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La vida de Lazarillo y su hambre

El documento resume el Tratado II de "La vida de Lazarillo de Tormes". Trata sobre la difícil situación de Lázaro trabajando para un clérigo extremadamente avaro que lo mantenía en un estado constante de hambre, dándole apenas comida. Lázaro encuentra la llave del arcón donde el clérigo guardaba el pan y logra comer un poco para aliviar su hambre, aunque su alivio es temporal.

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La vida de Lazarillo y su hambre

El documento resume el Tratado II de "La vida de Lazarillo de Tormes". Trata sobre la difícil situación de Lázaro trabajando para un clérigo extremadamente avaro que lo mantenía en un estado constante de hambre, dándole apenas comida. Lázaro encuentra la llave del arcón donde el clérigo guardaba el pan y logra comer un poco para aliviar su hambre, aunque su alivio es temporal.

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EL RENACIMIENTO (Emiliano

Guzmán Celio 3ro F)


INSTRUCCIONES.- Lee con atención el siguiente texto; se trata del Tratado II de “La vida de
Lazarillo de Tormes, de sus fortunas y adversidades”.
Otro día, no pareciéndome estar allí seguro, fuime a un lugar que llaman Maqueda, adonde me toparon mis pecados con un clérigo que,
llegando a pedir limosna, me preguntó si sabía ayudar a Transformaciones en modos de vida y valores que los pueblos experimentan
con el paso del tiempo. Efecto de los acontecimientos y valores culturales de la época en el contenido y trama de las obras literarias.
Misa. Yo dije que sí, como era verdad; que, aunque maltratado, mil cosas buenas me mostró el pecador del ciego, y una dellas fue ésta.
Finalmente, el clérigo me recibió por suyo. Escapé del trueno y di en el relámpago, porque era el ciego para con éste un Alejandro
Magno, con ser la misma avaricia, como he contado. No digo más sino que toda la lacería del mundo estaba encerrada en éste. No sé si
de su cosecha era, o lo había anexado con el hábito de clerecía. Él tenía un arcaz viejo y cerrado con su llave, la cual traía atada con un
agujeta del paletoque, y en viniendo el bodigo de la iglesia, por su mano era luego allí lanzado, y tornada a cerrar el arca. Y en toda la
casa no había ninguna cosa de comer, como suele estar en otras: algún tocino colgado al humero, algún queso puesto en alguna tabla o
en el armario, algún canastillo con algunos pedazos de pan que de la mesa sobran; que me parece a mí que aunque dello no me
aprovechara, con la vista dello me consolara. Solamente había una horca de cebollas, y tras la llave en una cámara en lo alto de la
casa. Destas tenía yo de ración una para cada cuatro días; y cuando le pedía la llave para ir por ella, si alguno estaba presente, echaba
mano al falsopecto y con gran continencia la desataba y me la daba diciendo: “Toma, y vuélvela luego, y no hagáis sino golosinar”,
como si debajo della estuvieran todas las conservas de Valencia, con no haber en la dicha cámara, como dije, maldita la otra cosa que
las cebollas colgadas de un clavo, las cuales él tenía tan bien por cuenta, que si por malos de mis pecados me desmandara a más de mi
tasa, me costara caro. Finalmente, yo me finaba de hambre. Pues, ya que conmigo tenía poca caridad, consigo usaba más. Cinco
blancas de carne era su ordinario para comer y cenar. Verdad es que partía comigo del caldo, que de la carne, ¡tan blanco el ojo!, sino
un poco de pan, y ¡pluguiera a Dios que me demediara! Los sábados cómense en esta tierra cabezas de carnero, y enviábame por una
que costaba tres maravedís. Aquélla le cocía y comía los ojos y la lengua y el cogote y sesos y la carne que en las quijadas tenía, y
dábame todos los huesos roídos, y dábamelos en el plato, diciendo: “Toma, come, triunfa, que para ti es el mundo. Mejor vida tienes que
el Papa.” “¡Tal te la dé Dios!”, decía yo paso entre mí. A cabo de tres semanas que estuve con él, vine a tanta flaqueza que no me podía
tener en las piernas de pura hambre. Vime claramente ir a la sepultura, si Dios y mi saber no me remediaran. Para usar de mis mañas
no tenía aparejo, por no tener en qué dalle salto; y aunque algo hubiera, no podía cegalle, como hacía al que Dios perdone, si de
aquella calabazada feneció, que todavía, aunque astuto, con faltalle aquel preciado sentido no me sentía; más estotro, ninguno hay que
tan aguda vista tuviese como él tenía. Cuando al ofertorio estábamos, ninguna blanca en la concha caía que no era dél registrada: el un
ojo tenía en la gente y el otro en mis manos. Bailábanle los ojos en el casco como si fueran de azogue. Cuantas blancas ofrecían tenía
por cuenta; y acabado el ofrecer, luego me quitaba la concheta y la ponía sobre el altar. No era yo señor de asirle una blanca todo el
tiempo que con él viví o, por mejor decir, morí. De la taberna nunca le traje una blanca de vino, más aquel poco que de la ofrenda había
metido en su arcaz compasaba de tal forma que le duraba toda la semana, y por ocultar su gran mezquindad decíame: “Mira, mozo, los
sacerdotes han de ser muy templados en su comer y beber, y por esto yo no me desmando como otros.” Más el lacerado mentía
falsamente, porque en cofradías y mortuorios que rezamos, a costa ajena comía como lobo y bebía más que un saludador. Y porque dije
de mortuorios, Dios me perdone, que jamás fui enemigo de la naturaleza humana sino entonces, y esto era porque comíamos bien y me
hartaban. Deseaba y aun rogaba a Dios que cada día matase el suyo. Y cuando dábamos sacramento a los enfermos, especialmente la
extrema unción, como manda el clérigo rezar a los que están allí, yo cierto no era el postrero de la oración, y con todo mi corazón y
buena voluntad rogaba al Señor, no que la echase a la parte que más servido fuese, como se suele decir, más que le llevase de aqueste
mundo. Y cuando alguno de éstos escapaba, ¡Dios me lo perdone!, que mil veces le daba al diablo, y el que se moría otras tantas
bendiciones llevaba de mí dichas. Porque en todo el tiempo que allí estuve, que sería cuasi seis meses, solas veinte personas fallecieron,
y éstas bien creo que las maté yo o, por mejor decir, murieron a mi recuesta; porque viendo el Señor mi rabiosa y continua muerte,
pienso que holgaba de matarlos por darme a mí vida. Más de lo que al presente padecía, remedio no hallaba, que si el día que
enterrábamos yo vivía, los días que no había muerto, por quedar bien vezado de la hartura, tornando a mi cuotidiana hambre, más lo
sentía. De manera que en nada hallaba descanso, salvo en la muerte, que yo también para mí como para los otros deseaba algunas
veces; mas no la vía, aunque estaba siempre en mí. Pensé muchas veces irme de aquel mezquino amo, más por dos cosas lo dejaba: la
primera, por no me atrever a mis piernas, por temer de la flaqueza que de pura hambre me venía; y la otra, consideraba y decía: “Yo he
tenido dos amos: el primero traíame muerto de hambre y, dejándole, topé con estotro, que me tiene ya con ella en la sepultura. Pues si
deste desisto y doy en otro más bajo, ¿qué será sino fenecer?” Con esto no me osaba menear, porque tenía por fe que todos los grados
había de hallar más ruines; y a bajar otro punto, no sonara Lázaro ni se oyera en el mundo. Pues, estando en tal aflición, cual plega al
Señor librar della a todo fiel cristiano, y sin saber darme consejo, viéndome ir de mal en peor, un día que el cuitado ruin y lacerado de
mi amo había ido fuera del lugar, llegóse acaso a mi puerta un calderero, el cual yo creo que fue ángel enviado a mí por la mano de
Dios en aquel hábito. Preguntóme si tenía algo que adobar. “En mí teníades bien que hacer, y no haríades poco si me remediásedes”,
dije paso, que no me oyó; más como no era tiempo de gastarlo en decir gracias, alumbrado por el Espíritu Santo, le dije: “Tío, una llave
de este arca he perdido, y temo mi señor me azote. Por vuestra vida, veáis si en ésas que traéis hay alguna que le haga, que yo os lo
pagaré.” Comenzó a probar el angélico caldedero una y otra de un gran sartal que dellas traía, y yo ayudalle con mis flacas oraciones.
Cuando no me cato, veo en figura de panes, como dicen, la cara de Dios dentro del arcaz; y, abierto, díjele: “Yo no tengo dineros que os
dar por la llave, más tomad de ahí el pago.” Él tomó un bodigo de aquéllos, el que mejor le pareció, y dándome mi llave se fue muy
contento, dejándome más a mí. Mas no toqué en nada por el presente, porque no fuese la falta sentida, y aun, porque me vi de tanto bien
señor, parecióme que la hambre no se me osaba allegar. Vino el mísero de mi amo, y quiso Dios no miró en la oblada que el ángel había
llevado. Y otro día, en saliendo de casa, abro mi paraíso panal, y tomo entre las manos y dientes un bodigo, y en dos credos le hice
invisible, no se me olvidando el arca abierta; y comienzo a barrer la casa con mucha alegría, pareciéndome con aquel remedio remediar
dende en adelante la triste vida. Y así estuve con ello aquel día y otro gozoso. Mas no estaba en mi dicha que me durase mucho aquel
descanso, porque luego al tercero día me vino la terciana derecha, y fue que veo a deshora al que me mataba de hambre sobre nuestro
arcaz volviendo y revolviendo, contando y tornando a contar los panes. Yo disimulaba, y en mi secreta oración y devociones y plegarias
decía: “¡Sant Juan y ciégale!” Después que estuvo un gran rato echando la cuenta, por días y dedos contando, dijo: “Si no tuviera a tan
buen recaudo esta arca, yo dijera que me habían tomado della panes; pero de hoy más, sólo por cerrar la puerta a la sospecha, quiero
tener buena cuenta con ellos: nueve quedan y un pedazo.” “¡Nuevas malas te dé Dios!”, dijo yo entre mí. Parecióme con lo que dijo
pasarme el corazón con saeta de montero, y comenzóme el estómago a escarbar de hambre, viéndose puesto en la dieta pasada. Fue
fuera de casa; yo, por consolarme, abro el arca, y como vi el pan, comencélo de adorar, no osando recebillo. Contélos, si a dicha el
lacerado se errara, y hallé su cuenta más verdadera que yo quisiera. Lo más que yo pude hacer fue dar en ellos mil besos y, lo más
delicado que yo pude, del partido partí un poco al pelo que él estaba; y con aquél pasé aquel día, no tan alegre como el pasado. Mas
como la hambre creciese, mayormente que tenía el estómago hecho a más pan aquellos dos o tres días ya dichos, moría mala muerte;
tanto, que otra cosa no hacía en viéndome solo sino abrir y cerrar el arca y contemplar en aquella cara de Dios, que ansí dicen los
niños. Más el mesmo Dios, que socorre a los afligidos, viéndome en tal estrecho, trujo a mi memoria un pequeño remedio; que,
considerando entre mí, dije: “Este arquetón es viejo y grande y roto por algunas partes, aunque pequeños agujeros. Puédese pensar que
ratones, entrando en él, hacen daño a este pan. Sacarlo entero no es cosa conveniente, porque verá la falta el que en tanta me hace vivir.
Esto bien se sufre.” Y comienzo a desmigajar el pan sobre unos no muy costosos manteles que allí estaban; y tomo uno y dejo otro, de
manera que en cada cual de tres o cuatro desmigajé su poco; después, como quien toma gragea, lo comí, y algo me consolé. Más él,
como viniese a comer y abriese el arca, vio el mal pesar, y sin duda creyó ser ratones los que el daño habían hecho, porque estaba muy
al propio contrahecho de como ellos lo suelen hacer. Miró todo el arcaz de un cabo a otro y viole ciertos agujeros por do sospechaba
habían entrado. Llamóme, diciendo: “¡Lázaro! ¡Mira, mira qué persecución ha venido aquesta noche por nuestro pan!” Yo híceme muy
maravillado, preguntándole qué sería. “¡Qué ha de ser! -dijo él-. Ratones, que no dejan cosa a vida.”
INSTRUCCIONES.- Contestar las siguientes preguntas relacionadas a la lectura realizada
anteriormente:
1) ¿Cuál es el tema del Tratado II del Lazarillo de Tormes?
 La falta de compasión por parte de la iglesia en el Siglo XVI.
2) ¿Qué se dice en el texto sobre el clérigo?
 Es aún más avaro que el ciego, sin señales de bondad y mentiroso.
3) ¿Qué valores morales o antivalores están ausentes en los protagonistas?
 Bondad, compasión y generosidad.
4) ¿Quién narra este tratado, quién se dirige al lector?
 Lázaro “Lazarillo” de Tormes, protagonista de toda la historia.
5) ¿A quién se critica en la obra?
 A la iglesia renacentista y a los clérigos.
6) ¿Qué circunstancias sociales hacen del pícaro un individuo que sobrevive a todas las penas que le
ocurren?
 El abuso, el maltrato y la corrupción de los altos mandos.
7) ¿Qué quiere decir Lázaro con la expresión “Escapé del trueno y di en el relámpago”?
 Al querer escapar de un problema creo uno aún más complicado.
8) De acuerdo con la vida de Lázaro en el Tratado II, ¿qué quería decir con la afirmación “Donde
una puerta se cierra, otra se abre”?
 Cada que Lazarillo cruzaba exitosamente por una mala situación se le abría una nueva más
favorable.
9) ¿Por qué es considerado El Lazarillo de Tormes una obra escrita a modo de autobiografía, con
un narrador interno en primera persona?
 Porque el narrador y el protagonista son la misma persona, Lazarillo de Tormes, este a su vez le
dedica toda su historia a “Vuestra Merced”.

INSTRUCCIONES.- Elabora un crucigrama con el vocabulario desconocido del segundo tratado


del Lazarillo de Tormes. Utiliza 20 palabras.

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