LOS SACRAMENTOS
Los sacramentos son signos sensibles instituidos por Jesucristo para darnos la gracia. Son acciones de
Jesucristo, encuentros especialmente “reales” con Él. Los cristianos acudimos a los sacramentos con la
seguridad de que, si tenemos fe y buenas disposiciones, siempre nos aumentan la gracia, es decir, el
compartir la vida misma de Dios.
En la vida corriente, los signos son cosa diferente de aquello a lo que se refieren: una señal de tráfico
puede indicar peligro, pero la señal misma no es peligrosa. El humo es signo de fuego, pero el simple
humo no quema. Los sacramentos, por el contrario, son signos eficaces: significan y contienen y
confieren la gracia.
Los sacramentos son siete. De la Eucaristía ya hemos tratado. Ahora veremos los otros seis.
1.- El Bautismo
El Bautismo es el sacramento por el que nos incorporamos a Cristo. Y como Él es el Hijo de Dios,
nosotros empezamos a ser también hijos de Dios, hijos adoptivos.
Es el sacramento más necesario de todos. Sin recibirlo -o al menos sin desear recibirlo- nadie
puede salvarse, porque fuera de Cristo no hay salvación.
Los efectos de este sacramento son:
Borra el pecado original.
Nos da la gracia santificante
Nos marca como cristianos para siempre
Nos hace miembros de la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo.
El Bautismo es el comienzo de la existencia cristiana de una persona, el pórtico de la vida del espíritu.
Por eso la Iglesia insiste en que los padres cristianos bauticen a sus hijos cuanto antes. Aunque los
bebés no pueden hacer un acto personal de fe, los padres se comprometen a cultivar la fe que el
Bautismo pone como una semilla en el alma de los bautizados, a cultivarla mediante la educación
cristiana y el ejemplo de vida.
Como es sabido, la materia del Bautismo es el agua, y la fórmula son estas palabras: “N., yo te bautizo
en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.
2.- La Confirmación
Es el sacramento de la madurez espiritual cristiana, porque en él recibimos la plenitud del Espíritu
Santo. El Espíritu Santo ya habita en el alma del cristiano, siendo Él quien nos santifica y diviniza;
pero a partir de la Confirmación su presencia es más plena, de manera que el cristiano se fortalece y
se afirma en su condición de miembro de Cristo; se le hace más fácil y natural dar testimonio, hacer
apostolado.
La Confirmación la administra ordinariamente el Obispo. La materia es un aceite consagrado, el
Crisma, que se impone en la frente diciendo estas palabras: “N., recibe por esta señal el don del
Espíritu Santo”.
3.- La Eucaristía
La Eucaristía es la renovación del sacrificio de Cristo en la Cruz. Sobre el altar, y bajo las especies de
pan y de vino, Jesucristo está realmente presente con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma y
con su Divinidad, entero, vivo y ofreciéndose al Padre en continuidad con el ofrecimiento realizado en
la Cruz, en un gesto tan dramático y entrañable a la vez que mueve a la misericordia de Dios a perdonar
los pecados de todos los hombres.
Por la eucaristía podemos unirnos ahora, actualmente, al sacrificio de Cristo en la Cruz gracias a que,
como hemos visto (cfr 1,6), Jesucristo quiso quedarse entre nosotros en la tierra, después de subir al
cielo, mediante algo que es un prodigio de amor: el sacramento de la Eucaristía. Dio poder a los
Apóstoles y a sus sucesores para consagrar el pan y el vino, convirtiéndolos en su Cuerpo y su Sangre.
A esta admirable conversión la llamamos transubstanciación. Es un cambio de sustancia, no de
apariencias: lo que se ve no cambia; pero sí la realidad de fondo. Se engañan nuestros sentidos, pero no
nuestra fe: Es Jesucristo.
Para permanecer a nuestro lado Jesucristo eligió unas realidades -el pan y el vino- que tienen
condición natural de alimento. La unión más íntima con Jesucristo se da cuando comulgamos, cuando
“comemos su cuerpo y bebemos su sangre”, como Él mismo se atrevió a proponer.
La Eucaristía por tanto, además de ser un sacrificio de cara a Dios, es un banquete para nosotros, en el
cual recibimos el alimento más adecuado para nuestra alma: nuestra alma sólo se alimenta uniéndose a
Jesucristo.
La Eucaristía no es un sacramento pasajero, transitorio, sino permanente. Esto quiere decir que la
presencia de Cristo continúa bajo las especies consagradas mientras no les llegue la corrupción propia
de toda materia orgánica. Y puesto que la Iglesia desea que en cualquier momento se pueda llevar la
comunión a los enfermos, utiliza pan sin levadura, que se conserva mejor, y reserva en el Sagrario. Esta
reserva nos proporciona la inmensa suerte de poder sentirlo cercano, visitarle y hacerle compañía en los
sagrarios de nuestros templos.
Por la misma razón, hemos de considerar que, después de comulgar, Jesucristo es nuestro huésped,
hasta que las especies sacramentales se disuelvan de manera natural en nuestro organismo. Hemos de
aprovechar esos breves minutos para adorarle, para darle gracias y hacerle toda clase de confidencias
amorosas y peticiones.
4.- La Penitencia
Es el sacramento por el que se perdonan los pecados cometidos después del Bautismo. Jesús quiso que
tuviéramos la certeza del perdón por medio de un signo, un sacramento especial; y para ello dio a los
apóstoles y a sus sucesores el poder de perdonar los pecados. Es el sacramento de la misericordia de
Dios para con los hombres, el sacramento de la reconciliación del hombre con Dios.
La Penitencia tiene tres elementos: Contrición es el dolor por haber ofendido a la bondad de Dios con
nuestros pecados. Confesión es la acusación personal de los pecados delante del sacerdote, acusación
necesaria para que sepa “de qué” nos ha de perdonar. Satisfacción es el cumplimiento de la obra
buena que el sacerdote nos indique después de confesarnos, para restaurar, de alguna manera, el
desorden producido por nuestros pecados.
Los pecados mortales sólo se perdonan confesándolos o, si no es posible, haciendo un acto de
contrición; pero este acto de contrición, si es sincero, incluye el deseo de confesarse lo antes posible.
Lo mismo hay que hacer cuando hayamos participado en una absolución colectiva.
5.- La Unción de los Enfermos
Jesús quiso salir al encuentro de los hermanos enfermos con un sacramento que aliviara la tristeza de la
enfermedad, e incluso el dolor físico. Este sacramento, recibido con fe, conforta al enfermo, le da
fuerzas para encarar la muerte, y perdona los pecados cuando le es imposible confesarse. U todo esto
porque le ayuda a unirse a Cristo clavado en la Cruz por amor nuestro.
Este sacramento lo administra el sacerdote, ungiendo al enfermo en la frente y en las palmas de las
manos con el Óleo Santo, bendecido por el Obispo -al igual que el Crisma- el día de Jueves Santo.
6.- El Orden sagrado
Todos los cristianos somos sacerdotes, a semejanza de Cristo, pues podemos ofrecer a Dios verdaderos
sacrificios: nuestra propia existencia y todas las acciones ordinarias de nuestra vida.
Hay, sin embargo, un sacramento que consagra de manera especial a algunos cristianos, de manera que
puedan actuar en nombre y con la autoridad del mismo Cristo, Cabeza de la Iglesia.
El Orden sagrado tiene tres grados: el de los diáconos, el de los presbíteros (comúnmente llamados
sacerdotes) y del de los obispos.
La misión principal del sacerdote es celebrar la Santa Misa, predicar la Palabra de Dios y administrar
los sacramentos.
7.- El Matrimonio
Jesús quiso elevar a la categoría de sacramento la institución natural más importante de todas. Quiso
hacerse presente, mediante el sacramento del Matrimonio, en la comunidad de vida y amor que crean
un hombre y una mujer cristianos en el momento de casarse.
El matrimonio, cualquier matrimonio, es la unión más fuerte que hay entre personas (“Una sola carne”,
dice Jesús) y tiene como finalidad la procreación y educación de los hijos, que son el fruto natural de
esa unión. Elevado a la categoría de sacramento, aquella unión resulta reforzada (Semejante, como
dice San Pablo, a la unión de Cristo con la Iglesia), y los hijos
son educados como hijos de Dios. La Iglesia crece, ciertamente, con el trabajo de los misioneros y el
ministerio de los pastores; pero crece, sobre todo, con la fe y la vida cristianas transmitidas de padres a
hijos.