Cosmos
El cosmos se define como un sistema ordenado y con equilibrio, que no se
conduce por las leyes humanas ni sobrenaturales, sólo por la ley natural. Es
utilizado para hacer referencia a elementos que existen de forma natural,
principalmente de aquellos que pueden ser observados en el cielo. Sin
embargo su uso más frecuente es al relacionarlo con el universo. La disciplina
encargada de investigar el cosmos se llama cosmología.
La cosmología se encarga de estudiar todo lo concerniente a la evolución
del universo, cómo está estructurado y el rol del hombre dentro del mismo.
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El cosmos cuenta con ciertos elementos que lo integran, entre los que se
encuentran:
Espacio y tiempo: son considerados los elementos básicos del cosmos y se
distinguen por contar cada uno de ellos con cualidades físicas bien definidas.
Como elementos primarios, no cuentan con muchos calificativos para
describirlos y por lo general son sus características las que se encuentran
definidas con su mismo nombre. Por ejemplo, el tiempo es un elemento
primario con una característica básica que es la de movimiento
rectilíneo, cambio periódico entre sus puntos sucesivos, es decir, tiempo. Por
su parte el espacio es un elemento que se caracteriza por la extensión, lugar,
etc. es decir, espacio.
La energía: ésta procede de la fusión entre el espacio y el tiempo, por lo que
contiene las cualidades de ambos elementos primarios, es decir que la energía
representa la acción del tiempo desplazándose a través del espacio.
La gravedad: básicamente la gravedad es la energía en un sentido focal sobre
cualquier punto energético o material. La gravedad se origina tanto en
acumulaciones de puntos energéticos, como en todos los otros sistemas
gravitatorios como las estrellas, los átomos, etc.
Magnetismo: cuando se origina una acumulación de puntos energéticos,
alrededor de ella queda un vacío, que provoca un desequilibrio energético
entre el núcleo y este contorno vacío. Para nivelar este desequilibrio, se
origina una fuerza de redistribución de energía que va desde el núcleo central,
hasta el contorno vacío a la cual llamaremos magnetismo.
Materia: solo es energía estructurada en sistemas gravitatorios, que se
caracterizan por ser inaccesibles para otros sistemas gravitatorios, por lo que
le otorga una sensación de elemento estable y fuerte.
¿Qué es el Universo? ¿De dónde vino y hacia dónde va? Esas antiguas
incógnitas que acompañan a la humanidad ya coleccionan un arsenal de
respuestas dadas por la teología, la filosofía y ensayadas en otros tantos
campos del saber.
Hay, sin embargo, un camino que nos interesa particularmente en esa historia
y que busca entender ese campo: la física. Originalmente concebida en la
Grecia Antigua como “la ciencia de la naturaleza”, la física, por definición, se
propone abarcar la tarea de “investigar las leyes del Universo sobre la materia
y la energía, cuáles son sus constituyentes, y sus interacciones”.
Ernest Rutherford, descubridor del núcleo atómico, dijo una vez: “Solo hay
dos tipos de ciencia: la física y la filatelia” Él llamaba nuestra atención sobre
el carácter predominantemente explicativo de la física, intentando (aunque de
forma arrogante y un poco infeliz) mostrarnos que todas las ciencias en algún
momento utilizan la física para dar continuidad a sus descubrimientos.
La astronomía, por ejemplo, cuando separa las estrellas en colores, está
practicando filatelia. Pero solo a partir de la comprensión de cómo ellas
funcionan, cómo generan energía y cómo esa energía se distribuye en su
superficie es posible entender el porqué de los colores y eso es física. Lo
mismo se aplica a la geología y sus rocas, a la oceanografía y sus corrientes, a
la meteorología y sus patrones climáticos, a la ingeniería, a la medicina, a la
biología. De la mano con la astronomía, y sin olvidar la filosofía, la física
estudia el Universo e intenta responder a tres preguntas fundamentales: ¿de
dónde vinimos? (nuestro origen en el pasado); ¿quiénes somos? (nuestra
permanencia en el presente); y ¿para dónde vamos? (nuestra existencia en el
futuro). Para eso, crea dentro de sí un nuevo ramo: la cosmología, o el estudio
del Cosmos.
¿Qué significa ese término creado por Pitágoras, el Cosmos? En su contexto
original, el matemático griego reconoció la existencia de un orden celeste,
intrínseco al cielo que lo rodeaba. Pues, para él, el orden es la fuente de
belleza, y ese “Todo organizado” por él denominado “Cosmos” (o κόσμος
palabra griega original que también está en la raíz de “cosmético”) sería “el
más bello de los cuerpos”. [3] Ese nombre, sin embargo, solo sería
incorporado a nuestro vocabulario corriente después del trabajo del destacado
geógrafo alemán Alexander von Humboldt, quien tomó el término como un
préstamo lingüístico al bautizar su obra mayor, ya en el siglo XIX.
El término “Universo”, que utilizamos cotidianamente como sinónimo de
Cosmos, en verdad nace de un error conceptual. Originaria del latín unus
verterem, “aquello que gira como una sola cosa”, esa palabra no representaría
hoy el movimiento que define al Universo porque, definitivamente, él no gira
como una cosa sola. Esa era una clara alusión a la concepción precopernicana,
en la cual la Tierra era considerada como siendo un astro inmóvil en el centro
del Cosmos, y todo lo demás giraba al unísono a su alrededor.
Superadas las antiguas definiciones, volvemos a preguntarnos: ¿qué se puede
comprender como Universo? La respuesta es simple: es todo lo que existe, es
la expresión que abarca toda existencia natural. Esa definición tiene en su
simplicidad una mezcla de claridad y de oscuridad, es atrayente y misteriosa,
no exige fronteras bien definidas. Si aceptamos que el Universo es todo lo que
existe e incluimos en él todas las cosas, como objetos, dimensiones,
realidades, y todo lo que ni siquiera podemos imaginar que existirá , entonces
nada es más ambicioso que estudiarlo.
Nuestra definición podría ser aún más audaz si dijéramos que el Universo es
no solo todo lo que existe, sino que también lo que existió y lo que existirá. De
esa forma incorporamos a él nuestras divisiones temporales, el Ayer, el Hoy y
el Mañana, retornando a las preguntas que angustian a la humanidad desde
que el mundo es mundo: “¿de dónde vinimos?”; “¿quiénes somos? “; y “¿para
dónde vamos?”.
¿De dónde vinimos? ¿Cómo sería el Universo en el pasado? ¿Existiría un
pasado infinito? ¿O todo habría surgido a partir de un determinado momento?
Las dos últimas preguntas pueden ser aterradoras, y queda a criterio de cada
uno elegir el camino más acogedor: ¿el Universo, habría existido desde
siempre o habría surgido a partir de determinado momento?
Detrás de la primera opción encontramos lo infinito: el Universo existe desde
siempre. En ese caso, nuestros cerebros finitos, transitorios y efímeros quizá
no entiendan ese concepto. ¿Cómo concebir algo que no tiene un comienzo?
Detrás de la segunda opción está lo espontáneo: el Universo surgió en
determinado momento. En esa hipótesis, la cuestión que surge es cómo
enfrentar el hecho de que todo lo que ahí está, estuvo o estará se originó a
partir de un “nada”.
La ciencia moderna no tiene la respuesta. Por lo menos aún no, y quizá jamás
la tenga. Pero eso no impide reflexionar sobre el pasado, sobre un Universo
muy joven y primordial. Desde el comienzo del siglo XX sabemos que el
Universo se expande, y algo que se expande, necesariamente, aunque sea
infinito por principio, aumenta de tamaño. Así, podemos decir que hay
infinitos e infinitos, porque el Universo del pasado distante, aunque definible
como infinito, ha aumentado de tamaño. En otras palabras, el infinito hoy es
obviamente mayor que el del pasado.
El Universo remoto era
menor de lo que es hoy,
pero aun así ya contenía
todo lo que existe,
existió y existirá. Luego,
la densidad de energía
era mucho mayor que la
actual. Todo lo que
existe ahora ya existía
antes, pero estaba más
concentrado, más
apretado, ocupando un
volumen menor.
En ese contexto del
Universo muy joven,
cosas extrañas para
nuestra comprensión, que ya no suceden normalmente en nuestro tiempo,
podían ocurrir: la transformación de materia en energía y viceversa, era una de
ellas. Hoy, la materia solo se transforma en energía en condiciones muy
especiales: dentro de las estrellas o en bombas nucleares (eso para citar
algunos de los casos más conocidos). Pero, antes, materia y energía eran
intercambiables, o sea, tiene muy poco sentido hablar de una cosa o de otra
cuando nos referimos al pasado remoto.
Materia y energía son como dos caras de una misma moneda. Eso es válido
también para los días de hoy, pero en el presente todas (o casi todas) las
“monedas” muestran apenas una de sus caras, revelándose apenas como cara o
apenas como cruz. En el pasado, era como si todas (o casi todas) estuviesen en
el aire, cara o cruz, indefinidas. Así era el Universo cuando muy joven.
Pero podríamos también hablar de un período anterior del cual sabemos muy
poco. Es posible que nuestro Universo exista desde siempre y que la
expansión descubierta en el siglo XX represente apenas la etapa dinámica
actual del Cosmos, en que el Universo se expande para contraerse después. Se
trataría de un movimiento cíclico: cuando estuviese muy pequeño nuevamente
se expandiría, y así sucesiva y eternamente. En ese caso, la humanidad sería
testigo de un momento de expansión apenas, que se repetirá innumerables
veces. La otra hipótesis que debe ser considerada es aquella en la cual el
Universo no es eterno, pero tuvo un comienzo bien definido. Desde ese punto
de vista, en que todo lo que nace debe morir, el Universo también tendría un
“plazo de caducidad”, conocido o no. Pero, las leyes de la física no están
preparadas aún para discurrir sobre el surgimiento de sí propias, y la incógnita
del origen del Universo aguarda una respuesta que quizá jamás alcancemos.
Lo que podemos afirmar como cierto es que en un determinado momento
cerca de 14 millardos de años el Universo comenzó a expandirse. Y llamamos
ese momento de Big Bang. En su formulación original, la expresión Big Bang
representaba el instante en el cual el Universo nacía, hipótesis concebida por
George Gamow y sus colaboradores en la década de 1940, y explicaba muy
bien el Universo actual. Pero, establecía la cosmología como un poderoso
paralelo con los mitos de creación teológicos (el más común en nuestra cultura
es la génesis bíblica: “¡Hágase la Luz! Y la luz fue”).
Así, aunque algunos científicos hayan rechazado esa teoría y es importante
destacar que en su traducción literal Big Bang quiere decir “gran bum”, un
nombre evidentemente poco digno de una hipótesis sobre el Universo , las
alternativas propuestas tampoco presentaban soluciones completas. Dos cosas
sobrevivieron de esa divergencia: el término Big Bang, creado por detractores
para que se le diera poca importancia a la idea de Gamow; y la dicotomía que
nos persigue hasta hoy, de un lado lo eterno y del otro lo finito.
En todo caso, fue cuando se inició la expansión que se destacó el “campo de
Higgs”, pensado en la década de 1960 por Peter Higgs [5] Ese campo de
información, después tratado en el escopo de la mecánica cuántica (que dio
lugar al ya famoso bosón de Higgs, la partícula que representa ese campo),
permeaba el Universo primordial y nos proporcionó una información valiosa:
algunas “monedas que estaban en el aire” serían cara (materia), otras, cruz
(energía). Y, manteniendo esa analogía, el campo de Higgs designó valores
para cada moneda: ¿es materia? ¿Qué tipo de materia? ¿Cuark? ¿Electrón?
¿Neutrino? ¿O es energía? ¿Fotón? ¿Gluon? Así comienza el Universo o, por
lo menos, esta etapa actual del Universo, contenida en la pregunta originaria “
¿de dónde vinimos?”.
Para discurrir sobre la pregunta siguiente, “ ¿quiénes somos?”, o “ ¿cómo es el
Universo hoy? “, podemos dividir el Universo en tres grandes “bloques
conceptuales”. La materia y la energía que conocemos bien sería el bloque 1;
la “ materia oscura”, el bloque 2; y la “energía oscura”, el bloque 3.
Increíblemente, el bloque 1, que hace menos de cincuenta años presumíamos
que era todo lo que había en el Universo, compone apenas 4% de todo lo que
existe.
En números redondos y no muy precisos, la misteriosa “materia oscura”
compone 27% del Universo y los 69% restantes (o sea, la mayor parte del
Universo) están formados por la aún más misteriosa “energía oscura”. Una de
las cuestiones centrales debatidas en la cosmología es la posibilidad de que el
Universo se expanda para siempre: sabemos que la fuerza de gravedad tiene
una actuación generalizada a distancia, siempre atractiva, y por más débil que
sea en relación a las otras fuerzas del Universo, es la única con carácter
acumulativo. A partir de eso, se concluye que, si hubiese tiempo suficiente,
dos cuerpos (sin importar su masa total ni la distancia que los separa) siempre
acabarán atrayéndose gravitacionalmente.
Esa conclusión es poderosa y nos lleva a la siguiente pregunta: ¿los cuerpos
dispersos en el Universo conseguirán atraerse gravitacionalmente? O más aún:
¿conseguirán parar la expansión? ¿Hay gravedad suficiente en el Universo
para que un día pare de expandirse?
A pesar de centrarnos en el futuro, la respuesta para esa última pregunta reside
claramente en el presente, y para responderla debemos preguntarnos qué hay
en el Universo hoy.
En el siglo XX, la pregunta era si había materia suficiente en el Universo para
parar la expansión. Note aquí una fundamental distinción: la pregunta se
refiere a parar la expansión, y no a frenarla. La diferencia sutil está en el
hecho de que la acción de “frenar” puede ser tan débil que la expansión nunca
se interrumpa, sino que sea cada vez más lenta. De acuerdo con la visión del
siglo XX, no había dudas sobre la existencia de un freno gravitacional en la
expansión del Universo, y lo que precisábamos era apenas saber si tal freno
era fuerte o débil. Como no se obtuvo una respuesta conclusiva, ambos
escenarios fueron contemplados. La expansión original, iniciada en el Big
Bang, sería cada vez más lenta hasta que finalmente pararía y retrocedería.
Con el pasar del tiempo el Universo sería menor, hasta que en algún momento
del futuro distante todo se encontraría en una región de volumen mínimo,
semejante a la situación del Big Bang.
¿Qué sucedería después? ¿Una nueva etapa de expansión, en un modelo de
Universo Eterno, o el fin de todas las cosas? Ese escenario, en que el Universo
densamente poblado poseería un freno fuerte, se conoce como Big Crunch, y
encantó a los cosmólogos durante mucho tiempo. En él, el Universo hace
cosas diferentes, en diferentes momentos de su existencia, mostrándose
interesante y desafiador. La “muerte” del Universo sería un envolverse hacia
su interior con temperaturas abrasadoras.