Wilhelm
Reich
¡ESCUCHA, PEQUEÑO HOMBRECITO!
Wilhelm Reich
INTRODUCCIÓN
¡Escucha, pequeño hombrecito! no es un documento científico, sino
humano. Fue escrito en el verano de 1946, para los archivos del Instituto Orgón,
sin que se pensara entonces en publicarlo. Refleja la lucha interior de un médico
y científico que había observado al pequeño hombrecito por muchos años, y
visto, en un principio con espanto, luego con horror, lo que el pequeño
hombrecito hace consigo mismo, cómo sufre, se rebela, honra a sus enemigos y
asesina a sus amigos; cómo, cuando llega al poder como "representante del
pueblo" lo utiliza mal y lo transforma en algo más cruel que la tiranía que había
sufrido anteriormente en manos de los sádicos de las clases dominantes.
¡Escucha, pequeño hombrecito! representa una respuesta silenciosa a la
intriga y la difamación; al ser escrito, nadie podía prever cómo cierta institución
gubernamental con misión de proteger la salud pública, fuese capaz, en
acuerdo con politiqueros y psicoanalistas oportunistas, de desatar un ataque a
la investigación sobre el orgón.
La decisión de publicar este llamado como un documento histórico fue
tomada en 1947, cuando la plaga emocional conspiraba para matar a la
investigación sobre el orgón (n.b. no con el fin de probar su falta de
fundamentación, sino para aniquilarla a través de la difamación).
Las circunstancias mostraban que al hombre común le era necesario
saber lo que realmente es un científico y psiquiatra, y al mismo tiempo entender
cómo lo ve éste. Conocer la única realidad capaz de contrarrestar su desastrosa
pasión por el poder, y comprender claramente la grave responsabilidad que
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asume en todo lo que hace, cuando trabaja, ama, odia o simplemente platica.
Entender cómo llega a convertirse en un fascista negro o rojo, ambos
igualmente peligrosos para la seguridad de los vivos y para la protección de
nuestros hijos. Esto, no apenas porque tales ideologías, rojas o negras sean
intrínsecamente asesinas, sino también porque transforman a niños sanos en
adultos mutilados, autómatas y moralmente dementes, porque dan preferencia
al Estado sobre la Justicia, a la mentira sobre la verdad, a la guerra sobre la vida;
porque los niños y la preservación de la fuerza vital que reside en ellos son la
única esperanza que nos queda. Un educador y médico sólo conoce una
fidelidad: a la fuerza vital en el niño y en el enfermo. Si esta fidelidad fuera
estrictamente respetada se encontrarían respuestas simples a sus problemas
políticos.
Esta "conversación" no busca presentar recetas existenciales,
simplemente describe las tempestades emocionales por las que pasa un hombre
productivo y amante de la vida. No busca convencer, atraer o conquistar a
nadie, intenta retratar la experiencia, como un acuarelista pinta una tempestad.
El lector no es llamado a testimoniarle simpatía. No encierra alguna intención o
programa. El científico y pensador sólo pide una cosa del lector: una reacción
personal tal como la exteriorizan los poetas y filósofos. Es una protesta contra
los designios secretos e ignorados de la plaga emocional, que bien atrincherada
y asegurada, va capciosamente destruyendo al investigador honesto y
trabajador con sus flechas envenenadas. Muestra cómo es la plaga emocional,
cómo funciona y cómo detiene el progreso. Testimonia también la confianza en
la inexplorada riqueza que se oculta en la "naturaleza humana", dispuesta a
servir a las esperanzas del hombre.
Aquellos que realmente están vivos y son amables y abiertos en sus
relaciones con los demás, en las actuales condiciones se encuentran en peligro.
Ellos asumen que los demás piensan y actúan generosa, amable y solícitamente,
de acuerdo a las leyes de la vida. Esta actitud natural, fundamental para los
niños sanos, así como para el hombre primitivo, inevitablemente representa un
gran peligro en la lucha por una forma de vida racional, mientras subsista la
plaga emocional, porque la persona que padece la plaga emocional impone su
manera de pensar y actuar a sus congéneres. Un hombre amable cree que todos
los hombres son amables, mientras que el infectado por la plaga cree que todos
los hombres mienten, engañan y están sedientos de poder. En tales
circunstancias los vivos se encuentran en una clara desventaja. Cuando dan
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algo a los infectados por la plaga, son chupados hasta los huesos, luego
ridiculizados y traicionados.
Esto siempre ha sido verdad, ya es hora de que los vivos se hagan duros
e inflexibles, pues la firmeza es indispensable en la lucha por salvaguardar y
desarrollar la fuerza vital; ellos no se apartarán de su bondad, mientras
defiendan con coraje a la verdad. Hay motivos para esperanzarse en el hecho de
que entre millones de personas decentes y trabajadoras se encuentran sólo unos
pocos individuos infectados por la plaga, quienes hacen un daño indecible al
apelar a los impulsos oscuros y peligrosos del hombre medio acorazado,
movilizándolo para el asesinato político. Sólo hay un antídoto contra la
predisposición del hombre medio a la plaga emocional: su propio sentimiento
por la vida real. La fuerza vital no busca el poder, sólo pide jugar su parte plena
y sabia en los asuntos humanos. Ella se manifiesta a través del amor, del trabajo
y del conocimiento.
Cualquiera que quiera salvaguardar a la fuerza vital de la plaga
emocional debe aprender a hacer uso del derecho a la libre expresión de que
disfrutamos en América para buenos propósitos, así como la plaga emocional lo
hace para los malos. Dando la misma oportunidad para expresarse, la
racionalidad vencerá al final. ESTA ES NUESTRA GRAN ESPERANZA.
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¡ESCUCHA, PEQUEÑO HOMBRECITO!
Te llaman "pequeño hombrecito", "hombre común" y por lo que dicen,
comenzó tu era, la "Era del hombre común". Pero no eres tú quien lo dice,
pequeño hombrecito, son ellos: los vicepresidentes de las grandes naciones, los
importantes dirigentes del proletariado, los arrepentidos hijos de la burguesía,
los hombres de Estado y los filósofos. Te dan un futuro, pero no te preguntan
por el pasado.
Tú eres heredero de un terrible pasado, tu herencia te quema las manos,
esto es lo que tengo para decirte. La verdad es que todos: el médico, el zapatero,
el mecánico o el educador que quieren trabajar y ganar su pan, deben conocer
sus limitaciones. Hace algunas décadas, tú, pequeño hombrecito, comenzaste a
penetrar en el gobierno de la Tierra; el futuro de la raza humana depende, a
partir de ahora, de la manera como pienses y actúes. Pero ni tus maestros ni tus
señores te dicen cómo eres y piensas realmente, nadie osa dirigirte la única
crítica que te podría convertir en el inquebrantable señor de tu destino. Apenas
eres "libre" en un sentido: libre de la autocrítica que te permitiría conducir tu
vida como tú quisieras. Nunca te escuché quejarte y decir: "ustedes me
promueven a ser futuro señor de mí mismo y de mi mundo, pero no me dicen
cómo hacerlo y no me señalan errores en lo que pienso y hago".
Dejas que los hombres en el poder lo asuman en tu nombre, pero tú
permaneces callado. Confieres a los hombres que detentan el poder, todavía
más poder para que te representen, hombres débiles o mal intencionados. Y
sólo demasiado tarde reconoces que te engañaron una vez más.
Te entiendo, incontables veces te vi desnudo, psíquica y físicamente
desnudo, sin máscara, sin etiqueta política, sin orgullo nacional, desnudo como
un recién nacido o un general en calzones. Oí entonces tus llantos y
lamentaciones; te escuché apelar, esperanzado, tus amores y desdichas. Te
conozco, te entiendo y voy a decirte quién eres, pequeño hombrecito, porque
creo en la grandeza de tu futuro, que sin duda te pertenecerá; por eso mismo,
antes que nada, mírate a ti mismo. Ve cómo eres realmente, escucha lo que
ninguno de tus jefes o representantes se atreve a decirte:
Eres el "hombre medio", el "hombre común". Fíjate bien en el significado
de estas palabras: "medio" y "común"...
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No huyas, ¡ten ánimo y contémplale! "¿Qué derecho tiene este tipo para
decirme eso?". Leo esta pregunta en tus amedrentados ojos, la oigo con su
impertinencia, pequeño hombrecito; tienes miedo de mirar hacia ti mismo,
tienes miedo de la crítica, tal como tienes miedo del poder que te prometen.
¿Qué uso darías a tu poder? No lo sabes. Ni siquiera te atreves a pensar que
podrías ser diferente, libre en lugar de oprimido, directo en lugar de cauteloso,
amando a plena luz y nunca más como un ladrón en la noche. Te desprecias a ti
mismo, pequeño hombrecito, y dices: "¿quién soy yo para tener opinión propia,
para decidir mi propia vida y tener al mundo por mío?" Y tienes razón: ¿quién
eres tú para reclamar derechos sobre tu vida? Déjame decírtelo:
Difieres del gran hombre que verdaderamente lo es apenas en un punto:
todo gran hombre fue, en otro momento, un pequeño hombrecito, pero él
desarrolló una cualidad importante: la de reconocer las áreas en que había
limitaciones y estrechez en su modo de pensar y actuar. A través de alguna
tarea que le apasionase, aprendió a sentir cada vez mejor aquello que en su
pequeñez y mediocridad amenazaba su felicidad. El gran hombre es, pues,
aquel que reconoce cuándo y en qué es pequeño. El pequeño hombrecito es
aquel que no reconoce su pequeñez y teme reconocerla; que trata de enmascarar
su tacañería y estrechez de visión con ilusiones de fuerza y grandeza, fuerza y
grandeza ajenas. Que se enorgullece de sus grandes generales, pero no de sí
mismo; que admira las ideas que no tuvo, pero nunca las que tuvo realmente.
Que cree más arraigadamente en las cosas que menos entiende y que no
cree en nada que le parezca fácil de asimilar.
Comencemos por el pequeño hombrecito que habita en mí:
Durante veinticinco años tomé la defensa, en palabra y por escrito, del
derecho del hombre común a la felicidad en este mundo; te acusé, pues, de
incapacidad para tomar lo que te pertenece, de preservar lo que conquistaste en
las sangrientas barricadas de París y Viena, en la lucha por la independencia
Americana o en la revolución Rusa. Tu París fue a parar a manos de Pétain y
Laval, tu Viena a Hitler, tu Rusia a Stalin, y tu América bien podría conducirse a
un régimen del Ku Klux Klan. Sabes luchar mejor por la libertad que
preservarla para ti y los otros. Siempre lo supe. Lo que no entendía, sin
embargo, era por qué cada vez que intentabas arrastrarte penosamente fuera
del lodo, acababas hundiéndote todavía más. Después, poco a poco, a tientas y
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observando pacientemente alrededor, entendí lo que te esclaviza; TU, ERES TU
PROPIO NEGRERO. Lo cierto es que nadie más que tú es el culpable de tu
esclavitud. ¡Nadie más que tú!, ¡soy yo quien te lo dice!
¿No lo habías escuchado, verdad? Tus libertadores te aseguran que tus
opresores se llaman: Guillermo, Nicolás X, El Papa Gregorio XXVIII, Morgan,
Krupp y Ford, y que tus libertadores se llaman Mussolini, Napoleón, Hitler y
Stalin, pero yo afirmo:
¡Sólo tú puedes liberarte!
Esta frase, sin embargo, me hace vacilar.
Me nombro paladín de la pureza y la verdad. Pero ahora que se trata de
decirte la verdad, vacilo, temiéndote a ti y a tu actitud hacia la verdad. La
verdad es un peligro para la vida cuando es a ti a quien concierne. La verdad
puede ser saludable o beneficiosa, pero no hay pueblo que no se lance sobre ella
para defraudarla. De otro modo, no serías lo que eres y no estarías donde estás.
Intelectualmente sé que debo decir la verdad a toda costa, pero el
pequeño hombrecito que se alberga en mí me advierte: estúpido, te expones, te
entregas al pequeño hombrecito.
El pequeño hombrecito no está interesado en escuchar la verdad acerca
de sí mismo; no desea asumir la gran responsabilidad que le corresponde, que
es suya, quiéralo o no. Quiere permanecer así, o cuando mucho quiere volverse
uno de esos grandes hombres mediocres -ser rico, jefe de un partido, de la
Asociación de Veteranos de Guerra, o secretario de la Sociedad de Promoción
de la Moral Pública. Pero asumir la responsabilidad de su trabajo, alimentación,
alojamiento, transporte, educación, investigación, administración pública,
explotación minera, eso nunca.
Y el pequeño hombrecito que se acoge dentro de mí agrega: "ahora eres
un gran hombre conocido en Alemania, Austria, Escandinavia, Inglaterra,
Estados Unidos, Palestina. Los comunistas te atacan, los "defensores de los
valores culturales" te odian, los enfermos que curaste te admiran, los que sufren
de la peste emocional te persiguen. Escribiste doce libros y ciento cincuenta
artículos sobre la miseria de la existencia, sobre el sufrimiento del hombre
común. Tus trabajos son enseñados en las universidades; otros grandes
hombres igualmente solitarios, confirman tu prestigio y te colocan entre los
mayores intelectos de la historia de la ciencia. Hiciste uno de los mayores
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descubrimientos científicos en muchos siglos, el de la energía cósmica de la vida
y las leyes de la materia viva, convertiste al cáncer en un fenómeno
comprensible. Has dicho la verdad; por todo esto fuiste perseguido de país en
país; descansa ahora, goza de los frutos de tu éxito, de tu prestigio, en pocos
años tu nombre será conocido por todos, basta ya con lo que hiciste. Recógete
ahora a reposar, a estudiar la ley funcional de la naturaleza".
Esta es la conversación del pequeño hombrecito dentro de mí y que te
teme a ti, pequeño hombrecito.
Durante mucho tiempo estuve en contacto contigo porque conocía tu
vida a través de mi propia existencia y porque quería ayudarte. Me mantuve
cerca de ti, porque veía que te era útil y que aceptabas mi ayuda con placer, no
pocas veces con lágrimas en los ojos. Sólo después percibí que aceptabas mi
trabajo pero que no eras capaz de defenderlo. Lo defendí, y luché para ti, por ti.
Fue entonces que tus jefes lo destruyeron, y tú los seguiste en silencio. Seguí en
comunión contigo, tratando de encontrar la manera de ayudarte sin zozobrar,
fuera como tu dirigente, fuera como tu víctima.
Y el pequeño hombrecito que reside en mí intentaba convencerte,
"salvarte", merecer el respeto que consagras a las matemáticas superiores, por
no tener la mínima idea de lo que son. Cuanto menos entiendes más aprecias.
Conoces a Hitler mejor que a Nietzsche, a Napoleón mejor que a Pestalozzi.
Cualquier monarca significa más para ti que Sigmund Freud. Al pequeño
hombrecito que vive en mí le gustaría tenerte en las manos mediante el proceso
habitual de recurrir al redoble de los jefes.
Te temo sin embargo, cuando mi pequeño hombrecito desea "conducirte
hacia la libertad", y eso porque podrías descubrir la misma identidad mediocre
en ti y en mí, y asustado, matarte en mi persona. Fue por eso que dejé de ser
esclavo de tu libertad y de desear morir por ella.
Sé que todavía no me entiendes cuando te hablo de "la libertad de ser
esclavo de algo", idea que no es fácil. Para no ser fiel esclavo de un único señor,
y ser un esclavo cualquiera, se tendrá, en primer lugar, que matar al opresor,
digamos por ejemplo, al Zar. Este crimen político nunca podría ser perpetrado
sin un gran ideal de libertad y motivos revolucionarios. Por lo tanto es
necesario fundar un partido revolucionario de libertad bajo la protección de un
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hombre verdaderamente grande, sea éste: Jesús, Cristo, Marx, Lincoln o Lenin.
Claro está que este gran hombre tomará tu libertad muy en serio. Para
imponerla tendrá que rodearse de una multitud de hombres menores,
ayudantes y ejecutantes, dada la inmensidad de la tarea para un solo hombre.
Tú no lo entenderías y lo harías a un lado si él no se rodeara de pequeños
grandes hombres. Así rodeado, él conquista el poder para ti, o una parcela de
verdad o una nueva y mejor creencia. Escribe testamentos, promulga leyes
asegurando la libertad, contando con tu apoyo, seriedad y prontitud. Te arranca
del pantano social donde te encontrabas inmerso. Para mantener solidarios a los
muchos compañeros de menor estatura, para conservar tu confianza, el hombre
verdaderamente grande sacrifica poco a poco su grandeza, que sólo puede
cultivar en su profunda soledad espiritual, lejos de ti y de tu bullicio cotidiano,
pero en estrecho contacto con tu vida. Para poderte guiar tendrá que conseguir
que lo transformes en un dios inaccesible, puesto que jamás obtendría tu
confianza si permaneciera siendo el hombre simple que es. Un hombre a quien,
por ejemplo, le fuese posible amar a una mujer sin estar casado con ella. Y así
engendrarás un nuevo amo; promovido a su nuevo papel señorial el gran
hombre decae, puesto que la grandeza le venía de la entereza, la simplicidad, el
coraje y la proximidad a la vida. Sus mediocres seguidores, grandes gracias a su
aura, asumen los altos cargos de las finanzas, de la diplomacia, del gobierno, de
las ciencias y de las artes -y tú te quedas donde estabas: en el pantano, pronto a
desgarrarte nuevamente en nombre del "futuro socialista" o del "tercer
Reich"- continuarás viviendo en barracas con tejados de paja y paredes
rebasadas de estiércol, pero muy ufano de tus palacios de la cultura popular. Te
basta con la ilusión de que gobiernas. Hasta que sobrevenga la próxima guerra
y la caída de los nuevos tiranos.
En países lejanos, hombres mediocres estudiaron tenazmente tu anhelo
de ser esclavo y descubrieron cómo convertirse en grandes hombres mediocres
con un mínimo de esfuerzo intelectual. Estos hombres provienen de tus propias
filas, nunca habitaron en palacios. Pasaron hambre y sufrieron como tú -pero
aprendieron a acortar el proceso de cambio de los jefes. Aprendieron que cien
años de arduo trabajo intelectual en pro de tu libertad, de grandes sacrificios
personales por tu bienestar y de ofrendar hasta la vida por los intereses de tu
liberación, era un precio demasiado alto para tu próxima nueva esclavitud.
Todo lo que pudiese haber sido elaborado o sufrido en cien años de vida de
grandes pensadores, podría ser destruido en menos de cinco años. Los
hombrecillos de tu estirpe van así a abreviar el proceso: lo hacen más abierta y
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brutalmente. Y te dicen sin rodeos que tú, tu vida, tus hijos y tu familia no
cuentan, que eres estúpido y servil y que pueden hacer de ti lo que les dé la
gana.
Y en lugar de libertad personal te prometen libertad nacional. No te
prometen dignidad personal, pero si respeto por el Estado; grandeza nacional
en lugar de grandeza personal, y como "libertad personal" y "grandeza" son
para ti conceptos extraños y oscuros mientras que "libertad personal" e
"intereses del Estado" son palabras que te llenan la boca como huesos que le
hacen agua la boca a un perro, no haya nada que les niegues. Ninguno de esos
hombres mediocres paga por la auténtica libertad el precio que pagaron
Giordano Bruno, Cristo, Karl Marx o Lincoln. Tú no les interesas ni un ápice. Te
desprecian como tú te desprecias, pequeño hombrecito. Y te conocen bien,
mucho mejor que lo que un Rockefeller o los conservadores. Conocen tus
podredumbres como sólo tú mismo las deberías conocer. Te sacrifican a un
símbolo y eres tú mismo quien les confiere el poder que ejercen sobre ti. Tú
mismo erigiste a tus tiranos, y eres tú quien los alimenta, a pesar de que se han
arrancado las máscaras, o tal vez por eso mismo. Ellos mismos te dicen, clara y
abiertamente, que eres una "criatura inferior, incapaz de asumir
responsabilidades" y que así deberás permanecer. Y los nombras tus nuevos
"salvadores" y les gritas "¡VIVAS!".
Es por eso que yo tengo miedo de ti, pequeño hombrecito, un miedo sin
límites, porque de ti depende el futuro de la humanidad, y tengo miedo de ti
porque no existe nada a lo que más huyas que a encararte contigo mismo. Estás
enfermo, pequeño hombrecito, muy enfermo. Aunque la culpa no sea tuya,
pero es a ti a quien toca liberarse de tu enfermedad. Ya hace mucho tiempo que
hubieras derribado a tus verdaderos opresores si no tolerases la opresión y tú
mismo no la apoyases. No hay fuerza policiaca en el mundo que pueda
prevalecer contra ti, si en tu vida cotidiana tuvieses al menos una sombra de
respeto por ti mismo; si tuvieras la profunda convicción de que, sin tu esfuerzo,
la vida sobre la Tierra no sería posible ni una hora más. ¿Te ha dicho esto tu
libertador? ¡NO! Te llama "proletario del mundo" pero no te dice que tú y sólo
tú eres responsable por tu vida (en lugar de ser responsable por la "honra de la
patria").
Tendrás que entender que eres tú quien transforma hombres mediocres
en opresores y vuelves mártires a los verdaderamente grandes; que los
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crucificas, los asesinas, los dejas morir de hambre, que no te inquietas para nada
con sus esfuerzos y las luchas que traban en tu nombre, que no tienes la menor
idea de cuánto les debes, de lo poco de satisfacción y plenitud de que gozas en
la vida. Dices: "Antes de confiar en ti, me gustaría saber cuál es tu filosofía de la
vida".
Cuando conozcas mi filosofía de la vida vas a correr con el presidente
del Congreso, o al "Comité contra las Actividades Antiamericanas", o al F.B.I., o
al G.P.U., o a la prensa amarillista, o al Ku Klux Klan, o a los "Líderes de los
proletarios de todo el mundo".
No soy rojo, ni blanco, ni negro, ni amarillo.
No soy cristiano, ni judío, ni mahometano, ni mormón. Tampoco soy
homosexual, polígamo, anarquista o miembro de una secta secreta.
Hago el amor con mi mujer porque la amo y la deseo, no porque tenga
un acta matrimonial o para satisfacer mis necesidades sexuales.
No les pego a los niños, no voy a pescar, ni cazo venados ni conejos,
pero no tengo mala puntería y me gusta acertar en el blanco.
No juego bridge ni doy fiestas con el fin de divulgar mis teorías, si lo
que pienso es correcto, se divulgará por si mismo.
No someto mi trabajo a las autoridades oficiales de salud, a no ser que
ellos puedan entenderlo mejor que yo. Yo soy el que decide quién puede
manejar el conocimiento y particularidades de mis descubrimientos. Observo
estrictamente el cumplimiento de las leyes cuando tienen sentido, y lucho
contra ellas cuando son obsoletas o absurdas, (ya no corras hacia el presidente
de la Cámara, pequeño hombrecito, ¡porque si él fuera un hombre decente haría
lo mismo!)
Deseo que los niños y los adolecentes experimenten con el cuerpo la
alegría del placer, tranquilamente, sin represiones.
No creo que para ser religioso, en el verdadero sentido de la palabra, sea
necesario destruir la vida afectiva, momificarse en cuerpo y espíritu.
Sé que aquello que llamas "dios" existe, pero de forma diferente a como
lo piensas; es la energía cósmica primordial del universo, tal como el amor que
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anima tu cuerpo, tu honestidad y el sentimiento de naturaleza en ti o a tu
alrededor.
Pongo en la calle a cualquiera que, bajo cualquier insignificante
pretexto, intente interferir en mi trabajo clínico y pedagógico con enfermos y
niños. En un tribunal lo confrontaría con algunas preguntas simples y claras, a
las que no le sería posible responder sin que se le cubriera la cara de vergüenza
para el resto de la vida. Lo haría porque soy un hombre trabajador que sabe lo
que un ser humano es por dentro, que sabe lo que vale el otro y que desea que
el trabajo gobierne al mundo y no las opiniones sobre el trabajo; tengo mi
opinión y sé distinguir una mentira de la verdad que cotidianamente empleo
como instrumento y que sé mantener limpio después de usarlo.
Tengo mucho miedo de ti pequeño hombrecito, un enorme y profundo
miedo, y no siempre fue así. Yo ya fui un pequeño hombrecito entre millones de
otros. Hoy, como científico y psiquiatra, sé que tu enfermedad es mala y
peligrosa. Aprendí a reconocer el hecho de que es tu enfermedad emocional la
que te destruye minuto a minuto y no algún poder exterior. Hace mucho que ya
hubieras suprimido a los tiranos, si estuvieras vivo y sano en tu interior. Hoy en
día tus opresores vienen de tus propias filas, tal como en otros tiempos venían
de los estratos más altos de la jerarquía social. Y todavía son más mediocres que
tú, pequeño hombrecito, porque conociendo por experiencia tu miseria, es
necesaria mucha más mediocridad para utilizar ese conocimiento con vista a tu
supresión todavía más perfecta, cruel y eficazmente.
Tú no tienes siquiera la capacidad de reconocer a un hombre
verdaderamente grande. Su modo de ser o su sufrimiento, sus aspiraciones,
coraje y luchas en tu nombre, te son completamente ajenos. Ni siquiera
entiendes que existen hombres y mujeres incapaces de suprimirte o explotarte y
que realmente desean que seas libre, realmente libre; no te agradan porque son
de otra naturaleza, son simples y directos; para ellos, la verdad es valuada de la
misma forma como tú valoras el engaño; ven seria y afligidamente el destino de
los hombres; pero la sensación de que apenas miran a través de ti, te da miedo.
Sólo los aclamas, pequeño hombrecito, cuando muchos otros pequeños
hombrecitos te dicen que esos grandes hombres son grandes; tienes miedo de
ellos, de lo cerca que están de la vida y del amor. El gran hombre te ama
simplemente como criatura humana, como ser vivo.
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Sólo desea que termine tu sufrimiento y que calles tu cacareo milenario.
Que ya no seas la bestia de carga que han hecho de ti, porque ama la vida y
desearía verla libre de sufrimiento e ignominia. Eres tú el que lleva a los
hombres verdaderamente grandes a despreciarte, a retirarse con tristeza de tu
convivencia mediocre, a evitarte y lo peor de todo, a tener compasión por ti. Si
fueses psiquiatra, pequeño hombrecito, un Lombroso por ejemplo, intentarías
aplastarlo como a un criminal irrecuperable o psicópata. Porque los objetivos en
la vida de un gran hombre son diferentes a los tuyos -no consisten en la
acumulación de bienes, ni en el matrimonio socialmente adecuado para sus
hijas, ni su carrera política, ni en la obtención de honores académicos o del
premio Nobel. Y porque no es como tú, lo llamas "genio" o "excéntrico". Pero el
gran hombre apenas se reserva el derecho de ser un ser humano; lo llamas
"antisocial" porque prefiere su escritorio de trabajo o su laboratorio, su línea de
pensamiento y su trabajo a tus fiestecillas ridículas y sin sentido. Lo llamas loco
porque prefiere gastar su dinero en la investigación científica en lugar de
comprar acciones u otros bienes así como tú lo haces. En tu degeneración
abismal, pequeño hombrecito, osas considerar como "anormal" al hombre
simplemente recto, puesto que lo comparas contigo, prototipo de la
"normalidad" o el "homo normalis". Al medirlo con tu estrecha medida, no le
encuentras las dimensiones de tu normalidad, ni entiendes que eres tú, pequeño
hombrecito, quien lo aleja de tus reunioncillas sociales que le son insoportables,
sean las tabernas o los salones de baile, porque te ama y desea genuinamente
ayudarte. ¿Qué es lo que lo convierte así, después de varias décadas de
sufrimiento?; tú, con tu irresponsabilidad, con tu tacañería, con tu incapacidad
de reflexionar y tus "verdades eternas" que no sobreviven a diez años de
progreso social; acuérdate de todas las cosas que tomaste por ciertas durante los
pocos años que transcurrieron entre la 1ª y la 2ª guerra mundial; ¿cuántas
reconociste como equivocadas? ¿de cuántas fuiste capaz de retractarte? De
ninguna, pequeño hombrecito, porque el hombre realmente grande piensa
cautelosamente, pero cuando se adhiere a una idea, piensa a largo plazo. Y eres
tú, pequeño hombrecito, el que hace del gran hombre un paria, cuando su
pensamiento correcto y duradero enfrenta la mezquindad y lo precario de tus
convicciones. Eres tú quien lo condena a la soledad, pero no a la soledad que
genera grandes obras, sino a la soledad de la incomprensión, del temor y del
odio. Porque tú eres "el pueblo", "la opinión pública" y "la consciencia social";
¿ya pensaste alguna vez la responsabilidad gigantesca que estos atributos te
confieren, pequeño hombrecito?, ¿ya te preguntaste a ti mismo (¡di la verdad
ahora!) si tu pensamiento es correcto, ya sea desde el punto de vista de la
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trayectoria social en que estás inserto, sea el de la naturaleza, sea el de estar de
acuerdo con los actos humanos de una figura, como por ejemplo, la de Cristo?
No, pequeño hombrecito, nunca te inquietaste con la posibilidad de que lo que
piensas esté errado, pero sí por lo que iría a pensar tu vecino, o con el posible
precio de tu honestidad; éstas fueron las únicas preguntas que te hiciste.
Y después de condenar al gran hombre a la soledad, lo habitual en ti es
olvidarlo. Sigues tu camino, diciendo otras tonterías, cometiendo otras bajezas,
hiriendo de nuevo, olvidando. Pero es parte de la naturaleza del gran hombre
no olvidar ni vengarse sino intentar entender LA INCONSISTENCIA DE TU
COMPORTAMIENTO.
Sé que también te es extraño que así sea; sin embargo créeme: el
sufrimiento que infringes inconscientemente -y que muchas veces luego
olvidas- es para el gran hombre, aunque sea incurable, motivo de reflexión en
tu nombre, no por la grandeza de tus actos viles, sino exactamente por su
pequeñez; y es él quien se interroga sobre lo que te lleva a maltratar al marido o
a la mujer que te desilusiona, a torturar a tus hijos porque les desagradan a las
viciosas y vecinos; a despreciar y a explotar a alguien sólo porque es
bondadoso; a recibir cuanto te dan y a dar cuando te exigen, pero nunca a dar
cuando lo que te es dado lo es por amor, a pegar a quien ya esté abatido; a
mentir cuando te es pedida la verdad, y a perseguirla más que a la mentira.
Pequeño hombrecito, tú siempre estás del lado de los opresores.
Para que lo estimases y te cayese en gracia, el gran hombre tendría que
adaptarse a tu modo de ser, pequeño hombrecito, hablar como tú y ensalzar las
mismas virtudes. La verdad es que, si ostentase tus virtudes, hablase tu
lenguaje y gozase de tu amistad, no sería más grande, auténtico y sencillo.
Prueba de esto es que tus amigos, que dicen exactamente lo que esperas que
ellos digan, nunca fueron grandes hombres; tú no puedes creer que cualquier
amigo tuyo pueda lograr algo grande. En lo más íntimo de ti mismo te
desprecias, aun cuando -o particularmente cuando- alabas tu dignidad; y si te
desprecias ¿cómo podrías respetar a tus amigos? Nunca podrías creer que
alguien que se sentase a tu mesa o viviese en la misma casa contigo, pudiese
realizar algo que fuera grandioso.
Cerca de ti es difícil pensar, pequeño hombrecito; apenas es posible
pensar acerca de ti, nunca contigo. Porque tú sofocas cualquier pensamiento
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original; tal como una madre les dice a los niños que exploran su mundo: "Esto
no es propio para los niños". Como un profesor de biología dices: "Esto no es
asunto para los buenos alumnos, ¿qué les pasa, dudan de la teoría de los
gérmenes en el aire?". Como un profesor de primaria, dices: "los niños son para
ser vistos y no para ser oídos". Como una mujer casada, dices: "¡Ah, la
investigación!, tú y tu investigación. ¿Por qué no vas a una oficina como toda la
gente, a ganarte decentemente la vida?". Pero tú crees en todo cuando se escribe
en los periódicos, lo entiendas o no.
Te garantizo, pequeño hombrecito, que has perdido el sentido de lo que
más vale en ti mismo. Lo sofocas en tus manos; lo matas en ti y donde sea que
lo encuentras en los demás, en tus hijos, en tu mujer, en tu marido, en tu padre
y en tu madre; eres mediocre y quieres seguir siéndolo.
¿Me preguntas cómo es que sé todo esto?, te digo: te conozco, te
experimenté y me experimenté contigo. Como terapeuta te liberé de tu
mezquindad, como educador te orienté en el sentido DE LA GRANDEZA, DE
LA CONFIANZA. Sé cómo te defiendes de la espontaneidad, sé el terror que te
da cuando te piden que seas tú mismo, auténtico, genuino.
Sé que no eres solamente mediocre, pequeño hombrecito. Sé que tienes
también tus grandes horas de "júbilo" y "exaltación" de "vuelo". Pero te falta
coraje para subir cada vez más alto, para mantener tu propia exaltación. Tienes
miedo de los vuelos altos, miedo de la altura y de la profundidad. Nietzsche ya
te ha dicho esto mucho mejor, hace ya muchos años. Sólo que no te dice por qué
es así. Intentó transformarte en un super-hombre, en un UBERMENSCH que
superase lo que tienes de humano. El UBERMENSCH se transformó en un
"FUHRER-HITLER". Tú te quedaste en un UNTERMENSCH; yo desearía que
fueses apenas tú mismo. "Tú mismo", en lugar del periódico que lees o de la
flaca opinión del vecino; sé que no sabes lo que eres y cómo eres en lo
profundo. Sé que en lo profundo eres como una gacela, como tu propio dios,
como tu poeta, o tu sabio.
Pero crees ser miembro de La Legión de Honor o de tu Club de boliche
o del Ku Klux Klan. Y como lo crees, actúas en consecuencia. También esto ya
fue dicho por otros: Heinrich Mann, en Alemania, hace veinte años, Upton
Sinclair, John Dos Passos y otros, en los Estados Unidos. Pero tú nunca oíste
hablar de Mann o de Sinclair. Sólo conoces a los campeones de Box y a Al
Capone. Si tuvieses que escoger entre el ambiente de una biblioteca y el de una
taberna, escogerías este último.
14
Wilhelm Reich
Exiges que la vida te conceda la felicidad, pero la seguridad te es más
importante, aunque cueste la dignidad o la vida. Como nunca aprendiste a
generar felicidad, o a gozarla y protegerla, no conoces el coraje de un individuo
recto; ¿quieres saber lo que eres pequeño hombrecito? Escucha los anuncios
publicitarios de tus laxantes, de tus pastas de dientes y desodorantes. No
distingues la abismal estupidez y mal gusto de las cosas que se destinan a
quedar en tus oídos. ¿Alguna vez prestaste atención a los chistes que los
cómicos dicen acerca de ti en los teatros de revista? Chistes sobre ti y sobre él,
chistes de un mundo vulgar y desgraciado. Escucha tu publicidad sobre los
laxantes y sabrás quién eres.
¡Escucha, pequeño hombrecito!: La miseria de la existencia humana es
visible a la luz de cada uno de tus pequeños horrores. Cada uno de tus actos
mezquinos te hace retroceder mil pasos con respecto a cualquier esperanza que
pueda quedar en cuanto a tu futuro. Y sientes esto tan penosamente que, para
no saberlo, inventas chistes de mal gusto y los llamas "sentido del humor". Oyes
el chiste que te humilla y te ríes con los otros. Te ríes del pequeño hombrecito
sin entender que es de ti de quien te ríes, que el chiste está en ti igual que en
millones de pequeños hombrecitos. ¿Alguna vez te preguntaste por qué razón
has sido motivo a lo largo de los siglos de tal júbilo malicioso? ¿Alguna vez te
diste cuenta de cuan ridícula aparece la gente común en las películas? Voy a
intentar decirte por qué razón eres ridículo y te lo voy a decir porque te tomo
muy, pero muy en serio: Siempre consigues faltar a la verdad en aquello que
piensas, al igual que el excelente tirador que, si así lo desea, consigue acertar
siempre, abajo del centro del blanco. Hace ya mucho tiempo que podrías ser
señor de ti mismo si intentases pensar correctamente, sólo que tú piensas así:
"La culpa es de los judíos", dices: "¿Qué es un judío?" pregunto yo. Y contestas:
"Son personas con sangre judía". "¿Cuál es la diferencia entre la sangre judía y la
otra?". Aquí paras, vacilas, te quedas confuso y respondes: "Quiero decir la raza
de los judíos". "¿Qué es raza?", pregunto yo. "¿Raza?". Es simple, así como existe
una raza germánica, existe la raza de los judíos". "¿Qué es lo que caracteriza a la
raza de los judíos?". "Bueno, un judío tiene el cabello negro, una protuberante
nariz y ojos muy vivos, los judíos son avaros y capitalistas". "¿Ya viste alguna
vez a un francés del sur o a un italiano al lado de un judío? ¿Sabes
distinguirlos?". "Eso no lo sé muy bien". "Bueno, entonces que es un judío?. Los
análisis de sangre no muestran ninguna diferencia, no se distingue de la de un
francés o de un italiano, y ya viste alguna vez judíos alemanes?". "Ya, sin
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embargo, parecen alemanes". "¿Y qué es un alemán?". "Un alemán pertenece a
la raza aria nórdica". "¿Los hindúes son arios?". "Sí, son". "¿Y son nórdicos?".
"No". "¿Y rubios?". "No". "¡Bueno, entonces no sabes lo que es un alemán o un
judío!". "Pero hay judíos". "Pues los hay, tal como hay cristianos o
mahometanos". "Yo me refiero a la religión judaica". "¿Roosevelt era holandés?".
"No". "¿Entonces por qué llamas judío a un descendiente de David, si no llamas
holandés a Roosevelt?". "Con los judíos es diferente". "¿Y en qué es diferente?"
"No sé".
Es así como desatinas, pequeño hombrecito, y sobre tus desatinos
levantas ejércitos capaces de asesinar a diez millones de personas, porque son
"judíos", sin que tú sepas decir siquiera qué es un judío. Y es por eso que eres
ridículo; lo mejor es evitarte cuando se tiene algo serio que hacer, es por eso que
permaneces en el pantano. Cuando dices "judío" te sientes superior y eres
forzado a decirlo por tu propia miseria, pues lo que matas en el judío es lo
mismo que tú sientes que eres, pero esto es apenas una ínfima parte de tu
verdad, pequeño hombrecito.
Cuando dices "judío", lleno de arrogancia y desprecio, sientes menos tu
propia mezquindad. Sólo recientemente me di cuenta de que así era. Llamas
"judío" a quien te inspira muy poco o demasiado respeto. Y como si hubieras
sido enviado a la Tierra por algún poder superior, te apropias del derecho de
decidir quién es un judío. Pero yo no te reconozco el derecho a usarlo, seas un
pequeño judío o un pequeño ario. Soy el único con derechos a determinar qué
soy. Biológica y culturalmente soy un mestizo y me enorgullezco de ser el
producto intelectual y físico de todas las razas, clases y naciones; no finjo
pertenecer a una "raza pura" como tú, o pertenecer a una "clase pura"; de no ser
chauvinista, como tú; un fascistoide de todas las naciones, clases y razas; me
consta que en Israel rechazaste a un técnico judío por el simple hecho de no
estar circuncidado; no tengo más afinidad con los judíos fascistas que con
cualquier otro, no me conmueve ningún sentimiento sobre la lengua, la religión
o la cultura judía, no creo más en el dios judío de lo que pudiera creer en el dios
cristiano o hindú, pero sé de dónde sacas a tu dios, no creo que los judíos sean
"el pueblo elegido por dios". Creo que algún día los judíos se perderán entre las
masas de animales humanos en este planeta y que esto será bueno para ellos y
sus descendientes. No te gusta escuchar esto, pequeño hombrecito judío. Te
aferras a tu judaísmo porque te desprecias, a ti mismo y a los que te rodean
como judíos. El judío es el peor antisemita de todos. Esto es una vieja verdad.
Pero yo no te desprecio ni te odio, simplemente no tengo nada en común
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Wilhelm Reich
contigo, por lo menos no más de lo que tengo con un chico o un mapache, a
saber, que nuestro origen común es el de la materia cósmica. ¿Por qué sólo
regresas hasta Sem, y no hasta el protoplasma? Para mí la vida tiene su inicio en
las contracciones plasmáticas y no en la teología de un rabino.
Le llevó millones de años a tu evolución pasar de una medusa a un
bípedo terrestre; tu aberración biológica bajo la forma de rigidez, es de apenas
seis mil años; llevará como quinientos o tal vez cinco mil años hasta que
redescubras en ti la naturaleza, a la medusa en ti.
Descubrí en ti la medusa y te la describí con claridad, cuando me
escuchaste por primera vez; me llamaste genio, te acuerdas sin duda, fui a
Escandinavia, tú andabas buscando a un nuevo Lenin, pero yo tenía cosas más
importantes que hacer y decliné la función.
También me proclamaste el nuevo Darwin, el Marx, el Pasteur, el Freud.
Te dije ya hace muchos años que tú también podrías hablar y escribir como yo,
si no pasaras la vida saludando a tus nuevos mesías. Porque tus gritos te
destrozan la razón y paralizan tu naturaleza creadora.
¿No eres tú quien persigue a la "madre soltera" como a una criatura
inmoral, pequeño hombrecito? ¿No eres tú quien establece una severa
distinción entre los hijos "legítimos" e "ilegítimos"? Qué pobre criatura eres
corriendo sin rumbo en este valle de lágrimas. ¡No entiendes ni tus propias
palabras! No eres tú el que veneras al niño Jesús, niño que nació de una madre
que no poseía un acta matrimonial; lo que tú veneras en el niño Jesús es tu
deseo de libertad sexual; tú, pequeño hombrecito obsesionado por el
matrimonio, hiciste del niño Jesús, nacido "ilegalmente", el hijo de dios que no
reconoce la ilegitimidad de los niños, para luego, en la persona de Paulo el
apóstol, perseguir a los niños nacidos del amor y proteger bajo el poder de las
leyes religiosas, a los nacidos del odio; ¡eres realmente un desgraciado, pequeño
hombrecito!
Tus automóviles y camiones atraviesan los puentes que el gran Galileo
inventó; ¿sabías, pequeño hombrecito de todos los países, que el gran Galileo
tuvo tres hijos sin tener acta matrimonial? Esto no se lo dices a los niños en la
escuela. ¿Y no fue también por eso que lo sometiste a tortura?
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¿Sabías, pequeño hombrecito de la "patria de los pueblos eslavos" que tu
gran Lenin, padre de los trabajadores de todo el mundo (o de todos los eslavos),
al tomar el poder abolió tu matrimonio compulsivo? y ¿sabías que él mismo
vivió con una mujer sin acta matrimonial?. Pero de esto tú hiciste un secreto,
¿no es verdad, pequeño hombrecito? Y fue entonces que por la mano del jefe de
todos los eslavos, reestableciste las leyes referentes a la obligatoriedad del
casamiento, porque no sabías qué hacer con la libertad que te fue concebida por
Lenin.
Pero qué es lo que tú sabes de todo esto, tú que no tienes la más mínima
idea de lo que es la verdad, o la historia o la lucha por la libertad. ¿Quién eres tú
para tener opinión propia?
Ni siquiera percibes que las leyes que regulan tu vida matrimonial emanan
naturalmente de tu espíritu pornográfico y de tu irresponsabilidad sexual.
Te sientes infeliz, mediocre, repulsivo, impotente, sin vida, vacío; no
tienes mujer, y, si la tienes, vas con ella a la cama sólo para probar que eres
"hombre"; no sabes lo que es el amor, tienes estreñimiento, tomas laxantes,
hueles mal y tu piel es pegajosa, desagradable; no sabes tomar a tu hijo en
brazos, de modo que lo tratas como un perro a quien puedes golpear a
voluntad. Tu vida va caminando bajo el signo de la impotencia, interfiriendo en
lo que piensas y en tu trabajo. Tu mujer te abandona porque eres incapaz de
darle amor, sufres de fobias, nerviosismo, palpitaciones, tu pensamiento se
dispersa en rumiaduras sexuales. Té hablan de mi economía sexual y te dicen
que yo te entiendo y quiero ayudarte, algo que te permitiría vivir de noche tu
sexualidad y que te dejaría libre durante el día para pensar y trabajar. Que te
haría tener en los brazos a una mujer sonriente en lugar de desesperada, ver a
tus hijos sanos en lugar de pálidos; amorosos en lugar de crueles. Pero cuando
oyes hablar de economía sexual dices: "El sexo no lo es todo, hay otras cosas
importantes en la vida". Así eres, pequeño hombrecito.
O supongamos que eres un "marxista" o un "revolucionario
profesional", futuro "dirigente de los proletarios del mundo". Dices querer
liberar al mundo de su sufrimiento. Los trabajadores, engañados,
desilusionados, huyen de ti y tú gritas mientras corres a su alcance: "Esperen,
masas proletarias. ¡Soy su libertador! ¿Por qué no lo admiten? ¡Abajo el
capitalismo! ". Yo les doy vida a tus masas, pequeño revolucionario, les hablo
de la miseria de sus pequeñas vidas, me escuchan con entusiasmo y esperanza.
Acuden a tus organizaciones, donde esperan encontrarme. Y entonces, qué
18
Wilhelm Reich
dices: "La sexualidad es una desviación pequeño-burguesa. Lo que cuenta es el
factor económico". Y lees los libros de Van de Valde sobre técnicas sexuales.
Cuando un gran hombre dedicó su vida a intentar dar a tu
emancipación económica una base científica, lo dejaste morir de hambre.
Mataste la primera campaña de verdad en contra de tu desviación de las leyes
de la vida; cuando, a pesar de ti, su campaña logró éxito, le quitaste las riendas
de la administración y lo aplastaste por segunda vez. La primera vez el gran
hombre disolvió tu organización. La segunda estaba ya muerto y nada podía
contra ti. No entendiste que él había descubierto en tu trabajo el poder de vida
que crea el valor. No entendiste que su reflexión sociológica pretendía
salvaguardar a tu "sociedad" contra tu "estado". "¡No entiendes nada!"
Y con tus factores económicos no vas muy lejos. Otro gran hombre se
mató trabajando para probarte que tenías que mejorar tus condiciones
económicas para que tu vida tuviese sentido y gusto; que individuos con
hambre jamás harán progresar la civilización. Que todas las condiciones de vida
habrán de tener lugar aquí y ahora, sin excepción; que tendrás que emanciparte,
tú y tu sociedad, de todas las formas de tiranía. Este otro gran hombre cometió
apenas dos errores al intentar esclarecerte. Creyó en serio en tu capacidad de
emancipación. Creyó que una vez conquistada tu libertad serías capaz de
preservarla. Cometió también otro error: consentir que tú, proletario, te
convirtieses en dictador.
¿Y sabes lo que hiciste, pequeño hombrecito, con el manantial de
sabiduría y creación que te legó este hombre? Sólo te quedó una palabra en el
oído: ¡Dictadura!. De todo lo que te donara un gran espíritu y un gran corazón,
sólo una palabra se te quedó: ¡Dictadura!. Tiraste todo lo demás, la libertad, la
claridad y la verdad, la solución de los problemas de la servidumbre
económica, la metodología de la planificación del futuro -todo lo echaste por la
borda: libertad, respeto a la verdad, liberación de la esclavitud económica,
pensamiento metódico y constructivo. Y sólo la infeliz elección de una palabra,
aunque bien intencionada, te cayó en gracia: ¡Dictadura!
Sobre esta pequeña negligencia de un gran hombre construiste todo un
sistema gigantesco de mentiras, persecución, tortura, deportaciones,
ahorcamientos, policía secreta, espionaje y denuncia, uniformes, mariscales y
medallas -mientras tanto, echabas fuera todo lo demás. ¿Comienzas a percibir
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cómo funcionas, pequeño hombrecito? ¿Todavía no? Intentémoslo de nuevo: las
"condiciones económicas" de tu bienestar en la vida y en el amor, las
confundiste con "mecanización"; la emancipación de los hombres, con la
"grandeza del estado"; la disposición a sacrificarse por los grandes propósitos,
con la estúpida y estrecha "disciplina de partido"; el levantamiento de las
masas, con los desfiles de artillería; la liberación del amor, con la violación de
todas las mujeres de las que pudiste echar mano al llegar a Alemania; la
eliminación de la pobreza, con la erradicación de los pobres, de los débiles y de
los inadaptados; la asistencia a la infancia, con la "formación de patriotas"; el
control de la natalidad, con medallas a las "madres de diez hijos". ¿No habías
sufrido ya bastante con esta idea tuya de la "madre de diez hijos"?
Pero también en otros países el infeliz vocablo "dictadura" se te quedó
en el oído. Ahí lo vestiste de uniformes resplandecientes y generaste en tu
propio seno al funcionarillo místico, sádico e impotente que te llevó al tercer
Reich y enterró a sesenta millones de tu especie, mientras ibas gritando "¡Heil!
¡Heil! ¡Heil!".
Así eres, pequeño hombrecito, pero nadie se atreve a decirte cómo eres.
Porque se te tiene miedo, pequeño hombrecito y se quiere que te mantengas
pequeño.
Devoras tu felicidad. Nunca fuiste capaz de gozarla con plenitud. Por
eso la consumes ávidamente, sin siquiera asumir la responsabilidad de
asegurarla. Nunca te fue permitido aprender a cuidar de tus alegrías, alimentar
la felicidad como el jardinero lo hace con sus flores, como el campesino con sus
cosechas.
Los grandes científicos, poetas y hombres sabios siempre huirán de tu
compañía, pues desean preservar la alegría que les sea posible. En tu compañía
es fácil devorar la felicidad, pequeño hombrecito, pero es difícil protegerla.
¿No entiendes lo que estoy diciendo, pequeño hombrecito? Yo te
explico; un innovador trabaja durante diez, veinte o treinta años, sin
desfallecimientos, en su ciencia, máquina o concepción de la sociedad. Todo lo
que es nuevo lo carga consigo, cual pesado fardo. Habrá de sufrir tu estupidez,
lo mezquino de tus ideas y valores, tendrá que entenderlos, usarlos, y,
finalmente, tendrá que sustituirlos por nuevas ideas. En nada lo ayudarás,
pequeño hombrecito, por el contrario, nunca vendrás a decirle: "Oye camarada,
veo bien como trabajas en mi máquina, para mis hijos, para mi mujer, mis
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Wilhelm Reich
amigos, mi casa, mis campos, para que las cosas sean otras. Sufrí por mucho
tiempo de esto y de aquello, pero nada podía hacer; ¿puedo ayudarte a
ayudarme?". No, pequeño hombrecito nunca ayudas a quien te ayuda; juegas a
las cartas o te agotas de berrear en espectáculos de competencias, o te vas
dando de cabezazos en tu trabajo, en la fábrica o en la mina. Pero nunca ayudas
a quien te ayuda. ¿Y sabes por qué? Porque todo aquel que es innovador,
solamente tiene para ofrecerte, en un principio, ideas. No lucro, ni un salario
más alto, ni bonos navideños, ni un modo de vida más fácil, ni un puesto mejor
en el sindicato, todo lo que puede ofrecerte son preocupaciones, y éstas tú ya las
tienes de sobra.
Pero si al menos te hubieses mantenido alejado, sin ofrecer o dar ayuda,
ningún innovador podría quejarse de ti; bien vistas las cosas, no es "para ti" que
piensa, descubre o inventa; lo hace porque su funcionamiento vital lo impulsa a
que así sea. En cuanto al cuidado y compasión por ti, lo deja a cargo de los
líderes partidarios y de los hombres del clero. Lo que realmente le sería
agradable, sería verte capaz de cuidar de ti mismo. Sólo que no te contentas con
mantenerte al margen, sin ofrecer ayuda, sino que lo molestas y escupes.
Cuando el innovador, después de larga y ardua tarea, finalmente entiende los
motivos por los que eres incapaz de dar satisfacción en el amor a tu mujer, tú
vienes y le llamas obsceno; no tienes la menor idea de que le dices esto porque
estás forzado permanentemente a esconder la obscenidad en ti y por eso mismo
eres incapaz para el amor. O entonces, cuando el investigador descubre por qué
motivo el cáncer ataca en masa a las poblaciones y tú eres por ejemplo, profesor
de patología del cáncer, con un sólido salario, dices que el investigador es un
fraude, o que no entiende nada sobre los gérmenes del aire, que dice cosas
demasiado elevadas, o preguntas si es judío o extranjero, o insistes que tienes
derecho a examinarlo con el fin de saber si está lo suficientemente cualificado
para trabajar en tu problema del cáncer o en el problema que no consigues
resolver o, prefieres ver condenados a muchos enfermos cancerosos a tener que
admitir que fue él quien descubrió la posibilidad de salvar a tus pacientes. Pero,
para ti, tu dignidad catedrática, tu cuenta en el banco o tus conexiones con la
industria del radio, significan más que la verdad y el conocimiento. Y es por
esto que eres mediocre y desgraciado pequeño hombrecito.
Así es, no sólo no das apoyo sino que perturbas maliciosamente el
trabajo que te es destinado o hecho en tu beneficio o en tu lugar. ¿Entiendes
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ahora por qué te es negada la alegría? Porque es algo que se trabaja y se gana.
Pero tú sólo sabes consumir la alegría, y por eso se te escapa. Con el correr del
tiempo, el innovador finalmente consigue convencer a un gran número de
personas de que su descubrimiento tiene valor práctico inmediato, o sea, de que
con él es posible el tratamiento de determinadas dolencias, levantar pesos o
hacer estallar rocas, o penetrar al interior de la materia por medio de
radiaciones, lo crees después de leer los periódicos, pero no si lo ves. Respetas a
los que te desprecian y te desprecias a ti mismo, por eso no te es posible creer
por tus propios medios, pero si el descubrimiento sale en los periódicos, te dejas
llevar rápidamente, pasas a considerar al innovador un "genio", aunque sea el
mismo hombre que antes llamabas fraudulento, obsceno, charlatán, o amenaza
a la moral pública. Ahora es "genio"; tú no sabes lo que es un "genio", así como
no sabes lo que es un "judío", o la "verdad", o la "felicidad". Yo te digo, pequeño
hombrecito, tal como Jack London te lo dice en su libro "Martin Eden". Sé que lo
leíste millares de veces, pero sin entenderlo; "genio" es la marca registrada de
un producto cuando es puesto a la venta. Si realmente el innovador (que antes
era "obsceno" o "loco") es un genio, se vuelve posible consumir la felicidad que
te ofrece, porque tiene ahora a una multitud de pequeños hombrecitos que
gritan al unísono contigo: "¡genio!, ¡genio!". Y la multitud viene en bandos a
comer el producto de la mano que lo extiende. Y si eres médico, tendrás muchos
pacientes, a los cuales podrás ofrecer mejores condiciones de tratamiento y
ganarás mucho dinero. "¿Y entonces?" -dices tú, pequeño hombrecito- "¿qué hay
de malo en esto?". Nada, está bien que se gane dinero con un trabajo honesto y
competente. Lo que no es muy justo es no dar algo al descubrimiento, no
desarrollarlo y sólo explotarlo. Hacerse rico, que es exactamente lo que haces;
sin dar un paso para su desarrollo, mecánicamente te adueñas de lo que te dan,
con avidez, estúpidamente, sin percatarse de sus posibilidades o limitaciones.
En cuanto a las posibilidades, no podrías entenderlas, e intentas sobrepasar las
limitaciones rehusándote a reconocerlas. Si eres médico o bacteriólogo, porque
sabes que la cólera y la tifoidea son enfermedades infecciosas, pasas la vida
buscando al microorganismo que causa el cáncer, perdiendo así estúpidamente,
décadas de investigación. Otro gran hombre, en otro tiempo, te probó que las
máquinas obedecen a ciertas leyes; de modo que construyes máquinas de
muerte, y consideras a la vida una máquina más. Tu error en esta materia no
fue de tres décadas, sino de tres siglos; conceptos perfectamente erróneos
pasaron a ser parte integrante de la actividad científica de cientos de miles de
investigadores; la propia vida se encontraba amenazada, porque a partir de ese
momento -en nombre de tu dignidad, o de tu cátedra, o tu religión, o tu cuenta
22
Wilhelm Reich
de banco, o tu rigidez de carácter perseguiste, masacraste e intentaste perjudicar
por todos los medios posibles a aquellos que siguieran empeñados en proseguir
el estudio de la función vital.
Sin duda que te agrada poseer "genios" y rendirles el debido homenaje.
Pero quieres un genio bueno, un hombre moderado y decoroso, sin fantasías,
esto es, un genio comedido y adaptado, no un genio rebelde y libre, capaz de
romper todas tus barreras y limitaciones. Quieres al genio limitado, tratable,
una máscara que puedas pasear sin miedo y en son de triunfo por las calles de
tus ciudades.
Así eres, pequeño hombrecito, bueno para acumular y no derrochar,
pero incapaz de crear. Es por eso que eres lo que eres, toda la vida encerrado en
una oficina solitaria, agarrado al restirador, preso en una camisa de fuerza
conyugal, o profesor de los niños que odias, incapaz de generar o crear algo
nuevo, porque eres capaz de servirte de lo que otros te ofrecen en bandeja de
plata.
¿No entiendes por qué es así, por qué no puede ser de otra manera? Yo
te lo digo, pequeño hombrecito, porque aprendí a verte como un animal rígido
que me traía su vacío, su impotencia, y su enfermedad mental. Sólo sabes
cacarear y agarrar, no sabes crear o dar, porque la actitud básica de tu cuerpo es
la retención y la desconfianza, porque te da pánico cada vez que sientes los
impulsos primordiales del AMOR y de la DÁDIVA. Es por eso que tienes
miedo de dar. Tu permanente avidez sólo tiene un significado: estás
continuamente forzado a hincharse de dinero, de satisfacciones, de
conocimiento porque te sientes vacío, hambriento, infeliz, ignorante y temeroso
de la sabiduría. Es por eso que huyes de la verdad, pequeño hombrecito. Ella te
podría hacer amar. Saber, entonces, lo que intento inadecuadamente decirte. Y
esto tú no lo quieres, pequeño hombrecito, sólo quieres que te dejen en paz
como consumidor y patriota.
"¡Oigan esto!". Este tipo niega al patriotismo, la base del Estado y de su
órgano fundamental, la familia. "¡Esto no puede quedarse así!".
Es así que gritas auxilio; cuando alguien te denuncia el estreñimiento
mental no quieres ni oír, ni saber, quieres berrear "vivas". ¿Por qué no me dejas
decirte por qué razón eres incapaz de sentir alegría? Te veo el miedo en los
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ojos -se siente cuán profundamente te afecta el asunto. La "cuestión religiosa",
por ejemplo. Afirmas defender la "tolerancia religiosa"; afirmas tu derecho a la
libertad en materia religiosa, perfecto, pero quieres más: quieres que tu religión
sea la única, eres intolerante en cuanto a las otras. Te desesperas cuando
encuentras a alguien que, en lugar de un dios personal, adora a la naturaleza y
procura entenderla. Prefieres que los cónyuges en vías de separación sean
procesados judicialmente, que sean acusados de inmoralidad o de brutalidad
cuando ya no les es posible vivir juntos; tú que eres descendiente de hombres
rebeldes, eres incapaz de reconocer el divorcio por mutuo consentimiento;
porque tu propia obscenidad te asusta, quieres la verdad en un espejo, en algún
lugar donde no la puedas alcanzar. Tu chauvinismo proviene de tu rigidez, de
tu estreñimiento mental, pequeño hombrecito, y no lo digo con sarcasmo,
porque te estimo aunque tu hábito sea el de aplastar a los que te estiman y te
dicen la verdad.
Repara, por ejemplo, en tus patriotas; no caminan, marchan. No odian al
verdadero enemigo, lo que pasa es que tienen "enemigos hereditarios", que cada
diez años pasan a la categoría de amigos de toda la vida y viceversa. No cantan,
berrean himnos marciales. No hacen el amor, "se las echan", y tienen un
curriculum de "habilidades" por noche. Estas son las verdades que tengo para
decirte, pequeño hombrecito, y contra las cuales nada tienes que oponer,
excepto el asesinato, el mismo que perpetraste contra tantos otros hombres que
te estimaban; Jesús, Rathenau, Karl Liebknecht, Lincoln y muchos más. En
Alemania acostumbrabas llamarlo "depuración". A largo plazo fuiste tú quien
fue "depurado" -por millones- pero sigues siendo un patriota.
Deseas amar y ser amado, amas a tu trabajo y de él vives, y tu trabajo
vive en mi conocimiento y en el de otros. El amor, el trabajo y el conocimiento
no tienen patria, no conocen fronteras ni uniformes. Son internacionales, son el
patrimonio de la humanidad. Sólo que tú prefieres tu patrimonio mediocre,
porque tienes miedo el amor genuino, al trabajo responsable y al conocimiento.
Y por eso explotas al amor, al trabajo y al conocimiento de los otros, pero nunca
podrás crear. Por eso usas tu alegría como un ladrón furtivo, por eso no
consigues soportar, sin mal humor y envidia, la felicidad de los otros.
"¡Agárrenlo, que es un ladrón! ¡No es más que un extranjero, un
inmigrante, yo no, yo soy alemán, americano, danés, noruego!".
Para con eso, pequeño hombrecito, tú eres y has de ser siempre el eterno
inmigrante y emigrante. Viniste a parar a este mundo por accidente y has de
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Wilhelm Reich
dejarlo sin que nadie se dé cuenta. Berreas porque tienes miedo y poco a poco
tu cuerpo va quedándose rígido y seco. Y por eso llamas a tu policía, pero
tampoco tu policía tiene poder contra la verdad, porque tu policía, viene
conmigo y se queja de la mujer y los hijos enfermos. Cuando se pavonea con un
uniforme, el hombre esconde su enfermedad, pero no a mí, puesto que ya lo vi
desnudo.
"¿El tipo tiene antecedentes penales? ¿Tiene los papeles en regia? ¿Paga
sus impuestos? ¡Revísenlo, este hombre es una amenaza para el Estado y la
honra de la nación!".
Sin embargo, pequeño hombrecito, siempre fue posible identificarme,
siempre tuve los papeles en regla y pagué mis impuestos. Lo que te importa no
es la situación del Estado o la honra de la nación, lo que pasa es que tienes un
miedo mortal a que exponga en público lo que de ti fui conociendo en el
consultorio médico. Es por esto que tratas de inventarme un crimen político,
que me encierre en la cárcel durante años. Yo te conozco, pequeño hombrecito;
si por casualidad eres el juez de la comarca, estás mucho menos interesado en
proteger la ley, o a los ciudadanos, que en llamar la atención con el "caso" que te
ha de llevar a juez de primera instancia. Esto es lo que buscan todos los jueces;
tu juicio de Sócrates fue un caso ejemplar, pero la historia nunca te enseñó nada.
Asesinaste a Sócrates, y como no sabes lo que hiciste, sigues en el lodo. Lo
acusaste de pervertir tu código moral, pero él continúa haciéndolo, pequeño
hombrecito; asesinaste el cuerpo no el espíritu. Y continúas asesinando, en
nombre del "orden" y de la "ley", pero cobardemente, por la espalda. Eres
incapaz de encararme cuando me acusas de inmoralidad, porque sabes muy
bien quién de nosotros, es el inmoral, obsceno y pornográfico. Alguien dijo una
vez, que de toda la gente que conocía sólo había una que no contaba chistes
obscenos, esa persona era yo; en cuanto a ti, seas juez o jefe de la policía,
conozco tus chistes obscenos y sé de dónde vienen, de modo que es mejor que
no abras la boca. Tal vez consigas probar que pagué cien dólares de menos en
mis impuestos, o que atravesé la frontera entre dos estados con una mujer, o
que me paré a platicar con un niño en la calle. Es en "tu" boca no en la mía
donde tales afirmaciones suenan feas y obscenas, por lo que "tu" pequeña mente
oscura pone en ellas. Y como no sabes nada más, piensas que soy de tu especie;
no, pequeño hombrecito, no soy y nunca fui como tú en estos asuntos. Y no
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importa que lo creas o no; ahora, tú detentas la fuerza y yo el conocimiento -son
funciones diferentes.
Y así das cuenta de tu existencia: en 1924 sugerí un estudio científico
sobre la naturaleza humana. Reaccionaste entusiastamente.
En 1928, nuestro trabajo presentaba sus primeros resultados; seguiste
entusiasmado y yo tuve honores de espíritu rector.
1933 los resultados en cuestión deberían ser publicados por tu casa
editora, Hitler acababa de subir al poder. Yo acababa de entender que la llegada
de Hitler al poder estaba ligada a tu rigidez de actitud. Te rehusaste entonces a
publicar el libro (El Análisis del Carácter. N. del T.) que te demostraba cómo
habías producido un Hitler.
El libro fue publicado y tú continuaste entusiasmado, sólo que
intentaste esconderlo en el silencio, pues tu "presidente" se había declarado
públicamente en contra de él.
También, por otro lado, habías aconsejado a las madres que suprimiesen
la excitación genital de los niños, deteniéndoles la respiración.
Durante doce años te mantuviste callado sobre el libro que había
suscitado tu entusiasmo. En 1946 fue reeditado y lo aclamaste entonces como
un "clásico"; todavía hoy parece entusiasmarte.
Se sucedieron entretanto 22 largos años, cargados de inquietud y
trabajos, desde que comencé a transmitirte que más importante que el
tratamiento individual es la prevención de la perturbación mental. Durante 22
años te aseguré que las personas caen en esta o en aquella forma frenética de
existir o se encierran en lamentaciones estériles porque les son imposibles el
amor y el placer. Porque sus cuerpos, a la inversa de lo que sucede en las otras
especies animales, no poseen más la capacidad de contraerse y expandirse en el
acto de amor.
22 años después de haberlo afirmado, lo dices ahora a tus amigos: es
más importante la prevención de las perturbaciones mentales que su
tratamiento individual. Y como si fuese nuevo, actúas como lo has hecho
durante miles de años; hablas de los grandes objetivos sin preocuparte por la
forma de alcanzarlos, olvidas la dimensión afectiva de la vida de las masas.
Preconizas la prevención de las perturbaciones mentales, aspiración inocente y
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Wilhelm Reich
muy digna, y que está permitida. Pero crees posible hacerlo ignorando la
prevalecencia generalizada de frustración en el dominio sexual. Ni siquiera
consientes que se hable de eso. Y así también como médico, no tienes salida.
¿Qué pensarías tú de un ingeniero que revelase la técnica de vuelo y se
guardase como secreto las características del motor y la hélice? De esta manera
funcionas como ingeniero del alma humana -cobardemente, aceptas lo que de
mi información te conviene, pero rechazas lo espinoso; vas por ahí llamándome,
lleno de sobreentendidos pornográficos "el profeta del buen orgasmo". Escucha,
psiquiatrilla, ¿nunca te impresionaron las quejas de mujeres recién casadas, con
el cuerpo violado por maridos impotentes? ¿O las angustias de los adolescentes
que sufren de amor insatisfecho? ¿Será que tienes tu seguridad, más en cuenta
que la de tus pacientes? ¿Hasta cuándo vas a preferir tu mediocre dignidad a tu
responsabilidad terapéutica? ¿Durante cuánto tiempo más serás capaz de
escamotear el hecho de que tus tácticas sacrifican millones de vida?
La seguridad es más importante para ti que la verdad. La primera vez
que oíste hablar del orgón, descubrimiento mío, no fuiste capaz de interrogarte
sobre cuales serían su utilidad y sus posibilidades de aplicación terapéutica;
pero sí te preocupaste por saber, si yo poseía o no la documentación que me
permitiese practicar la medicina en el estado de Maine; no entiendes que tus
exigencias burocráticas, en poco o en nada, perturban mi trabajo y todavía
menos lo impiden; ¿será que ni siquiera tienes conocimiento de mi prestigio
como investigador, de ligar mi nombre con el descubrimiento de la plaga
emocional y de la energía vital -que nadie menos calificado que yo podrá
examinarme? En cuanto a tu avidez de libertad, nunca nadie te preguntó por
qué siempre te fue imposible alcanzarla o por qué razón, si alguna vez la
conseguiste, inmediatamente la depositaste en las manos de los nuevos amos.
"¡Oigan esto! este monstruo se atreve a dudar de los levantamientos
revolucionarios de los proletarios de todo el mundo, se atreve a dudar de la
democracia! Abajo la contrarrevolución! ¡Fuera con él!".
No te excites, jefecillo de todos los demócratas y de todos los proletarios
del mundo, mi firme convicción es que tu futura libertad real depende más de
tu respuesta a esta pregunta, que de las mil resoluciones de tus congresos de
partido.
27
"¡Fuera con él!, corrompe la honra de la nación y de la vanguardia del
proletariado revolucionarios ¡Fuera! ¡A la calle! ¡De espaldas contra la pared!".
Pero no son tus "VIVAS" ni tus "MUERA" los que te harán aproximar
tus objetivos, pequeño hombrecito. Siempre creíste que tu libertad está
asegurada a través de la persecución de los opositores. Por lo menos una vez en
tu vida, encárate a ti mismo de frente...
"¡Fuera, fuera!"
Detente un minuto, pequeño hombrecito, no es mi intención
menospreciarte, sino sólo probarte por qué razón hasta ahora no te fue posible
alcanzar la libertad o garantizarla, ¿será que el tema no te interesa?
"¡Fuera, fuera!"...
Te garantizo que voy a ser breve; intentaré decirte cómo se comporta tu
pequeño hombrecito cada vez que se cree en una situación de libertad.
Supongamos que eres estudiante en un instituto que, entre otros, defiende los
valores de la salud sexual de los niños y de los adolescentes. La "extraordinaria
idea" te entusiasma, de modo que deseas participar en la lucha. Voy a contarte
lo que sucedió en mi escuela: Mis alumnos estaban sentados, observando al
microscopio, biones. Tú estabas sentado en el acumulador de orgón, desnudo,
te llamé para que participases de la observación. Fue entonces que decidiste
salir, tal como estabas en el acumulador, delante de los muchachos y de las
mujeres. Te amonesté inmediatamente pero no parecías entender por qué lo
hacía. Me parecía inverosímil que no lo entendieses. Más tarde, en larga plática,
admitiste que en la base de tu comportamiento estaba exactamente la imagen
que tenías de un instituto que defendía la libertad sexual. Tomaste entonces
conciencia del hecho de que sentías el mayor desprecio por el Instituto y por su
idea básica y que había sido por eso que te habías comportado indecentemente.
¿Soy claro? ¿Ningún comentario?
Otro ejemplo que demuestra la forma como destruyes tu libertad. Tú
sabes, yo sé y todos sabemos que vives en un estado de permanente frustración
sexual; que fácilmente encaras mentalmente y con avidez cualquier miembro
del otro sexo; que las pláticas que tienes con los amigos, sobre temas sexuales,
se reducen a un repertorio de anécdotas obscenas, que en suma, tu imaginación
es sobre todo pornográfica. Una noche te escuché marchando con tus amigos en
la calle, gritando: ¡Queremos mujeres, queremos mujeres!"
28
Wilhelm Reich
Dado que tu futuro forma parte de mis preocupaciones, intenté crear
instituciones donde pudieses comprender mejor tu miseria y cambiarla; tú y tus
amigos venían en grupos a las reuniones que organicé en el ámbito de esas
instituciones. ¿Y sabes por qué fue así pequeño hombrecito? Al principio llegué
a pensar que te movía un genuino interés, la voluntad de dar un nuevo sentido
a tu vida. Sólo más tarde entendí lo que realmente te motivaba: pensabas que
irías a encontrar una nueva forma de burdel, donde sería más fácil encontrar a
una muchacha sin pagar un quinto. Y cuando lo entendí, destruí con mis
propias manos las instituciones que hice intentando ayudarte, no porque me
pareciera mal el hecho de poder encontrar una muchacha en esas reuniones,
sino porque la intención con que venías a las reuniones era vil. Por eso las
destruí, por eso, una vez más te quedaste donde estabas. ¿Tienes alguna cosa
que decirme?
"¡El proletariado ha sido corrompido por la burguesía, los líderes del
proletariado son los que podrán solucionar el problema. Irán a sanear las
costumbres con mano de hierro -sólo así podrá ser solucionado el problema
sexual del proletariado!"
Yo sé lo que tú quieres decir, pequeño hombrecito, fue exactamente lo
que pasó en tu patria de los proletarios: dejar que el problema sexual se
resolviera por sí mismo. El resultado se vio en Berlín. Cuando los soldados
proletarios violaban mujeres por todos lados. Sabes que fue así. Tus campeones
de la "Honra revolucionaria". "Tus soldados del proletariado del mundo" te
desgraciaron lo suficiente para que la vergüenza te durara unos siglos. Dices
que estas cosas "sólo acontecen en la guerra", entonces te cuento otra historia.
Otro jefe, lleno de entusiasmo por la dictadura del proletariado, no lo
era menos en cuanto a la economía sexual, vino a verme y me dijo: "Usted es
extraordinario, Karl Marx nos mostró cómo es posible la libertad económica,
usted nos apunta el camino para la libertad sexual, fue capaz de decirnos:
Forniquen lo más que puedan".
En tu mente se pervierte todo, aquello que yo llamo un acto de amor, es
en tu vida un acto pornográfico, y ni siquiera sabes de qué hablo, pequeño
hombrecito, y es por eso que siempre regresas al pantano. Si acaso tú, pequeña
mujercita, que te vuelves profesora sin tener alguna calificación especial para tal
cosa y sólo porque nunca tuviste hijos, los efectos de tu acción son desastrosos.
29
Tu trabajo debería ser comunicarte con los niños y educarlos. Cualquier
educación válida engloba un conocimiento correcto de la sexualidad infantil.
Pero para poder entender correctamente la sexualidad infantíl, es necesario
conocer por experiencia propia lo que es una relación de amor. Y tú eres obesa,
desaliñada y sin ningún atractivo, lo que necesariamente te lleva a odiar
cualquier cuerpo humano dotado de gracia y vivacidad. No es evidentemente,
por ser gorda y poco atractiva que te censuro, ni porque jamás hayas conocido
el amor de un hombre (ninguno que fuese mínimamente saludable te lo habría
ofrecido), ni siquiera por el hecho de no entender el amor de los niños. Pero por
tener en cuenta como virtud, tu total ausencia de atractivos y tu incapacidad de
amar y porque aplastas con tu odio la afectividad de los niños a tu cargo,
aunque ejerzas tus funciones en una "escuela progresista". Lo que es un crimen
y te convierte en una monstruosidad, mujercilla. Tu perniciosa influencia,
consiste en alienar el afecto que los niños saludables sienten por sus saludables
padres, en considerar el saludable afecto de un niño como síntoma patológico.
En extender a toda tu influencia el formato de barril de tu cuerpo, piensas como
un barril y educas como un barril; no sabes retirarte a un lugar modesto e
intentas imponer a los otros tu presencia opaca, tu falsedad o tu odio amargo
bajo la máscara de tu falsa sonrisa.
Y tú, pequeño hombrecito, por qué consientes que sean éstas mujeres
quienes eduquen a tus hijos, saludables todavía; porque les permites destilar la
amargura en el espíritu eres lo que eres, vives como vives, piensas como
piensas y el mundo es como es.
Viniste a buscarme para intentar aprender aquello que había sido el
fruto de mi trabajo, aquello por lo que luché y lucho. Sin mí habrías sido un
oscuro médico de clínica general en cualquier aldea o ciudad de provincia. Te
engrandecí a través del acceso a mi conocimiento y las técnicas terapéuticas. Te
enseñé a detectar el modo como es suprimida la libertad, cómo la servidumbre
es impuesta y mantenida. Fue entonces que asumiste una posición de
responsabilidad como expositor de mi trabajo en otro país, en completa
libertad; en el sentido amplio de la palabra, confié en tu honestidad, pero te
mantenías dependiendo de mí, pues por ti mismo, poco o nada eras capaz de
crear. Necesitabas de mí como base de conocimiento, como fuente de
autoconfianza, perspectiva de futuro y sobre todo desarrollo. Todo esto te lo
ofrecí con alegría, pequeño hombrecito, sin pedir nada a cambio, fue entonces
que declaraste que yo te había "violado". Te volviste agresivo con la esperanza
de "volverte libre". Confundir, sin embargo, la imprudencia con la libertad, fue
30
Wilhelm Reich
siempre la marca del esclavo. En tu intento de libertad dejaste de enviarme
reportes de tu trabajo, te sentías libre -libre de la cooperación y de la
responsabilidad. Y es por eso, pequeño hombrecito, que tú y el mundo están
donde están.
Imagínate, pequeño hombrecito, ¿cómo se sentiría un águila que
estuviese empollando huevos de gallina? En un principio el águila piensa que
está empollando pequeñas águilas que irán a tomar un tamaño idéntico al suyo,
pero resulta que siempre son pollos. Desesperada, el águila espera que los
pollos todavía puedan llegar a ser águilas. El tiempo pasa y resulta que
finalmente, son gallinas cacareantes. Entonces, nace en el águila la tentación de
comerse a los pollos y gallinas de una sola vez. Sólo un pequeño resto de
esperanza le impide hacerlo. La esperanza de que algún día surja del bando de
pollos una pequeña águila capaz de medir la distancia a partir de las cimas de
las montañas, de detectar nuevos mundos, nuevas formas de pensar y de vivir.
Y sólo esta esperanza impide al águila triste y solitaria devorar a los pollos y
gallinas, que ni siquiera se dan cuenta de que ella los sustenta y acoge, que
viven en un escarpado peñasco, muy arriba de los valles oscuros y húmedos.
Nunca verán a la distancia como el águila solitaria. Se limitarán a engullir lo
que el águila, día tras día, les traiga de alimento. Se dejarán calentar bajo sus
poderosas alas siempre que llueva o truene, mientras ella soporta la tempestad
sin protección alguna. O llegaron a tirarle piedras por la espalda en los peores
momentos; al darse cuenta de esto, su primer impulso fue de despedazarlos,
pero, pensándolo mejor, se llenó de compasión. Esperaba todavía que algún día
habría de surgir, de entre los miopes pollos cacareantes, un águila pequeña,
capaz de acompañarlo.
Hasta hoy, el águila no ha desistido, de modo que continúa criando
pollos.
Tú no quieres ser águila, pequeño hombrecito, y es por eso que eres
devorado por los buitres, tienes miedo de las águilas y es por eso que vives en
grandes manadas. Porque algunas de tus gallinas empollaron huevos de buitre,
y los buitres se convirtieron en tus jefes, entonces, contra las águilas. Las águilas
desearían haberte llevado más lejos, más alto. Los buitres te enseñaron a comer
cadáveres, a contentarte con algunos granos de trigo y a berrear: "¡VIVA EL
GRAN BUITRE!".
31
Y a pesar de tus privaciones y de tu condenación masiva, sigues
teniendo miedo de las águilas que protegen a tus pollos.
Construiste sobre la arena tu casa, tu vida, tu cultura, tu civilización, tu
ciencia y técnica, tu amor y tu educación infantil.
No lo sabes, pequeño hombrecito, ni quieres saberlo y destruyes al gran
hombre que intenta decírtelo. En tu agonía son siempre las mismas cuestiones
las que te afligen:
"Mi hijo es obstinado, destructivo, de noche tiene pesadillas, no logra
concentrarse en su trabajo escolar, sufre de estreñimiento, tiene mal color, es un
niño cruel, ¿qué he de hacer? ¡Ayúdenme!".
O: "Otra guerra, después de haber luchado en una que debería poner fin
a todas las otras, ¿qué podemos hacer?".
O: "La civilización de que tanto nos enorgullecemos está
por decaer en un proceso de inflación. Hay millones de personas con
hambre, gente que mata, roba, destruye y abandona toda esperanza. ¿Qué
habremos de hacer?".
"¿Qué habremos de hacer?", es tu interrogación milenaria. El destino de
toda adquisición cultural importante en la cual prevalezca la verdad sobre la
seguridad, es la de ser ávidamente devorada por ti y en seguida defecada.
Muchos fueron los hombres con coraje y solitarios que te dijeron lo que
deberías de hacer. Y siempre distorsionaste lo que te era comunicado, siempre
los llevaste a la amargura y la destrucción. Siempre les tomaste la palabra por el
lado equivocado, prefiriendo como regla de la vida el pequeño margen de
errores, en vez de la gran verdad; en el cristianismo, en la formación socialista,
en el concepto de soberanía popular, en todo lo que tocaste, pequeño
hombrecito. Preguntas: ¿por qué es así? No creo que tomes la cuestión en serio
y me vas a odiar cuando escuches la verdad: construiste tu casa sobre la arena y
proseguiste así a lo largo de los siglos, porque eres incapaz de respetar la vida,
porque hasta el amor de tus hijos destruyes antes de que haya podido florecer;
porque no soportas ninguna forma de espontaneidad, ningún movimiento libre,
vivo y natural. Y porque no puedes tolerarlo te da pánico y preguntas: "¿Qué
irá a decir el señor Pérez?".
32
Wilhelm Reich
Eres cobarde en tu actividad intelectual, porque la actividad intelectual,
la vitalidad y el movimiento son parte de tu cuerpo y tú temes a tu cuerpo;
muchos fueron los grandes hombres que te decían: escucha a tu voz
interior -sigue la verdad de lo que sientes- venera tu amor, pero tú no prestaste
atención a tales palabras. Fueron palabras perdidas en el desierto, apelaciones
solitarias que mueren en tu selva desolada, pequeño hombrecito.
Se te ofreció escoger entre la exigencia de superación del
UBERMENSCH de Nietzsche y la degradación del UNTERMENSCH en Hitler.
Berreando "VIVA" escogiste el UNTERMENSCH.
Se te ofreció escoger entre la constitución genuinamente democrática de
Lenin y la dictadura de Stalin, escogiste la dictadura de Stalin.
Tuviste la oportunidad de escoger entre la elucidación de Freud para el
origen sexual de tus perturbaciones emocionales y su teoría de la adaptación
cultural. Escogiste su teoría de la adaptación cultural que no te traería ninguna
ayuda, y olvidaste la teoría sexual. Pudiste escoger entre la magnificiente
simplicidad de Cristo o la complicidad de Pablo con su celibato para los
sacerdotes y su matrimonio compulsivo e indisoluble. Para ti escogiste el
celibato y el matrimonio indisoluble, olvidando a la mujer simple que parió a su
hijo, Jesús, sólo por amor. Pudiste escoger entre la concepción de Marx de la
productividad de tu fuerza de trabajo como única fuente del valor de los
productos y la concepción del Estado. Olvidaste tu fuerza de trabajo y escogiste
la idea del Estado. Durante la revolución francesa podías escoger entre el cruel
Robespierre y el gran Danton. Escogiste la crueldad y enclaustraste la bondad y
grandeza del alma en la guillotina. En Alemania podías escoger entre Goering y
Himmler, por un lado y a Liebkncht, Landau y Mühsam, en el polo contrario.
Diste a Himmler el cargo de jefe de la policía y asesinaste a tus verdaderos
amigos. Podías escoger entre Julius Streicher y Walter Rathenau, asesinaste a
Rathenau.
Podías escoger entre Lodge y Wilson, -asesinaste a Wilson. Podías haber
escogido entre la crueldad de la inquisición y la verdad de Galileo. Escogiste
torturar a Galileo de cuyos descubrimientos hoy todavía te beneficias,
sometiéndolo a toda especie de humillaciones. Y en pleno siglo XX, continúas
utilizando los mismos métodos de la inquisición.
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Puedes escoger entre la comprensión de la enfermedad mental y las
terapias de "electroshock" -escoges éstas, para no tener que enfrentar las
dimensiones monstruosas de tu propia miseria, prefiriendo la ceguera donde
sólo los ojos bien abiertos te podrían salvar. Recientemente tuviste la opción
entre la asesina ENERGÍA ATÓMICA Y LA BENEFICIOSA ENERGÍA
ORGÁNICA; congruente con tu estrechez mental, escogiste la energía atómica.
Puedes escoger entre la ignorancia acerca de la célula cancerosa y lo que me fue
posible descubrir de sus secretos, la posible salvación de millones de vidas.
Pero continúas repitiendo las mismas burradas acerca. del cáncer que vienen en
los periódicos y revistas, manteniendo en silencio lo que podría salvar a tu hijo,
a tu mujer y a tu madre. Mueres de hambre, pero defiendes de los
mahometanos la sacralidad de sus vacas, pequeño hombrecito hindú. Andas
harapiento, pequeño hombrecito de Italia y eslavo de Trieste, pero lo que más
parece importante es saber si el trieste es "italiano" o "eslavo"; siempre pensé
que Trieste era un puerto internacional.
Ahorcas a los nazis después de que asesinaron a millones de personas.
¿Dónde es que estabas antes? ¿No bastan docenas de cadáveres para hacerte
pensar, sólo millones? Cada uno de estos actos mezquinos da señas de tu
monstruosidad de animal humano. Dices: "¿Pero por qué diablos tomas todo
esto tan en serio?, ¿te sientes responsable por todo el mal?"
Esta es la cuestión que te condena; si tú, pequeño hombrecito, salido de
las filas de millones como tú, te hicieses cargo apenas de una pequeña parcela
de responsabilidad, el mundo no sería lo mismo, y todos los grandes hombres
que te estiman no serían condenados a muerte por tu mezquindad. Es porque
no asumes ninguna responsabilidad, que tu casa está asentada sobre la arena, el
techo se cae sobre tu cabeza pero conservas la honra "proletaria" o "nacional". El
piso se te va por debajo de los pies, pero continúas berreando: "¡Viva el gran
jefe, viva Alemania, la Rusia, el pueblo judío!". Tus hijos agonizan, pero
continuas preconizando "la disciplina y el orden" que les impones pegándoles.
El viento sopla por tu casa, tu mujer se enferma de pulmonía, pero tú crees que
construir tu casa sobre un peñasco no pasa de ser "una fantasía de judío ".
En tu enorme aflicción vienes a mí y me dices: "¡mi bueno, querido y
extraordinario doctor! ¿Qué he de hacer? Mi casa se desmorona, el viento sopla
dentro, mi mujer y mis hijos están enfermos y yo también, ¿qué he de hacer?".
La respuesta es: construye tu casa sobre un peñasco, peñasco que eres tú
mismo y tu propia naturaleza recta, el amor físico de tus hijos, la esperanza
34
Wilhelm Reich
amorosa de tu mujer, lo que esperaba de la vida a los 16 años. Cambia tus
ilusiones por un poco de verdad. Manda a tus políticos y diplomáticos a dar
una vuelta. Olvida a tu vecino y escucha a tu propia voz -tu vecino te lo
agradecería. Diles a tus camaradas del trabajo que deseas trabajar en nombre de
la vida, no al servicio de la muerte. No corras para asistir a las ejecuciones de
verdugos y víctimas, crea las leyes que protejan la vida humana y sus bienes.
Leyes que serán el peñasco donde asientes tu casa. Protege el amor de los niños
de tierna edad, cuídalos de los ataques de los adultos lascivos y frustrados. No
aceptes a la solterona intrigante, has una exposición pública de sus maldades y
envíala al reformatorio, en lugar de abandonar allá a los adolescentes carentes
de afecto, si tu posición profesional es de dirección. No intentes ser más
explotador que quien intenta explotarte. Deja fuera tus pantalones de fantasía y
tu sombrero alto y no pidas autorización oficial para amar a tu mujer. Conéctate
con gente de otros países, pues son tus semejantes, en lo que tienes de bueno y
de malo. Deja pues, que tu hijo crezca con la naturaleza, pero antes protéjela y
entiéndela. Acude a las bibliotecas en lugar de asistir a espectáculos de
competencias, viaja a otros países en lugar de ir a Acapulco. Y sobre todo
procura PENSAR CORRECTAMENTE, escucha tu voz interior y su suave
murmullo, tienes la vida en tus manos. No la entregues a otro y mucho menos a
los jefes que eliges. SE TU MISMO. Muchos fueron los grandes hombres que te
lo propusieron.
"Oigan a este pequeño burgués reaccionario e individualista. El tipo
desconoce la inexorable marcha de la historia, conócete a ti mismo -dice él. ¡La
tontería burguesa lo consume! ¡el proletariado revolucionario mundial,
conducido por su bien amado jefe, padre de todos los pueblos, de todos los
rusos, de todos los eslavos liberará al pueblo. Abajo los individualistas y
anarquistas!, ¡larga vida a los padres de todos los pueblos: VIVA, VIVA!".
Escucha bien ahora, que tengo unas cuantas predicciones graves más
que hacerte: estás de hecho en el proceso de apropiarte del mundo, lo que te
aterroriza. Durante siglos, vas a asesinar a tus amigos y a saludar como a tus
señores a los fuhrers de todos los pueblos, de todos los rusos y prusianos. Día
tras día, semana tras semana y década tras década, elogiarás señor tras señor,
olvidando los gemidos de tus hijos, ignorando la agonía de tus adolescentes, las
aspiraciones de tus hombres y mujeres o, si llegaras a escucharlos les llamarías
individualistas burgueses. En lugar de proteger la vida, irás derramando sangre
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detrás de los siglos, en la creencia de que alcanzarás la libertad con el auxilio de
los verdugos -y día tras día irás enterrándote en el lodo, con tus propias manos.
Continuarás a través de los siglos, siguiendo a embusteros y energúmenos,
ciego y sordo al llamado de la vida, DE TU PROPIA VIDA. Porque tú temes a la
vida, pequeño hombrecito, y la destruyes en la creencia de que lo haces en
nombre del "socialismo", o del "Estado", o de la "honra nacional", o de la "gloria
de Dios". Hay algo, sin embargo, que no sabes y que no quieres saber: que eres
tú el que genera tu propia miseria, hora tras hora, día tras día, que no entiendes
a tus hijos y que tú mismo les partes la espalda antes de tener siquiera una
oportunidad de desenvolverse, que devoras el amor, que eres avaro y estás
ávido de poder -que mantienes preso a tu perro para sentirte "dueño" de
alguien. Caminarás errante a través de los siglos y estarás condenado a la
misma muerte en masa de tus semejantes, en medio de la miseria social
generalizada; hasta que del horror de tu existencia pueda surgirte un pequeño
núcleo de lucidez. Hasta que aprendas a buscar a tu verdadero amigo en el
nombre del trabajo, del amor y del conocimiento; hasta que aprendas a
entenderlo y a respetarlo. Entenderás entonces, que importa más, para la
verdadera vida, una biblioteca que un desafío deportivo; o deambular por el
campo meditando, que desfilar por donde sea; el poder del sanar, que el de dar
muerte; la saludable estimación de sí mismo, que la conciencia nacional; y la
humildad mucho más que la exaltación patriótica o cualquier otra.
Piensas que los fines justifican los medios, aunque estos sean viles. Te
engañas: el fin es la trayectoria con que lo alcanzas. Cada paso dado hoy es tu
dicha del mañana. Ningún objetivo verdaderamente grande podrá ser
alcanzado por medios viles -tienes la prueba de que así ha sucedido en todas las
revoluciones sociales. La vileza o inhumanidad de una trayectoria dada te
convierte en vil e inhumano, y el fin, se vuelve inalcanzable.
"¿Entonces cómo podré alcanzar mi objetivo, sea este el amor cristiano,
el socialismo o la constitución americana?".
Tu amor cristiano, tu socialismo y tu constitución americana se asientan
sobre la vida cotidiana, sobre lo que piensas día a día, sobre el modo como
haces el amor con tu compañera, sobre tu actitud ante el trabajo como TU
RESPONSABILIDAD SOCIAL, sobre la forma en que evitas ser el supresor de
tu propia vida. Pero tú, pequeño hombrecito, abusas de las libertades que te son
concedidas por las instituciones democráticas, destruyéndolas así, en lugar de
intentar consolidarlas en tu vida cotidiana.
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Wilhelm Reich
Asistí a la forma como tú, refugiado alemán, abusaste de la hospitalidad
sueca. Eras en aquel tiempo el futuro jefe de todos los pueblos oprimidos de la
tierra. ¿Te acuerdas de la costumbre sueca del smorgasbord? Un mesa llena de
platillos y dulces diversos, que cada quien puede tomar cuando quiere. Esta
costumbre parecía nueva y extraña te parecía imposible la confianza en la
honestidad de la aldea. Me dijiste entonces, sin darte cuenta de la perversidad
de tu satisfacción, que no habías comido durante todo el día para poder
atragantarte durante toda la noche. "Pasé hambre cuando era niño", dijiste, yo
lo sé, pequeño hombrecito porque te vi pasar hambre. Y sé qué es el hambre,
pero desconoces que tú, robando smorgasbord, perpetuas el hambre de tus
hijos, tú, futuro salvador de todos los hambrientos. Haces cosas que no se deben
hacer, tales como robar las cucharas de plata o la mujer, o el smorgasbord de
una casa que te ofrece hospitalidad. Después de la catástrofe alemana te
encontré medio muerto de hambre en un parque, me dijiste que "el auxilio rojo"
de tu partido, de todos los miserables de la tierra había rehusado ayudarte,
porque al haber perdido tu credencial de identidad no podías probar que eras
miembro activo. Tus jefes de todos los hambrientos distinguen el hambre según
el color de quien la sufre. Nosotros reconocemos el hambre donde la
encontramos. Así eres en las pequeñas cosas, veamos en las grandes, tomaste la
gran decisión de abolir la explotación de la era capitalista y el menosprecio de la
vida humana, de hacer reconocer tus derechos, ya que hace cien años la
explotación, el desprecio por la vida humana y la ingratitud, eran la regla
generalizada. Pero entonces había respeto por los grandes hechos y lealtad para
con los que generaban grandes cosas. Hoy día cuando miro a mi alrededor, yo
te veo trabajando ¿y qué tienes ahora, pequeño hombrecito?
Por donde sea que hayas entronizado a tus pequeños jefes, la
explotación de tu fuerza es todavía más grave que hace cien años, el desdén por
tu vida es más brutal y hasta el reconocimiento a algunos de tus derechos ha
desaparecido.
Y en los países en que estás en vías de colocar un líder nuevo, todo el
respeto por los resultados tiende a desaparecer y a ser sustituido por la
apropiación abusiva de los frutos del arduo trabajo de aquellos que te estiman.
Te rehusas a reconocer una aptitud, porque piensas que si lo hicieras, no serías
más un americano, un ruso o un chino libre; te rehusas a respetar y reconocer
cualquier cosa. Lo que intentaste destruir florece más vigorosamente que nunca,
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y lo que intentaste salvaguardar y proteger, como por ejemplo tu propia vida,
camina hacia la destrucción. Pasaste a considerar la lealtad como un mero
"sentimentalismo" o "hábito pequeño-burgués"; y el respeto de los fines por
simple servilismo. No entiendes que eres servil cuando deberías ser irreverente
e ingrato siempre que debas lealtad.
En tu obstinada estupidez juzgas poseer el reino de la libertad. Has de
despertar de tu pesadilla tendido boca abajo y abatido. Porque robas al donador
y das al ladrón. Confundes el derecho a la libertad de expresión y criticas con el
comentario irresponsable del chiste barato. Deseas criticar pero no deseas ser
criticado, lo que lleva a que quieran destruirte. Quieres atacar y que no te
ataquen. Es por eso que disparas desde un escondrijo.
"¡Llamen a la policía! ¿Tiene este hombre su pasaporte en orden? ¿Es
realmente médico? ¿Consta su nombre en el Who's Who? Y la Orden de los
Médicos está contra él".
La policía aquí no te sirve de nada, pequeño hombrecito. Se dedica a
agarrar a los ladrones y a regular el tránsito, no a concederte la libertad ni a
salvaguardarla. Fuiste tú quien la destruyó y continuarás destruyéndola con
inexorable consistencia. Antes de la primera guerra mundial no había
pasaportes internacionales, podías viajar por donde quisieras. La guerra llevada
a cabo en nombre de la "libertad y de la paz" acarreó consigo el control de
pasaportes, que permanece hasta hoy. Cada vez que quieres recorrer 300
kilómetros en Europa, tienes que pedir autorización a consulados de por lo
menos diez países. Y así continúa siendo, años después del fin de la "segunda
guerra destinada a acabar con todas las guerras". Y así continuará siendo
después de la tercera y la enésima guerra "final".
"¡Oigan esto! ¡La difamación de mi espíritu marcial, del honor y la gloria
de mi país!"
¡Cállate, pequeño hombrecito! Hay dos tipos de sonidos, el correr de la
tempestad sobre la montaña y tu pedo! No pasas de un pedo y te juzgas
perfumado de violetas. Si puedo aminorar tu sufrimiento neurótico, ¿cómo te
atreves a preguntar si estoy en el Who's Who? Entiendo la génesis de tu cáncer
y tus miserables ministros de Salud Pública prohiben mis experiencias con
ratones. Enseñé a tus médicos a entenderte clínicamente y tu Orden de los
Médicos me denuncia a la policía -y cuando estás mentalmente enfermo te
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Wilhelm Reich
administran electro-shocks, tal como en la edad media usaban los grilletes y el
chicote.
¡Cállate, desgraciado! Toda tu vida es una miseria. No tengo la
esperanza de salvarte, pero he de llevar esta conversación contigo hasta el final,
aunque me vengas a tocar la puerta encapuchado en el silencio de la noche,
trayendo en tus manos ensangrentadas la cuerda para ahorcarme. No puedes
ahorcarme, pequeño hombrecito, sin colgarte de la cuerda. Porque yo
represento tu vida, tu sentimiento del mundo, tu humanidad, tu amor y tu
alegría de crear. No te es posible asesinarme, pequeño hombrecito, otrora tuve
miedo de ti, tal como anteriormente había depositado demasiada confianza en
ti, pero me he elevado por encima de ti y ahora te encaro bajo otra
perspectiva -la del milenio, hacia adelante y hacia atrás en el tiempo. Quiero
que pierdas el miedo de ti mismo, que vivas con plenitud y alegría; que tu
cuerpo esté vivo en lugar de rígido, que ames a tus hijos en lugar de odiarlos,
que le des felicidad a tu mujer, en lugar de entretenerte torturándola
maritalmente. Soy tu médico y, dado que habito en este planeta, soy médico
donde esté; no soy un alemán o judío, o cristiano o italiano, soy un ciudadano
de la Tierra. Para ti, por otro lado sólo existen americanos angelicales y
japoneses odiosos.
"¡Agárrenlo! ¡Revísenlo! ¿Tiene este hombre licencia para ejercer la
medicina? ¡Proclamen un decreto real con el fin de que no pueda practicar la
medicina en nuestro país libre! ¡El tipo hace experiencias con la función del
placer! ¡Aprehéndanlo! ¡Expúlsenlo del país!"
Fui yo mismo quien ganó el derecho a ejercer mi actividad. Nadie puede
concedérmelo. Fundé una nueva ciencia que finalmente permite entenderte a ti
y tu vida. Tú mismo la irás a usar dentro de diez, cien o mil años, tal como en el
pasado devoraste otras contribuciones, cuando sentiste que la cuerda llegaba a
su fin. Tu ministro de salud no tiene poder sobre mi, pequeño hombrecito,
apenas lo tendría si tuviera el coraje de conocer mi verdad -coraje que no
tiene- y es así que vuelve a su país y comunica al pueblo que yo me encuentro
internado en un manicomio de América, y nombra inspector general de los
hospitales a un hombre mediocre, que, en un intento de negar la función del
placer, había falsificado diversas experiencias. Yo por mi lado, pequeño
hombrecito, aquí voy alineando esta plática. ¿Quieres mayor prueba de la
impotencia de "tus poderes"?
39
Tus autoridades, ministros de salud y catedráticos no podrán llevar más
lejos de lo que ya llevaron, las prohibiciones que rodearon mi trabajo de
investigación de tu cáncer. Todo mi trabajo de disección y de observación al
microscopio, que fue hecho a pesar de la prohibición expresa. Los viajes
realizados a Inglaterra y Francia de nada sirvieron para perjudicarme. Sólo les
era posible atenerse al terreno que siempre había conocido de la Patología,
mientras yo, pequeño hombrecito, salvé más de una vez tu propia vida.
"¡Cuando yo consiga dar el poder a mis jefes del proletariado alemán,
habremos de aplastarlo! El corrompe a nuestra juventud proletaria, afirma que
nuestro proletariado padece de las mismas insuficiencias sexuales que la
burguesía, ¡transforma nuestras organizaciones juveniles en burdeles! ¡Afirma
que soy un animal! ¡Destruye mi conciencia de clase!"
Es verdad que intento destruir los ideales que construyes a costa de
ignorar tu buen sentido y tu capacidad mental, pequeño hombrecito. SóIo
deseas la imagen irreal de tu esperanza eterna en un espejo donde no te será
posible alcanzarla, pero sólo armado con la verdad podrás tener la Tierra en tus
manos.
"¡Expúlsenlo del país! ¡Es un saboteador de la tranquilidad y el orden.
Es espía a sueldo de nuestros enemigos de siempre. Compró una casa con el oro
de Moscú (¿o sería de Berlín?)!"
Tú no entiendes nada, pequeño hombrecito. Era una vez una viejecilla
que tenía miedo de las ratas. Era mi vecina y sabía que yo tenía ratones en el
laboratorio instalado en mi sótano. Tenía miedo de que los ratones se le
treparan por las faldas y por entre las piernas, miedo que no tendría si hubiera
conocido la alegría del amor. Eran esos ratones los que utilizaba para intentar
entender el proceso de putrefacción que hay en tu cáncer, pequeño hombrecito.
Pues sucedió que eras mi casero y que la mujercilla en cuestión te pidió que me
echaras a la calle, cosa que tú, armado con todo tu gran coraje, tu elevado
idealismo y tu riqueza ética, hiciste de buena gana. Tuve, pues, que comprar
una casa para poder continuar observando los animales en tu provecho, sin que
pudieras venir a perturbarme con tu cobardía. ¿Y que más aconteció después de
esto, pequeño hombrecito? Como delegado de Justicia, ambicioso y mezquino,
deseoso de usar mi reputación de hombre peligroso para promover tu carrera,
me denunciaste como espía alemán o ruso y conseguiste que la acusación me
llevara a prisión. Pero valió la pena asistir a tu perturbación y vergüenza,
durante el juicio. Llegué a tener pena de ti, pobre funcionarillo público, tan
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Wilhelm Reich
miserable era tu presencia. Y los agentes secretos que enviaste a mi casa, en
busca de "material de espionaje", no parecían particularmente respetuosos de tu
persona. Te encontré más tarde en la persona de un pequeño juez de Bronx, que
albergaba la frustración de haber alcanzado todavía lugar en las más altas
esferas. Me acusaste entonces de poseer libros de Lenin y de Trotsky en mi
biblioteca. Ni siquiera sabes para qué sirve una biblioteca. Te dije entonces que
podrías encontrara Hitler, Buda, Goethe, Cristo, Napoleón y Casanova. Porque
tal como intenté explicarte, la peste emocional debe conocerse en su génesis y
en todas sus formas, lo que parece sorprenderte, juececillo.
"¡Préndanlo! ¡Es un fascista! ¡Desprecia al pueblo!"
Tú no eres el "pueblo", pequeño hombrecito. Eres tú quien desprecia al
pueblo, puesto que prefieres asegurar tu carrera, en lugar de defender sus
derechos. Muchos fueron los grandes hombres que te lo dijeron, hombres que
nunca escuchaste ni leíste. Forma parte de mi respeto por la gente, exponerme
al peligro de decirles la verdad. Podría jugar al Bridge contigo o intercambiar
algunos chistes, pero nunca me sentaré a tu mesa, porque tú eres un defensor
impotente de los Derechos Humanos.
"¡El hombre es trotkista! ¡Agárrenlo! ¡Es un agitador del pueblo, maldito
comunista!"
Yo no agito al pueblo, pero sí tu confianza en ti, en tu humanidad, y es
eso lo que te es difícil de soportar. Porque aquello que de verdad deseas es un
mayor número de votos, o tu promoción social, o un asiento en la Cámara, o ser
simplemente el jefe de todos los proletarios. Tu justicia y tu mentalidad de
dictador son la cuerda que amarra el progreso del mundo. ¿Qué le hiciste a
Wilson? Ese grande y querido Wilson. Para ti, juez de Bronx, era apenas un
"idealista loco"; para ti, futuro jefe de todos los proletarios, era un "explotador
del pueblo". Lo asesinaste, pequeño hombrecito, con tu indolencia, tu
ignorancia y tu miedo a la esperanza.
Casi me asesinas a mi también, pequeño hombrecito.
¿Te acuerdas de mi laboratorio, hace dos años? Entonces eras un simple
asistente, estabas desempleado y me habías sido recomendado como un
socialista eminente, miembro de un partido gubernamental. Recibiste un buen
salario y eras libre, en el pleno sentido de la palabra, te incluí en todas mis
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deliberaciones, porque creí en ti y en tu "misión" ¿Te acuerdas de lo que pasó?
La libertad se te subió a la cabeza. Durante días, te vi paseando, fumando tu
pipa, sin hacer literalmente nada y sin que yo entendiese por qué. En la
mañana, cuando llegaba al laboratorio, esperabas con aire provocador que yo
fuese el primero en saludarte. Yo gusto de saludar primero a las personas,
pequeño hombrecito, pero si esperas a que yo lo haga, eso lo aborrezco porque
en tu entendimiento de las cosas yo soy tu "superior jerárquico" o tu "patrón".
Te dejé abusar de tu libertad durante algunos días y después me decidí a tener
una plática contigo. Admitiste entonces, con lágrimas en los ojos, que no sabías
que hacer, integrado a este nuevo sistema. No estabas habituado a la libertad.
En tu anterior lugar de trabajo ni siquiera tenías autorización para fumar
delante de tu jefe; se partía del principio de que sólo abrías la boca cuando te
dirigieran la palabra, a ti, futuro jefe de todos los proletarios. Y cuando te
encontraste en la libertad genuina tu actitud fue de impertinencia y
provocación. Te entendí y te conservé en el lugar. Poco tiempo después te
despediste y fuiste a decir todo lo que sabías de mis experiencias a un
psiquiatra de la corte, sexualmente abstemio. Tú fuiste el informador secreto,
uno de los hipócritas y delatores que instigaron la campaña de prensa que se
desencadenó contra mí. Así es, pequeño hombrecito, siempre que se te da a
probar la libertad -sólo que, contrariamente a tus intenciones, tu campaña hizo
avanzar diez años mi trabajo.
Por eso te abandono, pequeño hombrecito, no estaré más a tu servicio,
ni es mi intención condenarme a una muerte lenta por tu amor. No podrás
seguirme en la trayectoria que me impuse. Quedarías aterrado si tuvieses
alguna idea de lo que te espera en el futuro. Porque a partir de ahora eres tú
quien gobierna el futuro -y mis solitarias conquistas harán parte de tu futuro.
Pero no te quiero como compañero de viaje -como compañero, sólo eres
agradable en la mesa de un bar, nunca por donde voy.
"¡Fuera con él! Este hombre ridiculiza a la civilización, que yo, el
hombre común, ayudé a construir. Soy un hombre libre en una democracia
libre".
Tú eres la nada, pequeño hombrecito, la nada absoluta. No fuiste tú
quien construyó esta civilización, pero si un puñado de tus mejores amos.
Cuando te encuentras integrado en un proceso de construcción, no tienes la
menor idea de qué construcción se trata. Y cuando alguien te solicita para que
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Wilhelm Reich
tomes la responsabilidad de la construcción, le llamas "traidor del proletariado"
y corres a esconderte tras del Padre de Todos los Proletarios, que no te solicita.
No eres libre, pequeño hombrecito, no tienes la menor idea de qué
significa vivir en libertad. ¿No fuiste tú quien diseminó la plaga emocional en
Europa y en América? Piensa en Woodrow Wilson.
"¡Oigan, pero este tipo me acusa a mí, un pequeño hombrecito! ¿Qué
poder tengo yo para influenciar al presidente de los EUA? Yo cumplo con mi
deber, hago lo que manda mi patrón y no me meto en política".
Y cuando arrastras miles de hombres, mujeres y niños para las cámaras
de gas, no haces más que cumplir lo que te mandan, ¿no es así, pequeño
hombrecito? Eres un pobre diablo que nada tiene que decir, sin opinión propia,
¿quién eres tú para meterte en política?
Yo lo sé, ya te oí decir lo mismo con frecuencia, pero déjame
preguntarte: ¿Por qué no cumples con tu deber en silencio cuando un hombre
sabio te afirma que eres responsable por tu trabajo, o que no debes golpear a los
niños o te incita por milésima vez a que dejes de obedecer a los dictadores?
¿Dónde está entonces tu sentido del deber, tu inocente obediencia? No,
pequeño hombrecito, tú no escuchas cuando se dice la verdad, sólo puedes
escuchar el ruido sin sentido. Y entonces gritas: "!VIVA!". Eres cobarde y cruel,
sin el mínimo sentido de tu verdadero deber, el de ser humano y preservar a la
humanidad. Eres una mediocre imitación de sabio y extraordinaria de ladrón.
Tus películas, programas de radio e historietas abundan en toda especie de
crímenes. Tendrás que arrastrar todavía durante siglos tu mediocridad, antes de
poder volverte dueño de ti mismo. Si me separo de ti es con el fin de servir
mejor a tu futuro. Porque con la distancia, no me puedes alcanzar y tienes más
respeto por mi trabajo. Desprecias lo que te es cercano. Es por eso que colocas a
tus generales o mariscales proletarios en pedestales, porque de otra forma no
podrías "hacer de cuenta" que los respetas. Es por eso que desde los albores de
la historia, los grandes hombres siempre supieron mantenerte a distancia.
"¡El tipo es megalómano! ¡Está completamente loco!"
Conozco la facilidad con que diagnosticas la locura, toda la verdad que
te desagrada, pequeño hombrecito, y cómo te consideras el espécimen acabado
del homo normalis. De una manera u otra condenas a reclusión a los locos, y
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son ustedes las personas "normales" las que gobiernan al mundo. ¿A quién
pedir cuentas de toda esta miseria? A ti, nunca. Tú apenas cumples con tu
deber, y ¿quién eres tu para tener una opinión propia? Lo sé, no es necesario
que lo repitas, tu no cuentas, pequeño hombrecito. Pero cuando pienso en tus
hijos recién nacidos, el modo como los torturas con el fin de transformarlos en
criaturas "normales", a tu imagen y semejanza, me siento tentado a acercarme a
ti nuevamente con el fin de impedir tus crímenes. Pero sé también que tuviste el
cuidado de protegerte a ti mismo a través de una institución como la Secretaría
de Educación. Me gustaría llevarte a dar una vuelta por este mundo, pequeño
hombrecito, y mostrarte lo que eres y lo que fuiste, en el presente y en el
pasado, en Viena, en Londres, en Berlín como "representante del poder
popular" como miembro de algún credo. Podrías encontrarte y reconocerte en
todas partes, aunque fueses francés, alemán u hotentote si tuvieses el coraje de
mirarte a ti mismo.
"¡Óiganlo! ¡Ahora me insulta y ridiculiza mi misión!".
No es eso lo que intento hacer pequeño hombrecito, no estoy
ridiculizando tu misión. Me daría mucha alegría si me contradijeras, si me
dieses pruebas de que eres capaz de mirarte y reconocerte.
Es necesario que des pruebas, el mismo tipo de pruebas que se exigen
de un albañil cuando construye una casa; tiene que ser visible y habitable. No
tienes derecho de berrear que alguien te lesiona la honra cuando afirma que él
apenas discursa sobre la "misión de construir casas" sin realmente construir
algo. Del mismo modo te exijo que pruebes ser el apóstol y el soporte del futuro
de la humanidad. Deja de usar cobardemente las consignas de "la honra de la
nación" o del "proletariado" para esconderte -para mi ya has mostrado lo que
realmente eres.
Tal como te decía, aquí te dejo. La reflexión de muchas noches sin
dormir me llevaron a la necesidad de hacerlo. Tus futuros jefes de todos los
proletarios son menos complicados. Hoy en día son tus líderes, mañana los
encontrarás produciendo mecánicamente copias para algún periódico
desconocido y serán capaces de hacer lo que sea para continuar desempeñando
cualquier cargo. Cambian de convicción como quien cambia de camisa. Yo no,
sigo estimándote y preocupándome por tu destino. Pero una vez que eres
incapaz de respetar cualquier cosa o persona que te es cercana, es necesario
crear entre nosotros cierta distancia. Serán tus bisnietos los herederos de mi
trabajo. Y por ellos esperaré hasta el fin, con tal de poder gozar de mis frutos,
44
Wilhelm Reich
tal como durante treinta años lo esperé de ti. Tú, mientras tanto, continuabas
berreando: "abajo el capitalismo" o "abajo la constitución norteamericana".
Ven conmigo, pequeño hombrecito, te voy a mostrar unos cuadros de tu
vida cotidiana. No huyas. Serán odiosos, pero saludables y todo no es tan
terriblemente peligroso. Hace cien años, aprendiste a parlotear a los físicos que
construían máquinas y te decían que el espíritu no existía. Surgió entonces un
gran hombre que te demostró tu propio funcionamiento psíquico, sólo que
desconocía la conexión entre tu espíritu y tu cuerpo. Dijiste entonces: "¡Ridículo
psicoanálisis! ¡Charlatanería! Se puede analizar la orina, pero no se puede
analizar la psique humana".
Dijiste esto porque en materia de medicina, poco sabías, no más allá del
análisis de la orina. La lucha por el espíritu duró aproximadamente cuarenta
años. Conozco bien tus confusiones de esa lucha, porque las compartí en tu
nombre. Descubriste entonces que se podía ganar mucho dinero con las
perturbaciones de la mente humana. Basta con hacer que un enfermo venga
diariamente, durante una hora, a lo largo de algunos años, y que esa hora la
pague bien.
Entonces, y sólo entonces comenzaste a creer en la existencia del
espíritu mientras, concomitantemente, se iba consolidando el conocimiento de
tu cuerpo. Descubrí que tu espíritu es una función de tu energía vital; esto es, en
otras palabras que existe una unidad entre el cuerpo y el espíritu. Esta fue la
línea de reflexión que seguí, llegando a la conclusión de que expandes esa
energía vital siempre que te sientes bien y efectivamente seguro, y que la retraes
hacia adentro de tu propio cuerpo siempre que tienes miedo. Durante quince
años te mantuviste silencioso en cuanto al contenido de esas conclusiones. Lo
que no me impidió seguir por la misma vía y descubrir que esta energía vital, a
la cual le di el nombre de "ORGÓN", se encuentra también presente en la
atmósfera, fuera de tu cuerpo; conseguí volverla visible en la oscuridad y
montar un aparato capaz de amplificarla y volverla luminosa, mientras tú
jugabas a las cartas o te entretenías torturando a tu mujer y a tus hijos; yo
permanecí varias horas por día durante largos años, en mi cámara oscura,
intentando cerciorarme que había realmente aislado tu energía vital.
Gradualmente encontré la forma de demostrarlo a otros y se pudo constatar que
les era posible ver lo mismo que yo.
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Pero tú, en tu calidad de médico creyente de que lo psíquico es apenas
una secreción de las glándulas endocrinas, te aprestaste a afirmar a uno de mis
enfermos recuperados que mi suceso terapéutico fue apenas un resultado de la
"autosugestión". O sufriendo como sufres de dudas obsesivas y fobias
relacionadas con la oscuridad, afirmas en relación de los fenómenos que acabas
de observar que también ellos se deben a la "sugestión", o que te sientes como
salido de una sesión espiritista. Eso crees, pequeño hombrecito. En 1946
utilizabas las mismas reflexiones absurdas sobre el "alma" que en 1922
utilizabas para negarle la existencia. Continúas siendo lo mismo, pequeño
hombrecito. En 1948 continuarás, con el ánimo ligero, ganando dinero con el
orgón y difamando con ligereza, sofocando en el silencio e intentando destruir
cualquier otra verdad tal como lo hiciste con el descubrimiento de lo psíquico y
de la energía cósmica. Permanecerás siendo el mismo, pequeño hombrecito,
"lleno de espíritu crítico", berreando "¡VIVA!" a este y aquél. ¿Te acuerdas de lo
que dijiste del descubrimiento de que la tierra no es inmóvil sino que gira en sí
misma y se mueve en el espacio? No tuviste otra respuesta sino la del chiste
estúpido de que a partir de entonces, los vasos pasarían a caer de las charolas
de los criados. Fue hace algunos siglos de modo que ya lo olvidaste. Todo lo
que sabes de Newton es que "le cayó una manzana en la cabeza"; todo lo que
sabes de Rousseau es que preconizaba "el retorno a la naturaleza". La única cosa
que aprendiste con Darwin fue "la supervivencia de los más aptos" y no tus
orígenes como primate. De Fausto de Goethe, que tanto te agrada citar,
aprendiste tanto como un gato entiende de matemáticas. Eres estúpido y
vanidoso, vacío y payaso, pequeño hombrecito. Siempre encuentras la forma de
desvirtuar lo esencial y asimilar lo erróneo. Tu Napoleón, un hombrecillo de
galardones dorados, que nada nos legó más que el cumplimiento obligatorio
del servicio militar, sigue en tus librerías todo adornado en dorado, mientras
que a mi Kepler, que tuvo la intuición de tu origen cósmico, no se le puede
encontrar a la venta en ninguna librería. Y es por eso que sigues en el fango
pequeño hombrecito. Es por eso que me veo obligado a contradecirte cada vez
que pareces estar convencido de que yo trabajé y luché durante veinte años, que
gasté enormes sumas apenas para "sugerirte" la existencia de la energía cósmica
del orgón. No, pequeño hombrecito, aprendí realmente a sanear el mal que te
aflige, cosa que no puedes creer. Te oí claramente afirmar en Noruega, que:
"cualquiera que gaste una suma en meras experiencias debe estar
completamente loco". ¡Claro!, juzgar por ti mismo, sólo te es posible tomar
nunca dar, por eso te es inconcebible que alguien pueda tener alegría en la
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Wilhelm Reich
dádiva, tal como te es inconcebible la hipótesis de estar con una mujer sin que
inmediatamente te den ganas de "fornicártela".
Tal vez me fuese posible respetarte si al menos fueras grande cuando
"robas" felicidad. Pero hasta en esto eres mediocre. No eres necio, pero como tu
estado psíquico, mental es de estreñimiento, eres incapaz de crear -robas el
hueso y te arrastras hacia el primer hoyo donde puedas roerlo en paz. Tal como
Freud un día te lo dijo: atracas al primer individuo generoso que te encuentras
y lo secas hasta la médula en lo que tenga para darte. Y es a él a quien llamas
idiota. Le absorbes lo que pueda darte de sabiduría, de alegría, de grandeza,
pero eres incapaz de digerir lo que de él te venga; se te sale en las heces y el olor
que exhala es pavoroso. O, para salvaguardar tu dignidad, después de lo que en
realidad es una violación y un hurto, le llamas alienado, charlatán o perverso
sexual.
Aquí tenemos un "perverso sexual" ¿lo recuerdas, pequeño hombrecito
(tú eras presidente de una sociedad científica)? ¿Cómo te fue necesario correr el
rumor de que yo obligaba a mis hijos a presenciar el acto sexual? Esto pasó poco
después de que publicara mi primer artículo sobre el derecho de los niños a la
actividad genital. En otra ocasión (eras presidente temporal de una especie de
asociación cultural en Berlín) hiciste correr el rumor de que yo salía en coche
por el campo con adolescentes, con el fin de seducirlas. Nunca seduje
adolescentes, pequeño hombrecito. La obscenidad es una fantasía tuya, no mía.
Amo a mi mujer y a mi hija -es tu incapacidad de amar a los tuyos la que te
lleva al deseo inconfesable de andar por los bosques seduciendo muchachitas.
¿Y tú, "muchachilla", no es verdad que sueñas con la "masculinidad" del
ídolo cinematográfico? ¿No eres tú quien lleva su fotografía contigo a la cama?
¿Que haces el juego de la aproximación y de la seducción afirmándote como
mayor de 18 años? ¿Y no eres tú también quien lo acusa de crimen de violación
ante un tribunal? ¡Y liberado de culpa o condenado, tus abuelas besan las
manos del gran artista de cine! Tú entiendes pequeña jovencita.
Querías ir a la cama con él, pero fuiste incapaz de asumir la
responsabilidad. Por eso lo acusas, pobre muchachilla violada. O tú, mujer
madura, también violada, que conociste mayor placer en la relación sexual con
tu chofer que con tu marido. ¿No fuiste tú quien lo sedujo, por sentir más sana
su sexualidad de hombre de color? ¿Y no fue entonces que lo acusaste de
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criminal, a él que no tenía apoyo ninguno, víctima de su condición de "raza
inferior"? Evidentemente que no, tú eres pura y blanca, tus antepasados
vinieron en el May Flower, eres "hija de ésta o aquella Revolución" del norte o
del sur, cuyo abuelo se enriqueció a costa de los esclavos negros, trayéndolos de
la selva libre a la América encadenada. Como eres inocente, pura, blanca, como
es inexistente tu deseo del negro, ¡pobre criatura! Miserable cobarde,
descendiente monstruosa de una raza enferma de cazadores de esclavos, de un
Cortés que atrajo a miles de aztecas, confiados, a una emboscada, donde los
exterminó.
¡Desgraciadas hijas de esta o aquella revolución! ¿Qué hicieron con los
esfuerzos de los revolucionarios americanos, con los esfuerzos de Lincoln, que
liberó a tus esclavos para ser entregados, ahora, al "mercado de libre
competencia"? ¿Pero cuál es su concepción de emancipación? Mírense al espejo,
hijas de la revolución rosa, azul o blanca -vean cómo son idénticas a las "hijas de
la Revolución Rusa" muchachas inocentes y castas.
Si tan sólo una vez hubieran sido capaces de dar amor a un hombre, las
vidas de muchos negros, judíos y trabajadores se hubieran ahorrado. De la
misma forma como matan en los niños lo que está vivo en ustedes, en los
negros matan su íntimo anhelo de amor, sus fantasías sexuales que han
degenerado en frívola pornografía. ¡Qué gran vileza generan sus sexos muertos!
No, hijas de ésta o aquella revolución, no tengo la menor intención de
convertirme en el juez distrital, o el comisario; cargo que dejo de buen grado a
las rígidas criaturas uniformadas que las comandan. Guardo mi amor para los
pájaros y ardillas, los animales libres que tan cerca están de los negros, no los
negros de Harlem, con sus cuellos almidonados y trajes tiesos, sino los negros
integrados en sus tribus de la selva. No las enormes mujeres negras de aretes en
las orejas, cuyo placer negado les agranda las nalgas hasta el absurdo, pero sí a
los esbeltos y suaves cuerpos de las muchachas de los mares del sur, en cuyas
carnes se complace la vileza de los puercos sexuales de este o aquel ejército,
muchachas que desconocen que su amor puro es "usado" como en una relación
de burdel de Denver.
Sí, pequeña mujercita blanca, tú deseas a un ser humano que no ha
comprendido todavía que es explotado y despreciado. Sólo que tus días están
contados. Tu versión "virgen de la raza germánica" fue extinguida, pero
subsistes todavía como "virgen de la clase proletaria" en Rusia, o como "hija de
la revolución americana". Pero de aquí a unos quinientas o mil años, cuando
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Wilhelm Reich
muchachos y muchachas saludables puedan al fin proteger el amor y en él
hallar alegría, nada más quedará de ti la memoria de tu ridículo. ¿No fuiste tú
quien rehusaste oír la maravillosa y vibrante voz de Marian Anderson, tú,
mujercilla cancerosa? Su nombre permanecerá en la música a través de los
siglos, cuando ya nada reste de ti. Me pregunto si también a ella le es posible
pensar en términos de siglos, o si forma parte del número de los que prohiben
el amor de sus hijos. Lo ignoro -los verdaderos vivos, ahora corren, ahora
vagan. La vida misma los satisface, la verdadera vida que tú desconoces,
mujercilla putrefacta.
Inventaste el mito de que tú representas a la "sociedad", mito que tu
pequeño hombrecito se aprestó a ratificar de alma y corazón. No lo eres. Es
verdad que sigues anunciando cotidianamente, en tu periódico judío o
cristiano, cómo y cuándo se va a acostar tu hija con un hombre, pero ¿cuál es el
individuo con el mínimo de cerebro que le interesaría tal cosa? ¡"La sociedad"
soy yo, el carpintero, el jardinero, el profesor, el médico, el obrero. Esto y no tú,
criatura rígida, disimulando tu putrefacción! Tú no eres la vida, pero sí su
distorsión. Mas, entiendo por qué te retiraste a tu fortaleza de bienes y poder
¿qué otra cosa podrías hacer; enfrentar la mezquindad de los carpinteros,
jardineros, médicos, profesores y obreros? Siendo el horror que eres, tu retirada
se justifica, pero la mezquindad y la vileza la tienes hasta los huesos, en tu
estreñimiento, en tu reumatismo, en tu disimulación, en tu negación de la vida.
Eres desgraciada, pequeña mujercita, porque tus hijas se prostituyen, tus
hombres se secan y tu vida se pudre y con ella tus tejidos. Y no me inventes
historias, hija de la revolución, yo ya te vi completamente desnuda.
Eres cobarde y siempre lo fuiste, tuviste la felicidad en tus manos y la
dejaste ir. Pariste presidentes y los infectaste con tu vileza. Se dejan fotografiar
colgando medallas sobre personas en perpetua sonrisa, y no se atreven a
nombrar las cosas por su nombre. Tuviste el mundo en tus manos, y le lanzaste,
en Hiroshima y Nagashaqui, tus bombas atómicas; estos es, tu hijo lo hizo por
ti. Cavaste tu tumba con tus propias manos, mujercilla cancerosa. Con una sola
de estas bombas aniquilaste para siempre a tu clase y a toda tu raza. Porque no
tuviste
siquiera la humanidad de avisar a los hombres, a las mujeres y los niños de
Hiroshima y Nagashaqui. Ni un gesto de grandeza y, por ese gesto no
cumplido, toda tu especie desaparecerá como un guijarro abandonado en el
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océano. No importa lo que tengas que decir o pienses, pobre paridora de tantos
generales mentecatos -de aquí a quinientos años serás apenas motivo de
espanto y júbilo. Que no lo seas ya, es apenas pedazo de la miseria del mundo.
Sé lo que vas a decir, criatura. Todas las apariencias están a tu favor, "la defensa
del país" etc... Se usó el mismo argumento en otra ocasión, en la vieja Austria.
¿Nunca oíste a un cochero vienés berrear: "¡Viva mi Kaiser!"? Pues es la misma
música. Es verdad que tu yerno es el vicepresidente de la Cámara o que tu
sobrino es alto funcionario del Ministerio de Finanzas. Entre una y otra taza de
té, ve diciéndoles unas cosas a mi respecto. Al individuo que quiera ser
presidente de la Cámara o al director general, no ha de dejar de convenir la
utilización de una víctima en nombre de "la ley y el orden". Sé muy bien cómo
se mueve a los corderillos, pero no ha de ser eso lo que te salve -mi verdad tiene
más fuerza que tú.
"¡El hombre es un obsesionado, un fanático! ¿Será que yo no tengo
ninguna función en la sociedad?"
Apenas te demostré que eres mediocre y vil, pequeño hombrecito, tú y
tu mujer, todavía no mencioné tu utilidad e importancia. ¿O juzgas que
arriesgaba el pescuezo en una plática de éstas si no te hallara importante? Toda
tu mezquindad y vileza es mucho más grave vista a la luz de tu inmensa
irresponsabilidad e importancia. Se afirma habitualmente que eres
estúpido --ahora, yo sé que eres inteligente, pero cobarde. Se afirma que eres el
estiércol necesario para fertilizar a la sociedad humana -yo diría que eres la
semilla. Se dice también que la cultura requiere de esclavos. Yo afirmo que
ninguna cultura puede ser edificada sobre cualquier forma de esclavitud. La
monstruosidad de este nuestro siglo volvió ridícula cualquier evolución
cultural a partir de Platón. ¡La cultura humana todavía ni siquiera existe,
pequeño hombrecito! Comenzamos ahora a entender la degeneración
patológica del animal humano. Esta "plática" con el pequeño hombrecito o
cualquier otro escrito válido que pueda ser publicado hoy en día, será para la
cultura que haya dentro de mil o cinco mil años, lo mismo que la primera rueda
de piedra de hace milenios es para la Locomotora Diesel de nuestros días. Tu
pensamiento es estrecho, pequeño hombrecito, tú no ves más allá del tiempo
que transcurre entre el desayuno y la cena. Tendrás que aprender a pensar en
términos de siglos, y la perspectiva del futuro en términos de milenios. Tendrás
que aprender en términos de la verdadera vida, en términos de tu
desenvolvimiento desde la primera partícula plasmática hasta el animal
humano capaz de caminar erecto, pero incapaz aún de pensar con claridad.
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Wilhelm Reich
Porque tu memoria no detiene acontecimientos de hace diez o veinte años,
continúas cometiendo las mismas burradas de hace dos milenios. Y todavía
peor: te agarras a ellas -a tu "raza", "clase", "nación", a tus ritos religiosos
compasivos y a la represión del amor. No te atreves a mirar hasta qué punto te
encuentras atorado en tu miseria. De vez en cuando sacas la cabeza del lodo y
berreas "¡VIVA!". El croar de una rana en el charco está más cerca de la vida que
tú.
"¿Por qué no me sacas del pantano? ¿Por qué no participas en mis
reuniones del partido, en mis parlamentos, en mis conferencias diplomáticas?
¡Eres un traidor! ¡Dices que luchaste por mí, que sufriste y te sacrificaste, y
ahora me insultas!".
Yo no puedo arrancarte del pantano. Sólo tú puedes hacerlo. Nunca
participé de tus círculos y conferencias políticas porque la regla principal
consiste en "callar lo esencial", "hablar apenas de lo Accesorio". Sólo gritas
"abajo el punto principal", "vivan las casualidades". Es verdad que durante
veinticinco años luché por ti, te sacrifiqué mi seguridad profesional y la paz de
mi familia; financié organizaciones tuyas, participé en marchas y
manifestaciones de protesta. Es verdad que, en mi calidad de médico, te di
miles de horas, sin recibir ninguna compensación -errante de país en país por tu
causa, sustituyéndote muchas veces, mientras berreabas con más ganas
"VIVAS". Fui literalmente capaz de arriesgar la vida por ti, en el tiempo de la
gran plaga política, cuando te transportaba clandestinamente al mejor abrigo,
bajo pena de muerte de ser descubierto; ayudé a proteger a tus hijos de las
embestidas de la policía contra sus manifestaciones públicas -y gasté todo
cuanto tenía en la creación de instituciones de salud mental donde fuese posible
hallar orientación y apoyo. Pero tú nada tenías para darme a cambio. Querías
estar a salvo, pero ni una sola vez en el transcurso de estos treinta monstruosos
años de peste emocional fuiste capaz de generar una sola idea fecunda. Y una
vez terminada la segunda guerra mundial, te encontraste exactamente en el
mismo punto que cuando comenzó; tal vez unos milímetros más a la
"izquierda" que a la "derecha", pero hacia adelante ¡nada!. Malbarataste las
adquisiciones de la lucha francesa por la emancipación, y hasta la
extraordinaria emancipación rusa conseguiste transformarla en un aborto a los
ojos del mundo. Tu gran falla, que sólo espíritus verdaderamente grandes y
solitarios pueden entender sin cólera, sin desprecio, fue la causa de la
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desesperación en todo el mundo de todos aquellos dispuestos a sacrificar todo
por ti. Durante todos esos años de horror en esa sangrienta mitad de siglo, ni
una sola palabra se te escuchó que no fuera banal, ni una sola palabra de
consuelo ni siquiera de sentido común, sólo slogans.
Mientras tanto, no me desanimé del todo, pues aprendí a conocerte
todavía mejor y más profundamente. Entendí que no te era posible pensar o
actuar de otro modo. Reconocí entonces el miedo mortal que te suscita toda
forma de vida que hay en ti, miedo que siempre amenaza la continuidad de
todo lo que intentes de genuino y cierto. Tú no puedes entender que el
conocimiento sea fuente de esperanza. La esperanza, para ti, siempre tendrá
que venir de los otros, nunca de ti mismo. Es por eso que, frente a mi actitud
respecto al colapso de tu mundo, me llamas "optimista", pequeño hombrecito,
¿y quieres saber por qué soy optimista y creyente en el futuro? Escucha:
Durante el tiempo que me preocupé por ti, tu testarudez me sacó de
quicio una y otra vez. Una tras una, olvidé las ofensas que se seguían al apoyo
que te daba, mil veces fui forzado a tener en cuenta tu condición de enfermo;
hasta que abrí los ojos y te vi -el primer movimiento fue de desprecio y cólera,
pero aprendí gradualmente a sustituirlos por la comprensión del mal que te
afecta. Después de esto ya no te odié por convertir al mundo en algo tan
confuso; en tus primeros intentos de liderazgo en el mundo comencé a entender
que ese era el único resultado posible, después de miles de años de represión de
la verdadera vida.
Enuncié la ley fundamental de lo que vive, pequeño hombrecito, al
mismo tiempo que andabas por ahí anunciando "mi" locura. Eras entonces un
psiquiatra insignificante, con una cierta experiencia de movimientos de
juventud y con altas posibilidades de una futura afección cardíaca, dado que
eras impotente; moriste pues, años más tarde, literalmente con el corazón hecho
pedazos, pues no impunemente se roba y difama a cualquiera; no sí se tiene un
mínimo de integridad y ésta, tú la tenías escondida en un rincón oscuro de tu
alma, pequeño hombrecito. Cuando pasaste de ser mi amigo a ser mi enemigo,
pensaste que yo estaba "listo" y me diste el puntapié final, porque sabías que yo
tenía razón y que no te era posible seguirme y mantener el mismo paso.
Cuando años más tarde volví a la lucha, más pertinaz, "siempre-de-pie", y ahora
más fuerte, acertado y determinado que nunca, sufriste un susto que te fue
mortal. Tuviste, sin embargo, tiempo de verificar por qué abismos fui forzado a
pasar, terreno inestable que habías preparado para mí en tu deseo de
52
Wilhelm Reich
destruirme. ¿Tú no intentaste en tu miedosa organización, llevar adelante mis
enseñanzas como si fueran tuyas? Te aseguro que la gente honesta que te
rodeaba lo sabía, lo sé porque ellos me lo dijeron. Las tácticas clandestinas
pueden llevarte a la tumba antes de tiempo, pequeño hombrecito.
Y porque la vida a tu lado, es demasiado arriesgada, porque con tu
cercanía es imposible servir a la verdad sin ser apuñalado por la espalda y
vilipendiado, opté por la separación. Y lo repito: no la separación de tu futuro,
sino de tu proximidad. No de tu humanidad, sino de tu inhumanidad y
mezquindad.
Me sostengo capaz de cualquier sacrificio en nombre de la verdadera
vida -no por ti, pequeño hombrecito. Sólo hace poco me di cuenta del tremendo
error en el cual trabajé durante 25 años: me dediqué a tu persona y a tu forma
de vida, creyente de que tú eras la vida, la simple entereza, el futuro y la
esperanza.
Tal como yo, otros fueron los que, desprevenidos y de buena fe,
procuraban hallar en ti el sentido de la vida. Ni uno solo sobrevivió. Siendo así,
decidí no dejarme morir, victimado por tu estrechez de visión y mezquindad.
Porque creo en la importancia de lo que hago. Descubrí la energía que es la
vida, pequeño hombrecito -pero ya no cometo el grave error de confundirte con
la fuerza que sentía en mí y que buscaba en ti.
Mi contribución real para la seguridad de lo que realmente está vivo y
de tu futuro, sólo será posible si se pudiera, de forma bien clara y nítida, hacer
la separación entre la vida, sus funciones y características, y tu forma de vida.
Sé que es necesario valor para poder entrar en conflicto contigo -pero voy a
continuar el trabajo para el futuro, porque me inspiras compasión y porque no
me mueve el deseo de ser alzado a la posición de "gran" líder mediocre, a través
de ti, y a que aspiran tus miserables jefes. Hace ya algún tiempo que la vida
comienza en ti a dar señales de rebeldía frente a la distorsión que le es
impuesta. Esta es la primera hora de un futuro mejor, del fin de toda forma de
mediocridad.
Porque ahora el modo como actúa la plaga emocional se va haciendo
demasiado obvio. Acusas a Polonia de las intenciones de agresión militar,
después es tomada la decisión de agredir a Polonia. Acusas al rival de la
53
intención de crimen, después de decidir eliminarlo. Acusas de pornográfica la
vida sexual sana, porque tienes en mente intenciones pornográficas.
Ya te topamos, pequeño hombrecito, te vas tornando transparente bajo
tu fachada de desgracia y sumisión. Lo que te he pedido es que determines el
rumbo del mundo con tu trabajo y tu realización -no queremos que reemplaces
a un mal tirano por otro todavía peor.
Lo que se te exige es que te sometas a las leyes de la vida, tal como
querías que los otros lo hiciesen; que te modifiques a medida que los vas
criticando. Cada vez es más obvia tu predisposición para hablar de tu avidez, tu
irresponsabilidad -lo malo de ti que corrompe toda la belleza de la Tierra. Sé
que no te agrada lo que oyes, que prefieres berrear "¡VIVA!", y que eres muy
capaz de parir el futuro país de los proletarios o del IV Reich. Pero no creo que
lograrás contaminar al mundo como lo lograste en el pasado, -aunque seas
todavía brutal bajo tu máscara de sociabilidad y gentileza, pequeño hombrecito.
No puedes pasar una hora conmigo sin traicionarme. ¿No lo crees?, deja
entonces que te refresque la memoria:
Acuérdate de la magnífica tarde en que viniste en la persona de un
leñador a pedir trabajo a mi cabaña en la montaña. Después de olerte, mi perro
te brincó lleno de alegría; viste que era un can de buena raza y dijiste entonces:
"debería amarrarlo para hacerlo bravo, el perro es demasiado manso" a lo que te
respondí: "yo no quiero tener una fiera amarrada con cuerdas, no me gustan los
perros bravos". Ah, amistoso pequeño leñador, tengo muchos más enemigos en
el mundo que tú, pero sigo prefiriendo a mi majestuoso perro, cariñoso con
toda la gente.
¿Te acuerdas del domingo lluvioso en que la angustia delante del
fenómeno de tu rigidez biológica me llevó a salir de casa, largando el trabajo,
para irme a meter en uno de tus bares? Me senté en una mesa y pedí un whisky.
(No, pequeño hombrecito, no soy alcohólico, aunque guste de beber de vez en
cuando). Estaba ahí bebiendo mi vaso cuando te escuché en tu borrachera;
habías sido desmovilizado de la guerra; describiste a los japoneses como
"changos horrorosos", y fue entonces que afirmaste, con la expresión facial que
yo te conozco muy bien en mi trabajo terapéutico: "¿Ustedes saben lo que se
debería hacer con todos los japoneses de la costa occidental? Estrangularlos a
todos, uno por uno, pero lentamente, apretándoles el cuello poco a poco... así...
muy despacio..." e ibas haciendo los gestos con las manos, pequeño hombrecito.
El mesero te apoyaba, afirmaba admirado delante de tu heroica masculinidad.
54
Wilhelm Reich
¿Alguna vez tuviste un bebé recién nacido en los brazos, patriotero de mierda?
Durante muchas décadas continuarás todavía estrangulando espías japoneses,
aviadores americanos, campesinas rusas, oficiales alemanes, anarquistas
ingleses y comunistas griegos; habrás de fusilarlos; condenarlos a la silla
eléctrica, a las cámaras de gas -lo que en nada irá a alterar tu estreñimiento, tu
incapacidad de amar, tu reumatismo o tu enfermedad mental. No serán los
crímenes que puedas cometer los que irán a sacarte del lodo en que estás.
Mírate a ti mismo, pequeño hombrecito, es tu única esperanza. ¿Te acuerdas,
pequeña mujercilla, el día que viniste a mi consultorio, con espuma, de la rabia
contra el hombre que se había separado de ti? Durante años tú, tu madre, tus
sobrinos, nietos y tus primos se habían colgado de él tan duramente que ya
empezaba a marchitarse; él te había estado manteniendo a ti y a tus parientes
hasta que en el último esfuerzo para mantenerse vivo, te dio un puntapié y te
corrió; sólo que como no se sentía lo suficientemente fuerte para poder liberarse
de ti por sus propios medios, me vino a pedir auxilio. Te pagó de buena
voluntad la pensión que le fue impuesta por la ley, tres cuartos de sus
ganancias -el precio de su amor por la libertad. Porque este hombre era de
verdad un artista, y el verdadero arte, tal como la genuina ciencia, no sobrevive
a cualquier cadena. Tú, sin embargo, en tu rabia ciega, lo que querías era que él
fuese a sustentarte totalmente, a pesar de tener tu propia profesión -y sabías
que yo lo ayudaría a eximirse de obligaciones sin justificación posible. Te
enfureciste. Me amenazaste con la policía porque, según decías, era yo quien te
quitaba lo que tenías, aprovechándome de su necesidad de apoyo. En otras
palabras, tú, como mujercilla mediocre que eres, me acusaste de tus propias
intenciones. Nunca se te ocurrió intentar progresar en tu profesión, porque esto
habría significado tu independencia del hombre por quien, hace ya tantos años,
nada más sentías odio. ¿Crees que es así como se puede construir un mundo
nuevo? Tú que te presentaste como ligada a ciertos medios socialistas que
"sabían todo acerca de mi", ¿no ves hasta qué punto tu comportamiento es
típico, que hay millones como tú que están destruyendo la Tierra? Sé bien que
estás "débil" y "sola", "dependiente de tu madre", "desamparada", que odias a tu
odio, que no te soportas y estás desesperada. Y es por eso que destruyes la vida
del hombre con quien viviste, pequeña mujercita, y tu vida sigue el rumbo
mediocre de la mayor parte de las vidas. Y sé también que los jueces y abogados
están de tu lado porque no tienen otra respuesta a tu desgracia.
55
Te vuelvo a ver también a ti, secretarilla de un tribunal de provincia,
tomando notas sobre mi pasado y mi presente, sobre mis opiniones acerca del
sentido de la propiedad, acerca de Rusia y de la democracia. Me preguntas cuál
es mi posición social. Respondo que soy miembro honorario de tres sociedades
científicas entre las cuales está la Sociedad Internacional de Plasmogenia, lo que
parece impresionar a la audiencia. En la sesión siguiente, el oficial de
investigaciones me dice: "Hay aquí una cosa extraña: que el señor es miembro
de la Sociedad Internacional de Poligamia, ¿es esto cierto?". Y ambos nos reímos
de tu engaño, criaturilla mediocre. ¿Percibes ahora por qué motivo las personas
me difaman? La base está en tus fantasías, no en mi forma de vivir. ¿Es o no
cierto que todo lo que recuerdas de Rousseau es su apego al "retorno a la
naturaleza", o el hecho de que dio poca atención a sus hijos y los puso en un
orfanato? Tu naturaleza es perversa, porque apenas ves y oyes lo que es
desagradable, y nunca lo que pueda ser bonito o pueda tener belleza.
"Escuchen honorables ciudadanos; yo lo vi correr las persianas a la una
de la mañana. ¿Y qué es lo que ustedes piensan que el tipo estaba haciendo? Y
durante el día las tiene abiertas, ¿no hay aquí alguna cosas rara?"
De poco o nada te servirá seguir usando esos métodos contra la verdad.
Nosotros ya nos conocemos; no son mis persianas las que te preocupan, lo que
te interesa es ocultar mi verdad. Tú quieres seguir siendo difamador y delator,
siempre que tu vecino no se acomode a tu modo de vida, o porque es
bondadoso o libre, o simplemente porque trabaja y poco se incomoda por ti, por
eso deseas que lo aprehendan. Eres demasiado entrometido, pequeño
hombrecito, metes la nariz donde no te llaman, para enseguida difamar; te
sientes respaldado porque sabes que la policía no divulga la identidad de sus
informadores.
"¡Oigan, contribuyentes! ¡Y es esto un profesor de filosofía que una de
las grandes universidades de su ciudad quiere contratar para enseñar a nuestra
juventud! ¡Fuera con él! ¡Vivan los contribuyentes, déjenos decidir quién debe
enseñar!"
Y a tu no menos ilustre esposa y contribuyente, que pones a circular un
pliego petitorio contra el profesor en causa, que, evidentemente, pierde así el
lugar. Tú, virtuosísima esposa y contribuyente, honorable paridora de patriotas,
así consigues ser más poderosa que cuatro mil años de filosofía y ciencia. Sólo
que comenzamos a entenderte y, tarde o temprano, tu hora ha de sonar.
56
Wilhelm Reich
"¡Oigan bien todos aquellos que se interesan por la moral pública, la ley
y el orden. En nuestra esquina vive una mujer con su hija, y la hija recibe al
novio de noche; vamos a llevarla al tribunal, la acusaremos de mantener una
casa de citas! ¡Policía! ¡Queremos la protección de las buenas costumbres!"
Y la madre es acusada y condenada, porque tú espías lo que pasa en la
cama de los otros. Demasiado claramente lo expresas; demasiado claras son las
motivaciones de tus apelos a "la moral y el orden". ¿O no es verdad que intentas
pellizcar el trasero de todas las empleadas, pequeño hombrecito moralista? SI,
DESEAMOS PARA NUESTROS HIJOS LA EXPRESIÓN LIBRE Y
ABIERTAMENTE ALEGRE DE SU AMOR Y QUE NO TENGAN QUE
VIVIRLO CLANDESTINAMENTE, EN RINCONES OSCUROS, EN LA
OSCURIDAD DE ENTRE PUERTAS. Queremos respetar a los padres valientes
y honestos que entienden y protegen el amor adolescente de sus hijos e hijas.
Tales padres y madres son el germen de las generaciones futuras, cuyo cuerpo y
sentidos serán sanos, libres al fin de tus obscenidades y fantasías, pequeño
hombrecito impotente del siglo veinte.
"¡Oigan la última! ¡Hubo un muchacho que fue a verlo para tratarse y
tuvo que salir corriendo con los pantalones en la mano porque el tipo era
homosexual!"
¿No sientes el hedor de tu hálito, pequeño hombrecito, cuando dices por
ahí esta "verdad"? ¿No le reconoces el origen a tu monte de estiércol, a tu
estreñimiento y lascivia? Yo nunca tuve deseos homosexuales, como tú, nunca
intenté seducir muchachitas como tú, pequeño hombrecito; nunca violé a una
mujer, nunca sufrí estreñimiento, nunca robé afecto; sólo me uní a mujeres que
me querían bien y a quienes yo quería; nunca me exhibí públicamente, como tú
lo haces, ni me deleito, como tú, en fantasías obscenas.
"¡Pero oigan esto! ¡El tipo se atrevió de tal forma con la secretaria, que la
muchacha tuvo que huir de casa; vivía con ella en la misma casa, con las
persianas siempre corridas y la luz encendida hasta las tres de la mañana!"
Y De la Mettrie era un voluptuoso que murió atragantado de pasteles,
según tu versión; se te escurrió la baba por las mandíbulas cuando hablaste del
matrimonio morganático del príncipe Rodolfo, (vivía en concubinato); dijiste
que Eleonor Roosevelt nunca estuvo muy bien de la cabeza, y el rector de la
57
universidad encontró a su mujer en flagrante delito de adulterio; y que la
profesora del pueblo tiene un amante. ¿No eres tú quién lo afirma pequeño
hombrecito? ¿No eres tú quién propaga tales "obscenidades"? Tú, miserable
ciudadano del mundo, que durante milenios malbarataste tu propia vida,
cavando tú mismo la fosa donde te mantienes.
"¡Agárrenlo! ¡El tipo es un espía alemán, o tal vez ruso, o a la mejor de
Islandia! ¡Yo lo vi a las tres de la tarde en el camino 86 de Nueva York y todavía
más, con una mujer!"
¿Sabes cuál es el aspecto de un piojo cuando es expuesto a un foco de
luz muy intenso? Bien, me parecía que no. Habrá un día en que la ley usará de
su fuerza contra el piojo humano -leyes capaces de proteger la verdad y el
amor. Hoy tú echas amantes adolescentes a la prisión; pero algún día tú serás
enviado a una casa de reflexión por manchar gente decente con tu basura.
Surgirán nuevos jueces y delegados de justicia, que no administrarán más en
formalismos e imposiciones sino en verdad y con justicia y amabilidad. Leyes
nuevas habrán de erigirse para proteger la vida, leyes que tendrás que obedecer
por mucho que te pese. Sé, sin embargo, que por tres, cinco, o diez siglos
tendremos que soportarte como el portador por excelencia de la plaga
emocional, el núcleo de la difamación, de la intriga, de la inquisición abusiva,
pero acabarás por sucumbir a tu propia pureza, hoy enterrada y
profundamente inaccesible en tú ser.
Puedo asegurarte que ningún Kaiser, ningún César o Padre del
Proletariado puede jamás conquistarte. Esclavizarte sí, pero ninguno fue capaz
de sacarte de tu pequeñez. Lo único capaz de conquistarte será tu sentido de la
pureza, a tu aspiración a la verdadera vida -en cuanto a esto no tengo la menor
duda. Una vez superada tu mediocridad y mezquindad, comenzarás a pensar,
en un principio sin duda, ridícula y erróneamente, pero con seriedad. Tendrás
que aprender a soportar el dolor que todo el esfuerzo de pensar trae consigo, tal
como yo y otros soportamos la pena de pensarte durante años, en el silencio,
con los dientes apretados. Nuestro dolor te hará pensar. Y cuando comiences a
hacerlo, sentirás la magnitud de lo absurdo de tus cuatro milenios de
"civilización". Te será difícil entender cómo fue posible que tus periódicos sólo
tuvieran que relatar y comentar "marchas sin sentido", condecoraciones,
crímenes, ahorcamientos, diplomacias, calumnias, política externa, políticas
reales, movilizaciones militares, desmovilizaciones, de nuevo movilizaciones,
pactos, bombardeos -y que nunca hayas reaccionado con agresividad o te hayas
58
Wilhelm Reich
siquiera percatado del peligro que corrías. Tal vez te hubiese sido posible
entenderte a ti mismo si no hubieses engullido bovinamente todo lo que te caía
en las manos. Pero lo que deveras será difícil de aceptar es la verificación del
hecho de que todo lo fuiste imitando y propagando a través de los siglos;
asimilaste toda esa basura con toda la paciencia de una oveja mansa,
desconfiaste de tus sanas ideas y aceptaste las falsas que leíste en los periódicos,
porque pensaste que eran más patrióticas. Y esto, pequeño hombrecito, es algo
que te tomará un largo tiempo poder superarlo. Te avergonzarás de la historia
que hiciste, y la única esperanza reside en que nuestros bisnietos no se vean
obligados a leer tu historia militar. Ya no será posible entonces, el montaje de
una gran revolución sólo para poner en escena a un nuevo "Pedro el Grande".
Ahora UNA VISIÓN DEL FUTURO. No sabría decirte ciertamente
cómo será. No sé si alcanzarás la Luna o Marte con la ayuda del orgón cósmico
que me fue posible aislar. Ni puedo saber de qué forma se irán a elevar en el
espacio, o aterrizar tus naves espaciales, o si utilizarás la luz del sol para
iluminar de noche tus casas, o si podrás hablar con alguien en Australia o en
Bagdad a través de un agujero en la pared de tu recámara. Pero sé LO QUE
DEFINITIVAMENTE NO HARÁS en quinientos, mil o cinco mil años.
"¡El tipo es visionario! ¡Y todavía por encima: dictador, al prescribirme
lo que no haré! ".
No soy un dictador, pequeño hombrecito, pero si hubiera querido serlo,
la tarea habría sido fácil frente a tu mediocridad. Tus dictadores sólo pueden
decirte lo que no puedes hacer en el presente, bajo la pena de ser enviado a la
cámara de gases. Pero no pueden decirte lo que harás en el futuro distante, tal
como no les es posible provocar el crecimiento de un árbol más rápidamente
con tan sólo ordenarlo.
"¿Y de dónde te viene la sabiduría a ti, esclavo intelectual del
proletariado revolucionario?".
¡De lo más íntimo de ti mismo, eterno proletario de la razón humana!
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"¡Eso sí que está bueno! ¡Fue en mí en donde el tipo vino a buscar la
sabiduría, en mis profundidades! ¡Yo no tengo profundidades! ¿Y qué especie
de concepto individualista de profundidades de lo "más íntimo" es ese?".
Te digo que las tienes, ahora que, las desconoces; sientes un miedo
mortal a tu profundidad, por eso ni siquiera la sientes. Si te acercara a ella, te
daría vértigo, como si fuera un abismo. Temes la caída y la pérdida de tu
individualidad, porque cuando intentas encontrarte es siempre el mismo
hombrecito cruel, envidioso y avaro quien aparece. Ahora que, con las mejores
intenciones, tu trayectoria es sin embargo, siempre la misma: la de una criatura
ávida, cruel, malévola, mezquina. Si no te hallases hundido en tu propio fondo
no me habría dado el trabajo de esta larga plática. Conozco tu capacidad de ir
hasta el fondo, del tiempo en que me buscabas como médico, como alguien a
quien entregar tu sufrimiento. Lo que tienes de verdaderamente profundo es la
piedra donde asentarás la grandeza de tu futuro; y es por eso que te puedo
decir lo que ciertamente no harás. Vendrá un tiempo en que no podrás
comprender cómo fuiste capaz de hacer todo esto en cuatro mil años de
incultura. ¿Querrás ahora escucharme?
"¿Pero qué es esto, por qué he de dar oídos a una utopía más? No hay
nada que hacer, mi querido doctor, soy y continuaré siendo un pobre diablo, el
hombre de la calle, que no tiene opinión propia. Por el contrario, quién soy yo
para..."
Escucha, te escondes detrás de la leyenda del pequeño hombrecito,
porque tienes miedo a sumergirte y tener que nadar en el gran río de la vida
por lo menos en nombre de tus hijos y de los hijos de tus hijos.
La primera de todas las cosas que no harás más, será creer en la
percepción de ti mismo como un sujeto insignificante y sin opinión, que dice en
todo momento; "pero quién soy yo para...". Tienes tu opinión propia, y en el
futuro que preveo, pasarás a considerar vergonzoso no conocerla, no defenderla
y no expresara.
"¿Pero qué dirá la opinión pública acerca de mi opinión? Los otros me
harían trizas si me atrevo a expresarla".
Aquello que llaman opinión pública, pequeño hombrecito, sólo es la
suma de todas las opiniones de hombres y mujeres que se dicen comunes. Todo
hombre y mujer tiene opiniones erradas y ciertas. Expresa los errores porque
60
Wilhelm Reich
teme igualmente los errores de otros hombres y mujeres comunes. Esta es la
razón fundamental de que las opiniones correctas raramente se expresen. Tú ya
no crees, por ejemplo, que tu opinión "no cuenta". Un día conocerás y
defenderás el verdadero soporte de la sociedad humana. No huyas, no te
aterres. No es así de terrible ser la base responsable de la sociedad humana.
"¿Qué es necesario que yo haga para transformarme en el soporte de la
sociedad humana?"
Nada tendrás que hacer de nuevo o extraordinario; baste con que
continúes arando tus campos, usando tu hacha, examinando a tus pacientes,
llevando a tus hijos a la escuela o al jardín a jugar, escribiendo artículos sobre
los acontecimientos cotidianos, intentando penetrar más a fondo en los secretos
de la naturaleza. Todo esto ya eres capaz de hacerlo; ahora bien, no lo
consideres insignificante ante los hechos del general lleno de condecoraciones o
el "arrogante" príncipe caballero de armadura reluciente.
"¡Pero el señor es un visionario, sabio! ¿No ve que los generales y los
príncipes son los detentores de los ejércitos y de las armas con que se hacen las
guerras, del poder para enlistarme en el servicio militar, de destruir mis
cosechas, o mi laboratorio, o mi gabinete de trabajo?"
Eres enlistado para servir al ejército; y las cosechas y las fábricas son
destruidas porque berreas "¡VIVA!". Tus héroes de armadura reluciente no
tendrían soldados ni armas, si claramente asumieses el hecho de que lo más
importante son tus cosechas y la producción de tus fábricas, y que ni campos ni
fábricas existen para ser destruidos, cosa que tus militares y héroes desconocen,
porque nunca trabajaron en los campos, en las fábricas ni en los laboratorios, o
creen que tu trabajo se procesa apenas para servir la honra de la patria alemana
o proletaria y no para alimentar y vestir a tus hijos.
"¿Qué es lo que he de hacer? Odio la guerra, mi mujer llora de
desesperación cada vez que me enlistan, mis hijos mueren de hambre cuando
los ejércitos proletarios ocupan mis tierras y no tienen en cuenta el número de
muertos. Todo lo que desearía es que me dejasen trabajar en paz mis campos,
jugar con mis hijos al volver del trabajo, amar a mi mujer, y los domingos poder
tocar, bailar y cantar de alegría. ¿Qué he de hacer?"
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Tan sólo continuar haciendo lo que haces y lo que deseas hacer -criar a
tus hijos en la alegría y amar a tu mujer. Si PUDIESES HACERLO CLARA Y
FIRMEMENTE NO HABRÍA MÁS GUERRAS- guerras que exponen a tu mujer
al ataque de los soldados embrutecidos por largos períodos de abstinencia
sexual; guerras que llevan a la muerte por inanición a tus hijos dejándolos
huérfanos; guerras que sólo te ofrecen la ilusoria imagen de un celeste "campo
de gloria".
"¿Pero qué clase de hombre sería yo si viviendo apenas para mi trabajo,
para mi mujer y mis hijos, al verlos amenazados por los Hunos, alemanes,
japoneses o rusos, o cualesquiera otros que me impongan la guerra? ¿No sería
mi deber defender lo que amo y me pertenece?"
Tienes razón, pequeño hombrecito. Si te atacaran tendrías que tomar las
armas. ¿Pero podrías entender que el "enemigo", los Hunos de todas las
naciones no son nada más que millones de pequeños hombrecitos como tú, que
berrean "¡VIVA!" siempre que sus príncipes (que desconocen el trabajo) los
llaman a filas? Que como tú, se tienen poco en cuenta y se interrogan" ¿... pero
quién soy yo para tener opinión propia?"
Cuando sepas algún día, que eres alguien, que la opinión que tienes
acerca de ti es correcta y que tus campos y fábricas fueron hechos para servir a
la vida, y no a la muerte, entonces podrás responderte a ti mismo las preguntas
que ahora me expones. Y para eso no necesitarás la acción de tus diplomáticos.
En lugar de seguir berreando "¡VIVA"! y llevar flores a la tumba del soldado
desconocido, o consentir que cualquier príncipe gritón o general de todos los
proletarios venga a aplastar con su peso tu consciencia nacional, deberás
oponerle tu autoestima y la conciencia del valor de tu trabajo. (Conozco a tu
soldado desconocido, pequeño hombrecito; lo encontré en combates en las
montañas de Italia; es lo mismo que tú, pequeño hombrecito, incrédulo de la
existencia de una opinión propia, diciendo: "¿Pero quién soy yo para tener una
opinión...?"). Podrías intentar conocer a tu hermano, el pequeño hombrecito de
Japón, China o cualquier otro país "bélico", e intentar darle a conocer la opinión
justa que tienes acerca de tu trabajo como obrero, médico, agricultor, padre o
marido, convenciéndolo de que al final todo lo que hay que hacer es,
simplemente, volver imposible cualquier guerra por la fuerza del amor al
trabajo y a los tuyos.
"Bueno, pero ellos tienen bombas atómicas, y una sola de ellas puede matar
a miles de personas".
62
Wilhelm Reich
Me parece que todavía no entendiste bien, pequeño hombrecito. ¿Crees
que son los príncipes y generales los que fabrican esas bombas? No, son
hombres como tú, que las construyen berreando "VIVA" en lugar de rehusarse a
hacerlo. Como ves, pequeño hombrecito, todo se encuentra ligado al hecho de
que pienses errónea o correctamente. Si no fueses tan terriblemente mediocre,
gran científico del siglo veinte, habrías hallado la manera de no servir a la
conciencia nacional, pero sí a una conciencia internacional que pudiese impedir
para siempre la utilización de bombas atómicas; o, si te fuese imposible, habrías
usado toda tu influencia por medio de palabras inequívocas para que ni
siquiera fuesen construidas. Ciego con tu invención, ni siquiera puedes tener
una salida posible, porque tu pensamiento y tu visión han tomado el camino
errado. Y prometiste con todo a todos los pequeños hombrecitos del mundo que
tu energía atómica sería la cura de su cáncer, y de su reumatismo, sabiendo
perfectamente que tal cosa no sería posible jamás, y que sólo tenías en las
manos la base de un arma criminal. Así es, tu ceguera es idéntica a la de los
físicos de las épocas anteriores. ESTAS ARRUINADO PARA SIEMPRE. Tú
sabes, pequeño hombrecito, que te di a conocer las posibilidades terapéuticas de
mí energía cósmica. Pero te mantuviste silencioso y continuas muriendo de
cáncer o del corazón berreando "¡VIVA!", "Vivan la cultura y la tecnología".
Pues te aseguro, pequeño hombrecito, que vas cavando tu propia tumba con los
ojos abiertos. Crees que llegó una nueva era, la "era de la energía atómica".
Llegó de hecho, pero no del modo como imaginabas. No en tu infierno, pero sí
en mi recatado y pequeño laboratorio en un rincón de los Estados Unidos.
La decisión es tuya, pequeño hombrecito, cuándo desearás o no la
guerra. Si al menos pudieses tener conciencia de que tu trabajo sirve a la vida y
no a la muerte. Si al menos pudieses saber que todos los pequeños hombrecitos
de la Tierra son exactamente como tú, en lo que tienen de malo y de bueno.
Tarde o temprano -depende de ti- ya no habrás de berrear "¡VIVA!" a
izquierda y derecha, y no volverás a trabajar en tus fábricas y en tus campos
consintiendo que puedan volver a ser el blanco de ataques militares. Tarde o
temprano aprenderás a servir a la vida y nunca a la muerte.
"¿Crees que debo hacer una huelga general?".
No sé si debes hacer esto o aquello. Una huelga general es un arma
débil, puesto que te expones a la justa acusación de dejar a tu mujer y tus hijos
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morir de hambre. No es la huelga la que irá a probar tu juicio de
responsabilidad delante de los males de tu sociedad. Cuando entras en una
huelga, no trabajas. Llegará un día en que, en lugar de hacer huelgas sabrás
TRABAJAR de verdad en nombre de la vida. Llámale entonces, "huelga de
trabajo", si tienes apego a la palabra "huelga". Pero huelga trabajando para ti,
para tus hijos y tu mujer o tu novia, para tu sociedad, y tu producción y tus
tierras. Ve a decirles que te falta tiempo para las guerras de ellos, que tienes
otras cosas que hacer. Amuralla cada ciudad con esta convicción y deja
entonces que los diplomáticos y mariscales se maten unos a otros,
personalmente. Tales son las cosas que podrías hacer si no berreases más
"¡VIVAS!" y no te afirmases más como un Don Nadie, o alguien sin derecho a
opinión propia.
Tienes todo en las manos, tu vida y la de tus hijos, tu hacha y tu
estetoscopio. Te veo mover la cabeza, pensando que soy un utópico o tal vez un
"comunista". Me preguntas, pequeño hombrecito, si podría decirte cuándo
sabrás vivir tu vida en paz y con seguridad. La respuesta consiste en ser lo
inverso de lo que eres actualmente: vivirás bien y en paz cuando la vida
signifique para ti, más que la seguridad, y el amor más que el dinero, y tu
libertad más de lo que las líneas directivas del partido o la opinión pública,
cuando el tono de ser en el mundo de un Beethoven o un Bach, fuera el tono
habitual de toda tu existencia -tú lo tienes adentro, pequeño hombrecito, en
algún lugar escondido, en un rincón de tu ser; cuando tu forma de pensar esté
en armonía con tu forma de sentir, y ya no en discordia como ahora, cuando te
sea posible reconocer tales cualidades a tiempo, así como tus dones y el
crepúsculo de una vieja era, cuando te sea posible vivir el pensamiento de los
grandes hombres, en lugar de los crímenes de los grandes guerreros; cuando los
profesores de tus hijos sean mejor pagados que los políticos, cuando tengas
mayor respeto por el amor entre un hombre y una mujer, que por un acta de
matrimonio, cuando puedas reconocer tus errores reflexionando a tiempo y no
demasiado tarde, como lo haces hoy, cuando sientas que tu espíritu se
engrandece conociendo la verdad y las formalidades te inspiren horror, cuanto
te comuniques directamente con tus compañeros trabajadores en otros países,
no teniendo más diplomáticos por intermediarios, cuando la alegría que tu
adolescente hija pueda encontrar en el amor sea también tuya, y no motivo de
tu cólera, cuando sepas menear la cabeza en desaprobación, al acordarte que en
otro tiempo se castigaba a los niños por jugar con sus órganos sexuales, cuando
finalmente, las caras humanas que ves en la calle puedan expresar la alegría, la
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Wilhelm Reich
libertad y la comunicación, y no más tristeza y miseria, cuando los seres
humanos no pueblen más la tierra con sus pelvis retraídas y rígidas y sus
órganos sexuales congelados.
Pides orientación y consejo, pequeño hombrecito. Por miles de años, los
has tenido, tanto buenos como malos. No es porque carecieras de ello que has
permanecido en la desgracia; es tu propia pequeñez la que te condena. También
yo podría aconsejarte, pero siendo como eres y pensando como piensas, no
serías capaz de poner en acción cualquier cosa que te fuese aconsejada para
beneficio de todos.
Imaginemos que yo te aconsejara e hicieras desaparecer toda actividad
diplomática, sustituyéndola por la fraternidad profesional y personal con todos
los zapateros, carpinteros, mecánicos, técnicos y físicos, educadores, escritores,
administradores, mineros y campesinos de Inglaterra, Alemania, URSS, [Link].,
Argentina, Brasil, Palestina, Arabia, Escandinavia, etc; que fuesen pues, todos
los zapateros del mundo los responsables por la decisión de cuál es el mejor
modo de calzar a los niños chinos; los mineros responsables por las reservas de
carbón para calentar a todos los países fríos; los educadores de todo el mundo
convertidos en los guardianes de la futura salud mental de todos los recién
nacidos. ¿Qué harías tú, pequeño hombrecito, si tuvieses en tus manos todos
estos simples problemas de la existencia cotidiana?
Por cierto que tu respuesta, o la de cualquiera de los representantes de
tu partido, iglesia, gobierno o sindicato (a menos que me prendieses de
inmediato como "comunista") sería la siguiente:
"¿Quién soy yo para poder sustituir las relaciones diplomáticas por
relaciones internacionales a nivel de trabajo y desarrollo social?" O: "¿Quieres
que se restablezcan las relaciones de cualquier especie con los fascistas
alemanes o japoneses o con los comunistas rusos o con los capitalistas
americanos?".
O: "Por encima de todo me interesan los destinos de mi patria —Rusa,
Alemana, Americana, Inglesa, Judía o Árabe".
O: "Ya tengo bastante con los problemas que tengo para mantener mi
vida en orden y entenderme con mi sindicato de sastres. Los otros que se las
arreglen con los sindicatos de sus países ".
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O: "No presten oídos a este capitalista, bolchevique, fascista, trotskysta,
internacionalista, anarquista, loco, individualista. ¿Dónde está su patriotismo
de americano, ruso, alemán, inglés, judío?".
Puedes tener la absoluta certeza de que usarías cualquiera de estos
argumentos u otros, con el fin de evitar tu responsabilidad en la forma como se
procesan las relaciones entre los hombres.
"Pero, entonces, ¿yo no soy nada? ¡Parece que no me reconoces algún
rasgo positivo! Al fin, ¡qué diablos! trabajo hasta hartarme, sustento a mi mujer
y a mis hijos, intento llevar una vida decente y sirvo a mi país. No puedo ser tan
imbécil a este punto!".
Sé que eres una criatura capaz, sólida, con cualidades de trabajo, un
animal cooperativo, comparable a las abejas o a las hormigas. Todo lo que hice
fue descubrir en ti al pequeño hombrecito, que ha estado haciendo miserable tu
vida. Eres GRANDE, pequeño hombrecito, cuando no eres mediocre. Tu
grandeza es la única esperanza que nos resta a todos. Eres grande cuando
desempeñas a gusto tu tarea, cuando trabajas con alegría la madera, cuando
construyes, cuando pintas y embelleces tus espacios, cuando trabajas en la
tierra, cuando contemplas el cielo con inquietud, y te complaces en la existencia
de los animales simples, en el rocío, cuando bailas y cantas, cuando amas la
belleza de tus hijos, el cuerpo del hombre o la mujer que escogiste, cuando vas a
un planetario intentando entender el espacio o a una biblioteca a leer lo que
pensaron de la vida otros hombres y mujeres. Eres grande en tu vejez, cuando
con tu nieto en el regazo, le dices cómo fueron otros tiempos, respondiendo a su
curiosidad con confianza. Eres grande cuando eres madre, cobijando a tu hijo
en los brazos, con el corazón lleno de esperanza de que para él vendrán mejores
días, y cuando hora tras hora, año tras año, tú construyes su felicidad.
Eres grande, pequeño hombrecito, cuando cantas las canciones antiguas
de tu pueblo y bailas al son del acordeón, porque son pacíficas y están en todos
los lugares del mundo. Y eres grande cuando afirmas a tu amigo:
"Qué bueno que el destino me concedió hasta hoy una vida libre de
suciedad y avaricia, que puedo acompañar el crecimiento de mis hijos, oírles
balbucear sus primeras palabras, verlos moverse, caminar, jugar, hacer
preguntas, compartir su alegría, reír y amar; qué bueno que no dejé pasar la
primavera sin sentirla, que pude gozar del ameno viento, y el rumor de los
arroyos y el canto de las aves; que no perdí mi tiempo en chismes con los
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vecinos, que amé a mi compañera o mi compañero, y que sentí correr en mi
cuerpo el flujo de la vida; qué bueno que al igual que en tiempos malos, no
perdí el norte en el sentido de la vida. Puesto que me fue posible escuchar mi
voz interior que murmuraba en lo más íntimo: "Sólo una cosa importa: vivir
una vida buena y feliz. Escucha la voz de tu corazón, aunque tengas que
apartarte del camino recorrido por los tímidos y no conscientes que el
sufrimiento te vuelva duro y amargado".
Y así, en la quietud del caer de la tarde, cuando me siento sobre la
hierba frente a mi casa, después de un día de trabajo, con mi mujer y mis hijos,
escuchando el latir de la naturaleza, recuerdo entonces una melodía que me
emociona, la canción de la humanidad y su futuro: "Humanidad entera, yo te
bendigo y te abrazo". Y desearía entonces que la vida aprendiese a demandar
sus derechos, que fuese posible modificar los espíritus duros y medrosos, que
sólo desencadenan guerras, porque la vida se les ha escapado. Y cuando mi
hijo, en mi regazo, me pregunta: "Papá, el sol desapareció, ¿adónde fue? ¿Crees
que vendrá pronto?". Y le respondo: "Sí, hijo, ha de volver mañana para
calentarnos".
Llegué al fin de mi conversación contigo, pequeño hombrecito. Habría
muchas cosas más que decirte. Pero si me leíste con atención y honestamente, te
descubrirás actuando como pequeño hombrecito en situaciones que no te referí,
puesto que todas tus acciones y pensamientos tienen siempre el mismo tono.
A pesar de lo que me haya hecho o vayas a hacerme en el futuro, que
me glorifiques como a un genio o me encierres en una institución psiquiátrica,
que me adores como tu salvador o me tortures como espía, tarde o temprano tu
aflicción te forzará a entender que descubrí las leyes de la energía vital y que
deposité en tus manos el instrumento capaz de orientar tu existencia hacia una
finalidad consciente, como hasta ahora has hecho con tus máquinas. Fui un
buen ingeniero de tu organismo. Tus nietos seguirán mis pasos y serán sabios
ingenieros de la naturaleza humana. Fui yo quien te reveló el campo
infinitamente vasto de tu energía vital, tu esencia cósmica. Esta es mi mejor
recompensa.
A los dictadores y tiranos, los aduladores y difamadores, a las hienas y
chacales opongo las palabras de un sabio de tiempos antiguos:
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«Planté en este mundo el germen de las palabras sagradas mucho después
de que la palmera se haya marchitado y la roca se desmorone, mucho después
de que los resplandecientes monarcas hayan desaparecido como el polvo de
hojas secas, mil arcas guardarán mi palabra a través de cada diluvio: Ella
prevalecerá.»
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