EL CARACOLILLO GUSTAVILLO.
Gustavillo era un caracolillo que vivía
feliz en el fondo del mar; se mecía al
ritmo de las corrientes marinas, reposaba
en la arena, buscando algún rayo de sol y
de vez en cuando daba sus paseos.
Un día un cangrejo le vio y le dijo:
- ¿Puedo vivir contigo?
Gustavillo se lo pensó dos veces y al final
decidió ser, como un antepasado suyo un
cangrejo ermitaño.
Cuento sobre la convivencia
Empezaron a vivir juntos el cangrejo dentro del caracol y al poco
comenzaron los problemas: el cangrejo se metía las pinzas en la
nariz, hacía ruidos cuando comía, no ayudaba en la limpieza...
Una mañana Gustavillo le dijo al cangrejo todo lo que no se
debía hacer, con paciencia, explicándole que:
- Hurgarse en la nariz, es de mala educación y además puede
hacer daño
- Se mastica siempre con la boca cerrada
- Hay siempre que colaborar en la limpieza y orden de dónde se
vive
El cangrejo se quedó callado, salió de la casa y se perdió durante
varios días.
Cuando volvió habló con Gustavillo y entre los dos juntitos
hicieron una lista de las cosas que, para estar juntos, debían hacer
para que todo funcionara bien.
A partir de ese momento se acoplaron a convivir juntos y fueron
muy, muy felices, el cangrejo, daba a Gustavillo largos paseos y
el caracolillo arropaba al cangrejo cuando había marea.
LA BOBINA MARAVILLOSA
Erase un principito que no quería
estudiar. Cierta noche, después de
haber recibido una buena regañina por
su pereza, suspiro tristemente,
diciendo:
¡Ay! ¿Cuándo seré mayor para hacer
lo que me apetezca?
Y he aquí que, a la mañana siguiente, descubrió sobre su cama
una bobina de hilo de oro de la que salió una débil voz:
Trátame con cuidado, príncipe.
Este hilo representa la sucesión de tus días. Conforme vayan
pasando, el hilo se ira soltando. No ignoro que deseas crecer
pronto... Pues bien, te concedo el don de desenrollar el hilo a tu
antojo, pero todo aquello que hayas desenrollado no podrás
ovillarlo de nuevo, pues los días pasados no vuelven.
El príncipe, para cerciorarse, tiro con ímpetu del hilo y se
encontró convertido en un apuesto príncipe. Tiro un poco mas y
se vio llevando la corona de su padre. ¡Era rey! Con un nuevo
tironcito, inquirió:
Dime bobina ¿Cómo serán mi esposa y mis hijos?
En el mismo instante, una bellísima joven, y cuatro niños rubios
surgieron a su lado. Sin pararse a pensar, su curiosidad se iba
apoderando de él y siguió soltando más hilo para saber cómo
serían sus hijos de mayores.
De pronto se miró al espejo y vio la imagen de un anciano
decrépito, de escasos cabellos nevados. Se asustó de sí mismo y
del poco hilo que quedaba en la bobina. ¡Los instantes de su vida
estaban contados! Desesperadamente, intento enrollar el hilo en
el carrete, pero sin lograrlo.
Entonces la débil vocecilla que ya conocía, hablo así:
Has desperdiciado tontamente tu existencia. Ahora ya sabes que
los días perdidos no pueden recuperarse. Has sido un perezoso al
pretender pasar por la vida sin molestarte en hacer el trabajo de
todos los días. Sufre, pues tu castigo.
El rey, tras un grito de pánico, cayó muerto: había consumido la
existencia sin hacer nada de provecho.
MARIPOSA BELLA.
Cuenta la historia que un día
de primavera todos los animalitos del
bosque se preparaban para una gran fiesta.
Todos estaban invitados y querían ponerse
muy lindos; pero Bella la mariposa se creía
muy superior a sus amiguitos. Decía que
no iba a ir al baile porque no tendría
alguien con quien estar y que estuviera a su
altura, o que fuera tan hermosa como ella,
y tan inteligente.
Todos los animalitos se prepararon, con adornos de flores,
ramitas, sombreritos y muchos colores. Tanta dedicación se
debía a que en el baile encontrarían pareja para formar sus
hogares y [Link], la mariposa, decía que no se iba a poner
nada porque ya era muy linda. Cuando llegó el momento todos
fueron al baile y Bella para no quedarse sola también se fue. El
gran salón estaba decorado con hermosas luces, guirnaldas y un
gran espejo que era el centro de la fiesta. Todos bailaban
contentos y se divertían.
Bella encontró a un ser precioso pero que no hablaba, no
pensaba, solo sonreía si ella lo hacía, y le saludaba cuando ella
también lo hacía. Los animalitos comenzaron a reírse de Bella,
pero ella no les hizo caso y siguió encantada con esa persona
fascinante. Fueron pasando las horas y todos encontraron pareja
y se iban a sus casas muy contentos.
Y cuando ya no había nadie en el salón, Bella desesperada se dio
cuenta de que el ser fascinante que había estado con ella toda la
noche, era su propio reflejo en el gran espejo del salón.
Bella llorando se dio cuenta que había estado toda la noche con
un ser frío y sin vida, que era muy hermoso pero que no le podía
brindar nada, y ya se había quedado sola.
EL MUÑECO DE NIEVE
Había dejado de nevar y los niños,
ansiosos de libertad, salieron de
casa y empezaron a corretear por la
blanca y mullida alfombra recién
formada.
La hija del herrero, tomando
puñados de nieve con sus manitas
hábiles, se entregó a la tarea de moldearla.
Haré un muñeco como el hermanito que hubiera deseado tener se
dijo.
Le salio un niñito precioso, redondo, con ojos de carbón y un
botón rojo por boca. La pequeña estaba entusiasmada con su
obra y convirtió al muñeco en su inseparable compañero durante
los tristes días de aquel invierno. Le hablaba, le mimaba...
Pero pronto los días empezaron a ser más largos y los rayos de
sol más calidos... El muñeco se fundió sin dejar más rastro de su
existencia que un charquito con dos carbones y un botón rojo. La
niña lloro con desconsuelo.
Un viejecito, que buscaba en el sol tibieza para su invierno, le
dijo dulcemente: Seca tus lágrimas, bonita, por que acabas de
recibir una gran lección: ahora ya sabes que no debe ponerse el
corazón en cosas perecederas.
EL CEDRO VANIDOSO
Érase una vez un cedro
satisfecho de su hermosura.
Plantado en mitad del jardín,
superaba en altura a todos los
demás árboles. Tan bellamente
dispuestas estaban sus ramas,
que parecía un gigantesco
candelabro.
Plantado en mitad del jardín, superaba en altura a todos los
demás árboles. Tan bellamente dispuestas estaban sus ramas, que
parecía un gigantesco candelabro.
Si con lo hermoso que soy diera además fruto, se dijo, ningún
árbol del mundo podría compararse conmigo.
Y decidió observar a los otros árboles y hacer lo mismo con
ellos. Por fin, en lo alto de su erguida copa, apunto un bellísimo
fruto.
Tendré que alimentarlo bien para que crezca mucho, se dijo.
Tanto y tanto creció aquel fruto, que se hizo demasiado grande.
La copa del cedro, no pudiendo sostenerlo, se fue doblando; y
cuando el fruto maduro, la copa, que era el orgullo y la gloria del
árbol, empezó a tambalearse hasta que se troncho pesadamente.
¡A cuántos hombres, como el cedro, su demasiada ambición les
arruina!
LA GATA ENCANTADA
Erase un príncipe muy admirado en
su reino. Todas las jóvenes casaderas
deseaban tenerle por esposo. Pero el
no se fijaba en ninguna y pasaba su
tiempo jugando con Zapaquilda, una
preciosa gatita, junto a las llamas del
hogar.
Un día, dijo en voz alta:
Eres tan cariñosa y adorable que, si fueras mujer, me casaría
contigo.
En el mismo instante apareció en la estancia el Hada de los
Imposibles, que dijo:
Príncipe tus deseos se han cumplido
El joven, deslumbrado, descubrió junto a el a Zapaquilda,
convertida en una bellísima muchacha.
Al día siguiente se celebraban las bodas y todos los nobles y
pobres del reino que acudieron al banquete se extasiaron ante la
hermosa y dulce novia. Pero, de pronto, vieron a la joven
lanzarse sobre un ratoncillo que zigzagueaba por el salón y
zampárselo en cuanto lo hubo atrapado.
El príncipe empezó entonces a llamar al Hada de los Imposibles
para que convirtiera a su esposa en la gatita que había sido. Pero
el Hada no acudió, y nadie nos ha contado si tuvo que pasarse la
vida contemplando como su esposa daba cuenta de todos los
ratones de palacio.
EL CABALLO AMAESTRADO
Un ladrón que rondaba en
torno a un campamento militar,
robo un hermoso caballo
aprovechando la oscuridad de
la noche. Por la mañana,
cuando se dirigía a la ciudad,
paso por el camino un batallón
de dragones que estaba de
maniobras. Al escuchar los tambores, el caballo escapo y, junto a
los de las tropa, fue realizando los fabulosos ejercicios para los
que había sido amaestrado.
¡Este caballo es nuestro! Exclamo el capitán de dragones. De lo
contrario no sabría realizar los ejercicios. ¿Lo has robado tu? Le
pregunto al ladrón.
¡Oh, yo...! Lo compre en la feria a un tratante...
Entonces, dime como se llama inmediatamente ese individuo
para ir en su busca, pues ya no hay duda que ha sido robado.
El ladrón se puso nervioso y no acertaba a articular palabra. Al
fin, viéndose descubierto, confeso la verdad.
¡Ya me parecía a mí exclamo el capitán Que este noble animal
no podía pertenecer a un rufián como tú!
El ladrón fue detenido, con lo que se demuestra que el robo y el
engaño rara vez quedan sin castigo.
LA OSTRA Y EL CANGREJO
Una ostra estaba enamorada de la
Luna. Cuando su gran disco de plata
aparecía en el cielo, se pasaba horas y
horas con las valvas abiertas,
mirándola.
Desde su puesto de observación, un
cangrejo se dio cuenta de que la ostra se abría completamente en
plenilunio y pensó comérsela.
A la noche siguiente, cuando la ostra se abrió de nuevo, el
cangrejo le echó dentro una piedrecilla.
La ostra, al instante, intento cerrarse, pero el guijarro se lo
impidió.
El astuto cangrejo salió de su escondite, abrió sus afiladas uñas,
se abalanzó sobre la inocente ostra y se la comió.
Así sucede a quien abre la boca para divulgar su secreto: siempre
hay un oído que lo apresa.
EL GRANJERO BONDADOSO
Un anciano rey tuvo que
huir de su país asolado por
la guerra. Sin escolta
alguna, cansado y
hambriento, llegó a una
granja solitaria, en medio
del país enemigo, donde
solicitó asilo. A pesar de
su aspecto andrajoso y
sucio, el granjero se lo concedió de la mejor gana. No contento
con ofrecer una opípara cena al caminante, le proporcionó un
baño y ropa limpia, además de una confortable habitación para
pasar la noche.
Y sucedió que, en medio de la oscuridad, el granjero escuchó una
plegaria musitada en la habitación del desconocido y pudo
distinguir sus palabras:
-Gracias, Señor, porque has dado a este pobre rey destronado el
consuelo de hallar refugio. Te ruego ampares a este caritativo
granjero y haz que no sea perseguido por haberme ayudado.
El generoso granjero preparó un espléndido desayuno para su
huésped y cuando éste se marchaba, hasta le entregó una bolsa
con monedas de oro para sus gastos.
Profundamente emocionado por tanta generosidad, el anciano
monarca se prometió recompensar al hombre si algún día
recobraba el trono.
Algunos meses después estaba de nuevo en su palacio y entonces
hizo llamar al caritativo labriego, al que concedió un título de
nobleza y colmó de honores. Además, fiando en la nobleza de
sus sentimientos, le consultó en todos los asuntos delicados del
reino.
EL EMIR CAPRICHOSO
Hubo una vez en un lugar de la
Arabia un emir sumamente rico y
muy caprichoso en el comer. Los
mejores cocineros de la región
trabajaban para él, forzando cada
día su imaginación para satisfacer
sus exigencias.
Harto ya de tiernos faisanes y
pescados raros, un día llamó a su cocinero jefe y le dijo:
-Ahmed, voy a pedirte que me busques algún manjar que no haya
probado nunca, porque mi apetito va decayendo. Si quieres
seguir a mi servicio, tendrás que ingeniarte cómo hacerlo.
-Si me ingenio y logro sorprenderos, ¿qué me daréis?
Aquel gran glotón, repuso:
-La mano de mi bellísima hija
Al día siguiente, el propio Ahmed sirvió al Emir en una bandeja
de oro, el nuevo manjar. Parecían muslos de ave adornados con
una artística guarnición.
Comió el Emir y gritó entusiasmado:
-¡Bravo, Ahmed! Esto es lo más exquisito que he comido nunca.
¿Puedes decirme qué es?
-El loro viejo que conservabais en su jaula de plata, señor.
-Tunante! Me has engañado. ¡No te casarás con mi hija!
El Gran Visir intervino en el pleito. Y puesto que el Emir había
proclamado que el manjar era exquisito, sentenció a favor del
cocinero, que fue dichosísimo con su hermosa princesa.
EL ASNO Y EL HIELO
Era invierno, hacía mucho frío
y todos los caminos se hallaban
helados. El asnito, que estaba
cansado, no se encontraba con
ánimos para caminar hasta el
establo.
-¡Ea, aquí me quedo! -se dijo,
dejándose caer al suelo. Un
aterido y hambriento gorrioncillo fue a posarse cerca de su oreja
y le dijo:
-Asno, buen amigo, tenga cuidado; no estás en el camino, sino en
un lago helado.
-Déjame, tengo sueño ! Y, con un largo bostezo, se quedó
dormido.
Poco a poco, el calor de su cuerpo comenzó a fundir el hielo
hasta que, de pronto, se rompió con un gran chasquido. El asno
despertó al caer al agua y empezó a pedir socorro, pero nadie
pudo ayudarle, aunque el gorrión bien lo hubiera querido.
La historia del asnito ahogado debería hacer reflexionar a
muchos holgazanes. Porque la pereza suele traer estas
consecuencias.
LOS GENIECILLOS HOLGAZANES
Erase unos duendecillos
que vivían en un lindo
bosque. Su casita pudo
haber sido un primor, si se
hubieran ocupado de
limpiarla. Pero como eran
tan holgazanes la suciedad
la hacía inhabitable.
-Un día se les apareció la
Reina de las hadas y les dijo:
Voy a mandaros a la bruja gruñona para que cuide de vuestra
casa. Desde luego no os resultará simpática...
Y llegó la Bruja Gruñona montada en su escoba. Llevaba seis
pares de gafas para ver mejor las motas de polvo y empezó a
escobazos con todos. Los geniecillos aburridos de tener que
limpiar fueron a ver a un mago amigo para que les transformase
en pájaros.
Y así, batiendo sus alas, se fueron muy lejos...
En lo sucesivo pasaron hambre y frío; a merced de los elementos
y sin casa donde cobijarse, recordaban con pena su acogedora
morada del bosque. Bien castigados estaban por su holgazanería,
errando siempre por el espacio...
Jamás volvieron a disfrutar de su casita del bosque que fue
habitada por otros geniecillos más obedientes y trabajadores.
EL AVARO MERCADER
Erase un mercader tan
avaro que, para ahorrarse
la comida de su asno, al
que hacía trabajar
duramente en el transporte
de mercancías, le cubría la
cabeza con una piel de león y como la gente huía asustada, el
asno podía pastar en los campos de alfalfa.
Un día los campesinos decidieron armarse de palos y hacer frente
al león. El pobre asno, que estaba dándose el gran atracón,
rebuznó espantado al ver el número de sus enemigos.
-Es un borrico! -dijeron los campesinos-.
Pero la culpa del engaño debe ser cosa de su amo.
Sigámosle y descubriremos al tunante.
El pobre asno emprendió la gran carrera hasta la cuadra del
mercader; y tras él llegaron los campesinos armados con sus
palos propinando tal paliza al avaro, que en varios días no pudo
moverse. Al menos la lección sirvió para que aquel avaricioso
alimentase a su asno con pienso comprado con el dinero que el
fiel animal le daba a ganar.
SECRETO A VOCES
Gretel, la hija del Alcalde,
era muy curiosa. Quería
saberlo todo, pero no
sabía guardar un secreto.
-Qué hablabas con el
Gobernador?
-le preguntó a su padre, después de observar una larga
conversación entre los dos hombres.
-Estábamos tratando del gran reloj que mañana, a las doce,
vamos a colocar en el Ayuntamiento. Pero es un secreto y no
debes divulgarlo.
Gretel prometió callar, pero a las doce del día siguiente estaba en
la plaza con todas sus compañeras de la escuela para ver colocar
el reloj en el ayuntamiento.
¡Ay!, el tal reloj no existía. El Alcalde quiso dar una lección a su
hija y en verdad que fue dura, pues las niñas del pueblo
estuvieron mofándose de ella durante varios años. Eso sí, le
sirvió para saber callar a tiempo.
LA HUMILDE FLOR
Cuando Dios creó el mundo, dio nombre
y color a todas las flores.
Y sucedió que una florecita pequeña le
suplicó repetidamente con voz
temblorosa:
-i No me olvides! ¡No me olvides!
Como su voz era tan fina, Dios no la oía. Por fin, cuando el
Creador hubo terminado su tarea, pudo escuchar aquella
vocecilla y se volvió hacia la planta. Mas todos los nombres
estaban ya dados. La plantita no cesaba de llorar y el Señor la
consoló así:
-No tengo nombre para ti, pero te llamarás "Nomeolvides".
Y por colores te daré el azul del cielo y el rojo de la sangre.
Consolarás a los vivos y acompañaras a los muertos.
Así nació el "nomeolvides" o miosota, pequeña florecilla de
color azul y rojo.
LA VENTA DEL ASNO
Erase un chicuelo astuto
que salió un día de casa
dispuesto a vender a buen
precio un asno astroso. Con
las tijeras le hizo
caprichosos dibujos en
ancas y cabeza y luego le
cubrió con una albarda
recamada de oro. Dorados
cascabeles pendían de los adornos, poniendo música a su paso.
Viendo pasar el animal tan ricamente enjaezado, el alfarero
llamó a su dueño:
-Qué quieres por tu asno muchacho?
-iAh, señor, no está en venta! Es como de la familia y no podría
separarme de él, aunque siento disgustaros...
Tan buena maña se dio el chicuelo, que consiguió el alto precio
que se había propuesto. Soltó el borrico, tomó el dinero y puso
tierra por medio.
La gente del pueblo se fue arremolinando en torno al elegante
asnito.
¡Que elegancia! ¡Qué lujo! -decían las mujeres.
-El caso es... -opuso tímidamente el panadero-, que lo
importante no es el traje, sino lo que va dentro.
-insinúas que el borrico no es bueno? -preguntó molesto el
alfarero.
Y para demostrar su buen ojo en materia de adquisiciones,
arrancó de golpe la albarda del animal. Los vecinos estallaron en
carcajadas. Al carnicero, que era muy gordo, la barriga se le
bamboleaba de tanto reír. Porque debajo de tanto adorno,
cascabel y lazo no aparecieron más que cicatrices y la agrietada
piel de un jumento que se caía de viejo.
El alfarero, avergonzado, reconoció:
-Para borrico, yo!
LA LEONA
Los cazadores,
armados de lanzas y
de agudos venablos,
se acercaban
silenciosamente.
La leona, que estaba
amamantando a sus
hijitos, sintió el olor
y advirtió en seguida
el peligro.
Pero ya era demasiado tarde: los cazadores estaban ante ella,
dispuestos a herirla.
A la vista de aquellas armas, la leona, aterrada, quiso escapar. Y
de repente pensó que sus hijitos quedarían entonces a merced de
los cazadores. Decidida a todo por defenderlos, bajó la mirada
para no ver las amenazadoras puntas de aquellos hierros y, dando
un salto desesperado, se lanzó sobre ellos, poniéndolos en fuga.
Su extraordinario coraje la salvó a ella y salvó a sus pequeñuelos.
Porque nada hay imposible cuando el amor guía las acciones.
LA FALSA APARIENCIA
Un día, por encargo de su
abuelita, Adela fue al bosque en
busca de setas para la comida.
Encontró unas muy bellas,
grandes y de hermosos colores
llenó con ellas su cestillo.
-Mira abuelita -dijo al llegar a
casa-, he traído las más hermosas...
¡mira qué bonito es su color escarlata!
Había otras más arrugadas, pero las he dejado.
-Hija mía -repuso la anciana-
Esas arrugadas son las que yo siempre he recogido. Te has
dejado guiar por las y apariencias engañosas y has traído a casa
hongos que contienen veneno. Si los comiéramos,
enfermaríamos; quizás algo peor...
Adela comprendió entonces que no debía dejarse guiar por el
bello aspecto de las cosas, que a veces ocultan un mal
desconocido.
LA AVENTURA DEL AGUA
Un día que el agua se
encontraba en su elemento,
es decir, en el soberbio mar
sintió el caprichoso deseo de
subir al cielo. Entonces se
dirigió al fuego:
-Podrías tú ayudarme a subir
más, alto?
El fuego aceptó y con su calor, la volvió más ligera que el aire,
transformándola en sutil vapor.
El vapor subió más y más en el cielo, voló muy alto, hasta los
estratos más ligeros y fríos del aire, donde ya el fuego no podía
seguirlo. Entonces las partículas de vapor, ateridas de frío, se
vieron obligadas a juntarse apretadamente, volviéndose más
pesados que el aire y cayendo en forma de lluvia.
Habían subido al cielo invadidas de soberbia y fueron
inmediatamente puestas en fuga. La tierra sedienta absorbió la
lluvia y, de esta forma, el agua estuvo durante mucho, tiempo
prisionera del suelo y purgó su pecado con una larga penitencia.