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La evolución de la lectura en niños

Este documento describe la experiencia del autor como director de una escuela primaria rural en Oaxaca, México y su interacción con varios estudiantes y personal en relación con la biblioteca de la escuela. Describe como Chano, un estudiante moreno y desafiante, aprendió a leer visitando frecuentemente la biblioteca y recomendando libros a otros. También describe a María Luisa, una estudiante tímida que pasaba mucho tiempo leyendo en la biblioteca. Finalmente, describe a Chevo, el bibliotecario y conserje, y
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La evolución de la lectura en niños

Este documento describe la experiencia del autor como director de una escuela primaria rural en Oaxaca, México y su interacción con varios estudiantes y personal en relación con la biblioteca de la escuela. Describe como Chano, un estudiante moreno y desafiante, aprendió a leer visitando frecuentemente la biblioteca y recomendando libros a otros. También describe a María Luisa, una estudiante tímida que pasaba mucho tiempo leyendo en la biblioteca. Finalmente, describe a Chevo, el bibliotecario y conserje, y
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López, Santiago Adán (2000). La biblioteca, sus libros y sus personajes.

en: Entre
Maestr@s. Revista para maestros de Educación Básica, Universidad Pedagógica
Nacional, Vol. I, No. 1, Otoño 2000, México, pp. 10-14

LA BIBLIOTECA, SUS LIBROS Y SUS PERSONAJES

Como director de la escuela primaria rural de Santa María Zoquitlán, en el


estado de Oaxaca, he acumulado experiencias y aprendizajes muy diversos que
rodean al libro: sus lecturas, su biblioteca y sus aprendices. De este cúmulo del
quehacer con la biblioteca y sus usuarios, relato una pequeña parte de los
acontecimientos que se vinculan con la vida de Chano, María Luisa, Pablo, Chevo
y los del Comité1.

Cuando Chano empezó a ir a la biblioteca, siempre creí que iba a perder el


tiempo, que no aprendería a leer en ese año, que la escuela le parecía
inmensamente aburrida como la inmensidad de sus 400 alumnos, sus 16 grupos y
sus 16 maestros y maestras, que juntos formaban el monstruo más grande que se
pudo haber imaginado.

Moreno, cara redonda, sucio, sin


huaraches, con la mirada retadora y
desafiante como pocos niños de
Zoquitlán, donde la mayoría son
güeritos y de ojos claros, Chano
caminaba entre los libros. Levantaba las
portadas, levantaba los libros; minutos y
Los viajes imaginarios de Chano.
minutos, vueltas y vueltas, hasta que por
fin un libro aparecía en sus morenas
manos y largas uñas. Aquí empezaba lo terrible para Chevo, el bibliotecario, quien

1
Esta experiencia se desarrolló a partir del Diplomado "Fomento de la lectura y Producción de textos para la
Educación Básica", el cual forma parte del proyecto de investigación pilec de la Universidad Pedagógica
Nacional, Ajusco
enfadado tenía que indicar cada dato del vale de préstamo, cada letra de las
palabras, dibujárselas para que las copiara. Otros minutos y minutos pasaban
hasta que Chano tenía que salir corriendo hacia su salón. Creo que el maestro,
para ese entonces, se había olvidado de su ausencia.

Así al otro día y al otro y al otro. A veces Pablo, a veces Chevo, a veces yo,
ayudándole con el vale. En ocasiones me atrevía a pensar que el vale era el
obstáculo más grande para Chano y para todos los que pedían libros. Decidí
eliminarlo y luego decidí dejarlo y luego quién sabe qué decidí.

Así, uno de esos días, Chano entregó un vale requisitado a su manera. La


fecha en una línea que no era para la fecha, el número del libro en la fecha, el
autor del libro en otro lado y por último su nombre: Chano y su firma, que a lo
mejor era lo más legible de todo. Las letras amontonadas y la decisión en su rostro
me hicieron tomar el vale y depositarlo en el casillero de vales de primer grado.
Ah, escribió 1° "C".

Chano empezó a ser el cliente número uno de la biblioteca y empezaba a


orientar a los demás en la elección de libros, recomendaba y leía partes del libro.
Nunca me enteré si se aprendía de memoria alguna parte de los libros que con
más frecuencia se llevaba a su casa o si en realidad estaba leyendo. Tampoco me
enteré quién le leía los libros que se llevaba. Nada más de imaginar el rostro
malencarado de su mamá, morena como él, desaparecía la idea de que fuera ella
la que le leía, pero ¿quién más?

Al paso del tiempo, las preferencias de Chano fueron cambiando. Empezó a


interesarse por los libros de pasta gruesa, los de Willy 2, los que no se pueden lle-
var a su domicilio. Entonces leía aquí, en la reducida biblioteca que tiene
amontonada muchas cosas, incluyendo la gorra del maestro de educación física y
2
De la colección infantil Los especiales del Fondo de Cultura Económica. Esta colección posee la virtud de ser
libros con gran colorido, poco texto y con un tratamiento muy cercano a los gustos, intereses y valores de las
niñas y los niños.
las pinzas de Chevo, quien además de ser el bibliotecario, también es el conserje.
Leía por mucho tiempo, aunque quién sabe qué cosas leía.

Cuando llegaba otro niño a la biblioteca, tomaba un libro de Willy y le decía


que leyera ese y le leía alguna parte y otra y otra, con una rapidez extraordinaria.
Y cuando le decían que así no decía, entonces leía despacito y con dificultad. Fue
entonces cuando me di cuenta que estaba aprendiendo a leer.

El tiempo que devora la paciencia fue pasando a pasos agigantados y Chano


mejoraba la requisitación del vale.

Hasta que no apareció más, y luego de vez en cuando, y ahora cuando quiere.

Chano quedó guardado en la memoria del papel y tinta, en cada dibujo que
hacen los autores para aparentar que lo hicieron unos niños, en las paredes ama-
rillas de esta apretada biblioteca que ha hecho trabajar de más a los maestros
para reunir fondos para comprar estantes, libreros y más libros.

Chano fue desapareciendo de las mañanas de biblioteca y fue apareciendo


María Luisa, con las mechas tapándole parte del rostro; con sus vestidos floreados
y su cuerpo esbelto.

María Luisa en su soledad compartida


María Luisa rondaba los libros y quería deletrear los títulos, y señalaba algunas
letras, y aparentaba leer, hasta que tomaba uno y pedía un vale. El mismo dichoso
vale que se escurría de las manos de Chano. Su primera pregunta era: "¿A cómo
estamos?", y Chevo, Pablo o yo respondíamos, a veces a coro. Pero luego
teníamos que decir qué letra seguía de la otra para escribir septiembre, o no -
viembre. Luego dónde copiar el título, o el número, o el autor.

Día con día, apenas se escapaba de la maestra, permanecía mucho tiempo en


la biblioteca, enajenada en los libros que se adormecían con sus lecturas en voz
baja, muy baja, en susurro, quizá para que nadie se diera cuenta que inventaba
las historias.

Chevo y Pablo se empezaron a preocupar por el tiempo que pasaba María


Luisa en Ia biblioteca y me preguntaron qué hacer. Les dije que hablaría con ella
para que no se saliera mucho tiempo del salón, pero nunca lo hice, aunque les dije
que ya lo había hecho. Lo cierto es que ella no sólo miraba los libros, sino también
los carteles que habíamos diseñado para invitar a la biblioteca. Esos carteles que
celosamente guardan el trabajo minucioso de Pablo que abría la biblioteca todas
las tardes y que ayudaba a todos los niños. Esos carteles que levantaron polémica
cuando un burro invitaba a leer libros y que algunos maestros dijeron que era un
insulto para los alumnos. Esos carteles que repartimos a todos los salones. Esos
carteles pasaban por los ojos de Mary.

Luego María Luisa deletreaba con más rapidez y permanecía menos tiempo,
pero no faltaba un libro en su mochila. Un libro que leía mientras abrazaba a su
hermanita o que le leía su mamá.

Cada vez es menos frecuente su presencia en la biblioteca, pero lee mejor,


claro, a su nivel. Cuando llega a la casa de Adriana y le muestra un libro, ésta se
sienta en el piso y sus ojos buscan las historias guardadas en su infinito afán de
leer.
Chevo nota los cambios de los niños que acuden a la biblioteca, los ha visto
evolucionar, pero no dice nada y no dirá nada, eso es natural para él. Él no se
emociona, como yo, con cosas infantiles y normales, no les da mucha importancia
porque para él, eso es lo que deben hacer los niños en la escuela y les habla sin
piedad y les recomienda que cuiden los libros y les dice que los lean, que no se
los lleven a lo tonto o que mejor no se los lleven porque los destruyen y cuestan
muy caros.

Chevo sabe que este no es su trabajo, aunque no lo hace con desagrado.


Sabe que tiene que mantener limpia la escuela, como la cuestión más importante,
luego consume su tiempo en la biblioteca al tiempo que fotocopia los documentos
que le solicitan o trabaja en otras cosas. Y cuando no tiene otros trabajos lee, lee y
lee. Luego me comenta cosas extraordinarias y sabe dónde pueden encontrar
información para las investigaciones que encargan los maestros. Es tan cuidadoso
que me corrige, sin hablar, mis descuidos.

Eusebio contagia a los integrantes del comité de padres de familia, que


semana a semana cumplen su comisión en la escuela, y ellos también leen, en
silencio, hasta que les encargo algo y luego que lo hacen, vuelven a la lectura.

Así, la llama de la lectura, poco a poco ebulle en los pensamientos adultos e


infantiles. Pablo fue el incansable protector de esa llama, y aunque ahora haya un
Consejo de biblioteca que se guía de un proyecto, no se puede comparar con la
espontaneidad de los primeros pasos asistemáticos, donde él consumía su
tiempo, religiosamente seguro de los beneficios.

Con Pablo compartimos los convencimientos de Vicenta o de Bety que nos


pedían los libros de pasta gruesa para llevarlos a su casa, y a escondidas
violábamos el reglamento no escrito y autorizábamos que se los llevaran. Con él
tomamos la decisión de que se le pusiera un nombre a la biblioteca y todavía pudo
estar presente en el concurso donde ganó el nombre que propuso Fátima: "Mi
primera luz" y que tuvo qué decidirlo el Consejo de alumnos porque se alteraron
los ánimos entre el Consejo de biblioteca. No sé qué vaya a pasar en otros
tiempos, pero mientras exista un rincón estrecho donde se presten libros, llegarán
los niños y nos mirarán con sus ojos tímidos, a 100 kilómetros de la ciudad de
Oaxaca, entre dos ríos peligrosamente románticos, diciendo: "¿Me presta un
libro?"@

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