, Histoire parlementai-
re de France, París, 1863,1.1, pág. 22).
160 LA CONTRADEMOCRACIA

la nación en sus diversos componentes y la desconfianza hacia la


noción misma de oposición participan en Francia de una misma
visión de las diferencias y de los conflictos, en el sentido de que
éstos constituyen amenazas vitales para el cuerpo político.
En Inglaterra, John Stuart Mili ha retomado numerosos argu­
mentos de Guizot para considerar positivamente el papel de la
oposición. La crítica es también para él una de las condiciones
de la eficacia gubernamental y considera igualmente que el
gobierno y la oposición componen un sistema, de manera diná­
mica. Pero esos comentarios han correspondido en su caso a la
experiencia británica efectiva. Así vemos desarrollarse progresi­
vamente en el siglo XIX prácticas que conducirán a una institu-
cíonalización del papel de la oposición parlamentaria.18 Al
comienzo del siglo XX, lord Balfour teorizó la idea de “papeles”
repartidos entre minoría y mayoría parlamentarias, estando las
funciones de crítica y de gestión regularmente redistribuidas por
el juego de los resultados electorales.19 Luego, esta concepción
será institucionalizada en forma cada vez más precisa. El primer
ejemplo de gabinete fantasma (correspondiente a aquello que fue
calificado en la experiencia francesa de la década de 1970 como
“contragobierno”) hizo su aparición en 1923, luego de la derro­
ta laborista, y la fórmula fue definitivamente adoptada y codifi­
cada con precisión en 1955. Realmente a partir de esa fecha se
puede hablar de estatuto de la oposición en Gran Bretaña: si la
oposición reconoce la legitimidad del gobierno, éste a su vez
debe reconocer a la oposición y darle los medios necesarios para
funcionar en forma plena. Para eso, todo un conjunto de “dere­
chos” y prácticas fue consagrado: consulta regular de los jefes de
bancada íwhips') de la mayoría a sus homólogos de la oposición;

18. Para esta evolución de la visión de la oposición del siglo xvni al XX véase
Archibald Foord, His Majesty’s Opposition, 1714-1830, Oxford, Clarendon
Press, 1964, así como Robert Malcolm Punnett, Front-Bench Opposition. The
Role of the Leader ofthe Opposition, the Shadow Cabínet and Shadow Govern­
ment in British Politics, Londres, Heinemann, 1973.
19. Cf. Arthur James Balfour, Chapters of Autobiography, Londres, Blanche
E. C. Dugdale (comp.), 1930. Después de un cambio electoral, señala, los nuevos
y los antiguos ministros “invierten sus roles cuando intercambian sus lugares.
Aquellos que criticaban ahora deben administrar y ios que administraban tiene
de aquí en más por tarea criticar” (pág. 133).
LA SOBERANÍA DE OBSTRUCCIÓN 161

designación de jornadas de la oposición {opposition days) en los


cuales esta última determina los temas del debate parlamentario;
presidencia de comisiones de control financiero y jurídico; acce­
so a documentos clasificados. Si bien algunos de esos elementos
fueron adoptados en varios países europeos, en Gran Bretaña es
donde fueron institucionalizados de la manera más completa.20
Se puede casi hablar en ese caso de una forma de democracia
posmayoritaria, en la cual se unen la soberanía positiva y la
soberanía crítica; pero es una democracia inscripta sólo en el
marco parlamentario.
En la historia política de los dos últimos siglos, los regímenes
socialdemócratas han sido los únicos que integraron plenamente
en su arquitectura política de conjunto el equivalente de una fun­
ción de obstrucción. En efecto, han articulado estructuralmente
compromisos sociales de clases (lo que suponía tomar en cuenta
su existencia conflictiva) con una forma de institucionalización
del papel de la oposición. Eso explica el poder de veto implícito
resultante, para beneficio de esta última, respecto de las políticas
a las que puede ser particularmente hostil.21 Estos regímenes
reconocen, organizándola, la distinción de hecho entre legitimi­
dad social y legitimidad política. Las instituciones de la demo­
cracia liberal, para decir las cosas de otro modo, fueron clara­
mente injertadas en ellos sobre un reconocimiento del hecho
ineludible de la lucha de clases.

EL REBELDE, EL RESISTENTE Y EL DISIDENTE

La expresión de una soberanía crítica se declinó también bajo


la forma de actitudes individuales, de manifestaciones de recha­
zo. Junto con las políticas de resistencia cuyas formas hemos
buscado describir, se manifiesta también una moral, incluso una

20. Cf. Sylvie Giulj, “Le statut de Popposition en Europe”, París, La Docu­
menta ti on frangaise, Notes et études documentaires, n° 4.585-4.586, 24 de sep­
tiembre de 1980.
: 21. Véanse sobre ese punto los trabajos de Alain Bergounioux y B. Manim
La Social-Démocratie ou le Compromis, París, PUF, 1979, y Le Régime social-
demácrate, París, PUF, 1989.
162 LA CONTRADEMOCRACIA

metafísica, de la oposición. Albert Camus ofreció su visión en El


hombre rebelde.22 Para el autor de La peste es “un hombre que
dice no”, pero un no de intervención y no de renunciamiento, un
no que consiste en dar media vuelta,- en afirmarse en la ruptura.
Expresa una exigencia, se levanta contra la injusticia del mundo:
es un hombre de pie, que toma la palabra y marca con estruendo
su distancia con el desorden establecido. Camus le dio una lectu­
ra filosófica al distinguir las figuras del revolucionario, del artis­
ta y del poeta. Inscripto en esa perspectiva, se puede precisar su
visión mediante una tipología propiamente política de las figuras
del rechazo. Distingamos, por empezar, al rebelde, al resistente y
al disidente como heraldos de la negación.
Se pueden evocar distintos personajes para ilustrar al rebelde:
John Wilkes en la Inglaterra del siglo XVIII, David Thoreau o
Emerson en Estados Unidos del siglo xix, Auguste Blanqui en la
Francia de la misma época. Wilkes fue celebrado en toda la Euro­
pa de la Ilustración, simbolizando el combate de la libertad. Ele­
gido para la Cámara de los Comunes en 1757, no dejó de denun­
ciar en su periódico, el Nortb Briton, los desvíos autocráticos del
gobierno del rey Jorge III Perseguido por difamación, excluido del
Parlamento, encarcelado, exiliado, fue inmensamente popular, y
multitudes iban a las puertas de su prisión en Londres, y los salo­
nes lo festejaron en las capitales del continente cuando se refugió
allí. Dos veces fue reelecto triunfalmente, para ser invalidado en
cada ocasión. Su nombre fue así identificado con el combate del
derecho y la democracia contra un poder represivo. Con Wilkes,
el rebelde es aquel que no baja nunca los brazos en la defensa de
las libertades contra el autoritarismo; perfecta encarnación de
una causa, se impone en el juego de las instituciones políticas
para hacer respetar y avanzar las reglas.23 Fue de ese modo un
vibrante campeón del parlamentarismo al mismo tiempo que la
encarnación de un gran combate individual.

22. Albert Camus, LEomme révolté [1951], en Essais, París, Gallimard,


“Bibliothéque de la Pléiade”, 1965 [trad. cast.: El hombre rebelde, Buenos Aíres,
Losada, 2004].
23. Véase la obra siempre útil de lan R. Chrisríe, Wilkes, Wyvill and
Reform: The Barliamentary Reform Movement in British Politics, 1760-1785,
Londres, Macmillan, 1962.
LA SOBERANÍA DE OBSTRUCCIÓN 163

Muy distinta es la rebelión de Thoreau. Su radicalidad proce­


de de una toma de distancia. Se hace famoso al negarse en 1845
a pagar un impuesto destinado a financiar la guerra de Estados
Unidos contra México. No sólo ataca los yerros del poder: sim­
boliza la resistencia decidida a la injusticia de las leyes mismas.
El recluso de Walden24 no es sin embargo el militante de una
acción colectiva. La primera preocupación de Thoreau no es
intervenir eficazmente en la vida de la polis. No se puede imagi­
nar su pluma idealizando los términos de la soberanía del pue­
blo, del sufragio universal, o incluso de la democracia. Defiende
por sobre todo el principio de una rebelión individual. El ciuda­
dano es, para él, el hombre de pie, feroz defensor de su autono­
mía, pronto a hacer secesión; no es el miembro de un pueblo o
de una clase. Por eso la centralidad para él de la noción de
“desobediencia civil”, que introduce con estrépito en el vocabu­
lario político.25 Hannah Arendt, fascinada por el personaje,
mostró que es imposible deducir una política de tal noción y que
no se la puede fundamentar jurídicamente.26 Pero el objetivo de
Thoreau no es de esa naturaleza. Por sobre todo, él quiere expre­
sar un sobresalto moral a través de una acción heroica y singular
cuya justificación reside en el descrédito arrojado sobre las insti­
tuciones políticas. Escéptico respecto de la eficacia del voto, pro­
pone como regla de conducta a sus conciudadanos: “Que vues­
tra vida sea una contrafricción para detener la máquina”.27
Todo poder es en efecto tiránico y peligroso para Thoreau. Este
rebelde es también un renunciante. A sus ojos, ninguna política
positiva podría defenderse, tan grande es la distancia entre los

24. Retirado en soledad durante dos años, allí escribirá un libro vibrante,
Walden ou La vie dans les bois (1854).
25. On the Duty of Civil Disobedience fue publicado en 1849.
26. Cf el ensayo sobre la desobediencia civil en su obra Grises ofThe Repu~
blic (1969). Para Hannah Arendt no se puede dar un estatus a la desobediencia
civil si no es integrándola como una suerte de speeeh act de minorías, marcando
un giro y una dramatización puntual y temporal de la presentación de sus reivin­
dicaciones.
27. Henry David Thoreau, La Désobéissance civile [1849], París, Pauvert,
1968, pág. 74. Para apreciar la medida de su distancia con la política tradicional,
se puede tomar una de sus expresiones características: "Incluso votar por lo justo
es no hacer nada por la Justicia. Es tan sólo expresar débilmente el deseo de que
prevalezca la Justicia".
164 LA CONTRADEMOCRACIA

valores eternos de justicia y de verdad que conviene defender y


lo que pueden hacer las instituciones terrenas.28 No hay por lo
tanto para él otra revolución que se pueda imaginar que la de la
conversión moral de los individuos y del advenimiento de un
gobierno mínimo.
No se puede evocar aquí a Thoreau sin decir una palabra de
Emerson, su vecino de Concord, en Massachussets, que fue su
compañero de combate contra el esclavismo. Defiende también
el ideal de un hombre independiente, radicalmente fiel a su sin­
gularidad, impermeable a las convenciones sociales, sin fe en
otra cosa que su verdad interior. Se ve tentado igualmente por la
misma sabiduría del distanciamiento, invitando simultáneamen­
te a sus contemporáneos a desprenderse del deseo de imitar a
otros y ¡rechazar los viajes que dan la ilusión de descubrir el
mundo!29 Pero Emerson es posiblemente más sugestivo que Tho­
reau en la formulación del rechazo de los poderes. Con términos
similares destaca que tener fe en los gobiernos “es una falta de
confianza en uno mismo’’ pero define sin embargo más precisa­
mente la vía de una verdadera política (y no sólo de una ética)
acorde a la expresión de su escepticismo. “El que quiera ser un
hombre debe ser un inconformista”, escribe en una fórmula
famosa.30 La independencia de espíritu que defiende es también
un llamado a practicar una resistencia comprometida, haciendo
de la interpelación permanente a los poderes el instrumento de
una actividad democrática constructiva, de una conversación
cívica nutrida, que conduzca así a cada uno a encontrar su lugar
y su voz en el mundo."Funda una tradición de disenso con la que
se relacionan los que manifiestan que no es en su nombre {not in

28. Sobre esta percepción, véase George Kareb, The Inner Ocean: Individua-
lism and Democratic Culture, Ithaca, Cornel! University Press, 1992, así como
Jack Turner, “Performing Conscience. Thoreau, Political Action and the Plea for
John Brown”, en Political Theory, vol. 33, n° 4, agosto de 2005.
29. “El viaje es un juego de enganos -escribe-. Desde nuestros primeros via­
jes, descubrimos la indiferencia de los lugares Esta pasión por viajar es el
síntoma de un desequilibrio más profundo, que afecta todo el dominio intelectual
(...]. Imitamos: ¿qué es la imitación si no el viaje del espíritu?” (Ralph Waldo
Emerson, “Confiance et autonomie” [Self-Reliance], en Essais, t. í, París, Michel
Houdiard editor, 1997, pág. 49).
30. Ibid., pág. 31.
LA SOBERANÍA DE OBSTRUCCIÓN 165

my ñame} que se toman ciertas decisiones públicas; pero se trata


también de una invitación a construir una democracia más exi­
gente y más deliberativa?1
A distancia de Wilkes, de Thoreau y de Emerson, Blanqui
encarna una rebelión que busca conjugar el rechazo del mundo
existente con la empresa de transformarlo de arriba abajo. Ha
sido de ese modo el primer gran teórico de la revolución perma­
nente. Su vida misma testimonió su decisión de rebelde, visceral­
mente hostil a todo compromiso, adversario irreductible de la
política parlamentaria. Los treinta y cuatro años que pasó detrás
de los barrotes bastan para mostrar su determinación. Aquel al
que se ha llamado por ello “el encerrado” no cesó de imaginar
golpes de fuerza o de soñar con un gran incendio del mundo, lo
único capaz de transfigurarlo. La acción revolucionaria, para él,
permite liberar a la sociedad de sus tristes pesadumbres.313233
Esa
acción condensa el espacio y el tiempo de tal suerte que puede
perfectamente hacer que se superpongan la realidad y su concep­
to. La insurrección no es por lo tanto sólo una modalidad de
acción entre otras; constituye en sí misma, según una fórmula
extraordinaria, “un acto fulminante de soberanía”?3 Es la forma
de soberanía crítica más radical, pero al mismo tiempo la más
eficaz porque da acceso a un nuevo mundo al mismo tiempo que
destruye el antiguo. Encarna por ello, a la manera de un diaman­
te negro, la idea democrática desembarazada de sus contingen­
cias amenazantes, solución encontrada finalmente en la acción a
las aporías primeras de la soberanía del pueblo. En ella toma
forma así una suerte de “democracia utópica”, liberada de toda
disposición institucional precisa. Es también la razón que le per­
mite a Blanqui considerar que la insurrección es un arte (la
expresión será también retomada por Marx). Es en efecto una

31. Sobre el sentido de la política de dissent en Emerson, véase Sandra Lau-


gier, Une autre pensée politique américaine : la démocratie radícate d’Emerson a
Stanley Cauell, París, Michel Houdiard editor, 2004. .
32. Para más desarrollos sobre Blanqui, véase el capítulo que le consagro en
La Démocratie inacheuée, op. cit.
33. Blanqui, “Poarquoi il n’y a plus d’émeutes”, Le Libérateur, n° 1, 2 de
febrero de 1834, reproducido en Louis Auguste Blanqui, (Ewvres, t.!, Des origi­
nes a la révolution de 1848, textos reunidos y presentados por Dominique Le
Nuz, Nancy, Presses universitaires de Nancy, 1993, pág. 268.
166 LA CONTRADEMOCRACIA

forma plenamente eficaz, organización directamente legible, sig­


nificante perfectamente superpuesto al significado. En la rebelión
de Blanqui se combinan una forma política, un movimiento
social, incluso una energética pura y una postura moral. Por ello
nunca dejó de fascinar, aun a quienes no comparten sus puntos
de vista. Ha quedado también asociado a la imagen romántica
del hombre de pie sobre la barricada, que une la radicalidad de
su gesto de desafío con la constitución de una comunidad cálida,
aunque efímera, de combatientes. £< ¡El insurgente! Su verdadero
nombre es el Hombre [...]. Lo podemos ver en las barricadas
descender con los camaradas”, así resume su admirador Eugéne
Pottier, el autor de La Internacional.
Estas tres formas de rebelión declinan diferentes expresiones
históricas de la soberanía crítica como actitud política. La resis­
tencia es de otro orden. Remite a una acción en el contexto
mucho más limitado de una ocupación extranjera o de una
imposibilidad de intervenir de manera crítica en el marco de las
instituciones existentes. Si bien el término es antiguo -hemos
recordado precedentemente la historia de la noción medieval del
derecho de resistencia- adquirió su sentido contemporáneo y
emblemático en boca del general De Gaulle en 1940.34 35 El resis­
tente nacido en esta época es aquel que une la determinación
moral de rechazar el poder establecido a la perspectiva del adve­
nimiento de un nuevo orden. Por lo tanto, no es sólo un hombre
a la defensiva, que busca “poner freno”. Es aquel que conjura
una atmósfera de desaliento y abandono, al mantener una espe­
ranza activa, que se niega a ceder al fatalismo y sostiene en la
noche la llama del porvenir.36 La acción de resistencia, que

34. “L’Insurgé”, en Eugéne Portier, (Euures completes, París, Maspero,


1966, pág. 152. '
35. Cf. Henry Michel, “Comment s’est formée la pensée de ia Résistance”,
en H. Michel y Boris Mirkine-Guetzévitch (comps.), Les Idees politiques et socia­
les de la Résistance, París, PUF, 1954.
36. “La llama de la resistencia no se extinguirá jamás”, dijo De Gaulle en
uno de sus discursos de 1940. Sobre el uso de la expresión, véase Arlette Farge y
Michel Chaumont, Les Mots pour resisten Voyage de notre vocabulaire politique
de la Résistance a aujourd’hui, París, Bayard, 2005. Véase también Laurent Dou-
zou, “Résister”, en Vincent Duclert y Christophe Prochasson, Dictionnaire criti­
que de la République, París, Flammarion, 2002.
LA SOBERANÍA DE OBSTRUCCIÓN 167

implica en este origen empresas clandestinas, va unida a un


rechazo; pero es un rechazo activo, metódico, organizado, arti­
culado sobre una movilización. El resistente es también, de esta
manera, aquel que da fuerza y consistencia al principio de volun­
tad política. De Gaulle encarnó de manera impactante esa
dimensión. Su Llamado del 18 de junio, signado por una “sinta­
xis del rayo”, para retomar la fórmula de Saint-John Perse, sin­
tetizó el espíritu de resistencia: el de una voluntad que se opone
a la fatalidad. La idea de resistencia se expresó por cierto, recien­
temente, de modos más difusos y quizá más confusos, para refle­
jar más ampliamente una distancia, un desacuerdo, un recha­
zo.37 Pero mantiene con fuerza la idea de un imperativo moral
superior, de una legitimidad primera, de una decisión soberana.
El disidente expresa de otro modo el hecho de una soberanía
crítica. Si el término es aquí también antiguo, marcado en este
caso por la historia religiosa,38 en adelante tiene el sentido más
directamente político que le ha dado su empleo para calificar a
los opositores intelectuales en los regímenes comunistas. El disi­
dente es aquel que testimonia acerca de las fallas de la empresa
totalitaria. No puede pretender resistir e invertir el curso de las
cosas en los regímenes policiales que controlan los cuerpos y los
espíritus. Pero es un signo, un grano de arena cuya sola existen­
cia testimonia la incapacidad del poder de imponer a todos su
mentira. Como lo ha mostrado Claude Lefort, el disidente en la
Unión Soviética era aquel que se negaba ostensiblemente a creer,
que rechazaba las consignas, que desgarraba el velo de las con­
venciones, que invitaba a pasar del otro lado del espejo. El disi­
dente era el Hombre que sobra,39 el que con su presencia descali­
ficaba silenciosamente el poder, que introducía una cuña en el
gran ordenamiento de la ideología. Tanto como testigo de las
obras ocultas del régimen (Solyenitzin), la voz del aparato deve­
nida discordante (Sajarov), el novelista o el dramaturgo irónico
del sistema (Havel o Zinoviev), el disidente fue aquel que intro­

37. Cf. Jacques Semelin, “Qu’est-ce que résister?”, Esprit, enero de 1994.
38. El “disidente” es aquel que está en desacuerdo, que se separa de una
comunidad religiosa. Se opone a quienes permanecen dentro de la ortodoxia.
39. Cf. Claude Lefort, Un homme en trop. Réflexions sur “L’Archipel du
Goulag”, París, Seuíl, 1976.
168 LA CONTRADEMOCRACIA

dujo la duda. De allí el peligro que representaba, aunque no


ganara apoyo masivo y no constituyera una amenaza inmediata­
mente tangible. El disidente no podía ser más que el heraldo de
una antipolítica^ expresando una fuerza moral al margen del
sistema, llamando a la sociedad civil a desintoxicarse y a pensar­
se en su propia consistencia.

LA DECLINACIÓN DE LA DIMENSIÓN CRÍTICA


EN LAS DEMOCRACIAS

El reconocimiento del hecho de la división social, la existencia


de una oposición estructurada y el vigor de una cierta cultura
moral de la crítica de los poderes, fueron la base durante dos
siglos de la vida de las democracias, como hemos visto, al condi­
cionarlas permanentemente para que se cuestionaran a sí mismas
su funcionamiento y el tipo de sociedad que producían. Los con­
flictos, las manifestaciones de obstrucción e incluso las formas de
separatismo que las atravesaron fueron otras tantas maneras de
tomar en serio las ideas democráticas y republicanas. A su mane­
ra, buscaron darles vida, otorgando un sentido práctico a la idea
de que la democracia es el régimen que sólo puede establecerse a
través de una interrogación permanente sobre sí mismo; régimen
que jamás estará definitivamente dado ni enteramente logrado
por las instituciones que lo fundan, que permanece siempre mar­
cado por una forma de indeterminación primera.40 41 En esa pers­
pectiva crítica, la soberanía se ha constituido en sistema con los
mecanismos electorales-representatívos, para dar un marco ade­
cuado a la experiencia democrática. Ha contribuido a darle sen­
tido a los ojos de todos. Incluso siendo radical, la crítica no fue
en ese marco el vector de un desencanto; el escepticismo no se
convirtió en cinismo por las mismas razones. Una y otro contri­
buyeron en efecto a hacer el mundo más inteligible y permitieron
así pensar en su cambio.

40. Véase Gyórgy Konrad, Antipolitics: An Essay, San Diego, Harcourt Bra-
ce Jovanovich, 1984, y Vaclav Havel, “Anripolitical Politics”, en John Keane
(comp.), Civil Society and the State., Londres, Verso, 1988.
41. Es lo que esclareció con fuerza la obra de Claude Lefort.
LA SOBERANÍA DE OBSTRUCCIÓN 169

Los diferentes componentes de esa función crítica se vieron


erosionados de conjunto, precipitando la entrada en una nueva
era de la política. Los términos del conflicto de clases se vieron
afectados en primer lugar por la tercera revolución industrial y
la conmoción concomitante de las identidades colectivas, dando
por lo mismo al mundo del trabajo un sentimiento de pérdida de
su antiguo poder de obstrucción. Si bien sigue habiendo lucha de
clases, se da en adelante de un modo difractado, sufrido, sin que
emerja ningún sentido global. Esta evolución se superpuso a la
crisis de la representación social y política para dar repentina­
mente la sensación de que se había creado un gran vacío, que la
sociedad se había vuelto menos legible y que se había impuesto
la impotencia. Las dos soberanías, social crítica y política positi­
va, se hundieron juntas por lo mismo, uniéndose la declinación
del sindicalismo al desencanto democrático para acrecentar sus
efectos.
En el orden propiamente político, el papel estructurante de
la oposición ha sido muy minado por la declinación de los par­
tidos, de lo que es testimonio su dificultad creciente para expre­
sar y canalizar las demandas sociales más diversas. Los parti­
dos continúan, es cierto, compitiendo por el ejercicio del poder,
portadores de una cierta cantidad de expectativas. Pero ya no
organizan las visiones del porvenir; ya no constituyen sistema
con la opinión pública. Efectivamente, ésta se manifiesta en ade­
lante con su lógica propia, dispersa, falta de toda preocupación
constructiva. La opinión pública es en menor medida el reflejo
de fuerzas que aspiran a gobernar que la expresión de cuestio-
namientos desnudos. Tiende por ello a realizar radicalmente su
negatividad, confundiéndose con un poder de obstrucción. En
Estados Unidos, se habla de filibustering para calificar el dere­
cho otorgado a la minoría senatorial de prolongar indefinida­
mente la discusión y por lo mismo impedir la adopción de un
proyecto de ley; es un derecho límite, en el cruce de las últimas
consecuencias de la libertad de expresión y de la visión cons­
tructiva de una oposición responsable. Cada vez más de ese
modo, pero liberada de toda responsabilidad, es cómo se afirma
hoy la soberanía crítica de la opinión pública. Ese movimiento
no invalida los esfuerzos que pueden hacerse en ciertos países
para dar mayor consistencia a los derechos de la oposición, par­
ticularmente allí donde todavía están muy restringidos, como en
170 LA CONTRADEMOCRACIA

Francia.42 Pero la institucionalización de la oposición ya no


puede constituir el horizonte suficiente de una perspectiva de
estructuración del poder de obstrucción en la democracia.
Las figuras del rebelde, del resistente y del disidente por su
lado se han retirado en gran medida de la escena hacia fines del
siglo XX. ¿Declinación del coraje, creciente sumisión al confor­
mismo reinante, fatiga del pensamiento? Por cierto que factores
de ese orden tienen su parte en este fenómeno. Pero lo esencial
no se encuentra allí. Un cierto heroísmo se ha ido también con el
retroceso de los regímenes liberticidas en varios continentes.
Figuras como la de Aung San Suu Kyi, el infatigable opositor a
la dictadura birmana, son menos numerosas porque son también
menos necesarias. Si las masas desobedientes todavía hacen his­
toria en algunos casos al obligar a un poder deshonroso a retro­
ceder, ya no es tan frecuente como durante el gran cambio de
fines de la década de 1980 en Europa. El logro de la descoloniza­
ción, el derrumbe de una gran cantidad de regímenes totalitarios,
la creciente presión internacional por reducir los apetitos territo­
riales han contribuido a “ normalizar” las formas de la distancia
a los poderes en un marco más abierto. Así, simplemente los
avances de la democracia son los que han hecho menos vital la
presencia de esas figuras del compromiso y del rechazo. Lamen­
tablemente, se imponen en adelante demasiado a menudo sus
sombras o sus caricaturas. Tristemente, son los quejosos impeni­
tentes o los ideólogos nostálgicos los que se han puesto sus
ropas. Los descontentos han reemplazado así a los rebeldes; una
exigente moral militante ha cedido su lugar a un espíritu secto­
rial estrecho. Las palabras por lo mismo parecen gastarse a la
par de los hechos. Una cierta era constructiva de la soberanía
crítica se acabó de este modo. Subsiste por cierto una capacidad
de distanciarse de los discursos tranquilizadores y engañosos..
Pero una lucidez saludable de esa naturaleza rara vez tiene la
fuerza de arrastre necesaria; a menudo está teñida de nostalgia
conservadora o de desesperanza nihilista.
Si bien el proyecto de una institucionalización de un poder
social de obstrucción dejó de estar a la orden del día a comien­

42. Cf. Marie-Claire Ponthoreau, “Les droits de l’opposition en France : pen-


ser une opposition présidentielle”, Pouvoirs, n° 108, 2004.
LA SOBERANÍA DE OBSTRUCCIÓN 171

zos del siglo Xix, aparecieron, como ya vimos, equivalentes: bajo


la forma de una sociología, con la lucha de clases basada en la
oposición de lo social y lo político; bajo la forma de una dinámi­
ca política, con el papel de una oposición organizada; bajo el
modo de una moral, en fin, con las tres figuras del rebelde, del
resistente y del disidente. Esos distintos sustitutos se eclipsaron,
lo que explica la entrada en una nueva era de lo político. Por lo
mismo, la soberanía crítica ya no se manifiesta más que de una
manera empobrecida, estrechamente negativa y a veces incluso
regresiva. Triunfan los rechazos y las negativas que marcan el
advenimiento de una democracia debilitada.
3

La política negativa

LA ERA DE LA “DESELECCIÓN”

La modalidad más evidente de la nueva forma que adoptan


los poderes de obstrucción es de orden electoral. Las elecciones
contemporáneas son menos la oportunidad de optar por distintas
orientaciones que juicios sobre el pasado. Por ello, el sentido mis­
mo de la elección cambió de naturaleza. Ya no se trata, en el sen­
tido etimológico del término, de distinguir y de seleccionar candi­
datos, sino más bien de proceder a eliminaciones. Se puede hablar
por ello de “deselecciones”. Entramos así en lo que podría lla­
marse una democracia de sanción. Las competencias electorales
ya no pueden comprenderse simplemente como una confronta­
ción entre candidatos iguales: las disputas por la reelección se han
vuelto el caso más común. Allí hay un elemento importante de
transformación de la vida de las democracias que no ha recibido
suficiente atención. En la ciencia política esto ha estado velado
por el análisis, por cierto que igualmente importante, de la venta­
ja que lleva en una competencia el candidato sáltente. La especi­
ficidad estadounidense ha pesado mucho para orientar a los
investigadores en esa dirección. Las tasas extraordinariamente
elevadas de reelección de los candidatos salientes en ese país
(actualmente son de cerca del 90% para el Senado y la Cámara
de Representantes) provocan efectivamente curiosidad.1 Y más

1. Cf. Stephen C. Erickson, “The Entrenching of Incumbency: Reelections in


174 LA CONTRADEMOCRACIA

aún teniendo en cuenta que se han incrementado en los últimos


veinte años, acompañando paradójicamente un crecimiento de la
abstención y del desencanto de los ciudadanos.* 2 Pero más allá de
ese hecho, las situaciones de disputas por la reelección son intere­
santes también por sí mismas. En las democracias nacientes, esas
situaciones eran raras. Por una razón mayor: la brevedad de los
mandatos era considerada originariamente una cualidad esencial
del sistema representativo, en Estados Unidos tanto como en
Europa. Por su mismo elitismo republicano, los Padres Fundado­
res consideraron las funciones electivas como un servicio que no
debía convertirse en profesión. Las condiciones efectivas de ejer­
cicio de esas funciones (debilidad de las dietas parlamentarias,
dificultad y lentitud de los viajes a la capital) las hacían de todas
maneras relativamente poco atrayentes. De tal modo que, incluso
en ausencia de reglas limitantes, los candidatos a la reelección
eran relativamente poco numerosos en los primeros tiempos de la
República estadounidense. De ahí, en consecuencia, una fuerte
rotación natural de los representantes, fundada esencialmente en
un movimiento continuo de retirada de la vida política. La situa­
ción fue comparable en Francia. Los constituyentes de 1789 lle­
garon a prohibir que los miembros de la primera Asamblea
pudieran ser elegidos en la segunda; el principio mismo de inter­
dicción de candidaturas en el período revolucionario cambió
completamente las perspectivas en la materia. Entre la realidad de
que la influencia de los notables tadavía estaba poco inscripta en
la vida política y la visión irénica de un elitismo desapegado, eran
infrecuentes las situaciones de disputas por la reelección.
Las cosas cambiaron con el advenimiento de una vida políti­
ca más directamente organizada por los partidos. La elección de
Jackson en Estados Unidos en 1829 y la Revolución de 1848 en

the U.S. House of Representan ves, 1790-1994”, Cato Journal, vol. 14, n° 3,
invierno de 1995; Albert Somit, Rudolf Wildenmann, Bernhard Boíl y Andrea
Rómmele (comps.), The Vietorious Incumben?.: A Threat to Democracy?, Dart-
mouth, Aldershot, 1994.
2. Cf. Gary W. Cox y Scotr Morgenstern, “The Increasing Advantage of
Incumbency in the U.S. States”, Legislative Studíes Quarterly, vol. xvii!, n° 4
noviembre de 1993; James L. Merriner y Thomas P. Senter, Againct Long Odds:
Citizens tc'ho Challenge Congressional Incumbents, Westport (Conn.), Praeger
1999.
LA SOBERANÍA DE OBSTRUCCIÓN 175

Francia marcaron el punto de viraje. La cuestión de la asimetría


entre la posición del “saliente” y la del principal candidato opo­
sitor adquiere entonces una dimensión directamente política. La
presencia del saliente en la competencia es en primer lugar un
acto de defensa de una política, mientras que su challenger ins­
truye por el contrario su proceso. Cada competidor se beneficia
de ventajas propias en ese marco. El saliente disfruta de una
suerte de prima informativa: frente a la apuesta sobre el porvenir
que implica la elección, su condición contribuye a reducir el
margen de incertidumbre del elector. En cambio, se ve penaliza­
do por el hecho de que carga con un pasivo del que esta libre el
principal candidato opositor; está estructuralmente en posición
defensiva. Las condiciones en las que incidieron los dos factores
fueron variables según las épocas y los países. La ventaja del
saliente ha sido así notoriamente más fuerte en Estados Unidos,
y los efectos de una oposición ideológica menos pronunciada se
superpusieron a variables materiales (el acceso a fondos en parti­
cular) fuertemente dependientes de la posición del candidato.
Tanto en Gran Bretaña como en Francia, la confrontación más
áspera de los programas condujo en cambio a una cantidad
mayor de elecciones de ruptura, correspondiente a aquello que se
ha llamado “votaciones de realineamiento”.3
En la actualidad, las disputas por la reelección han cambiado
de naturaleza, porque están menos vinculadas a la expresión de
la adhesión a un campo. La sanción del pasado se ha convertido
en la variable decisiva de las elecciones políticas. Si se toma el
ejemplo francés es muy llamativo constatar que, desde 1981,
todos los gobiernos, no importa qué tipo de política llevaran
adelante, fueron destituidos por los electores. La situación en
esta materia puede por cierto variar según los países, pero refle­
ja bien una tendencia global que opera en las democracias. En el
mismo Estados Unidos, donde la tasa de reelección de los salien­
tes es la más fuerte,4 se constata que para la elección presiden­

3. Cf., para Estados Unidos, Bruce A. Campbell y R. J. Trilling (comps.), Rea-


lignment m American Politics: Toiuard a Theory, Austin, University of Texas Press,
1980. Para Francia, cf. Pierre Martin, Comprendre les évolutions electorales : la
théorie des réalignements revisitée, París, Presses de Sciences-Po, 2000.
4. Numerosos trabajos de ciencia política han señalado ei papel mayor que
176 LA CONTRADEMOCRACIA

cial, la más política, y posiblemente la única que es realmente


política, la ruptura es igualmente muy fuerte. Si se analiza el
siglo XX, hasta 1980, sólo dos presidentes salientes fueron derro­
tados: Howard Taft y Herbert Hoover. Debe señalarse que
debieron afrontar circunstancias excepcionalmente desfavorables
(la división de su partido para el primero, la crisis de 1929 para
el segundo). A partir de 1980, tres presidentes salientes sobre
cinco fueron rechazados: Cárter, Ford y Bush (padre). Si se fuer­
za el argumento podría decirse que ya no hay verdaderos electos.
Los gobernantes ya no son aquellos en quienes se deposita la
confianza de los electores, sino sólo aquellos que se han benefi­
ciado mecánicamente con la desconfianza de la que se hace obje­
to a sus competidores o sus predecesores. '
La evolución del estilo de las campañas electorales testimonia
bien ese cambio: se han vuelto esencialmente negativas. El fenó­
meno ha sido documentado con gran precisión en Estados Uni­
dos, donde ha adquirido una amplitud espectacular. Vemos allí
que los spots televisivos, que constituyen el núcleo de las campa­
ñas, están dirigidos cada vez más contra el adversario.5 La con­
frontación de programas sólo aparece en un segundo plano. La
tonalidad de los mensajes no es el de una crítica argumentada,
adosada a proyectos de los que cada uno buscaría valorizar las
cualidades. Lo que monopoliza las pantallas son los ataques per­
sonales y las denigraciones sumarias. Todo sucede como si el
objetivo principal de una elección para cada candidato fuera evi­
tar la victoria de sus oponentes. Esos mensajes televisados nega­
tivos no son una novedad en Estados Unidos. No son, en cierto
sentido, más que la adaptación técnica de una literatura de deni­
gración vulgar casi tan antigua como la democracia. Pero aque­
llo que en otros tiempos era periférico, atributo de ciertos moví-

tienen los servicios brindados a los electores en la superioridad de los salientes.


De ahí ia noción de “voto personal”. Cf. Bruce Caín, John Ferejohn y Morris
Fiorina, The Personal Vote: Constituency Service and Electoral Independence,
Cambridge (Mass.), Harvard University Press, 1987. Para una discusión de la
literatura sobre el tema, véase Gary Ring, “Constituency Service and Incumbency
Advantage”, British Journal ofPolitical Science, vol. 21, n° 1, enero de 1991.
5. El fenómeno es debido, en cuanto al carácter excesivo de sus manifestacio­
nes, al hecho de que la crítica no encuentra ningún límite legal y que es posible
utilizar imágenes de su adversario.
LA SOBERANÍA DE OBSTRUCCIÓN 177

mientes populistas, dependiente de casos patológicos o indicati­


vo de competencias particularmente tensas, se convirtió en la
regla. Al inicio de la década de 1980, los observadores estima­
ban que los mensajes negativos representaban no más que el
20% de la comunicación de los candidatos. Se superó un límite
en 1988, en ocasión de la elección que debía llevar al poder a
George Bush (padre), alcanzándose la tasa del 50%.6 El movi­
miento se vio bruscamente acentuado en 2004 con la confronta­
ción entre Kerry y Bush Jr., a tal punto que la ciencia política
estadounidense debió encontrar nuevos términos para describir
esa evolución al hablar de poison politics o de negative politics7
¿Las razones de esta evolución? En primer lugar son triviales:
esos métodos son eficaces. Todos los estudios convergen para
indicar que la tasa de penetración y de memorización de los
anuncios negativos es muy superior a la de los mensajes positi­
vos.8 Es por lo tanto mucho más “rentable” demoler al competi­
dor que hacer valer los méritos propios. Por lo mismo, las even­
tuales reticencias morales fueron progresivamente superadas
bajo la presión de los expertos y de sus argumentos, tanto más
porque el riesgo de “efecto bumerán”, según ellos, se ha demos­
trado muy limitado. Estos mensajes negativos tienen un triple
efecto político. Operan en primer lugar en cada campo como
condensadores de opiniones adquiridas y reductores de estados
de ánimo. El sentimiento de distancia absoluta con el adversario
sustituye la proximidad razonada con el candidato preferido. El
elector de Kerry veía así barridas sus eventuales dudas en 2004
por la evidencia moral del “Todo menos Bush”; y recíprocamen­

6. Cf. Stephen Ansolabehere y Shanto lyengar, Going Negative: How Attack


Ads Shrink and Polariza the Electorate, Nueva York, Free Press, 1995, pág, 90.
Véase también Michael Pfau y Henry C. Kenski, Attack Politics: Strategy and
Defensa, Westport (Conn.), Praeger, 1990, así como Karen S. Johnson-Cartee y
Gary A. Copeland, Negative Political Advertising: Corning of Age, Hillsdale (NJ)
Lawrence Erlbaum Associates, 1991.
7. Cf. Víctor Kamber, Poison Politics: Are Negative Campdigns Destroying
Democracy?, Nueva York, Insight Books, 1997; Kathleen Hall Jameson, Dirty
Politics: Deception, Distraction, and Democracy, Oxford, Oxford University
Press, 1992.
8. Cf. Brenda S. Sonner, “The Effectiveness of Negative Political Advertising:
A Case Stuáy”,Journal of Advertising Research, vol. 38,1998.
178 LA CONTRADEMOCRACIA

te. La política negativa tiene como consecuencia aumentar la


ventaja del candidato saliente, porque la denigración tiene efec­
tos asimétricos. Aumenta las dudas sobre la personalidad del
challenger, menos conocido y que no ha sido visto al mando. El
elector se siente en cambio en terreno más seguro con un funcio­
nario saliente al que ha podido evaluar en su accionar, aunque lo
critique. La campaña negativa es decisiva en un caso, no es más
que un elemento de apreciación en el otro. Los mensajes negati­
vos tienen como resultado, finalmente, desmovilizar a los electo­
res flotantes. Estos electores llamados “independientes” no
hacen más que dudar entre los candidatos, oscilando su voto
entre los partidos. Dan muestras también de cierto escepticismo
político. La utilidad misma del voto está en discusión igualmen­
te para ellos; los mensajes negativos no hacen más que acrecen­
tar su desilusión y su escepticismo respecto de la política en
general.
Si bien Estados Unidos constituye un observatorio particular­
mente contundente de esta evolución, se trata de un movimiento
general que podemos encontrar en todas las democracias. En
todas partes, una democracia de rechazo tiende a sustituir la
antigua democracia de proyecto. Para comprender de forma ple­
na sus alcances y responder a los interrogantes que plantea esta
evolución, es necesario elaborar una filosofía y una ciencia polí­
tica nuevas. Sí bien las cuestiones del mandato y de la delegación
constituyen el corazón de la teoría democrática, articuladas bajo
la vigilancia de un pueblo activamente crítico, de aquí en más
son las cuestiones de la sanción y de la revocación las que deben
ser consideradas prioritariamente. Este nuevo régimen de una
soberanía negativa del pueblo es el que hay que explorar y teori­
zar. El fenómeno va más allá de la mera cuestión de la elección.
Los poderes de obstrucción en general han adquirido una impor­
tancia creciente. La capacidad de resistencia y la obstrucción son
hoy en día los comportamientos que desempeñan el papel mayor
en los campos político y social. No es posible entonces conten­
tarse con aprehender la vida democrática analizando sólo los
conflictos y compromisos de intereses, los modos de agregación
de las preferencias individuales o las condiciones de fabricación
de opiniones.
LA SOBERANÍA DE OBSTRUCCIÓN 179

OBSTRUCCIÓN Y VETO

El ciudadano moderno no dispone sólo de una “boleta de


rechazo”, retomando de ese modo la antigua práctica del ostra­
cismo. Toma parte igualmente en acciones más difusas de obs­
trucción que presionan a los gobiernos para que revean sus pro­
yectos. Así, las manifestaciones callejeras o los movimientos de
opinión son eficaces sobre todo para hacer retroceder a los
gobiernos e inducirlos a modificar o retirar una decisión. De un
modo más general, la expresión de un veto cumple un papel cre­
ciente en las democracias. El gobierno democrático ya no se
define sólo por un procedimiento de autorización y de legitima­
ción. Está cada-vez más esencialmente estructurado por la con­
frontación permanente con diferentes categorías de veto prove­
nientes de grupos sociales, de fuerzas políticas o económicas. De
ahí la idea planteada por algunos de que los regímenes políticos
se caracterizan ahora-menos por sus elementos propiamente ins­
titucionales (sistema presidencial o parlamentario, bipartidista o
multipartidista, etc.) que por las modalidades según las cuales
las condiciones del cambio dependen de capacidades de bloqueo
de los diferentes actores. De aquí en adelante la dinámica espe­
cífica de un conjunto de veto players será lo que se considera
determinante para definir un sistema político.9 El lamento, ritual
en un país como Francia, del corporativismo o del inmovilismo
toma así como patología local lo que se ha convertido en una
característica general de las sociedades democráticas.10

9. Véanse los análisis innovadores y estimulantes de George Tsebelis, Veto


Players: How Politícal Institutions Work, Princeton, Princeton Universíty Press,
2002. También se pueden aplicar al funcionamiento social general las categorías
que fueron construidas para analizar las estrategias de los actores en los sistemas
donde hay un poder de veto que beneficia a uno de ellos. Cf. para el interesante
caso estadounidense, Charles M. Cameron, Veto Bargaining: Presidente and the
Politics of Negativa Power, Cambridge, Cambridge University Press, 2000. Se
puede señalar que el análisis del sistema de co-decisión que regula el dispositivo
europeo depende de las mismas categorías. Cf. G. Tsebelis y Geoffrey Garret,
“Agenda Setting, Vetoes and the European Union’s Co-Decision Procedure”, The
Journal of Legislativa Studies, vol. 3, n° 3, otoño de 1997 (con los comentarios
de Roger Scully).
10. La especificidad francesa corresponde más bien a las condiciones en las
que los actores sociales oscilan brutalmente entre conflicto totalmente frontal y
180 LA CONTRADEMOCRACIA

¿Cómo comprender esta evolución? En primer lugar, las


transformaciones del marco ideológico global del mundo con­
temporáneo han desempeñado un papel esencial. La caída del
muro de Berlín y la consecuente disolución de la función estruc­
turante del hecho comunista, es una banalidad recordarlo, han
conducido a debilitar la pregnancia de los antagonismos políti­
cos y, por lo mismo, han reducido el poder de los partidos tanto
como las opciones de las que son portadores. La idea de que la
política es el lugar de una elección entre modelos de sociedad
radicalmente opuestos ha sido erosionada; ya no es más la pers­
pectiva de un gran cambio lo que moviliza a los ciudadanos.
Todo sucede como si estos últimos se limitaran a cumplir el
papel de censores puros, al mismo tiempo que de controladores.
De este modo también se produjo el pasaje de una política de
ideas a una política de la desconfianza, para retomar categorías
empleadas precedentemente.
El advenimiento de una política negativa marca también el
verdadero triunfo del liberalismo. El liberalismo, en efecto, no se
ha impuesto en el mundo de fines del siglo XX en primer lugar
como ideología económica (la fe en las virtudes del mercado),
sino como filosofía política, con la preeminencia de una visión
prudencial y limitativa de lo político. En la década de 1970, la
lucha antitotalitaria le dio su formulación más exigente y más
militante a ese liberalismo. Al denunciar una forma absolutamen­
te pervertida de la democracia, contribuyó a repensar sus funda­
mentos. Coincidieron entonces, por un lado, el liberalismo débil
de los escépticos (los partidarios de una visión schumpeteriana,
minimalista, de la democracia, para decirlo rápidamente) y el
liberalismo fuerte de los pensadores de una nueva ciudadanía (de.
Hannah Arendt a Claude Lefort). En el cruce de esos dos enfo­
ques, Judith Shklar había hecho, en la década de 1980, el elogio
de un “liberalismo del miedo” que tenía por objetivo definir una
política negativa fundada sobre la aversión al mal totalitario y ya
no en la búsqueda positiva de un bien.11 El rechazo del summum

aquiescencia pasiva por falta de instituciones que intermedien e instancias de


negociación.
11. Judith Shklar, “The Liberaiism of Fear”, en Nancy L. Rosenblum
(comp.), Liberaiism and the Moral Life, Cambridge (Mass.), Harvard University
LA SOBERANÍA DE OBSTRUCCIÓN 181

malum para ella debía aventajar a la búsqueda del summum


bonurn. Pero en esa misma negatividad se encontraba aún la
marca de una ambición, el sentido de un combate a dar por la
emancipación, a distancia de un banal anticomunismo conserva­
dor. La política negativa de hoy ya no tiene esa dimensión. Aun­
que reaparezcan algunas tentativas ambiguas de reactivación del
enfoque antitotalitario en una cruzada antiterrorista,12 de aquí
en más se impone de un modo singularmente estrecho. La políti­
ca del miedo en lo sucesivo no es más que la del repliegue y el
recelo.13 El advenimiento de una democracia negativa se inscribe
en ese contexto, marcado por un clima de desilusión. Pero no
habría que reducir, no obstante, su sentido a su manifestación
más caricaturesca, la de un populismo fundado sobre un antipo­
liticismo visceral y demagógico (volveremos sobre ese punto).
Esta democracia negativa es en efecto muy activa; corresponde al
ejercicio de un verdadero poder social. Para comprender su for­
talecimiento, debe considerarse su eficacia en ese aspecto.
Su desarrollo, desde ese punto de vista, está indexado en pri­
mer lugar a un factor de orden sociológico: el hecho de que las
coaliciones reactivas sean más fáciles de organizar, siendo indife­
rentes a su heterogeneidad. No necesitan ser coherentes para cum­
plir su cometido. Su poder es tanto más considerable en cuanto la
intensidad de las reacciones cumple un rol esencial en el tipo de
oposiciones que expresan. En la calle, en la protesta mediática o
en la expresión simbólica, no es sólo cuestión de aritmética. Las
verdaderas mayorías sociales de acción son, en cambio, mucho
más difíciles de constituir. Presuponen en efecto un acuerdo positi­
vo y deliberado. Las mayorías electorales no producen este acuer­
do. Las mayorías políticas son por su esencia agregativas: se cons­
tituyen por una adición aritmética de votos. Cada uno puede ser
portador de una intención particular o de una significación pro­

Press, 1989. “What liberalism requires -escribe- is the possibility of making the
evil of cruelty and fear the basic norm of its política! practíces and prescríptíons”
(pág. 30). Véase también en la misma veta, Michael Ignatieff, The Lesser Evil:
Political Ethics in an Age of Terror, Princcton, Princeton Universíty Press, 2004.
12. Véase por ejemplo el enfoque de Paul Berman, Terror and Liberalism,
Nueva York, Norton, 2003.
13, Cf. Corey Robín, Fear: The History of a Political Idea, Oxford, Oxford
Universíty Press, 2004.
182 LA CONTRADEMOCRACIA

pia. Los electores ponderan así a su gusto y sin tener siquiera una
conciencia precisa, las marcas de adhesión, de sanción o de pre­
vención. Los votos reducen mecánicamente estas expresiones com­
plejas a datos simples y acumulativos. Su única significación tangi­
ble es que se pueden contar y sumar. Y el rechazo es el elemento
más simple de agregar. Todos los rechazos son en efecto idénticos,
no importa qué motivos hayan conducido a su formulación. Por
ello las mayorías políticas de reacción se han vuelto cada vez más
fáciles de formar en un mundo que ya no está estructurado por
confrontaciones ideológicas;14 y están cada vez más alejadas de las
mayorías de acción. Se puede decir entonces que la negatividad
tiene de aquí en más una ventaja estructural. Por lo mismo, la legi­
timidad y la gobernabilidad se encuentran fuertemente disociadas
en las democracias modernas. La alternancia de las mayorías polí­
ticas constituye la válvula de seguridad periódica de esta tensión.
Pero no la resuelve, sino que vuelve a tensar, cada vez más brusca­
mente, el resorte del desencanto.
Existen también factores prácticos que explican el desarrollo
de políticas negativas: éstas producen resultados inmediatamente
eficaces. La acción negativa cumple plenamente su objetivo, su
resultado es indiscutible porque se identifica con un hecho o una
decisión simple y legible. La movilización para exigir la retirada
de un proyecto gubernamental es, por ejemplo, directamente
mensurable, mientras que la acción para alcanzar un objetivo
positivo quedará siempre subordinada a una apreciación fluc-
tuante, en la medida que a menudo se aspira a objetivos indeter­
minados y se alcanzan situaciones intermedias. Buscar suprimir
un impuesto inicuo es más fácil que perseguir el objetivo de una
reforma que realice la “justicia fiscal”. “Siempre me ha parecido'
más difícil hacer respetar rigurosamente leyes buenas que elimi­
nar las malas”, señalará Diderot en la Enciclopedia a propósito
de esta asimetría.15 Las acciones de obstrucción tienen -de acuer­
do con una expresión de Hobbes- también “cualidades teatra­
les”: impresionan sensiblemente la imaginación y corresponden
por ello a una expectativa de resultado legible. La acción negati­

14. Véanse sobre ese punto los penetrantes comentarios de E. Schweisguth,


“La dépolitísation en questions”, art. cit. págs. 84-85 en particular.
15. Artículo “Corrupción”.
LA SOBERANÍA DE OBSTRUCCIÓN 1 83

va bajo sus diferentes formas (obstrucción, destitución, recha­


zo...) produce efectos ciertos, mientras que la devolución de la
confianza a los gobiernos lleva a la incertidumbre: su elección es
en efecto, estructuralmente, una apuesta al porvenir. La declina­
ción de la capacidad de encuadramiento social y programático de
los partidos no ha hecho más que acrecentar esa incertidumbre
estructural. La temporalidad de la acción negativa, por su lado,
es simple: es la de la inmediatez. El hecho de conferir un manda­
to plantea en cambio de manera aguda el problema de las condi­
ciones de su ejercicio en el tiempo. De ahí la necesidad de los
mandantes de asumir un control permanente, de ser vigilantes
para que su voluntad pueda cumplirse. El despliegue en el tiempo
de lo que se comprende como esta “voluntad” es siempre proble­
mático, amenazado de ser interrumpido o revertido. Pero por
otro lado, cuanto más débil sea este control de los poderes, tanto
más habrá una aspiración a desarrollar acciones negativas inme­
diatamente eficaces.- Se podría incluso intentar desde ese punto
de vista construir una tipología histórica de los modelos políti­
cos. En un extremo el caso francés: lo sagrado de la elección,
basado en una visión casi “mágica” del ejercicio de la voluntad
general, lindante subterráneamente con una cultura de la insu­
rrección, una forma radicalizada de la política negativa. Por otro
lado, el caso inglés: las formas positivas y negativas allí están
más flexiblemente entrelazadas en la forma amortiguada del par­
lamentarismo liberal.
El desarrollo contemporáneo de estas formas de obstrucción
no debería asimilarse a un movimiento de despolitización. El
“ciudadano negativo” no es un ciudadano pasivo. Con la expre­
sión de su escepticismo y su desasosiego, afirma en efecto su
fuerte presencia en el espacio público. Hemos hablado justamen­
te en ese sentido de “politización negativa”.16 Hay una suerte de
participación en la vida pública, pero es esencialmente hostil.
Hay un compromiso, pero a favor de un rechazo. Se toma la
palabra, pero lo que domina es el lenguaje acotado de las consig­
nas o de la desaprobación.17 Por lo tanto, conviene hablar de

16. Cf. Jean-Louis Míssika, ‘‘Les faux-semblants de la ‘dépolitisaúon’”, Le


Débat, n° 68, enero-febrero de 1992.
17. Una expresión popular argentina, “el lenguaje de las cacerolas” merece
184 LA CONTRADEMOCRACIA

una soberanía negativa, Y esto, tanto más, dado que lo propio


de los poderes de obstrucción, así como el de todos los demás
poderes de desconfianza, es, de hecho, su ejercicio directo. La
democracia negativa es también, por ello, un sustituto de la
democracia directa, una suerte de democracia directa regresiva.

LA DEMOCRACIA DÉBIL

La soberanía negativa tiene dos caras. Se manifiesta en pri­


mer lugar fuertemente en la forma de los diversos poderes de
obstrucción cuyas figuras y características venimos de examinar.
Pero se expresa también de otro modo, más débil: el de la pasivi­
dad, del consentimiento por defecto, es decir, por falta de opi­
nión o elección explícita. El retraimiento, la abstención o el
silencio son en ese sentido formas de expresión políticas. Incluso
son omnipresentes y tienen un papel que no debería ser ignora­
do. Normalmente, la ausencia de reacción a una medida se con­
sidera como un signo de su aceptación. El famoso adagio “el que
calla otorga” resume bien su carácter de evidencia social. Una
reelección puede también interpretarse en esa perspectiva como
el no rechazo de un candidato saliente, ligado a la ausencia de
movilización o de interés por sus adversarios.
Tal “consentimiento por defecto” tiene muchos mecanismos
posibles. Puede ser motivado por una indiferencia absoluta, o
más a menudo por una indiferencia relativa: lo que está en juego
aparece como poco importante y el costo de la expresión contes­
tataria sería entonces muy superior a los beneficios que entraña­
ría una decisión diferente. El fenómeno es manifiesto en los gru­
pos pequeños. Un sociólogo ha hablado de “consenso aparente”
para calificar las situaciones en las que el acuerdo entre los indi­
viduos no resulta tanto de una convergencia de opiniones explí­
citas como de un conjunto de concesiones recíprocas implícitas,

señalarse. Traduce en efecto la idea de una forma de proresta que no puede


expresarse más que bajo la forma primaria de un simple ruido. Cf. Thomas Bou-
chet, Matthew Leggetr, Geneviéve Verdo y Jean Vigreux (comps.), UInsulte (en)
politique. Europe et Atnérique latine du X!Xe siéele a nos jours, Dijon, Éditions
universitaires de Dijon, 2005.
LA SOBERANÍA DE OBSTRUCCIÓN 185

del sentimiento de ausencia de cosas realmente importantes en


juego o simplemente de un desinterés por la cuestión de la que se
trata.18 El consentimiento negativo también procede con fre­
cuencia de la dificultad de formular una crítica hacia aquellos
que han tomado una decisión. Protestantes potenciales se abstie­
nen así de oponerse a los gobernantes cuando tienen el senti­
miento de no poder argumentar contra ellos en un pie de igual­
dad o que sus argumentos corren el riesgo de ser percibidos
como débiles por el tribunal de la opinión pública. La vida polí­
tica común está hecha de una sucesión de esas situaciones de
consentimiento negativo. Pero no se les presta demasiada aten­
ción en la medida que no parecen movilizar más que energías
débiles, que se las juzga, en el fondo, de un alcance limitado.
Tomar en cuenta la soberanía negativa del pueblo conduce en
esa medida a captar la política de modo diferente. Aunque haya
que analizar en primer lugar sus formas más explícitas, en el
campo de las instituciones tanto como en el de los movimientos
de la sociedad, esto muestra que es igualmente indispensable
interesarse por las zonas grises de la expresión política y descri­
bir sus mecanismos y efectos. Hace mucho tiempo que, en su
análisis de las organizaciones, la sociología ya no se contenta
con estudiar los grandes conflictos o las negociaciones organiza­
das, ni con analizar los problemas de estructura: tiene igualmen­
te el cuidado de considerar precisamente los problemas muy
puntuales de coordinación, los disfuncionamientos menores, las
zonas de indeterminación del poder, lo que traba la participa­
ción de los individuos.19 En adelante, debe prestarse la misma
atención a las formas indirectas y negativas de la vida democrá­
tica.
Si la democracia pasiva reviste formas discretas, una de sus
modalidades institucionales merece sin embargo ser mencionada:
la de la elección tácita. Se califica de ese modo las situaciones en

18. Véase el sugestivo artículo de Phiiippe Urfalino, “La decisión par consen­
sos apparent. Nature et propríétés”, que aparece a fines de 2006 en la Revue
européenne des Sciences sociales.
19. Sobre la importancia de los lazos débiles véase el artículo fundacional de
Mark S. Granovetter, “The Strength of Weak Ties”, American Journal of Socio-
logy, vol. 78, n° 6, mayo de 1973. Traducido en Le Marché autrement. Essais de
Mark Granovetter. París, Desclée de Brouwer, 2000.
186 LA CONTRADEMOCRACIA

las que la unicidad de candidatura en una elección conduce a


una nominación automática al puesto en cuestión, sin que tenga
lugar la votación normalmente prevista. El fundamento técnico
de este procedimiento es fácilmente comprensible: si es único, el
candidato tiene la seguridad de ser elegido, no importa la canti­
dad de votos que reciba. Evitar en tal caso la organización de un
escrutinio no hace entonces más que economizar el tiempo y el
dinero, dado que se conoce por anticipado el resultado. Si el
escrutinio no es más que una ratificación, poco importa que ésta
sea explícita o simplemente tácita. La fórmula fue instituida por
primera vez en el Reino Unido por el Ballol Act de 1872. Lo
siguieron Holanda y Bélgica en 1898 y 1899. Luego será el tur­
no de Suiza y de otros países europeos.20 El sistema fue denun­
ciado vivamente por aquellos que señalaron la supresión, de ese
modo, de la dimensión simbólica de la elección, como momento
comunitario y expresión de la igualdad ciudadana. Se ha habla­
do en este sentido de “democracia blanda” o de “democracia
por defecto”. Si se deja de lado el ejemplo suizo, en el que la pre­
ocupación técnica de contribuir a la lucha contra la inflación de
las operaciones electorales ha sido decisiva, es interesante cons­
tatar que a menudo fueron los regímenes autoritarios o conser­
vadores los que introdujeron el sistema de la elección tácita. Ésta
fue claramente comprendida como un medio entre otros para
enmarcar el sufragio universal al limitar el número de votacio­
nes.21 En Inglaterra misma se introdujo el sistema al mismo
tiempo que el voto secreto, como si se tratara de conjurar simbó­
licamente el efecto amenazante de este último. Pero no podemos
quedarnos con esa interpretación. El sistema de elección tácita
hizo también emerger, de manera efectivamente preocupante,
una modalidad generalmente oculta de la vida democrática: su
negatividad. El representante elegido en el contexto de una elec­
ción tácita ilustra en efecto de manera ejemplar la idea de un

20. Cf. Jean-Fran?ois Flauss, “L’éiection racite. Retour sur une vraie fausse
curiosité du droit constitutionnel suisse”, Revue fran^aise de droit constitution-
nef n° 61, enero de 2005, presenta una síntesis sobre el tema que yo sigo en la
exposición de los hechos.
21. Lindante en numerosos casos con el mantenimiento de sistemas censua­
rios.
LA SOBERANÍA DE OBSTRUCCIÓN 1 87

consentimiento como no obstrucción. Bastaría en efecto formal­


mente que un solo ciudadano se opusiera presentándose como
candidato para cambiar la situación. El costo de oponerse es por
cierto elevado porque implica una importante movilización per­
sonal; pero la alternativa sigue bien abierta. Así, con la elección
tácita nos encontramos con un caso límite de la expresión demo­
crática, en su punto de inflexión, sepodría decir, allí donde la
toma de la palabra por el pueblo cede el lugar a su silencio en
una equivalencia problemática.
La democracia débil no se reduce por cierto a esa modalidad;
también presenta formas menos espectaculares, más difusas,
diseminadas en la política diaria. Pero la elección tácita radicali­
za su naturaleza No podemos en consecuencia contentarnos
como los republicanos franceses de la III República con rechazar
con horror tal posibilidad. Si la elección tácita transgredía a sus
ojos una especie de interdicción era porque expresaba una
dimensión en la que no querían siquiera pensar: la de una expre­
sión particularmente preocupante de la soberanía de un pueblo
ausente; la evocación misma de la posibilidad de una elección
tácita perturbaba para ellos la visión encantada de la democracia
de la que se habían hecho heraldos.22
Esta antigua curiosidad de procedimiento expresa de manera
metafórica una fría verdad de la democracia en los inicios del
siglo XXI: hemos entrado en una era indisociablemente débil y
negativa de lo político. Los que hoy “rechazan” ya no se aseme­
jan a los antiguos rebeldes o los disidentes. Su actitud no define
ningún horizonte; no los dispone a una acción crítica para
actuar; no tiene ninguna dimensión profética. Expresan simple­
mente de manera desordenada y rabiosa el hecho de que ya no
saben dar sentido a las cosas y encontrar su lugar en el mundo.
Por lo mismo, sólo creen que pueden existir si consagran simétri­
camente cada vez más al oprobio a un mundo de “rechazados”,
en las diversas formas del extranjero, el inmigrante o el “siste-

22. Cf. por ejemplo el jurista Julien Laferriére: “En Francia -escribe- roda
elección amerita un escrutinio [...]. No admitimos que alguien pueda ser declara­
do electo sin que los electores hayan sido llamados a pronunciarse expresamente
sobre su nombre”, Manuel de droít constitutíonnel, 2da. ed., París, 1947, págs.
582-583.
188 LA CONTRADEMOCRACIA

¡na”: deben detestar para tener esperanzas. La contra democracia


en este caso muta al final en un comportamiento lisa y llanamen­
te adverso a la democracia. Mientras las formas del control y la
crítica habían indicado la vía de un crecimiento posible de la
actividad ciudadana, la política negativa marca su angostamien-
to doloroso e impotente.
ni

EL PUEBLO-JUEZ

1. Referencias para una historia


2. Los CUASILE GIS LADO RES
3. La preferencia por el juicio
Controlar e impedir son dos maneras de condicionar a los
gobernantes, de manifestar eficazmente el peso de la sociedad
por una vía distinta a la de las-urnas. El enjuiciamiento constitu­
ye una tercera manera de someter a prueba estos poderes. Juzgar
consiste en examinar una conducta o una acción. Lo que viene a
radicalizar y desarrollar la idea de control; también prolonga el
ejercicio de una sospecha haciendo necesario que se llegue a una
decisión conclusiva. Es por consiguiente una operación que for­
ma parte de una actividad general de control. El trabajo de juz­
gar sobrepasa de este modo el marco estrictamente judicial. Así,
es necesario entender el término “juicio” de manera más amplía,
como análisis instruido y argumentado, proceso de examen de
una cuestión conducente a zanjarla. El voto y el juicio son en esa
medida dos procedimientos distintos que buscan un mismo obje­
tivo: decidir con vistas al bien común. Son dos formas políticas
que podemos relacionar y comparar; se manifiesta en los dos
casos un mismo “poder de última palabra”. Se puede compren­
der que los ciudadanos quieran jugar en los dos tableros, bus­
cando lograr como jueces lo que consideran no haber podido
alcanzar de manera satisfactoria como electores. A veces pueden
ejercer esta función directamente cuando sirven como jurados en
un proceso formal o, más ampliamente, cuando participan, se­
gún las distintas modalidades de la actividad mediática o de la
intervención militante, en el equivalente a una instrucción. Sin
embargo, incluso cuando se la “delega” en el aparato judicial
192 LA CONTRADEMOCRACIA

como tal, esta función consagra una dimensión social. Porque la


justicia se ejerce “en nombre del pueblo” en primer lugar, pero
más en general porque su ejercicio cumple una espectativa colec­
tiva que está inscripta en un campo de fuerzas en el que intervie­
nen con su presión organizaciones de la sociedad civil o el peso
difuso de la opinión pública. Someter a la prueba de un juicio no
puede asimilarse de manera acotada al solo ejercicio de un poder
judicial autónomo; las cosas deben ser comprendidas de manera
más amplia, inscriptas en un marco de múltiples interacciones.
En la actualidad, los mismos jueces a veces reconocen esta imbri­
cación cuando consideran que deben comprometerse y cumplir
su función en la construcción de la polis.
La tendencia contemporánea a la superposición creciente de lo
judicial y de lo político sólo cobra sentido si se la resitúa en el
cuadro ampliado de las formas políticas que vinculan las propie­
dades del voto y las del juicio. La aprehensión de la política como
juzgamiento se impone por otra parte para el historiador. En Ate­
nas, el tribunal del pueblo cumplía un papel tan importante como
la asamblea de ciudadanos. Más tarde, en Inglaterra, las primeras
manifestaciones de un verdadero control sobre la monarquía
tomaron la forma de acusaciones (impeachment) contra persona­
lidades en el poder. Más cerca de nuestros tiempos, en Estados
Unidos de comienzos del siglo XX, la implementación en ciertos
estados del procedimiento de recall, que permitía la revocación
por el sufragio universal de responsables electos, viene a represen­
tar el equivalente de un proceso político. Esos tres ejemplos, de
épocas diferentes, sugieren que la historia de la democracia no
puede reducirse a una historia del derecho de voto y del régimen
parlamentario, y que también está ligada en profundidad a la
idea de un [Link] los gobernantes por la sociedad.
La actividad contrademocrática del juicio no se ha limitado a
estas figuras diferentes del ciudadano juez. También puede ser
apreciada como producción autónoma y en competencia de nor­
mas. Uno de los aspectos esenciales, aunque en gran medida des­
conocido, de la actividad de los jurados populares en las demo­
cracias ha consistido históricamente en restablecer o modificar el
espíritu de la ley en la formulación de sus veredictos. Este hecho
testimonia, aquí también, una forma de actividad ciudadana
paralela a la de la elección; actividad correctora de esta última
cuando el ciudadano-jurado modifica en la práctica la regla esta-
EL PUEBLO-JUEZ 1 93

blecida por aquellos que ha elegido en su papel de ciudadano


elector. Pero también existen otras modalidades de intervención
“cuasi legislativas” de esta naturaleza que conviene tener en
cuenta; nos referiremos a ellas. Este enfoque debe conducirnos,
continuando con la reflexión sobre el sentido y las formas de la
puesta a prueba de un enjuiciamiento, a reconsiderar aquello que
a menudo es aprehendido como una judicialización de lo políti­
co. Detrás de la elevación de la figura del juez hay, en efecto,
más profundamente, un nuevo régimen de la vida democrática,
cuya amplitud conviene apreciar.
1

Referencias para una historia

EL EJEMPLO GRIEGO

“Un ciudadano en el sentido pleno del término -indica Aris­


tóteles- se define adecuadamente por su doble participación en
una función judicial y en una función pública?’12El ciudadano es
así aquel que ejerce las funciones de jurado (dikastes) y que par­
ticipa de la asamblea [ekklesiastes). Juzgar y votar son por lo
tanto dos dimensiones inseparables de la condición ciudadana
para el autor de la Política. El tribunal del pueblo (dikasteria) y
la asamblea del pueblo (ekklesia} son las dos instituciones cen­
trales y complementarias de la democracia ateniense. En el seno
de la asamblea, seis mil ciudadanos se reunían de treinta a cua­
renta veces por año para decidir sobre la política interior y exte­
rior. En los tribunales, jurados de 201, 401 o 501 personas sor­
teadas zanjaban los contenciosos concernientes a las acciones
publicas y privadas? En los dos casos existe la misma aprehen­
sión de una participación activa y directa en la vida de la ciudad.
La relación entre estas dos funciones se aclara si recordamos
la naturaleza específicamente política de la acción de los tribuna-

1. Aristóteles, La Pohtique (utilizo la traducción de Pierre Pellegrin, Les poli-


tiques, París, GF-Flammarion, 1993, pág. 207).
2. Sigo en esta descripción a Mogens Hermán Hansen, “Pouvoirs politiques
du tribunal du peuple á Athénes au ivc siécie”, en Oswyn Murray y Simón Price
(comps,), La Cité grecque d’Homére a Alexandre, París, La Découverte, 1992.
196 LA CONTRADEMOCRACIA

les en Atenas. La diferencia con el papel de las cortes de justicia


en las democracias contemporáneas en esta cuestión es funda­
mental. En nuestros regímenes, los tribunales están encargados
esencialmente de zanjar los diferendos civiles y de juzgar los asun­
tos penales; estas cuestiones movilizan la mayor parte de su fun­
cionamiento. Hay también una dimensión más política de la acti­
vidad judicial (en materia de resolución de conflictos entre los
ciudadanos y la administración, por ejemplo) y por sobre todo
con los procedimientos de control de la constitucionalidad (don­
de existen). Pero este aspecto, en términos del volumen de activi­
dad al menos, es relativamente secundario. Era totalmente dife­
rente en la Grecia clásica. En los asuntos de derecho privado, el
recurso a los tribunales estaba muy limitado, ya que éstos se solu­
cionaban, principalmente, a través de procedimientos de arbitra­
je. Numerosos asuntos criminales por su lado eran tratados por
diferentes categorías de magistrados sin que se organizara un pro­
ceso.3 En esos dominios los tribunales no se ocupaban más que
de las apelaciones. Lo esencial de la actividad judicial ateniense
era otra: concernía al control y la sanción de las acciones propia­
mente políticas. Los tribunales se consagraban ante todo al exa­
men del funcionamiento y de las decisiones de la Asamblea, del
Consejo, así como de las diferentes categorías de magistrados y
de dirigentes de la polis. Tenían de ese modo una actividad que
en efecto era principalmente política. De ahí su centralidad en la
estructura de la democracia ateniense.
Un gran número de los procesos instruidos por los tribunales
del pueblo en Atenas se asemejan con lo que hoy en día llamarí­
amos “juicios políticos”. Es significativo que al respecto no
haya ningún término tan específico en la lengua griega, como si
se tratara de una expresión redundante. Estos juicios siempre
apuntaban a individuos en posiciones de responsabilidad. Podí­
an llevarse a cabo por varias categorías de hechos. En primer
lugar por corrupción, que es el caso más evidente y con el que
se relacionan toda una serie de acusaciones famosas (por ejem­
plo la de Cimon, acusado de haber sido sobornado por Alejan-

3. Cf. Douglas M. MacDowell, Athenian Homicide Law in the Age of the


Orators, Manchester University Press, 1963, y The Law in Classical Athens,
Londres, Thames y Hudson, 1978.
EL PUEBLO-JUEZ 197

dro de Macedonia). Pero igualmente por negligencia o por


imprudencia en la [Link] la acción pública o militar
(véase el célebre proceso de generales atenienses acusados de no
haber organizado el salvataje de los heridos y la recuperación
de los muertos después de la victoriosa batalla naval de Arginu-
sas en 406 a. C.). También se podían efectuar acciones contra
aquellos que propusieran decretos considerados inconstitucio­
nales o simplemente contrarios a los intereses del pueblo. Las
acusaciones de impiedad (asebeia) también tenían un lugar
importante, remitiendo en los hechos a categorías de acciones
que podían asimilarse a menudo a ofensas contra el Estado o el
orden social. Los “hombres políticos” (el término tampoco exis­
te en griego) a los que se apuntaba eran esencialmente los ora­
dores y los estrategas, es decir, las grandes figuras de la Asam­
blea, así como los jefes militares, que encarnaban el Poder
Ejecutivo. El tribunal del pueblo era, de esa manera, una de las
instancias principales de la vida política ateniense y el juicio,
una de las formas más evidentes y más fuertes de la actividad
cívica.4 Este hecho fue reconocido por los contemporáneos
como una de las características más evidentes de Atenas. El Vie­
jo Oligarca señala que sus habitantes eran conocidos por iniciar
más procesos que todos los otros griegos sumados. En las
Nubes de Aristófanes un personaje se niega a reconocer como
Atenas un punto que se le señala en un mapa, porque no se
indica el emplazamiento de los tribunales.
Estos juicios políticos en Atenas se agrupaban en dos grandes
categorías: los procedimientos de invalidación de decretos (grap-
he paronomon) y los procedimientos de denuncia (eisangelía). El
procedimiento de graphe paronomon podía ser iniciado por
cualquier ciudadano que afirmara bajo juramento que considera­
ba como inconstitucional un decreto de la Asamblea.5 La noción

4. Sobre esta actividad, cf. Richard A. Bauman, Political Triáis in Ancient


Greecet Londres Routledge, 1990; Ron Christenson, Political Triáis in History,
from Antiquity to the Present, New Brunswick (NJ), Transaction Publishers,
1991; Martin Ostwald, From Popular Sovereignty to the Sovereignty of Lata:
Law, Society and Politics in Fifth-Century Athens, Berkeley, University of Cali­
fornia Press, 1986.
5. Para una exposición detallada del procedimiento y de sus usos, véase M.
H. Hansen, The Sovereignty of the People's Court in Athens in the Fourth-Cen-
198 LA CONTRADEMOCRACIA

de inconstitucionalidad era amplia porque, más allá de la acep­


ción jurídica del término, podía extenderse de manera más sus­
tancial a decisiones consideradas inoportunas o perjudiciales
para los intereses de la colectividad. Este procedimiento de inva­
lidación fue utilizado a menudo en el siglo IV, sustituyendo de
cierto modo el arma del ostracismo que fue ampliamente utiliza­
da en el siglo precedente contra los dirigentes políticos. La parti­
cularidad del graphe paronomon era que se perseguía al autor de
la propuesta de decreto en cuestión. El procedimiento era así una
manera de proteger al pueblo de sí mismo: los decretos cuestio­
nados, en efecto, necesariamente habían sido votados por la
asamblea de los ciudadanos, incluso a veces por unanimidad.
Pero el pueblo podía haber sido engañado en la ocasión por los
oradores que habían introducido la propuesta. De ahí la utilidad
del procedimiento que permitía a los ciudadanos manifestarse de
una nueva manera, correctora de la primera, que adoptaba la
forma de un gran tribunal compuesto de jurados sorteados. La
idea era erigir una defensa contra los demagogos y los sicofantes.
Pero el procedimiento implicaba igualmente una concepción
reflexiva de la definición del interés general como decisión de
una colectividad que sólo se imponía en el tiempo, después de
haber sido puesta a prueba. El juicio popular que operaba en el
graphe paronomon corresponde pues en este caso a un momento
complementario y corrector de un proceso iniciado por el voto.
Es una forma de “vuelta sobre sí misma” de la democracia ate­
niense.
La posibilidad de introducir una denuncia estaba regularmen­
te incluida en el orden del día de la asamblea de los ciudadanos;
todo ciudadano podía iniciar un procedimiento de eisangelia,
que era objeto de un debate.* 6 Eran susceptibles de ser persegui­
dos los actos considerados tendientes a derrocar la democracia,
los errores de estrategia en el orden militar y más ampliamente la
traición al interés general. Si la asamblea lo decidía, el tribunal

tury B. C. and the Public Action against Unconstitutional Propasáis, O dense,


Odense University Press, 1974.
6. Cf. M. H. Hansen, Eisangella. The Sovereignty of the People’s Court in
Athens in the Fourth-Century B. C. and the bnpeachment of Generáis and Poli-
ticians, O dense, Odense Univeristy Press, 1975.
EL PUEBLO-JUEZ 199

del pueblo podía ser convocado. Aun siendo excepcional, el pro­


cedimiento fue utilizado regularmente (se cuentan 130 casos en
el período 492-322). Esta era también una manera de ejercer
control sobre los dirigentes políticos de Atenas, y muy en parti­
cular sobre los jefes militares, que fueron objeto de tal procedi­
miento muy a menudo. Los procesos eran, bajo este modo tam­
bién, una manera de asegurar una doble regulación democrática,
constituida por procedimientos políticos de legitimación siempre
susceptibles de ser revertidos por procedimientos judiciales de
sanción. Autorización y obstrucción definían así en Atenas los
dos polos, en tensión permanente, de una democracia siempre
viva. Tal “judicialización” de la vida pública no debe entonces
interpretarse como indicativa de una especie de propensión pato­
lógica a lo contencioso o como el signo de una inclinación exa­
cerbada por pleitear. Se trata sobre todo de un rasgo propiamen­
te político, de una característica democrática. Para Aristóteles,
esta actividad de juzgar de los ciudadanos elegidos por sorteo
precedía incluso en importancia a la de la participación en la
asamblea de la polis. Las razones de esta apreciación ameritan
ser precisadas. En efecto, ponen de manifiesto los mecanismos
esenciales de la democracia ateniense.
Se pueden distinguir numerosos elementos de esta “preferen­
cia [relativa] por el juicio”.7 Comenzando por la efectividad
intrínseca de una sanción del pasado con relación a mecanismos
de autorización del futuro. El poder funcional del jurado es
superior al poder del elector en la asamblea del pueblo, porque
zanja una cuestión de manera definitiva; imprime con certeza e
irreversibilidad su marca sobre el curso de las cosas. Los juicios
tienen también, de hecho, una función preventiva en Atenas. Las
acusaciones formuladas contra los magistrados, y aún más con­
tra los jefes militares, son a menudo muy radicales. Los cargos
principales de corrupción o de traición son con frecuencia fácil­
mente utilizados, aunque los hechos en cuestión puedan parecer
que indican faltas menos graves. Tal tendencia a extremar las
acusaciones contra los funcionarios con los que el pueblo estaba

7. Me apoyo para desarrollar este punto en Jennifer Tolbert Roberts,


Accountability in Athenian Governmenty Madison, The Uhíversity of Wisconsin
Press, 1982.
200 LA CONTRADEMOCRACIA

descontento conducía a hacer funcionar una forma de puesta en


guardia preventiva. Los responsables de un cargo, fuesen sortea­
dos o elegidos por diversas instancias, tomaban de esta manera
conciencia de cierta precariedad de su situación al mismo tiempo
que se les recordaba las expectativas sociales ligadas al ejercicio
de su tarea. Limitándonos a estos dos factores, podríamos al
mismo tiempo explicar la centralidad de la actividad del tribunal
del pueblo en Atenas y observar el mecanismo de cierta desvia­
ción demagógica de un pueblo ingrato e impulsivo, cada día más
exigente respecto de sus dirigentes, caracterizado por impacien­
cias que estaban lejos de tener siempre bases racionales. Pero
esto sería olvidar que los mecanismos de desconfianza y de pues­
ta en juego ex post de la responsabilidad que operan en la activi­
dad judicial no deben estar separados de otros procedimientos
de control ex ante y de devolución de la confianza a los gober­
nantes. Lo propio de la democracia ateniense es haber articulado
fuertemente estos dos movimientos, señalando siempre una cier­
ta superioridad funcional de la desconfianza. El papel central de
los juicios “políticos” y de los procedimientos de impeachment
tiene también otro origen, que podemos calificar de mecánico.
Correspondía igualmente a la existencia de una opinión pública
dividida en Atenas. Cuando los partidos y las ideas estaban
enfrentados de manera tajante, los responsables electos proponí­
an a veces políticas a las que las minorías podían ser muy hosti­
les. La acusación ante un tribunal era entonces para estos últi­
mos una suerte de recurso, una manera de recuperar la iniciativa
en el debate público.
A la asimetría entre un ejercicio ex post de la desconfianza y
un otorgamiento ex ante de la confianza8 se superpone también
la distinción entre mayorías compuestas y minorías compactas
para explicar el papel democrático del juicio. La acusación es un
recurso que se podría calificar de “compensatorio” para las
minorías. El juicio cumple en este sentido una doble función
política en Atenas: pone en juego otra temporalidad del contrato

8. Sobre esta articulación véanse los buenos comentarios de Jon Elster,


“Accountabilíty in Athenian Politics”, en Adam Przeworski, Susan Stokes y B.
Manin, Democracy, Accountabilíty, and Representation, Cambridge, Cambridge
Universíty Press, 1999,
EL PUEBLO-JUEZ 201

político, que permite hacer más efectivo el vínculo entre gober­


nantes y gobernados, y corrige al rpismo tiempo los disfunciona­
mientos de las mayorías, dando a las minorías una segunda
oportunidad de defender el interés general. Los juicios políticos
tienen un doble rol de corrección democrática, que conduce a
establecer con mayor solidez el poder de la voluntad general.
Permiten en primer lugar consolidar la expresión periódica de la
confianza en los gobiernos por el ejercicio permanente de una
desconfianza. Remedian además la falta de unanimidad por la
referencia, ante los tribunales, a una definición sustancial del
interés general (el bien común entendido como un valor que pue­
de ser definido por la moral), que corrige la concepción pura­
mente numérica ligada a la práctica electoral.
De modo que estamos lejos en Atenas de la comprensión
reductora de lo judicial, de la que Montesquieu se hará el teóri­
co (la visión de un juez simple “boca de la ley” acompañada en
él con la idea de que “el poder de juzgar es en cierto sentido
nulo”9). Juzgar y deliberar en asamblea son, en efecto, para el
autor del Esprit des lois, dos tipos de actividades radicalmente
distintas. El ejemplo griego nos invita, por el contrario, a reto­
mar el sentido de su complementariedad y su pertenencia a un
mismo ejercicio de control de la vida de la polis.

EL IMPEACEIMENT INGLÉS

Las instituciones inglesas ofrecen un buen ejemplo de la pri­


macía histórica acordada a la función de juzgar en la jerarquía
de los poderes políticos de las antiguas monarquías europeas. Se
podría decir que todo es justicia en la Edad Media. La función
del soberano es en primer lugar la de hacer justicia, y sabemos
que la construcción de una fuerte autoridad real en países como
Inglaterra y Francia ha estado directamente relacionada con el
desarrollo de un sistema de apelación que se impone a las cortes
locales. La idea de un poder ejecutivo activo que tuviera un rol
de organización de la sociedad, está en efecto, en ese momento,
totalmente ausente. Gobernar es esencialmente administrar la

9. Esprit des lois, libro XI, cap. 6.


202 LA CONTRADEMOCRACIA

justicia. Las mismas instituciones representativas son aprehendi­


das en esa perspectiva. Hasta el fin del siglo XVII, los ingleses
definían su órgano representativo como High Court of P'arlia-
ment.™ La ley misma es considerada explícitamente como un
“juicio formulado en el Parlamento”. El poder de juzgar es
entendido en ese marco como el primero de los poderes, del que
todo procede. Es por consiguiente de ese modo que el Parlamen­
to busca afirmar una primera forma de control sobre los minis­
tros del rey. El procedimiento de impeachment tiene allí su ori­
gen, ligado a una ampliación progresiva del concepto medieval
11 La Cámara de los Comunes lo inauguró en 1376,
de traición.10
acusando a lord Latimer, ministro principal, así como a numero­
sos comerciantes de Londres por “fraudes y perjuicios contra el
Rey y el pueblo”. El juicio del Parlamento que conduce a pro­
nunciar el impeachment es percibido como un acto jurídico, pero
también, de hecho e indisociablemente, como una apreciación
política. Los resúmenes de la sesión señalan así que los hechos
alegados fueron testificados por el sentimiento general de la
población {the clamour of the people} y que Latimer y sus cóm­
plices fueron detenidos y acusados “por el movimiento general
de los Comunes”,12 sin poder responder a ningún acusador pre­
ciso. Hay entonces realmente en ese caso emblemático una
imbricación completa de las nociones de responsabilidad penal y
de responsabilidad política, expresándose la segunda bajo la for­
ma de la primera.

10. Véase sobre ese punto la obra siempre esencial de Charles Howard Mcll-
wain, The High Court of Parliament and its Supremacy: an Historical Essay on
the Boundaries Between Legislation and Adjudication in England, nueva ed.>
Hamden (Conn.), Archon Books, 1962. Para una perspectiva más amplia del
problema, cf. Carlos Miguel Pimentel, “La Main invisible du juge: l’origine des
rrois pouvoirs et ia théoríe des régimes politíques”, tesis defendida en la univer­
sidad de París ll, 2000.
11. Cf. John G. Bellamy, The Lata of Treason in England in the Later Midá­
is Ages, Cambridge, Cambridge University Press, 1970, y “Appeal and Impeach-
ment in the Good Parliament”, Bulletín of the Institute of Historical Research,
vol xxxix, n° 99, mayo de 1966.
12. “Lord Latimer was ímpeached and accused by the clamour of the Com-
mons”. Informe de Theodore Frank Thomas Plucknett, “The Origín of Impeach-
ment”, Transactions ofthe Royal Historical Socíety, vol. XXIV, 1942, págs. 70­
71.
EL PUEBLO JUEZ 203

El Impeachment como modo de control político siguió siendo


muy usado hasta mediados del siglo XV, antes de caer en desuso
bajo los Tudor, que consiguieron restringir los derechos de con­
trol del Parlamento al mismo tiempo que favorecieron el uso del
procedimiento mucho más arbitrario, a menudo manipulado por
la Corona, de los Bills of Attainderd3 Luego de un paréntesis de
cerca de dos siglos, el procedimiento del impeachment resucitó
literalmente en el siglo XVII bajo el impulso de un gran jurista de
la época, en un momento Chief Justice del King’s Bench, Edward
Coke. Al llegar al Parlamento en 1621, Coke se dedicó a devol­
verle consistencia al antiguo procedimiento. Pero para él no se
trataba sólo de recuperar el medio para sancionar un delito o un
crimen cometido por un hombre público. Su objetivo era hacer
reconocer y sancionar la responsabilidad propiamente política de
los ministros. En 1624 logró el impeachment del Lord Lreasurer^
Lionel Cransfield. Más allá de las malversaciones personales, se
apuntó esencialmente a la acción del ministro en materia de
autorización de monopolios. El verdadero motivo de la puesta
en práctica del procedimiento es simplemente echar de su cargo
a un ministro que tenía todavía la confianza del rey, pero que ya
no tenía la de los Comunes.13 14 Coke señala que la Cámara de los
Comunes debe ser considerada en tal caso como el Inquisidor
general de la sociedad. Esta visión triunfa en 1626 cuando se
lanzó un impeachment contre el duque de Buckingham, que era
el favorito del rey Jacobo I. El caso fue en efecto ejemplar; Buc­
kingham era sostenido enérgicamente por el rey y al mismo tiem­
po fue acusado por el Parlamento de incumplimiento de sus
deberes como Lord Grand AdmiraL El procedimiento no llegó a
buen término en este caso, pero fue un decisivo paso para la idea
de que el Parlamento debía actuar como juez de la acción políti­
ca de los ministros.

13. El Bill of Attainder no era un procedimiento judicial sino una resolución


votada por las dos cámaras y sancionada por el rey. Podía imponer cualquier
pena a una persona -la más común era la pena de muerte- por hechos que nin­
guna ley penal existente previera o reprimiera. Este tipo de resolución fue utiliza­
do por la Corona para atacar a sus enemigos o adversarios con la complicidad
de un Parlamento débil. Se ha hablado al respecto de “asesinatos jurídicos”.
14. Cf. Jean Beauté, Un grand juriste anglais: Sir Edward Coke (1S52-1634).
Ses idees politiques et constitutionnelles, París, PUF, 1975.
204 LA CONTRADEMOCRACIA

La argumentación jurídica de Coke fue sutil En efecto, nun­


ca combatió en forma abierta la prerrogativa real. Pero restrin­
gió paradójicamente sus alcances al absolutizarla en términos
que conducían a reducirla a un principio totalmente abstracto.
Por un lado, reafirmaba solemnemente el viejo adagio según el
cual el rey no puede hacer nada mal (The King can do no
wrongY Por el otro, sostenía que el Parlamento debía actuar de
manera autónoma, aunque en nombre del rey, para sancionar a
los ministros, porque si el rey mismo tuviera que juzgarlos en su
corte se debilitaría al ser a la vez juez y parte. Jacobo I quedó
atrapado por esta idea de que estaba representado virtualmente
en las Cámaras: la consagración de su papel y de su preeminen­
cia resultaba en la reducción de su poder a una función más
simbólica. El poder de juzgamiento se ejercía en nombre del rey,
pero fuera de su control efectivo. Fue de ese modo como los
revolucionarios pudieron pretender, algunos años después del
comienzo de la guerra civil, combatir al rey en nombre del rey.
Después de finalizada la Revolución, en 1688, la victoria del
Parlamento sobre el poder real permitió al primero ejercer más
directamente su papel político, lo que condujo a una rápida
declinación del procedimiento de impeachmentd5 El control
parlamentario sobre los ministros por el voto anual del impues­
to y el presupuesto, la formación de grandes partidos y la prác­
tica del gobierno de gabinete, permitieron el surgimiento de una
responsabilidad solidaria y política que sustituyó la antigua res­
ponsabilidad penal e individual. Los votos de desconfianza
reemplazaron de ese modo el hacha y el cadalso. Pero este pro­
greso innegable no debe hacer olvidar la idea de que el examen
de la responsabilidad siguió consistiendo en realidad en una acu­
sación seguida de un juicio.
Si bien la responsabilidad política ha sido históricamente un
sustituto de la responsabilidad penal,1516 al reemplazar de manera
eficaz el juzgamiento de la falta política a la estigmatización más

15. Sobre este asunto y la vuelta al procedimiento de impeachment, véase


John Phílipps Kenyon, The Stuart Constitución, 1603-1688: Documents and
Commentary, Cambridge, Cambridge University Press, 1966.
16. La última tentativa de un impeachment político fue dirigida contra
Robert Walpole en 1742.
EL PUEBLO-JUEZ 205

limitada del crimen, en los dos casos está la misma preocupación


por infligir una sanción, por jaquear, por hacer a un individuo
responsable judicialmente de sus actos. De este modo podemos
considerar que sigue habiendo una lógica de tipo judicial subya­
cente en el sistema político y parlamentario moderno.17 La su­
presión de las antiguas penas no debe ocultarlo. Las condiciones
de esta evolución de las formas de someter a prueba la responsa­
bilidad han variado sin duda según cada país. El Reino Unido ha
alcanzado innegablemente la forma más lograda de una respon­
sabilidad política efectiva. En el otro extremo del espectro, Fran­
cia, marcada por un regicidio fundador, sucumbió a la tentación
de la erección de un presidente-soberano irresponsable bajo la v
República, cobijándose los ministros bajo esta sombra tutelar.

EL RECALL ESTADOUNIDENSE

El tecali estadounidense es un procedimiento de revocación de


los funcionarios electos. Constituye un tercer ejemplo histórico de
una práctica de la política bajo formas próximas a las de un jui­
cio, Este tipo de acción existe actualmente en un nivel principal
en unos quince estados, esencialmente del Oeste y del Medio Oes­
te, y en un nivel secundario en otros treinta y seis estados. Se ins­
tauró por primera vez en Oregón en 1908,18 al que siguieron
inmediatamente California, Atizona, Colorado y Nevada (el siste­
ma se experimentó en la ciudad de Los Angeles desde 1903). La
adopción del recall se inscribe al comienzo del siglo XX en un vas­
to movimiento de crítica a las deficiencias de la democracia esta­
dounidense de la época y de la denuncia de la corrupción de
muchos políticos. Constituyó, junto con el desarrollo del sistema
de primarias y la introducción del referendo por iniciativa popu­
lar, un conjunto corrector de la pesadez del gobierno representa­
tivo, cuyo programa fue definido por el Progressive Mouvement.

17. Sobre el desarrollo de ese movimiento en Inglaterra, véase la destacada


obra de Denis Baranger, Par¡ementarisme des origines. Essai sur les conditions de
formation d‘im exécutif responsable en Angleterríg París, PUF, 1999.
18. Cf. James Duff Barnett, The Operario» ofthe Iniriarive, Referendum and
Recall in Orego», Nueva York, Macmillan, 1915.
206 LA CONTRADEMOCRACIA

El recall, en términos prácticos, es un procedimiento de revoca­


ción de los funcionarios electos que comienza por una campaña
con un petitorio que pide el despido de uno de ellos. Si se obtiene
un mínimo de firmas (generalmente del orden del 25% del cuer­
po electoral), se organiza una votación. Prácticamente todos los
funcionarios públicos están sujetos a este procedimiento, desde el
gobernador o los miembros de la Legislatura estadual hasta los
simples funcionarios municipales, pasando por los fiscales, los
sheriffs, e incluso en ciertos casos los jueces. Hubo gobernadores
a los que echaron de sus puestos como resultado de tal procedi­
miento (el último ejemplo fue la revocación en 2003 de Gray
Davis en California, reemplazado por el actor Arnold Schwarze-
negger).19 También echaron a intendentes de importantes ciuda­
des, como el de Cleveland en 1978 o el de Omaha en 1987. Y
también miles de funcionarios electos en puestos menos impor­
tantes.20 Se han contado incluso entre los funcionarios electos
revocados a miembros de los School Boards (los consejos educa­
tivos que cumplen un papel importante en la determinación de la
política escolar); responsables de Irrigation Districts (que geren-
cian el recurso del agua, decisivo para los agricultores en estados
como California o Nevada) o miembros de diversas comisiones a
nivel de condados. En ese sentido, bien podemos hablar de “os­
tracismo ordinario”.
¿Cómo entender el sentido de tal procedimiento? Es común
que se lo interprete como una forma radical de democracia
directa, emparentada con un referéndum de iniciativa popular.21
De hecho, en esos términos es como se la describió en Estados
Unidos del comienzo del siglo XX. Es verdad que el recall es por
completo una expresión del poder del sufragio universal. Pero
creo que lo esencial se encuentra en la naturaleza misma de la
operación que se realiza. Formalmente se emparienta con un
voto en el que lo que está en juego es una revocación. Un voto

19. Sobre este acontecimiento, véase Larry N. Gerston y Terry Christensen,


Recall! California’* Political Earthquake, Armonk (NY), M. E. Sharpe, 2004.
20 Cf. Joseph F. Zimmerman, The Recall; Tribunal of the People, Westport
(Conn.), Praeger, 1997.
21. Cf Thomas E. Cronin, Direct Democracy. The Politics of Initiative,
Referendum and Recall, Cambridge (Mass.), Harvard University Press, 1989.
EL PUEBLO-JUEZ 207

de desconfianza, por consiguiente, que anula la declaración pre­


cedente de confianza que habría expresado la elección al puesto
en cuestión. Pero en realidad las dos operaciones no son estricta­
mente simétricas. La elección es un voto, una selección entre
diversos candidatos. El recall es más bien del orden de una eva­
luación, de un juicio sobre las acciones de determinada persona.
Aunque presente analogías con el procedimiento del referéndum,
el recall no puede entenderse como una alternativa al gobierno
representativo. Al sancionar a los funcionarios públicos sospe­
chados de deshonestidad o de incompetencia busca en efecto
principalmente restaurar una “buena representación”. Los ciu­
dadanos que votan en un recall actúan de hecho colectivamente
como un jurado que resuelve sobre las acusaciones presentadas
por los iniciadores de la petición (que actúan a la manera de un
Grand Jury). Estos ciudadanos son entonces jueces y no electo­
res.
La formulación de peticiones destinadas a iniciar el procedi­
miento de recall atestigua claramente esta naturaleza cuasi judi­
cial de la iniciativa. Se presentan en efecto como verdaderas
actas de acusación. La reproducción integral de tres de esos peti­
torios lo testimonia claramente.22
Texto del petitorio lanzado por el recall de Dante, intendente
de Oakland, en 1917:

Es evidente que:
Es absolutamente incompetente, tanto por su falta de formación
como por su incapacidad práctica para cumplir sus funciones.
Insulta a los ciudadanos que se pronuncian sobre los asuntos de
la ciudad ante el Consejo Municipal, y sus acciones ridiculizan a
Oakland.
Su comportamiento grosero e injusto va en camino de causar
daños irreparables a la ciudad de Oakland.
Su presencia, por otros dos años, en calidad de intendente cons­
tituye una amenaza demasiado peligrosa como para que se la tolere.
Destruye la industria.

22. Los petitorios citados aquí son tomados de la obra de Frederick L. Bird y
Francés M. Ryan, The Recall of Public Officers: a Study of the Operación of the
Recall m California, Nueva York, Macmillan, 1930. Se encontrarán otros textos
de petitorios en J. F. Zinimerman, The Recall, Tribunal of the People, op. cit.
208 LA CONTRADEMOCRACIA

No tiene ninguna idea constructiva.


Habla mucho pero no hace nada.
Habla de bajar los impuestos pero no hace nada por concretarlo.
Predica la economía pero gasta sin medida, comprándose un
automóvil de 3.000 dólares, dando a su hijo un empleo de chofer
pago de 1.500 dólares, comprándose también un sillón por 85 dóla­
res.
Desde su llegada ha hecho que reinen los problemas en la ciudad
de Oakland.
El consejero que ha nombrado, George Kaufman, jefe de Servi­
cios Públicos de la ciudad, forma parte de su proyecto de transfor­
mar la administración en una maquinaria política.
Ignora los pedidos a favor de la protección de la salud.
Ha prometido la renuncia de Peterson, jefe de la Policía, y resul­
ta que ahora es su ardiente defensor.
¿Por qué?
Oakland no puede tolerar dos años más de “davieismo”.
Un recall es el único remedio posible.

Texto del petitorio por el recall de Owens, senador del Esta­


do de California en 1913:

Los votantes del Estado de California abajo firmantes exigen por


el presente petitorio el recall del senador James C. Owens, del nove­
no distrito senatorial, y exigen la elección de un sucesor al puesto
indicado. Conforme con las disposiciones del artículo 23 de la Cons­
titución del Estado de California, las razones que justifican esta
demanda de revocatoria son las siguientes:
El senador Owens ha incumplido numerosas veces sus compro­
misos como demócrata; no ha mantenido las promesas escritas que
hizo a los obreros y ha ayudado a los grandes bonetes con su voto o
con su ausencia en los momentos decisivos.
El programa de su partido proponía un sistema de seguro indus­
trial a nivel del Estado de California. Pero en cuanto a ello ha defen­
dido una enmienda al proyecto de ley que busca indemnizar a los
obreros de Boynton, enmienda que hubiese sido un obstáculo a la
creación de tal seguro. En ello les hizo el juego precisamente a las
compañías de seguros.
Su partido se pronunció a favor de una extensión de la ley de 8
horas sobre el trabajo de las mujeres. En el comité votó a continua­
ción todas las propuestas que buscaban limitar su extensión, exclu­
yendo a las empleadas de las hilanderías de algodón, ya incluidas en
la ley. Estuvo ausente en el voto final. Votó en contra del proyecto
EL PUEBLO-JUEZ 209

de ley por la conservación del agua con el fin de ayudar a las com­
pañías de electricidad.
Votó contra la inspección de minas y contra una mejora de las
condiciones de trabajo y una reducción del tiempo de trabajo dentro
de las minas para satisfacer a las compañías mineras. Presentó el
proyecto de ley 243 al Senado, que era tan malo que la Comisión de
Ferrocarriles ha declarado oficialmente que se lo debía titular: “Ley
que busca anular las disposiciones más importantes de la ley sobre el
servicio público con relación a los Ferrocarriles”.
Desde hace dos años estuvo ausente 113 veces ai llamado, fal­
tando o evitando la convocatoria.
Y éstas no son más que algunas de las numerosas razones por las
cuales el senador Owens debería ser removido de sus funciones pol­
la vía de un recall.

La reproducción integral de estos dos textos, muy representa­


tivos de los de la época, muestra cómo se mezclaban las conside­
raciones morales, profesionales y políticas en la redacción del
acta de acusación contra los funcionarios públicos aludidos. Su
carácter vago y heteróclito es así en sí mismo una buena indica­
ción de la referencia al ánimo ciudadano en estos dos casos. Es
llamativo constatar que las cosas no han cambiado mucho en un
siglo. Los términos del Petitorio propuesto en 2003 para la
remoción del gobernador Gray Davis lo testimonian:

Las razones para que el gobernador sea removido son las si­
guientes:
Manejo grosero [gross mismanagement] de las finanzas de Cali­
fornia, dilapidando el dinero de los contribuyentes, amenazando la
seguridad pública por la reducción drástica de los fondos de las
colectividades locales, demostrándose incapaz de explicar el costo
exorbitante del gran fiasco energético, y siendo en líneas generales
incapaz de gestionar los grandes problemas del Estado antes de que
degeneraran en crisis graves. California debe dejar de ser conocida
como el Estado que tiene malas escuelas, embotellamientos mons­
truosos, facturaciones extravagantes de los servicios públicos y deu­
das enormes [...] resultado todo ello de una gestión espantosa.23

23. Reproducido en Kenneth P. Miller, “The Davis Recall and the Courts1’,
American Politics Research, vol. 33, n° 2, marzo de 2005, pág. 104.
210 LA CONTRADEMOCRACIA

Aunque resulta muy claro que los responsables aludidos son


convocados ante el pueblo-juez, las quejas que se dirigen contra
ellos mezclan de manera confusa los aspectos penales y políticos.
Los intercambios habituales de argumentos sobre las ventajas y los
inconvenientes del recall no deben hacer perder de vista esta prime­
ra característica. Es necesario pues ir más allá del cuadro de análi­
sis que se contenta con apreciarla en la perspectiva de la relación
entre democracia directa y democracia representativa. Debe com­
prendérsela más ampliamente como un “momento judicial” de la
democracia. La comparación más pertinente es entonces entre
recall e impeachment y no entre recall y referéndum. La Constitu­
ción federal estadounidense prevé en su artículo 2 que el presidente
y el vicepresidente, así como todos los funcionarios civiles, pueden
ser despedidos de sus funciones por causa de traición, corrupción u
otros crímenes importantes. Este procedimiento de impeachment
es parlamentario (a través del Senado) y alude a delitos relativa­
mente precisos; se lo ha empleado menos de una veintena de veces
desde 1787 24 El espíritu de los procedimientos es semejante. El
recall ha sido utilizado masivamente en los estados que lo adopta­
ron porque es de un uso más flexible, las razones para lanzar el
procedimiento son muy amplias, y no se distingue claramente entre
la responsabilidad política y la responsabilidad penal. En cambio,
no tiene el rigor de un verdadero procedimiento judicial. En este
mecanismo se mezclan versiones degradadas de lo judicial y lo
político. Se puede hablar por este motivo de un carácter “híbrido”
del recall-, si bien señala la relación entre el voto y el juicio, así
como su posible conmutación, invita igualmente a pensar en sus
perversiones recíprocas.25 En los márgenes de las prácticas demo­
cráticas usuales, el recall señala las virtualidades y los peligros
implícitos en ellas.

24 Cf. Michael ]. Gerhardt, The Federal Impeachment Process. A Constitu-


tional and Histórica! Analysts, Princeton, Princeton University Press, 1996.
25. Es necesario recordar en ese tema que en un momento se pensó en apli­
car el procedimiento de recall a las decisiones judiciales mismas. Theodore Roo-
seveh inscribió este punto en el programa del Progressive Movement en 1912.
Para una revisión de los argumentos positivos y negativos sobre esta cuestión,
véase Edith M. Phelps (comp.), Selected Anieles on the Recall, Including the
Recall of Jndges and Judicial Decisions, 2da. edición revisada, Nueva York, The
Wilson Company, 1915.
2

Los cuasilegisladores

LA CALIDAD DEMOCRÁTICA DEL JURY

La figura del pueblo juez adquiere forma igualmente bajo los


rasgos del jury o juicio por jurados, como lo muestra la historia
de la institución. Es reíntroducida en Occidente en la Edad
Media. Su objetivo entonces era resolver pacíficamente diferendos
entre caballeros sin recurrir a la práctica largamente difundida de
los combates judiciales. Un juicio por una pequeña asamblea de
pares aparece como el procedimiento más adecuado para produ­
cir tal resultado.1 El afianzamiento de las justicias de los reyes sig­
na a continuación la declinación de la institución. El verdadero
nacimiento de la idea moderna de jury es entonces más tardío:
data de mediados del siglo XVIII. Se inscribe en el movimiento de
reflexión del siglo de las luces sobre la reducción de los errores
judiciales que aparecen, en ese tiempo de surgimiento de los dere­
chos del hombre, como una de las manifestaciones más chocantes
de la injusticia. Todos los grandes espíritus del período participan
de esta interrogación: Beccaria, Blackstone, Condorcet y Voltaire,
por sólo citar a los más célebres, escriben sobre el tema. Su objeti­
vo común es determinar las condiciones en las cuales los hombres

1. Para esta historia antigua en Inglaterra y en Francia, véase Tilomas


Andrew Green, Verdict According to Consciente. Perspectives on the English
Criminal Erial jury, 1200-1800, Chicago, Chicago University Press, 1985, y
Léon Prieur, Les Origines frangaises du jury. Les assises féodales. París, 1924.
212 LA CONTRADEMOCRACIA

falibles, los jueces, pueden pronunciar un veredicto y reducir al i


mínimo el riesgo de un error de apreciación. Las academias y las i
sociedades de eruditos también ponen en debate la cuestión en ¡
toda Europa. Se impone una misma solución para todas las plu­
mas: el jury. “Esta institución admirable -escribe por ejemplo
Blackstone- se adapta y sirve mejor a la búsqueda de la verdad
que cualquier otro método de investigación empleado en el mun­
do.”2 Un grupo deliberante de una docena de personas deja
menos margen al error de apreciación de un hecho que la opinión
de uno solo. Es así como por el rodeo de una aprehensión proba-
bilística de la razón y la verdad se impone la idea del jury en
aquel tiempo como una institución esencial para la protección de
los derechos y las libertades del individuo. En su Essai sur les
probabilités en matiére de justice (1772), Voltaire es el primero
en intentar formalizar este enfoque de la reducción de las proba­
bilidad de ver condenado a un inocente. Condorcet le dará algu­
nos años más tarde su expresión acabada en su célebre Essai sur
l’aplication de Vanalyse d la probabilité des décisions rendues d la
pluralité des voix.3 Thouret, el gran reformador de la adminis­
tración de la justicia durante la Revolución Francesa, resumirá
bien estos enfoques diciendo que “la institución del jury es el
medio más cercano a la infalibilidad que haya entre los hom­
bres”.4
Existe así una historia del jury que se podría calificar de
“racionalista” o de “probabilística”. Pero un poco más tarde se
da otro enfoque, más específicamente político, que hace del jury .
popular una institución democrática indisociable de la institu­
ción del sufragio universal. Es esto lo que nos interesa en primer I
lugar aquí. La revolución inglesa es la que da el primer paso en i
la materia. El célebre Acuerdo del Pueblo (Mayday agreemeni) ’
<■2707
■ UBWrí
: A|;Ii
2. William Blackstone, Commentaires sur les lois de i'Angleterre (1765­
1769), libro ni, cap. 23, traducción francesa, Batís, 1823, t. vi, pág. 10.
3. París, 1785. Otros grandes matemáticos de la época prolongarán su enfo­
que. Véase en particular Antoine Augustin Cournot, “Mémoire sur les applica-
tions du calcul des chances á la statistique judiciaire”, Journal de mathématiques
purés et appliquées, t. líl, París, 1838, así como Simeón. Denis Poisson, Recher­
ches sur la probabilité des pugements en matiére criminelle et en matiére cit’ile,
París, 1837.
4. Citado por Ernest Lebégue, Thouret (1746-1794), París, 1910, pág. 232.
EL PUEBLO-JUEZ 213

del Io de mayo de 1649, que formula las aspiraciones más radi­


cales, liga así el principio de una representación realmente popu­
lar a la creación de jurados libremente elegidos. Pero es por­
sobre todo la Revolución estadounidense la que innova al orga­
nizar en la práctica la primera forma de jury democrático. La
milicia, el jury y el cuerpo electoral político constituyeron en
Estados Unidos las modalidades complementarias de un pueblo
que participa del ejercicio de los diferentes poderes sociales. El
jury tiene en este marco un valor político intrínseco: es una de
las manifestaciones de la igualdad de los ciudadanos, participar
en un jury es una forma de la actividad cívica.5 Tocqueville ha
subrayado esta dimensión en las célebres páginas de su Dérno-
cratie en Amérique. “El jury -escribe allí- es ante todo una insti­
tución política [...]. Es la parte de la nación encargada de asegu­
rar la ejecución de las leyes, así como las Cámaras son la parte
de la nación encargada de hacer las leyes.”67Esta calidad demo­
crática del jury no deriva solamente del principio igualitario que
le sirve de fundamento. También proviene de su modo de funcio­
namiento, que es de orden deliberativo. Mientras que el elector
se contenta con expresar de una vez su opinión, cuando desliza
su voto en la urna, el jurado se inscribe en un proceso más largo
y más evolutivo de intercambio de informaciones y de argumen­
tos. Es por consiguiente una modalidad más lograda de la ciuda­
danía. Este punto será muy subrayado en los debates de ratifica­
ción de la Constitución elaborada en Filadelfia en 1787?
Este principio de publicidad y de discusión es igualmente
acompañado en Estados Unidos de una celebración de la dimen­
sión local de la institución: el jury se constituye con personas

5. Cf. especialmente los trabajos de Jeffrey Abramson: “The Jury and Demo-
cratic Theory”, The Journal of Política! Philosophy, vol, !, 0° 1, marzo de 1993;
“The American Jury and Democratic Justice”, La Revue Tocqueville / The Toc­
queville Review, vol. XVHi, n° 2, 1997; We, The Jury. The Jury System and the
Ideal of Democracy, Nueva York, Basic Books, 1994. Véanse también los suges­
tivos comentarios sobre ese punto en Antoine Garapon y loannis Papadopoulos,
Juger en Amérique et en Prance, París, Odile Jacob, 2003 (“Les valeurs du jury
américain”, págs. 177-187).
6. De la démocratie en Amérique, t. i, 2da. parte, cap. Vllk “Du jury aux
États-Unis consideré comme institution politique”.
7. No sorprende entonces ver subrayado particularmente este punto en las
214 LA CONTRADEMOCRACIA

cercanas a los hechos, que viven en el mismo medio que el acusa­


do. Cumple de este modo con una exigencia de proximidad qye
estaba en el corazón de la cultura política estadounidense del
período? El hecho de que los jurados no intervengan más que de
manera temporaria coincide además con un ideal de funciones
políticas siempre abiertas, sometidas a un principio de rotación.
Con el jury se afirma así una visión deliberativa y participativa
de la actividad democrática, compensadora de las formas de dis­
tancia resultantes del funcionamiento del gobierno representati­
vo en una gran escala.
En la experiencia francesa se encuentran muchos de estos
rasgos. Aquí también lo que primó fue el objetivo de reducir los
riesgos de error judicial. Pero la dimensión propiamente demo­
crática del jury también fue muy afirmada en el período revolu­
cionario. La adopción de la institución se inscribe claramente en
el movimiento general de implementación del principio de sobe­
ranía de la nación. Adrien Duport, el principal actor de la refor­
ma en la Asamblea Constituyente, consideraba que el jury era a
la representación del pueblo para la justicia lo que el Cuerpo
Legislativo era a la representación del pueblo para la ley? Una
vez que el sistema de jurados esté funcionando, decía, “podre­
mos desafiar los esfuerzos de la tiranía, porque el pueblo no
dejará de ser libre mientras ese formidable poder de juzgar que­
de en su seno”.10 La idea de que la libertad política reposa sobre
los dos pies del derecho de voto y del jury estaba así en el cora­
zón de la visión revolucionaria. Las figuras del jurado y del elec-

fiías antifederalistas. Véase por ejemplo el n° 15 del Federal Farmer (18 de enero
de 1788) reproducido en Philip B. Kurland y Ralph Lerner (comps.), The Foun-
ders1 Constitution, Chicago, University of Chicago Press, 1987, t. v, pág. 397.
8. Cf. los comentarios de John Philip Reid, Constitutional History of the
American Revolution, t. í, The Authority ofRights, Madison, The University of
Wisconsin Press, 1986 (véase el cap. “The Jury Rights”). Es también un tema
desarrollado principalmente por los antifederalistas animados por una intensa
visión localista de 1a política.
9. Sobre su papel y sus ideas, véase Antonio Padoa Schioppa, “La gima all’
Assemblea Costituente francese”, en A. Padoa Schioppa (comp.), The Trial Jury
in England, Trance, Gertnany, 1700-1900, Berlín, Duncker & Humblot, 1987, y
“Le jury d’Adrien Duport”, en La Révolution et FOrdre juridique privé, rationa-
lité ou scandale?, Antes du colloque d’Orléans, París, PUF, 1988.
10. Informe del 27 de noviembre de 1790 sobre la institución de los jurados.
EL PUEBLO-JUEZ 215

tor no dejarán de superponerse a partir de allí. Bajo la monar­


quía censitaria, la posibilidad de ser miembro de un jury estaba
más abierta que el acceso a las urnas. “Que todo jurado sea
elector”: tal es en consecuencia el primer eslogan que adoptaron
los republicanos para iniciar la campaña por la reforma electo­
ral. A la inversa, los medios conservadores atacaron a lo largo
del siglo XIX el funcionamiento de los jurados populares, en
momentos que se les hizo difícil denigrar abiertamente el princi­
pio del sufragio universal. Desde el período del Consulado se
multiplicaron los escritos que denuncian las “absoluciones es­
candalosas” que dictan los jurys.11 Las cifras, es cierto, son par­
ticularmente impactantes. En las primeras décadas del siglo XIX,
cerca del 40% de los crímenes de sangre son absueltos. Las esta­
dísticas concernientes a casos de infanticidio y de aborto son del
mismo orden. Numerosas publicaciones retoman acentos retró­
grados para estigmatizar la ignorancia del pueblo-jurado, su ver­
satilidad y su incoherencia, sus pasiones que lo conducen tanto
a manifestar una severidad vengativa como a una indulgencia
culpable.12 Se ve a continuación, a veces, a la legislación aportar
a los jurados restricciones que tienen las huellas de las viejas
vacilaciones respecto de incluir ciertas poblaciones en la ciuda­
danía activa (es el caso de los empleados domésticos o de ciertas
categorías de personas dependientes). El fin del siglo XIX tam­
bién conoció una gran reaparición de las visiones restrictivas del
jury. Tarde, uno de los grandes sociólogos del período, llama
por ejemplo a sus contemporáneos a sustituir a los jurados por
la intervención de expertos científicos.13 Toda una corriente
racionalista antidemocrática participará de esa cruzada en el
momento en que el sufragio universal, incorporado a los hábitos

11. Véase la documentación reunida sobre ese punto por Y ves Pourcher,
“Des assises de gráce? Le jury de la tour d’assises de la Lozére au X1XC siécie”, así
como Élisaberh Claverie, “De la difficulté de faite un citoyen : les ‘Acquitrements
scandaleux’ du jury dans la Erance provinciale du debut du siécie”, en Étu~
des rurales, n° 95-96, julio-diciembre de 1984.
12. Cf. Charles Clauss, Le Jury sous le Consulat et le Premier Empire, París,
1905, así como Adhémar Esmein, Histoire de la procédure criminelle en Erance,
París, 1881.
13. Véanse especialmente estos desarrollos en La Phdosophie pénale, 4ra.
ed., París, 1890, Raymond Saleilles, uno de los grandes juristas del período, hará
campaña en el mismo sentido.
216 LA CONTRADEMOCRACIA

y las prácticas, se volvió irreversible.14 Detrás de la cuestión del


“derecho de jury” planteada por estos autores, había en efecto
un conflicto sobre las normas sociales en juego: las decisiones de
los jurados populares eran criticadas porque cuestionaban lo
que algunos percibían como conforme a las leyes y las costum­
bres.

LA PRODUCCIÓN DE LAS NORMAS EN COMPETENCIA

El papel democrático del jury debe comprenderse también en


su dimensión de producción de normas. Al absolver a ciertos
culpables, los jurados expresaban la distancia que había entre la
ley y su percepción de la importancia relativa de los delitos. Es
así como a comienzos del siglo xix es frecuente ver absueltas a
personas acusadas de crímenes pasionales mientras que quienes
atentaban contra la propiedad eran detenidos de manera mucho
más sistemática.15 En esos casos, la absolución servía para corre­
gir de hecho la ley votada por los representantes. Era de ese
modo una especie de “ley salvaje”, expresión directa de un senti­
miento popular, la que a menudo se dictaba a través de las deci­
siones de los jurados. La consideración de lo justo y lo injusto, la
escala de gravedad de las faltas (entre los delitos contra los bie­
nes y las personas especialmente), el derecho de hacer justicia
por propia mano: es un universo normativo propio que los jura­
dos prácticamente construían. Un diputado de izquierda definía
en ese sentido, durante la Restauración, la decisión de un jury
como “un juicio por el país que ejerce inmediatamente un acto
de protección social”.16 Lo que allí aparece es también una for­
ma de conflicto entre democracia directa y democracia represen-

14. Cf. Samuel Stern, Le Jury technique: esquíese d'uue justice pénale ratio-
nelle, París, 1925.
15. Se encontrarán datos sobre este punto en Isser Wolloch, The New Regi­
me, Transformations of the French Civie Order, 1789-1820, Nueva York, Nor­
ton, 1994, págs. 355-379. Véase igualmente James M. Donovan, “Justice Un-
blind, the Juríes and the Criminal Class in France, 1825-1914”,Journal of Social
Hístory, t. 15, n° 1, 1981.
16. Augustin Marie Devaux, en el debate de 1827 sobre la reforma del jury
(A. F., 2da. serie, t. 49, pág. 194). _
EL PUEBLO-JUEZ 217

tativa, consagrando otra dimensión política del jury. En este


marco se enfrentan definiciones encontradas de la justicia o del
perjuicio al orden social. Para reducir esta tensión, el legislador
introducirá en 1832 la noción de circunstancias atenuantes, per­
mitiendo a los jurados descender por debajo del mínimo de la
pena legal. Era una manera de intentar reducir la cantidad de
absoluciones que podían alcanzar, como se ha dicho, al 30 o
40% de las decisiones; era también una manera de ocultar la dis­
tancia entre la norma “popular” y la norma “legal”. ¡Poco tiem­
po después, en 1840, el 68% de los fallos de condena en las cor­
tes feudales incluyeron el reconocimiento de circunstancias
atenuantes!17 Es decir que la medida había sido realmente sub­
vertida por los jurados.
La dimensión política de la actividad de los jurys se manifestó
también en Francia en el terreno directamente político. Durante
la Revolución y el Imperio, los jurados populares anularon la
mayoría de las persecuciones políticas sometidas a su apreciación.
La institución del jury se opuso con frecuencia en ese período a
las tentativas de los sucesivos gobiernos de hacer condenar a sus
enemigos por los tribunales criminales. Incluso durante el Terror:
¡cerca de tres cuartos de los acusados políticos del período fueron
declarados inocentes! En el contexto termidoriano que siguió, se
encuentra la misma repugnancia a condenar.18 Hay por lo tanto
una innegable autonomía de los jurys, que desarrollaron en ese
momento una oposición frontal a la política de los poderes cons­
tituidos, o que manifestaron por lo menos una visión de las cues­
tiones políticas muy diferente de la de los hombres de partido. Al
ser compleja la interpretación de ese género de fenómeno, la dis­
tancia entre la “política implícita” de los jurados y las posiciones
de los poderes electos es en sí misma esencial. La intervención de
los jurys en los procesos relacionados con la prensa confirma la
importancia de ese papel político corrector. El hecho de que los

17. Este cambio es analizado por B. Schnapper, “Le jury franjáis aux XIXe
et xxc síécles”, en A. Padoa Schioppa, The Trial Jury in England, Trance, Ger-
many, op. cit.
18. Cf. los datos reunidos sobre ese punto por Robert Alien, Les Tribunaux
criminéis sous la Révolution et l’Empire, 1792-1811, Rennes, Presses universitai-
res de Rennes, 2005.
218 LA CONTRADEMOCRACIA

delitos de prensa hayan sido derivados desde 1819 (y después de


1830, luego de una interrupción) a las cortes penales, expresa
bien el papel motor que se reconoce a los jurys en la materia. De
este modo, también se debe considerar al jury como una institu­
ción de regulación política. Se puede hablar efectivamente en esa
medida de una política propia de los jurys, paralela a la expresión
del gobierno representativo. Allí también se instauró un verdade­
ro dualismo democrático. Los notables no dejarían de denunciar­
lo, especialmente luego de la conquista del sufragio universal. ¿Su
solución? Consistió simplemente en reducir fuertemente el campo
de intervención judicial de las cortes penales y, en consecuencia,
restringir la intervención de los jurys. Una ley francesa de 1894
transfirió así a los tribunales correccionales, es decir, a jueces pro­
fesionales, todo un conjunto de infracciones que hasta entonces
eran tratadas por las cortes penales. Como resultado, las penas
impuestas en esos dominios fueron regularizadas, sistematizadas
y aumentadas. Se redujeron las frecuentes absoluciones de muje­
res asesinas -a menudo con el aplauso del público- porque habí­
an sido engañadas o eran amantes abandonadas, en tanto algún
pretexto cualquiera permitía castigar otros asuntos. Disminuyó
mucho la distancia de una moral popular espontánea respecto de
la moral burguesa. El efecto fue idéntico en el dominio específica­
mente político con la penalización de ciertos asuntos de prensa, y
más aún de todo un conjunto de crímenes y delitos contra la
seguridad del Estado o referido a la incitación a los militares a la
desobediencia. Cuando Francia conoció una ola de atentados
anarquistas en la década de 1890, el gobierno ya no tenía que
temer la eventual indulgencia de los jurados en esos dominios.19
Al controlar mejor las decisiones judiciales, los notables de la
República eliminaron la fuente de un poder potencialmente en
competencia con el suyo. La situación francesa de fines del siglo
XIX, lo destacamos, no tiene nada de excepcional en esta mate­
ria. Mientras que el sufragio universal se impone en toda Euro­
pa, la institución del jury, simultáneamente, fue muy atacada en
todas partes. El jury fue suprimido en España y muy criticado en

19 Véanse sobre ese punto ios aportes de Jean-Pierre Machelon, La Républi-


que. contre les libertes? Les restrictíons aux libertes de 1879 a 1914, París, Pres-
ses de Sciences-Po, 1976, págs. 426-447.
EL PUEBLO-JUEZ 219

Italia, Inglaterra y Alemania.20 Universalmente celebrado un


siglo antes como una de las formas más manifiestas de la liber­
tad, terminó por simbolizar a los ojos de las elites la irracionali­
dad del número.
La dimensión de actor democrático del jury fue especialmen­
te marcada en Estados Unidos. La idea de que el jury tiene por
tarea proteger a los ciudadanos contra los abusos del gobierno
constituyó en ese país un elemento clave del credo político
común. Se veía así a los jurados como “protectores del pueblo”
y como “actores políticos”.21 Como en Europa, los jurys contri­
buyeron a producir “democráticamente” normas sociales desfa­
sadas de las normas legales (en materia de autodefensa por ejem­
plo). Pero los jurys en Estados Unidos tuvieron también por
mucho tiempo una función cuasilegislativa. Numerosas constitu­
ciones estaduales les reconocieron en efecto en el siglo XIX un
derecho a evaluar la ley misma. “The jury shall be judges of
laws, as well as facts”, establece en ese sentido la Constitución
(sin embargo moderada) de 1790 de Pensilvania. Esta visión,
heredada del período colonial, correspondía a una época en la
que el jury era la única institución “democrático-representativa”.
En ausencia de un verdadero gobierno representativo, las deci­
siones del jury (en materia de leyes relacionadas con la prensa
por ejemplo) permitían expresar el equivalente de una opinión
general con mando, diferente de las leyes inglesas en vigor. Este
enfoque seguirá imponiéndose a lo largo del siglo xix.22 Se verá
así, en una cierta cantidad de casos célebres, a jurados que anu­
laron de hecho ciertas disposiciones esenciales de textos concer­
nientes a los esclavos fugitivos. El amplio papel del jury está liga­
do también en esa época a su dimensión de poder local. Esta
función cuasilegislativa declina a continuación, en la medida que
se afirma, a partir de comienzos del siglo XX, un poder nacional

20. Véanse las contribuciones reunidas en A. Padoa Schioppa, The Trial Jury
in England, Trance, Germany, op. cit.
' 21. “Populist protectora” y “political participants”: estas expresiones son
empleadas en el artículo de Akhil Reed Amar, “The Bill of Rights as a Constiru-
tíon”, The Tale Law Journal, vol. 100, marzo de 1991. Debe recordarse que el
jury también interviene en ei derecho civil en Estados Unidos.
22. J. Abramson desarrolla ampliamente esta dimensión en We, The Jury,
op. cit. págs. 74-95.
220 LA CONTRADEMOCRACIA

más estructurado. Pero sigue siempre subyacente al principio


mismo de la institución.

LOS LEGISLADORES EN LAS SOMBRAS

El jury no es el único ejemplo de corrección social discreta


del orden normativo elaborado por el sistema representativo. El
caso francés de los conseils des prud'hommes^ la justicia profe­
sional de los conflictos de trabajo, es igualmente interesante des­
de este punto de vista. Antes de que se estableciera el principio
de la paridad entre obreros y patrones en 1848, es llamativo
constatar que la institución creada por Napoleón en 1806 llevó
a legitimar un funcionamiento de los talleres que se distancia
visiblemente del orden legal liberal. Fueron entonces los maes­
tros [maitres] los que favorecieron la producción de reglas que
consideraban favorables a la estabilización de una organización
del trabajo antes sometida a la multiplicación de diferendos con­
siderados demasiado perturbadores. Tal modo de creación de
reglas sui generis evidentemente se refuerza luego de que el
poder del sector obrero se afirmase más visiblemente. Sobre este
terreno del arbitraje de los conflictos del trabajo se constituye
toda una concepción práctica de lo justo y lo injusto. Desde la
década de 1830 las primeras asociaciones obreras reúnen con ese
espíritu los fallos y crean recopilaciones que esbozan más el
equivalente de una verdadera empresa de codificación que una
simple compilación de jurisprudencia. Los historiadores de ese
dominio han hablado así de la formación de una cuasilegisla-
ción, subrayando que las decisiones de los tribunales de trabajo
[prud’h omales] locales instituyeron normas de un carácter muy
particular, semíclandestinas, en disidencia con las concepciones

* Conseil des prud'hommes, tribunal de excepción encargado esencialmen­


te de juzgar diferendos de orden laboral entre empleados y empleadores (n. del
t.).
23. Véanse sobre este punto los muy sugestivos análisis de Alain Cottereau,
“Justíce et injustice ordinaire sur les lieux de travail d’aprés les audiences prud’ho-
males (1806-1866)”> Le Mouvement social, n° 141, octubre-diciembre de 1987.
EL PUEBLO-JUEZ 221

dominantes del derecho civil de la época.2425 En ese sentido es sig­


nificativo que los sindicatos obreros parisinos se agruparan en
1881 para formar un comité central electoral y de vigilancia
encargado de seguir y coordinar la actividad de estos tribunales
laborales,24 mucho antes de soñar siquiera con unirse para for­
mar una verdadera confederación (la CGT fue creada en 1895).
Las estrategias propiamente judiciales, tendientes a seleccio­
nar los asuntos cuyas características se consideraban susceptibles
de acarrear decisiones que hicieran evolucionar la jurispruden­
cia, podían conducir de otra manera a hacer que la sociedad fue­
ra de hecho “colegislativa”, aunque sólo fuera algo marginal. En
cambio, en el dominio social, los sindicatos obreros han actuado
desde hace mucho tiempo en ese sentido.25 Este enfoque es parti­
cularmente valorado en los países del common law, donde los
dictámenes de los casos juzgados determinan fuertemente el
derecho. La acción propiamente jurídica de numerosas asocia­
ciones estadounidenses constituye uno de sus terrenos privilegia­
dos de actuación. Comporta por lo general dos aspectos. El pri­
mero es el más tradicional: la acción de lobby en el Congreso
para influir en la evolución de la legislación. Pero la acción pro­
piamente judicial para tratar de obtener decisiones favorables en
los casos considerados ejemplares es igualmente central. La ACLU
(American Civil Liberties Union) emplea por ejemplo actualmen­
te con ese objetivo 150 abogados.26 Esta enorme fuerza de inter­
vención representa una potencia militante indirecta que puede
resultar más eficaz que el sostenimiento de programas políticos.
Ese modo del activismo judicial perfila en efecto una suerte de
“legislador en las sombras”, cuyos efectos de incitación y correc­
tivos pueden ser determinantes. Se constata en Estados Unidos
en el dominio privilegiado de intervención de la ACLU, que es el
del conjunto de derechos que establece la libertad de expresión
garantizada por lá primera enmienda de la Constitución. Tam-

24. Cf. Pierre Bance, Les Fondateurs de la CGT a l’épreuve dit droit, Claix,
La Pensée sauvage, 1978, págs. 188-191.
25. Cf. por ejemplo la exposición de los juristas de la CFDT, “Le droit du
travai! dans la lurte des classes”, CFDT - Aujourd'hui, n’ 23, enero-febrero de
1977.
26. Cf. “Un civisme radical” (entrevista a Anthony Romero, director ejecuti­
vo de ACLU), Vetearme, n° 34, invierno de 2006.
222 LA CONTRADEMOCRACIA

bien en este caso se puede hablar de un pueblo juez que ejerce


una influencia directamente eficaz, distinta de su contribución a
la formación del sistema representativo. La soberanía popular y
la rule of law se superponen al constituir esta última doblemente
una expresión de la primera, en la pluralidad de sus formas y
temporalidades.
La preferencia por el juicio

LA CUESTIÓN DE LA JUDICIAL1ZACIÓN DE LO POLÍTICO

El deslizamiento de lo político a lo penal es una dimensión


particularmente analizada y comentada de las democracias con­
temporáneas. Se ha hablado sobre todo en este sentido de una
judicialización de lo político. Esta evolución tiene múltiples cau­
sas. La más notable reside sin duda en la evolución de las condi­
ciones en las que se pone en juego la responsabilidad política. Se
trata de un fenómeno complejo y proteiforme que responde a
varios factores. De modo muy esquemático se pueden distinguir
dos. El primero deriva de la naturaleza de las instituciones polí­
ticas mismas. La penalización de la vida pública es muy notoria
en los países que se caracterizan por la inestabilidad y la fragili­
dad de su sistema político, así como allí donde las contradiccio­
nes institucionales hacen problemático un ejercicio sano de la
responsabilidad. En Europa, Italia ha constituido un ejemplo
paradigmático de ello, donde la incapacidad del sistema político
de regularse por sí mismo y responder a las expectativas de la
sociedad ha precipitado el fortalecimiento de la figura del juez
en el campo político. El ejemplo francés, por su lado, depende
más de una deficiencia constitucional. La dificultad para organi­
zar la diarquía en la cima del Estado entre el primer ministro y
el presidente de la República ha conducido a hacer prácticamen­
te irresponsable a este último. La debilidad relativa del Parla­
mento contribuyó por otra parte a liberar globalmente al Ejecu-
224 LA CONTRADEMOCRACIA

tivo de toda una serie de controles practicados en otros países.1


Los defectos de la Constitución de la V República cumplen de
este modo aquí un rol acelerador del fenómeno general.
De manera más amplia, la judicialización de lo político se
inscribe en segundo lugar en el cuadro de una declinación de la
“reactividad” de los gobiernos frente a las demandas de los ciu­
dadanos. Vemos que los gobiernos están mucho más obligados a
rendir cuentas (principio de accountability) precisamente cuanto
menos parecen atender las expectativas de la sociedad (principio
de responsiveness). Hemos pasado así de las democracias de con­
frontación y de representación a las democracias de imputación.
El modelo de la democracia de confrontación, organizado en
torno de la competencia significativa de partidos, de programas
y de proyectos se ve debilitado, al menos momentáneamente, por
la disolución de las referencias determinada por el advenimiento
de la sociedad posindustrial. Pero el deslizamiento a la judiciali­
zación ha sido provocado también por la creciente opacidad de
los procesos de toma de decisiones y la complejidad en aumento
de las estructuras gubernamentales. Es cada vez más difícil saber
quién es realmente responsable de una decisión. De este modo,
es la imputación misma la que se ha vuelto problemática. Hay
demasiadas partes que intervienen en cada asunto, demasiadas
estructuras entrelazadas en la gestión de los problemas, como
para que el ciudadano pueda ver con claridad.2 La entrada en
una “sociedad del riesgo” no ha hecho más que reforzar esta
dificultad de imputación. De ahí la búsqueda de un modo de

1. Sobre el déficit de ejercicio de la responsabilidad política en Francia, se


puede recurrir en particular a los trabajos de Olivier Beaud: “La responsabilité
politique face á la concurrence d’autres formes de responsabilité des gouver-
nants”, Pouvoirs, na 92, 2000; Le Sang contaminé. Essai critique sur la crimina-
lisation de la responsabilité des gouvernements, París, PUF, 1999; y con Jean-
Michel Blanquer, La Responsabilité des gouvernants, París, Descartes, 1999, y
“Le principe írresponsabilité. La crise de la responsabilité politique sous la V
République”, Le Débate n° 108, enero-febrero de 2000.
2. Sobre este problema de la imputabilidad en una sociedad compleja véanse
Dennis F. Thompson, “Moral Responsibility of Public Officials: the Problem of
Many Hands”, The American Political Science Review, vol. 74, n° 4, diciembre
de 1980, y Mark Bovens, The Quest for Responsibility: Accountability and Citi-
zenship in Complex Organisations, Cambridge, Cambridge University Press,
1998.
EL PUEBLO-JUEZ 225

ejercicio de la responsabilidad considerado más eficaz y mejor


adaptado. En ese contexto, el ciudadano se ve a veces tentado de
esperar de un juicio los resultados que ha desesperado de obte­
ner por la elección:3 a falta de un ejercicio satisfactorio de la res­
ponsabilidad política, se busca determinar penalmente un culpa­
ble. Es así como la impotencia que se siente respecto de lo
político, en sus diferentes formas, ha llevado a desplazar el lugar
de rendición de cuentas de los gobernantes.4
Esta puesta en juego de modo creciente de la responsabilidad
penal para compensar las falencias de la responsabilidad política
ha sido interpretada generalmente como el signo de un aumento
del poder de los jueces en las democracias. La noción de “gobier­
no de los jueces” se ha impuesto por ello en el lenguaje académi­
co tanto como en los medios para caracterizar esta evolución. En
la actualidad, la literatura sobre la cuestión es inmensa,5 dividi­
da entre los observadores inquietos por lo que se ve como un
retroceso de la soberanía popular y los analistas más optimistas
de un movimiento identificado con el progreso del Estado de
Derecho. Por cierto es necesario distinguir claramente las reac­
ciones y actitudes en los diferentes países. Estados Unidos, Fran­
cia, Gran Bretaña e Italia, por no tomar más que esos cuatro
ejemplos, presentan respecto de este punto fuertes especificida­
des, dependientes tanto de su historia como de sus instituciones.6
Pero hay un diagnóstico de conjunto comparable e interrogantes
similares. Si se centra la atención sobre el avance del papel de los

3. Para una visión general del problema, véanse Richard Mulgan, Holding
Power to Account: Accountability in Modern Democracias, Nueva York, Palgra-
ve, 2003, así como Robert D. Behn, Rethinking Damocratíc Accountability,
Washington, Brookings, 2002.
4. Cf. A. Garapon y Denis Salas, La République pénalisée, París, Hachette,
1996.
5. Sobre una primera aproximación, véase Michael H. Davis, “A Govern­
ment of Judges: An Histórica! Review”, The American Journal of Comparativa
Law, vol. 35, n° 3, verano de 1987 (señala que las primeras ocurrencias de la
expresión datan de la década de 1920), así como Séveríne Brondel, Norbert Foul-
quier y Luc Heuschling (comps.), Gouvernement des juges et démocratie, París,
Publicarions de la Sorbonne, 2002.
6. Debería tenerse en cuenta aquí todo un conjunto de factores: la existencia
de un sistema de elección de los jueces, las condiciones eventuales de formación
de una alta corte de justicia compuesta de parlamentarios, etcétera.
226 LA CONTRADEMOCRACIA

jueces y la fuerza del derecho en las democracias, generalmente


se desatiende una cuestión central: la de las propiedades del acto
de juzgar. Detrás del juez está, sin embargo, el juicio como resul­
tado de su actividad. La demanda social que se expresa de mane­
ra difusa en las democracias contemporáneas es posiblemente en
primer lugar, en este sentido, una expectativa de juicio. El juicio
es una forma de acción pública, una modalidad de expresión del
interés general sobre un caso particular. Lo que se ha convenido
en llamar ahora la judicialización de lo político debe ser entendi­
do en esta perspectiva, y no reducirse simplemente a una cues­
tión de “competencia” institucional entre magistrados y repre­
sentantes en el ejercicio de los poderes. Más allá del desencanto
producido por la “política electoral”, esta expectativa sólo cobra
sentido si se la refiere a las propiedades específicas del juicio
como tipo de decisión. Especificidades que conviene aprehender
en comparación con las características del funcionamiento del
universo electoral-político. Se pueden retener cinco elementos:
las condiciones de justificación; la relación con la toma de deci­
siones; la posición en la acción; la forma de teatralidad; la mane­
ra de relacionarse con la particularidad. .

EL IMPERATIVO DE JUSTIFICACIÓN

El ejercicio de la responsabilidad implica rendir cuentas de


las propias acciones. Las modalidades de esta justificación difie­
ren profundamente según se esté ante un tribunal o frente a los
electores en una campaña electoral. “Es perjudicial salir de la
ambigüedad”, subraya el cardenal de Retz: el término cobra
todo su sentido en política donde desempeñan un papel esencial
el arte de disimular, la posibilidad de postergar un plazo, la
vaguedad de los compromisos. La vida política autoriza casi
estructuralmente el mantenimiento de tal ambigüedad; esta últi­
ma tiene en el marco político una función de protección y de.
derivación. Es por cierto posible que el compromiso de “decir la
verdad” constituya a la inversa una ventaja comparativa. Pero la
apreciación de esa diferencia, de la sinceridad y de su alcance, es
difícil. No es lo mismo frente a un tribunal. El proceso judicial
obliga en efecto a las partes a explicarse y a justificarse de modo
público. Nadie puede realmente distraer la atención en ese mar-
EL PUEBLO-JUEZ 227

co. La diferencia con las condiciones de la intervención en la


escena propiamente política es así flagrante. El juicio impone en
primer lugar la presencia organizada de un contradictor así
como el sometimiento a una investigación coactiva, la obligación
de seguir un procedimiento que no se controla. Por otra parte, el
cuestionamiento de los hechos no puede ser trabado o posterga­
do. Es considerable la diferencia entre un proceso judicial y una
campaña electoral en cuanto a las condiciones de la confronta­
ción, de la justificación y de la decisión. Por este motivo, son
muy distintas las retóricas judicial y política. La primera permite
un examen de la responsabilidad más metódica y más transpa­
rente. Las “cadenas de imputación” por retomar la expresión de
Hans Kelsen, son examinadas de manera más meticulosa y más
sistemática. Las decisiones del tribunal deben justificarse por
otra parte con más frecuencia.
Por cierto que no se debe idealizar el proceso judicial. Espe­
cialmente, las condiciones de la argumentación a menudo están
lejos de satisfacer todos los criterios deseables, y el objetivo de
transparencia rara vez se alcanza de manera plena. Pero junto
con una respuesta a un reclamo social, lo que se busca llevar a
buen fin es un proceso reglado, de examen de los hechos, de las
intenciones y los comportamientos de las partes. Por todos esos
motivos, los ciudadanos tienen la sensación de que es más difícil
escapar al juicio de un tribunal que a la sanción de un cuerpo
electoral. Y de ahí las demandas que se dirigen a veces con más
facilidad al foro judicial que al foro político. De ahí también las
mayores expectativas cívicas que a veces se pueden formular al
volverse hacia la justicia. Cada uno siente también, sin expresar­
lo siempre, que los jurados o los jueces están mejor informados
que los electores, y que pueden entonces tener apreciaciones con
fundamentos más racionales. El juicio liga de este modo los
requisitos igualitarios de la democracia con cierta visión del
conocimiento experto, ofreciendo una especie de “tercera vía”
entre los modelos antagónicos de la expresión del número y de la
razón. Un veredicto es por ello una forma de decisión que puede
parecer más lograda que la que constituye la prueba de un escru­
tinio, y entraña generalmente, por sobre todo, consecuencias de
más peso, dando por lo mismo un peso más grande y más grave
a la decisión que formula. Junto con la formación de una volun­
tad general representada en el proceso electoral, la pronuncia-
228 LA CONTRADEMOCRACIA

ción de sentencias se impone así como una contribución ineludi­


ble para la realización de una vida democrática.

LA OBLIGACIÓN DE DECIDIR

A menudo se ha buscado asimilar los actos judiciales con las


otras actividades estatales. Gobernar y juzgar participan de una
empresa análoga de intervención en la vida de los miembros de
la polis con vistas a realizar el bien común. Pero las decisiones
judiciales y políticas son diferentes. Una decisión gubernamental
a menudo debe ubicarse en una larga cadena de acciones y de
proyectos: se inscribe en una política en el sentido de que abre
posibilidades y define un horizonte. Sin embargo, a menudo
también falta la decisión política. “La política es el arte de pos­
tergar las decisiones”; “no hay problema que el tiempo no termi­
ne por resolver”: estas expresiones populares traducen la percep­
ción delL fenómeno. Los ejemplos de tal preferencia por la no
decisión son múltiples y permanentes. No hay tal cosa en el
orden judicial. Un tribunal no puede abstenerse de zanjar una
cuestión bajo pretexto de que es delicada o controvertida. Por el
contrario: una cuestión es sometida a juicio porque es difícil. En
Francia, el artículo 4 del Código Civil obliga explícitamente a los
jueces, bajo pena de negación de justicia, a pronunciarse, aunque
los textos en los que deban apoyarse sean oscuros o tengan lagu­
nas.7 Una vez que están involucrados, tienen que decidir, incluso
en ausencia de textos pertinentes y ante el riesgo de tener que
remontarse a los principios del derecho natural.
La especificidad de la decisión judicial es cerrar una disputa,
determinar una responsabilidad, sancionar una acción. Zanja,
de una vez por todas, el contencioso, marca un punto final. El
efecto de un juicio es así el de terminar con la incertidumbre.
“El juicio, escribe en ese sentido Paul Ricceur, procede de la

7. Cf. el artículo 4 del Código Civil francés: “El juez que se niegue a juzgar,
bajo pretexto del silencio, de la oscuridad o de la insuficiencia de la ley, podrá
ser encausado como culpable de negación de justicia”. La noción de “negación
de justicia” es así inseparable de la de justicia. Pero no puede existir la noción de
“negación de voluntad política”.
EL PUEBLO-JUEZ 229

conjunción del entendimiento y la voluntad: el entendimiento


que considera lo verdadero y lo falso, la voluntad que decide.
Hemos alcanzado así el sentido fuerte del término “juzgar”: no
solamente opinar, estimar, tener por cierto, sino en última ins­
tancia tomar posición.”89La antigua etimología indoeuropea
confirma esta definición: el juicio es un acto de establecimiento,
de fundación, de organización del mundo? Más allá de su di­
mensión inmediata de acto judicial, se inserta por ello en un ho­
rizonte mucho más vasto. En la Edad Media es significativo
constatar que el término judicium quedaba inscripto en la refe­
rencia más amplia al juicio de Dios. El juicio participa de ese
modo de una empresa trascendente y soberana. Constituye una
forma radical y límite del poder humano de instituir el mundo.10
Ha quedado algo de esta dimensión en nuestro mundo contem­
poráneo, al menos en términos relativos a lo político. Frente a la
decisión del número y al principio político de una autofunda-
ción, el juicio manifiesta la existencia de otra modalidad de la
acción de los hombres y las mujeres por formar un mundo
común. En la dialéctica necesaria de la decisión eficaz y la deli­
beración democrática, corresponde a un momento y un modo
propio de la constitución de la polis.

EL ESPECTADOR ACTIVO

Una decisión política compromete comúnmente el futuro. El


juicio en cambio tiene que ver con el pasado. Su fuerza y su efec­
tividad se basan en esa característica. Hannah Arendt ha desta­
cado ese punto en sus obras Juger y Condition de l’homme
moderne. Recuerda, en particular en la segunda obra que el sen­

8. Paul Ricceur, “L’acte de juger”, en Le Juste, París, Esprit, 1995, pág. 186.
9. Cf. Émile Benveniste, Le Vocabulaire des institutions indo-européennes,
París, Minuít, 1969,1.1¡, pág. 99 y sígs.
10. Véanse sobre ese punto los artículos esenciales de Robert Jacob, “Le
jugement de Dieu et la fonction de juger dans l’histoire judiciaire européenne”,
Archives de philosophie du droit, t. 39, 1995, y “Judicium et le jugement. L’acte
de juger dans l’histoire du lexique”, en Olivíer Cayla y Marie-France Renoux-
Zagamé (comps.), L’Office du juge : part de souveraineté ou puissance mdle?,
París, LGDJ, 2001.
230 LA CONTRADEMOCRACIA

tido de un acontecimiento no aparece claramente hasta que ha


sucedido. El actor, considera, es por ello siempre ciego, su com­
prensión de las cosas no puede ser más que titubeante, parcial y
prejuiciada. El espectador, a la inversa, tiene todas las cartas en
la mano; su campo de visión es más amplio. El juez presenta las
mismas características que el espectador y el historiador en ese
sentido. La distancia es por cierto de entrada en los dos casos
una condición de imparcialidad. Pero Arendt no se queda con
esa constatación. Si su posición expresa innegablemente una for­
ma de desencanto con la política, busca también superarla con la
insersión de la actividad de juzgar en el cuadro de una interac­
ción social más amplia con vistas a la elaboración de valores
comunes. El juez se distingue por ello del historiador. Es por
cierto un espectador, pero un espectador activo y comprometido,
cuya intervención participa de la institución y la regulación de la
polis.1112
Al seguir el hilo de la reflexión de esta obra, se puede
definir a partir del juicio una categoría intermedia entre política
electoral-positiva y soberanía de obstrucción. El actor mismo,
destaquémoslo, necesita la función reflexiva de un espectador
para existir plenamente. No hay acción si no hay narración que
la acompañe y que la interrogue, salvo si fantaseamos con una
acción pura e inmediata de la que la historia ha mostrado sus
impasses d1
Por lo tanto, lo que puede bosquejarse con el juicio es tam­
bién otra manera de concebir la política. Se puede hablar por
ello de una verdadera “política del juicio”. Juzgar quiere decir
cuestionarse y cuestionar a los demás. Juzgar no consiste -como
lo hace el militante de un partido- en dirigir un mensaje a los
demás y comunicar una verdad sobre su situación. Es ante todo
una puesta a prueba de la validez normativa de una comunidad
y un trabajo reflexivo de elaboración de sus lazos constituyen­

11. Sobre la cuestión del lugar del espectador en Hannah Arendt, véase Lee­
rá Bilsky, “When Actor and Spectator Meet in the Courtroom: Refiections on
Hannah Arendt’s Concept oí Judgement”, en Ronaid Beiner y Jennifer Nedelsky
(comps.), Judgement, hnagination and Politics. Themes from Kant and Arendt,
Oxford, Rowman and Littlefield, 2001. Véase también R. Beiner, “Hannah
Arendt et la faculté de juger”, en H. Arendt, Juger, op. cit.
12. Sólo la insurrección es no reflexiva. Cf. sobre este punto mis elaboracio­
nes en La Démocratíe inacheuée, op. cit. (cap. “La culture de l’msurrection”).
EL PUEBLO-JUEZ 231

tes.13 El juicio cumple de esa manera una función instítuyente,


propiamente política, que no cumple la “política de la voluntad”
ordinaria expresada por las urnas y la acción gubernamental. La
función de juzgar se arraiga en efecto lúcidamente en la distancia
entre la realidad y el ideal. La distinción entre política del juicio
y política de la voluntad, que se presenta de manera funcional,
tiene por otra parte y en última instancia una dimensión de
orden sociológico. Corresponde a la distancia que separa al pue­
blo-Uno del ideal republicano; da testimonio de la realidad de
una sociedad dividida; manifiesta la tensión entre el ciudadano y
el individuo.

EL HECHO DE LA TEATRALIDAD

Todo poder requiere una puesta en escena para dar consis­


tencia visible y sensible a sus funciones e imponer su autoridad.
De ahí la importancia de los múltiples ritos de soberanía que
marcan la relación entre la proximidad y la distancia, subrayan
la majestad y sugieren la capacidad de protección. “Todo poder
político obtiene finalmente la subordinación por medio de la tea­
tralidad”, resume un buen observador de estas cosas.14 Pero, en
un sentido totalmente diferente, es la actividad política misma la
que participa de un trabajo de puesta en escena. Al estar ligada a
una empresa de representación de la sociedad en primer lugar.
Al implicar por otro lado la formación de un espacio público de
intercambios y de confrontaciones.15 Esta última dimensión ha
sido históricamente fundante de la experiencia política y demo­
crática. El lugar ocupado por el teatro en la polis griega antigua
lo testimonia de manera ejemplar. Ha sido, lo sabemos, uno de
los lugares esenciales de la reflexión de la sociedad sobre sí mis­
ma, dando el ejemplo singular de una comunidad que trabaja

13. Retomo aquí las formulaciones de Díck Howard, Poiir une critique du
jugement politique, París, Cerf, 1998, págs. 291-297 y págs. 302-306.
14. Georges Balandier, Le Louvoir sur scenes, París, Bailand, 1980, pág. 23.
15. Arendr, para hacer una vez más referencia a su obra, definió en ese sen­
tido la política en una perspectiva fenomenológica, como revelación de sí en un
espacio de apariencia.
232 LA CONTRADEMOCRACIA

públicamente su infraestructura mental y cívica.16 Pero esta


dimensión de lo político también ha sido a menudo ocultada,
descuidada o incluso negada. No es el caso de la actividad judi­
cial que está estructuraímente ligada a una forma de teatralidad.
Una sala de tribunal es un “teatro de justicia” subraya Bent-
ham.17 Allí todo está en efecto dispuesto para que los diferentes
actores sean asignados a lugares que componen una escena direc­
tamente inteligible. El público, especialmente, ocupa un lugar des­
tacado. Este rasgo es incluso su gran invariante. Eso convirtió los
procesos judiciales importantes en acontecimientos sociales en
todos los países y en todos los tiempos. La dimensión de publici­
dad siempre ha sido esencial, incluso cuando la justicia ha estado
lejos de ser imparcial, incluso cuando no ha sido más que una
mascarada.18 Las salas de audiencia han sido concebidas de este
modo como salas de espectáculo. Desde hace dos siglos la refle­
xión de los arquitectos sobre ese punto ha sido apasionante. Se las
han ingeniado para dar forma al sentimiento democrático de una
justicia ejercida en público. El período revolucionario francés ha
constituido especialmente un extraordinario reservorio de expe­
riencias y de proyectos en la materia. Es llamativo constatar que
la mayoría de los planos elaborados en la época daban un lugar
muy grande a los espectadores. Pero estos últimos no son conside­
rados como simples curiosos de circunstancia. Los planos de salas
de audiencia mencionan así un “emplazamiento reservado al pue­
blo”, marcando claramente que el objetivo es incluir a los ciuda­
danos en un espacio judicial que participa a su modo de la expre­
sión de la voluntad general.19 El paralelo entre los planos de salas

16. Es el tema desarrollado en la obra clásica de Christian Meier, De la ira-


gédie grecque comme art politique, París, Les Belles Lettres, 1991.
17. Jeremy Bentham, “Rationale of Judicial Evídence”, en Works of Jeremy
Rentham (Bowring ed.), Edimburgo 1843, t. vi, pág. 354.
18. Sobre esta característica véase Sadakat Kadri, The Trial. A History from
Sócrates to O. J. Simpson, Londres Harper Collíns, 2005, así como Milner S.
Bal!, “The Play’s the Thing: an Unscientific Reflection on Courts under the
Rubric of Theater”, Stanford Law Review, vol. 28, n° 1, noviembre de 1975.
19. Véase por ejemplo el plano reproducido por L Wolloch, The New Regi­
me, op. cit,, pág. 360. Véase igualmente: Association fran^aise pour l’histoire de
la justice, La Justice en ses temples. Regarás sur l’architecture judiciaire en Fran-
ce, Poitiers, Éditions Brissaud, 1992.
EL PUEBLO-JUEZ 233

de audiencia y los de diversos proyectos de cámaras parlamenta­


rias es por otra parte muy instructivo de ese punto de vista. Las
cámaras parlamentarias tienen tribunas, pero éstas ocupan un
lugar secundario: la arquitectura se centra en la disposición del
espacio propio de los representantes. En el Parlamento, se podría
decir, la representación electiva es todo y el público es nada. En el
tribunal, si la representación no es más que modestamente “fun­
cional”, a través del oficio del juez, el público, aunque sea pasivo,
ocupa un lugar central. Son dos economías diferentes de la pre­
sencia social las que están entonces en juego.
Una corte de justicia no hace más que decidir sobre casos que
le son sometidos. Su ritual tiene una función de institución
social.20 Participa de una puesta en orden y de sometimiento a la
norma del mundo. Con variaciones según el país -se puede opo­
ner así el espacio sagrado de la sala de audiencias francesa con la
dimensión estadounidense de taller orientado hacia una elabora­
ción común-21 la actividad de juzgar contribuye a hacer vivir
una dimensión de la democracia que sólo ella puede cumplir.

EL ESPACIO DE LA PARTICULARIDAD EJEMPLAR

La eficacia del juicio que retiene la atención del público está


ligada finalmente al hecho de que por definición trata casos par­
ticulares. Pero no cualesquiera casos: se trata de casos ejempla­
res, de casos límite. Pone de este modo límites a lo posible, esta­
blece barreras, busca dar sentido al mundo. El juicio es a la vez
distinto de la dimensión legislativa de lo político, que tiene por
objetivo la generalidad, y de la acción gubernamental dispersa en
la gestión de la multiplicidad infinita de situaciones. Arendt des­
taca en ese sentido que “combina de manera enigmática lo parti­
cular y lo general”.22 Esta tensión corresponde a una concepción

20. Cf. Pierre Bourdieu, “Les rites d’institution”, Actes de la recherche en


Sciences sociales, n° 43, junio de 1982.
21. Véase sobre ese punto, y más en general sobre la cuestión del ritual judi­
cial, las sugestivas exposiciones de A. Garapon, Bien juger. Essai sur le rituel
judiciaire, París, Odile Jacob, 1997.
22. Juger, op. cit., pág. 115.
234 LA CONTRADEMOCRACIA

abierta y constructiva de la búsqueda del bien común. A falta de


una Razón o de una Voluntad únicas e inmediatas, la acrecenta­
da demanda social de juicio se inscribe así en una visión pragmá­
tica y pluralista del interés general.23
La categoría del juicio como decisión ofrece por ello una solu­
ción a la aporía expuesta por Platón en La política. En un pasaje
de ese diálogo, Platón señala que era ilusorio pensar que la ley
podía bastar para gobernar.24 “Jamás una ley -escribía- será
capaz de abarcar con exactitud aquello que, para todos a la vez,
es lo mejor y lo más justo, y prescribir a todos qué es lo mejor.
Entre los hombres, en efecto, como entre los actos, hay diferen­
cias, sin contar que jamás, por así decirlo, ninguna cosa humana
está en reposo: lo que no permite al arte, a cualquier arte, no
importa cual sea, formular ningún principio cuya simplicidad val­
ga para toda materia, sobre todos los puntos, sin excepción y por
todos los tiempos.”25 Todo poder aspira sin embargo a tal uni­
versalismo abstracto, a tal forma de “simplicidad”, dice Platón,
porque será la medida de su capacidad de hacer mover absoluta­
mente el mundo y de regir perfectamente a los hombres. Platón
denuncia esta pretensión de poder de la generalidad frente a una
realidad que sólo está constituida de particularidades. El mundo
se renueva siempre para él, siempre está en movimiento; en su
esencia es pura diversidad, en su complejidad, pero por sobre
todo quizá por el hecho de su historicidad. Esta ilusión nomocrá-
tica, que Platón estigmatiza, reposa al fin de cuentas a sus ojos
sobre la superposición de una presunción (política) y de una igno­
rancia (cognitiva). ¿Hace falta entonces, para marcar la ruptura
con esta visión peligrosa y tramposa, volver a un arte de gobierno
más modesto, fundado sobre el pragmatismo y la sabiduría de un

23. El “government by adjudícation” (gobierno por juicio), señala en ese


sentido Dworkin, se adapta más a Las sociedades multiculturales. Cf. Ronald
Dworkin, “Un pontificar laic”, en Robert Badinter y Stephen Breyer (comps.),
Les Entretiens de Provence. Le juge dans la société contemporaine, París,
Fayard, 2003.
24. Cornelias Castoriadis ha presentado un comentario muy estimulante de
ese texto en Sur “Le Politique” de Platón, París, Senil, 1999, págs. 155-173.
25. Platón, Le Politique, en (Euvres completes, París, Gallimard, “Bibliothé-
qtte de ia Pléiade”, 1950, t. i!, pág. 399, Aristóteles subraya también esta tensión
en su Ética a Nicómaco.
EL PUEBLO JUEZ 235

“hombre regio” atento a la multiplicidad de situaciones y a la


diversidad de circunstancias? Platón rechaza también esta solu­
ción. Tal jefe no podría existir: ¡eso supondría que es una especie
de médico que está siempre al lado de todos los pacientes! Hay
por lo tanto otra ilusión de la que conviene cuidarse. Entendida
de esta manera, la política queda dividida entre las dos impasses
de una nomocracia rigurosa y un puro arte de gestión. El mundo
moderno no ha hecho más que heredar esta tensión. Incluso ha
radicalizado su expresión. Y esto es justamente lo que la catego­
ría del juicio permite desatar: vincula funcionalmente lo particu­
lar y lo general bajo la forma de una sanción o de una absolución
que presentan cierto carácter ejemplar. El juicio contribuye de ese
modo también al establecimiento democrático al acercar los he­
chos y los valores, permitiendo leer las situaciones de la vida so­
cial a través del prisma de los principios que la rigen. En el juicio
hay una forma de pedagogía política en acción.
Las cinco cualidades y propiedades del juicio que hemos des-
cripto permiten comprender la especificidad de su contribución a
la vida democrática. Lejos de ser solamente una especie de con­
secuencia derivada del rol protector de las libertades reconocido
al derecho, participa también de la institución de la polis.

VOTAR Y JUZGAR

Votar y juzgar constituyen dos medios para intervenir en la


organización de la vida de la polis. Hay por cierto una asimetría
entre el principio del sufragio universal que rige el voto y el prin­
cipio de competencia delegada sobre la que se apoya la interven­
ción del juez. Pero esta división es sólo relativa. Lo testimonia la
figura intermedia del ciudadano jurado que está dotado, según
muchas opiniones, de un poder mucho más extendido que el del
ciudadano elector. Lo testimonia también el hecho de que la
publicidad de las acciones que se desarrollan en las cortes de jus­
ticia a menudo está mejor asegurada que la publicidad de las
actividades parlamentarias. Sólo una visión estrecha de la repre­
sentación y de la legitimidad puede conducir a jerarquizar de
manera rígida esas dos funciones. Si el sufragio es en todos los
casos políticamente el “poder de la última palabra”, la actividad
democrática ordinaria mezcla permanentemente decisiones poli-
236 LA CONTRADEMOCRACIA

ticas y decisiones judiciales. Sus respectivas especificidades, que


venimos de explorar, son más bien funcionales. Su complemen-
tariedad también es de ese orden. Por otra parte, ésta es la razón
por la que el antiguo interrogante sobre las ventajas e inconve­
nientes de la elección de los jueces está lejos de agotar el proble­
ma de la función social y política del juicio.26 Lo esencial sigue
siendo entonces considerar la especificidad del juicio como for­
ma política a fin de apreciar las razones de las crecientes expec­
tativas de los ciudadanos con relación a lo judicial.
La cuestión de la “competencia de juicios” merece ser anali­
zada. Debemos entender por esta expresión el hecho de la dife­
rencia entre el juicio judicial que examina las malversaciones que
un hombre político ha podido cometer, juicio que puede condu­
cir a su inelegibilidad, y el juicio político de la misma persona
que puede expresar en un período de tiempo muy breve el vere­
dicto de las urnas.27 En Francia se han podido observar numero­
sos casos de esta naturaleza en las décadas de 1990 y 2000. El
problema de los efectos sobre el voto de las acusaciones de
corrupción contra un candidato ha sido estudiado con cuidado
en el caso de Estados Unidos.28 Al reelegir un “culpable”, los
electores pueden aparecer absolviendo comportamientos que la
justicia penal había sancionado severamente. Esta interpretación
no es sin embargo evidente. Uno no puede en efecto contentarse
con imputar estos hechos a la ausencia de moral o al cinismo de
los electores. Para comprenderlos, es necesario considerarlos en
el marco de una economía cruzada entre el juicio y la representa­
ción política. La competencia entre el juicio electoral y el penal

26. Cf. jacques Krynen (comp.), L’Élection des juges. Étude historíque
francaise et contempérame, París, PUF, 1999.
27. Véase el ejemplo estudiado por Éric Doidy, “Ne pas juger scandaleux.
Les électeurs de Levallois-Perret face au comportement de leur maire”, Politix, n°
71,2005.
28. Véase el artículo seminal de Barry S. Rundquist, Gerald S. Strom y John
G. Peters, “Corrupt Politicians and their Electoral Support: Some Experimental
Observations”, American Political Science Revieiu, vol. 71, n° 3,1977. Para una
revisión de la literatura sobre la cuestión, véase Philippe Bezes y P. Lascoumes,
“Percevoir et juger la ‘corruption politique’. Enjeux et usages des enquetes sur les
représentations des atteintes á la probité publique”, Reúne francaise de Science
politique, vol. 55, n° 5-6, octubre-diciembre de 2005.
EL PUEBLO-JUEZ 237

se inscribe en este caso en una suerte de inversión de las acusa­


ciones habituales de mala representación. Son por lo general las
prácticas “clientelistas” muy estructuradas las que explican que
la adhesión política a una persona considerada cercana a sus
electores pueda pesar más que la apreciación moral de sus actos
delictivos. La competencia de juicios corresponde entonces a la
oposición implícita de una “proximidad política” y de una “dis­
tancia judicial”. La institución judicial es sospechada ahora en
realidad de estar en manos de un establishment lejano y poco
atento a las realidades del terreno. La preferencia por el juicio
político es entonces manifiesta en ese caso. Pero justifica de esta
manera a contrario la validez de una visión comparada del voto
y del juicio en la democracia.
Por otra parte, para prolongar esta perspectiva convendría
esbozar los rasgos de lo que podríamos entender como una “eco­
nomía general del juicio político”. La organizan dos tipos de
procedimientos. En un extremo la reelección; en el otro, la perse­
cución penal. Cada una tiene sus especificidades en cuanto a la
naturaleza del tribunal que actúa como su agente, pero también
en cuanto a las formas de legitimidad que la sustentan. Sobre ese
terreno también podemos hablar de competencia de democra­
cias. Pero también es esencial subrayar la importancia creciente
que adquieren las modalidades intermedias del juicio político,
insertando demostraciones que se emparientan con las del orden
judicial en un cuadro de naturaleza político-mediática. Se trata
de las formas del debate público y los modos de presencia ciuda­
dana, que van desde los jurys ciudadanos con vocación de exper­
ticia limitada hasta el tipo de instrucción global que desarrollan
de forma calificada los partidos de oposición. Entre las dos, a la
manera de los antiguos jueces ambulantes sin asiento permanen­
te, el tribunal de la opinión pública se disuelve y se reconstituye
al ritmo de los hechos (el vínculo con el desarrollo de los diver­
sos poderes de control es sin duda muy estrecho respecto de ese
punto). El cuadro de la página 239 puede ayudar a fijar estas
diferentes modalidades del juicio político.
Lo que caracteriza las democracias contemporáneas reside en
el movimiento que tiende a acercar y cruzar esos diferentes uni­
versos; con las confusiones y desviaciones que pueda implicar,
pero también con el desarrollo de una ciudadanía más activa que
puede resultar de ello. El hecho central es en efecto que, más allá
238 LA CONTRADEMOCRACIA

de sus distinciones, estas diferentes instancias conforman de


manera compleja un sistema: los tribunales a los que nos referi­
mos funcionan así alternativamente en primera instancia y para
la apelación, componiendo una jerarquía siempre móvil; las ins­
trucciones pueden de hecho superponerse; las sentencias son en
cambio casi siempre acumulativas- Las tres modalidades que
hemos calificado de “intermedias” cumplen un papel esencial en
esta circulación. Los desarrollos sobre los poderes de control han
permitido aprehender los rasgos y las funciones del tribunal de la
comunidad experta y del tribunal de la opinión pública (respec­
to de los cuales habría que hablar en plural en la medida que son
múltiples y móviles). Conviene por lo mismo señalar aquí el
papel de la oposición entendida como tribunal. En efecto, el sen­
tido de la oposición se ilumina con nueva luz si se la considera
bajo las formas de un poder permanente de acusación y de cues-
tionamiento de los gobernantes. Más allá de la función de pre­
vención del riesgo de tiranía de la mayoría, para la preservación
de los derechos de la minoría, la oposición inscribe sus interven­
ciones en el cuadro de una especie de proceso simbólico hecho al
poder constituido. Todo pasa así como si la idea democrática de
oposición hubiera retomado, transportando y modernizándolo,
el viejo modelo histórico inglés de la puesta en juego de la res­
ponsabilidad penal de los ministros: la mayoría parlamentaría
asegura el papel de la defensa, y la oposición el de la acusación
ante un tribunal permanente, que está compuesto por la opinión
pública, y ante otro tribunal, más solemne pero de sesiones más
espaciadas, el de los electores.29 Es en ese segundo caso solamen­
te que las dos formas del voto y del juicio se superponen. Hay si
no el equivalente de un proceso y de una sanción distintos; inclu­
so si sus efectos se acumulan en la práctica.
Con estas diferentes figuras se establece un “poder de enjui­
ciamiento” en las democracias, que esboza también una nueva
dimensión de la división y de la competencia de los poderes. La
acción de juzgar en esa perspectiva no es un contrapeso ni un
poder independiente específico: debe entenderse más que nada
como una forma entre otras de la acción de la sociedad sobre sí

29. El punto ha sido claramente establecido por C. M. Pimenrel, “L’opposi-


tion ou le procés symbolique du pouvoir”, Pouvoirs, n° 108, 2004. . •<
Formas de juicio Naturaleza del tribunal

Proceso extraordinario Alta Corte de Justicia


(generalmente de naturaleza
parlamentaria)

Proceso ordinario Tribunal penal

Evaluación técnica de Tribunal de la comunidad


una acción (Intermedia I) experta

Evaluación específica de Tribunal de la opinión


una política o de una acción pública
(Intermedia II)

Evaluación general de Tribunal de la oposición


una política (Intermedia III)

Reelección Cuerpo electoral


Periodicidad de las sesiones Tipos de sanción

Muy excepcional Política y penal


(impeach-ment en Estados
Unidos

Ocasional / excepcional Prisión, multa, período


en el caso por caso de inelegibilidad

EL PUEBLO-JUEZ
Regular Degradación de la
reputación

Permanente Degradación de la
reputación

Permanente Variación de la relación


de fuerzas

Episódico, reglamentado No renovación del


por anticipado mandato
239
240 LA CONTRADEMOCRACIA

misma. Se inserta de ese modo en una gramática de conjunto de


la actividad democrática. A distancia de la oposición simplifica-
dora entre derecho y política, conviene entonces poner al día los
tipos de coordinación que rigen las relaciones entre dos formas
igualmente políticas,30 y resituarlas en conjunto en el universo
contrademocrático. En ese punto, la verdadera especificidad de
los poderes de enjuiciamiento reside más bien en el diálogo que
convocan y que instauran a su manera para regular la polis entre
el universo contrademocrático del control y de la obstrucción y
el de la esfera electoral representativa.

30. Véase sobre ese punto la sugestiva exposición de Cario Guarnieri y Patri­
cia Pederzoli, La Puissance de juger, Poitvoir judiciaire et démocratie, París,
Micha Ion, 1996.
IV

LA DEMOCRACIA IMPOLÍTICA

1. Sentimiento de impotencia y figuras


DE LA DESPOLITIZACIÓN
2. La TENTACIÓN POPULISTA
3. Lecciones de economía impolítica
El desarrollo de los poderes de control, de obstrucción y de
enjuiciamiento ha marcado profundamente el funcionamiento de
los regímenes políticos modernos. De este modo es imposible
aprehender de aquí en adelante estos últimos si no es a partir del
conjunto de sus dispositivos constitucionales. La actividad demo­
crática, por decir las cosas de otro modo, desborda largamente el
marco de las instituciones electorales-representativas. Está consti­
tuida por la adición de las diversas prácticas y dispositivos que
hemos descripto. El conjunto compone un universo complejo
pero que tiene su coherencia. La principal característica común
de esos diferentes poderes contrademocráticos es en primer lugar
engendrar una arquitectura efectiva de la división de poderes y un
tipo de dinámica política mucho más sutil que la que describe de
manera rutinaria la teoría política. El abordaje de las diferencias
entre democracia directa y democracia representativa, que es
objeto de numerosos análisis, da por ejemplo una visión menos
precisa de la realidad que la descripción de las diferentes modali­
dades del control o de las formas de soberanía de obstrucción. En
efecto, todo un conjunto de prácticas sociales y políticas sólo
cobra sentido en ese marco ampliado de la dialéctica entre acción
y control. Las diferencias entre el voto y el juicio, o entre poderes
positivos y negativos, ofrecen igualmente una grilla de lectura
renovada de la cuestión de la división de poderes, dándole una
dimensión propiamente social. Tomar en cuenta la dimensión
contrademocrática permite de este modo articular mejor las
244 LA CONTRADEMOCRACIA

diversas formas de la expresión de la sociedad en la construcción


del campo político. De ese modo, el cuadro mismo de la demo­
cracia es el que nos hemos visto llevados a recomponer, compli­
cándolo.
Al final de la investigación, la historia de la democracia se pre­
senta también con una luz diferente. A contrapelo de los esque­
mas lineales habituales que ponen el acento en los elementos pro­
gresivos y acumulativos de una conquista, siguiendo el hilo de
batallas sucesivas por la realización del sufragio universal y la
ampliación de los diversos derechos políticos, se impone con fuer­
za el hecho de un entrelazado de lo antiguo y lo moderno. La
frontera entre la visión tajante de una democracia comprendida
como autoinstitución radical de la polis y las prácticas de la sim­
ple toma de distancia de los poderes se ha vuelto al fin de cuentas
muy porosa. Las formas a menudo calificadas de “premodernas”
manifiestan siempre su pregnancia y su eficacia. Esto lleva a
ampliar el foco de la historia política y sugerir la posibilidad de
una historia más larga y más unificada de las formas democráti­
cas. Pero lleva a ello conservando el sentido de la gran diversidad
de prácticas y de la especificidad de las evoluciones instituciona­
les. Alejado, por consiguiente, de las estrechas visiones difusionis-
tas que presuponen la existencia de un “germen democrático”
cuyo desarrollo condicionaría mecánicamente la construcción de
regímenes modernos, como si existiese una esencia de la demo­
cracia a la manera de un código genético que da mecánicamente
la clave de una evolución. Pero alejado también de las considera­
ciones comunes sobre la evidencia de una ruptura estructurante
entre un mundo de la heteronomía y el de la modernidad demo­
crática. Tomar en cuenta las diferentes facetas del universo con­
tra democrático invita por el contrario a subrayar la imposibilidad
de tales líneas divisorias y considerar una historia más disconti­
nua y más compleja.
En esa perspectiva, las relaciones del liberalismo y de la demo­
cracia aparecen bajo una nueva luz. Las formas de la crítica y del
control de los poderes que hemos estudiado subvierten en efecto
la distinción clásica teorizada por Benjamín Constant. Es pues
también otra visión del devenir democrático la que puede surgir
de ello. Pero hemos subrayado igualmente en muchas ocasiones
los equívocos que subyacen en la expresión de los tres tipos de
contrapoderes estudiados aquí. Presentan a menudo un doble
LA DEMOCRACIA IMPOLÍTICA 245

carácter, oscilante entre un activismo ciudadano positivo y la ten­


tación de una visión desilusionada de la política, a veces incluso
cerca de un determinado nihilismo. Es importante comprender
bien la naturaleza de esta ambigüedad. No sólo es práctica, inclu­
so psicológica. Tiene una dimensión estructural que atañe a la
forma misma de los poderes contrademocráticos. Este punto es
esencial. Si la actividad contrademocrática es la marca de una
vitalidad innegable, participando de una actividad ciudadana
inmediata, también tiene su parte de sombra: los distintos pode­
res enumerados acarrean una cierta atrofia, incluso una parálisis
del campo político. Hemos encontrado especialmente ese fenóme­
no al describir el pasaje de una soberanía crítica a una política
negativa. Ahora es necesario precisar y desarrollar ese análisis.
1

Sentimiento de impotencia y figuras


de la despolitización

LA ERA DE LA IMPOLÍTICA

La tendencia contemporánea a la disolución de lo político tie­


ne dos causas. Es provocada en primer lugar por la separación
que crean los contrapoderes entre la sociedad cívica-civil y la esfe­
ra política. Estos últimos tienen por característica funcional dis­
tanciarse de las instituciones, rechazarlas; la prueba de su eficacia
reside en el debilitamiento que provocan a los gobiernos. El ciu­
dadano controlador gana así lo que pierde el ciudadano elector;
el soberano negativo se afirma en detrimento del soberano a
secas; la organización de la desconfianza mina el supuesto de una
confianza surgida de las urnas. El campo político de este modo
tiende estructuralmente a ser puesto en posición de exterioridad
respecto de la sociedad. Dicho de otro modo, la apropiación ciu­
dadana de los contrapoderes conduce a devaluar y disminuir el
poder legal: el hombre político es degradado mecánicamente a
politiquero por la lógica misma del corte que se instituye. La
democracia limita la democracia, para utilizar una formulación
aún más brutal: el encuadramiento y la restricción del margen de
maniobra de los funcionarios electos resulta en efecto de la pre­
sión de los electores mismos. La dinámica del control se impone
de hecho a la perspectiva de una apropiación del poder. El ciuda­
dano se ha transformado en un consumidor político cada vez más
exigente, renunciando tácitamente a ser productor asociado del
mundo común. Pero esta evolución no debe interpretarse simple­
248 LA CONTRADEMOCRACIA

mente como indicador de un repliegue sobre la vida privada o la


manifestación de un avance de la indiferencia, como machaca
una literatura repetitiva sobre los perjuicios del individualismo
democrático y el avance de un “impoder” [impouvoir] colectivo
que resultaría del crecimiento exacerbado de las potencias de lo
privado. La era del consumismo político está marcada, por el
contrario, por fuertes expectativas y grandes exigencias dirigidas
a las instituciones políticas. Todo el problema viene del modo de
manifestarse de esas demandas que conduce a deslegitimar los
poderes a los cuales se dirigen. De ahí procede el desencanto
democrático contemporáneo: la decepción es allí el producto casi
mecánico de una ciudadanía de desconfianza.
La tendencia contemporánea a la disolución de lo político es
provocada en segundo lugar por la declinación de una aprehen­
sión global de la acción política. El desarrollo de formas de con­
trol o de obstrucción obedece a una ley de diseminación y de
difusión que entraña a su vez una aprehensión cada vez más seg­
mentada del campo de lo político. Tiene el efecto de deconstruir
y de opacar. Lo que se gana en control multiplicado se pierde en
visibilidad y en legibilidad del conjunto. Ergo, ya no se puede
captar ese fenómeno reduciéndolo a una banal despolitización.
La sociedad civil, por el contrario, es cada vez más activa e inter­
viene de manera creciente. Se manifiesta también permanente­
mente y ya no se contenta con hacer oír su voz sólo a través de
las consultas electorales. Pero la idea de alternativa está erosio­
nada. Creo que se debe comprender de este modo el sentimiento
creciente de que la oposición de la derecha y la izquierda ya no
basta para describir lo que está en juego realmente en la política.
Por cierto que una especie de escepticismo generalizado marca
nuestra época. Pero eso no significa que los ciudadanos conside­
ren que todas las políticas son iguales. La reticencia expresada
apunta por sobre todo a la idea de que habría alternativas globa­
les. Ahora las políticas públicas se experimentan y se juzgan caso
por caso. Es también por eso que la idea misma de revolución se
ha vuelto difusa, y ya no designa un imperativo de orden estraté­
gico en cualquier sentido que fuera. Esta idea de revolución tra­
ducía, en efecto, de la manera más incandescente, la fe en las vir­
tudes de la soberanía con comando del pueblo; estaba ligada a la
perspectiva del advenimiento de un mundo absolutamente nue­
vo. Su desaparición no puede analizarse solamente como la con-
LA DEMOCRACIA IMPOLÍTICA 249

secuencia de la caída del comunismo y como la victoria de la


moderación reformista. La percepción misma de la radicalidad
ha cambiado de naturaleza. Ha roto ahora con la perspectiva de
un gran día de revolución social para concebirse en adelante
bajo las formas de una inflexible voz moral dedicada a estigma­
tizar a los poderosos o despertar a los dormidos. La radicalidad
es en adelante simplemente el dedo acusador que denuncia, el
cuchillo que remueve de manera permanente las heridas del
mundo y ya no el cañón que busca tomar por asalto la cindade­
la del poder a través de una batalla decisiva.
Se ha podido hablar de “democracia civil”1 o incluso de
“democracia funcional”2 para describir esa relación suspicaz y
de circunstancias, más que prescriptiva y global, entre sociedad
civil y sociedad política. Esas expresiones tienen la ventaja de
marcar la ruptura con el leitmotiv de una extinción del imperati­
vo ciudadano. Pero probablemente no subrayen lo suficiente el
divorcio contemporáneo entre las intervenciones sociales y la
idea de un campo político que da su consistencia y su coherencia
al mundo social. Es por eso que me parece más adecuado hablar
de democracia impolítica. En efecto, el gran problema contem­
poráneo es que el crecimiento de la democracia, bajo una forma
esencialmente indirecta, se ve acompañado de una declinación de
lo político. Se debe subrayar que ese movimiento está articulado
sobre un conjunto de transformaciones que afectan las modali­
dades de la acción gubernamental. La presión de las formas de
contrademocracia ha conducido en primer lugar generalmente a
hacer más prudentes a los gobiernos y menos inclinados a pro­
yectar empresas ambiciosas. Se puede recordar la famosa fórmu­
la de Luis XIV: “Cada vez que creo un empleo, creo cien descon­
tentos y un ingrato”. Ese tipo de preocupación es la que guía
esencialmente a los gobernantes de hoy. Están más motivados
por el objetivo de evitar la crítica por haber realizado acciones

1. La expresión se deriva de la de "religión civil” tomada de Tocqueville. Es


utilizada por ejemplo por Catherine Collíot-Théléne, “L’ignorance du peuple”, en
Gérard Duprat (comp.), L’ignorance du peuple., París, PUF, 1998, págs. 36-39.
2. Cf. Jean-Fran^ois Thuot, La Fin de la représentation et les Formes con-
temporaines de la démocratie, Montreal, Éditions Nota Bene, 1998 (véase todo
el cap. vil, “L’espace politique du nouveau sujet démocratique”).
250 LA CONTRADEMOCRACIA

cuestionadas que por la esperanza de ser más populares lanzán­


dose a grandes reformas. Los electores son por su lado más sen­
sibles a los riesgos de ver degradarse su situación que a las posi­
bilidades de ver que mejora. La asimetría de lo positivo y lo
negativo aparece así tanto en los comportamientos de los hom­
bres políticos como en las actitudes de los ciudadanos? Allí está
la gran ruptura. Por esa razón se multiplican las estrategias de
esquivar, de evitar y de diluir. Así se ha convertido en sistema el
desarrollo de la soberanía negativa y la reducción de las ambi­
ciones políticas. La mayor capacidad de reacción del público ha
entrañado una mayor modestia de los gobernantes.3 4 De ese
modo se puede comprender la constatación desengañada de un
primer ministro francés que consideraba que gobernar se había
vuelto un “oficio imposible”.5

EL HORIZONTE DE LA TRANSPARENCIA

El sentimiento de impotencia que experimentan numerosos


ciudadanos frente a lo que consideran como una timidez inso­
portable de los gobernantes se debe medir con ese rasero. La
despreocupación o la indiferencia de los hombres políticos no es

3. Cf. R. Kent Weaver, “The Politics of Blame Avoidance”, Journal of Public


Policy, vol. 6, n° 4, octubre-diciembre de 1986. Véanse también Michael B.
Machuca, James A. Stímson y Robert S. Erikson, “Responsabilité des élus devant
l’électorat et efficacité du systéme politique américain : une analyse contre-fac-
tuelle”, Revue frangaise de Science politique, vol. 53, n° 6, diciembre de 2003.
4. Ese enfoque conduce a contradecir los muy conocidos análisis de los
expertos de la Comisión Trilateral que consideraban en la década de 1970 que
los “excesos” de la democracia participatíva conducirían a volver ingobernables
las sociedades, al imponerse a los gobernantes una “sobrecarga exagerada”, al
mismo tiempo que el avance de los valores individualistas llevaba a deslegitimar
a las autoridades y reducir la confianza a priori en el liderazgo (Michel Crozier,
Samuel Huntíngton y Joji Watanuki, The Crisis of Democracy, Nueva York,
NYU Press, 1975). Esas sombrías previsiones de la época no fueron confirmadas
en los hechos. Hoy es más bien la insuficiencia de la democracia electoral-repre-
sentativa lo que se cuestiona, ligada a un desarrollo exacerbado de la contrade­
mocracia.
5. Cf Michel Rocard, “Gouverner : métier impossible”, Les Carnets de psy-
chanalyse, n° 15-16, 2004.
LA DEMOCRACIA IMPOLÍTICA 251

lo que se cuestiona en primer lugar, aunque esos elementos evi­


dentemente estén presentes. Los llamados a restaurar mágica­
mente una voluntad política salvadora se equivocan así de obje­
to. La resolución de los problemas de nuestras sociedades no
reside principalmente en el regreso a una visión y una práctica
que idealicen los antiguos universos gaullistas o churchilianos.
Las dificultades se ven exacerbadas, en primer lugar, por el for­
talecimiento de una democracia que se ha vuelto esencialmente
negativa. Lo que constituye el problema es esta forma de demo­
cracia y no una declinación de lo político que obedecería a una
dinámica autónoma. Se trata entonces de una impotencia de
tipo sistémico y no ya de la antigua impotencia de la voluntad
que reflejaba mecánicamente una debilidad de carácter de los
gobernantes. En esta nueva era problemática de la democracia,
los ciudadanos ya no buscan conquistar el poder para ejercerlo.
Su objetivo implícito es más bien encorsetarlo y disminuirlo,
deplorando al mismo tiempo las consecuencias finales de esas
prácticas que valoran cotidianamente. El ideal ya no reside tan­
to en la apropiación del poder como en la constitución de este
último en un objeto cuya transparencia se supone que permite
un perfecto control.
En adelante el ejercicio de la responsabilidad, del que se ha
perdido las esperanzas de poder organizar, es sustituido por la
perspectiva de la transparencia-, ésta acompaña una suerte de
abandono de los objetivos propiamente políticos en beneficio de
la valorización de las cualidades físicas y morales. Las cuestiones
de la transparencia y de la lucha contra lo que la obstaculiza
dirigen en lo sucesivo la atención de una ciudadanía desengaña­
da. Poco a poco se erige una verdadera ideología de la transpa­
rencia en lugar del ideal democrático de producción de un mun­
do común. La transparencia se convierte en la virtud que
sustituye la verdad o la idea de interés general en un mundo
marcado por la incertidumbre. Se supone que con ella se disuel­
ven, de un modo estrechamente metafórico, las tensiones y las
dificultades del mundo.6 A falta de saber lo que el poder debe

6. El siglo xxi paradójicamente vuelve a conectarse de este modo con las uto­
pías revolucionarias ingenuas de una conversión de los hombres y las institucio­
nes provocada por los beneficios del carácter público de los actos de gobierno
252 LA CONTRADEMOCRACIA

hacer positivamente, la única preocupación es sobre aquello que


debería ser. Pero se hace en términos que significan soñar con su
disolución. Ya no se trata por lo tanto de limitar el poder, como
en la perspectiva liberal, sino de coaccionarlo y, por así decir,
“transfigurarlo”. El problema es que termina en este caso por
desgastarse y agotarse hasta el punto de no poder responder a
las demandas que le son dirigidas. La nueva utopía de la trans­
parencia se transforma en el motor mismo del desencanto que
esperaba conjurar.

LAS DOS DESPOLITIZACIONES

El desarrollo de formas contrademocráticas de carácter impo­


lítico tiene lugar al mismo tiempo que se producen otras trans­
formaciones esenciales en los modos de gestión de las sociedades
contemporáneas. La sustitución creciente de las formas tradicio­
nales de gobierno por procedimientos difusos de gobernanza
constituye una de las manifestaciones más masivas en la perspec­
tiva que nos interesa. Ese movimiento también ha contribuido a
acentuar la declinación de lo político. Pero no es realmente de la
misma naturaleza. Por esa razón es importante captar esta dife­
rencia para tener la medida del tipo específico de borramiento de
lo político que está ligado a la contrademocracia. Este esfuerzo
de clarificación es necesario para lograr la indispensable decons­
trucción de macronociones como “la declinación de lo político”,
la “privatización del mundo”, “el advenimiento de una sociedad
de individuos”, que oscurecen la comprensión del presente mien­
tras pretenden aportar sus claves simplificadas de interpretación.
En los últimos veinte años se ha publicado una cantidad con­
siderable de trabajos sobre la cuestión de la gobernanza7 (inclu­
so se le han consagrado especialmente revistas),8 sin que por ello

por sí solos. Visión asociada ai presupuesto rousseauniano de una voluntad gene­


ral producida por las virtudes de la inmediatez.
7. Los trabajos pioneros de James Rosenau siguen siendo los más importan­
tes. Para la literatura en francés, véanse especialmente Patrick Le Galés, Pierre
Lascoumes, Dominique Plihon o Marie-CIaude Smouts.
8. Véase especialmente Global governance y Govemance.
LA DEMOCRACIA IMPOLÍTICA 253

se borre el sentimiento de una cierta imprecisión conceptual


remanente. Esa imprecisión se debe en gran medida al hecho de
que el mismo término es empleado para calificar modos de regu­
lación y de decisión en dominios muy diversos. Se habla así de
gobernanza para calificar una nueva etapa postinterestatal de
gestión de relaciones internacionales; pero también se habla de
gobernanza de empresa, de gobernanza de ciudades o incluso
también de gobernanza pública. El concepto se ha difundido con
una rapidez extraordinaria porque sirve para designar mutacio­
nes consideradas emparentadas. Se destacan tres grandes carac­
terísticas de este conjunto:
— En primer lugar, las decisiones asocian una pluralidad de
actores, de formas y de estatus diferentes. En el orden internacio­
nal esto remite por ejemplo al hecho de que pueden estar impli­
cados en un mismo proceso de discusión y de decisión actores
muy heterogéneos: Estados, ONG, organizaciones públicas diver­
sas. Se mezclan e interactúan operadores públicos y privados,
ejerciendo cada uno a su manera una función de “gobernante”
en el sentido de que disponen de una capacidad de presión o de
intervención, cualquiera que ella sea (legal, mediática o social).
La idea de gobernanza opone entonces el hecho de una red hete­
rogénea e interactiva de participantes, que el término '‘sociedad
civil” expresa en parte, a la existencia de un actor-decisor legíti­
mo único.
— Esas “decisiones”, a su vez, no son adoptadas bajo la for­
ma de una elección tajante, en un momento claramente identifi­
cadle. Resultan de procesos iterativos complejos. El mismo tér­
mino “decisión” tiende por otra parte a perder su consistencia,
ya que las relaciones entre la pluralidad de los actores implica­
dos se inscriben en un movimiento continuo de consultas, de
negociaciones, de ajustes y de compromisos. En la empresa, el
sistema de organización jerárquica piramidal, ligado a una ges­
tión por órdenes de servicio, cede así cada vez más su lugar a
modos de cooperación descentralizados y flexibles. La noción de
gobernanza designa en ese caso un modo de regulación caracte­
rizado por formas flexibles de coordinación, resultantes de múl­
tiples canales e insertas en una sucesión de encuentros. En el
orden político, esta dimensión se manifiesta por el hecho de que
las autoridades que detentan el poder legal deben dialogar y lle­
gar a acuerdos permanentemente, implícita o explícitamente, con
254 LA CONTRADEMOCRACIA

múltiples instancias de la sociedad; traduce así una revolución de


las relaciones entre el Estado y la sociedad civil. De manera
general, estos modos de regulación tienden a disolver la distin­
ción entre gestión y política: procesos cada vez más comparables
rigen las distintas esferas y los diferentes niveles de organización
de la vida social Las empresas, las administraciones, las colecti­
vidades territoriales están sometidas en adelante a mecanismos
de funcionamiento vecinos. Por su lado, la separación entre el
orden internacional y el nivel nacional tiende también en esa
perspectiva a reabsorberse.
— La determinación de las reglas^ en tercer lugar, no se ins­
cribe más en la existencia de un universo normativo constituido
de un modo jerárquico, que tiene por clave un orden estatal regi­
do por la idea de voluntad general (o un orden internacional
comprendido en los mismos términos). El término “gobernanza”
se utiliza en ese caso con referencia a un sistema plural de nor­
mas heterogéneas, que mezcla el derecho estatal o internacional,
elementos de arbitraje, convenciones, costumbres que conforman
un conjunto complejo y proliferante. Esta complejidad está liga­
da a la existencia de una multiplicidad de instancias que partici­
pan en la regulación de cada uno de los dominios en cuestión.
El advenimiento de este nuevo mundo de la gobernanza es
tan indiscutible como difícil de definir de manera más precisa, en
la medida que se caracteriza por sobre todo, al fin de cuentas, de
manera negativa, por su diferencia con los sistemas jerárquicos
anteriores. Es una ruptura que puede ser captada en perspectivas
casi opuestas. Puede ser considerada en primer lugar la expre­
sión de una desagregación social y política, de un consentimien­
to silencioso a la declinación de principios democráticos erosio­
nados por las fuerzas ascendentes del mercado y el derecho. La
referencia a la gobernanza puede ser comprendida también como
una suerte de disfraz ideológico destinado a ocultar el naufragio
del ideal democrático-republicano. En ese caso las cosas se inter­
pretan sobre un fondo general de crisis: crisis de la democracia,
de la representación, del sentido del interés general. Es el punto
de vista pesimista o desengañado de múltiples autores que
cubren un espectro muy heterogéneo, que abarca desde ciertos
militantes altermundialistas hasta los teóricos neonacionalistas.
Pero la entrada en el mundo de la gobernanza es también suscep­
tible de ser interpretada de manera más neutra como la conse-
LA DEMOCRACIA IMPOLÍTICA 255

cuencia de que las sociedades contemporáneas se han vuelto con­


siderablemente más complejas, que están cada vez más fragmen­
tadas, compuestas de subsistemas relativamente autónomos, y
que en consecuencia la era de las redes sucede a la de las organi­
zaciones. Esto puede por lo mismo remitir de manera franca­
mente más positiva al hecho de que las sociedades son más capa­
ces de coordinarse de modo horizontal, de autoorganizarse, y
necesitar menos de autoridades tutelares. Esa visión es probable­
mente la más extendida. Es compartida por muchos analistas de
las transformaciones de la gestión del dominio público y del
papel que cumplen las organizaciones de la sociedad civil; es la
que tiene igualmente un autor de extrema izquierda como Anto­
nio Negri, que ve la posibilidad de injertar en ese movimiento
una nueva empresa de emancipación y de subversión surgida
desde abajo? Muchos se ubican también a medio camino entre
esos dos enfoques. Es el caso emblemático de Ulrich Beck. Hace
el elogio del advenimiento de una “subpolítica” que corresponde
a una activación de la sociedad civil, viendo así en la declinación
de la forma estatal un signo de logro democrático. Pero deplora
al mismo tiempo la parálisis de lo político que deriva de ello.910
Esta breve apreciación de la literatura sobre la gobernanza
permite percibir lo que distingue los fenómenos analizados y las
formas de democracia indirecta, que son el objeto de esta obra.
Con la gobernanza, son modos desmembrados de organización y
regulación de los distintos dominios de la vida social los que
entrañan una des politización entendida como descentramiento,
diseminación. La política es entendida en ese caso como un modo
de coordinación y de dirección. El sujeto político -el pueblo- se
esfuma simultáneamente como figura central y unificada. Esto ha
llevado a ciertos comentaristas a hablar de “posdemocracia”, es
decir, de una forma de regulación de acuerdo con el demos y el
Estado-nación.11 El tipo de despolitización engendrada por el

9. Cf. Michael Hardr y Antonio Negri, Empire, París, Exils, 2000, así como
Multitude, Guerre et démocratie á Páge de 1‘Empire, París, La Découverte, 2004.
10. Cf. Ulrich Beck, La Société du rtsque, op. cit., y Pouvoir et contre-pon-
voir d l’heure de la mondialisation, París, Aubíer, 2003.
11. Jacques Rancíére es, hasta donde yo sé, uno de los primeros en haber
empleado la expresión en La Mésenteme. Politique et philosophie, París, Galilée,
1995.
256 LA CONTRADEMOCRACIA

desarrollo de la contrademocracia no es del mismo orden. La


política mantiene en este último caso una centralidad funcional.
Los diferentes poderes de control, de obstrucción y de enjuicia­
miento no deconstruyen en efecto en absoluto la existencia de una
escena central; sólo existen en relación con ese poder central, que
de cierto modo cuestionan y refuerzan. Es llamativo constatar que
las instituciones internacionales tienden a asentar su papel y acre­
centar su legitimidad, avalando la intervención de una cierta can­
tidad de contrapoderes surgidos de la sociedad civil. Hay por
ejemplo todo un juego de acreditación, de consulta regular, inclu­
so de financiación, de ciertas ONG por la ONU o la Unión Europea,
que buscan de este modo reforzar a cambio su reconocimiento
social.12 Los Estados-nación, al ser por lo general mas prudentes,
participan también de este movimiento que hace sistema con el
desarrollo de los poderes contrademocráticos. Pero para esos
poderes “fuertes”, el resultado es diferente de lo que se observa
con los poderes “débiles” en el nivel internacional. Es una dinámi­
ca de legitimación destructiva la que se pone en marcha en ese
caso: los gobernantes aceptan ver limitada su soberanía para com­
pensar la erosión de la confianza de los ciudadanos; consienten su
debilitamiento para dar a la sociedad garantías de su atención. Se
mantiene la centralidad de las instancias políticas, pero es la cen­
tralidad de un poder disminuido. En ese caso, es por consiguiente
lo político como capacidad de institución de lo social lo que se
encuentra afectado. La despolitización toma la forma de un vacia­
miento de lo político, considerado en ese sentido.
La comprensión de los alcances de esta nueva democracia
impolítica nos invita a ir todavía más lejos en el análisis para
comprender sus mecanismos. Tomar en cuenta la forma patoló­
gica de esa contrademocracia, el populismo, puede ayudarnos.
Por otra parte, es útil relacionar las similitudes de la estructura y
los efectos de esa impolítica contemporánea con otras grandes
transformaciones, que afectan el funcionamiento de la esfera
económica y precipitan también la entrada en un universo reduc­
tor de lo político.

12. Véanse sobre ese punto los datos presentados por Thierry Pech y Marc-
Olívier Padis, Les Multinationales du caeur. Les ONG, la politique et le marché,
París, La Républíque des idées-Seuil, 2004.
La tentación populista

El término “populismo” se impuso en el vocabulario político


contemporáneo de manera vaga y acuciante a la vez. Tomado de
la lengua rusa de fines del siglo XIX, es utilizado actualmente en
gran medida para designar todo un conjunto de movimientos y
de temas políticos cuyas características parecen escapar a las cla­
sificaciones ideológicas y partidistas usuales. Aunque se lo ha
utilizado comúnmente para calificar el resurgimiento de fuerzas
de extrema derecha en el continente europeo a fines del siglo xx
(después de haber servido sobre todo para designar regímenes
latinoamericanos como el de la Argentina de Perón), aquello a
lo que apunta supera evidentemente esa referencia específica.
Estigmatiza lo que se percibe como una desviación democrática
o un peligro para las libertades, pero sin dar realmente una defi­
nición satisfactoria. Es entonces a la vez un término pantalla y
una muletilla. La doble comprensión del populismo como pato­
logía de la democracia electoral-representativa y más aún como
patología de la contrademocracia permite terminar con estos
equívocos. Antes que ser una ideología, el populismo consiste
esencialmente en una inversión perversa de los ideales y los pro­
cedimientos de la democracia.
258 LA CONTRADEMOCRACIA

UNA PATOLOGÍA DE LA DEMOCRACIA


ELECTOR AL-REPRESENTATI VA

El populismo se comprende en primer lugar en su relación con


las tensiones estructurantes de la representación. Pretende resol­
ver la dificultad de representar al pueblo resucitando su unidad y
su homogeneidad de un modo imaginario, en una toma de distan­
cia radical con aquello a lo que se supone que se le opone; el
extranjero, el enemigo, la oligarquía, las elites. Se afirma, cavan­
do esa fosa, con una denuncia cada vez más virulenta de aquello
a lo que se acusa de constituir una especie de exterioridad esen­
cial con relación al “pueblo”. El populismo fustiga una distancia
que se exalta a la vez sobre el plano moral (la oposición a los
“corruptos”, a los “podridos”), sobre el plano social (la denuncia
de “elites” que encarnan el aislamiento social), incluso en el pla­
no étnico (los “de estirpe nacional”). Hay un pueblo que es ala­
bado. Uno y sano, sin divisiones ya que solo se confronta consigo
mismo. Es por consiguiente in fine una concepción sustancialista
de lo social que se formula para encontrar un remedio a la mala
representación. Pero el principio representativo también es fusti­
gado como procedimiento por la retórica populista. A la confis­
cación de la política por un puñado de profesionales se oponen
las virtudes de la apelación al pueblo y de su expresión directa.
Sobre la base de tal definición, se podría calificar de “populistas”
a la mayoría de los movimientos antiparlamentarios de fines del
siglo XIX en Europa (al estilo del boulangismo en Francia)* así
como el People’s Party de los pequeños granjeros estadouniden­
ses del Míddle West del mismo período.1 En los dos continentes
se encuentra la misma oposición reivindicada entre un pueblo
sano y elites alejadas de toda verdadera implicación social, pro­
longándose esa retórica en los dos casos en los temas racistas y
xenófobos de manera tristemente lógica. Numerosos trabajos

* Boulangismo. Movimiento francés de ia década de 1880 que deriva su


nombre del general George Boulanger -llegó a ocupar el cargo de ministro de
Guerra- y que se basó en el deseo popular de revancha contra los alemanes que
derrotaron a Francia en la guerra de 1870 y de una política social que favorecie­
ra a los sectores pobres de la población (n. dei t.). v
1. Véase la obra clásica de Michael Kazin, The Populist Persuasión: an Ame­
rican Historyt Nueva York, Basic Books, 1995.
LA DEMOCRACIA IMPOLÍTICA 259

recientes de ciencia política han retomado esos análisis para pre­


cisarlos.2 El rebrote populista contemporáneo puede relacionarse
por una parte con la crisis de la representación derivada de una
menor legibilidad de lo social, provocada a su vez por el desdibu-
¡amiento de las antiguas estructuras de clase (así como la conse­
cuente declinación del antiguo papel de encuadramiento y de
expresión de los partidos políticos tradicionales). Pero ese abor­
daje del populismo no alcanzaría para percibir sus mecanismos y
expresar sus particularidades. Visto sólo como una patología de
la democracia electoral-representativa, sería fácil aplicar el mismo
tipo de caracterización a los fenómenos totalitarios, que se inscri­
ben, también, de manera ciertamente más radicalizada, en una
visión fantaseada de la unidad social y de una posible representa­
ción-encarnación. Es necesario entonces ajustar el análisis del
populismo. Eso es lo que permite su aprehensión como patología
específica de la contrademocracia.

POPULISMO Y CONTRADEMOCRACIA

Lo propio del populismo reside en el hecho de que radicaliza


la democracia de control, la soberanía negativa y la política
como juicio, hasta culminar su movimiento común en la impolí­
tica. El populismo podría definirse en esa perspectiva como polí­
tica pura de lo impolítico^ antipolítica acabada, contra democra­
cia absoluta. Considerémoslo en cada una de las modalidades de
la contrademocracia para mostrarlo.
El populismo puede ser definido en primer lugar como una
patología del control y de la vigilancia. La preocupación activa y
positiva de inspeccionar la acción de los poderes, de someterlos a

2. Los trabajos recientes inás penetrantes son entre otros los de Paul Taggart
y los de Margaret Canovan. Véase, por ejemplo, del primero, “Populism and
Representative Politics in Contemporary Europe”, Journal of Political Ideologies,
vol. 9, n° 3, octubre de 2004; de la segunda, “Trust the Peopíe! Populism and the
Two Faces of Democracy”, Political Studies, vol. 47, n° 1, marzo de 1999. Las
contribuciones agrupadas en Yves Mény e Yves Surel, Democracies and the
Populist Challenge, Nueva York, Palgrave, 2002, llaman también la atención.
Véanse igualmente, en francés, los trabajos dirigidos por Guy Hermet, Olivier Ihl
o Pierre-André Taguieff.
260 LA CONTRADEMOCRACIA

la crítica y la puesta a prueba se transforma en este caso en estig-


matización compulsiva y permanente de las autoridades gober­
nantes, hasta el punto de constituirlas en fuerza enemiga, radical­
mente exterior a la sociedad. El populismo es en ese punto el
heredero fiel de Marat. Éste compartió el ideal revolucionario del
control y fue uno de sus heraldos. En sus Chames de l’esclavage
(publicado en 1774) pone esta preocupación en el centro de su
visión. “Para mantenerse libre -escribe- hay que tener los ojos
siempre abiertos, puestos sobre el gobierno; hay que espiar sus
pasos, oponerse a sus atentados, reprimir sus desvíos”.3 El objeti­
vo de la acción política, subraya también, “es ejercer un control
perpetuo sobre los hombres que llegan al poder. Aunque vosotros
los hayáis elegido, controlarlos es un deber de todos en todo
momento”.4 Pero L’Ami du peuple que publicó a partir de 1789
va a exceder muy pronto esos primeros objetivos, de los que no
habría renegado un siglo y medio más tarde el prudente Alain.
Marat profundiza en efecto brutalmente la distancia con el poder:
no puede imaginarlo más que como una siniestra e implacable
máquina de conspirar y completar. A sus ojos todo gobierno
deviene despótico en su esencia, fuerza inexorablemente tiránica,
arsenal maquiavélico. Con Marat, lo hemos señalado, “la activi­
dad política del ciudadano se resume por completo en el con­
trol”.5 De ahí la pasividad política que paradójicamente deriva de
ello: a fuerza de ser vilipendiado y denunciado, el poder termina
por constituirse en una fortaleza que se considera imposible de
conquistar; es erigido en una fuerza inaccesible, radicalmente
extranjera a los ciudadanos. Marat considera paradójicamente el
poder, en el fondo, como una especie de tiranía inexpugnable; no
se lo puede pensar como susceptible de devenir democrático. El

3. Jean-Paul Marat, Les Chames de l’esclavage (1774), en “(Euvres politi-


ques”, Bruselas, PÓle Nord, 1995, t. vil, pág. 4421. “Para ser libre, escribe tam­
bién, hay que estar en guardia en todo momento contra quienes gobiernan. No
hay nada más fácil que la perdición de quien no tiene desconfianza, y ia mayor
seguridad de los pueblos es siempre el anticipo de su servidumbre” (Ibid., pág.
4355).
4. Citado por Patrice Rolland, “Marat ou la politique du soupgon”, Le
Débat, n° 57, noviembre-diciembre de 1989, pág. 134.
5. Cf. sobre ese punto los estimulantes comentarios de P. Rolland, Ibid.f pág.
135.
LA DEMOCRACIA IMPOLÍTICA 261

populismo hereda esa visión, de la que constituye la expresión


moderna. La liga a una pasión por la denuncia que remite más a
una voluntad de destruir que de ejercer una vigilancia inquieta.
Los movimientos populistas encarnan en esa medida una especie
de sicofancia moderna, llevada a su punto máximo de contradic­
ción.6 Son, en fin, los herederos de un estilo de ridiculización
política cuyo repertorio ilustró la prensa antiparlamentaria fran­
cesa, de derecha y de izquierda, de las últimas décadas del siglo
XIX. Les Chambres comiques, La Bombe, Le Balai, La Lanterne,
L’Assiette au beurre, entre otras, dieron el tono de una prensa
radicalmente pesimista y desilusionada que no buscaba tanto
cambiar el curso de las cosas como disminuir y abuchear a los
diversos funcionarios. La impaciencia democrática se transforma­
ba en sus páginas en una especie de desesperanza aguda y violen­
ta. De modo que el populismo constituye, bajo esas tres formas
superpuestas, un poder de control que se ha vuelto contra sí mis­
mo.
En segundo lugar, el populismo puede ser entendido como
una patología de la soberanía de obstrucción. Se relaciona tam­
bién con expresiones políticas de crisis aparecidas por primera
vez hacia el fin del siglo XIX, cuando se multiplicaron en nume­
rosos países los partidos “antisistema”.7 Pero el sentimiento
revolucionario y las actitudes de simple rechazo del mundo polí­
tico se hacían competencia en ese momento, respaldándose de
hecho ocultamente; la “soberanía crítica”, cuyas formas hemos
detallado, contribuyó a su manera a la construcción democráti­
ca. El poder de obstrucción podía entonces definir un momento
de la historia y no aun una visión negativa de lo político replega-

6. En Atenas se llamaba sicofantes a aquellos que pervertían los derechos de


denuncia ante la justicia de los magistrados por los ciudadanos, ejerciendo de ese
modo una suerte de chantaje. Los sicofantes, que se presentaban como los “perros
del pueblo”, preocupados por defender la democracia contra los complots oligár­
quicos que la amenazaban, eran considerados por sus adversarios como vulgares
demagogos y extorsionado res. Cf. Carine Karitini Doganis, Démocratie et trans-
parence: les sycophantes et la délation dans la cité d’Athénes a íépoque classique,
tesis, París, Instituí d’études politiques, 2004.
7. Véanse sobre esa categoría las disquisiciones de G. Sartori, Parties and
Party Systems: A pramework. for Analysis, Cambridge, Cambridge University
Press, 1976.
262 LA CONTRADEMOCRACIA

do sobre sí mismo, aunque esta última cara estuviese sin embar­


go presente a veces, mostrándose con fuerza en ciertos momen­
tos de crisis o de incertidumbre. En la Francia de la década de
1950, el éxito fulminante del movimiento poujadista mostró que
se mantenía oculta en las sombras, pronta a surgir brutalmente.
Ese movimiento encarnó entonces hasta la caricatura esa política
puramente negativa: partido de la revuelta antifiscal, expresión
visceral de un antipoder, el poujadismo presentó sus candidatos
a los electores de 1956 sin defender ningún programa. Los afi­
ches y los volantes con los que inundó Francia sólo estaban sig­
nados por un perentorio “Que salgan los salientes”.89Los popu­
lismos contemporáneos han resucitado esa visión de la acción
política banalizándola. No se preocupan por lo tanto realmente
de combatir en el terreno de la política ordinaria. Agitan más
bien permanentemente el espectro de la decadencia, para presen­
tarse como guardianes de lo extraordinario, como salvadores de
situaciones extremas, profetas y maestros de un cierto Apocalip­
sis. Los acompañan en ese combate de puesta en escena crepus­
cular las “masas negativas” evocadas por Elias Canetti? Estas
últimas parecen en lo sucesivo totalmente replegadas sobre sí
mismas. Ninguna energía revolucionaria las proyecta ya en la
historia relacionándolas con una promesa o una ambición. Nin­
guna fuerza moral las constituye ya como bloque de dignidad o
como posibilidad de acción. Son masas mudas, desengañadas,
desconcertadas, asqueadas, cuyos problemas no son expresados
por los populismos, pero con los que sabe atizar su cólera para
hacerlas gruñir cada vez más sordamente, tanto sobre el pavi­
mento de las ciudades como en el cuarto oscuro. El fortaleci­
miento de los populismos traduce entonces el aislamiento de la
soberanía negativa en su inmediatez, como fuerza radicalmente
desnuda, incapaz de una crítica activa, expresión de una violen­
cia resignada.
El populismo contemporáneo corresponde en fin a una exa­
cerbación destructiva de la idea del pueblo-juez. El escenario del
tribunal con sus intercambios de argumentos y sus producciones

8. Varios de esos documentos son reproducidos en el estudio de Stanley


Hoffmann, Le Mouvement Poujade, París, Armand Colin, 1956.
9. Cf. Elias Canetti, Masse et puissance, París, Gallimard, 1966, págs. 55-58.
LA DEMOCRACIA IMPOLÍTICA 263

de conocimiento experto se degrada con el populismo en teatro


de crueldad o en juego de circo. El poder tiende en consecuencia
a ser criminalizado o ridiculizado en su esencia. La función de
acusación absorbe en ese marco toda la actividad cívica, alejan­
do de ese modo de manera casi estructural, al ciudadano del
poder. El ministerio público, que tiene por función representar el
Estado y exigir la aplicación de la ley en interés de la sociedad,
termina en esa perspectiva por constituir el único poder percibi­
do, en sus obras, como de esencia democrática.10 Este pueblo-
juez exacerbado del populismo no se preocupa en absoluto, es
necesario señalarlo, por un ejercicio de la justicia que fuese de
orden distributivo y que buscara evaluar los medios para concre­
tar una igualdad superior entre los posibles. Sólo aborda la cues­
tión del Estado benefactor para denunciar a sus beneficiarios
como sospechosos, defraudadores voluntarios, asimilados, por
una serie de deslizamientos, a los inmigrantes o los ilegales. Sólo
quiere una justicia de represión, de sanción, de estigmatización,
constituyendo en objeto de su venganza una vasta categoría de
indeseables y de parásitos. En ese punto, el populismo como
patología de la contrademocracia se une así con el populismo
como patología de la democracia electoral-representativa, que
fantaseaba con la creación de un cuerpo social Uno y sano para
resolver todos los problemas que enfrenta la sociedad.
Mientras las definiciones “ideológicas” del populismo siguen
siendo frágiles, marcadas por la tentación de presentar simples
juicios de valor, que oscilan entre la estigmatización peyorativa
de un universo de demagogia y xenofobia y la valorización con­
traria de una preocupación por la “sociedad de abajo”,11 su
caracterización funcional aparece a la vez más objetiva y más

10. ¡Como si los sicofantes hubiesen devenido los únicos verdaderos repre­
sentantes del pueblo de Atenas!
11. El adjetivo “populista” puede emplearse así como equivalente de “popu­
lar”; en esa perspectiva también termina por poder asimilarse en ese sentido a
“democrático”, en una diferenciación implícita con “liberal-elitista”, Robert
Dahl oponía en otros tiempos los regímenes "populistas” y "madisoneanos” en
A Preface io Democratic Theory (Chicago, The University of Chicago Press,
1956). Véase también, en esa misma perspectiva, Wiliiam H. Riker, Liberalism
Against Populism: A Confrontaron Betiveen the Theory of Democracy and the
Theory of Social Chotee, San Francisco, Freeman, 1982.
264 LA CONTRADEMOCRACIA

precisa. El hecho de considerarlo patología de la democracia


electoral-representativa permite avanzar hacia una definición
más segura, poniendo el acento en las características de su visión
sociológica y de su aprehensión de la “crisis de la voluntad polí­
tica”. Pero, como hemos dicho, ese enfoque es insuficiente, ya
que no se distingue suficientemente el populismo de otras pato­
logías más radicales, como la de los totalitarismos, o simplemen­
te de otras concepciones no liberales, autoritarias y decisionistas
de lo político. La definición específica del populismo como pura
contrademocracia, forma absolutizada de sus tres figuras super­
puestas, conduce a una mayor precisión. El populismo puede ser
aprehendido en ese caso como una forma de expresión política
en la cual el proyecto democrático se deja absorber y vampirizar
totalmente por la contrademocracia; es la forma extrema de la
antipolítica. Esta definición nos permite comprender su vigor en
el siglo XXI: efectivamente, es la patología política propia de una
era marcada por el crecimiento de las formas contrademocráti­
cas. Precipita también su carácter impolítico. Se mezclan en él,
de esa manera, la manifestación paroxística del malestar político
contemporáneo y la expresión trágica de la incapacidad de supe­
rarlo.
3

Lecciones de economía impolítica

El desarrollo de las formas indirectas de democracia, lo


hemos subrayado muchas veces, fue proporcional a la incapaci­
dad de la política electoral-representativa de cumplir sus prome­
sas. Se puede observar un fenómeno análogo en el orden econó­
mico. La constatación de las disfunciones de los mercados, en
efecto ha conducido en todas partes a crear múltiples dispositi­
vos de control al mismo tiempo que evolucionaban los mecanis­
mos estructurantes de esos mismos mercados. En ese marco se
multiplicaron igualmente modos de “regulación indirecta”. El
funcionamiento de la economía contemporánea da amplia cabi­
da a mecanismos de control y dispositivos negativos. Hay allí
una analogía que merece ser profundizada. Una lectura “políti­
ca” de la economía nos puede conducir a comprender mejor la
cara impolítica de los poderes contrademocráticos.

EL REGRESO DE UN TÉRMINO

Precedentemente hemos señalado que el término “control”


[surveillance] fue empleado por primera vez en su sentido políti­
co por economistas del siglo XVIH que buscaban calificar un tipo
de intervención de los poderes públicos distinto de los poderes
ordinarios de mando y de los automatismos del mercado. No es
indiferente constatar que cuando resurgió el término en los años
setenta, fue nuevamente a través de los economistas. El contexto
266 LA CONTRADEMOCRACIA

era el de la crisis provocada por el primer shock petrolero que


llevó a la quiebra del sistema financiero internacional creado en
1944 por la Conferencia de Bretton Woods.1 El abandono de
una arquitectura basada en las reglas automáticas y coaccionan­
tes planteó la cuestión de una alternativa. ¿Qué hacer para evitar
la anarquía que habría resultado del laisser-faire ligado al nuevo
régimen de tasas de cambio flotantes, cuando se sabía que no
había acuerdo posible sobre una solución ambiciosa? En ese con­
texto, se consideró la referencia a un “control [surveillance]
estricto” como solución al problema planteado. Esta expresión
fue empleada por primera vez por el subsecretario estadouniden­
se del Tesoro, y consagrada en 1975 en el artículo IV de la carta
revisada del Fondo Monetario Internacional (FM1).2 El mismo
término, “control”, será utilizado para caracterizar el papel que
podía tener el grupo (llamado G-10) que reunía anualmente a los
gobernadores de los principales bancos centrales del mundo; lue­
go fue aplicado a las reuniones del G-7, en las que se daban cita
periódicamente los responsables de los grandes países industria­
lizados. La idea de un gobierno efectivo pero indirecto, no deri­
vado de ninguna autoridad de tipo soberano, que buscaba pro­
ducir efectos equivalentes, reapareció de este modo por segunda
vez. La economía y la política encontraron nuevamente un con­
cepto común para describir un modo de influenciar o de coaccio­
nar sin mandar. Pero las analogías no se limitaron a esta sola
cuestión de vocabulario.

LA FUNCIÓN ECONÓMICA DE CONTROL .

La teoría neoclásica parte de la hipótesis de que el buen fun­


cionamiento de los contratos necesita que la información circule

1. Ya había sido creado un sistema de paridades fijas, que venía a ser el equi­
valente del sistema de Patrón Oro, en el que el dólar estadounidense y la libra
esterlina británica, junto con el oro, cumplían el papel de monedas de reserva.
2. Sobre esta historia véase Louis W. Pauly, Who Elected the Eankers? Sur-
veillance and Control in the World Economy, Ithaca, Cornell University Press,
1997 (cap. v¡, “The Reinvention of Multilateral Economic Surveillance”), así
como Haroid James, “The Historícal Development of the Principie of Surveillan­
ce”, IMP Staff Papers, vol. 42, n° 4, diciembre de 1995.
LA DEMOCRACIA IMPOLÍTICA 267

libremente, de tal manera que ningún agente se beneficie de una


renta de situación derivada de un monopolio informativo.3 Es
necesario por consiguiente que existan mecanismos coaccionan­
tes que inciten a revelar informaciones. La cuestión es particular­
mente sensible en el mundo de los mercados financieros, los más
complejos, constituidos por la interacción de un número consi­
derable de datos caracterizados por una fuerte incertidumbre. La
primera respuesta es la del autocontrol: ejerciendo cada parte un
control activo sobre las otras resulta una suerte de control mu­
tuo. Es el abordaje tradicional de la eficiencia del mercado. Pero
a menudo se ha demostrado fallido. El control mutuo, de tipo
horizontal es en efecto insuficiente, especialmente en el terreno
de la gestión de riesgos financieros.4 Es fácil explicar por qué. La
naturaleza del bien intercambiado en el mercado de crédito, es
decir, las promesas de pago, está condicionada por una incerti­
dumbre estructural que hace imposible el establecimiento de nor­
mas objetivas, claramente identificables, de apreciación de los
riesgos. Los modos de evaluación y de gestión prácticos de los
bancos remiten en gran medida a la representación colectiva del
“clima de negocios” o del “estado de los mercados” que domina
la profesión en un momento dado. Un procedimiento de control
mutuo puede disimular un “juego de espejos” susceptible de
engendrar cegueras colectivas. De ahí la utilidad de establecer lo
que los economistas llaman un supervisor, es decir, un tercero
exterior que disponga de poder de coerción. Sólo semejante
agente puede instaurar una relación vertical de control y limitar
de esa manera los riesgos de comportamientos de manada a los
que expone el solo control horizontal (comportamientos que
conducen a la formación de “burbujas” inmobiliarias y bursáti­
les, y a los consiguientes cracks). Un buen funcionamiento del
mercado no implica entonces solamente que las reglas de juego
sean respetadas por todos, asegurando la fluidez y la transparen-

3. Cf. Éric Bronsseau, L/Économie des centráis: technologies de l’informa-


tion et coordinations interentreprises, París, PUF, 1993.
4. Sigo, en este punto, la demostración de Michei Aglietta y Laurence Scia-
lom, “Vers une nouvelle doctrine prudenríelle”, Revue d’écononúe financiare, n°
48, 1998. Véase igualmente Domíníque Plihon, “Quelle surveillance prudenrielle
pour l’industrie des Services fínanciers?”, [Link] d’éconornie financiére, n° 60,
2000.
268 LA CONTRADEMOCRACIA

cía del sistema (es la función de organismos del tipo de la Secu-


rity Exchange Commission [Comisión de Títulos y Cambios] en
Estados Unidos o de la Autoridad de los Mercados Financieros
en Francia): también debe apelarse a una supervisión pública que
ejerza un control prudencial cuya eficacia se mide por la capaci­
dad de producir acciones correctivas tempranas e imponer san­
ciones.5
Las disfunciones del mercado (market failures) pueden ser '
relacionadas desde esa perspectiva con las desviaciones del siste­
ma representativo. Las deficiencias del mecanismo de elección
para vincular eficazmente a los representantes y los representa­
dos, y para garantizar el gobierno del interés general, requieren .
también la constitución de sistemas adicionales de control, ya
sea ésta institucionalizada o simplemente activa bajo las formas
más difusas de la opinión pública. La intervención de un tercero
corrector apunta en los dos casos a remediar un mismo tipo de
desarreglo. Las insuficiencias del control mutuo horizontal en
economía tienen una estructura equivalente a los límites de la
inmediatez del vínculo electoral; falta en los dos casos una verti­
calidad que dé consistencia temporal a una forma de regulación.
En los dos casos también la dificultad de instaurar directamente
y de manera durable una relación de confianza es contrabalance­
ada por una forma de institucionalización de la desconfianza.
El paralelo no se limita a esa constatación de la función que
cumplen las instituciones de vigilancia en el orden económico.
Los otros dos mecanismos de control que hemos descripto, los de
la calificación y de la denuncia, tienen también en él un papel cre­
ciente. Las agencias de calificación financiera hicieron su apari­
ción a mediados del siglo XIX, proponiendo una evaluación de los
créditos comerciales así como de las acciones o las obligaciones.
Las primeras formas del comercial credit rating vieron la luz en
Estados Unidos en ocasión de la crisis financiera de 1837. Res­
pondieron al sentimiento de que el mercado había fallado por fal­
ta de informaciones suficientemente independientes para funcio­

5. Sobre el movimiento europeo de creación de instituciones de esta natura­


leza, véase Michel Marino, “Quelle architecture pour le controle prudenriel en
Europe?”, gevue du Marché commun et de l’Union européenne, n° 460, julio-
agosto de 2002.
LA DEMOCRACIA IMPOLÍTICA 269

nar correctamente. Los nombres de Moody, Standard, Poor darí­


an a esa actividad en el siglo XX la forma organizada que conoce­
mos.6 Estas agencias tienen por característica ser independientes y
hacer de la calificación de los créditos y de los títulos un oficio.
De modo que allí también se impuso la intervención de un terce­
ro evaluador para instituir una confianza que no se podía organi­
zar con la sola relación cara a cara del comprador y el vendedor.
Dado que los mercados financieros hacen intervenir a múltiples
actores que intercambian informaciones, pero también pueden
mostrarse sensibles a los rumores, incluso dejándose manipular,
estas agencias introducen un punto de vista exterior al buscar una
mayor objetividad. Cumplen en el mundo económico una función
que combina la del periodista y la del experto. La agencia Fitch,
para ilustrar ese rol, dice de sus calificaciones que son compara­
bles a editoriales, con la característica de ser “los editoriales más
cortos del mundo”. Tales agencias representan así el equivalente
de una mano visible que se superpone a la mano invisible del
mercado para guiar su funcionamiento;7 encarnan de manera
ejemplar el peso de los poderes de control en la regulación econó­
mica.8 Se puede subrayar en este sentido que la legislación de la
mayoría de los países ha hecho obligatorio progresivamente el
sometimiento a tal calificación de numerosas categorías de títu­
los, testimoniando la función estructurante del mercado que se le
reconoce. Las calificaciones de las agencias por lo mismo han
adquirido un estatus que les da una importancia equivalente al de
los coeficientes de solvencia reglamentarias.
Las calificaciones dan señales que introducen así otra forma
de gobernanza en el funcionamiento de la economía. La certifi­
cación representa un segundo tipo de poder de control, más
directamente normativo, de forma similar. Mientras que las cali­
ficaciones no constituyen legalmente más que “informaciones”

6. Sobre la historia de esas agencias, véase Gilbert Harold, Bond Ratings as


an Investment Gnide; An Appraisal of their Effecttveness, Nueva York, 1938;
Philippe Raimbourg, Les Agences de rating, París, Económica, 1990.
7. Sobre esa función véase la síntesis de Olivjer Líchy, “Les agences de
rating”, Les Petites Affiches, 4 y 6 de septiembre de 1991.
8. Cf. Timorhy J. Sinclair, “Passing Judgements: Credit Rating Processes as
Regtdatory Mechanísms of Governance in the Emergíng World Order”, Reidetv
of International Polítical Economy, vol. 1, n° 1, primavera de 1994,
270 LA CONTRADEMOCRACIA

susceptibles de alentar o frenar transacciones, las certificaciones


se inscriben en una perspectiva más directamente reglamentaria.
Definen la elegibilidad de un título para formar parte de una car­
tera o su exclusión, o también, en el dominio industrial, la auto­
rización para lanzar un producto al mercado.9 Desde el siglo
xviii, dispositivos legales de certificación de productos enmarcan
el funcionamiento del mercado en sectores como el textil. Los
economistas liberales, con Turgot a la cabeza, combatieron enér­
gicamente esos dispositivos, estimando que los compradores
podían reaccionar con rapidez si había engaños en cuanto a la
calidad de un producto y que los vendedores tenían interés en no
engañarlos para conservar su reputación y sus clientes. Pero a
menudo había mucha distancia entre esa visión encantada del
funcionamiento del mercado y la realidad. Por lo que en ciertos
dominios se agregó al control inmediato del consumidor, otro
tipo de control experto. La certificación funciona en tal marco
como un “soporte de la confianza”.10
Los mecanismos de auditoría completan esos dispositivos de
control. Su desarrollo -se ha hablado incluso de “explosión de la
auditoría”- también correspondió a la necesidad de fundar la con­
fianza en las instituciones de un modo que el mercado era incapaz
de asegurar por sí mismo. La legitimidad y la credibilidad de las
organizaciones, y por ende de las empresas, quedan relacionadas
con evaluaciones exteriores independientes. La intervención de un
tercero investigador tiene allí por función “revelar” situaciones y
datos para desembocar en una opinión fundada sobre el modo de
gestión de una organización. Es por ejemplo una manera de certi­
ficar la exactitud de las cuentas y la conformidad de los hechos
con las declaraciones de las empresas. La auditoría ha llegado a
ser por este motivo un elemento decisivo de gobernanza.11 Las ins­

9. En materia de productos farmacéuticos, véase Boris Hauray, L’Europe du


médicament: politique, expertise, intérets prives, París, Presses de Sciences-Po,
2006.
10. Cf. Philippe Mínard, “Les béquilles de la confiance dans le secteur textile
au xvn!e siécle”, en V. Mangematin y C. Thuderoz, Des mondes de confiance, op.
cit. Véase igualmente en la misma obra la contribución de Alessandro Stanziani,
“Qualité des denrées aiim entaires et fraude commercíale en France, 1871-1905”.
11. Cf. Peter Moizer (comp.), Governance and Audittng, Londres, Edward
Elgar, 2004.
LA DEMOCRACIA IMPOLÍTICA 271

tituciones no son en adelante creíbles si no se someten a esos ritua­


les obligatorios de verificación.12 Someterse a esas operaciones es
a la vez una prueba y una oportunidad de afirmación. La audito­
ría representa, como mínimo, una “seguridad negativa” para las
instituciones. Se constituye entonces un pujante poder indirecto
bajo esta forma aparentemente técnica.
Se observa también en el mundo económico el fortalecimien­
to de la última modalidad de control que hemos descripto en el
orden político: la denuncia. En Estados Unidos, aquellos a los
que se llama whístleblowers, los que lanzan alertas, aquellos que
se alzan desde su organización para denunciar sus graves disfun­
ciones hoy incluso son protegidos por la ley.13 La ley Sarbanes-
Oxley, votada en julio de 2002 luego de una serie de sonados
escándalos financieros, obliga en adelante a las empresas esta­
dounidenses que cotizan en Bolsa a dotarse de un procedimiento
de denuncia anónima por parte de los asalariados de los fraudes
de los que tengan conocimiento.14 Se dan condiciones así para
que los empleados denuncien las infracciones a la deontologia,
las irregularidades en materia de calidad de los productos, las
tentativas de ocultar datos relativos a la seguridad en el trabajo,
las malversaciones financieras, sin que puedan ser acusados de
perjudicar a su empresa. Es un modo de reconocer que la misma
persona es a la vez un trabajador dependiente de la organización
que lo emplea y un ciudadano independiente en su seno. El ivhis-
tleblower es en cierto sentido a la empresa lo que el rebelde o el
resistente son al sistema político. Pero es un rebelde reconocido
y protegido. El whistleblower ejerce un poder de control al mis­
mo tiempo que posee el equivalente de un poder de veto.15
Hecho significativo, la revista Time consagró en 2003 como

12. Véase la obra clásica de Michaei Power, The Audit Society: Rltuais of
Lerlfication, Oxford, Oxford Universiry Press, 1957.
13. Para una primera aproximación a la literatura ahora proliferante sobre
el tema, véase Roberta Ann Johnson, Whistleblouñng, When it Works and Why,
Boulder (Co.), Lynne Rienner Publishers, 2003.
14. Cf, Stephen M. Kohn, Míchael D. Kohn y David K. Colapinto, Whistle-
bloiver Lait>: A Guide to Legal Protections for Corp orate Employees, Westport
(Conn.), Preager, 2004.
15. Cf, Gerald Vintén (comp.), Whistleblowing: Subversión or Corporate
Citízenship?, Nueva York, St Martin’s Press, 1994.
272 LA CONTRADEMOCRACIA

“personalidades del año” a las tres personas que denunciaron las


irregularidades en el seno de Enron, de WorldCom y también del
FBI. Numerosas directivas europeas van en el mismo sentido.. Si
bien la preocupación ética es central, hay igualmente una fun­
ción más prosaicamente “gerencial” en esas acciones de denun­
cia. Contribuyen en efecto a una producción de informaciones
útiles para el buen funcionamiento de las instituciones y del mer­
cado. Se puede hablar más en general en ese sentido de una
denuncia de regulación. Pero existen también otras modalidades
más comunes de intervención directa de los individuos en las
organizaciones. Se han visto multiplicarse los blogs personales en
las empresas, conducentes a formas de expresión críticas e inde­
pendientes.16 Han aparecido, por otra parte, muchas otras técni­
cas de producción directa de informaciones y de sugerencias:
hotlines, open forums, mediadores, buzones para ideas, etc.
Aunque las empresas desde hace mucho se han caracterizado por
el ejercicio de un poder jerárquico y autoritario, que contrasta
con los procedimientos representativos que organizan la esfera
política, comienzan también a dar un lugar a los poderes indirec­
tos. No por virtud sino bajo presión de los hechos, frente a las
expectativas de los empleados y más aún de las exigencias del
mercado.

EL MERCADO O EL TRIUNFO DEL VETO

Prosigamos con el paralelo entre lo económico y lo político en


el terreno de los poderes de obstrucción. Es común relacionar la
intervención de los consumidores a la de los electores, “al elegir”
productos los primeros como los segundos escogen representantes
(la literatura sobre el tema es inmensa). La comparación entre los
dos tipos de expresión de preferencias y modalidades de toma de
decisiones ha dado lugar a importantes publicaciones sobre la
distinción entre el mercado y el forum. Los trabajos sobre las
diferentes formas de racionalidad que operan, con sus limitacio­
nes, en los dos dominios han sido considerables, desempeñando

16. Cf. Frédérique Roussel, “Quand l’employé fait blog”, Libération, 6 de


junio de 2005.
LA DEMOCRACIA IMPOLÍTICA 273

la obra de Jon Elster un papel pionero en la materia. Pero quizá


se haya señalado insuficientemente una característica mayor de
los mercados: el hecho de que están estructurados en primer lugar
por intervenciones negativas. Los mercados financieros ilustran
de manera sorprendente este dato. Se puede proponer así una
interpretación de su funcionamiento a partir de la distinción de
Albert Hirschman entre defección y toma de la palabra (exit y
volee}.En el orden político y social, las dos modalidades de
intervención coexisten. El voto mismo mezcla los dos elementos,
combinando rechazos y aspiraciones, ligando la soberanía positi­
va y negativa, para retomar categorías que hemos utilizado prece­
dentemente. No es el caso de los mercados: la defección predomi­
na de manera sistemática sobre la toma de la palabra en su
funcionamiento.17 18 Actúan permanentemente sobre la base de
arbitrajes entre confianza y desconfianza que privilegian el segun­
do comportamiento. En la incertidumbre, en efecto, es siempre la
desconfianza la que prima. La introducción de esta disimetría
conduce a hacer del juicio negativo el motor de las decisiones
tomadas en un mercado: la elección de vender títulos es la que, en
última instancia, tiene el poder estructurante.
Si el mercado es la expresión cabal de una soberanía negati­
va, se debe también a que esta última se expresa de manera dis­
persa, diseminada, sin que sea necesaria ninguna formalización
ni ninguna agregación a prior!. El mercado encarna de esta
manera cierto reino de la opinión, incluyendo bajo estas formas
las más negativas, como el rumor. Es un universo en el cual el
principio de representación organizada no tiene ningún lugar y
es en ese sentido que su modelo de coordinación puede ser rela­
cionado con la imagen de la mano invisible. Está regido así
doblemente por modos indirectos de regulación. Esta constata­
ción, notémoslo, conduce a subrayar el carácter problemático de
una cantidad de críticas actuales del mercado. Comprendido en
los términos que acabamos de señalar, ésta es en efecto una de
las expresiones, por cierto particularmente emblemáticas, del

17. Cf. Albert O. Hirschman, Exit, Volee and Loyalty, Cambridge (Mass.J,
Harvard University Press, 1970.
18. Véanse sobre ese punto los sugestivos comentarios de Mathias Erame-
rich, “Le marché sans mythes”, Reúne de Í’OFCE-, n° 57, abril de 1996.
274 LA CONTRADEMOCRACIA

fenómeno de la descentralización de la toma de decisiones. El


ataque obsesivo contra el “horror neoliberal” que llevan adelan­
te algunos oculta así la amplitud y la naturaleza profunda de los
problemas planteados por la impolítica contemporánea. Reduce
la cuestión a una oposición que se cree consistente y evidente
entre voluntad política y laisser-faire económico, interés general
e interés particular, mientras que lo que está profundamente en
cuestión es la noción misma de política en su relación con la
democracia. Antes que la causa de la impolítica contemporánea,
el mercado es su revelador. El mercado no es tanto un gran
poder oculto, que sobrevuela la sociedad, que impondría su
“voluntad”, como el vector mecánico de una fuerza anónima,
absolutamente negativa de la que nadie puede apropiarse pero
que se impone a todos. Es, si se quiere, la expresión exacerbada
de la implicación negativa, la figura absolutizada de la democra­
cia “civil” y, por consiguiente, la ilustración más radical de la
separación de lo democrático y de lo político. La “crisis de la
generalidad” que caracteriza a nuestras sociedades es en primer
lugar de orden específicamente político.

LA ECONOMÍA IMPOLÍTICA

Estos breves comentarios sugieren la posibilidad de relacionar


las formas indirectas de democracia con todo un conjunto de
mecanismos y comportamientos que actúan en la esfera econó­
mica. Los mecanismos de supervisión, de calificación, de audito­
ría, constituyen poderes de control que están mucho más estruc­
turados que los que hemos descripto en el orden político. Se
podría decir de este modo que la contrademocracia está más
lograda en la esfera económica. Pero, paralelamente, es llamati­
vo constatar que las formas de “democracia instituida” allí decli­
nan simultáneamente. El poder de los sindicatos sufre por ejem­
plo una fuerte erosión y la empresa es cada vez menos una
institución regida por principios de tipo representativo. La dis­
tancia a la que se ha llegado respecto de las figuras del “progre­
so” tal como se las imaginaba a partir de la década de 1920 es
en este punto espectacular. Se estimaba que los mecanismos de la
democracia representativa constituirían el prototipo de toda
organización moderna y que tenderían a difundirse en conse­
LA DEMOCRACIA IMPOLÍTICA 275

cuencia fuera de ía esfera política.19 El gran tema de la “demo­


cracia industrial” ha movilizado así a los reformadores durante
décadas. En Francia, Franqois Bloch-Lainé, sostenido por fuerzas
sindicales, llamaba por ejemplo en la década de 1960 a consti­
tuir un gobierno electo de la empresa, responsable ante una
asamblea donde confluirían los representantes de los trabajado­
res, los consumidores y los accionistas.20 El modelo de la coges-
tión alemana participa por su lado de un espíritu afín. A partir
del fin de la década de 1960, el término “autogestión” actualiza­
rá y radicalizará esas ideas haciéndolas concordar con los nuevos
imperativos de una implicación más directa de los individuos en
el funcionamiento de las organizaciones. La perspectiva en todos
los casos era la de trasponer las instituciones de la democracia,
tal como se la concebía positivamente, a las diferentes esferas de
la actividad social. La vieja consigna del siglo XIX “no podemos
tener república en la sociedad cuando tenemos monarquía en la
empresa”, sigue siendo la referencia para indicar la vía a seguir.
Ahora está claro que no es ese movimiento el que ha prevale­
cido, marcando la década de 1980 con una ruptura innegable.
En lugar de asistir a la búsqueda de una especie de generaliza­
ción del modelo representativo clásico, constatamos más bien en
todos los dominios un desarrollo de los poderes de forma indi­
recta. Y nadie parece lamentarlo. Hoy en día nadie sueña con
defender realmente, por ejemplo, el proyecto de una elección de
los dirigentes de empresa para realizar mejor el bien común. La
idea de nacionalización, ligada igualmente a su manera a la pers­
pectiva de la constitución de un “buen poder” en sí, se ha visto
erosionada paralelamente por la misma razón. Hay un consenso
de hecho respecto de confiar por sobre todo en la multiplicación
de diversos mecanismos de control. Junto con la extensión de las
formas de control, se observa también la afirmación creciente de

19. Se puede recordar que Sieyés tuvo desde 1789 esta intuición, consideran­
do que el sistema de la división del trabajo -asimilado por él al principio repre­
sentativo-, se extendería a todas las esferas de la vida social. “Todo es represen­
tación en el Estado social -subrayó- [...]. La separación de los trabajos alcanza a
los trabajos políticos, como a todos ios géneros del trabajo productivo” (citado
en La Démocratie inachevée, op. cit., pág. 13).
20. Franqois Bloch-Lainé, Pour une reforme de Pentreprise, París, Seuil,
1963.
276 LA CONTRADEMOCRACIA

los procedimientos de obstrucción. Tomemos aun otro ejemplo.


Mientras se pensaba todavía en la década de 1960 que el porve­
nir en materia de regulación económica le correspondería a for­
mas de planificación flexibles que sustituirían el mercado,21 hoy
las reformas a realizar se piensan en términos de un aumento de
los poderes de control. Los dirigentes de empresa por otra parte
han visto hacerse más vulnerable su posición en este nuevo mun­
do del “capitalismo de opinión” que cuando el poder interno de
los sindicatos era fuerte. ¿Qué conclusiones sacar de esa consta­
tación? En primer lugar, que las visiones de la legitimidad y la
eficacia han cambiado. Los poderes indirectos aparecen de hecho
más adecuados para pesar sobre el curso de las cosas, al mismo
tiempo que su modo de ejercicio es más apropiable socialmente,
o que son ejercidos por instituciones consideradas calificadas por
su carácter imparcial.
Esta relación sugestiva entre los mundos económico y políti­
co no debe sin embargo conducir a conclusiones ingenuas y pre­
cipitadas. Toda una ola de escándalos financieros en la década
de 2000 (Enron, WorldCom, etc.) mostró en efecto la vulnerabi­
lidad e insuficiencia de ciertos mecanismos de calificación, de
auditoría y de supervisión. La cuestión del control de los contro­
ladores apareció entonces con toda su brutalidad.22 Los proble­
mas planteados por el funcionamiento de los poderes indirectos
en la economía invitan así a reanalizar sus equivalentes en el
orden político. Se puede constatar por otra parte en ese sentido
que los poderes políticos indirectos, los de los medios y los jue­
ces especialmente, han sido por su lado igualmente sometidos a
cuestionamientos agudos, aunque no haya en política un equiva­
lente estricto de los cracks económicos.
La relación que hemos esbozado conduce sin embargo a ir
más allá. Incluso a pesar de las marcadas disfunciones, el desa­
rrollo de los poderes indirectos en la esfera económica nos mues­
tra de manera notoria que el movimiento de “democratización”
del que participan no implica ninguna dimensión política. Asistí-

21. Véanse los desarrollos, característicos de la época, de Andrew Shonfield,


Le Capitalisme d'aujourd’hui: l’État et l’entreprise, París, Gallimard, 1967.
22. Véase por ejemplo Catherine Gerst y Denis Groven, To B or not to B. Le
pouvoir des agences de notation en quesúon^ París, Village Mondial, 2004.
LA DEMOCRACIA IMPOLÍTICA 277

mos también, en el orden económico, a una radicalizaron del


carácter impolítico de estos poderes. Lo testimonia en primer
lugar ía idealización obsesiva del principio de transparencia. Por­
que la transparencia merece especialmente su nombre en econo­
mía: describe un proyecto de visibilidad perfecta, una ausencia
total de fricciones, lo que no es más que otra manera de nom­
brar la utopía del mercado. Los poderes de control y de califica­
ción se proponen de manera explícita en ese caso hacer llegar el
reino de la mano invisible, en las antípodas de toda idea políti­
ca.23 Pero el carácter impolítico de la economía llega aún más
lejos. Corresponde también al hecho de que podemos imaginar
empresas y mercados que estén cada vez más regulados, contro­
lados, supervisados, sin que se plantee jamás la cuestión política
en economía, es decir, la de la distribución de la riqueza. Es lla­
mativo constatar así que la distancia creciente de ingresos entre
el trabajo y el capital, así como la explosión de las desigualdades
de remuneración entre los ejecutivos y los asalariados comunes
en las empresas se han producido en el momento mismo en que
se multiplican las instancias de control y de regulación. El capi­
talismo puede así a la vez ser más regulado y más injusto, más
transparente y menos igualitario, por decir las cosas de otro
modo. Entonces, es necesario que señalemos de nuevo con fuer­
za la diferencia entre control liberal y control democrático, cuya
importancia hemos mostrado en los capítulos precedentes. El
espejo de aumento de la analogía económica es allí otra vez par­
ticularmente útil para comprender mejor la naturaleza y los efec­
tos de los poderes contra democráticos e invitar en consecuencia
a tomar con seriedad los problemas de la impolítica.

23. Cf. P. Rosanvallon, Le Capitalisme utoptque. Histaire de l’idée de mar­


ché, nueva edición, París, Seuil, 1990.
EL RÉGIMEN MIXTO
DE LOS MODERNOS

(Conclusión)
La exploración del universo contrademocrático invita a
reconsiderar los discursos establecidos sobre el retraimiento ciu­
dadano y el advenimiento de un mundo reducido a la esfera de lo
privado. Pero incita al mismo tiempo a aprehender de modo dife­
rente las disfunciones y los problemas de las democracias con­
temporáneas, al resituarlos en una perspectiva ampliada, más
allá de su sola dimensión electoral-representativa. Esto conduce
especialmente a poner el acento en el divorcio contemporáneo
entre el desarrollo de formas contrademocráticas y una cierta
regresión de la función de lo político. Uno se ve llevado a redise­
ñar el marco mismo de la democracia, complicándolo. Se han
distinguido tres dimensiones, tres escenarios de la democracia
con sus especificidades: el gobierno electoral-representativo; la
actividad contrademocrática; el trabajo de lo político. La prime­
ra es la que ha sido más comúnmente y más precisamente estu­
diada. Está constituida por el conjunto de los principios y los
procedimientos que rigen la participación, la expresión y la
representación de los ciudadanos, la legitimación de los poderes
así como los mecanismos de responsabilidad y de reactividad que
vinculan al gobierno y la sociedad. La dimensión contra democrá­
tica, que ha sido el objeto de esta obra, resulta del conjunto de
prácticas de control, de obstrucción y de juicio a través de las
cuales la sociedad ejerce formas de presión sobre los gobernan­
tes, definiendo el equivalente de un magisterio paralelo e infor­
mal, o incluso un poder corrector (directamente o por intermedio
282 LA CONTRADEMOCRACIA

de instituciones ad hoc). La tercera dimensión, el trabajo de lo


político, consiste en la actividad reflexiva y deliberativa a través
de la cual se elaboran las reglas de constitución de un mundo
común: determinación de los principios de justicia; arbitraje
entre las situaciones y los intereses de los diferentes grupos;
modos de articulación de lo privado y de lo público. El desarro­
llo de esta actividad está ligado a una exigencia de legibilidad y
de visibilidad. Esta tipología no sólo permite clarificar el análisis
del fenómeno democrático: ofrece además un punto de apoyo
para aprehender con mayor precisión las condiciones contempo­
ráneas del progreso democrático en sus diferentes dimensiones.

LAS NUEVAS VÍAS DE LA DEMOCRACIA


ELECTORAL-REPRESENTATIVA

Recordemos que la democracia electoral-representativa está


signada por un cierto número de tensiones estructurantes. Ten­
sión, en primer lugar, entre la perspectiva de un sufragio-perte­
nencia, signo de la inclusión en una comunidad política, que
implica en consecuencia un principio radical de igualdad, y la
idea de un sufragio-gobernante, que traduce el acceso a una
soberanía compartida, por la cual queda abierta la cuestión de la
capacidad de los individuos. Esta tensión del “número” y de la
“razón” estuvo subyacente y dio su ritmo, con sus avances y
retrocesos, a la historia del sufragio universal, articulada ella
misma con el advenimiento del individuo-soberano en las socie­
dades modernas. En el orden de la representación democrática,
el problema ha sido a partir de allí el de la distancia originaria
entre la unidad abstracta del soberano, a la que remiten las no­
ciones de pueblo o de nación, y la diversidad de condiciones so­
ciales. ¿Cómo hacer coincidir el “pueblo-principio” con el “pue­
blo-sociedad”? En otros términos ¿cómo dar forma y figura a
ese soberano que es necesario especialmente representar en una
asamblea? Toda la dificultad de la representación democrática
ha residido así en la distancia entre un principio político -la afir­
mación de la supremacía de la voluntad general- y una realidad
sociológica. El pueblo es en efecto en la democracia un amo a la
vez imperioso e inasible. Al sacralizar la voluntad contra el
orden de la naturaleza o de la historia, la política moderna ha
EL RÉGIMEN MIXTO DE LOS MODERNOS 283

confiado al pueblo el poder en el momento en el que el proyecto


de emancipación que ella transmitía conducía paralelamente a
hacer abstracto lo social, al abolir la antigua sociedad de órdenes
y corporaciones. Por eso la contradicción entre el principio polí­
tico de la democracia y su principio sociológico; el principio
político consagra el poder de un sujeto colectivo cuyo principio
sociológico conduce a disolver su consistencia y reducir su visibi­
lidad. Tensión, en fin, inherente a la noción misma de soberanía
del pueblo, al ser indeterminada en su origen la definición del
gobierno representativo. Desde las revoluciones francesa y esta­
dounidense algunos consideraron al gobierno representativo ple­
namente conforme al espíritu democrático, y lo veían entonces
como un simple recurso de procedimiento, una especie de equi­
valente “técnico” de la democracia directa, en la medida en que
era imposible poner ésta en práctica en una sociedad de gran
dimensión (se habla muy pronto en ese espíritu del estable­
cimiento de una “democracia representativa”). Pero otros consi­
deraban también al gobierno representativo como una alternativa
a una democracia juzgada peligrosa: para muchos constituyentes
estadounidenses o franceses, el objetivo era imponer por medio
de la representación una especie de aristocracia electiva. El
gobierno representativo se definía en ese caso contra la democra­
cia, ampliando la tipología clásica de los regímenes.
Esas tensiones después de la era de las revoluciones fundacio­
nales no han dejado de alimentar el sentimiento de un incumpli­
miento o incluso de una traición. Algunos sugieren desde hace
mucho tiempo que este sentimiento surge de expectativas e
impaciencias que convenía controlar para encontrar la vía de
una política moderada. Desde Madison y Sieyes a los teóricos
liberales o conservadores contemporáneos del realismo democrá­
tico, es larga la lista de aquellos que han celebrado los beneficios
de una política modesta y tranquila para reducir las insatisfac­
ciones. Se mezclaron así continuamente las prudencias intelec­
tuales y los prejuicios contra el número para alimentar visiones
resignadas de lo político. La confrontación con la amenaza tota­
litaria no hizo más que reforzar esas prudencias en el siglo XX
para invitar a los ciudadanos a acotar su horizonte de expectati­
vas. Al mismo tiempo, el ideal democrático fue reducido, a
menudo, a la simple realización de un régimen protector de las
libertades, lejos de la ambición más antigua de una soberanía
284 LA CONTRADEMOCRACIA

efectiva del pueblo. De Kelsen a Schumpeter, toda una serie de


teóricos erigirán, en el siglo XX, la modestia de sus aspiraciones
en argumento teórico, invitando a sustituir la metafísica anterior
de un pueblo activo y con mando por una visión puramente pro-
cedimental de la legitimación política. Pero del seno mismo de
las prudencias más lúcidas sobre los peligros que bordean la vía
de las impaciencias y las utopías siempre ha resurgido el deseo
de los hombres y las mujeres de seguir buscando la vía de un
autogobierno más efectivo y un régimen representativo más
atento a la sociedad. A lo largo de dos siglos continuamente se
imaginaron numerosos mecanismos constitucionales y se desa­
rrollaron prácticas militantes para volver a dar sentido y forma a
una exigencia de involucramiento y de intervención. Esta histo­
ria no está cerrada, como lo atestigua en todos los países la can­
tidad de proyectos y de experiencias que buscan activar el impe­
rativo ciudadano de participación y mejorar los mecanismos
representativos (ya se trate de la acumulación de mandatos o de
la limitación de su duración, de la organización de los procedi­
mientos electorales, del recurso a formas de democracia directa,
o de la reconfiguración de los diferentes poderes). La vitalidad
de los debates de orden constitucional, con sus especificidades
nacionales, testimonia por su lado la existencia de fuertes expec­
tativas respecto de las reformas en esos diferentes dominios.
El desarrollo de las formas de participación de los ciudada­
nos en las decisiones que les conciernen es en ese marco uno de
los rasgos mayores de la evolución reciente de los regímenes
democráticos. El término mismo “democracia participativa” que
se utilizó en la década de 1980 para calificar estas innovaciones
abarca ciertas experiencias y prácticas de alcance muy diferente.
Es entonces considerable la distancia entre los procedimientos
que rigen la elaboración así como la adopción del famoso “pre­
supuesto participativo” de la ciudad de Porto Alegre y prácticas
mucho más modestas de reuniones de barrios. Pero hay sin duda
un movimiento general por más concertación. Si se toma sólo el
ejemplo francés, se puede constatar que todo un conjunto de tex­
tos legales han creado desde la década de 1990 dispositivos de
participación: una ley de 1999 sobre ordenamiento territorial
hace obligatoria la organización de consejos de desarrollo con­
sultivos en los cuales participan toda una serie de asociaciones;
el establecimiento de consejos de barrio se promulgó en 2002
EL RÉGIMEN MIXTO DE LOS MODERNOS 285

para todas las ciudades de más de 80.000 habitantes; se exten­


dieron y reforzaron los procedimientos de audiencias públicas.1
Se creó también una Comisión Nacional del Debate Público en
1995 para que las asociaciones interesadas pudieran “participar
de la acción de los organismos públicos relacionados con el
medio ambiente” (el estatuto de esta instancia a continuación
fue elevado de rango, al consagrarse como autoridad indepen­
diente por una ley del 27 de febrero de 2002 significativamente
titulada “democracia de proximidad”). De modo más específico,
se multiplicaron las variantes de talleres, audiencias, foros a
escala de las regiones, para crear un acercamiento entre los órga­
nos ejecutivos y los ciudadanos. También se realizaron experien­
cias puntuales de conferencias de consenso, foros híbridos, jurys
ciudadanos o de sondeos deliberativos, a menudo inspiradas en
trabajos de ciencias sociales.2 Hoy en día se encuentran institu­
ciones y prácticas de esta naturaleza, más o menos desarrolladas,
en muchos países. Esta noción de democracia participativa fue
particularmente destacada en el proyecto de Tratado Constitu­
cional de la Unión Europea elaborado en 2004. Ha sido mencio­
nada en efecto en ese texto, explícitamente diferenciada de la
democracia representativa: allí se la define como un “diálogo
abierto, transparente y regular con las asociaciones representati­
vas y la sociedad civil” (artículo L 47). La implementación de
esos elementos de nueva democracia ha sido acompañada tam­
bién de una masa de publicaciones que buscan definir los contor­
nos de una nueva era, posrepresentativa, de la democracia, que
daría más consistencia al ideal de una polis viva.3
Las razones de ese desarrollo son múltiples. La democracia
participativa corresponde en primer lugar a una demanda social.

1. Véanse especialmente sobre ese punto los aportes reunidos en Marie-Hélé-


ne Bacqué, Henry Rey e Yves Sintomer, Gestión de proximité et démocratie par-
ticipative. Une perspective comparative, París, La Découverte, 2005, así como la
antología “Alter-démocratie, alter-économie”, Revwe du [Link], n° 26, 2do.
semestre de 2005.
2. Cf. M. Callón, P. Lascoumes e Y. Barthe, Agir dans un monde incertain,
op. cit., así como Dominique Bourg y Daniel Boy, Conférences de citoyens,
mode d'emploi. París, Descartes y Cíe, 2005.
3. Véanse los trabajos representativos de los años 1970 y 1980 de Benjamín
Barber, Joshua Cohén o Carole Patentan.
286 LA CONTRADEMOCRACIA

Los ciudadanos se contentan cada vez menos con votar y dar car­
ta blanca a quienes los representan. Quieren que sus opiniones e
intereses sean tomados en cuenta más concreta y más continua­
mente. Desde el punto de vista de las autoridades políticas, la
consolidación de su legitimidad implica también a partir de allí
que implementen formas de intercambio y de consulta. En la ac­
tualidad, un poder sólo se percibe como legítimo si se somete
regularmente a una prueba de discusión y justificación. Pero la
participación también se ha vuelto indispensable para administrar
problemas y atender a la población de modo eficaz. La utopía de
un Estado omnisciente capaz de gobernar desde lo alto a la socie­
dad de modo racional, ha perdido en efecto toda consistencia. La
proliferación de los procesos de descentralización ha obedecido
así en primer lugar a un imperativo de gestión: para ser eficaz
hoy se debe estar cerca del terreno, implicar a las personas invo­
lucradas, procesar información recogida en la base. La democra­
cia participativa se inscribe en ese movimiento. Responde a las
exigencias ampliadas de una gobernabilidad moderna. Esta parti­
cipación tiene en ese sentido una dimensión que podríamos califi­
car de funcional., siendo de aplicación sobre todo a cuestiones de
alcance local. Por lo mismo, es una democracia discretamente
despolitizada, por la banalización de la cosa misma, aunque por
cierto tenga también un innegable carácter propedéutico y peda­
gógico.4 No se la debe, por lo tanto, sacralizar ni ver en ella la
clave suficiente del progreso democrático. Debe notarse que esta
evolución conforma un sistema con las transformaciones que
afectan un tejido asociativo a menudo signado por una suerte de
“descenso a lo local”. Al observar en Estados Unidos la declina­
ción de las grandes asociaciones nacionales, de dimensión clara­
mente cívica, y el fortalecimiento de una sociedad civil cada vez
más estructurada por los advocacy groups parcelados también
como agrupamientos locales, algunos han llegado incluso a
hablar por ese motivo de “democracia disminuida”.5

4. Convendría evidentemente distinguir según ios contextos. En América lati­


na, por ejemplo, las asociaciones y movimientos de base han sido más politiza­
dos frente a un déficit del Estado y las instituciones (además de que muchas de
esas estructuras nacieron en tiempos de dictaduras, cuando ia expresión propia­
mente política era imposible).
5. Véanse los análisis muy documentados de Theda Skocpol, Diminished
EL RÉGIMEN MIXTO DE LOS MODERNOS 287

El proyecto de una democracia deliberativa, que se impuso


progresivamente en la década de 1990, ha tomado en cuenta
implícitamente esos límites de la temática participativa para
sugerir un enfoque que podríamos calificar de más “cualitati­
vo”.*6 Las nociones de discusión racional, de intercambios argu­
mentados, de foros ciudadanos, han desplazado la cuestión. De
Jürgen Habermas a Bernard Manin, de Joshua Cohén a Jon Els-
ter, muchos teóricos han buscado formalizar en esa dirección
una comprensión más procedimental de la democracia, fundada
en la visión de un pueblo deliberante.7 Toda una serie de traba­
jos han conducido de ese modo a formular de manera más preci­
sa modalidades de organización de una polis mejor informada,
más racional y activa. De ahí, por otra parte, las propuestas de
algunos de superponer al rito electoral la organización de mani­
festaciones periódicas que simbolicen esta actividad.8 Actual­
mente la bibliografía sobre el tema es consistente. Ha permitido
especialmente enriquecer la comprensión dinámica de los meca­
nismos de argumentación, precisar de manera muy útil las condi­
ciones formales de una deliberación eficaz y profundizar el aná­
lisis de las propiedades de los diferentes modos de conclusión de
una discusión. Pero simultáneamente han aparecido de manera
muy clara los límites de ese enfoque y los problemas que plantea.
El fenómeno de polarización de las opiniones, que se ha puesto
en relevancia, ha conducido principalmente a corregir una visión
al principio demasiado encantada de las virtudes intrínsecas de
la discusión.9 La atención ha estado puesta igualmente en el ses­

Democracy: Prom Membership to Management in American Civic Life, Norman,


University of Oklahoma Press, 2003.
6. Se ha hablado de “giro deliberativo” (deliberative turn} para calificar esa
evolución.
7. El desarrollo de esa corriente en Estados Unidos ha estado también ligado
a la voluntad de romper con la estrechez de las teorías de la elección racional que
ven la política como una simple aritmética de agregación de intereses. Véase
sobre ese punto B. Manin “L’idée de démocratie deliberative dans la Science poli­
tique contemporaíne”, Politix, n° 57, 2002.
8. Véase la propuesta de organizar una “Jornada de la deliberación”, con
estatus de feriado nacional, de Bruce Ackerman y James S. Fishkin en su obra
Deliberaron Day, New Ha ven, Yale University Press, 2004.
9. Se ha demostrado que la discusión tenía a menudo por efecto endurecer
las oposiciones entre grupos y no conducir a la adopción de una posición media.
288 LA CONTRADEMOCRACIA

go que podría introducir una concepción más consensuada que


conflictiva de la vida democrática; se ha destacado en fin el riesgo
de subestimar las desigualdades de recursos de los distintos gru­
pos para participar en la deliberación colectiva.10 Sin minimizar
la importancia de la reflexión y de las experiencias contemporá­
neas sobre esos dos terrenos de la participación y de la delibera­
ción, conviene por lo tanto ampliar la propuesta para formular
los términos de una renovación democrática. En los comienzos
del siglo XXi, una primera tarea esencial es la de la organización
del universo contrademocrático. El objetivo es doble. En primer
lugar, es vital conjurar el riesgo de una degradación de la contra­
democracia en un populismo destructor y reductor. Luego se tra­
ta de restaurar y desarrollar un sentido auténtico de lo político
que hoy está cruelmente ausente y amenaza con disgregarse aún
más.

CONSOLIDAR LA CONTRADEMOCRACIA

Los diferentes poderes contrademocráticos se han constituido


como una adición de prácticas sin ningún plan de conjunto. Se
han afirmado en primer lugar como reacción a los incumpli­
mientos del gobierno electoral-representativo. Pero el problema
de la actividad contrademocrática es que no puede ser constitu-
cionalizada con la forma de instituciones ad hoc, del modo como
se imaginó en el siglo XVin. Esto le da una cierta inestabilidad
estructural, y la hace susceptible de derivar en manifestaciones
que terminen por alterar su sentido. Es por ello que conviene
volver sobre esta cuestión de su imposible constitucionalización.
Ya nos hemos referido en los capítulos precedentes al fracaso de
experiencias como la del Consejo de los Censores de Pensilvania

Cf. Cass. R. Sunstein, “The Law of Group Polarization”, The Journal of Politi­
cal Philosophy, vol. 10, n° 2, junio de 2002.
10. Véanse por ejemplo los comentarios de Lynn M. Sanders, “Against Deli-
beration”, Political Theory, vol. 25, n° 3, junio de 1997. Convendría también
subrayar la hostilidad radical de los teóricos decisionístas con respecto al princi­
pio deliberativo: de Donoso Cortés a Cari Schmitt, no han cesado de atacar la
discusión como práctica que busca quitar peso a la acción tajante y al sentido de
los antagonismos, que constituye para ellos la esencia de lo político.
EL RÉGIMEN MIXTO DE LOS MODERNOS 289

o del Tribunado francés. El problema en los dos casos fue la


imposibilidad de la existencia de una “institución pura”, estric­
tamente adaptada a su función, absolutamente ajena al juego
político. Esta imposibilidad no ha sido sólo circunstancial; es
estructural. La idea de institución puramente funcional no tiene
en efecto ninguna consistencia práctica. Sería creer que el bien,
la justicia o el interés general pueden encarnarse fácilmente. Para
decir las cosas de otro modo, no se puede esperar ver realizarse
bajo la forma de un poder contrademocrático una forma de
generalidad que se ha reconocido imposible de implementar a
través de los mecanismos ordinarios del gobierno representativo.
Por lo mismo que el perfeccionamiento de las instituciones
democráticas pasa por la pluralización de las formas de la repre­
sentación y de la soberanía, el cumplimiento de la función con­
trademocrática no puede resultar más que de una multiplicación
de sus modos de expresión. Si nadie puede pretender encarnar la
voluntad del pueblo o hablar de manera definitivamente autori­
zada en su nombre, simétricamente nadie puede pretender expre­
sarla por sí solo de modo adecuado en su forma crítica: nadie, es
decir, ninguna institución ni grupo alguno. Ahora bien, ése es el
objetivo de las instituciones ad-hoc, que actúan de modo idealis­
ta, o de los movimientos de tipo populista que actúan de modo
perverso y partidista (estos últimos se caracterizan por su preten­
sión de encarnar el “verdadero pueblo” frente a los poderes que
consideran desacreditados). La contrademocracia tiene por ello
un carácter inestable que hace necesaria su auscultación perma­
nente.
La función contrademocrática sólo puede ser plural; pero es
un pluralismo que debe declinarse en niveles de organización
heterogénea, correspondientes a aproximaciones diferenciadas de
la generalidad social (al ir desde lo difuso de la opinión pública,
al carácter más estructurado, cuasi representativo, de ciertas fun­
ciones como la del ejercicio de un juicio). Emprender su consoli­
dación requiere sin embargo dar una atención particular a modos
de estructuración intermedia de su función. Entre el poder pura­
mente informal de la opinión o de la intervención militante y el
dispositivo estrictamente constitucional hay todo un espacio a
explorar. Esta empresa exigiría una nueva investigación, indiso-
ciablemente teórica y práctica, que esta obra no tiene por objeti­
vo lanzar. Pero como este trabajo conduce a su umbral, es legíti-
290 LA CONTRADEMOCRACIA

ino comenzar a entreabrir la puerta. Consideremos en primer


lugar las diferentes categorías de poderes de control. Actualmen­
te se manifiestan bajo cinco formas: poder parlamentario de con­
trol del Ejecutivo y de investigación; manifestación difusa de la
opinión pública polarizada en el espacio mediático; intervención
crítica de los partidos políticos de oposición; acciones de movi­
mientos sociales y de organizaciones ciudadanas; instituciones
democráticas ad hoc. Se podrían construir sobre esa base cuadros
comparativos deja situación en los diferentes países y también
rendir cuentas de la evolución histórica de los sistemas en cues­
tión.
Las variaciones que podrían registrar esos cuadros son consi­
derables. Por ejemplo, ya hemos sugerido la importancia del
movimiento histórico que concentró en el siglo XIX algunas de
esas funciones en el espacio parlamentario. Las tentativas de
implementar instituciones ad hoc fueron por su lado abandona­
das luego de un primer período de experimentación. Tomar en
cuenta el papel actual atribuido a los parlamentos o la vitalidad
comparada de las sociedades civiles conduciría por otro lado a
contrastar fuertemente las situaciones. Pero esta tipología permi­
tiría también subrayar grandes evoluciones transversales. La ten­
dencia a la “privatización” y la segmentación de la opinión pú­
blica ligada a la revolución de Internet conduce, por ejemplo, a
cambiar la apreciación del mecanismo de control de la opinión,
reduciéndose mucho su carácter de generalidad por el hecho de
una apropiación cada vez más personalizada de la expresión
social. La “democratización” creciente del control en ese caso es
un vector directo del creciente carácter impolítico de nuestras
sociedades. El papel atribuido a los partidos en las acciones de
control se reduce de hecho simultáneamente, al ser esas organiza­
ciones remitidas más aún a su papel específico en el funciona­
miento del gobierno electoral-representativo.11 De ahí la impor­
tancia creciente que habría que acordar al desarrollo de nuevos

H. Es de ese modo que, según creo, se debe comprender el descrédito de los


partidos políticos. En primer lugar hay causas funcionales: la diseminación y la
reapropiación social de las formas de oposición y de control. Pero igualmente es
resultado del equívoco de su posición intermedia entre el campo electora 1-repre-
sentativo y el campo contrademocrático.
EL RÉGIMEN MIXTO DE LOS MODERNOS 291

modos de estructuración intermedia de las diversas acciones de


control por las organizaciones militantes no partidistas. Se puede
imaginar por ejemplo que se desarrollen agencias ciudadanas de
calificación para evaluar las acciones de ciertos organismos
públicos. Se podrían constituir también observatorios ciudadanos
para llamar la atención de la opinión pública sobre problemas
emergentes o evoluciones preocupantes. En el dominio de la
atención a las desigualdades o a los comportamientos de segrega­
ción, por no citar más que esos dos ejemplos, se han tomado ini­
ciativas en muchos casos. Innegablemente, en ese terreno de
conocimiento experto y de vigilancia ciudadanas se sitúa una de
las cuestiones esenciales del progreso democrático. De ahí tam­
bién la necesidad de imaginar nuevamente formas más institucio­
nalizadas de ese control en sus diferentes aspectos. Habría allí
muchas pistas a explorar. Se podría prever así que, en ciertos
dominios, se constituyan comisiones de investigación con ciuda­
danos sorteados. Se podrían multiplicar también las autoridades
públicas independientes (siguiendo el modelo de la que se consti­
tuyó en Francia para la lucha contra las discriminaciones o en el
terreno de la deontología de las fuerzas policiales). La contrade­
mocracia de control se establecería sobre esos diferentes registros
como uno de los pilares constituyentes de una ciudadanía más
activa y más participativa.
Los poderes de obstrucción, lo hemos señalado largamente,
han terminado por diseñar una soberanía negativa cuyos aspec­
tos reactivos y destructivos aparecen a menudo como preponde­
rantes. Por eso la desviación populista encuentra allí su motor
más poderoso. Pero la historia de esos poderes sugiere también
que son posibles otros usos y otras perspectivas. Su desarrollo
positivo presupone volver a aquello que ha sido su razón de ser:
instaurar modos de crítica y control que permitan introducir en
el funcionamiento de las instituciones políticas una discordancia
de tiempos. Corresponden en efecto al ejercicio de una soberanía
plural en la que la legitimidad electoral deja de imponerse de
manera simple y unívoca. El control de constitucionalidad puede
considerarse hoy como la modalidad más evidente de un poder
instituido de obstrucción, construido en ese caso sobre la base de
una jerarquía del poder de interpretación de los textos. Por el
lado del Poder Ejecutivo, el derecho de disolución del Parlamen­
to constituye también, donde existe, una forma poderosa de obs-
292 LA CONTRADEMOCRACIA

tracción: equivale a una suerte de puesta a prueba de la mayoría,


buscando resincronizar un lazo que se considera debilitado entre
legitimidad social y legitimidad electoral. La censura parlamen-.
taria de los actos del Ejecutivo constituye una especie de doble
simétrico.
Estamos lejos, en ese caso, de la simple idea de una acción de
obstrucción, que no define ningún horizonte coherente. Habría
que avanzar en ese sentido por hacer de esa dimensión funcional­
mente contestaría de la contrademocracia un recurso político más
activo y más útil. ¿Podemos pensar en socializar tales poderes
jurídicos de obstrucción? Ésa era la idea detrás de diferentes for­
mas de cuerpos de censores imaginadas a fines del siglo xvm. El
desdoblamiento de la legitimidad que esos sistemas implican se
realiza parcialmente hoy a través de los procedimientos que con­
ducen a poner a prueba las temporalidades regulares de las insti­
tuciones políticas. Pero esos procedimientos aparecen a menudo
separados del mundo ciudadano. ¿Cómo remediarlo? ¿Eligiendo
por ejemplo a los jueces constitucionales? En el fondo ésa era la
perspectiva de numerosos proyectos del período revolucionario.
Posiblemente no sea la solución más satisfactoria: la elección crea
por cierto un lazo fuerte, pero es sólo episódico y a veces poco
razonado. Esos diferentes poderes de obstrucción encontrarán
una forma de apropiación ciudadana principalmente si se refuer­
za una obligación permanente de argumentación y justificación
de los tipos de decisiones evocadas. Un presidente francés que
decide una disolución del parlamento no debe dar ninguna expli­
cación; en muchos países las decisiones de las cortes constitucio­
nales no son justificadas: la ausencia de explicación razonada es
la que crea entonces el sentimiento de distancia con los ciudada­
nos, manifestándose el ejercicio de contrapoderes de ese tipo bajo
la forma de una autoridad desnuda e inaccesible. La argumenta­
ción tiene al contrario por efecto tejer un lazo basado en la refle­
xión, establecer una relación fuerte, reconocer implícitamente la
existencia de una obligación; constriñe a un poder a descender de
su pedestal. En ese caso, no es una institución sino un tipo de
práctica la que permite construir de manera útil la función con­
trademocrática.
Se puede pensar en otros modos de institucionalización u
otras prácticas de un poder de obstrucción, por ejemplo para
suspender en ciertos casos una acción pública considerada peli­
EL RÉGIMEN MIXTO DE LOS MODERNOS 293

grosa. En estos casos generalmente se puede recurrir a tribunales


comunes (un procedimiento judicial conduce en primer lugar a
una decisión propiamente dicha). El poder de obstrucción enton­
ces, aquí también, es ejercido por un intermediario. ¿Puede ser
ejercido directamente? En circunstancias excepcionales es el sen­
tido último de la insurrección social o de la resistencia ejemplar
de individuos aislados. De manera ordinaria^ el poder de obs­
trucción de hecho se delega siempre. No deviene entonces real­
mente social si no es sometiéndose a una obligación de justifica­
ción y de rendición de cuentas. En su estructura, se da siempre
como deconstrucción de las temporalidades a priori del sistema
político. Su esencia es la de un veto de orden suspensivo: consiste
en una puesta a prueba de la democracia por sí misma, en la
diferencia de sus ritmos y la multiplicación de sus agentes. Los
poderes contrademocráticos de obstrucción participan de una
multiplicación y de una ampliación de la perspectiva representa­
tiva, por un proceso de indefinida duplicación que desborda por
lo tanto la simple esfera electoral. Participan de este modo del
carácter estructuralmente indirecto de la democracia representa­
tiva.12
Tercera figura de la contrademocracia, el poder de juicio no
se ejerce más que raramente de manera directa, como el caso de
la intervención de tribunales de jurados populares (e incluso aquí
sólo ocurre en dominios que tienen un carácter político). El pue­
blo juez es en efecto en ese marco más un regulador de las cos­
tumbres y del vínculo social que un participante en la esfera polí­
tica. No fue ése siempre el caso, lo hemos señalado antes: en el
siglo XIX los asuntos de prensa, estructuralmente vinculados a la
discusión pública, fueron llevados ante los jurys. A la inversa del
movimiento de profesionalización de la justicia que se dio en
todas partes a fines del siglo XIX, uno puede preguntarse si no ha
llegado la hora de efectuar un movimiento contrario. Los delitos
de corrupción o de abuso de bienes públicos podrían por ejem­
plo ser sometidos a la apreciación de tribunales de jurados, para
dar más solemnidad a la condena de aquello que aparece como
ataque al funcionamiento democrático. En la inmensa mayoría
de los casos, sin embargo, es en nombre del pueblo como ejercen

12. Cf. sobre ese punto La Démocratie inacbeuée, op. at.. pág. 410.
294 LA CONTRADEMOCRACIA

los jueces la justicia en las democracias actuando como represen­


tantes de la colectividad. Esta dimensión representativa podría
ser reforzada. Pero allí es posible que nuevamente no sea la elec-.
ción el medio más eficaz. La obligación de explícitar la motiva­
ción de las decisiones puede producir mejores resultados. Lleva
en efecto a ampliar los actos del juez hacia una expresión razo­
nada del interés público: con ello se socializa también más evi­
dentemente la función como no lo haría una elección periódica,
por el carácter permanente de esa obligación de justificarse.13 De
esa manera también se podrían reforzar los poderes contrademo­
cráticos, y alejarlos del riesgo de una desviación populista. Esos
diferentes desarrollos no alcanzarían, sin embargo, para com­
pensar por sí solos la tendencia impolítica actuante. Para ello es
necesario igualmente encontrar la vía de una restauración de la
función política propiamente dicha.

REPOLITIZAR LA DEMOCRACIA

La contrademocracia tiene su cara sombría: la impolítica. De


ahí la impresión difusa y tenaz de malestar de la democracia que
ha acompañado de modo paradójico el advenimiento de una
sociedad civil más activa, mejor informada, interviniendo más en
la vida de la polis. ¿La solución? Pasa por la reconstitución de la
visión de un mundo común, la posibilidad de superar el estallido
y la disgregación. El sentimiento de impotencia y la crisis del
sentido, en efecto, se han alimentado mutuamente. El problema
hoy es el vacío del sentido y no el vacío de la voluntad. Para
superar su encadenamiento perverso no se pueden esperar rece­
tas mágicas, no hay reformas simples para poner en práctica ni
instituciones salvadoras que se puedan imaginar. Lo que hace
falta es ante todo un trabajo de la sociedad sobre sí misma; lo
que se requiere es una acción reflexiva. La democracia en ese
caso se define por sus trabajos^ y no sólo por la vida de sus
estructuras: como conjunto de conflictos, de negociaciones, de

13. Véanse sobre ese importante punto los estudios reunidos por Chaim
Perelman y Paul Foriers en La Motivation des décisions de justice, Bruselas, Enti­
le Bruylant, 1978.
EL RÉGIMEN MIXTO DE LOS MODERNOS 295

interpretaciones ligadas a la elaboración de las reglas de la vida


colectiva; como producción de un lenguaje adecuado a la expe­
riencia, capaz de describirla y de tener dominio sobre ella. Estos
“trabajos de la democracia”, que la definen en su función de ins­
titución de lo social, pueden ser agrupados bajo tres encabeza­
mientos: la producción de un mundo legible, la simbolización del
poder colectivo y la puesta a prueba de las diferencias sociales.
La primera dimensión está en el centro de la definición de la
acción política, trazando la línea de división entre una simple
técnica de gestión y el arte de gobernar. Gobernar no consiste
sólo, en efecto, en resolver los problemas de organización, asig­
nar de manera racional los recursos, planificar una acción en el'
tiempo. Gobernar significa en primer lugar hacer inteligible el
mundo, dar instrumentos de análisis y de interpretación que
permitan a los ciudadanos manejarse y actuar de manera eficaz.
Hay allí una dimensión fundamentalmente cognitiva de lo polí­
tico que debe ser destacada con fuerza: se trata de producir la
polis ayudándola a representarse, de enfrentarla permanente­
mente con sus responsabilidades, permitirle afrontar de manera
lúcida los problemas que debe resolver. Lejos de la visión pasi­
va de un poder que debería idealmente ser deducido de la socie­
dad, constituir su reflejo fiel, lo que está en juego es más bien
revelar la sociedad a sí misma, dar sentido y forma a un mundo
en el que los individuos tienen una creciente dificultad para
orientarse. La acción política y las ciencias sociales comparten
en esa perspectiva sus objetivos y su derrotero. Tienen en
común la búsqueda de superar el hecho de que los individuos
ya no son capaces de considerarse como miembros de una
colectividad y que se ha vuelto problemática para ellos su ins­
cripción en una totalidad legible y visible.14 Se superponen así
un trabajo de objetivación del mundo y una empresa de subjeti-
vación que permitan a los sujetos políticos descubrirse. La obra
de John Dewey ha ilustrado de manera destacada esa comuni­
dad de preocupaciones, conducente a reconsiderar la separa-

14. Esta historia se confunde de hecho con ia de la sociología, al reflejar los


diferentes “géneros sociológicos” las etapas y los términos de esa búsqueda, de la
que la oposición metodológica entre Durkheim y Tarde, y luego entre Durkheim
y Simniel, aporta la primera matriz.
296 LA CONTRADEMOCRACIA

ción comúnmente trazada entre el experto y el ciudadano?5


Lucidez y libertad, conciencia de las restricciones y determina­
ción a actuar pueden así ligarse positivamente, poniendo fin a'
la oscilación mortal entre un coraje alimentado de ilusiones y
una razón cínica. Lo que se abre de ese modo es también otra
manera-de abordar la cuestión de la voluntad en política. La
voluntad, en efecto, no es, en primer lugar, proyección y des­
pliegue del sujeto: es conciencia activa de sí. “En el dominio del
actuar -escribe Castoriadis de manera esclarecedora- me hago
actuar porque ésa es mi voluntad: hacer actuar como actividad
actuante, volverse reflexivamente sobre sí mismo como activi­
dad, quererse o querer alguna cosa con conocimiento de cau­
sa.”1*’ “Cuanto más voluntad haya, más hay de sí mismo”,
subrayaba ya Kierkegaard en el mismo sentido.15 17 Estamos allí
16
en el centro de una definición propiamente filosófica del ciuda­
dano como animal político: el ciudadano tiene la particularidad
de ser a la vez actor y espectador de lo político, sujeto y objeto.
El objetivo consecuente de la democracia es así indisociable-
mente hacer posible la construcción de una historia común e
indicar un horizonte de sentido: es poner fin con un mismo
movimiento a la ceguera de los hombres y a su impotencia. La
soberanía no es solamente el ejercicio de un poder: es dominio
de sí y comprensión del mundo.
En uno de sus textos más famosos y más citados, Benjamín
Constant opone la libertad de los antiguos y la de los modernos,
el sentido de implicación ciudadana directa ligada al sentimiento
de pertenencia a una comunidad, y el goce de su autonomía por
un individuo esencialmente dedicado a sus ocupaciones persona­
les. Pero esta distinción no recubre simplemente para él la distin­
ción entre lo privado y lo público, lo individual y lo colectivo. La
diferencia entre lo antiguo y lo moderno, señala, es también una

15. Cf. Robert B. Westbrook, John Dewey and American Democracy, Itha-
ca, Cornell University Press, 1991. Aunque se pueda discutir su visión inmediata­
mente optimista del papel de las ciencias sociales, creo que la perspectiva que él
traza sigue siendo esencial en ese punto.
16. C. Castoriadis, Sujet et vérité dans le monde social-historique, París,
Seuil, 2002 , pág. 111.
17. Citado por France Farago, La Volante, París, Armand Colin, 2002, pág.
14.
EL RÉGIMEN MIXTO DE LOS MODERNOS 297

cuestión de diferencia de percepción de la eficacia de la acción


política. En la Antigüedad, señala, “la parte que cada uno tenía
de la soberanía nacional no era, como en nuestros días, una
suposición abstracta. La voluntad de cada uno tenía una influen­
cia real: el ejercicio de esa voluntad era un placer vivo y repeti­
do”.18 En el mundo moderno constata, en cambio, esa “compen­
sación” ha desaparecido: “Perdido en la multitud, el individuo
no percibe casi nunca la influencia que ejerce. Nunca su volun­
tad se impone al conjunto; nada constata a sus propios ojos su
cooperación”.19 “Hemos perdido en imaginación lo que gana­
mos en conocimiento”, concluye Constant.20 Ése es todo el pro­
blema de la política democrática: no puede tomar cuerpo sin un
trabajo destinado a hacer visibles los mecanismos organizadores
de la vida social. Esa visibilidad ya no es evidente ní sociológica
ni simbólicamente. Sociológicamente, la representación que una
sociedad de individuos puede tener de sí misma debe ser cons­
truida con la doble ayuda de la visión política y la elaboración
intelectual. Ni el pueblo ni la nación tienen ya una carne sensi­
ble. En términos simbólicos, el poder democrático parece igual­
mente estar ausente al refugiarse en una modestia reivindicada.
Las antiguas monarquías estaban constituidas por Estados a
menudo débiles, en todo caso infinitamente menos desarrollados
que los de hoy (Montaigne decía en ese sentido que un gentil­
hombre de su tiempo no se encontraba con el Estado más que
dos o tres veces en su vida).21 Pero la fuerza pública sabía al mis­
mo tiempo aparecer con brillo, se ponía en escena cuidadosa­
mente, con una preocupación extrema por las apariencias. Para
imponerse e imponer, el poder ligaba en ese entonces modos
espectaculares pero episódicos de afirmación efectiva de su auto­
ridad con una capacidad permanente de representación de esa
autoridad, articulaba así las “cuerdas de necesidad” y las “cuer­

18. B. Constant, De la liberté des anciens comparée a celle des modernes


(1819), en Cou-rs de politique constitutionnelle ou collection des ouvrages
publiés sur le gouvernement representad/par Benjamín Constant, 2da. ed., París,
1872, t. ii, pág. 547.
19. Ibid.
20. B. Constant, De Besprit de conquéte et de l’usurpation (1814), en ibid.,
t. n, pág. 207.
21. Cf. el cap. 42 del libro i de sus Essais.
298 LA CONTRADEMOCRACIA

das de imaginación” , para retomar el lenguaje de Pascal en sus


Pensamientos 22
¿Cómo reencontrar el equivalente de esa dimensión de orden
casi teatral de lo político en la sociedad de hoy? Es preciso cons­
tatar sobre ese punto que aún no hemos logrado superar los
efectos de la conmoción de las antiguas relaciones de lo visible y
lo invisible introducidos por el orden democrático en el mundo.
Ante esta dificultad, algunos sugieren una celebración más activa
de la memoria, el mantenimiento exaltado de un gran relato
nacional, instituyendo la supuesta gloria del pasado como mule­
ta mental del presente.23 Junto con esas tentativas de resurrec­
ción artificial de la grandeza, la agitación repetitiva de nuevos
temores contemporáneos sirve también a veces para disimular,
detrás del mantenimiento de sombríos pavores o de repulsiones
problemáticas, el vacío de lo cotidiano. Las teorías decisionistas
tienen igualmente un retorno notorio en ese contexto. Reapare­
cen con ellas la nostalgia de una voluntad soberana, inmediata­
mente sensible, así como el culto de los momentos excepcionales
que simplifican evidentemente los datos de la acción. De la cele­
bración francesa de un gaullismo de leyenda al sordo atractivo
de la obra de Cari Schmitt, se buscan a través de esos modos
anticuados o perversos respuestas al déficit contemporáneo de
presencia de lo político. ¿Cómo imaginar la necesaria resimboli­
zación de lo político sin recurrir a esos remedios dudosos?
¿Cómo volver visible y sensible la soberanía sin acudir, ideali­

22. Véase el interesante comentario de Joél Cornette en La Monarchie entre


Renaissance et Révolution, 1515-1792, París, Senil, 2000, págs. 195-199. Sobre
la compensación de la debilidad real del estado del antiguo régimen por acciones
espectaculares (“el estruendo de los suplicios”) y una puesta en escena cuidadosa
del poder (los tambores, los uniformes, los monumentos), cf. del mismo autor Le
Roí de guerre. Essai sur la souveraineté dans la Franca du Grand Siécle, París,
Payot, 1993, así como Peter Burke, Louis Xiv, les stratégies de la gloire, París,
Seuíl, 1995. Sobre la construcción indisocia blemente jurídica y simbólica del
poder como majestad, cf los artículos de Yan Thomas, “L’instítutíon de la
majesté”, y de Gérard Sabatíer, "Les roís de representación. Image et pouvoir
(xvic-xvnc siécles)”, Revue de synthése, n° 3-4, julio-diciembre de 1991.
23. De ahí la tensión permanente entre esta tentación de la idealización de la
memoria, esta nostalgia de la gloria, y el otro gran movimiento moderno, ali­
mentado por la preocupación por los derechos del hombre, por la compasión por
las víctimas de la historia.
EL RÉGIMEN MIXTO DE LOS MODERNOS 299

zándola, a la vieja metafísica de la voluntad? ¿Cómo volver a


dotar de una cierta teatralidad el poder colectivo sin vestirlo de
trajes antiguos un poco gastados? Eso no puede lograrse recu­
rriendo activamente a una transfiguración exaltada de la reali­
dad. Hacer más visible la política debe consistir ante todo en el
recordatorio permanente de la tarea que se trata de cumplir:
constituir un pueblo inhallable en comunidad política viva. La
simbolización es reflexión colectiva, relación con la decisión rea­
firmada de escribir una historia común; es el relato sensible y
grave de los fracasos y las esperanzas que tejen esa empresa; es
historia y memoria de la lucha de los hombres y las mujeres por
tratar de instituir a pesar de todas las dificultades una sociedad
de iguales.
El trabajo de resimbolización de lo político participa en esa
medida de una empresa de puesta a prueba permanente de las
diferencias sociales existentes: consiste en dar forma a una colec­
tividad organizada según reglas de justicia redistributiva, princi­
pios de ampliación de las posibilidades y normas de la relación
entre lo individual y lo colectivo claramente discutidas. La con­
frontación necesaria en ese marco es indisociable del reconoci­
miento de los conflictos, inseparable también del esfuerzo por
actualizar las transferencias efectivas entre los individuos, los
grupos y los territorios, las herencias ocultas, las regulaciones
implícitas; no tiene nada de la simple discusión tranquila y casi
técnica que evocan ciertos teóricos de la deliberación. Sobre esa
base se pueden realizar, de manera necesariamente difícil, expe­
riencias prácticas de voluntad general. “La” voluntad general ya
no sería de ese modo la idealización de una mentira o la declara­
ción de un voto piadoso, sino la adición de una serie de prácticas
de arbitraje, de compromisos o, por el contrario, de elecciones
tajantes que afectan la constitución del lazo social: cuestión de
las jubilaciones o retiros y del lazo entre las generaciones, formas
de seguridad social y laboral, reglas de imposición fiscal, moda­
lidades de tratamiento y de indemnización del desempleo, rela­
ción con las cuestiones de largo plazo. Prácticas que siempre
deben situarse en el tipo de régimen que su conjunto define de
hecho. Lo que se debe hacer reconocer, para permitir corregirlo,
es la verdad del modo de vida efectivo de los hombres y las
mujeres. Volver a dar sentido y forma a lo político no consiste
en celebrar un ser colectivo redentor, sea pueblo, clase o multi­
300 LA CONTRADEMOCRACIA

tud, sino en esclarecer el sistema de interacciones reales que


construyen las diferencias y las divisiones: es experimentar de
manera sensible lo que obstaculiza la constitución de una polis
fundada sobre la fuerza de compromisos recíprocos.

EL RÉGIMEN MIXTO DE LOS MODERNOS

El gobierno electoral-representativo, la contrademocracia y el


trabajo reflexivo y deliberativo de lo político constituyen los tres
pilares de la experiencia democrática. Cada uno hace su contri­
bución a la organización de la polis. El gobierno electoral-repre­
sentativo le da su base institucional, la contrademocracia, su
vitalidad contestaría; el trabajo de lo político, su densidad histó­
rica y social. Pero cada uno también está cargado de patologías
o de perversiones que puede desarrollar. Abandonado a sí mis­
mo, el gobierno electoral-representativo tiende a transformarse
en aristocracia electiva, en aparato gobernante. El espectro del
populismo y de la antipolítica planea por su lado sobre la con­
trademocracia. El trabajo de lo político está amenazado de ser
[Link] el facilismo decisionista o a la inversa por un cier­
to formalismo deliberativo. En la medida que hagan sistema,
estas tres dimensiones pueden sin embargo generar también una
dinámica virtuosa y superar simultáneamente sus respectivos
demonios. La idea de constitución mixta se impuso en la Edad
Media para calificar la búsqueda de un buen régimen que toma­
ría de la aristocracia, la democracia y la monarquía sus rasgos
más positivos para componer una forma política razonable y
generosa a la vez.24 Es necesario retomar hoy esa idea de consti­
tución mixta pero en un sentido diferente: la democracia misma
debe comprenderse de ese modo, no en tanto resultaría de un
compromiso entre principios que entran en competencia, de
igualdad y de libertad, por ejemplo, sino en tanto está compues­
ta de la adición de esas tres dimensiones que pueden completar­
se y fortalecerse para permitir progresar hacia un autogobierno
de los hombres. El progreso democrático no se puede concebir

24. Cp James M. Blythe, Le Gauvernement ideal et la Constitiiticm mixte au


Moyen Age, Fríburgo, Acádemie Press, 2005.
EL RÉGIMEN MIXTO DE LOS MODERNOS 301

más que de ese modo plural: no existe one best way institucional
que ofrecería por sí solo la receta de un funcionamiento partici-
patívo satisfactorio, ni formas de representación plenamente
adecuadas. En esta obra nos hemos dedicado a la contrademo­
cracia: habrá por lo tanto, en una investigación futura, que reto­
mar de raíz la cuestión de los trabajos de lo político para propo­
ner una descripción sistemática de sus formas y sus problemas.
Esta aprehensión de la democracia en sus tres dimensiones
conduce por otra parte a considerar de modo diferente los lazos
entre democracias nacionales y constitución de formas cosmopo-
líticas. La visión común de esa relación consiste en pensar en tér­
minos de transferencia, es decir, de reproducción en un nivel
superior de instituciones y procedimientos de regulación utiliza­
dos en el espacio nacional. Hemos subrayado que la referencia a
la contrademocracia ofrece un marco coherente para apreciar la
acción de la sociedad civil en espacios diferentes. Pero en forma
más amplia, esta noción de constitución mixta de los modernos
es la que puede permitir que se traten las diferentes escalas de la
democracia y las distinciones de sus formas. En cada caso es un
modo específico de lo mixto lo que está en juego, y es también
bajo las particularidades de un carácter mixto específico que se
pueden formular los avances por realizar en cada nivel. Si la
organización de las instituciones electorales-representativas per­
manece encerrada en lo esencial en el orden nacional, el desarro­
llo de las formas contrademocráticas se efectúa en muchos otros
niveles, como lo hemos mostrado en el capítulo precedente. La
cuestión de los trabajos de la política se plantea igualmente en
escala internacional. Incluso en ausencia de demos constituido, el
objetivo es, en efecto, edificar una humanidad común, aunque sea
de un modo menos exigente.25 También allí hay una realidad de
diferencias y diferendos que debe hacerse más visible para poder
llegar a tratarlos. Progresar en esa dirección permitiría utilizar las
mismas categorías para ofrecer un marco de análisis ampliado y
ver de conjunto el progreso democrático de las naciones, la cons­
trucción de un orden cosmopolita y el desarrollo de espacios

25. Remito sobre ese punto a la distinción que establecí entre “solidaridad
de ciudadanía” y “ciudadanía de humanidad” en La Démocratie inachevée, op.
cit., págs. 421-422.
302 LA CONTRADEMOCRACIA

como el de la Unión Europea. Pero mientras esta convergencia a


menudo fue pensada según el modo débil de una difusión genera­
lizada del poder, de una multiplicación de formas de gobernanza
sin gobierno o, a la inversa, según el modo soñador de una mun-
dialización de los buenos sentimientos o sobre el modo exaltado
de una epifanía de las revueltas, podría ser reivindicado de aquí
en más como la expresión de una exigencia fuerte e instrumental
al mismo tiempo,

EL EXPERTO Y EL CIUDADANO

El estudio del campo político a menudo se divide en dos cate­


gorías de trabajos: las teorías normativas, por una parte, y las
descripciones organizadas del historiador o del sociólogo, por la
otra. Este trabajo ha ensayado practicar otra vía: elaborar una
teoría renovada de las formas de la democracia a partir de la
observación minuciosa del universo contrademocrático. Ha
desarrollado y sistematizado así un enfoque que ya estaba en
germen en los libros precedentes consagrados a la democracia
electoral-representativa. Este método entraña dos consecuencias,
una, intelectual, la otra, política. En términos intelectuales, per­
mite alcanzar un nuevo tipo de teoría realista de la democracia,
dejando de hacer rimar esta perspectiva con un consentimiento
desilusionado del orden limitado de las cosas. La comprensión
de los mecanismos y los efectos de la contrademocracia conduce
en efecto a proponer una salida realista del desencantamiento
político contemporáneo. La atención a las formas de esa contra­
democracia es lo que permite visualizar la superación de sus
límites o conjurar la expresión de sus modalidades perversas. Al
ampliar la aprehensión de los modos de intervención de los hom­
bres en su propia historia, se crean condiciones para definir un
nuevo campo de los posibles. De Schumpeter a Popper, por no
dar más que dos puntos de referencia, las teorías llamadas realis­
tas han invitado implícitamente a una interpretación minimalis­
ta del ideal de autogobierno como no tiranía o simple proceso de
legitimación comicíal de los gobiernos en base a la competencia.
El realismo y la modestia han sido indisociables en esa perspecti­
va, por lo que no tiene ningún sentido entonces la idea misma de
"progreso democrático”. Nuestro enfoque permite romper ese
EL RÉGIMEN MIXTO DE LOS MODERNOS 303

encadenamiento. Eso se debe también al hecho de que la demo­


cracia ya no se considera solamente a partir de sus límites, de sus
riesgos de retroceso, de sus desviaciones exacerbadas, sino que
también es captada en su núcleo, en sus manifestaciones más
comunes como en sus zonas grises.
En términos políticos, esta dirección conduce finalmente a
reconsiderar el rol del trabajo experto. Permite escapar a la osci­
lación entre una lucidez desengañada y un entusiasmo ingenuo, a
rechazar “la elección entre la ironía y el radicalismo”, para reto­
mar una fórmula sugestiva de Thomas Mann,26 a superar la
oposición entre “política de la fe” y “política del escepticismo”,
según otra categorización célebre.27 Este libro fue escrito en
2005, el año del centenario del nacimiento de Jean-Paul Sartre y
de Raymond Aron. El primero ha sido el cantor de la utopía cul­
pable del siglo XX, el compañero de ruta obcecado de una aven­
tura no criticada. El segundo, un profesor del desengaño, un
modelo de lucidez melancólica. Cada uno de ellos ha encarnado
una forma de grandeza de la vida intelectual, expresando clara­
mente las razones encontradas de su generación. Pero han ilus­
trado igualmente las dos tentaciones desdichadas, bajo las for­
mas de la razón congelada y del compromiso ciego, alimentando
de estos dos modos opuestos una forma de impotencia. El autor
de estas líneas ha intentado salir de ese impasse, formulando una
teoría de la democracia que, para darle vida, ya no esté separada
de la acción.

26. Considérations d’un apolitique, París, Grasset, 1975, pág. 472.


27. Cf. Michael Oakeshott, The Politics of Faith and the Politics of Scepti-
cism, New Haven, Yale University Press, 1996.
índice de nombres

Abel, Richard L, n. 77. Baker, Keith Michael, n. 56.


Abramson, Jeffrey, n. 213, n. 219 Balandier, Georges, n. 231.
Ackerman, Bruce, n. 287. Balfour, Arthur James, 160.
Aglietta, Michel, n. 267. Baiibar, Etienne, n. 38.
Alain, Émile-Auguste Chartier, Ball, Milner S., n. 232.
llamado), 71, 74. Bance, Pierre, n. 221.
Alembert, Jean d’, 97,139. Baranger, Denis, n. 205.
Allemane, Jean, n. 155. Barber, Benjamín R., n. 80, n. 285.
Alien, Robert, n. 217. Barclay, William, n. 138.
Althusius, Johannes, 137-138. Bardach, Eugéne, n. 54.
Amar, Akhil Reed, n. 219. Barnett, James Duff, n. 205.
Ansolabehere, Stephen, n. 177. Barthe, Yannick, n. 28, n. 285.
Arendt, Hannah, 60, 163, 180, Bartolas, 132.
229-231, 233. Battaglini, Mario, n. 101.
Aristófanes, 197. Baudeau, Nicolás, 52.
Aristóteles, 94-96, 195, 199, n. Bauman, Richard A., n. 197.
234. Bayle, Pierre, 65.
Arnaud, Lionel, n. 36. Beaud, Olivier, n. 224.
Aron, Raymond, 303. Beauté, Jean, n. 203.
Arrow, Kenneth J., 23. Beccaria, Cesare, 211.
Arterton, Christopher F., n. 80. Beck, Ulrich, 27-28, n. 255.
Aung San Sun Kyí, 170. Behn, Robert D., n. 255.
Aymé, Marcel, 57. Beiner, Ronald, n. 230.
Béland, Daniel, n. 76.
Babean, Henry, n. 89. Bellamy, John G., n. 202.
Babeuf, Gracchus, n. 103. Benasayag, Miguel, n. 38.
Bacon, Pierre Jean Jacques, 100. Benoít, Olivier, n. 85.
Bacqué, Marie-Héléne, n. 285. Bentham, Jeremy, 47, 64, 232.
Badinter, Robert, n. 234. Benveniste, Enrile, n. 229.
306 LA CONTRADEMOCRACIA

Bergasse, Nicolás, 80. Burke, Peter, n. 298.


Bergounioux, Alain, n. 101. Bush, George Herbert, 176-177.
Berman, Paul, n. 181. Bush, George Walker, 177.
Bernardi, Bruno, n. 140.
Béze, Théodore de, 135-136. Cabanis, Pierre Jean Georges,
Bezes, Philippe, n. 236. 101.
Bidégaray, Christian, n. 141. Cain, Bruce, n. 176.
Billiard, Auguste, n. 107, n. 108. Callón, Michel, n. 28, n. 285.
Bilsky, Leora, n. 230. Calvino, Juan, 133, n. 134.
Bird, Frederíck L, n. 207. Cameron, Charles M., n. 179.
Blackstone, William, 211-212. Campbell, Bruce A., n. 175.
Blanquee, Jean-Michei, n. 224. Camus, Albert, 162.
Blanqui, Auguste, 154, 162, 165­ Camy, Olivier, n. 143.
166. Canetti, Elias, 262.
Blic, Damien de, n. 59. Canovan, Margaret, n. 259.
Bloch-Lainé, Fran^ois, 275. Capdevielle, Jacques, n. 35.
Blythe, James M., n. 300. Carcassonne, Guy, n. 93.
Bodin, Jean, n. 89, 137. Carney, Frederíck S., n. 137.
Boíl, Bernhard, n. 174. Carré de Malberg, Raymond, n.
Bokanski, Luc, n. 61, n. 65. 123.
Bonaparte, Napoleón, 93, 102­ Cárter, Jimmy, 176.
106, n. 120. Castoriadís, Cornelius, n. 234,
Bonnet, Jean-Claude, n. 103. 296.
Bonneville, Nicolás, 100, 110, Catalano, Pierangelo, n. 139.
112. Cautrés, Bruno, n. 35.
Bouchet, Thomas, n. 184. Cayla, Olivier, n. 229.
Bourdieu, Pierre, 77, n. 233. Chabot, Fran^ois, n. 143.
Bourdon, Jean, n. 102. Chalmers, David Mark, n. 57.
Bourg, Dominíque, n. 285. Chao Yuen, Tcheng, n. 67.
Bouvier, Jean, n. 61. Chateauraynaud, Francis, n. 76.
Bovens, Mark, n. 224. Chatterjee, Partha, n. 38.
Boy, Daniel, n. 285. Chaumont, Michel, n. 166.
Braithwaite, John, n. 63. Chevé, Charles-Fran^ois, 107.
Brandéis, Louis D., n. 58. Christie, lan R., n. 162.
Brécy, Robert, n. 156. Christensen, Terry, n. 206.
Brennan, Geoffrey, n. 64. Christenson, Ron, n. 197.
Breyer, Stephen, n. 234. Clanché, Fran^ois, n. 35.
Bríssot de Warville, Jacques Clausewitz, Karl von, 50.
Pierre, 53-54, 99,112, n. 124. Clauss, Charles, n. 215.
Brondel, Séverine, n. 225. Claverie, Élisabeth, n. 215.
Brousseau, Éric, n. 267. Cloots, Anacharsis, n. 49, n. 113.
Brunot, Ferdinand, n. 106, n. 145. Cobb, Roger W., n. 55.
Buchez, Philippe Joseph Benja­ Cohén, Joshua, n. 285, 287.
mín, 107. Coke, Edward, 203-204.
Buchanan, George, n. 134. Colapinto, David K., n. 271.
Buckingham, duque de, 203. Colliot-Théléne, Catherine, n. 249.
Burke, Edmund, n. 98. Comte, Auguste, 73.
ÍNDICE DENOMBRES 307

Condorcet, Marie Jean Antoine Eider, Charles D., n. 55.


Nicolás de Caritat, marqués Elster, Jon, n. 60, n. 200, 273.
de, 53, 73,99,143,147, 211. Émeri, Claude, n. 141.
Constant, Benjamín, 25-26, 73, Emmerich, Mathias, n. 273.
104-105,158,244,296-297. Emerson, Ralph Waldo, 162,
Contamine, Philippe, n. 67. 164-165.
Coornaert, Emile, n. 155. Erickson, Stephen C-, n. 173.
Copeland, Gary A., n. 177. Erikson, Robert S., n. 250.
Cornette, Joel, n. 298. Esmein, Adhémar, n. 215.
Cortés, Donoso, n, 288. Esposito, Roberto, n. 38.
Cottereau, Alain, n. 220. Everitt, Joanna, n. 77.
Cournot, Antoine Auguste, n. 212.
Cousin, Jean, n. 139. Farago, France, n. 296.
Cox, Gary, n. 174. Farge, Arlette, n. 166.
Cransfield, Lionel, 203. Fauchet, abate, 141.
Cronin, Thomas E., n. 206. Faucher, Léon, n. 90.
Crozier, Michel, n. 250. Felstiner, William L. F., n. 77.
Ferejohn, John, n. 176.
Dahl, Roben, 158, n. 263. Fichte, Johann Gottlieb, 145-149.
Dampíerre, Éric de, n. 59. Filangieri, Gaetano, 97.
Daunou, Pierre Claude Fran^ois, Fillieule, Olivíer, n. 75.
123. Fiorina, Morris, n. 176.
Davis, Gray, 206-209. Fishkin, James S., n. 287.
Davis, Michael H., n. 225. Flauss, Jean-Frangois, n. 186.
Deleuze, Gilíes, 79. Foord, Archibald, n. 160.
Démeunier, Jean-Nicolas, n. 139. Ford, Gerald Rudolf, 176.
Desmoulins, Camille, 112-113. Foriers, Paul, n. 294.
Devaux, Augustin Marie, n. 216. Foucault, Michel, 38, 47, n. 51.
Dewey, John, 295. Fouillée, Alfred, 72.
Diderot, Denis, 97, 139, 182. Foulquier, Norbert, n. 225.
Dippel, Horst, n. 99. Franklin, Benjamín, 99.
Dogan, Mattei, n. 35. Franklin, Mark N., n. 35.
Doganis? Carine Karitini, n. 261. Fréron, Louis Marie Stanislas, n.
Doidy, Eric, n. 236. 46.
Donnelly, Jack, n. 63. Frdhlich, Pierre, n. 95, n. 96.
Donovan, James M., n. 216.
Douzou, Laurent, n. 166. Gambetta, Diego, n. 29.
Dubouis, Louis, n. 55. Garapon, Antoine, n. 213, n. 225,
Duclert, Vincent, n. 166. n. 233.
Dugdale, Blanche E. C., n. 160. Garrett, Geoffrey, n. 179.
Duplessis-Mornay, Philippe, 135. Garment, Suzanne, n. 61.
Dupont de Nemours, Pierre Sa­ Gaucher, Marcel, n. 105.
muel, 52. Gaulle, Charles de, 166.
Duport, Adrien, 214. Gaymard, Hervé, n. 65.
Duprat, Gérard, n. 249.
Durkheím, Émile, 59, n. 295. Jorge I, n. 98.
Dworkin, Ronald, n. 234. Jorge III, 162.
308 LA CONTRADEMOCRACIA

Gérard, Valerte, 158. Héran, Franpois, n. 35.


Gerhardt, Michael J., n. 210. Hérault de Séchelles, 142-144.
Gerst, Catherine, n. 276. Hermet, Guy, n. 259.
Gerstlé, Jacques, n. 55, Heródoto, 94.
Gerston, Larry N., n. 206. Hirschman, Albert O., 34, 273.
Giesey, Ralph, n. 131. Hobbes, Thomas, n. 64,182.
Gilbert, Claude, n. 76. Hoffmann, Stanley, n. 262.
Girardin, Émile de, n. 116,156 Holloway, John, n. 38.
Giulj, Sylvie, n. 161. Hood, Christopher, n. 84.
Gladstone, William Ewart, 67. Hoover, Herbert, 176.
Gluckman, Max, 59, n. 60. Hotman, Franpois, 135.
Gordon, Thomas, n. 98. Howard, Dick, n. 231.
Goodín, Robert, n. 54. Huntíngton, Samuel, n. 250.
Goodman, Christopher, 134.
Gouron, André, n. 131. Ignatieff, Michael, n. 181.
Graham, Mary, n. 65. Ihl, Olivíer, n. 259.
Granier de Cassagnac, Adolphe, Inglehart, Ronald, n. 29.
114-115. lyengar, Shanto, n. 177.
Granovetter, Mark S., n. 185.
Green, Thomas Andrew, n. 211. Jackson, Andrew, 174.
Griffuelhes, Víctor, 156. Jacob, Robert, n. 299.
Gros, Dominique, n. 143. Jacob, Steve, n. 85.
Groven, Denis, n. 276. Jacobo I, 203-204.
Grunberg, Gérard, n. 37. James, Harold, n. 266.
Guarnieri, Cario, n. 240. James, Olivier, n. 84.
Guénard, Florent, n. 140. Jameson, Kathleen Hall, n. 177.
Gueniffey, Patrice, n. 144, n. 147. Jaume, Lucien, n. 46, n. 56, n.
Desde, Jules, 156. 143.
Gueydan, Claude, n. 55. Jaures, Jean, 155-156.
Guilhaumou, Jacques, n. 56. Jean de Salísbury, 132.
Guillermo de Occam, 132. Jellinek, Georg, n. 123.
Guíonnet, Christian, n. 36. Jensen, Merryll, n. 101.
Guizot, Franpois, n. 51, 52,158­ Johnson, Roberta Ann, n. 271.
160. Johnson-Cartee, Karen S., n. 177.
Jones, Bryan D., n. 54.
Habermas, Jürgen, 287. Jones, George, n. 84.
Hansen, Mogens Hermán, n. 195, Jouanna, Arlette, n. 133.
n. 197, n. 198. Jouvenel, Bertrand de, 26.
Hardin, Russel, n. 29. Jullien, Franjéis, 50-51.
Hardt, Michael, n. 255. Junius, 63, n. 64,112.
Harold, Gilbert, n. 266.
Harrison, Denis, n. 29. Kadri, Sadakat, n. 232.
Haskins, Charles Homer, n. 67. Kagan, Robert A., n. 54.
Hauray, fíoris, n. 270. Kamber, Víctor, n. 172.
Havel, Vaclav, 167. Kant, Emmanuel, 60.
Havin, Léonor-Joseph, n. 116. Kateb, George, n. 108.
Heuschling, Luc, n. 225. Kaufman, George, 208.
ÍNDICE DENOMBRES 309

Kazin, Michael, n. 258, Lerat, Christian, n. 99.


Keane, John, n. 168. Lerner, Ralph, n. 214.
Kelsen, Hans, 227, 284. Le Roux, Bruno, n. 83.
Kenski, Henry C., n. 177. Leroux, Pierre, 107.
Kenyon, John Phiiipps, n. 204, Le Tresne, Guilla ume-Fran^oís, n.
Kerry, John, 177. 52.
Kersaint, Armand Guy Simón, Lichy, Olivier, n. 269.
100. Locke, John, 49.
Kierkegaard, Soeren, 296. Lolme, Jean-Louis de, n. 64, 97.
King, Gary, n. 176. Luis XIV, 249.
Knox, John, 134-135. Lówenstein, Karl, n. 151.
Kohn, Michael D., n. 271. Lutz, Donald S., n. 99.
Kohn, Stephen M., n. 271.
Konrad, Gyorgy, n. 168. Mably, Gabriel Bonnot de, 99.
Koselleck, Reínhardt, n. 65. MacDowell, Douglas M., n. 196.
Kraakman, Reinier H., n. 84. Machelon, Jean-Píerre, n. 218.
Kreps, David M., n. 64. Maquíavelo, Nicolás, 50.
Krynen, Jacques, n. 236. Mackuen, Michael B., n. 250.
Kurland, Philip B., n. 214. Madison, James, 25, 283.
Mandeville, Bernard, 63.
La Boétie, Étienne de, 136. Mangematin, Vincent, n. 29, n.
Labrosse, Cíaude, n. 112, a. 113. 270.
Laferriére, Julien, n. 187. Manin, Bernard, n. 94, n. 118, n.
Lagardelle, Hubert, n. 155, n. 161, n. 200, 287.
156, Mann, Thomas, 303.
Lanthenas, Francoís-Xavier, 43, Marat, Jean-Paul, 56, 112-113,
n. 124. 260.
Laquiéze, Alain, n. 90. Markovits, Andrei S., n. 59.
La Rochefoucauld-Liancourt, Fran- Marino, Michel, n. 268.
90ÍS Alexandre, duque de, 99. Marsilio de Padua, 132.
Lascoumes, Pierre, n. 28, n. 67, n. Martin, Pierre, n. 175.
236, n. 252, n. 285. Masón, Roger A., n. 134.
Latimer, lord, 202. Mattéoni, Olivier, n. 67.
Laugier, Sandra, n. 165. Marx, Karl, 80, 165.
Lavicomterie, Louis Thomas Mayer, Nonna, n. 35, n. 37.
Hébert, de, 100,141-142. McCombs, Maxwell, n. 55.
Le Bart, Christian, n. 62. McCubbins, MathewD., n. 51.
Lebégue, Ernest, n. 212. Mcllwain, Charles Howard, n.
Ledru-Rollin, Alexandre-Auguste, 202.
153. Meader, Lewis H., n. 98, n. 102.
Lefebvre, Rémi, n. 62. Meier, Christian, n. 232.
Lefort, Claude, 167, n. 168,180. Mendras, Henri, n. 75.
Le Galés, Patrick, n. 67, n. 252. Mény, Yves, n. 259.
Leggett, Matthew, n. 184. Mercer, Jonathan, n. 64.
Le Mercier de La Riviére, Pierre Merriner, James L, n. 174.
Paul Frangois, n. 120. Michel, Henry, n. 166.
Lemieux, Cyril, n. 59. Michelet, Jules, n. 35,113.
310 LA CONTRADEMOCRACIA

Mili, John Stuart, 31, 90-92,160. Pellegrin, Pierre, n. 195.


Miller, Kenneth P., n. 209. Pelioutier, Fernand, n. 156.
Minard, Philippe, n. 270. Perelman, Cha'ím, n. 294.
Mirabeau, Honoré Gabriel, Perón, Juan Domingo, 257.
Riqueti, conde de, 45, 56, 99, Perot, Ross, n. 81.
155. Perret, Bernard, n. 68
Mirkine-Guetzévitch, Boris, n. Perrineau, Pascal, n. 36.
166. Peters, John G., n. 236.
Missika, Jean-Louis, n. 183. Pettit, Philip, n. 64, n. 124.
Moizer, Peter, n. 270. Pían, Michael, n. 177.
Mommsen, Theodor, 150. Phelps, Edith M., n. 210.
Monahan, Arthur P., n. 131. Pimentel, Carlos Miguel, n. 202,
Montaigne, Michel de, 297. n. 238.
Montesquieu, Charles-Louis de Platón, 94, 234-235.
Secondat, 25, 31, 63, 66,73, Plihon, Dominique, n. 252, n.
97-98, 127, 139-140, 147, 267.
201. Plucknett, Theodore Frank Tho-
Moreno, Alejandro, n. 29. mas, n. 202.
Morgenstern, Scott, n. 174. Plutarco, 97.
Mouchard, Daniel, n. 75. Poisson, Siméon Denis, n. 212.
Muhlmann, Géraldine, n. 59. Ponet, John, 134.
Mulgan, Richard, n. 225. Ponthoreau, Marie-Claire, n. 170.
Murray, Oswyn, n. 195. Popper, Karl, 302.
Post, Gaines, n. 131.
Napoleón III, 116. Portier, Eugéne, n. 166.
Nedelsky, Jennifer, n. 230. Rouget, Émile, 156.
Negri, Antonio, 255. Poujade, Pierre, n. 262.
Neveu, Érik, n. 78. Poultier, Jean Baptiste Jacques,
Norris, Pippa, n. 35. 100.
Nussbaum, Martha C., n. 63. Pourcher, Yves, n. 215.
Power, Michael, n. 271.
Oakeshott, Michael, 303. Price, Richard, 98.
Ollívier, Émile, n. 115. Price, Simón, n. 195.
Ostwald, Martin, n. 197. Príeur, Léon, n. 211.
Owens, James, 208. Prochasson, Christophe, n. 166.
Proudhon, Pierre-Joseph, 155.
Padis, Marc-Oiivier, n. 256. Prunelle de Lierre, Léonard Jo-
Padoa Schioppa, Antonio, n. 214, seph, 100.
n. 217, n. 219. Przeworski, Adam, n. 200.
Pagano, Mario, n. 101. Punnett, Robert Malcolm, n. 160.
Papadopoulos, loannis, n. 213.
Pascal, Blaise, 298. Raimbourg, Philippe, n. 269.
Pasquino, Pasquale, n. 105. Ranclére, Jacques, n. 255.
Patentan, Carole, n. 285. Rayback, Joseph G., n. 99.
Pauiy, Louis W., n. 266. Raynaud, Philippe, n. 150.
Pech, Thierry, n. 256. Rayner, Hervé, n. 61.
Pederzoli, Patricia, n. 240. Reid, John Philip, n. 214.
ÍNDICE DENOMBRES 311

Renaut, Alain, n. 150. Sanders, Lynn M., n. 288.


Renouvier, Charles, 72. Sarat, Austin, n. 77.
Renoux-Zagamé, Marie-France, Sartori, Giovanni, n. 158, n. 261.
n. 229. Sartre, Jean-Paul, 303.
Rétat, Pierre, n. 112, n. 113. Schmitt, Cari, 117, n. 288, 298.
Retz, cardenal de, 226. Schnapper, Bernard, n. 217.
Reulos, Michel, n. 89. Schopenhauer, Arthur, 50.
Rey, Henry, n. 285. Schultz, Stanley K., n. 58.
Reynaud, Emmanuéle, n. 75. Schumpeter, joseph, 284, 302.
Riáis, Stéphane, n. 150. Schwartz, Thomas, n. 51.
Richer, Nicolás, n. 97. Schwarzenegger, Arnold, 206.
Rícoeur, Paul, 228. Schweísguth, Etíenne, n. 37, n.
Rigaudiére, Albert, n. 88. 182.
Riker, William FE, n. 263. Scialom, Laurence, n. 267.
Robbins, Caroline, n. 98. Scott, Colín, n. 84.
Robín, Corey, n. 181. Scully, Roger, n. 179.
Robert, Franpois, 144. Selsam, Paul, n. 98, n. 99.
Roberts, Jennifer Tolbert, n. 199. Semeiin, Jacques, n. 167.
Robespierre, Maximilien de, 26, Senter, Thomas P., n. 174.
93,107, n. 124,143-144. Seurin, Jean-Louis, n. 99.
Rocard, Michel, n. 250. Shaw, Donald, n. 55.
Roederer, Pierre Louis, conde de, Shklar, Judith, 180.
104, n. 106. Shonfield, Andrew, n. 276.
Roland, Jeanne Marie, de la Pla­ Síegfried, André, 37.
ñere, llamada Madame, n. 45. Sieyés, abate, 102, n. 103, 105, n.
Rolland, Patrice, n. 260. 275.
Rómmele, Andrea, n. 174. Silverstein, Mark, n. 59.
Romero, Anthony, n. 221. Silvestrini, Gabriella, n. 140.
Roosevelt, Theodore, n. 210. Simmel, Georg, 23, n. 295.
Rosanvallon, Pierre, n. 106, n. Sinclair, Timothy J., n. 269.
157, n. 277. Sintomer, Yves, n. 285.
Rosenau, James, n. 252. Sismondi, Jean Charles Leonard
Rosenblum, Nancy L., n. 180. Simonde de, 25.
Rosso, Máxime, n. 136. Skinner, Quentin, n. 134.
Rousseau, Jean-Jacques, 34, 46, Skocpol, Theda, n. 286.
49, 80, 97-98, 103, 135, 137, Smith, Adam, 96.
139-141. Smouts, Marie-Claude, n. 252.
Roussel, Frédérique, n. 272. Sniderman, Paul M., n. 37.
Rouzet, Jacques-Marie, 100. Solyenitzin, Alexandre, 167.
Rundquist, Barry S., n. 236. Somít, Albert, n. 174.
Ryan, Francés M., n. 207. Sonner, Brenda S., n. 177.
Sorel, Georges, 156.
Sabatier, Gérard, n. 298. Spector, Céline, n. 140.
Saint-John Perse, 167. Spitz, Jean-Fabien, n. 150.
Sajarov, Andrei, 167. Stael, Germaine de, 105.
Salas, Denis, n. 225. Stanziani, Alessandro, n. 270.
Saleilles, Raymond, n. 215. Stead, William T., n. 59.
312 LA CONTRADEMOCRACIA

Steffens, Lincoln, 58. Tsebelis, George, n. 179.


Stern, Samuel, n. 216. Tudor, Mary, 134.
Stimson, James A., n. 250. Turchetti, Mario, n. 132, n. 135.
Stokes, Susan, n. 200. Turgor, Anne Robert Jacques, 99,
Strom, Gerald S., n. 236. 270.
Sunstein, Cass R., 81, n. 288. Turner, Jack, n. 164.
Sun Tzu, 50.
Surel, Yves, n. 259. Urfalino, Philippe, n. 185.
Sztulwark, Diego, n. 38.
Vallet, Élisabeth, n. 93.
Taft, Howard, 176. Verdo, Geneviéve, n. 184.
Taggart, Paul, n. 259. Vigreux, Jean, n. 184.
Taguieff, Pierre-André, n. 259. Vintén, Gerald, n. 271.
Talleyrand, Charles Maurice, n. Viriot Durandal, Jean~Philippe, n.
102, n. 120. 76.
Tarde, Gabriel, 80, 215, n. 295. Viveret, Patrick, n. 68.
Tartakowsky, Danielle, n. 75. Voltaire, 211-212.
Tenor, Eugéne, n. 156.
Teste, Charles, 107. Walzer, Michel, 19.
Thévenot, Laurent, n. 61. Waley, Daniel, n. 88.
Thibaudeau, Antome Claire, con­ Walpole, Robert, n. 204.
de, n. 106. Warren, Mark E., n. 26, n. 29.
Thiers, Adolphe, n. 120. Watanuki, Joji, n. 250.
Thomas, Yan, n. 150, n. 298. Weaver, R. Kent, n. 250.
Thompson, Dennis F., n. 224. Weinberg, Arthur, n. 57.
Thompson, John B., n. 58, n. 59, Weinberg, Lila, n. 57.
n. 61. Westbrook, Robert B., n. 296.
Thoreau, Henry David, 162-165. Wildenmann, Rudolf. n. 174.
Thouret, Jacques-Guillaume, 212. Wiíkes, John, 162,165.
Tucídides, n. 94. Will, Pierre-Etienne, 66.
Thuderoz, Christian, n. 29, n. Wilson, Robert, n. 64.
270. Wlezien, Christopher, n. 55.
Thuot, Jean-Fran^ois, n. 249. Wolloch, Isser, n. 216, n. 232.
Thuriot, Jacques Alexis, n. 143.
Tocqueville, Alexis de, 65, 213, n. Yat-Sen, Sun, 66, n. 67.
249. Young, Lisa, n. 77.
Tórname, Alain, 74.
Tranchard, John, n. 98. Zimmerman, Joseph F.,-n. 206, n.
Travers, Tony, n. 84. 207.
Trillíng, Richard J., n. 175. Zinoviev, Alexandre, 167.
Tronchin, Jean-Robert, n. 139.
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